© Libro N° 13984. Matar Es
Fácil. Christie,
Agatha. Emancipación. Junio 28 de
2025
Título Original: © Matar Es Fácil. Agatha Christie
Versión Original: © Matar Es Fácil. Agatha Christie
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Agatha Christie
Matar Es
Fácil
Agatha Christie
GUÍA DEL LECTOR
En un orden
alfabético convencional relacionamos a continuación los principales personajes
que intervienen en esta obra:
ABBOT: Abogado de
Wychwood.
ANSTHRUTHER: Tía de
Brígida Conway.
BATTLE: Inspector
de policía de Scotland Yard.
BELL: Un viejo
vecino del citado pueblo.
BONES (Billy):
Inspector de policía.
BONNER: Agente de
policía.
CARTER (Enrique):
Tabernero en el pueblo de Wychwood.
CARTER (Lucía):
Bella muchacha, hija del anterior.
CONWAY (Brígida):
Joven hermosa, ex secretaria de lord Whitfield y prima de Jaime Lorrimer.
CHURCH: Una vieja
antipática, tía de Ana Gibbs.
ELLWORTHY:
Propietario de una tienda de antigüedades.
FITZWILLIAM
(Lucas): Joven policía retirado, que regresa a Londres. Protagonista de esta
novela.
GIBBS (Ana):
Muchacha de servicio.
HARVEY (Jaime):
Joven mecánico, prometido de la anterior.
HORTON: Comandante
retirado, vecino de Wychwood.
HUMBLEBY (Juan):
Viejo médico del ya citado pueblo.
HUMBLEBY (Rosa):
Hermosa y excelente muchacha, hija del anterior.
HUMBLEBY (Jessie
Rosa): Esposa del viejo doctor y madre de Rosa.
JONES: Director de
un Banco local.
JONES (Enriqueta):
Hija del anterior.
LORRIMER (Jaime):
Antiguo amigo de Fitzwilliam
PIERCE: Estanquera
y madre de Tomás Pierce.
PIERCE (Tomás): Un
chiquillo travieso y revoltoso, hijo de la anterior.
PINKERTON
(Lavinia): Solterona, vecina de Wychwood y compañera de tren de Lucas
Fitzwilliam en un viaje que hizo a Londres.
REED (Juan):
Alguacil en el pueblo ya repetido.
RIVERS: Chófer de
lord Whitfield.
THOMAS (Geofredo):
Joven e inteligente médico de Wychwood.
WAKE (Alfredo):
Párroco de ese mismo pueblo.
WAYNFLETE
(Honoria): Solterona de esta localidad. Bibliotecaria y ex prometida que fue de
lord Whitfield.
WHITFIELD (Lord
Gordon): Propietario de varios periódicos locales. Hombre acaudalado y
prometido de Brígida Conway.
Dedicado a
Rosalinda y Susana,
primeros críticos
de este libro.
Capítulo primero
UN VIAJERO
¡Inglaterra! ¡Otra
vez Inglaterra después de tantos años! ¿Cómo la encontraría?
Lucas Fitzwilliam
se hizo esta pregunta al descender de la pasarela del barco y durante la larga
espera en la Aduana, hasta que estuvo sentado en el tren.
Al marcharse de
Inglaterra fue distinto. Mucho dinero que ganar (bueno, aunque al principio
fuese poco), despedir a los viejos amigos, hallar nuevos compañeros, y aquellas
frases pronunciadas entre una atmósfera de simpatía. «No tardaré. ¡Puede que me
divierta! ¡Hasta pronto!»
Mas ahora no le
preguntaban cuándo volvería. Se acabaron las noches calurosas, el sol y la
belleza de la rica vegetación tropical, y los ratos de soledad empleados en
leer y releer ejemplares atrasados del viejo The Times...
Y allí estaba,
retirado, cobrando una respetable pensión, y con algunos medios propios,
convertido en un caballero desocupado de regreso a su patria: Inglaterra. ¿Qué
iba a hacer ahora?
¡Inglaterra! Volvía
a ella en un día de junio, de cielo gris y viento frío. ¡La bienvenida no era
muy acogedora! ¡Y la gente! Millares de seres de rostro ensombrecido como el
cielo... caras ansiosas, serias y preocupadas.
¡Y las casas!
Alzábanse por todas partes como hongos. ¡Qué feas! ¡Enormes jaulas sembradas
por todo el país!
Haciendo un
esfuerzo, Lucas Fitzwilliam apartó sus ojos del paisaje y se dispuso a echar un
vistazo a los periódicos que acababa de comprar: The Times, Daily Clarion y
Punch.
Empezó por el Daily
Clarion, dedicado a las carreras de caballos.
Pensó: «Es una
lástima que no llegásemos ayer. No he estado en el Derby desde los diecinueve
años.»
En el club había
apostado por un caballo y quiso ver lo que el corresponsal del Clarion opinaba
de su favorito. Esta frase le desilusionó completamente: «Y en cuanto a Jujube
II, Mark, Mille, Santory y Jerry Boy, es difícil que lleguen a clasificarse. Un
posible finalista es...»
Pero Lucas no se
fijó en el posible finalista. Sus ojos recorrían las apuestas. Jujube II se
pagaba sólo a 40 por 1.
Miró su reloj. Las
cuatro menos cuarto. «Bueno, ahora ya habrá terminado», se dijo. Y deseó haber
apostado por Clarigold, que era otro favorito.
Luego abrió el
Times para absorberse en asuntos más serios, aunque no por mucho tiempo, pues
un coronel de aspecto imponente sentado ante él, acalorado por lo que acababa
de leer, quiso hacerle partícipe de su indignación. Y pasó una buena media hora
antes de que se cansara de repetir lo que pensaba de «esos malditos agitadores
comunistas».
El coronel se calló
por fin, quedándose dormido con la boca abierta. Poco después el tren disminuyó
la marcha y se detuvo. Lucas miró por la ventanilla. Se hallaba en una gran
estación con muchos andenes, pero desierta. Alcanzó a ver un letrero sobre el kiosco
de revistas que decía: «Resultados del Derby», abrió la portezuela y tras
apearse corrió hasta el puesto de periódicos. Momentos después contemplaba con
el ceño fruncido las letras impresas.
Resultados del
Derby
JUJUBE II
MAZEPPA
CLARIGOLD
Lucas sonrió
satisfecho. ¡Cien libras caídas del cielo! Bien por el bueno de Jujube II,
injustamente juzgado por todos los entendidos.
Con la sonrisa en
los labios se volvió... encontrando sólo el vacío. Excitado por la victoria de
Jujube II no había notado que el tren salía de la estación.
—¿Dónde diablos se
ha metido el tren? —preguntó a un mozo de rostro abúlico.
—¿Qué tren? No ha
llegado ninguno desde las 3,14.
—Ahora mismo acaba
de llegar uno, y yo me he apeado. Es el que enlaza con el barco.
El mozo replicó:
—Ese tren es
expreso y va directo a Londres.
—Pero ha parado —le
aseguró Lucas—. Yo he bajado de ese tren.
—No se ha detenido
en ninguna estación hasta Londres —repitió el mozo.
—Ya le he dicho que
yo me he apeado de ese tren en esta estación.
—No debió hacerlo
—dijo, reconviniéndole—. No para aquí.
—Pero lo hizo.
—Sería por la
señal. Esperaría a que le dieran paso. No puede llamarse propiamente una
«parada».
—Yo no entiendo
tanto como usted ni hago tan finas distinciones —dijo Lucas—. La cuestión es:
¿qué hago ahora?
El empleado, hombre
de ideas lentas, repitió:
—No debió apearse.
—Bien, lo admito —y
recitó—: El mal está hecho, dejémonos de lamentaciones. Lo que yo quiero saber
es lo que un hombre de experiencia en este servicio me aconseja que haga.
—¿Me pregunta qué
debe hacer?
—Eso precisamente.
Supongo que habrá algún tren que pare, que pare oficialmente, quiero decir.
—Déjeme pensar
—dijo el mozo—. Lo mejor es que coja el de las 4.25.
—Si el de las 4.25
va a Londres —repuso Lucas—, ése es el tren que me conviene.
Tras asegurarse,
empezó a pasear por el andén. En una pizarra leyó que se hallaba en Fenny
Clayton, estación de empalme con Wychwood-under-Ashe, y un tren de un solo
vagón arrastrado por una anticuada locomotora entró en la estación para
colocarse modestamente en una de las vías. Seis o siete personas fueron las
únicas en apearse y cruzando un pequeño puente pasaron al andén de Lucas. El
mozo empezó a descargar cestas y jaulas. Otro empleado se unió al primero y
oyóse el tintinear de jarros de leche. Fenny Clayton despertaba de su letargo.
Por fin, dándose
mucha importancia, arribó el tren de Londres. Los vagones de tercera estaban
abarrotados. Sólo había tres compartimientos de primera clase y en cada uno de
ellos uno o varios pasajeros. El primero, para fumadores, estaba ocupado por un
caballero de aspecto marcial, fumando un cigarro habano. Lucas, por aquel día,
tenía bastante de coroneles, y se dirigió al siguiente, cuyos ocupantes eran
una joven de aspecto cansado, posiblemente señorita de compañía, y un niñito de
unos tres años. Pasó de largo. La puerta del departamento contiguo estaba
abierta, y en su interior hallábase un solo pasajero: una dama de cierta edad.
Le recordó vagamente una de sus tías, tía Mildred, que cierta vez, cuando tenía
diez años, le permitió conservar una serpiente. Tía Mildred había sido todo lo
buena que puede ser una tía. Lucas entró en el compartimiento y se sentó.
Tras unos minutos
de intensa actividad en la descarga de la leche, maletas y otras zarandajas, el
tren se puso lentamente en movimiento. Lucas desdobló su periódico para volver
a las noticias con la desgana de quien ya ha leído los diarios de la mañana.
No esperaba leer
mucho rato. Siendo como era un hombre con varias tías, estaba casi seguro de
que su compañera no podría guardar silencio hasta Londres.
Estaba en lo
cierto... una ventanilla que no cerraba bien, una paraguas que se cae... y la
buena señora le estaba contando las excelencias de aquel tren.
—Sólo tarda una
hora y diez minutos. Es magnífico, ya lo creo. Mucho mejor que el de la mañana,
que tarda una hora y cuarenta minutos.
Y prosiguió:
—Casi todo el mundo
toma el de la mañana. Quiero decir que si hay que regresar el mismo día es una
tontería ir en el tren de la tarde. Yo quise salir esta mañana, pero Wonky-fu
se había perdido (es mi gato persa, una preciosidad, sólo que últimamente ha tenido
una oreja enferma), y claro, no salí hasta que lo encontraron.
—Claro que no
—murmuró Lucas mirando significativamente a su periódico, pero no le valió,
pues ella siguió charlando.
—Así que me las
arreglé como pude y tomé el tren de la tarde, lo que en cierto modo es una
ventaja porque no va tan lleno... aunque eso no importa cuando se viaja en
primera. Quiero decir que lo considero un despilfarro, con las tasas, menos
rentas, el sueldo del servicio más alto y todas esas cosas... pero la verdad es
que estaba tan trastornada... porque, ¿sabe?, voy a Londres para un asunto muy
importante y quería poder pensar lo que voy a decir... con tranquilidad, ¿sabe?
—Lucas reprimió una sonrisa—. Y cuando viajan personas conocidas... hay que
mostrarse amable... así que pensé que por una vez el gasto estaba perfectamente
justificado... aunque yo creo que hoy en día se gasta demasiado... y nadie
piensa en el porvenir. Claro —agregó con presteza, mirando el rostro bronceado
de Lucas—, que los soldados con permiso deben viajar en primera. Sobre todo si
son oficiales...
Lucas se sustrajo a
la inquisitiva mirada de un par de ojos brillantes y capituló. Al fin lo había
hecho.
—No soy militar —le
dijo.
—¡Oh, cuánto lo
siento! No quise decir... Creí... como está tan tostado... que quizá regresaba
del Este con permiso.
—Vengo del Este
—dijo Lucas—; pero no con permiso. —y dio por terminados los comentarios con
esta declaración—: Soy policía.
—¿Es de la policía?
Eso es muy interesante. El hijo de una buena amiga acaba de ingresar en la
policía de Palestina.
—Yo vengo de Mayang
Straits —repuso Lucas tratando de volver a cortar la conversación.
—¡Oh, qué
interesante! Realmente es una coincidencia; me refiero a que viaje en este
tren, pues, ¿sabe?, voy a Scotland Yard por ese asunto tan importante.
—¿De veras?
—preguntó Lucas.
Y pensó para sí:
«¿Se le acabará pronto la cuerda o seguirá así hasta Londres?» Mas la verdad es
que no le importaba. Quiso mucho a su tía Mildred, y recordaba cómo sabía
soltar un discurso en el momento preciso. Además, hay algo muy curioso y muy
inglés en las señoras como aquélla y su tía Mildred. No encontró ninguna como
ellas en Mayang Straits. Pueden clasificarse con el pastel de ciruelas del día
de Navidad, el criquet y los hogares con los troncos ardiendo en las chimeneas.
Entre esas cosas que se echan de menos cuando no se tienen y que agobian cuando
se tienen en demasía, mas, como ya hemos dicho, Lucas hacía sólo tres o cuatro
horas que había llegado a Inglaterra.
—Sí, yo tenía la
intención de haber venido esta mañana, pero luego, como le dije, me trastornó
el paradero de Wonky-fu. ¿Cree usted que será demasiado tarde? Quiero decir si
tienen horas especiales de oficina en Scotland Yard.
—No creo que
cierren a las cuatro —repuso Lucas.
—No, claro que no.
¿Cómo iban a hacerlo? Me refiero a que si alguien tiene necesidad de comunicar
un crimen a cualquier hora, ¿cómo iban a cerrar?
—Exacto —dijo
Lucas.
Por unos instantes
la anciana señora permaneció en silencio. Parecía angustiada.
—Siempre creí lo
mejor ir directamente a la fuente principal —dijo al fin—. Juan Reed es un
hombre muy agradable, es el alguacil de Wychwood, muy sociable, pero, ¿sabe?,
yo no creo que sea una persona capaz de resolver asuntos serios. Está
acostumbrado a tratar con gente que ha bebido demasiado, o que conduce a
demasiada velocidad, o que no saca la licencia para sus perros, e incluso con
algún ratero, pero no creo... estoy segura... que pueda desentrañar un crimen.
Lucas arqueó las
cejas.
—¿Crimen?
La dama asintió con
energía.
—Sí, veo que le
sorprende. Yo también lo estuve al principio... y no podía creerlo. Pensé que
eran imaginaciones mías.
—¿Y está segura de
que no lo eran?
—¡Oh, sí! —afirmó
con la cabeza—. Pude equivocarme la primera vez, pero no la segunda, ni la
tercera, ni la cuarta. Después de tantos asesinatos una ya sabe.
Lucas preguntó:
—¿Quiere decir que
ha habido varios asesinatos?
La dama repuso sin
alterar la voz:
—Me temo que
bastantes.
Y prosiguió:
—Por eso creo lo
mejor ir a Scotland Yard directamente y contarlo todo. ¿No cree usted que es lo
mejor?
Lucas la miraba
pensativo.
—Sí, creo que tiene
razón —y continuó para sí: «Allí sabrán cómo tratarla. Seguramente deben ir más
de media docena de señoras como ésta por semana, con el cuento de los
asesinatos cometidos en sus tranquilos pueblecitos. Deben tener un departamento
especial para las pobres infelices.»
Y en su imaginación se apareció un paternal
inspector murmurando con mucho tacto:
«Muchas gracias, señora, se lo agradecemos mucho. Ahora márchese, déjelo
todo en nuestras manos, y no se acuerde más de este asunto.»
Sonrió ante la
escena, pensando:
«Me pregunto de
dónde sacarán todas estas historias. Estarán mortalmente aburridas y en su
ignorancia imaginan dramas. He oído decir que algunas ancianas tienen la
monomanía de que quieren envenenarlas.»
La suave voz de su
interlocutora le sacó de sus meditaciones.
—¿Sabe?, recuerdo
que leí una vez... creo que era el caso Abercrombie... que el asesino había
envenenado a muchas personas sin que nadie sospechara... ¿Qué estaba diciendo?
Ahí, sí. Alguien dijo que miraba de un modo especial a su víctima... y poco
después ésta empezaba a sentirse mal. La verdad es que entonces no lo creí...
pero, ¡es cierto!
—¿Qué es lo cierto?
—La mirada de
ciertas personas...
Lucas la observó.
Temblaba ligeramente y sus mejillas habían perdido su tinte rosado.
—La vi por primera
vez en los ojos de alguien que miraba a Ana Gibbs... y murió. Luego fue Carter.
Y Tomás Pierce. Pero ahora... ayer... le tocó al doctor Humbleby... y es una
persona tan agradable y tan buena. Cartes bebía y Tomás Pierce era un chiquillo
impertinente y entrometido, que maltrataba a los niños menores que él. No me
importaron gran cosa, pero el doctor Humbleby es distinto. Debe ser salvado. Y
lo terrible es que fui y se lo dije y no quiso creerme. Y Juan Reed tampoco.
Pero en Scotland Yard será distinto, porque, claro, allí están acostumbrados a
los crímenes.
Se puso a mirar por
la ventanilla.
—Oh, mire,
llegaremos en seguida —y se dispuso a recoger su paraguas, y abrió y cerró el
bolso, preparando su billete.
—Gracias...
muchísimas gracias... —dijo a Lucas cuando éste le cogió el paraguas, que se le
había caído por segunda vez—. Ha sido un alivio hablar con usted... Ha sido muy
amable... y celebro que crea que hago bien.
Lucas dijo con
gentileza:
—Estoy seguro de
que en Scotland Yard la aconsejarán convenientemente.
—Le estoy muy
agradecida —revolvió en su bolso—. Mi tarjeta. Oh, qué lástima, sólo tengo
una... y debo guardarla para Scotland Yard...
—Claro, claro...
—Pero mi nombre es
Pinkerton.
—El mío es Lucas
Fitzwilliam —repuso el joven, sonriendo. Y cuando el tren entraba en la
estación, agregó—: ¿Quiere que le busque un taxi? ¿Tiene usted prisa?
—¡Oh, no, gracias!
—miss Pinkerton pareció escandalizarse—. Tomaré el «metro» hasta la plaza
Trafalgar, y bajaré andando por Whitehall.
—Bien, buena suerte
—le deseó Lucas.
La señorita
Pinkerton le saludó cariñosamente con la mano.
—Muy amable
—murmuró de nuevo—. ¿Sabe?, al principio pensé que no me creería.
Lucas tuvo el
acierto de enrojecer.
—Bueno —le dijo—.
¡Tantas muertes! Es bastante difícil cometer tantos asesinatos, ¿verdad?
—No, no, muchacho;
se equivoca. Es muy fácil matar... Y, ¿sabe?, el culpable es la última persona
de quien se sospecharía.
—Bueno; de todas
formas, buena suerte.
La señorita
Pinkerton desapareció entre la multitud, y el joven fue en busca de su equipaje
pensando:
«¿Estará algo
perturbada? No. No lo creo. De imaginación algo excitada, eso es todo. Espero
que la traten bien. Es bastante simpática.»
CAPÍTULO II
NECROLÓGICAS
Jaime Lorrimer era
uno de los amigos más antiguos de Lucas. Y tan pronto llegó a Londres se puso
en contacto con él. Con Jaime se desayunó a la mañana siguiente con la cabeza
dolorida y fue la pregunta de Jaime la que quedó sin respuesta mientras leía por
segunda vez un párrafo insignificante del periódico de la mañana.
—Perdona, Jaime —le
dijo recobrándose con sobresalto.
—¿Qué es lo que te
interesa tanto? ¿La situación política?
Lucas frunció el
ceño.
—¡Qué va! No. Es
bastante extraño... Han atropellado a una anciana que viajaba en el tren en que
vine.
—¿Cómo sabes que es
la misma?
—Claro que puede
ser otra, pero el nombre es el mismo.., Pinkerton... fue derribada y arrollada
por un automóvil al cruzar Whitehall. El coche huyó.
—¡Qué desagradable!
—Sí. Pobrecilla. Lo
siento. Me recordaba a mi tía Mildred.
—El que condujera
el automóvil tendrá trabajo. Le acusarán de homicidio casual... o no casual. Te
digo que hoy en día da miedo conducir un coche.
—¿Qué coche tienes
ahora?
—Un «Ford» ocho
cilindros...; como te decía...
Y la conversación
derivó hacia la mecánica.
Jaime la
interrumpió para preguntar:
—¿Qué demonios
estás mascullando?
Lucas tarareaba:
—Fiddle de dee,
fiddle de dee, the fly has married the humble bee .
Se disculpó:
—Es una canción que
cantaba cuando niño. No sé por qué se me vino a la memoria.
Y fue una semana
más tarde cuando Lucas, que estaba leyendo la primera plana del Times, exclamó:
—¡Cielos, esto es
una maldición!
Jaime Lorrimer alzó
la cabeza.
—¿Qué pasa?
Lucas, sin
responder, miraba un nombre impreso en una columna. Jaime repitió la pregunta.
Lucas levantó sus ojos para mirar a su amigo, con una expresión tan peculiar
que le desconcertó.
—¿Qué es, Lucas?
Parece como si hubieses visto un espectro.
Por espacio de un
par de minutos el otro no habló. Dejó caer el diario y anduvo hasta la ventana.
Jaime le miraba regresar con creciente sorpresa. Lucas dejóse caer sobre una
silla.
—Jaime, amigo mío,
¿recuerdas lo que te conté de aquella anciana que viajó conmigo el día que
llegué?
—¿Aquella que
dijiste que se parecía a tu tía Mildred, y que atropellaron?
—Ésa precisamente.
Escúchame, Jaime. La pobre vieja me contó una larga historia. Que venía a
Scotland Yard para denunciar una serie de asesinatos. En su pueblecito por lo
visto, andaba suelto un asesino... cometiendo ejecuciones rápidas.
—No me dijiste que
estaba loca —repuso Lorrimer.
—Y no creo que lo
estuviera.
—¡Oh, vamos,
hombre! Y todas esas muertes...
Lucas intervino,
impaciente:
—No creí que
estuviera perturbada, sino que se dejaba llevar de su imaginación, como sucede
con las mujeres de cierta edad.
—Bueno, supongo que
pudo ser así; pero me parece que estaría algo trastornada.
—No me importa lo
que tú pienses, Jaime. Ahora soy yo el que hablo, ¿entendido, amigo?
—Está bien, está
bien. Continúa.
—Me lo contó
circunstancialmente, mencionando una o dos de las víctimas, y luego dijo que lo
que la aturrulló fue el saber quién iba a ser la próxima.
—¿Sí? —inquirió
Jaime interesado.
—Algunas veces un
nombre se graba en nuestra mente por una razón u otra, aunque sea una tontería.
Y ese nombre se grabó en la mía porque lo relacionaba con una cancioncilla que
cantaba en mi niñez. Fiddle de dee, fiddle de dee, the fly has married the humble
bee.
—Muy académico,
¿pero a qué viene?
—Pues a que el
nombre de la víctima era Humbleby... doctor Humbleby. La buena mujer dijo que
el siguiente sería el doctor Humbleby, y estaba angustiada porque era «tan
buena persona». Ese nombre se me quedó grabado a causa de la susodicha canción.
—¿Y bien? —quiso
saber Jaime.
—Mira esto.
Lucas tendió el
periódico, señalándole con el dedo una esquela de la sección necrológica.
«Humbleby. — El día
13 de junio falleció repentinamente en su residencia de Sandgate, en
Wychwood-under-Ashe, Juan Eduardo Humbleby (que en paz descanse), esposo de
Jessie Rosa Humbleby. Los funerales tendrán efecto el viernes. No se admiten
coronas.»
—¿Lo ves, Jaime?
Ése es el nombre del doctor y del pueblo. ¿Qué deduces de todo esto?
Jaime tardó unos
momentos en contestar y al fin repuso con voz grave y poco convincente:
—Supongo que será
sólo coincidencia. Simplemente pura coincidencia.
—¿Tú lo crees,
Jaime? ¿Tantas?
Lucas empezó a
pasear de nuevo.
—¿Y qué va a ser,
si no?
Lucas volvióse en
redondo.
—¡Suponte que todo
lo que me dijo la buena anciana fuese cierto! Supón que esta historia
fantástica sea la pura verdad.
—¡Oh, vamos, vamos,
criatura! Sería un poco difícil de creer. Esas cosas no suceden en la realidad.
—¿Y qué me dices
del caso Abercrombie? ¿Quién supuso que había cometido tantos crímenes?
—Más de los que
descubrieron —repuso Jaime—. Un amigo mío tiene un primo que fue el médico
forense, y me contó muchas cosas. Descubrieron que Abercrombie había envenenado
al veterinario con arsénico, desenterraron a su esposa y había fallecido de lo
mismo, y es casi seguro que su cuñado también, eso no fue todo. Ese amigo me
dijo que la opinión extraoficial era que por lo menos se había deshecho de
quince personas. ¡Quince personas! ¡Quince personas!
—Exacto. Por lo
tanto, esas cosas suelen suceder.
—Sí; pero las menos
de las veces.
—¿Cómo lo sabes?
Puede que ocurran más a menudo de lo que crees.
—¡Habla el espíritu
policíaco! ¿No puedes olvidarte de que eres un policía ahora que estás
retirado?
—Cuando se ha sido
policía se sigue siéndolo siempre —dijo Lucas—. Ahora escucha, Jaime.
Suponiendo que antes de que Abercrombie hubiese cometido la equivocación de
ejecutar sus crímenes ante las narices de la policía hubiera ido una anciana
charlatana a contárselo a las autoridades, ¿crees que la habrían escuchado?
Jaime sonrió.
—¡Ni pensarlo!
—¿Lo ves? Hubieran
dicho que tenía la cabeza a pájaros. Lo mismo que tú dijiste. O «demasiada
imaginación», como dije yo. Y los dos nos hubiéramos equivocado, Jaime.
Lorrimer meditó
unos segundos y luego dijo:
—¿Cuál es, a tu
parecer, la situación exacta?
Lucas habló
despacio.
—El caso es el
siguiente. Me cuentan una historia... poco probable, pero no imposible. Una
prueba evidente: la muerte del doctor Humbleby. Existe otro factor
insignificante. La señorita Pinkerton se dirigía a Scotland Yard a contar su
leyenda. Pero no llegó a su destino. Fue atropellada y muerta por un coche que
no se detuvo.
Jaime objetó:
—Tú ignoras si
llegó. Puede ser que la matasen después y no antes de su visita.
—Puede ser...
aunque no lo creo.
—Eso son meras
suposiciones. Y esto destruiría este... melodrama... en que tú crees.
Lucas alzó la
cabeza con violencia.
—No. Yo no digo
eso. Lo que digo es que es un caso que debería investigarse.
—En otras palabras.
¿Vas a dirigirte a Scotland Yard?
—No. No he llegado
a eso... todavía. Como dices, la muerte de ese Humbleby puede ser una extraña
coincidencia.
—Entonces, ¿puedo
preguntarte qué piensas hacer?
—Pues ir a ese
pueblo y ver lo que pasa.
—¿Conque eso es lo
que quieres hacer?
—¿No estás de
acuerdo conmigo en que es lo único sensato?
Jaime le miró antes
de decir:
—¿Has tomado en
serio este asunto, Lucas?
—Absolutamente en
serio.
—¿Y si todo esto
fuera agua de borrajas?
—Sería lo mejor que
pudiera suceder.
—Sí, claro —Jaime
frunció el entrecejo—. Pero tú no crees que lo sea, ¿verdad?
—Mi querido amigo,
trato de ver las cosas con imparcialidad.
Jaime no habló
durante un rato. Luego quiso saber:
—¿Tienes algún
plan? Me refiero a que tendrás que alegar alguna razón para presentarte en este
pueblo tan de improviso.
—Sí, supongo que
sí.
—No. No lo supones.
¿No te das cuenta de lo que es un pueblo? ¡Todo el mundo se conoce!
—Tendré que adoptar
otra personalidad —dijo Lucas sonriendo—. ¿Qué me sugieres? ¿Artista? Es
difícil... ni siquiera sé dibujar.
—Puedes ser un
artista moderno —sugirió Jaime—. Así no importará.
—¿Y un novelista?
Los novelistas van a otras comarcas para escribir. Puede que sí, quizás un
pescador... pero tendría que saber si pasa un río por allí cerca. ¿Y un
inválido que tuviera que hacer reposo? No. Casi todo el mundo va a un hospital
o una clínica. Puedo estar buscando una casa en aquellos parajes... No. No me
convence tampoco. Que me aspen, Jaime. Debe de existir alguna razón plausible
para que un forastero visite un pueblecito.
Jaime dijo:
—Espera un
segundo... dame el periódico.
Y cogiéndolo volvió
a leer la esquela antes de anunciar triunfalmente:
—¡Me lo imaginaba,
Lucas!, te lo diré en pocas palabras. Te lo puedo arreglar a las mil
maravillas. ¡Y en un abrir y cerrar de ojos!
Lucas
sorprendiéndose.
—¿Qué?
Jaime continuaba
con orgullo:
—¡Ya decía yo que
me sonaba! ¡Claro, Wychwood-under-Ashe! ¡El mismísimo sitio!
—¿Tienes algún
amigo que conozca al inspector de ese pueblo?
—No. Mucho mejor
que eso, muchacho. Ya sabes que la naturaleza me ha dotado de gran cantidad de
tías y primos... mi padre tuvo trece hermanos. Ahora escucha esto. ¡Tengo un
pariente en Wychwood-under-Ashe!
—¡Jaime, eres
maravilloso!
—No está mal,
¿verdad? —dijo Jaime con tono de modestia.
—Cuéntame quién es
él.
—No, es una prima.
Se llama Brígida Conway. Durante estos dos últimos años fue la secretaria de
lord Whitfield.
—¿El propietario
del único periódico de ese pueblecito?
—Eso es. ¡Es un
hombre poco agradable! ¡Fatuo! Ha nacido en Wychwood-under-Ashe, y es de esa
especie que no cesa de hablar de su nacimiento y educación y de que se ha hecho
a sí mismo. Regresó a su pueblo natal y compró la única casa grande de la
vecindad (a propósito, esta casa había pertenecido a la familia de Brígida) y
se preocupa en que aquel lugar sea un «pueblo modelo».
—¿Y tu prima es su
secretaria?
—Lo fue —dijo
Jaime—. Ahora ha ascendido. ¡Es su prometida!
—¡Oh! —repuso Lucas
bastante sorprendido.
—Es un buen
partido. Nada en la abundancia. Brígida estuvo bastante enamorada de un sujeto
y por culpa del dinero es deshizo su noviazgo. Me atrevo a asegurar que éste
saldrá bien. Ella le tratará con dulzura, pero también con firmeza y él comerá
en la palma de su mano.
—¿Y cuándo entro yo
en escena?
Jaime replicó
prontamente:
—Tú vas allí a
pasar unos días... puedes ser otro de nuestros primos. Brígida tiene tantos que
uno más o menos no importa. Lo arreglaré, y me pondré de acuerdo con ella. Y en
cuanto a la razón de tu estancia... pues brujería.
—¿Brujerías?
—Costumbres
populares supersticiosas... todas esas cosas. Wychwood-under-Ashe es popular
por ello. Es uno de los pocos sitios que celebraron aquelarres los sábados por
la noche, donde quemaban a las brujas... y todas esas tradiciones. Tú estarás
escribiendo un libro, ¿comprendes? Comparando las costumbres de Mayang Straits
y el viejo folklore inglés... sus puntos de contacto, etc. Ya sabes cómo se
hace. Te vas por todo el pueblo con un librito de notas en la mano y te dedicas
a interrogar a los habitantes más ancianos sobre las costumbres y tradiciones.
Ya están acostumbrados, y al estar en la Casa de los Fresnos te abrirán las
puertas.
—¿Y qué opinará
lord Whitfield?
—Pues nada. Es
completamente analfabeto y crédulo... cree lo que publica en sus periódicos. De
todas formas Brígida le convencería. Es buena chica. Respondo de ella.
—Lucas, parece como
si fuese muy fácil. Eres maravilloso. Si de veras puedes arreglarlo todo con tu
prima...
—Todo saldrá bien.
Déjame a mí.
—Nunca podré
pagártelo.
—Todo lo que te
pido es que ya que vas a la caza de un asesino, me lo comuniques cuando lo
cojas. —repuso Jaime, y añadió—: ¿En qué piensas?
Lucas repuso
lentamente:
—En algo que dijo
aquella mujer. Le dije que era duro de tragar que pudieran cometerse tantas
muertes impunemente y me contestó que estaba equivocado... que asesinar es muy
fácil... —se detuvo y luego concluyó—: ¿Será cierto, Jaime? Quisiera saber si
es...
—¿Qué?
—...Fácil asesinar.
Capítulo III
UNA BRUJA SIN
ESCOBA
Bajo un sol
brillante, Lucas descendió por la colina de Wychwood-under-Ashe. Había
adquirido hacía poco un cochecito de segunda mano y lo detuvo unos momentos en
la cumbre.
Era un día de
verano muy caluroso. Ante él extendíase el pueblo tranquilo a pesar de los
últimos acontecimientos, pacífico e inocente. Su calle principal se prolongaba
hasta la cima de la colina de los Fresnos.
Se le veía lejos e
impecable. Lucas pensó: «Probablemente estoy loco. Es todo tan fantástico.»
¿Había ido allí a
detener a un asesino sólo por las charlatanerías de una anciana y una esquela
mortuoria?
Meneó la cabeza.
«Con seguridad que
esas cosas no ocurren —murmuró—, ¿o sí? Lucas, muchacho, debes averiguar si
eres el más tonto de los crédulos, o si tu nariz de policía ha olfateado un
rastro seguro.»
Puso el motor en
marcha y deslizóse por la pendiente y zigzagueante carretera que se unía a la
calle principal.
Wychwood consistía,
puede decirse, en esa calle. En ella había tiendas, casitas georgianas, lindas
y aristocráticas, de escalones limpios y llamadores relucientes y también
villas pintorescas con sus jardines llenos de flores.
Y un poco más allá estaba la posada «Cascabeles
y Arlequín». Había un prado y un estanque con patos, y presidiendo todo esto
una gran mansión georgiana que Lucas tomó por su destino: La Casa de los Fresnos, pero al aproximarse
pudo apreciar un gran letrero que decía: «Museo y Biblioteca.» Más allá se
alzaba un edificio moderno contrastando por su austeridad con la alegre
despreocupación del resto del lugar. Era el Instituto y Club de los muchachos.
Y fue en aquel sitio donde paró para preguntar
el camino que debía seguir.
Le dijeron que la
Casa de los Fresnos estaba a una media milla y que podría verla a la derecha.
Lucas prosiguió su
viaje. Encontró las verjas con facilidad, éstas eran nuevas y de hierro
forjado; pasando a través de ellas distinguió el edificio de ladrillo entre los
árboles y, al volver el último recodo del camino, quedó estupefacto ante
aquella masa, semejante a un castillo, que le daba la bienvenida.
Mientras
contemplaba aquella visión de pesadilla, el sol se ocultó tras una nube. Y de
pronto se percató de la amenaza que pesaba sobre la Casa de los Fresnos. Una
ráfaga de viento sacudió las hojas de los árboles y una muchacha hizo su
aparición por una esquina de la mansión castellana.
Sus cabellos negros
revoloteaban alrededor de su rostro a impulsos de la brisa y a Lucas le recordó
un cuadro de Nevinson: la Bruja, por su rostro alargado y fino, y sus flotantes
cabellos negros. Podía imaginársela volando sobre una escoba hacia la luna.
Ella fue derecha a
él.
—Usted debe ser
Lucas Fitzwilliam. Yo soy Brígida Conway.
Estrechó la mano
que le tendía, y pudo verla como era en realidad... y no un rapto de
imaginación. Alta, esbelta, de rostro delicado en el que se marcaban
ligeramente los pómulos... cejas irónicas y oscuras... como los ojos y el pelo.
Era un delicioso aguafuerte... acerbo y hermoso.
Durante su viaje de
regreso a Inglaterra llevaba en su mente la imagen de una muchacha sonrosada y
tostada por el sol, acariciando el cuello de un caballo, parándose a cortar una
hierba del camino o sentada con las manos extendidas hacia el fuego de la chimenea.
Fue una visión encantadora.
Ahora... No sabía
si le gustaba o no Brígida Conway, pero ante su presencia, la imagen se
desvanecía tornándose tonta y sin sentido...
Le dijo:
—¿Cómo está? Debo
pedirle perdón por invadir su casa de esta manera. Jaime me dijo que no la
molestaría.
—Oh, claro que no.
Estaremos encantados —y sonrió—, Jaime y yo siempre nos hemos llevado bien. Si
está escribiendo un libro no ha podido usted encontrar un sitio mejor. Está
lleno de leyendas y cuentos pintorescos.
—¡Espléndido!
—repuso Lucas.
Y caminaron juntos
hacia la casa. Lucas la observó de nuevo descubriendo trazos sobrios de la
época de la reina Ana, suavizados con florida magnificencia. Recordó que Jaime
había dicho que aquella casa había pertenecido a la familia de Brígida.
Entonces no debió de estar tan adornada, pensó mirando el perfil y las manos
largas y bellas de la joven.
Debía tener unos
veintiocho o veintinueve años. Y era inteligente, una de esas personas de quien
no se sabe absolutamente nada hasta que ellas lo juzgan oportuno.
El interior de la
casa era confortable y de buen gusto... del gusto de un decorador de primera
categoría. Brígida Conway le condujo hasta una habitación con librerías y
cómodos butacones donde se hallaban dos personas sentadas ante una mesa de té.
Ella dijo:
—Gordon, éste es
Lucas, una especie de primo de un primo mío.
Lord Whitfield era
un hombre de corta estatura, bastante calvo, y su cara redonda e ingenua, de
ojos saltones y labios gordezuelos. Iba vestido como un campesino y con
desaliño... lo que no le sentaba bien pues tenía bastante estómago.
Recibió a Lucas con
amabilidad.
—Celebro conocerle.
He oído decir que acaba de llegar del Este. Es un lugar interesante. Brígida me
dijo que va a escribir un libro. Dicen que se escriben demasiados, pero yo no
opino así, siempre hay lugar para un buen libro.
—Mi tía, la señora
Anstruther —le presentó Brígida, y Lucas estrechó la mano de una mujer de
mediana edad con una boca graciosa.
Mistress
Anstruther, como Lucas supo
muy pronto, era muy aficionada a
la jardinería. No sabía hablar de otra cosa y se ocupaba constantemente de las
plantas que iba a agregar a su jardín.
Tras corresponder a
la presentación, siguió su conversación.
—Gordon, ya sabes
que el mejor sitio para plantar flores entre las rocas es detrás de la
rosaleda, y luego podrías tener un jardín acuático maravilloso ahí en el
arroyo.
Lord Whitfield se
acomodó mejor en su butaca.
—Arréglalo todo a
tu gusto con Brígida —le dijo con prontitud—. Yo creo que las plantas de roca
son muy insignificantes... pero eso no importa.
—Las plantas de
roca no son suficientes para ti, Gordon —repuso Brígida.
Sirvió una taza de
té a Lucas y luego lord Whitfield habló plácidamente:
—Es cierto. No las
considero de valor. Unas pequeñeces que apenas se ven. Me gustan la gran
variedad de flores de invernadero o algunos arriates de geranios rojos.
La señora
Anstruther, que poseía el don par excelence de seguir con su tema sin que le
distrajeran los comentarios de los demás, continuó:
—Yo creo que esas
nuevas rosas de roca crecerán muy bien en este clima —a continuación se
absorbió en la lectura de los catálogos.
Dejándose caer
sobre el respaldo de su sillón lord Whitfield sorbió su té estudiando
detenidamente a Lucas sin reparos.
—Así que es
escritor —murmuró.
Lucas sintióse algo
nervioso, y se disponía a dar explicaciones, cuando comprendió que no era eso
lo que el lord buscaba.
—He pensado muchas
veces —dijo Su Señoría— que me gustaría escribir un libro.
—¿Sí? —repuso
Lucas.
—Le advierto que
podría, y por cierto había de ser muy interesante. Me he cruzado con personas
muy complejas. La dificultad estriba en que no he tenido tiempo. Soy un hombre
muy ocupado.
—Desde luego debe
serlo.
—No se imagina la
tarea que pesa sobre mis espaldas —dijo lord Whitfield—. Me intereso
personalmente por todas nuestras publicaciones. Me considero responsable de la
formación de la mentalidad del público. La semana que viene millones de seres
pensarán y sentirán exactamente como yo he querido que piensen y sientan. Es
una seria consideración, y de responsabilidad. Pues bien, a mí no me asusta ni
la temo. Puedo afrontar esa responsabilidad.
Lord Whitfield
irguió su pecho, tratando de contener su estómago, y miró a Lucas con simpatía.
—Eres un gran
hombre, Gordon —Brígida habló con ligereza—. Toma un poco más de té.
—Soy un gran hombre
—repuso simplemente—. No. No quiero más té.
Luego, tras
descender de sus alturas olímpicas hasta los mortales preguntó a su huésped:
—¿Conoce a alguien
de esta parte del globo?
Lucas negó con la
cabeza. Y pensando que cuanto antes empezara su trabajo mejor, agregó:
—Pero vive aquí una
persona a la que he prometido visitar, amigo de un amigo. Se llama Humbleby. Es
médico.
—¡Oh! —Lord
Whitfield irguióse en su butaca—. ¿El doctor Humbleby? ¡Qué lástima!
—¿Por qué es una
lástima?
—Hace una semana
que murió —dijo el lord.
—¡Dios mío! —repuso
Lucas—. ¡Cuánto lo siento!
—No creo que le
hubiese tomado simpatía —dijo lord Whitfield—. Era un estúpido, obstinado y
dañino.
—Lo que significa
—intervino Brígida— que no estaba de acuerdo con Gordon.
—Por cuestión de
nuestros depósitos de agua —dijo lord Whitfield—. Puedo decirle que soy un
hombre entregado por entero al público. Y he tomado muy en serio la prosperidad
de este pueblo. Yo nací aquí. Sí, en esta ciudad campesina.
Lucas se percató de
que se habían desviado del tópico del doctor Humbleby para derivar hacia el de
lord Whitfield.
—No me avergüenzo
de ello, ni me importa que se sepa —proseguía el caballero—. No poseo ninguna
de sus ventajas naturales. Mi padre tenía una zapatería sí, una zapatería, y yo
despaché en esa tienda cuando era joven. Yo me levanté con mi propio esfuerzo,
Fitzwilliam, y me propuse salir de la rutina y lo conseguí. La perseverancia,
el trabajar firme y la ayuda de Dios lo hicieron. Esas cosas han hecho de mí lo
que soy en la actualidad.
Y lord Whitfield se
extendió en detalles y más detalles de su carrera en honor de Lucas,
concluyendo:
—Y aquí me tiene,
todo el mundo se alegra al conocer cómo he llegado hasta aquí. No me avergüenzo
de mis comienzos, no, señor, y he vuelto a mi pueblo natal. ¿Sabe lo que han
construido en lo que fue la tienda de mi padre? Pues un hermoso edificio patrocinado
por mí para Instituto de muchachos donde todo está a la orden del día.
¡Contraté al mejor arquitecto del país! Debo confesar que hizo un trabajo muy
sencillo... parece una prisión o un hospicio, pero dicen que está bien... y
supongo que debe estarlo.
—Alégrate —dijo
Brígida—. ¡En esta casa has hecho tu gusto!
Lord Whitfield
rióse complacido.
