© Libro N° 13904. La Calva De
Mi Portero. Escamilla,
Pedro. Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © La Calva De Mi Portero. Pedro
Escamilla
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Original: © La Calva De Mi
Portero. Pedro Escamilla
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LA CALVA DE MI PORTERO
Pedro Escamilla
La Calva De
Mi Portero
Pedro Escamilla
Tabla de Contenido
Nota previa
La calva de mi portero
I
II
III
IV
V
VI
VII
Nota previa
Se reproduce a continuación el relato La calva
de mi portero, de Pedro Escamilla.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del
texto publicado en el semanario El Periódico para Todos en el año 1875 (época
I, año IV, núm. 12).
El texto se corresponde con el identificador
editorial GYP-NB0432, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de
acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en
el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización
de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en
el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la
disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la
raya.
En cuanto a la licencia de esta edición debe
tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Pedro
Escamilla falleció en 1907). Por otra parte, tanto la portada como la edición
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 26 de abril de 2019
Última revisión: Barcelona, 30 de julio de 2019
LA CALVA DE MI PORTERO
I
Muchas atenciones debía yo a mi tío Florentino;
muchos favores había recibido de su mano, mucho cariño le profesaba… y no
obstante, debo decir con franqueza, que cuando llegó a mis manos la carta en
que un antiguo criado me participaba su muerte, sentí un movimiento instintivo
que me aproximó más de dos dedos a la alegría, separándome más de seis del
dolor.
¿Por qué no hemos de confesar la verdad en todo
caso, aun cuando sea en contra nuestra? ¿Por qué en medio de mi sentimiento, no
había yo de regocijarme un poco sabiendo que mi tío Florentino, que en el
pueblo pasaba por rico, me había nombrado su heredero?
Y esto es bien lógico, sin que por lo que yo sentí
entonces se me ocurra escribir una filípica contra el egoísmo de la humanidad:
el egoísmo es una de las cosas más calumniadas que hay en el mundo. Y no se me
quiera argüir: lo mismo que todos tenemos la cabeza sobre los hombros, poseemos
también un poco de egoísmo, lo único que sacó nuestro padre Adán del Paraíso.
Digo que es bien natural que yo experimentase algo
parecido al regocijo, porque a la sazón mi situación en la corte era todo lo
más precaria que podía ser: había tomado adelantada, por mano de un usurero, la
pensión correspondiente a cinco meses que mi tío debía remitirme; me la había
gastado, debía otras cinco o seis mensualidades del piso cuarto que ocupaba en
la calle de Cervantes; estaba empeñado en treinta duros de lienzos, pinceles y
colores en un almacén de la calle de Atocha; el mozo que me servía en el Suizo
tuvo la humorada de decirme, de un modo delicado, que mi cuenta pasaba ya de
las centenas… En fin, había llegado el caso de pensar en la expatriación y en
el suicidio.
Decid a un hombre que está en situación idéntica:
«Tu tío ha muerto, dejándote su fortuna»; y siempre y cuando que no dé un
brinco de alegría, o no tiene corazón, o será de bronce o peña.
II
¡Pobre tío Florentino! ¡Dios le tenga en su santa
gloria!… Que sí le tendrá, pensando piadosamente.
Después de ejercer con acierto la medicina en
Madrid por espacio de cuarenta años, se había retirado a una aldea, la de su
nacimiento, cerca de Calatayud, donde vivía con su antiguo criado, según llevo
dicho.
Nadie sabía, ni aun aproximadamente, a lo que
ascendía la suma de sus ahorros; pero todos la elevaban a una cifra muy
respetable, a juzgar por el trato que se daba y las limosnas que repartía, y lo
que mandaba mensualmente a su sobrino, que soy yo.
Nunca había querido emplear su dinero en tierras,
puesto que él no sabía labrarlas ni le gustaban los arrendamientos, ni mucho
menos había dado en el pensamiento de colocarlo en ninguna sociedad de crédito.
Era opinión general que practicaba la antigua
costumbre de tener su dinero en el fondo de su baúl, en cuyo caso era
excesivamente confiado; pues recuerdo haber visto en las temporadas que pasaba
a su lado, que nunca quitaba la llave de la cerradura; a mayor abundamiento, la
puerta de su casa no tenía más que el picaporte por toda seguridad: es verdad
que si alguno hubiera intentado robarle, tenía que habérselas primero con un
perro de presa que dormía a la puerta de su alcoba, y luego con un par de pistolas
que manejaba regularmente, y que le hacían compañía velándole el sueño a la
cabecera de su cama.
