© Libro N° 13875. El Hombre
Nuevo. Guevara,
Ernesto Che. Emancipación. Mayo 24 de 2025
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Che Guevara. Carta
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Ernesto Che Guevara
Carta
"El
Hombre Nuevo"
Ernesto Che Guevara
Carta
Ernesto Che Guevara
"EL HOMBRE NUEVO"
Estimado compañero: Acabo estas notas en viaje por
el Africa, animado del deseo de cumplir, aunque tardíamente, mi promesa.
Quisiera hacerlo tratando el tema del título. Creo que pudiera ser interesante
para los lectores uruguayos.
Es común escuchar de boca de los voceros
capitalistas, como un argumento en la lucha ideológica contra el socialismo, la
afirmación de que este sistema social o el periodo de construcción del
socialismo al que estamos nosotros abocados, se caracteriza por la abolición
del individuo en aras del Estado. No pretenderé refutar esta afirmación sobre
una base meramente teórica, sino establecer los hechos tal cual se viven en
Cuba y agregar comentarios de índole general. Primero esbozaré a grandes rasgos
la historia de nuestra lucha revolucionaria antes y después de la toma del
poder.
Como es sabido, la fecha precisa en que se
iniciaron las acciones revolucionarias que culminarían el primero de enero de
1959, fue el 26 de julio de 1953. Un grupo de hombres dirigidos por Fidel
Castro atacó la madrugada de ese día el Cuartel Moncada, en la provincia de
Oriente. El ataque fue un fracaso, el fracaso se transformó en desastre y los
sobrevivientes fueron a parar a la cárcel, para reiniciar, luego de ser
amnistiados, la lucha revolucionaria.
Durante este proceso, en el cual solamente existían
gérmenes de socialismo, el hombre era un factor fundamental. En él se confiaba,
individualizado, específico, con nombre y apellido, y de su capacidad de acción
dependía el triunfo o el fracaso del hecho encomendado.
Llegó la etapa de la lucha guerrillera. Esta se
desarrolló en dos ambientes distintos: el pueblo, masa todavía dormida a quien
había que movilizar, y su vanguardia, la guerrilla, motor impulsor de la
movilización, generador de conciencia revolucionaria y de entusiasmo combativo.
Fue esta vanguardia el agente catalizador, el que creó las condiciones
subjetivas necesarias para la victoria. También en ella, en el marco del
proceso de proletarización de nuestro pensamiento, de la revolución que se
operaba en nuestros hábitos, en nuestras mentes, el individuo fue el factor
fundamental. Cada uno de los combatientes de la Sierra Maestra que alcanzara
algún grado superior en las fuerzas revolucionarias, tiene una historia de
hechos notables en su haber.
En base a éstos lograba sus grados.
Fue la primera época heroica, en la cual se
disputaban por lograr un cargo de mayor responsabilidad, de mayor peligro, sin
otra satisfacción que el cumplimiento del deber. En nuestro trabajo de
educación revolucionaria, volvemos a menudo sobre este tema aleccionador. En la
actitud de nuestros combatientes se vislumbra al hombre del futuro.
En otras oportunidades de nuestra historia se
repitió el hecho de la entrega total a la causa revolucionaria. Durante la
crisis de octubre o en los días del ciclón "Flora", vimos actos de
valor y sacrificio excepcionales realizados por todo un pueblo. Encontrar la
fórmula para perpetuar en la vida cotidiana esa actitud heroica, es una de
nuestras tareas fundamentales desde el punto de vista ideológico.
En enero de 1959 se estableció el gobierno
revolucionario con la participación en él de varios miembros de la burguesía
entreguista. La presencia del Ejército Rebelde constituía la garantía de poder,
como factor fundamental de fuerza.
Se produjeron en seguida contradicciones serias,
resueltas, en primera instancia, en febrero del 59, cuando Fidel Castro asumió
la jefatura de gobierno con el cargo de primer ministro. Culminaba el proceso
en julio del mismo año, al renunciar el presidente Urrutia ante la presión de
las masas.
Aparecía en la historia de la Revolución Cubana,
ahora con caracteres nítidos, un personaje que se repetirá sistemáticamente: la
masa.
Este ente multifacético no es, como se pretende, la
suma de elementos de la misma categoría (reducidos a la misma categoría, además
por el sistema impuesto), que actúa como un manso rebaño. Es verdad que sigue
sin vacilar a sus dirigentes, fundamentalmente a Fidel Castro, pero el grado en
que él ha ganado esa confianza responde precisamente a la interpretación cabal
de los deseos del pueblo, de sus aspiraciones, y a la lucha sincera por el
cumplimiento de las promesas hechas.