—Sí, quisieron
llevarme la contraria, y continuar el estilo primitivo del edificio, pero yo
les dije: «¡Voy a vivir en esta casa y quiero que sea algo digno de mi
posición!» Cuando un arquitecto no hacía lo que yo quería, buscaba otro. El
último interpretó mis deseos a las mil maravillas.
—Hizo realidad tus
pésimos gustos —dijo Brígida.
—Ella quería que lo
dejase como estaba —le acarició una mano—. No hay que vivir en lo pasado,
querida. Esos antiguos no sabían nada. Yo no quería una casa sencilla. Siempre
soñé con un castillo... así que di carte blanche a un buen decorador para el
interior y debo confesar que no lo hicieron del todo mal... aunque algunas
cosas son un poco deslazadas y confusas.
—Bueno —dijo Lucas
cuando pudo tomar la palabra—, es una gran cosa saber lo que se quiere.
—Y acostumbro
conseguirlo —dijo el otro riendo.
—Aunque por poco no
lo consiguen cuando los planos del agua —le recordó Brígida.
—¡Oh, eso! Humbleby
era un estúpido. Esos hombres mayores tienen tendencia a la testarudez. No
atienden a razones.
—El doctor Humbleby
era un hombre de pocas palabras, ¿verdad? —Lucas se aventuró a decir—. Y
supongo que por eso tendría muchos enemigos:
—No. No creo que
podamos decir eso —refunfuñó lord Whitfield frunciendo la nariz—. ¿No es así,
Brígida?
—Era muy popular
—dijo Brígida—. Sólo le vi una vez que me torcí un tobillo, pero me pareció muy
agradable.
—Sí; era muy
popular entre todo el mundo —admitió Gordon—. Aunque yo sé de dos personas que
no le podían ver. También por su testarudez.
—¿Viven aquí esas
personas?
Lord Whitfield
asintió.
—Hay muchos grupos
y enemistades en un sitio como éste.
—Lo supongo —repuso
Lucas sin saber cómo proseguir—. ¿Qué
clase de gente vive aquí principalmente?
—La mayoría viudas
—dijo Brígida—. Hijas de pastores protestantes, y sus hermanas y esposas. Unas
seis mujeres para cada hombre.
—¿Pero hay algunos
hombres? —aventuróse Lucas.
—Oh, sí, el señor
Abbot, procurador, el joven doctor Thomas, colega del señor Humbleby, mister
Wake, el doctor... y, ¿quién más, Gordon? ¡Ah! El señor Ellworthy, dueño de la
tienda de antigüedades y que es tan, tan amable. Y el comandante Horton y sus
perros bulldogs.
—Creo que debe de
haber alguien más —dijo Lucas—, pues mis amigos me hablaron de una anciana muy
simpática que charlaba por los codos.
Brígida se echó a
reír.
—Ésa es la
descripción de la mitad de los habitantes de este pueblo.
—¿Cuál era su
nombre? Ya me acuerdo. Pinkerton.
Lord Whitfield dijo
con risa contenida:
—La verdad es que
no tiene usted suerte. También ha fallecido. La atropellaron el otro día en
Londres.
—Parece que ha
habido muchas defunciones —dijo Lucas.
—En absoluto
—rechazó en el acto lord Whitfield—. Éste es uno de los lugares más saludables
de Inglaterra. Los accidentes son cosa corriente, y ya nadie se fija en ellos.
Pueden sucederle a cualquiera.
—A decir verdad,
Gordon —dijo Brígida muy pensativa—, hemos tenido muchas muertes este último
año. Siempre estamos de funerales.
—¡Qué tontería,
querida!
—¿El doctor
Humbleby también murió de accidente? —preguntó Lucas.
Lord Whitfield negó
con la cabeza.
—¡Oh, no! Murió de
un ataque de septicemia como corresponde a un médico. Se hizo un rasguño en el
dedo con un clavo herrumbroso... no le dio importancia y se le infectó.
Falleció a los tres días.
—Sí, los médicos
acostumbran ser así —repuso Brígida—. Y claro, están muy expuestos a una
infección si no toman las debidas precauciones. Fue una lástima. Su esposa está
inconsolable.
—De nada sirve
revelarse contra la Providencia —sentenció lord Whitfield.
«Pero, ¿fue la
Providencia quien decretó su muerte?»
Lucas se hizo esta
pregunta mientras se vestía para la cena. ¿Septicemia? Podía ser. Aunque de
todos modos fue una muerte muy repentina.
Y en su cabeza
martillearon las palabras de Brígida: «Han ocurrido muchas muertes este año.»
Capítulo IV
LUCAS EMPIEZA SU
TAREA
Lucas había
preparado su plan de campaña con sumo cuidado y se dispuso a ponerlo en
práctica cuando bajó a su habitación a desayunarse a la mañana siguiente.
La tía jardinera
brillaba por su ausencia, pero lord Whitfield estaba tomando un plato de
riñones y su taza de café, y Brígida Conway, que ya había concluido, se hallaba
en pie junto a la ventana.
Después de
intercambiar los «Buenos días» de rigor y una vez sentado ante un apetitoso
plato de huevos con jamón, les habló así:
—He de comenzar mi
trabajo. Lo difícil es hacer hablar a la gente. Ya saben a qué me refiero... no
a las personas como usted y Brígida. (Se acordó a tiempo de no decir la
señorita Brígida.) Ustedes me dicen lo que saben..., pero el caso es que
ignoran lo que yo deseo saber... que son las supersticiones de este lugar. No
me creerían si les contase la cantidad de supersticiones que aún existen en
algunas partes del mundo. Por ejemplo, en un pueblecito de Devonshire el
párroco tuvo que hacer demoler unos menhires de granito que se hallaban cerca
de la iglesia porque la gente seguía dando vueltas a su alrededor cada vez que
alguien moría. Es extraordinario cómo persisten algunos viejos ritos.
—Creo que tiene
usted razón —repuso lord Whitfield—. Lo que la gente necesita es educación. ¿Le
dije que he fundado una biblioteca en esta localidad? Era una casa antigua, y
ahora es una de las mejores bibliotecas...
Lucas procuró que
la conversación girara en torno a las actividades de lord Whitfield.
—¡Espléndido! —dijo
de corazón—. Ése es un buen trabajo. Veo que ha comprendido la ignorancia en
que aquí viven. Claro que desde mi punto de vista es eso lo que quiero...
Viejas costumbres... consejos... y una ligera idea de los antiguos ritos, tales
como...
Y en este punto les
repitió, casi al pie de la letra, un escrito que había estudiado para el caso.
—Los fallecimientos
son una buena fuente informativa —concluyó Lucas—, los ritos y costumbres
funerarias perduran más que otros. Además, no sé por qué razón los pueblos
gustan de hablar de muertes y tragedias...
—Y les divierten
los funerales —agregó Brígida desde la ventana.
—Creo que comenzaré
por ahí —continuó Lucas—. Si puedo conseguir una lista de las últimas
defunciones pienso visitar a los familiares y hacerles hablar sobre el
particular, y no dudo de que pronto tendré una pista de lo que ando buscando.
¿No creen que el señor párroco podrá darme los datos?
—Seguramente le
interesará el señor Wake —dijo Brígida—. Es una persona encantadora y muy
aficionado a las antigüedades. Creo que puede servirle de ayuda en este caso.
Lucas estuvo unos
momentos en silencio, durante los cuales deseó que el sacerdote no fuese capaz
de dárselos, y en voz alta dijo:
—Bien. Ustedes no
tendrán idea de las personas que murieron este pasado año, imagino.
Brígida murmuró:
—Déjeme pensar.
Carter, sí, claro, era el hostelero de un tabernucho que hay cerca del río, el
de las «Siete Estrellas».
—Era un borrachín
—dijo lord Whitfield—. Uno de esos socialistas ofensivos. Nos libramos de un
indeseable.
—Y la señora Rosa,
la lavandera —prosiguió Brígida—. Luego Tomás Pierce..., que si tú quieres era
un muchacho antipático. Ah, y aquella chica, Ana... como se llame.
Su voz cambió
ligeramente de tono al pronunciar este nombre.
—¿Ana? —preguntó
Lucas.
—Ana Gibbs. Fue
nuestra doncella, pero luego, se marchó a casa de la señorita Waynflete. Hubo
investigaciones sobre su muerte.
—¿Por qué?
—Porque la muy
tonta se confundió de botella en la oscuridad —dijo lord Whitfield.
—Y se tomó barniz
de sombreros en vez del jarabe para la tos —aclaró Brígida.
Lucas alzó las
cejas.
—Una tragedia.
Brígida repuso:
—Existía la
creencia de que se lo había tomado adrede. Por un escándalo que dio a causa de
un hombre.
Habló despacio...
casi de mala gana.
Se hizo un
silencio. Lucas sintió instintivamente la presencia de un sentimiento del que
no le hablaban.
Y pensó:
«¿Ana Gibbs? Sí,
ése es uno de los nombres que oí mencionar a la señorita Pinkerton.»
También le había
hablado de un muchacho... Tomás No Sé qué... que, era evidente, no tuvo en buen
concepto (en esto por lo visto coincidía con Brígida). Y si... también estaba
casi seguro de haberle oído mencionar a Carter.
Poniéndose en pie,
les dijo:
—Esta conversación
me hace sentir un poco vampiro..., aunque sólo actúo en los cementerios. Las
ceremonias nupciales también son interesantes..., pero es muy difícil hablar de
ello sin conocer a las personas.
—Me figuro que sí
—repuso Brígida con una leve sonrisa.
—Las desavenencias
y deslices son otro punto interesante —prosiguió Lucas intentando demostrar
entusiasmo—. En estos lugares se encuentran con frecuencia. ¿Saben de algún
chisme de esta clase?
Lord Whitfield negó
lentamente con la cabeza, y Brígida repuso:
—No acostumbramos
escuchar ciertas cosas...
Lucas interpretó su
idea antes de que concluyera:
—No lo dudo, tendré
que moverme en otro ambiente para conseguir lo que deseo. Primero iré a la
vicaría para ver lo que puedan decirme allí. Luego tal vez visite la taberna
esa... de las «Siete Estrellas». ¿No se llama así? ¿Y qué me dicen del muchacho
antipático? ¿Ha dejado parientes?
—La señora Pierce
tiene un estanco y papelería en la calle Alta.
—Esto es poco menos
que providencial —dijo Lucas—. Me pilla de camino.
Brígida se apartó
de la ventana con graciosos movimientos.
—Si no le molesta
iré con usted —le dijo.
—Claro que no.
Habló con toda la
sinceridad posible, pero se había dado cuenta de que le había pillado por
sorpresa.
Le hubiese sido más
fácil su entrevista con el sacerdote sin la presencia de una inteligencia como
la de Brígida.
«Está bien —pensó
para sí—. Tendré que representar mi papel de un modo convincente.»
Brígida le decía en
aquel momento:
—Lucas, ¿quiere
esperar a que me cambie de zapatos?
El oírle pronunciar
su nombre de pila con tal naturalidad le produjo un sentimiento muy dulce, y
sin embargo, ¿cómo debía haberlo llamado si no? Puesto que habían acordado
hacerse pasar por su primo, es natural que no le llamase señor Fitzwilliam. Y
de pronto se preguntó: «¿Qué pensará ella de todo esto?»
Era extraño que no
se hubiese ocupado hasta ahora. La prima de Jaime había sido una solución...
abstracta. No pensó en ella, se limitó a aceptar la opinión de su amigo cuando
dijo: Brígida lo arreglará todo a su gusto.
Se la había
imaginado.., como una de esas secretarias rubias... lo suficientemente lista
como para pescar a un hombre rico.
En vez de esto era
voluntariosa, inteligente, poseía un cerebro privilegiado e ignoraba lo que
pensaba de él. Se dijo: No es una persona fácil de engañar.
—Ya estoy lista.
Se había aproximado
tan silenciosamente que no se dio cuenta de ello. Iba sin sombrero y con el
cabello suelto. Al salir de la casa el viento que soplaba en la esquina del
edificio castellano lo alborotó alrededor de su rostro.
Le dijo sonriendo:
—¿Me necesita para
que le enseñe el camino?
—Es muy amable
—repuso por cumplido.
¿Era imaginación
suya? Le pareció verla sonreír con ironía.
Mirando la casa que
dejaban a sus espaldas, comentó:
—¡Qué detestable!
¿Es que nadie consiguió impedírselo?
—Para un inglés su
casa es su castillo —repuso Brígida—, éste es el caso de Gordon, y está
encantado con ella.
Consciente de que
su comentario iba a ser de mal gusto, pero sin poderse contener, dijo:
—Era la casa de sus
antepasados, ¿verdad? ¿A usted también le encanta verla así?
Ella le miró
divertida.
—No quisiera
desilusionarle —murmuró—. Pero me fui de ella a los dos años y ni siquiera
recuerdo cómo era.
—Tiene usted razón
—dijo Lucas—. Perdone mi error.
La muchacha se echó
a reír.
—La verdad es que
es usted muy romántico.
Y hubo en su voz
una ironía que le sorprendió, haciéndole enrojecer bajo su piel tostada, aunque
comprendía que no iba dirigida a él, sino a su propia amargura. Lucas guardó
silencio, pero hubiese querido saber muchas cosas de Brígida Conway...
Cinco minutos
tardaron en llegar a la iglesia y pasaron a la vicaría, donde encontraron al
párroco.
Alfredo Wake era un
hombrecillo menudo de ojos azules e inocentes. Pareció complacido por la visita
un tanto inesperada.
—El señor
Fitzwilliam se hospeda con nosotros en la Casa de los Fresnos —le dijo la
joven—, y desea consultarle sobre un libro que está escribiendo.
Mister Wake dirigió
su mirada hacia Lucas, que empezó a explicarse. Estaba muy nervioso, en primer
lugar porque aquel hombre debía de saber mucho más sobre folklore y ritos
supersticiosos que lo poco que él había aprendido en la rápida lectura de unos
cuantos libros, y en segundo lugar, porque Brígida estaba a su lado escuchando
interesada.
Lucas sintióse
aliviado al saber que la especialidad del párroco eran las ruinas romanas, y al
oírle confesar que entendía muy poco de costumbres medievales y brujerías.
Mencionó algunos hechos ocurridos en Wychwood, y se ofreció a acompañarlo hasta
una colina determinada donde decían se celebraban los aquelarres, pero
lamentándose de no poder prestarle su colaboración personal.
Lucas, disimulando
su satisfacción, procuró parecer desilusionado y se dispuso a hacerle algunas
preguntas sobre supersticiones mortuorias.
Mister Wake movió
la cabeza.
—Me temo que soy la
última persona que puede informarle sobre este particular. Mis feligreses
procuran que no llegue a mis oídos nada que atente contra la religión.
—Claro, es lógico.
—Pero, sin embargo,
tenga la certeza de que aún existen muchas supersticiones. Estos pueblecitos
viven bastante atrasados.
Lucas prosiguió:
—Le he pedido a la
señorita Conway una lista de las últimas defunciones. Creo que de este modo
podré obtener algunos datos. Tal vez usted pueda dármela, y así podré escoger
los más apropiados.
—Sí, eso puede
arreglarse. Gil, el sepulturero, le ayudará; es un buen hombre, aunque muy
sordo. Déjeme que piense. Ha habido bastantes fallecimientos, demasiados, ya lo
creo: tuvimos una primavera muy mala y un invierno muy crudo... y muchos
accidentes. Hemos tenido una racha de mala suerte.
—Algunas veces se
atribuye mala suerte a la presencia de una persona determinada.
—Sí. Recuerde la
historia de Jonás. Mas yo no creo que hubiese ningún forastero... ni nadie que
se destacase en ese sentido; tampoco he oído ningún rumor a este respecto; pero
repito, eso puede pasarme inadvertido. Déjeme ver... hace poco murió el doctor
Humbleby y la pobre Lavinia Pinkerton... una bellísima persona el doctor
Humbleby...
Brígida intervino:
—El señor
Fitzwilliam conoce bastante a un amigo suyo.
—¿Es cierto? ¡Qué
pena! Su muerte se sentirá mucho. Tenía muchos amigos.
—Pero seguramente
también tendría enemigos —dijo Lucas—. Me pareció oírselo decir a mi amigo
—declaró rápidamente.
El señor Wake
suspiró.
—Era un hombre que
decía lo que pensaba... podríamos decir que no tenía mucho tacto, y eso no es
del agrado de todo el mundo. Pero era muy querido entre las clases humildes, a
las que atendía generosamente.
Lucas dijo con sumo
cuidado:
—¿Sabe?, yo creo
que uno de los factores con que hay que contar en esta vida es que cada muerte
reporta un beneficio para alguien... no me refiero sólo monetariamente.
El vicario asintió
pensativo:
—Sí, comparto su
punto de vista. Leemos en las esquelas que sus deudos están desconsolados, pero
me temo que eso raramente es cierto. En el caso del doctor Humbleby es
innegable que su colega, el doctor Thomas, mejorará de posición.
—¿A qué se debe?
—Thomas, según
creo, vale mucho, por cierto que Humbleby siempre lo decía, pero aquí no le van
muy bien las cosas. Me figuro que Humbleby le hacía sombra, pues era un hombre
con una atracción definida. A su lado su colega parecía perder personalidad, y
por otra parte no impresionaba a sus pacientes. Esto le preocupaba y le hacía
peor, más nervioso y reservado. A decir verdad, ya he notado una gran
diferencia. Tiene más aplomo, más personalidad. Creo que ha recobrado la
confianza en sí mismo. Muchas veces no se ponían de acuerdo. Thomas era
partidario de los tratamientos modernos y en cambio Humbleby prefería el
sistema antiguo. Más de una vez tuvieron discusiones..., pero yo no debo hablar
tanto.
Brígida dijo con
claridad:
—Pero yo creo que a
mister Fitzwilliam le gustaría que hablase.
Lucas le dirigió
una mirada inquieta.
El párroco movió la
cabeza sin saber qué partido tomar, y al fin prosiguió sonriendo:
—Me temo que uno
acostumbra tomar demasiado interés en los asuntos de sus vecinos; Rosa Humbleby
es una muchacha muy bonita; no es de extrañar que Geofredo Thomas perdiera la
cabeza por ella. El punto de vista de Humbleby era incomprensible. La muchacha es
muy joven y no tuvo oportunidad de ver muchos hombres, retirada en este
apartado lugar.
—¿Se oponía? —dijo
Lucas.
—Ya lo creo. Decía
que eran muy jóvenes. Y naturalmente, a la gente joven le disgusta que se lo
digan. Entre los dos hombres existía una tirantez evidente. Pero me atrevo a
asegurar que el doctor Thomas tuvo un gran disgusto cuando murió su colega.
—De septicemia,
tengo entendido.
—Sí... un rasguño
sin importancia que se le infectó. Los médicos corren muchos riesgos en su
carrera, señor Fitzwilliam.
—Sí, desde luego
—repuso Lucas.
Mister Wake tuvo un
sobresalto.
—Pero nos hemos
apartado de la cuestión. Soy un viejo charlatán. Estábamos hablando de los
ritos paganos y de las últimas muertes. Sí, también murió Lavinia Pinkerton,
una de nuestras mejores feligresas. Luego esa pobre muchacha Ana Gibbs... puede
que le interese, señor Fitzwilliam, ¿sabe?, sospecharon que pudo haberse
suicidado..., existen unos ritos supersticiosos especiales para estos casos.
Tiene una tía, no demasiado simpática y poco amante de su sobrina, aunque muy
charlatana.
—Es un dato valioso
—replicó Lucas.
—Luego Tomás
Pierce... había formado parte del coro... una bonita voz... angelical, pero él
no lo era tanto, por desgracia. Tuvimos que librarnos de él porque
revolucionaba a los otros niños. Pobre chico, me parece que en ninguna parte
era bien recibido. Le despidieron de la oficina de Correos, donde le
encontramos trabajo como repartidor de telegramas. Estuvo algún tiempo en la
oficina del señor Abbot, pero también fue despedido..., creo que por retener
unos documentos confidenciales. Luego trabajó en la Casa de los Fresnos de
jardinero. ¿No es cierto, señorita Conway? Y lord Whitfield tuvo que despedirle
por su impertinencia. Yo lo sentí por su madre..., una mujer honrada y
trabajadora. La señorita Waynflete le dio un empleo. Consistía en limpiar los
cristales de las ventanas, fue muy amable. Al principio se opuso lord
Whitfield, pero al fin cedió... y es una lástima que lo hubiera hecho.
—¿Por qué?
—Porque el chico
murió. Estaba limpiando las ventanas de la biblioteca e intentó bailar no sé
qué danza estúpida en un repecho o algo parecido... perdió el equilibrio, o le
daría vértigo, y cayó... ¡Qué desgracia! No volvió a recobrar el conocimiento y
murió pocas horas después de llevarle al hospital.
—¿Le vieron caer?
—preguntó Lucas, interesado.
—No. Estaba en la
parte del jardín... no en la parte delantera. Se cree que permanecería en el
suelo una media hora hasta que lo encontraron.
—¿Quién lo
descubrió?
—La señora
Pinkerton. ¿Recuerda? La dama que como le dije murió en un accidente de
circulación el otro día. Pobre mujer. Estaba trastornada. ¡Vaya un hallazgo!
Había obtenido un permiso para cortar algunas plantas y se encontró al muchacho
tal como había caído.
—Debió ser un
choque terrible —dijo Lucas meditativo.
«Ya lo creo —se
dijo para sí—, más de lo que se figura...»
—Ver truncada una
vida joven es muy desagradable —seguía diciendo el sacerdote—. Muchos de los
defectos de Thomas puede que debiéramos atribuirlos a las personas mayores.
—Era muy
impertinente —dijo Brígida—. Usted sabe que es cierto, señor Wake. Siempre
estaba atormentando a los gatos y cachorros y pinchando a los otros muchachos.
—Lo sé, lo sé —el
párroco meneó la cabeza con tristeza—. Pero usted ya sabe, mi querida señorita
Conway, que algunas veces la crueldad no es innata, sino el resultado de una
inteligencia retrasada. Por eso, si usted imagina a un hombre adulto con la
mentalidad de un niño, comprenderá que la malicia y la brutalidad de un
lunático son completamente desconocidas para ese hombre. Estoy convencido que
un desarrollo deficiente es la raíz de la estupidez y crueldad del mundo hoy en
día. Deben dejarse a un lado los infantilismos...
Brígida dijo con
voz súbitamente enronquecida:
—Sí, tiene usted
razón. Sé lo que quiere decir. Un hombre que sea tan sólo un niño es lo peor
del mundo...
Lucas la miraba con
curiosidad, convencido de que se refería a alguna determinada persona, y aunque
en algunos aspectos lord Whitfield era muy infantil, no creía que fuese él.
Y Lucas Fitzwilliam
se preguntó muchas veces quién sería esa persona.
Capítulo V
UNA VISITA A LA
SEÑORITA WAYNFLETE
El señor Wake
seguía musitando algunos nombres.
—Veamos quién
más..., la pobre señora Rosa, el viejo Bell y el niño de los Elkins... y
Enrique Carter. Hizo un mes de marzo tan frío que se llevó al pobre Benjamín
Stanbury; ya tenía noventa y dos años por lo menos.
—En abril murió Ana
Gibbs —dijo Brígida.
—Sí, pobre
muchacha..., cometió una equivocación lamentable.
Lucas alzó los
ojos, encontrándose con los de Brígida, que le observaban. Al verse
sorprendida, los bajó rápidamente.
«Aquí hay algo que
tengo que averiguar —pensó el joven contrariado—, y que se relaciona con Ana
Gibbs.»
Una vez se hubieron
despedido del vicario y estuvieron en el exterior, le dijo:
—¿Quién era Anna
Gibbs?
Brígida tardó unos
momentos en contestar, y luego dijo con voz contrariada:
—Ana era una de las
doncellas más ineptas que he conocido.
—¿Y por eso la
despidieron?
—No. Se pasaba las
horas hablando con un hombre. Gordon tiene unos principios muy morales y
anticuados. Según él los pecados se cometen sólo después de las once de la
noche. Así se lo dijo y ella se puso muy impertinente.
Lucas quiso saber:
—¿Era bonita?
—Mucho.
—¿Es la que
confundió el barniz de sombreros con el jarabe para la tos?
—Sí.
—Es una cosa
bastante tonta —dijo Lucas.
—Una estupidez.
—¿Ella lo era?
—No, era una
muchacha muy aguda.
Lucas estaba
perplejo. Sus respuestas tenían todas el mismo tono indiferente. Mas, detrás de
sus palabras, ocultaba algo que no decía. En aquel momento la joven se detuvo
para hablar con un hombre alto que, quitándose el sombrero, la saludó
efusivamente.
Tras intercambiar
unas palabras, le presentó a Lucas.
—Éste es mi primo,
el señor Fitzwilliam, que pasa una temporada en Los Fresnos. Ha venido para
escribir un libro. El señor Abbot.
Lucas le contempló
con interés. Era el abogado que había empleado a Tomás Pierce.
Lucas tenía un
prejuicio especial contra los leguleyos en general por su costumbre de no
comprometerse. Sin embargo, el señor Abbot no pertenecía al tipo corriente; no
era ni delgado ni reservado, sino un hombre corpulento, vestido elegantemente,
de unos modales corteses y una efusiva jovialidad. Sus ojos estaban rodeados de
pequeñas arrugas y parecían más perspicaces vistos de cerca.
—¿Conque
escribiendo un libro? ¿Una novela?
—Costumbrista
—repuso Brígida.
—Entonces, ha dado
usted con el sitio adecuado —dijo el procurador—. Esta parte del globo es muy
interesante.
—Eso tengo
entendido —dijo Lucas—. Creo que pueden ayudarme mucho. Deben de tener muchos
ritos curiosos... o conocer algunas costumbres interesantes.
—Pues yo no sabría
decirle..., pero puede que...
—¿Creen en los
espíritus? —le preguntó Lucas.
—La verdad es que
no lo sé.
—¿Hay casas
encantadas?
—No.
—Existe la
superstición, ya debe conocerla —dijo Lucas—, del niño muerto. Si un niño muere
de muerte violenta... dicen que sigue andando indefinidamente..., pero si es
una niña, no. Interesante superstición, ¿verdad?
—Mucho —dijo el
señor Abbot—. No lo había oído decir nunca.
No era extraño,
puesto que Lucas lo acababa de inventar.
—Parece ser que
tuvo empleado en su oficina a Tomás no sé cuántos. Tengo razones para creer que
piensan que sigue andando.
El rostro ya de por
sí enrojecido del señor Abbot se tornó purpúreo.
—¿Tomás Pierce? Un
mequetrefe inútil, espía y entrometido.
—Los espíritus
siempre hacen travesuras. Los buenos ciudadanos, cuando mueren, no vuelven a
molestar a este mundo.
—¿Qué significa esa
historia? ¿Quién le ha visto?
—Estas cosas son
difíciles de explicar —dijo Lucas—. La gente no lo pregona con aseveraciones,
pero es algo que se palpa en la atmósfera.
—Sí, sí, claro.
Lucas cambió de
tema.
—La persona más
indicada para ayudarme es el doctor de la localidad. Los médicos se enteran de
muchas cosas cuando visitan en ciertas barriadas. De toda clase de
supersticiones, filtros amorosos y demás extravagancias.
—Debe usted ver al
doctor Thomas, es un buen muchacho muy del día. No como el pobre Humbleby.
—Algo refractario,
¿verdad?
—Muy testarudo...,
una cabeza dura en el peor sentido de la palabra.
—Tuvieron una
discusión por causa del proyecto del agua, ¿verdad?
Otra vez enrojeció
mister Abbot.
—Humbleby se oponía
a los adelantos del progreso. No quiso aprobar el proyecto. Me dijo cosas muy
desagradables. No me importan sus palabras, por las que pude haberle procesado.
Brígida murmuró:
—Pero los abogados
nunca recurren a la ley. Ellos saben más, ¿verdad?
Abbot echóse a
reír. Su enojo cesó tan pronto como había venido.
—¡Muy bueno,
señorita Brígida! No anda muy equivocada. Los que estamos siempre entre leyes
sabemos demasiado. ¡Ja, ja...! Bueno, debo continuar. Telefonéeme si cree que
puedo ayudarle en algo, señor...
—Fitzwilliam —dijo
Lucas—. Gracias; así lo haré.
Siguieron andando y
Brígida comentó:
—Por lo menos, veo
que su método consiste en dar las cosas por hechas y ver las reacciones que
provocan.
—Lo que usted
quiere decir es que mis métodos no son muy exactos. ¿No es eso?
—Es lo que he
notado.
Con ligero
desasosiego pensó lo que iba a decirle, pero antes de que pudiera hablar lo
hizo ella:
—Si le interesa
saber más acerca de Ana Gibbs puedo acompañarle a ver una persona que puede
ayudarle.
—¿Quién es?
—La señorita
Waynflete. Ana trabajó allí cuando dejó Los Fresnos, y fue en esa casa donde
murió.
—Ah, ya... —estaba
algo sorprendido—. Me parece bien... muchas gracias.
—Vive aquí mismo.
Hallábanse en el
prado del pueblecito, y Brígida, inclinando la cabeza para indicarle la gran
casa georgiana que Lucas observara el día anterior, le dijo:
—Esto es Wich Hall.
Ahora está convertido en biblioteca.
Al lado se alzaba
una casita que, comparada con la otra, parecía de juguete. Los blancos
escalones resplandecían de limpios, sus picaportes brillaban y las cortinas de
las ventanas eran un primor.
Brígida empujó la
puertecita del jardín y subió los escalones de la entrada. Antes de que llamara
se abrió la puerta, dando paso a una mujer de algunos años.
Lucas la consideró
el modelo tipo de solterona. Cubría su cuerpo delgado con una falda y chaqueta
de lana y una blusa de seda gris, y llevaba el sombrero encasquetado en su bien
formada cabeza. Su rostro era agradable y sus ojos denotaban inteligencia a través
de los cristales de sus gafas. A Lucas le recordó esos chivos negros que se ven
en Grecia. Su mirada expresaba ingenua sorpresa.
—Buenos días,
señorita Waynflete —le dijo Brígida—. Éste es el señor Fitzwilliam —Lucas
saludó—. Está escribiendo un libro... sobre los fallecimientos y costumbres de
un pueblo y relatos espeluznantes.
—¡Oh, Dios mío, qué
interesante!
Y le contempló con
admiración, mientras Lucas pensaba en la señorita Pinkerton.
—He pensado —dijo
Brígida, y de nuevo notó en su voz un matiz de indiferencia— que usted podría
decirle algunas cosas sobre la muerte de la pobrecita Ana.
—¡Ah! —exclamó la
señorita Waynflete—. ¿De Ana? Sí.
Observó una nueva
expresión en su rostro, y al fin, como si hubiese tomado una decisión, les
introdujo en el vestíbulo.
—Entren, hagan el
favor. Yo puedo salir más tarde. No, no —dijo en respuesta a las protestas del
joven—. En realidad no tengo nada que hacer con urgencia. Sólo unas compras.
La salita era
reducida, pero muy aseada y con un ligero aroma de lavanda. Sobre la repisa de
la chimenea había varias figuritas representando pastores y pastorcillas de
linda sonrisa. Unos cuadritos a la acuarela y otros dos bordados a mano
adornaban las paredes, junto con retratos de sobrinos y sobrinas. Algunos
muebles eran buenos..., un escritorio Chippendale, una mesita de palisandro...
y un sofá victoriano bastante incómodo.
La señorita
Waynflete les ofreció sendas sillas para que se sentaran y luego dijo a modo de
disculpa:
—Como yo no fumo,
no tengo cigarrillos para ofrecerles, pero pueden fumar si lo desean.
Lucas no hizo uso
del permiso, pero Brígida sacó en seguida un cigarrillo y lo encendió.
La señorita
Waynflete, sentada muy tiesa en una silla, estudió a sus invitados por unos
instantes hasta que bajó los ojos satisfecha de su examen.
—¿Desea saber la
desgracia ocurrida a Ana Gibbs? Fue una trágica equivocación.
—¿No fue...
suicidio? —preguntó Lucas.
—No, no, no puedo
pensarlo ni un momento. Ana no era de las de ese tipo.
—¿A qué tipo
pertenecía? Me gustaría saber muchas cosas de esa chica.
—Pues la verdad es
que no era una buena doncella; pero hoy en día uno se conforma con tener
alguien. Descuidaba su trabajo y siempre estaba dispuesta a salir... claro que
era joven y ahora todas las chicas son así. No comprenden que su tiempo
pertenece a sus señoras.
Lucas la miró con
simpatía y la señorita Waynflete se dispuso a desarrollar su tema.
—No era de esas
muchachas por las que hay que inquietarse (era bastante atrevida), aunque no
quiero hablar mal de ella ahora que ha muerto. No es cristiano, aunque no veo
la razón para ocultar la verdad.
Lucas asintió,
pensando que la señorita Waynflete se diferenciaba de miss Pinkerton en que
tenía más lógica y pensaba más las cosas.
—Deseaba verse
admirada —proseguía miss Waynflete—, y siempre estaba pendiente de su persona.
El señor Ellworthy, el que tiene la tienda de antigüedades, pero es todo un
caballero (es aficionado a las acuarelas), hizo uno o dos bocetos de la cabeza
de la muchacha. Yo creo que esto le dio otras ideas. Siempre se estaba peleando
con su prometido... Santiago Harvey. Es mecánico, trabaja en el garaje y la
quería mucho.
Hizo una pausa
antes de proseguir:
—Nunca olvidaré
aquella horrible noche. Ana estuvo indispuesta... tenía mucha tos (con esas
medias de seda y esos zapatos prácticamente de papel que llevan las jóvenes de
hoy en día no es de extrañar que pillen resfriados) y aquella tarde fue a ver
al médico para que le recetase algo.
Lucas preguntó con
rapidez:
—¿El doctor
Humbleby o el doctor Thomas?
—El doctor Thomas.
Y él le dio la botella de jarabe para la tos, completamente inofensivo, según
creo. Se acostó temprano, y aproximadamente a la una de la madrugada empecé a
oír unos horribles lamentos. Me levanté y fui hasta su cuarto, pero tenía la puerta
cerrada por dentro. La llamé, pero no respondió. La cocinera estaba conmigo y
las dos nos asustamos mucho. Nos fuimos a la puerta de la casa y por suerte
pasaba por allí en aquel momento Reed, nuestro alguacil, y le llamamos. Dio la
vuelta a la casa y se las arregló para subirse hasta su ventana, y como estaba
abierta pudo entrar y abrirnos la puerta. Pobre chica. Fue terrible. No pudimos
hacer nada por ella y murió pocas horas después en el hospital.
—¿Y fue por ese...
barniz de sombreros?
—Sí. Dijeron que
murió envenenada por ácido oxálico. La botella era aproximadamente del mismo
tamaño que la de jarabe. Ésta estaba en su lavabo y la del barniz al lado de la
cama. Debió cogerla por equivocación y la dejó allí para poderla tomar a
oscuras si se encontraba mal. Ésa fue la teoría del jurado.
La señorita
Waynflete hizo una pausa. Sus ojillos de cabra inteligente le miraron con
cierto significado oculto. Tuvo el presentimiento de que no le contaba toda la
historia... pues por algún motivo quería mantenerle ajeno al resto de sus
conocimientos.
Hubo un silencio...
largo y violento. Lucas se sentía como un actor que ha olvidado su papel; al
fin dijo sin demasiada firmeza:
—¿Y usted cree que
no fue suicidio?
—Desde luego. Si
hubiese decidido matarse, lo más probable es que hubiese comprado algún veneno.
Esta botella hacía años que debía de tenerla. Y, de todas formas, ya le he
dicho que no era de esa clase de chicas.
—Entonces, ¿qué es
lo que usted cree? —dijo Lucas bruscamente.
—Creo que fue una
desdichada equivocación.
Apretó los labios y
le miró con interés.
Cuando Lucas
pensaba que debía decir algo lo antes posible, se oyó rascar en la puerta y un
maullido lastimero.
La señora Waynflete
se levantó para abrir la puerta, por la que entró un magnífico gato persa, que
se paró para observar a los visitantes y luego sentóse sobre el brazo del
sillón de miss Waynflete.
—Dime, Wonky-fu,
¿dónde ha estado mi Wonky-fu toda la mañana?
Aquel nombre hizo
vibrar una cuerda en su memoria. ¿Dónde había oído algo de un gato persa
llamado Wonky-fu?
—Es un gato muy
bonito. ¿Hace mucho tiempo que lo tiene?
La señorita
Waynflete meneó la cabeza.
—Oh, no, pertenecía
a una antigua amiga mía, la señorita Pinkerton. La atropello uno de esos
horribles automóviles y, claro, no pude consentir que Wonky-fu fuese a parar a
manos extrañas. Lavinia se hubiera disgustado. Le adoraba... y es bonito, ¿no
es cierto?
Lucas contemplaba
el gato con seriedad.
La señorita
Waynflete le advirtió:
—Tenga cuidado con
sus orejas... Hace poco le dolían mucho.
Lucas lo acarició
con cuidado, mientras Brígida se ponía en pie.
—Debemos
marcharnos.
La señorita
Waynflete estrechó la mano de Lucas.
—Tal vez nos
volvamos a ver pronto —le dijo.
—Así lo espero
—repuso Lucas con jovialidad.
Y le pareció que
ella estaba algo desconcertada. Miró a Brígida interrogadoramente y Lucas pensó
que había algo entre las dos mujeres que él ignoraba, pero se propuso
averiguarlo pronto.
La señorita
Waynflete salió con ellos. Lucas se detuvo unos momentos antes de bajar los
escalones de la entrada para contemplar el impecable verdor del prado y el
estanque de los patos.
—Este lugar está
maravillosamente intacto —dijo en voz alta.
El rostro de miss
Waynflete se iluminó.
—Sí, es cierto.
Está igual como lo recuerdo desde que era niña. ¿Sabe?, vivíamos en el Hall.
Pero cuando lo heredó mi hermano no quiso vivir allí... Como tampoco podía
sostenerlo, lo puso en venta. Un constructor que quería «explotar el país» hizo
una oferta. Por suerte adquirió la propiedad lord Whitfield y la salvó,
convirtiéndola en museo y biblioteca... la verdad es que prácticamente está
intacta. Yo trabajo de bibliotecaria dos veces por semana... claro que sin
sueldo, y puedo decirle el placer que se siente al estar en un sitio como éste
y saber que no lo han convertido en una cueva de ladrones. Y la verdad es que
es perfecto. Debe visitar nuestro pequeño museo, señor Fitzwilliam. Hay algunas
cosas muy interesantes.
—Desde luego,
pienso verlo, señorita Waynflete.
—Lord Whitfield ha
sido un gran bienhechor para Wychwood —dijo la señorita Waynflete—. Y lo que me
apena es que hay personas muy desagradecidas.
Sus labios se
unieron hasta formar una línea delgada. Lucas no hizo preguntas y se despidió
de nuevo.
Cuando atravesaron
la verja, Brígida preguntó complaciente:
—¿Quiere continuar
las averiguaciones o volver a casa por el camino del río? Es un paseo muy
agradable.
Lucas no tenía
intención de seguir investigando en su compañía y repuso en el acto:
—Desde luego,
prefiero volver por el río.
Caminaron a través
de la Calle Alta. Una de las últimas casas ostentaba el letrero en letras
doradas con la palabra «Antigüedades». Lucas se detuvo y metió la cabeza por
una de las ventanas para curiosear el frío local.
—Veo un plato de
porcelana bastante bonito —observó—. Le gustaría a una de mis tías. ¿Cuánto
cree usted que puede valer esa pieza?
—¿Quiere que
entremos a preguntarlo?
—¿No le importa? Me
gusta husmear en los anticuarios. Algunas veces se encuentran verdaderas
gangas.
—Pues aquí no creo
que las encuentre —dijo Brígida con frialdad—. Ellworthy conoce el valor de
todos sus objetos.
La puerta estaba
abierta. En la tienda veíanse sillas y canapés con diversos objetos colocados
sobre ellos. A ambos lados había dos habitaciones repletas de cachivaches.
Lucas entró en la
de la derecha y cogió el plato de porcelana. En aquel preciso momento apareció
el propietario de la tienda, que cuando entraron se hallaba sentado en su
escritorio estilo reina Ana.
—¡Oh, querida
señorita Conway, cuánto celebro verla!
—Buenos días, señor
Ellworthy.
El señor Ellworthy
era un hombre joven y atractivo, vestido de color castaño, de rostro alargado y
boca femenina. Llevaba el cabello largo y sus andares eran afectados.
Brígida los
presentó, y en seguida dedicó su atención a su cliente.
—Auténtica
porcelana antigua. Delicioso, ¿verdad? Adoro todo lo que hay en mi tienda y
siento que alguien lo compre. Siempre soñé con vivir en el campo y tener una
tiendecita. Wychwood es un sitio maravilloso... tiene ambiente. ¿Sabe lo que
quiero decir?
—Temperamento
artístico —murmuró Brígida, y Ellworthy se volvió hacia ella.
—No, por favor. No
emplee esa frase, señorita Conway. No, no, se lo suplico. No me diga que soy
todo arte y gusto porque no puedo soportarlo. Claro que yo no vendo ropas ni
nada de eso; ya lo saben; pero soy un tendero, eso es, sólo un tendero.
—Pero usted es un
artista, ¿verdad? —dijo Lucas—. Quiero decir que usted pinta acuarelas, ¿eh?
—¿Quién le ha dicho
eso? —exclamó el señor Ellworthy juntando las manos—. Este lugar es
maravilloso, no se puede guardar un secreto. Por eso me gusta, es tan distinto
de ese inhumano «ocúpese en sus asuntos, que yo cuidaré de los míos» de las
ciudades. Los chismes y los escándalos son deliciosos si uno los toma por el
lado bueno.
Lucas se contentó
con responder a la pregunta de Ellworthy haciendo caso omiso de sus vulgares
comentarios.
—La señorita
Waynflete nos dijo que había hecho bocetos de esa muchacha... Ana Gibbs.
—¡Oh, Ana! —Dio un
paso atrás e hizo rodar un barrilito de cerveza, mientras lo observaba
cuidadosamente. Luego dijo—: ¿Sí? ¡Oh, sí!, supongo que debí hacérselos.
Parecía algo
sobresaltado.
—Era una muchacha
muy bonita —dijo Brígida.
El señor Ellworthy
había recobrado su aplomo.
—Ah, ¿usted cree?
Yo la encontraba muy vulgar. —repuso. Y prosiguió, dirigiéndose a Lucas—: Tengo
un par de pájaros de porcelana preciosos.
Lucas fingió un
ligero interés por los pájaros y preguntó el precio del plato.
Ellworthy nombró
una cifra.
—Gracias —dijo
Lucas—; pero no creo que vaya a privarle de su posesión de momento.
—¿Sabe que siempre
me alegro de no vender un objeto? Qué tontería, ¿verdad? Mire, se lo dejo por
una guinea menos. A usted le ha gustado. Me he dado cuenta... y eso es
distinto. Después de todo, esto es una tienda.
—No, gracias —dijo
Lucas.
El señor Ellworthy
los acompañó hasta la puerta, desde donde saludó con la mano... por cierto
desagradable. Las manos de aquel hombre eran tan blancas que tenían más bien un
tinte verdoso.
—¡Qué desagradable
es el señor Ellworthy! —dijo Lucas una vez estuvieron fuera de la tienda.
—Mejor diría que lo
son su mentalidad y sus costumbres —dijo Brígida.
—¿Por qué habrá
venido a un sitio como éste?
—Creo que practica
la magia negra. La reputación de este pueblo le sirve de ayuda.
