© Libro N° 13946. ¿Qué Es Una
Nación? Gellner,
Ernest. Emancipación. Junio 14 de
2025
Título Original: © ¿Qué Es Una Nación? Ernest
Gellner
Versión Original: © ¿Qué Es Una Nación? Ernest Gellner
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Ernest Gellner
¿Qué Es Una Nación?
Ernest Gellner
IEP - Instituto de Estudios Peruanos
Taller Interactivo: Prácticas y Representaciones
de la Nación, Estado y Ciudadanía en el Perú
|
¿QUÉ ES UNA NACIÓN? * Ernest Gellner |
Módulo: Aproximaciones teóricas: Nación
Sesión 4, Lectura Nº 3
Lima, junio del 2002
Procedencia del texto: http://www.cholonautas.edu.pe/modulo/upload/4sesgell.pdf
• En: Ernest Gellner, Naciones y nacionalismos.
Alianza Editorial, Madrid, 1997. Capítulo 5, Pp. 77-88.
¿QUE ES UNA NACIÓN? *
Ernest Gellner
Por
fin estamos en condiciones de intentar dar una respuesta plausible a esta
pregunta. En principio habría dos candidaturas especialmente prometedoras para
elaborar una teoría de la nacionalidad: voluntad y cultura. Ni que decir tiene
que ambas son importantes y relevantes, pero parece igualmente claro que ninguna
de las dos es siquiera remotamente suficiente, y resulta instructivo pararse a
pensar por qué esto es así.
No
cabe duda de que la voluntad o aquiescencia constituye un factor muy
importante en la formación de los grupos, ya sean éstos grandes o pequeños. La
especie humana siempre se ha organizado en grupos de todos tamaños y formas,
unas veces claramente definidos y otras de una forma un tanto vaga, en
ocasiones netamente diferenciados entre sí y en otras superpuestos o
interrelacionados. La diversidad de estas posibilidades y de los principios
según los cuales los grupos se han formado y mantenido es infinita. Sin
embargo, en la formación y mantenimiento de los grupos se dan por dos agentes
genéricos o catalizadores claramente fundamentales: por un lado, la voluntad,
la adhesión voluntaria y la identificación, la lealtad y la solidaridad, y, por
otro, el temor, la opresión y la coacción. Estas dos posibilidades constituyen
las bandas opuestas del espectro. Puede que haya comunidades que se basen de
forma exclusiva o muy preponderante en una u otra, pero son más bien escasas.
La mayoría de los grupos que perduran se basan en una mezcla de lealtad e
identificación (de adhesión voluntaria) e incentivos positivos o negativos
ajenos (esperanzas y temores).
Si
en un imaginario mar echamos a modo de red la definición de nación como grupo
que quiere perdurar como comunidad,[1] la
pesca será abundante. Al recogerla veremos que incluye con seguridad las
comunidades que podemos reconocer como naciones efectivas y dotadas de
cohesión: estas auténticas naciones realmente quieren serlo, y su vida será a
buen seguro una especie de plebiscito continuo y autoafirmativo. Pero,
desgraciadamente, esta definición se puede aplicar asimismo a la mayoría de los
clubes, conspiraciones, bandas, equipos y partidos por no hablar de las incontables
comunidades de asociaciones de la era preindustrial que ni se gestaron ni
definieron de acuerdo con el principio del nacionalismo y que se opusieron a
él. Voluntad, aquiescencia e identificación siempre han estado presentes en el
teatro del mundo, aun cuando las acompañaran, y lo continúen haciendo, la
especulación, el miedo y el interés. (Cuestión interesante y controvertida es
si la pura inercia, la persistencia de colectivos y asociaciones, debe
considerarse un acuerdo tácito o algo más.)
