© Libro N° 13902. La Casa Del
Verdugo. Tárrago y
Mateos, Torcuato. Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © La Casa Del Verdugo. Torcuato
Tárrago y Mateos
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Original: © La Casa Del Verdugo.
Torcuato Tárrago y Mateos
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LA CASA DEL VERDUGO
Torcuato Tárrago y Mateos
La Casa Del
Verdugo
Torcuato Tárrago y Mateos
Tabla de Contenido
Nota previa
La Casa Del Verdugo
I
II
III
Nota previa
Se reproduce a continuación el relato La casa del
verdugo, de Torcuato Tárrago y Mateos.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del
texto publicado en el semanario El Periódico para Todos en el año 1877 (época
II, año I, núm. 8).
El texto se corresponde con el identificador
editorial GYP-NB0434, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de
acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en
el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización
de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en
el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la
disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la
raya.
En cuanto a la licencia de esta edición debe
tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Torcuato
Tárrago y Mateos falleció en 1889). Por otra parte, tanto la portada como la
edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 15 de mayo de 2019
Última revisión: Barcelona, 30 de julio de 2019
LA CASA DEL VERDUGO
I
Mi abuelo era un hombre que había hecho profundos
estudios en el corazón humano, y a causa de esta afición especial había llegado
a saber muchas cosas que, por fortuna, o por desgracia, no estaban al alcance
de la generalidad de las gentes.
Paseando con él un día por la plaza Nueva de
Granada, se detuvo de repente delante del magnífico palacio de la Chancillería;
me habló del arte del Renacimiento a que pertenece aquel majestuoso edificio
con cierto desdén, y después dijo como si hablara consigo mismo:
—Ese exterior poético en donde los genios de
Berruguete y Pedro Borgoña han dejado su huella encierra en su fondo una
prisión feudal: La Cárcel alta, como así se llama, parece pertenecer a época
mucho más anterior.
Y dominado por una idea, me obligó a sepultarme con
él por un callejón que se extendía por el costado izquierdo de la Chancillería,
y estuve contemplando por algún tiempo aquellos muros de piedra, aquellas rejas
ásperas y aquella construcción severa y tenebrosa, que choca
extraordinariamente, examinada la fachada artística y eminentemente bella del
frente principal.
Dimos la vuelta hasta llegar de este modo a la
estrecha calle de San Juan de los Reyes, y cuando nos encontramos en el ángulo
septentrional del edificio, mi abuelo me señaló una caseta que, unida al lienzo
por aquella parte, parecía una especie de verruga pegada en la extremidad de
aquel edificio.
Mi abuelo me miró de una manera inquieta, señaló
con el dedo la puertecita larga y estrecha que estaba muy cerrada, y enseguida
me preguntó:
—¿No sabes quién vive ahí?
Yo contesté con una señal negativa.
—Pues ahí vive el verdugo.
Confieso que me estremecí al escuchar este fatídico
nombre.
—Y es lógico todo lo que tenemos ante nuestra
vista: delante, la justicia que sentencia; en medio, la cárcel que corrige;
detrás, y como escondido, el verdugo que mata.
La calle de San Juan de los Reyes estaba solitaria,
y mi abuelo prosiguió al ver mi espanto:
—Hijo mío, el hombre es siempre el hombre, a pesar
de los caracteres con que se distingue en sociedad. Ven, y conocerás al
verdugo.
—¡Pero abuelo!… —exclamé temblando.
—Hay muchas preocupaciones, hijo mío. Ven, y
juzgarás.
Llamó a la puerta, y poco después apareció un
hombre en el dintel; aquel hombre tenía un aspecto bondadoso.
II
Y sin embargo, delante de mí estaba el verdugo. Era
aquel célebre Vicente Pita, del que aún existe memoria en los fastos criminales
de la Audiencia granadina. Mi abuelo entró sin reparo alguno, saludó al maestro
de las altas obras, aunque no le dio la mano, y Vicente nos condujo a una
salita baja, modestamente amueblada, con sillas de cerezo, una mesa de pino, y
sobre ella una urna, en cuyo fondo se veía la imagen de una Virgen de los
Dolores. La cama, que estaba compuesta de un catre de tijeras, se hallaba en
una alcoba inmediata. Todo estaba limpio y aseado; había un orden perfecto, y
nada llamaba mi atención acerca de lo que me había figurado encontrar en la
casa del verdugo.
