© Libro N° 13937. Los Tres
Maridos Burlados (Perteneciente A Los Cigarrales De Toledo). De Molina,
Tirso. Emancipación. Junio 14 de
2025
Título Original: © Los Tres Maridos Burlados (Perteneciente
A Los Cigarrales De Toledo) Tirso De Molina
Versión Original: © Los Tres Maridos Burlados (Perteneciente A Los Cigarrales De
Toledo) Tirso De Molina
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(Perteneciente A Los Cigarrales De Toledo)
Tirso De Molina
Los Tres
Maridos Burlados
(Perteneciente A Los
Cigarrales De Toledo)
Tirso De Molina
TIRSO DE MOLINA
Los Tres Maridos Burlados
(Perteneciente A Los Cigarrales De Toledo)
En Madrid —hija heredera emancipada de nuestra Imperial Toledo, que
habiéndola puesto en estado y casado sucesivamente con cuatro Monarcas del
mundo (uno Carlos V y tres Filipos), agora que se ve Corte menos cortesana y
obediente que debiera, quebrantando el cuarto mandamiento, le usurpa, con los
vecinos que cada día le soborna, la autoridad de padre tan digno de ser
venerado— vivían poco tiempos ha tres mujeres hermosas, discretas y casadas: la
primera, con el cajero de un caudaloso ginovés, en cuyo servicio ocupado
siempre tenía lugar de asistir en su casa los medios días a comer y las noches
a dormir; la segunda tenía por marido a un pintor de nombre, que en fe del
crédito de sus pinceles, trabajaba, más había de un mes, en el retablo de un
monasterio de los más insignes de aquella Corte, sin permitirle sus tareas más
tiempo para su casa que al primero, pues las fiestas que daban treguas a sus
estudios eran necesarias para divertir melancolías que la asistencia
contemplativa de este ejercicio comunica a sus profesores, y la tercera padecía
los celos y años de un marido que pasaba de los cincuenta, sin otra ocupación
que de martirizar a la pobre inocente, sustentándose los dos de los alquileres
de dos casas razonables, que por ocupar buenos sitios les rentaban lo
suficiente para pasar, con la labor de la afligida mujer, con mediana
comodidad, la vida.
Eran todas tres muy amigas, por haber antes vivido en una misma casa,
aunque agora habitaban barrios no poco distantes, y por el consiguiente, los
maridos profesaban la misma amistad comunicándose ellas algunas veces que iban
a visitar a la mujer del celoso; porque la pobre, si su marido no la llevaba
consigo, era imposible poderles pagar la visita, y ellos los días de fiesta, o
en la comedia o en la esgrima y juego de argolla, andaban de ordinario juntos.
Un día, pues, que estaban las tres amigas en casa del celoso contándoles
ellas sus trabajos, habiendo venido los suyos, y estando merendando todos seis,
concertaron para el día de San Blas, que se acercaba, salir al sol y a ver al
Rey, que se decía iba a Nuestra Señora de Atocha aquella tarde, y por ser un
día de jueves de compadres , llevar con qué celebrar en una huerta allí cercana
la solemnidad de esta fiesta que, aunque no está en el calendario, se solemniza
mejor que las de Pascua, habiendo hecho no poco en alcanzar licencia para que
la del celoso necio se hallase en ella.
Cumplióse el plazo y la merienda, después de la cual, asentadas ellas al
sol, que le hacía apacible, oyendo muchas quejas de la malmaridada, y ellos
jugando a los bolos en otra parte de la misma huerta, sucedió que, reparando en
una cosa que relucía en un montoncillo de basura a un rincón de ella, dijese la
mujer del celoso:
—¡Válgame Dios! ¿Qué será aquello que brilla tanto?
Miráronla las dos y dijo la del cajero:
—Ya podría ser joya que se le hubiese perdido aquí a alguna de las
muchas damas que se entretienen en esta huerta semejantes días.
Acudió solícita a examinar lo que era la pintora y sacó en la mano una
sortija de un diamante hermoso, y tan fino que a los reflejos del sol parece
que se transformaba en él. Acodiciáronse las tres amigas al interés que
prometía tan rico hallazgo, y alegando cada cual en su derecho, afirmaban que
le pertenecía de justicia el anillo. La primera decía que habiéndolo sido en
verle, tenía más acción que las demás a poseerle; la segunda afirmaba que
adivinando ella lo que fue, no había razón de usurpársele, y la tercera
replicaba a todas que siendo ella quien lo sacó de tan indecente lugar,
hallando por experiencia lo que ellas se sospecharon en duda, merecía ser
solamente señora de lo que le costó más trabajo que a las demás.
Pasara tan adelante esta porfía, que viniendo a noticia de sus maridos
pudiera ser ocasionara en ellos alguna pendencia sobre la acción que pretendía
cada una de ellas, si la del pintor, que era más cuerda, no las dijera:
—Señoras, la piedra por ser tan pequeña y consistir su valor en
conservarse entera, no consentirá partirse. El venderla es lo más seguro, y
dividir el precio entre todas, antes que venga a noticia de nuestros dueños y
nos priven de su interés sobre su entera posesión riñan y sea esta sortija la
manzana de la discordia. Pero ¿quién de nosotras será su fiel depositaria sin
que las demás se agravien? Allí está paseándose con otros caballeros, el conde
mi vecino. Comprometamos en él, llamándole aparte, nuestras diferencias, y
pasemos todas por lo que sentenciare.
—Soy contenta —dijo la cajera—; que ya le conozco, y fío de su buen
juicio y m: derecho que saldré con el pleito.
—Yo y todo —respondió la mal casada—. Pero ¿cómo me atreveré a
informarle de mi justicia, estando a la vista de mi escrupuloso viejo, siendo
el conde mozo, y ciertos los celos, con el juego de manos tras ellos?
En esta confusa competencia estaban las tres amigas, cuando, diciendo
que pasaba el Rey por la puerta, salieron corriendo sus maridos entre la demás
gente a verle. Y aprovechándose ellas de la ocasión, llamaron al conde y le
propusieron el caso, pidiéndole la resolución de él antes que sus maridos
volviesen y el más celoso llevase qué reñir a casa, poniéndole la sortija en
las manos para que la diese a quien juzgase merecerla.
Era el conde de sutil entendimiento, y con la cortedad del término que
le daban respondió:
—Yo, señoras, no hallo tan declarada la justicia por ninguna de las
litigantes, que me atreva a quitársela a las demás. Pero, pues habéis
comprometido en mí, digo que sentencio y fallo que cada cual de vosotras dentro
del término de mes y medio haga una burla a su marido y a la que en ella se
mostrase más ingeniosa, se le entregará el diamante y más cincuenta escudos que
ofrezco de mi parte, haciéndome entre tanto depositario de él. Y porque vuelven
vuestros dueños, manos a la labor, y adiós.
Fuese el conde, cuya satisfacción abonó la seguridad de la joya, y su
codicia les persuadió a cumplir lo sentenciado. Vinieron sus maridos. Y porque
ya la cortedad del día daba muestras de recogerse, lo hicieron todos a sus
casas, revolviendo cada cual de las competidoras las librerías de sus
embelecos, para estudiar por ellos uno que la sacase victoriosa en la agudeza y
posesión del ocasionador diamante.
El deseo del interés pudo tanto en la del codicioso cajero, que,
habiendo sacado por el alquitara de su ingenio la quinta esencia de las burlas,
hizo a su marido la que sigue:
Vivía en su vecindad un astrólogo, grande hombre de sacar por figuras
los sucesos de las casas ajenas. La astuta cajera quiso en la necesidad
presente valerse de la ocasión y aprovecharse de sus estudios, para lo cual le
dijo que para cierto fin ridículo con que quería regocijar aquellas
Carnestolendas, le importaba hiciese creer a su marido que dentro de
veinticuatro horas pasaría de esta vida a dar cuenta a Dios de la que hasta
entonces había mal empleado. Prometióselo, contento de tenerla gustosa, sin inquirir
su pretensión. Y mientras ella, llamando al pintor amigo y celoso necio,
concertó con ellos lo que habían de hacer para colorear este disparate,
persuadiéndolos que era para regocijarse con semejante burla en días tan
ocasionados para ellas, haciéndose el astrólogo encontradizo con el ignorante
cajero, que cansado de pagar letras se venía a acostar, le dijo:
—¡Mala color traéis, vecino! ¿Sentís acaso mala disposición en vos?
