© Libro N° 13925. La Máquina De
Vencer. De Marco,
Dante. Emancipación. Junio 7 de
2025
Título Original: © La Máquina De Vencer. Dante De
Marco
Versión Original: © La Máquina De Vencer. Dante De Marco
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Dante De Marco
La Máquina De
Vencer
Dante De Marco
La rampa asciende
interminablemente. Conduce a la muerte. La de uno de ellos.
La iluminan: globos
de gel fijados al tosco muro; mas acentúan la claustrofobia.
La rama: concluye
en el cerco ovalado de la arena. La espían millones de ojos en toda la Galaxia.
Ávidamente. Algunos, los MUY PRIVILEGIADOS, in situ. La mayoría, por medios
artificiales: telepresencia, virtuRE, soligramas.
La Galaxia:
sedienta de sangre, violencia y muerte. Los gladiadores que la van a surtir:
poseen un elevado cometido social; con el duelo singular, suplen la guerra, que
desbarataría la armonía de estas estrellas.
—Aún puedes
retirarte.
—Imposible —niega
ella. La cuesta hablar. El miedo oprime sus órganos. Su garganta. Jadearía de
pánico. Mas se obliga a mostrar entereza. No muestres debilidad ante este
monstruo, se disciplina—. Nod depende de mí.
Además, mi honor me
lo impide. —Punzante—: ¿Sabes lo que es?
—Lo que va a
matarte —confirma Héctor, el invencible. Ella se repone de la sorpresa,
soportando este primer ataque de parte del... humano—. Porque lo haré.
Diena le arroja una
encendida mirada gatuna; pupilas dilatadas. Piensa retrucarle: O te mataré yo.
Pero opta por
callar al valorar nuevamente al adversario.
Héctor: un
primitivo dios de violencia. De pasiones básicas. Tiene ALGO que lo destaca
conspicuamente del resto.
Es delirante
leyenda urbana gracias a ese ALGO: pasión, garra, estilo, clase... Difícil
precisarlo, aun junto a él. Tras años de duelos: invicto. Es monomaníaco del
triunfo. Se aparea con la victoria en un lecho compuesto por las víctimas
aniquiladas en liza. Cuesta contabilizar cuántos mundos conquistó o defendió.
En boxes resonaban:
las leyendas urbanas.
Ni el matraqueo
mecánico de las retroarmaduras al ajustarse, el hedor espeso del miedo, la
ansiedad y la balbulina, las sofocaban. Otra Temporada. Héctor despertó del
criosueño dispuesto a revalidar su imbatibilidad. Y no está un solo día más
viejo que la primera vez que salió a la palestra, nadie recuerda ya cuándo.
Ni menos feroz.
Cuentos, desdeñó el
entrenador de Diena. Héctor es mortal. Conforme con que el Coliseo parece hecho
para él y demás. Pero debe ser viejo. Tú eres joven, rápida, ágil. Él es tosco.
Olvida las leyendas urbanas. Nadie puede ya discernir los hechos de las
fantasías, ¿entiendes?
Diena: supo
discriminarlas durante el ascenso.
Advierte la
implacable voluntad e innata fuerza de Héctor, potencia orientada hacia un
punto. Irradia energía, como un aura. No es en absoluto sutil, o elegante: un
rostro feo, como descantillado de un pedazo de granito, arañado con cicatrices
de viejos sufrimientos, cuerpo macizo enfundado en una retroarmadura
equilibrada por doquier, funcional, sin ornamentos. Ojos grises.
Invicto, recuerda
su angustia. Acabaré con él. Puedo, ¡PUEDO! ella se defiende.
—Nada personal
—añade él—. Sólo trabajo.
—¿Sufres
remordimientos, Héctor? —lanza ella espontánea. La mira. Difícil atisbar
emoción en sus ojos—. Los conocerás, ¿no? —Héctor cabecea afirmativamente. Otra
sorpresa—. Mi planeta será conquistado por otra raza si pierdo. Por eso luchas.
