© Libro N° 13938. Historia De
Los Reyes De Britania. De Monmouth,
Geoffrey. Emancipación. Junio 14 de
2025
Título Original: © Historia De Los Reyes De Britania.
Geoffrey De Monmouth
Versión Original: © Historia De Los Reyes De Britania. Geoffrey De Monmouth
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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HISTORIA DE LOS REYES DE
BRITANIA
Geoffrey De Monmouth
Historia De
Los Reyes De Britania
Geoffrey De Monmouth
HISTORIA DE LOS REYES DE BRITANIA
Geoffrey de Monmouth
Editora nacional
Historia de los reyes de Britania
Geoffrey de Monmouth
Introducción, traducción y notas de Luis Alberto de Cuenca y Prado
® 1984, EDITORA NACIONAL. Madrid (España)
I.S.B.N.: 84-276-0671-0
Deposito Legal: M-24040 -
1984
Edición digital de
Cixtus. Corrección de Umbriel. Octubre de 2002.
Versión 0.9
A Álvaro, que se llama también Arturo
INTRODUCCIÓN
Galfridus
Monemutensis nació c. 1000 en Monmouth (Gales), no lejos de Caerleon-on-Usk,
donde tienen lugar las más famosas cortes de la Historia regum
Britanniae («Historia de los reyes de Britania»). Su padre
se llamaba Arturo, lo que resulta premonitorio. Su sangre era británica, sin duda, pero ignoramos si galesa o bretona. Muchos
bretones pasaron a Inglaterra a raíz, de la conquista normanda (1066), y es
posible que los ascendientes de Geoffrey se contasen entre ellos y llegaran
a Monmouth en el curso del
avance normando hacia Gales del Sur. En 1075, la ciudad tenía un señor bretón,
Winehoc, y un priorato benedictino con el que acaso nuestro cronista tuviera alguna conexión.
La primera noticia
fidedigna que de él conservamos (1129) lo sitúa en Oxford, no en el Gwent, como enseñante y
canónigo seglar del colegio de Saint George. Aunque todavía no había sido fundada su famosa universidad, Oxford era, en la primera mitad del siglo XII, una ciudad floreciente en
el aspecto
cultural. Pues bien, entre 1129, fecha en que Geoffrey figura como
testigo en la carta fundacional de Osney Abbey, y 1152, encontramos su firma en seis cédulas
diferentes relacionadas con fundaciones religiosas en o cerca de Oxford. En dos
de esos
documentos firma como magíster, lo que revela su condición docente. El colegio de
Saint George
fue cedido en 1149 a Osney Abbey. La sexta cédula fue firmada a finales de 1151, pocos
meses después de la muerte de Walter,
archidiácono de Oxford, preboste
del desaparecido colegio y gran amigo de Geoffrey. También formó parte del
claustro de Saint George como
canónigo Roberto de Chesney, que
sería obispo de Lincoln a partir de
1148.
A comienzos de 1151, poco
antes de morir Walter, Geoffrey fue nombrado obispo de Saint Asaph, en Gales del Norte. Un
año después (febrero de 1152) sería ordenado sacerdote en Westminster y consagrado en Lambeth una
semana más tarde por el arzobispo Teobaldo. No parece probable que visitara alguna vez su
diócesis, pero no por desidia ni por negligencia culpable, sino porque su
cargo era
normando y el caudillo galés Owain Gwynedd se hallaba por aquel
entonces en guerra contra los normandos, sobre los que había obtenido una resonante victoria en
Coleshill (1150). Saint Asaph se encontraba dentro del territorio controlado
por Gwynedd.
Las crónicas galesas
registran que Geoffrey murió en 1155, probablemente en Oxford (acaso en Londres, pues a fines de
1153 es uno de los obispos que testifican en la carta de Westminster del rey
Esteban, que preparaba la venida al trono de Enrique II Plantagenet).
Durante su estancia en Oxford, Geoffrey escribió tres obras, o al menos son sólo tres obras
las que han llegado hasta nosotros.
Completó la primera de
ellas, unas Prophetiae Merlini («Profecías de Merlín»), antes de 1135. Dichas Prophetiae constituyeron
en principio un libro exento, un Libellus Merlini, pero muy pronto se incorporaron a
la Historia regum
Britanniae (§106 - §118). Geoffrey escribe las Profecías a petición de su superior
eclesiástico, Alejandro, obispo de Lincoln, a quien dedica cumplidas alabanzas.
Hacia 1136, en todo caso
no antes de diciembre de 1135 (muerte de Enrique I Beauclerc) ni después de 1138 ó 1139,
completa Geoffrey la más importante de sus obras, la Historia regum Britanniae, dedicada —junto con las Profecías a
ella incorporadas— a Roberto, duque de Gloucester, hijo
natural de Enrique I, y a Calerán, conde de Meulan, hijo de Roberto de Beaumont (en un manuscrito de Berna
aparecen como destinatarios del libro el rey Esteban y Roberto de Gloucester;
Esteban, yerno de Guillermo el Conquistador,
comenzó a reinar en 1138).
La Vita Merlini («Vida
de Merlín») es la tercera y última obra de Geoffrey, un poema de 1.529 hexámetros terminado en 1148
o poco después. Va dedicada a Roberto de Chesney, colega de Geoffrey en el colegio oxoniense de
Saint George y sucesor de Alejandro en el obispado de Lincoln (1148-1167).
El propósito de Geoffrey al escribir la Historia regum
Britanniae no es otro que trazar el devenir histórico de los britanos a
lo largo de un período de
mil novecientos años, desde Bruto, bisnieto del troyano Eneas (siglo XII a. C.), hasta su último
rey, Cadvaladro
(siglo VII d. C.).
Geoffrey asegura haberse
limitado a traducir un libro en lengua británica que le proporcionó su amigo Walter, archidiácono de Oxford. El libro
de Walter nunca existió. Geoffrey urdió
esa ficción para prestar más autenticidad a su Historia. No hubo original galés ni
bretón. La Historia regum Britanniae tiene fuentes, no fuente única. No es una traducción, sino una
composición de elementos hábilmente ensamblados. Sus fuentes son, sobre todo, el De excidio et conquestu
Britanniae, de Gildas; la Historia ecclesiastica gentis Anglorum, de Beda, y la Historia
Britonum, atribuida a Nenio, pero también las crónicas de sus contemporáneos Guillermo de
Malmesbury y Enrique de Huntingdon,
diversas comunicaciones orales de Walter
y de otros, el mundo clásico latino (Cicerón, Juvenal, Lucano,
Apuleyo, Floro, Orosio, Estacio, Virgilio),
la tradición bíblica y last, pero no least, las leyendas autóctonas y el folklore céltico. Fundiendo en un mismo crisol tan heterogéneo material, Geoffrey se nos revela como un auténtico
profesional de las letras, como un clericus en el sentido medieval del término,
como un escritor de talento que sabe dotar a su Historia de
movilidad y de fuerza y que maneja con soltura los resortes del arte de narrar.
¿Cómo cautivó una
historia de los britanos a una audiencia anglonormanda? La respuesta es sencilla: grande había de ser el mérito de un
pueblo que logró conquistar la tierra que perteneciera a tan
ilustres conquistadores. Además, Geoffrey concluye su Historia en el siglo VII, esto es, lo suficientemente lejos en el tiempo, cuando los britanos degeneraron en galeses (los reyes de Gales
los confía a la pluma de su amigo
Caradoc de Llancarfan). La Historia es,
pues, antisajona, pero pronormanda. Las virtudes que se alaban en sus personajes son las de los
barones normandos: eficiencia, largueza, brutalidad, coraje. Los normandos
son ahora
dueños de un país cuyos caudillos Bruto, Belino y Brenio, y Arturo[1] sometieron a Francia, y, por tanto, encuentran en la Historia argumentos para defenderse de su
condición de vasallos del rey de Francia como duques de Normandía. Además, la figura de Arturo, el
mayor héroe de los britanos, presenta una imagen inequívocamente normanda.
Una quinta parte del
libro está referida a Arturo, y es esta zona de la Historia la que justifica su impresionante éxito desde
el siglo XII hasta el XX. Guillermo de Newburgh dirá irónicamente, c. 1198, que Geoffrey escribe
guiado por un desordenado amor a la mentira y por el deseo de agradar a
los britanos.
Bien venido sea el amor a la mentira si viene acompañado de un rey como Arturo.
De Arturo se habló antes
de Geoffrey, pero su fama estaba restringida a Gales, Irlanda, Cornualles y Bretaña, a la
leyenda y al folklore. Hubo quizá un Arturo histórico que combatió a los invasores sajones c. 500. Los Annales
Cambriae (siglo X) mencionan la fecha de 537 para la batalla de Camlann (Kamblan en
la Historia regum Britanniae), «en la que Arturo y Medraut (Mordred) cayeron».
Así, pues, Geoffrey
convirtió a un personaje borroso del folklore británico en un deslumbrante monarca. Hizo de una
fantasmagórica banda guerrera una corte feudal. La coronación de Arturo en Caerleon el día de
Pentecostés, rodeado de sus barones, era el tipo de fiesta que los normandos conocían y admiraban, y,
como los normandos, el resto de los pueblos del occidente europeo. Cuando Arturo se enfrenta a
los aliados de Roma (Grecia y Partía, Egipto y Babilonia), no deja de
enfrentarse, para los lectores normandos, con los enemigos de una raza que ha
conquistado Inglaterra, triunfado en Sicilia y combatido al emperador de Rizando
y a
las hordas del Islam. De héroe folklórico Arturo ha pasado a ser el rey
aglutinador de los ideales no sólo de la nación normanda, sino de todo el mundo
occidental. Cuando es herido mortalmente en Kamblan, es trasladado a
la isla de Avalan para restablecerse de sus heridas. Y allí sigue, muerto y vivo a la vez, en la
penumbra feérica de un lugar imposible. Los celtas de Britania todavía
aguardan su regreso para liberar a su patria del dominio extranjero.
Cerca de doscientos
manuscritos de la Historia regum Britanniae se nos han conservado, incluyendo unos cincuenta
que presentan el texto completo y dos fragmentos del siglo XII. Pronto hubo versiones galesas del original latino. El normando Wace la tradujo al
francés con el nombre de Brut en 1155, texto del que deriva el Brut inglés de Layamon. Los
escritores franceses de la segunda mitad del siglo XII se impregnaron del
espíritu de Geoffrey. Citaré los Lais de Mane de France[2] y los romans courtois de
Chrétien de Trojes[3] , seguidos en el siglo XIII por la Vulgata artúrica en prosa, compuesta fundamentalmente de tres largas novelas[4]. En
Alemania, Wolfram de Eschenbach produjo su espléndido Parzival, y
Hartmann de Aue sus Erec e Iwein. Sin
la Historia de Geoffrey tampoco hubieran sido escritas en Inglaterra dos obras
formidables: Sir Gawain and the Green Knight[5] (siglo XIV) y la Morte d'Arthur, de Malory (siglo xv).
Holinshed se sirve
generosamente de Geoffrey en sus Chronicles, surgiendo de ahí piezas
como The
Tragedy of Ferrex and Porfex, tragedia senequista de Sackville y
Norton estrenada en 1562, o El rey Lear y Cimbelino, de
William Shakespeare. Sin la Historia regum Britanniae, Lear no existiría. También utilizaron a
Geoffrey autores de la categoría de Spenser, Millón (en su History of Britain, de 1670),
Wordsworth (Artegal and Elidure, 1820) y Tennyson. Sin Geoffrey no habría existido literatura artúrica.
La editio princeps de
la Historia es parisiense, de 1508, por Ivo
Cavellatus. En 1587, Jerome Commelin la editó en Heidelberg, siendo el primero en dividir el texto en doce libros, aunque no
aportara gran novedad a la
mediocre tarea filológica de Cavellatus.
J. A. Giles volvió a editar la Historia en 1844 (Londres), siguiendo
a Commelin, y Schulz reprodujo el texto de Giles (Halle, 1854).
La primera edición
crítica es la de Acton Griscom
(Londres, 1929), con la tradicional división de la obra en doce libros. La
segunda (París, 1929) se debe a Edmond
Paral y ocupa gran parte del volumen III de su Légende
arthurienne. En 1951, Jacob Hammer publicó una versión basada en
cinco manuscritos tardíos que
no siguen el texto habitual de la Historia regum
Britanniae; por eso se la llama «variant versión».
Un traductor moderno debe
tener en cuenta las ediciones de Griscom y Paral. A mí me ha parecido más depurado el texto que
ofrece el estudioso francés, que no divide en libros la Historia. £5 el que ofrezco, en versión castellana, a continuación.
Sólo conozco traducciones inglesas de la Historia regum
Britanniae. Thompson publicó la primera en 1718, sobre el
texto de Commelin. Giles reimprimió la
versión de Thompson en 1842 y 1885, convenientemente revisada.
Sebastian Evans trasladó la Historia por vez primera en 1896,
pasando a formar parte de la Everyman's
Library en 1912; la traducción
de Evans, que seguía el texto de
Schulz, fue revisada y puesta al día por Charles Dunn en 1963. De 1966 data, por último, una cuidada
versión de Lewis Thorpe, varias veces reimpresa.
Luis alberto de
cuenca Madrid,
29-XII-1983
NOTA BIBLIOGRÁFICA
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jones. Londres, 1963
(Everyman's Library,
núm. 577).
— The History of the Kings of
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with an Introduction by lewis
thorpe, Harmondsworth, Middlesex, reimpr. 1982 (The Penguin Classics).
garcía gual,
carlos, Historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la
Tabla Redonda, Madrid, 1983.
HISTORIA DE LOS REYES DE BRITANIA
NOTA TEXTUAL
Me sirvo del texto fijado
por Edmond Paral en el tomo III de
su Légende arthurienne, París, 1929 (=1969), págs. 71-303. Cuando explico en nota la naturaleza de algún antropónimo o topónimo, lo hago solamente la primera vez que aparece en el corpus de la
obra. El índice de nombres
propios que he preparado
para esta edición me absuelve de
repeticiones inútiles. Mi versión
es, que yo sepa, la primera castellana hasta la fecha, y la única
traducción no inglesa del texto latino de
la Historia regum Britanniae a cualquier lengua.
Agradezco a Carlos Alvar, Julia Barella, Fernando Canales, Emilio Fernández-Galiano y Carlos
García Gual su amistad y el apoyo que me han prestado.
L. A. de C.
PREFACIO Y DEDICATORIA
(1) A menudo he pensado
en los temas que podrían ser
objeto de un libro, y, al decidirme por
la historia de los reyes de Britania, me tenía maravillado no
encontrar nada —aparte de la mención
que de ellos hacen Gildas y Beda en sus luminosos tratados— acerca de los reyes
que habían habitado en Britania antes
de la encarnación de Cristo, ni
tampoco acerca de Arturo y de los
muchos otros que lo sucedieron después de la encarnación, y ello a pesar de que sus hazañas se hicieran dignas de alabanza eterna y fuesen
celebradas, de memoria y por escrito, por muchos pueblos diferentes.
(2) En estos pensamientos me encontraba cuando Walter, archidiácono de Oxford, hombre
versado en el arte de la elocuencia y en las historias de otras naciones, me
ofreció cierto libro antiquísimo en
lengua británica que exponía, sin interrupción y por orden, y en
una prosa muy cuidada, los hechos de
todos los reyes britanos, desde
Bruto, el primero de ellos, hasta Cadvaladro, hijo de Cadvalón. Y de
este modo, a petición suya, pese a que
nunca había yo cortado antes de ahora floridas palabras en jardincillos ajenos,
satisfecho como estoy de mi rústico estilo y de mi propia pluma, me ocupé en
trasladar aquel volumen a la lengua latina. Pues, si inundaba la obra de frases ampulosas, no lograría otra cosa que
aburrir a mis lectores, al obligarlos a detenerse más en el significado de las palabras que en la
comprensión de los objetivos de mi historia.
(3) Protege tu, Roberto[6],
duque de Gloucester,
esta obrita mía a ti dedicada, para que así, bajo tu guía y tu consejo, pueda ser corregida
y todos piensen, cuando se
publique, que es la sal de tu Minerva quien la ha sazonado y que las correcciones no proceden de
la mísera fuente de Geoffrey de Monmouth, sino de ti, a quien Enrique, ilustre rey de los
Anglos, engendró, a quien Filosofía instruyó en las artes liberales, cuyas in natas virtudes militares
te pusieron al frente de nuestros ejércitos; de ti, por quien ahora, en nuestros días, la isla de
Britania se felicita, dándote su cariño cordial, como si fueras un segundo Enrique.
(4) Tú también, Calerán[7],
conde de Meulan, la otra columna de nuestro reino, concédeme tu ayuda para que, bajo la dirección compartida
de ambos, la edición de mi
libro, ahora hecha pública, brille
con una luz más bella. Pues a ti, que naciste de la estirpe de aquel celebérrimo Carlomagno, te recibió en su gremio la madre
Filoso fía, te enseñó las
sutilezas de sus ciencias y, después,
para que te distinguieras en los ejercicios militares, te llevó a
los campamentos de los reyes, donde, superando en valor a tus compañeros
de armas, aprendiste a manifestarte como terror de tus enemigos y como
protección de los tuyos, bajo los auspicios paternos. Siendo, por tanto, como eres, fiel protección de los tuyos,
a mí, tu poeta, y a este libro,
nacido para tu diversión, recíbenos bajo tu tutela para que, recostado a la sombra de un árbol tan frondoso, pueda yo
hacer sonar la flauta de mi Musa con un ritmo seguro y firme, incluso en presencia de los envidiosos
y de los malvados.
I. DESCRIPCIÓN DE
BRITANIA
(5) Britania, la mejor de
las islas, está situada en el Océano Occidental entre Galia e Hibernia[8],
y mide ochocientas millas de longitud y doscientas
de anchura. Todo lo que es adecuado al uso de los mortales, Britania lo proporciona con infinita prodigalidad. Pues abunda en
toda clase de metales, posee
campos que se extienden por todas
partes y laderas idóneas para los mejores
cultivos, donde, debido a la fecundidad de la tierra, variadísimos frutos se recogen en las distintas estaciones. Tiene bosques, repletos
de todo género de animales
salvajes, y claros ricos en
hierba con que alimentar el ganado, y flores de muchos colores que reparten su miel entre las abejas que acuden a libar en ellas. Prados posee también en lugares amenos, verdeantes al pie de altas montañas, donde brillantes manantiales, fluyendo en nítidas corrientes con un
murmullo suave, arrullan e inducen al sueño a cuantos yacen en sus riberas. Está regada,
además, por lagos y riachuelos
abundantes en peces y, sin contar
el estrecho brazo de mar de la costa meridional por el que se navega a las Galias, por tres nobles ríos, el
Támesis, el Severn y el Humber, a los que extiende como si fueran brazos para
recibir el comercio de ultramar,
traído hasta aquí en naves
propias y desde todas las naciones. Dos veces diez ciudades, y dos veces cuatro, fueron la gala de Britania antaño; de ellas algunas, con
las murallas destrozadas y en
lugares abandonados, presentan
hoy un desolado aspecto; otras, en cambio, se han conservado intactas y
muestran todavía hoy las iglesias
dedicadas a santos con sus
torres, bellísimas y airosas allá en lo alto, donde congregaciones de religiosos, varones
y mujeres, prestan servicio a
Dios según la tradición cristiana.
Finalmente, la habitan cinco pueblos, a saber, los Normandos, los Britanos,
los Sajones, los Fictos y los
Escotos. De ellos fueron los
Britanos quienes, antes que los demás, la poblaron de mar a mar, hasta que, debido a su orgullo, la venganza divina los alcanzó y
hubieron de someterse a Fictos y
Sajones. Queda ahora por explicar
de dónde vinieron y de qué manera llegaron
a nuestras costas, lo que será objeto de los siguientes párrafos.
II. HISTORIA DE BRUTO[9]
(6) Después de la guerra
de Troya, Eneas, huyendo de la destrucción de la ciudad, llegó por mar a Italia en
compañía de su hijo Ascanio. Allí fue
recibido con todos los honores por el rey Latino, lo que hizo que Turno, rey de los Rútulos, lo
mirase con malos ojos y le declarara la guerra. Fue Eneas quien llevó la mejor parte en la lucha y, una vez muerto Turno, obtuvo el reino de Italia y a Lavinia, la hija de Latino. Después,
cuando le llegó la última hora, Ascanio, ahora rey en lugar de su padre, fundó la ciudad de Alba sobre
el Tíber y engendró un hijo, cuyo
nombre era Silvio. Éste, entregándose
a un amor furtivo, se casó en
secreto con cierta nieta de Lavinia y la dejó encinta; cuando esto llegó al
conocimiento de su padre Ascanio, ordenó a los magos de la corte que averiguaran si la joven daría a luz
un niño o una niña. Los magos
llegaron, por medio de su arte,
a la irrevocable conclusión de que sería
un varón y de que éste mataría a su padre y a su madre, sufriría el destierro y, después de haber viajado por muchos países, llegaría a obtener
los más altos honores. Y no se equivocaron en su vaticinio, pues, cuando llegó el día del parto,
la mujer dio a luz un varón y murió. El niño fue confiado a una
nodriza y se le puso el nombre de Bruto.
Tres veces cinco años después, acompañando
el joven a su padre en una jornada de caza, lo mató accidentalmente con una flecha, pues, mientras los monteros hacían salir a
los ciervos al encuentro de los
cazadores, Bruto, queriendo herir a las bestias, erró la trayectoria de su dardo y alcanzó a su padre en el pecho.
(7) Muerto éste, Bruto
fue expulsado de Italia, indignados sus parientes con él por haber cometido un crimen tan
grande. En su destierro, llegó a Grecia y encontró allí a los descendientes de Heleno[10],
hijo de Príamo, que en aquel entonces estaban
sometidos al poder de Pandraso, rey de los Griegos. Pirro, en efecto, el hijo de Aquiles, después de la caída de Troya se había llevado
consigo encadenados al antedicho Heleno y a muchos otros, y, para vengar en ellos la muerte de su padre, había
dispuesto que se los mantuviera en
esclavitud. Cuando Bruto conoció que aquélla era la estirpe de sus mayores, decidió quedarse con ellos. Pronto comenzó a destacar por su destreza con las armas y por su honestidad, tanto que príncipes y reyes lo distinguían más
a él con su afecto que a los demás jóvenes de su raza. Pues era entre los sabios, sabio, y entre los valientes,
valiente; y todo el oro, plata y despojos
que ganaba lo distribuía entre sus soldados.
Su fama fue, así, publicada por todas las naciones, y los Troyanos comenzaron a acudir a su lado, rogándole que fuese su caudillo y
que los liberase de la
esclavitud de los Griegos: declaraban
que aquello podía hacerse sin dificultad,
ya que se habían multiplicado tanto en aquel país que habían alcanzado el número de siete mil, sin
contar niños ni mujeres. Había, además, en
Grecia un cierto joven de alto linaje, Asáraco de nombre, que favorecía su causa: nacido de madre troyana, tenía
depositada en ellos la absoluta
confianza de que, con su ayuda, podría resistir el hostigamiento de
los Griegos. En efecto, su hermano disputaba
con él por motivo de tres
castillos que su padre al morir le había legado, e intentaba quitárselos, alegando que había nacido de una concubina. El hermano era
Griego por parte de padre y de
madre, y había captado al rey y
al resto de los Griegos como valedores de su causa. Cuando vio Bruto la multitud de hombres armados
y los castillos que Asáraco ponía a su
disposición, se reafirmó en sus pretensiones de independencia.
(8) Elevado a la dignidad
de caudillo, convoca a los Troyanos de
todas las regiones de Grecia y
fortifica los castillos de Asáraco. Él, Asáraco y toda la multitud de hombres y mujeres que estaban
a su lado ocupan bosques y colinas. Después envía cartas al rey en estos términos:
A Pandraso, rey de los
Griegos, Bruto, caudillo de los últimos Troyanos, salud.
Como era indigno que un
pueblo, nacido del preclaro linaje de Dárdano, fuese tratado en tu reino de un
modo tan diferente a lo que el brillo de su nobleza exigiría, se ha retirado a las
profundidades de los bosques. Pues prefiere vivir a la manera de las bestias
salvajes, a saber, de carne y de hierbas, pero en libertad, que permanecer un solo instante
más, disfrutando de todos los deleites, bajo el yugo de tu dominio. Y si esto ofende a
la grandeza de tu poder, no debes reprochárselo, sino ser indulgente con él, pues
es deseo común de todo cautivo recuperar su antigua dignidad. Por ello, ten
piedad de mi pueblo, dígnate devolverle su libertad perdida y permítele habitar en esos
bosques que ha ocupado huyendo de la esclavitud. O, si no, concédeles que puedan
irse, con tu ayuda, a otras tierras y otras naciones.
(9) Por su parte,
Pandraso, una vez conocido el contenido de la carta, se admiró sobremanera de que los mismos que
habían sido sus esclavos tuviesen la
osadía de dirigirse a él en tales términos.
Así, pues, convocada una asamblea de sus nobles, decidió reunir un ejército y
marchar contra los rebeldes. Pero
mientras buscaba las soledades donde
creía que ellos estaban, junto a la fortaleza de Esparatino, surgió Bruto con tres mil hombres y lo atacó de improviso, cuando menos lo esperaba. Enterado de la llegada de sus
enemigos, el caudillo troyano se había encerrado en la mencionada fortaleza la noche
anterior, con vistas a caer
repentinamente sobre ellos cuando
estuvieran desarmados y en desorden. Brava es la acometida de los
Troyanos: se esfuerzan en difundir el estrago
por doquier. Por su parte, los
Griegos huyen desconcertados en todas direcciones y, con su rey al
frente, se apresuran a atravesar el río
Akalón, que cerca fluía. Pero, al
intentar vadearlo, se ponen en grave peligro bajo los remolinos de la
corriente. Bruto da alcance a los
que así tratan de huir, y abate con su espada a aquellos a los que ha dado alcance, ya en las
aguas del río, ya en las riberas, y, corriendo
de un lado a otro, se alegra de infligirles doble matanza. Cuando Antígono, hermano de Pandraso, se apercibió de esto, sobremanera
se afligió; llamó a las filas a sus dispersos compañeros y, con veloz ataque, se volvió contra los
furiosos Troyanos: prefería morir
luchando a persistir en cobarde fuga y ahogarse en k>s turbios
abismos. Así, pues, avanzando en compacta
formación, exhorta a sus compañeros a
combatir varonilmente y, con todas
sus fuerzas, dispara los mortíferos dardos. Pero de poco o nada le
sirvió, pues los Troyanos se hallaban
provistos de armas, mientras que ellos
estaban inermes. De modo que,
marchando en su contra resueltamente,
hicieron una lamentable carnicería en sus filas y no cesaron de acosarlos hasta que, muertos casi todos, capturaron
a Antígono y a su compañero
Anacleto.
(10) Bruto, obtenida esta
victoria, dejó una guarnición de seiscientos soldados en la fortaleza y se dirigió a las
profundidades de los bosques, donde el pueblo troyano esperaba su protección. Por su parte,
Pandraso, preocupado por su propia huida y por la captura de su hermano, empleó
aquella noche en reunir su disperso ejército y, al despuntar el siguiente día,
marchó a sitiar con su gente
la fortaleza. Pensaba que Bruto
se había encerrado en ella con Antígono y los
restantes prisioneros. Así que llegó, pues, ante las murallas y examinó la situación del castillo,
distribuyó su ejército en grupos y los dispuso
en distintos lugares alrededor de su objetivo, ordenando a unos que impidieran
la salida a los sitiados, a otros que
desviasen el cauce
de los ríos, a otros que
derribasen las murallas a fuerza de dar golpes con los arietes y otras máquinas de guerra. Todos
obedecieron sus órdenes, aplicándose a la tarea con la máxima diligencia y con las miras
puestas en dañar lo más posible a los asediados. Al caer la noche, eligieron a los más esforzados de entre ellos para que,
mientras los demás, agotados por
el trabajó, se entregaban al descanso del sueño, protegiesen el campamento y las tiendas de un ataque furtivo del
enemigo.
(11) Los sitiados, por su
parte, de pie en lo alto de los muros, se emplean con todas sus fuerzas en rechazar las
industrias del enemigo con industrias contrarias y, lanzando ya dardos, ya sulfúreas antorchas, se
ocupan unánimemente en
defenderse. Cuando los enemigos, formada la tortuga, socavaban el muro, los obligaban a retroceder con fuego griego y una lluvia de hirvientes
aguas. Finalmente, agobiados por la escasez
de vituallas y por el cotidiano trabajo, enviaron un mensajero a Bruto, instándolo a que viniese cuanto antes en su ayuda, pues temían que,
reducidos por la debilidad, se vieran obligados a abandonar la fortaleza. Bruto, por su parte, estaba
deseoso de prestarles auxilio, pero se debatía en tormentos interiores, pues no tenía suficientes soldados como para presentar batalla al enemigo
en campo abierto. Al punto, adoptando una feliz estratagema, resuelve entrar de noche en el campamento griego y, burlados los centinelas, dar muerte a cuantos estuviesen dormidos. Como veía que esto no podía llevarse a cabo
sin la aquiescencia y cooperación de uno de los propios Griegos,
llamó a su presencia a Anacleto, el compañero
de Antígono, y, desenvainando la espada,
le habló de esta manera:
—«Ilustre joven, ha llegado para ti y para Antígono la última hora, si no convienes en
ejecutar fielmente lo que voy a
ordenarte, en cumplimiento de mi
voluntad. Me propongo entrar esta noche en el campamento de los Griegos e
infligirles inesperada matanza, pero temo que sus vigías, descubierto el ardid, estorben mi empresa.
Por ello, viendo que, ante todo, debemos dirigir nuestras armas contra los
centinelas, desearía yo engañarlos con tu ayuda y, de ese modo, tener acceso libre para atacar a los demás. Así que
tú, obrando astutamente, como
corresponde a un asunto de tanta importancia, te dirigirás a la guardia a la segunda hora de la noche y,
apaciguando las sospechas de todos con engañosas palabras, dirás que huiste con Antígono de
mis prisiones hasta llegar a los linderos del bosque, y que allí quedó él, escondido entre los
arbustos, incapaz de seguir a causa de los grilletes con que tú fingirás que se hallaba trabado. Después
los llevarás a las lindes del
bosque, como si fuesen a liberarlo,
y allí estaré yo con gente armada, dispuesto
a terminar con ellos.»
(12) Anacleto,
aterrorizado de continuo ante la visión de la espada que, mientras estas palabras fueron dichas, lo
amenazaba de muerte, prometió bajo juramento que llevaría a cabo lo que se le exigía, con tal que se les concediese a
él y a Antígono la
merced de la vida. Confirmado el pacto,
se echaba encima ya la segunda hora de la noche cuando se puso en camino hacia la guardia, tal y como le había sido ordenado. Al
llegar cerca del campamento, le
salen al encuentro por todas
partes los centinelas, que vigilaban hasta los más recónditos lugares, y le preguntan el motivo de su llegada y si
había venido con la intención de traicionar al ejército. Fingiendo una
gran alegría, Anacleto les respondió:
—«No vengo a traicionar a mi propio pueblo. He logrado escapar de la prisión de los
Troyanos y llegar hasta vosotros. Os pido que vengáis conmigo en busca de vuestro querido Antígono, a quien
libré del poder de Bruto. Pues a él, estorbado por el peso de los grilletes, le
ordené hace muy poco mantenerse
escondido entre los arbustos, en las lindes del bosque, hasta que yo encontrase a alguien a quien pudiera conducir
allí para liberarlo.»
Dudando ellos si decía o
no la verdad, se acercó un centinela que lo conocía y, después de saludarlo, comunicó a sus
compañeros quién era. Sin vacilar ya más, llamaron a los ausentes para que acudieran cuanto
antes y lo siguieron hasta la floresta en la que había dicho que Antígono se encontraba escondido. Mientras avanzaban por entre los arbustos, surgió ante ellos Bruto con sus gentes armadas y, atacándolos, sembró muy pronto crudelísima muerte entre los aterrados centinelas. Después se dirigió
al campamento de los sitiadores,
dividiendo a sus guerreros en
tres columnas y ordenando que cada
una se aproximara al campamento por un punto diferente, con prudencia y sin ruido, y que, una vez dentro, se abstuvieran de matar
a nadie hasta que él mismo,
habiéndose apoderado de la tienda del
rey con los hombres de su escolta,
les diera la señal haciendo sonar su cuerno.
(13) Les enseñó, además,
cómo hacer lo que tenía que hacerse. Al punto, ellos se dirigen silenciosamente
al campamento y, cumpliendo las órdenes, esperan la señal prometida. No tardó Bruto
en dársela, tan pronto como hubo llegado ante la tienda de Pandraso, el lugar que tanto deseaba conquistar. Oída la
señal, los Troyanos desenvainan rápidamente las espadas, se precipitan en los lechos de los soñolientos enemigos, redoblan sus golpes mortales y, de esta guisa, sin
piedad alguna, pasean por el campamento. A los gemidos de los moribundos despiertan los demás, y, a la vista de los degolladores, se quedan
estupefactos, como ovejas atacadas de improviso por lobos. No esperan encontrar
ninguna protección, viendo que no
tienen el tiempo necesario para tomar las armas ni para iniciar la
fuga, y corren sin armas de un lado a otro
entre hombres armados, con su
solo impulso por guía, cayendo sin cesar ante los golpes de los
enemigos. El que medio muerto escapaba,
fruto del ansia loca de su
carrera, se ha ido a estrellar contra las rocas, se ha enredado entre los arbustos y ha entregado su alma desdichada al mismo tiempo que su sangre; el que, defendido sólo por su escudo
u otra protección semejante, huía
velozmente a través de la oscura
noche ha chocado contra las rocas,
llevado de su propio miedo a la muerte, y, al caer, se han quebrado sus brazos o sus piernas; y aquel que no ha
sufrido estos percances, sin
saber hacia dónde huir, ha terminado por ahogarse en las aguas
vecinas. Prácticamente nadie conseguía salir
ileso, sin exponerse al riesgo de
alguna desgracia. Además, los defensores de la fortaleza, cuando se apercibieron de la llegada de sus camaradas, efectuaron una salida, duplicando
así la matanza.
(14) Ahora Bruto ya ha
conquistado la tienda de
campaña regia, y, apoderándose de Pandraso,
lo retiene cautivo, pues piensa que, con vida, le será más útil el rey para dar cima a sus propósitos.
Pero la tropa que iba con él siguió sembrando
muerte hasta el punto de que, en la parte del campamento que habían ocupado, la mortandad se convirtió en auténtico exterminio. Cuando hubieron gastado así la noche, y la luz de
la aurora hizo patente el estrago
infligido a los Griegos, Bruto,
exultante de alegría, permitió a sus
guerreros repartirse a capricho los despojos de la matanza. Después entró en la fortaleza
con el rey, y allí esperó hasta
que se distribuyeron los
tesoros. Una vez repartidos, fortificó de nuevo el castillo y ordenó dar sepultura a los cadáveres. Reuniendo luego a sus huestes, volvió
a los bosques, lleno de júbilo por su victoria. Las buenas nuevas colmaban de gozo los corazones de todos. Fue entonces cuando el bravo
caudillo convocó a los ancianos,
con la intención de que decidieran
qué debía pedirse a Pandraso, pues, como estaba en su poder, tendría que
acceder a cualquier género de
petición, si es que quería recuperar
la libertad. Unos ancianos proponían una cosa y otros, otra, de acuerdo con sus inclinaciones. Hay quien lo
exhorta a pedir parte del reino
y quedarse a vivir allí; otros prefieren que se exija al rey la
licencia y los medios necesarios para
abandonar el país. Como pasara el tiempo y todavía dudasen, uno de ellos —Mempricio era su nombre— se puso en pie, pidió silencio y dijo a
los demás, que lo escuchaban:
—«¿Cómo es que vaciláis,
padres, ante lo que, según mi opinión, es más oportuno para vuestro bienestar? Una sola cosa debe pedirse, y es la licencia para partir, si deseáis lograr, vosotros
y vuestros descendientes, una
paz eterna. Pues si le concedéis
la vida a Pandraso a cambio de una parte de Grecia y permanecéis entre los Dánaos, nunca disfrutaréis de una paz duradera
mientras los hermanos, hijos y nietos de aquellos a los que
infligisteis la matanza de ayer sean vuestros vecinos o anden mezclados con
vosotros. No llegarán nunca a olvidar
la muerte de sus parientes y, en consecuencia, os guardarán un odio
eterno, aprovechando cualquier
bagatela para tomar venganza; y vosotros, estando en inferioridad
numérica, no tendríais la fuerza necesaria
para resistir los ataques de tantos
naturales de esta tierra, ya que en cualquier disputa que surja entre ambos bandos aumentará diariamente el número de ellos, mientras que el vuestro
disminuirá. Así, pues, os propongo que pidáis al rey la mano de su hija primogénita, la que llaman
Inogen, para nuestro caudillo, y, con ella, oro y plata, naves y víveres, y todo lo necesario para abandonar este país. En cuanto obtengamos de él lo
que pedimos, sólo nos quedará
dirigirnos con su licencia hacia
otras tierras.»
(15) Con estas y
parecidas razones dio fin a su discurso. La asamblea, unánimemente, fue de este parecer: decidió que
Pandraso fuese conducido a su presencia y que, si no accedía a su petición, sufriera la más
cruel de las muertes. Traen al rey sin tardanza y lo colocan en un asiento más elevado que los demás. Desde allí puede
oír los tormentos que lo aguardan si
rehúsa aceptar el trato, y
responde así a los Troyanos:
—«Ya que los dioses me
son adversos e hicieron caer a mi hermano Antígono en vuestras manos, me someteré a vuestro dictado, porque,
si me negase, perdería la
vida, que podéis concederme o quitarme a voluntad. Pues nada hay, en mi opinión, más excelente
y agradable que la vida, y no es maravilla que esté dispuesto a rescatarla a cambio de
otros bienes. Por ello obedeceré vuestras órdenes, aunque mal de mi grado. Sin embargo, me queda un
consuelo, y es que voy a entregar a mi hija a un joven de tan gran valor, a quien la nobleza
que echa brotes en él, así como la fama que entre nosotros ha adquirido, lo revelan como ilustre retoño del linaje
de Príamo y de Anquises. ¿Quién sino él ha
liberado a los desterrados de Troya,
esclavos de tantos y tan
poderosos príncipes, de sus cadenas? ¿Quién sino él ha osado hacer
frente con ellos a los Griegos, desafiando
con tan pocas tropas una tan poderosa
hueste de hombres armados, y en el primer
combate ha conseguido hacer prisionero a su rey? A este joven tan noble y de tanto valor que me ha hecho frente le concedo gustoso a
mi hija Inogen, y también le doy
oro, plata, naves, trigo, vino y aceite, y todo aquello que
juzguéis necesario para el viaje. Y si, alejándoos de vuestro actual designio, decidierais permanecer
junto a los Griegos, os otorgo la
tercera parte de mi reino para
que la habitéis. Pero si persistís en vuestro propósito, llevaré a efecto mis
promesas y, para mayor seguridad vuestra, seguiré con vosotros como rehén hasta que hayáis
obtenido todo lo que pedís.»
Confirmado el acuerdo, se
despacharon mensajeros
a todas las costas de Grecia para reunir naves. Juntaron trescientas catorce, debidamente equipadas con todo
género de provisiones. La hija de Pandraso se casó con Bruto. Cada uno, conforme a lo que su rango exigía, fue obsequiado con oro y plata. Cumplida su palabra, el
rey es liberado, y los Troyanos
parten de sus dominios con vientos
favorables. En cuanto a Inogen, de
pie en la alta popa de su nave, desfallecía una y otra vez en los brazos de
Bruto y, con suspiros y con
lágrimas, lamentaba alejarse de su patria y de sus parientes, sin atreverse a dirigir sus ojos a la costa mientras
ésta estuvo visible. Bruto la consolaba
con caricias, prodigándole tiernos abrazos y dulces besos; y no cejó en su intento
de confortarla hasta que
vio cómo su esposa, fatigada por tanto llanto, se entregaba por fin al sueño.
(16) Mientras tanto, han
navegado ya dos días y una noche con viento favorable y han arribado a cierta isla,
llamada Leogecia, que, devastada antiguamente por correrías de piratas, permanecía ahora
deshabitada. Bruto envía trescientos guerreros a explorarla. Éstos, al no encontrar a nadie, se dedican
a cazar animales diversos en praderas y bosques, y llegan a una ciudad desierta, donde
encuentran un templo de Diana. En él, una imagen de la diosa dictaba oráculos a todo aquel devoto que
venía a consultarla. Cargados con la caza cobrada, regresan a las naves e indican a sus compañeros
la naturaleza de la isla y la
situación de la ciudad, sugiriendo a su caudillo
que visite el santuario y que, después de hacer las ofrendas propiciatorias, pregunte a la deidad del lugar en qué país encontrarían residencia favorable. Todos aprueban la sugerencia,
y Bruto, acompañado de Gerión[11] el
augur y de doce de los ancianos,
se dirige al templo con todo lo
necesario para llevar a cabo el sacrificio. Una vez allí, con las sienes ceñidas de guirnaldas, erigieron, de acuerdo con el rito
inmemorial, tres hogueras a la
entrada del templo, dedicadas a
Júpiter, Mercurio y, por supuesto, a Diana, y derramaron en cada una de ellas libaciones especiales.
Después, delante del altar de la diosa, el propio Bruto, asiendo con su mano diestra una vasija llena de vino sacrificial y de la sangre
de una cierva blanca, vuelto el
rostro a la imagen de la deidad, rompió el silencio con estas palabras:
Poderosa diosa de los bosques, terror de los
silvestres jabalíes, tú que
puedes seguir los cursos de los astros
y recorrer las mansiones infernales, revélanos nuestro destino terrestre
y dinos en qué tierras deseas que habitemos;
indícanos la residencia cierta donde te
adoraré eternamente
y consagraré en tu honor templos con coros virginales.
Nueve veces lo dijo, dio cuatro vueltas alrededor
del ara, derramó el vino de la vasija en la hoguera
y, ofreciéndose al sueño, se acostó sobre una piel de cierva que había extendido ante el altar y se quedó profundamente dormido. Era entonces, aproximadamente, la hora tercia de
la noche, aquella en que el
sopor más dulce se apodera de los
mortales. Le pareció en sueños que la diosa se encontraba delante de él y que le hablaba de este modo:
Bruto, en el Occidente, más allá de los reinos de
Galia, hay una isla en el Océano, rodeada de mar por todas partes;
esa isla en el Océano fue habitada otro
tiempo por
gigantes,
y ahora está desierta, esperando a tu pueblo.
Búscala, pues será vuestra residencia perenne.
Allí tus hijos construirán una segunda Troya;
allí nacerán reyes de tu sangre,
y a ellos se someterán todas las naciones del
universo.
Al despertar de semejante
visión, el caudillo dudaba si había sido un sueño lo que vio, o si era cierto que la propia
diosa le había dado a conocer el país adonde debía dirigirse. Convocó a sus compañeros y les refirió
con detalle cuanto le había sucedido mientras dormía.
(17) Ellos, exultantes de
alegría, lo exhortan a volver a
las naves. Mientras el viento sea favorable,
piensan navegar rumbo a Occidente lo más rápidamente que puedan, en busca de la tierra que la diosa les ha
prometido. No se tardan: tornan
junto a sus camaradas y se hacen a la mar. Surcan las olas por espacio de treinta días hasta alcanzar las costas de África, sin saber todavía hacia dónde encaminar sus proas. Llegan después
a los Altares de los Filisteos[12] y
al Lago de las Salinas, y navegan entre
Rusicada y los montes Azaras,
donde un ataque de piratas los coloca
en un grave aprieto. Pero obtienen la victoria y siguen su camino, enriquecidos con los despojos y el botín cobrados al enemigo. Desde
allí, atravesando las bocas del río Malva, arribaron a Mauritania, donde la
escasez de alimento y de bebida los obligó a desembarcar y a dividirse en partidas para saquear concienzudamente la comarca. Otra vez bien provistas las naves, ponen
rumbo a las Columnas de Hércules, donde tienen ocasión de ver a esos monstruos llamados Sirenas, que, cercando la flota, están a punto
de mandarla a pique. Lograron
escapar, sin embargo, y llegaron al mar Tirreno; allí, junto a la costa, encontraron a cuatro generaciones de los fugitivos troyanos que habían acompañado a Antenor en su huida[13].
Su caudillo era un tal Corineo [14],
un hombre honrado, noble y prudente,
dotado de una fuerza tal que cuando luchaba con un gigante, lo vencía en un abrir y cerrar de ojos, como si fuese un niño su adversario.
Una vez conocido el antiguo
linaje del que procedía, lo
admitieron cordialmente consigo, así como al pueblo del que era
jefe, que en lo sucesivo se llamaría
Cornubiense [15],
del nombre de su capitán, y
estaba destinado a prestar más ayuda a Bruto en combate que cualquier otro pueblo del mundo.
Juntos, ambos caudillos se dirigieron a Aquitania
y, llegados a la desembocadura del Loira, fijaron anclas. Allí se detuvieron siete días, explorando la situación de aquel reino.
(18) Era rey de Aquitania
entonces Gofario[16] el
Picto. Habiendo oído el rumor de que un pueblo extranjero, con una gran escuadra,
había desembarcado en sus
dominios, se apresuró a enviar legados para que se informasen de si era paz o guerra lo que esos
hombres venían buscando. Se
encaminaban los mensajeros hacia la flota cuando se toparon con Corineo, que había salido con doscientos hombres a
cazar en la floresta. Dirigiéndosele al instante, le preguntan quién le ha dado licencia para entrar en los bosques
del rey y dar muerte a sus
ciervos, pues desde antiguo está
establecido que nadie puede cazar allí sin autorización real[17].
Corineo responde con altivez que no
tiene necesidad de pedirle permiso a nadie, y entonces uno de ellos, llamado Imberto, tensa su curvo arco y
le dispara una flecha al Troyano. Éste la esquiva, corre contra
Imberto lo más rápidamente que puede y
le rompe su arco en la cabeza,
quebrándola en pedazos.
Huyeron los demás,
librándose por poco de las manos de Corineo, y anunciaron la muerte de su compañero a Gofario.
Mucho le entristeció al monarca de los Pictavenses[18] la
noticia, y reunió al instante un poderoso ejército para vengar en los invasores la muerte
de su mensajero. Bruto, al oír las
nuevas de su llegada, fortifica las naves, ordenando permanecer a bordo a mujeres y niños, en tanto que él,
con toda la flor de su ejército, se dirige al encuentro del enemigo.
Comienza la batalla: se combate
ferozmente por ambos bandos, y ya han gastado una gran parte del día en la mutua matanza cuando Corineo se siente avergonzado al ver cómo los Aquitanos
resisten tan valientemente y los Troyanos no son capaces de insistir hasta la victoria. A consecuencia
de esto, con redoblados ímpetus,
llama a los suyos a la parte
derecha del combate, y, en orden de batalla,
ataca velozmente por allí al enemigo; y cuando, con sus hombres en formación compacta, rompe las filas aquitanas, no deja de abatir
enemigos hasta que, cortándoles la retirada con sus tropas, los obliga a emprender la huida.
Corineo pierde la espada, pero el azar le proporciona un hacha de doble filo con la que parte en dos a
todo aquel que alcanza, desde el extremo de la cabeza hasta el del pie. Bruto
se maravilla; sus camaradas se
maravillan, e incluso el enemigo se maravilla ante el esfuerzo y el valor del
hombre que, blandiendo su hacha
por entre las cohortes fugitivas,
siembra el terror, y aún más con estas palabras:
—«¿Adonde huís, cobardes?
¿Adonde huís, gallinas?
¡Volved, volved y medid vuestras fuerzas con las de Corineo! ¡Qué vergüenza!
¿Sois tantos miles y de mí solo huís?
¡Pero os queda un consuelo .en vuestra
huida, y es saber que soy yo quien
os persigue, yo, que tantas veces he puesto en fuga a los gigantes tirrenos y los he arrojado en el Tártaro, de tres en tres y de cuatro
en cuatro!»
A estas palabras, un
barón aquitano, llamado Suhardo, vuelve sobre sus pasos con trescientos guerreros y lo ataca. Pero Corineo, al levantar
su escudo para parar el golpe, no
olvida el hacha que tiene en las
manos y, alzándola por encima de
la cabeza, descarga sobre el yelmo de su enemigo un golpe tal que, desde
la cabeza a los pies, lo divide en dos partes iguales. Después, precipitándose sobre los demás y ejecutando un terrible molinete, lleva a término una encarnizadísima matanza; corriendo aquí y allá, evita
recibir un solo golpe y no deja
un instante de abatir enemigos: hace
volar un brazo, separa unos hombros de un cuerpo, corta de un hachazo una cabeza, amputa de raíz unas piernas... Todos lo
acometían a él solo y él solo a todos acometía. Bruto, que todo lo contempla, inflamado de amor hacia su amigo, corre con una compañía a socorrerlo. Arrecia entonces el griterío entre
ambos contendientes; los golpes se redoblan; es espantosa la carnicería por una y otra parte.
Pero no dura mucho. Los Troyanos
obtienen la victoria y consiguen poner en fuga al rey Gofario y a sus Pictavenses.
(19) Gofario ha tenido
muchas dificultades para escapar, y ahora se pone a recorrer toda la Galia con el fin de obtener ayuda de sus parientes
y conocidos. Había entonces en Galia doce reyes bajo cuyo dominio se encontraba
todo el país, y eran los doce de igual
rango[19].
Lo recibieron gentilmente y le
prometieron, unánimes, que expulsarían fuera de las fronteras de Aquitania
a aquel pueblo extranjero que
allí había arribado. Bruto,
entretanto, feliz con la victoria ya descrita, enriquece a sus camaradas con los despojos de los muertos, vuelve a agruparlos en compañías y conduce a su hueste al interior, con la intención
de saquear por entero el país y de llenar sus naves con las riquezas obtenidas.
Así, fuego tras fuego, incendia las ciudades a su paso, apoderándose de los tesoros que contienen; tala
los campos; somete a ciudadanos
y campesinos a una lastimosa
matanza, con voluntad de exterminar al
desdichado pueblo hasta el último hombre; y, luego de sembrar la muerte
a lo ancho y largo de Aquitania, llega al lugar donde hoy se encuentra la
ciudad de Tours, que, como Hornero[20] atestigua,
fundaría él mismo después. Vio que
el paraje era ideal como refugio y levantó allí su campamento: si fuese menester, resistirían dentro del
mismo. El motivo de su recelo no era otro que la llegada de Gofario, quien, con
los reyes y los príncipes de la Galia e
inmensa muchedumbre de guerreros, estaba ya muy cerca de allí con ánimo de presentarle batalla. Terminadas
las obras de fortificación del campamento, esperó dos días a Gofario, confiando en su pro1pia
prudencia y en el coraje de los jóvenes que acaudillaba.
(20) Cuando Gofario supo
dónde se hallaban
los Troyanos, no cesó de avanzar día y noche hasta que tuvo ante la vista el campamento de Bruto. Torvamente lo
mira, sonriendo entre dientes, y escupe estas palabras:
—«¡Ay! ¡Destino cruel!
¡Esos innobles fugitivos han levantado su campamento en mis dominios! ¡A las armas, guerreros,
a las armas, y dirigios, en formación
compacta, contra ellos! ¡No habrá descanso
hasta que capturemos a ese rebaño de castrados como si fuesen ovejas y los vendamos como esclavos a
lo largo de nuestros reinos!»
Sin dilación tomaron las
armas todos cuantos ¡o acompañaban y, formados en doce columnas, se dirigieron contra el
campamento. Frente a ellos, Bruto, alineadas sus tropas, no se comporta como una mujer:
enseña con prudencia a sus hombres lo que tienen que hacer, cómo avanzar y cómo resistir al
enemigo. Comienza la batalla y, en un
principio, son los Troyanos quienes llevan
las de ganar, realizando feroz matanza entre sus adversarios. Cerca de dos mil
enemigos han caído ya para
siempre, y los demás buscan la fuga,
aterrorizados. Pero al bando que tiene de su parte mayor número de soldados le suele sonreír la victoria; y los Galos, tres veces más
numerosos, aunque arrollados al
principio, se rehacen después y
atacan por todas partes a los Troyanos,
sembrando el estrago en sus filas y obligándolos a buscar refugio en su campamento. La victoria cambia de dueño, y
Bruto está ahora sitiado. Sus enemigos no piensan alejarse de allí antes de verlo a él y a sus hombres ofreciendo
el cuello a las cadenas, o antes
de que los látigos del hambre les den cruel y prolongada muerte.
Esa noche, Corineo
celebra consejo con Bruto, y propone realizar de inmediato una salida nocturna por ciertos caminos
secretos y permanecer escondido en el bosque cercano hasta el alba; al amanecer, Bruto surgiría
desde el campamento, presentando batalla al enemigo, y él mismo con su gente atacaría a la
retaguardia gala y cargaría sobre ellos, pasándolos a cuchillo. Pareció bien a Bruto el plan de
Corineo, quien, como había propuesto, salió cautelosamente con tres mil hombres y fue a ocultarse en las profundidades del
bosque. Al despuntar el día, dispuso Bruto a sus hombres en orden de
batalla y, abriendo las puertas del campamento, salió con ánimo de luchar. Por su parte, los Galos acuden a la cita
y, en línea de combate, sólo
piensan en pelear. Muchos miles de hombres caen a tierra por ambos, bandos; muchas son las
heridas que unos y otros dan y reciben, pues nadie ahorra un golpe a su adversario. Entre los
Troyanos había uno, llamado Turno, sobrino de Bruto, a quien nadie excedía en valor y en arrojo, si exceptuamos a Corineo; él solo, con sola su
espada, dio muerte a seiscientos enemigos; pero un ataque repentino de los Galos le ha
quitado la vida antes de tiempo; la antedicha ciudad de Tours tomaría su nombre del suyo, pues
allí sería enterrado. Y cuando ambos ejércitos se encuentran en la fase más dura de la batalla,
he aquí que Corineo sobreviene de improviso y carga velozmente sobre la retaguardia del
enemigo. Los que habían salido del campamento cobran al punto nuevos ánimos e insisten con mayor brío en sus embestidas
para completar la matanza. Por su parte, los Galos se encuentran aterrados al mero griterío
de los hombres de Corineo
que han vulnerado su retaguardia y, pensando que sus rivales son superiores en número, abandonan el campo a toda prisa. Los Troyanos les pisan los talones,
acuchillándolos en su huida, y no cesan en su tarea destructora hasta obtener un triunfo rotundo. ¿Y Bruto? Aunque tan gran victoria le produce
una inmensa alegría, está
intranquilo y preocupado, pues el
número de los suyos disminuye a diario, mientras que el de los Galos crece sin cesar. Así que, viendo que es
dudoso el resultado de la guerra si se
prolonga indefinidamente, decide retirarse a sus naves entonces, cuando aún
están sanos y salvos la mayor parte
de sus compañeros y todavía
fresca la gloria de su triunfo, y navegar en busca de la isla
anunciada por el oráculo divino. Regresa,
pues, sin tardanza a la flota, con el consentimiento de sus hombres, y, después de llenar las naves con todas las riquezas que ha adquirido en su reciente campaña, sube a bordo
y piensa en partir. Soplan
favorables los vientos en su
navegación hacia la isla prometida, adonde arriba al fin, desembarcando felizmente en Totnes.
(21) La isla se llamaba
entonces Albión, y nadie la habitaba, a excepción de unos pocos gigantes. La amenidad del
lugar, unida a la abundancia de
pesca en sus ríos y de caza en sus bosques,
infundieron muy pronto en Bruto y en sus compañeros el deseo de habitarlo. Por
ello, después de recorrer las
distintas regiones del país, proceden
a limpiarlo de gigantes, obligándolos a refugiarse en las cavernas de las montañas, y se reparten entre ellos la tierra a suertes, por donación de su caudillo. Comenzaron a cultivar
los campos y a construir casas,
de manera que en poco tiempo
aquel país parecía haber sido habitado
desde siempre. Finalmente, Bruto llamó Britania —de su nombre— a la isla, y Britanos a sus compañeros, pues
quería así que su nombre viviera eternamente. Más tarde, el idioma de su pueblo, que en otro tiempo se llamó troyano
o griego oblicuo, fue llamado
británico. En cuanto a Corineo,
llamó a la parte del país que le cupo en suerte Corinea —también de su nombre—, y Corinenses a su gente, siguiendo el ejemplo
de Bruto; tenía el privilegio de
elegir provincia antes que los demás, y se decidió por la región que hoy se llama Cornubia[21],
ya sea por alteración del nombre
primitivo, ya por ser, como es, geográficamente,
el cornu o cuerno de Britania. A Corineo le encantaba pelear contra gigantes,
y en su provincia había más de ellos que en ninguna otra de las que fueron repartidas entre sus
camaradas. Había uno, especialmente odioso, llamado Goemagog[22],
de doce codos de estatura, que
blandía una encina previamente arrancada de raíz como si fuese una rama de avellano. Un día, mientras Bruto
celebraba una ceremonia en honor
de los dioses en el puerto donde había desembarcado, llegó el gigante con veinte de los suyos e infligió cruel matanza a los Britanos. Éstos, sin embargo, acudiendo de todas partes,
lograron vencerlos y mataron a todos, excepto a Goemagog, pues Bruto lo quería vivo para que
midiera sus fuerzas en singular batalla con las de Corineo, a quien le
complacía sobremanera competir con
monstruos semejantes. Así que Corineo,
exultante de gozo, se dispone a luchar y, arrojando las armas, se enfrenta a su adversario con las
manos desnudas. Ya comienza el combate, y
Corineo y el gigante se estrechan mutuamente
el cuerpo con sus brazos de acero, haciendo resonar el aire con sus alientos entrecortados. Acto seguido,
Goemagog, aprisionando a Corineo con todas sus fuerzas, le rompe tres
costillas, dos del lado derecho y una
del izquierdo. Furioso, Corineo
recobra su vigor y, cargando al gigante
sobre sus hombros, corre con toda la rapidez que le permite el peso que lleva encima hasta la orilla más cercana. Y allí, desde lo
alto de una alta peña, se libera
del fardo que llevaba sobre sus
hombros, arrojando al mar al horrendo
monstruo, quien, cayendo por entre las afiladas rocas, se quiebra en mil pedazos y tiñe las ondas con su sangre. Desde entonces, a
aquel lugar que presenció la caída del gigante se le llamó Salto de Goemagog, y con ese nombre es
conocido todavía hoy.
(22) Repartido su reino,
pensó Bruto en construir una ciudad y, transmitiendo acción a su pensamiento, recorrió
todo el país en busca del lugar idóneo para ello. Llegó en su recorrido al río Támesis, y
deambuló por sus riberas hasta que halló el lugar que andaba buscando. Así, pues, fundó allí una
ciudad, a la que llamó Nueva Troya. Con ese nombre fue conocida durante mucho tiempo, hasta que, por
corrupción de la palabra, vino a llamarse Trinovanto[23].
Más tarde, cuando
Lud, hermano de Casibelauno —el que combatió a Julio César—, obtuvo el gobernalle del reino, rodeó la
ciudad de nobilísimas murallas, así como de torres construidas con admirable arte, y ordenó
llamarla Kaerlud, esto es, Ciudad de Lud. Esta medida provocó una disputa entre él y su hermano
Nenio, que tomó muy a mal que Lud quisiera abolir el nombre de Troya en su propio país. De esa
disputa ha tratado ya con suficiente amplitud el historiador Gildas, y yo prefiero pasarla por
alto, pues desmerecería mi rústica manera de expresarme ante la de un escritor tan grande, que
ha narrado esa historia en un estilo tan elocuente. Pues bien, cuando el antedicho caudillo
fundó la antedicha ciudad, se la concedió de derecho a los ciudadanos que iban a habitarla, y les dio leyes con que regir pacíficamente la convivencia.
