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Libro N° 13904. La Calva De Mi Portero. Escamilla, Pedro.

 


© Libro N° 13904. La Calva De Mi Portero. Escamilla, Pedro. Emancipación. Junio 7 de 2025

  

Título Original: © La Calva De Mi Portero. Pedro Escamilla

 

Versión Original: © La Calva De Mi Portero. Pedro Escamilla

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://gansoypulpo.com/descargas/la-calva-de-mi-portero/?tmstv=1748964927

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA CALVA DE MI PORTERO

Pedro Escamilla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Calva De Mi Portero

Pedro Escamilla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tabla de Contenido

Nota previa

La calva de mi portero

I

II

III

IV

V

VI

VII

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nota previa

 

Se reproduce a continuación el relato La calva de mi portero, de Pedro Escamilla.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en el semanario El Periódico para Todos en el año 1875 (época I, año IV, núm. 12).

El texto se corresponde con el identificador editorial GYP-NB0432, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la raya.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Pedro Escamilla falleció en 1907). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

El presente ePub está libre de DRM y validado técnicamente, como puede comprobarse mediante la aplicación web del IDPF.

Todas las posibles modificaciones realizadas hasta la fecha en este libro están declaradas en el registro de cambios general, que encontrará en la página web del proyecto.

Sin más, esperamos que disfrute de su lectura. Todas sus apreciaciones, sugerencias y observaciones son bienvenidas en nuestro formulario de contacto.

Ganso y Pulpo

Creación: Barcelona, 26 de abril de 2019

Última revisión: Barcelona, 30 de julio de 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CALVA DE MI PORTERO

 

I

Muchas atenciones debía yo a mi tío Florentino; muchos favores había recibido de su mano, mucho cariño le profesaba… y no obstante, debo decir con franqueza, que cuando llegó a mis manos la carta en que un antiguo criado me participaba su muerte, sentí un movimiento instintivo que me aproximó más de dos dedos a la alegría, separándome más de seis del dolor.

¿Por qué no hemos de confesar la verdad en todo caso, aun cuando sea en contra nuestra? ¿Por qué en medio de mi sentimiento, no había yo de regocijarme un poco sabiendo que mi tío Florentino, que en el pueblo pasaba por rico, me había nombrado su heredero?

Y esto es bien lógico, sin que por lo que yo sentí entonces se me ocurra escribir una filípica contra el egoísmo de la humanidad: el egoísmo es una de las cosas más calumniadas que hay en el mundo. Y no se me quiera argüir: lo mismo que todos tenemos la cabeza sobre los hombros, poseemos también un poco de egoísmo, lo único que sacó nuestro padre Adán del Paraíso.

Digo que es bien natural que yo experimentase algo parecido al regocijo, porque a la sazón mi situación en la corte era todo lo más precaria que podía ser: había tomado adelantada, por mano de un usurero, la pensión correspondiente a cinco meses que mi tío debía remitirme; me la había gastado, debía otras cinco o seis mensualidades del piso cuarto que ocupaba en la calle de Cervantes; estaba empeñado en treinta duros de lienzos, pinceles y colores en un almacén de la calle de Atocha; el mozo que me servía en el Suizo tuvo la humorada de decirme, de un modo delicado, que mi cuenta pasaba ya de las centenas… En fin, había llegado el caso de pensar en la expatriación y en el suicidio.

Decid a un hombre que está en situación idéntica: «Tu tío ha muerto, dejándote su fortuna»; y siempre y cuando que no dé un brinco de alegría, o no tiene corazón, o será de bronce o peña.

 

II

¡Pobre tío Florentino! ¡Dios le tenga en su santa gloria!… Que sí le tendrá, pensando piadosamente.

Después de ejercer con acierto la medicina en Madrid por espacio de cuarenta años, se había retirado a una aldea, la de su nacimiento, cerca de Calatayud, donde vivía con su antiguo criado, según llevo dicho.

Nadie sabía, ni aun aproximadamente, a lo que ascendía la suma de sus ahorros; pero todos la elevaban a una cifra muy respetable, a juzgar por el trato que se daba y las limosnas que repartía, y lo que mandaba mensualmente a su sobrino, que soy yo.

Nunca había querido emplear su dinero en tierras, puesto que él no sabía labrarlas ni le gustaban los arrendamientos, ni mucho menos había dado en el pensamiento de colocarlo en ninguna sociedad de crédito.

