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Libro N° 13857. Casi Una Novela. Maxwell, Megan.

 


© Libro N° 13857. Casi Una Novela. Maxwell, Megan. Emancipación. Mayo 24 de 2025

  

Título Original: © Casi Una Novela. Megan Maxwell

 

Versión Original: © Casi Una Novela. Megan Maxwell

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CASI UNA NOVELA

Megan Maxwell

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Casi Una Novela

Megan Maxwell

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CASI UNA NOVELA

Megan Maxwell

 

© 2013 Megan Maxwell

Diseño cubierta: Eva Olaya

© Fotografía: GettyImages

1ª edición: enero 2013

Derechos exclusivos de edición en español para todo el mundo:

© 2013 Ediciones Versátil, S.L.

Av. Josep Tarradellas, 38

08029 Barcelona www.ed-versatil.com

 

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin autorización escrita del editor.

 

 

 

 

 

Índice de contenido

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Epílogo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

 

 

Hola amigos.

Antes de que comencéis a leer este libro os quiero comentar algo.

Necesito  que sepáis que CASI UNA NOVELA fue la primera novela que yo escribí en mi vida.

Recuerdo que un día estaba aburrida en casa, cogí papel y bolígrafo (no había ordenador) y comencé a escribir. En ese momento, ni me imaginaba que estaba creando una historia. Yo  solo  me  dejé  llevar  por  mi  imaginación  y plasmé lo primero que se me pasó por la cabeza.

Lo alucinante fue darme cuenta varios días después, que había creado una historia y sobre todo unos personajes que me pedían que no les abandonara, que continuara creando sus vidas.

Como   curiosidad   de   esta  novela,   os   diré   que   el personaje de Rebeca, en un principio se llamó Megan. Ella fue  la  primera  MEGAN.  Gracias  a ella,  yo  comencé  a utilizar ese nombre en muchos aspectos de mi vida. Concursos literarios. Editoriales. Y quiero sepáis que si le cambié  el  nombre,  al  publicar  ahora  la novela,  ha sido porque ya hay otra protagonista con ese mismo nombre en otro de mis trabajos.

 

Soy una fiel seguidora del campeonato del mundo de motociclismo. Lo sigo desde hace más de veinticinco años y quizá por eso cuando escribí esta novela, su protagonista masculino fue un piloto de lo que hoy se llama MotoGP. En esa época, yo trabajaba como secretaria en una asesoría jurídica y mi novio (hoy mi marido) y yo, teníamos moto. Íbamos a concentraciones moteras, a grandes premios en España y lo pasábamos genial.

El  nombre  de  la  novela  también  tiene  su  historia. Cuando la escribí, recuerdo que cuando los amigos venían a casa y veían sobre la mesa un gran montón de hojas, me preguntaban ¿eso qué es? Y yo siempre  les respondía… “Uf… eso es casi una novela” por eso cuando la terminé decidí llamarla así. La llamé por el nombre que ya había decidido sin yo saberlo, CASI UNA NOVELA.

Solo espero que esta historia y sus personajes os gusten tanto como me gustaron.

Un besazo

Megan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

 

 

—Por  fin  es  viernes  —susurró  Rebeca  al  salir  de  la oficina.

El trabajo algunos días era agobiante. Y aquel había sido uno de esos días. Con prisa, anduvo  hacia su coche. Lo abrió, metió su bolso y, cuando iba a cerrar, observó que debajo del coche de al lado había una caja de pizza que se movía. Cerró la puerta rápidamente.

Será una rata, pensó horrorizada.

Pero,  cuando  encendió  el  motor,  volvió  a  mirar  y observó una pequeña cara peluda y blanquecina asomar por el extremo de la caja. Era un perrillo. Sin poder resistirse apagó el motor, bajó del coche y abrió la tapa de la caja de pizza.

—Venga, pequeño, sal de ahí —murmuró sonriendo—.

¿Dónde están tus dueños?

Miró a ambos lados del parking. No había nadie. Estaba sola.

Con mimo miró al pequeño animal peludo.

—Tienes hambre, ¿verdad? —El cachorro pareció entenderla y ladró—. Oh, Dios... pero si eres una monada.

 

Divertida, lo cogió con una mano y se lo acercó a la cara. Era menudo y sus ojos tristones le dejaron sin habla. La noche se acercaba y le daba pena dejarlo allí solo. Pero no podía tener un perro en casa. En su vida y con su trabajo no había cabida para un animal. Lo dejó en el suelo apenada.

—Lo siento. No me puedo hacer cargo de ti.

Abrió la puerta de su coche y, cuando fue a meter los pies, el cachorro intentó subirse, pero ella no le dejó.

—Ni un paso más, amiguito. No puedo quedarme contigo. Fin de la discusión.

Arrancó y este se quedó sentado sobre su regordete trasero. Rebeca lo miró y se agobió. No podía dejarlo allí. Era un cachorro. Un bebé. Al final, abrió de nuevo la puerta, bajó del coche, lo cogió y, tras resoplar, murmuró:

—Vale. Te llevo a casa. Pero solo será una noche. Llamaré mañana a la protectora de animales y ellos te buscarán un hogar.

Durante el camino a casa, el cachorro color canela y blanco se enroscó y se durmió en el asiento del copiloto junto al bolso. Rebeca, enternecida, lo miraba mientras pensaba en lo divertido  que sería quedarse  con él. Pero acto seguido se reprendió. No podía, o más bien, no debía hacerse cargo de un animal. Ella casi nunca estaba en casa. Quedárselo sería cargar a Ángela, una encantadora toledana

 

que acudía a limpiar lo poco que ella ensuciaba. La conocía desde que era pequeña y siempre la reprendía por lo poco que comía y lo sola que estaba. Una vez hubo aparcado en su casa, cogió al animalillo con mimo y entró con él en el salón.

—Bueno,   precioso,   te   daré   de   comer   algo   más digestivo que un trozo de pizza.

Al entrar en la cocina, Rebeca lo soltó y este lo primero que hizo este fue estrenar la cocina.

—Oh... no... oh… no —se quejó Rebeca mientras se apresuraba a por la fregona—. Mal empezamos.

Pero el cachorro parecía contento, y comenzó a correr y a ladrar como un loco. Rebeca sonrió mientras se dirigía al  frigorífico,  sacaba  un  cartón  de  leche,  y buscaba  un cuenco  y  galletas.  En  cuanto  apareció  con  aquello  el perrillo se abalanzó con apetito voraz. Mientras le veía rebozarse en la leche y las galletas, Rebeca llamó a información.   Necesitaba   el   teléfono   del   servicio   de recogida de animales.

Marcó el número que le habían dado y un contestador automático  le  indicó  que  el  horario  de  recogida era de lunes a viernes. Debía dejar la dirección de recogida, raza del animal, teléfono  y nombre  de la persona por la que debían preguntar. Durante unos instantes dudó. ¡Era tan bonito! Pero tras ver que este volvía a mearse en la tarima

 

no lo dudó y dio sus datos.

—¿Y qué  hago  yo  contigo  el  fin  de  semana? 

preguntó mirando al animal.

Una vez hubo cenado decidió repasar unas estadísticas que se había traído del trabajo. Siempre estaba trabajando.

—Bueno, hay que ponerse a trabajar —dijo mientras observaba al cachorro enroscado sobre la alfombra.

A  las  nueve  de  la  noche  se  puso  a  repasar  unas estadísticas anuales de la empresa, y a las doce decidió irse a dormir. Desperezándose, se levantó de la silla, apagó el portátil y, cuando comenzó a subir las escaleras, oyó unos pasitos rápidos tras ella. Al volverse vio al cachorro. La miraba con sus bonitos ojazos mientras movía el rabito.

—Vale... subirás conmigo a dormir. Y, por favor, ¡no te mees otra vez! ¿Vale?

Pero fue dejarlo en el suelo de la planta de arriba y el cachorro  volvió  a  hacerlo.  Rebeca  resopló,  lo  limpió, colocó una pequeña manta en el suelo y murmuró:

—Te  prohíbo  terminantemente  que  duermas  en  mi cama, ¿me has oído?

El cachorro hizo un sonido que la hizo sonreír. Diez minutos después Rebeca cogió al animal del suelo, lo subió a su cama y, finalmente, se quedaron profundamente dormidos.

 

 

 

Capítulo 2

 

 

 

El fin de semana con aquel cachorro fue sensacional. Diferente. Rebeca se divirtió de lo lindo, aunque cada dos por tres tenía la fregona en las manos. El sábado, después de comer, se quedó mirando fijamente al perro. Si debía pasar el fin de semana con ella lo mejor que podía hacer era bañarlo, no fuera a pegarle algo. En el baño descubrió que era una perrita. Una hembra. Había quedado limpia y reluciente  y  era  toda  una  preciosidad.  Pero  se  negó  a ponerle nombre. Si le pongo nombre me encariñaré más con ella, pensó. Por ello se dedicó a llamarla simplemente perro.

Pasado el fin de semana, el lunes por la mañana esperó la llegada de Ángela para indicarle que vendrían a recoger al animal los de la protectora.

—¡Bendito   sea  el   Señor!...   Pero   qué   cosa  más simpática —aplaudió Ángela nada más entrar y ver a la perrita—. Ya era hora de que tuvieras alguna compañía en esta casa. Ven aquí, precioso —dijo mientras se agachaba para tocarla.

—Ángela...  —aclaró  Rebeca mientras  se  tomaba su bol de cereales—, no me la voy a quedar. Me la encontré el

 

viernes, pero hoy vienen los de la protectora a llevársela. Le buscarán un hogar.

La mujer, al escucharla, la miró con sus azulados ojos y, frunciendo el ceño, gruñó:

—Pero Rebeca, ¿cómo puedes negarte a tener esta preciosidad? Yo te ayudaré, reina. Estaré con él durante el día, y a partir de las seis de la tarde, te ocupas tú.

La joven suspiró. Conocía a Ángela y sabía que pronto se enfadaría. A la defensiva contestó:

—Claro, ¡qué fácil! No, Ángela. Yo me levanto muy temprano. Me voy a la oficina, no vengo a casa a comer y sabes que hay veces en las que regreso muy tarde. ¿Cómo me voy a ocupar de ella?

—¿Ella? ¿Es perra?

—Sí.

—¿Qué nombre le has puesto, hermosa?

—No tiene nombre, Ángela. Ya te he dicho que no me la voy a quedar.

En ese momento el cachorro se volvió a mear. Antes de que  Rebeca  pudiera  moverse,  ya  estaba  Ángela  con  el mocho en la mano.

—Ea... solucionado —dijo la mujer, y con los brazos

 

en jarras añadió—: Hay un refrán que decía mi abuela Gregoria:  «Todo  lo  que  coseches  hoy, mañana lo recogerás». Piensa en ello.

Ángela, al ver su gesto, supo que se metía en terreno pantanoso. Pero  no le importaba. Los años que llevaban juntas les habían permitido decir lo que querían cuando querían.

—Eres joven, tesoro mío —continuó—. Tienes veintitrés años. Eres linda, educada, tienes una casa bonita.

¿Pero  qué  más  tienes?  —La  cara  de  Rebeca  se transformaba por segundos, pero la toledana prosiguió—: Sé que no te gusta que me meta en tu vida. Y sabes que no me meto —se mofó—. Pero ya hace tiempo que pasó lo de Félix y creo que ya es hora de que encuentres a alguien que te quiera como tú te mereces. Sabes que eres como mi hija, que por ti haría cualquier cosa. Por ello, y a riesgo de que me mandes a paseo, como haces algunas veces, me permito decirte que no todos los hombres son iguales. Los hay buenos y malos, mejores y peores, guapos y feos, ¡pero hay que conocerlos!

—Vamos a ver, Ángela, no necesito, ni quiero, ningún hombre  a mi  lado  —contestó  enfadada—.  Tengo  mucha prisa y pocas ganas de discutir.

Una vez hubo cogido el bolso y las llaves del coche, se giró hacia la mujer que la miraba con descaro y aclaró:

 

—Hoy vendrán a llevarse al animalillo, ¿entendido?

—Oh... sí, hija, por Dios. Claro que te he entendido. Rebeca se detuvo ante la perrilla que movía alegremente

el rabo y dijo con los ojos llenos de lágrimas:

—Bueno,  preciosidad,  espero  que  te  encuentren  un hogar bonito. Hasta pronto. Ángela... hasta luego.

Pero Ángela no le prestó atención. Cuando se enfadaba murmuraba bajito, como estaba haciendo en ese momento.

 

Capítulo 3

 

 

 

Mientras conducía el coche por las calles de Madrid, pensó en su exnovio. Le había querido con toda su alma y él, a cambio, le había engañado como a una idiota tras tres años de relación. Una noche le mandó un mensaje y le dijo que se había enamorado de otra y no volvió a saber más de él. Lloró mucho, pero pasado el tiempo se alegraba de no estar con una persona como él. Solo esperaba que algún día alguien le diera un buen escarmiento a aquel presuntuoso. Sumida en sus recuerdos llegó a la oficina. Allí, Belén, su encantadora secretaria, entró con ella en su despacho.

—Buenos días, Rebeca —saludó alegremente—. ¿Qué tal el fin de semana?

—Bien, ¿y tú?

Como siempre, Belén empezó a contarle sus batallitas, y poniendo los ojos en blanco, indicó:

—Estuve  con unas  amigas  de  fiesta y conocí  a un pedazo  de  hombre  increíble.  He  quedado  este  fin  de semana para cenar con él, pero no sé, no creo que sea nada serio.

Mientras  Belén le  hablaba de  lo  maravilloso  que  era

 

aquel, ella solo  podía pensar  en lo  que  Ángela le  había dicho en referencia a la perrilla. Quizá no sería difícil tenerla en casa. Estaba tan acostumbrada a estar sola tras lo de sus padres y lo de Félix, que se estaba convirtiendo en una ermitaña. De pronto, sonrió.

—Belén, llama a mi casa. Necesito hablar con Ángela. Urgentemente.

Sonó el teléfono en casa de Rebeca y Ángela lo cogió:

—Dígame —contestó con su inconfundible acento toledano.

—Ángela, quiero pedirte disculpas, no quería hablarte así esta mañana.

La mujer, con una cariñosa sonrisa, contestó:

—Ay, hermosa, perdóname tú a mí. Es que ya me conoces y soy un poco alcahueta. Siento haberte recordado al simplón de Félix. Pero tesoro, yo quiero que seas feliz y me da rabia verte siempre sola.

De pronto se escuchó un gran estruendo de cacharros y unos ladridos.

—¡Cristo de la Vega! —gritó Ángela.

—¿Qué  pasa? —preguntó  preocupada  Rebeca—. Ángela, ¿qué ha ocurrido?

 

Tras soltar una risotada, la mujer contestó:

—Nuestra  amiguita se  ha tirado  encima el  bote  de

Cola Cao y una taza. Nada grave.

Aquello sorprendió a Rebeca, que sonrió.

—¿Pero cómo es posible si no levanta un palmo del suelo?

—Eso quisiera saber yo. —Y, cambiando el tono de voz,  la  mujer  susurró—:  Ay,  cariño...  ¿Por  qué  no  te piensas  lo  de  entregar  a este  pequeño  trastillo?  Es  tan linda... Creo que cuando se acostumbrase a tus horarios no habría  problemas.  Piénsatelo,  sería  una  grandísima compañía para ti.

Pero Rebeca ya lo había pensado y, con decisión, dijo:

—Mira, Ángela, si van los de la recogida de animales les dices que nos lo hemos pensado mejor y que nos la quedamos. Si hay algún problema me llamas y hablo yo con e l l o s . ¿De   acuerdo,   hermosa?   —la   imitó   mientras sonreía.

Ángela, llena de felicidad, respondió arremangándose:

—¡Pa chasco! Que de aquí no la sacan. Antes me lío a escobazos con todo el que se acerque.

—Bueno,  bueno  —rio  Rebeca  imaginándose   a  la

 

teatrera de Ángela a escobazo limpio.

Cuando  colgó  el  teléfono  estaba contenta.  Sabía que había dado un paso hacia delante. Intentaría que esa perrita le devolviera parte de la vida que en otros tiempos le habían arrebatado. Pasó el día en la oficina alegre, a excepción de cuando se cruzaba con el avinagrado del señor Cavanillas, su jefe, a quien no podía soportar tener tan cerca. Su antipatía era mutua.

A las cinco salió de la oficina, pero antes se pasó por una tienda de animales. Necesitaba comida para perro, una cesta para que durmiera, un collar, una cadena y un montón de cosas que le dijeron en la tienda que necesitaba. Llegó a casa a las seis. Allí estaba Ángela, esperándola con la mejor de sus sonrisas.

—Hola, hermosa. ¿Qué tal hoy en la oficina?

—Pero Ángela, ¿qué haces aquí todavía? —preguntó extrañada.

—Ay, mi niña. Estaba esperando a que vinieras para darte  un  gran  abrazo  por  la  decisión  que  has  tomado. Además, no me apetecía dejar al trastillo meón solo. Pero ya que has llegado y te he visto, me voy. Hasta mañana, tesoros.

—Hasta mañana, Ángela.

Cuando se fue, tenía los ojos empañados de lágrimas.

 

Quería que su niña comenzara a vivir, y poco a poco lo estaba consiguiendo. Quizá la vida había sido dura con Rebeca. Pero todo tiene su fin y Ángela intuía que algún día aquella mujercita sería feliz.

Cuando se quedaron solas Rebeca y la perrita, la cogió en brazos y se sentó con ella en el amplio sillón.

—Bueno, trastillo, creo que tengo que buscarte un nombre. Vamos a ver... vamos a ver... —La miró a la cara y dijo—. Dania, ¿te gusta? Creo que no, veamos... ¿Greta?

¿Laika? ¿Sura? No, tampoco. —Entonces se acordó de cuando la vio por primera vez y se echó a reír. Miró esos ojazos con una sonrisa y dijo:

—Preciosidad, a partir de hoy te llamarás Pizza.

 

Capítulo 4

 

Cuatro años después

 

 

 

Llegaron las Navidades de 2010, y con ello cayeron los primeros copos de nieve. Ángela se empeñó en comprar adornos navideños y Rebeca salió con ella de compras. Anduvieron mirando escaparates por las calles Serrano y Goya, y aunque a Rebeca no le apetecía mucho celebrar aquellas fiestas, lo hizo por no darle un disgusto a Ángela. Cuando   pasaban  por  Guzmán  el  Bueno  en  coche,  el semáforo se puso rojo.

Mientras   Ángela  hablaba  sin  parar,  como  siempre, Rebeca enumeró los regalos que debía comprar. Ángela, Belén, Carla, Noelia. También para sus hermanos Kevin y Donna, su sobrina María, y Miguel, su cuñado. Al pensar en ellos recordó con añoranza los años en que ellos eran pequeños y las Navidades se celebraban con la familia de mamá en Kansas o con la de papá en Madrid.

Qué diferentes eran ahora.

Cada uno había seguido con su vida. Donna, en unas vacaciones en Sevilla, se enamoró de Miguel Jover, un arquitecto andaluz. En cinco meses se casaron y ella se fue a vivir a Sevilla, aunque ahora, por el trabajo de su cuñado, vivían en Chicago. Hablaba con ella por teléfono un par de

 

veces   al   mes,  aunque   se   comunicaban   por   facebook siempre que podían.

A Kevin le veía más. Como él decía, era el espíritu libre de la familia. Viajaba de un lado para otro, metido en toda clase de movidas. Tocaba el bajo en un grupo musical, y la llamaba  semanalmente.  Intentaba  estar  pendiente  de  su

«hermanita», como él la llamaba cariñosamente.

Al pensar en su madre, a Rebeca se le llenaron los ojos de lágrimas. Fue el alma de la familia e intuía que, si continuara viva, todos estarían más unidos. Por desgracia, murió en un accidente de tráfico años atrás, cuando un loco borracho se estrelló contra su coche. Nunca olvidaría aquel fatídico día, ni todo lo que ocurrió después...

—¿Rebeca, cariño, te ocurre algo? —preguntó Ángela preocupada.

La gente pitaba desde su coche. El semáforo hacía rato que estaba en verde y Rebeca no arrancaba.

—No, Ángela. La Navidad, que siempre trae recuerdos

—al ver que aquella la miraba, dijo—: Cambiando de tema,

¿qué quieres que te regale?

—¡Bendito  sea Dios! Te  digo  lo  mismo  todos  los años. El mejor regalo para mí es que el día de Año Nuevo vengas a casa a celebrarlo con nosotros. ¿Vendrás este año, verdad?  —Al  ver  que  no  contestaba,  señaló—:  Te  diré,

 

hermosa, que como no vengas, soy capaz de coger a toda mi familia y llevármelos a tu casa. ¡Vaya si lo hago! — aseguró Ángela.

—Bueno, ya hablaremos —rio Rebeca—. Todavía quedan dos semanas. Ahora vamos a aparcar el coche y a comprar unos cuantos adornos de esos que tanto te gustan.

Aprisionadas por centenares de personas, entraron en El Corte Inglés. Allí, con seguridad, encontrarían todo lo necesario.  Compraron  cintas  y  bolas  de  colores, encargaron un árbol de Navidad y luego fueron a la planta de los juguetes. Allí compraron varias cosas para Noelia, la hija de Carla, su mejor amiga, y para María, su sobrina.

Con fingido disimulo se fijó en que Ángela miraba unos pendientes al pasar por la planta tercera, pero se hizo la despistada mientras compraba unas pulseras para Belén, su secretaria. Ahora ya sabía qué comprarle a Ángela, aunque intuía que la mataría cuando se los diera. Según la propia Ángela, tenían un precio indecente.

Salieron de los grandes almacenes cargadísimas. Pero a Rebeca le quedaba por comprar algo para su hermano. De pronto vio en el escaparate de una tienda una cazadora de cuero marrón. ¡Eso le gustaría! Fue decidida a comprarla, pero justamente el hombre que entró antes que ellas en la tienda, también buscaba lo mismo.

Vaya por Dios, pensó Rebeca.

Solo   quedaba   esa.   Hasta   la   semana   siguiente   no

 

recibirían más. Rebeca, dispuesta a llevarse  la cazadora, miró al hombre que se disponía a probársela y, sorprendiéndose a sí misma, dijo:

—No creo que sea su talla, ni su estilo.

El hombre se dio la vuelta para mirarla. No sabía si hablaban con él y, cuando vio a aquella joven, la miró extrañado y preguntó con una sonrisa:

—¿Por qué cree que no me va?

Ainsss, madre... ¡Qué digo... qué digo!, pensó con rapidez.

—Creo... creo que ese color no va con el tono de su piel. Además, esa talla es pequeña para usted. Se ve a la legua.

El desconocido, tras cruzar una mirada con Ángela, que se había quedado sin palabras, se dio la vuelta, se miró en el espejo y se la probó. En ese momento Rebeca se fijó en él. Era un hombre muy atractivo, y por su acento al hablar, se adivinaba que no era español. Parecía americano. Treinta y pocos años, más alto que ella, con buen porte, e iba impecablemente vestido con un traje de Armani. Sin poder dejar de observarle, se fijó en su oscuro pelo y en sus inquietantes ojos, que la traspasaban a través del espejo.

—Yo creo que es mi talla, señorita —replicó para su disgusto.

 

Ensimismada por aquella ronca voz, y mientras pensaba en cómo convencerle para que no se llevara la cazadora, no se dio cuenta de que él se había girado para decirle algo y la miraba.  Aquella  muchacha  menuda  con  aquel  divertido gorro a rayas azules y blancas era bonita. Tenía un pelo rubio rizado muy gracioso, una naricilla aniñada y, vestida con aquellos vaqueros viejos, era de lo más tentador. Por unos instantes pensó en la suerte que tendría el tipo para quien ella quería la cazadora. Seguían sin hablarse ninguno de los dos hasta que él rompió el silencio:

—Repito: creo que es mi talla. Pero si usted cree que yo no debería quedármela, tome, para usted —dijo mientras se la quitaba y se la tendía—. Seguramente a su novio le quedará mejor. Tanto en su tono de pelo como en su tono de piel —se mofó con una sonrisa burlona.

Rebeca, hechizada por su magnetismo, le respondió ofendida:

—No es para mi novio. —Y, frunciendo el entrecejo, aclaró—: Además, ¿quién se ha creído usted para hablarme así?

Boquiabierto por su desfachatez, iba a responder cuando se fijó en la sonriente mujer que, callada al lado de aquella, lo estaba pasando en grande. Por ello, con la mejor de sus sonrisas, volvió a mirar a la joven y aclaró:

 

—Perdone usted, señorita, pero creo que la primera persona que ha empezado a hablar ha sido usted. Yo simplemente me estaba probando la cazadora y no creo haberle pedido opinión ni a usted, ni a nadie. ¿O quizá le he pedido que me diera su opinión?

Ángela, apoyada en el mostrador, se divertía de lo lindo.

¡Qué hombre más interesante! Esta muchacha es tonta si no aprovecha esta situación, pensó, pero calló.

—Está bien. Lo asumo. He sido yo —reconoció molesta—. Le pido disculpas, señor. No quiero la cazadora, y no tengo nada más que hablar con usted.

El hombre, al escuchar la contestación, levantó las cejas sorprendido. No estaba acostumbrado a que las mujeres le trataran así. Es más, por su trabajo estaba acostumbrado a que todas fueran tras él. Rebeca, sin prestarle atención, comentó algo con el dependiente. Una vez hubo concretado se agachó para recoger los paquetes que llevaban, cuando vio a Ángela hablar con el hombre. Disgustada por cómo le estaba sonriendo a aquel idiota, dijo:

—Ángela, te espero fuera.

—Adiós, señorita —se atrevió a decir el hombre. Esperaba que ella se diera la vuelta para mirarla otra vez.

Sin saberlo, ella le dio el gusto.

 

—Adiós. Que tenga usted una feliz Navidad.

Ángela, presurosa, cogió el resto de los paquetes que quedaban y salió detrás de ella, no sin antes despedirse con una sonrisa encantadora. Ya en la calle, Rebeca se paró para mirarla y la reprendió.

—Pero   bueno,   Ángela,   ¿se   puede   saber   de   qué hablabas con ese hombre?

—Ay,   hermosa,   qué   hombretón   tan   atractivo   y educado. ¡Mmmm! Con uno así las cosas que yo sería capaz de hacer... Eso sí, con treinta años menos.

—¡Ángela! No puedo creer lo que estás diciendo —

susurró Rebeca, incrédula por lo que estaba oyendo.

Las dos comenzaron a reír como dos tontas en medio de la calle. Entre risas llegaron al coche, donde dejaron los paquetes. En el camino de vuelta a casa, Rebeca pensó un par de veces en el hombre de la tienda. Realmente era un tipo sexy. Esa clase de hombre que tendría montones de moscardonas a su lado. Un tío al que no se acercaría ella...

¡ni jarta vino!

 

Capítulo 5

 

 

 

Faltaba solo una semana para Navidad. El chalecito adosado de   Rebeca  en  Majadahonda  estaba  precioso   con  sus adornos color rojo, blanco y plateado. Hacía unos días que había mandado por correo los regalos para Donna, María y Miguel.   Estaba   jugando    con Pizza,   cuando   sonó   el teléfono.

—Diga.

—Rebeca  —se  oyó  muy bajito—.  Hola,  hermanita. Soy Kevin.

—¡Kevin! ¿Dónde estás?

—En Berlín. ¿Qué tal por Madrid?

Emocionada por oír la voz de su querido hermano, respondió:

—Pues qué quieres que te diga. Un frío de mil demonios. Han caído unas nevadas enormes —dijo mirando por la ventana al ver su muñeco de nieve—. He mandado ya los regalos para Donna a Chicago. Por cierto, ¿qué vas a hacer este año en Navidad?

 

—Pues... estaba pensando en decirte... ¿Qué te parece si  me  cojo  un  tren  y  pasado  mañana  estoy  allí  y  la celebramos juntos?

Eso era lo que más le apetecía a Rebeca y, pletórica de alegría, gritó:

—Sí, sí. Oh... Kevin, me encantaría. ¿Cuándo llegas?

—El  martes. Mi  billete  me  lleva directo  a Atocha. Llego a las 18:30. ¿Irás a recogerme?

Aplaudiendo como una chiquilla, contestó:

—Por supuesto, tonto.

Después de hablar un rato con él, se despidieron hasta el martes. ¡Qué maravilla! Su hermano pasaría las Navidades con ella. Tenía que hacer planes. Comprar más comida y, sobre todo, ir a comprar su regalo. Sacó una tarjeta del bolso,  llamó  a  la  tienda  y  le  confirmaron  que  habían recibido más cazadoras. ¡Bien!

Aquella tarde cogió el coche y fue a El Corte Inglés para comprar los pendientes que tanto le gustaron a Ángela, además de un pañuelo de seda que le iba a encantar. Más tarde pasó por la tienda para comprarle la cazadora a Kevin. Al entrar miró hacia el lugar donde el hombre de la mirada penetrante había estado ese día y sonrió al recordar los comentarios de Ángela.

Mientras  caminaba,  en una de  las  tiendas  de  la calle

 

Preciados vio un vestido de noche. ¡Era precioso! Algo indecente en el precio, pero se merecía un capricho. Su hermano venía para celebrar las fiestas y, además, quería estar guapa en Nochevieja. El vestido parecía hecho para ella. Era de seda color salmón claro, ajustado, con una abertura lateral y largo hasta los tobillos. No sabía dónde iría con Kevin, pero seguro que, fuera donde fuera, se lo pasaría bien.

 

 

 

Pasaron los dos días, y ya estaba metida en el coche con camino de la estación para recoger a su hermano. Al llegar, miró en los paneles de información para ver en qué andén llegaba el tren de Kevin. Cuando llegó a la enorme sala de espera, de pronto vio un rostro familiar. Se paró en seco y vio al hombre de la tienda de cazadoras, con un gran ramo de flores, sentado en uno de los bancos de la estación. A su lado había una niña pequeña que jugaba y se reía de las cosas que él le contaba. Tenía los mismos ojos que él y la misma sonrisa burlona.

Desde luego no puede negar que es su hija, pensó

Rebeca mirándoles.

Tenía que pasar por delante de ellos para ir al fondo de la sala. Por ello, agarró con fuerza a Pizza y pasó lo más rápido que pudo. Él no la vio, pero la niña, al ver a la perra, corrió hacia ella.

 

—Hola —saludó la cría—. ¿Es tuyo este perrito?

—Sí.

—¿Cómo se llama?

Rebeca, con rapidez y sin pararse, contestó:

—Pizza.

Pero él ya la había visto. Aquella era la gruñona de la tienda de  días  atrás. Al principio  no  podía creer  lo  que veían sus ojos pero se levantó y acercó a ella, divertido.

—¡¿Pizza?! —rio la niña caminando a su lado—. Qué nombre tan raro. No conozco a nadie que se llame así. ¿Por qué se llama así?

Agobiada, quiso apretar el paso, pero la niña se lo impedía.  De  pronto  escuchó  aquel  peculiar  acento extranjero.

—Qué pequeño es el mundo, ¿verdad?

A  Rebeca  no  le  quedó  más  remedio  que  pararse.

Educación ante todo, pensó.

Al volverse, vio cómo tomaba de la mano a la niña mientras la miraba con una sonrisa y decía:

—El otro día no me dio tiempo a presentarme. Me llamo   Paul   Stone   —dijo   tendiéndole   su  mano   libre, mientras con la otra sujetaba a la niña y el ramo de flores.

 

Rebeca,  tras  resoplar  y  darse  por  vencida  ante  aquella implacable mirada, le tendió su mano libre y dijo:

—Encantada, Paul. Mi nombre es Rebeca Rojo.

Él sonrió. Pero la niña era un auténtico torbellino parlanchín.

—¿Cuántos  años  tiene  la  perrita?—  preguntó, tirándole del abrigo.

Convencida  de  que  ya  no  podía  escapar,  Rebeca  se agachó para poder hablarle de frente.

—Ahora tiene cuatro años —dijo mientras la perra se tumbaba panza arriba para que la tocasen—. Mira, ¿ves? Le gusta que la acaricien. Se pone así para que le hagas cosquillas en la barriguita, ¿lo ves? —La niña sonrió y la tocó—. ¿Cuántos años tienes tú?

La niña, abriendo los ojos inmensurablemente, dijo con una sonrisa:

—Yo también tengo cuatro años, y a mí también me gusta que me hagan cosquillas  en la barriguita. ¿Verdad, papi?

Este, desde su altura, sonrió. Adoraba a su hija por encima de todas las cosas.

—Vaya,  vaya...  ¿También  tienes  cosquillas,  eh? 

bromeó Rebeca mientras le tocaba la barriguita a la niña y

 

esta se escondía detrás de las piernas de su padre.

Pizza, al ver jaleo, se levantó de un salto y se enredó entre  las  piernas  de  todos,  y  por  un  rato  los  tres  se estuvieron riendo de la situación.

—Mira, papi... como en la película de 101 dálmatas

—rio la pequeña al verse en aquella tesitura.

Cuando lograron desenredarse y controlar la situación de la niña y la perrita, Paul dijo:

—Esta locuela es mi hija Lorena. Y como podrás ver, es un terremoto, y está en la edad de no parar de preguntar cosas —aclaró con una sonrisa en los labios.

Rebeca asintió y tuvo que sonreír. El momento lo pedía. De pronto anunciaron por megafonía la llegada del tren procedente de Barcelona. Rápidamente y sin pensarlo, al ver la oportunidad de alejarse, dijo:

—Bueno, Paul, encantada de haberte conocido. Por cierto, ¿te compraste la cazadora? —preguntó haciéndole reír.

Paul iba a contestar cuando se empezaron a oír las voces de un hombre llamándola. Era Kevin, que corriendo se acercaba a su hermana. Rebeca, al verle agitó la mano y, tras  mirar  a  Paul  y  a  la  niña,  se  despidió  de  ellos deseándoles  un  feliz  año  nuevo.  Después  corrió  para abrazar a su hermano. Paul la siguió con la miraba, hasta

 

que la niña volvió a atraer su atención al empezar a dar chillidos.  Metros  más  atrás  una  mujer  les  saludaba;  la madre de Paul.

—¿Pero quién es esta niña tan preciosa? —preguntó

Tina, una mujer corpulenta pero con una dulce voz.

—Soy yo, abuelita. Lorena —contestó la cría abrazándola.

Paul, acercándose a su madre, la besó con cariño y le dio el ramo de flores.

—Hola, mamá. Cada día estás más joven y más guapa.

¿Qué tal el viaje? —preguntó mientras cogía las maletas.

Tina miró a su hijo y ambos comenzaron a hablar. Qué orgullosa estaba de él. Había sacado él solo adelante a aquella chiquilla y eso le hacía feliz.

No muy lejos de ellos, Rebeca estaba como loca con la llegada de  su hermano.  Llevaba tres  meses  sin verle,  y quería aprovechar cada segundo de su visita.

—¿Cómo está mi hermanita pequeña? —sonrió Kevin abrazándola.

—Pues como verás, no creo estar nada mal —señaló ella con voz de mujer fatal que les hizo reír a ambos.

Kevin, agachándose para tocar a la perra, que saltaba y ladraba a su alrededor, saludó:

 

—Hola, Pizza. ¿Cómo estás, loca?

Abrazados, se dirigían a la salida de la estación cuando Rebeca oyó que una vocecita la llamaba. Se volvió y era la niña, Lorena. Rápidamente la agarró de la mano.

—Pero cielo, ¿qué haces aquí? ¿Dónde está tu papá? La niña, mirando a Kevin, respondió:

—Está allí con mi abuelita. ¿Quién es este señor? Sorprendidos por el desparpajo de la niña, los hermanos

se miraron y rieron.

—Lorena,   te   presento   a   mi   hermano   Kevin—

respondió Rebeca agachándose.

Con una espectacular y mellada sonrisa, ésta le miró y dijo:

—Hola,   Kevin.   ¿Tú   también   vienes   a   pasar   las

Navidades aquí?

Acercándose a la pequeña, él sonrió y añadió:

—Pues sí, señorita. Vengo a pasar las Navidades con mi hermanita y con Pizza. —Y, acercándose más a la niña, le susurró—: Y bueno también para ver si tengo suerte y este  año  Papá Noel o los Reyes  Magos  me  traen algún regalo.

—Tendrás que haber sido bueno —cuchicheó la niña

 

muy bajito—. Porque si no, ellos no se acordarán de ti. Yo he sido muy buena. ¿Y tú?

En ese  momento,  como  un vendaval  se  acercó  hasta ellos Paul quien, al ver que su hija no estaba junto a él, se había angustiado. Pero se tranquilizó al ver que estaba con Rebeca.

—Lorena —regañó Paul mientras la cogía con fuerza da la mano—. No vuelvas a hacer esto. Nos has dado un gran susto a la abuela y a mí.

—No te enfades, papi. Solo quería decirle adiós a Rebeca y a Pizza —dijo la niña agarrándose al abrigo de Rebeca.

Kevin miró a aquel hombre. Su cara le sonaba ¿pero de qué? Y, agachándose de nuevo junto a la niña, le cuchicheó:

—No tienes que volver a darle un susto así a tu papá. Recuerda lo de ser buena.

Intentando no reír, Rebeca se tapó la boca. Aquel gesto tan natural y aniñado hizo sonreír a Paul.

—Anda... es verdad —cuchicheó la pequeña—. ¿Crees que  se  enfadarán  conmigo  por  esto  y  no  me  traerán regalos?

Paul fue a contestar pero Rebeca se le adelantó.

—No te preocupes, Lorena. Creo que no. Solo venías

 

a darnos un beso a Pizza y a mí. Pero de todas formas, no lo tienes que volver a hacer o estoy segura de que se enfadarán. ¿De acuerdo?

La niña asintió en el momento en que su abuela llegaba.

—¡Lorena!  ¿Estás  bien?  —preguntó  acalorada mientras se fijaba en cómo la niña tenía agarrada a Rebeca

—.  Disculpen.  Este  pequeño  diablillo  nos  ha  asustado. Estaba  hablando  con  mi  hijo  y  de  pronto  desapareció. Menos mal que la encontraron ustedes. Lorena, suelta a la señorita, no molestes.

Rebeca la miró y, ante la atenta mirada de Paul, dijo:

—No se preocupe, no molesta. Soy Rebeca —dijo tendiéndole la mano mientras observaba que unos chicos que pasaban por su lado se paraban a mirarles ¿qué miraban?—. Este es mi hermano Kevin, acaba de llegar en el tren de Barcelona.

—Encantada jovencitos. Mi nombre es Tina. Soy la madre de Paul, y abuela de este trasto.

—La    perrita    se    llama Pizza    —indicó    Lorena encantada.

—Oh, qué nombre tan original —asintió la mujer—. Entonces este joven y yo hemos venido en el mismo tren. Qué pequeño es el mundo, ¿verdad? —rio Tina pensado en

 

lo encantadora que era Rebeca.

Paul y Rebeca se miraron y sonrieron. Aquella frase ya la habían escuchado en menos de una hora dos veces.

—Bueno, nosotros tenemos que irnos —anunció Rebeca—.  Encantada  de  haberla  conocido.  Espero  que pasen  todos   juntos   unas   felices   Navidades.  —Luego, mirando a la niña, se agachó y le dio un beso—. Sé buena y seguro que te traen muchos regalos.

Una vez se hubo levantado, miró a Paul y, sintiendo la boca  seca,  solo   pudo   decir  un  «hasta  pronto»  entre susurros.  Aquel   hombre,  no   sabía  por  qué,  la  ponía nerviosa. Mientras caminaba junto a su hermano hacia el coche, Kevin, con una medio sonrisa, comentó:

—Hummm...¿Tienes algo que contarme? Divertida por lo que decía, sonrió.

—Pero qué dices, tonto. Si tuviera algo que contarte,

¿no crees que ya te lo habría contado?

—Bueno, quizá tengas razón —contestó sin darle importancia.  Pero  mirándola  de  reojo,  se  burló—: Tampoco creo que sea tu tipo. Demasiado guapo. ¡Bah! Olvidémoslo. Vamos  a ver, ¿qué  planes  me tienes preparados para hoy, hermanita?

Entre risas y empujones, como chiquillos fueron bromeando hasta su coche. No muy lejos de aquellos, Tina

 

y su nieta bromeaban y caminaban junto a Paul. Éste, con disimulo  sacó  su  Blackberry  y  apuntó  la  matrícula  del coche de Rebeca. De camino a casa, Tina intentó sacar el tema de la estación. Aquella muchacha le había causado buena sensación. Paul estaba pensativo, y conocía muy bien aquella mirada de su hijo.

Algo trama, pensó Tina complacida.

 

Capítulo 6

 

 

 

Los días junto a Kevin eran diferentes. Su hermano era un muchacho muy divertido y extrovertido. Hablaba con todo el mundo y era vivaz. Rebeca le veía guapo. Era alto, de pelo claro, y ese aire aventurero que a todas las mujeres les solía gustar. No sabía si lo veía así por amor de hermana, pero lo cierto era que Kevin tenía mucho éxito con el sexo femenino. Todas querían hablar con él, y eso en ocasiones le agobiaba.

Ángela insistió para que acudieran a su casa y cenaran con  su  familia  en  fiestas   tan  señaladas.   Pero   ellos declinaron su ofrecimiento. Querían hacer algo diferente. Irían a cenar a una sala de fiestas y disfrutarían después de la fiesta.

La  noche  del  24  de  diciembre,  como  en  muchos hogares,  Papá  Noel  llegó.  Esa  noche,  Rebeca  bajó  a oscuras para dejar los regalos de Kevin y Ángela bajo el árbol de Navidad. Sonrió para sus adentros al ver que su hermano se le había adelantado. Con curiosidad, se sentó en el suelo y cogió el paquete que tenía su nombre y lo tocó. Intentó adivinar qué era por el tacto, pero era imposible. Como una niña pequeña, disfrutó el momento sin darse cuenta de que su hermano estaba sentado en el

 

poyete de la ventana fumándose un cigarro. La miraba divertido. Estaba graciosísima con su pijama de corazones rojos y su melena suelta.

Tiene   el  mismo   pelo   que   mamá ,  pensó   mientras observaba que su hermanita ya era toda una mujer.

—No lo acertarás por mucho que lo toques —le dijo de pronto, sobresaltándola.

—Qué susto me has dado. ¿Cómo es que estás todavía despierto?

—¿Y tú? —preguntó riéndose.

Con gesto aniñado y divertido, ella abrió los ojos y cuchicheó:

—No  sé.  Quizá  estoy  nerviosa  porque  viene  Papá

Noel.

Kevin,  acercándose  a  ella,  se  sentó  en  el  suelo  y preguntó:

—¿Te has portado bien este año? Ya sabes que si has sido mala te pueden castigar, o directamente pasar de ti y no traerte ese fabuloso Ferrari rojo que tanto deseabas.

—Pero qué tonto eres —rio a carcajadas.

Hablaron sobre sus vidas, y a las seis de la mañana, se dieron  permiso  el  uno  al  otro  para  abrir  los  regalos.

 

Primero los abrió Rebeca.

En uno de los paquetes había una preciosa y antigua hada de porcelana, y en otro unos pendientes, una pulsera y un recoge-pelo de nácar. A Rebeca se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Caray...  Kevin.  Gracias  —susurró  emocionada—.

¡Es todo precioso! —dijo mientras se ponía los pendientes

—. Ahora tienes que abrir el mío. Toma, ábrelo.

Kevin lo cogió e imitó los movimientos que ella hizo horas antes. Lo tocó, lo movió. La estaba imitando  muy bien.

—Venga, ábrelo ya, tonto.

Kevin abrió el paquete tan bien envuelto, y dio un fuerte silbido al ver la cazadora.

—Como diría Ángela: ¡Madre del amor hermoso! Esto te ha tenido que costar un riñón y parte del otro. ¡Es preciosa!  —Rápidamente  se  la  probó—.  ¿Qué  tal  me queda?

—¡Genial! Estás guapísimo.

Kevin agachándose, la besó con cariño.

—Gracias, cielo, me encanta. Creo que hemos debido de ser muy buenos los dos este año —rio poniendo voz de niño.

 

Rebeca, divertida, cogió un cojín que había al lado y se lo tiró a la cabeza.

 

Capítulo 7

 

 

 

La  mañana  de  Navidad  en  casa  de  Paul  Stone  era  un verdadero caos. Había montones de regalos bajo el árbol. La mayoría, como era lógico, para Lorena. Cuando la niña se despertó y vio tal cantidad de paquetes, se puso tan nerviosa que salió disparada hacia el cuarto de su padre para llamarle.

—¡Papi... papi! Tienes que levantarte y ver lo que hay debajo del árbol —gritó nerviosa—. ¡Venga, levántate! Seguro que hay alguno para ti. Voy a avisar a la abuelita.

Era un gozo ver a la niña tan contenta.

Paul adoraba a su pequeña, y todo lo que hiciera por ella siempre se le hacía poco. Papá Noel aquel año se había acordado de todo. Y cuando de entre los regalos apareció un perro de peluche, la niña miró a su padre y sentenció:

—Le voy a llamar Pizza, como la perrita de Rebeca.

¿Cuándo vamos a volver a verlas? —le miró esperando respuesta—. A mí me gustó mucho la perrita. ¿Puedo tener yo también un perro de verdad, papi?

Sorprendido por aquello, la miró y respondió antes de besarla en la frente:

 

—De momento, princesa, tienes que conformarte con tu nuevo perrito.

Por la tarde, Paul salió a dar una vuelta con el coche.

La tarde anterior había llamado a un amigo que trabajaba en la DGT. Necesitaba saber la dirección que correspondía a la matrícula de un coche. Se dio un par de vueltas por Majadahonda, hasta que dio con el adosado donde ella, Rebeca, vivía.

Una casita modesta, pero bonita. En el pequeño patio delantero vio un chuchurrío muñeco de nieve. Se imaginó que lo había hecho ella y sonrió. Le apetecía muchísimo verla y conocerla. Pero  no  sabía qué  pretexto  usar  para llamar a su puerta. Al final, tras mucho pensar, decidió regresar a su casa. Se sentía un poco ridículo ante la situación.

Como Rebeca había previsto, Ángela se escandalizó cuando vio los pendientes que le había comprado. Se echó las manos a la cabeza y protestó por el carísimo  regalo hasta  que  se  quedó  sin saliva.  Pero  acto  seguido  se  la comió a besos.

Kevin, que la adoraba también, le había traído un jersey beige  de  angorina que  la mujer  le  agradeció  con achuchones y besos. Ella también les había traído sus regalos:  una  cartera  de  piel  muy  bonita  y  un  juego  de guantes y bufanda para Kevin, y un bolso para Rebeca que sabía que le gustaba. Les llevó parte del pastel que había

 

hecho en su casa y desayunaron los tres juntos entre sus risas y los ladridos de Pizza, que también estrenó su nuevo cazo amarillo.

 

 

 

Los días pasaron y llegó la última noche del año, Nochevieja. Rebeca se puso su vestido nuevo, junto con sus pendientes de nácar y cuando su hermano la vio, dio un gran silbido y bromeó diciendo que esa noche no iba a dejar que bailara con nadie, excepto con él.

A las nueve tenían reserva en una de las grandes salas de fiestas de Madrid. Primero cenarían y luego habría cotillón hasta  altas  horas  de  la  madrugada.  Durante  la  cena  lo pasaron de maravilla. Hacían una pareja muy bien avenida. A las 23:59 las luces se apagaron, la gente empezó a contar hacia atrás y al momento todos se besaban deseándose un feliz año nuevo 2011. Emocionados, se abrazaron, y cuando comenzó la música todos comenzaron a bailar.

Una hora después, agotada por tanta salsa y merengue, Rebeca  se   sentó   durante   unos   instantes   a  descansar mientras disfrutaba de su rico cóctel Cointreaupolitan. Con una sonrisa, miró a su hermano bailar con una rubia que llevaba toda la noche mirándole. Al verla sentada, varios hombres la animaron a bailar, pero ella, con una sonrisa, les rechazó. Necesitaba descansar.

Desde su mesa recorrió con la mirada todo el local. La

 

gente estaba como loca bailando y divirtiéndose. Aunque había para todos los gustos. Gente bailona, gente triste e incluso llorando o borracha perdida. Se fijó en la entrada del local. Entraba un grupo de gente, y de pronto, en medio de ese grupo distinguió a Paul.

Ay, Dios mío, nooooooo. ¿Por qué me lo tengo que cruzar otra vez?, pensó al verle.

Pero sintió curiosidad por ver en qué lugar se sentaba y le siguió disimuladamente con la mirada.

Vale... vale... está lo suficientemente lejos como para que no me vea, caviló sin quitarle ojo.

No podía dejar de mirarle.

Estaba  realmente  guapo  con  su  esmoquin  negro.  Le llamó la atención la morena que había a su lado y que le tocaba con demasiada familiaridad.

Bueno... bueno... ¡Seré idiota! Pues no me estoy poniendo  celosa.  Como  diría  Ángela:  ¡pa  matarme! pensó mientras fruncía el ceño y se metía entre pecho y espalda otra copa de champán. Kevin, al verla con el ceño fruncido, se acercó.

—Rebeca, ¿qué pasa? —preguntó mirando alrededor pero sin reparar en Paul.

Que soy imbécil.

—Oh... nada. Las burbujas, que me están comenzando a atocinar.

 

—¿Quieres que nos vayamos a casa? Ella le miró y haciéndole reír respondió:

—¡Pero qué dices! Irnos ahora con la buena música que están poniendo. Venga, vamos a bailar.

Con gesto divertido Rebeca metió a su hermano entre el barullo de gente. Necesitaba pasarlo bien y especialmente olvidarse de que aquel tipo estaba allí. Bailaron merengue, hip-hop y, sin saber por qué, Rebeca se fue enfadando cada vez más. Cada vez que miraba hacia donde estaba Paul y le veía rodeado de muchachas riendo, o con la morena tocándole el pelo, se ponía enferma. De pronto cambió la música y el  ritmo, y se  dio  paso  al  romanticismo.  Los focos del local se atenuaron propiciando un ambiente más íntimo. Rebeca bailaba entre  los  brazos  de  su hermano. Pero de pronto se sobresaltó al ver demasiado cerca a Paul con la morena, y temió que la fuera a reconocer.

—Kevin, estoy un poco mareada. ¿Te importaría llevarme a casa?

Preocupado por ella, Kevin la sacó de la pista.

—¿Te encuentras mal?

—No, tranquilo —cuchicheó medio escondiéndose—. Toma. Ve a recoger los abrigos, te espero en la salida. Así me da el fresquito de la noche, ¿de acuerdo?

 

Kevin asintió con la cabeza y se dirigió a guardarropía. Rebeca,  con  paso  acelerado,  caminaba  hacia  la  salida cuando  alguien  la  cogió  suavemente  del  brazo;  ella  se volvió y allí estaba él.

Oh... no... oh... no, pensó al tenerle tan cerca.

—Feliz año nuevo, Rebeca —susurró Paul.

La había visto  salir de la pista con su hermano  y no podía creerse que de nuevo tuviera la oportunidad de encontrarla. Por ello, y sin importarle  la chica que dejó sola en la pista, la siguió hasta que la alcanzó. La miraba hipnotizado.  Estaba  preciosa  con  ese  vestido  y  con  el cabello sobre los hombros. Por un momento pasó por su cabeza la idea de  besarla,  pero  prefirió  contenerse.  No sabía cómo podría reaccionar.

—¡Feliz año nuevo, Paul! —dijo tratando de hacerse la sorprendida—. ¿Qué haces tú por aquí? Creía que ibas a pasarlo con tu familia.

—He venido con un grupo de amigos —contestó señalando hacia donde estaban—. ¿Quieres que te los presente? —dijo  devorándola con la mirada—. O mejor. Ven conmigo, te invito a una copa.

Sin soltarla, él se dirigió de nuevo al interior de la sala, pero ella, con un rápido movimiento, se soltó y se separó.

—No, gracias, Paul, ya me iba —contestó mirándole a

 

los ojos—. Llevo aquí desde las nueve de la noche y ya son las seis de la mañana. ¡Estoy agotada! Y lo que más me apetece en este momento es llegar a casa, quitarme los zapatos, que me están matando, y meterme en la cama... Por lo tanto, adiós... me esperan. Me tengo que ir.

Incrédulo por cómo se lo había quitado de encima, la miró. ¿Quién la esperaba? No quería que se marchara. Le apetecía estar con ella y, asiéndola del brazo, sentenció:

—Te  acompaño  hasta la puerta.  —Necesitaba  saber qué tipo, además de su hermano, estaba con ella.

Molesta, le miró y apuntó:

—Paul, no hace falta. Sé cuidarme yo sola. De pronto apareció Kevin con los abrigos.

—¡Paul! —saludó afectuosamente—. ¡Feliz año! Qué coincidencia estar todos en la misma fiesta.

Pero al ver la expresión de su hermana supo que debían desaparecer de allí cuanto antes, así que dijo:

—Pero es una pena. Ya nos vamos. Estamos agotados. Paul, sin darse por vencido, comentó:

—Le estaba pidiendo a Rebeca que os quedaseis cinco minutos. Os invito a una copa.

En ese  momento  la morena se  acercó  por  detrás, le cogió  cariñosamente  por  la cintura y, apoyándose  en el

 

brazo  de  él, sonrió, mimosa. Aquello  no  le  hizo  mucha gracia a Paul, y aún menos al ver la expresión sombría de Rebeca.

—Pues va a ser que no —remarcó Rebeca con frialdad

—. Estamos cansados, y ya que estás tan bien acompañado, te dejamos  en buenas manos. Adiós, Paul. Que lo pases bien.

Sin darle  tiempo  a decir  nada más, Rebeca se dio  la vuelta y salió por la puerta del local. Kevin, incrédulo por cómo se había comportado su hermana, sonrió. Le había recordado  a su madre.  Kevin  se  volvió  hacia  un boquiabierto Paul, que en ese momento le indicaba a la morena que le esperase en la mesa.

—Bueno, Paul, en tres días regreso a Berlín. De todas formas  —dijo  sonriéndole—,  encantado  de  haberte conocido.  Por  cierto,  ¿Papá  Noel  se  acordó  de  traerle cosas a Lorena?

Paul sonrió al pensar en su hija.

—Más de las que necesita —dijo mientras se estrechaban la mano.

Incapaz de marcharse sin obtener una respuesta, Kevin, acercándose a él, le preguntó directamente:

—Una cosa más, Paul. ¿Estás casado o algo por el estilo?

 

—Divorciado —contestó, al entender lo que quería saber.

Tras  retirarse  el  pelo  de  la cara, Kevin sonrió, miró hacia la puerta por donde había desaparecido su hermana, e indicó sin dejar de sonreír:

—Si realmente te gusta, adelante, ve a por ella. Pero como la hagas sufrir, vendré y te daré la mayor paliza que te han dado en tu vida.

Ambos se estrecharon la mano y Paul le vio alejarse mientras en su boca bailaba una sonrisa.

 

Capítulo 8

 

 

 

Las fiestas pasaron y Kevin se marchó con ellas. El trabajo volvió a la normalidad y, con ello, el agotamiento diario. Una mañana muy fría salió con desgana hacia la oficina. Sabía el duro día de trabajo que la esperaba. Con seguridad, el señor Cavanillas convocaría una reunión sorpresa. La crisis  y su reducción de  personal. Aquello  era un tema sobre  el que  no  había querido  pensar  durante  las vacaciones.

Le dolía pensar en lo poco humana que se volvía la gente cuando escalaba niveles en la empresa. Recordaba cuando ella comenzó como recepcionista. Era duro trabajar diez horas  al  día,  y  por  la  noche  estudiar  en  casa  en  la universidad a distancia. Con el tiempo, ascendió a auxiliar y, cuando por fin terminó la carrera de Derecho, se sintió la mujer más feliz del mundo. ¡Era abogada!

Lo malo era trabajar con un jefe como Cavanillas. Un hombre sin escrúpulos y a quien no le hizo gracia que fuera una mujer y no un hombre uno de los nuevos abogados de la empresa. Siempre la miraba como si por ser mujer fuera inferior. ¡Machista! De hecho, intentaba darle los trabajos menos importantes, mientras que a Richard, otro abogado, le trataba con todos los honores.

 

Sabía que por la oficina se comentaba lo mucho que le gustaba a Cavanillas hacerla de menos. Al principio, la mayoría de  los  trabajadores  la miraban con pena.  Pero, poco a poco, todos se habían dado cuenta de que ella era paciente y lista. Solamente tenía que esperar a que llegara su oportunidad. El tal Richard era un hombre insoportable, medio tonto, pero que se creía alguien desde que le habían ascendido. Muchas veces, mientras ella se quedaba en la oficina comiendo un sándwich, veía cómo Cavanillas salía con Richard para comer. ¡Comidas de negocios!, decían ellos. Ella ya se había acostumbrado a ese tipo de indiferencia, y se lo tomaba con humor.

Aquella mañana fría llegó antes que Belén, su secretaria. Se sentó en su mesa y se vio envuelta en montones de papeles. A las ocho y media llegó Belén, que se emocionó al encontrar encima de su mesa un regalo de parte de su jefa.

La mañana transcurrió con normalidad hasta que entró

Belén hecha un manojo de nervios.

—Rebeca,   tienes   que   ir   al   despacho   del   señor

Peterson urgentemente.

—¿Qué pasa? —preguntó extrañada mientras se levantaba y se dirigía hacia ella.

—No lo sé. Pero creo que es algo relacionado con el

 

viaje que tenían que hacer Peterson, Cavanillas y Richard a la convención anual de París. Al parecer, Richard no tiene las estadísticas  de este último año y Cavanillas está que arde. Peterson las está pidiendo desde hace una semana.

Eso  significaba  problemas  incluso  para  ella. Rápidamente se dirigió a su mesa y sacó una carpeta con varios CD. Allí tenía las estadísticas de los cuatro últimos años. Algo que no le había resultado nada fácil conseguir. Según  el  señor  Cavanillas,  aquello  no  era  de  su incumbencia. Siguió mirando y recordó que ella había ido preparando una estadística del último año. De pronto, allí estaba lo que buscaba.

Levantó la mirada y fijó la vista en Belén. Tendiéndole el CD, y con voz temblorosa pero decidida, susurró:

—Diles que en diez minutos estoy allí. Sácame varias copias de lo que hay en este CD. Rápido.

Belén salió del despacho dejando a Rebeca sumida en un mar de dudas. No sabía si estaba bien lo que iba a hacer, pero se daba cuenta de que era el momento que llevaba tiempo esperando. Apartó los papeles que tenía en la mesa dejándolos a un lado, y, por un momento, miró la foto de su madre. Contemplarla le daba fuerzas. Un minuto después entró  una  nerviosa  Belén  con  las  copias  que  le  había pedido. Las repasó durante unos segundos comprobando las estadísticas de los últimos años junto con las del presente.

Menos mal que soy ordenada y me gusta llevarlo todo

 

al día, pensó al imaginar que aquello acabaría en la mesa del jefazo Peterson.

Tomó aire y, ante la atenta mirada de Belén, murmuró todo lo tranquila que pudo:

—Llama a Susana, y dile que voy hacia allí.

Belén salió disparada y cuando Rebeca se dirigía hacia el  despacho  del  jefe, Belén la llamó.  Rebeca se  volvió hacia ella.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó con el corazón a mil. Su secretaria se acercó y, le dio un cariñoso apretón en

el hombro.

—Solo era para decirte que están todos los jefazos —

susurró.

Ay, Dios mío, pensó mientras el estómago le crujía.

Por  un  momento,  deseó  no  haberse  levantado  de  la cama. Ella no era responsable  de lo que estaba pasando, pero intuía que Cavanillas trataría de perjudicarla.

—De acuerdo. Espérame aquí por si te tengo que llamarte para algo, ¿de acuerdo?

—Aquí estaré —contestó cogiéndole las manos para infundirle ánimos—. Y piensa: eres la mejor. La más lista y la más profesional. Machaca a ese imbécil de Richard.

 

—Gracias, Belén —sonrió.

Mientras subía en el ascensor a la planta presidencial, notó que las rodillas le temblaban.

Ains...   madre,   qué   tensión ,   pensó   agarrada   a   la barandilla.

Cuando  se  abrieron  las  puertas  del  ascensor  vio  a Susana, una antigua compañera de sus principios en la empresa. Una chica muy guapa que había ascendido gracias a lo bien que se lo montaba entre las sábanas. Era la secretaria del jefazo, Peterson.

—Señorita Rojo —saludó con profesionalidad—. La están esperando en la sala de reuniones. Sígame, si es tan amable.

Mientras  se  dirigían  hacia la sala,  Rebeca  empezó  a sentir  náuseas.  Tenía  que  controlarse.  Cuando  llegaron frente a la puerta de la sala, y antes de abrirla, Susana se acercó a ella y, muy bajito, cuchicheó:

—A por ellos, que tú puedes.

Aquello le renovó las fuerzas. Tras asentir y sonreír, Susana tocó la puerta con los nudillos; luego la abrió.

—Señorita Rojo, pase y siéntese —saludó  Peterson con amabilidad.

—Gracias,   señor   Peterson   —sonrió    agradecida,

 

aunque al punto del infarto.

Luego, mirando al resto de los hombres, dijo:

—Buenos días, señores.

Acto  seguido  Cromwell,  uno  de  los  consejeros,  se dirigió  a  ella,  le  indicó  que  estaba  encantado  de  que personas  del  sexo  opuesto  y tan jóvenes  comenzaran  a formar  parte  de  los  puestos  de  responsabilidad  de  la empresa. Tras aquello, le preguntaron por sus estudios, y poco después comenzaron a hablar del tema que les preocupaba: las estadísticas.

—Creo que hace una semana más o menos —señaló Peterson mirando a Cavanillas, Richard y Rebeca—, les pedimos las estadísticas que todos los años llevamos a la convención de París.

Cavanillas estaba inquieto en su sillón y no paraba de moverse. Miraba fijamente a Richard, quien a su vez intentaba evitarle con la mirada. El responsable de las estadísticas era él. Solo él.

A Rebeca le sudaban las manos. Había un silencio incómodo y se esperaba que alguien comenzara a hablar. Se le comenzó a resecar la boca. Necesitaba un trago de agua. Miró y vio que había varias botellitas de agua y vasos en una bandeja. Estiró la mano para coger una botella y un vaso, y se sirvió agua.

Se  percató,  por  el  rabillo  del  ojo,  que  Cavanillas  la

 

miraba, pero también se dio cuenta que aquel, delante de Peterson, no la trataba tan despectivamente como a solas o delante  de  los  otros  empleados.  Esa  era  una  baza  que Rebeca tenía a su favor. Cuando hubo bebido agua, miró los papeles que estaban encima de la mesa, y dijo:

—Yo... me he permitido traer unas estadísticas que he ido  confeccionando  a  nivel  particular  en  estos  últimos años. La de este año aún no la he evaluado... pero creo que les puede servir como referencia.

Se levantó y dio una copia a cada uno de ellos sin excepción. Echaron una rápida ojeada a los papeles que ella les entregó, y al cabo de unos minutos, que le parecieron una eternidad, Peterson la miró y la preguntó:

—Señorita,  ¿le  apetecería  venir  con  algunos consejeros y conmigo a la convención de París?

¡Sí... sí... sí! quiso gritar Rebeca, pero no lo hizo.

No  lo  podía  creer;  el  jefazo  se  lo  estaba  pidiendo. Llevaba años anhelando  ir, y allí estaban, pidiéndole  que fuera con ellos en calidad de abogado.

—Claro está —siguió hablando Peterson—, tiene tres semanas para sacar las estadísticas definitivas. También nos interesaría tener un posible proyecto sobre las ventas a alcanzar el año que viene.

—Un   momento   —habló   Cavanillas   mientras   se

 

levantaba—. Creo haber entendido que irán a París usted, los  consejeros  y la señorita Rojo.  ¿Solamente  ustedes?

¿Por  qué  me  excluyen?  Nunca  le  he  fallado  en  los veinticinco años que llevo trabajando con usted en la empresa. No creo que esto sea un pago acertado a mis servicios prestados.

Todos le miraron directamente y Rebeca tragó saliva.

—Querido  Cavanillas...  —sonrió  el  jefazo—,  tengo que  disculparme.  En ningún momento  he  intentado excluirte del grupo. Siento que me entendieras mal. Simplemente hablaba con la señorita Rojo y creí oportuno invitarla  a  que   nos   acompañase,   pero   sin  ánimo   de ofenderte, querido amigo. Damos por hecho tu asistencia, que  para  nosotros   es  valiosísima.  Pero   al  igual  que contamos   contigo,   también   tengo   que   decir   —miró fijamente a Richard— que en este viaje no contaremos con su presencia, Richard. Creo que sobra decir que sabemos que, para Cavanillas, usted es un número uno. Pero para ser un número uno en una empresa competitiva como esta, hay que demostrarlo día a día, y más cuando se trabaja al nivel que se trabaja aquí. Le hemos dado un cargo de responsabilidad, y creo que puedo y debo decirle que nos ha decepcionado. No solamente por no tener preparadas las estadísticas anuales de ese año, también por los múltiples escándalos de faldas con los que se le relaciona. Quiero decirle que sus escarceos amorosos no nos interesan. Pero

 

en interés de nuestra empresa, no nos beneficia que le relacionen a usted con las empresas Owlson. Por lo tanto, y sintiéndolo   mucho,  tenemos   que  comunicarle   que  su contrato   quedará  rescindido   a  partir  del  día  uno  del próximo mes.

Boquiabierto, Richard miró a Cavanillas para pedirle ayuda. Pero este desvió la mirada hacia otro lugar. Sabía que tenían razón, pero nunca imaginó que Cavanillas, al que consideraba un colega, fuera a reaccionar así. Conocía muchas cosas que podrían perjudicarle sacándolas a la luz en el momento que él quisiera. Le estaban despidiendo, y Richard, incrédulo, veía cómo aquel no hacía nada por ayudarle. Pero no, no estaba dispuesto a irse así, sin más. Ese viejo zorro se las iba a pagar.

De pronto Richard se levantó y se dirigió hacia los grandes ventanales. Se estiró la chaqueta de su caro traje y volviéndose hacia ellos con aire aparentemente tranquilo, dijo:

—Muy bien. Me echan. —Y mirando a Cavanillas, gritó—:  ¡¿No  vas  a  decir  nada?!  Te  vas  a  quedar  tan tranquilo mientras mi futuro se va al garete. Pensé que eras mi amigo, además de mi jefe.

Cavanillas le clavó una dura y fría mirada y contestó:

—Richard,  sabes  que  últimamente  te  he  advertido varias  veces  respecto  a  tus  salidas  nocturnas.  Te  había

 

dicho  que  fueras  más  discreto  porque  esto  podía pasar. Sabes que nos habían pedido las estadísticas y tú eras el responsable  de  ellas. Pero  últimamente  estás  fallando  y aquí solo queremos los mejores y...

