© Libro N° 13985. Muerte En Las
Nubes. Christie,
Agatha. Emancipación. Junio 28 de
2025
Título Original: © Muerte En Las Nubes. Agatha
Christie
Versión Original: © Muerte En Las Nubes. Agatha Christie
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Agatha Christie
Muerte En Las
Nubes
Agatha Christie
A Ormond Beadle
PASAJEROS DEL AVIÓN
PROMETHEUS
Asientos
N.° 2
Madame Giselle
» 4
James Ryder
» 5
Armand Dupont
» 6
Jean Dupont
» 8
Daniel Clancy
» 9
Hércules Poirot
» 10
Doctor Bryant
» 12
Norman Gale
» 13
Condesa de Horbury
» 16
Jane Grey
» 17
Lady Venetia Kerr
Viajan también en
el avión:
Henry Mitchell,
camarero
Albert Davis,
camarero ayudante
Madeleine, doncella
de lady Horbury.
1
DE PARÍS A CROYDON
El sol de
septiembre caía a plomo sobre el aeropuerto de Le Bourget, mientras los
pasajeros cruzaban la pista para subir al avión Prometheus, que iba a salir de
inmediato hacia la ciudad de Croydon.
Jane Grey fue de
las últimas en entrar y ocupar su asiento, el número 16. Varios pasajeros ya
habían entrado por la puerta posterior y pasado por delante de la cocina y de
los dos lavabos, de camino hacia la parte delantera de la cabina. La mayoría de
pasajeros ya estaban sentados.
Del otro extremo
del pasillo llegaba un murmullo de conversaciones dominado por una voz femenina
chillona y penetrante. Jane frunció ligeramente los labios. Aquella voz le era
vagamente familiar.
—Querida, es
extraordinario. No tenía la menor idea... ¿Dónde dices? ¿Jean les Pins...? ¡Ah!
No. Le Pinet... Sí, la gente de siempre... Pues claro que sí, sentémonos
juntas... ¡Oh! ¿No es posible? ¿Quién...? ¡Ah!, ya veo...
Luego, oyó la voz
de un caballero extranjero y muy cortés:
—... con el mayor
placer, madame.
Jane echó una
mirada por el rabillo del ojo.
Un hombre menudo y
maduro, de grandes bigotes y cabeza ovalada, abandonaba su asiento con sus
pertenencias, para trasladarse a una plaza posterior.
Jane giró un poco
la cabeza y vio a las dos mujeres cuyo inesperado encuentro había proporcionado
al desconocido ocasión de mostrarse tan cortés. El hecho de mencionar Le Pinet
despertó la curiosidad de Jane, que también había estado allí.
Recordaba
perfectamente a una de las mujeres por haberla visto apretar nerviosamente los
puños en la mesa de bacarrá y palidecer de un modo que dio a su maquillada faz
la apariencia de una frágil porcelana de Dresde. Se dijo que no tendría que
esforzarse mucho para recordar su nombre. Una amiga lo había mencionado,
añadiendo que no era aristócrata por nacimiento, sino que era una corista o
algo por el estilo.
Su amiga lo había
dicho con un profundo desdén. Sin duda había sido Maisie, la que era tan buena
masajista.
La otra mujer, en
opinión de Jane, era una auténtica dama, de las que poseen caballos en su casa
de campo. Pero pronto se despreocupó de las dos mujeres para distraerse con la
contemplación del aeropuerto de Le Bourget, que podía observarse desde la ventanilla.
Había allí otros aparatos, y le llamó especialmente la atención uno que parecía
un ciempiés metálico.
Estaba decidida a
no mirar al frente, al joven que se sentaba frente a ella, que llevaba un
jersey de un azul intenso. Jane estaba resuelta a no levantar los ojos más
arriba del jersey para no tropezar con la mirada del muchacho. ¡Eso nunca!
Los mecánicos
gritaron algo en francés, los motores rugieron con un ruido espantoso que luego
se mitigó ligeramente. Retiraron los calzos y, finalmente, el avión empezó a
moverse.
Jane contuvo el
aliento. Solo era su segundo vuelo y aún mantenía despierta su capacidad de
emocionarse. Por un instante, pensó que iban a estrellarse contra las vallas de
enfrente. Pero no: el avión se estaba elevando, giraba suavemente en el aire y
Le Bourget iba quedando tras ellos.
El vuelo del
mediodía rumbo a Croydon había comenzado, transportando a veintiún pasajeros:
diez en el compartimiento anterior y once en el posterior. Llevaba además dos
pilotos y dos camareros. El ronquido de los motores quedaba bastante
amortiguado y no era necesario taparse los oídos con algodón. Con todo, el
ruido era lo bastante intenso como para perturbar la charla e invitar a la
meditación.
Mientras el avión
rugía sobre las tierras de Francia rumbo al canal de la Mancha, los viajeros
del compartimiento posterior se entregaban a sus pensamientos respectivos.
Jane Grey se decía:
No voy a mirarle. No quiero. Es mejor no hacerlo. Fingiré mirar por la
ventanilla y me concentraré en mis cosas. Elegiré algo en qué pensar, esa es la
mejor manera. Mantendré mi mente entretenida. Empezaré por el principio y
continuaré hasta aquí.
Con firme
resolución, hizo retroceder su memoria hasta el momento en que adquirió un
billete de la lotería irlandesa. Había sido una extravagancia, pero algo
ciertamente muy emocionante.
Provocó los
comentarios burlones de sus compañeras de la peluquería en la que estaba
empleada:
—¿Qué harías si te
tocase, querida?
—Lo tengo muy
claro.
Castillos en el
aire, un sinfín de proyectos.
Bien, no le tocó el
primer premio, pero sí cien libras.
¡Cien libras!
—Gasta solo la
mitad, querida, y guarda lo demás para cuando estés en apuros. Nunca se sabe lo
que puede suceder.
—Yo me compraría un
abrigo de pieles muy chic.
—¿Y por qué no
haces un crucero?
Jane se había
estremecido ante la sola idea de hacer un viaje por mar, pero se mantuvo fiel a
su primera idea. Una semana en Le Pinet. ¡La de clientas suyas que iban allí!
Cuántas veces se lo habían dicho, mientras sus manos acariciaban y arreglaban
las ondas y su lengua pronunciaba maquinalmente las frases de rutina: «¿Cuándo
se hizo la última permanente, madam?», «Su cabello tiene un color poco común,
¿no?», «¡Qué verano tan magnífico hemos tenido!, ¿no cree?». Cuántas veces
había pensado: ¿Por qué diablos no puedo ir yo a Le Pinet? Bien, ahora podía
darse ese gusto.
Por la ropa no
había que preocuparse. Jane, como la mayoría de muchachas londinenses empleadas
en establecimientos de belleza, sabía producir un milagroso efecto de ir a la
moda con cuatro trapos. Las uñas, el maquillaje y el peinado no dejarían nada
que desear en ella.
Jane fue a Le
Pinet.
¿Era posible que
ahora, al recordarlo, aquellos diez días pasados en Le Pinet se vieran
ensombrecidos por un incidente?
Un incidente que
tenía su origen en la ruleta. Jane destinaba cada noche una determinada
cantidad al placer del juego, decidida a no excederse ni en un céntimo. Contra
la superstición general, aceptada como norma, al principio Jane tuvo mala
suerte. Todo sucedió en su cuarta velada y, precisamente, en la última apuesta.
Hasta entonces había jugado con prudencia a color o a una de las docenas. Ganó
algo, pero perdió aún más. Finalmente, se hallaba indecisa, con unas fichas en
la mano.
Nadie había jugado
aún a dos números: el cinco y el seis. ¿Y si apostase a uno de aquellos dos
números? ¿A cuál de ellos? ¿Al cinco o al seis? ¿Por cuál se inclinaba su
instinto?
Por el cinco, iba a
salir el cinco. La bolita daba ya sus vueltas y Jane alargó la mano. No, al
seis, apostaría al seis.
Lo hizo a tiempo.
Ella y otro jugador habían apostado a la vez: ella al seis y él al cinco.
—Rien ne va plus
—anunció el crupier.
La bola dio un
último saltito y se detuvo.
—Numero cinq,
rouge, impar, manque.
A Jane estuvo a
punto de escapársele una exclamación de contrariedad. El crupier recogió las
apuestas y pagó. El jugador que Jane tenía ante sí preguntó:
—¿No recoge usted
sus ganancias?
—¿Las mías?
—Sí.
—¡Si yo he apostado
al seis!
—Se equivoca usted.
Yo he apostado al seis y usted al cinco.
La obsequió con una
sonrisa muy atractiva, mostrando unos dientes cuya blancura destacaba en un
rostro moreno de ojos azules y pelo corto y crespo.
Sin acabar de
creérselo, Jane recogió sus ganancias. ¿Sería cierto? Se sintió confundida.
Quizá en su atolondramiento había apostado al cinco. Dirigió una mirada de duda
al desconocido, que le correspondió con otra sonrisa.
—Cuidado —le
advirtió él—. Si no recoge pronto sus ganancias, se las llevará cualquier
desaprensivo. Es un truco muy viejo.
Luego, tras un
saludo amistoso, se fue. Aquello también demostraba su delicadeza. De otro
modo, le hubiera dejado suponer que le cedía sus propias ganancias como
pretexto para conocerla. Pero no era de esos hombres, sino un chico encantador.
Y ahora lo tenía sentado frente a ella.
Pero todo había
terminado. Ya no le quedaba dinero. Dos días en París, dos días de desilusión
y, ahora, el vuelo de vuelta a casita.
¿Y luego qué?
Alto ahí, le
rebatió Jane a su mente. ¿Qué te importa lo que venga después? Pensar en eso no
haría más que ponerte nerviosa.
Las dos mujeres se
habían cansado de hablar. Miró hacia el otro lado del pasillo. La señora de
cara de porcelana lanzó una exclamación petulante, examinándose una uña rota.
Tocó el timbre y, al acercarse el camarero con su chaqueta blanca, le ordenó:
—Avise a mi
doncella. Está en el otro compartimiento.
—Sí, señora.
El camarero,
deferente y solícito, desapareció. Se presentó al poco una francesita de pelo
castaño, vestida de negro, llevando un pequeño joyero.
Lady Horbury le
habló en francés.
—Tráeme el neceser
rojo de piel, Madeleine.
La doncella se
dirigió por el pasillo al fondo del avión, donde había un montón de mantas y
maletas y volvió con un neceser rojo.
Cicely Horbury lo
recogió y despidió a la doncella.
—Está bien,
Madeleine. Déjalo aquí.
La doncella
desapareció. Lady Horbury abrió el neceser y, del interior, sacó una lima de
uñas. Luego se observó detenida y pensativamente en un espejito, se pasó la
brocha de empolvar por el rostro y se retocó los labios.
Jane torció los
suyos en una mueca despectiva y dirigió su mirada más allá.
Detrás de las dos
señoras se sentaba el extranjero que había cedido su asiento a una de ellas.
Muy arrebujado en una bufanda innecesaria, parecía dormir profundamente, pero,
como si le molestase la mirada de Jane, abrió los ojos, la miró un momento y
volvió a cerrarlos.
A su lado, había un
tipo de rostro autoritario. Sobre sus piernas tenía abierto el estuche de una
flauta que limpiaba con mucho esmero. A Jane le produjo una impresión cómica,
pues más que músico parecía abogado o médico.
Detrás de ellos se
sentaban dos franceses, barbudo uno de ellos y otro más joven, tal vez su hijo,
que hablaban muy excitados y con grandes ademanes.
Ante ella solo
estaba el joven del jersey azul, a quien, por motivos inexplicables, había
decidido no mirar.
¡Qué ridículos
estos nervios! ¡Ni que tuviera diecisiete años!, pensó Jane molesta.
Frente a ella,
Norman Gale se decía:
Es hermosa,
realmente hermosa. Y se acuerda de mí, seguro. Parecía tan decepcionada cuando
recogieron su apuesta, que valía la pena darle el gusto de ganar. Y lo hice
bastante bien. Es encantadora cuando sonríe. ¡Qué dientes, qué blancura!
¡Diablos! Estoy demasiado excitado. Calma, chico.
Le dijo al
camarero, que se inclinaba sobre él con el menú:
—Tomaré lengua
fría.
La condesa de
Horbury pensaba:
¡Dios mío! ¿Qué
puedo hacer? Estoy hecha una ruina, una ruina, sí. No me queda más que una
salida. Si me atreviese... ¿Por qué no? Pero ¿cómo disimular lo que es tan
evidente? Tengo los nervios alterados. Esa cocaína. ¿Por qué habré tomado yo
cocaína? Mi cara está espantosa, sencillamente horrorosa. Y esa arpía de
Venetia Kerr lo empeora todo con su presencia. Siempre me mira por encima del
hombro como a una basura. Pretende a Stephen. ¡Bueno, pues no lo conseguirá! Su
rostro alargado me descompone. Parece un caballo. Detesto a estas provincianas.
¡Dios mío! ¿Qué podría hacer? He de tomar una decisión. Razón tenía aquella
bruja.
Metió la mano en un
lujoso bolso en busca de la pitillera e introdujo un cigarrillo en una larga
boquilla. Sus manos temblaban levemente.
¡Maldita zorra!,
pensaba Lady Venetia Kerr. Tal vez sea técnicamente virtuosa, pero es una zorra
de pies a cabeza. Pobre Stephen. Si al menos pudiera librarse de ella.
A su vez, sacó su
pitillera y aceptó un fósforo de Cicely Horbury.
El camarero
protestó inmediatamente:
—Perdón, señoras:
no fumen, por favor.
—¡Diablos! —exclamó
Cicely Horbury.
Es bonita esa
jovencita, pensó Hércules Poirot. En su barbilla hay determinación. ¿Por qué
estará tan preocupada? ¿Por qué está tan decidida a no mirar al joven que tiene
delante de ella. Ambos son muy conscientes de su mutua presencia. (El avión
cayó en un ligero bache.) Mon estomac!, se dijo Hércules Poirot cerrando los
ojos con determinación.
A su lado, el
doctor Bryant, acariciaba amorosamente su flauta:
No puedo decidirme,
sencillamente, no puedo, pensaba. Este es el giro más decisivo de mi carrera.
Nerviosamente sacó
la flauta del estuche, cuidadosa, cariñosamente. La música... En la música
encontraba alivio a todos los contratiempos. Sonriendo, acercó la flauta a sus
labios y luego la devolvió al estuche. A su lado, el hombrecillo de los bigotes
dormía profundamente. Por un momento, al cruzar el avión unos baches de aire,
le había visto palidecer. El doctor Bryant se congratuló de no marearse por
tierra, mar o aire.
Monsieur Dupont
pére se revolvió agitadamente en su asiento, increpando a monsieur Dupont hijo,
que tenía a su lado.
—No cabe la menor
duda. ¡Todos están equivocados: los alemanes, los norteamericanos, los
ingleses! Se equivocan en la datación de la cerámica prehistórica. Si
observamos la de Samara...
Jean Dupont, alto,
rubio, con una pose de indolencia, admitió:
—Hay que obtener
todas las pruebas posibles. Ahí tienes el Tall el Halaf y el Sakje Geuze...
La discusión
prosiguió.
Armand Dupont abrió
atropelladamente un maletín muy gastado.
—Observa estas
pipas kurdas, fíjate cómo las hacen hoy. Los adornos son casi idénticos a los
que se ven en la cerámica de cinco mil años antes de Cristo.
Con un elocuente
ademán, estuvo a punto de tirar la bandeja que un camarero dejaba delante suyo.
El señor Clancy,
autor de novelas policíacas, se levantó de su asiento, situado detrás de Norman
Gale, y se dirigió al fondo del avión. Allí sacó un libro del bolsillo de su
gabardina y volvió con él para elaborar, por motivos profesionales, una difícil
coartada.
El señor Ryder,
detrás de él, pensaba:
Tendré que
mantenerme firme hasta el final, pero no será fácil. No sé de dónde voy a sacar
el dinero para el próximo dividendo. Si no repartimos dividendos, se va a armar
la gorda. ¡Maldita sea!
Norman Gale se
levantó para ir al servicio. Apenas hubo desaparecido, Jane sacó un espejito y
escrutó con ansia su rostro, al que aplicó polvos y rouge.
Un camarero le
sirvió una taza de café.
Jane miró por la
ventanilla. A sus pies brillaban las azules aguas del canal de la Mancha.
Una avispa zumbó en
torno a la cabeza del señor Clancy, que se hallaba enfrascado en sus
pensamientos y la espantó distraído. La avispa se alejó para investigar las
tazas de los Dupont. El hijo, al darse cuenta, la mató.
La placidez reinaba
en el avión. Cesaron las charlas, aunque los pensamientos de cada cual
siguieron su curso.
Al fondo del
compartimiento, en el asiento número 2, la cabeza de madame Giselle se inclinó
hacia delante. Se diría que acababa de dormirse. Pero no dormía, ni hablaba, ni
pensaba.
Madame Giselle
había muerto.
2
UN DESCUBRIMIENTO
Henry Mitchell, el
más antiguo de los camareros, iba de un pasajero a otro recogiendo las cuentas.
En media hora llegarían a Croydon. Recogía las cuentas y el dinero, se
inclinaba y decía: «Gracias, señor. Gracias, madam». Con los dos franceses tuvo
que esperar un poco, pues estaban muy abstraídos en sus discusiones, y no
confiaba en recibir una buena propina. Dos de los viajeros dormían: el
hombrecillo de los bigotes y la vieja del fondo. Siempre había recibido de ella
buenas propinas en sus frecuentes vuelos y, por lo tanto, se abstuvo de
despertarla.
El de los bigotes
se despertó por fin y pagó la botellita de soda y las galletitas que había
pedido.
Mitchell dejó
dormir a la pasajera hasta el último momento. Cinco minutos antes de llegar a
Croydon se le acercó y se inclinó sobre ella.
—Pardon, madam, su
cuenta.
Le tocó suavemente
el hombro. Ella no se despertó. Insistió, sacudiéndola un poco, pero el único
resultado que obtuvo fue un inesperado abatimiento del cuerpo hacia delante.
Mitchell se inclinó sobre ella, pero se irguió con una palidez cadavérica.
Albert Davis, el
segundo camarero, comentó:
—¡No bromees!
—Te digo la verdad.
Mitchell estaba
pálido y tembloroso.
—¿Estás seguro,
Henry?
—¡Y tan seguro! Por
lo menos se trata de un desmayo.
—Dentro de pocos
instantes llegaremos a Croydon.
Permanecieron
indecisos. Luego, tomaron una decisión. Mitchell volvió al compartimiento de
viajeros y, de uno en uno, se dedicó a preguntarles en tono confidencial:
—Perdone, señor,
¿no será usted médico, por casualidad?
Norman Gale
contestó:
—Yo soy odontólogo,
pero si puedo hacer algo... —y ya se levantaba cuando el doctor Bryant exclamó:
—Soy médico. ¿Qué
ocurre?
—Hay una señora
allí, al fondo. No me gusta su aspecto.
Bryant acompañó al
camarero. El hombrecillo de los bigotes les siguió sin que se fijaran en que lo
hacía.
El doctor Bryant se
inclinó sobre el encogido cuerpo del asiento número 2. Era una señora
corpulenta, de edad madura, vestida de negro.
El examen del
doctor fue breve.
—Está muerta.
—¿Qué le parece a
usted que ha sucedido? —preguntó Mitchell—. ¿Un síncope?
—No lo puedo decir
sin un detenido examen. ¿Cuándo la vio usted por última vez? Viva, quiero
decir.
Mitchell
reflexionó.
—Estaba
perfectamente cuando le serví el café.
—¿Cuándo fue?
—Debe hacer unos
tres cuartos de hora aproximadamente. Luego, cuando le presenté la cuenta,
pensé que dormía profundamente.
—Pues hará una
media hora que ha muerto.
La consulta
empezaba a despertar el interés general. Los pasajeros se volvían, observaban
al grupo y aguzaban el oído.
—¿No le parece que
puede haber sido un síncope? —sugirió Mitchell esperanzado.
Se agarraba a esta
posibilidad.
Su cuñada los
sufría. Los síncopes para él eran fenómenos domésticos, algo que todo el mundo
podía comprender.
El doctor Bryant no
quería comprometerse y se limitó a mover la cabeza con gesto ambiguo.
Se volvió al oír
que alguien decía a su espalda:
—Tiene una señal en
el cuello.
Hablaba con
humildad, como debe hablarse a un hombre cuya superioridad se reconoce.
—Cierto —confirmó
el médico.
La cabeza de la
mujer se inclinaba hacia un lado y, en el cuello, al lado de la garganta, se
veía una punzada insignificante.
—Perdón —dijeron
los dos Dupont, uniéndose al grupo cuando oyeron las últimas frases de la
conversación—. ¿Dicen ustedes que la señora está muerta y que tiene una señal
en el cuello?
—¿Me permiten una
observación? —agregó el hijo Jean—. Por aquí volaba una avispa. Yo la maté. —Y
mostró el insecto que había en el platillo del café—. ¿No es posible que la
señora haya muerto de una picada de avispa? Creo que este insecto puede
producir la muerte.
—Es posible
—convino Bryant—. He visto casos semejantes. Sí, sería una explicación
admisible, especialmente si la señora sufría una enfermedad cardíaca.
—¿Puedo hacer
alguna cosa, señor? —preguntó el camarero—. Dentro de unos instantes estaremos
en Croydon.
—Nada, nada
—rechazó el médico, apartándose un poco—. No podemos hacer nada. El cadáver
tiene que permanecer donde está.
—Sí, señor.
Comprendo perfectamente.
El doctor Bryant,
que se disponía a ocupar su asiento, miró sorprendido al hombrecillo abrigado
que permanecía inmóvil.
—Amigo mío, lo
mejor será que vuelva a su asiento. Llegaremos a Croydon inmediatamente.
—Tiene usted razón,
señor —aprobó el camarero. Y levantó la voz—. Hagan el favor de sentarse.
—Pardon —exclamó el
hombrecillo—. Aquí hay algo...
—¿Algo?
—Mais oui, algo que
ha pasado desapercibido.
Con la punta del
zapato, indicó el objeto al que aludía. El camarero y el doctor Bryant miraron
hacia donde señalaba y distinguieron un objeto amarillo y negro, cubierto casi
por completo por el borde de la negra falda.
—¿Otra avispa?
—exclamó el médico sorprendido.
Hércules Poirot se
arrodilló, sacó unas pinzas de su bolsillo y las usó con sumo cuidado.
—Sí —informó
levantándose con su presa—, es muy parecido a una avispa, ¡pero no lo es!
Movió el objeto de
un lado a otro para que el doctor y el camarero pudieran verlo bien: un pequeño
copo de seda naranja y negra, sujeto a una púa de forma peculiar y punta
descolorida.
—¡Válgame Dios!
¡Válgame Dios! —exclamó el señor Clancy, que había dejado su asiento y asomaba
ansiosamente la cabeza por encima del hombro del camarero—. Es curioso,
realmente curioso, lo más curioso que he visto en mi vida. ¡Por Dios, nunca lo
hubiera creído posible!
—¿No podría
explicarse mejor, señor? —preguntó Mitchell—. ¿Sabe usted qué es esto?
—¿Si sé qué es?
¡Pues claro que lo sé! —exclamó el señor Clancy lleno de entusiasmo y de
orgullo—. Este objeto, señores, es un dardo que ciertas tribus disparan con sus
cerbatanas. No puedo asegurar si este pertenece a las tribus del Amazonas o a
los nativos de Borneo, pero no hay duda de que es la clase de dardo que se
dispara con cerbatana, y tengo firmes sospechas de que la punta...
—Es el clásico
dardo envenenado de los indios amazónicos —acabó Hércules Poirot. Y añadió—:
Mais enfin! Est-ce que c'est possible?
—Realmente
extraordinario —afirmó el señor Clancy sin salir de su asombrosa excitación—.
Es de lo más extraordinario. Yo soy autor de novelas policíacas, pero
encontrarme ahora algo así en la vida real...
No encontraba las
palabras adecuadas.
El avión descendía
suavemente y todos los que se habían levantado se tambalearon un poco. En su
descenso, el aparato describía un amplio círculo sobre el aeropuerto de
Croydon.
3
EN CROYDON
El camarero y el
médico dejaron de estar a cargo de la situación, sustituidos por aquel
hombrecillo ridículo envuelto en una bufanda. Hablaba con tanta autoridad y con
tal convencimiento de que se le obedecería, que nadie se atrevió a
discutírselo.
Dijo algo al oído
de Mitchell y este asintió con la cabeza. Abriéndose paso entre los viajeros,
fue a situarse ante los lavabos, en el pasillo de acceso a la parte delantera
del aparato.
El avión corría ya
por la superficie de la pista y, cuando por fin se detuvo, Mitchell exclamó en
voz muy alta:
—He de rogarles,
señoras y caballeros, que no abandonen el aparato y que permanezcan sentados
hasta que las autoridades se hagan cargo de la situación. Confío en que no se
les retenga mucho tiempo.
Casi todos
aceptaron esta orden, que parecía razonable. Solo protestó airadamente una
persona, lady Horbury:
—¡Tonterías! ¿Sabe
usted quién soy? Insisto en que se me permita salir al momento.
—Lo siento mucho,
señora. No puedo hacer excepciones.
—Pero esto es
ridículo, completamente ridículo —protestó Cicely dando pataditas de enojo—. Me
quejaré a la compañía. Es una infamia que nos tengan aquí encerrados con un
cadáver.
—Realmente, querida
—interrumpió Venetia Kerr con el tono de voz propio de una persona educada—, es
muy desagradable, pero creo que tendremos que resignarnos. —Se sentó y sacó un
cigarrillo, diciendo—: ¿Puedo fumar ahora, caballeros?
El acosado Mitchell
respondió:
—No creo que eso
importe ya, señorita.
Volvió la cabeza
para observar a Davis, que dirigía el desembarco de los viajeros del
compartimiento delantero por la puerta de emergencia, y luego fue en busca de
instrucciones.
La espera no fue
larga, pero a los viajeros les pareció que había durado más de media hora hasta
el momento en que un caballero, tras cruzar la pista con paso marcial y
acompañado de un policía uniformado, subió al avión por el acceso que Mitchell
le franqueó.
—Vamos a ver
—empezó el recién llegado en tono autoritario—, ¿qué ha sucedido aquí?
Escuchó a Mitchell
y al doctor Bryant y, tras dedicar a la difunta una rápida mirada y de dar una
orden al agente, se dirigió a los viajeros:
—¿Harán el favor de
seguirme, señoras y caballeros?
Les precedió en la
salida del avión y al cruzar la pista hasta las instalaciones centrales, aunque
no les llevó a la usual sala de la aduana, sino a un salón privado.
—Confío en no
retenerlos por más tiempo que el absolutamente necesario.
—Oiga, inspector
—protestó el señor James Ryder—, tengo en Londres una cita de negocios muy
urgente.
—Lo siento, señor.
—¡Yo soy lady
Horbury y me parece una ofensa imperdonable que se me retenga de esta manera!
—Lo siento en el
alma, lady Horbury, pero comprenderá usted que se trata de algo muy serio.
Parece un caso de asesinato.
—Un dardo
envenenado de los indios amazónicos —murmuró el señor Clancy, delirante de
alegría.
El inspector le
dirigió una mirada suspicaz.
El arqueólogo
francés habló atropelladamente en su lengua, y el inspector le replicó serena y
lentamente en el mismo idioma.
—Todo esto resulta
realmente fastidioso —comentó Venetia Kerr—, pero supongo que usted ha de
cumplir con su obligación, señor inspector.
—Muchas gracias,
señora —replicó este agradecido, y prosiguió, dirigiéndose a todos en general—:
Tengan ustedes la bondad de aguardar aquí. Quisiera charlar unos instantes con
el doctor... ¿el doctor...?
—Bryant, para
servirle.
—Gracias. Venga
conmigo, doctor.
—¿Puedo asistir a
su entrevista? —preguntó el hombrecillo de los bigotes.
El inspector se
volvió hacia él con gesto avinagrado, pero su actitud cambió al momento.
—Perdone, monsieur
Poirot. Va usted tan abrigado, que no le había reconocido. Venga, no faltaría
más.
Abrió la puerta
para permitir el paso a los señores Bryant y Poirot, seguidos de las miradas
suspicaces de los demás pasajeros.
—¿Por qué permite
salir a este tipo y a nosotros nos retienen aquí? —exclamó Cicely Horbury.
Venetia Kerr se
sentó resignadamente en un banco.
—Probablemente es
de la policía francesa o un agente de aduanas secreto —comentó.
Encendió un
cigarrillo.
Norman Gale abordó
con cierta timidez a Jane:
—Creo que la vi a
usted en Le Pinet.
—Estuve allí.
—Un lugar muy
agradable —comentó Norman Gale—. A mí me entusiasman los pinos.
—Sí. ¡Huelen tan
bien!
Guardaron silencio
largo rato, sin saber qué más añadir. Por fin, Gale se arriesgó:
—Yo... yo la
reconocí al momento.
Jane se mostró
sorprendida.
—¿De veras?
—¿Cree usted que
esa pobre mujer ha sido asesinada?
—Supongo que sí
—admitió Jane—. Y aunque resulte emocionante, no deja de ser muy desagradable
—añadió estremeciéndose.
Norman Gale se le
acercó en actitud protectora.
Los Dupont
charlaban en francés. El señor Ryder hacía números en una libreta de bolsillo
y, de vez en cuando, consultaba la hora. Cicely Horbury daba pataditas de
impaciencia en el suelo y encendió un cigarrillo con mano temblorosa.
Contra la puerta se
apoyaba un policía enorme, con un uniforme azul impecable, que observaba a
todos con mirada impasible.
Mientras, en el
despacho contiguo, el inspector Japp hablaba con el doctor Bryant y Hércules
Poirot.
—Tiene usted el don
de aparecer en los lugares más inesperados, monsieur Poirot.
—¿No queda el
aeropuerto de Croydon un tanto fuera de su competencia, amigo mío?
—¡Ah! Estaba
esperando cazar un pájaro de cuidado en un asunto de contrabando. Ha sido una
casualidad que me hallara en este lugar. Hace años que no me las veía con un
caso tan sorprendente. Vamos a ver si ponemos algo en claro. Ante todo, doctor,
le agradecería que me diese su nombre y sus señas.
—Roger James
Bryant, especialista en enfermedades de oído y garganta. Mi dirección es el 329
de Harley Street.
Sentado junto a una
mesita, un impasible agente anotaba las respuestas.
—Desde luego, el
cadáver lo examinará nuestro forense —dijo Japp—, pero le necesitaremos a usted
en la encuesta judicial, doctor.
—Perfectamente.
—¿Puede darnos una
idea de la hora en que murió?
—La mujer debió
morir por lo menos media hora antes de examinarla yo. Lo hice unos cinco
minutos antes de llegar a Croydon. No puedo fijar su muerte con más exactitud,
pero el camarero dice que había hablado con ella una hora antes.
—Bueno, eso ya
estrecha el período a todos los efectos prácticos. ¿Me permite que le pregunte
si observó algo sospechoso?
El doctor meneó la
cabeza.
—¡Yo estaba
durmiendo! —exclamó Poirot con amargura—. Me descompongo casi tanto en el aire
como en el mar. Por eso me abrigo bien y procuro dormir.
—¿Tiene alguna idea
sobre la causa que produjo la muerte, doctor?
—No me gustaría
tener que opinar en este momento. Es un caso de autopsia.
Japp asintió,
comprensivo.
—Bien, doctor, no
creo que haga falta retenerlo por más tiempo. Temo que más tarde habrá que
molestarlo para ciertas formalidades, como a todos los viajeros. No podemos
hacer excepciones.
El doctor Bryant
sonrió.
—Preferiría que se
cerciorase usted de que no llevo cerbatanas u otras armas mortales.
—Rogers se
encargará de eso —contestó Japp, haciendo una indicación a su subordinado—. Y a
propósito, doctor, ¿tiene alguna idea de lo que podría haber aquí?
E indicó el dardo
descolorido, colocado en una cajita sobre la mesa.
El doctor meneó la
cabeza.
—Es difícil saberlo
sin un previo análisis. El curare es un veneno que suelen emplear los
indígenas, según creo.
—¿Cree que puede
haber sido utilizado en este caso?
—Es un veneno muy
fuerte y de efectos rápidos.
—Pero no es fácil
de obtener, ¿verdad?
—No es fácil para
un profano.
—Entonces,
tendremos que registrarle a usted con sumo cuidado —advirtió Japp, que se
complacía siempre con sus salidas—. ¡Rogers!
Médico y agente
salieron juntos.
Japp echó hacia
atrás la silla para mirar inquisitivamente a Poirot.
—¡Extraño caso!
Demasiado sensacional para ser real. Quiero decir que eso de las cerbatanas y
las flechas envenenadas en un avión es un insulto a la inteligencia.
—Amigo mío, esa es
una observación muy profunda —comentó Poirot.
—Un par de hombres
están registrando ahora el avión. He conseguido un fotógrafo y un perito en
huellas dactilares. Creo que ahora tendríamos que interrogar a los camareros.
Dirigiéndose a la
puerta, dio una orden. Los dos camareros entraron. El más joven había recobrado
la normalidad y solo se mostraba algo excitado. El otro todavía se veía pálido
y tembloroso.
—Hola, muchachos
—los saludó Japp—. Siéntense. ¿Tienen los pasaportes? Bien.
Los examinó
rápidamente.
—¡Ah! Aquí lo
tenemos. Marie Morisot. Pasaporte francés. ¿Saben algo de ella?
—La había visto
antes. Cruzaba el Canal con frecuencia —explicó Mitchell.
—¡Ah! Seguramente
por negocios. ¿No sabe usted a qué se dedicaba?
Mitchell meneó la
cabeza.
—Yo también la
recuerdo —comentó el camarero más joven—. Solía verla en el vuelo que sale a
las ocho de París.
—¿Quién de ustedes
la vio por última vez viva?
—Él —apuntó el
joven, indicando a su compañero.
—Es cierto —admitió
Mitchell—. Cuando le serví el café.
—¿Qué aspecto
tenía?
—No me fijé. Le
tendí el azúcar y le ofrecí leche, pero la rehusó.
—¿Qué hora era?
—No lo sé
exactamente. Volábamos entonces sobre el Canal. Sería poco más o menos sobre
las dos.
—Más o menos
—confirmó Albert Davis, el otro camarero.
—¿Cuándo la volvió
a ver?
—Cuando recogí las
cuentas.
—¿A qué hora?
—Un cuarto de hora
más tarde. Imaginé que dormía. ¡Caramba! ¡Ya debía de estar muerta!
En la voz del
camarero vibró el horror.
—¿No vio usted
esto? —preguntó Japp, indicando el dardo que podía confundirse con una avispa.
—No, señor, no me
fijé.
—¿Qué me dice
usted, Davis?
—La última vez que
la vi fue cuando serví las galletas para el queso. Estaba muy bien entonces.
—¿Qué sistema
siguen para servir las comidas? —preguntó Poirot—. ¿Se cuida cada uno de
ustedes de un compartimiento?
—No, señor, lo
hacemos los dos juntos. La sopa, luego la carne, la verdura y las ensaladas,
después los postres; por este orden. Generalmente servimos primero al
compartimiento posterior y luego pasamos con nuevas fuentes al compartimiento
delantero.
Poirot asintió.
—En el avión,
¿habló la señora Morisot con alguien, o dio muestras de reconocer a alguien?
—preguntó Japp.
—No me fijé, señor.
—¿Y usted, Davis?
—Tampoco, señor.
—¿Dejó ella su
asiento durante el viaje?
—No lo creo, señor.
—¿Ninguno de
ustedes puede añadir algo que arroje alguna luz sobre este caso?
Los dos hombres,
tras meditar unos instantes, lo negaron con sendos movimientos de la cabeza.
—Bien, ya basta por
ahora. Luego volveremos a vernos.
Henry Mitchell
comentó lacónico:
—Es un caso muy
molesto, señor. No me gusta nada, teniendo en cuenta que yo era el responsable.
—Bien, no creo que
pueda considerarse culpable en modo alguno —reconoció Japp—, pero admito que es
un suceso enojoso.
E hizo un ademán de
despedida. Poirot se adelantó.
—Permítame una
pregunta.
—Hable usted,
monsieur Poirot.
—¿Vieron ustedes
volar una avispa por el avión?
Los dos menearon la
cabeza.
—Que yo sepa, no
había ninguna avispa —señaló Mitchell.
—Había una avispa
—aseguró Poirot—. La vimos muerta en uno de los platos de los viajeros.
—Pues yo no la vi,
señor —rechazó Mitchell.
—Yo tampoco
—corroboró Davis.
—No importa.
Los camareros
salieron de la habitación y Japp examinó los pasaportes.
—Veo que viajaba
también una condesa. Debe de ser esa señora que se ha mostrado tan impaciente.
Será mejor que la entrevistemos la primera, antes de que se salga de sus
casillas y presente una interpelación a la Cámara de los Lores por los brutales
métodos que usa la policía.
—Supongo que querrá
usted registrar cuidadosamente las maletas y el equipaje de mano de los
pasajeros del compartimiento posterior del avión.
Japp pestañeó
alegremente.
—Pues claro, ¿qué
imaginaba, monsieur Poirot? ¡Tenemos que encontrar esa cerbatana, si realmente
existe y no estamos soñando! A mí todo esto me parece una pesadilla. ¿No se
habrá vuelto loco ese tipo escritor y se le ha ocurrido realizar uno de sus
crímenes personalmente, en vez de ponerlo en el papel? Eso del dardo envenenado
parece cosa suya.
Poirot meneó la
cabeza dubitativamente.
—Sí —continuó
Japp—, todo el mundo tendrá que ser registrado, aunque se enfaden. Hemos de
revisar todos los maletines y bolsos de mano, desde luego.
—Habría que hacer
una relación minuciosa —propuso Poirot—, una relación de los objetos que se
hallen en poder de cada uno de los viajeros.
Japp le dirigió una
mirada de curiosidad.
—Podemos hacer eso,
ya que usted lo sugiere, monsieur Poirot, pero no acabo de ver adonde quiere ir
a parar. Ya sabemos lo que buscamos.
—Usted tal vez lo
sepa, mon ami, pero yo no estoy tan seguro. Busco algo, pero no sé exactamente
el qué.
—¡Otra vez con las
mismas, monsieur Poirot! Siempre le ha gustado complicar un poco las cosas,
¿no? Vamos a ver qué dice su señoría antes de que quiera sacarme los ojos.
Pero lady Horbury
dio muestras de una calma inesperada. Aceptó una silla y contestó las preguntas
de Japp sin la menor vacilación. Se presentó como la esposa del conde de
Horbury y dio sus señas en Horbury Chase, Sussex, y en el 315 de Grosvenor
Square, Londres. Volvía a Londres desde Le Pinet y París. La difunta le era
totalmente desconocida. Durante el viaje no había visto nada notable. En todo
caso, iba sentada mirando en dirección opuesta, hacia la parte delantera del
aparato, de modo que no podía haber visto nada de lo que ocurría detrás. No
había abandonado su asiento en todo el viaje. No recordaba haber visto entrar a
nadie en el compartimiento más que a los camareros. No hubiese podido
asegurarlo, pero creía recordar que dos caballeros habían utilizado los
servicios, aunque no estaba segura. No observó que nadie llevase nada parecido
a una cerbatana.
—No —respondiendo a
la pregunta de Poirot—, no vi ninguna avispa en el avión.
La declaración de
la señorita Kerr fue muy semejante a la de su amiga. Se llamaba Venetia Anne
Kerr y vivía en Little Paddocks, Horbury, Sussex. Regresaba del sur de Francia.
No recordaba haber visto nunca a la víctima ni había notado nada durante el viaje.
Sí, había visto que algunos pasajeros del compartimiento posterior ahuyentaban
a una avispa. Creía recordar que uno de ellos la había matado. Esto fue poco
después de que hubieran servido el almuerzo.
La señorita Kerr
salió.
—Parece que le
interesa a usted mucho esa avispa, monsieur Poirot.
—No es tan
interesante como sugerente, ¿verdad?
—Si quiere usted
saber mi opinión —Japp cambió de tema—, ¡esos dos franceses son los que están
complicados en esto! Eran los más próximos a la señora Morisot, justo al otro
lado del pasillo. Parecen unos descamisados. Y sus gastadas maletas llevan
enganchadas muchísimas etiquetas extranjeras. No me sorprendería que hubiesen
estado en Borneo o en América del Sur. No tenemos idea del motivo, claro está,
pero nos lo averiguarán en París. Tendremos que pedir la colaboración de la
Sûreté. Este asunto es más suyo que nuestro. Pero si quiere saber usted mi
opinión, esos dos pájaros son nuestros nombres.
Los ojos de Poirot
brillaron ligeramente.
—Eso que usted dice
es posible, pero se equivoca en un punto, amigo mío. Esos dos señores no son
rufianes ni asesinos, como usted quiere dar a entender. Son, por el contrario,
dos arqueólogos muy distinguidos y doctos precisamente.
—¿Me está tomando
el pelo?
—En absoluto.
Conozco su reputación. Son los Dupont, padre e hijo, que han vuelto hace poco
de dirigir unas importantes excavaciones en Irán, no lejos de Susa.
—¡Venga ya!
Japp le arrebató
uno de los pasaportes.
—Tiene razón,
monsieur Poirot. Pero convendrá usted conmigo en que no parecen gran cosa.
—Los personajes más
célebres de este mundo rara vez lo parecen. ¡Si incluso a mí, moi, qui vous
parle, me han tomado por un peluquero!
—No me diga
—exclamó Japp con una sonrisa—. Bueno, veamos a esos distinguidos arqueólogos.
Monsieur Dupont
pére declaró que la difunta le era totalmente desconocida. No se había fijado
en nada de lo que pasaba durante el viaje porque estuvo comentando con su hijo
un tema apasionante. No se ausentó para nada de su asiento. Efectivamente,
después del almuerzo los importunó una avispa. Su hijo la mató.
Jean Dupont
confirmó esta declaración. No observó nada de lo que pasó en el avión. Le
molestaba la avispa y la mató. ¿Que cuál era el tema que comentaban con su
padre? La cerámica prehistórica de Oriente Próximo.
El señor Clancy,
que entró a continuación, pasó un rato muy desagradable. Desde el punto de
vista del inspector Japp, el novelista sabía demasiado sobre cerbatanas y
flechas envenenadas.
—¿Ha tenido usted
una cerbatana alguna vez?
—Bien... yo...
bueno, pues sí.
El inspector Japp
se concentró en aquel punto.
—¡Vaya!
El señor Clancy dio
muestras de una leve agitación.
—No vaya a
malinterpretarlo. Mis intenciones eran de lo más inocentes. Puedo explicárselo.
—Sí, señor. Tal vez
será mejor que me lo explique.
—Pues, mire usted:
me hallaba escribiendo una novela en que se cometía un crimen por ese
procedimiento.
—¡Vaya!
De nuevo aquel tono
amenazador. El señor Clancy añadió precipitadamente:
—Todo era cuestión
de huellas dactilares. Supongo que me entiende. Hacía falta una ilustración que
pusiera en claro este punto. Quiero decir las huellas y su posición sobre la
cerbatana. Tiene que comprenderlo. Vi uno de esos objetos, fue en Charing Cross,
hará un par de años. Así que compré la cerbatana y un amigo la dibujó con las
huellas dactilares para ilustrar mi punto de vista. Puedo remitirle a mi libro
El caso del pétalo escarlata; y también darle las señas de mi amigo.
—¿Guarda usted la
cerbatana?
—Sí, sí, creo que
la guardé.
—¿Dónde la tiene?
—Bueno, supongo que
debo tenerla en alguna parte.
—¿Qué quiere decir
usted con eso de «alguna parte»?
—Que no sé
concretamente dónde estará. No soy muy ordenado.
—¿No la llevará
usted encima por casualidad?
—Nada de eso. Hace
más de seis meses que no he visto ese objeto.
El inspector Japp
le dirigió una mirada suspicaz antes de seguir con el interrogatorio:
—¿Abandonó su
asiento en el avión?
—No, ciertamente
que no, al menos... bueno, sí, lo dejé.
—¿Ah, sí? ¿Y para
ir adonde?
—A buscar la guía
de ferrocarriles Bradshaw que llevaba en el bolsillo de mi gabardina, que se
hallaba entre un montón de maletas y mantas, junto a la entrada posterior del
avión.
—Así pues, pasaría
usted cerca de la difunta.
—No... al menos...
bueno, sí, debí de pasar. Pero fue mucho antes de que sucediese. Creo que solo
había tomado la sopa.
Al formularle
nuevas preguntas, obtuvieron respuestas negativas. El señor Clancy no había
notado nada sospechoso, ocupado como estaba en perfeccionar una coartada a
través de Europa.
—Una coartada, ¿eh?
—observó el inspector siniestramente.
Poirot intervino
interesándose por lo de las avispas.
Sí, el señor Clancy
había visto una avispa que le atacó. Tenía miedo de las avispas. ¿Cuándo? Poco
después de haberle servido el camarero el café. La espantó y el insecto se
alejó.
Tras tomarle los
datos, se le permitió marchar, cosa que hizo con muestras de gran alivio.
—A mí me parece
sospechoso —comentó Japp—. Posee uno de esos objetos, y fíjese en su actitud:
parece hecho polvo.
—Eso se debe a la
severidad oficial que ha usado usted en el interrogatorio, mi buen Japp.
—Nadie tiene nada
que temer si dice la verdad —sentenció el hombre de Scotland Yard lacónico.
Poirot lo contempló
con cierta lástima.
—En realidad, me
parece que cree usted eso sinceramente.
—¿Por qué no he de
creerlo, si es cierto? Pero veamos qué nos dice ese Norman Gale.
Norman Gale dio sus
señas de la Shepherd Avenue, número 14, Muswell Hill. Era odontólogo de
profesión. Volvía de unas vacaciones pasadas en Le Pinet, en la Costa Azul
francesa. Se había detenido un día en París para examinar nuevos modelos de
instrumental profesional.
Nunca antes había
visto a la difunta, ni notó nada sospechoso durante el viaje. En todo caso,
estaba de espaldas a su asiento, de cara hacia la parte delantera del avión.
Solo abandonó un momento su asiento para ir al servicio. Volvió enseguida a su
sitio y no se acercó para nada a la parte trasera del avión. No vio ninguna
avispa.
Después de él
declaró James Ryder, un tanto nervioso y brusco. Regresaba de una visita de
negocios en París. No conocía a la difunta. Sí, ocupó el asiento inmediato
delante de ella, pero no podía verla sin levantarse y asomar la cabeza por
encima del respaldo. No había oído nada, ni grito ni exclamación alguna. Nadie
se había acercado a aquella parte del aparato más que los camareros. Sí, los
dos franceses ocupaban asientos vecinos al suyo, al otro lado del pasillo.
