© Libro N° 13989. Poirot
Investiga. Christie,
Agatha. Emancipación. Junio 28 de
2025
Título Original: © Poirot Investiga. Agatha Christie
Versión Original: © Poirot Investiga. Agatha Christie
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Agatha Christie
Poirot
Investiga
Agatha Christie
POIROT INVESTIGA
AGATHA CHRISTIE
SELECCIONES DE
BIBLIOTECA ORO
Título original:
POIROT INVESTIGATES
© 1925 by Dodd Mead
& Company Inc.
Traducción de
C. PERAIRE DEL
MOLINO
© EDITORIAL MOLINO
Apartado de Correos
25
Calabria, 166-08015
Barcelona
Depósito Legal:
B-39.557-90
ISBN: 84-272-0160-5
Impreso en España -
Printed in Spain
Litografía Rosés,
S.A. - Cobalto, 7-9 - Barcelona
SUMARIO
I LA AVENTURA DEL «ESTRELLA DEL OESTE» 4
II TRAGEDIA EN MARSDON MANOR 20
III LA AVENTURA DEL PISO BARATO 30
IV EL MISTERIO DE HUNTER'S LODGE 40
V EL ROBO DEL MILLÓN DE DÓLARES EN BONOS 49
VI LA AVENTURA DE LA TUMBA EGIPCIA 56
VII ROBO DE JOYAS EN EL «GRAND METROPOLITAN» 67
VIII EL RAPTO DEL PRIMER MINISTRO 79
IX LA DESAPARICIÓN DEL SEÑOR DAVENHEIM 93
X LA AVENTURA DEL NOBLE ITALIANO 104
XI EL
CASO DEL TESTAMENTO DESAPARECIDO 112
I
LA AVENTURA DEL
«ESTRELLA DEL OESTE»
ME encontraba ante
una de las ventanas de la residencia de Hércules Poirot, contemplando la calle.
—Es sumamente
curioso —dije de pronto, conteniendo el aliento.
—¿El qué, mon ami?
—preguntó Poirot, plácidamente desde las profundidades de su cómoda butaca.
—¡Dedúzcalo usted
de los hechos siguientes! Aquí viene una joven elegantemente vestida...
sombrero de última moda y magníficas pieles. Se acerca lentamente mirando todas
las casas al pasar. Sin que ella se dé cuenta, la van siguiendo tres hombres y
una mujer de mediana edad. En este momento acaba de unirse a ellos un chico de
esos que hacen recados, que la señala con el dedo al mismo tiempo que
gesticula. ¿Qué drama están tramando? ¿Acaso ella es una delincuente y sus
seguidores unos detectives dispuestos a detenerla? ¿O son unos canallas a punto
de atacar a una víctima inocente? ¿Qué dice nuestro detective?
—El gran detective,
mon ami, escoge como siempre el camino más fácil. Verlo por sí mismo —y mi
amigo vino a reunirse conmigo junto a la ventana.
Al cabo de un
minuto reía regocijado.
—Como de costumbre,
se ha dejado usted llevar de su incurable romanticismo. Ésa es la señorita Mary
Marvell, la estrella de cine, a quien sigue un enjambre de admiradores que la
han reconocido. Y en passant, mi querido Hastings, ¡ella se da perfecta cuenta
de ello!
Me eché a reír.
—¡De modo que todo
queda explicado! Pero no tiene pruebas de ello, Poirot. Ha sido sólo resultado
de la identificación de la «estrella».
—En verité! ¿Y
cuántas veces ha visto usted a Mary Marvell en la pantalla, mon cher?
Reflexioné.
—Una media docena
de veces.
—¡Yo... una! No
obstante, a simple vista la reconozco, y usted no.
—Está tan
cambiada... —repliqué con voz débil.
—¡Ah! Sacré!
—exclamó Poirot—. ¿Es que esperaba verla paseando por las calles de Londres con
sombrero de cowboy, o descalza y con muchos tirabuzones, como una colegiala
irlandesa? ¡Hay que fijarse siempre en lo esencial! Recuerdo el caso de la
bailarina Valerie Saintclair.
Yo me encogí de
hombros, ligeramente molesto.
—Pero consuélese,
mon ami —dijo Poirot calmándose—. ¡Todos no pueden como Hércules Poirot! Lo sé
muy bien.—¡La verdad es que no conozco otra persona que tenga mejor opinión de
sí misma! —repliqué entre divertido y contrariado.
—¿Y por qué no?
¡Cuando uno es único, lo sabe! Y otros comparten esta opinión... incluso la
señorita Mary Marvell, si no me equivoco.
—¿Qué?
—Sin duda alguna.
Viene hacia aquí.
—¿Cómo lo sabe?
—Es muy sencillo.
¡Esta calle no es aristocrática, mon ami! No hay en ella ni médicos ni
dentistas... y mucho menos un peluquero de fama. Pero sí un detective de última
moda. Oui, amigo mío, es cierto... estoy de moda, soy le dernier cri! Unos
dicen a otros: Comment? ¿Has perdido tu pluma de oro? Debes acudir al belga.
¡Es maravilloso! Todo el mundo recurre a él. Courez! ¡Y vienen! ¡A manadas, mon
ami! ¡Con los problemas más tontos! —sonó el timbre—. ¿Qué le he dicho? Ésa es
la señorita Marvell.
Y como de
costumbre, Poirot tenía razón. Tras un corto intervalo, la estrella del cine
americano fue introducida en la habitación y los dos nos pusimos en pie.
Mary Marvell era
sin duda alguna una popular artista de la pantalla. Había llegado hacía poco a
Inglaterra acompañada de su esposo, Gregory R. Rolf, también artista de cine.
Su matrimonio se efectuó un año atrás en los Estados Unidos y aquélla era su
primera visita a Inglaterra. Le ofrecieron una gran recepción. Todo el mundo se
volvió loco por Mary Marvell, sus maravillosos trajes, sus pieles, sus joyas, y
entre todas éstas, por un gran diamante apodado para hacer juego con su
poseedora «Estrella del Oeste». Mucho se había escrito acerca de esta joya...
cierto y falso... y se decía que estaba asegurada por la enorme cifra de
cincuenta mil libras.
Miss Marvell era
menuda y esbelta, muy rubia y aniñada, con unos ojos azules grandes e
inocentes.
Poirot le acercó
una silla y ella comenzó a hablar en seguida.
—Es probable que me
considere usted muy tonta, monsieur Poirot, pero lord Cronshaw me decía ayer
noche lo maravillosamente que aclaró el misterio de la muerte de su sobrino, y
quise conocer su opinión. Tal vez sea una broma tonta.... etc., dice Gregory....
pero me tiene muy preocupada.
Hizo una pausa para
tomar aliento y Poirot la animó a proseguir.
—Continúe, madame.
Comprenda, aún no sé de qué se trata.
—Pues de esas
cartas —Mary Marvell abrió su bolso, del que extrajo tres sobres que entregó a
Poirot, y que éste estudió cuidadosamente.
—Papel barato... el
nombre y la dirección cuidadosamente escrito con letra de imprenta. Veamos la
carta —y abrió el sobre.
«El gran diamante,
que es el ojo izquierdo del dios, debe ser devuelto al lugar de donde vino.»
La segunda carta
estaba redactada exactamente en los mismos términos, pero la tercera era más
explícita.
«Ya ha sido
advertida y no ha obedecido. Ahora el diamante le será arrebatado. Cuando
llegue el plenilunio, los dos diamantes, que son los ojos derecho e izquierdo
del dios, deberán ser devueltos. Así está escrito.»
—La primera carta
la consideré una broma —explicó Mary Marvell—. Pero cuando recibí la segunda
empecé a preocuparme. La tercera llegó ayer, y me pareció que, después de todo,
aquello podía ser más serio de lo que yo había imaginado.
—Veo que no
llegaron por correo.
—No; fueron traídas
a mano... por un chino. Eso es lo que me asusta.
—¿Por qué?
—Porque Gregory
compró esa piedra a un chino hará unos tres años, encontrándose en San
Francisco.
—Veo, madame, que
el diamante a que hacen referencia es...
—El «Estrella del
Oeste» —dijo miss Marvell—. Eso es. Gregory recuerda que existía cierta
historia relacionada con esa piedra, pero el chino no quiso darnos ninguna
información. Gregory dice que parecía muy asustado, y con una prisa enorme por
deshacerse de él. Sólo pidió la décima parte de su valor. Fue el regalo de boda
que me hizo Gregory Poirot asintió pensativo.
—Esa historia
refleja un romanticismo casi increíble. Y no obstante.... ¿quién sabe? Por
favor, Hastings, deme mi almanaque.
Yo obedecí.
—Voyons! —dijo
Poirot volviendo las hojas—. ¿Cuándo hay luna llena? Ah, el próximo viernes. Es
decir, dentro de tres días. Eh bien, madame, usted me pide consejo... y voy a
dárselo. Esta belle histoire puede ser una broma... o puede que no. Por
consiguiente le aconsejo que deje el diamante bajo mi custodia hasta después
del próximo viernes. Entonces podremos dar los pasos oportunos.
Una ligera nube
ensombreció el rostro de la actriz al replicar contrariada:
—Me temo que sea
imposible.
—¿Lo lleva
consigo... bien? —Poirot la observaba fijamente.
La joven vaciló un
momento, y al fin introdujo su mano por el escote de su vestido y sacó una
larga cadena. Inclinóse hacia delante abriendo la mano, y en su palma brilló
una piedra de fuego blanco, exquisitamente montada en platino.
Poirot contuvo el
aliento y lanzó un prolongado silbido.
—Epatant —murmuró—.
¿Me permite, madame? —y tomando la joya en su mano la observó cuidadosamente, y
al cabo la devolvió con una ligera reverencia—. Una piedra magnífica... sin un
defecto. ¡Ah, cent tonnerres! ¡Y usted la lleva comme ça!
—No, no, en
realidad tengo mucho cuidado, monsieur Poirot. Por lo general lo tengo
encerrado en mi joyero, que guardo en la caja fuerte del hotel. Nos hospedamos
en el Magnificent, ¿sabe? Lo he traído sólo para que usted lo viera.
—¿Y lo dejará bajo
mi custodia, n'est-ce-pas? ¿Seguirá el consejo de Papá Poirot?
—Pues, verá usted,
ocurre lo siguiente, monsieur Poirot. El viernes vamos a ir a Yardly Chase para
pasar unos días con lord y lady Yardly.
Sus palabras
despertaron un vago eco de recuerdos en mi memoria. Ciertos comentarios...
¿Cuáles fueron? Unos años atrás, lord y lady Yardly habían ido a los Estados
Unidos y su Señoría estuvo derrochando dinero con ayuda de varias «amiguitas».
Pero hubo algo más... más chismes relacionados con lady Yardly y un artista de
cine en California... ¡Vaya! El nombre acudió a mi mente con la velocidad del
rayo... claro... si no fue otro que Gregory R. Rolf.
—Voy a comunicarle
un pequeño secreto, monsieur Poirot —continuó Mary Marvell—. Estamos en tratos
con lord Yardly. Hay cierta posibilidad de que nos deje filmar una película en
el castillo de sus antepasados.
—¿En Yardly Chase?
—exclamé interesado—. Vaya, es uno de los lugares más bonitos de Inglaterra.
Miss Marvell
asintió:
—Supongo que es el
auténtico castillo feudal que necesitamos. Pero exige un precio muy elevado y,
claro, no sé todavía si llegaremos a un acuerdo, por más que a Greg y a mí
siempre nos gusta combinar los negocios con el placer.
—Pero... le ruego
que me perdone si le parezco pesado... sin duda alguna es posible ir a Yardly
Chase sin necesidad de que lleve consigo el diamante.
Una mirada astuta y
dura veló los ojos de la señorita Marvell haciendo desaparecer su aire
infantil. De pronto pareció mucho mayor.
—Quiero lucirlo
allí.
—Cierto que hay
joyas muy famosas en la colección de los Yardly —dije yo de pronto—. ¿No hay
también entre ellas un gran diamante?
—Eso es —replicó
Mary Marvell.
Oí que Poirot
murmuraba entre dientes:
—Ah, c'est comme
ça! —luego dijo en voz alta con su acostumbrada habilidad y ojo crítico (que él
llamaba psicología)—: Entonces sin duda alguna usted ya conocerá a lady Yardly,
¿o tal vez su esposo la conoce?
—Gregory la conoció
hace tres años, cuando estuvo en el Este —dijo Mary Marvell, y tras vacilar un
momento agregó—: ¿Algunos de ustedes han leído alguna vez la revista
Comentarios Sociales? Lo digo porque en el número de esta semana aparece un
artículo sobre joyas famosas, y en realidad es bastante curioso... —se
interrumpió.
Yo me puse en pie y
acercándome a la mesa que había al otro lado de la estancia volví con la
revista en cuestión. Ella buscó el artículo, que empezó a leer en voz alta:
«...Entre otras
piedras famosas puede incluirse la "Estrella del Este", un diamante
que pertenece a la familia Yardly. Un antepasado del actual lord Yardly lo
compró en China; y se dice que tiene una romántica historia, según la cual ese
diamante fue en un tiempo el ojo derecho de un dios. Otro diamante exactamente
igual de forma y tamaño formaba el ojo izquierdo, y la leyenda dice que también
esta joya será robada al correr del tiempo. "Un ojo irá al Este y otro al
Oeste, hasta que vuelvan a encontrarse de nuevo. Y entonces volverán
triunfalmente al dios." Es una coincidencia curiosa que exista actualmente
una piedra que corresponde exactamente a la descripción mencionada y que se
conoce por el nombre de "Estrella del Oeste", y que es propiedad de
una célebre estrella de cine, miss Mary Marvell. Sería interesante poder
comparar las dos piedras.»
Me quedé de una
pieza.
—Epatant! —murmuró
Poirot—. ¿Y no tiene miedo, madame? ¿No es supersticiosa? ¿No teme reunir a
esos dos gemelos y que aparezca un chino y... hey presto!, se los lleve a
China?
Su tono era burlón,
pero yo creí descubrir cierta seriedad en el fondo.
—Yo no creo que el
diamante de lady Yardly sea tan bonito como el mío —dijo lady Marvell—. Pero,
de todas formas, quiero comprobarlo.
Lo que iba a decir
Poirot nunca lo supe, porque en aquel momento se abrió la puerta y un hombre de
gran atractivo penetró en la estancia. Desde sus rizosos y ensortijados
cabellos negros, hasta las puntas de sus zapatos de charol, era un héroe
dispuesto para el romance.
—Dije que vendría a
buscarte, Mary —explicó Gregory Rolf— y aquí estoy. Bien, ¿qué dice monsieur
Poirot a nuestro pequeño problema? ¿Que se trata sólo de una broma, como yo
digo?
Poirot sonrió al
actor y para ello tuvo que alzar la cabeza, debido a su gran altura.
—Broma o no broma,
señor Rolf —dijo secamente—, he aconsejado a madame que no lleve esa joya el
viernes a Yardly Chase.
—Estoy de acuerdo
con usted. Lo mismo le dije yo. ¡Pero qué quiere! ¡Es mujer, y no puede
soportar la idea de que otra mujer la desbanque en cuestión de joyas!
—¡Qué tontería,
Gregory! —dijo Mary Marvell enrojeciendo.
Poirot encogióse de
hombros.
—Madame, ya le he
advertido. No puedo hacer más. C'est fini —y les acompañó hasta la puerta.
—Oh, là, là!
—observó al volver—. Histoire de femmes! El buen marido ha dado en el clavo...
tout de même, pero no ha tenido tacto. En absoluto.
Le hice partícipe
de mis vagos recuerdos y asintió vigorosamente.
—Eso pensé yo. De
todas formas hay algo raro en todo esto. Con su permiso, mon ami, iré a tomar
el aire. Espere a que vuelva, se lo ruego. No tardaré.
Estaba semidormido
en mi butaca, cuando la patrona llamó suavemente a la puerta y acto seguido
asomó la cabeza:
—Es otra señora que
quiere ver al señor Poirot. Le he dicho que había salido, pero pregunta cuánto
puede tardar en volver, y que ella viene del campo.
—Oh, hágala pasar
aquí, señora Murchison. Quizá yo pueda servirla en algo.
Al cabo de unos
minutos era introducida en la habitación y el corazón me dio un vuelco al
reconocerla. La fotografía de lady Yardly había aparecido demasiado a menudo en
las revistas de sociedad para que me fuera desconocida.
—Siéntese, lady
Yardly —le dije acercándole una butaca—. Mi amigo Poirot ha salido, pero sé con
certeza que no tardará en regresar.
Tomó asiento,
dándome las gracias. Era una mujer muy distinta de Mary Marvell. Alta, morena,
de ojos centelleantes, y un rostro pálido y altivo. No obstante, había cierta
tristeza en la línea de sus labios.
Sentí el deseo de
aprovecharme de la ocasión. ¿Por qué no? En presencia de Poirot siempre
encontraba dificultades... nunca lograba lucirme. Y pese a todo, no existe la
menor duda de que yo también poseo dotes detectivescas muy acentuadas. Me
incliné hacia delante siguiendo un impulso repentino.
—Lady Yardly
—dije—. Sé por qué ha venido. Ha estado recibiendo cartas anónimas en las que
se la amenaza con robarle el diamante.
No existía la menor
duda de que el disparo había dado en el blanco. Me contempló con la boca
abierta, y el color desapareció de sus mejillas.
—¿Lo sabe usted?
¿Cómo?
Sonreí.
—Siguiendo un
proceso lógico. Si Mary Marvell ha recibido cartas advirtiéndola...
—¿Miss Marvell? ¿Ha
estado aquí?
—Acaba de
marcharse. Como iba diciendo, si ella, como poseedora de uno de los diamantes
gemelos, ha recibido una serie de avisos misteriosos, a usted, como propietaria
de la otra piedra, tiene que haberle ocurrido lo mismo. ¿Ve lo sencillo que es?
¿Entonces estoy en lo cierto respecto al particular? ¿Ha recibido también
extraños mensajes?
Por un momento
vaciló como si dudara en confiarse a mí; al fin inclinó la cabeza, como si
asintiera, y sonrió.
—Eso es —me
confirmó.
—¿Los suyos fueron
llevados también a mano por un chino?
—No, llegaron por
correo; pero dígame, entonces, ¿la señorita Marvell ha recibido también?
Le puse al
corriente de la visita de Mary Marvell y me escuchó con suma atención.
—Todo concuerda.
Mis cartas son un duplicado de las suyas. Es cierto que llegaron por correo,
pero van impregnadas de un extraño perfume... algo parecido al de las pajuelas
que los orientales queman ante sus ídolos... que en seguida me hizo pensar en
Oriente. ¿Qué significa todo esto?
Meneé la cabeza.
—Esto es lo que
debemos averiguar. ¿Las lleva consigo? Tal vez podamos averiguar algo por el
matasellos.
—Desgraciadamente
las he destruido. Comprenda, de momento las consideré una broma tonta. ¿Puede
ser cierto que alguna banda china trate de recobrar los diamantes? Parece
fantástico.
Repasamos una y
otra vez los hechos sin que consiguiéramos esclarecer el misterio. Al fin lady
Yardly se puso en pie.
—La verdad es que
no creo necesario aguardar a monsieur Poirot. Usted puede contárselo todo, ¿no
es cierto? Muchísimas gracias, muy reconocida, señor...
Vacilaba con la
mano extendida.
—Capitán Hastings.
—¡Claro! ¡Qué tonta
soy! Usted es amigo de los Cavendish, ¿no? Fue Mary Cavendish quien me ha
recomendado a monsieur Poirot.
Cuando regresó mi
amigo, disfruté contándole lo ocurrido durante su ausencia. Me interrogó
bastante contrariado, para conocer los detalles de nuestra conversación, y pude
convencerme de que le disgustaba el no haber estado presente. También imaginé
que estaba ligeramente celoso. Se había convertido en una costumbre en él, el
despreciar constantemente mis habilidades, y creo que le fastidiaba no
encontrar el menor motivo de crítica. Interiormente yo estaba muy satisfecho de
mí mismo, aunque traté de ocultarlo, por temor a irritarle. A pesar de sus
rarezas, apreciaba mucho a mi singular amigo.
—¡Bien! —dijo al
fin con una extraña expresión en su rostro—. El plan sigue adelante. ¿Quiere
pasarme ese libro sobre los Pares que hay en ese estante de arriba? —fue
volviendo hojas—. ¡Aquí está! «Yardly... décimo vizconde, sirvió en la Guerra
Sudafricana... tout ça n´a pas d'importance... Casó en mil novecientos siete
con Maude Stopperton, cuarta hija del tercer barón Cotteril...» um, um, um...
«tuvieron dos hijas, nacidas en mil novecientos ocho, y en mil novecientos
diez... Clubs... residencias... Voilà, esto no nos dice gran cosa. Pero mañana
por la mañana veremos a este milord».
—¿Qué?
—Sí. Le he
telegrafiado.
—Pensé que se había
lavado las manos en este asunto.
—No actúo en
representación de miss Marvell, puesto que rehúsa seguir mi consejo. Lo que
haga ahora será para mi propia satisfacción... la satisfacción de Hércules
Poirot. Decididamente tengo que meter baza en este asunto.
—Y tranquilamente
telegrafía usted a lord Yardly para que venga a la ciudad sólo para su propia
conveniencia. A él no le agradará.
—Au contraire, si
le conservo el diamante de la familia deberá estarme agradecido.
—Entonces, ¿cree
usted realmente que existe la posibilidad de que sea robado?
—Casi seguro
—replicó Poirot—. Todo lo indica.
—Pero cómo...
Poirot detuvo mis
preguntas con un ademán resignado.—Ahora no, se lo ruego. No me confunda y
observe que ha colocado mal el libro sobre los Pares. Fíjese que los libros más
grandes van al estante de arriba, luego los que le siguen en tamaño en el
siguiente, etcétera, etcétera. Así se tiene orden, método, como le he dicho
tantas veces.
—Exacto —me
apresuré a contestar, poniendo el volumen en su lugar correspondiente.
* * *
Lord Yardly resultó
ser un deportista alegre, de voz potente y rostro sonrosado, con una afabilidad
y buen humor que le hacía sumamente atractivo y que compensaba cualquier falta
de mentalidad.
—Éste es un asunto
extraordinario, monsieur Poirot. No logramos sacar nada en claro. Parece ser
que mi esposa ha estado recibiendo una serie de extrañas misivas, al igual que
la señora Marvell. ¿Qué significa esto?
Poirot le alargó el
ejemplar de los Comentarios Sociales.
—En primer lugar,
milord, quisiera preguntarle si esos factores son exactos.
El par lo tomó en
sus manos y su rostro se ensombreció a medida que iba leyendo.
—¡Cuánta tontería!
—exclamó—. No hay ninguna historia romántica relativa al diamante. Creo que
procede de la India, pero nunca oí hablar, ni una palabra, de ese dios
chino.—Sin embargo, a esa piedra se la conoce por «Estrella del Este».
—Bien, ¿y qué?
Poirot sonrió sin
replicar directamente.
—Lo que quisiera
pedirle, milord, es que se pusiera usted en mis manos. Si lo hace sin reservas,
tengo la esperanza de evitar la catástrofe.
—¿Entonces usted
cree que hay algo de verdad en las absurdas leyendas?
—¿Hará usted 1o que
le pido?
—Claro que sí,
pero...
—¡Bien! Entonces
permítame que le haga unas preguntas. Este asunto de Yardly Chase, ¿está, como
usted dice, ya arreglado entre usted y el señor Rolf?
—Oh, ¿se lo contó
él, verdad? No, no hay nada en concreto —vaciló y la rojez de su rostro se
acentuó—. Prefiero arreglar primeramente este asunto. He hecho muchas tonterías
en muchos sentidos, monsieur Poirot... y estoy en deudas hasta las orejas...
pero deseo rehabilitarme. Quiero mucho a mis hijos y quiero arreglar las cosas
y poder vivir en mi antigua casa. Gregory Rolf me ofrece mucho dinero... lo
bastante para volver a levantarme. No quisiera hacerlo... aborrezco la idea de
que toda esa gente se meta en mi castillo... pero tendrá que ser así... a
menos... —se interrumpió.
Poirot le miraba de
hito en hito.
—Entonces, ¿tiene
otra solución? ¿Me permite que trate de adivinarla? ¿Vender el «Estrella del
Este»? Lord Yardly asintió.—Eso es.
Ha pertenecido a mi familia durante varias generaciones, pero no siempre. No
obstante, es muy difícil encontrar comprador. Hoffberg, el hombre de Hatton
Garden, está buscando un posible comprador, pero si no lo encuentra pronto será
mi ruina sin remedio alguno.
—Una pregunta más,
permettez... ¿Con cuál de los dos planes está de acuerdo su esposa, lady
Yardly?
—Oh, ella se opone
a que vendamos la joya. Ya sabe usted cómo son las mujeres. Ella prefiere que
llegue a un acuerdo con los artistas de cine.
—Comprendo —replicó
Poirot, y tras permanecer unos instantes sumido en sus pensamientos se puso
bruscamente en pie—. ¿Regresa usted en seguida a Yardly Chase? ¡Bien! No diga
una palabra a nadie... a nadie, recuérdelo.... pero espérenos allí esta tarde.
Llegaremos poco después de las cinco.
—De acuerdo, pero
no comprendo...
—Ça n'a pas
d'importance —replicó Poirot cortésmente—. ¿Querrá usted que le conserve su
diamante, n'est-ce pas?
—Sí, pero...
—Entonces haga lo
que le digo.
Y el noble, triste
y asombrado, abandonó la estancia.
* * *
Eran ya las cinco y
media cuando llegamos a Yardly Chase y seguimos al impecable mayordomo hasta el
vestíbulo con antiguos frisos de madera y fuego de llamas oscilantes. Un
hermoso cuadro apareció ante nuestros ojos: lady Yardly y sus dos hijos.... la
cabeza morena de la madre inclinada con orgullo sobre las rubias de los
pequeñuelos, y lord Yardly de pie junto a ellos... sonriéndoles.
—Monsieur Poirot y
el capitán Hastings —anunció el mayordomo.
Lady Yardly alzó
los ojos sobresaltada, y su esposo vino hacia nosotros indeciso, en tanto que
con la mirada pedía instrucciones a Poirot. El hombrecillo estuvo a la altura
de las circunstancias.
—¡Les presento mis
excusas! Es que aún sigo investigando el asunto de miss Marvell. Ella llegará
el viernes, ¿no es así? He querido venir antes para comprobar que todo está
seguro. También deseaba preguntar a lady Yardly si se fijó en los matasellos de
las cartas recibidas...
Lady Yardly meneó
la cabeza con pesar.
—Me temo que no.
Fue una tontería, pero la verdad es que ni siquiera soñé en tomarlas en serio.
—¿Se quedarán
ustedes aquí? —preguntó lord Yardly.
—¡Oh, milord, temo
incomodarle! Hemos dejado las maletas en la posada.
—No importa —lord
Yardly captó la indirecta—. Enviaremos a buscarlas. No... no, le aseguro que no
es ninguna molestia. Poirot se dejó convencer y sentándose junto a lady Yardly
empezó a trabar amistad con los niños. Al poco rato jugaban todos juntos y me
arrastraron a mí también.
—Vous êtes bonne
mére —dijo Poirot con una galante inclinación cuando los niños se marcharon de
mala gana con la niñera.
—Los adoro —dijo
con voz emocionada.
—Y ellos a usted...
¡con razón! —Poirot volvió a inclinarse.
Sonó un batintín y
nos levantamos para dirigirnos a nuestras habitaciones. En aquel momento
entraba el mayordomo con un telegrama en una bandejita que entregó a lord
Yardly. Éste lo abrió murmurando unas palabras de disculpa, y al leerlo se
crispó visiblemente.
Lanzando una
exclamación lo pasó a su esposa, mirando a mi amigo.
—Espere un momento,
monsieur Poirot. Creo que debe saberlo. Es de Hoffberg. Cree haber encontrado
un comprador para el diamante... Un americano que sale mañana para los Estados
Unidos. Esta noche va a enviarme un individuo para recoger la joya. Vaya, si esto
se lleva a cabo... —le faltaron las palabras.
Lady Yardly se
había alejado con el telegrama todavía en la mano.
—Ojalá no tuvieras
que venderlo, George —dijo en voz baja—: Ha pertenecido a la familia durante
tanto tiempo... —aguardó como si esperase una respuesta, pero al no recibirla
su rostro se endureció y encogiéndose de hombros, dijo—: Tengo que ir a
cambiarme. Supongo que será mejor preparar la «mercancía» —volvióse a Poirot
con un ligero mohín—. ¡Es uno de los collares más horribles que se han visto!
George siempre me prometía hacer que lo montaran de nuevo, pero nunca lo hizo.
Media hora más
tarde los tres nos hallábamos reunidos en el gran salón, esperando a lady
Yardly. Ya pasaban algunos minutos de la cena.
De pronto, entre un
crujir de sedas, apareció lady Yardly bajo el marco de la puerta... una figura
radiante vistiendo un traje de noche deslumbrador. Rodeando la columna de su
garganta veíase una línea de fuego. Permaneció inmóvil, con una mano colocada sobre
el collar.
—¿Dispuestos al
sacrificio? —dijo en tono alegre. Al parecer, su malhumor había desaparecido—.
Esperen a que encienda todas las luces y sus ojos podrán contemplar el collar
más feo de Inglaterra.
Los conmutadores
estaban junto a la puerta, y cuando extendió su mano hacia ellos ocurrió lo
increíble. De pronto, sin previo aviso, se apagaron todas las luces, la puerta
cerróse de golpe y desde el otro lado llegó hasta nosotros el grito penetrante
como asustado de una mujer.
—¡Cielos! —exclamó
lord Yardly—. ¡Es la voz de Maude! ¿Qué ha ocurrido?
A ciegas corrimos
hacia la puerta, tropezamos unos con otros en la oscuridad. Transcurrieron
algunos minutos antes de que pudiéramos descubrirlo. ¡Qué espectáculo
presenciaron nuestros ojos! Lady Yardly yacía sin sentido sobre el suelo de
mármol, con una señal roja en su blanco cuello en el lugar donde le fue
arrancado el valiosísimo collar.
Cuando nos
inclinamos sobre ella para averiguar si estaba viva o muerta, abrió los ojos.
—El chino —susurró
dolorosamente—. El chino... por la puerta lateral.
Lord Yardly se puso
en pie, lanzando una maldición. Yo le acompañé con el corazón palpitante. ¡Otra
vez el chino! La puerta en cuestión era una pequeña situada en un ángulo de la
pared, a menos de doce metros del escenario de la tragedia. Cuando llegamos a
ella lancé un grito. Allí, cerca del umbral, estaba el collar resplandeciente,
sin duda arrojado por el ladrón durante su huida. Yo me incliné para cogerlo, y
entonces tuve que lanzar otro grito que fue coreado por lord Yardly, puesto que
en el centro del collar había un gran hueco. ¡Faltaba la «Estrella del Este»!
—Esto demuestra que
no se trata de un ladrón corriente —dije yo—. Lo único que deseaba era esa
piedra.
—Pero, ¿cómo pudo
entrar?
—Por esa puerta.
—Pero siempre está
cerrada.
—Ahora no lo está
—repuse—. Mire —y la abrí.
Al hacerlo, algo
cayó al suelo. Lo recogí. Era un trocito de seda y un bordado inconfundible. Se
trataba de un fragmento de kimono chino.
—Con las prisas se
lo pilló en la puerta —expliqué—. Vamos, de prisa. No puede estar muy lejos.
Pero corrimos y
buscamos en vano. En la densa oscuridad de la noche el ladrón había conseguido
escapar fácilmente. Regresamos de mala gana y lord Yardly envió a uno de sus
criados en busca de la policía.
Lady Yardly,
debidamente atendida por Poirot, que para estos asuntos era tan eficiente como
una mujer, se fue recobrando lo suficiente para poder relatar lo ocurrido.
—Iba a dar la otra
luz —dijo—, cuando un hombre saltó sobre mí por la espalda. Me arrancó el
collar con tal fuerza que caí al suelo. Al caer le vi desaparecer por la puerta
lateral. Por la coleta y su kimono bordado comprendí que era un chino —se
detuvo con un estremecimiento.
El mayordomo
reapareció y dijo a lord Yardly en voz baja:
—Desea verle un
caballero que viene de parte del señor Hoffberg. Dice que usted le espera.
—¡Cielo santo!
—exclamó el noble aturdido—. Supongo que debo recibirle. No, aquí no, Mullins;
en la biblioteca.
Yo le llevé aparte
a Poirot.
—Escuche, amigo
mío, ¿no sería mejor que regresáramos a Londres?
—¿Usted cree,
Hastings? ¿Por qué?
—Pues —carraspeé—,
las cosas no han ido del todo bien, ¿no es cierto? Quiero decir que usted dijo
a lord Yardly que se pusiera en sus manos y todo iría bien... ¡y el diamante
desaparece ante sus propias narices!
—Cierto —repuso
Poirot bastante abatido—. No ha sido uno de mis éxitos más asombrosos. Su forma
de describir los acontecimientos me hizo sonreír, pero me mantuve firme.
—De modo que
habiendo complicado las cosas... y perdone la expresión, ¿no cree que sería más
prudente marcharnos en seguida?
—¿Y la cena, la sin
duda excelente cena que el chef de lord Yardly ha preparado?
—¡Oh, es por la
cena! —dije impaciente.
Poirot alzó los
brazos horrorizado.
—Mon Dieu! En esta
parte del país tratan los asuntos gastronómicos con una indiferencia criminal.
—Existe otra razón
por la que deseo regresar a Londres lo más pronto posible —continué.
—¿Cuál es, amigo
mío?
—El otro diamante
—dije bajando la voz—. El de la señora Marvell.
—Eh bien, ¿qué?
—¿No lo comprende?
—su desacostumbrada torpeza me contrariaba. ¿Qué le había ocurrido en sus
células grises? —Ya tienen uno, ahora irán en busca del otro.
—Tiens! —exclamó
Poirot retrocediendo un paso y contemplándome con admiración—. ¡Su inteligencia
es maravillosa, amigo! ¡Imagínese que no se me había ocurrido pensar en ello!
¡Pero hay mucho tiempo! Hasta el viernes no hay luna llena.
Meneé la cabeza,
poco convencido. La teoría del plenilunio me daba frío. No obstante, logré
convencer a Poirot y partimos inmediatamente, dejando una nota explicatoria y
de disculpa para lord Yardly. Mi intención era ir en seguida al Magnificent
para contar a Mary Marvell lo que había ocurrido, pero Poirot puso el veto a mi
plan, insistiendo en que con ir a la mañana siguiente era suficiente. Yo me
avine a ello de mala gana.
Por la mañana,
Poirot pareció poco inclinado a cumplir lo prometido. Empecé a sospechar que,
habiéndose equivocado desde el principio, sentíase reacio a llevar la cosa
adelante. Como respuesta a mis ruegos, me hizo observar con admirable sentido
común que puesto que los detalles del robo de Yardly Chase habían aparecido en
los periódicos de la mañana, los Rolf sabrían ya tanto como podríamos contarles
nosotros, y yo tuve que ceder a pesar mío.
Los acontecimientos
demostraron que mis temores eran justificados. A eso de las dos sonó el
teléfono y Poirot atendió la llamada. Tras escuchar unos instantes dijo
brevemente:
—Bien, j’y serai —y
cortando la comunicación se volvió hacia mí.
—¿Qué cree usted
que ha ocurrido, mon ami? —parecía entre excitado y avergonzado—. El diamante
de miss Marvell ha sido robado.
—¿Qué? —exclamé
poniéndome en pie—. Y, ¿qué me dice ahora de la luna llena? —Poirot inclinó la
cabeza—. ¿Cuándo ha sido?
—Creo que esta
mañana.
Meneé la cabeza con
pesar.
—Si me hubiera
escuchado. ¿Ve usted cómo tenía razón?
—Eso parece, mon
ami —repuso Poirot cautamente—. Dicen que las apariencias engañan, pero desde
luego parece que así es.
Mientras nos
dirigíamos al Magnificent en un taxi, yo iba pensando acerca de la verdadera
naturaleza del plan.
—Esa idea de «la
luna llena» ha sido muy inteligente. Su intención era que nos concentráramos el
viernes, y de este modo cogernos desprevenidos. Es una pena que no haya usted
pensado en ello.
—Ma foi! —exclamó
vivamente Poirot, que había recobrado su equilibrio—. ¡Uno no puede pensar en
todo!
Me dio lástima.
Odiaba tanto el fracaso...
—Anímese —le dije
para consolarle—. La próxima vez tendrá más suerte.
Una vez en el
Magnificent fuimos introducidos inmediatamente en el despacho del gerente. Allí
se encontraba Gregory Rolf con dos hombres de Scotland Yard. Un empleado pálido
hallábase sentado ante ellos.
Rolf nos dedicó una
inclinación de cabeza al vernos entrar.
—Estamos llegando
al fondo de la cuestión —dijo—. Pero es casi increíble. No comprendo el aplomo
de ese individuo.
En pocos minutos
nos pusimos al corriente. Rolf había salido del hotel a las once y cuarto, y a
las once y media un caballero tan parecido a él como para poder suplantarle,
entró en el hotel y pidió le fuera entregado el joyero que guardaba en la caja
fuerte. Firmó el recibo con la siguiente observación: «Resulta un poco distinta
a mi firma habitual porque me he hecho daño al bajar del taxi.» El encargado
limitóse a sonreír diciendo que él apenas notaba diferencia alguna. Rolf
riendo, contestó: «Bueno, de todas formas esta vez van a encerrarme como
falsificador. He estado recibiendo cartas amenazadoras de un chino, y lo peor
de todo es que yo tengo cierto parecido con los orientales... por la forma que
tienen mis ojos.»
—Yo le miré
—explicó el empleado que nos lo refería—, y en seguida comprendí lo que quería
decir. Sus ojos eran rasgados como los de los chinos. Nunca me había fijado
hasta entonces.
—Maldita sea —gruñó
Gregory Rolf inclinándose hacia delante—. ¿Lo nota ahora?
El hombre le miró
sobresaltado.
—No, señor. Ahora
no. Y la verdad es que aquellos ojos eran tan orientales como pueden serlo los
suyos.
El hombre de
Scotland Yard lanzó un gruñido.
—Muy osado e
inteligente. Pensó que tal vez se fijaran en sus ojos y prefirió coger el toro
por los cuernos para desvanecer recelos. Debió esperar a que usted saliera del
hotel y entrar tan pronto como usted estuvo lejos.
—¿Y qué ha sido del
joyero? —pregunté.
—Fue encontrado en
uno de los pasillos del hotel. Sólo faltaba una cosa... el «Estrella del
Oeste».
Nos miramos
perplejos. Todo aquello era tan extraño e irreal...
Poirot se puso en
pie.
—Me temo que yo no
he servido de mucho —dijo pesaroso—. ¿Podría ver a madame?
—Me parece que está
muy abatida por el disgusto —explicó Rolf.
—Entonces, ¿puedo
hablar unas palabras con usted a solas, monsieur?
—Desde luego.
A los cinco minutos
reapareció Poirot.
—Ahora, amigo mío
—dijo alegremente—, corramos a una oficina de telégrafos. Tengo que enviar un
telegrama.
—¿A quién?
—A lord Yardly —y
para evitar discusiones me cogió del brazo—. Vamos, vamos, mon ami. Sé lo que
opina de este desgraciado asunto. ¡No me he distinguido precisamente! Usted, en
mi lugar, se habría lucido más. ¡Bien! Todo hay que reconocerlo. Olvidémoslo y
vayamos a comer.
Eran las cuatro de
la tarde cuando entramos en la residencia de Hércules Poirot. Una figura se
puso en pie junto a la ventana. Era lord Yardly, que parecía cansado y
afligido.
—Recibí su
telegrama y he venido en seguida. Escuche, he ido a ver a Hoffberg y no sabe
nada de ese representante suyo de ayer noche, ni del telegrama. ¿Usted cree
que...?
Poirot levantó los
brazos.