Lucas dijo bastante
sorprendido:
—¡Dios mío... me
parece que ésta es la clase de tipo que necesito! Debí haberle hablado de mis
propósitos.
—¿Usted cree? Sabe
bastantes cosas.
Lucas repuso
bastante inquieto:
—Le veré otro día.
Brígida guardó
silencio. Ya estaban fuera de la población. Siguieron un sendero y pronto
llegaron al río.
Allí encontraron a
un hombrecillo de tieso bigote y ojos saltones. Llevaba consigo tres perros
bulldog y a ellos se dirigía por turno.
—Nero, ven aquí;
Nelly, deja eso. Tíralo. Oye lo que te digo. Augusto... Augusto... te digo...
Se interrumpió para
quitarse el sombrero y saludar a Brígida y mirar con asombro a su acompañante,
hasta que satisfecha su curiosidad prosiguió sus amonestaciones.
—¿Es el comandante
Horton y sus perros? —preguntó Lucas.
—Precisamente.
—Vaya, hemos visto
a todos los miembros importantes de este pueblo, ¿eh?
—Casi.
—Me siento violento
—prosiguió Lucas—. Me figuro que deben notar que soy forastero a una milla de
distancia —agregó recordando los comentarios de Jaime Lorrimer.
—El comandante
Horton nunca disimula su curiosidad —le dijo Brígida.
—Es un hombre que
no puede negar que ha sido militar —dijo Lucas.
Brígida exclamó de
pronto:
—¿Vamos a sentarnos
un poquito? Tenemos tiempo de sobra.
Se sentaron sobre
un tronco caído que hacía las veces de banco y Brígida prosiguió así:
—Sí. El comandante
Horton tiene un aire muy castrense y un tanto autoritario. No lo querrá creer,
pero hace un año era un hombre dominadísimo por su esposa, antipática y
tiránica.
—¿Quién, ese
individuo?
—Sí. Tenía por
esposa a la mujer más desagradable que he conocido nunca. Además, tenía dinero
y nunca se recataba de recordárselo en público.
—Pobre... me
refiero a Horton.
—Él la trataba muy
bien... siempre ha sido caballeroso. Personalmente no sé por qué no se separaba
un instante de ella.
—No debía ser muy
bien vista por aquí, me figuro.
—Nadie la
apreciaba. Se enfadó con Gordon y conmigo y en todas partes molestaba su
presencia y su insolencia,
—Pero supongo que
la Providencia le libraría de ella.
—Sí, hará cosa de
un año. Gastritis aguda. Fue un infierno para su esposo, el doctor Thomas y las
dos enfermeras, pero al fin se murió. En el acto se alegraron los perros.
—¡Inteligentes
animalitos!
Se hizo un
silencio. Brígida cortaba briznas de hierba y Lucas contemplaba la orilla
opuesta sin verla. Una vez más se preguntaba el motivo de su misión. ¿Cuáles
eran los hechos... y cuál es el fruto de su imaginación? ¿No era un error
estudiar a todas las personas que encontraba como si fuesen posibles asesinos?
Este punto de vista era algo degradante.
«¡Maldita sea!
—pensó—. ¡He sido policía demasiado tiempo!»
Le sacó de su
abstracción la voz fría de Brígida, que le decía:
—Señor Fitzwilliam.
Dígame la verdad, ¿a qué ha venido usted aquí?
Capítulo VI
BARNIZ DE SOMBREROS
A Lucas le había
sorprendido la pregunta en el momento de acercar una cerilla encendida a su
cigarrillo. Su inesperada observación le paralizó la mano y le hizo permanecer
inmóvil hasta que se quemó.
—¡Maldición! —dijo
Lucas arrojando la cerilla—. Le ruego me perdone. Me he sobresaltado —Y le
sonrió con tristeza.
—¿Sí?
—Sí. Oh, está bien,
supongo que cualquiera que sea inteligente tiene que haber leído a través de
mí, y me figuro que no habrá creído, ni por un instante, que estoy escribiendo
una novela de costumbres populares.
—Después que le
hube visto, no.
—¿Y lo creyó
entonces?
—Sí.
—De todas formas no
era un buen ardid —dijo Lucas—. Claro que cualquiera puede querer escribir una
novela, pero el hecho de venir aquí y hacerme pasar por su primo, ¿no le hizo
sospechar que había gato encerrado?
Brígida meneó la
cabeza.
—No. Le encontré
una explicación... por lo menos eso creí. Presumí que debía ser muy
presuntuoso... muchos de los amigos de Jaime y míos son así... y creí que le
había sugerido la idea de hacerse pasar por primo para... bueno, podríamos
decir para salvar su orgullo.
—Pero cuando llegué
mi aspecto denotaba tal opulencia que al instante descartó esa explicación,
¿verdad?
Sus labios se
curvaron en una sonrisa.
—¡Oh, no! —le
dijo—. No fue por eso. Sino porque usted no era le persona adecuada.
—¿Quiere decir que
no le parecí lo suficiente inteligente como para escribir un libro? No hiera
mis sentimientos.
—Usted podría
escribirlo, pero no sería un libro así... sobre antiguas supersticiones...
tratando de descubrir lo pasado... ¡Nada de eso! No es de esos hombres para
quien lo pasado representa mucho... puede que ni siquiera le preocupe el
futuro... tan sólo piensa en lo presente.
—¡Hum! Ya comprendo
—Hizo una mueca—. ¡Maldita sea! Desde que he llegado no ha dejado de ponerme
nervioso. Es usted demasiado inteligente.
—Lo siento —repuso
la joven—. ¿Qué es lo que usted esperaba encontrar?
—Pues... la verdad,
no lo había pensado detenidamente.
Ella continuó con
calma:
—¿Una joven
rubia... con un cerebro capaz de realizar su sueño de casarse con el jefe?
Lucas hizo un gesto
indefinible. Ella le dirigió una mirada divertida.
—Lo comprendo. Está
bien, no me enfado.
Lucas procuró
mostrar su desenvoltura.
—Pues... tal vez
fuese algo parecido; pero no pensé mucho en ello.
—No, no pensó nada
—le dijo ella—. Usted es de los que no abre una puerta hasta estar seguro que
va a pasar por ella.
Mas Lucas repuso,
evasivo:
—¡Oh, ya me doy
cuenta de que debí representar pésimamente mi papel! ¿Lo ha adivinado también
lord Whitfield?
—¡Oh, no! Si le
dijera que ha venido a estudiar la vida de los escarabajos, le creería lo
mismo. ¡Tiene una mentalidad muy crédula!
—De todas formas
debí hacerlo muy mal. No fui demasiado convincente.
—Vi que estaba
representando una comedia —dijo Brígida—. Y me temo que casi me divirtió.
—¡Oh, ya me lo
figuro! Las mujeres inteligentes acostumbran a ser frías y crueles.
Brígida susurró:
—En esta vida hay
que tomar las diversiones cuando se presentan. —Hizo una pausa y luego
preguntó—: ¿Para qué ha venido, señor Fitzwilliam?
Habían vuelto al
punto inicial de la conversación. Lucas ya imaginaba qué sucedería. Durante los
últimos instantes había tratado de tomar una determinación. La miró a los
ojos... vio en ellos una serenidad que no esperaba encontrar.
—Lo mejor será
—dijo, pensativo— no decirle más mentiras.
—Mucho mejor.
—Pero la verdad es
difícil de explicar... Veamos. ¿Ha formado alguna idea... quieto decir si se le
ha ocurrido alguna explicación que justifique mi presencia?
Ella meneó la
cabeza lenta y pensativamente.
—¿Cuál era? ¿No
quiere decírmelo? Puede que me sirviera de ayuda.
Brígida repuso con
serenidad:
—Pensé que había
venido por algo relacionado con la muerte de esa muchacha, Ana Gibbs.
—¡Entonces era eso!
Es lo que yo vi... y sentía... cada vez que la nombraba. Sabía que había algo.
¿Así que pensó que vine por eso?
—¿No es así?
—En cierto modo,
sí.
Él estaba
callado... frunciendo el ceño. La muchacha, junto a él, tampoco hablaba para no
distraer sus pensamientos.
Al fin se decidió:
—He venido por una
mera suposición fantástica y probablemente absurda. Ana Gibbs es sólo una
parte, pero tengo interés en saber de qué murió exactamente.
—Sí, eso es lo que
pensé.
—Pero confiéselo
todo. ¿Por qué lo pensó? ¿Qué hubo en su muerte que despertase su tan desmedido
interés?
—Siempre he creído
que hubo algún error. —Brígida contestó—: Por eso le llevé a la señorita
Waynflete.
—¿Por qué?
—Porque ella
también piensa como yo.
—¡Oh! —Lucas
recordó, comprendiendo ahora las insinuaciones de la inteligente solterona—.
¿Piensa como usted, que... que hubo algo extraño?
Brígida asintió.
—Y exactamente,
¿qué?
—En primer lugar,
el barniz de sombreros.
—¿Qué quiere decir
con eso?
—Pues que hace unos
veinte años la gente barnizaba sus sombreros... una temporada lo llevaba color
rosa y la siguiente compraba una botella de barniz y lo convertía en azul
oscuro... y luego otra botellita y negro. Pero hoy no se hace. Los sombreros
son baratos y cuando se pasan de moda se desechan.
—¿Incluso las
chicas como Ana Gibbs?
—¡Antes lo hubiese
pintado yo que ella! El economizar no se estila. Y además hay otra cosa. El
barniz era rojo.
—¿Y bien?
—Ana Gibbs tenía el
pelo rojo... zanahoria.
—¿Quiere decir que
no le iba bien ese color?
Brígida asintió.
—Si una tiene el
pelo rojo no se pondrá nunca un sombrero de ese color... pero...
—No... un hombre no
lo comprendería. Para nosotros lo que sienta bien a una sienta bien a todas.
—Jaime tiene
algunos amigos en Scotland Yard —dijo Brígida—. Usted no es...
—Yo no soy un
detective oficial... ni privado, con un hermoso despacho en la calle Baker,
etc., etc. Soy simplemente lo que Jaime le dijo... un policía que ha vuelto
licenciado. Y estoy investigando a causa de una conversación muy curiosa que
sostuve en el tren durante el viaje de regreso del Este.
Y le hizo un breve
resumen de su charla con la señorita Pinkerton y los acontecimientos que
siguieron y que le habían llevado hasta Wychwood.
—Así que ya ve
usted... —concluyó—. Es todo tan fantástico. Estoy buscando a un hombre... un
asesino secreto... que está aquí en Wychwood considerado y respetado. Si la
señorita Pinkerton tuvo razón y usted y esa señorita no sé cuántos también...
ese hombre asesinó a Ana Gibbs.
Brígida limitóse a
contestar:
—Ya.
—Claro que pudiera
hacerlo desde fuera, ¿no le parece?
—Sí. Me figuro que
sí —repuso Brígida lentamente—. Reed, el alguacil, subió hasta su ventana
abierta. Era un poco difícil, pero un hombre normalmente ágil podía escalarla
sin dificultad.
—¿Y qué haría
después?
—Sustituiría con la
botella de barniz de sombreros la del jarabe.
—Con la esperanza
de que hiciera exactamente lo que hizo... despertarse, beberlo y que todos
pensasen que se había equivocado o que se suicidó.
—Sí.
—¿Y durante el
juicio no hubo sospechas de que todo hubiese sido tramado de antemano? ¿Se
supuso premeditación?
—No.
—¿Se mencionaron
sus observaciones sobre el barniz de sombreros durante el proceso?
—No.
—¿Entonces se le
ocurrió a usted?
—SI.
—¿Y a la señorita
Waynflete? ¿Han hablado de esto las dos?
Brígida sonrió
ligeramente.
—Oh, no, en ese
sentido no. La verdad es que no sé lo que ella habrá pensado. Yo diría que
estaba angustiada... y cada vez lo estaba más. Es muy inteligente, ¿sabe?, no
tiene la imaginación limitada como la mayoría de las personas de este pueblo.
Desde luego es indudable que vale mucho.
—Me figuré que la
señorita Pinkerton tenía la mente algo retrasada —dijo Lucas—. Por eso no creí
que su historia pudiera ser cierta.
—Siempre la
consideré muy astuta —repuso Brígida—. La mayoría de estas ancianas son algunas
veces más agudas que clavos. ¿Y dice usted que mencionó otros nombres?
Lucas afirmó con la
cabeza.
—Sí. Un muchachito
llamado Tomás Pierce. Lo recordé en cuanto oí hablar de él. Y estoy casi seguro
que también nombró a Carter.
—Carter, Tomás
Pierce, Ana Gibbs, doctor Humbleby —dijo Brígida, pensativa—. Como usted dice
es demasiado fantástico para ser verdad. ¿Quién iba a querer matar a toda esa
gente? ¡Eran tan distintos!
Lucas quiso saber:
—¿Tiene alguna idea
de quién pudo desear la muerte de Ana Gibbs?
Brígida meneó la
cabeza.
—No puedo
imaginármelo.
—¿Y qué me dice de
Carter? A propósito, ¿cómo murió?
—Se cayó al río y
se ahogó, cuando regresaba a su casa. Era una noche de niebla y estaba
borracho. El puentecillo tiene barandilla sólo a un lado. Se dio por hecho que
debió perder pie y caerse.
—Pero ¿alguien pudo
haberle empujado?
—¡Oh, sí!
—¿Y cualquiera pudo
empujar también a Tomás Pierce cuando limpiaba las ventanas?
—Sí, también.
—Así que los hechos
nos conducen a ver lo fácil que resulta deshacerse de tres seres humanos sin
levantar sospechas.
—La señorita
Pinkerton sí sospechó —le recordó la joven.
—Sí. Dios la
bendiga. No eran cosas de su imaginación.
—A menudo me decía
que el mundo era un lugar lleno de maldad.
—¿Y supongo que
usted sonreiría con sorna cuando lo dijo?
—¡Con aire de
suficiencia!
—En este juego el
que gana es el que sea capaz de creer seis cosas imposibles antes de haberse
desayunado.
—Me imagino que
será inútil preguntarle —prosiguió Lucas— si ha visto algo fuera de lo
corriente. ¿No hay nadie en Wychwood que le haga estremecer cuando le ve, o que
tenga una mirada extraña, o que ría como un maniático?
—Todo el mundo que
conozco me ha parecido muy sano, respetable y normal.
—Temía que me
dijera eso —lamentóse Lucas.
—¿Usted cree que
ese hombre tiene que estar loco?
—Oh, lo aseguraría.
Desde luego es un lunático... pero muy astuto. La última persona de quien
sospecharía...; probablemente un pilar de la sociedad como el director del
Banco.
—¿El señor Jones?
No puedo imaginarlo cometiendo todos esos asesinatos.
—Entonces ése es el
hombre que buscamos.
—Puede ser
cualquiera —repuso Brígida—. El carnicero, el panadero, el tendero, un
hortelano, un picapedrero o el que nos trae la leche...
—Sí... puede que
sí. Pero me parece que nuestro campo es algo más reducido.
—¿Por qué?
—La señorita
Pinkerton me habló de su mirada cuando escogía su próxima víctima. Por el modo
en que habló saqué la conclusión, le hago observar que es sólo una impresión,
de que ese hombre pertenecía a su misma esfera social por lo menos. Claro que
puedo equivocarme.
—¡Lo más probable
es que esté en lo cierto! En esas minucias uno no suele equivocarse.
—¿Sabe que me
siento aliviado ahora que usted lo sabe todo? —le confesó el policía.
—Así no tendrá que
seguir representando una comedia y es probable que pueda ayudarle.
—Su ayuda me será
muy valiosa. ¿De veras quiere continuar investigando conmigo?
—Pues claro.
Lucas le dijo con
ligero embarazo:
—¿Y qué pensará
lord Whitfield? ¿Usted cree...?
—No le diremos ni
una palabra —le interrumpió Brígida.
—¿Quiere decir que
no lo iba a creer?
—Oh, claro que sí.
¡Gordon se lo cree todo! Se emocionaría y ordenaría a seis de sus mejores
hombres que vigilasen la vecindad. ¡Estaría encantado!
—En ese caso es
mejor no decírselo.
—Sí. No podemos
permitirle que se deje llevar de sus impulsos.
Lucas la miró
dispuesto a decirle algo, pero cambió de opinión y se puso a mirar el reloj.
—Sí —le dijo
Brígida—, debemos volver a casa.
Y se puso en pie. Y entre los dos se alzó un
muro de reserva como si las palabras que Lucas no había pronunciado flotasen en
el ambiente.
Y silenciosos desanduvieron el camino hasta la
casa.
Capítulo VII
POSIBILIDADES
Lucas se hallaba en
su habitación. A la hora de la comida contestó a un interrogatorio de la señora
Anstruther sobre qué flores tenía en su jardín de Mayang Straits. Le dijo las
que podían cultivarse allí. También escuchó hasta saciarse «las charlas para
hombres jóvenes sobre mi persona», de lord Whitfield. Ahora, por fin, se
hallaba a solas. Cogió una hoja de papel y escribió en ella una lista de
nombres en la forma siguiente:
Doctor Thomas.
Señor Abbot.
Comandante Horton.
Señor Ellworthy.
Señor Wake.
Señor Jones.
El novio de Ana
Gibbs.
El carnicero, el
panadero, el cerero, etc.
Luego en otra hoja
encabezó una nueva lista con la palabra: VÍCTIMAS. Y escribió debajo:
Ana Gibbs:
Envenenada.
Tomás Pierce:
Arrojado desde una ventana.
Enrique Carter:
Caído desde el puente. ¿Bebido? ¿Empujado?
Doctor Humbleby:
Envenenamiento de la sangre.
Señorita Pinkerton:
Atropellada por un automóvil.
Y agregó:
¿Señora Rosa? ¿El
viejo Ben?
Y tras dejar un espacio:
¿Señora Horton?
Se puso a
considerar las series de nombres, mientras fumaba un cigarrillo; luego cogió su
lápiz una vez más para escribir:
Doctor Thomas:
Posibilidades contra él.
Con motivos
definitivos para desear la muerte del doctor Humbleby. Modo de proporcionar la
muerte de este último a su alcance, por ejemplo, envenenamiento científico de
ciertos gérmenes. Ana Gibbs le visitó la tarde de su fallecimiento. ¿Hubo algo
entre ellos? ¿Chantaje?
¿Tomás Pierce? Sin
relación conocida. (¿Conocía Tomás alguna relación entre él y Ana Gibbs?)
¿Enrique Carter?
Sin relación conocida.
¿Estuvo ausente el
doctor Thomas el día que la señorita Pinkerton fue a Londres?
Lucas suspiró y
puso otro encabezamiento.
Señor Abbot:
Posibilidades contra él. (Un abogado es siempre una persona sospechosa.
Posibles prejuicios míos.) Su personalidad, carácter, etc.. serían muy
sospechosos en una novela..., siempre se recela de los hombres con genialidad.
Objeción: esto no es una novela, sino la realidad.
Motivos para
asesinar al doctor Humbleby: Evidente rivalidad existente entre ellos. Humbleby
desafió al señor Abbot. Motivo suficiente para un cerebro perturbado. Sus
desavenencias pudieron ser observadas con facilidad por la señorita Pinkerton.
¿Tomás Pierce?
¿Revolvió entre los papeles del señor Abbot? ¿Encontró algo que no debía haber
sabido?
¿Enrique Carter?
Sin relación directa.
¿Ana Gibbs? Sin
relación conocida. El barniz de sombreros muy apropiado para una mentalidad
como la de Abbot... anticuada. ¿Estuvo ausente el señor Abbot el día que
mataron a la señorita Pinkerton?
Comandante Horton:
Posibilidades contra él.
Sin relación
conocida con Ana Gibbs, Tomás Pierce o Carter. ¿Qué hizo cuando murió su
esposa? Su muerte pudo ser producida por arsénico. De ser así otras muertes
pudieron ser el resultado de ésta... ¿Chantaje? Nótese bien. El doctor Thomas
la asistía. (Más sospechas sobre Thomas.)
Señor Ellworthy:
Posibilidades contra él.
Tiene montones de
cachivaches... practica la magia negra. Puede tener el temperamento de un
asesino sediento de sangre. Relacionado con Ana Gibbs. ¿Y con Tomás Pierce? ¿Y
Carter? Se ignora. ¿Humbleby? Pudo haber descubierto las condiciones mentales
de Ellworthy. ¿Y la señorita Pinkerton? ¿Estuvo lejos del pueblo el señor
Ellworthy el día en que falleció dicha señorita?
Señor Wake:
Posibilidades contra él.
Muy poco probable.
¿Una posible manía religiosa? ¿Una misión que cumplir? En las novelas los
religiosos ancianos son todos santos, pero (como dije antes) esto es realidad.
Nota. Carter,
Tomás, Ana, todos ellos de mal carácter. ¿No juzgó mejor eliminarlos?
Señor Jones:
Datos: ninguno.
El novio de Ana.
Probablemente tenía
razones para matarla..., pero parece inverosímil sobre el terreno.
¿Los etcéteras?
No los imagino.
Releyó lo que
acababa de escribir, murmurando por lo bajo:
—¡Lo cual es
absurdo! ¡Qué bien resolvía las cosas Euclides!
Rompió las listas y
las quemó, diciéndose para sí:
«Este caso no va a
ser fácil precisamente.»
Capítulo VIII
EL DOCTOR THOMAS
El doctor Thomas
recostóse en su butaca y pasó su mano delicada por sus rubios cabellos. Era un
hombre joven, aunque su aspecto lo era aún más. A primera vista podría
creérsele todavía en los veinte e incluso menos. Su expresión ingenua, sus
rebeldes cabellos rubios y su tez sonrosada le daban una apariencia infantil.
Podía parecer joven, pero, sin embargo, su diagnóstico sobre el reuma de la
rodilla de Lucas coincidía casi exactamente con el emitido por un eminente
especialista de la calle Harley hacía tan sólo una semana.
—Gracias —dijo
Lucas—. Me alegra saber que ese tratamiento de corrientes eléctricas que me
recomienda acabará con mi dolencia. No quisiera quedarme cojo a mi edad.
El doctor Thomas
exhibió una sonrisa de niño.
—Oh, no creo que
haya peligro de eso, señor Fitzwilliam.
—Bueno, me ha
quitado un peso de encima. Pensaba ir a que me viera un especialista, pero
ahora estoy seguro de que no hay necesidad.
El doctor volvió a
sonreír.
—Vaya usted si eso
le tranquiliza. Después de todo, siempre es conveniente conocer la opinión de
un experto.
—No, no. Tengo
plena confianza en usted.
—Con franqueza: no
es un caso complicado. Si sigue mis consejos, estoy seguro de que no volverá a
molestarle.
—Me ha
tranquilizado usted, doctor. Ya creía que iba a volverme artrítico y que pronto
no podría ni moverme.
El doctor Thomas
meneó la cabeza con benevolencia. Lucas prosiguió rápidamente:
—¿Se ha fijado con
qué facilidad perdemos el dominio de los nervios hoy en día? A veces creo que
el médico tiene que sentirse un poco «hechicero»... una especie de mago con la
mayoría de los enfermos.
—La fe es muy
necesaria.
—Lo sé. «El doctor
me dice» es una frase que se repite siempre con reverencia.
El doctor Thomas
encogióse de hombros.
—¡Vaya usted a
saber! —y prosiguió—: Está escribiendo un libro sobre magia, ¿verdad, señor
Fitzwilliam?
—¿Cómo lo sabe?
—exclamó Lucas con una sorpresa un tanto exagerada.
El doctor Thomas
pareció divertido.
—Oh, querido amigo,
las noticias corren muy de prisa en un sitio como éste. ¡Tenemos tan pocas
cosas de qué hablar!
—Y seguramente le
habrán exagerado, y puede que le hayan dicho que estoy convocando a los
espíritus de esta comarca y emulando a la bruja de Endor.
—Es bastante
curioso que diga eso.
—¿Por qué?
—Porque ha corrido
el rumor de que ha hecho resurgir el espíritu de Tomás Pierce.
—¿Pierce? ¿Pierce?
¿Ese muchacho que se cayó desde una ventana?
—Sí.
—Pues no sé cómo...
claro que le hice unos comentarios al abogado... ¿Cómo se llama? Abbot.
—Sí, la historia
empezó ahí.
—¿Y no dijeron que
he convertido a un abogado testarudo en un creyente espiritista?
—Entonces, ¿usted
cree en los espíritus?
—Por su tono
deduzco que usted no, doctor. No. No me atreveré a decir «creo en fantasmas»...
Pero he sabido de varios fenómenos curiosos en casos de muerte violenta. Pero
estoy más interesado en las supersticiones concernientes a estas muertes, por
ejemplo, como la de que un hombre asesinado no puede reposar en su tumba.
Existe una creencia muy interesante, dicen que la sangre de un muerto vuelve a
manar si su asesino la toca.
—Muy curioso —dijo
Thomas—. Pero no creo que haya muchas personas que lo recuerden actualmente.
—Más de las que
usted supone. Claro que no creo que aquí haya muchos asesinos... así que es
difícil de comprobar.
Lucas había
sonreído al pronunciar estas palabras, mientras sus ojos escrutaban el rostro
de su interlocutor. Mas el doctor Thomas permaneció inmutable y le devolvió la
sonrisa.
—No, no recuerdo
que haya habido ningún asesino desde... Oh, hace muchísimos años... desde luego
no en mi tiempo.
—No. Éste es un
lugar tranquilo. Nadie obra de mala fe. A menos que alguien empujase a Tomás
cómo se llame para que cayese desde la ventana.
Lucas rió, y de
nuevo el doctor Thomas repuso con una sonrisa... completamente natural, llena
de ingenuo regocijo:
—Muchas personas
hubiesen deseado retorcer el pescuezo de ese chicuelo. Pero no creo que
llegasen al extremo de arrojarle por una ventana.
—Parece ser que fue
chiquillo muy impertinente... El librarse de él pudo ser considerado como un
beneficio para la localidad.
—Es una lástima que
no pueda aplicarse esa teoría más a menudo.
—Siempre he pensado
que unos cuantos asesinos al por mayor serían muy beneficiosos para la
Humanidad —dijo Lucas—. Por ejemplo, un miembro molesto de un club, ¿no podría
ser eliminado con una copa de coñac envenenado? Luego existe el tipo de mujer
que critica a sus mejores amigas. Solteronas anticuadas, corazones endurecidos
que se oponen al progreso. ¡Si pudiéramos suprimirlas sin dolor, cómo cambiaría
en absoluto el ambiente social!
La sonrisa del
doctor convirtióse en mueca.
—En resumen, usted
aprueba el crimen en gran escala.
—Justa eliminación.
¿No cree usted que resultaría beneficioso?
—¡Oh!, sin duda
alguna.
—Ah, pero usted no
habla en serio —dijo Lucas—. Yo tampoco. No tengo el respeto por la vida humana
de los ingleses normales. Todo hombre que es un estorbo en el camino del
progreso debería ser eliminado. Ésta es mi opinión.
Pasándose la mano
por sus cortos cabellos rubios, el doctor repuso:
—Sí, pero ¿quién es
el llamado a juzgar si un hombre es un estorbo?
—Ahí está la
dificultad, naturalmente —admitió Lucas.
—Los conservadores
considerarían que un comunista debía morir..., el rojo sentenciaría a muerte al
sacerdote, y el médico al paciente, el pacifista al soldado, y así todos.
—Tendríamos que
tener un hombre de ciencia por juez. Alguien con una mentalidad muy amplia...
un médico, por ejemplo; puestos a decir, creo que usted sería un buen juez,
doctor.
—¿Para decidir los
que debieran conservar la vida?
—Sí.
El doctor Thomas
meneó la cabeza.
—Mi trabajo
consiste en arreglar lo que funcione mal. He de admitir que a veces es una
tarea muy dura.
—Sigamos con mi
argumento —dijo Lucas—, consideremos a Enrique Carter...
El doctor repuso:
—¿Carter? ¿Se
refiere al tabernero de las «Siete Estrellas?
—Sí, ése mismo. No
lo conocí, pero mi prima, la señorita Conway, estuvo hablando con él. Parece
ser que fue un pillo redomado.
—Sí —dijo el otro—,
se emborrachaba, maltrataba a su mujer y tenía amedrentada a su hija. Era
pendenciero y camorrista y se había peleado con la mitad de los habitantes de
este pueblo.
—En resumen, que el
mundo ha mejorado desde que él murió.
—Convengo en que
sí.
—En suma, si una
persona le hubiese empujado para que cayese al río en vez de su amable elección
de caer por su propio acuerdo, esa persona hubiera actuado en favor del
público.
—Esos métodos que
usted define —dijo el doctor— los puso en práctica en... ¿cómo dijo...? ¿Mayang
Straits?
Lucas echóse a
reír.
—Oh, no. Son
teorías que nunca puse en práctica.
—No. No creo que
tenga madera de asesino.
—¿Por qué no? —le
preguntó Lucas—. He sido bastante franco al exponerle mis puntos de vista.
—Exacto. Demasiado
franco.
—¿Quiere usted
decir que si fuese de los que se toman la justicia por su mano no expondría tan
libremente mi opinión?
—Eso es.
—Pero pudiera ser
mi evangelio y ser un fanático.
—Incluso en este
caso, su sentido de autodefensa le protegería.
—Es decir, que para
encontrar a un asesino hay que buscar al tipo de hombre incapaz de matar a una
mosca.
—Quizás exagere un
poquito —repuso el doctor Thomas—, pero no está lejos de la verdad.
—Dígame... me
interesa, ¿ha tropezado alguna vez con alguien que usted considerase un
asesino?
El doctor Thomas
repuso:
—¡La verdad es que
es una pregunta extraordinaria!
—¿Sí? Después de
todo, un médico tiene que conocer tantos caracteres, y puede descubrir, por
ejemplo, los síntomas de manía homicida antes de que se manifiesten
exteriormente en el individuo.
Thomas contestó
bastante impaciente:
—Usted tiene la
idea general del maniático homicida, que va corriendo con un cuchillo en la
mano y echando espumarajos por la boca. Permítame decirle que esa manía es la
más fácil de pronosticar. Su apariencia puede ser la de cualquier otra persona
sana... incluso un hombre que se asuste con facilidad... que le diga, tal vez,
que tiene enemigos. Ni más, ni menos, un individuo inofensivo y pacífico.
—¿De veras?
—Claro que sí. Un
lunático con la idea de homicidio a menudo mata, según él, en defensa propia.
Pero claro que muchos asesinos son seres tan sanos como usted o como yo.
—Doctor, ¡usted me
alarma! Figúrese si usted descubriera que tengo cinco o seis muertes en mi
haber.
El doctor Thomas
sonrióse.
—No lo creo
probable, señor Fitzwilliam.
—¿No? Le devuelvo
el cumplido. Yo tampoco lo creo capaz de haber cometido cinco o seis
asesinatos.
—¿No cuenta mis
fracasos profesionales? —dijo alegremente.
—Me temo que le he
hecho perder mucho tiempo —dijo a modo de disculpa.
—¡Oh!, no estoy
ocupado. Wychwood es un lugar muy saludable. Es un placer charlar con alguien
de fuera.
—Me gustaría
saber... —empezó a decir Lucas, pero se detuvo.
—Diga.
—La señorita Conway
me dijo, cuando me envió a verle, que era usted... un hombre... bueno... muy
superior. Me pregunto si no se siente como enterrado aquí. No es un lugar
adecuado para su talento.
—¡Oh!, para empezar
no va mal un poco de práctica general. Es una experiencia muy valiosa.
—Pero ¿usted no se
contentará en vivir aquí toda la vida? Su socio, el malogrado doctor Humbleby,
era un hombre sin ambición, según he oído... se resignaba con la práctica que
hacía. Creo que llevaba muchos años aquí, ¿verdad?
—Prácticamente toda
su vida.
—Me dijeron que
deja una hija muy bonita —dijo Lucas. Y tuvo el placer de ver cómo el color
sonrosado del doctor Thomas pasaba al rojo oscuro.
—Oh..., creo... sí
—dijo.
Lucas le miró con
simpatía. Le satisfizo poder borrar al doctor Thomas de la lista de
sospechosos. Este último recobróse antes de contestar bruscamente:
—Hablando de
crímenes, puedo prestarle un buen libro, puesto que le interesa este
particular. Está traducido del alemán. Es de Kreurhammer y se titula
Inferioridad y crimen.
—Gracias —respondió
Lucas.
El doctor buscó en
uno de los estantes y al cabo sacó el libro en cuestión.
—Aquí lo tiene.
Algunas teorías son algo desconcertantes y, claro, aunque sólo son teorías,
resultan interesantes. Por ejemplo, los primeros años de Menzheld, el carnicero
de Francfort, como le llamaban, y el capítulo de Ana Hedm, la criadita asesina,
son extraordinariamente interesantes.
—Según tengo
entendido, mató a doce niños encomendados a su cargo antes de que la
descubrieran —dijo Lucas.
—Sí. Tenía una
personalidad muy atrayente... le gustaban mucho los niños... y aparentemente se
le partía el corazón a cada una de sus muertes. Esta psicología es
sorprendente.
—Lo sorprendente es
cómo esa gente puede deshacerse de las personas —dijo Lucas con admiración.
Estaban ya en la
puerta y el doctor salió con él.
—No me sorprende
—dijo el médico—. Ya sabe que es muy sencillo.
—¿El qué?
—El deshacerse de
las personas —sonreía de nuevo con su sonrisa infantil—. Si uno tiene cuidado.
Sólo hay que ser cuidadoso... eso es todo. Y un hombre listo, si es cuidadoso,
no comete ningún error. Eso es todo lo que hay que hacer.
Y volviendo a
sonreír entró en la casa.
Lucas permaneció
unos momentos inmóvil. Hubo algo de condescendencia en la sonrisa del doctor.
Durante su conversación se consideró un hombre en plena madurez ante un joven
muy ingenioso.
En aquel momento
los papeles se cambiaban. La sonrisa del doctor había sido la de un adulto
divertido ante la precocidad de una criatura.
Capítulo IX
HABLA LA SEÑORA
PIERCE
En una tienda
pequeñita de la calle Alta, Lucas estaba comprando un paquete de cigarrillos y
un ejemplar del semanario Juerga, que proporcionaba a lord Whitfield una buena
parte de sus rentas. Al pasar a la sección deportiva, Lucas se lamentó en voz
alta de haber perdido ciento veinte libras en las apuestas de fútbol. La señora
Pierce, dueña de la tienda, le demostró su simpatía explicándole las
desilusiones que por este motivo sufría su esposo. Una vez establecidas las
relaciones amistosas por este sencillo procedimiento, no encontró dificultad en
prolongar la conversación.
—Mi esposo tiene
mucha afición al fútbol —le dijo la señora Pierce—. Lee los resultados antes de
las noticias, y, como le digo, ¡sufre cada desilusión! Todo el mundo no puede
ganar, es lo que yo le digo, y no se puede hacer nada contra la suerte.
Lucas se unió de
corazón a sus sentimientos y procedió a hacer una pequeña transacción para
pasar a otros temas de más profundidad, diciendo que los males nunca vienen
solos.
—Ah, no, es bien
cierto, señor. Lo sé muy bien —y la señora Pierce exhaló un suspiro—. Y cuando
una mujer tiene marido y ocho hijos... seis vivos y dos enterrados... bien
puede decir que sabe perfectamente lo que son pesares.
—Desde luego
supongo que debe saberlo... —dijo el policía—. ¿Y dice que se le murieron dos?
—Uno de ellos no
hará más de un mes —dijo la señora Pierce con melancolía.
—¡Dios mío, cuánto
lo siento!
—Fue más que
triste, señor. ¡Ocurrió tan de repente! Cuando me lo dijeron no podía creerlo.
Nunca pensé que pudiera sucederle una cosa así a Tomás, bien puede usted
decirlo, porque aunque me daba trabajo, no es natural pensar que iba a
llevársemelo. Y mi Emma Juana, tan buenecita como era. «No podrás criarla», me
decía. «Es demasiado buena para vivir.» Y era verdad, señor. El Señor conoce a
los suyos.
Lucas se apresuró a
pasar de la santa Emma Juana, al no santo Tomás.
—¿Y su hijo murió
hace tan poco? ¿Fue un accidente?
—De accidente, sí,
señor. Estaba limpiando las ventanas del antiguo Ayuntamiento, que es ahora
biblioteca, y debió perder el equilibrio y caer... eran las ventanas
superiores.
Mistress Pierce se
extendió un poco más sobre los detalles del accidente.
—¿No se dice por
ahí... —dijo Lucas con suma cautela— que le vieron bailando en el repecho de
una ventana?
La señora Pierce
dijo que ya se sabe lo que son los niños, y sin duda hizo volver la cabeza al
comandante Horton a pesar de ser un hombre que siempre caminaba de prisa.
—¿El comandante
Horton?
—Sí, señor; el
caballero de los perros bulldog. Después de ocurrido el accidente dijo por
casualidad que había visto a Tomás haciendo cosas muy extrañas... y claro, eso
quiere decir, que si algo le había sorprendido repentinamente pudo haberse
caído con facilidad. Alegría, señor, ése era el problema de Tomás. En muchos
sentidos era una carga para mí, pero sus únicos defectos eran la excesiva
alegría y vivacidad como cualquier otro muchacho. Puedo asegurarle que no había
nada malo en él.
—No, no, claro que
no, pero a veces, ya sabe usted, señora Pierce, que la gente... sobre todo las
personas de mediana edad, olvidan que también ellas han sido jóvenes.
La señora Pierce
suspiró.
—No sabe cuánta
verdad hay en sus palabras, señor. Pero no puedo dejar de desear que algunos
caballeros, que no nombro, tengan remordimiento de cómo trataron al pobre
niño... sólo porque era demasiado alegre.
—Les gastaba
algunas jugarretas a sus jefes, ¿verdad? —preguntó Lucas sonriendo con
indulgencia.
La madre del niño
fallecido repuso en el acto:
—Esa era toda su
diversión. Tomás era un buen imitador. Nos hacía desternillar de risa cuando
remedaba al señor Ellworthy en su tienda de antigüedades... o al viejo señor
Hobbs, el sacristán... y una vez que estaba imitando a Su Señoría en la Casa de
los Fresnos ante el regocijo de los dos jardineros, apareció él en persona y le
despidió. Naturalmente, era de esperar, y después de todo Su Señoría no le
guardó rencor y le ayudó a encontrar otro empleo.
—Pero otras
personas no fueron tan magnánimas, ¿verdad?
—No, señor. Y no
nombro a nadie. Nunca lo pensaría al ver al señor Abbot, tan amable y siempre
con un chiste o una palabra cariñosa a flor de labios.
—¿Tomás se disgustó
con él?
—Estoy segura de
que mi hijo no llevaba mala intención —repuso la señora Pierce—. Y después de
todo si un papel es un documento de interés y no quieren que sea visto, no
debieron dejarlo sobre una mesa... es lo que yo digo.
—¡Oh, cierto! —dijo
Lucas—. Los documentos de importancia deben guardarse con sumo cuidado, sobre
todo en el despacho de un abogado.
—Eso mismo, señor.
Ésa es mi opinión y la de mi marido. Y además Tomás apenas pudo leer nada.
—¿De qué se
trataba... alguna factura? —quiso saber Lucas.
Pensó (con bastante
lógica) que el preguntar sobre la condición del documento levantaría las
sospechas de la señora Pierce. Pero su directa pregunta tuvo inmediata
respuesta.
—Oh, no, señor,
nada de eso. En realidad no tenía importancia. Era una carta particular... de
una señora... pero Tomás ni siquiera pudo leer el nombre. Tanto revuelo por
nada, es lo que yo digo.
—El señor Abbot
debe ser de esos hombres que se ofenden con facilidad —dijo Lucas.
—Y no lo parece,
¿verdad? Como ya le dije, siempre tiene una conversación tan agradable... Pero
es bien cierto que es un hombre difícil de manejar, y que él y el doctor
Humbleby disputaron poco antes de que muriera el pobre. No debió ser muy
agradable para el señor Abbot. Porque cuando hay una muerte, uno quisiera
olvidar las palabras que dijo y poder retirarlas.
Lucas meneó la
cabeza asintiendo y murmuró:
—Cierto, muy cierto
—y prosiguió—. ¡Qué coincidencia! Tuvo unas palabras con el doctor Humbleby y
éste muere, se enfada con Tomás... y también fallece. Me atrevo a decir que
esta experiencia hará que en adelante el señor Abbot tenga cuidado con su
lengua.
—Y además, Enrique
Carter, el de las «Siete Estrellas» —le dijo la señora Pierce—. Tuvieron una
discusión muy violenta y antes de una semana Carter se ahogó... aunque no hay
que echarle la culpa al señor Abbot. La ofensa fue por parte de Carter... se
fue a casa del señor Abbot en plena borrachera, y a voz en grito le insultó. La
pobre señora Carter tuvo un gran disgusto, y su muerte ha sido un gran alivio
por lo que a ella respecta.
—Dejó una hija,
¿verdad?
—Ah —dijo la señora
Pierce—. No me gustan las habladurías.
Esta salida era
inesperada, pero prometedora. Lucas aguzó el oído y aguardó.
—Yo no digo que
sean sólo habladurías. Lucía Carter era una muchacha muy bonita, en su estilo,
y a no ser por su posición no hubiese habido ninguna diferencia. Pero se habló
mucho, y uno no puede negarlo... sobre todo después que Carter se fue a su casa
gritando y maldiciendo.
Lucas trató de
asimilar el significado de aquel confuso discurso.
—El señor Abbot
parece capaz de apreciar la belleza de una muchacha —le dijo.
—Es corriente en
los hombres —dijo mistress Pierce—. Eso no significa nada... sólo una palabra o
dos al pasar por su lado, pero la gente es como es, y lo observaron. Sólo podía
suceder en un sitio como éste.
—Es un lugar muy
bonito —le dijo él— e inmaculado.
—Eso es lo que
dicen todos los artistas, pero creo que estamos algo atrasados. No tenemos ni
un solo edificio digno de mención. En Ashevale, por ejemplo, tienen muchas
casas nuevas y encantadoras, algunas con tejados verdes y vidrieras de colores.
—Tienen ustedes un
gran instituto —le dijo Lucas.
—Dicen que es un
edificio muy bonito —dijo la mujer con gran entusiasmo—. Claro está que Su
Señoría ha hecho mucho por el pueblo. Todos conocemos su buena voluntad.
—Pero ¿usted no
cree que sus esfuerzos hayan tenido mucho éxito? —dijo Lucas, regocijado.
—Pues bien, señor,
claro que él no pertenece a la clase elevada como la señorita Waynflete o la
señorita Conway, por ejemplo. Aunque el padre de lord Whitfield tuvo una
zapatería, casi todo el mundo lo ignora. Mi madre le recuerda despachando en la
tienda. Claro que ahora es lord y muy rico... pero no es lo mismo, ¿verdad,
señor?
—Evidentemente que
no —repuso su interlocutor.
—Me perdonará que
le diga una cosa. Ya sé que vive en la Casa de los Fresnos, y que está
escribiendo un libro, pero es primo de la señorita Brígida, y eso es distinto.
Estaremos muy satisfechos de volverla a ver dueña de su antigua casa.
—Me alegro —dijo
Lucas.
Pagó el importe de
los cigarrillos con bastante brusquedad. Pensó en su interior: «¡El vulgo! Uno
debe apartarse de él. Diablos, estoy aquí para atrapar a un criminal. ¿Qué me
importa a mí que se case o no se case esa bruja de cabellos negros? Ella no entra
en este asunto para nada.»
Caminó despacio por
la calle, y haciendo un esfuerzo apartó a Brígida de sus pensamientos.