La
autoidentificación tácita ha operado en favor de todo tipo de agrupamientos
mayores o menores que naciones, agrupamientos que las cruzaban, que se definían
horizontalmente o de cualquier otra forma. En otras palabras, aun cuando la
voluntad sea la base de una nación (parafraseando una definición idealista de
estado), lo es a la vez de tantas otras cosas que no nos permite definir el concepto
de nación de esa forma. Si nos parece tentadora es sólo porque en la era
moderna, nacionalista, los objetos de identificación son las unidades
nacionales, y ello a causa de que aquellos otros tipos de grupos hoy en día
caen el olvido muy fácilmente. Los que dan por sentados los presupuestos
tácitos del nacionalismo se los atribuyen erróneamente y para todas las épocas
a la humanidad en conjunto. Sin embargo, una definición ligada a los presupuestos
y condicionamientos de una época (una exageración, por tanto) no puede
utilizarse provechosamente para ayudar a explicar el surgimiento de esa era.
Cualquier
definición de nación en términos de cultura común nos proporcionará asimismo
pesca abundante. La historia del hombre está y seguirá estando bien provista
de diferenciaciones culturales. Las fronteras culturales unas veces están muy
bien definidas y otras son muy difusas; las pautas pueden ser terminantes y
sencillas, o bien tortuosas y complejas. Por las razones en que tanto hemos
insistido, esta riqueza de diferenciación generalmente no coincide, y de hecho
no puede hacerlo, ni con los límites de las unidades políticas (la jurisdicción
de las autoridades efectivas) ni con los de las unidades bendecidas con los
sacramentos democráticos de la aquiescencia y la voluntad. Ello obedece
sencillamente a que el mundo agrario no tenía posibilidad de ser tan nítido. El
mundo industrial tiende a serlo. O al menos a aproximarse a tal simplicidad,
pero eso es otra cuestión, y además hoy existen factores especiales que lo
hacen posible.
El
establecimiento de culturas desarrolladas y difundidas (sistemas de
comunicación estandarizados y basados en la alfabetización), proceso que gana
terreno rápidamente en todo el mundo, ha hecho que cualquier persona demasiado
inmersa en las asunciones contemporáneas pueda pensar que es posible definir la
nacionalidad atendiendo a la cultura común. Actualmente la gente sólo puede
vivir en unidades definidas por una cultura común y fluidas internamente. El
pluralismo cultural auténtico deja de ser viable en condiciones normales. Sin
embargo, un poco de conciencia histórica o de preparación sociológica disipa
la ilusión de que siempre haya sido así. En el pasado las sociedades
culturalmente plurales funcionaban por regla general perfectamente; tan bien,
de hecho, que a veces se inventaba la pluralidad cultural allí donde estaba ausente.
Teniendo
en cuenta que estas convincentes razones cierran el acceso a estas dos, en
principio, prometedoras sendas para la definición de nacionalidad, hemos de
preguntarnos si existe alguna otra.
La
gran -pero válida- paradoja es la siguiente: las naciones sólo pueden definirse
atendiendo a la era del nacionalismo, y no, como pudiera esperarse, a la
inversa. La era del nacionalismo no es la simple suma del despertar
y la afirmación política de tal o cual nación. Lo que ocurre es, más bien, que
cuando las condiciones sociales generales contribuyen a la existencia de
culturas desarrolladas estandarizadas, homogéneas y centralizadas, que penetran
en poblaciones enteras, y no sólo en minorías privilegiadas, surge una
situación en la que las culturas santificadas y unificadas por una educación
bien definida constituyen prácticamente la única clase de unidad con la que el
hombre se identifica voluntariamente, e incluso, a menudo, con ardor. Hoy en
día las culturas parecen ser las depositarias naturales de la legitimidad política.
Sólo entonces constituye un escándalo cualquier desafío que hagan unidades
políticas a sus fronteras.
Es
en estas condiciones, y sólo en ellas, cuando puede definirse a las naciones
atendiendo a la voluntad y la cultura, y, en realidad, a la convergencia de
ambas con unidades políticas. En estas condiciones el quiere estar
políticamente unido a aquellos, sólo a aquellos, que comparten su cultura Es
entonces cuando los estados quieren llevar sus fronteras hasta los límites que
define su cultura y protegerla e imponerla gracias a las fronteras marcadas por
su poder. La fusión de voluntad, cultura y estado se convierte en norma, y en
una norma que no es fácil ni frecuente ver incumplida. (En tiempos lo fue casi
universalmente con impunidad, pero no fue cosa que llamara la atención ni que
se discutiera.) Tales condiciones no definen la situación del hombre en sí;
sólo definen su variante industrial.