Estuvieron charlando durante todo el viaje. El más joven mató una avispa poco
después de terminar el almuerzo. No, no se había fijado antes en el insecto. No
tenía la menor idea de lo que era una cerbatana. Nunca había visto ese
artilugio, por lo que no podía asegurar haberlo visto durante el viaje.
En aquel punto de
la declaración, llamaron a la puerta. Un agente entró con un gesto triunfal.
—El sargento acaba
de encontrar esto, señor. Ha pensado que le gustaría verlo enseguida.
Depositó el objeto
sobre la mesa y lo liberó con mucho cuidado del pañuelo con que estaba
envuelto.
—No hay huellas
dactilares, señor, según dice el sargento, pero me ha pedido que tuviera usted
mucho cuidado.
El objeto destapado
resultó ser indudablemente una cerbatana de manufactura indígena.
Japp contuvo el
aliento.
—¡Dios mío!
¿Entonces será cierto? ¡A fe mía que no lo creía posible!
El señor Ryder
estiró el cuello para ver el objeto.
—¿Esto es lo que
usan los nativos de América del Sur? He leído alguna cosa al respecto, pero
nunca había visto ninguna. Bueno, ahora puedo contestar a su pregunta. Jamás vi
a nadie manejar nada semejante.
—¿Dónde la
encontró? —preguntó Japp con vivo interés.
—Oculto debajo de
los cojines de un asiento, señor.
—¿Qué asiento?
—El número nueve.
—Muy divertido
—comentó Poirot.
Japp se volvió
hacia él.
—¿Qué es lo que le
parece tan divertido?
—Pues que el número
nueve era mi asiento precisamente.
—¡Hombre, qué
casualidad que sea el suyo! —comentó el señor Ryder.
Japp frunció el
ceño.
—Gracias, señor
Ryder, esto es todo.
Cuando Ryder hubo
desaparecido, se volvió a Poirot con una sonrisa.
—¿Así que fue
usted, viejo buitre?
—Mon ami —contestó
Poirot con toda dignidad—, cuando cometa un asesinato, no lo haré con una de
esos dardos envenenados de los indios americanos.
—Es algo demasiado
elemental —concedió Japp—, aunque parece haber funcionado.
—Eso es lo que me
desconcierta.
—Cualquiera que
haya sido, ha debido de correr el más increíble de los riesgos. ¡Dios! Sin duda
se trata de un loco de atar. ¿A quién nos falta preguntar? Solo queda una
muchacha. Oigámosla y acabemos de una vez. Jane Grey. Parece el título de una
novela rosa.
—Es una joven muy
bonita —admitió Poirot resueltamente.
—¿De veras, viejo
zorro? De modo que no ha pasado usted el vuelo durmiendo todo el tiempo,
¿verdad?
—Es muy bonita y
estaba algo nerviosa —dijo Poirot.
—Nerviosa, ¿eh?
—repitió Japp alerta.
—¡Por Dios, amigo
mío! Cuando una muchacha está nerviosa suele significar que anda cerca un
muchacho, no un crimen.
—Bueno, bueno,
supongo que tiene usted razón. Aquí está.
Jane contestó a las
preguntas que se le hicieron con bastante claridad. Se llamaba Jane Grey y
estaba empleada en el establecimiento de peluquería para señoras de monsieur
Antoine, en Bruton Street. Su domicilio era el 10 de Harrogate Street, N.W.5.
Volvía a Londres desde Le Pinet.
—¡Le Pinet, hum!
Nuevas preguntas le
llevaron a contar la historia del billete de lotería.
—Esas loterías de
Irlanda deberían declararse ilegales —gruñó Japp.
—Yo creo que son
maravillosas —afirmó Jane—. ¿No ha apostado usted nunca media corona a un
caballo?
Japp enrojeció muy
confuso.
Siguió el
interrogatorio. Jane negó haber visto durante el vuelo la cerbatana que le
mostraban ahora. No conocía a la difunta, pero se había fijado en ella en Le
Bourget.
—¿Por qué se fijó
especialmente en ella?
—Porque era muy fea
—contestó Jane con toda sinceridad.
Como no le sacaron
nada que valiese la pena, dejaron que se fuera. Japp se ensimismó contemplando
la cerbatana.
—Esto puede conmigo
—profirió—. Este caso es una intrincada novela policíaca llevada a la realidad.
Vamos a ver: ¿a quién debemos buscar ahora? ¿A un viajero que proceda del mismo
lugar que este chisme? ¿Y de dónde procede esto exactamente? Habría que ser un
experto. Lo mismo puede ser malayo que sudamericano o africano.
—Si tuviéramos que
deducir su origen, tendría toda la razón —indicó Poirot—. Pero si se fija usted
bien, amigo mío, verá un pedacito de papel casi microscópico adherido a la
boquilla. A mí me parece que son los restos de una etiqueta. Me figuro que este
chisme habrá llegado de las selvas a una tienda de objetos raros. Tal vez este
detalle facilite la investigación. Permítame una sola pregunta.
—Adelante.
—¿Piensa usted
mandar hacer esa relación detallada de las pertenencias de cada pasajero?
—Ya no lo considero
tan necesario, pero puede hacerse de todos modos. ¿Tiene usted mucho interés en
conseguirla?
—Mais oui. Estoy
confundido, muy confundido. Si hallase algo que me ayudase...
Japp no escuchaba.
Estaba examinando el papel adherido a la cerbatana.
—Clancy confesó que
había comprado una cerbatana. Esos autores de novelas policíacas ridiculizan
siempre a la policía y sus procedimientos. Si yo dijese a mis superiores lo que
ellos ponen en boca de los inspectores, me vería expulsado inmediatamente del
cuerpo sin contemplaciones. ¡Esos escritores son unos ignorantes! Y nuestro
caso parece uno de esos asesinatos estúpidos que se inventan esos chupatintas
creyendo que serán capaces de burlar a la policía.
4
LA ENCUESTA
JUDICIAL
La encuesta
judicial sobre la muerte de Marie Morisot se celebró cuatro días después. El
método empleado para el asesinato, tan sensacionalista, despertó el interés del
público y la sala del tribunal se hallaba atestada.
En primer lugar se
llamó a declarar a un francés alto y maduro, de barba gris, monsieur Alexander
Thibault. Habló en inglés, lento y preciso, con un ligero acento, aunque
dominando los giros idiomáticos.
Después de pedirle
su nombre y sus señas, el juez de primera instancia le preguntó:
—Vio el cadáver de
la víctima. ¿La reconoció usted?
—Sí, señor. Era una
buena clienta mía: Marie Angélique Morisot.
—Ese es el nombre
que figura en el pasaporte de la difunta. ¿Se le conocía con algún otro nombre?
—Sí, señor, con el
de madame Giselle.
Se produjo en el
auditorio un rumor sordo. Los periodistas trabajaban frenéticamente con sus
lápices. El juez prosiguió:
—¿Puede usted
decirnos con mayor precisión quién era madame Morisot o madame Giselle?
—Madame Giselle,
para llamarla con el nombre que usaba en el mundo de los negocios, era una de
las más conocidas prestamistas de París.
—¿Desde dónde
dirigía su negocio?
—Desde la rue
Joliette, número 3, que era también su domicilio.
—Creo que hacía
frecuentes viajes a Inglaterra. ¿Extendía hasta este país sus relaciones
comerciales?
—Sí, señor. Tenía
muchos clientes ingleses. Era muy conocida entre cierto sector de la sociedad
inglesa.
—¿Cómo definiría
usted con exactitud ese sector de la sociedad inglesa?
—Su clientela
estaba compuesta en su mayor parte de aristócratas y profesionales liberales,
personas a quienes interesaba mucho que mantuviera sus asuntos en la mayor
discreción.
—¿Tenía fama de ser
discreta?
—Extremadamente
discreta.
—¿Me permite
preguntarle si tenía usted un íntimo conocimiento de las transacciones en que
consistían sus negocios?
—No. Mi relación
con ella era puramente profesional, pero madame Giselle era una mujer de
negocios de primera clase, capaz de atender por sí sola a sus asuntos con la
mayor competencia. Todo lo dirigía ella personalmente. Si me permite, añadiré
que era una mujer con un carácter muy original y un personaje muy conocido por
el público.
—¿Sabe usted si era
rica cuando ocurrió su muerte?
—Extraordinariamente
rica.
—¿Sabe si tenía
enemigos?
—Que yo sepa, no.
Monsieur Thibault
fue a sentarse y llamaron a Henry Mitchell.
—¿Se llama usted
Henry Charles Mitchell y reside en Wandsworth, en el 11 de Shoeblack Lane?
—Sí, señor.
—¿Está usted
empleado en la compañía Universal Airlines Ltd.?
—Sí, señor.
—¿Es usted el más
antiguo de los dos camareros del avión Prometheus?
—Sí, señor.
—El pasado martes,
día dieciocho, estaba usted de servicio en el Prometheus durante el vuelo del
mediodía de París a Croydon, el vuelo que tomó también la víctima. ¿Había visto
usted antes a la difunta?
—Sí, señor. Seis
meses antes yo hacía el vuelo de las ocho cuarenta y cinco, y la vi en él dos o
tres veces.
—¿Sabía usted su
nombre?
—Debía de figurar
en la lista, señor, pero, a decir verdad, no me fijé de un modo especial.
—¿Ha oído usted
alguna vez el nombre de madame Giselle?
—No, señor.
—Haga el favor de
contarnos a su modo lo que ocurrió el pasado martes.
—Después de servir
el almuerzo, repartí las cuentas. Creí que la difunta estaba durmiendo y decidí
no despertarla hasta que faltaran cinco minutos para llegar. Pero entonces
descubrí que había muerto o que estaba gravemente enferma. Averigüé que
llevábamos a bordo un médico y él me dijo...
—El doctor Bryant
declarará a continuación. Tenga la bondad de examinar esto.
Mitchell cogió
cautelosamente la cerbatana que le alargaba.
—¿Había visto usted
eso alguna vez?
—No, señor.
—¿Está seguro de no
haberlo visto en manos de algún pasajero?
—Seguro.
—Albert Davis.
El más joven de los
camareros se acercó al estrado.
—¿Es usted Albert
Davis, con domicilio en Croydon, el 23 de Barcome Street y está empleado en la
Universal Airlines, Ltd.?
—Sí, señor.
—¿Estaba usted de
servicio en el Prometheus como segundo camarero el pasado martes?
—Sí, señor.
—¿Cómo se enteró
usted de la tragedia?
—El señor Mitchell
me explicó su temor de que le hubiese ocurrido algo grave a uno de los
pasajeros.
—¿Había visto usted
esto antes?
La cerbatana pasó a
manos de Davis.
—No, señor.
—¿No la vio usted
en manos de algún pasajero?
—No, señor.
—¿Observó usted
algo que pueda arrojar alguna luz sobre este asunto?
—No, señor.
—Está bien, puede
usted retirarse.
—Doctor Roger
Bryant.
El doctor Bryant
dio su nombre y dirección y se presentó a sí mismo como especialista en
enfermedades de garganta y oído.
—¿Puede usted, a su
modo, contarnos lo que sucedió exactamente el pasado martes día dieciocho?
—Poco antes de
llegar a Croydon, se me acercó el camarero y me preguntó si era médico. Al
contestarle afirmativamente, me dijo que una de las viajeras se hallaba
indispuesta. Al ir a reconocerla, vi que la mujer en cuestión se hallaba caída
en su asiento. Llevaba muerta algún tiempo.
—¿Cuánto tiempo en
su opinión, doctor Bryant?
—Diría que más de
media hora. Yo pondría entre media hora y una hora.
—¿Hizo usted alguna
conjetura sobre la causa de su muerte?
—No. Hubiera sido
imposible sin un detenido examen.
—¿Pero vio usted un
pequeño pinchazo en el cuello?
—Sí, señor.
—Gracias, puede
retirarse. Doctor James Whistler.
El doctor Whistler
era un hombre flacucho y menudo.
—¿Es usted el
médico forense de este distrito?
—Sí, señor.
—¿Tiene la bondad
de declarar lo que crea pertinente?
—El martes, día
dieciocho, poco después de las tres, me llamaron del aeropuerto de Croydon,
donde me mostraron el cadáver de una mujer de mediana edad postrado en uno de
los asientos del avión Prometheus. Su muerte había ocurrido, según mis
cálculos, una hora antes aproximadamente. Observé que tenía una punzada a un
lado del cuello, precisamente en la yugular. Aquella señal podía haber sido
causada por el aguijón de una avispa o por la incisión de un dardo igual al que
me mostraron. Ordené el trasladó del cadáver al depósito, donde le hice un
detenido examen.
—¿A qué conclusión
llegó usted?
—Llegué a la
conclusión de que la muerte se debió a la introducción de una violenta toxina
en la sangre. La muerte se produjo por una parálisis aguda del corazón y debió
de ser prácticamente instantánea.
—¿Puede decirnos
qué clase de toxina era?
—Una toxina que
hasta entonces me era desconocida.
Los periodistas,
que escuchaban atentamente, apuntaron: «Veneno desconocido».
—Gracias, puede
retirarse. ¡El señor Winterspoon!
El señor
Winterspoon era un hombre alto, de rostro bondadoso. Parecía un buen tipo,
aunque algo bobo. Causó inesperada sorpresa conocer que era el director del
Laboratorio Oficial de Análisis y una autoridad en venenos raros.
El juez le alargó
el dardo fatal y le preguntó si lo reconocía.
—Sí —contestó el
señor Winterspoon—. Me lo mandaron para su análisis.
—¿Quiere decirnos
el resultado del análisis?
—Con mucho gusto.
En mi opinión, la punta fue untada tiempo atrás con una preparación de curare.
Y este es el tipo de flecha envenenada que usan algunas tribus.
Los periodistas
anotaban todo aquello embelesados.
—¿Cree usted, pues,
que la muerte se produjo por el curare?
—¡Oh, no! No
quedaban más que vestigios insignificantes del veneno original. Según mi
análisis, la punta estaba impregnada con veneno de la Dispholidus typus, una
serpiente conocida vulgarmente como boomslang o serpiente de árbol.
—¿Boomslang? ¿Qué
es esto?
—Una serpiente del
sur de África, una de las más venenosas que existen. Sus efectos en las
personas no son conocidos, pero si queremos tener una idea de su intensa
virulencia, bastará con decir que se inyectó el veneno a una hiena y esta murió
antes de que se pudiera retirar la aguja hipodérmica. Un chacal murió como
alcanzado por un disparo. El veneno produce una hemorragia aguda bajo la piel y
ataca el corazón, paralizando su funcionamiento.
Los periodistas
escribieron: «Crimen sensacional. Veneno de serpiente administrado en pleno
vuelo. De efectos más mortíferos que el de la cobra».
—¿Sabe usted si se
ha usado ese veneno en otro caso de envenenamiento intencionado?
—Nunca. Eso es lo
más interesante.
—Gracias, señor
Winterspoon.
El sargento de
policía Wilson declaró sobre el hallazgo de la cerbatana debajo de uno de los
cojines de un asiento. No había huellas dactilares. Se habían realizado
experimentos con la flecha y el artilugio, comprobando que podía ser arrojada
con eficacia hasta una distancia de unos diez metros.
—¡Monsieur Hércules
Poirot!
Se produjo una
ligera agitación, aunque la declaración de monsieur Poirot fue muy comedida. No
había observado nada extraordinario. Él fue quien encontró la diminuta flecha
en el piso del avión. El lugar en que se halló parecía indicar que pudo
desprenderse del cuello de la mujer difunta.
—¡Condesa de
Horbury!
Un reportero
escribió: «La esposa de un noble de Inglaterra presta declaración en el
misterioso crimen aéreo». Otro anotó: «... en el misterio del veneno viperino».
Entre los que
escribían para la prensa del corazón, uno relató: «Lady Horbury llevaba uno de
esos sombreritos de estudiante que se han puesto de moda». Y otro: «Lady
Horbury, que es una de las más elegantes damas de nuestra ciudad, vestía de
negro con uno de esos sombreritos de colegiala». Y otro más: «Lady Horbury, de
soltera señorita Cicely Brand, vestía de negro, muy elegante, con uno de esos
nuevos sombreritos...».
Todos destacaban la
elegancia y hermosura de la joven dama, cuya declaración fue de las más breves.
No había observado nada y nunca había visto a la difunta.
Venetia Kerr, que
declaró después, aportó menos emoción aún. Los infatigables proveedores de las
revistas del corazón afirmaron: «La hija de lord Cottesmore llevaba una
chaqueta de magnífico corte y una falda a la última moda». Y como título, la
frase: «Damas de la buena sociedad prestan declaración».
—¡James Ryder!
—¿Es usted James
Bell Ryder y vive en el 17 de Blainberry Avenue, N.W.?
—Sí, señor.
—¿Cuál es su
profesión?
—Soy director
gerente de Ellis Vale Cement Co.
—¿Tiene la bondad
de examinar esta cerbatana? ¿La había visto antes?
—No.
—Durante el vuelo
en el Prometheus, ¿no vio usted este objeto en manos de alguna persona?
—No.
—¿Ocupaba el número
4, delante de la víctima?
—¿Y qué pasa si así
fuera?
—Haga el favor de
no adoptar ese tono conmigo. Ocupaba usted el número 4. Desde su asiento podía
usted ver casi todo lo que sucedía en el compartimiento.
—No, señor. No
podía ver nada, porque los respaldos son muy altos.
—Pero si alguien se
levantara y se colocara en el pasillo en condiciones de poder disparar una
cerbatana contra la interfecta, ¿lo habría visto usted?
—Ciertamente.
—¿Y no vio usted
tal cosa?
—No.
—¿Vio usted
levantarse a alguno de los pasajeros que ocupaban asientos delante de usted?
—Sí, un pasajero
que se sentaba dos filas ante mí, que fue a los servicios.
—¿Alejándose de
usted y de la difunta?
—Sí.
—¿No se acercó para
nada a la cola del avión?
—No, volvió a su
asiento directamente.
—¿Llevaba algo en
la mano?
—Nada.
—¿Está seguro?
—Completamente.
—¿No abandonó su
asiento nadie más?
—El individuo que
estaba delante de mí. Pasó por mi lado y se dirigió a la cola.
—¡Protesto! —terció
el señor Clancy, levantándose del asiento que ocupaba—. ¡Eso fue antes, mucho
antes, a la una!
—Haga el favor de
sentarse —ordenó el juez—. Luego podrá hablar. Siga usted, señor Ryder. ¿Notó
usted si ese caballero llevaba algo en la mano?
—Creo que llevaba
una estilográfica. Y cuando volvió, sujetaba un libro de color naranja.
—¿Y esa fue la
única persona que cruzó el avión hacia la cola? ¿Usted no se levantó?
—Sí. Fui al
servicio, pero no llevaba ninguna cerbatana en las manos.
—Adopta usted un
tono poco apropiado. Siéntese.
El señor Norman
Gale, dentista, prestó declaración en sentido negativo. Luego se acercó al
estrado el indignado señor Clancy.
El señor Clancy era
para los periodistas un personaje de menor interés, inferior en varios grados a
una aristócrata.
«Autor de novelas
policíacas presta declaración. Célebre escritor confiesa la compra del arma
mortal. Causa sensación en el jurado.»
Pero lo de la
sensación quizá era un poco prematuro.
—Sí, señor —declaró
el señor Clancy con voz estridente—, compré una cerbatana y, es más, la he
traído hoy aquí. Protesto con toda mi alma contra la suposición de que la
cerbatana con que se cometió el crimen fuera la mía. Aquí está la que yo
compré.
Mostró la cerbatana
con aire de triunfo.
Los periodistas
anotaron: «Una segunda cerbatana en el tribunal».
El juez se portó
severamente con el señor Clancy. Le dijo que estaba allí para ayudar a la
justicia y no para rebatir cargos imaginarios contra él. Luego le preguntó
sobre lo ocurrido en el Prometheus durante el vuelo, pero con escasos
resultados. El señor Clancy, según explicó él, con toda clase de pormenores
innecesarios, había estado demasiado enfrascado en un excéntrico horario de
trenes extranjeros y las dificultades que le presentaban los horarios en
formato de veinticuatro horas, para fijarse en nada de lo que sucedía a su
alrededor. Aunque hubiesen atacado con dardos envenenados a todo el pasaje,
maldito si se hubiera dado cuenta de lo que sucedía.
La señorita Jane
Grey, oficiala de peluquería, no alteró el ritmo de las plumas de los
periodistas.
Siguieron los
franceses.
Monsieur Armand
Dupont declaró que viajaba a Londres para dar una conferencia en la Royal
Asiatic Society. Él y su hijo estaban absortos en una discusión técnica y se
habían fijado muy poco en lo que sucedía a su alrededor. No había advertido la
presencia de la víctima hasta que atrajo su atención el revuelo general que
produjo el descubrimiento de su muerte.
—¿Conocía usted a
madame Morisot o madame Giselle?
—No, monsieur,
nunca la había visto.
—Pero es un
personaje muy conocido en París, ¿verdad?
—No lo sé. En
cualquier caso, no he estado apenas en París últimamente.
—¿Debo deducir que
ha regresado usted de Asia recientemente?
—Exactamente,
monsieur; de Irán.
—Han viajado mucho
por esos mundos de Dios, usted y su hijo, ¿verdad?
—Pardon?
—¿Han estado en
países exóticos?
—Así es, señor.
—¿Ha estado usted
en alguna parte del mundo donde los nativos usen dardos envenenados con veneno
de serpiente?
Hizo falta que se
lo tradujeran y, cuando entendió la pregunta, monsieur Dupont meneó la cabeza
enérgicamente.
—Nunca, nunca me he
encontrado con nada parecido.
Luego le tocó el
turno a su hijo, cuya declaración se ajustó en todo a la de monsieur Armand. No
había notado nada. Creyó posible que la muerte de la señora se debiera a la
picadura de una avispa, porque él mismo se vio molestado por una, a la que
logró matar, por cierto.
Los Dupont eran los
últimos testigos.
El juez se aclaró
la garganta y se dirigió al jurado.
Dijo que era el
caso más sorprendente e increíble que se le había presentado desde que presidía
aquel tribunal. Una mujer había muerto (y podía descartarse la idea de suicidio
o de accidente) en el aire, en un espacio muy reducido. Era inimaginable que el
autor del crimen fuera alguien ajeno al avión. El asesino tenía que ser
necesariamente uno de los testigos que acababan de escuchar. No debían perder
de vista aquel hecho, por terrible y espantoso que fuese. Una de las personas
allí presentes había mentido descaradamente.
Las circunstancias
del crimen eran de una audacia incomparable. A la vista de los diez testigos, o
doce contando a los camareros, el asesino se había llevado la cerbatana a los
labios y lanzado el dardo sin que nadie hubiera observado el hecho. Parecía francamente
increíble, pero existía la prueba de la cerbatana, del dardo hallado en el
suelo, de la señal dejada en el cuello de la difunta y del dictamen del médico,
que demostraba que aquello, increíble o no, había sucedido.
A falta de pruebas
para acusar a una persona determinada, solo podía aconsejar al jurado que
emitiese un veredicto de «asesinato cometido por una o varias personas
desconocidas». Todos los presentes habían negado conocer a la víctima. A la
policía le tocaba descubrir las ocultas relaciones entre los testigos y la
víctima. Desconociéndose el motivo del crimen, solo podía aconsejar el
veredicto indicado.
Uno de los miembros
del jurado, de rostro anguloso y ojos suspicaces, se adelantó, respirando
fatigosamente.
—¿Se me permite una
pregunta, señoría?
—Claro, diga.
—Nos han dicho
ustedes que la cerbatana se encontró bajo uno de los cojines de un asiento.
¿Quién se sentaba en él?
El juez consultó
sus notas. El sargento Wilson se acercó al miembro del jurado y explicó:
—¡Ah, sí! El
asiento de que se trata era el número 9, ocupado por monsieur Hércules Poirot.
Monsieur Poirot es un detective privado muy conocido y respetable que ha
colaborado muchas veces con Scotland Yard.
El miembro del
jurado dirigió su mirada a Hércules Poirot y su rostro mostró la escasa
aceptación que los bigotes de este le producían.
¡Extranjeros!,
dijeron sus ojos. No hay que fiarse de los extranjeros, aunque sean
colaboradores de la policía.
Añadió en voz alta:
—¿No fue ese
monsieur Poirot quien encontró el dardo?
—Sí.
El jurado se retiró
a deliberar. Al cabo de poco tiempo volvió, y el presidente entregó una
papeleta al juez.
—¿Pero qué es esto?
—murmuró ceñudo este al leerlo—. ¡Tonterías! No puedo aceptar un veredicto en
estos términos.
Al poco rato, el
veredicto volvió debidamente enmendado:
«Dictaminamos que
la víctima murió envenenada, aunque no haya pruebas que demuestren de forma
irrebatible quién administró el veneno».
5
DESPUÉS DE LA
ENCUESTA
Al salir del
tribunal, una vez emitido el veredicto, Jane encontró a Norman Gale a su lado.
—Me gustaría saber
qué decía aquel papel que el juez no quiso aceptar bajo ningún concepto
—comentó Gale.
—Creo que puedo
satisfacer su deseo —dijo una voz detrás de ellos.
La pareja se volvió
para encontrarse con la mirada vivaracha de monsieur Hércules Poirot.
—Era un veredicto
de culpabilidad de asesinato contra mí.
—¡Oh! ¿Es posible?
—exclamó Jane.
Poirot asintió
satisfecho.
—Mais oui. Al salir
he oído que un hombre le comentaba a otro: «Ese extranjero, fíjese bien en lo
que le digo. ¡Es el autor del crimen!». Los del jurado piensan lo mismo.
Jane no sabía si
condolerse o echarse a reír. Se decidió por lo último y Poirot rió también
contagiado por su risa.
—Comprenderán que
debo ponerme a trabajar sin pérdida de tiempo para probar mi inocencia.
Se despidió con una
inclinación y una sonrisa.
Jane y Norman
siguieron con la mirada al extraño personaje que se alejaba.
—¡Qué tipo tan
estrafalario! —comentó Gale—. Se hace llamar detective. No sé qué puede
descubrir un hombre así. Cualquier delincuente lo reconocería a kilómetros de
distancia. No comprendo cómo puede disfrazarse.
—¿No tiene usted
una idea muy anticuada de los detectives? —preguntó Jane—. Las pelucas y barbas
postizas ya no están de moda. Hoy día, los detectives se sientan a una mesa y
estudian los casos en su aspecto psicológico.
—Mucho menos
cansado.
—Tal vez en su
aspecto físico. Pero, de todos modos, necesitan un cerebro frío y calculador.
—Claro. Un
atolondrado no daría pie con bola.
Los dos rieron.
—Oiga... —Gale
tartamudeaba y se ruborizó ligeramente—... le importaría... quiero decir si
sería usted tan amable... es un poco tarde, pero ¿me acompañaría a tomar el té?
He pensado que, como compañeros de infortunio, podríamos también...
Conteniéndose, se
dijo: ¿Qué te pasa, tontaina? ¿No puedes invitar a una muchacha sin
tartamudear, enrojecer y hablar como un patán? ¿Qué pensará de ti la chica?
La confusión de
Gale tuvo la virtud de acentuar la serenidad y el dominio de Jane.
—Muchas gracias
—contestó—. Me encantará aceptar ese té.
Entraron en un
establecimiento y una camarera de modales desdeñosos recibió sus peticiones con
aire de duda, como si pensara: Perdonen si salen decepcionados. Dicen que aquí
se sirve té, pero yo nunca he visto nada que se le parezca aquí.
El establecimiento
estaba casi desierto, pero esta falta de clientela enfatizaba la intimidad de
aquel té. Jane se quitó los guantes y dirigió una mirada a su compañero. Era
muy atractivo, con aquellos ojos azules y aquella sonrisa. Muy agradable.
—¡Qué caso más raro
el de ese asesinato! —comentó Gale, apresurándose a entrar en conversación.
Todavía no se había librado por completo del ridículo sentimiento de embarazo.
—Lo sé —corroboró
Jane—, y me tiene preocupada desde el punto de vista de mi empleo. No sé cómo
se lo tomarán.
—Es cierto. No
había pensado en eso.
—Quizá a Antoine no
le guste conservar a una empleada complicada en un caso de asesinato y que
tiene que prestar declaración y lo que eso supone.
—La gente es muy
rara —afirmó Norman Gale pensativamente—. La vida es... es tan injusta. Una
cosa como esta en que, además, no tiene culpa alguna —Y frunció el ceño
airado—. ¡Es indignante!
—Bueno, aún no ha
pasado nada —le recordó Jane—. ¿Por qué inquietarse por algo que no ha sucedido
todavía? Después de todo, podría tener un buen fundamento. ¡Podría ser yo quien
la hubiera asesinado! Y a un asesino se le supone capaz de matar a otros, y a
nadie le gustaría confiar su cabellera a alguien así.
—Basta con mirarla
para saber que es usted incapaz de matar a nadie —declaró Norman mirándola con
devoción.
—Yo no estaría tan
segura sobre eso —advirtió Jane—. A veces, de buena gana mataría a alguna de
mis clientas si supiera que no me iban a descubrir. Especialmente, a una que
tiene una agria voz de loro y que gruñe por todo. A veces pienso que matarla
sería una buena acción y no un crimen. Ya ve pues que mentalmente soy una
asesina.
—Quizá, pero no
cometió usted ese asesinato. Lo juraría.
—Yo también juraría
que no lo cometió usted —aseguró Jane—. Pero de nada le serviría que yo lo
jurase, si sus pacientes se lo atribuyesen.
—Mis pacientes,
sí... —Gale parecía pensativo—. Supongo que tiene usted razón. No había caído
en eso. Un dentista con manías homicidas. Realmente, no es una propaganda muy
atractiva. —Como obedeciendo a un súbito impulso, añadió—: ¿No le disgusta
saber que soy un dentista?
Jane arqueó las
cejas.
—¿Disgustarme? ¿A
mí?
—Lo digo porque
para la gente los dentistas son algo cómico. No es una profesión romántica, que
digamos. A un médico todo el mundo le toma en serio.
—No se preocupe. Un
dentista siempre estará a mayor nivel que una auxiliar de peluquería.
Rieron ambos y Gale
observó:
—Me parece que
vamos a ser buenos amigos, ¿verdad?
—Sí, eso creo.
—¿Querría usted
cenar una noche conmigo? Luego podríamos ir al teatro.
—Sí, claro.
Tras una pausa,
Gale preguntó:
—¿Lo pasó usted
bien en Le Pinet?
—Mucho.
—¿Había estado ya
allí?
—No, verá usted...
Sintiéndose de
pronto comunicativa, Jane le contó la historia del billete de lotería. Ambos
estuvieron de acuerdo en que los sorteos eran románticos y agradables, y
deploraron que el gobierno británico fuera, en eso, tan poco comprensivo.
Su charla fue
interrumpida por un joven de traje castaño que llevaba un buen rato
remoloneando por aquel lugar sin que ellos lo notaran.
Por fin se decidió
a acercarse y, descubriéndose, se dirigió a Jane con gran aplomo:
—¿Señorita Jane
Grey?
—Sí.
—Represento al
Weekly Howl, señorita Grey. ¿Aceptaría usted el encargo de escribirnos un
artículo sobre ese asesinato aéreo que han vivido ustedes? Podría exponer el
punto de vista de uno de los viajeros...
—Me temo que no,
gracias.
—¡Oh! ¡Vamos,
señorita Grey! Se lo pagaríamos estupendamente.
—¿Cuánto?
—Cincuenta libras.
Oh, bueno, tal vez algo más. Pongamos sesenta.
—No. No creo que me
fuera posible. No sabría qué contar.
—Está bien —se
apresuró a decir el muchacho—. No es necesario realmente que usted escriba el
artículo. Uno de nuestros redactores la visitará para hacerle algunas preguntas
y escribirá el texto de acuerdo con sus respuestas. No tendrá usted ni la más
mínima molestia.
—Da lo mismo
—respondió Jane—. Prefiero no hacerlo.
—¿Qué le parecerían
cien libras? Mire, estoy dispuesto a darle esas cien si nos facilita usted una
fotografía suya.
—No, no me gusta la
idea.
—¡Déjelo ya!
—intervino Norman Gale—. La señorita Grey no quiere que se la moleste más.
—No, no me gusta la
idea.
El joven se dirigió
a él esperanzado.
—¿No es usted el
señor Gale? Oiga, por favor: ya que a la señorita Grey no acaba de gustarle la
idea, ¿qué le parece a usted? Quinientas palabras y le ofrezco los mismos
honorarios que a la señorita Grey. Es un trato excelente, pues el asesinato de
una mujer contado por otra mujer tiene más gancho para los lectores. Es una
gran oportunidad lo que le ofrezco.
—No la acepto, ya
ve usted. No escribiré una palabra para su periódico.
—Dinero aparte,
sería una buena propaganda para su consulta. Mejoraría su situación
profesional. Todos sus clientes lo leerían.
—Eso es
precisamente lo que más temo —afirmó Norman Gale.
—Ya sabe usted que,
en estos tiempos, no se puede hacer nada sin la publicidad.
—Es posible, pero
todo depende de la clase de publicidad. Solo me queda la esperanza de que
algunos de mis pacientes no lean la prensa y, por lo tanto, ignoren que estoy
mezclado en un caso de asesinato. Bueno, ya le hemos contestado a usted los
dos. ¿Se va usted por las buenas o no?
—No he dicho nada
para molestarles —replicó el reportero sin turbarse ante aquel tono violento—.
Buenas tardes. Pueden llamarme a la redacción si cambian de parecer. Aquí
tienen mi tarjeta.
Salió alegremente
del establecimiento, pensando para sí: No me ha ido del todo mal. Será una
entrevista bastante decente.
Efectivamente, la
siguiente edición del Weekly Howl dedicaba una columna a relatar el punto de
vista de dos testigos presenciales del misterioso crimen del aire. La señorita
Jane Grey declaraba que se sentía demasiado apenada para hablar del asunto.
Había sido un golpe muy duro para ella y detestaba recordarlo. El señor Norman
Gale se había extendido en consideraciones sobre el efecto que produciría en la
carrera de un profesional verse mezclado en un asunto criminal, a pesar de ser
inocente. El señor Gale había expresado la esperanza de que algunos de sus
clientes solo leyesen la sección de modas y se sentaran en su silla de dentista
sin la menor sospecha.
Cuando el muchacho
se hubo ido, Jane preguntó:
—¿Por qué no hará
esas proposiciones a personas más importantes?
—Seguramente deja
eso para reporteros más cualificados —contestó Gale, ceñudo—. Tal vez lo ha
intentado ya y le han mandado a paseo. Jane... ¿Me permites que te tutee?
¿Quién crees tú que mató a esa mujer, a Giselle?
—No tengo ni la más
remota idea.
—¿Has pensado en
eso? ¿En eso precisamente?
—No, a decir
verdad, en eso no había pensado. Solo me preocupaba la idea de estar mezclada.
Pero no se me había ocurrido pensar seriamente que alguno de los demás tuvo que
hacerlo. Hasta este momento no había caído en la cuenta de que uno de ellos
tuvo que ser forzosamente el autor.
—Sí, el juez lo
expuso con toda claridad. Sé que no fui yo y sé que no fuiste tú, porque...
bueno, porque te estuve contemplando casi todo el tiempo que permanecimos en el
aire.
—Sí —admitió Jane—.
A mí me consta que no fuiste tú por la misma razón. ¡Y desde luego, sé que
tampoco fui yo! De modo que debió ser alguno de los otros, pero no sé quién
fue. No tengo la menor idea. ¿Y tú?
—Pues no.
Norman Gale parecía
muy pensativo, como si quisiera llegar a una conclusión a toda costa. Jane
prosiguió:
—No sé cómo vamos a
adivinarlo. Por mi parte, al menos yo no vi nada. ¿Notaste tú alguna cosa?
Gale meneó la
cabeza.
—Nada en absoluto.
—Eso es lo más raro
del caso. Me atrevería a jurar que no pudiste ver nada porque no estabas de
cara a los hechos. Pero yo sí estaba mirando precisamente allí y hubiera debido
ver...
Jane se detuvo,
ruborizándose. Recordaba que su mirada se había mantenido fija en su jersey y
que su mente, lejos de recoger las sensaciones externas, se había cerrado a
todo lo que no tuviese relación directa con la persona que llevaba aquel
dichoso pullover.
Me gustaría saber
por qué se ruboriza así, se decía Norman Gale. Es encantadora. Voy a casarme
con ella. Sí, me casaré. Pero no hay que correr demasiado. Tengo que hallar
algún pretexto para frecuentarla. Podría aprovechar este asunto del crimen.
Funcionará tan bien como cualquier otra cosa. Además, creo realmente que sería
bueno hacer algo. Ese maldito reportero con su publicidad...
—Concentrémonos en
eso —expuso en voz alta—. ¿Quién la mató? Tengamos en cuenta a todos los que
estaban allí. ¿Quizá uno de los camareros?
—No —rechazó Jane.
—Conforme. ¿Las
señoras que estaban sentadas al otro lado del pasillo?
—No creo que una
dama como lady Horbury haya matado a nadie. Y la otra, la señorita Kerr es
demasiado «señora». Jamás mataría a una anciana francesa, estoy segura.
—Me parece que no
te equivocas, Jane. Tenemos a ese hombrecillo de los bigotes. Aunque, según el
jurado, sea el más sospechoso, tenemos que descartarlo. ¿Y el médico? Tampoco
parece muy probable que tenga nada que ver.
—Si la hubiese
querido matar, lo hubiese hecho sin dejar huellas y nadie le hubiera
descubierto.
—Sí, claro —admitió
Norman dubitativo—. Esos venenos inodoros e insípidos que no dejan huellas son
más apropiados, aunque dudo de que existan. ¿Qué te parece ese escritor, el que
confesó poseer una cerbatana?
—Es bastante
sospechoso. Pero me parece buena persona y no necesitaba confesar que poseía
uno de esos chismes, de modo que no creo que fuese él.
—Así pues, nos
queda Jameson. No, ¿cómo se llama...? ¿Ryder?
—Sí. Pudo ser él.
—¿Y los franceses?
—Son los más
probables. Han viajado a extraños lugares y pueden tener motivos que nosotros
desconocemos por completo. El más joven me parece una persona desdichada y
preocupada.
—También tú
estarías inquieta si hubieras cometido un crimen —afirmó Norman lúgubre.
—Parecía muy
agradable —insistió Jane—, y su padre un hombre encantador. Confío en que no
sean ellos.
—No parece que
progresemos mucho.
—No sé cómo vamos a
llegar a una conclusión, desconociendo tantas cosas acerca de la mujer
asesinada: qué enemigos tenía, quién la va a heredar y todo eso.
Norman Gale terció
esperanzado:
—¿Tú crees que esto
es especular en vano?
—¿No lo es?
—preguntó ella sin sonreír.
—No del todo
—contestó Gale, y añadió lentamente, después de vacilar—: Presiento que será
provechoso.
Jane le dirigió una
mirada interrogadora.
—Un asesinato
—puntualizó Normal Gale— no concierne solo a la víctima y al autor. También
afecta al inocente. Tú y yo somos inocentes, pero nos envuelve la sombra del
crimen y no sabemos cómo afectará esta sombra a nuestras vidas.
Jane era una
muchacha muy juiciosa, pero no pudo evitar un estremecimiento.
—No digas eso. Me
da miedo.
—Y a mí también
—reconoció Gale.
6
UNA CONSULTA
Hércules Poirot
visitó a su amigo, el inspector Japp. Este le recibió con una sonrisa burlona.
—¡Hola, viejo
amigo! Ha estado usted a punto de dar con sus huesos en la cárcel.
—Me temo que, si
llega a ocurrir semejante cosa, hubiera salido perjudicado profesionalmente.
—También los
detectives resultan, a veces, criminales en las novelas. —Japp le indicó un
caballero con cara melancólica, pero inteligente—. Tengo el gusto de
presentarle a monsieur Fournier, de la Sûreté, que ha venido a colaborar con
nosotros en este asunto.
—Creo que tuve el
placer de conocerle hace años, monsieur Poirot —saludó estrechándole la mano—.
También me habló de usted monsieur Giraud.
A Poirot le pareció
sorprender en los labios del agente francés una leve sonrisa y se permitió
replicar con una sonrisa discreta, imaginándose en qué términos le habría
hablado Giraud, de quien él, a su vez, acostumbraba a hablar en términos
desdeñosos como el «sabueso humano».
—Propongo —ofreció
Poirot— que vengan a cenar conmigo. Ya he invitado a monsieur Thibault. Es
decir, si usted y el amigo Japp no tienen inconveniente en aceptar mi
colaboración.
—Está bien, amigo
mío —aceptó Japp, dándole una palmada en el hombro—. Ya veo que se ha metido
usted a fondo en el caso.
—Nos consideraremos
muy honrados —murmuró el francés por pura cortesía.
—Como acabo de
decir a una señorita encantadora, ansío que resplandezca mi inocencia.
—Al jurado no le
gustó su aspecto —observó Japp, sonriendo otra vez—. Fue lo más gracioso que he
oído nunca.
De común acuerdo,
no se habló del caso durante la excelente comida con que el belga obsequió a
sus amigos.
—Después de todo,
es posible comer bien en Inglaterra —comentó Fournier, mientras usaba con toda
delicadeza el mondadientes.
—Una comida
exquisita, monsieur Poirot —reconoció Thibault.
—Un poco a la
francesa, pero condenadamente buena —convino Japp.
—La buena comida
siempre ha de pesar poco en el estómago —señaló Poirot—. No debe ser tan fuerte
que paralice el funcionamiento del cerebro.
—No puedo decir que
me haya molestado nunca el estómago —advirtió Japp—, pero no se lo discutiré.
Prefiero que pasemos a tratar el asunto que nos ha reunido. Y como monsieur
Thibault ha de ausentarse pronto, yo propondría que empezásemos por oír todo lo
que pueda decirnos.
—Estoy a sus
órdenes, caballeros. Desde luego que aquí puedo hablar más libremente que ante
el tribunal. Antes de empezar la encuesta judicial tuve una charla con el
inspector Japp, quien me aconsejó mucha reserva, y por eso procuré contestar en
términos generales.
—Perfectamente
—aceptó Japp—. No hay que gastar las municiones en salvas. Ahora puede decirnos
todo lo que sepa de esa Giselle.
—A decir verdad, sé
muy poco de ella. La conocía, como todo el mundo, por su fama. De su vida
privada sé muy poco. Es probable que monsieur Fournier sepa más que yo. Pero sí
les puedo asegurar que madame Giselle era lo que aquí llamamos todo un
personaje. De sus antecedentes nada se sabe. Creo que en su juventud fue de muy
buen ver y que la viruela acabó con su belleza. Le gustaba mucho, me parece, el
poder; y lo tenía. Era una astuta mujer de negocios, de ese tipo de mujer
francesa que tiene la cabeza muy bien puesta sobre los hombros y no permite que
los sentimientos afecten para nada sus intereses, aunque tenía fama de llevar
sus negocios con escrupulosa honestidad.
Se volvió hacia
Fournier, como esperando su asentimiento, y este asintió melancólicamente.
—Sí. Era honesta a
su manera. Aunque la ley la hubiera llamado al orden si se hubieran presentado
ciertas pruebas, pero eso... —se encogió de hombros con desaliento—... eso es
mucho pedir, corrompida como está la humanidad.
—¿Qué quiere decir?
—Chantaje.
—¿Practicaba el
chantaje? —preguntó Japp extrañado.
—Sí, un chantaje de
un tipo muy especial. Madame Giselle tenía la costumbre de prestar dinero
mediante un simple pagaré. Era muy discreta en cuanto a la suma prestada y a
los métodos de pago, pero puedo asegurarles que tenía su propio y eficaz
sistema para hacerse pagar.
Poirot se echó
hacia delante con interés.
—Como monsieur
Thibault ha dicho, madame Giselle reclutaba su clientela entre la clase elevada
y las profesiones liberales. Esta gente es especialmente vulnerable al peso de
la opinión pública. Madame Giselle tenía montado su propio servicio de
información. Antes de prestar el dinero, si se trataba de una cantidad
importante, solía recoger cuantos datos le era posible sobre su cliente, y sus
medios de información eran extraordinarios. Estoy de acuerdo con lo que ha
dicho nuestro amigo: a su manera, madame Giselle era de una escrupulosa
honestidad. Se portaba bien con los que eran leales con ella. Creo sinceramente
que no se sirvió de los secretos que sabía para obtener dinero de nadie, a no
ser que le debieran dinero.
—Quiere usted decir
—observó Poirot— que el conocimiento de esos secretos era una especie de
garantía.
—Exacto. Y cuando
tenía que servirse de ellos, lo hacía con toda rudeza y sorda a todo
sentimiento. Y debo decirles, señores, que su sistema funcionaba. Rara vez se
vio obligada a renunciar al cobro de una deuda. Un caballero o una dama de
posición elevada removerían cielo y tierra para evitar un escándalo. Como
ustedes ven, conocíamos sus actividades, pero de eso a perseguirla
judicialmente... —Volvió a encogerse de hombros—. Es un asunto muy difícil. La
naturaleza humana... es la naturaleza humana.
—Y en caso de tener
que renunciar al cobro de alguna deuda, ya que, como usted ha insinuado, eso
sucedió alguna vez, ¿qué hacía entonces? —preguntó Poirot.
—En ese caso
—contestó Fournier—, hacía públicos los informes que tenía o se los mandaba a
la persona interesada.
Hubo un momento de
silencio. Luego Poirot preguntó:
—¿Y eso no la
beneficiaba económicamente?
—Económicamente, no
—respondió Fournier—, al menos no directamente.
—¿E indirectamente?
—Sí, porque hacía
que los demás pagasen, ¿no es eso? —intervino Japp.
—Eso mismo
—confirmó Fournier—. Equivalía a lo que podríamos llamar un efecto moral.
—Un efecto inmoral
lo llamaría yo —exclamó Japp. Y añadió, restregándose la nariz pensativamente—:
Bien, esto nos abre un abanico muy amplio de posibles motivos para el crimen.
Ahora convendría saber quién entrará en posesión del dinero. ¿Puede usted ayudarnos
en este aspecto? —preguntó, dirigiéndose a Thibault.
—Tenía una hija
—contestó el abogado—, pero ésta no vivía con su madre. Casi me atrevería a
afirmar que la madre no la veía desde que era muy pequeña. Pero hace muchos
años hizo testamento dejándoselo todo a su hija Anne Morisot, a excepción de un
pequeño legado en favor de su doncella. Por lo que yo sé, nunca ha hecho otro
testamento.
—¿Y es grande su
fortuna? —preguntó Poirot.
El abogado se
encogió de hombros.
—Aproximadamente
unos ocho o nueve millones de francos.
Poirot frunció los
labios, como en un silbido.