La masa participó en la Reforma Agraria y en el
difícil empeño de la administración de las empresas estatales; pasó por la
experiencia heroica de Playa Girón; se forjó en las luchas contra las distintas
bandas de bandidos armadas por la
CIA; vivió una
de las definiciones
más importantes de los
tiempos modernos en la crisis de octubre y sigue hoy trabajando en la
construcción del socialismo.
Vistas las cosas desde un punto de vista
superficial, pudiera parecer que tienen razón aquellos que hablan de la
supeditación del individuo al Estado; la masa realiza con entusiasmo y
disciplina sin iguales las tareas que el gobierno fija, ya sean de índole
económica, cultural, de defensa, deportiva, etcétera. La iniciativa parte en
general de Fidel o del alto mando de la Revolución y es explicada al pueblo que
la toma como suya. Otras veces, experiencias locales se toman por el partido y
el gobierno para hacerlas generales, siguiendo el mismo procedimiento. Sin
embargo, el Estado se equivoca a veces. Cuando una de esas equivocaciones se
produce, se nota una disminución del entusiasmo colectivo por efectos de una
disminución cuantitativa de
cada uno de los elementos
que la forman,
y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a magnitudes
insignificantes; es el instante de rectificar.
Así sucedió en marzo de 1962 ante la política
sectaria impuesta al partido por
Aníbal Escalante.
Es evidente que el mecanismo no basta para asegurar
una sucesión de medidas sensatas y que falta una conexión más estructurada con
la masa. Debemos mejorarlo durante el
curso de los
próximos años, pero,
en el caso
de las iniciativas surgidas en
los estratos superiores del gobierno, utilizamos por ahora el método casi
intuitivo de auscultar las reacciones generales frente a los problemas
planteados.
Maestro en ello es Fidel, cuyo particular modo de
integración con el pueblo sólo puede apreciarse viéndolo actuar. En las grandes
concentraciones públicas se observa algo así como el diálogo de dos diapasones
cuyas vibraciones provocan otras nuevas en el interlocutor. Fidel y la masa
comienzan a vibrar en un diálogo de intensidad creciente hasta alcanzar el
clímax en un final abrupto, coronado por nuestro grito de lucha y de victoria.
Lo difícil de entender para quien no viva la
experiencia de la Revolución es esa estrecha unidad dialéctica existente entre
el individuo y la masa, donde ambos se
interrelacionan y, a su vez, la masa, como conjunto
de individuos, se interrelaciona con los dirigentes.
En el capitalismo se pueden ver algunos fenómenos
de este tipo cuando aparecen políticos capaces de lograr la movilización
popular, pero si no se trata de un auténtico movimiento social, en cuyo caso no
es plenamente lícito hablar de capitalismo, el movimiento vivirá lo que la vida
de quien lo impulse o hasta el fin de las ilusiones populares, impuesto por el
rigor de la sociedad capitalista. En ésta,
el hombre está
dirigido por un
frío ordenamiento que,
habitualmente, escapa al dominio de su comprensión. El ejemplar humano,
enajenado, tiene un invisible cordón umbilical que le liga a la sociedad en su
conjunto: la ley del valor. Ella actúa en todos los aspectos de su vida, va
modelando su camino y su destino.
Las leyes del capitalismo, invisibles para el común
de las gentes y ciegas, actúan sobre el individuo sin que éste se percate. Sólo
ve la amplitud de un horizonte que aparece infinito. Así lo presenta la
propaganda capitalista que pretende extraer del caso Rockefeller —verídico o
no—, una lección sobre las posibilidades de éxito. La miseria que es necesario
acumular para que surja un ejemplo así y la suma de ruindades que conlleva una
fortuna de esa magnitud, no aparecen en el cuadro y no siempre es posible a las
fuerzas populares aclarar estos conceptos. (Cabría aquí la disquisición sobre
cómo en los países imperialistas
los obreros van
perdiendo su espíritu
internacional de clase
al influjo de una cierta complicidad en la explotación de los países
dependientes y cómo este hecho, al mismo tiempo, lima el espíritu de lucha de
las masas en el propio país, pero ése es un tema que sale de la intención de
estas notas.)
De todos modos, se muestra el camino con escollos
que, aparentemente, un individuo con las cualidades necesarias puede superar
para llegar a la meta. E1 premio se avizora en la lejanía; el camino es
solitario. Además, es una carrera de lobos: solamente se puede llegar sobre el
fracaso de otros.