Por ellos. —Pausa. ¡Qué rampa, interminable! odia su fuerte anticipación—. No
sólo matas al gladiador: ¡aniquilas su mundo!
—Lo sé. Pero... así
son las cosas. Y me gusta ganar.
—Ah. Claro. La
victoria —murmura, defraudada.
Ella siente una
terrible desazón sajar su ánimo. Qué simple: Me gusta ganar...
Encadenaron
exitosamente una compulsión vital (por la cual Héctor se emplea a fondo) con un
sórdido propósito.
Fracasé: Héctor es
insensible. Inatacable desde el aspecto moral.
La arena devastó
sus emociones tras tantos duelos.
Las asó con el
resplandor de hojas pulidas.
Vislumbran el fin
de la rampa: un rectángulo brillante. Esa luz hace relucir los rieles del aura
antiagresión que divide la cuesta. También evita el uso de trampas.
—No hice las Leyes
—ella advierte que le irrita hablar. ¿Lo desconcentra, o acaso lo obliga a
asumir la existencia del ser a su lado, sus sueños, angustias, miedos...?—.
Existían antes que nosotros. Pretenden impedir devastadoras guerras
interplanetarias.
—Sé la historia.
Tras la Guerra Económica, que causó tantas muertes y miseria en la Galaxia,
crearon esto —palmea irritada el muro—: ¡el Coliseo! Cuando un planeta,
Corporación o Nobilato codicia un mundo, en vez de emprender una guerra, lucha
aquí. Sabiduría comercial: mínimo gasto/esfuerzo, máximo beneficio. —Ahora
anhela la longitud de la rampa. Un minuto de vida, es vida. El ascenso, lo
brindaba. La arena está AHÍ MISMO. Hiede a muerte—. Las Leyes son la religión.
Tú, Héctor, su dios.
—Cuentos —Héctor
esgrime hosca sonrisa—. Si te ayuda, habla. Tu charla es educada. No como la de
Telus. ¡Bravucón insoportable!
—¡No quiero TU
piedad! —estallan sus nervios—. ¡No la NECESITO! ¡Soy la mejor gladiadora de
Nod! ¡ La chica milagro, me llaman! ¡Te mataré, ganaré nuestra libertad y nadie
jamás osará conquistarnos!
—Bien: he ahí la
arena —invita parsimonioso—. Demuéstralo.
La impide replicar
al dar el paso que lo hace todo irreversible.
Entra en la arena.
Se cala el casco de
larga crin equina, notándolo.
Héctor carece de
ciberimplantes y estimulantes talámicos de odio, al contrario que la esbelta
chica-gato de ojos felinos y nariz de cartílago superpuesto. Se tiene a sí
mismo, la fe inquebrantable en sus posibilidades y su obsesivo impulso de
VENCER.
Pero: lo percibe. Y
cómo. Innumerables gargantas jalean al verle, enardeciendo el ambiente,
sofocando la atronadora megafonía, bombeándole una fuerza fanática. Casi
tangible. Lo baña: en oleadas. Una sola, nuclear y ardiente pasión en las
mentes.
¡¡HÉCTOR!!
Podridos hijos de
puta, piensa despectivo. Alza el hacha de dos filos y robusto mango óseo
laminado con titanio. Gira sobre sí, barriendo con la mirada el vasto Coliseo.
Gradas abarrotadas. Convulsivas. Degeneradas. Pantallas desmesuradas.
Equipos de
holografía y telepresencia: en ON.
La bulbosa cámara
flotante se adhiere a él; otra, a Diena.
Grabarán para un
Cosmos anhelante el más mínimo-nimio de sus gestos.
Hipócritas.
Deploráis la violencia. La reprimís en vosotros con mantras y cirugía. Habláis
de ética, moral y conceptos sublimes. ¡Chuminadas! Aquí estáis, agolpados,
viviéndolo en directo. O inyectándolo a vuestros sesos por telepresencia, con
estimulador corticoidal, enchufados a todo mecanismo deshinibidor, sin sombra
de esa moral suprema que predicáis y hace elevado al individuo.