Era opinión general que practicaba la antigua costumbre de tener su dinero en el fondo de su baúl, en cuyo caso era excesivamente confiado; pues recuerdo haber visto en las temporadas que pasaba a su lado, que nunca quitaba la llave de la cerradura; a mayor abundamiento, la puerta de su casa no tenía más que el picaporte por toda seguridad: es verdad que si alguno hubiera intentado robarle, tenía que habérselas primero con un perro de presa que dormía a la puerta de su alcoba, y luego con un par de pistolas que manejaba regularmente, y que le hacían compañía velándole el sueño a la cabecera de su cama.

En fin, ello es que se murió, y que yo tuve precisión de ir a la aldea para hacerme cargo de la oportuna herencia.

Mis trabajillos pasé para reunir el dinero necesario para el viaje; pero el usurero de quien he hablado anteriormente me facilitó la suma en cuestión, con la esperanza de cobrar cantidades mayores que se habían fundido ya en el crisol de mi intemperancia.

Recuerdo que al separarse de mí me llamó «señor don Luis», cuando días antes me llamaba «Luis» a secas.

¡Es claro!, ¡como acababa de heredar!…

Toda mi vida recordaré la escena que tuvo lugar en casa de mi difunto tío.

Estaba ocupada por los albaceas, el escribano, el criado y yo.

El testamento era de un laconismo terrible y desconsolador.

He aquí sus dos cláusulas:

Instituyo por mi heredero a mi sobrino Luis, residente en Madrid, dejándole la cómoda que hay a la cabecera de mi cama, con todo cuanto encierran sus cajones.

Item: dejo a mi fiel criado Francisco todo el dinero que se encuentre en mis bolsillos a la hora de mi muerte, mi reloj de plata y el mobiliario de mi casa.

 

 

 

 

 

III

¡Dios mío! ¡Haberse entrampado con un usurero hasta lo imposible, y encontrarse por toda herencia con una cómoda, por más chapeada de caoba que estuviera!

¡Alimentar la esperanza de satisfacer las justas exigencias de mis acreedores y de darme una gran vida con los ahorros de un tío, y descender hasta el insondable abismo de la miseria!

¡Sin duda alguna, al morir mi tío había querido burlarse de mí!

¿No debía presumirlo al oír la lectura de aquel testamento ridículo, que no era, según lo consideraba yo, más que un indigno espolio, una superchería de ultratumba?

Al pronto se me ocurrió lo que a cualquiera de vosotros se os hubiera ocurrido; esto es, que los cajones de la cómoda estaban llenos de onzas de Carlos IV.

¡Vana esperanza! Solo contenían media docena de sábanas, tres fracs de los de ala de pichón, una levita que podía servirme de capa, y algunos libros de medicina, que no valía entre todo ello más de doscientos reales.

Aún me quedaba el recurso de presumir si la cómoda en cuestión tendría algún secreto. Hice, aunque en vano, toda clase de pruebas; solo una me quedó por hacer, arrojarla por la ventana a la calle.

Decididamente, mi tío se había burlado de mí de una manera indigna.

Confieso que en el primer momento la broma me pareció pesada; pero yo soy propenso a olvidar todo aquello que, sobre disgustarme, no tiene remedio, y… volviendo a mi anterior franqueza, debo confesaros que a los ocho días del en que se me había leído el testamento, encontré cierto esprit en la ocurrencia, y acabé por celebrarla.

Mi venganza fue pagar una misa de novenario por el alma de mi pariente, que tal vez estaría en el cielo celebrando la broma.

Cumplida esta obligación, según me la ordenaban mi cariño y mi respeto hacia el difunto, tomé la vuelta de Madrid, puesto que no podía ni quería tampoco vivir en la aldea, y llevé mi heroísmo hasta el punto de trasladar mi extraña herencia, la cómoda, en gran velocidad.

El separarme de ella hubiera sido, a mi parecer, dar una pesadumbre a mi buen tío, que sin duda alguna lo hubiera llevado muy a mal desde el otro mundo.

Al llegar a la estación del Mediodía, y casi sin poner el pie en el suelo del andén, me vi sacado, extraído de mi coche de segunda, casi en volandas, por el usurero, la del almacén de lienzos y colores, mi portero, el mozo que me servía en el café de Fornos, y yo no sé cuántos acreedores más.

¡Dios mío! ¡Qué semblantes tan risueños y placenteros pusieron al verme!

—¡Ya está aquí! —gritaba el usurero.

—¡Afortunadamente no ha descarrilado el tren! —exclamó no sé quién de ellos.