—¡Le presento mis
excusas! Yo envié ese telegrama y contraté al caballero en cuestión.
—¿Usted...? Pero,
¿por qué? —exclamó lord Yardly.
—Mi intención era
precipitar los acontecimientos.
—¡Precipitarlos!
¡Oh, Dios mío!
—Y el ardid dio
resultado —replicó Poirot alegremente—. Por lo tanto, milord, tengo gran placer
en devolverle... ¡esto! —y con gesto teatral extrajo de su bolsillo un objeto
brillante. Era el «Estrella del Este».
—El «Estrella del
Este» —susurró lord Yardley—. Pero no comprendo...
—¿No? —preguntó
Poirot—. No importa—. Créame, era necesario, que el diamante fuese robado. Le
prometí custodiarlo, y he cumplido mi palabra. Tiene que permitirme que guarde
mi pequeño secreto. Le ruego que transmita mis respetos a lady Yardly, y le
diga lo mucho que celebro poder devolverle la joya. Qué beau temps, ¿no? Buenas
tardes, milord.
Y sonriendo y
charlando, él sorprendente hombrecillo acompañó al asombrado lord hasta la
puerta. Al volver, se frotaba las manos satisfecho.
—Poirot —dije—. ¿Es
que me he vuelto loco?
—No, mon ami, pero
está como siempre bajo una «niebla mental».
—¿Cómo consiguió el
diamante?
—Me lo dio el señor
Rolf.
—¿Rolf?
—Mais oui! Las
cartas amenazadoras, el chino, el artículo de Comentarios Sociales... todo era
producto del ingenio del señor Rolf. Los dos diamantes que se suponían tan
milagrosamente iguales... ¡Bah!, no existían. Sólo había un diamante, amigo
mío. Originalmente perteneció a la colección de los Yardly, pero desde hace
tres años lo tenía el señor Rolf. Lo robó esta mañana con la ayuda de un poco
de pintura en los ángulos de sus ojos. Ah, tengo que verle en alguna película,
desde luego es un gran artista, celui-là!
—Pero, ¿por qué iba
a robar su propio brillante? —pregunté irritado.
—Por muchas
razones. Para empezar, lady Yardly se estaba volviendo ingobernable.
—¿Lady Yardly?
—Comprenda, se
quedaba muy a menudo sola en California. Su esposo iba a divertirse a otra
parte. El señor Rolf era atractivo, y todo en él respiraba un aire de romance.
Pero au fond era muy negociante ese monsieur. Le hizo el amor y luego víctima
de sus chantajes. Traté de sonsacar a milady la otra noche y lo confesó. Jura
que sólo fue indiscreta y la creo. Pero sin duda alguna, Rolf tenía cartas
suyas a las que podía darse una interpretación muy distinta. Aterrorizada por
la amenaza de divorcio y la perspectiva de tener que separarse de sus hijos, se
avino a todo lo que él deseaba. Ella no tenía dinero propio y vióse obligada a
permitirle que sustituyera la piedra auténtica por una imitación. La
coincidencia de la fecha de la aparición del «Estrella del Oeste» me sorprendió
en seguida. Todo va bien. Lord Yardly se dispone a regenerarse... a sentar la
cabeza. Y entonces surge la amenaza de la posible venta del diamante, y la
sustitución sería descubierta. Sin duda alguna, lady Yardly escribiría
frenética a Gregory Rolf, que acababa de llegar de Inglaterra. Él la
tranquiliza prometiéndole arreglarlo todo... y prepara el doble robo. De este
modo tranquilizará a la dama, que pudiera confesarlo todo a su esposo, cosa que
no le interesa en absoluto al chantajista, cobrará las cincuenta mil libras del
seguro (¡usted lo había olvidado! ) y podrá conservar el diamante. En este
punto me dispuse a intervenir. Se anuncia la llegada del experto en diamantes.
Lady Yardly, tal como yo imaginaba, simula lo del robo... ¡que también lo hace
muy bien! Pero Hércules Poirot no ve más que los hechos. ¿Qué ocurre en
realidad? La dama apaga la luz, cierra la puerta y arroja el collar por el
pasillo, gritando. Ya ha quitado el diamante previamente arriba con unos
alicates...
—¡Pero si vimos el
collar en su cuello! —objeté.
—Le ruego me
perdone, amigo mío. Con la mano tapaba el lugar donde debía estar la piedra. El
colocar de antemano un pedazo de seda bordada en la puerta es un juego de
niños. Y Rolf, en cuanto leyó lo del robo, preparó su propia comedia. ¡Y vaya
si la representó bien!
—¿Qué le dijo
usted? —pregunté con curiosidad.
—Le dije que lady
Yardly se lo había contado todo a su esposo y que yo tenía plenos poderes para
recuperar la joya, y que si no me la entregaba inmediatamente obraría en
consecuencia. Y también algunas otras mentirijillas que se me ocurrieron. ¡Fue
como cera en mis manos!
—Me parece un poco
injusto para Mary Marvell. Ha perdido su diamante sin tener culpa alguna —dije.
—¡Bah! —replicó Poirot en tono duro—. Para ella ha
sido una magnífica propaganda. ¡Es lo único que le importa! La otra es muy
distinta. Bonne mère, très femme!
—Sí —dije poco
convencido, y sin compartir plenamente el punto de vista de Poirot acerca de la
femeneidad—. Supongo que fue Rolf quien le envió las cartas duplicadas.
—Pas du tout
—replicó Poirot con presteza—. Vino a buscar mi ayuda por consejo de Mary
Cavendish. Entonces, al oír que Mary Marvell, que ella sabía su amiga, había
estado aquí, cambió de opinión, aceptando el pretexto que usted, amigo mío, le
ofrecía. ¡Unas pocas preguntas fueron suficientes para demostrarme que fue
usted quien mencionó las cartas y no ella! Y se aprovechó de la ventaja que le
ofrecían sus palabras.
—¡No lo creo!
—exclamé.
—Sí, sí, mon ami!
Es una lastima que no estudie psicología. ¿Le dijo que había destruido las
cartas? Oh, là, là, una mujer nunca destruye una carta si puede evitarlo. ¡Ni
siquiera cuando es más prudente hacerlo!
—Todo eso está muy
bien —dije enojado—, ¡pero me ha dejado en ridículo desde el principio al
final! Es muy bonito explicarlo todo después... ¡Es el colmo!
—Pero usted se
estaba divirtiendo tanto, amigo mío, que no tuve valor para desilusionarle.
—No tiene perdón.
Esta vez ha ido demasiado lejos.
—Mon Dieu! Usted se
enfada por nada, mon ami.—¡Estoy harto! —y me marché dando un portazo. Poirot
se había estado riendo de mí, y decidí que merecía un escarmiento. Dejaría
pasar algún tiempo antes de perdonarle. ¡Me había alentado para que me pusiera
en ridículo!
II
TRAGEDIA EN MARSDON
MANOR
HABÍA tenido que
ausentarme de la ciudad durante unos días y a mi regreso encontré a Poirot
preparando su maleta.
—A la bonne heure,
Hastings. Temía que no llegara a tiempo de acompañarme.
—¿Ha sido llamado
para encargarse de algún caso?
—Sí, aunque me veo
obligado a reconocer que aparentemente no resulta muy prometedor. La Compañía
de Seguros Unión del Norte me ha pedido que investigue la muerte de un tal
señor Maltravers, que pocas semanas atrás aseguró su vida por la enorme suma de
cincuenta mil libras.
—¿Sí? —dije muy
interesado.
—Desde luego, en la
póliza figuraba la cláusula acostumbrada referente al suicidio. En el caso de
que se suicidara antes del año se perderían todos los derechos a cobrar la
prima. El señor Maltravers fue examinado a conciencia por el propio médico de
la Compañía, y a pesar de que era un hombre que había dejado atrás la primavera
de su vida, gozaba de una salud perfecta. No obstante, el miércoles pasado o
sea, anteayer... su cadáver fue encontrado en los alrededores de su casa de
Essex, Marsdon Manor, y su muerte fue atribuida a una hemorragia interna. Eso
no tendría nada de particular a no ser por los siniestros rumores que circulan
con respecto a la posición económica del señor Maltravers en los últimos
tiempos , y la Unión del Norte ha descubierto sin duda posible que el caballero
estaba al borde de la ruina. Eso lo altera todo considerablemente. Maltravers
tenía una esposa muy bonita y joven y se insinúa que recogió todo el dinero en
efectivo que pudo para pagar la póliza del seguro de vida en favor de su esposa
y luego se suicidó. Eso no es raro. Ha habido muchos casos semejantes. De todas
formas, Alfred Wright, que es el director de la Unión del Norte, me ha pedido
que investigue este caso; pero, como yo le he dicho, no tengo grandes
esperanzas de lograr el éxito. Si la causa de la muerte hubiera sido un fallo
del corazón, me sentiría más confiado. Muchas veces ése es el diagnóstico de
los médicos rurales cuando no saben de qué murió en realidad su paciente, pero
una hemorragia parece algo bastante definitivo. No obstante, podemos hacer
algunas averiguaciones necesarias. Hastings, tiene usted cinco minutos para
preparar su maleta y luego tomaremos un taxi hasta la calle Liverpool.
Una hora más tarde
nos apeábamos del tren del Este en la pequeña estación de Marsdon Leigh. Al
preguntar nos informaron de que Marsdon Manor estaba sólo a una milla de
distancia. Poirot decidió que fuésemos andando, y emprendimos la marcha por la
calle principal.
—¿Cuál es nuestro
plan de campaña? —le pregunté.
—Primero iremos a
ver al médico. Tengo entendido que sólo hay uno en Marsdon Leigh. El doctor
Ralph Bernard. Ah, ahí está su casa.
La casa en cuestión
era mayor que las otras y hallábase algo separada de la carretera. Una placa de
metal ostentaba el nombre del doctor. Cruzamos el patio e hicimos sonar el
timbre.
Tuvimos suerte. Era
la hora de consulta y en aquel momento no había ningún enfermo esperando ser
recibido por el doctor Bernard. Éste era un hombre de cierta edad, de hombros
altos un tanto encorvados, y de modales agradables.
Poirot, tras
presentarse, le puso al corriente del motivo de su visita, agregando que la
Compañía de Seguros tenía que investigar a fondo los casos como aquél.
—Claro, claro —dijo
el doctor Bernard—. Supongo que siendo un hombre tan rico tendría la vida
asegurada por una gran suma...
—¿Le consideraba
usted un hombre rico, doctor?
El médico pareció
bastante sorprendido.
—¿No lo era? Tenía
dos coches, y Marsdon Manor es una finca muy hermosa y debe costar mucho
mantenerla, aunque creo que la compró muy barata.
—Tengo entendido
que últimamente experimentó considerables pérdidas —dijo Poirot observando
fijamente al doctor.
Sin embargo, este
último limitóse a menear la cabeza tristemente.
—¿Ah, sí? Vaya.
Entonces su esposa tiene suerte de que hubiera asegurado su vida. Es una joven
muy hermosa y encantadora, aunque está muy postrada por ésta desgracia. La
pobrecilla es un manojo de nervios. Yo he procurado simplificar las cosas todo
lo posible, pero el golpe ha sido fuerte.
—¿Había usted
atendido recientemente al señor Maltravers?
—Mi querido amigo,
yo nunca le atendí.
—¿Qué?
—Tengo entendido
que el señor Maltravers era un Christian Scientist o algo parecido.
—¿Pero usted
examinó su cadáver?
—Desde luego. Vino
a buscarme uno de los jardineros.
—¿Y la causa de la
muerte era clara?
—Sí. Tenía sangre
en los labios, pero la mayor parte de la hemorragia debió ser interna.
—¿Le encontraron en
el mismo lugar donde murió?
—Sí. El cadáver no
había sido tocado. Se hallaba tendido en el borde de una plantación.
Evidentemente había ido a cazar cornejas, porque junto a él había un pequeño
rifle. La hemorragia debió sobrevenirle de repente. Úlcera gástrica
seguramente.
—¿No cabe la
posibilidad de que le disparasen?
—¡Mi querido amigo!
—Le ruego me
perdone —replicó Poirot humildemente—. Pero si no me falla la memoria, en un
reciente asesinato, el doctor primero diagnosticó un ataque cardíaco... y luego
tuvo que rectificar cuando vieron que el cadáver tenía una herida en la cabeza.
—No encontrará
heridas de bala en el cadáver del señor Maltravers —contestó el doctor Bernard
secamente—. Ahora, señores, si no desean nada más.
Comprendimos la
indirecta.
—Buenos días y
muchísimas gracias, doctor, por haber contestado tan amablemente a nuestras
preguntas. A propósito. ¿No ve usted necesidad de practicar la autopsia?
—Desde luego que
no. La causa de la muerte está bien clara, y en mi profesión procuramos no
molestar innecesariamente a los familiares de un paciente fallecido.
Y el doctor nos dio
con la puerta en las narices.
—¿Qué opina usted
del doctor Bernard, Hastings? —preguntó Poirot cuando emprendimos el camino del
Manor.
—Que es bastante
mula.
—Exacto. Sus
juicios acerca del carácter de los demás son siempre profundos, amigo mío.
Le miré
intranquilo, pero parecía hablar muy en serio. Sin embargo, sus ojos
parpadearon al agregar:
—Es decir, ¡cuando
no se trata de una mujer bonita!
Le miré fríamente.
Cuando llegamos a
la finca, nos abrió la puerta una doncella de media edad. Poirot le entregó su
tarjeta y una carta de la Compañía de Seguros para la señora Maltravers. Nos
hizo pasar a una salita y se retiró para avisar a su señora. Transcurrieron
unos diez minutos antes de que se abriera la puerta para dar paso a una figura
esbelta vestida de luto.
—¿Monsieur Poirot?
—dijo con desmayo.
—¡Madame! —Poirot,
poniéndose galantemente de pie, apresuróse a acercarse a ella—. No puedo
decirle cuánto lamento tener que molestarla. Pero qué quiere usted. Les
affaires... no saben lo que es la compasión...
La señora
Maltravers le permito que la acompañara hasta una silla. Tenía los ojos
enrojecidos por el llanto, pero ni esta alteración temporal conseguía empañar
su extraordinaria belleza. Tendría unos veintisiete o veintiocho años, era muy
rubia, de grandes ojos azules y boca infantil.
—Se trata de algo
referente al seguro de mi marido, ¿no? Pero, ¿precisamente tienen que
molestarme ahora tan pronto?
—Valor, mi querida
señora. ¡Valor! Su difunto esposo aseguró su vida por una enorme suma, y en
tales casos la Compañía siempre tiene que aclarar algunos detalles. Me han dado
poderes para que les represente. Puede estar segura de que haré todo lo posible
por evitarle molestias desagradables. ¿Querría referirme brevemente los tristes
acontecimientos del miércoles?
—Me estaba
cambiando para tomar el té cuando subió la doncella... uno de los jardineros
acababa de llegar a la casa. Había encontrado...
Su voz se apagó y
Poirot le acarició una mano.
—Comprendo. ¡Es
suficiente! ¿Había visto usted a su esposo aquella tarde?
—Desde la hora de
comer no volví a verle. Yo había ido al pueblo a comprar unos sellos, y creo
que él estuvo cazando por estos alrededores.
—¿Tirando a las
cornejas, no es eso?
—Sí, solía llevarse
el rifle pequeño, y oí un par de disparos lejanos.
—¿Dónde está ahora
el rifle?
—Creo que en el
vestíbulo.
Nos guió hasta allí
y entregó el arma a Poirot, que la examinó a conciencia.
—Veo que el rifle
fue disparado dos veces —observó al devolvérselo—. Y ahora, madame, si me
permitiera ver...
Se detuvo con suma
delicadeza.
—La doncella le
acompañará —murmuró, volviendo la cabeza.
Poirot y la
doncella se dirigieron al piso de arriba. Yo permanecí con la bella e
infortunada joven. No sabía si hablar o permanecer callado. Hice un par de
comentarios, a los que ella contestó en tono ausente, y a los pocos minutos mi
amigo se reunía con nosotros.
—Le doy las gracias
por toda su gentileza, madame —dijo—. No creo que sea preciso volver a
molestarla por este asunto. A propósito, ¿sabe usted algo de la posición
económica de su esposo?
—Nada en absoluto.
Soy muy tonta para los negocios.
—Ya. ¿Entonces no
puede darnos ninguna pista acerca de por qué decidió asegurar su vida tan de
repente? Tengo entendido que no lo había hecho nunca.
—Bueno, llevábamos
casados poco más de un año. Pero, en cuanto el porqué aseguró su vida, fue
porque estaba completamente convencido de que no viviría mucho. Tenía un
invencible presentimiento sobre su propia muerte. Supongo que habría tenido
alguna hemorragia, y sabría que otra podría ser fatal. Yo traté de disipar sus
temores, pero sin resultado. ¡Cielos, cuánta razón tenía!
Y con lágrimas en
los ojos nos despidió. Poirot hizo un gesto característico mientras echábamos a
andar por el camino.
—Eh bien, ¡eso es!
Regresemos a Londres, amigo mío, parece que aquí no hay gato encerrado. Y no
obstante...
—Y no obstante,
¿qué?
—¡Una ligera
discrepancia, eso es todo! ¿Lo ha observado usted? ¿No? Sin embargo, la vida
está llena de discrepancias y no cabe duda de que ese hombre no pudo
suicidarse... no hay veneno capaz de llenar su boca de sangre. No, no; debo
resignarme a pensar que todo está claro y libre de sospechas... pero.... ¿qué
es esto?
Un héroe alto se
acercaba por el camino. Pasó junto a nosotros sin inmutarse. Yo noté que era
bien parecido, con un rostro limpio y bronceado que hablaba de una vida en un
clima tropical. Un jardinero que estaba barriendo las hojas se detuvo unos
instantes para descansar y Poirot se dirigió rápidamente hacia él.
—Dígame, por favor,
¿quién es ese caballero? ¿Le conoce?
—No recuerdo su
nombre, señor, aunque alguna vez lo he oído.
—La semana pasada
estuvo aquí una noche. El martes.
—De prisa, mon ami,
sigámosle.
Nos apresuramos
tras el hombre que se alejaba. Al ver una figura de negro en la terraza lateral
de la casa avanzó hacia ella y nosotros tras él, de modo que fuimos claros
testigos de aquel encuentro que nos salió al paso de improviso.
La señora
Maltravers se quedó como clavada en el suelo y su rostro palideció
intensamente.
—¿Tú? —exclamó—.
Pensé que estabas navegando... camino de África...
—Recibí ciertas
noticias de mis abogados que me han retenido —explicó el joven—. Mi anciano tío
que vivía en Escocia falleció inesperadamente y me dejó algún dinero. Dadas las
circunstancias creí conveniente cancelar mi pasaje. Luego leí la triste noticia
en el periódico y he venido para ver si puedo ayudarte en algo. Tal vez desees
que a alguien cuide de todo esto durante algún tiempo.
En aquel preciso
instante advirtieron nuestra presencia. Poirot se adelantó y deshaciéndose en
excusas explicó que había dejado su bastón en el vestíbulo. De bastante mala
gana, o por lo menos así me lo pareció, la señora Maltravers hizo las
presentaciones oportunas.
—Monsieur Poirot.
El capitán Black.
Durante la breve
charla, Poirot averiguó que el capitán Black se hospedaba en la Posada del
Ancla. El bastón no había aparecido (lo cual no es de extrañar), y Poirot y yo
nos marchamos tras nuevas disculpas.
Regresamos al
pueblo a buen paso y Poirot quiso que fuéramos a la Posada del Ancla.
—Aquí nos
instalamos hasta que vuelva el capitán —explicó—. ¿Se ha fijado usted en que
puse de relieve que íbamos a regresar a Londres en el primer tren? Es posible
que usted pensase que era así. Pues no... ¿Observó el rostro de la señora
Maltravers al ver al joven Black? Evidentemente se sorprendió y él... eh bien,
él estuvo muy cariñoso, ¿no le parece? Y vino aquí el martes por la noche... o
sea, el día antes de que muriera el señor Maltravers. Tenemos que investigar
las andanzas del capitán Black, Hastings.
Durante media hora
espiamos la llegada de nuestro hombre a la posada. Poirot salió a su encuentro
acosándole y al fin le trajo a la habitación que habíamos reservado.
—Le he estado
explicando al capitán Black la misión que nos trae aquí —dijo Poirot—. Puede
usted comprender, monsieur le capitaine, que deseo conocer el estado de ánimo
del señor Maltravers antes de su muerte, y que al mismo tiempo no quisiera
molestar a la señora Maltravers haciéndole preguntas dolorosas. Usted estuvo
aquí el día antes de la desgracia, y puede darnos una información igualmente
valiosa.
—Haré todo lo que
me sea posible por ayudarles, se lo aseguro —replicó el joven militar—, pero no
observé nada de extraordinario. Comprenda, aunque Maltravers era un amigo de mi
familia, yo apenas le conocía.
—¿Cuándo vino
usted?
—El martes por la
tarde. Regresé a la ciudad a primera hora de la mañana del miércoles, ya que mi
barco salía de Tilbury a eso de las doce. Pero ciertas noticias que recibí me
hicieron variar mi plan, y me atrevo a asegurar que ustedes ya me oyeron explicárselo
a la señora Maltravers.
—¿Tengo entendido
que regresaba usted a África, capitán?
—Sí. He estado allí
desde la guerra... un gran país.
—Exacto. ¿De qué
hablaron durante la cena del martes?
—Oh, no lo sé. Se
habló de los tópicos corrientes. Maltravers me preguntó por mi familia, luego
discutimos la cuestión de la reconstrucción de Alemania, y la señora Maltravers
me hizo muchas preguntas sobre África Oriental. Yo les conté un par de anécdotas...
y creo que esto fue todo.
—Gracias.
Poirot guardó
silencio unos instantes y al cabo dijo amablemente:
—Con su permiso, me
agradaría ensayar un pequeño experimento. Usted nos ha dicho todo lo que sabe
su consciente. Ahora deseo interrogar a su subconsciente.
—¿Qué?
¿Psicoanálisis? —exclamó Black, visiblemente alarmado.
—¡Oh, no! —repuso
Poirot tranquilizándole—. Verá, se trata de lo siguiente: yo le digo una
palabra, usted responde con otra, y así sucesivamente. Cualquier palabra, la
primera que se le ocurra. ¿Quiere que empecemos?
—De acuerdo —repuso
Black despacio, aunque intranquilo.
—Anote las
palabras, haga el favor, Hastings —dijo Poirot. Luego sacó su enorme reloj de
bolsillo y lo dejó encima de la mesa—. Vamos a empezar. Día.
Hubo una pausa
momentánea y al fin Black replicó:
—Noche.
Poco a poco sus
respuestas fueron más rápidas.
—Nombre —dijo
Poirot.
—Lugar.
—Bernard.
—Shaw.
—Martes.
—Cena
—Viaje.
—Barco.
—País.
—Uganda.
—Historia.
—Leones.
—Rifle corto.
—Finca.
—Disparo.
—Suicidio.
—Elefante.
—Colmillos.
—Dinero.
—Abogados.
—Gracias, capitán
Black. Tal vez pueda usted concederme unos minutos dentro de media hora...
—¡Desde luego! —El
militar le miró con curiosidad, secándose la frente mientras se levantaba.
—Y ahora, Hastings
—me dijo Poirot sonriente cuando hubo cerrado la puerta tras él—. Lo comprende
usted todo, ¿no es cierto?
—No sé a qué se
refiere.
—¿Es que no le dice
nada esa lista de palabras?
La repasé, pero me
vi obligado a negar con la cabeza.
—Le ayudaré. Para
empezar, Black contestó bien dentro del límite normal; sin pausas, de modo que
podemos deducir que no tenía conciencia de culpabilidad y por lo tanto nada que
ocultar. «Día» y «Noche», «Lugar» y «Nombre» son asociaciones normales. Empecé
a trabajar con la palabra «Bernard», que pudo haberle sugerido el médico de la
localidad de haber tenido contacto con él. Es evidente que no fue así. Después
de nuestra reciente conversación dijo como respuesta «Cena» a mi «Martes», pero
«Viaje» y «País» fueron contestados con «Barco» y «Uganda», demostrando
claramente lo que le trajo aquí. «Historia» le recuerda una de las anécdotas
sobre la caza del «León» que estuvo contando durante la cena. Seguí con la
palabra «Rifle corto» y responde inesperadamente «Finca». Y cuando digo
«Disparo» contesta sin dilación «Suicidio». La asociación parece clara. Un
hombre que él conoce se ha suicidado con un rifle corto en una finca. Recuerde
también que su mente sigue recordando las historietas que contó en la cena, y
creo que estará de acuerdo conmigo en que no puedo andar muy lejos de la verdad
si le pido al capitán Black que me repita esa historia sobre un suicidio
particular que contó la noche del martes.
Black no tuvo el
menor inconveniente. —Sí, ahora que lo pienso —dijo— les conté esa historia. Un
individuo se suicidó en una finca pegándose un tiro. Lo hizo apuntando el rifle
al paladar y la bala se alojó en su cerebro. Los médicos estaban intrigadísimos...
no había nada que lo indicase excepto un poco de sangre en sus labios. Pero
¿qué...? —el capitán se detuvo.
—¿Qué tiene esto
que ver con el señor Maltravers? Veo que ignora que había un rifle corto junto
al cadáver.
—¡Quiere usted
decir que mi historia le dio la idea... ah, es horrible!
—No se atormente...
hubiera sido igual, de un modo u otro. Bien, tengo que telefonear a Londres
cuanto antes.
Poirot sostuvo una
larga conversación por teléfono, y regresó pensativo. Salió solo aquella tarde,
y a las siete me anunció que no podía resisitr más y que iba a comunicar la
noticia a la joven viuda, a quien yo había entregado toda mi simpatía sin la menor
reserva. Quedarse sin un céntimo, y con el conocimiento de que su marido se
había suicidado para asegurar su futuro, es una carga muy pesada para cualquier
mujer. Sin embargo, yo abrigaba la secreta esperanza de que el joven Black
pudiera consolarla después de pasados los primeros momentos de pesar. Era
evidente que la admiraba muchísimo.
Nuestra entrevista
con la dama fue muy dolorosa. Se negó a creer los hechos que Poirot le
presentaba, y cuando al fin se convenció rompió a llorar amargamente. El examen
del cadáver hizo que se confirmaran nuestras sospechas. Poirot lo lamentó
muchísimo por la pobre señora, pero, al fin y al cabo, trabajaba para la
Compañía de Seguros, y, ¿qué podía hacer? Cuando ya se disponía a marchar le
dijo a la señora Maltravers con toda amabilidad:
—¡Madame!, ¡usted
debía haber sabido que la muerte no fue natural!
—¿Qué quiere decir?
—preguntó con los ojos muy abiertos.
—¿Ha tomado parte
alguna vez en sesiones de espiritistas? Usted es una buena médium.
—Madame, he visto
cosas muy extrañas. ¿Sabe usted que en el pueblo se dice que esta casa está
encantada?
Ella asintió y en
aquel momento la doncella anunció que la cena estaba servida.
—¿No quieren
ustedes quedarse a tomar algo?
Aceptamos
agradecidos y pensando que tal vez nuestra presencia distrajera un tanto sus
tristes pensamientos.
Acabábamos de
terminar la sopa cuando se oyó un grito detrás de la puerta y ruido de loza
rota. Nos pusimos en pie de un salto al tiempo que aparecía la doncella con la
mano sobre el corazón.
—Era un hombre...
en mitad del pasillo.
Hércules Poirot
corrió fuera del comedor regresando rápidamente.
—No hay nadie.
—¿No, señor? —dijo
la doncella con voz débil—. ¡Oh, me he llevado un susto!
—¿Pero por qué?
—Creí... que era el
señor... se parecía a él.
Vi que la señora
Maltravers se sobresaltaba, y sin darme cuenta me acordé de la superstición que
asegura que un suicida no puede descansar. Ella también debió pensarlo, estoy
seguro, ya que un minuto más tarde cogió del brazo a Poirot lanzando un doloroso
grito.
—¿Ha oído? ¿Esos
golpes en la ventana? Así es cómo solía llamar cuando pasaba junto a la casa.
—Es la hiedra —dije
yo—. El viento la hace golpear contra el marco.
Pero cierto
nerviosismo se iba apoderando de todos nosotros. La doncella estaba
descompuesta, y cuando la cena hubo terminado la señora Maltravers suplicó a
Poirot que no se marchase en seguida. Temía quedarse sola, y permanecimos
sentados en la salita. El viento iba aumentando y gemía alrededor de la casa de
un modo aterrador. Por dos veces se abrió la puerta lentamente, y cada vez la
viuda se agarraba a mí despavorida.
—¡Ah, pero esa
puerta está embrujada! —exclamó Poirot irritado. Y levantándose la cerró una
vez más, dando luego vuelta a la llave—. ¡La cerraré con llave, así!
—No lo haga —dijo
la señora Maltravers—, si ahora volviera a abrirse...
Y mientras hablaba
ocurrió lo imposible. La puerta volvió a abrirse, poco a poco. Yo no podía ver
el pasillo desde donde estaba, pero Poirot y ella sí. Con un estremecimiento
volvióse hacia él.
—¿Le ha visto...
ahí en el pasillo? —exclamó impresionada.
Él la miraba con
extrañeza y al fin meneó la cabeza.
—Le he visto era mi
esposo tiene que haberle visto usted también.
—Madame, yo no vi
nada. Usted no está bien... está alterada...
—Estoy
perfectamente bien. Yo... ¡Oh, Dios mío!
De pronto, sin
previo aviso, las luces oscilaron y se apagaron. En la oscuridad sonaron tres
fuertes golpes, y pude oír un gemido de la señora Maltravers.
¡Y entonces... le
vi!
El hombre que había
visto en la cama de arriba estaba allí de pie, rodeado de una luz fantasmal.
Tenía los labios manchados de sangre y la mano derecha extendida, señalando. De
pronto una luz brillante pareció salir de su mano y pasando ante Poirot y ante
mí cayó sobre la señora Maltravers. ¡Vi su rostro pálido de terror y algo más!
—¡Cielos, Poirot!
—exclamé—. Mire su mano, su mano derecha. ¡Está roja!
Ella bajó los ojos
para mirarla e inmediatamente cayó al suelo.
—Sangre —exclamó
con voz histérica—. Sí, es sangre. Yo le maté. Yo lo hice. Puse mi mano en el
gatillo y apreté. ¡Sálveme... sálveme! ¡Ya vuelve!
Su voz se apagó en
un sollozo.
—Luces —dijo
Poirot.
Y las luces se
encendieron como por arte de magia.
—Eso es —continuó—.
¿Ha oído usted, Hastings? ¿Y usted, Everett? Oh, a propósito, éste es el señor
Everett, un buen artista de teatro. Le telefoneé esta tarde, su caracterización
es buena, ¿verdad? Idéntico al difunto, y con una linterna y el fósforo necesario
ha dado la impresión adecuada. Yo que usted no le tocaría la mano derecha,
Hastings. La pintura roja mancha mucho. Cuando se apagaron las luces cogí la
mano de la señora Maltravers, ¿comprende? A propósito, no debemos perder
nuestro tren. El inspector Japp está fuera, detrás de la ventana. Una mala
noche... pero ha podido entretenerse golpeándola de vez en cuando.
«¿Comprende?
—continuó Poirot mientras caminábamos contra el viento y la lluvia—, había una
ligera discrepancia. El doctor creía que el difunto era un Christian Scientist,
y ¿quién pudo habérselo dicho sino la señora Maltravers? Pero ante nosotros
ésta simuló que su esposo estaba muy preocupado por su salud. ¿Y por qué le
sorprendió tanto el regreso del joven Black? Y por último, aunque sé que los
convencionalismos exigen que una mujer guarde luto riguroso por su marido, no
creo que sea necesario pintarse tanto los párpados de oscuro. ¿No se fijó
usted, Hastings? ¿No? Como siempre le he dicho, ¡usted no ve nada!
Bien, así fue.
Caben dos posibilidades. ¿La historia de Black sugirió al señor Maltravers una
idea ingeniosa para suicidarse, o bien su otro oyente, la esposa, vio un
sistema igualmente original de cometer un crimen? Yo me inclino por lo último.
Para disparar en la posición inclinada, probablemente hubiera tenido que
apretar el gatillo con el pie... o por lo menos eso imagino. Ahora bien, si el
señor Maltravers hubiera sido encontrado con un pie descalzo, es seguro que lo
hubiéramos sabido. Un detalle así no pasa inadvertido.
—No, como le digo,
me sentí inclinado a considerarlo un caso de asesinato y no un suicidio, pero
comprendí que no tenía la menor prueba en qué basar mi teoría. De ahí la
comedia que ha visto representar con gran detalle, esta noche.
—Incluso ahora no
veo todos los detalles del crimen —dije.
—Empecemos por el
principio. Aquí tenemos una mujer astuta y calculadora, que conociendo la
débâcle económica de su esposo, con quien se casó por interés, le induce a que
asegure su vida a su favor por una fuerte suma y luego busca el medio de
quitarlo de en medio. Una casualidad se lo ofrece... la extraña historia del
joven militar. A la tarde siguiente, cuando supone que monsieur le capitaine
está ya en alta mar, pasea con su esposo por los alrededores. «¡Qué historia
más curiosa la de ayer noche!” —comenta—, «¿Es posible que un hombre pueda
matarse de ese modo? Demuéstramelo si es posible!» El pobre tonto... la
complace. Mete el cañón del rifle en su boca. Ella se agacha y pone el dedo en
el gatillo riendo. «Y ahora —le dice con gran desfachatez—, ¿supón que apretase
el gatillo?»
»Y entonces... y
entonces, Hastings... ¡lo apretó!
III
LA AVENTURA DEL
PISO BARATO
HASTA el momento,
en todos los casos que yo he relatado, las investigaciones de Poirot se
iniciaron partiendo del factor central, ya fuese crimen o robo, y fueron
siguiendo un proceso de deducciones lógicas hasta llegar a la solución final.
En los acontecimientos que ahora voy a relatar, una curiosa cadena de
circunstancias tuvo su principio en ciertos incidentes aparentemente triviales
que atrajeron la atención de. Poirot y culminó en los siniestros sucesos que
constituyeron uno de los casos más extraordinarios.
Yo había pasado la
tarde con un antiguo amigo mío, Gerald Parker. Además dé mi anfitrión,
hallábanse presentes una media docena de personas, y la conversación acabó por
recaer, como era lógico que ocurriera, sobre el tema de la «caza de pisos» en
Londres. Casa y pisos eran la debilidad de Parker. Desde el final de la guerra
había ocupado por lo menos seis pisos distintos. Aunque acabara de instalarse
si encontraba un nuevo piso o casa se mudaba en seguida con todos sus muebles.
Sus traslados iban siempre acompañados de una ligera mejora económica, ya que
poseía una cabeza muy dispuesta para los negocios, pero su acicate principal
era el amor al deporte y no al deseo de hacer dinero. Escuchamos a Parker
durante cierto tiempo con el respeto de los novatos ante un experto. Cuando nos
tocó el turno, aquello fue una perfecta babel de lenguas desatadas. Por fin
cedimos el terreno a la señora Robinson, una encantadora joven que estaba allí
acompañada de su esposo. Yo no los había visto hasta entonces, y aquel Robinson
era una amistad reciente de Parker.
—Hablando de pisos
—dijo—, ¿se ha enterado usted de la suerte que hemos tenido, Parker? ¡Tenemos
piso... por fin! En las cómodas Mansiones Montagu.
—Bueno —replicó
Parker—. Siempre he dicho que es fácil hallar piso... si no se repara en el
precio.
—Sí, pero éste no
es caro, sino baratísimo. ¡Ochenta libras al año!
—Pero... las
Mansiones Montagu están cerca de Kinghtsbridge, ¿no? Es un edificio muy
hermoso. ¿O se refiere usted a alguna otra casa situada en esos barrios?
—No, a la de
Kinghtsbridge. Por eso es tan maravilloso.
—¡Ésa es la
palabra, maravilloso! Es un milagro. Pero supongo que habrán pagado un enorme
traspaso...—¡Sin traspaso!
—Sin tras... oh,
¡sostenedme, por favor! —gimió Parker.
—Hemos tenido que
comprar los muebles —dijo la señora Robinson.
—¡Ah! ¡Ya sabía que habría algo!
—Por cincuenta
libras. ¡Y está estupendamente amueblado!
—Me doy por vencido
—dijo Parker—. Sus ocupantes debían ser lunáticos con una gran afición a la
filantropía.
La señora Robinson
parecía un poco preocupada y se formó un ligero ceño entre sus cuidadas cejas.
—Es extraño,
¿verdad? No cree que ese... ese sitio debe estar encantado?
—Nunca oí hablar de
un piso embrujado —declaró Parker con decisión.
—No. —La señora
Robinson no parecía muy convencida—. Pero hay varias cosas que me han
parecido... bueno, extrañas.
—Por ejemplo...
—dije yo.
—Ah —replicó
Parker—. ¡Ha despertado la curiosidad de nuestro experto criminalista! Confíese
a él, señora Robinson. Hastings es un gran esclarecedor de misterios.
Yo reí, un tanto
violento, pero no del todo disgustado por sus palabras.
—Oh, no son
precisamente extrañas, capitán Hastings, pero cuando acudimos a los agentes
Stosser y Paul... no habíamos recurrido a ellos antes porque sólo tenían pisos
en Mayfair, carísimos; pero pensamos que de todas formas valía la pena
intentarlo... Todo lo que nos ofrecieron era de cuatrocientas a quinientas
libras al año, enormes traspasos, y luego, cuando ya nos íbamos nos dijeron que
tenían un piso de ochenta, ya que lo tenían anotado en los libros desde tiempo
atrás y habían enviado ya a verlo a tantas personas que casi seguro que
estuviera ya alquilado por ser una ganga...
La señora Robinson
hizo una pausa para tomar aliento y luego continuó:
—Les dimos las
gracias, y les dijimos que era comprensible que estuviera ya alquilado, pero de
todas formas iríamos a ver... por si acaso. Fuimos directamente en un taxi,
porque al fin y al cabo nunca se sabe. El número cuatro estaba en el segundo
piso, y mientras esperábamos el ascensor vi que mi amiga Elsie Ferguson, que
también andaba buscando piso, bajaba corriendo la escalera. «Esta vez he
llegado antes que tú —me dijo—. Pero no me ha servido de nada. Ya está
alquilado.» Aquello parecía dar por terminado el asunto, pero... como John
dijo, el piso era muy barato y nosotros podíamos pagar más, incluso ofrecer un
traspaso. Claro que es una cosa fea, y me avergüenzo confesarlo, capitán
Hastings, pero ya sabe usted lo que es ir a «la caza de un piso».
Le aseguré que
estaba al corriente de lo que significaba la lucha por la vivienda.
—De modo que
subimos, y ¿quiere usted creerlo?, el piso no estaba alquilado. Nos abrió la
puerta una doncella, y cuando vimos a la señora lo dejamos todo arreglado.
Entrega inmediata y cincuenta libras por el mobiliario. ¡Al día siguiente
firmamos el contrato y mañana nos mudamos! —La señora Robinson se detuvo
triunfante.
—¿Y qué me dice
usted de la señora Ferguson? —preguntó Parker—. Oigamos sus deducciones,
Hastings.
—Es evidente, mi
querido Watson —repliqué alegremente—. Ella se equivocó de piso.
—¡Oh, capitán
Hastings, qué inteligente es usted! —exclamó la señora Robinson admirada.
Yo deseaba que
Poirot hubiera estado allí. Algunas veces tengo la impresión de que no sabe
apreciar mis habilidades.
* * *
Todo aquel asunto
resultaba divertido y se lo conté a Poirot a la mañana siguiente. Pareció
interesado y me estuvo interrogando estrechamente acerca de las rentas de los
pisos en diversas localidades.
—Es una historia
curiosa —me dijo pensativo—. Perdóneme, Hastings, debo ir a dar un paseo.
Cuando regresó,
cosa de una hora más tarde, le brillaban los ojos con una excitación especial.