Gobernaba entonces en
Judea el sacerdote Helí, y el Arca de la Alianza se encontraba en poder de los Filisteos. Los hijos de Héctor
reinaban en Troya, después de expulsar
a los descendientes de Antenor. En
Italia reinaba Silvio Eneas, hijo de Eneas y tío de Bruto, tercero
de los reyes latinos[24].
III. LOS SUCESORES DE
BRUTO HASTA LA LLEGADA DE JULIO CÉSAR
1. De Locrino a Bladud
(23) Conoció Bruto a
Inogen, su esposa, y engendró en ella tres ilustres hijos, llamados Locrino, Albanacto y
Cambro. Cuando su padre dejó el siglo, en el vigésimo cuarto año de su llegada a Britania, lo
sepultaron en la ciudad que había fundado y dividieron el reino entre ellos, retirándose cada uno a
la parte que le había correspondido. Locrino, que era el primogénito, obtuvo la mitad de la
isla, que en adelante se llamaría Logres [25],
a partir de su nombre. A Cambro le tocó el país que se extiende más allá del río Severn, llamado ahora
Gales, y que por mucho tiempo se conoció como Cambria, del nombre de su
soberano; todavía hoy se llama Cambros a los
Galeses en lengua británica. El menor, Albanacto,
ocupó la región que en nuestros días y en nuestra lengua se llama Escocia, y le puso el nombre de Albania, del suyo propio.
(24) Reinaban los tres hijos de Bruto en perfecta
paz y concordia cuando Humbro, rey de los Hunos, desembarcó en Albania, presentó batalla a Albanacto y le dio muerte, obligando a su gente
a huir a Logres. Locrino, al recibir la noticia, llamó consigo a Cambro, su
hermano y, reuniendo a todos los jóvenes de
Britania, se dirigió al encuentro
del rey de los Hunos, alcanzándolo junto al río que hoy se llama Humber. Comienza la batalla, y
Locrino consigue poner en fuga a Humbro,
quien, acosado, termina por ahogarse en las aguas del río, dejándole para siempre su nombre.
Obtenida así la victoria, Locrino reparte con largueza entre sus camaradas los despojos del enemigo, no reteniendo para sí mismo más que el oro y la plata que las naves hunas guardaban.
Retuvo también para sí
tres doncellas de admirable belleza, de las que una era hija de cierto rey de Germania; Humbro
la había secuestrado, junto a las otras dos, mientras saqueaba el país de su padre. La joven se llamaba Estrildis, y
su belleza era tan grande que no tenía
par en el mundo, pues ni el marfil bruñido, ni la nieve recién caída, ni los lirios del campo, podían competir con la blancura resplandeciente de su cuerpo.
Inflamado de amor, Locrino quiso compartir su lecho y unirse en matrimonio con ella, bajo la
antorcha conyugal. Cuando Corineo lo supo, se indignó sobremanera, pues Locrino se había
comprometido a tomar a su hija por esposa. El viejo guerrero se presentó ante el rey blandiendo
su famosa hacha de doble filo con la diestra, y le habló de este modo:
—«¿Así me pagas, Locrino,
las heridas que he recibido al servicio de tu padre, guerreando contra pueblos desconocidos?
¿Desprecias a mi hija y te rebajas a unirte en matrimonio con una mujer bárbara? ¡Si lo
haces, obtendrás el castigo que mereces, mientras me queden fuerzas en esta mano diestra que ha
arrebatado el gozo de vivir a tantos gigantes a lo largo de las costas tirrenas!»
Gritando esto una y otra
vez, blandía el hacha como si fuese a descargar un golpe con ella cuando los amigos de
ambos intervinieron y, apaciguado Corineo, obligaron a Locrino a cumplir su palabra. Así, pues, Locrino desposó a Güendolena, hija de Corineo, pero no
consiguió olvidar el amor de
Estrildis; antes bien, hizo construir
una cámara subterránea en Trinovanto,
encerró allí a su amada e hizo que la sirvieran con todos los honores
domésticos de confianza, pues
quería guardar una absoluta reserva en sus amores: el temor que le inspiraba Corineo le impedía mostrarlos
abiertamente. Prefirió —como he dicho— mantener escondida a Estrildis, frecuentándola durante siete años enteros sin
que nadie lo supiese, excepto sus
más íntimos. Y, cuantas veces la visitaba, fingía que iba a
ofrecer un sacrificio oculto a los
dioses, consiguiendo que los
demás diesen crédito a su ficción. En el ínterin, Estrildis quedó embarazada y dio a luz una niña de admirable belleza, a la que llamó Habren. Preñada también Güendolena, parió a su tiempo un niño, a quien se le dio el nombre de
Madan; su abuelo Corineo fue el encargado de su educación.
(25) Pasó el tiempo. Cuando Corineo murió, Locrino repudió a Güendolena e instaló a Estrildis en el trono. Güendolena, profundamente indignada, se fue a Cornubia y, reuniendo a
todos los jóvenes de la comarca,
empezó a hostigar a Locrino con
incursiones en su país. Ya están los dos ejércitos frente a frente, dispuestos
a trabar combate a orillas del río Stour; allí Locrino, herido por una flecha, pierde la vida y todos los gozos que conlleva. Muerto el rey, Güendolena toma el gobernalle de la nación y, cegada
del mismo furor que su padre,
ordena que Estrildis y su hija
Habren sean arrojadas al río que hoy se llama Severn, y decide, en virtud de un
edicto publicado en toda
Britania, que ese río tome en lo
sucesivo el nombre de la niña asesinada: quería que fuese recordada siempre, pues fue su esposo quien la engendró. Todavía hoy el río
es llamado, en lengua británica,
Habren, que, por corrupción del
nombre, es lo mismo que Severn.
Quince años reinó
Güendolena tras la muerte de Locrino, que había reinado diez años. Cuando vio que su hijo Madan era
ya un hombre, le transmitió el cetro del reino, contentándose ella con la región de
Cornubia, donde pasó el resto de su vida.
En aquel tiempo gobernaba
en Judea el profeta Samuel. Silvio Eneas
reinaba todavía en Italia, y florecía en
Grecia el arte del famoso poeta Hornero.
(26) Mientras Madan tenía
el cetro, su esposa
le dio a luz dos hijos, Mempricio y Malim. El hijo de Locrino mantuvo diligentemente el reino en
paz por espacio de cuarenta años. Al morir, surgió la discordia entre sus hijos acerca de
la herencia paterna, pues
cada uno de los dos anhelaba poseer él solo toda la isla. Mempricio, deseoso de conseguir sus
fines, se entrevistó con Malim al objeto de buscar la concordia entre ambos, pero, inflamado
por la antorcha de la traición, lo mató en presencia de los que habían asistido a la
conferencia. Habiendo, así, obtenido
el gobierno de toda la
isla, ejerció sobre el pueblo una implacable tiranía, haciendo matar a la mayoría de los varones más nobles del país. Además, como aborrecía a todos sus parientes, porque temía que alguno de ellos pudiera
sucederlo en el trono, los fue
eliminando violentamente o a traición. Abandonó, por si fuera poco,
a su esposa, que le había dado al famoso
joven Ebrauco, y se entregó a la
sodomía, prefiriendo el amor no natural a las inclinaciones naturales.
Finalmente, en el vigésimo año
de su reinado, mientras se encontraba
cazando, se separó de sus compañeros y cabalgó hacia cierto valle, en el que,
rodeado de una grey de lobos
rabiosos, fue miserablemente devorado.
Saúl reinaba entonces en
Judea y Euristeo en Lacedemonia.
(27) Muerto Mempricio, su hijo Ebrauco, varón de alta estatura y de admirable fuerza, recibió el trono de Britania, que ocuparía
durante treinta y nueve años. Fue
el primero, después de Bruto, en
conducir la escuadra a las costas de Galia y, llevando la guerra al interior, asoló las provincias matando
hombres y saqueando ciudades; regresó victorioso, trayéndose consigo
riquísimo botín de oro y de plata. Después
fundó una ciudad, al otro lado
del Humber, a la que llamó, de
su nombre, Kaerebrauc, esto es, Ciudad de Ebrauco [26].
Reinaba entonces en Judea David, Silvio Latino en Italia, y Gad,
Natán y Asaf profetizaban en Israel. Fundó también Ebrauco la ciudad de Alclud[27] en
Albania, y la fortaleza del monte Agned, que ahora se llama Castillo de las Doncellas y Monte Doloroso [28].
Engendró Ebrauco veinte
hijos en las veinte mujeres que tuvo, así como treinta hijas, y durante cuarenta años gobernó con firmeza el reino de Britania. Los
nombres de sus hijos fueron éstos:
Bruto el del Verde Escudo, Margadud, Sisilio, Regin, Morvid, Bladud, Jagon,
Bodloan, Kincar, Spaden, Gaul, Dardan, Eldad, Ivor, Cangu, Héctor, Kerin, Rud,
Asáraco y Buel; y los nombres de sus hijas: Gloigin, Ignogin, Oudas, Güenlian, Gaurdid, Angarad, Güenlodoe,
Tangustel, Gorgon, Median, Metael, Ourar, Mailure, Kambreda, Ragan, Gael, Ecub, Nest, Chein, Stadud, Gladus, Ebrein,
Blangan, Abalac, Angaes, Gálaes (su belleza no tuvo par en Britania ni en Galia), Edra, Anor, Stadiald y Egron. Su padre
las envió a todas a Italia, a la
corte de Silvio Alba, que había sucedido a Silvio Latino en el
trono: se casaron allí con nobles
troyanos, con los que las mujeres
latinas y sabinas rehusaban unirse en matrimonio. En cuanto a los hijos,
condujeron, con su hermano Asáraco como jefe, la escuadra a
Germania, donde, con la ayuda de Silvio Alba, sometieron al pueblo y se apoderaron del reino.
(28) Bruto, apodado el del Verde Escudo, permaneció junto a su padre, se encargó al
morir éste de las tareas del
gobierno y reinó durante doce años en Britania. Lo sucedió su hijo
Leil, amante de la paz y de la justicia;
aprovechando la prosperidad de su
reino, construyó en el norte de
Britania una ciudad que, de su nombre, llamó Kaerleil[29].
Salomón empezaba entonces
a construir el Templo del Señor en Jerusalén, y la reina de Saba venía a escuchar su
sabiduría. Al mismo tiempo,
Silvio Epito sucedía a su padre, Alba, en el reino de Italia.
Veinticinco años vivió
Leil tras acceder al trono. Al final, su debilidad como gobernante era manifiesta. Como respuesta a su falta de
firmeza, el fantasma de la guerra civil
volvió a aparecer en Britania.
(29) Después de Leil, reinó su
hijo Rud Hudibrás durante treinta y
nueve años. Tras las disensiones civiles, logró restablecer la concordia. Fundó Kaerreint, esto es,
Cantuaria[30].
Fundó, además, Kaergüeint, esto
es, Güintonia[31],
y la fortaleza del monte
Paladur, que ahora se llama Seftonia[32].
Mientras se construían las murallas de esta última ciudad, un águila habló, y
hubiera dado
cuenta cumplida de sus palabras, como de lo demás, si me hubiesen parecido auténticas.
Capis, hijo de Epito,
reinaba entonces en Italia, y Ageo, Amos, Jehú, Joel y Azarías profetizaban en Israel.
(30) Sucedió a Hudibrás su
hijo Bladud, que gobernó por espacio de veinte años. Construyó la ciudad de Kaerbadum,
que ahora se llama Bath, e instaló en ella termas de uso público bajo la advocación de
Minerva, en cuyo santuario dispuso fuegos inextinguibles que no se convertían nunca en cenizas,
sino que, cuando empezaban a consumirse, se volvían bloques de piedra.
En aquel tiempo, Elías
elevó sus plegarias para que no lloviera sobre la tierra, y no llovió por espacio de tres años
y seis meses.
Este Bladud fue un hombre
extremadamente ingenioso e introdujo las artes mágicas en Britania. No dejó de llevar a cabo prodigios hasta
que, habiéndose fabricado unas alas,
trató de levantarse por los aires y
cayó sobre el templo de Apolo, en Trinovanto, haciéndose trizas.
2. El rey Lear
(31) Se cumplieron los
días de Bladud, y Lear, su hijo, accedió a la dignidad real, gobernando enérgicamente el
país por espacio de sesenta años. En el curso de su reinado construyó a orillas del río Soar
una ciudad que en lengua británica se llama, de su nombre, Kaerleir, y en lengua sajona, Leicester. No tuvo hijos varones
y sí tres hijas, llamadas Goneril,
Regan y Cordelia, a quienes su
padre quería entrañablemente, en especial
a la menor; es decir, a Cordelia. Cuando llegó a la antesala de la vejez, pensó dividir el reino entre sus hijas y casarlas con maridos
tales que fuesen dignos de ellas
y de poseer la parte de Britania
que les correspondiera.
Y, para decidir cuál de ellas debía por sus méritos recibir la parte mejor, las llamó por separado para saber cuál de las tres lo amaba más.
Se lo preguntó, primero, a Goneril, y ésta puso a los dioses del cielo por testigos de que amaba a
su padre más que a su propia
alma, que dentro de su cuerpo habitaba. A lo cual dijo Lear:
—«Puesto que has
preferido mi vejez a tu propia vida, queridísima hija, te casaré con quien tú misma elijas y te daré la
tercera parte del reino de Britania.»
Le llegó el turno a Regan, que era la
segunda. Siguiendo el ejemplo de su
hermana y queriendo granjearse el
favor de su padre, respondió, con solemne
juramento, que no le era posible expresarse
de otra manera que no fuese diciéndole que lo amaba más que a nada y a nadie en el mundo. El crédulo Lear le prometió casarla
con la misma dignidad que a su hermana mayor, con otra tercera parte del reino como dote.
Cordelia, la menor, al
ver cómo sus hermanas habían engatusado con lisonjas y adulaciones a su padre, quiso ponerlo a
prueba, respondiéndole de manera bien diferente:
—«Padre mío, ¿hay en
alguna parte una hija que pretenda amar a su padre más de lo que se ama a un padre? Pienso
que no hay ninguna que se atreva a afirmar una cosa así, salvo que intente ocultar la verdad
por pura broma. En cuanto a mí, siempre te he amado como se ama a un padre y no he cambiado nunca de sentimiento.
Por mucho que me insistas,
sólo oirás de mí la certeza del amor que te tengo. No me preguntes más: te amo en lo que tienes y
en lo que vales.»
El rey, pensando que
había hablado así por mezquindad de corazón, se indignó mucho y no tardó en manifestar la
que sería su respuesta:
—«Puesto que así
desprecias la vejez de tu padre y no te dignas profesarme el mismo amor que tus hermanas, te
despreciaré yo a mi vez y no tendrás parte en mi reino. Sin embargo, como eres mi hija, te casaré,
pero con un extranjero, si es que el azar te lo depara. Y de una cosa
puedes estar segura: no me
molestaré nunca en casarte con los mismos honores que a tus hermanas, pues, aunque yo hasta hoy
te he amado más a ti que a las otras, tú has demostrado amarme menos que ellas.»
Sin demora, y siguiendo el consejo de los nobles del reino, dio a Goneril y Regan a dos duques, el de Cornubia y el de Albania, con la
mitad tan sólo de la isla como dote mientras él viviese, pero, a su muerte, les
prometió que poseerían la totalidad de Britania. Sucedió después que Aganipo, rey de los Francos, habiendo oído
hablar de la belleza de Cordelia, envió al punto mensajeros a su padre, pidiéndole la mano de
su hija para unirse con ella
bajo la antorcha conyugal. Lear, persistiendo todavía en su cólera, respondió que con gusto se la concedería, pero sin
tierra alguna y sin dote, pues había repartido su reino, junto con todo su oro y su plata, entre Regan y Goneril, hermanas de Cordelia. Aganipo recibió esta respuesta y, como ardía de amor
por la doncella, envió otro
mensaje al rey Lear, diciéndole que ya tenía suficiente oro, plata y
otras posesiones, pues era dueño de una
tercera parte de Galia, y que
quería desposar a la joven para tener hijos con ella que heredasen su reino.
No había ya motivo para no llegar
a un acuerdo: Cordelia fue
enviada a Galia y se casó con Aganipo.
Mucho tiempo después,
cuando Lear empezó a debilitarse por razón de la edad, se rebelaron contra él los antedichos
duques, esposos de sus hijas, con los que había repartido Britania. Lo despojaron de su reino y
le arrebataron el poder de reinar que, hasta entonces, había ostentado con tanta energía como
gloria. Se restableció, sin embargo, la
concordia, y uno de sus yernos, Maglauno,
duque de Albania, accedió a mantenerlo a su lado, concediéndole una guardia de
cuarenta caballeros, para que
conservara una apariencia de
grandeza. Tras dos años de estancia en casa de su yerno, su hija Goneril se indignó a causa del número de sus caballeros, que no dejaban
de quejarse ante la escasez de su ración diaria; después de hablar con su marido, ordenó que su padre se contentara con veinte
hombres de escolta y que se
despidiese a los demás.
Furioso Lear por este
hecho, dejó la corte de Maglauno y recurrió a Henvino, duque de Cornubia, con
el que su segunda hija, Regan, se había casado. Aquí, al principio, fue
recibido con todos
los honores, pero no había pasado todavía un año cuando surgió la discordia entre los miembros de la casa del
rey y los de la del duque, y Regan, indignada, redujo el séquito de su padre a cinco
caballeros.
Muy agraviado se sintió
Lear y regresó de nuevo a la corte de su primogénita, pensando que podía moverla a
compasión y que lo recibiría a él y a su comitiva. Pero Goneril se indignó aún más que la vez
anterior y juró por los dioses del cielo que nunca admitiría a su padre consigo si no se contentaba con
un solo caballero a su servicio y si no despedía inmediatamente a los demás. Le echaba en cara,
además, al anciano el que, sin tener nada propio, viajara con un séquito tan numeroso. De
manera que Lear, viendo que no podía esperar nada de su hija, obedeció y, despidiendo al resto,
se quedó con un solo caballero.
Pero cuando volvía a su mente el recuerdo de su pasada grandeza se desesperaba pensando en su estado actual, por lo que comenzó a pensar
en cruzar el estrecho y
refugiarse en la corte de su hija
menor. Lo atormentaba, sin embargo, la duda de que estuviera dispuesta a recibirlo, después de haberse comportado con ella tan deshonrosamente en el asunto de su matrimonio, como ya quedó dicho. Pero no podía soportar por más tiempo su miseria, de manera que decidió hacerse a la mar rumbo a las Galias.
Cuando vio que otros dos
príncipes cruzaban el canal al mismo tiempo que él, y que a él le
habían asignado la tercera plaza, pronunció
entre lágrimas y sollozos las siguientes palabras:
—«¡Destinos que proseguís
vuestros usuales cursos, fijados desde siempre por una ley irrevocable! ¿Por qué
quisisteis concederme otrora una felicidad transitoria cuando es mayor suplicio
recordar la felicidad
perdida que sufrir la presencia de la
infelicidad subsiguiente? Pues el recuerdo de
los días en que, rodeado de cientos de miles de guerreros, solía yo destruir murallas de ciudades y
devastar los campos de mis enemigos, me
duele hoy más que la calamidad de mi actual miseria, que ha incitado a aquellos que hace poco se arrastraban bajo mis pies a abandonarme
en mi debilidad. ¡Oh tú, destino airado! ¿Llegará
el día en que pueda pagarles con la misma moneda a aquellos que así han descuidado mi edad y mi pobreza? ¡Oh Cordelia, hija mía,
qué verdad encerraban las
palabras que me dijiste cuando
te pregunté cuánto amor me tenías! Dijiste: "Te amo en lo que tienes y en lo que vales." Mientras tuve algo que ofrecer, fui
valioso para ellas, pues lo que
amaban era aquello que de mí recibían, no su padre. Me quisieron
quizá algunas veces, pero no con la intensidad con que apreciaban mis regalos. Ahora no tengo nada que ofrecerles, y me han dejado solo. ¿Con qué
rostro, queridísima hija, me atreveré a llegar a tu presencia, yo que, irritado
por tu respuesta, pensé en casarte
peor que a tus hermanas, las mismas
que, después de todos los beneficios que de mí han obtenido, no hacen nada por evitar mi exilio y mi pobreza?»
Tales cosas revolvía en
su mente cuando desembarcó y llegó a Karitia[33], donde
su hija vivía. Esperando él fuera de la ciudad, envió un mensajero a palacio para que
transmitiese a Cordelia la indigencia en que se encontraba, sin tener qué comer ni con qué
vestirse, e implorase su misericordia.
Mucho se conmovió Cordelia al recibir el mensaje,
y amargas lágrimas derramó. Cuando preguntó cuántos caballeros llevaba su padre consigo, el mensajero
respondió que nadie lo acompañaba, excepción hecha de un único hombre armado que con él esperaba fuera de la ciudad. Entonces tomó ella oro y plata —cuanto era
menester— y, entregándolo al mensajero, le ordenó conducir a Lear a otra ciudad
donde, con el pretexto de tomar
las aguas, debería bañarlo, vestirlo
y alimentarlo. Mandó también que lo acompañaran cuarenta caballeros bien equipados, y que sólo entonces comunicase al rey Aganipo y a ella la noticia de su llegada. El mensajero condujo al rey Lear adonde le habían ordenado, manteniendo el incógnito hasta haber hecho todo lo que Cordelia había dispuesto.
Tan pronto como Lear se
vio investido de las enseñas de la realeza y acompañado de una escolta digna de su rango, comunicó oficialmente
a Aganipo y a su hija que
había sido expulsado de Britania por sus yernos y que se encontraba allí en busca de ayuda para
recuperar su reino. Cordelia y Aganipo salieron a su encuentro con toda la corte y le dispensaron
la más respetuosa de las acogidas, concediéndole provisionalmente el poder sobre toda Galia,
en tanto lo restituían a su dignidad anterior.
En el ínterin, Aganipo
envió legados a lo largo y ancho de Galia en busca de hombres de armas que lo ayudaran en su tarea de devolver
el reino de Britania a Lear, su suegro. Cuando todo
estuvo dispuesto, Lear llevó a su hija y a la hueste así reunida a Britania, presentó batalla a sus yernos y se alzó con el triunfo, sometiéndolos
a ambos bajo su yugo. Dos años
después, Lear murió. También murió Aganipo, rey de los Francos. Cordelia, ahora dueña de Britania, hizo
sepultar a su padre en una cámara
subterránea que había ordenado
construir bajo el río Soar, en Leicester. Esta cámara subterránea fue fundada en honor de Jano Bifronte, y era costumbre que allí, el día
de la fiesta del dios, todos los obreros de la ciudad comenzasen a trabajar en la obra que los iba a
mantener ocupados a lo largo del año.
3. Los sucesores de Lear
(32) Cordelia rigió en
paz los destinos del reino por espacio de cinco años, al cabo de los cuales comenzaron a
hostigarla dos hijos de sus hermanas, a saber, Margano, hijo de Maglauno, y Cunedagio, hijo de
Henvino. Ambos ilustres jóvenes tenían fama de valientes. Tras la muerte de sus padres respectivos,
los sucedieron en sus ducados, viendo con malos ojos que Britania estuviera en manos de una mujer. De modo que, reunidos sus ejércitos, se rebelaron contra su reina,
no cejando en su furia hasta que, devastadas las provincias, la derrotaron en
varias batallas y, capturándola,
la arrojaron a una prisión donde, abrumada
de dolor por la pérdida de su reino, se dio la muerte. Seguidamente, los jóvenes se repartieron la isla, de la que aquella parte que
se extiende al otro lado del
Humber, hasta Caithness, le
correspondió a Margano, y la que desde la otra orilla del río mira
a Occidente fue adjudicada a Cunedagio.
Transcurridos dos años, algunos de esos hombres que se complacen en la confusión y el desorden aconsejaron a Margano, diciéndole que era vergonzoso que él, siendo el mayor de
los dos, repartiese el gobierno
de la isla con su primo. Con estas y otras razones lograron convencerlo, y Margano condujo su ejército a las provincias de Cunedagio, echando leña al fuego que
él mismo había encendido. Declarada la guerra, Cunedagio se dirigió a su encuentro con toda su hueste y, en la batalla subsiguiente, sembró
no pequeña matanza y puso en
fuga a Margano, persiguiendo después
al fugitivo de provincia en provincia hasta que lo alcanzó en una aldea
de Cambria que, tras su muerte
allí, fue llamada Margan —de su
nombre— por los campesinos de la comarca, y aún hoy se sigue
llamando así. Obtenida la victoria, Cunedagio
se hizo con el poder en toda la isla
y la gobernó gloriosamente durante
treinta y tres años.
En aquel tiempo Isaías y
Oseas profetizaban en Israel, y Roma era fundada, el día undécimo de las calendas de mayo,
por los gemelos Rómulo y Remo.
(33) A la muerte de
Cunedagio, lo sucedió en el trono su hijo Rivalón, joven pacífico y feliz que gobernó el reino con
diligencia.
Fue en su reinado cuando
cayó, durante tres días
consecutivos, una lluvia de sangre, y se produjo
una invasión de moscas que hacía morir a los hombres.
A éste lo sucedió
Gurgustio, su hijo; a Gurgustio, Sisilio; a Sisilio, Yago, sobrino de
Gurgustio; a Yago, Kinmarco, hijo de Sisilio; a Kinmarco, Gorbodugo.
Tuvo éste dos hijos,
llamados Ferreux y Porrex. Cuando su padre, Gorbodugo, llegó al umbral de la
vejez, surgió una disputa entre los hermanos para ver cuál de ellos lo
sucedería en el trono. Porrex, espoleado por la ambición, tendió una emboscada
a su hermano con ánimo de matarlo, pero Ferreux, avisado a tiempo, evitó el
crimen y embarcó rumbo a las Galias. Allí obtuvo la ayuda de Suardo, rey de los
Francos, y regresó a Britania a luchar con su hermano. En la batalla que
siguió, murieron Ferreux y toda la hueste que lo acompañaba. Cuando la madre de
ambos, cuyo nombre era Yudon, tuvo la certeza de la muerte de su hijo, se
conmovió sobremanera y trocó su dolor en odio hacia el hermano sobreviviente,
pues amaba más al muerto que a su otro hijo. Tanto la devoraba la llama de la
ira por aquella muerte, que decidió vengarla a expensas del hermano. Penetró a
tal efecto en la tienda de Porrex mientras dormía, lo mató con ayuda de sus
criadas y lo descuartizó en pequeños pedazos. A partir de entonces la guerra civil
devastó Britania durante un prolongado espacio de tiempo, disputándose el poder
cinco reyes que se afligían unos a otros con mutuas cabalgadas y abundante
derramamiento de sangre.
(34) Pasó el tiempo, y
apareció en escena un virtuoso joven llamado Dunvalón Molmucio. Era hijo de
Cloten, rey de Cornubia, y superaba a todos los reyes de Britania en belleza y
coraje. Tan pronto como sucedió a su padre, al morir éste, en el trono de su
país, atacó a Píner, rey de Logres, y lo mató en el campo de batalla. A raíz de
este triunfo, celebraron consejo Rudauco, rey de Cambria, y Estaterio, rey de
Albania, y decidieron aliarse, dirigiendo sus ejércitos contra las provincias
de Dunvalón, destruyendo ciudades y sembrando la muerte entre la población.
Dunvalón les salió al encuentro con treinta mil guerreros. Ocuparon gran parte
del día en combatir, y la victoria estaba indecisa. Entonces Dunvalón llamó
aparte a los seiscientos jóvenes más bravos de su ejército y les ordenó que
recogieran las armas de los enemigos caídos y las sustituyeran por las suyas.
Él mismo, despojándose de las armas que llevaba, hizo lo mismo que pedía a sus
hombres. Después los condujo a lo más denso de las filas enemigas, avanzando en
la misma dirección que sus rivales, como si fuesen de su mismo bando. De ese
modo, llegó al lugar donde estaban Rudauco y Estaterio, y dio orden a sus
compañeros de que cargasen contra ellos. En el ataque perecieron los dos reyes
citados, y muchos de los suyos con ellos. Pero Dunvalón Molmucio, temiendo ser
herido por sus propios soldados, decide entonces regresar a sus filas en
compañía de sus camaradas, y se desarma. Vuelve luego a coger las armas de las
que se había despojado y exhorta a sus guerreros a una nueva embestida que él
mismo acaudilla valientemente. Muy pronto la victoria es un hecho, una vez
dispersado y puesto en fuga el enemigo. Para culminar su tarea, recorre los
países de los reyes vencidos, derribando ciudades y fortalezas y sometiendo a
los pueblos a su poder. Cuando hubo completado su dominio sobre toda la isla,
hizo forjar para sí mismo una corona de oro y restauró la unidad primitiva de
Britania.
Éste fue el rey que
estableció entre los Britanos las
leyes llamadas Molmucinas, que hoy los Anglos
practican todavía. Entre otras disposiciones, consignadas mucho tiempo
después por San Gildas, estableció que los templos de los dioses y las ciudades gozasen de un privilegio tal que,
en el caso de que algún Fugitivo o delincuente buscase refugio en
ellos, pudiera salir de allí libre de la
persecución de sus enemigos. Estableció también que los caminos que conducían a
los antedichos templos y ciudades, así como los arados de los labradores, serían por la misma ley
inviolables. Durante su reinado, perdió el filo el cuchillo de los
asesinos, y las crueldades de los bandidos
desaparecieron de Britania, pues en ninguna parte había nadie que se atreviese
a hacer violencia a un semejante. Por fin, cuarenta años después de ser coronado, murió y fue sepultado
en la ciudad de Trinovanto,
junto al templo de la Concordia
que él mismo había hecho construir para consagrar sus leyes.
4. Belino y Brenio
(35) Desde la muerte de
Dunvalón, sus dos hijos, Belino y Brenio, pugnaron por la sucesión al trono y por quién
sería más digno de llevar la corona de Britania. Después de que se hubieron enfrentado en muchas
batallas, los amigos de ambos decidieron intervenir y les hicieron llegar a un acuerdo. Pactaron
que el reino se dividiera entre ambos de la siguiente forma: Belino tendría la corona de la isla junto con Logres, Cambria
y Cornubia, pues era el mayor y la costumbre troyana exigía que la dignidad de la herencia recayera en el primogénito; Brenio, que era
el menor, se sometería a su
hermano y reinaría en
Nortumbria, desde el
Humber hasta Caithness. Un tratado solemne sancionó estos acuerdos, y ambos gobernaron el reino
durante cinco años en paz y
con justicia. Pero, al cumplirse ese quinquenio,
comoquiera que la discordia está siempre al acecho en los períodos de
prosperidad, ciertos forjadores
de embustes se presentaron ante
Brenio y le dijeron:
—«¿Qué desidia culpable
se ha apoderado de ti para que aceptes vivir sometido a Belino, cuando un mismo padre,
una misma madre y una misma nobleza te igualan por completo con él? Añade a esto, además,
el hecho de tu experiencia en todo género de batallas, probada en tus numerosos encuentros
con Queúlfo, duque de los Morianos[34];
cuantas veces ha desembarcado en Britania, tantas otras lo has hecho retroceder tú hasta ponerlo en
ruga lejos de nuestras costas.
Rompe, pues, ese pacto que te llena de ignominia y pide en matrimonio a la hija
de Elsingio, rey de Noruega, que a buen
seguro recibirás ayuda de él para recuperar la dignidad perdida.»
Después de corromper con
estas y otras parecidas razones el ánimo
del joven, no dejó éste de seguir su consejo y, embarcando rumbo a Noruega, se casó con la hija del rey, como le habían
sugerido aquellos aduladores.
(36) En el ínterin, su
hermano se enteró de todo y mucho se indignó de que, sin pedirle licencia ni permiso, hubiese obrado así contra
él. De modo que Belino se
dirigió a Nortumbria, tomó sus ciudades y puso en ellas guarnición propia. Cuando Brenio lo
supo, reunió una gran hueste de Noruegos, armó una flota y partió hacia Britania. Pero, mientras surcaba la superficie
de las aguas con viento favorable y sin recelo alguno, le salió al encuentro
Güitlaco, rey de los Daneses,
que lo andaba persiguiendo, pues se hallaba
perdidamente enamorado de la joven con la que Brenio se había unido en matrimonio: fuera de sí, había aprestado
naves y hombres, y se acercaba a toda vela a su enemigo. En la
batalla naval que siguió, sucedió que
el Danés se situó al azar junto
a la nave en la que viajaba la esposa del Britano y, arrojados los garfios de abordaje, logró llevársela consigo y confiársela a sus camaradas. Es dura la pelea en las naves
abordadas, que se ladean aquí y
allá sobre lo hondo, y entonces,
de improviso, soplan vientos desfavorables
y el huracán dispersa las naves, conduciéndolas a costas diferentes. El
rey de Dinamarca, después de dejarse llevar
cinco días por la fuerza hostil de los vientos en medio de un continuo terror, desembarcó por fin con la joven
en Nortumbria, sin saber a qué
costas lo había arrojado la inopinada
tempestad. Cuando los naturales del
país se apercibieron del desembarco, capturaron a los náufragos y los llevaron
ante Belino, que esperaba a orillas del mar la llegada de su hermano. Junto a la nave de Güitlaco se
hallaron otras tres, de las que una había formado parte de la flota de Brenio. Fueron a decírselo
al rey, y éste se alegró mucho, y
más entonces, cuando más deseaba
vengarse de su hermano.
(37) Unos días después, Brenio, que había conseguido volver a reunir su escuadra, desembarcó en Albania. En cuanto supo que su
esposa y todos los que estaban
con ella habían sido hechos
prisioneros, y que su hermano le había arrebatado en su ausencia el reino de Nortumbria, envió mensajeros al rey, conminándolo a que le devolviera esposa y reino. Si no lo
hacía así, pone a los dioses por
testigos de que devastará toda la
isla, de mar a mar, y matará a su
propio hermano si se atreve a enfrentarse con él. Belino se negó a
aceptar las exigencias de su hermano y,
con todos los guerreros de Britania, se dirigió hacia Albania con ánimo
de combatir. Conoció Brenio que su
reclamación no había sido atendida al
ver cómo su hermano venía contra
él, y le salió al encuentro en un bosque llamado Calaterio[35] con
intención de pelear. Frente a
frente, en el mismo campo, ambos dividen
a sus hombres en compañías y avanzan uno contra el otro, dando comienzo la
batalla. Gran parte del día la gastaron luchando, pues no faltaban combatientes de gran valor en ambos ejércitos.
Aquí y allá corrían ríos de sangre, y los dardos
lanzados por los guerreros producían enormes heridas mortales. Los heridos caían entre las filas como la mies bajo la hoz de los segadores.
Al final, fueron los Britanos
quienes prevalecieron, huyendo los Noruegos con sus mermadas compañías hacia sus naves. Pero Belino persiguió
a los fugitivos, infligiéndoles implacable matanza. Cayeron en esta
batalla quince mil de ellos, no llegando a mil los que escaparon sanos y
salvos. Brenio encontró a duras penas
una nave que el azar puso en su camino y se dirigió a las costas de
Galia. Los demás que con él habían venido hallaban escondite donde el azar quería proporcionárselo.
(38) Consumada la victoria, Belino reunió a todos
los nobles del reino en Eboraco[36] para
decidir lo que hacían con el rey de los
Daneses, pues, desde la prisión,
Güitlaco le había propuesto
someterse junto con toda la nación danesa y pagarle anualmente tributo, si lo
autorizaba a regresar a su país en compañía de su amada. Se le dijo al Danés que confirmase el acuerdo por medio
de un solemne juramento y por la cesión de rehenes. Convocados de nuevo los nobles, todos convinieron en que Belino accediese a la petición de Güitlaco en los términos conocidos. Así,
pues, el rey de Dinamarca fue liberado y volvió a su país en compañía de su amada.
(39) Viendo que nadie
podía oponérsele en todo el reino de Britania y que, por consiguiente, era el dueño de toda la isla, desde el mar hasta el
mar, Belino confirmó las leyes que había promulgado
su padre y reorganizó la justicia en sus dominios. Hizo especial
hincapié en que las ciudades y los caminos
que conducían a las ciudades tuviesen
garantizada la paz que Dunvalón les había asignado. Como había
dudas acerca de los caminos a los que debía aplicarse el edicto, y el rey no quería ambigüedades en sus leyes, convocó a todos los obreros de la isla y les
ordenó construir una calzada de piedra y argamasa que atravesara la isla en toda su longitud, desde
el mar de Cornubia hasta el litoral de Caithness, y que condujese directamente a las ciudades
que se encontraban en el camino.
Mandó también construir otra que
atravesara la isla en toda su anchura, desde la ciudad de Menevia[37],
sita a orillas del mar Demético[38],
hasta Puerto de Harnón[39],
y que indicase con claridad la dirección a las ciudades situadas a lo largo de esa ruta; y otras dos que cruzaran la isla oblicuamente
y dieran acceso a las demás
ciudades. Las sancionó después con todos los honores y dignidades, y
proclamó solemnemente que cualquier violencia ejercida contra un semejante en dichas calzadas sería castigada, y que todo delito que sobre
ellas se cometiese pertenecía a
la jurisdicción real. Pero si el
lector quiere conocer con detalle estas ordenanzas, debe leer las leyes Molmucinas que el historiador Gildas tradujo de la lengua
británica a la latina y que el rey Alfredo vertió del latín al inglés [40].
(40) Mientras Belino rige
sus dominios en paz y tranquilidad, su hermano Brenio, que —como quedó dicho— había
arribado a las costas
de Galia, se debate en angustias interiores. Lo han expulsado de su patria, no tiene
medios para regresar y disfrutar
de la dignidad que ha perdido. No sabiendo qué hacer, recurre a los príncipes
de la Galia, acompañado de una escolta de doce caballeros tan sólo. Va visitándolos sucesivamente,
narrándoles la historia de sus infortunios, sin obtener ayuda de nadie hasta que, finalmente, llega a la
corte de Segino, duque de los Alóbroges[41],
y es recibido por éste con todos los honores. Mientras habita allí, goza de
unos niveles de familiaridad con el duque más
íntimos que los de ningún otro
cortesano. En todos los asuntos, tanto en la paz como en la guerra,
muestra tal gallardía y tal valor que el
duque lo ama ya con amor de
padre. Y es que es hermoso, de miembros
robustos y bien proporcionados, docto
—según conviene a un hombre de su rango— en cetrería y caza mayor. Tanta amistad lo une con el duque que éste determina casarlo con
su única hija, y, si al morir
sigue sin tener heredero varón, le concede el reino de los Alóbroges en compañía de su hija. En el caso de que le
nazca un hijo varón, le promete
su ayuda para recuperar el trono de Britania; y no sólo lo promete el duque Segino, sino también todos sus campeones: tanta es la simpatía que en ellos despierta
el desterrado. Así, pues, Brenio desposa sin tardanza a la hija del duque,
jurándole fidelidad los nobles del
país como heredero del ducado. No había transcurrido un año desde la boda
cuando le llegó la hora a Segino, y abandonó esta vida. Entonces Brenio no desaprovechó la ocasión de estrechar vínculos con los grandes del país,
de cuya amistad ya gozaba,
distribuyendo con largueza entre ellos
el tesoro ducal, que había sido acumulado desde tiempos remotos.
Conociendo, además, la debilidad de
los Alóbroges, es particularmente
generoso en el reparto de alimentos, y su puerta no está nunca cerrada para
nadie.
(41) Después de haberse
atraído así la voluntad de todos sus súbditos, barruntaba cómo vengarse de su hermano
Belino. Cuando anunció a los Alóbroges su propósito, éstos declararon unánimemente que irían
con él a cualquier reino adonde quisiese conducirlos. Reuniendo en seguida un
gran ejército, Brenio firma un acuerdo con los Galos por el que éstos se comprometen
a dejarle atravesar en paz
su territorio en su camino hacia Britania. Dispone después una escuadra en las costas de Neustria[42] y,
haciéndose a la mar, desembarca en la isla al amparo de vientos favorables. Tan pronto
como circuló la noticia de la llegada de su hermano, Belino convocó a toda la juventud de su
reino y salió al encuentro del invasor con ánimo de combatir con él. Estaban ya los dos ejércitos
en línea de batalla, uno enfrente del otro, cuando la madre de ambos caudillos, que todavía
vivía, se precipitó en medio de los
contendientes. Su nombre era Conwena, y
deseaba ver a Brenio, a quien hacía mucho tiempo que no veía. Con paso trémulo
se encamina al lugar que éste ocupa
y, una vez allí, le echa los
brazos al cuello y lo cubre de besos largamente esperados. Y luego,
descubriendo su pecho, le dice entre sollozos lo que sigue:
—«Acuérdate, hijo mío,
acuérdate de estos pechos que te amamantaron, y del vientre de tu madre, donde el Creador
de todas las cosas te hizo hombre de lo que no era hombre y te trajo al mundo por medio de los
sufrimientos de mis entrañas. Acuérdate de todo lo que he sufrido por ti y concédeme lo que
te pido: perdona a tu hermano y depón la cólera que te ha traído aquí. Pues ningún mal debes
causar a quien no te ha ofendido lo
más mínimo. Lo que tú alegas en su contra,
a saber, que fue él quien te expulsó de tu país, no es, si lo miras bien, una injusticia. No te desterró para que te sucediera algo peor,
sino que te obligó a renunciar a
cosas peores para ser exaltado a
lo mejor: antes poseías tan sólo una parte del reino en calidad de
vasallo, y ahora que ya no la posees
eres, sin embargo, el par de tu hermano, pues has obtenido el reino de los Alóbroges.
¿Qué te ha hecho Belino si no es convertirte
de pobre reyezuelo en ilustre monarca? Además, no fue él quien inició la disputa entre vosotros, sino tú, que, fiado en la ayuda del
rey de Noruega, te rebelaste
contra tu soberano.»
Conmovido por estas
palabras que su madre, llorando, ha pronunciado, Brenio obedece con ánimo sosegado y,
quitándose el yelmo, se dirige al encuentro de su hermano. Belino, que lo ve llegar en son de paz,
arroja sus armas y se funde con él en un abrazo. La amistad ha vuelto a reinar entre ellos, y, con
sus tropas desarmadas, se encaminan a Trinovanto. Allí deciden preparar una expedición conjunta
contra las provincias de Galia, a fin de someterlas a su poder.
(42) Un año después,
pasan el estrecho y comienzan a devastar el país. Cuando los reyezuelos de los Francos lo saben, se reúnen y, saliéndoles al encuentro, les
presentan batalla. La victoria se inclina del lado de Belino y Brenio, y los Francos, desbaratadas sus
catervas, huyen por todas partes. Britanos y Alóbroges persiguen, en su triunfo, a los
vencidos Galos hasta que, capturando a sus
caudillos, los obligan a rendirse. Destruyen
luego, una por una, las murallas de las ciudades fortificadas, sometiendo en un año el reino entero.
(43) Conquistada la
Galia, marchan sobre Roma, talando a su paso los campos de Italia y saqueando sus ciudades.
En aquel tiempo gobernaban en Roma los cónsules Cabio y Porsena, quienes, al ver que no
había pueblo capaz de resistir el empuje feroz de Belino y Brenio, salieron a su encuentro, con
el consentimiento del senado, para pedir la paz. Les ofrecieron muchas ofrendas de oro y de
plata, y se comprometieron a pagarles un tributo anual, con tal de conseguir su amistad. Consintieron
en ello los Britanos y, tomando rehenes para asegurar lo pactado, condujeron sus tropas a Germania. Sin embargo,
tan pronto como vieron al
enemigo devastando un nuevo país, se arrepintieron los Romanos del infamante tratado y,
tornando al valor, acudieron en auxilio de los Germanos. Mucho se enojaron los reyes al saberlo y, al instante, celebraron consejo para determinar cómo lucharían contra ambos
pueblos, pues se encontraban en un grave aprieto al verse así atacados por una multitud tan grande de Italianos. Decidieron que
Belino, con sus Britanos, se
quedara en Germania, plantando cara al
enemigo, y que Brenio marchase contra
Roma con su ejército para vengar la ruptura
del tratado. Se enteran los Romanos y, abandonando a los Germanos, se dirigen a Roma a marchas forzadas, para
llegar antes que su enemigo. Pero cuando este plan le fue comunicado
a Belino, convocó de nuevo a sus
hombres y, poniéndose velozmente en
camino con el alba, alcanzó cierto desfiladero por donde los Romanos
tenían que pasar, se ocultó en él y aguardó la llegada del enemigo. Al amanecer
del día siguiente, los Italianos, en su
marcha hacia el sur, llegaron a aquel lugar y, al ver cómo
resplandecía el valle con las armas de
sus enemigos, se quedaron estupefactos, pensando que se trataba de Brenio
y sus Galos Senones[43].
Tan pronto como el enemigo estuvo a
la vista, Belino ordenó cargar contra ellos y los acometió con saña. Tomados de improviso, los Romanos, que marchaban desordenadamente y sin armas, no tardaron en abandonar el campo y huyeron. Belino los siguió, acuchillándolos sin piedad, hasta que las
tinieblas de la noche le
impidieron completar la matanza. Después
de esta victoria se reunió con Brenio, que estaba ya asediando Roma desde hacía tres días. En cuanto se juntaron ambos ejércitos, asaltaron por todas partes la ciudad, intentando abrir brechas en la muralla. Levantan,
además, horcas frente a las
puertas de la ciudad para aterrorizar
a los sitiados, diciéndoles que colgarán en ellas a los rehenes que les habían entregado si no se rinden sin condiciones. Los
Romanos, empero, perseverando en
su propósito, no se apiadan de hijos ni de nietos y se obstinan en
defenderse: por un lado, destruyen las
máquinas de los sitiadores con
ingenios opuestos o similares; por
otro, los rechazan de las murallas con dardos y venablos de todo tipo. Cuando los hermanos ven esto, ardiendo en cólera violenta, ordenan
que se ahorque a veinticuatro de los rehenes más nobles a la vista de sus parientes. No
ceden los Romanos por ello,
persistiendo con redoblados ánimos en su defensa, y, confiados en un mensaje que han recibido de los cónsules
Gabio y Porsena, en el que éstos
afirman que al día siguiente acudirán
en auxilio de la ciudad, resuelven
llevar a cabo una salida y combatir con los sitiadores. Y mientras ordenan diestramente sus tropas, he aquí que los citados cónsules,
después de reunir a sus hombres
dispersos, llegan con ánimo de
luchar. Avanzando en compacta formación,
atacan de improviso por detrás a Britanos y Alóbroges, y sus
compatriotas de la ciudad colaboran en un
principio, con su salida, a sembrar no pequeña matanza. Sin embargo, los hermanos, inquietos ante el desconcierto que ha producido tan repentino ataque en sus
compañeros de armas, comienzan a
animar a sus camaradas, rehacen las filas y, atacando una y otra
vez, obligan a retroceder al enemigo.
Finalmente, después de haber caído
muchos miles de combatientes por ambas
partes, la victoria se inclina del lado de los hermanos. Muerto
Gabio y prisionero Porsena, se apoderan de la
ciudad y reparten con largueza los
tesoros ocultos de los ciudadanos
entre sus compañeros de armas.
(44) Obtenida así la
victoria, permaneció Brenio en Italia, afligiendo al pueblo con inaudita tiranía. Pero de sus
demás hazañas y de su muerte, puesto que las historias romanas las refieren, no me ocuparé yo
aquí; si lo hiciese, introduciría en mi obra una excesiva prolijidad y, al dar cuenta de aquello de
lo que otros han tratado ya, me alejaría de mi propósito. Por su parte, Belino regresó a Britania
y gobernó en paz su reino durante el resto de sus días. Las ciudades que, construidas hacía
tiempo, se encontraban en ruinas las restauró, y fundó muchas nuevas. Entre ellas, mandó
edificar una sobre el río Usk, junto al golfo del Severn, que se llamó
durante mucho
tiempo Kaerusk[44],
la ciudad madre de la Demecia[45].
Cuando vinieron los Romanos, le quitaron ese nombre y la llamaron Ciudad de
las Legiones, a causa de las legiones romanas que tenían allí sus cuarteles de invierno. En Trinovanto, Belino construyó una puerta de admirable factura a orillas del Támesis, a la que
todavía hoy llaman Belinesgata[46] —de
su nombre— los ciudadanos.
Dominaba la puerta una altísima torre,
con un puerto a sus pies donde las naves atracaban. Renovó las leyes de su padre a lo largo y ancho del reino, complaciéndose siempre en la equidad y en la justicia. Tanta
prosperidad alcanzó Britania en
su reinado como no había gozado nunca ni conseguiría igualar.
Finalmente, cuando el día supremo lo
arrebató de esta vida, su cuerpo
fue incinerado y sus cenizas recogidas en una urna de oro que, con maravilloso artificio, colocaron en la parte más alta de la antedicha torre, en Trinovanto[47].
5. De Gurgüint
Barbtruc a Helí
A Belino lo sucedió su
hijo Gurgüint Barbtruc,
hombre moderado y prudente que, imitando
a su padre, amó la paz y la justicia, pero que, cuando sus vecinos
se rebelaban contra él, tomando ejemplo del
valor de su progenitor, no dudaba en
presentarles cruel batalla y en reducirlos
a la sumisión debida. Entre otras cosas,
aconteció durante su reinado que el rey delos Daneses, que había pagado tributo en tiempos de su padre, rehusó pagárselo a él, negándole la debida sumisión. Gurgüint no podía tolerarlo, y condujo una escuadra a Dinamarca,
donde, después de afligir al
pueblo danés con crudelísimos
combates, mató a su rey y devolvió el país a su antiguo yugo.
En aquel tiempo, cuando
volvía a casa tras la
victoria, encontró, a su paso por las islas Oreadas, treinta naves llenas de hombres y mujeres, y, cuando
preguntó el motivo de su llegada allí,
se dirigió a él el caudillo de aquella gente, llamado Partoloim, y, rindiéndole pleitesía, le rogó gracia y paz. Había sido expulsado —dijo—de las tierras de Hispania, y recorría
aquellos mares en busca de un lugar donde establecerse Le pedía, por tanto, una pequeña parte de Britania para habitar en ella y no errar por más tiempo a través del odioso mar, pues había transcurrido ya un año y medio desde que,
desterrado de su patria, surcaba
el océano con sus compañeros. Cuando
Gurgüint Barbtruc supo que venían de Hispania, que eran llamados
Basclenses[48] y cuál era el objeto de su petición, envió
hombres con ellos a la isla de
Hibernia, que por entonces estaba desierta, sin un solo habitante,
y se la concedió. Partoloim y los suyos crecieron allí y se multiplicaron, y en esa isla continúan hoy
sus descendientes. En cuanto a
Gurgüint Barbtruc, cuando hubo
terminado en paz los días de su vida,
rué sepultado en Ciudad de las Legiones, a la que, tras la muerte de su padre,
había embellecido con edificios y murallas.
(47) Tras él, fue
Güitelino quien recibió la corona, gobernando en todo momento con sobriedad y benevolencia. Su esposa era una noble
mujer, llamada Marcia, instruida en todo género de artes; entre otras muchas inauditas invenciones, imaginó la ley que
los Britanos llamaron Marciana y
que el rey Alfredo tradujo, junto con otras,
llamándola Merchenelage (leyes de Mercia) en lengua sajona. Cuando Güitelino murió, el timón del reino quedó en manos de la antedicha reina
y del hijo de ambos, llamado Sisilio.
Tenía entonces Sisilio
siete años, y su corta edad no aconsejaba abandonar los destinos de Britania en sus manos.
Por ello, su madre, que tenía una rara habilidad para los asuntos de gobierno,
ostentó el poder en toda la isla. Cuando dejó este mundo, Sisilio tomó la corona y empuñó el timón del estado.
Tras él, obtuvo el reino su hijo Kimaro. A éste lo sucedió su hermano Danio.
(48) A su muerte, fue coronado rey
Morvido, hijo de Danio y de su concubina Tangustela. Hubiera conseguido altísima fama por su bravura, si no se hubiese extralimitado en crueldad:
no respetaba a nadie en su
cólera, sino que lo mataba en el acto si tenía algún arma a mano. Por lo demás,
era hermoso de aspecto y liberal en el reparto de favores, y no había nadie de tanta fuerza en todo el
reino que pudiese enfrentarse con él en
singular combate.
Durante su reinado, un
rey de los Moríanos[49] desembarcó en Nortumbria con gran hueste y comenzó a talar el país. Morvido, reuniendo a todos los jóvenes de sus dominios, le salió al
encuentro y entabló batalla con él. Mejores resultados obtiene él solo en el combate que el
resto del ejército que acaudilla.
Cuando consigue la victoria, no concede cuartel a nadie: manda que sean conducidos a su presencia los
prisioneros uno por uno, y los degüella con sus propias manos, saciando así su sed de sangre; y cuando,
fatigado, interrumpe por un instante
su tarea, no deja de ordenar que
los que quedan sean desollados vivos y, una vez desollados, arrojados al
fuego. En medio de estas y otras crueldades, le sucedió cierta desgracia que puso fin a su iniquidad. Cierto monstruo,
en efecto, de inaudita ferocidad había llegado del mar Hibérnico y sembraba sin cesar el estrago entre los habitantes
del litoral. Cuando la fama de la bestia llegó a oídos del rey, éste marchó a su encuentro y se
enfrentó solo con ella. Pero
todos sus dardos resultaron inútiles contra el monstruo, que acabó
devorándolo como si se tratase de un
pececillo.
Morvido había engendrado
cinco hijos, de
los que el primogénito, llamado Gorboniano, sucedió a su padre en el trono. No hubo en
aquel tiempo hombre más justo,
ni más amante de la equidad, ni que gobernase a su pueblo con mayor diligencia. Fue
siempre su costumbre rendir a los
dioses los honores debidos e impartir a su
pueblo la más alta justicia. Restauró aquellos templos de los
dioses que precisaban de ello en todas
la ciudades del reino de Britania, y no dejó de construir otros muchos nuevos. En sus
días, la isla abundó en una tal
cantidad de riquezas que no
podían comparársele las naciones vecinas. Exhortó a los campesinos a
cultivar los campos, protegiéndolos él de
los rigores de sus amos.
Repartió con largueza oro y plata entre sus jóvenes guerreros, de suerte que ninguno de ellos
tuviese necesidad de hacer violencia a nadie.
En medio de estas y otras muchísimas acciones, testigos de su innata bondad, pagó su deuda con la
naturaleza y, dejando la luz de este mundo,
fue sepultado en Trinovanto.
Tras él, fue su hermano
Artgalón quien tomó la corona regia, siendo en todos sus actos distinto de su
predecesor. Se empeñó por doquier en arruinar a los nobles y ensalzar a los viles; arrebató a los ricos sus bienes,
acumulando así infinitos tesoros.
Los barones del reino se
negaron a soportarlo por más tiempo y, sublevándose contra él, lo despojaron de la realeza.
Después nombraron rey a su hermano Elidur, que, a causa de la piedad que después mostraría
hacia su hermano, sería llamado el Piadoso.
En efecto, al cabo de
cinco años de reinado, mientras se encontraba cazando en el bosque
de Calaterio, topó Elidur con su
hermano, el que había sido
depuesto. Artgalón había recorrido varios reinos vecinos en demanda de ayuda
para recuperar la dignidad perdida, pero no la había encontrado en ningún lugar, y, como no podía soportar por más tiempo la pobreza que le
había sobrevenido, optó por
regresar a Britania, acompañado tan sólo de diez caballeros. Atravesaba
el antedicho bosque, dirigiéndose en
busca de los que otrora habían
sido sus amigos, cuando lo divisó su
hermano Elidur de forma totalmente inesperada. Nada más verlo, Elidur corrió a su encuentro, lo abrazó y lo
cubrió de besos, y, tras deplorar largo tiempo su miseria, lo
condujo consigo a la ciudad de Alclud y lo ocultó en su propia cámara. Después fingió sentirse
enfermo y envió mensajeros por
todo el reino a sugerir a aquellos príncipes que eran vasallos de la corona,
que al rey le complacería mucho que fueran a visitarlo. Cuando llegaron todos a la ciudad en que se encontraba, les pidió que entrasen en
su cámara uno por uno y sin hacer
ruido, pues afirmaba que el sonido de muchas voces sería perjudicial para su cabeza si entraban en grupo. Creyendo lo que decía, todos siguieron sus
indicaciones, entrando uno por uno en el palacio. Entretanto, Elidur había dado orden a sus criados de que estuvieran listos para capturar a
cada uno de los que entrasen y cortarle la cabeza, si no juraba de nuevo fidelidad a su hermano Artgalón.
Así se hizo, uno por uno, con todos, y todos, por miedo a morir, se
reconciliaron con Artgalón. Debidamente
confirmado el pacto, Elidur llevó a Artgalón a Eboraco y, tomando
la corona de su propia cabeza, la
depositó sobre la cabeza de su
hermano. Se le otorgó por ello el sobrenombre de Piadoso, por haber demostrado
con su hermano la antedicha
piedad. Reinó Artgalón diez años, ya curado de su anterior iniquidad, de tal
modo que ahora abatió a los viles y ensalzó a los generosos,
dejando a cada uno lo suyo y ejerciendo la más alta justicia. Finalmente,
languideció y murió, siendo enterrado en la
ciudad de Kaerleir.
Elidur fue de nuevo
elevado a la dignidad
real. Mientras continuaba con sus buenas acciones la labor de su hermano mayor Gorboniano, sus otros dos
hermanos, Yugenio y Peredur, reuniendo guerreros de todas partes, acudieron a combatirlo. Haciéndose
con la victoria, capturan a Elidur y lo encierran dentro de la torre dela ciudad de Trinovanto,
disponiendo guardianes para que lo vigilen. Después se reparten el reino entre los dos, cayéndole
en suerte a Yugenio la parte que desde el río Humber se extiende hacia Occidente, y la otra,
junto con toda Albania, a Peredur. Pasados siete años, murió Yugenio, y Peredur reinó sobre toda la isla. En cuanto tuvo el cetro en las manos, gobernó tan benigna y sobriamente que se decía que superaba a los hermanos que lo precedieron, y nadie echaba de menos a Elidur. Pero, como la muerte no sabe perdonar a nadie, le llegó de una forma inesperada, arrebatándole la vida. Entonces liberaron
al punto de su prisión a Elidur,
y por tercera vez ocupó éste el trono de Britania. Todo su
tiempo lo colmó de bondad y justicia, de
manera que cuando dejó la luz de
este mundo permaneció como un ejemplo de piedad para las generaciones venideras.
Muerto Elidur, recibió
Regin, hijo de Gorboniano,
la corona del reino e imitó a su tío en
sentido común y en prudencia, evitando la tiranía y ejerciendo la justicia y la misericordia con el pueblo, sin apartarse nunca del
camino recto. Tras él reinó Margano, hijo de Artgalón, quien, siguiendo el ejemplo de su padre en sus
últimos años, gobernó la nación de los Britanos con tranquilidad. A éste lo sucedió Eniauno,
su hermano, que se alejó mucho de
su antecesor en la manera de
gobernar, tanto que, en el sexto año
de su reinado, fue depuesto del solio regio por preferir la tiranía a la justicia. En su lugar fue
nombrado rey su primo Idvalón, hijo de Yugenio,
quien, prevenido por la suerte que había corrido Eniauno, cultivó la justicia y
la equidad. A Idvalón lo sucedió
Runo, hijo de Peredur. A Runo,
Geroncio, hijo de Elidur. A Geroncio, Cátelo, su hijo. A Cátelo, Coilo. A Coilo, Porrex. A Porrex, Querin. Tuvo Querin tres hijos, a saber,
Fulgencio, Eldado y Andragio, que reinaron uno tras otro. A Andragio lo sucedió Urián, su hijo.