—Gracias al cielo —le respondió—, si no es el enfado de haber contado
hoy más de seis mil reales en vellón , no me he sentido más bueno en mi vida.
—La color, a lo menos —replicó—, no conforma con vuestra satisfacción.
Dadme acá ese pulso.
Diósele turbado el ignorante vecino. Y arqueando las cejas con muestras
de sentimiento amigable, el cauteloso embelecador dijo:
—Vecino mío, cuando yo no haya sacado otro fruto del conocimiento de los
cursos celestes sino el que se me sigue de avisaros de vuestro peligro, doy por
bien empleados mis desvelos. Para estas ocasiones son los amigos. No lo fuera
yo vuestro si no os avisara de lo que os conviene y menos cuidado os da.
Disponed de vuestra hacienda y casa o lo que importa más de vuestra alma.
Porque yo os digo por cosa infalible que mañana a estas horas habréis
experimentado en la otra vida cuánto mejor os estuviera haber ajustado cuentas
con vuestra conciencia que con los libros de caja de vuestro dueño.
Entre turbado y burlón le respondió el pobre moscatel:
—Si este juicio sale tan verdadero como el pronóstico que del año pasado
hicisteis, todo al revés de como sucedieron sus temporales, más larga vida me
prometo de lo que imaginaba.
—Ahora bien —replicó el astrólogo—, yo he cumplido en esto con las leyes
de cristiano y amigo. Haced vos lo que mejor os estuviere, que yo sé que no
llevaréis queja de mí al otro mundo de que no os lo avisé pudiendo.
Y dejándole con la palabra en la boca, echó la calle arriba.
Turbado y confuso guió a su casa el amenazado cajero, tentándose por el
camino los pulsos y demás partes de donde podía temer algún asalto repentino y
mortal. Pero hallándolo todo en su debida disposición y no siendo el crédito
del adivinante muy abonado, medio burlándose de él y medio temeroso entró en su
casa, y sin decir nada a su esposa, por no darla pena, pidió de cenar, que le
trujo ella diligente, habiendo conjeturado de sus acciones que ya se había dado
principio a aquel estratagema. Comió poco y mal. Y diciendo le hiciesen la
cama, se comenzó a desnudar, suspirando de cuando en cuando. Preguntó lo que
tenía, fingiendo sentimientos amorosos, la codiciosa burladora, a que satisfizo
fingiendo disgustos con el ginovés, que le habían desazonado. Consolóle ella lo
mejor que supo. Acostáronse y fue aún menos el sueño que la cena, notando ella,
aunque fingía dormir, cuán buenas disposiciones se iban introduciendo para el
fin de sus deseos. Madrugó más de lo ordinario, algo descolorido. Y acudiendo a
su ejercicio acostumbrado, fueron de suerte las ocupaciones de aquel día, que
no pudo ir a comer a su casa, dándoselo en la del ginovés, su amo.
Al anochecer, cuando se tornaba a su posada, estaban a la esquina de una
calle, por donde forzosamente había de pasar, el teniente de su parroquia y
otro clérigo, con dos o tres hombres prevenidos por el pintor a instancias de
la dicha cajera, diciendo cuando llegaba cerca de ellos, fingiendo no verle y
de modo que no pudiese oírlos:
—Lastimosa muerte por cierto ha sido la del malogrado Lucas Moreno —que
así se llamaba el escuchante.
—Lastimosa--respondió el otro clérigo—, pues le hallaron muerto en su
cama esta mañana, estando su mujer, que le amaba tiernamente, de puro dolor
cerca de hacerle compañía.
—Lo peor —dijo otro del corrillo—, que el astrólogo, su vecino, afirma
que se lo avisó ayer, y haciendo burla de su pronóstico, sin desmarañar las
trampas que los de su oficio traen en sus manos, se dejó morir como una bestia.
—¡Dios tenga misericordia de su alma —replicó el cuarto—, que es de
quien podemos tener compasión; que la viuda con dote queda, de lo que quizá él
ganó mal, con que asegundar el matrimonio! Vámonos a acostar, que hace mucho
frío.
Iba el pobre Lucas Moreno a satisfacerse de ellos y saber si había otro
de su nombre que se hubiese muerto aquel día. Pero ellos, de industria, dándose
las buenas noches, se desaparecieron, dejándole con la turbación que podéis
imaginar. Caminó confuso adelante, y en una calle antes de la suya halló al
astrólogo hablando con el pintor, que en viéndole venir dijo, como que
proseguían la plática de su muerte:
—¡No me quiso creer a mí cuando ayer le dije que se había de morir
dentro de veinticuatro horas! ¡Hacen burla los ignorantes de la evidente
ciencia de la Astrología! ¡Tómese lo que le vino; que yo sé que es ésta la hora
en que está bien arrepentido de no haberme dado crédito!
Respondió el pintor:
—Era notablemente cabezudo el malo-, grado Lucas Moreno y no poco
glotón. Debió de comer alguna fiambre ginovesa y daríale alguna apoplejía.
¡Dios le tenga en su gloria y consuele a su afligida mujer, que cierto que
habemos perdido un buen amigo!
No pudo sufrirlo el confuso cajero, y llegándose a ellos les dijo:
—¡Señores! ¿Qué es esto? ¿Quién me hace las honras en vida o tomando mi
forma se ha muerto por mí? ¡Que yo bueno me siento, gracias a Dios!
Echaron a huir entonces todos, fingiendo espantosos asombros, dejándole
con esto a pique de sacarlos verdaderos, según el sobresalto que le causó tan
apoyada mentira.
Prosiguió, medio desmayado y sin pulsos, hasta cerca de su casa, y junto
a ella vió al amigo celoso, que fingía salir de ella, y le estaba esperando
para acabar de desatinarle. Hízosele encontradizo, y al emparejar con él volvió
los pasos atrás, y haciéndose mil cruces, fuese huyendo, quedando nuestro
Moreno tan pasmado, que faltó poco para no dar consigo en tierra.
—¡Alto! ¡No hay más! ¡Yo debo de haberme muerto! —decía entre sí muchas
veces—. ¡Dios debe de enviarme a esta vida en espíritu para que disponga de mi
hacienda y haga testamento! Todos huyen de mí y me tienen por muerto, hasta los
que son mis mayores amigos, y según esto, debe de ser verdad. Pero si dicen que
el más amargo trago es el de la muerte, ¿cómo no la he sentido ni me ha dolido
nada? Las repentinas deben de entrarse, sin duda, por una puerta y salirse por
otra, sin dar lugar al dolor para hacer su oficio. Pero... ¿si fuese alguna
burla de mis amigos? Que el tiempo es acomodado para ellas, y hasta agora
ninguno de los que me encuentran por la calle hace aspavientos de verme, sino
ellos. ¡Válgate Dios; por muerte tan a poca costa!
Haciendo estos discursos desvariados llegó a su casa, y hallándola
cerrada, llamó con grandes golpes. La noche estaba fría y oscura, y la cavilosa
mujer estaba prevenida de lo que había de hacer y avisad de lo que había
pasado. Tenía sola una criada en casa, habiendo de industria enviado dos leguas
de allí con un recado fingido a dos criados que vivían en ella La moza era tan
bellaca como su señora y en oyendo llamar, respondió con uní voz lastimada:
—¿Quién está ahí?
—¡Ábreme, Casilda! —dijo el difunto vivo.