Dejó el bastón encima de la mesa y cepilló la copa de su sombrero con su
habitual esmero, antes de hablar.
—Es una suerte, mon
ami, que de momento no tenga ningún caso entre manos. Podemos dedicarnos
plenamente a esta investigación.
—¿De qué
investigación me está hablando?
—De la
extraordinaria baratura del piso encontrado por su amiga, la señora Robinson.
—¡Poirot, espero
que no hable en serio!
—Muy en serio.
Imagínese, amigo mío, que la verdadera renta de esos pisos es de trescientas
cincuenta libras al año. Lo acabo de comprobar por medio del administrador. ¡Y
no obstante, ese piso ha sido alquilado por ochenta libras! ¿Por qué?
—Tiene que tener
algún inconveniente. Tal vez esté encantado, como insinuó la señora Robinson.
Poirot meneó la
cabeza poco convencido.
—Entonces es
curioso que su amiga le dijera que el piso estaba alquilado, y cuando ella sube
resulta que no es así.
—Debió de
equivocarse de piso. Es la única explicación posible.
—En eso puede usted
tener o no razón, Hastings. Pero sigue existiendo el hecho de que numerosos
clientes fueron a verlo y no obstante, a pesar de su extraordinaria baratura,
estaba todavía libre cuando llegaron los Robinson.
—Eso demuestra que
tiene que tener algún inconveniente.
—La señora Robinson
no notó nada. Es muy curioso, ¿no? ¿Le dio la impresión de ser una mujer
sincera, Hastings?
—¡Es una criatura
deliciosa!
—Evidemment!,
puesto que le ha dejado a usted incapaz de contestar a mi pregunta.
Descríbamela.
—Bien, es alta y
rubia; en realidad sus cabellos tienen un delicioso tono castaño
rojizo...—¡Siempre ha tenido usted debilidad por las pelirrojas! —murmuró
Poirot—. Pero continúe.
—Ojos azules,
hermosas facciones y... bueno, creo que eso es todo —terminé avergonzado.
—¿Y su esposo?
—Es un individuo
muy agradable... nada de particular.
—¿Moreno o rubio?
—No lo sé... ni una
cosa ni otra, y tiene una cara muy vulgar.
—Sí, hay cientos de
hombres como éste y, de todas maneras, usted sabe describir mejor a las
mujeres. ¿Sabe algo de esta pareja? ¿Parker les conoce bien?
—Creo que desde
hace poco. Pero, Poirot, no pensará usted ni un momento...
Poirot levantó la
mano.
—Tout doucement,
mon ami. ¿Es que acaso he dicho que pensaba algo? Todo lo que he dicho... es
que la historia resulta curiosa. Y no hay nada que pueda arrojar alguna luz
sobre ella, excepto el nombre de esa señora, ¿eh, Hastings? ¿Cuál es su nombre?
—Se llama Stella
—repliqué—, pero no comprendo...
Poirot me
interrumpió riendo regocijado. Al parecer, algo le divertía
extraordinariamente.
—Y Stella significa
estrella, ¿no? ¡Qué célebre!
—¿Qué diablos...?
—¡Y las estrellas
dan luz! Voilà. Cálmese, Hastings, y no adopte ese aire de dignidad ofendida.
Vamos, iremos a las Mansiones Montagu a hacer algunas averiguaciones.
Le acompañé sin
rechistar. Las Mansiones Montagu eran un hermoso bloque de viviendas. Un
portero uniformado resplandecía en la entrada y a él se dirigió Poirot.
—Perdone, ¿podría
decirnos si viven aquí los señores Robinson?
El portero, al
parecer, era hombre de pocas palabras y muy receloso. Sin apenas mirarnos,
replicó:
—El número cuatro.
Segundo piso.
—Gracias. ¿Puede
decirme cuánto tiempo llevan aquí?
—Seis meses.
Yo me adelanté,
presa de gran extrañeza, consciente de la sonrisa maliciosa de Poirot.
—Imposible
—exclamé—. Usted se equivoca por completo.
—Seis meses.
—¿Está seguro? La
señora a que me refiero es alta, de cabellos dorados y...
—Esa misma —repuso
el portero—. Llegaron hace exactamente seis meses.
Pareció perder todo
interés por nosotros y desapareció lentamente por el portal. Yo seguí a Poirot
al exterior.
—Eh bien, Hastings
—dijo mi amigo—. ¿Está ahora tan seguro de que esa joven dice siempre la
verdad?
Yo no contesté.
Poirot había
emprendido la marcha por Brompton Road antes de que yo le preguntase qué era lo
que iba a hacer respecto a la cuestión, en el lugar al que a la sazón nos
dirigíamos.
—A ver a esos
agentes, Hastings. Siento enormes deseos de tener un piso en las Mansiones
Montagu. Si no me equivoco, van a ocurrir cosas muy interesantes dentro de poco
tiempo.
Tuvimos suerte. El
número ocho, situado en el cuarto piso, se alquilaba amueblado por diez guineas
semanales. Poirot lo tomó por un mes. Una vez de nuevo en la calle, acalló mis
protestas diciendo:
—¡Pero hoy en día
gano dinero! ¿Por qué no puedo permitirme un capricho? A propósito, Hastings,
¿tiene usted un revólver?
—Sí... por algún
sitio —repliqué ligeramente emocionado—. ¿Usted cree...?
—¿Que vamos a
necesitarlo? Es muy posible. Veo que la idea le complace. Siempre le emociona
lo espectacular y romántico.
El día siguiente
nos sorprendió instalados en nuestro hogar temporal. El piso estaba bien
amueblado, y ocupaba la misma posición en el edificio que el de los Robinson,
aunque dos pisos más arriba.
Por la tarde al día
siguiente al de nuestro traslado, que era domingo, Poirot dejó la puerta del
piso entreabierta y me llamó apresuradamente al oír un fuerte portazo
procedente de los pisos inferiores.
—Mire por la
escalera. ¿Son ésos sus amigos? No deje que le vean. Yo alargué el cuello por
el amplio hueco de la escalera.
—Ellos son —declaré
en un susurro.
—Bien. Aguarde un
poco.
Cosa de media hora
más tarde una mujer joven salió del piso de los Robinson vestida llamativamente
con gran diversidad de prendas. Con un suspiro de satisfacción, Poirot volvió a
entrar de puntillas.
—C'est ça. Después
del señor y la señora, la doncella. Ahora el piso estará completamente vacío.
—¿Qué vamos a
hacer? —pregunté intranquilo.
Poirot se había
dirigido a la despensa y estaba tirando de la cuerda del montacargas.
—Vamos a descender
como si fuéramos cubos de la basura —me explicó alegremente—. Nadie nos verá.
El concierto del domingo, la «salida» del domingo por la tarde y, finalmente,
la siesta después de la comida dominical inglesa... le rosbif... y demás, distraerán
la atención de las andanzas de Hércules Poirot. Vamos, amigo mío.
Se introdujo en el
rústico artefacto de madera, y yo le seguí de mala gana.
—¿Es que piensa
allanar el piso? —le pregunté extrañado.
La respuesta de
Poirot no fue del todo tranquilizadora.
—Hoy precisamente,
no —replicó.
Soltando la cuerda
lentamente fuimos bajando hasta llegar al segundo piso. Poirot exhaló un
suspiro de satisfacción al ver que la puerta de la despensa estaba abierta.
—¿Se fija? Hoy en
día nadie cierra las ventanas. Y no obstante cualquiera podría subir o bajar
como nosotros lo hemos hecho. Por la noche, sí.... aunque tal vez no
siempre.... y contra esa posibilidad hemos de asegurarnos.
Había ido sacando
algunas herramientas de su bolsillo y en seguida se puso a trabajar. Su
propósito era disponer del pestillo de modo qué pudiera ser corrido desde el
montacargas. La operación sólo le ocupó unos tres minutos. Luego volvió a
guardar las herramientas en su bolsillo y regresamos una vez más a nuestro
piso.
* * *
El lunes Poirot
estuvo fuera todo el día, pero cuando regresó por la tarde se dejó caer en su
butaca con un suspiro de satisfacción.
—Hastings, ¿quiere
que le cuente una pequeña historia? ¿Una historia que le gustará y le hará
recordar su cinema favorito?
—Adelante —reí—.
Supongo que será una historia auténtica y no un producto de su fantasía.
—Es absolutamente
cierta. El inspector Japp, de Scotland Yard, responderá de su veracidad, puesto
que ha llegado a mis oídos a través de su departamento. Escuche, Hastings. Hace
poco más de seis meses fueron robados del correspondiente departamento del Gobierno
americano unos importantes planos navales, en los que se indicaba la posición
de los puertos de defensa más importantes, y que tenían un valor considerable
para cualquier Gobierno extranjero.... el del Japón por ejemplo. Las sospechas
recayeron sobre un joven llamado Luigi Valdarno, italiano de nacimiento, que
estaba empleado en el departamento y que desapareció al mismo tiempo que los
papeles. Fuera o no el ladrón, Luigi Valdarno fue encontrado muerto de un
balazo dos días más tarde en la zona Este de Nueva York. No mucho tiempo antes
Luigi Valdarno estuvo exhibiéndose con miss Elsa Hardt, una joven concertista
de canto recientemente aparecida, y que vivía con un hermano en un piso de
Washington. Nada se sabía de los antecedentes de miss Elsa Hardt, que
desapareció repentinamente al ser asesinado Valdarno. Existen razones para
creer que en realidad era una espía internacional que había realizado trabajos
nefastos bajo diversos aliases. El Servicio Secreto americano, mientras hacía
todo lo posible para dar con ella, no perdía de vista a cierto insignificante
caballero japonés que vivía en Washington. Estaba bastante seguro de que cuando
Elsa Hardt hubiera cubierto suficientemente su retirada se pondría en contacto
con el sujeto en cuestión. Uno de ellos salió para Inglaterra. —Poirot hizo una
pausa y luego agregó en tono más bajo—: La descripción oficial de Elsa Hardt
es: estatura, cinco pies y siete pulgadas, ojos azules, cabello castaño rojizo,
nariz recta y ninguna característica especial.
—¡La señora
Robinson! —exclamé.
—Bien, cabe esa
posibilidad —admitió Poirot—. Y también se ha sabido que un hombre moreno,
extranjero, estuvo preguntando por los inquilinos del número cuatro esta misma
mañana. Por consiguiente, mon ami, me temo que esta noche tendrá que renunciar
a su dulce sueño y hacer guardia conmigo en el piso de abajo... armado con su
excelente revólver, bien entendu.
—Estupendo
—repliqué entusiasmado—. ¿Cuándo empezaremos?
—La medianoche es
una hora solemne y conveniente.
A las doce en punto
nos instalamos con grandes precauciones en el montacargas y fuimos descendiendo
hasta el segundo piso. Gracias a las manipulaciones de Poirot, la puerta de
madera se abrió rápidamente. De la despensa pasamos a la cocina, donde nos acomodamos
en sendas sillas, dejando entreabierta la puerta del recibidor.
—Ahora sólo tenemos
que esperar —dijo Poirot, contento y cerrando los ojos.
La espera se me
hizo interminable. Tenía miedo de quedarme dormido. Cuando me parecía que
llevábamos allí unas ocho horas... y en realidad había transcurrido sólo una
hora y veinte minutos, como luego averigüé... llegó a mis oídos un ligero rumor
y noté que Poirot asía mi mano. Me puse en pie y juntos nos acercamos
silenciosamente al recibidor. El ruido venía de allí. Poirot acercó sus labios
a mi oído.
—Es la puerta
principal. Están quitando la cerradura. Cuando yo le avise, y no antes, salte
por detrás sobre él y sujétele con fuerza. Tenga cuidado porque llevará un
cuchillo.
Al fin se oyó un
crujido final y un pequeño círculo de luz penetró en la estancia. Se extinguió
inmediatamente y luego la puerta se fue abriendo despacio. Poirot y yo pegamos
nuestras espaldas a la pared, y oí la respiración de un hombre que pasaba ante nosotros.
Luego volvió a encender su linterna, y en aquel momento Poirot siseó a mi oído:
—Allez.
Saltamos a un
tiempo. Poirot, con un movimiento rápido, envolvió la cabeza del intruso con
una ligera bufanda de lana, mientras yo sujetaba sus brazos. Todo se llevó a
cabo silenciosamente. Le quité la daga de la mano, y en tanto que Poirot lo
amordazaba, yo saqué mi revólver para que pudiera verlo y comprender que toda
resistencia sería inútil. Cuando dejó de debatirse, Poirot acercó sus labios a
su oído y empezó a susurrar a toda velocidad. Al cabo de unos instantes el
hombre asintió. Luego, imponiendo silencio con un gesto, Poirot salió del piso
y empezó a bajar la escalera. Nuestro prisionero le seguía y yo cerraba la
marcha encañonándole con el revólver. Cuando estuvimos en la calle, al momento
Poirot volvióse hacia mí.
—Hay un taxi parado
en la esquina. Deme el revólver. Ahora ya no lo necesitamos.
—Pero ¿y si intenta
escapar?
Poirot sonrió.
—No hay cuidado.
Regresé con el
taxi. Poirot había quitado la mordaza al desconocido y yo lancé una exclamación
de verdadera sorpresa.
—No es un japonés
—dije a Poirot en un susurro.—¡La observación ha sido siempre su fuerte,
Hastings! Nada se le escapa. No, este hombre no es japonés, sino italiano.
Subimos al taxi y
Poirot dijo al chófer una dirección del Bosque de St. John. Ahora estaba
completamente a oscuras y no quería preguntarle adónde íbamos. Traté en vano de
adivinar cuáles eran sus intenciones.
Nos apeamos ante la
puerta de una casita situada cerca de la carretera. Un peatón ligeramente beodo
casi tropieza con Poirot en la acera, y éste le dijo algo que no pude entender.
Subimos los escalones de la entrada, y después de pulsar el timbre Poirot nos
dijo que nos apartásemos de la puerta. No hubo respuesta y llamó una y otra
vez. Por último asió el picaporte y con él golpeó la puerta durante varios
minutos con todas sus fuerzas.
De pronto se
encendió una luz y la puerta fue abierta con toda precaución.
—¿Qué diablos
quieren ustedes? —preguntó una irritada voz masculina.
—Deseo ver al
doctor. Mi esposa se ha puesto enferma.
—Aquí no hay ningún
doctor.
El hombre se
disponía a cerrar, mas Poirot introdujo el pie con decisión entre la puerta y
el quicio, convirtiéndose de pronto en la caricatura de un francés irritado.
—¿Qué dice usted?
¿Qué no hay ningún médico? ¡Daré parte a la policía! ¡Tiene que acompañarme! Me
quedaré aquí y llamaré toda la noche.
—Mi querido
amigo... —La puerta se abrió de nuevo y el hombre en batín y zapatillas, se
adelantó para apaciguar a Poirot, dirigiendo una mirada inquieta a su
alrededor.
—Llamaré a la
policía.
Poirot se puso a
bajar los escalones.
—¡No, no lo haga,
por amor de Dios! —El hombre corrió tras él.
De un empujón,
Poirot lo lanzó al suelo, y al minuto siguiente los tres estábamos en el
interior de la casa y cerramos la puerta.
—De prisa... por
aquí. —Poirot nos condujo hasta la habitación más próxima y encendió la luz—. Y
usted... detrás de la cortina.
—Sí, signor —dijo
el italiano, deslizándose rápidamente tras los pliegues del terciopelo rosado
que enmarcaba la ventana.
Precisamente a
tiempo. En cuanto hubo desaparecido de nuestra vista penetró una mujer en la
habitación. Era alta, de cabellos rojizos, y un kimono rojo envolvía su esbelta
figura.
—¿Dónde está mi
marido? —exclamó dirigiéndonos una mirada asustada—. ¿Quiénes son ustedes?
Poirot se adelantó,
haciendo una reverencia.
—Espero que su
esposo no se resfriará. He observado que llevaba zapatillas y su batín era de
bastante abrigo.
—¿Quién es usted?
¿Y qué hace en mi casa?
—Es cierto que no
tenemos el gusto de conocernos, madame. Y es de lamentar, puesto que uno de los
nuestros ha venido especialmente de Nueva York para verla a usted.
Se abrieron las
cortinas y apareció el italiano. Observé con horror que blandía mi revólver,
que sin duda Poirot dejó descuidadamente sobre el asiento del coche.
La mujer lanzó un
grito y quiso echar a correr, mas Poirot se interpuso entre ella y la puerta,
que estaba cerrada.
—Déjeme pasar
—suplicó—. Me matará.
—¿Quién era ese tan
cacareado Luigi Valdarno? —preguntó el italiano con voz ronca, mientras nos
amenazaba apuntándonos con el revólver. No nos atrevimos a movernos.
—Dios mío, Poirot.
Esto es horrible. ¿Qué vamos a hacer? —exclamé.
—Me obliga usted a
recordarle que no es conveniente hablar demasiado, Hastings. Le aseguro que
nuestro amigo no disparará hasta que yo no se lo autorice.
—Está seguro, ¿eh?
—dijo el italiano mirándole de soslayo.
La mujer se volvió
hacia Poirot.
—¿Qué es lo que
desea?
Poirot se inclinó.
—No creo que sea
necesario insultar a la inteligencia de Elsa Hardt diciéndoselo.
Con un rápido
movimiento, la mujer cogió un gran gato de terciopelo negro que servía de
cubierta del teléfono.
—Están cosidos al
forro.
—Muy inteligente
—murmuró Poirot en tono apreciativo, en tanto se apartaba de la puerta—. Buenas
noches, madame. Entretendré a su amigo de Nueva York mientras usted huye.—¡Qué
tontería! —rugió el italiano, y alzando el revólver disparó a la espalda de la
mujer en el preciso momento en que yo me abalanzaba con toda decisión sobre él.
Mas el arma sólo
produjo un «clic» inofensivo y la voz de Poirot se alzó en suave reproche.
—¿Nunca confiará en
su amigo, Hastings? No me gusta que mis amigos lleven pistolas cargadas y nunca
permitiría que lo hiciera un mero desconocido. No, no, mon ami —agregó
dirigiéndose al italiano, que lanzaba juramentos con voz ronca—: Vea lo que
acabo de hacer por usted. Salvarle de la horca. Y no crea que nuestra hermosa
amiguita consiga escapar. No, no, la casa está vigilada e irá directamente a
caer en manos de la policía. ¿No es un pensamiento consolador? Sí, ahora puede
salir de esa habitación. Pero tenga cuidado... mucho cuidado... Yo... ¡ah, se
ha ido! Y mi amigo Hastings me mira con ojos de reproche. ¡Pero si todo es tan
sencillo! Pero si desde el principio ha estado clarísimo que entre tantos
cientos de posibles solicitantes del número cuatro de las Mansiones Montagu,
sólo los Robinson fuesen aceptados. ¿Por qué? ¿Qué es lo que les diferencia del
resto... a simple vista? ¿Su aspecto? Posiblemente, pero no era tan distinto.
¡Su apellido, entonces!
—¡Ah, Sapristi,
pero exacto! Eso es precisamente. Elsa Hardt y su esposo, hermano, o lo que sea
en realidad, vienen de Nueva York y alquilan un piso a nombre de los señores
Robinson. De pronto se enteran de que una de esas sociedades secretas, la
Mafia, o la «Camorra», a las que sin duda pertenecía Luigi Valdarno, está sobre
su pista. ¿Qué hacen entonces? Trazan un plan de cristalina sencillez.
Evidentemente saben que sus perseguidores no les conocen. De modo que resulta
facilísimo. Ofrecen el piso a un alquiler irrisorio. Entre los cientos de
parejas jóvenes que buscan piso en Londres no puede dejar de haber varios
Robinson. Se trata sólo de esperar. Si miran en la guía telefónica la lista de
Robinson, comprenderán que más pronto o más tarde habría de llegar una señora
Robinson pelirroja. ¿Qué ocurrirá luego? El vengador llega. Conoce el nombre y
la dirección. ¡Y da el golpe! Todo ha terminado, su venganza satisfecha y miss
Elsa Hardt habrá escapado por los pelos una vez más. A propósito, Hastings,
tiene que presentarme a la auténtica señora Robinson... esa deliciosa y veraz
personita. ¿Qué pensarán cuando vean que han asaltado su piso? Tenemos que
darnos prisa. Ah, me parece que oigo llegar a Japp y a unos cuantos de sus
amigos.
Se oyó llamar a la
puerta.
—¿Cómo conoció esta
dirección? —pregunté mientras salimos al recibidor—. Oh, claro, hizo seguir a
la primera señora Robinson cuando dejó el otro piso.
—A la bonne heure,
Hastings. Por fin utiliza usted sus células cerebrales. Ahora vamos a dar una
pequeña sorpresa a Japp.
Y abriendo la
puerta lentamente asomó la cabeza del gato de terciopelo y lanzó un agudo:
¡Miau!
El inspector de
Scotland Yard, que estaba con otro hombre, pegó un respingo a pesar suyo.—¡Oh,
es sólo monsieur Poirot y una de sus bromitas! —exclamó al ver aparecer la
cabeza de Poirot detrás de la del gato—. Déjenos entrar, monsieur.
—¿Tienen ya a
nuestros amigos?
—Sí, los cazamos,
pero no llevan encima lo que buscamos.
—Ya. Por eso
quieren registrar la casa. Bien, estoy a punto de marcharme con Hastings, pero
quiero darle una pequeña conferencia sobre la historia y costumbres del gato
doméstico.
—Por amor de Dios,
¿es que se ha vuelto usted completamente loco?
—El gato —recitó
Poirot— fue adorado por los antiguos egipcios, y aún se considera símbolo de
buena suerte ver cruzar un gato negro entre nosotros. Este gato se ha cruzado
esta noche en su camino, Japp. Hablar del interior de cualquier persona o
animal sé que está mal visto en Inglaterra. Pero el interior de este gato es
sumamente delicado. Me refiero, en este instante, al sencillo forro que...
Con un gruñido, el
hombre que acompañaba a Japp le arrebató el gato de la mano.
—Oh, me olvidé de
presentarles —dijo Japp—. Señor Poirot, éste es el señor Burt, del Servicio
Secreto de los Estados Unidos.
Los ágiles dedos
del americano habían encontrado lo que andaban buscando. Alargó la mano sin
encontrar palabras. Al fin estuvo a la altura de las circunstancias.
—Encantado de
conocerle —dijo el señor Burt.
IV
EL MISTERIO DE
HUNTER'S LODGE
AL fin y al cabo
—murmuró Poirot— es posible que no muera esta vez.
Viendo el
comentario de un convaleciente, me pareció una muestra de optimismo
beneficioso. Yo ya la había pasado, y Poirot la sufrió también. Ahora hallábase
sentado en la cama, recostado sobre una serie de almohadas, con la cabeza
envuelta en un chal de lana, y sorbiendo lentamente una tisane particularmente
nociva que yo había preparado siguiendo sus indicaciones. Su mirada se posó
complacida sobre una hilera de botellas cuidadosamente ordenadas que había en
la repisa de la chimenea.
—Sí, sí —continuó
mi amigo—. Una vez más volveré a ser yo, el gran Hércules Poirot, el terror de
los malhechores. Imagínese, mon ami, que me dedican un párrafo en los
Comentarios Sociales. Pues sí. Aquí está: «¡Salgan todos los criminales sin
temor! Hércules Poirot... y créanme, es un un Hércules el detective favorito de
la sociedad que no podrá detenerles. ¿Por qué? Pues porque se halla prisionero
de la gripe.»
Me reí.
—Bien, Poirot. Se
está convirtiendo en un personaje célebre. Y afortunadamente no ha perdido nada
de especial interés durante este tiempo.
—Es cierto. Los
pocos casos que he tenido que rechazar no me han causado la menor pena.
Nuestra patrona
asomó la cabeza por la puerta.
—Abajo hay un
caballero que desea ver a monsieur Poirot, o a usted, capitán. Viendo que está
muy apurado... y que es todo un caballero... he subido su tarjeta.
Me la entregó.
—Roger Havering
—leí.
Poirot me indicó
con la cabeza la librería y obediente fui a coger el libro «¿Quién es quién?».
Poirot lo tomó de mis mano y empezó a volver sus páginas a toda prisa.
—Segundo hijo del
quinto barón de Windsor. Casó en mil novecientos tres con Zoe, cuarta hija de
William Grabb.
—¡Hum! —dije yo—.
Me parece que es la muchacha que solía actuar en el Frivolidad.... sólo que se
hacía llamar Ze Carrisbrook. Recuerdo que contrajo matrimonio con un joven de
la ciudad poco antes de la guerra.
—¿Le gustaría bajar
y ver qué es lo que le ocurre a ese caballero, Hastings? Preséntele todas mis
excusas.
Roger Havering era
un hombre de unos cuarenta años, de buena presencia y elegante. Su rostro
expresaba una gran agitación.
—¿Capitán Hastings?
Tengo entendido que es usted el compañero de monsieur Poirot. Es del todo
preciso que venga hoy mismo a Derbyshire.
—Me temo que eso
sea imposible —repliqué—, Poirot está enfermo... tiene gripe.
Su rostro se
ensombreció.
—Dios mío, eso es
un gran golpe para mí.
—¿Tenía que
consultar acerca de algún asunto serio?
—¡Santo Dios, ya lo
creo! Mi tío, el mejor amigo que tenía en el mundo, fue encontrado asesinado la
noche pasada.
—¿Aquí en Londres?
No, en Derbyshire.
Yo me hallaba en la ciudad y esta mañana recibí un telegrama de mi esposa.
Inmediatamente decidí venir a ver a monsieur Poirot para rogarle que se ocupe
de este caso.
—¿Quiere perdonarme
un momento? —le dije iluminado por una idea repentina.
Subí la escalera a
toda prisa y en pocas palabras puse a Poirot al corriente de la situación.
—Ya, ya. Quiere ir
usted, ¿no es cierto? Bien, ¿por qué no? Ahora ya debiera conocer mis métodos.
Sólo le pido que me informe a diario y siga al pie de la letra todas mis
instrucciones.
Me avine a ello
gustoso.
Una hora más tarde
me encontraba sentado frente al señor Hovering en un departamento de primera
clase de los veloces ferrocarriles Midland, alejándose de Londres.—Para
empezar, capitán Hastings, debe usted comprender que Hunter's Lodge, a donde
nos dirigimos y donde tuvo lugar la tragedia, es sólo un pequeño terreno de
caza situado en el corazón de los páramos de Derbyshire. Nuestra verdadera casa
está cerca de Newmarket, y solemos alquilar un piso en la ciudad durante la
temporada de invierno. Hunter's Lodge lo regenta un ama de llaves que prepara
todo lo que necesitamos cuando se nos ocurre ir a pasar allí un fin de semana.
Claro que durante la temporada de caza nos llevamos algunos criados de
Newmarket. Mi tío, el señor Harrington Pace (como tal vez usted ya sepa, mi
madre era de los Pace de Nueva York), vivía con nosotros desde hace tres años.
Nunca se llevó bien con mi padre ni con mi hermano mayor, y supongo que por ser
yo algo así como el hijo pródigo hizo que esto aumentase el afecto hacia mí en
vez de disminuirlo. Claro que soy un hombre pobre, y mi tío era muy rico... en
otras palabras: ¡él era quien pagaba! Pero, aun siendo exigente en muchos
aspectos, no resultaba difícil de tratar, y los tres vivíamos en feliz armonía.
Hace un par de días mi tío, bastante disgustado por algunas juerguecitas
recientes que nos corrimos en Nueva York, sugirió que viniéramos a Derbyshire a
pasar un par de días. Mi esposa telegrafió a la señora Middleton, el ama de
llaves, y nos vinimos la misma tarde. Ayer noche me vi obligado a volver a la
ciudad, pero mi esposa y mi tío se quedaron. Esta mañana recibí este telegrama.
—Me lo entregó.
«Ven en seguida.
Tío Harrington ha sido asesinado anoche. Trae un buen detective si puedes, pero
ven. — Zoe.»
—Entonces, ¿no
conoce usted más detalles?
—No, supongo que
vendrán en unos periódicos de la noche. Sin duda alguna se habrá hecho cargo la
policía.
Eran casi las tres
de la tarde cuando nos apeamos en la pequeña estación de Elmers Dale. Después
de recorrer cinco millas en coche llegamos a un edificio de piedra gris muy
pequeño, situado en un páramo desolado.
—Un lugar muy
solitario —observé con un estremecimiento.
Havering asintió.
—Intentaré
deshacerme de él. No podría volver a vivir aquí.
Abrimos la verja y
caminamos por el estrecho sendero hacia la puerta de roble, cuando una figura
familiar salió a nuestro encuentro.
—¡Japp! —exclamé.
El inspector de
Scotland Yard me saludó amistosamente antes de dirigirse al señor Havering.
—¿El señor Havering?
Me han enviado de Londres para encargarme de este caso y desearía hablar con
usted si me lo permite.
—Mi esposa...
—He visto ya a su
esposa... y al ama de llaves. No le entretendré más que un momento, pues deseo
regresar al pueblo lo antes posible ahora que he visto todo lo que podía ver
aquí.
—Todavía no sé nada
que...
—Exactamente —dijo
Japp tranquilizándolo—. Pero hay una o dos cosillas sobre las que desearía
conocer su opinión. El capitán Hastings me conoce e irá a la casa a decirles
que usted ha llegado. A propósito, ¿qué ha hecho usted del hombrecillo, capitán
Hastings?
—Aún sigue en cama,
con gripe.
—¿Sí? Lo siento. Le
debe resultar a usted extraño estar aquí, sin él, ¿verdad? Como un barco sin
timón.
Y tras oír aquella
broma de mal gusto me fui hacia la casa. Hice sonar el timbre, ya que Japp
había cerrado la puerta tras él. Al cabo de algunos instantes me fue abierta
por una mujer de mediana edad, vestida de negro.
—El señor Havering
llegará dentro de unos momentos —expliqué—. Se ha quedado hablando con el
inspector. Yo he venido con él desde Londres para investigar este caso. Tal vez
usted pueda contarme brevemente lo ocurrido anoche.
—Pase usted, señor.
—Cerró la puerta y me encontré en un recibidor escasamente iluminado—. Fue
después de cenar cuando llegó ese hombre. Preguntó por el señor Pace, señor, y
al ver que hablaba igual que él pensé que sería un amigo americano del señor, y
le hice pasar al cuarto de armas, y luego fui a avisar al señor Pace. No me
dijo su nombre, lo cual es bastante extraño ahora que lo pienso. Al decírselo
al señor Pace pareció bastante intrigado, pero dijo a la señora: «Perdóname,
Zoe, iré a ver lo que quiere ese individuo.» Fue al cuarto de armas y yo volví
a la cocina, pero al cabo de un rato oí voces como si discutieran y salí al
recibidor, al mismo tiempo que salía la señora. Entonces oímos un disparo y
luego un terrible silencio. Corrimos hasta el cuarto de armas, pero la puerta
estaba cerrada y tuvimos que dar la vuelta para entrar por la ventana. Estaba
abierta y dentro el señor Pace bañado en sangre.
—Y ¿qué fue de
aquel hombre?
—Debió de marcharse
por la ventana, antes de que nosotras llegáramos.
—¿Y luego?
—La señora Havering
me envió a avisar a la policía. Tuve que andar cinco millas. Vinieron conmigo y
el comisario se ha quedado aquí toda la noche, y esta mañana ha llegado la
policía de Londres.
—¿Qué aspecto tenía
el hombre que vino a ver al señor Pace?
El ama de llaves
reflexionó.
—Llevaba barba, era
moreno, de mediana edad, y usaba abrigo claro. Y aparte de su acento americano
no me fijé en otros detalles.
—Ya. ¿Ahora podría
ver a la señora Havering?
—Está arriba,
señor. ¿Quiere que la avise?
—Si me hace el
favor... Dígale que el señor Havering está fuera con el inspector Japp, y que
el caballero que ha venido con él desde Londres está deseoso de hablar con ella
lo antes posible.
—Muy bien, señor.
Me sentía impaciente por conocer todos los hechos. Japp me llevaba dos o tres
horas de ventaja, y su prisa por marchar me hizo apresurarme.
La señora Havering
no me hizo aguardar mucho. A los pocos minutos oí pasos en la escalera y al
alzar los ojos vi a una joven muy hermosa que se dirigía hacia mí. Llevaba un
vestido color rojo llama, que realzaba la esbeltez de su figura, y tocaba sus
cabellos negros con un sombrerito de cuero del mismo color. Incluso la reciente
tragedia no había podido empañar en modo alguno su vigorosa personalidad.
Me presenté y ella
inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
—Claro que he oído
hablar de usted y de su colega monsieur Poirot. Juntos han realizado ustedes
cosa maravillosas, ¿no es cierto? Mi esposo ha sido muy inteligente en acudir a
usted tan pronto. Ahora, ¿quiere interrogarme? ¿No es el medio más sencillo para
saber todo lo que desee con respecto a ese doloroso asunto?
—Gracias, señora
Havering. Dígame, ¿a qué hora llegó ese individuo?
—Debió de ser poco
antes de las nueve. Habíamos terminado de cenar y estábamos tomando el café.
—¿Su esposo se
había marchado ya a Londres?
—Sí, se fue en el
tren de las seis quince.
—¿Fue en coche
hasta la estación o andando?
—Nuestro coche no
está aquí. Vino a recogerle uno del garaje de Elmer's Dale con tiempo para ir
al tren.—¿El señor Pace estaba como de costumbre?
—Desde luego.
Normal en todos los aspectos.
—¿Ahora podría
describirme al visitante?
—Me temo que no. Yo
no le vi. La señora Middleton le hizo pasar al cuarto de armas y luego fue a
avisar a mi tío.
—¿Qué dijo su tío?
—Pareció bastante
contrariado, pero acudió en seguida. Unos cinco minutos más tarde oí voces
airadas. Salí corriendo al recibidor y casi tropecé con la señora Middleton.
Luego oímos el disparo. La puerta del cuarto de armas estaba cerrada por dentro
y tuvimos que ir a dar la vuelta y entrar por el ventanal. Claro que eso nos
llevó algún tiempo, y el asesino pudo escapar. Mi pobre tío... —su voz tembló—
había recibido un balazo en la cabeza. Vi en el acto que estaba muerto y envié
a la señora Middleton a dar parte a la policía. Tuve gran cuidado de no tocar
nada de la habitación y dejarlo todo tal como lo encontramos.
Hice un gesto de
aprobación.
—¿Y. el arma?
—Pues puedo hacer
una sugerencia, capitán Hastings. Mi esposo tenía dos revólveres cargados
adornando la pared, y falta uno de ellos. Se lo hice observar a la policía y se
llevaron el otro. Cuando le hayan extraído la bala supongo que lo sabrán con
certeza.
—¿Puedo ir al
cuarto de armas?
—Desde luego. La
policía ya lo registró y el cadáver ha sido retirado.
Me acompañó al
escenario del crimen. En aquel momento Havering entró en el recibidor, y con
una breve disculpa su esposa corrió hacia él. Yo quedé solo para llevar a cabo,
por el camino más conveniente, mis investigaciones.
Debo confesar que
fueron bastante descorazonadoras. En las novelas policíacas abundan las pistas,
pero yo no pude descubrir nada extraordinario, excepto la gran mancha de sangre
que había en la alfombra donde debió caer el cadáver. Lo examiné todo con sumo
cuidado y saqué un par de fotografías de la habitación con mi pequeña cámara.
También examiné el suelo en la parte exterior del ventanal, pero aparecía tan
lleno de pisadas que juzgué inútil perder el tiempo queriendo sacar algo en
claro... No, había visto todo lo que en Hunter's Lodge tenía que ver. Debía
regresar a Elmer's Dale y ponerme en contacto con Japp. De modo que,
despidiéndome de los Havering, partí en el automóvil que nos había traído desde
la estación.
Encontré a Japp en
Marlock Arms y me acompañó a ver el cadáver. Harrington Pace era un hombrecillo
menudo, bien rasurado, y de aspecto típicamente americano. Le habían disparado
por la parte posterior de la cabeza y a corta distancia.
—Se volvería un
momento —observó Japp—, y el criminal cogería el revólver y dispararía. El que
nos entregó la señora Havering estaba cargado y supongo que el otro también. Es
curiosa la serie de tonterías que comete la gente. ¡Mire que tener un par de revólveres
cargados colgados de la pared!
—¿Qué opina usted
de este caso? —pregunté cuando Japp hubo terminado.—Pues de momento no pierdo
de vista a Havering. ¡Oh... sí! —exclamó al ver mi expresión de asombro—.
Havering tuvo un par de incidentes sospechosos en su pasado. Cuando era
estudiante en Oxford hubo cierto extraño asunto referente a la firma de uno de
los cheques de su padre. Claro que se echó tierra encima. Luego, ahora tiene
bastantes deudas, y son de la clase que ni le gustaría presentar ante su tío, y
en tanto que es casi seguro que el testamento de éste será a su favor. Sí, no
le pierdo de vista, y por eso deseaba hablar con él antes de que él viera a su
esposa, mas sus declaraciones han resultado ciertas, y he estado en la estación
y no cabe duda de que se marchó en el tren de las seis quince. De modo que
llegaría a Londres a las diez treinta. Dice que fue directamente a su club,
cosa que también se ha confirmado. Por lo tanto, no pudo haber disparado un
tiro a su tío y llevando una barba negra.
—Ah, sí, iba a
preguntarle qué opina usted de esa barba...
—Creo que creció
muy de prisa... durante las cinco millas que separan Elmer's Dale de Hunter's
Dodge. La mayoría de americanos que he conocido van muy bien afeitados. Sí,
entre las relaciones americanas del señor Pace hemos de buscar al asesino.
Primero interrogué al ama de llaves y luego a la señora, y sus historias
coinciden, aunque lamento que la señora Havering no viera a ese individuo. Es
una mujer inteligente, y hubiera podido observar alguna cosa de particular que
nos pusiera sobre su pista. Tomando asiento escribí una extensa referencia de
los acontecimientos a Poirot, y antes de echar la carta al correo pude agregar
varios detalles más.
La bala había sido
extraída, comprobándose que fue disparada con un revólver idéntico al que
obraba en poder de la policía. Todos los movimientos del señor Havering durante
la noche en cuestión habían sido comprobados y no cabía la menor duda de que
había llegado a Londres en el tren indicado. Y por último había ocurrido un
suceso sensacional. Un ciudadano que vivía en Ealing, al cruzar Haven Green
para dirigirse aquella mañana a la estación del ferrocarril del distrito, había
encontrado entre los raíles un paquete envuelto en papel castaño. Al abrirlo
descubrió que contenía un revólver. Hizo entrega de su hallazgo a la policía
local, y antes de la noche se comprobó que era el que andaba buscando.... el
compañero del que nos había entregado la señora Havering. Había sido disparada
una de sus balas.
Todo esto fui
agregando a mi informe. A la mañana siguiente, mientras desayunaba, llegó un
telegrama de Poirot:
«Claro que el
hombre de la barba negra no era Havering, semejante idea sólo pudo habérsele
ocurrido a usted o a Japp. Telegrafíeme la descripción del ama de llaves y las
ropas que vestía esta mañana, así como las de la señora Havering. No pierda el
tiempo tomando fotografías interiores, que no salen bien ni son artísticas.»
Me pareció que el
estilo de Poirot era innecesariamente dichoso. También tuve la impresión de que
sentía celos de mi posición en aquel caso y de la serie de facilidades que se
me ofrecían para solucionarlo. Su petición de que le describiera las ropas de las
dos mujeres me pareció sencillamente ridícula, pero lo hice tan bien como supe.
A las once recibí
el telegrama de respuesta de Poirot:
«Diga a Japp que
detenga al ama de llaves antes de que sea demasiado tarde.»
Confundido, llevé
el telegrama a Japp, que lanzó un juramento.
—¡Ese monsieur
Poirot es el mismísimo diablo! Cuando él lo dice es porque hay algo. Y yo
apenas me fijé en esa mujer. No sé si podré llegar a arrestarla, pero haré que
la vigilen. Iremos allí en seguida y le echaremos un vistazo.