A Urián, Eliud. A Eliud,
Elidauco. A Elidauco, Cloteno. A
Cloteno, Gurgintio. A Gurgintio, Meriano. A Meriano, Bledudo. A Bledudo, Cap. A Cap, Oeno. A Oeno, Sisilio. A Sisilio, Bledgabred. Sobrepasó este último a todos los cantores del pasado, tanto por la armonía de su voz como por su habilidad con todo género de instrumentos musicales,
y fue justamente llamado el dios de los juglares. Tras él reinó Artinail, su
hermano. A Artinail lo sucedió Eldol. A Eldol, Redión. A
Redión, Rederquio. A
Rederquio, Samuil Penisel. A Samuil Penisel, Pir. A Pir, Capoir. A Capoir, su hijo Cligüeil, hombre prudente y sobrio en
todos sus actos y que, sobre todas las cosas, ejerció la más alta justicia entre
los pueblos a él sometidos. (53) A Cligüeil lo sucedió su hijo Helí, que gobernó el reino durante
cuarenta años. Engendró tres hijos: Lud, Casibelauno y Nenio. El mayor de los tres, a saber, Lud, recibió el reino al morir su padre. Fue un glorioso
constructor de ciudades y
restauró las murallas de Trinovanto,
rodeando la urbe de innumerables torres. Ordenó, además, a sus habitantes que construyesen en ella casas y edificios lujosos, de modo que
no hubiese en todo el mundo una
ciudad con tantos y tan bellos
palacios. Fue un buen guerrero, y generoso
a la hora de dar banquetes. Y, aunque poseía muchas ciudades, amó a Trinovanto sobre todas, permaneciendo en ella la mayor parte
del año. Acabó llamándola
Kaerlud, de su nombre, que más tarde se convertiría en Kaerludein, y después, con el cambio de lenguas, en
Lundene, y luego en Londres, tras
el desembarco del pueblo extranjero que sometería Britania. Al morir Lud, su cuerpo fue enterrado en la antedicha ciudad, junto a la puerta que todavía hoy se
llama en lengua británica
Portlud, y Ludesgata[50] en
lengua sajona. Dos hijos le
nacieron, Androgeo y Tenuancio, pero su corta edad les impedía gobernar el reino, por lo que su tío Casibelauno ocupó
el trono en su lugar. Tan pronto como fue coronado, comenzó a florecer en
largueza y bondad, de tal manera
que su fama se divulgó hasta en los reinos más remotos. Pareció
entonces oportuno que el reino continuase en
sus manos, prescindiendo de la edad de sus sobrinos. Para compensarlos, Casibelauno, que los tenía en
gran estima, no quiso que se
vieran privados de dominios propios y
entregó la ciudad de Trinovanto, junto
con el ducado de Cantia[51],
a Androgeo, y el ducado de
Cornubia a Tenuancio. Él, por su parte, investido de la diadema regia, tenía
poder sobre ellos y sobre todos los
príncipes de la isla.
IV. LA CONQUISTA ROMANA
1. Julio César
(54) En el ínterin
sucedió, como cuentan las historias de Roma, que César, sometida Galia, llegó a la costa de los
Rutenos[52].
Cuando vio desde allí la isla de
Britania, preguntó a los circunstantes qué
país era aquél y quiénes eran sus habitantes.
Y, una vez satisfecha su curiosidad, dijo oteando el horizonte:
—«¡Por Hércules! Esos
Britanos y nosotros, Romanos, hemos nacido de la misma sangre, puesto que descendemos del
pueblo troyano. Eneas, tras la caída de Troya, fue nuestro primer padre; el de ellos,
Bruto, a quien Silvio, hijo de Ascanio,
hijo de Eneas, engendró. Pero, si no me equivoco,
mucho han degenerado en relación con
nosotros, pues, situados en medio del Océano, fuera de los límites del mundo, no pueden conocer el arte de la guerra. Resultará fácil obligarlos a pagar tributo y a rendir perpetua obediencia a la dignidad de Roma. Sin embargo,
ya que hasta ahora han
permanecido inaccesibles para el
pueblo romano, conviene antes enviarles recado para que, como las demás naciones, acepten someterse al senado y pagar impuestos,
no vaya a ser que, empleando la
fuerza y derramando la sangre de nuestros afines, ofendamos la antigua nobleza de nuestro común padre Príamo.»
Habiendo enviado este
mensaje con su carta al rey
Casibelauno, éste se indignó mucho e hizo llegar a César la siguiente respuesta:
(55) Casibelauno,
rey de los Britanos, a Gayo Julio César. Es asombrosa, César, la codicia del pueblo
romano. Ávido de oro y plata, no nos respeta ni siquiera a nosotros, que vivimos fuera del
mundo, en medio de los infinitos peligros del Océano, sino que quiere arrebatarnos los
bienes que hasta hoy hemos poseído tranquilamente. Y no contento con eso, intenta que
depongamos nuestra libertad y nos sometamos en perpetua servidumbre a su
dominio. Es un deshonor para ti, César, insultamos de esa manera, viendo que la misma
noble sangre de Eneas discurre por las venas de Britanos y Romanos, y que esas
mismas gloriosas cadenas que nos unen en un parentesco común deberían fundimos en firme y constante amistad. Eso es lo
que tendrías que habernos pedido, no servidumbre, pues hemos aprendido a dar amistad con
largueza, no a soportar el yugo de la esclavitud. Estamos acostumbrados a gozar
de la libertad e ignoramos lo que es la servidumbre. Si los propios dioses intentaran
arrebatarnos nuestra independencia, nos opondríamos a ello con todas nuestras
fuerzas, y seguiríamos siendo libres. Ten por seguro, César, que si, cumpliendo
tu amenaza, invades la isla de Britania, combatiremos hasta el último hombre
por nuestra libertad y nuestra patria.
(56) Una vez leída esta carta, Gayo Julio César dispone su escuadra y sólo aguarda vientos
favorables para llevar a efecto lo que anunciara en su mensaje a Casibelauno. Tan pronto como sopla
el viento propicio, iza velas y desembarca con su ejército en las bocas del río Támesis. Atracaban las naves cuando Casibelauno salió al encuentro del invasor con todas sus tropas y, llegando
a la ciudad de Dorobelo[53],
celebró allí consejo con sus barones, a fin de decidir cuál sería el plan adecuado para rechazar con más
éxito al enemigo. Junto a él se
encontraba Belino, comandante en jefe
de su ejército, cuya opinión contaba
tanto a la hora de gobernar el reino, y sus dos sobrinos, a saber, Androgeo, duque de Trinovanto, y Tenuancio,
duque de Cornubia. Había, además, tres reyes que eran sus vasallos: Cridioco de Albania, Güeitaet de Venedocia[54] y Britael de Demecia, quienes, ansiosos de luchar,
animaron al resto a dirigirse sin tardanza al campamento de César y caer sobre
él, sin darle tiempo a conquistar
ciudad o fortaleza alguna, toda vez
que, si conseguía adueñarse de algunas de las plazas fuertes del país, sería mucho más difícil vencerlo, al tener un lugar donde refugiarse en
compañía de sus hombres. Mostrándose todos
de acuerdo en semejante estrategia, se dirigieron a la costa donde Julio había levantado sus tiendas y
su campamento, y allí, formados ambos ejércitos,
trabaron entre sí combate cuerpo a cuerpo, intercambiando golpes de espada y lanza. Muy pronto los heridos se amontonan en tierra, alcanzados por dardos sus órganos vitales, y
el suelo se inunda con la sangre de los muertos, como si un repentino viento
del sur vomitara de nuevo el
mar tragado por la arena[55].
En el punto más álgido de la
batalla, quiso el azar que Nenio y
Androgeo, al frente de los habitantes de Cantia y de los ciudadanos de Trinovanto, chocaran contra el cuerpo de guardia del emperador.
La cohorte imperial fue
dispersada casi por completo por las
cerradas filas de los asaltantes britanos.
Menudeaban los golpes, cuando la fortuna dio a Nenio la oportunidad de medirse con Julio en persona.
Atacó Nenio al emperador, sobremanera alegre
de poder descargar al menos un golpe
sobre un caudillo tan famoso. Cuando César vio que lo atacaba, detuvo el golpe con su escudo y, desenvainando
la espada, lo golpeó a su vez en el
yelmo con todas sus fuerzas. Blandió otra vez su acero y quiso propinarle un nuevo golpe que acabara con él, pero Nenio adivinó sus intenciones e interpuso su escudo, donde el
arma de Julio, cortando el aire
desde el yelmo con toda su
potencia, quedó tan firmemente clavada que el emperador, no pudiendo resistir más ante el empuje de las tropas britanas, no fue capaz
de recuperarla. Habiendo obtenido
de esta manera la espada de César, Nenio se desprendió de la suya y, arrancando
la otra del escudo, se lanzó con ella en la mano en medio de sus
enemigos. Al que golpeaba con
esa espada lo dejaba sin cabeza, o tan herido que no hubiese en él
ninguna esperanza de conservar
la vida. Mientras siembra el estrago de este modo, le sale al encuentro el
tribuno Labieno, siendo muerto por Nenio en el acto. Finalmente, cuando ya había transcurrido la mayor parte del día, los Britanos avanzaron
en compacta formación y, cargando valientemente,
obtuvieron el triunfo con la ayuda de Dios. César se retiró a su
campamento y a las naves con su maltrecho
ejército, y, al abrigo de la noche,
una vez reunidos los supervivientes, embarcó
en sus navíos, muy alegre de tener a Neptuno por campamento. Y cuando sus compañeros lo disuadieron de continuar la guerra, siguió sus consejos y volvió a Galia.
(57) Casibelauno dio
gracias a Dios[56] por
la victoria conseguida,
convocó a sus camaradas y los recompensó con principescos dones, a cada uno según sus méritos en
la refriega. Sin embargo, el dolor oprimía su corazón, pues su hermano Nenio había sido herido mortalmente y su vida estaba a punto de extinguirse. Lo había herido Julio en el combate
singular que mantuvo con él, abriéndole una llaga incurable. Quince días después de la
batalla penetró en él la muerte, y dejó la luz de este mundo; fue enterrado en
Trinovanto, junto a la puerta norte de la ciudad. Celebraron exequias regias en su honor, colocando a su lado, en el sarcófago, la espada de
César que se había clavado en su
escudo mientras luchaban. Y el nombre
de la espada era Muerte Amarilla,
porque ningún hombre golpeado con ella había conseguido escapar
vivo.
Cuando Julio volvió la
espalda al enemigo
y desembarcó en las costas de Galia, los Galos pensaron en rebelarse contra él,
deseosos de
sacudirse su dominio. Pensaban que estaba tan debilitado que no había ya ningún
motivo para temerlo. No corría
entre ellos sino un mismo rumor, y era que todo el mar hervía bajo las naves de Casibelauno, que
había salido en persecución de los fugitivos. Los más audaces tramaban ya cómo expulsar a
César de su territorio. Sabiéndolo Julio, no quiere emprender una guerra dudosa
contra un pueblo de probada fiereza; antes bien, decide abrir las arcas de sus
tesoros y dirigirse, uno por uno, a los distintos cabecillas, reduciéndolos a
la concordia por medio de espléndidos regalos. En cuanto al pueblo llano, le
promete la libertad y la restitución de las riquezas incautadas, y a los esclavos, la
manumisión. Así,
el que antes los había despojado de cuanto poseían, fulminándolos con la ferocidad de un león, ahora es un manso
corderillo que bala humildemente, feliz de poder devolverlo todo. Y persevera en estas
lisonjas hasta que pacifica todo el país y recobra el poder perdido. En el ínterin, ni un día pasa
sin que le venga a la memoria su fuga
y la victoria de los Britanos.
(59) Dos años después,
está dispuesto a cruzar de
nuevo el océano y vengarse de Casibelauno.
Advertido éste, fortifica por doquier sus ciudades, reconstruye las murallas en
ruinas, coloca hombres armados
en cada puerto. Clava, además, en el
fondo del río Támesis, por donde César ha de navegar para llegar a Trinovanto,
estacas de hierro y de plomo del grosor de un muslo de hombre, a fin de destrozar las naves de
Julio. Reuniendo también a todos los jóvenes de la isla, los
acuartela a lo largo de la costa y espera la llegada del enemigo.
(60) Julio, entretanto,
después de preparar todo lo necesario para la expedición, se hizo a la mar con incontable número
de soldados, deseoso de sembrar la matanza entre el pueblo que lo había derrotado. Y, sin
duda, lo hubiese conseguido de haberse mantenido la flota incólume en el momento del
desembarco. Pues, mientras navegaba por el Támesis rumbo a la antedicha ciudad, sus naves se
encontraron con las estacas clavadas en
el lecho del río, y sobrevino la catástrofe:
los soldados se ahogaron por millares al invadir el agua los agujereados navíos. Cuando César se apercibió de lo que estaba
sucediendo, recogió velas lo más
rápidamente que pudo y se apresuró
a tocar tierra. Los que, a duras penas, habían conseguido salvarse
del peligro de las estacas tocaron tierra
junto a él, arrastrándose. Casibelauno
lo veía todo desde la ribera, y mucho se alegró de que tantos hombres se ahogaran, pero lo entristeció que los demás
consiguieran salvarse. Dio, en fin, la señal a sus camaradas
y cargó contra los Romanos. Éstos, a
pesar del peligro que habían soportado en el río, una vez alcanzaron tierra firme resistieron
valientemente el ataque de los
Britanos. Con su propio coraje por
muralla infligieron al enemigo no pequeña matanza, aunque mayores eran sus
bajas que las de sus rivales,
pues, habiendo perdido tanta gente en
el río, su número había disminuido considerablemente. Los Britanos, en cambio,
recibían refuerzos constantemente, y los triplicaban en número, de manera que terminaron por obtener la
victoria ante sus debilitados enemigos. En cuanto César se vio vencido, huyó con los escasos hombres que le quedaban a las naves y se acogió
al abrigo del mar sin que nadie se lo impidiese.
Como soplaban vientos propicios, izó velas y puso proa al litoral de los Moríanos[57].
Buscó cobijo allí en una torre
que había hecho construir en un lugar llamado Odnea[58],
antes de esta última expedición a
Britania. Desconfiaba de la lealtad de los volubles Galos, pues
podían sublevarse por segunda vez, como
antes dijimos que hicieron, cuando él mostró por vez primera la espalda a los Britanos. En previsión de esta
eventualidad, se había hecho edificar esta torre como lugar de refugio, para poder resistir en ella
una insurrección popular como la
que dijimos que se produjo.
(61) Casibelauno, por su
parte, se encontraba
exultante de alegría por esta segunda victoria. Promulgó entonces un edicto por el que todos los nobles de Britania,
junto con sus esposas, debían acudir a la ciudad de Trinovanto y honrar a los dioses patrios por
haberles concedido un triunfo tal sobre tan poderoso emperador. Se congregaron todos allí
sin tardanza y celebraron sacrificios de diversa índole, con profusa matanza de ganado. Se
inmolaron cuarenta mil vacas, cien mil ovejas y tantas aves de todas clases
que no se podían contar.
Sacrificaron, además, treinta mil
animales salvajes, cobrados entre todas las especies posibles. Cuando hubieron honrado a los dioses, se regalaron con las viandas sobrantes,
como solía hacerse en los sacrificios. Lo que quedaba de ese día y toda la noche lo gastaron en diferentes juegos y diversiones. Mientras
tenían lugar estos festejos, sucedió que dos ilustres jóvenes, uno de ellos
sobrino del rey y el otro del duque
Androgeo, habían competido en la palestra
y disputaban acerca de cuál de los dos había ganado. Hírelglas era el nombre del sobrino
del rey, y Cuelino el del otro. Después de deshacerse mutuamente en injurias, Cuelino echó mano a la
espada y cortó la cabeza al sobrino del rey. Confundida quedó la corte ante esta muerte, y la noticia le llegó rápidamente a Casibelauno.
Éste, profundamente conmovido
por la desgracia de su pariente, ordenó
a Androgeo que condujese a su presencia a Cuelino, delante de su corte;
una vez allí, sería juzgado y se sometería a la sentencia que sus barones dictasen, para que Hírelglas
fuese vengado, siempre que hubiese sido asesinado injustamente. Androgeo
sospechaba de las intenciones
del rey, y respondió que él tenía su propia corte, y que cualquier reclamación
que alguien tuviese contra cualquiera
de sus hombres debía oírse y
decidirse en ella: si Casibelauno quería
que se hiciese justicia con Cuelino, debía aceptar que el juicio
tuviese lugar, según costumbre inveterada, en la ciudad de Trinovanto. Casibelauno consideró que su demanda no había sido satisfecha, y amenazó a Androgeo con devastar
a sangre y fuego su ducado si no accedía a su petición. Androgeo,
indignado, se negó a obedecerlo. Casibelauno se indignó a su vez y se apresuró
a saquear las tierras de Androgeo. Acudió
éste entonces a sus amigos y parientes para que intercediesen ante Casibelauno y aplacaran su cólera, pero cuando vio que no podía hacerse
nada para calmar el furor regio, comenzó a pensar de qué manera podría resistir
mejor al monarca. Finalmente,
desesperando de encontrar otra
solución, decidió pedir ayuda a César y le envió una carta redactada en estos términos:
A Gayo Julio César,
Androgeo, duque de Trinovanto, después de desear su muerte, le desea ahora salud.
Lamento haberme opuesto a ti cuando estuviste combatiendo contra mi rey. Si me
hubiese negado a tomar parte en esa campaña, habrías derrotado a Casibelauno, a
quien de tal manera se le ha subido a la cabeza su victoria que a mí, que lo hice triunfar,
está dispuesto a expulsarme de mis propios dominios. ¡Así es como me paga los
servicios prestados a la corona! Yo 'he salvado su herencia y él intenta desheredarme. Por
dos veces le he restituido su reino, y él quiere arrebatarme el mío. Fue
combatiendo contra ti como le devolví, intactas, todas sus posesiones. Pongo a los númenes del
cielo por testigos de que nunca me hice acreedor a su ira, de no ser cuando
me negué a entregarle a mi sobrino, a quien quiere condenar a una muerte injusta.
Para que puedas discernir mejor, te explicaré cómo empezó todo. Sucedió que, en
nuestra alegría por la victoria, celebramos solemnidades religiosas en honor de los
dioses patrios. Concluidos los sacrificios, nuestros jóvenes compitieron en diversos
certámenes. Entre los competidores, saltaron a la palestra dos sobrinos
nuestros —del
rey y mío—, siguiendo el ejemplo de los demás. Mi sobrino obtuvo la victoria.
El otro se inflamó en injusta cólera e intentó golpear al vencedor, pero mi sobrino
esquivó el golpe y cogió a su rival por el puño que tenía asida la espada, con
ánimo de arrebatársela. Entonces el sobrino del rey cayó sobre la punta de su propia
espada y, mortalmente herido, se desplomó. Cuando Casibelauno lo supo, me ordenó entregarle al muchacho para que fuese
castigado por asesinato. Como yo me negara, llegó con toda su hueste a mi ducado y
empezó a devastarlo
sin piedad. Por ello, e implorando tu misericordia, te pido ayuda para recuperar mi dignidad perdida
y para que, a través de mí, logres apoderarte de Britania. No dudes nada de lo
que te he dicho, pues disto mucho de ser un traidor. Así es la condición de los
mortales: los enemigos se hacen amigos y los que, han sido puestos en fuga acaban
obteniendo el triunfo.
(62) Leyó Julio la carta,
y su estado mayor le aconsejó que no fuese a Britania con la mera invitación verbal del
duque, sino que le exigiese rehenes; con ellos en su poder, podía ya
desembarcar en la isla sin ningún temor. Androgeo le envió al punto a su hijo
Sceva, junto con treinta nobles jóvenes allegados a su familia. Se tranquilizó César al recibir los rehenes y, reuniendo
a sus ejércitos, navegó con viento de
popa hacia Britania y desembarcó en Richborough. En el ínterin, Casibelauno
había puesto sitio a Trinovanto y
saqueaba ya las quintas de los alrededores de la ciudad. Al enterarse de la llegada de Julio, interrumpió el asedio
y se apresuró a salir al encuentro del emperador. Llegado que hubo a
un valle, cerca de Dorobernia[59],
vio allí al ejército de los
Romanos montando el campamento y las tiendas. Había sido Androgeo quien los había conducido a aquel lugar, pues quería que
desde allí lanzaran sus ataques
contra la ciudad. No tardaron los
Romanos en advertir la proximidad de
los Britanos, de modo que se armaron lo más rápidamente posible y dispusieron sus catervas en orden de batalla. Los Britanos también se
revistieron de sus armas y se agruparon en batallones. En cuanto a Androgeo, se ocultó con cinco mil
guerreros en un bosque cercano, listo para acudir en auxilio de
César y realizar una repentina e inesperada
carga contra Casibelauno y sus compañeros.
Cuando ambas formaciones se encuentran frente a frente, se arrojan
mutuamente en el acto infinidad
de dardos portadores de muerte,
e intercambian golpes mortíferos. Se derrama,
abundante, la sangre en el choque entre los ejércitos. Caen los heridos de uno y otro bando como las hojas de los árboles en
otoño. Mientras los contendientes
se acometen, surge Androgeo
desde el bosque y arremete contra la retaguardia de Casibelauno, de la cual dependía el resultado de la batalla. Viéndose combatidas
a la vez por los Romanos y por
sus propios compatriotas, las filas
britanas se tambalean y, dispersos sus hombres, se acogen a la fuga y abandonan el campo. Había cerca un monte rocoso
que tenía en su cima un espeso avellanedo. Allí fue a refugiarse
Casibelauno con los suyos, cuando vio que
llevaba la peor parte. Una vez en la cumbre, se defendieron valientemente y sembraron la muerte entre sus perseguidores. Tanto los Romanos como las tropas de Androgeo habían perseguido a Casibelauno, diezmando sus escuadrones fugitivos, e intentaron subir al monte donde
había buscado cobijo, pero no consiguieron llegar arriba, pese a intentarlo una y otra vez. Las rocas y lo escarpado de la cima constituían
la mejor defensa para los
Britanos, que, atacando desde lo
alto, infligían feroz matanza a sus enemigos.
Así que César tuvo que poner sitio al monte durante toda la noche, que ya se
echaba encima, cerrando todas
las salidas: ya que no era capaz
de reducir a Casibelauno por las armas, lo haría por el hambre.
¡Oh admirable linaje de
los Britanos, que por dos veces puso en fuga al hombre que había sometido todo el orbe!
Incluso ahora, obligados a huir, son capaces de resistir al general a quien el mundo entero no se atreve
a oponerse, dispuestos a morir por su patria y su libertad. En su alabanza escribió Lucano
aquel verso acerca de César:
Territa quaesitis ostendit terga Britannis[60].
Dos días transcurrieron.
Casibelauno, viéndose desprovisto de víveres, comenzó a temer que el hambre lo derrotaría y
que sería capturado por César.
Así que decidió enviar un mensaje a Androgeo
para que negociara la paz con Julio, pues de otro modo la dignidad de la raza a la que él y el duque pertenecían se vería
destruida con la captura de su rey. Y añadió que no se merecía el que Androgeo deseara su muerte, aunque reconocía haberle causado alguna
inquietud. Cuando los mensajeros
le transmitieron este recado,
Androgeo dijo:
—«No es digno de ser
tenido en cuenta el príncipe que en la guerra es manso como un cordero y fiero como un león en la paz. ¡Dioses del cielo y de la tierra! Mi señor, que
acostumbraba a darme órdenes,
ahora se dirige a mí suplicante. ¿Desea realmente hacer la paz con
César y someterse a su poder, cuando antes
fue César quien quería la paz y
él se negó? Debería haber reparado
en que el hombre con cuya ayuda expulsó
de su reino a un emperador tan poderoso podía traer de nuevo a Britania a ese mismo emperador. Si mi rey no me hubiese tratado tan injustamente, no me habría visto en la
necesidad de ofrecer mis
servicios a Julio o a cualquier otro
que viniera a auxiliarme. Es un perfecto necio el hombre que colma de insultos
y de injurias a los compañeros de armas con los que ha conseguido una victoria.
Porque el triunfo no lo obtiene el
caudillo, sino aquellos que derraman su sangre por él en la batalla. Con todo, le negociaré la paz, si es que
puedo, pues la injuria que recibí de
él ha sido ya suficientemente castigada por el hecho de haberme suplicado.»
(63) Inmediatamente
después llegó Androgeo a Julio y, abrazándose a sus rodillas, le dijo las siguientes palabras:
—«Ya te has vengado lo
suficiente de Casibelauno. Ten piedad de él. No tiene otra salida que someterse a tu poder y
pagar tributo a la dignidad de Roma.»
Y como César nada
respondiera, insistió Androgeo:
—«Mi compromiso contigo,
César, se limitaba a humillar a Casibelauno y colocar Britania bajo tu autoridad. He aquí
vencido a Casibelauno, y a Britania súbdita tuya con mi ayuda. ¿Qué más te
debo? El Creador[61] de
todas las cosas no desea que yo permita que mi señor se vea encadenado o en prisión, ahora que
me ha implorado misericordia y me ha dado satisfacción de la ofensa que me había causado. No
va a ser fácil matar a Casibelauno mientras esté yo vivo. Si no sigues mi consejo, no tendré el
más mínimo escrúpulo en ponerme de su parte.»
Intimidado por Androgeo, Julio aceptó la paz con Casibelauno, recibiendo a cambio un
tributo anual consistente en
tres mil libras de plata. Julio y Casibelauno se hicieron amigos e
intercambiaron mutuos regalos. César pasó el
invierno en Britania y, a la llegada de la primavera, cruzó el mar rumbo a
Galia. Algún tiempo después, reunió un
ejército de hombres de todas las naciones y marchó a Roma contra Pompeyo. Siete años más tarde, murió Casibelauno y fue enterrado
en Eboraco.
(64) Lo sucedió Tenuancio, duque de Cornubia, hermano de Androgeo (éste se había ido a Roma
con César). Tenuancio fue coronado rey y gobernó
su reino con diligencia. Era un hombre de espíritu belicoso y muy estricto en
la observancia de la justicia. Tras
él fue promovido al trono
Cimbelino, su hijo, esforzado caballero a quien Augusto César había criado y
provisto de armas. Tanta amistad
lo unía con los Romanos que, pudiendo haberse ahorrado el tributo, se lo pagaba voluntariamente.
En aquellos días nació
Nuestro Señor Jesucristo,
por cuya preciosa sangre fue redimido el género humano, que hasta entonces había yacido encadenado por los demonios.
2. Claudio
(65) Después de haber
gobernado Britania por espacio de diez años, engendró Cimbelino dos hijos. Al primogénito
lo llamó Güiderio; al otro, Arvirago. Cuando se consumieron los días de su vida, cedió el
timón del reino a Güiderio. Rehusó éste pagar a los Romanos el tributo que apetecían, y entonces
Claudio, que había sido elegido emperador, se dirigió a la isla. Con él viajaba el comandante en
jefe de su ejército, llamado Lelio
Hamón, que gozaba de plenos poderes a la
hora de planificar los combates. Hamón desembarcó en la ciudad de Porchester y comenzó a obstruir sus puertas con una muralla para impedir toda salida a los ciudadanos, pues deseaba
que se rindieran, obligados a ello por el hambre, o, si no, planeaba matarlos sin piedad.
(66) Tan pronto como se
enteró de la llegada
de Claudio César, Güiderio reunió a todos los hombres armados de su reino y marchó contra el ejército romano.
Trabada la batalla, atacó con gran saña a los enemigos, dando muerte a más
hombres él solo con su espada que todos los demás de su ejército juntos. Se
retiraba ya Claudio a las naves, y los Romanos estaban a punto de ser derrotados, cuando el
astuto Hamón, arrojando
las armas que lo vestían, tomó otras britanas y comenzó a luchar contra los suyos como si
fuese él un Britano. Animaba a sus supuestos compatriotas a la persecución de
los Romanos, prometiéndoles
una victoria rápida. (Había aprendido, en efecto, su lengua y sus costumbres, pues se había criado en Roma entre los rehenes británicos.) De esta manera, Hamón se
fue acercando más y más a Güiderio y,
al llegar junto a él, mató al
desprevenido monarca de un solo tajo. Deslizándose luego entre las
filas enemigas, se reunió con los suyos,
después de haber obtenido un
triunfo tan nefando. Cuando Arvirago,
hermano del rey, ve a Güiderio muerto en el suelo, se despoja inmediatamente de sus armas y,
revistiéndose de las del difunto, exhorta aquí y allá a los Britanos para que permanezcan firmes en sus puestos, como si fuese el propio monarca. Y
ellos, ignorando el destino de su rey, resisten según sus recomendaciones,
luchan con redoblado coraje e infligen no pequeña matanza a sus
adversarios. Finalmente, los Romanos cedieron y abandonaron vergonzosamente el
campo en dos grupos: César buscó la seguridad de sus naves, mientras que Hamón
no tuvo tiempo de alcanzar la
playa y fue a refugiarse en los bosques. Arvirago, pensando que Claudio iba con Hamón, salió rápidamente en su
persecución y, pisándole los talones,
no descansó hasta cortarle la retirada a la orilla del mar, en un lugar que ahora se llama Hampton, del propio nombre de Hamón. Había allí un
puerto idóneo para cargar y descargar, y un buen número de naves mercantes en el fondeadero. Intentaba Hamón abordarlas, cuando sobrevino inesperadamente
Arvirago y lo mató en el acto.
Desde aquel día hasta el de hoy ese puerto se llama Puerto de Hamón.
(67) En el ínterin,
Claudio, reunidas sus tropas, atacó la antedicha ciudad de Porchester,
que entonces se llamaba
Kaerperis. Pronto derribó sus murallas y derrotó a sus ciudadanos. Persiguió después a Arvirago, que se había retirado
a Güintonia, y puso sitio a la ciudad,
esforzándose en conquistarla con
máquinas guerreras de muchas clases.
Arvirago, al verse sitiado, reúne a sus hombres y, abriendo las puertas, sale con ánimo de pelear. A punto de iniciar su ataque,
Claudio le envía mensajeros con
ofertas de paz, pues lo atemoriza el valor del rey y la fuerza de
los Britanos, y prefiere someterlos con inteligencia y diplomacia antes que fiarlo todo al azar de
una batalla. Propone, pues, la paz a Arvirago, prometiéndole la mano de su hija, con tal que reconozca la autoridad romana sobre el reino de Britania. Interrumpidas las hostilidades, los consejeros lo persuaden de que acepte la propuesta
de Claudio: dicen que no es
indecoroso ser súbdito de los Romanos, que son los dueños de todo el mundo.
Inducidos por estas y otras muchas consideraciones,
siguió los consejos de los suyos y se sometió a César.
(68) Al punto, Claudio
hizo traer de Roma a su hija y,
con ayuda de Arvirago, conquistó las Oreadas
y demás islas adyacentes. Al final del invierno, los legados volvieron con la
hija de Claudio y se la entregaron a su padre. La joven se llamaba
Gewisa, y era tan peregrina su belleza que despertaba admiración en quien la contemplaba. Y, una vez unida a Arvirago en legítimo matrimonio, despertó en el rey tan gran pasión que prefería su compañía a cualquier otra cosa del mundo. A consecuencia de esto, queriendo que el lugar donde la había desposado adquiriese renombre
para siempre, sugirió a Claudio que construyera allí una ciudad que perpetuase
la memoria de tan felices
nupcias en los tiempos futuros.
Claudio aceptó de grado la propuesta de su yerno y ordenó edificar una ciudad que, de su nombre, ha sido llamada hasta el día de hoy Kaerglou, esto es, Gloucester, situada a
orillas del Severn, en el confín
entre Cambria y Logres. Otros
dicen, empero, que tomó su nombre del duque Gloyo, a quien Claudio engendró en dicha ciudad y al
que, muerto Arvirago, cedió el timón del
ducado cámbrico. Construida la ciudad y pacificada la isla, Claudio regresó a Roma, confiando el gobierno
de las provincias insulares a Arvirago.
En aquel tiempo, el
apóstol Pedro fundó la iglesia de Antioquía; llegó después a Roma y ocupó allí la sede
episcopal, enviando a Marcos evangelista a Egipto a predicar el evangelio que había escrito.
(69) Tan pronto como
Claudio hubo partido, Arvirago comenzó a dar muestras de su capacidad como gobernante: reconstruyó ciudades y fortalezas, y rigió los destinos de su país con tanta firmeza que llegó a ser temido incluso por reyes de países remotos. Lleno de soberbia,
miró con desprecio el poder de
Roma y rehusó seguir rindiendo
vasallaje al senado, reclamándolo todo para sí mismo. Conocidas sus
intenciones, Claudio envió a
Vespasiano a Britania para reconciliarse con Arvirago o, si fuera
preciso, para restituirlo por la fuerza al
dominio de Roma. Se disponía Vespasiano a desembarcar en Richborough cuando llegó Arvirago y le impidió arribar al
puerto. Traía consigo tan vasta muchedumbre de guerreros que los Romanos se asustaron, y no se atrevieron a tocar tierra por miedo a que
los atacasen. De manera que
Vespasiano se retiró de aquel puerto y, alzando velas, se dirigió a
la costa de Totnes, donde desembarcó.
Ya en tierra, marchó hacia
Kaerpenhuelgoit, ahora llamada Exonia[62],
y se dispuso a asediar la ciudad. Después de haberla sitiado por espacio de siete días sobrevino Arvirago con su ejército y entabló
combate con él. Muy maltrechos quedaron ambos ejércitos aquel día, y ninguno de
los dos se hizo con la
victoria. A la mañana siguiente, la reina Gewisa actuó como mediadora, y
ambos caudillos se reconciliaron y enviaron a
sus soldados a los cuarteles de
invierno. Tan pronto como la estación
fría hubo pasado, regresó Vespasiano a Roma y Arvirago permaneció
en Britania. Rebasado el umbral de la
vejez, Arvirago comenzó a respetar
al senado y a gobernar su reino en paz y tranquilidad. Confirmó las viejas
leyes tradicionales y promulgó otras
nuevas, mostrándose en extremo dadivoso con aquellos que más lo
merecían. Su fama se extendió por toda
Europa, y los Romanos lo
estimaban y lo temían al mismo tiempo, hablándose de él en Roma mucho más que de cualquier otro rey. Juvenal cuenta en
su libro cómo un ciego, que
hablaba con Nerón acerca de un
rodaballo que había capturado, dijo al emperador:
Regem aliquem capíes, aut de temone Britanno decide! Arviragus[63].
Nadie fue más fiero que
él en la guerra, ni más benigno en la paz, ni más jovial, ni más generoso a la hora de las
dádivas. Cuando llegó al final de sus días, fue sepultado en Gloucester, en el templo que él
mismo había consagrado en honor de
Claudio.
(70) Lo sucedió en el
reino su hijo Mario, hombre de admirable prudencia y sabiduría. Tiempo después, durante
su reinado, un rey de los Fictos,
llamado Rodric, vino con gran flota de Escitia[64];
desembarcó en la parte septentrional de Britania que se conoce por Albania y
empezó a devastar la comarca. Reuniendo a su pueblo, Mario salió al encuentro del invasor y, tras varias batallas, lo mató y obtuvo la victoria.
Como recuerdo de su triunfo,
ordenó levantar una piedra en la
región que después, de su nombre, se llamó Westmaria[65].
Una inscripción grabada sobre la
piedra ha perpetuado su memoria hasta nuestros días. Muerto Rodric y vencido el
pueblo que con él había llegado,
Mario les dio la parte de
Albania llamada Caithness para que la habitaran. El país era un yermo, pues
hacía mucho tiempo que nadie lo
ocupaba. Como no tenían mujeres, los
Fictos pidieron a los Britanos sus
hijas y parientes, pero los Britanos consideraron indigno casar a las mujeres
de su raza con tal género de hombres. Luego de recibir esta negativa, los
Fictos navegaron rumbo a Hibernia y se unieron con mujeres de aquel país, que les dieron hijos con los que prolongar su linaje.
Esto baste en lo que concierne a
los Fictos, pues no me propongo
relatar su historia, ni la de los Escotos
que nacieron de ellos y de las mujeres de Hibernia. En cuanto a Mario, una vez
restablecida de manera absoluta la paz en toda la isla, comenzó a manifestar su afecto al pueblo romano pagando puntualmente los tributos que le eran demandados. Animado por el ejemplo de su padre,
practicó la justicia, la paz, el ejercicio de las leyes y la honestidad a lo largo y ancho de su reino.
(71) Cuando llegó a su
fin el curso de su vida, su hijo Coilo tomó el gobernalle del reino. Había sido éste criado en
Roma desde niño y, educado en las costumbres de los Romanos, mostraba la mayor
inclinación hacia ellos. Pagó sin rechistar el tributo, pues veía que todo el mundo estaba sometido a
Roma y que su poder sobrepasaba el de cada lugar aislado y el de cada provincia. Así, pues, tributando lo que se
le exigía, pudo regir en paz cuanto
era suyo. Ninguno de los reyes
britanos honró más a los nobles de
su reino: o no los molestaba, o los recompensaba con frecuentes regalos.
3. Lucio
(72) Tuvo un único hijo,
cuyo nombre era Lucio. Fue coronado rey a la muerte de su padre, e imitó tanto sus buenas
acciones que todos lo consideraban un segundo Coilo. Sin embargo, queriendo terminar mejor
aún de lo que había empezado, envió cartas al papa Eleuterio pidiéndole ser recibido en la
fe cristiana. Los milagros realizados por los jóvenes misioneros de Cristo en diversas naciones
habían disipado las nieblas de su mente, y, suspirando por la verdadera fe, fue escuchado en su
piadosa petición: el santo pontífice, al saber de su devoción, le envió a dos
de sus más religiosos doctores, Pagano y Duviano, para que, predicando la encarnación de la palabra de Dios, le
administraran el sagrado bautismo y lo convirtieran a Cristo. No tardaron
los pueblos de todas las
naciones de Britania en seguir el
ejemplo de su rey: purificados por el mismo
sacramento, fueron restituidos al reino de los cielos. Una vez que
los santos doctores pusieron fin al paganismo en casi toda la isla, consagraron al Dios único y a sus santos los
templos que habían sido erigidos
en honor de múltiples dioses,
asignándoles diversas congregaciones de clérigos. Había por aquel entonces en Britania veintiocho flámines[66] y
tres archiflámines[67],
a cuya jurisdicción estaban
sujetos los demás jueces y sacerdotes. Por mandato del papa, arrancaron a éstos
de la idolatría, y donde había flámines
instalaron obispos y, donde había archiflámines, arzobispos. Las sedes de los archiflámines habían sido tres muy nobles ciudades, a
saber, Londres, Eboraco y
Ciudad de las Legiones, cuyo emplazamiento
a orillas del Usk, en la región de Glamorgan, todavía atestiguan viejas
murallas y edificios. A estas tres ciudades fueron sometidos, una vez desterrada la superstición, los veintiocho obispos, y diversas parroquias a cada obispado. Deira[68] y
Albania, las regiones que el gran río Humber separa de Logres,
cayeron bajo la jurisdicción del
metropolitano de Eboraco; Logres y
Cornubia, bajo la del de Londres; a estas dos últimas provincias el Severn las separa de Cambria o Gales, que dependía del arzobispado
de Ciudad de las Legiones.
Finalmente, una vez
ordenado todo, los prelados volvieron a Roma y pidieron al santo papa que confirmara cuanto
habían hecho. Dio su aprobación
el pontífice, y Pagano y Duviano regresaron a
Britania acompañados de otros muchos religiosos, con cuyas enseñanzas el
linaje de los Britanos fue en poco
tiempo corroborado en la fe de
Cristo. Sus nombres y hechos se encuentran
recogidos en el libro que Gildas escribió sobre la victoria de Aurelio Ambrosio, donde la materia es tratada de una manera tan luminosa que no hay ninguna necesidad de insistir en
ella en mi estilo, mucho más tosco.
(73) Lucio, entretanto,
aquel famoso rey, viendo cómo se había propagado en su reino el culto de la verdadera fe,
exultaba de gozo. Decidió entonces dar mejor uso a todas las posesiones y tierras que habían pertenecido con anterioridad a los templos
idólatras, poniéndolas en manos de las iglesias de los fieles. Y
sintiendo que
debía otorgarles aún mayor honor, aumentó su patrimonio con más campos y casas, y ratificó su poder con todo tipo de privilegios. Se hallaba
Lucio en estos y otros lances que formaban parte del mismo plan cuando dejó
esta vida en la ciudad de Gloucester y
fue enterrado con todos los honores en la iglesia de la primera sede metropolitana[69],
en el año 156 de la encarnación del Señor. No tuvo hijos, lo que, a
su muerte, originó discordias entre los
Britanos y debilitó el poder romano
sobre la isla.
4. Severo
(74) Cuando el
fallecimiento de Lucio se supo en Roma, el senado envió como legado al senador Severo al mando
de dos legiones, para volver a colocar el país bajo su dominio. Tan pronto como Severo
desembarcó, trabó combate con los
Britanos y obligó a algunos de ellos a sometérsele.
A los que no pudo vencer los acosó con incesantes y crueles embestidas, rechazándolos hacia Albania, la actual Escocia. Desde
allí los Britanos, con Fulgencio
como caudillo, opusieron muy viva resistencia, infligiendo con frecuencia enorme matanza tanto a los Romanos como a sus propios compatriotas, ya que Severo
había alistado en su ejército a cuantos nativos de la isla
encontraba a su paso, y así es como a menudo
regresó victorioso. Gravemente dañado por las correrías del enemigo, el
emperador mandó construir una
empalizada entre Deira y Albania[70] para
frenar las incursiones de Fulgencio.
Se recaudó a tal efecto un impuesto extraordinario, y levantaron una muralla de mar a mar. Durante muchos años, ese muro logró detener los ataques enemigos. Fulgencio, por su parte,
cuando no pudo resistir por más tiempo a Severo, navegó rumbo a Escitia,
esperando recuperar su dignidad
anterior con ayuda de los" Fictos. Reuniendo a todos los
jóvenes de ese país, volvió a Britania
con una flota colosal y puso sitio a Eboraco. Cuando las demás tribus se enteraron, la mayor parte de los
Britanos abandonaron a Severo y
se unieron a Fulgencio. No flaqueó Severo
en sus propósitos. Reunió a sus Romanos y a los Britanos que aún permanecían con él, marchó sobre la ciudad sitiada y entabló combate con Fulgencio. Cuando se combatía con más saña, Severo fue muerto, junto con muchos de los suyos, y Fulgencio fue mortalmente
herido. Severo fue sepultado en
Eboraco, que sus legiones habían conseguido liberar.
5. Basiano, Carausio, Alecto y Asclepiodoto
(75) Dejó Severo dos
hijos, Basiano y Geta. La madre de Geta era romana, y britana la de Basiano. Al morir su
padre, los Romanos elevaron a Geta a la realeza, favoreciéndolo porque era Romano por los cuatro
costados. Los Britanos se
negaron a aceptar a Geta y eligieron a Basiano,
toda vez que se hallaba unido a ellos por la sangre materna. Se enzarzaron, pues, ambos hermanos en una guerra en la que Geta perdió la
vida y Basiano se apoderó del reino.
En aquel tiempo vivía en
Britania un joven llamado Carausio, de humildísima cuna. Después de haber mostrado su
valor en muchas batallas, partió a Roma y pidió permiso al senado para equipar
una flota de navíos y defender con ellos las costas de Britania de los ataques bárbaros. Si
se lo otorgaban, prometía que sus hazañas serían tantas y tan grandes que Roma alcanzaría
mayor gloria y prestigio que si el
propio reino de Britania le fuese
entregado. Luego que hubo engañado al
senado con sus promesas, obtuvo lo que pedía y regresó a Britania con todos los papeles en regla. Reúne al punto
naves, embarca en ellas a lo más
granado de la juventud britana y se hace a la mar, recorriendo las costas del reino y sembrando el mayor alboroto posible entre
sus habitantes. En el ínterin,
desembarca en las islas cercanas
al litoral devastando sus campos, destruyendo
ciudades y fortalezas, y despoja de todo lo que tienen a los isleños. Obrando así, consigue que se le unan cuantos apetecen lo ajeno, de manera que en muy poco tiempo se encuentra al frente de un ejército al que
ninguno de los príncipes vecinos
es capaz de oponerse. Crecido su
ánimo por el éxito, se hace elegir rey por los Britanos, prometiéndoles que aniquilará a los Romanos y limpiará de extranjeros toda la
isla. Cuando hubo obtenido lo que pedía, presentó al punto batalla a Basiano, lo mató y empuñó el gobernalle del reino. Se dio la
circunstancia de que a Basiano lo
traicionaron los Fictos, los mismos a quienes Fulgencio, el propio
hermano de su madre, había introducido en Britania. En lo más crudo del combate, corrompidos por las promesas y los sobornos de Carausio,
desertaron de Basiano justamente
cuando tenían que haber acudido
en su auxilio y cargaron contra sus compañeros =de armas. Los hombres del rey
se quedaron estupefactos, sin saber
quién era su enemigo y quién su
aliado, y abandonaron a toda prisa
el campo, alzándose Carausio con el triunfo. Después de la victoria, dio éste a los Fictos un lugar de asentamiento en Albania, donde
permanecieron desde entonces, mezclados con los Britanos.
(76) Cuando la usurpación
de Carausio se supo en Roma, el senado envió a Alecto como legado, con tres legiones, para que diese muerte
al tirano y restituyera el
reino de Britania a la dominación
romana. Nada más desembarcar, se enfrentó con Carausio, lo mató y se instaló a
su vez en el trono. Desde allí dirigió
la matanza de muchos Britanos, con el
pretexto de que habían roto la
alianza con Roma uniéndose a Carausio. Los Britanos no soportaron estas represalias y eligieron rey
a Asclepiodoto, duque de Cornubia, y
haciendo causa común fueron al encuentro de Alecto, provocándolo a
combatir. Se hallaba éste entonces en
Londres, celebrando una fiesta en honor
de sus dioses patrios. Al enterarse de la llegada de Asclepiodoto, interrumpió el sacrificio, salió de la ciudad con toda su fuerza y
trabó con él encarnizadísima batalla. Fue Asclepiodoto el vencedor. Desbarató las filas de Alecto, lo
obligó a huir y, en la persecución,
dio muerte a muchos miles de enemigos y al propio rey. Una vez decantada así la victoria del bando de Asclepiodoto,
Livio Galo, camarada de Alecto, se retiró a Londres con los Romanos supervivientes. Cerró las puertas de la ciudad,
fortificó las torres y las demás defensas. Pensaba así resistir a Asclepiodoto o, al menos, evitar una muerte
inminente. En cuanto
Asclepiodoto se dio cuenta de lo que su enemigo había hecho, puso sitio inmediatamente a la ciudad y comunicó a todos los
notables de Britania que había
muerto a Alecto y a muchos miles de
sus hombres, y que asediaba ahora a Galo y a los restos de los
Romanos al pie de Londres. Les rogaba,
por tanto, encarecidamente que
acudieran todos y cada uno de ellos en su ayuda lo más rápidamente posible, pues la raza de los Romanos sería fácilmente borrada de
Britania si todos juntos atacaban con un ejército común a los sitiados.
Acudieron a su llamada los Demecios y
Venedocios, los Deiros, los Albanos y los demás Britanos sin excepción. Reunidos todos a la vista de su caudillo, éste ordena construir innumerables máquinas de guerra con las que derribar las murallas de la ciudad. Y es
obedecido. No hay hombre que no contribuya a la tarea en la medida de sus fuerzas y de su
valor. Pronto invaden
impetuosamente la ciudad y, abatiendo al punto los muros, se abren paso y siembran la matanza entre los Romanos.
Cuando éstos vieron que estaban
siendo aniquilados uno tras
otro, aconsejaron a Galo que se rindiera y que pidiese merced a Asclepiodoto, a fin de que les permitiera salir de allí con vida. Habían
sido muertos ya casi todos,
excepto una sola legión, que continuaba resistiendo lo mejor que podía. Galo estimó oportuno el consejo y se entregó con los suyos a Asclepiodoto. Se hallaba
éste proclive a la piedad cuando llegaron los Venedocios y, avanzando en formación, los
decapitaron a todos en una misma
jornada a orillas de un torrente cercano a la ciudad al que después llamaron,
del nombre del caudillo, Nantgalim en lengua británica y Galabroc[71] en
sajón.
(77) Derrotados así los
Romanos, tomó Asclepiodoto
la corona del reino y, con el beneplácito popular, se la impuso sobre sus
sienes. Durante diez años gobernó
el país justamente y en paz, reprimiendo la crueldad de los ladrones y las cuchilladas de los
bandidos. Fue en sus días cuando surgió la persecución del emperador Diocleciano, que casi hizo desaparecer el cristianismo de la isla, donde había permanecido íntegro e inviolado desde los tiempos del rey
Lucio. Maximiano Herculio, en
efecto, general en jefe de las
tropas del antedicho tirano, llegó a Britania; por orden suya, todas las iglesias fueron derribadas, y todas las santas escrituras que se
pudieron encontrar fueron arrojadas al fuego en las plazas públicas; la flor y nata de los
sacerdotes fue asesinada junto
con los fieles a ellos encomendados,
porfiando en filas compactas todos ellos por morir, como el que sabe que camina hacia el gozo
del reino de los cielos, hacia su verdadera
morada. Dios, sin embargo, incrementó su misericordia hacia nosotros y, en los
días de la persecución, con
vistas a que los Britanos no quedaran completamente sepultados en la impenetrable oscuridad de tan negra noche, encendió
para nuestro pueblo, como beneficio gratuito de su bondad, las deslumbrantes lámparas de sus santos mártires. Aún hoy sus sepulturas y los lugares de sus pasiones seguirían infundiendo
el mismo ardor de caridad divina
en los espíritus, si no hubiesen
sido arrancados a nuestros compatriotas
por la funesta perversidad de los bárbaros.
Entre aquellas personas de uno y otro sexo que, con la mayor grandeza de ánimo, permanecieron firmes en las filas de Cristo,
padeció martirio Albano de
Verulam[72],
y también Julio y Aarón,
vecinos de Ciudad de las Legiones. Albano,
ardiendo en la gracia de la caridad, vio a su confesor Anfíbalo perseguido y a
punto de ser capturado, lo
ocultó primero en su casa y después,
cambiando los vestidos con él, se dispuso a morir en su lugar, imitando en esto
a Cristo, que dio su alma por sus ovejas. Los otros dos, con el cuerpo
espantosamente destrozado, volaron juntos sin tardanza a las gloriosas puertas
de Jerusalén con los trofeos de su
martirio.
6. Constancio y Constantino
(78) En el ínterin, Coel,
duque de Kaercolun,
esto es, de Colchester, se sublevó contra el rey Asclepiodoto y, presentándole batalla, lo mató y se coronó con la
diadema del reino. Cuando
estos hechos fueron conocidos en Roma, el
senado se alegró mucho de la muerte de un rey que tanto había perjudicado al poder romano en todo cuanto hizo. Viniéndoles a la
mente los reveses que habían
sufrido al perder el reino, enviaron como legado al senador Constancio,
un hombre sabio y esforzado que
había sometido Hispania al
dominio romano y que había trabajado como nadie en aumentar el poder del
estado. Por su parte, Coel, caudillo de los Britanos, al enterarse de la llegada de Constancio, temió entablar combate con él, pues la reputación del Romano
era tal que ningún rey podía oponérsele. Así,
pues, cuando desembarcó Constancio en la isla, Coel le envió legados pidiéndole
paz y prometiéndole sumisión, sobre
la base de que él conservaría
el reino de Britania y se plegaría a la soberanía romana con el tributo acostumbrado y nada más.
Constancio convino en la propuesta que
le acababan de formular, y, recibidos los rehenes, firmaron ambos un tratado de paz. Un mes después, una gravísima enfermedad se apoderó de Coel y en ocho días lo mató. Muerto Coel, Constancio tomó la corona del reino y desposó a una hija del rey difunto. Su nombre era
Helena y su belleza superaba con mucho a la de todas las jóvenes de Britania.
En ninguna parte podía hallarse otra doncella tan experta en tañer todo género
de músicos instrumentos ni tan docta
en las artes liberales. Su padre carecía de cualquier otra descendencia
que heredase su trono; por esta razón
se había esforzado en enseñarla, al objeto de que a su muerte
pudiese regir los destinos del reino
eficazmente. Después de que Constancio la recibiera en matrimonio,
engendró en ella un hijo y lo llamó
Constantino. Pasaron once años y
Constancio murió en Eboraco, legando el reino a su hijo. Éste, en cuanto accedió al trono del reino, comenzó en pocos años
a evidenciar una probidad sin
fisuras, a mostrar una fiereza
leonina y a mantener con energía la justicia entre sus súbditos. Reprimió para
ello la rapacidad de los
salteadores de caminos, puso fin
a las crueldades de los tiranos locales e hizo cuanto pudo por restaurar la paz
en todos los rincones de
Britania.
(79) En aquel tiempo
había en Roma un tirano, llamado Majencio, que intentaba desheredar a todos los nobles y a los más probos
ciudadanos, y oprimía el estado con la peor de las tiranías. Aquellos sobre los que descargó
su brutalidad se dirigieron,
arrojados de su país, a Constantino de Britania y Rieron recibidos con todos los honores por él.
Finalmente, cuando eran muchos ya los refugiados, se las ingeniaron para inflamar en odio a
Constantino contra el antedicho tirano, y sin cesar se lamentaban de su suerte en discursos como
el que sigue:
—«¿Hasta cuándo
soportarás, oh Constantino, nuestra desgracia y nuestro destierro? ¿A qué aguardas para devolvernos
a nuestra patria? Tú eres el único de nuestra raza que eres capaz de expulsar a Majencio y
de restituirnos lo que hemos perdido. ¿Qué príncipe, en efecto, puede compararse con el rey de
Britania, ya sea en lo que atañe a la fuerza de sus vigorosos guerreros, ya en la abundancia de oro y de plata? Te lo
pedimos, rey, ven con nosotros a Roma con tu ejército y, venciendo al tirano, devuélvenos nuestras posesiones, devuélvenos a nuestras mujeres y
a nuestros hijos.»
Inducido por estas y otras razones. Constantino marchó contra Roma, conquistó la ciudad y se convirtió en soberano del mundo entero.
Había llevado consigo a tres tíos
de Helena, a saber, Joelín, Trahern y Mario, a quienes promovió
al rango senatorial.
(80) Entretanto, Octavio, duque de los Gewiseos[73],
se rebeló contra los procónsules en cuyas manos, como dignatarios de Roma, había sido depositado el gobierno de la isla, y, después
de vencerlos y matarlos, se
instaló en el trono del reino.
Cuando Constantino lo supo, envió a Trahern, tío de Helena, con tres legiones a
fin de restaurar en la isla la
soberanía romana. Trahern desembarcó en la costa cercana a la ciudad llamada Kaerperis [74] en
lengua británica. Atacó la ciudad
y la tomó dos días después. Circuló la noticia de este hecho entre todas las
tribus, y el rey Octavio reunió a todos los hombres de la isla en edad de empuñar un arma y salió al encuentro de Trahern no lejos de Güintonia, en una
llanura que los Britanos llaman
Maisurian. Allí peleó Octavio, y se
hizo con la victoria. Trahern, por su parte, se dirigió a las naves con sus maltrechas tropas y, embarcando, marchó por mar a Albania,
donde se dedicó a saquear las provincias. Cuando el rey Octavio lo
supo, congregó de nuevo a sus hombres, buscó
a Trahern y se enfrentó con él en la provincia de Westmorland, pero esta vez fue derrotado y tuvo que huir. En cuanto Trahern vio que el triunfo era suyo, persiguió
a Octavio y no le dio respiro,
con el único objeto de
arrebatarle sus ciudades y su corona. Octavio estaba muy preocupado por la pérdida de su reino, de manera que decidió navegar a Noruega,
a pedir ayuda al rey Gumberto.
En el ínterin, había ordenado a sus
íntimos que hicieran todo lo posible
por asesinar a Trahern. El conde de Castillo
Municipal[75],
que apreciaba a Octavio más que
a nadie, obedeció sus órdenes tan pronto como pudo. Un día en que Trahern se encontraba fuera de Londres, lo
esperó oculto con cien soldados en cierto valle de la floresta por donde tenía que pasar, lo atacó de improviso y lo
mató en medio de sus hombres.
Cuando Octavio lo supo, volvió
a Britania y, puestos en fuga los Romanos,
recuperó el trono del reino. Tal probidad y tanta abundancia de oro y plata adquirió en poco tiempo que no temía a nadie. Lo cierto
es que se mantuvo felizmente en
el trono de Britania desde entonces
hasta los días de Graciano y de Valentiniano.
7. Maximiano y Graciano
(81) Finalmente, ya
anciano y queriendo dejarlo todo bien dispuesto para su pueblo, preguntó a sus consejeros quién de su estirpe
creían que debía ser elevado a la realeza al morir él. Tenía una única hija, y carecía de heredero varón
a quien poder legar el gobierno
del país. Hubo quien le recomendó
que casara a su hija con algún noble
romano y que, con ella, le diera el reino, a fin de disfrutar de una paz sólida
y estable. Otros apuntaban a
Conan Meriadoc) sobrino del rey, como heredero del trono, y aconsejaban entregar la mano de la princesa a algún príncipe
de otra nación, con una dote de
oro y de plata. Mientras debatían
estas cuestiones, llegó Caradoc, duque de Cornubia, y opinó que debían invitar al senador Maximiano y darle en matrimonio a la hija del rey, junto con el gobierno de
la isla, para gozar así de una
paz perpetua. Maximiano era Britano
por parte de padre, pues era hijo
de Joelín, tío de Constantino, de quien ya hemos hecho mención más arriba; por su madre y por su nacimiento era, sin embargo, Romano,
y, por su sangre, de estirpe
regia por ambos lados.
Esta solución prometía,
por tanto, una paz duradera, pues Caradoc sabía que Maximiano, siendo a la vez de la familia de los emperadores y Britano de origen, tendría derecho a regir los
destinos de Britania. Ante este
consejo del duque de los Cornubienses
se indignó Conan, sobrino del rey, pues anhelaba obtener la corona con toda su alma, y perturbó por este motivo a toda la curia.
Caradoc, por su parte, mantuvo su propuesta y envió a Mauric, su hijo, a Roma,
a explicar el asunto a
Maximiano. Era Mauric de gentil estatura y de gran probidad y valor; de los
que, si alguien contradecía algo que él había decidido, estaban dispuestos a mantenerlo por las armas,
en singular combate. Tan pronto
como llegó a presencia de Maximiano, fue convenientemente recibido por él y
honrado por encima de los guerreros
que lo acompañaban. Había entonces una gran rivalidad entre el propio Maximiano y los dos emperadores —Graciano y su hermano
Valentiniano—, pues le habían negado a aquél la tercera parte de imperio que reclamaba.
Cuando Mauric vio cómo vejaban
los emperadores a Maximiano, habló a
éste en los términos siguientes: —«¿Por
qué temes, Maximiano, a Graciano, cuando
está claro para ti el camino por el que puedes arrebatarle el imperio? Ven conmigo a la isla de Britania y obtendrás la corona de ese reino. El rey Octavio está agobiado por la debilidad
y la vejez, y no desea otra cosa que encontrar a alguien a quien legar su reino junto con su
hija. Carece de descendencia
masculina y, por eso, ha pedido
la opinión de sus barones acerca del hombre a quien dar como esposa a su única hija, con el reino como dote.
Sus héroes respondieron a su
llamada y decidieron entregarte a ti el reino y la mano de la doncella. Me han enviado a mí para que te lo haga saber. De modo que, si vienes conmigo y llevas a término esta empresa, con la cantidad de oro y plata que hay en Britania y con la multitud de bravos guerreros
que allí habitan, podrás volver a Roma, expulsar a los emperadores y poner la ciudad bajo tu yugo.
Así lo hizo tu pariente
Constantino, y muchos otros reyes nuestros que accedieron al solio
imperial.»