—¿Quién llama —replicó— a esta hora en casa donde sólo vive el
desconsuelo y viudez?
—¡Acaba ya, necia —volvió a decir que soy tu señor! ¿No me conoces?
¡Abre, que llovizna y hace más frío del que permite este lugar!
—¿Mi señor? —respondió ella—. ¡Pluguiera a Dios! ¡Ya está en parte donde
por lo que sabía de cuentas, le habrán hecho cajero mayor del infierno (que
allí todas se pagan a letra vista), si Dios no ha tenido misericordia de su
ánima!
No pudo entonces, impaciente, sufrir tantas verificaciones de su muerte.
Y así, dando un puntapié al postigo, que no estaba para aguardar otro,
quebrando la aldaba, le abrió, huyendo la criada y dando las voces que los
demás que había encontrado en la calle. Salió a ellas su mujer en hábito de
viuda recoleta, fingiéndose alborotada. Y en viéndole se cayó desmayada,
diciendo:
—¡Jesús, qué veo!
Faltó poco para no hacer lo mismo el asombrado marido, y tuvo por
infalible que estaba muerto. Con todo esto, en pago de las muestras de
sentimiento que en su mujer había visto, la llevó en brazos a la cama,
echándola en ella; que aunque lo sentía todo, se daba por medio difunta. La
moza se encerró en otro aposento, disimulando la risa y vendiendo miedos que no
tenía. En fin, el pobre ánima en pena, sin averiguar si comían o no los del
otro mundo, abrió el escritorio y dio tras una gaveta de bocados de mermelada
acompañándola con bizcochos y ciruelas de Génova que ayudó a pasar con los
empellones de una bota cuya alma le había infundido la Membrilla, pareciéndole
que no era tan trabajosa la otra vida pues hallaban tal ayuda de costa los que
caminaban por ella. Dióse tan buena maña nuestro Lucas Moreno en fortalecer el
corazón desfallecido con el cordial remedio, que cogiéndole algo flaco y
desvanecido con las ilusiones burlescas, y subiéndose el licor de Noé, si no a
las barbas, a la cabeza, se halló en la gloria de Baco, desnudándose a
zancadillas y en fin se acostó entre desmayado y lo otro, embistiendo el sueño
con aceros vinosos; que no hay tal jarabe de adormideras como el que saca un
lagar. El durmió hasta la mañana soñando infiernos, purgatorios y glorias. Y
entre tanto vinieron los burlones amigos
a informarse de lo que pasaba de la criada, y celebrando la buena elección que
el difunto había hecho amortajándose por de dentro, de pies a cabeza, con las
telas que teje Baco.
Amaneció (viendo que todavía estaba durmiendo su marido) la cautelosa
cajera y se levantó y vistió de gala, enviando a fuera de casa el monjil viudo
y las hipócritas tocas. Compuso la cara de fiesta, y volviendo a la cama,
despertó al aparente finado, diciéndole:
—¿Hasta cuándo habéis de dormir, marido mío? ¿Aún no se han digerido los
humos con que anoche os acostasteis?
Estremecióle los brazos, tirándole de las a narices, con que dando
bostezos volvió en sí; y viendo a su mujer tan compuesta, la casa de regocijo y
sin los lutos y llantos de la noche pasada, admirado de nuevo, dijo:
—Polonia, ¿a dónde estoy? ¿Haste tú también muerto como yo y en fe del
amor que me tenías en el siglo, y te ha sacado de él, vienes a celebrar en este
mundo nuevo segundas bodas? ¿De qué enfermedad o cómo salí de la otra vida? Que
¡vive Dios (si en ésta se puede jurar) que no sé cómo me he muerto ni a qué
partes me ha echado el cielo! ¿Hay camas y aposentos por acá? ¿Véndese vino y
bizcochos? ¿Qué arriero me trujo a mi escritorio, que yo anoche saqué de él
provisión bastante a consolar la soledad que sin ti sentía por estos países no
conocidos?
—¡Buen humor —respondió la astuta fisgona— crían en vos marido mío, las
Carnestolendas! ¿Qué chilindrinas son ésas? ¡Acabad, levantaos, que ha enviado
a llamaros el ginovés dos veces!
—Luego, ¿no estoy muerto ni me enterraron ayer? —replicó él.
—En vos, a lo menos —respondió entonces ella—, debió enterrarse anoche
el alma de nuestra bota, según está de macilenta, pues decís esos disparates.
—Si las almas se entierran, Polonia de mi vida —volvió a decir—, es
verdad que anoche la hice las honras; pero ya yo lo estaba en la parroquia,
lastimado el tiniente, tristes nuestros amigos, llorando Casilda y enlutada
vos.
—¡Acabad ahora de ensartar chanzas —replicó ella—, que os llama nuestro
ginovés!
—Luego ¿también los hay acá? —preguntó él—. No debo yo de estar en
carrera de salvación, pues puedo ir donde habitan cambios y se hospedan
trampistas.
—Dejémonos de pullas —dijo Polonia—, y levantaos de ahí; que parece que
habláis de veras, y estáis echando bernardinas.
—¡Mujer, por Nuestro Señor —respondió Lucas Moreno— que ha veinticuatro
horas que estoy muerto y no sé cuántas enterrado! Preguntádselo a Casilda, al
tiniente cura de nuestra parroquia, al
pintor nuestro amigo, a Santillana el celoso, al astrólogo nuestro vecino, a
vos misma, viuda anoche y enlutada, y agora a lo que imagino, muerta como yo;
que si no me acuerdo mal, anoche os llevé sin pulsos ni aliento a la cama, y os
debió de costar el espanto de verme la vida; y sin saber cómo, de la suerte que
yo estáis en ésta y no lo acabáis de creer.
—¿Qué tropelías son éstas, marido mío? —dijo la fingida turbada—.
¿Anoche no nos acostamos buenos y sanos? ¿Qué entierros, difuntos, u otros
mundos son estos?... Casilda: llámame al astrólogo nuestro vecino, que también
es médico, y nos dirá lo que le ha dado a mi buen Lucas Moreno.
No sabía que se decir el atronado marido, ni si estaba loco, muerto o
vivo, ni la mujer podía sacarle de que era espíritu que volvía a poner orden en
su hacienda.
En esto entraron los dos ayudantes de la burla; y refiriendo ella lo que
pasaba, le afirmaron —no sin reírse—, de que estaba no sólo en este mundo, pero
en Madrid y su casa, y que si daba todavía en su tema, pararía en la del Nuncio
. Vino luego el astrólogo, llamado de la criada, y afirmó que el
desvanecimiento de sus libros de caja y cuentas le tenían barrenado el cerebro;
conque él, consolado de que vivía, y airado de que le tuviesen por loco, les
dijo:
—Pues si es verdad que no estoy muerto, ¿de qué sirvieron los espantos y
conjuros con que ayer huiste de mí, haciendo más cruces que tiene una procesión
de penitentes?
—¿Vos me visteis a mí? —replicó el astrólogo—. ¿Cómo puede eso ser, si
estuve encerrado todo el día en mi estudio levantando figuras sobre descubrir
los ladrones de una joya de diamantes?
—Yo a lo menos —dijo el pintor—, no salí del monasterio donde trabajo
hasta las once de la noche.
—Pues yo —respondió el viejo— tampoco vi ayer la calle, ocupado en
despachar un propio a la montaña, mi tierra.
—Peor está que estaba —dijo el casi loco de veras—. Vos, señor vecino,
¿no me dijiste anteayer por la noche que según el mal color, los índices del
pulso y pronósticos de vuestras figuras había de morirme dentro de veinticuatro
horas?
—¿Yo? —replicó él—, pues ha más de cuatro días que no nos vemos, y
¿ahora salís con eso? Volved en vos, señor Lucas Moreno, que lo debéis de haber
soñado esta noche.
—¡Como ello sea sueño y no pura verdad —replicó— yo haré la costa del
Martes de Carnestolendas en albricias de la vida que no sé si tengo!