—¡Caramba! ¡No lo
parecía! —exclamó Japp—. Veamos cuánto es al cambio, pues debe ascender a más
de cien mil libras.
—¡Toma!
Mademoiselle Anne Morisot será una señorita muy rica —comentó Poirot.
—Por fortuna para
ella, no se hallaba en el avión —añadió Japp secamente—. En otro caso, hubiera
sido sospechosa de haber dado el pasaporte a su madre para heredar el dinero.
¿Qué edad debe tener?
—No lo sé con
seguridad. Imagino que unos veinticuatro o veinticinco años.
—Bien, por ahora no
parece que tenga la menor relación con el crimen. Tendremos que volver sobre
eso de los chantajes. Todos los viajeros niegan haber conocido a madame
Giselle. Por lo menos uno de ellos miente. Es cuestión de saber quién. El
examen de sus documentos privados quizás arroje alguna luz. ¿No le parece,
Fournier?
—Querido amigo
—respondió el francés—, apenas nos llegó la noticia y, tras hablar por teléfono
con Scotland Yard, fui de inmediato a su casa. Allí había una caja de caudales
donde solía guardar sus papeles, pero los habían quemado todos.
—¿Quemados? Pero
¿por qué? ¿Quién?
—Madame Giselle
tenía una doncella de confianza llamada Elise; si le sucedía algo a su señora,
tenía instrucciones de abrir la caja, cuya combinación conocía, y quemar los
papeles que contenía.
—¿Cómo? ¡Pero eso
es asombroso! —exclamó Japp.
—¿Lo ve? —señaló
Fournier—. Madame Giselle tenía su propio código. Era leal con quienes se
portaban lealmente con ella. A sus clientes les prometía juego limpio. Era
despiadada, pero mujer de palabra.
Japp asintió. Los
cuatro permanecieron un rato en silencio, pensando en el carácter de aquella
mujer poco común.
Thibault se
levantó.
—Debo dejarles,
señores, pues ahora tengo una cita. Si necesitan alguna otra información, ya
saben dónde encontrarme.
Y tras estrecharles
la mano ceremoniosamente, abandonó la estancia.
7
PROBABILIDADES
Cuando se quedaron
solos los tres, acercaron más las sillas a la mesa.
—Vamos a ver si
ahora podemos examinar a fondo el caso —empezó el inspector Japp, sacando el
tapón de su estilográfica—. En el avión había once pasajeros, mejor dicho, solo
en el compartimiento de la cola. La otra parte no cuenta. Once pasajeros y dos
camareros, que suman trece personas. Una de las doce mató a la anciana. Unos
eran ingleses y otros franceses. Estos últimos se los confiaré a monsieur
Fournier. De los ingleses me encargaré yo. Hay que hacer investigaciones en
París y eso queda también de su cuenta, Fournier.
—Y no solo en París
—advirtió Fournier—. Durante el verano, Giselle hacía grandes negocios por las
playas de Francia: Deauville, Le Pinet, Wimereux... Y también frecuentaba el
sur: Antibes, Niza y todos esos lugares.
—Bien observado.
Recuerdo que alguno de los viajeros del Prometheus mencionó Le Pinet. Bien, ya
es una pista. Veamos si nos es posible ahora localizar al asesino, si hay
manera de demostrar, por su situación en el compartimiento, quién estaba en
condiciones de utilizar esa cerbatana —Desenrolló un croquis del interior del
avión y lo extendió sobre la mesa—. Procedamos por el método de eliminación.
Para empezar, examinemos uno a uno a los viajeros y decidamos qué
probabilidades y, lo que es todavía más importante, qué posibilidades tenía
cada uno de ellos.
—Para empezar,
podemos eliminar a monsieur Poirot. Esto reducirá el número a once.
Poirot meneó la
cabeza tristemente.
—Es usted muy
confiado, amigo mío. No hay que fiarse de nadie, de nadie.
—Bueno, le
dejaremos también, si usted quiere —convino Japp de buen humor—. Además,
tenemos a los camareros, que me parecen muy poco sospechosos desde el punto de
vista de las probabilidades. No es de suponer que hayan tomado prestadas
grandes cantidades de dinero; ambos tienen una muy buena hoja de servicios,
ambos son personas decentes y sobrias. Me sorprendería mucho que tuvieran algo
que ver con esto. Por otra parte, desde el punto de vista de las posibilidades,
hemos de incluirlos. Cruzaban el avión de una punta a otra, y podían utilizar
la cerbatana. Desde el ángulo adecuado, quiero decir. Pero me niego a creer que
en un avión lleno de gente un camarero pudiera disparar flechas con una
cerbatana sin que nadie lo viese. Por experiencia sé que las personas suelen
ser ciegas como murciélagos, pero no llegarían a tanto. Claro que mi
razonamiento se puede aplicar a todos los demás. Sería una locura, habría que
estar loco de remate para cometer un crimen así. Apenas hay una probabilidad
entre cien de no ser detenido en el acto. Quien hizo esto tuvo una suerte de
mil diablos. De todos los procedimientos demenciales para cometer un
asesinato...
Poirot, que
escuchaba con los ojos entrecerrados y fumaba en silencio, le interrumpió para
formular una pregunta:
—¿Cree usted de
veras que fue un procedimiento demencial?
—Claro que sí. Fue
una locura.
—Pues tuvo éxito.
Aquí estamos los tres sentados hablando del crimen, sin saber aún quién lo
cometió. ¡El éxito es innegable!
—Pura suerte. El
asesino se expuso a que lo vieran muchos ojos.
Poirot meneó la
cabeza disgustado.
Fournier se volvió
a mirarlo con curiosidad.
—¿Qué piensa usted,
monsieur Poirot?
—Mon ami, pienso
que un asunto hay que juzgarlo por sus resultados, y este asunto ha sido
llevado a cabo con pleno éxito.
—Y no obstante
—observó el francés pensativamente—, parece un milagro.
—Milagro o no, aquí
está —afirmó Japp—. Tenemos la declaración médica y tenemos el arma. Si semanas
atrás alguien me hubiera dicho que iba a investigar un asesinato causado por
medio de un dardo envenenado con veneno de serpiente, me hubiera reído ante sus
narices. ¡Es insultante! ¡Este asesinato es un verdadero insulto!
Inspiró
profundamente. Poirot sonrió.
—Tal vez el autor
del crimen sea una persona dotada de un perverso sentido del humor —exclamó
Fournier pensativo—. En estos casos, es muy importante tener una idea de la
psicología del criminal.
Japp bufó al oír la
palabra psicología, que le disgustaba y en la que no creía.
—Eso es lo que le
gusta oír a monsieur Poirot.
—Me interesa mucho
todo lo que ustedes dicen.
—¿Duda usted de que
la matasen de esa manera? —preguntó Japp, que tenía sus sospechas—. Ya
conocemos lo tortuosas que son sus ideas.
—No, no, amigo mío.
No tengo ninguna duda acerca de eso. El dardo envenenado que recogí fue la que
causó la muerte. Eso es seguro. Con todo, hay algunos puntos en este dichoso
caso...
Calló, meneando la
cabeza perplejo.
—Volviendo a
nuestro lío —prosiguió Japp—, no podemos descartar a los camareros en absoluto,
pero me parece improbable que tengan nada que ver. ¿Está usted de acuerdo,
Poirot?
—Recuerde lo que le
he dicho antes. No hay que descartar a nadie, a nadie en absoluto. ¡Ni siquiera
a mí!
—Como usted quiera.
Ahora, veamos a los pasajeros. Empecemos por la zona más cercana a los lavabos.
Asiento número 16 —Señaló el papel con la punta del lápiz—. Aquí se sentaba la
chica de la peluquería, Jane Grey. Ganó la lotería irlandesa y se gastó el premio
en Le Pinet. Sabemos pues que la joven es una jugadora. Pudo encontrarse en un
apuro y pedirle dinero prestado a la vieja. No es probable que pidiera una
cantidad importante, ni que Giselle obtuviese «alguna garantía» contra ella. Me
parece un pez demasiado pequeño para lo que estamos considerando. Y no creo que
una oficiala de peluquería tenga la más remota oportunidad de conseguir veneno
de serpiente. Eso no se usa para teñir el pelo, ni como masaje facial. En
cierto modo, usar veneno de serpiente fue un error, porque reduce el campo de
la investigación. Solo dos personas de cada cien podrían poseer conocimientos
sobre ese veneno y estar en condiciones de conseguirlo.
—Lo que nos aclara
uno de los puntos de este asunto —observó Poirot.
Fournier le dirigió
una mirada interrogadora, pero fue Japp quien prosiguió con la exposición de su
idea.
—En mi opinión, el
asesino pertenece a una de entre dos categorías: puede tratarse de un hombre
que ha viajado por regiones salvajes y ha adquirido conocimientos sobre las
especies de serpiente más venenosas y las costumbres de las tribus indígenas
que utilizan el veneno para matar a sus enemigos. Esta es la categoría número
uno.
—¿Y la otra?
—La científica, la
del investigador. El boomslang es una sustancia con la que experimentan los
grandes laboratorios. He hablado con Winterspoon acerca de esto. Parece que el
veneno de serpiente, el de cobra para ser más preciso, se usa a veces en
medicina. Es eficaz en el tratamiento de la epilepsia. La investigación
científica ha hecho grandes adelantos en la lucha contra las mordeduras de
serpiente.
—Muy interesante y
sugestivo —exclamó Fournier.
—Sí, pero
continuemos. Esa muchacha, la Grey, no encaja en ninguna de esas dos
categorías. Sus motivos son inverosímiles, y las oportunidades para adquirir el
veneno son más que dudosas. Y ofrece más dudas aún la posibilidad de que
utilizase la cerbatana. Es prácticamente imposible. Observen.
Los tres se
inclinaron sobre el plano.
—Aquí tenemos el
asiento 16 —señaló Japp—. Y aquí está el 2, en el que se sentaba Giselle. Entre
las dos había mucha gente. Si la chica no se movió de su sitio, como declaran
todos, no pudo lanzar el dardo de modo que alcanzase a Giselle en ese lado del cuello.
Me parece que podemos eliminarla sin reparos. Vamos con el 12, que queda
enfrente. Ahí tenemos al dentista, a Norman Gale. De él se puede decir casi lo
mismo. Un pez pequeño, aunque con más oportunidades que otros para procurarse
el veneno.
—No encaja con las
inyecciones que ponen los dentistas —bromeó Poirot—. Con eso, en vez de curar,
matarían.
—Los dentistas ya
se divierten bastante con sus pacientes —observó Japp con una sonrisa—. Pero es
cierto que pueden moverse dentro de círculos que podrían proporcionarles
narcóticos. Podría tener un amigo investigador. Pese a que, en cuanto a las
posibilidades, está fuera de duda. Dejó su asiento, sí, pero solo para ir al
servicio, en la dirección opuesta. Al volver a su asiento, no pudo pasar de
este punto del pasillo y, para herir desde aquí a la vieja en la garganta, el
dardo tendría que haber hecho un recorrido imposible en ángulo recto. Parece
que podemos eliminarlo.
—De acuerdo —aceptó
Fournier—. Prosiga.
—Crucemos el
pasillo. El número 17.
—Este era mi
asiento original —recordó Poirot—. Se lo cedí a una de las señoras que deseaba
sentarse junto a su amiga.
—Lady Venetia.
Bien, ¿qué podemos decir de ella? Es un pez gordo. Pudo obtener dinero prestado
de Giselle. No parece que tenga secretos inconfesables, pero pudo ceder a la
tentación de apostar. Tenemos que examinar su caso con un poco de atención. Por
su situación, sería posible. Si Giselle hubiese vuelto la cabeza para mirar por
la ventana, Venetia habría podido dispararle, aunque el dardo habría tenido que
cruzar el pasillo en diagonal. Acertarle en el cuello hubiera sido una hazaña
verdaderamente afortunada. Pero creo que no hubiera podido hacerlo sin
levantarse. Está acostumbrada a las armas de caza y, aunque no es lo mismo que
disparar flechas con cerbatana, todo es cuestión de puntería. Y probablemente
tenga amigos que han ido de caza mayor por las selvas de Asia o de África. ¿No
podría haber conseguido de ese modo esos raros artilugios de los indígenas?
¿Por qué no? ¡Pero qué disparatado parece todo! No tiene sentido.
—Realmente, no
parece muy verosímil —admitió Fournier—. Hoy, en la encuesta, he observado a
mademoiselle Kerr y... ¡vaya! me resulta muy difícil relacionarla con el
crimen.
—Asiento 13
—enunció Japp—. Lady Horbury. Es una dama que se las trae. Sé de ella algo que
les contaré enseguida. No me sorprendería que tuviese algunos pecadillos.
—Me consta —señaló
Fournier— que esa señora ha perdido importantes sumas al bacarrá en Le Pinet.
—Hace usted bien en
decirlo. Sí, es del tipo de las palomitas que caerían en las garras de Giselle.
—Absolutamente de
acuerdo.
—Bien, hasta aquí
la cosa marcharía. Pero ¿cómo podría haberlo hecho? Ni siquiera se levantó del
asiento y, para poder disparar, hubiese tenido que arrodillarse sobre él y
apoyarse en el respaldo, todo eso ante diez personas que la observarían.
¡Diablos! ¡Dejémonos de insensateces!
—Asientos 9 y 10
—marcó Fournier, moviendo el índice sobre el papel.
—Monsieur Hércules
Poirot y el doctor Bryant —dijo Japp—. ¿Qué tiene que alegar, monsieur Poirot?
—Mon estomac
—pronunció el otro patéticamente—. Es indigno que el cerebro haya de ser
esclavo del estómago.
—En los vuelos yo
también me siento mal —observó Fournier comprensivo, cerrando los ojos y
meneando la cabeza de modo muy expresivo.
—Pasemos pues al
doctor Bryant. ¿Qué hay del doctor Bryant? Es un pez gordo de Harley Street. No
es muy probable que haya recurrido a una prestamista francesa, pero ¿quién
sabe? Y si alguien se cruza en el camino de un médico se expone a pagar con la
vida. Pero veamos mi teoría científica: un hombre como Bryant, en la cumbre, se
relaciona con investigadores. Podría apoderarse fácilmente de un tubo de ensayo
con veneno de víbora.
—Estas sustancias
se controlan —observó Poirot—. No es fácil, no es como coser y cantar.
—Aunque así sea, un
hombre inteligente siempre halla la manera de dar el cambiazo. Un tipo como el
doctor Bryant estaría por encima de toda sospecha.
—Hay bastante
fundamento en lo que usted dice —convino Fournier.
—Lo más
sorprendente es que él mismo llamase la atención sobre esto, pues habría podido
declarar que la mujer murió de una afección cardíaca, de muerte natural.
Poirot tosió. Los
otros dos lo miraron con curiosidad.
—Me parece que esta
fue la primera impresión que tuvo el doctor. Y después de todo, todo parecía
indicar una muerte natural, posiblemente imputable a la picadura de una avispa.
Recuerden que había una avispa.
—No es fácil
olvidarla —apuntó Japp—. Siempre sale usted con la dichosa avispa.
—Sin embargo
—continuó Poirot—, fui yo quien vio el dardo mortal en el suelo y quien lo
recogió. Después de eso, todo indicaba un asesinato.
—Ese dardo se
hubiera encontrado de todos modos.
Poirot meneó la
cabeza.
—Lo más probable es
que el asesino lo hubiese recogido sin que nadie lo observase.
—¿Quién, Bryant?
—Bryant o el que
sea.
—¡Hum! Muy
arriesgado.
Fournier no estuvo
de acuerdo.
—Lo dice ahora
porque sabe que se trata de un asesinato. Pero si una mujer muere de un colapso
cardíaco, y un hombre deja caer su pañuelo y se agacha a recogerlo, ¿quién se
fijará en este hecho o lo recordará después?
—Es cierto —convino
Japp—. Bueno, pues pongamos a Bryant en la lista de los sospechosos. Pudo
disparar la cerbatana desde su asiento, echando el cuello a un lado y enviando
el dardo diagonalmente por el compartimiento. Pero ¿cómo es que no lo vio
nadie? Yo no seguiría con esto, porque sabemos que nadie vio cómo se cometió el
crimen.
—Para eso debe
haber alguna razón —comentó Fournier—. Una razón que, por lo que me han dicho,
gustará a monsieur Poirot. Me refiero a una razón psicológica.
—Siga usted, amigo
mío —rogó Poirot—, es muy interesante eso que dice.
—Supongamos que,
durante un viaje en tren, pasáramos ante una casa incendiada. Todos los ojos se
volverían hacia la ventanilla para verla, todos los pasajeros centrarían su
atención en un punto determinado. En un momento así, uno puede matar a
cualquiera de una puñalada sin que nadie lo vea.
—Cierto —asintió
Poirot—. Intervine en un caso de envenenamiento que ocurrió en circunstancias
parecidas. Se trata del momento psicológico. Si descubriésemos que se dio ese
momento en el Prometheus...
—Hay que
averiguarlo interrogando a los camareros y a los viajeros —sugirió Japp.
—Cierto. Aunque si
en realidad se dio ese momento psicológico, habrá que sacar la conclusión de
que lo provocó el propio asesino. Este debió de arreglárselas para producir un
efecto especial que motivase ese momento.
—Perfectamente,
perfectamente —convino el francés.
—Bueno, tendremos
eso en cuenta como punto de partida para nuestras indagaciones —concluyó Japp—.
Pasemos al asiento número 8: Daniel Michael Clancy.
Japp pronunció este
nombre con cierto retintín.
—En mi opinión, es
el más sospechoso de todos. ¿Qué más fácil para un escritor de crímenes
misteriosos que fingir un interés especial en materia de venenos de serpientes
y convencer a un farmacéutico de buena fe para que le dé un poco de veneno? No
olvidemos que fue el único que pasó por detrás de madame Giselle.
—Le aseguro, amigo
mío —afirmó Poirot enfáticamente—, que no lo he olvidado.
—Pudo utilizar la
cerbatana desde muy cerca —prosiguió Japp—, sin necesidad de esperar un momento
psicológico, como usted lo llama. Además, ha tenido la mejor oportunidad de
conseguirla. Recuerden que está muy bien enterado de lo concerniente a estos
instrumentos, según confesó él mismo.
—Eso es lo que
quizá debería hacernos reflexionar.
—Es una astucia
—afirmó Japp—. ¿Quién nos asegura que la cerbatana que nos mostró hoy es la
misma que adquirió hace dos años? Todo esto da que pensar. A un hombre que está
siempre urdiendo tramas policíacas y que tiene acceso a los casos más raros,
podría metérsele alguna idea rara en la cabeza.
—Realmente es
necesario que un escritor tenga ideas en la cabeza —convino Poirot.
Japp continuó
examinando el croquis del avión.
—El número 4
corresponde a Ryder. Su asiento se hallaba delante de la víctima. No creo que
sea el autor, pero no podemos descartarlo. Fue al lavabo y, al volver, pudo
disparar de muy cerca, con el inconveniente de que tendría que hacerlo ante las
narices de los arqueólogos. Y estos hubieran tenido que verlo.
Poirot meneó la
cabeza pensativo.
—¿Conoce usted a
algún arqueólogo? Pues bien, amigo mío, si ambos se hallaban enfrascados en una
discusión, nadie estaría más ciego que ellos. A lo mejor estaban viviendo en el
siglo V antes de Jesucristo. Y el año 1.935 no existiría para ellos.
La expresión de
Japp era escéptica.
—Bueno, examinemos
su caso. ¿Qué puede decirnos usted de los Dupont, Fournier?
—Monsieur Armand
Dupont es uno de los más famosos arqueólogos de Francia.
—Eso no nos lleva a
ninguna parte. Su situación en el compartimiento es inmejorable desde mi punto
de vista, al otro lado del pasillo y algo delante de Giselle. Supongo que
habrán recorrido el mundo coleccionando los más raros objetos y pueden haberse
procurado un poco de veneno de serpiente.
—Es posible, sí
—aceptó Fournier.
—¿Pero no lo cree
probable?
Fournier manifestó
su duda con un gesto.
—Monsieur Dupont
vive para su profesión. Es un entusiasta. En sus tiempos fue tratante de
antigüedades. Y para poder dedicarse a las excavaciones abandonó un magnífico
negocio. Tanto él como su hijo se consagran en cuerpo y alma a su profesión. Me
parece muy poco probable, pero no digo imposible, porque después de ver las
ramificaciones del asunto Stavisky ya no me sorprendería ni que ellos también
estuviesen complicados en esto.
—Muy bien —asintió
Japp.
Cogió la hoja de
papel que había llenado de notas y se aclaró la garganta.
—Veamos dónde nos
hallamos. Jane Grey: probabilidad, poca; posibilidad, prácticamente nula. Gale:
probabilidad, poca; posibilidad, prácticamente nula. La señorita Kerr: muy
improbable; posibilidad, dudosa. Lady Horbury: probabilidad, buena;
posibilidad, prácticamente nula. Monsieur Poirot: casi con certeza el criminal;
el único capaz de crear el momento psicológico adecuado.
Japp profirió una
risotada ante su propia gracia, que Poirot acogió benévolo y Fournier sonriendo
con timidez. Luego, el inspector prosiguió:
—Bryant:
probabilidad y posibilidad, ambas buenas. Clancy: motivo dudoso; probabilidad y
posibilidad, muy buenas sin duda. Ryder: probabilidad, incierta; posibilidad,
muy buena. Los dos Dupont: probabilidad, poca en cuanto al motivo; buena, en
cuanto a la obtención del veneno, posibilidad, buena. Me parece que es un buen
resumen esquemático de todo lo que hemos podido deducir. Habrá que efectuar
mucha investigaciones rutinarias. Yo empezaría por Clancy y Bryant, indagando
su pasado, si se han hallado en algún apuro de algún tiempo acá, si se les ha
visto preocupados; dónde han estado durante el último año y todo eso. Haré lo
mismo con Ryder, sin descuidar a los demás. Encargaré a Wilson que los vigile
estrechamente. Monsieur Fournier se encargará de los Dupont.
El inspector de la
Sûreté asintió.
—Dé por hecho que
se atenderá su solicitud. Esta noche vuelvo a París. Quizá podamos sonsacar
algo a Elise, la criada de Giselle, ahora que conocemos mejor el asunto. Me
enteraré de todas las idas y venidas de Giselle, pues es muy conveniente que
sepamos dónde ha estado este verano. Se la vio en Le Pinet, según creo, una o
dos veces. Podemos averiguar si tuvo contactos con algún inglés. ¡Oh! Pues no
hay poco que hacer.
Los dos miraron a
Poirot, que hilaba sus reflexiones.
—¿Va usted a
echarnos una mano en eso, monsieur Poirot? —le preguntó Japp.
—Sí, me gustaría
acompañar a monsieur Fournier a París.
—Enchanté —contestó
el francés.
—¿En qué piensa
usted? —preguntó Japp, observando a Poirot con curiosidad—. Veo que está muy
silencioso. ¿No tendrá usted alguna teoría?
—Una o dos, pero la
cosa está muy difícil.
—¿Podemos
conocerlas?
—Una de las cosas
que más me preocupa es el lugar en que se encontró la cerbatana —respondió
lentamente.
—Claro, como que
por esa circunstancia estuvo a punto de ir usted a la cárcel.
—No, no es eso. No
me preocupa que la escondiesen precisamente en el asiento que yo ocupaba, sino
que la escondiesen en cualquier asiento.
—No veo nada
extraordinario en eso —observó Japp—. En alguna parte debía esconderla el
asesino para no arriesgarse a que se la encontrasen encima.
—Évidemment. Pero
se habrá fijado usted, amigo mío, en que, pese al hecho de que las ventanillas
del avión no pueden abrirse, hay en ellas un círculo de agujeros de ventilación
y un disco de cristal que permite abrirlos y cerrarlos a voluntad, y por esos
agujeros pasaría fácilmente la cerbatana. ¿Hay algo más sencillo que
desprenderse del arma arrojándola por allí? Sería poco probable que fuese
encontrada luego.
—Le contestaré a
eso: el asesino debió de temer que le descubriesen al hacerlo. Si hubiera
arrojado la cerbatana por los huecos de la ventilación, podría haberle visto
alguien.
—Ya veo —aceptó
Poirot—. ¡No temió que le descubriesen al llevarse ese chisme a los labios y
lanzar el dardo envenenado, pero sí que le vieran arrojando un tubo por la
ventanilla!
—Admito que parece
ridículo —convino Japp—, pero el caso es innegable. Escondió la cerbatana en un
asiento. No podemos soslayar eso.
Poirot no replicó y
Fournier preguntó curioso:
—¿Le sugiere eso
alguna idea?
Poirot asintió.
—Me sugiere una
especulación.
Sus dedos,
ausentes, estrechaban el tintero no usado, que la impaciente mano de Japp había
ladeado ligeramente. Luego, levantando la cabeza, preguntó:
—Á propos, ¿tiene
usted esa relación minuciosa de los objetos que llevaba cada pasajero y que le
pedí con tanto interés?
8
LA LISTA
—Soy hombre de
palabra —confirmó Japp.
Sonriendo, extrajo
de su bolsillo un fajo de hojas de papel escritas a máquina.
—Aquí tiene usted.
Lo tiene ahí todo apuntado minuciosamente. Y admito que hay algo muy curioso en
todo esto. Ya hablaremos cuando haya usted leído esa lista.
Poirot esparció las
hojas sobre la mesa y empezó a leerlas. Fournier se levantó para ojear por
encima del hombro del belga.
James Ryder
Bolsillos: pañuelo
de hilo marcado con una «J». Billetera de piel de cerdo, siete billetes de una
libra esterlina, tres tarjetas de visita. Carta de su socio, George Ebermann,
en que confía en que «el préstamo se haya negociado con éxito. De otro modo estamos
en la ruina». Carta firmada por Maudie citándole en el Trocadero para la noche
siguiente (papel barato y mala letra). Pitillera de plata. Librillo de
cerillas. Estilográfica. Manojo de llaves. Moneda fraccionaria francesa e
inglesa.
Maletín: un fajo de
papeles referentes a negocios de cementos. Un ejemplar de Bootless Cup
(prohibido aquí). Un botiquín de urgencia.
Doctor Bryant
Bolsillos: dos
pañuelos de hilo. Billetera con 20 libras y 500 francos. Moneda fraccionaria
francesa y inglesa. Agenda. Pitillera. Encendedor. Estilográfica. Manojo de
llaves.
Flauta en estuche.
En mano: Memorias
de Benvenuto Cellini y Las enfermedades del oído.
Norman Gale
Bolsillos: pañuelo
de seda. Monedero con una libra y 600 francos. Moneda fraccionaria. Tarjetas de
visita de dos industriales franceses fabricantes de instrumentos para
dentistas. Caja de cerillas Bryan & May vacía. Encendedor de plata. Pipa de
escaramujo. Tabaquera de plástico. Llave.
Maletín: chaqueta
de hilo blanco. Dos espejitos de dentista. Rollos de algodón. La Vie
Parisienne. The Strand Magazine. The Autocar.
Armand Dupont
Bolsillos:
billetera con 1.000 francos y 10 libras esterlinas. Gafas con estuche. Moneda
fraccionaria francesa. Pañuelo de algodón. Paquete de cigarrillos. Librillo de
cerillas. Tarjetas de visita en una cajita. Mondadientes.
Maletín: manuscrito
del informe dirigido a la Royal Asiatic Society. Dos publicaciones alemanas de
arqueología. Dos hojas de papel con toscos dibujos de cerámica. Tubos largos
ornamentales (calificados de pipas kurdas). Cestita de paja. Nueve fotografías,
todas de piezas de cerámica.
Jean Dupont
Bolsillos:
billetera con 5 libras esterlinas y 300 francos. Pitillera. Boquilla (marfil).
Encendedor. Estilográfica. Dos lápices. Libreta llena de notas. Carta en inglés
de L. Marriner invitándole a comer en un restaurante, junto a Tottenham Court
Road. Moneda fraccionaria francesa.
Daniel Clancy
Bolsillos: pañuelo
(manchado de tinta). Estilográfica (rota). Billetera con 4 libras y 100
francos. Tres recortes de periódico con relatos de delitos recientes (un
envenenamiento con arsénico y dos desfalcos). Dos cartas de corredores de
fincas con pormenores sobre casas de campo. Agenda. Cuatro lápices.
Cortaplumas. Tres recibos y cuatro facturas no pagadas. Carta de Gordon con
membrete del barco S.S. Minotaur. Crucigrama a medio descifrar recortado del
Times.
Cuaderno con notas
de intrigas. Moneda fraccionaria italiana, francesa, suiza e inglesa. Cuenta
del hotel de Nápoles, pagada. Manojo de llaves.
Bolsillo del
abrigo: notas manuscritas de Asesinato en el Vesubio. Guía de ferrocarriles
continentales. Pelota de golf. Un par de calcetines. Cepillo de dientes. Cuenta
de hotel de París, pagada.
Señorita Kerr
Bolso de mano:
lápiz de labios. Dos boquillas, una de marfil y otra de jade. Polvera.
Pitillera. Librillo de cerillas. Pañuelo. Dos libras esterlinas. Moneda
fraccionaria. Una carta de crédito. Llaves.
Maletín:
botellitas, cepillos, peines, etc. Bártulos de manicura. Neceser con cepillo
para los dientes, esponja, polvos dentífricos, jabón. Dos tijeras. Cinco cartas
de la familia y de amigos de Inglaterra. Dos novelas. Fotografías de dos perros
de aguas.
En mano: Revistas
Vogue y Good Housekeeping.
Señorita Grey
Bolso de mano:
lápiz de labios, polvera. Llave y llavero. Lápiz. Pitillera. Boquilla. Librillo
de cerillas. Dos pañuelos. Cuenta del hotel de Le Pinet, pagada. Calderilla
francesa e inglesa caducada. Libro de frases francesas. Billetera: 100 francos
y 10 céntimos. Una ficha del casino por valor de 5 francos.
En el bolsillo de
la gabardina: seis postales de París, dos pañuelos y una bufanda de seda. Una
carta firmada «Gladys». Un tubo de aspirinas.
Lady Horbury
Bolso de mano: dos
lápices de labios, polvera. Pañuelo. Tres billetes de 1.000 francos. Seis
libras esterlinas. Moneda fraccionaria francesa. Un anillo con un solitario.
Cinco postales francesas. Dos boquillas. Un encendedor con su estuche.
Maletín: equipo
completo de cosméticos y de manicura (en oro). Botellita etiquetada en tinta,
con perborato bórico en polvo.
Cuando Poirot dio
por terminada la lectura, Japp señaló con el dedo el último párrafo.
—El agente que
dictó la relación demostró ser muy listo. Le pareció que aquello no armonizaba
con los demás objetos. ¡Perborato bórico, válgame Dios! ¡El polvo blanco de la
botellita era cocaína!
Poirot entreabrió
los ojos y asintió lentamente.
—Quizá eso no tenga
mucha importancia para este caso —señaló Japp—. Pero no me negarán ustedes que
una cocainómana no es precisamente un modelo de virtud. Me parece a mí que esa
dama no repararía en nada para satisfacer sus deseos. Con todo, dudo de que tuviera
el valor necesario para llevar a cabo un acto como el que comentamos y,
francamente, no veo cómo hubiera podido realizarlo. Eso parece un rompecabezas.
Poirot reunió las
hojas dispersas y las leyó de nuevo. Luego las dejó con un suspiro.
—A la vista de esta
relación, se señala claramente el autor del crimen. Y no obstante, no veo el
por qué ni el cómo.
Japp se le quedó
mirando.
—¿Pretende decirnos
que con solo leer esta lista se ha formado ya una idea de quién cometió el
crimen?
—Eso creo.
Japp le arrebató
las cuartillas para leerlas de cabo a rabo, pasándoselas a Fournier en cuanto
las hubo leído. Luego las dejó sobre la mesa para observar a Poirot.
—¿Pretende usted
burlarse de mí, monsieur Poirot?
—No, no. Quelle
idee!
—¿Qué le parece eso
a usted, Fournier?
El francés se
encogió de hombros.
—Tal vez parezca
tonto, pero no veo que esa lista nos permita adelantar.
—Por sí sola, no
—reconoció Poirot—. Pero ¿y si la relacionamos con ciertas circunstancias del
caso? En fin, tal vez me halle en un error, un gran error.
—Bueno, exponga su
idea —pidió Japp—. Tengo mucho interés en oírla.
Poirot meneó la
cabeza.
—No. Como usted
dice, no es más que una idea, una simple idea. Esperaba encontrar una cosa
determinada en esa lista. Eh bien, la he encontrado. Ahí está, pero parece
señalar en la dirección errónea. La pista correcta, pero en la persona
equivocada. Esto quiere decir que tenemos mucho trabajo por delante, y la
verdad es que lo veo todo muy oscuro. No veo bien mi camino. Solo ciertos
hechos permanecen en pie y armonizan entre sí. ¿No les parece a ustedes? No, ya
veo que no son de mi opinión. Vamos, pues, y sigamos cada cual con nuestras
respectivas ideas. No es que yo esté seguro de la mía, pero tengo mis
sospechas.
—Creo que está
usted hablando para sí mismo —comentó Japp levantándose—. En fin, otro día
será. Yo trabajaré en Londres. Usted, Fournier, vuelva a París. Y usted,
monsieur Poirot, ¿qué piensa hacer?
—Yo aún deseo
acompañar a monsieur Fournier a París, ahora más que nunca, precisamente.
—¿Más que nunca? Me
gustaría saber qué antojo se le ha metido en la cabeza.
—¿Antojo? Ce n'est
pas joli, ça!
Fournier le
estrechó la mano ceremoniosamente.
—Buenas noches y
muy agradecido por su deliciosa hospitalidad. ¿Nos veremos mañana por la mañana
en Croydon pues?
—Eso es. Á demain.
—Y espero que no
nos maten en route.
Los dos inspectores
salieron juntos.
Poirot permaneció
un rato inmóvil como si soñara. Luego se levantó, arregló todo lo que estaba en
desorden, vació los ceniceros, colocó las sillas en su lugar y, acercándose a
una mesa arrinconada, cogió un ejemplar de la revista Sketch, cuyas hojas pasó
hasta encontrar lo que buscaba.
«Dos adoradores del
sol». Este era el título. «La condesa de Horbury y el señor Raymond Barraclough
en Le Pinet». Contempló aquellas dos sonrientes figuras en traje de baño,
cogidas del brazo, y pensó:
«Me pregunto si
podría conseguir algo con esas líneas. Quizá sí.»
9
ELISE GRANDIER
Al día siguiente el
tiempo fue tan bueno, que Poirot se vio obligado a confesarse que su estómago
gozaba de una excelente tranquilidad. Volaban a París en el vuelo de las ocho
cuarenta y cinco.
En el
compartimiento iban siete u ocho personas, además de Poirot y Fournier, y el
francés aprovechó el viaje para hacer algunos experimentos. Sacó de su bolsillo
un pedazo de bambú y tres veces se lo llevó a los labios apuntando en
determinada dirección. Una de las veces lo hizo revolviéndose en su asiento;
otra, volviendo el rostro ligeramente a un lado y, otra, al salir del lavabo. Y
en todas las ocasiones se topó con la mirada de asombro de algún que otro
viajero. La última vez, todos los ojos parecían estar fijos en él.
Fournier se dejó
caer en su asiento, desalentado, y la burlona mueca de Poirot no contribuyó a
animarlo.
—Puede usted
reírse, amigo mío, pero convendrá que teníamos que realizar el experimento.
—Evidemment! Admiro
su impasibilidad. No hay nada como una demostración ocular. Ha representado
usted el papel del asesino con la cerbatana y el resultado está bien claro.
¡Todos le han visto!
—No todos.
—En cierto modo,
no. Cada vez ha dejado de verle alguien, pero eso no basta para que un
asesinato sea un éxito. Uno tiene que estar muy seguro de que nadie le vea.
—Y eso es imposible
en circunstancias normales —convino Fournier—. Me aferró a la idea de que debió
producirse el momento psicológico cuando la atención de todos estaba fija en
alguna otra parte.
—Nuestro amigo, el
inspector Japp, va a practicar minuciosas indagaciones respecto a ese
particular.
—¿No es usted de mi
opinión, monsieur Poirot?
Poirot vaciló antes
de contestar con calma:
—Convengo en que
hubo... en que debió haber una razón psicológica para que nadie viera al
asesino. Pero mis conjeturas corren por cauces distintos de los suyos. En este
caso, los hechos meramente oculares pueden engañarnos. Cierre los ojos, amigo
mío, en vez de abrirlos tanto. Utilice los ojos de la mente y no los del
cuerpo. Son las pequeñas células grises las que han de funcionar. Déjeles hacer
su trabajo para que puedan mostrarle lo que pasó de verdad.
Fournier lo miró
con curiosidad.
—No le sigo,
monsieur Poirot.
—Porque deduce
usted de lo que ha visto. Nada desorienta tanto como la observación directa.
Fournier meneó la
cabeza y agitó las manos.
—Dejémoslo. No
acabo de comprenderlo.
—Nuestro amigo
Giraud le aconsejaría que no hiciese caso de mis fantasías. «Usted, muévase»,
le diría. «Sentarse en una butaca a pensar es cosa de hombres anticuados y
escépticos.» Pero yo le digo que un joven sabueso se arroja con tal ímpetu
sobre lo que huele, que a veces pasa de largo. Deje para él que siga las pistas
falsas. Vamos, es un buen consejo el que le estoy dando.
Recostándose en su
asiento, Poirot cerró los ojos, y cualquiera hubiese dicho que estaba pensando,
pero lo cierto es que cinco minutos más tarde dormía como un tronco.
Al llegar a París,
se dirigieron sin pérdida de tiempo al número 3 de la rue Joliette.
La rue Joliette
está en el lado sur del Sena. En nada se diferenciaba el número 3 de las demás
casas. Un portero viejo salió a recibirles y saludó a Fournier de mal talante.
—¡Ya volvemos a
tener aquí a la policía! No hacen más que molestar. Acabarán por dar mala fama
a la casa.
Se metió en la
portería refunfuñando.
—Subamos al
despacho de Giselle —propuso Fournier—. Está en el primer piso.
Sacó una llave de
su bolsillo mientras contaba que la policía tuvo la precaución de sellar la
puerta en tanto no se conociesen los resultados de la encuesta judicial de
Londres.
—Aunque no creo que
encontremos nada que pueda ayudarnos.
Arrancó los sellos,
abrió la puerta y entraron en la estancia. El despacho de madame Giselle era
una habitación reducida y mal ventilada. En un rincón había una caja de
caudales vieja. El mobiliario se reducía a una mesa de escritorio y algunas
sillas de raída tapicería. La única ventana estaba tan llena de polvo que
probablemente nunca había sido abierta.
Fournier paseó su
mirada en derredor, encogiéndose de hombros.
—¿Ve usted? Nada.
Absolutamente nada.
Poirot fue a
situarse detrás de la mesa, se sentó en la silla y observó a Fournier. Pasó la
mano suavemente por la superficie de la mesa y luego por debajo.
—Aquí hay un
timbre.
—Sí, para llamar al
portero.
—¡Ah! Una sabia
precaución. Los clientes de madame debían ser conflictivos en ciertas
ocasiones.
Abrió varios
cajones. Contenían únicamente material de oficina: un calendario, plumas,
lápices, pero ni un papel ni nada que fuese muy personal.
Poirot se limitó a
examinar su interior con curiosidad.
—No quiero
ofenderlo, amigo mío, haciendo un registro minucioso. Si hubiera algo de
importancia, estoy seguro de que lo hubiese encontrado usted. —Miró la caja de
caudales y añadió—: No parece un modelo muy eficaz.
—Es muy antigua
—convino Fournier.
—¿Estaba vacía?
—Sí. Esa maldita
criada lo destruyó todo.
—¡Ah, sí, la
criada! La criada de confianza. Habrá que verla. Esta habitación, como me ha
advertido usted, no nos dice mucho. Eso es muy significativo, ¿no le parece?
—¿Qué quiere decir
con eso, monsieur Poirot?
—Que no se ve en
este despacho ningún toque personal. Me parece interesante.
—Era una señora muy
poco sentimental —contestó Fournier secamente.
Poirot se levantó.
—Vamos a ver a esa
criada, a esa criada tan digna de confianza.
Elise Grandier era
una mujer bajita y fornida, de mediana edad, rostro sonrosado y ojos pequeños
que saltaban del rostro de Fournier al de su acompañante.
—Siéntese,
mademoiselle Grandier —ofreció Fournier.
—Gracias, monsieur.
Se sentó muy
recatada.
—Monsieur Poirot y
yo acabamos de llegar de Londres. Ayer se celebró la encuesta judicial, es
decir, se inició el sumario relativo a la muerte de su señora. Ya no existe la
menor duda. La señora murió envenenada.
La francesa se
mostró boquiabierta.
—Es horrible lo que
me dice, monsieur. ¿Mi señora envenenada? ¡Quién hubiera podido imaginar tal
cosa!
—Usted puede
ayudarnos a poner las cosas en claro, mademoiselle.
—Desde luego,
monsieur, que haré cuanto esté en mi mano para ayudar a la policía. Pero no sé
nada, absolutamente nada.
—¿Sabía que madame
tenía enemigos? —preguntó Fournier secamente.
—Eso no es cierto.
¿Por qué debería tener enemigos madame?
—¡Vamos, vamos,
mademoiselle Grandier! El negocio de prestamista conlleva ciertos aspectos
desagradables.
—Cierto que a veces
los clientes de madame no eran muy razonables —convino Elise.
—Escandalizaban,
¿verdad? ¿La amenazaban?
La criada meneó la
cabeza.
—No, no, está usted
en un error. No eran ellos los que amenazaban. Lloraban, se quejaban,
protestaban que no podían pagar, eso sí que lo hacían —admitió con desprecio.
—Y algunas veces,
mademoiselle —advirtió Poirot—, tal vez no pudieran pagar de verdad.
Elise Grandier se
encogió de hombros.
—Tal vez. ¡Allá
ellos! Pero al final pagaban.
En sus palabras
había un tono de satisfacción.
—Madame Giselle era
una mujer muy dura —señaló Fournier.
—Madame tenía sus
razones.
—¿No siente usted
lástima de las víctimas?
—Víctimas, víctimas
—respondió Elise con impaciencia—. Ustedes no comprenden. ¿Qué necesidad hay de
contraer deudas, de vivir por encima de los ingresos de cada uno, de pedir
dinero prestado y luego quedarse con él como si se tratara de un obsequio? Eso no
está bien. Mi señora era siempre buena y justa. Prestaba y esperaba que le
pagasen. Eso no está mal. Ella nunca contraía deudas. Pagaba religiosamente lo
que debía. Nunca dejó de pagar una factura. Cuando dice usted que era dura, se
equivoca. Mi señora era buena. Nunca se fueron las hermanitas de los pobres sin
una limosna. Daba dinero a las instituciones de caridad. Cuando la mujer de
Georges, el portero, se puso enferma, mi señora le pagó la estancia en una
clínica del campo.
Se detuvo,
encendida de cólera. Y repitió:
—Ustedes no
comprenden. No comprenden a madame.
Fournier esperó un
momento a que se fuera calmando.
—Ha comentado usted
que los clientes de madame acababan pagando. ¿Sabe de qué medios se valía su
señora para obligarlos a hacerlo?
Ella se encogió de
hombros.
—Yo no sé nada,
monsieur, absolutamente nada.
—Algo tenía que
saber para quemar todos los papeles de madame.
—No hice más que
obedecer las órdenes que me había dado. Siempre me decía que, si le ocurriese
algún accidente o se ponía enferma y moría lejos de casa, yo debía destruir
todos los papeles de sus negocios.
—¿Los papeles que
guardaba en la caja de caudales? —preguntó Poirot.
—Eso mismo, los
papeles de negocios.
—¿Y los guardaba en
la caja?
Aquella insistencia
hizo que se agolpase la sangre en las mejillas de Elise.
—Yo obedecí las
instrucciones de madame.
—Ya lo sé —admitió
Poirot sonriendo—. Pero los papeles no estaban en la caja. ¿No es cierto lo que
digo? La caja es demasiado vieja y cualquiera hubiese podido abrirla. Los
papeles estaban guardados en otra parte. ¿Tal vez en el dormitorio de madame?
Ella reflexionó un
momento antes de contestar.
—Sí, es cierto.
Madame siempre intentaba hacer creer a sus clientes que guardaba los papeles en
la caja de caudales, pero en realidad el arca estaba vacía. Todo lo guardaba en
su dormitorio.
—¿Quiere enseñarnos
dónde está?
Elise se levantó y
los dos hombres la siguieron. El dormitorio era una sala espaciosa, aunque tan
llena de muebles que apenas podía uno moverse libremente. En un rincón había un
cofre muy antiguo, cuya tapa levantó Elise para sacar un vestido de alpaca pasado
de moda y unas enaguas de seda. En el interior del vestido había un bolsillo.
—Aquí estaban los
papeles, monsieur. Los guardaba en un sobre cerrado.
—No me habló usted
de eso cuando le pregunté hace tres días —observó Fournier con acritud.
—Perdone usted,
monsieur. Usted me preguntó dónde estaban los papeles que se guardaban en la
caja. Le contesté que los había quemado. Y es cierto. Parecía que no tenía
importancia el lugar donde se guardaban los papeles.
—Cierto —admitió
Fournier—. Comprenderá usted, mademoiselle, que esos papeles no debían haberse
quemado.
—Obedecí las
órdenes de madame —replicó Elise obstinadamente.
—Ya sé que obró
usted con buena intención —reconoció Fournier, suavizando el tono—. Ahora ponga
atención a lo que le digo, mademoiselle: su señora fue asesinada. Es posible
que fuese asesinada por personas de quienes poseyera algún secreto que pudiera
perjudicarlas. Ese secreto estaba en los papeles que usted quemó. Voy a
preguntarle una cosa, pero no quiero que conteste sin reflexionar. Es posible,
a mi modo de ver es probable y comprensible, que usted examinase esos papeles
antes de arrojarlos a las llamas. En este caso, nadie la culpará por ello. Y en
cambio, su información puede ser de gran provecho para la policía y para
descubrir al autor del crimen. Por tanto, mademoiselle, no tema contestar con
toda sinceridad. ¿Leyó usted los papeles antes de quemarlos?
—No, monsieur. No
leí nada en absoluto. Quemé el sobre sin abrirlo.
10
LA LIBRETA NEGRA
Fournier fijó la
mirada por unos instantes en ella y, convencido de que había dicho la verdad,
se volvió con una expresión de desaliento.
—Es una lástima.
Obró usted honradamente, mademoiselle, pero es una lástima.
—No pude evitarlo,
monsieur. Lo siento.
Fournier se sentó y
sacó una libreta de su bolsillo.
—Cuando la
interrogué la última vez, mademoiselle, me dijo usted que no sabía los nombres
de los clientes de su señora. Y ahora habla de ellos diciendo que se quejaban y
pedían misericordia. Así pues, algo sabía usted de los clientes de madame
Giselle.