(82) Maximiano,
asintiendo a las palabras de Mauric,
se dirigió a Britania. No dejó de saquear en
su ruta las ciudades de los Francos, amontonando así el oro y la plata necesarios para reunir bajo su bandera soldados que acudían de
todas partes. Después, haciéndose a la mar con vientos favorables, desembarcó en Puerto de Hamón. Cuando
el rey Octavio lo supo, se quedó
paralizado de terror, creyendo que acababa de llegar un ejército hostil. Así que llamó a Conan, su sobrino, y le
ordenó reunir a todos los hombres armados de la isla y marchar al encuentro del enemigo. Reunió al punto Conan a
toda la juventud del reino y llegó a Puerto de Hamón, donde Maximiano había levantado sus tiendas. Cuando
se apercibió de la llegada de tan inmensa
muchedumbre de Britanos, Maximiano se abismó en negras cavilaciones, no sabiendo qué hacer. Sus soldados eran inferiores en número,
y, además, no sólo lo hacía
vacilar la multitud de los
recién llegados, sino también su arrojo en el combate, de manera
que no abrigaba ninguna esperanza de paz. Convocó entonces a los más viejos de
sus hombres y a Mauric, y comenzó a preguntar
qué debía hacerse en tales circunstancias. Mauric respondió:
—«No podemos enfrentarnos
con tantos belicosos
guerreros. No hemos venido aquí con el propósito de conquistar Britania por la fuerza
de las armas. Debemos pedir
paz y licencia para acampar aquí hasta saber lo que el rey pretende. Digámosles que hemos sido enviados por los emperadores para traer un mensaje de su parte
al rey Octavio, y ablandemos así
a este pueblo con sagaces
palabras.»
Pareció bien el plan a
todos. Mauric tomó consigo a doce de los barones, los doce de cabello cano y más sabios que
los demás, los doce llevando una rama de olivo en su mano derecha, y salió con ellos al
encuentro de Conan. Cuando los Britanos ven a aquellos hombres de venerable edad con el ramo de olivo, como signo de paz, en las manos, se
ponen respetuosamente en pie y les despejan el camino para que puedan acercarse con facilidad a
su caudillo. Pronto estuvieron en
presencia de Conan Meriadoc. Lo saludaron en
nombre de los emperadores y del senado,
y le dijeron que Maximiano había sido enviado al rey Octavio para transmitirle
instrucciones de parte de Graciano y
Valentiniano. A esto Conan replicó:
—«¿Por qué, entonces, lo
acompañan tantos guerreros?
No suelen ser ésas las trazas de un legado.
Más parecen las de un ejército de enemigos
que maquinan alguna injuria contra nosotros.»
Mauric dijo:
—«Un hombre de su rango
no puede viajar oscuramente, sin escolta; tanto más cuanto que Maximiano suscita el odio
de muchos reyes a causa del poder de Roma y de los hechos de sus propios antepasados. Si
hubiese venido con una comitiva menor, habría sido muerto tal vez por los enemigos del estado. Vino en paz y es paz
lo que busca: de su propia conducta
debe inferirse, pues, a partir
del instante en que desembarcamos, nos
hemos comportado de tal manera que no hemos hecho mal a nadie. Hemos pagado cuanto hemos
tomado, como un pueblo pacífico; hemos
comprado cuanto hemos necesitado, sin arrebatar nada a nadie por la fuerza.»
Mientras Conan dudaba si
hacer la paz o emprender
la guerra, llegó Caradoc, duque de Cornubia, y con él otros muchos barones. Entre todos disuadieron a Conan
de iniciar las hostilidades después de haber oído semejante petición. Conan hubiese preferido
luchar, pero depuso las armas, les
concedió la paz y condujo a Maximiano a
Londres, junto al rey, explicándole a éste lo sucedido punto por punto.
(83) Allí Caradoc, duque
de Cornubia, tomando
consigo a su hijo Mauric, ordenó retirarse a los presentes y se dirigió al rey en estos términos:
—«He aquí que aquello que
han deseado durante
tanto tiempo los que con más auténtica devoción cultivan la obediencia y la fidelidad para contigo, acaba de llegar por voluntad divina
a esta corte. Ordenaste a tus
barones que te dieran consejo acerca de lo que debías hacer con tu hija y con tu reino, pues tu avanzada edad hacía difícil que pudieses gobernar por mucho tiempo más a tu pueblo. Opinaban unos que la corona debía ser entregada a Conan, tu sobrino, y que tu
hija debía ser casada convenientemente en alguna otra tierra, pues temían la ruina de nuestros conciudadanos si un príncipe de lengua extranjera
accedía al trono. Otros le concedían el reino a tu hija, con tal que se casase
con algún noble de nuestra propia
lengua que, a tu muerte, te sucedería
en el trono. La mayoría, sin embargo, pensaba que debía buscarse a un hombre de la raza de los emperadores y darle a él a tu hija y,
con ella, la corona del reino. Aseguraban que ese matrimonio contribuiría a hacer la paz más firme
y estable, pues el poder de Roma
velaría por nosotros. He aquí que Dios
se ha dignado traer a nuestras
costas a este joven, nacido no sólo de la sangre de los Romanos, sino también del linaje real de los Britanos. Si sigues mi consejo, no dudarás en casar a tu hija con él. Supón que te negases: ¿qué argumento legal podrías traer
a colación contra él en lo que
atañe al reino de Britania? Es de la sangre de Constantino. Es sobrino de nuestro rey Coel, cuya hija Helena
no podemos negar que poseyó este
reino por derecho de herencia.»
Así razonaba Caradoc, y
Octavio fue del mismo parecer, de manera que, con el consentimiento unánime de la asamblea, dio a Maximiano el reino de Britania,
y a su hija con él. Cuando ve esto Conan Meriadoc, se indigna más allá de lo que puede
expresarse con palabras, se retira a Albania y se dedica a reunir un ejército, con ánimo de hostigar a Maximiano. Una vez congregadas sus tropas, cruza el Humber, saqueando el país a ambas orillas del río.
Cuando lo supo Maximiano, reunió
a todas sus fuerzas y se apresuró
al encuentro de Conan, le presentó batalla y abandonó victorioso el campo. No obstante, Conan no se desalienta, sino que, reagrupando su ejército, amenaza con la destrucción
de las provincias. Vuelve a la
carga Maximiano, y, enfrentándose
a su rival en sucesivas batallas, unas
veces obtiene el triunfo y otras resulta derrotado. Finalmente, cuando ya se
han causado mutuamente todo el daño posible, terminan por reconciliarse con el parabién de sus amigos.
(84) Pasaron cinco años. Maximiano se ensoberbeció a causa de la enorme cantidad de oro
y de plata que afluía a su reino
diariamente. De modo que dispuso
una poderosísima escuadra y reclutó
a todos los Britanos susceptibles de llevar un arma. El reino de
Britania no era ya lo suficientemente grande
para él; quería subyugar también las Galias. Cruzó el estrecho y
llegó, primero, al reino de Armórica, que
ahora se conoce por Bretaña, y
comenzó a atacar al pueblo franco que
habitaba allí. Los Francos, con Imbalto como caudillo, salieron a su encuentro y trabaron batalla con él;
pero la mayoría sucumbió y el resto
emprendió la fuga. El propio duque Imbalto había caído, y con él quince
mil de los guerreros que habían acudido de
todas partes de su reino. Maximiano
exultaba de gozo al ver que había llevado
a cabo tal matanza, pues sabía que después
de la muerte de tantos hombres el país sería sometido sin dificultad.
Llamó entonces a Conan a su presencia fuera de las filas y le dijo con una leve
sonrisa:
—«Acabamos de subyugar
uno de los mejores reinos de Galia. Tenemos razones para esperar que nos apoderaremos del
resto. Debemos conquistar
sus ciudades y fortalezas a la mayor brevedad posible, antes de que las nuevas de nuestra victoria lleguen a la
Galia ulterior y llamen a la nación entera a las armas. Si hemos sido capaces de tomar este reino,
no me cabe la menor duda de que someteremos a nuestro poder toda Galia. No debe contrariarte
el haber permitido que el reino de la isla de Britania pasara a mis manos, por más que tú
tuvieras esperanzas de ocupar el trono, pues todo aquello que has perdido allá te lo devolveré yo aquí, en esta
tierra. Te
haré rey de este reino, y habrá una segunda Britania que poblaremos con hombres de nuestra raza, una vez
expulsados los que ahora la habitan. El país es fértil en mieses, y abundan los peces en sus ríos; son
muy bellos sus bosques y hay prados deliciosos por todas partes. No existe, en mi opinión, en el
mundo un país tan encantador.»
Conan inclinó la cabeza,
dio las gracias a Maximiano y prometió permanecerle fiel y rendirle "homenaje mientras viviese.
(85) Después reunieron sus tropas, marcharon sobre Rennes y la
tomaron ese mismo día; conocida la crueldad de los Britanos y divulgado el número de hombres a
los que habían dado muerte, los habitantes de la ciudad huyeron precipitadamente dejando
atrás a sus mujeres y a sus niños. Las demás ciudades y fortalezas siguieron el ejemplo de
Rennes, así que los Britanos avanzaban sin hallar resistencia. Donde quiera que llegaban, mataban
a toda la población masculina, perdonando la vida tan sólo a las mujeres. Al fin, cuando ya
habían limpiado por completo de varones todo el país, guarnecieron las ciudades y fortalezas con
soldados britanos y fortificaron
las eminencias. La crueldad de Maximiano se
hizo pronto famosa en las demás provincias
de las Galias. Un terror sin medida se apoderó de duques y príncipes, tal que perdieron toda esperanza y se dedicaban tan sólo a hacer votos y recitar plegarias. Abandonaron
sus casas de campo y corrieron a
refugiarse en ciudades y fortalezas, y
en todos aquellos lugares que se les antojaban seguros. Maximiano,
sabiéndose terrible, desarrolla una audacia
mayor y se apresura a aumentar su
ejército con generosas dádivas.
Alista a todos los amigos de lo ajeno y no vacila en llenar sus alforjas de oro, plata o cualquier otro don.
(86) De manera que reunió una
multitud de hombres tal que con
ella se consideraba capaz de someter toda la Galia. Aplazó, sin embargo, por algún tiempo sus crueldades, hasta que, una
vez pacificado por completo el reino que acababa de conquistar, lo hubiese
repoblado con gentes venidas de Britania. Así que promulgó un edicto por el cual fuesen reunidos en la isla
cien mil hombres del pueblo llano
y se trasladaran aquí; y con ellos treinta mil soldados, para defender a los nuevos pobladores del país de cualquier ataque enemigo. Cuando todo estuvo dispuesto, distribuyó a los recién llegados
entre todas las tribus del reino
de Armórica, fundando una segunda Britania que confió a Conan Meriadoc, y él partió con el resto de sus hombres a la Galia ulterior, sometiéndola después de encarnizadísimos
combates. Lo mismo hizo con Germania, sin perder una sola batalla, y,
estableciendo la sede de su imperio en Tréveris, descargó su furor sobre los dos emperadores, Graciano y
Valentiniano, matando al primero y expulsando de Roma al segundo.
(87) Entretanto, los
Galos y los Aquitanos hostigaban a Conan y a los Britanos de Armórica, y los fastidiaban continuamente con repetidas incursiones[76].
Conan resistía estos ataques, devolviendo matanza por matanza, y defendía varonilmente la tierra a
él confiada. Cuando la victoria se hubo decantado de su parte, decidió dar esposas a sus
compañeros de armas, a fin de que naciesen herederos que poseyeran aquel país a perpetuidad. Para
evitar cualquier mezcla de sangre con los Galos, ordenó que viniesen mujeres de la isla de
Britania a casarse con ellos. A este fin, envió mensajeros a Dionoto, rey de Cornubia, que había
sucedido a su hermano Caradoc en el reino, para que se hiciese cargo del asunto. Dionoto era noble
y poderoso. Fue a él a quien había encomendado Maximiano el gobierno de la isla mientras acometía las referidas empresas. Tenía una hija de
admirable belleza, cuyo nombre era Úrsula, a la que Conan había deseado siempre sobre todas las cosas.
(88) Cuando Dionoto vio al mensajero de Conan, quiso cumplir su encargo y, al efecto, reunió hijas de nobles de las distintas provincias
en número de once mil, junto a
sesenta mil hijas del pueblo
llano, y ordenó que acudieran todas a la ciudad de Londres. Mandó, además, que trajeran allí, desde las
diferentes costas, naves a bordo de las cuales pudiesen ellas cruzar el mar rumbo a sus futuros esposos.
Esto agradaba a muchas de conjunto tan numeroso, pero desagradaba a las más, que amaban a sus padres y a su patria
con mayor afición. No faltaban
tampoco algunas que, anteponiendo
la castidad al matrimonio, preferían
perder la vida en no importa qué tierra extraña a obtener riquezas
de esa manera. Lo cierto es que casi
todas habrían elegido cosas diferentes
si hubiesen podido llevar a cabo lo que realmente deseaban. Cuando la flota estuvo lista, subieron las mujeres a bordo de las
naves y, siguiendo el curso del
Támesis, se dirigieron a alta
mar. Finalmente, cuando ya habían izado velas rumbo a las costas de Armórica, se levantaron vientos contrarios a la dirección de la flota
y en poco tiempo la
dispersaron. Las naves eran juguete
de las olas y, en su mayor parte, se hundieron. Las que escaparon de peligro tan grande arribaron a islas habitadas por
bárbaros, donde las náufragas
fueron asesinadas o sometidas a
esclavitud por gentes extrañas: habían caído en manos del execrable ejército de Guanio y Melga, quienes, por orden
de Graciano, devastaban las costas de las naciones marítimas y de Germania con terrible matanza. Era Guanio
rey de los Hunos, y Melga, de
los Fictos. Graciano había hecho una alianza con ellos y los había
enviado a Germania, a hostigar a los
partidarios de Maximiano. En sus crueles correrías por el litoral, se toparon con las doncellas que, como he dicho, arribaron a aquellas tierras. Reparando
en su belleza, quisieron
solazarse con ellas. Como las
jóvenes se negaran, los bárbaros se precipitaron sobre ellas y dieron muerte a
la mayoría sin piedad. Tan
pronto como Guanio y Melga, execrables
caudillos de Fictos y Hunos y partidarios de Graciano y Valentiniano, se dieron
cuenta de que no había en la isla de Britania un solo hombre de armas, se dirigieron hacia allá a toda prisa y, después de aliarse con los habitantes de
las islas vecinas, desembarcaron
en Albania. Puesto en marcha su
ejército, invadieron el reino, que carecía de jefes y defensas, y sembraron la muerte entre el desprevenido pueblo. Recuérdese cómo Maximiano se había llevado consigo a cuantos
jóvenes guerreros pudo encontrar, dejando
inerme al irreflexivo paisanaje. Cuando Guanio y Melga descubrieron que los habitantes de la isla no estaban en condiciones de oponérseles, persistieron en la matanza y no dejaron
un instante de saquear ciudades y
provincias como si se tratara de
apriscos de ovejas. Al enterarse Maximiano de calamidad tan atroz,
envió a Graciano el Munícipe[77] con
dos legiones a ayudar al pueblo
de Britania. Nada más llegar a la isla, combatieron con los referidos enemigos y, matando un gran número de ellos, los obligaron
a huir a Hibernia. En el ínterin,
Maximiano fue muerto en Roma
por unos amigos de Graciano, y los
Britanos que había llevado consigo fueron asesinados o dispersados. Los que
lograron escapar buscaron refugio
entre sus compatriotas de Armórica, que ya era conocida como la Otra Britania.
V. LOS BARBAROS
1. Constantino y Constante: los
Escotas y los Pictos
(89) En cuanto Graciano
el Munícipe se enteró
de la muerte de Maximiano, asumió la corona del reino y se instaló en el trono de Britania.
Pero fue tal la tiranía que ejerció sobre el pueblo que los plebeyos cayeron
sobre él en catervas y lo mataron. Al divulgarse la noticia de esta muerte en los demás reinos,
los enemigos a los que me he referido antes regresaron de Hibernia y, trayendo consigo a los
Escotos, Noruegos y Daneses,
devastaron el reino de mar a mar a hierro y
a fuego. A consecuencia de estos ataques y de tan cruel opresión, los Britanos enviaron a Roma legados con cartas en las que pedían con
lágrimas y súplicas que viniera una fuerza armada a vengarlos, y prometían sumisión perpetua con tal que los bárbaros fuesen expulsados de
la isla. Una legión que no había
tomado parte en los anteriores
desastres les fue inmediatamente enviada,
transportándola en naves hasta Britania a través del Océano. Nada
más llegar, los Romanos trabaron combate
cuerpo a cuerpo con el enemigo, mataron un gran número de bárbaros, los expulsaron de la isla y liberaron al
oprimido pueblo de la horrible devastación que lo afligía. Ordenaron después a los Britanos construir
una muralla entre Albania y
Deira, desde el mar hasta el mar. Una gran multitud de hombres participó en la construcción, que pretendía mantener
a raya al enemigo y proporcionar
protección a los ciudadanos.
Albania había sido completamente devastada
por los bárbaros que desembarcaran allí, y cualquier pueblo hostil la consideraba como un refugio seguro. Por ello, y
utilizando fondos públicos y privados, los indígenas pusieron manos a la obra y terminaron la muralla.
(90) Los Romanos
anunciaron entonces que, en lo sucesivo, no podrían soportar ya la carga de tan costosas
expediciones, y que consideraban un insulto a Roma el hecho de que, por culpa de un puñado de ineptos bandidos errantes, se fatigase por tierra y
mar un ejército de tales proporciones; los Britanos debían, en su
opinión, habituarse
al ejercicio de las armas y, combatiendo valerosamente, defender con todas sus fuerzas a su país, sus
bienes, sus esposas, sus hijos y, lo
que es aún más importante, su libertad y su
vida. Para dirigirles esta admonición, ordenaron a todos los hombres en edad militar de la isla que se reunieran en Londres, pues ellos
se disponían ya a embarcar de
regreso a Roma. Cuando todos se hallaban reunidos, encargaron a Güetelino, metropolitano de Londres, que hablase, y fueron éstas sus palabras:
—«Ya que, por orden de los príncipes aquí presentes, debo dirigirme a vosotros, sabed que
más deseos tengo de llorar que de trazar las líneas de un brillante discurso. Me entristece, en efecto, el estado de
orfandad y debilidad en que os
encontráis, desde que Maximiano despojó a este reino de todo su ejército y de toda su juventud. Vosotros sois todo
lo que queda de Britania: una
plebe ignorante de las armas que se ha ocupado de otros asuntos, como el cultivo de los campos y las diversas
actividades relacionadas con el
comercio. De modo que, cuando gentes hostiles de otras naciones vinieron a atacaros, os visteis obligados a abandonar vuestros apriscos,
como si fuerais ovejas descarriadas sin pastor, hasta que el poder de Roma os restituyó vuestras posesiones. ¿Vais a depender siempre de la
protección ajena? ¿No vais a equipar vuestras manos con escudos, espadas, lanzas, y plantar cara a unos ladrones que no son en absoluto
más fuertes que vosotros
sino a causa de vuestra apatía y de vuestra indolencia? Los
Romanos están cansados de las
fatigas de tanto viaje hecho con el
único objeto de combatir en vuestro favor con vuestros enemigos. Prefieren renunciar al tributo que les pagáis a fatigarse por más tiempo y
de esta manera por tierra y mar.
Pues ¿qué? ¿Pensáis que habéis perdido toda humanidad por el simple hecho de que antes, en el tiempo en
que teníais soldados, erais tan
sólo el pueblo llano? ¿Es que no
pueden nacer hombres ajenos a la casta
paterna y proceder, así, un soldado de un campesino y un campesino
de un soldado? Un soldado también puede
ser hijo de un mercader, y un mercader hijo de un soldado. Por consiguiente, siendo como es normal el hecho de
que alguien de una casta haya
nacido de otro de otra, me
resisto a creer que hayáis perdido las virtudes propias de un hombre. Y si sois hombres, ¡comportaos como tales! Rogad a Cristo que
os dé coraje y defended vuestra
libertad.»
En cuanto puso fin a su
discurso, la muchedumbre
lo aclamó tan ruidosamente que hubieras dicho que, de repente, se hallaban rebosando coraje.
(91) Los Romanos dan,
después, a estas gentes medrosas enérgicos consejos, dejándoles modelos a partir de los cuales forjar armas.
Además, a orillas del Océano, en la
costa meridional, allí donde fondean los navíos britanos, les recomiendan construir torres a intervalos, mirando al mar, pues era allí donde eran más temidas las
incursiones de los bárbaros. Pero se convierte más fácilmente a un milano en azor que a un patán en un hombre sabio: el que se esfuerza en transmitir sabiduría a ese tipo de gente hace lo mismo
que si echara margaritas a puercos. En el preciso instante en que los Romanos dijeron adiós y se fueron, con la intención de no volver
más, los antedichos enemigos Guanio y Melga surgieron de las naves que los habían conducido a Hibernia. Traían consigo hordas crueles de Escotos
y de Fictos, con Noruegos, Daneses y demás
pueblos bajo su mando, y se apoderaron de toda Albania hasta la muralla. Al enterarse de que los Romanos habían abandonado la isla y habían prometido no regresar jamás, cobraron confianza y se aplicaron a la tarea de devastar la
isla una vez más. Frente a ellos, una cuadrilla de inútiles campesinos en lo alto de la muralla,
cobardes a la hora de atacar, incapaces de huir por la angustia que les oprime el corazón,
pasando día y noche agazapados
estúpidamente en sus puestos, mientras los dardos del enemigo silban sin cesar, arrastrando con ellos desde los
muros a estos misérrimos
palurdos y estrellándolos contra
el suelo. Lo repentino de este género de muerte representa, con todo, un golpe de fortuna para aquellos que
la sufren, pues con su partida inmediata
evitan los espantosos tormentos que
aguardan a sus hermanos y a sus hijos. ¡Oh, venganza divina por las culpas pasadas! ¡Oh, vesania de Maximiano, que alejaste de Britania a
tantos guerreros! ¡Ojalá hubiesen estado aquí en tan funesto trance! No existe pueblo a quien no
hubieran puesto en fuga, como se vio a lo largo del tiempo en que permanecieron
en la isla, pues no sólo era suya Britania en paz, sino que eran capaces de extender su poder a reinos
lejanos. Pero así van las cosas cuando se deja un reino en manos de simples labriegos. ¿Qué os diré? Fueron abandonadas las ciudades y la alta
muralla. Una vez más, el pueblo tuvo que huir; se dispersaron de una forma más desesperada que la usual, perseguidos por el enemigo, y
sufrieron matanzas aún más
sangrientas que las anteriores. Como el cordero por el lobo, así la
triste plebe era despedazada por la horda enemiga. Y, una vez más, los miserables supervivientes
enviaron legados con cartas a
Agicio, representante del poder
romano, dirigiéndose a él en estos términos:
A Agicio, tres veces
cónsul, los gemidos de los Britanos.
Y, después de unas pocas
palabras, continuaban así sus quejas:
El mar nos arroja a los
bárbaros; los bárbaros nos arrojan al mar. Henos aquí en la disyuntiva de morir
ahogados o degollados.
Pero no obtuvieron el
auxilio que demandaban y regresaron, tristes, a anunciar a sus compatriotas el
fracaso de su embajada.
(92) Así que celebraron
asamblea y decidieron que Güetelino, arzobispo de Londres, cruzara el mar rumbo a
Britania la Menor, que entonces se llamaba Armórica o Letavia, para pedir ayuda a sus
consanguíneos. Reinaba entonces en aquel país Aldroeno, cuarto rey desde Conan,
a quien Maximiano había dado aquel reino, como puede leerse más arriba. Cuando
vio ante él a un hombre tan venerable, Aldroeno lo recibió con todos los
honores y le preguntó el motivo de su llegada. Güetelino le dijo:
—«Tu nobleza debe estar
ya lo suficientemente familiarizada con la miseria —una miseria que puede incluso llegar a
provocar tus lágrimas— que nosotros, tus compatriotas Britanos, hemos sufrido desde que
Maximiano despojó nuestra isla de soldados y les ordenó que colonizaran este reino que ahora
posees y que ojalá poseas en paz perpetua. Pues todos los pueblos vecinos a la isla se han alzado
contra nosotros, miserables reliquias de vuestro pueblo, y han saqueado por completo nuestra
isla, antaño llena de todo género de riquezas, de manera que todas las naciones de Britania se han visto privadas del báculo del alimento, a
excepción del que son capaces de obtener practicando la caza. Y no hay quien
ponga fin a tan lamentable situación, pues no quedó ningún hombre fuerte ni
ningún guerrero en todo el país. Los Romanos están cansados de nosotros y se niegan
a prestarnos la más mínima
ayuda. Así que, como último recurso, apelamos
a tu misericordia, implorándote que nos des protección y defiendas el reino que por derecho te corresponde de
las incursiones de los bárbaros. Pues si no eres tú, ¿quién podría ser coronado
con la diadema de Constantino y de Maximiano, la misma que llevaron
tus abuelos y bisabuelos? Dispón tu flota y ven. He aquí el reino de Britania: en tus manos lo deposito.»
Respondió Aldroeno:
—«Hubo un tiempo en que no me hubiera negado a aceptar la isla de Britania, en el caso
de que alguien me la hubiese
ofrecido. Mientras gozó de paz y de tranquilidad, no creo que existiera en el mundo otra tierra más fértil.
Pero ahora las desgracias se han
cebado en ella y ha perdido
valor, convirtiéndose en algo odioso para mí y para cualquier otro príncipe. Sobre todos los males, la ha perjudicado la
dominación de los Romanos, pues
nadie ha sido capaz de ejercer
en ella el poder de una manera estable, sin perder la libertad ni tener que cargar con el yugo de la esclavitud. Pues ¿quién es el que
no prefiere poseer menos cosas
con libertad a tener todas las
riquezas de Britania bajo el yugo de la servidumbre? Este reino, que ahora está sometido a mi autoridad, lo poseo
con honor y sin la sujeción de rendir vasallaje a otro más poderoso que yo. Por eso lo prefiero a los demás,
porque puedo gobernarlo con plena
libertad. Sin embargo, puesto que mis
abuelos y bisabuelos reinaron en
la isla, te entrego a Constantino, mi hermano, y a dos mil soldados con él, para que, si Dios
así lo quiere, libere el país de
la invasión bárbara y sea
coronado con la diadema real. Pues has de saber que tengo un hermano que lleva ese nombre, y es muy diestro en asuntos militares y
de reconocido valor. A ti te lo
encomiendo, junto con el número
de hombres que te he dicho, si te place
aceptarlo. Me es imposible ofrecerte más soldados, pues la posibilidad de un ataque por parte de los Galos me amenaza a diario.»
Tan pronto como puso fin
a sus palabras, el arzobispo
le dio las gracias, llamaron a Constantino y Güetelino le dijo lo siguiente:
—«Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.
He aquí el rey de la
desamparada Britania. Que Cristo nos valga: he aquí nuestra defensa, he aquí nuestra esperanza y
nuestra alegría.»
¿Qué os diré? Una vez
listas las naves en la costa, son elegidos los soldados de entre las diversas partes del reino y
puestos a disposición de
Güetelino.
(93) Cuanto todo estuvo dispuesto, se hicieron a la mar y
desembarcaron en el puerto de Totnes. Sin perder un instante reunieron a todos los jóvenes que aún
permanecían en la isla y, trabando combate con el enemigo, obtuvieron la victoria merced a los
merecimientos de su providencial caudillo. Los Britanos, hasta entonces dispersos, afluyeron de
todas partes y, celebrando asamblea en Silchester, exaltaron a Constantino a la
dignidad real e impusieron sobre su cabeza la diadema del reino. Además, le dieron como esposa a una joven
nacida en el seno de una noble familia romana, de cuya educación se había encargado el propio
arzobispo Güetelino. La conoció y engendró en ella tres hijos, cuyos nombres fueron Constante,
Aurelio Ambrosio y Úter
Pendragón. El rey entregó a su primogénito, Constante, a la iglesia de
Anfíbalo, en Güintonia, donde abrazaría
el orden monacal. La educación de los otros dos, a saber, Aurelio y
Úter, se la encomendó a Güetelino.
Finalmente, transcurridos diez
años, llegó a la corte un Ficto que había estado al servicio de Constantino y, pretextando que deseaba mantener una conversación
secreta con el rey, tan pronto
como todos se hubieron alejado,
lo mató a cuchilladas en cierto boscaje.
(94) Muerto
Constantino, hubo disputas entre los nobles acerca de
quién debía ser promovido al trono. Unos favorecían a Aurelio Ambrosio; otros, a Úter Pendragón; otros, en fin,
a distintos miembros de la familia real. Al
final, mientras los barones disputaban
airadamente sobre la
conveniencia de elegir a sus respectivos candidatos, entró en
escena Vortegirn, jefe de los Gewiseos,
que suspiraba por hacerse con el reino,
y se fue en busca del monje Constante, dirigiéndose a él en estos términos:
—«Tu padre ha muerto y
tus hermanos no pueden ser exaltados a la dignidad regia a causa de su corta
edad. No sé de nadie de tu estirpe a quien el pueblo pueda promover a la realeza.
Si quieres seguir mis
consejos y contribuir al aumento de mi hacienda, induciré a la gente a
que acepte la idea de que tú
abandones los hábitos —aunque el
orden sagrado se oponga a ello— y seas coronado rey.»
Cuando Constante lo hubo
oído, exultó de alegría y le prometió bajo juramento que haría todo lo que Vortegirn le
pidiese. Éste llevó a Constante a Londres, revestido de todo el ornamento regio, y lo hizo rey, por más que el
pueblo diese de mala gana su
asentimiento. Por aquel entonces ya había muerto el arzobispo Güetelino, y ninguno de los obispos presentes se
atrevió a
ungir al nuevo monarca, pues era contra derecho que fuese rey un monje profeso. Sin
embargo, no por eso dejó de coronarse, pues el propio Vortegirn, haciendo las veces de obispo, colocó con sus manos la diadema sobre la cabeza de Constante.
(95) Una vez coronado,
Constante encomendó
el gobierno del reino a Vortegirn, poniéndose hasta tal punto en sus manos que no hacía
nada sin su consejo. La propia
debilidad de su carácter lo impulsaba a obrar así, más el hecho de que en los claustros no había
aprendido precisamente a administrar un reino. Vortegirn se envalentono y empezó a acariciar
la idea de hacerse con la corona, que era lo que verdaderamente anhelaba desde hacía mucho tiempo, pues veía que había llegado el momento
de llevar a cabo su deseo. Tenía, en efecto, todo el reino bajo su control, y Constante, que se
decía rey, no era más que la
sombra de un príncipe, un individuo blando
que carecía de la capacidad para hacer justicia y no inspiraba el menor respeto a sus propios súbditos ni a los
pueblos vecinos. Los hermanos del
rey, Úter Pendragón y Aurelio Ambrosio, eran todavía dos niños que dormían en cunas, incapaces de gobernar el reino. Se daba,
además, la circunstancia de que
los más viejos barones del reino
habían muerto, y sólo el astuto y prudente
Vortegirn quedaba como consejero de auténtica
entidad. Casi todos los demás eran muchachos
o jovencitos que habían adquirido sus blasones al morir sus padres
y tíos en los últimos combates. Así que Vortegirn, encontrándolo todo favorable, revolvía en su ingenio el modo
más sutil y precavido de deponer
al monje Constante y ocupar el
trono en su lugar. Decidió esperar hasta haber establecido mejor su poder sobre las diversas tribus del reino y haber ganado su confianza.
Empezó, en consecuencia, por pedir la custodia de los tesoros del rey, así como
la de las ciudades con sus respectivas
guarniciones, alegando que corría un rumor según el cual los habitantes de las islas vecinas estaban planeando
atacar. Cuando lo hubo conseguido, colocó allí satélites suyos que le asegurarían la lealtad
de esas ciudades. Después,
desarrollando una traición largamente
pensada, se dirigió a Constante y le dijo que era preciso aumentar su séquito para hacer frente con mayor seguridad a los
enemigos que iban a atacar
Britania. Constante respondió:
—«¿No he puesto todo bajo
tu mando? Haz lo que quieras, con .tal que esos hombres se mantengan fieles a mí.»
—«Me han dicho —continuó
Vortegirn— que los Fictos
se disponen a conducir a Daneses y Noruegos
contra nosotros, con ánimo de causarnos
el mayor daño posible. Por ello te propongo —y considero que es el plan más aconsejable— que hagas venir a un grupo de Fictos a tu
corte para que actúen como
mediadores entre nosotros y el resto
de sus compatriotas. Pues si es verdad
que han empezado a preparar la guerra, te servirán para espiar las estratagemas y malas artes de sus
connacionales, y tú podrás entonces evitarlas cómodamente.»
He aquí la secreta
traición de un secreto enemigo. Pues Vortegirn no aconsejaba esto a Constante para aumentar su seguridad, ya que
sabía que los Fictos; eran un
pueblo tornadizo y dispuesto siempre a todo género de crímenes. Cuando estuvieran ebrios,
o cuando alguien o algo los
enfureciese, podrían levantarse con facilidad
contra el rey y, acto seguido, darle muerte; y, si esto sucedía, entonces Vortegirn tendría
la oportunidad de ocupar el
trono, como durante tanto tiempo
había soñado. De modo que envió mensajeros a Escocia con el fin de
invitar a cien soldados pictos a formar
parte del séquito real. Una vez
llegados, los honró a ellos más que a ningún otro y los agasajó con todo género de regalos, saciándolos hasta
tal punto de alimento y bebida
que muy pronto lo aceptaron a él como su rey. Y celebraban sus
alabanzas por las calles, gritando:
—«Es Vortegirn quien debe
ser rey. Él es quien debe empuñar el cetro de Britania; Constante no se lo merece.»
Vortegirn, por su parte,
multiplicaba su liberalidad para con ellos, a fin de resultar aún más grato a sus ojos. Cuando
se los hubo ganado por completo, los embriagó y les dijo que se proponía abandonar Britania para ampliar su hacienda, pues lo poco que
poseía no bastaba para mantener ni siquiera a cincuenta soldados. Después, aparentando tristeza, se fije a su casa y
los dejó bebiendo en palacio.
Visto lo cual, los Fictos se afligieron más de lo que puede imaginarse, creyendo que era cierto lo
que él les había dicho. Y, murmurando entre sí, decían:
—«¿Cómo soportamos que
ese monje siga con vida?
¿Por qué no lo matamos, para que Vortegirn
posea el trono del reino? No hay otro con sus méritos para suceder a Constante. Vortegirn es quien debe reinar. Digno es de ese honor
quien no conoce límite en su
largueza para con nosotros.»
(96) Sin más, irrumpieron
en el dormitorio real, atacaron a Constante y lo mataron, llevando su cabeza a Vortegirn. Cuando éste la vio,
fingió gran pena y estalló en lágrimas,
aunque nunca en su vida había sido tan feliz como entonces. Convocó al punto a los ciudadanos de
Londres, pues era allí donde
había tenido lugar el crimen, y,
acto seguido, ordenó prender y decapitar a los traidores por haber perpetrado tan nefando homicidio. Hubo quien pensó que aquella
traición había sido planeada por
Vortegirn y que los Fictos no la hubieran llevado a cabo sin su consentimiento. Otros, en cambio, lo exoneraban de
toda culpa. El asunto no quedó
nada claro, y los ayos de Aurelio Ambrosio y Úter Pendragón
huyeron con ellos a Britania la Menor,
temiendo que sus pupilos fueran asesinados por Vortegirn. Allí los
recibió el rey Budicio, y los educó con los honores debidos.
2. Vortegirn: los Sajones
(97) Tan pronto como
Vortegirn se apercibió de que no tenía par en el reino, se colocó sobre la cabeza la
diadema real y asumió la primacía sobre los demás príncipes de Britania. Pero se divulgó su traición y
se sublevaron contra él los pueblos de las islas vecinas a los que los Fictos habían conducido a
Albania. Los Fictos, en efecto, estaban indignados con él a causa de los compatriotas asesinados
por la muerte de Constante, y no pensaban más que en vengarse. Día a día, Vortegirn se
angustiaba más ante los continuos desastres de su ejército en el campo de batalla, atenazándolo
también el miedo que le inspiraban Aurelio Ambrosio y su hermano Úter Pendragón, quienes, como
se dijo más arriba, habían huido por su causa a Britania la Menor; día a día llenaba sus oídos
el rumor de que ya eran hombres crecidos y habían construido una flota enorme para reconquistar
el reino que por derecho les pertenecía.
Entretanto, desembarcaron
en distintos lugares
de Cantia tres navíos de guerra repletos de hombres armados a los que dos hermanos, Horsa y Hengist,
acaudillaban. Se hallaba entonces
Vortegirn en Dorobernia, la actual Cantuaria, pues acostumbraba a visitar esa ciudad muy a menudo. Cuando sus mensajeros le dijeron que unos
hombres desconocidos de gran estatura habían desembarcado en grandes naves, el usurpador les ofreció la
paz y ordenó que fuesen conducidos a su
presencia. Tan pronto como estuvieron
ante él, Vortegirn fijó sus ojos en los dos hermanos, pues sobresalían claramente de los demás tanto en el noble porte como en la gentileza de su aspecto. Pasó revista al resto y
preguntó desde qué país habían
viajado y qué motivo los había llevado a su reino. Fue Hengist
quien respondió en nombre de sus
compañeros, pues así lo
aconsejaba su mayor madurez e inteligencia:
—«Oh tú, el más noble de
los reyes, sabe que nuestra patria es Sajonia, una de las regiones de Germania, y el motivo de
nuestra llegada no es otro que ofrecerte a ti nuestros servicios o, en su defecto, a algún otro príncipe. Hemos sido expulsados de nuestro país por la simple razón de
que la tradición de aquel reino
así lo demandaba. Pues es
costumbre en nuestra patria, cuando la población es demasiado numerosa, que los príncipes de las distintas provincias se reúnan
y ordenen a los jóvenes de todo
el reino que acudan a su presencia; después, echando suertes, eligen a los más capaces y vigorosos para que se dirijan a reinos extranjeros y se procuren por
sí mismos el sustento, librando
así al país en el que nacieron de
un número excesivo de habitantes. Recientemente,
la población de nuestro reino ha crecido
en exceso; nuestros príncipes se reunieron
y, echando suertes, eligieron a estos jóvenes que aquí ves y les ordenaron obedecer la tradición
establecida desde antiguo. Nos designaron a mí, Hengist, y a mi hermano Horsa
como sus capitanes, pues procedemos de una
estirpe de caudillos. Acatando, pues,
normas sancionadas por el paso del tiempo, nos hicimos a la mar y,
con Mercurio como guía, alcanzamos las costas de tu reino.»
Cuando oyó mencionar el
nombre de Mercurio, el rey mudó el semblante y les preguntó qué religión
profesaban. Hengist contestó:
—«Rendimos culto a
nuestros dioses patrios, a Saturno, a Júpiter y a los demás que gobiernan el mundo, y especialmente
a Mercurio, a quien llamamos Woden en nuestra lengua; nuestros ancestros le consagraron el
cuarto día de la semana, que hasta hoy se ha llamado Wodenesdei[78], de su nombre. Tras él, rendimos culto a la
diosa más potente de todas, a
Frea, en cuyo honor consagraron el sexto día de la semana, que llamamos Fridei[79], de su nombre.»
Replicó Vortegirn:
—«De corazón deploro
vuestras creencias, que deberían llamarse con más propiedad descreencias. Me alegro, en cambio, de vuestra
llegada, pues se diría que Dios mismo os ha traído aquí en el momento oportuno
para aliviar mi necesidad. Pues habéis de
saber que el enemigo me acosa por todas
partes, y, si compartís conmigo la
fatiga de mis batallas, os instalaré en mi reino con todos los
honores y os enriqueceré con regalos de todo
tipo y con tierras en propiedad.»
Convinieron en ello los
bárbaros y, confirmado
el pacto, permanecieron en la corte de Vortegirn. Inmediatamente después, los
Fictos, viniendo de Albania, reunieron un colosal ejército y comenzaron a
devastar las zonas septentrionales de la isla. En cuanto Vortegirn lo
supo, reunió a sus soldados y,
cruzando el Humber, marchó al encuentro del enemigo. Cuando ambos bandos
estuvieron frente a frente, trabaron encarnizadísima batalla. Pero no les fue
necesario pelear mucho a los Britanos, pues los
Sajones combatían con tal denuedo que
los enemigos, acostumbrados a vencer, se vieron obligados a emprender
vergonzosa huida.
(99) Una vez obtenida la
victoria con ayuda de los Sajones, Vortegirn multiplicó sus dádivas. A Hengist, su caudillo,
le dio muchas tierras en la región de Lindsey para su propio mantenimiento y el de sus
camaradas. Pero Hengist, que era un hombre sagaz y astuto, cuando se apercibió de la gran amistad que el rey le profesaba, se dirigió a él en estos términos:
—«Señor, por todas partes te hostiga el enemigo, y son pocos, de entre tus compatriotas, los
que te aman. Todos te amenazan con traer a Aurelio Ambrosio desde el
país de Armórica y promoverlo a la dignidad
real, deponiéndote a ti. Si te
parece bien, enviemos mensajeros a mi patria y hagamos venir aquí nuevos guerreros, para
así incrementar el número de
nuestros combatientes. Y hay una última gracia que solicitaría de
tu clemencia, pero temo que rehúses
concedérmela.»
Vortegirn respondió:
—«Envía legados a
Germania e invita a venir a cuantos hombres te parezca oportuno. Y dime qué otra cosa quieres de
mí. No rehusaré concedértela.»
Hengist inclinó la cabeza y, dándole las gracias, dijo:
—«Me has enriquecido con
vastas mansiones y tierras, pero no con aquellos honores que a un caudillo se deben, en
atención a la noble sangre de mis antepasados. Me deberías haber dado, además, alguna ciudad o
plaza fuerte, y así aumentaría mi dignidad entre los próceres de tu reino. Me podías haber
ofrecido el rango de conde o de príncipe, a mí que procedo de una familia que ha ostentado ambos
títulos nobiliarios.»
Vortegirn respondió:
—«Me está vedado haceros
regalos de ese género,
pues sois paganos y extranjeros, y no conozco todavía vuestros hábitos y
costumbres lo suficiente como para igualaros con mis compatriotas. Incluso si
os considerase como connacionales míos,
yo solo no podría daros algo que luego fuese
desaprobado por los barones de mi reino.»
Replicó Hengist:
—«Concédeme entonces a
mí, tu humilde siervo, tanto terreno como pueda ser abarcado por una correa, dentro de
la hacienda que me has dado, a fin de construir allí una fortaleza a la que retirarme, si hubiere
precisión de ello. Soy tu leal
vasallo, lo he sido y lo seré, y no dejaré de serte fiel haciendo lo que me propongo llevar a cabo.»
Conmovido por estas
palabras, el rey accedió a la petición de Hengist y ordenó enviar legados a Germania en busca de
guerreros sajones con los que regresar rápidamente a la isla. Sin tardanza, una vez enviados los mensajeros a Germania, Hengist tomó una piel de toro e hizo de
ella una sola y larga tira de
cuero. Después ciñó con la correa
un lugar rocoso, que había elegido con la mayor de las cautelas, y dentro del
espacio así delimitado comenzó a
construir un castillo que, una
vez terminado, tomó el nombre de la correa con que había sido circunscrito: el lugar, conocido en latín como Castrum Corrigiae, se
llamó después Kaercarrei en lengua
británica y Thanecastre[80] en
sajón.
(100) En el ínterin,
volvieron los legados de Germania, trayendo consigo dieciocho naves repletas de
guerreros cuidadosamente elegidos. Traían también a la hija de Hengist, llamada
Ronwen, cuya belleza no tenía par en el mundo. Una vez llegados, Hengist invitó
al rey Vortegirn a su casa, para que viese el nuevo edificio y los nuevos
soldados que acababan de desembarcar. El rey viajó hasta allí de incógnito, no
escatimó elogios a una obra tan rápidamente llevada a cabo y tomó a su servicio
a los guerreros recién llegados. Mientras reponía sus fuerzas con un banquete
digno de reyes, salió de su cámara Ronwen con una copa de oro llena de vino en
las manos; se acercó a Vortegirn, se hincó de hinojos ante él y le dijo:
—«¡Lauerd king, wasseil!»
Cuando el rey vio el
rostro de la joven, se quedó admirado de su belleza y ardió en deseos de
poseerla. Preguntó, por fin, a su intérprete qué es lo que había dicho la
muchacha y qué debía responder él. El intérprete dijo:
—«Te ha llamado
"Señor rey" y te ha honrado bebiendo a tu salud. Lo que tú debes
responder es "Drincheü".»
Vortegirn dijo al punto
«¡Drincheil!» y mandó a Ronwen que bebiese; tomó la copa de sus manos, besó a
la joven y bebió a su vez. Desde aquel día hasta el de hoy se ha conservado la
costumbre en Britania de que el primero que bebe en un banquete diga «¡Wasseil!»
al siguiente, y el que recibe la bebida responda «¡Drincheil!». De manera que
Vortegirn se embriagó mezclando bebidas y, entrando Satanás en su corazón, se
enamoró de la muchacha y pidió a Hengist la mano de su hija. Y digo que Satanás
había entrado en su corazón porque, cristiano como era, deseaba unirse a una
mujer pagana. Hengist, que era un hombre prudente, descubierta la ligereza de
carácter del rey, consultó a su hermano Horsa y a las demás personas de edad
que con él estaban qué debía hacerse con la petición del rey. El consejo unánime fue darle la doncella a Vortegirn
y pedirle a cambio de ella la provincia
de Cantia. Ronwen fue entregada
sin tardanza al monarca y la
provincia de Cantia a Hengist, a espaldas del conde Gorangón, que allí gobernaba. Aquella misma noche desposó el rey a la mujer pagana, y a
fe que quedó complacido más allá de toda medida. Pero este matrimonio le supuso la enemistad inmediata de sus barones y de sus propios
hijos, pues había engendrado con anterioridad tres de ellos,
llamados Vortimer, Katigern y Pacencio.
En aquel tiempo llegó San Germán, obispo de
Auxerre, y Lupo, obispo de Troyes, a predicar la palabra de Dios a los
Britanos. El cristianismo se había
corrompido en la isla no sólo a causa de los paganos que el rey había aceptado en su comunidad, sino también a causa de la herejía pelagiana, cuyo veneno había infectado
Britania durante mucho tiempo.
Sin embargo, la
predicación de estos santos varones les devolvió la religión de la verdadera fe, que resplandecía a
diario en los muchos milagros obrados. Que muchas maravillas realizó Dios a través de ellos,
como Gildas nos ha descrito con
estilo brillante en su tratado[81].
(101) Tan pronto como
Ronwen fue entregada al rey, Hengist le
dijo a Vortegirn:
—«Ahora yo soy tu padre.
Debo, por tanto, ser tu consejero. No menosprecies mi consejo, pues con el valor de mi
pueblo vencerás a todos tus enemigos. Invitemos a mi hijo Octa a venir aquí, junto con Ebisa, su
hermano: son ambos valientes guerreros. Dales las tierras que hay en las zonas septentrionales de
Britania, cerca de la muralla entre Deira y Escocia. Contendrán allí las embestidas de los
bárbaros, y tú podrás vivir en paz a este lado del Humber.»
Asintió Vortegirn y le
dijo que invitaría a todo aquel que fuese lo bastante fuerte como para ayudarlo. Se
enviaron legados, y llegaron Octa, Ebisa
y Cerdic con trescientas naves llenas de
hombres armados. Vortegirn los recibió a todos con gentileza y los colmó
de regalos. Con su ayuda, vencía siempre a sus enemigos y no había combate en que no resultara victorioso.
Hengist invitaba más y más
naves, y cada día aumentaba el
número de Sajones. Cuando los Britanos se apercibieron de ello, temerosos de una traición, se
dirigieron al rey, pidiéndole que los expulsara del reino. Los paganos no debían, en efecto, tener relación alguna
con los cristianos ni mezclarse con ellos,
pues lo prohibía la ley cristiana. Tan numerosos eran, además, los llegados que infundían terror a los habitantes del país. Nadie
sabía ya quién era pagano y
quién cristiano, pues los paganos se habían casado con sus propias
hijas y parientas. Poniendo tales
objeciones, instaron al rey a
que no los mantuviese más a su lado, no fuera que sus compatriotas se viesen
sorprendidos por alguna traición. Vortegirn
se negó a seguir el consejo de sus
súbditos, pues a causa de su
esposa amaba a los Sajones más que a ningún otro pueblo. Cuando los Britanos se apercibieron de ello, abandonaron al punto a Vortegirn
y, unánimemente indignados,
eligieron rey a su hijo
Vortimer. Éste, de acuerdo en todo con su pueblo, comenzó a expulsar a los bárbaros, atacándolos y
acosándolos con sangrientas incursiones.
Cuatro batallas sostuvo contra ellos y en las cuatro salió
victorioso: la primera tuvo lugar a la vera del río Derwent; la segunda, en el
vado de Episford, y en ella Horsa y Katigern, el segundo hijo de Vortegirn, se dieron muerte
mutuamente en combate singular;
la tercera, a orillas del mar, adonde el enemigo había huido, embarcando
cobardemente en sus navíos y buscando refugio en la isla de Thanet. Allí les puso sitio Vortimer
y los hostigaba a diario con ataques navales. Cuando no pudieron soportar por más tiempo el asalto de los Britanos, enviaron al rey Vortegirn —que había estado junto a ellos en todos los
combates— como emisario a su hijo Vortimer, pidiéndole licencia para partir y
regresar sanos y salvos a Germania. Mientras padre e hijo celebraban estas
conversaciones, los Sajones aprovecharon la ocasión para embarcar en sus naves
de guerra y, abandonando a sus mujeres y a sus hijos, volvieron a Germania[82].
(102) Tan pronto como Vortimer hubo obtenido la
victoria, comenzó a devolver a sus primitivos
propietarios las posesiones que les habían sido arrebatadas, y a tratar a sus súbditos con afecto y honor, y a restaurar sus iglesias a petición de San Germán. Pero el diablo miró con malos ojos su bondad y, entrando en el
corazón de su madrastra Ronwen,
la indujo a maquinar su
asesinato. De manera que Ronwen se hizo con una amplísima colección de venenos y le dio a beber uno de ellos a Vortimer por medio de
un sirviente a quien había
corrompido con innumerables regalos.
Cuando aquel famoso guerrero lo hubo
bebido, se vio afectado por una repentina debilidad que le negaba toda
esperanza de supervivencia. Sin tardanza, ordenó que acudieran a su presencia todos sus soldados y, diciéndoles
que se estaba muriendo, distribuyó entre ellos su oro y su plata, y cuanto habían acumulado sus
ancestros. Como sus hombres lloraran y se lamentaran, él los consolaba
afirmándoles que el camino que
estaba a punto de emprender era el
que esperaba a toda carne mortal. Y a sus bravos y jóvenes guerreros, a los que
había tenido siempre a su lado en sus campañas militares, los exhortó a pelear por su patria y a defenderla
de los ataques enemigos.
Movido, en fin, por un impulso de
audacia y osadía, ordenó construir una pirámide de bronce y colocarla en el puerto donde los Sajones solían desembarcar. Al morir
él, su cuerpo sería sepultado en
la parte superior de esa pirámide, para que, al ver su tumba, los bárbaros volvieran velas y regresasen a Germania.
Y decía que ninguno de ellos se
atrevería a acercarse después de
contemplar su tumba. ¡Qué gran coraje
el de este hombre que deseó ser temido
después de muerto por aquellos a quienes había aterrorizado en
vida! Sin embargo, una vez difunto, los
Britanos obraron de manera completamente
diferente y sepultaron su cuerpo en la ciudad de Trinovanto.
(103) A la muerte de su
hijo, Vortegirn volvió a acceder al trono. Conmovido por las súplicas de su esposa, envió
mensajeros a Hengist, a Germania, para pedirle que volviera a Britania, pero de manera privada y
con pocos hombres, pues temía que, de no hacerlo así, podría surgir la discordia entre
bárbaros y paisanos. Tan pronto como Hengist supo que Vortimer había muerto, reunió trescientos
mil guerreros, aparejó una flota y regresó a Britania. Cuando Vortegirn y los príncipes del reino
se enteraron de la llegada de tan ingente multitud, se irritaron sobremanera y decidieron
conjuntamente combatir a los Sajones y expulsarlos de sus costas. Para informarlo de esta decisión, la hija de Hengist envió
mensajeros a su padre, y éste, una vez recibida la noticia, se debatía considerando qué sería mejor hacer para calmar los ánimos de Vortegirn. Después de darle muchas vueltas, adoptó una
línea de acción basada en
traicionar al pueblo de Britania
convenciéndolo de que sus intenciones eran pacíficas. Envió, pues, legados al rey, asegurando que no había traído tal multitud de hombres
con la intención de que se quedasen con él en el reino, ni pretendía violentar el país con el concurso
de esa muchedumbre. Los había traído porque
pensaba que Vortimer estaba aún vivo y se proponía hacerle frente con ellos,
cuando Vortimer lo atacase. Pero
que, pues estaba claro que
Vortimer había muerto, se ponía a sí mismo y a su pueblo a
disposición de Vortegirn. De tan gran
hueste, el rey retendría en su reino los hombres que juzgase oportuno, y aquellos que fueran despedidos
regresarían con su venia a Germania sin dilación. Y, si Vortegirn
estaba de acuerdo, entonces Hengist le
pedía nombrar un día y un lugar
donde reunirse y disponerlo él todo
según la voluntad real. Mucho le agradó al rey recibir estas nuevas, pues le repugnaba la idea de que Hengist se marchara otra vez.
Finalmente, ordenó que Britanos y Sajones se reunieran junto al monasterio de Ambrio[83] et
primer día del mes de mayo, que estaba próximo, y que allí se sancionarían los acuerdos.
(104) Todo estaba conforme por ambas partes. Entonces Hengist
ideó una nueva traición y ordenó a cada uno de sus guerreros que ocultara un cuchillo largo en las
botas. Cuando los Britanos, sin sombra de sospecha, se encontrasen discutiendo los términos de
la entrevista, él les daría esta señal: «Nimed oure saxes»[84], y cada uno de ellos atacaría
audazmente al Britano que más cerca estuviese, degollándolo al punto con el cuchillo que tenía
escondido. Llegó el día acordado, y todos se reunieron en la mencionada ciudad y comenzaron a hablar
del modo en que la paz debía fijarse. Cuando vio Hengist que había llegado el momento de la
traición, gritó «¡Nimeoure saxes!» e inmediatamente se apoderó de Vortegirn, asiéndolo del manto. Oída la señal,
los Sajones sacaron sus cuchillos y
acometieron a los barones que
tenían al lado, degollándolos sin piedad
en número de cuatrocientos sesenta, entre condes y príncipes. Después sepultaría el piadoso Eldado sus cuerpos, siguiendo el rito cristiano, no lejos de Kaercaradoc, la actual Salisbury, en un camposanto lindante con el monasterio del abad Ambrio, que fue otrora su fundador. Pues los Britanos habían venido sin armas, con la atención fija en la conferencia
de paz, por lo que los Sajones,
que no pensaban sino en su
traición, pudieron fácilmente darles muerte, desarmados como se hallaban.
Sin embargo, los paganos
no consiguieron su objetivo
impunemente, pues muchos de ellos fueron muertos cuando intentaban asesinar a sus desprevenidos rivales. Los
Britanos, en
efecto, cogiendo piedras y palos del suelo, se defendían golpeando a los
traidores. Allí estaba, por caso,
Eldol, señor de Gloucester, quien, vista la
traición, tomó una estaca que había encontrado al azar y procedió a defenderse de sus enemigos con ella. Al
que alcanzaba con su improvisada arma le
rompía algún miembro y lo enviaba al
Tártaro; destrozó cráneos, brazos, hombros y piernas, sembrando el terror entre
los Sajones, y no se movió de
aquel lugar antes de haber matado
setenta hombres con su estaca. Cuando no pudo ya hacer frente a tan elevado número de enemigos, se
alejó de allí y buscó refugio en su propia
ciudad. Muchos cayeron de ambos bandos
en la refriega, pero los Sajones acabaron alzándose con la victoria, ya
que los Britanos, no sospechando
traición alguna, se hallaban desarmados y no podían oponerles la debida
resistencia. Los vencedores no
quisieron matar a Vortegirn para dar
cima a su nefanda empresa; se contentaron
con encadenarlo y amenazarlo de muerte,
pidiéndole a cambio de su vida sus ciudades y plazas fuertes. Les concedió cuanto pidieron, con tal de
escapar vivo de aquel trance. Cuando
se lo hubo confirmado mediante juramento, lo liberaron de sus cadenas y, dirigiéndose a Londres, se apoderaron de la
ciudad. Tomaron luego Eboraco, Lincoln y Güintonia, devastando las comarcas circundantes.
Atacaban a los paisanos como
atacan los lobos al rebaño de
ovejas que el pastor ha desamparado. Cuando Vortegirn vio tal desastre, se retiró a Cambria, no sabiendo qué hacer contra pueblo tan execrable.
3. Historia y profecías de Merlín
(106) Finalmente,
Vortegirn convocó a sus magos, les pidió su opinión y les ordenó que le dijeran qué debía hacer.
Le dijeron que se construyese una torre muy recia, a la que podía retirarse a salvo cuando
perdiese todas las demás fortalezas. Recorrió gran número de lugares con vistas a encontrar uno
adecuado para su torre y llegó al fin al monte Erir[85],
donde, reunidos albañiles
de diferentes partes del país, ordenó levantarla. Los obreros comenzaron a poner los
cimientos. Sin embargo, lo que ellos construían un día, la tierra se lo
tragaba al siguiente, de manera que no sabían adonde iba a parar su obra.
Lo supo Vortegirn y consultó de nuevo a sus
magos, pidiéndoles una explicación del
suceso. Éstos le dijeron que
buscase un muchacho sin padre y que,
una vez encontrado, lo matase, regando la argamasa y las piedras con su sangre. Si hacía esto, le aseguraban que los cimientos se
mantendrían firmes. Despacha al punto mensajeros a todas las provincias en
busca de un joven de estas características. Los enviados llegan a una ciudad
que más tarde se llamó Carmarthen y, viendo allí jugando a unos muchachos junto a la puerta
de la ciudad, se acercaron a
verlos jugar. Fatigados por el
viaje, se sentaron en corro, esperando encontrar lo que buscaban. Finalmente, cuando hubo transcurrido la mayor parte del día, una
repentina querella surgió entre dos de los jóvenes, cuyos nombres
eran Merlín y Dinabucio. En la discusión dijo Dinabucio a Merlín:
—«¿Por qué intentas
rivalizar conmigo, necio? Nunca podrás competir conmigo en nobleza. Yo procedo de sangre real
por ambas partes de mi familia. En cuanto a ti, nadie sabe quién eres, pues nunca tuviste
padre.»
A estas palabras los
mensajeros alzaron sus cabezas y, con los ojos fijos en Merlín, preguntaron a los transeúntes
quién era. Éstos le dijeron que nadie sabía quién era su padre, pero que su
madre era hija de un rey de Demecia y vivía en esa misma ciudad, en la iglesia de San Pedro, junto con varias monjas.
(107) No perdieron el
tiempo los enviados. Se dirigieron presurosos al gobernador de la ciudad y le ordenaron en
nombre del rey que enviase a Merlín
y a su madre a Vortegirn, para que el rey
hiciese su voluntad con ellos. Conducidos a su presencia, Vortegirn recibió a
la madre con toda cortesía, pues
sabía que procedía de noble cuna.
Después le preguntó quién era el padre del muchacho. Ella dijo:
—«Como vive mi alma y la
tuya, mi rey y señor,
que no conocí a nadie que me hiciera este hijo. Sólo sé una cosa, y es que, mientras me hallaba en mis habitaciones con mis doncellas, solía visitarme
alguien bajo la apariencia de un joven muy gentil. A menudo, estrechándome
entre sus brazos, me besaba. Tras haber
estado conmigo un breve espacio de tiempo, desaparecía súbitamente, de manera que no podía verlo más. Muchas veces, también, cuando yo estaba
sentada sola, hablaba conmigo,
pero sin hacerse visible. Después
de haberme frecuentado de ese modo bastante tiempo, se unió a mí muchas veces, como un hombre lo hace, y me dejó embarazada. Que tu inteligencia decida, mi señor, quién
engendró en mí a este muchacho, pues no he conocido ningún otro
varón.»