—¡Aceptamos la fiesta!-respondieron todos—. Y para que os acabéis de
desengañar, vestíos y vamos a oír misa a la parroquia. Veréis lo que puede en
vos la imaginación vehemente.
Hízolo así el incrédulo finado. Y para no cansaros, le sucedió lo mismo
con los clérigos que vió el día pasado tratar de su entierro que con los demás
amigos. Riéronse y diéronle picones, que por no hallarse con caudal para
sufrirlos le obligaron, después de haber cumplido con el convite, a que se
ausentase de Madrid a negocios del ginovés por quince días, dando en ellos
lugar al olvido, que en la corte sepulta brevemente todos los sucesos por
peregrinos que sean, dejando concertado su mujer con todos los participantes en
la burla no dijesen el misterio de ella a su marido, sino que le persuadiesen a
que fue sueño, temerosa de que no hiciesen sus espaldas la costa de ella.
Entre tanto que nuestro cajero experimentaba ausente que estaba vivo, y
se moría la fama de su entierro en sueños, no se descuidó la mujer del pintor
de ejecutar la burla que tenía imaginada, envidiosa de la buena salida que
había tenido la de su competidora. Para lo cual, concertándose con un hermano
suyo, amigo de entretenerse a costa ajena, le envió el jueves siguiente a la
plazuela de la Cebada a que comprase una puerta de las muchas que tales días
traen a vender allí, que fuese a medida de la que en su casa salía a la calle y
por vieja pedía la jubilasen. Trújola con todo secreto, de noche. Y escondida
donde el pintor no pudiera verla, avisó al burlón hermano de lo que había de
hacer, y le encerró con otros dos amigos en el sótano. Vino dos horas después
su marido, quedándose en el monasterio donde pintaba los aprendices que tenía
moliendo colores, porque se había de acabar el retablo para la Pascua y era
necesario darse prisa. Recibióle Mari-Pérez (que así se llamaba la codiciosa
pintora) con todo cariño y amor. Acostáronse temprano porque le importaba
madrugar, y durmieron hasta la medianoche —digo el descuidado marido, que ella
mal pudiera, preñado el entendimiento con tantas arquitecturas burlescas—; y
llegada aquella hora, comenzó a dar voces y quejarse a gritos la engañosa
casada, diciendo:
—¡Jesús, que me muero! ¡Marido mío, mi hora es llegada! ¡Tráiganme
confesión presto, presto, que me muero!
Y otros extremos semejantes que saben hacer las mujeres cuando se les
antoja. Preguntábala compasivo su compañero lo que tenía, respondiendo sólo:
—¡Jesús! ¡Madre de Dios! ¡Queme muero! ¡Confesión! ¡Sacramentos! ¡Que
perezco!
Levantóse a las voces una sobrina que tenía en su casa a suplir los
ministerios de una criada, y era partícipe en el engaño; la cual, llorando de
verla ansí, aplicándola paños calientes, dándole tostadas en vino y canela, y
haciendo otros remedios semejantes, sin que el dolor cesase, porque la enferma
no quería, hubo de obligar al desvelado Morales (que éste era el nombre del
pintor) a que se levantase harto contra su voluntad, coligiendo de la
complexión que en su mujer conocía y afirmándolo ella y la sobrina que aquel
accidente era mal ocasionado de una ensalada que había cenado, cuyo vinagre
recio y una rebanada de queso otras veces la habían puesto en el último peligro
de la vida. Riñóla de que no escarmentase de tales excesos; y ella le dijo
medio ahogada:
—No es hora, Morales, agora de reprender lo que no se puede remediar.
Vayan a llamar a la comadre Castejona, que sabe mi complexión, y ella sólo
puede aplicarme con que se me alivie este mal rabioso, o si no, ábranme la
sepultura.
—¡Mujer mía! —respondió el afligido esposo—. La Castejona se ha ido a
vivir junto a la puerta de Fuencarral. Nosotros estamos en Lavapiés; la noche
es de invierno, y si no mienten las goteras, o llueve o nieva. Aunque yo vaya
con todas estas descomodidades, ¿cómo sabemos que se querrá levantar? La otra
vez que os apretó ese achaque, me acuerdo yo que fue con dos onzas de triaca de
esmeralda caliente en la cáscara de media naranja y puesta en la boca del
estómago. Yo iré a la botica por ella. ¡Por amor de Dios que os soseguéis y no
me consintáis hacer tan larga diligencia pues ha de ser inútil y yo tengo de
volver con otro mal peor que el vuestro!
Comenzóse a quejar entonces más recio que nunca y a decir:
—¡Bendito sea Dios, que tan buena compañía me ha dado! ¡Miren qué
imposibles le pido, qué enterrarse conmigo si me muero, qué sangre de sus
brazos, qué desperdicios de su hacienda, sino que me llame a una comadre a
costa de mojarse un par de zapatos! Ya yo sé que deseáis vos renovar
matrimonio, y que a cada grito que yo doy, dais vos una cabriola en el corazón,
y por eso excusáis cualquier diligencia que os estorbe vuestros deseos y mis
dolores. Volved a acostaros, sosegad y dormid; que si yo me muriere, declarado
dejaré que me diste solimán en la ensalada de anoche.
—¡Mujer, mujer! —respondió el marido—, menos libertades; que no tienen
esos males exenciones de atrevimientos, y podrá ser que con un palo os
trasiegue el dolor desde las tripas a las espaldas.
—¿Palos a mi señora tía? —dijo la doncella taimada—. ¡Malos años para
vuesa merced y para quien no le sacara los ojos primero con estas uñas!
Iba el pintor a que pusiese la postura a no sé cuantos pretinazos la
sacudida moza, que excusó huyendo; y dando mayores gritos, con alharacas
mortales, volvió a pedir la doliente, confesión, comadre, sacramentos...
—¡Que me muero! ¡Ay, que me han dado rejalgar! ¡Jesús!
Temió alguna burla más pesada de le que sin saberlo le comenzaban a
hacer el enojado Morales, y que si moría dejando] fama que él la había hecho la
costa, era echar la soga tras el caldero; y hubo de apaciguarla con caricias y
amores, y encender una linterna, bien necesaria para la oscuridad y lodos,
poniéndose unas botas capa aguadera, la capilla
sobre el sombrero, y salir en busca de la comadre Castejona,
registrándole las goteras que despachaban los tejados a cántaros. Sabía e buen
Morales que se había pasado la dicha comadre a Fuencarral, pero no a qué parte
y lloviendo, como os he dicho, sin persona en la larga distancia que hay desde
Lavapiés a aquel barrio, la noche como boca de lobo, y él renegando de su
matrimonio, juzgad vosotros si se tardaría buen espacio de tiempo en hallar lo
que buscaba y n había menester; que entre tanto que se va echando en remojo,
volveré yo a la enferma de bellaquería y no de males estómago; la cual, en
viendo fuera de cal a su buscón marido, llamó a su hermano, que estaba
escondido en la cueva con otros dos amigos, y en un instante quitaron puerta
antigua de la calle y pusieron nueva, que ya tenía su cerradura y aldaba y se
había ajustado a los quicios y medido de suerte que, sin ruido, se asentó como
de molde. Encima de ella en el frontispicio, clavaron una tabla mediana, y
escrito en campo blanco: Casa de Posadas. Hecho esto, trujo una caterva de
amigos que vivían cerca de allí, con sus mujeres; dos mastines gruñidores,
guitarras y castañetas, y de en casa de un figón, cena celebrando con bailes y
vino el naufragio del pobre buscacomadres, que sin hallar la Castejona, no hizo
más de importunar aldabas y despertar vecinos.
Con el agua a media pierna y la paciencia al gollete, llegó nuestro
pintor a su casa. Y oyendo desde la puerta las voces, bailes y grita que pasaba
dentro, pensando que la había errado, levantó la linterna, y reconociéndola,
vio las puertas nuevas y la tablilla de posadas sobre ella que le desatinó
sobremanera. Volvió a examinar la calle, y halló que era la de Lavapiés.