Intentaré, ahora, definir al individuo, actor de
ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo, en su
doble existencia de ser único y miembro de la comunidad.
Creo que lo más sencillo es reconocer su cualidad
de no hecho, de producto no acabado. Las taras del pasado se trasladan al
presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para
erradicarlas.
El proceso es doble, por un lado actúa la sociedad
con su educación directa e indirecta, por otro, el individuo se somete a un
proceso consciente de autoeducación.
La nueva sociedad en formación tiene que competir
muy duramente con el pasado. Esto se hace sentir no sólo en la conciencia
individual, en la que pesan los residuos de una educación sistemáticamente
orientada al aislamiento del individuo, sino también por el carácter mismo de
este periodo de transición, con persistencia de las relaciones mercantiles. La
mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista,
sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en
la conciencia.
En el esquema de Marx se concebía el periodo de
transición como resultado de la transformación explosiva del sistema
capitalista destrozado por sus contradicciones; en la realidad posterior se ha
visto cómo se desgajan del árbol imperialista algunos países que constituyen
las ramas débiles, fenómeno previsto por Lenin. En éstos, el capitalismo se ha
desarrollado lo suficiente como para hacer sentir sus efectos, de un modo u
otro, sobre el pueblo, pero no son propias
contradicciones las que, agotadas todas las
posibilidades, hacen saltar el sistema. La lucha de liberación contra un
opresor externo, la miseria provocada por accidentes extraños, como la guerra,
cuyas consecuencias hacen recaer las clases privilegiadas sobre los explotados,
los movimientos de liberación destinados a derrocar regímenes neocoloniales,
son los factores habituales de desencadenamiento. La acción consciente hace el
resto.
En estos países no se ha producido todavía una
educación completa para el trabajo social y la riqueza dista de estar al
alcance de las masas mediante el simple proceso de apropiación. El
subdesarrollo por un lado y la habitual fuga de capitales hacia países
"civilizados" por otro, hacen imposible un cambio rápido y sin
sacrificios. Resta un gran tramo a recorrer en la construcción de la base
económica y la tentación de seguir los caminos trillados del interés material,
como palanca impulsora de un desarrollo acelerado, es muy grande.
Se corre el peligro de que los árboles impidan ver
el bosque. Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de
las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula
económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca,
etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se arriba allí tras de
recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces
y donde es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta. Entre tanto,
la base económica adaptada ha hecho su trabajo
de zapa sobre
el desarrollo de
la conciencia. Para
construir el comunismo,
simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo.
De allí que sea tan importante elegir correctamente
el instrumento de movilización de las masas. Ese instrumento debe ser de índole
moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo
material, sobre todo de naturaleza social.
Como ya dije, en momentos de peligro extremo es
fácil potenciar los estímulos morales; para mantener su vigencia, es necesario
el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías
nuevas. La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela.
Las grandes líneas del fenómeno son similares al
proceso de formación de la conciencia capitalista en su primera época. El
capitalismo recurre a la fuerza, pero, además, educa a la gente en el sistema.
La propaganda directa se realiza por los encargados por explicar la
ineluctabilidad de un régimen de clase, ya sea de origen divino o por
imposición de la naturaleza como ente mecánico. Esto aplaca a las masas que se
ven oprimidas por un mal contra el cual no es posible la lucha.
A continuación viene la esperanza, y en esto se
diferencia de los anteriores regímenes de casta que no daban salida posible.
Para algunos continuará vigente todavía la fórmula
de casta: el premio a los obedientes consiste en el arribo, después de la
muerte, a otros mundos maravillosos donde los buenos son premiados, con lo que
se sigue la vieja tradición. Para otros, la innovación: la separación en clases
es fatal, pero los individuos pueden salir de aquélla a que pertenecen mediante
el trabajo, la iniciativa, etcétera. Este proceso, y el de autoeducación para
el triunfo, deben ser profundamente hipócritas; es la demostracion interesada
de que una mentira es verdad.
En nuestro caso, la educación directa adquiere una
importancia mucho mayor. La explicación es convincente porque es verdadera; no
precisa de subterfugios.
Se ejerce a través del aparato educativo del Estado
en función de la cultura general, técnica e ideológica, por medio de organismos
tales como el Ministerio de Educación y el aparato de divulgación del partido.