Estupefacto, el rey manda
llamar a Maugancio, para que le diga si es o no posible lo que la mujer ha
dicho. Traen a Maugancio, quien, después de escuchar toda la historia, punto por punto, dice a Vortegirn:
—«He leído en los libros de nuestros sabios y en numerosas historias que muchos hombres han sido concebidos de semejante forma. Como afirma Apuleyo en su tratado De deo
Socratis, habitan entre luna
y tierra ciertos espíritus a los que
llamamos demonios íncubos. Participan de la naturaleza de los hombres y de los ángeles y, cuando quieren, adoptan figuras humanas y cohabitan con mujeres. Quizá uno de ellos se apareció a esa mujer y engendró en ella al muchacho.»
(108) Merlín, que lo
escuchaba todo, se acercó al rey y dijo:
—«Por qué nos han traído
a mi madre y a mí a tu
presencia?»
Vortegirn respondió:
—«Mis magos me
aconsejaron que buscase a un hombre sin padre. Si consigo regar con su sangre mi torre, ésta se
mantendrá firme.»
Dijo entonces Merlín:
—«Di a tus magos que
comparezcan ante mí. Les demostraré que mienten.»
El rey quedó asombrado de
lo que acababa de oír. Ordenó venir a sus magos y sentarse frente a Merlín.
Éste dijo:
—«Como no sabéis qué es
lo que obstaculiza los cimientos de la torre en construcción, habéis aconsejado
que mi sangre se mezcle con la argamasa para que, de ese modo, el edificio se
mantenga firme. Pero decidme, ¿qué es lo que yace oculto bajo los cimientos?
Pues no cabe duda de que hay algo que impide mantenerse firme a la torre.
Los magos, aterrorizados,
enmudecieron. Entonces Merlín, también llamado Ambrosio, dijo:
—«Mi rey y señor, llama a
tus obreros y ordénales cavar en tierra. Bajo ella encontrarás un estanque, que
es lo que no permite tenerse en pie a la torre.»
Así se hizo, y
encontraron bajo tierra un estanque que hacía el suelo movedizo. De nuevo se
acercó Ambrosio Merlín a los magos y les dijo:
—«Decidme, aduladores
embusteros, ¿qué es lo que hay debajo del estanque?»
Guardaron silencio,
incapaces de articular palabra. Y Merlín dijo al rey:
—«Ordena vaciar el
estanque por medio de canales y verás en el fondo dos piedras huecas y, dentro
de ellas, dos dragones durmiendo.»
El rey dio crédito a las palabras de aquel
que ya había acertado en lo del
estanque, y ordenó vaciarlo. Nada lo había asombrado tanto en su vida como Merlín. También estaban
asombrados todos cuantos allí
estaban presentes ante tanta clarividencia,
y juzgaban que un dios habitaba en él.
(109) No había yo llegado aún a este punto de mi historia cuando, en razón a
lo mucho que se hablaba acerca de Merlín, me instaron a hacer públicas sus profecías contemporáneos míos de todas las provincias, y especialmente Alejandro,
obispo de Lincoln, barón de la más alta piedad y sabiduría; no había ningún otro varón en el reino, clérigo o seglar, a quien sirviesen tantos caballeros,
pues la santidad de sus costumbres y su proverbial
generosidad los atraían a su servicio. De modo que, queriendo satisfacer su curiosidad, traduje las profecías y se las envié con
una carta redactada en estos
términos:
(110) La admiración que en mí despierta tu nobleza, oh Alejandro, prelado de Lincoln, no me deja otra opción que trasladar de la lengua británica a la latina las Profecías de Merlín, antes de haber
dado fin a la historia
que había comenzado acerca de
los hechos de los reyes britanos. Mi intención era completar esa
obra primero y aplicarme después a dar cima
a esta otra, pues temía que,
realizando ambas labores a la vez,
fuese menor mi habilidad en darles
cumplimiento a una y a otra. Sin embargo, estaba de antemano seguro de la indulgencia que la discreción de tu sutil ingenio me otorgaría, y por
ello acerqué a mis labios la
agreste caña y, con modulación
plebeya, traduje para ti esta obra,
escrita en una lengua por ti desconocida. Mucho me admira que te hayas dignado encomendar esta tarea a una pluma tan pobre
como la mía, cuando la vara de tu poder podía haber dispuesto de
tantos otros hombres, más sabios y más
ricos que yo, para regalar los
oídos de tu Minerva con el deleite de un canto más sublime.
Y, pasando por alto a todos los sabios
de la isla entera de Britania, no me ruboriza en modo alguno confesar que eres tú y tú solo quien, mejor que nadie, lo cantarías con intrépida
lira, si tu altísimo honor no te llamase
a otras preocupaciones. Sea como fuere,
puesto que has decidido que Geoffrey
de Monmouth haga sonar su avena en esta pieza adivinatoria, no
dejes de mostrarte favorable a sus
modulaciones y, si produce algún sonido inapropiado o incorrecto, saca la férula de tus Camenas[86] y endereza sus pasos hacia el camino de la armonía.
(111) Estaba Vortegirn,
el rey de los Britanos, sentado a orillas del estanque recién vaciado cuando surgieron dos dragones, uno
blanco y otro
rojo. Cuando estuvieron cerca, entablaron cruel combate, echando fuego por las narices. El
dragón blanco llevó al principio la mejor parte y obligó al dragón rojo a
huir a un extremo de la laguna. Pero éste no toleró verse acorralado y, atacando a su rival, lo
obligó a retroceder. Contendían de esta manera cuando el rey ordenó a Ambrosio Merlín que le
explicara el significado de la batalla entre los dragones. Merlín, al punto, estalló en lágrimas y,
abandonándose a un trance profetice, dijo:
(112) —«¡Ay del dragón
rojo, pues su aniquilación está próxima! Su caverna será ocupada por el dragón blanco, que
se identifica con los Sajones a los que has invitado. El rojo representa al pueblo de Britania,
que será sometido por el blanco.
«Sus montañas y valles
serán igualados, y los ríos que surcan los valles manarán sangre en vez de agua. El culto de la
religión será abolido y se hará manifiesta la ruina de las iglesias.
»Al final prevalecerá la
raza oprimida y se alzará contra
la crueldad de los invasores. El jabalí de
Cornubia[87] vendrá
en su ayuda y pisoteará los
cuellos enemigos con sus pezuñas. Las islas del Océano caerán en su poder y los bosques de Galia serán suyos.
Temblará la casa de Rómulo ante
su crueldad, y su final será dudoso. Andará en boca de los pueblos, y sus hazañas servirán de alimento a los narradores de historias. Seis
de sus descendientes empuñarán
el cetro, pero después de ellos
resurgirá el gusano germánico.
»A éste el lobo del mar
lo exaltará y lo acompañarán las selvas de África. La religión será destruida por segunda vez y
cambiarán las sedes de los primados. La dignidad de Londres enaltecerá a Dorobernia y el séptimo pastor de
Eboraco será
visitado en el reino de Armórica. Menevia se cubrirá con el manto de Ciudad de las Legiones, y un predicador de
Hibernia enmudecerá a causa de un niño nonato. Lloverá sangre, y una espantosa hambre afligirá a la humanidad. Gemirá el dragón rojo ante estos sucesos, pero, después
de tanto infortunio, recuperará su vigor.
»La calamidad perseguirá
entonces al dragón blanco, y se vendrán abajo los edificios de sus granjas. Siete portadores
de cetro perecerán, y uno de ellos será santificado. Los vientres de las madres serán rajados y
los niños nacerán antes de tiempo. Enormes sufrimientos padecerán los hombres, a fin de que los
naturales del país recobren el poder perdido. Quien dará cumplimiento a estas cosas será un
hombre vestido de bronce, y, durante mucho tiempo, guardará las puertas de Londres a lomos de un
broncíneo caballo[88].
«Entonces volverá él
dragón rojo a sus propias costumbres y se esforzará en dañarse a sí mismo. Sobrevendrá después la venganza del Tonante, por cuanto todas las campiñas defraudarán
las esperanzas de los labradores. La muerte se apoderará de las gentes y
destruirá todas las naciones. Los
supervivientes abandonarán el suelo
natal y sembrarán en campos extranjeros.
Un santo rey[89] equipará
una flota, y será considerado el duodécimo en la corte de los bienaventurados. Una lastimosa
desolación se enseñoreará del reino, y las eras de las cosechas se tornarán bosques impenetrables.
Resurgirá de nuevo el dragón blanco, e invitará a la hija de Germania. Nuestros campos se
llenarán de semilla extranjera y el dragón rojo languidecerá en un extremo del estanque. Entonces el
gusano de Germania será coronado y el príncipe de bronce será abatido. Le fue asignado un
límite que, no será capaz de traspasar.
(113) «Durante ciento
cincuenta años permanecerá inquieto y sometido, pero a lo largo de trescientos más ocupará
el trono.
«Entonces el aquilón se
levantará contra él y arrancará las flores que el céfiro engendró. Se dorarán los templos, y
el filo de la espada no descansará. A duras penas conseguirá escapar a sus cavernas el gusano germánico, pues caerá sobre él la venganza por su traición.
»Al final no durarán mucho sus fuerzas, pero una gran mortandad de Neustria lo perjudicará. Una
raza[90] vendrá
en madera y en túnicas de hierro que tomará venganza de su perversidad. Devolverá
sus casas a los primitivos habitantes, y se
hará manifiesta la ruina de los extranjeros. La semilla del dragón blanco será arrancada de nuestros campos y los restos de su progenie serán diezmados. Llevarán el yugo de una perpetua esclavitud y herirán a su propia madre
con arados y azadones.
«Seguirán dos dragones[91],
uno de los cuales será
asesinado por el aguijón de la envidia, mientras
que el otro volverá bajo la apariencia de un hombre.
«Vendrá después un león
de justicia[92] a
cuyo rugido temblarán las
torres de Galia y los dragones de la isla. En sus días el oro se obtendrá a partir del lirio y de la
ortiga, y la plata brotará de las pezuñas de los mugidores. Los que llevan el pelo rizado se
vestirán de lanas de diversos colores, y sus ropas externas denotarán lo que hay en su interior. Se
cortarán las patas a los animales que ladran; las fieras tendrán paz; la humanidad se quejará de su
castigo. La forma del comercio se partirá en dos, y la mitad será redonda. Se perderá la
rapacidad de los milanos, y los dientes
de los lobos se embotarán. Los cachorros del
león se transformarán en peces marinos, y su águila anidará sobre el monte Aravio[93].
Enrojecerá Venedocia en sangre
materna, y la casa de Corineo matará a seis hermanos. La isla se humedecerá con
lágrimas nocturnas, y todos serán
llamados a todo.[94]
(114) «Los descendientes
se esforzarán por sobrevolar las cosas más altas, pero el favor de los recién llegados se
elevará muy alto. La piedad perjudicará al que ha heredado bienes de impíos, hasta que se
revista de su propio padre. Armado de los dientes del jabalí, escalará las cumbres de las montañas y
la sombra del hombre con casco. Arderá
Albania en indignación y, convocando a
sus vecinos, se dedicará a derramar
sangre. Le será impuesto un freno a sus fauces, y será fabricado en la bahía de Armórica. El águila del pacto roto
lo dorará, y se regocijará en su
tercera nidada. Los cachorros de la bestia rugiente despertarán y, dejando los
bosques, cazarán dentro de las
murallas de las ciudades. No pequeña
matanza sembrarán entre sus adversarios, y cortarán las lenguas de los toros.
Cargarán de cadenas los cuellos de las
bestias rugientes y renovarán los tiempos de sus antepasados.
»A partir de entonces,
desde el primero al cuarto, del cuarto al tercero, del tercero al segundo, el pulgar girará
en aceite. El sexto derribará las murallas de Hibernia y convertirá en llanura sus bosques.
Unificará las diferentes partes y será coronado con la cabeza de un león. Su comienzo dependerá de su inestable estado de ánimo, pero su final se
remontará hacia los que están en lo alto. Restaurará, en efecto, las sedes
de los santos a lo largo y ancho del país, y establecerá pastores en los lugares convenientes.
Dotará de dos palios a las
ciudades y ofrecerá a las vírgenes
regalos virginales. Se hará acreedor con ello al favor del Tonante y ocupará un lugar entre los santos.
(115) «Saldrá de él un
lince que todo lo penetra, y se cernirá sobre la ruina de su propia raza. Neustria perderá
por su culpa ambas islas[95] y
será despojada de su anterior grandeza. Después
regresarán a la isla sus habitantes, pues surgirá una disensión entre los
extranjeros. Además, un anciano de
níveos cabellos, a lomos de un
caballo blanco como la nieve, desviará el curso del río Perirón[96] y,
junto a su corriente, medirá un molino con su vara blanca. Llamará
Cadvaladro a Conan y hará una alianza con Albania. Entonces será el exterminio de los extranjeros; entonces los ríos
manarán sangre; entonces entrarán en
erupción las montañas de Armórica y serán coronadas con la diadema de Bruto.
Cambria exultará de alegría y
reverdecerán los robles de Cornubia.
La isla volverá a llamarse por el
nombre de Bruto y se perderá la denominación que los extranjeros le dieron.
»De Conan surgirá un
belicoso jabalí que ejercitará sus afilados colmillos en los bosques de Galia: cercenará los
robles grandes y protegerá a los pequeños. Lo temerán los Árabes y los Africanos, pues llegará en el
ímpetu de su carrera hasta los más remotos confines de Hispania.
»Lo sucederá el macho
cabrío del castillo de Venus, con áureos cuernos y argéntea barba. Tanta niebla despedirá
por sus narices que la superficie de la isla quedará ensombrecida por entero. Habrá paz en sus
días, y la fertilidad de la tierra multiplicará las cosechas. Las mujeres
caminarán como serpientes, y cada uno de sus pasos estará lleno de arrogancia.
Los castillos de Venus serán restaurados y las saetas de Cupido no cesarán de herir. Se
volverán de sangre las fuentes del Amne[97],
y dos reyes combatirán cuerpo a cuerpo por la leona del Vado del Báculo[98].
La tierra dará frutos en exceso y la humanidad no dejará de fornicar.
»Tres generaciones serán
testigos de todo esto, hasta que los reyes sepultados en la ciudad de Londres sean
desenterrados. Entonces volverá de nuevo el hambre, volverá la muerte, y los
ciudadanos lamentarán la ruina de sus ciudades.
»Y vendrá el jabalí del
comercio, y guiará otra vez los dispersos rebaños a los pastos perdidos. Su pecho servirá de
alimento al hambriento y su lengua aliviará la sed del sediento. De su boca brotarán ríos que
bañarán las secas gargantas de los hombres. Entonces nacerá un árbol en lo alto de la torre de
Londres. Ufano con sólo tres ramas, ensombrecerá la isla entera con la amplitud de sus hojas.
Contra él vendrá Bóreas y, con su aliento pernicioso, le arrebatará la tercera de sus ramas;
pero las dos restantes ocuparán el lugar de la arrancada, hasta que la primera aniquile a la segunda
debido a la abundancia de sus hojas; la última rama obtendrá después el lugar de las otras dos, y
ofrecerá sustento a los pájaros venidos de países extranjeros; será considerado nocivo para las
aves patrias, pues por miedo a su sombra perderán su poder de volar libremente.
»Lo sucederá un asno de
iniquidad, ligero contra los orfebres, pero lento contra la rapacidad de los lobos.
(116) »En esos días
arderán las encinas por los bosques y brotarán bellotas en las ramas de los tilos. El mar del
Severn fluirá a través de siete bocas y
el río Usk hervirá durante siete meses: los peces morirán a causa del calor y
de ellos nacerán serpientes.
»Se enfriarán los baños
de Bath y sus salubres
aguas engendrarán muerte.
«Londres deplorará la
muerte de veinte mil y el Támesis se mudará en sangre. Los que llevan cogulla serán llamados al
matrimonio y sus gritos se oirán en las montañas de los Alpes.
»En la ciudad de
Güintonia tres fuentes brotarán, dando origen a tres arroyos que dividirán la isla en tres partes.
El que bebiere del primero disfrutará de una larga vida y nunca se verá afligido por ningún tipo
de enfermedad; el que bebiere del segundo perecerá víctima de una insaciable hambre, y el horror y la palidez se reflejarán en su rostro; el que bebiere del tercero morirá de muerte repentina, y su cuerpo no
podrá ser sepultado. Queriendo
evitar voracidad tan grande, se esforzarán en ocultar las corrientes dañinas con diferentes envolturas; pero cualquiera
que fuere el material empleado para taparlas,
adquirirá la forma de otra sustancia. Tan pronto como fueren colocadas allí, la tierra se mudará en piedras, las
piedras en linfa, la madera en cenizas, la ceniza en agua.
»No obstante, de la
ciudad del bosque de Canuto[99] será
enviada una muchacha para poner remedio a este problema. Después de utilizar todas sus artes, logrará
secar con su solo aliento las fuentes nocivas. Después, cuando haya repuesto fuerzas por medio de un licor
vigorizante, se llevará en su mano
derecha el bosque de Calidón[100] y en la izquierda las defensas de las murallas de Londres. Por donde pase, dejará
huellas sulfúreas que humearán
con una doble llama. Ese humo excitará a los Rutenos y
proporcionará alimento a las criaturas
submarinas. Verterá ella numerosas lágrimas de compasión, y llenará la isla con el clamor horrible de sus lamentos.
La matará un ciervo de diez
astas, cuatro de las cuales llevarán
coronas de oro; las seis restantes se tornarán cuernos de búbalos que agitarán
con abominable sonido las tres
islas de Britania.
«Despertará el bosque Daneo[101] y, prorrumpiendo
con voz humana, exclamará:
—"Ven, Cambria. Trae
contigo a Cornubia. Di a Güintonia: 'Te tragará la tierra. Traslada la sede de tu pastor allí
donde las naves abordan, y que los demás miembros sigan a la cabeza. Se acerca el día en que tus
ciudadanos perecerán debido a sus crímenes de perjurio. La blancura de tus lanas te ha
dañado, y la variedad de sus tinturas. ¡Ay del pueblo perjuro, pues su ilustre ciudad se vendrá abajo
por su culpa!'".
»Las naves se regocijarán ante tanta
ganancia, y de dos cosas no quedará más
que una. La reconstruirá un erizo
cargado de frutas, a cuyo olor
acudirán volando los pájaros de muchos bosques. Un palacio enorme añadirá, y lo rodeará de seiscientas torres. Londres lo verá con envidia y reforzará el triple sus murallas. La
ceñirá por todas partes el río
Támesis, y la noticia de esta
gran obra de ingeniería traspasará los Alpes. El erizo ocultará sus frutas en Güintonia y trazará caminos subterráneos. En ese tiempo
las piedras hablarán, y el mar
por el que se navega rumbo a
Galia se reducirá a un estrecho canal. Desde ambas orillas podrá un hombre oír a otro hombre, y la superficie de
la isla aumentará. Se revelarán
los secretos de las criaturas submarinas,
y Galia temblará de miedo.
«Después saldrá del
bosque de Calaterio una garza que sobrevolará la isla por espacio de dos años.
Llamará con nocturno graznido a los seres volátiles y reunirá consigo a todo género de aves. Irrumpirán en los campos de cultivo de los mortales y devorarán todos los granos de las mieses.
El hambre se enseñoreará
del pueblo y, tras el hambre, una terrible mortandad. Pero, tan pronto como la calamidad
hubiere cesado, el detestable alado se dirigirá al valle de Gálabes, y lo levantará hasta
convertirlo en una altísima montaña. Plantará en su cumbre una encina y anidará en sus ramas. Tres huevos pondrá en el
nido, y de ellos nacerán un
zorro, un lobo y un oso. Devorará el zorro a su madre y llevará una cabeza de
asno. De esta monstruosa guisa, aterrorizará a sus hermanos y los pondrá en fuga hasta Neustria. Allí, a su vez, éstos harán salir al
jabalí colmilludo y, al volver juntos en un navío, combatirán de nuevo con el zorro. Éste, en cuanto comenzare la lucha, se fingirá muerto y
suscitará la piedad del jabalí. Se acercará en seguida al cadáver y, poniéndose encima, soplará sobre sus ojos
y su cara. El zorro, no olvidando su vieja astucia,
le morderá la pata izquierda y se la arrancará por completo del cuerpo; y,
dando un salto, le arrebatará
también la oreja derecha y la cola, e irá a ocultarse en las cavernas de los montes. El burlado jabalí requerirá del lobo y del
oso que le sean restituidos sus
miembros amputados. Éstos, una vez hecha suya la causa, le prometerán
dos patas, y orejas, y cola, con las cuales componer auténticos miembros de puerco. El jabalí convendrá en ello y esperará la
prometida restitución.
Entretanto, descenderá el zorro de las montañas, se transformará en lobo y, con el pretexto de mantener una conversación con el jabalí, se acercará taimadamente a él y lo devorará por entero. Después se convertirá en
jabalí y, fingiendo haber
perdido los antedichos miembros,
esperará la llegada de sus hermanos. Y, al llegar éstos, los matará de
improviso a dentelladas y será
coronado con una cabeza de león.
»En los días del zorro
nacerá una serpiente que amenazará con la muerte a los seres humanos. Rodeará Londres con su larguísima cola y devorará a los
transeúntes. Un buey montaraz se pondrá una cabeza de lobo y blanqueará sus dientes en el taller del
Severn. Agrupará en su torno a los rebaños de los Albanos y de Cambria, que beberán de las aguas
del Támesis hasta secarlo. Un asno llamará a un macho cabrío de larga barba, y ambos
intercambiarán sus apariencias. Se indignará entonces el montaraz y, llamando
al lobo, se convertirá en toro provisto de cuernos contra ellos. Tras haber
descargado su
rigor, devorará sus carnes y huesos, pero será incinerado en la cumbre del Urián[102]. Las cenizas de la
pira funeraria se mutarán en cisnes que nadarán sobre terreno seco igual que sobre un río. Peces devorarán y
engullirán hombres. Cuando les
llegue la vejez, se convertirán en linces submarinos, y submarinas asechanzas maquinarán. Hundirán los astilleros y
acumularán numerosa plata.
»Fluirá el Támesis de
nuevo; reunirá las aguas de sus afluentes y desbordará los límites de su cauce.
»Se anexará las fuentes
de Gálabes, llenas de engaño y de
iniquidad. A consecuencia de esto se originarán
sediciones que inducirán a los Venedocios
a combatir. Se agruparán los robles de los bosques y se enfrentarán
con las rocas de los Gewiseos. Un cuervo
volará con los milanos y devorará los
cadáveres de los muertos. Un búho anidará
sobre las murallas de Gloucester y en su nido será incubado un asno. La serpiente de Malvern lo criará y le enseñará muchas falacias.
El asno será coronado, llegará a
lo más alto y aterrorizará al pueblo
con su horrible rebuzno. En sus días se tambalearán los montes
Pacayos y las provincias se verán
despojadas de sus bosques. Vendrá,
en efecto, un gusano de aliento ígneo y quemará los árboles con su vaho mortífero. De él saldrán siete leones, desfigurados por unas
cabezas de machos cabríos. Con el hedor exhalado por sus narices corromperán a las mujeres, y harán comunes a las que tuvieren marido. El
padre no sabrá quién es su hijo,
pues todos retozarán a la manera
del ganado.
«Entonces surgirá un auténtico gigante de iniquidad que aterrorizará a todos con el penetrante fulgor de sus ojos. Se levantará contra él el
dragón de Wigornia[103], e intentará destruirlo. Trabada la batalla, el dragón será vencido y muerto por la perversidad del triunfador. Trepará,
en efecto, por el dragón y, quitándose los vestidos,
se sentará desnudo sobre él. El dragón se lo llevará por los aires y golpeará su cuerpo desnudo con su erguida
cola. Pero el gigante recobrará su
fuerza y quebrará las fauces de aquél con su espada. Finalmente, el dragón quedará enredado en los anillos de su cola y morirá envenenado.
»Lo sucederá el jabalí de
Totnes, y oprimirá al pueblo con cruel tiranía. Gloucester enviará un león que inquietará al
rabioso en diversos combates.
Lo pisoteará con sus pies y lo asustará con
las fauces abiertas. Finalmente, el león contenderá con el propio reino, y se alzará sobre
las espaldas de los nobles.
Aparecerá entonces un toro en
medio del conflicto y golpeará al león con su pezuña diestra. Lo expulsará de todos los albergues del reino,
pero se romperá los cuernos contra
las murallas de Exonia. El zorro de Kaerdubal vengará al león y devorará al toro por entero con sus dientes. La culebra de Lincoln
se enroscará alrededor del
zorro, y su horrible silbido anunciará
su presencia a numerosos dragones.
Pelearán después los dragones y se harán pedazos mutuamente. El que tiene alas
oprimirá al que no las tiene, y
clavará sus uñas ponzoñosas en las
quijadas de su enemigo. Acudirán otros
dos a la batalla y se matarán entre sí. Un quinto dragón sucederá a los muertos y destruirá a los dos restantes por medio de diversas estratagemas. Se encaramará sobre el lomo de uno con
una espada y le separará la cabeza del cuerpo. Se despojará de su camisa y,
dirigiéndose al segundo, lo agarrará por la cola con ambas manos. Desnudo, logrará vencer a aquel contra el
que, vestido, nada pudo. Atormentará a los demás trepando sobre sus lomos y los hará entrar en la redondez del reino. Vendrá entonces un león rugiente, temible en su monstruosa ferocidad. Reducirá tres veces cinco partes a una
sola, y él solo ejercerá el
poder sobre el pueblo. Un gigante del color de la nieve resplandecerá, y
procreará un pueblo radiante. Los placeres debilitarán a los príncipes, y sus
súbditos se transformarán en bestias
salvajes. De entre ellas nacerá un
león, atiborrado de sangre humana. Un hombre con una hoz será su ayudante en la siega; cuando el hombre se
distrajere, será abatido por el
león.
»El auriga de Eboraco
apaciguará los ánimos y, expulsando a su amo, se apoderará del carro que conducía. Con la espada desenvainada amenazará al Oriente, y llenará de sangre los
surcos trazados por sus ruedas.
Se volverá después pez marino
que, al silbido de la serpiente, se unirá a ella. De esa unión nacerán tres
fulgurantes toros que, tras haber devorado sus pastos, se convertirán en
árboles. El primero llevará un látigo de víboras y le dará la espalda al segundo. Éste se esforzará por quitarle el látigo, pero será el
tercero quien se apodere de él. No se mirarán mutuamente a la cara hasta que se
hayan desprendido del vaso
envenenado.
»Lo sustituirá un granjero de Albania, a
quien una serpiente amenazará por la
espalda. Se dedicará a remover la tierra a fin de que el país resplandezca de cosechas. La serpiente se afanará en
propagar su veneno para que no se desarrollen las espigas. Una calamidad mortal consumirá al pueblo, y las
murallas de las ciudades serán derribadas.
El remedio será la ciudad de Claudio[104], que interpondrá a la hija del flagelante. Ésta,
en efecto, llevará la balanza de la medicina, y la isla se restablecerá en poco tiempo. Dos hombres empuñarán el cetro después, y un dragón cornudo los servirá a ambos. Vendrá el primero revestido de hierro y cabalgará una serpiente voladora. Se sentará, desnudo, sobre
su lomo, y agarrará su cola con
la diestra. Se turbarán los mares con sus gritos, e inspirará temor al segundo.
A consecuencia de esto el segundo se aliará con un león, pero surgirá una querella y combatirán. Se harán recíprocamente mucho daño, pero la ferocidad de la bestia
prevalecerá. Vendrá un hombre
con un tamboril y una cítara, y apaciguará la fiereza del león. Las
naciones del reino serán pacificadas y
llamarán al león para que empuñe
la balanza. Se aplicará a las pesas en el puesto a él asignado, pero tenderá sus palmas hacia Albania. Las provincias septentrionales
se entristecerán por ello y abrirán las puertas de sus templos. Un lobo
portaestandartes conducirá las tropas
y ceñirá a Cornubia con su cola. Se
le opondrá un guerrero sobre un carro, y convertirá a aquel pueblo en un jabalí. El jabalí devastará las provincias, pero ocultará su
cabeza en las profundidades del
Severn. Un hombre abrazará a un
león borracho, y el fulgor del oro cegará los ojos de los
espectadores. Resplandecerá la plata en
derredor y pondrá diversos lagares en movimiento.
(117) »Los mortales se
embriagarán con el vino producido y, olvidándose del cielo, se volverán hacia la tierra. Las
estrellas apartarán sus semblantes de ellos y confundirán su acostumbrado curso. Al indignarse éstas, se secarán
las mieses y no caerá ninguna
humedad de la bóveda celeste. Raíces y ramas intercambiarán sus papeles, y la rareza de
este hecho se considerará un milagro. El resplandor del sol disminuirá ante el brillo ambarino
de Mercurio, y los que observen el prodigio se llenarán de horror. Estilbón[105] de Arcadia cambiará su escudo, y el casco de Marte llamará a Venus. El casco de Marte proyectará su sombra, y el furor de Mercurio sobrepasará sus límites. El férreo Orión desenvainará su espada. El marino Febo ahuyentará
las nubes. Júpiter abandonará sus
preestablecidas sendas y Venus
dejará sus acostumbradas órbitas. La
malignidad del planeta Saturno caerá sobre
la tierra y destruirá a los mortales con su hoz corva. Las dos
veces seis casas de las estrellas se lamentarán
al ver errantes a sus huéspedes. Los Gemelos omitirán los abrazos de costumbre y llamarán la urna a las fuentes. Los platillos de
la Balanza penderán de costado hasta que el Carnero los sostenga con sus combados cuernos. La cola del Escorpión engendrará relámpagos y el Cangrejo disputará con el Sol. La Virgen subirá
a lomos del Arquero y marchitará
así sus flores virginales. El
carro de la Luna trastornará el Zodíaco y las Pléyades prorrumpirán en llanto.
Ninguna estrella volverá a la función
debida, pero Ariadna cerrará su puerta y se ocultará tras los farallones batidos por el mar. A la mordedura del rayo los mares se levantarán, y regresará
el polvo de los tiempos
antiguos. Los vientos chocarán entre sí con ráfaga funesta, y su ruido resonará entre las estrellas.»
(118) Después de
pronunciar Merlín estas y otras profecías, quedan estupefactos los presentes ante la ambigüedad de
sus palabras. Vortegirn, más atónito aún que los demás, colma de elogios el talento del joven y, en la misma medida, sus vaticinios. Pues su tiempo no había
producido a nadie capaz de expresarse de esa manera y ante el propio rey. Queriendo averiguar cómo sería el final de su vida, pidió al joven
que le dijese cuanto supiera
acerca de ello. Merlín dijo:
—«Huye del fuego de los
hijos de Constantino, si es que puedes hacerlo. Ya preparan las naves, ya se
alejan del litoral de Armórica, ya despliegan las velas para surcar el mar. Pondrán proa a la isla de
Britania, atacarán al pueblo sajón y someterán a esa raza abominable, pero antes te quemarán a ti,
encerrado en tu torre. Un fatal error cometiste cuando traicionaste a su padre e invitaste a los Sajones a tu isla. Los
invitaste para que acudieran en tu defensa y
llegaron como verdugos. Dos géneros de muerte te aguardan, y no está claro cuál de los dos podrás evitar
antes. Por una parte, los Sajones devastarán tu reino y buscarán darte muerte;
por otra, dos hermanos, Aurelio y Úter, desembarcarán y se esforzarán por vengar en ti la muerte de su
padre. Búscate refugio, si
puedes. Mañana arribarán a las
costas de Totnes. Se teñirán de sangre los rostros de los Sajones y, muerto Hengist, Aurelio Ambrosio
será coronado. Pacificará las naciones, restaurará
las iglesias, pero morirá envenenado. Lo sucederá su hermano Úter Pendragón, pero sus días serán también
interrumpidos bruscamente por el
veneno. Tus descendientes participarán en traición tan cobarde, pero el jabalí
de Cornubia los devorará.»
VI. LOS GRANDES DÍAS DE LA
HISTORIA DE BRITANIA
1. Aurelio Ambrosio y Úter Pendragón
(119) Amanecía un nuevo
día cuando desembarcó
Aurelio Ambrosio en la isla. Tan pronto como se difundió la noticia de su llegada, los Britanos, esparcidos aquí y
allá por tanto desastre, acudieron de todas partes, más alegres de lo que solían y fortalecidos por la presencia de sus compatriotas. Reunidas las altas jerarquías del
clero, ungieron rey a Aurelio y
le rindieron homenaje según la
costumbre. Los Britanos eran partidarios
de atacar inmediatamente a los Sajones, pero su rey los disuadió de ello, pues se proponía dar caza a Vortegirn
primero. Tanto le dolía la
traición perpetrada contra su padre que no quería emprender acción alguna antes de haber tomado cumplida venganza de aquélla. Deseando
coronar sus propósitos, marchó con su ejército a Cambria y llegó ante el
castillo de Ganarew, donde Vortegirn
había buscado refugio. Se encontraba
aquella fortaleza en la región de Herging[106], a orillas del río Wye, sobre un monte llamado Cloarcio[107]. Nada más llegar a aquel lugar, Ambrosio, recordando la traición perpetrada contra su padre y contra su hermano,
dijo al duque de Gloucester,
Eldol:
—«Contempla, noble duque,
las fortificaciones y
murallas de este lugar. Di si serán capaces de proteger a Vortegirn e impedir que la
punta de mi espada se hunda en
sus entrañas. Se ha ganado la muerte que lo aguarda, y tú no ignoras hasta qué punto se la ha
ganado. ¡Sin duda es el más vil de
todos los hombres y merece morir entre
infandos tormentos! En primer lugar, traicionó a mi padre Constantino, que lo había librado a él y a
Britania de la invasión de los Fictos; luego,
a mi hermano Constante, a quien promovió a la dignidad real sólo para matarlo
después; finalmente, tras hacerse él
mismo con la corona a fuerza de maquinaciones,
trajo paganos y los mezcló con
la población para poder exterminar mejor a aquellos que me guardaban fidelidad. Pero ahora Dios ha querido que cayera incautamente
en la trampa que él había preparado para mis partidarios. Pues cuando los Sajones descubrieron su iniquidad, lo expulsaron del
reino —algo que nadie debe
lamentar—; deplorable es, en
cambio, el hecho de que ese pueblo impío a quien ese impío invitó exterminase a nuestra nobleza, devastara nuestros fértiles campos, destruyese nuestros templos sagrados y borrara
prácticamente el cristianismo en nuestra isla de mar a mar. Ha llegado, pues, la hora, compatriotas, de que os comportéis como hombres y os venguéis, primero, de aquel que tantas
maldades ha cometido. Volveremos
después nuestras armas contra los bárbaros que nos amenazan y liberaremos a nuestro país de sus fauces hambrientas.»
Sin pérdida de tiempo,
aplican sus máquinas de asedio a las murallas y se esfuerzan por derribarlas. Como éstas
resistieran, recurrieron al fuego, y éste, encontrando combustible, no descansó hasta que hubo quemado por completo la torre donde se hallaba
Vortegirn, que murió.
(120) Cuando llegaron
nuevas de estos sucesos a Hengist y a sus Sajones, el jefe bárbaro se asustó, pues temía el
valor de Aurelio. Tanto coraje y bravura se daban cita en el caudillo britano que, mientras vivió
en Galia, no hubo nadie que se atreviera a enfrentarse con él en singular combate. Y si alguien
justaba con él, una de dos: 4 o lo arrojaba a tierra lejos de
su caballo, o rompía su lanza en pedazos. Era, además, liberal en sus dádivas, diligente en
la observancia del servicio divino, moderado en todos los aspectos de la vida, enemigo de la
mentira, buen infante y mejor jinete, experto conductor de ejércitos. Todavía vivía en la Britania Armoricana, y ya la
fama, en su constante vuelo, había
traído a la isla noticia de sus altas dotes. Los Sajones, pues, lo temían y, en consecuencia, se retiraron al otro lado del Humber. Fortificaron allí ciudades
y castillos, pues aquella región
fue siempre buen refugio para
bárbaros. Escocia estaba cerca, y ello significaba protección, dado
que Escocia nunca había perdido la
oportunidad de causar daño a los
Britanos. Era un país horrible para habitar en él, vacío de paisanos, y ofrecía un seguro escondite a los
extranjeros. Por su situación geográfica
estaba abierta a Fictos, Escotes, Daneses,
Noruegos y cualquier otro pueblo que allí desembarcara con ánimo de devastar la
isla. Seguros, pues, de la
conveniencia de una comarca así,
los Sajones se retiraron en esa dirección; en un momento de necesidad, podían refugiarse allí
con tanta facilidad como en sus propios castillos. Cuando Aurelio
lo supo, creció su audacia y sus esperanzas
de triunfo. Reunió a sus conciudadanos
lo más rápidamente que pudo, reforzó su ejército y se puso en camino hacia las regiones septentrionales. ¡Cómo
se dolía al ver desoladas las
tierras por las que iba pasando, sobre todo a causa de las iglesias, que habían sido derribadas
hasta los cimientos! Prometió que las restauraría si se hacía con
la victoria.
(121) Hengist, por su
parte, cuando se enteró de la llegada de Aurelio, cobró valor, reunió a sus hombres y,
animándolos uno por uno, los exhortó a combatir como hombres y a no temer a su enemigo. Dijo que
Aurelio tenía pocos Britanos de
Armórica con él, difícilmente más de diez mil. Los Britanos de la isla no
contaban, pues habían sido vencidos por él
muchas veces en combate. Por todo ello, auguró la victoria a sus hombres y les infundió la seguridad que
proporciona el saberse más
numerosos, pues había allí alrededor
de doscientos mil hombres armados. Después
de haber animado así a sus guerreros, salió al encuentro de Aurelio en una
llanura llamada Maisbeli, por donde su rival tenía que pasar. Planeaba llevar a cabo un repentino ataque por sorpresa y anticiparse a los desprevenidos Britanos.
Pero no se ocultaron a los ojos de Aurelio sus intenciones: no por ello dejó de atravesar la llanura, pero lo hizo lo más
rápidamente que pudo. Cuando
distinguió al enemigo, dispuso sus tropas
en orden: colocó de reserva a tres mil jinetes armoricanos, y a los
demás, mezclados con los isleños, los formó
en línea de batalla; situó a los Demecios
en las colinas y a los Venedocios en los bosques circundantes, a fin de que, si los Sajones huían por una u otra parte, hubiese en ambos
sitios hombres que les cerraran el paso.
(122) Entretanto se acercó al rey Eldol, duque de Gloucester, y le dijo:
—«Este día compensaría
para mí el resto de los días de mi vida, con tal que Dios me otorgue la dicha de enfrentarme
con Hengist, pues uno de los dos morirá cuando empiecen a hablar nuestras espadas.
Recuerdo el día en que nos reunimos para firmar la paz; sólo buscábamos concordia entre ambos
pueblos cuando ese perro traicionó a todos los presentes y les clavó un cuchillo en el cuerpo, excepto a mí, que
conseguí escapar con ayuda de una
estaca. Sucumbieron aquel día
cuatrocientos ochenta[108] barones y condes
que habían acudido allí desarmados. Fue un momento de gran peligro,
pero Dios puso en mis manos una gruesa
estaca, y con ella logré defenderme
y huir.»
Esas cosas contaba Eldol.
Aurelio exhortó entonces
a sus camaradas a poner toda su esperanza en el Hijo de Dios, a atacar valerosamente
a los enemigos y a combatir
como un solo hombre por la patria común.
(123) Hengist, por su parte, disponía sus tropas en orden de batalla.
Disponiéndolas, les daba instrucciones
para la inminente refriega; instruyéndolas,
iba entre las filas, tratando de infundir
en los ánimos de todos un mismo ardor en el combate. Una vez listas
ambas formaciones, chocan las líneas de
vanguardia, menudean los golpes de
unos y otros, la sangre fluye generosamente.
Aquí y allá, Britanos y Sajones mueren a consecuencia de las heridas recibidas.
Aurelio anima a los cristianos, Hengist arenga a los paganos. Y mientras siguen combatiendo, Eldol no ceja
en sus intentos de encontrar una oportunidad de vérselas con Hengist cara a cara; pero no llega esa ocasión, pues cuando Hengist ve que sus hombres están batidos y que los Britanos obtienen
la victoria por la gracia de Dios, huye inmediatamente,
dirigiéndose al castillo de Kaerconan,
ahora llamado Conisbrough. Aurelio lo persigue, dando muerte o esclavizando a todo aquel que encuentra en su camino. Cuando ve Hengist que Aurelio lo sigue, no quiere entrar en
la fortaleza; una vez más, forma sus tropas en orden de batalla y se dispone a pelear. (Sabía que el castillo no resistiría en modo alguno el
asalto de Aurelio y que su única defensa eran su propia espada y su
lanza.) Cuando, por fin, Aurelio alcanzó a
Hengist, formó él también a sus guerreros
en orden de batalla y atacó a su rival con inaudita ferocidad. Los Sajones resisten, sin embargo, unánimemente. Son frecuentes las heridas mortales en uno y otro bando. La sangre fluye por doquier. El clamor de los
moribundos acrecienta la furia de los vivos. Y si no hubiesen intervenido los jinetes armoricanos, habrían terminado por vencer los Sajones. Aurelio había
asignado a la caballería el mismo lugar que ocupara en la primera batalla. Cuando cargaron sobre ellos, los Sajones retrocedieron y, una vez
dispersados, no fueron ya capaces de rehacer sus líneas. Entonces los Britanos atacaron con
más ímpetu, arrojándose sobre el
enemigo como un solo hombre.
Aurelio está en todas partes: anima a sus soldados, hiere a cuantos se ponen a su alcance, persigue a
los que huyen y es el más firme apoyo de sus camaradas. Eldol no le va a la
zaga: aquí y allá descarga golpes
mortales sobre sus adversarios;
pero, haga lo que haga, lo que más desea en el mundo es tener la oportunidad de vérselas con Hengist en singular combate.
(124) Mientras se
sucedían los ataques, Eldol y
Hengist se encontraron por fin y comenzaron
a golpearse mutuamente con sus espadas. ¡Qué hombres tan belicosos! Cuando se acometían el uno al otro con sus aceros, brotaban
chispas a cada golpe, en una larga serie de truenos y relámpagos simultáneos.
Mucho tiempo estuvo dudoso el
resultado del combate. Unas veces Eldol parecía dominar la situación y Hengist
cedía terreno; otras, era Eldol
quien cedía y Hengist quien
prevalecía. Mientras peleaban de este modo, llegó Gorlois, duque de Cornubia, con el batallón que mandaba y
comenzó a hostigar al enemigo. Eldol, cuando lo vio, cobró nuevos
ánimos y, tomando con todas sus fuerzas a
Hengist por el protector nasal de
su yelmo, lo condujo a las filas britanas y, exultando de júbilo,
gritó:
—«¡Dios ha cumplido mi
deseo! ¡Soldados, acabad de una vez con esos vagabundos invasores! ¡Acabad con ellos! ¡La victoria está en
vuestras manos! ¡Vencido Hengist, están vencidos!»
En el ínterin, los
Britanos no cesan de atacar a los paganos; cargan sobre ellos una y otra vez, y, cuando retroceden,
avanzan con redoblado coraje, sin concederse el más mínimo respiro, hasta hacerse con la
victoria. Los Sajones huyeron desordenadamente: unos se refugiaron en las ciudades; otros, en las
frondosas montañas; otros, en fin, en sus propias naves. Octa, el hijo de Hengist, se retiró a Eboraco con la mayor parte
de los fugitivos, y su pariente Eosa fortificó la ciudad con una hueste considerable de hombres armados.
(125) Una vez obtenida la victoria, Aurelio conquistó la ciudad de
Conan[109], que he mencionado más
arriba, y permaneció allí por espacio de tres días. Durante ese tiempo, ordenó enterrar a los muertos y atender a los heridos; sus fatigadas tropas descansaron y sus hombres se rehicieron con cuantos consuelos fueron
capaces de encontrar. Después
convocó a sus barones y les pidió
que decidieran acerca de lo que debía hacerse con Hengist. Se encontraba
presente Eldado, obispo de Gloucester, hermano de Eldol y hombre de la mayor sabiduría y religión. Cuando vio a Hengist de pie ante el rey, mandó callar a los demás y dijo:
—«Aun cuando todos os
pusierais de acuerdo
para liberar a ese hombre, yo me encargaría de hacerle pedazos. En ello seguiría al profeta
Samuel, quien, teniendo en su poder a Agag, rey de Amalee, lo degolló y dijo: "Del mismo modo que tú dejaste a muchas madres sin hijos,
así también dejaré yo hoy a tu
madre sin hijos entre las
mujeres[110]. Hacedlo así con ese hombre, que es un segundo Agag.»
Tomó entonces Eldol su espada, llevó a Hengist
fuera de la ciudad y, cortándole la cabeza, lo envió al Tártaro. Aurelio, que se caracterizó siempre por la moderación, ordenó sepultar
al caudillo sajón y elevar sobre
su cadáver un túmulo de tierra, según la costumbre pagana.
(126) Después condujo Aurelio
su ejército a Eboraco, a fin de poner sitio a la ciudad donde estaba Octa, hijo de
Hengist. Iniciado el asedio, dudaba Octa si resistir y defender Eboraco contra un ejército tan numeroso. Tras celebrar consejo, salió él de la
fortaleza con los más nobles de sus compañeros, trayendo una cadena en la mano y ceniza sobre la cabeza, y se dirigió al
rey en estos términos:
—«Mis dioses han sido
derrotados. No dudo ya de que es tu Dios quien ostenta la primacía, pues que ha obligado a
tantos nobles a presentarse de esta guisa ante ti. Acéptanos, rey, acepta esta cadena y, si no
merecemos tu piedad, conserva nuestras ligaduras: aquí nos tienes, voluntariamente dispuestos al
castigo que quieras imponernos.»
Movido a la piedad,
Aurelio ordenó decidir qué debía hacerse con ellos. Diferían las opiniones cuando el obispo
Eldado se levantó y dio su parecer hablando así:
—«Los Gabaonitas se
entregaron voluntariamente a los hijos de Israel, buscaron misericordia y la obtuvieron[111]. ¿Vamos los cristianos a ser menos generosos que los
Judíos? ¿Les vamos a negar nuestra misericordia a estas gentes? Piden clemencia: ténganla. Grande es la isla de Britania, y desierta en infinidad de lugares. Permitámosles, pues, mediante pacto, que ocupen esas zonas
deshabitadas, convirtiéndose así en nuestros súbditos para siempre.»
Aceptó el rey la
propuesta de Eldado y tuvo misericordia de ellos. Siguiendo el ejemplo de Octa, Eosa se entregó, y también los demás fugitivos, y todos obtuvieron perdón. Aurelio les cedió la región fronteriza con Escocia y firmó
un tratado con ellos.
(127) Una vez derrotado
el enemigo, Aurelio reunió en Eboraco a los barones y príncipes del reino y les ordenó
restaurar las iglesias que el pueblo sajón había destruido. Él mismo empezó a reconstruir la sede
metropolitana de esta ciudad y los
restantes obispados de la provincia. Al cabo
de quince días, después de haber encomendado a los obreros las tareas de reconstrucción pertinentes, se dirigió a Londres, que había padecido no poco los furores del enemigo. Lamentando la destrucción de la ciudad, reúne a todos los supervivientes y se aplica a la tarea de ponerla de nuevo en pie. Desde Londres gobierna el
reino, desenterrando leyes caídas en desuso y restituyendo a los nietos las
posesiones arrebatadas a sus abuelos,
mientras que aquellas cuyos herederos hubiesen muerto, víctimas de tanta calamidad, se las entrega a sus camaradas.
Todas sus energías se consagran a
la restauración del reino, reconstrucción de las iglesias, consolidación de la paz, renovación de las leyes y organización de la justicia. Después marcha a Güintonia, con ánimo de restaurarla, lo mismo que a las
demás ciudades. Y cuando hubo dispuesto cuanto había que disponer para su reconstrucción, se dirigió, por
consejo del obispo Eldado, al monasterio
próximo a Kaercaradoc, que ahora se llama Salisbury, donde estaban enterrados los barones y príncipes traicionados por el infame Hengist.
Había allí un convento de trescientos monjes, en el monte de Ambrio, quien, según se dice, había
sido otrora su fundador. Al ver aquel lugar donde yacían tan ilustres difuntos,
rompió a llorar, movido por la
devoción. Finalmente, se dio a considerar
de qué manera podría hacer aquel paraje
memorable, pues juzgaba que el césped que cubría a tantos nobles muertos por su patria era digno de un monumento.
(128) Así que reunió a
los mejores talladores de madera y de piedra del país, y les ordenó usar su
ingenio para idear un nuevo tipo de construcción que permaneciese en pie para siempre en memoria de tan
esclarecidos varones. Como quiera que todos, después de devanarse los sesos, se
dieran por vencidos, Tremorino, arzobispo de Ciudad de las Legiones, se dirigió al rey y le
dijo:
—«Si existe alguien capaz
de llevar a cabo tu proyecto, ése es Merlín, el profeta de Vortegirn. No hay, en mi opinión,
otro hombre en tu reino de tan
claro ingenio, ya en la predicción del futuro,
ya en el diseño de artificios mecánicos. Ordénale que venga y sírvete de su ingenio para llevar a cabo la obra que deseas.»
Muchas preguntas hizo
Aurelio acerca de Merlín; después envió mensajeros a todas las regiones del país para que
lo encontrasen y lo trajeran a su presencia. Batidas las diversas provincias, lo encontraron
por fin en el territorio de los Gewiseos, junto a la fuente de Gálabes, lugar que solía frecuentar. Le explicaron lo que querían
y lo condujeron ante el rey. Éste lo recibió con alegría y le ordenó revelar el futuro, deseoso de
oír maravillas. Merlín le dijo:
—«Misterios de ese género
no deben ser revelados, salvo en casos de
extrema necesidad. Si yo los diera a
conocer a la ligera o para hacer reír, el espíritu que me inspira guardaría silencio y no me asistiría cuando me fuere menester.»
Y a todos les dio la misma negativa. No quiso el rey insistir más en lo concerniente a la predicción del futuro, pero le habló acerca del monumento
que proyectaba construir. Merlín dijo:
—«Si quieres adornar el
lugar donde yacen esos hombres con un monumento perdurable, envía a buscar el Círculo
de los Gigantes, que está en el monte Kilarao[112], en Hibernia. Hay allí una construcción de piedras que ningún hombre de esta época podría
levantar, a menos que lograra combinar inteligencia y talento artístico. Las piedras son enormes y
no hay nadie capaz de moverlas. Si se las coloca en la misma posición en que están situadas
allí, esto es, en círculo, permanecerán en pie eternamente[113].»
(129) Al oír estas palabras, Aurelio rompió a reír y dijo:
—«¿De qué manera podrían traerse aquí piedras tan grandes desde un país tan lejano? ¡Como si Britania careciese de piedras para llevar a cabo el monumento!»
Merlín repuso:
—«Cesa en tu risa
frívola, rey. Lo que he dicho no
tiene gracia. Esas piedras son mágicas y tienen
diversas propiedades medicinales. Antaño,
los gigantes las transportaron desde los más remotos confines de África y las depositaron
en Hibernia durante el tiempo en
que habitaron ese país. Las
utilizaban siempre que se sentían enfermos,
preparando sus baños al pie de las piedras: derramaban sobre ellas agua y la recogían en los baños, sanando así todos los aquejados de algún
mal. Mezclaban, además, el agua con cocciones de hierbas y, de ese modo, curaban sus
heridas. No hay allí piedra que
carezca de virtudes medicinales.»
Cuando los Britanos
oyeron esto, pensaron que era imprescindible ir en busca de aquellas piedras y arrebatárselas
al pueblo de Hibernia por la fuerza de las armas, si osaban impedírselo. Finalmente, fue elegido
Úter Pendragón, el hermano del rey, junto con quince mil guerreros, para llevar a cabo esta
tarea. Merlín los acompañaría, pues su sabiduría y su consejo podrían ser muy útiles en una
expedición semejante. Tan pronto como estuvieron listas las naves, se hicieron a la mar. Soplaban
vientos favorables, y llegaron a Hibernia sin contratiempo.
(130) Por aquel entonces
reinaba en Hibernia Gilomán, un joven de
admirable valor. Al oír que los Britanos
habían desembarcado en su país, reunió un vasto ejército y les
salió al encuentro. Cuando supo la causa de
su llegada, rompió a reír y dijo
a los circunstantes:
—«No me sorprende el hecho de que esa raza de cobardes[114] haya sido capaz de devastar la isla de los Britanos, pues los Britanos son
unos necios y unos estúpidos.
¿Quién ha oído hablar nunca de estupidez como la suya? ¿Acaso
son mejores las piedras de Hibernia que
las de Britania hasta el extremo de
invadir nuestro reino en su busca? Armaos, varones, y defended
vuestra patria. Mientras esté yo vivo,
no nos arrebatarán ni el más mínimo fragmento del Círculo.»
Cuando Úter los vio
dispuestos a pelear, adelantó sus líneas y cargó contra ellos. Los Britanos resultaron muy pronto
vencedores y obligaron a huir a Gilomán, muertos o heridos sus Hibernenses.
Tras la victoria, se
dirigieron al monte Kilarao y, una vez llegados ante la estructura de piedras, desbordaron de
júbilo y admiración. Merlín se acercó entonces y dijo a todos los presentes:
—«Poneos a la obra,
muchachos, y comprobad si
puede más la inteligencia que la fuerza, o viceversa, a la hora de mover esas piedras.»
A sus órdenes, todos se
aplican como un solo hombre a la tarea de mil maneras diferentes, intentando bajar a tierra el Círculo.
Deseosos de
conseguir su propósito, unos preparan cuerdas, otros palancas, otros escalas, pero no
logran mover un ápice las piedras. Cuando Merlín vio
a todos desfallecidos, se echó a reír y
dispuso sus propios mecanismos.
Al final, después de aparejar lo
necesario, abatió las piedras con la mayor facilidad del mundo. Una vez en el suelo, las hizo llevar a
las naves y mandó que las almacenasen a bordo;
y de ese modo, alegres, volvieron a Britania. Los vientos fueron favorables y, una vez en tierra, se encaminaron con las piedras al lugar
donde se encontraban las sepulturas de los héroes. Cuando Aurelio lo
supo, despachó mensajeros por las distintas
partes de Britania, ordenando al
clero y al pueblo que se reunieran y, una vez reunidos, se
dirigieran al monte de Ambrio, a fin de
estar presentes en la gozosa ceremonia de inauguración del antedicho monumento
fúnebre. A la convocatoria de
Aurelio acudieron obispos y abades,
junto con súbditos del rey de cada rango y condición. Y el día señalado, en presencia de todos, Aurelio se ciñó la corona sobre las
sienes y celebró la fiesta de
Pentecostés[115] como corresponde
a un monarca. Las celebraciones se prolongaron sin interrupción durante los tres días siguientes. En esos días repartió los
honores que carecían de poseedor
entre los de su casa, en recompensa por los servicios a él
prestados. Y como las sedes
metropolitanas de Eboraco y Ciudad
de las Legiones se encontraban vacantes,
concedió Eboraco, con el beneplácito popular, a Sansón, un ilustre varón famoso
por su gran piedad, y Ciudad de
las Legiones a Dubricio, a quien la
divina providencia había designado como persona idónea para ese cargo.
Una vez decididas estas y otras cosas de
parecida índole, Aurelio ordenó a Merlín que plantara las
piedras que había traído de Hibernia
alrededor de las sepulturas. El mago obedeció y las plantó en círculo, en torno a los sepulcros, de la misma
manera en que se encontraban
dispuestas en el monte Kilarao
de Hibernia, demostrando con ello que la inteligencia vale más que
la sola fuerza.
(131) Por aquel tiempo Pascencio, hijo
de Vortegirn, que se había
refugiado en Germania, incitaba a los hombres de armas de ese reino contra Aurelio Ambrosio, deseoso de vengar a
su padre, y les prometía cantidades
ingentes de oro y plata, si lo ayudaban a conquistar Britania. Finalmente,
cuando hubo corrompido a toda la juventud
del país con sus promesas, preparó una escuadra formidable, desembarcó en las zonas septentrionales de la isla y comenzó a
devastar las. Tan pronto como el
rey lo supo, reunió a sus soldados
y salió al encuentro del cruel invasor, desafiándolo a mantener batalla con él. No rehuyeron los Sajones el combate con los
locales, pero Dios quiso que
fueran vencidos y obligados a
huir.
(132) Puesto en fuga,
Pascencio no se atrevió a
volver a Germania, sino que, volviendo velas,
puso proa hacia Hibernia y allí fue recibido por Gilomán. Tuvo éste piedad de
él al tener conocimiento de su desgracia y le ofreció su ayuda, recordando la injuria que él mismo había recibido de Úter, el hermano de Aurelio, cuando le robó
el Círculo de los Gigantes. Confirmada, pues, la alianza entre ambos caudillos, dispusieron sus naves y,
una vez a bordo, se dirigieron a Britania,
desembarcando junto a la ciudad de Menevia. Cuando esto se supo, Úter Pendragón reunió una hueste de hombres armados y marchó a Cambria con ánimo de combatir, pues su hermano Aurelio yacía enfermo en la ciudad
de Güintonia y no podía
acaudillar sus tropas. Cuando se
apercibieron de ello Pascencio, Gilomán y los Sajones que con ellos estaban, se
alegraron sobremanera, pues pensaban que con Aurelio enfermo el reino caería fácilmente en sus manos. Todo el mundo hacía sus cábalas con
la enfermedad del monarca, cuando
uno de los Sajones, llamado Eopa, se
acercó a Pascencio y le dijo:
—«¿Cuánto estarías
dispuesto a pagar al hombre que
eliminara a Aurelio Ambrosio?»
Pascencio respondió:
—«Si encontrase un hombre
capaz de llevar a cabo esa empresa, le daría mil libras de plata y lo haría mi amigo por el resto de mis días. Y
si llegase a obtener la diadema real, lo
nombraría general de mi ejército.
Estoy dispuesto a jurarlo.»
Replicó Eopa:
—«He aprendido la lengua británica, conozco las costumbres de los Britanos y estoy
versado en el arte médica. Si
mantienes tus promesas, me
fingiré cristiano y natural del país, conseguiré llegar a presencia del rey en
calidad de médico y le prepararé una poción que lo matará. Para conseguir más
fácilmente el acceso al monarca, aparentaré
ser un monje muy devoto y, al mismo tiempo, muy experto en cuestiones de
doctrina.»
Tan pronto como Eopa se
hubo comprometido a
esto, Pascencio firmó un pacto con él y confirmó bajo juramento todo aquello que
había prometido. Eopa se afeitó
la barba, tonsuró su cabeza, se
puso un hábito monacal y partió hacia Güintonia,
cargado de vasijas llenas de medicinas.
Nada más llegar a la ciudad, presentó sus respetos a los servidores del rey y encontró favor a sus ojos, pues en aquellas
circunstancias nadie podía ser
tan bien venido como un médico. Así
que lo recibieron de buena gana y lo condujeron a presencia de Aurelio. Una vez
allí, prometió que el rey sanaría si
tomaba sus bebedizos. Se le ordenó
prepararlos sin tardanza. Eopa mezcló el veneno y se lo dio al
monarca. Tomó Aurelio la copa y la apuró
de un trago; entonces el maldito traidor le recomendó meterse en el lecho y
dormir, para que así la detestable poción cumpliese mejor su
cometido. El rey obedeció al punto el
consejo de aquel miserable y se durmió pensando que recuperaría la salud. Corrió rápidamente el veneno a
través de las venas de Aurelio y de los poros
de su cuerpo, y la muerte, que no
acostumbra a respetar a nadie, lo sorprendió mientras dormía. En el ínterin, el maldito
traidor se escabulló entre la
muchedumbre y desapareció de la corte.
