© Libro N° 13857. Casi Una
Novela. Maxwell,
Megan. Emancipación. Mayo 24 de 2025
Título Original: © Casi Una Novela. Megan Maxwell
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Original: © Casi Una Novela.
Megan Maxwell
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CASI UNA NOVELA
Megan Maxwell
Casi Una
Novela
Megan Maxwell
CASI UNA NOVELA
Megan Maxwell
© 2013 Megan Maxwell
Diseño cubierta: Eva Olaya
© Fotografía: GettyImages
1ª edición: enero 2013
Derechos exclusivos de
edición en español para todo el mundo:
© 2013 Ediciones Versátil,
S.L.
Av. Josep Tarradellas, 38
08029 Barcelona
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almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea
electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin
autorización escrita del editor.
Índice de contenido
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Epílogo
Prólogo
Hola amigos.
Antes de que comencéis a
leer este libro os quiero comentar algo.
Necesito que sepáis que CASI UNA NOVELA fue la primera
novela que yo escribí en mi vida.
Recuerdo que un día estaba
aburrida en casa, cogí papel y bolígrafo (no había ordenador) y comencé a
escribir. En ese momento, ni me imaginaba que estaba creando una historia.
Yo solo
me dejé llevar
por mi imaginación
y plasmé lo primero que se me pasó por la cabeza.
Lo alucinante fue darme
cuenta varios días después, que había creado una historia y sobre todo unos
personajes que me pedían que no les abandonara, que continuara creando sus
vidas.
Como curiosidad
de esta novela,
os diré que
el personaje de Rebeca, en un principio se llamó Megan. Ella fue la
primera MEGAN. Gracias
a ella, yo comencé
a utilizar ese nombre en muchos aspectos de mi vida. Concursos
literarios. Editoriales. Y quiero sepáis que si le cambié el
nombre, al publicar
ahora la novela, ha sido porque ya hay otra protagonista con
ese mismo nombre en otro de mis trabajos.
Soy una fiel seguidora del
campeonato del mundo de motociclismo. Lo sigo desde hace más de veinticinco
años y quizá por eso cuando escribí esta novela, su protagonista masculino fue
un piloto de lo que hoy se llama MotoGP. En esa época, yo trabajaba como
secretaria en una asesoría jurídica y mi novio (hoy mi marido) y yo, teníamos
moto. Íbamos a concentraciones moteras, a grandes premios en España y lo
pasábamos genial.
El nombre
de la novela
también tiene su
historia. Cuando la escribí, recuerdo que cuando los amigos venían a
casa y veían sobre la mesa un gran montón de hojas, me preguntaban ¿eso qué es?
Y yo siempre les respondía… “Uf… eso es
casi una novela” por eso cuando la terminé decidí llamarla así. La llamé por el
nombre que ya había decidido sin yo saberlo, CASI UNA NOVELA.
Solo espero que esta
historia y sus personajes os gusten tanto como me gustaron.
Un besazo
Megan
Capítulo 1
—Por fin
es viernes —susurró
Rebeca al salir
de la oficina.
El trabajo algunos días era
agobiante. Y aquel había sido uno de esos días. Con prisa, anduvo hacia su coche. Lo abrió, metió su bolso y,
cuando iba a cerrar, observó que debajo del coche de al lado había una caja de
pizza que se movía. Cerró la puerta rápidamente.
Será una rata, pensó
horrorizada.
Pero, cuando
encendió el motor,
volvió a mirar
y observó una pequeña cara peluda y blanquecina asomar por el extremo de
la caja. Era un perrillo. Sin poder resistirse apagó el motor, bajó del coche y
abrió la tapa de la caja de pizza.
—Venga, pequeño, sal de ahí
—murmuró sonriendo—.
¿Dónde están tus dueños?
Miró a ambos lados del
parking. No había nadie. Estaba sola.
Con mimo miró al pequeño
animal peludo.
—Tienes hambre, ¿verdad?
—El cachorro pareció entenderla y ladró—. Oh, Dios... pero si eres una monada.
Divertida, lo cogió con una
mano y se lo acercó a la cara. Era menudo y sus ojos tristones le dejaron sin
habla. La noche se acercaba y le daba pena dejarlo allí solo. Pero no podía
tener un perro en casa. En su vida y con su trabajo no había cabida para un
animal. Lo dejó en el suelo apenada.
—Lo siento. No me puedo
hacer cargo de ti.
Abrió la puerta de su coche
y, cuando fue a meter los pies, el cachorro intentó subirse, pero ella no le
dejó.
—Ni un paso más, amiguito.
No puedo quedarme contigo. Fin de la discusión.
Arrancó y este se quedó
sentado sobre su regordete trasero. Rebeca lo miró y se agobió. No podía
dejarlo allí. Era un cachorro. Un bebé. Al final, abrió de nuevo la puerta,
bajó del coche, lo cogió y, tras resoplar, murmuró:
—Vale. Te llevo a casa.
Pero solo será una noche. Llamaré mañana a la protectora de animales y ellos te
buscarán un hogar.
Durante el camino a casa,
el cachorro color canela y blanco se enroscó y se durmió en el asiento del
copiloto junto al bolso. Rebeca, enternecida, lo miraba mientras pensaba en lo
divertido que sería quedarse con él. Pero acto seguido se reprendió. No
podía, o más bien, no debía hacerse cargo de un animal. Ella casi nunca estaba
en casa. Quedárselo sería cargar a Ángela, una encantadora toledana
que acudía a limpiar lo
poco que ella ensuciaba. La conocía desde que era pequeña y siempre la
reprendía por lo poco que comía y lo sola que estaba. Una vez hubo aparcado en
su casa, cogió al animalillo con mimo y entró con él en el salón.
—Bueno, precioso,
te daré de
comer algo más digestivo que un trozo de pizza.
Al entrar en la cocina,
Rebeca lo soltó y este lo primero que hizo este fue estrenar la cocina.
—Oh... no... oh… no —se
quejó Rebeca mientras se apresuraba a por la fregona—. Mal empezamos.
Pero el cachorro parecía
contento, y comenzó a correr y a ladrar como un loco. Rebeca sonrió mientras se
dirigía al frigorífico, sacaba
un cartón de
leche, y buscaba un cuenco
y galletas. En
cuanto apareció con
aquello el perrillo se abalanzó
con apetito voraz. Mientras le veía rebozarse en la leche y las galletas,
Rebeca llamó a información.
Necesitaba el teléfono
del servicio de recogida de animales.
Marcó el número que le
habían dado y un contestador automático
le indicó que el horario
de recogida era de lunes a
viernes. Debía dejar la dirección de recogida, raza del animal, teléfono y nombre
de la persona por la que debían preguntar. Durante unos instantes dudó.
¡Era tan bonito! Pero tras ver que este volvía a mearse en la tarima
no lo dudó y dio sus datos.
—¿Y qué hago
yo contigo el fin de
semana? —
preguntó mirando al animal.
Una vez hubo cenado decidió
repasar unas estadísticas que se había traído del trabajo. Siempre estaba
trabajando.
—Bueno, hay que ponerse a
trabajar —dijo mientras observaba al cachorro enroscado sobre la alfombra.
A las
nueve de la
noche se puso
a repasar unas estadísticas anuales de la empresa, y a
las doce decidió irse a dormir. Desperezándose, se levantó de la silla, apagó
el portátil y, cuando comenzó a subir las escaleras, oyó unos pasitos rápidos
tras ella. Al volverse vio al cachorro. La miraba con sus bonitos ojazos
mientras movía el rabito.
—Vale... subirás conmigo a
dormir. Y, por favor, ¡no te mees otra vez! ¿Vale?
Pero fue dejarlo en el
suelo de la planta de arriba y el cachorro
volvió a hacerlo.
Rebeca resopló, lo
limpió, colocó una pequeña manta en el suelo y murmuró:
—Te prohíbo
terminantemente que duermas
en mi cama, ¿me has oído?
El cachorro hizo un sonido
que la hizo sonreír. Diez minutos después Rebeca cogió al animal del suelo, lo
subió a su cama y, finalmente, se quedaron profundamente dormidos.
Capítulo 2
El fin de semana con aquel
cachorro fue sensacional. Diferente. Rebeca se divirtió de lo lindo, aunque
cada dos por tres tenía la fregona en las manos. El sábado, después de comer,
se quedó mirando fijamente al perro. Si debía pasar el fin de semana con ella
lo mejor que podía hacer era bañarlo, no fuera a pegarle algo. En el baño
descubrió que era una perrita. Una hembra. Había quedado limpia y
reluciente y era
toda una preciosidad.
Pero se negó a
ponerle nombre. Si le pongo nombre me encariñaré más con ella, pensó. Por ello
se dedicó a llamarla simplemente perro.
Pasado el fin de semana, el
lunes por la mañana esperó la llegada de Ángela para indicarle que vendrían a
recoger al animal los de la protectora.
—¡Bendito sea
el Señor!... Pero
qué cosa más simpática —aplaudió Ángela nada más
entrar y ver a la perrita—. Ya era hora de que tuvieras alguna compañía en esta
casa. Ven aquí, precioso —dijo mientras se agachaba para tocarla.
—Ángela... —aclaró
Rebeca mientras se tomaba su bol de cereales—, no me la voy a
quedar. Me la encontré el
viernes, pero hoy vienen
los de la protectora a llevársela. Le buscarán un hogar.
La mujer, al escucharla, la
miró con sus azulados ojos y, frunciendo el ceño, gruñó:
—Pero Rebeca, ¿cómo puedes
negarte a tener esta preciosidad? Yo te ayudaré, reina. Estaré con él durante
el día, y a partir de las seis de la tarde, te ocupas tú.
La joven suspiró. Conocía a
Ángela y sabía que pronto se enfadaría. A la defensiva contestó:
—Claro, ¡qué fácil! No,
Ángela. Yo me levanto muy temprano. Me voy a la oficina, no vengo a casa a
comer y sabes que hay veces en las que regreso muy tarde. ¿Cómo me voy a ocupar
de ella?
—¿Ella? ¿Es perra?
—Sí.
—¿Qué nombre le has puesto,
hermosa?
—No tiene nombre, Ángela.
Ya te he dicho que no me la voy a quedar.
En ese momento el cachorro
se volvió a mear. Antes de que
Rebeca pudiera moverse,
ya estaba Ángela
con el mocho en la mano.
—Ea... solucionado —dijo la
mujer, y con los brazos
en jarras añadió—: Hay un
refrán que decía mi abuela Gregoria:
«Todo lo que
coseches hoy, mañana lo
recogerás». Piensa en ello.
Ángela, al ver su gesto,
supo que se metía en terreno pantanoso. Pero
no le importaba. Los años que llevaban juntas les habían permitido decir
lo que querían cuando querían.
—Eres joven, tesoro mío
—continuó—. Tienes veintitrés años. Eres linda, educada, tienes una casa
bonita.
¿Pero qué
más tienes? —La
cara de Rebeca
se transformaba por segundos, pero la toledana prosiguió—: Sé que no te
gusta que me meta en tu vida. Y sabes que no me meto —se mofó—. Pero ya hace
tiempo que pasó lo de Félix y creo que ya es hora de que encuentres a alguien
que te quiera como tú te mereces. Sabes que eres como mi hija, que por ti haría
cualquier cosa. Por ello, y a riesgo de que me mandes a paseo, como haces
algunas veces, me permito decirte que no todos los hombres son iguales. Los hay
buenos y malos, mejores y peores, guapos y feos, ¡pero hay que conocerlos!
—Vamos a ver, Ángela, no
necesito, ni quiero, ningún hombre a
mi lado
—contestó enfadada—. Tengo
mucha prisa y pocas ganas de discutir.
Una vez hubo cogido el
bolso y las llaves del coche, se giró hacia la mujer que la miraba con descaro
y aclaró:
—Hoy vendrán a llevarse al
animalillo, ¿entendido?
—Oh... sí, hija, por Dios.
Claro que te he entendido. Rebeca se detuvo ante la perrilla que movía
alegremente
el rabo y dijo con los ojos
llenos de lágrimas:
—Bueno, preciosidad,
espero que te
encuentren un hogar bonito. Hasta
pronto. Ángela... hasta luego.
Pero Ángela no le prestó
atención. Cuando se enfadaba murmuraba bajito, como estaba haciendo en ese
momento.
Capítulo 3
Mientras conducía el coche
por las calles de Madrid, pensó en su exnovio. Le había querido con toda su
alma y él, a cambio, le había engañado como a una idiota tras tres años de
relación. Una noche le mandó un mensaje y le dijo que se había enamorado de otra
y no volvió a saber más de él. Lloró mucho, pero pasado el tiempo se alegraba
de no estar con una persona como él. Solo esperaba que algún día alguien le
diera un buen escarmiento a aquel presuntuoso. Sumida en sus recuerdos llegó a
la oficina. Allí, Belén, su encantadora secretaria, entró con ella en su
despacho.
—Buenos días, Rebeca
—saludó alegremente—. ¿Qué tal el fin de semana?
—Bien, ¿y tú?
Como siempre, Belén empezó
a contarle sus batallitas, y poniendo los ojos en blanco, indicó:
—Estuve con unas
amigas de fiesta y conocí a un pedazo
de hombre increíble.
He quedado este
fin de semana para cenar con él,
pero no sé, no creo que sea nada serio.
Mientras Belén le
hablaba de lo maravilloso
que era
aquel, ella solo podía pensar
en lo que Ángela le
había dicho en referencia a la perrilla. Quizá no sería difícil tenerla
en casa. Estaba tan acostumbrada a estar sola tras lo de sus padres y lo de
Félix, que se estaba convirtiendo en una ermitaña. De pronto, sonrió.
—Belén, llama a mi casa.
Necesito hablar con Ángela. Urgentemente.
Sonó el teléfono en casa de
Rebeca y Ángela lo cogió:
—Dígame —contestó con su
inconfundible acento toledano.
—Ángela, quiero pedirte
disculpas, no quería hablarte así esta mañana.
La mujer, con una cariñosa
sonrisa, contestó:
—Ay, hermosa, perdóname tú
a mí. Es que ya me conoces y soy un poco alcahueta. Siento haberte recordado al
simplón de Félix. Pero tesoro, yo quiero que seas feliz y me da rabia verte
siempre sola.
De pronto se escuchó un
gran estruendo de cacharros y unos ladridos.
—¡Cristo de la Vega! —gritó
Ángela.
—¿Qué pasa? —preguntó preocupada
Rebeca—. Ángela, ¿qué ha ocurrido?
Tras soltar una risotada,
la mujer contestó:
—Nuestra amiguita se
ha tirado encima el bote
de
Cola Cao y una taza. Nada
grave.
Aquello sorprendió a
Rebeca, que sonrió.
—¿Pero cómo es posible si
no levanta un palmo del suelo?
—Eso quisiera saber yo. —Y,
cambiando el tono de voz, la mujer
susurró—: Ay, cariño...
¿Por qué no te piensas lo
de entregar a este
pequeño trastillo? Es tan
linda... Creo que cuando se acostumbrase a tus horarios no habría problemas.
Piénsatelo, sería una
grandísima compañía para ti.
Pero Rebeca ya lo había
pensado y, con decisión, dijo:
—Mira, Ángela, si van los
de la recogida de animales les dices que nos lo hemos pensado mejor y que nos
la quedamos. Si hay algún problema me llamas y hablo yo con e l l o s .
¿De acuerdo, hermosa?
—la imitó mientras sonreía.
Ángela, llena de felicidad,
respondió arremangándose:
—¡Pa chasco! Que de aquí no
la sacan. Antes me lío a escobazos con todo el que se acerque.
—Bueno, bueno
—rio Rebeca imaginándose
a la
teatrera de Ángela a
escobazo limpio.
Cuando colgó
el teléfono estaba contenta. Sabía que había dado un paso hacia delante.
Intentaría que esa perrita le devolviera parte de la vida que en otros tiempos
le habían arrebatado. Pasó el día en la oficina alegre, a excepción de cuando
se cruzaba con el avinagrado del señor Cavanillas, su jefe, a quien no podía
soportar tener tan cerca. Su antipatía era mutua.
A las cinco salió de la
oficina, pero antes se pasó por una tienda de animales. Necesitaba comida para
perro, una cesta para que durmiera, un collar, una cadena y un montón de cosas
que le dijeron en la tienda que necesitaba. Llegó a casa a las seis. Allí
estaba Ángela, esperándola con la mejor de sus sonrisas.
—Hola, hermosa. ¿Qué tal
hoy en la oficina?
—Pero Ángela, ¿qué haces
aquí todavía? —preguntó extrañada.
—Ay, mi niña. Estaba
esperando a que vinieras para darte
un gran abrazo
por la decisión
que has tomado. Además, no me apetecía dejar al
trastillo meón solo. Pero ya que has llegado y te he visto, me voy. Hasta
mañana, tesoros.
—Hasta mañana, Ángela.
Cuando se fue, tenía los
ojos empañados de lágrimas.
Quería que su niña
comenzara a vivir, y poco a poco lo estaba consiguiendo. Quizá la vida había
sido dura con Rebeca. Pero todo tiene su fin y Ángela intuía que algún día
aquella mujercita sería feliz.
Cuando se quedaron solas
Rebeca y la perrita, la cogió en brazos y se sentó con ella en el amplio
sillón.
—Bueno, trastillo, creo que
tengo que buscarte un nombre. Vamos a ver... vamos a ver... —La miró a la cara
y dijo—. Dania, ¿te gusta? Creo que no, veamos... ¿Greta?
¿Laika? ¿Sura? No, tampoco.
—Entonces se acordó de cuando la vio por primera vez y se echó a reír. Miró
esos ojazos con una sonrisa y dijo:
—Preciosidad, a partir de
hoy te llamarás Pizza.
Capítulo 4
Cuatro años después
Llegaron las Navidades de
2010, y con ello cayeron los primeros copos de nieve. Ángela se empeñó en
comprar adornos navideños y Rebeca salió con ella de compras. Anduvieron
mirando escaparates por las calles Serrano y Goya, y aunque a Rebeca no le
apetecía mucho celebrar aquellas fiestas, lo hizo por no darle un disgusto a
Ángela. Cuando pasaban por
Guzmán el Bueno
en coche, el semáforo se puso rojo.
Mientras Ángela
hablaba sin parar,
como siempre, Rebeca enumeró los
regalos que debía comprar. Ángela, Belén, Carla, Noelia. También para sus
hermanos Kevin y Donna, su sobrina María, y Miguel, su cuñado. Al pensar en
ellos recordó con añoranza los años en que ellos eran pequeños y las Navidades
se celebraban con la familia de mamá en Kansas o con la de papá en Madrid.
Qué diferentes eran ahora.
Cada uno había seguido con
su vida. Donna, en unas vacaciones en Sevilla, se enamoró de Miguel Jover, un
arquitecto andaluz. En cinco meses se casaron y ella se fue a vivir a Sevilla,
aunque ahora, por el trabajo de su cuñado, vivían en Chicago. Hablaba con ella
por teléfono un par de
veces al
mes, aunque se
comunicaban por facebook siempre que podían.
A Kevin le veía más. Como
él decía, era el espíritu libre de la familia. Viajaba de un lado para otro,
metido en toda clase de movidas. Tocaba el bajo en un grupo musical, y la
llamaba semanalmente. Intentaba
estar pendiente de su
«hermanita», como él la
llamaba cariñosamente.
Al pensar en su madre, a
Rebeca se le llenaron los ojos de lágrimas. Fue el alma de la familia e intuía
que, si continuara viva, todos estarían más unidos. Por desgracia, murió en un
accidente de tráfico años atrás, cuando un loco borracho se estrelló contra su
coche. Nunca olvidaría aquel fatídico día, ni todo lo que ocurrió después...
—¿Rebeca, cariño, te ocurre
algo? —preguntó Ángela preocupada.
La gente pitaba desde su
coche. El semáforo hacía rato que estaba en verde y Rebeca no arrancaba.
—No, Ángela. La Navidad,
que siempre trae recuerdos
—al ver que aquella la
miraba, dijo—: Cambiando de tema,
¿qué quieres que te regale?
—¡Bendito sea Dios! Te
digo lo mismo
todos los años. El mejor regalo
para mí es que el día de Año Nuevo vengas a casa a celebrarlo con nosotros.