El
nacionalismo engendra las naciones, no a la inversa. No puede negarse que
aprovecha, si bien de forma muy selectiva, y a menudo transformándolas
radicalmente, la multiplicidad de culturas, o riqueza cultural preexistente,
heredada históricamente. Es posible que se haga revivir lenguas muertas, que
se inventen tradiciones y que se restauren esencias originales completamente
ficticias. Pero este aspecto culturalmente creativo e imaginativo, positivamente
inventivo, del ardor nacionalista no capacita a nadie para concluir
erróneamente que el nacionalismo es una invención contingente, artificial,
ideológica, que no habría surgido si esos condenados y entrometidos pensadores
europeos que no tienen otra cosa que hacer no lo hubiesen urdido e inoculado
fatídicamente en la sangre de comunidades que de cualquier otro modo habrían
sido viables políticamente. Los retales y parches culturales que utiliza el
nacionalismo a menudo son invenciones históricas arbitrarias.
Cúalquier
otro retal con su consiguiente parche habría servido también. Pero de ello no
puede deducirse de ninguna manera que el principio del nacionalismo en sí, al
revés de los avatares que ha de pasar hasta su encarnación, sea de algún modo
contingente y accidental.
Nada
más lejos de la verdad que esta suposición. El nacionalismo no es lo que
parece, pero sobre todo no es lo que a él le parece ser. Las culturas cuya
resurrección y defensa se arrogan son frecuentemente de su propia invención,
cuando no son culturas modificadas hasta llegar a ser completamente
irreconocibles. Pese a todo esto, y a diferencia de cada una de sus formas
específicas y de los disparates individualmente diferenciadores que pueda
preconizar, el principio nacionalista en sí está profundamente arraigado en
nuestra condición actual, no es contingente en absoluto y no se le puede negar
fácilmente.
Durkheim
enseñó que lo que adora la sociedad en el culto religioso es su propia imagen
enmascarada. En una era nacionalista las sociedades se adoran abierta y
descaradamente, prescindiendo de todo disimulo. En Nuremberg, la Alemania nazi
no se autoadoró utilizando el culto a Dios, ni siquiera a Wotan, como medio;
sencillamente autoadoró, y sin ningún rubor. De forma mucho más templada, pero
igualmente significativa, los preparados teólogos modernos no creen ni
siquiera les preocupan los aspectos doctrinales de su fe que tanta importancia
tuvieron para sus predecesores. El mero y único valor que les dan es el de
herramientas conceptuales y rituales mediante las cuales una tradición social
consolida sus valores, su continuidad y su solidaridad, viéndolos, de esta
suerte, desde algo así como un autofuncionalismo bufo; a la vez, y sistemáticamente,
ensombrecen e intentan minimizar la diferencia entre esta “fe” tácitamente
reduccionista y la realidad que la precedió y que desempeñó papel tan crucial
en los albores de la historia de Europa, papel que nunca podrían haber
desempeñado las actuales versiones, diluidas y abreviadas hasta ser
irreconocibles. No obstante, el hecho de que la egolatría social, ya chillona
y virulenta, ya sibilina y moderada, se convierta en una egolatría abiertamente
confesada, dejando de ser un medio de veneración encubierta de la sociedad
pese a ser a través de la imagen de Dios, como Durkheim recalcó, no significa
que el modo actual sea más sincero que el de una era durkheimiana. La
comunidad ha dejado de poder verse a través del prisma de lo divino; pero el
nacionalismo tiene amnesias y selecciones propias que, aun pudiendo ser
rigurosamente seculares, pueden ser también profundamente deformadoras y
engañosas.