(133) Mientras estos
sucesos tenían lugar en Güintonia, apareció en el cielo una estrella, prodigiosa por su magnitud y
su brillo, que emitía un único rayo. En un extremo del rayo había un globo de fuego,
desparramado en forma de dragón, y de la boca del dragón procedían dos rayos, uno de los cuales
parecía extender su longitud más allá de la región de Galia, mientras que el otro apuntaba
hacia el mar de Hibernia y concluía en siete rayos menores. Ante la aparición
de semejante astro, el estupor y el miedo se adueñaron de aquellos que lo
habían visto. Úter, el hermano del rey, que se encontraba en Cambria, en
campaña contra Gilomán, se quedó tan estupefacto como los demás y recurrió a
sus sabios para que le
explicaran el sentido de aquel prodigio. Entre ellos estaba Merlín, que había acompañado al ejército
como asesor bélico. Cuando estuvo en presencia de su caudillo y le fue transmitida la orden
de desentrañar el misterio de la estrella, prorrumpió en llanto y después, recobrando el ánimo, exclamó:
—«¡Ah, irreparable
pérdida! ¡Ah, pueblo huérfano de Britania! Ha muerto Aurelio Ambrosio, ínclito rey de los
Britanos, y con él moriremos todos, si
Dios no nos ayuda. Apresúrate, Úter, caudillo
nobilísimo, apresúrate y no retrases el choque con el enemigo. Obtendrás la victoria y serás rey de toda Britania. Ese astro te representa
a ti, lo mismo que el dragón de fuego de su cola. El rayo que se extiende hacia las regiones de Galia anuncia al hijo poderosísimo que te nacerá y que ejercerá su dominio sobre todos los
reinos que el rayo cubre. El segundo rayo representa a tu hija, cuyos hijos y nietos gobernarán sucesivamente el reino
de Britania.»
(134) Dudando si dar
crédito o no a lo que Merlín acababa de revelarle, continuó Úter su avance
hacia las líneas enemigas. Se encontraba ya a media jornada de Menevia. Tan pronto como Gilomán, Pascencio y sus Sajones se apercibieron de su llegada, le salieron al encuentro con ánimo de combatir. Cuando ambos
ejércitos se avistaron,
dispusieron sus respectivas formaciones
y empezaron a pelear. Soldados de uno y otro bando cayeron muertos en la
refriega, como suele ocurrir en
casos tales. Finalmente, cuando hubo
transcurrido una buena parte del día, Úter fue a más y, muertos Gilomán y Pascencio, se alzó con la
victoria. Los bárbaros huyeron presurosos a
sus naves, perseguidos por los Britanos, que dieron muerte a muchos de los
fugitivos. De esta manera,
nuestro caudillo obtuvo un triunfo completo con la ayuda de Cristo y, después de tantos trabajos, marchó a Güintonia lo más
rápidamente que pudo. Habían llegado, en efecto, mensajeros anunciándole el
óbito de Aurelio y comunicándole
que estaba a punto de ser enterrado
por los obispos del país junto al monasterio de Ambrio, en el Círculo de
los Gigantes, que él mismo, en vida,
había ordenado trasladar allí desde
Hibernia. Al conocer la muerte del monarca,
los obispos, abades y todo el clero de la región se dieron cita en la ciudad de
Güintonia, disponiendo su funeral como correspondía a tan gran rey;
y ya que en vida había ordenado que se depositaran
sus restos en el cementerio que él mismo había preparado, trasladaron allí su cadáver y allí lo inhumaron, dispensándole las honras
fúnebres debidas.
(135) Así que, reunidos
el clero y el pueblo de su reino, Úter, hermano del rey difunto, tomó la corona de la isla y,
con el asentimiento general, fue
promovido a la dignidad regia. Y, recordando
la interpretación que diera Merlín del astro que arriba mencioné, mandó fabricar dos dragones de oro, a semejanza del que había visto
en el rayo de la estrella. Tan pronto como fueron fabricados con admirable arte, depositó uno
en la iglesia catedral de
Güintonia, y se quedó con el
segundo, para poder llevarlo consigo en los combates. Fue a partir de entonces cuando se le llamó Úter Pendragón, que en lengua
británica significa «cabeza de
dragón». Le fue dado ese apelativo
porque fue por medio de un dragón como
Merlín profetizó que sería rey.
(136) Entretanto, Octa, hijo de Hengist, y su pariente Eosa, libres del pacto que
concluyeran con Aurelio
Ambrosio, hacían todo lo posible por
hostigar al rey y devastar sus dominios. Se aliaron con los Sajones que había
traído Pascencio y enviaron mensajeros
a Germania en busca del resto. De manera que Octa, rodeado de una colosal
muchedumbre, invadió las provincias septentrionales, dando libre curso a su
crueldad, hasta que hubo
destruido todas las ciudades y plazas
fuertes desde Albania a Eboraco. Finalmente,
cuando empezaba a asediar esta última ciudad, llegó Úter Pendragón con todas las fuerzas de su reino y le presentó batalla. Los Sajones
se mantuvieron firmes y
resistieron, derrochando coraje,
los ataques de los Britanos, a quienes terminaron por poner en fuga.
Una vez obtenida la
victoria, persiguieron a los fugitivos hasta el monte Damen, mientras lo permitió la luz del sol.
Era este monte alto y escarpado, con una espesura de avellanos en la cumbre y con abruptas peñas
en su falda, aptas para servir de cubil a las fieras. Los Britanos lo ocuparon y permanecieron
toda la noche entre las peñas y
los matorrales. Luego, cuando la Osa comenzó
a hacer girar su carro, ordenó Úter a sus condes y príncipes que se reunieran con él para decidir, mediante su consejo, cómo
podrían atacar al enemigo.
Llegaron todos en seguida a presencia
del rey, y éste mandó que expusieran su parecer. Fue Gorlois, duque de Cornubia, el primero en dar su opinión. Era un hombre de gran
experiencia y edad madura. Dijo así:
—«No es momento de vanos circunloquios o discursos inútiles. Mientras nos quede algo
de noche debemos actuar con
audacia y valor, si es que queremos seguir disfrutando de nuestra vida y
nuestra libertad. Elevado es el número dé los paganos, y están deseando pelear.
Nosotros somos sólo un puñado. Si
aguardamos que llegue el día, no
veo ninguna ventaja en combatir con ellos. ¡Vamos! Mientras dure la oscuridad,
podemos descender en cerrada formación
e irrumpir con súbito ataque en
su campamento. Lo último que esperan
es vernos llegar de ese modo. Con tal
que nuestra acometida sea unánime y no ahorremos coraje, la victoria se inclinará, sin asomo de duda, de nuestro
lado.»
Pareció bien al rey y a
todos los presentes el consejo de Gorlois, y se dispusieron a llevar a término el plan. De
manera que, armados y formados en compañías, llegan al campamento del enemigo y, como un solo hombre, se disponen a asaltarlo. Pero, al aproximarse, descubren su llegada los centinelas, que despiertan a sus
soñolientos camaradas con el sonido de sus cuernos. Los enemigos se hallan aturdidos y
estupefactos. Unos se apresuran
a armarse; otros, completamente
aterrorizados, corren en desbandada hacia
cualquier parte. Los Britanos, moviéndose en formación compacta, invaden el campamento.
Fácilmente encuentran la entrada y, con las espadas desnudas, acometen a los
Sajones. Éstos, cogidos de improviso, no ofrecen apenas resistencia, en tanto
que la audacia de nuestros hombres crece sin cesar, al ver que todo va
cumpliéndose según el plan fijado de
antemano. Más y más saña ponen
los Britanos en la pelea, degollando enemigos, dando muerte por miles a
los paganos. Finalmente, Octa y Eosa son hechos prisioneros, y los Sajones completamente derrotados.
(137) Después de la
victoria, Úter se dirigió a la ciudad de Alclud para arreglar los asuntos de la región y restablecer la paz en toda Albania.
Recorrió las distintas tribus de los Escotos e hizo que esa raza rebelde desechara sus hábitos feroces.
Implantó la justicia a lo largo del país como ninguno de sus predecesores había sido capaz de hacerlo. En sus días el
pánico cundió entre los malhechores, pues eran castigados sin piedad. Finalmente,
pacificadas por completo las provincias
septentrionales, marchó a Londres y ordenó que Octa y Eosa fuesen encarcelados
allí. Se acercaba la Pascua, y Úter Pendragón convocó a los grandes del reino para la ceremonia de su
coronación, que tendría lugar en día tan señalado y con los máximos honores. De
muy diversas partes acudieron a
Londres, y allí se reunieron todos
la víspera de Pascua. Así celebró el rey fiesta tan solemne, y desbordaba de alegría en compañía
de sus barones, que a su vez se sentían pictóricos
de júbilo al ver que él los recibía con espíritu placentero. Muchos nobles se dieron cita allí, dignos todos de una
festividad tan alegre, y los acompañaban sus esposas e hijas.
Se contaba entre ellos
Gorlois, duque de Cornubia, con su mujer, Igerna, que superaba en hermosura a todas las damas
de Britania. Cuando el rey la vio, en
medio de las otras mujeres, se enamoró
al punto de ella y le consagró toda su atención, haciendo caso omiso de las demás: le ofrecía constantemente los mejores bocados de la mesa y, por medio de sus criados, le presentaba el vino en espléndidas copas de oro; le sonreía con frecuencia, manteniendo con ella una conversación alegre y chispeante. Se
apercibió de ello el marido y,
furioso, abandonó la corte sin
pedir licencia al monarca. Ninguno de los presentes pudo hacerle volver, y es que él temía perder con el regreso a
aquella a la que amaba sobre
todas las cosas. Enfurecido, el rey le ordenó que volviera a la corte, pues quería obtener satisfacción del ultraje inferido. Gorlois se
negó a obedecerlo. Entonces Úter, fuera de sí, juró solemnemente devastar las tierras de Gorlois, a menos que éste reparase inmediatamente su agravio.
No hubo solución. La
querella creció entre ambos. Sin
tardanza, reunió el rey un gran ejército y,
dirigiéndose al ducado de Cornubia, prendió fuego a ciudades y castillos. Gorlois no se atrevió a enfrentarse
con Úter, pues no tenía muchos soldados, y prefirió fortificar sus
castillos y ganar tiempo hasta que
vinieran en su ayuda tropas de Hibernia. Como el destino de su esposa
lo angustiaba más que el suyo propio,
decidió enviarla al castillo de Tintagel, a la orilla del mar, considerado como
el lugar más seguro de Cornubia, y
él se refugió en la fortaleza de Dimilioc[116] para que, si
llegara el desastre, no corriesen peligro al mismo tiempo. Cuando el rey
lo supo, se dirigió al castillo donde se
hallaba Gorlois y le puso sitio,
cortando todo acceso al mismo.
Finalmente, al cabo de
una semana, no olvidando su
amor por Igerna, llamó Úter a Ulfin de Ridcaradoc[117], compañero de armas y amigo íntimo, y le confió sus
sentimientos:
—«Me consumo en amor por
Igerna, y estoy seguro de que mi vida corre un serio peligro si no consigo poseerla. Dime
tú cómo puedo satisfacer mi voluntad, pues, de otro modo, moriré, víctima de mi propio
deseo.»
Ulfin respondió:
—«¿Qué consejo podría serte útil, cuando no existe fuerza en el mundo que nos permita
llegar donde está ella, en el
inexpugnable castillo de Tintagel?
El mar lo rodea por todas partes, y no hay más entrada a la fortaleza que un angosto pasillo de roca: bastan
tres hombres para defenderlo, aunque
te presentes allí con todo el reino de Britania. No obstante, si el profeta Merlín toma cartas en el asunto, pienso que con su ayuda bien podrías conseguir tu propósito.»
Dio crédito el rey a las
palabras de Ulfin y ordenó llamar a Merlín, que también había acudido al asedio. Una vez en presencia del monarca, el
sabio fue intimado a sugerir de qué modo podría Úter satisfacer su deseo de Igerna. Al ver
los sufrimientos que padecía
el rey a causa de una mujer, se maravilló mucho Merlín de tan extremada pasión y dijo:
—«Para dar cima a tu
deseo, deberás servirte de artes nuevas para tu tiempo e inauditas. Con mis drogas sé cómo darte
la apariencia de Gorlois, de manera que en todo te asemejes a él. Si haces lo que te digo, te
convertiré en un doble perfecto
del duque, y a Ulfin en la réplica exacta de su camarada Jordán de Tintagel. También yo cambiaré de forma, y me uniré a la expedición. De
ese modo podrás entrar a salvo en el castillo y tener acceso a
Igerna.»
Convino el rey en ello,
demostrando un enorme interés. Dejó, en fin, el asedio en manos de sus subordinados, tomó
las drogas de Merlín y adquirió al punto la apariencia de Gorlois. Ulfin se transformo en
Jordán y Merlín en un tal Britael, sirviente del duque, de manera que nadie pudiese adivinar quiénes
eran en realidad. Emprendieron después camino a Tintagel y llegaron al castillo con el
crepúsculo. En cuanto vio el guardián que su amo se aproximaba, abrió las puertas y franqueó la
entrada a los tres hombres. ¿Qué otra cosa podía hacer si hubiese jurado que el mismísimo Gorlois acababa de llegar? Permaneció el rey aquella noche con Igerna y
satisfizo su deseo. A ella la engañó su falsa apariencia, y también la engañaron sus fingidas palabras,
que astutamente había concebido
de antemano: le dijo que había
salido en secreto de la fortaleza asediada para velar por la seguridad de su
querida esposa y del castillo en que se encontraba; y ella creyó
cuanto decía y se ofreció a él sin reservas.
Concibió Igerna aquella noche al celebérrimo Arturo, que tanta fama adquiriría más tarde por su extraordinario valor.
(138) En el ínterin,
cuando se descubrió en el asedio
de Dimilioc que el rey se hallaba ausente,
su ejército, obrando por cuenta propia, se dispuso a abatir las murallas y a
provocar al asediado duque a combatir.
Gorlois, mal aconsejado, realizó
una salida con sus compañeros de armas, pensando que podría oponerse a tan gran hueste de guerreros con una tropa
tan exigua. El duque fue de los primeros en caer, sus hombres fueron dispersados
y la fortaleza, tomada. El botín no se repartió
de forma equitativa, pues cada soldado tomaba con garra codiciosa todo lo que el azar o la fuerza
bruta ponía a su alcance. Una vez concluido
tan desenfrenado pillaje, vinieron mensajeros a Igerna para anunciarle la muerte de su esposo y el
final del asedio. Cuando vieron al rey sentado
junto a la duquesa bajo la apariencia de Gorlois, enrojecieron de
estupefacción, pues el hombre al
que habían dejado atrás, muerto en Dimilioc, se encontraba ahora allí, sano y salvo. Desde luego, nada sabían de las drogas preparadas
por Merlín. Rióse Úter al oír semejantes noticias y, rodeando con sus brazos a
Igerna, dijo:
—«¡A fe que no estoy
muerto, sino vivo, y bien vivo, como podéis ver todos! Mucho me entristece, sin embargo, la destrucción de mi fortaleza
y la muerte de mis
camaradas. Es de temer que el rey llegue hasta aquí y nos prenda en este castillo. Saldré a su encuentro y haré la paz con él,
no sea que nos sobrevenga algo peor.»
De modo que partió y se dirigió hacia su propio ejército, y, abandonando la apariencia
de Gorlois, volvió a ser Úter Pendragón. Cuando se enteró de todo lo sucedido, lamentó el fin
de Gorlois; pero se alegró, al
mismo tiempo, pues así Igerna se veía libre del vínculo conyugal.
Regresó luego al castillo de Tintagel, lo
capturó y, con él, a Igerna, que era lo que más deseaba conquistar. Desde entonces vivieron ambos juntos,
unidos por un mutuo y gran amor, y tuvieron un hijo y una hija. El niño fue
llamado Arturo y la niña, Ana.
(139) Pasaron los días y
los años, y se apoderó del rey una enfermedad que lo afligió durante mucho tiempo. En el ínterin, los guardianes de la
cárcel donde se hallaban Octa y Eosa, los caudillos sajones arriba mencionados, llevaban una vida en extremo tediosa, por lo que decidieron
escapar con sus prisioneros a Germania, sembrando con su huida el terror a lo largo del reino. Se difundió, en efecto, el rumor de que
los fugitivos habían encrespado
los ánimos de los Sajones en
Germania y que, con una escuadra imponente,
regresaban a destruir la isla. Y eso sucedió en realidad. Octa y Eosa regresaron con una enorme escuadra e innumerables guerreros, invadieron Albania y recorrieron a sangre y ruego el país, destruyendo ciudades y dando
muerte a sus ciudadanos. Se confió el mandó del ejército de Britania a Lot de Lodonesia[118], con órdenes de
mantener a distancia al enemigo. Era este Lot duque de Leil[119], esforzado y valiente caballero, maduro en el saber y en la edad. Como recompensa
por sus hazañas, el rey le había dado a su hija Ana por esposa y, con ella, el cuidado del reino mientras durase su
enfermedad. En sus ataques contra
el enemigo, Lot fue con frecuencia
rechazado, de modo que tenía que refugiarse en las ciudades. Pero con más
frecuencia lograba derrotar a los
invasores, dispersándolos y obligándolos
a huir a los bosques o a sus propias naves. De cualquier forma, las
espadas seguían en alto, y la victoria
no se decantaba de ninguno de los dos bandos. El orgullo y la
arrogancia de los Britanos los ponían a
menudo en desventaja, pues no se
avenían a obedecer las órdenes de su caudillo, lo que debilitaba
sus fuerzas y los hacía incapaces de
alzarse con el triunfo definitivo.
(140) Casi toda la isla
fue devastada. Cuando lo supo el rey, se irritó más de lo que su enfermedad aconsejaba, y
convocó a todos sus barones para echarles en cara su orgullo y su tibieza. Una vez ante su
presencia, tuvo duras palabras de reproche para ellos, y juró que él en persona los guiaría contra el
enemigo. Ordenó construir una litera donde pudiera ser transportado, pues la enfermedad le impedía
moverse de otra forma. Ordenó también a todos sus hombres que estuviesen dispuestos a caer
sobre el enemigo cuando la
ocasión lo exigiera. Pronto estuvo lista la
litera, los hombres, preparados, y la oportunidad estaba a punto de llegar.
(141) Con el rey en su
litera, se dirigieron a Verulam, donde los antedichos Sajones maltrataban a la población local. Cuando Octa y Eosa fueron informados de la
llegada de los Britanos y supieron
que el rey viajaba en litera, no se dignaron
combatir con él, pues que venía en tal vehículo. No convenía a tan grandes hombres medir sus fuerzas con un moribundo, de modo que se
retiraron a la ciudad y dejaron abiertas las puertas de la misma, para mostrar
que nada temían. Cuando Úter lo supo,
ordenó poner sitio inmediatamente
a la ciudad y asaltar las murallas por
todas partes. Obedecieron los Britanos, poniendo sitio a Verulam y asaltando sus muros. Sembraban ya la muerte entre los enemigos, y
estaban a punto de entrar por las brechas practicadas en la muralla, cuando los
Sajones comenzaron a oponer
resistencia: veían que los asaltantes llevaban la mejor parte de la batalla, y
los avergonzaba su anterior
arrogancia, por lo que decidieron
defenderse, y, subiendo a lo alto de las murallas, rechazaban a los Britanos con todo tipo de armas arrojadizas. Ambos bandos luchaban encarnizadamente cuando llegó la noche, invitándolos a abandonar las armas y a
descansar. Muchos deseaban ese descanso, pero la mayoría prefería un buen plan con el que destruir a sus
adversarios. Cuando los Sajones se dieron cuenta del perjuicio que les había
ocasionado su fanfarronería y
arrogancia pasadas, y de que los Britanos
habían estado a punto de obtener la victoria, resolvieron efectuar una salida con las primeras luces del alba y provocar a sus enemigos a una batalla en campo abierto. Y así lo hicieron. Tan pronto como el sol anunció el
día, salieron en compacta
formación para dar cumplimiento a su
propósito. Al verlos, los Britanos dispusieron a sus soldados en orden de combate y,
saliéndoles al encuentro, comenzaron a atacarlos.
Resisten los Sajones, atacan los Britanos. Ambos bandos se infligen mutua matanza. Finalmente, cuando hubo transcurrido la mayor
parte de la jornada, el rey de
los Britanos se hizo con el
triunfo, Octa y Eosa perdieron la vida y los Sajones volvieron las
espaldas. Tan alegre está el rey por lo
sucedido que, aunque hasta entonces era incapaz de levantarse sin ayuda, ahora se incorpora en su litera con un pequeño esfuerzo, como si de repente hubiese recuperado la
salud, y, riéndose, dice con voz
jovial:
—«Esos ladrones me llamaban el rey moribundo, porque yacía tendido en una litera. Y,
ciertamente, lo estaba. Prefiero, sin embargo, estar medio muerto y vencer a
estar sano, con buenas perspectivas de
futuro, y ser vencido. Mejor es
morir con honor que vivir deshonrosamente.»
(142) Aunque derrotados,
no por ello abandonan los Sajones sus hábitos perversos. Antes bien, invadiendo las
provincias septentrionales, hostigan sin cesar a sus habitantes. Quiso el rey Úter perseguirlos,
pero sus príncipes lo disuadieron de su propósito, pues su enfermedad había dado un giro aún más
grave después de la victoria. Como consecuencia de ello, el enemigo se hizo más y más audaz en sus acciones, e intentaba por todos los medios someter el reino a su poder. Como era usual en ellos, acudieron a
la traición, maquinando cómo
podrían matar al rey mediante
engaños. Y no encontraron mejor medio
de darle muerte que el veneno. Así lo hicieron. Mientras Úter yacía
enfermo en la ciudad de Verulam, enviaron espías disfrazados de mendigos para informarse de la situación de la
corte. Obtenida toda la información que buscaban, descubrieron en ella una circunstancia que se adaptaba perfectamente a su traición: había cerca de
la residencia real una fuente de cuyas límpidas aguas solía el rey beber, pues su enfermedad le
prohibía tomar cualquier otro licor. Esos abominables traidores se dirigieron a
la fuente y la contaminaron con
veneno, de manera que todas sus
aguas quedaron inficionadas. Cuando el rey bebió de ellas, murió inmediatamente, y cien de sus hombres con él, hasta
que el fraude fue descubierto y cegaron la fuente con un montón de tierra. Tan pronto como el óbito regio fue dado
a conocer, llegaron los obispos
de todo el reino con su clerecía
y trasladaron el cuerpo del monarca al
monasterio de Ambrio, inhumándolo con los honores debidos en el
Círculo de los Gigantes, junto a su hermano
Aurelio Ambrosio.
2. Arturo
(143) Muerto Úter
Pendragón, los barones de Britania llegaron desde las distintas provincias a la ciudad de Silchester y sugirieron a Dubricio, arzobispo de la Ciudad de las
Legiones, que coronara a Arturo,
su hijo, como rey de la isla.
La necesidad los urgía a ello, pues los Sajones, enterados del fallecimiento de Úter, llamaron a sus compatriotas de Germania y, acaudillados por Colgrin, amenazaban con exterminar a los Britanos. Habían ya sometido la parte de
la isla que se extiende desde el
río Humber hasta el mar de Caithness. Dubricio, lamentando las calamidades de su patria, convocó a los obispos
e impuso sobre las sienes de
Arturo la diadema del reino.
Era entonces Arturo un
joven de quince años, de un valor y una generosidad sin precedentes. Su innata bondad le había
granjeado tanto favor a los ojos del pueblo, que casi todos lo amaban. Tan pronto como fue
coronado, y siguiendo inveterada costumbre, comenzó a distribuir regalos entre sus súbditos. Fue
tal la multitud de caballeros que acudió a su presencia, que se agotaron sus recursos. Mas todo
aquel en quien se alían de forma natural la liberalidad y el coraje, si en un momento dado se ve
agobiado por la necesidad, no se verá abrumado por ella durante mucho tiempo.
Así que Arturo, en quien
se daban cita la liberalidad y el coraje, resolvió atacar a los Sajones, con ánimo de repartir las
riquezas del enemigo entre sus camaradas. La propia justicia de su causa lo animaba a ello,
pues había obtenido por derecho hereditario la soberanía de toda la isla. Reunió, pues, a toda la juventud del reino y marchó
sobre Eboraco. Cuando Colgrin lo supo, convocó
a sus Sajones, Fictos y Escotos, y le salió al encuentro con una impresionante muchedumbre a
orillas del río Duglas, donde tuvo lugar la batalla, sufriendo ambos ejércitos pérdidas numerosas. Al cabo, Arturo se hizo con la victoria. Colgrin
huyó, y Arturo lo persiguió y puso sitio a Eboraco, donde el Sajón buscó
refugio. Al enterarse de la derrota de su
hermano Colgrin, Baldulfo se dirigió con seis mil hombres a la
ciudad sitiada, con la esperanza de
romper el asedio.
Cuando Colgrin combatía a orillas del Duglas, Baldulfo se encontraba en la costa, esperando
la llegada de Cheldric, un
caudillo sajón que estaba a punto de desembarcar en su auxilio desde Germania.
Lo separaban ya tan sólo diez millas de Eboraco cuando decidió proseguir la
marcha durante la noche y caer por
sorpresa sobre Arturo. Pero éste conoció sus propósitos y ordenó a Cador, duque
de Cornubia, que saliera al encuentro de Baldulfo esa misma noche,
con seiscientos jinetes y tres mil infantes.
Rodeó Cador el camino por donde marchaban los enemigos y, atacándolos de improviso, mató a la mayoría,
poniendo en fuga a los
supervivientes. Muy angustiado se halla
Baldulfo por no haber podido ayudar a su hermano, y debate consigo mismo cómo va a ingeniárselas para comunicarse
con Colgrin, pues está seguro de
que, si consigue llegar a su presencia,
entre los dos discurrirán algo para salir del apuro. Como no existe otro medio de acceso a la ciudad,
se afeita los cabellos y la barba, y se disfraza
de juglar, cítara en mano. Comienza luego
a pasear por el campamento, pretendiendo ser un músico ambulante que concierta melodías con su lira. Nadie sospecha nada, y él, poco
a poco, va acercándose a las murallas de la ciudad, siempre con la misma intención. Finalmente,
los sitiados lo reconocen, lo
izan con cuerdas al otro lado de
los muros y lo conducen a presencia de Colgrin, quien, al verlo, lo colma de besos y abrazos, como si regresara de entre los muertos. Cuando, tras mantener ambos hermanos exhaustivas deliberaciones, han perdido ya toda esperanza
de escapar, vuelven a las costas de Albania los mensajeros que habían enviado a Germania, y traen consigo seiscientas naves repletas de
bravos guerreros y a Cheldric como caudillo. Llegado que hubieron estas nuevas
al campamento de Arturo, los
consejeros del rey lo disuadieron de continuar por más tiempo el asedio, pues entrañaba un serio peligro enfrentarse a un
número tan crecido de enemigos.
(144) Aceptó Arturo el consejo de sus hombres de confianza y se
retiró a la ciudad de Londres. Allí convocó al clero y a los prelados de todos sus dominios, y les
preguntó qué medidas sería más aconsejable adoptar ante la invasión de los paganos. Fue parecer común que se despacharan mensajeros al rey Hoel de Armórica,
para darle noticia de las
calamidades que se cernían sobre
Britania. Era este Hoel hijo de la hermana de Arturo y de Budicio, rey de los Britanos de Armórica[120]. Tan pronto como se enteró de las dificultades por las que
atravesaba su tío[121], ordenó preparar
una escuadra y, reuniendo quince mil
guerreros, se hizo a la mar con vientos favorables y desembarcó en Puerto de
Hamón. Arturo lo recibió con los honores que merecía, y ambos se confundieron
en un interminable abrazo.
(145) Pocos días
después, se dirigieron a
la ciudad de Kaerliudco.it, a la sazón
sitiada por los antedichos paganos. Se
encuentra esta ciudad en la
provincia de Lindsey, sobre una colina, entre dos ríos; se la conoce también por el nombre
de Lincoln. Una vez llegados
allí con toda su hueste, presentaron
batalla a los Sajones, infligiéndoles inaudita matanza; seis mil de ellos cayeron aquel día para no levantarse, ahogados en el río o abatidos por las armas; los demás, aterrados, abandonaron el asedio y emprendieron la
fuga. Arturo los persiguió
implacablemente hasta el bosque
de Calidón. Allí confluyeron de todas partes los fugitivos Sajones y se dispusieron a resistir a Arturo. Una vez más trabaron
batalla ambos bandos, y en esta ocasión los Sajones mataron un buen número de enemigos, defendiéndose valientemente; al amparo de los
árboles, evitaban las flechas de
los Britanos. Apercibiéndose de esta
circunstancia, Arturo ordenó derribar los árboles de esa parte del bosque y colocar sus troncos en círculo, bloqueándoles la salida. Pretendía con ello mantenerlos sitiados en su encierro
hasta que muriesen de hambre. Así lo hizo, ordenó a sus hombres que rodearan el bosque y permaneció allí por tres días. Los Sajones no tenían con qué alimentarse, y, temiendo morir
de hambre, pidieron licencia para
salir sobre la base de que les
permitiesen regresar a Germania con
solas sus naves, dejando tras de sí todo el oro y la plata que llevaban; y prometieron, además, enviar
tributo a Arturo desde Germania y
entregarle rehenes como garantía de pago. Convenientemente
asesorado, Arturo accedió a lo que le pedían: retuvo sus riquezas y los rehenes que garantizaban el pago del tributo; a
cambio, les concedió permiso para abandonar el país.
(146) Surcaban los
Sajones el mar rumbo a su patria cuando se arrepintieron del pacto que habían llevado a cabo, de
modo que, virando en redondo, volvieron a Britania y desembarcaron en la costa de Totnes.
Tomaron posesión del país y lo devastaron hasta la desembocadura del Severn, dando muerte a muchos paisanos. Después se dirigieron a marchas
forzadas al distrito de
Bath y pusieron sitio a
la ciudad. Cuando Arturo lo supo, se quedó estupefacto ante semejante doblez y ordenó que fueran
juzgados sumarísimamente los rehenes y, acto seguido, fuesen ahorcados. Interrumpió las
operaciones que había emprendido contra Escotos y Fictos, y se apresuró a acudir en auxilio de
los sitiados. Para aumentar las preocupaciones que lo agobiaban, había tenido que dejar a su
sobrino[122] Hoel en la ciudad de Alclud, pues se encontraba
seriamente enfermo. De manera que
marchó a Bath y, llegado que hubo a la
provincia de Somerset, dijo a la vista
del asedio:
—«Puesto que esos Sajones
de impío y detestable
nombre han faltado a su palabra, quiero yo cumplir con la mía, la que le debo a
mi Señor, y vengar hoy en ellos la sangre de mis compatriotas. ¡Armaos,
hombres, armaos y atacad a esos traidores con todas vuestras fuerzas! No hay duda de que triunfaremos
con la ayuda de Cristo.»
(147) Dicho esto, el venerable Dubricio, arzobispo
de Ciudad de las Legiones, desde lo alto de una colina exclamó:
—«¡Soldados! Ya que
habéis recibido de vuestros padres la fe cristiana, recordad en nombre de Dios la lealtad que le
debéis a vuestra patria y a vuestros compatriotas, que, conducidos al exterminio por la traición de los paganos, constituirán un motivo eterno
de oprobio para vosotros, si no acudís a defenderlos. Luchad por vuestra patria y aceptad
la muerte por ella, si fuese necesario, que en la muerte está la victoria y la liberación del alma.
El que muere por sus hermanos se ofrece a Dios como una hostia viva y no duda en seguir a
Cristo, que consintió en dar la vida
por sus hermanos. Si alguno de vosotros
sucumbe en la batalla, su propia muerte le servirá de penitencia y absolución de todos sus pecados, siempre que
muera con ese espíritu.»
Al punto, confortados por las bendiciones del santo varón, se apresuró cada cual a armarse y
a obedecer sus recomendaciones.
Arturo, por su parte, se reviste
de una loriga digna de rey tan grande;
se ajusta a la cabeza un yelmo de oro, con la cresta tallada en forma de dragón, y a los hombros su escudo, llamado Pridwen, sobre el que
está pintada una imagen de la Santísima Virgen,
madre de Dios, para tenerla siempre presente en la memoria; se ciñe a Caliburn, la espada sin par que fue forjada en la isla de Avalón, y empuña con la diestra a Ron, su lanza, que es
larga y ancha, y se encuentra
sedienta de sangre.
Luego, ordenó a sus tropas para el combate y atacó bravamente a los Sajones, que, según
su costumbre, se hallaban
alineados en forma de cuña. Todo aquel día resistieron valientemente los
Sajones a los Britanos, pero éstos insistían una y otra vez.
Declinaba ya el sol cuando ocuparon una
colina próxima que podía servirles de campamento, pues, fiados en su número, la
sola elevación del terreno les parecía suficiente protección. Sin embargo, al
amanecer del siguiente día, consiguió Arturo acercarse a la cumbre con su
ejército, aun a costa de grandes pérdidas. Los Sajones, en efecto, desde posiciones más elevadas, podían herir más fácilmente a los
Britanos, pues eran más veloces
sus movimientos al descender que los
de sus adversarios al intentar penosamente
el ascenso. Con todo, los Britanos, esforzándose al máximo, alcanzaron la cumbre y trabaron combate cuerpo a cuerpo con el enemigo. Los Sajones, a pecho descubierto,
ponen todo su empeño en
resistir. Ha transcurrido ya de ese modo la mayor parte de la
jornada cuando Arturo no puede reprimir
su cólera viendo que el enemigo
se mantenía firme y que no terminaba
de llegar la victoria; desenvaina su espada Caliburn, invoca el nombre de Santa
María y se precipita en veloz
ataque sobre las apretadas filas
de los Sajones. El que prueba su filo no necesita ya otro golpe. Y no
ceja en su esfuerzo, en el nombre de
Dios, hasta haber dado muerte con Caliburn,
su espada, a cuatrocientos setenta guerreros. Lo vieron los Britanos y, en
formación compacta, lo siguieron
entusiasmados, sembrando por
doquier la matanza. En esta batalla cayeron Colgrin y Baldulfo, su
hermano, y muchos miles de Sajones. Sólo
Cheldric, que se apercibió del peligro que amenazaba a sus compatriotas, consiguió
huir con los supervivientes.
(148) Obtenido el
triunfo, ordenó el rey a Cador, duque de Cornubia, que persiguiera a los fugitivos, mientras él
mismo se apresuraba a dirigirse a Albania, pues había llegado a sus oídos que los Escotos y los
Fictos habían puesto sitio a la ciudad
de Alclud, donde se hallaba Hoel enfermo,
como ya dije más arriba. De modo que hacia allá se encaminó rápidamente Arturo, temiendo que la ciudad cayese en manos de los bárbaros. Por su parte, el duque de
Cornubia, a quien acompañaban
diez mil hombres, no quiso perseguir a los Sajones, sino que prefirió
dirigirse a toda prisa hacia sus
naves e impedirles la entrada a
bordo. Se apoderó, pues, de las naves y dejó en ellas como guarnición a lo mejor de sus soldados, con órdenes de que no permitieran
a los paganos el acceso a las
mismas, si intentaban abordarlas.
Después, y de acuerdo con las órdenes
de Arturo, se apresuró a perseguir a los enemigos y a degollarlos sin piedad conforme los iba
encontrando. Los Sajones, que hasta entonces habían combatido con la ferocidad del rayo, retrocedían cobardemente
ahora, buscando refugio en las profundidades de los bosques, o en montañas, o en cuevas, para prolongar un poco
más sus vidas. Finalmente, no
hallándose seguros en ninguna
parte, retiraron su quebrantada hueste a la isla de Thanet. Hasta allí los siguió el duque de Cornubia, renovando la acostumbrada matanza, y no descansó hasta haber obtenido su rendición sin condiciones, no sin antes haber dado muerte a Cheldric y haber aceptado rehenes.
(149) Restablecida así la
paz, Cador marchó a la ciudad de Alclud, a la que Arturo había liberado ya de la hostilidad de los bárbaros.
Condujo luego el rey su ejército a
Moray, donde los Escotos y
Fictos se encontraban sitiados. Habían combatido en tres ocasiones contra el monarca y su sobrino[123], y, al ser derrotados, se refugiaron en esa provincia. Cuando llegaron al lago Lomond, tomaron posesión de las islas del
mismo, en busca de un refugio
seguro. Contiene este lago sesenta
islas y recibe las aguas de sesenta ríos, de los que sólo uno desemboca en el mar. En las islas pueden verse sesenta riscos, sobre los cuales se sostienen otros tantos nidos de
águilas. Las águilas solían
reunirse una vez al año para dar
a conocer cualquier suceso extraordinario que fuese a acontecer en el reino por medio de un agudo chillido que todas emitían al mismo
tiempo. En estas islas se refugiaron los mencionados enemigos, a fin de aprovechar la protección del lago. Pero de poco les sirvió, pues Arturo, fletando una escuadra, clausuró las entradas
y salidas, de manera que Fictos y Escotos, víctimas del hambre, morían por millares. Mientras Arturo iba así destruyendo a sus
enemigos, Gilomaur, rey de
Hibernia, llegó en auxilio de los
sitiados con una flota y una gran muchedumbre de bárbaros. Interrumpió Arturo el asedio y volvió sus armas contra los Hibernenses, sembrando la muerte en sus filas y obligándolos
a regresar a su país. Una vez
obtenida la victoria, se pudo
dedicar de nuevo al exterminio de Escotos
y de Fictos. Se entregó a ello con un implacable rigor, sin perdonar la vida a
ninguno de cuantos caían en sus
manos, hasta el punto de que
todos los obispos de aquel desdichado país, junto con todo el clero a ellos sometido, se dirigieron al encuentro de Arturo con los pies descalzos,
llevando las reliquias de sus santos y los objetos sagrados de sus iglesias, para implorar del rey misericordia por la salvación de su pueblo. Una vez en presencia del monarca, se hincaron
de hinojos ante él y le rogaron que tuviese piedad de su asendereada gente. Les había infligido ya suficiente castigo —decían los obispos— y no tenía necesidad alguna de exterminar a
los pocos que quedaban hasta el último hombre; podía permitirles conservar una pequeña parte de su país, y a cambio ellos se comprometían a llevar para siempre sobre sus hombros
el yugo de la servidumbre. De
esta manera suplicaban, y su
patriotismo impresionó vivamente a
Arturo, llegando a hacer brotar lágrimas de sus ojos. Finalmente, el rey accedió a la petición
de los santos varones y concedió
el perdón a su pueblo.
(150) Luego que hubieron tenido lugar estos sucesos, el convaleciente Hoel visitó el
emplazamiento del antedicho lago, y mucho se maravilló al ver cómo tantos ríos
e islas, tantas rocas y nidos de
águilas, coincidían en número. Mientras se admiraba contemplando prodigio tan extraño, se le acercó Arturo y le dijo que en la misma provincia, no lejos de donde se encontraban,
había otro lago aún más
extraordinario: medía veinte pies
de anchura por la misma distancia en longitud y cinco pies de profundidad;
fuese la propia naturaleza quien le dio aquella forma de cuadrado, o la industria del hombre, lo cierto es
que aquel lago producía cuatro
clases diferentes de peces en
sus cuatro ángulos, y nunca había un pez de una zona en ninguna de las otras tres.
Añade Arturo que existe un tercer lago, llamado Linligwan por los nativos, en la región de Gales regada por el Severn: cuando desagua el mar en él, traga su flujo en insondable torbellino, de manera que nunca puede llenarse lo suficiente como para cubrir las márgenes de sus riberas; en cambio, cuando mengua la marea, el lago regurgita las aguas que ha tragado, que se
elevan tan alto como una montaña, y con ellas oculta y baña sus riberas; en el
ínterin, si algún habitante de la
región se encuentra cerca, con el rostro vuelto hacia el Linligwan,
y las ondas salpican sus vestidos, nunca, o
a duras penas, conseguirá evitar ser
devorado por el lago; sin embargo, si
está vuelto de espaldas, no tiene por qué preocuparse de ser engullido, aunque se encuentre en la mismísima
ribera.
(151) Después de perdonar al pueblo de los Escotos, se dirigió el rey a Eboraco, donde
se proponía celebrar la fiesta
inminente de la natividad del Señor.
Al entrar en la ciudad y observar el
lamentable estado de sus iglesias, se entristeció mucho. El santo arzobispo Sansón había sido expulsado de su sede junto con los demás
hombres de religión, y en los templos medio quemados se interrumpieron todas las ceremonias sacras: hasta ese punto llegó la insania de los paganos. De manera que Arturo convocó al clero
y al pueblo, y nombró a Píramo, su propio capellán, metropolitano de la sede. Después reconstruyó las
iglesias, que habían sido destruidas hasta
sus cimientos, y las dotó de comunidades religiosas de hombres y mujeres. Por
otra parte, restableció en sus
antiguas dignidades a los nobles
expulsados por las invasiones sajonas.
(152) Había en Eboraco
tres hermanos de regia
alcurnia, a saber, Lot, Urián y Angusel, que antes de los triunfos sajones habían ejercido la soberanía sobre aquellas tierras. Queriendo
de volverles, como a los demás,
sus derechos hereditarios, Arturo repuso a Angusel en el trono de los Escotos, y a Urián, su hermano, le confió
el gobierno de las gentes de
Moray; en cuanto a Lot, que en
tiempos de Aurelio Ambrosio[124] había
desposado a la propia hermana de Arturo y había tenido dos hijos de ella, Gawain y Mordred, lo reinstaló en el
ducado de Lodonesia y territorios
circundantes. Finalmente, cuando le hubo devuelto a todo el país los honores perdidos, tomó por esposa a Ginebra, una joven de noble
estirpe romana que, educada en la corte del duque Cador, superaba en belleza a todas las mujeres de
la isla.
(153) Llegó el verano, y Arturo
preparó una escuadra
y navegó rumbo a la isla de Hibernia, pues deseaba someterla a su poder. En cuanto desembarcó, le salió al
encuentro el rey Gilomaur, arriba mencionado, con una innumerable hueste y el propósito de
enfrentarse con él. Nada más comenzar el combate, los Hibernenses de Gilomaur, mal vestidos y
peor armados, son derrotados y huyen en busca de un lugar donde refugiarse,
mientras el propio rey es capturado e intimado a la rendición. Los demás
príncipes del país, estupefactos ante lo sucedido, siguen el ejemplo de Gilomaur y se
rinden sin condiciones. Una
vez sometida Hibernia, Arturo enderezó su flota hacia Islandia, venció a los
Islandeses y conquistó la isla. En las
demás islas comenzó a correr el rumor de que ningún país podía oponer resistencia al monarca de los Britanos, y Doldavio, rey de Gotland, y Gunvasio, rey de las Oreadas, se presentaron voluntariamente ante
Arturo, le prometieron el pago de
un tributo y le rindieron homenaje. Pasó el invierno, y Arturo regresó a Britania, estableciendo firmemente la paz en sus dominios y manteniéndola a lo
largo de doce años.
(154) Al final de ese
período, amplió su séquito personal invitando a caballeros de gran mérito venidos de lejanas
tierras, y tanta cortesía desplegó en su palacio que hasta los pueblos más distantes querían
imitar los usos y costumbres que allí imperaban. Así estimulados, hasta los nobles de más alta
cuna pensaban que nada valían a
menos que llevasen las armas o se vistieran
como los caballeros de Arturo. La fama de su generosidad y valor se divulgó por los
cuatro puntos cardinales, y los reyes de los países de ultramar temblaban ante la posibilidad de que Arturo los atacara o invadiese, haciéndoles
perder el dominio de las naciones a ellos sometidas. Tan angustiados se encontraban que optaron por reconstruir sus ciudades y las torres que las protegían, y erigieron castillos en lugares cuidadosamente elegidos a fin de que, si Arturo conducía
una expedición contra ellos, pudieran refugiarse dentro, si fuere menester.
A Arturo lo animaba el
hecho de que todos lo temiesen, y comenzó a acariciar la idea de conquistar Europa.
Preparadas sus naves, se dirigió primero a Noruega, pues deseaba coronar rey
de aquel país a Lot,
su cuñado. Lot era sobrino de Siquelino, rey de los Noruegos, y éste había muerto recientemente,
legándole su reino; sin embargo, los Noruegos no aceptaban a Lot y habían promovido al trono a
un tal Riculfo, pues creían poder resistir a Arturo con sus ciudades fortificadas. Tenía
entonces Gawain, hijo del mencionado
Lot, doce años de edad, y había sido enviado
por su tío al servicio del papa Sulpicio, quien lo armó caballero. Tan pronto
como Arturo —había comenzado a
decíroslo— desembarcó en las
costas noruegas, le salió al encuentro el rey Riculfo con todos sus compatriotas y trabó batalla con él. Mucha
sangre se derramó por uno y otro
bando hasta que, al fin, en furiosa embestida, los Britanos dieron muerte a Riculfo y a muchos de los suyos. Una vez obtenida esta victoria, arremetieron contra las ciudades y
les prendieron fuego, dispersando
a la población rural, y continuaron dando rienda suelta a su ferocidad hasta haber sometido toda Noruega y toda
Dinamarca al dominio de Arturo.
(155) Conquistadas dichas
naciones, tras coronar
a Lot como rey de Noruega, navegó rumbo a las Galias y, una vez allí, ordenando a su ejército en compañías, comenzó
a devastar el país en todas
direcciones. La provincia de Galia se hallaba
en aquel tiempo bajo la jurisdicción del tribuno Flolón, que gobernaba en nombre del emperador León. Enterado Flolón de la llegada de Arturo, reúne a todos los soldados que tiene
bajo su mando y, presentando
batalla a los Britanos, intenta
resistir a todo trance. Pero Arturo ha venido acompañado de los jóvenes de todas las islas que ha sometido.
Tiene un ejército tan poderoso que
ningún otro podría llegar a vencerlo. Además, lo mejor de la hueste gala se encuentra ya al servicio de Arturo: los ha comprado a fuerza de regalos. En cuanto Flolón ve
que está llevando la peor parte
del combate, abandona rápidamente el
campo y se refugia en París con los pocos hombres que le quedan.
Allí reagrupa a su dispersa hueste, fortifica
la ciudad y se prepara para enfrentarse con Arturo de nuevo. Mientras está pensando cómo reforzar su ejército con la ayuda de los pueblos vecinos,
llega inesperadamente Arturo y pone sitio a la ciudad.
Transcurrió un mes, y
Flolón, afligido al ver que su pueblo se moría de hambre, mandó decir a Arturo que lo desafiaba
a singular combate, y que aquel de los dos que resultara vencedor obtendría el reino del vencido. Flolón era de
gran estatura, valor y fuerza, y, fiado en estas cualidades, propuso el duelo con la esperanza de
salir victorioso. Mucho le agradó a Arturo la sugerencia de Flolón, y le comunicó a su vez que aceptaba encantado la pelea que le había propuesto. Así, pues, ambas partes estuvieron de acuerdo
en que el encuentro se celebrase
en una isla fuera de la ciudad,
ante la expectante muchedumbre de
sus respectivos ejércitos. Ambos se hallan completamente armados, sobre cabalgaduras maravillosamente veloces, y no resulta fácil predecir quién se hará con el triunfo. Por un instante se mantienen inmóviles uno enfrente del
otro, con las lanzas apuntando hacia el cielo. En seguida, espolean a sus caballos y se acometen con gran violencia. Arturo, que maneja la lanza con
más destreza, alcanza a Flolón en la parte superior del pecho y, evitando el arma enemiga, derriba a su rival. Desenvaina al punto la espada
y se dispone a herir a Flolón
cuando éste, incorporándose con
presteza, corre hacia él empuñando su lanza y descarga un mortífero golpe sobre el corcel de
Arturo, abatiendo a caballo y caballero. Los
Britanos, que ven morder el polvo a su señor, temen por su vida y a duras penas consiguen no arrojarse sobre los Galos, rompiendo
la tregua acordada. A punto
están de rebasar los límites de la paz
cuando Arturo se pone rápidamente en pie y, protegiéndose con su escudo,
se va en veloz carrera contra
Flolón. Luchan ahora cuerpo a
cuerpo, redoblando los golpes, y cada uno pone todo su empeño en dar muerte al
contrario. Finalmente, Flolón, en un
descuido de su rival, golpea a
Arturo en la frente, y habría sido un golpe mortal de no mediar el yelmo del monarca.
Cuando Arturo ve su loriga y su escudo teñidos
en su propia sangre, se enfurece y, blandiendo a Caliburn con todas sus fuerzas, la hunde a través del
casco en la cabeza de Flolón, seccionándola
en dos partes iguales. Fulminado por el impacto, Flolón se desploma, batiendo el suelo con sus talones,
y exhala su alma al viento.
Cuando su ejército dio a
conocer las tristes nuevas, los ciudadanos de París abrieron las puertas de la ciudad y se
la entregaron a Arturo. Conseguida así la victoria, divide Arturo en dos su tropa y encomienda una
de las partes al duque Hoel, ordenándole que marche contra Güitardo, duque de los Pictavenses, mientras él,
con la otra mitad, se dedica
a someter las demás provincias.
Entrando en Aquitania, Hoel expugna las ciudades
del país y, tras derrotar a Güitardo en varios encuentros, lo obliga a rendirse. Después invade a sangre y ruego la Gascuña y somete
a sus príncipes. Pasaron nueve años. Cuando Arturo hubo conquistado
todas las naciones de Galia, volvió a París y allí celebró cortes en las
que, reunidos el clero y el pueblo,
confirmó la paz y el imperio de
la ley en el reino. Fue entonces cuando
donó la Neustria, que ahora se llama Normandía, a su copero
Bedevere, y la provincia de los
Andegavenses[125] a Kay, su senescal, y muchas otras provincias a los nobles que lo habían servido. Luego de haber pacificado todas estas
ciudades y pueblos, regresó a Britania al despuntar la primavera.
(156) Se aproximaba la solemnidad de Pentecostés[126], y Arturo, exultante de alegría por sus
victorias, quiso reunir allí a su corte y colocar sobre sus sienes la diadema del reino, invitando a la
festividad a los reyes y duques a él sometidos, para celebrarla juntos con todos los honores y renovar los pactos de paz sólida y firme con
sus más distinguidos vasallos.
Explicó a los miembros de su casa lo que se proponía hacer y aceptó su propuesta de
llevarlo a cabo en Ciudad de las
Legiones. Situada en un delicioso lugar a orillas del río Usk, en la
región de Glamorgan, no lejos
de la desembocadura del Severn,
Ciudad de las Legiones era la más rica de las ciudades de Britania. Aconsejaba su elección, por una parte, el hecho de que la bañase
el noble río arriba mencionado,
pues, surcando sus aguas, los
reyes y príncipes de ultramar podían llegar en sus naves hasta la ciudad; por
otra, la circunstancia de que se
hallase rodeada de bosques y
praderas, y fuesen magníficos sus palacios,
que imitaban a los romanos en las cenefas doradas de sus techos. Era también famosa por sus dos iglesias. La primera se construyó en honor
de Julio Mártir, y constituía su gala más preciada
el virginal coro de jóvenes consagradas a Dios que albergaba en su interior. La segunda, fundada bajo
la advocación de San Aarón, compañero de
Julio, había sido confiada a una congregación
de canónigos y era la iglesia catedral de la tercera sede metropolitana de Britania. Ciudad de las
Legiones poseía, además, un colegio de
doscientos filósofos, versados en astronomía y en las demás artes liberales, que observaban con atención el curso de las estrellas y
predecían el porvenir al rey Arturo valiéndose de cálculos infalibles.
Tal era la ciudad, rica en todo género de delicias, donde iba a celebrarse la fiesta de la coronación. Fueron enviados mensajeros a todos
los reinos, para invitar a
aquellos que debían acudir a la
corte desde las Galias y desde las islas cercanas.
Vino Angusel, rey de
Albania, ahora llamada Escocia; Urián, rey de Moray; Cadvalón Lauir, rey de Venedocia, que ahora se llama Gales
del Norte; Estater, rey de Demecia,
esto es, Gales del Sur; Cador,
rey de Cornubia. Vinieron también los
arzobispos de las tres sedes metropolitanas, a saber, el de Londres, el de Eboraco y
Dubricio, titular de Ciudad de
las Legiones. Este último, primado de Britania y legado de la sede apostólica, brillaba tanto por su piedad que con sus preces podía sanar a los enfermos.
Acudieron los condes de
las principales ciudades: Morvid, señor de Gloucester; Mauron de Wigornia; Anaraut de Salisbury; Artgal de Cargüeir, que ahora es llamada Warwick; Jugein
de Leicester: Cursalem de
Caicester[127]; Kinmarco, duque de Dorobernia; Galuc de Salisbury; Urbgenio de Bath; Jonatal de Dorchester, y Bosón
de Ridichen, esto es, de
Oxford.
Además de estos condes,
vinieron otros héroes
de rango no inferior: Donaut, hijo de Papo; Queneo, hijo de Coil; Peredur, hijo de
Eridur; Grifuz, hijo de Nogoid;
Regin, hijo de Claud; Edelein, hijo de
Cledauc; Kincar, hijo de Bangan; Kinmarco;
Gorboniano, hijo de Goit; Clofaut;
Run, hijo de Neton; Cimbelino, hijo de Trunat; Catleo, hijo de Catel; Kinlit, hijo de Neton, y muchos otros más, cuyos nombres sería largo enumerar.
De las islas vecinas vino
Gilomaur, rey de Hibernia; Malvasio, rey de Islandia; Doldavio, rey de Gotland, y Gunvasio,
rey de las Oreadas. También vinieron Lot, rey de Noruega, y Asquilo, rey de los Daneses.
De ultramar llegó Holdino, duque de los Rutenos;
Leodegario, conde de Boulogne; Bedevere el copero, a la sazón duque de
Normandía; Borel de Cenomania[128]; el senescal Kay, duque de los Andegavenses; Güitardo el Pictavense; los
doce pares de las Galias,
conducidos por Gerín de Chartres;
y Hoel, duque de los Britanos de Armórica,
con los barones de su séquito, que avanzaban con tal magnificencia, y con tantos caballos y muías, que enmudece la lengua al intentar describir
su paso. Además de los ya citados, hay que decir que no hubo príncipe de mérito a este lado de Hispania que no
acudiera al llamado de Arturo. Y no es
maravilla, que su generosidad era bien
conocida en el mundo entero y hacía que todos lo amasen.
(157) Finalmente, cuando
se hubieron reunido todos en la ciudad y
llegó el día de la ceremonia, los arzobispos
se dirigieron a palacio para coronar al rey con la diadema real. Como la corte se encontraba en su diócesis, Dubricio
fue quien se encargó de colocar
la corona sobre las sienes del monarca. Una vez coronado, el rey
fue conducido con la debida pompa a la
iglesia de la sede
metropolitana. Dos arzobispos lo acompañaban, uno a su derecha y otro a su
izquierda. Cuatro reyes, a
saber, los de Albania y Cornubia, Demecia y Venedocia, lo
precedían, llevando por derecho propio
cuatro espadas de oro, e iba con ellos
un nutrido grupo de clérigos de todos los grados entonando cánticos admirables.
En cuanto a la reina, una vez
investida de las insignias regias, la
condujeron prelados y sacerdotes a la iglesia de las vírgenes consagradas. Iban delante de ella las cuatro
reinas de los reyes arriba mencionados,
llevando cuatro palomas blancas, según la costumbre. La seguían, con
gran regocijo, todas las damas que
habían asistido a la ceremonia. Cuando hubo terminado la procesión, brotaron tantos sones de los instrumentos y tantos himnos de las gargantas, que los caballeros presentes no sabían en cuál de las iglesias entrar
primero, debido a la gran calidad de la música que ambas ofrecían, y se precipitaban en
tropel unas veces a un templo y
otras a otro; aunque hubiese
durado la celebración todo el día, no habrían dado muestras de cansancio.
Una vez celebrado el
servicio divino en ambas iglesias, el rey y la reina se quitan sus coronas y se visten con
ropas más ligeras. Acto seguido, él se dirige a la sala de banquetes de su palacio con los
caballeros, y ella a la del suyo con las damas; pues los Britanos todavía observaban
una antigua costumbre de Troya según la cual hombres y mujeres celebraban las fiestas por separado. Ya están
todos acomodados de acuerdo con el rango de cada uno. El senescal Kay, vestido de armiño, y
asistido por un millar de jóvenes nobles que, como él, se visten de armiño, sirve los distintos
manjares. Por su parte, al copero Bedevere lo acompañan otros mil jóvenes, revestidos con pieles de marta, y lo ayudan a
servir bebidas de todas clases en copas de todos los tipos imaginables. Entretanto, en el palacio de la reina
innumerables sirvientes, luciendo diferentes libreas, atienden a las comensales,
ejerciendo cada uno su oficio. Si me extendiera en describirlo todo, haría esta
historia demasiado prolija. En aquel
tiempo Britania había alcanzado un grado tal
de esplendor, que superaba a los
demás reinos en la abundancia de sus riquezas, en la magnificencia de sus galas y en la cortesía de sus habitantes. Cualquier caballero
del reino que hubiese adquirido
renombre por su valor llevaba
todos sus vestidos y armas de un mismo
color. Las damas elegantes también mostraban
en su indumentaria un color distintivo, y no se dignaban conceder su amor a nadie que no hubiese participado por lo menos tres veces
en batalla. De ese modo, las
damas de aquel tiempo eran castas y su amor hacía más valientes a los caballeros.
Vigorizados por el
banquete, se dirigieron a unas praderas fuera de la ciudad y se repartieron en grupos para competir en diversos juegos. Los
caballeros miden sus fuerzas en viriles juegos ecuestres que imitan los
combates reales, mientras las damas los contemplan desde lo alto de las
murallas, estimulándolos a combatir y apasionándose ellas mismas por el juego y sus protagonistas. Otros
pasan el resto de la jornada tirando con arco, arrojando la jabalina o lanzando piedras de mucho peso.
Los hay que prefieren
el ajedrez, los dados o una infinidad de otros juegos. El hecho es que todos compiten en el marco de la más exquisita cortesía, y Arturo premia luego con su acostumbrada generosidad a los vencedores. Tres días transcurrieron en medio de estas distracciones y, en el curso del cuarto, fueron llamados a presencia del rey todos
aquellos que, en función de su cargo, le debían homenaje, siendo recompensados con posesiones, esto es, ciudades y castillos, arzobispados,
obispados, abadías y otros honores.
Entonces, el
bienaventurado Dubricio, que hacía tiempo que deseaba abrazar una vida eremítica, abandonó su sede
arzobispal. En su lugar fue consagrado David, tío del rey, cuya vida era ejemplo de virtud para
aquellos a quienes había instruido en la doctrina de Cristo. Simultáneamente, Teliao, el ilustre
presbítero de Llandaff, fue
designado arzobispo de Dol en lugar de Sansón
con la anuencia de Hoel, rey de los Britanos de Armórica, que estaba al tanto de la
santidad de su vida y
costumbres. El obispado de Silchester le fue confiado a Mauganio, el de
Güintonia a Duviano, y la mitra
episcopal de Alclud a Eledenio.
(158) Mientras distribuye
estos beneficios, he aquí que
doce hombres de edad madura y venerable
aspecto, empuñando ramos de olivo en señal de embajada, entran con paso quedo en palacio y, saludando
al rey, le entregan un mensaje de Lucio
Hiberio que dice lo siguiente:
Lucio, procurador de la
República, a Arturo, rey de Britania, que se ha hecho acreedor a esta carta. Me
asombra la insolencia de tu tiranía. Me asombra aún más la injuria que has
inferido a Roma. Cuando pienso en ello, me indigna el hecho de que te hayas olvidado de
ti mismo hasta el punto de no reconocer el ultraje y no advertir que has ofendido
con tu criminal conducta al senado y al pueblo de Roma, a quienes debe el mundo
entero sumisión, como tú no ignoras. Pues el tributo de Britania que el senado te
había impuesto, y que fue puntualmente recibido por Gayo Julio y sus sucesores, tú
has tenido la osadía de no pagarlo, despreciando a un imperio de rango tan
sublime. Te apoderaste, además, de Galia; te apoderaste de la provincia de los Alóbroges y de
todas las islas del Océano, cuyos reyes pagaban tributo a mis antepasados desde que
el poder de Roma se extendió por aquellas regiones. Por todo lo cual, el
senado ha decidido tomar cartas en el asunto, ordenándote acudir a Roma antes de la mitad del
próximo mes de agosto, para que te disculpes y cumplas la sentencia que dicte la
justicia de tus amos. Si no acudes, invadiré tu territorio y, con la fuerza
de mi espada, me esforzaré por devolver a la República todo lo que tu insania le ha
arrebatado.