«Ahora veamos
—díjose—. Abbot. Probabilidades contra Abbot. Le he relacionado con tres de las
víctimas. Tuvo una pelea con Humbleby, Carter y Tomás... y los tres murieron.
¿Qué hubo entre él y Ana Gibbs? ¿Era de ella la carta que vio el endiablado
chiquillo? ¿Supo de quién era? ¿O no? Pudo habérselo ocultado a su madre.
Supongamos que sí. Supongamos que Abbot juzgase necesario cerrarle la boca.
¡Eso pudo ser! Eso es todo lo que puedo decir: ¡Que pudo ser así! ¡No es
bastante!»
Lucas apresuró el
paso, mirando a su alrededor con repentina exasperación.
—Este condenado
pueblo me saca de quicio. Tan sonriente y pacífico... tan inocente... y con un
loco criminal suelto por ahí. ¿O seré yo el loco? ¿Estaría loca Lavinia
Pinkerton? Después de todo... pudieron ser coincidencias. Sí, la muerte de
Humbleby... y todo lo demás...
Volvió la cabeza
para mirar la calle Alta en toda su extensión y le asaltó un sentimiento de
irrealidad.
Se dijo a sí mismo:
—Esas cosas no
acostumbran a suceder...
Luego alzó los
ojos, dirigiendo su mirada hacia la colina Ashe... y la sensación desapareció.
Aquella colina estaba allí... con un significado extraño; aquelarres, crueldad
y ritos endiablados...
Tuvo un sobresalto.
Vio a dos figuras que paseaban por la ladera, y las reconoció fácilmente...
eran Brígida y Ellworthy. El joven gesticulaba con sus manos extrañas y
repugnantes, inclinando su cabeza hacia Brígida. Parecían dos personajes
salidos de un sueño. Daba la sensación de que no hacían ruido al caminar. Pudo
ver su cabello negro ondeando al viento, y de nuevo sintióse preso de su poder
mágico.
«Embrujado, eso es,
estoy embrujado», se dijo interiormente.
Y quedó inmóvil,
preso de una extraña sensación, mientras pensaba con tristeza:
«¿Quién romperá el
hechizo? Nadie.»
Capítulo X
ROSA HUMBLEBY
Oyó un ligero ruido
a sus espaldas que le hizo volverse rápidamente. Hallóse ante una muchacha, muy
hermosa por cierto, de cabellos castaños y rizosos y ojos azules, de tímido
mirar, que antes de hablar enrojeció.
—¿Es usted el señor
Fitzwilliam? —preguntó.
—Sí. Yo...
—Yo soy Rosa
Humbleby. Brígida me ha dicho... que usted conoció a unos amigos de mi padre.
Lucas tuvo el
acierto de sonrojarse bajo su tostada piel.
—Eso fue hace mucho
tiempo —dijo con bastante embarazo—. Le... conocieron en su juventud... antes
de su matrimonio.
—¡Ah, ya!
Rosa Humbleby
pareció algo desilusionada, pero prosiguió:
—Está escribiendo
un libro, ¿verdad?
—Sí. Tomo notas
para mi próxima novela sobre supersticiones.
—Ya. Me parece muy
interesante.
—Probablemente será
muy aburrida.
—¡Oh, no! Estoy
segura que no.
Luego le dirigió
una sonrisa mientras pensaba: «El doctor Thomas es un hombre de suerte.»
—Existen ciertas
personas —dijo en voz alta— capaces de convertir el tema más apasionante en
insoportable. Me temo que soy una de ellas.
—¿Por qué había de
serlo?
—No lo sé. Tengo
esa convicción.
—Usted debe ser de
los que convierten un tema aburrido en uno terriblemente apasionante.
—Ésa es una opinión
muy gentil. Gracias.
Rosa Humbleby le
preguntó con una sonrisa:
—¿Usted cree en
supersticiones?
—Ésa es una
pregunta difícil de contestar. Uno puede interesarse por ciertas cosas y no
creer en ellas.
—Sí. Puede ser que
sí —repuso la joven, pensativa.
—¿Es supersticiosa?
—No... no. No creo.
Pero opino que los acontecimientos vienen a rachas.
—¿Cómo dice?
—Quiero decir que
hay temporadas de buena o mala suerte. Creo que Wychwood está bajo el signo de
la desgracia, desde un tiempo a esta parte. La muerte de mi padre, el atropello
de la señorita Pinkerton y ese muchacho que se cayó de la ventana. Empiezo a sentir...
como si odiase este lugar... como si debiera marcharme.
Su respiración se
aceleró mientras Lucas la contemplaba pensativo.
—¿Sí?
—¡Oh, sé que parece
una tontería! Supongo que debe ser consecuencia de la repentina muerte de mi
padre... fue tan rápida —Se estremeció—. Y luego miss Pinkerton. Ella dijo...
La muchacha hizo
una pausa.
—¿Qué es lo que
dijo? Era una dama muy simpática. Muy parecida a una tía mía.
—Oh, ¿usted la
conocía? —El rostro de Rosa se iluminó—. Yo la apreciaba mucho y ella a mi
padre. Pero a veces me pregunto si no sería lo que vulgarmente se dice «un
pájaro de mal agüero».
—¿Por qué?
—Porque... es
extraño... parecía temerosa de que fuese a sucederle algo a papá. Casi me
previno. Sobre todo que tuviese cuidado con los accidentes. Y aquel mismo día
(el anterior al que fue a la ciudad) se mostró tan alterada que incluso
temblaba. Creo sinceramente, señor Fitzwilliam, que era una de esas personas
que presienten lo que va a suceder. Sabía lo que iba a sucederle, y también
debió saber lo que le pasaría a papá. ¡Me asustan tanto esas cosas!
La muchacha se
aproximó un poco más a él.
—Algunas veces uno
puede prever lo futuro —dijo Lucas—; pero eso no es siempre cosa sobrenatural.
—No. Puede ser que
sea natural... una facultad de la que carece la mayoría de la gente. Pero
aunque así sea, inquieta sobremanera...
—No debe
angustiarse —dijo Lucas con gentileza—. Recuerde que ya pasó todo. ¿De qué
sirve mirar hacia atrás? Sólo hay que mirar para el porvenir.
—Lo sé; pero aún
hay más, ¿sabe?... —Rosa vacilaba—. Hay algo más... algo que se refiere a su
prima.
—¿Mi prima?
¿Brígida?
—Sí. La señorita
Pinkerton estaba angustiada por ella. Siempre me preguntaba cosas... Creo que
también temía por ella...
Lucas se volvió en
redondo, escudriñando la ladera de la colina. Le embargaba un sentimiento de
temor. ¡Brígida se hallaba sola con el hombre cuyas manos tenían el tinte
verdoso de la carne en descomposición! ¡Imaginaciones, todo imaginaciones!
Ellworthy era un inofensivo aficionado que jugaba a ser tendero.
Como si leyera sus
pensamientos, Rosa preguntó:
—¿Le gusta a usted
el señor Ellworthy?
—Categóricamente,
no.
—A Geofredo... ya
sabe, el doctor Thomas, tampoco.
—¿Y a usted?
—¡Oh, no..., es
terrible! —Ella se aproximó más—. Hay mucho que hablar sobre él. Me dijeron que
hubo una extraña ceremonia en el prado de las brujas... muchos de sus amigos
vinieron de Londres... son gente muy rara, y Tomás Pierce hizo una especie de
monaguillo.
—¿Tomás Pierce?
—preguntó Lucas.
—Sí. Llevaba
sobrepelliz y sotana roja.
—¿Cuándo fue?
—Oh, hace mucho
tiempo, creo que en marzo.
—Parece ser que
Tomás Pierce estaba mezclado en todos los acontecimientos de este pueblo.
—Era muy
entrometido. Siempre tenía que saber lo que se hacía.
—Probablemente
cuando murió sabría muchas cosas —dijo con tristeza.
Rosa no captó el
exacto significado de las palabras.
—Era un niño
bastante antipático. Le gustaba hacer travesuras y maltratar a los perros.
—Vaya, de esos
niños que casi hay que celebrar su desaparición.
—No, eso no. Fue
muy doloroso para su madre.
—Creo que le quedan
cinco más para consolarla. Tiene buena lengua esa mujer.
—¿Verdad que habla
mucho?
—Después de
comprarle unos cigarrillos, creo que me sé la vida y milagros de cada habitante
de este lugar.
Rosa dijo
tristemente:
—Eso es lo peor de
un sitio así. Todo el mundo conoce la vida de los demás.
—¡Oh, no! —repuso
Lucas.
Ella le miró
interrogadoramente y él aclaró:
—Ningún ser humano
conoce a fondo todo lo referente a otra persona.
El rostro de Rosa
ensombrecióse y un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo.
—No —dijo
despacio—. Creo que tiene mucha razón.
—Ni siquiera de las
más cercanas y las más queridas —prosiguió Lucas.
—Ni siquiera...
—hizo una pausa—. Oh, sí, es cierto, pero preferiría que no dijera esas cosas
que me asustan, señor Fitzwilliam.
—¿La he asustado?
Ella asintió con la
cabeza y luego dijo:
—Debo marcharme.
Si... si no tiene nada mejor que hacer... quiero decir si puede... venga a
vernos. A mi madre le gustará... le gustará verle, ya que ha conocido a amigos
de mi padre.
Y lentamente, con
la cabeza inclinada, como si algún pesar la obligara a hacerlo, tomó el camino
de regreso.
Lucas la miraba
marchar mientras una oleada de ternura le invadía, comunicándole el deseo de
cuidar y proteger a aquella muchacha.
«¿Contra qué?»
Haciéndose esta pregunta, sacudió la cabeza con un movimiento de impaciencia.
Era cierto que Rosa Humbleby acababa de perder a su padre, pero tenía madre y
estaba prometida para casarse a un hombre joven y atrayente plenamente
facultado para cuidar de ella. Entonces, ¿por qué él, Lucas Fitzwilliam, veíase
asaltado por aquel complejo de protección?
«Viejo
sentimentalismo de vuelta a la actualidad —pensó Lucas—. ¡La mujer necesitada
de protección! Lo que estuvo de moda durante la época victoriana y la del rey
Eduardo, y todavía daba muestras de vida durante lo que nuestro amigo lord
Whitfield llamaría la prisa y vorágine de la vida moderna.»
«De todas formas
—se dijo a sí mismo al subir la ladera de la colina— esa chica me agrada. Es
demasiado buena para Thomas... Ese diablo frío y engreído.»
El recuerdo de la
última sonrisa del doctor vino a su memoria. ¡Decididamente fue presuntuosa y
complacida!
Un rumor de pasos,
un poco más arriba, le distrajo de sus meditaciones. Alzó los ojos y vio al
señor Ellworthy que bajaba de la colina. Tenía la mirada baja y sonreía. Su
expresión impresionó desagradablemente a Lucas. Ellworthy caminaba como si
llevase en su cerebro una idea diabólica. Su sonrisa era una extraña
contracción de sus labios, que le daba un aspecto muy desagradable.
Lucas se había
detenido. Ellworthy no le vio hasta que estuvo ante él. Sus ojos, inquietos y
maliciosos, se encontraron con los del otro hombre y pasaron unos instantes
antes de que le reconociera.
Entonces se operó
un cambio completo en él, o por lo menos eso le pareció a Lucas. Donde unos
momentos antes viera la maldad de un sátiro, quedó sólo un hombre afeminado y
pedante.
—Buenos días, señor
Fitzwilliam.
—Buenos días
—contestó Lucas—. ¿Ha estado usted admirando las maravillas de la Naturaleza?
Las manos largas y
pálidas del señor Ellworthy se alzaron en un gesto raro.
—¡Oh, no, no! Desde
luego que no. Aborrezco la Naturaleza. ¡Qué cosa más vulgar! Siempre he
sostenido que no se puede gozar de la vida hasta que se deja la Naturaleza en
su sitio.
—¿Y cómo dice usted
que se hace?
—¡De muchas
maneras! —repuso el señor Ellworthy—. En un sitio como éste, deliciosamente
provinciano, existen muchas otras diversiones deliciosas si uno tiene goút. Yo
disfruto de la vida, señor Fitzwilliam.
—Y yo también
—repuso Lucas.
—Mens sana in
corpore sano —dijo Ellworthy con ligera ironía—. Creo que éste debe ser su
lema. ¿No es cierto?
—Hay cosas peores.
—¡Mi querido amigo!
La salud es un fastidio terrible. Uno debe estar loco... deliciosamente loco...
perverso... o ligeramente desviado... entonces es cuando se ve la vida desde un
ángulo nuevo y fascinante.
—En ángulo
indirecto —sugirió Lucas.
—Ah, muy bueno, muy
bueno... muy ingenioso. Pero tiene algo, ¿sabe? Un punto de mira muy
interesante, mas no debo entretenerle. Está usted haciendo ejercicio... hay que
hacer ejercicio... eso enseñan en las escuelas públicas.
—Como guste —dijo
Lucas, y con una inclinación de cabeza prosiguió su camino, pensando: «Me estoy
volviendo demasiado imaginativo. Este individuo es un estúpido, eso es todo.»
Pero una
inexplicable sensación le hizo apresurar el paso. La sonrisa extraña,
triunfante, que viera en el rostro de Ellworthy, ¿era sólo producto de su
imaginación? ¿Y de la subsiguiente impresión de su naturaleza en el momento que
viera aproximarse a Lucas? Y pensó con desasosiego:
«¿Y Brígida?
¿Estará a salvo? Antes los vi juntos y ahora bajaba él solo.»
Echó a correr. El
sol, que había salido mientras estaba hablando con Rosa Humbleby, se ocultaba
ahora de nuevo. El cielo aparecía triste y amenazador, y el viento soplaba a
ráfagas intermitentes. Era como si hubiese escapado de la vida normal y entrado
en un extremo mundo encantado, de cuya existencia tuvo conocimiento desde que
vino a Wychwood.
Dobló un recodo y
llegó hasta el prado de hierba verde que le habían mostrado desde abajo, y que
llevaba el nombre de Prado de las Brujas. Allí era donde, según la tradición,
celebraron sus orgías la noche víspera de Todos los Santos.
Un suspiro de
alivio brotó de sus labios. Brígida estaba allí sentada, con la espalda apoyada
en una roca, y la cabeza, entre las manos.
Casi corriendo se
acercó a ella. El césped parecía más verde y más fresco.
—¡Brígida!
Alzó su rostro, un
rostro ausente que le turbó. Parecía despertar de un sueño remoto, y como si le
costase adaptarse al mundo que la rodeaba.
Lucas le dijo, con
bastante inoportunidad:
—¿Está usted...
bien?, ¿no es cierto?
Pasaron unos
momentos antes de su respuesta... como si todavía no hubiese despertado del
todo. Lucas sintió que sus palabras venían de muy lejos antes de llegar a él.
—Claro que estoy
bien. ¿Por qué no había de estarlo?
Su voz denotaba una
frialdad casi hostil.
—Que me ahorquen si
lo sé. De pronto se me ocurrió pensarlo.
—¿Por qué?
—Principalmente por
la atmósfera de melodrama en que vivo en la actualidad. Todo me parece fuera de
lo normal. Si la pierdo de vista durante unas horas me imagino que la voy a
encontrar muerta en una cuneta. Eso pasa en las comedias y en las novelas.
—La protagonista
nunca muere —dijo Brígida.
—No, pero...
Lucas se detuvo a
tiempo.
—¿Qué es lo que iba
a decir?
—Nada.
Gracias a Dios que
había callado a tiempo. No debe decirse nunca a una mujer joven y bonita: «Pero
usted no es la protagonista.»
Brígida proseguía:
—Son secuestradas o
hechas prisioneras, se las dejaba expuestas a morir con un escape de gas, o en
un sótano lleno de agua... pero nunca les pasa nada.
—Ni siquiera
adelgazan —dijo Lucas, y continuó—. ¿Con que éste es el Prado de las Brujas?
—Sí.
Y la miró.
—Sólo le falta una
escoba —le dijo con gentileza.
—Gracias. El señor
Ellworthy dijo lo mismo.
—Le acabo de
encontrar —le explicó.
—¿Ha hablado con
él?
—Sí. Creo que
intentó molestarme.
—¿Y lo ha
conseguido?
—Su método es
bastante infantil —Hizo una pausa antes de continuar con brusquedad—. Es un
individuo muy extraño. Unas veces parece que es estúpido y otras me pregunto si
no será algo más.
—¿También usted
piensa así?
—¿Entonces usted
también es de mi opinión?
—Sí.
Lucas esperó.
—Hay algo raro en
él —dijo la muchacha—. ¿Sabe? Yo también quisiera saber... La otra noche me
desperté pensando en todo este asunto. Me pareció... que si aquí hay un
asesino, yo debiera saber quién es. Quiero decir, por vivir en este lugar. Y
pensé, y pensé hasta llegar a esta conclusión. Si existe ese asesino, debe de
estar loco.
Recordando lo que
le dijera el doctor Thomas, Lucas preguntó:
—¿No cree que un
criminal pueda estar tan sano como usted y yo?
—Esa clase de
asesino, no. Según yo lo veo, tiene que estar loco. Y naturalmente, eso me
llevó a pensar en Ellworthy. De todas las personas que conozco, él es el más
extraño. ¡Eso no puede negarse!
Lucas repuso,
vacilando:
—Existen muchos
como él, aficionados, fanáticos, pedantes, por lo general completamente
inofensivos.
—Sí, pero yo creo
que es algo más que todo eso. ¡Tiene unas manos tan repulsivas!
—¿Lo ha notado?
¡Qué curioso! Yo también.
—No son blancas...
sino verdosas.
—Producen ese
efecto. De todas formas, no se puede pensar que sea un asesino sólo por el
color de sus manos.
—Oh, es muy cierto.
Lo que necesitamos son pruebas.
—¡Pruebas! —repitió
Lucas—. Precisamente eso es lo que no tenemos. Ha ido con mucho cuidado. ¡Un
asesino cauteloso! ¡Un lunático prevenido!
—He tratado de
ayudarle —dijo Brígida.
—¿Se refiere a su
conversación con Ellworthy?
—Sí. Creí que tal
vez me dijera más cosas que a usted, y lo estuve intentando.
—Cuénteme.
—Pues bien, parece
ser que tiene una especie de peña... una pandilla de amigos indeseables. De
cuando en cuando vienen aquí a celebrar.
—¿Se refiere a eso
que llaman orgías anónimas?
—Anónimas, no sé,
pero desde luego, les llaman orgías. En la actualidad eso suena a tontería e
infantilismo.
—Supongo que adoran
al diablo y que danzan ritos mortuorios.
—Algo por el
estilo.
—Yo puedo añadir
algo —dijo Lucas—. Tomás Pierce tomó parte en una de esas ceremonias como
acólito. Llevaba una sotana roja.
—¿Así que él lo
sabía?
—Sí. Y acaso eso
explique su muerte.
—¿Insinúa que habló
de ello?
—Sí... o que tal
vez intentara una especie de chantaje.
Brígida repuso
pensativa:
—Sé que todo parece
fantástico... pero si se aplica a Ellworthy, no tanto.
—No, de acuerdo,
parece posible en vez de irreal.
—Hemos encontrado
relación entre dos de las víctimas —dijo la muchacha—: Tomás Pierce y Ana
Gibbs.
—Pero ¿y Humbleby y
el tabernero?
—Por el momento no
veo conexión ninguna.
—El tabernero no,
pero puedo suponer un motivo que justificase la muerte de Humbleby. Era médico
y pudo haber descubierto el estado mental de Ellworthy.
—Sí, es posible.
Brígida se echó a
reír.
—Esta mañana he
representado muy bien mi papel. Mi físico me ha ayudado mucho, cuando le dije
que una de mis tatarabuelas había escapado de milagro de ser quemada en la
hoguera acusada de brujería. Casi temo que me invite la próxima vez que se
reúnan a celebrar sus satánicas diversiones.
Lucas dijo:
—Brígida, por lo
que más quiera, tenga cuidado.
Ella le miró
sorprendida, mientras Lucas se ponía en pie.
—Acabo de ver a la
hija de Humbleby. Estuvimos hablando de la señorita Pinkerton. Y me dijo que
miss Pinkerton estaba angustiada por usted.
Brígida, que se
disponía a levantarse, quedó inmóvil, como privada de movimiento, como
paralizada.
—¿Cómo dice? ¿La
señorita Pinkerton angustiada por mí?
—Eso es lo que me
dijo Rosa Humbleby.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—¿Y algo más?
—No.
—¿Está seguro?
—Completamente.
Hubo una pausa y al
fin Brígida dijo:
—Ya.
—La señorita
Pinkerton estuvo inquieta por Humbleby, y falleció. Y ahora, al oír decir que
también temía por usted...
Brígida echóse a
reír, inclinando la cabeza hacia atrás, con lo que sus cabellos flotaron
alrededor de su cabeza.
—No se inquiete por
mí —le dijo—. El diablo protege a los suyos.
Capítulo XI
LA VIDA HOGAREÑA
DEL COMANDANTE HORTON
Lucas acomodóse
contra el respaldo de la butaca que ocupaba ante la mesa del director del
Banco.
—Bien, creo que
todo está arreglado —dijo—. Temo haberle entretenido demasiado.
El señor Jones hizo
un gesto con la mano, al mismo tiempo que en su rostro aparecía una expresión
satisfecha.
—De ninguna manera,
señor Fitzwilliam. Éste es un lugar tranquilo, ya sabe. Siempre nos complace
hablar con un forastero.
—Es un pueblo que
me fascina —repuso Lucas—. ¡Tiene tantas supersticiones!
El señor Jones
suspiró, diciendo que se precisaba mucho tiempo para que la educación
desarraigara las supersticiones, y Lucas le hizo observar que la educación de
la actualidad resultaba muy cara, cosa que sorprendió al señor Jones.
—Lord Whitfield ha
sido un gran bienhechor en esta localidad —le dijo—. Comprende las desventajas
que él mismo tuvo que soportar durante su infancia, y quiere que la juventud de
hoy en día esté bien educada.
—Esas desventajas
no le han impedido amasar una gran fortuna —comentó Lucas con aplomo.
—No, ha sido muy
hábil... mucho.
—O ha tenido suerte
—objetó Lucas.
El señor Jones
pareció extrañarse.
—La suerte es lo
único que cuenta —dijo el policía—. Tomemos por ejemplo a un asesino. ¿Qué es
lo que hace que logre pasar sin ser visto? ¿Su destreza o su maldita suerte?
El señor Jones tuvo
que admitir que probablemente su suerte. Lucas prosiguió:
—Consideremos a ese
hombre, Carter, el tabernero. Se emborrachaba seis días de cada siete..., llega
una noche en que se cae desde el puente al río. Mala suerte.
—Para algunas
personas fue buena suerte —dijo el director del Banco.
—¿Qué quiere decir?
—Que fue una suerte
para su mujer y su hija.
Un empleado llamó
con los nudillos a la puerta y entró portando unos papeles. Lucas puso un par
de firmas y le entregaron un talonario de cheques. Acto seguido se puso en pie.
—Bueno, celebro que
esté todo arreglado. He tenido algo de suerte en las carreras este año. ¿Usted
no juega?
El señor Jones
repuso sonriendo que él no acostumbraba apostar, y agregó que su mujer tenía
muy mala opinión de las carreras de caballos.
—Entonces supongo
que no irá al magnífico Derby.
—Desde luego que
no.
—¿Va mucha gente de
aquí?
—El comandante
Horton, que es un jinete consumado. Y el señor Abbot ese día siempre hace
fiesta. Aunque me parece que nunca acierta.
—No creo que
acierten muchos —repuso Lucas, y salió a la calle, tras intercambiar las frases
rituales de despedida.
Al salir del Banco
encendió un cigarrillo. No veía razón, aparte de su teoría «la persona menos
probable», para conservar al señor Jones en la lista de los sospechosos. No
mostró ninguna reacción interesante ante las preguntas del policía. Parecía
casi imposible considerarle un criminal. Además, no estuvo ausente el día del
Derby. No había malgastado el tiempo, puesto que le había proporcionado ciertas
informaciones. El comandante Horton y el abogado señor Abbot se ausentaron de
Wychwood el día de la gran carrera. Y por lo tanto, cualquiera de los dos pudo
haber estado en Londres en el preciso momento en que la señorita Pinkerton
moría atropellada por un automóvil.
A pesar de no
sospechar del doctor Thomas, hubiese preferido saber positivamente que este
último estuvo ocupado en los trabajos de su profesión en aquel preciso día, y
mentalmente se propuso comprobarlo.
Quedaba Ellworthy.
¿Habría estado en el Derby? De ser así, se debilitaban sus suposiciones de que
fuera asesino. Era posible que la muerte de la señorita Pinkerton no fuese ni
más ni menos que un accidente. En el acto rechazó esta teoría. Su defunción fue
demasiado oportuna para ser casual.
Lucas montó en su
coche, que le aguardaba al lado de la acera, y en él se dirigió al garaje
Pipwell, situado al otro extremo de la calle Alta. Quería que le arreglasen
algunos defectillos de su motor.
Un mecánico joven y
de buen aspecto le atendió. Su rostro pecoso denotaba inteligencia. Levantaron
el capot y se absorbieron en una discusión técnica.
Una voz llamó:
—Jaime, ven un
momento.
El mecánico de cara
pecosa obedeció.
Jaime Harvey.
Exacto. Jaime Harvey, el novio de Ana Gibbs. Volvía ya, disculpándose, y
reanudaron la conversación técnica. Lucas se avino a dejar el coche en el
garaje.
—¿Qué tal le ha ido
el Derby esta temporada? —preguntó cuando ya se marchaba.
—Mal, señor. Aposté
por Clarigold.
—No hubo muchos que
apostaran por Jujube II, el ganador.
—Desde luego,
señor. Ni creo que ningún periódico le nombrara como posible ganador.
Lucas meneó la
cabeza.
—Las carreras son
un juego de azar. ¿Ha estado alguna vez en el Derby?
—No, señor, y me
gustaría. Este año le pedí fiesta al patrón. Pusieron un billete barato de ida
y vuelta a la ciudad, pero no quiso ni oír hablar de ello. Estábamos faltos de
personal, ésa es la verdad, y aquel día tuvimos mucho trabajo.
Lucas asintió y
esta vez se fue.
Jaime Harvey fue
también eliminado de su lista. Aquel muchacho de cara simpática no podía ser un
oculto asesino... ni pudo haber matado a Lavinia Pinkerton.
Regresó a casa por
el camino del río, donde, como la otra vez, se encontró al comandante Horton
con sus perros. El comandante seguía dando órdenes a sus bulldogs: «Augusto,
Nelly..., Nelly, ¿no oyes? Nero..., Nero..., Nero.»
Y también esta vez
le asustaron sus ojos saltones... y otras cosas. El militar dijo:
—Perdóneme, señor
Fitzwilliam, ése es su nombre, ¿verdad?
—Sí.
—Yo soy Horton...
el comandante Horton. ¿Sabe? Mañana nos veremos en la Casa de los Fresnos.
Jugaremos al tenis. La señorita Conway ha tenido la gentileza de invitarme. Es
prima suya, ¿verdad?
—Sí.
—Eso pensé. En un
sitio como éste en seguida se nota una cara nueva, ¿sabe?
Al llegar a este
punto sufrieron una interrupción. Los dos perros se habían acercado a otro
chucho callejero.
—Augusto..., Nero.
Venid aquí os digo.
Cuando los dos
bulldogs obedecieron su mandato de mala gana, el comandante Horton reanudó la
conversación, Lucas acariciaba a Nelly, que le miraba tristemente.
—Hermoso animal,
¿no le parece? Me gustan los perros —dijo el comandante—. Siempre tengo alguno.
Los prefiero a cualquier otro animal. Mi casa está cerca, venga conmigo, le
invito a una copa.
Lucas aceptó, y los
dos hombres caminaron juntos mientras el comandante Horton desarrollaba el tema
de los canes que había tenido y que prefería.
Lucas supo de los
premios que había ganado Nelly, del injusto comportamiento de un juez que sólo
le dio una medalla a Augusto y de los triunfos de Nero.
Ya habían llegado a
la casa del comandante. Éste abrió la puerta principal, que no estaba cerrada
con llave, y entraron. Tras acompañarle hasta la salita, que olía a perro, el
comandante preparó las bebidas. Lucas miró a su alrededor. La habitación tenía
varias estanterías de libros, fotografías de canes, ejemplares del Field y
Country Life y un par de cómodos sillones. Sobre las librerías veíanse varios
trofeos de plata y un gran cuadro sobre la chimenea.
—Es mi mujer —dijo
el comandante al notar la dirección de la mirada de Lucas—. Una mujer
extraordinaria. Puede leerse en su rostro que tenía mucho carácter. ¿No le
parece?
—Sí, desde luego
—repuso Lucas mirando a la malograda señora Horton.
El pintor la había
representado vestida de raso color rosa y con un ramo de lirios silvestres
entre sus manos. Sus cabellos castaños estaban partidos sobre la frente, y los
labios fuertemente apretados. Sus ojos, grises y fríos, parecían mirar airados
y retadores.
—Una mujer
extraordinaria —repitió el comandante, tendiendo un vaso a su invitado—. Murió
hace un año. Desde entonces soy otro hombre.
—¿De veras? —dijo
Lucas, sin saber qué decir.
—Siéntese —invitó
el otro, indicándole uno de los butacones.
Y ocupando él otra
butaca tomó un sorbo de whisky con sifón.
—No —volvió a
decir—; no he vuelto a ser el mismo de antes.
—Debe echarla mucho
de menos —dijo Lucas.
El comandante meneó
la cabeza tristemente.
—El hombre necesita
un esposa que le haga discutir —dijo—. De otro modo se vuelve uno débil. Sí,
débil. Uno se abandona por completo.
—Pero
seguramente...
—Muchacho, sé de lo
que hablo. Tal vez el matrimonio sea un poco duro al principio. Uno se dice:
¡Maldita sea, no puedo hacer lo que me viene en gana! Pero se acostumbra. Es
cuestión de disciplina.
Lucas pensó que la
vida doméstica del comandante Horton debió ser más parecida a una batalla
campal que a un idilio arrobador.
—Las mujeres
—seguía diciendo el comandante— son muy extrañas. Aparentemente nada las
satisface. Pero ¡voto al diablo!, saben conservar a raya a los hombres.
Lucas guardó un
silencio respetuoso.
—¿Es usted casado?
—le preguntó con curiosidad el militar.
—No.
—¡Ah, ya se casará!
Y como le digo, muchacho, no hay cosa mejor que el matrimonio.
—Es consolador oír
hablar a alguien bien de ese estado —dijo Lucas— especialmente en estos tiempos
de tantos divorcios.
—¡Bah! —repuso el
comandante—. Los jóvenes me crispan los nervios. No tienen fibra... ni
paciencia. No son capaces de soportar nada. ¡Carecen de entereza!
Lucas estuvo a
punto de preguntar por qué se requería una entereza especial, pero se contuvo.
—Como le decía
—seguía diciendo Horton—, Lydia era una mujer entre mil..., ¡entre mil! Todo el
mundo la quería y respetaba.
—¿De veras?
—No podía soportar
ninguna impertinencia. Tenía un modo tan particular de mirar a la gente... que
la persona en cuestión acababa por marcharse con el rabo entre piernas. Esas
muchachas medio tontas que se hacen llamar doncellas creen que pueden permitirse
ciertas insolencias, pero Lydia pronto supo meterlas en cintura. ¿Sabe usted
cuántas cocineras y camareras tuvimos en un año? ¡Quince!
Lucas pensó que no
era precisamente un tributo a la señora Horton por el buen gobierno de su casa,
pero viendo que su anfitrión no pensaba así, se abstuvo de hacer comentarios.
—Si no eran de su
agrado las despedía en el acto.
—¿Siempre sucedía
así? —preguntó Lucas con interés.
—Pues verá, algunas
veces eran ellas las que querían irse. ¡Un trabajo menos, como decía Lydia!
—Pero, ¿no le
resultaba algo molesto? —preguntó Lucas.
—¡Oh! A mí no me
importaba hacer las cosas —dijo Horton—. Soy bastante buen cocinero y sé
encender un fuego mejor que nadie. No me importa lavar los platos cuando hay
que hacerlo..., no hay más remedio.
Lucas asintió.
Luego quiso saber si la señora Horton era diestra en las tareas domésticas.
—Yo no soy de esos
hombres que consienten que sus mujeres trabajen para ellos. Y de todas formas,
Lydia era demasiado delicada para hacer las faenas de la casa.
—¿No era muy
fuerte?
El comandante
Horton negó con la cabeza.
—Tenía un alma
maravillosa. ¡Lo que sufrió la pobre! Ni siquiera tuvo la simpatía de los
médicos. Son unos brutos. Sólo comprenden las dolencias físicas. Cualquier cosa
que se salga de lo corriente está fuera de sus conocimientos. Humbleby, por
ejemplo, todo el mundo cree que era un buen médico. No obstante no comprendió a
mi esposa.
—¿Usted no...?
—Este hombre era
completamente ignorante. Desconocía los adelantos modernos. ¡Dudo que hubiese
oído hablar de neurosis! Supongo que entendía de huesos rotos, sarampión y
paperas, pero nada más. Al fin tuve una discusión con él. No entendía el caso
de Lydia. Se lo dije y no le gustó. Dijo que mandase a buscar otro médico, y
desde entonces nos visitó el doctor Thomas.
—¿Les gustaba más?
—Desde luego es un
hombre muy inteligente. Si alguien hubiese podido curar su última enfermedad
hubiese sido el doctor Thomas. A decir verdad estaba ya mucho mejor, pero de
repente sufrió una incomprensible recaída.
—¿Fue muy dolorosa
su enfermedad?
—¡Hum! Sí.
Gastritis. Dolores agudos, mareos... y demás. ¡Cuánto sufrió la pobrecita! Fue
una mártir. ¡Y tuvimos un par de enfermeras de lo más antipático! «La paciente
esto, la paciente lo otro...» ¡No podían olvidar que no estaban en un hospital!
—el comandante meneó la cabeza y bebió un poco de whisky—. ¡Y tan presumidas!
Lydia tenía la obsesión de que la estaban envenenando. Claro que no era cierto,
sino una fantasía propia de su debilidad. El doctor Thomas dijo que pasa muchas
veces... pero había mucho de verdad... aquellas mujeres la odiaban. Eso es lo
peor de las mujeres, que odian a las de su propio sexo.
—Supongo —dijo
Lucas tratando de desviar la conversación— que la señora Horton tendría buenas
amistades en Wychwood.
—La gente fue muy
amable con ella —dijo el comandante de mala gana—. Whitfield nos mandaba uvas y
melocotones de su invernadero, y Honoria Waynflete y Lavinia Pinkerton solían
venir a hacerle compañía.
—¿Venía a menudo la
señorita Pinkerton?
—Sí. ¡Era bastante
mayor, pero muy agradable! Estaba muy angustiada por mi esposa. Acostumbraba
preguntar qué medicinas tomaba y qué régimen seguía. Todo con mucha amabilidad,
¿sabe?, pero a pesar de su buen carácter yo la encontraba algo impertinente.
Lucas asintió,
comprensivo.
—No puedo soportar
tanto ajetreo —dijo el comandante—. Con tantas mujeres en mi casa era imposible
organizar una partida de golf.
—¿Y el joven de la
tienda de antigüedades? —dijo Lucas.
—No juega al golf.
—¿Hace mucho que
vive en Wychwood?
—Hará unos dos
años. Es un individuo muy desagradable. Odiaba a las dos buenas mujeres. Aunque
le parezca raro, Lydia le apreciaba. No se puede confiar en el juicio de las
mujeres para conocer a los hombres. Se reunían con otras personas alegres, pero
muy extrañas. Incluso quiso tomarse no sé qué bebedizo curalotodo hecho por él
en un vaso rojo con signos del Zodíaco. Es de suponer que las hierbas habrían
sido cogidas una noche de luna llena. Tonterías, pero las mujeres se lo tragan
todo... todo se lo tragan..., ja.., ja...
Lucas cambió
bruscamente de tema, pensando acertadamente que el comandante no se percataría
de ello.
—¿Qué clase de
individuo es Abbot, el procurador? ¿Entiende mucho de leyes? Necesito que me
aconseje en un asunto y he pensado en verle.
—Dicen que es muy
astuto. Yo no lo sé. Tuve una pelea con él. No he vuelto a verle desde que vino
a hacer el testamento de Lydia poco antes de que muriera. En mi opinión es un
pesetero, pero eso no quiere decir que no sea buen abogado.
—No, claro que no
—dijo Lucas—. Aunque parece un hombre muy pendenciero. Por lo que he oído se ha
peleado con mucha gente.
—Lo que pasa es que
es muy testarudo —dijo Horton—. Se cree todopoderoso, y el que no es de su
opinión ofende a lése majesté. ¿Le han contado su discusión con Humbleby?
—Tuvieron
discrepancias, ¿verdad?
—Una pelea de
primera. Aunque a mí no me sorprende. ¡Humbleby era un estúpido!
—Fue una lástima
que muriera.
—¿Quién? ¿Humbleby?
Sí, quizá sí. No tuvo cuidado. El envenenamiento de la sangre es una cosa muy
peligrosa. Siempre que me corto me pongo yodo. Simple precaución. Humbleby, que
era médico, no lo hizo. Eso demuestra su modo de ser.
Lucas se puso en
píe, mirando su reloj.
—¿Tiene que ir a
comer? —le dijo el comandante Horton—. Bien, celebro haber podido charlar con
usted. Me gustan los hombres que han corrido mundo. Tenemos que vernos en otra
ocasión. ¿Dónde estuvo destinado? ¿En Mayang Straits? Nunca estuve allí. He
oído decir que escribe un libro sobre supersticiones.
—Sí..., yo...
Pero el comandante
continuaba:
—Puedo contarle
muchas cosas interesantes. Cuando estuve en la India... de eso hace ya
bastantes años...
Lucas logró escapar
unos instantes después de soportar las usuales historias de faquires.
Al salir al aire
libre y oír la voz del comandante que llamaba a Nero, se maravilló de la vida
matrimonial. El comandante Horton parecía verdaderamente apenado por haber
perdido una mujer que, a todas luces, debió ser una verdadera devoradora de
tigres.
«¿No sería un
inteligente ardid?», preguntóse Lucas de pronto.
Capítulo XII
HOSTILIDADES
Afortunadamente, la
tarde del partido de tenis fue espléndida. Lord Whitfield estaba del mejor
humor, y representaba el papel de anfitrión muy satisfecho. Con frecuencia hizo
alusión a su humilde origen. Los jugadores eran ocho. Lord Whitfield, Brígida, Lucas,
Rosa Humbleby, el señor Abbot, el doctor Thomas, el comandante Horton y
Enriqueta Jones, una joven muy animada, que era hija del director del Banco.
En el segundo
partido, Lucas, de pareja con Brígida, jugó contra lord Whitfield y Rosa
Humbleby. Rosa era muy diestra y su drive potente y rápido. Esto compensaba los
fallos de lord Whitfield; y Brígida y Lucas, que no eran demasiado buenos,
pudieron igualar su juego. Estaban tres games iguales, y Lucas, en una racha de
buena suerte, logró, con Brígida, adelantarlos por cinco a tres.
Entonces pudo
observar que lord Whitfield perdía el dominio de sus nervios. Discutió por una
pelota que había dado en la línea, dijo que un saque era malo, a pesar de que
Rosa lo había aceptado, y comportóse como un chiquillo mal educado. Estando
treinta a cero, Brígida falló una pelota muy fácil que fue a parar a la red e
inmediatamente sirvió dos saques malos. El juego se había igualado. Enviaron la
pelota al centro de la pista, y Lucas, al querer devolverla, tropezó con su
compañera. Dos saques más fallados por Brígida y habían perdido aquel game.
La muchacha se
disculpó:
—Lo siento, estoy
muy cansada.
Parecía ser cierto.
Los golpes de raqueta de la muchacha eran débiles y no daba una. El partido
terminó con la victoria de lord Whitfield y su pareja por ocho a seis.
Hubo unos momentos
de discusión por los que debían tomar parte en el próximo partido. Al fin Rosa
volvió a jugar, esta vez de pareja con el señor Abbot y contra el doctor Thomas
y la señorita Jones.
Lord Whitfield
sentóse para secarse el sudor de su frente, con sonrisa complacida. Volvía a
estar de buen humor. Charló con el comandante Horton de una serie de artículos
que preparaba su periódico.
—Enséñeme el huerto
—le pidió Lucas a Brígida.
—¿Por qué el
huerto?
—Estoy buscando
coles.
—¿No serían lo
mismo guisantes?
—Sí, me irán de
primera.
Se alejaron del
campo de tenis hasta llegar al cercado del huerto. Como era sábado por la
tarde, no había ningún jardinero y aparecía tranquilo y apacible bajo la luz
del sol.
—Aquí tiene los
guisantes —le dijo Brígida.
Lucas hizo caso
omiso del objeto de su visita.
—¿Por qué diablos
les ha regalado el partido?
—Lo siento. Estaba
rendida y mi juego no es constante.
—¡Pero no tanto!
Esos dobles saques no engañan ni a una criatura. ¡Y esas pelotas lanzadas sin
tino...!
—Eso es porque soy
mala jugadora —repuso Brígida con calma—. Si fuese un poco mejor, lo hubiera
hecho más disimulado. Pero si quiero que una pelota vaya fuera justita, da en
la línea y trabajo perdido, por eso tengo que tirar lejos.
—Entonces, ¿lo
admite?
—Evidentemente,
querido Watson .
—¿Y la razón?
—Igualmente
evidente. A Gordon no le agrada perder.
—¿Y yo? Suponga que
a mí me gusta ganar.
—Me temo, mi
querido Lucas, que no sea tan importante.
—¿Quiere explicarse
un poquito mejor?
—Desde luego, si
usted me lo pide. No hay que enojarse con quien representa para una el pan de
cada día. Gordon es mi pan. Usted no.
Lucas exhaló un
profundo suspiro. Pero al fin dijo sin poder contenerse:
—¿Por qué diablos
quiere casarse con ese absurdo hombrecillo? ¿Por qué?
—Porque como su
secretaria gano seis libras a la semana, y siendo su esposa tendré cien mil a
mi nombre, un joyero lleno de perlas y diamantes, una hermosa renta y otros
requisitos del estado matrimonial.
—¡Pero por un
trabajo muy distinto!
—¿Es que siempre
hay que tomar actitudes melodramáticas ante cualquier circunstancia de la vida?
Gordon, como puede haber comprendido, es un niño grande. Lo que necesita es una
madre y no una esposa. Desgraciadamente perdió la suya cuando tenía cuatro años.
Lo que desea es una persona con quien poder fanfarronear, que le reafirme en
sus opiniones y que esté preparada para escucharle desarrollar perpetuamente su
tema preferido, que es siempre invariable: hablar de sí mismo.
—Está usted muy
amargada, ¿verdad?
—No creo en cuentos
de hadas —repuso airada la muchacha—, si es eso a lo que se refiere. Soy una
mujer joven con algo de inteligencia, ambiciones moderadas y sin dinero.
Intento ganarme honradamente la vida. Mi empleo de esposa de Gordon no se
diferenciará en nada del de secretaria. Cuando haya pasado un año, dudo que se
acuerde de besarme antes de acostarse. La única diferencia es el sueldo.
Se miraron a los
ojos. Los dos estaban pálidos de rabia. Brígida continuó:
—Siga. Es usted
bastante anticuado, señor Fitzwilliam, ¿verdad? Diga que me vendo por
dinero..., aunque no lo considero cosa despreciable.
—¡Es usted una
diablesa sin corazón!
—Lo que es mejor
que ser tonta y tenerlo.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Cómo lo sabe?