¿Vendrás este año, verdad? —Al ver
que no contestaba,
señaló—: Te diré,
hermosa, que como no
vengas, soy capaz de coger a toda mi familia y llevármelos a tu casa. ¡Vaya si
lo hago! — aseguró Ángela.
—Bueno, ya hablaremos —rio
Rebeca—. Todavía quedan dos semanas. Ahora vamos a aparcar el coche y a comprar
unos cuantos adornos de esos que tanto te gustan.
Aprisionadas por centenares
de personas, entraron en El Corte Inglés. Allí, con seguridad, encontrarían
todo lo necesario. Compraron cintas
y bolas de
colores, encargaron un árbol de Navidad y luego fueron a la planta de
los juguetes. Allí compraron varias cosas para Noelia, la hija de Carla, su
mejor amiga, y para María, su sobrina.
Con fingido disimulo se
fijó en que Ángela miraba unos pendientes al pasar por la planta tercera, pero
se hizo la despistada mientras compraba unas pulseras para Belén, su
secretaria. Ahora ya sabía qué comprarle a Ángela, aunque intuía que la mataría
cuando se los diera. Según la propia Ángela, tenían un precio indecente.
Salieron de los grandes
almacenes cargadísimas. Pero a Rebeca le quedaba por comprar algo para su
hermano. De pronto vio en el escaparate de una tienda una cazadora de cuero
marrón. ¡Eso le gustaría! Fue decidida a comprarla, pero justamente el hombre
que entró antes que ellas en la tienda, también buscaba lo mismo.
Vaya por Dios, pensó
Rebeca.
Solo quedaba
esa. Hasta la
semana siguiente no
recibirían más. Rebeca,
dispuesta a llevarse la cazadora, miró
al hombre que se disponía a probársela y, sorprendiéndose a sí misma, dijo:
—No creo que sea su talla,
ni su estilo.
El hombre se dio la vuelta
para mirarla. No sabía si hablaban con él y, cuando vio a aquella joven, la
miró extrañado y preguntó con una sonrisa:
—¿Por qué cree que no me
va?
Ainsss, madre... ¡Qué
digo... qué digo!, pensó con rapidez.
—Creo... creo que ese color
no va con el tono de su piel. Además, esa talla es pequeña para usted. Se ve a
la legua.
El desconocido, tras cruzar
una mirada con Ángela, que se había quedado sin palabras, se dio la vuelta, se
miró en el espejo y se la probó. En ese momento Rebeca se fijó en él. Era un
hombre muy atractivo, y por su acento al hablar, se adivinaba que no era
español. Parecía americano. Treinta y pocos años, más alto que ella, con buen
porte, e iba impecablemente vestido con un traje de Armani. Sin poder dejar de
observarle, se fijó en su oscuro pelo y en sus inquietantes ojos, que la
traspasaban a través del espejo.
—Yo creo que es mi talla,
señorita —replicó para su disgusto.
Ensimismada por aquella
ronca voz, y mientras pensaba en cómo convencerle para que no se llevara la
cazadora, no se dio cuenta de que él se había girado para decirle algo y la
miraba. Aquella muchacha
menuda con aquel
divertido gorro a rayas azules y blancas era bonita. Tenía un pelo rubio
rizado muy gracioso, una naricilla aniñada y, vestida con aquellos vaqueros
viejos, era de lo más tentador. Por unos instantes pensó en la suerte que
tendría el tipo para quien ella quería la cazadora. Seguían sin hablarse
ninguno de los dos hasta que él rompió el silencio:
—Repito: creo que es mi
talla. Pero si usted cree que yo no debería quedármela, tome, para usted —dijo
mientras se la quitaba y se la tendía—. Seguramente a su novio le quedará
mejor. Tanto en su tono de pelo como en su tono de piel —se mofó con una sonrisa
burlona.
Rebeca, hechizada por su
magnetismo, le respondió ofendida:
—No es para mi novio. —Y,
frunciendo el entrecejo, aclaró—: Además, ¿quién se ha creído usted para
hablarme así?
Boquiabierto por su
desfachatez, iba a responder cuando se fijó en la sonriente mujer que, callada
al lado de aquella, lo estaba pasando en grande. Por ello, con la mejor de sus
sonrisas, volvió a mirar a la joven y aclaró:
—Perdone usted, señorita,
pero creo que la primera persona que ha empezado a hablar ha sido usted. Yo
simplemente me estaba probando la cazadora y no creo haberle pedido opinión ni
a usted, ni a nadie. ¿O quizá le he pedido que me diera su opinión?
Ángela, apoyada en el
mostrador, se divertía de lo lindo.
¡Qué hombre más
interesante! Esta muchacha es tonta si no aprovecha esta situación, pensó, pero
calló.
—Está bien. Lo asumo. He
sido yo —reconoció molesta—. Le pido disculpas, señor. No quiero la cazadora, y
no tengo nada más que hablar con usted.
El hombre, al escuchar la
contestación, levantó las cejas sorprendido. No estaba acostumbrado a que las
mujeres le trataran así. Es más, por su trabajo estaba acostumbrado a que todas
fueran tras él. Rebeca, sin prestarle atención, comentó algo con el dependiente.
Una vez hubo concretado se agachó para recoger los paquetes que llevaban,
cuando vio a Ángela hablar con el hombre. Disgustada por cómo le estaba
sonriendo a aquel idiota, dijo:
—Ángela, te espero fuera.
—Adiós, señorita —se
atrevió a decir el hombre. Esperaba que ella se diera la vuelta para mirarla
otra vez.
Sin saberlo, ella le dio el
gusto.
—Adiós. Que tenga usted una
feliz Navidad.
Ángela, presurosa, cogió el
resto de los paquetes que quedaban y salió detrás de ella, no sin antes
despedirse con una sonrisa encantadora. Ya en la calle, Rebeca se paró para
mirarla y la reprendió.
—Pero bueno,
Ángela, ¿se puede
saber de qué hablabas con ese hombre?
—Ay, hermosa,
qué hombretón tan
atractivo y educado. ¡Mmmm! Con
uno así las cosas que yo sería capaz de hacer... Eso sí, con treinta años
menos.
—¡Ángela! No puedo creer lo
que estás diciendo —
susurró Rebeca, incrédula
por lo que estaba oyendo.
Las dos comenzaron a reír
como dos tontas en medio de la calle. Entre risas llegaron al coche, donde
dejaron los paquetes. En el camino de vuelta a casa, Rebeca pensó un par de
veces en el hombre de la tienda. Realmente era un tipo sexy. Esa clase de hombre
que tendría montones de moscardonas a su lado. Un tío al que no se acercaría
ella...
¡ni jarta vino!
Capítulo 5
Faltaba solo una semana
para Navidad. El chalecito adosado de
Rebeca en Majadahonda
estaba precioso con
sus adornos color rojo, blanco y plateado. Hacía unos días que había
mandado por correo los regalos para Donna, María y Miguel. Estaba
jugando con Pizza, cuando
sonó el teléfono.
—Diga.
—Rebeca —se
oyó muy bajito—. Hola,
hermanita. Soy Kevin.
—¡Kevin! ¿Dónde estás?
—En Berlín. ¿Qué tal por
Madrid?
Emocionada por oír la voz
de su querido hermano, respondió:
—Pues qué quieres que te
diga. Un frío de mil demonios. Han caído unas nevadas enormes —dijo mirando por
la ventana al ver su muñeco de nieve—. He mandado ya los regalos para Donna a
Chicago. Por cierto, ¿qué vas a hacer este año en Navidad?
—Pues... estaba pensando en
decirte... ¿Qué te parece si me cojo
un tren y
pasado mañana estoy
allí y la celebramos juntos?
Eso era lo que más le
apetecía a Rebeca y, pletórica de alegría, gritó:
—Sí, sí. Oh... Kevin, me
encantaría. ¿Cuándo llegas?
—El martes. Mi
billete me lleva directo
a Atocha. Llego a las 18:30. ¿Irás a recogerme?
Aplaudiendo como una
chiquilla, contestó:
—Por supuesto, tonto.
Después de hablar un rato
con él, se despidieron hasta el martes. ¡Qué maravilla! Su hermano pasaría las
Navidades con ella. Tenía que hacer planes. Comprar más comida y, sobre todo,
ir a comprar su regalo. Sacó una tarjeta del bolso, llamó
a la tienda
y le confirmaron
que habían recibido más
cazadoras. ¡Bien!
Aquella tarde cogió el
coche y fue a El Corte Inglés para comprar los pendientes que tanto le gustaron
a Ángela, además de un pañuelo de seda que le iba a encantar. Más tarde pasó
por la tienda para comprarle la cazadora a Kevin. Al entrar miró hacia el lugar
donde el hombre de la mirada penetrante había estado ese día y sonrió al
recordar los comentarios de Ángela.
Mientras caminaba,
en una de las tiendas
de la calle
Preciados vio un vestido de
noche. ¡Era precioso! Algo indecente en el precio, pero se merecía un capricho.
Su hermano venía para celebrar las fiestas y, además, quería estar guapa en
Nochevieja. El vestido parecía hecho para ella. Era de seda color salmón claro,
ajustado, con una abertura lateral y largo hasta los tobillos. No sabía dónde
iría con Kevin, pero seguro que, fuera donde fuera, se lo pasaría bien.
Pasaron los dos días, y ya
estaba metida en el coche con camino de la estación para recoger a su hermano.
Al llegar, miró en los paneles de información para ver en qué andén llegaba el
tren de Kevin. Cuando llegó a la enorme sala de espera, de pronto vio un rostro
familiar. Se paró en seco y vio al hombre de la tienda de cazadoras, con un
gran ramo de flores, sentado en uno de los bancos de la estación. A su lado
había una niña pequeña que jugaba y se reía de las cosas que él le contaba.
Tenía los mismos ojos que él y la misma sonrisa burlona.
Desde luego no puede negar
que es su hija, pensó
Rebeca mirándoles.
Tenía que pasar por delante
de ellos para ir al fondo de la sala. Por ello, agarró con fuerza a Pizza y
pasó lo más rápido que pudo. Él no la vio, pero la niña, al ver a la perra,
corrió hacia ella.
—Hola —saludó la cría—. ¿Es
tuyo este perrito?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
Rebeca, con rapidez y sin
pararse, contestó:
—Pizza.
Pero él ya la había visto.
Aquella era la gruñona de la tienda de
días atrás. Al principio no
podía creer lo que veían sus ojos pero se levantó y acercó a
ella, divertido.
—¡¿Pizza?! —rio la niña
caminando a su lado—. Qué nombre tan raro. No conozco a nadie que se llame así.
¿Por qué se llama así?
Agobiada, quiso apretar el
paso, pero la niña se lo impedía.
De pronto escuchó
aquel peculiar acento extranjero.
—Qué pequeño es el mundo,
¿verdad?
A Rebeca
no le quedó
más remedio que
pararse.
Educación ante todo, pensó.
Al volverse, vio cómo
tomaba de la mano a la niña mientras la miraba con una sonrisa y decía:
—El otro día no me dio
tiempo a presentarme. Me llamo
Paul Stone —dijo
tendiéndole su mano
libre, mientras con la otra sujetaba a la niña y el ramo de flores.
Rebeca, tras
resoplar y darse
por vencida ante
aquella implacable mirada, le tendió su mano libre y dijo:
—Encantada, Paul. Mi nombre
es Rebeca Rojo.
Él sonrió. Pero la niña era
un auténtico torbellino parlanchín.
—¿Cuántos años
tiene la perrita?—
preguntó, tirándole del abrigo.
Convencida de
que ya no
podía escapar, Rebeca
se agachó para poder hablarle de frente.
—Ahora tiene cuatro años
—dijo mientras la perra se tumbaba panza arriba para que la tocasen—. Mira,
¿ves? Le gusta que la acaricien. Se pone así para que le hagas cosquillas en la
barriguita, ¿lo ves? —La niña sonrió y la tocó—. ¿Cuántos años tienes tú?
La niña, abriendo los ojos
inmensurablemente, dijo con una sonrisa:
—Yo también tengo cuatro
años, y a mí también me gusta que me hagan cosquillas en la barriguita. ¿Verdad, papi?
Este, desde su altura,
sonrió. Adoraba a su hija por encima de todas las cosas.
—Vaya, vaya...
¿También tienes cosquillas,
eh? —
bromeó Rebeca mientras le
tocaba la barriguita a la niña y
esta se escondía detrás de
las piernas de su padre.
Pizza, al ver jaleo, se
levantó de un salto y se enredó entre
las piernas de
todos, y por
un rato los tres se estuvieron riendo de la situación.
—Mira, papi... como en la
película de 101 dálmatas
—rio la pequeña al verse en
aquella tesitura.
Cuando lograron
desenredarse y controlar la situación de la niña y la perrita, Paul dijo:
—Esta locuela es mi hija
Lorena. Y como podrás ver, es un terremoto, y está en la edad de no parar de
preguntar cosas —aclaró con una sonrisa en los labios.
Rebeca asintió y tuvo que
sonreír. El momento lo pedía. De pronto anunciaron por megafonía la llegada del
tren procedente de Barcelona. Rápidamente y sin pensarlo, al ver la oportunidad
de alejarse, dijo:
—Bueno, Paul, encantada de
haberte conocido. Por cierto, ¿te compraste la cazadora? —preguntó haciéndole
reír.
Paul iba a contestar cuando
se empezaron a oír las voces de un hombre llamándola. Era Kevin, que corriendo
se acercaba a su hermana. Rebeca, al verle agitó la mano y, tras mirar
a Paul y
a la niña,
se despidió de
ellos deseándoles un feliz
año nuevo. Después
corrió para abrazar a su hermano.
Paul la siguió con la miraba, hasta
que la niña volvió a atraer
su atención al empezar a dar chillidos.
Metros más atrás
una mujer les
saludaba; la madre de Paul.
—¿Pero quién es esta niña
tan preciosa? —preguntó
Tina, una mujer corpulenta
pero con una dulce voz.
—Soy yo, abuelita. Lorena
—contestó la cría abrazándola.
Paul, acercándose a su
madre, la besó con cariño y le dio el ramo de flores.
—Hola, mamá. Cada día estás
más joven y más guapa.
¿Qué tal el viaje?
—preguntó mientras cogía las maletas.
Tina miró a su hijo y ambos
comenzaron a hablar. Qué orgullosa estaba de él. Había sacado él solo adelante
a aquella chiquilla y eso le hacía feliz.
No muy lejos de ellos,
Rebeca estaba como loca con la llegada de
su hermano. Llevaba tres meses
sin verle, y quería aprovechar
cada segundo de su visita.
—¿Cómo está mi hermanita
pequeña? —sonrió Kevin abrazándola.
—Pues como verás, no creo
estar nada mal —señaló ella con voz de mujer fatal que les hizo reír a ambos.
Kevin, agachándose para
tocar a la perra, que saltaba y ladraba a su alrededor, saludó:
—Hola, Pizza. ¿Cómo estás,
loca?
Abrazados, se dirigían a la
salida de la estación cuando Rebeca oyó que una vocecita la llamaba. Se volvió
y era la niña, Lorena. Rápidamente la agarró de la mano.
—Pero cielo, ¿qué haces
aquí? ¿Dónde está tu papá? La niña, mirando a Kevin, respondió:
—Está allí con mi abuelita.
¿Quién es este señor? Sorprendidos por el desparpajo de la niña, los hermanos
se miraron y rieron.
—Lorena, te
presento a mi
hermano Kevin—
respondió Rebeca
agachándose.
Con una espectacular y
mellada sonrisa, ésta le miró y dijo:
—Hola, Kevin.
¿Tú también vienes
a pasar las
Navidades aquí?
Acercándose a la pequeña,
él sonrió y añadió:
—Pues sí, señorita. Vengo a
pasar las Navidades con mi hermanita y con Pizza. —Y, acercándose más a la
niña, le susurró—: Y bueno también para ver si tengo suerte y este año Papá
Noel o los Reyes Magos me
traen algún regalo.
—Tendrás que haber sido
bueno —cuchicheó la niña
muy bajito—. Porque si no,
ellos no se acordarán de ti. Yo he sido muy buena. ¿Y tú?
En ese momento,
como un vendaval se
acercó hasta ellos Paul quien, al
ver que su hija no estaba junto a él, se había angustiado. Pero se tranquilizó
al ver que estaba con Rebeca.
—Lorena —regañó Paul
mientras la cogía con fuerza da la mano—. No vuelvas a hacer esto. Nos has dado
un gran susto a la abuela y a mí.
—No te enfades, papi. Solo
quería decirle adiós a Rebeca y a Pizza —dijo la niña agarrándose al abrigo de
Rebeca.
Kevin miró a aquel hombre.
Su cara le sonaba ¿pero de qué? Y, agachándose de nuevo junto a la niña, le
cuchicheó:
—No tienes que volver a
darle un susto así a tu papá. Recuerda lo de ser buena.
Intentando no reír, Rebeca
se tapó la boca. Aquel gesto tan natural y aniñado hizo sonreír a Paul.
—Anda... es verdad
—cuchicheó la pequeña—. ¿Crees que
se enfadarán conmigo
por esto y
no me traerán regalos?
Paul fue a contestar pero
Rebeca se le adelantó.
—No te preocupes, Lorena.
Creo que no. Solo venías
a darnos un beso a Pizza y
a mí. Pero de todas formas, no lo tienes que volver a hacer o estoy segura de
que se enfadarán. ¿De acuerdo?
La niña asintió en el
momento en que su abuela llegaba.
—¡Lorena! ¿Estás
bien? —preguntó acalorada mientras se fijaba en cómo la niña
tenía agarrada a Rebeca
—. Disculpen.
Este pequeño diablillo
nos ha asustado. Estaba hablando
con mi hijo
y de pronto
desapareció. Menos mal que la encontraron ustedes. Lorena, suelta a la
señorita, no molestes.
Rebeca la miró y, ante la
atenta mirada de Paul, dijo:
—No se preocupe, no
molesta. Soy Rebeca —dijo tendiéndole la mano mientras observaba que unos
chicos que pasaban por su lado se paraban a mirarles ¿qué miraban?—. Este es mi
hermano Kevin, acaba de llegar en el tren de Barcelona.
—Encantada jovencitos. Mi
nombre es Tina. Soy la madre de Paul, y abuela de este trasto.
—La perrita
se llama Pizza —indicó
Lorena encantada.
—Oh, qué nombre tan
original —asintió la mujer—. Entonces este joven y yo hemos venido en el mismo
tren. Qué pequeño es el mundo, ¿verdad? —rio Tina pensado en
lo encantadora que era
Rebeca.
Paul y Rebeca se miraron y
sonrieron. Aquella frase ya la habían escuchado en menos de una hora dos veces.
—Bueno, nosotros tenemos
que irnos —anunció Rebeca—.
Encantada de haberla
conocido. Espero que pasen
todos juntos unas
felices Navidades. —Luego, mirando a la niña, se agachó y le dio
un beso—. Sé buena y seguro que te traen muchos regalos.
Una vez se hubo levantado,
miró a Paul y, sintiendo la boca
seca, solo pudo
decir un «hasta
pronto» entre susurros. Aquel
hombre, no sabía
por qué, la
ponía nerviosa. Mientras caminaba junto a su hermano hacia el coche,
Kevin, con una medio sonrisa, comentó:
—Hummm...¿Tienes algo que
contarme? Divertida por lo que decía, sonrió.
—Pero qué dices, tonto. Si
tuviera algo que contarte,
¿no crees que ya te lo
habría contado?
—Bueno, quizá tengas razón
—contestó sin darle importancia.
Pero mirándola de
reojo, se burló—: Tampoco creo que sea tu tipo.
Demasiado guapo. ¡Bah! Olvidémoslo. Vamos
a ver, ¿qué planes me tienes preparados para hoy, hermanita?
Entre risas y empujones,
como chiquillos fueron bromeando hasta su coche. No muy lejos de aquellos, Tina
y su nieta bromeaban y
caminaban junto a Paul. Éste, con disimulo
sacó su Blackberry
y apuntó la
matrícula del coche de Rebeca. De
camino a casa, Tina intentó sacar el tema de la estación. Aquella muchacha le
había causado buena sensación. Paul estaba pensativo, y conocía muy bien
aquella mirada de su hijo.