El
engaño y autoengaño básicos que lleva a cabo el nacionalismo consisten en lo
siguiente: el nacionalismo es esencialmente la imposición general de una
cultura desarrollada a una sociedad en que hasta entonces la mayoría, y en
algunos casos la totalidad, de la población se había regido por culturas
primarias. Esto implica la difusión generalizada de un idioma mediatizado por
la escuela y supervisado académicamente, codificado según las exigencias de
una comunicación burocrática y tecnológica módicamente precisa. Supone el
establecimiento de una sociedad anónima e impersonal con individuos atomizados
intercambiables que mantiene unidos por encima de todo una cultura común del
tipo descrito, en lugar de una estructura compleja de grupos locales previa
sustentada por culturas populares que reproducen local e idiosincrásicamente
los propios microgrupos. Eso es lo que ocurre realmente.
Sin
embargo, esto es exactamente lo contrario de lo que afirma el nacionalismo y de
lo que creen a pies juntillas los nacionalistas. El nacionalismo suele
conquistar en nombre de una supuesta cultura popular. Extrae su simbolismo de
la existencia sana, inmaculada del pueblo, del Volk, del narod. Cuando los que
rigen a ese narod o Volk son representantes de una cultura desarrollada distinta,
ajena, cuya opresión en un principio puede combatirse mediante una
resurrección y afirmación culturales, y en última instancia mediante una
guerra de liberación nacional, hay cierta dosis de verdad en la presentación
que de sí hace el nacionalismo. Si este prospera, elimina la cultura
desarrollada extraña, pero no la reemplaza por la antigua cultura primaria
local; resucita, o inventa, una cultura desarrollada local (alfabetizada,
transmitida por especialistas) propia que, no obstante, conserva algunos
puntos de contacto con los primeros modos de vida y dialectos populares
locales. Fueron las grandes damas de la Opera de Budapest quienes salieron a
la calle con una indumentaria popular o que pretendía serlo. Hoy en día el
sector de la Unión Soviética que escucha discos “étnicos” no es la población
rural étnica superviviente, sino la recientemente urbanizada, la que ocupa
apartamentos, una población instruida y usuaria de más de una lengua[2] que
gusta de publicar sus raíces y sentimientos, reales o imaginarios, y que sin
duda adoptará una actitud tan nacionalista como la situación política le
permita.
Así
pues, todavía existe un autoengaño sociológico, una visión de la realidad a
través del prisma de la ilusión, pero no es el mismo que en su día analizó
Durkheim. La sociedad ya no volverá a adorarse a través de símbolos
religiosos; las culturas avanzadas modernas, aerodinámicas y sobre ruedas, se
ensalzan mediante la música y la danza que toman (estilizándolas en el proceso)
de culturas populares a las que ingenuamente creen estar perpetuando,
defendiendo y reafirmando.
El camino que ha de recorrer el verdadero
nacionalismo nunca ha sido fácil
Un
guión característico de la evolución de un nacionalismo -más adelante tendremos
ocasión de volver a él- puede ser algo parecido a lo siguiente. Los ruritanos eran
una población campesina que hablaba un conjunto de dialectos relacionados y
más o menos mutuamente inteligibles, y que habitaban una serie de pequeñas
regiones aisladas, pero no muy separadas, pertenecientes al imperio de Megalomania.
Sólo estos campesinos hablaban el lenguaje ruritano, o mejor dicho, los
dialectos que podría decirse que lo componían. La aristocracia y la burocracia
utilizaban el lenguaje de la corte megalomana, que pertenecía a un tronco
lingüístico diferente de aquel a partir del cual derivaron los dialectos
ruritanos. La mayoría de los campesinos ruritanos, aunque no todos, eran
miembros de una iglesia cuya liturgia provenía, a su vez, de otro tronco
lingüístico; muchos de los sacerdotes de ésta, especialmente aquellos que
ocupaban las altas jerarquías, hablaban un lenguaje que era una evolución
moderna y vernácula del lenguaje litúrgico de su credo y que estaba asimismo
muy alejado del ruritano. Los pequeños comerciantes de los pueblos que
abastecían la campiña ruritana provenían, a su vez, de un grupo étnico diferente,
tenían otra religión y el campesinado ruritano los odiaba profundamente.