La educación prende en las masas y la nueva actitud preconizada tiende a
convertirse en hábito; la masa la va haciendo suya y presiona a quienes no se
han educado todavía. Esta es la forma indirecta de educar a las masas, tan
poderosa como aquella otra.
Pero el proceso es consciente; el individuo recibe
continuamente el impacto del nuevo poder social y percibe que no está
completamente adecuado a él. Bajo el influjo de la presión que supone la
educación indirecta, trata de acomodarse a una situación que siente justa y
cuya propia falta de desarrollo le ha impedido hacerlo hasta ahora. Se
autoeduca.
En este periodo de construcción del socialismo
podemos ver el hombre nuevo que va naciendo. Su imagen no está todavía acabada;
no podría estarlo nunca ya que el proceso marcha paralelo al desarrollo de
formas económicas nuevas. Descontando
aquellos cuya falta
de educación los
hace tender al
camino solitario, a la autosatisfacción de sus ambiciones, los hay que
aun dentro de este nuevo panorama de marcha conjunta, tienen tendencia a
caminar aislados de la masa que acompañan. Lo importante es que los hombres van
adquiriendo cada día más conciencia de la necesidad de su incorporación a la
sociedad y, al mismo tiempo, de su importancia como motores de la misma.
Ya no marchan completamente solos, por veredas
extraviadas, hacia lejanos anhelos. Siguen a su vanguardia, constituida por el
partido, por los obreros de avanzada, por los hombres de avanzada que caminan
ligados a las masas y en estrecha comunión con ellas. Las vanguardias tienen su
vista puesta en el futuro y en su recompensa, pero ésta no se vislumbra como
algo individual; el premio es la nueva sociedad donde los hombres tendrán
características distintas; la sociedad del hombre comunista.
El camino es largo y lleno de dificultades. A
veces, por extraviar la ruta, hay que retroceder; otras, por caminar demasiado
aprisa, nos separamos de las masas; en ocasiones por hacerlo lentamente,
sentimos el aliento cercano de los que nos pisan los talones. En nuestra
ambición de revolucionarios, tratamos de caminar tan aprisa como sea posible,
abriendo caminos, pero sabemos que tenemos que nutrirnos de la masa y que ésta
sólo podrá avanzar más rápido si la alentamos con nuestro ejemplo.
A pesar de la importancia dada a los estímulos
morales, el hecho de que exista la división en dos grupos principales
(excluyendo, claro está, a la fracción minoritaria de los que no participan,
por una razón u otra en la construcción del socialismo), indica la relativa
falta de desarrollo de la conciencia social. El grupo de vanguardia es
ideológicamente más avanzado que la masa; ésta conoce los valores nuevos, pero
insuficientemente. Mientras en los primeros se produce un cambio cualitativo
que les permite ir al sacrificio en su función de avanzada, los segundos sólo
ven a medias y deben ser sometidos a estímulos y presiones de cierta
intensidad; es la dictadura del proletariado ejerciéndose no sólo sobre la
clase derrotada, sino también individualmente, sobre la clase vencedora.
Todo esto entraña para su éxito total, la necesidad
de una serie de mecanismos, las
instituciones
revolucionarias. En la
imagen de las multitudes marchando hacia
el futuro, encaja
el concepto de
institucionalización como el
de un conjunto armónico de
canales, escalones, represas, aparatos bien aceitados que permiten esa marcha,
que permitan la selección natural de los destinados a caminar en la vanguardia
y que adjudiquen el premio y el castigo a los que
cumplen o atenten contra la sociedad en
construcción.
Esta institucionalidad de la revolución todavía no
se ha logrado. Buscamos algo nuevo que permita la perfecta identificación entre
el gobierno y la comunidad en su conjunto, ajustada a las condiciones
peculiares de la construcción del socialismo y huyendo al máximo de los lugares
comunes de la democracia burguesa, trasplantados a la sociedad en formación
(como las cámaras legislativas, por ejemplo). Se han hecho algunas experiencias
dedicadas a crear paulatinamente la institucionalización de
la Revolución, pero
sin demasiada prisa. El freno
mayor que hemos tenido ha sido el miedo a que cualquier aspecto formal nos
separe de las masas y del individuo, nos haga perder de vista la última y más
importante ambición revolucionaria que es ver al hombre liberado de su
enajenación.
No obstante la carencia de instituciones, lo que
debe superarse gradualmente, ahora las masas hacen la historia como el conjunto
consciente de individuos que luchan por una misma causa. El hombre, en el
socialismo a pesar de su aparente estandarización, es más completo; a pesar de
la falta del mecanismo perfecto para ello, su posibilidad de expresarse y
hacerse sentir en el aparato social es infinitamente mayor.