Pero fue demasiado
tarde. La señora Middleton, aquella mujer reposada, de mediana edad, de aspecto
normal y respetable, se había desvanecido en el aire, dejando su maleta, que
contenía sólo ropa de uso ordinario. No había la menor pista acerca de su identidad
o su paradero.
De la señora
Havering conseguimos los datos siguientes:
—La contraté hará
cosa de tres semanas, cuando se marchó nuestra anterior ama de llaves, la
señora Emery. Me la proporcionó la Agencia Selbourne, de Mount Street. Todos
mis criados me los proporcionaron allí. Me enviaron varias mujeres, pero la
señora Middleton me pareció la mejor y tenía muy buenos informes. La admití en
seguida y se lo notifiqué a la Agencia. No puedo creer nada malo de ella. ¡Es
una mujer tan agradable!
Todo aquello era un
verdadero misterio. Por un lado resultaba evidente que aquella mujer no pudo
cometer el crimen, puesto que en el momento en que sonó el disparo estaba con
la señora Havering en el recibidor, y no obstante debía tener alguna relación con
aquél. ¿O de otro modo por qué habría de haberse marchado con tantas prisas?
Telegrafié estos
últimos acontecimientos a Poirot, sugiriendo al mismo tiempo mi regreso a
Londres para hacer las averiguaciones pertinentes en la Agencia Selbourne.
La respuesta de
Poirot no se hizo esperar.
«Inútil preguntar a
la Agencia. Allí no habrán oído hablar de ella. Averigüe qué vehículo la
condujo a Hunter's Lodge la primera vez que fue allí.»
Aunque
desconcertado, obedecí. Los medios de transporte de Elmer's Dale eran
limitados. El garaje local tenía dos «Ford» desvencijados y dos paradas de
coches de caballos. Ninguno de estos vehículos había sido alquilado la fecha en
cuestión. Al interrogar a la señora Havering replicó que le había pagado el
billete para Derbyshire y entregado el dinero suficiente para alquilar un taxi
o un coche de punto hasta Hunter's Lodge. Siempre había uno de los «Ford» en la
estación por si alguien requería sus servicios. Considerando que allí nadie
había observado la llegada de un extraño, con barba negra o sin ella, la noche
fatal, todo parecía señalar que el asesino había llegado en un automóvil que
quedó esperando por las cercanías para ayudarle a escapar, y que el mismo
automóvil había llevado a la misteriosa ama de llaves hasta su nuevo empleo.
Debo hacer constar que las averiguaciones hechas en la Agencia de Londres
resultaron según los pronósticos de Poirot. En sus libros no constaba ninguna
«señora Middleton». Habían recibido la solicitud de la señora Havering para que
le buscasen una ama de llaves, y le enviaron varias aspirantes. Cuando ella les
avisó de que ya había admitido una, se olvidó de hacer constar el nombre de la
escogida.
Un tanto
desanimado, regresé a Londres. Encontré a Poirot instalado en una butaca junto
al fuego y con un batín de seda deslumbrador. Me saludó con gran afecto.
—Mon ami, Hastings!
¡Cuánto celebro verle! La verdad es que siento un gran afecto por usted! ¿Se ha
divertido? ¿Ha ido de acá para allá con Japp? ¿Ha interrogado e investigado a
su satisfacción?
—Poirot —exclamé—.
¡Este caso es un misterio! Nunca podrá resolverse.
—Es cierto que no
vamos a cubrirnos de gloria con él.—No, desde luego. Es un hueso bastante duro
de roer.
—¡Oh, hasta ahora
no he encontrado ninguno demasiado duro! Soy un buen roedor. No es eso lo que
me preocupa. Sé perfectamente quién asesinó a Harrington Pace.
—¿Lo sabe? ¿Cómo lo
ha averiguado?
—Sus iluminadas
respuestas a mis telegramas me han proporcionado la verdad. Mire, Hastings,
examinemos los hechos metódicamente y con orden. El señor Harrington Pace es un
hombre de fortuna considerable que a su muerte irá a parar a manos de su
sobrino. Punto número uno. Se sabe que su sobrino se encuentra en una situación
apurada. Punto número dos. Se sabe también que su sobrino es... digamos un
hombre de pocos escrúpulos. Punto número tres.
—Pero se ha probado
que Roger Havering estaba en el tren que le llevaba a Londres.
—Précisement.... y
por lo tanto, puesto que el señor Havering abandonó Elmer's Dale a las seis
quince, y en vista de que el señor Pace no había sido asesinado antes de que él
se marchase, ya que el médico hubiera dicho que la hora del crimen estaba equivocada,
al examinar el cadáver, sacamos la consecuencia de que el señor Havering no
mató a su tío. Pero queda la señora Havering, querido Hastings.
—¡Imposible! El ama
de llaves estaba con ella cuando se oyó el disparo.
—Ah, sí, el ama de
llaves. Pero ha desaparecido.
—Ya la
encontraremos.—Creo que no. Hay algo extraño en esa mujer, ¿no le parece así
también a usted, Hastings? Me llamó la atención en seguida.
—Supongo que
representó su papel y luego se marchó sin pérdida de tiempo.
—Y, ¿cuál es su
papel?
—Pues admitir la
presencia de su cómplice, el hombre de la barba negra.
—¡Oh, no, eso no
era su papel! Sino el proporcionar una coartada a la señora Havering en el
momento en que se oyó el disparo. ¡Y nadie logrará encontrarla, mon ami, porque
no existe! «No existe tal persona», como dice su gran Shakespeare.
—Fue Dickens
—murmuré, incapaz de reprimir una sonrisa—. ¿Qué quiere usted decir, Poirot? No
le entiendo.
—Quiero decir que
Zoe Havering fue actriz antes de casarse, y que usted y Japp sólo vieron el ama
de llaves en el recibidor poco alumbrado.... una figura vestida de negro, de
voz apagada, y por último, que ni usted, ni Japp, ni la policía local, a quien fue
a buscar la señora Middleton, vieron juntas al ama de llaves y su señora. Fue
un juego de niños para esa mujer osada e inteligente. Con el pretexto de avisar
a su señora, sube la escalera, se viste un traje llamativo y un sombrero con
rizos oscuros que coloca sobre los grises para lograr la transformación. Unos
toquecitos más y el maquillaje renovado, y la deslumbrante Zoe Havering baja de
nuevo con su voz clara y bien timbrada. Nadie se fija en el ama de llaves. ¿Por
qué iban a fijarse? No hay por qué relacionarla con el crimen. Ella también
tiene su coartada.
—Pero, ¿y el
revólver encontrado en Ealing? La señora Havering no pudo dejarlo allí...
—No, fue cosa de
Roger Havering.... pero fue un error por su parte que me puso sobre la
verdadera pista. Un hombre que ha cometido un crimen con un revólver encontrado
en el lugar del homicidio lo arroja en seguida y no lo lleva consigo a Londres.
No, su intención es evidente. El criminal deseaba concentrar el interés de la
policía en un punto alejado de Derbyshire. Claro que el revólver encontrado en
Ealing no era el que disparó la bala que mató al señor Pace. Roger Havering,
después de hacerlo disparar a su vez, lo llevó a Londres. Luego fue
directamente a su club para establecer su coartada, y después a Ealing (sólo se
tarda veinte minutos), dejó el paquete en el lugar donde fue encontrado y
regresó a la ciudad. Esa encantadora criatura, su esposa, dispara
tranquilamente contra el señor Pace después de la cena... ¿Recuerda que le
dispararon por detrás? ¡Otro detalle significativo...! Vuelve a cargar el
revólver, lo coloca de nuevo en su sitio y luego, con la mayor astucia,
representa su comedia.
—Es increíble
—murmuré fascinado—, y sin embargo...
—Y sin embargo es
cierto. Bien sur, amigo mío, es cierto. Pero el entregar esa preciosa pareja a
la justicia es otra cosa. Bien, Japp hará todo lo que pueda... le he escrito
dándole cuenta detallada de todo.... pero mucho me temo, Hastings, que nos
veremos obligados a dejarles en manos del destino, o le bon Dieu, lo que
prefiera.
—Todos los pillos
tienen suerte —le recordé.
—Sí, pero siempre a
un precio, Hastings, croyez-moi!
Las palabras de
Poirot se confirmaron. Japp, aunque convencido de la verdad de su teoría, no
pudo reunir las pruebas necesarias para hacerlas confesar.
La enorme fortuna
del señor Pace pasó a manos de sus asesinos. Sin embargo, la mano de Dios cayó
sobre ellos, y cuando leí en los periódicos que los honorables señores Havering
se encontraban entre las víctimas de la catástrofe ocurrida al Air Mail que se
dirigía a París, supe que la Justicia quedaba satisfecha.
V
EL ROBO DEL MILLÓN
DE DÓLARES EN BONOS
CUÁNTOS robos de
bonos se han registrado últimamente! —observé una mañana, plegando el
periódico—. ¡Poirot, dejemos a un lado la ciencia de la deducción y
dediquémonos a la delincuencia!
—¿Le han entrado
ganas de.... cómo diría yo.... enriquecerse a toda prisa, eh, mon ami?
—Bueno, eche un
vistazo en este último coup, un millón de dólares en Bonos Liberty que el Banco
Escocés enviaba a Nueva York y que desaparecieron de manera sorprendente a
bordo del Olympia.
—Si no fuera por el
mal de mer y las horas que se tarda en cruzar el canal, me encantaría poder
viajar en uno de esos grandes trasatlánticos —murmuró Poirot con aire soñador.
—Sí, desde luego
—repliqué entusiasmado—. Algunos deben ser verdaderos palacios; piscinas,
salones, restaurantes.... la verdad debe resultar difícil creer que uno se
halla en alta mar.
—Yo siempre sé
cuándo estoy en la mar —dijo Poirot con pesar—. Y todas esas bagatelas que
acaba de enumerar no me dicen nada; pero, amigo mío, considere por un momento
la de genios que viajan de incógnito. A bordo de esos palacios flotantes, como
usted acaba de llamarlos, uno encontraría, la élite, la haute noblesse del
mundo criminal.
Reí.
—¡De modo que eso
es lo que le entusiasma! ¿Le gustaría haber hablado con el hombre que ha robado
los Bonos Liberty?
La patrona nos
interrumpió.
—Una joven pregunta
por usted, monsieur Poirot. Aquí está su tarjeta.
—Miss Esmeé
Farquhar —leyó Poirot. Y tras inclinarse para recoger una miga de pan que había
debajo de la mesa y arrojarla a la papelera, dijo a la patrona que hiciese
pasar aquella señorita.
Al minuto siguiente
entraba en la estancia una de las muchachas más encantadoras que he visto en mi
vida. Tendría unos veinticinco años, sus ojos eran muy grandes y castaños y su
figura perfecta. Iba bien vestida y sus modales eran reposados.
—Siéntese, se lo
ruego, mademoiselle. Éste es mi amigo el capitán Hastings, quien me ayuda en
mis pequeños problemas.
—Me temo que el que
le traigo hoy no sea pequeño, monsieur Poirot —dijo la joven tras dirigirle una
pequeña inclinación de cabeza antes de sentarse—. Me atrevo a asegurar que ya
lo habrá leído en los periódicos. Me refiero al robo de los Bonos Liberty a bordo
del Olympia —debió reflejarse cierto asombro en el rostro de Poirot, porque se
apresuró a continuar—: Usted se preguntará qué tengo yo que ver con una
institución tan seria como el Banco Escocés de Londres. En cierto sentido,
nada, y en otro, mucho. Verá usted, monsieur Poirot, soy la prometida de Philip
Ridgeway.
—¡Aja! Y Philip
Ridgeway...
—Estaba encargado
de la custodia de los bonos cuando fueron robados. Claro que no han podido
acusarle, puesto que no fue culpa suya. No obstante, está muy disgustado por
ese asunto. Su tío insiste en que debió mencionar, sin darse cuenta, que los
Bonos obraban en su poder. Es un terrible tropiezo para su carrera.
—¿Quién es ese
señor?
—El director
general del Banco Escocés de Londres. Es tío de Philip.
—¿Y si me contara
toda la historia, señorita Farquhar?
—Muy bien. Como
usted sabe, el Banco deseaba extender sus créditos en América y para este
propósito decidió enviar un millón de dólares en Bonos Liberty. El señor
Vavasour eligió a su sobrino, que había ocupado un cargo de confianza en el
Banco por espacio de muchos años, para que realizase el viaje a Nueva York. El
Olympia salió de Liverpool el día veintitrés, y la mañana de ese día le fueron
entregados los bonos a Philip por el señor Vavasour y el señor Shaw, los dos
directores generales del Banco Escocés en Londres. Fueron contados e hicieron
con ellos un paquete que sellaron en su presencia y que luego él encerró
inmediatamente en su maletín.—¿Un maletín con cierre corriente?
—No. El señor Shaw
hizo que Hubb's le colocase uno especial. Philip, como le decía, depositó el
paquete en el fondo del maletín y lo robaron pocas horas antes de llegar a
Nueva York. Fue registrado minuciosamente todo el barco, pero sin resultado.
Los bonos parecían haberse desvanecido en el aire.
Poirot hizo una
mueca.
—Pero no
desvanecieron del todo, puesto que fueron vendidos en pequeñas cantidades a la
media hora de haber atracado el Olympia. Bien, sin duda alguna, lo que debo
hacer ahora es ver al señor Ridgeway.
—Iba a sugerirles
que comieran conmigo en el «Queso de Bola». Philip estará allí. Tiene que
reunirse conmigo, pero aún no sabe que yo he venido a consultar con ustedes.
Aceptamos la
invitación y allí nos dirigimos en un taxi.
Philip Ridgeway
había llegado antes que nosotros y pareció un tanto sorprendido al ver que su
prometida se presentaba acompañada de un par de desconocidos. Era un joven
alto, apuesto, con las sienes ligeramente plateadas, a pesar de que no debía
tener más allá de treinta años de edad.
La señorita
Farquhar, acercándose a él, apoyó la mano en su brazo.
—Tienes que
perdonarme que haya obrado sin consultarte, Philip —le dijo—. Permíteme que te
presente a monsieur Hércules Poirot, de quien ya habrás oído hablar, y a su
amigo el capitán Hastings. Ridgeway pareció muy asombrado.
—Claro que he oído
hablar de usted, monsieur Poirot —dijo al estrecharle la mano—. Pero no tenía
idea de que Esmée pensara consultarle acerca de mi... de nuestro problema.
—Temía que no me
dejaras, Philip —dijo miss Farquhar tímidamente.
—De modo que tú
procuras asegurarte —observó el joven con una sonrisa—. Espero que monsieur
Poirot podrá arrojar alguna luz en este rompecabezas extraordinario, pues
confieso con toda franqueza que estoy a punto de perder la razón de ansiedad y
preocupación.
Desde luego su
rostro denotaba cansancio y la enorme tensión bajo la que se encontraba.
—Bien, bien —dijo
Poirot—. Vamos a comer y mientras tanto cambiaremos impresiones para ver lo que
se puede hacer. Quiero oír toda la historia de labios del propio señor
Ridgeway, pero sin prisas.
Mientras
disfrutábamos del excelente asado y el pastel de riñones, Philip nos fue
relatando las circunstancias que rodearon la desaparición de esos bonos. Su
historia coincidía con la de la señorita Farquhar en todos sus detalles. Cuando
hubo terminado, Poirot tomó la palabra para hacer una pregunta:
—¿Qué fue lo que le
condujo exactamente al descubrimiento del robo, señor Ridgeway?
Rió con cierta
amargura.
—La cosa saltaba a
la vista, monsieur Poirot. No podía pasarse por alto. Mi maletín asomaba por
debajo de mi litera lleno de arañazos y cortes en los lugares donde intentaron
forzar la cerradura.
—Pero yo creía que
había sido abierto con una llave...
—Eso es. Intentaron
forzarlo, pero no lo consiguieron. Y al final debieron lograrlo operando de un
modo u otro.
—Es curioso —dijo
Poirot, y sus ojos comenzaron a brillar con aquella luz verde que yo conocía
tan bien—. ¡Muy curioso! Perdieron mucho, mucho tiempo tratando de abrirlo y
luego... sapristi!, descubren que tenían la llave... porque todas las
cerraduras de Hubb's son únicas.
—Por eso es
imposible que tuvieran la llave. No me separé de ella ni de día ni de noche.
—¿Está seguro?
—Puedo jurarlo, y
además, si hubieran tenido la llave o un duplicado, ¿por qué iban a perder el
tiempo intentando forzar una cerradura evidentemente inviolable?
—¡Ah, ésa es la
pregunta que nos hacemos nosotros! Me aventuro a profetizar que la solución, si
llegamos a encontrarla, dependerá de este curioso detalle. Le ruego que no se
ofenda si le hago otra pregunta más: ¿Está completamente seguro de que no lo
dejó abierto?
Philip Ridgeway
limitóse a mirarle, y Poirot se apresuró a disculparse.
—Estas cosas pueden
ocurrir, ¡se lo aseguro! Muy bien, los bonos fueron robados del maletín. ¿Qué
hizo con ellos el ladrón? ¿Cómo se las arregló para llegar a tierra con ellos?
—¡Ah! —exclamó
Ridgeway—. Eso mismo. ¿Cómo? ¡Se dio aviso a las autoridades de la Aduana, y
cada persona que abandonó el barco fue registrada minuciosamente!
—Y me figuro que el
paquete de bonos sería voluminoso...
—Desde luego. Era
casi imposible esconderlo a bordo... y de todas formas sabemos que no fue así,
porque fueron puestos a la venta a la media hora de la llegada del Olympia,
mucho antes de que yo enviara los cables con los números. Un corredor de Bolsa
asegura que compró algunos antes de que el Olympia atracara. Pero no se pueden
comprar bonos por radio.
—Por radio no,
pero, ¿se acercó algún remolcador?
—Sólo los
oficiales, y eso fue después de haber sido dada la alarma y cuando todo el
mundo estaba sobre aviso. Yo mismo estuve vigilando por si eran sacados del
barco por ese medio. ¡Cielos, monsieur Poirot, esto va a volverme loco! La
gente ha empezado a decir que los robé yo mismo. Estoy trastornado.
—Pero también fue
registrado usted al desembarcar, ¿no? —preguntó Poirot en tono amable.
—Sí.
El joven le miraba
intrigado.
—Veo que no ha
comprendido mi intención —dijo Poirot sonriendo enigmáticamente—. Ahora
quisiera hacer averiguaciones en el Banco Escocés.
Ridgeway sacó una
tarjeta de su cartera y escribió en ella unas palabras.—Preséntela a mi tío; le
recibirá en seguida.
Poirot le dio las
gracias, y luego de despedirnos de la señorita Farquhar nos dirigimos hacia la
calle Threadneedle, donde se hallaban las oficinas del Banco Escocés de
Londres. Al presentar la tarjeta de Ridgeway fuimos conducidos, a través de un
laberinto de oficinas, hasta un reducido despacho del primer piso, donde nos
recibieron los directores generales. Eran dos caballeros de aspecto grave que
habían envejecido al servicio del Banco. El señor Vavasour llevaba una barbita
blanca, y el señor Shaw iba perfectamente rasurado.
—Tengo entendido
que es usted un investigador particular —dijo Vavasour—. Bien, bien. Claro que
ya nos hemos puesto en manos de Scotland Yard. El inspector McNeil es el
encargado del caso. Creo que es una persona muy competente.
—Estoy seguro de
ello —replicó Poirot amablemente. ¿Me permite hacerle algunas preguntas en
beneficio de su sobrino? Acerca de esa cerradura que ustedes encargaron en
Hubb's.
—Yo mismo la
encargué —repuso el señor Shaw—. No hubiera confiado este asunto a ningún
empleado. En cuanto a las llaves, el señor Ridgeway tenía una, y las otras dos
mi colega y yo.
—¿Y ningún empleado
de las oficinas tuvo acceso a ellas?
—Creo poder
asegurar que han permanecido en la caja fuerte donde las colocamos el día
veintitrés —dijo Vavasour—. Mi colega ha estado enfermo quince días...
precisamente a partir del mismo día en que Philip nos dejó.—La bronquitis aguda
no es cosa de broma a mi edad —dijo Shaw contrariado—. Y me temo que el señor
Vavasour ha tenido mucho trabajo durante mi ausencia, especialmente con este
inesperado contratiempo.
Poirot les hizo
algunas preguntas más. Yo supuse que para averiguar el grado de intimidad
exacto entre tío y sobrino. Las respuestas del señor Vavasour eran breves y
concisas. Su sobrino gozaba de la confianza del Banco, y no tenía duda ni
dificultades económicas que él supiera. Le habían confiado misiones similares
en anteriores ocasiones. Al fin nos despidió con toda amabilidad.
—Estoy decepcionado
—dijo Poirot cuando salimos a la calle.
—¿Esperaba
descubrir más cosas? Son unos viejos tan pesados...
—No ha sido su
pesadez lo que me ha decepcionado, mon ami. No esperaba encontrar en un
director de Banco «un astuto financiero con vista de águila», como dicen en las
novelas detectivescas. No, me ha decepcionado el caso... ¡según mi manera de
ver resulta demasiado sencillo!
—¿Sencillo?
—Sí, ¿no lo
encuentra de una ingenuidad casi infantil?
—¿Sabe usted ya
quién robó los bonos?
—Sí.
—Pero, entonces...
debemos... ¿Por qué...?, me parece...
—No se confunda y
aturrulle, Hastings. De momento no vamos a hacer nada.—¿Pero por qué? ¿A qué
esperar?
—Al Olympia. El
martes debe regresar de su viaje a Nueva York.
—Pero si usted sabe
quién robó los bonos, ¿por qué esperar? Puede huir.
—¿A una isla del
mar del sur donde no exista la extradición? No, mon ami, allí se le haría la
vida insoportable. Y en cuanto a por qué espero... eh bien, para la
inteligencia de Hércules Poirot el caso está perfectamente claro, pero en
beneficio de los demás que no han sido tan bien dotados por Dios... —el
inspector McNeil, por ejemplo—, será conveniente hacer algunas investigaciones
para probar los hechos. Hay que tener consideración con los menos dotados.
—¡Cielo Santo,
Poirot! Daría un buen montón de dinero por verle hacer el ridículo... siquiera
una vez. ¡Es usted tan terriblemente orgulloso!
—No se enfurezca,
Hastings. La verdad es que observo que a veces me detesta. ¡Cielos, sufro las
penalidades de la grandeza!
El hombrecillo
hinchó su pecho y suspiró tan cómicamente que me vi obligado a echarme a reír
estrepitosamente.
El martes nos
sorprendió camino de Liverpool en un departamento de primera clase de los L.
& N. W. B. Poirot se había negado a comunicarme sus sospechas, o certezas.
Se contentó con expresar su sorpresa porque yo no estuviera au fait de la
situación. No quise discutir y disimulé mi curiosidad bajo una pantalla de
fingida indiferencia. Una vez llegamos junto al muelle al lado del cual estaba
el enorme transatlántico, Poirot se puso tenso y alerta. Nuestro trabajo
consistió en entrevistar a diversos camareros y oficiales y preguntar por un
amigo de Poirot que había partido hacia Nueva York el día veintitrés.
—Un anciano
caballero, que usa lentes. Está paralítico y durante el tiempo que permaneció a
bordo apenas salía de su camarote.
Aquella descripción
pareció corresponder con la de un tal señor Ventnor, que había ocupado el
camarote C 24, contiguo al de Philip Ridgeway. Aunque incapaz de saber cómo
Poirot había conocido la existencia del señor Ventnor y sus señas personales,
me sentí muy excitado.
El oficial meneó la
cabeza.
—Dígame —exclamé—,
¿fue ese caballero uno de los primeros en desembarcar en Nueva York?
—No, señor, sino de
los últimos.
Me retiré
decepcionado y vi que Poirot me sonreía. Dio las gracias al oficial, un billete
cambió de propietario y nos marchamos.
—Todo está muy bien
—observé con calor—, pero esta última respuesta debe haber dado al traste con
su preciosa tesis, ¡ríase cuanto quiera!
—Como de costumbre,
no ve usted nada, Hastings. La última contestación, muy al contrario, ha sido
el remache de mi teoría.
Yo dejé caer mis
brazos, desolado.
—Me doy por
vencido.
Cuando nos
encontrábamos en el tren, de regreso a Londres, Poirot estuvo escribiendo
afanosamente durante algunos minutos, encerrando el resultado de sus esfuerzos
en un sobre.
—Eso es para el
buen inspector McNeil. Lo dejaremos en Scotland Yard al pasar, y luego iremos
al restaurante Rendez-vous, donde he citado a la señorita Esmée Farquhar, para
que nos haga el honor de cenar con nosotros.
—¿Y qué me dice de
Ridgeway?
—¿Qué quiere que le
diga? —preguntó Poirot.
—Pues no pensará
usted... no puede...
—Está usted
adquiriendo el hábito de la incoherencia, Hastings. A decir verdad, lo pienso.
Si Ridgeway hubiese sido el ladrón.... cosa perfectamente posible, el caso
hubiese resultado encantador; un trabajo puramente metódico.
—Pero no tan
encantador para la señorita Farquhar, ¿verdad?
—Es posible que
tenga usted razón. Por lo tanto, mejor para todos. Ahora, Hastings, revisaremos
el caso. Veo que lo está deseando. El paquete, sellado, es arrebatado del
maletín y desaparece en el aire, como dijo la señorita Farquhar. Nosotros
descartamos la teoría del aire porque no resulta aceptable científicamente, y
consideramos lo que pudo haber sido de él. A todos les parece imposible que
pudiera llegar a tierra... desde luego...
—Sí, pero
sabemos...
—Usted puede que lo
sepa, Hastings. Yo no. Yo soy de la opinión de que puesto que parece
increíble... lo es. Quedan dos posibilidades: o fue escondido a bordo... cosa
bastante difícil también.... o arrojado por la borda.—¿Quiere decir atado a un
corcho?
—Sin corcho.
Me sobresalté.
—Pero si los bonos
fueron arrojados al mar, no pudieron ser vendidos en Nueva York.
—Admiro su lógica,
Hastings. Los bonos fueron vendidos en Nueva York y, por consiguiente, no
fueron echados al mar. ¿Ve dónde vamos a parar?
—Al punto de
partida.
—Jamais de la vie!
Si el paquete fue arrojado al mar, y los bonos vendidos en Nueva York, esto
quiere decir que el paquete no contenía los bonos. ¿Existe alguna prueba de que
estuvieran dentro del paquete? Recuerde que el señor Ridgeway no volvió a abrirlo
desde que le fue entregado en Londres.
—Sí, pero
entonces...
Poirot alzó una
mano, impaciente.
—Permítame
continuar. El último momento en que fueron vistos fue en las oficinas del Banco
Escocés de Londres la mañana del día veintitrés. Reaparecieron en Nueva York
media hora después de la llegada del Olympia, y según declaración de un hombre
a quien nadie hace caso, antes de que el barco entrase. Supongamos entonces que
no hubieran estado nunca a bordo del Olympia... ¿Existe, pues, algún otro medio
para que pudieran llegar a Nueva York? El Gigantic salió de Southampton el
mismo día que el Olympia, y posee el récord del Atlántico. Viajando en el
Gigantic los bonos hubieron llegado a Nueva York un día antes que el Olympia.
Todo está claro y el caso empieza a explicarse. El paquete es sólo un engaño, y
la sustitución se verifica en la oficina del Banco. Hubiera sido fácil para
cualquiera de los tres hombres presentes preparar un duplicado del paquete y
sustituirlo por el auténtico. Très bien, los bonos son enviados a un cómplice
de Nueva York con instrucciones para venderlos en cuanto llegue el Olympia, pero
alguien tiene que viajar en el Olympia para dirigir el supuesto robo.
—Pero, ¿por qué?
—Porque si Ridgeway
abre el paquete y descubre que es un engaño, lo comunicaría inmediatamente a
Londres. No, el hombre que viaja en el camarote contiguo al suyo realiza su
trabajo; simula forzar la cerradura para atraer su inmediata atención hacia el
robo, y en realidad abre el maletín con un duplicado de la llave, arroja el
paquete por la borda y espera a abandonar el barco el último. Claro que lleva
lentes para ocultar sus ojos, y se finge inválido, puesto que no quiere correr
el riesgo de tropezarse con Ridgeway. Desembarca en Nueva York y regresa en el
primer barco.
—¿Y cuál era su
papel?
—El hombre que
tenía un duplicado de la llave, el que encargó la cerradura, el que no estuvo
enfermo de bronquitis en su casa de campo.... en fin, el viejo «pesado». ¡El
señor Shaw! Algunas veces se encuentran criminales en los puestos más elevados,
amigo mío. Ah, ya hemos llegado. ¡Mademoiselle, he triunfado! ¿Me permite?
¡Y el radiante
Poirot besó a la asombrada joven en ambas mejillas!
VI
LA AVENTURA DE LA
TUMBA EGIPCIA
SIEMPRE he
considerado que una de las aventuras más emocionantes y dramáticas que he
compartido con Poirot fue nuestra investigación de la extraña serie de muertes
que siguieron al descubrimiento y apertura de la tumba del Rey Men-her-Ra.
Después del
descubrimiento de la tumba de Tutankamón por lord Cariarpon, sir John Willard y
el señor Bleibner, de Nueva York, prosiguiendo sus excavaciones no lejos de El
Cairo, en las proximidades de las pirámides de Gizeh, llegaron inesperadamente
a una serie de cámaras funerarias. Su descubrimiento despertó el mayor interés.
La tumba parecía ser del Rey Men-her-Ra, uno de esos oscuros reyes de la Octava
Dinastía, cuando el Antiguo Reino iba cayendo en la decadencia. Muy poco se
conocía acerca de este período y los descubrimientos fueron ampliamente
comentados por la Prensa.
No tardó en tener
lugar un acontecimiento que causó profunda impresión. Sir John Willard falleció
repentinamente de un ataque cardíaco.
Los periódicos más
sensacionalistas aprovecharon inmediatamente la oportunidad para revivir todas
las leyendas supersticiosas relacionadas con la mala suerte ocasionada por
ciertos tesoros egipcios. La desgraciada momia del Museo Británico recobró
actualidad, y aunque en el Museo negaban todo lo referente a ella, no obstante
disfrutaba de su renovada y discutida popularidad.
Quince días más
tarde falleció víctima de un envenenamiento de la sangre el señor Bleibner y
pocos días después un sobrino suyo se pegó un tiro en Nueva York. La Maldición
de «Men-her-Ra» era el tema del día, y el mágico poder del desaparecido egipcio
fue elevado a su punto álgido.
Fue entonces cuando
Poirot recibió una breve nota de lady Willard, viuda del fallecido arqueólogo,
pidiéndole que fuera a verla a su casa de Kensington Square. Yo le acompañé.
Lady Willard era
una mujer alta y delgada, e iba vestida de luto riguroso. Su rostro macilento
era un testimonio elocuente de su pena reciente.
—Ha sido muy amable
al venir tan pronto, monsieur Poirot.
—Estoy a su
servicio, lady Willard. ¿Deseaba consultarme?
—Sé que es usted
detective, pero no voy a consultarle sólo como detective. Es usted un hombre de
opiniones originales y experiencia; dígame, monsieur Poirot, ¿qué opina usted
de lo sobrenatural?
Poirot vaciló un
momento antes de contestar. Al parecer estaba reflexionando, y al fin dijo:
—Hablemos claro,
lady Willard. No se trata de una pregunta en general, sino personal, ¿no?
¿Usted se refiere a la muerte de su difunto esposo?
—Eso es —confesó.
—¿Desea que
investigue las circunstancias de su fallecimiento?
—Quiero que se
descubra lo que es sólo palabrería de la Prensa y lo que tiene de base cierta.
Tres muertes, monsieur Poirot.... explicables consideradas aisladamente, pero
que juntas constituyen una coincidencia demasiado increíble, y todo en el plazo
de un mes de haber abierto esa tumba. Puede ser mera superstición, o una
maldición del pasado que obra por medios desconocidos para la ciencia moderna.
Pero la realidad son esas tres muertes. Y estoy asustada. Puede que éste no sea
todavía el fin.
—¿Por quién teme
usted?
—Por mi hijo.
Cuando recibimos la noticia de la muerte de mi esposo, yo estaba enferma, y mi
hijo, que acababa de llegar de Oxford, fue allí. Trajo a casa... el... cadáver;
pero ahora ha vuelto a marcharse a pesar de todas mis súplicas y ruegos. Está
tan fascinado por el trabajo que intenta ocupar el lugar de su padre y llevar
adelante las excavaciones. Tal vez usted me crea una mujer tonta y crédula,
pero tengo miedo, monsieur Poirot. ¿Supongamos que el espíritu del difunto Rey
no se haya aplacado todavía? Quizá piense usted que lo que digo son
tonterías...—No, en absoluto, lady Willard —repuso Poirot apresuradamente—.
También yo creo en la fuerza de la superstición, una de las mayores que el
mundo ha conocido.
Le miré
sorprendido. Nunca hubiera creído que Poirot fuese supersticioso. Pero el
hombrecillo hablaba con vehemencia.
—¿Lo que usted me
pide en realidad es que proteja a su hijo? Haré cuanto me sea posible para
preservarle de todo mal.
—Pero, ¿también a
la vez contra una oculta influencia?
—En los libros de
la Edad Media, lady Willard, encontrará usted muchos medios de contrarrestar la
magia negra. Quizá sabían más que nosotros con toda nuestra ciencia tan
cacareada. Ahora pasemos a los hechos que puedan servirnos de guía. Su esposo
fue siempre un devoto egiptólogo, ¿no es cierto?
—Sí, desde su
juventud. Era una de las personas de más autoridad sobre la materia.
—¿Y el señor
Bleibner, según tengo entendido, era poco más o menos un aficionado?
—Oh, desde luego.
Era un hombre muy rico. Se metía en cualquier negocio o asunto que le llamara
la atención. Mi esposo consiguió interesarle por la egiptología, y gracias a su
dinero pudo financiarse la expedición.
—¿Y su sobrino?
¿Sabe usted cuáles son sus gustos? ¿Fue también de la partida?
—No lo creo. La
verdad es que no conocía su existencia hasta que leí en los periódicos la
noticia de su fallecimiento. No creo que él y el señor Bleibner tuvieran gran
intimidad. Nunca dijo que tuviera parientes.
—¿Quiénes eran los
otros miembros de la expedición?
—Pues el doctor
Tosswill, un funcionario relacionado con el Museo Británico; el señor
Schneider, del Museo Metropolitano de Nueva York; un joven secretario
americano; el doctor Ames, que acompañaba a la expedición gracias a su
capacidad profesional, y Hassan, el fiel criado de mi esposo.
—¿Recuerda usted el
nombre del secretario americano?
—Creo que era
Harper, pero no estoy segura. No llevaba mucho tiempo con el señor Bleibner y
era un joven muy agradable.
—Gracias, lady
Willard.
—Si hay alguna cosa
más...
—De momento nada.
Déjelo en mis manos, y le aseguro que haré todo lo humanamente posible para
proteger a su hijo.
No eran sus
palabras muy tranquilizadoras; yo observé que lady Willard parpadeaba al
oírlas. No obstante, al mismo tiempo, el solo hecho de que no se hubiera
burlado de sus temores parecía haberla aliviado.
Por mi parte nunca
había sospechado que Poirot poseyera una vena supersticiosa tan profunda, y
mientras regresábamos a casa le hablé de ello. Su actitud fue seria y formal.
—Pues sí, Hastings.
Yo creo en esas cosas. No debe menospreciarse la fuerza de la
superstición.—¿Qué vamos a hacer?
—Toujours
Practique, mi buen Hastings. Eh bien, para empezar telegrafiaremos a Nueva York
para pedir más detalles de la muerte de Bleibner.
Y fuimos a poner un
cable. La respuesta fue completa y precisa. El joven Rupert Bleibner se
encontraba apurado de dinero desde hacía varios días. Había sido colonista y
gandul de profesión en diversas islas de los Mares del Sur, pero hace dos años
que regresó a Nueva York, donde se fue hundiendo más y más. Lo más
significativo, según mi parecer, era que recientemente se las había arreglado
para que le prestasen el dinero suficiente para ir a Egipto. «Allí tengo un
amigo que me prestará», había declarado. No obstante, sus planes fallaron y
tuvo que regresar a Nueva York maldiciendo la avaricia de su tío, a quien
importaban más los huesos de los reyes muertos y desaparecidos que su propia
sangre. Fue durante su estancia en Egipto cuando se produjo la muerte de sir
John Willard. Rupert volvió una vez más a su vida de disipación en Nueva York,
y luego se suicidó, dejando una carta que contenía algunas frases curiosas.
Parecía escrita en un momento de arrepentimiento. En ella decía que era un
paria y un leproso y que los seres como él mejor estaban muertos.
Una teoría oscura
fue tomando forma en mi cerebro. Yo nunca había creído realmente en la venganza
de un antiguo rey egipcio. En todo ello yo veía un crimen moderno. Supongamos
que aquel joven hubiera decidido deshacerse de su tío... utilizando un veneno,
y por error fuese sir John Willard quien recibiera la dosis fatal. El joven
regresa a Nueva York horrorizado de su crimen, y, una vez allí, recibe la
noticia del fallecimiento de su tío, comprendiendo lo inútil que ha sido su
crimen y, presa de remordimiento, decide suicidarse.
Exterioricé mis
pensamientos a Poirot, que pareció interesado.
—Es muy ingenioso
lo que usted ha pensado... muy ingenioso. Puede ser cierto, pero ha olvidado la
fatal influencia de la tumba.
Me encogí de
hombros.
—¿Sigue pensando
que tiene algo que ver en todo esto?
—Tanto, mon ami,
que mañana salimos para Egipto.
—¿Qué? —exclamé
estupefacto.
—Lo que he dicho.
—Una expresión de consciente heroísmo invadió el rostro de Poirot, que
gimió—: ¡Pero oh, el mar! ¡El odioso mar!
Era una semana más
tarde. Bajo nuestros, pies la arena dorada del desierto, y sobre nuestras
cabezas el sol abrasador. Poirot, agotado y convertido en la imagen de la
miseria, caminaba a mi lado. El menudo hombrecillo no era un buen viajero.
Nuestros cuatro días de viaje desde Marsella fueron una larga agonía para él.
Cuando desembarcó en Alejandría era la sombra de sí mismo, e incluso su
habitual pulcritud le había abandonado. Llegamos a El Cairo y nos dirigimos
inmediatamente al Hotel Mena, situado a la sombra de las Pirámides. El hechizo
de Egipto se había apoderado de mí, pero no de Poirot. Vestido igual que en
Londres, llevaba en su bolsillo un cepillo con el que libraba una batalla
incesante con el polvo que se iba acumulando en sus ropas oscuras.
—Y mis zapatos —se
lamentaba—. Mírelos, Hastings. Mis zapatos, del más fino charol, siempre tan
elegantes y limpios. Observe, se llenan de arena, cosa muy dolorosa, y por
fuera están hechos una desgracia. Y el calor hace que mi bigote se ponga
lacio... ¡Lacio!
—Mire la Esfinge
—le decía—. Incluso yo puedo percibir el misterio y encanto que exhala,
Poirot me
contemplaba con disgusto.
—No tiene una
expresión feliz —declaró—. ¿Cómo iba a tenerla estando semienterrada en la
arena de forma tan incómoda? ¡Ah, esta maldita arena!
—Vamos, vamos, en
Bélgica hay muchísima arena —le dije recordando unas vacaciones pasadas en
Kno-che-sur-mer entre la niebla de «les dunes impeccables», como rezaba en la
guía.
—En Bruselas, no
—declaró Poirot, contemplando pensativo las Pirámides—. Es cierto que por lo
menos son de hechura sólida y geométrica, pero su superficie es una desigualdad
muy desagradable, y las palmeras no me gustan. ¡Ni siquiera cuando las plantan
en hileras!
Corté sus
lamentaciones insinuándole que debíamos salir para el campamento. Los camellos
nos esperaban ya, arrodillados pacientemente, con una serie de muchachos
pintorescos capitaneados por un dragomán.