—¿Y qué, viejo zorro? —interrumpió Richard, fuera de  sí—.  Quiero  que  sepas  que  si  yo  caigo,  caerás  tú también. —Mirando a Rebeca, se dirigió a ella enfurecido

—: Mira, preciosa, yo ya no tengo nada que perder, pero ten cuidado. Nunca te fíes de un superior que te trate como a un igual, ese ha sido mi fallo. No lo cometas tú.

Con la poca dignidad que le quedaba, se dirigió hacia la puerta y cuando llegó hasta ella se volvió y aclaró:

—Recogeré  mis  cosas  hoy  mismo.  No  estoy dispuesto a ser el hazmerreír de esta empresa. Pónganse en contacto con el departamento de personal para que vayan preparando mi liquidación, y que sepan que no estoy dispuesto  a  aceptar  cualquier  miseria.  Espero  que lleguemos a un buen acuerdo económico, si no quieren que me querelle contra ustedes. Buenos días.

Se dio la vuelta y, dando un portazo, se marchó. Rebeca, horrorizada por lo sucedido, no entendía nada. Peterson y los consejeros miraron a Cavanillas, esperando a que este aclarara ciertas cosas que había dicho Richard.

—¡A esta  rata  la voy  a hundir!  —voceó  Cavanillas

 

levantándose  indignado—.  No  va  a  volver  a  encontrar trabajo nunca. —Luego, mirando a Peterson, dijo—: Respecto a lo que dice de querellarse, no tenemos que preocuparnos  de  las  posibles  injurias  que  ese  individuo pueda  decir  de  nosotros.  Tengo  ciertas  informaciones sobre ese cabrón que le podrán callar la boca. Más le vale no crear problemas.

Pasados los primeros minutos de tensión, Peterson se dirigió  a  Rebeca  para  darle  instrucciones  del  viaje.  Le indicó que la querían más cerca de ellos. Pronto empezaría la mudanza para ella a la planta presidencial.

El jefazo le preguntó si quería cambiar de secretaria o prefería quedarse con la que tenía. Ella, sin dudarlo, afirmó que Belén era la mejor secretaria que podía tener. Aclarada la situación, Peterson llamó por el interfono a Susana, su secretaria, quien segundos después entró en la estancia y tomó notas de lo que su jefe le indicaba sobre los nuevos cambios  en  cuanto  a  la  Asesoría  Jurídica.  Tras  haber apuntado todo, Susana se dirigió a la salida y, cuando pasó al lado de Rebeca, le guiñó un ojo con complicidad.

—Rebeca, ¿puedo tutearla? —preguntó Peterson mientras se levantaban. Ella asintió—. Creo que en unas semanas, una vez finalizadas las obras, tú y tu secretaria podréis acomodaros ya en los nuevos despachos.

—Muchas  gracias, señor Peterson —asintió  aún sin

 

creer lo que había pasado.

El jefazo abrió las puertas de la sala y la invitó a salir mientras decía:

—Me imagino que ya sabías que habría una nueva reestructuración en esta planta para poder ubicaros.

Rebeca se encogió de hombros mientras por el rabillo del ojo miraba a Cavanillas, que seguía discutiendo con Cromwell, uno de los consejeros.

—Ven  —invitó  Peterson—.  Vamos  a  ver  los despachos. Aunque, lógicamente, querida, están aún sin terminar.

Se dirigieron hacia una parte de la planta que hasta entonces había estado cerrada. Rebeca no podía creer lo que veían sus ojos. Allí estaba el despacho que ella siempre había anhelado: grandes ventanales y amplio espacio para habitar. Nada que ver con la pecera en la que hasta el momento había trabajado.

A través de uno de los ventanales se veía la Puerta de Alcalá. Por un instante notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero en ese momento intervino Peterson.

—Tenemos   que   encontrar   más   personal   para   la Asesoría.  Habrá  que  buscar  dos  abogados  más  y  por supuesto dos secretarias. Mientras los seleccionamos, la obra  habrá  llegado  a  término.  Pero  ellos  no  estarán

 

ubicados hasta que no volvamos del viaje a París. Este — comentó indicándole uno de los despachos— es tu futuro despacho,  Rebeca.  ¿Qué   te   parece?  Creo   que   en  el momento   en  que   pongas   tu  toque   femenino   quedará perfecto, ¿no crees?

—¿Este será mi despacho? —preguntó sin creérselo

—. Pero si es el más grande.

—¡Claro que sí! —asintió él con naturalidad—. Tienes que dar buena imagen cuando hagas las entrevistas y la selección de tus futuros ayudantes en la empresa.

—¡¿Qué?! —exclamó en un hilillo de voz sin entender

—. Pero el señor Cavanillas... Él es el encargado de las entrevistas para acceder a este departamento. ¿Qué va a decir? —preguntó horrorizada—. Yo... yo no sé si estaré al nivel de poder decidir quién es mejor que otros. Yo...

Peterson, consciente de los miedos de aquella joven, le interrumpió con una sonrisa.

—Rebeca, quiero gente nueva. Gente emprendedora y que sepa aprovechar la oportunidad que le vamos a ofrecer. Estamos  pasando  un  momento  de  crisis  mundial,  y  no quiero   que   eso   afecte   a  mi   empresa.   En  definitiva, buscamos un buen equipo, y quiero que seas tú quien cree ese equipo.

Las manos le sudaban como nunca.

 

—Yo... me siento muy honrada y...

—Mira, Rebeca, te confesaré algo. En este último año, aunque tú no lo supieras, te he estado observando. Sé la cantidad exacta de veces que Richard te ha pedido ayuda, y tú le has ayudado desinteresadamente. Tengo buenos informadores. —La miró sonriendo—. Tampoco creas que no he notado el poco interés que Cavanillas ha mostrado hacia tu trabajo por tu condición de ser del sexo femenino. En la reunión dije que Cavanillas consideraba a Richard un número uno, pero creo que ese calificativo te corresponde a  ti. Solo quiero, y necesito, que respondas  como  hasta ahora. La única diferencia que habrá entre antes y ahora es un ascenso en tu carrera. La oferta que te estoy haciendo es interesante para ti y tu futuro, y no creo que seas tonta y vayas a desaprovechar esta oportunidad. —Ambos sonrieron—. En lo que se refiere a Cavanillas, no te preocupes. Ahora tengo una reunión con él y le ofreceré un puesto que lleva tiempo ambicionando en Barcelona. Por supuesto,  dentro  del  departamento  Jurídico.  —Mirando hacia atrás, Peterson vio que los otros se acercaban y cuchicheó en confianza—: Todo depende de ti. Si eres la persona que creo que eres, aceptarás este reto. Si necesitas hablar  algo  más  con  respecto  al  tema,  solo  tienes  que ponerte  en contacto  con Susana  y te  dirá dónde encontrarme. Espero tu contestación de todo lo que te he

 

expuesto  después del viaje a París —dijo tendiéndole  la mano para despedirse de ella.

Dándose la vuelta, el jefazo se dirigió hacia Cavanillas y Cromwell. Estos se despidieron de ella y se encaminaron hacia el ascensor charlando, mientras ella se quedaba sola y sumida en un mar  de  dudas. Volvió  a dirigirse  hacia su futuro  despacho. Pasó  por encima de unos tablones  que había en el suelo y, mirando la Puerta de Alcalá, pensó que esta era su oportunidad; lo que llevaba tiempo esperando. Poco a poco sus pulsaciones se normalizaron y comenzó a sentir  ganas  de  bailar.  Casi  no  se  lo  podía  creer  y  se pellizcó para ver si estaba soñando.

En ese  momento  se  acordó  de  Belén,  y sintió  unos deseos enormes de contárselo. Se dirigió hacia el ascensor y, mientras esperaba, miró a ver si alguien podía verla en ese momento; cuando se cercioró de que no había nadie, dio un chillido de alegría y saltó. Las puertas del ascensor se abrieron y, muerta de risa, se metió corriendo en él. Cuando llegó a su planta, allí estaba esperándola Belén, que rápidamente se levantó de su mesa al verla. Rebeca, muy seria, pasó por su lado y le dijo que entrara en su pecera. Esta, rápidamente, cogió un cuaderno y un bolígrafo y la siguió.

—Bueno, Belén —dijo sentándose—, no sé cómo decirte esto pero... ¿Qué te has traído de comida hoy?

Con los nervios de punta y sin entender nada respondió:

 

—Dos sándwich de jamón y queso. ¿Tienes hambre?

¿Quieres uno?

—No...  —respondió  Rebeca  mientras  empezaba  a tener un ataque de risa.

—¿Qué pasa? Cuéntame —rogó Belén—. He visto a

Richard salir hecho una furia.

Pero Rebeca no podía parar de reír. Y su secretaria no sabía qué pensar.

—¡Por  Dios,  Rebeca,  me  estás  asustando!  No  nos habrán despedido, ¿verdad? Ay, Dios... que tengo que pagar la hipoteca. ¿Se puede saber qué es lo que ha pasado?

Rebeca levantándose, aún muerta de risa, cogió el bolso y el abrigo y dijo:

—Vámonos. Te invito a comer en el Vip´s. Tengo que contarte muchas cosas, y te aseguro que te van a gustar.

De camino al ascensor, de pronto Belén se paró en seco y, dando un grito, se abrazó a su jefa. Los que andaban por la   planta   las   miraron,   pero   a   ellas   les   daba   igual. Comenzaban el año bien y con un prometedor futuro por delante.

Al día siguiente todos entendieron la alegría de las dos muchachas,  aunque,  como  siempre,  hubo  quienes envidiaron su suerte.

 

 

 

Capítulo 9

 

 

 

A partir de ese ascenso los días para Rebeca empezaban muy temprano y terminaban, la mayoría de las veces, demasiado tarde. Su vida dio un giro de ciento ochenta grados. Tenía que terminar las estadísticas, ultimar los preparativos del viaje a París, estaba pendiente de la finalización de las obras en los despachos, y sabía que en cuanto regresara del viaje tendría que encargarse de la contratación de los nuevos abogados. No tenía tiempo para nada más, casi ni para Pizza.

En las escasas ocasiones que se relajaba en su casa, por su mente se cruzaba aquel hombre, Paul. Cerraba los ojos y le veía con aquel traje negro en la fiesta, pero inmediatamente  en sus  divagaciones  irrumpía la morena que se había acercado a él. Cada vez que lo recordaba, se regañaba. No debía pensar en él. Seguramente no volvería a verle en su vida. Lo que ella no sabía era que aquel hombre que ocupaba ocasionalmente sus pensamientos, a menudo la veía regresar a su casa por las noches. La esperaba dentro del coche, con la intención de reunir valor para acercarse a ella, pero ese valor se esfumaba en cuanto la veía aparecer.

Pasaron las semanas y con ellas el viaje a París, que fue todo un éxito. Un sábado, cuando se dirigía a casa de su

 

amiga Carla, decidió pasar a una tienda infantil para comprarle  algo  a  Noelia,  la  hija  de  Carla.  Ella  era  la madrina de la pequeña. Una preciosa niña pelirroja de once meses, nacida de la relación entre Carla y Alfonso.

Entró en la tienda decidida a comprarle una preciosa camiseta  de  gatitos  que  había  visto  en el  escaparate  y, cuando se dirigía a la caja para pagarlo, vio unos muñecos graciosísimos.   Estaba   agachada   mirándolos   de   cerca cuando oyó una voz familiar; se volvió y vio a Lorena, la hija de Paul, con una chica de su edad más o menos.

¡Increíble!

Cuando se cercioró de que no estaba su padre con ella, se acercó para saludarla.

—Pero bueno, ¡mira quién está aquí! —dijo agachándose a su lado.

La niña, al verla, y sobre todo al reconocerla, sonrió y la abrazó con fuerza.

—¡Rebeca! —gritó encantada. Y mirando a los lados, preguntó—: ¿Dónde está Pizza?

—En casa, cielo. Ella no puede entrar en las tiendas, es muy juguetona y lo tiraría todo. ¿Qué tal estás, preciosa?

—Yo bien, pero... ¿por qué no vienes nunca a casa? — preguntó arrugando el entrecejo—. Papi me dijo que como tenías mucho trabajo no podías venir. Pero yo quiero que

 

vengas y traigas a Pizza.

Rebeca sonrió nerviosa ante las cuestiones que le planteaba aquella pequeña, y para cambiar de tema le preguntó:

—¿Dónde está tu abuelita, cariño? Por cierto, ¿se acordó Papá Noel de ti?

—Oh  sí...  —asintió  la  cría  abriendo desmesuradamente los ojos—. Me trajo muchas cosas, incluso un perrito de peluche que se llama Pizza.

—Vaya... ¡eso es genial! —rio Rebeca.

—También me trajo la Barbie mechones de moda, la casa rosa de Barbie, incluso una moto de verdad para mí — añadió orgullosa—. Pero ha dicho papi que es para cuando vayamos a la casa del campo. ¿Y a ti qué te trajeron?

Con gesto desenfadado Rebeca sonrió y respondió:

—Pues un hada preciosa, un bolso, unos pendientes y cositas que necesitaba.

—A mi papi también le trajeron cosas. Mi abuelita le pidió que le trajeran una corbata, una camisa y unos libros, pero deben de ser muy aburridos.

—Aburridos... ¿por qué? —sonrió Rebeca.

 

—Por la noche, papi se pone a leer, pero yo veo que no mira hacia donde están las letras. Además, siempre está en la página que pone un cinco y un ocho. Yo creo que es un libro muuuuuy aburrido.

Rebeca soltó una carcajada. Esa cría y su manera de explicarse era genial.

—Pero yo le regalé una cosa que sí le gustó. ¿Sabes lo que es? —divertida, Rebeca negó con la cabeza—. Es un muñeco que hice en el cole. Lo hemos puesto en la entrada de casa, y sirve para colgar las llaves del coche. Cuando se lo di, me dijo que era su regalo preferido.

—Pues claro que sí, cariño, no lo dudes —dijo una voz profunda detrás de ellas.

Paul  llevaba  rato  observándolas.  Estaba  comprándole ropa a Lorena cuando se dio cuenta de que se había dejado la cartera en la guantera del coche. Pidió a una de las dependientas que cuidara un momento de la niña mientras se acercaba al coche, y cuando volvió a la tienda no daba crédito a lo que sus ojos veían.

¡Allí estaba ella!

Tan preciosa como todas las veces que la había visto. Vestida   con  unos   vaqueros,   una  cazadora   azul,   unas deportivas blancas, y el pelo recogido en una coleta alta. Era  una  belleza  natural.  Aunque  tenía  la  mirada  algo

 

apagada. Se la veía cansada.

Al escuchar aquella voz, a Rebeca se le puso la piel de gallina, y pensó vaya por Dios.

—¡Papi!  —gritó  la  niña  encantada—.  Me  he encontrado a Rebeca, pero no está Pizza.

Ella se incorporó como pudo y, levantando la mano a modo de saludo, intentó sonreír. No sabía por qué, pero aquel hombre la ponía nerviosa. Demasiado nerviosa.

—Hola,   Rebeca   —saludó   éste   con   una  radiante sonrisa, y volviéndose hacia la señorita que cuidaba a su hija,  dijo  entregándole  la  tarjeta  de  crédito—:  Muchas gracias  por  cuidar  de  ella. Ha sido  muy amable.  Tome, cargue en mi cuenta las compras.

—¿Para quién es ese muñeco? —preguntó la niña señalando hacia la mano de ella—. Yo tengo uno casi, casi igual que ese, pero el mío tiene el pelo azul.

—Es para mi ahijada Noelia; y esta ropita también. ¿Te gusta?

—Sí. ¿Dónde está Noelia? —volvió a preguntar la incombustible pequeña.

—Cielo...   creo   que   ya  vale   de   preguntas.   Estás mareando a Rebeca —susurró él mientras andaban hacia la

 

caja para pagar lo que ambos habían comprado.

Al oír aquello, ella suspiró y, con una sonrisa, indicó:

—No te preocupes. Es una niña y se comporta como tal.

Tras pagar, salieron de la tienda. Rebeca se volvió hacia

Paul dispuesta a despedirse.

—Bueno, os tengo que dejar. Voy a casa de una amiga. Pero la niña no estaba dispuesta a dejarla marchar. Algo

que su padre le agradeció en silencio.

—¡Jooooo...! Pero  ahora no  te  puedes  ir. Íbamos  a tomar una riquísima hamburguesa. ¿Por qué no te vienes con nosotros? ¿Te gustan las hamburguesas? —Pero no le dio  tiempo  a  contestar—.  No  importa  si  no  te  gustan, puedes  tomar  otra cosa.  ¿Verdad,  papi? ¿Verdad  que  se tiene que venir con nosotros a comer algo? —suplicó la niña.

Rebeca se encontró con los ojos de Paul clavados en ella y pensó ¿Por qué no?

—Está  bien.  Me  has  convencido.  ¿Dónde  nos comemos esa riquísima hamburguesa? Pero solo puedo quedarme un ratito —consultó el reloj—. He quedado con mi amiga en su casa.

Al oír eso Paul quiso saltar de alegría, pero se contuvo. Los tres se dirigieron hacia una pequeña hamburguesería.

 

La niña iba saltando delante de ellos, mientras que éstos la miraban y sonreían.

—Ya he oído que has tenido varios regalos —dijo él para romper el hielo—. ¿Qué tal tu hermano? ¿Se fue ya?

—Sí —suspiró—. Es una pena. Solo nos vemos tres o cuatro días cada dos o tres meses, aunque no me puedo quejar. A Donna, mi hermana, llevo sin verla dos años.

—¿En serio? —exclamó Paul—. ¿Pero dónde vive tu hermana?

—En Chicago. Vive allí desde hace unos cinco años — dijo encogiéndose de hombros mientras observaba que un chico sorprendido les miraba—. Se fue a pasar unas vacaciones a Sevilla. Conoció a Miguel. Se casaron. A Miguel le salió un trabajo en Chicago, y ahora viven allí junto a mi sobrina María. Al otro lado del charco.

Divertido, en tono de broma le indicó:

—Ahora me dirás que tus padres viven en Tokio.

Nada más decir aquello, Paul vio que había metido la pata.

—Bueno... ellos murieron.

Deteniéndose en medio de la acera, la cogió del brazo y le susurró:

 

—Lo siento, Rebeca. Me siento como un verdadero tonto por haber dicho algo tan inapropiado.

—No te preocupes, no pasa nada. Todos tenemos recuerdos, alegres y tristes.

Él asintió.

—Desgraciadamente, sí, tienes razón, pero vuelvo a pedirte perdón.

Rebeca, para quitarle hierro al asunto, sonrió.

—De verdad, no pasa nada. —Y mirando a Lorena, que le hacía señales desde la puerta de la hamburguesería, comentó—:  Me  parece  que  ya hemos  llegado.  Es  aquí,

¿verdad?

Entraron y pidieron unas hamburguesas con patatas. Rebeca confirmó lo dicho anteriormente por ellos: esas

hamburguesas estaban riquísimas. Pero también fue consciente  de  que  la gente  les  miraba.  En especial  los chicos jóvenes ¿qué ocurría? La pequeña tras acabar su hamburguesa,  que  devoró,  corrió  a  la  zona  de  juego, mientras ellos hablaban. Durante ese rato, Paul supo que la fallecida  madre  de  Rebeca  era  americana,  de  Kansas, aunque su padre era de Madrid. Él le comentó que su padre era de Illinois y su madre inglesa, aunque residía en Barcelona.

Un  buen  rato  después,  ella  consultó  su  reloj  y  se

 

sorprendió al darse cuenta de que habían pasado dos horas. Tenía  que  marcharse,  Carla  la  estaría  esperando.  Con pereza, se levantó de la silla para marcharse, pero Paul rápidamente se ofreció para acercarla hasta la casa de su amiga.

En un principio Rebeca desechó la idea. Pero ante la insistencia de Lorena y Paul, se rindió. Montaron en el coche y le indicó el camino.

Durante el trayecto, Lorena no paró de hablar hasta que por fin llegaron frente a la casa de Carla. Rebeca, se volvió hacia el asiento trasero donde iba la pequeña y, dándole un beso, se despidió de ella prometiéndole que volverían a verse. Mintió. Cuando llegó el momento de despedirse de Paul, se sorprendió al ver que él se bajaba del coche y la acompañaba hasta el portal.

—Quisiera pedirte algo —dijo asiéndola suavemente del brazo—. Ya que ambos tenemos padres americanos, o

«guiris», como se dice en España, y creo que hemos estado muy a gusto charlando —ambos sonrieron— ...¿cenas conmigo mañana por la noche?

Ay... que no. Que no me convienes... que no

—¿Mañana...? —murmuró despacio—. Lo siento pero mañana tengo mucho trabajo.

—¿Pasado mañana? —insistió Paul.

 

—Uf... imposible —rechazó de nuevo sin pensárselo dos veces.

Agachando la mirada, él no se dio por vencido y, con una pícara sonrisa, cuchicheó:

—¿No cambiarías de opinión si te prometo algo mejor que una triste hamburguesa?

Por favorrrrrrrrrrr... no voy a poder contenerme más,

¡es irresistible! pensó, pero contestó:

—No, gracias.

Paul, incrédulo ante aquellas negativas, se apoyó en la puerta, se acercó más a ella y volvió preguntar:

—¿Por qué lo haces? ¿Por qué no quieres cenar conmigo?

Porque  no  eres  recomendable  para  mí.  Los  tipos como tú siempre me han dado problemas y acaban decepcionándome, pero balbuceó:

—No te entiendo, Paul.

—Estás a la defensiva en todo momento. Solo te estoy pidiendo  que  cenes  conmigo,  nada  más.  No  te  estoy pidiendo  que te acuestes  conmigo  ni nada por el estilo. Solo una cena.

Uf...  qué  calor...  qué  calorrrrrrrrrrrrrrr   pensó  al

 

escuchar aquello e imaginarlo. Pero no. Ella era una buena chica y las buenas chicas no pensaban en esas cosas... ¿o sí?

Paul le clavó su mirada inquietante. Lo que más le apetecía era conocer a fondo a esa mujer, y saber por qué huía en todo momento. Algo en él le indicaba que debía ir despacio. Más despacio de a lo que él estaba acostumbrado. Aquella joven nada tenía que ver con las mujeres vacías y ambiciosas con las que se había topado hasta ahora.

—Vamos a ver, Paul —resopló ella—. En estos momentos  no  estoy  preparada  para  salir  con nadie.  No quiero  atosigamientos.  No  me  apetece  complicarme  la vida, ¿entiendes eso?

Él sonrió al escucharla.

—De acuerdo, Rebeca. Siento que te hayas sentido atosigada. —Y, llevándose las manos a la cabeza, exclamó

—: ¿Te has dado cuenta de la cantidad de veces que me he disculpado hoy contigo?

Ella asintió y sonrió, y él, buscando las palabras más adecuadas, concluyó:

—Solo quiero que seamos amigos. Si te prometo que no te seduciré y que me comportaré como un caballero,

¿me aceptarás la cena... amiga?

A Rebeca se le derritieron los muros de hielo en aquel instante. Aquel tipo era verdaderamente encantador y, tras

 

pensárselo unos segundos, respondió:

—Eres imposible, ¿lo sabías? —Él asintió con una sonrisa—. Está bien. Cenaré contigo. Pero pagamos a medias, ¿de acuerdo?

Paul sonrió  pero no dijo nada. Había conseguido  una cita con ella.

—Pasaré mañana sobre las seis por tu casa —dijo mientras  se dirigía de nuevo  al coche, donde  Lorena se había quedado dormida.

Apoyada en el portal  y con el corazón a mil revoluciones, Rebeca suspiró y dijo:

—Vivo en Majadahonda, la dirección es...

—Ya la sé —cortó Paul desde el coche.

Anonadada por aquello, puso los brazos en jarras y preguntó:

—Pero bueno, ¿cómo la sabes?

No contestó. Se limitó a sonreír mientras abría la puerta del coche y se marchaba.

 

Capítulo 10

 

 

 

Seré tonta. ¿Por qué he tenido que decir que sí? Si es que soy masoquista. Sé que ese tío me va a traer problemas, y yo, ZAS... quedo con él, se regañaba Rebeca mientras subía por las escaleras hasta la casa de Carla. Una vez delante, llamó a la puerta. No abrieron. Volvió a llamar repetidas veces pero nadie contestó.

Bajaré al parque. Seguro que Carla está allí con la enana, pensó.

Pero cuando iba hacia las escaleras, el llanto de un bebé llamó su atención. Regresó a la puerta de Carla y comprobó que el llanto salía de allí. Volvió a llamar. Ahora estaba segura de que la que lloraba era Noelia. Pero no abrieron. Bajó a la portería y Pepe, el portero, como la conocía, le dio la llave que Carla tenía allí de emergencia, pero no le alarmó. Quizá Carla se había quedado dormida. Angustiada subió los escalones de dos en dos, metió la llave en la cerradura, abrió  y entró. Al entrar en el salón, no había nadie.

—¡Carla! —llamó, pero no hubo contestación.

Solo se oían los gemidos de Noelia. Se dirigió rápidamente  al  dormitorio  y  vio  en  la  cuna  a  la  niña llorando desconsoladamente. Rebeca la cogió en brazos e

 

intentó tranquilizarla, mientras miraba por las habitaciones. Al intentar abrir la puerta del baño, lo encontró cerrado con el pestillo por dentro. Acercando el oído a la puerta, oyó sollozar a su amiga.

Alarmada,  Rebeca le  gritó  que  abriese  la puerta.  No sabía qué había pasado, pero ella estaba allí para ayudarla. Tras  un  rato  de  angustiosa  espera,  Rebeca  sintió  que quitaban el pestillo de la puerta y, cuando por fin abrió, lo que vio la dejó sin habla.

Acurrucada al lado del bidé estaba Carla. Sangraba por el labio y tenía un feo golpe en el rostro. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y su pelo... ¿qué se había hecho en el pelo?

Su precioso  pelo  rojo  estaba cortado  a trasquilones. Tenía un aspecto horroroso.

La habló. Intentó consolarla. Logró sacarla del baño y llevarla hasta el salón. Allí la tumbó en el sillón y la tapó con una manta y sin perder un segundo, se ocupó de Noelia. Fue hasta la cocina con ella en brazos y le hizo un biberón. La niña estaba hambrienta. Cuando se lo hubo tomado, le cambió de pañal y la llevó a la cuna, donde la pequeña se quedó dormida. Acelerada, regresó junto a Carla, y vio que no  se  había  dormido.  Se  acercó  a  ella  y  comenzó  a limpiarle con una esponja la sangre reseca que tenía en la cara, pero esta empezó a llorar.

—Tranquilízate, Carla —dijo mientras la abrazaba.

 

—Oh, Rebeca... ha sido horrible —sollozó.

—¿Pero  qué  ha  pasado?  ¿Quieres  que  llame  a  la policía? —dijo mientras alargaba la mano para coger el teléfono.

—¡No! —gritó Carla—. No llames. Por favor, Rebeca, no llames a la policía.

—Pero Carla, ¿cómo no voy a llamar a la policía? Te miro y veo que tienes el labio partido, un ojo hinchado y moratones en el cuerpo. ¡Dios mío! Cuando he llegado, la niña estaba totalmente  histérica. Y tu pelo, Carla... —se paró para no continuar. Estaba perdiendo el control de sí misma—. ¿Se puede saber por qué no quieres que llame a la policía? Quien te  haya hecho  esto  tiene  que  pagarlo.

¿Quién ha sido?

Tapándose la cara con las manos, Carla sollozó.

—Él no quería hacerlo. He sido yo, que soy muy cabezona, y ... —De pronto le dio un ataque de tos y su cara se transformó en un rictus de dolor. Se llevó las manos al estómago e intentó decir algo, pero el dolor fue tan intenso que se desmayó.

Asustada como nunca en su vida, Rebeca llamó rápidamente al 112. Minutos después, viajaba con Carla y su hija en una ambulancia.

 

 

 

Capítulo 11

 

 

 

El Hospital Doce de Octubre le traía millones de recuerdos tristes. Pero allí estaba de nuevo, sola y con la pequeña Noelia en brazos. Llamó a la madre de Carla, pero como era de esperar, no quiso saber nada de su hija. Tras colgar el teléfono y sentir ganas de matarla, no sabía qué hacer ni a quién llamar. Pensó en Ángela. La llamó y en media hora estaba allí. Asustada por lo que esta le contaba, finalmente Rebeca consiguió que se llevara a Noelia a casa. Ella iría más tarde.

Angustiada  durante  horas,  suspiró  cuando  un  médico salió  y  preguntó  por  los  familiares  de  Carla  Benítez. Rebeca  se  acercó   rápidamente.  Este   se  presentó,  su nombre era Samuel Álvarez, un médico joven, agradable y simpático. Sentándose con ella, le preguntó datos sobre Carla.  Una vez cumplimentado  todo,  le  informó  que  su amiga tenía dos costillas rotas, un derrame en el ojo, un fuerte  golpe  en la cara y varios  moratones  por  todo  el cuerpo  que  indicaban  haber  sido  víctima  de  una  brutal paliza. Debía quedarse ingresada en el hospital.

Horrorizada,  Rebeca  se  llevó  las  manos  a la boca y lloró. ¿Cómo le podía haber pasado aquello a Carla? Era una chica tan buena y plácida, que era imposible pensar que

 

alguien  quisiera  hacerle  daño.  El  médico  preguntó  si conocía al animal  que  le  había propinado  tal  paliza. Sin saber qué decir, negó con la cabeza. Debía hablar con Carla. Tras charlar con aquel sobre la necesidad de que Carla denunciara el caso, este le indicó que podía pasar a verla unos minutos.

Con el corazón encogido, siguió al doctor hasta la habitación donde su amiga estaba postrada. Nada más verla, Rebeca le cogió la mano y se la besó. El doctor Álvarez al comprobar que la paciente estaba consciente se acercó a la cabecera de su cama. Le preguntó si estaba mejor, y Carla asintió. Antes de marchar, aquel solícito medico recordó a la enferma que aquella noche estaba de guardia que si le necesitaba o sentía el más mínimo dolor, que le llamara. Después se marchó. Rebeca, consternada, se sentó en la silla que había en la cabecera de la cama. Le temblaban las piernas.

—¿Y... la... niña...? —logró pronunciar Carla.

—Está con Ángela. —Y pasándole con cariño la mano por el pelo, prosiguió—: Ya sabes que ella va a cuidarla mejor que nadie. Y no te preocupes, durante los días que estés aquí, Noelia se quedará conmigo en casa.

—Lo... siento... lo... siento —repetía Carla mientras le resbalaban las lágrimas por las mejillas.

 

Conmovida, Rebeca se le acercó y la besó mientras le secaba las lágrimas.

—Escucha, cielo —dijo mirándola con dulzura—, no te preocupes por nada. Ahora lo que tienes que hacer es ponerte buena. Cuando estés mejor hablaremos. Pero de momento  lo  más  importante  es  que  te  mejores.  ¿De acuerdo?

Apareció una enfermera para avisar de que Carla tenía que  descansar.  Rebeca,  tras  darle  un  dulce  beso  en  la frente, le recordó que al día siguiente regresaría. Al salir, le dio a la enfermera su número de teléfono por si tenían que contactar con ella.

Cuando salió del hospital eran las once de la noche. Le encantó recibir el aire fresco de la calle, pero recordó que Ángela estaba en casa con Noelia. Cogió  un taxi y, tras darle la dirección de su casa, pensó en su cita con Paul para el día siguiente. ¿Cómo avisarle? No tenía su teléfono, ni su email ni nada, pero decidió no pensar en ello. Bastante agobiada estaba ya.

Al pasar por una farmacia de guardia, le pidió al taxista que parase unos minutos. Allí Rebeca compró biberones, chupetes, pañales, un muñeco de goma y leche en polvo para la niña. Una vez hubo pagado volvió a montar en el taxi. Cuando  llegó  a  su  hogar,  como  siempre  salió Pizza  a recibirla.

Por fin en casa, pensó tocando la barriga del animal,

 

hasta que una voz la sobresaltó.

—Por fin estás aquí. Estábamos preocupados por ti. Boquiabierta se quedó al ver a Paul frente a ella con

gesto de preocupación.

¿Pero qué hacía allí?

¿En su casa?

Él, al ver cómo le miraba, rápidamente se acercó a ella y dijo:

—Siento  haberte  sobresaltado. —Y con una sonrisa encantadora le susurró—: Como verás, ya me estoy disculpando por algo.

Sonrió al oír aquello.

—Pero... ¿tú qué haces aquí?

—Te llamé al móvil pero no me lo cogiste. Por eso llamé a tu casa —explicó Paul—. Te olvidaste en el coche la bolsa en la que iba la muñeca que le compraste a la hija de tu amiga. Ángela contestó al teléfono, y la pobre mujer me  contó  angustiada lo  que  había sucedido. Acababa de llegar del hospital con la niña. El resto creo que no hace falta que te lo cuente.

Rebeca asintió pero, torciendo el cuello, murmuró:

—Vale... entiendo lo que me dices, ¿pero por qué has venido a mi casa?

 

Dispuesto a aclararle el porqué, sonrió y dijo:

—Ángela me comentó que no tenía nada de ropa para cambiar a la pequeña, ni pañales, ni leche... nada. Y yo me ofrecí a traerle lo que necesitara. En casa tengo todavía ropa de Lorena y compré en una farmacia lo necesario. Aunque lo realmente gracioso fue ver su cara cuando llamé a tu puerta y abrió —continuó haciéndola sonreír a su vez

—. Casi le da algo. Luego llamé al hospital pero allí me dijeron que ya habías salido y aquí estoy, esperándote por si necesitas lo que sea.

En ese momento apareció Ángela que rápidamente la abrazó  y  preguntó  por  Carla.  Mientras  esta  hablaba,  la mujer le hizo pasar a la cocina. Rebeca necesitaba comer y ella rápidamente se puso manos a la obra.

—Hermosa, ahora mismo vas a comer algo —dijo Ángela obligándola a sentarse a la mesa—. Conociéndote, no habrás comido nada a excepción de las guarrerías de la maquinita del hospital.

Con gesto pícaro la mujer le guiñó el ojo y miró a Paul. Rebeca tuvo que hacer esfuerzos por no reír, a pesar de la situación. Ángela, a veces, era tan cómica.

—Vale...   vale   —asintió   divertida—.   ¿Dónde   está

Noelia?

La mujer, moviéndose por la cocina, contestó:

 

—Está durmiendo en tu cuarto. Paul la durmió. Por cierto, este hombretón tiene mano para los niños, y Noelia está totalmente rendida a él.

—Gracias, Ángela —se mofó Paul.

—No    qué  habría  podido  hacer  si  él  no  hubiera venido a echarme una mano —continuó la mujer.

—No olvides, Ángela, que tengo una hija. Algo aprendí cuando era un bebé — respondió Paul divertido.

—Uiss, hermoso —indicó esta—. Mi marido y yo tuvimos cinco hijos y te aseguro que él no aprendió nada. Siempre decía: ¡los niños pa su madre!

Los tres volvieron a reír y Rebeca, levantándose, dijo tras pasar junto a Paul, que estaba apoyado en el quicio de la puerta:

—Voy a ver a la pequeñaja y a ducharme mientras terminas la cena. —Y, mirándole, preguntó—: ¿Te apetece cenar algo?

Él asintió con la cabeza y Rebeca tuvo que volver a reír al ver que Ángela, tras un aplauso, ponía otro plato en la mesa. Rebeca suspiró y le miró divertida.

—Si te apetece beber algo, coge lo que quieras. No tardaré mucho.

 

Rebeca subió al primer piso de su chalecito seguida por Pizza. Se acercó a su cama y allí, en el centro, y entre almohadas para que no se cayera, dormía Noelia. Con una sonrisa se dirigió al baño, abrió el agua, se desnudó y se duchó. La ducha le sentó fenomenal. Se puso unos leggins blancos y un blusón rojo. El pijama lo dejó para cuando Paul se marchara. Se secó el pelo un poco y bajó las escaleras, desde las que no pudo evitar fijarse cómo Paul miraba por la ventana mientras se tomaba una cerveza. Se le veía tan guapo y varonil con aquel vaquero y su polo azul, que daban ganas de acurrucarse junto a él.

Uff... este hombre es una auténtica tentación para cualquiera, pensó.

Realmente necesitaba que alguien la acurrucara y la mimara, pero no él. Era demasiado perfecto para ella. Además, aquella tarde le había dejado claro que solo serían amigos.

—No te había oído llegar —dijo Paul dándose la vuelta—. ¿Te encuentras mejor tras la ducha?

—Sí,  gracias   —consiguió   balbucear—.   ¿Cenamos algo? Desde que comí la hamburguesa con vosotros no he vuelto a comer. Por cierto, ¿dónde está Lorena?

Consultando su reloj y viendo la hora que era, contestó:

—Me imagino que a estas horas llevará dormida unas

 

cuantas horas. Ella está en casa, con Julia.

¡¿Julia?! ¿Quién es esa Julia? pensó, y Paul al ver su gesto, aclaró:—Julia es la señora que me ayuda a cuidarla desde que era pequeña. Le dejé tu teléfono por si ocurría algo. Espero que no te importe.

Extrañada porque ella no se lo había dado, preguntó con una pícara sonrisa:

—Vamos a ver, Paul Stone, ¿cómo sabías mi número de teléfono?

—Mejor no preguntes —se mofó, mientras esbozaba una encantadora sonrisa que hizo que a Rebeca le temblaran las piernas.

En ese momento apareció Ángela poniéndose el abrigo. Paul se ofreció para llevarla en su coche, pero ella se negó. Les había dejado la cena encima de la mesa de la cocina y quería que se la comieran caliente.

Tras batallar con ella, al final Rebeca le susurró a Paul que era inútil discutir con esa mujer. Si ella decía que no, era que no. Con una sonrisa en los labios, Ángela terminó de ponerse el abrigo y les ordenó ir a la cocina. Ellos, entre risas, obedecieron rápidamente.

—Menudo   carácter   tiene   esa   mujer   —rio   Paul mientras se sentaba en una de las sillas.

—Es un sol. Mi ángel de la guarda. No sé qué habría

 

sido de mí si no la hubiera tenido a ella. Por cierto, ¿agua o vino? —preguntó mientras abría el frigorífico.

—¿Tú qué bebes?

—Soy poco exótica, pero me gusta comer con agua o coca-cola.

—Pues no se hable más —asintió él—. ¡Agua para todos!

Mientras cenaban, Paul se interesó por lo ocurrido con Carla. Ella le contó lo poco que sabía, hasta que se oyó llorar a Noelia. Rebeca subió corriendo a la planta de arriba para calmarla.

—Hola, chiquitina —susurró con cariño mientras se sentaba en la cama y la cogía—. ¿Tienes hambre?

La  niña  la  miraba  con  los   ojos   muy  abiertos   y empapados en lágrimas. Pero en cuanto la reconoció, sus pucheros cesaron. Rebeca le habló con dulzura, y poco después la niña sonrió.

—Por lo que veo te gustan los niños —dijo Paul, que llevaba un rato apoyado en el marco de la puerta.

Azorada, pues no se había dado cuenta de que él la había seguido  hasta su habitación, se  levantó  de  la cama y se dirigió hacia la puerta.

 

—La verdad es que sí. Me encantan. Especialmente esta  brujita,  que  creo  que  nos  está  diciendo  que  tiene hambre, ¿verdad, preciosa? —sonrió mirando a la niña—. Venga, vamos a prepararle un biberón.

Ya en la cocina, Rebeca pidió a Paul:

—Por favor, cógela un momento mientras le preparo el bibe.

Él la tomó en brazos encantado y fue con ella al salón seguido  de Pizza. Allí comenzó a tirarle a la perrita una pelota y la niña reía a carcajadas. Una vez preparado el biberón, Rebeca fue al salón y Paul se lo pidió para dárselo. Ella, divertida, se lo entregó y se sentó en el poyete de la ventana para mirarles.

—Vaya, parece que has nacido para esto.

—Querida amiga —rio él—, a mi pequeña le di todos los biberones del mundo. Era una glotona.

—¿Puedo preguntarte por la madre de Lorena? Él suspiró.

—Ella no quiso cambiar su estilo de vida cuando nació la niña. Para ella, Lorena nunca fue importante —respondió cambiando el tono de voz.

—Lo siento, Paul, no quería...

 

—No te preocupes, Rebeca —dijo mirando a Noelia y luego a ella con una sonrisa—. Ese es un tema que ya tengo superado.  Por  suerte  tengo  a  Lorena.  Ella  es  lo  más precioso que tengo en este mundo. Y volvería a hacer todo lo que he hecho por ella, mil veces más.

Ay, Dios... cada vez me parece más interesante  pensó, tras un breve suspiro.

—Me alegro de que pienses así. ¿Pero creerías que soy poco discreta si te pregunto qué pasó?

—Para eso están los amigos, ¿no crees? —dijo mirándola a los ojos de una manera que le hizo estremecer

—. Estuve tres años casado con Silvia, la madre de Lorena. Ella es de Madrid. Siempre tuvimos claro que no íbamos a tener hijos. Pero, como se dice ahora, un fallo técnico nos hizo encontrarnos de pronto con que íbamos a ser padres. En un principio estábamos tan confundidos con el tema que no sabíamos qué hacer, pero finalmente decidimos tenerlo. Cuando   estaba  de   cinco   meses   y  en  su  cuerpo   se comenzaban a notar bastante los cambios, su carácter se volvió irascible. Todo le molestaba; decidió de la noche a la mañana que no quería tener ese hijo. Como podrás imaginar,  los  cuatro  meses  restantes  fueron  horribles. Llegó  el  parto  y  tuvieron  que  practicarle  una  cesárea porque no dilataba. Ese fue el primer gran enfado de Silvia

 

contra la niña.

Incrédula  por  lo  que   escuchaba,  Rebeca  tuvo   que sentarse.

—En  ese  momento,  yo  como  un  tonto,  pensé  que cuando Silvia viera a la pequeña todo cambiaría. Pero no. Al nacer  la niña  comenzó  el  verdadero  infierno.  Desde  el primer momento pasó de ella, incluso cuando le pregunté por el nombre que le gustaría ponerle, me dejó muy claro que no deseaba saber nada del tema. Si yo quería ser padre, lo sería. Pero ella no sería madre, ni me ayudaría. — Tomando aire prosiguió—: Cuando Silvia salió del hospital y volvió a casa, ya no quiso compartir la misma habitación conmigo ni con Lorena. En ese tiempo creí volverme loco con el trabajo, mis viajes y la niña. Hice todo lo que pude para  aprender  a  cuidar  a  un  bebé  y  trabajar  al  mismo tiempo. Pero tengo que aclarar que lo conseguí gracias a la ayuda de mi madre y de Julia. Cuando Lorena cumplió seis meses la situación se hizo insostenible entre Silvia y yo.

Hubo un breve silencio en el que Paul le hizo a Noelia echar un aire.

—La gota que colmó el vaso fue cuando un día se presentó en casa con unos amigos que iban hasta las cejas de  cocaína  y se  empeñó  en montar  una de  sus  fiestas. Cuando ya estaba harto de música, risas y gritos, finalicé la fiesta y la encontré en la habitación de invitados haciendo

 

un trío con dos hombres. Como podrás imaginarte, mi indignación fue enorme. Pero no por verla en esa situación, su vida sexual me daba igual, sino porque no podía aceptar que eso ocurriera en la casa en la que vivía mi pequeña. Al día siguiente hablé con un amigo abogado y presenté la demanda de divorcio. Ella firmó encantada, junto a la renuncia  como  madre  por  la  custodia  y  derechos  de Lorena. —Paul, echándose a Noelia sobre el hombro para que echara más aire, finalizó—: Esa es mi historia. Y en lo concerniente   a  bebés,  entiendo   tanto  de  biberones   y pañales como de enfermedades infantiles.

Rebeca, aún boquiabierta y sin dar crédito a lo que acababa de escuchar, murmuró:

—Me has dejado sin habla. —Él sonrió. Era lógico—. No puedo entender cómo una madre o un padre renuncie a su derecho de amar y educar a un hijo.

—En su momento yo tampoco lo entendí. Pero lo primero que tienes que sentir por un hijo es amor. Si no lo tienes, el resto sobra.

—¿Lorena no te pregunta nunca por su madre? Paul asintió cabeceando.

—Ese   es   un   problema   al   que   ahora   me   estoy empezando a enfrentar —contestó mirándola a los ojos—. Ahora es cuando comienza a preguntar y querer saber. En

 

un par de ocasiones le he dicho que su mamá murió. Siento mentirle, pero soy incapaz de decirle otra cosa. Ella aún es demasiado pequeña para entender.

—Es comprensible, Paul.

Con delicadeza, él sentó a Noelia sobre sus rodillas y, le dio un cariñoso beso en la frente.

—Parece mentira que el tiempo pase tan rápidamente. Hace  poco  estaba  dándole  el  biberón  a  mi  pequeña,  y ahora... es casi una señorita. Es tan encantadora, vivaz y locuela, que me tiene a sus pies.

Eso les hizo sonreír. Verdaderamente Lorena era una auténtica pillina.

—¿Te apetece un café? —preguntó Rebeca.

—Sí, gracias. Con leche, por favor.

Aquella amabilidad  le  tocó  la fibra sensible  y, mirándole,  dijo  mientras  se  levantaba  para  preparar  los cafés:

—Gracias a ti, Paul, por hacerme compañía en un día como hoy.

Instantes  después, mientras  Rebeca miraba cómo pasaban los segundos en el reloj digital del microondas, pensó en la historia que le había contado Paul. Ella nunca podría haber abandonado a un hijo, ni a un hombre como

 

aquel tan cariñoso y comprensivo. Cuando sonó el timbre del microondas puso los cafés en una bandeja y al llegar al salón se quedó sorprendida al ver a Paul cambiándole el pañal a la niña. Al ver su gesto él sonrió.

—¿Sabes? Esto me trae recuerdos preciosos —dijo él

—. Es lo que hacía siempre cuando terminaba de darle el biberón a Lorena. Primero el biberón y luego el pañal.

Con una amplia sonrisa Rebeca no pudo contenerse.

—Ay, Dios, Paul. Que te estás poniendo melancólico.

—Él soltó una carcajada—. Anda, trae aquí a Noelia, echémosla en el sillón a ver si se duerme.

Con  los  cafés  en  la  mano,  continuaron  charlando. Rebeca le habló de su trabajo y él se sorprendió al saber que era abogada. Pero más asombrada se quedó ella cuando supo que él era piloto oficial de motos, además de tener acabada la carrera de filología inglesa.

—Ahora lo entiendo... —asintió Rebeca al pensar.

—¿El qué?

—Ahora entiendo por qué siempre nos mira alguien.

¡Eres famosete! Y la gente te reconoce por la calle.

Él sonrió al oír aquello. Precisamente que no le hubiera reconocido,  ni  supiera  nada  de  él,  le  encantaba.  Estaba harto  de  las  mujeres  que  se  le  acercaban  con el  único

 

propósito de salir en las revistas y la prensa del corazón.

Entre risas continuaron hablando y ella le confesó que siempre se había imaginado a los pilotos de carreras de motos como tipos rudos, que bebían cerveza y eructaban. Eso le hizo carcajearse y reírse como hacía tiempo que no hacía.

—Cada vez que me cuentas algo me dejas sin palabras

—dijo  ella  impresionada—.  Pero,  cuéntame   cómo  te metiste en esto de las motos.

—Uf...  esto  viene  de  familia,  aunque  fue  mi  padre quien me metió el gusanillo de la velocidad. Él era otro motero. —Sonrió al recordar—. Comencé participando en carreras  sobre  tierra de  Dick Track. En Illinois  es  muy típico participar en carreras de motillos, y bueno...

—Qué locura, por Dios ¡¿Piloto de motos?! —rio ella.

—Sí...  te  doy  la  razón.  Soy  consciente  que  para competir en esta profesión, hay que estar un poco loco.

Tras aquello, Paul le contó que el primer loco de las motos que hubo en la familia había sido su abuelo antes que su  padre.  Tenía  un  taller  de  coches  y  motos,  y  en  su séptimo  cumpleaños  le había regalado  su primera moto. Con los años se apuntó —primero su padre y luego él— a todas las carreras que se presentaban cerca de donde vivía. Algo que su madre llevaba fatal, pues rara vez no regresaba

 

lesionado o escayolado.

Con el paso del tiempo, comenzó a conseguir patrocinadores y, al cumplir los dieciocho, tuvo su primera oportunidad de participar en un Mundial de Motos. A los veintiún años fue campeón del mundo de 125 c.c. A los veinticinco de 250 c.c., y actualmente a los treinta y dos, de moto GP.

—Recuerdo  la alegría  de  mi  padre  cuando  gané  el Gran Premio de Australia —susurró con los ojos humedecidos—. Yo tenía veintiún años y fue mi primer pódium como profesional. Él siempre confió en mí y dijo que el día que me vio arriba saludando a la gente y con el trofeo en la mano, fue el tercer gran día de su vida.

—¿Y cuáles fueron los otros dos? —preguntó Rebeca. Con cariño en la mirada, Paul respondió:

—Papá decía que el primer gran día de su vida fue cuando conoció a mi madre. El segundo cuando yo nací, y el tercero el que te acabo de decir. Desgraciadamente, mi padre murió hace ahora siete años a consecuencia de un cáncer.

—Oh... —dijo levantándose para acercarse a él—. Lo siento, Paul.

Tenerla tan cerca era una tentación para él. Su olor a fresa le  envolvía  de  tal  manera  que  en cierto  modo  le

 

nublaba la razón. Deseó devorar aquellos labios tentadores mientras le hacía el amor. Pero no. No podía hacer aquello. Debía retener sus apetencias si quería que confiara en él. Ella era demasiado vulnerable, su mirada la delataba. Finalmente optó por recoger con delicadeza uno de sus mechones tras la oreja mientras le explicaba.

—Llevaba enfermo varios años, y sabíamos que tarde o temprano ocurriría. Lo que pasa es que cuando ocurre siempre es demasiado pronto.

—Sí... te entiendo —murmuró Rebeca al recordar a su madre.

Tras un tenso silencio, Paul prosiguió.

—Recuerdo que cuando mi padre murió, no me creí con ganas de seguir compitiendo. Pero mi madre —sonrió Paul—... ¡Caray, qué mujer! Me dijo que mi padre y yo habíamos luchado mucho para llegar donde estaba, y que no me iba a permitir dejarlo. Que si era necesario, ella se subiría en otra moto para acompañarme.

—Olé por tu madre —aplaudió Rebeca haciéndole sonreír.

—Siempre recordaré la cara de mi padre cuando gané el Gran Premio de Australia. Era la viva imagen de la felicidad y el orgullo —susurró emocionado—. La pena es

 

que no pudo ver más victorias.

—Pues claro que sí las ha visto —contestó ella con cariño—. Tienes que pensar que allá donde esté, él te anima y  está  muy  orgulloso  de  todo  lo  que  has  llegado  a conseguir.

Aquellas emotivas palabras hicieron que Paul la mirara directamente a los ojos. En todos sus años nunca se había sincerado con una mujer como lo estaba haciendo con ella, y le gustó escuchar y sentir sus palabras.

—¿Sabes, Rebeca?

—¿Qué?

—Eres un encanto.

Su voz varonil sonó tan profunda que a Rebeca se le encogió el estómago. No sabía qué le pasaba, pero deseaba besarle. Pero no. No lo haría. No quería que pensara que era una fresca. Nerviosa como pocas veces en su vida, Rebeca se levantó del sofá.

—¿Quieres otro café? —preguntó.

No... lo que quiero es besarte pensó él. Pero en lugar de eso miró su reloj.

—Te lo agradezco, pero no. Creo que ya es hora de que me vaya. —Sacó su cartera y de ella una tarjeta—. Mis

 

números de teléfono. Si necesitas algo, lo que sea, sea la hora que sea, me llamas, ¿de acuerdo?

—Está bien. Si cunde el pánico cuando tenga que cambiarle  los  pañales  a  Noelia,  te  llamaré  —bromeó mientras le acompañaba hasta la puerta.

—Mañana te llamo... y espero que la próxima vez que nos veamos seas tú la que cuente algo de ti. Por cierto,

¿sigue en pie la cena de mañana?

Ella arrugó la nariz. Aquel gesto le gustó.

—Pues... no sé... ahora tengo una inquilina nueva — dijo señalando a Noelia, que dormía plácidamente en el sillón—, y no puedo dejársela a nadie. Creo que vamos a tener que posponer la cena para otro día.

—Está bien. ¿Con quién comes  mañana? —propuso

Paul sin darse por vencido.

Con rapidez, y segura de lo que hacía respondió:

—Por la mañana iré al hospital para ver a Carla, pero si quieres podemos vernos a mediodía para comer. Lo único es que tendré que ir con la niña —respondió.

—¡Perfecto! —Sonrió Paul—. No hay problema, yo llevaré a Lorena. —Y acercándose a ella murmuró, poniéndole la carne de gallina—: De lo más íntimo, ¿no

 

crees?

Ella rio a carcajadas. Pero eran carcajadas nerviosas. Al tenerle tan cerca sintió deseos de tirarle contra el sillón y arrancarle la ropa para hacerle el amor. Pero no. ¿O sí?

—Hasta mañana, Paul —dijo cuando este salió.

—Hasta mañana —respondió encaminándose hacia el coche—. Te llamaré.

—De acuerdo —asintió mientras cerraba la puerta.

Una vez se hubo quedado sola, se apoyó en ella, cerró los ojos y suspiró. ¿Qué estaba haciendo? ¿Ella y un piloto de motos? No sabía hacia dónde iba, pero la sensación de estar cerca de Paul le gustaba.

 

Capítulo 12

 

 

 

Los días pasaron. Carla se recuperó, salió del hospital y le confesó a Rebeca que fue Alfonso el que le dio la paliza. La drogadicción de este le estaba matando y aquello era la confirmación. El chico que conoció antaño, amable y encantador, había desaparecido. En su lugar había aparecido un hombre manipulador y egoísta que solo pensaba en él, en sus dosis, y en conseguir dinero pesara a quien le pesara. Por ello, y con todo el dolor de su corazón, Carla cogió a su hija y se  marchó  de  aquella casa para comenzar  una nueva vida sin él.

 

 

 

Era marzo. Habían pasado tres meses desde la primera vez que Rebeca había visto a Paul. En este tiempo se habían convertido en buenos amigos. Pero nada más allá. Cuando el trabajo de ambos lo permitía, salían a cenar, e incluso alguna vez que otra habían ido al cine con Lorena. En esa época, Paul comenzó a viajar. Su trabajo como piloto de moto GP le requería viajar continuamente, en especial, de febrero hasta noviembre. El tiempo que duraba el Mundial.

Una mañana en que Rebeca estaba atareada en la oficina, Belén, su secretaria, le avisó de que tenía una llamada, y

 

ella lo cogió rápidamente.

—Rebeca... ¿me oyes? —era la voz de Paul.

No se oía muy bien por el rugido de los motores.

—Hola, Paul —saludó emocionada—. ¿Desde dónde llamas que hay tanto ruido?

—Desde Eastern Creek, el circuito de Australia. Apalancándose en su sillón, Rebeca se giró para mirar la

Puerta de Alcalá. Cada día le gustaban más sus llamadas, su conversación, su sonrisa, y él. Pero él no se le acercaba lo más mínimo. Se le insinuaba, le rondaba, pero no atacaba. Eso a Rebeca la tenía de los nervios. Por su lado, Paul no estaba mucho mejor. Se había propuesto no asustarla, pero su hambre por ella comenzaba a desesperarle  y no sabía hasta cuándo podría aguantar.

—¿Qué tal por esos mundos, señor piloto?

Él sonrió. Escuchar su voz le tranquilizaba. Rebeca se había convertido en una necesidad para él, aunque se guardó mucho de decírselo.

—Trabajando mucho. ¿Tú qué tal por Madrid? Chupando un bolígrafo, Rebeca sonrió.

—Como tú más o menos, sin parar. ¿Qué tal los entrenamientos?

 

—Bien. Aunque hoy llevamos un día complicado. Durante los entrenamientos la moto me hizo algo raro, y ahora tengo a los mecánicos como locos para averiguar qué ocurre.

Eso alertó a Rebeca.

—¡¿Qué te hizo un extraño?! —contestó preocupada, sacándose el boli de la boca—. Oye... no montarás en ella de nuevo hasta averiguarlo, ¿no?

Él se rio a carcajadas. Estaban acostumbrados  a todo tipo de problemas. Pero Rebeca insistió.

—No  te rías, que  eso  es muy peligroso, y no... no puedes montarte sin solucionar ese problema, ¿estás loco o qué?

—No te preocupes, mujer —contestó Paul secándose los ojos de la risa—. En peores condiciones hemos salido en otras ocasiones.

—Pero... pero eso es una locura —protestó, pero él la interrumpió.

—Recuerda... estamos un poco locos. Eso la hizo sonreír.

—¿Cuándo es la carrera? —preguntó intentando normalizar su voz.

 

—Este domingo. ¿La verás? —preguntó él esperanzado—. Las suelen retransmitir en Televisión Española o por la parabólica en el canal de deportes.

—Claro que la veré —asintió impaciente—. Me llama la atención verte en acción.

Él volvió a sonreír.

—Empezarán  sobre  las  once  de  la mañana. Aunque serán en diferido. Aquí los horarios son diferentes.

—Vale.

—Por cierto, Lorena me ha pedido que te dijera que la llamaras. Yo cumplo órdenes.

—De  acuerdo  —sonrió—.  La  llamaré  esta  noche cuando  llegue  a  casa. Y oye,  por  nada  del  mundo  me perdería las carreras este fin de semana. Me dijiste que corrías en la categoría reina. Moto GP, ¿verdad?

—Sí.

Rebeca pensó en las carreras que alguna vez había visto de pasada.

—¿Cómo te voy a reconocer? —preguntó curiosa.

—Muy fácil —contestó riéndose por la pregunta—. Cuando veas a un tipo con un clavel rojo entre los dientes,

 

ese soy yo, muñeca. —Eso la hizo carcajearse con ganas. Le  encantaba su risa. Era fantástica—.  Cuando  veas  una moto con el número dos, soy yo. Mi moto es del equipo Ducati, y es roja. Llevaré un mono rojo y blanco.

—Intentaré  reconocerte  —asintió  con sinceridad—. En motos estoy muy pez. Si fuera en coches, con todo el fenómeno Alonso y tal, todavía, pero motos... como que no. Por cierto, ¿cuándo vuelves?

A Paul  le  gustó  esa pregunta.  Significaba  que  quería verle.

—Aún no lo sé. Tras este premio tengo el de Malasia, y a veces, como es en este caso, nos vamos directamente de un país a otro para entrenar en pista. Calculo que sobre el doce o quince de abril, más o menos, podré pasar por Madrid.

Casi un mes... ¿Un mes para volver a verle?, pensó con desesperación.

—Uf...  qué  lata.  Pobre  Lorena.  Te  debe  de  echar mucho de menos.

Y yo a ti, pensó él, pero no lo dijo.

—Y yo a ella —sonrió él al notar la decepción en la voz—. Pero sé que entre mi madre, Julia y ahora tú, está muy bien atendida. De todas formas, a partir de julio, que es cuando ella acaba el colegio, suele venir conmigo a las

 

competiciones. Los pilotos a veces viajan con la familia y ella se lo pasa muy bien aquí con sus amigos.

—¿Pero cuánto dura el Mundial?

—Normalmente   empieza  en  marzo   y  termina  en octubre, noviembre… depende de en cuantos circuitos corramos.

—¡Madre mía! Qué vida más loca.

—No, mujer —rio él—. De noviembre a marzo los pilotos solemos tener una vida más relajada. Aunque bueno, continuamos  entrenando  para  mejorar  nuestra  moto  y marcas. Pero esos meses suelen ser más tranquilos.

—Vaya... qué interesante. Te pasas medio año viajando y conociendo diferentes países.

—Bueno... se puede decir que sí.

—¿Y qué países visitas?

—A  ver,  lo  que    llamas  conocer,  yo  lo  llamo trabajar. A veces no nos da tiempo a ver nada más que el circuito donde competimos. Y los países que visitamos son Australia,  que  es  donde  estoy  ahora,  Malasia,  Japón, España, que por cierto, cuando corra en Aragón, Valencia, Barcelona y Jerez, te convenceré para que vengas conmigo

 

—ella sonrió y él continuó—. También corremos en Alemania, Italia, Holanda, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, República Checa, Brasil, Argentina, y creo que alguno más que queda por concertar. ¿Qué te parece?

—¡Madre mía! —exclamó Rebeca—. Qué países más maravillosos. Me encantaría viajar continuamente como tú.

¡Qué suertaza!

El rugido de los motores le obligó a hablar a gritos.

—No creas. Últimamente comienza a darme pereza, aunque cuando estoy en el circuito y me subo en mi moto, estoy encantado.

—Tiene que ser fantástico saber manejar una máquina de esas.

—Cuando quieras te enseño.

—Uf...  no.  Soy  muy  torpe  para  eso.  Las  motos siempre me han dado miedo.

Paul sonrió.

—Eso es porque nunca has montado con alguien que te aportara seguridad. —Ella no contestó y él dijo, al sentir su silencio—. Por cierto, ¿qué tal Ángela y Pizza?

—Pizza tan loca como siempre, y Ángela me pregunta por ti casi todos los días. Desde que le contaste cuál era tu

 

profesión está preocupadísima por ti.

Al oír eso Paul no pudo evitar sonreír. En ese momento uno de sus mecánicos le llamó. Reclamaban su presencia.

—Tengo que dejarte, Rebeca.

—Vale... No te preocupes.

—Te llamaré. ¿De acuerdo? —le aseguró molesto por tener que cortar la conversación.

—Sí... ¡Oye, Paul!

—Dime.

—Gana la carrera.

—Lo intentaré. —Sonrió al colgar.

Le  hubiera  gustado  decirle  que  la  echaba  mucho  de menos. Que sentía algo por ella muy especial, pero quería decírselo mirándola a los ojos. Volvió a escuchar la voz del mecánico, y sumido en sus pensamientos, fue hacia él.

 

Capítulo 13

 

 

 

Cuando Rebeca colgó el teléfono, continuó mirando la Puerta de Alcalá mientras pensaba en lo emocionante que tenía que ser viajar por el mundo como lo hacía él. En ese momento entró Peterson en su despacho.

—Hola, Rebeca, ¿puedo pasar un momento? Sobresaltada por aquella visita, ella volvió el sillón hacia

su mesa y asintió.

—Por supuesto, señor Peterson.

Al oír aquello el hombre sonrió amablemente.

—Querida, podrías suprimir lo de señor y llamarme por  mi  nombre.  ¿No  ves  que  yo  te  tuteo?  Por  favor, Rebeca, haz lo mismo.

—De acuerdo, Thomas —asintió sonriendo—. De acuerdo.

El hombre se sentó en la butaca blanca que había frente a ella.

—Solo  venía para saber qué tal te encuentras  en tu nuevo puesto de trabajo.

 

—¡Genial! Espero ser de utilidad el tiempo que esté en la empresa. Por cierto, ahora que estás aquí, ¿qué te parecen los dos abogados que contraté? —respondió sorprendida por aquella visita y por cómo él escrutaba cada rincón de su despacho.

—Bien. En eso no me meto. Es un tema que tú tienes que ver que funciona. Tú eres la jefa.

Rebeca  sonrió.  Estaba  un poco  turbada  por  tutear  al señor Peterson, pero contestó con seguridad.

—Sinceramente, Thomas, fue una labor dificilísima. Pero de entre  todos los abogados  que vinieron, Linda y Jorge fueron los que me parecieron más apropiados para el trabajo. A una de las secretarias la contraté a través de una empresa de colocación. La otra es amiga mía. Se llama Carla. —Y, mirándole seriamente, dijo—: Es muy profesional, y una persona muy cualificada para el puesto.

—Me parece fenomenal —asintió complacido—. Yo también he ayudado a amigos y mis amigos en su momento me ayudaron a mí. Para eso están los amigos, ¿no crees?

—Sí —asintió ella y afirmó con convicción—. Creo que en estos momentos tenemos un buen equipo.

El jefazo se levantó y se dirigió a la puerta.

 

—Me encanta escuchar eso. Hasta luego, querida. Dicho esto, desapareció. Rebeca, feliz, se levantó y fue

hacia   el   armario   para   coger   unos   documentos   que necesitaba. Al volver a la mesa sonó el teléfono.

—Rebeca, te llaman por la línea dos —dijo Belén.

—¿Quién es? —preguntó ella.

—Me ha dicho que te diga que es el espíritu libre de la familia —respondió conteniendo la risa.

—Oh... —rio al pensar en su hermano—. Este chico no tiene remedio. —Y apretando una tecla preguntó divertida—: Kevin, ¿eres tú?

—Hola, hermanita. ¿Cómo has sabido que era yo? —

se mofó él.

—Solo conozco un espíritu libre tan loco como para llamarme al despacho con esa carta de presentación. ¿Qué tal estás? Me tenías preocupada. Llevas sin llamarme dos semanas. ¿Se puede saber dónde te has metido?

Al verla tan acelerada, se limitó a murmurar arrastrando las palabras.

—Estoy  en Eslovenia.  Sano  y salvo.  ¿Y tú qué  tal estás?

 

—¡¿Eslovenia?.

—Sí, hermanita, Eslovenia —rio al escucharla.

—Pero... pero, ¿qué haces allí? —Kevin se carcajeó y ella volvió a preguntar—: ¿Por qué no me has llamado en dos semanas? Me tenías preocupada.

—No he podido.

—Pues he estado a punto de llamar a la policía.

—Pero bueno —respondió él divertido—, ¿por qué siempre piensas que estoy metido en líos? Ay... hermanita, siento decepcionarte, pero tengo treinta y cuatro años y me guste o no, mis prioridades en la vida van cambiando.

—Lo sé... lo sé...

—Hablas  como  si  toda la vida fuera a tener  veinte años. Además, no creo haber estado metido en ningún lío desde hace tiempo.

—Oye, ¿de verdad tú te llamas Kevin Rojo Elliot? Porque, sinceramente, eso que me acabas de decir sobre que tus prioridades en la vida van cambiando, es algo que nunca se lo he oído a mi hermano —preguntó consciente de que decía la verdad y de que ella era una exagerada.

 

—Los años no pasan en balde, hermanita, y los valores y  conceptos  de  la  vida  cambian.  Y aunque  te  parezca mentira  soy  yo,  y  te  llamaba  para  hablar  contigo   y comentarte algo muy importante.

Sentada en su confortable sillón, Rebeca asintió para sí.

—De acuerdo, cuéntame eso que te está rondando por la cabeza.

—Bueno... —susurró él titubeante—. Aunque parezca mentira, no sé por dónde empezar.

—Me harás caso, si te aconsejo que comiences por el principio.

Kevin tomó aire.

—Hace un mes conocí a una chica llamada Bianca. Es encantadora, Rebeca, si la conocieras te caería fenomenal. Tiene tu edad, y la razón de no haberte llamado en estas dos semanas ha sido porque he estado con ella acampado en la montaña.