Algo trama, pensó Tina
complacida.
Capítulo 6
Los días junto a Kevin eran
diferentes. Su hermano era un muchacho muy divertido y extrovertido. Hablaba
con todo el mundo y era vivaz. Rebeca le veía guapo. Era alto, de pelo claro, y
ese aire aventurero que a todas las mujeres les solía gustar. No sabía si lo
veía así por amor de hermana, pero lo cierto era que Kevin tenía mucho éxito
con el sexo femenino. Todas querían hablar con él, y eso en ocasiones le
agobiaba.
Ángela insistió para que
acudieran a su casa y cenaran con
su familia en
fiestas tan señaladas.
Pero ellos declinaron su
ofrecimiento. Querían hacer algo diferente. Irían a cenar a una sala de fiestas
y disfrutarían después de la fiesta.
La noche
del 24 de
diciembre, como en
muchos hogares, Papá Noel
llegó. Esa noche,
Rebeca bajó a oscuras para dejar los regalos de Kevin y
Ángela bajo el árbol de Navidad. Sonrió para sus adentros al ver que su hermano
se le había adelantado. Con curiosidad, se sentó en el suelo y cogió el paquete
que tenía su nombre y lo tocó. Intentó adivinar qué era por el tacto, pero era
imposible. Como una niña pequeña, disfrutó el momento sin darse cuenta de que
su hermano estaba sentado en el
poyete de la ventana
fumándose un cigarro. La miraba divertido. Estaba graciosísima con su pijama de
corazones rojos y su melena suelta.
Tiene el
mismo pelo que
mamá , pensó mientras observaba que su hermanita ya era
toda una mujer.
—No lo acertarás por mucho
que lo toques —le dijo de pronto, sobresaltándola.
—Qué susto me has dado.
¿Cómo es que estás todavía despierto?
—¿Y tú? —preguntó riéndose.
Con gesto aniñado y
divertido, ella abrió los ojos y cuchicheó:
—No sé.
Quizá estoy nerviosa
porque viene Papá
Noel.
Kevin, acercándose
a ella, se
sentó en el
suelo y preguntó:
—¿Te has portado bien este
año? Ya sabes que si has sido mala te pueden castigar, o directamente pasar de
ti y no traerte ese fabuloso Ferrari rojo que tanto deseabas.
—Pero qué tonto eres —rio a
carcajadas.
Hablaron sobre sus vidas, y
a las seis de la mañana, se dieron
permiso el uno al otro
para abrir los
regalos.
Primero los abrió Rebeca.
En uno de los paquetes
había una preciosa y antigua hada de porcelana, y en otro unos pendientes, una
pulsera y un recoge-pelo de nácar. A Rebeca se le llenaron los ojos de
lágrimas.
—Caray... Kevin.
Gracias —susurró emocionada—.
¡Es todo precioso! —dijo
mientras se ponía los pendientes
—. Ahora tienes que abrir
el mío. Toma, ábrelo.
Kevin lo cogió e imitó los
movimientos que ella hizo horas antes. Lo tocó, lo movió. La estaba
imitando muy bien.
—Venga, ábrelo ya, tonto.
Kevin abrió el paquete tan
bien envuelto, y dio un fuerte silbido al ver la cazadora.
—Como diría Ángela: ¡Madre
del amor hermoso! Esto te ha tenido que costar un riñón y parte del otro. ¡Es
preciosa! —Rápidamente se la probó—.
¿Qué tal me queda?
—¡Genial! Estás guapísimo.
Kevin agachándose, la besó
con cariño.
—Gracias, cielo, me
encanta. Creo que hemos debido de ser muy buenos los dos este año —rio poniendo
voz de niño.
Rebeca, divertida, cogió un
cojín que había al lado y se lo tiró a la cabeza.
Capítulo 7
La mañana
de Navidad en
casa de Paul
Stone era un verdadero caos. Había montones de regalos
bajo el árbol. La mayoría, como era lógico, para Lorena. Cuando la niña se
despertó y vio tal cantidad de paquetes, se puso tan nerviosa que salió
disparada hacia el cuarto de su padre para llamarle.
—¡Papi... papi! Tienes que
levantarte y ver lo que hay debajo del árbol —gritó nerviosa—. ¡Venga,
levántate! Seguro que hay alguno para ti. Voy a avisar a la abuelita.
Era un gozo ver a la niña
tan contenta.
Paul adoraba a su pequeña,
y todo lo que hiciera por ella siempre se le hacía poco. Papá Noel aquel año se
había acordado de todo. Y cuando de entre los regalos apareció un perro de
peluche, la niña miró a su padre y sentenció:
—Le voy a llamar Pizza,
como la perrita de Rebeca.
¿Cuándo vamos a volver a
verlas? —le miró esperando respuesta—. A mí me gustó mucho la perrita. ¿Puedo
tener yo también un perro de verdad, papi?
Sorprendido por aquello, la
miró y respondió antes de besarla en la frente:
—De momento, princesa,
tienes que conformarte con tu nuevo perrito.
Por la tarde, Paul salió a
dar una vuelta con el coche.
La tarde anterior había
llamado a un amigo que trabajaba en la DGT. Necesitaba saber la dirección que
correspondía a la matrícula de un coche. Se dio un par de vueltas por
Majadahonda, hasta que dio con el adosado donde ella, Rebeca, vivía.
Una casita modesta, pero
bonita. En el pequeño patio delantero vio un chuchurrío muñeco de nieve. Se
imaginó que lo había hecho ella y sonrió. Le apetecía muchísimo verla y
conocerla. Pero no sabía qué
pretexto usar para llamar a su puerta. Al final, tras mucho
pensar, decidió regresar a su casa. Se sentía un poco ridículo ante la
situación.
Como Rebeca había previsto,
Ángela se escandalizó cuando vio los pendientes que le había comprado. Se echó
las manos a la cabeza y protestó por el carísimo regalo hasta
que se quedó
sin saliva. Pero acto
seguido se la comió a besos.
Kevin, que la adoraba
también, le había traído un jersey beige
de angorina que la mujer
le agradeció con achuchones y besos. Ella también les
había traído sus regalos: una cartera
de piel muy
bonita y un
juego de guantes y bufanda para
Kevin, y un bolso para Rebeca que sabía que le gustaba. Les llevó parte del
pastel que había
hecho en su casa y
desayunaron los tres juntos entre sus risas y los ladridos de Pizza, que
también estrenó su nuevo cazo amarillo.
Los días pasaron y llegó la
última noche del año, Nochevieja. Rebeca se puso su vestido nuevo, junto con
sus pendientes de nácar y cuando su hermano la vio, dio un gran silbido y
bromeó diciendo que esa noche no iba a dejar que bailara con nadie, excepto con
él.
A las nueve tenían reserva
en una de las grandes salas de fiestas de Madrid. Primero cenarían y luego
habría cotillón hasta altas horas
de la madrugada.
Durante la cena
lo pasaron de maravilla. Hacían una pareja muy bien avenida. A las 23:59
las luces se apagaron, la gente empezó a contar hacia atrás y al momento todos
se besaban deseándose un feliz año nuevo 2011. Emocionados, se abrazaron, y
cuando comenzó la música todos comenzaron a bailar.
Una hora después, agotada
por tanta salsa y merengue, Rebeca
se sentó durante
unos instantes a
descansar mientras disfrutaba de su rico cóctel Cointreaupolitan. Con
una sonrisa, miró a su hermano bailar con una rubia que llevaba toda la noche
mirándole. Al verla sentada, varios hombres la animaron a bailar, pero ella,
con una sonrisa, les rechazó. Necesitaba descansar.
Desde su mesa recorrió con
la mirada todo el local. La
gente estaba como loca
bailando y divirtiéndose. Aunque había para todos los gustos. Gente bailona,
gente triste e incluso llorando o borracha perdida. Se fijó en la entrada del
local. Entraba un grupo de gente, y de pronto, en medio de ese grupo distinguió
a Paul.
Ay, Dios mío, nooooooo.
¿Por qué me lo tengo que cruzar otra vez?, pensó al verle.
Pero sintió curiosidad por
ver en qué lugar se sentaba y le siguió disimuladamente con la mirada.
Vale... vale... está lo
suficientemente lejos como para que no me vea, caviló sin quitarle ojo.
No podía dejar de mirarle.
Estaba realmente
guapo con su
esmoquin negro. Le llamó la atención la morena que había a su
lado y que le tocaba con demasiada familiaridad.
Bueno... bueno... ¡Seré
idiota! Pues no me estoy poniendo
celosa. Como diría
Ángela: ¡pa matarme! pensó mientras fruncía el ceño y se
metía entre pecho y espalda otra copa de champán. Kevin, al verla con el ceño
fruncido, se acercó.
—Rebeca, ¿qué pasa?
—preguntó mirando alrededor pero sin reparar en Paul.
Que soy imbécil.
—Oh... nada. Las burbujas,
que me están comenzando a atocinar.
—¿Quieres que nos vayamos a
casa? Ella le miró y haciéndole reír respondió:
—¡Pero qué dices! Irnos
ahora con la buena música que están poniendo. Venga, vamos a bailar.
Con gesto divertido Rebeca
metió a su hermano entre el barullo de gente. Necesitaba pasarlo bien y
especialmente olvidarse de que aquel tipo estaba allí. Bailaron merengue,
hip-hop y, sin saber por qué, Rebeca se fue enfadando cada vez más. Cada vez
que miraba hacia donde estaba Paul y le veía rodeado de muchachas riendo, o con
la morena tocándole el pelo, se ponía enferma. De pronto cambió la música y
el ritmo, y se dio
paso al romanticismo.
Los focos del local se atenuaron propiciando un ambiente más íntimo.
Rebeca bailaba entre los brazos
de su hermano. Pero de pronto se
sobresaltó al ver demasiado cerca a Paul con la morena, y temió que la fuera a
reconocer.
—Kevin, estoy un poco
mareada. ¿Te importaría llevarme a casa?
Preocupado por ella, Kevin
la sacó de la pista.
—¿Te encuentras mal?
—No, tranquilo —cuchicheó
medio escondiéndose—. Toma. Ve a recoger los abrigos, te espero en la salida.
Así me da el fresquito de la noche, ¿de acuerdo?
Kevin asintió con la cabeza
y se dirigió a guardarropía. Rebeca,
con paso acelerado,
caminaba hacia la
salida cuando alguien la
cogió suavemente del
brazo; ella se volvió y allí estaba él.
Oh... no... oh... no, pensó
al tenerle tan cerca.
—Feliz año nuevo, Rebeca
—susurró Paul.
La había visto salir de la pista con su hermano y no podía creerse que de nuevo tuviera la
oportunidad de encontrarla. Por ello, y sin importarle la chica que dejó sola en la pista, la siguió
hasta que la alcanzó. La miraba hipnotizado.
Estaba preciosa con
ese vestido y
con el cabello sobre los hombros.
Por un momento pasó por su cabeza la idea de
besarla, pero prefirió
contenerse. No sabía cómo podría
reaccionar.
—¡Feliz año nuevo, Paul!
—dijo tratando de hacerse la sorprendida—. ¿Qué haces tú por aquí? Creía que
ibas a pasarlo con tu familia.
—He venido con un grupo de
amigos —contestó señalando hacia donde estaban—. ¿Quieres que te los presente?
—dijo devorándola con la mirada—. O
mejor. Ven conmigo, te invito a una copa.
Sin soltarla, él se dirigió
de nuevo al interior de la sala, pero ella, con un rápido movimiento, se soltó
y se separó.
—No, gracias, Paul, ya me
iba —contestó mirándole a
los ojos—. Llevo aquí desde
las nueve de la noche y ya son las seis de la mañana. ¡Estoy agotada! Y lo que
más me apetece en este momento es llegar a casa, quitarme los zapatos, que me
están matando, y meterme en la cama... Por lo tanto, adiós... me esperan. Me
tengo que ir.
Incrédulo por cómo se lo
había quitado de encima, la miró. ¿Quién la esperaba? No quería que se
marchara. Le apetecía estar con ella y, asiéndola del brazo, sentenció:
—Te acompaño
hasta la puerta. —Necesitaba saber qué tipo, además de su hermano, estaba
con ella.
Molesta, le miró y apuntó:
—Paul, no hace falta. Sé
cuidarme yo sola. De pronto apareció Kevin con los abrigos.
—¡Paul! —saludó
afectuosamente—. ¡Feliz año! Qué coincidencia estar todos en la misma fiesta.
Pero al ver la expresión de
su hermana supo que debían desaparecer de allí cuanto antes, así que dijo:
—Pero es una pena. Ya nos
vamos. Estamos agotados. Paul, sin darse por vencido, comentó:
—Le estaba pidiendo a
Rebeca que os quedaseis cinco minutos. Os invito a una copa.
En ese momento
la morena se acercó por
detrás, le cogió
cariñosamente por la cintura y, apoyándose en el
brazo de él,
sonrió, mimosa. Aquello no le
hizo mucha gracia a Paul, y aún
menos al ver la expresión sombría de Rebeca.
—Pues va a ser que no
—remarcó Rebeca con frialdad
—. Estamos cansados, y ya
que estás tan bien acompañado, te dejamos
en buenas manos. Adiós, Paul. Que lo pases bien.
Sin darle tiempo
a decir nada más, Rebeca se
dio la vuelta y salió por la puerta del
local. Kevin, incrédulo por cómo se había comportado su hermana, sonrió. Le
había recordado a su madre. Kevin
se volvió hacia
un boquiabierto Paul, que en ese momento le indicaba a la morena que le
esperase en la mesa.
—Bueno, Paul, en tres días
regreso a Berlín. De todas formas
—dijo sonriéndole—, encantado
de haberte conocido. Por
cierto, ¿Papá Noel
se acordó de
traerle cosas a Lorena?
Paul sonrió al pensar en su
hija.
—Más de las que necesita
—dijo mientras se estrechaban la mano.
Incapaz de marcharse sin
obtener una respuesta, Kevin, acercándose a él, le preguntó directamente:
—Una cosa más, Paul. ¿Estás
casado o algo por el estilo?
—Divorciado —contestó, al
entender lo que quería saber.
Tras retirarse
el pelo de la
cara, Kevin sonrió, miró hacia la puerta por donde había desaparecido su
hermana, e indicó sin dejar de sonreír:
—Si realmente te gusta,
adelante, ve a por ella. Pero como la hagas sufrir, vendré y te daré la mayor
paliza que te han dado en tu vida.
Ambos se estrecharon la
mano y Paul le vio alejarse mientras en su boca bailaba una sonrisa.
Capítulo 8
Las fiestas pasaron y Kevin
se marchó con ellas. El trabajo volvió a la normalidad y, con ello, el
agotamiento diario. Una mañana muy fría salió con desgana hacia la oficina.
Sabía el duro día de trabajo que la esperaba. Con seguridad, el señor Cavanillas
convocaría una reunión sorpresa. La crisis
y su reducción de personal.
Aquello era un tema sobre el que
no había querido pensar
durante las vacaciones.
Le dolía pensar en lo poco
humana que se volvía la gente cuando escalaba niveles en la empresa. Recordaba
cuando ella comenzó como recepcionista. Era duro trabajar diez horas al
día, y por
la noche estudiar
en casa en la
universidad a distancia. Con el tiempo, ascendió a auxiliar y, cuando por fin
terminó la carrera de Derecho, se sintió la mujer más feliz del mundo. ¡Era
abogada!
Lo malo era trabajar con un
jefe como Cavanillas. Un hombre sin escrúpulos y a quien no le hizo gracia que
fuera una mujer y no un hombre uno de los nuevos abogados de la empresa.
Siempre la miraba como si por ser mujer fuera inferior. ¡Machista! De hecho,
intentaba darle los trabajos menos importantes, mientras que a Richard, otro
abogado, le trataba con todos los honores.
Sabía que por la oficina se
comentaba lo mucho que le gustaba a Cavanillas hacerla de menos. Al principio,
la mayoría de los trabajadores
la miraban con pena. Pero, poco a
poco, todos se habían dado cuenta de que ella era paciente y lista. Solamente
tenía que esperar a que llegara su oportunidad. El tal Richard era un hombre
insoportable, medio tonto, pero que se creía alguien desde que le habían
ascendido. Muchas veces, mientras ella se quedaba en la oficina comiendo un
sándwich, veía cómo Cavanillas salía con Richard para comer. ¡Comidas de
negocios!, decían ellos. Ella ya se había acostumbrado a ese tipo de
indiferencia, y se lo tomaba con humor.
Aquella mañana fría llegó
antes que Belén, su secretaria. Se sentó en su mesa y se vio envuelta en
montones de papeles. A las ocho y media llegó Belén, que se emocionó al
encontrar encima de su mesa un regalo de parte de su jefa.
La mañana transcurrió con
normalidad hasta que entró
Belén hecha un manojo de
nervios.
—Rebeca, tienes
que ir al
despacho del señor
Peterson urgentemente.
—¿Qué pasa? —preguntó
extrañada mientras se levantaba y se dirigía hacia ella.
—No lo sé. Pero creo que es
algo relacionado con el
viaje que tenían que hacer
Peterson, Cavanillas y Richard a la convención anual de París. Al parecer,
Richard no tiene las estadísticas de
este último año y Cavanillas está que arde. Peterson las está pidiendo desde
hace una semana.
Eso significaba
problemas incluso para
ella. Rápidamente se dirigió a su mesa y sacó una carpeta con varios CD.
Allí tenía las estadísticas de los cuatro últimos años. Algo que no le había
resultado nada fácil conseguir. Según
el señor Cavanillas,
aquello no era de su incumbencia. Siguió mirando y recordó que
ella había ido preparando una estadística del último año. De pronto, allí
estaba lo que buscaba.
Levantó la mirada y fijó la
vista en Belén. Tendiéndole el CD, y con voz temblorosa pero decidida, susurró:
—Diles que en diez minutos
estoy allí. Sácame varias copias de lo que hay en este CD. Rápido.
Belén salió del despacho
dejando a Rebeca sumida en un mar de dudas. No sabía si estaba bien lo que iba
a hacer, pero se daba cuenta de que era el momento que llevaba tiempo
esperando. Apartó los papeles que tenía en la mesa dejándolos a un lado, y, por
un momento, miró la foto de su madre. Contemplarla le daba fuerzas. Un minuto
después entró una nerviosa
Belén con las
copias que le
había pedido. Las repasó durante unos segundos comprobando las
estadísticas de los últimos años junto con las del presente.
Menos mal que soy ordenada
y me gusta llevarlo todo
al día, pensó al imaginar
que aquello acabaría en la mesa del jefazo Peterson.
Tomó aire y, ante la atenta
mirada de Belén, murmuró todo lo tranquila que pudo:
—Llama a Susana, y dile que
voy hacia allí.
Belén salió disparada y
cuando Rebeca se dirigía hacia el
despacho del jefe, Belén la llamó. Rebeca se
volvió hacia ella.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó
con el corazón a mil. Su secretaria se acercó y, le dio un cariñoso apretón en
el hombro.
—Solo era para decirte que
están todos los jefazos —
susurró.
Ay, Dios mío, pensó
mientras el estómago le crujía.
Por un
momento, deseó no
haberse levantado de la
cama. Ella no era responsable de lo que
estaba pasando, pero intuía que Cavanillas trataría de perjudicarla.
—De acuerdo. Espérame aquí
por si te tengo que llamarte para algo, ¿de acuerdo?
—Aquí estaré —contestó
cogiéndole las manos para infundirle ánimos—. Y piensa: eres la mejor. La más
lista y la más profesional. Machaca a ese imbécil de Richard.
—Gracias, Belén —sonrió.
Mientras subía en el
ascensor a la planta presidencial, notó que las rodillas le temblaban.
Ains... madre,
qué tensión , pensó
agarrada a la barandilla.
Cuando se
abrieron las puertas
del ascensor vio a
Susana, una antigua compañera de sus principios en la empresa. Una chica muy
guapa que había ascendido gracias a lo bien que se lo montaba entre las
sábanas. Era la secretaria del jefazo, Peterson.