—¡Sé lo que es
querer a un hombre! ¿Conoce a Juan Cornis? Pues fui su prometida tres años. Era
encantador, le adoraba... le quise tanto que hasta me dolía el corazón. Pues
bien, me dejó para casarse con una viuda de acento norteño con tres sotabarbas
y una renta de mil libras al año. ¿No cree que una cosa así cura de
romanticismos?
Lucas se volvió con
un gemido ahogado.
—Quizá.
—¡Ya lo creo!
Hubo una pausa. El
silencio pesaba como una losa. Brígida fue la primera en romperlo con voz que
expresaba vacilación.
—Espero que
comprenda que no tiene derecho a hablarme como lo ha hecho. ¡Está viviendo en
casa de Gordon y es una muestra de mal gusto!
Lucas había
recobrado su compostura.
—¿Y eso no es
anticuado?
Brígida enrojeció.
—¡Pero es cierto!
—No lo es. Tengo
derecho.
—¡Eso son ganas de
discutir!
Lucas la miró. Su
rostro estaba pálido como el que sufre un dolor físico, y le dijo:
—Tengo derecho. El
derecho que me da quererte... ¿Qué dices ahora...? ¡De quererte tanto que me
duele el corazón!
Ella dio un paso
atrás.
—¿Tú...?
—Sí. Divertido,
¿verdad? Es de esas cosas que deben hacerte reír. Vine aquí para trabajar y tú
sales de detrás de esa casa y... ¿cómo te diría..? ¡Me hechizaste! Eso es lo
que pasó. Hace poco has mencionado los cuentos de hadas. Tú me embrujaste.
Sentí que si me señalabas con el dedo diciendo: «Conviértete en rana», hubiera
empezado a andar dando saltos.
Se acercó a ella.
—Te quiero con
locura, Brígida Conway. Y queriéndote como te quiero, no esperarás que me
conforme a verte casada con un hombrecillo ridículo que pierde el dominio de
sus nervios si no gana un partido de tenis.
—¿Y qué puedo
hacer, si no?
—¡Casarte conmigo!
Pero seguramente esta solución te producirá un ataque de risa.
—La risa es muy
escandalosa.
—Exacto. Bueno,
ahora ya sabemos a qué atenernos. ¿Quieres que volvamos a la pista? ¡Puede que
ahora me encuentres una pareja que sea capaz de ganar!
—La verdad —dijo
Brígida dulcemente— es que me parece que te molesta perder tanto como a Gordon.
Lucas la cogió
fuertemente por los hombros.
—¿No te parece que
tienes una lengua muy larga?
—Me temo que no te
gusto mucho a pesar de tu gran pasión.
—Creo que no me
gustas nada.
Brígida le dijo sin
dejar de mirarle:
—Pensabas casarte
cuando regresases a tu país, ¿verdad?
—Sí.
—Pero con una
persona muy distinta a mi, ¿eh?
—Nunca imaginé que
pudiera parecerse a ti.
—No soy... tu tipo.
Sé cuál es.
—¡Eres tan lista,
querida Brígida!
—Una chica
encantadora..., enteramente inglesa..., amante del campo y los perros...
Probablemente la soñaste con una falda de lana, arreglando los troncos de la
chimenea con la punta de su zapato.
—La imagen me
parece muy atractiva.
—Lo es. ¿Volvemos
con los demás? Puedes jugar con Rosa Humbleby. Es tan buena jugadora, que
ganarás casi seguro.
—Siendo tan
anticuado, es natural que seas tú quien diga la última palabra.
De nuevo se hizo el
silencio. Lucas retiró sus manos de sus hombros, y los dos quedaron inmóviles
como si aún quedara algo por decir.
Brígida volvióse
bruscamente y emprendió el camino de regreso. El partido concluía. Rosa se
negaba a volver a jugar.
—He jugado dos
partidos seguidos.
—Estoy muy cansada
—insistió Brígida—. No quiero jugar más. Tú y mi primo podéis jugar contra la
señorita Jones y el comandante Horton.
Mas Rosa siguió en
sus trece y se combinó un doble masculino. Después sirvieron el té.
Lord Whitfield
conversaba con el doctor Thomas, refiriéndole con aire importante la visita que
hizo a unos importantes laboratorios químicos de Wellerman Wreitz.
—He querido
comprobar personalmente los adelantos de los últimos descubrimientos —decía con
voz apasionada—. Soy responsable de lo que se publica en mis periódicos. Ésta
es una Era científica. La ciencia debe ser asimilada con facilidad por las
masas.
—La química puede
resultar peligrosa —dijo el doctor Thomas.
—Lo que hemos de
aprender es la química del hogar —repuso lord Whitfield.
—Y saber manejar
los tubos de ensayo —comentó Brígida.
—Me impresionó
mucho —dijo lord Whitfield—. Wellerman, el dueño de los laboratorios, me
acompañó personalmente. Yo le pedí que me atendiera un empleado, pero no quiso
de ninguna manera.
—Es muy natural
—dijo Lucas.
Lord Whitfield le
miró, agradecido.
—Y me lo explicó
todo con la mayor claridad... los procedimientos... los sueros... y se ofreció
a colaborar en el primer artículo de la serie.
La señora
Anstruther intervino.
—Creo que utilizan
conejos de Indias... ¡Qué crueldad!... Aunque peor sería que fueran perros o
gatos domesticados.
—Los individuos que
emplean perros para sus experimentos deberían ser ahorcados —dijo el comandante
Horton con pasión.
—La verdad es,
Horton, que usted valora más la vida de un perro que la humana —dijo el señor
Abbot.
—¡Eso siempre!
—repuso el comandante—. Los perros no se vuelven nunca contra uno. Ni
pronuncian palabras malsonantes. Nunca.
—Sólo algún
mordisco de cuando en cuando —dijo Abbot—. ¿Verdad, Horton?
—Los canes son
buenos jueces del carácter de los hombres —repuso con energía el comandante.
—Uno de los suyos
casi me muerde en una pierna la semana pasada. ¿Qué dice a esto, Horton?
—¡Lo mismo que
antes!
Brígida, con mucho
tacto, se interpuso.
—¿Qué les parece si
jugamos otra partida de tenis, caballeros?
Se jugaron otros
dos sets. Y cuando Rosa Humbleby se dispuso a marchar, Lucas se le acercó.
—La acompañaré a
casa —le dijo—. Así le llevaré la raqueta. No ha venido en coche, ¿verdad?
—No, pero está
cerca.
—Me gusta andar.
No dijo más, sino
que, tomando su raqueta y sus zapatos, echó a andar a su lado sin decir
palabra. Rosa inició dos o tres frases triviales; Lucas respondía con
monosílabos, aunque ella pareció no darse cuenta.
Al llegar a la
puerta de la casa se iluminó el rostro del policía.
—Ahora me siento
mejor —le dijo.
—¿Es que no se
encontraba bien?
—Es muy amable al
pretender que no se había dado cuenta. Usted ha hecho desaparecer mi malestar.
Es extraño, pero me siento como si hubiera pasado una nube negra y ahora
volviese a lucir el sol.
—Y así ha sido.
Estaba nublado cuando salimos de la Casa de los Fresnos y ahora brilla el sol.
—Entonces es cierto
en la realidad, lo mismo que en mi estado de ánimo. Bien, bien, el mundo al fin
y al cabo es un lugar agradable muchas veces.
—¡Claro que sí!
—Señorita Humbleby,
¿me permite un comentario indiscreto?
—Creo que de usted
no puede serlo.
—¡Oh, no esté tan
segura! Quiero decirle que considero al doctor Thomas un hombre muy afortunado.
Rosa enrojeció,
sonriendo.
—¿Así que se ha
enterado?
—¿Es que era un
secreto? Lo siento.
—¡Oh! En este
pueblo todo se sabe —dijo Rosa, dolida.
—¿Así es cierto que
está prometida?
Rosa asintió.
—Sólo que... aún no
lo hemos anunciado oficialmente. ¿Sabe? papá se oponía... y nos parece poco
delicado... pregonarlo a los cuatro vientos ahora que acaba de morir.
—¿Su padre se
opuso?
—Bueno, oponerse
abiertamente, no; pero yo creo que hubiese llegado a eso.
—¿Creía que eran
demasiado jóvenes? —dijo Lucas con simpatía.
—Eso es lo que
decía.
—Pero, ¿usted cree
que había algo más?
—Sí —Rosa ladeó la
cabeza, pensativa—. Me temo que lo que pasaba era que a papá... le disgustaba
Geofredo. ¡Vaya usted a saber por qué!
—¿No se llevaban
bien?
—A veces creía que
era eso... Claro que mi padre tuvo bastantes prejuicios.
—Supongo que debió
de estar muy encariñado con usted y no se avendría a la idea de perderla.
Rosa asintió, pero
con una sombra de reserva.
—¿O fue más? ¿Le
dijo que no quería que se casase con Thomas?
—No. ¿Sabe?, papá y
Geofredo eran tan distintos... que chocaban en algunas cosas. Geofredo era muy
paciente..., pero el saber que mi padre no aprobaba nuestras relaciones le
hacía reservado y tímido... y mi padre no pudo conocerle mejor.
—Los prejuicios son
difícil de combatir —dijo Lucas.
—¡Pero si no tenía
razón!
—¿Expuso alguna de
sus razones?
—¡Oh, no! ¡No las
tenía! Quiero decir que no podía decir nada contra Geofredo, a no ser que no le
agradaba.
—¿No tenía a qué
aferrarse? Quiero decir, si su novio no bebe, o apuesta en las carreras.
—¡Oh, no! Ni
siquiera creo que sepa quién ganó el Derby.
—Es extraño —dijo
Lucas—; pero juraría que vi al doctor Thomas en Epson el día del Gran Derby.
Por unos momentos
tuvo miedo de haber mencionado el día que llegó a Londres, pero Rosa contestó
en seguida sin recelos:
—¿Cree haberle
visto? ¡Oh, no! No pudo haber estado, por una razón. Estuvo casi todo el día en
Ashewold, donde asistió a un parto muy difícil.
—¡Qué buena memoria
tiene!
Rosa echó a reír.
—Lo recuerdo porque
me dijo que al niño le llamaron Jujube como apodo, claro.
Lucas asintió,
distraído.
—De todas formas,
Geofredo nunca va a las carreras. Le aburren soberanamente. —dijo la muchacha,
agregando en otro tono—: ¿Por qué no entra? A mi madre le gustaría conocerle.
—Si usted lo cree
así, entraré.
Rosa le condujo a
una habitación que a la luz del atardecer le pareció triste. Una mujer se
hallaba sentada en una butaca en posición muy extraña.
—Mamá, éste es el
señor Fitzwilliam.
La señora Humbleby
le miró al estrecharle la mano. Rosa salió de la estancia.
—Celebro conocerle,
señor Fitzwilliam. Creo que hace años unos amigos suyos conocieron a mi marido.
Rosa me lo contó.
—Sí, señora
Humbleby —no le agradaba mentir a la viuda, pero no vio el modo de evitarlo.
—Me gustaría que le
hubiese conocido —dijo la señora Humbleby—. Era un gran hombre y un gran
médico. Curó a muchas personas que ya habían perdido la esperanza con la fuerza
de su personalidad.
—Desde que estoy
aquí he oído hablar mucho de él —refirió con marcada amabilidad—. Se acuerdan
mucho de él.
No podía ver
claramente el rostro de su interlocutora. Su voz era monótona, pero esa misma
falta de expresividad parecía probar que disimulaba su emoción.
—El mundo es un
lugar maldito, señor Fitzwilliam. ¿No lo cree así? —dijo de repente.
—Sí. Puede que sí.
—Pero, ¿no lo sabe?
Pues es muy importante. Hay tanta maldad por ahí... Hay que estar preparado
para luchar. Él lo sabía, y estaba al lado de la razón.
—Estoy seguro —dijo
Lucas.
—Conocía la maldad
de este lugar... Sabía... —y la señora Humbleby se echó a llorar.
—Lo siento —murmuró
el policía.
Ella contuvo sus
lágrimas con gran rapidez.
—Debe usted
perdonarme —le dijo tendiéndole la mano—. Venga a vernos a menudo mientras esté
aquí. A Rosa le gustará. Le aprecia mucho.
—Y yo a ella. Creo
que es la muchacha más encantadora que he conocido desde hace mucho tiempo.
—Es muy buena
conmigo.
—El doctor Thomas
es un hombre de mucha suerte.
—Sí —la señora
Humbleby dejó caer su mano sobre su regazo. Su voz perdió de nuevo expresión—.
No sé... ¡es todo tan complicado!
Lucas la dejó en
pie, retorciéndose las manos, nerviosa.
Mientras caminaba
hacia su casa recordaba fragmentos de su conversación con Rosa.
El doctor Thomas
había estado ausente buena parte del día del Derby. Y se marchó de Wychwood en
su automóvil. Londres distaba sólo treinta y cinco millas. Se suponía que había
estado atendiendo un parto. ¿Existían otras pruebas aparte de su palabra? Podía
comprobarse. Luego siguió con la señora Humbleby.
¿Qué quiso decir al
insistir tanto en aquella frase: «El mundo está lleno de maldad...»?
¿Eran sólo sus
nervios y el trastorno por el golpe de la muerte de su esposo? ¿O había algo
más?
¿Es que tal vez
sabía algo? ¿Algo que conoció el doctor Humbleby bastante antes de morir?
«Tengo que salir
adelante —díjose—. Tengo que continuar.»
Y con resolución,
apartó de su memoria el recuerdo de la escena vivida por él y Brígida.
Capítulo XIII
HABLA LA SEÑORITA
WAYNFLETE
A la mañana
siguiente Lucas tomó una resolución. Había llegado tan lejos como era posible
con sus interrogatorios. Era inevitable que le descubrieran. Llegó el momento
de desmentir su papel de escribir y revelar que había ido a Wychwood con un
proyecto definido.
Dispuesto a poner
en práctica su plan, se dirigió a visitar a Honoria Waynflete. No sólo le había
impresionado favorablemente su discreción y aspecto inteligente... sino que tal
vez pudiera darle informaciones muy útiles. Ella le contó lo que sabía. Esta
vez quería que le dijese lo que pudo haber adivinado, pues consideraba que las
suposiciones de la señorita Waynflete no andarían muy lejos de la verdad.
Fue a verla al
salir de misa.
Miss Waynflete
condujo a Lucas al interior sin mostrar la menor sorpresa. Al verla sentada
cerca de él, con las manos enlazadas sobre su regazo, y sus ojos fijos en su
rostro, no supo cómo explicar el motivo de su visita.
Al fin le dijo:
—Me atrevo a
suponer, señorita Waynflete, que habrá adivinado que la razón de mi presencia
en este pueblo no es meramente el escribir un libro costumbrista.
Miss Waynflete
inclinó la cabeza dispuesta a escuchar.
Lucas no tenía la
intención de ir directamente al grano. La señorita Waynflete podía ser
discreta... por lo menos daba esa impresión; pero según la opinión de Lucas
sobre las solteronas, era difícil que resistiera la tentación de confiar una
historia tan excitante a sus amigas más íntimas. Y por lo tanto propuso adoptar
una medida intermedia.
—Estoy aquí para
investigar la muerte de esa pobre muchacha, Ana Gibbs.
La señorita
Waynflete preguntó:
—¿Quiere decir que
le ha enviado la policía?
—¡Oh, no! —dijo
Lucas con tono risueño—. Yo diría que soy lo que llamamos una especie de
investigador privado.
—Ya. ¿Entonces fue
Brígida quien le hizo venir?
Lucas vacilaba. Al
fin decidió que lo creyera. Era difícil justificar su presencia sin explicar
toda la historia Pinkerton. La señorita Waynflete decía con profunda
admiración:
—¡Brígida es muy
práctica y muy eficiente! Creo que si hubiese tenido que confiar en mi propio
juicio, no hubiera hecho nada... Quiero decir que si no se está completamente
seguro de una cosa es difícil decidirse a actuar.
—Pero usted está
segura, ¿verdad?
—No, señor
Fitzwilliam. Éste no es un caso muy claro. Puede que sean sólo imaginaciones.
Al vivir sola y sin nadie con quien cambiar impresiones, puede una volverse
neurasténica e imaginar cosas sin fundamento.
Lucas asintió a su
razonamiento reconociendo su parte de verdad, pero añadió amablemente:
—Pero en su
interior no tiene dudas.
Al llegar a este
punto, la señorita Waynflete mostróse algo contrariada.
—Espero que no
hablaremos siempre en sentido figurado.
Lucas sonrió.
—¿Quiere que lo
traduzca en palabras? Muy bien. ¿Cree usted que Ana Gibbs fue asesinada?
Honoria Waynflete
se sobresaltó un tanto ante la crudeza de su lenguaje.
—No estoy tranquila
por lo que respecta a su muerte. En absoluto. Fue poco clara, según mi opinión.
Lucas repuso
pacientemente:
—¿Pero considera su
muerte natural?
—No.
—¿No cree que fue
un accidente?
—Aún lo considero
menos verosímil. Existen tantos... tantos...
Lucas la atajó:
—¿Suicidio?
—Categóricamente,
no.
—Entonces —dijo
Lucas—, usted cree que fue asesinada.
La señorita
Waynflete vaciló, tragó saliva y al fin se resolvió con valentía:
—¡Sí! —repuso—.
¡Eso creo!
—Bien. Ahora
podemos continuar.
—Pero en realidad
no tengo ninguna prueba en que basar mi opinión. ¡Es solamente una idea!
—Desde luego. Esto
es una conversación privada. Estamos hablando de lo que suponemos y
sospechamos. Suponemos que Ana Gibbs fue asesinada. ¿De quién sospechamos como
asesino?
La señorita
Waynflete meneó la cabeza. Estaba muy nerviosa.
—¿Quién tenía
motivos para matarla? —dijo Lucas, mirándola.
—Tuvo una discusión
con su novio, Jaime Harvey. Es un hombre fuerte y atractivo. A veces, se lee en
los periódicos que un muchacho mata a su novia y cosas parecidas, pero la
verdad es que no puedo creer que hiciera una cosa así.
Lucas asintió. La
señorita Waynflete continuaba:
—Además, tampoco
creo que lo hubiese hecho en esta forma. Trepando hasta la ventana para cambiar
la botella de jarabe por una que contenía veneno. No me parece...
Lucas intervino
cuando ella tomaba aliento.
—¿No le parece
propio de un amante enfurecido? De acuerdo. En mi opinión podemos eliminar a
Jaime Harvey. Ana fue asesinada (hemos supuesto que lo fue) por alguien que
quiso quitarla de en medio y que planteó el crimen con sumo cuidado para que
pareciera un accidente. ¿Tiene usted alguna idea... alguna corazonada, de quién
pudo hacerlo... de quién pudo ser...?
—No... la verdad...
no tengo la menor idea.
—¿Está segura?
—Sí, sí.
Lucas observó
pensativo. Su negativa había sido poco sincera, pero continuó:
—¿No conoce otros
motivos?
—No.
Esta vez fue más
categórica.
—¿Estuvo en muchas
casas de Wychwood?
—Estuvo un año en
casa de los Horton antes de ir a la de lord Whitfield.
Lucas habló con
rapidez.
—Entonces, tenemos
que alguien quiso eliminar a la muchacha. Por los hechos deducimos: primero,
que es un hombre de gustos anticuados (como lo demuestra el barniz empleado), y
segundo, que debía ser un hombre ágil, puesto que pudo trepar hasta la ventana
de su habitación. ¿Está usted de acuerdo en estos puntos?
—Por completo.
—¿Le importa que
vaya a probarlo?
—En absoluto. Creo
que es una buena idea.
Le condujo hasta la
parte de atrás de la casa. Lucas consiguió llegar al tejado del porche, sin
gran trabajo, desde allí asirse al repecho de la ventana y tras un último
esfuerzo introducirse en la habitación. Minutos más tarde se reunía con la
señorita Waynflete, limpiándose las manos en su pañuelo.
—Es más fácil de lo
que parece —le dijo—. Lo que se necesita es músculo. ¿No encontraron algunas
huellas?
—No lo creo. Claro
que el alguacil subió por el mismo sitio.
—De modo, que si
hubiese habido algunas las hubiese confundido con las suyas. ¡Cómo ayudó al
criminal! Bueno, eso es todo.
La señorita
Waynflete le acompañó de nuevo a la casa.
—¿Dormía muy
profundamente su doncella? —le preguntó.
Miss Waynflete
contestó:
—Era muy difícil
despertarla por las mañanas. Algunas veces tenía que llamar y llamar, antes de
que respondiera. Pero ya sabe, señor Fitzwilliam, que hay un refrán que dice
«que no hay peor sordo que el que no quiere oír».
—Es cierto —asintió
Lucas—. Bueno, ahora, señorita Waynflete, llegamos a los móviles. Comenzando
por los más evidentes, ¿cree usted que hubo algo entre Ellworthy y la muchacha?
—y se apresuró a añadir—: Sólo le pido su parecer.
—Si es sólo mi
opinión lo que pide, creo que sí.
Lucas asintió con
un ademán.
—Según usted, ¿pudo
Ana Gibbs haber llegado a emplear el chantaje?
—Repito que si es
sólo mi opinión, me atrevo a decir que es posible.
—¿Sabe usted si
tenía mucho dinero en el momento de su fallecimiento?
La solterona
reflexionó unos instantes.
—No creo. Si
hubiese tenido más de lo corriente lo hubiese sabido.
—¿No se compró
alguna cosa extraordinaria?
—Creo que no.
—Entonces, eso
destruye la teoría del chantaje. La víctima acostumbra pagar antes de llegar al
asesinato. Existe otra teoría. La muchacha debía saber algo.
—¿Qué clase de
cosas?
—Pudo tener
conocimiento de algo peligroso para alguna persona de Wychwood. Esto es una
suposición hipotética. Suponiendo que conociera algo que pudiera perjudicar...
digamos, por ejemplo, la profesión del señor Abbot.
—¿El señor Abbot?
Lucas repuso
rápidamente:
—O algún descuido o
comportamiento poco correcto del doctor Thomas...
La señorita
Waynflete comenzó a decir:
—Pero
seguramente... —y se detuvo.
Lucas proseguía:
—Ana Gibbs estuvo
de doncella, según dice usted, en casa de los Horton cuando murió la señora.
Hubo unos momentos
de silencio, luego la señorita Waynflete respondió:
—¿Quiere decirme
por qué mezcla a los Horton en este asunto, señor Fitzwilliam? La señora Horton
falleció hace un año.
—Sí, y esa chica,
Ana Gibbs, estaba en su casa.
—Ya. ¿Qué tienen
que ver los Horton con todo esto?
—No lo sé. Estaba
haciendo cábalas. La señora Horton murió de gastritis aguda, ¿verdad?
—Sí.
—¿Fue una muerte
inesperada?
—Para mí, sí
—repuso miss Waynflete despacio—. ¿Sabe?, estaba mucho mejor... parecía en vías
de restablecerse... y de pronto, tuvo una recaída y falleció.
—¿Se sorprendió el
doctor Thomas?
—No lo sé, pero me
figuro que sí.
—Y las enfermeras,
¿qué dijeron?
—Según he podido
experimentar, las enfermeras de los hospitales nunca se sorprenden cuando un
enfermo empeora. Es la mejoría lo que les parece anormal.
—¿Pero su muerte la
sorprendió a usted? —insistió Lucas.
—Sí. El día antes
había estado con ella, parecía encontrarse mucho mejor, y charló durante algún
tiempo con gran animación.
—¿Qué opinaba de su
propia enfermedad?
—Tenía la obsesión
de que las enfermeras la estaban envenenando. Había despedido a unas, pero nos
dijo que aquéllas eran tan malas como las otras.
—Supongo que usted
no le haría mucho caso.
—Pues, no. Creí que
eso era propio de su enfermedad. Era una mujer muy desconfiada... puede que no
sea muy caritativo decirlo... pero le gustaba darse importancia. Ningún médico
entendía su caso... lo suyo era muy complicado... debía tener una enfermedad
muy difícil o alguien trataba de quitarla de en medio.
—¿Y no sospechaba
de su esposo? —Lucas trató de hablar con naturalidad.
—¡Oh, no! ¡Nunca se
le ocurrió semejante cosa!
La señorita
Waynflete hizo una pausa y luego preguntó:
—¿Es eso lo que
usted cree?
—Muchos esposos lo
han hecho sin que les descubrieran. ¡A todas luces se ve que la señora Horton
era una mujer como para que su marido deseara verse libre de ella! Y tengo
entendido que heredó mucho dinero a su muerte.
—Sí, es cierto.
—¿Qué opina usted,
señorita Waynflete?
—¿Quiere saber mi
opinión?
—Sí, sólo su
opinión.
Y ella repuso lenta
y deliberadamente:
—Según mi parecer,
el comandante Horton estaba muy enamorado de su mujer y nunca imaginó siquiera
hacer una cosa así.
Lucas la miró y
encontróse con sus ojos de color ámbar que denotaban inocencia.
—Bien —le dijo—.
Espero que tenga razón. Probablemente usted lo sabe bien.
La señorita
Waynflete se permitió una sonrisa.
—Las mujeres somos
muy buenas observadoras, ¿verdad?
—De primera. ¿Cree
que la señorita Pinkerton habría pensado como usted?
—No la oí nunca
opinar sobre esto.
—¿Qué concepto
tenía de lo ocurrido a Ana Gibbs?
Miss Waynflete
frunció el ceño como si tratase de recordar.
—Es difícil de
decir. Lavinia tenía una opinión muy particular.
—¿Cuál?
—Pensaba que
ocurría algo extraño aquí, en Wychwood.
—¿No sería por
casualidad que alguien empujó a Tomás Pierce desde la ventana?
—¿Cómo lo sabe,
señor Fitzwilliam? —preguntó extrañada.
—Ella me lo dijo.
No con estas mismas palabras, pero me lo dio a entender.
—¿Cuándo fue eso,
señor Fitzwilliam? —inclinóse hacia delante, interesada.
—El día que fue
atropellada —repuso con tranquilidad—. Viajamos juntos hasta Londres.
—¿Qué fue lo que le
dijo exactamente?
—Qué habían
ocurrido demasiados fallecimientos en Wychwood. Nombró a Ana Gibbs, a Tomás
Pierce y ese hombre... Carter. Y también que la próxima víctima sería el doctor
Humbleby.
—¿Le dijo quién era
el culpable?
—Un hombre con una
extraña mirada —respondió Lucas—. Una mirada que no dejaba lugar a dudas, según
ella. Y la había visto en sus ojos mientras hablaba con el doctor Humbleby; por
eso dijo que sería el próximo que moriría.
—Y así fue —susurró
la señorita Waynflete—. ¡Oh, Dios mío, Dios mío!
Echóse hacia atrás.
Sus ojos tenían una mirada como sorprendida.
—¿Quién es ese
hombre? —dijo Lucas—. Vamos, señorita Waynflete, usted lo sabe, tiene que
saberlo.
—No. No me lo dijo.
—Pero puede
adivinarlo —dijo Lucas astutamente—. Debe tener una idea exacta en su mente de
quién fue.
De mala gana, la
señorita Waynflete asintió con la cabeza.
—Entonces,
dígamelo.
Pero ella sacudió
la cabeza enérgicamente.
—No, de ninguna
manera. ¡Me pide algo imposible! Me pide que adivine en quién pudo... sólo
pudo, haber pensado una amiga que ya ha muerto. ¡Yo no puedo hacer una
acusación semejante!
—No sería una
acusación, sino sólo su parecer.
Pero la señorita
Waynflete se mantuvo firme.
—No tengo nada más
que decir. Lavinia no me dijo nada. Puedo pensar que sé quién es, pero
comprenda que podría equivocarme. Eso influiría en usted y quizá traería serias
consecuencias. Sería una maldad por mi parte mencionar su nombre. Puedo estar
equivocada. ¡Probablemente lo estoy!
Y apretó los labios mirándole con
determinación. Lucas sabía aceptar la derrota cuando era inevitable. Comprendió
que el sentido de rectitud de la señorita Waynflete y algo más que no alcanzaba
a comprender le impedían hablar.
Aceptó su fracaso
de buen grado y se puso en pie para despedirse.
—Es natural que
obre como le dicte su conciencia —le dijo—. Gracias por la ayuda que me ha
prestado.
La señorita
Waynflete pareció no estar tan segura de sí cuando le acompañó hasta la puerta.
—Espero que no
crea... —comenzó a decir, pero cambió de frase—. Si puedo hacer algo más por
usted, no deje de decírmelo.
—Lo haré. No repita
esta conversación. Podría ser muy perjudicial, ¿querrá usted?
—¡Claro que no! No
diré ni una palabra a nadie.
Lucas esperó que no
le engañase.
—Déle muchos
recuerdos a Brígida. Es una muchacha tan encantadora, ¿no le parece? Y muy
lista también... Espero... que sea muy feliz.
Y como
Lucas la miraba
interrogadoramente, aún agregó:
—Quiero decir,
cuando se case con lord Whitfield. ¡Se llevan tantos años de diferencia!
—Sí.
—¿Sabe que habíamos
sido novios? —soltó de repente.
Lucas la miró
atónito. Ella meneaba la cabeza, sonriendo con tristeza.
—Hace muchísimo
tiempo. Era todavía un muchacho. Yo le ayudé a educarse. Estaba tan orgullosa
de él... y de su espíritu que le llevaba hacia el triunfo.
Suspiró.
—Mi familia,
naturalmente, estaba escandalizada. En aquellos tiempos las diferencias de
clases eran barreras infranqueables. —y siguió tras una pausa—: Siempre he
seguido su carrera con interés. Y creo que los míos estaban equivocados.
Luego, con la
cabeza hizo una inclinación y entró en la casa.
Lucas trató de
ordenar sus pensamientos. Había clasificado a la señorita Waynflete como una
«vieja». Ahora comprendía que no llegaba a los sesenta. Lord Whitfield pasaría
de los cincuenta. Podía llevarle un año o dos, pero no más.
E iba a casarse con
Brígida, que tenía veintiocho años. Brígida, que era joven y llena de vida.
«¡Maldita sea!
—díjose Lucas—. No quiero pensar más en eso. Al trabajo. Sigamos con mi
trabajo.»
Capítulo XIV
REFLEXIONES DE
LUCAS
La señora Church,
tía de Ana Gibbs, era lo que se dice una mujer repulsiva. Su nariz afilada, sus
ojos hundidos y su mala lengua daban náuseas. Lucas adoptó modales corteses y
tuvo un éxito inesperado.
—Lo que tiene que
hacer —le dijo— es responder a mis preguntas lo mejor que sepa. Si me oculta
algo, o me miente, las consecuencias pueden ser muy serias para usted.
—Sí, señor. Ya
comprendo. Estoy deseando decirle todo lo que sepa. Nunca me he visto mezclada
con la policía...
—Ni quiera
estarlo... —concluyó Lucas—. Pues bien, si hace lo que le he dicho no habrá
necesidad de eso. Deseo que me hable de su sobrina... qué amigos tenía... el
dinero que ganaba... y todo lo que dijo, que pudiera darnos una pista.
Empezaremos por sus amistades. ¿Quiénes
eran?
La señora Church le
dirigió una recelosa mirada por el rabillo del ojo.
—Se refiere a sus
amigos, ¿verdad?
—¿Tenía amigas
también?
—Pues, apenas.
Claro que conocía algunas chicas que habían trabajado con ella... pero Ana no
las trataba mucho. Verá usted...
—Prefería el sexo
masculino. Continúe.
—Últimamente iba
con ese muchacho del garaje, Jaime Harvey. Es un chico muy atractivo y fuerte.
«No podías haber elegido mejor», le dije muchas veces.
—¿Y los otros? —la
atajó Lucas.
De nuevo le dirigió
su repulsiva mirada.
—Supongo que se
refiere al caballero de la tienda de antigüedades. ¡No me gustaba nada, señor,
se lo digo sinceramente! Siempre he sido una mujer muy respetable y no soporto
a esos conquistadores. Pero las muchachas de hoy en día no hacen caso de lo que
se les dice. Hacen sólo su voluntad, y a menudo tienen que arrepentirse.
—¿Y Ana, tuvo que
arrepentirse? —preguntó el policía bruscamente.
—No, señor... eso
no lo creo.
—Fue a visitar al
doctor Thomas el día de su muerte. ¿No sería por esa razón?
—No, señor. Estoy
segura de que no fue. ¡Oh! ¡Puedo jurarlo! Ana no se encontraba bien, pero era
un simple resfriado con mucha tos. No era nada de lo que usted sugiere. Estoy
segura.
—La creo, si usted
lo dice. ¿Hasta dónde habían llegado sus relaciones con Ellworthy?
—No puedo decírselo
exactamente, señor. Ana no confiaba en mí.
—¿Pero estaban muy
avanzadas?
La señora Church
repuso suavemente:
—Ese caballero no
tiene muy buena reputación. Cuando vienen sus amigos de la ciudad hacen cosas
muy extrañas a medianoche, en el Prado de las Brujas.
—¿Iba también Ana?
—Creo que fue una
vez. Pasó toda la noche fuera de casa y Su Señoría se enteró (entonces
trabajaba en su casa) y le habló muy severamente, ella le contestó y la
despidieron, como era de esperar.
—¿Le hablaba de lo
que sucedía en las casas donde estuvo empleada?
—No mucho, señor.
Le interesaban más sus propias andanzas.
—Estuvo bastante
tiempo en casa del comandante Horton, ¿verdad?
—Cerca de un año.
—¿Por qué se
marchó?
—Por mejorar. Había
una plaza libre en la Casa de los Fresnos y, naturalmente, el sueldo era mayor.
—¿Estuvo en casa de
los Horton cuando murió la señora? —preguntó Lucas.
—Sí, señor. Y
estaba bastante fastidiada... con las dos enfermeras y el trabajo que le daban,
las bandejas y unas cosas y otras.
—¿No estuvo en casa
del abogado señor Abbot?
—No, señor. El
señor Abbot tiene un matrimonio que le cuida. Ana fue a verle una vez a su
oficina, aunque ignoro para qué.
Lucas consideró
este dato muy interesante. Y aunque era evidente que la señora Church sabía
algo más sobre eso, no siguió con el tema.
—¿Había otros
caballeros que fuesen amigos suyos?
—Pues ninguno que
pueda tomarse en consideración.
—Vamos, señora
Church. Recuerde que tiene que decirme la verdad.
—Es que no era un
caballero, señor, ni nada parecido. Le dije que se estaba rebajando a sí misma.
—¿Quiere explicarse
más claramente, si le es posible, señora Church?
—¿Ha oído hablar de
las «Siete Estrellas»? No es un sitio recomendable, y el tabernero, Enrique
Carter, un individuo de lo más bajo, que pasaba la mayor parte del día
borracho.
—¿Ana era amiga
suya?
—Salió de paseo con
él un par de veces. No creo que hubiera más, desde luego.
Lucas asintió
pensativo y cambió el rumbo de la conversación.
—¿Conoció usted a
un muchachito llamado Tomás Pierce?
—¿Quién? ¿El hijo
de la señora Pierce? Claro que sí. Siempre estaba haciendo diabluras.
—¿Se metió mucho
con Ana?
—Oh, no, señor. Ana
le hubiera despachado con un buen tirón de orejas si hubiese intentado hacer de
las suyas.
—¿Estaba ella
satisfecha de su empleo en casa de la señorita Waynflete?
—Lo encontraba un
poco aburrido, y el sueldo no era mucho. Pero después que la despidieron de la
Casa de los Fresnos, no era fácil encontrar otro buen empleo.
—Podría haberse
marchado a otro sitio.
—¿A Londres, quiere
decir?
—O a cualquier otra
parte del país.
La señora Church
meneó la cabeza, diciendo despacio:
—Ana no quería
marcharse de Wychwood... tal como estaban las cosas.
—¿Qué quiere
insinuar?
—Me refiero a Jaime
y a ese caballero de la tienda de antigüedades.
Lucas asintió,
meditativo. La señora Church prosiguió:
—La señorita
Waynflete es una mujer muy simpática, si bien tiene algunas manías. Quiere que
el metal y la plata estén siempre relucientes, que no haya ni una mota de polvo
y que se dé vuelta a los colchones cada día. Ana no hubiese podido soportarla
si no se hubiese divertido de otras formas.
—Me lo imagino
—dijo Lucas con sequedad.
Repasó sus
preguntas en su mente. No veía por dónde seguir. Estaba seguro de que no había
sacado todo lo que sabía de la señora Church. Se decidió a hacer una última
tentativa.
—Supongo que habrá
adivinado el motivo de este interrogatorio. Las circunstancias que rodean la
muerte de Ana fueron bastante misteriosas. No estamos convencidos de que fuese
un accidente. Si no lo fue, ya sabe lo que debió ser.
—¡Asesinato! —dijo
la señora Church con cierto placer.
—Exacto. Ahora,
suponiendo que su sobrina fue asesinada, ¿quién cree usted que fue el
responsable?
La señora Church se
limpió las manos en su delantal.
—Debe de haber una
recompensa por dar informaciones que conduzcan a la policía a la verdadera
pista —insinuó.
—Puede que la haya
—repuso Lucas.
—No quisiera decir
nada concreto —La señora Church se pasó la lengua por sus resecos labios—. Pero
el caballero de la tienda de antigüedades es muy extraño. Recuerdo el caso
Castor... cómo encontraron a la pobre chica hecha pedacitos en la cabaña de
Castor, junto al mar, y cómo descubrieron que otras cinco o seis muchachas
habían muerto de la misma forma. Puede que el señor Ellworthy sea uno de esos
tipos.
—¿Ésa es su
opinión?
—Bueno, pudiera
ser, ¿no le parece?
Lucas lo admitió
antes de decir:
—¿Estuvo ausente el
señor Ellworthy el día del Derby? Es un detalle muy importante.
—¿El día del Derby?
—se extrañó la señora Church.
—Sí... el viernes
hizo quince días.
—La verdad, no
puedo responder a esa pregunta. Acostumbraba ausentarse los viernes... Unas
veces iba a la ciudad y otras no. Los viernes se cierra más pronto.
—¡Oh! —dijo Lucas—.
Cierran más temprano.
Se despidió de la
señora Church, desentendiéndose de sus insinuaciones de que su tiempo era muy
valioso y que esperaba recibir una compensación. Le disgustaba intensamente la
señora Church. Sin embargo, su conversación, aunque no le había dado nuevas luces,
le había proporcionado algunos detalles interesantes.
Repasó todos los
datos de los cuatro personajes. Thomas, Abbot, Horton y Ellworthy. La actitud
de la señorita Waynflete parecía probarlo.
Su reserva y
repugnancia por mencionar un nombre debía significar que la persona en cuestión
era vecino de Wychwood, alguien a quien una sola insinuación podría perjudicar.
Y coincidía con la determinación de la señorita Pinkerton de ir directamente a
Scotland Yard. La policía local hubiese considerado ridícula su historia.
Y no podía ser el
carnicero, ni el panadero, ni el cerero, ni un mero mecánico de un garaje, sino
alguien para quien una acusación de asesinato resultaba algo fantástico y
además un asunto muy serio.
Había cuatro
posibles candidatos. Así, él tenía que repasar con sumo cuidado el caso y tomar
una determinación.
Primero examinó la
reserva de la señorita Waynflete. Era una persona consciente y escrupulosa.
Creía conocer al hombre de quien sospechara la señorita Pinkerton, pero eso
era, como bien dijo una suposición. Era fácil que estuviese equivocada.
¿En quién pensaba
la señorita Waynflete?
Le turbaba el
pensar que su acusación pudiera calumniar a un inocente. Además debía tratarse
de un hombre de posición, apreciado y respetado por la vecindad.
Por lo tanto, esto
eliminaba automáticamente a Ellworthy. Era casi un forastero, y su reputación
mala, no buena. Lucas creía que si Ellworthy hubiese sido la persona que la
señorita Waynflete tenía en su mente, no hubiera tenido inconveniente en
decírselo. Así que, por lo que respecta a la señorita Waynflete, quedaba
eliminado Ellworthy.
Ahora había que
seguir con los demás. Lucas consideraba que podía eliminar también al
comandante Horton. La señorita Waynflete rechazó calurosamente la idea de que
hubiese podido envenenar a su esposa. Si le hubiera considerado capaz de
cometer otros crímenes no estaría tan segura de su inocencia en la muerte de la
señora Horton.
Quedaban el doctor
Thomas y el señor Abbot. Ambos cumplían todos los requisitos. Eran hombres de
buena posición, y nadie osaría levantar un escándalo contra ellos. Eran bien
vistos, apreciados, tenidos por personas rectas y honradas.
Lucas consideró
otro aspecto del asunto. ¿Podía eliminar a Ellworthy y Horton? En el acto pudo
ver que no era tan fácil. La señorita Pinkerton supo, de verdad, quién era el
asesino. Lo cual estaba probado, en primer lugar, por su muerte, y en segundo,
por el fallecimiento del doctor Humbleby. Pero no se lo dijo a Honoria
Waynflete. Por lo tanto, aunque ésta supiese quién era, podía equivocarse con
facilidad. Muchas veces suponemos lo que piensan otras personas... pero algunas
nos equivocamos.
Por todo lo cual
los cuatro presuntos culpables continuaban en la balanza. La señorita Pinkerton
había muerto y no podía ayudarle. Tenía que hacer lo que hiciera el día antes
de llegar a Wychwood, esto es, pesar las pruebas evidentes y considerar todas las
posibilidades.
Comenzó por
Ellworthy. Aparentemente era el mejor: anormal y de perversa personalidad.
Podía ser lo que se llama «un asesino morboso».
«Hagámoslo así —se
dijo Lucas—. Sospechemos de cada uno por turno. Por ejemplo, Ellworthy.
¡Pensemos que el asesino era él! De momento, tomémoslo como cierto. Y ahora
consideremos a las posibles víctimas por orden cronológico. Primero la señora
Horton. Es difícil saber qué motivos pudieron impulsarle a librarse de ella.
Pero hubo un medio. Horton habló de una pócima que le hizo tomar. Pudo poner
arsénico y hacérselo tomar por este conducto. La pregunta... ¿Por qué?
»Ahora veamos las
demás. Ana Gibbs. ¿Por qué mató Ellworthy a Ana Gibbs? ¡La evidente razón es
porque estorbaba! Tal vez le amenazó por incumplimiento de promesa. O puede que
habiendo asistido a una de las orgías, le amenazase por contarlo. Lord Whitfield
tenía bastante influencia en Wychwood, y según Brígida, era un hombre muy
moral. Podía haber descubierto lo de las reuniones y prohibirlas. Por lo tanto
tuvo que eliminar a Ana, aunque el método empleado no correspondía al de un
asesino sádico.
»¿Quién sigue
ahora? ¿Carter? ¿Por qué Carter? Era poco probable que conociera la celebración
de las orgías. ¿O se lo había dicho Ana? ¿Estaría mezclada su bella hija? ¿Le
hizo el amor Ellworthy? Debía entrevistarse con Lucía Carter. Quizás insultase
a Ellworthy, y éste se ofendiera. Quien ha cometido dos o tres asesinatos no
debe precisar demasiados motivos para cometer otro.
»Ahora sigue Tomás
Pierce. ¿Por qué mató Ellworthy a Tomás Pierce? Muy fácil. Tomás había asistido
a uno de los rituales de medianoche, y le amenazó con contarlo. Quizá lo
hubiese hecho, y por ello le cerró la boca para siempre.
»Doctor Humbleby.
¿Por qué le mató Ellworthy? ¡Éste es el más sencillo de todos! Humbleby era
médico y había notado que su mentalidad no era normal. Puede que se dispusiese
a hacer algo, y por eso le eliminó. El médico era algo desconcertante. ¿Cómo
supo que moriría por envenenamiento de la sangre? ¿O murió de otra cosa? ¿Fue
mera coincidencia lo del envenenamiento por el rasguño en su dedo?