Era la primera vez que su hermano mostraba un interés especial por una mujer. Eso la asombró.

—¿Me estás diciendo que te has enamorado?

—Sí,  hermanita.  Y lo  mejor  de  todo  es  que  ella también está loca por mí.

 

—Ostras, Kevin. Me alegro muchísimo por ti. Bueno, por vosotros. ¿Cuándo la voy a conocer?

—Bueno, ese es otro tema que te quería comentar. En los días que hemos estado solos en las montañas, hemos hablado muchísimo, y... —se paró para tomar aire—... y le he pedido que se case conmigo. Ha dicho que sí.

Boquiabierta, se incorporó de la silla.

—¡¿Qué?! —Lo que has oído.

—Dios mío, Kevin, en buen lío te has metido —soltó totalmente alucinada.

Molesto por la reacción de su hermana, protestó como un chiquillo.

—No la conoces. No me parece justo que pienses eso. Aturdida, se volvió a sentar en la silla. ¿Su hermano se

iba a casar?

—Vamos a ver, Kevin. Acabas de decirme que la has conocido hace un mes. ¿No lo ves un poco precipitado?

—No.

—Creo... creo que deberías pensártelo mejor. Yo no quiero que te enfades conmigo, pero tienes que entender que yo creo que casarse con alguien significa algo más que

 

haber pasado juntos dos semanas en las montañas.

Kevin resopló. Sabía que su hermana le diría algo parecido.

—Rebeca, sé que parece una locura, pero tienes que entender que es mi vida y estoy feliz por haberla conocido. Es maravillosa y no puedo vivir sin ella. —Y cambiando su tono de voz aclaró—: No me enfado contigo, tontuela. Sé lo que hago, confía en mí, ¿vale?

—De acuerdo. Está bien, confiaré en ti —respondió dudosa pero dispuesta a estar feliz por él.

—Así me gusta —rio Kevin al otro lado de la línea telefónica—. A ver... ya que estamos hablando de ello, te quería pedir otro favor.

—Dime.

—¿Podríamos  casarnos  en el  jardín de  tu casa? —

pidió esperanzado.

—Por supuesto que sí —Rebeca asintió como en una nube—. Pero habrá que hablar con el cura de Majadahonda, a ver si celebran bodas fuera de la iglesia.

—¡Perfecto! —asintió Kevin.

—Oye, ¿para cuándo tenéis pensado que sea la boda?

 

—Para mayo. Faltan todavía dos meses, pero yo creo que  serán  suficientes  para  poder  organizarlo  todo  — contestó Kevin—. Quiero que sea algo familiar. Díselo a Ángela, me gustaría que estuviera allí. Esta noche llamaré a Donna a Chicago para que venga también.

Veremos  lo  que  piensa  cuando  reciba  la  llamada , pensó Rebeca al escuchar hablar de su hermana.

—Llámala. Te aseguro que se sorprenderá tanto como yo.

Cuando  colgó  el teléfono, Rebeca estaba estupefacta. No podía creer lo que su hermano iba a hacer. No pensaba que   casarse   fuera   algo   terrible,   pero      le   parecía demasiado rápido. Un mes no era tiempo suficiente para conocer a nadie, por mucho que te enamorases. Confusa, se levantó y se acercó a los ventanales.

—Mamá... ojalá Kevin tenga razón —susurró mirando la Puerta de Alcalá.

 

Capítulo 14

 

 

 

El domingo Rebeca se dispuso a ver las carreras de motos, como le había dicho a Paul. Inquieta, miró un par de veces por la ventana para ver si Lorena llegaba con Julia. El día anterior  le  había  dicho  que  irían  a su  casa  para  ver  la carrera. Extrañada, llamó por teléfono a casa de Paul, pero nadie contestó y dejó un mensaje en el contestador automático.

Media hora después, Rebeca se sentó frente al televisor para  ver  la  carrera.  Al  principio  todos  los  pilotos  le parecían iguales. Hasta que localizó la moto roja con el número  dos.  Rápidamente  puso  el  vídeo  a  grabar.  Allí estaba él, subido en su potente e intimidatoria moto roja. Pocos minutos después, el cámara de televisión fue deteniendo la imagen piloto por piloto durante unos segundos. Cuando la detuvo en él, Rebeca aplaudió; en su mirada vio la concentración.

Emocionada, vio cómo comenzaron a despejar la pista. Salió  un  hombre  con  un  cartel  en  el  que  se  leía  «un minuto».  En  la  pista  solo  quedaron  los  pilotos,  y  los motores comenzaron a rugir. Como le explicó Paul, los pilotos dieron primero una vuelta de reconocimiento a la pista, para llegar de nuevo a parrilla y a sus posiciones. La

 

carrera iba a comenzar y todos los pilotos observaban en tensión el semáforo rojo. Instantes después se puso verde y todos aceleraron buscando la mejor posición.

Llegaron  a  la  primera  curva  e  iban  como  una  piña. Rebeca horrorizada les observaba mientras estrujaba el mando que tenía en la mano. Parecía mentira que pudiesen ir tan pegados los unos a los otros y no caer todos por los suelos.

Vuelta a vuelta las posiciones de algunos pilotos fue variando.  Paul  luchaba  en  el  grupo  de  cabeza  por  una primera posición. A Rebeca le sudaban las manos al ver los malabares que hacían curva tras curva encima de sus máquinas. Parecía que en cualquier momento se rozarían y caerían.

Solo quedaban dos vueltas para finalizar la carrera y Paul seguía en cabeza en un grupo de cinco corredores, y no parecía  que  ninguno  se  fuera  a dar  por  vencido.  Todos tenían las mismas ansias por ganar, y arañaban los posibles segundos que podían en cada vuelta. Pasaron por meta y los mecánicos   les   informaron   con   sus   carteles:   «última vuelta».

Aquello era de infarto. Se adelantaban en sitios donde era casi imposible pasar y, de pronto, dos de los pilotos se salieron de pista y cayeron. Una gran nube de polvo impidió ver quiénes eran. Rebeca, histérica, no podía ver si había sido Paul uno de ellos, hasta que la cámara de televisión

 

volvió a enfocar la cabeza de carrera, y le vio allí.

Ay, Dios... menos mal, pensó con el corazón a mil.

Solo faltaban dos curvas para la llegada a la meta y aquellos locos seguían luchando como al principio. Paul intentó adelantar al piloto que tenía delante, pero este le cerró el paso por el lado por el que intentaba colarse. El tercer piloto aprovechó aquel mal movimiento e intentó adelantar a Paul, pero este no se lo permitió y así llegaron a meta. Paul quedó segundo. Rebeca, al finalizar la carrera, dio tal salto de alegría que asustó a Pizza, que se puso a ladrar.

—¡Esos hombres están locos! —rio Rebeca mirando a su perra.

No sabía si en realidad estaba contenta porque hubiera acabado y no le hubiera pasado nada o porque Paul fuera segundo. Aunque cuando le vio subir al pódium, y observó su cara de felicidad cuando le dieron la copa, se emocionó y aplaudió. Después no pudo evitar reírse al ver cómo aquellos bravos hombres se empapaban de champán como niños. Emocionada, se dirigió a la cocina y, cuando estaba preparándose algo de comer, sonó el teléfono.

—Hola, Rebeca.

Al  reconocer  su  voz,  se  limpió  las  manos  en  una servilleta y gritó emocionada:

 

—¡Paul!... ¡Has estado fantástico! Enhorabuena.

—Gracias —rio al escucharla tan contenta—. Vaya... veo  que  has  logrado  reconocerme  aunque  no  llevara  el clavel entre los labios.

—Oh...  sí,  qué  tonto  eres.  Ha  sido  una  carrera  de infarto. ¿Siempre es así?

—Más o menos. Bueno, ¿qué te ha parecido?

—Una auténtica locura —respondió, sentándose en un taburete de la cocina—. ¿No pasas miedo al ver cómo os acercáis los unos a los otros?

Él se carcajeó. Estaba encantado de hablar con ella, en cuanto  hubo  terminado  la rueda de  prensa, había ido  en busca de un teléfono para poder oír su voz.

—A veces. Todo depende del piloto que lleves a tu lado.

—Ay,  Dios...  he  visto  a varios  pilotos  caer  casi  al final. Ha sido horrible, pobrecillos.

—Kolesi y Misaru. Son dos pilotos jóvenes y tienen muchas ansias de triunfo. Pero todavía les queda mucho por aprender. Por cierto, ¿has podido hablar con Lorena?

 

—A ver, te cuento. Hablé con ella y Julia anoche, pero me ha extrañado no verlas hoy. Quedaron en venir a casa a ver la carrera.

—Estoy llamando a casa y me salta el contestador; me resulta extraño —indicó Paul con voz preocupada.

—No  te  preocupes,  hacemos  una  cosa.  Volveré  a llamar, y si no contestan, me acercaré con el coche a tu casa. ¿Te parece bien? —le calmó Rebeca rápidamente.

—Gracias, Rebeca —asintió—. Por favor, cuando consigas localizarla llámame al teléfono móvil que te voy a dar. Mi móvil ayer lo pisoteó mi moto y, como se suele decir, ha muerto.

—De acuerdo.

Antes de colgar apuntó el número de teléfono que él le dio. Rápidamente volvió a llamar a casa de Paul, pero como nadie lo cogió decidió ir a su casa. Llegó a la puerta del chalet de Boadilla del Monte; llamó, pero nadie contestó. Con paciencia  estuvo  una hora sentada  frente  al  chalet, hasta que, cansada, decidió volver a su casa.

Al llegar, se fijó en el contestador automático y vio que tenía varios mensajes. Uno era de Ángela, para decirle que el lunes no podría ir a su casa. Llegaba familia suya de Italia e  iría  al  aeropuerto  a  recogerlos.  El  siguiente  de  su

 

hermana  Donna,  y  por  lo  que  decía  ya  debía  de  haber hablado con Kevin. Se estaba riendo del mensaje que su hermana había dejado cuando empezó a sonar el tercer mensaje. Era Julia, la mujer que cuidaba a Lorena. Le decía que estaba en el Hospital Montepríncipe con la niña en la habitación 378.

Sin pensárselo dos veces, cogió el bolso y las llaves del coche y se marchó para el hospital. Por el camino se angustió. Pensó en llamar a Paul, pero decidió esperar para ver qué había pasado. Al entrar en el hospital, su nariz se impregnó de aquel olor que a ella no le traía buenos recuerdos. Odiaba ir a los hospitales desde que su madre murió.

Subió a la tercera planta y buscó la habitación. Al llegar se paró frente a la puerta y tomó aire, después puso la mano en el manillar y abrió. Al instante, vio a Lorena dormida en la cama del hospital y a una señora que no conocía a su lado leyendo  una revista. La señora, al  verla, rápidamente  se puso en pie y se dirigió hacia ella.

—Hola, soy Rebeca —saludó entrando—. ¿Qué ha pasado?

—Peritonitis —susurró la mujer—. Anoche pasó una mala noche y esta mañana la he traído al hospital y la han tenido que operar de urgencia —aclaró apurada.

 

—¿Ha avisado a Paul? —preguntó Rebeca—. Está muy preocupado.

La mujer se retorció las manos nerviosa.

—Sí,  he  intentado  hablar  varias  veces  con  él  al teléfono  que tengo aquí —dijo  enseñándole  un móvil—. Pero cada vez que llamo me hace un ruido extraño. Llamé a la señora Tina a Barcelona y decidí llamarla a usted.

Sorprendida por aquello, Rebeca miró a la niña y vio el apuro de la mujer reflejado en su rostro.

—Tranquila, Julia, has hecho todo perfectamente.

—Gracias, señorita.

Rebeca se acercó a la cabecera de la cama de Lorena y, tras ver que estaba bien, se volvió hacia la mujer y esbozó una sonrisa para tranquilizarla.

—Voy  a  intentar  llamar  a  Paul  por  teléfono  para decirle que todo está bien. No te preocupes por nada, ¿vale, Julia?

Más tranquila, Rebeca salió al pasillo. Al ver que tenía buena cobertura, llamó al teléfono que Paul le había dado. Al segundo timbrazo lo cogió una voz que no conocía, pero tras   preguntar   por   él   le   indicaron   que   esperase   un momento.

 

—Al habla Paul Stone.

—Paul, soy Rebeca.

Al escuchar su voz, se tensó. Llevaba esperando esa llamada un par de horas.

—Rebeca, gracias a Dios. ¿Has conseguido localizar a

Lorena?

—Sí, y no te preocupes, no ocurre nada grave, ella está bien. —Le escuchó suspirar y ella continuó—: Escúchame, pero tranquilo, ¿vale? Esta mañana la han tenido que operar de peritonitis, pero la niña está perfectamente. Te lo juro, Paul.

—¡¿Qué?! —gritó levantando la voz—. ¿Dónde estáis?

¿Cómo está ella? ¿Cómo no me ha llamado Julia?

—Tranquilo, Paul. Lorena está bien. Estamos en el Hospital Montepríncipe, en la habitación 378. Lorena está dormida ahora, pero te aseguro que dentro de dos semanas ya estará trotando otra vez por tu casa. Julia ha intentado llamarte por teléfono, pero tú mismo me has dicho que lo pisó tu moto. Llamó a tu madre, que ya está en camino, y luego me llamó a mí.

Pasaron unos segundos de tenso silencio que Rebeca entendió.

 

—Salgo en el primer avión que encuentre para España

—dijo Paul finalmente.

—Vale,  Paul.  Pero  tranquilo.  Tu  madre  ya  está  de camino y yo no me moveré de aquí hasta que ella llegue. Todo está controlado.

Pero Paul no podía ni hablar. Saber que su pequeña había sido operada de urgencias y que él no estaba junto a ella le dolió. Tras despedirse de él, regresó a la habitación. Allí le comentó a Julia que Paul ya lo sabía y que ella se quedaría con  la  niña  hasta  que  Tina  llegara  de  Barcelona.  Al principio Julia se negó a marcharse, pero Rebeca le rogó que  descansara.  Si  ella caía agotada no  podría ayudar  a cuidar  a la niña. Al  final  la mujer  le  dio  la razón y se marchó a descansar.

 

Capítulo 15

 

 

 

Ocho días después todos estaban más relajados, Lorena se encontraba estupendamente bien y la vida retomó su normalidad. Pero Paul tenía que marcharse de nuevo. Su siguiente carrera era en menos de seis días. De camino al aeropuerto, en el taxi, pasó por casa de Rebeca. Quería despedirse  de  ella.  Le  indicó  al  taxista  que  esperase  y llamó a la puerta. La primera en salir a recibirle fue Pizza, y tras ella Rebeca, que sonrió al verle.

—Hola. Vengo a decirte adiós —dijo mirándola directamente.

Ambos se miraron de tal manera que sus ojos hablaron por sí solos.

—Vaya, ¡qué detallazo! ¿A qué hora sale tu avión?

—A las seis y cuarto. Dentro de tres horas y media.

—¿Te da tiempo a tomar un café? —preguntó Rebeca en un hilo de voz, nerviosa por cómo él la observaba.

Él asintió y la siguió al interior de la casa. Mientras iba tras ella, se fijó en su cuerpo. Rebeca pareció leerle el pensamiento y se detuvo.

 

—¿Se  puede  saber  por  qué  estás  tan  calladito? 

preguntó dándose la vuelta.

Paul suspiró y sonrió.

—Solo pensaba en la pereza que me da tener que irme ahora de viaje.

Contenta con aquella respuesta, se volvió y continuó andando hacia la cocina. Si seguía mirándole se tiraría a su cuello, y no debía de hacerlo. Una vez allí, cogió dos tazas y sacó la leche del frigorífico.

—¿Cuánto  tiempo  vas  a  estar  fuera  esta  vez? 

preguntó con la cafetera en la mano.

—Dos semanas, quizá tres.

—Por  Lorena no te preocupes  —murmuró  nerviosa sin mirarle, mientras echaba el café en las tazas—. Está tu madre con ella y yo he quedado este fin de semana con ellas para ir al cine, y según dijo la pequeñaja, luego se vendrá a dormir conmigo.

—Ya lo sé —contestó sonriendo mientras se acercaba a ella—. Pero aunque te decepcione lo que te voy a decir, mi hija está encantada de dormir aquí porque va a dormir c o n Pizza.  Algo   que   a      me   parece   de   lo   más decepcionante, teniéndote a ti —murmuró bajando el tono

 

de voz.

A Rebeca se le puso todo el vello de punta. Su voz, su cercanía,  todo   en  él  la  excitaba,  pero   cogiendo   una servilleta se la tiró a la cara para romper aquel momento.

—Oh... Paul, qué tonto eres.

Sin dar un paso atrás, él la cogió por el brazo para retenerla.

—No sé cómo darte las gracias por todo lo que estás haciendo por Lorena y por mí.

—Pero  si yo  lo  hago  encantada —contestó  azorada por ello.

Él sonrió. Verla tan tensa, indecisa y excitada al mismo tiempo, le gustó. Y acercándose más, susurró dispuesto a conseguir lo que había ido a buscar.

—¿Qué te parece si cuando vuelva te invito a cenar? Hay algo que quisiera comentar contigo.

Levantando la vista, le miró a los ojos.

—Será algo bueno... ¿verdad?

—Te lo puedo asegurar —asintió con voz ronca y varonil.

Notando su respiración cada vez más cerca, Rebeca, aprisionada entre  la encimera de  su cocina y el fibroso

 

cuerpo de Paul, no conseguía mantener la calma.

—De acuerdo. Llámame para decirme cuándo vuelves, o... — balbuceó entre jadeos.

—No dudes que voy a llamarte —contestó atrayéndola hacia él para besarla.

Sin ningún miramiento, Paul le tomó los labios. Rozó con su lengua el labio superior para tantear el terreno y, cuando vio que ella abría la boca, se apoderó de su lengua y se la devoró. Rebeca, rendida a lo que él le ofrecía, se apretó contra él, y cuando creía que iba a estallar de gozo, sus labios se separaron y, tras una breve mirada, ambos comenzaron a reír.

—Caray... —susurró Paul excitado—, más vale que me vaya, porque como esté contigo cinco minutos más, no me marcho a Japón.

Deseosa de más besos, Rebeca suspiró y, con gesto aniñado, asintió.

—Sí... creo que es mejor que te vayas.

Paul, tras darle un nuevo y dulce beso en los labios, se dirigió  hacia  la  puerta,  mientras Pizza  corría  entre  sus piernas. Rebeca, como en una nube, iba a su lado. ¡Le había besado! Al llegar a la puerta se miraron.

—Espero que tengas un buen viaje —dijo Rebeca—.

 

Y, por favor, no te preocupes por Lorena y ten cuidado con la moto. ¿De acuerdo?

—Te llamaré —respondió él mientras la volvía a atraer de nuevo hacia sí para besarla.

Se besaron apasionadamente.

—Recuerda. Tienes  una cena pendiente  conmigo 

dijo Paul, separándola de él.

—De acuerdo.

Tras un último y rápido beso, él se marchó. Rebeca le siguió con la mirada hasta que el taxi se alejó. Una vez hubo entrado en su casa y cerrado la puerta, miró a su perra, que la observaba fijamente, y con la mejor de sus sonrisas murmuró:

—Dios... cómo me gusta Paul Stone.

 

Capítulo 16

 

 

 

El trabajo, para Rebeca, iba viento en popa, aunque cada vez tenía  que   tomar   decisiones   más   complicadas.   Estaba sumida en sus pensamientos cuando oyó cómo se abría la puerta del despacho. Era su amiga Carla.

—¿Puedo pasar? —preguntó desde la puerta.

—Anda... déjate de tonterías y pasa —respondió divertida Rebeca.

Había  sido  un  total  acierto  el  contratarla  para  que trabajara en el despacho. Todos estaban felices con la labor que desempeñaba. Pero Rebeca la conocía muy bien y sabía que algo le pasaba. Mientras Carla se sentaba frente a ella, Rebeca intuyó que su amiga había ido por fin a contarle la razón de su quebradero de cabeza.

—Rebeca, tengo un gran problema.

Con cariño, Rebeca se levantó  de la silla y se sentó junto a su amiga.

—Lo sé, Carla. Nos conocemos muy bien y lo sé. Cuéntame.

Ésta sonrió, pero rápidamente cambió su gesto.

 

—Todo  comenzó  después  de  haber  estado  en  el hospital. ¿Te acuerdas de las veces que te he dicho que cuidaras de Noelia?

Al pensar en esa preciosa niña, Rebeca sonrió.

—Sí...  pero  yo  estoy  encantada  de  cuidarla. Ya  lo sabes.

—Lo  sé —respondió  Carla—. Pero... yo  necesitaba que la cuidaras porque he comenzado a salir con alguien.

—Me lo imaginaba. Lo que no puedo imaginar es con quién.

—Con  Samuel.  El  médico  que  me  atendió  en  el hospital.

Sorprendida por aquello, Rebeca sonrió feliz y aplaudió.

—¡¿Con Samuel?! Pero eso está fenomenal. Es un tipo encantador. —Carla sonrió—. Y ahora que lo dices, me ha parecido verle un par de días al salir de la oficina.

—Es encantador. Me cuida y con la pequeñaja se porta fenomenal —asintió Carla emocionada, y en un hilo de voz dijo—: Y yo... yo... creo que me he enamorado de él, y él de mí.

Rebeca, al ver llorar a su amiga, sin entender nada, la cogió del mentón y la miró a los ojos.

 

—¿Dónde está el problema? —preguntó—. Si Samuel te hace feliz, no lo pienses y adelante.

—El  problema  es  Alfonso  —admitió  Carla sollozando.

Al oír aquel nombre, Rebeca se tensó. Pensar en lo que ese individuo le había hecho a su amiga le revolvía el estómago.

—Ese malnacido. ¿No pensarás volver con él? —soltó mirándola con intensidad.

—No... no... Pero ha venido a mi casa un par de veces a vernos a mí y a la niña, y... y está cambiado. Lo sé. Lo veo. Es  como  el  Alfonso  que  conocí  hace  años,  cariñoso, atento...

Cogiéndole de las manos, Rebeca clavó sus ojos en su amiga.

—Carla, hemos hablado sobre eso, y tú sola llegaste a la conclusión de que no volverías con él. Recuerda lo que te hizo. ¿Por qué me cuentas sus virtudes ahora? —Al ver que no contestaba, Rebeca prosiguió—: No creo que vayas a ser tan tonta como para volver a vivir con él sabiendo lo que sabes.

—No... no...

 

—Mira, cariño —susurró Rebeca—, debes poner en una  balanza  las  cosas  buenas  y  malas  de  Samuel  y  de Alfonso y tomar una decisión. Como amiga lo único que puedo decirte es que no olvides que con Alfonso no tienes un futuro y con Samuel sí.

—No es tan fácil, Rebeca, no es tan fácil pensar eso

—respondió.

—Nadie dice que sea fácil. Pero no debes mirar por ti sola,  debes  pensar  en Noelia.  Ella  no  se  merece  pasar malos momentos, ni tener problemas. Es una niña preciosa y  se  merece  lo  mejor  y  ser  feliz.  Piénsalo,  Carla... piénsalo.

Carla asintió y, limpiándose las lágrimas de los ojos, se levantó de la silla y se dirigió hacia el ventanal.

—Tengo que contarte otra cosa.

—¡Suéltalo.

—Estoy embarazada.

Cada  vez  más  sorprendida,  Rebeca  se  levantó  y  se acercó hasta ella.

—¡¿Que estás qué?!

—Lo que has oído.

 

Rebeca reaccionó rápidamente.

—¿No será de Alfonso? Por favor, dime que no es de él o me da algo.

Carla miró a su amiga y soltó.

—Es de Samuel, y él no lo sabe.

—Ay, Dios, Carla. ¿Qué vas a hacer?

—He mirado varias clínicas para abortar —al ver el gesto en su amiga, aclaró—: Rebeca, no puedo cargar yo sola con dos niños pequeños. Noelia ya me da mucho trabajo. —Y rompiendo a llorar gimió—: No sé qué hacer.

Rápidamente se abrazaron.

—Oh... Carla, en esto no sé qué decirte. Lo único que puedo aconsejarte es que hables con Samuel. Creo que él tiene derecho a saberlo —dijo al pensar en lo que Paul le contó de su exmujer—. No es solo tu hijo, también es de él. ¿Qué te hace pensar que él no lo va a querer?

Carla resopló. No era fácil pensar.

—Ayer,   cuando   Samuel   llegó   a  mi   casa,  estaba Alfonso jugando con la niña. No le gustó que estuviera allí. Tuvimos una discusión tremenda y me acusó de jugar con sus sentimientos.

—Ay, cielo, lo siento. —Rebeca la abrazó.

 

—En definitiva, me dijo que tenía que tomar una decisión. O él o Alfonso. —Secándose las lágrimas concluyó—:   Dijo  que  le  llamara  cuando   me  hubiera aclarado.

—Ay, Dios... —suspiró Rebeca—. Carla, ¿qué vas a hacer? ¿De cuánto tiempo estás?

—De dos meses. Si quiero abortar debo decidirlo ya. No puedo esperar mucho más.

Ambas se miraron. Aquella decisión era dura, fuerte y fría. Tras  unos  segundos  en silencio, Rebeca miró  a su amiga.

—Sinceramente, ¿a quién amas, Carla? ¿A quién quiere tu corazón?

—A Samuel. Pero Alfonso es el padre de Noelia y no puedo negarle que la vea.

Su  amiga  tenía  razón.  Una  cosa  no  quitaba  la  otra, aunque Alfonso, tras lo ocurrido, no fuera objeto de su devoción.

—Pero vamos a ver, ¿eso se lo has dicho a Samuel? Carla negó con la cabeza.

—Intenté decírselo, pero estaba tan furioso que no me es-cuchó.

 

Rebeca cogió el teléfono y se lo pasó a su amiga con decisión.

—Llámale al móvil y queda con él para esta noche. No te preocupes por la niña, ya me encargo yo, ¿de acuerdo?

Carla asintió. Decidida, aunque temblorosa, le llamó al móvil. Tras hablar unos segundos con él, hizo lo que su amiga le había sugerido y después colgó.

—¿Y bien? —preguntó Rebeca.

—He quedado esta noche a las nueve. Hablaremos. Rebeca sonrió.

—¡Perfecto! Habla con él. Sé clara en todo, él se merece  una explicación. Piensa en cómo  se sintió  él al llegar y ver a la persona que casi te mata, jugando en tu casa con la niña.

—Tienes razón. Seré sincera con él. —Y abrazándola sonrió—. Gracias, Rebeca. No sé qué haría si no te tuviera.

—Venga, tontuela, para eso estamos las amigas — contestó quitándole hierro al asunto—. Por cierto, ¿a qué hora me traerás a Noelia?

—A las ocho.

—Vale —asintió Rebeca mientras Carla salía por la

 

puerta.

 

Capítulo 17

 

 

 

A las ocho y veinte, tras dejar a Noelia en casa de Rebeca, Carla se dirigía en su coche hacia Plaza de España. Iba nerviosa.  Debía  darle  a  Samuel  una  noticia  que  estaba segura que le iba a bloquear. ¡Iba a ser padre! A las nueve entró en el restaurante donde había quedado con él. Pidió un zumo de piña. Cinco minutos después, y tan guapo como siempre, le vio entrar. Samuel, al verla, se dirigió hacia la mesa. Deseaba besarla y acariciarla. Pero no, no lo haría. La saludó con frialdad y pidió al camarero una botella de agua.

—¿Cómo estás? —preguntó nervioso.

Solo la conocía hacía pocos meses, pero pensar en perderla se le hacía insoportable.

—Bien. Gracias por venir —atinó a contestar.

Tras  un incómodo  silencio, el  camarero  se  acercó  y llevó la botella de agua a Samuel. Tras beber y aclararse la garganta la miró finalmente.

—La última vez que nos vimos quedamos en que tú me llamarías. Tú eres la que tiene que decidir qué hacer con tu vida.

 

Carla  asintió,  y  le  respondió  intentando  que  no  le temblara la voz.

—Es todo tan complicado que...

—No. No es complicado. Se trata de decidir, ni más ni menos —interrumpió él.

—Samuel, te quiero y... y Alfonso es solo el padre de mi hija.

Aquello  erizó  el  vello  del  cuerpo  del  hombre,  pero estaba dispuesto a soltar lo que llevaba en su interior.

—Comprendo que él es el padre de Noelia, pero ese animal casi te mata hace unos meses, ¿no lo recuerdas? — ella asintió y él prosiguió—: ¿Cómo puedes verle tan tranquila?  ¿Cómo  le  dejas  entrar  en  tu  casa?  ¿No  has pensado que si ocurrió una vez puede volver a ocurrir?

Ella negó con decisión.

—Alfonso nunca fue agresivo y lo que pasó fue algo... algo puntual.

—Oh, sí, claro —se mofó con amargura—. Parece mentira que no escuches las noticias en referencia a esos hijos de puta que maltratan y matan a las mujeres.

Entendió lo que decía. Por ello, y dispuesta a hablar y no discutir, Carla respiró antes de contestar.

 

—Sé lo que quieres decir, pero yo nunca pondría en peligro a Noelia. Si le dejo entrar en casa es porque sé que no viene con malas intenciones. Está arrepentido y...

Incapaz de seguir escuchándola él volvió a interrumpirla.

—Joder, Carla, no entiendes nada. Yo no veo mal que él vaya a ver a la niña. ¡Es su hija! Pero por el amor de Dios, procura no estar sola. Llámame a mí o a Rebeca o a cualquier persona, pero no estés sola con ese malnacido, porque no me fío de él. —Acercándose a ella continuó con rabia—: Por mi trabajo veo muchas mujeres con el rostro y el cuerpo marcados por esos hijos de puta y no lo puedo soportar.  Mira,  Carla,  comprendo  la situación.  Él  es  el padre  de  Noelia,  no  yo.  Él  tiene  unos  derechos  con respecto a ella y me parecerá bien que los cumpla, siempre y cuando reconduzca su conducta y su vida. Mira, cariño — susurró tocándole el mentón—, no pretendo dirigir tu vida, ni quitarle la niña a un padre. Solo quiero saber que estáis seguras.

—Lo sé, pero él es el padre de Noelia. Una persona a la que yo he querido muchísimo, y...

—Me parece enternecedor todo lo que dices — murmuró  separándose  de  ella—.  Pero  olvidas  un grandísimo detalle. ¡Casi te mata! ¿Crees que él pensó que tú eras la madre de Noelia cuando te hacía daño? —estalló

 

con furia—. Por favor, Carla, no hables así de él, me dan ganas de cogerle del cuello y matarle.

Le asió del brazo para acercarse a él.

—De acuerdo, tranquilízate. Pero tienes que entender que hubo algo entre nosotros y que de esa unión nació Noelia. No puedo negarle que la vea. Entiéndelo, por favor

—suplicó mirándole a los ojos—. Te quiero, Samuel. Te quiero  como  nunca  he  querido  a  ningún  hombre.  Eres bueno, amable, me haces la vida fácil y yo... yo no quiero perderte porque te quiero, pero necesito tu ayuda...

Aquello  derribó  todas  las  defensas  de  aquél  y, abrazándola, le susurró al oído lo que sentía.

—Dios Santo, Carla, estaba desesperado al ver que no me llamabas —dijo besándola en la boca—. Cuando esta tarde  he  hablado  contigo  por teléfono  me  he  temido  lo peor. Claro que voy a ayudarte, mi vida. ¿Por qué lo dudas?

Emocionada por el cariño que le demostraba, Carla suspiró.

—Perdóname por todo el daño que te he hecho. Nunca lo pretendí.

—Olvídalo, cielo, pero necesito que entiendas que cuando llegué a tu casa y os vi tan felices a los tres, yo... me sentí mal. No soy un niñato, soy un hombre con esperanzas de formar una familia contigo y...

 

—A propósito de lo de formar una familia —susurró

Carla—. Tengo que decirte que...

Pero emocionado él la volvió a interrumpir y, volvió a sorprenderla.

—¿Quieres casarte conmigo? —Aquello la descuadró y  él,  a  pesar  del  gesto  de  Carla,  prosiguió—:    que llevamos poco tiempo juntos, pero cielo, tú eres la mujer que  quiero  y  la  que  he  buscado  toda  mi  vida. Solucionaremos lo de las visitas de Noelia con su padre. Si tú quieres, mañana hablamos con Rebeca, que es abogada, y buscamos la mejor solución para todos.

Desencajada por aquello, Carla apenas logró balbucear unas palabras.

—¿Me…   me   estás   pidiendo…   que   me   case…

contigo?

Samuel, seguro de lo que estaba haciendo, asintió.

—Sí, cariño. No puedo vivir sin ti y sin Noelia. Ambas sois  lo más  importante  que  tengo  en esta vida. Y estoy seguro de que juntos podremos tener una bonita vida y unos preciosos hijos. Quiero formar una familia contigo, si tú quieres, claro.

Ay, Dios mío, pensó Carla a punto de llorar. Samuel, mirándola a los ojos, vio su confusión.

 

—Bueno, ¿cuál es tu respuesta? Carla le miró como en la luna.

¿Cómo  podía  sentir  aquel  amor  por  alguien  a  quien apenas conocía? Pero estaba convencida de que Samuel la quería hacer feliz. Él, al ver que ella no respondía, trató de hacerla sonreír.

—Si me dices que sí, solo te pido una cosa.

—¿Qué?

—Que nunca vuelva a haber secretos entre nosotros.

—No puedo prometerte eso —susurró Carla a punto de retorcerse de risa por la situación. Aquello comenzaba a desbordarla.

—¡¿Cómo?! ¿Qué pasa ahora?

—Cariño... aún hay algo que no sabes pero que debes saber.

Samuel, con la tensión en el rostro, asintió.

—De  acuerdo. Adelante. Sea lo que sea, estoy a tu lado.

Carla le dio un beso que le desconcertó aún más.

—Como veo que lo nuestro va a la velocidad de un rayo, tengo que decirte que en pocos meses vas a ser papá.

 

Samuel abrió de par en par los ojos y susurró incrédulo mirando al camarero.

—Por favor, tráigame un whisky doble. —Luego, mirando  de nuevo  a Carla, preguntó—:  ¿Qué  has dicho?

¿Voy a ser padre?

Carla, emocionada asintió.

—Sí,  cariño.  Esperaba  poder  hablar  contigo   para decidir qué hacer.

El camarero llegó con el whisky y lo dejó encima de la mesa. Samuel con un gesto le pidió un segundo; cogió el whisky y dio un buen trago. Tras gesticular con la cara, la volvió a mirar y con la mejor de sus sonrisas asintió.

—Te quiero y vamos a tener unos hijos preciosos. Emocionada, Carla aceptó los brazos que él le abría y se

acurrucó entre ellos.

—Eso es lo que deseo, cielo, eso es lo que deseo.

 

Capítulo 18

 

 

 

La boda de Samuel y Carla fue una boda sencilla, entrañable y bonita. Todo fue rápido y organizado en dos semanas. La vida por fin sonreía a Carla y Rebeca estaba feliz por ella. Las llamadas de Paul cada vez eran más seguidas y más íntimas,  hasta  que  por  fin  llegó  el  día  de  su  regreso. Llegaba aquella noche tras el premio de Japón, y Rebeca estaba tan nerviosa que no sabía qué ponerse, ni qué le diría cuando le tuviera delante. Habían pasado tres semanas y cuatro días desde que se despidiera de él en la puerta de su casa con un beso abrasador, y eso la tenía al borde de un ataque de nervios.

Era sábado y se encontraba en su mesa de trabajo cuando sonó el timbre de la puerta. Rápidamente, Pizza se puso a ladrar. Rebeca se levantó y se dirigió hacia la puerta para ver quién era, y, cuál no sería su sorpresa, cuando al abrir, allí estaba Paul con la mejor de sus sonrisas y un precioso ramo de flores. Durante unos segundos se miraron desconcertados, hasta que él la agarró y la besó apasionadamente.

—¿Pero   qué   haces      aquí?   —preguntó   Rebeca segundos después—. ¿No llegabas esta noche?

 

—Muy bonito —se mofó él—. Yo cambiando vuelos para llegar cuanto antes, y tú me preguntas que qué hago aquí.

Cogió   su  maleta  y  se   dio   la  vuelta  dispuesto   a marcharse.

—De   acuerdo.   Me   voy   y  hasta   esta   noche   no regresaré.

—No, Paul —rio agarrándole del brazo—. ¿Qué haces, tonto? No quiero que te vayas.

Soltando la maleta con una espléndida sonrisa, él volvió a abrazarla y la besó de una manera que la dejó sin aliento.

—Eso es lo que yo quería oír —susurró haciéndola reír—.  No  sabes  las  veces  que  he  pensado   en  este momento.

Rebeca le miró encantada. Ella también había pensado mil veces en aquel momento, y estaba siendo mil veces mejor de lo que su cabeza había imaginado, le miró y susurró:

—Tú no sabes las vueltas que le he estado dando para saber qué me ponía esta noche, y ahora resulta que llegas antes de la hora y me pillas con estas pintas —susurró tras varios besos abrasadores.

Devorándola  con  la  mirada,  él  respondió  encantado

 

mientras contenía sus ganas de desnudarla y poseerla como tantas veces había soñado.

—Estás preciosa.

—Sí… seguro —rio separándose de él. Si continuaba tan cerca le tumbaría y le haría el amor como estaba deseando desde hace meses—. Por cierto, ¿has llamado a Lorena para decirle que ya has llegado?

Dejando la cazadora encima del sillón, asintió.

—He  hablado  con Julia y me  ha dicho  que  Lorena estaba en el cumpleaños de su amiguito Dani. Un niño del colegio. Por lo tanto, tengo unas horas para estar contigo.

—¿Cenaremos juntos esta noche? —preguntó Rebeca.

—Por supuesto. Dentro de un rato iré a casa a darle un besazo a Lorena y, cuando la acueste, la noche será para nosotros —murmuró tras suspirar—. ¿Has decidido a qué restaurante quieres que te lleve?

—No se me ocurre ninguno. Vayamos a cualquiera que conozcas tú.

Feliz por estar con ella, Paul la atrajo hacia él y se dejó caer sobre el sofá abrazados.

—De acuerdo, preciosa —murmuró con gesto cansado—. Pero de momento ven aquí para que yo pueda

 

disfrutar de ti.

Mimosa,  Rebeca  se  dejó  abrazar  y besar  por  el  que tantas noches en vela había pasado. Lo que más le apetecía en esos momentos era aquello y no se lo iba a negar. Paul era un hombre terriblemente sexy y ella le deseaba. Cuando Paul sintió que ella bajaba sus manos por su abdomen y se detenía en el botón de su vaquero, la miró y preguntó con voz ronca.

—¿Estás segura?

Con una cautivadora sonrisa, asintió y Paul la besó. Le devoró los labios con tal ansia que ella se estremeció. Echados en el sillón y llevados por la pasión, acabaron en el suelo.

—Subamos a mi habitación —propuso Rebeca entre risas.

Levantándose  del  suelo,  subieron  las  escaleras  entre besos y abrazos. Una vez llegaron a la cama, Rebeca se sentó y Paul, con un dedo, la tumbó para dejarse caer con cuidado y posesión sobre ella. Con movimientos torpes al principio pero a cada segundo más rápidos, se desnudaron.

—Eres   preciosa   —susurró   mirándole   los   tersos pechos.

Atizada por un extraño ardor, sonrió. Metió la húmeda lengua en su boca y, con fiereza, le  besó. Ella siempre

 

había sido una chica buena, recatada y poco exigente, pero aquel hombre la tentaba tanto que su comportamiento se volvió loco y provocador.

¡Deseaba tenerle dentro de ella ya!

Paul, al sentirla tan excitada, sonrió y dándole lo que ella quería, se posicionó entre sus piernas y no se hizo de rogar. Saco un preservativo de la cartera y se lo colocó. Luego bajó una de sus manos para tocarle el centro de su deseo mientras guiaba su miembro hasta él.

—Oh Dios... te deseo tanto —murmuró agitada.

—Tanto como yo a ti —suspiró él al notar cómo el calor del interior del cuerpo de ella rodeaba totalmente su miembro.

Rebeca, al sentir cómo él entraba en ella, se arqueó y subió las caderas impaciente por recibirle. Al sentir aquel movimiento, algo en Paul se volvió salvaje y primitivo y, posicionando una de sus manos bajo el trasero de ella, alzó sus caderas y, mirándole a los ojos, comenzó a entrar y salir de ella con movimientos rápidos y certeros hasta que la vio soltar un pequeño gemido que le indicó que ella había llegado al orgasmo. Paul la apretó contra él y, tras bombear un par de veces con más profundidad dentro de ella, se dejó ir. Rebeca sonrió al escuchar de su garganta un sonido seco y varonil.

Durante unos segundos, Paul mantuvo su cara hundida en

 

el cuello de Rebeca. Le gustaba lo que había ocurrido pero deseaba volver a repetirlo con más calma. Quería gozar más de ella. Instantes después, al escucharla respirar con celeridad, levantó la cabeza y la besó con tal pasión que Rebeca supo que sería una tarde para recordar.

—¿Todo bien?

—Sí —asintió gustosa—. ¡Genial!

Divertido por la sonrisa guasona que vio en sus labios se sentó a horcajadas sobre ella y cogiéndole las muñecas con ambas manos se las puso sobre la cabeza e indicó bajando su boca hacia ella.

—¿Te apetece seguir jugando o prefieres que me marche?

Ella le besó en la comisura de los labios mientras sentía como su erección crecía por segundos.

—Si se te ocurre levantarte de esta cama sin satisfacer todos mis deseos, considérate hombre muerto.

Paul, sorprendido, la miró y ella de pronto enrojeció por lo que había dicho.

—Bueno yo… la verdad es que…

Divertido por verla tan azorada le soltó una mano para colocarle un mechón detrás de la oreja y besarle en el lóbulo.

 

—Tengo en mi cabeza tantos pensamientos lujuriosos contigo que estoy seguro de que tus deseos quedaran satisfechos —al ver que ella sonreía prosiguió—. En este tiempo  sin  verte  he  imaginado  que  te  poseía  de  tantas maneras que no te puedes imaginar.

—¿En serio?

—Sí, preciosa… sí.

Con el aliento entrecortado y excitada como nunca en su vida ella exigió.

—¿Qué has imaginado?

—Fantasías húmedas que te aseguro que te gustarán. Rebeca abrió los ojos desmesuradamente.

—Aunque reconozco que la que más me excitaba era verte desnuda sobre mi bicha.

—¿Tu bicha?

Divertido Paul sonrió y prosiguió.

—Mi  bicha  es  mi  moto,  y  en  ella  me  encantaría tenerte sentada a horcajadas sobre mí, mientras me haces el amor.

—Pero… yo… yo nunca hago esas cosas. Él rio.

 

—Nunca digas… nunca.

Con su cálido aliento, su voz y su mirada consiguió que Rebeca  sintiera  un  escalofrío  que  le  recorrió  todo  el cuerpo mientras sus pezones se erizaban excitados. Saber que él había tenido fantasías con ella le gustaba más de lo que nunca hubiera imaginado.

—Te deseo, preciosa —le susurró Paul al oído con una masculinidad tan posesiva que casi solo el sonido de su voz la lleva al orgasmo.

Con el  corazón  latiéndole  con fuerza y un ardoroso calor  instalado   entre  sus  piernas  le  mordió  el  labio inferior. Aquello gustó tanto a Paul que al percibir su excitación la besó hasta dejarla sin aliento. Eso la animó y asiendo sin ninguna vergüenza su erección con la mano comenzó un suave y ondulante movimiento que lo enloqueció.

—Si sigues haciendo eso, no dudaré ni tres segundos.

—¿Seguro?

—Segurísimo.

Consciente del erotismo que en sus ojos veía, bajó su boca y tomó uno de aquellos duros y tersos pezones. Cómo era de esperar ella gimió al límite hasta que gritó.

 

—¡Para!

Él paró, la miró y con voz ronca susurró.

—¿Quieres dejarlo aquí?

Ella  deslizó  su  mano  por  aquellos  marcados abdominales e incorporándose sobre los codos pidió.

—No…  solo  quiero  cambiar  de  posición.  Déjame estar a mi sentada sobre ti.

Paul asintió y sin perder tiempo se dejó caer sobre la cama. Ella se sentó a horcajadas sobre él y sin hablar le besó el cuello. Después bajo su boca hasta sus pezones y continuó bajando hasta rodear con la lengua su ombligo. Mientras continuaba su exploración por aquel musculoso cuerpo le escuchó gemir. Eso la hizo sentirse poderosa y, al tener ante ella aquella impresionante erección, la besó y metió su aterciopelada punta en su boca.

Por  primera  vez  en  su  vida  sintió  que  ella  tenía  el control en sus manos. Sentirse como una mujer liberal le hacía sentirse viva y le gustó. Siempre había temido arrepentirse de hacer algo así pero con Paul era diferente. Él la hacía sentir viva, deseada y sexy y sabía que no se iba a arrepentir.

Durante lo que a Paul se le hizo una eternidad, ella jugó con él hasta que incapaz de seguir inerte la agarró por las axilas, la hizo ponerse de nuevo a horcajadas sobre él y

 

mirándola a los ojos la penetró. Ella estaba tan húmeda que sintió  el  pene  entrar  hasta  el  cuello  del  útero. Ambos gritaron  de  placer  mientras  él  con  las  manos  sobre  la cintura de ella la ayudaba a salir y entrar una y otra vez.

El ritmo se aceleró. Rápido, intenso, fuerte.

Ella gritó al llegar al clímax y cuando él no pudo más, la levantó con fuerza, sacó su erecto pene de ella y se corrió.

Con las respiraciones entrecortadas y los corazones acelerados se miraron y sonrieron. Aquello había estado muy, pero que muy bien y estaban dispuestos a repetir.

Tras una magnifica tarde de sexo, Paul, a regañadientes, se marchó a su casa para ver a su hija.

Durante  unas  horas  estuvo  con su pequeña hasta que llegó la noche, y de nuevo fue a buscar a Rebeca, quien al verle le besó con ardor.

—Si me  sigues  besando  así, te llevo  de nuevo  a la cama —bromeó él.

Divertida, dijo con un gesto que a él le enloqueció:

—No me tientes... No me tientes. Pero no, prometiste llevarme a cenar y eso haremos.

Al cerrar la puerta de su casa, Rebeca vio aparcada una bonita moto frente a ella. Mirándole, dijo en tono guasón.

—Menos mal que no me he puesto vestido. —Aquella

 

ocurrencia le hizo reír y ella aclaró—. Paul, no te lo tomes a mal, pero creo que te dije que me daban miedo las motos.

—Y yo creo que te dije que ese miedo se debía a que aún no habías montando con alguien que te proporcionara seguridad. —Dándole uno de los cascos, susurró antes de plantarle un dulce beso—: Póntelo y confía en mí. No te pasará nada

Nerviosa, obedeció, y diez minutos después se encontró disfrutando junto a él de la libertad que proporciona viajar sobre  una  moto.  Tras  un  divertido  viaje  aparcaron,  y cogidos de la mano llegaron hasta el restaurante. Un local de moda, grande, con varios ambientes y distintas cocinas.

El maître, al ver a Paul y reconocerle, rápidamente le ofreció una de las mejores mesas en la zona francesa. Era un lujo tener en el restaurante al famoso piloto de moto GP Paul Stone.

Encantada por la compañía, Rebeca se dejó asesorar en cuanto a la comida. Le gustó todo excepto los caracoles, que se negó a comer. Solo con verlos, el estómago se le removía. Tras la cena, decidieron ir a tomar algo a un bar de copas de un amigo de Paul.

Al   llegar,   Rebeca   se   sorprendió;   estaba   ante   el DeMarios, el local más de moda de Madrid. En cuanto aparcaron,  pudo  comprobar  cómo  la  entrada  del  local estaba plagada de fotógrafos buscando una instantánea que les diera un titular. Rebeca, azorada por las fotos que les

 

disparaban,  sintió  la mano  de  Paul  que  la apretaba  con fuerza y sonreía a los fotógrafos, eso le dio confianza. En aquello él estaba muy puesto. Era un deportista guapo, adinerado y soltero, y eso, a los fotógrafos, les encantaba.

Una vez dentro del local, Rebeca se sorprendió al verse rodeada de gente que solía ver en la televisión y en el cine. Eso la intimidó, pero Paul, con su seguridad, de nuevo consiguió que sonriera, mientras le cuchicheaba cosas de todos ellos.

Tras saludar  al dueño  del local, Paul se dirigió  hacia donde le indicó que estaban algunos de sus compañeros. Pilotos como él. Encantada, conoció a Iván Vázquez y a su mujer Rita. Paul le presentó como el gran rival en pista, pero grandísimo amigo en la vida e inmejorable compañero de equipo. Más tarde llegaron Tomi, Valentino, Raúl y Salinski, acompañados por sus mujeres, excepto Tomi, que no tenía pareja.

Mientras Rebeca observaba cómo charlaban animadamente, Iván se acercó a ella para invitarla a bailar. Bailó con él y rio por las cosas que este le contaba. Cuando Iván y ella dejaron la pista, Rebeca vio que Paul saludaba a una mujer mayor que él. Se notaba cierta familiaridad entre ellos. Segundos  después, ambos  se  dirigían hacia donde ella estaba sentada.

—Rebeca, te presento a Elena, una amiga y colosal periodista deportiva. —al ver cómo le miraba, aclaró—: Es

 

la madre de Susana y Dani. El cumpleaños al que asistía hoy

Lorena.

Al recordar aquel detalle, Rebeca sonrió.

—Encantada de conocerla y felicidades a Dani.

La mujer la miró a los ojos unos segundos. Luego, se acercó a ella.

—Gracias, querida, y por favor, no me llames de usted que me haces mayor —le dijo amablemente.

—De acuerdo, Elena. —Y al reconocerla dijo—: Trabajas en las noticias de Telecinco, ¿verdad?

—Sí, querida. ¡Acertaste!

Paul, sonrió al ver cómo Rebeca miraba a la mujer.

—A todo  esto,  ¿dónde  está tu marido?  —preguntó

Paul.

La mujer miró a su alrededor antes de contestar.

—Ha ido la barra a pedir unas copas con Toño. Yo — dijo echando un vistazo de nuevo a su alrededor — estoy esperando a Marga, que ha ido al guardarropa un momento.

—Toño y Marga son unos amigos —aclaró al ver que Rebeca la miraba—. Cada año salimos a celebrar los cumpleaños de los niños por la noche. —Con una encantadora   sonrisa   aclaró—:    Por   la   tarde    es   el

 

cumpleaños de los niños, pero por la noche es la fiesta de los mayores.

—¡Genial! —rio Rebeca.

—Siempre  es  bueno  un pretexto  para salir  a cenar fuera de casa —continuó la mujer que, moviendo el brazo, dijo—: Allí está Marga. Por cierto, no ve tres en un burro, pero la muy presumida no quiere ponerse las gafas y hay que estar pendiente de ella todo el rato.

Rebeca volvió a reír y la mujer, al ver que su amiga no la veía hizo ademán de levantarse.

—Bueno, queridos, os dejo, que si no se me pierde. Hasta luego. —Y acercándose a la joven susurró—: Debes de ser muy especial para que este hombre te mire así. Aprovéchalo.

Rebeca y Paul se miraron y se echaron a reír, ante la vivacidad y el buen humor de Elena.

—Qué mujer más maja —rio ésta.

—Sí. Ella y su marido son dos personas encantadoras. Paul le explicó que les conocía desde el primer día de

colegio de Lorena. Siempre le había parecido una pareja ejemplar.  Solía  coincidir  con  ella  o  su  marido  Iñigo  a veces, cuando iba a recoger a su hija al colegio. Incluso Susana, la hija de ellos, más de una vez se había quedado a

 

dormir con Lorena. Eran inseparables.

Mientras hablaban, el ritmo de la música cambió. Pusieron música lenta y Paul la invitó a bailar. Al abrazarla, Paul le susurró al oído, poniéndole la carne de gallina.

—No sabes cuánto te he echado de menos.

—Me gusta.

Sorprendido por aquella respuesta, la miró a los ojos.

—¿Que te gusta qué? Que me hayas echado de menos. Eso quiere decir que has pensado en mí.

Paul sonrió. Durante un buen rato bailaron y se besaron. Se saborearon con tranquilidad. Ambos ambicionaban intimidad y anhelaban llegar de nuevo a casa. Varias canciones después caminaron hacia la mesa donde estaban todos  para  refrescar  sus  gargantas.  Estaban  sedientos. Aunque la sed que tenían era de sus cuerpos. Al llegar, Iván les hizo una seña con la mano. Ellos se acercaron.

—¿Qué  quieres, pesado? —rio  Paul  sin soltar  a su chica.

Iván, levantándose, se abrió camino entre la gente.

—Vamos, os invito a una copa.

Divertidos,  siguieron  a  Iván  y  Rita  hasta  la  barra. Aquellos le cayeron muy bien a Rebeca. Era una pareja encantadora y con solo ver cómo Iván miraba a su mujer se

 

podía ver  el  gran amor  que  le  profesaba.  Cambiaron  la música de nuevo, y el ritmo de Beyoncé se escuchó por los bafles. La bailona de Rita le preguntó a Rebeca si quería bailar y esta asintió. Las dos, encantadas, caminaron hacia la pista, donde comenzaron a mover sus cuerpos.

Horas después, cansados, Paul le propuso al oído marcharse. Ella asintió. Deseaba estar a solas con él. Pero cuando estaban a punto de salir por la puerta del local, Paul se detuvo al reconocer a alguien y tiró de Rebeca.

—Cariño, quiero presentarte al marido de Elena. Rebeca, feliz, se volvió, pero su sonrisa se congeló al

ver de quién se trataba. Los músculos se le agarrotaron y, de pronto, respirar se le hizo difícil. Paul, confundido por aquello, miró a su amigo y se extrañó al ver que a aquel le ocurría lo mismo. No entendió nada hasta que Rebeca le saludó.

—Hola, papá.

No  pudo  decir  más.  El  nudo  de  emociones  de  su garganta le impedía hablar. El hombre, al escuchar aquella voz, se emocionó y susurró procurando contener sus emociones.

—Rebeca, ¿cómo estás?

—Bien —asintió escuetamente.

Paul,  totalmente  alucinado,  no  sabía  a  quién  mirar.

 

¿Papá? ¿Iñigo era el padre de Rebeca? Si mal no recordaba, ella le dijo que estaba muerto.

Repuesta de la sorpresa inicial, se recompuso, y dio un paso atrás.

—Paul,  es  tarde  y  estoy  cansada.  Te  espero  en  la puerta. —Dicho esto se marchó.

Sorprendido y boquiabierto, Paul vio cómo se alejaba, y se volvió hacia Iñigo.

—Pero... ¿cómo?... ¿Rebeca es tu hija?

El hombre, que seguía mirando la puerta con los ojos cargados de lágrimas, asintió.

—Sí, Paul. Rebeca es la pequeña de mi anterior matrimonio.

Incómodo por la situación creada, le dio la mano al hombre y se apresuró hacia la puerta.

—Iñigo, ya hablaremos. Siento muchísimo esto... pero yo no sabía nada.

El hombre, aún sorprendido por lo ocurrido, le miró.

—No te preocupes, Paul. Es una historia complicada. Anda, ve, te está esperando.

Los hombres se despidieron, y cuando Paul salió del local,  ella  le  abrazó  y  contuvo  su  llanto  hasta  que  se alejaron de los fotógrafos. Una vez fuera de los flashes,

 

lloró. Paul intentó calmarla pero apenas lo consiguió. En esta ocasión,  Rebeca no  disfrutó  del  trayecto  en moto. Solo  deseaba  llegar  a  su  casa.  Una  vez  allí, Pizza  les recibió. Sin pararse ante la perra, Rebeca fue a la cocina para preparar  café.  Sabía que  Paul  le  iba a preguntar  y odiaba dar explicaciones.

Quince  minutos  después, con el café en una bandeja, entró en el salón donde Paul jugueteaba con Pizza. Se quitó los zapatos y se sentó como un indio frente a él. El silencio tomó el lugar hasta que Paul habló.

—Cariño, lo siento. Yo no sabía... Es más, creí que tus padres...

—No te preocupes —le cortó—. Tú no tenías por qué saber que él era mi padre. Además, te dije que mis padres habían muerto y...

Pero ya no pudo continuar, las lágrimas desbordaron sus ojos y Paul la abrazó con rapidez. Cinco minutos después, y más calmada, logró articular palabra.

—Cuando le vi delante de mí, no supe qué decir; los sentimientos me paralizaron. Por una parte es un extraño, y por  otra  mi  padre.  —Secándose   con  un  pañuelo   las lágrimas continuó—. Muchas veces he pensado cómo sería ese  reencuentro.  Tenía  claro  que  lo  despreciaría  y  le echaría en cara muchísimas cosas. Pero cuando... cuando le

 

he visto no he sabido qué decir. Allí estaba él, mirándome con esos ojos que yo adoraba cuando era pequeña.

Se sonó la nariz entre lágrimas.

—Siempre me trató bien. Incluso recuerdo que todos decían que  yo  era su niña preferida.  ¡Su princesa! —se mofó, y levantándose concluyó— Pero le odio por todo lo que nos hizo sufrir. En especial a mi madre.

Paul, sin entender aún lo que pasaba, se dirigió a ella con suavidad.

—A ver, Rebeca, yo no sé lo que ha pasado, pero la gente cambia, y quizá deberías hablar con él...

Volviéndose furiosa hacia él, se apartó gritando.

—¡¿Pero  qué  dices?!  No  quiero  verle.  Él  eligió. Decidió marcharse con... con su nueva familia. Con esa mujer.

Al recordar a Elena, maldijo. Aquella simpática mujer había  sido  la  que  tanto  sufrimiento  había  causado  a su madre.

—No te pongas así. Yo solo quería que...

—¡Oh, cállate! —protestó sin apenas mirarle.

Sin poder evitarlo, recordó las palabras que su hermano Kevin le dijo a su padre años atrás, Para Donna y para mí estás más muerto que nuestra madre. Rebeca es mayor

 

de edad y, sin presiones, tomará su decisión . Su decisión fue no volver a verle nunca. De la noche a la mañana había perdido a sus padres y ella solo le culpabilizó a él.

Paul, confundido por el giro que estaba tomando todo, se acercó para abrazarla, pero esta no le dejó. Volvió a intentarlo un par de veces más, pero su reacción fue la misma. Al final, molesto por su actitud, cogió su chaqueta y se dispuso a marcharse.

—Creo  que  es  mejor  que  me  marche.  Mañana  te llamaré.

Ella ni  le  miró. Estaba sumida en su pasado. En sus tristes recuerdos. Paul se dirigió hacia la puerta, pero se paró. Volvió sobre sus pasos y, sin tocarla, murmuró:

—Si quieres que me quede, me quedaré. Ella negó con la cabeza.

—Vete, por favor, Paul.

Tras mirarla durante unos segundos, él asintió y se dio la vuelta.

—De acuerdo. Te llamaré.

Esta vez se fue y ella suspiró. Una vez sola se tumbó en el sofá y, con el berrinche, se quedó dormida. Soñó con su décimo cumpleaños. Ese en el que papá le compró la bicicleta  de  sus  sueños.  Recordó  las  veces  que  había pasado  con  su  padre  por  delante  de  aquella  tienda,  y

 

siempre se paraban a admirarla. Era preciosa y de color rosa. De los manillares colgaban unos flequitos, y delante portaba una cesta. En aquellos momentos era lo que Rebeca más quería tener en el mundo. Y lo tuvo. Su padre siempre le intentaba dar todos los caprichos. También soñó con su viaje de fin de curso. En esa época sus padres no estaban muy bien de dinero, y ese viaje suponía un lujo que apenas se podían permitir. Pero su padre comenzó a trabajar en una fábrica por las noches y el día que le dio el sobre con el dinero para el viaje, ella se emocionó.

Recordó la cantidad de veces que él quería hacer lo mismo por Donna, pero su madre siempre le recordaba que por su hija mayor decidía ella.

Su madre era buena, aunque en muchas ocasiones demasiado recta y severa. Por aquel entonces sus hermanos se mofaban de ella, y la llamaban «la princesita de papá». Quizá en su momento fue así. Pero les gustara o no a sus hermanos, su padre era quien convencía la mayor parte de las veces a su madre para que Donna pudiera ir de fiesta o Kevin salir con sus amigos.

Horas  después  se  despertó  sobresaltada  y sudando  a causa  de  los  sueños.  Con  tristeza,  Rebeca  suspiró  al recordar a ese papá que ella tenía guardado en su memoria. Era atento. Le  adoraba.  Por  ello, cuando  pasó  lo  de  su madre y se enteró de su doble vida, todo su cariño y amor se convirtieron en odio. En ese momento, Pizza se acercó

 

a ella y, dándole con el morro en la mano, hizo que esta la mirase. Rebeca, al verla, sonrió e, incorporándose, miró el reloj. Las cinco de la mañana.

—Vamos a dormir. Es muy tarde.

Levantándose,  se  dirigió  hacia su dormitorio  seguida por su fiel Pizza.

 

Capítulo 19

 

 

 

Habían  pasado   dos   semanas   desde   aquella  desastrosa noche. Su padre, Iñigo  Rojo, intentó  hablar con ella. La llamó por primera vez a la oficina pero ella se negó a responder. No quería hablar con él. Tras lo ocurrido, habló con Paul sobre el tema sin profundizar. Pero solo aquel día. No  volvieron  a hablar  de  ello  y  él  se  marchó  al  Gran Premio de Motociclismo de Italia.

Una mañana, mientras  estaba sentada en su despacho, oyó voces en el pasillo. Entró Belén con gesto de disgusto.

—Es el señor Cavanillas.

—¿Cavanillas? —preguntó Rebeca extrañada—. ¿Pero no estaba en Barcelona?

No pudo decir más. Aquel odioso individuo apareció por la puerta con su mirada inquisidora de siempre. Convencida de lo que pensaba de ella, Rebeca se levantó y, con tranquilidad, escuchó cómo se dirigía a ella.

—Rebeca, querida, ¿cómo estás? —saludó agriamente. Con la mejor de sus sonrisas, le tendió la mano.

—Buenos  días,  señor  Cavanillas.  ¿Cómo  usted  por aquí?

 

Mirando a su alrededor, se dio una vuelta por el bonito despacho de Rebeca y soltó:

—Necesitaba regresar a Madrid. ¿Qué tal todo?

Ella iba a responder cuando le vio que se paraba ante su mesa y, sin preguntar, cogía unos documentos y los ojeaba.

Eso sí que no, pensó molesta. Y acercándose hasta él, le tendió la mano.

—Espero  que  no  se  tome  a  mal  esto,  pero  ¿me devuelve los papeles? Son confidenciales.

Con una fría risa, él se los devolvió.

—¿Pero  qué dices, querida? —replicó  con sorna—. Esto es el contrato para Importaciones-Exportaciones Textiles Airward. —Y con la furia instalada en los ojos aclaró—: Sé perfectamente de lo que va el tema.

—Tiene razón —respondió Rebeca marcando distancias—.  Este  contrato  es  algo  que  usted comenzó, pero desde hace unos meses las cláusulas acordadas ya no existen. Y sin ánimo de ofenderle, ahora es algo mío, no suyo.

Cavanillas se disponía a replicar. Aquella idiota, ¿quién se  había  creído?  Pero  no  pudo;  entró  Peterson  por  la puerta.

—Cavanillas, querido amigo, ¿cómo estás?

 

—De visita... —aclaró este, y mirando a Rebeca dijo

—: Hablaba con ella sobre el contrato de Exportaciones- Importaciones Textiles Airward.

Peterson miró a Rebeca.

—Oh... sí. Estamos consiguiendo cambiar algunas cláusulas a nuestro favor gracias a esta estupenda abogada. Es infalible en las negociaciones.

Encantada  por  aquello,  Rebeca,  llamándole   por  su nombre de pila, se lo agradeció.

—Gracias, Thomas, eres muy amable.

—Por cierto, ¿ya está firmado?

Con los papeles aún en la mano, ella se los tendió.

—Le estaba echando un último vistazo antes de la comida que tengo hoy con ellos para la firma.

—¡Estupendo!

—Esperemos que lo acepten y por fin cerremos esta negociación —añadió ella ante el entusiasmo de Thomas. En ocasiones parecía un crío a pesar de los años que tenía.

Sin entender nada, Cavanillas les miró y Peterson le aclaró.

—Exportaremos  nuestras  telas  también  al  mercado

 

europeo. Sabemos que al principio será lento y trabajoso, pero ya hemos abierto sucursales en Hamburgo y Milán, y en breve espero que en Grecia.

—¿Cómo? —preguntó Cavanillas con los ojos desencajados—. ¿Habéis abierto sucursales en Europa?

—Sí —sonrió Rebeca al ver su sorpresa.

—¿Pero cómo? Otras veces lo hemos intentado y no ha dado resultado. Allí utilizan sus propios tejidos.

—Tienes razón, Cavanillas. Pero Rebeca se puso en contacto  con  varios  despachos  de  algunas  ciudades  y encargó un estudio de mercado —aclaró orgulloso Peterson—. Solo te puedo decir que después de mucho trabajo, hemos llegado a la conclusión de que podemos exportar nuestras telas a unos precios competitivos. —Y acercándose a Cavanillas indicó— Amigo mío, esto es un reto. Nunca había sido posible pero ahora lo es. — Volviéndose hacia Rebeca, el jefazo sonrió— Entonces querida, ¿no puedes venirte con nosotros a comer?

—No,   gracias.   He   quedado   para   comer   en   La

Cremerie, y quiero tener todo revisado y atado.

Con gesto agrio, Cavanillas se despidió de ella. Rebeca le miró. Había descubierto cosas durante aquellos meses que, si salieran a la luz, a aquel estúpido se le caería el

 

pelo. Pero aquello era algo que guardaría. Quizá tuviera que utilizarlo en otro momento.

 

Capítulo 20

 

 

 

Era sábado por la mañana. Sonó el teléfono. Rebeca estaba colocando su ropa en el armario cuando escuchó la voz de Ángela.

—Rebeca... al teléfono.

Dejando las camisetas sobre la cama, corrió escaleras abajo.

—Ya voy, Ángela. No grites —la reprendió cariñosamente—. ¿Quién es?

—Es Donna desde el otro lado del charco —respondió

Ángela.

Al escuchar que era su hermana, Rebeca saltó los escalones que faltaban para arrebatarle el teléfono.

—¡¿Donna?! Cuánto tiempo sin hablar contigo. — Rápidamente se le llenó la cabeza de preguntas—. ¿Qué tal están María y Miguel?

Con su buen humor de siempre, Donna respondió a la siempre cerebral y controlada Rebeca.

—Mira, hija... estupendos. Volviéndome loca, como siempre.

 

Después de un rato de risas y conversaciones cruzadas, en las que Rebeca no le contó que había visto a su padre, el tema se desvió a su hermano.

—Por cierto, ¿volviste a hablar con Kevin?