Todavía es preciso acentuar su participación
consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismos de dirección y de
producción y ligarla a la idea de la necesidad de la educación técnica e
ideológica, de manera que sienta cómo estos procesos son estrechamente
interdependientes y sus avances son paralelos. Así logrará la total conciencia
de su ser social, lo que equivale a su realización plena como criatura humana,
rotas las cadenas de la enajenación.
Esto se traducirá concretamente en la reapropiación
de su naturaleza a través del trabajo liberado y la expresión de su propia
condición humana a través de la cultura y el arte.
Para que se desarrolle en la primera, el trabajo
debe adquirir una condición nueva; la mercancía hombre cesa de existir y se
instala un sistema que otorga una cuota por el cumplimiento del deber social.
Los medios de producción pertenecen a la sociedad y la máquina es sólo la
trinchera donde se cumple el deber. El hombre comienza a liberar su pensamiento
de hecho enojoso que suponía la necesidad de satisfacer sus necesidades
animales mediante el trabajo. Empieza a verse retratado en su obra y a comprender
su magnitud humana a través del objeto creado, del trabajo realizado. Esto ya
no entraña dejar una parte de su ser en forma de fuerza de trabajo vendida, que
no le pertenece más, sino que significa una emanación de sí mismo, un aporte a
la vida común en que se refleja; el cumplimiento de su deber social.
Hacemos todo lo posible por darle al trabajo esta
nueva categoría de deber social y unirlo al desarrollo de la técnica, por un
lado, lo que dará condiciones para una mayor
libertad, y al
trabajo voluntario por
otro, basados en
la apreciación marxista de que el
hombre realmente alcanza su plena condición humana cuando produce sin la
compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía. Claro que
todavía hay aspectos
coactivos en el
trabajo, aun cuando
sea voluntario; el hombre no ha transformado toda la coerción que lo
rodea en reflejo condicionado de naturaleza social y todavía produce, en muchos
casos, bajo la presión del medio (compulsión moral, la llama Fidel). Todavía le
falta el lograr la completa recreación espiritual ante su propia obra, sin la
presión directa del medio social,
pero ligado a
él por los
nuevos hábitos. Esto
será el comunismo.
El cambio no se produce automáticamente en la
conciencia, como no se produce tampoco en la economía. Las variaciones son
lentas y no son rítmicas; hay periodos de aceleración, otros pausados e
incluso, de retroceso.
Debemos considerar, además, como apuntáramos antes,
que no estamos frente al período de transición puro, tal como lo viera Marx en
la Crítica del programa de Gotha, sino a una nueva fase no prevista por él;
primero período de transición del comunismo o de la construcción del
socialismo.
Este transcurre en medio de violentas luchas de
clase y con elementos de capitalismo en su seno que oscurecen la comprensión
cabal de su esencia.
Si a esto se agrega el escolasticismo que ha
frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el tratamiento
sistemático del período, cuya economía política no se ha desarrollado, debemos
convenir en que todavía estamos en pañales y es preciso dedicarse a investigar
todas las características primordiales del mismo antes de elaborar una teoría
económica y política de mayor alcance.
La teoría que resulte dará indefectiblemente
preeminencia a los dos pilares de la construcción: la formación del hombre
nuevo y el desarrollo de la técnica. En ambos aspectos nos falta mucho por
hacer, pero es menos excusable el atraso en cuanto a la concepción de la
técnica como base fundamental, ya que aquí no se trata de avanzar a ciegas sino
de seguir durante un buen tramo el camino abierto por los países más
adelantados del mundo. Por ello Fidel machaca con tanta insistencia sobre la
necesidad de la formación tecnológica y científica de todo nuestro pueblo y más
aún, de su vanguardia.
En el campo de las ideas que conducen a actividades
no productivas, es más fácil ver la división entre necesidad material y
espiritual. Desde hace mucho tiempo el hombre trata de liberarse de la
enajenación mediante la cultura y el arte. Muere diariamente las ocho y más
horas en que actúa como mercancía para resucitar en su creación espiritual.
Pero este remedio porta los gérmenes de la misma enfermedad; es un ser
solitario el que
busca comunión con
la naturaleza. Defiende su
individualidad oprimida por el medio y reacciona ante las ideas estéticas como
un ser único cuya aspiración es permanecer inmaculado.