»La última del lote
era la señorita Pinkerton. Los viernes se cierra más temprano. Ellworthy pudo
haber ido a la ciudad ese día. Me figuro que en un coche. Nadie le vio, pero
eso no prueba nada. Pudo saber que la señorita Pinkerton sospechaba de él y no quiso
dar ocasión a que Scotland Yard creyera su historia, donde puede que ya le
conocieran.
ȃste es el caso
contra Ellworthy. Ahora veamos su defensa. En primer lugar no es el hombre,
según la señorita Waynflete, de quien pudo sospechar la señorita Pinkerton, y
por otra parte no encaja... en la vaga impresión que de él tengo. Al oírla me
imaginé un hombre muy distinto a Ellworthy. Un hombre normal... fuera de toda
sospecha, es decir, una persona de quien nadie sospecharía. Ellworthy no
inspira esa confianza. No. Más bien saqué la impresión de un hombre como... el
doctor Thomas.
»Veamos. ¿Qué hay
del doctor Thomas? Le eliminé de la lista después de mi entrevista. Es un
sujeto muy simpático y de aspecto inofensivo. Pero la principal característica
del criminal, a menos que estuviese completamente equivocado, es que debe ser
una persona así. ¡La última a quien uno considera un asesino! Lo cual es
exactamente lo que se piensa al ver al doctor Thomas.
»Ahora sigamos
repasando. ¿Por qué mató el doctor Thomas a Ana Gibbs? La verdad es que no me
parece probable que lo hiciera, pero ella fue a verle aquel mismo día y fue
quien le dio la botella del jarabe para la tos. Supongamos que fuese ácido
oxálico. ¡Hubiese sido muy sencillo...!
¿A quién llamaron cuando la encontraron en aquel estado, a Humbleby o a Thomas?
De haber sido Thomas pudo llevar una botella vieja de barniz y ponerla sobre la
mesa sin que se percatasen... y llevarse las dos botellas para analizarlas.
¡Todo eso puede hacerse si se tiene suficiente sangre fría!
»¿Tomás Pierce?
Tampoco veo una razón plausible. Es lo más difícil de nuestro doctor Thomas. No
encuentro ni siquiera un motivo absurdo. ¿Y Carter? ¿Por qué habría de querer
hacerle desaparecer? Lo único posible es que Ana, Tomás y el tabernero, sabían
alguna cosa del doctor Thomas que debieran ignorar. ¡Ah! Supongamos que esa
cosa fue la muerte de la señora Horton. Él era su médico. Y murió de una
inesperada recaída. Pudo producírsela con facilidad. Recordemos que Ana Gibbs
estaba en la casa por aquel entonces. Pudo ver u oír lo sucedido. Eso
explicaría su muerte. Sabemos que Tomás Pierce era muy entrometido, y no es de
extrañar que se enterara. Ahora interviene Carter. Ana Gibbs se lo diría, y él
debió repetirlo ante los contertulios, por lo que Thomas quiso hacerle callar.
Todo esto, claro, son meras conjeturas. ¿Pero qué otra cosa puedo hacer? Ahora
vamos con Humbleby. ¡Ah! Por fin llegamos a una víctima perfectamente
explicable por los motivos y el medio empleado. Nadie mejor que el doctor
Thomas pudo producir el envenenamiento de la sangre de su colega, infectando la
herida, cada vez que le vendaba. Quisiera que las otras muertes estuviesen algo
más explicadas.
»¿Y la señorita
Pinkerton? Es algo más difícil, y sin pruebas definitivas. El doctor Thomas
estuvo ausente de Wychwood buena parte del día. Dijo que fue a atender un
parto. Puede ser. Pero subsiste el hecho de que salió del pueblo en coche.
»¿Algo más? Sí, una
cosa. La mirada que me dirigió cuando salía de su casa el otro día.
"Superior, condescendiente, con la sonrisa de un hombre que se sabe
suficiente."
Lucas suspiró, y
menando la cabeza se dispuso a seguir sus razonamientos.
«¿Abbot? También es
un hombre a propósito. Normal, educado, respetable, el último de quien se
sospecharía... etc., etc. Engreído y resuelto. ¡Los asesinos acostumbran a
serlo! Tienen un complejo de superioridad. Creen que nadie ha de descubrirlos.
Ana Gibbs fue a verle. ¿Para qué? ¿Tal vez quería un consejo profesional? ¿O
fue por un asunto íntimo? Tomás vio "una carta de una dama". ¿Sería
suya? ¿O era una carta escrita por la señora Horton de la que se había
apoderado Ana Gibbs? ¿Qué otra señora o señorita podía haber escrito al señor
Abbot una carta tan personal que le hizo perder el dominio de sus nervios
cuando la leyó el botones? ¿Qué más podemos pensar de Ana Gibbs? ¿El barniz de
sombreros? Sí, era muy propio de Abbot emplear un color tan pasado de moda. Los
hombres como él siempre ignoran lo que llevan las mujeres. ¿Y Tomás Pierce?
Evidentemente... por lo que respecta a la carta debía ser muy interesante.
¿Carter? ¿Hubo alguna discusión, por causa de la hija de Carter? Abbot no
estaría dispuesto a dar un escándalo porque un rufián como Carter se atreviese
a amenazarle. ¡Él, que acababa de cometer dos asesinatos! ¡Pues otro más, y
aquí no ha pasado nada! La noche era oscura y bastó un empujón. La verdad es
que esto de asesinar es casi demasiado fácil.
»¿He conseguido
captar la mentalidad de Abbot? Creo que sí. Vio que una anciana le miraba con
recelo... que sospechaba de él... Luego Humbleby. ¡Pobre Humbleby, osando
descubrir a Abbot el asesino inteligente! ¡Qué poco imaginaba lo que iba a
ocurrirle!
»¿Y luego, qué?
Volvamos a la mirada de Lavinia Pinkerton. Comprendió que sus ojos acababan de
delatarle. Él, que confiaba en no levantar sospechar, había confesado su
culpabilidad. La señorita Pinkerton conocía su secreto... Lo que había hecho...
Sí, pero no tenía pruebas. Mas, ¿y si las buscaba? Supongamos que hablase...
Supongamos que fuese un buen psicólogo y hubiera adivinado lo que se disponía a
hacer. Si iba a Scotland Yard con su historia pudiera ser que la creyesen... y
empezasen a hacer averiguaciones. Había que impedirlo. ¿Salió en coche de
Wychwood o alquilaría uno en Londres? Sea como fuere, el caso es que estuvo
lejos del puente el día del Derby.»
De nuevo hizo Lucas
una pausa. Estaba tan absorto en su trabajo que se le hacía difícil hacer una
transición entre cada uno de los sospechosos. Tuvo que esperar un minuto, antes
de imaginar al comandante Horton como presunto asesino.
«Horton mató a su
esposa. ¡Comenzamos por ahí! Tuvo sobrados motivos, y además, ganó mucho con su
muerte. Para poder llevar a cabo con éxito su plan tuvo que simular estar muy
enamorado. Y algunas veces creo que exageró un poco.
»Perfecto, un
crimen cometido impunemente. ¿Quién sigue ahora? Ana Gibbs. Sí, muy verosímil.
Ana estaba en su casa, pudo ver algo... por ejemplo, cómo administraba un
soporífero a su esposa en una taza de té. Tal vez ella no comprendió el
significado hasta mucho después. El truco del barniz para sombreros podía
habérsele ocurrido al comandante, hombre muy masculino, poco al corriente de
los gustos femeninos.
»¿Y el borracho
Carter? La misma sugestión anterior. Ana debió decírselo. Otro al que no había
más remedio que eliminar.
»Ahora Tomás
Pierce. Tenemos que volver a insistir en que era muy entrometido. La carta que
leyó en el despacho del señor Abbot, ¿no pudo ser la confesión de la señora
Horton de que su esposo la estaba envenenando? Es sólo una atrevida suposición,
pero pudo ser. De esta manera, el comandante cae en la cuenta de que Tomás es
una amenaza; así que sigue la misma suerte de Ana y Carter. ¿Es fácil asesinar?
¡Cielos, vaya si lo es!
»Pero ahora
llegamos a un punto más difícil. ¡Humbleby! ¿Motivos? Muy pocos, Humbleby
atendía primero a la señora Horton. No supo comprender su enfermedad. ¿No
influiría Horton en su esposa para que cambiase de médico? Thomas era más
joven... menos suspicaz... De ser así, ¿por qué se convirtió en peligroso tanto
tiempo después? Ahí está la dificultad, en el motivo de su muerte, y en el
medio: una herida infectada. Todo ello no se relaciona con el comandante
Horton.
»¿Y la señorita
Pinkerton? Era muy posible. Tenía coche. Yo lo vi. Y ese día no estuvo en
Wychwood, se supone que fue al Derby. Puede ser. ¿Será Horton un asesino de
sangre fría? ¿Lo es? Me gustaría saberlo...»
Lucas repasó sus
deducciones desde el principio. Su ceño fruncido demostraba el esfuerzo mental
que realizaba.
«Es uno de ellos...
No creo que sea Ellworthy; pero ¡quién sabe! ¡Es el más sospechoso! Thomas el
menos probable... a no ser por el medio empleado en la muerte de Humbleby. El
envenenamiento de la sangre indica un asesino científico. Pudo ser Abbot... no
hay tantas pruebas contra él como contra los demás, pero encaja. ¡Y pudo ser
Horton! Dominado durante años por su esposa, consciente de su
insignificancia... sí pudo ser. Mas la señorita Waynflete no opina así, y no es
tonta... le conoce... y vive en este pueblo, seguramente.
»¿De quién
sospecha, de Abbot o de Thomas? Debe ser uno de los dos... Si se lo hubiese
preguntado directamente puede que me lo hubiese dicho.
»Puede estar
equivocada. ¿Cómo probar que tiene razón...? Lo que necesito son pruebas. Si se
cometiera otro asesinato... sólo uno más... entonces lo sabría...»
—¡Dios mío! —dijo
por lo bajo—. Lo que estoy pidiendo es otra muerte...
Y se detuvo
sobresaltado ante su idea.
Capítulo XV
EXTRAÑA CONDUCTA
DEL CHÓFER
En la barra del bar
«Las Siete Estrellas», Lucas bebía una cerveza con bastante embarazo, a causa
de los seis pares de ojos que seguían sus menores movimientos. Las
conversaciones cesaron al verle entrar. Lucas hizo algunos comentarios de
interés general, como son las cosechas, el tiempo, el fútbol, pero no halló
respuesta.
Sólo le quedaba el
recurso de piropear a la bella muchacha de cabellos negros y rojas mejillas que
servía tras el mostrador, y que supuso era Lucía Carter.
Sus amables frases
fueron recibidas de buen grado. La señorita Carter rió al decir:
—¡Vamos! ¡Apuesto a
que no piensa lo que dice! —y otras cosas por el estilo.
Viendo que no
sacaba nada quedándose, terminó su cerveza y salió. Una vez junto al río se
detuvo en el lugar donde estaba el puente. Una voz dijo a sus espaldas:
—Aquí es donde cayó
el viejo Enrique.
Lucas se giró en
redondo, encontrándose ante uno de los contertulios, precisamente el más
silencioso. Por lo visto, ahora se disponía a divertirse guiándole al tétrico
lugar.
—Fue a parar encima
del barco —le dijo el campesino—. Y quedó cabeza abajo.
—Es extraño que
pudiera caerse desde aquí —comentó Lucas.
—Estaba bebido
—dijo el otro con indulgencia.
—Sí, pero debía de
haber pasado muchas veces por este sitio en ese mismo estado.
—Casi todas las
noches —dijo el improvisado guía—. Siempre estaba borracho.
—Puede que alguien
le empujara —dijo Lucas como si se le acabara de ocurrir.
—Pudiera ser. Pero
no sé quién.
—Debió tener
algunos enemigos. ¿No dicen que tenía bastante mal genio cuando andaba bebido?
—¡Daba miedo oírle!
No medía sus palabras. Pero nadie empujaría a un hombre borracho.
Lucas no discutió
esta opinión. Era evidente que no es muy divertido aprovecharse de la
inferioridad de un hombre en este estado. El campesino parecía afectado por el
recuerdo.
—Fue una lamentable
desgracia —dijo Lucas.
—Para sus
familiares no —dijo el viejo—. Su esposa y Lucía no tienen por qué estar
tristes.
—Puede que haya
otras personas que se alegren de su muerte.
El viejo no parecía
estar muy seguro.
—Puede ser —dijo—;
pero nunca quiso mal a nadie.
Y con este epitafio
dedicado al fallecido señor Carter se separaron.
Lucas dirigió sus
pasos al antiguo Ayuntamiento. Las dos habitaciones de la fachada estaban
dedicadas a la biblioteca. Lucas entró por la parte de atrás y por una puerta
en la que se leía «Museo». Una vez dentro, fue de una vitrina a otra
contemplando lo que en ellas se exhibía.
Algo de alfarería
romana y monedas. Curiosidades de los mares del Sur y un tocado de cabeza
malayo. Varios ídolos indios «donados por el comandante Horton», junto con un
Buda de aspecto malvado y una vitrina llena de abalorios de dudosa procedencia
egipcia.
Lucas dirigióse al
vestíbulo. No había nadie. Sin hacer ruido subió la escalera, hasta llegar a
dos habitaciones llenas de revistas, periódicos y libros.
Subió un piso más.
Otras dos estancias repletas de lo que él llamaba cachivaches: pájaros
disecados, retirados del museo por los desperfectos ocasionados por la polilla,
montones de revistas deterioradas y estantes cubiertos de trabajos pasados de
moda y libros infantiles.
Se aproximó a la
ventana. Tomás Pierce se había sentado allí, silbando, para limpiar los
cristales, y entonces debió entrar el asesino.
Sí. Alguien había
entrado. Tomás se afanaría en la limpieza; la persona en cuestión se fue
aproximando a él, mientras hablaba, y le dio un empujón.
Lucas, dando media
vuelta, se dispuso a desandar lo andado y no se detuvo hasta llegar al
vestíbulo. Nadie le había visto entrar por la puerta, ni nadie le vio subir la
escalera.
—¡Cualquiera pudo
hacerlo! —díjose—. Es la cosa más sencilla del mundo.
Se oyeron pasos
procedentes de la biblioteca. Puesto que era inocente y no tenía por qué
ocultarse, quedóse donde estaba. Si no hubiese querido ser visto, ¡fácil
hubiera sido entrar en el museo!
La señorita
Waynflete venía de la biblioteca con un montón de libros bajo el brazo. Se
estaba calzando los guantes, y parecía feliz y satisfecha. Al verle se iluminó
su semblante y exclamó:
—¡Oh, señor
Fitzwilliam!... ¿Ha estado viendo el museo? No tenemos muchas cosas
interesantes. Lord Whitfield quiere traernos algunas realmente buenas.
—¿Sí?
—Sí, algo moderno,
¿sabe usted?, y de actualidad, como tienen en el museo de Londres. Modelos de
aeroplanos, locomotoras y algo de química.
—Eso quizá lo
animará.
—Sí. No creo que un
museo deba tratar solamente de cosas antiguas, ¿no le parece?
—Tal vez.
—Luego podían
ponerse algunas muestras alimenticias... calorías y vitaminas... y todo eso.
Lord Whitfield ha tenido un gran acierto con su última campaña de este año.
—Eso le oí decir la
otra noche.
—Es el tema de la
actualidad, ¿no le parece? Lord Whitfield me contó que había visitado el
Instituto Wellerman... donde vio tantos gérmenes y bacterias... Me daban
escalofríos. Me habló de mosquitos, enfermedades del sueño y otras cosas
demasiado complicadas para mí.
—Probablemente lo
serán para él también —-dijo Lucas riendo—. Apuesto a que lo entendió todo mal,
usted tiene una inteligencia mucho más clara que él, señorita Waynflete.
—Es usted muy
amable, señor Fitzwilliam, pero me temo que las mujeres somos muy inferiores al
hombre.
Lucas contuvo su
deseo de hablar mal de lord Whitfield. Y en vez de eso dijo:
—He visitado el
museo y luego me subí a echar una ojeada a las ventanas de arriba.
—¿Quiere usted
decir donde Tomás...? —La señorita Waynflete se estremeció—. Es horrible.
—Sí. No es un
recuerdo agradable. He pasado cerca de una hora con la señora Church..., tía de
Ana. ¡Qué mujer tan desagradable!
—Desde luego.
—He tenido que
darme importancia —dijo Lucas—. Me parece que me debe creer un superpolicía.
Se detuvo al ver el
cambio de expresión de la señorita Waynflete.
—Señor Fitzwilliam,
¿cree usted que hizo bien?
Lucas repuso:
—La verdad es que
no lo sé. Creo que era inevitable. La historia de escribir un libro se
agotaba... no podía seguir con ella. Tuve que preguntarle gran cantidad de
cosas sin rodeos.
La señorita
Waynflete meneó la cabeza con la misma expresión de inquietud.
—En un sitio como
éste, ya sabe, todas las cosas circulan con gran rapidez.
—Quiere usted decir
que todo el mundo dirá, cuando me vean doblar una esquina: «Ahí va el
detective.» No creo que me importe. Así podré averiguar muchas más cosas.
—No pensaba en eso
—La señorita Waynflete parecía algo impaciente—. Me refiero a... que él sabrá
que está sobre su pista.
—Lo supongo.
—Pero ¿no ve... que
es peligrosísimo para usted? ¡Es horrible!
—Quiere decir...
—Lucas comprendió su punto de vista—. ¿Que el asesino intentará eliminarme?
—Sí.
—Es curioso —repuso
Lucas—. No se me había ocurrido. Y creo que tiene razón. Bueno, eso es lo mejor
que puede ocurrir.
—¿No se da usted
cuenta de que es un hombre muy listo? ¡Y prevenido! Recuerde que tiene mucha
experiencia... tal vez más de lo que suponemos.
—Sí —dijo Lucas,
pensativo—. Eso indudablemente es probable.
—¡No me gusta nada!
La verdad es que estoy muy asustada.
—No necesita
inquietarse —dijo Lucas amablemente—. Le aseguro que estaré alerta. ¿Sabe?, he
reducido mucho el círculo de sospechosos. Tengo una ligera idea de quién es el
asesino...
Ella le miró
sorprendida. Lucas se le acercó para susurrarle:
—Señorita
Waynflete, si le pidiera que me dijese cuál de los dos considera que es: el
doctor Thomas o el señor Abbot... ¿Qué me contestaría?
—¡Oh!... —repuso la
señorita Waynflete apoyando sus manos sobre el pecho. Dio un paso atrás
mirándole con una expresión mezcla de impaciencia y algo más que no supo
interpretar.
—No puedo decir
nada.
Y se volvió con una
especie de sollozo.
Lucas se resignó.
—¿Va para casa? —le
preguntó.
—No. Iba a llevar
estos libros a la señora Humbleby. Queda a medio camino de Los Fresnos. Podemos
ir juntos.
—Encantado —dijo
Lucas.
Bajaron la
escalera, y una vez fuera se dirigieron a la parte izquierda del prado.
Lucas volvióse para
mirar la silueta majestuosa del edificio que acababan de abandonar.
—Debió ser una casa
preciosa en tiempo de su padre —le dijo.
—Sí, fuimos muy
felices aquí —suspiró—. Me alegro tanto de que no la hayan derruido, como hacen
con la mayoría de las casas antiguas.
—Sí. Es una
lástima.
—Y la verdad es que
las que construyen no son tan bonitas.
—Y dudo que duren
tanto tiempo.
—Naturalmente —dijo
la señorita Waynflete— las nuevas son más cómodas... no cuestan tanto, ni
tienen tantos pasillos que limpiar.
Lucas asentía.
Al llegar a la casa
del doctor Humbleby, la señorita Waynflete dijo:
—Hace una tarde
espléndida. Si no le importa, voy a seguir un poco más en su compañía. Me
encanta respirar este aire.
Aunque algo
sorprendido, Lucas expresó su complacencia con una frase cortés. No era
precisamente una tarde apacible. Soplaba un fuerte viento, que doblaba las
hojas de los árboles. Según su parecer, no tardaría en estallar una tormenta.
A pesar de todo, la
señorita Waynflete caminaba a su lado muy contenta, sujetando su sombrero con
la mano y charlando animadamente.
Tomaron un sendero
solitario, que acortaba la distancia desde la casa del doctor Humbleby hasta
los Fresnos, aunque no iba hasta la puerta principal, sino a una entrada de la
parte de atrás. Aquélla tenía una verja de hierro entre dos grandes pilares rematados
por una piña enorme de piedra. Lucas no se explicaba por qué las pusieron. Lord
Whitfield debió considerarlas signo de distinción y buen gusto.
Al acercarse a la
casa llegó hasta ellos el rumor de voces airadas. Momentos después vieron a
lord Whitfield y a un joven con uniforme de chófer.
—¡Queda usted
despedido! —gritaba lord Whitfield—. ¿Lo oye? ¡Está despedido!
—Si quisiera
perdonarme por esta vez... milord... no volverá a suceder.
—¡No, no le
perdono! ¡Salir en mi coche! ¡Mi coche..., y lo que es peor, borracho..., sí,
no lo niegue! Hay tres cosas que no tolero en mi finca..., una es el exceso en
la bebida..., otra la inmoralidad y la tercera las impertinencias.
Aunque el joven no
estaba borracho en aquel momento, no pudo contenerse y cambió de modales
seguidamente.
—¡Conque no
consiente esto, ni lo otro, perro impostor! ¡Su finca! ¿Es que ignoramos que su
padre tenía una zapatería? Nos hace morir de risa al verle cacarear como un
gallo. ¿Quién es usted? Me gustaría saberlo. No es mejor que yo. Eso es.
Lord Whitfield
tornóse del color de la púrpura.
—¿Cómo se atreve a
hablarme así? ¿Cómo se atreve?
El joven dio un
paso hacia delante en actitud amenazadora.
—Si no fuese un
miserable le pegaría un buen golpe en la mandíbula..., ya lo creo.
Lord Whitfield se
apresuró a retroceder, pero pisó una raíz y quedó sentado en el suelo.
Lucas se había
aproximado.
—Salga usted de
aquí —le dijo duramente al chófer.
Éste pareció
recobrarse.
—Lo siento, señor.
No sé lo que me ha pasado, se lo aseguro.
—Yo diría que lleva
un par de copas de más —le dijo Lucas, ayudando a levantarse a lord Whitfield.
—Le... le ruego me
perdone —tartamudeó el hombre.
—Se arrepentirá de
esto, Rivers —repuso lord Whitfield con voz temblorosa por la ira.
El joven vaciló
unos momentos, y al cabo echó a andar despacio.
—¡Valiente
impertinente! —exclamó el dueño de la casa—. ¡Hablarme así! ¡Le va a pasar algo
muy serio! No tiene respeto... ni sentido de su posición en la vida. Cuando
pienso en lo mucho que he hecho por esta gente... buen sueldo... comodidades...
una pensión cuando se jubilen... Ingratitud... siempre ingratitud... ¡Qué asco!
Entonces se percató de la presencia de la señorita Waynflete, que
permanecía silenciosa.
—¿Eres tú, Honoria?
¡Cuánto lamento que hayas presenciado una escena tan desagradable! Ese hombre
emplea un lenguaje...
—Me parece que no
estaba en sus cabales —dijo miss Waynflete.
—¡Estaba bebido,
eso es, bebido!
—Sólo un poco
alegre —repuso Lucas.
—¿Sabe usted lo que
había hecho? —explicó lord Whitfield, con la mirada fija en ellos—. ¡Cogió mi
coche... mi coche! No pensó que yo regresaría tan pronto. Brígida me llevó a
Lyme en el coche de dos plazas. Y ese sujeto tuvo la desfachatez de llevarse una
muchacha, Lucía Carter según creo, ¡en mi coche! ¿Qué te parece?
—Está muy mal hecho
—repuso la señorita Waynflete.
Lord Whitfield
sintióse comprendido.
—Sí, ¿verdad?
—Pero estoy segura
de que se arrepentirá.
—¡Ya lo creo!
—Le ha despedido,
¿verdad?
Lord Whitfield
asintió con la cabeza.
—Ese individuo
acabará mal. —Y enderezando sus espaldas dijo—: Entremos en casa, Honoria, y
tomarás una copita de jerez.
—Gracias, pero debo
llevar estos libros a la señora Humbleby. Buenas noches, señor Fitzwilliam.
Ahora está usted a salvo.
Le dirigió una
inclinación de cabeza y echó a andar de prisa. Su actitud era la de una
institutriz que acompaña a un niño a una fiesta, y Lucas vióse asaltado por una
idea repentina. ¿Sería posible que le hubiese acompañado para protegerle? Le
parecía ridículo, pero...
La voz de lord
Whitfield interrumpió sus meditaciones.
—Honoria Waynflete
es una mujer muy competente.
—Mucho, ya lo creo.
Su Señoría echó a
andar hacia la casa con bastante dificultad y frotándose la parte dolorida.
De pronto se puso a
reír.
—Honoria y yo
fuimos novios... hace muchos años. Era una muchacha muy atractiva... no tan
flaca como en la actualidad. Ahora me parece extraño. Su familia era la más
aristocrática del lugar.
—¿Sí?
—El coronel
Waynflete presidía la parada militar. Había que saludarle con la mano en la
gorra, sin la menor imperfección. Era más soberbio que Lucifer.
Y de nuevo se puso
a reír.
—¡La que se armó
cuando Honoria les anunció que iba a casarse conmigo! Le dijo que era una
radical y que había que abolir las distinciones de clase. Era una chica muy
valiente.
—¿Así que su
familia deshizo el idilio?
—Pues...
exactamente no —Lord Whitfield frotóse la nariz—. A decir verdad, rompimos por
una discusión. Ella tenía un canario... uno de esos que no paran de cantar...
siempre los he aborrecido... Bueno... ¿para qué hablar de ello? Olvidémoslo.
Y se encogió de
hombros como quien se sacude un recuerdo desagradable, uno de esos recuerdos
molestos, antes de añadir:
—No creo que me lo
perdone jamás. Bueno... puede que sea natural...
—Yo opino que ya le
ha perdonado —dijo Lucas.
—¿De veras? —El
rostro del lord se iluminó—. Ya sabe que la respeto. Es una mujer muy capaz y
toda una señora. Eso es muy importante, incluso en nuestros días. Lleva muy
bien la biblioteca.
De pronto su voz
cambió.
—¡Hola! —dijo—. Ahí
viene Brígida.
Capítulo XVI
LA PIÑA
Al aproximarse
Brígida, Lucas sintió que todos sus músculos se ponían en tensión.
No habían vuelto a
verse a solas desde el día del partido de tenis. De mutuo acuerdo procuraban
evitarse, mas ahora la miró.
Ella se mostraba
tranquila, fría e indiferente.
—Ya empezaba a
preguntarme qué había sido de ti, Gordon —dijo alegremente.
—¡He tenido una
discusión! Ese individuo, Rivers, ha cometido la impertinencia de coger el
«Rolls».
—Lese majeste
—repuso Brígida.
—No me parece bien
que hagas chistes. Esto es serio. Salió con una muchacha.
—¡No creo que le
divirtiera mucho salir solo!
—En mi casa quiero
que todos se comporten con moralidad.
—Hoy en día no se
considera inmoral el pasear en coche con una chica.
—Lo es cuando se
trata de mi coche.
—Lo cual,
naturalmente, constituye algo peor que una inmoralidad. Casi es una
profanación. Pero tú no puedes alterar la atracción física, Gordon. Hay luna
llena, y esta noche es víspera de San Juan.
—¿De veras?
—preguntó Lucas, sorprendido.
Brígida se dignó
mirarle.
—Parece que le
interesa.
—Sí.
—Acaban de llegar
tres personajes extraordinarios —Brígida se dirigió a Lord Whitfield—. Un
hombre vistiendo short, anteojos y una preciosa camisa de seda estampada. Una
señora sin cejas, con una especie de túnica, una libra de abalorios egipcios y
sandalias, y un hombre gordo en traje de verano. ¡Supongo que deben ser amigos
del señor Ellworthy! He leído en un comentario del periódico: «Se rumorea que
esta noche habrá jarana en el Prado de las Brujas.» ¿Será verdad eso?
Lord Whitfield
enrojeció y dijo:
—¡No lo permitiré!
—No puedes
evitarlo, cariño. El Prado de las Brujas es público.
—¡No consentiré que
celebren allí sus danzas rituales! Lo publicaré en la sección «Escándalos».
—hizo una pausa antes de continuar—: Recuérdame que dé una nota a Siddely.
Tengo que ir mañana a la ciudad.
—La campaña de lord
Whitfield contra las brujerías —cantó Brígida—. Las supersticiones del medievo
aún perduran en los pueblecitos.
Lord Whitfield la
miraba con el ceño fruncido, luego dio media vuelta, echando a andar hacia la
casa.
—¡Debías
representar mejor tu papel, Brígida! —dijo Lucas, complacido.
—¿Qué quieres
decir?
—¡Sería una lástima
que perdieras tu empleo! Aún no tienes los mil dólares ni las perlas y
diamantes. Si estuviese en tu lugar aguardaría a que se hubiese celebrado la
ceremonia matrimonial para emplear frases tan sarcásticas.
—¡Piensas tanto,
querido Lucas! —dijo ella mirándole fríamente—. ¡Eres muy amable al inquietarte
por mi porvenir!
—La amabilidad y
consideración han sido siempre mi punto flaco.
—No lo había
notado.
—¿No? ¡Qué raro!
Brígida arrancó una
hoja de una enredadera. Luego quiso saber:
—¿Qué has hecho
hoy?
—Las
investigaciones de costumbre.
—¿Con resultado?
—Sí y no, como
dicen los políticos. A propósito, ¿tienen herramientas en esta casa?
—Supongo que sí.
¿Qué clase de herramientas?
—¡Oh!, tan sólo
unos ganchos manejables. Puedo escogerlos yo mismo.
Diez minutos más
tarde Lucas había seleccionado lo que le interesaba entre el contenido de un
cajón.
—Éstos me irán de
primera —dijo introduciendo en su bolsillo unas ganzúas.
—¿Es que te
propones forzar alguna casa?
—Tal vez.
—No eres muy
comunicativo.
—Después de todo,
mi situación está erizada de dificultades. Estoy en una posición endiablada.
Supongo que debí marcharme después de nuestra entrevista del sábado.
—Si quieres
comportarte como un caballero, desde luego.
—Pero, puesto que
estoy convencido que sigo de cerca la pista de un homicida maniático, me veo
obligado a quedarme. Si se te ocurre alguna razón convincente para marcharme de
aquí y trasladarme a la posada de «Cascabeles y Arlequín», ruego me la comuniques.
—No es posible. Te
creen primo mío. Además, la posada está ocupada por los amigos del señor
Ellworthy. Sólo tiene tres habitaciones.
—Así que me veo
obligado a quedarme, lamentándolo tanto como tú.
—No lo creas
—Brígida le sonrió dulcemente—. Estoy acostumbrada a soportar a mis
admiradores.
—Eso —dijo Lucas—
me ha hecho gracia. Lo que más admiro de ti, Brígida, es la carencia total de
amabilidad. Bien, bien, el amante despreciado va a cambiarse para la cena.
La velada pasó sin
más incidentes. Lucas ganóse la simpatía de lord Whitfield por la aparente
atención con que escuchaba su discurso nocturno.
Cuando pasaron a la
salita, Brígida les dijo:
—Nos han dejado
solas mucho rato, caballeros.
—Lord Whitfield
tiene una conversación tan interesante que se ha pasado el tiempo volando —dijo
Lucas—. Me ha contado cómo fundó su primer periódico.
—Estos arbolitos
frutales en tiestos son una maravilla, Gordon —intervino la señora Anstruther—.
Tengo que probar unos cuantos en la terraza.
La conversación se
fue generalizando.
Lucas retiróse
temprano, aunque no para dormir. Tenía otros planes. Al dar las doce descendió
la escalera con sus zapatillas de tenis para no hacer ruido, y pasando a la
biblioteca se descolgó por una ventana.
El viento seguía
soplando con violencia, aunque en ráfagas intermitentes. Las nubes cruzaban el
cielo, cubriendo la luna de modo que de cuando en cuando la oscuridad alternaba
con su brillante luz.
Lucas, dando un
rodeo, se dirigió al establecimiento del señor Ellworthy. Halló el camino libre
para proceder a una pequeña inspección. Estaba casi seguro de que el dueño y
sus amigos estarían ausentes en una fecha como aquélla. Víspera de San Juan.
Según Lucas, debía ser muy apropiada para sus ceremonias; por lo tanto, era una
buena ocasión para inspeccionar la casa del señor Ellworthy.
Tras saltar una
tapia se halló en la parte posterior de la casa, y sacando las herramientas de
su bolsillo seleccionó la que creyó conveniente. Una ventana se ofrecía a sus
propósitos. Pocos minutos después había saltado el pestillo, y entraba en su
interior.
Iba provisto de una
linterna y su luz le permitió explorar el camino que debía seguir, evitando
tropezar con los muebles.
Un cuarto de hora
más tarde se hallaba convencido de que no había nadie en la casa. El
propietario estaba fuera ocupado en sus propios asuntos.
Lucas sonrió
satisfecho, dispuesto a comenzar su tarea.
En un cajón de un
mueble encontró unas pinturas, muestras de los esfuerzos artísticos del señor
Ellworthy, que le hicieron alzar las cejas con un silbido. Su correspondencia
no le dijo nada, pero algunos de sus libros, amontonados en la parte de atrás
de un armario, llamaron su atención.
Además de esto,
encontró tres detalles interesantes. El primero, una nota escrita con lápiz en
una libretita: «Acabé con Tomás Pierce...» y con fecha de dos días después de
la muerte del muchacho. El segundo, un boceto a lápiz de Ana Gibbs atravesado
por una cruz roja, hecha, sin duda, con furia. Y el tercero, una botella de
jarabe para la tos. Ninguna de estas cosas era una prueba decisiva, pero juntas
constituían una esperanza.
Lucas comenzaba a
colocar las cosas en su lugar cuando, de repente, quedó inmóvil e
inmediatamente apagó la linterna.
Acababa de oír el
ruido de una llave al penetrar en la cerradura.
Se dirigió a la
puerta de la habitación donde se hallaba con la esperanza de que si era
Ellworthy fuese arriba directamente.
La puerta de la
calle se abrió. Ellworthy encendió las luces del vestíbulo. Al verle quedó sin
aliento. Estaba irreconocible. El paso inseguro, la boca espumeante y los ojos
iluminados por una expresión de locura.
Pero lo que privó
de respiración a Lucas fueron sus manos. Estaban teñidas de rojo oscuro... el
color de la sangre seca...
Desapareció por la
escalera. Momentos después se apagó la luz.
Lucas aguardó un
poco más, y volviendo al vestíbulo salió por la ventana con grandes
precauciones. La casa estaba oscura y silenciosa.
—¡Dios mío! —dijo,
exhalando un profundo suspiro de alivio—. ¡Ese hombre está loco! ¿Qué es lo que
habrá hecho? Juraría que llevaba las manos tintas en sangre.
Dando una vuelta
por el pueblo y por el camino más largo, regresó a la Casa de los Fresnos. Al
llegar al último recodo oyó un ruido entre los arbustos.
—¿Quién anda ahí?
Una figura alta,
envuelta en una capa oscura, salió de detrás de un árbol. Parecía una aparición
y Lucas sintió que se le helaba la sangre. Al fin reconoció el semblante pálido
y semioculto por la capucha.
—¡Brígida! ¡Cómo me
has asustado!
—¿Dónde has estado?
—le dijo con aspereza—. Te he visto salir.
—¿Y me has seguido?
—No. Ibas demasiado
lejos. He esperado a que volvieras.
—¡Qué tontería!
—gruñó Lucas. Ella repito impaciente su pregunta:
—¿Dónde has estado?
—Visitando la
mansión del señor Ellworthy —repuso jocosamente
—¿Encontraste...
algo?
—No lo sé. Sé
algunas cosas más sobre él..., sus gustos pornográficos... y encontré tres
cosas que pueden resultar interesantes.
Ella escuchó con
atención el relato de sus pesquisas.
—No es que sean muy
evidentes, ¿sabes? —concluyó—; pero cuando iba a salir regresó Ellworthy. Y oye
lo que te digo: ¡ese hombre está más loco que una cabra!
—¿De veras?
—Vi su cara... su
expresión era indescriptible. ¡Dios sabe de dónde venía! Era presa de un
delirio de locura. Y llevaba las manos teñidas de sangre..., lo juraría.
Brígida
estremecióse.
—Es horrible...
—No debías haber
salido, Brígida. Es una locura. Alguien podía haberte dado un golpe en la
cabeza.
—Aplícate el
cuento, querido —dijo ella riendo.
—Yo sé cuidar de mí
mismo.
—Yo tampoco lo hago
mal. Ya me imagino que vas a llamarme testaruda.
Sopló una fuerte
ráfaga de aire. Lucas exclamó:
—Quítate la
capucha.
—¿Por qué?
Con un brusco
movimiento se la arrancó para ver cómo el viento alborotaba sus cabellos.
—La verdad es que
te falta la escoba, Brígida. Así es cómo te vi por primera vez —le miró a los
ojos durante unos instantes—. Eres muy cruel.
Con un suspiro de
impaciencia le dio de nuevo la capucha.
—Toma... póntela.
Volvamos a casa.
—Espera.
—¿Por qué?
Se acercó para
hablarle en un susurro.
—Porque tengo algo
que decirte antes de que entremos en las propiedades de Gordon, por eso te
esperé aquí... Necesito hablarte.
—¿Y bien?
—¡Oh, es muy
sencillo! —se rió—. Tú ganas, Lucas. ¡Eso era!
—¿Qué quieres
decir?
—Quiero decir que
he renunciado a la idea de ser lady Whitfield.
—¿Es cierto?
—preguntó, acercándose seguidamente a ella.
—Sí, Lucas.
—¿Te casarás
conmigo?
—Sí.
—¿Y por qué, si
puede saberse?
—No lo sé. Me has
dicho cosas tan horribles..., pero me gustaron.
Él la tomó en sus
brazos para besarla.
—¡El mundo está
loco!
—¿Eres feliz,
Lucas?
—No demasiado.
—¿Crees que serás
feliz conmigo?
—No lo sé. Me
arriesgaré.
—Sí... eso es lo
que yo creo...
—Somos bastante
raros, querida —Rodeó su cintura con su brazo—. Vámonos. Tal vez mañana estemos
más sensatos.
—Sí, es
sorprendente cómo suceden las cosas... —Miró al suelo y le hizo detenerse—.
Lucas... Lucas... ¿qué es eso?...
La luna acababa de
salir tras una nube. Lucas miró el lugar donde el pie de Brígida temblaba junto
a un bulto irreconocible.
Con una exclamación
la soltó, arrodillándose junto al hallazgo, y desde allí alzó la vista para
mirar el poste de la entrada. La piña de piedra ya no estaba allí. Al fin se
puso en pie. Brígida, a su lado, se tapaba la boca con las manos.
Él le dijo:
—Es el chófer,
Rivers. Está muerto...
—Esa maldita
piedra... hace tiempo que se había soltado; supongo que ha debido caer sobre
él.
—No puede haber
sido el viento. ¡Oh! Eso ha procurado que parezca... eso es lo que quiere
aparentar, otro accidente. Pero es mentira. Ha vuelto a actuar el asesino...
—No, no, Lucas...
—Te digo que sí.
¿Sabes lo que he encontrado en la parte de atrás de su cabeza?... Granos de
arena. Aquí no la hay. Te digo que alguien se ocultó para golpearle cuando
regresaba a su casa. Luego le tendería aquí y después arrojó esa piña sobre él.
—Lucas... tienes
sangre en las manos... —Brígida habló con voz desmayada.
—Alguien más tenía
sangre en las manos esta noche. ¿Sabes lo que pensaba esta tarde?... Que si
cometía otro crimen podría identificar al asesino. Y ahora puedo hacerlo. ¡Es
Ellworthy! Esta noche había salido y regresó con el aspecto de un poseído y con
las manos tintas en sangre.
—¡Pobre Rivers!
—gimió Brígida, temblorosa.
—Sí. Pobre hombre.
¡Qué mala suerte! Pero éste será el último, Brígida. ¡Ahora ya sabemos quién es
y le cogeremos!
Vio cómo se
tambaleaba, y dando dos zancadas llegó a tiempo de cogerla entre sus brazos con
todas sus fuerzas.
—Lucas, estoy
asustada... —dijo con voz débil.
—Ya pasó todo...
cariño. Ya pasó todo...
—Sé bueno
conmigo... por favor. Me has hecho sufrir mucho.
—Y tú a mí, pero no
volveremos a hacerlo.
Capítulo XVII
LORD WHITFIELD
HABLA
El doctor Thomas
miró a Lucas por encima de su mesa de despacho.
—¡Es
extraordinario! —dijo—. ¡Extraordinario!
¿De veras habla usted en serio, señor Fitzwilliam?
—Desde luego. Estoy
convencido de que Ellworthy es un maniático peligroso.
—No le he prestado
atención especial, aunque no niego que puede ser un tipo anormal.
—Yo voy mucho más
lejos —repuso Lucas con seguridad.
—¿Cree usted
seriamente que Rivers fue asesinado?
—Sí. ¿Observó usted
los granitos de arena pegados a su herida?
—Me fijé después
que me lo hizo notar, y tengo que confesar que estaba en lo cierto.
—Entonces, está
claro que le mataron descargando un saco de arena sobre su cabeza, o por lo
menos le derribaron.
—Forzosamente no.
—¿Qué quiere decir?
El doctor Thomas
recostóse en su sillón y juntó las puntas de sus dedos.
—Supongamos que ese
hombre, Rivers, hubiese estado tumbado sobre el arenal durante el día..., hay
muchos en este lugar. Eso explicaría la presencia de los granos de arena en sus
cabellos.
—¡Le digo que fue
asesinado!
—Usted puede
decirlo —repuso el doctor Thomas—, pero eso no constituye un hecho fehaciente.
Lucas dominó su
exasperación.
—Supongo que no
cree ni una palabra de lo que le estoy diciendo.
—Debe admitir,
señor Fitzwilliam —le dijo con una sonrisa de superioridad—, que es una teoría
bastante absurda. Usted asegura que Ellworthy ha matado a una muchacha de
servicio, un niño, un tabernero borracho, a Rivers y a mi propio colega.
—¿No lo cree?
—Conozco algo del
caso Humbleby. Me parece improbable que el causante de su muerte fuese
Ellworthy, y no veo que tenga ninguna prueba.
—No sé cómo lo
haría —confesó Lucas—; pero todo concuerda con el relato que me hizo la
señorita Pinkerton.
—También asegura
que Ellworthy la siguió hasta Londres para arrollarla con su automóvil. Tampoco
tiene ninguna prueba. Todo son... imaginaciones sin ningún fundamento.
—Ahora que sé a qué
atenerme me dedicaré a la busca de pruebas. Mañana voy a ir a Londres a ver a
un amigo mío. He leído en el periódico que le han nombrado ayudante del
comisario de Policía. Me conoce y escuchará lo que tengo que decirle. Estoy
seguro de que ordenará una investigación en toda regla.
El doctor Thomas se
frotó la barbilla, pensativo.
—Bien... lo creo
muy acertado... Y así comprenderá su error...
—¿De modo que no ha
creído ni una palabra? —le interrumpió Lucas.