Pasaré por alto el
espectáculo de Poirot sobre su camello. Comenzó a gemir y a lamentarse y
terminó invocando a la Virgen y a todos los santos del calendario. Al fin
terminó su viaje sobre un borriquillo. Debo confesar que el trote del camello
no es ninguna broma para los novatos. Las agujetas me duraron varios días.
Al fin nos
aproximamos al escenario de las excavaciones. Un hombre de rostro atezado por
el sol y barba gris, que vestía de blanco y se cubría con un salacot, salió a
nuestro encuentro.
—¿Monsieur Poirot y
el capitán Hastings? Hemos recibido su cable. Siento que no haya ido nadie a
esperarles a El Cairo. Un acontecimiento imprevisto ha desbaratado por completo
nuestros planes.
Poirot palideció.
Su mano, que ya había asido el cepillo, cesó de moverse.
—¿Otra muerte?
—pregunté sin aliento.
—Sí.
—¿Sir Guy Willard?
—exclamé.
—No, capitán
Hastings. Mi colega americano, el señor Schneider.
—¿Y la causa?
—quiso saber Poirot.
—Tétanos.
Palidecí. Todo a mi
alrededor pareció envuelto en una atmósfera de misterio y amenaza. Me asaltó un
pensamiento terrible. ¿Y si yo fuera el siguiente?
—Mon Dieu —dijo
Poirot en voz muy baja—. No lo entiendo. Es horrible. Dígame, monsieur, ¿no
existe la menor duda de que fue el tétanos?
—Creo que no, pero
el doctor Ames podrá decírselo con más seguridad.
—Ah, claro, usted
no es el médico.
—Mi nombre es
Tosswill.
Era, pues, el
experto descrito por lady Willard, el funcionario del Museo Británico. Tenía un
aire grave y resuelto que me encantó.
—Si quieren
acompañarme —continuó el doctor Tosswill— les llevaré hasta sir Guy Willard.
Dio orden de que se le avisase en cuanto ustedes llegaran.
Fuimos conducidos a
una enorme tienda. El doctor Tosswill nos hizo pasar y en su interior vimos a
tres hombres sentados.
—Monsieur Poirot y
el capitán Hastings acaban de llegar, sir Guy —dijo Tosswill.
El más joven de los
tres se puso en pie para saludarnos. En sus ademanes había cierta espontaneidad
que me recordó a su madre. No estaba tan bronceado como los otros, y esto,
unido al cansancio que reflejaban sus ojos, le hacía parecer mayor, pese a sus veintidós
años. Evidentemente trataba de soportar una terrible opresión mental.
Nos presentó a sus
dos acompañantes: el doctor Ames, un hombre de unos treinta y tantos años, de
aspecto inteligente y sienes ligeramente plateadas, y el señor Harper, el
secretario, un joven agradable que usaba lentes con montura de concha.
Al cabo de unos
minutos de conversación intrascendente, este último salió seguido del doctor
Tosswill. Quedamos solos con sir Guy y el doctor Ames.
—Por favor, háganos
las preguntas que desee, monsieur Poirot —dijo Willard—. Estamos confundidos
por esta extraña serie de desgracias, pero no pueden ser otra cosa que
coincidencias.
El nerviosismo de
sus ademanes desmentía sus palabras. Vi que Poirot le estudiaba atentamente.
—¿Ha puesto usted
interés en ese trabajo, sir Guy?
—Ya lo creo. No
importa lo que ocurra, el trabajo continuará. Puede estar seguro de ello.
Poirot volvióse al
otro individuo.
—¿Y qué me dice
usted, monsieur le docteur?
—Bien —repuso el
médico—. Yo tampoco renuncio.
Poirot exhibió una
de sus expresivas sonrisas.
—Entonces,
évidemment, debemos averiguar a qué hemos de hacer frente. ¿Cuándo ocurrió el
fallecimiento del señor Schneider?
—Hace tres días.
—¿Está usted seguro
de que murió del tétanos?
—Por completo.
—¿No podría
tratarse de un caso de envenenamiento... con estricnina, por ejemplo?
—No, monsieur
Poirot. Sé adónde quiere ir a parar. Pero fue un caso claro de tétanos.
—¿No le inyectó el
anti-suero?
—Claro que sí
—repuso el médico con tono seco—. Se hizo cuanto era posible.
—¿Tenía usted ya el
anti-suero?
—No. Lo trajimos de
El Cairo.—¿Ha habido otros casos de tétanos en el campamento?
—No, ninguno.
—¿Está usted bien
seguro de que el fallecimiento del señor Bleibner fue debido al tétanos?
—Completamente
seguro. Se hizo un rasguño en el pulgar y se le infectó, produciéndole una
septicemia. Para un profano tal vez parezca lo mismo, pero son dos cosas
distintas por completo.
—Entonces tenemos
cuatro muertes... todas distintas.... una por un ataque al corazón, otra por
envenenamiento de la sangre, un suicidio, y otra por el tétanos.
—Exacto, monsieur
Poirot.
—¿Está seguro de
que no hay nada que las relacione?
—No lo comprendo...
—Lo diré con otras
palabras. ¿Esos cuatro hombres cometieron alguna acción que pudiera parecer
irrespetuosa al espíritu de Men-her-Ra?
El doctor miró a
Poirot asombrado.
—¿Habla en serio,
monsieur Poirot? No es posible que le hayan hecho creer esas tonterías...
—Completamente
absurdas... —musitó Willard, irritado.
Poirot permaneció
inmutable mientras le brillaban sus ojos verdes de gato.
—¿De modo que usted
no lo cree, monsieur le. docteur?
—No, señor, no lo
creo —declaró el médico con énfasis—. Soy científico y sólo creo lo que me
enseña la ciencia.—¿Es que acaso no la había en el antiguo Egipto? —preguntó
Poirot en tono bajo. No aguardaba su respuesta, y desde luego el doctor Ames
parecía bastante desconcertado de momento—. No, no me responda, pero dígame una
cosa. ¿Qué opinan los obreros nativos?
—Supongo que cuando
los blancos pierden la cabeza los nativos no se quedan muy atrás —replicó el
doctor Ames—. Admito que están algo asustados... pero no tienen motivo para
ello.
—Eso es lo que me
pregunto... —dijo Poirot.
Sir Guy inclinóse
hacia delante.
—Seguramente no
creerá usted... en... ¡Oh, pero eso es absurdo! —exclamó en tono incrédulo—. No
sabe usted nada del antiguo Egipto sino eso.
Como respuesta,
Poirot extrajo de su bolsillo... un libro viejo y muy gastado. Vi su título: La
Magia de los Egipcios y Caldeos.
Luego, dando media
vuelta, salió de la tienda y el médico me miró preocupado.
—¿Cuál es su idea?
Aquella frase, tan
familiar en labios de Poirot, me hizo sonreír al oírsela a otra persona.
—No lo sé
exactamente —confesé—. Creo que tiene el plan de conjurar a los malos
espíritus.
Fui en busca de
Poirot y le encontré hablando con el joven de rostro enjuto que había sido
secretario del difunto señor Bleibner.
—No —le decía el
señor Harper—. Sólo hace seis meses que formo parte de la expedición. Sí,
conocía los asuntos del señor Bleibner bastante bien.—¿Puede referirme lo que
tenga relación con su sobrino?
—Un día apareció
por aquí; no era mal parecido. No le conocía hasta entonces, pero algunos de
los otros le conocieron antes... Ames, creo, y Schneider. El viejo no se alegró
nada al verle. Y al poco estaban como el perro y el gato. «Ni un céntimo»,
gritaba el viejo. «No tendrás un céntimo ahora ni cuando me muera. Tengo
intención de dejar mi dinero para que sirva de ayuda al esfuerzo de toda mi
vida. Hoy he estado hablando de ello con el señor Schneider.» Y así poco más o
menos. El joven Bleibner regresó a El Cairo en seguida.
—¿Gozó siempre de
buena salud durante ese tiempo?
—¿El viejo?
—No, el joven.
—Creo haberle oído
decir que no se encontraba bien pero no sería nada serio, o me acordaría.
—Una cosa más. ¿El
señor Bleibner dejó testamento?
—Que nosotros
sepamos, no.
—¿Se quedará usted
en la expedición, señor Harper?
—No, señor. Me
marcho a Nueva York en cuanto deje arregladas las cosas. Puede usted reírse
cuanto guste, pero no quiero ser la próxima víctima de ese maldito Men-her-Ra.
Y si me quedara, lo sería.
El joven se enjugó
el sudor de la frente.
Poirot se volvió
para marcharse, y le dijo por encima del hombro y con una sonrisa peculiar:
—Recuerde que una
de las víctimas murió en Nueva York.
—¡Oh, al diablo!
—replicó Harper, irritado.
—Este joven está
nervioso —dijo Poirot, enigmático—. A punto de estallar.... a punto... a punto.
Le miré con
curiosidad, pero su sonrisa enigmática no me dijo nada. Fuimos a visitar las
excavaciones acompañados de sir Guy Willard y el doctor Tosswill. Los
principales hallazgos habían sido trasladados a El Cairo, pero algunas de las
decoraciones de la tumba eran en extremo interesantes. El entusiasmo del joven
barón era evidente, aunque creía ver una sombra de inquietud en sus ademanes,
como si no lograse escapar a la sensación de amenaza que flotaba en el
ambiente. Cuando entramos en la tienda que se nos había asignado para asearnos
antes de la cena, una figura oscura vestida de blanco se hizo a un lado para
dejarnos paso con una gentil reverencia y murmurando un saludo en árabe. Poirot
se detuvo.
—¿Es usted Hassan,
el criado del difunto sir John Willard?
—Serví a milord sir
John y ahora sirvo a su hijo. —Dio un paso hacia nosotros y bajó la voz—. Dicen
que es usted un sabio que sabe tratar con los malos espíritus. Deje que mi
joven amo se marche de aquí. Se respira el mal aire que nos rodea.
Y con gesto brusco
y sin esperar una respuesta se marchó.
—El mal se respira
por doquier —musitó Poirot—. Sí, lo percibo.
Nuestra cena no fue
precisamente alegre. La voz cantante la llevó el doctor Tosswill, que disertó
largamente sobre las antigüedades egipcias. Cuando nos disponíamos a retirarnos
para descansar, sir Guy, cogiendo a Poirot por un brazo, le señaló una figura
oscura que se movía entre las tiendas. No era humana; reconocí perfectamente la
cabeza de perro que viera grabada en las paredes de la tumba.
Al verla se me heló
la sangre.
—Mon Dieu! —murmuró
Poirot persignándose—. Es Anubis, el cabeza de chacal, el dios de los espíritus
fallecidos.
—Alguien se está
burlando de nosotros —exclamó el doctor Tosswill, poniéndose en pie indignado.
—Ha entrado en su
tienda, Harper —musitó sir Guy con el rostro muy pálido.
—No —dijo Poirot
sacudiendo la cabeza—, en la del doctor Ames.
El doctor me miró
incrédulo; luego, repitiendo las palabras de Tosswill, exclamó:
—Alguien se está
burlando de nosotros. Vamos, pronto le cogeremos.
Y se lanzó en
persecución de la asombrosa aparición. Yo le seguí, pero por más que buscamos
no encontramos ni rastro de ningún ser viviente que hubiera pasado por allí.
Regresamos, un tanto confundidos, y encontré a Poirot tomando medidas
enérgicas, a su manera, para asegurar su seguridad personal. Estaba muy
atareado en la arena. Reconocí la estrella de cinco puntas o Pentágono, que
repetía varias veces. Como era su costumbre, Poirot estaba improvisando una
conferencia sobre brujerías y magia en general... La Magia Blanca enfrentándose
con la Negra... con amplias referencias del Ra y el Libro de la Muerte.
Al parecer, todo
aquello excitó el desprecio del doctor Tosswill, quien me apartó a un lado,
rugiendo de furor.
—Tonterías, señor
—exclamó irritado—. Simplezas. Ese hombre es un impostor. No conoce la
diferencia entre las supersticiones de la Edad Media y las creencias del
Antiguo Egipto. Nunca había oído tal mescolanza de ignorancia y credulidad.
Procuré apaciguar
al excitado experto y fui a reunirme con Poirot en nuestra tienda. Mi amigo
resplandecía de contento.
—Ahora podemos
dormir en paz —declaró feliz—. Y lo necesito. Me duele mucho la cabeza. ¡Ah, no
sé lo que daría por una buena tisane!
Como si fuera la
respuesta a su plegaria, se abrió la tienda y apareció Hassan con una taza
humeante que ofreció a Poirot. Resultó ser una infusión de manzanilla, a la que
es muy aficionado. Después de darle las gracias y rechazar otra taza para mí,
volvimos a quedarnos solos. Después de desnudarme permanecí algún tiempo
contemplando el desierto desde la tienda.
—Es un lugar
maravilloso —dije en voz alta—, y un trabajo maravilloso. Puedo percibir su
fascinación. Esta vida en el desierto.... el sondear en el corazón de una
civilización extinta. Poirot, usted también tiene que sentir su encanto.
No obtuve respuesta
y me volví algo molesto. Al instante mi contrariedad había desaparecido, siendo
reemplazada por la inquietud. Poirot yacía sobre el tosco lecho con el rostro
horriblemente congestionado. A su lado estaba la taza vacía. Corrí a su lado, y
luego a la tienda del doctor Ames.
—¡Doctor Ames!
—grité—. Venga en seguida.
—¿Qué ocurre? —dijo
el médico, apareciendo en pijama.
—Mi amigo. Está
enfermo. Agonizante. Ha sido la manzanilla. No permitan que Hassan abandone el
campamento.
Como un rayo el
doctor corrió hasta nuestra tienda. Poirot yacía en la misma posición en que yo
lo dejara.
—Es extraordinario
—exclamó Ames—, parece un ataque... o... ¿qué dice usted que ha bebido? —y alzó
la taza vacía.
—¡Sólo que no lo
bebí! —dijo una voz tranquila.
Nos volvimos
asombrados. Poirot se hallaba sentado en la cama y nos sonreía.
—No —dijo de
nuevo—. No la bebí. Mientras mi buen amigo Hastings estaba apostrofando la
belleza de la noche, aproveché la ocasión para verterla, no en mi garganta,
sino en una botellita que irá a manos del analista. No... —dijo al ver que el
doctor hacía un movimiento repentino— como hombre razonable comprenderá que
toda resistencia sería inútil. Mientras Hastings iba en su busca he tenido
tiempo para ponerle a salvo. ¡Ah, Hastings, de prisa, sujétele!
No supe comprender
la ansiedad de Poirot. Deseoso de salvar a mi amigo, me coloqué ante él, pero
el médico tenía otra intención. Llevándose la mano a la boca introdujo algo en
ella que exhaló un olor a almendras amargas, y tambaleándose hacia delante, cayó.
—Otra víctima —dijo
Poirot en tono grave—, pero la última. Tal vez haya sido el mejor medio. Es el
responsable de tres muertes.
—¿El doctor Ames?
—exclamé estupefacto—. Pero si yo creí que usted lo achacaba a alguna
influencia oculta...
—No supo
comprenderme, Hastings. Lo que yo quise decir es que creía en la terrible
fuerza de la superstición. Una vez se ha establecido firmemente que una serie
de muertes fueron sobrenaturales, se puede apuñalar a un hombre a la plena luz
del día, y será atribuida su muerte a la maldición... tan arraigado lleva la
naturaleza humana el instinto de lo sobrenatural. Desde el primer momento
sospeché que ese hombre se estaba aprovechando de ese instinto. Supongo que se
le ocurrió la idea al fallecer sir John Willard, y despertarse la superstición
en el acto. Al parecer, nadie podía sacar ningún beneficio particular de la
muerte de sir John. El señor Bleibner era un caso distinto. Era un hombre muy
rico. La información recibida en Nueva York contenía algunos puntos sugestivos.
Para empezar, el joven Bleibner había dicho que tenía un buen amigo en Egipto,
quien podría prestarle dinero. Tácitamente se comprendía que hacía referencia a
su tío, pero a mí me pareció que de ser así lo hubiera dicho sin rodeos. Sus palabras
me sugirieron a algún compañero suyo que hubiera hecho fortuna. Otra cosa,
consiguió el dinero suficiente para marchar a Egipto, su tío se negó a
adelantarle un penique, y no obstante pudo pagarse el pasaje de regreso a Nueva
York. Alguien debió prestárselo.
—Todo eso es muy
ambiguo —objeté.
—Pero había más.
Hastings, ocurre bastante a menudo que las palabras dichas metafóricamente se
toman al pie de la letra, y también puede suceder lo contrario. En este caso,
las palabras que fueron dichas lisa y llanamente fueron tomadas en metáfora. El
joven Blebner escribió sencillamente: «soy un leproso», pero nadie supo ver que
se suicidó porque creía haber contraído la terrible enfermedad de la lepra.
—¿Qué? —exclamé.
—Ésa fue la
intención de una mente diabólica. El joven Bleibner sufría alguna infección
cutánea sin importancia; había vivido en las islas de los Mares del Sur, donde
es bastante corriente esa enfermedad. Ames era un antiguo amigo suyo, un médico
conocido, y no soñó siquiera en dudar de su palabra. Cuando llegué aquí mis
sospechas se repartían entre Harper y el doctor Ames, pero pronto comprendí que
sólo el doctor pudo haber perpetrado y realizado los crímenes, y supe por
Harper que ya conocía al joven Bleibner. Sin duda alguna este último debió de
hacer testamento o asegurar su vida en favor del médico, y Ames vio la
oportunidad de hacerse rico. Le fue fácil inculcar a Bleibner los gérmenes
mortales. Luego su amigo, desesperado por las terribles noticias que su amigo
le ha comunicado, se suicida. El señor Bleibner, a pesar de sus intenciones, no
hizo testamento. Su fortuna pasaría a su sobrino y de éste al médico.
—¿Y el señor
Schneider?
—No podemos estar
seguros. Recuerde que también conocía al joven Bleibner, y puede que sospechara
algo, o tal vez el doctor pensase que una muerte más fortalecería la
superstición. Además existe un factor psicológico muy importante, Hastings. Un
asesino siempre siente el deseo imperioso de repetir su crimen, de ahí mis
temores por el joven Willard. La figura de Anubis que vio usted esta noche era
Hassan, vestido según mis instrucciones. Quise ver si conseguía asustar al
doctor. Pero se necesitaba algo más para cogerlo. Vi que no le convencían del
todo mis fingidas creencias, y mi pequeña comedia no le engañó. Sospeché que
intentaría convertirme en su próxima víctima. ¡Ah, pero a pesar de la mer
maudite, el calor insoportable y las molestias de la arena, las pequeñas
células grises todavía funcionaban!
Poirot probó que
sus teorías eran ciertas. El joven Bleibner, años atrás, en un momento de
euforia producida por la bebida, hizo testamento, dejando «mi pitillera que
tanto admiráis y todo lo demás que posea, que serán principalmente deudas, a mi
buen amigo Robert Ames que una vez me salvó de perecer ahogado».
El caso se silencio
todo lo posible y a partir de aquel día todo el mundo habla de la considerable
serie de muertes relacionadas con la tumba de Men-her-Ra como una prueba
triunfal de la venganza de un antiguo rey sobre los profanadores de su tumba,
creencia que según Poirot me hizo ver, es contraría al sentir y pensar de los
egipcios.
VII
ROBO DE JOYAS EN EL
«GRAND METROPOLITAN»
POIROT —dije—, le
conviene un cambio de aires.
—¿Usted cree, mon
ami?
—Estoy seguro.
—¿Eh.... eh?
—replicó mi amigo sonriendo—. Entonces, ¿está todo arreglado?
—¿Acepta usted,
pues?
—¿Dónde se propone
llevarme?
—A Brighton. A
decir verdad, un amigo mío de la ciudad me ha proporcionado un buen asunto y,
bueno como vulgarmente se dice tengo dinero para gastar. Creo que un fin de
semana en el «Gran Metropolitan» nos sentaría divinamente.
—Gracias, acepto
agradecido. Ha tenido el buen corazón de acordarse de este viejo. Y a fin de
cuentas, un buen corazón vale tanto como todas las células grises. Sí, sí, yo
soy quien lo digo, a veces corro el peligro de olvidarlo.
Yo no le agradecí
demasiado el comentario. Creo que Poirot algunas veces se siente inclinado a
despreciar mi capacidad mental. Pero su contento era tan grande que dejé a un
lado mi contrariedad.
—Entonces, todo
arreglado —dije apresuradamente.
El sábado estábamos
ya cenando en el «Grand Metropolitan» en medio de la alegre concurrencia. Todo
el mundo parecía encontrarse en Brighton. Los trajes eran maravillosos, y las
joyas.... exhibidas algunas veces por ostentación y no con buen gusto... eran
algo magnífico.
—Bien, ¡esto es
todo un espectáculo! —murmuró Poirot—. Éste es el hogar de los que han hecho
fortuna sin escrúpulos, ¿no es cierto, Hastings?
—Se supone
—repliqué—. Pero esperemos que todos no se hayan manchado con el mismo barro.
Poirot, complacido,
miró en derredor suyo.
—La vista de tantas
joyas me hace desear haber puesto mi cerebro al servicio del crimen, en vez de
perseguirlo. ¡Qué magnífica oportunidad para algún ladrón distinguido!
Hastings, fíjese en esa señora obesa, junto a la columna. Está completamente
cubierta de pedruscos.
Seguí la dirección
de su mirada.
—Vaya —exclamé—, es
la señora Opalsen.
—¿La conoce?
—Ligeramente. Su
esposo es un rico corredor de Bolsa que hizo una fortuna con la reciente alza
del petróleo.
Después de la cena
coincidimos con los Opalsen en el vestíbulo y les presenté a Poirot. Charlamos
unos minutos y terminamos por tomar café juntos. Poirot dirigió unas palabras
de alabanza a algunas de las costosas joyas que adornaban el voluminoso tórax
de la dama, que se animó en seguida.
—Es mi afición
predilecta, señor Poirot. Adoro las joyas. Ed conoce mi debilidad, y cada vez
que las cosas van bien me trae algo nuevo. ¿Le interesan a usted las piedras
preciosas?
—He tenido que
tratar con ellas de vez en cuando, madame. Mi profesión me ha puesto en
contacto con las joyas más famosas del mundo.
Y empezó a
referirle, empleando discretos seudónimos, la historia de las joyas de una Casa
reinante, mientras la señora Opalsen le escuchaba conteniendo el aliento.
—Vaya —exclamó al
terminar—. ¡Es como una comedia! Sabe, poseo unas perlas que tienen historia.
Creo que es uno de los collares más finos del mundo... sus perlas son tan
hermosas, tan iguales y tan perfectas de color... ¡Iré a buscarlo para que lo
vea!
—Oh, madame
—protestó Poirot—, es usted demasiado amable. ¡No se moleste!
La obesa señora se
dirigió hacia el ascensor con bastante ligereza. Su esposo, que había estado
hablando conmigo, miró a Poirot interrogadoramente.
—Su esposa es tan
amable que ha insistido en enseñarme su collar de perlas —explicó este último.
—¡Oh, las perlas!
—Opalsen sonrió con aire satisfecho—. Bien, vale la pena verlas. ¡Y también
costaron lo suyo! No obstante, es una buena inversión: podría obtener lo que me
costaron en cualquier momento dado.... y quizá más. Tal vez tenga que hacerlo
si las cosas continúan como ahora. El dinero está tan limitado en la ciudad...
—y siguió hablando de tecnicismos que no estaban al alcance de mi comprensión.
Fue interrumpido
por un botones que acercándose a él murmuró unas palabras en su oído.
—¿Eh... qué? Iré en
seguida. No se habrá puesto enferma, ¿verdad? Discúlpenme, caballeros.
Y nos dejó
bruscamente. Poirot reclinóse en su butaca y encendió uno de sus diminutos
cigarrillos rusos. Luego, con sumo cuidado y meticulosidad, fue colocando las
tazas de café vacías de modo que formasen una hilera perfecta y sonrió feliz
del resultado.
Los minutos iban
transcurriendo y los Opalsen no regresaban.
—Es extraño
—comenté al fin—. Me preguntó cuándo volverán.
—No volverán.
—¿Por qué?
—Porque, amigo mío,
algo ha sucedido.
—¿Cómo lo sabe?
—pregunté con curiosidad.
Poirot sonreía.
—Hace pocos minutos
el gerente salió apresuradamente de su despacho y corrió hacia arriba muy
agitado. El botones del ascensor está enfrascado en una conversación muy
interesante con otro botones. El timbre ha sonado tres veces, pero él no
atiende. Y por último, incluso los camareros están distraits; y para que un
camarero se distraiga —Poirot meneó la cabeza significativamente— el asunto
debe ser de primera magnitud. ¡Ah, lo que imaginaba! Aquí llega la policía.
Dos hombres
acababan de penetrar en el hotel... uno de uniforme y el otro vestido de
paisano. Hablaron con un botones, e inmediatamente fueron acompañados arriba.
Pocos minutos más tarde el mismo botones se acercaba al lugar donde estábamos
sentados.
—El señor Opalsen,
con todos sus respetos, les ruega que suban.
Poirot se puso en
pie de un salto, como si hubiera estado esperando la invitación, y yo le seguí
con no menos ímpetu.
Las habitaciones de
los Opalsen hallábanse en el primer piso. Después de llamar a la puerta, el
botones se retiró y nosotros obedecimos al «¡Adelante!” Una extraña escena
apareció ante nuestros ojos. Nos encontrábamos en el dormitorio de la señora
Opalsen, y en el centro de la habitación, reclinada en un sillón, hallábase la
propia dama sollozando violentamente. Era todo un espectáculo, pues las
lágrimas iban trazando surcos en su maquillaje. El señor Opalsen paseaba
furioso de un lado a otro y los dos policías permanecían en pie con sendas
libretas en la mano. Una camarera del hotel, asustadísima, permanecía junto a
la chimenea; al otro lado de ésta había una francesa, sin duda la doncella de
la señora Opalsen, que sollozaba y se retorcía las manos con unos extremos que
rivalizaban con los de su señora.
En medio de aquel
infierno apareció Poirot pulcro y sonriente, y con una energía insospechada en
una mujer de peso, la señora Opalsen se levantó para dirigirse hacia él.
—Escuche: Ed puede
decir lo que quiera, pero yo creo en la suerte. Estaba escrito que yo le
conociera esta noche, y tengo el presentimiento que si usted no logra recuperar
mis perlas nadie podrá conseguirlo nunca.
—Cálmese, se lo
ruego, madame —Poirot le acarició una mano para tranquilizarla—. No se
preocupe. Todo saldrá bien. ¡Hércules Poirot le ayudará!
El señor Opalsen
volvióse hacia el inspector de policía.
—¿Supongo que no
tendrán inconveniente en que... recurra a este caballero?
—En absoluto, señor
—replicó el que vestía de paisano—. Quizás ahora su esposa se encuentre mejor y
quiera darnos a conocer lo ocurrido...
La señora Opalsen
miró a Poirot, y éste la acompañó de nuevo a su butaca.
—Siéntese, madame,
y cuéntenos toda la historia, sin alterarse.
La señora Opalsen,
tras secarse los ojos, comenzó:
—Después de cenar
subí a buscar mis perlas para que las viera el señor Poirot. La doncella del
hotel y Célestine estaban en mi habitación, como de costumbre...
—Perdóneme, madame,
pero, ¿qué quiere decir «como de costumbre»?
El señor Opalsen lo
explicó.
—Tengo ordenado que
nadie entre en la habitación a menos qué Célestine, la doncella, esté aquí
también. La camarera del hotel asea la habitación por la mañana en presencia de
Célestine, y después de cenar viene a abrir las camas en las mismas condiciones:
de otro modo nadie en absoluto entra en esta habitación.
—Bien, como iba
diciendo —continuó la señora Opalsen—. Subí y me acerqué a ese cajón de ahí...
—señaló el último cajón de la derecha del tocador—. Saqué mi joyero y lo abrí.
Al parecer, estaba como de costumbre... lo vi en seguida, ¡pero las perlas
habían desaparecido!
El inspector, que
había estado escribiendo afanosamente, preguntó:
—¿Cuándo las vio
por última vez?
—Estaban aquí
cuando bajé a cenar.
—¿Está usted
segura?
—Segurísima. No
sabía si ponérmelas o no, y al fin me decidí por las esmeraldas, y volví a
guardarlas en el joyero.
—¿Quién lo cerró?
—Yo. Llevo la llave
colgada del cuello con una cadenita —y al decirlo nos la enseñó.
El inspector la
examinó minuciosamente, encogiéndose de hombros.
—El ladrón debe de
tener un duplicado de la llave. No es cosa difícil. La cerradura es bien
sencilla. ¿Qué hizo usted una vez hubo cerrado el joyero?
—Volví a colocarlo
en el último cajón, que es donde siempre lo guardo.
—¿No cerró el cajón
con llave?
—No, nunca lo hago.
Mi doncella permanece en la habitación hasta que yo subo, de modo que no es
necesario.
El rostro del
inspector se ensombreció.
—¿Debo entender,
que las joyas estaban ahí cuando usted bajó a cenar, y que desde entonces la
doncella no hubo abandonado la habitación?
De pronto, como si
por primera vez comprendiera su situación, Célestine exhaló un grito agudo y
abalanzándose sobre Poirot le lanzó un torrente de frases incoherentes en
francés.
—¡Aquella
sugerencia era infame! ¿Cómo era posible que sospecharan que ella robó a
madame? ¡La policía es de una estupidez increíble! Pero monsieur que era
francés...
—Belga —le corrigió
Poirot, más Célestine no hizo caso de la interrupción.
Monsieur no
permitiría que se le acusase falsamente mientras la infame camarera se marchaba
libremente. Nunca le había agradado... era una muchacha muy osada... una
ladrona innata. Desde el principio había dicho que no era de fiar. ¡Y no había
cesado de vigilarla cuando arreglaba la habitación de madame! Que esos
estúpidos policías la registren, ¡y si no le encuentran encima las perlas de
madame será una verdadera sorpresa!
A pesar de que esta
arenga había sido pronunciada en rápido y pintoresco francés. Célestine había
intercalado tal cantidad de ademanes que la camarera comprendió por lo menos
parte de su significado y enrojeció vivamente.
—¡Si esa extranjera
dice que yo he cogido las perlas, es mentira! —declaró con calor—. Ni siquiera
las vi nunca.
—¡Regístrenla!
—gritó la otra—. Las encontrarán como les he dicho.
—Eres una
mentirosa... ¿has oído? —dijo la camarera avanzando hacia ella—. Las has robado
tú y quieres echarme las culpas a mí. Sólo estuve tres minutos en la habitación
antes de que subiera la señora, y tú estuviste todo el tiempo ahí, sentada,
vigilándome como un gato a un ratón.
El inspector miró
interrogadoramente a Célestine.
—¿Es eso cierto?
¿No ha abandonado usted la habitación para nada?
—La verdad es que
no la dejé sola —admitió Célestine—, pero fui a mi cuarto, que está ahí al
lado, dos veces.... una para buscar un carrete de hilo y la otra fui a por mis
tijeras. Debió cogerlas entonces.
—No tardaste ni un
minuto —replicó la camarera irritada—. Sólo saliste y entraste. Me alegraré de
que me registre la policía. No tengo nada que temer.
En aquel momento
llamaron a la puerta y el inspector fue a abrir. Su rostro se iluminó al ver de
quién se trataba.
—¡Ah! —exclamó—.
Esto sí que es una suerte. Envié a buscar a una de esas matronas y acaba de
llegar. Tal vez no les importe pasar a la otra habitación para que las
registre.
Miró a la camarera,
que pasó a la habitación contigua seguida de la matrona. La francesita se había
dejado caer sobre una silla sollozando. Poirot contemplaba la habitación cuyas
características principales se expresan en este boceto.
—¿A dónde conduce
esta puerta? —preguntó indicando con un movimiento de cabeza la que estaba
junto a la ventana.
—Creo que al
departamento contiguo —repuso el inspector—. De todas formas tiene pestillo por
aquí.
Poirot, acercándose
a ella, lo descorrió para tratar de abrirla.
—Y por el otro lado
también —observó—. Bien, parece que queda descartado.
Se fue acercando a
cada ventana, por turno, para examinarlas.
—Y por aquí...
tampoco. Ni siquiera hay balcón.
—Aunque lo hubiera
—dijo el inspector—. No veo de qué iba a servirnos si la doncella no salió de
la habitación.
—Evidemment
—replicó Poirot sin desconcertarse—. Puesto que mademoiselle está segura de no
haber salido de aquí...
Fue interrumpido
por la reaparición de la camarera y la matrona.
—Nada —fue la
lacónica respuesta de esta última.
—Desde luego
—replicó la camarera muy digna—. Y esa francesa debiera avergonzarse de haber
difamado a una chica honrada.
—Bueno, bueno; ya
está bien —dijo el inspector abriendo la puerta—. Nadie sospecha de usted.
Puede marcharse y continuar su trabajo.
La joven obedeció
de mala gana.
—¿Van a
registrarla? —preguntó señalando a Célestine.
—¡Sí, sí! —cerrando
la puerta tras ella, hizo girar la llave de la cerradura.
Célestine acompañó
a la matrona a la habitación contigua, regresando pocos minutos más tarde.
Tampoco le había encontrado nada.
El inspector se
puso serio.
—Me temo que de
todas formas tendré que pedirle que me acompañe, señorita —volvióse a la señora
Opalsen—. Lo siento, señora, pero la evidencia la condena. Si no las lleva
encima deben de estar escondidas en esta habitación.
Célestine lanzó
otro grito y se asió del brazo de Poirot, que, inclinándose susurró unas
palabras al oído de la joven que le miró dudosa.—Sí, sí mon enfant.... le
aseguro que es mejor no resistirse —luego volvióse al inspector—. ¿Me permite
un pequeño experimento, monsieur? Puramente para mi propia satisfacción y sólo
por eso.
—Depende de lo que
sea —replicó el policía sin comprometerse.
Poirot se dirigió a
Célestine para insistir sobre el caso una vez más.
—Nos ha dicho usted
que fue a su habitación a buscar un carrete de hilo y alguna cosa más. ¿Dónde
estaba?
—Encima de la
cómoda, monsieur.
—¿Y las tijeras?
—También.
—¿Le sería mucha
molestia repetir esas dos acciones? ¿Dice usted que estaba aquí sentada
cosiendo, mademoiselle?
Célestine sentóse,
y luego, a una señal de Poirot, se levantó yendo hasta la habitación contigua,
donde cogió un objeto de encima de la cómoda y regresó.
Poirot dividió su
atención entre sus movimientos y un enorme reloj que tenía en la palma de la
mano.
—Hágalo otra vez,
si no le importa, mademoiselle.
Al finalizar la
segunda representación, anotó unas palabras en su libreta y volvió a guardar su
reloj en su bolsillo.
—Gracias,
mademoiselle. Y a usted, monsieur —se dirigió al inspector inclinándose
graciosamente—, por su amabilidad. El inspector pareció un tanto divertido por
su excesiva cortesía. Célestine se marchó deshecha en lágrimas, acompañada de
la matrona y el policía de paisano.
Luego, tras dirigir
unas palabras de disculpa a la señora Opalsen, el inspector se dispuso a
registrar la habitación. Sacó los cajones, abrió los armarios, deshizo la cama
y golpeó el suelo. El señor Opalsen le contemplaba escéptico.
—¿De verdad cree
usted que las encontrará en esta habitación?
—Sí, señor. No ha
tenido tiempo de sacarlas de aquí. La señora, al descubrir tan pronto el robo,
desbarató sus planes. Sí, tiene que estar aquí. Una de las dos debe haberlas
escondido... y es improbable que la camarera pudiera hacerlo.
—¡Más que
improbable... imposible! —dijo Poirot tranquilamente.
—¿Eh? —el inspector
se sobresaltó.
Poirot sonreía con
modestia.
—Se lo demostraré.
Hastings, mi buen amigo, coja mi reloj... con cuidado. ¡Es un recuerdo de
familia! Acabo de controlar los movimientos de mademoiselle... su primera
ausencia duró doce segundos, la segunda quince. Ahora observe mis actuaciones.
Madame, ¿quiere tener la gentileza de darme la llave de su joyero? Gracias. Mi
buen amigo Hastings tendrá la amabilidad de decir: ¡Ya!
—¡Ya! —dije yo.
Con rapidez casi
increíble, Poirot abrió el cajón del tocador, extrajo el joyero, introdujo la
llave en su cerradura, lo abrió, escogió una joya, volviendo luego a cerrarlo y
depositarlo en el cajón, que cerró de nuevo. Sus movimientos eran rápidos como el
rayo.
—¿Y bien, bon ami?
—preguntó sin aliento.
—Cuarenta y seis
segundos —repliqué.
—¿Lo ven? —miró a
su alrededor—. La camarera no tuvo tiempo de coger el collar y mucho menos
esconderlo.
—Entonces tuvo que
ser la doncella —dijo el inspector volviendo a su búsqueda, que continuó en el
dormitorio contiguo, el de la doncella.
Poirot fruncía el
ceño pensativo, y de pronto lanzó una pregunta al señor Opalsen.
—Ese collar
estaría... asegurado, sin duda... ¿verdad?
El señor Opalsen
pareció algo sorprendido por la pregunta.
—Sí —dijo
vacilando—, lo está.
—Pero, ¿eso qué
importa? —intervino la señora Opalsen entre lágrimas—. Es el collar lo que yo
quiero. Era único. Con ningún dinero podría conseguir otro igual.
—Lo comprendo,
madame —dijo Poirot procurando tranquilizarla—. Lo comprendo perfectamente.
Para la femme el sentimiento lo es todo.... ¿no es cierto? Pero, monsieur, cuya
susceptibilidad no es tan fina, encontrará una ligera consolación al pensar que
estaba asegurado.
—Desde luego, desde
luego —repuso el señor Opalsen con acento inseguro—. No obstante...
Fue interrumpido
por un grito de triunfo del inspector, que apareció llevando algo entre sus
dedos.
Con una
exclamación, la señora Opalsen se levantó de su butaca.
—¡Oh, oh, mi
collar!
Lo acercó a su
pecho, asiéndolo con ambas manos. Todos la rodeamos.
—¿Dónde estaba?
—preguntó Opalsen.
—En la cama de la
doncella, entre los muelles del colchón. Debió robarlo y esconderlo allí antes
de que llegara la camarera.
—¿Me permite,
madame? —preguntó Poirot con gran amabilidad, y cogiendo el collar lo examinó
minuciosamente; luego se lo devolvió con una reverencia.
—Me temo que de
momento deberá dejarlo en nuestras manos, madame —dijo el inspector—. Lo
necesitaremos para hacer los cargos. Pero se lo devolveremos tan pronto como
sea posible.
El señor Opalsen
frunció el ceño.
—¿Es necesario?
—Me temo que sí.
Sólo es cosa de formalidad.
—¡Oh, déjaselo, Ed!
—exclamó la esposa—. Así estará más seguro. Yo no dormiría pensando que alguien
pudiera intentar apoderarse de él. ¡Esa maldita muchacha! Nunca hubiera creído
una cosa así de ella.
—Vamos, vamos,
querida, no lo tomes así, no te disgustes.
Sentí una ligera
presión en mi brazo. Era Poirot.
—¿Nos vamos ya,
amigo mío? Creo que nuestros servicios ya no son necesarios. Sin embargo, una
vez fuera, le vi vacilar y ante mi sorpresa observó:
—Me gustaría ver la
habitación contigua.
La puerta no estaba
cerrada y entramos. La habitación, que era muy amplia, estaba vacía. El polvo
lo cubría todo por doquier, y mi sensible amigo hizo una mueca muy
característica al pasar uno de sus dedos por una huella rectangular que había
sobre una mesita cerca de la ventana.
—El servicio deja
mucho que desear —comentó en tono seco.
Miraba pensativo
por la ventana y al parecer se había olvidado de mí.
—Bueno. ¿A qué
hemos venido aquí? —pregunté impaciente.
—Je vous demande
pardon, mon ami. He querido ver si la puerta estaba cerrada por este lado
también.
—Bueno —repetí
mirando la puerta de comunicación que daba a la habitación que acabábamos de
abandonar—. Está cerrada.