Se trata sólo de un intento de fuga. La ley del
valor no es ya un mero reflejo de las relaciones de producción; los
capitalistas monopolistas la rodean de un complicado andamiaje que la convierte
en una sierva dócil, aun cuando los métodos que emplean sean puramente
empíricos. La superestructura impone un tipo de arte en el cual hay que educar
a los artistas. Los rebeldes son dominados por la maquinaria y sólo los
talentos excepcionales podrán crear su propia obra. Los restantes devienen
asalariados vergonzantes o son triturados.
Se inventa la investigación artística a la que se
da como definitoria de la libertad, pero esta "investigación" tiene
sus límites, imperceptibles hasta el momento de chocar con ellos, vale decir,
de plantearse los reales problemas del hombre y su enajenación. La angustia sin
sentido o el pasatiempo vulgar constituyen válvulas cómodas a la inquietud
humana; se combate la idea de hacer del arte un arma de denuncia.
Si se respetan las leyes del juego se consiguen
todos los honores; los que podría tener un mono al inventar piruetas. La
condición es no tratar de escapar de la jaula invisible.
Cuando la Revolución tomó el poder se produjo el
éxodo de los domesticados totales; los demás, revolucionarios o no, vieron un
camino nuevo. La investigación artística cobró nuevo impulso. Sin embargo, las
rutas estaban más o menos trazadas
y el sentido del
concepto fúgase escondió
tras la palabra
libertad. En los propios revolucionarios se mantuvo
muchas veces esta actitud, reflejo del idealismo burgués en la conciencia.
En países que pasaron por un proceso similar se
pretendió combatir estas tendencias con un dogmatismo exagerado. La cultura
general se convirtió casi en un tabú y se proclamó el súmmum de la aspiración
cultural una representación formalmente exacta de la naturaleza, convirtiéndose
ésta, luego, en una representación
mecánica de la
realidad social que
se quería hacer
ver; la sociedad ideal, casi sin
conflictos ni contradicciones, que se buscaba crear.
El socialismo es joven y tiene errores. Los
revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia
intelectual necesarias para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo
por métodos distintos a los convencionales y los métodos convencionales sufren
de la influencia de la sociedad que los creó. (Otra vez se plantea el tema de
la relación entre forma y contenido.) La desorientación es grande y los
problemas de la construcción material nos absorben. No hay artistas de gran
autoridad que, a su vez, tengan gran autoridad revolucionaria.
Los hombres del partido deben tomar esa tarea entre
las manos y buscar el logro del objetivo principal: educar al pueblo.
Se busca entonces la simplificación, lo que
entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios. Se anula la
auténtica investigación artística y se reduce el problema de la cultura general
a una apropiación del presente socialista y del pasado muerto (por tanto no
peligroso). Así nace el realismo socialista sobre las bases del arte del siglo
pasado.
Pero el arte realista del siglo XIX, también es de
clase, más puramente capitalista, quizás, que este arte decadente del siglo XX,
donde se transparenta la angustia del hombre enajenado. El capitalismo en
cultura ha dado todo de sí y no queda de él sino el anuncio de un cadáver
maloliente; en arte, su decadencia de hoy. Pero, ¿por qué pretender buscar en
las formas congeladas del realismo socialista la única receta válida? No se
puede oponer al realismo socialista "la libertad", porque ésta no
existe todavía, no existirá hasta el completo desarrollo de la sociedad nueva;
pero no se pretenda condenar a todas las formas de arte posteriores a
la primera mitad
del siglo XIX
desde el trono
pontificio del realismo a
ultranza, pues se
caería en un
error proudhoniano de
retorno al pasado, poniéndole
camisa de fuerza a la expresión artística del hombre que nace y se construye
hoy.
Falta el desarrollo de un mecanismo
ideológico-cultural que permita la investigación y
desbroce la mala
hierba, tan fácilmente
multiplicable en el terreno abonado de la subvención estatal.
En nuestro país, el error del mecanismo realista no
se ha dado, pero sí otro de signo contrario. Y ha sido por no comprender la
necesidad de la creación del hombre
nuevo, que no
sea el que
represente las ideas
del siglo XIX,
pero tampoco las de nuestro siglo decadente y morboso. El hombre del
siglo XXI es el que debemos crear, aunque todavía es una aspiración subjetiva y
no sistematizada. Precisamente éste es uno de los puntos fundamentales de
nuestro estudio y de nuestro trabajo y en la medida en que logremos éxitos
concretos sobre una base
teórica o, viceversa,
extraigamos conclusiones teóricas
de carácter amplio sobre la base de nuestra investigación concreta,
habremos hecho un aporte valioso al marxismo-leninismo, a la causa de la
humanidad.