La carta fue leída en voz
alta en presencia de reyes y barones. Acto seguido, Arturo se retiró con ellos a una
gigantesca torre que había a la entrada del palacio, para deliberar qué
medidas debían
adoptarse en relación con el mensaje. Se hallaban todavía al pie de la escalera cuando Cador, duque de Cornubia,
que era un hombre jovial,
rompió a reír y dijo al rey las siguientes palabras:
—«Mucho me temía que los
Britanos, ociosos por la paz prolongada de que gozamos, pudiéramos convertirnos en unos
cobardes, y que nuestro esfuerzo en el campo de batalla, que nos ha hecho famosos entre los
pueblos, se hubiera perdido para
siempre. A la verdad, cuando no se utilizan las armas y no hay nada que hacer
salvo jugar con las mujeres y los dados o
entregarse a cualquier otro
deleite, parece lógico que el coraje,
el honor, el arrojo y la gloria se vean mancillados por la apatía. Llevamos casi cinco años entregados a la molicie y desentendidos del ejercicio de la guerra. Dios mismo nos libera de nuestra indolencia valiéndose de Lucio: las pretensiones de los Romanos despiertan en nosotros
el valor que nos hizo célebres.»
(159) Estas palabras y
otras semejantes dijo Cador. Luego subieron y, una vez acomodados en sus asientos, fue
Arturo quien habló de esta manera:
—«Habéis sido mis
camaradas tanto en los buenos como
en los malos tiempos, y no me faltan pruebas
de la valía de vuestros consejos y de vuestro coraje en la guerra. Prestadme ahora toda vuestra atención y empeñad vuestra sabiduría en decirme qué debemos hacer ante una carta semejante. Pues todo lo que el sabio
planea escrupulosamente de
antemano se soporta más
fácilmente cuando se
lleva a término. Por tanto, podremos soportar el ataque de Lucio más fácilmente si antes nos hemos puesto de acuerdo acerca de los medios más
adecuados para rechazarlo. En lo que a mí respecta, pienso que no debemos temer en
exceso su acometida, teniendo en cuenta los motivos irracionales que invoca para exigir el
tributo de Britania. Dice que se le debe pagar porque le fue pagado a Julio César y a sus sucesores. Aquellos hombres, animados por la desunión de nuestros antepasados, desembarcaron con hueste armada en la
isla y conquistaron por la
fuerza nuestro país, que en aquel
tiempo se encontraba debilitado por disensiones internas. Así fue cómo se
apoderaron de Britania, imponiéndole injustamente el pago de un tributo, pues nada de lo que se obtiene por la fuerza puede ser justamente poseído
por el que emplea la violencia[129]. Motivo irracional es, en efecto, el que Lucio alega cuando mantiene que nosotros somos sus tributarios por derecho.
Y ya que Roma se arroga la facultad de reclamarnos
algo injusto, con argumento similar propongo que, a nuestra vez, le
exijamos a Roma el pago de un tributo, y
que el ejército más fuerte de los dos se salga con la suya. Si piensan
que Britania debe pagarles un impuesto
por el simple hecho de que Julio
César y otros reyes romanos la
sometieran antaño, de igual manera pienso yo que Roma debe pagarme a mí un
tributo, pues mis ancestros la conquistaron en otro tiempo. En efecto, Belino, aquel serenísimo rey de
los Britanos, con la ayuda de su
hermano Brenio, duque de los
Alóbroges, mandó ahorcar a veinte de
los más nobles Romanos[130] en mitad de su propio foro, tomó Roma y, una vez tomada, la poseyó durante muchos años. Debo citar también a dos personajes con quienes me unen vínculos muy estrechos de consanguinidad, me refiero
a Constantino, el hijo de Helena, y a Maximiano;
sucesivamente, fueron ambos reyes de Britania y alcanzaron el trono de la Roma imperial. ¿No creéis que hay
motivo suficiente para exigir a
los Romanos el pago de un impuesto? Por lo que atañe, en fin, a
Galia y a las islas del Océano, nada tenemos que justificar, pues no las defendieron cuando se las arrebatamos.»
(160) Tan pronto como
Arturo hubo terminado
su discurso, Hoel, rey de los Bótanos de Armórica, adelantándose a los demás, le respondió en los siguientes términos:
—«Aunque cada uno de
nosotros se tomara la molestia de
profundizar en las ventajas e inconvenientes
que pudieran derivarse de las medidas a adoptar, creo que no podría encontrarse
mejor consejo que el que tu experta sabiduría acaba de exponer. Tus palabras, aderezadas con las más
sabrosas especias del repertorio tuliano[131], se han anticipado a nuestros deseos. Nunca alabaremos lo bastante tu firmeza, tu presencia
de ánimo y tu buen juicio al
sugerir un plan que tantos
beneficios puede reportarnos. Si, de acuerdo con ese plan, estás dispuesto a marchar sobre Roma, no me cabe la
menor duda de que obtendremos la
victoria: es nuestra libertad lo que
está en juego cuando exigimos en nombre de la justicia a nuestros
enemigos lo que ellos comenzaron injustamente
a reclamarnos, pues el que intenta privarle a otro de lo suyo merece perder lo que le pertenece a manos de aquel cuya ruina busca. Ya que los Romanos pretenden despojarnos de nuestros bienes, nuestra
inexorable respuesta será arrebatarles los suyos, en cuanto se presente la ocasión de enfrentarnos con ellos en el campo de batalla. Todos los Britanos desean ese encuentro. Además, las
profecías de la Sibila
testifican sin margen de error que habrá un tercer emperador romano de sangre británica. Belino y Constantino, aquellos príncipes
gloriosos a quienes acabas de referirte, llevaron
la corona imperial sobre sus sienes. Para que los oráculos se cumplan, tiene que haber un tercer emperador britano, y en ti saludamos al hombre a quien le ha sido reservado ese supremo
honor. Apresúrate, pues, a recibir lo que Dios no va a tardar en entregarte; apresúrate a conquistar lo que desea ser
conquistado; apresúrate a
exaltarnos a todos, pues no retrocederemos ante el temor de las heridas o incluso de la muerte, si nuestro sacrificio conduce a que
tú seas exaltado. Para que lo
consigas, yo estaré a tu lado
con diez mil guerreros.»
(161) Cuando Hoel hubo
concluido, Angusel, rey de Albania, tomó la palabra y manifestó lo que sigue:
—«Desde el instante en
que comprendí que mi señor pensaba realmente lo que ha dicho, invadió mi espíritu una alegría tal que no soy capaz ahora de expresarla.
En nuestras pasadas campañas hemos tenido que combatir con muchos y muy poderosos reyes,
pero esos triunfos no significan nada mientras Romanos y Germanos permanezcan ilesos y no hayamos vengado varonilmente en ellos la matanza que infligieron antaño a nuestros
compatriotas. Ahora que tenemos
ocasión de vérnoslas con ellos, se desborda mi gozo, y ardo en
deseos de que llegue el día de la
batalla. Estoy sediento de su sangre, como del agua de un manantial después de haber estado tres días sin beber. Si alcanzo a ver esa jornada, ¡qué dulces serán las heridas que me abrirán
y que abriré, cuando lleguemos
al cuerpo a cuerpo! Dulce será también
la propia muerte, si la sufro
vengando a nuestros mayores, salvaguardando
nuestra libertad, exaltando a nuestro rey. Ataquemos, pues, a esos afeminados y no cejemos hasta haberlos vencido
por completo, despojándolos de todos sus honores en alegre victoria. Por mi
parte, engrosaré las filas de nuestro ejército con dos mil caballeros armados, sin contar los hombres de a
pie.»
(162) A continuación, los
demás dijeron lo que tenían que decir. Uno tras otro prometieron a Arturo tantos guerreros
como exigía su condición de vasallos, de manera que, además de los que había prometido el
rey de Armórica, se reunieron sesenta mil hombres armados tan sólo de la isla de Britania. Los
reyes de las demás islas no utilizaban aún la caballería y, por tanto, enviaron tantos
combatientes dé a pie como debían, de modo que de las seis islas, a saber, Hibernia, Islandia,
Gotland, las Oreadas, Noruega y Dinamarca, acudieron seis veces veinte mil infantes. De los diversos ducados de las Galias, esto es, los de los Rutenos, Portivenses[132], Neustrienses, Cenomanos, Andegavenses y
Pictavenses, llegaron ochenta mil; y de los doce condados de aquellos que vinieron con Gerín de
Chartres, mil doscientos. Eran
ciento ochenta y tres mil trescientos
hombres en total, sin contar los soldados
de infantería, cuyo número no era fácilmente
computable [133].
Cuando el rey Arturo vio a todos sus vasallos dispuestos como un solo hombre a servirlo,
les ordenó volver inmediatamente
a sus lugares de origen en busca de las tropas prometidas y acudir con ellas el día de las calendas de agosto[134] al puerto de Barfleur[135]; desde allí se dirigirían al territorio de los Alóbroges, donde tendría ocasión de enfrentarse con los Romanos. Finalmente,
envió legados a los emperadores, diciéndoles que no tenía la menor intención de pagar el tributo y que no iba a Roma en cumplimiento de sus órdenes, sino, por el contrario, para reclamarles lo mismo que ellos le habían reclamado
a él por mediación de Lucio Hiberio. Parten los mensajeros, parten también reyes y barones, y no tardan en llevar a término cuanto les ha sido
ordenado.
(163) Tan pronto como
Lucio Hiberio conoció
la respuesta de Arturo, mandó llamar por orden del senado a los reyes de oriente para que
preparasen sus ejércitos y marcharan con él a conquistar Britania. Allí acudió
rápidamente Epístrofe,
rey de los Griegos; Mustensar, rey de los Africanos; Alifátima, rey de Hispania; Hirtacio, rey de los Partos; Boco, rey de los Medos; Sertorio, rey de Libia; Serses, rey de los Itureos[136]; Pandraso, rey de Egipto; Micipsa, rey de Babilonia; Politetes, duque de Bitinia;
Teucro, duque de Frigia; Evandro
de Siria, Equión de Beocia e
Hipólito de Creta, junto con los duques y barones a ellos
sometidos. De entre los senadores acudieron Lucio Cátelo, Mario Lépido,
Gayo Mételo Cota, Quinto Milvio Cátulo,
Quinto Carucio y muchos más, hasta un
total de cuarenta mil ciento sesenta.
(164) A comienzos de
agosto, una vez preparado todo lo necesario,
se pusieron en marcha hacia Britania. Al enterarse de su movimiento, Arturo confió la regencia
de Britania a su sobrino Mordred
y a la reina Ginebra, y, dirigiéndose con
su ejército a Puerto de Hamón, se hizo a la mar con viento favorable. Hacia la medianoche, mientras rodeado de innumerables naves surcaba las aguas en próspera y alegre travesía,
se apoderó de él un sueño muy profundo. Dormido, vio en sueños a un oso que volaba por el aire y
ante cuyos gruñidos se estremecían todas las riberas; vio también a un terrible
dragón que, volando desde Occidente, iluminaba el país con el resplandor
de sus ojos; cuando el dragón y el oso se
encontraron, trabaron entre sí prodigiosa batalla, y el dragón, atacando
una y otra vez al oso con su aliento de
fuego, dio en tierra con el cuerpo chamuscado de su rival. En ese punto
Arturo despertó, y refirió lo que
había soñado a los circunstantes,
quienes interpretaron que el dragón era el propio rey y el oso un gigante con el que iba a combatir; que la batalla soñada era el trasunto de la que mantendrían él y el gigante,
y que la victoria del dragón
representaba su propio triunfo.
Arturo, por su parte, no opinaba lo mismo, y quería ver en su sueño una alusión a sí mismo y al emperador. Cuando hubo pasado la noche y
la bermeja aurora despuntaba en el cielo,
desembarcaron en Barfleur. Armadas al punto sus tiendas, se dispusieron a
esperar allí la llegada de los
reyes de las islas y de los duques de las provincias adyacentes.
(165) Entretanto,
anuncian a Arturo que un gigante de portentoso tamaño, procedente de Hispania, ha arrebatado a
Helena, sobrina del duque Hoel, de manos de quienes la custodiaban y ha escapado con ella a
la cumbre de la montaña que hoy se llama Mont Saint Michel. Hasta allí lo han seguido los
caballeros de la comarca, pero sin resultados positivos, pues si lo
atacaban por
mar, les hundía las naves lanzándoles enormes rocas, y si por tierra, o los
mataba con todo tipo de armas arrojadizas o, capturándolos, los devoraba cuando aún
estaban vivos.
La noche siguiente, a las
dos de la madrugada, tomó Arturo consigo a
su senescal Kay y a su copero Bedevere,
y, saliendo en secreto del campamento,
se encaminó hacia la montaña. Era tan grande el valor del rey que no creía necesario poner en marcha todo un
ejército contra monstruos semejantes:
él solo se bastaba para destruirlos,
infundiendo así con su ejemplo coraje a sus soldados. Cuando llegaron cerca del
monte, vieron que ardía una hoguera en su cumbre, y distinguieron otro fuego menor sobre un
monte más bajo, no lejos del
primero. Como ignoraban en cuál de los dos tenía su morada el
gigante, enviaron a Bedevere a averiguarlo.
Se dirigió primero éste en barca hacia
la montaña menor, a la que no
podía acceder por tierra, pues se encontraba
en medio del mar. Comenzaba a trepar hasta la cumbre cuando oyó un clamor lúgubre de mujer encima de él. En un principio se estremeció de horror, pues temía que el monstruo
pudiese estar allí. Pero recobró el coraje y, desenvainando su acero, prosiguió la escalada. Al llegar a la cumbre, no encontró nada más que
la hoguera que había visto antes. En seguida descubrió al lado del ruego un túmulo
recientemente levantado; junto a
la tumba, había una anciana que
se deshacía en sollozos. En cuanto ella lo vio, interrumpió sus
lágrimas y le dijo:
—«¡Hombre infeliz! ¿Qué
funesta fortuna te ha
conducido a este lugar? Me compadezco de ti, porque vas a morir entre inenarrables tormentos. Lástima me das, pues esta misma noche
un monstruo abominable destruirá
la flor de tu juventud. Va a venir,
en efecto, un gigante de odioso
nombre, aquel gigante criminal e impío que trajo a la sobrina del duque a esta
montaña, donde ahora yace bajo este
túmulo que acabo de erigirle yo, su
nodriza, a quien también condujo aquí
ese infame raptor. ¿De qué forma inaudita te matará, sin vacilar un solo instante? ¡Ah, tristes hados! Cuando el monstruo tomó en sus brazos
a la purísima niña que yo crié, el terror inundó
su tiernísimo pecho, y así finalizó su vida, digna de una luz más durable. Y como no podía ya
manchar con su inmunda lujuria a la que había sido mi alma gemela, mi otro yo, la alegría y el gozo de mi vida, puso en mí toda la violencia de
su horrible deseo, aunque contra mi voluntad (y Dios y mi vejez me son testigos de ello).
¡Huye, querido mío, huye! Si, como es su costumbre, viniese a cohabitar conmigo y te encontrara
aquí, te descuartizaría sin
remedio.»
Bedevere, conmovido tanto
como le es dado conmoverse a un ser humano, tranquilizó a la anciana con
amistosas palabras y la confortó prometiéndole pronta ayuda. Después regresó junto a Arturo y le dijo todo lo que había descubierto.
Lamentó Arturo el fin de
la muchacha y ordeno a
sus dos camaradas que le dejasen atacar solo al gigante; si fuese necesario, ellos podrían acudir en su ayuda y combatir vigorosamente a su lado. De manera que dirigieron sus pasos hacia
la montaña más alta y, dejando los caballos al cuidado de sus escuderos, iniciaron la ascensión con Arturo al frente del grupo. Se hallaba
aquel monstruo inhumano junto al
fuego, con las fauces manchadas por la
sangre de unos puercos que había
estado devorando y cuyos restos asaba,
ensartados en pinchos, sobre las brasas de la hoguera. Cuando los vio, mucho se sorprendió de su presencia y se apresuró a coger su
clava, que dos hombres jóvenes
no habrían podido sino a duras
penas alzar del suelo. Por su parte, el rey desenvainó la espada y, protegiéndose con el escudo, echó a correr tan rápidamente
como pudo para llevar la
delantera a su rival e impedir que
empuñase la clava. Pero el gigante, sabedor de las intenciones de
Arturo, ya había tomado su arma, y
golpeó con ella al rey sobre el escudo con tal violencia que el
ruido del impacto resonó en todas las
riberas y ensordeció por completo los
oídos de su adversario. Entonces, Arturo, ardiendo en feroz cólera,
levantó su espada y abrió en la frente
de su enemigo una herida que, aunque
no era mortal, hizo brotar la sangre por el rostro y los ojos del
monstruo y lo cegó completamente. El gigante
había desviado ligeramente el
golpe con su clava y, de ese modo, había preservado su frente de una herida fatal. Cegado como estaba por la sangre que manaba de su cabeza, ganó en rabia y furor, y como el jabalí
se precipita sobre el cazador a
pesar del venablo que éste
empuña, así aquel monstruo se arrojó sobre el rey despreciando su espada, le ciñó fuertemente la cintura con
sus brazos y lo obligó a doblar
en tierra las rodillas. Arturo, recobrando el valor, logró escurrirse pronto de
su abrazo y lo golpeó aquí y allá con su espada, no cejando hasta que hubo incrustado toda la hoja de Caliburn en la cabeza de su rival, allí donde la calavera protege al cerebro. Herida de muerte, aquella criatura maligna lanzó un último grito y
cayó al suelo con gran estrépito,
como un roble arrancado de raíz por
la furia de los vientos.
Rió el rey aliviado, y
ordenó a Bedevere que cortara la
cabeza al gigante y se la diera a uno de los
escuderos para llevarla al campamento y exhibirla ante los soldados.
Decía Arturo que no se había enfrentado
nunca con nadie tan fuerte desde que
dio muerte al gigante Ritón en el monte Aravio, cuando éste lo retó a singular combate. El tal Ritón se estaba
haciendo una pelliza con las
barbas de los reyes que iba matando, y mandó recado a Arturo de que se
arrancara con cuidado su propia barba y, una vez arrancada, se la enviase; como Arturo despuntaba entre los demás
reyes, el gigante le prometió en su honor coser
su barba en la capa de piel por encima de las demás. Si no cumplía su mandato,
lo desafiaba a combatir, y el
vencedor del duelo obtendría la pelliza
y la barba del vencido. Se llevó a cabo la pelea, y Arturo salió victorioso, apoderándose de la barba de su
adversario y del trofeo. Desde entonces
no había combatido con nadie tan fuerte como Ritón, hasta que se enfrentó con el gigante de la montaña de San
Miguel. Tan pronto como consiguieron
la victoria de la forma y manera que
os he descrito, regresaron con la descomunal cabeza al campamento cuando rompían las primeras luces
del alba. A su paso, las multitudes se
agolpaban, vitoreando al hombre que había liberado el país de monstruo tan voraz.
Por su parte, Hoel,
afligido por la muerte de su sobrina, ordenó edificar una basílica sobre su tumba, en la montaña que
albergaba sus restos. El monte tomó el nombre de la sepultura de la doncella y aún hoy se
llama Tumba de Helena [137].
(166) Una vez reunidos
todos en Barfleur, Arturo se dirigió a Autun, donde pensaba encontrar al emperador. Cuando llegó a orillas del río
Aube, le anunciaron que los Romanos se hallaban acampados cerca de allí, y que su
ejército era
tan numeroso que, según decían, era un suicidio hacerle frente. Pero Arturo no
se amedrentó y persistió en el plan
que había trazado de antemano. Comenzó, pues, por construir su propio campamento a orillas del
río, en un lugar desde donde podía mover libremente sus tropas o adonde podía retirarse,
si fuere menester. Mandó después a dos de sus condes, Bosón de Oxford y Gerín de Chartres,
junto con su sobrino Gawain, a
Lucio Hiberio, para decirle que o traspasaba
de regreso a Roma las fronteras de Galia o, al día siguiente, sabría por propia experiencia quién de los dos tenía mejor derecho sobre el país. Los jóvenes de Britania,
exultantes de gozo ante las
perspectivas de una batalla, comenzaron a instigar a Gawain para
que provocara algún incidente en el campo
del emperador y tuviesen, así,
la oportunidad de enfrentarse con
los Romanos.
Llegados a presencia de
Lucio, le ordenaron retirarse de Galia o combatir al día siguiente.
Mientras el caudillo
romano les respondía que no tenía intención alguna de regresar a Italia, sino de pelear para
someter el país, a su sobrino Gayo Quintiliano, allí presente, se le ocurrió decir que los Britanos
abundaban en fanfarronería y amenazas, pero carecían de arrojo y de valor a la hora de la verdad.
Indignado, Gawain desenvainó la espada que llevaba colgada al cinto y, atacando al difamador,
le cortó la cabeza. Acto seguido, montó a caballo, y sus compañeros con él. Los
Romanos los persiguieron, unos a pie y otros a caballo, con ánimo de vengar la
muerte de su compatriota en la
persona de los legados, que huían a toda velocidad. Cuando uno de los perseguidores estaba a
punto de alcanzar a Gerín de Chartres, éste se dio la vuelta de repente, enristró su lanza y
atravesó la armadura de su enemigo, acertándole en la mitad del cuerpo y dando
con todo su poder en tierra. Bosón de Oxford, celoso del valor que había
exhibido el de Chartres,
volvió grupas y arrojó su lanza a la garganta
del primer hombre que encontró, hiriéndolo
mortalmente y desmontándolo del rocín que empleaba en la persecución. En el ínterin, Marcelo Mucio, deseando ardientemente vengar a
Quintiliano, amenazaba por la espalda a Gawain y estaba a punto de prenderlo cuando el Britano, girando en redondo, lo golpeó con la espada que blandía, hendiéndole yelmo y cabeza hasta
el pecho; le encargó, además, que cuando estuviera en el infierno dijese a Quintiliano, a quien Gawain había matado en el campamento, que así era como los Britanos abundaban en amenazas y fanfarronería. Reagrupados los tres
camaradas, Gawain los exhorta a darse la vuelta y a cargar juntos, pugnando cada uno por
abatir a un nuevo enemigo. De
modo que, obedientes a la
propuesta, vuelven grupas y cada uno derriba a un enemigo.
No cejan los Romanos en
la persecución, hostigándolos con sus espadas y lanzas, pero no son capaces de capturarlos ni
de abatirlos. Los seguían por cierto bosque, según cuenta la historia, cuando surgieron
repentinamente de la espesura alrededor de seis mil Britanos que, enterados de la huida de sus condes, se hallaban escondidos con ánimo de
prestarles ayuda. Al salir, espolean a sus monturas y, llenando el aire con sus gritos y
protegiéndose con sus escudos, atacan de
improviso a los Romanos y al punto los ponen
en fuga. Acto seguido, los persiguen corno un solo hombre, y a unos los derriban a lanzadas de sus caballos, a
otros los capturan y a otros los matan.
Cuando le fue anunciado esto al senador Petreyo, se apresuró a acudir en
auxilio de sus camaradas, acompañado de diez mil hombres, y obligó a los Britanos a retirarse al bosque
de donde habían salido, aunque a
costa de grandes pérdidas, pues
los Britanos conocían bien las estrechas
sendas por donde huían, e hicieron auténticos estragos entre sus perseguidores.
Mientras retrocedían de
ese modo, Hidero, hijo de
Nun, acudió velozmente en su ayuda con cinco
mil guerreros. Se detuvieron entonces los fugitivos, mostrando el pecho ante los mismos a quienes poco antes habían dado la espalda, y
se esforzaron en golpearlos lo
mejor que sabían. Resisten los Romanos, y la suerte de la
batalla permanece indecisa. Los Britanos
deseaban el combate con toda su
alma, pero, una vez trabado, no se
cuidaban mucho de si ganaban o perdían.
Los Romanos, en cambio, actuaban con más cautela, y Petreyo Cota, como buen capitán que era, les había instruido sabiamente
acerca de cuándo debían atacar y
cuándo replegarse, infligiendo de esa
manera serio quebranto a sus rivales.
En cuanto Bosón se dio cuenta de ello, convocó a un grupo de Britanos que él sabía eran
más valientes que los demás y les habló de la siguiente forma:
—«Puesto que hemos
emprendido esta batalla sin que Arturo lo sepa, debemos tener buen cuidado de no llevar la
peor parte en ella. Si tal sucede, no sólo sufrirán graves daños nuestros soldados, sino que
nuestro rey nos maldecirá por nuestra loca intrepidez. Recobrad el valor y seguidme a través de las
filas de los Romanos con el propósito de dar muerte o coger prisionero a Petreyo, si la fortuna nos favorece.»
Así que picaron espuelas y penetraron en ataque conjunto por la formación enemiga, llegando al lugar desde donde Petreyo daba las órdenes.
Bosón se arrojó rápidamente sobre él, lo agarró del cuello y cayó en tierra con él, tal y como había planeado de antemano. Acuden los Romanos a liberar a su caudillo; los
Britanos acuden a auxiliar a Bosón. Se sigue una espantosa carnicería mutua en medio de un estrépito ensordecedor y de una confusión absoluta, con unos intentando rescatar a su capitán y los
otros haciendo lo posible para
mantenerlo en su poder. Los
combatientes de ambos bandos descargan golpes y los reciben, derriban y son
derribados. Allí puede verse con
claridad quién es el mejor con
la lanza, con la espada o con el venablo. Finalmente, los Britanos avanzaron en
formación cerrada y, resistiendo los embates de los Romanos, se retiraron con Petreyo a la seguridad
de sus líneas. Desde allí, y de manera inmediata,
atacan de nuevo al enemigo, ahora privado de su jefe y, en su mayor parte,
debilitado, descompuesto y sin ánimos
para otra cosa que no sea
emprender la huida. Cayendo sobre ellos por la espalda, los golpean
y los derriban, despojan a los caídos y
pasan por encima de los despojados para perseguir a los demás. Pero también toman prisioneros, pues quieren
entregárselos al rey.
Por fin, después de
haberles causado el mayor daño posible, regresaron al campamento con el botín cobrado y
los cautivos y, haciendo una cumplida relación de los sucesos en que habían tomado parte,
entregaron a Arturo, en medio de una gran alegría por la victoria, a Petreyo Cota y a los
restantes prisioneros. Los felicita el rey, y les promete honores y más honores por haberse comportado tan
valerosamente, aunque él no haya estado con ellos. Decide que los presos sean conducidos a prisión y, a ese efecto, llama a su presencia a los que van a encargarse
de trasladarlos, al día
siguiente, a París y de ponerlos a
buen recaudo en manos de los carceleros de esa ciudad, hasta que determine qué hacer con ellos. Ordena, asimismo, al duque Cador,
a Bedevere el copero y a los
condes Borel y Richer, con sus
séquitos personales, que los escolten
hasta llegar a un punto en el que no sea ya de temer un intento de rescate por parte de los Romanos.
(167) Pero los Romanos se
anticiparon a estos planes y, por orden del emperador, eligieron a quince mil de los suyos
para que, esa misma noche, adelantaran a los Britanos y, tendiéndoles una trampa, dieran la libertad a sus compatriotas cautivos.
Ostentaban el mando los senadores Vulteyo Cátelo y Quinto Carucio, junto con Evandro, rey de
Siria, y Sertorio, rey de Libia. Esa
misma noche salieron con los quince mil arriba
mencionados y, escogiendo un lugar adecuado
para un ataque por sorpresa, se ocultaron en él, esperando la llegada del convoy enemigo. Al amanecer,
los Britanos se pusieron en marcha con
sus prisioneros. Pronto estuvieron cerca del lugar en cuestión, ignorantes de la
emboscada que les habían
preparado sus astutos enemigos. Comenzaban
a entrar en dicho lugar cuando los Romanos surgieron de improviso de su
escondite y los atacaron, rompiendo sus desprevenidas filas. Aunque atacados de
improviso y dispersados, los Britanos
rehicieron sus líneas y resistieron
con bravura: apostaron parte de sus tropas alrededor de los cautivos, y al resto lo agruparon en compañías para hacer frente al enemigo. Bedevere y Richer tomaron el mando del grupo encargado de custodiar a los prisioneros,
mientras que Cador, duque de
Cornubia, y Borel acaudillaban a los demás. Los Romanos se habían arrojado sobre ellos desordenadamente, sin preocuparse de organizar sus filas, y ponían todo
su empeño en sembrar la matanza
entre los Britanos, al tiempo
que éstos pugnaban por defenderse,
agrupándose en compañías. Quebrantados sobremanera, los Britanos habrían padecido la vergüenza de perder a sus
cautivos, si la fortuna no hubiese
acudido en su auxilio con los refuerzos necesarios. En efecto, Güitardo, duque de los Pictavenses, supo de la emboscada arriba descrita
y llegó con tres mil guerreros al lugar de la batalla. Con ayuda tan oportuna, los Britanos se alzarían al fin con la
victoria, tomando cumplida venganza del estrago que les habían
infligido sus desvergonzados
salteadores. Con todo, habían sido
muchas sus pérdidas en la primera fase de la batalla. Perdieron a Borel, ínclito conde de los Cenomanos, que vio cómo la lanza de Evandro, rey de Siria, le atravesaba la
garganta, y acto seguido, con la sangre, vomitó la vida. También perdieron a cuatro nobles príncipes: Hírelgas
de Perirón, Mauricio de Cahors,
Aliduc de Tintagel, y Her, hijo de Hider; difícilmente podrían
encontrarse hombres tan bravos como ellos.
Pero sus camaradas conservaron intacto el coraje y no desesperaron; antes bien, se esfuerzan al máximo en custodiar a los prisioneros y, al mismo tiempo, procuran derribar el mayor número posible de enemigos. Finalmente, los Romanos no fueron capaces de soportar las embestidas
britanas y, abandonando a toda
prisa el campo, se dirigieron a su
campamento. Los Britanos los persiguieron,
infligiéndoles gran matanza y tomándoles
muchos cautivos, y no descansaron hasta haber dado muerte a Vulteyo Cátelo y a Evandro, rey de Siria, y haber desbaratado por completo al resto del
ejército. Conseguida la victoria, los
vencedores enviaron a París a los prisioneros que llevaban consigo y regresaron adonde se
hallaba su rey con los que habían capturado en la última batalla, alimentando la esperanza de
una victoria definitiva, ya que
siendo tan pocos habían obtenido
el triunfo sobre tantísimos enemigos.
(168) Mal sufrió Lucio
Hiberio tales reveses. Atormentado y perplejo, su ánimo se inclinaba unas veces a esta y otras
a aquella solución, dudando si debía entablar batalla abierta con Arturo o si sería más
aconsejable retirarse a Autun y aguardar allí refuerzos del emperador León. Prevaleció, por fin, su miedo y, a la noche
siguiente, marchó con sus ejércitos a
Langres, en su camino a la antedicha
ciudad de Autun. Enterado de los
movimientos de su adversario, Arturo quiso adelantársele en el camino y esa misma noche, dejando
Langres a su izquierda, llegó a un valle llamado Saussy[138], por donde Lucio tenía que pasar.
Queriendo formar a sus
hombres en línea de combate,
dejó en reserva una legión al mando del
conde Morvid para que, si fuere menester, supiese adonde podía retirarse a rehacer sus filas, a fin de presentar de nuevo batalla al
enemigo. Dividió el resto de sus
tropas en siete batallones[139], compuesto cada uno de cinco mil quinientos cincuenta y cinco hombres armados.
Una parte de cada batallón así
establecido lo formaban las fuerzas de a caballo, y otra, los
guerreros de a pie. Habían recibido
órdenes según las cuales la
infantería atacaría de frente, mientras que la caballería,
avanzando en cerrada formación, lo haría
oblicuamente, esforzándose por dispersar al enemigo. De acuerdo con una inveterada costumbre británica, los infantes adoptaron una formación en cuadrado, con alas derecha e izquierda. Comandaba el ala derecha del primer batallón Angusel, rey de Albania; el duque de Cornubia,
Cador, se hizo cargo del ala izquierda. Dos insignes condes, Gerín de Chartres y Bosón de Ridichen (u Oxford en lengua sajona), ostentaban el mando de la segunda división; Asquilo, rey de los Daneses, y Lot, rey de los Noruegos,
se hallaban al frente de la tercera. Los jefes del cuarto batallón eran Hoel, duque de Armórica, y Gawain,
sobrino del rey. Tras estos cuatro batallones
se dispusieron otros cuatro en la retaguardia; el primero de ellos lo
acaudillaban Kay el senescal y Bedevere el
copero; Holdino, duque de los Rutenos, y Güitardo, duque de los Pictavenses, mandaban el segundo; el tercero les fue encomendado a Jugein de Leicester, Jonatal de
Dorchester y Cursalem de Caicester, y el cuarto a Urbgenio de Bath. Tras éstos, el propio
Arturo escogió posición para sí y para una legión que se había reservado, y allí clavó el dragón de oro
de su bandera. A ese lugar
podían retirarse, en caso de
necesidad, los soldados heridos y agotados, como si se tratase de un campamento. Constaba la legión de Arturo de seis mil seiscientos sesenta
y seis hombres.
(169) Una vez formado
todo el ejército, el rey les habló así a sus camaradas:
—«Compatriotas, vosotros
que habéis hecho a Britania dueña y señora de tres veces diez reinos, os felicito por ese
coraje vuestro que, lejos de desfallecer, veo que aumenta cada día más. Aunque habéis estado
inactivos por espacio de cinco años y os entregasteis durante ese tiempo a los deleites del ocio y no al ejercicio de la guerra, vuestro innato valor no ha degenerado lo más mínimo; por el contrario, habéis perseverado
en él, poniendo en fuga a los Romanos, que, espoleados por su propia soberbia, trataban de arrebatarnos nuestra
libertad. Fueron ellos quienes
iniciaron esta contienda, confiados en su superioridad numérica,
pero no han podido resistir vuestro empuje y
han tenido que buscar deshonroso
refugio en esa ciudad [140]. Ahora se disponen
a abandonarla, y tendrán que pasar por este valle en su camino a Autun. Entonces vosotros caeréis sobre ellos cuando menos lo esperen
y los degollaréis como corderos. Sin duda, pensaban que residía en vuestros corazones la molicie y la cobardía propia de
los pueblos orientales, cuando
quisieron hacer tributario a vuestro país y a vosotros esclavos.
¿Acaso no han oído hablar de las campañas que llevasteis a cabo contra Daneses
y Noruegos, y contra los caudillos de los Galos, a quienes sometisteis a mi
poder y liberasteis de su vergonzosa tiranía?
Si fuimos capaces de vencer en
batallas de tanto fuste, obtendremos
sin duda el triunfo en esta más ligera, si ponemos igual empeño en aplastar a
esos afeminados. ¡Cuántos honores os
aguardan si obedecéis fielmente
mis órdenes, como leales camaradas que sois! Tan pronto los hayamos derrotado, nos pondremos en marcha
hacia Roma; una vez allí, conquistaremos la ciudad y, cuando la hayamos conquistado, entraremos en posesión de todo
lo que encierra: vuestros serán
el oro y la plata, los palacios,
las torres, los castillos, ciudades y demás tesoros de los vencidos.»
Así dijo, y todos
asintieron con un clamor unánime, dispuestos antes a morir que a abandonar el campo, mientras su
rey permaneciese vivo.
(170) Por su parte, Lucio
Hiberio, informado de la encerrona que le habían preparado, pensó primero en huir, pero
cambió de opinión y, recobrando el coraje, decidió aceptar la batalla con los Britanos en el
mismo valle por donde había de pasar. A este efecto, convocó a sus generales y les habló del modo
siguiente:
—«Patricios venerables, a
cuyo imperio deben vasallaje los reinos
de Oriente y de Occidente, recordad las
hazañas de vuestros mayores, que
no dudaron en derramar su sangre para prevalecer sobre los adversarios
de la República, dejando un vivo ejemplo de
valor y virtudes guerreras a sus
descendientes, pues luchaban como si
Dios hubiese dispuesto que ninguno de ellos muriera en el campo de batalla. Triunfaban casi siempre, y triunfando, evitaban la
muerte, creyendo firmemente que
a nadie podía sucederle nada que no hubiese previsto la voluntad divina.
Y de ese modo crecía la República, y crecían los hechos heroicos de los
Romanos. Y la honestidad, la honra y la
largueza que son propias de las
almas nobles florecieron en aquellos héroes durante largos años, y los exaltaron a ellos y a sus descendientes al dominio de todo el orbe. Ese es el espíritu que quiero insuflar en vosotros. Os exhorto a que recobréis las virtudes
de vuestros antepasados y a que,
imbuidos de aquel valor, os
enfrentéis a vuestros enemigos en el valle en que se hallan emboscados y
luchéis por arrebatarles lo que
es nuestro. Ni por un momento penséis
que me he refugiado en esta ciudad
porque tema a los Britanos o tenga miedo de combatir con ellos; por el contrario, lo he hecho contando con que nos perseguirían incautamente y, al atacarnos en desorden, hubiéramos podido salir de improviso a su encuentro e infligirles gran mortandad. Pero, como ellos han obrado de manera distinta a la que esperábamos, debemos modificar también nosotros nuestros planes. Acudamos a su encuentro y ataquémoslos con denuedo; o, si son ellos quienes llevan la iniciativa, mantengamos firmes nuestras líneas y aguantemos su primera embestida:
obrando así, no cabe duda de que triunfaremos, pues en la mayoría de las batallas el bando
que consigue resistir el primer
ataque obtiene frecuentísimamente la
victoria.»
Tan pronto corno hubo
dado fin a estas razones y a otras similares, sus hombres asintieron unánimes y, alzando las
manos unidas, juraron ser fieles a Roma. Se armaron luego a toda prisa y, una vez armados,
salieron de Langres y se dirigieron al valle donde Arturo tenía desplegado su ejército. Habían dividido
sus tropas en doce legiones, todas de infantería, que, según costumbre romana, tenían forma de cuña; constaba cada una de seis mil
seiscientos sesenta y seis soldados. Pusieron al frente de cada división a un comandante, a quien
correspondía decidir cuándo se debía atacar y cuándo resistir las acometidas del enemigo. El
mando de la primera legión le fue confiado a Lucio Cátelo y a Alifátima, rey de Hispania; el de la segunda, a Hirtacio, rey
de los Partos, y al senador Mario Lépido; el de la tercera, a Boco, rey de los Medos, y al senador Gayo Mételo,
y el de la cuarta, a Sertorio, rey de Libia, y al senador Quinto Milvio. Estas
cuatro legiones constituían la primera
línea. Tras ellas había otras
cuatro: a la cabeza de la primera colocaron
a Serses, rey de los Itureos; Pandraso, rey de Egipto, mandaba la segunda, y Politetes, duque de Bitinia, la tercera, tomando a su
cargo la cuarta Teucro, duque de Frigia. Tras estas cuatro había otras tantas: acaudillaba la primera
el senador Quinto Carucio; la
segunda, Lelio de Ostia; la tercera,
Sulpicio Subúculo, y la cuarta, Mauricio Silvano. En cuanto a
Lucio, iba y venía entre sus hombres,
dándoles órdenes e instrucciones
acerca de cómo debían comportarse. Y ordenó que, en mitad de la formación, se
plantara el águila de oro de su estandarte, y que todo aquel que se viera alejado de sus filas por la marea
bélica hiciese lo posible por volver junto a su bandera.
(171) Por fin se
encuentran frente a frente Britanos y Romanos, con los venablos prestos a ser usados. Suenan al
punto las trompetas que llaman al combate, y la legión mandada por el rey de Hispania y Lucio
Cátelo carga briosamente contra la división acaudillada por el rey de Escocia y el duque de
Cornubia, pero ésta se mantiene firme y los Romanos no consiguen romperla. Mientras
persiste la legión romana en su furiosa acometida, entran en acción los soldados que Gerín y Bosón guiaban, y, a todo
galope, se precipitan sobre los
asaltantes, rompen sus filas y tropiezan con el batallón que el rey de
los Partos conducía contra la división
de Asquilo, rey de los Daneses.
Acto seguido, ambos ejércitos se
encuentran con violencia y, quebrando sus respectivas líneas de
batalla, se enzarzan en mortal combate.
Lamentable es la mortandad que ambas
partes se infligen en medio de un griterío ensordecedor, batiendo la tierra con la cabeza o con los pies, vomitando la vida al mismo
tiempo que la sangre. El primer
daño grave lo padecieron los Britanos, pues fue muerto el copero Bedevere y
mortalmente herido Kay, el senescal. Bedevere se enfrentó a Boco,
rey de los Medos, y cayó muerto,
atravesado por la lanza de su rival, en medio de la hueste enemiga. Quiso vengarlo el senescal Kay, pero se encontraba rodeado
de Medos y recibió una herida mortal. Sin embargo, como buen caballero que era, se abrió paso con los
hombres que llevaba y, dispersando a sus enemigos, habría conseguido retornar a sus filas con la formación intacta de no haberse
topado con la legión del rey de
Libia, cuya embestida abrió
brecha en las tropas conducidas por Kay. Cedió entonces terreno y logró retirarse al dragón de oro con el
cadáver de Bedevere. ¡Cómo se lamentaban
los de Neustria al ver el cuerpo de su duque destrozado por tantas heridas! ¡Qué duelo hacían los Andegavenses mientras trataban de curar las heridas de Kay, su señor!
Pero no era momento para quejas,
pues ambos ejércitos se bañaban en sangre atacándose mutuamente, y de nada servía gemir ni lamentarse: había
que mirar por la propia defensa.
(172) A Hírelgas, sobrino
de Bedevere, lo conmovió sobremanera la muerte de éste. Tomó a trescientos de los
suyos y, como un jabalí en medio de una jauría, arremetió a todo galope contra las filas enemigas hasta llegar al sitio donde había visto que se hallaba el estandarte
del rey de los Medos; lo hacía sin pensar en lo que pudiera sucederle, guiado por el deseo de
vengar a su tío. Una vez allí,
mató al rey medo y, llevándose el
cadáver a sus líneas, lo colocó junto al del copero y lo cortó en pedazos. Después, arengando con gran clamor a sus compatriotas, los
exhortó a acometer al enemigo con ataques continuos ahora que su coraje hervía,
ahora que el corazón de sus rivales temblaba de terror, ahora que estaban mejor dispuestos para el cuerpo a cuerpo, pues sus líneas se habían roto menos que
las de los Romanos y se encontraban en condiciones
de redoblar sus embestidas e infligirles mayor estrago. Animados por sus palabras, los Britanos atacaron al enemigo por todas partes,
y el campo quedó sembrado de
cadáveres de ambos ejércitos. Por el
bando de los Romanos, junto a muchísimos otros, cayó Alifátima, rey de
Hispania, y Micipsa de Babilonia, así como los senadores Mario Lépido y Quinto
Milvio. De la parte de los Britanos
cayeron Holdino, duque de los Rutenos, y Leodegario de Boulogne, junto a tres condes de Britania: Cursalem de
Caicester, Galuc de Salisbury y Urbgenio de Bath.
(173) Sobremanera
debilitadas, las tropas que mandaban estos caudillos hubieron de retroceder hasta la hueste de los Britanos de
Armórica, que
conducían Hoel y Gawain. Y los Armoricanos, convertidos en puro ruego, atacaron al enemigo y, reuniendo a los que retrocedían, obligaron a huir a quienes poco antes habían sido perseguidores, y los persiguieron a su vez, matando a unos y derribando a otros, y no
cesaron en la matanza hasta
llegar al batallón del emperador, que,
apercibiéndose del desastre sufrido por sus compañeros, se apresuraba a
prestarles socorro.
En el primer encuentro,
los Britanos salieron malparados.
Quimarcoc, conde de Tréguier, cayó muerto,
y dos mil guerreros con él. Cayeron también
tres ínclitos barones: Ricomarco, Blocovio y Lagvio de Bodloan[141]. Si hubiesen ocupado un trono, las edades futuras habrían celebrado su fama, pues eran hombres de gran valor. En el ataque
que llevaron a cabo con Hoel y Gawain, y que
ya os he descrito, no hubo enemigo que les hiciera frente a quien no arrebatasen la vida con la espada o
la lanza. Pero cuando llegaron ante la misma
guardia de Lucio, se vieron rodeados por todas partes de Romanos y cayeron al mismo tiempo que Quimarcoc y sus camaradas.
Los siglos pretéritos no
habían engendrado mejores
caballeros que Hoel y Gawain. Al enterarse
de la muerte de sus hombres, insistieron aún más encarnizadamente en el ataque, y ahora aquí, ahora allá, corriendo el uno en una dirección y el otro en otra, acechaban la cuña del emperador. Gawain, rebosante de valor por sus recientes hazañas, hacía todo lo posible por
enfrentarse con Lucio y, en su esfuerzo, empujaba más y más, como el más bravo de los
guerreros, y empujando abatía enemigos, y abatiéndolos los mataba. Hoel no se mostraba menos valiente
y, en la otra zona de la
batalla, se movía con la velocidad
del rayo, animando a sus soldados, y hería a los enemigos sin temor a recibir
sus golpes, y no había momento en que dejara de golpear o fuese golpeado. No sería fácil decir cuál de
los dos se comportó mejor en esa
jornada.
Por fin, Gawain, que
acechaba la cuña del emperador —como quedó dicho—, encontró la oportunidad que
apetecía y, topando con Lucio, se dispuso a enfrentarse con él. El general romano se hallaba en la flor de su juventud, lleno
de audacia, fuerza y coraje, y no
deseaba otra cosa que pelear
contra un caballero como Gawain, que
a buen seguro lo obligaría a probar su bondad en los hechos de armas. Así que esperó a Gawain a pie firme, pues mucho se preciaba de combatir con un adversario tan famoso. Largo tiempo duró el duelo entre ambos, y
poderosos fueron los golpes que
intercambiaron sobre los escudos
que los protegían, esforzándose cada uno al máximo por herir de muerte al contrario. Cuando se encontraban en el punto más encarnizado del combate, he aquí que los Romanos, súbitamente recuperados, atacaron a los de Armórica acudiendo en defensa de su emperador y lograron rechazar a Hoel y Gawain, sembrando la muerte entre sus tropas y no deteniéndose en su avance hasta llegar a la vista
de Arturo y su batallón.
(174) Arturo, en efecto, informado de la matanza infligida a sus hombres, se había adelantado
con su legión y, desenvainando a Caliburn, su magnífica espada, animaba a sus compañeros con
grandes voces, diciéndoles:
—«¿Qué estáis haciendo,
camaradas? ¿Vais a permitir que esos afeminados salgan de ésta sanos y salvos? ¡Ninguno debe escapar vivo! Recordad vuestras manos
diestras, que, ejercitadas en innumerables combates, sometieron treinta reinos a mi poder. Recordad a vuestros mayores,
a quienes los Romanos,
entonces en el apogeo de su fuerza, hicieron tributarios. Recordad vuestra libertad, que esos
aprendices de hombres quieren arrebataros, y eso que son más débiles que vosotros. ¡Que ni uno
solo de ellos escape vivo! ¡Ni uno solo! ¿Qué estáis haciendo?»
Estas y muchas otras
cosas gritaba mientras cargaba contra los enemigos y los derribaba y hería. Un solo golpe suyo bastaba para dar muerte a aquel que se cruzara en su camino o al caballo en que fuese montado. Los Romanos huían de él como el ganado del feroz león, cuando
el hambre cruel lo mueve a
devorar todo lo que el azar pone a su alcance. Y de nada servían
sus armaduras cuando Caliburn, firmemente
empuñada por la diestra de rey tan
esforzado, los obligaba a vomitar sus
almas al mismo tiempo que su sangre.
Dos reyes, a saber, Sertorio de Libia y Politetes de Bitinia, tropezaron, para desgracia suya, con él, y al punto les cortó las cabezas y
los envió al Tártaro. Viendo
pelear de esa manera a su rey,
los Britanos cobraron más audacia y acometieron
como un solo hombre a los Romanos, avanzando en compacta formación. Mientras
la infantería atacaba por una
parte, los jinetes lo hacían por
la otra, intentando derribar el mayor número posible de enemigos y pugnando por atravesar sus líneas. Resisten
enconadamente los Romanos, y Lucio, su ilustre caudillo, los
exhorta
a tomar venganza en los
Bótanos de la carnicería llevada a cabo por Arturo. Ambos bandos se baten con tanta rabia
como si la batalla acabase de empezar. Arturo, por su parte, multiplicaba más y más sus golpes
sobre el enemigo —como ya he dicho
antes—, y exhortaba a los Britanos a persistir
en su embestida. En cuanto a Lucio, no dejaba de animar a los Romanos y guiaba sus contraataques, haciendo prodigios de valor;
iba de un lado a otro de sus
líneas sin dar un solo instante
de reposo a su brazo y dando muerte a todo aquel que se cruzaba en su camino, ya con la espada, ya
con la lanza. Espantosa rué la carnicería por
ambos bandos, pues unas veces eran los Britanos y otras los Romanos quienes llevaban la mejor parte.
(175) Finalmente,
mientras estaban así las cosas en el campo de batalla, he aquí que Morvid, señor de Gloucester,
se presentó en súbita carrera con
la legión que —como dije antes— se hallaba
de reserva en las colinas y atacó por la retaguardia a los enemigos cuando
menos se lo esperaban, rompiendo
sus filas, dispersándolos e infligiéndoles gran mortandad. Muchos miles
de Romanos encontraron su fin
entonces, entre ellos el propio
Lucio, muerto por una lanza anónima en medio de sus tropas. Los Britanos insistieron
y, no sin grandes esfuerzos, se alzaron con la victoria.
Puestos en fuga, parte de
los aterrados Romanos
buscó refugio en bosques y terrenos incultos, y parte lo hizo en ciudades y castillos, buscando cada uno los lugares que le parecían más seguros. Pero los
Britanos, persiguiéndolos con ahínco, les daban miserable muerte, los capturaban y despojaban, de manera que los vencidos, en su gran mayoría, ofrecían voluntariamente
las manos a las cadenas, como
hacen las mujeres, con la sola
esperanza de prolongar sus vidas un poco más. Todo lo cual había sido dispuesto por la divina providencia,
puesto que antaño sus antepasados
habían oprimido injustamente a los nuestros, y ahora los Britanos, defendiendo su libertad, la misma que
los Romanos les querían arrebatar,
habían obtenido el triunfo sobre sus enemigos, tras negarse a pagar el tributo contrario a derecho que les habían demandado.
(176) Asegurada la victoria, Arturo ordenó separar los cuerpos de sus barones de los cadáveres enemigos y, una vez separados, dispuso que los prepararan para los funerales como si
de reyes se tratase y que fuesen
conducidos a las abadías de sus
respectivas provincias para ser enterrados
con todos los honores. Bedevere el copero fue trasladado, entre grandes lamentaciones, por sus Neustrienses a Bayeux, la ciudad que su abuelo Bedevere I había fundado; allí
fue inhumado con todos los
honores junto a las murallas, en
cierto cementerio al sur de la ciudad. Kay, gravemente herido, fue transportado a Chinon, la ciudad que él mismo había construido; murió poco después y fue sepultado, como convenía a su dignidad de duque de los Andegavenses, en cierto bosque perteneciente a una comunidad
de ermitaños, no lejos de la ciudad. A Holdino,
duque de los Rutenos, lo llevaron a Flandes, y fue enterrado en Thérouanne, su ciudad. El resto de los condes y barones fue
trasladado, siguiendo las órdenes de Arturo, a las abadías vecinas. Se
compadeció también nuestro rey de
los enemigos y ordenó a los habitantes de la comarca que les dieran sepultura.
Hizo enviar el cuerpo de Lucio
al senado, con un mensaje que decía
que no debían esperar ningún otro tributo de Britania. Después pasó el invierno en aquellos parajes y encontró tiempo para someter
las ciudades de los Alóbroges. Llegó el verano, y, cuando se disponía a marchar sobre Roma y había
comenzado a atravesar las montañas[142], le anunciaron que
Mordred, su sobrino, a cuyo cargo
había quedado Britania, se había coronado a traición rey de la
isla, usurpando su trono, y que, además,
la reina Ginebra, rompiendo el vínculo de sus primeras nupcias, se hallaba unida a Mordred en abominable adulterio.
(177) Tampoco silenciará
Geoffrey de Monmouth,
¡oh ilustre duque![143], las guerras que Arturo mantuvo con su sobrino al volver a Britania. Utilizará para ello
el antedicho libro en lengua británica que le dio a conocer Walter de Oxford,
varón versadísimo en infinidad de historias, y describirá brevemente y con pobre estilo las batallas que enfrentaron a aquel ínclito rey
con el usurpador Mordred. Tan
pronto como llegó a sus oídos la infamia de crimen tan notorio,
Arturo suspendió el ataque que tenía
planeado llevar a cabo contra León, emperador de los Romanos. Envió a Hoel, rey de Armórica, a pacificar el
país con un ejército de Galos, y
él regresó a Britania en
seguida, acompañado tan sólo de los reyes de las islas y sus respectivos
ejércitos. Por su parte, ese traidor y criminal Mordred había mandado a Germania
a Chelric, caudillo de los Sajones, para que
recluíase allí el mayor número posible de guerreros y, una vez reclutados, regresara con ellos a toda vela. Mordred se había comprometido a entregar a Chelric la parte de la isla que
se extiende desde el río Humber
hasta Escocia y todas las posesiones de Canda que pertenecieran a Horsa y Hengist en tiempos de Vortegirn. Siguiendo
las instrucciones de Mordred, Chelric desembarcó en Britania con ochocientas
naves llenas de paganos armados
y rindió vasallaje al traidor
como si del rey se tratase. Mordred se había atraído a Escotos, Fictos, Hibernenses y a cuantos le constaba que odiaban a su tío. Disponía de unos ochenta mil hombres en total,
entre paganos y cristianos.
Acompañado de tropa tan numerosa y confiando plenamente en su ayuda, salió al encuentro de Arturo, que acababa de
llegar a Richborough e infligió gran matanza a su hueste. En aquella jornada
cayeron Angusel, rey de
Albania, y Gawain, sobrino del rey, y muchísimos otros leales. A Angusel lo sucedió en el trono Iwen, el hijo de su hermano Urián, un
joven que cobraría fama en las
guerras que siguieron por las
numerosas hazañas que llevó a cabo. Al final, y no sin grandes dificultades, los hombres de Arturo ocuparon la costa, pusieron en fuga a
Mordred y su ejército y los derrotaron por completo. En efecto, curtidos como estaban en cien batallas, habían dispuesto sus tropas con
más destreza que el enemigo,
distribuyéndolas en infantes y
jinetes, y ambas líneas combatían de tal forma que cuando la infantería atacaba
o se defendía, la caballería cargaba
en oblicuo, pugnando por romper la
formación enemiga. Fue así como
los obligaron a huir. Sin embargo, el usurpador logró reunir a los suyos y se retiró a Güintonia esa misma noche. Cuando la reina
Ginebra lo supo, perdió al
instante toda esperanza y huyó desde Eboraco a Ciudad de las Legiones; allí,
en la iglesia de Julio Mártir,
tomó hábitos de monja y prometió
vivir castamente.
(178) Arturo no cabe en
sí de ira, al ver muertos a tantos cientos de camaradas. Dio tierra a los caídos y, al tercer día, marchó
sobre Güintonia y puso sitio al
canalla que había buscado refugio allí. No por ello renunció Mordred a sus planes; antes bien,
animó de mil maneras a sus partidarios y, saliendo con sus tropas de la ciudad, presentó
batalla a su tío. Cunde la mortandad en ambos bandos, pero son mayores
las pérdidas en el ejército de Mordred, y ello le obliga a abandonar vergonzosamente el campo. No se
preocupa siquiera de enterrar a sus muertos, sino que, conducido por el veloz
remero de la fuga, se dirige a Cornubia.
Mucho lamenta Arturo en
su interior que su sobrino se le escape tan a menudo. Al punto lo persigue hasta Cornubia y
allí, a orillas del río Kamblan[144], se encuentra con que Mordred lo está esperando. El
usurpador, siendo como era el más intrépido de los hombres y el primero a la hora de atacar,
dispuso al punto a sus soldados en orden de batalla, decidido a vencer o morir antes que a seguir
huyendo como había hecho hasta entonces. Le quedaban todavía sesenta mil hombres, a los que dividió en seis
batallones, compuesto cada uno de seis
mil seiscientos sesenta y seis
guerreros. Con el resto formó un solo
batallón que tomó bajo su mando, asignando capitanes a los demás. Una vez alineados todos de esa manera, Mordred los animaba uno por uno, prometiéndoles las posesiones del enemigo si combatían hasta conseguir la
victoria. Por su parte, Arturo
ordenó a sus huestes para la inmediata batalla. Distribuyó a sus hombres
en nueve divisiones de infantería
en forma de cuadrado, con alas derecha e izquierda, y puso un jefe al frente de cada una de ellas. Acto
seguido, exhorta a sus soldados
a acabar con esos perjuros y ladrones que, venidos de tierras extrañas a la
isla por orden del traidor que usurpa su trono, quieren arrebatarles sus
haciendas y su honor patrio. Les
dice también que esa abigarrada colección
de bárbaros llegados de diversos reinos no es más que un puñado de novatos sin experiencia en el arte de la
guerra y que de ninguna manera
pueden compararse con ellos, valientes veteranos curtidos en cien combates, con
tal que los ataquen con denuedo y
peleen como hombres. Mientras ambos
caudillos arengan de ese modo a
sus tropas, las vanguardias de uno y otro ejército se encuentran y se
generaliza la batalla, esforzándose
cada bando en descargar el mayor número posible de golpes sobre el contrario.
Se hace doloroso y penoso
describir la carnicería que por
ambas partes se produjo, los lamentos de los moribundos, la furia
de los atacantes. Aquí y allá los
combatientes herían y recibían heridas, mataban y eran muertos. Cuando una
buena parte del día se hubo gastado de esa guisa, cargó Arturo con su tropa personal, compuesta por
seis mil seiscientos sesenta y
seis hombres, contra el batallón
donde sabía que estaba Mordred, y, abriéndose paso a punta de espada, logró romper la formación e infligir a sus enemigos terrible mortandad. Allí encontró su fin aquel
infame traidor y, con él, muchos
de sus partidarios. Sin embargo,
el ejército de Mordred no emprendió la huida al ver muerto a su jefe; antes bien, acudiendo de todas partes, se dispusieron a
resistir en sus puestos con todo
el coraje que pudieron reunir. La
lucha se hizo más encarnizada que nunca;
muchos de los caudillos de ambos bandos que participaban en ella con sus tropas cayeron en la
refriega. Por parte de Mordred cayeron los sajones Chelric, Elaf, Egbrict y Brunig; los hibernenses Gilopatric, Gilamor, Gilasel y Guarno; y los capitanes pictos y escotos, con casi todos
sus guerreros. Por parte de Arturo
murieron Obrict, rey de Noruega[145], Asquilo, rey de Dinamarca, Cador Limenic y
Casibelauno, junto con muchos miles de sus vasallos, tanto Britanos como pertenecientes a los demás pueblos que había
traído consigo. Y el propio
Arturo, aquel famoso rey, fue
herido mortalmente y, trasladado desde allí a la isla de Avalón a
fin de curar sus heridas, cedió la corona de
Britania a su primo Constantino[146], hijo de Cador, duque de Cornubia, en el año 542 de la
encarnación del Señor.
VIL LA CAÍDA DEL IMPERIO
BRITANO: LOS SUCESORES DE ARTURO
1. De Constantino a Blederic,
Margadud y Cadvano
(179) Una vez coronado el
nuevo rey, los Sajones y los dos hijos de
Mordred se sublevaron contra él, pero
no pudieron derrocarlo y, tras una
larga serie de batallas, huyó el uno a Londres y el otro a Güintonia, tomando posesión de esas dos
ciudades.