—¿De los asesinatos
en gran escala? Con franqueza, señor Fitzwilliam, no. Es demasiado fantástico.
—Tal vez, pero
concuerda. Tiene que admitir que todo encaja, si admite como cierta la historia
de la señorita Pinkerton.
—Si conociera a
esas solteronas tan bien como las conozco yo...
Lucas se puso en
pie, incapaz de contener su contrariedad.
—Sea como fuese,
usted tiene autoridad.
—Déme pruebas,
querido amigo —repuso de buen humor—. Es todo lo que le pido y déjese de
galimatías basado en lo que creyó ver una anciana.
—Lo que imaginan
esas damas acostumbra ser cierto. Mi tía Mildred no fallaba nunca. ¿Tiene usted
tías, señor Thomas?
—Pues... no.
—¡Grave error!
—dijo Lucas—. Todos los hombres deberían tenerlas. Son la demostración del
triunfo de la corazonada sobre la lógica. Es privilegio de ellas el conocer que
el señor X es un bribón por parecerse a un carnicero poco honrado que
conocíamos. Otras personas opinan que un hombre tan respetable no puede ser un
pícaro. Pero ellas siempre tienen razón.
El galeno volvió a
dedicarle una sonrisa de suficiencia, y Lucas sintió crecer su exasperación.
—¿No se da cuenta
de que soy un policía y no un simple aficionado?
—¡En Mayang
Straits! —repuso el otro, sonriendo.
—El crimen es un
crimen aunque sea en Mayang Straits.
—Claro, claro.
Lucas abandonó la
clínica del doctor Thomas presa de irritación y fue a reunirse con Brígida.
—Bueno, ¿cómo te ha
ido?
—No ha querido
creerme —le dijo Lucas—. Lo cual, si lo meditas bien, no deja de ser bastante
lógico. Es una historia absurda, sin prueba alguna, y el doctor Thomas es un
hombre que no cree seis cosas imposibles antes de desayunarse.
—-¿Y quién las
creería?
—Probablemente
nadie, pero mañana empezará a marchar este asunto. Interrogaré a nuestro
melenudo amigo Ellworthy, y es posible que consigamos algo.
Brígida repuso,
pensativa:
—Estamos revelando
todo lo que sabemos, ¿no te parece?
—Tenemos que
hacerlo. No podemos permitir que se cometan más asesinatos.
—Por amor de Dios,
Lucas, ten cuidado —dijo Brígida con un escalofrío.
—Ya lo tengo. No me
acerco a las verjas rematadas con piñas de piedra, evito pasar por el bosque al
atardecer, y vigilo los alimentos que ingiero. Conozco los ardides.
—Es horrible pensar
que estás señalado.
—Y quién sabe si tú
también lo estás, cariño.
—Puede que sí.
—No lo creo, pero
no tengo intención de arriesgarme. Voy a vigilarte como si fuese el ángel de tu
guarda.
—¿Y no sería mejor
decírselo a la policía local?
—No. Creo que es
mejor ir directamente a Scotland Yard.
—Así opinaba la
señorita Pinkerton —murmuró la muchacha.
—Sí, pero yo estaré
prevenido.
—Ya sé lo que haré
mañana —dijo Brígida—. Haré que Gordon vaya a la tienda de ese hombre y compre
algo.
—Para asegurarse de
que Ellworthy no podrá atropellarme ante la escalera de la Comisaría.
—Exacto. Y, en
cuanto a lord Whitfield... —dijo con algo de violencia.
Brígida apresuróse
a contestar:
—Esperemos a que
vuelvas mañana. Entonces le hablaremos.
—¿Crees que se
desesperará?
—Pues... —Brígida
pensó lo que iba a decir—, le contrariará.
—¿Contrariarle
sólo? ¡Cielos! ¿No lo pones demasiado fácil?
—No, porque a
Gordon no le gusta que le contraríen. ¡Eso le enfurece!
—Me siento muy
intranquilo —dijo Lucas sinceramente.
Y aquel sentimiento
creció en su mente, mientras escuchaba aquella noche por enésima vez el
discurso de lord Whitfield sobre lord Whitfield. Tenía que admitir que era una
mala pasada estar en casa de un hombre y encima quitarle la novia. Sin embargo,
le consolaba pensar que un pelele como él no debió aspirar nunca al cariño de
Brígida.
Como su conciencia
le remordía, le escuchó más atento que nunca y por lo tanto su anfitrión quedó
muy bien impresionado.
Aquella noche, lord
Whitfield estaba de muy buen humor. La muerte de su chófer parecía haberle
regocijado más que deprimido.
—Ya le dije que ese
individuo acabaría mal —dijo contemplando al trasluz su vaso de Oporto—. ¿No se
lo decía ayer tarde, precisamente.
—Sí, señor.
—¡Y ya ve que tenía
razón! ¡Es sorprendente cómo acierto!
—Debe ser una
suerte —comentó Lucas.
—Mi vida ha sido
maravillosa... sí, ¡maravillosa! El camino iba limpiándose ante mí. Siempre he
tenido fe y he confiado en la Providencia; ése es mi secreto, señor
Fitzwilliam.
—¿Sí?
—Soy un hombre
religioso. Creo en el bien y el mal y la divina justicia. No hay nada como la
justicia divina, no lo dude, Fitzwilliam.
—También yo creo en
la justicia divina.
Como de costumbre,
lord Whitfield no mostró interés por las creencias de los demás.
—Al que se porta
bien con nuestro Creador, éste no le abandona. Estoy suscrito a varios centros
caritativos, y he ganado mi dinero honradamente. ¡No estoy obligado a nadie!
Recuerdo el pasaje de la Biblia que nos habla de los patriarcas, que
prosperaban uniéndose a la chusma para derrotar a sus enemigos.
—Cierto, cierto
—repuso Lucas, ocultando un bostezo.
—Es sorprendente
—dijo lord Whitfield— la forma en que son eliminados los enemigos de los
hombres honrados. Fíjese en lo de ayer. Ese individuo me insultó... hasta el
extremo de llegar a levantarme la mano. ¿Y qué ha sucedido? ¿Dónde está ahora
ese sujeto?
Hizo una pausa
significativa y luego respondió a su propia pregunta con voz inexpresiva:
—¡Muerto!
¡Aniquilado por la ira divina!
—Un castigo tal vez
excesivo por unas palabras dichas con unas copas de más —notó Lucas, abriendo
un poco los ojos.
—¡Siempre es así!
El castigo llega de prisa y terrible. Recuerde a aquellos niños que se mofaron
de Elíseo cómo fueron devorados por los osos. Así ocurren las cosas,
Fitzwilliam.
—Siempre lo
consideré demasiado riguroso.
—No, no. Está usted
equivocado. Elíseo era un gran hombre. ¡Quien le insultase no podía seguir
viviendo! ¡Yo lo comprendo porque es mi propio caso!
Lucas miróle
extrañado y lord Whitfield elevó la voz.
—Al principio no
quería creerlo. Pero así ha ido sucediendo cada vez. Mis enemigos y detractores
fueron castigados y exterminados.
—¿Exterminados?
—Uno tras otro. Uno
de los casos fue muy parecido al de Elíseo... era un muchachito. Le tenía
empleado en mi casa, y un día me lo encontré en el jardín... ¿sabe lo que
estaba haciendo? Imitándome... ¡a mí! ¡Burlándose de mí! Y ante todo un
auditorio. Divirtiéndose a mi costa en mi propia casa. ¿Sabe lo que ocurrió?
¡Diez días más tarde cayó desde una ventana y se mató! Luego ese rufián de
Carter... un borracho de lengua endiablada. Vino aquí para insultarme...
ahogado en el barro. Y aquella muchacha de servicio. Me alzó la voz y me puso
motes. Pronto llegó su castigo. ¡Bebió veneno por error! Aún puedo contarle
más. Humbleby osó oponerse a mis proyectos de conducción de agua, y murió por
envenenamiento de la sangre. Y así ha ido sucediendo años y años... La señora
Horton, por ejemplo, fue muy poco amable conmigo y no pasó mucho tiempo antes
de que abandonara este mundo.
Hizo una pausa, e
inclinándose hacia delante le ofreció la botella de Oporto.
—Sí —continuó—.
Todos fallecieron. Es sorprendente, ¿verdad?
Lucas se le quedó
mirando. ¡Una sospecha monstruosa, increíble, se iba agrandando en su mente!
Veía bajo un nuevo aspecto al hombrecillo rechoncho sentado a la cabecera de la
mesa, que tan bonachonamente sonreía.
A su cerebro
acudieron recuerdos sin ilación. El comandante Horton diciendo: «Lord Whitfield
estuvo muy amable, nos mandaba uvas y melocotones de su invernadero.» Fue él
quien insistió para que dejasen limpiar las ventanas de la biblioteca a Tomás
Pierce. Y fue lord Whitfield quien visitó el Instituto Wellerman Wreitz con sus
gérmenes y sueros poco tiempo antes de la muerte del doctor Humbleby. Todo
señalaba la misma dirección, y él, ¡que tonto había sido!, sin sospechar
nada...
Lord Whitfield
repetía, sonriente y feliz:
—Todos murieron...
Capítulo XVIII
CONFERENCIA DE
LONDRES
El señor William
Ossington, conocido entre sus camaradas de juventud por Billy Bones,
contemplaba con incredulidad a su amigo.
—¿Es que no tuviste
bastantes crímenes en Mayang? ¿Has tenido que volver a casa y meterte en
nuestro trabajo?
—En Mayang no se
cometen crímenes al por mayor —repuso Lucas—. Ahora ando persiguiendo el autor
de una docena de muertes, por lo menos, y ¡que no ha levantado la menor
sospecha!
—Eso suele suceder
—suspiró William—. ¿Cuál es su especialidad... esposas?
—No. No se trata de
eso. Aún no se cree un dios... pero no tardará.
—¿Está loco?
—¡Oh, sin duda
alguna!
—¡Ah! Pero es
probable que no esté loco legalmente. Y ya sabes que eso es muy distinto.
—Yo diría que
conoce la naturaleza y consecuencias de sus actos —dijo Lucas.
—Exacto —convino
Billy Bones.
—Bueno, no vamos a
discutir por cuestión de tecnicismos legales. Todavía no estamos ante el
jurado, y puede que no lleguemos al juicio. Lo que yo espero de ti son unos
cuantos datos. El día del Derby tuvo lugar un accidente callejero, a eso de las
cinco o seis de la tarde. Una señora de edad fue arrollada en Whitehall por un
automóvil que se dio a la fuga. Su nombre era Lavinia Pinkerton, y quiero que
averigües todo lo que se sepa sobre este atropello.
—En seguida podré
complacerte. Bastarán unos veinte minutos.
Y fue fiel a su
palabra. En menos tiempo del anunciado Lucas hablaba con el oficial de policía
encargado del caso.
—Sí, señor.
Recuerdo todos los detalles, la mayoría están anotados aquí —y le señalaba la
hoja que Lucas tenía en sus manos—. Se hicieron pesquisas judiciales dirigidas
por el señor Satcherverell. La culpa fue del conductor del automóvil.
—¿Consiguieron
detenerle?
—No, señor.
—¿Cuál era la marca
del coche?
—Pues parece que
era un «Rolls»... un coche grande conducido por un chófer. Todos los testigos
coincidieron. La mayor parte de gente sabe distinguir un «Rolls» a simple
vista.
—¿Recordaban el
número de la matrícula?
—Desgraciadamente,
no. A nadie se le ocurrió mirarlo. Anotamos el número FZX 4498... pero estaba
equivocado. Una mujer se lo dijo a otra que me lo dio a mí; no sé de dónde lo
habría sacado, pero de todas formas no sirvió de nada.
—¿Cómo sabe que no
era éste? —preguntó seguidamente Lucas.
El oficial se
sonrió.
—FZX 4498 es la
matrícula del automóvil de lord Whitfield. Ese coche estaba parado ante la Casa
Boomington en el momento del accidente, y el chófer estaba tomando el té. Una
coartada perfecta... y el coche no abandonó aquel lugar hasta las seis y media
que salió Su Señoría.
—Ya —repuso Lucas.
—Siempre pasa lo
mismo —suspiró el oficial—. Cuando llega el agente han desaparecido la mitad de
los testigos.
—Supusimos que
sería un número parecido al FZX 4498... que probablemente comenzaría con dos
cuatros. Hicimos lo que pudimos, pero ni rastro del automóvil. Investigamos
todas las matrículas parecidas, pero todos pudieron dar explicaciones
satisfactorias.
El señor William
miró a Lucas para ver si quería hacer más preguntas. Éste negó con la cabeza y
sir William dijo:
—Gracias, es
suficiente.
Una vez se hubo
marchado, Billy Bones preguntó a su amigo:
—¿Qué piensas de
todo esto, Fitz?
—Todo son trabas
—Lucas suspiró—. Lavinia Pinkerton venía a contar al personal inteligente de
Scotland Yard lo que sabía sobre el malvado asesino. No sé si la habríais
escuchado... probablemente, no...
—Sí... —repuso William—. Muchas veces las noticias nos llegan por ese conducto.
Muchas son sólo habladurías, pero no dejamos de averiguar, te lo aseguro.
—Eso es lo que
pensó el asesino. Y no quiso arriesgarse. Eliminó a Lavinia Pinkerton y aunque
una mujer fue lo bastante lista cómo para ver su matrícula, nadie quiso
creerla.
—No querrás
decir... —dijo Billy Bones irguiéndose en su sillón.
—Sí. Te apuesto lo
que quieras a que fue lord Whitfield quien la atropelló. No sé cómo se las
arreglaría. El chófer estaba merendando. Supongo que de un modo u otro cogería
el coche, y una vez en él, se puso el abrigo y la gorra de uniforme. ¡Pero lo
hizo, Billy!
—¡Imposible!
—No tanto. Lord
Whitfield ha cometido siete asesinatos por lo menos, que yo sepa, y acaso
alguno más.
—¡Imposible!
—volvió a decir William.
—Mi querido amigo,
¡si casi se vanaglorió de ello la otra noche!
—Entonces, ¿está
loco?
—Desde luego, pero
es un diablo astuto. Tendrás que ir con cuidado. No le descubras que
sospechamos de él.
—Increíble...
—murmuró Billy Bones.
—¡Pero verdad!
—dijo Lucas, poniendo su mano sobre el hombro de su amigo—. Mira, Billy,
tenemos que resolver esto. Aquí están los hechos.
Los dos hombres
conferenciaron largo y tendido.
Al día siguiente,
Lucas regresó a Wychwood a primera hora de la mañana. Podría haber llegado el
mismo día por la noche, pero sentía una marcada repugnancia a dormir bajo el
techo de lord Whitfield, y a aceptar su hospitalidad en aquellas
circunstancias.
Al entrar en
Wychwood, su primera visita fue para la señorita Waynflete, a cuya casa dirigió
su automóvil. La doncella le miró con asombro, pero le introdujo en el reducido
comedor, donde la dueña de la casa estaba desayunándose.
Al verle, se
levantó para saludarle, un tanto sorprendida.
—Debo pedirle
perdón por molestarla a estas horas —dijo Lucas sin perder tiempo en
indecisiones.
Miró a su
alrededor. La muchacha había salido cerrando la puerta tras de sí.
—Voy a hacerle una
pregunta, señorita Waynflete. Es bastante personal, pero espero que me
perdonará.
—Pregúnteme lo que
desee. Estoy segura que sus motivos son bien intencionados.
—Gracias —hizo una
pausa—. Quisiera saber, exactamente, por qué rompió su compromiso con lord
Whitfield.
Ella no esperaba
esta pregunta. El color acudió a sus mejillas, mientras llevaba su mano al
pecho.
—¿Le ha dicho algo
él?
—Me habló de un
pájaro... un canario —replicó Lucas.
—¿Eso le dijo?
—estaba sorprendida—. ¿Lo ha confesado? ¡Es extraordinario!
—¿Quiere hacer el
favor de explicarse?
—Sí; pero le
suplico que nunca hable de esto con... Gordon. Pertenece a lo pasado... y no
quiero removerlo.
Lucas asintió.
—Gracias —había
recobrado su compostura, y su voz fue firme al proseguir—. Fue así. Yo tenía un
canario... le quería mucho... y como a todas las niñas de entonces, me volvían
loca los animalitos... Comprendo que eso debía ser muy desagradable para un hombre.
—Sí —dijo Lucas.
—Gordon estaba
celoso del pájaro. Un día, me dijo muy enfadado: «Me parece que le quieres más
que a mí.» Y yo, con la tontería propia de las muchachas de entonces, me eché a
reír y poniéndolo sobre mi dedo, le dije algo así: «¡Claro que sí!» Entonces,
¡oh, fue horrible...! Gordon me quitó el canario, y le retorció el pescuezo.
Fue tan desagradable... ¡No lo olvidaré nunca!
Su rostro se había
puesto muy pálido.
—¿Y por eso rompió
su compromiso? —quiso saber Lucas.
—Sí. Ya no sentía
como antes. ¿Sabe, señor Fitzwilliam...? —vacilaba—, no era sólo por la
acción... pudo haberlo hecho en un arrebato de celos y furor... sino porque
tuve la terrible sensación de que había disfrutado haciéndolo... eso fue lo que
me atemorizó.
—Incluso ahora que
hace tanto tiempo... —murmuró Lucas.
Ella puso la mano
en su brazo.
—Señor
Fitzwilliam...
Lucas afrontó su
atemorizada mirada.
—¡Es lord Whitfield
el autor de todos esos crímenes! —le dijo—. Usted lo sabía con toda seguridad,
¿verdad?
Ella meneó la
cabeza con energía
—¡No lo sabía! De
haberlo sabido... lo hubiese dicho. No, sólo tenía ese temor.
—¿Y no me hizo la
menor insinuación?
—¿Y cómo podía
hacerlo? —dijo retorciéndose las manos con desesperación—. Una vez le quise...
—Sí —dijo Lucas—.
Comprendo.
La señorita
Waynflete volvióse de espaldas para secar sus ojos con un pañuelito de encaje.
—Me alegro tanto
—dijo otra vez, dueña de sí— de que Brígida haya roto su compromiso. Va a
casarse con usted, ¿verdad?
—Sí.
—Será mucho mejor.
Lucas no pudo
reprimir una sonrisa. Mas el rostro de la señorita Waynflete permanecía grave y
preocupado. Se inclinó hacia delante y volvió a apoyar su mano en su brazo.
—Debe andar con
cuidado —dijo—. Los dos deben tener mucho cuidado.
—¿Se refiere... a
lord Whitfield?
—Sí. Será mejor que
no le digan nada.
Lucas frunció el
ceño.
—No creo que seamos
de su opinión.
—¡Oh! ¿Y eso qué importa? Parece como si no se
diese cuenta de que está loco... loco. No lo soportará, ni por un momento. ¿Y
si le sucediera algo a Brígida...?
—¡No va a pasarle
nada!
—Sí. Lo sé..., pero
piense que usted no representa nada para él... ¡Es tan ladino! Llévesela en
seguida... es la única esperanza. ¡Llévesela al extranjero! ¡O, mejor, váyanse
los dos!
—Sería lo mismo que
ella se marchase —repuso Lucas pensativo—. Yo me quedaré.
—Me temía que
dijera eso. Pero de todos modos, que se marche ella. ¡Inmediatamente,
inmediatamente!
—Creo —le dijo
Lucas— que tiene usted razón.
—¡Ya lo sé! Que se
marche... antes de que sea demasiado tarde.
Capítulo XIX
SE DESHACE UN
COMPROMISO
Brígida, al oír
aproximarse el coche de Lucas, salió a recibirle.
—Se lo he dicho —le
indicó sin preámbulos así que estuvo a su lado.
—¿Qué? —Lucas
estaba tan contrariado que ella lo notó.
—Lucas, ¿qué te
pasa? Pareces muy disgustado.
—Creí que habíamos
quedado en aguardar mi regreso.
—Lo sé; pero creo
que es mejor acabar cuanto antes. ¡No hacía más que planes para nuestra boda...
nuestra luna de miel! ¡No tuve más remedio que decírselo! —y añadió en son de
reproche—: Era lo más decente.
—Sí, desde tu punto
de vista. ¡Oh, sí, lo comprendo!
—¡Me parece que
desde cualquier punto de vista!
—Algunas veces uno
no puede permitirse el ser decente.
—Lucas, ¿qué es lo
que quieres decir?
—No puedo
explicártelo ahora y en este sitio —repuso haciendo un gesto de impaciencia—.
¿Cómo lo ha tomado lord Whitfield?
—Extraordinariamente
bien —repuso Brígida, muy despacio—. Me siento muy avergonzada. Me parece que
le juzgué demasiado mal... porque es fatuo y superficial. Ahora creo que es...
bueno... un gran hombrecillo.
—Sí, es posible que
lo sea... en algunos aspectos —asintió Lucas—. Escúchame, Brígida debes
marcharte de aquí lo más pronto posible.
—Naturalmente.
Recogeré mis cosas y me iré hoy mismo. Puedes llevarme hasta el pueblo. No
podemos hospedarnos los dos en la posada de «Cascabeles y Arlequín»... aunque
se hayan marchado los amigos de Ellworthy.
—No, es mejor que
vayas a Londres. Entretanto yo veré a Whitfield.
—Supongo que es lo
que debe hacerse... ¿No te parece una canallada? Me siento como una vulgar
cazadora de dotes.
—Has obrado
rectamente. De todas formas, no sirve de nada lamentarse sobre lo que no tiene
remedio. Voy a verle ahora mismo.
Encontró a lord
Whitfield paseando de un lado a otro del comedor. Aparentemente no estaba
nervioso, y aun pudo ver una sonrisa en sus labios, mas Lucas notó que tenía el
pulso alterado.
—¡Oh!, es usted,
Fitzwilliam —exclamó al entrar Lucas.
—No voy a decir que
siento lo que ha ocurrido..., ¡sería un hipócrita! Admito que desde su punto de
vista no me he portado bien y tengo poco que alegar en mi defensa. Son cosas
que suceden.
—¡Claro, claro!
Lord Whitfield
prosiguió su paseo.
—Nuestro
comportamiento ha sido vergonzoso. ¡Pero ya está hecho! Nos queremos... y no
podemos hacer otra cosa que decírselo y aclarar esta situación.
Lord Whitfield se
detuvo, mirándole con sus ojos saltones.
—No —le dijo—. ¡No
puede hacerse absolutamente nada!
Su voz tenía un
extraño matiz, y quedóse mirando a Lucas.
—¿Qué quiere usted
decir? —preguntó éste.
—Que ustedes no
pueden hacer nada —repuso lord Whitfield—. ¡Es demasiado tarde!
—Explíqueme lo que
insinúa —dijo Lucas, aproximándose.
—Pregúntele a
Honoria Waynflete. Ella le enterará. Sabe lo que pasa, y me habló de ello en
una ocasión.
—¿Qué es lo que he
de comprender?
—El mal nunca queda
sin castigo. ¡Hay que hacer justicia! Lo siento porque aprecio a Brígida, y, en
cierto modo, ¡lo siento por los dos!
—¿Es que nos
amenaza? —preguntó Lucas con gran interés.
—No, no, querido
amigo —lord Whitfield parecía ingenuamente sorprendido—. ¡Yo no tengo nada que
ver! Cuando le hice el honor de escogerla por esposa, Brígida aceptó ciertas
responsabilidades. Ahora las rechaza..., pero tendrá su castigo en esta vida.
Quien quebranta la ley sufre el castigo...
—¿Insinúa que puede
pasarle algo? —dijo Lucas, juntando las manos—. Ahora escúcheme bien,
Whitfield; no va a sucederle nada a Brígida... ni a mí. Si intenta algo será su
final. ¡Será mejor que ande con cuidado! ¡Sé muchas cosas de usted!
—Yo no tengo nada
que ver —repuso lord Whitfield—. Sólo soy un mero instrumento del Alto Poder.
¡Y lo que ese Poder decreta, eso sucede!
—Veo que es eso lo
que cree —dijo Lucas.
—¡Porque es la
verdad! Todo el que va contra mí, sufre las consecuencias. Y usted y Brígida no
van a ser excepciones.
—Ahí es donde se
equivoca. Por larga que sea una racha de suerte, al final termina. Y la suya
está terminando ahora.
—Mi querido amigo,
no sabe lo que habla. ¡Nadie puede tocarme!
—¿No? Veremos. Será
mejor que mida sus pasos, Whitfield.
Un estremecimiento
sacudió al lord. Su voz cambió al decir:
—He tenido mucha
paciencia, pero no abuse de ella. Salga de aquí.
—Ya me voy —dijo
Lucas—. Lo más de prisa que pueda. Recuerde que le he advertido.
Y dando media
vuelta salió apresuradamente de la estancia. Subió al piso de arriba y encontró
a Brígida en su habitación, haciendo apresuradamente la maleta, con la ayuda de
la doncella.
—¿Estarás pronto
lista?
—En diez minutos.
Sus ojos le
hicieron una pregunta que la presencia de la muchacha impedía formular con
tranquilidad. Lucas asintió con la cabeza, y marchó a su habitación a meter a
toda prisa sus cosas en la maleta. Volvió al cabo de unos diez minutos y
encontró a Brígida ya dispuesta.
—¿Nos vamos?
—Estoy lista.
Al bajar la
escalera encontraron al mayordomo.
—La señorita
Waynflete desea verla, señorita Brígida.
—¿La señorita
Waynflete? ¿Dónde está?
—En la sala, con Su
Señoría.
Brígida se encaminó
hacia allí directamente y Lucas la siguió. Lord Whitfield se hallaba en pie,
junto a la ventana, hablando con miss Waynflete... En su mano tenía un cuchillo
de larga y afilada hoja.
—Es un trabajo de
artesanía perfecto —decía—. Uno de mis empleados me lo trajo de Marruecos,
cuando estaba allí de corresponsal. Es moro, naturalmente, un cuchillo del Rif
—pasó su dedo por el filo. ¡Con qué placer lo acariciaba!
—¡Guárdalo, Gordon,
por el amor de Dios! —dijo la señorita Waynflete.
Sonrió, antes de
depositarlo sobre la mesa, entre otras piezas de su colección, por allí
esparcidas.
La señorita
Waynflete había perdido parte de su aplomo acostumbrado. Estaba angustiada,
sumamente pálida y nerviosa.
—¡Ah, estás aquí,
querida Brígida! —exclamó.
—Sí, aquí está
Brígida —dijo lord Whitfield echándose a reír—. Mírala bien, Honoria, porque
nos deja.
—¿Qué quieres
decir?
—¿Qué? Quiero decir
que se marcha a Londres. ¿No es cierto?
Y los miró a todos.
—Tengo unas cuantas
noticias que darte, Honoria —prosiguió—. Brígida no va a casarse conmigo.
¡Prefiere al señor Fitzwilliam, aquí presente! La vida tiene cosas extrañas.
Buenos, os dejaremos para que charléis.
Y salió de la habitación con las manos en los
bolsillos y jugueteando con las monedas que en ellos llevaba.
—¡Dios mío! —dijo
la señorita Waynflete—, ¡Dios mío...!
La contrariedad que
denotaba su voz era tan ostensible que Brígida la miró sorprendida, y le dijo:
—Lo siento. La
verdad es que lo siento muchísimo.
—Está furioso...
terriblemente furioso... Dios mío... es terrible. ¿Qué vamos a hacer? —repuso
miss Waynflete.
—¿Hacer? ¿Qué
quiere decir? —preguntó la muchacha.
—¡No debieran
habérselo dicho! —dijo mirándolos con reproche.
—¡Qué tontería!
¿Qué otra cosa podíamos hacer? —quiso saber Brígida.
—No debieran
habérselo dicho ahora, sino haber esperado a estar lejos.
—Eso es una opinión
—habló Brígida—. Yo creo que las cosas desagradables, cuanto antes se hagan,
muchísimo mejor.
—¡Oh, querida, si
sólo se tratase de eso!
Se detuvo y sus
ojos interrogaron a Lucas con ansiedad. Lucas meneó la cabeza, y sus labios
pronunciaron las palabras:
—Todavía no.
—Ya —repuso miss
Waynflete.
—¿Quería usted
verme para algo en particular, señorita Waynflete? —preguntó Brígida,
impaciente.
—Pues... sí. A
decir verdad, vine para decirle que podía pasar unos días en mi casa. Pensé...
que no le resultaría agradable permanecer aquí, y que pudiera necesitar algún
tiempo para, bueno... madurar sus planes.
—Gracias, señorita
Waynflete; es usted francamente amable.
—Así estará
completamente a salvo y...
Brígida la
interrumpió:
—¿A salvo?
La señorita
Waynflete, un poco sonrojada, se apresuró a añadir:
—Cómoda... eso es
lo que quise decir... que a mi lado se encontrará a gusto. No tan
espléndidamente como aquí, claro... pero el agua caliente... está caliente, y
mi doncella, Emilia, guisa muy bien.
—Oh, estoy segura
de que todo será perfecto, señorita Waynflete —repuso Brígida mecánicamente.
—Claro que si
quiere marcharse a la ciudad, será mucho mejor...
—Es un poco
precipitado... —repuso Brígida despacio—. Mi tía salió muy temprano para
asistir a una exposición de flores, y todavía no he tenido oportunidad de
decirle lo que ocurre. Le dejaré una nota diciéndole que me he marchado al
piso.
—¿Va usted a ir a
Londres, al piso de su tía...?
—Sí. No hay nadie
allí, pero puedo salir yo misma a comprarme la comida.
—¿Y estará sola?
Oh, querida, yo no lo haría. No se quede allí sola.
—No van a comerme
—dijo la muchacha, impaciente—. Además, mi tía puede ir mañana.
La señorita
Waynflete, angustiada, meneó la cabeza.
—Es mejor que vayas
a un hotel —le dijo Lucas.
—¿Por qué? —Brígida
volvióse en redondo—. ¿Qué pasa? ¿Por qué me tratan como si fuera una
chiquilla?
—No, no, querida
—protestó la señorita Waynflete—. Sólo queremos tomar precauciones, eso es
todo.
—Pero, ¿por qué?
¿Qué es lo que pasa?
—Escúchame, Brígida
—dijo Lucas—. Quiero hablar contigo, pero aquí no puedo hacerlo. Ven conmigo, e
iremos a algún lugar tranquilo en mi coche.
Se dirigió a la
señorita Waynflete:
—¿Podemos ir a su
casa dentro de una hora? Deseo hablarle de varias cosas.
—Sí, desde luego.
Los esperaré allí.
Lucas tomó del
brazo a su novia y dio las gracias a miss Waynflete.
—Volveremos más
tarde por el equipaje. Vámonos.
La condujo por el
vestíbulo hasta la puerta principal. Abrió la portezuela de su coche, para que
Brígida subiera. Puso el motor en marcha, y dio un suspiro de alivio al cruzar
las verjas de hierro.
—¡Gracias a Dios
que estás a salvo! —le dijo.
—¿Te has vuelto
loco, Lucas? ¿A qué viene todo ese secreto... y «no puedo explicártelo ahora»?
—Pues, ¿sabes?, es
difícil decir que un hombre es un asesino cuando estás bajo su techo.
Capítulo XX
JUNTOS
Brígida permanecía
inmóvil a su lado.
—¿Gordon?
Lucas asintió con
la cabeza.
—¿Gordon?
¿Gordon... un asesino? ¿Gordon el culpable? ¡En mi vida oí una cosa más
absurda!
—¿Tanto te
sorprende?
—Sí, desde luego.
Porque Gordon es incapaz de matar una mosca.
—Puede ser. Yo no
lo sé. Pero lo cierto es que mató un canario, y estoy casi seguro, también, de
que ha asesinado a un gran número de seres humanos.
—Querido Lucas. ¡No
puedo creerlo!
—Ya sé —dijo Lucas—
que parece increíble. No le había imaginado como posible sospechoso hasta
anteayer por la noche.
—¡Pero yo le
conozco muy bien! —protestó la muchacha—. Sé su modo de ser. Es un hombrecillo
insignificante... fatuo, eso sí, pero también bastante sentimental.
—Tendrás que
cambiar tu opinión con respecto a él, Brígida.
—¿Para qué, Lucas,
si no puedo creerlo? ¿Qué es lo que ha metido en tu cabeza una idea tan
absurda, y por qué hace sólo un par de días estabas tan seguro de la
culpabilidad de Ellworthy?
—Lo sé, lo sé.
Probablemente pensarás que mañana sospecharé de Thomas, y pasado de Horton. No
estoy tan loco. Admito que la idea sorprende al principio, pero poco a poco, te
darás cuenta de que todo encaja a la perfección. No es extraño que la señorita
Pinkerton no quisiera hablar con las autoridades locales. ¡Comprendió que se
reirían de ella! Scotland Yard fue su única esperanza.
—¿Pero qué motivos
puede tener Gordon para cometer tantos asesinatos? ¡Oh, qué tontería!
—Lo sé; ¿pero no
comprendes que Gordon tiene una elevada opinión de sí mismo?
—Pretende ser
extraordinario y muy importante, pero es sólo su complejo de inferioridad —dijo
Brígida—. ¡Pobrecillo!
—Posiblemente, ahí
está la raíz de la cuestión. No lo sé, pero piensa, Brígida... piensa sólo un
minuto. Recuerda todas las frases que has empleado al referirte a él... lése
majesté. ¿No te das cuenta de que su egoísmo es desproporcionado? Querida, ¡ese
hombre está más loco que un cencerro!
Brígida meditó unos
instantes.
—Todavía no puedo
creerlo. ¿Qué pruebas tienes, Lucas?
—Pues, sus propias
palabras. La otra noche me dijo, sencilla y llanamente, que todo el que iba
contra él moría.
—Continúa.
—No sé
explicarme..., pero fue su modo de decirlo. Tranquilo y complacido..., ¿cómo te
diría yo...?, ¡como acostumbrado a la idea! Se sonreía... ¡de un modo extraño y
horrible, Brígida!
»Luego, me dio una
lista de la gente desaparecida por incurrir en su real desagrado. Y, escucha
esto, Brígida, las personas mencionadas fueron: la señora Horton, Ana Gibbs,
Tomás Pierce, Enrique Carter, Humbleby, y el chófer Rivers.
Por fin, Brígida
parecía impresionada y se puso pálida.
—¿Te nombró a esas
personas?
—¡Precisamente
ésas! ¿Lo crees ahora?
—¡Oh, Dios mío...
qué remedio...! ¿Cuáles fueron sus razones?
—Trivialidades...
eso es lo más impresionante. La señora Horton le había desairado, Tomás Pierce
le remedó ante el regocijo de los jardineros, Harry Carter le insultó, Ana
Gibbs se puso impertinente, Humbleby había osado oponerse a su parecer
públicamente, y Rivers le amenazó en mi presencia y ante la señorita Waynflete.
Brígida tapóse los
ojos con la mano.
—Es horrible...
horrible... —murmuró.
—Lo sé. Y luego
existen otras pruebas. El coche que arrolló a la señorita Pinkerton, en
Londres, era un «Rolls», y su matrícula la del automóvil de lord Whitfield.
—Eso encaja —dijo
Brígida muy despacio.
—Sí. La policía
pensó que la mujer que les dio este número pudo haberse equivocado, al
comprobar que el número correspondía a Su Señoría.
—Ya entiendo —dijo
ella—. Cuando un hombre es rico y poderoso como lord Whitfield, es natural que
nadie crea una historia así.
—Sí. Se comprende
las dificultades con que tropezara la señorita Pinkerton.
—En un par de
ocasiones me dijo cosas bastante raras. Como si quisiera prevenirme contra
algo... No entendí a qué se refería... Ahora comprendo lo que quería explicar.
—Todo encaja —dijo
Lucas—. Al principio uno se dice (como tú) «imposible», y una vez acepta la
idea, todo se comprende con claridad. Las uvas que envió a la señora Horton...
y que ella pensó que las enfermeras querían envenenarla. Y su visita al
Instituto Wellerman Wreitz... de una u otra forma se apoderaría de algunos
gérmenes con que infectar a Humbleby.
—No veo cómo pudo
hacerlo.
—Ni yo tampoco,
pero ése es el punto de referencia. Es innegable.
—Sí... encaja, como
tú dices. Y, claro, él podía hacer muchas cosas que para otras personas son
imposibles. Quiero decir que él quedaba siempre libre de sospechas.
—Creo que la
señorita Waynflete sospechaba de él. Mencionó esa visita al Instituto, como de
paso, pero me parece que esperaba que yo la tomase en consideración.
—Entonces, ¿lo
sabía?
—Tiene sus
sospechas, pero le impedía hablar el hecho de haber estado enamorada de él.
—Sí, eso explica
muchas cosas. Gordon me contó que habían sido novios.
—Ella no quería
creer que fuese él. Pero cada vez estaba más segura. Trató de darme algunas
pistas, pero no se atrevió a ir directamente contra él. ¡Las mujeres sois muy
extrañas! En cierto modo, creo que aún le quiere...
—¿Después que fue
él quien la dejó?
—Ella le dejó a él.
Fue una historia desagradable. Te la contaré.
Y le repitió el
episodio. Brígida le miró sorprendida.
—¿Gordon hizo eso?
—Sí. Ya ves.
Incluso en aquellos tiempos no era normal.
Brígida se
estremeció, murmurando:
—Y todos estos
años... estos años...
—¡Puede que haya
hecho desaparecer a mucha más gente de la que suponemos! ¡Ha sido esta sucesión
de las últimas muertes lo que ha llamado la atención!
Brígida asentía
silenciosa y al cabo preguntó:
—¿Qué es lo que te
dijo exactamente la señorita Pinkerton... aquel día en el tren? ¿Cómo comenzó?
Lucas trató de
recordar.
—Me dijo que se
dirigía a Scotland Yard. Nombró al alguacil del pueblo, dijo que era una
persona muy agradable, pero que no era capaz de descubrir a un asesino.
—¿Fue ésa la
primera vez que pronunció esa palabra?
—Sí.
—Continúa.
—Luego, dijo: Veo
que está sorprendido. Yo también lo estaba al principio. No podía creerlo.
Pensé que eran imaginaciones mías.
—¿Y luego?
—Le pregunté si
estaba segura de que no eran imaginaciones, y repuso tranquilamente: ¡Oh, no!
Pudieran haberlo sido la primera vez, pero no la segunda ni la tercera ni la
cuarta. Entonces uno se convence.
—Maravilloso
—comentó Brígida—. Sigue.
—Así que, claro, yo
lo tomé a broma... y le dije que hacía muy bien. ¡Fui más incrédulo que Santo
Tomás!
—Sí. ¡Es muy fácil
dárselas de suficiente! Yo hice lo mismo con la pobre señora. ¿Cómo siguió la
conversación?
—Déjame que
recuerde... ¡Oh! Me habló del caso Abercrombie, ¿sabes? el envenenador galés.
Dijo que ella no había creído que tuviera una mirada especial... para sus
víctimas, pero que ahora sí, porque lo había visto.
—¿Qué palabra
utilizó exactamente?
—Dijo con su
agradable y femenina voz —Lucas frunció el ceño—: Claro que al leerlo no quise
darle crédito... pero es cierto. Y yo le dije: ¿Qué es lo cierto? Y repuso: La
mirada de ciertas personas. ¡Y la verdad es que su tono me convenció! Tan
sosegado y la expresión de sus ojos... como quien ha visto algo demasiado
horrible para ser contado.
—Sigue, Lucas.
Cuéntamelo todo.
—Y luego fue
nombrando las víctimas... Ana Gibbs, Carter, Tomás Pierce, y dijo que Tomás era
un niño terrible, y Carter un borracho, agregando: Pero ayer... fue el doctor
Humbleby... y es tan buena persona... Y dijo que si me lo decía no querría
creerla.
—Ya —dijo Brígida
suspirando—. Ya.
—¿Qué te pasa,
Brígida? ¿En qué piensas?
—En algo que dijo
una vez la señora Humbleby. Y quisiera saber... no, no importa; continúa. ¿Qué
es lo que te dijo al final?
Lucas pudo
repetirle las palabras porque le habían causado ya entonces gran impresión.
—Le dije que era
muy difícil cometer tantos crímenes sin levantar sospechas, y me contestó: No,
no, muchacho; se equivoca. Es muy fácil asesinar. ¿Sabe? Y el culpable es
siempre la última persona de quien sospecharía...
Se hizo un silencio
y Brígida exclamó estremecida:
—¡Es muy fácil
asesinar! Terriblemente fácil... Desgraciadamente, es cierto. No me extraña que
estas palabras se grabaran en tu mente, Lucas. ¡No las olvidaré en toda mi
vida! Para un hombre como lord Whitfield... ¡oh! Claro que es sencillo.
—Pero no es tan
fácil poder detenerle —dijo Lucas.
—¿Tú lo crees así?
Tengo una idea.
—Brígida, te lo
prohíbo...
—No puedes. No voy
a quedarme a la expectativa. Yo estoy metida en esto, Lucas. Puede que sea
peligroso... sí, lo confieso..., pero tengo que representar mi papel.
—Brígida...
—¡Estoy metida en
esto, Lucas! Aceptaré la invitación de la señorita Waynflete y me quedaré aquí.
—Querida, te lo
suplico...
—Es peligroso para
los dos. Lo sé. Pero lucharemos juntos, Lucas.
Capítulo XXI
¿POR QUÉ VAS POR EL
CAMPO CON LOS GUANTES PUESTOS?
La tranquilidad que
se respiraba en el interior de la casa de la señorita Waynflete alivió la
tensión de los momentos pasados en el coche, mientras Lucas le refería lo que
sabía.
La señorita
Waynflete recibió a Brígida con ciertas vacilaciones, deseosa sin embargo de
reiterarle su hospitalidad, demostrando que sus dudas eran debido a otras
causas y no a que no quisiera tenerla en su casa.
—Puesto que es
usted tan amable, creo que será lo mejor, miss Waynflete —dijo Lucas—. Yo me
hospedo en la posada «Cascabeles y Arlequín», y prefiero tener a Brígida cerca,
que no en la ciudad. Después de todo, recuerdo lo que allí pasó.
—¿Se refiere... a
Lavinia Pinkerton? —preguntó la señorita Waynflete.
—Sí. ¿No dijo usted
misma que cualquiera puede obrar impunemente en una ciudad?
—Quise decir que la
seguridad de cada cual depende principalmente de que nadie desee su muerte.
—Exacto. Dependemos
de lo que se ha dado en llamar de la buena voluntad de los civilizados.
—¿Cuánto tiempo
hace que... sabe que Gordon es el asesino, señorita Waynflete? —preguntó
consternada Brígida.
—Ésa es una
pregunta difícil de contestar, querida —repuso tras un suspiro—. Creo que
interiormente estoy segura desde hace tiempo... ¡Pero he hecho todo lo posible
por no reconocerlo! No quise darle crédito, diciéndome que era una idea mía
perversa y malvada.
—¿Y no ha temido
nunca... por usted? —dijo de pronto Lucas.
—¿Insinúa que si
Gordon hubiese sospechado que lo sabía hubiese encontrado el medio de librarse
de mí?
—Sí.
—Claro que he
considerado esa posibilidad... y procuré tener cuidado. Pero no creo que Gordon
me creyese una verdadera amenaza.
—¿Por qué?
—Gordon no me cree
capaz de hacer nada... que pudiera perjudicarle —repuso ella enrojeciendo.
—¿Llegó usted a
amenazarle?
—Sí. Es decir, le
dije que era muy extraño que todo el que se disgustara con él muriese al poco
tiempo de accidente.
—¿Y qué dijo él?
—preguntó Brígida.
—No reaccionó como
yo esperaba —dijo la señorita Waynflete con expresión preocupada—. Pareció...
¡eso es lo más extraordinario!, pareció complacido, y me contestó: «¿Así que lo
has observado?», válgame la expresión, pavoneándose.
