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Libro N° 13902. La Casa Del Verdugo. Tárrago y Mateos, Torcuato.

 


© Libro N° 13902. La Casa Del Verdugo. Tárrago y Mateos, Torcuato. Emancipación. Junio 7 de 2025

  

Título Original: © La Casa Del Verdugo. Torcuato Tárrago y Mateos

 

Versión Original: © La Casa Del Verdugo. Torcuato Tárrago y Mateos

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://gansoypulpo.com/descargas/la-casa-del-verdugo/?tmstv=1748963577

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA CASA DEL VERDUGO

Torcuato Tárrago y Mateos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Casa Del Verdugo

Torcuato Tárrago y Mateos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tabla de Contenido

 

Nota previa

La Casa Del Verdugo

I

II

III

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nota previa

 

Se reproduce a continuación el relato La casa del verdugo, de Torcuato Tárrago y Mateos.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en el semanario El Periódico para Todos en el año 1877 (época II, año I, núm. 8).

El texto se corresponde con el identificador editorial GYP-NB0434, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la raya.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Torcuato Tárrago y Mateos falleció en 1889). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

El presente ePub está libre de DRM y validado técnicamente, como puede comprobarse mediante la aplicación web del IDPF.

Todas las posibles modificaciones realizadas hasta la fecha en este libro están declaradas en el registro de cambios general, que encontrará en la página web del proyecto.

Sin más, esperamos que disfrute de su lectura. Todas sus apreciaciones, sugerencias y observaciones son bienvenidas en nuestro formulario de contacto.

Ganso y Pulpo

Creación: Barcelona, 15 de mayo de 2019

Última revisión: Barcelona, 30 de julio de 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CASA DEL VERDUGO

 

I

Mi abuelo era un hombre que había hecho profundos estudios en el corazón humano, y a causa de esta afición especial había llegado a saber muchas cosas que, por fortuna, o por desgracia, no estaban al alcance de la generalidad de las gentes.

Paseando con él un día por la plaza Nueva de Granada, se detuvo de repente delante del magnífico palacio de la Chancillería; me habló del arte del Renacimiento a que pertenece aquel majestuoso edificio con cierto desdén, y después dijo como si hablara consigo mismo:

—Ese exterior poético en donde los genios de Berruguete y Pedro Borgoña han dejado su huella encierra en su fondo una prisión feudal: La Cárcel alta, como así se llama, parece pertenecer a época mucho más anterior.

Y dominado por una idea, me obligó a sepultarme con él por un callejón que se extendía por el costado izquierdo de la Chancillería, y estuve contemplando por algún tiempo aquellos muros de piedra, aquellas rejas ásperas y aquella construcción severa y tenebrosa, que choca extraordinariamente, examinada la fachada artística y eminentemente bella del frente principal.

Dimos la vuelta hasta llegar de este modo a la estrecha calle de San Juan de los Reyes, y cuando nos encontramos en el ángulo septentrional del edificio, mi abuelo me señaló una caseta que, unida al lienzo por aquella parte, parecía una especie de verruga pegada en la extremidad de aquel edificio.

Mi abuelo me miró de una manera inquieta, señaló con el dedo la puertecita larga y estrecha que estaba muy cerrada, y enseguida me preguntó:

—¿No sabes quién vive ahí?

Yo contesté con una señal negativa.

—Pues ahí vive el verdugo.

Confieso que me estremecí al escuchar este fatídico nombre.

—Y es lógico todo lo que tenemos ante nuestra vista: delante, la justicia que sentencia; en medio, la cárcel que corrige; detrás, y como escondido, el verdugo que mata.

La calle de San Juan de los Reyes estaba solitaria, y mi abuelo prosiguió al ver mi espanto:

—Hijo mío, el hombre es siempre el hombre, a pesar de los caracteres con que se distingue en sociedad. Ven, y conocerás al verdugo.

—¡Pero abuelo!… —exclamé temblando.

—Hay muchas preocupaciones, hijo mío. Ven, y juzgarás.

Llamó a la puerta, y poco después apareció un hombre en el dintel; aquel hombre tenía un aspecto bondadoso.