Poirot asintió. Al
parecer seguía pensando.
—Y de todas formas
—continué—, ¿eso qué importa? El caso está terminado. Yo hubiera querido que
hubiese tenido usted más oportunidad de distinguirse, pero en uno de esos casos
en los que incluso un pretencioso como ese estúpido inspector no puede equivocarse.
Poirot meneó la
cabeza.
—Este caso no está
terminado, amigo mío. Ni lo estará hasta que averigüemos quién ha robado las
perlas.—¡Pero si fue la doncella!
—¿Por qué lo dice?
—Pues...
—tartamudeé—, pues porque las encontraron en su colchón.
—¡Ta, ta, ta!
—replicó Poirot—. Ésas no eran las perlas.
—¿Qué?
—Sino una
imitación, mon ami.
Su declaración me
quitó el aliento. Poirot sonreía plácidamente.
—El buen inspector
es evidente que no entiende nada de joyas. ¡Pero no tardaremos en tener jaleo!
—¡Vamos! —exclamé
tirándole de un brazo.
—¿A dónde?
—Debemos decírselo
en seguida a los Opalsen.
—Creo que no.
—Pero esa pobre
mujer...
—Eh bien; esa pobre
mujer como usted la llama, dormirá mucho mejor creyendo que su collar está a
salvo.
—¡Pero el ladrón
puede escapar con las perlas auténticas!
—Como de costumbre,
amigo mío, habla usted sin reflexionar. ¿Cómo sabe usted que las perlas que la
señora Opalsen encerró tan cuidadosamente esta noche no eran las falsas y que
el robo no tuvo lugar mucho antes?
—¡Oh! —dije
asombrado.
—Exacto—exclamó
Poirot radiante—. Empezaremos otra vez.
Y salió de la
habitación, deteniéndose un momento como si reflexionara, y luego echó a andar
hasta el extremo del pasillo, donde había una pequeña estancia donde se reunían
las camareras y criados de los pisos respectivos. La camarera a quien ya
conocíamos estaba rodeada de una serie de ellos, a quienes relataba las últimas
experiencias vividas. Se interrumpió en mitad de una frase y Poirot inclinóse
con su habitual cortesía.
—Perdone que la
moleste, pero le quedaría muy agradecido si me abriera la puerta de la
habitación del señor Opalsen.
La joven se puso en
pie y nos acompañó de nuevo por el pasillo. La habitación del señor Opalsen se
encontraba al otro extremo, y su puerta quedaba enfrente de la de su esposa. La
camarera abrió con su llave maestra y entramos.
Cuando se disponía
a retirarse, Poirot la detuvo preguntándole:
—Un momento: ¿ha
visto usted alguna vez entre los efectos personales del señor Opalsen una
tarjeta como ésta?
Y le alargó una
tarjeta satinada de aspecto poco corriente. La camarera la estuvo contemplando
cuidadosamente.
—No, señor. Pero de
todas formas, los criados son los que atienden las habitaciones de los
caballeros y podrían...
—Ya. Gracias.
Poirot recuperó la
tarjeta y entonces la joven se marchó.
—Haga sonar el
timbre, se lo ruego, Hastings. Tres veces, para que acuda el criado. Obedecí
devorado por la curiosidad. Entretanto, Poirot había vaciado el cesto de los
papeles en el suelo y estaba revisando su contenido.
A los pocos minutos
el criado acudió a la llamada. Poirot le hizo la misma pregunta, alargándole la
tarjeta, mas la respuesta fue idéntica. El criado no había visto una tarjeta
como aquélla entre las cosas del señor Opalsen. Poirot, dándole las gracias, le
despidió y el hombre marchóse de mala gana, dirigiendo una mirada inquisitiva
al cesto volcado. Es difícil que no oyera el comentario de Poirot.
—Y el collar estaba
asegurado por una fuerte suma.
—Poirot —exclamé—.
Comprendo.
—Usted no comprende
nada, amigo mío —replicó—. ¡Nada en absoluto, como de costumbre! Resulta
increíble... pero así es. Regresamos a nuestras habitaciones.
Una vez allí, y
ante mi enorme sorpresa, Poirot se cambió rápidamente de ropa.
—Esta noche me voy
a Londres —explicó—. Es del todo necesario.
—¿Qué?
—Es absolutamente
preciso. El verdadero trabajo (ah, las células grises) está hecho. Voy en busca
de la confirmación. ¡Y la encontraré! ¡Es imposible engañar a Hércules Poirot!
—Se está usted
poniendo muy pesado —observé bastante molesto por su vanidad.
—No se enfade, se
lo ruego, mon ami. Cuento con usted para que me haga un favor... en nombre de
su amistad.
—Desde luego —dije
en seguida, avergonzado de mi mal humor—. ¿De qué se trata?
—De la manga de la
americana que acabo de quitarme.... ¿querrá cepillarla? Está un poco manchada
de polvo blanco. Sin duda me vio usted pasar mi dedo por el cajón del
tocador...
—No, no me fijé.
—Debiera observar
mis actos, amigo mío. De este modo me ensucié el dedo de polvo, y como estaba
un tanto excitado lo limpié en mi manga; una acción mecánica que deploro...
pues va en contra de mis principios.
—Pero, ¿qué era ese
polvo? —pregunté, ya que no me interesaban gran cosa los peculiares principios
de Hércules Poirot.
—Desde luego no era
el veneno de los Borgia —replicó Poirot guiñándome un ojo—. Ya veo volar su
imaginación. Yo diría que era jaboncillo de sastre.
—¿Jaboncillo de
sastre?
—Sí, los ebanistas
lo utilizan para que los cajones se abran y cierren con suavidad.
Me eché a reír.
—¡Viejo bromista!
Yo creí que había descubierto usted algo excitante.
—Au revoir, amigo
mío. Me pondré a salvo. ¡Volaré!
La puerta se cerró
tras él mientras yo, con una sonrisa mitad burlona y mitad afectuosa, cogía la
americana y alargaba la mano en busca del cepillo de la ropa.
A la mañana
siguiente, como no tuve la menor noticia de Poirot, salí a pasear. Encontré a
unos antiguos amigos y comí con ellos en su hotel. Por la tarde realizamos una
pequeña excursión en automóvil. Tuvimos un pinchazo y eran ya más de las ocho
cuando yo regresaba al hotel «Grand Metropolitan».
Lo primero que
vieron mis ojos fue a Poirot, que parecía más diminuto que nunca sentado entre
los Opalsen, y al parecer muy satisfecho.
—\Mon ami Hastings!
—exclamó poniéndose en pie para saludarme—. Abráceme, amigo mío; todo ha salido
a las mil maravillas.
—¿Quiere usted
decir...? —comencé.
—¡Es una maravilla!
—dijo la señora Opalsen sonriendo todo lo que le permitía su rollizo rostro—.
Ed, ¿no te dije que si él no me devolvía las perlas no podría hacerlo nadie?
—Sí, querida, sí.
Tenías razón.
Yo miré
desorientado a Poirot, que respondió a mi mirada.
—Mi querido amigo
Hastings está, como vulgarmente se dice, en el limbo. Siéntese y le contaré
toda la trama del asunto, que ha terminado tan felizmente.
—¿Terminado?
¿Quiénes están detenidos?
—¡La camarera y el
criado, parbleu! ¿Es que no lo sospechaba? ¿Ni siquiera después de mi indirecta
acerca del jaboncillo de sastre?
—Usted dijo que lo
utilizaban los ebanistas.—Desde luego que lo utilizan... para que los cajones
se deslicen suavemente. Alguien quiso que el cajón se abriera sin producir
ruido alguno. ¿Quién podría ser? Sólo la camarera. El plan era tan ingenioso
que nadie supo verlo... ni siquiera el ojo experto de Hércules Poirot.
»Y así fue cómo se
hizo. El criado estaba esperando en la habitación contigua. La doncella
francesa abandona la estancia. Rápida como el rayo, la camarera abre el cajón,
saca el joyero y descorriendo el pestillo de la puerta lo entrega al criado.
Éste lo abre tranquilamente con el duplicado de la llave que se ha
proporcionado, saca el collar y espera. Célestine vuelve a salir de la
habitación y... ¡pst...!, el joyero vuelve a ocupar su lugar en el cajón.
»La señora vuelve y
descubre el robo. La camarera pide que se la registre y se muestra muy
indignada, sin un fallo en su representación. El collar falso que se han
procurado ha sido escondido en la cama de la joven francesa aquella mañana por
la camarera... ¡un golpe maestro ça!
—Pero, ¿a qué fue a
Londres?
—¿Recuerda la
tarjeta?
—Yo creí...
Vacilé
delicadamente mirando un momento al señor Opalsen.
Poirot rió de buena
gana.
—Une blague! En
beneficio del criado y de la camarera. La tarjeta estaba especialmente
preparada para que su superficie recogiera las huellas digitales. Fui a
Scotland Yard y pregunté por nuestro viejo amigo el inspector Japp, a quien
expuse los hechos. Como había sospechado, sus huellas resultaron ser las de dos
ladrones de joyas muy conocidos a quienes se buscaba desde hacía algún tiempo.
Japp vino aquí conmigo y arrestó a los ladrones y se encontró el collar en
poder del criado. Una pareja inteligente, pero les falló el méthode. ¿No le he
dicho por lo menos treinta y seis veces, Hastings, que sin método...?
—¡Por lo menos
treinta y seis mil! —le interrumpí—. Pero, ¿dónde falló su método?
—Mon ami, es un
buen plan el colocarse como camarera o criado, pero no hay que descuidar el
trabajo. Dejaron una habitación vacía sin limpiar el polvo; y por lo tanto,
cuando el hombre puso el joyero sobre la mesita que había cerca de la puerta de
comunicación... dejó una huella cuadrada...
—Lo recuerdo
—exclamé.
—Antes estaba
despistado... ¡Luego... lo supe!
Hubo un momento de
silencio.
—Y yo he recuperado
mis perlas —dijo la señora Opalsen.
—Bueno —dije yo—.
Será mejor que me vaya a cenar.
Poirot me acompañó.
—Esto será un
triunfo para usted —observé.
—Pas du tout
—replicó Poirot tranquilamente—. Japp y el inspector local se repartirán los
honores. Pero... —palpó su bolsillo—. Aquí tengo un cheque del señor Opalsen,
y, ¿qué me dice, amigo mío? Este fin de semana no ha salido según nuestros
planes. ¿Quiere que repitamos el próximo... a mis expensas?
VIII
EL RAPTO DEL PRIMER
MINISTRO
AHORA que la guerra
y sus problemas son cosas del pasado creo poder aventurarme a revelar al mundo
la parte que mi amigo Poirot representó en un momento de crisis nacional. El
secreto había sido bien guardado. Ni el menor rumor llegó a la prensa. Ahora que
la necesidad de mantenerlo secreto ha desaparecido, creo que es de justicia que
Inglaterra conozca la deuda que tienen con mi pequeño amigo, cuyo cerebro
maravilloso tan hábilmente supo evitar una gran catástrofe.
Una noche después
de cenar.... no precisaré la fecha, basta decir que era durante la época en que
el grito de los enemigos de Inglaterra era: «Paz por negociaciones...», mi
amigo y yo nos encontrábamos sentados en una de las habitaciones de su
residencia. Después de haber quedado inválido en el Ejército, me dieron un
empleo en la oficina de Reclutamiento y había adquirido la costumbre de ir por
las noches a ver a Poirot para discutir con él los casos de interés que él
tuviera entre manos.
Tenía intención de
comentar la noticia del día... nada menos que el atentado contra David MacAdam,
Primer Ministro de Inglaterra. Los periódicos habían sido censurados
cuidadosamente. No se conocían detalles, salvo que el Primer Ministro había
escapado de milagro y que la bala había rozado apenas su mejilla.
Yo consideraba que
nuestra policía debe haberse descuidado vergonzosamente para que semejante
atentado se hubiese producido. Comprendía que los agentes alemanes en
Inglaterra estaban dispuestos a arriesgar mucho. «MacAdam el Luchador», como le
apodaba su propio partido, había combatido con todas sus fuerzas la influencia
pacifista que se iba haciendo tan manifiesta.
Era más que Primer
Ministro de Inglaterra.... él era Inglaterra; y el haberle inutilizado hubiera
constituido un golpe terrible para la Gran Bretaña.
Poirot se hallaba
muy atareado limpiando un traje gris con una esponja diminuta. Nunca ha
existido un hombre pulcro como Hércules Poirot. Su pasión era el orden y la
limpieza. Ahora, con el olor a bencina impregnando el aire, era incapaz de
prestarme toda su atención.
—Dentro de un
momento hablaremos, amigo mío. Estoy casi terminando. ¡Esa mancha de grasa...
era muy fea... y había que quitarla... así! —blandió la esponja.
Sonriendo encendí
un cigarrillo.
—Estoy ayudando a
una... ¿cómo la llaman ustedes...?, «ama de casa» a buscar a su esposo. Un
asunto difícil que requiere mucho tacto. Porque tengo la ligera impresión de
que cuando le encontremos no va a hacerle mucha gracia. ¿Qué quiere usted? A mí
me inspira simpatía. Ha sido muy listo al perderse.
Me reí.
—¡Al fin! ¡La
mancha ha desaparecido! Estoy a su disposición.
—Le preguntaba qué
opinaba usted del atentado contra MacAdam.
—Enfantillage!
—replicó Poirot en el acto—. Uno apenas puede tomarlo en serio. El disparar con
rifle... nunca da buen resultado. Es un arma del pasado.
—Pues esta vez
estuvo a punto de darle —le recordé.
Poirot iba a
replicarme cuando la patrona, asomando la cabeza por la puerta, le informó de
que abajo había dos caballeros que deseaban verle.
—No han querido
darme sus nombres, señor, pero dicen que es muy importante.
—Hágales subir
—dijo Poirot, doblando cuidadosamente sus pantalones limpios.
A los pocos minutos
los dos visitantes eran introducidos en la habitación, y el corazón me dio un
vuelco al reconocer en uno de ellos nada menos que a lord Estair, el lord Mayor
de la Cámara de los Comunes; en tanto que su compañero, Bernard Dodge, era miembro
del Departamento de Guerra, y como yo sabía amigo íntimo del Primer Ministro.
—¿Monsieur Poirot?
—dijo lord Estair interrogadoramente. Mi amigo se inclinó, y el gran hombre,
dirigiéndome una mirada, pareció vacilar—. El asunto que me trae aquí es
reservadamente particular.
—Puede usted hablar
libremente en presencia del capitán Hastings —dijo mi amigo haciéndome seña de
que me quedara—. ¡No posee todas las cualidades, no! Pero respondo de su
discreción.
Lord Estair seguía
dudando, mas el señor Dodge intervino bruscamente:
—¡Vamos.... no nos
andemos por las ramas! Toda Inglaterra conocerá a no tardar el apuro en que nos
encontramos. El tiempo lo es todo.
—Siéntese, por
favor, monsieur —dijo Poirot amablemente—. En esa butaca, milord.
Lord Estair se
sobresaltó ligeramente.
—¿Me conoce usted?
—preguntó.
—Desde luego
—Poirot sonrió—. Leo los periódicos y a menudo aparece su fotografía. ¿Cómo no
iba a conocerle?
—Monsieur Poirot,
he venido a consultarle un asunto de la mayor urgencia. Debo pedirle que guarde
la más absoluta reserva.
—¡Tiene usted la
palabra de Hércules Poirot.... no puedo darle más! —dijo mi amigo.
—Se trata del
Primer Ministro. Estamos en un grave apuro. ¡Pendientes de un hilo!
—Entonces, ¿el mal
ha sido grave? —pregunté.
—¿Qué mal?
—La herida.
—¡Oh, eso! —exclamó
el señor Dodge en tono de menosprecio—. Eso es una vieja historia.
—Como dice mi
colega —continuó lord Estair—, ese asunto está terminado y olvidado.
Afortunadamente, fracasó. Ojalá pudiera decir lo mismo del segundo atentado.
—¿Ha habido, pues,
un segundo atentado?
—Sí, aunque no de
la misma naturaleza. El Primer Ministro ha desaparecido.
—¿Qué?
—¡Ha sido
secuestrado!
—¡Imposible!
—exclamé estupefacto.
Poirot me dirigió
una mirada aplastante, invitándome a mantener la boca cerrada.
—Desgraciadamente,
por imposible que pueda parecerle, es bien cierto —prosiguió Dodge.
Poirot miró al
señor Dodge.
—Usted acaba de
expresar que el tiempo lo era todo, monsieur, ¿qué quiso usted decir con ello?
Los dos hombres
intercambiaron una mirada, y luego lord Estair dijo:
—¿Ha oído hablar,
monsieur Poirot, de la próxima Conferencia de los Aliados?
Mi amigo asintió.
—Por razones
evidentes, no se han dado detalles de dónde iba a celebrarse. Pero aunque ha
podido ocultarse a la Prensa, desde luego la fecha se conoce en los círculos
diplomáticos. La Conferencia debe celebrarse mañana... jueves... por la noche,
en Versalles. ¿Comprende usted ahora la terrible gravedad de la situación? No
debo ocultarle que la presencia del Primer Ministro en esa Conferencia es de
vital importancia. La propaganda pacifista, comenzada y mantenida por los
agentes alemanes, ha sido muy activa. Es opinión universal que el punto
culminante en la Conferencia será la fuerte personalidad del Primer Ministro.
Su ausencia podría tener serias consecuencias.... posiblemente una paz
prematura y desastrosa. Y no tenemos a nadie a quien enviar en su lugar. Él
sólo puede representar a Inglaterra.
El rostro de Poirot
se había puesto grave.
—¿Entonces ustedes
consideran el secuestro del Primer Ministro como un atentado para impedir que
asista a la Conferencia?
—Desde luego. En
realidad estaba ya camino de Francia.
—¿Y la Conferencia
ha de celebrarse...?
—Mañana, a las
nueve de la noche.
Poirot extrajo de
su bolsillo un enorme reloj.
—Ahora son las
nueve menos cuarto.
—Dentro de
veinticuatro horas —dijo el señor Dodge, pensativo.
—Y quince minutos
—corrigió Poirot—. No olvide esos quince minutos, monsieur... pueden ser muy
útiles. Ahora pasemos a los detalles... del secuestro... ¿Tuvo lugar en
Inglaterra o en Francia?
—En Francia. El
señor MacAdam cruzó la frontera francesa esta mañana. Esta noche debía ser
huésped del Comandante en Jefe, y mañana continuar hasta París. Cruzó el Canal
en un destructor. En Boulogne le esperaba un automóvil de la Comandancia y otro
del ayudante de Campo del Comandante en Jefe.
—Eh bien?
—Pues salieron de
Boulogne.... pero no llegaron a su destino.
—¿Qué?
—Monsieur Poirot,
era un automóvil falso y un falso A.D.E. El coche auténtico fue encontrado en
una carretera de segundo orden con el chófer y ayudante seriamente heridos.
—¿Y el automóvil
falso?
—Aún no ha sido
encontrado.
Poirot durante unos
instantes guardó silencio e hizo un gesto de impaciencia.
—¡Increíble!
Seguramente no podrá escapar por mucho tiempo.
—Eso pensamos.
Parecía sólo cuestión de buscar a conciencia. Esa parte de Francia está bajo la
ley marcial, y estábamos convencidos de que el coche no podría pasar mucho
tiempo inadvertido. La policía francesa y nuestros hombres de Scotland Yard y
los militares han pulsado todos los resortes. Es increíble, como usted dice....
pero aún no ha sido descubierto.
En aquel momento
llamaron a la puerta, y un joven oficial entró para entregar a lord Estair un
sobre sellado.
—Acaba de llegar de
Francia, señor. Lo he traído directamente aquí, como usted ordenó.
El ministro lo
abrió con ansiedad y musitó una exclamación. El oficial se retiró.
—¡Al fin tenemos
noticias! Han encontrado el otro automóvil y también al secretario Daniels,
cloroformizado, amordazado y herido, en una granja abandonada cerca de C... no
recuerda nada, excepto que le aplicaron algo en la boca y nariz y que luchó por
libertarse... La policía considera veraz su declaración.—¿Y no han encontrado
nada más?
—No.
—¿Ni el cadáver del
Primer Ministro? Entonces, hay una esperanza. Pero es extraño. Porque, después
de tratar de asesinarle esta mañana, ¿van ahora a tomarse la molestia de
conservarle vivo?
Dodge meneó la
cabeza.
—Una cosa es
segura. Están decididos a impedir a toda costa que asista a la Conferencia.
—Si es humanamente
posible, el Primer Ministro estará allí. Dios quiera que no sea demasiado
tarde. Ahora, messieurs cuéntenmelo todo.... desde el principio. Debo conocer
también minuciosamente lo referente al primer atentado.
—Ayer noche, el
Primer Ministro, acompañado de su secretario, el capitán Daniels...
—¿El mismo que le
acompañó a Francia?
—Sí. Como iba
diciendo, fueron a Windsor en automóvil, donde el Primer Ministro tenía una
audiencia. Esta mañana regresó a la ciudad, y durante el trayecto tuvo lugar el
atentado.
—Un momento, por
favor. ¿Quién es el capitán Daniels?
Lord Estair sonrió.
—Pensé que me lo
preguntaría. No sabemos gran cosa de él. Ha servido en el ejército inglés y es
un secretario muy capaz, y un políglota excepcional. Creo que habla siete
idiomas. Por esta razón el Primer Ministro le eligió para que le acompañase a
Francia.
—¿Tiene parientes
en Inglaterra?
—Dos tías. Una tal
señora Everhard, que vive en Hampstead, y la señora Daniels, que vive cerca de
Ascot.
—¿Ascot? Eso está
cerca de Windsor, ¿no?
—Ese lugar ya ha
sido registrado infructuosamente.
—¿Usted considera
al capitán Daniels fuera de toda sospecha?
Un ligero matiz de
amargura empañó la voz de lord Estair al replicar:
—No, monsieur
Poirot. En estos días me guardaré bien de considerar a nadie por encima de toda
sospecha.
—Très bien. Ahora,
milord, doy por supuesto que el Primer Ministro se hallaba bajo la protección
de la Policía, para que todo intento de asalto resultara imposible.
Lord Estair inclinó
la cabeza.
—Eso es. El
automóvil del Primer Ministro iba seguido de cerca por otro en el que viajaban
varios detectives vestidos de paisano. El señor MacAdam desconocía estas
precauciones. Es un hombre que no teme a nada y se hubiera sentido impulsado a
despedirlos sin contemplaciones. Pero, naturalmente, la policía hizo sus
arreglos. La verdad es que el chófer del Premier, O'Murphy, es un hombre de la
C.I.D. .
—¿O'Murphy? Ese
nombre es irlandés, ¿no?
—Sí, es irlandés.
—¿De qué parte de
Irlanda?
—Creo que de
Country Lane.
—Tiens! Pero
continúe, milord.
—El Premier salió
para Londres en un automóvil cerrado. Le acompañaba el capitán Daniels. El otro
coche le seguía como de costumbre, pero desgraciadamente, y por alguna razón
desconocida, el automóvil del Primer Ministro se desvió de la carretera.
—¿Es un punto donde
la carretera forma una gran curva? —le interrumpió Poirot.
—Sí... pero, ¿cómo
lo sabe?
—¡Oh, c'est evident! ¡Continúe!
—Por alguna razón
desconocida —prosiguió lord Estair—, el coche del Primer Ministro dejó la
carretera principal, y el de la policía, sin percatarse de su desviación,
continuó su camino. A poca distancia, en un lugar poco frecuentado, el
automóvil del Primer Ministro fue detenido de pronto por una banda de
enmascarados. El chófer...
—¡El valiente
O'Murphy! —murmuró Poirot pensativo.
—El chófer,
sorprendido, detuvo el coche. El Primer Ministro asomó la cabeza por la
ventanilla e inmediatamente sonó un disparo y luego otro. El primero le rozó la
mejilla. El segundo, afortunadamente, no le alcanzó. El chófer, comprendiendo
el peligro, continuó la marcha al instante dispersando a la banda a toda
velocidad.
—Escapó de milagro
—musité estremeciéndome.
—El señor MacAdam
rehusó que se mencionara la ligera herida sufrida en la mejilla, declarando que
sólo era un rasguño. Se detuvo en un hospital local donde le curaron y desde
luego... sin revelar su identidad. Entonces continuaron hasta la estación de Charing
Cross, donde le esperaba un tren especial para dirigirse a Dover, y tras
referir brevemente lo ocurrido a la policía, el capitán Daniels salió con él
para Francia. En Dover, subieron a bordo del destructor que les aguardaba. En
Boulogne, como ya sabe usted, el automóvil falso le esperaba con la Unión
Jack (1) y sin que le faltase el menor
detalle.
—¿Es todo lo que
puede decirme? .
—Sí.
—¿No existen otras
circunstancias que haya omitido, milord?
—Pues sí; hay algo
bastante peculiar.
—Explíquese, por
favor.
—El automóvil del
Primer Ministro no regresó a la casa de éste después de dejarle en Charing
Cross. La policía estaba deseosa de interrogar a O'Murphy, de modo que
empezaron a buscarle inmediatamente. El coche fue encontrado ante cierto
restaurante del Soho, que es conocido como lugar de reunión de los fichados
como agentes alemanes.
—¿Y el chófer?
—No han podido
hallarlo. También ha desaparecido.
—De modo —dijo
Poirot pensativo—, que ha habido dos desapariciones: la del Primer Ministro de
Francia, y la de O'Murphy en Londres.
Miró de hito en
hito a lord Estair, que hizo un gesto de desaliento.
—Sólo puedo
decirle, monsieur Poirot, que si ayer alguien me hubiera insinuado que O'Murphy
era un traidor me hubiera reído en sus propias narices.
—¿Y hoy?
—Hoy no sé qué
pensar.
Poirot asintió
gravemente, volviendo a mirar su enorme reloj.
—Entiendo que se me
da carte blanche, messieurs... en todos los sentidos. Tengo que poder ir donde
quiera y como quiera.
—Perfectamente. Hay
un tren especial que saldrá de Dover dentro de una hora, con un nuevo
contingente de Scotland Yard. Irá usted acompañado de un oficial militar y un
hombre de la C.I.D. que se pondrán por entero a su disposición. ¿Le parece
bien?
—Muy bien. Una
pregunta más antes de que se marchen, messieurs. ¿Qué les hizo acudir a mí? No
soy conocido en Londres.
—Le buscamos por
expresa recomendación y deseo de un gran hombre de su país.
—Comment? ¿Mi viejo
amigo el Préfet...?
Lord Estair meneó
la cabeza.
—Uno que está por
encima del Préfet. ¡Uno cuya palabra fue una vez ley en Bélgica... y volverá a
serlo! ¡Eso lo ha jurado Inglaterra!
Poirot alzó la mano
con un saludo dramático.
—¡Así es! Ah, veo
que no me ha olvidado... Messieurs, yo, Hércules Poirot, les serviré fielmente.
Pido al cielo que estemos todavía a tiempo. Pero está oscuro... muy oscuro...
No veo nada.
—Bueno, Poirot
—exclamé con impaciencia cuando la puerta se hubo cerrado tras los dos
ministros—, ¿qué opina usted?
Mi amigo estaba muy
atareado preparando un maletín, con movimientos rápidos y precisos.
—No sé qué pensar.
Mi cerebro me está fallando.
—¿Para qué
raptarle, como usted ha dicho, cuando le bastaba con darle un buen golpe en la
cabeza?
—Perdóneme, mon
ami, pero no he dicho eso precisamente. A ellos quizá les convenga mucho
secuestrarle.
—Pero ¿por qué?
—Porque la
incertidumbre crea el pánico. Ésa es una de las razones. La muerte del Primer
Ministro sería una calamidad terrible, pero habría que hacer frente a la
situación. En cambio, ahora estamos paralizados. ¿Aparecerá o no el Primer
Ministro? ¿Está vivo o muerto? Nadie lo sabe, y hasta que no se averigüe no
podrá hacerse nada definitivo. Y, como le digo, la incertidumbre crea el
pánico, que es lo que buscan los Boches . Y si sus raptores le han escondido en
algún sitio, tienen la ventaja de poder negociar con ambas partes. El Gobierno
alemán no es muy liberal pagando, por lo general, pero sin duda estará
dispuesto a desembolsar buenas cantidades en un caso como éste. Y en tercer
lugar, no corren el riesgo de la soga del verdugo. O, decididamente, les interesa
más secuestrarle.
—Entonces, si es
así, ¿por qué primero intentaron matarle?
—¡Ah, eso es
precisamente lo que no entiendo! ¡Es inexplicable.... estúpido! Tienen todo
preparado (¡y muy bien por cierto!) para el secuestro, y sin embargo, ponen en
peligro el asunto con un ataque melodramático, digno de una película. Casi
resulta imposible creerlo... ¡una banda de hombres enmascarados a menos de
veinte millas de Londres!
—Tal vez fuesen dos
atentados completamente distintos —sugerí.
—¡Ah, no es posible
tanta coincidencia! En ese caso... ¿quién es el traidor? Tiene que haberlo...
en el primer atentado. Pero quién fue... ¿Daniels? ¿O'Murphy? Tuvo que ser uno
de los dos, o si no, ¿por qué iba el automóvil a abandonar la carretera principal?
¡No vamos a suponer que el Primer Ministro preparase su propio asesinato!
¿O'Murphy tomó la desviación por iniciativa propia o fue Daniels quien le dio
la orden?
—Seguramente sería
cosa de O'Murphy.
—Sí, porque de
haberlo hecho Daniels, el Primer Ministro lo hubiese oído, y hubiese preguntado
la razón. Pero hay demasiados «por qués» en este asunto, y se contradicen unos
a otros. Si O'Murphy es un hombre íntegro, ¿por qué volvió a poner el coche en
marcha cuando sólo habían sonado dos disparos, salvando la vida del Primer
Ministro? Y también, si era honrado, ¿por qué, inmediatamente después de
abandonar Charing Cross se dirige a un centro de reunión de espías alemanes de
todos conocido?
—Eso tiene mal
aspecto —dije yo.
—Repasemos el caso
con método. ¿Qué tenemos en pro y en contra de esos dos hombres? Consideremos
primero a O'Murphy. Contra: que su conducta al abandonar la carretera principal
fue sospechosa; que es irlandés oriundo de Country Lane; y que ha desaparecido
de forma altamente sugestiva. A su favor: su rapidez en volver a poner en
marcha el automóvil salvó la vida del Primer Ministro, que es un hombre de
Scotland Yard y evidentemente por el cargo alcanzado un detective de toda
confianza. Ahora pasemos a Daniels. No tenemos gran cosa contra él excepto el
hecho de que nada se sabe de sus antecedentes, y que habla demasiados idiomas
para ser un buen inglés. (Perdóneme, mon ami, pero ustedes son un desastre para
los idiomas.) Ahora bien, a su favor tenemos el que haya sido encontrado
amordazado, herido y cloroformizado... con lo cual parece que nada tenía que
ver con este asunto.
Poirot sacudió la
cabeza.
—Pudo hacerlo para
alejar sospechas.
—La policía
francesa no cometería una equivocación de esta clase. Además, una vez
conseguido su objetivo, y estando a salvo el Primer Ministro, no tenía por qué
quedarse atrás. Claro que sus cómplices pudieron amordazarle, pero no veo qué
iban a conseguir con ello. Ahora va a servirles de muy poco, pues hasta que se
hayan aclarado las circunstancias relativas a la desaparición del Primer
Ministro, le vigilarán muy estrechamente.
—Tal vez esperase
poner a la policía sobre una pista falsa,..
—¿Entonces por qué
no lo hizo? Se limita a decir que le aplicaron algo en la boca y nariz, y que
no recuerda nada más. Ahí no hay ninguna pista falsa. Parece inverosímil.
—Bien —dije mirando
el reloj—. Creo que será mejor que vayamos a la estación. Es posible que en
Francia encuentre usted más pistas.
—Posiblemente, mon
ami, pero lo dudo. Me parece increíble que el Primer Ministro no haya sido
encontrado en esta área tan limitada, donde debe ser dificilísimo esconderle.
Si los militares y la policía de dos países no le han encontrado, ¿cómo voy a
encontrarle yo?
En Charing Cross
fuimos recibidos por el señor Dodge.
—Éste es el
detective Barnes, de Scotland Yard, y el mayor Norman. Están enteramente a su
disposición. Es un mal asunto, pero no he perdido todas las esperanzas. Ahora
debo marcharme —y dicho esto, el ministro se despidió de nosotros.
Charlamos de
nimiedades con el mayor Norman. En el centro de un grupo de hombres que estaban
en el andén reconocí a un individuo menudo, de rostro de hurón, que hablaba con
un hombre rubio y alto. Era un antiguo conocido de Poirot... el
detective-inspector Japp, uno de los mejores oficiales de Scotland Yard. Se
acercó a saludar a mi amigo alegremente.
—Me he enterado de
que usted también interviene en este asunto. Hasta ahora no hemos podido dar
con ellos, pero no creo que consigan tenerle escondido mucho tiempo. Nuestros
hombres están pasando toda Francia por su tamiz. Y lo mismo hacen los
franceses. Tengo la impresión de que sólo es cuestión de unas horas.
—Es decir... si
todavía vive —observó el detective alto, en tono lúgubre.
El rostro de Japp
se ensombreció.
—Sí.... pero no sé
por qué tengo el presentimiento de que está vivo.
Poirot asintió.
—Sí, sí; está vivo.
¿Pero lo encontraremos a tiempo? Yo, al igual que usted, no puedo creer que
continúe escondido por mucho tiempo. Eso lo veo claro.
Sonó el silbato de
la locomotora, y todos subimos al coche «Pullman». Y con una sacudida, el tren
arrancó.
Fue un viaje
curioso. Los hombres de Scotland Yard se reunieron ante un mapa del norte de
Francia y fueron trazando ansiosamente las líneas de las carreteras y
pueblecitos. Cada uno tenía su teoría. Poirot no demostró su habitual
locuacidad y permaneció sentado mirando al vacío con una expresión que me
recordaba la de un niño intrigado. Yo charlaba con Norman, a quien encontraba
muy divertido. Al llegar a Dover, el comportamiento de Poirot me causó un
inmenso regocijo. El hombrecillo, en cuanto embarcamos, se asió
desesperadamente de mi brazo. El viento soplaba con gran fuerza.
—Mon Dieu!
—murmuró—. ¡Esto es terrible!
—Valor, Poirot
—exclamé—. Tendrá éxito. Usted le encontrará. Estoy seguro.
—Ah, mon ami, usted
no comprende mi emoción.¡Es este mar traidor lo que me preocupa! ¡El mal de
mer... es un sufrimiento terrible!
—¡Oh! —dije
bastante sorprendido.
Se oyó el ruido de
las máquinas y Poirot cerró los ojos lanzando un gemido.
—El mayor Norman
tiene un mapa del norte de Francia, ¿no le gustaría estudiarlo?
Poirot meneó la
cabeza con impaciencia.
—¡No, no! Déjeme,
amigo mío. Para pensar, el estómago y el cerebro deben estar en buena armonía.
Laverguier tenía un método excelente para evitar el mal de mer. Respirar
lentamente.... así, volviendo la cabeza de izquierda a derecha suavemente y
contando seis entre cada respiración.
Le dejé entregado a
sus ejercicios respiratorios y subí a cubierta.
Cuando entrábamos
lentamente en el puerto de Boulogne reapareció Poirot, pulcro y sonriente,
anunciándome que el sistema de Laverguier había tenido un éxito «de maravilla».
El índice de Japp
seguía trazando rutas imaginarias sobre el mapa.
—¡Tonterías! El
automóvil salió de Boulogne.... de aquí. Ahora bien, mi idea es que trasladaron
al Primer Ministro a otro coche. ¿Comprenden ustedes?
—Bien —dijo el
detective alto—. Yo registraré los puertos de mar. Apuesto diez contra uno a
que lo han llevado a bordo de un barco.
Japp meneó la
cabeza.
—Demasiado
evidente. Se dio orden en seguida de que cerrasen todos los puertos. Estaba
amaneciendo cuando desembarcamos. El mayor Norman avisó a Poirot.
—Hay un coche
militar esperándole, señor.
—Gracias, monsieur,
pero, de momento, no tengo intención de salir de Boulogne.
—¿Qué?
—No, nos quedamos
en este hotel de aquí, junto al muelle.
Los tres le
seguimos, intrigados y sin comprender nada.
—Una vez alojados,
nos dirigió una larga mirada.
—No es así como
debiera actuar un buen detective, ¿eh? Adivino lo que están pensando. Debiera
estar lleno de energías y correr de un lado a otro... arrodillarse sobre la
carretera polvorienta y examinar las huellas de los neumáticos con su lupa... y
recoger una colilla... o una cerilla... Ésa es su idea, ¿no?
Sus ojos nos
miraron retadores.
—Pero yo....
Hércules Poirot, les digo que sé perfectamente lo que hago. ¡Las pistas
verdaderas están... aquí! —se golpeó la frente—. No necesito haber salido de
Londres. Me hubiera bastado quedarme sentado tranquilamente en mi despacho. Lo
importante son las celulillas grises. Secreta y silenciosamente realizan su
tarea, hasta que de pronto yo pido un mapa, y apoyo mi índice sobre un punto...
así... y digo: ¡el Primer Ministro está ahí! Esta apresurada venida a Francia
fue un error. Pero ahora, aunque puede que sea demasiado tarde, empezaré a
trabajar como es debido, desde dentro. Silencio, amigos míos, se lo ruego.
Y por espacio de
cinco largas horas, el hombrecillo permaneció sentado, parpadeando como un
gato, mientras sus ojos verdes iban adquiriendo una tonalidad cada vez más
intensa. Era evidente que el hombre de Scotland Yard le miraba con desprecio,
que el mayor Norman estaba impaciente, y a mí me parecía que el tiempo
transcurría con una lentitud insoportable.
Finalmente, me puse
en pie y anduve sin hacer ruido, hasta la ventana. Aquel asunto se estaba
convirtiendo en una farsa. Y empecé a preocuparme por mi amigo. Si había de
fracasar, hubiese preferido que fuera de una manera menos ridícula. Desde la
ventana contemplé el vaporcito correo, que lanzaba columnas de humo mientras se
deslizaba junto al muelle.
De pronto me
sobresaltó la voz inconfundible de mi amigo Poirot.
—Mes amis!
¡Empecemos ya!
Me volví. En mi
amigo se había verificado una gran transformación. Sus ojos brillaban excitados
y su pecho estaba hinchado hasta el máximo.
—¡He sido un
imbécil, amigos míos! Pero al fin he visto la luz del día.
El mayor Norman se
apresuró a correr hacia la puerta.
—Pediré el coche.
—No hay necesidad.
No voy a utilizarlo. Gracias a Dios que ha cesado el viento.
—¿Quiere decir que
irá andando, señor?
—No, mi joven
amigo. No soy San Pedro. Prefiero cruzar el mar en barco.
—¿Cruzar el mar?
—Sí. Para trabajar
con método hay que comenzar por el principio. Y el principio de este asunto
tuvo lugar en Inglaterra. Por lo tanto, regresemos a Inglaterra rápidamente.
A las tres
estábamos de nuevo en el andén de la estación de Charing Cross. A todas
nuestras protestas, Poirot contestaba una y otra vez que el empezar por el
principio no era perder el tiempo, sino el único camino a seguir. Durante el
viaje de regreso, había conferenciado con Norman en voz baja, y este último
despachó un montón de telegramas desde Dover.
Debido a los pases
especiales que llevaba Norman, llegamos a todas partes en un tiempo récord. En
Londres nos esperaba un gran coche de la policía con algunos agentes de
paisano, uno de los cuales entregó una hoja de papel escrita a máquina a mi
amigo, que contestó a mi mirada interrogadora:
—Es una lista de
los hospitales de los pueblecitos situados en cierto radio del oeste de
Londres. La pedí desde Dover.
Atravesamos
rápidamente las calles de Londres, seguimos la carretera de Bath y continuamos
por Hammersmith Chihroick y Bentford. Comencé a vislumbrar nuestro objetivo.