En
el pasado, éste pasó por grandes aflicciones, conmovedora y hermosamente
plasmadas en sus endechas (recogidas concienzudamente por maestros rurales a
finales del siglo XIX, y que se han hecho muy conocidas para el público musical
internacional a través de las partituras del gran compositor nacional ruritano
L.). La penosa opresión sufrida por el campesinado ruritano dio lugar en el
siglo XVIII a la resistencia guerrillera dirigida por el famoso bandolero
generoso ruritano K., cuyas hazañas, se dice, aún están vivas en la memoria
popular local, sin contar varias novelas y dos películas, una de ellas
producida por el artista nacionaJ Z., bajo los más altos auspicios, muy poco
después de la proclamación de la República Popular Socialista de Ruritania.
Por
amor de la honestidad se reconoce que el bandolero generoso fue capturado por
sus propios compatriotas y que el tribunal que lo condenó a muerte tuvo como
presidente a otro compatriota. Es más, poco después de que Ruritania
consiguiese por primera vez su independencia una circular que anduvo entre sus
ministros de Interior, Justicia y Educación, especulaba acerca de si no sería
más rentable políticamente ensalzar a las unidades de defensa rural que se
enfrentaron al bandolero generoso y sus secuaces en vez de a éste, con el
objeto de no propiciar la animadversión hacia la policía. Un cuidadoso
análisis dc las canciones populares tan esmeradamente recopiladas en el siglo
XIX ahora incorporadas al repertorio de la organización que promueve las
acampadas y el deporte entre la juventud ruritana apenas revela descontento
serio alguno del campesinado respecto a su situación cultural o lingüística,
aunque lo apesadumbraran otros asuntos más materiales. Al contrario, la
conciencia de pluralismo lingüístico que existe en las letras de las canciones
es irónica, jocosa y risueña, y en parte consiste en retruécanos bilingües, a
veces de dudoso gusto. También es verdad que una de las más emotivas -yo solía
cantarla en los corros que se hacían frente al fuego en los campamentos a que
me enviaban durante mis vacaciones de verano- cuenta la historia de un zagal
que estaba apacentando tres bueyes en el pastadero que tenía su señor (sic)
cerca de los bosques, cuando fue sorprendido por un grupo de bandoleros generosos
que le pidieron que les entregara su pellico. La temeridad y la falta de
conciencia social le llevaron a negarse a ello y lo mataron. Ignoro si esta
canción se reescribió cuando Ruritania se hizo socialista. De cualquier modo,
y para volver al tema principal, aunque las canciones suelen contener quejas
respecto a las condiciones de vida del campesinado, no dan pie al florecimiento
de un nacionalismo cultural. Eso todavía estaba por llegar, y presumiblemente
es lo que hace que se dé una fecha más tardía a la composición de dichas
canciones. En el siglo XIX tuvo lugar una explosión demográfica y algunas áreas
del imperio de Megalomania -aunque no Ruritania- se industrializaron
rápidamente. Los campesinos ruritanos se vieron compelidos a buscar trabajo en
áreas industrialmente más desarrolladas, consiguiéndolo algunos en las
espantosas condiciones que imperaban en aquella época. Al ser paletos
atrasados que hablaban un lenguaje poco inteligible y raramente escrito o
enseñado, recibieron un trato especialmente malo en las ciudades a cuyos
arrabales habían ido a parar. Al mismo tiempo, muchachos ruritanos destinados
a seguir la carrera eclesiástica y educados tanto en el lenguaje de la corte
como en el litúrgico, se vieron influenciados por las nuevas ideas liberales
durante su instrucción secundaria, optaron por una enseñanza seglar en la
universidad y acabaron siendo periodistas, maestros y profesores, en vez de
sacerdotes. Algunos etnógrafos, musicólogos e historiadores extranjeros
extranjeros, no ruritanos, que habían acudido a estudiar Ruritania les
alentaron a ello. La continua emigración de mano de obra, el gran incremento en
la adquisición de la instrucción elemental y el proselitismo proveyeron a
estos despertadores de conciencia ruritanos de una audiencia cada vez más
numerosa.