—Ese está como una chota —se mofó su hermana—.

¿Pero  cómo  puede  casarse  con alguien a quien conoció hace dos días? Y mira que te lo digo yo que me casé a los cinco  meses  de  conocer  a  Miguel.  Pero  ¡hablamos  de Kevin! —Lo sabía. Sabía que pensarías lo mismo que yo, pensó Rebeca sonriendo—. Tú ríete, pero no creo que deba casarse con la de Eslovenia. Te juro Rebeca que cuando me lo dijo pensé: «Este se ha tomado una seta alucinógena». Por Dios. ¡No me lo podía creer! Pero si Kevin no es de los que se casan. Él es el espíritu libre de la familia. El guapo que rompe corazones. El chico que toda tía quisiera tener pero no puede. Oh, Dios... si se casa será un error para él y su vida de guaperas.

—Lo sé —se carcajeó por lo graciosa que era su hermana.

—Oye... Y a todo esto, ¿conoces a la polluela?

—No. Todavía no. Pero en dos fines de semana los tengo aquí para organizarlo todo.

 

—Te juro que no lo entiendo. Pero Rebeca, que Kevin quiere casarse con tarta, anillo y todo. Ay, Dios... ¿Qué le habrá pasado?

—Sí, hija, sí. Me ha pedido celebrarlo en mi casa.

—Lo sé. Me lo dijo. En menudo embolado te vas a meter. ¿Pero habéis encontrado un cura o algo por el estilo que los case? Eso es típico aquí en Estados Unidos, pero no en España.

Al escuchar aquello pensó en Paul. Gracias a él y sus contactos, un párroco oficiaría la boda en el jardín de su casa.

—Sí. A través  de  alguien he  conseguido  que  pueda hacerse en casa. Y en cuanto al embolado pues uf... todo lo hago por él. Total, si se quiere casar y quiere una boda tradicional con tarta, flores e invitados, no seré yo quien se la niegue. Nunca me lo hubiera imaginado de él, pero mi hermanito está comenzando a ser normal —se movió riéndose.

—Perdona, guapa, pero yo más bien diría que está comenzando a ser anormal...

—¡Donna! —regañó muerta de risa—. ¿Cómo puedes decir eso?

 

—Lo que pienso, hija... lo que pienso.

—Mujer, no seas cruel. Es su vida y la tiene que vivir como  él  quiere. Además,  no  conocemos  a esa chica,  y puede que sea lo que él siempre ha estado esperando.

Dándose por vencida, Donna sonrió.

—Lo sé... soy lo peor. Pero chica, es que hay algo que no entiendo. ¿A qué se deben tantas prisas? ¿No estarán esperando un hijo?

—Cómo eres. No... no lo creo.

—Piensa mal y acertarás.

—Kevin me lo hubiera dicho y bueno... El caso es que nuestro hermano se va a casar y nos parezca bien o mal, no somos nadie para hablar del tema.

—Pero yo creo que... —susurró de nuevo Donna. Riéndose por la insistencia, Rebeca la cortó.

—Tú no crees nada. Te callas y punto.

—Pero bueno, mocosa, ¿quién te has creído para hablarme así? — le soltó Donna divertida al escuchar a su hermana pequeña— Oye, ¡que soy tu hermana mayor y me debes un respeto!

 

—Oh... Donna, eres terrible —rio Rebeca—. ¿Cuándo venís?

—Como  el  bodorrio  es  el  15  de  mayo, Miguel  ha cogido  vacaciones  para  entonces.  ¿Aceptarías  más huéspedes en tu casa...?

—Síííííííííííííí.

—¿Te parece buena idea?

—Inmejorable.

Donna, aplaudió su respuesta y miró el billete que tenía en sus manos.

—El día diez a las once menos veinte llega nuestro vuelo a Madrid.

—¡Genial! Iré a recogeros al aeropuerto.

—Por  cierto,  y  esto  ya  en  plan  cotilleo:  ¿habrá muchos invitados en la boda?

—No. Es todo muy familiar. Incluso por parte de ella no viene nadie.

—Uiss... qué mal me huele esooooooooooo.

—Donna, no empieces.

 

—Oye... ¿quién te acompañará a ti? Porque digo yo que alguien te acompañará, ¿verdad?

—Alguien muy especial —contestó consciente de que su hermana no pararía hasta sacarle la verdad.

—¡¿Pero qué me estás contando?! —gritó Donna saltando de su silla—. Estás saliendo con alguien y soy la última en enterarme. Vamos... suelta por esa boquita todo lo que has callado o juro que cuando te vea te daré una tremenda paliza. —Intentando quitarle importancia, Rebeca resopló  mientras  su  hermana  continuaba—  ¿Cómo  se llama? ¿Quién es? ¿A qué dedica su tiempo libre? Quiero saberlo todo.

—Veamos. Se llama Paul y me gusta mucho.

—¿Está bueno?

—Sí... buenísimo, y cuando le veas sé que te gustará

—rio  Rebeca al imaginar  la cara de  su hermana cuando viera al espectacular Paul.

—Oh... Dios, qué ganas tengo de llegar a España. A

ver, sigue... cuéntame más cositas de él.

—Es piloto de motos. Corre en el Gran Premio del

Mundo de Moto GP.

 

Aquello impresionó a Donna. Ella y su marido eran seguidores de aquel deporte.

—¿Piloto de motos?

—Sí.

—No jorobes... ¿Quién es?

—Paul Stone.

Fue decir aquel nombre y su hermana pegar un chillido que la dejó medio sorda.

—Dios  mío. Dios mío… Dios míoooooooooooooo

¡¿Has dicho Paul Stone?!

—Sí.

De nuevo gritos por parte de su hermana.

—El  piloto  de  Ducati,  que  lleva el  número  dos,  y varias veces campeón del mundo.

—Sí, Donna, el mismo.

—¡Pero si ese tío está como un queso! —gritó como una loca—. Ay, madre. Cuando se lo diga a Miguel no se lo va a creer. ¡Mi hermana saliendo con Paul Stone!

Rebeca  estaba  muerta  de   risa  por   las   cosas   que escuchaba.

 

—No se lo digas. Así le das la sorpresa cuando vengáis para la boda.

—Uy... no sé si voy a poder aguantármelo. Joder... ¡mi hermanita  está  saliendo  con  Paul  Stone!  Uno  de  los guaperas más sexy de moto GP. ¡Qué fuerte!

—De momento somos amigos con derecho a roce. No te emociones —aclaró al oír la reacción de su hermana.

Media hora después, y tras demasiada mofa por parte de las dos, Donna se despidió.

—Te volveré a llamar para confirmarte de nuevo lo del vuelo. ¿Ok?

—De acuerdo —sonrió con cariño—. Da besos a Miguel  y  a  María,  y  diles  que  tengo  muchas  ganas  de verlos.

—Miguel sí que va a tener ganas de verte —rio Donna

—. Sobre todo cuando le diga que sales con Paul Stone.

Ambas rieron y, tras despedirse de nuevo, se cortó la comunicación.

 

Capítulo 21

 

 

 

Las negociaciones con las compañías europeas iban de maravilla.  Fue  tal  el  incremento  de  trabajo  que,  aun en época de crisis, no hubo que echar a nadie e incluso se contrataron trabajadores temporales.

Cavanillas había llamado unas cuantas veces desde Barcelona. Rebeca sabía que en cuanto pudiera la perjudicaría. Pero lo que Cavanillas  todavía no sabía era que ella había descubierto por qué en los años que él estuvo en su puesto, el mercado no se había ampliado a Europa.

Durante años, aquel viejo zorro, sin que nadie lo supiera, había trapicheado con partidas de telas en las empresas europeas. Lo descubrió a través de uno de sus asesores en París. Bajo el nombre de una empresa inglesa llamada Morning Days, Cavanillas mandaba cada tres meses grandes partidas de telas a ciertos puertos europeos para su distribución, razón por la que cobraba unas grandes cantidades de dinero negro. ¿Llevaría algo más además de las  telas? Tenía que  decírselo  a Peterson,  pero  Rebeca esperó a que todo estuviera confirmado. No quería fallar.

Aquella mañana esperaba en su despacho una cita importante. Hacía unos días había contratado a un detective privado y este regresaba con pruebas. Sonó el teléfono. Era

 

Belén  anunciándole   que   la  visita  que   esperaba  había llegado. Nerviosa, se levantó para recibirle. La puerta se abrió y entró un hombre joven.

—Buenos días, señorita Rojo.

Tras los correspondientes saludos, ambos se sentaron y este le tendió una carpeta.

—Aquí tiene. Facturas de las partidas de telas y de los barcos donde eran transportadas. Verá documentos de distintos almacenes y de salidas y recogidas de camiones.

—Rebeca lo miraba todo boquiabierta. El hombre continuó

  Hemos  comprobado  las  firmas.  Aparecen  dos diferentes. Una corresponde a un tal Ricardo...

—¿Richard?

—Sí. Hablamos de Ricardo Torres. Estuvo trabajando para esta empresa durante siete años.

—Sí...    quién  es.  Pero  no  podía  imaginar  que estuviera metido también en este lío.

El detective, acostumbrado a aquello, continuó con su explicación.

—Pues siento decirle que él y Cavanillas, junto a un tal   Brian   Newton,   son   los   cabecillas   de   esto.   He confirmado  que  el  tal  Newton  es  un narcotraficante  de

 

cocaína.

—¿Cómo? —preguntó en un hilo de voz.

—Lo  que  ha  oído.  Creo  que  Cavanillas  y  Newton trafican con algo más que simples telas.

Sorprendida por aquello, Rebeca tragó saliva.

—¡Madre mía!

—También hemos descubierto que Pascual Rubio, encargado  de los almacenes, es quien firma la orden de salida de esas telas.

—¡¿Pascual?!... Dios mío —susurró horrorizada. Aquello era más grave de lo que creía. Sin darle tiempo

a pensar, el detective le tendió otro papel.

—Aquí tiene el número de cuenta donde se abonan las llegadas de las telas. Una vez llegan a puerto, ese dinero es transferido  a las  cuentas  de  Cavanillas  y Newton. Hasta hace un tiempo  parte de ese dinero  pasaba también a la cuenta de Ricardo Torres, pero eso dejó de ser así hace unos meses. Por cierto, señorita Rojo, ¿qué sabe usted de ese tal Richard o Ricardo?

—Poca cosa la verdad. Ascendió rápidamente, pero de la noche a la mañana fue despedido y no he vuelto saber de él.

 

—Exacto  —asintió  el  hombre—.  Nunca  más  se  ha vuelto a saber de él. Está en paradero desconocido. Hemos intentado localizarle, pero las pistas se pierden. Creo que aquí hay algo muy feo. Una persona no suele desaparecer así como así.

—¿Qué está tratando usted de decir? —preguntó asustada por lo que daba a entender.

El detective la miró directamente a los ojos.

—Mire, señorita. Llevo mucho tiempo trabajando en este tipo de casos y cuando aparecen indicios de alguien que no deja pistas, tarde o temprano aparece asesinado.

—¡¿Qué?!

El hombre, convencido de lo que decía, prosiguió con su explicación.

—Sé que resulta descabellado lo que digo, pero nosotros,   cuando   comenzamos   un  trabajo,  intentamos atarlo  todo  para  que  no  se  nos  escape  nada.  Hasta  el momento todo estaba atado, por decirlo de alguna manera, pero se nos están empezando a escapar hilos de la madeja, y uno de esos hilos es el paradero de Ricardo Torres. Lo hemos estado investigando y la última vez que lo vieron fue a los dos días de ser despedido de esta empresa. No iba solo. Iba con Pascual Rubio, y a partir de ese momento

 

nadie más le volvió a ver.

—Está queriendo decir que pudo ser Pascual quien...

—susurró Rebeca levantándose con lentitud de su mesa.

—Exacto.

Rebeca salió rápidamente en su defensa. Era imposible que pudiera hacer aquello.

—Pero Pascual es un buen hombre. Le conozco desde hace años y es una persona amable y encantadora. No puede ser. Tiene que haber un error.

—La entiendo y estamos hablando hipotéticamente. Pero lo que sí sabemos es que fue la última persona que estuvo  con  Ricardo.  Y que  días  después  la  cuenta  de Pascual Rubio recibió un ingreso importante.

Al ver que ella se sentaba de nuevo con el semblante pálido el hombre intentó tranquilizarla.

—De todas maneras, y como todo de momento es una mera  suposición,  le  agradecería  que  no  contara  nada  a nadie, por su propia seguridad.

—¿Mi seguridad?

Levantándose el hombre para despedirse, le replicó con gesto serio.

—Escuche,  señorita,  hay  muchos  detectives  en  la

 

ciudad,  y el  mismo  trabajo  que  le  estoy haciendo  yo  a usted, otro se lo puede hacer a Cavanillas. Nosotros hasta el momento hemos cumplido con lo pactado. Si quiere que continuemos, solamente tiene que llamarnos. Piénseselo y medite si quiere seguir adelante. Tiene usted mi teléfono.

—De acuerdo —asintió aturdida—. Le llamaré.

—Desgraciadamente, señorita Rojo —dijo el hombre antes  de  marcharse—,  cuando  se  empieza  a  limpiar  el polvo, siempre se termina encontrando algo más que suciedad. Buenos días.

Rebeca se quedó totalmente atónita. Lo que había comenzado como una investigación en referencia a las partidas  de  telas  que  desaparecían,  estaba  orientándose hacia el asesinato de Richard. Con un extraño tembleque en las piernas, se sentó de nuevo en su silla y, sin querer, recordó lo que Richard le dijo a Cavanillas el último día que lo vio: Viejo zorro. Si yo caigo, tu caerás también.

Aquella tarde, cuando salió de la oficina, se pasó por el almacén con la excusa de coger unos papeles. Al llegar buscó con la mirada a Pascual y, como siempre, fue a saludarle. Se acercó a él y el hombre se alegró de verla. Rebeca bromeó con él durante un rato y le preguntó por sus hijos. Él le contó encantado que aquel fin de semana se casaba Natalia, su hija. Y Rebeca pudo ver que estaba emocionado.  Tras  una  amena  charla  entre   ambos,  se

 

despidió de él y se fue más desconcertada aún. ¿Cómo una persona como Pascual podía estar metida en semejante lío? Por más vueltas que le daba no encontraba una respuesta razonable.

 

Capítulo 22

 

 

 

Llegó mayo y la historia entre Paul y Rebeca seguía viento en popa. Siempre que podían se veían y él respetó el no hablar de lo ocurrido con su padre. La boda de Kevin se acercaba y Paul podría acompañarla. Los novios al final se retrasaron y Rebeca se tuvo que encargar de todo. A Bianca le surgió un problema en su trabajo y no llegarían hasta un par de días antes de la boda.

Donna,   Miguel   y  María   llegaron   a  España   desde Chicago. Rebeca, feliz por tenerlos junto a ella, no paraba de reír. Su sobrina era preciosa y su hermana y su cuñado encantadores. Tras tres días juntos, Donna, su marido y su hija, se marcharon para Andalucía. La familia de Miguel les esperaba y pasados unos días regresarían a Madrid para la boda.

Días después llegó Kevin con Bianca, su futura mujer. La chica era bonita, menuda y agradable, aunque no muy habladora. Rebeca se alegró al ver a su hermano tan feliz y centrado. Aquello no era propio de él. Aunque le vio más delgado que en Navidad, pero divertida pensó que serían los nervios y el amor.

Al  día siguiente  de  la llegada de  los  futuros  novios, llegó Paul. Rebeca decidió darle una sorpresa. Pasó por su

 

casa, recogió a Lorena, y las dos se dirigieron felices al aeropuerto.

Encantadas,  fueron  hacia  la  puerta  que  indicaba  su llegada y los pasajeros que llegaban de Francia comenzaron a salir. La niña estaba inquieta, quería ver a su papá. Las puertas se abrieron varias veces hasta que apareció Paul hablando con una despampanante morena vestida con glamour.

En un principio él no las vio, pero Rebeca no le quitó la vista de encima. Se le veía enfrascado en una discusión con aquella.  La  mujer  le  asía  continuamente  del  brazo  para llamar su atención, pero él se soltaba furioso. De pronto Lorena le vio y comenzó a llamarle. Él, sorprendido, buscó la procedencia de la voz de su hija, y al verlas les mandó una sonrisa,  pero  con un gesto  con la mano  le  pidió  a Rebeca que se quedaran donde estaban.

La mujer que le acompañaba miró a la joven a la que Paul había dirigido la sonrisa y comprobó que era todo lo opuesto a ella en glamour. Pero su curiosidad hizo que su mirada se centrase en la niña que estaba a su lado. Era una niña muy guapa, y estaba muy graciosa con aquel peto rojo a juego con la gorra torcida que llevaba en la cabeza. Paul, al ser consciente de cómo las observaba, hizo que la mujer centrara otra vez su atención en él poniéndose en el campo de visión entre ambas. Instantes después, Paul se volvió y se dirigió  a ellas. Sonreía, pero en sus ojos Rebeca vio

 

tensión.

Lorena salió corriendo al encuentro con su padre, al que abrazó y besó nada más estar entre sus brazos. Mientras tanto Rebeca continuaba observando a la mujer que seguía mirándoles  a distancia.  Cuando  Paul  llegó  hasta ella, la besó  y juntos  se  encaminaron hacia la salida del aeropuerto. En el coche, y aunque Lorena no paró de hablar y de contarle cosas a su padre, Rebeca le preguntó si le ocurría algo. Con rapidez él lo negó. Pero su mirada le delataba y Rebeca decidió no seguir preguntando. No era el momento, pero quería saber más sobre aquella elegante mujer.

Aquella noche salieron a cenar Kevin, Bianca, Paul y Rebeca. Fueron a Di Roma, un restaurante italiano que gustaba mucho a los hermanos Rojo. Durante la cena no pararon de reír. Kevin y Paul eran divertidos y se compenetraban muy bien. Horas después, al salir del restaurante, Paul propuso tomar una copa. Finalmente se acercaron al Buda donde el encargado, tras saludar a Paul, les invitó a unas copas.

En el local, y mientras Kevin y Bianca bailaban, Paul atrajo a su chica hacia él.

—Bueno, preciosa ¿me has echado de menos?

—Pues  la verdad  es  que  un poco.  ¿Y tú a mí? —

respondió sonriendo feliz por estar entre sus brazos.

 

Él sonrió a su vez. No había parado de pensar en ella. En sus ojos. En su boca, en su entrega en la cama.

—No veía el momento de aterrizar. Gracias por ir a buscarme al aeropuerto.

—Hablando del aeropuerto, ¿quién era la mujer con la que hablabas?

La sonrisa desapareció de su rostro. Paul, se tensó.

—Rebeca,  no  me  apetece  hablar  de  ese  tema  — contestó fastidiado, pero al ver cómo ella le miraba, soltándola de la cintura endureció la voz—. Si te refieres a si  era un lío  mío,  te  contesto  que  no.  No  era ninguna amante ni nada por el estilo.

—Yo  no  he  mencionado  la  palabra  amante.  Solo quería... —contestó ella a la defensiva.

Cortándola, y con el ceño fruncido, Paul le respondió mientras se sentaban.

—Al  igual  que    me  pediste  que  no  volviera  a mencionar  a  tu  padre,  yo  te  pido  que  no  vuelvas  a mencionar esta conversación, ¿entendido?

En ese momento Kevin y Bianca dejaron de bailar y regresaron a la mesa. Kevin, al ver a su hermana tan seria, la invitó a bailar con él. Ella accedió.

 

—Bueno, hermanita, ¿qué te parece mi futura mujer?

—Hablas de Bianca, ¿no? —intentó bromear, todavía un poco aturdida por lo ocurrido con Paul.

Si bien era cierto que él intentaba ser el de siempre, Rebeca veía en su mirada una oscuridad que nunca había visto. A Paul le pasaba algo que intentaba disimular.

—Eh... estoy esperando —apremió Kevin. Soltando una risotada, miró a su hermano.

—Me parece una chica encantadora.

—¿Solo encantadora? Vaya, hermanita, esperaba algún cumplido más de ti.

Rebeca miró hacia la mesa donde aquella hablaba ahora con un sonriente Paul.

—No  sé, Kevin. Apenas  la conozco. Solo  te puedo decir   de   momento   que   me   parece   una  chica  mona, agradable, y poco más.

—Vale... —se mofó él—. Por lo menos ya sé que piensas que es encantadora, simpática y agradable. Ah... y también mona, se me olvidaba.

—Pero qué tonto eres —rio tirándole de la melena—.

¿De verdad estás seguro de lo que vas a hacer?

 

Kevin, como un bobo, miró en dirección a Bianca y suspiró.

—Joder, hermanita, según lo dices parece que voy directamente al patíbulo. Estoy loco por ella, y creo que ha llegado el momento de hacer algo con mi vida. Además, no creo que encuentre a otra persona mejor. Oye, y cambiando de  tema, ¿qué  tal tú y el guaperas? Veo  que  finalmente estáis juntos.

—Eso parece —asintió mirando a Paul. Era tan guapo cuando sonreía y le salían esos hoyuelos en las mejillas.

—Sinceramente, cuando conocí a ese guaperas en la fiesta de Navidad y vi cómo os observabais, supe que iba a haber algo más que miraditas.

—¿De verdad?. Gesticulando, Kevin asintió.

—Oh, sí... Cuando vi cómo miraste a aquella morena y sacaste  el  genio  de  mamá,  pensé:  ¡aquí  hay tomate! — Ambos  rieron—.  Creo  que  es  un tipo  estupendo,  y me parece genial que le hayas invitado a la boda.

—Me alegro —dijo Rebeca cruzando una mirada con Paul, quien le sonrió—. Por cierto, el viernes llega Donna a las diez de la mañana.

 

—Uf... tengo muchísimas  ganas de verla. ¿Sigue tan loca como siempre?

—Más... yo no sé a qué rama de la familia ha salido pero está como una chota —contestó Rebeca divertida—. Tenías que haberla oído el día que le dije quién era Paul.

¡Casi le da un infarto!

Kevin miró a su hermana extrañado.

—Pero bueno, ¿quién coño es Paul? La verdad es que me tiene sorprendido. Todo el mundo parece conocerle y eso de que nos inviten continuamente a champán y del bueno... me tiene alucinado.

Sabiendo   cómo   reaccionaría   su   hermano,   Rebeca esbozó una cuca sonrisa para responder en un susurro.

—Es un piloto de Moto GP.

Kevin abrió los ojos descomunalmente.

—¿Es Paul Stone? ¿El loco que corre en Ducati? Rebeca asintió.

—El tipo con el que sales, y que está sentado en la mesa con mi  futura mujer,  ¿es  Paul  Stone? —preguntó Kevin incrédulo.

Tras  suspirar, Rebeca volvió  a asentir  y Kevin, soltándola, se dirigió hacia la mesa donde reían.

 

—¡Estupendo! ¡Otro loco más en la familia!

 

Capítulo 23

 

 

 

Aquella noche, cuando llegaron a casa de Rebeca, Kevin propuso tomar una última copa. Todavía no se podía creer que aquel fuera Paul Stone, el piloto de Ducati. Pero Paul no estaba de humor y rechazó la oferta. Usó la excusa de que estaba cansado del viaje y, tras despedirse de Rebeca, le dijo que la llamaría al día siguiente.

Apenada  y  sintiéndose   culpable   de   su  estado   por comentar lo de la mujer del aeropuerto, asintió y le vio marchar. Diez minutos después y los tres solos en la casa, Kevin preparó unas copas mientras se sentaban alrededor de la mesa de la cocina.

—¿Cuándo tienes que ir a recoger el vestido de novia?

—preguntó Rebeca a Bianca.

—Ya  lo   tengo.  Está  arriba  en  la  habitación  — respondió con una tímida sonrisa aquella morenita de cara angelical y pelo oscuro.

Sorprendida, Rebeca se levantó a voz en grito.

—¿Arriba...  en vuestra habitación? —Bianca, asintió

—. Pero eso no puede ser. El novio no debe ver el vestido hasta el momento de la ceremonia.

 

—No lo he visto, lo juro —asintió Kevin riéndose—. Lo tiene escondido y no me ha dejado verlo.

—¿Quieres que te lo enseñe? —preguntó Bianca a su futura cuñada.

Levantándose del tirón, Rebeca asintió.

—Claro  que sí... y de paso lo sacamos  de allí y lo guardo en mi habitación para evitar futuras tentaciones.

—Chica lista —se mofó Kevin.

Entre risas, las dos jóvenes subieron las escaleras mientras Kevin hacía intentos por perseguirlas. Una vez entraron, Rebeca bloqueó la puerta y el muchacho se quedó fuera. Rápidamente la novia abrió una maleta y de ella sacó un vestido.

—Es este. ¿Te gusta?

Sorprendida por aquel delicado vestido de raso crudo, Rebeca lo tocó.

—Es precioso. ¿Dónde lo compraste?

La joven eslovena, retirándose el pelo de la cara para dejar ver sus preciosos ojos verdes, contestó apenada.

—Era de mi madre. Fue su vestido de boda. Es una de las pocas cosas que tengo de ella.

 

—Vaya… lo siento.

Y cambiando su gesto a otro más divertido la muchacha añadió.

—El vestido está bien. Solo necesito llevarlo al tinte para que lo laven y planchen y sé que quedará como nuevo.

—Estoy segura —asintió conmovida Rebeca.

Si algo la emocionaba en el mundo era aquel tipo de herencias  de  madres  a hijos.  Solo  con saber  que  aquel vestido era de la madre de Bianca, la ganó.

—¿Podré llevarlo mañana a alguna tintorería cercana?

—Por  supuesto. Mañana lo llevaremos. ¿En el pelo qué te pondrás?

—Mira, tengo también el velo —contestó Bianca algo turbada volviéndose hacia la maleta.

—¡Es precioso! — Y para hacerla sonreír cuchicheó

—: Mañana iremos al centro comercial. Dejaremos el vestido en el tinte y de paso pasaremos por la floristería para que elijas el ramo de novia. Si te parece bien, el ramo te lo regalo yo, ¿vale?

Bianca, con un gesto aniñado que se ganó de nuevo el corazón de Rebeca, asintió.

 

—Oh... Gracias. —y cogiéndole las manos prosiguió

— Quiero que sepas que voy a tratar que Kevin sea muy feliz.  Le  quiero  con  toda  mi  alma  y  creo  que  nuestra relación puede funcionar.

—Eso no lo dudo. Por la manera en que te mira mi hermano, está loco por ti. Os merecéis lo mejor.

De pronto se oyeron los gritos de Kevin al otro lado de la  puerta,  y  por  los  ladridos  que  se  escuchaban, Pizza estaba confabulando con él.

—Eh, chicas... me estoy aburriendo. Cuento hasta tres para que salgáis de la habitación, o entro yo. Uno...

Rápidamente guardaron el vestido y el velo y Rebeca le gritó desde el otro lado de la puerta.

—Un segundo, petardo, ¡ya salimos!

Durante  un  par  de  horas  charlaron  sentados  en  el comedor. Allí se enteró de que Bianca no tenía familia y su infancia no había sido tan maravillosa como la de ellos. Cuando Bianca comenzó a bostezar, todos decidieron que era hora de irse a dormir.

Mientras se desmaquillaba ante el espejo, pensó en Paul y en su reacción ante la pregunta de aquella mujer. Está claro que todos tenemos un pasado que no queremos recordar, pensó metiéndose en la cama. Después de dar más de veinte vueltas para dormir, sonó el móvil. Asustada,

 

lo cogió.

—Rebeca, soy Paul.

Al escuchar su voz, se incorporó rápidamente.

—¿Ha pasado algo? —preguntó casi sin aliento. Consciente  del susto que aquella llamada podía haber

originado en ella, Paul la tranquilizó.

—Cariño,  tranquila.  Todo  está  bien.  Es  solo  que necesito  hablar  contigo. Estoy frente  a tu casa, ¿puedes salir?

Saltando de la cama respondió:

—Dame un minuto.

Con rapidez, se puso unos vaqueros y una camiseta azul. Pizza la miró y la siguió hasta la puerta. Una vez allí cogió las llaves de casa y salió a la calle. Allí estaba Paul esperándola, tan guapo como siempre, apoyado en su moto.

Dios mío, es el morbo convertido en hombre , pensó mientras  se  acercaba  a él. Al  llegar  junto  a él, Paul  la abrazó como si temiera perderla. Entre susurros le pidió mil veces perdón por su comportamiento aquella noche.

—Escúchame, cielo. No pasa nada. Tú respetas mi intimidad familiar y yo respeto la tuya. De verdad, no tienes que contarme nada.

 

—Soy un imbécil —repitió de nuevo—. Tú no tienes por qué pagar mi mal humor cuando solamente tratabas de saber qué me pasaba.

Al ver la desesperación en su mirada, Rebeca le besó y le susurró con cariño.

—No pasa nada, cielo... de verdad. Separándose de ella, se sinceró.

—Yo no sé si podría aguantar lo que hoy te hice. Tú solo querías saber quién era esa mujer y yo no lo hice bien. Te prometo, Rebeca, que nunca más te volveré a contestar así. —Ella sonrió y él, cogiéndole con sus manos el rostro, murmuró—Te quiero.

—Te quiero —respondió ella.

Tras una buena dosis de besos cargados de sexo, pasión y amor, Paul se sinceró.

—La mujer con la que hoy estaba en el aeropuerto era

Silvia.

Atónita al escuchar aquel nombre, preguntó:

—¿Tu mujer?

—Exmujer. Nos separamos hace años, gracias a Dios

—al ver que ella sonreía, continuó—. Se enteró  de que estaba corriendo en el Gran Premio de Francia, y como ella

 

vive allí, fue a hacerme una visita al hotel.

—¿Al hotel?

—Sí, pero tranquila, no saques conclusiones erróneas.

—Ella asintió con la cabeza—. Cuando llamó a mi puerta y abrí no me lo podía creer. Llevaba sin verla varios años y no podía entender qué hacía allí. Hablamos durante un rato hasta que se fijó en la fotografía de Lorena que llevo en todos mis viajes. Me preguntó que si esa niña era nuestra hija,  y le  contesté  que  no. Lorena es  solo  mi  hija.  Lo demás, cariño, ya te lo puedes imaginar.

Rebeca  estaba  boquiabierta  y  furiosa  porque  aquella

glamourosa mujer se hubiera acercado a Paul.

—No  entiendo  nada.  Ella  os  dejó.  Firmó  para  no hacerse cargo de Lorena —contestó.

Paul la besó y trató de tranquilizarla.

—Debemos  calmarnos.  No  entiendo  qué  hace  en Madrid.  Si  sus  intenciones  son las  que  me  imagino,  le saldrán mal. No pienso dejar que se acerque a mi hija. Ya tengo a mi abogado trabajando en ello.

—¿Pero qué quiere esa bruja? —preguntó Rebeca indignada.

—Líos.   Como   siempre,   querrá   líos   —dijo   Paul

 

abrazándola—. Pero a Lorena no se va a acercar. No puede reclamar absolutamente nada de ella. En todos estos años nunca la ha visto, no la conoce. Además, tengo los papeles de renuncia a su hija, pero me molesta que ella hable de Lorena como su hija. No es su hija, es mi hija.

Al ver la indignación en la mirada de Paul, Rebeca cogió con las manos su rostro.

—¿Por qué no me lo has contado antes? ¿Por qué te has callado y no has confiado en mí?

Paul la entendió. Sabía que ella llevaba razón.

—Cariño, no quería recordar este incidente, quería olvidarlo. ¡Maldita Silvia!

—Ahora soy yo quien te tiene que decir, tranquilo... — le susurró al oído mientras le tocaba el pelo—. No te preocupes, todo va a salir bien. Eres un padre excepcional, y ella no va a poder hacer nada para quitarte a tu hija.

Con amor y una mezcla tremenda de sentimientos, Paul la miró fijamente.

—Gracias por aguantarme —murmuró.

Durante un buen rato se besaron hasta que notaron que alguien  les  golpeaba  en las  piernas.  Era Pizza  buscando mimos. Poco  después, Rebeca obligó  a Paul a meter  la moto en el garaje. Una vez ella cerró la puerta desde su interior Paul, aún montado en la moto, miró a su alrededor

 

y preguntó.

—¿Utilizas alguna vez este garaje?

—No.

—Se nota —rio quitando la llave de la moto.

—Mi coche suelo dejarlo fuera —respondió mientras abría  una puerta  para  que  la perra  entrara  en la casa  y después la cerraba—. Esto es más bien un trastero para mí.

Él asintió y entonces ella le sorprendió. Sin dejar que él se bajara se montó en la moto delante de él, y tras darle un suave beso en los labios susurró poniéndole la carne de gallina.

—Creo que esta noche vamos a utilizar el garaje.

—¿Sí?

—Sí —asintió ella.

Sorprendido, Paul sonrió y con voz ronca murmuró.

—Me gusta la idea.

Rebeca sonrió y quitándose la camiseta la tiró en un lateral. Esa noche decidió ser más atrevida y susurró con sensualidad acercándose más a él.

—Una vez me dijiste que una de tus fantasías era hacer el amor conmigo sobre tu bicha ¿verdad?.

 

Hechizado  por  el  momento  y,  en  especial,  por  la preciosa mujer que le miraba, como un bobo asintió. Su cuerpo se estremeció y antes de que pudiera decir nada, ella le colocó un dedo sobre los labios y animó.

—Vamos motero… es tu oportunidad.

El suave olor de Rebeca y su propia excitación le comenzaba a volver loco. Ella le rodeó la cintura con un brazo y acercándose a él aún más, susurró.

—Me  he  cansado  de  ser  una chica buena y aquí  y ahora, quiero ser una chica mala y sexy contigo, porque quiero  probar  todo,  absolutamente  todo  lo  que  se  nos antoje y…

No pudo decir más.

Atizado  por  el  deseo,  Paul  la  agarró  y,  apretándola contra él, la besó mientras ella deseosa de experimentar se dejaba hacer. Durante un buen rato se limitaron a explorar sus bocas hasta que a Paul se le aflojó la pierna y casi caen los tres. La moto y ellos dos.

—Bájate antes de que nos matemos —dijo divertido. Encantada se bajó y él tras poner la pata de cabra de la

moto hizo lo mismo. Pero ella quería jugar y acercándose de nuevo a él preguntó.

—¿No quieres cumplir tu fantasía?

Como  un lobo  hambriento  sonrió. Y ella dispuesta a

 

seguir con aquello, se quitó el vaquero, quedando ante él solo con un pequeño tanga de color celeste. Con cuidado, volvió a subirse en la moto y sonriendo murmuró.

—Vamos… desnúdate o te desnudaré.

Le gustó escuchar aquello. Y, sin dudarlo, primero se desprendió de la cazadora de cuero, después se sacó la sudadera por la cabeza y cuando quedó solo vestido con el vaquero Rebeca murmuró.

—Dios mío, Paul… eres el tipo más sexy que he conocido en mi vida.

Acercándose a ella deslizó una mano por su nuca y besándola con pasión respondió.

—Y tú, simplemente, eres perfecta.

Sin querer perder el tiempo se sacó con los pies las zapatillas de deporte, mientras ella le desabrochaba los botones del vaquero. Cuando se los hubo desabrochado él, con un movimiento, se los quitó y los tiró a un lado, y con una peligrosa sonrisa en los labios se desprendió también de los bóxer negros que llevaba. Una vez quedó desnudo preguntó.

—¿Qué es lo que quiere ahora mi chica mala que haga? Divertida, se apeó de la moto y boquiabierta al ver el

erecto miembro de Paul murmuró.

 

—Quiero que te montes en la moto para luego hacerlo yo.

Él volvió a sonreír y tras mirar el sillín de su moto, levantó un dedo.

—Un segundo —y cogiendo la camiseta de ella que la tenía al lado la puso sobre el sillín y con una sonrisa socarrona  aclaró—.  No  me  apetece  que  el  culo  se  me pegue al cuero.

Ambos sonrieron pícaros. Él se montó en la moto desnudo y tras sentarse, alargó el brazo y le tendió la mano.

—Vamos chica mala… soy todo tuyo.

—Otro segundo —pidió ella. Y cogiendo la cartera de él que estaba en el suelo se la dio—. Coge un preservativo y póntelo. Seguro que tienes, ¿verdad?

Paul asintió. Abrió la cartera y sacó lo que ella le había pedido.  Tras  dejar  caer  la  cartera  al  suelo,  rasgó  el envoltorio  azulón  y  con  una  sonrisa  que  hizo  que  ella ardiera aún más lo puso en la punta de su pene y despacio… muy despacio se lo colocó. Hechizada, asombrada y locamente excitada por lo que él estaba haciendo, le miró con orgullo. Paul era un adonis.

Un tipo arrebatador y sexy. Y lo mejor de todo, aquel cuerpo  terso  y  fuerte,  aquellos  brazos,  aquella  boca  y aquella erección, eran solo para ella.

 

Acercándose a él, se apoyó en la estridera de la moto y se sentó sobre sus muslos. Cara a cara. Sentir el calor de su sexo, contra el de ella la hizo gemir e impacientarse. Él le retiró el pelo de la cara con mimo y comenzó a regarla con maravillosos  besos. Primero  en la frente, después  en la punta de la nariz, tras ello  la boca y después  echándola hacia atrás en el cuello, los pechos, el ombligo. Y cuando la impaciencia a Rebeca le  urgió  agarró  aquel  miembro viril duro lo puso entre sus piernas y descendió hasta encararse en él.

—Rebeca —murmuró—. No… te… muevas.

El olor a sexo les rodeaba mientras ella quieta y totalmente empalada en él le observaba encantada de estar en aquella situación. Era morbosa y eso la excitaba a cada segundo. Paul con los ojos cerrados parecía disfrutar y eso la encandiló. Conteniendo su gran apetencia de alzar las caderas, él resoplo y colocó sus enormes manos alrededor de la cintura de ella, la apretó contra su sexo y entonces ella gimió. Con las respiraciones entrecortadas se miraron y se besaron. Jugaron con sus lenguas mientras ella comenzaba a mover sus caderas de atrás para adelante. Empalándose en él, una y otra y otra vez. Aquellos suaves movimientos a Paul le volvían loco y cuando un sonido primario salió de su garganta Rebeca sonrió.

—¿Todo bien?

 

Paul clavo su mirada en ella y apretando los dientes murmuro.

—Maravillosamente, cielo.

Una sonrisa iluminó el rostro de ella y arqueándose para encajarse de nuevo en él, volvió a preguntar.

—¿Te gusta lo que hago?

Enloquecido por aquello Paul, le mordisqueó un pezón y respondió.

—Me vuelves loco… chica mala.

Dispuesta a disfrutar, se agarró a los fuertes hombros de él y comenzó a subir y bajar buscando su propio placer. Y lo consiguió. Instantes después un calor abrasador explotó en ella y apretándose contra él gimió. Aquel sonido y, en especial, su gesto, excitó a Paul más todavía y, tomando el poder de la situación, comenzó a moverla en busca de su desahogo con mayor intensidad hasta que de su garganta, tras  un  último  y  definitivo  empellón,  brotó  un  gemido ronco y varonil.

Desnudos, sin resuello y abrazados sobre la moto, ninguno habló durante unos segundos.

—Rebeca.

—¿Sí?

 

—Quiero que sepas que has sobrepasado mi fantasía. Sudorosa y con una sonrisa que a él le volvió loco, se

retiró el pelo húmedo de la cara, le besó y con picardía murmuró.

—Pues prepárate porque yo también tengo fantasías.

A  la   mañana   siguiente,   cuando   Kevin   se   levantó encontró a Pizza durmiendo en la puerta de la habitación su hermana. Eso le extrañó. Y al abrir y ver a aquellos dos dormidos, sonrió y con una pícara sonrisa se agachó hacia la perra y le susurró al oído.

—Vamos, preciosa, ¡a por ellos!

Al  escuchar  aquello,  la perra entró  en la habitación, saltó sobre la cama, donde comenzó a trotar, lamer y ladrar, despertándoles de su tranquilo sueño. Rebeca, somnolienta y agotada por la maravillosa noche de pasión que había pasado con Paul, miró hacia la puerta y vio a Kevin desaparecer. Sonriendo por la ocurrencia de su hermano gritó.

—¡Kevin, me las vas a pagar!

Paul se despertó y agarrándola por la cintura la acurrucó contra él y ambos se volvieron a dormir. Eso sí, con Pizza acostada a sus pies.

 

 

 

Capítulo 24

 

 

 

En el aeropuerto, cuando fueron a recoger a Donna, Miguel y María, todo fueron risas y abrazos. Miguel, aún incrédulo por tener a Paul delante de él, no paró de hacerle preguntas sobre motos y el Mundial, algo a lo que Paul contestó encantado. Al llegar a casa de Rebeca, Donna miró al principio con un poco de recelo a Bianca. Incluso hizo el comentario de que no le gustaba y Rebeca, rápidamente, la reprendió. Ese primer día comieron todos juntos, y quienes hicieron buena camarilla fueron María y Lorena, que estuvieron todo el día jugando con Pizza.

 

 

 

Llegó el día señalado en el calendario. La boda. Bianca estaba preciosa con su traje de novia, y a Kevin se le veía radiante de felicidad. Fue un enlace muy familiar, y cuando Carla llegó del brazo de Samuel y con la pequeña Noelia en brazos, se emocionaron. Todo fue divertido como era de esperar. Aunque hubo un momento en el que los tres hermanos echaron muchísimo de menos a su madre. Pero en seguida apareció Ángela e hizo todo lo posible para alegrarles. En un momento en el que Rebeca estaba sola tomándose  una copa, Donna se acercó  hasta ella con su

 

vestido de seda color manzana.

—¿Qué tal?

—¡Genial! Todo está saliendo fenomenal.

Donna sonrió mientras miraba a los recién casados que bailaban abrazados.

—¿Crees   que   durará   mucho   Kevin   con   la   de

Eslovenia?

Al escuchar aquello Rebeca sonrió.

—Pero  mira que  eres  retorcida. ¿Por  qué  no  van a durar? —protestó dándole un capón a su hermana.

Donna se encogió de hombros sin quitarle la vista de encima a Bianca.:

—Ojalá tengas razón... pero no sé —murmuró—. Hay algo en ella que no me convence.

—Es una buena chica. ¿No lo ves?

—No... no lo veo. Creo que ella no es como nos muestra.  Hay  algo  en  su  mirada  que  no  sé...  no  me convence. Eso de que cuando te habla no mire a los ojos. No... no puedo con ello.

—Pero si tiene una mirada angelical. Donna se carcajeó.

 

—¿Angelical? Mira, bonita, es cierto que la muchacha es  guapa,  tiene  un  cuerpo  muy  fino  y  una  carita  de muñequita, pero, precisamente, su mirada de angelical tiene poco.

—¡Exagerada! Eres una exagerada…

Pero Donna, convencida de sus manías, asintió con seguridad.

—Quizá tengas razón. Soy una plasta. Pero quiero lo mejor para mi hermano.

—Él no es tonto y sabe elegir —defendió Rebeca—. Y creo que no debemos hablar más de este temita...

Ambas se miraron y asintieron hasta que Donna posó sus ojos en Paul, que estaba estupendo con aquel traje oscuro.

—Por  cierto,  ¿te  he  dicho  que  tienes  un  gusto increíble? —Rebeca sonrió y la loca de Donna soltó—: Madre mía... ¡tiene que ser una fiera en la cama!

—¡Donna! —gritó dándole un puñetazo—. Calla, que te puede oír.

—Venga, hermanita, no vayas de estrecha y suelta, ¿es tan efusivo y temperamental como cuando corre en el Mundial?

 

Rebeca miró a su hermana y fue a hablar, pero no pudo aguantar la risa.

—No te lo pienso decir. ¿Te he preguntado yo alguna vez cómo es Miguel en la cama?

—Uf... ¡Un Sandokán! —respondió con guasa—. Me encanta cuando me mira y...

Escandalizada, Rebeca tapó con la mano la boca a su hermana.

—Paul... ¡es la bomba! No te digo más —cuchicheó divertida.

—Lo sabía —rio Donna—. Tiene toda la pinta. Pero es que si no lo pregunto, reviento.

—Con él estoy experimentando cosas que no había conocido antes —confesó Rebeca mientras recorría con auténtica adoración su cuerpo—. Él consigue que…

—Calla… calla… calla… —cortó Donna divertida—. Pero ¿qué es lo que pretendes contarme?

—Jolín, Donna, me has preguntado.

—Lo sé… lo sé pero nunca pensé que me fueras a contestar —ambas rieron y esta volvió al ataque—. Por cierto, está mal que yo lo diga ¿Pero te has fijado bien en

 

el culito tan mono que tiene?

No reírse con Donna era imposible.

—Miguel tampoco está mal con ese traje —contestó mirando a su cuñado, que hablaba con Paul.

Con descaro, su hermana miró a su marido y susurró en tono bromista.

—Estoy deseando que se vaya todo el mundo para llevármelo a la habitación. Ese traje y cómo le queda me están volviendo loca. ¡No sé si voy a poder dominarme!

Mientras la dos reían sin parar, se acercaron hasta ellas los objetos de sus críticas.

—A ver  —preguntó  Miguel—,  ¿a quién  están criticando estas dos preciosidades?

Paul se acercó a su chica mientras Donna se dirigía a su marido.

—Qué   mal  pensado   eres,  cariño.  ¿Cómo   puedes pensar eso de dos chicas tan educadas como nosotras?

Miguel, mirando a su mujer, silbó.

—Paul, me temo que han hecho algo más que criticar. Aquel comentario les hizo reír a todos, hasta que Kevin

les llamó.

—¡Eh, vosotros! Venid. Quiero hacer una foto con la

 

familia.

Donna cogió a su marido de la mano.

—Vamos, cariño, mi hermano nos llama.

Paul no se movió, Rebeca se acercó a él y tras darle un azote en aquel duro trasero repitió haciéndole reír.

—Vamos, cariño, mi hermano nos llama.

 

Capítulo 25

 

 

 

Los días pasaron a una velocidad vertiginosa, y llegó el momento en que Donna y su familia tenían que regresar de nuevo a su hogar, Chicago. Las vacaciones juntos habían sido una autentica maravilla, y la hora de despedirse, como siempre, fue triste.

—Prométeme  que vendrás  —pidió  Donna a su hermana con los ojos llorosos.

Rebeca asintió; apenas podía hablar de la emoción.

—No te preocupes —contestó Paul—. Prometo que yo la llevaré en octubre o noviembre, cuando acabe el Mundial.

—Lo intentaré, Donna. Todo depende del trabajo que tenga —contestó Rebeca abrazada a su hermana.

—Ni trabajo, ni leches, tienes que venir —insistió su hermana—.  Quiero  que  nos  veamos  más  de  lo  que  nos vemos. Te añoro mucho y...

—Eh... Donna Jo —protestó  Kevin—, y a mí qué...

¡que me parta un rayo!

 

—Kevin,  eres  verdaderamente  horripilante  por llamarme así. Odio el nombrecito.

—Lo sé —se mofó Kevin ganándose una colleja de su hermana.

—Quiero que vengáis Bianca y tú —dijo al verle reír

—.  ¿Por  qué  no  hacéis  un  esfuerzo  y  venís  con  ellos cuando vengan en octubre?

—Me  encantaría  ir  —aplaudió  Bianca sorprendiéndoles.

Mientras los hermanos se abrazaban, Paul se acercó al marido de Donna y le tendió la mano.

—Miguel, ha sido un placer conocerte.

—El  gusto  ha sido  mío. —Y mirando  a su cuñada, susurró—Cuida a esta jovencita, porque como sea como la fiera de su hermana, ¡caray, chico, vas a tener trabajo!

Ambos  sonrieron  y  Donna,  miró  con  malicia  a  su marido.

—¿Se puede saber qué has dicho? —pero sin dejarle hablar,   sonrió—.  Anda,   coge   a  María  y  termina  de despedirte,  que  tenemos  que  embarcar.  —Volviéndose hacia  Paul  murmuró—  Estoy  encantada  de  ver  feliz  a Rebeca. Llevaba tiempo sin verle en la cara esa sonrisa y

 

me consta que es gracias a ti.

—Me alegra saberlo —asintió divertido y Donna prosiguió.

—Muchas gracias por habernos recibido tan bien, y ya sabes, tienes parte de la familia al otro lado del charco. Allí te esperamos.

Paul  sonrió. Donna, tras  darle  un beso, se  volvió  de nuevo hacia Rebeca y Kevin y los volvió a abrazar. Nunca sabían cuándo iban a volver a estar los tres de nuevo juntos. Finalmente Miguel, Donna y María desaparecieron tras la puerta de embarque. Tres días después, Kevin y Bianca se marcharon a Eslovenia, y la vida de Rebeca, sin sus hermanos, volvió a la normalidad.

 

Capítulo 26

 

 

 

Pasaron un par de meses desde la boda. El verano llegó caluroso, y Paul y Rebeca se veían cada vez que tenían ocasión. No era fácil. Paul por su profesión viajaba constantemente. Pero los minutos que pasaban juntos los aprovechaban al máximo y cada día estaban más felices. Cuando Rebeca cogió las vacaciones de verano no se lo pensó dos veces y se marchó  con él a Holanda. Dejo a Pizza con Ángela y se propuso disfrutar del viaje. Junto a ella viajaron Lorena y Julia, y vivió con emoción el Gran Premio.

Durante unos días pudo vivir en sus carnes lo que era ser la  mujer  de  un  piloto  de  Moto  GP.  Horarios. Entrenamientos y mucha disciplina. Junto a Rita, comprobó lo mucho que trabajaban para arañar segundos a los minutos y, sobre todo, para tener su moto a punto para la carrera. Entrenos  y  más  entrenos.  Paul  se  pasaba  el  día  entero subido en su moto y reunido con sus mecánicos. Eso sí, cuando se desligaba de aquello, Paul estaba al cien por cien con ella y la pequeña Lorena. Intentaba arañar minutos también para estar con ellas aunque solo fuera para darles un beso. Paul era un amor y se veía a la legua lo locamente colado que estaba por Rebeca.

 

En esos días, Rebeca comprobó la cantidad de mujeres que se morían por llamar la atención de Paul. Cientos de jovencitas, y no tan jovencitas, morenas, rubias, pelirrojas le llamaban a gritos e intentaban hacerse una foto con él. Al principio eso le hizo gracia pero, día a día, era agotador. No le hacía ninguna gracia que aquellas soñaran con el hombre que, para ella, era suyo. El día de la carrera todo fue pura adrenalina. Amaneció reluciente y el circuito se llenó de motoristas dispuestos a pasarlo bien. Junto a Paul vio las carreras que había antes que la de Moto GP, y se horrorizó al ver que en la segunda carrera hubo un accidente en el que varios pilotos se vieron implicados, y dos de ellos tuvieron que ser evacuados en helicóptero.

El peligro estaba cerca, demasiado cerca. Aunque Paul se empeñaba en decirle que no se preocupara. Cuando llegó el momento de Moto GP, Paul le guiñó un ojo, cogió su casco  y se marchó  junto  a sus mecánicos. Histérica, se sentó en la silla que uno del equipo le ofreció. Segundos después llegó Rita con una encantadora sonrisa.

—No te preocupes. Ellos saben lo que hacen. Angustiada y extremadamente  nerviosa junto  a Rita y

varios del equipo Ducati vio desde el Box, a través de las pantallas, la carrera. Cada frenada, cada salida de pista, cada derrapada, a Rebeca le desgarraba el corazón. Pero cuando Paul   entró   el   primero   y,   con   ello,   ganador,   saltó emocionada  de   felicidad  y  por   fin  respiró   tranquila.

 

Encantada  y  junto  a  Rita,  fueron  a  buscar  a  Lorena  y después acompañaron al equipo hasta donde los ganadores llegaban con sus motos. La cría estaba feliz y ella también. Y cuando Paul llegó, se bajó de su moto, se quitó el casco, fue hacia ellas y las besó, Rebeca creyó morir de felicidad.

Minutos después, Paul, acompañado de su buen amigo Iván, que había quedado segundo, subieron al Podium. Allí, tras  recibir  sus  copas,  bañaron  a  todo  el  mundo  con champán.  Desde  abajo,  Rebeca  cogió  a  Lorena  en  sus brazos y juntas les aplaudieron. Paul las miró y en ese instante se sintió el hombre más afortunado del mundo.

Finalizada la carrera y con unos días libres por delante, decidieron ir a Menorca para descansar. Allí los tres lo pasaron en grande y disfrutaron como una familia más. Fueron días intensos de playa, besos y castillos de arena, aunque durante las noches cuando Lorena dormía, la pasión les consumía. Un cóctel maravilloso que a Paul y Rebeca les enamoró cada día más.

 

 

 

En septiembre, Rebeca regresó a su trabajo. Separarse de Paul tras los maravillosos  días vividos con él no fue fácil para ninguno, pero el trabajo la requería. Por aquel entonces, Carla estaba muy gordita. Solo le quedaba un mes para dar a luz y Samuel estaba nervioso e inquieto. Como decía él: no se era padre todos los días. Una mañana en la

 

que  Rebeca  estaba  en  el  despacho,  Belén  le  pasó  una llamada. Era Cavanillas.

—Buenos días, querida Rebeca —saludó con su voz pegajosa.

—Buenos días, señor Cavanillas.

—Tengo que felicitarle, ¿verdad?

Sorprendida por aquello, Rebeca se tensó en su silla.

—¿Por qué? —preguntó.

—Me han dicho que su hermano  se ha casado hace poco.

—Sí, hace unos meses —respondió incómoda.

Tras una risotada que no gustó a Rebeca, aquel insoportable hombre prosiguió.

—Vaya... vaya. Quizá sea usted la próxima en casarse. Aunque nunca me hubiera imaginado que le iban los pilotos de motos con hijos. Querida, ha elegido como compañero a un hombre muy mujeriego, pero si es su gusto, no digo nada.

Pero bueno, ¿cómo sabe esto? ¿Y qué narices le importa?, pensó molesta.

—Disculpe, pero mi vida privada no creo que sea de su

 

incumbencia —respondió con seriedad.

—Lo  sé,  querida,  lo  sé.  Pero  parece  que  todos tenemos tendencia a meternos donde no nos importa, ¿no es así?

Al escuchar aquello, Rebeca sintió que le temblaban las manos.

—¿A qué se refiere? — preguntó lo más tranquila que pudo.

Cavanillas   al   ver   que   había  atraído   totalmente   su atención,   repantigándose   en   el   oscuro   sillón   de   su despacho en Barcelona, continuó.

—Te crees muy lista, pequeña zorrita. ¿Acaso crees que no sé que estás metiendo las narices donde no debes? Solo te diré una cosa: si quieres jugar, vamos a jugar todos.

Nerviosa, aunque controlando su tono de voz, Rebeca logró responder.

—No le entiendo y, sinceramente, no tengo nada más que hablar con usted.

—Eso espero, que no tengamos nada más que hablar

—ladró—. Dale recuerdos al piloto y a su niñita. Por cierto muy rica esa pequeña, ¿verdad? —Dicho esto se cortó la comunicación.

Pálida, colgó el teléfono. Cómo podía haberse enterado

 

de  su investigación,  si  hasta  el  momento  ella no  había movido ningún hilo. Llamó rápidamente al detective y formalizó una cita para una hora después. Al llegar al bar donde habían quedado, Rebeca se sentó en una mesa a esperarle. Cuando éste apareció le contó lo ocurrido.

—Le  dije  que  esto  podía  pasar  —y  rascándose  la barbilla preguntó—¿Le ha contado nuestras investigaciones a alguien?

—No... no se lo he contado a nadie. Pero él lo sabe todo. La boda de mi hermano, incluso sabe con quién salgo y me habló de la niña ¡Oh Dios! Me dijo que si quería jugar, que íbamos a jugar todos.

Al verla tan alterada, el hombre trató de calmarla.

—De momento, tranquilícese. Y por favor, le rogaría que mantuviera lo ocurrido en secreto. Cuanta menos gente lo sepa mejor. —Luego, levantándose, indicó— Nos mantendremos en contacto.

Rebeca  le  vio  alejarse  mientras  intentaba  poner  su mundo  en  orden.  Pero  no  sería  fácil.  Cavanillas  era peligroso y ella estaba comenzando a darse cuenta.

 

Capítulo 27

 

 

 

Aquella tarde, al llegar a casa, Ángela le indicó alterada que había llamado Samuel desde el hospital. Carla iba a tener el bebé. Olvidándose de sus preocupaciones cogió su coche y allí que se fue. Al llegar a la planta de maternidad vio a Samuel esperando en uno de los pasillos. Éste, al verla, rápidamente se acercó a ella para abrazarla.

—¿Pero qué haces tú aquí? —preguntó Rebeca. Retirándose   el   flequillo   de   los   ojos,   la   miró   y

respondió.

—Han  surgido  complicaciones  y  tienen  que practicarle una cesárea. El doctor López ha preferido que yo espere aquí. —Al ver que ella iba a decir algo, aclaró—: Escucha, Rebeca, cuando se trata de un familiar tan directo como es Carla para mí, es mejor que yo no esté en el quirófano. Me pondría muy nervioso y podría estorbar más que ayudar.

—Ay Dios… ay Dios.

—Tranquila, encanto. Todo va a salir bien —animó el futuro padre.

Consciente de que había ido al hospital para ayudar y no

 

para  estorbar   sonrió   y  dándole   un  abrazo   a  Samuel cuchicheó.

—Pues claro que va a salir todo bien. Carla no va a permitir que nada salga mal.

Minutos  después  apareció  el  doctor  López  con  una amplia sonrisa.

—Enhorabuena,  colega. Tienes  un precioso  niño  de tres kilos y medio.

Samuel,  desencajado,  abrazó  a  Rebeca  y,  sin  darle tiempo a decir nada, preguntó a su colega.

—¿Cómo está Carla?

—Bien. Está perfecta, tranquilo.

—Sí… sí… sí… —aplaudió feliz.

—Lo ves. Carla es la bomba —rio Rebeca.

El doctor López, consciente de la alegría de aquellos que se abrazaban, sonrió.

—Está en reanimación. ¿Queréis pasar a verla?

Rebeca, emocionada, se limpió una lágrima y Samuel, cogiéndola de la mano, asintió con decisión.

—Por supuesto que queremos pasar a verla. Un niño, Rebeca, ¿has oído? ¡Ha sido un niño!

 

 

 

Capítulo 28

 

 

 

Una semana después, el sábado, mientras Rebeca tomaba una taza de café en su cocina, sonrió al recibir un mensaje en el móvil con una foto de Carla y el bebé. Todo había salido maravillosamente bien y ya estaban en casa. En ese tiempo, Cavanillas no volvió a dar señales de vida y ella prefirió callar y no contarlo a nadie. En varias ocasiones, especialmente cuando estaba con Paul, deseó explicarle lo que ocurría, pero temía su reacción. No entendería las amenazas  de  aquel  y  finalmente  optó  por  ocultárselo. Como  dijo  el  detective,  cuanta  menos  gente  lo  supiera mejor.

Sonó  el  teléfono. Al  levantarse  para cogerlo  tropezó con Pizza. Siempre estaba en medio.

—Hola, Rebeca —saludó una vocecita.

—Hola, Lorena. ¿Cómo estás, tesoro?

—¿Te acuerdas de lo que es mañana? — preguntó la niña emocionada.

—¡¿Mañana?!  ¿Qué  es  mañana?  —soltó  divertida, Rebeca, aun sabiendo a lo que se refería.

La cría resopló.

 

—Mañana es mi cumpleeeeeeeee. Cumplo cinco años y quiero que vengas a mi fiesta. ¿Vendrás, verdad?

Rebeca no pudo evitar reírse.

—Ya sabía que mañana era tu cumple, cariño, es más, tengo un regalo sorpresa para ti.

—¡Qué bien! —aplaudió la niña—. Ahora espera, se pone mi papi. Adiós, Rebeca.

—Hasta mañana, tesoro —respondió sonriendo.

Dos segundos después se escuchó la penetrante voz de

Paul al otro lado del teléfono.

—Hola, preciosa. No había manera de parar a Lorena. Lleva toda la mañana pidiéndome que te llamemos por si no te acordabas de su cumpleaños. Le he dicho que tú te acordarías, pero es tan cabezota...

—Igualita que su padre —se mofó Rebeca. Al escucharla de tan buen humor, Paul rio.

—Eso me lo vas a decir esta tarde cuando me tengas delante.

—Uisss ¡qué miedoooooo!

Feliz por hablar con ella, pero atareado con cientos de cosas de su hija contestó.

 

—Tengo que colgar, cariño. Pero recuerda, paso a buscarte esta tarde a eso de las siete, ¿te parece bien?

—Sí... sí, estupendo.

Tras colgar, Rebeca se dirigió de nuevo a la cocina para terminar su taza de café. Sus pensamientos volvieron de nuevo a Cavanillas. ¿Cómo podía él saber que había contratado a un detective privado? Tendría que tener más cuidado. Se levantó de la mesa de la cocina y se dirigió hacia su despachito, un cuarto acondicionado para trabajar. En el pasillo se cruzó con Pizza que, como siempre, estaba en medio y se tropezó con ella.

—Pizza, por Dios. No te tires en medio del pasillo,

¡casi me mato!

La perra la miró y, sin hacerle ningún caso, se levantó, y saltando corrió por la casa. Está como una chota, pensó Rebeca al mirarla. Dándose la vuelta llegó a su despacho. Allí comenzó a estudiar unos papeles hasta que escuchó un estruendo procedente del salón. Rápidamente se levantó y al llegar allí vio un jarrón roto y a su perra mirándola con ojos de no haber roto un plato.

—¿Qué estarías haciendo para romper el jarrón? — protestó  Rebeca mirando  al  animal.  Le  observó  durante unos segundos con ojos amenazantes, pero la perra no pareció asustarse y movió el rabo a modo de disculpa. Con

 

paciencia, Rebeca fue hacia la cocina a por la escoba y el recogedor. Cuando regresó al salón la perra ya no estaba. Terminó de recoger los trozos del jarrón y cuando entró en la cocina para echarlos a la basura, la encontró con el cacharro del agua volcado en medio de la cocina.

—Maldita sea, Pizza, ¿quieres que me enfade al final? La perra, al escucharla, escapó corriendo hacia el salón

con las patas mojadas pringando todo a su paso. Rebeca intentó    cogerla    pero    fue    imposible. Pizza    estaba resbaladiza, y aquello se lo había tomado como un juego. Finalmente desistió, regresó a la cocina y recogió el agua del suelo. Cuando por fin terminó, y de un humor pésimo, miró a su alrededor y no vio señales del animal. Se dirigió de nuevo a su despacho para continuar trabajando y cuál no sería  su  sorpresa  cuando  encontró  a  la  perra mordisqueando unos libros que tenía debajo de la ventana.

—¡Ya está bien! —gritó  cogiéndola—.  Pero  bueno,

¿qué te pasa hoy? Ahora mismo te vas al patio y te quedarás allí hasta que estés más relajada.

Con la perra en brazos abrió la puerta de la calle y la dejó  en  el  suelo  sin  percatarse  de  que  su  verja  estaba abierta. Rebeca regresó al despacho dispuesta a arreglar lo que había destrozado. Sonó el teléfono.

—¡Diga! —chilló molesta.

 

—Eh... soy Carla. Si no es buen momento volveré a llamar más tarde —murmuró al escuchar aquel tono de voz.

Consciente de su tono, Rebeca se tranquilizó.

—Ay, perdóname, Carla. Pero hoy Pizza no para de hacer trastadas y me tiene que me subo por las paredes.

—Anda,  mujer.  No  será  para  tanto  —se  mofó  su amiga.

Pero Rebeca estaba calentita y comenzó.

—Me  he  tropezado  con  ella  veinte  veces  por  el pasillo, la cocina y el baño. Ha roto el jarrón veneciano tan bonito que Ángela me regaló hace tres años. Ha tirado su cacharro del agua en medio de la cocina y pringado la casa con sus patas mojadas y, por último, mientras yo recogía sus estropicios, la muy sinvergüenza se ha metido en mi despacho y se ha empezado a comer los libros de derecho internacional que tengo en el suelo. ¿Te parece poco?

Carla no lo pudo remediar y soltó una carcajada al otro lado del teléfono.

—Vale... vale... tranquila. Te quejas porque Pizza hoy tiene un día torcido, pero ¿qué harías si tuvieras a dos niños que cuando no se mea uno, se caga la otra? —al oírla reír, continuó—: La verdad es que el pequeño Nicolás es un bendito,  pero  cuando  no  se  hace  pipi  se  hace  popó. Y

 

Noelia no para... no para, y hace una tras otra. Por lo tanto, querida amiga, tranquilita, que es solo un día y un día se pasa rápido.

—Eso espero. Hoy no estoy para bromas. Es de esos días que me hubiera gustado no despertarme.

—No te quejes, ¡quejica! A ver, escucha, te llamaba para ver si mañana venís a comer a casa la niña, Paul y tú. Por cierto, puedes traer al monstruo de Pizza.

—Mira,    a Pizza   te   la  llevaría  ahora  mismo   — cuchicheó Rebeca—. De todas formas no podemos ir. Mañana es el cumpleaños de Lorena, y tiene fiesta de cumpleaños.

—¿Lo dejamos para otro domingo?

—Sí, Carla... será mejor.

Al encontrarla tan desanimada su amiga preguntó.

—¿Te pasa algo? Te conozco y sé que te pasa algo. Rebeca sonrió.

—No te preocupes. Estoy agobiada por todo el curro que tengo. —Sonó el timbre de la puerta—. Espera un segundo, voy a ver quién es.

Rebeca abrió la puerta de su casa y sonrió al ver a su pequeño vecino.

 

—Hola, Javi. —Pero al ver la cara de susto de éste preguntó—: ¿Qué ocurre?

El niño, con el gesto contraído, contestó.

—Es Pizza y está allí.

Rebeca siguió con la mirada la dirección señalada y vio un grupo de gente agachada en la carretera. Rápidamente corrió hacia la gente y se quedó sin palabras al ver a su perra tumbadita en el suelo, con sangre en el hocico y en el cuerpo, y aullando  de  dolor. La perra, al  ver  a Rebeca, intentó moverse y meneó como pudo el rabito.

—Pero... pero ¿qué ha pasado? —susurró Rebeca agachándose.

—Señorita  —dijo  un  hombre—,  circulaba  con  mi coche cuando de pronto vi que algo se metía debajo de las ruedas. Paré y vi que era un perro. Estos niños me dijeron que conocían al dueño y … —al ver las lágrimas de Rebeca el hombre, con gesto  compungido,  murmuró—:  Le  juro que no la vi. Apareció de pronto.

Rebeca no le oía. Solo acertaba a decir palabras llenas de ternura para Pizza.

—Javi, entra en mi casa —dijo por fin—. En la entrada verás colgada una cazadora, tráemela, por favor.