Recorrió las casas colaterales, y conoció que eran las de sus vecinos. Reparó
en las de enfrente y halló las propias de siempre. Volvió a la suya, y
desconoció la novedad de su puerta y reciente oficio de su título.
—¡Válgame Dios! —dijo haciéndose cruces—. Hora y media ha que salía de
mi casa, donde mi mujer estaba más para llantos que para bailes. En ella sólo
vivimos los dos y su sobrina. Las puertas, aunque menesterosas de reformación,
eran las mismas cuando salí que los otros días. Casas de posadas en esta calle
no las vi en mi vida; y cuando las hubiera, ¿quién puede de noche y en tan
breve tiempo haberle dado a la mía este ventero privilegio? Pues, decir que lo
sueño no es posible, que tengo los ojos abiertos y los oídos examinadores de
este encantamento. Echar la culpa al vino en tiempo de tanta agua, es obligarme
a la restitución de su honra. Pues, ¿qué puede ser esto?
Tornó a tentar y ver y oír puertas, tablilla y bailes, sin saber a qué
atribuir tan repentina transformación. Y asiendo de la aldaba, dio golpes con
ella, bastantes a despertar el barrio, que no oyeron o no quisieron oír los
bailadores huéspedes. Asegundó aldabadas mayores. Y después de haberle tenido a
curar como lienzo de Galicia un buen rato a las goteras, abrió un mozo la
ventana de arriba con un candil encendido en la mano y un tocador en la cabeza
entre sucio y roto, diciendo:
—¡No hay posada, hermano! ¡Vaya con Dios, y menos golpes, que le
coronará por necio un orinal!
—Yo no busco posada que no sea mía —dijo el pintor—, sino que me dejen
entrar en mi casa, y me diga el que se hace mandón en ella quién en hora y
media le ha dado el nuevo oficio de hostería, habiéndole costado su dinero a
Diego de Morales.
—¡De Parras debía de ser —respondió el mozo— el que os desgobierna la
lengua! ¡Hermano mío, para quien tan aforrado viene, poco daño le hará el agua
de las goteras! ¡Váyase noramala, y no me toque otra vez la puerta, que le
echaré un mastín que le abra media docena de botanas!
Cerró con esto de golpe la ventana. Prosiguió adentro la jira y bureo, y
el pobre pintor, dándose a los diablos,
imaginaba que alguna hechicera le hacía estos trampatojos. Menudeaba el cielo
cántaros de agua y nieve a vueltas de un cierzo que le desembarazaba el
cerebro. La vela de la linterna se había acabado, y con ella la paciencia de su
portador. Y ansí volviendo a dar mayores golpes a la aldaba, oyó que respondía
de dentro uno:
—¡Mozo, daca un palo! ¡Suelta esos mastines! ¡Sal allá fuera, y hazle a
ese borracho una fricación de espaldas con que se le desembarace la cabeza!
Abrióse la puerta entonces y salieron dos perros, que a no detenerlos el
mozo y cerrar tras sí, hicieran que llorara el confuso pintor la burla de
veras.
—¡Hombre del diablo! —dijo el ministro—. ¿Qué nos queréis aquí con
tantos golpes? ¿No os he dicho que no hay posada?
—¡Hermano, ésta es la mía! —respondió él—. ¿Quién diablos la ha
convertido en mesón, siendo ella, desde mis padres acá, de Diego de Morales?
—¿Qué decís, hermano? —replicó—. ¿Qué Morales o azufaifos son esos?
—¡Yo lo soy —dijo—, por la gracia de Dios; pintor conocido en esta
Corte, estimado en este barrio y habitador de esta casa más ha de veinte años!
¡Llamadme a mi mujer Mari-Pérez, si no es que también se ha transformado en
mesonera, y sacaráme de este laberinto!
—¿Cómo puede eso ser —prosiguió el mozo—, si ha más de seis años que
esta casa es hospedería de las más conocidas de cuantos forasteros vienen a
Madrid, su dueño Pedro Carrasco, su mujer Mari-Molina, y yo su criado? ¡Andad
con Dios; que a no teneros lástima, ya os curara por el ensalmo de este garrote
la enfermedad vinosa que os deslumbra!
Volvió a cerrar la puerta entrándose dentro; y el expelido amo de su
casa, atarantado, sin saber qué se decir ni hacer, a escurras y arrancando
lodos, se fue a la del celoso Santillana. Llamó a ella y haciéndole levantar
casi a las cuatro de la mañana, encendió luz creyendo que le había sucedido
algún desastre o pendencia. Preguntóselo; y informado de lo que pasaba, hizo
levantar a su mujer; y aunque ella sabía el fin a que tiraba la burla, la hizo
(en compañía de su marido) del aguado pintor, atribuyéndolo a los hechizos y
tropelías que Yapes y San Martín —de quien no era poco devoto —suele hacer en
tales noches y tiempos. Encendieron lumbre, en que se calentó. Dejaron a
enjugar su ropa, limpiáronle las botas, y dándole matraca sobre el fieltro, que
resistió mejor el agua que sus fisgas, le acostaron en una cama que le
hicieron, porfiando él en acreditar lo que había visto, y ellos en afirmar que
venía, como quien dicen, calamocano.
Luego, pues, que la buena Mari-Pérez supo por sus espías que se había
ausentado su enlodado esposo, asentó la primera puerta con ayuda de sus
convidados como estaba de antes, quitó la tablilla, y haciendo que se llevasen
lo uno y lo otro consigo, los despidió a todos, conjurándoles guardasen
secreto; y quedándose con su sobrina sola, se acostaron, cansados los pies de
bailes, las manos de castañetas, los estómagos de comer y las bocas de reír,
durmiendo a satisfacción de la cena y entretenimiento hasta la mañana, que
volvió su pintor a medio enjugar en compañía del viejo Santillana, que casi
persuadido con la porfía de nuestro Morales, oyéndole afirmar lo mismo a la
mañana que por la noche, deseaba ver esta nueva maravilla. Llegaron, en fin, a
vista de la casa encantada. Y hallándola con su puerta antigua, sin tablilla
sobre ella, quieta y cerrada, comenzó el viejo a dar cordelejo de nuevo al
pobre Morales, y él de nuevo también a desbautizarse, jurando y perjurando que
era verdad cuanto le había referido, y alguna arte del demonio aquella con que
pretendía se desesperase. Llamaron, y salió a medio vestir la sobrina, abriendo
la embustera puerta; y en viendo a su casi padrastro, le dijo:
—¿Con qué cara viene vuesa merced, señor tío, a ver a su mujer? ¿Ni qué
cuenta dará de sí quien, dejándola a la muerte a las doce, y enviándole por una
comadre, vuelve a las ocho de la mañana sin ella y con esa flema?
—¡Si tú supieras, Brígida —respondió—, en lo que por tu tía me he visto
esta noche, más lástima tuvieras de mí que quejas! ¡Mañana nos hemos de mudar
de esta casa, que andan en ella enjambres de demonios!
Oyóle en esto la prevenida enferma, y levantándose como una onza de la
cama en sólo manteo, salió dando gritos y diciendo:
—¡Oh, qué solícito marido de la salud de su mujer! ¡Para frío de
cuartana valéis lo que pesáis, Morales mío, que no volveréis en toda la vida!
¿Hízoos mal el sereno de anoche? ¿Venís acatarrado? ¡Qué enjuto que os dejó la
tempestad pasada! Bien creísteis vos hallarme muerta cuando volvieseis con la
Castejona, y entraros por mi dote y hacienda como por viña vendimiada. Pero
¡malos años para vos y para quien tan mal me desea! ¿A qué viene vuesa merced
con ese perdido, señor Santillana? Si es a disculparle conmigo, no tiene para
qué, que ¡por el siglo de mi madre que he de irme luego al vicario y pedir
divorcio!