—Déjeme explicar,
monsieur. Mi señora jamás nombraba a nadie. Nunca hablaba de sus asuntos. Pero,
de todos modos, era humana. Siempre se le escapaba algún comentario. Me hablaba
a veces como si pensara en voz alta.
Poirot se inclinó
hacia delante.
—¿No podría usted
darnos algún ejemplo, mademoiselle?
—Déjeme pensar.
¡Ah, sí! Llegaba, por ejemplo, una carta. La abría. Se echaba a reír con una
risa breve, seca. Y decía: «Puedes llorar y lamentarte, señora mía. Pero de
cualquier modo me pagarás». O bien: «¡Qué estúpidos! ¡Mira que creer que les
iba a dejar sumas importantes sin asegurarme antes! Saber es la garantía,
Elise. El conocimiento es el poder». Decía cosas por el estilo.
—¿Veía usted a los
clientes que venían a visitarla?
—No, monsieur. Al
menos, raras veces. Subían al primer piso y casi siempre venían por la noche.
—¿Había estado su
señora en París antes de salir de viaje para Inglaterra?
—Regresó a París la
tarde anterior.
—¿Dónde había
estado?
—Había pasado
quince días en Deauville, Le Pinet, París-Plage y Wimereux; era su acostumbrada
ruta de septiembre.
—Y ahora piénselo
bien, mademoiselle: ¿no dijo nada ella, absolutamente nada que pueda arrojar
alguna luz sobre el caso?
—No, monsieur. No
recuerdo nada. Madame estaba alegre. Dijo que los negocios marchaban bien. Su
viaje había sido provechoso. Luego me hizo telefonear a Universal Airlines y
encargar un pasaje para Inglaterra, para el día siguiente. El primer vuelo de
la mañana estaba completo, pero encontró un asiento para el vuelo de las doce.
—¿Dijo a qué iba a
Inglaterra? ¿Tenía allí algún asunto urgente?
—¡Oh, no, monsieur!
La señora iba a Inglaterra con frecuencia. Solía avisarme la víspera.
—¿Vino a visitar a
madame algún cliente aquella noche?
—Creo que vino
alguien, monsieur, pero no estoy segura. Tal vez Georges lo sepa. Madame no me
dijo nada.
Fournier sacó del
bolsillo varias fotografías de algunos testigos al salir de la encuesta.
—¿Reconocería usted
a alguno de ellos, mademoiselle?
—No, monsieur.
—Probaremos con
Georges.
—Sí, monsieur. Por
desgracia, Georges está muy mal de la vista. Es una lástima.
Fournier se
levantó.
—Bien, mademoiselle,
nos despedimos ya, si usted está segura de no haber omitido nada, nada en
absoluto...
—¿Yo? ¿Qué... qué
podría haber omitido yo?
Elise se mostró
apenada.
—Comprendido.
Vamos, monsieur Poirot. Perdone, ¿está usted buscando algo?
Poirot se movía por
la sala curioseándolo todo.
—Sí, es cierto.
Buscaba una cosa que no veo aquí, por cierto.
—¿Qué busca?
—Fotografías.
Retratos de amistades o parientes de madame Giselle.
Elise meneó la
cabeza.
—Madame no tenía
familia. Estaba sola en el mundo.
—Tenía una hija
—observó Poirot con presteza.
—Sí, es cierto. Sí,
tenía una hija.
Elise suspiró.
—¿Y no hay un
retrato de su hija? —insistió Poirot.
—¡Oh, monsieur no
lo comprende! Es cierto que madame tuvo una hija, pero de eso hace mucho
tiempo, ¿comprende usted? Creo que madame no había vuelto a verla desde que era
una niña.
—¿Cómo es eso?
—preguntó Fournier.
Ella dejó caer los
brazos en actitud muy expresiva.
—No lo sé. Fue
cuando madame era joven. Me han dicho que entonces era muy guapa. No sé si
estaba casada o era soltera. Yo creo que no se casó. Sin duda se organizó algo
respecto a la niña. En cuanto a madame, sé que tuvo la viruela, que estuvo muy
enferma, en peligro de muerte. Cuando se restableció, su belleza había
desaparecido. Ya no hizo más locuras, se acabaron los romances. Madame se
convirtió en una mujer de negocios.
—Pero le ha dejado
el dinero a su hija.
—Pues claro
—contestó Elise—. ¿A quién iba a dejar su dinero sino a la carne de su carne?
La sangre tiene más fuerza que el agua, y madame no tenía amigos. Siempre
estaba sola. Su pasión era el dinero, ganar dinero, mucho dinero. Gastaba muy
poco. No le gustaban los lujos.
—Le dejó a usted un
legado, ¿lo sabía?
—Sí, ya me lo han
comunicado. Madame siempre fue generosa. Todos los años me daba una importante
suma, además de mi sueldo. Le estoy muy agradecida.
—Bien —intervino
Fournier—, nos vamos. Al salir hablaré un momento con Georges.
—¿No le importa que
baje dentro de un minuto, amigo mío? —pidió Hércules Poirot.
—Como guste.
Fournier salió.
Poirot dio una
vuelta por la estancia. Luego tomó asiento y se quedó mirando a Elise.
Ante la mirada de
aquel hombre, la francesa mostró síntomas de impaciencia.
—¿Hay algo más que
desee usted saber, monsieur?
—Mademoiselle
Grandier, ¿sabe usted quién mató a su señora? —preguntó Poirot.
—No, monsieur. Lo
juro por Dios.
Hablaba con la
mayor seriedad. Poirot la miró como si quisiera atravesarla con la mirada.
Luego ladeó la cabeza.
—Bien. La creo.
Pero una cosa es saberlo con certeza y otra tener sospechas. ¿No tiene una
idea, por ligera que sea, de quién pudo hacerlo?
—No tengo la menor
idea, monsieur. Ya se lo dije al agente de policía.
—¿No podría decirle
a él una cosa y a mí otra?
—¿Por qué dice
usted eso, monsieur? ¿Cómo quiere que haga tal cosa?
—Porque una cosa es
informar a la policía y otra informar en privado a un particular.
—Sí. Tiene usted
razón.
En su rostro se
dibujó una mueca de indecisión. Parecía meditar alguna cosa, y Poirot, sin
dejar de observarla, se inclinó hacia ella para decirle:
—¿Me permite una
observación, mademoiselle Grandier? En mi profesión tengo por norma no creer
nada de lo que me cuentan mientras no me lo demuestren. No sospecho de tal o
cual persona: sospecho de todo el mundo. A cuantos se relacionan de cerca o de
lejos con un crimen los considero culpables mientras no me demuestren su
inocencia.
Elise Grandier le
replicó indignada:
—¿Quiere usted
decir que sospecha de mí... de mí, que me cree capaz de haber matado a madame?
¡Eso es el colmo! El solo hecho de pensarlo es de una maldad increíble.
Su pecho se agitaba
violentamente.
—No, Elise. Yo no
Sospecho que haya matado a su señora —reconoció Poirot—. La mató un pasajero
del avión. Usted no intervino para nada en el crimen propiamente dicho. Pero
pudiera ser cómplice con anterioridad al hecho. Pudo haber informado a alguien
sobre las circunstancias del viaje de madame.
—A nadie. Le juro
que no.
Poirot la miró en
silencio. Luego asintió.
—La creo. Y no
obstante, usted oculta algo. ¡Ah, sí, eso sí! Escuche lo que le digo. En todos
los casos de índole criminal se presenta el mismo fenómeno cuando se interroga
a los testigos. Todos se reservan algo. A veces, con bastante frecuencia, es
algo completamente inofensivo, algo que acaso no tenga la menor relación con el
crimen, pero siempre hay algo. Eso mismo le pasa a usted. No me lo niegue. Soy
Hércules Poirot y lo sé. Cuando mi amigo, monsieur Fournier, le preguntó si
estaba segura de no haber omitido nada, usted se turbó y contestó con evasivas.
Y ahora, cuando le he dicho que podía informarme de algo que no le gustase
comunicar a la policía, se ha puesto usted a reflexionar. Señal de que hay
algo. Deseo saber qué es ese algo.
—Nada de
importancia.
—Es posible que no
la tenga. Pero, de todos modos, ¿no querrá decirme qué es? Recuerde que yo no
pertenezco a la policía.
—Es cierto —admitió
Elise Grandier vacilante—. Monsieur, estoy en un apuro. No sé qué desearía mi
señora que hiciese en este caso.
—Por algo se dice
que cuatro ojos ven más que dos. ¿Quiere usted mi consejo? Examinemos juntos el
asunto.
La mujer lo miró,
expresando sus dudas. Poirot le dijo sonriendo:
—Es usted un buen
perro guardián, Elise. Ya veo que es una cuestión de lealtad para con su
señora.
—Es la pura verdad,
monsieur. Madame confiaba en mí. Desde que entré a su servicio, siempre cumplí
sus instrucciones fielmente.
—¿Estaba usted
agradecida por algún favor especial que le había prestado?
—Monsieur es muy
listo. Sí, es cierto. No me importa confesarlo. Me dejé engañar, monsieur, me
robaron mis ahorros, y había una hija de por medio. Madame se portó muy bien
conmigo. Ella logró que una buena familia criase a la niña en una granja. Muy
buena gente, monsieur, y una granja magnífica. Entonces me contó que ella era
madre también.
—¿Le dijo la edad
que tenía su hija o dónde se hallaba?
—No, monsieur.
Habló de ella como de una época de su vida que estaba ya olvidada. Su hija
estaba bien atendida y recibiría una educación que la haría apta para una
profesión o para los negocios. Además, a su muerte, heredaría su dinero.
—¿Le dijo algo más
acerca de su hija o acerca del padre de esta?
—No, monsieur, pero
tengo una idea.
—Hable,
mademoiselle Elise.
—No es más que una
idea, no se vaya a figurar.
—Perfectamente,
perfectamente.
—Tengo la idea de
que el padre de la niña era un inglés.
—¿Cómo sacó usted
esa conclusión?
—Por nada concreto.
Únicamente se le notaba una amargura especial cuando hablaba de los británicos.
Creo además que se alegraba más de lo corriente cuando caía en sus garras algún
inglés. No es más que una impresión.
—Sí, pero puede
sernos de gran valor. Abre la puerta a otras posibilidades. ¿Y usted,
mademoiselle Elise, dice que tuvo un niño o una niña?
—Una niña. Pero
murió, murió hace cinco años.
—Ah. Mis
condolencias.
Hubo una pausa.
—Y ahora,
mademoiselle Elise —insistió Poirot—, ¿qué es lo que hasta ahora se ha
abstenido usted de decirme?
Elise se levantó y
desapareció en la habitación contigua.
Al cabo de unos
minutos, regresó con un librito negro muy usado.
—Este librito era
de madame. Siempre lo llevaba encima. Al partir para Inglaterra no pudo
encontrarlo. Lo había perdido. Tras su partida, lo encontré yo. Se le había
caído detrás de la cabecera de la cama. Lo guardé para cuando regresara. Quemé
los papeles en cuanto me enteré de la muerte de madame, pero no quemé el
librito porque no tenía la orden de hacerlo.
—¿Cuándo se enteró
de la muerte de madame?
Elise vaciló un
momento.
—Se enteró usted
por la policía, ¿verdad? —preguntó Poirot—. Vinieron aquí a examinar sus
papeles. Se encontraron con la caja vacía y les dijo usted que había quemado
los papeles, pero no los quemó usted hasta que la policía se fue.
—Es cierto,
monsieur —concedió Elise—. Mientras ellos miraban en la caja, saqué los papeles
del cofre. Les dije que los había quemado, sí. En cualquier caso, se acercaba
bastante a la verdad. Los quemé a la primera oportunidad. Tenía que cumplir las
órdenes de madame. ¿Se hace usted cargo de mi situación, monsieur? ¿No
informará usted a la policía? Podría costarme caro.
—Creo, mademoiselle
Elise, que obró usted con la mejor intención. De todos modos, ya comprenderá
usted que es una lástima, una gran lástima. Pero ¿para qué lamentar lo que ya
no tiene remedio? No creo necesario informar a la policía sobre la hora exacta en
que quemó usted los papeles. Permítame ver si hay algo en la libreta que pueda
ayudarnos.
—No creo que haya
nada, monsieur —señaló Elise meneando la cabeza—. Son anotaciones privadas de
la señora, sí, pero no hay más que números. Sin los documentos y las cuentas,
estos anotaciones no tienen ningún significado.
A regañadientes,
entregó el librito a Poirot. Este lo cogió y empezó a pasar las hojas. Eran
apuntes a lápiz en una escritura inclinada y extranjera. Todos eran de la misma
mano y seguían un mismo orden: un número seguido de algunas palabras
significativas. Por ejemplo: CX 256 Mujer del coronel. De servicio en Siria.
Fondos del regimiento.
GF 342 Diputado
francés. Relacionado con Stavisky.
Todos los apuntes
parecían de la misma índole. Había unos veinte. Al final de la libreta figuraba
una relación a lápiz de fechas y señas, como por ejemplo:
Le Pinet, lunes.
Casino, 10.30, hotel Savoy, a las 5. ABC. Fleet Street, a las 11.
Ninguna de estas
anotaciones estaba completa y, más que anotaciones, parecían datos para
refrescar la memoria de Giselle.
Elise contemplaba a
Poirot con ansiedad.
—Eso no significa
nada, monsieur, o así me lo parece a mí. Eran comprensibles para madame, pero
no para otro lector.
Poirot cerró la
libreta y se la guardó en el bolsillo.
—Esto puede ser de
gran valor, mademoiselle. Ha obrado usted muy bien al dármelo. Y puede estar
tranquila. ¿Nunca le mandó quemar esta libreta la señora?
—Así es —contestó
Elise con el semblante ya más animado.
—Por lo tanto, no
habiéndoselo ordenado, tiene usted el deber de entregarlo a la policía. Yo
arreglaré las cosas con monsieur Fournier para que no la culpen por no haberlo
hecho en su momento.
—Monsieur es muy
bondadoso.
Poirot se levantó.
—Voy a reunirme con
mi colega, pero permítame una última pregunta. Cuando reservó usted un billete
para madame Giselle, ¿telefoneó al aeropuerto de Le Bourget o a la oficina de
la compañía?
—Telefoneé a la
oficina de Universal Airlines, monsieur.
—¿La que está, si
no me equivoco, en el boulevard des Capucines?
—Eso mismo,
monsieur, en el 254 del boulevard des Capucines.
Poirot se apuntó el
número en su libreta y, saludando con una amistosa inclinación, abandonó el
lugar.
11
EL NORTEAMERICANO
Fournier estaba
enfrascado en una animada conversación con el viejo Georges. El inspector
estaba acalorado y colérico.
—Como los otros
policías —gruñía el viejo con su voz áspera—. ¡La misma pregunta una y otra
vez! ¿Qué se proponen? ¿Que antes o después nos cansemos de repetir la verdad y
empecemos a soltar mentiras? Mentiras agradables, claro, mentiras que sigan el
guión de les messieurs.
—No quiero
mentiras, sino la verdad.
—Pues la verdad es
lo que le he dicho. Sí, una señora vino a ver a madame la noche anterior al
viaje. Me enseña usted esas fotografías preguntándome si reconozco a la señora
entre ellas. Le repito lo mismo que siempre le he dicho: que mi vista no es
buena, que oscurecía cuando llegó, que no la vi de cerca, que no reconocí a la
dama. Si me presentase usted a esa señora, no la reconocería. Ya es la cuarta o
quinta vez que le digo lo mismo.
—¿Y no puede
recordar si era alta o baja, morena o rubia, vieja o joven? ¡Parece increíble!
Fournier hablaba
con punzante ironía.
—Pues no se lo
crea. ¿Qué me importa? ¡Vaya placer, verse complicado con la policía! Estoy
avergonzado. Si madame no hubiera muerto en el avión, probablemente sospecharía
usted que yo, Georges, la había envenenado. Así es la policía.
Poirot impidió una
réplica enfurecida de Fournier, cogiendo del brazo a su amigo.
—Vamos, mon vieux.
Que el estómago empieza a protestarle. Le prescribo un ágape sencillo, pero
bueno. Bastará con omelette aux champignons, solé a la Normande y un queso de
Port Salut con un vino tinto. ¿Qué vino, por cierto?
Fournier miró el
reloj.
—¡Caramba! La una.
Hablando con ese tipo... —comentó mirando a Georges.
Poirot dirigió al
portero una mirada de ánimo.
—Tenemos, pues, que
la señora no era alta ni baja, ni morena ni rubia, ni vieja ni joven, ni
delgada ni gorda. Pero usted puede decirnos una cosa: ¿era elegante?
—¿Elegante?
—contestó el portero como si le sorprendiera la pregunta.
—Ya me ha
contestado —señaló Poirot—. Era elegante. Y creo, amigo mío, que estaría muy
atractiva en traje de baño.
Georges lo miró
estupefacto.
—¿En traje de baño?
¿Qué es eso del traje de baño?
—Una idea que se me
ha ocurrido. ¿Está usted de acuerdo? Mire esto.
Le alargó al viejo
una hoja arrancada de la revista Sketch.
Hubo una pausa. El
portero miró la página por encima.
—Está usted de
acuerdo, ¿verdad? —insistió Poirot.
—No está mal esa
pareja —comentó, devolviendo el papel—. Si no llevasen nada sería casi lo
mismo.
—¡Ah! —comentó
Poirot—. Eso es porque ahora hemos descubierto la acción benéfica del sol en la
piel. Es muy conveniente.
Georges
condescendió a dedicarle una risita ronca y se alejó, mientras Poirot y
Fournier salían a plena luz del día.
Durante la comida,
el belga sacó la libreta negra con las anotaciones. Fournier se impresionó al
ver aquello en posesión de su amigo y manifestó su disgusto con Elise. Poirot
procuró amansarlo.
—Es natural, muy
natural. Solamente nombrar la policía asusta a esta pobre gente. Les mete en
embrollos que no comprenden. En todos los países sucede lo mismo.
—Esa es la ventaja
de ustedes —comentó Fournier—. El investigador privado obtiene de los testigos
más de lo que se les puede arrancar por los procedimientos oficiales. No
obstante, tenemos sobre ustedes otras ventajas, como los registros oficiales y
una perfecta organización a nuestro mando.
—Trabajemos, pues,
de mutuo acuerdo, como buenos amigos —propuso Poirot—. Esta tortilla es
deliciosa.
Entre plato y
plato, Fournier pasó las hojas del librito. Luego tomó unas notas en su
libreta.
—¿Ha leído usted
esto, verdad? —preguntó mirando a Poirot.
—No, solo lo he
hojeado. ¿Me permite?
Tomó la libreta de
manos de Fournier.
Cuando le sirvieron
el queso, el belga dejó la libreta sobre la mesa y las miradas de los amigos se
encontraron.
—Hay algunas
anotaciones —comentó Fournier.
—Cinco —puntualizó
Poirot.
—De acuerdo, cinco.
Leyó lo que acababa
de apuntar en su cuaderno:
CI 52. Noble
inglesa. Marido. RT 362. Doctor. Harley Street. MR 24. Antigüedades
falsificadas. XVB 724. Inglés. Estafa. GF 45. Asesinato frustrado. Inglés.
—Magnífico, amigo
mío —comentó Poirot—. Nuestros pensamientos marchan admirablemente de acuerdo.
De todas las anotaciones de esa libreta, esas cinco me parecen las únicas que
se relacionan con personas que viajaban en el avión. Vamos a examinarlos uno por
uno.
—«Noble inglesa.
Marido» —señaló Fournier—. Esto puede muy bien aplicarse a lady Horbury. Tengo
entendido que es una jugadora empedernida. Nada más probable que haya tenido
que pedir un préstamo a Giselle. Los clientes de Giselle pertenecen
generalmente a esta clase de gente. La palabra «marido» indica una de estas dos
cosas: o esperaba Giselle que el marido pagase las deudas de su mujer o poseía
algún secreto de esta que amenazaba con revelar al marido.
—Exacto —convino
Poirot—. Una de las dos alternativas puede aplicarse. Por mi parte, me inclino
por la segunda, con tanta más razón por cuanto apostaría a que la mujer que
visitó a Giselle la víspera del viaje era lady Horbury.
—¡Ah! ¿Piensa usted
eso?
—Sí, y creo que
usted piensa lo mismo. Me parece que, en la actitud del portero, hay algo muy
caballeroso. Su persistencia en no recordar detalles de la visita es
significativa. Lady Horbury es una dama muy atractiva. Además, observé que se
sobresaltaba ligeramente cuando le enseñé la foto de la dama en traje de baño
de la revista Sketch. Sí, fue lady Horbury la dama que visitó a Giselle aquella
noche.
—La siguió a París
desde Le Pinet —añadió Fournier lentamente—. Según esto, debía hallarse en una
situación desesperada.
—Sí, eso me figuro
yo.
Fournier le dirigió
una mirada curiosa.
—Pero esto no
concuerda con sus sospechas, ¿verdad?
—Amigo mío, ya le
dije que la pista de cuya seguridad estoy convencido no lleva a la persona
deseada. Estoy en la oscuridad. Mi pista no puede ser errónea, pero...
—¿No quiere decirme
en qué consiste?
—No, porque puedo
equivocarme, equivocarme de todas todas y, en ese caso, podría inducirle a
error. Trabajemos cada uno según nuestra inspiración. Continuemos examinando
esos apuntes.
—«RT 362. Doctor.
Harley Street» —leyó Fournier.
—Una posible pista
que nos llevaría al doctor Bryant. No nos revela gran cosa, pero tampoco hemos
de abandonar esta línea de investigación.
—Esta tarea
corresponde, desde luego, al inspector Japp.
—Y a mí —intervino
Poirot—. Yo también tengo una vela en ese entierro.
—«MR 24.
Antigüedades falsificadas» —leyó Fournier—. Aunque remotamente, esto bien
podría relacionarse con los Dupont, aunque no acabo de creerlo. Monsieur Dupont
es un arqueólogo de prestigio mundial. Goza de inmejorable fama.
—Eso no haría más
que allanarles el camino —observó Poirot—. Piense, mi querido Fournier, la gran
fama de que han gozado, los buenos sentimientos que han puesto de manifiesto
durante toda su vida casi todos los estafadores famosos, antes de ser descubiertos.
—Cierto, muy cierto
—asintió Fournier con un suspiro.
—Una buena
reputación —señaló Poirot— es lo primero que necesita un estafador que se
precie. El tema es interesante, pero volvamos a nuestra lista.
—XVB 724. Es muy
ambiguo. «Inglés. Estafa.»
—De poco nos
servirá —convino Poirot—. ¿Qué estafa? ¿Un administrador? ¿Un empleado de
banco? Cualquier hombre de confianza en una empresa comercial, pero raramente
un escritor, un dentista o un médico. El señor James Ryder es nuestro único
representante comercial. Él puede haber malversado fondos, él puede haber
recibido dinero prestado de Giselle para que no se descubriese el robo. En
cuanto al último apunte: «GF 45. Asesinato frustrado. Inglés», nos ofrece un
amplio campo de acción. El escritor, el dentista, el médico, el comerciante, el
camarero, la peluquera, la dama de linaje o la joven provinciana, todos pueden
ser GF 45. Solo quedan excluidos los Dupont a causa de su nacionalidad.
Con un ademán,
llamó al mozo y le pidió la cuenta.
—¿Y ahora, amigo
mío? —preguntó Poirot.
—A la Sûreté. Tal
vez tengan alguna noticia para mí.
—Bueno, le
acompañaré. Después tengo que hacer una pequeña investigación en la que tal vez
pueda usted ayudarme.
En la Sûreté,
Poirot renovó sus relaciones con el jefe de detectives, a quien había conocido
muchos años antes a causa de uno de sus casos. Monsieur Gilles era afable y
cortés.
—Encantado de saber
que se interesa usted por este asunto, monsieur Poirot.
—¿Cómo no he de
interesarme, monsieur Gilles, si sucedió todo delante de mis narices? ¡Es una
vergüenza, ¿no le parece?, que Hércules Poirot duerma a pierna suelta mientras
a su lado se comete un crimen!
Monsieur Gilles
meneó la cabeza en tono conciliador.
—¡Esos aviones! Si
el tiempo es malo, el aparato no hace más que tambalearse. Yo también me he
sentido indispuesto alguna vez.
—Parece que todo un
ejército le patee a uno el estómago —se lamentó Poirot—. ¿Por qué tendrá que
haber esa relación tan estrecha entre las sacudidas del aparato volador y el
aparato digestivo? Cuando me acomete el mal de mer, Hércules Poirot es un
hombre sin células grises, sin orden ni método. ¡No es más que un individuo
vulgar de la raza humana, y por debajo del nivel medio! Y hablando de esto
último, ¿cómo está mi excelente amigo Giraud?
Fingiendo no haber
oídos las palabras «hablando de esto último», monsieur Gilles replicó que
Giraud seguía progresando en su carrera.
—Es muy entusiasta.
Infatigable.
—Siempre ha sido
así —señaló Poirot—. Siempre está corriendo de un lado para otro. Está al lado
de uno y de pronto se halla Dios sabe dónde. No hay modo de que se detenga a
reflexionar.
—¡Ah, monsieur
Poirot! Ese es su punto flaco. Los hombres con el carácter de Fournier se
avienen mejor con usted. Él pertenece a la nueva escuela que todo lo basa en la
psicología. Ese debería gustarle.
—Me gusta, me
gusta.
—Habla muy bien el
inglés. Por eso lo mandamos a Croydon, a colaborar en ese asunto. Es un caso
interesantísimo, monsieur Poirot. Madame Giselle era muy conocida en París. ¡Y
las circunstancias de su muerte son extraordinarias! Un dardo de cerbatana envenenado
y en pleno vuelo. ¡Figúrese! ¿Cómo es posible que sucedan tales cosas?
—Eso, eso. Ha
puesto usted el dedo en la llaga. ¡Ah! Aquí está nuestro buen amigo Fournier.
Ya veo que trae usted noticias.
El normalmente
melancólico Fournier daba muestras de agitación.
—Sí, las traigo. Un
comerciante de antigüedades griego, Zeropoulos, ha informado de la venta de una
cerbatana con sus dardos tres días antes del asesinato. Propongo monsieur —se
inclinó respetuosamente ante su jefe—, interrogar a ese hombre.
—¡No faltaba más!
—exclamó Gilles—. ¿Quiere acompañarle, monsieur Poirot?
—Si no tiene
inconveniente —aceptó Poirot—. Es interesante, muy interesante.
La tienda del señor
Zeropoulos estaba en la rue Saint Honoré. Se le consideraba un anticuario de
categoría. Había en ella muchas piezas antiguas de cerámica persa, dos o tres
bronces de Louristan, abundancia de joyas indias, anaqueles llenos de seda y bordados
de muy diversos países, y un surtido abundante de abalorios y objetos baratos
de Egipto. Era uno de esos establecimientos en que se puede comprar por un
millón un objeto que no vale más que medio, o por diez francos lo que apenas
vale cincuenta céntimos. Era muy frecuentada por los turistas norteamericanos y
por los entendidos en la materia.
El señor Zeropoulos
era un hombre bajito y robusto, de ojos negros. Hablaba mucho y con soltura.
¿Los caballeros
pertenecían a la policía? Estaba encantado de conocerlos. ¿Tendrían la bondad
de pasar a su despacho? Sí, había vendido una cerbatana con sus dardos, una
curiosidad de América del Sur...
—... porque, como
ustedes comprenderán, caballeros, yo vendo un poco de todo. Tengo mis
especialidades. Me especializo en cosas persas. Monsieur Dupont, el querido
monsieur Dupont, se lo confirmará. Siempre viene a ver mi colección, por si he
adquirido algo nuevo, para juzgar la autenticidad de ciertas piezas dudosas.
¡Qué hombre! ¡Qué cerebro! ¡Qué ojo! ¡Qué buen juicio! Pero me desvío del
asunto. Tengo mi colección, que todos los entendidos conocen, y también
tengo... bueno, señores, francamente, llamémosles chismes, chismes exóticos,
claro, un poco de todo: de Oceanía, de la India, del Japón, de Borneo... ¡De
todas partes! Generalmente no pongo precio fijo a estas cosas. Si veo que le
interesan a alguien, hago mis cálculos y pido un precio. Claro que no me dan lo
que pido y al fin la cedo por la mitad. Y aun así, he de convenir que la
ganancia es buena. Esos objetos los compro casi siempre a los marineros a
precios muy bajos.
El señor Zeropoulos
tomó aliento y prosiguió, satisfecho de sí mismo y de la importancia y fluidez
de su relato.
—Hacía mucho tiempo
que tenía esa cerbatana y los dardos, tal vez un par de años. Los tenía en esa
bandeja, con un collar de conchas y un penacho de pielroja, unas figuras de
madera tallada y algunos abalorios de cuentas de jade. Nadie lo vio, a nadie le
llamó la atención hasta que entró un norteamericano y me preguntó qué era.
—¿Un
norteamericano? —interrumpió Fournier vivamente.
—Sí, sí, un
norteamericano sin la menor duda. No era uno de esos tipos norteamericanos
entendidos, sino uno de esos que no saben nada y solo pretenden llevarse algún
objeto curioso para la familia. Uno de esos que se dejan engañar en los bazares
de Egipto y adquieren los más ridículos escarabajos sagrados que se fabrican en
Checoslovaquia. Bien, lo cogí como quien dice al vuelo, le conté las costumbres
de ciertas tribus, le hablé de los venenos que usan. Le expliqué que era muy
raro que objetos como aquellos aparecieran en el mercado. Me preguntó el
precio, y se lo dije, mi precio norteamericano, uno no tan alto como antes (han
pasado por la Depresión). Esperaba que regatease, pero me pagó sin chistar.
Quedé estupefacto. ¡Lástima! Hubiera podido pedirle más. Le entregué la
cerbatana y los dardos en un paquete, y se fue. Pero luego, cuando leí en la
prensa lo de ese espantoso asesinato, empecé a pensar. Sí, me dio mucho que
pensar, y decidí contárselo a la policía.
—Le estamos muy
agradecidos, señor Zeropoulos —reconoció Fournier cortésmente—. ¿Usted cree que
podría identificar la cerbatana y los dardos? Ahora están en Londres, pero ya
buscaríamos el modo de que los viese.
—La cerbatana era
así de larga —mostró el griego, señalando un espacio en el borde de la mesa— y
así de gruesa. Miren, como el mango de esta pluma. Era de un color claro. Había
cuatro dardos, todos ellos con puntas muy agudas y descoloridas, y con una pelusilla
de seda roja cada uno.
—¿Seda roja?
—preguntó Poirot.
—Sí, monsieur. De
un rojo un tanto descolorido.
—Es curioso
—admitió Fournier—. ¿Está seguro de que uno de ellos no tenía un copo de seda
con manchas amarillas y negras?
—¿Amarillas y
negras? No, monsieur.
Fournier miró a
Poirot y en el rostro de este había una sonrisa de satisfacción.
¿Por qué se
alegraba el belga? ¿Porque el griego estaba mintiendo o por otra razón? Y dijo
en tono de duda:
—Es posible que la
cerbatana y los dardos de este señor no hayan tenido nada que ver en el asunto.
Es solo una probabilidad entre cincuenta. De todos modos, me gustaría tener una
descripción completa de ese norteamericano.
—Era un
norteamericano como otro cualquiera. Voz nasal. No sabía hablar francés.
Mascaba chicle. Llevaba gafas de concha de carey. Era alto y flaco y creo que
no muy viejo.
—¿Moreno o rubio?
—No sabría decirlo.
Llevaba sombrero.
—¿Lo reconocería
usted si volviera a verlo?
Zeropoulos parecía
dudar.
—No estoy seguro.
Entran y salen tantos norteamericanos. No tenía nada de particular.
Fournier le mostró
la colección de fotografías, pero sin resultado. El griego no creía que ninguno
de aquellos fuese el norteamericano en cuestión.
—Me parece una
cacería muy difícil —comentó Fournier al salir de la tienda.
—Es posible —le
contestó Poirot—, pero no lo creo. Las etiquetas de los precios eran del mismo
tipo y hay coincidencias entre el hecho y las observaciones de Zeropoulos. Y si
esa cacería va a ser difícil, amigo mío, vamos a iniciar otra.
—¿Dónde?
—En el boulevard
des Capucines.
—Deje que piense.
Allí está...
—La oficina de
Universal Airlines.
—¡Ah, sí! Pero ya
hemos estado allí y no nos han dicho nada de interés.
Poirot le dio unos
golpecitos en la espalda.
—Sí, bueno, pero
las respuestas dependen de las preguntas. Usted no sabía lo que tenía que
preguntar.
—¿Y usted lo sabe?
—Pues tengo una
ligera idea, sí.
No quiso decir más,
y llegaron al boulevard des Capucines.
La oficina era muy
pequeña. Un chico moreno y muy elegante se hallaba detrás de un reluciente
mostrador de madera, y un muchacho de unos quince años se peleaba con una
máquina de escribir.
Fournier mostró su
credencial y el empleado, llamado Jules Perrot, declaró que estaba enteramente
a su disposición. A instancias de Poirot, el mozalbete recibió la orden de
alejarse.
—Lo que hemos de
tratar es muy confidencial —explicó.
Jules Perrot se
mostró agradablemente emocionado.
—Ustedes dirán,
messieurs.
—Se trata del
asesinato de madame Giselle.
—¡Ah, sí! Me parece
que ya nos hicieron algunas preguntas sobre el asunto.
—Cierto, cierto.
Pero hay que establecer los hechos con toda exactitud. Madame Giselle reservó
su billete... ¿cuándo?
—Creo que esto se
puso ya en claro. Reservó su billete por teléfono el día diecisiete.
—¿Para el vuelo de
las doce del día siguiente?
—Sí, señor.
—Pero me parece
haber oído de labios de la doncella de madame que el encargo lo hizo para el
vuelo de las ocho cuarenta y cinco.
—No, no... bueno,
lo que pasó fue lo siguiente: la doncella de madame lo pidió para las ocho
cuarenta y cinco, pero como ya estaba todo ocupado, le dimos billete para el
vuelo del mediodía.
—¡Ah! Ya comprendo.
—Sí, señor.
—Comprendo, pero no
deja de ser curioso, ciertamente muy curioso.
El empleado le miró
con atención.
—Porque un amigo
mío, que decidió viajar a Inglaterra de una manera urgente, tomó el avión de
las ocho cuarenta y cinco ese día e iba medio vacío.
El señor Perrot se
volvió a mirar unos papeles y se sonó la nariz.
—Su amigo se habrá
confundido de día, quizá fuese un día antes o un día después.
—No. Fue el día del
asesinato, puesto que me contó que, si hubiese perdido aquel avión, como estuvo
a punto de suceder, hubiera sido uno de los pasajeros del Prometheus.
—¡Ah! Sin duda. Muy
curioso. Claro que siempre puede haber anulaciones en el último minuto y,
entonces, claro está, hay plazas disponibles. Y puede haber errores, claro.
Tendré que hablar con Le Bourget, pues no siempre son muy cuidadosos.
La inocente mirada
de Poirot pareció que turbaba a Jules Perrot, porque de pronto enmudeció. Sus
ojos se desviaron y en su frente aparecieron unas gotitas de sudor.
—Dos explicaciones
verosímiles —observó Poirot—, aunque me temo que ninguna es la verdadera. ¿No
le parece que sería mucho mejor aclararlo bien todo?
—¿Qué hay que
aclarar? No le comprendo bien.
—Vamos, vamos. Me
comprende usted perfectamente. Es un caso de asesinato. De asesinato, monsieur
Perrot. Haga el favor de recordarlo. Si usted se reserva información, la cosa
puede ser muy seria para usted, muy seria. La policía puede tomar graves medidas.
Pone usted obstáculos a la justicia.
Jules Perrot se le
quedó mirando boquiabierto y con manos temblorosas.
—Vamos —insistió
Poirot con voz autoritaria y dura—. Queremos una información exacta. Haga el
favor. ¿Cuánto le pagaron y quién le pagó?
—Yo no quise
perjudicar a nadie... no tenía la menor idea... ¿Cómo iba a sospechar...?
—¿Cuánto y quién?
—Cinco mil francos.
Nunca había visto a aquel individuo. Esto será mi perdición.
—Lo que le perderá
será no hablar. Vamos, ya sabemos lo más importante. Haga el favor de decirnos
cómo sucedió exactamente.
Sudando a mares,
Jules Perrot habló precipitadamente y a borbotones:
—No quise hacerle
daño a nadie. Juro por mi honor que no quise hacerle daño a nadie. Vino a verme
un tipo. Dijo que iba a ir a Inglaterra al día siguiente. Quería negociar un
préstamo con madame Giselle, pero deseaba que su entrevista fuese casual. Se figuraba
que así tendría más posibilidades. Dijo que sabía que ella iba a volar a
Inglaterra al día siguiente. Yo solo tenía que decirle que no había billetes
para el primer vuelo y reservarle el asiento número 2 en el Prometheus. Les
juro, señores, que no sospeché nada malo. Pensé que sería igual una hora que
otra. Los norteamericanos son así, hacen negocios de la manera más extraña.
—¿Los
norteamericanos? —preguntó Fournier.
—Sí, aquel tipo era
norteamericano.
—Descríbanoslo.
—Era alto,
encorvado, de cabello gris, gafas con montura de concha y perilla.
—¿Reservó también
él un asiento?
—Sí, señor, el
número uno, al lado del que había de reservar para madame Giselle.
—¿Con qué nombre?
—El de Silas...
Silas Harper.
—No había ningún
viajero con ese nombre y nadie ocupó el asiento número uno.
Poirot meneó la
cabeza lentamente.
—Ya vi en los
periódicos que faltaba ese nombre. Por eso pensé que ya no hacía falta explicar
el hecho, puesto que aquel hombre no tomó ese avión.
Fournier le lanzó
una mirada fría.
—Retuvo usted una
información de gran valor para la policía. Eso es muy serio.
Él y Poirot
salieron de la oficina, dejando a Jules Perrot mirándoles con cara de espanto.
Ya fuera, Fournier
se quitó el sombrero y se inclinó ante su amigo.
—Le felicito,
monsieur Poirot. ¿Cómo se le ha ocurrido esa idea?
—Dos frases
sueltas. Esta mañana he oído decir a uno de los pasajeros que el primer vuelo
de aquel día iba casi vacío. La otra frase fue la de Elise, al decir que
encargó una reserva para el primer vuelo y le contestaron que no había plazas.
Estos dos puntos no concordaban. Recordé haberle oído decir al camarero del
Prometheus que había visto algunas veces a madame Giselle en el primer vuelo,
de lo que deduje que la prestamista solía viajar en el avión de las ocho
cuarenta y cinco. Pero alguien tenía interés en que hiciera el viaje a
mediodía, alguien que también viajaba en el Prometheus. ¿Por qué dijo el
empleado que el primer vuelo estaba completo? ¿Fue una equivocación o una
mentira deliberada? Sospeché lo segundo y no me equivoqué.
—Este caso se va
haciendo por momentos más interesante —comentó Fournier—. Al principio, parecía
que seguíamos la pista de una mujer. Ahora resulta que es un hombre. Un
norteamericano.
Calló para mirar a
Poirot. Éste asintió lentamente.
—Sí, amigo mío, ¡es
fácil hacerse pasar por norteamericano aquí, en París! Basta tener un acento
nasal y mascar chicle. Y si uno lleva gafas con montura de concha y una
perilla, ya es el prototipo del turista norteamericano.
Sacó del bolsillo
la página arrancada del Sketch.
—¿Qué mira usted?
—preguntó Fournier.
—Una condesa en
traje de baño.
—¿Usted cree
que...? Pero no, es pequeña, encantadora, frágil, no puede presentarse como un
norteamericano alto y encorvado. Ha sido actriz, sí, pero no podría representar
semejante papel. No, amigo mío. La idea no encaja.
—Nunca he dicho que
encajase —replicó Hércules Poirot.
Siguió examinando
muy serio la fotografía.
12
EN HORBURY CHASE
Junto al bufet,
lord Horbury se servía distraído un plato de riñones. Stephen Horbury era un
joven de veintisiete años, cabeza estrecha y barbilla prominente. Parecía
exactamente lo que era: un joven deportista con nada que destacar en cuanto a
cerebro, pero de buen corazón, algo mojigato, muy leal y obstinado como el que
más.
Cuando hubo llenado
el plato, volvió a la mesa y empezó a comer. Abrió un periódico, pero enseguida
frunció el entrecejo y lo apartó a un lado. También apartó el plato inacabado,
tomó unos sorbos de café y se levantó. Permaneció un momento indeciso y luego,
asintiendo ligeramente, salió del comedor, cruzó el espacioso vestíbulo y subió
al piso superior. Llamó a una puerta y esperó. Del interior le llegó una voz
atiplada invitándole a entrar:
—Adelante.
Lord Horbury entró.
Era un bello dormitorio espacioso que daba al sur. Cicely Horbury estaba en la
cama, un mueble isabelino de roble tallado. Envuelta en gasas rosadas y con los
dorados rizos de su rubio cabello, producía un efecto encantador. En una mesita
había una bandeja con los restos del desayuno. En aquel momento, abría su
correspondencia, mientras su doncella se movía de un lado a otro.
A cualquier hombre
se le hubiera acelerado la respiración ante tanta hermosura, pero la imagen de
su encantadora mujer no afectó para nada a lord Horbury.
Hubo un tiempo,
tres años atrás, en que la impresionante belleza de su Cicely le hacía perder
la cabeza. La amaba apasionadamente, con verdadera locura. Todo aquello había
acabado. Había perdido el juicio, pero lo había recobrado.
Fingiéndose
sorprendida, lady Horbury preguntó:
—¿Qué hay, Stephen?
—Quiero hablarte a
solas —señaló él con aspereza.
—Madeleine —pidió
lady Horbury, dirigiéndose a su doncella—. Deja todo eso y retírate.
—Tres bien, milady
—respondió la muchacha. Y tras una mirada de reojo a lord Horbury, salió del
dormitorio.
Lord Horbury
aguardó a que hubiese cerrado la puerta.
—Me gustaría saber,
Cicely, qué significa la idea de presentarte aquí.
Lady Horbury
encogió sus hermosos hombros.
—¿Y por qué no?
—¿Por qué no? Me
parece a mí que hay muy buenas razones.
—¡Oh! Razones...
—murmuró su mujer.
—Sí, razones.
Recordarás que, tal como se habían puesto las cosas entre nosotros, convinimos
en no seguir con la farsa de vivir juntos. Tú debías quedarte en la casa de la
ciudad y tendrías una espléndida pensión, exageradamente espléndida. Y podrías
llevar tu propia vida, dentro de ciertos límites. ¿Por qué este repentino
regreso?
De nuevo Cicely se
encogió de hombros.
—Me pareció
conveniente.
—Supongo que será
por una cuestión de dinero, ¿no es así?
—¡Dios mío!
—exclamó su mujer—. ¡Qué odioso eres! ¡No hay hombre más mezquino que tú!
—¿Mezquino?
¿Mezquino dices, cuando por tus insensatas extravagancias pesa una hipoteca
sobre Horbury?
—¡Horbury, Horbury!
¡Esto es cuanto te interesa! Los caballos, la caza, las cosechas y esos
fastidiosos granjeros. ¡Vaya vida para una mujer!
—Algunas estarían
muy satisfechas con ella.
—Sí, mujeres como
Venetia Kerr, que parece una yegua. Tenías que haberte casado con una mujer
así.
Lord Horbury se
acercó a la ventana.
—Es demasiado tarde
para eso. Me casé contigo.
—Y no puedes
divorciarte —señaló Cicely. Y su risa sonó maliciosa y triunfante—. Te gustaría
librarte de mí, pero no puedes.
—¿Para qué hablar
de eso?
—Te lo prohíbe Dios
y estás chapado a la antigua. ¡Lo que se ríen mis amigos cuando les cuento las
cosas que dices!
—Que se rían cuanto
quieran. ¿Podemos volver al origen de nuestra conversación? Discutíamos la
razón por la que has venido.
Pero su mujer no se
dejó llevar hacia donde él quería.
—Anunciaste en la
prensa que no te harías responsable de mis deudas. ¿Te parece eso propio de un
caballero?
—Siento haber
tenido que dar ese paso. Recordarás que te lo advertí hace tiempo. Pagué por ti
dos veces. Pero todo tiene un límite. Tu insensata pasión por el juego...
bueno, ¿para qué discutir? Pero quiero saber por qué, de pronto, vienes a
Horbury. Siempre odiaste esta casa, te aburría a morir.
—Pues ahora me
siento mejor aquí —afirmó ella con expresión hosca.
—¿Mejor justo
ahora? —repitió él pensativamente. Y le espetó esta pregunta—: ¿Habías pedido
dinero a esa vieja prestamista francesa, Cicely?
—¿Quién? No sé qué
quieres decir.
—Sabes
perfectamente a quién me refiero. Hablo de la mujer asesinada en el avión
procedente de París en el que volviste.
—No, claro que no.
¡Qué ocurrencia!
—No bromees con
eso, Cicely. Si esa mujer te prestó dinero, mejor será que lo digas. Ten
presente que ese asunto aún no ha terminado. El jurado emitió veredicto de
asesinato cometido por personas desconocidas, y la policía de los dos países
está trabajando en ello. Que descubran la verdad solo es cuestión de tiempo.
Esa mujer debió de dejar anotados los préstamos que concedía. Si se descubre
que tuviste alguna relación con ella, sería mejor que estuviésemos preparados,
que nos aconsejásemos con Foulkes que nos ha asesorado desde hace generaciones.
—¿Es que no declaré
ya ante aquel maldito tribunal? ¿No juré que no sabía nada de aquella mujer?
—No creo que eso
pruebe nada —replicó su marido secamente—. Si tuviste tratos con Giselle,
puedes estar segura de que la policía lo descubrirá.
Cicely se sentó
apesadumbrada en el lecho.
—¿Serías capaz de
creer que la maté yo? ¿Que me levanté del asiento del avión y le arrojé un
dardo con una cerbatana? ¡Qué locura!
—Sí, parece cosa de
locos —convino él pensativamente—. Pero hazte cargo de tu situación.
—¿Qué situación? No
hay situación que valga. No crees una palabra de cuanto te digo. ¿Por qué de
pronto tienes que mostrarte tan intranquilo con respecto a mí? Como si te
importase mucho lo que pueda sucederme. Me odias y te alegrarías de mi muerte.
¿A qué viene esa comedia?
—¿No exageras un
poco? Aunque me creas muy anticuado, aún me preocupa el buen nombre de mi
familia, un sentimiento que tú seguramente desprecias. Pero ahí está.
Girando sobre sus
talones, salió del dormitorio.
Las sienes le
latían con violencia. Los pensamientos se atropellaban en su mente.