En fin, ello es que se murió, y que yo tuve
precisión de ir a la aldea para hacerme cargo de la oportuna herencia.
Mis trabajillos pasé para reunir el dinero
necesario para el viaje; pero el usurero de quien he hablado anteriormente me
facilitó la suma en cuestión, con la esperanza de cobrar cantidades mayores que
se habían fundido ya en el crisol de mi intemperancia.
Recuerdo que al separarse de mí me llamó «señor don
Luis», cuando días antes me llamaba «Luis» a secas.
¡Es claro!, ¡como acababa de heredar!…
Toda mi vida recordaré la escena que tuvo lugar en
casa de mi difunto tío.
Estaba ocupada por los albaceas, el escribano, el
criado y yo.
El testamento era de un laconismo terrible y
desconsolador.
He aquí sus dos cláusulas:
Instituyo por mi heredero a mi sobrino Luis,
residente en Madrid, dejándole la cómoda que hay a la cabecera de mi cama, con
todo cuanto encierran sus cajones.
Item: dejo a mi fiel criado Francisco todo el
dinero que se encuentre en mis bolsillos a la hora de mi muerte, mi reloj de
plata y el mobiliario de mi casa.
III
¡Dios mío! ¡Haberse entrampado con un usurero hasta
lo imposible, y encontrarse por toda herencia con una cómoda, por más chapeada
de caoba que estuviera!
¡Alimentar la esperanza de satisfacer las justas
exigencias de mis acreedores y de darme una gran vida con los ahorros de un
tío, y descender hasta el insondable abismo de la miseria!
¡Sin duda alguna, al morir mi tío había querido
burlarse de mí!
¿No debía presumirlo al oír la lectura de aquel
testamento ridículo, que no era, según lo consideraba yo, más que un indigno
espolio, una superchería de ultratumba?
Al pronto se me ocurrió lo que a cualquiera de
vosotros se os hubiera ocurrido; esto es, que los cajones de la cómoda estaban
llenos de onzas de Carlos IV.
¡Vana esperanza! Solo contenían media docena de
sábanas, tres fracs de los de ala de pichón, una levita que podía servirme de
capa, y algunos libros de medicina, que no valía entre todo ello más de
doscientos reales.
Aún me quedaba el recurso de presumir si la cómoda
en cuestión tendría algún secreto. Hice, aunque en vano, toda clase de pruebas;
solo una me quedó por hacer, arrojarla por la ventana a la calle.
Decididamente, mi tío se había burlado de mí de una
manera indigna.
Confieso que en el primer momento la broma me
pareció pesada; pero yo soy propenso a olvidar todo aquello que, sobre
disgustarme, no tiene remedio, y… volviendo a mi anterior franqueza, debo
confesaros que a los ocho días del en que se me había leído el testamento,
encontré cierto esprit en la ocurrencia, y acabé por celebrarla.
Mi venganza fue pagar una misa de novenario por el
alma de mi pariente, que tal vez estaría en el cielo celebrando la broma.
Cumplida esta obligación, según me la ordenaban mi
cariño y mi respeto hacia el difunto, tomé la vuelta de Madrid, puesto que no
podía ni quería tampoco vivir en la aldea, y llevé mi heroísmo hasta el punto
de trasladar mi extraña herencia, la cómoda, en gran velocidad.
El separarme de ella hubiera sido, a mi parecer,
dar una pesadumbre a mi buen tío, que sin duda alguna lo hubiera llevado muy a
mal desde el otro mundo.
Al llegar a la estación del Mediodía, y casi sin
poner el pie en el suelo del andén, me vi sacado, extraído de mi coche de
segunda, casi en volandas, por el usurero, la del almacén de lienzos y colores,
mi portero, el mozo que me servía en el café de Fornos, y yo no sé cuántos
acreedores más.
¡Dios mío! ¡Qué semblantes tan risueños y
placenteros pusieron al verme!
—¡Ya está aquí! —gritaba el usurero.
—¡Afortunadamente no ha descarrilado el tren!
—exclamó no sé quién de ellos.
—Tenemos una satisfacción de veros entre nosotros
—decía el camarero limpiando el polvo de mi americana, y ofreciéndome un cajón
de brevas de dos reales, que probablemente acabaría de comprar en el estanco de
la estación.
Hasta hubo alguno que quiso convidarme a tomar
chocolate en el café, aunque eran las once de la mañana, tal vez en la creencia
de que los que viajan en ferrocarril no comen durante el tiempo del viaje.