Rápidamente, llegó el niño con la cazadora y como pudo

 

Rebeca  colocó  a Pizza  en ella. El hombre  que  la había atropellado se ofreció para llevarla a un centro veterinario. Rebeca, sin dudarlo, aceptó. Al entrar en la clínica, José, el veterinario, le quitó al animal de los brazos y se metió con él  en la consulta.  Ella intentó  pasar  pero  éste  le  pidió tiempo y espacio. En aquel momento se acordó de lo que le dijo Samuel el día del parto de Carla: «Más que ayudar, entorpeceré».

Un cuarto de hora después, Rebeca miró al hombre que la había acompañado. Allí continuaba. Poco después y, animado  por  ella, se  fue  y se  quedó  sola en la sala de espera. El tiempo iba lento. Demasiado lento. Parecía que los segundos no pasaban, y saltó de su silla cuando la puerta se abrió por fin y José se sentó a su lado.

—Vamos a ver, Rebeca. Pizza tiene la pata derecha trasera rota, y en la otra tiene una fisura. Habrá que operarla de la pata más dañada e intentar poner algo para que vuelva a tener movilidad. Eso sí, quiero decirte que aun haciéndole eso, tiene un 80% de posibilidades de que cojee siempre.

—No importa... no importa —susurró entre lloros.

El veterinario la miró. Conocía a esa muchacha y sabía lo que sentía por la perra.

—Ahora está dormida. La he sedado para que no sienta dolor. Creo que es mejor que te vayas a casa. Te llamaré

 

cuando todo acabe.

—De ninguna manera. Me quedo aquí. Pero la sangre...

—sollozó al ver su camiseta manchada—... tenía sangre en el hocico y dentro de la boca.

José, al verla tan desesperada pasó su mano por el pelo mientras trataba de tranquilizarla.

—No te preocupes. La sangre es muy aparatosa, pero todo ello es debido a que se mordió la lengua, que hemos tenido que suturar, por cierto. Se había mordido un buen trozo. Pero de verdad, no te preocupes, todo está bajo control. Y te lo digo en confianza. Vete a casa, te llamaremos.

—Gracias, José —asintió—. Pero no quiero irme de aquí  hasta  saber  que  todo  ha  salido  bien.  Seguramente tienes razón en que debería irme, pero no quiero separarme de ella.

—Lo  entiendo  —sonrió.  Todos  los  dueños reaccionaban igual—. Te mantendré informada.

Vio cómo José desaparecía de nuevo por la puerta de la consulta. Se acordó de Carla, la había dejado colgada al teléfono y había salido sin móvil ni nada. Vio el teléfono de la clínica y, tras pedirle permiso a la chica de recepción, llamó a Paul. Entre sollozos le contó lo ocurrido y él solo le pudo pedir tranquilidad y la dirección del sitio. Cuando

 

colgó  volvió  a sentir  una terrible  sensación  de  vacío  y soledad.

Pensó en su perra, en la primera vez que la vio con su cuerpecito metido en la caja de pizza. Eso la hizo sonreír y darse cuenta de lo importante que era aquel animalillo en su vida. Cambiando la posición de su cuerpo, recordó la cantidad de veces que la había regañado aquella mañana, cuando  lo  único  que  quería Pizza  era  jugar.  Se  sintió culpable. Había pagado con ella su mal humor por el asunto Cavanillas y el trabajo. Volvió a llorar. Recordar a Pizza tirada en la carretera sangrando le rompía el corazón. El tiempo se le hizo eterno hasta que escuchó el sonido de una moto, e instantes después Paul entraba con el casco en la mano. Al verle, se refugió en él.

—¿Cómo estás, cariño? —preguntó abrazándola.

Pero Rebeca en ese momento no podía contestar, solo llorar. Cuando finalmente Paul la tranquilizó le contó lo que el veterinario le había dicho. Una hora después, Paul le propuso salir a un bar a comer algo. Rebeca se negó, pero finalmente accedió. Aunque aquella salida duró menos de media hora. Había pasado para Rebeca una eternidad cuando finalmente el veterinario salió y les dijo que todo estaba bien. Aunque la perra tendría que estar allí unos días para ver cómo evolucionaba. Rebeca por fin sonrió y el veterinario les dejó pasar a verla.

Pizza estaba totalmente dormida y ni se percató de que

 

estaban  allí.  Después  de  muchos  besos  por  parte  de Rebeca, Paul pudo sacarla de allí y llevarla a casa para que descansara. Eran las siete de la tarde, y había sido un día con mucha tensión para ella. Por eso, decidieron no salir a cenar y quedarse en casa viendo la televisión. Tras un baño, Rebeca llamó a su amiga Carla para contarle lo ocurrido. Aquella noche Paul se quedó a dormir.

A la mañana siguiente, éste se levantó pronto y la sorprendió llevándole el desayuno a la cama. Debía marcharse a su casa. Era el cumpleaños de Lorena y tenía que organizar la fiesta. Tras varios intentos por parte de Paul para que Rebeca le acompañara a casa, finalmente desistió. Ella le prometió que después de visitar a Pizza, se acercaría a la fiesta. Una vez sola, sonó el teléfono. Era Ángela, que al enterarse de lo de la perra, rápidamente se presentó en la casa para ir con ella a visitar al animal.

Cogieron el coche y se dirigieron a la clínica. Allí pidieron permiso al veterinario para pasar. Al entrar y verla tumbadita e inundada de vendas, a Rebeca se le escapó un sollozo. Ángela, rápidamente, se arremangó y le dijo que como  se  le  ocurriera  llorar  la  sacaba  de  allí inmediatamente. Estuvieron un rato acariciando la peluda cabeza  de Pizza, hasta que el veterinario entró y les dijo que no podían permanecer más tiempo allí. A la salida de la clínica  Rebeca  parecía  un  poco  más  contenta.  Dejó  a Ángela en su casa y se dirigió a casa de Paul. Cuando llegó,

 

Julia le abrió la puerta y le indicó que Paul y la niña estaban en la habitación del fondo. Al entrar, Rebeca sonrió al ver a Tina, la madre de Paul.

—Oh... mirad quién ha venido —saludó la mujer al verla—. ¿Cómo está la perrilla?

—Mejor, ahora vengo de verla—respondió con una sonrisa—. En unos días la tendré en casa.

Tina sonrió  y la agarró  del  brazo  mientras  le cuchicheaba al oído.

—Me alegro, cielo. Y me encanta ver que mi hijo te ayuda en todo lo necesario.

—La verdad es que si no fuera por él... —asintió al ver que se acercaba.

Paul, sin cortarse lo más mínimo, llegó hasta ellas y le plantó delante de su madre un beso en la boca.

—Hola, preciosa. ¿Todo bien?

Avergonzada y roja como un tomate, Rebeca asintió mirando de reojo a Tina.

—Sí. Todo bien.

En ese momento se escuchó un ruido de algo que caía. Paul se disculpó y salió disparado hacia el salón. Tina, divertida por la cara de susto de la muchacha, la tomó del

 

brazo.

—Rebeca, quiero que sepas que me encanta ver que mi hijo se ha enamorado de ti. Lorena, mi pequeñita, te quiere, y mi hijo está radiante, y si ellos sonríen yo, cielo mío, soy feliz.

Con la boca seca y emocionada por esas palabras, iba a responder cuando se oyó.

—¡¡¡Rebeca!!!

Era Lorena, que al saber que había llegado corría a sus brazos.

—Felicidades, cariño —rio besándola—. ¿Cuántos tirones de oreja tengo que darte?

—Cinco. Me tienes que dar cinco —respondió la niña, encantada, ante la risa de su abuela.

Feliz, Rebeca comenzó a tirarle de la oreja cruzando una mirada  con  Paul  quien,  como  siempre,  estaba impresionante. Cuando acabó le tendió una caja.

—Toma. Este es mi regalo.

La niña lo cogió, pero antes de abrirlo preguntó:

—¿Cómo está Pizza?

—Oh, cariño, ella está bien. Me ha pedido que te felicite.

 

—¡Yupi! Pizza está mejor.

Paul se acercó a ellas con una sonrisa y murmuró mientras su hija rasgaba el papel del regalo.

—Pasemos al comedor y comamos. Dentro de unas horas la casa se llenará de niños y esto promete ser una auténtica locura.

—¡Qué bien! ¡La Barbie Dulces Sueños! Gracias. Conmovida por el abrazo que la niña le regalaba, Rebeca

sonrió.

—Me alegro de que te guste.

Comieron  los  cuatro  tranquilamente  en  el  precioso chalet de Paul en Boadilla del Monte mientras Tina, feliz, les contaba anécdotas de sus viajes. Una vez hubieron terminado la comida, Tina se llevó a la niña para que durmiera la siesta. Le esperaba una tarde llena de risas y sorpresas.

—Tu madre es encantadora. ¿Siempre está de buen humor?

Paul  sonrió  y,  sentándose  junto  a  ella  en  el  sillón, asintió.

—Siempre la recuerdo riendo y contando cosas divertidas. Miles de veces le he dicho que venga a vivir

 

conmigo, pero siempre contesta lo mismo.

—¿El qué? —preguntó Rebeca con curiosidad.

Paul la miró y, cambiando su tono a uno más fino, imitó a su madre.

—Paul, si vivo contigo te harás a la vida cómoda y no buscarás  una mujer con quien compartir  tu vida. Eso no pude ser, tesoro mío. La vida solo se vive una vez y hay que vivirla.

Rebeca soltó una carcajada al ver lo bien que imitaba a su madre.

—Tiene razón, y lo sabes —respondió finalmente.

—Pues sí —asintió—. De esta manera he sabido lo que era criar una hija. Si ella hubiera estado aquí se habría ocupado   de   Lorena.   En  cierto   modo   le   estoy   muy agradecido. Gracias a ella no me he perdido las noches en vela con mi hija —rio Paul—. No, en serio, haber criado solo a Lorena me ha dado la oportunidad de conocer a un personajillo que me tiene loco.

—¿Sabes, Paul? —dijo pasándole una mano por el flequillo—. Me encanta oírte hablar así. Lo único que me apena es no haberte conocido antes y ver cómo te las apañabas con Lorena cuando era un bebé.

En ese momento entró Tina por la puerta.

 

—Uy, hija, se las apañaba fenomenal. Este hijo mío ha nacido para tener más hijos.

—¡Mamá...! —advirtió Paul mirándola con cara de circunstancias.

La mujer se sentó con ellos.

—Ni mamá ni tres cuartos. Es cierto, y creo que deberías tener más hijos. Además, a mí me apetece tener más nietecitos a los que mimar.

Con ganas de descuartizarla por aquello, la miró.

—Bueno, mamá, ya veremos, ¿de acuerdo?

Tina, sin cortarse un pelo, miró a Rebeca y sonrió.

—Eso digo yo... Ya veremos.

 

 

 

Sobre las seis de la tarde empezaron a llegar niños, y a eso de las siete la casa estaba abarrotada. Rebeca los contó por  curiosidad.  Había  un  total  de  veinticuatro  niños  de edades entre cuatro y siete años jugando en el jardín. Paul los manejaba de una manera impresionante, y los tenía a todos embobados con sus juegos.

Lorena  llegó  con  una  amiguita  y  Rebeca,  divertida, corrió tras ellas. Poco después un payaso requirió la presencia de todos los niños. Debían golpear la piñata. Tras

 

aquello,  los  niños  comenzaron  a  devorar   sándwiches, patatas fritas, aceitunas, panchitos, y un sinfín de comida basura. De pronto se apagaron las luces y apareció Tina con la gran tarta de cumpleaños. Al unísono cantaron el cumpleaños feliz y, cuando terminaron, la niña cerró los ojos y pidió un deseo antes de soplar las velas. Rebeca, miró a Paul, quien a su vez miraba con gesto embelesado a su hija. Comprendía la felicidad que para él suponía ver a Lorena tan feliz, cumpliendo un año más. Le estaba demostrando que era un padre maravilloso, y su amor y admiración por él crecía cada momento más y más.

Sobre las nueve de la noche comenzaron a llegar los padres para recoger a sus pequeños. Cuando Rebeca se encontraba bailando en el salón con unos cuantos niños, se fijó en la mujer que acababa de llegar y que hablaba con Tina. Su cuerpo sufrió una sacudida y se paró en seco. Era Elena, la esposa de su padre. Sus miradas se cruzaron y la mujer le sonrió y se dirigió hacia ella. Angustiada, Rebeca miró hacia los lados con intención de escapar, pero estaba rodeada de niños y no era posible.

—Hola, Rebeca —saludó al acercarse.

—Hola —contestó agriamente.

La mujer, sin amilanarse por el tono de su voz, le clavó la mirada.

 

—Quizá este no sea un buen momento para hablar contigo, pero quiero que sepas que es una de las cosas que más me apetece en el mundo.

Conteniendo las ganas de salir corriendo de allí, Rebeca la miró antes de contestar.

—Usted y yo no tenemos nada de qué hablar. Consciente  del delicado momento, la señora, tras ver

que nadie les escuchaba, volvió al ataque.

—Quizá lo veas así, pero sería mejor para todos poder hablar.

Apartándose a un lado, Rebeca se alejó de los niños.

—¿Mejor  para  quién?  Yo  no  creo  tener  nada  que hablar con usted ni con nadie. Por lo tanto aléjese de mí y no vuelva a intentar hablar conmigo nunca más.

—No  eres  justa  —contestó  Elena  ganándose  una mirada gélida de la muchacha.

—Usted tampoco. ¿Me va a hablar usted de justicia? Tras unos segundos en silencio, Elena insistió.

—No sé si sabes que esta tarde has tenido aquí a dos hermanos tuyos.

—Mis hermanos no están aquí—siseó Rebeca seca—.

 

Sé muy bien quiénes son mis hermanos. No se equivoque, señora.

—Muy bien, Rebeca, yo por mi parte lo he intentado. Si   alguna   vez  quieres   algo   de      creo   que   sabrás localizarme.

—Dudo que alguna vez quiera saber nada de usted.

Paul,  desde  el  otro  lado  de  la  sala,  vio  la  escena mientras se despedía de los padres de otro niño. No sabía de qué hablaban, pero por la cara de Rebeca se lo podía imaginar. Elena, consciente de que no sacaría nada bueno de aquello, se volvió y llamó a sus hijos.

—Dani y Susana, despedíos de Lorena que nos vamos a casa.

Sin poder evitarlo, su mirada cayó sobre aquellos niños. En ese momento Rebeca recordó la noche en que Donna y Kevin hablaban con su padre y nombraron a un niño llamado Dani. Aquel niñito agarró la mano de Elena y anduvo hacia la puerta. Estaba sumida en sus pensamientos cuando notó que alguien le tiraba de la camiseta. Al bajar la vista vio que se trataba de Susana, la niña con la que había jugado hacía unos minutos.

En un principio decidió no hacerle caso, pero ante la insistente mirada de aquella, Rebeca claudicó:

—¿Qué quieres, Susana? —preguntó en un tono nada

 

afectuoso.

Elena, la madre de la niña, hablaba con Paul, y desde la puerta las observaba.

—Solo quería despedirme de ti y decirte que estoy segura de que tu perrita se pondrá buena.

Dios...  Dios...  ¿Por  qué  me  tiene  que  pasar  esto?, pensó al mirar a la niña. Pero al ver su sonrisa inocente, Rebeca le pasó la mano por el pelo.

—Gracias, Susana.

La niña, que desconocía el malestar generado entre su madre y Rebeca, con ojos imploradores preguntó.

—¿Puedo ir con Lorena un día a tu casa para conocer a

Pizza?

En ese momento se acercó su hermano Dani y apremió a la niña, cogiéndola de la mano.

—Venga, Susi. Mamá dice que se nos hace tarde.

—Jopetas, un momento —imploró la cría mirando a la mu-chacha.

Rebeca no sabía qué contestar. ¿Cómo llevar a esa niña a su casa sabiendo lo que sabía? Miró a la cría, después al niño y por último a Elena, que les observaba con detenimiento  desde  la puerta. Angustiada por aquel incómodo momento, finalmente logró contestar.

 

—Cuando quieras puedes venir con Lorena, ¿vale?

—¡Chupi! —aulló la pequeña tirándose a su cuello. Luego  le  dio  un  beso  en  la  mejilla  y  gritó—:  ¡Voy  a conocer a Pizza!

Tras escuchar lo que ella quería, Susana se alejó con su hermano. El niño, mirándola con la misma mirada que su padre, le dijo adiós con la mano. Rebeca devolvió el saludo.

 

Capítulo 29

 

 

 

Varios días después, Pizza regresó a la familia. Se había convertido en el centro de atención de todos, y Ángela la malcriaba dándole jamón de york en lugar del pienso que la perra tenía que comer. Rebeca, al ver aquello sonrió, pero le recordó a la mujer que la perra debía comer su comida. Ángela, como solía hacer la mayoría de las veces, siguió sin hacerle caso. Finalmente Rebeca se dio por vencida.

Una  mañana  se  disponía  a  irse  a  la  oficina,  cuando

Ángela llegó media hora antes de lo normal.

—¿Pero   qué   haces   tan  pronto   aquí?  —preguntó

Rebeca.

—Hola, mi niña. He pensado que hasta que Pizza esté mejor, y para que no se quede sola, vengo antes.

Tras soltar una risotada, Rebeca se la quedó mirándola.

—Pero  Ángela, ¿no  crees  que  esto  es  excesivo? A

Pizza no le pasará nada por estar sola media hora.

La mujer, dejando su bolso encima del sillón, respondió con los brazos en jarras.

—Y a mí... tampoco me pasará nada por venir treinta minutos antes. ¿Algún problema?

 

—No... no  —rio—. Puedes  venir  todo  lo  temprano que quieras. Incluso podrías llegar un poco antes y prepararme la ducha y el café para cuando me levante. Oh... y también dejarme el coche arrancado.

—Eres   una p elu so n a —soltó  la mujer,  dándole  un cómico azote en el trasero.

Luego, mirando a la perra que se acercaba hasta ella cojeando, fue corriendo a cogerla.

—Pero hermosa mía, ¿dónde vas?

—A saludarte y a que le des su ración de jamón de york —se mofó Rebeca.

—¿Lo   ves,  cabezota?  —protestó   Ángela—.   ¿Ves como  tengo  que  estar  aquí  para  vigilar  a este  bichejo? Quién sabe el daño que se puede hacer al estar ella solita andando por la casa.

Divertida por las carantoñas que aquellas dos se hacían mutuamente, Rebeca se acercó a la perra para darle un beso en su peluda cabeza.

—No  te  preocupes, Pizza,  ya  me  voy  para  que  te pongas morada de jamón de york.

La perra, al escuchar aquello, soltó un ladrido haciendo reír a ambas. Esa perra era muy lista y entendía todo. Eso

 

sí, cuando le daba la real gana.

 

 

 

Casi una hora después, Rebeca llegó a la oficina. Belén la esperaba con el correo del día. Rápidamente se vio sumergida en contratos y problemas a resolver. A media mañana Belén entró con un sobre que acababa de llegar. Lo había traído un mensajero y era personal para Rebeca. Esta lo abrió y cuál sería su sorpresa al ver unas fotos de Kevin y su mujer. Horrorizada las miraba cuando sonó su línea directa y lo cogió.

—¿Qué te parecen las fotos? —dijo una voz al otro lado del teléfono.

Rebeca en un principio  se quedó callada, no entendía nada. Pero al escuchar aquella fría risotada lo reconoció.

—¿Qué es esto, Cavanillas? —preguntó molesta.

—Querida, no hay que ponerse así —murmuró arrastrando  las  palabras—.  Solo  quería  saber  si  te  han gustado las fotos. Si me dices que no, tengo otras de tu hermanito y su bonita mujer que quizá te gusten más. Y si me dices que tampoco, me encargaré de enviarte alguna de tu piloto y su dulce niña. Por cierto, sería una pena que a esa niñita le pasara algo por tu culpa ¿no crees?

—Eres un repugnante hijo de...

 

—Tranquila, pequeña zorra —cortó—. Si no quieres complicarte  más  la  vida,  basta  de  averiguaciones.  No soporto    que   nadie    se   entrometa   en   mis   asuntos.

¿Entendido?

—Deje en paz a mi familia —soltó perdiendo los nervios—. Es usted un ser despreciable...

No le dio tiempo a decir más; Cavanillas colgó. Rebeca volvió a coger las fotos para mirarlas. En ella se veía a ambos, pero lo horrible era ver cómo Bianca esnifaba algo que seguro era coca, mientras Kevin estaba a su lado. No podía ser verdad. No podía creer lo que las fotos decían por sí solas. Sabía que su hermano nunca había sido un santo y que alguna vez había fumado hachís. Pero lo que nunca se había podido imaginar era que Kevin esnifase coca.

Horrorizada, soltó las fotos y dio la vuelta a su sillón para mirar la Puerta de Alcalá. Tenía que hablar con su hermano urgentemente. El problema era que no sabía cómo localizarle. El último día que la llamó le dijo que había perdido el móvil, y que en cuanto se hiciera con uno la llamaría y le daría el nuevo número. Andaba sumida en sus pensamientos cuando escuchó que la puerta se abría. Era su amiga Carla.

—Hey... ¿Qué pasa? —preguntó acercándose a ella—.

¿Por qué tienes los ojos llorosos?

 

Rebeca fue a contestar cuando Carla fijó la mirada en una de las fotos que estaban sobre la mesa. La cogió para mirarla y, llevándose  la mano  a la boca,  susurró horrorizada.

—¡Dios mío! Este… este no puede ser Kevin. No, por favor.

Quitándole la foto de la mano, Rebeca la volvió a meter en el sobre y después en su bolso.

—Tú no has visto nada.

—Pero ¿cómo puedes decir eso? —le soltó su amiga indignada por aquel arranque.

—No has visto nada —repitió Rebeca.

Con el corazón a mil por lo que aquellas fotos querían decir, Carla miró a su amiga preocupada.

—No, por favor. No  quiero  que  Kevin acabe  como

Alfonso.

—No es lo mismo. Y no quiero hablar del tema.

—No sé qué narices pasa, Rebeca, pero soy tu amiga y sé lo que he visto, ¿entiendes? —insistió, incapaz de callar

—. Y no… no me voy a quedar impasible ante algo así. Así que,  habla.   Habla  conmigo   e   intentemos   buscar   una solución que pueda ayudar a Kevin.

 

El rostro frío de Rebeca se descongeló e incapaz de aguantar más se arrugó y no pudo contener los sollozos.

—Oh...  Carla.  No    qué  pensar.  No  me  lo  puedo creer. Si es cierto lo que muestran estas fotos, ¿qué puedo hacer?

Conmovida por cómo lloraba, Carla la abrazó.

—Escúchame.  Ahora  mismo   nos  vamos   de  aquí. Iremos a comer. Dile a Belén que estaremos fuera dos o tres horas. Y ponte las gafas de sol para que nadie vea que has llorado.

Diez minutos después salieron del edificio, pero cuando llegaron al aparcamiento se encontraron con el jefazo, el señor Peterson.

—Buenos días, señoritas, o mejor, buenas tardes.

—Buenas tardes —respondieron ambas.

—¿Van a comer? —preguntó Peterson.

Ambas asintieron con la cabeza, pero no despegaron los labios mientras seguían su camino. Peterson se paró y las miró. Algo le ocurría a su eficaz Rebeca y no tardaría en averiguarlo.  Una  vez  llegaron  al  coche   de  Carla,  se montaron y se dirigieron a un pequeño restaurante chino que conocían desde hacía años. Por suerte estaba libre su mesa   preferida.   O   mejor   dicho,   su   «mesa   de   las

 

confesiones», como ellas cariñosamente la llamaban.

—Muy bien —dijo Carla tras pedir algo de beber—. Ahora que estamos solas y tranquilas creo que tienes algo que contarme, ¿verdad?

Rebeca  se  removió  incómoda  en  su  silla.  No  tenía muchas ganas de hablar.

—Carla, quizá sea mejor que no sepas nada del tema.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿Te parecería a ti normal que  yo  tuviera  un  problema,  tú lo  supieras  y yo  no  te quisiera contar nada al respecto?

—Creo  que  eres  la  persona  menos  indicada  para decirme  eso —explotó  Rebeca—. Tuviste  un grave problema con Alfonso y ¿me lo contaste? ¿O quizá me lo tuve que encontrar por sorpresa?

Carla suspiró, y tras unos segundos de silencio, cogiéndole las manos añadió:

—Tienes razón. Tienes toda la razón del mundo. Pero eso no va a volver a pasar. He aprendido que sola, a veces, las cosas no se pueden solucionar. Y tú me has enseñado. Me he dado cuenta de que si no es por ti, por tu ayuda, por tu paciencia y por cómo nos quieres a Noelia y a mí, nos hubiéramos hundido en la miseria. Y ahora déjame decirte la diferencia que existe entre aquello que pasó y esto. Tú

 

no sabías que yo tenía un problema, pero yo sí sé que tú lo tienes. He visto las fotos, y además —dijo apretándole las manos—, yo te quiero muchísimo y quiero a Kevin. Sois mi familia.

Rebeca se sentía conmovida por sus palabras.

—Lo siento. Perdóname. No venía a cuento lo que te he dicho.

—No te preocupes —respondió su amiga con una conciliadora  sonrisa—.  Era  algo  que  tarde  o  temprano tenías que decirme. Sé que no hice bien ocultando mi problema, y por eso quiero evitar que te ocurra a ti. A Alfonso le quise mucho. Le amaba más que a mi vida. Pero nuestro principio no fue igual que el final. Y a pesar de saber  que  él se  drogaba y me  robaba, yo  le  quería. Me negaba a aceptar lo que ocurría engañándome a mí misma. Pero como ya viste, todo tiene un final, y ahora, cuando ya ha pasado un tiempo de aquello, y veo lo feliz que soy con Samuel, hay veces que doy gracias a Dios porque todo terminara como terminó. Y fíjate lo que te voy a decir, Rebeca, aunque suene muy duro: si no hubiera pasado lo que pasó ese día, creo que aún seguiría con Alfonso, y seguramente habría destrozado mi vida y la de Noelia. Por eso necesito saber lo que te pasa. Seguro que entre las dos podremos encontrar una solución.

 

—Ojalá fuera tan fácil como crees.

—No —respondió Carla—, no creo que sea fácil. La vida por norma general es difícil. Pero para eso estamos, cielo, para ayudarnos los unos a los otros. —Al ver que la miraba, insistió—Tenemos tiempo, cuéntamelo.

Las palabras de Carla la habían convencido y Rebeca comenzó a relatarle todo el problema desde el principio. Le contó que había visto a su padre y a Elena. Incluso que había conocido  a sus dos hermanastros. Y por último le confesó lo que había averiguado sobre los sucios negocios de Cavanillas-

—Realmente  no sé qué decirte en lo referente a tu padre y los niños —contestó sinceramente Carla—. Solo piensa que esos niños no son los culpables de nada de lo que tu padre haya hecho.

—Lo sé... Lo sé —respondió desesperada—. Pero lo que realmente ahora me preocupa es el problema de Cavanillas.

Aquello encendió a Carla.

—Menudo hijo de perra ese elemento. Pedazo de chorizo. Por cierto, ¿a Peterson le has comentado algo?

—No  —respondió  Rebeca  asustada—.  No  me  he

 

atrevido.

—Rebeca, creo que este problema nos sobrepasa. Tendríamos que hablar con la policía.

—Ni hablar —respondió tajantemente.

—Cometes un grave error —respondió Carla, al ver su mirada decidida—. ¿Cómo lo vas a resolver tú sola?

—No lo sé, Carla, no lo sé.

Desesperada se retiró el pelo de la cara cuando su amiga le preguntó.

—¿Has hablado con Paul del tema?

—No, y tú no le dirás nada.

—¿Por qué?

—Porque  Paul buscaría a Cavanillas  y le partiría la cara.

—No estaría mal —se mofó Carla—. Quizá necesita que alguien le dé una buena lección.

—Ni hablar —negó Rebeca—. No quiero meter a Paul en esto. Si Cavanillas le hiciera algo a él o a Lorena, no me lo podría perdonar. Y siempre está hablando de la niña.

 

—¿De verdad?

—Sí. Y eso me asusta mucho Carla. Yo… yo no puedo permitir que les pase nada y luego… luego… está Kevin... Oh, Dios.

—Deberíamos hablar con Kevin.

Consciente de que aquello no era buena idea siseó.

—Sí, claro, ¿y qué le pregunto? ¿Oye, hermanito, tú te drogas?

—No, Rebeca, no seas tonta. Estoy casi segura de que Kevin no está metido en temas de drogas. Es demasiado listo para haberse metido en algo así. Una cosa es que se fume un peta de vez en cuando, y otra que esnife coca. No... me niego a pensarlo.

—¿Y estas fotos qué? —susurró Rebeca mirándolas. Tras unos segundos en el que ambas volvieron a mirar

las fotos Carla contestó.

—Desde luego, a quien reconozco en ellas al cien por cien es a Bianca. A Kevin no le veo la cara con claridad.

Volvieron  a  mirar  las  fotos.  El  primer  plano  de  la muchacha era indiscutible.

—Bien  me  ha  engañado  la  de  Eslovenia  —gruñó

 

Rebeca al pensar en su hermana Donna—. Pero Kevin... no me puedo imaginar a mi hermano enganchado a la coca.

Carla la miró y omitió decir que ella nunca se hubiera esperado aquello de Alfonso.

—Escucha, Rebeca, antes de sacar falsas conclusiones creo que deberías hablar con él. Sé que va a ser difícil, pero... —murmuró tocándole con cariño el rostro.

—Tienes razón. El problema es cómo localizarle.

—En su móvil.

—Imposible. El último día que me llamó desde una cabina telefónica me dijo que había perdido su móvil y que pronto me llamaría para darme el nuevo número.

—¡Joder! —blasfemó Carla.

Cada vez más confundida Rebeca añadió.

—No tengo ni su dirección, ni el teléfono de la casa de Bianca, ni nada.

—Bueno, lo que sí sabemos es que viven en Eslovenia.

—Sí, ¿pero dónde? —se desesperó Rebeca.

—¿Tienes algún dato de ella? Rebeca negó con la cabeza.

 

—¿Por qué no hablas con ese detective? Seguro que él puede ayudarnos.

Un pequeño rayo de sol iluminó el gesto de Rebeca.

—Tienes   razón.  Le  encargaré   que  localice   a  mi hermano.

—Así me gusta, verte positiva —sonrió Carla—. Habla con  el  detective  y  que  lo  encuentre.  Por  lo  demás, cualquier cosa que necesites o te ronde por la cabeza, cuéntamela.  Me  tienes  a tu disposición  las  veinticuatro horas del día.

—Gracias,  Carla.  Y por  favor,  no  le  cuentes  ni  a

Samuel ni a nadie mis problemas.

—¿Qué problemas? —ambas rieron.

Tras comer salieron del restaurante con dirección a la oficina. De camino al coche, Rebeca tomó a su amiga del brazo y, se acercó a ella cariñosa.

—Por cierto, Carla, yo también te quiero.

 

Capítulo 30

 

 

 

Las pesquisas del detective rápidamente dieron sus frutos. Localizó a Kevin cerca de la frontera con Croacia, en un pueblecito llamado Metlika. Nerviosa, miró el número de teléfono  de  Kevin  que  tenía  en las  manos,  pero  no  se atrevía a llamar. Su hermano no era tonto y rápidamente le preguntaría cómo lo había conseguido. Finalmente, decidió esperar un par de días para ver si él llamaba. Estaba sentada en el sillón de su casa junto a Pizza, cuando sonó el timbre de la puerta. Cuando abrió vio la cara sonriente de Paul.

—Hola, chica mala —saludó cogiéndola en volandas

—. ¿Dónde te metes? Me tenías preocupado. Anoche te llamé y no estabas. Dejé varios mensajes en el contestador.

¿Los escuchaste?

Rebeca mintió. La noche anterior había estado con el detective y no se lo podía contar.

—Lo siento, cielo. Llegué tarde del trabajo y me fui directamente a dormir.

Con  una  encantadora  sonrisa,  Paul  la  besó  y  dijo mirando hacia la puerta de la calle.

—Te  llamé  para decirte  que  hoy veníamos  a ver  a

 

Pizza.

—¿Veníamos? —preguntó extrañada porque solo había entrado él.

—Sí. Tengo en el coche esperando a Lorena y a su amiga Susana —dijo mirándola con cara de circunstancias

—. Susi durmió anoche en casa y ayer idearon venir hoy a ver a Pizza. No paraban de afirmar que tú habías dicho que sí. Y la verdad, cariño —sonrió—, me he tenido que dar por vencido.

Rebeca suspiró. Lo que menos le apetecía era tener allí a la hija de su padre y aquella mujer, pero al ver el gesto de Paul e imaginar a las niñas en el coche, no pudo negarse.

—De acuerdo, que pasen.

Consciente de lo que aquello suponía para ella, Paul le dio un rápido beso en los labios y salió al coche a buscar a las niñas. Desde el interior de su casa Rebeca las escuchó correr y chillar hasta que entraron y se tiraron a sus brazos para besarla.

—Hola, Rebeca —gritó Lorena encantada—. Hemos venido a ver a Pizza.

Al ver la alegría de las pequeñas, Rebeca sonrió.

—Me parece fenomenal.

Pizza llegó hasta ellos y comenzó a hacer sus monerías.

 

—Oh... qué chula es —murmuró Susana.—. Pobrecita, no puede andar bien. Pero se va a poner buena, ¿verdad?

—Claro que se pondrá buena. Ahora tiene la patita vendada, pero dentro de poco ya estará corriendo como una loca —respondió con cariño mientras se dirigía a la cocina para coger unas bebidas fresquitas para las niñas.

Las crías continuaban en el salón jugando con Pizza y

Paul se le acercó a ella por detrás.

—¿Sabes que hoy estás muy guapa? — le susurró al oído.

Sin soltarla le dio la vuelta y la besó. Le devoró los labios de tal manera que Rebeca se sonrojó.

—Paul.  Quieto.  Están  las  niñas    balbuceó separándose de él.

Divertido y excitado por el momento, la miró y susurró con voz traviesa.

—No te preocupes. Ellas solo tienen ojos para Pizza.

¿Quieres que pasemos al garaje?

—¡Paul!

Divertido por su reacción y, en especial, por cómo le miraba la besó. Y sentándola sobre la encimera de la cocina metió  sus  manos  por  debajo  de  la sudadera y la apretó

 

contra él. Hipnotizada como siempre que la tocaba se dejó llevar. Le encantaba sentir aquellas poderosas manos sobre su cuerpo. Paul era tan excitante que...

—¡Papi! Susi ha subido a peinarse con Pizza al baño de arriba.

—Iré a ver lo que hace —masculló Rebeca bajándose de un salto de la encimera

Cuando llegó a su habitación, la pequeña estaba dentro de su baño cepillándose el cabello. Rebeca deseó regañarla

¿qué hacía allí? Pero al verla tan concentrada en lo que hacía finalmente sonrió. Mientras la niña terminaba aprovechó para cambiarse de zapatillas.

—Qué guapa. ¿Es tu mamá?

Al mirar la foto a la que la niña se refería, a Rebeca le dio un salto el corazón. Aquella niña, hija de su padre, le preguntaba si era su madre la de la foto.

—Sí. Es mi mamá. La niña asintió.

—¿Y éstos quiénes son?

—Mis hermanos Kevin y Donna.

—¿Dónde están?

 

—Viven lejos de aquí, cielo.

—Son muy guapos. Oye, ¿dónde están tus papis? —

preguntó la niña sonriendo y enseñando su mellada boca.

Rebeca se apoyó en el colchón de su cama.

—Mi mamá murió hace mucho tiempo —respondió con tranquilidad.

La niña cambió el gesto acercándose a ella.

—Está en el Cielo, ¿verdad?

—Sí, cariño, está en el Cielo—asintió tragándose las emociones que pugnaban por salir de su garganta.

—¿Tu papá también está en el Cielo?

En ese momento entró Lorena, y rápidamente Rebeca se reactivó.

—Venga. Volvamos al salón. Paul y Pizza nos esperan. Las   niñas   corrieron   escaleras   abajo   y  Rebeca  lo agradeció. La curiosidad de un niño era inagotable y Susi se lo había demostrado. Tras aquel episodio, decidieron llevar a las niñas a un parque junto a Pizza. A la hora de comer se acercaron al Burger donde Paul firmó autógrafos a varios chicos que le reconocieron y después se marcharon al cine con las pequeñas. Por la tarde, tras un día ajetreado con las niñas, Paul se las llevó, y cuando Rebeca se quedó sola en

 

su casa decidió darse un maravilloso baño relajante. Se lo merecía. Pero antes de meterse en la bañera sonó la puerta de la casa y poniéndose su albornoz bajó a abrir. Era Paul.

—Podemos  continuar  donde  nos  quedamos  —ella sonrió y este cerró la puerta y comenzó a desatarle el albornoz.

—Tengo   una   maravillosa   bañera   preparada…   ¿te apetece acompañarme? —murmuró Rebeca mientras le besaba, encantada de que estuviera allí.

Con una sonrisa lobuna, Paul se quitó la cazadora que quedó tendida en el suelo y asintió mientras la seguía por las escaleras.

—Oh sí… chica mala, por supuesto que sí.

 

Capítulo 31

 

 

 

Kevin seguía sin dar señales de vida. Los días pasaban y él no llamaba. Al final Rebeca decidió marcar el número que tenía apuntado en el papel, aunque antes se cercioró de que figurara como número oculto. Su dedo tembloroso marcó los números pero tras dos timbrazos, saltó un contestador automático. Durante días intentó hablar con él, pero le fue imposible. Solo saltaba el odioso contestador.

Dos días después, y cuando la desesperación comenzaba a aturdirla, Belén entró en su despacho y le dijo que tenía a su hermano Kevin por la línea dos. Rápidamente Rebeca cogió el teléfono.

—Kevin, ¿eres tú?

Sorprendido por la efusividad que percibía en su voz, su hermano estalló en una sonora carcajada.

—Pues sí. ¿Y tú eres tú?

Pero ella no estaba para bromas.

—¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?

—Como un toro —bromeó él. Sin perder un segundo exigió.

 

—No tengo tu número de teléfono, ni tu dirección, ahora mismo me lo vas a dar.

—Por supuesto, apunta.

Dicho esto, Rebeca comprobó que los datos que él le decía eran los mismos que ella tenía. Pero calló.

—Por cierto, ¿ha pasado algo? —se preocupó él—. Te noto tensa. ¿Estás bien?

—Estoy bien. Hasta arriba de trabajo. Solo eso. ¿Y tú?

¿Qué   te  cuentas?  —respondió   rápidamente   intentando parecer más dicharachera.

—Poca cosa. Solamente que voy a ser padre. ¡Padre!

—Kevin soltó una carcajada.

Aquello era lo último que deseaba oír.

—¡¿Qué?!

—Que  Bianca  y  yo  vamos  a  ser  papás  —repitió pletórico.

—¿Pero cómo ha podido ocurrir?

Kevin no se lo tomó en cuenta. Iba a ser padre y estaba feliz.

—Vamos   a   ver,   hermanita.   ¿Debo   contarte   mis intimidades? Aunque bueno, si te empeñas te diré que... —

 

contestó con guasa.

—Oh... tonto, no quería decir eso. Pero... pero me he sorprendido. —Rebeca estaba en las nubes. Solo podía pensar en las fotos de aquella muchacha esnifando coca.

—Y Bianca, ¿cómo está ella?

—Más guapa que nunca —contestó pletórico de alegría—. ¡Dios, Rebeca! Cada vez que pienso que voy a ser padre, me dan ganas de dar triples mortales.

¿El mundo se ha vuelto loco?, pensó al escucharle.

—Kevin, tengo que hablar contigo.

Al escuchar el cambio en su voz, Kevin le prestó toda su atención.

—Mujer... si me lo dices así, adelante, soy todo oídos. Durante unos segundos Rebeca dudó. ¿Sería buena idea contarle  algo  así  por  teléfono? Finalmente,  y tras  darse

cuenta de lo que tenía que decir, reculó.

—Bueno... mejor te lo digo cuando te vea. ¿Cuándo vas a venir?

—De momento no tenemos intención. Con lo del bebé no quiero dejar a Bianca sola. Así que quizá dentro de dos o tres meses... pero oye, ¿qué quieres contarme?

Dos o tres meses era demasiado tiempo, y Rebeca no le

 

contestó a su pregunta.

—Necesito verte. Yo te pago el viaje. Necesito que vengas.

—¿Pero qué demonios te pasa? —insistió, extrañado y a la vez mosqueado.

—Nada importante, pero yo...

—Mira, Rebeca, no  quiero  que  me  pagues  el viaje.

¿Pasa algo con Paul? ¿Tienes problemas con él?

—No…  no, con él  estoy bien. Es  solo  que  quiero verte.

—Oye ¿Por qué no vienes tú aquí? Estoy seguro de que a Bianca le encantará la idea.

Rebeca  pensó  que  podría  ser  buena  idea.  Sería  una forma de hablar con él y comprobar realmente qué ocurría con su hermano y su mujer.

—¡Genial! Miraré vuelos y te confirmaré mi llegada. Feliz por la futura visita de su hermana, Kevin continuó.

—Ahora dime algo del bebé. ¡Vas a volver a ser tía! Creí que te alegrarías.

Al darse cuenta de la frialdad con la que había escuchado la noticia, intentó contestarle con una sonrisa en los labios.

 

—Tienes   razón,         perdona.      Enhorabuena,        papito.

¿Cuándo nace?

—Quedan todavía siete meses. El tiempo  suficiente para prepararlo todo —respondió el orgulloso futuro padre, mirando a Bianca cómo cocinaba.

En ese momento entró Belén en el despacho con unos documentos urgentes. Rebeca maldijo por tener que cortar la llamada.

—No puedo entretenerme más —dijo pesarosa—. Da recuerdos a Bianca y te llamaré esta semana para decirte cuándo voy. Hasta pronto, Kevin. —Y colgó.

¡Un bebé!

Dios mío, qué inconsciencia. Su hermano debía de haber perdido la razón, o Bianca le había abducido mentalmente. Pero había algo que ella no entendía. Su hermano tonto no era, y si en realidad Bianca tenía problemas con las drogas,

¿cómo es que Kevin estaba tan feliz?

Una vez solucionó los documentos urgentes que Belén le había dejado encima de la mesa, llamó al aeropuerto. Podría coger un vuelo el viernes a las tres y regresar el domingo a las nueve de la noche. Pensó en Paul ¿Qué decirle? Al final decidió contarle que tenía que viajar por trabajo. Así se aseguraba de que él no preguntase nada.

Definitivamente es la única solución

 

Una vez se hubo decidido, cerró los vuelos por Internet e imprimió la tarjeta de embarque. Intentó seguir con su trabajo pero era, básicamente, imposible. Pensó en su hermana Donna y en la reacción que tendría ante la noticia de que iba a ser tía. La llamaría a casa cuando llegara por la noche. A las seis de la tarde cuando estaba guardando su portátil para regresar a casa, Belén le comunicó que un tal José estaba por la línea cuatro. Rápidamente lo cogió. Era el detective.

—Necesito verla. Hemos descubierto algo que debería saber. La espero en una hora en el café de Oriente. ¿Puede venir?

—Por supuesto.

—Allí la espero.

Con el corazón encogido, fue al aparcamiento para recoger su coche. ¿Qué querría el detective? En una gasolinera cercana a la oficina de Rebeca, Paul repostaba gasolina en su moto y se sorprendió gratamente al ver el coche  de  la chica que  ocupaba  todos  sus  pensamientos parado en el semáforo frente a él. La llamó. Movió los brazos para atraer su atención, pero ella no le vio. Feliz por encontrarse con ella, pagó y, montándose en su moto, salió disparado en la dirección que ella había tomado. Sonrió al ver no muy lejos el coche. La siguió, seguro que se dirigía

 

hacia su casa. Pero se sorprendió al ver que se metía en pleno centro de Madrid, y al llegar a una callejuela cercana a la plaza de la Ópera aparcaba el coche. Paul se detuvo y la observó. Algo en él le impidió volver a llamarla y la siguió con la mirada mientras ella se metía en el café de Oriente. La  curiosidad  de  Paul  aumentó.  Nunca  había  espiado  a nadie y estar allí parado le hizo sentirse mal. ¿Qué estaba haciendo?

Dudoso   y   sin   saber   qué   hacer   se   debatió   entre marcharse  o  mirar  qué  hacía allí  Rebeca. Finalmente  le pudo más la curiosidad y dejando su moto en un lateral se dirigió a la cafetería. Al entrar no la vio. Pero tras hacer un barrido  con  la  mirada  la  encontró  al  fondo  del  local, sentada con un tipo. En aquel instante se sintió ridículo. Absurdo. Imbécil. Pero no podía mover los pies del suelo.

¿Quién era aquel hombre?

Sin percatarse de nada, José y Rebeca, ajenos a Paul, continuaban su conversación.

—¿Ocurre algo con mi hermano? —preguntó nerviosa. El hombre, consciente de que lo que le iba a decir iba a

trastocarle la vida, posó los ojos en ella.

—Tiene que prometerme que mantendrá la calma. No es fácil lo que le voy a enseñar ni decir. Pero tranquila, su hermano está bien.

 

—Ay, Dios, me está asustando.

El detective, abriendo su maletín, sacó una carpeta con fotos. Paul, al fondo del local, continuaba observándoles.

¿Qué hacían?

—El otro día —dijo el detective—, cuando me pidió que investigase el paradero de su hermano, resultó fácil, pero reconozco que cuando vi a la mujer que estaba con él, algo en ella me llamó la atención.

—¿Habla de Bianca, la mujer de mi hermano?

—Sí. Al verla sentí como si ya la conociese, como si la hubiera visto alguna otra vez. Hablé con un antiguo compañero  del  departamento  de  policía,  que  me  debía algunos favores, y me pudo proporcionar esto.

Tras decir aquello le tendió a Rebeca unas fotos. Al extender la mano sintió cómo le temblaba, y más cuando comprobó que la mujer que posaba ante ella era Bianca, con otro  tipo  de  peinado  y vestida de  una manera más vulgar.

—Cuando este compañero me proporcionó las fotos, entendí por qué esa joven me sonaba. Durante mis años en los  que  vestía uniforme  y pateaba las  calles  de  Madrid, detuve a muchos yonquis, chulos y prostitutas. Ella era una de esas prostitutas reincidentes. Por eso me sonó su cara al

 

verla.

Con las fotos aún en la mano, Rebeca le miró incrédula.

—¿Me   está  intentando   decir   que   Bianca  es   una prostituta y…?

El hombre asintió con la cabeza y Rebeca se quedó sin palabras. Paul, desde su sitio, vio que Rebeca comenzaba a sollozar y que aquel hombre se sentaba a su lado para abrazarla. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué lloraba? ¿Quién era ese hombre? En el interior de Paul se comenzó a desatar un volcán de celos y malestar.

Pensó en acercarse a ellos y pedir explicaciones, pero algo en él se negó a moverse. No podía hacerlo. Ese no era su estilo.  Por  ello, dándose  la vuelta,  salió  del  local  y furioso se montó en su moto. Cuando fue a arrancar, no pudo. Necesitaba saber más de Rebeca y aquel hombre. Finalmente decidió esperarla fuera del local.

—Oh, Dios. Oh Dios. Esto no puede estar pasando.

Tras  tranquilizarla,  el  hombre   volvió   a  su  sitio  y mirándola a los ojos aclaró.

—Su  verdadero  nombre  es  Tatiana  Ratchenco.  Es croata y lleva afincada en España cerca de diez años ejerciendo la prostitución y todo lo que se le pone por delante. Estas fotografías son de hace escasos tres días. En ellas, como puede ver, está adquiriendo cocaína. Las otras

 

instantáneas son de la casa donde viven ella y su hermano.

Rebeca miraba las fotos sin realmente ver nada. ¿Cómo era posible que su hermano no se diera cuenta de todo eso?

—Rebeca —la tuteó el hombre por primera vez—, sé que  todo  esto  es  horrible  y solo  puedo  decirte  que  tu hermano   no   consume   drogas,   a  excepción   de   algún cigarrillo  de  marihuana que  comparte  con ella. Es  más, estoy convencido de que ni siquiera sabe de ella lo que aquí te estoy exponiendo. Les seguí de cerca durante dos días, y en ningún momento vi hacer a tu hermano algo extraño o fuera de lugar.

—Pero... pero Kevin no es tonto y...

—Estoy totalmente seguro de ello. Pero esta pájara es muy lista. Lleva más de media vida viviendo en la calle y le tiene totalmente engañado. Tras apuntarme la matrícula del Ferrari con el que apareció su amigo para suministrarle la droga, pude saber que pertenece a Brian Newton, el narcotraficante con el que andaba en negocios Cavanillas. Mire esta foto —El detective le enseñó otra en la que se veía a Cavanillas y Newton en un restaurante en la Villa Olímpica de Barcelona. Al ver el gesto de bloqueo total de la joven, el detective concluyó: —Bianca y Cavanillas se conocen. O mejor dicho, ese viejo zorro ha puesto a esta mujer en el camino de su hermano para tener un punto por

 

donde tenerla maniatada.

Tras beber un buen trago de su bebida para refrescarse la garganta, Rebeca le miró.

—Creo que debería dejar de investigar lo que le pedí. Esto me está trayendo infinidad de problemas. Lo horrible es que si no digo nada esa mujer seguirá casada con Kevin y yo… yo no sé qué hacer.

El hombre, al ver que ella intentaba buscar una solución, le susurró para calmarla.

—Tranquilícese.  Yo  personalmente  intentaré  hablar con  Kevin  y  explicarle  todo  paso  a  paso.  Este  es  un problema en el que cuanta menos gente se vea implicada, mejor.

—No, no, eso no es buena idea. Hoy mismo me ha llamado para decirme que va a ser padre.

—¡¿Cómo?! —se sorprendió el hombre.

—Lo que oye. No sé cómo se tomará todo esto, pero lo que sí sé es que me odiará por meterme en su vida. Oh Dios... Nunca pensé que esto pudiera llegar a estos límites.

—La entiendo, y es complicado. Pero la realidad de todo es que lo de esa pájara y su hermano es un montaje. Solo me queda atar los cabos para saber si Cavanillas la

 

contrató o no. Pero vamos, aun sin tenerlo al cien por cien asegurado, es lo que creo. Pienso que lo más inteligente es no decir nada de momento e intentar pillarlos juntos. Una vez lo tengamos todo bien atado, podremos cogerlos.

—Sí. Pero Kevin corre peligro —murmuró asustada

—. Creo que debería decirle lo que pasa, pero quizá tenga razón y deba esperar. De todas formas iré el próximo fin de semana a su casa.

—Me parece perfecta esa visita. Pero no debe decirle nada, aunque sí le pediría que tuviera los ojos bien abiertos para ver los movimientos de nuestra amiguita. Estoy casi seguro de que si usted va, Cavanillas se reunirá con ella en algún lugar. Eso sí, actúe con calma. ¿Podrá hacerlo?

Ella asintió convencida.

—Lo intentaré. Aunque sea solo por Kevin.

—De  acuerdo  —él  se  levantó—.  Llámeme  cuando esté  allí. Y,  por  favor,  por  su  bien  y  el  de  su  propio hermano, actúe con normalidad. ¿De acuerdo?

Dicho  esto, el hombre  se marchó  y minutos  después ella salió también sin percatarse de que Paul estaba fuera. Durante unos segundos la observó, y por su ceño fruncido, percibió  que  estaba  preocupada.  Poniéndose   el  casco arrancó su moto y se dirigió a la casa de ella. La estaría esperando cuando llegase.

 

 

 

Capítulo 32

 

 

 

De camino a casa Rebeca pensó en la situación que se le venía  encima.  ¿Cómo  no  decirle  a  Kevin  quién  era  su mujer, y en lo que andaba metida? Pero si se lo decía lo echaría todo a perder. Tenía que ser cauta y hacer las cosas bien aunque se le hiciera cuesta arriba. Pensó en Bianca. Les había engañado a todos excepto a Donna. Al final su hermana tenía razón. Aquella jovencita de cara angelical, era más un demonio que un angelito. Pero lo que más le llamaba la atención a Rebeca, era cómo su hermano no se había dado cuenta de quién era ella en realidad.

Maldijo al recordar las fotos que el detective le había enseñado. En esas fotos se la veía sucia, mal vestida y con una pinta horrible. Nada que ver con la imagen que ella les mostró. Era difícil imaginarse a aquella muchacha de dulce sonrisa metida en los suburbios más bajos y pestilentes de la ciudad.

Al llegar a su casa, vio la preciosa y cuidada moto de Paul aparcada en la puerta. Él estaba sentado en el escalón de  entrada  con  las  piernas  estiradas.  Rebeca  aparcó  el coche y se bajó. No le apetecía hablar ni ver a nadie, pero disimuló. Con una sonrisa prefabricada se acercó  a él y notó algo extraño en su mirada. Pero estaba tan preocupada

 

por sus propios  problemas  que no quiso  pensar  en nada más. Al llegar a su altura él se levantó y ella le besó. Pero fue un beso rápido, sin sentimientos. No un beso deseado y disfrutado.  Algo  que  a  él  no  le  pasó  inadvertido.  Tras aquello, abrió la puerta de la casa y Pizza salió a recibirles.

—Hola, preciosa, ¿cómo estás? —saludó jovialmente Rebeca a la perra. Al ver cómo movía el rabo con alegría, se volvió hacia Paul—. Parece que está mejor a pesar de su pequeña cojera.

—Sí,  eso  parece  —respondió  intentando,  igual  que ella, disimular su malestar.

Después de un largo silencio en el que Rebeca no paró de moverse por toda la casa, Paul, apoyándose en el quicio de la puerta no pudo aguantar más.

—¿Qué tal hoy en la oficina? —preguntó tratando de romper el hielo.

—Horrible. Muchísimo trabajo. —Acercándose al maletín sacó el portátil y varias carpetas y, escondiendo el sobre   con  las   fotos   de   Bianca,  respondió—Fíjate   la cantidad de trabajo que tengo para terminar en casa.

Sin moverse de su sitio, Paul insistió.

—¿Te apetece que salgamos y así te olvidas del trabajo un rato? Prometo traerte pronto.

 

—No, no me apetece.

—Venga —insistió él—. Te vendrá bien. Rebeca negó con la cabeza.

—No. Tengo muchas cosas que hacer. De verdad que estoy a tope de trabajo. Mejor nos vemos otro día.

Sin quitarle el ojo de encima y sintiendo que lo echaba de su casa no dejó de intentarlo.

—No seas exagerada. Seguro que algún ratillo tendrás para tomar algo con alguien.

Como la mejor actriz del mundo, se dio la vuelta para mirarle y contestarle, retirándose el pelo de la cara.

—Qué más quisiera yo. Últimamente estoy de casa al trabajo y viceversa.

La sangre de Paul ardía por momentos. Le estaba mintiendo.

—Rebeca,  ¿estás  diciéndome  que  me  vaya,  porque tienes mucho  trabajo? —preguntó  exaltado. Ya no podía más.  Los  celos  le  consumían.  Amaba  demasiado  a  esa mujer y no podía soportar la indiferencia que ella le mostraba en esos momentos.

—Quizá sería lo mejor —respondió sin mirarle—. Te repito que tengo...

 

—No  me  lo  vuelvas  a  decir  —le  interrumpió—...

mucho trabajo.

Ella le miró sorprendida.

—Por eso estabas con un tipo sentada en el café de Oriente, ¿verdad? —saltó con enfado. Rebeca se quedó paralizada al oír aquello.

—¿Cómo dices?

—Lo  que  has  oído  —insistió  él—. Quiero  que  me digas qué hacías allí. Y, sobre todo, ¿quién era ese hombre?

Incapaz de pensar con claridad, sus labios respondieron por ella.

—A ti no te importa.

—¿Que no me importa?

—No.

—¡Esto es increíble! —gritó furioso—. Pues siento decepcionarte pero sí que me importa. ¿Sabes por qué? — ella no respondió—. Pues porque tú, ¡maldita sea!, me importas. Y si te veo abrazada a otro hombre que no soy yo y te veo llorar me preocupo. Y quiero saber por qué es a él a quien abrazas y no a mí, y por qué no me cuentas por qué lloras. Durante un tiempo creí que yo te importaba a ti y te

 

podía preocupar  que  yo  hiciera lo  que  tú, ¡maldita sea!, acabas de hacer.

Horrorizada por lo que estaba ocurriendo, intentó mantener el control. Pensó en explicarle la verdad. Necesitaba contar con su apoyo pero sabía que no debía hacerlo. No podía meter a Paul en aquel problema. Por su seguridad y la de Lorena no debía hacerlo.

—Paul, claro que me importas.

—Sí. Ya lo veo —bramó ofendido.

—No saques conclusiones erróneas donde no las hay. Pero él, que odiaba el engaño, ya estaba fuera de sí.

—¿Que no las hay? Joder… claro que las hay.

—Pero Paul yo…

—Escúchame, maldita sea, Rebeca. Si yo no hubiera sacado esta conversación, tú no me habrías contado que has estado con otro tipo en una cafetería. He visto algo que me ha desagradado y solo quiero saber. ¿Qué ocurre? ¿Quién es él?

—Pero bueno —explotó ella—. ¿Me estás espiando?

—él no respondió y ella gritó—: ¡¿Pero quién te has creído que eres para ponerte así conmigo?!

 

—Creí que era alguien para ti.

Sin pararse a mirar el dolor en los ojos de aquel hombre ella prosiguió.

—Ese… ese hombre es un amigo mío y no hay más que contar. ¿Entiendes?

—No. No lo entiendo. Quiero saber quién era ese amigo. Quiero saber qué me ocultas y por qué. ¡Quiero saberlo todo! ¿No te das cuenta de que me preocupo por ti?

¿Acaso no te has dado cuenta aún de que lo nuestro, lo que yo siento por ti, es importante?

—Paul escucha, lo siento…

—No.  Escúchame    a  mí.  Te  acabo  de  decir  que siento por ti algo importante y solo se te ocurre decir lo siento. Por el amor de Dios, Rebeca ¿a qué estás jugando?

Durante  un  buen  rato  Paul  continuó  mostrando  su enfado y cuando ella no pudo más, sin pensarlo, se dirigió como una bala hacia la puerta de la calle y la abrió de par en par.

—Fuera de mi casa.

—¡¿Qué?! —exclamó sorprendido.

—Fuera de mi casa —repitió.

 

Paul se acercó con lentitud, sin creer lo que ella estaba haciendo.

—¿Quieres que me vaya?

—Sí.

—¿Me estás echando de tu casa?—ella no respondió. Sus sentimientos eran tan contradictorios que apenas podía razonar—. ¡Perfecto! No vas a intentar explicarme  nada,

¿verdad? —murmuró malhumorado; ella ni siquiera contestó—.  De  acuerdo,  Rebeca,  ya  veo  que  solo  te preocupa que me vaya de tu maldita casa. Pues óyeme bien, o me explicas que...

Ahora fue ella quien le interrumpió, y con toda la rabia que tenía en el cuerpo gritó:

—¡¡A mí no  me  amenaces!! ¡Fuera de  mi casa! No tengo nada que explicarte, ni a ti ni a nadie. Es más, no quiero volverte a ver. ¡Lárgate!

Conmocionado, aturdido y desbordado por cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, Paul la miró e intentó tranquilizarla.

—Nunca te amenazaría, Rebeca. Y tranquila, donde no me quieren no suelo estar. —Al ver que ella no le miraba, antes de salir por la puerta, se dirigió a ella una vez más—. Este fin de semana vuelo para Inglaterra. En una semana

 

corro allí y quiero que sepas que no voy a llamarte. No voy a implorarte. No voy a buscarte. Si quieres hablar conmigo me tendrás que llamar tú a mí —ella le miró—. Y que te quede claro una cosa. Tú has sido quien además de estar echándome de tu casa, me acabas de echar de tu vida. No lo olvides, Rebeca.

Una vez dijo aquello, salió de la casa. Acto seguido, ella cerró la puerta de un portazo. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, y prorrumpió en sollozos cuando escuchó la moto de Paul arrancar y alejarse. ¿Qué había hecho?

Durante un largo rato sentada en el suelo lloró con desconsuelo   junto   a Pizza.  La  pobre  perrita  le  daba lametazos y acercaba su naricilla a las húmedas mejillas de su adorada ama e intentó consolarla.

¿Cómo puede haber acabado esto así?, pensó Rebeca al sentir la soledad.

Tras secarse las lágrimas y con un dolor de cabeza considerable se levantó del suelo y se sentó en el sillón. Necesitaba un poco de consuelo y pensó en Carla. Levantó el teléfono y la llamó. Esta, al escucharla, prometió que en cuanto Samuel llegara del hospital iría a su casa. Dos horas después, sonó el timbre de la puerta. Al ver abrir y ver a Carla, Rebeca volvió a llorar. Conmovida, su amiga cerró la puerta y la sentó en el sofá tratando de consolarla.

—No  llores  más. Buscaremos  una solución. Ya me

 

tienes aquí.

La noche llegó y la pena que sentía por lo que había hecho con Paul era horrorosa. Apenas podía respirar. Necesitaba a Paul y ella le había echado de su lado. Carla escuchó pacientemente todo lo que Rebeca le contó, e intentó aconsejarla lo mejor que pudo. Debía llamar a Paul y  solucionar  aquello.  Ambos  se  querían.  Después  de muchas horas de conversación, agotadas, se quedaron dormidas en el sillón del salón.

—¿Será posible? ¡Vaya dos gandulas! La voz de Ángela las despertó.

—¿Qué pasa? ¿Hay chinches en las camas que tenéis que dormir en el sillón?

—Buenos días, Ángela —saludó Carla estirándose—. Nos quedamos dormidas charlando. ¿Qué hora es?

—Las ocho y media pasadas —respondió la mujer mirando la mala cara de Rebeca—. ¿Mi niña, hoy no vas a trabajar? ¿Te encuentras bien?

—Sí, ahora voy. Y no te preocupes, que estoy bien —

respondió levantándose.

Ángela la vio  subir  las  escaleras  hacia su habitación. Sabía que  pasaba algo. Algo  había ocurrido.  ¿Qué  hacía Carla allí cuando tenía una familia y un bebé que atender?

 

—¿Qué ocurre? —preguntó a Carla. Carla, levantándose del sillón, murmuró.

—Ángela, no te preocupes. Son tonterías entre ella y Paul. Ya sabes ese dicho que dice: «Quien bien te quiere, te hará llorar».

—Imposible —protestó la mujer con seguridad—. Conozco  a  Paul,  y  por  nada  del  mundo  haría  llorar  a Rebeca. La adora. ¿No habrá sido al revés?

—Mira, Ángela, tengo que irme—respondió la joven sin querer meterse en más jaleos—. Samuel se tiene que ir al hospital, debo llevar a los niños a la guardería y yo tengo que cambiarme de ropa para ir a trabajar. ¿Aceptarías un consejo mío? —la mujer asintió—. Procura no atosigarla a preguntas en estos momentos. Cuando ella necesite hablar, te lo contará.

La mujer asintió. Aquel era un buen consejo y, tras despedir a la muchacha, miró a Pizza y cuchicheó.

—Ya has oído. ¡A callar!

 

Capítulo 33

 

 

 

Rebeca llegó a la oficina sobre las diez de la mañana. Poco rato  después  entró  Carla a su despacho  con una taza de café.

—¿Cómo te encuentras? Al ver a su amiga sonrió.

—Un poco mejor. Gracias por todo. No sabía a quién llamar y sabía que tú no me fallarías.

—Pues claro que no, tontuela. Para ti soy como un seven eleven. Abierta las  veinticuatro  horas  del  día. De hecho, ya he hablado con Samuel, y le he dicho que esta noche me voy también contigo a dormir.

—De ninguna manera—respondió Rebeca al pensar en el pobre Samuel otra noche a solas con los niños—. Tú tienes un marido y unos niños a los que atender, y no consiento que los desatiendas por mí. Esta noche te quedas en tu casa.

—No seas cabezota, Rebeca.

Al escuchar aquello, la miró con gesto serio.

 

—No.  No  seas  cabezota  tú. Ayer  te  demostré  que cuando  te  necesito  te  llamo. Hoy estoy mejor  y quiero estar sola. Necesito estar sola. Créeme.

—De acuerdo. —Se dio por vencida—. Pero si me necesitas ya sabes dónde voy a estar.

Sonó el teléfono y cada una se volcó en su trabajo. Durante el duro día en la oficina, Rebeca esperó la llamada de Paul. Pero este, como bien dijo la noche anterior, no llamó. Sabía que era ella quien le debía llamar y disculparse por todo lo ocurrido, pero ni lo intentó. Una y otra vez pensó en la discusión. ¿Cómo podía haber sido tan imbécil con él?

 

Capítulo 34

 

 

 

Dos días después, en el aeropuerto de Barajas, Paul estaba sentado en la sala de embarque. Volaba a Inglaterra. Su aspecto mostraba su estado de ánimo y parecía muy, muy enfadado. Llevaba sin afeitarse varios días, y su humor en esos momentos era agrio y oscuro. Algo que todos los que a su alrededor estaban percibían. Junto a él estaba su amigo y compañero de equipo Iván y su mujer Rita, que se comunicaban con gestos al ver el estado en el que se encontraba.

—¿Dispuesto  para  la  siguiente  carrera?  —preguntó

Iván.

—Por  supuesto,  ¿no  me  ves?  —contestó  Paul  con desgana.

Su amigo al sentir la furia en su mirada, le cogió por los hombros.

—Mira,  Paul,    que  te  ocurre   algo  y  eso  me preocupa, amigo.

—No ocurre nada.

Rita resopló. Quería decirle que no les podía engañar pero su marido se le adelantó.

 

—Escucha colega. Nuestra profesión es altamente estresante y sé por propia experiencia que los problemas no ayudan, precisamente, a pilotar mejor.

Paul asintió. Esas palabras recordaba habérselas dicho a él en otras ocasiones.

—Creo que pilotar me vendrá bien. Lo necesito.

—Y yo no necesito que te mates —gruñó Rita inmiscuyéndose  en la conversación—. Ya está bien por favor. No sé qué te pasa, pero puedo intuirlo al no haber visto a Rebeca aquí para despedirte.

—Rita… —cortó su marido pero ella prosiguió.

—Escúchame bien, Paul, porque no te lo voy a repetir. Como se te ocurra hacer una tontería en la pista te juro que cuando  te  bajes  de  la  moto  la  que  te  mata  soy  yo

¿entendido?

Sorprendido  por  aquel  arranque  de  Rita, Paul  sonrió. Iván al ver a su mujer tan alterada, se levantó y le dio un beso, pero le pidió que les dejara a solas.

—Todo un carácter esa mujercita tuya —murmuró observando como se alejaba.

—Sí. Ya la conoces.

Tras un silencio incómodo para los dos, Iván añadió.

 

—Lo que ella ha dicho, lo corroboro. Me preocupa que  salgas  a  pista  con  ese  estado  de  ánimo.  Ambos sabemos que no es el más propicio para competir.

—Da igual. No pasará nada.

—No. No da igual. Me preocupo por ti, maldito cabezón.