—Señorita Rojo —saludó con
profesionalidad—. La están esperando en la sala de reuniones. Sígame, si es tan
amable.
Mientras se
dirigían hacia la sala, Rebeca
empezó a sentir náuseas.
Tenía que controlarse.
Cuando llegaron frente a la
puerta de la sala, y antes de abrirla, Susana se acercó a ella y, muy bajito,
cuchicheó:
—A por ellos, que tú
puedes.
Aquello le renovó las
fuerzas. Tras asentir y sonreír, Susana tocó la puerta con los nudillos; luego
la abrió.
—Señorita Rojo, pase y
siéntese —saludó Peterson con
amabilidad.
—Gracias, señor
Peterson —sonrió agradecida,
aunque al punto del
infarto.
Luego, mirando al resto de
los hombres, dijo:
—Buenos días, señores.
Acto seguido
Cromwell, uno de los consejeros,
se dirigió a ella,
le indicó que
estaba encantado de que
personas del sexo
opuesto y tan jóvenes comenzaran
a formar parte de
los puestos de
responsabilidad de la empresa. Tras aquello, le preguntaron por
sus estudios, y poco después comenzaron a hablar del tema que les preocupaba:
las estadísticas.
—Creo que hace una semana
más o menos —señaló Peterson mirando a Cavanillas, Richard y Rebeca—, les
pedimos las estadísticas que todos los años llevamos a la convención de París.
Cavanillas estaba inquieto
en su sillón y no paraba de moverse. Miraba fijamente a Richard, quien a su vez
intentaba evitarle con la mirada. El responsable de las estadísticas era él.
Solo él.
A Rebeca le sudaban las
manos. Había un silencio incómodo y se esperaba que alguien comenzara a hablar.
Se le comenzó a resecar la boca. Necesitaba un trago de agua. Miró y vio que
había varias botellitas de agua y vasos en una bandeja. Estiró la mano para
coger una botella y un vaso, y se sirvió agua.
Se percató,
por el rabillo
del ojo, que
Cavanillas la
miraba, pero también se dio
cuenta que aquel, delante de Peterson, no la trataba tan despectivamente como a
solas o delante de los
otros empleados. Esa
era una baza
que Rebeca tenía a su favor. Cuando hubo bebido agua, miró los papeles
que estaban encima de la mesa, y dijo:
—Yo... me he permitido
traer unas estadísticas que he ido
confeccionando a nivel
particular en estos
últimos años. La de este año aún no la he evaluado... pero creo que les
puede servir como referencia.
Se levantó y dio una copia
a cada uno de ellos sin excepción. Echaron una rápida ojeada a los papeles que
ella les entregó, y al cabo de unos minutos, que le parecieron una eternidad,
Peterson la miró y la preguntó:
—Señorita, ¿le
apetecería venir con
algunos consejeros y conmigo a la convención de París?
¡Sí... sí... sí! quiso
gritar Rebeca, pero no lo hizo.
No lo
podía creer; el
jefazo se lo
estaba pidiendo. Llevaba años
anhelando ir, y allí estaban,
pidiéndole que fuera con ellos en
calidad de abogado.
—Claro está —siguió
hablando Peterson—, tiene tres semanas para sacar las estadísticas definitivas.
También nos interesaría tener un posible proyecto sobre las ventas a alcanzar
el año que viene.
—Un momento
—habló Cavanillas mientras
se
levantaba—. Creo haber
entendido que irán a París usted, los
consejeros y la señorita
Rojo. ¿Solamente ustedes?
¿Por qué
me excluyen? Nunca
le he fallado
en los veinticinco años que llevo
trabajando con usted en la empresa. No creo que esto sea un pago acertado a mis
servicios prestados.
Todos le miraron
directamente y Rebeca tragó saliva.
—Querido Cavanillas...
—sonrió el jefazo—,
tengo que disculparme. En ningún momento he
intentado excluirte del grupo. Siento que me entendieras mal. Simplemente
hablaba con la señorita Rojo y creí oportuno invitarla a
que nos acompañase,
pero sin ánimo
de ofenderte, querido amigo. Damos por hecho tu asistencia, que para
nosotros es valiosísima.
Pero al igual
que contamos contigo, también
tengo que decir
—miró fijamente a Richard— que en este viaje no contaremos con su
presencia, Richard. Creo que sobra decir que sabemos que, para Cavanillas,
usted es un número uno. Pero para ser un número uno en una empresa competitiva
como esta, hay que demostrarlo día a día, y más cuando se trabaja al nivel que
se trabaja aquí. Le hemos dado un cargo de responsabilidad, y creo que puedo y
debo decirle que nos ha decepcionado. No solamente por no tener preparadas las
estadísticas anuales de ese año, también por los múltiples escándalos de faldas
con los que se le relaciona. Quiero decirle que sus escarceos amorosos no nos
interesan. Pero
en interés de nuestra
empresa, no nos beneficia que le relacionen a usted con las empresas Owlson.
Por lo tanto, y sintiéndolo mucho, tenemos
que comunicarle que
su contrato quedará rescindido
a partir del
día uno del próximo mes.
Boquiabierto, Richard miró
a Cavanillas para pedirle ayuda. Pero este desvió la mirada hacia otro lugar.
Sabía que tenían razón, pero nunca imaginó que Cavanillas, al que consideraba
un colega, fuera a reaccionar así. Conocía muchas cosas que podrían perjudicarle
sacándolas a la luz en el momento que él quisiera. Le estaban despidiendo, y
Richard, incrédulo, veía cómo aquel no hacía nada por ayudarle. Pero no, no
estaba dispuesto a irse así, sin más. Ese viejo zorro se las iba a pagar.
De pronto Richard se
levantó y se dirigió hacia los grandes ventanales. Se estiró la chaqueta de su
caro traje y volviéndose hacia ellos con aire aparentemente tranquilo, dijo:
—Muy bien. Me echan. —Y
mirando a Cavanillas, gritó—: ¡¿No vas
a decir nada?!
Te vas a
quedar tan tranquilo mientras mi
futuro se va al garete. Pensé que eras mi amigo, además de mi jefe.
Cavanillas le clavó una
dura y fría mirada y contestó:
—Richard, sabes
que últimamente te he advertido varias veces
respecto a tus
salidas nocturnas. Te
había
dicho que
fueras más discreto
porque esto podía pasar. Sabes que nos habían pedido las
estadísticas y tú eras el responsable
de ellas. Pero últimamente
estás fallando y aquí solo queremos los mejores y...
—¿Y qué, viejo zorro?
—interrumpió Richard, fuera de sí—. Quiero
que sepas que
si yo caigo,
caerás tú también. —Mirando a
Rebeca, se dirigió a ella enfurecido
—: Mira, preciosa, yo ya no
tengo nada que perder, pero ten cuidado. Nunca te fíes de un superior que te
trate como a un igual, ese ha sido mi fallo. No lo cometas tú.
Con la poca dignidad que le
quedaba, se dirigió hacia la puerta y cuando llegó hasta ella se volvió y
aclaró:
—Recogeré mis
cosas hoy mismo.
No estoy dispuesto a ser el
hazmerreír de esta empresa. Pónganse en contacto con el departamento de
personal para que vayan preparando mi liquidación, y que sepan que no estoy
dispuesto a aceptar
cualquier miseria. Espero
que lleguemos a un buen acuerdo económico, si no quieren que me querelle
contra ustedes. Buenos días.
Se dio la vuelta y, dando
un portazo, se marchó. Rebeca, horrorizada por lo sucedido, no entendía nada.
Peterson y los consejeros miraron a Cavanillas, esperando a que este aclarara
ciertas cosas que había dicho Richard.
—¡A esta rata
la voy a hundir! —voceó
Cavanillas
levantándose indignado—.
No va a
volver a encontrar trabajo nunca. —Luego, mirando a
Peterson, dijo—: Respecto a lo que dice de querellarse, no tenemos que
preocuparnos de las
posibles injurias que
ese individuo pueda decir
de nosotros. Tengo
ciertas informaciones sobre ese
cabrón que le podrán callar la boca. Más le vale no crear problemas.
Pasados los primeros
minutos de tensión, Peterson se dirigió
a Rebeca para
darle instrucciones del
viaje. Le indicó que la querían
más cerca de ellos. Pronto empezaría la mudanza para ella a la planta
presidencial.
El jefazo le preguntó si
quería cambiar de secretaria o prefería quedarse con la que tenía. Ella, sin
dudarlo, afirmó que Belén era la mejor secretaria que podía tener. Aclarada la
situación, Peterson llamó por el interfono a Susana, su secretaria, quien
segundos después entró en la estancia y tomó notas de lo que su jefe le
indicaba sobre los nuevos cambios
en cuanto a
la Asesoría Jurídica.
Tras haber apuntado todo, Susana
se dirigió a la salida y, cuando pasó al lado de Rebeca, le guiñó un ojo con
complicidad.
—Rebeca, ¿puedo tutearla?
—preguntó Peterson mientras se levantaban. Ella asintió—. Creo que en unas
semanas, una vez finalizadas las obras, tú y tu secretaria podréis acomodaros
ya en los nuevos despachos.
—Muchas gracias, señor Peterson —asintió aún sin
creer lo que había pasado.
El jefazo abrió las puertas
de la sala y la invitó a salir mientras decía:
—Me imagino que ya sabías
que habría una nueva reestructuración en esta planta para poder ubicaros.
Rebeca se encogió de
hombros mientras por el rabillo del ojo miraba a Cavanillas, que seguía
discutiendo con Cromwell, uno de los consejeros.
—Ven —invitó
Peterson—. Vamos a ver los despachos. Aunque, lógicamente, querida,
están aún sin terminar.
Se dirigieron hacia una
parte de la planta que hasta entonces había estado cerrada. Rebeca no podía
creer lo que veían sus ojos. Allí estaba el despacho que ella siempre había
anhelado: grandes ventanales y amplio espacio para habitar. Nada que ver con la
pecera en la que hasta el momento había trabajado.
A través de uno de los
ventanales se veía la Puerta de Alcalá. Por un instante notó que los ojos se le
llenaban de lágrimas, pero en ese momento intervino Peterson.
—Tenemos que
encontrar más personal
para la Asesoría. Habrá
que buscar dos
abogados más y por
supuesto dos secretarias. Mientras los seleccionamos, la obra habrá
llegado a término.
Pero ellos no
estarán
ubicados hasta que no
volvamos del viaje a París. Este — comentó indicándole uno de los despachos— es
tu futuro despacho, Rebeca. ¿Qué
te parece? Creo
que en el momento
en que pongas
tu toque femenino
quedará perfecto, ¿no crees?
—¿Este será mi despacho?
—preguntó sin creérselo
—. Pero si es el más
grande.
—¡Claro que sí! —asintió él
con naturalidad—. Tienes que dar buena imagen cuando hagas las entrevistas y la
selección de tus futuros ayudantes en la empresa.
—¡¿Qué?! —exclamó en un
hilillo de voz sin entender
—. Pero el señor
Cavanillas... Él es el encargado de las entrevistas para acceder a este
departamento. ¿Qué va a decir? —preguntó horrorizada—. Yo... yo no sé si estaré
al nivel de poder decidir quién es mejor que otros. Yo...
Peterson, consciente de los
miedos de aquella joven, le interrumpió con una sonrisa.
—Rebeca, quiero gente
nueva. Gente emprendedora y que sepa aprovechar la oportunidad que le vamos a
ofrecer. Estamos pasando un
momento de crisis
mundial, y no quiero
que eso afecte
a mi empresa.
En definitiva, buscamos un buen
equipo, y quiero que seas tú quien cree ese equipo.
Las manos le sudaban como
nunca.
—Yo... me siento muy
honrada y...
—Mira, Rebeca, te confesaré
algo. En este último año, aunque tú no lo supieras, te he estado observando. Sé
la cantidad exacta de veces que Richard te ha pedido ayuda, y tú le has ayudado
desinteresadamente. Tengo buenos informadores. —La miró sonriendo—. Tampoco
creas que no he notado el poco interés que Cavanillas ha mostrado hacia tu
trabajo por tu condición de ser del sexo femenino. En la reunión dije que
Cavanillas consideraba a Richard un número uno, pero creo que ese calificativo
te corresponde a ti. Solo quiero, y
necesito, que respondas como hasta ahora. La única diferencia que habrá
entre antes y ahora es un ascenso en tu carrera. La oferta que te estoy
haciendo es interesante para ti y tu futuro, y no creo que seas tonta y vayas a
desaprovechar esta oportunidad. —Ambos sonrieron—. En lo que se refiere a
Cavanillas, no te preocupes. Ahora tengo una reunión con él y le ofreceré un
puesto que lleva tiempo ambicionando en Barcelona. Por supuesto, dentro
del departamento Jurídico.
—Mirando hacia atrás, Peterson vio que los otros se acercaban y
cuchicheó en confianza—: Todo depende de ti. Si eres la persona que creo que
eres, aceptarás este reto. Si necesitas hablar
algo más con
respecto al tema,
solo tienes que ponerte
en contacto con Susana y te
dirá dónde encontrarme. Espero tu contestación de todo lo que te he
expuesto después del viaje a París —dijo
tendiéndole la mano para despedirse de
ella.
Dándose la vuelta, el
jefazo se dirigió hacia Cavanillas y Cromwell. Estos se despidieron de ella y
se encaminaron hacia el ascensor charlando, mientras ella se quedaba sola y
sumida en un mar de dudas. Volvió
a dirigirse hacia su futuro despacho. Pasó por encima de unos tablones que había en el suelo y, mirando la Puerta de
Alcalá, pensó que esta era su oportunidad; lo que llevaba tiempo esperando.
Poco a poco sus pulsaciones se normalizaron y comenzó a sentir ganas
de bailar. Casi
no se lo podía creer
y se pellizcó para ver si estaba
soñando.
En ese momento
se acordó de
Belén, y sintió unos deseos enormes de contárselo. Se dirigió
hacia el ascensor y, mientras esperaba, miró a ver si alguien podía verla en
ese momento; cuando se cercioró de que no había nadie, dio un chillido de
alegría y saltó. Las puertas del ascensor se abrieron y, muerta de risa, se
metió corriendo en él. Cuando llegó a su planta, allí estaba esperándola Belén,
que rápidamente se levantó de su mesa al verla. Rebeca, muy seria, pasó por su
lado y le dijo que entrara en su pecera. Esta, rápidamente, cogió un cuaderno y
un bolígrafo y la siguió.
—Bueno, Belén —dijo
sentándose—, no sé cómo decirte esto pero... ¿Qué te has traído de comida hoy?
Con los nervios de punta y
sin entender nada respondió:
—Dos sándwich de jamón y
queso. ¿Tienes hambre?
¿Quieres uno?
—No... —respondió
Rebeca mientras empezaba
a tener un ataque de risa.
—¿Qué pasa? Cuéntame —rogó
Belén—. He visto a
Richard salir hecho una
furia.
Pero Rebeca no podía parar
de reír. Y su secretaria no sabía qué pensar.
—¡Por Dios,
Rebeca, me estás
asustando! No nos habrán despedido, ¿verdad? Ay, Dios...
que tengo que pagar la hipoteca. ¿Se puede saber qué es lo que ha pasado?
Rebeca levantándose, aún
muerta de risa, cogió el bolso y el abrigo y dijo:
—Vámonos. Te invito a comer
en el Vip´s. Tengo que contarte muchas cosas, y te aseguro que te van a gustar.
De camino al ascensor, de
pronto Belén se paró en seco y, dando un grito, se abrazó a su jefa. Los que
andaban por la planta las
miraron, pero a
ellas les daba
igual. Comenzaban el año bien y con un prometedor futuro por delante.
Al día siguiente todos
entendieron la alegría de las dos muchachas,
aunque, como siempre,
hubo quienes envidiaron su
suerte.
Capítulo 9
A partir de ese ascenso los
días para Rebeca empezaban muy temprano y terminaban, la mayoría de las veces,
demasiado tarde. Su vida dio un giro de ciento ochenta grados. Tenía que
terminar las estadísticas, ultimar los preparativos del viaje a París, estaba
pendiente de la finalización de las obras en los despachos, y sabía que en
cuanto regresara del viaje tendría que encargarse de la contratación de los
nuevos abogados. No tenía tiempo para nada más, casi ni para Pizza.
En las escasas ocasiones
que se relajaba en su casa, por su mente se cruzaba aquel hombre, Paul. Cerraba
los ojos y le veía con aquel traje negro en la fiesta, pero inmediatamente en sus
divagaciones irrumpía la morena
que se había acercado a él. Cada vez que lo recordaba, se regañaba. No debía
pensar en él. Seguramente no volvería a verle en su vida. Lo que ella no sabía
era que aquel hombre que ocupaba ocasionalmente sus pensamientos, a menudo la
veía regresar a su casa por las noches. La esperaba dentro del coche, con la
intención de reunir valor para acercarse a ella, pero ese valor se esfumaba en
cuanto la veía aparecer.
Pasaron las semanas y con
ellas el viaje a París, que fue todo un éxito. Un sábado, cuando se dirigía a
casa de su
amiga Carla, decidió pasar
a una tienda infantil para comprarle
algo a Noelia,
la hija de
Carla. Ella era la
madrina de la pequeña. Una preciosa niña pelirroja de once meses, nacida de la
relación entre Carla y Alfonso.
Entró en la tienda decidida
a comprarle una preciosa camiseta
de gatitos que
había visto en el
escaparate y, cuando se dirigía a
la caja para pagarlo, vio unos muñecos graciosísimos. Estaba
agachada mirándolos de
cerca cuando oyó una voz familiar; se volvió y vio a Lorena, la hija de
Paul, con una chica de su edad más o menos.
¡Increíble!
Cuando se cercioró de que
no estaba su padre con ella, se acercó para saludarla.
—Pero bueno, ¡mira quién
está aquí! —dijo agachándose a su lado.
La niña, al verla, y sobre
todo al reconocerla, sonrió y la abrazó con fuerza.
—¡Rebeca! —gritó encantada.
Y mirando a los lados, preguntó—: ¿Dónde está Pizza?
—En casa, cielo. Ella no
puede entrar en las tiendas, es muy juguetona y lo tiraría todo. ¿Qué tal
estás, preciosa?
—Yo bien, pero... ¿por qué
no vienes nunca a casa? — preguntó arrugando el entrecejo—. Papi me dijo que
como tenías mucho trabajo no podías venir. Pero yo quiero que
vengas y traigas a Pizza.
Rebeca sonrió nerviosa ante
las cuestiones que le planteaba aquella pequeña, y para cambiar de tema le
preguntó:
—¿Dónde está tu abuelita,
cariño? Por cierto, ¿se acordó Papá Noel de ti?
—Oh sí...
—asintió la cría
abriendo desmesuradamente los ojos—. Me trajo muchas cosas, incluso un
perrito de peluche que se llama Pizza.
—Vaya... ¡eso es genial!
—rio Rebeca.
—También me trajo la Barbie
mechones de moda, la casa rosa de Barbie, incluso una moto de verdad para mí —
añadió orgullosa—. Pero ha dicho papi que es para cuando vayamos a la casa del
campo. ¿Y a ti qué te trajeron?
Con gesto desenfadado
Rebeca sonrió y respondió:
—Pues un hada preciosa, un
bolso, unos pendientes y cositas que necesitaba.
—A mi papi también le
trajeron cosas. Mi abuelita le pidió que le trajeran una corbata, una camisa y
unos libros, pero deben de ser muy aburridos.
—Aburridos... ¿por qué?
—sonrió Rebeca.
—Por la noche, papi se pone
a leer, pero yo veo que no mira hacia donde están las letras. Además, siempre
está en la página que pone un cinco y un ocho. Yo creo que es un libro muuuuuy
aburrido.
Rebeca soltó una carcajada.
Esa cría y su manera de explicarse era genial.
—Pero yo le regalé una cosa
que sí le gustó. ¿Sabes lo que es? —divertida, Rebeca negó con la cabeza—. Es
un muñeco que hice en el cole. Lo hemos puesto en la entrada de casa, y sirve
para colgar las llaves del coche. Cuando se lo di, me dijo que era su regalo
preferido.
—Pues claro que sí, cariño,
no lo dudes —dijo una voz profunda detrás de ellas.