La reacción contra el hombre del siglo XIX, nos ha
traído la reincidencia en el decadentismo del siglo XX; no es un error
demasiado grave, pero debemos
superarlo, so pena de abrir un ancho cauce al
revisionismo.
Las grandes multitudes se van desarrollando, las
nuevas ideas van alcanzando adecuado ímpetu en el seno de la sociedad, las
posibilidades materiales de desarrollo integral de absolutamente todos sus
miembros, hacen mucho más fructífera la labor. El presente es de lucha; el
futuro es nuestro.
Resumiendo, la culpabilidad de muchos de nuestros
intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente
revolucionarios. Podemos intentar injertar
el olmo para
que dé peras;
pero simultáneamente hay que
sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado
original. Las probabilidades de que surjan artistas excepcionales serán tanto
mayores cuanto más se haya ensanchado el campo de la cultura y la posibilidad
de expresión. Nuestra tarea consiste en impedir que la generación actual
dislocada por conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas. No debemos
crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni "becarios" que
vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas. Ya
vendrán los revolucionarios que entonen el canto del hombre nuevo con la
auténtica voz del pueblo. Es un proceso que requiere tiempo.
En nuestra sociedad, juegan un gran papel la
juventud y el partido. Particularmente importante es la primera; por ser la
arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las
taras anteriores.
Ella recibe un trato acorde con nuestras
ambiciones. Su educación es cada vez más completa y no olvidamos su integración
al trabajo desde los primeros instantes. Nuestros becarios hacen trabajo físico
en sus vacaciones o simultáneamente con el estudio. El trabajo es un premio en
ciertos casos, un instrumento de educación, en otros, jamás un castigo. Una
nueva generación nace.
E1 partido en una organización de vanguardia. Los
mejores trabajadores son propuestos por sus compañeros para integrarlo. Este es
minoritario pero de gran autoridad por la calidad de sus cuadros. Nuestra
aspiración es que el partido sea de masas, pero cuando las masas hayan
alcanzado el nivel de desarrollo de la vanguardia, es decir, cuando estén
educadas para el comunismo. Y a esa educación va encaminado el trabajo. El
partido es el ejemplo vivo; sus cuadros deben dictar cátedras de laboriosidad y
sacrificio, deben llevar, con su acción, a las masas, al fin de la tarea
revolucionaria, lo que entraña años de duro bregar contra las dificultades de
la construcción, los enemigos de clase, las lacras del pasado, el imperialismo.
. .
Quisiera explicar ahora el papel que juega la
personalidad, el hombre como individuo dirigente de las masas que hacen la
historia. Es nuestra experiencia, no una receta.
Fidel dio a la Revolución el impulso en los
primeros años, la dirección, la tónica siempre, pero hay un buen grupo de
revolucionarios que se desarrollan en el mismo sentido que el dirigente máximo
y una gran masa que sigue a sus dirigentes porque les tiene fe; y les tiene fe,
porque ellos han sabido interpretar sus anhelos.
No se trata de cuántos kilogramos de carne se come
o de cuántas veces por año pueda ir alguien a pasearse en la playa, ni de
cuántas bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios
actuales. Se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con
mucha más riqueza interior y con mucha más responsabilidad. El individuo de
nuestro país sabe que la época gloriosa que le toca vivir es de sacrificio;
conoce el sacrificio.
Los primeros lo conocieron en la Sierra Maestra y
dondequiera que se luchó; después lo hemos conocido en toda Cuba. Cuba es la
vanguardia de América y debe hacer sacrificios porque ocupa el lugar de
avanzada, porque indica a las masas de América Latina el camino de la libertad
plena.
Dentro del país, los dirigentes tienen que cumplir
su papel de vanguardia; y, hay que decirlo con toda sinceridad, en una
revolución verdadera, a la que se le da todo, de la cual no se espera ninguna
retribución material, la tarea del revolucionario de vanguardia es a la vez
magnífica y angustiosa.
Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que
el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es
imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizás sea
uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu
apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un
músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a
los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden
descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el
hombre común lo ejercita.
Los dirigentes de la revolución tienen hijos que en
sus primeros balbuceos, no aprenden a nombrar al padre; mujeres que deben ser
parte del sacrificio general de su vida
para llevar la
revolución a su
destino; el marco
de los amigos responde estrictamente al marco de los
compañeros de revolución. No hay vida fuera de ella.