El traje de este era el oficial, que entonces
usaban los que tal profesión ejercían. Chaqueta negra con pequeñas gualdrapas;
chaleco del mismo color con botones de plata; camisa sin cuello; pantalones
cortos; medias de estambre o lana, y zapatos sin hebilla. El sombrero, que
estaba colgado de un clavo en la pared, era redondo, de los que entonces se
conocían con el nombre de portugueses, llevando por distintivo una escalera de
metal sujeta a un costado del mencionado sombrero.
Aquel traje no podía equivocarse con ningún otro.
El verdugo tenía entonces un privilegio sobre los
puestos del mercado, el cual lo autorizaba para cobrar cuatro maravedises en
cada uno de ellos. Como los puestos eran muchos, y todos se apresuraban a pagar
para no tener delante a aquel temible personaje, resultaba que el verdugo podía
pasarse la vida de un sibarita en el caso que le conviniese.
Vicente Pita era modesto y tenía discreción. Estaba
siempre de pie cuando alguna persona quería conocerlo, y tenía fama de
caritativo. Cuando le tocaba ajusticiar a alguno, procuraba dulcificar con un
buen donativo de dinero a la familia del desventurado. Siempre ocultaba la mano
con que hacía estas obras de caridad; y el día que había justicia gastaba todos
sus emolumentos del mercado en misas por el pobre difunto, como él decía.
Miré por largo tiempo a aquel hombre temible, y
después de haber observado con la curiosidad y el temor del niño todo lo que
había en aquella habitación, me fijé en un cuadro que en la pared contraria, en
donde estaba la urna con la Virgen, se hallaba pendiente de una alcayata.
Aún no se me ha olvidado el asunto de aquel lienzo.
En él se veía un patíbulo con un tajo en el centro;
un mar de cabezas parecían moverse y agitarse al otro extremo del tablado,
mientras cerraba el fondo una gran plaza con templos y edificios antiguos.
Sobre el tablado, apoyando el hacha sobre el tajo y como dominando a la
multitud, se veía al verdugo, sombrío, inmóvil, tal vez altivo y orgulloso,
esperando a una víctima.
Aquella figura me espantó, y retrocedí al lado de
mi abuelo.
—¿Qué es eso? —observó Vicente Pita—. Ese cuadro
que veis es el cuadro de mi familia… nuestro blasón nobiliario. Ahí tenéis al
primer Pita que fue verdugo; ese cuadro data de 1648, y desde entonces, todos,
de padres a hijos, hemos heredado el oficio y el cuadro. También se llamaba
Vicente, y está representado en el momento en que espera al famoso marqués de
Ayamonte, que por aquella fecha fue degollado en Madrid, por haberse metido en
lo que no debió meterse.
Sonriose mi abuelo al escuchar las palabras de
Vicente Pita, y replicó:
—Se metió en una conspiración de mal género, en la
que se trocaron los papeles. No creo yo que el pobre marqués de Ayamonte fuera
el más culpable de todos en aquel asunto.
—Y dice usted perfectamente, caballero —dijo el
verdugo, que entendía algo de historia—. El verdadero culpable en aquel complot
fue don Gaspar Alonso de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, y conde y señor de
Sanlúcar de Barrameda, y si la justicia se aplicara con más rigidez, el que
debió haber ido al patíbulo fue el conde-duque de Olivares, ministro de S. M.
católica el rey don Felipe IV.
Mi abuelo miró con curiosidad a Vicente Pita, y
exclamó:
—¿Acaso podría usted probar eso mismo?
—Yo no lo pruebo, los hechos sí.
III
El verdugo hizo una pausa, y contestó:
—El conde-duque de Olivares, que por sus malos
manejos, torpezas y estúpidas vanidades dio lugar a la pérdida de Portugal,
casi autorizó a su pariente el duque de Medina-Sidonia para que intentase
proclamarse rey de Andalucía. Llevose la conspiración a tal extremo, que
próxima a estallar fue descubierta por agentes secretos del marqués de
Ayamonte; pero como el conde-duque quería salvar a todo trance a su pariente, a
fin de evitar la deshonrosa tacha de traidor, supo librar al primero por medio
de ridículas protestas, siendo una de ellas el cartel de desafío que por
consejo del conde-duque puso el de Medina-Sidonia a don Juan de Braganza por
haberse alzado con el reino. Yo tengo una copia de ese cartel y podéis leerlo.