Claro
está que si los ruritanos querían (y muchos quisieron), podían asimilarse
perfectamente al dominante lenguaje de Megalomania. Ningún rasgo transmitido
genéticamente o arraigada costumbre religiosa diferenciaba a un ruritano
instruido de un megalomano instruido. De hecho, muchos se asimilaron, y
frecuentemente sin molestarse en cambiar su nombre; por ello la guía
telefónica de la vieja capital de Megalomania (actualmente la República Federal
de Megalomania) está llena de nombres ruritanos, si bien por regla general
escritos chocantemente a la manera megalomana y adaptados a su fonética. La
cuestión es que después del duro y doloroso comienzo que sufrió la primera
generación, los descendientes de los emigrantes ruritanos no tenían unas
perspectivas demasiado malas; es más, dada su buena disposición para el trabajo,
probablemente eran por lo menos tan buenas como las de sus paisanos megalomanos
no ruritanos. Así fue como esta descendencia llegó a tomar parte en la
creciente prosperidad y generalizada proliferación de la burguesía que se
acabó produciendo en la región. Teniendo en cuenta que las oportunidades para
el individuo aumentaron, quizá hubiera sido posible conjeturar que dejaría de
haber necesidad de un nacionalismo ruritano virulento.
Sin
embargo, se dio. Creo que hablar de premeditación en ]os participantes del
movimiento sería completamente erróneo. Subjetivamente puede suponerse que
poseían las motivaciones y los sentimientos que tan bien expresó la literatura
de la resurrección nacional. Aun viendo las virtudes campestres que todavía
podían encontrarse en sus valles natales, les dolían la miseria y el abandono
en que se hallaban; de igual modo les dolían la discriminación a que sus
compatriotas estaban sometidos y la alienación de la cultura nativa a la que
estaban condenados en los arrabales de las ciudades industriales. Clamaron
contra estos males y muchos de sus paisanos les escucharon. La forma en que
Ruritania consiguió su independencia cuando la situación política internacional
lo propició es ya parte de la historia, y no es éste el lugar para repetirla.
Debemos
insistir en que no hay por qué suponer ninguna premeditación interesada por
parte de nadie. Los intelectuales nacionalistas rebosaban de ardor vehemente y
generoso por sus compatriotas. Cuando seguían sus costumbres populares y trepaban
por las colinas componiendo poemas en los claros del bosque ni siquiera podían
imaginar que llegaría un día en el que se convertirían en grandes burócratas,
embajadores y ministros. Del mismo modo, los campesinos y trabajadores a los
que llegaron adquirieron una rabiosa conciencia de su condición, pero poco
pudieron imaginar que habría planes de desarrollo industrial que acabarían
llevando una fábrica siderúrgica (relativamente inútil, como después se vio)
al mismo corazón de los valles ruritanos, arruinando por completo un área
considerable de campos de cultivo y pastos. Sería totalmente erróneo intentar
reducir estos sentimientos a elucubraciones sobre beneficios materiales o
movilidad social. En ocasiones las , teorías actuales se ven como una reducción
del sentimiento nacional a proyectos de promoción social. Sin embargo, tal
percepción es falsa. Antiguamente no tenía sentido preguntarse si los
campesinos amaban su cultura: era una cosa que estaba ahí, como el aire que
respiraban, y ninguno de ellos tenía conciencia de ella. Cuando la emigración
en busca de trabajo y el empleo burocrático se convirtieron en rasgos
cotidianos de su horizonte social, pronto advirtieron la diferencia entre
tratar con un compatriota, alguien que entendía su cultura y simpatizaba con
ella, y tratar con alguien que le era hostil. Fue precisamente esa experiencia
la que les enseñó a tomar conciencia de su cultura ya amarla (o, claro está, a
desear desembarazarse de ella), sin que existiera ninguna elucubración
consciente en torno a los beneficios y buenas perspectivas de la movilidad
social. En las. comunidades autosuficientes estables la cultura suele hacerse.