Yo me hacía cruces de todo y me maravillaba como si
hubiera arribado a una tierra desconocida, y no podía ni acertaba a comprender
de qué manera se había reunido allí aquella gente, toda vez que yo a nadie
había avisado de mi regreso; lo cual me hizo suponer que todos los días, desde
el de mi partida, se habían dado cita en la estación a la llegada del tren
procedente de Zaragoza.
Lo que no podré olvidar mientras viva es el gesto
que todos ellos pusieron cuando yo, contestando elocuentemente a sus
felicitaciones, les leí el testamento de mi buen tío.
No se me ocurrió en aquel momento otra contestación
más oportuna.
—¿Y qué queréis decirnos con eso? —preguntó el
usurero después que hube concluido la lectura.
—¡No lo adivináis! —contesté lamentándome de su
falta de penetración—. Que estoy más pobre que cuando salí de la corte, puesto
que los cajones de la cómoda no encerraban sino ropa vieja y libros de estudio.
—Ta, ta, ta… ¿pensáis engañarnos con esa fábula que
habéis inventado en el camino para matar el tiempo y libraros de acreedores?
—¿Cómo? —repuse—. ¿Ponéis en duda mis palabras?
—No hay hombre en el mundo que autorice con su
firma un testamento tan estrambótico, si efectivamente no tiene otra cosa que
legar.
—Dice muy bien este caballero —exclamaron a coro
todos mis acreedores.
A todo esto iba reuniéndose más gente de la
necesaria en torno nuestro, y yo no quería dar un espectáculo a los curiosos:
me encogí de hombros, y abriéndome paso a viva fuerza, me dirigí hacia mi piso
cuarto de la calle de Cervantes, después de encargar a un mozo de la estación
que llevase mi extraño equipaje representado por la fatídica cómoda.
IV
Habían pasado ocho días y yo me encontraba al borde
del espantoso abismo de la bancarrota.
En mi desmantelada habitación no había más que un
mueble, la cómoda.
Sobre su tablero se veían tres papeletas de otras
tantas citaciones judiciales, y lo peor de todo era que estaba conminado con
otras tantas si no pagaba en un brevísimo plazo.
¡Pagar plazos al que no cuenta con nada! Porque la
voluntad es una moneda que, aunque de mucho valor, no tiene circulación en
ningún mercado del mundo.
Ignoro las ideas que en aquella situación cruzaban
por mi frente calenturienta, aunque yo creo que no cruzaba ninguna, pues tal
era mi estado de postración.
Estaba en aquel trance fatal en que el hombre que
tiene una pistola cargada la ve sin estremecerse; en el que se sueña con el
viaducto de la calle de Segovia, sitio escogido por los suicidas modernos.
Era un día del mes de diciembre, más oscuro que mi
situación y más frío que una repulsa.
La chimenea de mi estudio estaba ya consumiendo el
último palo de mi última silla, y uno de los cuarterones o tableros de la
puerta de mi alcoba.
Yo no quería quedarme sin lumbre, y hubiera
arrojado al fuego para calentarme mi ejecutoria de nobleza a haberla tenido a
mano.
De repente mis ojos se fijaron en la cómoda de mi
tío: era lo único que me faltaba quemar.
Abrí el cajón de la parte superior próximo al
tablero, con intención de partirlo en menudas astillas y arrojarlo a la
chimenea, cuando la puerta de la escalera, que estaba entornada solamente,
produjo un débil rumor anunciándome que alguno se acercaba.
Volví la cabeza y vi la estúpida y maliciosa
catadura de mi portero, el cual se presentó a mis ojos con el contrato de
arriendo en la mano.
V
Algunos propietarios de Madrid tienen la malísima
costumbre de encargar a los porteros de sus fincas el cobro de los alquileres.
Esto podrá ser económico para ellos si les ahorra
un administrador; pero es altamente perjudicial para el inquilino que se atrasa
en unos días; pues el portero, falto de educación por lo general, y exagerando
su celo hacia el amo, suele ser causa de no pocos disgustos, en los cuales
suele perder tanto el propietario como el inquilino.
Mi portero era un hombre que reunía una infinidad
de condiciones para hacerse odioso.
Era bajo y servil con el inquilino que pagaba
corriente, y grosero hasta lo inverosímil con el que por su desgracia se
retrasaba en el pago de su mensualidad; tenía ciertos humos de Marte a causa de
haber servido en su juventud en no sé qué regimiento, y además la echaba de
hombre entendido en toda clase de negocios, menos del que más importaba a la
vecindad, cual era el de velar en su cubil de la escalera y poner de noche el
aceite mineral suficiente para que uno no se rompiese el alma por falta de luz.