—Está loco, desde
luego —dijo Lucas.
—Sí, no cabe otra
explicación —convino miss Waynflete—. No es responsable de sus actos —puso su
mano sobre el brazo de Lucas—. ¿No le colgarán, verdad, señor Fitzwilliam?
—No, no; supongo
que le enviarán a un sanatorio.
La señorita
Waynflete suspiró, apoyándose en el respaldo de su butaca.
—Cuánto me alegro.
—Pero aún falta
mucho para llegar a eso. He dado parte a la superioridad y están dispuestos a
tomar en serio el asunto. Pero hemos de reconocer que tenemos poquísimas
pruebas en qué basarnos.
—Pues las tendremos
—repuso Brígida.
La señorita
Waynflete la miró con una expresión que Lucas recordó haber visto no hacía
mucho en alguna parte. Trató de recordar, pero fue en vano.
—Está muy optimista
—repuso miss Waynflete pensativa—. Puede ser que tenga razón.
—Volveré a Los
Fresnos en el coche para recoger tus cosas —dijo Lucas a su novia.
—Iré contigo.
—Será mejor que no
vuelvas.
—Sí, pero prefiero
ir.
Lucas repuso,
irritado:
—¡No me trates como
si fuera un niño, Brígida! No quiero que me protejas.
—Creo, Brígida, que
no pasará nada... yendo en automóvil y en pleno día —dijo la señorita
Waynflete.
—Soy una tonta.
Este asunto me saca de quicio.
—La otra noche, la
señorita Waynflete me acompañó hasta la casa para protegerme —dijo el policía—.
¡Vamos confiéselo! ¿No es cierto?
Ella sonrió,
asintiendo.
—¡Es que estaba tan
ajeno a cualquier sospecha, señor Fitzwilliam! Y si Gordon Whitfield había
caído en la cuenta de que estaba aquí para investigar las últimas muertes, y no
por otras causas... pues su posición no era muy segura, y éste es un país muy solitario...
donde puede pasar cualquier cosa.
—Bueno, pues ahora
ya estoy alerta —refunfuñó Lucas—. No me cogerán desprevenido, se lo aseguro.
—Recuerde que es
muy astuto y mucho más listo de lo que nunca podría imaginar —repuso la
señorita Waynflete con voz angustiada—. Tiene una inteligencia privilegiada.
—Estoy sobre aviso.
—Los hombres tienen
más valor —dijo la solterona—, pero se dejan engañar con mayor facilidad que
las mujeres.
—Es verdad —repuso
Brígida.
—En serio, señorita
Waynflete, ¿cree usted realmente que corro peligro? ¿Cree, hablando en argot
peliculero, que lord Whitfield está dispuesto a cargárseme?
—Me parece —repuso
ella vacilando— que quien corre el principal peligro es Brígida. ¡Es su
desprecio lo que le ha herido! Y creo que una vez se haya librado de Brígida
volverá su atención hacia usted, pero sin lugar a dudas, antes probará con
ella.
—Ojalá te hubieses
ido... al extranjero, Brígida —gruñó Lucas.
—Pues no me marcho
—repuso la muchacha con los labios apretados.
—Es muy valiente,
Brígida. La admiro —dijo la señorita Waynflete.
—Usted haría lo
mismo en mi lugar.
—Es posible.
Y Brígida dijo en
otro tono de voz:
—Lucas y yo
lucharemos juntos.
Le acompañó hasta
la puerta, donde él le dijo:
—Te telefonearé de
la hospedería cuando salga de la guarida del león.
—Sí, hazlo.
—Querida, no te
preocupes. Hasta los asesinos más sagaces necesitan tiempo para madurar sus
planes. Creo que estamos a salvo, por lo menos durante uno o dos días. Hoy
llegará de Londres el inspector Battle, y desde ese momento Whitfield estará
constantemente bajo su vigilancia.
—En resumen, todo
va perfectamente; se acerca el fin del melodrama.
—Brígida, cariño;
prométeme que no cometerás ninguna imprudencia.
—Lo mismo te digo,
querido Lucas.
Puso las manos en
los hombros y subiendo a su automóvil lo puso en marcha. Brígida regresó a la
salita, donde la señorita Waynflete hacía preparativos para albergar a su
huésped.
—Querida, su
habitación todavía no está del todo arreglada. Emilia ha ido a prepararla.
¿Sabe usted lo que voy a hacer ahora? ¡Hacerle tomar una buena taza de té! Es
lo que necesita después de todos estos incidentes.
—Es usted muy
amable, señorita Waynflete, pero no quiero nada.
Lo que Brígida
necesitaba era un combinado bien fuerte, con buena ginebra, pero no lo juzgó
adecuado. No le gustaba el té en absoluto, generalmente se le indigestaba. Sin
embargo, la señorita Waynflete había decidido que el té era lo mejor para su
invitada. Salió de la estancia, regresando unos cinco minutos más tarde
portando una bandeja con dos tazas de humeante brebaje.
—Auténtico Lapsang
Souchongí —anunció miss Waynflete con orgullo.
Brígida, que
aborrecía aún más si cabe el té chino que el indio, ensayó una desmayada
sonrisa. En aquel momento, Emilia, una doncella insignificante, apareció en el
umbral de la puerta.
—Si me hace el
favor de darme las fundas para las almohadas.
La señorita
Waynflete se apresuró a abandonar la habitación y Brígida aprovechó este
respiro para arrojar el té por la ventana, y por poco escalda a Wonky-fu, que
descansaba en un arriate.
El gato aceptó sus
excusas, y encaramándose por la ventana empezó a restregarse contra Brígida.
—¡Precioso! —le
dijo la muchacha pasando su mano por el lomo del felino.
Wonky-fu arqueó el
rabo, reanudando sus caricias con más vigor.
—Gatito bonito
—decía Brígida, acariciando sus orejas cuando regresó la señorita Waynflete.
—Pobre de mí
—exclamó—. Wonky-fu se ha echado encima de usted, ¿no es cierto? ¡Es tan
cariñoso! Tenga cuidado con su oreja izquierda, la ha tenido enferma y todavía
le duele mucho.
Pero la advertencia
llegó tarde. Brígida había tocado la oreja enferma y Wonky-fu se retiró
ofendido.
—¡Oh, cielos! ¿La
ha arañado? —exclamó la señorita Waynflete.
—No es nada —dijo
la muchacha, mostrando un arañazo que cruzaba su mano.
—¿Quiere que le
ponga un poco de yodo?
—No, no; no vale la
pena.
La señorita
Waynflete parecía disgustada, y Brígida, pensando que no había sido muy gentil,
se apresuró a decir:
—Quisiera saber
cuánto tardará Lucas.
—Vamos, no se
apresure, querida. Estoy segura de que el señor Fitzwilliam es capaz de cuidar
de sí mismo.
—¡Oh, Lucas es muy
fuerte!
En aquel momento
sonó el teléfono. Brígida corrió a descolgarlo. Lucas era quien llamaba.
—Oiga. ¿Eres tú,
Brígida? Estoy en la posada. ¿Puedes esperar a que vaya a recoger tus cosas
después de comer? Ha llegado Battle... ¿Sabes a quién me refiero?
—¿El inspector de
Scotland Yard?
—Sí. Y desea hablar
conmigo ahora mismo. ¿Me oyes?
—Sí, desde luego.
Tráemelas después de comer y cuéntame lo que dice de todo esto.
—De acuerdo. Hasta
luego, cariño.
—Hasta luego.
Brígida, tras
colgar el receptor, repitió la conversación a la señorita Waynflete. Luego
bostezó. De pronto le había invadido una sensación de cansancio.
La señorita
Waynflete se dio cuenta.
—¡Está muy cansada,
querida! Puede tenderse un rato... no, no me parece bien antes de comer. Iba a
llevarle unas ropas viejas a una mujer que vive no lejos de aquí... es un
bonito paseo por el campo. ¿No le gustaría venir conmigo? Tenemos tiempo antes
de la hora de la comida.
Brígida aceptó de
buena gana.
Y salieron. La
señorita Waynflete llevaba un sombrero de paja, y ante el regocijo de la
muchacha se había puesto guantes.
«¡Ni que fuéramos a
Bond Street !», pensó para sí.
La señorita
Waynflete fue charlando durante el camino de varios asuntos intrascendentales.
Atravesaron dos campos por una senda rocosa, y tomando una vereda desigual
prosiguieron el paseo entre matorrales. El día era caluroso y Brígida agradeció
la sombra de los árboles.
Miss Waynflete
propuso sentarse a descansar unos instantes.
—Hace un día
bochornoso. ¿No le parece? ¡Creo que habrá tormenta!
Brígida asintió
adormilada. Con los ojos semicerrados recordó la poesía:
¿Por qué vas por el
campo con guantes,
mujercita obesa que
no tuvo amantes?
¡No encajaba bien
del todo! La señorita Waynflete no era gruesa, y arregló los versos.
¿Por qué vas por el
campo con guantes,
mujercita enjuta
que no tuvo amantes?
La señorita
Waynflete la sacó rápidamente de sus meditaciones.
—Tiene mucho sueño,
¿verdad, querida?
Las palabras fueron
pronunciadas con amabilidad, pero el desusado tono de su voz hizo que Brígida
abriera del todo los ojos. La señorita Waynflete, inclinada sobre ella, repetía
su pregunta después de pasar la lengua ansiosamente por sus labios resecos.
—Tiene mucho sueño,
¿no es cierto?
Aquella vez no le
quedaron dudas sobre el significado de su tono. Un relámpago cruzó la mente de
Brígida... un relámpago de inteligencia, seguido de otro de convencimiento.
Había sospechado la
verdad..., pero no que se atentase contra ella. Creía haber calculado todo,
pero no soñó que habría de convencerse tan pronto. ¡Tonta... más que tonta!
Y de pronto se hizo la luz.
«El té... había
puesto algo en el té. Debe ignorar que no lo he tomado. ¡Ésta es mi
oportunidad! ¡Fingir! ¿Qué sería? ¿Veneno? ¿O tan sólo un soporífero? Ella
espera que yo me duerma... eso es evidente.»
Y dejó caer sus párpados como antes, y con lo
que consideraba una voz soñolienta, musitó:
—Sí... muchísimo...
¡Qué extraño! No sé por qué he de tener tanto sueño.
La señorita
Waynflete asentía con la cabeza.
Brígida la
observaba entre sus párpados semicerrados, pensando:
«¡De todas formas
soy una buena contrincante! Mis músculos son bastante fuertes y ella es una
frágil viejecilla. Pero tengo que hacerla hablar... eso es... hacerla hablar.»
Miss Waynflete
sonreía con una sonrisa astuta e inhumana.
«¡Parece un chivo!
¡Ya lo creo! ¡El chivo siempre ha sido el símbolo del diablo! ¡Ahora sé por
qué! —se dijo Brígida—. Tenía razón... ¡Mi fantástica idea era cierta! ¡El
infierno es tan malo como una mujer despechada! Todo se resume en esto.»
—No sé lo que me
pasa... me encuentro tan rara... —murmuró, y esta vez su voz denotaba recelo.
La señorita
Waynflete dirigió una mirada a su alrededor. El lugar estaba completamente
desierto y se hallaban demasiado lejos del pueblo para que se oyera un disparo.
No había casas en los alrededores. Empezó a revolver en el paquete que
llevaba... que según las apariencias debiera contener ropa vieja. Una vez libre
del papel que lo envolvía aparecieron unas prendas de lana. Las manos
enguantadas siguieron buscando... buscando...
¿Por qué vas por el
campo con guantes? Sí... ¿por qué? ¿Para qué llevaba guantes?
¡Claro! ¡Claro!
¡Todo había sido planeado hasta el menor detalle!
Las ropas cayeron a
un lado. Con sumo cuidado, la señorita Waynflete extrajo un cuchillo, que
sujetó con precaución para no borrar las huellas digitales ya impresas en él
desde aquella mañana por los dedos regordetes de lord Whitfield en la sala de
la Casa de los Fresnos.
Era el alfanje de
afilada hoja.
Brígida sintióse
flaquear. Había que ganar tiempo... sí, y hacer hablar a aquella mujer de
cabellos grises, a quien nadie había querido. No iba a serle muy difícil,
porque lo estaba deseando... y con la única persona que podía hacerlo era con
quien se hallaba en las circunstancias de Brígida... A punto de callar
totalmente para siempre.
Brígida habló con
voz desmayada:
—¿Para qué es...
ese... cuchillo?
Y entonces la
señorita Waynflete echóse a reír... con risa horrible, suave y musical..., pero
inhumana.
—Es para ti,
Brígida. ¡Para ti! Ya sabes que te odio desde hace mucho tiempo.
Brígida dijo:
—¿Porque iba a
casarme con Gordon Whitfield?
—Eres muy lista.
¡Muy lista! Eso será la prueba definitiva contra él. Te encontrarán aquí,
degollada... con su cuchillo... y sus huellas digitales. ¡Fui muy astuta al
pedir que me lo enseñara esta mañana! Luego, mientras tú estabas arriba, lo
escondí en mi bolso envuelto en un pañuelo. ¡Qué sencillo! Todo ha sido muy
fácil. Apenas puedo creerlo.
—Eso... es... porque... es... tan endiabladamente... lista —dijo la
muchacha con voz de persona dominada por los efectos de una droga.
La señorita
Waynflete volvió a reír con su risa horrible antes de decir con orgullo:
—¡Sí, siempre he
sido muy inteligente... desde niña! Pero nunca me dejaron hacer nada... Tuve
que estarme en casa inactiva. Luego Gordon... el hijo de un zapatero, pero que
tenía ambición... y habría de alcanzar tan elevada posición en el mundo... me
dejó plantada... ¡plantada! Y todo por el asunto del pájaro.
Y sus manos
hicieron un gesto como si estuviesen retorciendo algo. De nuevo Brígida
sintióse desfallecer.
—Gordon Ragg,
osando despreciarme... a mí... la hija del coronel Waynflete. ¡Juré que me las
pagaría! Pensé en ello día y noche... Y nos fuimos arruinando... Tuvimos que
vender nuestra casa. ¡Él la compró! Y luego vino a ofrecerme un empleo en la
que fue mi propia casa. ¡Cómo le odié entonces! Pero nunca demostré mis
sentimientos. Así nos lo enseñan de niñas... es una educación de incalculable
valor. Y es en estos casos cuando mejor se demuestra.
Quedó en silencio
unos instantes. Brígida la observaba, sin atreverse apenas a respirar por no
interrumpir su relato.
—No dejaba de
pensar y pensar —prosiguió la señorita Waynflete—. Al principio quise matarle,
y empecé a leer novelas de crímenes en la biblioteca... a escondidas, ¿sabes? Y
la verdad es que mis lecturas me fueron muy útiles en más de una ocasión. Por
ejemplo, para cerrar la puerta del cuarto de Ana desde fuera con la ayuda de
unas pinzas, después de haber cambiado las dos botellas. ¡Cómo roncaba, qué
ridículo!
Hizo una pausa.
—Veamos, ¿dónde
estaba?
Aquel don que
Brígida había cultivado y que encantaba a lord Whitfield, de ser una perfecta
oyente, le sirvió de mucho en esta ocasión. Honoria Waynflete podía ser una
homicida maniática, pero era algo más: era un ser humano deseoso de hablar de
sí mismo. Y con aquella clase de seres Brígida encajaba perfectamente. Y al hablar de nuevo, su voz era una invitación
para proseguir:
—Al principio pensó
en matarle.
—Sí..., pero no me
satisfizo... quise algo mejor. Y entonces se me ocurrió la idea. Pagaría por
los crímenes que no había cometido... ¡Iba a convertirle en un asesino! Le
colgarían por mis asesinatos. O le creerían loco y le encerrarían para el resto
de su vida... Eso era mucho mejor.
Y echóse a reír de nuevo, con ojos extraviados.
—Como te digo, leí
muchos libros de crímenes. Escogí detenidamente mis víctimas para no levantar
demasiadas sospechas al principio. ¿Sabes? —Su voz se ensombreció—. Me divertía
matar... Aquella desagradable mujer, Lydia Horton... una vez se refirió a mí llamándome
«vieja». Y me alegré cuando Gordon se peleó con ella. Pensé: «Mataré dos
pájaros de un tiro.» Fue divertidísimo echar arsénico en su té mientras estaba
al lado de su cama, y luego decir a la enfermera que la señora Horton se había
quejado del gusto tan amargo de las uvas de lord Whitfield. La estúpida no lo
repitió a nadie, lo cual fue una lástima.
»¡Y luego los
otros! Tan pronto como sabía que Gordon se disgustaba con alguien, arreglaba
fácilmente el accidente. Y él es tan tonto... tan tonto. Le hice creer que era
un ser especial. Que todo el que estaba contra él moría, y lo creyó. Pobre
Gordon, se lo cree todo. ¡Es tan simple!
Brígida se vio a sí
misma diciendo a Lucas:
—¡Gordon! ¡Creería cualquier cosa!
Ya lo creo. ¡Y con
qué facilidad! Pero debía saber más. ¿Fácil? Eso también lo era. Había hecho
varios años de secretaria, animando a sus empleados a que hablasen de sí
mismos. Y aquella mujer deseaba hablar... gozarse en su propia astucia.
—Pero ¿cómo se las
arregló? No sé cómo pudo.
—¡Oh, fue muy
sencillo! ¡Sólo se necesita organización! Cuando despidieron a Ana de la Casa
de los Fresnos la tomé en seguida. La idea del barniz me pareció de perlas... y
la puerta cerrada por dentro me libraba de sospechas. Aunque yo siempre quedaba
al margen porque no tenía motivos y no se sospecha de quien no tiene ningún
motivo para cometer un crimen. También fue fácil librarme de Carter... Iba
tambaleándose entre la niebla, le esperé en el puente y le di un empujón.
¿Sabes?, soy bastante fuerte.
Hizo una pausa para
volver a reír.
—¡Todo fue tan
divertido! Nunca olvidaré la cara de Tomás cuando le empujé por la ventana. No
tenía la más remota idea...
Se inclinó hacia
Brígida.
—La gente es muy
estúpida. Antes no me había dado cuenta.
—¿No será que... es
usted muy inteligente? —dijo Brígida despacio.
—Sí, sí... tal vez
tengas razón.
—Debió serle más
difícil librarse del doctor Humbleby —insinuó la muchacha.
—Sí, es
sorprendente cómo sucedió. Gordon había estado hablando tanto de su visita al
instituto Wellerman Wreitz, que pensé que la gente lo recordaría, y después
habrían de atar cabos. La oreja de Wonky-fu supuraba, me las arreglé para
pinchar con mis tijeras la mano del doctor, y luego insistí para que me dejara
vendarle. Él no supo que la venda estaba infectada primero en la oreja de
Wonky-fu. Me encantó poder hacerlo... sobre todo ya que el gato había sido de
Lavinia Pinkerton.
»¡Lavinia
Pinkerton! —su rostro se ensombreció—. Ella lo adivinó... Ella fue quien
encontró a Tomás, y cuando Gordon y el doctor discutieron, me sorprendió
mirando a Humbleby. Yo estaba desprevenida, pensando cómo eliminarle... y lo
adivinó. Pude ver que me observaba y que lo sabía. No podía probar nada, pero
temí que alguien la creyese, o que la escuchasen en Scotland Yard. Estaba
segura de que iría, y tomé el mismo tren para seguirla.
»Todo fue muy
fácil. Estaba cruzando Whitehall, y yo muy cerca de ella. No me vio. Pasó un
coche grande y la empujé con todas mis fuerzas. ¡Soy muy fuerte! Cayó bajo las
ruedas. Le dije a la mujer que vi más cerca que había visto la matrícula y le
di el número del «Rolls» de Gordon con la esperanza de que lo repitiera a la
policía.
»Tuve suerte. El
coche no paró. Debió ser algún chófer que llevaría el automóvil sin el permiso
de su amo. Sí, tuve suerte. Siempre la tengo. Como el otro día en la escena de
Rivers, con el señor Fitzwilliam por testigo. Era difícil hacerle sospechar de Gordon,
pero cuando viese muerto a Rivers tendría que hacerlo.
»Y ahora... bien,
esto terminará con todo.
Se levantó,
acercándose a Brígida.
—¡Gordon me dejó
plantada! Iba a casarse contigo. Toda mi vida he sido despreciada. No tuve
nada... nada...
Mujercita enjuta
que no tuvo amantes
Estaba inclinada
sobre ella, sonriendo, con las pupilas dilatadas... el cuchillo brilló un
instante...
Brígida dio un
salto con todo el impulso de su juventud, y como una tigresa se abalanzó sobre
la otra mujer, retorciéndole la muñeca.
Cogida de sorpresa,
Honoria Waynflete cayó antes de poder reaccionar, mas tras unos momentos de
inercia comenzó a luchar. Sus fuerzas no podían compararse. Brígida era joven y
sana y sus músculos se habían desarrollado con los deportes. Honoria Waynflete
era delgada y frágil.
Mas existía un
factor con el que Brígida no contó. Honoria Waynflete estaba loca. Su fuerza se
la proporcionaba la locura. Luchó como un demonio, y su resistencia era mayor
que la de Brígida. Forcejearon una y otra vez; aún no había apartado de sí el
cuchillo, cuando Honoria volvía a acercarlo.
Y poco a poco, la
fuerza de la loca se impuso. Brígida se puso a gritar:
—Socorro.. Lucas... Socorro...
Pero no esperaba
que llegaran en su ayuda. Estaba a solas con Honoria Waynflete, sola en un
campo desierto. Con un esfuerzo supremo logró doblar la muñeca de su
contrincante, y por fin hacerle soltar el cuchillo.
Al instante
siguiente tuvo las manos de la loca crispadas sobre su garganta, amenazando con
quitarle la vida. Exhaló un gemido entrecortado...
Capítulo XXII
HABLA LA SEÑORA
HUMBLEBY
Lucas se sintió
favorablemente impresionado por el inspector Battle. Éste era un hombre robusto
y agradable, de rostro enrojecido y grandes y hermosos bigotes. A primera vista
no parecía muy sagaz, pero una segunda mirada bastaba para convencer a cualquiera
de que era muy observador y sus ojos sumamente astutos.
Lucas no cometió la
equivocación de ignorar sus cualidades. Ya había tropezado con tipos como
Battle. No pudo haber soñado hombre mejor para que se encargara del caso.
—Debe ser usted un
buen sabueso cuando le envían para un caso como éste —le dijo cuando estuvieron
a solas.
—Acaso sea éste un
caso muy serio, señor Fitzwilliam. El inspector Battle sonrió—. Cuando se halla
mezclado un hombre como lord Whitfield procuramos no equivocarnos.
—Ya me doy cuenta.
¿Ha venido solo?
—¡Oh, no! Me he
traído a un detective. Se hospeda en la otra posada, la de las «Siete
Estrellas», y su trabajo consiste en vigilar a Su Señoría.
—Ya.
—¿No tiene ninguna
duda, señor Fitzwilliam? ¿Está bien seguro de que ése es su hombre?
—Ante los hechos no
veo otra alternativa posible ¿Quiere que le dé datos?
—Gracias. Me los ha
dado sir William.
—Bien. ¿Qué le
parece? Supongo que le resultará extraño que un hombre como lord Whitfield sea
un criminal.
—Pocas cosas me
sorprenden —repuso el inspector—. Nada es imposible tratándose de crímenes. Es
lo que siempre digo. Si usted me dijera que una vieja o un magistrado o una
colegiala eran asesinos peligrosos, no le diría que no, sino que investigaría.
—Ya que conoce
usted los hechos del caso por sir William, le relataré lo que ha sucedido esta
mañana —dijo Lucas.
Y le contó a
grandes rasgos su escena con lord Whitfield. El inspector Battle le escuchaba
con gran interés.
—¿Dice usted que
acariciaba un cuchillo? ¿Hizo algo especial con él, señor Fitzwilliam? ¿Amenazó
a alguien?
—Abiertamente, no.
Pasó su índice por el filo... con un placer insano. Creo que la señorita
Waynflete pensó lo mismo.
—Ésa es la señorita
de que me habló... que conoce a lord Whitfield de toda su vida... y que una vez
estuvieran prometidos para casarse.
—Eso es.
—Creo que no debe
atormentarse más por ella, señor Fitzwilliam. Haré que la vigilen, y con eso y
Jackson siguiendo los pasos de Su Señoría, no hay peligro de que ocurra nada.
—Me ha quitado
usted un peso de encima.
El inspector
asintió con simpatía.
—Es una posición
muy ingrata la suya, puesto que se interesa por la señorita Conway. No creo que
éste sea un caso fácil. Lord Whitfield debe de ser un hombre muy astuto y es
probable que mienta durante mucho tiempo aún. Es decir a menos que haya llegado
el último grado.
—¿A qué llama el
último grado?
—A una especie de
egoísmo que invade al criminal cuando cree que nadie es capaz de descubrirle.
¡Se cree demasiado inteligente y que todos los demás son estúpidos! Entonces,
como es natural, es cuando le cazaremos.
—Bien —dijo Lucas,
haciendo un gesto de asentimiento—. Le deseo suerte. Déjeme que le ayude en lo
que pueda. ¿No me sugiere nada?
Battle meditó unos
instantes.
—Por el momento,
no. Sólo quiero ordenar las cosas. ¿Tal vez podamos charlar otro ratito esta
noche?
—Encantado.
—Entonces, sabré
mejor a qué atenerme.
Lucas sentíase
confortado y algo más tranquilo. Mucha gente sacaba esa misma opinión después
de una entrevista con Battle. Miró su reloj. ¿Y si fuese a ver a Brígida antes
de comer? No. La señorita Waynflete pudiera verse obligada a invitarle, y le
desagradaba desequilibrar su presupuesto.
A las damas de
cierta edad estos problemas las contrarían; el tener tantas tías le daba
experiencia. Se preguntó si la señorita Waynflete tendría sobrinos. Tal vez sí.
Acababa de
atravesar la puerta de la posada cuando una figura negra que bajaba
apresuradamente la calle al verle se detuvo.
—Señor Fitzwilliam.
—Señora Humbleby.
Se adelantó para
estrecharle la mano.
—Pensé que se
habría marchado —dijo ella.
—No, sólo be
cambiado de domicilio. Ahora me hospedo aquí.
—¿Y Brígida? Me han
dicho que ha dejado la Casa de los Fresnos.
—Sí, es cierto?
—¡Cuánto me alegro!
—dijo la señora Humbleby—. ¡Cuánto me alegro que haya abandonado Wychwood!
—Oh, todavía está
aquí. A decir verdad, está en casa de la señorita Waynflete.
La señora Humbleby
retrocedió unos pasos. Su rostro denotaba extraordinaria contrariedad, según
pudo apreciar Lucas con sorpresa.
—¿En casa de la
señorita Waynflete? Oh, pero ¿por qué?
—La señorita
Waynflete la ha invitado a pasar unos días con ella.
La señora Humbleby,
estremeciéndose, se acercó a Lucas y le cogió del brazo.
—Señor Fitzwilliam.
Sé que no tengo derecho a decir nada... nada en absoluto. He sufrido mucho
últimamente y... tal vez esto me hace ver lo que no existe. Estos
presentimientos pueden ser sólo imaginaciones.
—¿Qué
presentimientos?
—Este
presentimiento que tengo del mal.
Miró tímidamente a
Lucas. Al ver que se limitaba a inclinar la cabeza sin hacerle caso, continuó:
—De tantas
maldades, es un presentimiento que no me abandona... las desgracias que ocurren
aquí, en Wychwood. Y esa mujer tiene la culpa de todo. ¡Estoy segura!
—¿Qué mujer? —Lucas
estaba hecho un lío tremendo.
—Honoria Waynflete
es una mujer malvada. ¡Estoy segura! Oh, ya veo que no me cree. Tampoco nadie
quiso creer a Lavinia Pinkerton. Pero las dos lo sentimos. Ella creía que sabía
más que yo... Recuerde, señor Fitzwilliam, que si una mujer no es feliz es
capaz de hacer cosas terribles.
—Sí, es posible
—dijo él como convencido por no contrariarla.
—¿No me cree? Bien,
¿por qué iba a creerme? Pero no puedo olvidar el día que Juan llegó a casa con
la mano vendada por ella, a pesar de que no hizo caso diciendo que era sólo un
rasguño.
Se volvió.
—Adiós. Por favor,
olvide lo que le he dicho. No... no... me encuentro muy bien estos días.
Lucas la miró al
marchar. Se preguntaba por qué habría ella calificado de malvada a Honoria
Waynflete. ¿Es que habría sido amiga de su esposo y estaría celosa?
¿Qué más había
dicho? «Nadie quiso creer tampoco a Lavinia Pinkerton.» Luego ésta debió
comunicarle sus sospechas. Volvió él a la escena del tren y el rostro
atormentado de la anciana señora diciendo: «La mirada de ciertas personas.» Y
apareció con claridad en su memoria el modo que su cara se había transfigurado
al hablar. Por unos instantes sus labios se juntaron en una sola línea, y
simultáneamente, sus ojos tomaron una curiosa expresión.
Y de pronto se dijo: Yo he visto esa
expresión... hace muy poco. ¿Cuándo? ¡Esta mañana! ¡Claro! Ha sido la señorita
Waynflete cuando miraba a Brígida en la sala de la Casa de los Fresnos.
Lavinia Pinkerton
había hablado de la mirada que viera en los ojos de un hombre... Y era posible
que por un segundo hubiese reproducido la mirada que vio..., la mirada de un
asesino contemplando a su propia víctima...
Sin saber lo que
hacía, encaminó sus pasos hacia la casa de la señorita Waynflete. Una voz en su
interior le repetía una y otra vez:
«No habló de un
hombre... tú pensaste que se trataba de un hombre..., pero ella no lo dijo...
Oh, Dios mío, ¿estaré loco? No es posible lo que estoy pensando... seguro que
es imposible... es absurdo... Pero debo ver a Brígida. Debo saber que está a
salvo. Esos ojos... esos extraños ojos color ámbar. ¡Oh, estoy loco! ¡Debo
estar loco! ¡Whitfield es el criminal! ¡Debe serlo! ¡Casi lo ha confesado!
Y como en una
pesadilla volvió a ver el rostro de la señorita Pinkerton recordando una mirada
extraña y demente.
La doncellita le
abrió la puerta, y algo sorprendida por su vehemencia, le dijo:
—La señorita ha
salido, me lo dijo miss Waynflete. Iré a ver si ella está.
Y siguiéndola entró
en el comedor. Emilia subió las escaleras, volviendo sin aliento.
—La señora también
ha salido.
Lucas la sujetó por
los hombros.
—¿Por dónde han
ido? ¿Adonde iban?
—Deben haberse ido
por la parte de atrás. Si hubiesen salido por delante las hubiese visto, porque
la cocina da a la puerta principal.
Y le siguió hasta
verle salir al jardincito. Un hombre se hallaba recortando un seto. Lucas le
preguntó por ellas, procurando que su voz fuese normal.
—¿Dos señoras? Sí.
Hace un rato. Yo estaba comiendo sentado detrás del seto y no me vieron —repuso
el hombre.
—¿Qué camino
tomaron?
Hizo todo lo
posible por no alterar su voz, y a pesar de ello el hombre abrió más los ojos.
—Cruzaron esos
campos... Por ahí. Luego ya no sé.
Lucas le dio las
gracias y echó a correr. Su sentido de urgencia se incrementaba. ¡Tenía que
alcanzarlas! Pudiera estar loco. Probablemente estarían dando un amigable
paseo, pero alguna cosa le obligaba a ir de prisa. ¡Más de prisa!
Cruzó los dos
campos y se detuvo sin saber qué camino tomar. ¿Y ahora hacia dónde?
Y entonces oyó su llamada... lejana... pero
inconfundible:
—Socorro...
Lucas... Socorro —y otra vez—: Lucas... Echó a correr en la dirección de donde
provenía el grito. Se oyeron otros ruidos, golpes... lucha... y un gemido
apagado.
Hizo aparición
entre los árboles a tiempo de arrancar las manos de la loca de la garganta de
la víctima, y agarrarse a la suya hasta que entre gemidos y convulsiones quedó
sin sentido.
Capítulo XXIII
UN NUEVO COMIENZO
—Pero no lo
entiendo —dijo lord Whitfield—. No lo entiendo.
Luchaba por
mantener su dignidad, pero bajo su arrogante exterior se manifestaba el
desconcierto. Apenas podía dar crédito a los extraordinarios sucesos.
—Pues es así, lord
Whitfield —dijo Battle pacientemente—. Para comenzar le diré que existen en su
familia casos de demencia. Ahora se ha descubierto, y me atrevo a decir que
ella tenía esa predisposición. Además era ambiciosa... y estaba despechada.
Primero su carrera y luego su noviazgo —carraspeó—. Tengo entendido que fue
usted quien la dejó plantada.
—No me gusta ese
término —dijo lord Whitfield.
El inspector Battle
arregló la frase.
—¿Fue usted quien
dio por terminadas las relaciones?
—Pues... sí.
—Cuéntanos por qué,
Gordon —dijo Brígida.
—Oh, bueno, lo
haré, si no hay más remedio —dijo enrojeciendo—. Honoria tenía un canario, al
que quería mucho. Un día le dio un picotazo. Ella se enfureció y cogiéndole
entre sus manos... le retorció el pescuezo. Después de eso, yo ya no sentía lo
mismo por ella, y le dije que habíamos cometido una equivocación.
—Ése fue el
principio —dijo Battle asintiendo—. Como le dijo a la señorita Conway, ella
cambió los hechos y dirigió toda su indudable habilidad mental a un solo fin.
—¿Para que me
creyeran un asesino? —lord Whitfield no acababa de convencerse—. No puedo
creerlo.
—Es cierto, Gordon
—le dijo Brígida—. Ya sabes que te sorprendías al ver que todo el que te
molestaba desaparecía inmediatamente de un modo extraordinario.
—Existe una razón.
—La razón es
Honoria Waynflete —repuso la muchacha—. Convéncete de que no fue la Providencia
quien empujó a Tomás desde la ventana, ni a todos los demás, sino Honoria.
—¡Me parece tan
inverosímil! —dijo Gordon meneando la cabeza.
—¿Dice usted que ha
recibido un mensaje por teléfono esta mañana? —preguntó Battle.
—Sí, a eso de las
doce. Me pidieron que acudiese a aquel campo inmediatamente, porque tú,
Brígida, tenías algo que decirme. Debía ir a pie y no en mi automóvil.
—Exacto —afirmó
Battle—. Ése hubiese sido el fin. Hubiesen encontrado a la señorita Conway
degollada, y a su lado el cuchillo con sus huellas digitales. ¡Y usted hubiese
sido visto por aquellos alrededores! No tendría escapatoria. Cualquier juez del
mundo le hubiese condenado.
—¿A mí? —exclamó
lord Whitfield, sorprendido y disgustado—. ¿Es que alguien hubiera creído una
cosa así de mí?
—Yo no, Gordon.
Nunca lo creí —dijo Brígida con calor.
—¡Por mi carácter y
comportamiento durante mi estancia en este país no creo que nadie hubiese dado
crédito, ni por un momento, a esas monstruosas acusaciones!
Y dicho esto salió
de la habitación, cerrando la puerta tras sí.
—¡Nunca querrá
creer que ha corrido un serio peligro! —exclamó Lucas, y luego añadió—: Vamos,
Brígida, cuéntame cómo sospechaste de la señorita Waynflete.
—Fue cuando me
dijiste que Gordon era el asesino —explicó ella—. ¡No podía creerlo! ¿Sabes? Le
conozco tan bien. ¡He sido su secretaria durante dos años! Sé que es fatuo y
orgulloso, y que sólo piensa en sí mismo, pero también sé que es una persona
amable, casi demasiado sensible. Le molesta matar incluso una mosca. Esa
historia de la muerte del canario de la señorita Waynflete... tenía que ser un
error. No pudo hacerlo. Una vez me dijo que él fue quien la dejó, y tú me
decías que era al revés. Bueno, eso podía ser cierto. Su orgullo no le permitía
admitir que fue desdeñado. ¡Pero eso del pájaro! ¿Cómo pudo hacerlo? ¡Si no
puede disparar porque el ver las piezas muertas le pone enfermo!
»Así que comprendí
que parte de la historia no era cierta. Pero en ese caso la señorita Waynflete
mentía. Y en realidad, si bien se piensa, era una mentira extraordinaria. Y di
en pensar si no fuese la única. Es una mujer muy altiva... cualquiera puede verlo.
El haber sido despreciada debió herirla en lo más hondo y sentir rabia y deseos
de vengarse de lord Whitfield... sobre todo cuando él había prosperado y
enriquecido. Y pensé: "Sí, probablemente intenta hacer recaer un crimen
sobre él." Y entonces empezaron a girar en mi mente varias ocurrencias y
me dije: "Supongamos que todo lo que ha dicho sea falso." ¡Qué fácil
es para una mujer así engañar a un hombre! Es fantástico, pero supongamos que
fuese ella quien asesinó a todas esas personas y le metiese a Gordon en la
cabeza que la divina Providencia le libraba de sus enemigos. Como te dije una
vez, Gordon es capaz de creer cualquier cosa. Y pensé: "¿Pudo cometer
todas esas muertes?" ¡Y vi que sí! Pudo empujar a un hombre borracho y a
un niño desde una ventana. Ana Gibbs había muerto en su casa, y acostumbraba
visitar a la señora Horton cuando estaba enferma. El doctor Humbleby me pareció
menos fácil. No sabía que cuando Wonky-fu tuvo la oreja mala, ella infectó la
venda que puso en su mano. Y no pude imaginarla disfrazada de chófer para matar
a la señorita Pinkerton; por eso lo consideré más difícil.
»Mas de repente vi
que pudo empujarla por detrás, cosa fácil entre la multitud. El coche no paró y
tuvo oportunidad de decir a otra mujer que había visto el número del automóvil,
y darle la matrícula del "Rolls" de lord Whitfield.
»Claro que todo
esto giraba en mi cabeza sin orden ni concierto, pero si Gordon no ha cometido
esos crímenes... y yo lo sé... ¿Quién ha sido? La respuesta es: "Alguien
que odie a Gordon." ¿Quién le odia? Honoria Waynflete, naturalmente.
»Y luego recordé
que la señorita Pinkerton se había referido a un hombre. Eso derrumbaba todas
mis teorías, porque a no ser que estuviera en lo cierto, no la habrían matado.
Me repetí las palabras de la
señorita Pinkerton, y vi que no utilizó directamente la palabra hombre.
¡Me di cuenta de que estaba sobre la verdadera pista! Decidí aceptar la
invitación de la señorita Waynflete resuelta a sacarle la verdad de todo lo
ocurrido.
—¿Sin decirme ni
una palabra? —saltó Lucas, enfadado.
—Pero, cariño,
estabas tan seguro, y yo no lo estaba en absoluto. Todo era vago e indeciso.
Mas no imaginé que pudiera correr peligro. Creí que tenía mucho tiempo... Oh,
Lucas, fue horrible —se estremeció—. Sus ojos... y aquella risa inhumana...
—No olvidaré nunca
que llegué justamente a tiempo —dijo Lucas, y se volvió hacia Battle—. ¿Cómo
está ahora?
—Completamente
desmoralizada —repuso el inspector—. Ya sabe, no puede soportar la idea de que
no ha sido tan lista como se creía.
—Bueno, no soy un
buen policía. No sospeché ni un momento de Honoria Waynflete. Usted lo ha hecho
mejor, Battle —dijo Lucas, resentido.
—Puede que sí,
puede que no. Recuerde lo que le dije, que todo es posible en criminología.
Creo que nombré a una vieja dama.
—Y también a un
magistrado y una colegiala. ¿Tengo que creer que también les considera
criminales en potencia?
La sonrisa de
Battle se trocó entonces en una extraña mueca.
—Lo que quise decir
es que cualquiera puede ser un asesino.
—Excepto Gordon
—dijo Brígida—. Lucas, vamos a buscarle.
Le encontraron
escribiendo muy atareado en su despacho.
—Gordon —dijo la
muchacha con voz tierna—-. Por favor, ahora que ya lo sabes todo, ¿podrás
perdonarnos?
—Claro, querida,
claro. Lo comprendo. Soy un hombre muy ocupado y no atendía. La verdad de este
asunto se resume en esta frase de Kipling: «Viaja más de prisa quien viaja
solo.» Tengo una gran responsabilidad, y debo sobrellevarla solo. Para mí no
existe camaradería, ni ayuda... debo ir solo... hasta que caiga en mi camino.
—¡Querido Gordon!
¡Eres un encanto! —exclamó Brígida.
—No es cuestión de
ser un encanto —dijo Gordon frunciendo el ceño—. Olvidemos todas estas
tonterías. Soy un hombre muy ocupado.
—Lo sé.
—Estoy preparando
una serie de artículos que quiero publicar en seguida sobre los «Crímenes
cometidos por las mujeres a través de las épocas».
—Gordon, creo que
has tenido una magnífica idea —dijo Brígida mirándole con admiración.
—Ahora dejadme, por
favor. No quiero que me distraigan. Tengo mucho trabajo —dijo lord Whitfield
irguiéndose.
Lucas y la muchacha
salieron de la estancia de puntillas.
—La verdad es que
es encantador —dijo Brígida.
—-Brígida, creo que
ese hombre te interesa.
—Ya sabes, Lucas,
que una vez lo creí.
—Me alegra
marcharme de Wychwood —comentó Lucas mirando por la ventana—. No me gusta este
sitio. Como dijo la señora Humbleby, existe cierto maleficio. No me gusta la
sombra que proyecta la Colina de las Brujas sobre el pueblo.
—Hablando de la
Colina de las Brujas, ¿qué hay de Ellworthy?
Lucas echóse a reír
avergonzado.
—¿Lo dices porque
vi sangre en sus manos?
—Sí.
—¡Por lo visto es
que habían sacrificado un gallo blanco!
—¡Qué desagradable!
—Creo que puede
suceder algo parecido. Battle se propone darle una sorpresa.
—Y el pobre
comandante Horton no pensó nunca en matar a su esposa; el señor Abbot recibiría
una carta comprometedora de alguna dama, y el doctor Thomas es tan sólo un
simpático y joven médico —resumió Brígida.
—¡Es un solemne
tonto!
—Dices eso porque
tienes celos de que se case con Rosa Humbleby.
—Es demasiado buena
para él.
—¡Siempre he creído
que te gusta más que yo!
—Querida, ¿no te
parece un poco absurdo eso?
—No, la verdad.
Quedó silenciosa
unos momentos y luego preguntó:
—Lucas, ¿te gusto
ahora?
Hizo un movimiento
para acercarse a ella, pero le rechazó.
—¡Oh! Ya... Sí, me
gustas, Brígida, tanto como te quiero.
—Tú también me
gustas, Lucas...
Y sonrieron
tímidamente como dos niños que acaban de hacerse amigos.
—El gustarse es más
importante que amarse. Es lo que atrae. Y yo quiero que estemos unidos, Lucas.
No que sólo nos amemos y al cabo de poco tiempo de casados nos cansemos el uno
del otro y queramos unirnos a otra persona. Eso debemos evitarlo.
—¡Oh, amor mío, lo
sé! Tú quieres realidad. Y yo también. Nos amaremos siempre porque nuestro amor
está fundado en la realidad.
—¿Es cierto, Lucas?
—Es cierto, cariño.
Creo que es por eso por lo que temía enamorarme de ti.
—Yo también temía
amarte.
—¿Tienes miedo
ahora?
—No.
—Hemos estado mucho
tiempo cerca de la muerte. Ahora ¡todo ha terminado! Y empezamos a vivir...
FIN

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