En las comunidades la comunicación fuera de contexto se convierten en núcleo
de la vida social, la cultura en que se nos ha enseñado a comunicarnos se
convierte en la esencia de la propia identidad.
De
haber existido este cálculo (que no existió), debió de ser en un buen número de
casos {aunque no en todos) muy acertado. De hecho, dada la cuando menos
relativa escasez de intelectuales ruritanos, los más cualificados obtuvieron
en la Ruritania independiente colocaciones mucho mejores que las que la
mayoría de ellos hubieran podido esperar en la gran Megalomania, donde tenían
que competir con grupos étnicos educativamente más desarrollados. En cuanto a
los campesinos y los trabajadores, no se beneficiaron de forma inmediata, pero
que se trazase una frontera política circunscribiendo la redefinida Ruritania
étnica significó a la postre el fomento y protección de las industrias de la
zona, y ulteriormente la drástica disminución de la necesidad de emigración
laboral hacia otros lugares. Todo esto nos lleva a lo siguiente: durante el
período inicial de la industrialización, aquellos que llegan al nuevo orden
provenientes de grupos lingüísticos y culturales alejados de los pertenecientes
al centro más avanzado tropiezan con considerables obstáculos, más, incluso,
que los nuevos proletarios económicamente débiles que tienen la ventaja de
compartir la cultura de los dirigentes políticos y económicos. No obstante, el
distanciamiento cultural y lingüístico, y la capacidad de diferenciarse de
otros, que para los individuos constituyen rémoras, pueden ser, y suelen acabar
siendo, una auténtica ventaja para las colectividades, o colectividades en
potencia, de tales víctimas del naciente nuevo mundo, ya que posibilitan
concebir y expresar su resentimiento y descontento en términos inteligibles.
Anteriormente
los ruritanos habían sentido y pensado en función de la unidad familiar y la
aldea, como mucho del valJe, y posiblemente, a veces, de la religión. Ahora.
inmersos en el crisol de un desarrollo industrial naciente, ya no tenían ni
valle ni aldea, a veces ni siquiera familia; pero había allí más individuos
míseros y explotados, y muchos de ellos hablaban dialectos semejantes al suyo,
mientras que la mayoría de los ricos hablaban algo bastante extraño; y así fue
como de este contraste, y con el aliento de aquellos periodistas y maestros,
nació el nuevo concepto de nación Ruritana y no fue una ilusión: la consecución
de algunos de los objetivos del naciente movimiento nacional ruritano supuso un
alivio de los males que habían contribuido a engendrarlo. Es posible que este
alivio hubiese llegado de todos modos, pero habiéndolo hecho bajo este ropaje
nacional dio a luz una nueva cultura desarrollada y su correspondiente estado
guardián.
Este
es uno de los dos importantes principios de escisión que determinan el
surgimiento de nuevas unidades cuando nace el mundo industrial con su sistema
de pulmones artificiales culturales aislados. Podría llamársele el principio de
barreras de comunicación, barreras que están basadas en las culturas
preindustriales anteriores; es un principio que opera con una fuerza especial
durante el período inicial de la industrialización. El otro principio, de igual
importancia, podría llamarse el de los inhibidores de la entropía social y
merece un tratamiento aparte. ·
* En:
Ernest Gellner, Naciones y nacionalismos. Alianza Editorial, Madrid, 1997.
Capítulo 5, Pp. 77-88.
[1] Ernest
Renan, «Qu'est.ce qu'une nation?», reeditado en Ernest Renan et l'Allemagne,
textos recopilados y comentados por Emile Bure, Nueva York 1945. [Edición
castellana: ¿Qué es una nación?, Alianza Editorial, 1988.]
[2] Yu.
V. Bromley et al., Sovremennye Etnicheskie Protsessy v SSSR [Procesos étnicos
contemporáneos en la URSS], Moscú, 1975

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