—¡Sosiéguese vuesa merced, señora Mari-Pérez —dijo el amigo—, que el
señor Morales no tiene la culpa, sino alguna hechicera que por malos medios
quiere hacerlos mal casados!
—¡Mujer —acudió el afligido pintor—, puesto que os parezca tenéis razón
en quejaros de mí, escuchad las mías y hablad menos libre, que me falta
paciencia para sufriros, gastada la que tenía en los embelecos de esta noche!
Contólo en esto todo lo que ella mejor se sabía; con que, fingiendo
alborotos nuevos, volvió a decir:
—¿A mí con papeles? ¿No ven vuesas mercedes que soy cabos negros y
boquiancha? ¿Hay más lindas papandujas que las que me venden? ¿Casa de posadas
la mía? ¿Mastines, bureo, bailes y fiestas aquí, anoche? ¡Aún si dijeran
quejas, maldiciones, suspiros y males, acertaran!
—¡Juro a todo lo que puedo jurar —respondió él— que cuanto os he contado
me sucedió! En esta casa debe de haber duendes. Con venderla o alquilarla,
pasándonos a otra, se remediará todo.
—Y ¡cómo que hay duendes, señor tío! —acudió la taimada Brígida—. Las
más noches me pellizcan y dan de azotes, aunque blandos, y se ríen a
carcajadas.
—Pues ¿cómo nunca me lo has dicho? —dijo la disimulada tía.
—Porque no imaginasen vuesas mercedes —respondió— que era otra persona,
en descrédito de mi opinión y su casa de mis señores tíos.
—¡Alto! ¡Eso debe ser, sin duda! —dijo Santillana—. ¡No hay sino
perdonarse unos a otros y entrar con buen pie en la Cuaresma que es mañana!
Hízose así, quedando en ojeriza con los duendes el encantado pintor, y
su mujer con esperanza de que premiase su burla el diamante pretendido.
No desmayó la bella malmaridada por ver la prosperidad y sutileza de las
burlas de sus dos opositoras. Antes, de un camino satisfizo dos necesidades: el
premio de la burla el uno, y el otro la cura de su celoso compañero, que
dispuso así:
Acababa de llegar a Madrid un religioso hermano suyo, por prelado de uno
de los monasterios que fuera de la Corte, con la recolección de su vida,
apuntalan lo que los vicios tienen a pique de arruinar. No sabía su venida el
celoso Santillana; y su mujer, cuando ausente, por cartas, y agora, presente,
por papeles y una visita que él la hizo, se le había quejado de la mala vida
que sus impertinentes sospechas le daban. Estaba informado el prudente
religioso de los vecinos y amigos del mal acondicionado viejo de la razón que
su hermana tenía de aborrecerle y vivir desconsolada, deseando hallar un medio
con que alumbrarle el entendimiento, y, sin romper con el yugo conyugal,
persuadirle cuanta satisfacción era justo tuviese de su esposa. Pero por más
que estudió sobre ello, nunca atinó traza suficiente que venciese la pertinaz
malicia, que ya vuelta en costumbre, era casi imposible de desarraigar.
Habíala escrito que mirase ella qué modo le parecía más a propósito para
que, sin llegar a dar cuenta de sus trabajos a tribunales causídicos, ella
viviese descansada y su marido con sosiego; que por difícil que fuese, él
pondría toda la diligencia imaginable en su ejecución. Ahora, pues, que halló
ocasión para ejecutarle en estas promesas, curar al viejo Santillana y de
camino llevarse el diamante, una mañana que él se fue a oír misa y sermón, por
ser principio de Cuaresma, envió a llamar al bien intencionado fraile; y
después de haberse consolado con él llorándole sus martirios y pesadumbres, le
dijo que no hallaba otra traza más a propósito para sacarle de la cabeza aquel
tema venenoso de sus celos, si no era uno que le propuso y después sabréis.
Refirióselo con toda la elocuencia que dio el artificio persuasivo a las
mujeres con lágrimas, suspiros y encarecimientos. El remedio que la malcasada
le ofreció tenía muchos inconvenientes. Pero, en fin, atropelló con todos el
amor de hermano, la piedad de religioso y el deseo de impedir alguna
desesperación, creíble de la angustia y sentimiento que nuestra Hipólita (que
éste era su nombre) mostraba. Prometióla llevar a cabo lo que le pedía;
señalaron el día, despidióse, llegó a su convento, y propuso el caso a sus
súbditos. Queríanle mucho, y conociendo el provecho que se esperaba de él para
la quietud de dos casados, le ofrecieron hacer cuanto les mandase y le animaron
a concluirle.
Alentado con esto, envió para el plazo concertado, dos onzas de unos
polvos eficacísimos para dormir, quien los bebiese, cuatro o cinco horas, con
tanta enajenación de los sentidos, que sólo se diferenciaban de la muerte en la
breve distancia con que aquéllos restituían el alma a sus vitales ejercicios.
Recibiólos contenta la astuta Hipólita, asentándose a cenar con su marido y
mezclándolos con el vino, apetitoso a sus años. Entre bocado y bocado le daba
una reprensión, y entre trago y trago bebía su sueño. Al último, en fin, sin
aguardar a que se levantasen los manteles, cayó como piedra en pozo, siendo tan
eficaz la polvareda boticaria, que a no estar sobre el caso la aplicante y la
moza, creyeran —y no las pesara— que había nuestro Santillana desembarazado el
matrimonio. Desnudáronle. Y echándole en la cama aguardaron que viniese por él
el religioso hermano, que no tardó mucho, pues a las nueve —suficiente hora y
quieta para aquel tiempo frío y de invierno— con dos legos y un coche se
apearon a su puerta, y entrando dentro, mandó a uno de sus compañeros que venía
prevenido de tijeras y navaja, que le quitase toda la barba y abriese una
corona de fraile. No se mostró perezoso el obediente barbero, pues sin bañarle,
porque la frialdad del agua no ahogase la virtud de los polvos, le convirtió en
reverendo cenobita. Era cerrado de cabellos como de mollera, y así salió la
corona con toda perfección venerable, autorizándola las canas, que se
entretejían todo lo posible. Y despachada la barba, no pudo dejar de causarle
risa a su mujer, viendo vuelto a su marido de viejo en vieja. Vistiéronle un
hábito como el de su hermano, sin sentirlo él más que si esto acaeciera con el
conde Partinuples; y metiéndole en el coche, encargó el prelado a Hipólita
encomendase a Dios el próspero fin de aquel buen principio. Llegó con él a su
monasterio, y desembarazando una celda, le desnudaron, acostándole en una cama
penitente, dejándole los hábitos sobre una silla y un candil encendido;
juntaron lo puerta y se fueron a dormir.
Dos horas había que duraba el éxtasis del ignorante novicio, y dos
prosiguió en su dormilona embriaguez, que era el término puesto a la virtud de
los polvos con jurisdicción de solas cuatro horas; y habiéndola comenzado a las
ocho, síguese que a las doce fenecería su operación.
Tocaron a maitines, como se acostumbra en todos los monasterios a
medianoche, y tras la campana, las matracas con que despiertan a los que se han
de levantar —que es un instrumento cuadrado de tablas huecas llenas de
eslabones de hierro, que cayendo sobre clavos gruesos y meneándolos a priesa,
hace un son desapacible para los que despiertan y le conocen, y espantoso para
los que coge desapercibidos y bisoños en tan gruñidora música. Así le sucedió
al padre Santillana, pues despertando despavorido y creyendo que estaba en su
casa y cama, dio un grito, diciendo:
—¡Jesús! ¿Qué es esto? ¿Cáese la casa? ¿Hay truenos, o vienen por mí los
diablos?