Paul llevaba
rato observándolas. Estaba
comprándole ropa a Lorena cuando se dio cuenta de que se había dejado la
cartera en la guantera del coche. Pidió a una de las dependientas que cuidara
un momento de la niña mientras se acercaba al coche, y cuando volvió a la
tienda no daba crédito a lo que sus ojos veían.
¡Allí estaba ella!
Tan preciosa como todas las
veces que la había visto. Vestida
con unos vaqueros,
una cazadora azul,
unas deportivas blancas, y el pelo recogido en una coleta alta. Era una
belleza natural. Aunque
tenía la mirada
algo
apagada. Se la veía
cansada.
Al escuchar aquella voz, a
Rebeca se le puso la piel de gallina, y pensó vaya por Dios.
—¡Papi! —gritó
la niña encantada—.
Me he encontrado a Rebeca, pero
no está Pizza.
Ella se incorporó como pudo
y, levantando la mano a modo de saludo, intentó sonreír. No sabía por qué, pero
aquel hombre la ponía nerviosa. Demasiado nerviosa.
—Hola, Rebeca
—saludó éste con
una radiante sonrisa, y
volviéndose hacia la señorita que cuidaba a su hija, dijo
entregándole la tarjeta
de crédito—: Muchas gracias por
cuidar de ella. Ha sido
muy amable. Tome, cargue en mi
cuenta las compras.
—¿Para quién es ese muñeco?
—preguntó la niña señalando hacia la mano de ella—. Yo tengo uno casi, casi
igual que ese, pero el mío tiene el pelo azul.
—Es para mi ahijada Noelia;
y esta ropita también. ¿Te gusta?
—Sí. ¿Dónde está Noelia?
—volvió a preguntar la incombustible pequeña.
—Cielo... creo
que ya vale
de preguntas. Estás mareando a Rebeca —susurró él mientras
andaban hacia la
caja para pagar lo que
ambos habían comprado.
Al oír aquello, ella
suspiró y, con una sonrisa, indicó:
—No te preocupes. Es una
niña y se comporta como tal.
Tras pagar, salieron de la
tienda. Rebeca se volvió hacia
Paul dispuesta a
despedirse.
—Bueno, os tengo que dejar.
Voy a casa de una amiga. Pero la niña no estaba dispuesta a dejarla marchar.
Algo
que su padre le agradeció
en silencio.
—¡Jooooo...! Pero ahora no
te puedes ir. Íbamos
a tomar una riquísima hamburguesa. ¿Por qué no te vienes con nosotros?
¿Te gustan las hamburguesas? —Pero no le dio
tiempo a contestar—.
No importa si
no te gustan, puedes tomar
otra cosa. ¿Verdad, papi? ¿Verdad
que se tiene que venir con
nosotros a comer algo? —suplicó la niña.
Rebeca se encontró con los
ojos de Paul clavados en ella y pensó ¿Por qué no?
—Está bien.
Me has convencido.
¿Dónde nos comemos esa riquísima
hamburguesa? Pero solo puedo quedarme un ratito —consultó el reloj—. He quedado
con mi amiga en su casa.
Al oír eso Paul quiso
saltar de alegría, pero se contuvo. Los tres se dirigieron hacia una pequeña
hamburguesería.
La niña iba saltando
delante de ellos, mientras que éstos la miraban y sonreían.
—Ya he oído que has tenido
varios regalos —dijo él para romper el hielo—. ¿Qué tal tu hermano? ¿Se fue ya?
—Sí —suspiró—. Es una pena.
Solo nos vemos tres o cuatro días cada dos o tres meses, aunque no me puedo
quejar. A Donna, mi hermana, llevo sin verla dos años.
—¿En serio? —exclamó Paul—.
¿Pero dónde vive tu hermana?
—En Chicago. Vive allí
desde hace unos cinco años — dijo encogiéndose de hombros mientras observaba
que un chico sorprendido les miraba—. Se fue a pasar unas vacaciones a Sevilla.
Conoció a Miguel. Se casaron. A Miguel le salió un trabajo en Chicago, y ahora
viven allí junto a mi sobrina María. Al otro lado del charco.
Divertido, en tono de broma
le indicó:
—Ahora me dirás que tus
padres viven en Tokio.
Nada más decir aquello,
Paul vio que había metido la pata.
—Bueno... ellos murieron.
Deteniéndose en medio de la
acera, la cogió del brazo y le susurró:
—Lo siento, Rebeca. Me
siento como un verdadero tonto por haber dicho algo tan inapropiado.
—No te preocupes, no pasa
nada. Todos tenemos recuerdos, alegres y tristes.
Él asintió.
—Desgraciadamente, sí,
tienes razón, pero vuelvo a pedirte perdón.
Rebeca, para quitarle
hierro al asunto, sonrió.
—De verdad, no pasa nada.
—Y mirando a Lorena, que le hacía señales desde la puerta de la hamburguesería,
comentó—: Me parece
que ya hemos llegado.
Es aquí,
¿verdad?
Entraron y pidieron unas
hamburguesas con patatas. Rebeca confirmó lo dicho anteriormente por ellos:
esas
hamburguesas estaban
riquísimas. Pero también fue consciente
de que la gente
les miraba. En especial
los chicos jóvenes ¿qué ocurría? La pequeña tras acabar su
hamburguesa, que devoró,
corrió a la
zona de juego, mientras ellos hablaban. Durante ese
rato, Paul supo que la fallecida
madre de Rebeca
era americana, de
Kansas, aunque su padre era de Madrid. Él le comentó que su padre era de
Illinois y su madre inglesa, aunque residía en Barcelona.
Un buen
rato después, ella
consultó su reloj
y se
sorprendió al darse cuenta
de que habían pasado dos horas. Tenía
que marcharse, Carla
la estaría esperando.
Con pereza, se levantó de la silla para marcharse, pero Paul rápidamente
se ofreció para acercarla hasta la casa de su amiga.
En un principio Rebeca
desechó la idea. Pero ante la insistencia de Lorena y Paul, se rindió. Montaron
en el coche y le indicó el camino.
Durante el trayecto, Lorena
no paró de hablar hasta que por fin llegaron frente a la casa de Carla. Rebeca,
se volvió hacia el asiento trasero donde iba la pequeña y, dándole un beso, se
despidió de ella prometiéndole que volverían a verse. Mintió. Cuando llegó el
momento de despedirse de Paul, se sorprendió al ver que él se bajaba del coche
y la acompañaba hasta el portal.
—Quisiera pedirte algo
—dijo asiéndola suavemente del brazo—. Ya que ambos tenemos padres americanos,
o
«guiris», como se dice en
España, y creo que hemos estado muy a gusto charlando —ambos sonrieron—
...¿cenas conmigo mañana por la noche?
Ay... que no. Que no me
convienes... que no
—¿Mañana...? —murmuró
despacio—. Lo siento pero mañana tengo mucho trabajo.
—¿Pasado mañana? —insistió
Paul.
—Uf... imposible —rechazó
de nuevo sin pensárselo dos veces.
Agachando la mirada, él no
se dio por vencido y, con una pícara sonrisa, cuchicheó:
—¿No cambiarías de opinión
si te prometo algo mejor que una triste hamburguesa?
Por favorrrrrrrrrrr... no
voy a poder contenerme más,
¡es irresistible! pensó,
pero contestó:
—No, gracias.
Paul, incrédulo ante
aquellas negativas, se apoyó en la puerta, se acercó más a ella y volvió
preguntar:
—¿Por qué lo haces? ¿Por
qué no quieres cenar conmigo?
Porque no
eres recomendable para
mí. Los tipos como tú siempre me han dado problemas y
acaban decepcionándome, pero balbuceó:
—No te entiendo, Paul.
—Estás a la defensiva en
todo momento. Solo te estoy pidiendo
que cenes conmigo,
nada más. No
te estoy pidiendo que te acuestes conmigo
ni nada por el estilo. Solo una cena.
Uf... qué
calor... qué calorrrrrrrrrrrrrrr pensó
al
escuchar aquello e
imaginarlo. Pero no. Ella era una buena chica y las buenas chicas no pensaban
en esas cosas... ¿o sí?
Paul le clavó su mirada
inquietante. Lo que más le apetecía era conocer a fondo a esa mujer, y saber
por qué huía en todo momento. Algo en él le indicaba que debía ir despacio. Más
despacio de a lo que él estaba acostumbrado. Aquella joven nada tenía que ver
con las mujeres vacías y ambiciosas con las que se había topado hasta ahora.
—Vamos a ver, Paul —resopló
ella—. En estos momentos no estoy
preparada para salir
con nadie. No quiero atosigamientos. No
me apetece complicarme
la vida, ¿entiendes eso?
Él sonrió al escucharla.
—De acuerdo, Rebeca. Siento
que te hayas sentido atosigada. —Y, llevándose las manos a la cabeza, exclamó
—: ¿Te has dado cuenta de
la cantidad de veces que me he disculpado hoy contigo?
Ella asintió y sonrió, y
él, buscando las palabras más adecuadas, concluyó:
—Solo quiero que seamos
amigos. Si te prometo que no te seduciré y que me comportaré como un caballero,
¿me aceptarás la cena...
amiga?
A Rebeca se le derritieron
los muros de hielo en aquel instante. Aquel tipo era verdaderamente encantador
y, tras
pensárselo unos segundos,
respondió:
—Eres imposible, ¿lo
sabías? —Él asintió con una sonrisa—. Está bien. Cenaré contigo. Pero pagamos a
medias, ¿de acuerdo?
Paul sonrió pero no dijo nada. Había conseguido una cita con ella.
—Pasaré mañana sobre las
seis por tu casa —dijo mientras se
dirigía de nuevo al coche, donde Lorena se había quedado dormida.
Apoyada en el portal y con el corazón a mil revoluciones, Rebeca
suspiró y dijo:
—Vivo en Majadahonda, la
dirección es...
—Ya la sé —cortó Paul desde
el coche.
Anonadada por aquello, puso
los brazos en jarras y preguntó:
—Pero bueno, ¿cómo la
sabes?
No contestó. Se limitó a
sonreír mientras abría la puerta del coche y se marchaba.
Capítulo 10
Seré tonta. ¿Por qué he
tenido que decir que sí? Si es que soy masoquista. Sé que ese tío me va a traer
problemas, y yo, ZAS... quedo con él, se regañaba Rebeca mientras subía por las
escaleras hasta la casa de Carla. Una vez delante, llamó a la puerta. No
abrieron. Volvió a llamar repetidas veces pero nadie contestó.
Bajaré al parque. Seguro
que Carla está allí con la enana, pensó.
Pero cuando iba hacia las
escaleras, el llanto de un bebé llamó su atención. Regresó a la puerta de Carla
y comprobó que el llanto salía de allí. Volvió a llamar. Ahora estaba segura de
que la que lloraba era Noelia. Pero no abrieron. Bajó a la portería y Pepe, el
portero, como la conocía, le dio la llave que Carla tenía allí de emergencia,
pero no le alarmó. Quizá Carla se había quedado dormida. Angustiada subió los
escalones de dos en dos, metió la llave en la cerradura, abrió y entró. Al entrar en el salón, no había
nadie.
—¡Carla! —llamó, pero no
hubo contestación.
Solo se oían los gemidos de
Noelia. Se dirigió rápidamente al dormitorio
y vio en
la cuna a la niña llorando desconsoladamente. Rebeca la
cogió en brazos e
intentó tranquilizarla,
mientras miraba por las habitaciones. Al intentar abrir la puerta del baño, lo
encontró cerrado con el pestillo por dentro. Acercando el oído a la puerta, oyó
sollozar a su amiga.
Alarmada, Rebeca le
gritó que abriese
la puerta. No sabía qué había
pasado, pero ella estaba allí para ayudarla. Tras un
rato de angustiosa
espera, Rebeca sintió
que quitaban el pestillo de la puerta y, cuando por fin abrió, lo que
vio la dejó sin habla.
Acurrucada al lado del bidé
estaba Carla. Sangraba por el labio y tenía un feo golpe en el rostro. Sus ojos
estaban hinchados de tanto llorar y su pelo... ¿qué se había hecho en el pelo?
Su precioso pelo
rojo estaba cortado a trasquilones. Tenía un aspecto horroroso.
La habló. Intentó
consolarla. Logró sacarla del baño y llevarla hasta el salón. Allí la tumbó en
el sillón y la tapó con una manta y sin perder un segundo, se ocupó de Noelia.
Fue hasta la cocina con ella en brazos y le hizo un biberón. La niña estaba hambrienta.
Cuando se lo hubo tomado, le cambió de pañal y la llevó a la cuna, donde la
pequeña se quedó dormida. Acelerada, regresó junto a Carla, y vio que no se
había dormido. Se
acercó a ella
y comenzó a limpiarle con una esponja la sangre reseca
que tenía en la cara, pero esta empezó a llorar.
—Tranquilízate, Carla —dijo
mientras la abrazaba.
—Oh, Rebeca... ha sido
horrible —sollozó.
—¿Pero qué
ha pasado? ¿Quieres
que llame a la
policía? —dijo mientras alargaba la mano para coger el teléfono.
—¡No! —gritó Carla—. No
llames. Por favor, Rebeca, no llames a la policía.
—Pero Carla, ¿cómo no voy a
llamar a la policía? Te miro y veo que tienes el labio partido, un ojo hinchado
y moratones en el cuerpo. ¡Dios mío! Cuando he llegado, la niña estaba
totalmente histérica. Y tu pelo, Carla...
—se paró para no continuar. Estaba perdiendo el control de sí misma—. ¿Se puede
saber por qué no quieres que llame a la policía? Quien te haya hecho
esto tiene que
pagarlo.
¿Quién ha sido?
Tapándose la cara con las
manos, Carla sollozó.
—Él no quería hacerlo. He
sido yo, que soy muy cabezona, y ... —De pronto le dio un ataque de tos y su
cara se transformó en un rictus de dolor. Se llevó las manos al estómago e
intentó decir algo, pero el dolor fue tan intenso que se desmayó.
Asustada como nunca en su
vida, Rebeca llamó rápidamente al 112. Minutos después, viajaba con Carla y su
hija en una ambulancia.
Capítulo 11
El Hospital Doce de Octubre
le traía millones de recuerdos tristes. Pero allí estaba de nuevo, sola y con
la pequeña Noelia en brazos. Llamó a la madre de Carla, pero como era de
esperar, no quiso saber nada de su hija. Tras colgar el teléfono y sentir ganas
de matarla, no sabía qué hacer ni a quién llamar. Pensó en Ángela. La llamó y
en media hora estaba allí. Asustada por lo que esta le contaba, finalmente
Rebeca consiguió que se llevara a Noelia a casa. Ella iría más tarde.
Angustiada durante
horas, suspiró cuando
un médico salió y preguntó por
los familiares de
Carla Benítez. Rebeca se
acercó rápidamente. Este
se presentó, su nombre era Samuel Álvarez, un médico
joven, agradable y simpático. Sentándose con ella, le preguntó datos sobre
Carla. Una vez cumplimentado todo,
le informó que su
amiga tenía dos costillas rotas, un derrame en el ojo, un fuerte golpe
en la cara y varios moratones por
todo el cuerpo que
indicaban haber sido
víctima de una
brutal paliza. Debía quedarse ingresada en el hospital.
Horrorizada, Rebeca
se llevó las
manos a la boca y lloró. ¿Cómo le
podía haber pasado aquello a Carla? Era una chica tan buena y plácida, que era
imposible pensar que
alguien quisiera
hacerle daño. El
médico preguntó si conocía al animal que
le había propinado tal
paliza. Sin saber qué decir, negó con la cabeza. Debía hablar con Carla.
Tras charlar con aquel sobre la necesidad de que Carla denunciara el caso, este
le indicó que podía pasar a verla unos minutos.
Con el corazón encogido,
siguió al doctor hasta la habitación donde su amiga estaba postrada. Nada más
verla, Rebeca le cogió la mano y se la besó. El doctor Álvarez al comprobar que
la paciente estaba consciente se acercó a la cabecera de su cama. Le preguntó
si estaba mejor, y Carla asintió. Antes de marchar, aquel solícito medico
recordó a la enferma que aquella noche estaba de guardia que si le necesitaba o
sentía el más mínimo dolor, que le llamara. Después se marchó. Rebeca,
consternada, se sentó en la silla que había en la cabecera de la cama. Le
temblaban las piernas.
—¿Y... la... niña...?
—logró pronunciar Carla.
—Está con Ángela. —Y
pasándole con cariño la mano por el pelo, prosiguió—: Ya sabes que ella va a
cuidarla mejor que nadie. Y no te preocupes, durante los días que estés aquí,
Noelia se quedará conmigo en casa.
—Lo... siento... lo...
siento —repetía Carla mientras le resbalaban las lágrimas por las mejillas.
Conmovida, Rebeca se le
acercó y la besó mientras le secaba las lágrimas.
—Escucha, cielo —dijo
mirándola con dulzura—, no te preocupes por nada. Ahora lo que tienes que hacer
es ponerte buena. Cuando estés mejor hablaremos. Pero de momento lo más importante
es que te
mejores. ¿De acuerdo?
Apareció una enfermera para
avisar de que Carla tenía que
descansar. Rebeca, tras
darle un dulce
beso en la frente, le recordó que al día siguiente
regresaría. Al salir, le dio a la enfermera su número de teléfono por si tenían
que contactar con ella.
Cuando salió del hospital
eran las once de la noche. Le encantó recibir el aire fresco de la calle, pero
recordó que Ángela estaba en casa con Noelia. Cogió un taxi y, tras darle la dirección de su
casa, pensó en su cita con Paul para el día siguiente. ¿Cómo avisarle? No tenía
su teléfono, ni su email ni nada, pero decidió no pensar en ello. Bastante
agobiada estaba ya.
Al pasar por una farmacia
de guardia, le pidió al taxista que parase unos minutos. Allí Rebeca compró
biberones, chupetes, pañales, un muñeco de goma y leche en polvo para la niña.
Una vez hubo pagado volvió a montar en el taxi. Cuando llegó
a su hogar,
como siempre salió Pizza
a recibirla.
Por fin en casa, pensó
tocando la barriga del animal,
hasta que una voz la
sobresaltó.
—Por fin estás aquí.
Estábamos preocupados por ti. Boquiabierta se quedó al ver a Paul frente a ella
con
gesto de preocupación.
¿Pero qué hacía allí?
¿En su casa?
Él, al ver cómo le miraba,
rápidamente se acercó a ella y dijo:
—Siento haberte
sobresaltado. —Y con una sonrisa encantadora le susurró—: Como verás, ya
me estoy disculpando por algo.
Sonrió al oír aquello.
—Pero... ¿tú qué haces
aquí?
—Te llamé al móvil pero no
me lo cogiste. Por eso llamé a tu casa —explicó Paul—. Te olvidaste en el coche
la bolsa en la que iba la muñeca que le compraste a la hija de tu amiga. Ángela
contestó al teléfono, y la pobre mujer me
contó angustiada lo que
había sucedido. Acababa de llegar del hospital con la niña. El resto
creo que no hace falta que te lo cuente.
Rebeca asintió pero,
torciendo el cuello, murmuró:
—Vale... entiendo lo que me
dices, ¿pero por qué has venido a mi casa?
Dispuesto a aclararle el
porqué, sonrió y dijo:
—Ángela me comentó que no
tenía nada de ropa para cambiar a la pequeña, ni pañales, ni leche... nada. Y
yo me ofrecí a traerle lo que necesitara. En casa tengo todavía ropa de Lorena
y compré en una farmacia lo necesario. Aunque lo realmente gracioso fue ver su
cara cuando llamé a tu puerta y abrió —continuó haciéndola sonreír a su vez
—. Casi le da algo. Luego
llamé al hospital pero allí me dijeron que ya habías salido y aquí estoy,
esperándote por si necesitas lo que sea.
En ese momento apareció
Ángela que rápidamente la abrazó y preguntó
por Carla. Mientras
esta hablaba, la mujer le hizo pasar a la cocina. Rebeca
necesitaba comer y ella rápidamente se puso manos a la obra.
—Hermosa, ahora mismo vas a
comer algo —dijo Ángela obligándola a sentarse a la mesa—. Conociéndote, no
habrás comido nada a excepción de las guarrerías de la maquinita del hospital.