Pasamos Windsor y nos dirigimos hacia Ascot. El corazón me dio un vuelco. En
Ascot vivía una tía de Daniels. Íbamos en su busca y no tras O'Murphy.
Nos detuvimos ante
la verja de una villa muy bonita. Poirot se apeó, yendo a pulsar el timbre.
Perplejo observé que un ligero ceño ensombrecía su expresión radiante. Era
evidente que no estaba satisfecho. Abrieron la puerta, penetró en la casa y a
los pocos minutos reapareció, subiendo al coche y haciendo al chófer una señal
con la cabeza.
Nuestro viaje de
regreso a Londres fue bastante accidentado. Nos desviamos varias veces de la
carretera principal, y de vez en cuando nos deteníamos ante pequeños edificios,
que fácilmente se adivinaba eran hospitales locales. Poirot sólo pasaba en
ellos unos pocos minutos, pero a cada parada iba recuperando su radiante
seguridad.
Susurró unas
palabras a Norman, a las que éste replicó:
—Sí, si tuerce a la
izquierda los encontrará esperando junto al puente.
Enfilamos una
carretera secundaria y a la escasa luz del crepúsculo descubrí un automóvil que
aguardaba junto a la cuneta, ocupado por dos hombres vestidos de paisano.
Poirot se apeó para hablar con ellos, y luego tomamos la dirección norte,
seguidos muy de cerca por el otro automóvil.
Continuamos
avanzando; por lo visto nuestro objetivo era uno de los suburbios del norte de
Londres. Al fin hicimos alto ante la puerta de una casa algo apartada de la
carretera.
Norman y yo nos
quedamos en el automóvil y Poirot, con uno de los detectives, fue hasta la casa
y llamó. Le abrió la puerta una doncella, y el detective le dijo:
—Soy policía y
tengo orden de registrar esta casa.
La muchacha lanzó
un grito y una mujer alta y hermosa apareció tras ella en el recibidor.
—Cierra la puerta
inmediatamente, Edith. Deben de ser ladrones.
Mas Poirot
apresuróse a introducir el pie entre la hoja de la puerta y el marco al tiempo
que lanzaba un silbido.
Norman y yo pasamos
cinco minutos maldiciendo nuestra forzada inactividad. Al fin la puerta volvió
a abrirse, y nuestros hombres salieron escoltando a tres personas.... una mujer
y dos hombres. La mujer y uno de los hombres fueron llevados en seguida al otro
automóvil.
—Amigo mío —dijo
Poirot haciendo subir a nuestro coche al otro detenido—, cuida muy bien a este
caballero. Le conoce ya, ¿no? Eh bien, permítame que le presente a monsieur
O'Murphy.
¡O'Murphy! Le
contemplé boquiabierto mientras el coche volvía a reemprender la marcha. No iba
esposado, pero no imaginé que tratara de escapar, sería imposible.
Ante mi sorpresa,
seguimos en dirección norte. ¡No regresábamos, pues, a Londres! De pronto,
cuando el automóvil aminoró la marcha, vi que nos encontrábamos cerca del
aeródromo Hendon. E inmediatamente comprendí la idea de Poirot. Se proponía ir
a Francia en avión.
Era buena la idea.
Pero, al parecer, impracticable. Un telegrama hubiera sido mucho más rápido. El
tiempo lo era todo.
Al detenernos se
apeó el mayor Norman y su puesto fue ocupado por un hombre vestido de paisano.
Estuvo conferenciando con Poirot por espacio de unos minutos, y luego partió a
toda prisa.
Yo también me apeé
del automóvil y agarré a Poirot por un brazo.
—¡Le felicito! ¿Le
han dicho dónde lo tienen escondido? Pero, escuche, debe telegrafiar a Francia
en seguida. Si va usted personalmente será demasiado tarde.
Poirot me contempló
con curiosidad por espacio de un minuto.
—Por desgracia,
amigo mío, hay algunas cosas que no puede resolverlas un telegrama.
En aquel momento
regresaba el mayor Norman acompañado de un joven oficial con el uniforme del
Cuerpo de Aviación.
—Éste es el capitán
Lyall, quien le llevará a Francia. Puede partir en seguida.
—Abríguese bien,
señor —dijo el joven piloto—. Puedo prestarle un abrigo si quiere.
Poirot estaba
consultando un enorme reloj mientras murmuraba para sí:
—Sí, hay tiempo....
el tiempo preciso. —Luego, alzando los ojos, se inclinó cortésmente ante el
oficial—. Gracias, monsieur. Pero no soy su pasajero, sino ese caballero que
está ahí.
Al hablar se hizo a
un lado y de la oscuridad salió una figura...; el otro detenido que había ido
en el otro coche y cuando contemplé su rostro lancé una exclamación de
sorpresa.
—¡Era el Primer
Ministro!
—Por amor de Dios,
¡cuéntemelo todo! —exclamé impaciente, cuando Poirot, Norman y yo regresamos a
Londres—. ¿Cómo diablos se las arreglaron para volverle a Inglaterra?
—No hubo necesidad
de ello —replicó Poirot secamente—. El Primer Ministro nunca abandonó
Inglaterra. Le secuestraron cuando regresaba a Londres desde Windsor.
—¿Qué...?
—Lo explicaré. El
Primer Ministro se hallaba en su automóvil, y junto a él su secretario. De
pronto le acercaron al rostro un trozo de algodón empapado en cloroformo.
—Pero, ¿quién?
—El inteligente
políglota capitán Daniels. Tan pronto como el Primer Ministro quedó
inconsciente, Daniels, cogiendo el tubo acústico, ordenó a O'Murphy que
torciese a la derecha, cosa que éste hizo sin sospechar nada. Unos metros más
allá aguardaba un coche que al parecer ha sufrido una avería. El conductor hace
señas a O'Murphy para que se detenga. O'Murphy aminora la marcha y el
desconocido se aproxima. Daniels se asoma por la ventana y probablemente con la
ayuda de un anestésico fulminante, tal como cloruro de etilo, repiten el truco
del cloroformo. A los pocos segundos los dos hombres indefensos son trasladados
a otro automóvil y un par de sustitutos ocupan su puesto.
—¡Imposible!
—Pas de tout! ¿No
ha visto usted las imitaciones de celebridades que se realizan en los
music-hall con maravillosa fidelidad? Nada más fácil que personificar a un
personaje público. El Primer Ministro de Inglaterra es más fácil de imitar que
un tal señor John Smith de Clapaham, pongo por ejemplo. Y en cuanto al «doble»
de O'Murphy, nadie iba a reparar mucho en él hasta después de la partida del
Primer Ministro, y entonces ya habrían procurado no dejarse ver. Y directamente
desde Charing-Cross se dirige al lugar de reunión de sus amigos. Penetra en él
como O'Murphy, pero sale completamente distinto. O'Murphy ha desaparecido,
dejando tras sí una estela de sospechas muy conveniente.
—¡Pero el hombre
que representaba al Primer Ministro fue visto por todo el mundo!
—No fue visto por
nadie que le conociera íntimamente. Y Daniels procuró que tuviera el menor
contacto posible con todo el mundo. Además, llevaba el rostro vendado, y
cualquier anomalía en sus ademanes se hubiera atribuido al shock producido por
el reciente atentado contra su vida. El señor MacAdam tiene la garganta muy
sensible y antes de pronunciar un discurso procuraba hablar lo menos posible.
Allí hubiera sido prácticamente imposible.... de modo que el Primer Ministro
desaparece. La policía de este país se apresura a cruzar el Canal y nadie se
preocupa por conocer los detalles del primer atentado. Y para mantener la
ilusión de que el secuestro ha tenido lugar en Francia, Daniels es amordazado y
cloroformizado a un tiempo de manera convincente.
—¿Y el hombre que
ha representado el papel de Primer Ministro?
—Se libra de su
disfraz. Él y el falso chófer pueden ser detenidos como sospechosos, pero nadie
puede soñar siquiera el verdadero papel que han representado en el drama, y
habrán de libertarlos por falta de pruebas.
—¿Y el verdadero
Primer Ministro?
—ÉI y O'Murphy
fueron conducidos directamente a la casa de la «señora Everard», en Hampstead,
la supuesta tía de Daniels. En realidad, es frau Bertha Ebenthal, a la que la
policía andaba buscando desde hacía tiempo. Es un valioso regalo que tengo que
hacerles... para no mencionar a Daniels. ¡Ah, fue un plan muy inteligente, pero
no contaron con la clarividencia de Hércules Poirot!
Creo que mi amigo
podía haberse ahorrado aquella expansión de vanidad.
—¿Cuándo empezó a
sospechar la verdad sobre la cuestión?
—Cuando empecé a
trabajar como es debido... desde dentro. ¡No podía comprender qué relación
tenía el primer atentado.... pero cuando vi el resultado fue que el Primer
Ministro tuvo que ir a Francia con el rostro vendado... empecé a ver claro! Y
cuando visité todos los hospitales situados entre Windsor y Londres y descubrí
que nadie que respondiera a mi descripción había sido curado y vendado en
ellos, no tuve la menor duda. ¡Al fin y al cabo fue un juego de niños para una
inteligencia como la mía!
A la mañana
siguiente Poirot me enseñó un telegrama que acababa de recibir. No llevaba
referencias de origen ni firma alguna. Decía así:
«A tiempo.»
A última hora de la
tarde los periódicos publicaron un resumen de la Conferencia de los Aliados,
haciendo resaltar la importancia de la magnífica ovación dedicada al señor
David MacAdam, cuyo inspirado discurso había producido una profunda impresión.
IX
LA DESAPARICIÓN DEL
SEÑOR DAVENHEIM
POIROT y yo
esperábamos a nuestro antiguo amigo, el inspector Japp, de Scotland Yard. Nos
encontrábamos sentados alrededor de la mesa de té aguardando su llegada. Poirot
había terminado de colocar debidamente las tazas y platitos que nuestra patrona
tenía la costumbre de arrojar más que colocar sobre la mesa. También había
frotado la tetera de metal con un pañuelo de seda. El agua estaba hirviendo y
un pequeño recipiente esmaltado contenía chocolate espeso y dulce, más del
gusto del paladar de Poirot que lo que él llamaba nuestro «veneno inglés».
Se oyó llamar abajo
con energía, y a los pocos minutos entró Japp.
—Espero no llegar
tarde —dijo al saludarnos—. A decir verdad, estaba cambiando impresiones con
Miller, el encargado del caso Davenheim.
Yo agucé el oído.
Durante los tres últimos días los periódicos habían hablado de la extraña
desaparición del señor Davenheim, el socio más antiguo del Davenheim y Salmon,
los conocidos banqueros. El sábado anterior había salido de su casa y desde
entonces nadie volvió a verle. Me incliné hacia delante para ver si conseguía
averiguar algún detalle interesante por medio de Japp.
—Yo hubiera dicho
que hoy en día es casi imposible que nadie «desaparezca» —observé.
Poirot corrió un
plato de tostadas con mantequilla cosa de un octavo de pulgada y dijo:
—Sea exacto, amigo
mío. ¿Qué entiende usted por «desaparecer»? ¿A qué clase de desaparición se
refiere?
—¿Es que las
desapariciones están clasificadas y etiquetadas? —bromeé.
Japp también sonrió
un instante, pero Poirot frunció el ceño.
—¡Pues claro que
sí! Se dividen en tres categorías: Primera y la más corriente, la desaparición
voluntaria. Segunda, el caso de la «pérdida de memoria», del que tanto se ha
abusado.... raro, pero algunas veces auténtico. Y tercera, el crimen y el hacer
desaparecer el cadáver con más o menos éxito. ¿Cree que las tres son imposibles
de realizar?
—Yo diría que acaso
lo son. Es posible perder la memoria, pero alguien le reconocería....
especialmente en el caso de un hombre tan conocido como Davenheim. Luego, «los
cadáveres» no se desvanecen en el aire y más pronto o más tarde aparecen,
escondidos en lugares apartados o metidos en un baúl. El crimen se descubre del
mismo modo, el empleado que se fuga con el dinero de la caja o el delincuente
doméstico, hoy en día puede ser alcanzado por la radio y el teléfono.... aunque
se encuentren en un país extranjero; los puertos y estaciones están vigilados,
y en cuanto a esconderse en este país, sus características y filiación serían
conocidas por todo lector de periódicos. Tiene que habérselas contra la
civilización.
—Mon ami —dijo
Poirot—, comete usted un error. Usted no tiene en cuenta que el hombre que se
haya decidido a deshacerse de otro... o de sí mismo en sentido figurado...
puede ser esa rara excepción: el hombre de método, y gran inteligencia,
talento, y un cálculo preciso de todos los detalles necesarios. No veo por qué
no podría burlar con éxito a la policía.
—Pero no a usted,
supongo... —dijo Japp de buen talante, guiñándome un ojo—. No podrían engañarle
a usted, ¿eh, monsieur Poirot?
Poirot procuró
parecer modesto, sin conseguirlo.
—¡A mí también!
¿Por qué no? Es cierto que yo resuelvo esos problemas con una ciencia exacta...
con precisión matemática, lo cual es muy raro en la nueva generación de
detectives.
Japp miró
sonriendo.
—No lo sé —dijo—,
Miller, el encargado de este caso, es un individuo muy listo. Puede usted estar
seguro de que no pasará por alto ni una huella, ni una colilla, o incluso una
miga de pan. Tiene ojos que lo ven todo.
—Lo mismo que los
gorriones de Londres, mon ami —repuso Poirot—. Pero de todas formas no les
pediría a los pobres pajarillos que resolviesen el problema del señor
Davenheim...—Vamos, monsieur, no irá usted ahora a despreciar el valor de los
detalles como pistas.
—De ninguna manera.
Esas cosas son buenas hasta cierto punto. El peligro está en que puede dárseles
una importancia indebida. La mayoría de los detalles son insignificantes; sólo
uno o dos son vitales. Es en el cerebro, en las pequeñas células grises —se
golpeó la frente—, en lo que uno debe confiar. Los sentidos se equivocan. Hay
que buscar la verdad dentro... no fuera.
—No me irá usted a
decir, monsieur Poirot, que usted se comprometería a resolver un caso sin
moverse de su butaca, ¿verdad?
—Eso es exactamente
lo que quiero decir... con tal de que me fueran expuestos los hechos. Yo me
considero un especialista en consultas.
Japp se golpeó la
rodilla.
—Que me ahorquen si
no le cojo la palabra. Le apuesto cinco libras a que no puede echar mano, mejor
dicho, decirme dónde puedo echársela yo, al señor Davenheim, vivo o muerto,
antes de que finalice la semana.
Poirot reflexionó
unos instantes.
—Eh bien, mon ami.
Acepto. Le sport es la pasión de ustedes los ingleses. Ahora... los hechos.
—El sábado pasado,
según su costumbre, el señor Davenheim cogió el tren de las doce cuarenta desde
la estación Victoria a Chingside, donde se halla su residencia palaciega «Los
Cedros». Después de comer estuvo paseando por los alrededores de la propiedad,
dando instrucciones a los jardineros. Todo el mundo está de acuerdo en que su
estado de ánimo era completamente normal, como de costumbre. Después del té,
asomó la cabeza por la puerta de la habitación de su esposa, diciendo que iba a
llegarse al pueblo para echar una carta al correo. Agregó que esperaba a un tal
señor Lowen para tratar de negocios y que si llegaba antes de que él hubiera
regresado, debían pasarle a su despacho y rogarle que aguardara. Entonces el
señor Davenheim salió de la casa por la puerta principal, caminó lentamente por
la avenida, atravesó la verja y... no volvieron a verle. A partir de aquel
momento desapareció por completo.
—Un problema
bonito... encantador... precioso —murmuró Poirot—. Continúe, amigo mío.
—Cosa de un cuarto
de hora más tarde pulsaba el timbre de «Los Cedros» un hombre alto, moreno y de
poblado bigote negro, que explicó tenía una cita con el señor Davenheim. Dio el
nombre de Lowen y según las instrucciones del banquero fue introducido en el
despacho. Transcurrió una hora y el señor Davenheim no regresaba. Al fin, el
señor Lowen hizo sonar el timbre y explicó que no le era posible esperar más,
ya que debía alcanzar el tren de regreso a la ciudad. La señora Davenheim se
disculpó por el retraso de su esposo, incomprensible, puesto que sabía que
esperaba aquella visita. El señor Lowen volvió a decir que lo lamentaba, y se
marchó.
»Bien, como todo el
mundo sabe, el señor Davenheim no regresó. A primera hora de la mañana del
domingo se avisó a la policía, que no ha conseguido poner nada en claro. El
señor Davenheim parece haberse desvanecido en la atmósfera. No llegó a la
oficina de correos, ni se le vio pasar por el pueblo. En la estación aseguran
que no tomó ningún tren, y su automóvil no ha salido del garaje. Si hubiera
alquilado algún coche para encontrarse con alguien en algún lugar solitario,
parece casi seguro que a estas horas, en vista de la enorme recompensa ofrecida
por cualquier información, el chófer se hubiera presentado a decir lo que
supiera. Cierto que se celebraban unas carreras en Entfield, a cinco millas de
distancia, y que si hubiera ido andando a aquella estación hubiese pasado
inadvertido entre la multitud. Pero desde entonces su fotografía y su
descripción han estado apareciendo en todos los periódicos, y nadie ha podido
dar noticias suyas. Claro que hemos recibido muchas cartas de todas partes de
Inglaterra, pero hasta ahora todas las pistas han resultado falsas.
»El lunes por la
mañana tuvo lugar un descubrimiento sensacional. Detrás de un cuadro del
despacho del señor Davenheim hay una caja fuerte que ha sido abierta y
desvalijada. Las ventanas estaban cerradas por dentro, lo cual parece descartar
la posibilidad de que se tratase de un ladrón ordinario, a menos, desde luego,
que un cómplice que habitase en la casa volviera a cerrarlas después. Por otro
lado, como todos los de la casa estaban sumidos en un caos, es probable que el
robo se cometiera el sábado y no se descubriera hasta le lunes.
—Precisement!
—replicó Poirot secamente—. Bien, ¿han arrestado a cet pauvre monsieur Lowen?
—Todavía no, pero
está sometido a una estrecha vigilancia.
—¿Qué se llevaron
de la caja fuerte? —quiso saber Poirot—. ¿Tiene usted alguna idea?
—Lo hemos
averiguado por medio del otro socio de la firma y la señora Davenheim. Al
parecer había en ella una cantidad considerable de acciones y una fuerte suma
en billetes, debido a una importante transacción que acababa de efectuarse, así
como también una pequeña fortuna en joyas. Todas las de la señora Davenheim se
guardaban en la caja. Durante los últimos años la compra de joyas ha sido la
pasión de su esposo, y no pasaba mes que no le regalase alguna piedra rara y de
precio.
—En conjunto, un
buen bocado —dijo Poirot pensativo—. ¿Y qué me dice de Lowen? —agregó—, ¿Se
sabe qué negocios tenía que tratar con Davenheim aquella noche?
—Pues, al parecer,
los dos hombres no estaban en muy buenas relaciones. Lowen es un especulador en
pequeña escala. Sin embargo, pudo vencerle un par de veces en el mercado,
aunque parece ser que casi no se habían visto nunca. Fue un asunto concerniente
a unas acciones sudamericanas lo que indujo al banquero a citarle.
—Entonces,
¿Davenheim teñía intereses en Sudamérica?
—Creo que sí. La
señora Davenheim mencionó casualmente que había pasado el último otoño en
Buenos Aires.
—¿Algún
contratiempo en su vida doméstica? ¿Se llevaba bien con su esposo?
—Yo diría que su
vida familiar era completamente normal. La señora Davenheim es una mujer
agradable y poco inteligente. Creo que un cero a la izquierda.
—Entonces tendremos
que buscar ahí la solución de este misterio. ¿Tenía enemigos?
—Tenía muchos
rivales financieramente, y no dudo que hay muchas personas a quienes ha
favorecido y que sin embargo no le desean el menor bien. Pero no hay ninguna
capaz de deshacerse de él... y si lo hubieran hecho, ¿dónde está el cadáver?
—Exacto. Como
Hastings dice, los cadáveres tienen la costumbre de salir a la luz con fatal
persistencia.
—A propósito, uno
de los jardineros dice que vio a una persona que daba vuelta a la casa en
dirección a la rosaleda. El gran ventanal del despacho da a la rosaleda... y el
señor Davenheim entraba y salía de la casa por allí con mucha frecuencia. Pero
el hombre estaba muy lejos, trabajando en unos planteles de lechugas y ni
siquiera sabe si era su amo o no. Tampoco puede precisar la hora con exactitud.
Debió de ser antes de las seis, puesto que los jardineros dejan de trabajar a
esa hora.
—¿Y el señor
Davenheim salió de la casa...?
—A eso de las cinco
y media, poco más o menos.
—¿Qué hay detrás de
la rosaleda?
—Un lago.
—¿Con casita para
guardar embarcaciones?
—Sí, en ella se
guardan un par de piraguas. Supongo que está usted pensando en la posibilidad
de suicidio, monsieur Poirot. Bien, no me importa decirle que Miller irá allí
mañana expresamente para que draguen el lago. ¡Esa es la clase de hombre que es
Miller!
Poirot volvióse
hacia mí sonriendo.
—Hastings, le ruego
que me largue ese ejemplar del Daily Megaphone. Si no recuerdo mal, publica un
retrato extraordinariamente bien grabado del desaparecido.
Me levanté para
entregarle el periódico pedido. Poirot estudió el retrato con suma atención
durante un buen rato.
—¡Hum! —murmuró—.
Lleva el cabello bastante largo y ondulado, un gran bigote y barba puntiaguda,
y sus cejas son muy pobladas. ¿Tiene los ojos oscuros?
—Sí.
—¿Y sus cabellos
empiezan a encanecer, así como su barba?
El detective
asintió.
—Bien, monsieur
Poirot, ¿qué tiene que decir a todo esto? Está claro como la luz del día, ¿no?
—Al contrario, muy
oscuro.
El hombre de
Scotland Yard pareció satisfecho.
—Lo cual da grandes
esperanzas de poder resolverlo —concluyó Poirot plácidamente.
—¿Eh?
—Es un buen
presagio el que un caso se presente oscuro. Cuando una cosa está clara como el
día... eh bien, ¡desconfíe! ¡Alguien ha procurado que lo parezca!
Japp meneó la
cabeza casi con pesar.
—Bueno, allá cada
uno con su fantasía. Pero no es mala cosa ver claro el camino.
—Yo no miro
—murmuró Poirot—. Cierro los ojos... y pienso.
Japp suspiró.
—Bien, tiene una
semana para pensar.
—¿Y me comunicará
usted cualquier nuevo acontecimiento... por ejemplo... el resultado de los
trabajos del inspector Miller, el de los ojos de lince?
—Desde luego. Entra
en la apuesta.
—Es una vergüenza,
¿no le parece? —me decía Japp cuando le acompañé a la puerta—. ¡Como robar a un
niño!
No pude por menos
que asentir y una sonrisa seguía bailando en mis labios cuando volví a entrar
en la habitación.
—Eh bien! —dijo
Poirot en en el acto—. Se está usted burlando de papá Poirot, ¿no es cierto?
—Me amenazó con el dedo—. ¿No confía en sus células grises? ¡Ah, no nos
confundamos! Discutamos este pequeño problema... todavía incompleto, lo admito,
pero que ya muestra uno o dos puntos interesantes.
—¡El lago! —dije
yo.
—¡E incluso más que
el lago, la caseta de las embarcaciones!
Le miré de reojo,
viendo que sonreía del modo más enigmático y comprendí que, de momento, sería
completamente inútil interrogarle.
No supimos nada más
de Japp hasta la tarde siguiente. Vino a vernos a eso de las nueve. En el acto
me di cuenta por su expresión que traía noticias.
—Eh bien, amigo mío
—observó Poirot—. ¿Todo va bien? Pero no me diga que ha descubierto el cadáver
del señor Davenheim en su lago porque no le creeré.
—No hemos
encontrado su cadáver, pero sí sus ropas.... las mismas que vestía aquel día.
¿Qué dice usted a eso?
—¿Falta algún otro
traje de la casa?
—No, su criado se
ha mostrado firme en este punto, el resto del guardarropa está intacto. Hay
más. Hemos detenido a Lowen. Una de las doncellas, la encargada de cerrar las
ventanas del dormitorio, declara que vio a Lowen que se dirigía al despacho por
la rosaleda a las seis y cuarto. Eso sería unos diez minutos antes de que
abandonara la casa.
—¿Qué dice él a
esto?
—Primero negó que
hubiera salido del despacho, mas la doncella se mantuvo firme, y luego simuló
haber olvidado que había salido por el ventanal para examinar una rosa poco
corriente. ¡Una historia bastante endeble!, y vamos encontrando nuevas pruebas
contra él. El señor Davenheim siempre llevaba un pesado anillo de oro con un
solitario en el dedo meñique de su mano derecha. Pues bien, su anillo fue
empeñado en Londres el sábado por la noche por un hombre llamado Billy
Kellet... Ya le conocía la policía.... el pasado otoño estuvo tres meses en la
cárcel por robar el reloj a un anciano. Al parecer trató de empeñar el anillo
nada menos que en cinco sitios distintos, al fin lo consiguió, cogió una buena
borrachera con lo que le dieron por él, asaltó a un policía y lo detuvieron.
Fui a Bow Street con Miller y le he visto. Ahora está bastante sereno, y no
importa confesar que le hemos asustado bastante insinuándole que puede ser
culpado de asesinato. Ésta es su declaración... bastante curiosa por cierto:
»E1 sábado estuvo
en las carreras de Entfield, aunque me atrevo a decir que lo que le interesaban
eran los alfileres de corbata y no las apuestas. De todas maneras, tuvo un mal
día y mala suerte. Iba caminando por la carretera de Chingside y se sentó en una
zanja para descansar antes de entrar en el pueblo. Pocos minutos más tarde
observó que se aproximaba un hombre por la carretera, "moreno, de grandes
bigotes, uno de esos ricachones de la ciudad". Así lo describe.
»Kellet estaba
semioculto por un montón de piedras. Poco antes de llegar a donde él estaba, el
hombre miró rápidamente a un lado y otro y sacó un pequeño objeto del bolsillo,
arrojándolo por encima del seto. Luego echó a andar camino de la estación. Ahora
bien, el objeto arrojado por encima del seto produjo un sonido metálico que
despertó la curiosidad del hombre sentado en la zanja. Fue a ver lo que era, y
tras una breve búsqueda descubrió el anillo. Ésta es la historia de Kellet. Hay
que decir que Lowen lo niega rotundamente y que la palabra de un hombre como
Kellet no inspira la menor confianza. Cabe dentro de lo posible que encontrase
a Davenheim por aquellos parajes, le robara y lo asesinara.
Poirot meneó la
cabeza.
—Muy poco probable,
mon ami. No tenía medio de deshacerse del cadáver, y ahora ya habría sido
descubierto. En segundo lugar, el modo como fue a empeñar el anillo demuestra
que no cometió un crimen para apoderarse de él. En tercer lugar, un ladrón rara
vez comete un asesinato. En cuarto lugar, puesto que ha estado en la cárcel
desde el sábado, sería mucha coincidencia que pudiera dar una descripción tan
exacta de Lowen sin haberle visto.
Japp asintió.
—No digo que no
tenga razón. Pero de todas formas no conseguirá que un jurado tome en cuenta la
declaración de un sujeto semejante. Lo que parece extraño es que Lowen no
encontrase un medio más inteligente para librarse del anillo.
Poirot se encogió
de hombros.
—Bien, después de
todo, si fue encontrado en los alrededores podía ser que lo hubiese arrojado el
propio Davenheim.
—Pero ¿por qué
quitárselo? —exclamé.
—Pudiera existir
una razón para hacerlo —dijo Japp—. ¿Sabe usted que detrás del lago hay una
puertecita que da a la colina, y en menos de tres minutos se llega a... qué
diría usted... a un horno de cal?
—¡Cielo santo!
—exclamé—. ¿Quiere usted decir que aunque la cal pudiera destruir el cadáver no
causaría efecto alguno sobre el anillo de oro?
—Exacto.
—Me parece que eso
lo explica todo —dije—. ¡Qué horrible crimen!
De común acuerdo,
los dos volvimos a mirar a Poirot. Parecía perdido en sus pensamientos, y tenía
el ceño fruncido como en un supremo esfuerzo mental. Comprendí que al fin su
agudo intelecto se había puesto en movimiento. ¿Cuáles serían sus primeras palabras?
No tardamos mucho en salir de dudas. Con un suspiro. Poirot relajó sus
músculos, y volviéndose a Japp preguntó:
—¿Tiene usted idea,
amigo mío, de si el señor y la señora Davenheim ocupaban el mismo dormitorio?
La pregunta parecía
tan ridícula e inadecuada que por un momento los dos nos miramos en silencio.
Al fin, Japp lanzó una carcajada.
—Dios Santo,
monsieur Poirot. Pensé que iba a decir algo sorprendente. En cuanto a su
pregunta... No lo sé.
—¿Podría
averiguarlo? —preguntó Poirot con extraña insistencia.
—Oh, desde
luego.... si es que de verdad desea saberlo.
—Merci, mon ami. Le
quedaré muy agradecido si lo hace.
Japp le contempló
fijamente durante algunos minutos, Poirot parecía habernos olvidado. El
detective, meneando la cabeza con pesar al tiempo que decía: «¡Pobre viejo! ¡La
guerra ha sido demasiado para él!”, salía de la estancia.
Como Poirot parecía
seguir soñando despierto, cogí una hoja de papel y me entretuve en hacer
algunos apuntes. La voz de mi amigo me sobresaltó. Había despertado de su sueño
y me miraba con gran atención, espabilado y alerta.
—Que faites vous
là, mon ami?
—Estaba anotando
los datos que me parecen de más importancia en este asunto.
—¡Se vuelve usted
metódico... al fin! —dijo Poirot en tono aprobador.
Yo disimulé mi
contento.
—¿Quiere que se los
lea.
—De mil amores.
Aclaré la garganta.
—Primero: Todas las
pruebas señalan a Lowen como el hombre que forzó la caja fuerte.
«Segundo: Tenía ojeriza a Davenheim.
«Tercero: Mintió en
su primera declaración al decir que no había salido del despacho.
«Cuarto: Si
aceptamos la declaración de Billy Kellet como cierta, Lowen queda complicado.
Hice una pausa.
—¿Y bien? —pregunté
al fin, pues me parecía que había puesto el dedo en todos los factores vitales.
Poirot me contempló
compasivamente, meneando la cabeza.
—Mon pauvre ami!
¡Bien se ve que no está usted dotado! Nunca sabrá apreciar el detalle
importante. Y su razonamiento es falso.
—¿Cómo?
—Déjeme considerar
sus cuatro puntos. Primero: El señor Lowen no podría saber con seguridad si
tendría ocasión de abrir la caja. Se trata de celebrar una entrevista de
negocios. No pudo saber de antemano que el señor Davenheim habría ido a echar
una carta y que por consiguiente le dejaría solo en el despacho.
—Pudo haber
aprovechado la oportunidad —insinué.
—¿Y las
herramientas? ¡Los ciudadanos no llevan encima herramientas para forzar
cerraduras si se presenta la ocasión! Y no es posible abrir esa caja fuerte con
un cortaplumas, bien entendu!
—Bueno, ¿qué me
dice del número dos?
—Dice usted que
quiere decir que una o dos veces le venció. Y es de presumir que esas
transacciones fueran hechas con el propósito de beneficiarse. En todo caso, por
lo general no se odia al hombre que se ha vencido... sino lo más probable es
que ocurra todo lo contrario. Cualquier rencor que pudiera haber entre ellos
sería por parte del señor Davenheim.
—Bien, no puede
usted negar que Lowen mintió al decir que no había salido del despacho.
—No. Pero puede que
se asustara. Recuerde que las ropas del desaparecido han sido encontradas en el
lago. Desde luego que hubiera hecho mejor diciendo la verdad en todo.
—¿Y el cuarto
punto?
—Se lo concedo. Si
la historia de Kellet es cierta, Lowen queda complicado sin duda alguna. Por
eso este asunto resulta tan interesante.
—¿Entonces, aprecia
un factor vital?
—Tal vez... pero
usted ha pasado enteramente por alto los dos puntos más importantes, los que
sin duda alguna encierran la solución de todo este enrevesado asunto.
—Pues dígame cuáles
son...
—Uno, la pasión que
se despertó en el señor Davenheim durante los últimos años por la compra de
joyas. El otro su viaje a Buenos Aires el otoño pasado.
—¡Poirot, usted
bromea!
—Hablo muy en
serio. Ah, pero espero que Japp no olvide mi pequeño encargo.
Pero el detective,
aun tomándolo a broma, lo había recordado tan bien, que a las once de la mañana
del día siguiente Poirot recibía un telegrama, que a petición suya leí en voz
alta.
«Los señores
Davenheim han ocupado habitaciones separadas desde el invierno pasado en todas
ocasiones.»
—¡Aja! —exclamó
Poirot—. Y ahora estamos a mediados de junio. ¡Todo está solucionado!
Le miré.
—¿No tendrá usted
dinero en el Banco Davenheim y Salmon, mon ami?
—No —repuse
intrigado—. ¿Por qué?
—Porque le
aconsejaría que lo retirase... antes de que sea demasiado tarde.
—¿Por qué? ¿Qué es
lo que espera?
—Espero una gran
quiebra para dentro de unos días... o tal vez antes. Lo cual me recuerda que
debemos corresponder a la atención de Japp. Deme un lápiz, por favor, y un
impreso. Voilà! «Le aconsejo retire cualquier dinero depositado en la firma en
cuestión.» ¡Esto intrigará al bueno de Japp! ¡No lo comprenderá en absoluto...
hasta mañana o pasado!
Yo me mantuve
escéptico, pero al día siguiente me vi obligado a rendir tributo a su innegable
poder. En todos los periódicos aparecía en grandes titulares la quiebra
sensacional del Banco Davenheim. La desaparición del famoso financiero adquirió
un aspecto totalmente distinto bajo la nueva revelación de los asuntos
económicos del Banco.
Antes de que
terminásemos de desayunar, se abrió la puerta y Japp entró corriendo. En la
mano derecha llevaba un papel, y en la izquierda el telegrama de Poirot, que
dejó sobre la mesa, ante mi amigo.
—¿Cómo lo supo,
monsieur Poirot? ¿Cómo diablos pudo saberlo?
—¡Ah, mon ami,
después de su telegrama estuve seguro! Desde el principio me pareció que el
robo de la caja fuerte tenía gran importancia. Joyas, dinero efectivo, acciones
al portador... todo muy convenientemente dispuesto para... ¿quién? Bien, el
bueno monsieur Davenheim era uno de esos «que se preocupan ante todo en su
propio beneficio». ¡Y luego su pasión por adquirir joyas en los últimos años.
¡Qué sencillo! Los fondos que desfalcaba los convertía en joyas, que luego es
probable reemplazase por duplicadas en pasta y de este modo iba poniendo en
lugar seguro, bajo otro nombre, y amasando una fortuna considerable para
disfrutarla a su debido tiempo cuando se hubiese perdido su rastro. Una vez
todo dispuesto cita al señor Lowen (quien tuvo la imprudencia de enfurecer al
gran hombre un par de veces), hace un agujero en la caja fuerte, deja la orden
de que su invitado sea introducido en el despacho y sale de la casa... ¿Adónde
va? —Poirot se detuvo alargando la mano para coger otro huevo duro. Frunció el
ceño—. Es realmente insoportable —murmuró— que todas las gallinas pongan los
huevos de distintos tamaños. ¿Qué simetría puede haber entonces en una mesa?
¡Por lo menos en la tienda debían ordenarlos por docenas!
—Qué importan los
huevos —replicó Japp impaciente—. Deje que los pongan cuadrados si quieren.
Díganos adónde fue nuestro hombre cuando salió de «Los Cedros»... es decir, ¡si
es que lo sabe! ¡Que yo creo que no!
—Eh bien, fue a su
escondite. Ah, ese monsieur Davenheim debe tener algún defecto en sus células
grises, pero son de primera calidad, seguro.
—¿Sabe usted dónde
se esconde?
—¡Desde luego! Es
de lo más ingenioso.
—¡Por amor de Dios,
dígalo entonces!
Poirot, con toda
calma, fue recogiendo los trocitos de cáscara de huevo y colocándolos en el
interior de su taza. Una vez concluida esta operación, sonrió ante el efecto de
pulcritud conseguido y luego nos miró con afecto.
—Vamos, amigos
míos, ustedes son hombres inteligentes. Háganse la pregunta que yo me hice: «Si
yo fuese ese hombre, ¿dónde me escondería?» Hastings, ¿qué dice usted?
—Pues —repuse—;
tengo la impresión de que no soy ninguna lumbrera. Yo me hubiera quedado en
Londres... en la zona muy céntrica, y hubiera viajado continuamente en metros y
autobuses; tendría diez oportunidades contra una de ser reconocido. Hay cierta
seguridad entre la multitud.
Poirot miró
interrogadoramente a Japp.
—No estoy de
acuerdo. Huir en seguida... es la única posibilidad. Tuvo tiempo de sobra para
disponerlo todo de antemano. Yo hubiera tenido un yate preparado esperándome
con el motor en marcha, y me hubiese marchado a cualquier rincón ignorado antes
de que se armara el alboroto.
Los dos miraron a
Poirot.
—¿Qué dice usted,
monsieur?
Guardó silencio por
unos instantes. Luego una sonrisa muy curiosa iluminó su rostro.
—Amigos míos, si yo
quisiera esconderme de la policía, ¿saben a dónde iría? ¡A la cárcel!
—¿Qué?
—¡Usted busca a
monsieur Davenheim con el deseo de meterlo en la cárcel, de modo que no soñará
siquiera en mirar si ya está en ella!
—¿Qué quiere decir?
—Usted me dijo que
madame Davenheim no era una mujer muy inteligente. ¡Sin embargo creo que si la
lleva a la calle Baw y la enfrenta con Billy Kellet le reconocería! A pesar de
que se ha afeitado la barba y el bigote y esas pobladas cejas, y se ha cortado
el cabello. Una mujer casi siempre reconoce a su esposo, aunque él consiga
engañar a todo el mundo.—¿Billy Kellet? ¡Pero si es conocido de la policía!
—¿No le dije que
Davenheim era un hombre inteligente? Preparó su coartada de antemano. No estuvo
en Buenos Aires el otoño pasado.... sino encarnando el tipo de Billy Kellet
«por espacio de tres meses», para que la policía no sospechara cuando llegase
la ocasión. Recuerde que se jugaba una gran fortuna, así como la libertad.
Valía la pena para hacerlo a conciencia. Sólo...
—Sí.
—Eh bien!, sólo que
después tuvo que usar barba y peluca para volver a ser el mismo de antes, y
dormir con la barba postiza no es cosa fácil... y por lo tanto no pudo seguir
compartiendo la misma habitación de su esposa. Usted averiguó que durante los
últimos seis meses, o desde que se supuso que regresó de Buenos Aires, él y la
señora Davenheim ocuparon habitaciones separadas. ¡Entonces tuve plena certeza!
Todo coincidía. El jardinero que imaginó ver a su amo dando vueltas a la casa
tuvo razón. Fue hasta la caseta de las embarcaciones, se vistió con ropas de
«vagabundo», que supo ocultar ante su criado, arrojó las suyas al lado y llevó
adelante su plan empeñando el anillo de una manera evidente, y luego asaltando
a un policía para que le detuviera y de ese modo permanecer a salvo en la calle
Bow, donde nadie iba a buscarle.
—Es imposible
—murmuró Japp.
—Pregunte a madame
—dijo mi amigo, con expresión sonriente.
Al día siguiente,
junto al plato de Poirot, había una carta certificada. La abrió y encontró en
su interior un billete de cinco libras. Mi amigo frunció el ceño.
—¡Ah, sacré! Pero,
¿qué voy a hacer con él? Tengo grandes remordimientos. ¡Ce pauvre Japp! ¡Ah,
tengo una idea! ¡Podemos celebrar una comida los tres! Eso me consuela. La
verdad es que fue demasiado fácil. Estoy avergonzado. Yo, que soy incapaz de
robar a una criatura... mille tonnerres! Mon ami, ¿qué le ocurre, que se ríe
tan a gusto?