—Tenemos una satisfacción de veros entre nosotros —decía el camarero limpiando el polvo de mi americana, y ofreciéndome un cajón de brevas de dos reales, que probablemente acabaría de comprar en el estanco de la estación.

Hasta hubo alguno que quiso convidarme a tomar chocolate en el café, aunque eran las once de la mañana, tal vez en la creencia de que los que viajan en ferrocarril no comen durante el tiempo del viaje.

Yo me hacía cruces de todo y me maravillaba como si hubiera arribado a una tierra desconocida, y no podía ni acertaba a comprender de qué manera se había reunido allí aquella gente, toda vez que yo a nadie había avisado de mi regreso; lo cual me hizo suponer que todos los días, desde el de mi partida, se habían dado cita en la estación a la llegada del tren procedente de Zaragoza.

Lo que no podré olvidar mientras viva es el gesto que todos ellos pusieron cuando yo, contestando elocuentemente a sus felicitaciones, les leí el testamento de mi buen tío.

No se me ocurrió en aquel momento otra contestación más oportuna.

—¿Y qué queréis decirnos con eso? —preguntó el usurero después que hube concluido la lectura.

—¡No lo adivináis! —contesté lamentándome de su falta de penetración—. Que estoy más pobre que cuando salí de la corte, puesto que los cajones de la cómoda no encerraban sino ropa vieja y libros de estudio.

—Ta, ta, ta… ¿pensáis engañarnos con esa fábula que habéis inventado en el camino para matar el tiempo y libraros de acreedores?

—¿Cómo? —repuse—. ¿Ponéis en duda mis palabras?

—No hay hombre en el mundo que autorice con su firma un testamento tan estrambótico, si efectivamente no tiene otra cosa que legar.

—Dice muy bien este caballero —exclamaron a coro todos mis acreedores.

A todo esto iba reuniéndose más gente de la necesaria en torno nuestro, y yo no quería dar un espectáculo a los curiosos: me encogí de hombros, y abriéndome paso a viva fuerza, me dirigí hacia mi piso cuarto de la calle de Cervantes, después de encargar a un mozo de la estación que llevase mi extraño equipaje representado por la fatídica cómoda.

 

 

 

 

IV

 

Habían pasado ocho días y yo me encontraba al borde del espantoso abismo de la bancarrota.

En mi desmantelada habitación no había más que un mueble, la cómoda.

Sobre su tablero se veían tres papeletas de otras tantas citaciones judiciales, y lo peor de todo era que estaba conminado con otras tantas si no pagaba en un brevísimo plazo.

¡Pagar plazos al que no cuenta con nada! Porque la voluntad es una moneda que, aunque de mucho valor, no tiene circulación en ningún mercado del mundo.

Ignoro las ideas que en aquella situación cruzaban por mi frente calenturienta, aunque yo creo que no cruzaba ninguna, pues tal era mi estado de postración.

Estaba en aquel trance fatal en que el hombre que tiene una pistola cargada la ve sin estremecerse; en el que se sueña con el viaducto de la calle de Segovia, sitio escogido por los suicidas modernos.

Era un día del mes de diciembre, más oscuro que mi situación y más frío que una repulsa.

La chimenea de mi estudio estaba ya consumiendo el último palo de mi última silla, y uno de los cuarterones o tableros de la puerta de mi alcoba.

Yo no quería quedarme sin lumbre, y hubiera arrojado al fuego para calentarme mi ejecutoria de nobleza a haberla tenido a mano.

De repente mis ojos se fijaron en la cómoda de mi tío: era lo único que me faltaba quemar.

Abrí el cajón de la parte superior próximo al tablero, con intención de partirlo en menudas astillas y arrojarlo a la chimenea, cuando la puerta de la escalera, que estaba entornada solamente, produjo un débil rumor anunciándome que alguno se acercaba.

Volví la cabeza y vi la estúpida y maliciosa catadura de mi portero, el cual se presentó a mis ojos con el contrato de arriendo en la mano.

 

V

Algunos propietarios de Madrid tienen la malísima costumbre de encargar a los porteros de sus fincas el cobro de los alquileres.

Esto podrá ser económico para ellos si les ahorra un administrador; pero es altamente perjudicial para el inquilino que se atrasa en unos días; pues el portero, falto de educación por lo general, y exagerando su celo hacia el amo, suele ser causa de no pocos disgustos, en los cuales suele perder tanto el propietario como el inquilino.

Mi portero era un hombre que reunía una infinidad de condiciones para hacerse odioso.