¿Antipatía? ¿Odio?
Sí, es cierto. ¿Me alegraría su muerte? ¡Dios mío! Sí. Me sentiría como un
recién salido de la cárcel. ¡Qué fastidiosa es la vida! ¡Cuando la conocí en el
Do It Now, qué muchacha tan adorable me pareció! ¡Tan guapa, tan encantadora!
¡Locuras de juventud! Me volví loco, me sorbió el seso. Me parecía ver en ella
reunidas todas las prendas que adornan a una mujer y, no obstante, ya era lo
que es ahora: rencorosa, vulgar, viciosa, tonta... ni guapa me parece ya.
Silbó a un spaniel,
el cual levantó la cabeza para mirarle con adoración.
—Mi buena Betsy
—exclamó Horbury, frotándole las orejas. Y pensó: No es justo llamar perra a
una mujer. Una perrita como tú, Betsy, vale más que todas las mujeres que he
conocido.
Embutiéndose en la
cabeza un viejo sombrero de pescador, salió de la casa en compañía de su perra
Betsy.
Un paseo por su
vasta propiedad le calmó poco a poco los nervios. Cariñosamente, palmeó a su
caballo preferido en el cuello, cruzó unas palabras con un mozo de cuadra,
llegó a la granja y estuvo un rato charlando con la mujer del granjero.
Caminaba por un sendero estrecho con Betsy tras sus talones, cuando se topó con
Venetia Kerr a caballo de su yegua baya.
Montando, Venetia
parecía aún más atractiva. Lord Horbury la contempló con admiración y afecto y
con un vivo sentimiento de familiaridad.
—¡Hola, Venetia!
—¡Hola, Stephen!
—¿De dónde sales?
¿Paseando a la yegua?
—Sí, ¿no te parece
que se está poniendo muy hermosa?
—De primera. ¿Has
visto la potranca que compré en la feria de Chattisley? —Estuvieron hablando un
buen rato de caballos y luego, él comentó—: Cicely está aquí.
—¿Aquí, en Horbury?
Aunque Venetia se
esforzó en no mostrarse sorprendida, no logró esconder cierta turbación que se
reveló en su tono.
—Sí. Llegó anoche.
Se produjo un
silencio embarazoso. Luego Stephen comentó:
—Oye, tú estuviste
también en la encuesta judicial, ¿no? ¿Cómo... cómo fue?
Tras un momento de
reflexión, Venetia contestó:
—Bueno, nadie dijo
gran cosa.
—¿No sacó nada en
limpio la policía?
—No.
—Debió de ser un
asunto bastante desagradable para ti.
—No puedo decir que
me gustase, pero tampoco tengo motivos para quejarme. El juez se portó con
mucha amabilidad.
Stephen pasó
distraídamente la mano por el seto, al añadir:
—Oye, Venetia: tú
no sabrás... ¿no tendrás alguna idea de quién fue el autor?
Venetia Kerr meneó
la cabeza dulcemente.
—No —Enmudeció,
buscando la mejor manera de exponer sus pensamientos. Acabó soltando una
risita—. De todos modos, sé que no fuimos ni Cicely ni yo. Ella me hubiera
visto o yo a ella.
Stephen también se
echó a reír.
—Eso me tranquiliza
—exclamó alegremente.
Lo dijo bromeando,
pero ella notó el alivio en su voz. De modo que él estaba preocupado.
Se abstuvo de
expresar su pensamiento.
—Venetia —observó
Stephen—, hace mucho tiempo que nos conocemos, ¿verdad?
—Sí, mucho.
¿Recuerdas cuando íbamos a aquellas clases de baile cuando éramos niños?
—¿Cómo no iba a
acordarme? Por eso creo que puedo hablarte sinceramente.
—Claro que puedes.
—reconoció ella. Y después de una ligera vacilación, añadió fingiendo
indiferencia—: ¿Quieres hablarme de Cicely?
—Sí. Mira, Venetia:
¿estaba Cicely complicada con esa Giselle de algún modo?
Venetia contestó
lentamente:
—No lo sé. Recuerda
que he estado en el sur de Francia. No sé lo que se rumoreaba en Le Pinet.
—¿Pero tú qué
crees?
—Bueno,
sinceramente, no me sorprendería.
Stephen meneó la
cabeza pensativo. Venetia comentó, conciliadora:
—¿Por qué tendría
que inquietarte? ¿No vivís prácticamente separados? Ese asunto sería
exclusivamente cosa suya, no tuya.
—Mientras sea mi
mujer, también a mí me concierne.
—¿Y no podrías
pedir el divorcio?
—¿Dar un escándalo?
No sé si ella aceptaría.
—¿Te divorciarías
si se te presentase una oportunidad?
—Si tuviera motivo,
sin duda alguna —aseguró él ceñudo.
—Supongo —planteó
Venetia pensativa— que ella lo sabe.
—Sí.
Guardaron silencio.
¡Esa mujer tiene
menos moral que un gato!, pensó Venetia. La conozco muy bien. Pero se anda con
mucho cuidado. Ella las mata callando.
—¿De modo que no
hay nada que hacer? —añadió en voz alta.
Él meneó la cabeza.
—Si estuviera
libre, Venetia, ¿te casarías conmigo?
Mirando fijamente
ante sí por entre las orejas de la yegua, Venetia contestó con acento de
fingida indiferencia:
—Supongo que sí.
¡Stephen! Siempre
había amado a Stephen, desde que iban juntos a las clases de danza infantiles y
a buscar nidos. Y Stephen siempre la había querido, pero no lo bastante como
para impedirle enamorarse perdidamente, locamente, salvajemente de aquella gata
calculadora, de aquella corista.
—¡Qué maravilloso
sería vivir juntos tú y yo! —insinuó Stephen.
Por su imaginación
pasó un cuadro maravilloso: té con pastas, cacerías, olor a heno y a tierra
mojada, hijos. Todo lo que Cicely no le daría jamás, que evitaría siempre
compartir con él. Se le humedecieron los ojos de ternura. Luego oyó que Venetia
le decía con aquella voz exenta de emoción:
—Si tú quieres,
Stephen, ¿qué importa lo demás? Si nos fugáramos tú y yo, Cicely tendría que
divorciarse.
La interrumpió
enojado.
—¡Dios mío! ¿Crees
que sería capaz de semejante cosa?
—A mí no me
importaría.
—A mí, sí.
Él habló con tal
resolución, que Venetia pensó:
«Es así. Es una
lástima, realmente. Está lleno de prejuicios, pero es un sol. No me gustaría
tanto si fuera distinto.»
—Bueno, Stephen.
Hasta la vista —se despidió en voz alta.
Espoleó ligeramente
a su cabalgadura y, al volverse a saludar a Stephen para despedirse, se
cruzaron sus miradas, y en la de ella podía leerse el sentimiento que había
disimulado.
Al volver un recodo
del camino, a Venetia se le cayó la fusta de la mano. Un caballero que pasaba
por allí se la recogió, devolviéndosela con una reverencia exagerada.
Un forastero, se
dijo ella al darle las gracias. Me parece que conozco esa cara.
Repasó sus
recuerdos de aquel verano pasado en Jean les Pins, aunque parte de su mente
seguía pensando en Stephen.
Solo al llegar a su
casa le asaltó de pronto el recuerdo, una escena algo ridícula que le arrancó
una exclamación ahogada:
—El hombrecillo que
me cedió su asiento en el avión. Y en el tribunal dijeron que era un detective.
¿Qué se le habrá perdido por aquí?
13
EN LA PELUQUERÍA DE
ANTOINE
A la mañana
siguiente de la encuesta, Jane se presentó en la peluquería con los nervios un
poco alterados.
El dueño del
establecimiento, que se daba el nombre de Antoine, aunque en realidad se
llamaba Andrew Leech y cuyas pretensiones de ser extranjero se basaban en tener
una madre judía, la recibió de mal talante.
En un lenguaje que
se diferenciaba poco del usado en los barrios bajos de Londres, trató a Jane de
estúpida. ¿Por qué había tenido que volver en avión? ¡Qué ocurrencia! Aquella
salida al extranjero haría mucho daño a su establecimiento.
Cuando hubo
desahogado su malhumor, permitió que Jane se retirara, y ésta vio que su amiga
Gladys le dirigía un guiño muy significativo.
Gladys era una
rubia exuberante de porte altivo, que atendía con una voz desmayada y lejana.
En privado, su voz era ronca y alegre.
—No te preocupes,
querida —le advirtió a Jane—. Ese viejo bruto está al acecho, esperando ver de
qué lado caerá la balanza. Y me parece que no caerá del lado que él espera.
Vaya, mira, querida: ya está aquí otra vez esa maldita arpía. ¡Qué pesada!
¡Supongo que se molestará por todo, como siempre! Espero que no haya traído a
su condenado perro faldero.
Poco después, se
oía la voz desmayada de Gladys:
—Buenos días,
señora. ¿No trae a su lindo pequinés? Vamos a lavarle la cabeza y enseguida
podremos solicitar la intervención de monsieur Henri.
Jane acababa de
entrar en el compartimiento contiguo, donde esperaba una señora de cabello
castaño que se miraba al espejo y le decía a una amiga:
—Querida, tengo una
cara verdaderamente espantosa esta mañana. Esto es...
La amiga, hojeando
aburridamente un ejemplar del Sketch de tres semanas antes, replicó sin ningún
interés:
—¿Eso crees? Yo no
te noto el menor cambio.
Al entrar Jane, la
amiga aburrida dejó de leer la revista para fijarse con curiosidad en la
empleada.
Luego exclamó:
—Es ella. Estoy
segura.
—Buenos días, madam
—saludó Jane con aquel aire desenvuelto que le era propio y que no le costaba
ya el menor esfuerzo—. Hace tiempo que no la veíamos por aquí. Supongo que ha
estado en el extranjero.
—En Antibes —señaló
la del cabello castaño, mirando a su vez con el más franco interés.
—¡Qué suerte!
—exclamó Jane con fingido entusiasmo—. Dígame, ¿quiere lavar y secar, o desea
teñirse antes?
La aludida se
distrajo un momento de la contemplación de la chica para examinar su pelo.
—Creo que podría
pasar otra semana. ¡Dios mío! ¡Parezco un esperpento!
—Y bien, querida
—comentó la amiga—, ¿qué quieres parecer a estas horas de la mañana?
—¡Ah! Espere a que
monsieur Georges acabe con usted —la animó Jane.
—Dígame —preguntó
la señora, volviendo a observarla con interés—: ¿no es usted la muchacha que
prestó declaración ayer en la encuesta judicial, la que iba de pasajera en ese
avión?
—Sí, madam.
—¡Qué emocionante!,
¿verdad? Cuéntemelo todo.
Jane hizo cuanto
pudo por complacerla.
—¡Ah! Señora,
aquello fue realmente espantoso.
Interrumpía su
relato para contestar las preguntas que se le hacían. ¿Cómo era la víctima?
¿Era cierto que viajaban en el avión dos policías franceses y aquel caso era
una ramificación del escándalo del gobierno francés? ¿Iba también lady Horbury?
¿Era tan bella como todo el mundo decía? ¿Quién creía Jane que había cometido
el asesinato? ¿Era verdad que el gobierno echaba tierra sobre el asunto?
Este interrogatorio
no fue más que el prólogo de muchos otros del mismo estilo. Todas las señoras
querían los servicios de la muchacha que estuvo en el avión, todas querían
decirle a sus amigas: «Querida, es extraordinario. La empleada de mi peluquero
es la muchacha... Sí, yo que tú iría, pues te peinan admirablemente.... Jane,
como se llama esa chica, es lindísima, con unos ojos muy grandes... Te lo
contará encantada, si se lo pides».
Pero al cabo de una
semana, Jane no podía ya con sus nervios. Llegó a pensar que, si tuviera que
volver a contar lo que pasó, no podría contenerse y se echaría a gritar o a
golpear a la impertinente de turno con el secador.
No obstante,
prefirió calmarse de otro modo. Y finalmente se presentó a monsieur Antoine a
quien, con todo descaro, le pidió un aumento de sueldo.
—¿Esas tenemos?
¿Cómo se atreve a pedirme un aumento cuando solo por mi buen corazón tolero que
siga en mi casa pese a haberse visto complicada en un asesinato? Muchos, menos
bondadosos, la hubieran echado inmediatamente.
—No me venga con
esas —replicó Jane—. Bien sabe usted que atraigo nueva clientela. Si quiere que
me vaya, dígamelo. Será muy fácil que me den en Richet, o en cualquier otra
casa, lo que le pido a usted.
—¿Y quién sabrá que
está usted allí? ¿Qué importancia tiene usted?
—En la encuesta
judicial conocí a unos periodistas. Cualquiera de ellos publicará mi cambio de
establecimiento y me proporcionará toda la publicidad necesaria.
Sabiendo que esto
era muy posible, monsieur Antoine accedió, aunque a regañadientes, a la
petición de Jane. Gladys elogió la decisión de su amiga.
—Bien hecho,
querida. Ese judío no ha podido contigo en esta ocasión. Si las muchachas no
enseñásemos los dientes de vez en cuando, no sé adonde iríamos a parar. Has
demostrado tener valor, querida, y por eso te admiro.
—Sé defenderme
—aseguró Jane, levantando la barbilla en actitud de reto—. Durante toda mi vida
he tenido que luchar.
—Muy valiente
—reconoció Gladys—, pero cumple con ese judío de Andrew, que él te respetará
más adelante. Las delicadezas no sirven para nada en la vida.
Desde aquel día,
Jane repetía la misma historia con ligeras variantes, como una actriz repite
cada día su papel en el escenario.
La cena y teatro
concertados con Norman Gale tuvieron efecto a su debido tiempo. Fue una de esas
noches encantadoras en que cada palabra y cada confidencia eran la revelación
de una mutua simpatía y de gustos comunes.
Los dos amaban a
los perros y detestaban a los gatos, odiaban las ostras y se entusiasmaban con
el salmón ahumado; admiraban a Greta Garbo y criticaban a Katharine Hepburn;
odiaban a las mujeres gordas y preferían las morenas; sentían desprecio por las
uñas demasiado rojas, les molestaban los que alzaban la voz al hablar, los
restaurantes ruidosos y la música de jazz. Y preferían los autobuses al metro.
Parecía un milagro
que dos personas tuviesen tantos gustos comunes.
Un día, al abrir
Jane el bolso en la peluquería de Antoine, dejó caer una carta de Norman. Al
recogerla un poco ruborizada, oyó que Gladys decía a su lado:
—¿Quién es tu
novio, querida?
—No sé qué quieres
decir —replicó Jane, poniéndose aún más colorada.
—¡No me digas! Bien
se ve que esa carta no es del tío de tu madre. No nací ayer, Jane. ¿Quién es
él?
—Un... un chico que
conocí en Le Pinet. Es dentista.
—¡Un dentista!
—exclamó Gladys con un ligero tono de disgusto—. Supongo que lucirá unos
dientes blanquísimos y que sabrá sonreír.
Jane se vio
obligada a admitir que así era.
—Es un chico
bronceado, de ojos azules.
—Cualquiera puede
adquirir un buen bronceado —comentó Gladys—. Basta una temporada en la playa o
un frasco de tinte adquirido en la farmacia. Los ojos están bien si son azules.
¡Pero dentista! Cuando vaya a besarte, creerás que te pide: «Haga el favor de
abrir un poco más la boca».
—No seas idiota,
Gladys.
—No te lo tomes tan
a pecho, querida. Ya veo que te has molestado. Sí, señor Henri, voy al
instante. ¡Qué hombre tan antipático! Nos manda a todas como si fuese su
señoría el almirante.
La carta era una
invitación a cenar la noche del sábado. Cuando, aquel mediodía, Jane recibió su
aumento de sueldo, sintió que la embargaba la alegría.
¡Y pensar lo muy
preocupada que estaba yo cuando volvía aquel día en el avión! Todo me ha salido
estupendamente. Digan lo que digan, la vida es una maravilla.
Tan alegre estaba
que, para celebrarlo, decidió comer en el Corner House para gozar de un poco de
música durante el almuerzo.
Se sentó a una mesa
para cuatro, ocupada ya por una señora de mediana edad y un muchacho. La señora
estaba acabando su almuerzo y, al sentarse Jane, pidió la cuenta, recogió un
sinnúmero de paquetes y se fue.
Jane, siguiendo su
costumbre, leía una novela mientras comía. Al levantar la mirada mientras
pasaba una página, vio que el chico que se sentaba frente a ella la observaba
fijamente y, al momento, notó que aquel rostro no le era desconocido.
En aquel mismo
instante, el joven saludó con una inclinación de cabeza.
—Perdone,
mademoiselle, ¿no me reconoce usted?
Jane observó su
rostro con más atención. Parecía un buen chico, más atractivo por la viveza de
sus rasgos que por la armonía de sus facciones.
—Es cierto que no
nos han presentado —prosiguió el muchacho—, a no ser que equivalga a una
presentación el hecho de coincidir en el lugar en que se comete un crimen, o
después, al declarar ambos ante el mismo tribunal.
—Claro que
sí—reconoció Jane—. ¡Qué torpe soy! Ya me parecía a mí que le conocía. Es
usted...
—Jean Dupont
—aclaró él haciendo una pequeña reverencia algo cómica.
Recordó una frase
que Gladys solía repetir acaso con indebida delicadeza:
«Si te pretende un
hombre, seguro que aparece otro más. Es una ley natural. A veces hasta tres o
cuatro».
Jane había llevado
siempre una austera vida de trabajo (igual a la descripción que se hace siempre
de las chicas desaparecidas). Jane había sido una muchacha lista y divertida,
pero sin amigos conocidos. Ahora parecía que los hombres acudían a ella como las
moscas a la miel. No había duda de que la cara de Jean Dupont mostraba algo más
que un interés meramente cortés. Se le veía encantado de hallarse sentado
delante de Jane. Más que encantado, entusiasmado.
Pero es francés,
pensó Jane con cierto recelo. Hay que estar muy alerta con los franceses. Todos
van a lo mismo.
—¿De modo que está
usted todavía en Inglaterra? —preguntó luego, maldiciendo en silencio la
estupidez de su pregunta.
—Sí. Mi padre ha
ido a Edimburgo a dar allí una conferencia y hemos visitado a algunos amigos.
Pero mañana volvemos a Francia.
—Ya comprendo.
—¿Aún no ha
detenido a nadie la policía?
—No, ni siquiera lo
mencionan los periódicos estos días. Tal vez han abandonado el asunto.
Jean Dupont meneó
la cabeza.
—No lo crea. No lo
han abandonado. Trabajan en silencio, en secreto.
—No me diga eso
—rogó Jane intranquila—, que se me hiela la sangre en las venas.
—Es cierto, no es
muy agradable recordar que se ha estado muy cerca de donde se ha cometido un
crimen. Yo aún estaba más cerca que usted. A veces, me estremezco al pensarlo.
—¿Quién cree usted
que cometió el crimen? —preguntó Jane—. Yo he pensado mucho en eso.
Dupont se encogió
de hombros.
—Yo no fui. ¡Era
demasiado fea!
—Bueno, me parece
que antes mataría usted a una fea que a una guapa.
—De ningún modo. De
una mujer hermosa, puede enamorarse uno y, si ve que no le corresponde o le
asaltan los celos, quizá pierda la cabeza y piense: La mataré. Será una
satisfacción.
—¿Y es una
satisfacción?
—Eso, mademoiselle,
no lo sé, porque no lo he probado aún —Se echó a reír y luego meneó la cabeza—.
Pero ¿quién se iba a molestar en matar a una mujer como Giselle?
—Es un modo de
verlo —admitió Jane frunciendo el entrecejo—. Es terrible pensar que, a lo
mejor, fue joven y hermosa en su juventud.
—De acuerdo, de
acuerdo —aceptó él ya más serio—. La gran tragedia de la vida es que las
mujeres envejezcan.
—Parece usted muy
preocupado por las mujeres bien parecidas.
—Claro. Eso es lo
más interesante que depara la vida. A usted le sorprende porque es inglesa. Un
inglés piensa ante todo en su trabajo o en sus negocios, luego en sus deportes
y, después, mucho después, en su esposa. Sí, sí, es tal como le digo. Figúrese
que en un humilde hotel de Siria había un inglés cuya mujer enfermó de pronto.
Él tenía que hallarse en un determinado día en no sé qué parte de Irak. Eh
bien, ¿querrá usted creer que dejó sola a su mujer para acudir a su cita a
tiempo? Y tanto a él como a su mujer aquello les pareció lo más natural, que
era lo más noble, lo más abnegado. Pero una mujer, un ser humano, debe ser lo
primero. Cumplir con el trabajo es menos importante.
—No lo sé —admitió
Jane—. Supongo que el trabajo es lo primero para cualquiera.
—Pero ¿por qué?
¡Vaya, usted tiene el mismo punto de vista! Trabajando gana uno dinero.
Descansando y atendiendo a una mujer, lo gasta. De modo que el último es un
ideal más noble que el primero.
Jane se echó a
reír.
—Bien, en cuanto a
mí, preferiría que me considerasen como un objeto de lujo y de recreo a que me
tuvieran por un deber prioritario. Prefiero que un hombre lo pase bien a mi
lado a que me vea como un deber que hay que cumplir.
—Nadie,
mademoiselle, sería capaz de sentir eso con usted.
Jane se ruborizó
ante la seriedad del tono del joven, que se apresuró a añadir:
—Solo había estado
una vez en Inglaterra. El otro día, durante la encuesta, fue muy interesante
para mí poder examinar detenidamente a tres mujeres tan jóvenes como
encantadoras, pero tan distintas entre sí.
—¿Qué pensó usted
de nosotras? —preguntó Jane con interés.
—¿De lady Horbury?
¡Bah! Conozco muy bien a ese tipo de mujer. Es muy exótica, una mujer cara. Es
de esas señoras que se ven en la mesa de bacarrá, de cara flácida y expresión
dura, que da una idea de lo que será al cabo de diez o quince años. No viven más
que para darse la gran vida o tal vez para tomar drogas. Au fond, ¡no tiene el
menor interés!
—¿Y la señorita
Kerr?
—¡Ah! Es muy
inglesa. Es de esas a quien los tenderos de la Riviera concederían un crédito
ilimitado. Son muy perspicaces nuestros tenderos. Sus ropas son de un corte
irreprochable, pero parecen de hombre. Camina como si el mundo le perteneciera.
No es consciente de esto: sencillamente es inglesa. Sabe de qué parte del país
es todo el mundo. Es cierto. A una mujer así le oí decir en Egipto: «¡Cómo!
¿Aquí están también los Fulánez? ¿Los Fulánez de Yorkshire? ¡Oh, los Fulánez de
Shropshire!».
Imitaba bien el
acento. Jane se echó a reír.
—Y luego yo —señaló
Jane.
—Y luego usted. Y
yo me dije: ¡Pero qué bien, qué requetebién si volviese a toparme con ella
algún día! Y heme aquí, delante de usted. A veces los dioses disponen muy bien
las cosas.
—Es usted
arqueólogo, ¿verdad? ¿Hace excavaciones?
Jane escuchó con
gran atención el relato que Jean Dupont le hizo de su trabajo y, finalmente, le
interrumpió lanzando un suspiro:
—Ha estado usted en
tantos países. ¡Cuántas cosas habrá visto! ¡Me parece tan fascinante! ¡Yo nunca
he estado en ningún sitio, ni he visto nada!
—¿Le gustaría ir a
países remotos y exóticos? No podría ondularse el pelo: recuérdelo.
—Se me ondula solo
—aclaró Jane riendo satisfecha.
Tras echar una
ojeada al reloj de pared se apresuró a pedir la cuenta.
Jean Dupont, un
tanto embarazado, se decidió:
—Mademoiselle, no
sé si hago bien en atreverme... Como ya le he dicho, vuelvo a Francia mañana.
Si quisiera usted cenar conmigo esta noche...
—¡Qué lástima! No
puedo. Esta noche tengo un compromiso.
—¡Ah! Lo siento
mucho, muchísimo. ¿Volverá usted pronto a París?
—No, no lo creo.
—¡Tampoco sé yo
cuándo regresaré a Londres! ¡Qué pena!
Retuvo un buen rato
la mano de Jane en la suya.
—Deseo con toda mi
alma volver a verla —le aseguró en un tono de absoluta sinceridad.
14
EN MUSWELL HILL
Aproximadamente
cuando Jane salía de la peluquería de Antoine, Norman Gale estaba diciendo en
un tono amable y profesional:
—Temo que esté
demasiado sensible. Avíseme si le hago daño.
Sus manos expertas
manejaban la fresa eléctrica con suma pericia.
—Bueno. Ya lo
tenemos. ¿Señorita Ross?
La señorita Ross se
le acercó inmediatamente batiendo una mezcla blancuzca en un bol.
Norman Gale acabó
el empaste.
—Déjeme ver: ¿puede
venir el martes?
La paciente se
enjuagó la boca apresuradamente para meterse en una prolija explicación. Lo
sentía mucho, tenía que salir de Londres y tenía que cancelar su próxima cita.
Ya le avisaría a su regreso.
Salió disparada del
consultorio.
—Bueno —exclamó
Gale—, hemos terminado por hoy.
—Lady Higginson ha
telefoneado diciendo que no le será posible venir el día que le asigné para la
semana próxima —le informó la señorita Ross—. ¡Ah! Y el coronel Blunt tampoco
puede venir el jueves.
Norman Gale
asintió. Sus facciones se endurecieron.
Cada día se repetía
la misma historia. La gente llamaba para anular la cita que tenía señalada,
aduciendo toda clase de excusas: que si iban a ausentarse, que si se habían
resfriado, que si no estarían en Londres...
Poco importaban los
pretextos. La única razón que todos ocultaban Norman acababa de verla reflejada
claramente en la expresión de espanto de su última cliente cuando él empuñó la
fresa.
Hubiera podido
describir los pensamientos de aquella mujer, tan claramente se leía en su
rostro el pánico.
«¡Oh, querida! Pues
claro que estaba él en el avión cuando mataron a aquella mujer. Me pregunto
si... Dicen que hay tipos que pierden la cabeza y les da por cometer los
crímenes más horrendos. Realmente no me sentía segura. ¿Quién me asegura que
ese hombre no sea un maníaco homicida? He oído decir que apenas se distinguen
de los demás. Siempre me pareció que había algo raro en su mirada.»
—Bien, me parece
que vamos a tener una semana muy tranquila, señorita Ross.
—Sí, muchos
pacientes han anulado sus citas. ¡Oh! Bueno, quizá debería tomarse un descanso,
pues bastante ha trabajado este verano.
—No creo que se me
presenten muchas ocasiones de cansarme este otoño. Las cosas se presentan mal.
La señorita Ross no
supo qué replicar. Le salvó una llamada de teléfono, que salió a contestar a la
estancia contigua.
Norman dejó el
instrumental en el esterilizador, con la cabeza absorta en su situación.
Vamos a ver qué
sucede. No nos andemos por las ramas. Parece que el negocio, el de mi
profesión, ha terminado para mí. Lo chocante es que, mientras a Jane le va tan
bien y las señoras la escuchan con la boca abierta, aquí no les gusta abrirla.
¡Qué rara coincidencia! No sé qué tontos sentimientos se apoderan de la gente
al verse en el sillón del dentista. Como si el dentista fuera a volverse loco.
¡Qué asunto tan
raro es un asesinato! Creí que sería una fuente de ingresos, y no. Afecta a las
cosas más raras, algunas que uno nunca hubiera imaginado. No hay más que
examinar los hechos. Como profesional, por lo visto, estoy acabado.
¿Qué sucedería si
detuviesen a la mujer de Horbury? ¿Volverían mis clientes en tropel? Es difícil
decirlo. Cuando las cosas empiezan a ir mal... bueno, no me importa y, si me
importase, sería por Jane. Jane es adorable. La quiero. Y no podré tenerla hasta...
Es una verdadera lata.
Sonrió.
Pero creo que todo
saldrá bien. Ella se interesa por mí. Esperará. ¡Diablos! Me largaré al Canadá.
Sí, eso es. Y el dinero lo ganaré allí.
Volvió a reír.
Entró la señorita
Ross.
—Era la señora
Lorrie. Lo siente mucho...
—... pero tendrá
que ir a Tombuctú —acabó Norman por ella—. Vive les rats! Ya puede usted
buscarse otro empleo, señorita Ross. Esto parece un barco que se hunde.
—¡Oh! ¡Señor Gale!
No pienso abandonarle.
—Buena muchacha.
Después de todo, no es usted una rata. Pero hablo en serio. Si no sucede un
milagro que venga a remediar esta catástrofe, estoy perdido, no hay duda.
—Tendríamos que
hacer algo para salvar la situación —propuso la señorita Ross con energía—. La
policía es una vergüenza. No descubren nada, ni lo intentan siquiera.
—Confío en que lo
intenten, y con acierto.
—Alguien tiene que
hacer algo.
—Perfectamente.
Casi estoy por ponerme a trabajar yo como detective, aunque no sabría por dónde
empezar, la verdad.
—¡Oh, señor Gale!
Usted es muy inteligente.
Heme aquí
convertido en héroe para esta muchacha, pensó Norman Gale. De buena gana me
ayudaría en las pesquisas que tuviera que realizar, pero tengo otra ayudante en
perspectiva.
Aquella misma noche
cenó con Jane. No le costó mucho mostrarse más alegre y animado de lo que
realmente estaba, pero Jane era demasiado astuta para dejarse engañar.
Sorprendió todos sus momentos de distracción, el fruncimiento del entrecejo y
la tensión de sus labios. Y por fin, no pudo por menos que preguntarle:
—¿No marchan bien
las cosas, Norman?
Él le lanzó una
extraña mirada, que desvió al instante.
—Francamente, no
van muy bien, pero se debe a que esta es una de las peores épocas del año.
—No digas tonterías
—le reprendió Jane vivamente.
—¡Pero Jane!
—¿Crees tú que no
veo lo preocupado que estás?
—No estoy
preocupado, sino enfadado.
—¿Al ver que la
gente evita...?
—Abrir la boca ante
un posible asesino. Por eso.
—¡Qué asunto más
cruel!
—Eso es cierto,
Jane. Porque yo soy un buen profesional, no un asesino.
—¡Es terrible!
Habría que hacer algo.
—Eso es lo que
decía esta mañana mi secretaria, la señorita Ross.
—¿Cómo es ella?
—¿La señorita Ross?
—Sí.
—¡Ah! No sé. Alta,
huesuda, con una nariz que parece el morro de un caballo. Muy competente.
—Parece simpática
—concluyó Jane con generosidad.
Norman aceptó
aquello como un tributo a su diplomacia. La señorita Ross no era tan huesuda
como indicaban sus palabras. Era una rubia muy agraciada, pero le pareció, con
razón, que no estaría bien resaltar ante Jane los atractivos físicos de su
empleada.
—Me gustaría hacer
algo —expuso Norman—. Si fuese un detective de novela, buscaría alguna pista o
me pondría a seguir a alguien.
Jane le tiró de la
manga.
—Mira, ahí está el
señor Clancy, el novelista, sentado allí, junto a la pared. Podríamos seguirle.
—Pero ¿no íbamos al
cine?
—Olvida el cine.
¿No dices que te gustaría seguir a algún sospechoso? Pues ahí lo tienes. ¿Quién
sabe? Tal vez descubramos alguna pista.
El entusiasmo de
Jane era contagioso. Norman se mostró conforme con seguir este plan.
—Como bien dices,
¿quién sabe? ¿Por que plato va? No puedo saberlo sin volver la cabeza y no
quiero mirarle.
—Poco más o menos
como nosotros —respondió Jane—. No perdamos tiempo y tomémosle la delantera.
Paguemos la cuenta y, de este modo, estaremos dispuestos a salir en cuanto él
lo haga.
Así lo hicieron.
Poco después, cuando el señor Clancy salió y se alejó por Dean Street, Norman y
Jane le pisaban los talones.
—Si toma un taxi...
—advirtió Jane.
Pero el señor
Clancy no tomó un taxi. Con un abrigo al brazo que a veces arrastraba
distraído, anduvo largo rato por las calles de Londres de un modo algo
errático. Tan pronto apretaba el paso, como lo reducía hasta el punto que
parecía que iba a detenerse. En una ocasión, como si dudara si cruzar la
calzada, se detuvo un momento con una pierna en el aire sobre el borde de la
acera, como en una película a cámara lenta.
Iba sin rumbo.
Torcía por tantas esquinas que acabó cruzando una misma calle varias veces.
Jane se sentía
alborozada.
—¿Lo ves? —comentó
animada—. Teme que le sigan y trata de despistarnos.
—¿Tú crees?
—¿Qué duda cabe?
Nadie daría tantas vueltas sin algún motivo.
—¡Oh!
Doblaron una
esquina con tanta rapidez que poco faltó para que tropezaran con su presa. Se
había detenido a contemplar una carnicería. La tienda estaba cerrada, pero a la
altura del primer piso algo había llamado la atención del novelista.
—Magnífico. Lo que
yo buscaba. ¡Qué suerte! —le oyeron decir.
Sacó una libreta y
apuntó cuidadosamente alguna observación. Luego reanudó la marcha a buen paso,
canturreando una tonadilla.
Se dirigió
finalmente hacia Bloomsbury y, al volver la cabeza, sus seguidores le vieron
mover los labios.
—Algo debe de
pasarle —advirtió Jane—. Está como preocupado y habla sin darse cuenta.
Mientras esperaba
para cruzar un semáforo con la luz roja, Norman y Jane pudieron comprobarlo.
Era cierto, el
señor Clancy hablaba a solas con el rostro demudado. Y Norman y Jane pillaron
algunas de sus palabras:
—¿Por qué no habla
ella? ¿Qué le ocurre? Tiene que haber alguna razón.
Luz verde. Cuando
llegaron casi juntos a la acera de enfrente, el señor Clancy decía:
—Ahora ya lo veo.
¡Claro! ¡Por eso tiene que ser silenciada!
Jane asió el brazo
de Norman con todas sus fuerzas. El señor Clancy avanzaba ahora a grandes
zancadas, arrastrando lastimosamente su abrigo, totalmente ajeno a que alguien
pudiera seguirle.
Por fin, con
desconcertante brusquedad, se detuvo ante un portal, lo abrió con su llave y
desapareció en su interior.
Norman y Jane se
miraron sorprendidos.
—Es su casa
—explicó Norman—. El 47 de Cardington Square. Son las señas que declaró en la
encuesta.
—¡Oh, bueno!
—exclamó Jane—. Tal vez vuelva a salir. Y en cualquier caso, le hemos oído
decir algo interesante. Ahora sabemos que habría que silenciar a una mujer, y
que otra no hablará. ¡Oh, querido! Esto parece una terrible novela policíaca.
De la sombra salió
una voz:
—Buenas noches.
Quien así hablaba
se les acercó. Y un magnífico bigote se iluminó a la luz de una farola.
—Eh bien. Magnífica
noche para salir de caza, ¿verdad? —exclamó Hércules Poirot.
15
EN BLOOMSBURY
Los dos jóvenes se
llevaron un susto tremendo, pero Norman Gale fue el primero en sobreponerse.
—Pero vaya, si es
monsieur... monsieur Poirot. ¿Todavía trata usted de justificar su inocencia,
monsieur Poirot?
—¡Ah! ¿Recuerda
usted nuestra conversación? ¿Y sospecha usted del pobre señor Clancy?
—Usted también
—dijo Jane—. Si no, no estaría aquí.
El belga se volvió
a mirarla pensativo.
—¿Se ha detenido
usted a pensar alguna vez en el asesinato, mademoiselle? Quiero decir si ha
pensado en él de una manera abstracta, a sangre fría, sin apasionamiento.
—No creo que me
haya puesto a pensar en eso hasta hace poco —contestó Jane.
—Claro —asintió
Poirot—, lo ha hecho ahora porque le ha afectado personalmente. Pero yo hace ya
muchos años que estudio el crimen. Tengo mi propia forma de ver las cosas. ¿Qué
diría usted que es lo más importante a tener en cuenta cuando se trata de resolver
un asesinato?
—Descubrir al
asesino —apuntó Jane.
—La justicia —opinó
Norman.
Poirot meneó la
cabeza.
—Hay cosas más
importantes que encontrar al asesino. Justicia es una palabra muy bonita, pero
a veces es difícil adivinar qué se quiere expresar con ella. En mi opinión, lo
más importante es absolver al inocente.
—¡Oh, naturalmente!
—concedió Jane—. Eso no hay ni que decirlo. Si alguien es acusado falsamente...
—Ni siquiera eso.
Aunque no medie acusación. Mientras no se pruebe sin ningún género de duda la
culpabilidad de una persona, todos cuantos se relacionan con ese crimen están
expuestos a sufrir de un modo u otro.
—¡Qué cierto es
esto! —exclamó Norman Gale con énfasis.
—¡Si lo sabremos
nosotros! —remachó Jane.
Poirot les observó
en silencio.
—Comprendo. Ya lo
han descubierto por ustedes mismos.
De pronto, mostró
cierta impaciencia.
—Vamos, que tengo
mucho que hacer. Ya que los tres nos proponemos lo mismo, podríamos combinar
nuestras fuerzas. Ahora iba a visitar a nuestro ilustre amigo, el señor Clancy,
y quisiera proponer a mademoiselle que me acompañe en calidad de secretaria. Aquí
tiene, mademoiselle, un cuaderno y un lápiz para la taquigrafía.
—Yo no sé
taquigrafía —contestó Jane.
—Me lo figuro. Pero
tiene usted lo más importante: es lista y puede fingir que sabe, garabateando
cualquier cosa en su cuaderno, ¿no? Bueno. En cuanto al señor Gale, propongo
que se reúna con nosotros dentro de una hora. ¿Dónde quedamos? ¿En el Monseigneur,
arriba? Bon! Allí compararemos nuestras notas.
Adelantándose sin
más, tocó el timbre.
Un tanto perpleja,
Jane le siguió, sujetando el cuaderno bajo el brazo.
Gale abrió la boca
para protestar, pero enseguida cambió de idea.
—De acuerdo. Dentro
de una hora en el Monseigneur.
Y se marchó.
Vestida de riguroso
luto, una señora de mediana edad, de aspecto vulgar, les abrió la puerta.
—¿El señor Clancy?
—preguntó Poirot.
La mujer dio un
paso atrás y Poirot y Jane entraron.
—¿A quién anuncio,
señor?
—El señor Hércules
Poirot.
La severa mujer los
condujo escaleras arriba hasta una salita del primer piso.
—El señor Erkule
Prott —anunció.
Poirot comprendió
enseguida que estaba justificada la declaración prestada por el señor Clancy en
Croydon, de que no era un hombre muy organizado. La sala, muy espaciosa, con
tres ventanas en una de las paredes y anaqueles y librerías en las demás, era un
caos. Había papeles esparcidos por todas partes, carpetas, plátanos, botellas
de cerveza, libros abiertos, cojines, un trombón, varias porcelanas,
litografías y un verdadero arsenal de estilográficas.
En medio de esta
confusión, el señor Clancy se afanaba en manipular una cámara y un carrete de
película.
—¡Caramba!
—exclamó, levantando la cabeza cuando le anunciaron la visita. Al dejar la
cámara a un lado, la película rodó por los suelos desenrollándose por completo,
mientras el dueño se adelantaba con la mano extendida—. Encantado de verles.
Entren ustedes.
—Supongo que me
recuerda —comenzó Poirot—. Le presento a mi secretaria, señorita Grey.
—¿Cómo está usted,
señorita Grey? —estrechó la mano de la muchacha y luego se volvió a mirar a
Poirot—. Vaya, pues claro que le recuerdo. ¿Dónde nos vimos la ultima vez? ¿En
el Club de la Calavera?
—Fuimos compañeros
de viaje en un vuelo de París a Londres, en cierta ocasión fatal.
—¡Pues claro! ¡Y la
señorita Grey también! Pero no sabía yo que fuese su secretaria. Es decir, que
me parecía haber oído que estaba empleada en un salón de belleza o algo por el
estilo.
Jane miró con
aprensión a Poirot.
Este último se
mostró a la altura de las circunstancias.
—Y está en lo
cierto. Como eficiente secretaria que es, la señorita Grey ha de dedicarse de
vez en cuando a trabajos de otra índole, ¿comprende usted?
—Claro —respondió
el señor Clancy—. Se me olvidaba. Es usted un detective, y de los buenos. No
como los de Scotland Yard. Investigador privado. Siéntese, señorita Grey. No,
ahí, no. Creo haber visto rastros de zumo de naranja en esa silla. Si quito
esta carpeta... ¡Vaya! Todo se cae en esta casa. No importa. Siéntese usted
aquí, monsieur Poirot. ¿No me equivoco? ¿Poirot? El respaldo no está roto. Solo
cruje un poco cuando uno se apoya en él. Bien, acaso sea prudente no forzarlo
mucho. Sí, un investigador privado como mi Wilbraham Rice. El público está
entusiasmado con Wilbraham Rice, un tipo que se muerde las uñas y come un
montón de plátanos. No sé por qué hice que se mordiera las uñas al principio,
es de bastante mal gusto, pero ya está. Empezó por morderse las uñas y ahora ha
de continuar así en todos mis libros. Siempre lo mismo. Los plátanos no están
mal, se prestan a escribir algunas bromas divertidas: criminales que resbalan
con las pieles. Yo también como plátanos, por eso los tengo en la cabeza. Pero
no me muerdo las uñas. ¿Un poco de cerveza?
—No, gracias.
El señor Clancy
suspiró, tomó asiento a su vez y se quedó mirando con seriedad a Poirot.
—Supongo que debo
su visita al asesinato de Giselle. Ese caso me ha hecho reflexionar mucho. Diga
usted lo que quiera, pero para mí es asombroso. Dardos envenenados lanzados con
cerbatana en un avión. Una idea que yo había explotado, como le dije, para un
libro y para un cuento. Fue una coincidencia muy chocante, pero he de
confesarle, monsieur Poirot, que me dejó impresionado, hondamente impresionado.
—No es extraño que
el crimen le intrigase a usted desde el punto de vista profesional, señor
Clancy.
Los ojos del señor
Clancy fulguraron.
—Exacto. Cualquiera
diría que hasta la policía tendría que comprenderlo. Pues nada de eso. No he
cosechado más que sospechas, tanto del inspector como en la encuesta. Hago
cuanto puedo para ayudar a la justicia y, por todo agradecimiento por las
molestias, se obstinan en sospechar de mí.
—De todos modos
—observó Poirot sonriendo—, no parece que eso le afecte mucho.
—¡Ah! —exclamó el
señor Clancy—. Pero ha de saber usted que tengo mis métodos, Watson. Perdóneme
si le llamo Watson. No lo hago con ánimo de ofenderlo. Es muy interesante ver
cómo ha resistido la técnica del amigo bobo. Personalmente, pienso que las novelas
de Sherlock Holmes han sido enormemente sobrevaloradas. Hay que ver las
falacias... las asombrosas falacias que hay en esas historias. Pero ¿qué estaba
diciendo?
—Decía que tiene
usted sus métodos.
—¡Ah, sí! Voy a
poner a ese inspector... ¿cómo se llama. .. ? ¿Japp? Sí, voy a ponerlo en mi
próximo libro. Ya verá cómo lo trata Wilbraham Rice.
—Entre plátano y
plátano, como quien dice.
—Entre plátano y
plátano. Eso está muy bien —confirmó el señor Clancy riendo entre dientes.
—Tiene usted una
gran ventaja como escritor, monsieur —observó Poirot—. Puede desahogar sus
sentimientos con la palabra escrita. Tiene usted la fuerza de su pluma contra
sus adversarios.
El señor Clancy se
acomodó suavemente en su silla.
—¿Sabe usted que
empiezo a creer que este asesinato va a ser una suerte para mí? Estoy
escribiendo todo exactamente como pasó, aunque en forma de novela, claro está,
y lo titularé El caso del avión de pasajeros. Con retratos perfectos de todos
ellos. Se venderá como churros, si consigo sacarlo a tiempo.
—¿No será
perseguido por calumnias o algo así? —preguntó Jane.
El señor Clancy le
dirigió una mirada sonriente.
—No, no, mi querida
señorita. Claro que si atribuyese el asesinato a uno de los pasajeros, podría
verme perseguido por daños y perjuicios. Pero eso será precisamente la parte
más interesante: la más inesperada solución se dará en el último capítulo.
Poirot se inclinó
hacia delante, muy interesado.
—¿Y qué solución
piensa usted dar?
El señor Clancy
volvió a reír entre dientes.
—Ingeniosa.
Ingeniosa y sensacional. Disfrazada de piloto, entra en el avión una muchacha
en Le Bourget y logra ocultarse, sin que nadie la vea, bajo el asiento de
madame Giselle. Lleva consigo una botella de un nuevo gas. Lo deja escapar y
todo el mundo pierde el conocimiento durante tres minutos. Ella sale del
escondite, arroja la flecha envenenada y se lanza al espacio con paracaídas por
la puerta trasera del avión.
Jane y Poirot
pestañearon.
—¿Cómo es que a
ella no le hace perder también el conocimiento ese gas? —preguntó Jane.
—Usa careta antigás
—explicó el señor Clancy.
—¿Y se tira sobre
el canal de la Mancha?
—No es preciso que
sea el Canal. La haré descender sobre la costa de Francia.
—Pero, de todos
modos, es imposible que nadie se esconda bajo un asiento. No hay bastante
espacio.
—En mi avión, lo
habrá —aseguró el señor Clancy con firmeza.
—Épatant! —exclamó
Poirot—. ¿Y el motivo que movió a esa dama?
—Aún no lo tengo
bien decidido —explicó Clancy reflexivamente—. Probablemente, la muchacha quiso
vengarse de Giselle por haber causado la ruina de su amante, que se suicidó.
—¿Y de dónde sacó
el veneno?
—Este punto es el
más ingenioso —explicó Clancy—. La muchacha es una encantadora de serpientes y
extrae el veneno de su pitón favorita.
—Mon Dieu!—exclamó
Hércules Poirot—. ¿No cree usted que eso resulta un poco demasiado
sensacionalista?
—No puedo escribir
nada que sea demasiado sensacionalista —contestó con firmeza el señor Clancy—,
y menos después de haberme tropezado con dardos envenenados de los indios
sudamericanos. Ya sé que en realidad se utilizó veneno de serpiente, pero en el
fondo es lo mismo. Además, no pretenderá usted que en una novela policíaca
pasen las cosas exactamente igual que en la vida real. No hay más que leer los
periódicos, insípidos hasta que se te caen de las manos.
—Vamos, monsieur,
¿le parece a usted que nuestro asunto se cae de las manos?
—No —convino el
señor Clancy—. A veces, hasta pienso que no ha sucedido realmente.
Poirot acercó su
crujiente asiento a su anfitrión y le dijo en tono confidencial:
—Monsieur Clancy,
es usted un hombre de talento y de imaginación. La policía, como usted dice, le
mira con recelo, no ha solicitado su opinión y su consejo. Pero yo, Hércules
Poirot, deseo consultarle.