X
LA AVENTURA DEL
NOBLE ITALIANO
POIROT y yo
teníamos muchos amigos y conocidos de confianza. Entre ellos he de mencionar al
doctor Hawker, un vecino nuestro, perteneciente a la profesión médica. El
doctor Hawker tenía la costumbre de venir algunas veces a charlar con Poirot,
de cuyo genio era un ferviente admirador, ya que siendo franco y confiado hasta
un grado máximo apreciaba en el detective los talentos que a él le faltaban.
Una noche, a
principios de junio, llegó a eso de las ocho y media y entabló una discusión
sobre el alegre tema de la frecuencia del envenenamiento con arsénico en los
crímenes. Debió ser cosa de una hora más tarde cuando se abrió la puerta de
nuestro saloncito, dando paso a una mujer descompuesta que se precipitó hacia
nosotros.
—¡Oh, doctor, le
necesitan! ¡Qué voz tan terrible! ¡Vaya
un susto que me ha dado!
Reconocí en nuestra
nueva visitante al ama de llaves del doctor Hawker, la señorita Rider. El
doctor era un solterón que vivía en una lúgubre casa antigua unas calles más
abajo. La señorita Rider, tan apacible por lo general, estaba ahora en un
estado que rayaba en la incoherencia.
—¿Qué voz terrible?
¿De quién es y qué ocurre?
—Fue por teléfono,
señor. Yo contesté... y me habló una voz. «Socorro», dijo. «Doctor... ¡socorro!
¡Me han asesinado!” ¿Quien habla?, dije yo. ¿Quién habla? Entonces percibí una
respuesta... un mero susurro. Me pareció que decía: «Foscatine...» o algo por
el estilo... «Regent's Court».
El doctor lanzó una
exclamación.
—El conde
Foscatini. Tiene un piso en Regent's Court. Debo ir en seguida. ¿Qué puede
haber ocurrido?
—¿Es un paciente
suyo? —preguntó Poirot.
—Hace algunas
semanas que le atendí por causa de una ligera indisposición. Es italiano, pero
habla el inglés a la perfección. Bueno, debo despedirme ya, monsieur Poirot, a
menos... —vaciló.
—Creo adivinar lo
que está pensando —dijo Poirot con una sonrisa—. Le acompañaré encantado.
Hastings, baje a llamar un taxi.
Los taxis siempre
desaparecen en cuanto uno anda un tanto apurado de tiempo, pero al fin conseguí
capturar uno y no tardamos en encontrarnos camino de Regent's Court. Éste era
un nuevo bloque de pisos situado junto a la carretera de St. John Wood. Habían
sido recientemente construidos y con gran lujo.
No había nadie en
el portal. El doctor presionó el botón del ascensor con impaciencia y cuando
éste descendió ordenó al botones uniformado:
—Apartamento 11.
Conde Foscatini. Tengo entendido que acaba de ocurrir un accidente.
El hombre le miró
extrañado.
—Es la primera
noticia. El señor Graves... el criado del conde Foscatini... salió hará una
media hora y no dijo nada.
—¿Está el conde
solo en el piso?
—No, señor; dos
caballeros están cenando con él.
—¿Qué aspecto
tienen? —pregunté ansiosamente.
—Yo no les vi,
señor, pero tengo entendido que eran extranjeros.
Abrió la puerta de
hierro y salimos al descansillo. El número 11 estaba ante nosotros. El doctor
hizo sonar el timbre. No hubo respuesta. El doctor insistió una y otra vez;
pero nadie dio señales de vida.
—Esto se está
poniendo serio —musitó el doctor volviéndose hacia el encargado del ascensor—.
¿Hay alguna llave que abra esta puerta?
—El portero tiene
una en la oficina de abajo.
—Vaya a buscarla.
Escuche, será mejor que avise a la policía.
El hombre regresó
al poco rato acompañado del portero.
—Caballeros,
¿quieren decirme qué significa todo esto?
—Desde luego. He
recibido un mensaje telefónico del conde Foscatini declarando que había sido
atacado y que se moría, Comprenderá usted que no debemos perder tiempo... si es
que no es ya demasiado tarde.
El portero le
entregó la llave y penetramos en el piso.
Primero nos
encontramos en un recibidor cuadrado muy reducido. A la derecha había una
puerta entreabierta y que el portero indicó con un gesto ambiguo.
—El comedor.
El doctor Hawker
abrió la puerta y le seguimos pegados a sus talones. Al entrar en la habitación
contuve el aliento. La mesa redonda del centro conservaba aún los restos de una
comida; las tres sillas estaban un tanto retiradas, como si sus ocupantes acabaran
de levantarse. En un rincón, a la derecha de la chimenea, había una mesa
escritorio y tras ella un hombre. Su mano derecha seguía sujetando la base del
teléfono, pero había caído hacia delante a causa del terrible golpe recibido en
la cabeza y por la espalda. El arma no estaba muy lejos. Una gran figura de
mármol había sido devuelta apresuradamente a su sitio de costumbre con el
pedestal manchado de sangre.
El examen del
médico no duró ni un minuto.
—Está muerto. Debe
haber sido casi instantáneo. Me pregunto cómo habrá podido telefonear. Es mejor
no tocarlo hasta que se presente la policía.
A una sugerencia
del portero registramos el piso, pero el resultado nos llevó a una conclusión
ya prevista. No era probable que los asesinos se hubieran escondido allí.
Regresamos al
comedor. Poirot no nos había acompañado y le encontré estudiando el centro de
la mesa con gran atención. Me uní a él. Era una mesa redonda de caoba, muy bien
barnizada. Un jarrón con rosas decoraba su centro. Había una fuente con frutas,
pero los platos de postre no habían sido tocados... tres tacitas con restos de
café, puro en dos de ellas y con leche en la otra. Los tres hombres habían
bebido oporto, y la botella aparecía mediada. Uno de ellos había fumado un
cigarro puro, y los otros dos cigarros. Una caja de plata y carey conteniendo
cigarros y cigarrillos estaba abierta sobre la mesa.
Fui enumerando
todos estos factores para mis adentros, viéndome forzado a admitir que no
arrojaban ninguna luz sobre la situación. Me pregunté qué es lo que miraba mi
amigo Poirot con tanta atención y se lo pregunté.
—Mon ami —replicó—,
se equivoca usted. Estoy buscando algo que no veo.
—¿Y qué es ello?
—Un error... aunque
sea insignificante.... pero un error cometido por el asesino.
Dirigióse a la
pequeña cocina adyacente, y luego de inspeccionarla meneó la cabeza.
—Monsieur —dijo al
portero—, ¿quiere explicarme el sistema que emplean aquí para servir las
comidas?
El portero abrió
una puertecita que había en la pared.—Éste es el montacargas del servicio
—explicó—. Va hasta las cocinas situadas en la parte alta del edificio. Se pide
lo que se desea por teléfono, y los platos se bajan en el ascensor de uno en
uno. Los platos y fuentes sucios se suben de la misma manera. No hay
preocupaciones domésticas, ¿comprende?, y al mismo tiempo se evita la molestia
de comer siempre en el restaurante.
Poirot asintió.
—Entonces los
platos y fuentes utilizados esta noche están arriba, en la cocina. ¿Me permite
que suba?
—¡Oh, desde luego,
si usted quiere! Robert, el encargado del ascensor, le acompañará para
presentarle; pero me temo que no encontrará nada. Allí se manejan cientos de
platos y fuentes y estarán todos revueltos.
No obstante, Poirot
no desistió y juntos visitamos las cocinas interrogando al hombre que había
recibido el encargo del apartamento 11.
—El encargo fue
hecho à la carte menu... para tres —explicó—. Sopa julienne, filete de lenguado
a la normanda, tournedos de ternera y arroz soufflé. ¿A qué hora? A las ocho,
poco más o menos. No, me temo que ahora los platos estarán ya lavados. Supongo
que usted esperaría encontrar huellas dactilares.
—No era eso
precisamente —dijo Poirot con una sonrisa enigmática—. Me interesaba más
conocer el apetito del conde Foscatini. ¿Comió de todos los platos?
—Sí; aunque, claro,
no puedo decirle qué cantidad. Los platos estaban todos sucios y las fuentes
vacías... es decir, excepto el soufflé de arroz. Dejaron bastante.
—¡Ah! —exclamó
Poirot, al parecer satisfecho por aquel detalle.
Mientras volvíamos
a bajar observó en voz baja:
—Decididamente
tenemos que habérnoslas con un hombre metódico.
—¿Se refiere al
asesino o al conde Foscatini?
—Desde luego, este
último era un caballero muy ordenado. Después de implorar ayuda y anunciar su
próxima defunción, tuvo el cuidado de colgar el teléfono.
Miré a Poirot. Sus
palabras me dieron una idea.
—¿Sospecha de algún
veneno? —susurré—. El golpe en la cabeza fue para despistar...
Poirot limitóse a
sonreír.
Cuando entramos en
el apartamento descubrimos que el inspector de policía local había llegado con
dos agentes, y pareció molestarle nuestra presencia hasta que Poirot le calmó
mencionando a nuestro amigo el inspector Japp de Scotland Yard, y de este modo
conseguimos autorización para quedarnos. Fue una suerte, porque no habían
transcurrido ni cinco minutos cuando un hombre de mediana edad entró corriendo
en la habitación.
Se trataba de
Grave, el criado-mayordomo del finado conde Foscatini, y la historia que tenía
que contar era sensacional.
La mañana anterior
dos caballeros habían ido a visitar a su amo. Eran italianos, y el mayor de los
dos, un hombre de unos cuarenta años, dijo llamarse signor Ascanio. El más
joven iba bien vestido y tendría unos veinticuatro años.
Evidentemente, el
conde Foscatini esperaba su visita y en seguida envió a Graves a hacer algún
recado intrascendente. Al llegar a este punto, el criado vaciló e hizo un alto
en su relato. No obstante, al fin confesó que, intrigado por el motivo de
aquella entrevista, no había obedecido inmediatamente, sino que se entretuvo
con la esperanza de oír algo de lo que trataran.
Sostenían la
conversación en voz tan baja que no tuvo el éxito esperado, pero sí entendió lo
bastante para comprender que estaban discutiendo alguna proposición monetaria y
que la base era la amenaza. La discusión no pasó del tono amistoso. Al final,
el conde Foscatini, elevando la voz de modo que sus palabras llegaron hasta
Graves, que las oyó, dijo claramente:
—Ahora no tengo
tiempo para seguir discutiendo, caballeros. Si quieren cenar conmigo mañana a
las ocho, continuaremos la discusión.
Temeroso de ser
sorprendido escuchando, Graves apresuróse a cumplir el encargo de su amo.
Aquella noche los dos hombres llegaron puntualmente a las ocho. Durante la cena
se habló de diversos temas.... de política, del tiempo y del mundo teatral.
Cuando Graves hubo colocado el oporto sobre la mesa y servido el café, su amo
le dijo que podía salir aquella noche.
—¿Era lo que
acostumbraba a hacer cuando tenía invitados? —preguntó el inspector.
—No, señor. Eso es
lo que me hizo pensar que debían tener que discutir un asunto muy particular.
Ahí terminaba la
historia de Graves. Se había marchado con su amigo a las ocho y media y
estuvieron en el Metropolitan Music Hall de Edward Road.
Nadie había visto
salir a los dos hombres, pero la hora del crimen se fijó con bastante
precisión. Las ocho cuarenta y siete. Un pequeño reloj que había sobre el
escritorio había caído al suelo arrastrado por el brazo de Foscatini y se había
parado a esa hora, que coincidía aproximadamente con la llamada telefónica
recibida por la señorita Rider.
El médico de la
policía había examinado el cadáver, que ahora yacía en el diván. Por primera
vez miré aquel rostro... cutis aceitunado, nariz larga, bigote exuberante y
labios carnosos, dejando ver los dientes blanquísimos. No era un rostro
agradable.
—Bien —dijo el
inspector cerrando la libreta—. El caso parece bastante claro. La única
dificultad estará en poder echarle mano al signor Ascanio. Supongo que su
dirección no estará en la agenda del difunto, por casualidad.
Como Poirot había
dicho, el difunto Foscatini fue un hombre ordenado y encontraron cuidadosamente
escrito con su letra precisa y menuda lo siguiente: «Signor Paolo Ascanio,
Hotel Grosvenor».
El inspector estuvo
unos momentos llamando por teléfono, y al fin volvióse hacia nosotros con una
sonrisa.—Llegamos a tiempo. Nuestro hombre acaba de tomar el tren-barco para el
Continente. Bien, caballeros, ya no tenemos nada que hacer aquí. Es un mal asunto,
pero bastante claro. Probablemente se trata de una de esas venganzas personales
italianas.
Mientras bajábamos
la escalera, el doctor Hawer dijo:
—Es como el
principio de una novela, ¿eh? Realmente excitante. De esas cosas que si se leen
no se creen.
Poirot nada dijo;
estaba muy pensativo y durante toda la noche apenas despegó los labios.
—¿Qué dice el
maestro de los detectives? —preguntóle Hawker dándole una palmada en la
espalda—. Esta vez no tiene por qué hacer trabajar a sus células grises.
—¿Usted cree que
no?
—¿Qué podría hacer?
—Pues, por
ejemplo... hay que tener en cuenta la ventana.
—¿La ventana? Pero
si estaba cerrada... Nadie pudo entrar o salir por ella. Me fijé y la observé
detenidamente.
—¿Y por qué se fijó
usted?
El doctor pareció
extrañado y Poirot apresuróse a explicarse.
—Me refiero a las
cortinas. No estaban corridas, y eso es un poco extraño. Y luego el color del
café. Era muy negro.
—Bien, ¿y qué tiene
de particular?
—Era muy negro
—replicó Poirot—, y si recordamos que comieron muy poco souffle de arroz
llegaremos... ¿a qué conclusión?
—A cualquier
desatino —rió el médico—. Me está usted tomando el pelo.
—Yo nunca tomo el
pelo, Hastings me conoce y sabe que habla en serio.
—De todas formas no
sé adónde quiere usted ir a parar —confesé—. No sospechará del criado, ¿verdad?
Podría estar en combinación con la banda y haber echado alguna droga en el
café. Supongo que habrán comprobado la coartada.
—Sin duda alguna,
amigo mío; pero es la del signor Ascanio la que me interesa. Esa coartada me
gustaría conocer.
—¿Usted cree que la
tiene?
—Eso es
precisamente lo que me preocupa, y no me cabe duda de que pronto lo sabremos.
El Daily Mewsmonger
nos permitió comentar otros acontecimientos.
El signor Ascanio
fue detenido acusado del asesinato del conde Foscatini, y una vez arrestado
negó conocer al conde, declarando que no había estado por los alrededores de
Regent's Court ni la noche del crimen ni la mañana anterior. El más joven había
desaparecido completamente. El signor Ascanio había llegado al Hotel Grosvenor,
procedente del Continente, dos días antes del crimen, y todos los esfuerzos
realizados por encontrar al otro hombre fracasaron.
Sin embargo,
Ascanio no fue encarcelado. Nada menos que el embajador italiano en persona se
había presentado para testificar que Ascanio había estado con él en la
Embajada, de ocho a nueve de aquella noche. El detenido quedó en libertad.
Claro que mucha gente pensó que se trataba de un crimen político, y que
deliberadamente echaron tierra encima.
Poirot se interesó
por todos los acontecimientos. No obstante quedé un poco sorprendido cuando me
anunció de pronto una mañana que esperaba una visita a las once, y que se
trataba nada menos que del propio Ascanio.
—¿Viene a
consultarle?
—Du tout, Hastings.
Yo quiero consultarle a él.
—¿Sobre qué?
—Sobre el asesinato
de Regent's Court.
—¿Va usted a probar
que fue él?
—Un hombre no puede
ser juzgado dos veces por el mismo crimen, Hastings. Procure tener sentido
común. Ah, ésa es la llamada de nuestro hombre.
Pocos minutos
después el signor Ascanio era introducido en la estancia,..; un hombre menudo,
delgado, de mirada furtiva y recelosa. Permaneció en pie dirigiéndonos miradas
furtivas, ora a Poirot, ora a mí.
—¿Monsieur Poirot?
Mi pequeño amigo se
señaló el pecho con la mano.
—Siéntese, señor.
Ya ha recibido usted mi nota. Estoy decidido a llegar al fondo de este misterio
y usted puede ayudarme. Empecemos. Usted... acompañado de un amigo... visitó al
difunto conde Foscatini la mañana del martes día nueve...El italiano hizo un
gesto de contrariedad.
—Yo no hice nada de
eso. He jurado ante el juez...
—Précisement... y
tengo la ligera impresión de que ha jurado en falso.
—¿Me amenaza usted?
¡Bah! No tengo nada que temer de usted. He sido absuelto.
—Exacto; y no soy
tan imbécil como para amenazarle con la cárcel.... sino con la publicidad.
¡Publicidad! Veo que no le agrada esa palabra. Lo suponía. Mis pequeñas ideas
me son muy valiosas. Vamos, signor, su única oportunidad es ser franco conmigo.
No le voy a preguntar qué es lo que le trajo a Inglaterra. Ya lo sé: usted vino
con el propósito expreso y decidido de ver al conde Foscatini.
—No era conde
—gruñó el italiano.
—Ya he observado
que su nombre no consta en el Almanach de Gotha. No importa, el título de conde
suele ser útil en la profesión de chantajista.
—Creo que lo mejor
será hablar claro. Al parecer, sabe usted muchas cosas.
—He utilizado mis
células grises. Vamos, signor Ascanio, usted visitó al difunto el martes por la
mañana... ¿Es o no cierto?
—Sí, pero no fui
allí a la noche siguiente. No hubo necesidad. Se lo contaré todo. Cierta
información referente a un hombre de gran posición en Italia llegó a
conocimiento de ese canalla, que exigió una gran suma de dinero a cambio de
esos papeles. Yo vine a Inglaterra para arreglar este asunto y fui a verle
aquella mañana acompañado de uno de los secretarios jóvenes de la Embajada. El
conde mostróse más razonable de lo que esperaba, aunque la suma que le entregué
era muy crecida.
—Perdone, ¿cómo le
fue pagada?
—En billetes de
Banco italianos. Se los entregué entonces y él a cambio me dio los papeles. No
volví a verle.
—¿Por qué no lo
dijo cuando lo detuvieron?
—En mi delicada
situación me vi obligado a negar toda relación con ese hombre.
—¿Y qué opina
entonces de los acontecimientos de aquella noche?
—Sólo puedo pensar
que alguien me suplantó deliberamente. Tengo entendido que en el apartamento no
fue encontrado dinero alguno.
Poirot miró
meneando la cabeza.
—Es curioso
—murmuró—. Todos nosotros poseemos células grises y qué pocos sabemos
utilizarlas. Buenos días, signor Ascanio. Creo su historia. Es poco más o menos
lo que había imaginado, pero tenía que asegurarme.
Tras acompañar a su
visitante hasta la puerta, Poirot volvió a ocupar su butaca, sonriéndome.
—Oigamos lo que
opina del caso monsieur le Capitaine Hastings.
—Pero supongo que
Ascanio tiene razón.... alguien le suplantó.
—Nunca, pero nunca,
aprenderá usted a utilizar la inteligencia que Dios le ha dado. Recuerde alguna
de las palabras que pronuncié al salir del apartamento aquella noche. Se
referían a las cortinas de la ventana, que no habían sido corridas. Estamos en
el mes de junio y a las ocho y media. Ça vous dit quelque chose? Tengo la vaga
impresión de que algún día llegará a comprenderlo. Ahora pasamos adelante. El
café, como le dije, era muy negro, y el conde Foscatini tenía una dentadura
blanquísima. El café mancha los dientes. De ello deducimos que no lo probó. No
obstante, había resto de café en las tres tazas. ¿Por qué habían de querer
simular que el conde Foscatini había tomado café cuando no era cierto?
Meneé la cabeza,
muy sorprendido.
—Vamos, le ayudaré.
¿Qué pruebas tenemos de que Ascanio y su amigo, o dos hombres que los
suplantaron, hubieran estado en el departamento aquella noche? Nadie les vio
entrar, ni nadie les vio salir. La declaración de un hombre y de una serie de
objetos inanimados.
—¿Qué quiere usted
decir,..?
—Me refiero a los
cuchillos, tenedores, platos y fuentes vacías. ¡Ah, pero fue una idea
inteligente! ¡Graves es un ladrón y un granuja, pero un hombre de método! Oye
parte de la conversación sostenida aquella mañana... lo bastante para
comprender que Ascanio estará en una situación difícil para defenderse, y la
noche siguiente, a eso de las ocho, dice a su amo que le llaman al teléfono.
Foscatini se sienta, alarga la mano para coger el aparato, y en aquel momento
Graves le propina un fuerte golpe con la figura de mármol. Luego acude a toda
prisa al teléfono interior y encarga cena... ¡para tres! Prepara la mesa,
ensucia los platos, cuchillos, tenedores, etc... Pero también ha de deshacerse
de la comida. No sólo es un hombre inteligente, sino que además posee un
estómago de gran capacidad. Pero después de comerse tres tournedos, ya no puede
con el soufflé de arroz. Incluso se fuma un cigarro puro y dos cigarrillos para
que la impresión sea completa. ¡Ah, todo estaba magníficamente planeado! Luego
coloca las manecillas del reloj a las ocho cuarenta y siete y lo tiró al suelo
para pararlo. Lo único que no hizo fue correr las cortinas. Pero si los tres
hubiesen cenado realmente, las cortinas hubiesen sido corridas en cuanto
hubiera empezado a anochecer. Después se apresura a mencionar la presencia de
los invitados al encargado del ascensor. Corre hasta un teléfono público y lo
más cerca posible de las ocho cuarenta y siete telefonea al médico imitando la
voz de su amo. Tan acertada fue su idea que nadie se preocupa por comprobar si
la llamada fue hecha desde el apartamento número 11.
—Excepto Hércules
Poirot, ¿supongo? —dije.
—Ni siquiera
Hércules Poirot —dijo mi amigo, sonriendo—. Ahora voy a comprobarlo. Primero
tenía que probar mi teoría ante usted. Pero ya verá cómo tengo razón; y luego,
Japp, a quien ya he insinuado algo, podrá detener al respetable Graves. Me
pregunto cuánto dinero habrá gastado ya.
Poirot tuvo
razón.... como siempre, ¡maldita sea!
XI
EL CASO
DEL TESTAMENTO DESAPARECIDO
EL problema
presentado por la señorita Violeta Marsh representó un cambio muy agradable en
nuestro trabajo rutinario. Poirot había recibido una nota breve y comercial de
aquella dama, solicitando una entrevista, y él le contestó pidiéndole que fuera
a verle a las once del día siguiente.
Ella llegó
puntualmente. Era una joven alta, muy hermosa, sencilla pero pulcramente
vestida, y de aire decidido.
—El asunto que me
trae aquí es un tanto desacostumbrado, monsieur Poirot —comenzó a decir después
de aceptar una silla—. Será mejor que empiece por el principio y le cuente toda
la historia.
—Como usted guste,
señorita.
—Soy huérfana. Mi
padre era uno de los dos hijos de un modesto labrador de Devonshire. La granja
era muy pobre, y el hermano mayor, Andrew, emigró a Australia, donde le fue muy
bien, y gracias a una hábil especulación de terrenos se convirtió en un hombre
muy rico. El hermano menor Roger (mi padre), no sentía inclinación hacia la
vida del campo. Obtuvo un empleo en una empresa poco importante. Mi padre
falleció cuando yo tenía seis años. A los catorce, mi madre le siguió, y el
único pariente que me quedó con vida era mi tío Andrew, que hacía poco acababa
de regresar de Australia. Compró una pequeña casa, Crabtree Manor, en su país
natal, y se portó muy bien conmigo, llevándome a vivir con él y tratándome como
si fuera su propia hija.
»Crabtree Manor, a
pesar de su nombre, es en realidad una antigua granja. Mi tío llevaba en la
sangre el amor a esa clase de trabajo y se interesó por diversos sistemas
modernos de explotación de las granjas. Aunque siempre fue amable conmigo,
tenía ciertas ideas muy peculiares profundamente arraigadas acerca de la
educación de las mujeres. Él era un hombre de poquísima o ninguna educación,
listo, y daba muy poca importancia a lo que él llamaba "ciencia de los
libros", oponiéndose a que yo estudiara. En su opinión, las muchachas
debían aprender las faenas de la casa, ser útiles en todo, y tener el menor
contacto posible con los libros. Se propuso educarme según estos principios. Yo
me rebelé abiertamente. Sabía que poseía un buen cerebro y ninguna disposición
para las tareas domésticas. Mi tío y yo discutimos muchas veces por esa
cuestión, y a pesar de querernos mucho, los dos éramos tozudos. Tuve la suerte
de ganar una beca y hasta cierto punto pude salirme con la mía. La crisis
surgió cuando decidí trasladarme a Girton. Tenía un poco de dinero mío, que me
dejó mi madre, y estaba completamente resuelta a emplear lo mejor posible los
talentos que Dios me había dado. Tuve una discusión final con mi tío, que me
expuso los hechos con toda claridad. Él no tenía otros parientes y deseaba que
yo fuera su única heredera. Como ya le he dicho, era un hombre muy rico. No
obstante, si yo persistía en "aquellas novedades" no debía esperar
nada de él. Me mantuve firme, aunque correcta. Le dije que siempre le
apreciaría mucho, pero que debía dirigir mi propia vida. Nos separamos así:
"Tú confías en tu cerebro", fueron sus últimas palabras. "Yo no
tengo estudios, pero, a pesar de todo, apuesto mi inteligencia contra la tuya.
Veremos quién gana."
»Eso ocurrió hace
nueve años. Pasé con él algún fin de semana, y nuestras relaciones fueron
siempre amistosas, aunque no cambió de modo de pensar. Desde hace tres años su
salud comenzó a flaquear y falleció hace un mes.
»Ahora voy llegando
al motivo de mi visita. Mi tío dejó un testamento extraordinario. Según sus
condiciones, Crabtree Manor y todo lo que contiene estará a mi disposición
durante un año a partir del día de su muerte... "Durante este tiempo mi
sobrina debería probar su inteligencia", ésas son sus palabras exactas. Al
finalizar este plazo, "si mi inteligencia ha resultado mejor que la
suya", la casa y toda la inmensa fortuna de mi tío pasará a instituciones
benéficas.
—Esto es un poco
duro para usted, mademoiselle, ¿no le parece?
—Yo no lo veo así.
Mi tío Andrew me advirtió lealmente y yo escogí mi camino. Puesto que no he
cumplido sus deseos, tenía perfecto derecho a dejar su dinero a quien quisiera.
—¿El testamento de
su tío fue redactado por un abogado?
—No; fue escrito en
un formulario impreso y firmaron como testigos el matrimonio que vive en la
casa y cuidaba de mi tío.
—¿Existe la
posibilidad de impugnar ese testamento?
—Ni siquiera lo
intentaría.
—Entonces, ¿lo
considera un reto por parte de su tío?
—Eso es exactamente
lo que opino de él.
—Se presta a esa
interpretación, desde luego —dijo Poirot, pensativo—. En algún lugar de su casa
de campo su tío ha escondido o bien una suma de dinero en billetes o tal vez su
segundo testamento, y le da un año de plazo para ejercitar su imaginación y descubrirlo,
—Exacto, señor
Poirot y le hago el honor de considerar que su ingenio es mejor que el mío.
—¡Eh, eh, es usted
muy amable! Mis células grises están a su disposición. ¿No ha buscado usted
todavía?
—Sólo muy por
encima; siento demasiado respeto por la innegable habilidad de mi tío para
suponer que ha de ser una tarea fácil.
—¿Tiene usted el
testamento o una copia?
La señorita Marsh
le entregó un documento, que Poirot leyó haciendo gestos de asentimiento.—Fue
otorgado hace tres años. Lleva fecha del veinticinco de marzo, y también consta
la hora, las once de la mañana... esto es muy sugestivo. Limita el campo en que
hemos de buscar. Estoy seguro de que existe otro testamento, hecho media hora
más tarde, que anulará éste. Eh bien, mademoiselle, el problema que acaba de
plantearme es muy ingenioso, y tendré un gran placer en solucionarlo.
Afortunadamente, de momento no tengo ningún asunto entre manos. Hastings y yo
iremos a Crabtree Manor esta misma noche. Supongo que el matrimonio que cuidaba
de su tío seguirá aún allí.
—Sí, se llama
Baker.
A la mañana
siguiente estábamos ya dispuestos a la búsqueda. Habíamos llegado la noche
antes, y los señores Baker, que habían recibido un telegrama de la señorita
Marsh, estaban esperando a que llegáramos.
Acabábamos de
despachar un excelente desayuno y nos hallábamos sentados en una reducida
habitación con paneles de madera que había sido el despacho y cuarto de estar
del señor Marsh.
—Eh bien, mon ami
—dijo Poirot, encendiendo uno de sus diminutos cigarrillos—, debemos trazar
nuestro plan de campaña. Ya he realizado una ligera inspección por toda la
casa, pero soy de la opinión de que cualquier pista ha de encontrarse en esta
habitación. Tendremos que revisar con sumo cuidado todos los documentos del
escritorio. Claro que no espero encontrarlo entre ellos, pero es probable que
en algún papel de apariencia inocente hallemos la pista del escondite. Pero
antes hemos de conseguir alguna información. Haga sonar el timbre, se lo ruego.
Obedecí. Mientras
esperábamos que contestasen, Poirot anduvo de un lado a otro mirando a su
alrededor con aire de aprobación.
—Este señor Marsh
era un hombre metódico. Vea qué ordenados están sus papeles; luego la llave de
cada cajón tiene su etiqueta de marfil.... así como la de la vitrina de
porcelanas que hay junto a la pared y fíjese con qué precisión está colocado
cada objeto.
Se detuvo
bruscamente, con los ojos fijos en la llave del escritorio, de la que colgaba
un sobre sucio. Poirot, frunciendo el ceño, la quitó de la cerradura. En el
sobre se leían las palabras: «Llave del escritorio», con la letra desigual muy
distinta de las pulcras inscripciones de las otras llaves.
—Una nota
discordante —dijo Poirot, con el entrecejo fruncido—. Juraría que esto no es
propio de la personalidad del señor Marsh, pero ¿quién más ha estado en la
casa? Sólo la señorita Marsh, y ella, si no me equivoco, también es una joven
metódica y ordenada.
Baker acudió
respondiendo a nuestra llamada.
—¿Quiere ir a
buscar a su esposa para que responda a algunas preguntas?
Baker regresó a los
pocos minutos con la señora Baker. En pocas palabras Poirot les puso al
corriente y los Baker le expresaron su simpatía.
—Nosotros no
queremos que la señorita Violeta se vea privada de lo que es suyo —declaró la
mujer—. Sería una crueldad que todo fuese a parar a los hospitales.
Poirot comenzó a
interrogarles. Sí, los señores Baker recordaban perfectamente haber firmado el
testamento. Baker había sido enviado previamente a la ciudad vecina a recoger
los dos impresos.
—¿Dos? —dijo Poirot
extrañado.
—Sí, señor, supongo
que para más seguridad, en caso de que se estropease uno.... y casi seguro que
así fue. Habíamos firmado uno...
—¿A qué hora?
Baker se rascó la
cabeza, pero su esposa fue más rápida en contestar.
—Pues para más
exactitud, acababa de poner a hervir la leche para el cacao de las once. ¿No te
acuerdas? —dijo a su esposo—. Se había derramado sobre el fogón cuando volvimos
a la cocina.
—¿Y después?
—Sería una hora más
tarde. Tuvimos que volver a firmar. «Me he equivocado —nos dijo el señor—, y he
tenido que romperlo. Tendré que molestarles otra vez haciéndoles firmar de
nuevo.» Y eso hicimos. Y después el señor nos dio una bonita cantidad de dinero
a cada uno. «No os dejo nada en mi testamento», nos dijo, «pero cada año,
mientras yo viva, os daré una cantidad como ésta para que la guardéis para
cuando yo no esté»; y desde luego eso hizo,
Poirot reflexionó.
—Después de que
ustedes firmaron por segunda vez, ¿qué hizo el señor Marsh? ¿Lo saben ustedes?
—Fue al pueblo a
pagar a los tenderos. Aquello no parecía muy prometedor. Poirot empleó otra
táctica, Les mostró la llave del escritorio.
—¿Es ésta la letra
del señor Marsh?
Puede que yo lo
imaginara, pero me pareció que transcurrían unos segundos antes de que Baker
replicara:
—Sí, sí, señor.
«Miente — pensé—.
Pero ¿por qué?»
—¿Se ausentó de la
casa...? ¿Ha venido algún forastero durante los últimos tres años?
—No, señor.
—¿Ni visitas?
—Sólo la señorita
Violeta.
—¿Ningún extraño ha
penetrado en esta habitación?
—No, señor.
—Olvidas a los
obreros, Jim —le recordó su esposa.
—¿Obreros? —Poirot
volvióse en redondo hacia ella—. ¿Qué obreros?
La mujer explicó
que dos años y medio atrás habían estado varios obreros en la casa para
efectuar ciertas reparaciones. No pudo precisar de qué se trataba. En su
opinión fue un capricho del amo, completamente innecesario. Los obreros pasaron
parte del tiempo en el despacho, aunque no podía decir qué es lo que hicieron
allí. Por desagracia no podía recordar el nombre de la empresa que efectuó los
trabajos sólo que era de Plymouth.
—Vamos progresando,
Hastings —dijo Poirot frotándose las manos cuando los Baker salieron de la
estancia—. Evidentemente hizo otro testamento y luego esos obreros de Plymouth
le construyeron un escondite adecuado. En vez de perder el tiempo levantando el
suelo y golpeando las paredes, iremos a Plymouth.
Tras algunos
trabajos conseguimos la información deseada, y después de un par de tentativas
descubrimos la firma que contrató el señor Marsh.
Los obreros
llevaban en ella muchos años, y fue fácil encontrar a los que trabajaron bajo
las órdenes del señor Marsh. Recordaban su trabajo perfectamente. Entre otros
arreglos insignificantes, sacaron uno de los ladrillos de la anticuada
chimenea, hicieron una cavidad debajo de éste, y luego volvieron a colocarlo de
modo que fuera imposible distinguir la unión. Para abrirlo era preciso
presionar el segundo ladrillo contando desde el extremo. Había sido un trabajo
complicado y el anciano caballero se mostró muy ilusionado con él. Nuestro
informador era un hombre alto y delgado, llamado Cogham, y al parecer bastante
inteligente.
Regresamos a
Crabtree Manor muy optimistas, y cerrando la puerta del despacho nos dispusimos
a comprobar nuestro descubrimiento. Era imposible distinguir señal alguna en
los ladrillos, pero cuando presionamos en la forma indicada, apareció una
profunda cavidad.
Poirot introdujo su
mano con ansiedad, y de pronto su rostro pasó del optimismo a la consternación.
Todo lo que extrajo fue un pedazo de papel; mas, aparte de esto, la cavidad
estaba completamente vacía.—Sacré! —exclamó Poirot furioso—. Alguien ha llegado
antes que nosotros.
Examinamos el papel
con ansiedad. Desde luego se trataba de un fragmento de lo que buscábamos. Se
veía en él parte de la firma de Baker, pero ninguna indicación de cuáles habían
sido los términos del testamento.
—No lo entiendo
—gruñó Poirot—. ¿Quién lo habrá destruido? ¿Y con qué objeto?
—¿Los Baker? —le
sugerí.
—Pourquoi? Ninguno
de los testamentos les beneficia. ¿Por qué nadie iba a molestarse en destruir
el testamento? Los hospitales se benefician... sí; pero no podemos sospechar de
esas instituciones.
—Tal vez el viejo
cambiara de opinión y lo destruyera él mismo —insinué.
—Es posible
—admitió Poirot—. Ha sido una de sus observaciones más razonables, Hastings.
Bueno, aquí no podemos hacer nada más. Hemos hecho todo lo humanamente posible.
Hemos conseguido igualar en inteligencia al difunto Andrew Marsh, pero por
desgracia su sobrina no sale ganando con nuestro éxito.
Fuimos a la
estación en seguida y conseguimos tomar el tren de regreso a Londres, aunque no
era un expreso. Poirot estaba triste y contrariado. En cuanto a mí, debido al
cansancio permanecí semi-adormilado en un rincón. De pronto, cuando el tren
comenzaba a salir de Taunton, Poirot me lanzó un grito apremiante.
—¡Vite, Hastings!
¡Despierte y salte del tren! ¡Le digo que se apee!
Antes de que
pudiera darme cuenta de lo que ocurría nos encontrábamos en el andén, sin
sombrero y sin maletas en tanto que el tren desaparecía en la noche. Yo estaba
furioso, mas Poirot no me prestaba atención.
—¡Qué imbécil he
sido! —exclamó—. ¡Tres veces imbécil! ¡Nunca más volveré a pavonearme por mis
células grises!
—Es una buena idea
—dije enojado—. Pero, ¿qué es lo que pasa ahora?
—Los
comerciantes... ¡Los he dejado completamente de lado! Sí, ¿pero dónde? No
importa, no puedo equivocarme. Debemos regresar en seguida.
Era más fácil
decirlo que hacerlo. Conseguimos subirnos a un tren muy lento que nos trasladó
a Exeter, y desde allí alquilamos un coche. Llegamos a Crabtree Manor a
primeras horas de la mañana. Pasaré por alto el asombro de los Baker cuando al
fin conseguimos despertarle. Sin hacer caso de nadie, Poirot fue directamente
al despacho.
—No he sido tres
veces imbécil, sino treinta y seis, amigo mío —se dignó a reconocer—. ¡Ahora,
prepárese!
Yendo directamente
al escritorio sacó la llave y le arrancó el sobre que llevaba atado. Yo le
contemplaba estúpidamente. ¿Cómo era posible que esperase encontrar un impreso
de los empleados para hacer testamento en un sobre tan diminuto? Con sumo
cuidado fue cortándolo hasta dejarlo completamente abierto. Luego encendió el
fuego y lo acercó a la llama. A los pocos minutos comenzaron a aparecer unos
ligeros caracteres.—¡Mire, mon ami! —exclamó Poirot con aire triunfal.
Yo miré. Eran unas
pocas líneas de escritura en las que declaraba brevemente que dejaba toda su
fortuna a su sobrina, Violeta Marsh. Llevaba fecha del veinticinco de marzo, a
las doce y media, siendo los testigos Alberto Pike, pastelero, y su esposa, Jessie
Pike.
—¿Pero es legal?
—pregunté conteniendo el aliento.
—Que yo sepa no
existe ninguna ley que prohíba escribir un testamento con tinta simpática. La
intención del testador está bien clara y el beneficiario es su único pariente
vivo. ¡Pero qué inteligente era ese hombre! Él previó todos los pasos que se
darían por encontrarlo... todos los que yo, imbécil de mí, he dado. Adquiere
dos impresos, hace que sus criados los firmen, y luego redacta su testamento en
el interior de un sobre sucio y con una pluma estilográfica que contiene tinta
simpática. Con alguna excusa hace que el pastelero y su esposa firmen abajo su
nombre y luego lo ata a la llave de su escritorio riéndose para sus adentros.
Si su sobrina descubre su pequeño truco habrá justificado la vida que eligió y
su complicada educación, y merecerá todo su dinero.
—Ella no ha sabido
adivinarlo, ¿verdad? —dije despacio—. Parece injusto. En realidad ha ganado el
viejo.
—Pero no, Hastings.
Es usted quien se equivoca. La señorita Marsh demostró la agudeza de su
inteligencia y el valor de su elevada educación en la mujer, al poner el asunto
inmediatamente en mis manos. Siempre hay que confiar en los expertos. Ella ha
demostrado ampliamente que tiene derecho a su dinero.
¡Me gustaría saber
qué es lo que hubiera opinando de esto el viejo Andrew Marsh!
FIN

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