Además había en él una circunstancia que me lo
hacía antipático y odioso.
Era calvo.
No es esto decir que odie yo las calvas, no por
cierto; pero es que la calva de mi portero, medio oculta entre un manojo de
nauseabundos cabellos, era altamente subversiva y asquerosa, y más que calva,
parecía un lamparón.
Casi siempre que aquel hombre se ponía en mi
presencia, hacía yo esfuerzos sobrehumanos para no mirarle a la cabeza, pues
sentía la misma repulsión fría y refractaria que produce el contacto con una
culebra, y el mismo deseo de esgrimir un arma cualquiera para quitarle de en
medio.
Este es un hecho del cual hay en el mundo bastantes
ejemplos.
La antipatía llevada a la exageración es el odio, y
este, exagerado también, conduce al hombre a los mayores excesos.
Bien sabe Dios que aparte de su falta de pelo, mi
portero no me enojaba más que por el papel que representaba; yo por ello no le
hubiera deseado ningún mal, y hasta le hubiera hecho un favor a necesitarlo él,
y estar en mi mano el hacérselo.
Pero aquella calva inmunda, que manchaba con su
solo aspecto, como sucede con la infamia, me ponía en un estado de exaltación
nerviosa, durante el cual puedo asegurar que yo no era verdaderamente
responsable de mis acciones.
Aquella calva, en vez de peluca, pedía un palo; ni
aun siquiera un sable u otra arma menos noble.
No se ha visto que nadie haga uso de una espada
para matar a un escarabajo.
En resumen; yo ante aquel hombre sentía deseos de
cometer un crimen: tal vez hubiera dejado escapar a un verdadero criminal
porque él no se fuese de entre mis manos.
Vuelvo a decir que en él no veía al representante
de mi casero, que con mejores o peores modos, pero siempre con justicia, me
pedía el precio de los intereses devengados; tampoco veía en él a una fiera, de
quien se huye con terror.
Yo no le tenía miedo; solo me inspiraba asco y
desprecio. Asco, por la naturaleza grasienta y sucia de su calva, y desprecio,
por el afán que mostraba en tapársela, como si la falta natural del pelo fuera
una cosa tan deshonrosa.
Aquello era una ofensa al apóstol San Pedro.
VI
Ya podéis figuraros cómo recibiría yo la visita de
mi portero en una situación de ánimo tan angustiosa, cuando hasta el
combustible para mi chimenea me faltaba.
Uno y otro estuvimos mirándonos lo menos tres
minutos sin dirigirnos la palabra; él me mostraba el contrato de arrendamiento
y se sonreía brutalmente; pero aquella insultante sonrisa pasaba desapercibida
para mí, que tenía fijos mis ojos en su estúpida calva, bebiendo en ella la ira
que hormigueaba por todo mi cuerpo, y que no tardó en manifestarse por un acto
brutal que ahora que ya ha pasado, yo lo bendigo.
Cuando me hube saturado bien de calva, si me es
dado expresarme así, cuando adquirí todo el coraje que mi carácter necesitaba
para romper los diques de la prudencia y desbordarse, di un paso hacia
adelante, ¡qué digo un paso!, un salto de tigre que olfatea la presa, y cayendo
sobre el portero, lo así por la garganta con la sana intención de
estrangularle.
El hombre retrocedió espantado, tropezó no sé en
qué, tal vez en su propio miedo, y al caer de espaldas se apoyó con la mano
izquierda en el entreabierto cajón de la cómoda, el cual, no pudiendo resistir
una presión tan fuerte, forzó el tablero superior, que al estallar con
estrépito, descubrió un doble fondo, del que empezaron a desprenderse y caer al
suelo una multitud de billetes de banco de cuatro mil reales.
Allí estaba la verdadera herencia de mi buen tío
Florentino.
VII
Aquel mismo día satisfice liberalmente a todos mis
acreedores, empezando por mi portero, quien afortunadamente no sufrió lesión
ninguna a pesar de su violenta caída.
Una de mis primeras operaciones fue comprarle una
peluca.
Ahora bien, cuántas veces me he hecho yo la
pregunta siguiente: Si mi portero no hubiera sido calvo, ¿hubiera yo
descubierto el nido donde guardaba su tesoro mi tío Florentino?

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