Bárbaros
primitivos. Sádicos carniceros. Ávidos de sangre y masacre.
Ansiosos de los
escalofríos producidos por la brutalidad y el asesinato.
Y soy el mejor en
provocároslos.
Más que Telus, la
Violencia Carmesí, la sádica máquina orgánica asesina. Allá, en las gradas: lo
destaca. Sonríe despectivo, rodeado de acólitos. La rivalidad entre ellos:
histórica. Pulsa patente ahora.
Las Leyes una
religión.
Héctor su dios.
Con billones de
acólitos.
Incita a Diena a
dar el paso. Poner hechos, no palabras, sobre la arena.
Los nods en las
gradas: explosión de vítores.
—...se cala el
casco —describe el comentarista enchufado a varias máquinas y pantallas—. Entra
en la arena. Héctor y Diena, de Nod, se dirigen a la Torre Palco Cero para
presentar sus respetos al Gran Kadd. Este combate inaugura la Temporada.
Diena defiende Nod
de la pretensión colonizadora de Iipov, raza anélida comercial que ha
contratado a Héctor. Ella ha sido descrita como la chica milagro. Su currículum
es impresionante. Destacó tras una brutal selección. Ha recibido la mejor
instrucción, la cibernética y el neurosoft autorizados para este lance.
Héctor sigue sin
utilizarlo, como es habitual. Están ante la Torre Palco Cero. Alzan sus armas:
Héctor, hacha; Diena, tridente...
—Tengo MIEDO
—reconoce Diena.
Se cala el casco
hermético dotado de climatizador. La da aspecto élfico.
Se conectan los
neuroimplantes de sienes y nuca. Un chorro neto de odio la inunda. Vigor
estimulado al tálamo: mediante microondas.
¡Todo Nod emite
colectivamente! La arropan, fortaleciéndola.
Su entrenador
irrumpe en su cerebro por radio. La aconsejará. Ahora: chequea sus constantes.
—Calma. Reduce el
flujo de adrenalina —instruye el áspero rostro encuadrado en su visión
expandida. A la derecha. Arriba—. Todos estamos contigo, ¡todos!
Sagrada Bastet,
¡qué inmensa responsabilidad cargan sus hombros!
—Héctor es una
masa. Fuerte, pero lento. ¿Recuerdas? ¡Aprovéchalo! Eres pequeña, ágil, rápida.
Rómpele una rótula. El resto será fácil. Es un bruto, nada más.
—Sí. Un bruto. Sí.
Diena se pregunta:
¿Habrá más como Héctor? Humanos. Y ¿todos son como él?
¿Imaginas un mundo
infestado de ellos... de humanos? ¡Terrorífico!
Están ante la
majestuosa Torre Palco Cero: hormigón de búnker y triple capa de metacril. Una
burbuja blindada la corona. Dentro: el Gran Kadd. Amorfo, amarillo, macilento.
Flota en un líquido más bien espeso. Lo respira, le nutre. Acepta su saludo.
Luego, extiende una
mano de dedos romos, verrugosos, hasta un sensor.
Observan los
discos: luz roja encendida; verde, apagada.
El gesto: enciende
la verde.
Gritando
salvajemente, Diena proyecta su puño al cuello de Héctor.
Las Leyes son
estrictas sobre el armamento: cuchillos, espadas, porras, hachas...
Quieren objetos
punzantes/cortantes/lacerantes que destrocen, dañen, hieran, desgarren, rompan,
maten cruelmente. El duelo: debe durar, y ser sangriento. Hay muchos vicios
bestiales que aplacar; bastantes ansias asesinas reprimidas que desfogar.
El Absoluto Juez
del Reglamento, Totalmente Imparcial (un neurochip lo garantiza) equilibró las
retroarmaduras para hacer la lucha larga, justa y sanguinaria.