El señor Clancy se
ruborizó de satisfacción.
—Es usted muy
amable.
—Ha estudiado usted
criminología y su opinión será valiosa. Tengo sumo interés en saber quién, en
opinión de usted, cometió el crimen.
—Bien. —el señor
Clancy vaciló, cogió maquinalmente un plátano y empezó a comérselo. Cuando hubo
acabado, meneó la cabeza pensativamente y respondió—: Usted comprenderá,
monsieur Poirot, que eso es una cosa completamente distinta. El que escribe
puede elegir como autor del crimen a la persona que le convenga, pero en la
realidad es una persona determinada y uno no puede barajar los hechos a su
capricho. Temo que en la vida real yo sería un pésimo detective.
Meneó la cabeza con
tristeza y echó la piel de plátano al fuego.
—¿No le parece que
sería entretenido estudiar el caso juntos?
—¡Oh! Eso sí.
—Para empezar,
suponiendo que tuviera usted que adivinar el autor del crimen, ¿a quién
elegiría?
—¡Ah! Bien, yo creo
que a uno de los dos franceses.
—¿Por qué?
—Porque ella era
francesa. Y es lo que me parecía más probable. Además, se sentaban al otro
lado, muy cerca de la víctima. Pero realmente no lo sé.
—Eso, en gran parte
—advirtió con suficiencia Poirot—, depende del motivo.
—Claro, claro.
Supongo que habrá usted clasificado científicamente todos los motivos.
—Soy muy anticuado
en mis métodos. Me atengo al antiguo adagio: busca a quién beneficia el crimen.
—Eso está muy bien
—asintió el señor Clancy—, pero opino que es algo difícil en este caso. Hay una
hija que hereda, según tengo entendido. Pero son muchas las personas que iban
en el avión que pueden salir beneficiadas con el crimen, todas las que le debiesen
un dinero que ya no tendrían que devolver.
—Cierto —aceptó
Poirot—. Y aún puedo imaginar otras soluciones. Supongamos que madame Giselle
conociera algún secreto, un asesinato frustrado, por ejemplo, cometido por una
de esas personas.
—¿Un asesinato
frustrado? ¿Por qué eso precisamente? ¡Qué idea tan curiosa!
—En casos tan
extraños como este, hay que suponerlo todo.
—¡Ah! Pero no basta
suponerlo. Hay que saberlo.
—Tiene usted razón,
tiene usted razón. Una advertencia muy justa.
Luego Poirot
insinuó a bocajarro:
—Le ruego me
disculpe, pero esta cerbatana que usted compró...
—¡Maldita
cerbatana! —exclamó el señor Clancy—. ¡Ojalá nunca la hubiera mencionado!
—¿Dijo usted que la
compró en una tienda de Charing Cross? ¿Recuerda por casualidad el nombre de la
tienda?
—¡Ah! Tal vez sea
Absolom o Mitchell & Smith. No me acuerdo. Pero ya le he dicho todo esto a
ese inspector latoso. A estas horas, ya debe de haberlo comprobado.
—Bien, pero yo lo
pregunto por otra razón. Deseo adquirir un chisme de esos para hacer un
experimento.
—¡Ah! Ya comprendo.
Pero no creo que encuentre usted lo que busca. Esos objetos no se fabrican en
serie, ya sabe usted.
—De todos modos,
puedo intentarlo. ¿Será usted tan amable, señorita Grey, de tomar nota de esos
dos nombres?
Jane abrió su
cuaderno y trazó, con una soltura profesional, unos cuantos signos. Luego, como
si se entretuviese con el lápiz, escribió los nombres en el reverso de la hoja,
por si le hacía falta recordarlos en caso de que las instrucciones de Poirot
fueran sinceras.
—Y ahora —concluyó
Poirot—, ya le he robado demasiado tiempo. No tengo más que despedirme, dándole
mil gracias por su amabilidad.
—No hay de qué, no
hay de qué. Me gustaría que comiesen ustedes un plátano.
—Es usted muy
amable.
—Nada de eso. Debo
confesarles que estoy muy contento esta noche. Me había atascado en un relato
corto que estoy escribiendo. La cosa no marchaba, no encontraba un nombre
apropiado para el delincuente. Buscaba algo que tuviera cierto sabor. Pues
bien, es cuestión de un poco de suerte, y esta noche encontré lo que buscaba
sobre la puerta de una carnicería: Pargiter. Ese es el nombre que me hacía
falta. Suena bien al oído y sugiere algo. Además, al cabo de cinco minutos,
solucioné otro problema. Siempre hay nudos que desatar en una historia: ¿por
qué no habla la muchacha? El chico quiere que hable y ella asegura que tiene
los labios sellados. Nunca se encuentra una razón aceptable, claro está, para
que una muchacha no lo cuente todo de sopetón, pero uno está obligado a idear
algo mejor que una solemne idiotez. ¡Por desgracia, cada vez tiene que ser algo
diferente!
Sonrió mirando a
Jane.
—¡Las pruebas por
las que ha de pasar un escritor!
Se apartó para
acercarse a una librería.
—Me permitirán, al
menos, que les dé una cosa.
Volvió con un libro
en la mano.
—El caso del pétalo
escarlata. Creo que ya conté en Croydon que este libro trata de flechas
indígenas envenenadas.
—Muchas gracias. Es
usted muy amable.
—Nada de eso. Ya
veo —advirtió de pronto, dirigiéndose a Jane—, que no usa usted el sistema
taquigráfico de Pitman.
Jane se ruborizó
hasta las orejas. Poirot corrió en su ayuda.
—La señorita Grey
es muy moderna. Usa un sistema más reciente inventado por un checoslovaco.
—¿Qué le parece? Ha
de ser un país sorprendente, Checoslovaquia. Todo parece venir de allí,
zapatos, cristalería, guantes, y solo faltaba un sistema de taquigrafía. ¡Es
sorprendente!
Estrechó la mano a
los dos.
—Me gustaría
haberle podido ser más útil.
Lo dejaron en mitad
de la desordenada sala, sonriendo pensativamente tras ellos.
16
PLAN DE CAMPAÑA
Frente a la puerta
del señor Clancy, subieron a un taxi que los llevó al Monseigneur, donde se
reunieron con Norman Gale.
Poirot encargó un
consommé y un chaud-froid de pollo.
—¿Y bien? —preguntó
Norman—, ¿cómo les ha ido?
—La señorita Grey
ha representado a la perfecta secretaria.
—No creo haberlo
hecho muy bien —protestó Jane—. Se fijó en mis garabatos cuando pasó por detrás
de mí. Ese hombre debe ser muy observador.
—¡Ah! ¿Lo ha notado
usted? Nuestro buen amigo el señor Clancy no es tan distraído como podría uno
imaginarse.
—¿Deseaba usted
realmente tener estas señas? —preguntó ella.
—Creo que pueden
ser útiles, sí.
—Pero si la
policía...
—¡Oh! ¡La policía!
Yo no preguntaré lo que la policía habrá preguntado. Y tengo mis dudas de que
haya hecho alguna pregunta. Ya saben que la cerbatana hallada en el avión fue
adquirida en París por un norteamericano.
—¿En París? ¿Por un
norteamericano? ¡Pero si no había ningún norteamericano en el avión!
Poirot le sonrió
con benevolencia.
—Precisamente.
Ahora aparece un norteamericano para complicar las cosas. Voila tout.
—Pero ¿la compró un
hombre? —preguntó Norman.
Poirot lo miró con
extraña expresión.
—Sí —contestó—, la
compró un hombre.
Norman se mostró
sorprendido.
—De todos modos
—señaló Jane—, no fue el señor Clancy. Este ya tenía una y no necesitaba otra
para nada.
Poirot asintió.
—Así es como hay
que proceder. Se sospecha de todos por turno y luego se tacha su nombre de la
lista.
—¿Cuántos nombres
ha tachado usted? —preguntó Jane.
—No tantos como
podría figurarse, mademoiselle —contestó Poirot guiñando un ojo—. Eso depende
del motivo, ¿sabe usted?
—¿Se han
encontrado...? —Norman Gale se contuvo, y añadió a modo de excusa—: No quiero
inmiscuirme en secretos oficiales, pero ¿no hay datos de los negocios de esa
mujer?
Poirot meneó la
cabeza.
—Todos los
documentos han sido quemados.
—Es una lástima.
—Evidemment! Pero
parece que madame Giselle mezclaba un poco de chantaje con su profesión de
prestamista, y esto amplía el campo de las conjeturas. Supongamos, por ejemplo,
que madame Giselle tuviese pruebas de cierto acto criminal, pongamos por
ejemplo, de un intento de asesinato.
—¿Hay algún motivo
para suponer semejante cosa?
—Ya lo creo
—contestó Poirot con calma—. Es una de las pocas pruebas documentales que
tenemos en este caso.
Tras observar
detenidamente la expresión de interés de la pareja, lanzó un suspiro.
—Bueno, eso es
todo. Hablemos de otra cosa, por ejemplo, del efecto que ha producido en la
vida de ustedes dos esta tragedia.
—Es horrible
decirlo, pero yo he salido muy beneficiada —contestó Jane. Contó su aumento de
sueldo.
—Como usted dice,
mademoiselle, ha salido beneficiada, pero probablemente ese beneficio será
transitorio. Esa admiración que despierta su relato no durará más que una
semana. Téngalo presente.
—Es cierto —exclamó
Jane riendo.
—Me temo que, en mi
caso, el efecto durará más de una semana —observó Norman.
Explicó su
situación. Poirot le escuchaba compasivo.
—Como usted dice
—advirtió pensativo—, eso durará más de siete días. Puede durar semanas y
meses. Los golpes de efecto duran poco, pero el miedo persiste durante largo
tiempo.
—¿Le parece a usted
que debo abandonar mi consultorio?
—¿Tiene usted otro
plan?
—Sí, liquidarlo
todo. Largarme al Canadá o a cualquier parte y empezar de nuevo.
—Eso sería una
lástima —señaló Jane con firmeza.
Norman la miró. Con
sumo tacto, Poirot se enfrascó con el pollo.
—No es que yo desee
hacerlo —protestó Norman.
—Si yo descubro
quién mató a Madame Giselle, usted no tendrá que irse —le aseguró Poirot,
animándole.
—¿Cree usted que lo
conseguirá? —preguntó Jane.
Poirot le dirigió
una mirada de reproche.
—Si se estudia un
problema con orden y método, no debe haber dificultad alguna para resolverlo,
ninguna en absoluto —afirmó Poirot severamente.
—Ya comprendo
—aseguró Jane sin comprender nada.
—Pero yo llegaré a
la solución de este problema con más rapidez si me ayudan —aseguró Poirot.
—¿Qué clase de
ayuda?
Poirot guardó
silencio unos instantes.
—La ayuda del señor
Gale. Y, tal vez después, la ayuda de usted.
—¿Qué puedo hacer
yo? —preguntó Norman.
—No le gustará —le
advirtió.
—¿De qué se trata?
—insistió el muchacho, impaciente.
Delicadamente, para
no ofender la sensibilidad de un inglés, Poirot se entretuvo con un
mondadientes.
—Francamente, lo
que necesito es un chantajista.
—¡Un chantajista!
—exclamó Norman, mirando a Poirot como quien no da crédito a sus oídos.
Poirot asintió.
—Eso precisamente:
un chantajista.
—¿Y para qué?
—Parbleu! Para
chantajear a alguien.
—Sí, pero quiero
decir ¿a quién? ¿Por qué?
—¿Por qué? Eso es
cosa mía. En cuanto a quién... —hizo una pausa y luego prosiguió hablando como
quien propone un negocio normal—: Le explicaré en pocas palabras cuál es mi
plan. Escribirá usted una carta a la condesa de Horbury. Es decir, la escribiré
yo, y usted la copiará. Debe hacer constar que es «personal». En la carta le
pedirá una entrevista. Le recordará usted el viaje que hizo a Inglaterra en
cierta ocasión. Se referirá también a ciertos negocios realizados con madame
Giselle, negocios que han pasado a sus manos.
—Y luego, ¿qué?
—Luego le concederá
a usted una entrevista. Irá usted a verla y le dirá ciertas cosas. Ya le daré
las debidas instrucciones. Le exigirá... déjeme pensar... diez mil libras.
—¡Está usted loco!
—En absoluto
—rechazó Poirot—. Seré todo lo raro que usted quiera, pero no loco.
—Y, si lady Horbury
avisa a la policía, me meterán en la cárcel.
—No llamará a la
policía.
—Usted no lo sabe.
—Mon cher, hablando
en plata, yo lo sé todo.
—No obstante, no me
gusta.
—No hace falta que
se quede usted con las diez mil libras, si es que eso lo que ha de pesar en su
conciencia —señaló Poirot con un guiño.
—Sí, pero usted
comprenderá, monsieur Poirot, que es una misión que puede arruinar mi vida.
—Ta... ta... ta...
la dama no avisará a la policía, se lo aseguro yo.
—Puede decírselo a
su marido.
—No se lo dirá.
—Esto no me gusta.
—¿Le gusta perder
su clientela y estropear su carrera?
—No, pero...
Poirot le sonrió
amablemente.
—Siente usted una
repugnancia natural, ¿verdad? Era de esperar. Usted es todo un caballero, pero
le aseguro que lady Horbury no merece ser objeto de tan delicados sentimientos.
Para decirlo más claramente, es una buena arpía.
—De todos modos, no
puede ser una asesina.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Porque
nosotros la habríamos visto. Jane y yo estábamos justo al otro lado del
pasillo.
—Es usted un hombre
lleno de prejuicios. Pero yo deseo resolver el asunto y, para eso, tengo que
saber.
—No me gusta la
idea de chantajear a una mujer.
—¡Ah, mon Dieu, hay
que ver lo que conllevan ciertas palabras! No habrá chantaje. Solo tendrá usted
que producir un determinado efecto. Luego, cuando usted haya preparado el
terreno, me presentaré yo.
—Si por su culpa me
meten en la cárcel...
—Que no, que no. Me
conocen muy bien en Scotland Yard. Si sucediera algo, yo me haría responsable.
Pero no pasará nada, sino lo que le he dicho.
Norman se rindió
lanzando un suspiro de resignación.
—Está bien. Lo
haré, pero no me gusta ni pizca.
—Bueno. Le diré lo
que tiene que escribir. Coja un lápiz.
Le dictó la carta
despacio.
—Voila. Luego le
daré instrucciones sobre lo que debe decir. Dígame, mademoiselle, ¿va usted
alguna vez al teatro?
—Sí, con frecuencia
—contestó Jane.
—Bien. ¿Ha visto,
por ejemplo, una comedia titulada En lo más profundo?
—Sí, la vi hace
cosa de un mes. Está bastante bien.
—Es una comedia
norteamericana, ¿verdad?
—Sí.
—¿Recuerda usted el
papel de Harry, representado por el señor Raymond Barraclough?
—Sí. Lo hacía muy
bien.
—Le es simpático
ese actor, ¿no es cierto?
—Es arrebatador.
—¡Ah! Il est sex
appeal?
—Por completo
—confirmó Jane riendo.
—¿No es más que
eso, o es también un buen actor de teatro?
—¡Oh! Me gusta
mucho su manera de trabajar.
—Tendré que ir a
verle —señaló Poirot.
Jane le miró
sorprendida. ¡Qué hombrecillo tan raro era aquel belga, saltando de un asunto a
otro como un pajarito de rama en rama!
Tal vez él leía sus
pensamientos, porque le sonrió, diciendo:
—¿No está de
acuerdo conmigo, mademoiselle? ¿No aprueba mis métodos?
—Da usted muchos
saltos.
—No es eso. Sigo mi
camino con orden y método, paso a paso. No hay que lanzarse nunca de un salto a
una conclusión. Hay que ir eliminando.
—¿Eliminando? ¿Eso
es lo que usted hace? —preguntó Jane. Pensativa, prosiguió—: Ya veo. Ha
eliminado usted al señor Clancy.
—Tal vez —respondió
Poirot.
—Y nos ha eliminado
a nosotros, y ahora acaso se propone eliminar a lady Horbury. ¡Oh!
Calló, como si se
le ocurriera una idea terrible.
—¿Qué le pasa,
mademoiselle?
—Eso que ha dicho
usted de un intento de asesinato. ¿Es una prueba?
—Es usted muy
perspicaz, mademoiselle. Sí, forma parte de la pista que persigo. Hablo del
intento de asesinato y observo al señor Clancy, la observo a usted, observo al
señor Gale, y en ninguno de los tres descubro el menor cambio, ni un leve
pestañeo. Y permita que le diga que no se me puede engañar en eso. Un asesino
puede estar preparado para afrontar cualquier ataque previsto. Pero esta
anotación en un librito no podía ser conocida por ninguno de ustedes. De modo
que, ya ve usted, estoy satisfecho.
—Pero es usted una
persona horrible, monsieur Poirot
—exclamó Jane—. No
comprendo por qué tiene que decir estas cosas.
—Muy sencillo.
Porque necesito averiguar cosas.
—Supongo que tendrá
usted unos medios muy ingeniosos para averiguarlas.
—No hay más que una
manera.
—¿Y cuál es?
—Dejar que la gente
se las diga a uno.
Jane se echó a
reír..
—¿Y si se las
quieren callar?
—A todo el mundo le
gusta hablar de sí mismo.
—Supongo que sí
—convino Jane.
—Así es como ha
hecho fortuna más de un curandero. Invitan al paciente a que se siente y les
cuente cosas. Que si se cayó del cochecito a los dos años, que si su madre,
comiendo fruta, se manchó el vestido un día, que si al año y medio tiraba a su
padre de las barbas. Y luego el curandero le dice que ya no sufrirá más de
insomnio y pide dos guineas, y el paciente se va muy contento, contentísimo, y
quizá duerma bien aquella noche.
—¡Qué ridículo!
—No, no es tan
ridículo como usted se figura. Se basa en una necesidad fundamental de la
naturaleza humana, en la necesidad de hablar, de revelarse uno a los demás. A
usted misma, mademoiselle, ¿no le gusta recordar su infancia, recordar a sus
padres?
—Eso no tiene el
menor sentido en mi caso. Crecí en un orfanato.
—¡Ah! Eso es
diferente. No es agradable.
—¡Oh! No era uno de
esos orfanatos tétricos que sacan a los niños a pasear con ropitas del mismo
color y hechura. Era uno muy alegre y divertido.
—¿Era en
Inglaterra?
—No, en Irlanda,
cerca de Dublín.
—Así pues, es usted
irlandesa. Por eso tiene ese pelo rojo y esos ojos gris azulado, con esa
mirada...
—Como si se los
hubieran pintado con los dedos tiznados —acabó Norman alegremente.
—Comment? ¿Qué ha
dicho usted?
—Es un dicho sobre
los ojos irlandeses. Dicen que se los han pintado con los dedos tiznados.
—¿De veras? No es
muy elegante, pero lo expresa muy bien —Se inclinó hacia Jane—. El efecto es
muy hermoso, mademoiselle.
Jane se rió al
levantarse.
—Usted me lleva de
cabeza, monsieur Poirot. Buenas noches y gracias por la cena. Y tendrá que
invitarme otra vez, si Norman va a la cárcel por chantajista.
El rostro de Norman
se ensombreció al oír aquello.
El detective se
despidió de los dos jóvenes, deseándoles buenas noches.
Al llegar a casa,
abrió un cajón y de él sacó una lista que contenía once nombres.
Trazó una cruz ante
cuatro de aquellos nombres. Luego meneó la cabeza titubeando.
—Me parece que ya
lo sé —murmuró para sí—. Pero quiero estar muy seguro. Il faut continuer.
17
EN WANDSWORTH
El señor Mitchell
estaba dando cuenta de un plato de salchichas cuando le anunciaron que un
caballero deseaba verle.
El camarero se
sorprendió al enterarse de que la visita era nada menos que el señor bigotudo,
que era uno de los pasajeros del avión en aquel viaje fatal.
Monsieur Poirot se
mostró muy afable y cortés, insistiendo en que el señor Mitchell siguiera con
su cena y deshaciéndose en cumplidos con la señora Mitchell, que lo contemplaba
boquiabierta.
Aceptó una silla,
comentó que hacía mucho calor para lo avanzado del año y, poco a poco, entró en
el tema de su visita.
—Me parece que
Scotland Yard progresa muy poco en las indagaciones del caso.
Mitchell meneó la
cabeza.
—Es un asunto
asombroso, señor. No sé qué van a descubrir. Si ninguno de los que estábamos en
el avión vimos nada, va a ser muy difícil para los que no estaban allí.
—Muy cierto lo que
dice.
—Henry está muy
preocupado por lo sucedido —apuntó la mujer—. No puede dormir por las noches.
El camarero se
explicó:
—Es terrible, pero
no me lo puedo quitar de la cabeza. La compañía se ha portado muy bien conmigo,
porque le confieso que, al principio, temí que podría perder el puesto.
—No podían
despedirte, Henry. Eso no hubiera estado bien.
La mujer hablaba
con resuelto convencimiento. Era una señora alta y robusta, de ojos saltones y
negros.
—No siempre salen
tan bien las cosas, Ruth. Incluso han salido mejor de lo que esperaba. No me
han echado las culpas, pero me sentía culpable. Ya me comprende. Después de
todo, yo era el encargado.
—Me doy cuenta de
sus sentimientos —observó Poirot en tono comprensivo—. Pero le aseguro que es
usted muy puntilloso con su conciencia. Nada de lo sucedido es culpa suya.
—Eso le digo yo,
señor—medió la señora Mitchell.
Mitchell meneó de
nuevo la cabeza.
—Pero yo debía
haber advertido que la señora estaba muerta mucho antes. Si hubiera procurado
despertarla la primera vez que le presenté la cuenta...
—No hubiera habido
diferencia. Según los médicos, la muerte fue instantánea.
—No hace más que
darle vueltas al caso —intervino la mujer—. Yo le digo que no piense más en
eso. Cualquiera adivina las razones que tienen los extranjeros para matarse
unos a otros y ¡qué quiere que le diga!, haber hecho eso a bordo de un avión
británico es de mala ley.
Acabó la frase con
un indignado bufido patriótico. Mitchell meneó la cabeza perplejo.
—El crimen pesa
sobre mí, por decirlo así. Cuando estoy de servicio, estoy con unos nervios....
Y esos señores de Scotland Yard no paran de preguntarme si noté algo anormal
durante el viaje o si ocurrió algo insólito. Temo haberme olvidado de algo,
aunque estoy seguro de que no. Fue aquel el viaje más normal hasta... hasta que
ocurrió aquello.
—Cerbatanas y
flechas paganas, como yo les llamo —señaló la señora Mitchell.
—Tiene usted razón
—aceptó Poirot, dirigiéndose a ella con un aire de sorpresa ante la
observación—. Un asesinato británico no se comete así.
—Tiene razón,
señor.
—Me parece, señora
Mitchell, que adivinaría de qué parte de Inglaterra es usted.
—De Dorset, señor.
No muy lejos de Bridport. De allí soy.
—Exacto. Un
adorable rincón del mundo.
—Sí que lo es.
Londres no se puede comparar con Dorset. Mi familia hace casi doscientos años
que se estableció en Dorset, y yo llevo Dorset en la sangre, como se diría.
—Sí, no hay duda —y
Poirot se volvió de nuevo hacia el camarero—. Me gustaría preguntarle una cosa,
Mitchell.
Las cejas del
camarero se contrajeron.
—Ya he dicho todo
lo que sabía, señor. ¿Qué más puedo decir?
—Sí, sí, no se
trata más que de una tontería. Me gustaría saber si vio algo fuera de lugar en
la bandeja de madame Giselle.
—¿Quiere decir
cuando... cuando descubrí...?
—Sí, cualquier
cosa... cucharas y tenedores, el salero... cualquier cosa.
El camarero meneó
la cabeza.
—No había nada de
eso. Todo fue retirado para servir el café. Yo no noté nada, y debería haberlo
hecho. Estaba demasiado aturdido. Pero la policía lo sabrá, porque examinó
minuciosamente todo el avión.
—Está bien —aceptó
Poirot—. No importa. De todos modos tengo que hablar con Davis, su compañero.
—Ahora hace el
vuelo de las ocho cuarenta y cinco, señor.
—¿Le ha
impresionado mucho el asunto?
—¡Oh! Verá usted,
hay que tener en cuenta que es muy joven. Si le he de decir la verdad, casi le
ha divertido. Está emocionado y todo el mundo le invita a tomar copas para
oírle contar el caso.
—¿Sabe usted si
tiene novia? —preguntó Poirot—. Sin duda le impresionaría mucho saber que
estaba relacionado con un crimen.
—Corteja a la hija
del viejo Johnson, el de Crown and Feathers —señaló la señora Mitchell—. Pero
es una muchacha muy juiciosa y tiene la cabeza muy bien sentada. Le disgusta
verse mezclada en un asesinato.
—Es un punto de
vista muy respetable —concedió Poirot levantándose—. Bueno, gracias, señor
Mitchell, créame, no piense más en eso.
Cuando se hubo ido,
Mitchell le dijo a su mujer:
—¡Y pensar que
aquellos bobos del jurado creyeron que lo había hecho él! Si quieres que diga
lo que pienso, creo que pertenece a la policía secreta.
—Si quieres que lo
diga yo —replicó la mujer—, detrás de todo eso andan los bolcheviques.
Poirot había dicho
que hablaría con el otro camarero, con Davis. Y he aquí que no transcurrirían
muchas horas sin que satisficiera sus deseos en el bar del Crown and Feathers.
Le preguntó lo
mismo que a Mitchell.
—Nada en desorden,
no, señor. ¿Quiere usted decir si cada cosa estaba en su sitio?
—Quiero decir...
bueno, si faltaba algo de su bandeja, por ejemplo, o si había en ella algo que
no debiera estar.
—Algo de eso había.
Me fijé cuando estaba recogiendo el servicio, después que la policía hiciese su
trabajo, pero supongo que no se refiere usted a eso. Solo que la difunta tenía
dos cucharillas de café en su platillo. Esto pasa a veces cuando servimos con
prisas. Me fijé porque hay una superstición al respecto. Dicen que dos
cucharillas en un mismo plato significan boda.
—¿Faltaba la
cucharilla en algún otro plato?
—No, señor, al
menos no lo noté. Mitchell y yo debimos ponerla inadvertidamente, como sucede a
veces. Yo mismo puse dos servicios de pescado hace cosa de una semana. Más vale
eso que dejar la mesa incompleta, porque luego hay que correr a buscar otro cuchillo
o lo que te hayas olvidado.
Poirot hizo aún
otra pregunta, muy atrevida por cierto:
—¿Qué le parecen
las muchachas francesas, Davis?
—Las inglesas son
suficientemente buenas para mí, señor.
Dirigió una abierta
sonrisa a una rubia y rolliza muchacha apostada tras la barra.
18
EN QUEEN VICTORIA
STREET
El señor James
Ryder se mostró sorprendido cuando le entregaron la tarjeta en que se leía el
nombre de monsieur Hércules Poirot.
Aquel nombre le era
familiar, aunque en aquel instante no podía recordar por qué. Y enseguida se
dijo:
—¡Oh, aquel tipo!
—y mandó al empleado que lo dejase pasar.
Monsieur Hércules
Poirot apareció muy alegre, con un bastón en la mano y una flor en la solapa.
—Espero que me
perdonará usted la molestia. Vengo por ese enojoso asunto del asesinato de
madame Giselle.
—¿Sí? Bueno, ¿y qué
pasa con eso? Siéntese, haga el favor. ¿Quiere un puro?
—No, gracias. No
fumo más que mis cigarrillos. ¿Le apetece a usted uno?
Ryder miró los
delgados cigarrillos de Poirot con aire de duda.
—Prefiero fumar de
los míos, si no le importa. Temo que, a la menor distracción, me tragaría una
cosa tan delgada —y rió de buena gana—. El inspector estuvo aquí hace unos días
—prosiguió el señor Ryder cuando logró, por fin, encender su mechero—. ¡Qué gente
tan molesta! ¡Valdría más que se ocuparan de sus asuntos!
—Es que necesitan
informarse —puntualizó Poirot melosamente.
—Pero no veo por
qué tienen que ofender a nadie para eso —replicó el señor Ryder con amargura—.
Uno tiene sus sentimientos y ha de pensar en la reputación de su negocio.
—Quizá es usted
algo quisquilloso.
—Me encuentro en
una situación delicada —afirmó el señor Ryder—. Figúrese que yo estaba justo
frente a ella. Esto es sospechoso, supongo, pero no tengo yo la culpa de que me
dieran ese asiento. Si hubiera sabido que iban a matar a esa mujer, no hubiera
hecho el viaje en ese avión. Aunque no sé, tal vez sí.
Se quedó un momento
pensativo.
—¿Acaso puede usted
decir que no hay mal que por bien no venga? —le preguntó Poirot.
—Es curioso que me
haga usted esa pregunta. Sí o no, según como se mire. Quiero decirle que me han
molestado mucho, que me han colgado el sambenito y que se han insinuado ciertas
cosas. ¿Y por qué yo, digo? ¿Por qué no van a molestar a ese doctor Hubbard o
Bryant? Los médicos son los que entienden de venenos virulentos que no dejan
huellas. ¿De dónde iba a sacar yo ese veneno de serpiente? ¿Me lo quiere decir?
—Decía usted que al
lado de los inconvenientes...
—¡Ah, sí! Hay un
lado bueno en todo esto. No me avergüenza confesarle que he ganado una bonita
suma con la prensa. Declaraciones de un testigo presencial. Aunque podía más la
imaginación del periodista que lo que yo declaraba, y al final no fue ni una cosa
ni otra.
—Es interesante
—comentó Poirot— cómo afecta un crimen a gente que nada tiene que ver con él.
Usted mismo se gana de un modo inesperado una bonita suma, que a lo mejor le
habrá venido bien en estos momentos.
—El dinero nunca
molesta —afirmó el señor Ryder, dirigiendo a Poirot una intensa mirada.
—A veces lo
necesitamos de un modo imperioso. Por el dinero los hombres estafan y roban
—Agitó las manos—. Y luego se complican las cosas.
—Bueno, no nos
amarguemos la vida —añadió el señor Ryder.
—Cierto, ¿para qué
contemplar las cosas en su aspecto más sombrío? Ese dinero le habrá venido muy
bien, ya que en París no pudo obtener el préstamo.
—¿Cómo diablos sabe
usted eso? —preguntó el señor Ryder molesto.
Hércules Poirot
sonrió.
—Fuera como fuese,
es cierto.
—Muy cierto, pero
tengo mucho interés en que no se difunda.
—Le aseguro que soy
la discreción en persona.
—Es curioso
—masculló el señor Ryder— que una suma tan insignificante pueda salvar una
empresa de la bancarrota. Una pequeña cantidad para ponerse de momento a
cubierto de la crisis y, si uno no puede obtener esa pequeña cantidad, al
diablo su crédito. Vaya, ¡es condenadamente raro! ¡El dinero es raro! ¡El
crédito es raro! Convenga usted en que la vida es muy rara.
—Es una gran
verdad.
—Y a propósito: ¿de
qué quería usted hablarme?
—Es algo delicado.
En el cometido de mi trabajo, me han llegado noticias de que, a pesar de sus
negativas, tuvo usted tratos con esa Giselle.
—¿Quién se lo ha
dicho? ¡Eso es mentira! Nunca había visto a esa mujer!
—¡Caramba! ¡Pues es
curioso!
—¿Curioso? Es una
infamia.
—¡Ah! Tendré que
ponerlo en claro.
—¿Qué quiere decir?
¿Qué se propone?
—No se enfade, no
se enfade. Debe de ser un error.
—¡Pues claro que lo
es! ¡Confundirme a mí con esa gentuza de la alta sociedad que vive de los
prestamistas! Esas damas que se endeudan en las mesas de juego, ellas eran sus
presas.
Poirot se levantó.
—Perdóneme si me he
informado mal —Se detuvo en la puerta—. Y a propósito, por mera curiosidad:
¿por qué ha llamado doctor Hubbard al doctor Bryant?
—Que me cuelguen si
lo sé. ¡Ah, sí! Creo que debe de haber sido por la flauta. «El perro de la tía
Hubbard», esa canción de cuna: «Pero cuando llegó a casa, tocaba el perro la
flauta». Es curioso como he confundido los nombres.
—¡Ah, sí! La
flauta. Estas cosas me interesan psicológicamente, ¿comprende?
El señor Ryder hizo
una mueca al oír la palabra psicología y todo aquel maldito galimatías del
psicoanálisis.
Miró a Poirot con
cara de sospecha.
19
LA VISITA DEL SEÑOR
ROBINSON
La condesa de
Horbury estaba en el dormitorio de su casa de Grosvenor Square, sentada ante su
tocador repleto de cepillos con mango dorado, tarros de crema para la cara,
polveras y demás artículos de belleza. Pero, en medio de todo aquel esplendor,
la señora tenía los labios secos, y el enrojecimiento de sus mejillas no se
debía solo al colorete. Releyó la carta por cuarta vez.
Condesa de Horbury.
Ref: muerte de
madame Giselle.
Apreciada señora:
Obran en mi poder
ciertos documentos que conservaba la difunta. Si a usted o al señor Raymond
Barraclough les interesa el tema, tendré el honor de hacerles una visita para
llegar a un acuerdo.
Dígame si prefiere
que arregle este asunto con su marido.
Su affmo.
JOHN ROBINSON
Era estúpido leer
aquello tantas veces.
¡Como si las
palabras pudieran cambiar de significado!
Cogió el sobre, dos
sobres. El primero con la palabra «Personal», y el segundo, con la advertencia
«Reservado y muy confidencial».
«Reservado y muy
confidencial.»
¡La muy zorra!
¡Y pensar que la
bruja embustera juraba haber tomado todas las precauciones para proteger a los
clientes de cualquier contingencia!
Maldita francesa.
La vida era un infierno.
¡Dios mío, estos
nervios!, se dijo Cicely. ¡No es justo, no es justo!
Con mano temblorosa
abrió un frasquito con tapón de oro. Esto me calmará, me pondrá en forma.
Aspiró los polvos
que contenía el frasquito.
¡Mucho mejor! Por
fin podía pensar. ¿Qué hacer? Recibir a aquel tipo, desde luego. Pero ¿dónde
encontraría dinero prestado? Tal vez, con un poco de suerte, en aquel lugar de
Carlos Street.
Tiempo habría para
pensar en eso. Ante todo, hablar con aquel tipo, averiguar lo que sabía.
E inclinándose
sobre el escritorio escribió con aquella mala letra suya:
La condesa de
Horbury saluda al señor John Robinson y le comunica que le recibirá mañana, si
puede visitarle usted a las once.
—¿Estoy bien?
—preguntó Norman.
Enrojeció
ligeramente al ver la sorprendida mirada de Poirot.
—Nom d'un chien!
—exclamó este—. ¿Qué comedia cree que va a representar?
Norman Gale
enrojeció aún más.
—Me dijo usted que
cierto disfraz sería adecuado.
Poirot suspiró y,
cogiendo a Norman de un brazo, lo llevó frente al espejo.
—¡Mírese! Es todo
lo que le pido: ¡mírese! ¿Quién se figura usted que es? ¿Un Santa Claus
disfrazado para divertir a los niños? Ya sé que no lleva barba blanca, no. La
barba es negra, como la del traidor de un melodrama. ¡Pero qué barba, una barba
que clama al cielo! Es una barba barata, amigo mío, y puesta con tan poca
gracia que avergonzaría a un aficionado! ¡Y además, las cejas! ¿Es que tiene
usted la manía del pelo postizo? Se huele a goma a varios metros y, si cree
usted que no se nota ese algodón que se ha metido en los carrillos, se
equivoca. Amigo mío, este no es su oficio. Decididamente, representar este
delicado papel no es su oficio.
—Tiempo atrás
trabajé en un teatro de aficionados —aseguró Norman Gale muy tieso.
—Cuesta creerlo. En
todo caso, me parece que no le permitirían caracterizarse a su modo. Ni a la
luz de las candilejas convencería usted a nadie. Imagine en Grosvenor Square y
a la luz del día.
Poirot se encogió
elocuentemente de hombros para acabar la frase.
—No, mon ami, debe
usted ser un chantajista y no un cómico. Deseo que atemorice usted a esa dama,
no que se muera de risa. Ya sé que le molesta que le diga esto. Lo siento, pero
estamos en unas circunstancias en que solo nos sirve la verdad. Quítese esto y
eso. Vaya al cuarto de baño y acabemos con esta comedia.
Norman Gale
obedeció y, cuando volvió a salir un cuarto de hora después, con la cara del
color del ladrillo rojo, Poirot lo acogió con un ademán de aprobación.
—Tres bien. Se
acabó la farsa y empieza el negocio en serio. Le dejaré llevar un bigotillo,
pero me va a permitir que se lo ponga yo... Así. Y ahora peinado de otro
modo... Así. Con esto basta. Veamos ahora si recuerda su papel.
Escuchó atentamente
lo que Norman decía y aprobó:
—Está bien. En
avant y buena suerte.
—No deseo otra
cosa. Probablemente me encontraré con un marido furioso y una pareja de
guardias.
Poirot lo
tranquilizó.
—No tema. Todo
saldrá a pedir de boca.
—Eso dice usted
—protestó Norman.
Con gran
desaliento, se lanzó a la desagradable aventura.
En Grosvenor
Square, le condujeron a un saloncito del primer piso y, a los pocos minutos, se
presentó lady Horbury.
Norman dominó sus
nervios. Bajo ningún concepto debía revelar que era un novato en aquellas
lides.
—¿El señor
Robinson? —preguntó Cicely.
—Servidor de usted
—contestó Norman inclinándose.
¡Diablos! Como un
viajante de comercio, pensó con disgusto. ¡Es terrible!
—Recibí su carta
—aceptó Cicely.
Norman se dominó.
¡Y pensar que aquel viejo tontaina creía que no sabría actuar!, se dijo,
sonriendo para sus adentros.
En voz alta y casi
insolente, contestó:
—Exacto. ¿Y qué me
responde usted entonces, lady Horbury?
—No sé qué pretende
usted.
—Vamos, vamos,
¿para qué entrar en detalles? Todos sabemos lo agradable que es pasarse aunque
solo sea un fin de semana en la playa. Pero los maridos casi nunca están de
acuerdo. Creo que ya sabe usted, lady Horbury, en qué consisten las pruebas.
Admirable mujer, la vieja Giselle. Siempre se procuraba los comprobantes: el
registro en el hotel, etcétera. Son de primera clase. Ahora se trata de saber
quién los desea más: si usted o lord Horbury. Esa es la cuestión.
Ella se echó a
temblar.
—Yo vendo —insistió
Norman con una voz que se hacía más firme a medida que le iba tomando gusto al
papel del señor Robinson—. ¿Compra usted? De eso se trata.
—¿Cómo ha
conseguido usted esa prueba?
—Poco importa cómo.
El caso es que la tengo, lady Horbury.
—No me inspira
confianza. Muéstremela.
—¡Ah, no! —rechazó
Norman, meneando la cabeza y mirando a su interlocutora de soslayo—. No llevo
nunca nada encima. No soy tan cándido como para eso. Si cerramos el negocio,
eso es otra cosa. Entonces le enseñaré el documento antes de que me entregue el
dinero. Juego limpio y sin trampas.
—¿Cuan... cuánto?
—Diez mil de las
mejores libras, no dólares.
—¡Imposible! ¡Nunca
podré conseguir esa cantidad!
—Puede usted hacer
milagros si quiere. No es oro todo lo que reluce en nuestros días, pero las
perlas son siempre perlas. Mire, para hacerle un favor a una dama, se lo dejaré
en ocho mil. Es mi última palabra. Y le concederé dos días para pensarlo.
—No podré conseguir
el dinero, se lo aseguro.
Norman suspiró y
meneó la cabeza.
—Bueno, acaso lo
mejor será que lord Horbury se entere de lo que ha pasado. No sé si me equivoco
al pensar que una mujer divorciada por su culpa no tiene derecho a
compensación, y el señor Barraclough es muy buen actor, pero aún no gana lo
suficiente. Ni una palabra más. Le daré tiempo para pensarlo, pero tenga por
seguro que cumpliré lo que digo. —Tras una pausa, añadió—: Y lo haré como
Giselle lo hubiera hecho.
Y sin dar tiempo a
que la afligida señora le replicara, salió precipitadamente.
—¡Uff! —respiró
cuando se vio en la calle—. ¡Gracias a Dios que ha terminado!
Apenas había
transcurrido una hora, cuando lady Horbury leyó la tarjeta que le entregaron.
MONSIEUR HERCULES
POIROT
—¿Quién es?
—preguntó, volviéndose rápidamente—. No puedo recibirle.
—Dice, milady, que
viene de parte del señor Raymond Barraclough.
—¡Ah! Muy bien,
hágalo pasar.
El mayordomo
desapareció para anunciar al poco rato:
—Monsieur Hércules
Poirot.
Vestido con la
elegancia de un dandy, monsieur Poirot entró y se inclinó reverente.
El mayordomo cerró
la puerta. Cicely avanzó un paso.
—¿Le manda a usted
el señor Barraclough?
—Siéntese, señora
—ordenó él, afable pero autoritario.
Ella se sentó
maquinalmente. Él ocupó una silla a su lado, mostrando una conducta paternal y
tranquilizadora.
—Señora, le ruego
que vea en mí a un amigo. Vengo a aconsejarla. Sé que se encuentra usted en un
grave apuro.
—No —murmuró ella
débilmente.
—Écoutez, madame,
yo no vengo a que me descubra usted ningún secreto. No hace falta, porque yo ya
lo sé todo. En esto precisamente consiste ser un buen detective.
—¿Un detective?
—repitió ella, abriendo mucho los ojos—. Ya recuerdo, estaba usted en el avión.
Era usted.
—Exacto, era yo.
Ahora, señora, vayamos al asunto. Como le he dicho, no pretendo que se me
confíe. No quiero que empiece a contarme cosas. Ya se las contaré yo. Esta
mañana, aún no hace una hora, ha recibido usted una visita. ¿El caballero que
la ha visitado no era Brown por casualidad?
—Robinson —señaló
Cicely con voz desfallecida.
—Es el mismo:
Brown, Smith, Robinson, según convenga. Ha venido a hacerle chantaje, señora.
Posee ciertas pruebas de lo que podríamos llamar... una indiscreción. Estas
pruebas estuvieron antes en poder de madame Giselle. Ahora las tiene ese tipo.
Se las ofrece a usted quizá por siete mil libras.
—Ocho mil.
—Ocho mil pues. ¿Y
usted no podrá reunir ese dinero fácilmente, señora?
—Imposible, del
todo imposible. Ya estoy endeudada. No sé qué hacer.
—Tranquilícese,
señora. He venido a ayudarla.
Ella le miró,
sorprendida.
—¿Cómo sabe todo
eso?
—Es muy sencillo,
señora, porque soy Hércules Poirot. Eh bien, no tenga reparos, deje usted el
asunto en mis manos. Ya me las arreglaré yo con el señor Robinson.
—Claro —corroboró
Cicely con intención—. ¿Y cuánto quiere usted?
Hércules Poirot
hizo una reverencia.
—Solo quiero una
fotografía dedicada por una dama muy hermosa.
—¡Dios mío!
—exclamó ella—. No sé qué hacer. Mis nervios. Me estoy volviendo loca.
—No, no, todo va
bien. Confíe en Hércules Poirot. Pero, señora, necesito saber la verdad, toda
la verdad. No me oculte ningún detalle o me veré atado de pies y manos.
—¿Y me sacará usted
de este apuro?
—Le juro
solemnemente que nunca más oirá usted hablar del señor Robinson.
—Está bien. Se lo
contaré todo.
—Bueno, veamos.
Usted recibió dinero prestado de esa mujer, de Giselle.
Lady Horbury
asintió.
—¿Cuándo fue eso?
Quiero decir cuándo empezó.
—Hace año y medio.
Me encontraba en un callejón sin salida.
—¿Debido al juego?
—Sí. Tuve una racha
espantosa.
—¿Y le dejó todo lo
que usted necesitaba?
—Al principio, no.
Solo una pequeña cantidad al principio.
—¿Quién se la
recomendó?
—Raymond... el
señor Barraclough me dijo que aquella mujer prestaba a las señoras de la buena
sociedad.
—¿Y luego le prestó
más?
—Sí, todo cuanto
necesitaba. Entonces me pareció un milagro.
—Esos eran los
milagros que hacía madame Giselle —observó Poirot secamente—. Antes de eso,
¿usted y el señor Barraclough ya se habían hecho amigos?
—Sí.
—Pero ¿le aterraba
la posibilidad de que su marido se enterase?
—Stephen es un
cerdo —gritó Cicely rabiosa—. Se ha cansado de mí y desea casarse con otra.
Daría saltos de alegría ante la posibilidad de un divorcio.
—¿Y usted no quiere
divorciarse?
—No. Yo... yo...
—Usted está
satisfecha de su posición y disfruta de una renta importante. Perfectamente.
Les femmes, claro está, deben pensar en ellas ante todo. Pero, volviendo al
préstamo, ¿surgieron dificultades para su devolución?
—Sí, no pude
devolverle lo que le debía. Y luego la vieja bruja lo lió todo. Ella estaba
enterada de mis relaciones con Raymond. Se informó, no sé cómo, de nuestros
lugares de reunión, de las fechas, de todo.
—Tenía sus métodos
—explicó Poirot secamente—. ¿Y la amenazó con mostrar las pruebas a lord
Horbury?
—Sí, a no ser que
le pagase.
—¿Y no podía
pagarle?
—No.
—De modo que su
muerte fue para usted providencial.
—¡Me pareció una
coincidencia maravillosa! —exclamó Cicely muy seria.
—Realmente fue
demasiado maravillosa. ¿Y no le alteró aquello los nervios?
—¿Nervios?
—Después de todo,
señora, era usted la única persona del avión que tenía algún motivo para desear
su muerte.
Ella respiró
profundamente.
—¡Ah, sí! Fue
horrible. Su muerte me dejó aturdida.
—En especial
después de haberla visto en París la noche anterior y de haber tenido una
escena con ella.
—¡La vieja bruja!
No quiso rebajarme ni un céntimo. ¡Creo que gozaba viéndome sufrir, suplicar!
¡Era una arpía! Me trató como a un trapo.
—Pero usted en el
sumario declaró que no había visto nunca a aquella mujer.
—¡Claro! ¿Qué otra
cosa podía decir?
Poirot la observó
pensativo.
—Usted, señora, no
podía decir otra cosa.
—¡Es espantoso no
poder decir más que mentiras, mentiras y más mentiras! Ese terrible inspector
ha estado aquí dos o tres veces, aturdiéndome a preguntas. Aunque me sentí a
salvo. Observé que no sabía nada, que solo trataba de sonsacarme.