Esto y buscar los vestidos, hallando en vez de ellos los hábitos de
fraile, fue todo uno. La novedad de la celda, sin saber cómo o quién le había
traído a ella, lo tuvo, como cada cual podrá juzgar por sí; ni sabía si diese
voces, ni si era arte aquella de encantamiento; si dormía o velaba. Tomó el
candil para ver a qué calle o campo caía aquel aposento encantado o en qué
parte estaba, y vio un tan largo dormitorio, que le cansó la vista, lleno de
celdas, con una lámpara en medio.
—¡Válgame Dios! ¿Qué es esto? —dijo volviéndose a entrar temblando—. ¿No
me dormí yo en acabando de cenar anoche? ¿Quién me ha traído aquí ahora,
trocando mis vestidos en hábitos? ¿Si estoy en el hospital? Que ésta más parece
enfermería que habitación política. ¿Si mis celos me han vuelto loco, y para
curarme me han traído al Nuncio de Toledo? Que la estrechez de este aposento
más parece jaula que hospedería. ¡No sé lo que imagino! Aunque esto último bien
puede ser, pues si no me acuerdo mal, ya andaba mi seso dando zancadillas de
puro imaginativo; y no será mucho que haya algunos dos o tres años que me estén
curando en este hospital, y ahora, vuelto en mi juicio, me parezca que fue
anoche cuando estuve quieto y seguro en mi casa y con mi mujer. Si es esto como
imagino, a navaja quitan los cabellos y barbas a los locos y a los galeotes; la
mía me sacará de este temor.
Echó mano a ella, y hallóla tiple, habiéndola él criado con trabajo.
Tentóse la cabeza, y hallóse coronado. Lloró su juicio rematado, teniéndose por
conventual del Nuncio, creyendo que por burlarse de él, como suele hacer con
los de su profesión, le habían puesto la cabeza de aquel modo. Con todo eso, se
consolaba, pareciéndole que, pues echaba de ver entonces el estado en que
estaba, había ya vuelto en su juicio, y según esto saldría presto de aquel
colegio desacreditado. Sólo le desatinaban los hábitos, que le disuadían estas
imaginaciones porque los locos que él había visto en Toledo andaban vestidos de
ropas burieladas, pero no de religiosos.
Entre estas confusiones ridículas estaba en su celda desnudo, sin
haberle acordado que se vistiese el frío, ni saber él por dónde ni cómo
acomodar la diversidad de pliegues y confusión del hábito, que en su vida .se
había puesto, cuando entrando el compañero que daba luz a los demás frailes, le
dijo:
—¿Cómo no se viste, padre Rebolledo, si ha de ir a maitines?
—¿Quién es aquí Rebolledo, hermano mío? O ¿qué maitines o vísperas son
estas que me desatinan? —respondió el casado fraile—. Si sois loco, como yo lo
he sido, y ése es el tema de vuestra enfermedad, ya yo estoy sano por la
misericordia de Dios y no para oír disparates. ¡Decidme dónde hallaré al
rector, y dejad de rebollearme!
—¡Con buen humor se levanta, padre Rebolledo! —dijo el religioso—.
¡Vístase, que hace frío, y mire que voy a tocar segundo, y que es mal
acondicionado el superior!
Fuese con esto, dejándole muy confuso.
—¿Yo Rebolledo? —decía—. ¿Yo fraile y maitines, no habiendo seis horas,
a mi parecer, que al lado de mi Hipólita trataba más en pedirla celos que
entonar salmos? ¿Qué es esto, ánimas benditas del Purgatorio? Si duermo,
¡quitadme esta molesta pesadilla! Y si estoy despierto, ¡reveladme este
misterio o restituidme el juicio que sin duda he perdido!
Pasmado se estaba sin acertar a vestirse, obligándole el frío a traer
las frazadas a cuestas, cuando vino otro fraile y le dijo:
—Padre Rebolledo: el vicario de coro dice que por qué no va a maitines;
que son cantados, y vuestra reverencia es semanero.
—¡Válgame la corte celestial! —replicó el nuevo fraile—, que, en fin,
¡soy padre Rebolledo yo, siendo ayer Santillana! Dígame, religioso, si es que
lo es, o hermano loco, si como imagino, estamos en algún hospital de ellos:
¿Quién me ha puesto de este estado? ¿Cómo o por qué me han quitado mi casa, mi
hacienda, mi mujer, mis vestidos y mis barbas? O ¿qué Urganda la Desconocida o
Artus el Encantador anda por aquí y ha rematado con mi seso?
—¡Buena está la flema y disparate —respondió el corista—, para la priesa
con que vengo a llamarle! Delantero debió de cargar anoche en el refitorio,
padre Rebolledo, pues aun no se han despedido los arrobos de Baco. Vístase, y
si no acierta, yo le vestiré.
Echóle entonces el hábito. encima, y al ponerle la capilla, como era
estrecha, creyendo que era algún espíritu malo que quería ahogarle, comenzó a
dar gritos:
—¡Arredro vayas, Satanás! ¡Déjame aquí, ángel maldito! ¡Ánimas del
Purgatorio! ¡Santa Margarita, San Bartolomé, San Miguel, todos abogados contra
los demonios, ayuda y favor, que me ahoga este diablo capilludo!
Y escabulléndosele de las manos, rota la capilla y arañado el fraile,
echó a correr por el dormitorio adelante.
Atentos y escondidos habían estado oyendo la escarapela ridícula el
prelado y súbditos, reventando la risa por romper los límites de la
disimulación y silencio que este caso requería; pero saliendo juntos con las
velas encendidas que habían prevenido para el coro, le dijo severo el
disimulado superior:
—Padre Rebolledo, ¿qué escándalo y descompostura es ésta? ¿Al fraile que
yo envío para que le llame al coro trata de esta suerte? ¿Las manos pone en un
ordenado de grados y corona, y a la culpa de no venir a hacer su oficio añade
el descomulgarse? Aparéjese luego; que con un Miserere mei se le aplacarán esos
bríos.
—¿Qué es aparejar? —respondió el colérico montañés—. ¿Soy yo bestia? Ya
lo estoy para defenderme de vuestras ilusiones. ¡Espíritus condenados! ¡Catad
la cruz! ¡No tenéis parte en mí que soy cristiano viejo de la Montaña bautizado
y con crisma! ¡Fúgite, partes adversae!
Estos y otros desatinos comenzó a ensartar, con no poco tormento de la
risa de los circunstantes, que se malograba puertas adentro de la boca; pero
haciéndole agarrar a los donados, y diciéndoles el Prelado: «Este fraile está
loco, mas la pena le hará cuerdo» le asentaron en las espaldas de par en par,
una colación de canelones, que pagó con más cardenales que tiene Roma. Daba
gritos que los ponía en el cielo, diciendo:
—¡Señores, o frailes, o diablos, o lo que sois! ¿Qué os ha hecho el
pobre Santillana para tratarle con tanta riguridad? Si sois hombres, ¡doleos de
otro de vuestra especie, que jamás hizo mal a una mosca, ni tiene de qué
acusarse, sino de la mala vida que sus celos han dado a su mujer! Si sois
religiosos, ¡baste la penitencia, pues no cae sobre culpa que yo sepa! Si sois
demonios, decidme: ¿por qué pecados os permite Dios que me desolléis de esa
suerte?
Menudeaba el padre disciplinante azotazos en esto, diciendo:
—¿Todavía da en su tema? Pues veamos quién de los dos se cansa.
—¡Ya lo estoy, padre de mi alma —respondió el penitente por fuerza—.
¡Por la sangre de Jesucristo que tenga lástima de mí!
—Pues ¿enmendará de aquí en adelante?
—¡Sí, padre mío, yo me enmendaré, aunque no sé de qué! —respondió.
—¿Seré desde aquí adelante humilde y cuidadoso en su oficio, padre
Rebolledo?
—Seré Rebolledo —respondía—, y todo lo que quisieren.
—Pues bese los pies a ese religioso —dijo— maltratado por él, y pídale
venia.
—¡Bésole los pies, padre mío —dijo—y pídole brevas, o lo que es esto que
me mandan le pida!