Por aquel entonces murió
Daniel, santo y devotísimo prelado de la iglesia de Bangor, y Teono, obispo de
Gloucester, fue promovido al arzobispado de Londres. Fue entonces también cuando falleció David,
santísimo arzobispo de Ciudad de
las Legiones, en la ciudad de Menevia, en
su propia abadía, a la que amaba más que a ningún otro monasterio de su
diócesis, porque había sido fundada por San Patricio, quien
profetizara su nacimiento. Se encontraba David pasando allí una temporada con sus frailes cuando, afectado por una repentina enfermedad, murió y, por orden de Malgón, rey de los
Venedocios, fue sepultado en la misma iglesia. La sede metropolitana vacante fue ocupada por Kinoc,
prelado de la iglesia de Llanbadarn, que accedió así a tan alto
rango.
(181) Pero Constantino
persiguió a los Sajones y los sometió a su autoridad, conquistando las dos ciudades que
antes mencioné. Al primero de los jóvenes, que se había refugiado en la iglesia de San Anfíbalo, lo
mató delante del altar; el segundo se hallaba oculto en Londres, en el monasterio de ciertos
monjes, pero Constantino lo encontró y
allí mismo, junto al altar, lo mató sin piedad. Tres años después, fue muerto él a su vez por Conan y lo enterraron junto a Úter Pendragón,
en el círculo de piedras que, erigido con maravilloso
artificio no lejos de Salisbury, se llama en la lengua de los anglos Stonehenge.
(182) Sucedió a Constantino en
el trono su sobrino
Aurelio Conan, joven de admirable valor que se coronó rey de toda la isla. Habría
sido digno de portar la
diadema si no hubiese fomentado las discordias civiles. Atacó, en efecto, a
su propio tío, heredero
legítimo de Constantino, y, tras arrojarlo en prisión y matarle a sus dos hijos, obtuvo el reino,
muriendo en el segundo año de su reinado.
(183) Lo sucedió Vortipor. Los
Sajones se levantaron
contra él, trayendo a numerosos compatriotas de Germania en una flota enorme. Vortipor les presentó combate, los venció y, recobrando el control de todo su reino, gobernó
diligente y pacíficamente por espacio de cuatro años.
Lo sucedió Malgón, el más apuesto de casi todos los
príncipes de Britania, amigo de ex pulsar
a los tiranos, gallardo con las armas, más generoso que sus predecesores y
famoso por su coraje sin igual.
Sin embargo, se hizo odioso a los ojos de Dios, pues se entregó al vicio de
la sodomía. Reinó en toda la isla
y, tras durísimos combates,
sometió a su poder las seis vecinas islas
del Océano, a saber, Hibernia, Islandia, Gotland, las Oreadas, Noruega y
Dinamarca.
(184) Lo sucedió Caretic, fomentador de discordias civiles, odiado por Dios y por los Britanos.
Cuando los Sajones se apercibieron de su inconstancia,
se dirigieron a Gormundo, rey de los Africanos, que acababa de conquistar Hibernia con una flota
poderosísima. Aliado con los traidores
Sajones, Gormundo desembarcó con ciento sesenta mil Africanos en
Britania, que se encontraba a la sazón
enteramente desolada por la actitud
fementida de los Sajones y por las continuas luchas intestinas de sus
ciudadanos. Gormundo atacó a Caretic y, tras una larga serie de batallas, lo fue expulsando de ciudad en
ciudad hasta Cirencester, donde
le puso sitio. Allí acudió Isembardo,
sobrino de Ludovico, rey de los Francos,
y firmó un pacto de amistad con él por el que, como prueba de su lealtad hacia Gormundo, renunciaba a la fe cristiana a cambio de
que su aliado lo ayudase a
arrebatar el reino de la Galia
a su tío, quien lo había expulsado —según decía— por la fuerza e injustamente. La antedicha ciudad fue conquistada
y pasto de las llamas, y Gormundo
obligó a Caretic a huir al otro lado del Severn, al país de Gales. Acto seguido, devastó los campos
de cultivo e incendió todas las ciudades
cercanas, no cejando en su furia hasta haber arruinado casi toda la
superficie de la isla, de mar a mar, de
manera que todos los poblados fueron
destruidos a golpes de ariete, y sus pobladores entregados, junto a los sacerdotes de las iglesias, a las
resplandecientes espadas y al crepitar
del fuego asesino. Huyeron unos pocos supervivientes, enloquecidos por los desastres, pero no había un solo lugar seguro en la isla para
los fugitivos.
(185) ¡Ah nación
detestable, aplastada por el peso de tus enormes crímenes! ¿Por qué, sedienta de guerras civiles, has perdido tus fuerzas en querellas domésticas?
Antaño conquistaste los reinos más lejanos y ahora, como una feraz viña que degenera y sólo da
frutos amargos, no eres capaz de proteger del enemigo a tu patria, a tus mujeres y a tus niños.
¡Adelante, dedícate a tus contiendas civiles olvidando la palabra evangélica: «Todo reino dividido caerá en la desolación
y la casa se vendrá abajo sobre la
casa»! Porque tu reino ha sido dividido, porque el furor de las discordias
intestinas y el humo de la envidia han oscurecido tu espíritu, porque tu orgullo no te ha permitido obedecer a un único rey, por todo ello tu patria ha sido arrasada por paganos
que desconocen la piedad y sus
casas se hunden unas sobre otras,
lo que no dejarán de lamentar en el futuro tus descendientes: verán a los cachorros de la leona bárbara adueñarse de sus
castillos, de sus ciudades y de
todas sus posesiones, y, privados de todos sus bienes, nunca o a duras
penas lograrán recobrar la
dignidad perdida.
(186) Una vez hubo destruido
toda la isla con
sus innumerables huestes africanas —como ya quedó dicho—, aquel funesto tirano entregó la mayor parte de la
misma, llamada Logres, a los Sajones, cuya traición lo había conducido a aquella tierra. Los
Britanos supervivientes buscaron refugio en la parte occidental del reino, es decir, en Cornubia y
Gales, desde donde lanzaban mortíferos y continuos ataques contra el enemigo. Cuando los
arzobispos Teono de Londres y
Tadioceo de Eboraco vieron todas las iglesias
a su cargo derruidas hasta los cimientos, huyeron, en compañía de cuantos sacerdotes habían conservado la vida después de tantas calamidades, a la seguridad de los bosques
galeses. Llevaban con ellos las
reliquias de sus santos, pues
temían que aquellos venerables huesos que pertenecieran otrora a piadosos varones fuesen destruidos por la invasión bárbara si, en vez
de huir, se ofrecían ellos al
martirio en el lugar de su
ministerio, abandonando los preciosos restos en medio de un peligro tan inminente. Muchos clérigos
se dirigieron en una gran flota a la Britania Armoricana, de modo que la
iglesia de dos provincias, a saber,
Logres y Nortumbria, quedó desprovista
de religiosos. Pero de esto hablaré en otra parte, cuando traduzca el Libro del Exilio [147].
(187) Los Britanos se vieron
privados durante mucho tiempo de la
corona del reino y de la
soberanía de la isla, y ni siquiera se esforzaban en recobrar su anterior grandeza; por el contrario, se dedicaron a devastar en peleas
internas aquella parte del país
que todavía les pertenecía y que
se hallaba sometida a tres tiranos, en lugar de a un único rey. Pero tampoco los Sajones obtuvieron la corona de la isla, pues, también
so metidos a tres reyes
distintos, gastaban todas sus energías
en combatirse entre sí o en atacar a los Britanos.
(188) En el ínterin, fue
enviado Agustín a Britania por el santo papa Gregorio, para predicar la palabra de Dios a
los Anglos, quienes, obcecados por la pagana superstición, habían abolido por completo el
cristianismo en la parte de la isla que poseían. El cristianismo florecía aún, sin embargo, en la
parte perteneciente a los Britanos; se había mantenido en vigor desde la época del papa Eleuterio[148] y nunca había decaído entre ellos. Cuando llegó Agustín, encontró siete obispados y un arzobispado en su territorio,
ocupados todos ellos por piadosísimos prelados, y numerosas abadías en las que
la grey del Señor observaba una
regla intachable. Se contaba entre ellas, en la ciudad de Bangor, una
tan noble y con un número de monjes tan elevado que, cuando el monasterio fue dividido en siete
partes, cada una con su prior,
ninguna de las secciones tenía
menos de trescientos monjes, viviendo todos ellos del trabajo de sus manos. Su abad se llamaba Dinoot[149] y era un hombre admirablemente instruido en las artes liberales.
Cuando Agustín pidió obediencia
a los obispos de los Britanos y quiso
asociarlos en la tarea de evangelizar
a los Anglos, fue este Dinoot quien le demostró con diferentes argumentos que ellos no le debían obediencia en modo alguno y que se negaban a predicar la palabra de Dios a sus enemigos: ya tenían su propio arzobispo, y esos Sajones eran el pueblo que persistía en mantenerlos despojados del país que por derecho
les pertenecía; por eso los
odiaban tanto, y les tenían
completamente sin cuidado su fe y su religión, y no querían tener más tratos con los Anglos que con una jauría de perros.
(189) Cuando Edelberto,
rey de Cantia, vio que los Britanos rechazaban la autoridad de Agustín y rehusaban colaborar con él en sus predicaciones, se irritó sobremanera e instigó a Edelfrido, rey de Nortumbria, y a los demás reyezuelos sajones a que reunieran un gran ejército
y marcharan con él a la ciudad de Bangor a dar su merecido al abad
Dinoot y al resto de los clérigos que
los habían menospreciado. De acuerdo
con la propuesta de Edelberto, los Sajones reunieron un ejército impresionante
y, en su camino hacia el territorio de los Britanos, llegaron a las puertas de
Leicester, donde Brocmail, conde
de esa ciudad, los estaba esperando. Un gran número de monjes y ermitaños de las diversas provincias britanas, y especialmente de
la ciudad de Bangor, se habían
refugiado allí para rezar por la salvación de su pueblo. Una vez agrupadas todas sus tropas, Edelfrido, rey de Nortumbria,
trabó batalla contra Brocmail, quien al
principio se mantuvo firme, pese a encontrarse en inferioridad numérica,
pero luego se vio obligado a abandonar la ciudad y huir, no sin antes haber infligido enormes pérdidas al
enemigo. Cuando Edelfrido ocupó la ciudad y descubrió el motivo de
la llegada de los citados monjes a Leicester,
ordenó a sus soldados que los pasaran por las armas, y, de ese modo, ese mismo día, mil doscientos frailes obtuvieron la palma del martirio
y se aseguraron un puesto en el reino de los cielos. Acto seguido, el tirano sajón se dirigió a la ciudad de Bangor. Cuando supieron de su furor criminal,
los caudillos britanos, a saber, Blederic, duque de Cornubia, Margadud, rey de Demecia, y Cadvano, rey de Venedocia, salieron a su encuentro y, entablando combate con él, lo hirieron y pusieron en fuga a su ejército,
matándole diez mil sesenta y
siete hombres. Por parte de los
Britanos cayó Blederic, duque de Cornubia, su comandante en jefe en esa batalla.
2. Cadvano y Cadvalón
(190) Los príncipes de
los Britanos se reunieron en la ciudad de Leicester y acordaron unánimemente elegir rey a
Cadvano y cruzar el Humber en persecución de Edelfrido. Tan pronto como el nuevo rey fue
coronado, acudieron Britanos de todas partes y cruzaron el río. Cuando Edelfrido lo supo, unió sus fuerzas a las de
los demás reyes de los Sajones y salió
al encuentro de Cadvano. Ya
tenían alineados a sus respectivos ejércitos cuando llegaron unos amigos
comunes y consiguieron que se hiciera la paz
entre ellos, sobre la base de que
Edelfrido poseería la parte de
Britania que se encuentra del otro lado del Humber, y Cadvano la de este lado. Intercambiaron rehenes y confirmaron su pacto mediante
juramento, pero surgió con el tiempo tanta amistad entre ambos que lo tenían todo en común. En el ínterin,
sucedió que Edelfrido abandonó a
su esposa y tomó a otra mujer, alimentando
hacia la abandonada un odio tal que llegó a expulsarla del reino de Nortumbria. La desterrada, que llevaba un niño en su seno,
se presentó en la corte de
Cadvano, pidiéndole que interviniese para que su marido volviera a admitirla a
su lado. Como su protector no lograse obtener de Edelfrido lo que ella deseaba, la mujer permaneció en casa de Cadvano hasta que le llegó su tiempo y dio a luz un hijo varón. Pocos
días después, el rey Cadvano tuvo también un hijo de su reina, que había quedado preñada por las mismas fechas que la esposa de Edelfrido. Ambos niños crecieron juntos y fueron educados como
correspondía a su regio linaje. Cadvalón fue llamado el hijo de Cadvano, y Edwin el de
Edelfrido. Cuando el paso
de los años los condujo a la adolescencia, sus padres los enviaron a Salomón,
rey de los Britanos de Armórica, para que aprendieran en su casa el oficio de la caballería y se
familiarizasen con las costumbres palaciegas. Salomón les dispensó una calurosa
acogida, y ambos accedieron muy pronto a la intimidad del monarca: no existía en la corte ningún otro muchacho de su
edad que departiese con el rey tan amigable y alegremente como ellos. Además, combatían
a menudo con distintos rivales en presencia del soberano, ganando mucha fama a los ojos de todos por su bizarría
y coraje.
(191) Tiempo después, al
morir sus padres, volvieron ambos a Britania y, empuñando el timón del reino, renovaron
entre sí la amistad que habían cultivado sus familias. Al cabo de dos años, Edwin pidió a Cadvalón licencia para
ser coronado y celebrar la consiguiente
ceremonia en Nortumbria, de la
misma manera que Cadvalón estaba en su
derecho de hacer lo propio, siguiendo
inveterada costumbre, al sur del Humber. Así, pues, convocaron una
conferencia sobre este asunto a orillas
del río Duglas. Mientras los consejeros
más sabios de ambos reyes trataban de llegar a un acuerdo, yacía Cadvalón al
otro lado del río, recostado
sobre el regazo de cierto sobrino
suyo a quien llamaban Brian. Llegaron entonces mensajeros para comunicarle los diferentes argumentos esgrimidos por ambas partes en la conferencia. En ese punto, Brian rompió a
llorar, y las lágrimas salidas de sus ojos salpicaron en su caída el rostro y la barba de
Cadvalón, el cual, pensando que
era lluvia, se incorporó, y, viendo al joven bañado en llanto, le preguntó
la causa de tan repentina
tristeza. Brian le respondió:
—«No me faltan motivos
para llorar a perpetuidad y tampoco al pueblo britano, pues, desde que en el reinado de
Malgón sufrieron la invasión de los bárbaros, no han conocido al príncipe que les devuelva la
dignidad perdida. Incluso el ápice de honor que les quedaba se hace aún más pequeño con tu complicidad, dado que esos advenedizos Sajones, que han demostrado ser unos probados traidores a Britania, van a ser coronados, compartiendo contigo la realeza. En cuanto obtengan el título de rey, ganarán
tanta fama en el país de donde
vinieron que acudirán rápidamente
a su llamado muchos más bárbaros, y
nuestra raza acabará por ser exterminada. La traición ha sido siempre su
segunda naturaleza y no han cumplido jamás con su palabra: por
ello pienso que en manera alguna
debemos darles honores, sino
mantenerlos a raya. Al principio, cuando el rey Vortegirn los tomó a su
servicio, adoptaron una apariencia pacífica y le hicieron creer que venían a luchar en defensa de
nuestro país. Pero, cuando se
sintieron lo suficientemente fuertes
como para hacer patente su iniquidad y devolvernos mal por bien,
traicionaron a Vortegirn e infligieron
horrible matanza al pueblo de su
reino. Traicionaron después a Aurelio Ambrosio, dándole veneno a beber mientras banqueteaba en su compañía, tras prestar formidables juramentos de fidelidad hacia él. Traicionaron también a Arturo, pues olvidaron la lealtad que le debían al combatir contra él
formando parte del ejército de su sobrino Mordred. Y, más recientemente, quebrantaron la fe
debida al rey Caretic, haciendo
que Gormundo, rey de los
Africanos, lo atacase, y, como consecuencia de esa invasión, nuestro país nos fue arrebatado y el antedicho rey perdió vergonzosamente su trono.»
(192) Fueron las palabras de Brian, y Cadvalón se arrepintió al punto de haber comenzado
a discutir un posible acuerdo, de
forma que mandó decir a Edwin que no
había conseguido obtener de sus
consejeros el necesario permiso para acceder a su petición, pues decían que iba contra derecho y contra las antiguas tradiciones que una isla con una sola corona se partiera
entre dos cabezas coronadas.
Edwin montó en cólera y, dando
por conclusa la conferencia, se retiró a Nortumbria, diciendo que se
ceñiría sobre las sienes la
corona real sin licencia de Cadvalón. Cuando éste lo supo, anunció a su rival por mensajeros que le cortaría la cabeza por debajo de
la diadema si se atrevía a
coronarse dentro del reino de
Britania.
(193) Surgió, pues, la discordia entre ellos,
y sus hombres comenzaron a hostigarse
mutua mente en multitud de cabalgadas. Finalmente, ambos se encontraron al otro lado del Humber. Entablado el combate, Cadvalón perdió muchos miles
de soldados y se vio obligado a huir. Atravesó en su fuga Albania y embarcó
rumbo a Hibernia. Tan pronto como
Edwin se hizo con la victoria, marchó con su ejército a través de las provincias de Britania, incendiando las
ciudades e infligiendo todo
género de tormentos a ciudadanos y
campesinos. Mientras el Sajón daba rienda suelta a su crueldad, Cadvalón intentaba una y otra vez regresar a su país por mar,
pero no lo lograba, pues, fuese
cual fuese el puerto que eligiera
para desembarcar, allí lo esperaba ya Edwin con numerosas tropas, impidiéndole
tomar tierra. Se encontraba a la sazón con Edwin un sapientísimo adivino venido de Hispania, llamado Pelito, quien, experto en el vuelo de
las aves y en el curso de las
estrellas, pronosticaba al rey lo por venir. Informado por él,
Edwin supo por dónde pensaba regresar
Cadvalón, de modo que salió a su
encuentro e hizo que muchas de sus
naves se hundieran y se ahogasen sus tripulaciones, negándole toda posibilidad de arribar a puerto. Cadvalón no sabía qué hacer. Casi
había perdido la esperanza del
regreso cuando se le ocurrió
visitar a Salomón, rey de los Britanos de Armórica, y pedirle ayuda
y consejo a fin de poder regresar a su reino.
Navegaban rumbo a Armórica cuando se levantó de improviso una violenta tempestad que
dispersó las naves de sus compañeros, de manera que en poco tiempo ninguna de ellas permanecía a la vista de las demás. Tal terror
invadió al piloto de la nave del
rey que abandonó el timón y dejó ir al navío adonde la fortuna
quisiera conducirlo; estuvieron toda la
noche en peligro de muerte,
mientras la nave era juguete de las olas. Al amanecer del día siguiente, desembarcaron en cierta isla llamada Guernsey, donde tomaron
tierra con grandes esfuerzos. Tanto dolor e ira embargaron a Cadvalón por la pérdida de sus compañeros que durante tres días y sus noches
rehusó probar alimento alguno, yaciendo doliente en su lecho. Alboreaba el cuarto día cuando le entraron unas ganas irresistibles
de comer carne de venado y,
llamando a Brian, le indicó lo
que deseaba. Brian tomó su arco y su aljaba y comenzó a vagar por la isla con el fin de cobrar alguna pieza de la que obtener comida para
el rey. La recorrió de cabo a rabo sin encontrar
lo que buscaba, y se sentía enormemente angustiado al no poder satisfacer el deseo de su señor, pues temía que la enfermedad de Cadvalón
degenerase en muerte si no conseguía saciar su apetito. De modo que se le ocurrió la
peregrina solución de cortarse
un pedazo de su propio muslo y, asándolo previamente, se lo llevó
al monarca como si se tratase de carne de
venado. Así lo creyó Cadvalón, quien, comiendo la carne, recobró su vigor, manifestando que nunca había probado bocado tan exquisito como aquél. Una vez
satisfecho, se tornó más alegre y animado, y tres días después se hallaba completamente repuesto.
(194) Soplaron luego vientos favorables y, disponiendo el aparejo de la nave, izaron velas
y se hicieron a la mar,
desembarcando cerca de la ciudad
de Kidaleta[150]. Llegados a la corte del rey Salomón, fueron gentilmente recibidos y tratados conforme a su linaje. Cuando el rey supo
los motivos de su llegada, les ofreció su ayuda, diciéndoles:
—«Deploramos, ilustres
jóvenes, que la patria de nuestros mayores se encuentre en manos de un pueblo bárbaro y que
vosotros hayáis sido expulsados de ella de una manera tan ignominiosa. Sin embargo, viendo que
otros son capaces de defender sus propios reinos, no deja de admirarme que una raza como la
vuestra haya perdido una isla tan fértil y no haya podido resistir al pueblo de los Anglos, a quienes los nuestros consideran gente de muy poco valor. Cuando el pueblo
de esta Britania mía vivía en compañía del vuestro en vuestra Britania, señoreaba sobre todos los reinos
provinciales, y no hubo raza, a excepción
de los Romanos, capaz de someterlo. En cuanto a los Romanos, es cierto que tuvieron
sometida Britania durante algún tiempo, pero después, una vez despedidos o muertos sus gobernadores, fueron expulsados
vergonzosamente de la isla.
Cuando los Britanos llegaron a esta región con sus caudillos Maximiano y Conan, los que permanecieron en la isla nunca gozaron ya del privilegio de conservar la corona del reino ininterrumpidamente. Aunque muchos de sus príncipes conservaron la antigua dignidad de sus antepasados, los sucedían en el trono débiles herederos, y ésos son quienes han perdido la
isla de una vez para siempre
cuando sus enemigos la invadieron. Por todo ello deploro la debilidad de vuestra
raza, pues procedemos de la misma estirpe y
Britanos somos llamados, como las gentes de tu reino, pero Britanos que han defendido varonilmente este país, el mismo que ves en
torno tuyo, de los ataques de los pueblos vecinos.»
(195) Cuando hubo dado fin a éstas y otras razones,
Cadvalón, algo avergonzado por lo que acababa
de oír, le respondió de esta manera:
—«Muchas gracias te doy,
¡oh rey y descendiente de un linaje de
reyes![151],
por la ayuda queme has prometido para
recuperar mi reino. No obstante,
eso que has dicho de que te parece asombroso que mi pueblo no haya conservado la dignidad de sus
mayores, luego que los Britanos vinieran a
estas tierras, no se me antoja en absoluto
motivo de asombro. Los personajes más
nobles de todo el reino acompañaron a los caudillos que has mencionado,
mientras que los plebeyos se
quedaron en la isla para apoderarse de los bienes y honores de los que habían partido. Cuando se vieron súbitamente aupados a
la nobleza, se vanagloriaron más
allá de lo que su propia
dignidad aconsejaba y, envanecidos por la abundancia de sus riquezas, comenzaron a entregarse a tantos excesos sexuales como no se
habían oído hasta entonces entre los demás pueblos. Como atestigua el historiador Gildas[152], no sólo
cayeron en el vicio de la lujuria, sino también en todos aquellos que suelen
cebarse en la humana naturaleza,
principalmente en el que echa
por tierra la esencia del bien, en el odio a la verdad y a sus valedores, en el amor a la
mentira y a los que la fabrican,
en el apoyo al mal en lugar del bien, en la veneración de la iniquidad
y rechazo de la bondad, en la aceptación
de Satanás como ángel de luz. Los reyes no eran ungidos por la gracia de Dios, sino porque eran
más crueles que los demás, y poco
después eran asesinados por los mismos
que los habían ungido no porque
hubieran sido hallados en falta, sino porque sus asesinos habían elegido en su lugar a otros aún más
sanguinarios. Si alguno de ellos se comportaba con moderación o parecía estar, siquiera un poco, más cerca de la verdad, el odio
y la violencia de la nación
entera caían sobre él, como si condujera a la ruina a Britania.
Todo pesaba igual en la balanza: las cosas
que agradaban a Dios y las que le desagradaban; y eso
contando con que no pesaran más estas
últimas. Obraban siempre de
manera contraria a la salud pública, como si el verdadero Médico de todos los hombres se negase a proporcionarles remedio alguno. Y no sólo actuaban así los seglares,
sino también la propia grey del
Señor y sus pastores, indistintamente. No es, pues, extraordinario que semejantes degenerados, repudiados por Dios
a causa de sus muchos crímenes,
hayan perdido el país que habían
deshonrado en la forma descrita. Dios
decidió vengarse de ellos al permitir que un pueblo extranjero invadiese Britania, expulsando a sus habitantes de las tierras de sus mayores. Sin embargo, si Dios quisiera, noble
empresa sería devolver a los Britanos su antigua dignidad, para que, si hemos
sido débiles gobernantes, al menos no
nos puedan reprochar que no
hayamos luchado en nuestro tiempo por recuperar lo que es nuestro. Tú y yo
tenemos un antepasado común, y esta circunstancia me anima aún más a
solicitar tu ayuda. Malgón, aquel glorioso
rey de Britania, el cuarto que reinó después de Arturo, engendró dos hijos, llamados Eniano y Run. Eniano engendró a Beli, Beli a Jagón, y Jagón a Cadvano, mi padre. A la muerte
de su hermano, Run fue expulsado
de la isla por la invasión de los Sajones y llegó a esta
provincia. Una vez aquí, casó a su hija
con el duque Hoel, hijo de Hoel
el Grande, aquel que conquistara tantos reinos con Arturo. De la unión entre
Hoel y la hija de Run nació Alan, y de Alan otro Hoel, tu padre, quien, mientras vivió, fue el terror
de toda la Galia.»
(196) En el ínterin,
mientras Cadvalón pasaba el invierno en la corte de Salomón, planearon conjuntamente que Brian
pasara a Britania y encontrara la fórmula de dar muerte al mago del rey Edwin, para que no
avisase a su amo de la llegada de
Cadvalón, como había hecho hasta entonces.
Desembarcando en Puerto de Hamón, Brian se disfrazó de mendigo y se
fabricó un bastón de hierro acabado en punta
con el que pensaba matar al mago, si
se le ponía a su alcance. Después
se dirigió a Eboraco, pues Edwin residía entonces allí.
Tan pronto como entró en
la ciudad, se mezcló
con los mendigos que pedían limosna ante la puerta del rey. Mientras se paseaba arriba y abajo, salió de palacio
su propia hermana, con un lebrillo en las manos en el que transportaba agua para el servicio de
la reina. Edwin la había raptado de la ciudad de Wigornia, cuando devastaba las provincias britanas tras la fuga
de Cadvalón. Al pasar al
lado de Brian, éste la reconoció inmediatamente y, con los ojos llenos de lágrimas, la llamó en voz
baja. A su llamada, la doncella
giró la cabeza y, en un principio, no lo conoció,
pero cuando estuvo más cerca vio que se trataba de su hermano y estuvo a punto de desmayarse, de miedo a que se diera el infortunio de que alguien lo reconociera y fuese
capturado por el enemigo. De manera que, dejando los besos y las palabras tiernas para mejor
ocasión, le explicó a su hermano
brevemente, como si estuviera hablando de otra cosa, la distribución interna de
la corte, y le señaló con el dedo al mago que andaba buscando, quien por pura
coincidencia deambulaba entre los
mendigos, repartiéndoles limosna. Una vez tuvo conocimiento del adivino,
Brian ordenó a su hermana que, esa misma noche,
abandonara furtivamente sus habitaciones
y se reuniese con él fuera de la ciudad, cerca de un viejo templo,
donde él esperaría su llegada escondido
en la cripta del edificio. Después se unió al tropel de mendigos que hacían cola ante Pelito y, en
cuanto tuvo ocasión de golpear, blandió el
bastón al que antes me he referido e hirió al mago en el pecho, matándolo en el acto. Soltó al punto su arma y, escabullándose entre la multitud,
logró llegar con la ayuda de Dios, sin despertar
sospechas, al escondite convenido. En cambio su hermana, al acercarse la noche, intentó salir de palacio por
todos los medios posibles, pero
no lo consiguió, pues Edwin, aterrado ante la muerte de Pelito, había dispuesto centinelas por todas partes que escudriñaban los
lugares ocultos y no dejaban
salir a nadie.
Cuando Brian se apercibió
de ello, dejó Eboraco y marchó a Exonia,
donde convocó a los Britanos y les
notificó lo que había llevado a cabo.
Luego envió mensajeros a Cadvalón y fortificó
la ciudad, anunciando a todos los barones Britanos que resistiesen en sus
castillos y ciudades y esperasen alegres el regreso de Cadvalón, pues en breve,
y con la ayuda de Salomón, vendría a organizar su defensa. Una vez
divulgadas estas noticias por toda la
isla, Peanda, rey de Mercia[153], se dirigió a Exonia con un enorme ejército de Sajones y puso sitio a Brian.
(197) Entretanto,
Cadvalón desembarcó con diez mil guerreros que Salomón le había proporcionado y se encaminó velozmente a la ciudad sitiada. Cuando llegó a las cercanías de Exonia, dividió a sus soldados en cuatro batallones y no se
demoró en atacar al enemigo. Entablado el combate, Peanda fue en seguida capturado y su ejército destruido. Como vio que no tenía otra salida, se rindió a Cadvalón, le dio rehenes
y prometió combatir a su lado
contra los Sajones. Derrotado Peanda, Cadvalón convocó a sus barones, tanto tiempo dispersos, y marchó contra Edwin a Nortumbria, devastando el país a su
paso. Cuando Edwin lo supo,
reunió consigo a todos los reyezuelos de los Anglos y, saliendo al
encuentro de los Britanos, les presentó
batalla en los llanos de
Hatfield. La lucha terminó rápidamente
con la muerte de Edwin y de casi toda la gente que tenía a su mando, entre ellos su hijo Ofrid y
Goboldo, rey de las Oreadas, que había venido
en su ayuda.
(198) Una vez obtenida la victoria, Cadvalón cabalgó por todas las provincias de los
Anglos causando estragos a los Sajones. Se hallaba tan decidido a barrer de Britania a los Anglos que
no perdonaba la vida a mujeres ni
a menores de edad, infligiendo
inauditos tormentos a todo el que
se cruzaba en su camino. Después trabó batalla con Osric, el sucesor de Edwin, y lo mató, así como a sus dos sobrinos, que hubieran reina do
tras él, y a Eadan, rey de los Escotos, que había acudido en su auxilio.
(199) Al morir éstos, el
trono de Nortumbria pasó a Oswaldo. Cadvalón lo atacó a su vez y lo obligó a huir hasta la
muralla que construyera antaño el emperador Severo entre Britania y Escocia. Después envió a Peanda, rey de Mercia, con la mayor parte de su
ejército, a ese lugar, con órdenes de no dar cuartel al enemigo. Pero Oswaldo, una noche en que
estaba sitiado por Peanda en un lugar llamado Heavenfield, es decir, Campo del Cielo, levantó allí una cruz del Señor y ordenó a sus tropas
que gritaran lo más alto posible las siguientes palabras:
—«Arrodillémonos todos y supliquemos en común a Dios omnipotente, único y verdadero, para que nos proteja del orgulloso ejército
del rey britano y de su
detestable jefe Peanda. Él sabe
que hemos emprendido esta guerra justa por la salvación de nuestro pueblo.»
Así lo hicieron todos, y
al amanecer cargaron
contra el enemigo y se apuntaron la victoria como recompensa a su fe. Cuando le
llegaron a Cadvalón
nuevas de la derrota, se encolerizó sobremanera y, reuniendo a su ejército,
persiguió al santo rey Oswaldo. La
batalla tuvo lugar en un paraje llamado Burne; allí Peanda atacó a Oswaldo y lo mató.
(200) Muerto Oswaldo con
muchos miles de sus hombres, lo sucedió en el reino de Nortumbria su hermano
Oswi, quien compró con numerosos regalos de oro y plata la paz de
Cadvalón, que
era ya el dueño de toda Britania, y se sometió a su poder. Acto seguido, se sublevaron contra él su hijo Alfrido y
Ordwaldo, el hijo de su hermano, pero no pudieron vencerlo y huyeron a la corte de Peanda, rey
de Mercia, a suplicarle que reuniese un ejército y cruzase el Humber con ellos para
arrebatarle el trono al rey Oswi. Peanda, temeroso de quebrantar la paz que el rey Cadvalón había
impuesto en todo el reino de Britania, no quiso participar en la campaña sin licencia de su soberano,
pero pensó en el medio de persuadirlo para que marchase en persona contra el rey Oswi o, al menos, le permitiese a
él ayudar a Alfrido y Ordwaldo.
Un día de Pentecostés, el
rey Cadvalón celebraba tan solemne
festividad en Londres, llevando sobre sus
sienes la diadema de Britania. Se hallaban
presentes todos los barones britanos, así como los reyes de los Anglos a excepción de Oswi. Entonces, Peanda
se acercó al rey y le preguntó por qué
tan sólo Oswi había faltado a la cita, de entre todos los príncipes
sajones. Cadvalón le respondió que porque se
encontraba enfermo, y Peanda le dijo que Oswi había pedido ayuda a los Sajones de Germania para vengar en
Cadvalón y en él la muerte de su hermano Oswaldo, y añadió que era el rey de Nortumbria quien había quebrantado la paz del reino,
pues él y sólo él había iniciado
la guerra entre ellos al atacar a
su hijo Alfrido y a Ordwaldo, el hijo de su hermano, y al expulsarlos de su propia patria. Por todo
ello, Peanda pedía licencia para matar a Oswi
o para despojarlo de su reino.
El rey, no sabiendo a qué
atenerse, convocó a sus consejeros y les ordenó que opinasen acerca del asunto. Se emitieron
muchos pareceres, entre ellos éste de Margadud, rey de Demecia:
—«Mi señor, pues que siempre te propusiste expulsar de los límites de Britania al pueblo entero de los Anglos, ¿por qué has cambiado de
propósito y toleras que vivan en paz entre nosotros? Permite al menos que se enfrenten en discordias civiles y,
matándose mutuamente, sean borrados
de nuestro país. No es cuestión de mantener la fe dada a alguien que siempre aguarda el momento propicio para tender
ladina emboscada a aquel a quien
debe fidelidad. Desde el instante
en que llegaron a nuestra patria, esos Sajones no han dejado de traicionar a nuestro pueblo. ¿Por qué tendríamos nosotros que ser leales con ellos? Da licencia, pues, a Peanda
para que ataque a ese Oswi, y así, estallando una guerra civil entre ellos, se matarán unos a otros y
la isla se verá libre de Sajones.»
Influido por estas y
otras muchas razones, Cadvalón dio licencia a Peanda para combatir a Oswi. Peanda, reuniendo
un formidable ejército, cruzó el Humber y, devastando la provincia, comenzó a hostigar al
antedicho rey encarnizadamente. Oswi, inspirado por la necesidad, le prometió innumerables
ornamentos regios y más presentes de los que pueden ser imaginados si, a cambio, dejaba de
devastar el país y, poniendo fin a la invasión, regresaba a su casa. Peanda se negó categóricamente a
acceder a las súplicas de Oswi, y
éste, confiando en la ayuda divina, trabó combate con aquél a orillas del río Winved y, aunque sus tropas eran inferiores en número a las
de su adversario, se alzó con la victoria, resultando muertos Peanda y treinta de sus barones.
Al morir Peanda, lo sucedió en el trono su
hijo Wilfrido, con la aprobación de
Cadvalón. El nuevo rey se alió con dos duques de Mercia, Eba y Edberto, y declaró de nuevo la guerra a Oswi, pero Cadvalón le ordenó firmar la paz con él.
(201) Tras cuarenta y
ocho años de reinado, aquel nobilísimo y poderosísimo Cadvalón, rey de los Britanos, abandonó
esta vida el día quince de las calendas de diciembre[154], agobiado por la vejez y por la enfermedad. Los Britanos embalsamaron su cuerpo con
perfume y sustancias aromáticas y lo depositaron dentro de una estatua de bronce de su mismo
tamaño que, con pericia extraordinaria, habían modelado. Montaron a continuación la estatua,
completamente armada, sobre un caballo de bronce de admirable belleza, y colocaron el conjunto
ecuestre encima de la puerta occidental de Londres, en memoria del triunfo antes citado y para
amedrentar a los Sajones. Al pie construyeron una iglesia en honor de San Martín en la que
celebrar el oficio divino por el alma
de Cadvalón y por la de los fieles difuntos.
3. Cadvaladro, Ivor e Ini
(202) Empuñó a
continuación el timón del reino su
hijo Cadvaladro, a quien Beda llama Caedvala
el joven[155]. Al principio gobernó con firmeza y pacíficamente, pero, doce años desde cada mes, pues de que heredase la corona, cayó enfermo, y resurgió la
guerra civil entre los Britanos. La madre de
Cadvaladro había sido hermana de Peanda, mas sólo por parte de padre, pues su
madre había nacido en el seno de una noble familia de los Gewiseos. Luego de hacer las paces con
su hermano, Cadvalón la tomó por
esposa y engendró en ella a Cadvaladro.
(203) Cuando el rey —como
había comenzado
a decir— cayó enfermo, los Britanos empezaron a reñir entre sí, destruyendo la opulencia
del país en detestables
luchas intestinas. Para colmo de males, una espantosa, y largo tiempo recordada, escasez afligió al
embrutecido pueblo, hasta el punto de que no había otro alimento en la isla que el que el arte de la caza proporcionaba. Y siguió al hambre una mortífera epidemia de peste que,
en poco tiempo, causó tal número de bajas entre la población que no
había suficientes vivos para enterrar a
tantos muertos. Los desdichados supervivientes
se reunieron en grupos y abandonaron
el país, dirigiéndose al otro lado del mar. Y al pie de las velas de sus naves se les oía cantar con voces tristes y
dolientes:
—«Nos has entregado, Dios
mío, como ovejas a la matanza y nos has dispersado entre las naciones.»
El propio rey Cadvaladro,
navegando rumbo a Armórica con su miserable flota, contribuía al general lamento de esta
manera:
—«¡Ay de nosotros,
pecadores, por nuestros monstruosos
crímenes, con los que no hemos cesado de
ofender a Dios, mientras todavía teníamos tiempo de arrepentimos! La
venganza de su poder ha caído sobre
nosotros y nos arranca de nuestro
suelo nativo, del que ni los Romanos antaño,
ni después Escotes y Fictos, ni las traiciones y perfidias de los Sajones, lograron arrancarnos. En vano rescatamos tantas veces nuestro país del poder de nuestros enemigos, pues
Dios no quiere que reinemos en él
eternamente. Cuando Él, juez verdadero, vio que no teníamos intención de poner fin a nuestros crímenes y
que no había nadie capaz de
expulsar a nuestro linaje de la isla,
quiso castigar nuestra locura y dirigió
su cólera contra nosotros, obligándonos a abandonar en masa nuestro
país. ¡Volved, Romanos! ¡Volved, Fictos y
Escotes! ¡Volved, vagabundos Sajones!
Las puertas de Britania están abiertas.
La ira de Dios ha despoblado la isla que vosotros no fuisteis capaces de despoblar. No nos expulsa vuestro esfuerzo, sino el poder
del Rey supremo, a quien nunca
hemos dejado de ofender.»
(204) Entre éstas y otras
lamentaciones, Cadvaladro alcanzó las costas de Armórica y se encaminó con toda su
gente a la corte del rey Alan,
sobrino de Salomón, que lo recibió con todos
los honores. Durante once años, Britania permaneció deshabitada, excepto por unos pocos a quienes la muerte había respetado en algunas zonas de Gales.
Incluso los propios Britanos abominaban de su antigua patria, y a los Sajones
no se les antojaba la isla un lugar deseable para vivir, pues también ellos habían muerto allí
sin tregua, uno tras otro. Sin
embargo, cuando cesó la
mortífera peste, los escasos Sajones supervivientes, siguiendo inveterada costumbre, anunciaron a sus compatriotas de Germania que Britania había sido abandonada por su población
nativa y que resultaría muy fácil que cayera en sus manos si acudían a instalarse en ella.
En cuanto estas noticias
llegaron a Sajonia, aquella odiosa
raza, reuniendo una multitud innumerable
de hombres y mujeres, desembarcó en Nortumbria y ocupó el desolado país desde
Albania hasta Cornubia. No había
quedado habitante vivo que
pudiera detenerlos, a excepción de los miserables despojos de los Britanos que
habían sobrevivido y permanecían
ocultos en las espesuras de los
bosques galeses. Desde entonces cesó en la isla el poder de los
Britanos y los Anglos comenzaron a reinar.
(205) Tiempo después,
cuando el dominio de los
Sajones se hubo consolidado en Britania, Cadvaladro se acordó de su reino,
libre ya de la peste, y pidió ayuda a Alan para recuperar el trono. Obtuvo lo
que pedía y, mientras preparaba la escuadra,
he aquí que un ángel se dejó oír con voz de trueno y le dijo que
desistiera de su empresa: Dios no quería que los Britanos reinasen más en la isla de Britania hasta que llegara
el momento que Merlín había
profetizado a Arturo[156]. La voz ordenó, además, a Cadvaladro que fuese a Roma, a ver al papa Sergio, y que allí hiciese penitencia para contarse en el número
de los santos. Dijo también que,
como recompensa a su fe, el
pueblo de los Britanos obtendría la isla en el futuro, cuando
llegase el tiempo señalado, no antes de que
los Britanos se apoderasen de sus reliquias y las condujeran desde
Roma a Britania: sólo entonces, una vez
expuestas de nuevo las reliquias de los demás santos, las mismas que fueran escondidas a raíz de la
invasión de los paganos,
recobrarían el reino perdido. Tan pronto como llegaron estas
palabras a los oídos del piadoso Cadvaladro,
se dirigió inmediatamente a Alan y
contó al rey lo que le había sido revelado.
(205) Tomó entonces Alan diversos libros, el de las
profecías del águila que profetizara en Seftonia y los de los vaticinios de la
Sibila y de Merlín, y comenzó a
consultarlos, con ánimo de ver si la revelación de Cadvaladro coincidía con
los oráculos escritos. Cuando comprobó que no existía discrepancia alguna entre ellos y la voz angélica, aconsejó a Cadvaladro que obedeciera
el mandato divino y que,
olvidándose de Britania, hiciese
lo que el ángel le había ordenado. Le aconsejó también que enviara a su hijo Ivor y a su sobrino Ini a la isla, a gobernar a los restos
de los Britanos, a fin de que el pueblo nacido de tan antigua estirpe no perdiese la libertad a causa
de la invasión bárbara. Entonces
Cadvaladro, renunciando a las
preocupaciones mundanas en aras
del Señor y de su reino eterno, viajó a Roma y fue confirmado por el papa Sergio. Allí se
vio atacado por una repentina
enfermedad y, el duodécimo día de las
calendas de mayo[157] del año 689
de la encarnación del Señor, fue liberado de su carne corrupta y entró en el
reino de los cielos.
Ivor e Ini reunieron una
flota e, incorporando a la expedición a
cuantos hombres pudieron, desembarcaron
en la isla. Durante sesenta y nueve
años hostigaron al pueblo de los Anglos con crueles cabalgadas,
pero no les sirvió de mucho, pues la
citada pestilencia, el hambre y las
discordias civiles de rigor hicieron degenerar hasta tal punto a un pueblo tan soberbio que
ya ni siquiera eran capaces de
mantener a distancia al enemigo.
Y tanto medró entre ellos la barbarie que ya no se llamaban Britanos,
sino Galeses, vocablo derivado de su
caudillo Galón, o de su reina Gálaes, o quizá de su propia barbarie. Los Sajones, por su parte, se condujeron más sensatamente: conservaron la paz y la concordia internas, cultivaron los campos,
reconstruyeron castillos y
ciudades. Y así, sacudiéndose por completo
el dominio de los Britanos, se hicieron dueños de la totalidad de Logres bajo
su caudillo Adelstan, que fije el primero en llevar la corona. Los
Galeses, en cambio, rama degenerada del noble
árbol britano, nunca recuperaron en lo sucesivo la monarquía de la isla; se entregaron, por el contrario, a estériles pendencias con los
Sajones y entre sí mismos,
desangrándose de continuo en contiendas
externas o domésticas.
(208) La tarea de referir
los hechos de sus reyes, que desde entonces en adelante se sucedieron en Gales, la dejo al cuidado de mi coetáneo Caradoc de Llancarfan, y de los reyes de los
Sajones ocúpense Guillermo de Malmesbury y Enrique de Huntingdon[158], a quienes recomiendo que
guarden silencio acerca de los reyes de Britania, puesto que no poseen aquel libro en lengua
británica que Walter, archidiácono de Oxford,
trajo de Bretaña, un libro que, tratando con toda veracidad de la historia de esos príncipes
y compuesto en su honor, me he
ocupado yo de trasladar de este
modo al latín.
FIN
[1] Son las cuatro personalidades dominantes en
la Historia regum Bñtanniae. Nuestro cronista Juan Fernández
de Heredia (c. 1310-c. 1395)
incluye a «Brutus, rey de Bretanya» y a «Bellin et Brenyo» entre los personajes de su Gran Crónica de los
Conqueridores, aún inédita (salvo algunos fragmentos, como las biografías de Carlomagno, Atila
y Jaime I de Aragón). Todo indica
que Heredia había leído a Geoffrey o, cuando menos, alguna de las numerosas recensiones posteriores de su Historia.
Cf. B. Sánchez Alonso, Historia de la historiografía española, I, Madrid, 1947, pág. 273.
[2] Traducidos al español por Luis Alberto de Cuenca
(Madrid, Editora Nacional, 1975).
[3] Martín de Riquer tradujo al castellano su Perceval (Madrid,
Espasa-Calpe, 1961); Carlos Alvar, Victoria
Cirlot y Antoni Rossell, su Bree y Enid (Madrid,
Editora Nacional, 1982), y Carlos García Cual y Luis Alberto de Cuenca, su Caballero de la Carreta (Barcelona,
Labor, 1976, y Madrid, Alianza, 1983).
[4] La segunda y la tercera, a saber. La
demanda del Santo Graal y La muerte
del rey Arturo, han sido
vertidas a nuestra lengua por Carlos Alvar (Madrid, Editora Nacional, 1980, y Madrid, Alianza, 1980, respectivamente).
[5] Traducido por Francisco Torres Oliver (Madrid,
Siruela, 1982).
[6] Hijo ilegítimo de Enrique I Beauclerc, rey de
Inglaterra. Murió en 1147.
[7] Hijo de Roberto de Beaumont, conde de Meulan. Nació
en 1104 y murió en 1166.
[8] Irlanda.
[9] Geoffrey debe a la Historia
Britonum, atribuida a Nenio, la idea embrionaria de la historia de Bruto, fundador del
reino de Britania.
[10] La idea del
encuentro de Bruto con los descendientes de Heleno en Grecia, la toma Geoffrey de la Eneida, de
Virgilio, fuente de inspiración de
otros muchos pasajes de la Historia regum Britanniae.
[11] Quizá el nombre se lo
haya sugerido a Geoffrey el de la isla de Ciaros, vecina de Delos, que Virgilio menciona (Eneida III 76) en su relato de los oráculos
apolinos por Eneas, episodio que sirvió a éste de modelo.
[12] Geoffrey escribe Arae
Philistinorum (como la Historia Britonum) en vez de Arae Philaenorum, un
lugar de la costa norteafricana.
[13] Las cuatro generaciones corresponden, en efecto, a
las de Eneas, Ascanio, Silvio y Bruto. A Antenor los textos antiguos no lo sitúan en la Península Ibérica, sino en el golfo
Adriático, como mítico fundador de Venecia (y la tradición
literaria también; recuérdese, si no,
la novela Antenor, de Pedro Montengón, Madrid, 1788, dos volúmenes).
[14] El nombre corresponde al de dos personajes
virgilianos (Eneida VI 228 y IX 571; Eneida XII 298).
10 Los Britanos de Cornualles o Cornubia, por quienes
tanto se interesa Geoffrey en su Historia.
[16] Geoffrey toma este nombre del que llevaba el famoso
héroe carolingio Gaiferos.
[17] Geoffrey está pensando en la Inglaterra de Enrique
I al hablar de bosques reservados a las
cacerías reales.
[18] O Poitevinos, siendo
Poitou sinónimo de Aquitania en la Historia regum Britanniae. También Gofario-Gaiferos es llamado «Ficto», que
equivale aquí a «Pictavense».
[19] Reminiscencia carolingia: Geoffrey se halla
influido por el recuerdo de los Doce Pares
de Carlomagno.
[20] Hornero,
como es lógico, nada dice al respecto.
[21] Cornualles o Cornwalt.
[22] Una mezcla de Gog y Magog, personajes del Apocalipsis.
[23] Londres.
[24] Para los sincronismos, Geoffrey se inspira en
la Crónica de San Jerónimo.
[25] Inglaterra.
[26] York, llamada por Geoffrey en adelante con el
nombre romano de Eboracum.
[27] Dumbarton
[28] Edimburgo
[29] Carlisle
[30] Canterbury.
[31] Winchester.
[32] Shaftesburv.
[33] ¿Calais?
[34] Pueblo que algunos estudiosos han identificado con
los Moiíni, que ocupaban la
región de Boulogne, en Flandes.
[35] Galtres. en Yorkshire.
[36] Esto
es, York, la antigua ciudad de Eboraco. Cf., nota 21.
[37] Saint David's.
[38] De Demecia, otro nombre de Cambria o Gales del Sur.
[39] Southampton.
[40] Ambas noticias autentificadoras son, como en tantas
otras ocasiones, pura invención de Geoffrey.
«El rey Alfredo» es Alfredo el Grande,
rey de Wessex (871-899).
[41] Burgundios, borgoñones.
[42] Normandía.
[43] Pueblo de la Galia
Lugdunense. Geoffrey está mezclando a Brenio el Britano y a sus Alóbroges con Breno, personaje histórico que, al
frente de sus Galos Senones, saqueó Roma en 390 a. C.
[44] Caerleon, llamada Ciudad de las Legiones por los
Romanos.
[45] Cambria o Gales del Sur.
[46] Billingsgate. Era el
centro vivo de Londres en época de Geoffrey.
[47] A
imitación de lo que hicieran los romanos con las cenizas de Julio César,
recogidas en una urna y colocadas en lo más alto de un obelisco.
[48] ¿Vascos? Cf. Julio César
Santoyo, Irlandeses y Vascos, Durango, 1979.
[49] ¿Flamencos? Cf. nota 29.
[50] Ludgate.
[51] Kent.
[52] En la Historia regum Britanniae no
son un pueblo de Aquitania, sino los
habitantes de Flandes.
[53] (?)
[54] Cambria o Gales del Norte.
[55] La
imagen de Geoffrey, excelente, alude a la marea baja: como si, de repente, el
viento hiciese volver al mar que se batía en retirada.
[56] Es una manera de hablar. Casibelauno, naturalmente,
era pagano, entre otras cosas porque Cristo aún no había nacido.
[57] Flandes.
[58] Tour d'Ordre, cerca de Boulogne.
[59] Canterbury.
[60] Farsalia II 572: «Huyó aterrorizado
de los Britanos que había intentado
someter.» Víctor José Herrero traduce: «Mostró su espalda amedrentada a los Britanos a quienes había ido a
buscar» (La Farsalia, tomo I, Barcelona, 1967, pág. 63.)
[61] Anacronismo. Androgeo era pagano y, por tanto, no
es lógico que invoque a un «Creador» de
corte cristiano.
[62] Exeter.
[63] Juvenal, Sátiras IV 126-127:
«Harás prisionero a algún rey, o Arvirago
caerá de su carro britano.»
[64] Cualquier lugar en el sur
de Rusia o en el Asia Central, si es que no tiene en Geoffrey un carácter todavía más
impreciso.
[65] Westmorland.
[66] Sacerdotes paganos.
[67] Grandes sacerdotes paganos.
[68] País que se extendía desde el río Humber hasta la
frontera meridional de Albania.
[69] Londres
[70] Es la célebre muralla de Adriano, perfeccionada por
Severo.
[71] Walbrook.
[72] Actual Saint Albans.
[73] Habitantes del Gwent, la región donde se encuentran
Monmouth y Caerleon.
[74] Porchester.
[75] Verulam, es decir, Saint Albans.
[76] ¿No había sometido Maximiano a iodos los
Galos?
[77] No confundir con el emperador Graciano, muerto por
Maximiano.
[78] Wednesday en inglés, nuestro «miércoles», día consagrado a Mercurio. Woden, Wodan o Wotan es la versión
germánica casi exacta del Odín
escandinavo, cf. Brian Branston, Gods of the North (traducción española). Barcelona, 1969, pág. 414.
[79] Friday, «viernes», día consagrado a Venus, diosa romana equivalente a la griega Afrodita y a la germánica Frea
o Freya cf. Branston, op.
cit., pág. 261).
[80] ¿Caistor?
[81] Gildas no refiere en
su De excidio el conquestu Britanniae los milagros de Germán y de Lupo. Si lo hacen la Historia
Britonum, atribuida a Nenio (siglo ix), y la cronológicamente
anterior Historia ecclesiastica gentis Anglorum, de Beda el
Venerable.
[82] Geoftrey, que sigue de cerca la Historia
Britonum, se olvida de la
cuarta batalla.
[83] Amesbury.
[84] Take your daggers, traduce Evans, esto es,
«coged vuestros puñales».
[85] Snowdon.
[86] Las Musas.
[87] Arturo.
[88] Cadvalón.
[89] Cadvaladro.
[90] Los normandos de Guillermo el Conquistador.
[91] Guillermo II el Rojo y Roberto
Curthose, hijos de Guillermo el Conquistador.
[92] Enrique I Beauclerc, tercer hijo de Guillermo el
Conquistador.
[93] El monte Erir, actual Snowdon, cf. nota
80.
[94] A partir de aquí, Merlín profetiza el ocaso de los
normandos y el retorno de los britanos al poder, pero en tonos herméticos
difícilmente interpretables.
[95] Britania e Hibernia.
[96] Río de Gales y comarca circundante.
[97] Annwg, según el Index de Lewis
Thorpe.
[98] ¿Stafford?
[99] ¿Shaftesbury? Allí podía verse la tumba de Canuto
el Grande.
[100] Para unos equivale a bosque «caledonio», esto es,
«escocés». Para otros, a Celidon
Wood, cerca de Lincoln.
[101] Dean
Forest, en Gloucestershire.
[102] Monte desconocido.
[103] Worcester.
[104] Gloucester.
[105] El planeta Mercurio, del griego stilbwn, «brillante».
[106] Archenfield.
[107] Little Doward, no lejos de Monmouth.
[108] Antes, en § 104, Geoffrey hablaba de «cuatrocientos
sesenta» pero Eldol puede manejar otras
cifras.
[109] Kaerconan o Conisbrough.
[110] Samuel 15, 33. Sobre este episodio bíblico escribí mi poema «Agag de Amaleq» (cf. Luis
Alberto de Cuenca, Scholia, Barcelona, 1978, pág. 35).
[111] Josué 9,
1-27.
[112] ¿Killare?
[113] Se refiere a
Stonehenge, el monumento megalítico que todavía hoy puede admirarse en la llanura de Salisbury y al
que el más célebre
de los discípulos de Palladio, Iñigo Jones, dedicó su libro The most notable antiquity of Greal
Brítain, vulgarly called Stoneheng, Londres, 1655, en el que se cita profusamente a Geoffrey
(hay edición facsímil, Londres,
1972). C/. § 180.
[114] Los sajones.
[115] Es
la festividad por excelencia del calendario artúrico. ¡Cuántas historias
comienzan en la corte de Arturo un día de Pentecostés! Entre ellas, aquel famoso tai de Lanval
(cf. mi edición bilingüe de los Luis de María de Francia, Madrid, 1975, págs. 146-147).
[116] Dameliock, al sudoeste de Tintagel.
[117] Rescraddeck.
[118] Lothian,
en Albania.
[119] Carlisle, cf. §28.
[120] Según § 139, Ana, hermana de Arturo, estaba casada
con Lot de Lodonesia, de quien tuvo dos hijos, Gawain y Mordred, sobrinos de Arturo. Parece que Geoffrey debió escribir
«hermana de Aurelio Ambrosio o de
Úter Pendragón» en vez de «hermana de Arturo», con lo que Hoel de Bretaña sería
primo hermano de Arturo.
[121] Su primo, en realidad.
[122] No es su sobrino, sino su primo, cf. nota 115.
[123] Es, en realidad, su primo, cf. nota
115.
[124] Falso. Fue durante el reinado de Úter Pendragón.
[125] Arturo había sido
coronado en Silchester por Dubrieio, arzobispo de Caerleon. Ahora, al celebrar
cortes en dicha ciudad, quiere coronarse de nuevo solemnemente. Aurelio Ambrosio hizo lo mismo en una asamblea de
Pentecostés que tuvo lugar en Monte Ambrio (§ 130), aunque era rey desde bastante antes (§
119).
[126] Anjou.
[127] ¿Caistor?
[128] Maine, región de Francia.
[129] Arturo parece olvidar sus pasadas campañas en
Hibernia, Islandia y Galia.
[130] En § 43 eran veinticuatro.
[131] Se refiere a Marco Tulio Cicerón. Son, pues,
«palabras pronunciadas con una elocuencia
ciceroniana».
[132] Los hombres de Ponthieu.
[133] Sumando los diversos contingentes citados, el total
es de 273.200 guerreros; si descontamos los 20.000 infantes de las islas,
quedarían 153.200 hombres, no 183.300.
[134] 1 de agosto.
[135] Cerca de Cherburgo, en Normandía.
[136] De Iturea o Traconitide,
país de la Celesiria.
[137] «Tumbelaine» en un texto
del último tercio del siglo XII, et Román du Mont
Saint Michel, de Guillaume de Saint-Pair, publicado por Francisque Michel (París, 1885). Debo esta
referencia a la amabilidad de mi amigo Carlos Alvar.
[138] Entre Langres y Autun. El texto dice Silesia; y
la localización del topónimo ha sido objeto de numerosas discusiones entre los
estudiosos.
[139] En realidad, son diez:
cuatro de vanguardia, cuatro de retaguardia, el
de Arturo y el de reserva al mando de Morvid.
[140] Langres.
[141] Bailón, en Maine.
[142] Los Alpes.
[143] Roberto, duque de Gloucester, a quien va dedicada
la Historia regum Britanniae.
[144] Se
trata del río Camel, en Cornualles.
[145] Así, pues, Lot había muerto con anterioridad a esta
batalla. Geoffrey no nos lo cuenta.
[146] Tercero de su nombre, tras Constantino I el Grande
y Constantino II, padre de Aurelio Ambrosio y de Úter Pendragón.
[147] Que sepamos, nunca lo hizo.
[148] Cf.
§ 72.
[149] Cf. Beda, Historia ecdesiastica gentis Anglorum II 2.
Geoffrey sigue a Beda de cerca en esta zona de su obra.
[150] Saint-Malo.
[151] Rex regibus atavis edite, escribe Geoffrey. Horacio había escrito (Odas I
1): Maecenas atavis edite regibus.
[152] De excidio el conquesta Britanniae § 21.
[153] Antiguo reino anglosajón en la parte central de
Inglaterra.
[154] El día 15 de diciembre,
pues las calendas eran el día primero
[155] Cf. Beda, Historia... V 7.
[156] Clara referencia al pasaje de las Profecías
de Merlín, que dice (cf. § 115): «Entrarán en
erupción las montañas de Armórica y serán coronadas con la diadema de Bruto.»
[157] 12
de mayo.
[158] A Caradoc de Llancarfan, amigo de Geoffrey, se le
debe una Vida de San Gildas; no se nos ha conservado —si es que la hubo—
su obra histórica acerca de los
reyes de Gales. La obra principal de Guillermo de Malmesbury son
unos Gesta regum Anglorum. Sobre el mismo tema escribió Enrique de Huntingdon su Historia Anglorum.

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