—Para adivinar las
cosas hay que estar muy seguro.
—Y además —exclamó
siguiendo el hilo de sus pensamientos—, me dije que si hubiesen podido
descubrir algo, ya lo hubiesen hecho. Me sentía a salvo hasta que recibí ayer
esa maldita carta.
—¿Y no estaba usted
atemorizada durante todo este tiempo?
—Claro que lo
estaba.
—Pero ¿de qué? ¿De
verse descubierta o de que la detuviesen por asesinato?
Las mejillas de
Cicely perdieron su color.
—¿Por asesinato? Yo
no fui. ¡No me diga que piensa usted eso! Yo no la maté. ¡No fui yo!
—Usted deseaba su
muerte.
—Sí, pero no la
maté. ¡Oh! ¡Tiene usted que creerme! Yo no me moví de mi asiento. Yo...
Enmudeció, fijando
en él su mirada implorante.
—La creo a usted,
señora, por dos razones. Primera: porque es una mujer. Segunda, porque había
una avispa.
Ella abrió más los
ojos, sorprendida.
—¿Una avispa?
—Exacto. Ya veo que
no tiene ningún sentido para usted. Bueno, volvamos al objeto de mi visita. Yo
me las arreglaré con el señor Robinson. Le doy mi palabra de que no volverá
usted a verle, ni a oír hablar de él. Pondré a raya a ese sinvergüenza. Y a cambio
de mis servicios, tendrá que permitirme usted un par de preguntas. ¿Estaba el
señor Barraclough en París la víspera del crimen?
—Sí, almorzamos
juntos, pero le pareció preferible que fuese yo sola a ver a la prestamista.
—¡Ah! ¿De veras?
Permítame otra pregunta, milady: en el teatro, antes de casarse, a usted se la
conocía con el nombre de Cicely Brand. ¿Era este su verdadero nombre?
—No, mi verdadero
nombre es Martha Jebb. Pero el otro...
—Quedaba mejor en
los carteles. ¿Y dónde nació usted?
—En Doncaster. Pero
¿por qué?
—Mera curiosidad.
Perdone. Y ahora, si me permite darle un consejo: ¿por qué no arregla un
divorcio discreto con su marido?
—¿Para que se case
con esa mujer?
—Para que se case
con esa mujer. Tiene usted buen corazón, señora. Por otra parte, se verá usted
a salvo, vivirá tranquila y su marido le pasará una renta.
—No suficientemente
buena.
—Eh bien, una vez
libre, puede casarse con un millonario.
—Ya no hay
millonarios en nuestros días.
—¡Ah! No lo crea,
señora. Los que antes poseían tres millones, ahora tienen dos. Eh bien, con eso
basta.
Cicely se echó a
reír.
—Es usted muy
persuasivo, monsieur Poirot. ¿Está usted seguro de que ese hombre no volverá a
molestarme?
—Palabra de
Hércules Poirot —aseguró solemnemente.
20
EN HARLEY STREET
El inspector de
policía Japp, que caminaba a buen paso por Harley Street, se detuvo ante un
portal. Preguntó por el doctor Bryant.
—¿Tiene usted cita,
señor?
—No, le escribiré
una nota.
En una tarjeta
oficial, escribió:
Le agradecería que
me concediese unos minutos. No le entretendré.
Metió la tarjeta en
un sobre, lo cerró y se lo dio al mayordomo, quien le condujo a la sala de
espera, donde aguardaban dos señoras y un caballero. Japp tomó asiento, tras
coger una revista atrasada con la que matar el tiempo.
El mayordomo cruzó
la sala y le dijo en un tono discreto:
—Si tiene usted la
bondad de esperar un poco, señor, el doctor le recibirá, aunque está muy
ocupado esta mañana.
Japp asintió. Lejos
de molestarle, la espera le satisfacía. Las dos señoras empezaron a conversar.
Indudablemente, tenían la mejor opinión de las dotes profesionales del doctor
Bryant. Llegaron más pacientes. No podía negarse que el doctor Bryant era un médico
en alza.
Debe de ganar mucho
dinero, se dijo el inspector. A juzgar por lo que veo, no parece que necesite
pedir dinero prestado, aunque eso pudo ocurrir tiempo atrás. En todo caso, es
obvio que trabaja mucho. Un escándalo bastaría para estropearlo todo. Es lo peor
que le podría pasar a un médico.
Un cuarto de hora
después, se le acercó el mayordomo para decirle:
—El doctor le
recibirá ahora.
Japp entró en el
despacho del doctor Bryant, una sala al fondo del piso, con una gran ventana.
El médico se levantó para recibirle, estrechándole la mano. Ofrecía un aspecto
fatigado, pero no manifestó la menor sorpresa por la visita del inspector.
—¿En qué puedo
servirle, señor inspector? —preguntó, volviendo a sentarse detrás de su mesa e
indicándole al otro una butaca.
—Ante todo, he de
rogarle que me perdone si he venido a molestarle en horas de consulta, pero no
le entretendré mucho tiempo.
—Perfectamente.
Supongo que viene por lo de la muerte en el avión.
—Ni más ni menos,
señor. Aún estamos trabajando en el caso.
—¿Algún resultado?
—No avanzamos tanto
como sería de desear. He venido a hacerle algunas preguntas sobre el método
empleado. Es el asunto ese del veneno de serpiente lo que no llego a descifrar,
por más que lo intento.
—Ya sabe usted que
yo no soy toxicólogo —puntualizó el doctor Bryant, sonriendo—. No entiendo de
esas cosas. Consulte a Winterspoon.
—¡Ah! Pero vea
usted, doctor, lo que ocurre. Winterspoon es un técnico, y ya sabe usted lo que
son los técnicos. Hablan de un modo que los profanos no pueden entender. Pero,
según tengo entendido, hay una rama de la medicina dedicada a estas materias.
¿Es cierto que a veces a los epilépticos se les inyecta veneno de serpiente?
—Tampoco soy
especialista en epilepsia, pero sé que en el tratamiento de esa enfermedad se
ha inyectado a los pacientes veneno de cobra con excelentes resultados. Aunque
ya le he dicho que no es este mi campo.
—Ya lo sé, ya lo
sé. Pero el caso es que usted se ha interesado mucho en el asunto por
encontrarse en el avión y he pensado que, a lo mejor, podría sugerirme alguna
idea aprovechable. ¿De qué sirve ir a un técnico si no sabe uno lo que debe
preguntarle?
El doctor Bryant
sonrió.
—Algo hay de cierto
en lo que usted dice, inspector. Probablemente, no hay nadie capaz de
permanecer indiferente después de haberse visto involucrado en un asesinato.
Confieso que me interesa todo este asunto y que le he dedicado largas
reflexiones.
—¿Y qué piensa
usted, señor?
—Me parece una cosa
tan inverosímil, si me permite decirlo así, que me hallo confuso y trastornado.
¡Vaya procedimiento más asombroso para un crimen! No había ni una probabilidad
entre cien de que el criminal pasara inadvertido. Debe ser una persona que desconoce
la sensación de peligro.
—Muy cierto, señor.
—Y el uso del
veneno es igual de sorprendente. ¿Cómo pudo conseguir el asesino algo así?
—Lo sé, parece
increíble. No puedo imaginar que ni siquiera el uno por mil de los hombres haya
oído hablar de una cosa tan rara como el boomslang, y mucho menos de la manera
de utilizar el veneno. Ni creo que usted, que es médico, haya manipulado nunca
esa sustancia.
—No hay muchas
ocasiones de hacerlo. Tengo un amigo que se dedica al estudio de enfermedades
tropicales. En su laboratorio tiene varias clases de venenos mortales, el de
cobra, por ejemplo, pero no recuerdo que tenga el boomslang.
—Tal vez pueda
usted ayudarme —sugirió Japp, entregando al médico un pedazo de papel—.
Winterspoon escribió esos tres nombres y me dijo que ellos podrían informarme.
¿Los conoce usted?
—Conozco al
profesor Kennedy superficialmente. A Heidler lo conozco mucho. Basta que
pronuncie mi nombre y estoy seguro de que hará por usted cuanto pueda.
Carmichael es de Edimburgo. No le conozco personalmente, pero he oído decir que
está haciendo un buen trabajo allí.
—Gracias, doctor, y
perdone las molestias. No le entretengo más.
Japp salió a la
calle sonriendo satisfecho.
«No hay nada como
la diplomacia, se dijo. Con ella se consigue todo. Juraría que no se enteró del
objeto de mi visita. Bueno, algo es algo.»
21
LAS TRES PISTAS
Cuando el inspector
Japp volvió a Scotland Yard, le dijeron que Poirot le esperaba.
Japp saludó a su
amigo efusivamente.
—Hola, Poirot. ¿Qué
le trae a usted por aquí? ¿Tiene alguna novedad?
—He venido a ver
qué novedades tenía usted, mi buen Japp.
—¡Eso es nuevo en
usted! Bueno, la verdad es que no hay gran cosa. Nuestro colega de París ha
identificado la cerbatana. ¿Sabe usted que Fournier me está amargando la vida
desde París con su dichoso moment psychologique? He interrogado a los camareros
hasta perder el aliento y no he podido arrancarles una palabra que nos
proporcione ni un solo indicio sobre ese moment psychologique. Durante el viaje
no sucedió nada anormal.
—Pudo ocurrir
cuando los dos estaban en el compartimiento delantero del avión.
—También he
interrogado a los viajeros. No pueden haberse puesto todos de acuerdo para
mentir.
—En uno de mis
casos, todo el mundo mentía.
—¡Usted y sus
casos! A decir verdad, Poirot, no estoy satisfecho. Cuanto más examino las
cosas, más oscuras las veo. El jefe empieza a tratarme con frialdad. Pero ¿qué
puedo hacer? Menos mal que es un asunto medio extranjero. Siempre podremos
cargárselo a los franceses que tomaron parte en el vuelo; y en París se excusan
diciendo que el asesino debe de ser inglés y que es asunto nuestro.
—¿Cree usted
realmente que lo hicieron los franceses?
—Hablando con
franqueza, no lo creo. Bien mirado, los arqueólogos son gente inofensiva: no
piensan más que en remover tierra y en discurrir acerca de lo que sucedió hace
miles de años. Y me gustaría saber cómo lo saben. ¡Pero cualquiera les
contradice! Si se empeñan en que una sarta de abalorios tiene cinco mil
trescientos veintidós años, ¿quién va a decirles lo contrario? ¡Bah! Tal vez
sean unos embusteros, aunque parecen creer en sus mentiras, las cuales, después
de todo, son inofensivas. El otro día tuve aquí a un tipo a quien habían robado
un escarabajo sagrado. Estaba destrozado, pobre chico, pero desesperado como un
niño de pecho. Entre nosotros, ni por un momento he creído que esos dos tengan
nada que ver en el asunto.
—¿Quién cree usted
que lo hizo?
—Podría ser Clancy.
Se comporta de un modo muy raro. Habla consigo mismo por la calle. Algo lleva
en la cabeza.
—La trama de otra
novela, quizá.
—Tal vez sea por
eso, pero también puede ser otra cosa. Aunque, por más que pienso, no consigo
encontrar un motivo. Aún sigo creyendo que el CL 52 del librito negro se
refiere a lady Horbury, pero no he podido sacarle nada en limpio. Una mujer
dura, se lo aseguro.
Poirot sonrió para
sus adentros.
—Sobre los
camareros —prosiguió Japp—, no encuentro en ellos nada que los relacione con
Giselle.
—¿El doctor Bryant?
—Creo que ahí puede
haber algo. Corren ciertos rumores sobre él y una paciente: una hermosa mujer,
casada con un hombre de dudosa reputación, que toma drogas o algo por el
estilo. Si no va con cuidado, le expulsarán del Colegio de Médicos. Todo eso
encaja con el RT 362 muy bien, y no le ocultaré que tengo una buena idea de
dónde pudo conseguir el veneno de serpiente. He ido a verle y se ha ido de la
lengua. Después de todo, no son más que conjeturas que no se basan en hechos.
No es fácil llegar a establecer hechos en este caso. Ryder parece un hombre
honrado. Dice que fue a París a por un préstamo que no consiguió. Ha dado
nombres y direcciones: todo comprobado. He averiguado que hace un par de
semanas su empresa se hallaba al borde de la quiebra, pero parece haber salido
bien del trance. Ya ve usted, nada es satisfactorio. Todo es un embrollo.
—No hay tal
embrollo. El caso se presenta poco claro, pero la confusión solo existe en las
mentes desordenadas.
—Diga lo que
quiera, el resultado es el mismo. Fournier también está atascado. Supongo que
usted lo ha desentrañado prácticamente todo, pero considera inoportuno hablar.
—No se burle. Aún
no lo he descubierto todo. Voy paso a paso, con orden y método, pero aún me
falta mucho camino.
—Pues crea que me
alegro muchísimo, pero veamos qué pasos ha dado.
Poirot sonrió.
—He confeccionado
también un pequeño cuadro —comentó, sacando un papel del bolsillo—. He aquí mi
idea: el asesinato es una acción realizada para obtener un resultado
determinado.
—Repita eso
despacio.
—No es difícil de
entender.
—Es posible que no,
pero tal como lo dice usted, lo parece.
—No, no, es muy
sencillo. Por ejemplo: usted necesita dinero y sabe que lo tendrá cuando muera
una tía suya. Bien: realiza una acción, es decir, mata a su tía, y obtiene el
resultado: hereda el dinero.
—Me gustaría tener
alguna tía de esas —suspiró Japp—. Siga, ya comprendo su idea. Quiere decir que
tiene que haber un motivo.
—Prefiero
explicarlo a mi manera. Se ha llevado a cabo una acción consistente en asesinar
a una persona. ¿Cuáles son los resultados? Examinando los diversos efectos que
hemos observado podemos contestar al acertijo. Los resultados pueden ser muy
distintos, ya que la acción en cuestión afecta a diferentes personas. Eh bien,
yo estudio hoy, tres semanas después del crimen, los resultados obtenidos en
once casos diferentes.
Desdobló el papel.
Japp se inclinó con
cierto interés y leyó por encima del hombro de Poirot:
Señorita Grey.
Resultado: mejora económica transitoria. Aumento de sueldo.
Señor Gale.
Resultado: malo. Pérdida de clientela.
Lady Horbury.
Resultado: bueno, si es CL 52.
Señorita Kerr.
Resultado: malo, ya que la muerte de Giselle resta posibilidades a la obtención
del divorcio de lord Horbury.
—¡Hum! —gruñó Japp,
interrumpiendo el escrutinio—. ¿Así que piensa usted que está loca por milord?
No sabía que tuviese usted tanto olfato para husmear esos líos amorosos.
Poirot sonrió. Japp
continuó leyendo:
Señor Clancy.
Resultado: bueno. Espera ganar dinero con el libro inspirado en el crimen.
Doctor Bryant.
Resultado: bueno, si es RT 362.
Señor Ryder.
Resultado: bueno, dado que el dinero que le han dado por los artículos sobre el
crimen, le ha permitido superar una delicada situación económica. También bueno
si Ryder es XVB 724.
Monsieur Dupont.
Resultado: nulo.
Monsieur Jean
Dupont. Resultado: idéntico.
Mitchell.
Resultado: nulo.
Davis. Resultado:
nulo.
—¿Y cree que esto
va a servirle de mucho? —preguntó Japp, escéptico—. No veo que poner tras cada
nombre «No sé, no sé y no sé», lo haga mucho más fácil.
—Nos da una
clasificación muy clara —explicó Poirot—. En cuatro casos, el señor Clancy, la
señorita Grey, el señor Ryder, y creo que también lady Horbury, tenemos un
resultado en el haber. En los casos del señor Gale y del señor Kerr, tenemos un
resultado en el debe. En cuatro casos no hay ningún resultado, que sepamos, y
en el del doctor Bryant, o bien no hay resultado o hay una gran ganancia.
—Entonces, ¿qué?
—preguntó Japp.
—Entonces, hay que
seguir investigando.
—Con bien pocos
elementos contamos para eso —afirmó Japp, enfurruñado—. Me parece que poco
lograremos mientras no nos manden de París lo que precisamos. Es por la parte
de Giselle en donde hay que encontrar la solución. Me parece que yo hubiera
obtenido de su doncella más que Fournier.
—Lo dudo, amigo
mío. Lo más interesante del caso es la personalidad de la víctima. Una mujer
sin amigos, una mujer que en su tiempo fue joven, amó y sufrió, y para quien
luego todo se acabó: ni una fotografía, ni un recuerdo, ni una baratija. Marie
Morisot se convirtió exclusivamente en madame Giselle: una prestamista.
—¿Cree usted que
hay una pista en su pasado?
—Es posible.
—Bien, deberíamos
aprovecharla, porque del presente no tenemos ninguna.
—¡Oh! Sí, amigo
mío, las hay.
—La cerbatana,
desde luego.
—No, la cerbatana
no.
—Pues sepamos qué
pistas hay en este caso.
—Se las daré como
títulos, como los que llevan los libros del señor Clancy: «La pista de la
avispa». «La pista de las pertenencias de los viajeros». «La pista de las dos
cucharillas de café».
—¿Qué es eso de las
cucharillas de café?
—Madame Giselle
tenía dos cucharillas en su plato.
—Eso significa
boda, según dicen.
—En este caso
—afirmó Poirot—, significó entierro.
22
JANE ACEPTA UN
NUEVO EMPLEO
Cuando Norman Gale,
Jane y Poirot se reunieron para cenar la noche del chantaje, Norman se sintió
aliviado al confirmarle que ya no se necesitarían más sus servicios como «el
señor Robinson».
—El bueno del señor
Robinson ha muerto —le aseguró Poirot, levantando la copa—. Brindemos a su
memoria.
—Requiescat in pace
—exclamó Norman, riendo.
—¿Qué ha pasado?
—le preguntó Jane a Poirot.
El detective le
dirigió una sonrisa.
—Pues que ya sé lo
que quería saber.
—¿Estaba
relacionado con Giselle?
—Sí.
—Eso se dedujo
claramente de mi entrevista con ella.
—No lo niego
—reconoció Poirot—, pero yo quería un relato más minucioso.
—¿Y lo obtuvo?
—Lo obtuve.
Los dos le
dirigieron una mirada interrogadora, pero Poirot se puso a charlar de una
manera provocativa de la relación que existe entre la carrera profesional y la
vida.
—No hay tantos
tipos que se sientan como peces fuera del agua, como podría creerse. Son muchos
los que, a pesar de lo que os digan, eligen la ocupación que les dicta su
secreto deseo. Oiréis decir a un oficinista: «Me gustaría ser explorador, vivir
emociones en tierras lejanas». Pero descubriréis que lo que le gusta más es
leer novelas de aventuras, y que realmente prefiere la seguridad y la comodidad
de la silla de su oficina.
—Según su modo de
pensar —dedujo Jane—, mi deseo de viajar por el extranjero no es sincero y mi
verdadera vocación es peinar a las señoras. Pues bien, eso no es cierto.
Poirot sonrió.
—Usted aún es
joven. Claro que uno intenta esto y lo otro y lo de más allá, pero llega el
momento en que acomoda su vida a lo que prefiere.
—Supongo que
prefiero ser rica.
—¡Ah! Eso ya es más
difícil.
—No estoy de
acuerdo con usted —objetó Gale—. Yo soy dentista por casualidad, no por
vocación. Mi tío era dentista, deseaba que yo trabajara con él, pero yo no
pensaba más que en aventuras y en ver mundo. Me burlé de los dentistas y me fui
a Sudáfrica, a una granja. Pero, como me faltaba experiencia, aquello no me fue
muy bien, y me vi obligado a aceptar el ofrecimiento de mi tío y ponerme a
trabajar con él.
—Y ahora piensa
usted en despreciar otra vez a los dentistas y largarse a Canadá. Tiene usted
temperamento de pionero.
—Esta vez me veo
obligado a hacerlo.
—Pero parece
increíble que con tanta frecuencia nos obliguen las circunstancias a hacer lo
que nos gusta.
—Nada me obliga a
mí a viajar —señaló Jane—. ¡Ojalá!
—Eh bien, ahora
mismo le voy a proponer una cosa. La semana que viene voy a París. Si quiere,
puede ser mi secretaría. Le pagaré un buen sueldo.
Jane meneó la
cabeza.
—No puedo dejar la
peluquería de Antoine. Es un buen empleo.
—También lo es el
que le ofrezco.
—Sí, pero no es más
que eventual.
—Le buscaré un
empleo del mismo tipo.
—Gracias, pero no
me atrevo a arriesgarme.
Poirot la miró,
sonriendo enigmático.
Tres días después,
le llamaron por teléfono.
—Monsieur Poirot
—dijo Jane—, ¿todavía mantiene usted su oferta?
—Sí. Salgo hacia
París el lunes.
—¿Hablaba usted en
serio? ¿Puedo acompañarle?
—Sí. Pero, ¿qué le
ha pasado para que cambie de idea?
—Me he peleado con
Antoine. Francamente, he perdido la paciencia con una parroquiana. Era una
perfecta... bueno, no puedo decirle lo que era por teléfono. Pero lo malo es
que me puse nerviosa y, en vez de tragar saliva como era mi obligación, esta
vez le he dicho a ella exactamente lo que pensaba.
—¡Ah! Haber dejado
volar la imaginación por tierras de aventuras...
—¿Qué dice usted?
—Digo que dejó
volar su mente.
—No fue mi mente,
sino mi lengua la que se me soltó. Y disfruté mucho en decirle que sus ojos
eran tan saltones como los de su asqueroso pequinés, como si fueran a caérsele.
Supongo que tendré que buscarme otro empleo, aunque me gustaría ir con usted a
París primero.
—Bien, de acuerdo.
Durante el viaje le daré instrucciones.
Poirot y su nueva
secretaria no viajaron en avión, por lo que Jane le estuvo secretamente
agradecida, ya que la experiencia del último viaje le había desquiciado los
nervios y no quería volver a recordar aquel cuerpo encogido y vestido de negro.
En el trayecto en
tren de Calais a París tuvieron un compartimiento para ellos solos, y Poirot le
dio a Jane alguna idea.
—En París tengo que
visitar a mucha gente: al abogado Thibault, a monsieur Fournier, de la Sûreté,
un señor melancólico e inteligente. A monsieur Dupont pére y monsieur Dupont
hijo. Escuche, mademoiselle, mientras yo hable con el padre, usted se encargará
del hijo. Es usted muy hermosa, muy atractiva. Creo que monsieur Dupont la
recordará de haberla visto durante la encuesta judicial.
—Volví a verle
después —comentó Jane, ruborizándose ligeramente.
—¿De veras? ¿Cómo
fue eso?
Jane, más colorada
aún, le explicó su encuentro en la Corner House.
—¡Magnífico! Tanto
mejor. ¡Caramba! Ha sido una idea excelente traerla conmigo a París. Ahora
escúcheme atentamente, mademoiselle Jane. En la medida en que le sea posible no
hable del caso de Giselle, pero no rehuya la conversación si Jean Dupont lo
trae a colación. Será preferible que dé usted la impresión, sin que con esto
quiera yo decir nada, de que lady Horbury es la principal sospechosa del
crimen. Puede usted decir que mi vuelta a París se debe a la conveniencia de
hablar con Fournier y de indagar sobre las relaciones y negocios que lady
Horbury pudo tener con la difunta.
—¡Pobre lady
Horbury! ¡Hace usted que sirva de tapadera!
—No es el tipo de
mujer que yo admiro. Eh bien, deje que, una vez al menos, sirva para algo.
Tras titubear un
instante, Jane preguntó:
—¿Supongo que no
sospechará usted de monsieur Dupont?
—No, no, no. Solo
deseo información. —Le dirigió una mirada penetrante y añadió—: Le gusta ese
joven, ¿verdad? Il est sex appeal.
La frase hizo reír
a Jane.
—No es eso lo que
yo diría. Es un muchacho muy sencillo, pero encantador.
—¿Es así como lo
describiría? ¿Un tipo muy sencillo?
—Me parece que su
sencillez se debe a que ha llevado una vida muy poco mundana.
—Cierto —aceptó
Poirot—. No ha tenido tratos con dentaduras. Ni ha sufrido la desilusión del
héroe que ve temblar a quienes se sientan en el sillón del dentista.
Jane se rió.
—No creo que Norman
espere hallar héroes entre sus pacientes.
—Hubiese sido una
lástima que se fuera al Canadá.
—Ahora habla de ir
a Nueva Zelanda. Dice que le gustaría más aquel clima.
—Por encima de todo
es patriota. No sale de los dominios británicos.
—Confío en que no
necesite irse —dijo ella, interrogando a Poirot con la mirada.
—¿Quiere decir que
confía usted en papá Poirot? ¡Ah! Bien, haré cuanto pueda, se lo prometo. Pero
tengo el firme convencimiento, mademoiselle, de que hay un personaje que
todavía no ha salido a escena que tiene un papel importante en esta comedia.
Meneó la cabeza con
el entrecejo fruncido.
—Hay, mademoiselle,
un factor desconocido en este caso. Todo converge hacia un mismo punto.
Dos días después de
su llegada a París, monsieur Poirot y su secretaria cenaron en un pequeño
restaurante, y los arqueólogos Dupont, padre e hijo, fueron sus invitados.
Jane encontró al
viejo Dupont tan encantador como a su hijo, pero no pudo hablar mucho con él ya
que Poirot lo acaparó desde el principio. Jean estuvo con ella tan simpático
como en Londres y los dos se enfrascaron en una agradable charla. Su atractiva
y sencilla personalidad le gustaron tanto como entonces. ¡Qué hombre tan amable
y tan franco!
Pero, mientras
hablaba y reía con él, aguzaba su oído para captar cuanto pudiese de la
conversación que mantenían los dos hombres, deseando enterarse de qué clase de
información buscaba Poirot. Por lo oído hasta entonces, en la charla no había
salido aún el asesinato. Poirot estaba llevando hábilmente a su compañero hacia
temas del pasado. Su interés por la investigación arqueológica en Irán parecía
a la vez profundo y sincero. Monsieur Dupont gozaba enormemente de la velada.
Rara vez disponía de un auditorio tan comprensivo e inteligente.
No quedó muy claro
de quién partió la iniciativa de que los dos jóvenes fuesen al cine, pero
cuando se hubieron ido, Poirot acercó su silla a la mesa, dispuesto a redoblar
su interés por las investigaciones arqueológicas.
—Comprendo la
dificultad que debe de haber en estos días de crisis económica para conseguir
fondos suficientes. ¿Aceptan ustedes donativos de particulares?
Monsieur Dupont se
echó a reír.
—¡Mi querido amigo,
no solo los aceptamos cuando se nos ofrecen, sino que los pedimos de rodillas!
Pero el tipo de excavaciones que nosotros realizamos no interesa a la gran
masa. La gente busca resultados espectaculares. Quiere oro, especialmente,
¡grandes cantidades de oro! Es sorprendente que sean tan pocos los que se
interesen por la cerámica, cuando se encierra en ella toda la historia de la
humanidad. Diseños, materiales...
Monsieur Dupont se
extendió en otras consideraciones. Advirtió a Poirot que no se dejase embaucar
por las plausibles afirmaciones de B, por los criminales errores de L y por las
estratificaciones anticientíficas de G.
Poirot prometió no
dejarse embaucar por ninguna de las publicaciones de estos sabios personajes.
—¿Qué le parece un
donativo de, por ejemplo, quinientas libras? —le ofreció Poirot.
A Monsieur Dupont
le faltó poco para caerse de la silla, de pura alegría.
—¿Me ofrece usted
eso? ¿A mí? ¿Para contribuir a nuestras excavaciones? ¡Eso es magnífico,
estupendo! El donativo más importante que nunca me han ofrecido.
Poirot carraspeó.
—Desde luego,
espero de usted un favor.
—¡Ah, sí! ¿Algún
souvenir, alguna pieza de cerámica?
—No, no adivina
usted mi pensamiento —interrumpió Poirot, sin dar tiempo a que el arqueólogo se
entusiasmase demasiado—. Se trata de mi secretaria, esa joven encantadora que
ha visto usted esta noche. Si ella pudiera acompañarles en su expedición...
Monsieur Dupont
pareció decepcionado.
—Bueno —consideró
retorciéndose el bigote—, tal vez podamos arreglarlo. Tengo que consultarlo con
mi hijo. Van a acompañarnos mi sobrino y su mujer. Será una expedición
familiar. De todos modos, hablaré con Jean.
—Mademoiselle Grey
siente una verdadera pasión por la cerámica. La prehistoria le fascina. Las
excavaciones son la gran ilusión de su vida. Remienda calcetines y cose botones
de una manera admirable.
—Es un conocimiento
utilísimo.
—¿Verdad? ¿Y que me
estaba usted diciendo de la cerámica de Susa?
Monsieur Dupont
reanudó su animado monólogo, exponiendo sus teorías personales sobre Susa I y
Susa II.
Al volver Poirot a
su hotel, vio en el vestíbulo a Jane, que estaba despidiéndose de Jean Dupont.
Mientras se
dirigían al ascensor, Poirot comentó:
—Le he encontrado
un empleo muy interesante. Acompañará usted a los Dupont a Irán esta primavera.
Jane se detuvo a
mirarle.
—¿Está usted loco?
—Cuando se lo
propongan, aceptará usted con grandes manifestaciones de alegría.
—No pienso ir a
Irán. Para entonces estaré en Muswell Hill o en Nueva Zelanda, con Norman.
Poirot la miró,
guiñándole un ojo amablemente.
—Mi querida niña,
aún faltan algunos meses hasta marzo. Mostrarse alegre no es igual que comprar
el pasaje. Del mismo modo he hablado yo de un donativo, ¡pero no he firmado el
cheque! Y a propósito, mañana comprará usted un libro que trate de la cerámica
prehistórica oriental. He dicho que usted siente una verdadera pasión por estas
materias.
Jane suspiró.
—¡Ser secretaria
suya no es ningún chollo! ¿Algo más?
—Sí, he dicho que
remienda usted calcetines y cose botones a la perfección.
—¿Y también de eso
debo hacer mañana una demostración?
—No estaría mal, si
se lo han tomado en serio.
23
ANNE MORISOT
A las diez y media
del día siguiente, el melancólico monsieur Fournier entró en el salón y
estrechó la mano del belga con calor.
Se le veía más
animado que de costumbre.
—Monsieur Poirot,
tengo algo que comunicarle. Por fin he comprendido el punto de vista que usted
expuso en Londres acerca del hallazgo de la cerbatana.
—¡Ah! —exclamó
Poirot con alegría.
—Sí —continuó
Fournier, cogiendo una silla—. He pensado mucho en lo que usted comentó. No
cesaba de repetirme: es imposible que el crimen se haya cometido como nosotros
creemos. Y por fin, tuve una asociación de ideas entre lo que yo me repetía y
lo que usted había dicho del hallazgo de la cerbatana.
Poirot permaneció
muy atento, sin decir palabra.
—Aquel día, en
Londres, razonaba usted así: ¿por qué se encontró la cerbatana, cuando hubiera
sido muy fácil librarse de ella por los huecos de la ventilación? Y creo tener
la respuesta a esto: se encontró la cerbatana porque el asesino quería que se
encontrase.
—¡Bravo! —exclamó
Poirot.
—¿Está usted de
acuerdo? Ya me lo figuraba. Y aún he dado otro paso. Me preguntaba: ¿por qué
deseaba el asesino que se encontrase? Y a esto tuve que contestarme: porque
nadie utilizó la cerbatana.
—¡Bravo! ¡Bravo!
Razona usted igual que yo.
—Así que me dije:
el dardo envenenado sí, pero no la cerbatana. Por lo tanto, para lanzar la
flecha se utilizó alguna otra cosa, algo que tanto un hombre como una mujer
podía llevarse a los labios de la manera más natural y sin llamar la atención.
Y me acordé de lo mucho que insistió usted en tener una lista completa de los
objetos que se hallaran en los equipajes y los que llevasen encima los
viajeros. Lady Horbury llevaba dos boquillas, y sobre la mesa de los Dupont
había una serie de pipas kurdas.
Monsieur Fournier
hizo una pausa para mirar a Poirot. Este guardó silencio.
—Estas cosas podían
llevarse a los labios sin que nadie se fijase. ¿Tengo o no razón?
Poirot dudó un
momento antes de hablar:
—Está usted en la
verdadera pista, pero va demasiado lejos. Y no hay que olvidarse de la avispa.
—¿La avispa?
—repitió Fournier, haciendo una pausa—. No, no le sigo a usted por ahí. No veo
que la avispa tenga nada que ver con esto.
—¿No lo ve? Pues es
por ahí que...
Le interrumpió el
timbre del teléfono. Cogió el receptor.
—Diga, diga. ¡Ah!
Buenos días. Sí, yo mismo, Hércules Poirot —y en un aparte dijo—: Es Thibault.
Sí, sí, no faltaba más. Muy bien. ¿Y usted? ¿Monsieur Fournier? De primera. Sí.
Ya ha llegado. Aquí está en estos instantes.
Apartando el
aparato, le explicó a Fournier:
—Ha ido a verle a
usted a la Sûreté y le han dicho que había venido a verme aquí. Será mejor que
hable con él. Parece muy excitado.
Fournier cogió el
auricular.
—Diga, diga... Sí,
Fournier al habla... ¿Qué...? ¿Qué...? ¿Habla usted en serio... ? Sí, ya lo
creo... Sí... Sí, estoy seguro que querrá. Vamos al instante.
Dejó el aparato y
miró a Poirot.
—Es la hija. La
hija de madame Giselle.
—¡Cómo!
—Sí, ha aparecido
para reclamar su herencia.
—¿De dónde ha
salido?
—De América, creo.
Thibault le ha rogado que volviese a las once y media. Y propone que vayamos a
verle.
—¡No faltaba más!
Vamos enseguida. Dejaré una nota para mademoiselle Grey.
Escribió:
Un acontecimiento
inesperado me obliga a salir. Si Jean Dupont viene o llama por teléfono, sea
usted amable con él. Háblele de calcetines y de botones, pero aún no de
prehistoria. ¡La admira a usted, pero es inteligente!
Au revoir,
HÉRCULES POIROT
—Ahora no perdamos
tiempo, amigo mío —comentó levantándose—. Esto es lo que estaba esperando, que
entrase en escena un personaje misterioso cuya presencia presentía. Pronto...
pronto quedará todo muy claro.
Monsieur Thibault
recibió a Poirot y a Fournier con gran afabilidad. Tras un cambio de frases
corteses y después de contestar algunas preguntas, el abogado pasó a tratar el
asunto referente a la heredera de madame Giselle.
—Ayer recibí una
carta suya y esta mañana ha venido ella a visitarme.
—¿Qué edad tiene
mademoiselle Morisot?
—Mademoiselle
Morisot, o mejor dicho, la señora Richards, pues está casada, tiene exactamente
veinticuatro años.
—¿Trae documentos
que demuestren su identidad? —preguntó Fournier.
—Sí, ciertamente.
Cogió una carpeta y
la abrió.
—Aquí está esto,
para empezar.
Era una copia del
certificado de matrimonio entre George Leman, soltero, y Marie Morisot, ambos
de Quebec, con fecha de 1910. También había un certificado de nacimiento
correspondiente a Anne Leman Morisot y otros varios documentos.
—Esto arroja cierta
luz sobre el pasado de madame Giselle —señaló Fournier.
Thibault asintió.
—Según lo que he
podido deducir, Marie Morisot era niñera o costurera cuando conoció a Leman.
—Imagino que debió
ser un buen tunante que la dejaría poco después de casarse con ella, y por eso
volvió a usar el nombre de soltera.
—La niña fue
admitida en el Institut de Marie en Quebec y allí se educó. Marie Morisot o
Leman abandonó luego Quebec, supongo que con un hombre, y se vino a Francia. De
vez en cuando enviaba allí algunas sumas de dinero y, finalmente, mandó una
cantidad importante para que se la entregasen a su hija cuando cumpliera los
veintiún años. Por aquel tiempo, Marie Morisot, o Marie Leman, llevaba una vida
irregular, y le pareció preferible cortar toda relación personal.
—¿Cómo supo la
muchacha que era heredera de una fortuna?
—Hemos publicado
discretos anuncios en varios periódicos y parece ser que uno de ellos llegó a
conocimiento de la directora del Institut de Marie, que escribió o telegrafió a
la señora Richards, que estaba en Europa, pero a punto de regresar a Estados Unidos.
—¿Quién es
Richards?
—Creo que un yanqui
de Detroit o un canadiense. Es un fabricante de instrumentos quirúrgicos.
—¿No acompaña a su
mujer?
—No, aún está en
América.
—¿Podrá la señora
Richards arrojar alguna luz sobre los posibles móviles del asesinato de su
madre?
—No sabe nada de
ella —el abogado rechazó la idea—. Aunque la directora le habló alguna vez de
su madre, ignoraba hasta su nombre de soltera.
—Parece —comentó
Fournier— que su aparición en escena va a sernos de poca ayuda para resolver el
problema del asesinato. Aunque admito que no me había hecho ilusiones al
respecto. Mis investigaciones, que van por otro camino, se reducen a tres
personas.
—Cuatro —puntualizó
Poirot.
—¿Cree usted que
son cuatro?
—Yo no digo que
sean cuatro, pero teniendo en cuenta la idea que usted me expuso, no puede
limitarse a tres personas. Tenemos dos boquillas, las pipas kurdas y una
flauta. No olvide usted la flauta, amigo mío.
Fournier lanzó una
exclamación, pero en aquel momento se abrió la puerta y un viejo empleado
anunció:
—La dama ha vuelto.
—¡Ah! —exclamó
Thibault—. Ahora conocerán ustedes a la heredera. Adelante, madame. Permita que
le presente a monsieur Fournier de la Sûreté, encargado aquí de las
investigaciones encaminadas a esclarecer la muerte de su madre. Monsieur
Poirot, a quien quizá conozca usted de nombre y que ha tenido la amabilidad de
prestarnos su colaboración. Madame Richards.
La hija de Giselle
era una agraciada morena que vestía con elegante sencillez.
Saludó a cada uno
de los hombres, alargándoles la mano y pronunciando unas palabras de saludo.
—Me temo,
messieurs, que apenas siento los sentimientos de una hija. A todos los efectos,
no he sido más que una huérfana.
En respuesta a las
preguntas de Fournier, habló con caluroso agradecimiento de la madre Angélique,
la directora del Institut de Marie.
—Ella sí fue
siempre muy buena conmigo.
—¿Cuándo dejó usted
el orfanato, madame?
—A los dieciocho
años, monsieur. Entonces empecé a ganarme la vida. Trabajaba como manicura.
Estuve también en un establecimiento como modista. En Niza conocí a mi marido,
que regresaba a Estados Unidos. Volvió en viaje de negocios a Holanda y nos
casamos en Rotterdam hace un mes. Desgraciadamente, tuvo que volver a Canadá.
Yo tuve que quedarme, pero ahora voy por fin a reunirme con él.
Anne Richards
hablaba un francés correcto y fácil. Se comprendía, al oírla, que era más
francesa que inglesa.
—¿Cómo se enteró
usted de la tragedia?
—Lo leí en los
periódicos, pero no sabía... es decir, no podía imaginar que la víctima fuese
mi madre. Luego recibí en París un telegrama de la madre Angélique, dándome las
señas del abogado Thibault y recordándome el nombre de soltera de mi madre.
Fournier meneó la
cabeza pensativo.
Siguieron
conversando un buen rato, pero se hizo evidente que la señora Richards podría
ser de poca utilidad para sus indagaciones. Nada sabía de la vida de su madre
ni de lo relativo a sus negocios.
Después de
apuntarse el nombre del hotel en que se alojaba, Poirot y Fournier se
despidieron de ella.
—Está usted
desencantado, mon vieux —comentó Fournier—. ¿Había usted concebido alguna idea
acerca de esa muchacha? ¿Sospechó que podría ser una impostora, o acaso sigue
usted sospechando que lo es?
Poirot meneó la
cabeza con desaliento.
—No, no creo que
sea una impostora. No plantean ninguna duda sus documentos. Pero es raro que me
parezca haberla visto en alguna parte, o que me recuerde a alguien.
—¿Se parece a la
difunta? —insinuó Fournier en tono de duda—. Seguramente es eso.
—No, no es eso. Me
gustaría recordarlo. Estoy seguro de haber visto un rostro parecido al suyo.
Fournier se le
quedó mirando lleno de curiosidad.
—Siempre le ha
interesado a usted la hija abandonada.
—Claro está
—contestó Poirot, enarcando las cejas—. De todas las personas a quienes puede
beneficiar la muerte de Giselle, esta chica es la que sale más beneficiada, y
de una manera muy concreta: con una enorme fortuna.
—Cierto, pero
¿adonde nos lleva todo esto?
Poirot permaneció
en silencio durante unos instantes, siguiendo el hilo de sus pensamientos.
—Amigo mío, esa
muchacha hereda una gran fortuna. No le sorprenda si he pensado desde el
principio que podría estar implicada. Tres mujeres viajaban en aquel avión. Una
de ellas, Venetia Kerr, es hija de una familia tan conocida como respetable.
Pero, ¿y las otras dos? Desde que Elise Grandier nos indujo a creer que el
padre de la hija de madame Giselle fue inglés, se me metió en la cabeza que una
de las dos mujeres podía ser la hija. Las dos eran aproximadamente de la misma
edad. Lady Horbury era una corista de antecedentes bastante oscuros y que actuó
en los escenarios bajo un seudónimo. La señorita Jane Grey, como me dijo una
vez, se educó en un orfanato.
—¡Ah, ah! —exclamó
el francés—. ¿Todo eso es lo que ha estado pensando? Nuestro amigo Japp diría
que se pasa usted de listo.
—Lo cierto es que
siempre me acusa de complicar las cosas.
—¿Ve usted?
—Pero, de hecho,
eso no es cierto. Siempre procedo de la manera más sencilla que pueda
imaginarse. Y nunca me niego a aceptar los hechos.
—Pero ¿está usted
decepcionado? ¿Esperaba algo más de esa Anne Morisot?
Habían llegado al
hotel de Poirot. Un objeto que reposaba sobre el mostrador de la recepción le
recordó a Fournier algo que aquel había dicho aquella misma mañana.
—No le he dado las
gracias por haberme apartado del error en que estaba. Tenía en cuenta las dos
boquillas de lady Horbury y las pipas kurdas de los Dupont, y es algo
imperdonable en mí que hubiera olvidado la flauta del doctor Bryant, aunque no
sospechaba de él seriamente.
—¿No sospechaba
usted?
—No. Nunca pensé
que fuera el tipo de hombre capaz...
Se interrumpió. El
hombre que estaba hablando con el conserje se volvió con el estuche de la
flauta en la mano y, viendo a Poirot, se le alumbró el rostro en una sonrisa de
reconocimiento.
Poirot se adelantó,
mientras Fournier se retiraba discretamente a un lado para que el doctor Bryant
no le viera.
—Doctor Bryant
—saludó Poirot con una inclinación.
Se estrecharon la
mano. Una dama que había estado junto a Bryant se alejó en dirección al
ascensor. Poirot se limitó a echarle una breve mirada.
—Bien, monsieur le
docteur, ¿se han resignado sus pacientes a quedarse sin sus cuidados por unos
días?
El doctor Bryant
sonrió con aquella atractiva sonrisa que el otro recordaba tan bien.
—Ya no tengo
pacientes. —aclaró y acercándose a una mesita vecina, le ofreció—: ¿Un vaso de
jerez, monsieur Poirot, o algún otro apéritif?
—Gracias.
Se sentaron y el
doctor encargó las bebidas. Luego confirmó lentamente:
—No, ya no tengo
enfermos. Me he retirado.
—¿Una decisión
repentina?
Calló mientras les
servían. Luego, levantando la copa, explicó:
—Una decisión
necesaria. Abandono la carrera por mi propia voluntad, antes de que me echen
del Colegio de Médicos. Todos llegamos a un punto decisivo de nuestra vida,
monsieur Poirot, en que debemos tomar una decisión, al llegar a una
encrucijada. Mi carrera me interesa enormemente y siento una pena, una gran
pena al abandonarla. Pero me reclaman otras cosas. Se trata, monsieur Poirot,
de la felicidad de un ser humano.
Poirot esperó en
silencio que continuase.
—Es por una dama,
una paciente mía, la quiero con toda mi alma. Tiene un marido que la hace
desgraciada, que toma drogas. Si fuera usted médico sabría lo que esto
significa. Como ella no tiene dinero, no puede abandonarle. He estado dudando
mucho tiempo, pero por fin he tomado una determinación. Me la llevo a Kenia,
donde empezaremos una vida nueva. Espero que al fin consiga un poco de
felicidad. Ha sufrido tanto.
Se interrumpió de
nuevo, para continuar apresuradamente:
—Le cuento esto,
monsieur Poirot, porque pronto será del dominio público y, cuanto antes lo sepa
usted, mejor.
—Comprendo
—confirmó Poirot. Y, tras una breve pausa, añadió—: Veo que se lleva usted la
flauta.
El señor Bryant
sonrió.
—La flauta,
monsieur Poirot, es mi mejor compañera. Cuando falla todo lo demás, siempre
queda la música.
Pasó sus manos
cariñosamente por el estuche. Luego, haciendo una inclinación, se levantó.
Poirot le imitó.
—Mis más sinceros
deseos de felicidad, monsieur le docteur, en compañía de madame —se despidió
Poirot.
Cuando Fournier se
acercó a su amigo, Poirot se encontraba en el mostrador pidiendo una
conferencia telefónica con Quebec.
24
UNA UÑA ROTA
—Y ahora, ¿qué?
—exclamó Fournier—. ¿Acaso está intrigado con la herencia? Es una verdadera
idea fija en usted.
—De ningún modo.
Pero en todo tiene que haber orden y método. Hay que acabar una cosa antes de
empezar otra.
Se volvió para
mirar a su alrededor.
—Aquí está
mademoiselle Jane. ¿Y si empezasen ustedes le déjeuner? Enseguida me reuniré
con ustedes.
Fournier accedió y
entró con Jane en el comedor.
—¿Y qué? —preguntó
Jane con curiosidad—. ¿Cómo es ella?
—Es de estatura
algo más que regular, morena, de tez mate, barbilla saliente.
—Habla usted como
un pasaporte. Las señas personales de mi pasaporte parecen un insulto. Se
componen todas de tamaños medios y regulares. Nariz: media; boca: regular...
¡Vaya un modo de describir una nariz! Frente: regular; barbilla: regular...
—Pero los ojos no
son regulares —observó Fournier.
—Son grises, que no
es por cierto un color muy atractivo.
—¿Y quién le ha
dicho que no es un color muy atractivo? —protestó Fournier, inclinándose sobre
la mesa.
Jane se rió.
—Domina usted el
inglés. Dígame algo más de Anne Morisot. ¿Es bonita?