Soltaron la risa todos entonces, que no pudieron sufrirla. Reprendiólos
el prelado, y diciéndoles:
—¿De qué se ríen, padres, habiendo de llorar la pérdida del juicio de un
fraile, el mejor que teníamos, y que ha servido quince años este monasterio con
la mayor puntualidad que la religión ha visto?
—¿Quince años yo? —decía entre sí el pobre Santillana—. ¿Hay
encantamiento semejante en cuantos libros de caballerías desvanecen mocedades?
¡Alto! Pues santos lo dicen, verdad debe de ser, aunque no sé el cómo; porque a
no ser así, ¿qué les importaba a estos benditos el maltratarme y afirmallo?
—Véngase al coro con nosotros —le dijo el cuñado que no conocía.
Obedecióle el celoso por su daño. Comenzaron a cantar los maitines, y
mandóle que entonase la primera antífona. Sabía él de música lo que de
vainicas. Pero no osando replicar, temeroso de otra tunda, la cantó regañando,
de suerte que prosiguiendo la risa de todo el coro, y no pudiéndola disimular,
el superior le mandó llevar al cepo donde le tuvo tres días tan fuera de sí,
que faltó poco para no renunciar con el siglo el seso. Al cabo de ellos le
sacaron, y mandó el prelado fuese con un compañero a pedir el pan de limosna
que se acostumbra los sábados. Diéronle su talega, y sin replicar palabra, como
una oveja cumplió la obediencia. Llevóle de industria el que le acompañaba a la
calle donde vivía su mujer; y reconociendo la casa, alentado y con nuevo espíritu,
dijo entre sí:
—¡Aquí de Dios! ¿Esta no es mi casa? ¿Yo no estoy casado con Hipólita?
¿Quién diablos me ha metido en frailías que yo no apetecí en mi vida?
¡Matrimonio me llamo!
Entróse con esto en el portal, y hallando a su mujer allí, abrazándose
con ella, comenzó a decir:
—¡Esposa de mis ojos! ¡Castigo del cielo fue el mío por la mala vida que
te he dado! ¡Fraile me han hecho sin saber cómo o por qué; pero desde hoy más,
buscarán talegueros; porque yo matrimonio me llamo!
—¿Qué descompostura es ésta? —dijo a voces la mal casada—. ¡Aquí de la
vecindad, que este loco atrevido ofende mi honra!
Acudió el compañero y parte de los vecinos, que le desconocieron por
faltarle .la longitud de la barba y estar en tan desusado traje, y tan
macilento con las penitencias pasadas, que pudiera vender flaqueza a los padres
del Yermo y le apartaron a empellones diciéndole oprobios satíricos.
—¡Déjenle vuesas mercedes! —acudió el compañero—; y no se espanten de lo
que hace, que ha estado el pobre seis meses loco y su tema principal es decir a
cualquier mujer que ve, que es su esposa. Hémosle tenido en una cadena; y
habiendo, más ha de dos meses, que mostraba tener salud, a falta de frailes,
que han ido a predicar por las aldeas esta cuaresma, me mandaron le trajese
conmigo a pedir hoy la limosna, bien contra mi voluntad.
Diéronle todos crédito, lastimados de su desgracia; que cuanto más
gritaba afirmando era el marido de Hipólita, más la acreditaba. Lleváronle
medio loco de veras, y en son de atado, a su convento. Volviéronle a meter en
el cepo, donde después que purgó más de otro mes los malos días que había dado
a su mujer, al cabo de ellos y a la medianoche le despertó una voz desde el
tejado que estaba sobre la prisión, y decía en tono triste y sonoroso:
Hipólita está inocente
de tus maliciosos celos,
y así te han hecho los cielos
de ese cepo penitente.
Por necio y impertinente,
en ti su venganza funda
el que te ha dado esa tunda;
por eso, si sales fuera,
escarmienta en la primera,
y no aguardes la segunda.
Repitió esto tres veces la fúnebre voz, y él, llorando con la mayor
devoción que pudo, respondió:
—¡Oráculo divino o humano, quienquiera que seas, sácame de aquí; que yo
prometo verdadera enmienda!
Diéronle después de esto de cenar, y la bebida fue de vino, que no había
probado desde el día primero de su transformación —penitencia más áspera para
él que todas las demás—. Bebiólo, y con él dos veces más cantidad de los mismos
polvos que primero. Durmióse como antes. Habíale crecido el cabello y barba,
suficientemente; afeitáronle, dejándole lo uno y lo otro en la disposición
antigua; y llevándole en otro coche a su casa, se despidió el religioso, médico
de celos, de su hermana, con esperanza de que cuando despertase hallaría sano a
su marido y enmendado. Púsole los vestidos seglares sobre un arca, cerca de su
cabecera, acabó el sueño junto con la operación de los polvos, al amanecer, por
haberlos él tomado a las diez de la noche; despertó, y en fin, creyendo hallarse
en el cepo, vio que estaba en la cama y a oscuras. No lo acababa de creer,
tentó si eran colchones aquellos o madera. Estaba velando Hipólita, y
aguardando el fin de aquel suceso; fingió que despertaba, y dijo:
—¿Qué es esto, marido mío? ¿Qué tenéis? ¿Haos dado como suele el mal de
ijada?
—¿Quién eres tú que me lo preguntas? —dijo despavorido el ya sano
celoso—; que yo no tengo mal de ijada sino mal de frailía.
—¿Quién ha de ser —respondió— sino vuestra mujer Hipólita?
—¡Jesús sea conmigo! —replicó él—. ¿Cómo entraste en el convento mujer
de mi vida? ¿No ves que estás descomulgada, y que si lo sabe nuestro mayoral o
superior te encanelonará las espaldas, dejándotelas como ruedas de salmón?
—¿Qué convento o qué chanzas son esas, Santillana? —respondió ella—.
¿Dormís todavía o qué locura es ésta?
—Luego ¿no soy fraile de quince años ha —preguntó él— y entonador de
antífonas?
—Yo no sé lo que os decís con esos latines —replicó ella—. Levantaos,
que es mediodía, si habéis de traer que comamos.
Más asombrado que nunca, se tentó la barba, y hallóla cumplida y la
cabeza descoronada. Mandó abrir la ventana, y se vio en su cama y aposento, los
vestidos a su lado, sin rastro de cepo ni de hábitos. Pidió un espejo, y vió
otra cara diferente de la que los días pasados le enseñó el de sacristía.
Hacíase cruces, acabando de creer el oráculo coplista. Preguntábale disimulada
su mujer que de dónde procedían aquellos espantos. Contóselo todo, concluyendo
en que debía de haber soñado aquella noche, Dios le debía de mandar se
enmendase y tuviese la satisfacción que era justo de su mujer. Pidióla perdón,
jurando no creer aún lo que viese por sus mismos ojos de allí en adelante; con
que dándola libertad para salir de casa, hubo de ir con las otras dos amigas a
la del conde, alegando cada una su burla, y quedando tan satisfecho él de todas
que por no agraviar a ninguna, les dijo:
—El diamante, ocasión de sutilizar, señoras vuestros ingenios, se me ha
perdido a mí el día de su hallazgo; él vale doscientos escudos; cincuenta
prometí de añadidura a la vencedora; pero todas merecéis la corona de sutiles
en el mundo; y así, ya que no puedo premiaros como merecéis, doy a cada una
trescientos escudos que tengo por los más bien empleados de cuantos me han
granjeado amigos, y quedaré yo muy satisfecho si os servís de esta casa como la
vuestra.
Encarecieron todas su liberalidad, y volviéndose más amigas que antes,
hallaron al cajero vuelto ya de su viaje
y olvidada su burla; al pintor, que había vendido su casa y comprado otra por
evitar bellaquerías de duendes, y a Santillana tan satisfecho y enmendado de
sus celos, que desde allí en adelante veneró a su mujer como a merecedora de
oráculos protectores de su buena vida.
FIN

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