Con gesto pícaro la mujer
le guiñó el ojo y miró a Paul. Rebeca tuvo que hacer esfuerzos por no reír, a
pesar de la situación. Ángela, a veces, era tan cómica.
—Vale... vale
—asintió divertida—. ¿Dónde
está
Noelia?
La mujer, moviéndose por la
cocina, contestó:
—Está durmiendo en tu
cuarto. Paul la durmió. Por cierto, este hombretón tiene mano para los niños, y
Noelia está totalmente rendida a él.
—Gracias, Ángela —se mofó
Paul.
—No sé
qué habría podido
hacer si él
no hubiera venido a echarme una
mano —continuó la mujer.
—No olvides, Ángela, que
tengo una hija. Algo aprendí cuando era un bebé — respondió Paul divertido.
—Uiss, hermoso —indicó
esta—. Mi marido y yo tuvimos cinco hijos y te aseguro que él no aprendió nada.
Siempre decía: ¡los niños pa su madre!
Los tres volvieron a reír y
Rebeca, levantándose, dijo tras pasar junto a Paul, que estaba apoyado en el
quicio de la puerta:
—Voy a ver a la pequeñaja y
a ducharme mientras terminas la cena. —Y, mirándole, preguntó—: ¿Te apetece
cenar algo?
Él asintió con la cabeza y
Rebeca tuvo que volver a reír al ver que Ángela, tras un aplauso, ponía otro
plato en la mesa. Rebeca suspiró y le miró divertida.
—Si te apetece beber algo,
coge lo que quieras. No tardaré mucho.
Rebeca subió al primer piso
de su chalecito seguida por Pizza. Se acercó a su cama y allí, en el centro, y
entre almohadas para que no se cayera, dormía Noelia. Con una sonrisa se
dirigió al baño, abrió el agua, se desnudó y se duchó. La ducha le sentó fenomenal.
Se puso unos leggins blancos y un blusón rojo. El pijama lo dejó para cuando
Paul se marchara. Se secó el pelo un poco y bajó las escaleras, desde las que
no pudo evitar fijarse cómo Paul miraba por la ventana mientras se tomaba una
cerveza. Se le veía tan guapo y varonil con aquel vaquero y su polo azul, que
daban ganas de acurrucarse junto a él.
Uff... este hombre es una
auténtica tentación para cualquiera, pensó.
Realmente necesitaba que
alguien la acurrucara y la mimara, pero no él. Era demasiado perfecto para
ella. Además, aquella tarde le había dejado claro que solo serían amigos.
—No te había oído llegar
—dijo Paul dándose la vuelta—. ¿Te encuentras mejor tras la ducha?
—Sí, gracias
—consiguió balbucear—. ¿Cenamos algo? Desde que comí la hamburguesa
con vosotros no he vuelto a comer. Por cierto, ¿dónde está Lorena?
Consultando su reloj y
viendo la hora que era, contestó:
—Me imagino que a estas
horas llevará dormida unas
cuantas horas. Ella está en
casa, con Julia.
¡¿Julia?! ¿Quién es esa
Julia? pensó, y Paul al ver su gesto, aclaró:—Julia es la señora que me ayuda a
cuidarla desde que era pequeña. Le dejé tu teléfono por si ocurría algo. Espero
que no te importe.
Extrañada porque ella no se
lo había dado, preguntó con una pícara sonrisa:
—Vamos a ver, Paul Stone,
¿cómo sabías mi número de teléfono?
—Mejor no preguntes —se
mofó, mientras esbozaba una encantadora sonrisa que hizo que a Rebeca le
temblaran las piernas.
En ese momento apareció
Ángela poniéndose el abrigo. Paul se ofreció para llevarla en su coche, pero
ella se negó. Les había dejado la cena encima de la mesa de la cocina y quería
que se la comieran caliente.
Tras batallar con ella, al
final Rebeca le susurró a Paul que era inútil discutir con esa mujer. Si ella
decía que no, era que no. Con una sonrisa en los labios, Ángela terminó de
ponerse el abrigo y les ordenó ir a la cocina. Ellos, entre risas, obedecieron
rápidamente.
—Menudo carácter
tiene esa mujer
—rio Paul mientras se sentaba en
una de las sillas.
—Es un sol. Mi ángel de la
guarda. No sé qué habría
sido de mí si no la hubiera
tenido a ella. Por cierto, ¿agua o vino? —preguntó mientras abría el
frigorífico.
—¿Tú qué bebes?
—Soy poco exótica, pero me
gusta comer con agua o coca-cola.
—Pues no se hable más
—asintió él—. ¡Agua para todos!
Mientras cenaban, Paul se
interesó por lo ocurrido con Carla. Ella le contó lo poco que sabía, hasta que
se oyó llorar a Noelia. Rebeca subió corriendo a la planta de arriba para
calmarla.
—Hola, chiquitina —susurró
con cariño mientras se sentaba en la cama y la cogía—. ¿Tienes hambre?
La niña
la miraba con
los ojos muy
abiertos y empapados en
lágrimas. Pero en cuanto la reconoció, sus pucheros cesaron. Rebeca le habló
con dulzura, y poco después la niña sonrió.
—Por lo que veo te gustan
los niños —dijo Paul, que llevaba un rato apoyado en el marco de la puerta.
Azorada, pues no se había
dado cuenta de que él la había seguido
hasta su habitación, se
levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta.
—La verdad es que sí. Me
encantan. Especialmente esta
brujita, que creo
que nos está
diciendo que tiene hambre, ¿verdad, preciosa? —sonrió
mirando a la niña—. Venga, vamos a prepararle un biberón.
Ya en la cocina, Rebeca
pidió a Paul:
—Por favor, cógela un
momento mientras le preparo el bibe.
Él la tomó en brazos
encantado y fue con ella al salón seguido
de Pizza. Allí comenzó a tirarle a la perrita una pelota y la niña reía
a carcajadas. Una vez preparado el biberón, Rebeca fue al salón y Paul se lo
pidió para dárselo. Ella, divertida, se lo entregó y se sentó en el poyete de
la ventana para mirarles.
—Vaya, parece que has
nacido para esto.
—Querida amiga —rio él—, a
mi pequeña le di todos los biberones del mundo. Era una glotona.
—¿Puedo preguntarte por la
madre de Lorena? Él suspiró.
—Ella no quiso cambiar su
estilo de vida cuando nació la niña. Para ella, Lorena nunca fue importante
—respondió cambiando el tono de voz.
—Lo siento, Paul, no
quería...
—No te preocupes, Rebeca
—dijo mirando a Noelia y luego a ella con una sonrisa—. Ese es un tema que ya
tengo superado. Por suerte
tengo a Lorena.
Ella es lo más
precioso que tengo en este mundo. Y volvería a hacer todo lo que he hecho por
ella, mil veces más.
Ay, Dios... cada vez me
parece más interesante pensó, tras un
breve suspiro.
—Me alegro de que pienses
así. ¿Pero creerías que soy poco discreta si te pregunto qué pasó?
—Para eso están los amigos,
¿no crees? —dijo mirándola a los ojos de una manera que le hizo estremecer
—. Estuve tres años casado
con Silvia, la madre de Lorena. Ella es de Madrid. Siempre tuvimos claro que no
íbamos a tener hijos. Pero, como se dice ahora, un fallo técnico nos hizo
encontrarnos de pronto con que íbamos a ser padres. En un principio estábamos
tan confundidos con el tema que no sabíamos qué hacer, pero finalmente
decidimos tenerlo. Cuando estaba de
cinco meses y
en su cuerpo
se comenzaban a notar bastante los cambios, su carácter se volvió
irascible. Todo le molestaba; decidió de la noche a la mañana que no quería
tener ese hijo. Como podrás imaginar,
los cuatro meses
restantes fueron horribles. Llegó el
parto y tuvieron
que practicarle una
cesárea porque no dilataba. Ese fue el primer gran enfado de Silvia
contra la niña.
Incrédula por
lo que escuchaba,
Rebeca tuvo que sentarse.
—En ese
momento, yo como
un tonto, pensé
que cuando Silvia viera a la pequeña todo cambiaría. Pero no. Al
nacer la niña comenzó
el verdadero infierno.
Desde el primer momento pasó de
ella, incluso cuando le pregunté por el nombre que le gustaría ponerle, me dejó
muy claro que no deseaba saber nada del tema. Si yo quería ser padre, lo sería.
Pero ella no sería madre, ni me ayudaría. — Tomando aire prosiguió—: Cuando
Silvia salió del hospital y volvió a casa, ya no quiso compartir la misma habitación
conmigo ni con Lorena. En ese tiempo creí volverme loco con el trabajo, mis
viajes y la niña. Hice todo lo que pude para
aprender a cuidar
a un bebé
y trabajar al
mismo tiempo. Pero tengo que aclarar que lo conseguí gracias a la ayuda
de mi madre y de Julia. Cuando Lorena cumplió seis meses la situación se hizo
insostenible entre Silvia y yo.
Hubo un breve silencio en
el que Paul le hizo a Noelia echar un aire.
—La gota que colmó el vaso
fue cuando un día se presentó en casa con unos amigos que iban hasta las cejas
de cocaína y se
empeñó en montar una de
sus fiestas. Cuando ya estaba
harto de música, risas y gritos, finalicé la fiesta y la encontré en la
habitación de invitados haciendo
un trío con dos hombres.
Como podrás imaginarte, mi indignación fue enorme. Pero no por verla en esa
situación, su vida sexual me daba igual, sino porque no podía aceptar que eso
ocurriera en la casa en la que vivía mi pequeña. Al día siguiente hablé con un
amigo abogado y presenté la demanda de divorcio. Ella firmó encantada, junto a
la renuncia como madre
por la custodia
y derechos de Lorena. —Paul, echándose a Noelia sobre el
hombro para que echara más aire, finalizó—: Esa es mi historia. Y en lo
concerniente a bebés,
entiendo tanto de
biberones y pañales como de
enfermedades infantiles.
Rebeca, aún boquiabierta y
sin dar crédito a lo que acababa de escuchar, murmuró:
—Me has dejado sin habla.
—Él sonrió. Era lógico—. No puedo entender cómo una madre o un padre renuncie a
su derecho de amar y educar a un hijo.
—En su momento yo tampoco
lo entendí. Pero lo primero que tienes que sentir por un hijo es amor. Si no lo
tienes, el resto sobra.
—¿Lorena no te pregunta
nunca por su madre? Paul asintió cabeceando.
—Ese es
un problema al
que ahora me
estoy empezando a enfrentar —contestó mirándola a los ojos—. Ahora es
cuando comienza a preguntar y querer saber. En
un par de ocasiones le he
dicho que su mamá murió. Siento mentirle, pero soy incapaz de decirle otra
cosa. Ella aún es demasiado pequeña para entender.
—Es comprensible, Paul.
Con delicadeza, él sentó a
Noelia sobre sus rodillas y, le dio un cariñoso beso en la frente.
—Parece mentira que el
tiempo pase tan rápidamente. Hace
poco estaba dándole
el biberón a
mi pequeña, y ahora... es casi una señorita. Es tan
encantadora, vivaz y locuela, que me tiene a sus pies.
Eso les hizo sonreír.
Verdaderamente Lorena era una auténtica pillina.
—¿Te apetece un café?
—preguntó Rebeca.
—Sí, gracias. Con leche,
por favor.
Aquella amabilidad le
tocó la fibra sensible y, mirándole,
dijo mientras se
levantaba para preparar
los cafés:
—Gracias a ti, Paul, por
hacerme compañía en un día como hoy.
Instantes después, mientras Rebeca miraba cómo pasaban los segundos en el
reloj digital del microondas, pensó en la historia que le había contado Paul.
Ella nunca podría haber abandonado a un hijo, ni a un hombre como
aquel tan cariñoso y
comprensivo. Cuando sonó el timbre del microondas puso los cafés en una bandeja
y al llegar al salón se quedó sorprendida al ver a Paul cambiándole el pañal a
la niña. Al ver su gesto él sonrió.
—¿Sabes? Esto me trae
recuerdos preciosos —dijo él
—. Es lo que hacía siempre
cuando terminaba de darle el biberón a Lorena. Primero el biberón y luego el
pañal.
Con una amplia sonrisa
Rebeca no pudo contenerse.
—Ay, Dios, Paul. Que te
estás poniendo melancólico.
—Él soltó una carcajada—.
Anda, trae aquí a Noelia, echémosla en el sillón a ver si se duerme.
Con los
cafés en la
mano, continuaron charlando. Rebeca le habló de su trabajo y él
se sorprendió al saber que era abogada. Pero más asombrada se quedó ella cuando
supo que él era piloto oficial de motos, además de tener acabada la carrera de
filología inglesa.
—Ahora lo entiendo...
—asintió Rebeca al pensar.
—¿El qué?
—Ahora entiendo por qué
siempre nos mira alguien.
¡Eres famosete! Y la gente
te reconoce por la calle.
Él sonrió al oír aquello.
Precisamente que no le hubiera reconocido,
ni supiera nada
de él, le
encantaba. Estaba harto de
las mujeres que
se le acercaban
con el único
propósito de salir en las
revistas y la prensa del corazón.
Entre risas continuaron
hablando y ella le confesó que siempre se había imaginado a los pilotos de
carreras de motos como tipos rudos, que bebían cerveza y eructaban. Eso le hizo
carcajearse y reírse como hacía tiempo que no hacía.
—Cada vez que me cuentas
algo me dejas sin palabras
—dijo ella
impresionada—. Pero, cuéntame
cómo te metiste en esto de las
motos.
—Uf... esto
viene de familia,
aunque fue mi
padre quien me metió el gusanillo de la velocidad. Él era otro motero.
—Sonrió al recordar—. Comencé participando en carreras sobre
tierra de Dick Track. En
Illinois es muy típico participar en carreras de
motillos, y bueno...
—Qué locura, por Dios
¡¿Piloto de motos?! —rio ella.
—Sí... te
doy la razón.
Soy consciente que
para competir en esta profesión, hay que estar un poco loco.
Tras aquello, Paul le contó
que el primer loco de las motos que hubo en la familia había sido su abuelo
antes que su padre. Tenía
un taller de
coches y motos,
y en su séptimo
cumpleaños le había regalado su primera moto. Con los años se apuntó
—primero su padre y luego él— a todas las carreras que se presentaban cerca de
donde vivía. Algo que su madre llevaba fatal, pues rara vez no regresaba
lesionado o escayolado.
Con el paso del tiempo,
comenzó a conseguir patrocinadores y, al cumplir los dieciocho, tuvo su primera
oportunidad de participar en un Mundial de Motos. A los veintiún años fue
campeón del mundo de 125 c.c. A los veinticinco de 250 c.c., y actualmente a
los treinta y dos, de moto GP.
—Recuerdo la alegría
de mi padre
cuando gané el Gran Premio de Australia —susurró con los
ojos humedecidos—. Yo tenía veintiún años y fue mi primer pódium como
profesional. Él siempre confió en mí y dijo que el día que me vio arriba
saludando a la gente y con el trofeo en la mano, fue el tercer gran día de su
vida.
—¿Y cuáles fueron los otros
dos? —preguntó Rebeca. Con cariño en la mirada, Paul respondió:
—Papá decía que el primer
gran día de su vida fue cuando conoció a mi madre. El segundo cuando yo nací, y
el tercero el que te acabo de decir. Desgraciadamente, mi padre murió hace
ahora siete años a consecuencia de un cáncer.
—Oh... —dijo levantándose
para acercarse a él—. Lo siento, Paul.
Tenerla tan cerca era una
tentación para él. Su olor a fresa le
envolvía de tal
manera que en cierto
modo le
nublaba la razón. Deseó
devorar aquellos labios tentadores mientras le hacía el amor. Pero no. No podía
hacer aquello. Debía retener sus apetencias si quería que confiara en él. Ella
era demasiado vulnerable, su mirada la delataba. Finalmente optó por recoger
con delicadeza uno de sus mechones tras la oreja mientras le explicaba.
—Llevaba enfermo varios
años, y sabíamos que tarde o temprano ocurriría. Lo que pasa es que cuando
ocurre siempre es demasiado pronto.
—Sí... te entiendo —murmuró
Rebeca al recordar a su madre.
Tras un tenso silencio,
Paul prosiguió.
—Recuerdo que cuando mi
padre murió, no me creí con ganas de seguir compitiendo. Pero mi madre —sonrió
Paul—... ¡Caray, qué mujer! Me dijo que mi padre y yo habíamos luchado mucho
para llegar donde estaba, y que no me iba a permitir dejarlo. Que si era necesario,
ella se subiría en otra moto para acompañarme.
—Olé por tu madre —aplaudió
Rebeca haciéndole sonreír.
—Siempre recordaré la cara
de mi padre cuando gané el Gran Premio de Australia. Era la viva imagen de la
felicidad y el orgullo —susurró emocionado—. La pena es
que no pudo ver más
victorias.
—Pues claro que sí las ha
visto —contestó ella con cariño—. Tienes que pensar que allá donde esté, él te
anima y está muy
orgulloso de todo
lo que has llegado a conseguir.
Aquellas emotivas palabras
hicieron que Paul la mirara directamente a los ojos. En todos sus años nunca se
había sincerado con una mujer como lo estaba haciendo con ella, y le gustó
escuchar y sentir sus palabras.
—¿Sabes, Rebeca?
—¿Qué?
—Eres un encanto.
Su voz varonil sonó tan
profunda que a Rebeca se le encogió el estómago. No sabía qué le pasaba, pero
deseaba besarle. Pero no. No lo haría. No quería que pensara que era una
fresca. Nerviosa como pocas veces en su vida, Rebeca se levantó del sofá.
—¿Quieres otro café?
—preguntó.
No... lo que quiero es
besarte pensó él. Pero en lugar de eso miró su reloj.
—Te lo agradezco, pero no.
Creo que ya es hora de que me vaya. —Sacó su cartera y de ella una tarjeta—.
Mis
números de teléfono. Si
necesitas algo, lo que sea, sea la hora que sea, me llamas, ¿de acuerdo?
—Está bien. Si cunde el
pánico cuando tenga que cambiarle
los pañales a
Noelia, te llamaré
—bromeó mientras le acompañaba hasta la puerta.
—Mañana te llamo... y
espero que la próxima vez que nos veamos seas tú la que cuente algo de ti. Por
cierto,
¿sigue en pie la cena de
mañana?
Ella arrugó la nariz. Aquel
gesto le gustó.
—Pues... no sé... ahora
tengo una inquilina nueva — dijo señalando a Noelia, que dormía plácidamente en
el sillón—, y no puedo dejársela a nadie. Creo que vamos a tener que posponer
la cena para otro día.
—Está bien. ¿Con quién
comes mañana? —propuso
Paul sin darse por vencido.
Con rapidez, y segura de lo
que hacía respondió:
—Por la mañana iré al
hospital para ver a Carla, pero si quieres podemos vernos a mediodía para
comer. Lo único es que tendré que ir con la niña —respondió.
—¡Perfecto! —Sonrió Paul—.
No hay problema, yo llevaré a Lorena. —Y acercándose a ella murmuró, poniéndole
la carne de gallina—: De lo más íntimo, ¿no
crees?
Ella rio a carcajadas. Pero
eran carcajadas nerviosas. Al tenerle tan cerca sintió deseos de tirarle contra
el sillón y arrancarle la ropa para hacerle el amor. Pero no. ¿O sí?
—Hasta mañana, Paul —dijo
cuando este salió.
—Hasta mañana —respondió
encaminándose hacia el coche—. Te llamaré.
—De acuerdo —asintió
mientras cerraba la puerta.
Una vez se hubo quedado
sola, se apoyó en ella, cerró los ojos y suspiró. ¿Qué estaba haciendo? ¿Ella y
un piloto de motos? No sabía hacia dónde iba, pero la sensación de estar cerca
de Paul le gustaba.
Capítulo 12
Los días pasaron. Carla se
recuperó, salió del hospital y le confesó a Rebeca que fue Alfonso el que le
dio la paliza. La drogadicción de este le estaba matando y aquello era la
confirmación. El chico que conoció antaño, amable y encantador, había desaparecido.