Sacó Vicente Pita unos papeles y los puso en manos
de mi abuelo; este leyó lo siguiente:
Yo, don Gaspar Alonso de Guzmán, duque de
Medina-Sidonia, marqués, conde y señor de Sanlúcar de Barrameda, capitán
general del mar Océano en las costas de Andalucía, y de los ejércitos en
Portugal, gentil-hombre de la cámara de S. M. C. (que Dios guarde).
Digo que, como es notorio a todo el mundo la
traición de don Juan de Braganza, antes duque, lo sea también la mala intención
con que ha querido manchar la lealtad de la casa de los Guzmanes. Mi principal
disgusto es que su mujer sea de mi sangre, que, siendo corrompida por la
rebelión, deseo hacer ver al rey mi señor lo mucho que estimo la satisfacción
que muestra tener de mi lealtad, y darla también al público.
Por lo cual desafío al dicho D. Juan de Braganza,
por haber falseado la fe a su Dios y al Rey, a un combate singular, cuerpo a
cuerpo, con padrinos o sin ellos, como él quisiere, y dejo a su voluntad el
escoger las armas; el lugar será cerca de Valencia de Alcántara, en la parte
que sirve de límites a los dos reinos de Castilla y de Portugal, a donde
aguardaré ochenta días, que empezarán el primero de octubre y acabarán el
diecinueve de diciembre del presente año; los últimos veinte días me hallaré en
persona en la dicha villa de Valencia de Alcántara, y el día que me señalare lo
aguardaré en los límites. Doy este tiempo al tirano para que no tenga que
decir, y para que la mayor parte de los reinos de Europa sepan este desafío;
con condición que asegurará a los caballeros que yo le enviaré una legua dentro
de Portugal, como yo aseguraré los que él me enviare una legua dentro de
Castilla. Entonces le prometo hacerle conocer su infamia tocante a la acción
que ha cometido, que si falta a su obligación de hidalgo… viendo que no se
atreverá a hallarse en este combate… ofrezco desde ahora, debajo del placer de
S. M. C. (q. D. g.), a quien le matare, mi villa de Sanlúcar de Barrameda,
morada principal de los duques de Medina-Sidonia; y humillado a los pies de su
dicha majestad le pido que no me dé en esta ocasión el mando de sus ejércitos,
por cuanto ha menester una prudencia y una moderación que mi cólera no podría
dictar en esta ocurrencia, permitiéndome solamente que le sirva en persona con
mil caballos de mis vasallos, para que no apoyándome sino en mi ánimo, no
solamente sirva para restaurar el Portugal y castigar a este rebelde, o traerle
muerto o vivo a los pies de S. M. si rehúsa el desafío; y para no olvidar nada
de lo que mi celo pudiese, ofrezco una de las mejores villas de mi Estado al
primer gobernador o capitán portugués que hubiese rendido alguna ciudad o villa
de la corona de Portugal que sea de alguna importancia para el servicio de S.
M. C., quedando siempre poco satisfecho de lo que deseo hacer por su servicio,
pues todo lo que tengo viene de él y de sus gloriosos predecesores. Fecha en
Toledo a diecinueve días del mes de septiembre de mil seiscientos cuarenta y
uno.
Mi abuelo entregó el manuscrito y exclamó como si
necesitase redondear su pensamiento.
—Y el marqués de Ayamonte.
—El marqués murió digna y noblemente: subió al
patíbulo con el orgullo que infunde la conciencia: suplicó a mi antepasado que
lo perdonase y entregó su cabeza sin denunciar a sus cómplices. Murió
noblemente como mueren los grandes.
Pocos momentos después abandonamos la casa del
verdugo: hace años que murió Vicente Pita, pero yo no he olvidado aún algunos
detalles de aquella escena.
Vicente Pita era lo que se llama un verdugo
bondadoso.
FIN

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