 

II

Y sin embargo, delante de mí estaba el verdugo. Era aquel célebre Vicente Pita, del que aún existe memoria en los fastos criminales de la Audiencia granadina. Mi abuelo entró sin reparo alguno, saludó al maestro de las altas obras, aunque no le dio la mano, y Vicente nos condujo a una salita baja, modestamente amueblada, con sillas de cerezo, una mesa de pino, y sobre ella una urna, en cuyo fondo se veía la imagen de una Virgen de los Dolores. La cama, que estaba compuesta de un catre de tijeras, se hallaba en una alcoba inmediata. Todo estaba limpio y aseado; había un orden perfecto, y nada llamaba mi atención acerca de lo que me había figurado encontrar en la casa del verdugo.

El traje de este era el oficial, que entonces usaban los que tal profesión ejercían. Chaqueta negra con pequeñas gualdrapas; chaleco del mismo color con botones de plata; camisa sin cuello; pantalones cortos; medias de estambre o lana, y zapatos sin hebilla. El sombrero, que estaba colgado de un clavo en la pared, era redondo, de los que entonces se conocían con el nombre de portugueses, llevando por distintivo una escalera de metal sujeta a un costado del mencionado sombrero.

Aquel traje no podía equivocarse con ningún otro.

El verdugo tenía entonces un privilegio sobre los puestos del mercado, el cual lo autorizaba para cobrar cuatro maravedises en cada uno de ellos. Como los puestos eran muchos, y todos se apresuraban a pagar para no tener delante a aquel temible personaje, resultaba que el verdugo podía pasarse la vida de un sibarita en el caso que le conviniese.

Vicente Pita era modesto y tenía discreción. Estaba siempre de pie cuando alguna persona quería conocerlo, y tenía fama de caritativo. Cuando le tocaba ajusticiar a alguno, procuraba dulcificar con un buen donativo de dinero a la familia del desventurado. Siempre ocultaba la mano con que hacía estas obras de caridad; y el día que había justicia gastaba todos sus emolumentos del mercado en misas por el pobre difunto, como él decía.

Miré por largo tiempo a aquel hombre temible, y después de haber observado con la curiosidad y el temor del niño todo lo que había en aquella habitación, me fijé en un cuadro que en la pared contraria, en donde estaba la urna con la Virgen, se hallaba pendiente de una alcayata.

Aún no se me ha olvidado el asunto de aquel lienzo.

En él se veía un patíbulo con un tajo en el centro; un mar de cabezas parecían moverse y agitarse al otro extremo del tablado, mientras cerraba el fondo una gran plaza con templos y edificios antiguos. Sobre el tablado, apoyando el hacha sobre el tajo y como dominando a la multitud, se veía al verdugo, sombrío, inmóvil, tal vez altivo y orgulloso, esperando a una víctima.

Aquella figura me espantó, y retrocedí al lado de mi abuelo.

—¿Qué es eso? —observó Vicente Pita—. Ese cuadro que veis es el cuadro de mi familia… nuestro blasón nobiliario. Ahí tenéis al primer Pita que fue verdugo; ese cuadro data de 1648, y desde entonces, todos, de padres a hijos, hemos heredado el oficio y el cuadro. También se llamaba Vicente, y está representado en el momento en que espera al famoso marqués de Ayamonte, que por aquella fecha fue degollado en Madrid, por haberse metido en lo que no debió meterse.

Sonriose mi abuelo al escuchar las palabras de Vicente Pita, y replicó:

—Se metió en una conspiración de mal género, en la que se trocaron los papeles. No creo yo que el pobre marqués de Ayamonte fuera el más culpable de todos en aquel asunto.

—Y dice usted perfectamente, caballero —dijo el verdugo, que entendía algo de historia—. El verdadero culpable en aquel complot fue don Gaspar Alonso de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, y conde y señor de Sanlúcar de Barrameda, y si la justicia se aplicara con más rigidez, el que debió haber ido al patíbulo fue el conde-duque de Olivares, ministro de S. M. católica el rey don Felipe IV.

Mi abuelo miró con curiosidad a Vicente Pita, y exclamó:

—¿Acaso podría usted probar eso mismo?

—Yo no lo pruebo, los hechos sí.