Paul rio pero Iván, al ver que tenía toda la atención de su amigo, aprovechó para recordarle.

—Para lo que necesites, repito, para lo que necesites me tienes aquí. No sé cuál es tu problema, aunque lo puedo intuir. Y antes de que me mandes a paseo creo que Rebeca es una buena chica y debes hablar con ella, porque mujeres como ella pocas vas a encontrar y...

—Ahora no, Iván —cortó—. Ahora no.

—Vale… pero déjame recordarte que sé escuchar muy bien.

Con gratitud, Paul le estrechó la mano.

—Gracias. Eres un buen amigo —logró susurrar. Levantándose para ir tras su mujer, se caló la gorra y

añadió.

—Tú también y por eso me preocupo por ti.

 

Agradecido por aquello Paul les observó acercarse a la cafetería y sintió una punzada de dolor al verse allí solo. Le gustaría tener algo especial como lo de Iván y Rita. Ellos eran una pareja muy unida. Pensó en Rebeca. La amaba. La quería, y maldijo al pensar que la había perdido. ¿Cómo seguir adelante sin ella tras haberla conocido? Mientras se taladraba la cabeza, Iván le hizo señas. Debían embarcar. Y a pesar de querer salir corriendo del aeropuerto en busca de Rebeca, con las escasas fuerzas que le quedaban, miró su billete y embarcó en su avión. Debía trabajar.

 

Capítulo 35

 

 

 

Pasó una semana. Rebeca estaba destrozada sin saber nada de  Paul,  pero  no  levantó  el  teléfono  para  llamarle.  Le quería demasiado para continuar mintiéndole y no meterle en aquel lío. El jueves llamó a Kevin para recordarle el número de vuelo en el que llegaba al día siguiente. Y el viernes,  tras  pedir  el  día libre,  dejó  a Pizza  en casa de Ángela y se dirigió al aeropuerto de Barajas.

Una  vez  el  avión  hubo  tomado  tierra,  Rebeca  deseó correr para abrazar a su hermano. Aunque el hecho de saber que   Bianca  estaría  allí  le  asqueaba.  Tras   recoger   el equipaje,  se  dirigió  a  la  salida,  y  nada  más  abrirse  las puertas, le vio. Allí estaba Kevin, con su sonrisa de siempre y Rebeca corrió a abrazarle.

—Pero qué efusiva estás, hermanita.

—Es que estoy muy contenta de verte —respondió, separándose unos milímetros de él para mirarle a los ojos.

Tras una buena dosis de abrazos, Kevin le quitó la maleta de las manos.

—Bianca  no  ha podido  venir.  Trabajaba  y no  podía pedir  permiso. Pero  me  ha pedido  que  te  diera muchos

 

besos de su parte y te dijera que está deseando verte.

—¡Qué bien! —exclamó Rebeca.

En el coche hablaron de cientos de cosas hasta llegar al hogar de su hermano. Una casa muy bonita cerca de un enorme bosque. Rebeca miró a su alrededor con curiosidad y comprobó  que  las  fotos  que  le  enviaron  al  despacho estaban  hechas  desde  allí.  No  había  duda.  Tras  dejar  la maleta en la habitación y haberle enseñado la casa, le propuso dar un paseo por el bosque. Ella aceptó. Mientras paseaban charlando de infinidad de cosas, escaneó con la mirada   a  su  hermano.   Parecía   estar   bien   y  eso   le tranquilizó.

Durante horas charlaron y Rebeca le relató el accidente de Pizza. Al ver que él se preocupaba, le aclaró que estaba bien, aunque le quedaría una pequeña cojera de por vida. El futuro padre, emocionado, le contó todo lo referente al embarazo de Bianca. Estaba feliz. ¡Iba a tener un bebé! Mientras comían en un pequeño restaurante del pueblo, le habló de los planes que tenían respecto al pequeñín, lo que encogió el corazón de Rebeca. Por la tarde apareció Bianca con su cara angelical.

¡Maldita farsante!

Rebeca deseó agarrarla del cuello y estrangularla por todo  el  daño  que  estaba  ocasionando,  pero  se  contuvo. Tenía que hacerlo. Poco después ésta le preguntó por Paul y Rebeca, como buena actriz, mintió y respondió que todo

 

estaba bien y que estaba en Inglaterra. Tras un extraño día, mientras  intentaba  dormir  por  la  noche  en  la  cama  de aquella enorme habitación, pensó en Paul.

Añoraba sus besos y su cariño. Deseaba hablar con él y pedirle perdón. Pero aquello tendría que esperar. No podía meter ni a Lorena ni a él en aquel lío. Primero tendría que solucionar   el   problema   con   su   hermano   y   después intentaría solucionarlo con él. Antes de quedarse dormida recordó que ese fin de semana él corría. Pero finalmente, agotada, se durmió.

El  sábado,  tras  una  noche  de  continuos  despertares, Kevin y Bianca llevaron a Rebeca a comer al restaurante de un amigo. Allí, y a pesar de la exquisita comida, Kevin se percató de que algo le ocurría a su hermana. No probó la comida. Solo jugaba con ella. Incluso se dio cuenta de que sus ojos miraban a Bianca de una manera dura y recriminadora. Durante un buen rato intentó imaginar qué le  podía  pasar  con  ella.  No  entendía  nada.  Durante  su estancia en España, ambas se habían caído muy bien, y no entendía el porqué de aquellas duras miradas por parte de su querida hermana.

En los postres, Kevin se levantó y fue al baño, y Rebeca aprovechó para hacerle unas preguntas a Bianca.

—¿Estás contenta con lo del bebé?

La muchacha, chupó la cucharilla de la taza de café, y respondió con la mejor de sus sonrisas.

 

—Estamos como locos. Tu hermano se pasa la mayor parte del día imaginando cómo será. Es un cielo de hombre.

Y    una  farsante,  pensó  Rebeca  y,  señalando  con malicia uno de sus brazos, volvió a preguntar.

—¿Y esa marcas a qué se deben?

La muchacha se bajó la manga de la camisa.

—Son las marcas de los análisis que me hicieron el otro día—contestó con despreocupación—. Como soy diabética me están haciendo cientos de análisis y pruebas.

—¿Eres diabética?

—Sí.  Estar   embarazada  es   maravilloso,   pero   los médicos  me  están  acribillando  a pinchazos.  Tienen  que tener un control total sobre mí.

En ese momento apareció Kevin ante ellas y le dio un beso en la nuca a su mujer.

—Bien, chicas, ¡vámonos!

Rebeca, volviéndose hacia su hermano, le miró directamente a los ojos.

—Kevin,   no   me   habías   dicho   que   Bianca  fuera diabética.

El joven, sin entender, iba a responder cuando Bianca intervino.

 

—Por cierto, cariño, no os puedo acompañar, he quedado en ver hoy a Estefanía.

—¿No  puedes  llamarla  y  anularlo?  —preguntó molesto.

Bianca, tras un gracioso mohín que hizo sonreír a su marido,  le  tocó  la  barbilla  y  respondió  con  una  dulce sonrisa.

—Prometo estar pronto en casa.

—Por mí no te preocupes —se mofó Rebeca deseosa de perderla de vista.

Aprovechando el momento, Bianca, besó a su marido y se levantó.

—De acuerdo, cielo —asintió Kevin—. Ten cuidado y no llegues tarde.

Una vez se quedaron los dos solos en el restaurante, Kevin pagó y al salir al exterior Rebeca preguntó.

—¿Quién es Estefanía?

Kevin no contestó. Llegaron hasta el coche y, una vez dentro, se volvió hacia su hermana furioso.

—¿Se puede saber qué te pasa? Has estado toda la comida intentando molestar. Te conozco y he visto cómo la mirabas. ¿Qué te pasa con Bianca? Creí que podríais ser

 

buenas amigas.

—No  me  pasa nada. Solo  que  estoy cansada y…—

respondió intentando disculparse.

Sin darle tregua, Kevin gesticuló con las manos y dio un manotazo al volante.

—Cuéntame ¿qué te pasa?

—Nada.

—Mira, Rebeca, no sé para qué demonios has venido a verme si estás de ese humor.

Buscando   rápidamente   algo   qué   decir   finalmente admitió.

—He discutido con Paul, y... he visto a papá.

Éste  se  paró   en  seco   y,  clavando   totalmente   sus increíbles ojos verdes en ella preguntó.

—¿Has visto a papá?

—Sí. A él, a su mujer y a sus dos niños.

Sorprendido se retiró el flequillo de la frente antes de preguntar.

—¿Qué quería? ¿Te hizo algo?

Al  ver  cómo   su  hermano   respiraba,  respondió   de inmediato.

 

—Me lo encontré en una sala de fiestas una noche que estaba con Paul y unos  amigos. Allí conocí  a Elena, su mujer. Luego volví a verla a ella y a los niños en el cumpleaños  de  Lorena.  Resulta  que  Elena  y  papá  son amigos de Paul, ¿lo puedes creer?

—Vaya  con  el  viejo.  Ya  tiene  dos  bastardos  — murmuró tras aspirar el humo del cigarrillo que se había encendido.

—No digas eso —protestó—. Esos pobres niños no tienen la culpa de lo que nuestro padre hiciera en su día. El culpable es él, no Dani y Susana.

Incrédulo, Kevin miró a su hermana.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Digo lo que pienso.

—Lo siento, hermanita, pero no pienso como tú. La versión que yo recuerdo es que nuestro padre se fue a vivir con esa puta y han tenido bastardos.

Molesta porque hablara así de aquellos niños, Rebeca volvió al ataque.

—Si conocieras a esos pequeños no pensarías así. En cuanto a Elena, no le tengo ningún amor, pero estoy segura de que no es una puta.

 

—¿Y tú qué sabrás? —siseó Kevin.

—Mira quién fue a hablar —soltó sin pensárselo dos veces—. ¿Sabrías distinguir una puta de una chica normal?

Aquello le molestó. ¿A qué se refería su hermana?

—¿Qué has querido decir con eso de «mira quién fue a hablar»? ¿Qué narices quieres decir?

Asustada por  su reacción, Rebeca no  pudo  contestar. Pero Kevin, furioso, la increpó cogiéndola de las muñecas. Finalmente comenzó a llorar. La tensión estaba pudiendo con ella.

—Joder, Rebeca, no llores. Discúlpame por haberte hablado así. Pero estás muy extraña. Te he notado tirante con Bianca y... —al ver que ella se secaba las lágrimas, suavizó su tono de voz—. Lo siento. Siento haberte hablado así, pero ya sabes que no soporto hablar de nuestro padre.

—Lo sé —sollozó dándose cuenta de que casi mete la pata en cuanto a Bianca.

Retirándole el pelo de la cara, le hizo levantar mirada.

—¿Por qué has discutido con Paul?

Pensando con rapidez Rebeca mintió a medias.

—Me vio con un amigo tomando una copa y se enfadó muchísimo.

 

—¿Solamente  por  eso?  —se  sorprendió—. Seguramente sería por algo más.

—No. Él me vio y me pidió explicaciones. Yo... yo no quise dárselas y le eché de casa.

Al escuchar aquello, Kevin silbó.

—Pero qué mal genio tienes, hermanita. Eres dulce como mamá, pero cuando te enfadas, ¡no hay quien te soporte! Y dime —preguntó—, ¿por qué no le dijiste quién era ese amigo?

—No  lo    —volvió  a  mentir—.  Quizá  he  estado mucho tiempo sola y no soporto que nadie me pida explicaciones. Sé que la culpa la he tenido yo, pero...

—No hay peros que valgan. Cuando regreses a Madrid le llamas y en paz. Paul es un buen tío y estoy seguro de que estará deseando oír tu voz. En cuanto hables con él seguro que todo se arreglará. Ese tipo está loco por ti. Solo hay que ver cómo te mira para intuirlo.

—Ahora está Inglaterra.

—¿Y qué hace allí?

—Mañana corre en el circuito de Donington. Encantado con aquello abrió los ojos de par en par.

 

—¿A qué hora es la carrera?

—No lo sé.

—No te preocupes. Tengo parabólica y seguramente podremos coger el canal de deportes. —Y mirándola preguntó—. Querrás verle, ¿verdad?

—Pues claro que sí, tonto —sonrió Rebeca—. Por supuesto que quiero verle.

Y besarle y amarle, pensó.

—También  podrías  llamarle  a  su  móvil  y  desearle suerte —sugirió Kevin.

Rebeca, para finalizar la conversación, sonrió, y le dio un beso a su hermano.

—Quizá más adelante.

Aquella noche, cuando llegó Bianca, intentó estar más amable con ella. Kevin se lo agradeció.

A la mañana siguiente, y mientras Bianca preparaba el desayuno, Rebeca y Kevin buscaban el canal de deportes para ver la carrera. Una vez lo consiguieron comenzaron a desayunar y le explicó a su hermano los conocimientos adquiridos en referencia al Mundial de Motociclismo. Cuando terminó moto2 y los comentaristas comenzaron a hablar de la carrera de moto GP, se le erizaron los pelos al

 

saber, y ver, que Paul había sufrido una aparatosa caída en los entrenos.

El corazón se le paró cuando dieron las imágenes y vio a Paul volar por encima de la moto hasta caer con brusquedad sobre la pista.

Miró a su hermano asustada, pero se tranquilizó cuando dijeron que el piloto se encontraba bien y que finalmente correría la carrera. Incapaz de hablar, la joven miraba la televisión histérica intentando encontrar a Paul entre toda aquella masa de gente. Como ocurría en cada conexión, un cámara se fue parando piloto por piloto hasta que llegó a Paul. Al verle, Rebeca se quedó congelada. Su mirada concentrada  era oscura  y agresiva,  nada que  ver  con la mirada de otras veces. Aquello le revolvió el estómago y temió continuar mirando. Kevin, emocionado, aplaudió al reconocerle.  Pensar  que  el  hombre  que  salía  con  su hermana era aquel valeroso piloto, le llenó de orgullo.

Minutos después, los asistentes de pista se comenzaron a retirar y quedaron solo los pilotos con sus máquinas. Con tranquilidad dieron la vuelta de reconocimiento, para luego regresar a sus posiciones; el semáforo pasó de rojo a verde y  todos  aquellos  locos  abrieron  gas  para  comenzar  la carrera.

—¡Joder! —gritó excitado Kevin al ver a Paul tirarse en las curvas—. Cómo conduce el tío.

Rebeca no pudo responder. Lo que Paul estaba haciendo

 

en la pista, la estaba dejando sin palabras. Durante varias vueltas,  vieron cómo  se  mantenía en cabeza de  carrera, junto a Iván y Klaus jugándosela en cada pasada. Aunque la dura lucha comenzó cuando Gicoli, un piloto italiano, se acercó hasta ellos como un loco para adelantarles. Rebeca que conocía la situación en puntos de cada piloto, se clavó las uñas en las manos al imaginar que Paul no lo iba a consentir.  Él  no  iba  a  permitir  que  Gicoli  cogiera  los puntos que él necesitaba, y ambos se arriesgarían para conseguirlos.

La carrera se puso al rojo vivo y los comentaristas impactados por lo que estaban haciendo aquellos pilotos gritaban  emocionados.  Continuas   y  peligrosas   pasadas hacían vibrar y chillar a todos, hasta que Klaus se salió de la pista y cayó. Rebeca, al ver como a aquel la moto se le fue de atrás, horrorizada, no se movió mientras su hermano y su mujer chillaban y aplaudían al ver que no había sido Paul.

Solo faltaban dos vueltas y Gicoli se puso en cabeza. A Rebeca le sudaban las manos y casi le da un infarto al ver a Iván  salirse   en  una  de   aquellas   terribles   curvas.   Su templanza y buen pilotaje hizo que no cayera, pero perdió la opción de luchar por subir a lo más alto del cajón. Una opción que Paul aún iba a aprovechar. Acoplándose todavía más a su potente Ducati comenzó a derrapar en las curvas hasta  que  consiguió  adelantar  en  un  tramo  imposible  a Gicoli.  Solo  quedaba  una  vuelta  para  la  finalización  de

 

carrera y Paul no estaba dispuesto a perder. Fue una vuelta de infarto para todos, pero finalmente Paul entró primero, seguido por Gicoli. Rebeca, al ver aquello, saltó de alegría junto a su hermano y Bianca.

¡Paul había ganado!

Minutos después ofrecieron la entrega de trofeos. Rebeca, orgullosa, pudo ver cómo Paul recogía el premio y daba las gracias a su equipo. Kevin, impresionado por su pilotaje, no paraba de aplaudir, incluso llegó a decir que se compraría una moto y pediría a Paul que le diera clases de conducción. Rebeca rio de las ocurrencias de aquel, aunque miraba la pantalla de televisión con tristeza y desconsuelo.

¿Qué pasaría entre ella y Paul? El domingo, tras un fin de semana extraño, regresó de nuevo a Madrid todavía más confundida si cabe por todo lo que rodeaba a su hermano.

 

Capítulo 36

 

 

 

Hacía dos semanas que Rebeca había regresado de su viaje. Una tarde, el detective la llamó para enseñarle nuevas fotografías actuales de Bianca. En ella se la veía besándose con Brian Newton, el narcotraficante. Y Rebeca de nuevo se hundió. ¿Qué podía hacer? En todo aquel tiempo, Paul no dio señales de vida. No la había llamado. No la había buscado, aunque Lorena sí la llamó. La niña estaba ansiosa por verla. Necesitaba estar con ella y sentir su cariño.

—¿Cuándo vas a venir a verme?

—No lo sé cariño. Tengo mucho trabajo.

—Pero papá me dijo que vendrías a casa con Pizza —

insistió la pequeña.

—Iré, cielo, lo que no sé es cuando —mintió—. Por cierto ¿está papá en casa?

—No. Hoy se fue con el tío Iván a una fiesta. Es el cumpleaños de la tía Rita y se fueron a celebrarlo. ¿No vas a ir tú?

El corazón se le aceleró. ¿Conocería él a alguna mujer en  aquella  fiesta?  Pero  no  estaba  dispuesta  a  pensar  y

 

martirizarse por ello.

—Yo no puedo, cielo. Ya te dije que tengo mucho trabajo.

Finalmente, tras capear las insistentes preguntas de la niña, Rebeca le confesó que tardaría un poquito en verla, pero que no se preocupara, que en cuanto tuviera tiempo la llamaría. La pequeña, ajena a todo lo que ocurría entre su padre y Rebeca, accedió y la creyó. ¿Por qué no iba a hacerlo?

El viernes, Carla la invitó a una cena con varios compañeros  del  hospital  de  Samuel.  En un principio  se negó. Su humor no estaba para fiestas. No le apetecía salir con nadie. Pero Carla no cesó hasta que aquella cedió y aceptó. Irían primero a La Plateada, un restaurante bastante lujoso,  y  después  tomarían  una  copa.  Rebeca  decidió ponerse el vestido color salmón y recogerse el pelo en un moño alto. Ya que salía sin muchas ganas, por lo menos se vería guapa. Mientras se arreglaba se convenció de que aquella salida le haría bien. Le apeteciese o no, necesitaba relajarse y divertirse.

A las ocho, pasaron Samuel y Carla a buscarla y cuando llegaron al restaurante, Samuel le presentó a cada uno de los invitados. Allí se enteró de que la cena era una celebración por el ascenso de Samuel a jefe de planta. La cena se  tornó  divertida.  Todos  contaban  anécdotas graciosas  del  hospital, y eso  les  hacía reír. Después  de

 

varios brindis y de un discurso nada serio por parte de Samuel, decidieron ir a tomar una copa a Streep. Un nuevo local madrileño.

—¿Qué tal? —preguntó Carla acercándose a ella.

—Bien,  todo  muy  bien  —respondió  sinceramente

Rebeca. Llevaba semanas sin reírse tanto como esa noche.

—¿Qué te parece Emilio? —señaló al hombre que hablaba con Samuel.

—Oh... Es muy agradable.

Carla, al oír aquello, se acercó más a ella.

—Pues lo mejor de todo es que ¡¡no está casado!! Y creo que se ha colado por ti. No ha parado de preguntarle a Samuel cosas de ti ¡y eso es buena señal!

—Pues siento decirte querida mía ¡que lo lleva claro!

— se mofó Rebeca, al ver por dónde iba su amiga.

—¿Cómo puedes decir eso? — le recriminó Carla molesta.

—Simplemente te digo la verdad.

—Es un hombre agradable, guapo, con futuro...

—Carla... —cortó Rebeca—. No insistas. No tengo ni

 

tiempo ni ganas.

Pero hizo caso omiso.

—Vale…  vale, lo entiendo. Sigues  colada por Paul, pero oye mientras superas su ruptura ¿no te parece Emilio ideal?

Boquiabierta siseó.

—Será ideal para ti. No para mí.

Al mirar los ojos de su amiga, Carla sonrió. Rebeca estaba colada hasta el tuétano  por el de las motos y no había nada que hacer.

—Soy una boba, perdóname  —susurró  tras darle un beso en la mejilla.

—Perdonada.

—Tengo ganas de verte tan feliz como yo, y...

En ese momento, Emilio se acercó a ellas y, cogiendo a Rebeca con familiaridad de la mano, se la besó al tiempo que les decía.

—Perdonen,  señoritas,  —y  mirándola,  preguntó—:

¿Quieres bailar conmigo?

Sin ningún problema por bailar con él, Rebeca aceptó.

—Por supuesto. Me encanta esta canción.

Estaban en la pista bailando. Emilio la tenía agarrada por

 

la cintura, y quien los miraba desde fuera los podía ver divertidos y compenetrados. Emilio era un tipo guasón y divertido, y eso agradó a Rebeca, que necesitaba reír. Después de varias canciones, regresaron con el grupo y se sentaron con ellos a tomar algo.

Diez minutos después, Carla y ella se marcharon al servicio, y la primera no paró de hablar de lo maravilloso que era Emilio en el hospital mientras se pintaba la raya de los ojos.

—Pero mira que eres pesadita —se mofó Rebeca mirando a su amiga.

—¿Por qué? —preguntó consciente de lo que decía.

—Rebeca, ¿eres tú? —dijo alguien detrás de ellas. Rápidamente se volvió.

—¡Rita! ¿Qué tal? —saludó abrazando a la mujer de

Iván—. ¿Cómo tú por aquí?

—Ya sabes, un nuevo  local  en Madrid es un nuevo sitio que visitar —respondió con un gesto divertido tocándose con coquetería sus rizos.

Las tres sonrieron

—Quería que  supieras  que  siento  lo  que  ha pasado entre  Paul  y  tú.  Te  hubiera  llamado  pero  no  tengo  tu

 

teléfono, e Iván no se atrevía a pedírselo a Paul.

—¿Conoces a Paul? —preguntó Carla.

—Sí, es la mujer de Iván, el compañero de equipo de

Paul —confesó Rebeca.

Carla cogió un trozo de papel y con el lápiz de ojos que tenía en la mano apuntó el teléfono de Rebeca.

—Toma.  Este  es  el  teléfono  de  esta  petarda.  Por cierto, soy Carla.

—Gracias —sonrió Rita y quitándole el lápiz de las manos, apuntó algo en un papel y entregándoselo a Rebeca indicó—. Este es mi móvil.

Sorprendida por lo que aquellas dos habían hecho en un instante  Rebeca parpadeó  y Rita le  dio  dos  besos  a su amiga.

—Encantada de conocerte, Carla.

—Igualmente —respondió y cuchicheó con complicidad—Si no os importa, he de pasar urgentemente al servicio. Creo que he bebido demasiado.

Una vez hubo desaparecido tras la puerta del baño, Rita se volvió hacia Rebeca.

—Él no está bien, aunque se empeñe en decir que sí. Últimamente se juega la vida en cada carrera e Iván ya no

 

sabe qué hacer ni qué decirle. Nunca le hemos visto así.

Convencida de que llevaba razón, Rebeca la cogió de las manos.

—Me horroriza escuchar lo que dices, pero no puedo hacer nada.

—¿Tan grave es lo que ha pasado entre vosotros? Rebeca cerró los ojos.

—Creo que sí—murmuró.

—¿Has  dejado  de  quererle?  —preguntó  Rita convencida de que entre ellos continuaba existiendo algo.

—No... —respondió sinceramente— es imposible. Rita sonrió.

—Paul te quiere, Rebeca. Tú has conseguido que él vuelva a...

Asustada la interrumpió. Pensar en él le destrozaba el corazón.

—Escúchame,  Rita. Él y yo  somos  demasiado diferentes como para que la historia hubiera funcionado. Quizá lo ocurrido es lo mejor para nosotros. Él debe seguir con su vida y yo con la mía y espero no volver a verlo porque yo… —al decir aquello y ver el gesto de Rita preguntó—. ¿No me digas que está aquí?

 

—Sí.

—Oh, Dios —susurró Rebeca llevándose la mano a la cabeza.

Rita, al ver que ella se quedaba pálida, añadió.

—He de confesarte que llevo esperando horas a que vinieras al servicio para hablar contigo. Cuando llegasteis vosotros, nosotros ya estábamos aquí.

—... ¿Cómo no me he dado cuenta?

—Has  pasado  por  nuestro  lado  al entrar  y él te  ha visto.

—Ay, Dios…

—Rebeca,  Paul  lleva  toda  la  noche  mirándote   y bebiendo como un cosaco. Sinceramente, creí que algo iba a ocurrir cuando te vio bailar con tu amigo, pero Iván lo sacó del local para que le diera un poco el aire.

Boquiabierta, pensó que si ella viera a Paul bailar con una mujer como lo había hecho ella con Emilio y sobre todo reír de aquella manera... ¡se moriría!

—Escúchame —continuó Rita—. Ahora está más relajado. Yo no sé lo que habrá pasado entre vosotros, pero Rebeca —dijo mirándola a los ojos—, él te necesita. En

 

todos estos años desde que le conozco, nunca ha estado con  una  mujer  tan  bien  como  contigo.  Solo  había  que mirarle para ver lo feliz y centrado que estaba. Está enamorado de ti. Por favor, ven a hablar con él.

Con el pulso a mil, Rebeca la miró.

—Yo... no puedo.

—¿Pero por qué? —insistió Rita.

Rebeca resopló incómoda. Deseaba más que nada en el mundo ir donde él estaba, para besarle, quererle, pedirle perdón, pero no debía. No podía. Cavanillas debía creer que lo de ellos había terminado para que no se volviera a fijar en él o en Lorena. Por ello tragando el nudo de emociones que pugnaba por salir en su garganta susurró.

—Lo siento Rita, pero no puedo.

Carla salió del baño y Rebeca aprovechó para dar por finalizada la charla.

—Me ha encantado hablar contigo, dale recuerdos a

Iván y espero veros en otra ocasión.

Desconsolada, Rita aceptó su decisión.

—De acuerdo, Rebeca. Hasta pronto.

Mientras salía del servicio, la cabeza de Rebeca daba vueltas. ¡Paul estaba allí! De nuevo en el local sintió cómo unos ojos la observaban. La tranquilidad que antes había

 

sentido ahora estaba rota y deseó salir huyendo de allí. Emilio volvió a invitarla a bailar y ella, como una autómata, aceptó. Mientras bailaban, Rebeca miró con disimulo a su alrededor. Vio a Rita charlando con Iván, y al segundo a Paul que, inmóvil, la observaba. Cuando la canción terminó, dijo a Emilio que tenía ganas de sentarse. De nuevo se reunieron con todos.

No muy lejos de ella Paul la observaba consumido por los celos. Ver como aquel tipo agarraba a Rebeca por la cintura y bailaba canciones que él deseaba bailar con ella le estaba matando. La había visto reír y bromear con él y eso le  tensó  aún más. Estaba preciosa con aquel  vestido, al verla entrar en el local se había quedado de piedra. Deseó acercarse a ella y decirle todo lo que la había echado de menos, pero su orgullo de hombre herido se lo impidió. Solo tenía ganas de levantarse y partirle la cara al tipo que constantemente la tocaba.

¿Por qué tenía que pasarle continuamente las manazas por la cintura o el cabello?

—¿Quieres que nos vayamos a otro lugar? —preguntó

Iván.

—No —respondió ceñudo.

—Vamos a ver Paul. Creo que…

—No, Iván —advirtió Paul.

 

—¿Qué coño hacemos aquí? —insistió al ver cómo miraba a la joven—. Vayamos  a otro  lugar y pasémoslo bien.

—Id vosotros si queréis. Yo me quedo aquí.

Iván resopló. Tenía claro que de allí no se marchaba sin su  amigo  por  delante.  Le  conocía  y  sabía  que  estaba pasando un mal rato. Ver a Rebeca divertirse mientras él agonizaba no era plato de gusto para nadie. Y tras ver que el encuentro de Rita en el baño no había dado el resultado esperado, deseó salir del local lo antes posible. Pero no. Paul se negaba y de allí no se movían. Sin apartar la mirada de  ella,  por  fin su corazón  aleteó  al  sentir  que  ella le miraba. Por fin se había dado cuenta que estaba allí. La siguió por el local con la esperanza de que ella se acercara a él, pero eso no ocurrió.

Una hora después, cuando Rebeca ya no pudo más, dijo que se marchaba. Carla y Samuel le pidieron que se quedara un rato más, pero esta vez Rebeca no claudicó. Samuel se ofreció a llevarla, pero ella se negó. Cogería un taxi. Pero Emilio al escucharla insistió en acompañarla.

Sin mirar  en la dirección donde  Paul  estaba, Rebeca salió del local. Al dirigirse a coger el coche de Emilio, se fijó en varias motos e incrédula observó la de Paul.

Aque l l a bicha,  como  él  la  llamaba,  estaba  llena  de abolladuras y terriblemente sucia. Durante unos segundos

 

cerró  los ojos y pensó  en las locuras  que Rita le había dicho que estaba haciendo. Por una fracción de segundo pensó en entrar y hablar con él. Pero no. No debía. Sabía que  él  le  pediría  explicaciones  respecto  al  día  de  la discusión y no podía dárselas. Instantes después, Paul salió del local y, al ver a Rebeca parada ante su moto, se quedó clavado en el sitio mientras escuchaban lo que hablaban.

—¿Te gustan las motos, Rebeca? —preguntó Emilio. Sin dejar de mirar la moto ella respondió.

—Sí. Me encantan.

Emilio se acercó a ella todavía más, para señalar en tono jocoso.

—Creo que estas máquinas del infierno solo son para los locos. Si supieras la cantidad de accidentados y de muertes que hay por culpa de estas máquinas, no creo que te gustaran.

Rebeca ni le escuchó. Solo pensaba en Paul, solo en él. Segundos después, Emilio le tocó el hombro para llamar su atención.

—¿Te llevo a casa?

—Sí, claro —reaccionó con rapidez y asintió, alejándose de la moto.

Paul los vio alejarse. Rita e Iván salieron tras él y este,

 

enfadado, les pidió que le dejaran solo. Al ver a su amigos coger la moto e irse, volvió a mirar hacia donde había visto desaparecer el coche. Pensó en seguirles, pero finalmente decidió que sería una tontería. Se marcharía a su casa. Una vez se hubo montado y puesto el casco, arrancó la moto y, dejándose llevar por el corazón, hizo una locura y se dirigió a toda velocidad hacia la casa de Rebeca.

Durante el trayecto en coche, Emilio fue muy agradable y correcto. Era un hombre ocurrente y divertido que continuamente la hacía sonreír. Cuando llegaron al adosado de Rebeca, el hombre se empeñó en acompañarla hasta la puerta. Con desgana ella accedió. Allí estuvieron charlando un buen rato, hasta que Emilio preguntó en un tono meloso.

—¿Me invitas a un café?

Ni loca, pensó Rebeca al sentir sus verdaderas intenciones.

—Mira, Emilio, no quisiera ser descortés. Eres un hombre muy divertido y agradable, pero no creo que sea buena...

—Lo siento. Yo... no quería ofenderte.

Al  ver  el  apuro  en  su  mirada,  ella  reaccionó rápidamente.

—No te preocupes. No me ofendes. Pero quiero que sepas que no tengo tiempo para nuevas amistades.

 

Envalentonado por la preocupación que vio en su mirada respondió.

—Mira, Rebeca, voy a ser sincero. Desde el primer momento que te vi esta noche, me has gustado. Creo que eres una persona amable, simpática, divertida y guapa, y como comprenderás, una persona así, al menos para mí, no puede pasar desapercibida.

—Gracias por tus cumplidos pero...

—Me gustas y estoy dispuesto a intentarlo, si tú me dejas... —continuó acercándose todavía más a ella.

—No te voy a dejar —respondió separándose de él—. Mira, Emilio, no sé si no me has entendido bien, pero creo que...

—Yo no me doy por vencido así como así —insistió cogiéndola de la cintura y atrayéndola hacia sí—. Pero a veces, a algunas os gusta la lucha.

—Suéltame... —respondió airada.

Al  ver  que  él  no  estaba  dispuesto   a  soltarla,  sin pensárselo dos veces levantó la rodilla y le dio un golpe en la entrepierna. Eso hizo que él se doblara sobre su cuerpo con un gran gesto de dolor.

—Te dije que me soltaras, imbécil —aclaró con toda

 

su rabia.

Tras echarle una última ojeada, Rebeca entró en su casa, cerró la puerta y le dejó allí tirado, retorciéndose de dolor.

Mientras  ellos  hablaban,  Paul  les  observaba  desde  la otra esquina de la calle. En un principio, y al ver que aquél la forzaba, saltó de la moto y se dirigió corriendo hacia ellos, pero se paró y se echo a reír cuando vio la reacción de Rebeca. Cuando por fin vio que ella se metía en casa y que el tipo se levantaba como podía, se metía en su coche y se alejaba, se dirigió hacia su moto. Y por increíble que pareciera, a pesar de que su corazón sangraba, en el rostro llevaba una sonrisa.

 

Capítulo 37

 

 

 

Al día siguiente Rebeca se sentía fatal por lo ocurrido la noche anterior. Una noche que había empezado muy bien, pero  había  terminado  desastrosamente.  Nada  más levantarse, abrió la puerta de la calle, y al ver que Emilio no estaba  aún tirado  allí,  la cerró  aliviada.  Tras  desayunar, llamó a Carla y le contó avergonzada lo que había pasado. Su amiga en un principio no podía creer lo que le contaba, y cuando comenzó a carcajearse de risa, Rebeca se unió a ella.

Aquella tarde de sábado, y cuando veía una película en la televisión, sonó el teléfono.

—Dígame.

—¡Holaaaaaaaaaaaa! ¿Cómo estás?

—¡Donna! —gritó al reconocer a su hermana—. Qué ganas tenía de hablar contigo.

—Pues  era  muy  fácil—soltó  con  sorna—. Simplemente tenías que levantar el auricular, marcar mi número y te aseguro que al otro lado de la línea estoy yo. Pero claro, es más barato para ti que la que llame sea yo,

¿verdad?

 

—Eres terrible —rio Rebeca.

—Tú sí que eres terrible, no escribes  ni un mísero email, no  llamas. Miguel  está histérico. Falta un mes  y medio para la carrera de Paul en Laguna Seca y todavía no habéis  llamado  para  confirmar  que  venís.  Bueno,  sobre todo tú, pues él nos imaginamos que vendrá.

Tras soltar un resoplido, Rebeca cerró los ojos.

—Yo no iré.

—¡¿Cómo?! ¿Qué quiere decir eso? —gritó Donna—. No estarás diciéndome lo que creo entender.

—Me temo que sí.

—¡Joder... joder... joder! —protestó al escuchar a su hermana.

—Donna, por favor. No lo hagas más difícil. Bastante tengo yo con vivirlo.

—¿Pero estás loca o qué? ¿Cómo habéis podido separaros? —y cambiando el tono voz, prosiguió—: Me apuesto lo que tú quieras a que la culpable de lo ocurrido has sido tú. Kevin tiene razón. ¡Eres una cabezota!

—¡¿Kevin?! —resopló Rebeca—. ¿Pero qué tiene que ver Kevin en todo esto?

 

—Me  llamó  preocupado.  Me  contó  que  fuiste  a visitarle y que estabas muy extraña. Eres una cabezota, ¿lo sabías?

—Mira, guapa, no creo que sea tan cabezota como vosotros decís, lo que pasa es que ... —dudó mientras los ojos se le llenaban de lágrimas— ... es que... bueno, lo que pasa es problema mío, ¿entiendes?

—Vaya... vaya, eres peor de lo que me imaginaba —se mofó Donna desde el otro lado del teléfono—. Te da tanta vergüenza que no eres capaz de decirme qué es lo que pasa. Seguramente sabes que terminaría dándole la razón al pobre de Paul. Pero Rebeca, si ese hombre es un encanto. Solamente había que verle para darse cuenta de que está loco por ti. Mira, eres tonta y no quiero decir nada más.

—Me   parece   genial   que   no   digas   nada  más  

respondió tajantemente limpiándose las lágrimas.

—Por teléfono, por supuesto —aclaró Donna.

—¡¿Por teléfono?! ¿Qué quieres decir?

—Pues quiere decir que mañana me vayas a buscar al aeropuerto. Tengo más cosas que decirte y quiero mirarte a la cara.

La tristeza de Rebeca se disipó. ¡Iba a ver a la loca de su

 

hermana!

—¿En qué vuelo llegas?

—Voy en American Airlines. Llego sobre las tres de la tarde.

—¿Y Miguel qué dice?

Donna, al recordar a su marido sonrió. A él le parecía bien que fuera a ver qué le pasaba a su hermana y, probablemente, más aún al enterarse de que había roto con su piloto favorito de moto GP.

—Lo entiende. Él se queda aquí con María, y yo me escapo a Madrid unos días contigo, que me apetece mucho. Lo pasaremos fenomenal.

 

 

 

El vuelo llegó con una hora de retraso, pero cuando Rebeca vio salir por la puerta a su hermana, la espera mereció la pena. Se abrazaron y, emocionadas, se encaminaron  al  coche  para  ir  a  casa.  Nada  más  entrar, Donna se fijó en la perrita. Se le notaba la cojera que le había quedado, pero eso no parecía importarle a la propia Pizza, quien nada más verla comenzó a saltar de alegría. Mientras comían un maravilloso pollo a la toledana guisado por Ángela, las hermanas hablaban de Kevin y de la visita de Rebeca hacía unas semanas. Donna notó cómo la voz de

 

Rebeca se endurecía al mencionar  a Bianca, tal y como Kevin había dicho. Pero con su hermana había que ir por partes. Debía de tener tiento para que le contara todo lo que le estaba martirizando y las primeras preguntas serían sobre Paul. Por ello cuando terminaron de comer y se sentaban en el sillón preguntó.

—Vamos  a ver, Rebeca,  cuéntame  qué  te  pasa con

Paul.

Con disimulo, ésta se sentó.

—No  hay mucho  que  contar. Discutimos,  y eso  es todo —murmuró.

—Pero  bueno, ¿tú crees  que  he  hecho  un viaje  tan largo  para  que  me  digas  solo  eso?  —se  mofó  Donna cogiendo un cojín y dándole en la cabeza—. Me vas a decir lo que pasa, paso por paso. Sé que algo pasa y tú me lo vas a contar.

—Mira, Donna, hemos discutido, como seguramente Miguel y tú hacéis. La diferencia es que vosotros ya sois una pareja consolidada y nosotros no lo éramos. No hay que darle más vueltas. ¿No crees?

Donna sonrío y tras darle otro nuevo cojinazo añadió.

—Explícame a qué se deben esas pequeñas ojeras que veo en tu rostro. —Rebeca levantó las cejas sorprendida.

 

¿Tanto se le notaba?—. Y quiero que sepas que Kevin y Bianca se dieron cuenta de lo irascible que estabas cuando les visitaste. Kevin no entendió por qué atacabas continuamente a su mujercita y me llamó para comentármelo. También me dio la grata noticia de que va a ser papá. ¡Para flipar! Aunque bueno, estoy convencida de que ese descerebrado será un buen padre.

Rebeca se levantó mordiéndose la lengua para no hablar, necesitaba ir al baño.

—A mí me cuesta creer que Bianca vaya a ser una madre estupenda. En seguida vuelvo, voy a hacer algo que no puedes hacer por mí.

Con su característico humor, Donna sonrió.

—¡Seguramente si me lo propongo sí!—gritó.

En ese momento sonó el teléfono y Donna lo cogió. Era

Carla.

—Pero bueno, Donna, ¿qué haces en Madrid? ¿Cuándo has llegado?

—Estoy de visita para ver al monstruo de mi hermana. Me da en la nariz que tiene algún problemilla.

Carla suspiró.

—Tiene más de un problemilla, te lo puedo asegurar. Alertada por su voz, Donna bajó el tono de la suya.

 

—Vamos a ver, Carla, necesito que me cuentes qué pasa —cuchicheó—. Rebeca es una cabezota y no quiere soltar nada. De momento...

Convencida de que lo mejor era hacer partícipe de lo que ocurría a Donna, Carla suspiró dándose por vencida.

—Mira, aunque tu hermana me odiará el resto de su vida por esto, vamos a hacer una cosa. Samuel esta aquí y se puede quedar con los niños. En veinte minutos estoy allí y te aseguro que no le va a gustar nada a Rebeca lo que te voy a contar.

—Me importa un pepino si le gusta o no. Te espero aquí y, por favor, no tardes.

Donna  colgó  el  teléfono  y  su  sonrisa  se  borró  del rostro. ¿Qué le pasaba a su hermana?

—¿Quién ha llamado? —preguntó Rebeca entrando en el salón.

—Carla. Ah... y viene ahora —respondió Donna mirándose despreocupadamente las uñas.

Algo en la voz de su hermana la puso sobre alerta.

—¿Para qué? ¿Qué te ha dicho? —preguntó, acercándose a ella.

Pero la respuesta estaba instalada en el rostro de Donna.

 

¿Qué le había dicho la loca de su amiga? Solo se había ausentado  dos  segundos  y ese  no  era tiempo  suficiente como  cotorrear  a sus  anchas. La incomodidad ocupó  el resto del salón. Donna esperaba una contestación y Rebeca no estaba dispuesta a dársela.

Veinte minutos después llegó Carla quien, al entrar, se ganó una nada amistosa mirada de Rebeca, pero poco le importó. Y como si de un mal sueño se tratara, Carla comenzó a contar a Donna todo lo que ocurría, con Paul, Kevin, Bianca y los chantajes. Rebeca, incrédula por la traición de su amiga, la miraba sin entender nada. ¿Cómo podía estar haciéndole eso?

—Lo siento, Rebeca —dijo tras acabar de contar todo

—. Quizá no vuelvas a confiar en mí en toda tu vida, pero creo que necesitas ayuda.

—¡Por supuesto que no volveré a confiar en ti! —gritó molesta— ¿Por qué se lo tienes que contar a Donna? ¿Por qué tienes que ponerla en peligro a ella también? Si Cavanillas se entera, ella.. ella… — maldiciendo se retiró el pelo de la cara y susurró— Ahora se lo contará a Kevin y todo se liará más de lo que está.

Carla y Donna se miraron y esta última, comprendiendo a su hermana, trató de tranquilizarla.

—No te preocupes. Kevin no sabrá nada de todo esto.

 

Pero creo que me lo debías de haber contado tú. ¿A qué esperabas?

—No quería meterte en líos —sollozó con desesperación—. No sé qué hacer. Tengo la sensación de que cuanta más gente lo sepa peor será. —Y mirando a su hermana,  aclaró—.  Ni  una palabra a Paul  de  todo  esto.

¿Entiendes? Si él lo supiera, se complicará todo aun más,

¿entendido, Donna?

—Vale.

—Te lo ruego, por favor —insistió Rebeca.

Donna asintió  mientras  su cabeza trabajaba a mil por hora. Esa Bianca nunca le gustó.

—Te he dicho que tranquila. Confía en mí. Carla, mirando a las dos hermanas, añadió.

—Sé  que  vais  a pensar  que  es una insensatez, pero creo que deberíamos hablar con la policía.

—¡No! —gritó Rebeca—. Estás loca. Pueden hacerle algo a Kevin.

—Sabía yo que esa bruja eslovena tenía algo malo — protestó Donna—. Maldita sea. ¡Kevin se ha casado con una puta drogadicta! Nunca me gustó. Había algo en ella, en su angelical mirada, que siempre me hizo sospechar que

 

esa de  santa tenía lo  que  yo  de  monja.  Pero  bueno,  lo hecho, hecho está y ahora hay que pensar con calma, que estamos jugando con la vida del imbécil de Kevin.

—No digas eso de él —susurró Rebeca.

—¡¿Que no diga eso de él?! —gritó Donna—. Pero... pero ¿cómo puede ser tan tonto y dejarse engañar de esa manera? Si es que está visto que los tíos solo piensan con el pito. Ven una cara bonita, un buen par de tetas y ea... pierden el sentido común. —Carla, al escucharla, sonrió, a pesar de la tensión del momento—. A ver, Rebeca — prosiguió Donna—, Kevin me llamó y me comentó que estabas muy nerviosa por algún problema con Paul, pero algo de lucidez le debe de quedar, pues me dijo que había notado   que   tenías   cierto   resentimiento   hacia  Bianca.

¡Joder!   Si   llego   a  ser   yo   la  que   va  a  verles,   ¡ni resentimiento ni leches!, la cojo del cuello y...

—Y nada... —cortó Rebeca—. Hay que ser sensatos. Él está enamorado de esa mujer, y cualquier cosa que hagamos le va a dañar. Quizá no nos perdone en la vida.

—Nos  tendrá  que  perdonar  —afirmó  Donna—.  Él haría lo  mismo  si  a nosotras  nos  pasara algo  parecido.

¿Acaso  crees  que  él  dejaría  que  echáramos  a  perder nuestras vidas con un tío que no nos mereciera? No... estoy segura de que no. Lo que pasa es que debemos saber cómo

 

proceder para que él no salga mal parado. Que oye... inevitablemente el disgusto se lo dará. No creo que sea agradable saber que te has casado con alguien que no es quien tú crees que es. —Tras un silencio Donna volvió a hablar—.Tengo un amigo que trabajaba en la comisaría de Canillejas. Quizá él podría echarnos una mano.

—No, Donna, no metas a la policía en esto. Cavanillas o sus secuaces se podrían enterar y hacerle algo a Kevin.

—Bueno, listilla —saltó su hermana—, pues qué sugieres que hagamos. Porque según tú, no hay que hablar con la policía por miedo a que a Kevin le hagan algo. Pero piensa que ese algo se lo puede estar haciendo día a día esa maldita Bianca. Quién sabe si no le está enganchando a la cocaina y el idiota de nuestro hermano accede por hacerla feliz.  Estamos  a  tiempo  de  que  esta  pesadilla  acabe, Rebeca,  ¿no  lo  entiendes?  No  podemos  quedarnos  de brazos cruzados como tú pretendes. Así no solucionamos nada.

Rebeca por primera vez asintió.

—Quizá tengas razón, pero tengo miedo. Donna se sentó a su lado.

—¡Yo también estoy cagada de miedo! Y seguramente también Carla, pero es la única solución que tenemos si queremos que Kevin salga lo antes posible de todo este

 

embrollo.

—Tiene razón —se atrevió a decir Carla—. Piénsalo. Es la única solución.

Rebeca, tras pensarlo y maldecir mil veces, finalmente asintió.

—De acuerdo. Pero primero hablaremos con el detective que me informa de todo. Él también tiene amigos en el departamento de policía.

Donna y Carla se miraron con una sonrisa.

—Muy bien. Llámale —dijo su hermana entregándole el móvil.

 

Capítulo 38

 

 

 

Después de varias llamadas, Rebeca consiguió localizar al detective y quedaron en verse un par de horas después en una cafetería cercana a Majadahonda. Mientras iban en el coche de Rebeca para aligerar la tensión que se respiraba en el ambiente, la siempre alocada Donna intervino.

—¿Sabéis a qué me recuerda esto?

—Conociéndote, ¡a saber Dios! —se mofó Carla. Donna, divertida, asintió.

—A   la     película Los   ángeles   de   Charlie.   —Y

rápidamente exclamó— ¡Me pido ser la rubia!

—Eres terrible —rio Rebeca al oír las ocurrencias de su   hermana—.   Yo   aquí   preocupada   por   todo   y   tú bromeando.

Sentándose recta en el coche, Donna suspiró.

—No lo puedo remediar. Será que con los nervios me da por decir tonterías. Pero o nos lo tomamos así o acabaremos como el título de una peli de Almodóvar.

—¿Cuál? —preguntó Carla sin parar de reír.

 

—Mujeres al borde de un ataque de nervios.

La   carcajada   fue   general.   Donna   era   una   mujer tronchante y hasta en los momentos más tensos les hacía sonreír.

—Para, por favor, para ya —pidió Carla.

Llegaron a la cafetería y, diez minutos después, llegó el detective quien, al ver a tanta mujer esperándole, levantó las cejas mirando a Rebeca como pidiendo una explicación.

—Son mi hermana Donna y mi amiga Carla. Gente de mi máxima confianza.

Resignado, el detective se sentó con ellas.

—Es usted quien manda. ¿Para qué quería verme?

Sin perder tiempo, las mujeres comenzaron a hablar y el detective les pidió tranquilidad. Hablaron de la posibilidad de avisar a la policía, de los riesgos de Kevin y de todos. Donna sugirió la posibilidad de detener a los compinches por algo ajeno al caso que se trataba, y una vez retenidos investigar hasta llegar al fondo del asunto. El detective la miró y le recordó que la policía no se andaba con juegos y que difícilmente harían caso a esa petición. Tras una larga charla en la que todos expusieron sus ideas, se despidieron. Donna y Rebeca llevaron a Carla a su casa y después se dirigieron hacia la suya.

 

—Creo que deberíamos hablar con mi amigo del departamento de policía. —Rebeca miró a su hermana.

—Ya has oído. No nos harán caso.

Tras un silencio mientras esperaban a que el semáforo se pusiera en verde, Donna no pudo más.

—Creo que deberías hablar con Paul —soltó.

—En ese asunto no voy a permitir que te metas —dijo

Rebeca, desafiante—. Por lo tanto, cierra tu piquito.

Pero  Donna no  se  iba a dar  por  vencida y volvió  al ataque.

—El problema era que nadie supiera lo que pasa. Te recuerdo que ya lo sabemos Carla y yo.

—Porque Carla se ha ido de la lengua.

Donna le dio una colleja que hizo que Rebeca la mirara con el ceño fruncido.

—Si es que es para matarte —espetó su hermana—. Eres  tan  cabezota  como  mamá.  Y me  da  igual  lo  que pienses, digas o despotriques. Creo que Paul debería saber qué ocurre.

—Si lo haces te juro que no te volveré a hablar en tu vida.

 

—Pero él debería saberlo —insistió—. Debería saber porque no le contaste nada y…

—Basta, Donna... —y cambiado de tema preguntó—

¿Es de confianza el poli que conoces?

—Sí. Es un antiguo amigo —respondió Donna convencida de que era inútil insistir en el tema.

—¿Quién es?

—Felipe  Pérez  Rodríguez,  o  mejor  dicho,  «Pipe».

¿Recuerdas que vivía también en Majadahonda?

Al recordar aquel nombre, Rebeca estalló a carcajadas.

—¿Pero ese no era el chico gordito que todos los viernes te mandaba rosas y que un día vino a recogerte con una limusina y que...?

—El mismo —contestó Donna cortándola.

—Ay, pobre... ¿Y tú crees que tras lo que le hiciste nos ayudará?

Donna sonrió al pensar en él. Había sido un antiguo pretendiente y, por suerte, al final aclararon sus problemas.

—Pipe es una buena persona y entre nosotros todo quedó claro. Lo último que sé de él, es que comenzó a trabajar en la policía de Canillejas.

 

—De acuerdo. Mañana podríamos llamar a las oficinas y preguntar por él.

—¿Por qué mañana pudiendo hacerlo hoy? —preguntó

Donna.

Y sin más, sacó la cabeza por la ventanilla y preguntó a unos transeúntes si sabían dónde estaba la comisaría más cercana. Rebeca puso los ojos en blanco. Donna y sus locuras. Un minuto después se despidió de los viandantes y, mirando a su hermana, señaló hacia delante.

—Sigue por esa calle y tuerce a la izquierda. Por lo visto allí hay una comisaría.

Una vez llegaron, Donna se dirigió a su hermana.

—Espérame aquí. Entraré y preguntaré por él, quizá lo conozcan.  —Y mirándose  en  un  espejito  que  sacó  del bolso, se repasó los labios y preguntó—: ¿Qué tal estoy?

Sorprendida Rebeca la miró extrañada.

—Pero Donna... ¿Se puede saber qué vas a hacer? —

gruñó.

—Causar buena impresión —dijo mientras se bajaba del coche y se dirigía a la comisaría. Minutos después vio salir a su hermana con una sonrisa y un papel en las manos

—. Ya estoy aquí. —Y enseñándole  el  papel,  sonrió—.

 

Vamos a esta dirección. Pipe nos espera.

Incrédula Rebeca arrancó el coche.

—¿Pero cómo lo has conseguido?

Mientras se atusaba su rubia melena, Donna le guiñó el ojo y sonrió.

—Las mañas para ganarse a los hombres nunca se pierden, hermanita.

Media hora después, llegaron a la comisaría de Pozuelo de Alarcón. Allí preguntaron por Felipe Pérez Rodríguez y se sentaron a esperar. Pocos segundos después, al fondo del pasillo apareció un hombre algo cachas y bien parecido que nada tenía que ver con el Pipe que ambas recordaban.

—¡Joder! —susurró Donna al verle.

—¿Qué?

—No me digas que ese pedazo de tiarrón es  Pipe — ambas  le  miraron  y  Donna  susurró—.  Por  el  amor  de Dios… de la Virgen y de todos los santos ¡Pero qué bueno estááááá!

—Cállate o te estrangulo —susurró Rebeca intentando no reír.

Pipe no vestía uniforme como el resto de los policías, y al  ver  a Donna,  la cara se  le  iluminó  con una sonrisa.

 

Incrédula, Donna le observó mientras se acercaba a ellas intentando   creer   que   aquel   era  el   mismo   muchacho regordito  que  ella  había  conocido.  Tras  un  candoroso abrazo por parte de los tres, les contó que trabajaba en el departamento de narcóticos, y las hizo pasar a su despacho para poder charlar. Después de las primeras impresiones entre él y Donna sobre sus vidas, se enteraron de que él se había casado y divorciado, y tenía un hijo de siete años. Ella le contó que estaba casada y tenía una hija de más o menos esa  edad.  Tras   unas   risas   por  recuerdos   pasados,  le contaron lo que las había llevado hasta él.

En un principio éste escuchó pacientemente, aunque a Rebeca no se le escapó cómo miraba a su hermana. Una vez terminaron  su  relato,  Pipe  les  hizo  varias  preguntas. Rebeca, tras contestar, le indicó que en su casa tenía más información  al  respecto.  Pipe  sugirió  acompañarlas,  y Donna sonrió encantada. Era un buen principio para lo que necesitaban.  Una  vez  llegaron  a  la  casa  de  Rebeca,  le enseñó las fotos en las que él reconoció a Brian Newton como un traficante. Una hora después, Pipe pidió permiso a Rebeca para llevarse todo el material para así poder investigar más a fondo. Ella asintió. Al salir por la puerta, y antes de marcharse, prometió llamarlas al día siguiente.

—Madre mía —exclamó Donna mirando por la ventana—. ¿Te has dado cuenta de lo tremendo que se ha puesto Pipe en estos años?

 

—Qué quieres que te diga. Para mí es un hombre más

—respondió Rebeca indiferente, para quitarle importancia al tema, aunque debía reconocer que había cambiado una barbaridad.

Donna sorprendida soltó una carcajada.

—¿Pero cómo puedes decir eso? ¡Pipe está impresionante!  Vamos...  si  me  pilla  soltera  no  se  me escapa.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Hija, tengo ojos ¿acaso tú no los tienes?

—Pues sí.

Donna, divertida por la negatividad que veía en su hermana, añadió mientras observaba a Pipe montarse en su cuatro por cuatro plateado.

—Pues reina, si los tienes, háztelos reparar porque te estás perdiendo un monumento.

—Pero bueno, ¿y qué pasa con el pobre Miguel? — protestó molesta por aquel comentario, mientras se alejaba de la ventana.

Sorprendida por aquella pregunta, Donna abrió los ojos como platos.

 

—¿A qué te refieres? —Y al darse cuenta de lo que realmente quería decir, muerta de risa murmuró—. No estarás pensando que Pipe y yo... ¡Serás cochina!

—Seré todo lo cochina que tú quieras, pero esa es la sensación que das, y creo que él se ha ido con la misma impresión.

—¿Tú crees? —se mofó llevándose la mano a la boca

—. ¡Qué bien!

Al final y ante la teatrera de su hermana, Rebeca rompió a reír y corrió tras ella escaleras arriba.

 

Capítulo 39

 

 

 

Durante esos días, Rebeca supo de Paul a través del canal deportes y las noticias que pillaba por google. Corría en la República Checa, concretamente en Breno, y se le encogió el corazón al ver las imágenes de los entrenamientos en las que de nuevo le vio arriesgar como un loco y, finalmente, volar  por  encima  de  la moto  para  estrellarse  contra  el suelo.

¿Pero qué estaba haciendo Paul?

Donna, al ver a su hermana cada día más pálida, se preocupaba por ella, pero ésta no se dejaba ayudar. Solo quería  saber  que  él  estaba  bien.  Buscó  en  su  móvil  el número de teléfono de Rita y la llamó. No se lo cogió. Le envió un mensaje y solo se tranquilizó cuando una hora después  recibió  un escueto  mensaje  de  Rita que  decía.

«Tranquila, él está bien»

Fueron muchos los días en los que Pipe aparecía en casa de Rebeca en cualquier momento con todo tipo de noticias. Tras  largas  investigaciones  por parte  del equipo  policial que  lideraba  Pipe,  y  el  detective  que  en  su  momento contrató  Rebeca,  supieron  a  ciencia  cierta  que  Brian Newton  y  Cavanillas  tenían  un  sucio  negocio  de narcotráfico. En aquel tiempo, un par de veces, y ajeno a

 

todo,  Kevin  se  puso  en  contacto  con  sus  hermanas  y aplaudió feliz al saber que Donna estaba con Rebeca. Aprovechando  aquella felicidad,  Donna sugirió  sin éxito que él acudiera también. Así podrían estar los tres unos días juntos. Pero él se negó diciendo que no podía dejar sola a Bianca.

Finalmente, y aconsejada por todos, Rebeca volvió a su rutina y a su trabajo, mientras Donna seguía en su casa volviendo loca a Ángela. Tras el Gran Premio de Breno, que Rebeca vio de nuevo por televisión, pudo comprobar que Paul estaba bien de su caída. Acabó en tercer lugar, pero  la  angustia  de  Rebeca  al  verle  correr  de  aquella manera crecía día a día. El tiempo pasaba y Paul cumplía su palabra. No la llamaba. No hacía nada para comunicarse con ella, y eso hacía que la culpabilidad que esta sentía por no haber sido sincera con él comenzara a no dejarla vivir. Ella le había echado de su vida, y ella tendría que dar el primer paso. Paul se lo dejó bien claro.

Después de muchas indecisiones, una mañana, desde el despacho, Rebeca abrió su móvil dispuesta a hablar con él. Necesitaba escuchar su voz, necesitaba sentirle cercano y sobre todo necesitaba saber que estaba bien. Tras varios intentos al móvil que él no cogió, decidida a hablar con él fuera como fuera, llamó a su casa. Lo cogió Julia, la niñera de Lorena.

—Qué   alegría  oír   su  voz  —saludó   la  mujer   al

 

reconocerla.

—Lo mismo digo, Julia ¿Qué tal todo por ahí?

—Bien…  Lorena tan alocada como  siempre  y echándola mucho de menos. ¿Cuándo  vendrá a verla? La niña se muere por estar con usted.

—No  lo  sé,  Julia  —mintió  sin  saber  qué  decir—. Tengo mucho trabajo últimamente y lo tengo complicado.

¿Está Paul?

—No. En este instante está en una reunión con gente de su equipo —al ver que la joven no decía nada aclaró—. En unos días viaja a Italia y estará ultimando detalles.

—Julia, cuando llegue, por favor, dile que he llamado

—susurró decepcionada por no encontrarle por ningún lado

—. No lo olvides.

—No lo olvidaré —sonrió la mujer, quien a pesar de que no haber preguntado, ya había sacado sus propias conclusiones.

—Gracias, Julia. Dale un beso enorme a Lorena y otro para ti. Hasta pronto.

—Hasta pronto, Rebeca.

Aún temblaba cuando colgó el teléfono y, por primera

 

vez en muchos días, tuvo esperanzas y esperó su llamada en cualquier momento. Pero Paul no llamó. Cuando él llegó a su casa y supo por Julia de la llamada de Rebeca sintió un pellizco  de  satisfacción,  pero  tras  pensarlo  fríamente, decidió no llamar. Si ella quería hablar con él, que volviera a intentarlo. Ella le había apartado de su lado, ella tenía que encontrarle.

Aquella noche, cada vez que sonaba el teléfono en casa de Rebeca, el corazón le daba un vuelco ¿Sería él? Pero las llamadas siempre eran para Donna. La primera fue de su encantador cuñado Miguel y su sobrina María, y la segunda de Pipe, quien se tiró hablando  con su hermana más de media hora. Tras colgar Donna se dirigió a su hermana.

—¿Qué te parece si mañana vamos a tomar unas copas con Pipe y sus compañeros?

—Me parece asqueroso —contestó Rebeca amargada porque Paul no la llamaba.

Con buen humor, Donna entendió lo que pensaba y res- pondió:

—Mira que eres desagradable cuando quieres.

—No   me  tires  de  la  lengua,  guapita,  que  estoy calentita. Déjame en paz.

Divertida por los  gestos  de  su hermana e incapaz de callar  un segundo  más,  Donna con los  brazos  en jarras

 

añadió.

—Pero  tú, Sor Repura, ¿qué te crees? ¿Que soy tan imbécil como para echarme en brazos de Pipe? —Rebeca asintió y Donna respondió— Pues siento decepcionarte, guapa, pero aquí —dijo señalándose el corazón— solo hay sitio para un hombre, y es un moreno que me espera en Chicago y al que quiero como a nadie. ¿Entiendes?

Pero Rebeca no estaba para bromas e indignada por aquello miró a su hermana y bufó.

—Te pasas el día entero haciendo el tonto con Pipe.

¿Cómo pretendes que te crea?

—Creyéndome. No es tan difícil —se mofó intuyendo que su hermana estaba llegando al límite de sus fuerzas.

Ella y Rebeca eran dos polos opuestos y sabía que todo lo que estaba ocurriendo iba a acabar con ella.

—Me estás decepcionando. Nunca pensé que fueras como me estás demostrando ser: una mujer vacía.

—¡Ay,  Dios!  La  de  idioteces  que  tiene  una  que escuchar —resopló Donna mientras se dirigía a la cocina para ponerse otro café—. A ver si te enteras. No me quiero acostar con Pipe, simplemente es mi amigo y juntos nos reímos mucho.

 

—Seguro que si estuviera aquí Miguel no te comportarías así con tu amigo —gritó Rebeca siguiéndola a la cocina.

Donna suspiró intentando no perder la paciencia. Pero Rebeca la agotaba. Su negatividad y falta de humor la hacía insoportable. La verdad era que durante los primeros días había coqueteado un poco más de la cuenta con Pipe, pero ambos eran adultos y pronto dejaron aquel juego para centrarse en lo que realmente les interesaba. Resolver el problema y tener una bonita y sana amistad.

—Pareces una niña de quince años cuando hablas con él. ¿Pero no te ves?

—Pues no. Ponme un espejo la próxima vez.

Incapaz de callar y amargada por todo lo que la ocurría

Rebeca soltó.

—Pareces una guarrilla cuando le sonríes. Al escuchar aquello Donna se exaltó.

—¿Pero qué te pasa hoy que estás de tan mal humor? Rebeca quiso gritarle que Paul no la llamaba. Que ella lo

había  llamado  y  su  respuesta  no  llegaba.  Pero  bastante decepcionante era saberlo como para ir pregonándolo.

—Donna…  me  parece  asqueroso  que  te  pavonees

 

delante de…de Pipe como una cualquiera.

—¡¿Sabes, guapa?! No te soporto más —gritó cansada de aguantar el mal humor de su hermana, y al volverse derramó el café sobre la camiseta de Rebeca.

Asustadas por lo ocurrido, ambas se quedaron paradas. No  sabían qué  decir, pero  rápidamente  Donna cogió  un trapo  de  cocina  y  comenzó  a  secar  la  camiseta  de  su hermana mientras se excusaba.

—Lo siento... ha sido sin querer.

Al  ver  el  arrepentimiento  en  sus  ojos,  Rebeca  se desinfló y se percató de lo mucho que estaba atosigando a su hermana y de cómo pagaba con ella el que Paul no la llamara.

—Perdóname tú a mí. Creo que me estoy pasando contigo. Sé que no ha ocurrido nada.

—Y no va a ocurrir nada —se sinceró Donna—. Pipe es un amigo al que llevaba varios años sin ver. Quizá me ponga algo nerviosa al verle porque, lo reconozcas o no,

¡está tremendo!, pero  nada más. Él tiene  muy claras  las cosas y yo también. Pero lo que no quiero es que dudes de que amo a Miguel y que por nada ni nadie en este mundo le haría daño. —Al ver a su hermana asentir se dirigió al teléfono.— Llamaré a Pipe y le diré que la copa de mañana está suspendida.

 

Agarrándola de la mano, Rebeca la detuvo.

—Eso  sería  una  tontería.  Si  de  verdad  es  solo  un amigo, ¿qué hay de malo en tomar una copa con él? — murmuró con una media sonrisa.

—Verdaderamente, hermanita —cuchicheó Donna sonriendo—, eres una auténtica perraca de tres pares de narices. Ahora  me  dices  eso,  y hace  dos  segundos  me estabas acusando de cosas terribles.

—¡Donna! Ese vocabulario, ¿dónde lo has aprendido?

—Pues sé decir cosas peores, por lo tanto no me provoques  —se  mofó—.  Aunque  viva  en  Chicago  no olvides que yo me crié en España y somos chicas de barrio. Bueno, ¿qué hago? ¿Llamo y suspendo la cita de mañana o no?

—No —respondió riéndose—, puede ser divertido. Aquella noche, cuando por fin se acostó, pensó en Paul.

¡Maldito   cabezota!   ¿Por   qué   no   la  llamaba?  Al   día siguiente, animada por su hermana, decidieron ir a la peluquería. Un poquito de mimo al pelo no le vendría mal y más si se iban a ir de juerga aquella noche. Pero su humor se vino abajo cuando al coger una revista del corazón vio una foto de Paul con una joven morena del brazo.

 

—¿Qué te pasa? —preguntó Donna al ver cómo saltaba de la silla.

Sin poder contestar, le enseñó la revista.

—Oh, Dios…

—Exacto ¡Oh Dios! ¿Qué te parece? Donna pestañeando miró la revista.