En su lugar había aparecido un hombre manipulador y egoísta que solo pensaba en
él, en sus dosis, y en conseguir dinero pesara a quien le pesara. Por ello, y
con todo el dolor de su corazón, Carla cogió a su hija y se marchó
de aquella casa para comenzar una nueva vida sin él.
Era marzo. Habían pasado
tres meses desde la primera vez que Rebeca había visto a Paul. En este tiempo
se habían convertido en buenos amigos. Pero nada más allá. Cuando el trabajo de
ambos lo permitía, salían a cenar, e incluso alguna vez que otra habían ido al
cine con Lorena. En esa época, Paul comenzó a viajar. Su trabajo como piloto de
moto GP le requería viajar continuamente, en especial, de febrero hasta
noviembre. El tiempo que duraba el Mundial.
Una mañana en que Rebeca
estaba atareada en la oficina, Belén, su secretaria, le avisó de que tenía una
llamada, y
ella lo cogió rápidamente.
—Rebeca... ¿me oyes? —era
la voz de Paul.
No se oía muy bien por el
rugido de los motores.
—Hola, Paul —saludó
emocionada—. ¿Desde dónde llamas que hay tanto ruido?
—Desde Eastern Creek, el
circuito de Australia. Apalancándose en su sillón, Rebeca se giró para mirar la
Puerta de Alcalá. Cada día
le gustaban más sus llamadas, su conversación, su sonrisa, y él. Pero él no se
le acercaba lo más mínimo. Se le insinuaba, le rondaba, pero no atacaba. Eso a
Rebeca la tenía de los nervios. Por su lado, Paul no estaba mucho mejor. Se
había propuesto no asustarla, pero su hambre por ella comenzaba a
desesperarle y no sabía hasta cuándo
podría aguantar.
—¿Qué tal por esos mundos,
señor piloto?
Él sonrió. Escuchar su voz
le tranquilizaba. Rebeca se había convertido en una necesidad para él, aunque
se guardó mucho de decírselo.
—Trabajando mucho. ¿Tú qué
tal por Madrid? Chupando un bolígrafo, Rebeca sonrió.
—Como tú más o menos, sin
parar. ¿Qué tal los entrenamientos?
—Bien. Aunque hoy llevamos
un día complicado. Durante los entrenamientos la moto me hizo algo raro, y
ahora tengo a los mecánicos como locos para averiguar qué ocurre.
Eso alertó a Rebeca.
—¡¿Qué te hizo un extraño?!
—contestó preocupada, sacándose el boli de la boca—. Oye... no montarás en ella
de nuevo hasta averiguarlo, ¿no?
Él se rio a carcajadas.
Estaban acostumbrados a todo tipo de
problemas. Pero Rebeca insistió.
—No te rías, que
eso es muy peligroso, y no... no
puedes montarte sin solucionar ese problema, ¿estás loco o qué?
—No te preocupes, mujer
—contestó Paul secándose los ojos de la risa—. En peores condiciones hemos
salido en otras ocasiones.
—Pero... pero eso es una
locura —protestó, pero él la interrumpió.
—Recuerda... estamos un
poco locos. Eso la hizo sonreír.
—¿Cuándo es la carrera?
—preguntó intentando normalizar su voz.
—Este domingo. ¿La verás?
—preguntó él esperanzado—. Las suelen retransmitir en Televisión Española o por
la parabólica en el canal de deportes.
—Claro que la veré —asintió
impaciente—. Me llama la atención verte en acción.
Él volvió a sonreír.
—Empezarán sobre
las once de la
mañana. Aunque serán en diferido. Aquí los horarios son diferentes.
—Vale.
—Por cierto, Lorena me ha
pedido que te dijera que la llamaras. Yo cumplo órdenes.
—De acuerdo
—sonrió—. La llamaré
esta noche cuando llegue
a casa. Y oye, por
nada del mundo
me perdería las carreras este fin de semana. Me dijiste que corrías en
la categoría reina. Moto GP, ¿verdad?
—Sí.
Rebeca pensó en las
carreras que alguna vez había visto de pasada.
—¿Cómo te voy a reconocer?
—preguntó curiosa.
—Muy fácil —contestó
riéndose por la pregunta—. Cuando veas a un tipo con un clavel rojo entre los
dientes,
ese soy yo, muñeca. —Eso la
hizo carcajearse con ganas. Le encantaba
su risa. Era fantástica—. Cuando veas
una moto con el número dos, soy yo. Mi moto es del equipo Ducati, y es
roja. Llevaré un mono rojo y blanco.
—Intentaré reconocerte
—asintió con sinceridad—. En
motos estoy muy pez. Si fuera en coches, con todo el fenómeno Alonso y tal,
todavía, pero motos... como que no. Por cierto, ¿cuándo vuelves?
A Paul le
gustó esa pregunta. Significaba
que quería verle.
—Aún no lo sé. Tras este
premio tengo el de Malasia, y a veces, como es en este caso, nos vamos
directamente de un país a otro para entrenar en pista. Calculo que sobre el
doce o quince de abril, más o menos, podré pasar por Madrid.
Casi un mes... ¿Un mes para
volver a verle?, pensó con desesperación.
—Uf... qué
lata. Pobre Lorena.
Te debe de
echar mucho de menos.
Y yo a ti, pensó él, pero
no lo dijo.
—Y yo a ella —sonrió él al
notar la decepción en la voz—. Pero sé que entre mi madre, Julia y ahora tú,
está muy bien atendida. De todas formas, a partir de julio, que es cuando ella
acaba el colegio, suele venir conmigo a las
competiciones. Los pilotos
a veces viajan con la familia y ella se lo pasa muy bien aquí con sus amigos.
—¿Pero cuánto dura el
Mundial?
—Normalmente empieza
en marzo y
termina en octubre, noviembre…
depende de en cuantos circuitos corramos.
—¡Madre mía! Qué vida más
loca.
—No, mujer —rio él—. De
noviembre a marzo los pilotos solemos tener una vida más relajada. Aunque
bueno, continuamos entrenando para
mejorar nuestra moto y
marcas. Pero esos meses suelen ser más tranquilos.
—Vaya... qué interesante.
Te pasas medio año viajando y conociendo diferentes países.
—Bueno... se puede decir
que sí.
—¿Y qué países visitas?
—A ver,
lo que tú
llamas conocer, yo
lo llamo trabajar. A veces no nos
da tiempo a ver nada más que el circuito donde competimos. Y los países que
visitamos son Australia, que es donde estoy
ahora, Malasia, Japón, España, que por cierto, cuando corra
en Aragón, Valencia, Barcelona y Jerez, te convenceré para que vengas conmigo
—ella sonrió y él
continuó—. También corremos en Alemania, Italia, Holanda, Francia, Inglaterra,
Estados Unidos, República Checa, Brasil, Argentina, y creo que alguno más que
queda por concertar. ¿Qué te parece?
—¡Madre mía! —exclamó
Rebeca—. Qué países más maravillosos. Me encantaría viajar continuamente como
tú.
¡Qué suertaza!
El rugido de los motores le
obligó a hablar a gritos.
—No creas. Últimamente
comienza a darme pereza, aunque cuando estoy en el circuito y me subo en mi
moto, estoy encantado.
—Tiene que ser fantástico
saber manejar una máquina de esas.
—Cuando quieras te enseño.
—Uf... no.
Soy muy torpe
para eso. Las
motos siempre me han dado miedo.
Paul sonrió.
—Eso es porque nunca has
montado con alguien que te aportara seguridad. —Ella no contestó y él dijo, al
sentir su silencio—. Por cierto, ¿qué tal Ángela y Pizza?
—Pizza tan loca como
siempre, y Ángela me pregunta por ti casi todos los días. Desde que le contaste
cuál era tu
profesión está
preocupadísima por ti.
Al oír eso Paul no pudo
evitar sonreír. En ese momento uno de sus mecánicos le llamó. Reclamaban su
presencia.
—Tengo que dejarte, Rebeca.
—Vale... No te preocupes.
—Te llamaré. ¿De acuerdo?
—le aseguró molesto por tener que cortar la conversación.
—Sí... ¡Oye, Paul!
—Dime.
—Gana la carrera.
—Lo intentaré. —Sonrió al
colgar.
Le hubiera
gustado decirle que la echaba
mucho de menos. Que sentía algo
por ella muy especial, pero quería decírselo mirándola a los ojos. Volvió a
escuchar la voz del mecánico, y sumido en sus pensamientos, fue hacia él.
Capítulo 13
Cuando Rebeca colgó el
teléfono, continuó mirando la Puerta de Alcalá mientras pensaba en lo
emocionante que tenía que ser viajar por el mundo como lo hacía él. En ese
momento entró Peterson en su despacho.
—Hola, Rebeca, ¿puedo pasar
un momento? Sobresaltada por aquella visita, ella volvió el sillón hacia
su mesa y asintió.
—Por supuesto, señor
Peterson.
Al oír aquello el hombre
sonrió amablemente.
—Querida, podrías suprimir
lo de señor y llamarme por mi nombre.
¿No ves que
yo te tuteo?
Por favor, Rebeca, haz lo mismo.
—De acuerdo, Thomas
—asintió sonriendo—. De acuerdo.
El hombre se sentó en la
butaca blanca que había frente a ella.
—Solo venía para saber qué tal te encuentras en tu nuevo puesto de trabajo.
—¡Genial! Espero ser de
utilidad el tiempo que esté en la empresa. Por cierto, ahora que estás aquí,
¿qué te parecen los dos abogados que contraté? —respondió sorprendida por
aquella visita y por cómo él escrutaba cada rincón de su despacho.
—Bien. En eso no me meto.
Es un tema que tú tienes que ver que funciona. Tú eres la jefa.
Rebeca sonrió.
Estaba un poco turbada
por tutear al señor Peterson, pero contestó con
seguridad.
—Sinceramente, Thomas, fue
una labor dificilísima. Pero de entre
todos los abogados que vinieron,
Linda y Jorge fueron los que me parecieron más apropiados para el trabajo. A
una de las secretarias la contraté a través de una empresa de colocación. La
otra es amiga mía. Se llama Carla. —Y, mirándole seriamente, dijo—: Es muy
profesional, y una persona muy cualificada para el puesto.
—Me parece fenomenal
—asintió complacido—. Yo también he ayudado a amigos y mis amigos en su momento
me ayudaron a mí. Para eso están los amigos, ¿no crees?
—Sí —asintió ella y afirmó
con convicción—. Creo que en estos momentos tenemos un buen equipo.
El jefazo se levantó y se
dirigió a la puerta.
—Me encanta escuchar eso.
Hasta luego, querida. Dicho esto, desapareció. Rebeca, feliz, se levantó y fue
hacia el
armario para coger
unos documentos que necesitaba. Al volver a la mesa sonó el
teléfono.
—Rebeca, te llaman por la
línea dos —dijo Belén.
—¿Quién es? —preguntó ella.
—Me ha dicho que te diga
que es el espíritu libre de la familia —respondió conteniendo la risa.
—Oh... —rio al pensar en su
hermano—. Este chico no tiene remedio. —Y apretando una tecla preguntó
divertida—: Kevin, ¿eres tú?
—Hola, hermanita. ¿Cómo has
sabido que era yo? —
se mofó él.
—Solo conozco un espíritu
libre tan loco como para llamarme al despacho con esa carta de presentación.
¿Qué tal estás? Me tenías preocupada. Llevas sin llamarme dos semanas. ¿Se
puede saber dónde te has metido?
Al verla tan acelerada, se
limitó a murmurar arrastrando las palabras.
—Estoy en Eslovenia.
Sano y salvo. ¿Y tú qué
tal estás?
—¡¿Eslovenia?.
—Sí, hermanita, Eslovenia
—rio al escucharla.
—Pero... pero, ¿qué haces
allí? —Kevin se carcajeó y ella volvió a preguntar—: ¿Por qué no me has llamado
en dos semanas? Me tenías preocupada.
—No he podido.
—Pues he estado a punto de
llamar a la policía.
—Pero bueno —respondió él
divertido—, ¿por qué siempre piensas que estoy metido en líos? Ay... hermanita,
siento decepcionarte, pero tengo treinta y cuatro años y me guste o no, mis
prioridades en la vida van cambiando.
—Lo sé... lo sé...
—Hablas como
si toda la vida fuera a
tener veinte años. Además, no creo haber
estado metido en ningún lío desde hace tiempo.
—Oye, ¿de verdad tú te
llamas Kevin Rojo Elliot? Porque, sinceramente, eso que me acabas de decir
sobre que tus prioridades en la vida van cambiando, es algo que nunca se lo he
oído a mi hermano —preguntó consciente de que decía la verdad y de que ella era
una exagerada.
—Los años no pasan en
balde, hermanita, y los valores y
conceptos de la
vida cambian. Y aunque
te parezca mentira soy
yo, y te
llamaba para hablar
contigo y comentarte algo muy
importante.
Sentada en su confortable
sillón, Rebeca asintió para sí.
—De acuerdo, cuéntame eso
que te está rondando por la cabeza.
—Bueno... —susurró él
titubeante—. Aunque parezca mentira, no sé por dónde empezar.
—Me harás caso, si te
aconsejo que comiences por el principio.
Kevin tomó aire.
—Hace un mes conocí a una
chica llamada Bianca. Es encantadora, Rebeca, si la conocieras te caería
fenomenal. Tiene tu edad, y la razón de no haberte llamado en estas dos semanas
ha sido porque he estado con ella acampado en la montaña.
Era la primera vez que su
hermano mostraba un interés especial por una mujer. Eso la asombró.
—¿Me estás diciendo que te
has enamorado?
—Sí, hermanita.
Y lo mejor de
todo es que
ella también está loca por mí.
—Ostras, Kevin. Me alegro
muchísimo por ti. Bueno, por vosotros. ¿Cuándo la voy a conocer?
—Bueno, ese es otro tema
que te quería comentar. En los días que hemos estado solos en las montañas,
hemos hablado muchísimo, y... —se paró para tomar aire—... y le he pedido que
se case conmigo. Ha dicho que sí.
Boquiabierta, se incorporó
de la silla.
—¡¿Qué?! —Lo que has oído.
—Dios mío, Kevin, en buen
lío te has metido —soltó totalmente alucinada.
Molesto por la reacción de
su hermana, protestó como un chiquillo.
—No la conoces. No me
parece justo que pienses eso. Aturdida, se volvió a sentar en la silla. ¿Su
hermano se
iba a casar?
—Vamos a ver, Kevin. Acabas
de decirme que la has conocido hace un mes. ¿No lo ves un poco precipitado?
—No.
—Creo... creo que deberías
pensártelo mejor. Yo no quiero que te enfades conmigo, pero tienes que entender
que yo creo que casarse con alguien significa algo más que
haber pasado juntos dos
semanas en las montañas.
Kevin resopló. Sabía que su
hermana le diría algo parecido.
—Rebeca, sé que parece una
locura, pero tienes que entender que es mi vida y estoy feliz por haberla
conocido. Es maravillosa y no puedo vivir sin ella. —Y cambiando su tono de voz
aclaró—: No me enfado contigo, tontuela. Sé lo que hago, confía en mí, ¿vale?
—De acuerdo. Está bien,
confiaré en ti —respondió dudosa pero dispuesta a estar feliz por él.
—Así me gusta —rio Kevin al
otro lado de la línea telefónica—. A ver... ya que estamos hablando de ello, te
quería pedir otro favor.
—Dime.
—¿Podríamos casarnos
en el jardín de tu casa? —
pidió esperanzado.
—Por supuesto que sí
—Rebeca asintió como en una nube—. Pero habrá que hablar con el cura de
Majadahonda, a ver si celebran bodas fuera de la iglesia.
—¡Perfecto! —asintió Kevin.
—Oye, ¿para cuándo tenéis
pensado que sea la boda?
—Para mayo. Faltan todavía
dos meses, pero yo creo que serán suficientes
para poder organizarlo
todo — contestó Kevin—. Quiero
que sea algo familiar. Díselo a Ángela, me gustaría que estuviera allí. Esta
noche llamaré a Donna a Chicago para que venga también.
Veremos lo
que piensa cuando
reciba la llamada , pensó Rebeca al escuchar hablar de
su hermana.
—Llámala. Te aseguro que se
sorprenderá tanto como yo.
Cuando colgó
el teléfono, Rebeca estaba estupefacta. No podía creer lo que su hermano
iba a hacer. No pensaba que casarse fuera
algo terrible, pero
sí le parecía demasiado rápido. Un mes no era
tiempo suficiente para conocer a nadie, por mucho que te enamorases. Confusa,
se levantó y se acercó a los ventanales.
—Mamá... ojalá Kevin tenga
razón —susurró mirando la Puerta de Alcalá.
Capítulo 14
El domingo Rebeca se
dispuso a ver las carreras de motos, como le había dicho a Paul. Inquieta, miró
un par de veces por la ventana para ver si Lorena llegaba con Julia. El día
anterior le había
dicho que irían
a su casa para
ver la carrera. Extrañada, llamó
por teléfono a casa de Paul, pero nadie contestó y dejó un mensaje en el
contestador automático.
Media hora después, Rebeca
se sentó frente al televisor para
ver la carrera.
Al principio todos
los pilotos le parecían iguales. Hasta que localizó la
moto roja con el número dos. Rápidamente
puso el vídeo
a grabar. Allí estaba él, subido en su potente e
intimidatoria moto roja. Pocos minutos después, el cámara de televisión fue
deteniendo la imagen piloto por piloto durante unos segundos. Cuando la detuvo
en él, Rebeca aplaudió; en su mirada vio la concentración.
Emocionada, vio cómo
comenzaron a despejar la pista. Salió
un hombre con un cartel
en el que
se leía «un minuto».
En la pista
solo quedaron los
pilotos, y los motores comenzaron a rugir. Como le
explicó Paul, los pilotos dieron primero una vuelta de reconocimiento a la
pista, para llegar de nuevo a parrilla y a sus posiciones. La
carrera iba a comenzar y
todos los pilotos observaban en tensión el semáforo rojo. Instantes después se
puso verde y todos aceleraron buscando la mejor posición.
Llegaron a
la primera curva
e iban como
una piña. Rebeca horrorizada les
observaba mientras estrujaba el mando que tenía en la mano. Parecía mentira que
pudiesen ir tan pegados los unos a los otros y no caer todos por los suelos.
Vuelta a vuelta las
posiciones de algunos pilotos fue variando.
Paul luchaba en el grupo
de cabeza por
una primera posición. A Rebeca le sudaban las manos al ver los malabares
que hacían curva tras curva encima de sus máquinas. Parecía que en cualquier
momento se rozarían y caerían.
Solo quedaban dos vueltas
para finalizar la carrera y Paul seguía en cabeza en un grupo de cinco
corredores, y no parecía que ninguno
se fuera a dar
por vencido. Todos tenían las mismas ansias por ganar, y
arañaban los posibles segundos que podían en cada vuelta. Pasaron por meta y
los mecánicos les informaron
con sus carteles:
«última vuelta».
Aquello era de infarto. Se
adelantaban en sitios donde era casi imposible pasar y, de pronto, dos de los
pilotos se salieron de pista y cayeron. Una gran nube de polvo impidió ver
quiénes eran. Rebeca, histérica, no podía ver si había sido Paul uno de ellos,
hasta que la cámara de televisión
volvió a enfocar la cabeza
de carrera, y le vio allí.
Ay, Dios... menos mal,
pensó con el corazón a mil.
Solo faltaban dos curvas
para la llegada a la meta y aquellos locos seguían luchando como al principio.
Paul intentó adelantar al piloto que tenía delante, pero este le cerró el paso
por el lado por el que intentaba colarse. El tercer piloto aprovechó aquel mal
movimiento e intentó adelantar a Paul, pero este no se lo permitió y así
llegaron a meta. Paul quedó segundo. Rebeca, al finalizar la carrera, dio tal
salto de alegría que asustó a Pizza, que se puso a ladrar.
—¡Esos hombres están locos!
—rio Rebeca mirando a su perra.