La Galaxia acumula
en dispositivos ansiedades, odios, beligerancias. Así, logran aparentar
superioridad moral ante razas más primitivas. Luego descargan tanta inhibición
sobre sus gladiadores favoritos durante los veinte días de la Temporada.
Diena cuenta con
dicha ventaja (todo el ODIO carga sus músculos y reflejos); Héctor la
desprecia.
En su interior
tiene cuanto necesita.
Bloquea el golpe
con el antebrazo. Las corazas chocan, trepidan. Crujen los servos y
mecanomúsculos. Ataca con el hacha; ella la esquiva.
Azuza con el
tridente. Buenísima. Lo obliga a desplegar el broquel del antebrazo.
Giran. Buscan
fisuras en sus defensas. El punto débil, terminal. Diena extiende su broquel.
Ataca. Héctor desvía el golpe con el hacha.
El público ruge;
pide ¡masacre Masacre MASACRE!
Héctor castiga a
Diena. El hacha retumba como un martillo gigantesco sobre la fragua del caos,
templando la espada Devastación. Agrieta el broquel. Ella rueda por la arena.
Es química, especial. Absorbe con obscena sed la sangre, toda humedad.
Héctor la odia; la
considera impúdica.
Diena se recupera.
Pugna por romper a Héctor una rótula. ¿Cuál? ¡¿Importa?! ¡¡Rómpela e incrústale
el tridente en la cara!! ¡¡¡Revuelve sus sesos!!!
El entrenador fríe
su cerebro. ¡Demasiadas estrategias vía neurosoft! ¡A la vez! ¡Me aturden,
Bastet! Golpea débilmente una rótula. Héctor trastabilla. Lo pone a la
defensiva. Se aleja, plegándose. Qué pavoroso espectáculo.
Parece erizarse de
púas, acumulando poder.
Su fallo no merma
el entusiasmo de los nods; inyectan en Diena un variado y picante juego de
emociones vía satélite. ¡Redujo a Héctor a esta masa cautelosa! ¡SÍ!
Contienden. Golpes
atronadores, potentes, malignos. Uno tras otro Otro OTRO.
Héctor logra
desarmarla. Diena enloquece de pánico. Carga con el broquel a plena potencia
mecánica contra él. Esquiva un hachazo al cráneo: por pura suerte.
Impactan.
¡Estruendoso choque! Héctor, al suelo.
Diena corre por su
tridente.
Aullido brutal,
conmoción galáctica. El Coliseo emite a toda la Galaxia en plenoRE vía satélite
sin cortes publicitarios, ni interferencias y calidad Blu Ray Plus.
Diena: ¡empuña el
tridente! Atisba esperanza. ¡No perderé, ni hablar!
Aspira una bocanada
mentolada sabor ilusión. El climatizador del casco y el nanoporo absorbente de
la coraza la mantienen fresca, seca, al total de capacidad. ¡Vamos, Héctor!
¡Hoy harás Historia: MORIRÁS!
Ataca velozmente;
pugnan con denuedo. Alzan grandes olas arenosas. Los implacables golpes se
suceden con mortalidad Nivel MED. Diena exprime sus recursos (instrucción,
software, consejos) esperando aumentar su eficacia; repasa mentalmente cuantas
peleas de Héctor tiene almacenadas en sus hirvientes sesos.
Se le anticipa,
frenándole. Conoce sus trucos. Todos.
¡Él carece de tal
ventaja! ¡Jamás me vio luchar!
Ansia y esperanza:
se enlazan en su mente. Lograré matarlo.
Lucha por dinero;
algo vil, bajo. Mi causa es noble. ¡Eso me dará la victoria!
Una finta le
arrebata el hacha. La arena intenta absorberla infructuosamente.
Las abarrotadas
gradas: tiemblan con el clamor. ¿Podría ser que Héctor...?
Héctor ignora su
hacha: posee otras armas. Ruge.
—¡Vamos, puta! ¡Ven
a por mi corazón, si te atreves!