 

III

El verdugo hizo una pausa, y contestó:

—El conde-duque de Olivares, que por sus malos manejos, torpezas y estúpidas vanidades dio lugar a la pérdida de Portugal, casi autorizó a su pariente el duque de Medina-Sidonia para que intentase proclamarse rey de Andalucía. Llevose la conspiración a tal extremo, que próxima a estallar fue descubierta por agentes secretos del marqués de Ayamonte; pero como el conde-duque quería salvar a todo trance a su pariente, a fin de evitar la deshonrosa tacha de traidor, supo librar al primero por medio de ridículas protestas, siendo una de ellas el cartel de desafío que por consejo del conde-duque puso el de Medina-Sidonia a don Juan de Braganza por haberse alzado con el reino. Yo tengo una copia de ese cartel y podéis leerlo.

Sacó Vicente Pita unos papeles y los puso en manos de mi abuelo; este leyó lo siguiente:

Yo, don Gaspar Alonso de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, marqués, conde y señor de Sanlúcar de Barrameda, capitán general del mar Océano en las costas de Andalucía, y de los ejércitos en Portugal, gentil-hombre de la cámara de S. M. C. (que Dios guarde).

Digo que, como es notorio a todo el mundo la traición de don Juan de Braganza, antes duque, lo sea también la mala intención con que ha querido manchar la lealtad de la casa de los Guzmanes. Mi principal disgusto es que su mujer sea de mi sangre, que, siendo corrompida por la rebelión, deseo hacer ver al rey mi señor lo mucho que estimo la satisfacción que muestra tener de mi lealtad, y darla también al público.

Por lo cual desafío al dicho D. Juan de Braganza, por haber falseado la fe a su Dios y al Rey, a un combate singular, cuerpo a cuerpo, con padrinos o sin ellos, como él quisiere, y dejo a su voluntad el escoger las armas; el lugar será cerca de Valencia de Alcántara, en la parte que sirve de límites a los dos reinos de Castilla y de Portugal, a donde aguardaré ochenta días, que empezarán el primero de octubre y acabarán el diecinueve de diciembre del presente año; los últimos veinte días me hallaré en persona en la dicha villa de Valencia de Alcántara, y el día que me señalare lo aguardaré en los límites. Doy este tiempo al tirano para que no tenga que decir, y para que la mayor parte de los reinos de Europa sepan este desafío; con condición que asegurará a los caballeros que yo le enviaré una legua dentro de Portugal, como yo aseguraré los que él me enviare una legua dentro de Castilla. Entonces le prometo hacerle conocer su infamia tocante a la acción que ha cometido, que si falta a su obligación de hidalgo… viendo que no se atreverá a hallarse en este combate… ofrezco desde ahora, debajo del placer de S. M. C. (q. D. g.), a quien le matare, mi villa de Sanlúcar de Barrameda, morada principal de los duques de Medina-Sidonia; y humillado a los pies de su dicha majestad le pido que no me dé en esta ocasión el mando de sus ejércitos, por cuanto ha menester una prudencia y una moderación que mi cólera no podría dictar en esta ocurrencia, permitiéndome solamente que le sirva en persona con mil caballos de mis vasallos, para que no apoyándome sino en mi ánimo, no solamente sirva para restaurar el Portugal y castigar a este rebelde, o traerle muerto o vivo a los pies de S. M. si rehúsa el desafío; y para no olvidar nada de lo que mi celo pudiese, ofrezco una de las mejores villas de mi Estado al primer gobernador o capitán portugués que hubiese rendido alguna ciudad o villa de la corona de Portugal que sea de alguna importancia para el servicio de S. M. C., quedando siempre poco satisfecho de lo que deseo hacer por su servicio, pues todo lo que tengo viene de él y de sus gloriosos predecesores. Fecha en Toledo a diecinueve días del mes de septiembre de mil seiscientos cuarenta y uno.

Mi abuelo entregó el manuscrito y exclamó como si necesitase redondear su pensamiento.

—Y el marqués de Ayamonte.

—El marqués murió digna y noblemente: subió al patíbulo con el orgullo que infunde la conciencia: suplicó a mi antepasado que lo perdonase y entregó su cabeza sin denunciar a sus cómplices. Murió noblemente como mueren los grandes.

 

Pocos momentos después abandonamos la casa del verdugo: hace años que murió Vicente Pita, pero yo no he olvidado aún algunos detalles de aquella escena.

Vicente Pita era lo que se llama un verdugo bondadoso.

 

FIN

 

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