En esas condiciones, hay que tener una gran dosis
de humanidad, una gran dosis de sentido de la justicia y de la verdad para no
caer en extremos dogmáticos, en escolasticismos fríos, en aislamiento de las
masas. Todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad viviente se
transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de
movilización.
E1 revolucionario, motor ideológico de la
revolución dentro de su partido, se consume en esa actividad ininterrumpida que
no tiene más fin que la muerte, a menos que la construcción se logre en escala
mundial. Si su afán de revolucionario se embota cuando las tareas más
apremiantes se ven realizadas a escala local y se olvida el internacionalismo
proletario, la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se
asume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestros enemigos
irreconciliables, el imperialismo, que gana terreno. El internacionalismo
proletario es un deber pero también es una necesidad revolucionaria. Así
educamos a nuestro pueblo.
Claro que hay peligros presentes en las actuales
circunstancias. No sólo el del dogmatismo, no sólo el de congelar las
relaciones con las masas en medio de la gran tarea; también existe el peligro
de las debilidades en que se puede caer. Si un hombre piensa que, para dedicar
su vida entera a la revolución, no puede distraer su mente por la preocupación
de que a un hijo le falte determinado producto, que los zapatos de los niños
estén rotos, que su familia carezca de determinado bien necesario, bajo este
razonamiento deja infiltrarse los gérmenes de la futura corrupción.
En nuestro caso, hemos mantenido que nuestros hijos
deben tener y carecer de lo que tienen y de lo que carecen los hijos del hombre
común; y nuestra familia debe comprenderlo y luchar por ello. La revolución se
hace a través del hombre, pero el hombre tiene que forjar día a día su espíritu
revolucionario.
Así vamos marchando. A la cabeza de la inmensa
columna —no nos avergüenza ni nos intimida el decirlo— va Fidel, después, los
mejores cuadros del partido, e inmediatamente, tan cerca que se siente su
enorme fuerza, va el pueblo en su
conjunto; sólida armazón de individualidades que
caminan hacia su fin común; individuos
que han alcanzado
la conciencia de
lo que es
necesario hacer; hombres que
luchan por salir del reino de la necesidad y entrar al de la libertad. Esa
inmensa muchedumbre se ordena; su orden responde a la conciencia de la necesidad
del mismo; ya no es fuerza dispersa, divisible en miles de fracciones
disparadas al espacio como fragmentos de granada, tratando de alcanzar por
cualquier medio, en lucha reñida con sus iguales una posición, algo que permita
apoyo frente al futuro incierto.
Sabemos que hay sacrificios delante nuestro y que
debemos pagar un precio por el hecho heroico de constituir una vanguardia como
nación. Nosotros, dirigentes, sabemos que tenemos que pagar un precio por tener
derecho a decir que estamos a la cabeza del pueblo que está a la cabeza de
América.
Todos y cada uno de nosotros paga puntualmente su
cuota de sacrificio, conscientes de recibir
el premio en
la satisfacción del
deber cumplido, conscientes de
avanzar con todos hacia el hombre nuevo que se vislumbra en el horizonte.
Permítame intentar unas conclusiones:
Nosotros, socialistas, somos más libres porque
somos más plenos; somos más plenos por ser más libres.
El
esqueleto de nuestra
libertad completa está
formado, falta la
sustancia proteica y el ropaje; los crearemos.
Nuestra libertad y su sostén cotidiano tienen color
de sangre y están henchidos de sacrificio.
Nuestro sacrificio es consciente; cuota para pagar
la libertad que construimos.
El camino es largo y desconocido en parte;
conocemos nuestras limitaciones. Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros
mismos.
Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un
hombre nuevo con una nueva técnica.
La
personalidad juega el
papel de movilización
y dirección en
cuanto que encarna las más altas
virtudes y aspiraciones del pueblo y no se separa de la ruta. Quien abre el
camino es el grupo de vanguardia, los mejores entre los buenos, el partido.
La
arcilla fundamental de
nuestra obra es
la juventud; en ella
depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras
manos la bandera.
Si esta carta balbuceante aclara algo, ha cumplido
el objetivo con que la mando. Reciba
nuestro saludo ritual,
como un apretón
de manos o
un "Ave María Purísima". Patria o muerte.
________________________________________
(Texto dirigido a Carlos
Quijano, semanario Marcha, Montevideo, marzo de 1965. Leopoldo Zea,
Editor. Ideas en torno de Latinoamérica. Vol. I. México: UNAM,
1986.)

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