Diena avanza. Está:
pletórica, fresca. Apenas jadea. Emplea su tridente como la triple punta de su
furia. Espera romperle coraza y corazón. Héctor desvía el ataque con el
broquel. A continuación, golpea a Diena con él. Implacablemente.
Una y otra Y Otra Y
OTRA vez. Cada golpe: un estampido ensordecedor.
La multitud aúlla
enloquecida. Estremecen las densas rocas del Coliseo.
¡HÉCTOR, ES HÉCTOR!
¡ÉL ES ESO, GENUINO!
Los golpes rajan su
broquel, la coraza de Diena.
Astillas de
blindaje revolotean por el aire. Algunas emiten fugaces destellos.
Diena cae al fin.
La derrota su maniática fuerza. Golpea retumbando el suelo. Chasquea la
astillada retroarmadura, abollada su bella manufactura artesanal.
El griterío cesa.
La multitud: tenso animal expectante. Huele lo que vino a ver.
Acuciada por una
irritante ciberórden, Diena intenta incorporarse. Héctor le da una patada
despiadada. El dolor acuchilla sus nervios. ¡Me dijeron que no lo sentiría; el
diseño lo anulaba! Pero ¡aquí está Aquí Está AQUÍ ESTÁ haciéndome sangrar!
Grita. Jadea; igual
tiene profusas hemorragias.
Otra patada.
Los noditas se
incorporan en las gradas: un terror glacial, sin fin-sin fin, los invade,
paralizándolos. Exprime sus vísceras.
El entrenador no
logra activar los adrenilizadores de emergencia por control remoto. Diena en
vano intenta desconectarse del pánico colectivo que multiplica el suyo,
confiando abrir una ventana, mínima-nimia al menos, hacia la supervivencia
básica, una esperanza de vida. ¡Este terror entorpece de tal manera sus
reacciones...!
¿Por este motivo él
no usa estimulantes talámicos...?
Héctor recupera el
hacha. Avanza con cautela veterana: Diena puede fingir un daño masivo, y
agredirle con un arma semilegal oculta en la manga. Un virus, o ácidos
inoculados desde falsas glándulas, indetectables al escáner gracias a la
GENEmod.
Depreda sus gestos.
Confirma: estás tocada de veras, hermana.
Ella pugna por
incorporarse. La tumba de otra patada. Planta su bota blindada sobre el torso
de Diena. Un alarido apremiante renace en las gradas, feneciendo en el instante
que alza el hacha. Contienen el aliento.
Tensión galáctica:
bordeando el orgasmo.
¡IUGULA, HECTOR!
estalla entonces en las gradas, repetido in crescendo.
—¡Piedad, Héctor!
—suplica la chica milagro. Sabor a sangre en el paladar.
A lágrimas en la
garganta.
El Gran Kadd no
conoce la piedad. Su gesto: lo confirma.
Héctor da un golpe
seco, terminal.
El estruendo casi
agrieta el Coliseo.
—Tu sacrificio será
vengado. Te lo juro —susurra Héctor.
Alza la cabeza
cercenada. La muestra a la cámara. Sacia a los bastardos.
Aquí tenéis,
mamones, piensa inhalando furioso. Rebañad hasta la última gota, gozad en
vuestra plenoRE esta ejecución. ¿Saciado el morbo?
¿Os excita saber
que su muerte condena un mundo?
Alza el trofeo
hacia la Torre Palco Cero. El Gran Kadd hace el habitual y gastado gesto que le
concede la victoria, el motor principal de Héctor, su único motivo de vida.
Conserva la cabeza.
Regresa con ella a boxes.
La chica milagro
merece el más digno, respetuoso sepelio.
La arena absorbe
ávida la sangre derramada abundantemente por las arterias seccionadas. Héctor
odia verlo.
Anuncian otro
combate. Sin compasión, retiran el cadáver de la arena.
Mas el griterío
perdura. Late, como un obsceno corazón.
Clamando cada vez
más alto.
Estremeciendo las
estrellas con su nombre.
FIN
______________________________
© Dante De Marco,
22 de marzo de 2015

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