—Que este tío es impresionante… ¡Anda! pero si esa que lleva del brazo es uno de los angelitos de Victoria’s Secret. La Davidinova. ¡Qué tía mas mona!

—Eres única para dar ánimos chica ¡Única! —gruñó

Rebeca incrédula tras cerrar la revista.

—Y qué quieres que haga. Tú no quieres saber nada de él, pero él sigue estando como un queso ¿Acaso pretendes que lo ponga a parir?

—No… pero un poco de comprensión por tu parte, no me vendría mal.

Donna sonriendo, le cogió la mano.

—Mira, Rebeca. Para mí tú eres infinitamente mejor que la Davidinova, y si tu lo necesitas diré que Paul es un truchote que pierde más aceite que su moto y la modelito que lo acompaña una mísera pepona.

 

Sorprendida por aquello Rebeca rio.

—No… tampoco quiero que digas eso de él. No se lo merece.

—Pero vamos a ver, cabeza de alcornoque ¿Por qué no le llamas? Seguro que si tú le llamas daría una patada a la Davidinova para estar contigo.

Después de un corto silencio Rebeca se sinceró.

—Lo hice… ya le llamé.

—¡¿Cuándo le has llamado?!

—Ayer. Le llamé por la mañana desde la oficina y él no ha contestado.

—¿Quizá esté de viaje?

—No… está en Madrid. Julia me lo confirmó. Creo…

que él ya me olvidó.

Donna sin saber qué decirle se levantó de su silla y la besó.

 

Cuatro   días  después,  una  tarde  en  la  que  Rebeca trabajaba en el despacho de su casa, mientras su hermana veía una película en el salón sonó el teléfono.

—Dígame.

 

—Hola, soy yo… Lorena.

Al reconocer a la niña Rebeca, encantada, sonrió.

—Hola, preciosa ¿Qué tal estás?

—Bien  y  ahora  más   contenta  al   saber   que   has regresado de tu viaje.

Sorprendida por aquello Rebeca preguntó.

—¿Qué viaje?

La cría, que había llamado  por su cuenta sin avisar a nadie respondió resuelta.

—Papi me dijo que estabas de viaje de trabajo y por eso no venías. Por eso no te he llamado. Pero el otro día escuché a Julia decirle a papá que habías llamado y pensé:

¡Chupi! Rebeca ya ha regresado.

Él sabía que yo llamé y no me ha llamado. Definitivamente no quiere saber nada de mí pensó con el corazón  encogido.  Pero  intentó  reponerse  de  aquello  y sobre todo entender la mentira de Paul a la niña y cambió su tono de voz para responder.

—Ah, es verdad. Estuve de viaje, pero ya ves, ¡ya he vuelto!

—¡Qué chupi!

 

—Papá ya se fue para Italia ¿verdad? —preguntó sabiendo la respuesta.

—Sí. Él se fue ayer y estoy muy triste.

Al escuchar la vocecita de la niña se conmovió.

—¿Qué te parece si vamos el sábado a comernos unas hamburguesas a ese lugar que tanto te gusta?

—No puedo. Este sábado voy a comer con Natalia. A mí no me gusta Natalia. Pero papi me dijo que tenía que ir. Julia tiene que irse y como dicen que todavía soy pequeña, y no me puedo quedar sola…

—Claro, cariño. Todavía no eres tan mayor como para quedarte solita —asintió Rebeca para darle la razón a Paul.

Después de un rato en el que charló amigablemente con la niña se despidió de ella.

—Te llamaré otro día y comemos juntas, ¿vale?

—De acuerdo —murmuró con tristeza la cría—, pero no te olvides de llamar.

—No te preocupes, cielo. Te llamaré. Te lo prometo. Un besito, preciosa.

Cuando colgó el teléfono su estado de humor empeoró. Se sentía fatal. ¿Quién era esa Natalia? En el tiempo que

 

estuvo  con Paul  nunca escuchó  ese  nombre.  Tras permanecer durante horas pensando en lo mismo, decidió dejar de comerse el coco, llamó a su hermana y se fue con ella a comer.

 

Capítulo 40

 

 

 

El sábado, después de ver los entrenos de moto GP en la televisión y ver que Paul, tras marcar los mejores tiempos, salía en la Pole Position, se marcharon a pasar el día fuera. El domingo, Donna y Rebeca se levantaron con tranquilidad dispuestas a ver la carrera. Tras regresar de su paseo con Pizza, encendieron la televisión y Miguel, emocionado, llamó   por   teléfono   desde   Chicago.   A  través   de   la parabólica, y con legañas aún en los ojos por las horas que eran allí, se disponía a ver la carrera. Después de hablar un rato  con  ellas  y  hacerlas  sonreír,  colgó  dispuesto   a disfrutar del espectáculo.

De nuevo, el cámara de televisión se paseó por la pista mientras el comentarista deportivo hablaba de los pilotos y los  equipos.  Al  salir  en  la  Pole,  el  cámara  se  detuvo primero en Paul. Esta vez el piloto no dejó ver su mirada. Tenía bajada la visera de su casco. Tras él, el cámara enfocó a Iván, y a Rita, su mujer, que le sujetaba el paraguas para que no le diera el sol. Cinco minutos después una sirena hizo abandonar a todo el mundo la pista. La carrera comenzaría en breve.

Tras dar la vuelta de reconocimiento y regresar a sus posiciones,   el   semáforo   se   puso   verde.  Los   pilotos

 

salieron a toda pastilla abriendo gas mientras ponían sus pies en las estrideras. Paul, como en las últimas carreras, volvió a hacer de las suyas. Iba en el grupo de cabeza y no pensaba dejar el primer puesto a nadie. Rebeca y Donna, al ver como se jugaba la vida en cada curva, con las manos congeladas, no podían hablar de la presión que sentían en el pecho. Con una agresividad y pilotaje muy suyo, según el comentarista, Paul apretaba el puño antes de salir de las curvas  y  derrapaba  con  la  moto  de  una  manera escalofriante.

Mientras todos le observaban encogidos de miedo, él parecía pasarlo en grande tumbándose y derrapando en las curvas.  Era un piloto  excepcional  que  disfrutaba  con el riesgo y aunque nadie lo creyera, él sabía muy bien lo que se   hacía.  Al   final   terminó   primero   seguido   por   su compañero  de  equipo,  Iván.  Era el  año  de  Ducati.  Dos pilotos como Paul e Iván eran irrepetibles y con ellos la marca triunfaba en cada gran premio. Una vez acabó la carrera,  Rebeca  respiró   y  Donna,  con  la  boca  seca, comentó preocupada.

—Dios mío, Rebeca, deberías hacer algo.

Con  náuseas  en  la  boca  del  estómago,  miró  a  su hermana.

—Ya  has  oído  al  comentarista,  ¡es  su  manera  de correr!

 

—Pero… pero tú has visto lo que yo.

—Sí —murmuró, consciente de lo que su hermana quería decir.

—¿Pero Paul está loco? ¿Tú has visto como ha conducido?

Con una gran opresión en la boca del estómago Rebeca se levantó de su asiento.

—Últimamente se la está jugando demasiado.

Sin perder un segundo, corrió al baño a vomitar. Donna la siguió sin hacer ruido y, al ver lo que ocurría, no pudo contenerse.

—Esto no puede seguir así. ¡Mira cómo estás! —dijo asustada.

Secándose la boca protestó.

—No empecemos.

Pero Donna no estaba dispuesta a callar.

—Dios ¡esto es de locos! Él jugándose la vida en cada carrera y tú aquí hecha polvo de ver las cosas que él hace. Por favorrrrr ¡No me extraña que vomites!

—Dame un poco de agua y cállate.

Cogiendo un vaso, lo llenó de agua y se lo acercó.

 

—Toma. Y esto ya va en serio, debes hablar con él. Vuelve a llamarle. Por Dios, ¡se puede matar! Ya has visto cómo va con la moto. Mira, yo no entiendo mucho de carreras, pero no hay que ser muy entendido para ver lo que está haciendo con su vida. Pero bueno, ¡que tiene una hija!

—Lo sé.

—¿Qué pasa? ¿No piensa en esa pobre niña? Esto es increíble, sois dos idiotas, ¿me entiendes? ¡I-D-I-O-T-A-S!

—gritó.

—Seguramente tengas razón —contestó mientras todo daba vueltas a su alrededor—. Pero en estos momentos...

No pudo terminar la frase. Cayó desplomada al suelo.

—¡Rebeca!—gritó Donna asustada—. Dios mío...

 

Capítulo 41

 

 

 

Rebeca se despertó en su habitación, sobre su cama, y lo primero que vio fue la cara de Samuel. No sabía qué había pasado, pero pudo recordar que se encontraba mal, había ido al baño y todo había empezado a dar vueltas.

—Hola, encanto —saludó Samuel—. ¿Qué tal te encuentras?

Con la boca pastosa se incorporó.

—Bien. ¿Qué ha pasado? —susurró a duras penas.

—Te desmayaste. Donna se asustó, me llamó y vine lo más rápido que pude. Aunque entre tú y yo, creo que tendré que ingresar a tu hermana en el hospital, está histérica.

—¿Qué? —preguntó sin entender nada.

—Ha sido una pequeña broma, Rebeca —aclaró rápidamente—.  Tu  hermana  estaba  tan  nerviosa  cuando llegué   que   tuve   que   darle   un  calmante.  Pero   no   te preocupes, está bien. Está abajo con Carla. —Le retiró uno de sus rizos rubios de la cara—. Bueno, encanto, ahora que estás consciente, cuéntame cómo te encuentras.

 

—Bien... Algo atontada.

Le tomó la tensión y comprobó que estaba bien.

—Vamos a ver. Donna me ha comentado que últimamente estás muy nerviosa, que apenas comes, todo te sienta mal y estás excesivamente irascible.

—Sí... la verdad es que no estoy pasando una buena época. He discutido con Paul y...

—Lo de Paul estoy seguro que con una llamada tuya se solucionará—la interrumpió Samuel, haciéndola sonreír.

Rebeca pensó en matar a su amiga Carla. ¡Chivata! Entonces Samuel esbozó una grata sonrisa.

—Sabes que soy tu amigo y te aprecio, ¿verdad? —ella asintió y él continuó— Me gusta saberlo, pero ahora comenzaré a actuar como tu médico, por lo tanto espero que me contestes a las preguntas que te voy a hacer, ¿vale?

Rebeca sonrió.

—Por supuesto, doctor.

—Bien. ¿Recuerdas la fecha de tu último periodo?

—Sí claro… creo… creo... creo que fue hace... —de pronto la mirada de ambos se encontró y Rebeca murmuró casi sin voz

 

— No. ¡Ni lo sueñes! No puede ser.

Con una pequeña sonrisilla en los labios, Samuel sacó un predictor de su maletín.

—Ve  al  baño,  moja  con  tu  orina  esto  y comprobaremos si eso que yo no estoy soñando, es verdad.

—¡No puede ser!

—Ve al baño y saldremos de dudas.

Mirando el aparatito que le había puesto en las manos, Rebeca entró en su baño. Se miró en el espejo y se tapó la boca para no chillar. ¡No podía ser! Ella no podía estar embarazada. Como una autómata, siguió las instrucciones que  Samuel  le  dijo,  después  puso  el  capuchón  a  aquel aparato y salió del baño. Se lo entregó y se metió de nuevo en la cama con cara de pocos amigos.

—Cambia ese gesto que tienes de pobrecilla o juro que me levanto de la cama y te lo borro de un manotazo — protestó Rebeca al mirarle.

—Uis... tienen razón mi mujercita y tu hermana, ¡qué irascible estás!

Con tiento y cariño, Samuel dejó el predictor sobre la mesilla y se sentó sobre la cama.

—Vamos a ver, encanto. Yo no quiero nada que tú no

 

quieras para ti, pero prefiero mirarte con una sonrisa a mirarte con gesto de preocupación, como quien mira a un enfermo terminal. ¿Qué prefieres tú?

—Prefiero  una sonrisa —respondió  sonriendo  a su vez.

Pasados unos minutos en los que Samuel la entretuvo hablándole, el doctor finalmente cogió el aparatito que descansaba sobre la mesilla.

—¿Lo miras tú o lo miro yo?

Rebeca cogió la sábana y se cubrió la cabeza. Samuel, con gesto decidido lo cogió y, tras mirarlo durante unos segundos, tosió y no habló.

—¿Qué...? Di algo, por Dios —gimió descubriéndose.

—Enhorabuena, vas a ser mamá.

Mordiendo la almohada, Rebeca ahogó un chillido.

—Paul se pondrá contento cuando lo sepa. Ya puedes llamarle y solucionar tus problemas. Además, si mal no recuerdo, me dijo que le gustaría tener más hijos.

La cabeza le daba vueltas. ¿Embarazada? ¿Estaba esperando un bebé?

—Ay, Dios... ¡embarazada! ¿Estás seguro? —preguntó en un hilo de voz.

 

—Sí, Rebeca. Vas a ser mamá de un bebé precioso, que creo que os dará más de un quebradero de cabeza a Paul y a ti.

Como en una nube, se sentó en la cama y le miró, a punto de llorar.

—Ya me los está dando  y aún no ha nacido. ¿Pero cómo puede ser? —gimió.

—¿Necesitas que te lo explique, encanto? —se mofó. Incorporándose un poco más de la cama, clavó su mirada

en la de Samuel muy seria.

—Vamos a ver, Samuel, Paul y yo no estamos juntos.

—Habla con él. No seas cabezota —insistió Samuel. Imágenes  de  Paul  con otras  mujeres  pasaron  por  su

cabeza.  Últimamente  salía  en  la  prensa  continuamente acompañado de preciosas chicas. Por ello, torció el gesto.

—No… no quiero —murmuró—. Y no quiero que se entere de esto tampoco.

Incrédulo, le cogió una mano.

—Carla me dijo que era una riña tonta de enamorados. Vamos, nada grave.

—No... no es así. Es algo más serio.

 

Samuel se sentía conmovido por la desesperación que leía en sus ojos.

—Siento mis desafortunadas palabras, pero si te soy sincero, creo que no serías justa si no le dijeras lo del bebé. Paul parece una persona sensata, y la manera cómo te miraba, al menos cuando yo le he tenido delante, me hace pensar que está loco por ti. —Al ver que ella no respondía finalmente dijo—: Pero no diré nada más. Es un tema en el que  debes  decidir    qué  hacer,  aunque  prepárate  para cuando se enteren las dos fieras que están esperando abajo

—bromeó al pensar en su mujer y Donna.

—Ay, madre mía. ¡No me lo recuerdes! —suspiró al pensar en ellas.

—Yo no diré nada. Has de hacerlo tú, pero como tu médico que soy, te obligo a permanecer un par de días en cama, porque estás muy débil. Pasado ese tiempo, quiero verte en el hospital para hacerte una ecografía y comprobar que todo va bien. —Luego, soltando su mano, dijo con seguridad—: Y ante lo que he dicho no acepto un no por respuesta.

Mientras él guardaba en su maletín el tensiómetro, Rebeca le miró.

—Gracias por todo, Samuel. Gracias por preocuparte por mí.

 

Sonrió conmovido.

—Eso  no  lo  digas  ni  en  broma.    siempre  has ayudado  a Carla,  y quiero  que  sepas  que  para cualquier cosa, igual que tienes a mi mujer, me tienes incondicionalmente  a mí. Y te  lo  repito,  para cualquier cosa que necesites ya sabes dónde estoy. —Y abriendo la puerta, se mofó—: Y ahora prepárate, mamá, que vienen las fieras.

Dicho esto, salió de la habitación y, al segundo, entraron Donna y Carla. Ambas con cara de circunstancias. Samuel no había querido decirles qué le pasaba a Rebeca. Simplemente se había limitado a decir que estaba agotada y que por lo demás se encontraba bien.

—Vaya susto  que  me  has  dado  —dijo  Donna cogiéndole de la mano—. ¿Te encuentras bien?

Rebeca suspiró.

—Un poco cansada, pero bien.

—Samuel nos ha dicho que debes permanecer un par de días en cama —dijo Carla—. Si quieres puedo quedarme aquí contigo.

—No hace falta, Carla —sonrió Rebeca mirando a su hermana y pensado en la noticia que les iba a dar—. Te puedo asegurar que sola no voy a estar.

 

—Estando yo aquí, sola no estarás nunca —aclaró Donna, e impaciente mientras le colocaba las sábanas, señaló—  Seguro  que  Samuel  te  ha  dicho  que  trabajas mucho, y que tienes que descansar. Tienes unas pequeñas ojerillas que no nos gustan nada, y eso porque el pobre no sabe lo otro.

—¿Y qué es lo otro? —preguntó Carla.

—¿Pues qué va a ser? El problemón que tenemos con

Kevin —contestó Donna haciéndole gestos.

—Ah, claro... en qué  estaría pensado  —se  disculpó

Carla.

Rebeca, que desde la cama las observaba detenidamente, de pronto comenzó a reír. Donna y Carla se miraron sin entender a qué se debía aquella risa, hasta que, entre carcajadas, les aclaró.

—De verdad, chicas, sois un caso. Y ya para rematar el tema  y  poner  todo  un  pelín  más  difícil,  os  tengo  que confesar que el pobre de Samuel me acaba de decir que estoy embarazada. ¿Se pueden complicar más las cosas?

—¡¿Qué?! —gritaron las dos al unísono.

Rebeca,  con  cara  de  circunstancias,  las  miró  y  se encogió de hombros.

 

—¿¡Que estás embarazada!? —gritó Donna.

—¿Desde cuándo? —preguntó Carla.

Al ver sus gestos, Rebeca se tocó por primera vez el estómago con felicidad. ¡Iba a ser mamá! Y de pronto se sintió feliz y contenta. Pensar que una pequeña vida crecía en ella...

—No lo sé. Estoy tan sorprendida como vosotras. He quedado  con Samuel  en ir  dentro  de  un par  de  días  al hospital para saber de cuánto estoy. ¿No es maravilloso?

—Necesito otro tranquilizante —susurró Donna al escucharla.

Al  ver  cómo  Rebeca  miraba  a  su  hermana  con  una sonrisa, Carla abrió los brazos y se abalanzó sobre ella.

—¡Enhorabuena! — gritó mientras la abrazaba. Segundos   después   estaban   las   tres   unidas   en   un

candoroso  abrazo  mientras  bromeaban sobre  lo  antojosa que estaría Rebeca durante los próximos meses.

—¿Y Paul? ¿Se lo dirás? —preguntó Donna. De pronto Rebeca dejó de sonreír.

—De momento no quiero hablar de eso. Es pronto, déjame pensarlo.

Carla  la  tomó  de  nuevo  de  las  manos  y  la  miró

 

directamente a los ojos.

—Si no recuerdo mal, hace unos meses tú me decías que Samuel tenía todo el derecho del mundo a saber que yo iba a tener un hijo suyo.

—Sí... pero es diferente —se defendió Rebeca.

—De eso nada, monada —volvió al ataque—. Creo que debes   decírselo.  Paul  es  una  persona  encantadora,  y siempre has presumido de cómo crió él solo a Lorena... — Pero al ver que su amiga no la miraba finalizó—, aunque también quiero que sepas que decidas lo que decidas, yo te ayudaré en todo lo que pueda.

—Y yo —replicó Donna—. Hagas lo que hagas y decidas lo que decidas, estaré a tu lado siempre. Aunque pienso igual que Carla.

Con los ojos inundados de lágrimas y llena de temores, miró a aquellas dos mujeres que tanto quería.

—Gracias, chicas —susurró—. Sé que puedo contar con vosotras, pero esto lo tengo que solucionar yo sola.

A los cinco minutos entró Samuel y las risas volvieron. Cuando por fin logró quedarse sola en su habitación, pensó en Paul. ¿Por qué no la llamaba? ¿Por qué salía en la prensa con todas las modelos del mundo? Quizá el amor que creyó sentir por ella nunca existió y debía aceptarlo por mucho

 

que le doliese.

Pensó qué hacer en referencia al bebé. Se sentía con la obligación moral de decírselo, pero había otra parte de ella que se lo impedía. Era su bebé y si Paul no la quería a ella,

¿por qué tendría que querer a su bebé? Cuando sus manos se posaron en su inexistente barriga, se acarició con mimo y sonrió. Imaginó esa misma noticia tiempo atrás. Paul se habría vuelto loco de alegría.

Pero tal y como estaban las cosas no sabía si esa alegría actualmente existiría. Pensó y pensó y pensó y tras dar muchas vueltas en la cama y sopesar los pros y los contras de  la  noticia,  decidió  que  lo  mejor  era  decírselo.  Él siempre  se  había  portado  bien  con  ella  y  ahora  era momento de que ella lo hiciera con él, pasara lo que pasara.

 

Capítulo 42

 

 

 

Al día siguiente, cuando Ángela se enteró de lo ocurrido el día anterior, se asustó. Donna no había querido darle la noticia del embarazo, Rebeca debía decírselo. Y así fue. Nada más verla, la joven se abrazó a ella y se lo contó. En un principio la mujer, al conocer la buena nueva, casi se desmaya, pero rápidamente comenzó a bromear y pensar en el pequeñín que correría por la casa junto con Pizza.

¡Era una excelente noticia!

Como era de esperar, Ángela preguntó si lo sabía Paul. Donna le dio un codazo y Rebeca rio por el poco disimulo de su hermana. Tras contarle que él aún no sabía nada, le hizo prometer que no diría nada a Paul en el caso de que le viera. Era un tema exclusivamente de ellos dos. La mujer accedió de no muy buena gana. Mientras Ángela y Rebeca hablaban, Donna fue a la floristería más cercana y compró un enorme centro de rosas rojas, la flor preferida de su hermana. Rebeca se merecía aquello y más. Poco después, Rebeca llamó a la oficina para advertir a Belén de que faltaría unos días por enfermedad. La secretaria se quedó intranquila, y en cuanto llegó Carla a la oficina, se abalanzó sobre ella y le hizo un millón de preguntas. Carla no sabía qué decir, y le prometió que en la hora de la comida irían

 

juntas a verla. Cuando llegó el señor Peterson, Belén le indicó que su jefa estaría unos días de baja laboral en su casa, y este, al llegar a su despacho, decidió llamarla.

Sonó el teléfono en casa de Rebeca y lo cogió Donna.

—Dice que es Thomas Peterson.

Sorprendida  de  que  el  jefazo  la  llamara,  Rebeca  lo cogió.

—Hola, Thomas.

—Querida Rebeca —saludó con afecto—. He llegado a la oficina y me han dicho que estabas enferma, ¿qué te pasa?

Durante unos instantes dudó de la respuesta, pero finalmente, y sabiendo que tarde o temprano lo sabría, respondió con la verdad.

—Pues... me han hecho unas pruebas y... estoy embarazada.

Thomas se sorprendió un poco.

—Enhorabuena, querida, y al padre también, aunque a nivel laboral no sea lo que más nos conviene.

Aquella última frase la hizo suspirar. No podía perder su trabajo, pero entendía lo que decía.

—Lo sé, Thomas… Lo sé.

 

—Pero   permíteme   decirte   que   ahora  tienes   que cuidarte para trabajar el doble. Un hijo y un cargo como el que tú tienes en la empresa te darán más de un quebradero de cabeza.

Sorprendida por la contestación, y agradecida por aquel voto de confianza, se disculpó.

—Gracias. Muchas, muchas gracias, Thomas. Y aprovechando esta sinceridad, siento decirte que faltaré un par  de  días,  pero  seguiré  trabajando  desde  casa,  no  lo dudes.

—Por todos los santos, querida, tranquilízate, y por el trabajo, de momento, no te preocupes. —Y cambiando el tono de voz, añadió—: Por cierto, Rebeca, ¿te importaría que fuera a visitarte a tu casa? Necesito hablar contigo de algo importante.

—Estaré  encantada  de  recibir  tu  visita,  Thomas 

respondió sin entender por qué su jefe querría ir a visitarla.

Tras charlar un rato más con él, colgó desconcertada.

—¿Quién era? —preguntó Donna.

—Mi jefe. Thomas Peterson. Y lo más extraño es que quiere venir a verme a casa.

Con gesto de mofa su hermana la miró.

 

—Ejem... ejem... ¿Te querrá tirar los tejos? ¿Cuántos años tiene?

—No seas tonta. Es un hombre mayor, casado y con nietos —respondió divertida.

—Uis... los peores. Ya sabes, cuanto más viejo más pellejo.

La carcajada de Rebeca no se hizo esperar, y le lanzó un cojín divertida.

—¿Pero qué hago yo respondiéndote?

 

 

 

Sobre las dos de la tarde llegaron Carla y Belén cargadas con flores  y globos. Cuando  Rebeca le  dio  la noticia a Belén, esta la abrazó emocionada y le dio la enhorabuena. Estuvieron de charla y de risas durante una hora hasta que tuvieron que marcharse  de nuevo  a la oficina. Sobre  las cinco de la tarde llegó Thomas Peterson. Como era de esperar, llegó con otro ramo de flores. Tras las presentaciones, Donna y Ángela les dejaron a solas.

—Ante todo, Rebeca, quiero que sepas que me alegra mucho  la noticia que me has dado. Aunque  no  te voy a mentir, voy a seguir esperando de ti lo mismo que hace dos días. Trabajo.

 

—No lo dudes, Thomas. Seguiré al pie del cañón y te demostraré  que  las  mujeres  somos  capaces  de  trabajar, tener hijos, estar embarazadas y continuar siendo eficaces. Fuera ya los tópicos tontos de que un embarazo nos hace blandas y cosas peores.

Al  escucharla,  Thomas  sonrió.  Aquella  jovencita  era vivaz y lista, y eso le gustaba.

—Espero  que tanto el padre de la criatura como tú estéis encantados con la buena nueva.

—La verdad, ¡estamos encantados! — asintió sin cambiar  la  sonrisa  del  rostro,  y  mintiendo  como  una bellaca.

Thomas la miró. Sabía demasiado de ella, pero no iba a meterse donde no le llamaban. Tras tomar aire, el hombre, se acercó.

—Te  habrá  extrañado  cuando  por  teléfono  te comuniqué que quería hablar contigo, ¿verdad?

—En cierto modo sí, y por eso te recalco que a pesar de mi embarazo voy a seguir al pie del cañón —respondió con sinceridad.

—Por eso no te preocupes —asintió tranquilizándola

—. Aunque ahora que estoy aquí no sé por dónde empezar

 

—cuchicheó incómodo.

Eso le puso nerviosa, y empezó a pensar si al final sería cierto lo que su hermana Donna había insinuado en broma. Pero Thomas retomó la palabra.

—Lo  primero,  quiero  pedirte  disculpas  por  lo  que estás pasando. —Ella no le entendió y él aclaró—. Sé todo lo concerniente a Cavanillas. Sé que te ha amenazado y demás, y solo puedo decirte que no te preocupes. Estamos a un paso de pillarle en su sucio jueguecito.

—¡¿Qué?! ¿Lo sabes? ¿Desde cuándo? —replicó con los ojos abiertos como platos.

—Desde  hace  unos  meses  —confesó  el  hombre—. Todo salió a la luz cuando ordené pintar mi despacho. Encontramos un par de micrófonos ocultos. Informé a la policía y ellos se están ocupando del caso.

—¿Pero  cómo  sabes  que  él  me  ha amenazado? 

preguntó boquiabierta aún por lo que aquel decía.

—Desde que informé a la policía —prosiguió él— tenemos a nuestra disposición a un buen equipo policial que se ocupa del tema. Unos agentes excepcionales.

Al ver como la miraba y sonreía preguntó.

—¿Pipe está en el caso?

 

El hombre asintió.

—Él ya estaba investigando el tema cuando vosotras le pedisteis ayuda. Nos vino muy bien conocer todo lo que tú sabías y poder tenerte mejor vigilada.

—Vaya….

—Tienes que perdonarme, Rebeca, por lo que te voy a decir, pero los teléfonos de la empresa están intervenidos. Era necesario. —Luego, levantándose y dirigiéndose hacia la  ventana,  prosiguió—.  No  podía  entender  por  qué  yo podía tener un par de micrófonos ocultos en mi despacho. Yo dirijo una empresa de telas y no comprendía a quién le podía interesar lo que yo hablara en mi despacho. Vuelvo a pedirte disculpas, pero no podía contárselo a nadie.

—Lo entiendo —susurró boquiabierta.

—Tú eras la última persona que había llegado a su puesto, y la policía me dio instrucciones para que no te pusiera al día. Pero un día tú recibiste en tu despacho una llamada de ese canalla, y escuchamos las amenazas. — Rebeca recordó aquella llamada. Fue el día que recibió las malditas fotos—. A partir de ese momento todo empezó a encajar. Sé que contrataste a un detective que te ha proporcionado cierta clase de información. —Rebeca, deseando  fumarse  un  cigarro,  asintió  con  la  cabeza  y

 

escuchó—. Siento el disgusto que te habrá causado saber con quién se ha casado tu hermano. —Ella cerró los ojos. Aquello destrozaría a Kevin—. Sabemos que Cavanillas manda cada cierto tiempo mercancía de nuestro almacén a distintos  puntos  de  Europa,  aunque  en  realidad  lo  que manda es la cocaína impregnada en nuestras telas. Hemos descubierto que esa rata está asociada con un tal Brian Newton, un traficante que droga, y una prostituta que se llama, como bien sabes, Tatiana Ratchenco que, desgraciadamente,   es   la  mujer   de   tu  hermano.   —Al escuchar aquello, se le saltaron las lágrimas. Peterson paró y preguntó preocupado—: Querida, ¿estás bien? ¿Prefieres que siga o...?

Tragándose las lágrimas y sacando fuerza de donde no había, respiró profundamente.

—Quiero que sigas. Necesito saber toda la verdad. Él asintió y continuó.

—Cavanillas utiliza a Pascual para sacar la mercancía del almacén. Le paga una buena cantidad de dinero por el trabajo. Cavanillas ordenó a unos amigos de la tal Tatiana asesinar a Ricardo, el abogado al que sustituiste.

—¡Dios mío!

—Hace un mes apareció un cadáver en Alcobendas quemado  entre  unos  escombros.  Lo  encontraron  unos

 

obreros una mañana. Al principio no se sabía de quién se trataba,  pero  luego  la  policía,  mediante  varias  pruebas, como la ficha dental, pudieron averiguar que se trataba de Ricardo.

—Recuerdo... —susurró ella— ...las palabras que dijo a Cavanillas; era algo como «si caigo yo, caerás tú...»

—Cierto es —afirmó Peterson—. Ya en su momento me dejaron intrigado esas palabras, pero no había vuelto a pensar en ellas hasta que me confirmó la policía que el cadáver era de él. Rebeca, créeme, llevaba tiempo pensando en contarte todo esto, pero nunca encontraba el momento oportuno  para  ello.  Hablé  con  la  policía  y  ellos  me pidieron  tiempo.  No  era  el  momento  de  contártelo.  Y cuando el amigo de tu hermana me dijo que habíais ido a hablar con él, decidí que había que poner fin a este secreto. Por eso hoy cuando llegué a la oficina con la intención de contarte  todo,  y saber  que  estabas  enferma,  me  asusté. Pensé que quizá el loco de Cavanillas te había hecho algo, aunque gracias a Dios me equivoqué y realmente estás aquí por otras causas que me hacen sentir más feliz —dijo sonriendo—. Por lo tanto, y a partir de ahora, no quiero que te preocupes por nada. No estás sola.

Rebeca  no  sabía  qué  decir.  Su  cabeza  no  paraba  de pensar.

 

—Creo que yo también tengo que disculparme. Sabía cosas  que  atañen  a  la  empresa,  pero  por  miedo  a  que hicieran algo a mi hermano, me callé.

—No te preocupes, me hago cargo —asintió el hombre—. Estabas atada de pies y manos. Además, quiero que sepas que yo en tu lugar, seguramente, habría hecho lo mismo. También tengo familia a la que quiero mucho y la protegería de lo que fuera.

—Gracias, Thomas.

Con complicidad se miraron y el hombre quiso romper el momento.

—Por cierto, querida. El que tu hermana y tú conocierais  a Felipe  o  Pipe,  fue  un  estupendo  punto  a nuestro favor.

—Pipe no nos dijo nada.

Sonrió al entender sus continuas visitas a casa.

—Como buen profesional, no podía decir nada. Para nosotros fue esencial poder saber dónde estabais en cada momento.

—Es un amigo de mi hermana y fue ella la que pensó en buscarle para hablar con él. Y la verdad, ahora que lo pienso,  cada  vez  que  me  daba  la  vuelta  aparecía  por

 

cualquier  lado. Incluso  llegué  a pensar  que  era un poco pesado. Pobrecillo, le debo una disculpa.

—No te preocupes, él lo hizo encantado. —Luego, levantándose  al  ver  entrar  a Donna  y a Ángela,  dijo—: Bueno, Rebeca, me marcho. Para cualquier cosa, llámame. Y por  el  tema laboral  no  te  preocupes.  Tienes  un buen equipo esperándote y al pie del cañón.

—Gracias. —Sonrió agradecida.

—Ahora cuídate, por favor. En tu estado necesitas cuidarte. Y recuerda, no estás sola. —Tras despedirse de Donna  y Ángela,  añadió  antes  de  salir  por  la puerta—: Hasta pronto, querida. Estaré informado de tu estado.

Rebeca se quedó mirando la puerta. Lo que él le acababa de contar era algo muy fuerte y, gracias a Dios, ya no era un problema al que ella sola tenía que hacer frente.

—¿Qué quería? —preguntó Donna sorprendida por aquello de «No estás sola».

—Si   te   lo   dijera   no   te   lo   creerías   —susurró haciéndole   una  seña  para  que   callara.   Más   tarde   le explicaría todo.

Dos días después fueron al hospital. Samuel, tras realizarle algunas pruebas, le indicó que estaba de siete semanas. Rebeca sonrió emocionada.

 

 

 

Capítulo 43

 

 

 

Habían pasado dos semanas desde que se enterara de que iba a ser mamá, y se encontraba en el aeropuerto para despedir a su hermana Donna. Con tristeza, mientras la veía embarcar  su  equipaje,  deseó  irse  con  ella.  Echaría  de menos sus bromas, su buen humor constante y su cariño. Pero no debía de ser egoísta. A miles de kilómetros había un hombre maravilloso y una niña encantadora que la esperaban con ansia. El tiempo que Donna había estado con ella en su casa, había estado plagado de sorpresas de todo tipo. Seguía abstraída mirando a su hermana cuando la oyó decir:

—¿Qué te parece si dentro de unos días te vienes para

Chicago?

—¡Estás loca! ¿Quieres que me echen del trabajo o qué? —rio al escucharla—. La verdad es que me encantaría, pero ahora no creo que sea el momento.

—Lo sé.

—Además, todavía está por resolver lo de Kevin. Va a necesitar a alguien a su lado.

Donna maldijo al recordarlo.

 

—Tienes razón. Pero cuando todo se haya solucionado podríais venir unos días a mi casa los dos. Sería divertido estar con vosotros allí.

—Te prometo que iré a pasar unos días con vosotros en cuanto pueda. Me apetece mucho achuchar a María y a Miguel.

Al recordar a su marido y su hija, Donna sonrió ampliamente.

—Yo   estoy  deseando   verlos.  —Y  mirando   a  su hermana preguntó—: ¿Qué vas a hacer con Paul? ¿Le vas a llamar?

Rebeca arrugó el entrecejo.

—Sinceramente, no lo sé. Tengo que meditar. Pero no te preocupes, cuando tenga algo decidido serás una de las primeras en saberlo. ¡Prometido!

—De acuerdo. Pero a partir de ahora hablaremos más a menudo. Quiero estar informada de cómo crece mi futuro sobrinito —dijo llevando su mano a la barriga todavía plana de su hermana.

—Te informaré. No te preocupes.

Llegada la hora, Donna tuvo que embarcar. Se abrazaron y,  como  siempre,  las  lágrimas  rebosaron  de  sus  ojos.

 

Pronto se verían. Rebeca había prometido a su hermana que iría a Chicago a pasar unos días con ellos.

Tras abandonar el aeropuerto de Barajas, regresó a casa. Se puso cómoda y cogió los papeles que había traído Belén con temas del despacho para que les echara una ojeada. Se levantó a coger un lapicero para apuntar algunas cosas y vio un posavasos con el nombre de un pub. Al verlo sonrió. Hacía tres noches habían salido su hermana, Pipe y unos amigos para despedirse. Fue una noche divertida. Con la mente llena de recuerdos cogió el lápiz y, tras la atenta mirada de su perra Pizza, volvió al sillón.

Cuando llevaba más o menos una hora sumergida en los papeles, sonó el timbre de la puerta. Era Carla con Noelia y el pequeño Nicolás. Venían a buscarla para dar un paseo. Rebeca, tras  quejarse  de  que  no  le  apetecía, algo  que  a Carla no extrañó, finalmente subió a su habitación y se cambió. En el parque, Noelia pudo jugar con más niños, mientras el pequeño dormía plácidamente en su cochecito.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Carla.

—Bien, aunque triste. Añoro a Donna.

Alargando el brazo para acercarse a ella, Carla le cuchicheó con un gesto cómplice.

—Por  eso,  tontuela  he  ido  a  buscarte.  Sabía  que estarías con morriña tras la marcha de doña locura.

 

Rebeca sonrió apenada.

—Me  entristece  tenerla  tan  lejos,  y  creo  que  mi estado me hace estar más sensible.

—Es lógico. Yo también, cuando estaba embarazada, necesitaba tener  cerca a las  personas  que  quería. Y por suerte te tenía a ti.

—Ahora soy yo la que te necesita a ti. Carla le dio un cariñoso beso.

—Ya sabes que me tienes. Y a Samuel también. Me dijo que te lo recordara si alguna vez salía la conversación entre nosotras.

Rebeca sonrió.

—Es un encanto; creo que tienes muchísima suerte de haber conocido a una persona como Samuel. Te quiere muchísimo.

—Yo también le quiero, pero déjame recordarte que conozco a una persona que también te quiere muchísimo — dijo desafiante—. Solamente tienes que llamarle.

—Pues para quererme, como tú dices, se lo pasa muy bien con la Davidinova y otras.

—Por  Dios,  Rebeca,  Paul  es  un  hombre  y  por  su

 

trabajo se rodea de ese tipo de gente. No creas todo lo que la prensa del corazón publica. Además, en el momento que sepa lo del bebé, se volverá loco de alegría.

—Quizá no sea tan fácil —respondió dócilmente Rebeca.  Eso  extrañó  a  su  amiga—.  Le  llamé  hace  un tiempo y él no me devolvió la llamada. Quizá ya se olvidó de mí.

—¡Imposible.

—Vamos a ver Carla, tú misma lo acabas de decir. Él, por su trabajo, está rodeado de mujeres despampanantes y yo...

—¿Y tú qué? —cortó su amiga—. Tú eres tú y punto pelota. ¿Qué tienen esas que no tengas tú?

Rebeca sonrió.

—Para empezar diez centímetros más de altura, varias tallas más de sujetador que yo y otras cosas que paso de enumerar —soltó con sorna.

Ambas rieron y Rebeca prosiguió.

—Además,  tengo   una  cosa  muy  clara.  Si  vuelve conmigo quiero que sea porque me quiere a mí, no porque se sienta obligado por el bebé.

—Pero él tiene derecho a saber que va a tener un hijo.

 

Rebeca asintió. Su amiga tenía razón.

—No te quito la razón. Pero ahora no me encuentro con ganas de decírselo. Pero tranquila, tarde o temprano se lo diré.

Con ternura, Carla cogió a su amiga de las manos.

—Cariño, por experiencia te puedo decir que ahora vas a necesitar más que nunca a Paul. Nadie, ni siquiera yo, por mucho que lo intente, voy a poder ayudarte tanto como te podría  ayudar   él.  Creo   que  debes   volver   a  llamarle. Inténtalo, por favor.

—Dame  tiempo,  Carla...  dame  tiempo  —respondió con  los  ojos  encharcados  en  lágrimas,  mientras  miraba como Noelia jugaba con otras niñas en el parque.

En la oficina la vida volvió a ser tan rutinaria como siempre, excepto por las ganas de vomitar que sentía cada mañana cada dos por tres. Tenía días buenos y días no tan buenos. Ángela, conmovida por su palidez, le recordaba una y otra vez que esas molestias pasarían, algo que Rebeca esperaba con verdadera ansia.

Aquella mañana Belén le pasó una llamada. Era su hermano.

—Hola, Kevin. ¿Cómo estás?

—Bien, hermanita, pero esa pregunta creo que te la

 

debo de hacer yo a ti. ¿Cómo estás, cariño?

Echándose hacia atrás en su sillón, Rebeca suspiró.

—Harta de sentirme tan mal y tener el estómago constantemente revuelto.

—No  te  preocupes,  eso  pasará  cuando  el  bebé  se asiente. Ya lo verás.

—Qué sabrás tú de esto, doctorcito  —rio, divertida por la seguridad con que le hablaba.

Kevin soltó una carcajada.

—Da la casualidad que yo también voy a ser padre y me estoy leyendo todos los libros que caen en mis manos en referencia a embarazos y bebés. Por lo tanto, puedes hacerme cualquier pregunta, prometo contestar.

Rebeca se carcajeó. Su hermano era genial y solo de pensar en lo que tarde o temprano descubriría de su adorada mujercita, le partía el alma.

—Sí, tú ríete, so boba, pero estoy aprendiendo muchísimo del tema. Por cierto, ¿has hablado ya con ese al que te niegas a llamar?

Oh   Dios...   otro   dándome   la   tabarra ,   pensó   al escucharle.

—No. Todavía no he encontrado el momento.

 

Kevin era consciente de lo mucho que le costaba a su hermana, en ocasiones, hacer según qué cosas.

—Mira,   hermanita,   el   momento   es   simplemente cuando tú quieras. Si estás esperando un instante propicio, nunca llegará. Así que, ¿por qué no coges ahora el teléfono y hablas con él? O mejor aún, ve a su casa y háblalo cara a cara.

—¡Qué fácil lo ves tú todo!

—No es cuestión de facilidad, Rebeca, es cuestión de querer, y ya sabes ese refrán que dice «querer es poder».

—Por supuesto, pero ni quiero ni puedo y, si no te importa, eso es algo que yo he de decidir cuándo hacer.

¿No  crees?  —replicó  harta  de  tener  que  estar  dando continuas explicaciones.

—Sí, por supuesto que sí. He captado el mensaje. ¡Me callo! —contestó con una sonrisa.

Después  de  un  incómodo  silencio,  Rebeca  se  vio obligada a preguntar.

—¿Cómo está Bianca?

—Estupenda. Más guapa que nunca. Pero a diferencia de ti, ella nunca tuvo náuseas ni nada por el estilo. ¡Es una campeona!

 

Además de una estafadora, pensó Rebeca.

—Qué suerte para ella. Por cierto, ¿de cuánto está ahora?

—Esta semana entra en el cuarto mes. ¡Te llevamos ventaja! —bromeó  Kevin haciéndola de nuevo sonreír—. Por cierto, te llamo para decirte que viajo a España, concretamente  a tu preciosa casita, la semana que viene para estar contigo unos días.

—¿Por qué? —preguntó Rebeca sorprendida.

—Porque tengo ganas de verte. ¿Algún problema, petarda?

—No, no... ninguno —se apresuró a contestar—. Me encanta saber que voy a verte.

—Bianca  se  marcha  de  viaje  una  semana  con  su empresa  y,  tras  hablar  con  Donna  el  otro  día,  decidí cogerme esa semana en el curro para estar contigo. Eso sí, si no te parece mal...

—¡Vete al cuerno! —se apresuró a decir haciéndole reír—. Pues claro que estaré encantada de que estés conmigo. Entonces, ¿cuándo vienes?

—El martes llego a Barajas a las siete de la tarde.

 

—Estupendo. Allí estaré. Hasta el martes.

Dicho esto colgó encantada. ¿Qué le habría dicho Donna para que él decidiera verla? Con una sonrisa olvidó aquella pregunta. Lo importante era que Kevin estaría con ella y a salvo de su peculiar mujer. Cinco minutos después, llamó a su jefe, Peterson. Le informó del próximo viaje de su hermano a España y, en especial, del viaje de Bianca. Seguramente no era nada bueno. Peterson rápidamente informó a la policía. Estaba seguro de que aquello ayudaría en la investigación.

 

Capítulo 44

 

 

 

El martes llegó y con él su hermano, que estaba tan guapo como siempre. La primera noche cenaron los dos solos en casa, y él le contó infinidad de cosas que había leído en los libros sobre embarazos. Charlaron de Bianca, y a Rebeca se le puso la carne de gallina al percatarse de lo enamorado que estaba su hermano de su mujer. Sobre las once de la noche, tras varios bostezos, Rebeca, entre risas, le confesó a Kevin que se dormía en todas partes y a cualquier hora. Éste  no  pudo  más  que  sonreír  y explicarle  que  era  un síntoma normal en su estado.

Al día siguiente, Rebeca se marchó a trabajar y Kevin se quedó  en  casa  durmiendo.  Llamó  a  mediodía  desde  la oficina para hablar con su hermano, lo cogió Ángela, que le dijo que él estaba en la ducha cantando a voz en grito. Rebeca, divertida por cómo reía Ángela, charló un rato con ella y finalmente colgó. Cuando por la tarde llegó a casa, se encontró a Kevin y a Ángela bailando en el salón ritmos latinos. Eso la hizo sonreír. Minutos después los tres bailaban reggaeton  entre  risas  mientras Pizza  ladraba y corría por toda la casa como una loca.

Aquella noche, Kevin propuso cenar fuera y lo hicieron en una crêperie. Cuando terminaron, como era pronto y a

 

ella todavía no le había entrado sueño, decidieron ir a tomar una copa. Rebeca se sorprendió de lo puesto en bares de copas en Madrid que su hermano parecía estar.

Sobre las doce de la noche, Rebeca ya no podía más y decidieron regresar a casa. Mientras esperaban en guardarropía a que les dieran sus abrigos, Rebeca oyó una voz conocida a su espalda, y, al volverse a mirar, la carne se le puso de gallina al ver a Iván, el amigo y compañero de equipo de Paul. Con rapidez, intentó escabullirse para no ser reconocida pero fue demasiado tarde. Dos segundos después Rita estaba a su lado.

—Rebeca, ¡qué sorpresa!

—Hola, Rita.

—¿Qué   tal   estás?  —preguntó   al   tiempo   que   se acercaba Iván.

—Bien...  Hola,  Iván—saludó  con  cortesía,  y  este asintió.   Acercándose   a   su   hermano   continuó—.   Os presento a mi hermano Kevin. Ella es Rita y él Iván, su marido. Son compañeros de Paul.

Kevin,  con  su  indiscutible  simpatía,  les  estrechó  la mano.

—¿No me digas que tú también corres en moto? — Iván asintió y Kevin continuó—: Os veo correr y me dejáis

 

alucinado. Yo no sé si sería capaz de montar en una moto así.

—Todo es cuestión de práctica, amigo —respondió Paul, que en ese momento se unía al grupo acompañado del brazo por una mujer morena muy sensual.

Rebeca,   al   verle   y   tenerle   tan   cerca,   se   quedó petrificada. Con lo grande que era Madrid, ¿Por qué tenían que encontrarse? Con el corazón a mil le miró como pudo. Paul estaba impresionante. Llevaba el pelo más largo de lo normal y aquella camisa oscura con los vaqueros le hacían sexy. Tremendamente sexy.

Kevin,  a  diferencia  de   ella,  le   estrechó   la  mano encantado. Pero un guiño de Rita le hizo entender a Rebeca que aquello era una encerrona.

Te mataré, Kevin , pensó al darse cuenta de su juego mientras le oía decir:

—¡Paul, cuánto tiempo! ¿Cómo estás, amigo?

—Bien, muy bien. ¿Dónde está tu preciosa mujer? —

respondió el piloto sin mirar a Rebeca.

Aquella pregunta hizo  a Rebeca resoplar. Pero  claro, Paul no sabía nada.

—Bianca está de viaje de trabajo, pero estoy con mi hermana ¿la recuerdas?

Paul la traspasó con la mirada y no precisamente por su

 

calidez. Aunque su interior bullía por abrazarla y besarla, su fachada era de frialdad absoluta.

—Hola, Rebeca. ¿Cómo estás?

—Bien, Paul, gracias —atinó a responder, mientras la mujer de escote y pechos voluptuosos le asía con posesión del brazo.

—¿Os vais ya? —preguntó Rita—. Quedaos y tomaos una copa con nosotros.

—No es posible —dijo Rebeca al ver a su hermano con expresión divertida—. Estoy cansada y...

Haciendo caso omiso a lo que Rebeca decía, Paul dio una palmada en la espalda de Kevin y les animó en tono guasón.

—Venga. Será divertido tomar algo juntos. No podéis negaros.

—Una   copichuela   y  nos   vamos   —asintió   Kevin mirando a su hermana, que le acuchillaba con la mirada.

No era lugar ni momento de montar un numerito, pero cuando se quedara a solas con Kevin se iba a enterar. Su gesto incómodo la delató. Eso hizo gracia a Paul, que no podía dejar  de  mirarla a pesar  de  estar  tan sorprendido como ella.

 

—De acuerdo. Una copa —se vio obligada a aceptar. Pasaron de  nuevo  al  interior  del  local,  y cuando  les

preguntaron  qué  querían  beber,  Kevin  pidió  para  él  un whisky y para Rebeca una zumo de piña. Mosqueada, le corrigió y se pidió otro whisky. Kevin la miró sin entender nada. Ella estaba embarazada y no debía.

—¡Estás loca! —le susurró al oído sin percatarse de que Rita estaba demasiado cerca y podía escucharles—. En tu estado no puedes beber alcohol.

Con disimulo, y al ver que Paul les miraba le cuchicheó.

—Ya lo sé, maldito esquirol. Te juro que esta me la pagas —respondió enfadada—. Pero no pienso pedir un simple zumito cuando todos pedís alcohol.

Incómodo por cómo su hermana se las gastaba, Kevin asintió molesto.

—De acuerdo. Pero que no vea que lo pruebas. ¿Me entiendes? —dicho esto, Rebeca sonrió con malicia.

Iván se acercó a ellos y les entregó sus copas.

—Vuestras bebidas.

Ambos  cogieron  sus  vasos  y  Rebeca,  para  hacer  de rabiar a su hermano, se lo acercó a la boca.

—Gracias, Iván.

 

Solamente mojó sus labios con la bebida y el amargor le hizo arrugar la nariz. Aunque la verdad, si no fuera por el bebé, aun con el amargor, se lo hubiera bebido. En ese momento lo necesitaba. Sonaba una canción lenta de Alejandro Fernández y el ambiente, la presencia de Paul y el sueño que tenía, la tenían atacada.

Me dediqué a perderte

Y me ausenté en momentos que se han ido para siempre

Me dediqué a no verte

Y me encerré en mi mundo y no pudiste detenerme

—Joder… y encima esta canción —siseó Rebeca.

Aún recordaba el día que la bailó con Paul en el salón de su casa. Cómo se besaban. Cómo se abrazaban y cómo hicieron el amor.

—Ven, vamos a bailar —la animó Kevin cogiéndola de la mano para quitarle el whisky y llevársela a la pista. Una vez allí,  como  un padre  protector,  la miró  enfadado.— Mira,  Rebeca,  quizá no  haya sido  acertado  quedarnos  a tomar la copa con ellos, pero este puede ser el momento del que tanto hemos hablado. Aquí le tienes. Habla con él

—dijo mirando a Paul, que hablaba con la mujer morena.

—Te voy a matar cuando salgamos de aquí, ¡liante! — contestó con rabia por la encerrona de su hermano—. No quiero hablar con él porque no me interesa. Además, ¿no

 

ves lo ocupado que está con esa conejita de Playboy?

—Uis... qué celosona te veo para luego decir que él no te interesa —se mofó.

Rebeca no podía apartar la mirada de Paul y de cómo este pasaba su mano por la cintura de aquella mujer.

—Mira... ¡Vete al cuerno!

—Vale… me voy al cuerno —sonrió Kevin.

Cada  vez  mas  malhumorada,  le  clavó  las  uñas  en  el brazo.

—¿No le habrás dicho a Rita que…? —preguntó.

—Nooooooo —cortó su hermano—. Eso se lo tienes que decir tú a Paul.

A cada segundo más desesperada murmuró.

—¿Cómo   has   podido   prepararme   esta  encerrona, Kevin? ¿Cómo?

—Alguien tenía que hacerlo por ti.

—¿Por mí? —gritó Rebeca deseando ahogarle—. Yo le llamé y él no me respondió. ¿Me quieres decir que tú le has  llamado  por    y  él  ha  aparecido  con  todos  sus amiguitos para verme?

Sorprendido        por    la       furia de      aquella,       intentó

 

tranquilizarla.

—No. Él no sabía nada tampoco. Y antes de que sigas despotricando te diré que fue Donna quien me pasó el teléfono de Rita y yo hablé con ella.

—¡Magnífico! —resopló al escucharle.

—Deja de  decir  tonterías  y piensa.  Le  tienes  aquí. Habla con él —insistió Kevin.

Pero Rebeca, cada vez que lo miraba se ponía de más mala leche. Paul solo tenía ojos y sonrisas para la mujer que continuamente le tocaba con toda familiaridad. Cuando creía que iba a explotar se paró en la pista.

—Vamos a la barra. Tengo sed, entre otras muchas cosas.

Con una cariñosa sonrisa, Kevin le levantó el mentón.

—Hablando de sed —le susurró—. No quiero que te bebas  ni  un solo  traguito  de  whisky. No  quiero  que  mi sobrino nazca con problemas por la descerebrada de su madre.

Dispuesta a cogerle por el cuello, respondió lo más tranquila que pudo.

—Mira, Kevin, quiero a mi bebé más que a nada en el mundo. Y no hace falta que tú me digas que no me beba el

 

whisky. Te repito que lo he pedido para disimular. Por lo tanto, bébete tu puñetero whisky y vámonos de aquí de una santa vez.

Cogidos de la mano llegaron hasta donde el grupo reía y disfrutaba de la noche. Sin poder evitarlo, Rebeca de vez en cuando miraba con disimulo a Paul. ¡Cómo no mirarle! Estaba guapo, ¡guapísimo! Pero para su disgusto, parecía pasarlo muy bien con aquella tetona. Pero todo era fachada en él. Paul sufría por verla allí y no poder acercarse a ella. Parecía más delgada, e incluso pálida. Deseó acercarse y hablar con ella, pero su gesto serio le detenía. No quería incordiarla.

¿Cómo podían haber coincidido en aquel local? Pero lo supo sin preguntar. Seguro que Rita e Iván tenían algo que ver  en  todo  aquello.  Diez  minutos  después,  Rebeca  se levantó y se encaminó al baño. Rita se ofreció para acompañarla. En el baño, y con la luz de los focos, Rita preguntó al ver sus ojeras:

—¿Te encuentras bien? Mirándola con enfado respondió.

—No.   ¿Cómo   has   podido   tramar   esto   con   mi hermano?

—Él me llamó.

—Pero  Rita…  tú sabes  que…  — murmuró  Rebeca

 

desesperada por huir de allí.

—Escúchame, Rebeca, yo lo único que sé es que Paul te  necesita  y  por  lo  que  me  ha  dicho  tu  hermano,  tú tampoco estás mucho mejor.

Pero  la  joven  no  podía  evitar  recordar  a  la  morena tetona y en especial como Paul la tocaba.

—Sí, ya veo lo mucho que me necesita —murmuró.

—Ella no es nadie para él, te lo puedo asegurar —y mirándola cuchicheó—. Tienes unas ojeras tremendas, Rebeca ¿estás bien?

—Últimamente estoy a tope en el curro. Será eso —

respondió con disimulo.

—Quizá te  vendría bien dejar  de  trabajar  tanto. No creo que esas ojeras sean buenas para nadie —respondió Rita, sacando unos polvos de su bolso. —Toma, ponte un poco de esto, te las disimulará.

Rebeca, cogiendo la cajita, comenzó a extendérselos. Cuando hubo terminado se los devolvió.

—Gracias, Rita. ¿Tengo mejor aspecto?

—Sinceramente, sí —contestó mirándola de reojo. Había  oído  algo  de  la  conversación  entre  Rebeca  y

Kevin, y no sabía cómo preguntar lo que pensaba. Rebeca

 

se percató de la manera en que Rita la miraba y la estudiaba y, sin aliento, observó a través del espejo del baño cómo centraba su mirada sobre su barriga aún lisa. Consciente de que se olía algo, se volvió apresuradamente hacia ella dispuesta a despejar cualquier sospecha.

—¿Sabes que estoy haciendo un curso de caída libre en paracaídas?

Sorprendida por aquello, Rita dejó de mirar su tripa.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y no te da miedo?

Rebeca sin saber bien lo que decía, sonrió.

—Ninguno. Me encanta el deporte de riesgo. Eso de tirarme y sentir que el estómago se me va a salir por la boca ¡me encanta!

Boquiabierta asintió. No sabía que le gustaran esos deportes y cuando iba a preguntar algo más, Rebeca dio por finalizada la charla.

—Ya estoy lista. ¿Volvemos con el grupo?

Cuando regresaron, Rebeca echó en falta a Paul. Ya no estaba donde le había visto la última vez. Aunque pronto le localizó en la pista bailando muy acaramelado con aquella

 

mujer. Durante unos segundos los miró con recelo y casi grita al ver cómo ella hundía su nariz en su cuello para después besarlo. Se estaba enfureciendo por momentos.

—¡Vámonos ahora mismo! —exigió volviéndose hacia su hermano.

Al verla tan alterada miró hacia la pista y lo entendió. No debía de ser fácil ver lo que ella estaba viendo, y se dirigió hacia una enfadada Rebeca.

—Muy bien, hermanita. Tú mandas. Pero quiero que sepas que estás perdiendo una grandísima oportunidad de hablar con él.

—... que no quiero hablar con él. —Y señalando a la pista donde los vio sonreír, gruñó—: Y a él no creo que le apetezca hablar ahora conmigo precisamente.

Su hermano volvió a mirar hacia la pista y tras asentir se mofó sacándola de sus casillas.

—La verdad es que esa mujer está de miedo. ¡Qué cuerpazo!

—¡¡Kevin eres un...!!

Sin dejar que acabara, tiró de ella de nuevo a la pista.

—Un bailecito más y nos vamos. ¿De acuerdo? Llegaron a la pista y su hermano continuó bromeando

 

con ella, hasta que alguien se acercó a ellos. Era Paul, con la  morena,  que  proponía,  para  disgusto  de  Rebeca,  un cambio de pareja. ¿Estaba loco? No quería bailar con él. Horrorizada,  miró  a su hermano  pidiéndole  ayuda,  pero este sonrió y, soltándola, asió por la cintura a la morena y comenzó a bailar. Cuando Kevin se alejó sin mirarla, Paul, sin mediar palabra se acercó a Rebeca y la tomó por la cintura. Era agradable tenerla tan cerca y sentir su maravilloso olor. Durante unos minutos que para ella parecieron  horas,  ambos  estuvieron  callados,  hasta  que Paul rompió el hielo.

—¿Cómo te va en el trabajo?

—Bien, liada, como siempre —acertó a responder—:

¿Cómo está Lorena?

—Un poco resfriada. Por lo demás, estupenda. Tras otro incómodo silencio Rebeca añadió.

—Me llamó hace poco y estaba un poco enfadada. No quería ir a comer a casa de una tal Natalia.

Su hija no le había comentado nada de aquella llamada.

—Lo entiendo —respondió con una sonrisa congelada

—. Natalia cocina fatal. Julia tenía un problema familiar, mi madre no podía venir, Elena estaba fuera y yo tenía que irme  de viaje  y no  podía llevármela. No  me  quedó  más

 

remedio   que   dejársela   a   Natalia.   Aunque   ya   le   he compensado por ello. —Sonrió al pensar en su hija.

—Podías haberme llamado a mí. Me hubiera quedado encantada con Lorena.

Se separó unos milímetros de ella.

—Eso  no  hubiera sido  buena idea —respondió  con rabia acumulada.

—¿Por qué? —exigió sin apartar sus ojos de los de él. Paul contestó con extrema dureza.

—Creo recordar que la última vez que nos vimos, lo pasabas  muy bien con tu amiguito  y ni siquiera quisiste hablar conmigo. Eso me hizo creer que tu rechazo incluía a mi hija. No quisiera entrometerme en tu vida y estropearte algún maravilloso plan.

Su  tono  al  decir  aquello  y  su  acusadora  mirada  le molestó.

—Lo que yo haga con mi vida es problema mío, ¿no crees?

Paul sonrió satisfecho. Ella había caído en su trampa y pensaba darle donde más le dolía.

—Por supuesto, y como Lorena es problema mío, y la parte  más  importante  de  mi  vida,  yo  decido  con  quien

 

dejarla.

—Lo entiendo —respondió molesta—. Pero te repito, cuando quieras, ella puede venir a mi casa.

—¿Ella? —se mofó traspasándola con la mirada.

Cada instante que pasaba entre sus brazos estaba más enfadada y nerviosa, mientras él parecía disfrutar desconcertándola.

—Sí, Lorena. Tú ya veo que estás muy ocupado.

Paul sonrió con malicia y miró con descaro a la joven que bailaba con Kevin.

—Si lo dices por Myreia, sí… estoy muy ocupado. Rebeca quiso partirle la cara ¿cómo se atrevía a ser así

con ella? Cerró los ojos y contó hasta veinte.

—Mira Paul, lo que tú hagas con otras mujeres, no me interesa, pero adoro a Lorena, y no me importaría seguir viéndola, y...

Él no pudo más y la llevó a un lado de la pista.

—Pero a lo mejor a mí sí me importa que la veas —le contestó  enfadado—.  Es  mi  hija y no  quiero  que  sufra,

¿entiendes? Ella tenía ciertas ilusiones con respecto a ti y a mí, y le está costando acostumbrase a la idea de que tú ya no vas a ser parte de su vida.

 

A Rebeca el estómago se le revolvió del todo. Quería morirse. Ver tan enfadado y cruel a Paul no era plato de buen gusto. Deseaba decirle que quería formar parte de su vida, que le quería, que no podía vivir sin él, que todo había sido por no meterle en su problema con Cavanillas, pero su orgullo herido se lo impidió.

—Mira, preciosa —continuó el motero con voz dura

—. Por mucho que mi hija te recuerde, yo no quiero que siga teniendo trato con una mujer como tú. No quiero que cada  vez  que  lleve  una  mujer  a  casa,  ella  la  compare contigo,  ¿Y sabes  por  qué? —como  una marioneta  ella negó con la cabeza y él siseó—. Porque no eres perfecta, ni la mujer que mi hija y yo creímos ver en ti. Y en lo referente a mi persona y mis ocupaciones, soy mayorcito y sé vivir sin señoritingas como tú que van de santas y luego son las peores. —Rebeca quiso contestar, pero no pudo. La lengua se le había pegado al paladar y era incapaz de unir varias palabras. Paul la tenía totalmente noqueada—. ¿Sabes otra cosa, monada? —siguió él con desprecio—. La vida continúa contigo y sin ti, y yo he de seguir adelante solo con mi hija. Si nuestra relación se fue al garete, no creo que puedas decir nunca que fue por mi culpa. Fuiste tú, maldita sea. Fuiste tú quien se negó a ser sincera conmigo y a confiar en mí. Fuiste tú quien me echó de tu casa y, por supuesto, de tu vida —siseó furioso. Ya no había vuelta atrás—. Pero lo que no calculaste, querida Rebeca, es que

 

ese día, ese maldito día en tu casa, nos echaste de tu vida a

Lorena y a mí.

—Paul yo… escucha…

—No —la cortó—. No voy a escucharte porque eres una  egoísta.  Una  terrible  egoísta  que  solo  pensó  en  sí misma y nunca en el daño que podrías hacer con tus actos a los demás. Además, nunca dejaría un hijo mío a tu cuidado

—aquello la conmocionó mientras él proseguía—: Hoy quieres y adoras a Lorena, ¿pero has pensado en sus sentimientos?  Ella  es  una  niña.  Una  niña  que  te  cogió cariño y que aún te quiere. Y tú, maldita sea, tú, con tu manera de ser, la querrás mientras te apetezca y cuando te estorbe la apartarás de tu lado y seguirás tu camino.

—Dices cosas que no son ciertas —susurró desesperada—. Yo nunca apartaría a Lorena de mi camino, yo la quiero y te...

Ofuscado como pocas veces en su vida, descargó toda su frustración.

—No te creo. Nada de lo que digas me vale. Lorena, mi  hija, ha sufrido  por  tu culpa. Ya sé  que  la llamaste.

¿Pero  cuánto  tiempo  tardaste? ¿Acaso  sabes  lo  que  ella lloró  en las  semanas  que  tardaste  en llamarla?  Llegó  a pensar que te habías olvidado de ella. Es una niña, ¡joder! Y tuve que inventarme la mentira de que estabas de viaje.

 

—Yo...  —respondió  avergonzada al  darse  cuenta de que en eso y en casi todo tenía razón.

—¡Cállate!  —gritó  asustándola—. A mi  hija le  han costado muchos berrinches tu frialdad, y el no verte o escuchar tu voz. Te adoraba. ¡Te quería! Pero ahora está bien,  y te  pediría  encarecidamente  que  no  la llames  ni vuelvas a aparecer en su vida. Que te olvides de ella.

—Paul yo…

—No… no me interesa saber lo que me quieras decir. Con tu frío comportamiento he llegado a pensar que quizá Silvia, su madre, obró con mayor cautela y tacto que tú. Por lo menos no dejó que Lorena se encariñara de ella. — Finalmente, con un terrible resentimiento dijo mientras se alejaba de ella—. Olvídate de ella, igual que en su momento te olvidaste de mí.

Las lágrimas acudieron a sus ojos en torrente mientras veía a Paul marcharse hacia el otro lado de la sala con la morena, que la miraba extrañada. Kevin inmediatamente se plantó a su lado y, al ver el estado en que se encontraba, la abrazó y consoló. Sin mirar atrás, salieron de la sala sin despedirse de Iván y Rita, quienes miraban la escena totalmente sobrecogidos ante la rabia y el dolor que Paul desprendía.

Una vez llegaron a casa, Kevin le preparó una tila para

 

tranquilizarla, pero apenas lo consiguió. Le pidió mil veces perdón a su hermana por aquella encerrona y ella, sin escucharle apenas, asintió y le perdonó. No quería hablar más del tema. Aquella noche Rebeca no pudo conciliar el sueño. En su mente resonaban una y otra vez las duras palabras de Paul. Se sentía culpable del sufrimiento de Lorena, de él, incluso por el de ella misma.

Cientos de vueltas en la cama, le hicieron llegar a la conclusión   de   que   Paul   tenía  razón.   Todo   lo   había destrozado ella por no querer contarle aquella tarde quién era el detective. Pero ya no había vuelta atrás. Todo estaba dicho y zanjado. Aunque se le ponía la carne de gallina cada vez que recordaba la frase: «nunca dejaría a un hijo mío al cuidado de una persona como tú».