—Assez bien
—confirmó Fournier con cautela—. Y además, ¡no es Anne Morisot, es Anne
Richards! Está casada.
—¿Han visto también
al marido?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque está en
Canadá o en Estados Unidos.
Le explicó algunas
circunstancias de la vida de Anne. Cuando ya estaba agotado el tema, se les
unió Poirot, que parecía un poco desalentado.
—¿Qué hay, mon
cher? —le preguntó Fournier.
—He hablado con la
directora, con la madre Angélique. Es algo maravilloso el teléfono
transatlántico. ¡Eso de poder hablar con alguien que está casi al otro lado del
mundo!
—También es
admirable el facsímil telegráfico. La ciencia es lo más maravilloso del mundo.
Pero ¿qué iba usted a decir?
—Hablé con la madre
Angélique. Me confirmó exactamente lo que la señora Richards nos ha dicho de
las circunstancias de su educación en el Institut de Marie. Me habló
francamente de la madre, que se fue de Quebec con un francés comerciante en
vinos. Se sintió muy aliviada al saber que la chica no caería bajo la
influencia de su madre. En su opinión, Giselle iba por mal camino. Enviaba
regularmente el dinero, pero nunca manifestó deseos de ver a su hija.
—En fin, que la
conversación no ha sido más que una repetición de lo que hemos oído esta
mañana.
—Prácticamente
igual, pero con más pormenores. Anne Morisot dejó el Institut de Marie hace
seis años para trabajar de manicura, después de lo cual se colocó como doncella
de compañía y, en calidad de tal, salió de Quebec hacia Europa. No escribía con
frecuencia, pero la madre Angélique tenía noticias de ella un par de veces al
año. Cuando leyó en los periódicos la noticia sobre la encuesta judicial,
sospechó que aquella Marie Morisot era con toda probabilidad la Marie Morisot
que había vivido en Quebec.
—Y el marido ¿qué?
—preguntó Fournier—. Ahora que sabemos que Giselle se casó, el marido podría
ser un gran elemento.
—Ya he pensado en
eso. Ha sido una de las razones de mi llamada. George Leman, el marido de
Giselle, murió en los primeros días de la guerra.
Hizo una pausa y,
de pronto, preguntó:
—¿Qué acabo de
decir? No, mi última observación, la de antes. Me parece que, sin darme cuenta,
he dicho algo de importancia.
Fournier repitió lo
mejor que supo cuanto había dicho Poirot, pero el belga meneó la cabeza con
disgusto.
—No, eso no. Bueno,
no importa.
Volviéndose hacia
Jane, entabló una animada conversación con ella.
Terminado el
almuerzo, Poirot propuso tomar el café en el salón.
Jane se mostró de
acuerdo enseguida y alargó la mano para coger sus guantes y su bolso. Pero, al
hacerlo, dio un ligero respingo.
—¿Qué sucede,
mademoiselle?
—¡Oh! Nada —rió
Jane—. Que se me ha roto una uña. Tengo que limármela.
Poirot volvió a
sentarse pausadamente, exclamando por lo bajo:
—Nom d'un nom d'un
nom!
Sus compañeros lo
miraron con sorpresa.
—Monsieur Poirot
—exclamó Jane—. ¿Qué sucede?
—Es que de pronto
he recordado por qué me resultaba familiar Anne Morisot —señaló Poirot—. ¡Como
que la había visto antes... en el avión... el día del asesinato! Lady Horbury
mandó a buscarla para pedirle una lima para las uñas. Anne Morisot era la doncella
de lady Horbury.
25
«TENGO MIEDO»
Tan inesperada
revelación produjo una honda impresión en los tres comensales. Abría una nueva
perspectiva para el caso.
Lejos de ser una
persona ajena por completo a la tragedia, Anne Morisot estuvo presente en la
escena del crimen. Los tres tardaron unos instantes en reponerse del efecto que
aquello les causó.
Poirot agitaba
frenéticamente las manos, con los ojos cerrados, como para ahuyentar una visión
horrible.
—Un momento, un
momento —rogó—. Necesito reflexionar, necesito ver cómo afecta esto a las ideas
que tenía. Tengo que repasarlo. Debo recordar. ¡Maldito mil veces mi
desgraciado estómago! ¡Solo me preocupaban las sensaciones internas!
—¿De modo que ella
estaba en el avión? —preguntó Fournier —. Por fin, por fin empiezo a
comprender.
—Recuerdo —señaló
Jane— a una muchacha alta y morena. —Y cerró los ojos en un esfuerzo para
refrescar su memoria—. Madeleine, la llamó lady Horbury.
—Eso es, Madeleine
—confirmó Poirot—. Lady Horbury la mandó al fondo del avión a buscar un
maletín, un neceser rojo.
—¿Quiere usted
decir que esa muchacha pasó por detrás del asiento de su madre? —preguntó
Fournier con vivo interés.
—Así fue.
—Ya tenemos el
móvil y la ocasión —afirmó el inspector con un gran suspiro—. Sí, lo tenemos
todo.
Luego, con una
vehemencia que contrastaba con su carácter comedido y melancólico, descargó un
puñetazo sobre la mesa, y exclamó:
—Parbleu! ¿Por qué
nadie mencionó eso antes? ¿Por qué no se la incluyó entre los sospechosos?
—Ya se lo he dicho,
amigo mío, ya se lo he dicho. Mi desgraciado estómago es el culpable.
—Sí, sí, eso se
comprende, pero es que hay otros estómagos sanos: los camareros, los demás
pasajeros...
—Tal vez se debiera
—observó Jane— a que eso sucedió al principio, cuando apenas habíamos salido de
Le Bourget, y Giselle se hallaba viva casi una hora después. Todo hace suponer
que la mataron mucho después.
—Es curioso
—comentó Fournier pensativo—. ¿No puede haber un efecto retardado del veneno? A
veces esas cosas pasan.
Poirot dejó caer la
cabeza entre sus manos.
—Tengo que pensar,
debo pensar —gruñó—. ¿Es posible que todo lo que he imaginado hasta ahora sea
un completo error?
—Mon vieux —le
compadeció Fournier—, esas cosas suelen suceder. Me han pasado a mí. También es
posible que le pasen a usted. A veces no hay más remedio que tragarse el propio
orgullo y rectificar las ideas.
—Es cierto —aceptó
Poirot—. Tal vez le haya dado demasiada importancia a algo que no la tenía.
Esperaba hallar cierta pista y, al hallarla, lo articulé todo alrededor de
ella. Pero si he estado equivocado desde el principio, si aquello estaba donde
estaba solo por mero accidente, en ese caso, sí, tendré que admitir que estaba
enteramente equivocado.
—No podemos cerrar
los ojos al nuevo giro que toman ahora las cosas —observó Fournier—.Tenemos el
móvil y la ocasión. ¿Qué más quiere?
—Nada. Debe de ser
como usted dice. La acción retardada del veneno es sin duda algo tan
extraordinario que, en la práctica, podríamos calificarla de imposible. Pero en
cuestión de venenos, hasta lo imposible puede suceder. Hay que tener en cuenta
la idiosincrasia de cada uno.
Su voz se apagó.
—Tenemos que trazar
un plan de acción —propuso Fournier—. Por ahora, creo que sería imprudente
despertar las sospechas de Anne Morisot. Ignora por completo que usted la ha
reconocido. Hemos aceptado su buena fe. Sabemos en qué hotel se hospeda y
podemos ponernos en contacto con ella por mediación de Thibault. Las
formalidades legales pueden diferirse. Tenemos dos puntos bien establecidos:
ocasión y móvil. Aún hay que probar que Anne Morisot dispusiese de veneno de
serpiente. Está además la cuestión del norteamericano que compró la cerbatana y
sobornó a Jules Perrot. Podría muy bien ser el marido, Richards. Solo sabemos
que está en Canadá porque ella así lo afirma.
—Como usted dice,
el marido, sí, el marido. ¡Ah! ¡Espere, espere!
Poirot se oprimió
las sienes con las manos.
—Todo está mal. No
empleo adecuadamente mis células grises —murmuró—. No hago más que dar saltos
hacia conclusiones. Acabo por creer, quizá, en lo que me gustaría creer. Y me
vuelvo a equivocar. Si mi idea original era buena, no debo dejarme influir.
Se interrumpió.
—¿Cómo dice?
—preguntó Jane.
Poirot no respondió
durante unos instantes. Luego, apartó las manos de sus sienes, se irguió en su
asiento y cambió de lugar dos tenedores y un salero que molestaban su sentido
de la simetría.
—Razonemos —dijo
por fin—: Anne Morisot es culpable del crimen o es inocente. Si es inocente,
¿por qué ha mentido? ¿Por qué ha ocultado el hecho de que era la doncella de
lady Horbury?
—Sí, ¿por qué?
—preguntó Fournier.
—De modo que
diremos que Anne Morisot es culpable porque ha mentido. Pero espere. Supongamos
que mi primera suposición fuese correcta. ¿Cuadraría eso con la culpabilidad de
Anne Morisot, con el hecho de que mintiera? Sí, podría cuadrar, si damos por
sentada una premisa. Pero en este caso y si la premisa es correcta, Anne
Morisot no debería haberse hallado en el avión bajo ningún concepto.
Sus compañeros de
mesa lo contemplaban cortésmente, pero con un interés más bien superficial.
Ahora comprendo lo
que afirma el inglés Japp, pensaba Fournier. Este viejo lo complica todo. Está
tratando de complicar un asunto que se presenta muy sencillo. Se resiste a
aceptar una solución clara, cuando se contradice con sus ideas preconcebidas.
No comprendo nada
de lo que dice, pensaba Jane. ¿Por qué no debía estar esa chica en el avión?
Tenía que ir a donde lady Horbury la mandase. Realmente, me parece que es un
charlatán.
De pronto, Poirot
inspiró a pleno pulmón.
—Pues claro
—exclamó—. Es una posibilidad, y debería ser muy sencillo comprobarlo.
Se levantó.
—¿Y ahora qué,
amigo mío? —le preguntó Fournier.
—Otra vez al
teléfono —explicó Poirot.
—¿Una llamada
transatlántica a Quebec?
—Esta vez es una
mera llamada a Londres.
—¿A Scotland Yard?
—No, a casa de lord
Horbury, en Grosvenor Square. Ojalá tenga la suerte de que lady Horbury se
encuentre en casa.
—Cuidado, amigo
mío, que si Anne Morisot sospecha que es el blanco de nuestras investigaciones,
se nos va a estropear el negocio. Sobre todo no la pongamos en guardia.
—No tema. Seré
discreto. Solo pienso hacer una pregunta sin importancia, la pregunta más
inofensiva. ¿Quiere usted venir conmigo?
—No, no.
—Insisto.
Los dos hombres
salieron, dejando a Jane sola.
Tardaron en
ponerlos en comunicación, pero Poirot estuvo de suerte. Lady Horbury se hallaba
almorzando en casa.
—Bueno. Dígale
usted a lady Horbury que monsieur Hércules Poirot desea hablarle desde París
—Hubo una pausa—. ¿Es usted, lady Horbury...? No, no, todo va bien. Le aseguro
a usted que todo va bien... No se trata de eso. Deseo que me conteste a una
pregunta. ¿Cuando usted vuela de París a Inglaterra, siempre suele acompañarla
su doncella o ella va en tren...? En tren. De modo que en aquella ocasión...
Comprendo... ¿Está segura? ¡Ah! ¿Se ha despedido? ¿La dejó de repente al
recibir una noticia...? Mais oui, qué ingratitud... Es cierto. ¡Son un atajo de
ingratas...! Sí, sí, exacto... No, no es preciso que se moleste. Au revoir.
Gracias.
Dejó el aparato y
se volvió hacia Fournier con ojos brillantes.
—Escuche esto,
amigo mío: la doncella de lady Horbury acostumbraba a viajar en tren y en
barco. El día que mataron a Giselle, lady Horbury decidió a última hora que
Madeleine hiciese el viaje también en avión.
Cogió al francés
del brazo.
—Pronto, amigo mío.
Hemos de ir corriendo a su hotel. Si no me equivoco, y mucho me temo que no, no
hay tiempo que perder.
Fournier se quedó
sorprendido, pero no tuvo tiempo de formular ni una pregunta, porque Poirot ya
había cruzado la puerta giratoria que daba a la calle.
Fournier corrió
tras él.
—Pero no acabo de
comprenderlo. ¿Qué pasa?
El inspector abrió
la portezuela de un taxi. Tras subirse, a él, Poirot le dio al chófer las señas
del hotel de Anne Morisot.
—Y a toda
velocidad, pero que a toda velocidad.
Fournier se
apresuró a entrar tras él.
—¿Qué mosca le ha
picado? ¿Por qué estas prisas?
—Porque, amigo mío,
si no me equivoco, Anne Morisot está en inminente peligro.
—¿Usted cree?
Fournier no pudo
disimular un tono de escepticismo.
—Tengo miedo
—exclamó Hércules Poirot—. Miedo. Bon Dieu, ¡qué despacio va este coche!
El taxi en aquel
momento corría a más de 60 por hora zigzagueando entre el tráfico, saliendo
milagrosamente indemne gracias a la excelente pericia del conductor.
—Va tan despacio
que, en cualquier instante, podemos sufrir un accidente —comentó secamente
Fournier—. Y hemos dejado plantada a mademoiselle Grey, que estará esperando a
que regresemos del teléfono, y sin una palabra de excusa. Eso no es muy cortés.
—¿Qué importa la
cortesía o descortesía en una cuestión de vida o muerte?
—¿Vida o muerte?
—murmuró Fournier encogiéndose de hombros y pensó: Bueno, este loco lo echará
todo a perder. En cuanto la muchacha huela que le seguimos el rastro...
Entonces intentó un
tono más persuasivo:
—Sea usted
razonable, monsieur Poirot. Tenemos que proceder con cautela.
—Usted no
comprende. Tengo miedo... miedo...
El taxi se detuvo
chirriando ante el hotel en que se hospedaba Anne Morisot.
Poirot saltó a la
acera y casi se tropezó con un hombre joven que salía del hotel.
Poirot se quedó de
piedra al verlo.
—Otra cara
conocida. Pero ¿dónde le he visto yo... ? ¡Ah! Ya recuerdo, ese es el actor
Raymond Barraclough.
Al ir a entrar en
el hotel, Fournier le detuvo, sujetándole por un brazo.
—Monsieur Poirot,
siento un gran respeto, una honda admiración por sus métodos, pero creo
firmemente que no hemos de precipitarnos. En Francia soy yo el responsable de
la dirección de este caso.
Poirot le
interrumpió.
—Me hago cargo de
su ansiedad, pero no hay ninguna precipitación por mi parte. Preguntaremos al
conserje. Si madame Richards está aquí y todo va bien, nada habremos perdido y
podremos discutir con calma nuestro futuro plan de conducta. ¿Tiene usted algo que
objetar a esto?
—No, no, claro que
no.
—Está bien.
Poirot empujó la
puerta giratoria y se encaminó hacia el encargado de recepción, seguido de
Fournier.
—Creo que se
hospeda aquí una tal señora Richards.
—No, monsieur.
Estaba aquí, pero se ha ido hoy.
—¿Se ha ido?
—preguntó Fournier.
—Sí, monsieur.
—¿Cuándo?
—Hará una media
hora.
—¿Ha sido una
marcha improvisada? ¿Adonde ha ido?
El empleado se
irguió ante esta pregunta y parecía poco dispuesto a contestar, pero cuando
Fournier le mostró sus credenciales, cambió de actitud y prometió prestar
cuanta ayuda estuviese a su alcance.
No, la señora no
había dejado señas. Pensó que su marcha se debía a un súbito cambio de planes.
Al llegar dijo que se proponía pasar una semana.
Más preguntas. Se
interrogó al portero, a los mozos de los equipajes, a los encargados del
ascensor.
Según el portero,
un caballero había preguntado por ella durante su ausencia, la esperó y almorzó
con ella. ¿Qué tipo de caballero? Un norteamericano... muy norteamericano. Ella
pareció sorprendida al verle. Después del almuerzo, la señora pidió que le bajasen
el equipaje y se fue en un taxi.
¿Que adonde se
había dirigido? A la Gare du Nord, al menos esa fue la orden que dio al
taxista. ¿Y se fue con ella el norteamericano?
—No, se fue sola.
—La Gare du Nord
—observó Fournier—. Es la ruta hacia Inglaterra. El expreso de las dos. Pero
también puede haber querido despistar. Hay que telefonear a Boulogne e intentar
que detengan el ferry.
Se diría que el
miedo de Poirot se había contagiado a Fournier.
El rostro del
francés reflejaba una viva ansiedad.
Con gran rapidez y
eficacia puso en movimiento la maquinaria policial.
Eran las cinco
cuando Jane, que esperaba en el salón con un libro abierto en sus manos,
levantó la cabeza y vio entrar a Poirot.
Quiso protestar,
pero las palabras se le helaron en la boca al ver la cara que ponía su jefe.
—¿Qué ha sucedido?
—preguntó—. ¿Ha pasado algo?
Poirot le cogió las
manos.
—La vida es algo
terrible, mademoiselle.
El tono con que
pronunció estas palabras hizo estremecer a Jane.
—Pero ¿qué pasa?
—volvió a preguntar.
Poirot habló
lentamente.
—Cuando el tren
llegó a Boulogne, se encontró a una mujer en un compartimiento de primera...
muerta.
Jane palideció.
—¿Anne Morisot?
—Anne Morisot.
Tenía en la mano un frasco azul que contenía cianuro.
—¡Oh! —exclamó
Jane—. ¿Un suicidio?
Poirot tardó en
contestar. Luego, como quien escoge con prudencia las palabras, contestó:
—Sí, la policía
cree que se trata de un suicidio.
—¿Y usted?
Poirot extendió los
brazos en actitud muy expresiva.
—¿Qué otra cosa se
puede creer?
—¿Por qué se
suicidaría? ¿Por remordimiento o por miedo a ser detenida?
Poirot meneó la
cabeza pensativo:
—¡Qué cosas más
horribles tiene la vida! Se necesita mucho valor.
—¿Para matarse? Sí,
supongo que sí.
—Y para vivir
—remachó Poirot—, también para vivir se necesita valor.
26
CHARLA DE SOBREMESA
Al día siguiente,
Poirot dejó París. Jane se quedó allí con una lista de encargos que cumplir, la
mayor parte de los cuales no tenían para ella el menor sentido, aunque procuró
hacerlos lo mejor que pudo. Vio a Jean Dupont dos veces. Él le habló de la expedición
en que ella debía tomar parte y Jane no osó desengañarle sin hablar antes con
Poirot, de modo que siguió la charla lo mejor que supo, hasta poder cambiar de
tema. Cinco días después, un telegrama la reclamó a Inglaterra.
Norman fue a
esperarla a la estación Victoria y hablaron de los recientes sucesos.
Se había dado
escasa importancia al suicidio. En los periódicos apareció una breve noticia
dando cuenta del suicidio de una tal señora Richards, canadiense, en el expreso
París-Boulogne. Y nada más. No se había mencionado ninguna relación con el
asesinato en el avión.
Tanto Norman como
Jane tenían el ánimo predispuesto al optimismo. Confiaban ciegamente en que
todas sus inquietudes habrían terminado muy pronto. Aunque Norman no era tan
entusiasta como Jane.
—Si sospechan que
ella mató a su madre, ahora, tras el suicidio, probablemente no se molestarán
en proseguir con el caso, y si no se cierra oficialmente, no sé qué va a ser de
unos pobres diablos como nosotros. Para la opinión pública, seguiremos envueltos
en sospechas como hasta ahora.
Y eso mismo le dijo
a Poirot cuando lo encontró en Piccadilly unos días después.
Poirot sonrió.
—Es usted como
todos. Me toman por un viejo chocho, incapaz de realizar nada de provecho.
Oiga: ¿Por qué no viene a cenar esta noche conmigo? Vendrá Japp y también
nuestro amigo el señor Clancy. Voy a hablar de cosas que pueden interesarle.
La cena transcurrió
agradablemente. Japp estaba de buen humor y adoptó un aire protector. Norman se
mostraba interesado. El señor Clancy estaba tan excitado como cuando identificó
el dardo fatal.
Nadie hubiera dicho
que Poirot trataba abiertamente de impresionar al escritor.
Después de la cena,
tomado el café, Poirot se aclaró la garganta con cierto embarazo, aunque
tampoco restase importancia al momento.
—Amigos míos
—empezó diciendo—, el señor Clancy me ha expresado su interés por conocer lo
que él llamaría mis métodos, Watson. C'est ça, n'est-ce-pas? Propongo, si no
tiene que resultarles pesado... —hizo una pausa significativa, pero Norman y
Japp se apresuraron a decir que no, que sería muy interesante—, darles un
resumen de los métodos que he seguido en mis investigaciones en este caso.
Guardó silencio
para consultar sus notas. Japp murmuró al oído de Norman:
—Se traga sus
propias fantasías, ¿verdad? Pues no es vanidoso ni nada, este hombrecillo.
Poirot le dirigió
una mirada de reproche al tiempo que se aclaraba la garganta:
—¡Ejem!
Tres rostros se
volvieron cortésmente hacia él.
—Empezaré por el
principio, amigos míos. Me situaré en el avión Prometheus el día del fatídico
viaje París-Croydon. Les expondré las impresiones que recibí aquel día y las
ideas que me sugirieron, pasando luego a explicarles si se confirmaron o no en
virtud de futuras observaciones.
»Poco antes de
llegar a Croydon, el camarero se acercó al doctor Bryant, y este le siguió para
examinar el cadáver. Yo les acompañé, presintiendo que tal vez aquello pudiera
interesarme personalmente. Quizá tenga yo un punto de vista excesivamente
profesional, cuando se trata de asesinatos. Esos casos los divido en dos
clases: los que me interesan y los que no. Y aunque estos últimos son
infinitamente más numerosos, siempre que me hallo ante la víctima de un crimen
me siento como un perro olfateando el aire.
»El doctor Bryant
confirmó el temor del camarero respecto a la defunción de la viajera. Claro
que, respecto a la causa de la muerte, no podía emitir su juicio sin examinar
atentamente el cadáver. Y entonces fue cuando monsieur Jean Dupont sugirió que
la muerte pudo producirse por un shock causado por la picadura de una avispa y,
en apoyo de su hipótesis, nos mostró el insecto que acababa de matar.
»Era una conjetura
que, por no carecer de fundamento, parecía muy aceptable. Podía verse la señal
en el cuello de la difunta, señal muy semejante a la que deja el aguijón de una
avispa y, además, estaba el hecho innegable de la presencia del insecto en el
avión.
»Pero yo tuve la
fortuna de descubrir en el suelo lo que a primera vista hubiera podido tomarse
por otra avispa muerta, pero que en realidad era un dardo con un copito de seda
amarilla y negra.
»Fue entonces
cuando se acercó el señor Clancy y afirmó que aquello era un dardo como los que
algunas tribus lanzan con cerbatana. Luego, como ustedes ya saben, se descubrió
este artilugio.
»Cuando llegamos a
Croydon, las ideas bullían en mi cerebro. Una vez que me vi en tierra, mi
cerebro empezó a funcionar con su acostumbrada claridad.
—Siga, monsieur
Poirot —sonrió Japp—. Prescinda de cualquier falsa modestia.
Poirot reanudó su
discurso tras dirigirle una mirada.
—Una idea
predominaba en mi cabeza (como a todos los demás), y era la audacia de un
crimen cometido de aquel modo, y el hecho sorprendente de que nadie lo hubiera
advertido.
»Otros dos puntos
me interesaban además. Uno era la oportuna presencia de la avispa. El otro, el
hallazgo de la cerbatana. Como tuve ocasión de hacer observar a mi amigo Japp,
¿por qué diablos no se desprendió de ella el asesino arrojándola por el hueco de
la ventilación? El dardo por sí solo hubiera sido difícil de identificar, pero
una cerbatana, que además conservaba aún vestigios de su etiqueta, ya era otra
cosa.
»¿Cuál era la
explicación? Obviamente que el asesino deseaba que se encontrase la cerbatana.
»Pero ¿por qué?
Solo hay una respuesta lógica. Si se encontraba un dardo envenenado y una
cerbatana, se supondría que el asesinato había sido cometido con un dardo
disparado con ese chisme. Por consiguiente, el crimen no se había cometido de
aquel modo.
»Por otra parte,
como había de demostrar el análisis, la muerte la causó el veneno del dardo.
Esto abrió mis ojos y me dio que pensar. ¿Cuál era la manera más segura de
clavar un dardo en la yugular? Y la respuesta no ofrece dudas: con la mano.
»Inmediatamente se
vio la necesidad de que se encontrara la cerbatana. Ésta sugería
inevitablemente la idea de distancia. Si mis deducciones no eran erróneas, la
persona que mató a Giselle se le acercó muy decidida y se inclinó sobre ella
para matarla.
»¿Alguien pudo
hacer algo así? Sí, dos personas. Los dos camareros pudieron acercarse a madame
Giselle e inclinarse sobre ella sin que nadie notara nada anormal.
»¿Pudo hacer eso
alguien más?
»Les diré que pudo
hacerlo el señor Clancy. Era el único viajero que había pasado por detrás del
asiento de madame Giselle, y recuerdo que fue el primero en llamar la atención
sobre lo de la cerbatana y el dardo envenenado.
El señor Clancy se
levantó de un brinco.
—¡Protesto!
—exclamó—. ¡Protesto! ¡Esto es una infamia!
—Siéntese —le
ordenó Poirot—. Aún no he terminado. Quiero exponerles paso a paso cómo llegué
a mis conclusiones.
»Yo tenía ya tres
presuntos autores del crimen: Mitchell, Davis y el señor Clancy. Ninguno de los
tres me parecía un asesino, pero quedaba mucho camino por delante.
»Recapacité luego
sobre las posibilidades que ofrecía la avispa. ¡Qué interesante era esa avispa!
En primer lugar, nadie se había fijado en ella hasta que se sirvió el café.
Esta circunstancia era ya muy curiosa. En mi opinión, el asesino se propuso dar
al mundo dos soluciones distintas de la tragedia. Según la primera y más
sencilla, madame Giselle sufrió una picadura de avispa y sucumbió a un infarto.
El éxito de esta solución dependía de que el asesino pudiera recoger el dardo.
Japp convino conmigo en que esto podía hacerse fácilmente, en tanto nadie
sospechara que sucedía algo irregular. Además, yo no tenía la menor duda de que
habían cambiado el color original de la seda para simular la apariencia de una
avispa.
»El asesino, pues,
se acercó a su víctima, le clavó el dardo ¡y dejó en libertad la avispa! El
veneno es tan activo que produce la muerte al instante. Si Giselle gritara, con
el ruido del motor nadie la oiría. Pero, para el caso de que alguien la oyese, ya
estaba zumbando la avispa por el avión para justificar el grito. El insecto, se
diría, había picado a la pobre mujer.
»Ese era, como
digo, el plan número uno. Pero suponiendo, como realmente ocurrió, que se
descubriera el dardo envenenado antes de que el criminal pudiera recogerlo, la
situación del asesino sería muy comprometida. La muerte natural sería
inaceptable. En vez de arrojar la cerbatana por el hueco de la ventilación,
habría que esconderla donde se la pudiera encontrar cuando se registrase el
avión y, enseguida, surgiría la idea de que aquella era el arma del crimen. La
atmósfera adecuada para un disparo a distancia estaba creada y, cuando se
encontrara la cerbatana, se encaminarían las sospechas en una determinada
dirección.
»Ya tengo, pues, mi
teoría del crimen, y mis sospechas contra tres personas, que pueden extenderse
a una cuarta:
»Monsieur Jean
Dupont, que atribuyó la muerte a una picadura de avispa, era quien se sentaba
más cerca de Giselle y podía levantarse sin que nadie se fijase. Pero, por otra
parte, no me atrevía a admitir que se hubiera arriesgado tanto. Concentré mis
pensamientos en el problema de la avispa. Si el asesino llevaba encima una
avispa para soltarla en el momento psicológico, debió traerla encerrada en una
cajita o algo por el estilo.
»De aquí mi interés
por saber lo que llevaban los pasajeros en sus bolsillos y en su equipaje.
»Y he aquí que
llegué a un resultado totalmente inesperado. Encontré lo que buscaba, pero no
en la persona que esperaba. En el bolsillo del señor Norman Gale había una
cajita de cerillas vacía. Pero, según todos declaraban, el señor Gale no se
había acercado a la cola del avión. Solo fue al servicio y volvió luego a su
sitio.
»Y, a pesar de
todo, aunque parezca imposible, había una manera por la que el señor Gale
hubiera podido cometer el crimen, como mostraba el contenido de su maletín.
—¿Mi maletín?
—preguntó Norman Gale entre alegre y sorprendido—. Ni yo mismo recuerdo las
cosas que llevaba.
Poirot le dirigió
una amable sonrisa.
—Espere un poco. Ya
hablaremos de eso. Ahora estoy exponiendo mis primeras impresiones. Como iba
diciendo, cuatro eran las personas que podían haber cometido el crimen desde el
punto de vista de las posibilidades: los dos camareros, Clancy y Gale. Luego estudié
el caso desde otro ángulo: el del motivo. Si el motivo coincidía con la
posibilidad, tendría al asesino. ¡Pero, ay, no llegué a un resultado
satisfactorio! Mi amigo Japp me acusó de complicar las cosas, pero les confieso
que en la investigación del motivo procedí de la manera más sencilla del mundo.
¿A quién aprovecharía la desaparición de madame Giselle? Desde luego a su hija,
ya que ella heredaría una fortuna. Había otras personas que estaban en poder de
madame Giselle, o así lo parecía, por lo que sabíamos. Fue un trabajo de
eliminación. Solo uno de los pasajeros del avión se hallaba complicado en los
negocios de Giselle, y ese pasajero era lady Horbury.
»Lady Horbury tenía
evidentes motivos para desear la muerte de Giselle. La noche anterior la había
visitado en París. Se hallaba en una situación apurada y tenía un amigo, un
joven actor, que podía muy bien ser el norteamericano que compró una cerbatana y
sobornó al empleado de la compañía aérea para obligar a Giselle a tomar el
vuelo de las doce.
»El problema se
desdoblaba en dos. No veía yo la posibilidad de que lady Horbury hubiese
cometido el crimen, ni el motivo que pudieran tener los camareros, ni el señor
Clancy y el señor Gale para cometerlo.
»Pero siempre, en
el fondo de mi mente, bullía el problema que me ofrecía la hija y heredera, aún
desconocida, de Giselle. ¿Estaba casado alguno de mis cuatro sospechosos y, en
ese caso, podía ser su esposa Anne Morisot? Si su padre era inglés, ella debió
criarse en Inglaterra. Pronto descarté a la mujer de Mitchell, que era un tipo
clásico de Dorset. Davis tenía relaciones con una muchacha cuyos padres viven.
El señor Clancy era soltero. El señor Gale estaba evidentemente enamorado de la
señorita Jane Grey.
»Debo decir que
examiné cuidadosamente los antecedentes de la señorita Grey, sabiendo por ella,
por lo que dijo en el transcurso de unas charlas, que se crió en un orfanato
cerca de Dublín. Pero pronto me convencí de que la señorita Grey no era la hija
de Giselle.
»Confeccioné un
cuadro con los resultados obtenidos. Los camareros ni ganaban ni perdían con la
muerte de madame Giselle, dejando aparte el evidente shock que sufrió Mitchell.
El señor Clancy planeaba una novela inspirada en ese asunto, y esperaba ganar algún
dinero con ella. El señor Gale perdía la clientela. Poco adelantaba con esto en
mis investigaciones.
»Y, no obstante,
estaba convencido de que el señor Gale era el asesino, por la caja de cerillas
vacía y por el contenido de su maletín. Aparentemente, en vez de ganar algo con
la muerte de Giselle, había salido perdiendo, pero las apariencias pueden engañar.
»Decidí cultivar su
amistad. Sé por experiencia que cualquiera que hable mucho tiende a delatarse
antes o después. Todos acaban por hablar de sí mismos.
»Procuré ganarme la
confianza del señor Gale. Fingí fiarme de él y hasta solicité su ayuda para
hacer un falso chantaje a lady Horbury. Y entonces fue cuando cometió su
primera equivocación.
»Le propuse que se
caracterizase un poco y se dispuso a representar su papel como un ridículo
mamarracho. Aquello fue una farsa. Nadie, estoy seguro, hubiera representado el
papel tan mal como él se proponía hacerlo. ¿Qué razón tenía para aquello? Pues
que, sabiéndose culpable, temía manifestarse como un buen actor. Pero cuando yo
enmendé su exagerado disfraz, quedó de manifiesto su habilidad artística.
Representó su papel a las mil maravillas y lady Horbury no le reconoció.
Entonces me convencí de que podía haberse presentado en París como un
norteamericano y de que en el Prometheus podía haber representado también su
papel.
»Y empezó a
preocuparme seriamente mademoiselle Grey. O estaba complicada en el asunto o
era inocente y, en este caso, se convertiría en víctima, ya que un buen día
podía despertar como esposa de un asesino. Para impedir un matrimonio
lamentable, me llevé a mademoiselle conmigo a París en calidad de secretaria.
»Y, mientras
estábamos allí, se presentó la desconocida heredera a reclamar la fortuna. Me
intrigó en ella una semejanza que no podía concretar. Hasta que al fin la
identifiqué, aunque demasiado tarde.
»El hecho de que se
encontrara en el avión y de que hubiera mentido al respecto, desbarataba todas
mis teorías. Ella era, sin ningún género de dudas, la culpable que buscábamos.
»Pero si era
culpable, tenía un cómplice en el hombre que compró la cerbatana y sobornó a
Jules Perrot.
»¿Quién era ese
hombre? ¿Su marido?
»Y, de pronto, se
me ofreció la verdadera solución, es decir, la verdadera si se podía comprobar
un punto.
»Para que mis
deducciones fuesen correctas, Anne Morisot no debía haber volado en aquel
avión. Telefoneé a lady Horbury y me contestó satisfactoriamente. Su doncella,
Madeleine, viajó en el avión por un capricho de última hora de su señora.
Poirot hizo una
pausa. El señor Clancy observó:
—¡Hum! Veo que aún
no queda muy probada mi inocencia.
—¿Cuándo dejó de
sospechar de mí? —preguntó Norman.
—Nunca. Usted es el
asesino. Espere y se lo explicaré todo. Japp y yo hemos trabajado mucho esta
semana. Es cierto que usted se hizo dentista para complacer a su tío, John
Gale. Adoptó usted su nombre cuando se estableció como socio de él, pero era
usted hijo de su hermana, no de su hermano. Su nombre verdadero es Richards.
Como Richards conoció usted a Anne Morisot el invierno pasado en Niza, cuando
estaba allí con su señora. Lo que ella nos contó de su infancia es cierto, pero
la segunda parte de la historia la inventó usted. No es cierto que ella
ignorase el nombre de soltera de su madre. Giselle estuvo en Montecarlo y allí
alguien mencionó su nombre auténtico. Usted pensó que allí podía haber una gran
fortuna a ganar, y eso atrajo a su temperamento de jugador. Por Anne Morisot
supo la relación que existía entre lady Horbury y Giselle.
»Usted concibió
enseguida el plan del crimen. Giselle tenía que morir de modo que todas las
sospechas recayesen en lady Horbury. Maduró su plan y este fructificó. Sobornó
al empleado de la compañía aérea para que Giselle viajase en el mismo avión que
lady Horbury. Anne Morisot le había dicho a usted que ella haría el viaje en
tren y no esperaba verla en el avión. Esto trastornó seriamente sus planes. Si
se descubría que la hija y heredera de Giselle había volado en aquel avión, las
sospechas recaerían en ella. Su idea original era que reclamase la herencia
protegida por una coartada perfecta, ya que no se hallaría en el avión cuando
se cometiese el crimen, y entonces usted podría casarse con ella. La muchacha
estaba loca por usted, pero a usted lo que le interesaba era el dinero.
»Una nueva
complicación vino a sumarse a sus planes. En Le Pinet vio usted a Jane Grey y
se enamoró apasionadamente de ella, y su gran pasión le llevó a un juego aún
más peligroso.
»Quería usted el
dinero y a la mujer que amaba. Cometiendo un asesinato por dinero no renunciaba
usted a recoger el fruto de su crimen. Atemorizó a Anne Morisot, diciéndole que
si se presentaba enseguida a revelar su identidad se haría sospechosa. Así pues,
le aconsejó que pidiese unos días de permiso y se la llevó a Rotterdam, donde
se casaron.
»A su debido tiempo
la instruyó minuciosamente sobre la manera de reclamar la herencia. No había
que mencionar su empleo de doncella de lady Horbury y debía dejar muy claro que
ella y su marido no se hallaban presentes en el lugar del crimen. Desgraciadamente
para usted, la fecha señalada para que Anne Morisot fuese a París a reclamar su
herencia coincidió con mi llegada a aquella ciudad, adonde me acompañó la
señorita Grey. Eso no encajaba con su guión. La señorita Grey y yo podíamos
reconocer en Anne Morisot a la doncella de lady Horbury.
»Procuró usted
verla a tiempo, pero fracasó y, cuando llegó usted a París, ella ya había
hablado con el abogado. Al reunirse con usted en el hotel, ella le dijo que
acababa de encontrarse conmigo. Las cosas se ponían sombrías y resolvió usted
actuar sin tardanza.
»Era su intención
que su flamante esposa no sobreviviera mucho tiempo a su condición de rica.
Después de la ceremonia del matrimonio, firmaron sendos testamentos dejándose
mutuamente cuanto tenían. Negocio redondo para usted.
«Supongo que
intentaba usted llevar a cabo sus planes sin prisas. Se hubiera ido al Canadá,
con el pretexto de haber perdido a su clientela. Allí habría vuelto a llevar el
nombre de Richards y su señora se hubiera reunido con usted. De todos modos, no
creo que la señora Richards hubiera tardado en morir, dejando una fortuna a un
desconsolado viudo. ¡Entonces hubiera regresado usted a Inglaterra como Norman
Gale, tras haberse enriquecido especulando con mucha suerte en el Canadá! Pero,
en vista de las circunstancias, creyó usted que no había tiempo que perder.
Poirot se detuvo
para tomar aliento y Norman Gale, echando atrás la cabeza, prorrumpió en un
carcajada.
—¡Es usted muy
listo imaginando lo que se proponen hacer los demás! ¿Por qué no se pone a
escribir como el señor Clancy? —Y cambiando de tono, exclamó indignado—: Nunca
había oído tal sarta de disparates. ¡No es demostrable, monsieur Poirot, todo
eso que ha imaginado!
Poirot se mantuvo
inalterable.
—Tal vez no. Pero
tengo algunas pruebas.
—¿De veras?
—repitió Norman, en tono de mofa—. ¿Acaso puede probar que fui yo quien mató a
la vieja Giselle, siendo así que todos los que iban en el avión saben bien que
nunca me acerqué a ella?
—Le diré
exactamente cómo cometió usted el crimen —le contestó Poirot—. ¿Qué me dice
usted de lo que contenía su maletín? ¿No estaba de viaje de recreo? ¿Para qué
quería la chaqueta blanca de dentista? Eso es lo que me pregunté. Y he aquí la
respuesta: por lo mucho que se parecía a una chaqueta de camarero.
»Verá usted lo que
hizo. Cuando el café fue servido y los dos camareros pasaron al otro
compartimiento, entró usted en el lavabo, se puso la chaqueta blanca, se hinchó
los carrillos con algodón, salió, cogió una cucharilla de café del armario, que
quedaba al otro lado, corrió a lo largo del pasillo como corren los camareros,
cuchara en mano, hasta la mesa de Giselle. Le clavó el dardo en el cuello,
abrió la fosforera y soltó la avispa. Inmediatamente volvió al lavabo, se
cambió la chaqueta y volvió tranquilamente a ocupar su asiento. Todo en un par
de minutos.
»Nadie se fija en
un camarero. La única persona que hubiera podido reconocerlo era Jane Grey.
Pero ya conoce usted a las mujeres. En cuanto una mujer se ve sola,
especialmente cuando viaja en compañía de un hombre agradable, aprovecha la
ocasión para mirarse al espejo y empolvarse un poco.
—Realmente —se
burló Gale— sería una reconstrucción admirable si fuese cierta. ¿Y nada más?
—Bastante más
—afirmó Poirot—. Como he dicho, en las charlas uno tiende a hablar de sí mismo.
Usted fue lo bastante imprudente para comunicarme que, durante algún tiempo,
estuvo en una granja de Sudáfrica. Lo que no dijo usted entonces, pero que yo
he averiguado, es que se trataba de una granja de reptiles.
Por primera vez se
reflejó el miedo en la cara de Norman Gale. Intentó hablar, pero no encontró
palabras.
—Estuvo usted allí
bajo el nombre de Richards —continuó Poirot—. Y allí han reconocido un retrato
suyo transmitido por telefacsímil. Esa misma fotografía ha sido identificada en
Rotterdam como la del Richards que se casó con Anne Morisot.
De nuevo intentó
hablar Norman inútilmente. Se produjo en él un cambio completo. El joven guapo
y vigoroso parecía una rata que busca un agujero por donde escapar y no lo
encuentra.
—Sus planes se
venían abajo rápidamente. La superiora del Institut de Marie precipitó las
cosas telegrafiando a Anne Morisot. Ocultar este telegrama hubiera infundido
sospechas. Advirtió usted a su mujer que, si no suprimía ciertos hechos, uno de
los dos se haría sospechoso de asesinato, ya que, desgraciadamente, ambos
estuvieron en el avión al ocurrir el crimen. Cuando, al verla después, se
enteró usted de que yo había asistido a la entrevista, apresuró usted las
cosas. Temía usted que yo arrancase a Anne la verdad. Tal vez ella misma
sospechaba de usted. Le hizo abandonar precipitadamente el hotel. Le administró
a la fuerza cianuro en el tren y le dejó el frasco en la mano.
—¡Qué condenada
sarta de mentiras...!
—¡Ah, no! Había una
contusión en su cuello.
—Repito que todo es
mentira.
—Hasta dejó sus
huellas dactilares en el frasquito.
—Miente. Llevaba...
—¡Ah! ¿Llevaba
guantes? Creo, monsieur, que esta confesión nos basta.
—¡Es usted un
maldito charlatán!
Lívido de rabia,
con el rostro desencajado, Gale se lanzó contra Poirot. Pero Japp fue más
rápido que él e, incorporándose de un brinco, lo sujetó con sus manos de hierro
mientras decía:
—James Richards,
alias Norman Gale, tengo una orden judicial para detenerle bajo la acusación de
asesinato. Es mi deber advertirle que cuanto diga servirá de prueba en su
contra.
El detenido se echó
a temblar con violentas sacudidas y parecía a punto de desmoronarse. Una pareja
de policías de paisano aguardaba junto a la puerta. A una orden, se llevaron a
Norman Gale.
Cuando se vio solo
con Poirot, el señor Clancy lanzó un profundo suspiro de felicidad.
—¡Monsieur Poirot!
—exclamó—. Acabo de pasar por la emoción más grande que he experimentado en mi
vida. Ha estado usted maravilloso.
Poirot sonrió con
aire de modestia.
—No, no. Japp es
más digno de admiración que yo. Él ha obrado milagros para identificar a Gale
como Richards. La policía de Canadá le busca. Una muchacha con la que estaba
liado allí, murió. Al parecer, suicidio; pero luego se han descubierto hechos
que parecen indicar que fue asesinada.
—¡Es terrible!
—exclamó el señor Clancy.
—Es un asesino
—confirmó Poirot—. Y como muchos criminales, atractivo para las mujeres.
El señor Clancy
carraspeó.
—Esa pobre
muchachita, Jane Grey...
Poirot asintió con
tristeza.
—Sí, la vida puede
ser muy dura. Aunque es una muchacha valiente y se sobrepondrá al golpe.
Maquinalmente se
puso a ordenar una pila de revistas que Norman Gale había derribado con su
brinco. Algo llamó su atención: la imagen de Venetia Kerr en una carrera de
caballos, charlando con lord Horbury y un amigo.
Alargó la revista
al señor Clancy.
—¿Ve usted esto?
Antes de un año leeremos una noticia: «Se ha concertado la boda, que tendrá
lugar en breve plazo, entre lord Horbury y lady Venetia Kerr». ¿Y sabe quién la
habrá logrado? ¡Hércules Poirot! Y aún conseguiré otra.
—¿Entre lady
Horbury y el señor Barraclough?
—¡Ah, no! Ese par
no me interesa en absoluto. No, me refiero a la de monsieur Jean Dupont y la
señorita Jane Grey. Ya lo verá usted.
Un mes después,
Jane fue a ver a Poirot.
—Debería odiarle,
monsieur Poirot.
—Ódieme un poco, si
quiere. Pero estoy persuadido de que es usted de las personas que prefieren
saber la verdad, por cruel que sea, a vivir en un falso paraíso, aunque tampoco
hubiera vivido en él mucho tiempo. Librarse de las mujeres es un vicio que va en
aumento.
—¡Con lo atractivo
que era! —exclamó Jane, y añadió—: Jamás volveré a enamorarme.
—Claro —aceptó
Poirot—. El amor ya ha muerto para usted.
Jane asintió.
—Pero lo que ahora
debo hacer es trabajar, ocuparme en algo interesante que absorba mi
pensamiento.
—Le aconsejaría que
se fuese a Irán con los Dupont. Tendría una ocupación interesante, si quiere.
—Pero... pero yo
creía que eso era solo una broma.
—Al contrario. Se
me ha despertado tal interés por la arqueología y la cerámica prehistórica que
les he mandado el donativo prometido. Y esta mañana he tenido noticias de que
confiaban en que usted se uniera a la expedición. ¿Tiene usted nociones de dibujo?
—Sí, en la escuela
dibujaba bastante bien.
—Magnífico. Se
divertirá usted de lo lindo.
—Pero ¿de veras
desean que vaya yo?
—Cuentan con usted.
—Sería maravilloso
poderse alejar una temporada —Los colores afluyeron de pronto a su rostro—.
Monsieur Poirot... —lo miró con cierto recelo—... ¿no dirá eso solo para
mostrarse amable?
—¿Amable? —repitió
Poirot, fingiendo horrorizarse ante la idea—. Puedo asegurarle, mademoiselle,
que, cuando se trata de dinero, solo soy un hombre de negocios.
Parecía tan
ofendido que Jane rápidamente se apresuró a disculparse.
—Quizá —aceptó
ella— no sería mala idea que visitase algún museo, para familiarizarme con la
cerámica prehistórica.
—Muy buena idea.
Ya en la puerta,
decidió volver junto a Poirot para decirle:
—Tal vez no haya
sido amable con todos en este caso, pero ha sido usted muy bueno conmigo.
Y tras darle un
beso en la frente, se alejó.
—Ça, c'est tres
gentil! —exclamó Hércules Poirot.
FIN

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