Era bajo y servil con el inquilino que pagaba corriente, y grosero hasta lo inverosímil con el que por su desgracia se retrasaba en el pago de su mensualidad; tenía ciertos humos de Marte a causa de haber servido en su juventud en no sé qué regimiento, y además la echaba de hombre entendido en toda clase de negocios, menos del que más importaba a la vecindad, cual era el de velar en su cubil de la escalera y poner de noche el aceite mineral suficiente para que uno no se rompiese el alma por falta de luz.

Además había en él una circunstancia que me lo hacía antipático y odioso.

Era calvo.

No es esto decir que odie yo las calvas, no por cierto; pero es que la calva de mi portero, medio oculta entre un manojo de nauseabundos cabellos, era altamente subversiva y asquerosa, y más que calva, parecía un lamparón.

Casi siempre que aquel hombre se ponía en mi presencia, hacía yo esfuerzos sobrehumanos para no mirarle a la cabeza, pues sentía la misma repulsión fría y refractaria que produce el contacto con una culebra, y el mismo deseo de esgrimir un arma cualquiera para quitarle de en medio.

Este es un hecho del cual hay en el mundo bastantes ejemplos.

La antipatía llevada a la exageración es el odio, y este, exagerado también, conduce al hombre a los mayores excesos.

Bien sabe Dios que aparte de su falta de pelo, mi portero no me enojaba más que por el papel que representaba; yo por ello no le hubiera deseado ningún mal, y hasta le hubiera hecho un favor a necesitarlo él, y estar en mi mano el hacérselo.

Pero aquella calva inmunda, que manchaba con su solo aspecto, como sucede con la infamia, me ponía en un estado de exaltación nerviosa, durante el cual puedo asegurar que yo no era verdaderamente responsable de mis acciones.

Aquella calva, en vez de peluca, pedía un palo; ni aun siquiera un sable u otra arma menos noble.

No se ha visto que nadie haga uso de una espada para matar a un escarabajo.

En resumen; yo ante aquel hombre sentía deseos de cometer un crimen: tal vez hubiera dejado escapar a un verdadero criminal porque él no se fuese de entre mis manos.

Vuelvo a decir que en él no veía al representante de mi casero, que con mejores o peores modos, pero siempre con justicia, me pedía el precio de los intereses devengados; tampoco veía en él a una fiera, de quien se huye con terror.

Yo no le tenía miedo; solo me inspiraba asco y desprecio. Asco, por la naturaleza grasienta y sucia de su calva, y desprecio, por el afán que mostraba en tapársela, como si la falta natural del pelo fuera una cosa tan deshonrosa.

Aquello era una ofensa al apóstol San Pedro.

 

VI

Ya podéis figuraros cómo recibiría yo la visita de mi portero en una situación de ánimo tan angustiosa, cuando hasta el combustible para mi chimenea me faltaba.

Uno y otro estuvimos mirándonos lo menos tres minutos sin dirigirnos la palabra; él me mostraba el contrato de arrendamiento y se sonreía brutalmente; pero aquella insultante sonrisa pasaba desapercibida para mí, que tenía fijos mis ojos en su estúpida calva, bebiendo en ella la ira que hormigueaba por todo mi cuerpo, y que no tardó en manifestarse por un acto brutal que ahora que ya ha pasado, yo lo bendigo.

Cuando me hube saturado bien de calva, si me es dado expresarme así, cuando adquirí todo el coraje que mi carácter necesitaba para romper los diques de la prudencia y desbordarse, di un paso hacia adelante, ¡qué digo un paso!, un salto de tigre que olfatea la presa, y cayendo sobre el portero, lo así por la garganta con la sana intención de estrangularle.

El hombre retrocedió espantado, tropezó no sé en qué, tal vez en su propio miedo, y al caer de espaldas se apoyó con la mano izquierda en el entreabierto cajón de la cómoda, el cual, no pudiendo resistir una presión tan fuerte, forzó el tablero superior, que al estallar con estrépito, descubrió un doble fondo, del que empezaron a desprenderse y caer al suelo una multitud de billetes de banco de cuatro mil reales.

Allí estaba la verdadera herencia de mi buen tío Florentino.

 

VII

Aquel mismo día satisfice liberalmente a todos mis acreedores, empezando por mi portero, quien afortunadamente no sufrió lesión ninguna a pesar de su violenta caída.

Una de mis primeras operaciones fue comprarle una peluca.

Ahora bien, cuántas veces me he hecho yo la pregunta siguiente: Si mi portero no hubiera sido calvo, ¿hubiera yo descubierto el nido donde guardaba su tesoro mi tío Florentino?

 

 

 

 

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