¿Cómo decirle que esperaba un hijo suyo? Después de cómo la había hablado  y despreciado, un miedo atroz le hizo pensar que él intentaría arrebatárselo. Por la mañana, al levantarse, tenía unas ojeras horribles y unas náuseas atroces. Llamó al trabajo e informó a Belén que esa mañana no iría. Cuando Ángela la vio, se acercó a ella con la intención de preguntarle qué ocurría, pero tras cruzar una mirada con Kevin, decidió esperar. No era momento.

 

Capítulo 45

 

 

 

Dos días después, y más repuesta, acudió con su hermano al ginecólogo para hacerse una nueva ecografía. Mientras esperaban  su  turno  en  la  consulta,  Rebeca  miró  a  las mujeres que estaban allí y, con cierta envidia, observó a sus cariñosos  acompañantes.  Se  fijó  en un cartel  en el  que ponía que  apagaran los  móviles  y rápidamente  lo  apagó. Con una sonrisa, miró a su hermano y este la imitó. Cuando les tocó el turno, Rebeca animó a Kevin a que entrara con ella. Una vez tumbada en la camilla, el doctor le echó un gel frío y pegajoso sobre la barriga y, cogiendo un aparatito parecido a un bolígrafo, lo posó sobre su tripa y comenzó a moverlo.

Al principio  no  se veía nada, pero  a los segundos  el doctor paró y, dando a los botones, inmovilizó la imagen; y allí estaba. Aquel pequeño borrón blanco que latía, les explicó  el ecógrafo, que en un futuro  sería un hermoso bebé. Kevin bromeó diciendo que tenía forma de pato, mientras Rebeca, emocionada, no podía quitar ojo de la pantalla.  Durante  unos  segundos,  miles  de  emociones pasaron por su cabeza. Cuánto le hubiera gustado compartir ese mágico momento con Paul. Sintió ganas de llorar y reír de alegría, pero se contuvo. No quería dar el numerito. El

 

ecógrafo, amigo de Samuel, les dijo que el bebé estaba aproximadamente   de  catorce   semanas,  y  que  por  las medidas  del feto, todo estaba normal. Después  dio a un botón y salió el impreso de la ecografía, que fue entregado a la futura mamá. Kevin bromeó diciendo que el bebé tenía unas pestañas preciosas, y los tres rieron.

Rebeca deseaba llegar a casa para enseñarle a Ángela la imagen  de  su  bebé.  Cuando  llegaron  a  casa,  Ángela  le indicó que debía llamar a la oficina. Habían llamado varias veces y necesitaban hablar con ella urgentemente. Recordó haber apagado el móvil, y con la emoción no lo había vuelto a encender. Mientras Kevin y Ángela hablaban sobre la ecografía del bebé, ella marcó el teléfono de la oficina y Belén le informó de que Peterson quería hablar con ella. Cuando por fin Rebeca logró dar con Peterson, se quedó sin palabras. Habían detenido a Bianca y a Newton en un aeropuerto de Francia tras regresar de Milán de entregar un cargamento de cocaína que se distribuiría por Europa. Mientras escuchaba por el auricular lo que Peterson le contaba, vio como su hermano reía con Ángela y pensó en cómo cambiaría todo cuando ella colgase el teléfono y le contase todo lo acontecido.

Se alejó de ellos para poder hablar tranquilamente y le preguntó a Peterson cuándo había ocurrido todo aquello y él  le  contestó  que  la pasada  madrugada,  y que  también habían detenido a Cavanillas. En cuanto Bianca y Newton se

 

vieron acorralados, no dudaron en acusar a su tercer colaborador. Todavía intentando asimilar lo que había acontecido, Rebeca se despidió de Peterson diciéndole que más tarde le llamaría. Cuando colgó el teléfono, Rebeca cerró los ojos durante unos segundos. Estaba feliz porque todo se hubiera desenmascarado por fin, pero se le partía el alma al pensar en que ahora tenía que contárselo a su hermano, y en cómo él lo tomaría. Decidió esperar a que Ángela  se  marchara  a  su  casa.  Aquello  no  iba  a  ser agradable.

—Cariño —dijo Ángela radiante—, ¿estás bien?

—Sí. Claro que sí —asintió Rebeca con disimulo.

—¡Oh, Dios! Qué emocionante ver por fin al bebé — gritó emocionada la mujer mientras se acercaba a ella con la ecografía en las manos.

—Pato, Ángela. Eso es un patito. ¿No ves la forma que tiene? —dijo Kevin en tono guasón, cogiendo una cerveza de la nevera,

La mujer se volvió hacia Kevin con los brazos en jarras.

—No digas tonterías, muchacho. No llames pato a tu futuro sobrino. A lo mejor a Rebeca no le gusta.

Con ternura, Rebeca abrazó a su hermano.

 

—A mí no me importa. Puede llamarle lo que quiera

—añadió con sentimiento.

Dio un beso a su hermana y un trago a su cerveza.

—Mi pato tiene que ser más grande que este— dijo feliz—. Pero a Bianca todavía no le han mandado ninguna ecografía. Donde vivimos la sanidad es algo deprimente. Tendré que hablar con su doctor cuando vuelva.

Escuchar aquello le partió más aún, si cabe, el corazón a

Rebeca.

—Quizá el doctor de Bianca —indicó Ángela— haga otro tipo de seguimiento. Cada doctor es diferente, y no les gusta que se metan en su trabajo.

—No me convences, Ángela —sonrió él—. Y obligaré a ese doctor a que me enseñe a mi patito. ¡Estoy deseando verle!

La mujer, tras soltar una risotada, cogió su bolso.

—Eres de lo que no hay, sinvergüenza. Y ahora me voy a mi casa. Y conste, y esto va por los dos, que estoy segura de  que  vais  a tener  unos  hijos  preciosos.  Solo  hay que veros a vosotros, tesoros míos.

Una vez se quedaron solos, Rebeca decidió llamar a una pizzería cercana para que trajeran algo de cena. A Kevin le encantó la idea. Mientras cenaban encontró a su hermana

 

demasiado callada, pero se lo respetó. Seguro que en su cabeza, tras ver la ecografía, había un lío de mil demonios y en ese lío estaba Paul. Pero lo que no sabía Kevin era que ella pensaba en cómo contarle lo ocurrido. Él se enfadaría, era inevitable. Una vez terminada la cena, cuando él se proponía a ver una película en el ordenador, Rebeca creyó que había llegado el momento.

—Tengo que hablar contigo.

Al ver su rictus tan tenso, Kevin se quitó los auriculares y los dejó a un lado.

—Caray, hermanita, no te pongas tan seria —se mofó.

—Kevin, es algo serio.

—Venga  Rebeca,  no  creo  que  sea  para  tanto.  Por cierto, ¿te has parado a pensar en cómo serán los bebés? Me encantaría tener una niña que tuviera los ojos de Bianca y la sonrisa de mamá. ¿A ti qué te gustaría que fuera?

A Rebeca el corazón le latía a mil. Era imposible tener tacto con lo que tenía que decir.

—De momento no me he parado a pensar si quiero un niño  o  una niña. Pero  volviendo  al  tema que  tengo  que hablar  contigo...  No    por  dónde  empezar.  Es  algo demasiado  complicado  y,  por  favor,  necesito  que  me prestes toda tu atención.

 

Finalmente, al notarla tan en tensión, Kevin se acomodó en el sillón y, mirándola fijamente, asintió convencido.

—Muy bien. Cuéntame tu problema, porque quiera o no quiera, veo que me lo vas a contar. Por lo tanto aquí me tienes, prestándote toda mi atención.

—Kevin... Tienes razón en una cosa, es mi problema pero.... también es un problema tuyo.

—Venga, desembucha, ¡doña dramática! No creo que sea para tanto —sonrió él.

Una vez hubo tomado aire, Rebeca comenzó como pudo por el principio, y con el corazón dolorido, observó cómo la cara y el gesto de su hermano cambiaba por segundos. Cuando tocó el tema de Bianca, a quien llamó Tatiana Ratchenco, éste no pudo más.

—¡Mentira! —estalló—. ¡Eres una mentirosa irrefrenable!

—Cielo, escucha… no te miento. Pero su hermano estaba fuera de sí.

—Basta ya, Rebeca. Nunca te gustó Bianca. ¡Basta!

—Kevin, escúchame, todo lo que te digo te lo puedo demostrar, cielo.

 

—¡Por  supuesto  que  me  lo  vas  a demostrar,  y me tendrás que pedir perdón! —voceó descontrolado—. Y en lo referente a que se llama Tatiana y que es drogata y puta,

¡venga ya, Rebeca! ¡No digas gilipolleces! Sé que ella, al igual que yo, y seguramente tú y más de media humanidad, se ha fumado sus porros y demás, pero de ahí a que me digas las locuras que has dicho, va un mundo.

Rebeca tenía el corazón partido.

—Kevin, créeme. Tengo unas fotografías en las que se ve a Bianca esnifando coca. Quisieron convencerme de que eras tú quien aparecía a su lado. Créeme, no te miento.

—¡Mentira!

Rebeca levantándose,  abrió  un cajón de  su despacho, sacó las fotografías y se las enseñó. Kevin en un principio se  quedó  mirándolas  fijamente,  para  después  tirarlas  al suelo.

—¿Qué me quieres demostrar con esto? —gritó fuera de sí—. ¿Qué cojones quieres demostrarme?

—¡Quiero que te tranquilices y que me escuches hasta el final!—voceó sin querer perder los nervios.

Dicho esto prosiguió con el resto de la historia, donde se involucraba a Bianca en tráfico de drogas junto con Newton y Cavanillas. Le enseñó otras fotos donde Bianca

 

se besaba con Newton o se montaba en su coche. Fotos proporcionadas por el detective y que segundo a segundo a su hermano le iban partiendo el alma. Kevin intentaba entender y escuchar todo lo que ella le decía. Pero en su interior algo en él luchaba por no creer lo que su hermana le contaba.

Cuando Rebeca llegó al final de la historia, e informó que Bianca estaba detenida en Francia junto con sus compinches, él no pudo más.

—¿Que   está  detenida  en  Francia?  —preguntó   al tiempo que se levantaba.

—Sí.

—Imposible —voceó tocándose la cabeza con desesperación—. Ella no está en Francia, está en Dallas con su empresa.

—Créeme,   Kevin,   puedo   demostrar   que   está  en

Francia.

—Vuelves   a   mentir   —paseó   de   arriba   abajo—. Vuelves a mentir, Rebeca. Bianca no es así. Es imposible, no lo entiendes.

—Ojalá estuviera equivocada. Me encantaría estar equivocada en todo lo que te he dicho ¡Ojalá! —murmuró

 

intentando abrazar a su hermano, quien la rechazó de un manotazo—. Pero lo siento. No es así. Yo no quería que esto terminara así. Nunca quise que a ti te pasara algo malo y...

—¡Tú...! Tú me has estado vigilando todo este tiempo y no me has dicho nada.

Alejándose de ella dio un puñetazo a la pared. Rebeca asustada, intentó acercarse a él.

—No podía, Kevin... me amenazaron y yo...

—Cállate, joder ¡cállate! Él no quería entenderla.

—¿Cómo  crees  que  me  siento  tras  oír  todas  la mentiras que cuentas de mi mujer y saber que tú, maldita sea,  me  has  estado  vigilando?  Bianca  es  mi  mujer  ¡mi mujer! No la desconocida que intentas que crea que sea.

—Kevin, no son mentiras, te lo juro por lo que tú más quieras.—Repitió de nuevo entre sollozos—. Es más, llamemos a los detectives que han llevado el caso y ellos te lo confirmarán. Nada en el mundo  me gustaría más  que poder decirte que nada de esto es verdad. Pero desgraciadamente no es así. Lo siento. Lo siento con toda mi alma. Siento haberte mentido y engañado, pero no podía decirte nada porque Cavanillas te hubiera hecho algo, y no

 

hubiera podido  perdonármelo.  Nunca pude  imaginar  que algo  así  nos  pudiera  pasar  a  nosotros,  pero desgraciadamente ha pasado y no he podido hacer otra cosa que callar para protegerte. Solamente quiero que sepas que te quiero, y que intentaré ayudarte en todo lo que pueda y...

—Menuda ayuda tengo contigo —espetó despectivamente separándose de ella—. No necesito tu maldita ayuda. Déjame en paz.

—¡No   digas   eso,   Kevin!  —chilló   perdiendo   los nervios que tanto había luchado por conservar—. No eres justo. Si de  verdad no  me  crees, tendrás  algún teléfono donde localizar a Bianca. Llámala. Llámala y demuéstrame que soy una mentirosa y que merezco que te enfades conmigo.

Hubo un silencio entre ellos dos que pareció durar una eternidad, hasta que finalmente Kevin, destrozado, se dio por vencido.

—No puedo, Rebeca —gimió echándose las manos a la cabeza mientras las lágrimas surcaban su rostro—. No puedo llamarla a ningún sitio. Siempre que se marcha de viaje me llama ella a mí. Suelen ir a varias ciudades, por lo que es difícil que yo pueda localizarla.

Se sentó junto a ella que trataba de consolarle mientras ambos lloraban por todo lo perdido.

 

—Tranquilízate,  por  favor. Yo  nunca habría querido que tú sufrieras. Sabes que cuando trajiste a Bianca a casa, ella y yo nos llevamos muy bien, e incluso hice cambiar de opinión a Donna que...

—Me imagino que ella también lo sabe, ¿verdad? —

preguntó mirándola.

—Sí. Notó que me pasaba algo y bueno... ya sabes. Kevin, te juro que yo tampoco podía creer que todo esto fuera verdad, y me costó asimilarlo y...

—¿Y Paul?

Escuchar su nombre le volvió a tocar el corazón, pero estaba dispuesta a no llorar más por él, ante el problemón de su hermano.

—No—murmuró—. Él no sabe nada. Nunca le conté nada de lo que ocurría para no verle metido en esta macabra historia. Por eso se enfadó conmigo y...

Desesperado, y sin escuchar lo que ella intentaba contarle, Kevin se volvió a llevar las manos a la cabeza.

—¡Dios mío, Rebeca! ¡Qué voy a hacer sin ella! ¡La quiero más que a mi vida! Y está también lo del niño.

Al escuchar las palabras de su hermano, recordó lo que noches antes Paul le dijo a ella: «La vida continúa contigo y

 

sin ti».

—Tienes que seguir adelante, Kevin —respondió.

—Es mi hijo y lo quiero. Lucharé por él todo lo que tenga que luchar.

Mirándole   con   determinación   a  los   ojos,   Rebeca asintió.

—Soy   abogado,   Kevin,   y  te   juro   que   así   será. Lucharemos por ese niño.

 

Capítulo 46

 

 

 

Los días siguientes fueron un infierno para todos. Kevin, poco  a poco,  y tras  las  noticias  y llamadas  que  habían tenido por parte de la policía, fue asimilando el tema y por fin se dio cuenta de que había sido víctima de un terrible engaño. Pero pasó de ser un muchacho alegre y lleno de vida, a un hombre intratable y de carácter atroz. En especial cuando supo que el embarazo de Bianca había sido también otro montaje. No existía tal bebé. Eso le hundió. Ángela, desesperada, trató de ayudar en lo posible a Rebeca, que se desvivía por estar pendiente de su hermano, a quien obligó a  quedarse en su casa con ella. Y más cuando la noticia salió en los periódicos y en la televisión.

Durante esos días el teléfono no paraba de sonar. Los periodistas  intentaban  hablar  con  Kevin  y  Rebeca  hacía todo lo posible porque le dejaran en paz. Su hermano estaba destrozado. Donna viajó a Madrid. Intentó ayudar en todo lo que pudo a sus hermanos pero pasadas dos semanas tuvo que regresar a Chicago.

Una tarde, Paul llamó para interesarse por Kevin. Lo cogió Ángela ante la petición de Rebeca al reconocer el número de teléfono. Con el corazón a mil escuchó cómo Ángela hablaba única y exclusivamente de Kevin. Paul no

 

preguntó por ella y Rebeca le prohibió a Ángela hacer la más mínima mención. Antes de colgar Paul dejo claro a Ángela que si le necesitaban, que no dudaran en llamarle. Pasaron los meses y el tema poco a poco se relajó. En aquel tiempo, Rebeca, en varias ocasiones, pensó en llamar a Paul. Le necesitaba cada día más. Pero cuando lo pensaba fríamente desechaba la idea. No le había vuelto a ver desde hacía casi cinco meses, desde la fatídica noche en que él le cantó las cuarenta.

No se perdía las carreras del Mundial los domingos en los que corría. Era la única forma de verle. Aunque odiaba abrir la prensa del corazón y verle acaramelado con alguna preciosa, y siempre despampanante, mujer. Eso le sacaba de sus casillas. Rebeca pensaba en él las veinticuatro horas del día, en especial por las noches cuando se acostaba sola en su cama y su bebé se movía. Pero lo que más le preocupaba, más que ella misma, era su hermano. Kevin estaba sumido en una terrible depresión. Había tenido que asimilar cosas terribles. Tras confirmarse que Bianca efectivamente  se  llamaba Tatiana Ratchenco,  se  verificó que su matrimonio no había sido válido, y volvía a ser un hombre  soltero.  Su  vida  había  dado  un  giro  demasiado rápido. Había pasado de tener una mujer a la que adoraba y esperar un hijo, a no tener ni mujer ni hijo. Se pasaba los días  metido  en  la  habitación  de  invitados  de  Rebeca mirando el techo junto a Pizza, que no se separaba de él ni

 

un segundo cuando Rebeca estaba fuera de casa.

Una mañana en la oficina, Belén avisó a Rebeca de que tenía a Donna al teléfono.

—Hola, gordita. ¿Cómo estás?

—Cansada, agotada —respondió con sinceridad.

Donna, conmovida por todo lo que les estaba pasando, respondió angustiada:

—Me  lo  imagino,  cielo.  En  tu  estado  es  lógico, cariño. ¿Cómo está Kevin?

—Igual.

—¿Fuisteis al médico?

—Sí, pero está mal y estoy preocupada.

—Todo lo que ha pasado es demasiado. ¿Cómo te sentirías tú si te pasara algo así?

Rebeca resopló.

—No lo sé, pero tampoco me lo quiero imaginar. Lo único que sé es que me preocupa. El psiquiatra amigo de Samuel ha dicho que no me preocupe, que es normal. Según él, cualquier persona, por muy dura que sea, ante un caso así se resiente. Dijo que Kevin está bloqueado y que en cualquier momento reaccionará y volverá a ser el hermano

 

de siempre. Simplemente necesita tiempo.

—Estoy convencida de que ese médico tiene razón —

asintió Donna.

Tras hablar durante más de media hora de su hermano, Donna cambió de tema.

—Oye, he estado pensado en coger un avión e irme con vosotros un tiempito. Según un pajarito, la única que está engordando en casa es Pizza.

—Será  cotorra  —cuchicheó  Rebeca  al  pensar  en

Ángela.

Donna  soltó  una  carcajada  ante  la  reacción  de  su hermana.

—Vamos   a   ver,   gordita,   en   tu   estado   deberías descansar más, y me han dicho que no descansas nada y que no comes en condiciones.

—No hagas ni caso a Ángela. Es una exagerada ¡ya la conoces! —gruñó Rebeca sin sorprenderse mucho—. Aunque en lo de Pizza tiene razón. La tía se está poniendo ceporra, pero me imagino que es porque no hace el mismo ejercicio  que  antes.  Piensa  que  se  pasa  el  día  entero tumbada junto a Kevin. No se separa de él hasta que llego yo. Parece como si el animal se diera cuenta de todo.

 

—Estoy segura de que así es. Los animales son muy perceptivos —aseguró Donna.

—Pizza es especial —afirmó Rebeca con una pequeña sonrisa—. Cada día que pasa estoy más contenta de tenerla a  mi  lado.  Sinceramente,  Donna,  creo  que Pizza  intenta cuidarnos a nosotros. Por lo tanto, de lo que te cuente Ángela, créete la mitad.

Donna sonrió. Estaba segura de que Ángela exageraba, pero también intuía que su hermana no se estaba cuidando todo lo que debiera.

—De acuerdo, te creeré. Pero la pobre Ángela está hecha  un manojo  de  nervios  contigo  embarazada  y con Kevin en su estado. Creo que cuando todo esto acabe, vais a tener que internarla para que se recupere.

—No te extrañe —sonrió Rebeca—. Pero lo cierto es que  me  está ayudando  muchísimo.  Sin ella y sin Pizza, cuidar a Kevin sería imposible. Pero en cuanto a que no como, ¡ni caso! Ya la conoces y ella pretende que coma la comida de un regimiento por el hecho de estar embarazada.

—Vale...  vale,  me  convences  —rio  su  hermana—. Ahora, cambiando de tema, cuéntame cómo está mi pezqueñín.

 

—Oh... está fenomenal —sonrió tocándose la barriga, que  ya  era  prominente—.  Dentro  de  tres  días  voy  a hacerme una nueva ecografía, y espero que en esta se deje ver.

—¡Genial! Llámame o mándame un email en cuanto sepas lo que es, ¿de acuerdo?

—Por supuesto. No lo dudes.

—Por cierto, tengo que comentarte que Miguel vio a Paul aquí en Chicago —dijo de pronto Donna haciendo que a Rebeca le diera un salto el corazón—. Hubo cerca de aquí unas carreras que nada tienen que ver con el Mundial y se llamaron para verse. Miguel regresó emocionado. Paul fue muy amable con él. Le dejó entrar en el Box y le enseñó todo aquello desde dentro y, uf... emocionadito perdido volvió.

—No le habrá dicho... —murmuró Rebeca inquieta.

—No. No te preocupes —la cortó—. No le dijo nada, puedes confiar en él. Pero sigue diciendo lo que yo, ¡que debes contárselo! Aunque bueno, como bien me dijiste, ya eres mayorcita y sabrás lo que has de hacer.

—Tú lo has dicho.

 

—Eres tonta, pero no hablemos más de ello o te mosquearás —contestó Donna haciéndole sonreír—. Por cierto, ¿ha pasado algo nuevo en el tema de la zorra de Bianca?

—No. Está pendiente el juicio, pero le caerán unos cuantos añitos a la sombra.

En ese momento Belén entró y le hizo una seña.

—Donna, he de dejarte. Te llamaré.

Tras colgar, pensó en el encuentro de su cuñado Miguel y Paul en Estados Unidos. Pensar en Paul la inquietaba, y ver sus carreras los domingos le ponía de los nervios, pero no podía dejar de mirar la pantalla el tiempo que la carrera duraba. Era el único contacto visual que tenía con él, y necesitaba verle. Mientras pensaba en sus cosas, Belén volvió a abrir la puerta de su despacho.

—Hay un señor que quiere hablar contigo.

—¿Quién es? —preguntó extrañada. No tenía ninguna visita pendiente.

—Ha dicho que se llama Iñigo Rojo. ¿Es tu padre?

La cara de Rebeca se trasformó en un sinfín de emociones. Era su padre. Primero pensó en echarle ¿qué hacía allí? Pero respiró hondo un par de veces y decidió

 

que ya era hora de enfrentarse a su pasado.

—Dame un par de minutos y luego le haces entrar. Belén salió sin preguntar nada más.

Rebeca volvió a respirar profundamente. Se levantó y entró en el baño para echarse agua en la cara. Una vez se hubo secado, volvió a su mesa de trabajo y apretó el botón para avisar  a Belén. La puerta se  abrió  y de  pronto  allí estaba su padre, de pie, frente a ella. Con aquella mirada dulce que siempre había poseído y aquel pelo que con los años se había poblado de canas.

—Hola, Rebeca.

—Hola.

Tras un incómodo silencio, él preguntó:

—¿Puedo sentarme?

—Sí —respondió mirándole como un bloque de hielo.

—Tienes un despacho muy bonito —comentó mirando a  su alrededor—.  Sabía que  trabajabas  en esta empresa, pero no sabía ni que eras jefa. —Y mirando su prominente tripa susurró—: Ni que esperaras un bebé.

Pero Rebeca no quería entrar en detalles que a él no le interesaban.

—¿Qué quieres? — preguntó secamente.

 

El hombre, al ver que ella no estaba dispuesta a ser amable, levantó el mentón.

—He  leído  en  la  prensa  lo  ocurrido.  Y al  ver  el nombre de Kevin, yo...

—No me digas que te preocupas por lo que le pueda pasar a Kevin —le cortó sorprendida—. ¿Desde cuándo tienes corazón? — preguntó alzando una ceja.

Aquella frase hizo daño a Iñigo, pero no apartó la vista de su hija.

—No me mal interpretes, hija, yo solo...

—No me llames hija. Yo no soy tu hija —siseó con furia.

Iñigo cerró los ojos. Quiso entender lo que ella quería decir, pero también necesitaba que le escuchara. Estaba seguro  de  que  si  hablaban,  muchas  cosas  se  podrían suavizar. Y el momento había llegado.

—Rebeca, somos personas adultas y podemos hablar como tales. Yo no sé lo que oíste aquella noche, o lo que tus  hermanos  te  habrán  contado,  pero  si  me  das  unos minutos, yo podría contarte la verdad.

—¿Qué  verdad?  Lo  único  que    es  lo  que  mamá sufrió a tu lado.

 

Los ojos del hombre se oscurecieron y se llenaron de lágrimas.

—Todos sufrimos. Todos hemos sido víctimas de una horrorosa situación, y yo solo quiero que me des la oportunidad de hablar contigo.

Incapaz de mirarle un segundo más, retiró la mirada y siseó malhumorada.

—No quiero escucharte. No quiero saber nada de ti, y no me interesa nada de lo que te pueda pasar.

Iñigo asintió con la cabeza, pero insistió.

—Lo entiendo. Pero dame unos minutos. Solo unos minutos. Luego, si sigues pensando igual, me marcharé y no volveré a aparecer en tu vida —pidió con ojos suplicantes—. Te lo prometo.

Rebeca quería gritar que no, que no quería escucharle ni darle esos minutos, pero no podía. Su padre siempre había sido bueno y cariñoso con ella y sus hermanos, y al recordarlo asintió.

—De acuerdo. Pero sé breve, estoy en el trabajo.

Al  ver  aquella  oportunidad  de  comunicación,  Iñigo decidió   no   desperdiciarla   y,  sin  perder   un  segundo, comenzó a hablar.

—La boda con tu madre no fue una boda por amor, fue

 

una boda de conveniencia. Ella era una joven preciosa que vino a España a estudiar el idioma y yo me enamoré como un bobo de ella. Pero tu madre era novia de un buen amigo mío en aquella época. Por desgracia, aquel amigo en el que confiaba, cuando se quedó embarazada la dejó, y no quiso saber  nada de  ella. —A Rebeca se  le  puso  la carne  de gallina al escuchar lo que su padre le estaba contando—. En aquella época, ser una mujer embarazada y soltera no era fácil. Tras el consiguiente disgusto por parte de los padres de  Anna,  tus  abuelos,  la  repudiaron  y  le  prohibieron regresar a su casa de Kansas. Allí su embarazo sería un escándalo.  Yo  en  aquella  época  todavía  vivía  con  mis padres, y no podía consentir que aquella joven amiga mía tuviera que dormir en la calle. Y, tras hablarlo  con ella, entre los dos ideamos un plan. Yo hablaría con mis padres, diciéndoles que el bebé era mío y que tendríamos que casarnos  en  breve.  Al  principio  mis  padres,  como  era lógico, pusieron el grito en el cielo, pero por el hecho de ser  yo  un  hombre  lo  comprendieron.  Luego  fuimos  a Kansas  para  hablar  con  los  padres  de  Anna.  Ellos  no quisieron  escucharnos,  hasta  que  les  hicimos  una encerrona. Tus abuelos sabían que yo no era el padre de la criatura que tu madre esperaba, pero accedieron a la boda con tal de no tener que soportar que los señalaran por la calle. Solo les pedimos una cosa, que nunca le dijeran a nadie  que  ese  bebé  no  era  mío.  Ellos  cumplieron  su

 

promesa, y nos casamos.

—Me... me estás diciendo —preguntó balbuceando—

¿que Donna no es hija tuya?

Conmovido miró a su hija y asintió.

—En mi corazón lo es. La quiero como a cualquiera de vosotros. Para mí ella ha sido mi hija, mi niña, al igual que tú y Kevin.

—¡Dios mío.

—Tus abuelos cumplieron su promesa —prosiguió su padre— y nunca nadie supo nada, pero en el corazón de tu madre, nunca hubo sitio para mí. Nunca dejó de amar a Gerardo, mi amigo. Con el tiempo nacisteis vosotros dos, y yo fui feliz con mis tres hijos, pero en mi matrimonio no. Siempre estuvo Gerardo entre tu madre y yo.

—¿Por qué nunca nos contasteis esto? El hombre la miró con tristeza.

—Porque para mí Donna era mi niña y nunca quise disgustarla. —Rebeca sollozó y asintió mientras su padre continuaba— La relación entre tu madre yo se fue deteriorando  con los años, incluso pensé en el divorcio. Pero yo no os quería perder. Os amaba más que a mi vida y sabía que vuestra madre no me lo iba a poner fácil. Un día

 

conocí a una joven amable y cariñosa, Elena. Intenté por todos los medios no enamorarme de ella, pero el amor es imprevisible y llega cuando menos te lo esperas. Le conté a tu  madre  la  verdad  de  lo  que  me  ocurría  con  Elena, esperando que ella lo comprendiera y me ayudara como antaño hice yo con ella. Pero su respuesta fue que si la abandonaba, me atuviera a las consecuencias. Hablé miles de veces con ella, y llegó a decirme que si me iba de casa no vería nunca a mis hijos. Incluso, para hacerme daño, me confesó que le contaría a Donna la verdad. Y yo eso no lo podía  consentir.  No  quería  ver  sufrir  a  mi  Donna,  ni perderos a vosotros.

Rebeca le escuchaba aturdida, y recordó cómo su madre muchas veces le decía a su padre que sobre Donna decidía ella. Nunca se había parado a pensar en ello, y ahora de pronto comprendía esos comentarios. Tras volver de sus recuerdos, siguió escuchando a su padre.

—Rompí con Elena y estuvimos sin vernos dos años hasta que coincidimos en una cafetería y todo volvió a resurgir, y esta vez con más fuerza. Volví a hablar con tu madre. Nuestra vida marital era nula, pero su respuesta fue la misma «si  te  marchas  de  casa perderás  a tus  hijos». Quizá no debí empezar aquella relación con Elena, pero yo también necesitaba que alguien me abrazara y me dijera que me quería. Tu madre nunca me lo dijo, porque realmente nunca llegó a quererme. ¿Y sabes, Rebeca? Yo soy de carne

 

y  hueso,  como  tú,  y  me  gusta  que  me  quieran  y  me necesiten. Con el tiempo, Elena quedó embarazada, ocurrió el accidente de tu madre, tuvimos a Dani, después a Susana y creo que el resto ya lo sabes —conmocionada, asintió—. No intento justificarme. Solo quiero que sepas la verdad en lo referente a tu madre y a mí. Tampoco quiero que pienses que a tu madre no la he querido. La quise muchísimo, y en mi corazón siempre la querré.

En un silencio lleno de dolor, sentimientos y nostalgia, el hombre susurró:

—Mi visita de hoy era para preguntar por Kevin y por ti. Me imagino que lo habréis pasado mal y me siento fatal por no haber podido ayudar.

Con la garganta paralizada por la emoción, Rebeca solo pudo responder:

—Kevin está mal, pero saldrá de ésta. Ambos somos fuertes,   nos   hemos   apoyado   el   uno   en   el   otro,   y superaremos lo ocurrido.

El hombre sintió la frialdad en su voz, así que asintió y se levantó.

—Solo quería saber que estabais bien. Sois mis hijos, os  quiero  y sufro  por  vosotros,  aunque  vosotros  no  lo creáis.

La tensión era tremenda y Iñigo, convencido de que su

 

tiempo había acabado, se dio la vuelta y caminó sin decir nada más hacia la puerta. Tenía que marcharse. De pronto Rebeca se levantó de su silla para dirigirse hacia él.

—Papá... Yo...

El hombre, se detuvo, la miró y al verla cerca de él se apresuró a decir:

—Dime, cariño.

—Lo   siento   —pudo   decir  llorando—.  Lo  siento mucho.

Sin tocarla, pues no sabía cómo reaccionaría, el hombre murmuró emocionado.

—No   llores,   cielo.   No   pasa   nada.   Simplemente necesito que sepas que os quiero. Os quiero mucho y os añoro más de lo que podáis imaginar.

—Papá…

—Toma,  mi  vida  —dijo  entregándole  un  pañuelo blanco y limpio que sacó del bolsillo—. No llores más. En tu estado no es bueno ponerse así.

Pero ella no paraba de llorar.

Quizá conocer aquella cruda verdad había sido la gota que había colmado el vaso. Tantos problemas en tan poco tiempo  era demasiado  para cualquier  persona.  Su padre,

 

asustado, logró sentarla de nuevo en la silla, pero Rebeca seguía llorando sin parar.

Iñigo intentó consolarla con palabras dulces, pero su cuerpo  se movía convulsivamente  por los sollozos  hasta que finalmente su padre la abrazó como llevaba mucho tiempo sin hacer. Durante unos minutos la mimó, le besó la cabeza y la meció. Aquel abrazo era lo que Rebeca necesitaba. Necesitaba sentirse arropada y en ese momento su padre le estaba dando la mejor medicina que había en el mundo. El amor.

Cuando finalmente Rebeca se tranquilizó, se percató de que  su  padre  era  quien  la  abrazaba  y  acunaba,  y  se sorprendió  al  sentir  que  no  le  importaba;  al  revés,  le gustaba.

—¿Estás mejor, cariño? —preguntó el hombre.

—Sí, papá. Ya me encuentro mejor.

Al ver que ella respiraba con normalidad, la dejó de abrazar. Durante  unos  segundos  ambos  se miraron a los ojos hasta que él rompió el silencio.

—Bueno, creo que es hora de que me vaya.

Se  levantó  con pesar,  pero  de  pronto  su corazón  se hinchó de felicidad, cuando sintió que su hija le asía de la mano con fuerza y preguntaba.

—¿Podré volver a verte, papá?

 

A Iñigo se le volvieron a escapar unas lágrimas, y tras limpiárselas asintió con una tierna sonrisa.

—Siempre que tú quieras, cariño. Siempre —murmuró emocionado.

Rebeca asintió y le dio un apretón en la mano que dijo mucho sin necesidad de palabras.

—De acuerdo, papá —susurró al tiempo que le soltaba la mano.

Emocionado, Iñigo caminó hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.

—Hija,  hay una cosa  que  quiero  pedirte.  Nunca  le digas a Donna lo que te he contado. Se enfadaría con su madre por haberle mentido y creo que a mí me odiaría aún más.  Sería  un  sufrimiento  innecesario  para  ella,  y  más cuando para mí es tan hija mía como tú. ¿De acuerdo, Rebeca?

—Mis  labios  están  sellados,  papá  —asintió entendiendo lo que su padre quería decir.

Un segundo después, Iñigo, abrió la puerta del despacho y se marchó. Una vez sola, volvió a llorar, aunque esta vez de felicidad. Poco después entró Belén.

—¿Rebeca, estás bien? —preguntó preocupada. Reponiéndose como una campeona, sonrió.

 

—Belén, no me pasa nada.

—Pero estás llorando.

—Sí, Belén. Lloro de felicidad —respondió al ver que aún tenía en la mano el pañuelo de su padre.

 

Capítulo 47

 

 

 

Aquella  tarde,  finalizados  sus  asuntos  en  el  despacho, Rebeca esperaba su turno en la sala de ecografías del hospital, sin soltar el pañuelo de su padre. Saber la verdad de lo ocurrido entre sus padres le aclaró muchas cosas y, sobre todo, le hizo tener una visión diferente de su familia y su vida.

Cuando dijeron su nombre se levantó y entró en la pequeña sala. Una vez allí ya sabía lo que tenía que hacer. Se echó sobre la camilla y el médico comenzó su ritual con el gel.

—¿Qué tal te encuentras, Rebeca? —preguntó el médico.

—Bien, aunque cada vez más gorda.

Ambos rieron y el doctor le guiñó un ojo y comenzó a mover el aparato sobre su barriga.

—Vamos a ver cómo está nuestro amiguito o amiguita.

—En la última ecografía me dijiste que quizá hoy pudiéramos ver el sexo del bebé.

El hombre sonrió.

 

—Vamos a intentarlo. ¿Tú qué quieres, niño o niña? Rebeca  se  lo  pensó  unos  segundos,  y finalmente  se

encogió de hombros y respondió:

—La verdad es que me da igual. Lo único que quiero es que esté sano.

Con una simpática sonrisa, el hombre la miró y, tras comprobar los datos que necesitaba para saber que el bebé estaba bien, señaló la pantalla.

—Bueno... bueno, pues te diré que es un niño, ¿lo ves?

—¡Un niño! —exclamó encantada—. Fenomenal.

—¿No decías que te daba igual? —bromeó el médico al tiempo que le daba un trozo de papel para que se limpiara el gel de la barriga.

Con una radiante sonrisa, Rebeca asintió.

—Si me hubieras dicho niña estaría igual de contenta. Veinte  minutos  después  salió  del  hospital  con  su

ecografía bajo el brazo deseando llegar a su casa para enseñársela  a Kevin  y  Ángela.  Quizá  aquello  le  hiciera pasar un rato feliz a su hermano, ¿o no? Continuamente dudaba sobre cómo proceder con él. Kevin no hablaba, no reía, no se comunicaba. Solo miraba por la ventana o al techo  todo  el  día, sumido  en una tristeza desesperante.

 

Rebeca pensó en contarle la visita de su padre aquella mañana, pero al final desechó la idea. No sabía cómo se lo podría tomar. Y no quería ni enojarle ni ponerle nervioso. Ya se lo contaría más adelante.

Después de aparcar el coche en su garaje, entró en su casa pletórica de alegría, y cuál fue su sorpresa cuando vio a Kevin correr, seguido de Ángela. Parecían tener mucha prisa.

—¿Qué pasa? —preguntó Rebeca alarmada.

Su hermano, acercándose a ella con los ojos llenos de vida, gritó:

—¡Es Pizza! ¡Está de parto!

Sin dar crédito a la vitalidad de su hermano y a lo que decía, Rebeca soltó sus cosas en el sofá y les siguió balbuceando.

—¿Qué… Pizza… qué?

Pero cuando entró en la habitación de su hermano, su sorpresa fue mayúscula al ver a su perra rodeada de mantas, con dos cachorros minúsculos a su lado, y otro que luchaba por salir.

—¡Ay, Dios! —susurró asustada.

—Eso digo yo. ¡Ay, Dios! —repitió Ángela agachándose—.  ¿Pero  cómo  no  nos  hemos  podido  dar

 

cuenta   de   que   este   pobre   animal   estaba   esperando cachorros?

—Las  preocupaciones,  Ángela...  las  preocupaciones

—respondió Kevin rompiendo la bolsa del nuevo cachorro con una sonrisa que les llegó al alma.

—¿Pero qué ha pasado? —preguntó Rebeca sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Pizza dando a luz y Kevin tan locuaz, despierto y bromista como antaño.

—Ha   sido   alucinante   —contestó   su   hermano—. Estaba tumbado y de pronto he notado que Pizza se bajaba de la cama. Segundos después escuché un ruidito extraño y al mirar he visto a Pizza sangrando. ¡Joder, qué susto me ha dado la muy puñetera! He bajado corriendo para avisar a Ángela y al subir nos hemos quedado sorprendidos al ver que  la  sangre   que  yo  había  visto  era  porque   estaba empezando a parir. Después hemos bajado a por toallas y ha sido cuando has llegado tú.

Ángela, pendiente en todo momento de la perrilla, les miró.

—Si ya decía yo que últimamente la veía más gorda. Ay, virgencita. ¡Que sale otro!

Pero Rebeca miraba a su hermano emocionada.

—Kevin, ¿estás bien? ¿Te encuentras bien? —susurró.

 

Él asintió entendiéndola.

—No te preocupes por mí. Estoy bien. Ahora lo importante es Pizza—susurró a su vez, pasándole la mano por el mentón.

Aquella tarde  la casa de Rebeca era una fiesta. Todo volvía a ser como antaño. Kevin estaba vivo, alegre y dicharachero, y Ángela no paraba de reír y bromear. Cuando llegó    la    noche, Pizza   dormía   tranquilamente   en   la habitación  de  su  hermano  junto  sus  cinco  cachorros. Rebeca los miró antes de bajar al salón y, feliz, pensó que una vez más Pizza había vuelto a traer la alegría a la casa. Gracias a ella y a su inesperado parto, Kevin había vuelto a reaccionar. El médico tenía razón, solo era cuestión de tiempo.

Mientras bajaba, se paró en la escalera al oír a Ángela y a Kevin. Risas. Escuchar risas y bullicio tras tantos meses de silencio era maravilloso. Bromeaban en referencia a la barba que tenía.

—A mí me gusta. Me da un aire más enigmático —

decía Kevin.

—Pero  hermoso, con la cara tan bonita que  tienes,

¿por qué esconderla tras esa mata de pelo? —respondió

Ángela, con los brazos en jarras.

—Pero,  Ángela,  ¿no  crees  que  me  da un aire  más

 

maduro y serio?

—Ay, Dios mío, ¿para qué quieres madurez ahora que eres joven? Vive la juventud y exprímela a tope, que para madurez ya tendrás tiempo. ¿Verdad, mi niña? —preguntó Ángela al verla parada en la escalera.

Feliz por aquel inesperado acontecimiento, la muchacha terminó de bajar las escaleras y, se acercó a donde estaban ellos.

—Tiene  razón  Ángela.  La  vida  es  para  vivirla.  Y hablando de vida, tengo una noticia. Hoy me he hecho una ecografía. Todo va perfecto, ¡y ya sé lo que es!

—Yo también, un pato —se mofó su hermano.

—De esto entiendo  yo —dijo Ángela—, y ya te he dicho que cuando se tiene la tripa redondita se dice que es una niña, y cuando se tiene de pico se dice que es un niño. Y tú, tesoro, la tienes redondita, y va a ser una niña.

—Pues no —contestó riéndose—. ¡Es un niño!

Kevin, emocionado, no sabía si reír o llorar, y sin pensárselo abrazó a su hermana.

—Un niño ¡qué alegría! —gritó la mujer y dándole un colleja a Kevin dijo—. Lo ves, no es un pato.

—Ay —se quejó él—. ¡Ángela, vaya mano más larga

 

que tienes!

—Pues la puedo tener más larga aún —aclaró la mujer remangándose—. Por lo tanto, ahora mismo todo el mundo a cenar, o aquí se me estira la mano esta noche.

Fue una noche llena de felicidad, emoción y risas, y más por ver a Kevin hablar y sonreír por fin. Cuando Ángela se fue a marchar, Rebeca se empeñó en llevarla hasta casa. No vivía lejos, pero no quería que fuera andando sola por la calle. Kevin se ofreció a conducir, pero su hermana no le dejó. Al final Rebeca se salió con la suya y acercó a la mujer a su casa.

Kevin se despidió con un beso de aquella mujer a la que quería como  una madre. Y cuando  vio  que  el  coche  se alejaba y se quedó solo en casa, cogió su teléfono móvil. Buscó   en  su  agenda  un  número   y  cuando   lo   hubo encontrado lo marcó dispuesto a conseguir su propósito. Veinte minutos después, cuando Rebeca regresó a casa, su hermano la esperaba en el salón tomándose un refresco.

—No has tardado apenas nada.

—Ya sabes que Ángela vive muy cerca —Kevin sonrió y Rebeca añadió feliz—. Oye, ¿sabes lo qué vamos a hacer ahora?

—A saber lo que se te ocurre.

 

—Vamos a llamar a Donna y le vamos a dar las tres buenas noticias que tenemos.

Kevin asintió con una sonrisa. Donna se alegró al saber que el bebé era un niño. Se sorprendió cuando se enteró de q u e Pizza    había    tenido    cachorritos,    pero    cuando verdaderamente lloró de felicidad fue cuando habló con Kevin y le encontró vivo. ¡Su amado hermano había regresado!

Aquella noche los hermanos se sentaron en la cocina para tomar un vaso de leche y Kevin se sinceró por fin. Le contó que había querido morirse al pensar en el engaño de Bianca y la vida sin ella. La amaba y eso lo hacía todo más duro y difícil. Pero tras lo ocurrido con Pizza, sin saber por qué, se había dado cuenta de que la vida continuaba sin Bianca, y que había seres como Rebeca, Ángela, Donna y Pizza,  que  le  querían  vivo  y  feliz.  Al  escucharle,  la muchacha lloró. Aquello suponía un paso muy grande para su hermano y eso le emocionó.

Después  de  hablar  durante  más  de  una  hora,  Kevin obligó  a  Rebeca  a  hablar  sobre  Paul  y  su  inexistente relación.  Ella  se  sinceró.  Su  hermano   la  escuchó   y pasándole con cariño un pañuelo por el rostro, la consoló y le recordó que en la vida casi siempre había solución para casi todo y que pasara lo que pasara, siempre estaría a su lado.

 

—Escucha Rebeca, necesito darte las gracias por todo lo que has hecho por mí en estos meses.

Emocionada asintió.

—No hace falta, Kevin.

—Sí. Sí hace falta.

—Vale  —sonrió  limpiándose  las  lágrimas—. Dámelas.

—Sé que he sido peor que un mueble inútil, y mi trato ha sido horroroso e inhumano. Siento haber perdido la cordura y en especial, no haber sido capaz de entender que la vida continuaba tras mi problema y yo debía vivirla. Pero quiero que sepas que nunca más volverá a suceder algo así, porque  he  descubierto  que  tengo  la mejor  familia  y la mejor  hermana  del  mundo  —murmuró  cogiéndole  las manos.

Lágrimas de felicidad corrían por el rostro de Rebeca.

—Estoy segura de que tú hubieras hecho lo mismo por mí, incluso yo hubiera sido más intratable. Recuerda que soy muy testaruda e insoportable.

Él sonrió con cariño y le dio un beso en la frente.

—¿Te das cuenta de que ya es casi Navidad de nuevo?

— preguntó mirándola fijamente.

 

—Sí.

—Con todo lo que nos ha ocurrido este año podemos escribir un libro.

—Sí...  —asintió  ella—.  Se  podría  titular Casi  una novela.

Ambos rieron. Aquel año había sido duro y determinante para sus vidas. Las confidencias continuaron y Rebeca recordó la visita de su padre y decidió contárselo. En un principio, Kevin parecía reticente a escuchar, pero al final le prestó toda su atención. Con paciencia, Rebeca le contó lo mismo que su padre a ella, aunque omitió el tema de Donna. Ese secreto lo guardaría con celo toda su vida.

Al  final,  Kevin  llegó  a  la  conclusión,  gracias  a  las palabras de su hermana, de que había llegado el momento de  hablar  con  su  padre.  Escuchar  a  su  hermano  decir aquello, para Rebeca fue el colofón de un gran día. De madrugada decidieron irse a dormir. Rebeca estaba hecha polvo. Habían sido muchas emociones en un solo día, y en su estado aquello le había sobreexcitado. Su relación con Paul era inexistente, pero  la dicha de ver a su hermano activo y con vida, le animó una barbaridad.

Antes de dormir pasaron al cuarto donde dormía Kevin para ver a Pizza. La perra estaba dormida y agotada, rodeada de sus cachorros. Se acercaron a ella y ésta, al verles, abrió

 

un  ojo  y  movió  el  rabo  feliz.  Emocionada,  Rebeca  se agachó con torpeza por su barriga para repartirle por el morro y la cara varios besos amorosos. Y tras darle las gracias en silencio por la felicidad que aquel animalillo siempre le había regalado, se marchó a dormir, y como era de esperar, soñó con Paul.

 

Capítulo 48

 

 

 

A la mañana siguiente, cuando Rebeca se despertó, se encontraba agotada. Nada más poner los pies en el suelo, el estómago se le contrajo y corriendo se fue a vomitar al baño.

—Oh... Dios, ¿cuándo dejaré de vomitar? —susurró mirándose en el espejo.

Al ver su horrible pinta y su pelo revuelto, pensó en ducharse.  Pero  se  encontraba  tan mal  y desganada  que, como una autómata, regresó a la cama. Después de diez minutos  en  los  que  el  estómago  parecía  haberse normalizado, oyó ruido de cacharros en la cocina.

Seguro que Kevin está preparando algo rico. Obligándose  a  luchar  contra  la  perezosa  se  levantó.

Tenía sed. Se puso una bata color ciruela que apenas ya le abrochaba  y con  el  pelo  enmarañado  y sin  quitarse  las legañas de los ojos, se asomó al cuarto de Kevin. Allí solo estaban   los   cachorritos   de Pizza.  Unas  preciosidades indefensas  y  minúsculas  en  color  canela  y  blanco  que movían sus patitas descontroladamente. No pudo evitar sonreír al ver lo monos que eran todos y comenzó a bajar los escalones con una gran pesadez.

Allá va la ballena, pensó al sentirse como tal por su

 

enorme barriga de siete meses. En ese momento se cruzó con Pizza, que subía los escalones. Con torpeza, se agachó para tocarle la cabecita y la perra se lo agradeció con un amoroso lametazo. Tras más de una carantoña, la perra continuó su camino y ella bajó hasta la cocina. Aunque cuando llegó se quedó paralizada.

Allí estaba el hombre de sus desvelos, más atractivo que nunca, desayunando con su hermano. Kevin fue el primero en verla y sonrió. Acto seguido Paul la miró, y se quedó tan paralizado como ella.

—Buenos días, hermanita —saludó Kevin para romper el hielo.

No pudo contestar.

¿Qué hacía Paul en su cocina? Y lo peor de todo, ella tenía  una  pinta  horrible.  Paul  se  quedó  boquiabierto  al verla. Su gesto de sorpresa lo decía todo y se levantó sin saber realmente qué decir ni qué pensar.

—Estás... estás, tú estás...

Rebeca quiso salir corriendo pero sus pies parecían pegados al suelo. Kevin, al ver las caras de sorpresa de aquellos dos intercedió por ellos.

—Oh no... Paul, si lo dices por esa enorme barriga que ves, es que anoche cenó más de la cuenta. Ya sabes que esta chica cuando come ¡no tiene medida!

 

—Rebeca, ¿estás embarazada? —consiguió preguntar

Paul clavándole aquellos preciosos ojos.

Mentir era una tontería. Por ello, finalmente, sonrió. Miró su prominente barriga, tomó aire, y con seguridad afirmó:

—Sí. Espero un bebé.

Cinco meses sin verla, sin saber de ella, había sido una enorme tortura para Paul. Había intentado centrarse en su trabajo, en su hija y en sus amigos para olvidarla, pero el recuerdo de Rebeca le había perseguido noche y día allá donde estuviera. Y, de pronto, al recibir la invitación para desayunar de Kevin, no se lo pensó y fue. Y allí la tenía. Preciosa. En bata y embarazada. Sin quitarle la vista de encima, se acercó a ella nervioso.

—¿Te encuentras bien?

Moviéndose para separarse de él, Rebeca se acercó a su hermano y, con la mejor de sus sonrisas, le dio un pisotón que a este le hizo ver las estrellas. Después respondió notando cómo el bebé se movía.

—Sí, no te preocupes.

Dolorido, Kevin se separó de su hermana, pero estaba dispuesto a conseguir lo que se había propuesto.

—Por cierto, es un niño. Un precioso chicarrón —

 

dijo ganándose otra nueva mirada asesina de aquella.

Rebeca,  al  ver  la  mirada  sorprendida  de  Paul,  quiso morir. ¿Qué estaba pensando? Pero, este, cada vez más confundido, miraba a los dos hermanos. Mil preguntas en su mente se formulaban y les observaba en busca de respuestas. ¡Quería respuestas! Kevin sonrió y Rebeca con el  corazón  a  punto  de  salírsele  del  pecho  comenzó  a preparar  un  café.  Lo  necesitaba.  Sus  manos  temblaban cuando oyó la voz de Paul.

—Rebeca... No sé si debo preguntártelo, pero ese...

Ay, madre... Ay, madre, que  me  lo  va  a  preguntar , pensó horrorizada y, sin dejarle terminar, asintió.

—Sí, es hijo tuyo.

Durante una fracción de segundo ambos se miraron y ella   pudo   ver   como   su   cara   se   desencajaba.   Paul, boquiabierto por lo que acababa de descubrir, se apoyó en la encimera, cerró los ojos y cuando los abrió susurró confundido.

—Dios mío…

Al ver su gesto la joven intervino rápidamente.

—Te lo iba a decir, pero yo... es que yo...

No podía continuar hablando. La intensa mirada de Paul la estaba matando. Asustada por lo que se le venía encima, cerró los ojos a la espera de que le cayera la gran bronca de

 

su vida. Sabía que ocultarlo no había sido una buena idea, pero de pronto los brazos protectores del hombre al que amaba la rodearon y su boca comenzó a cubrirla de besos.

—¿Por qué no me lo dijiste, cariño?

Confundida, Rebeca se dejó abrazar y mimar. Aquello era lo que necesitaba y quería. Pero al recordar aquello de

«nunca dejaría un hijo mío a tu cuidado», de un manotazo se soltó de él.

—No me lo quitarás, Paul.

Perplejo por aquel arranque de ella preguntó arrugando el entrecejo.

—¿Qué?

Rebeca se separó de él de sopetón.

—¡Es mi bebé! —gritó histérica—. Y te juro que si intentas algo te mato con mis propias manos. ¿Me has entendido?

Kevin, aún dolorido por el pisotón se mofó.

—Joder, hermanita. Te has levantado hoy guerrera.

Paul estaba aturdido y no entendía las palabras que ella acababa de pronunciar.

—¿Pero de qué hablas? — preguntó.

—Tú lo sabes.

 

Con las manos en alto, en señal de paz, lentamente se acercó a ella.

—No, cariño, no lo sé.

Pero Rebeca, de nuevo se separó de él. Y para sorpresa de los dos hombres, se puso a gritar como una loca.

—¡¡Lo dijiste!!

—¡¿Pero qué dije?! —preguntó Paul atónito.

—El último día que nos vimos tú dijiste que nunca dejarías a un hijo tuyo a mi cuidado —chilló—. Y no. No voy a permitir  que  destroces  mi vida y la de  este  bebé porque  tu creas  que  yo  no  puedo  ser  una buena madre, porque sé que sí puedo serlo. Al igual que podría haber sido una buena amiga de Lorena y no una egoísta que juega con sus sentimientos como tú me tachaste.

Al entender de lo que hablaba, Paul se acercó de nuevo a ella.

—Escúchame, cielo… —murmuró.

—No… No te voy a escuchar y mucho menos permitir que me quites a mi bebé. Porque yo…

Paul  no  la  dejó  terminar  y,  acercándose  a  ella,  sin tocarla dijo:

—Te quiero, Rebeca.

 

Ofuscada no oyó lo que decía y prosiguió.

—Dijiste cosas horribles sobre que yo no quería a Lorena. ¿Pero cómo no voy a querer a Lorena si la adoro? Es una niña preciosa, encantadora y llena de vida. ¿Cómo no quererla? Dijiste que yo era una egoísta y que nunca podría querer  a nadie. Y no…  ¡eso  no  es  así! También dijiste que yo utilizaba a las personas y cuando no me interesaban las apartaba de mi lado y...

—Cariño, ¿me has oído? ¡Te quiero! —insistió cortándola.

Pero ella no escuchaba. Estaba histérica y dolida y necesitaba decirle todo lo que no le había dicho en meses.

—Rebeca, tranquilízate —pidió Kevin cogiéndola del brazo para que lo mirase.

—No. No quiero tranquilizarme —gritó retirándose el pelo de la cara—. ¿Por qué has tenido que traerle aquí? ¿No te bastó con lo que pasó la última vez que nos vimos? Oh, Kevin... ¿por qué te metes continuamente en mi vida?

Desconcertado  por  las  cosas  que  ella decía, Paul  no podía responder. Tenía razón. La última vez que se vieron se comportó como un energúmeno, pero estaba tan dolido con su indiferencia que no calibró sus palabras. Pero no. Aquello había acabado. Allí estaba ante ella y solo quería que lo mirara y ganarse de nuevo su confianza y amor como

 

fuera.

Kevin, ajeno a los pensamientos de ambos, y al ver su hermana enloquecida decidió intervenir.

—¿Me   preguntas   por   qué   me   meto   en  tu  vida, cabezota?

—Sí. Oh, Kevin… ¿Por qué has vuelto a hacerlo?

—Porque lo necesitas, cariño —insistió él.

—No. El bebé y yo ahora estábamos bien —gimió tocándose la barriga—. Tú te has recuperado y yo podía seguir adelante con mi vida. Pero ahora lo has complicado todo ¡Todo!

Kevin, incapaz de callar un segundo más, aclaró con cariño.

—No, cielo. No he complicado nada, Rebeca, y si te tranquilizas te lo explicaré.

Incapaz  de  mirar  a  Paul,  que  desde  un  lateral  los observaba con gesto indescifrable volvió a preguntar.

—¿Por qué te has vuelto a meter en mi vida, Kevin?

—Muy fácil, hermanita. Sufres  y echas de menos  a este hombre. Alguien tenía que dar el primer paso para que os vierais e intentarais arreglar lo vuestro.

 

—Pero yo no te lo pedí.

Kevin asintió y miró a un cada vez más desconcertado

Paul.

—Lo sé, Rebeca, lo sé. Pero os separasteis por mi culpa, por mi problema, por no contarle lo que pasaba. Y yo no puedo seguir viviendo sin intentar aclarar lo ocurrido entre  vosotros,  porque   yo  quiero   que  seas  feliz.  Te mereces ser feliz y necesito ver que alguien te cuida y te mima como  te  mereces. Y ese  alguien es  este  hombre

¿pero no lo ves?

Paul fue a hablar pero ella se le adelantó.

—Maldita  sea, Kevin. Ahora él  sabe  lo  del  bebé  y

¡Dios!, tendré problemas.

Paul cansado de escuchar, se interpuso entre ellos y se acercó de nuevo a la muchacha.

—No, cariño. El único problema que hay aquí es hacer que vuelvas a confiar en mí. —Ella le miró—. Ahora que Kevin me ha explicado todo, ya sé por qué no me podías decir nada de lo que pasaba, y quiero que sepas que me siento como un idiota por no haber sido capaz de mirar más allá de mis narices y entenderte. Tendrías que habérmelo dicho para haberte ayudado y protegido como te mereces. Y lo que hiciste, me demuestra que eres la mejor persona que hay en el mundo y te agradeceré toda mi vida el que

 

pensaras en proteger a mi hija antes que en protegerte a ti.

—Una lágrima resbaló por el rostro de ella y él continuó— Cariño, yo no sabía lo que ahora sé y pensé, y prejuzgué, a mi manera. Me volví loco al imaginar que me mentías y me ocultabas cosas y...

—No te necesito, ¿me oyes? —cortó Rebeca señalándole—. Ni mi bebé ni yo te necesitamos. ¿Has oído, Paul Stone?

Kevin fue a protestar pero Paul le indicó que callara y acercándose a ella susurró.

—Pero yo a ti sí te necesito, cariño.

—Mentira.

Paul tan dispuesto como Kevin a conseguir su propósito repitió.

—Te necesito y te quiero. Es más, Lorena y yo te necesita-mos.

—Vamos  Rebeca…  Paul  te  quiere  ¿no  lo  ves? 

insistió Kevin.

—Tú cállate, maldita sea ¡cállate! —Y clavando su mirada en el hombre que le decía maravillosas palabras de amor  siseó—.  ¿Cómo  eres  capaz  de  decirme  que  me quieres? Si mal no he oído sales con una modelo valenciana

 

y yo no quiero interferir, ni romper algo que...

—Eso no es cierto y lo sabes —interrumpió desesperado—.  La  prensa  del  corazón  me  busca  novia todos los días, pero yo solo te quiero a ti, créeme. La única novia y mujer que quiero eres tú.

Rebeca resopló y Kevin sonrió. Su hermana estaba perdiendo fuelle a cada contestación de él.

—Yo no estoy en el mercado ni de novias, ni de mujeres.

—Pues  tú eres  la única que  me  interesa —insistió

Paul.

Su corazón se deshacía segundo a segundo con las cosas que le decía y al verse reflejada en el microondas preguntó.

—¿Pero tú te has dado cuenta de la pinta que tengo?

—Sí. De loca —se mofó Kevin. Y Paul contestó:

—Te quiero, Rebeca. Y no voy a parar de repetírtelo hasta que me creas.

Verla  ante  él  con  aquel  pijama,  y  la  bata  apenas abrochada junto a los pelos de loca, era lo más bonito y dulce que había visto en los últimos meses. Y al ver que se tranquilizaba, se acercó a ella susurrándole al oído.

 

—Estás preciosa, cariño. Más bella que nunca.

Aquella voz y sus palabras le puso la carne de gallina. No podía más. Las barreras que había levantado contra él en aquellos meses se deshicieron como la mantequilla. Y, sin importarle  absolutamente  nada, Rebeca finalmente  apoyó su frente en aquel fuerte pecho.

—Siento decirte que necesitas gafas.

Henchido de amor por aquella mujer, cerró los ojos y, besándola con verdadera pasión en la cabeza, susurró emocionado porque todo acabara bien.

—Lo que yo quiero y necesito es a ti, cabezota. Rebeca sonrió.

Se dejó abrazar por el hombre al que adoraba y guiñó un ojo a su hermano que, enternecido, les miraba apoyado en la nevera.

Tras varios dulces besos y susurradas palabras de amor, Rebeca preguntó curiosa.

—Por cierto, ¿qué haces tú en mi casa a estas horas?

—Ayer por la noche recibí una llamada invitándome a desayunar —aclaró el piloto mirando a Kevin—. En un principio pensé que Kevin se había vuelto loco, ¿Qué hacía yo desayunando en tu casa? Pero insistió tanto en que tenía que hablar conmigo  y enseñarme  algo  que cambiaría mi

 

vida, que finalmente no pude negarme.

—¿Y qué  tenías  que  enseñarle? — le preguntó  con curiosidad  al  tiempo  que  le  tiraba  un  beso  de agradecimiento a su hermano.

—A la vista está, hermanita —respondió mientras ella asentía divertida.

Conmovido y agradecido, Paul sonrió. Por fin habían terminado aquellos días de larga soledad en los que solo podía pensar en ella y volverse loco. La tenía entre sus brazos y no pensaba soltarla nunca más.

Acabado el café entre risas y bromas la joven murmuró consciente de su error.

—Paul, siento no haberte dicho antes lo del embarazo. Pero  toda  mi  vida  se  descontroló  de  tal  manera  estos meses que...

—Pssss...  no  importa,  cariño,  no  importa.  Lo importante es que todos los problemas se han solucionado y estamos juntos, nada más.

Ambos sonrieron, y tras un dulce beso en los labios preguntó:

—¿Qué crees que dirá Lorena cuando me vea?

—Uooo… se volverá loca cuando sepa que va a tener

 

un hermanito —rio Paul—. Y cuando mi madre se entere que va a ser abuela de nuevo ¡ya verás!

Kevin,  al  sentir  que  en  aquel  momento  sobraba,  sin hacer ruido se levantó de la mesa, cogió su cazadora y abrió la puerta trasera de la cocina para salir.

—Eh... amigo —llamó Paul mirándole—. Tienes una cazadora igual a la mía.

Con una cariñosa sonrisa, este miró a la parejita que se había vuelto a unir y respondió:

—Eso  quiere  decir  que  tenemos  muy  buen  gusto, colega.

—Gracias por todo —dijo Paul abrazado a Rebeca. Kevin asintió, se metió las manos en los bolsillos del

pantalón  vaquero  y  salió  dejándoles  solos.  Paul, emocionado, cerró los ojos. Siempre le estaría agradecido. Una vez solos, Paul volvió a besar a la muchacha con suavidad y, cogiéndola entre sus brazos, la sentó sobre él.

—¿Recuerdas el día que nos conocimos en la tienda donde vendían la cazadora?

Asintió feliz y emocionada.

—¿Cómo lo voy a olvidar? — respondió llena de amor

—. Fue el día en que, sin yo saberlo, me enamoré de ti.

 

 

 

Epílogo

 

 

 

Kevin, Rebeca y su padre, Iñigo, se reunieron por primera vez tras muchos años. Cuando su padre empezó a hablar, Kevin, conmovido por la tristeza que vio en sus ojos, le abrazó. El amor a su madre le hizo prejuzgar sin pensar que en la vida siempre hay que escuchar la otra versión. Elena, la mujer de Iñigo, les demostró desde el primer día lo maravillosa que era. Olvidó el pasado y decidió partir de cero  dándoles  todo  su  cariño. Y como  era  de  esperar, Kevin, al conocer a sus pequeños hermanos, los malcrió y desde el minuto uno se adoraron.

Lorena  y  Tina,  al  conocer  el  embarazo  de  Rebeca, saltaron de alegría. El que aquellos dos estuvieran de nuevo juntos y un bebé de ambos viniera al mundo, era la mejor de las noticias. Carla y Samuel, junto a sus hijos, disfrutaban de la felicidad de todos. Atrás quedaron los problemas y tenían por delante un bonito futuro.

Donna, días antes del parto de Rebeca, regresó a España junto a Miguel y María. Ángela se volvió loca, rodeada de todos   aquellos   muchachos   a  los   que   quería.   En  un principio, Donna estaba reticente con el tema de su padre, pero al ver que sus hermanos le habían perdonado, no lo dudó. Decidió darle una oportunidad y éste no la defraudó.

 

Kevin se recuperó a pasos agigantados, incluso llegó a saborear de nuevo volver a ser un espíritu libre y les sorprendió a todos saliendo un par de veces a cenar con Belén, la secretaria de Rebeca ¿habría algo entre ellos?.

Pizza estaba hecha toda una madraza con sus cinco cachorros. En un principio Rebeca, ante la llegada del bebé, pensó  en  regalarlos.  Pero  tras  decidir  que  Kevin  se quedaría a vivir en su casa y ella se trasladaría a vivir a un nuevo hogar con Paul, decidió quedarse con todos, excepto con dos, que se quedarían con Kevin.

Dos días después  de la llegada de Donna, Rebeca se puso de parto y tuvo un niño precioso al que pusieron el nombre de Víctor. Tres meses después, Paul y Rebeca contrajeron matrimonio en una celebración íntima, emotiva y fuera de todos los paparazzi que siempre les rondaban.

Rita e Iván, respiraron con alivio al saber que sus amigos por fin eran felices. Aquel era un comienzo que les daría un nuevo sentido a sus vidas y estaban seguro de que lo iban a aprovechar. Todos juntos y unidos disfrutaron de una boda entrañable. Porque cuando Rebeca y Paul se dijeron el «sí quiero» mirándose  a los  ojos, lo  dijeron con verdadero amor.

 

Table of Contents

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

 

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

 

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Epílogo

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