No sabía si en realidad
estaba contenta porque hubiera acabado y no le hubiera pasado nada o porque
Paul fuera segundo. Aunque cuando le vio subir al pódium, y observó su cara de
felicidad cuando le dieron la copa, se emocionó y aplaudió. Después no pudo
evitar reírse al ver cómo aquellos bravos hombres se empapaban de champán como
niños. Emocionada, se dirigió a la cocina y, cuando estaba preparándose algo de
comer, sonó el teléfono.
—Hola, Rebeca.
Al reconocer
su voz, se
limpió las manos
en una servilleta y gritó
emocionada:
—¡Paul!... ¡Has estado
fantástico! Enhorabuena.
—Gracias —rio al escucharla
tan contenta—. Vaya... veo que has
logrado reconocerme aunque
no llevara el clavel entre los labios.
—Oh... sí,
qué tonto eres.
Ha sido una
carrera de infarto. ¿Siempre es
así?
—Más o menos. Bueno, ¿qué
te ha parecido?
—Una auténtica locura
—respondió, sentándose en un taburete de la cocina—. ¿No pasas miedo al ver
cómo os acercáis los unos a los otros?
Él se carcajeó. Estaba
encantado de hablar con ella, en cuanto
hubo terminado la rueda de
prensa, había ido en busca de un
teléfono para poder oír su voz.
—A veces. Todo depende del
piloto que lleves a tu lado.
—Ay, Dios...
he visto a varios
pilotos caer casi
al final. Ha sido horrible, pobrecillos.
—Kolesi y Misaru. Son dos
pilotos jóvenes y tienen muchas ansias de triunfo. Pero todavía les queda mucho
por aprender. Por cierto, ¿has podido hablar con Lorena?
—A ver, te cuento. Hablé
con ella y Julia anoche, pero me ha extrañado no verlas hoy. Quedaron en venir
a casa a ver la carrera.
—Estoy llamando a casa y me
salta el contestador; me resulta extraño —indicó Paul con voz preocupada.
—No te
preocupes, hacemos una
cosa. Volveré a llamar, y si no contestan, me acercaré con
el coche a tu casa. ¿Te parece bien? —le calmó Rebeca rápidamente.
—Gracias, Rebeca —asintió—.
Por favor, cuando consigas localizarla llámame al teléfono móvil que te voy a
dar. Mi móvil ayer lo pisoteó mi moto y, como se suele decir, ha muerto.
—De acuerdo.
Antes de colgar apuntó el
número de teléfono que él le dio. Rápidamente volvió a llamar a casa de Paul,
pero como nadie lo cogió decidió ir a su casa. Llegó a la puerta del chalet de
Boadilla del Monte; llamó, pero nadie contestó. Con paciencia estuvo
una hora sentada frente al
chalet, hasta que, cansada, decidió volver a su casa.
Al llegar, se fijó en el
contestador automático y vio que tenía varios mensajes. Uno era de Ángela, para
decirle que el lunes no podría ir a su casa. Llegaba familia suya de Italia
e iría
al aeropuerto a
recogerlos. El siguiente
de su
hermana Donna,
y por lo
que decía ya
debía de haber hablado con Kevin. Se estaba riendo del
mensaje que su hermana había dejado cuando empezó a sonar el tercer mensaje.
Era Julia, la mujer que cuidaba a Lorena. Le decía que estaba en el Hospital
Montepríncipe con la niña en la habitación 378.
Sin pensárselo dos veces,
cogió el bolso y las llaves del coche y se marchó para el hospital. Por el
camino se angustió. Pensó en llamar a Paul, pero decidió esperar para ver qué
había pasado. Al entrar en el hospital, su nariz se impregnó de aquel olor que
a ella no le traía buenos recuerdos. Odiaba ir a los hospitales desde que su
madre murió.
Subió a la tercera planta y
buscó la habitación. Al llegar se paró frente a la puerta y tomó aire, después
puso la mano en el manillar y abrió. Al instante, vio a Lorena dormida en la
cama del hospital y a una señora que no conocía a su lado leyendo una revista. La señora, al verla, rápidamente se puso en pie y se dirigió hacia ella.
—Hola, soy Rebeca —saludó
entrando—. ¿Qué ha pasado?
—Peritonitis —susurró la
mujer—. Anoche pasó una mala noche y esta mañana la he traído al hospital y la
han tenido que operar de urgencia —aclaró apurada.
—¿Ha avisado a Paul?
—preguntó Rebeca—. Está muy preocupado.
La mujer se retorció las
manos nerviosa.
—Sí, he
intentado hablar varias
veces con él al
teléfono que tengo aquí —dijo enseñándole
un móvil—. Pero cada vez que llamo me hace un ruido extraño. Llamé a la
señora Tina a Barcelona y decidí llamarla a usted.
Sorprendida por aquello,
Rebeca miró a la niña y vio el apuro de la mujer reflejado en su rostro.
—Tranquila, Julia, has
hecho todo perfectamente.
—Gracias, señorita.
Rebeca se acercó a la
cabecera de la cama de Lorena y, tras ver que estaba bien, se volvió hacia la
mujer y esbozó una sonrisa para tranquilizarla.
—Voy a
intentar llamar a Paul por
teléfono para decirle que todo
está bien. No te preocupes por nada, ¿vale, Julia?
Más tranquila, Rebeca salió
al pasillo. Al ver que tenía buena cobertura, llamó al teléfono que Paul le
había dado. Al segundo timbrazo lo cogió una voz que no conocía, pero tras preguntar
por él le
indicaron que esperase
un momento.
—Al habla Paul Stone.
—Paul, soy Rebeca.
Al escuchar su voz, se
tensó. Llevaba esperando esa llamada un par de horas.
—Rebeca, gracias a Dios.
¿Has conseguido localizar a
Lorena?
—Sí, y no te preocupes, no
ocurre nada grave, ella está bien. —Le escuchó suspirar y ella continuó—:
Escúchame, pero tranquilo, ¿vale? Esta mañana la han tenido que operar de
peritonitis, pero la niña está perfectamente. Te lo juro, Paul.
—¡¿Qué?! —gritó levantando
la voz—. ¿Dónde estáis?
¿Cómo está ella? ¿Cómo no
me ha llamado Julia?
—Tranquilo, Paul. Lorena
está bien. Estamos en el Hospital Montepríncipe, en la habitación 378. Lorena
está dormida ahora, pero te aseguro que dentro de dos semanas ya estará
trotando otra vez por tu casa. Julia ha intentado llamarte por teléfono, pero tú
mismo me has dicho que lo pisó tu moto. Llamó a tu madre, que ya está en
camino, y luego me llamó a mí.
Pasaron unos segundos de
tenso silencio que Rebeca entendió.
—Salgo en el primer avión
que encuentre para España
—dijo Paul finalmente.
—Vale, Paul.
Pero tranquilo. Tu
madre ya está
de camino y yo no me moveré de aquí hasta que ella llegue. Todo está
controlado.
Pero Paul no podía ni
hablar. Saber que su pequeña había sido operada de urgencias y que él no estaba
junto a ella le dolió. Tras despedirse de él, regresó a la habitación. Allí le
comentó a Julia que Paul ya lo sabía y que ella se quedaría con la
niña hasta que
Tina llegara de
Barcelona. Al principio Julia se
negó a marcharse, pero Rebeca le rogó que
descansara. Si ella caía agotada no podría ayudar
a cuidar a la niña. Al final
la mujer le dio la
razón y se marchó a descansar.
Capítulo 15
Ocho días después todos
estaban más relajados, Lorena se encontraba estupendamente bien y la vida
retomó su normalidad. Pero Paul tenía que marcharse de nuevo. Su siguiente
carrera era en menos de seis días. De camino al aeropuerto, en el taxi, pasó
por casa de Rebeca. Quería despedirse
de ella. Le
indicó al taxista
que esperase y llamó a la puerta. La primera en salir a
recibirle fue Pizza, y tras ella Rebeca, que sonrió al verle.
—Hola. Vengo a decirte
adiós —dijo mirándola directamente.
Ambos se miraron de tal
manera que sus ojos hablaron por sí solos.
—Vaya, ¡qué detallazo! ¿A
qué hora sale tu avión?
—A las seis y cuarto.
Dentro de tres horas y media.
—¿Te da tiempo a tomar un
café? —preguntó Rebeca en un hilo de voz, nerviosa por cómo él la observaba.
Él asintió y la siguió al
interior de la casa. Mientras iba tras ella, se fijó en su cuerpo. Rebeca
pareció leerle el pensamiento y se detuvo.
—¿Se puede
saber por qué
estás tan calladito?
—
preguntó dándose la vuelta.
Paul suspiró y sonrió.
—Solo pensaba en la pereza
que me da tener que irme ahora de viaje.
Contenta con aquella
respuesta, se volvió y continuó andando hacia la cocina. Si seguía mirándole se
tiraría a su cuello, y no debía de hacerlo. Una vez allí, cogió dos tazas y
sacó la leche del frigorífico.
—¿Cuánto tiempo
vas a estar
fuera esta vez? —
preguntó con la cafetera en
la mano.
—Dos semanas, quizá tres.
—Por Lorena no te preocupes —murmuró
nerviosa sin mirarle, mientras echaba el café en las tazas—. Está tu
madre con ella y yo he quedado este fin de semana con ellas para ir al cine, y
según dijo la pequeñaja, luego se vendrá a dormir conmigo.
—Ya lo sé —contestó
sonriendo mientras se acercaba a ella—. Pero aunque te decepcione lo que te voy
a decir, mi hija está encantada de dormir aquí porque va a dormir c o n
Pizza. Algo que
a mí me
parece de lo
más decepcionante, teniéndote a ti —murmuró bajando el tono
de voz.
A Rebeca se le puso todo el
vello de punta. Su voz, su cercanía,
todo en él la excitaba,
pero cogiendo una servilleta se la tiró a la cara para
romper aquel momento.
—Oh... Paul, qué tonto
eres.
Sin dar un paso atrás, él
la cogió por el brazo para retenerla.
—No sé cómo darte las
gracias por todo lo que estás haciendo por Lorena y por mí.
—Pero si yo
lo hago encantada —contestó azorada por ello.
Él sonrió. Verla tan tensa,
indecisa y excitada al mismo tiempo, le gustó. Y acercándose más, susurró
dispuesto a conseguir lo que había ido a buscar.
—¿Qué te parece si cuando
vuelva te invito a cenar? Hay algo que quisiera comentar contigo.
Levantando la vista, le
miró a los ojos.
—Será algo bueno...
¿verdad?
—Te lo puedo asegurar
—asintió con voz ronca y varonil.
Notando su respiración cada
vez más cerca, Rebeca, aprisionada entre
la encimera de su cocina y el
fibroso
cuerpo de Paul, no
conseguía mantener la calma.
—De acuerdo. Llámame para
decirme cuándo vuelves, o... — balbuceó entre jadeos.
—No dudes que voy a
llamarte —contestó atrayéndola hacia él para besarla.
Sin ningún miramiento, Paul
le tomó los labios. Rozó con su lengua el labio superior para tantear el
terreno y, cuando vio que ella abría la boca, se apoderó de su lengua y se la
devoró. Rebeca, rendida a lo que él le ofrecía, se apretó contra él, y cuando
creía que iba a estallar de gozo, sus labios se separaron y, tras una breve
mirada, ambos comenzaron a reír.
—Caray... —susurró Paul
excitado—, más vale que me vaya, porque como esté contigo cinco minutos más, no
me marcho a Japón.
Deseosa de más besos,
Rebeca suspiró y, con gesto aniñado, asintió.
—Sí... creo que es mejor
que te vayas.
Paul, tras darle un nuevo y
dulce beso en los labios, se dirigió
hacia la puerta,
mientras Pizza corría entre
sus piernas. Rebeca, como en una nube, iba a su lado. ¡Le había besado!
Al llegar a la puerta se miraron.
—Espero que tengas un buen
viaje —dijo Rebeca—.
Y, por favor, no te
preocupes por Lorena y ten cuidado con la moto. ¿De acuerdo?
—Te llamaré —respondió él
mientras la volvía a atraer de nuevo hacia sí para besarla.
Se besaron apasionadamente.
—Recuerda. Tienes una cena pendiente conmigo
—
dijo Paul, separándola de
él.
—De acuerdo.
Tras un último y rápido
beso, él se marchó. Rebeca le siguió con la mirada hasta que el taxi se alejó.
Una vez hubo entrado en su casa y cerrado la puerta, miró a su perra, que la
observaba fijamente, y con la mejor de sus sonrisas murmuró:
—Dios... cómo me gusta Paul
Stone.
Capítulo 16
El trabajo, para Rebeca,
iba viento en popa, aunque cada vez tenía
que tomar decisiones
más complicadas. Estaba sumida en sus pensamientos cuando oyó
cómo se abría la puerta del despacho. Era su amiga Carla.
—¿Puedo pasar? —preguntó
desde la puerta.
—Anda... déjate de
tonterías y pasa —respondió divertida Rebeca.
Había sido
un total acierto
el contratarla para
que trabajara en el despacho. Todos estaban felices con la labor que
desempeñaba. Pero Rebeca la conocía muy bien y sabía que algo le pasaba.
Mientras Carla se sentaba frente a ella, Rebeca intuyó que su amiga había ido
por fin a contarle la razón de su quebradero de cabeza.
—Rebeca, tengo un gran
problema.
Con cariño, Rebeca se
levantó de la silla y se sentó junto a
su amiga.
—Lo sé, Carla. Nos
conocemos muy bien y lo sé. Cuéntame.
Ésta sonrió, pero
rápidamente cambió su gesto.
—Todo comenzó
después de haber
estado en el hospital. ¿Te acuerdas de las veces que te
he dicho que cuidaras de Noelia?
Al pensar en esa preciosa
niña, Rebeca sonrió.
—Sí... pero
yo estoy encantada
de cuidarla. Ya lo sabes.
—Lo sé —respondió
Carla—. Pero... yo necesitaba que
la cuidaras porque he comenzado a salir con alguien.
—Me lo imaginaba. Lo que no
puedo imaginar es con quién.
—Con Samuel.
El médico que me atendió
en el hospital.
Sorprendida por aquello,
Rebeca sonrió feliz y aplaudió.
—¡¿Con Samuel?! Pero eso
está fenomenal. Es un tipo encantador. —Carla sonrió—. Y ahora que lo dices, me
ha parecido verle un par de días al salir de la oficina.
—Es encantador. Me cuida y
con la pequeñaja se porta fenomenal —asintió Carla emocionada, y en un hilo de
voz dijo—: Y yo... yo... creo que me he enamorado de él, y él de mí.
Rebeca, al ver llorar a su
amiga, sin entender nada, la cogió del mentón y la miró a los ojos.
—¿Dónde está el problema?
—preguntó—. Si Samuel te hace feliz, no lo pienses y adelante.
—El problema
es Alfonso —admitió
Carla sollozando.
Al oír aquel nombre, Rebeca
se tensó. Pensar en lo que ese individuo le había hecho a su amiga le revolvía
el estómago.
—Ese malnacido. ¿No
pensarás volver con él? —soltó mirándola con intensidad.
—No... no... Pero ha venido
a mi casa un par de veces a vernos a mí y a la niña, y... y está cambiado. Lo
sé. Lo veo. Es como el
Alfonso que conocí
hace años, cariñoso, atento...
Cogiéndole de las manos,
Rebeca clavó sus ojos en su amiga.
—Carla, hemos hablado sobre
eso, y tú sola llegaste a la conclusión de que no volverías con él. Recuerda lo
que te hizo. ¿Por qué me cuentas sus virtudes ahora? —Al ver que no contestaba,
Rebeca prosiguió—: No creo que vayas a ser tan tonta como para volver a vivir
con él sabiendo lo que sabes.
—No... no...
—Mira, cariño —susurró
Rebeca—, debes poner en una balanza las
cosas buenas y
malas de Samuel
y de Alfonso y tomar una
decisión. Como amiga lo único que puedo decirte es que no olvides que con
Alfonso no tienes un futuro y con Samuel sí.
—No es tan fácil, Rebeca,
no es tan fácil pensar eso
—respondió.
—Nadie dice que sea fácil.
Pero no debes mirar por ti sola,
debes pensar en Noelia.
Ella no se
merece pasar malos momentos, ni
tener problemas. Es una niña preciosa y
se merece lo
mejor y ser
feliz. Piénsalo, Carla... piénsalo.
Carla asintió y,
limpiándose las lágrimas de los ojos, se levantó de la silla y se dirigió hacia
el ventanal.
—Tengo que contarte otra
cosa.
—¡Suéltalo.
—Estoy embarazada.
Cada vez
más sorprendida, Rebeca
se levantó y se
acercó hasta ella.
—¡¿Que estás qué?!
—Lo que has oído.
Rebeca reaccionó
rápidamente.
—¿No será de Alfonso? Por
favor, dime que no es de él o me da algo.
Carla miró a su amiga y
soltó.
—Es de Samuel, y él no lo
sabe.
—Ay, Dios, Carla. ¿Qué vas
a hacer?
—He mirado varias clínicas
para abortar —al ver el gesto en su amiga, aclaró—: Rebeca, no puedo cargar yo
sola con dos niños pequeños. Noelia ya me da mucho trabajo. —Y rompiendo a
llorar gimió—: No sé qué hacer.
Rápidamente se abrazaron.
—Oh... Carla, en esto no sé
qué decirte. Lo único que puedo aconsejarte es que hables con Samuel. Creo que
él tiene derecho a saberlo —dijo al pensar en lo que Paul le contó de su
exmujer—. No es solo tu hijo, también es de él. ¿Qué te hace pensar que él no
lo va a querer?
Carla resopló. No era fácil
pensar.
—Ayer, cuando
Samuel llegó a mi casa,
estaba Alfonso jugando con la niña. No le gustó que estuviera allí.
Tuvimos una discusión tremenda y me acusó de jugar con sus sentimientos.
—Ay, cielo, lo siento.
—Rebeca la abrazó.
—En definitiva, me dijo que
tenía que tomar una decisión. O él o Alfonso. —Secándose las lágrimas
concluyó—: Dijo que le llamara
cuando me hubiera aclarado.
—Ay, Dios... —suspiró
Rebeca—. Carla, ¿qué vas a hacer? ¿De cuánto tiempo estás?
—De dos meses. Si quiero
abortar debo decidirlo ya. No puedo esperar mucho más.
Ambas se miraron. Aquella
decisión era dura, fuerte y fría. Tras
unos segundos en silencio, Rebeca miró a su amiga.
—Sinceramente, ¿a quién
amas, Carla? ¿A quién quiere tu corazón?
—A Samuel. Pero Alfonso es
el padre de Noelia y no puedo negarle que la vea.
Su amiga
tenía razón. Una
cosa no quitaba
la otra, aunque Alfonso, tras lo
ocurrido, no fuera objeto de su devoción.
—Pero vamos a ver, ¿eso se
lo has dicho a Samuel? Carla negó con la cabeza.
—Intenté decírselo, pero
estaba tan furioso que no me es-cuchó.
Rebeca cogió el teléfono y
se lo pasó a su amiga con decisión.
—Llámale al móvil y queda
con él para esta noche. No te preocupes por la niña, ya me encargo yo, ¿de
acuerdo?
Carla asintió. Decidida,
aunque temblorosa, le llamó al móvil. Tras hablar unos segundos con él, hizo lo
que su amiga le había sugerido y después colgó.
—¿Y bien? —preguntó Rebeca.
—He quedado esta noche a
las nueve. Hablaremos. Rebeca sonrió.
—¡Perfecto! Habla con él.
Sé clara en todo, él se merece una
explicación. Piensa en cómo se
sintió él al llegar y ver a la persona
que casi te mata, jugando en tu casa con la niña.
—Tienes razón. Seré sincera
con él. —Y abrazándola sonrió—. Gracias, Rebeca. No sé qué haría si no te
tuviera.
—Venga, tontuela, para eso
estamos las amigas — contestó quitándole hierro al asunto—. Por cierto, ¿a qué
hora me traerás a Noelia?
—A las ocho.
—Vale —asintió Rebeca
mientras Carla salía por la
puerta.
Capítulo 17
A las ocho y veinte, tras
dejar a Noelia en casa de Rebeca, Carla se dirigía en su coche hacia Plaza de
España. Iba nerviosa. Debía darle
a Samuel una
noticia que estaba segura que le iba a bloquear. ¡Iba a
ser padre! A las nueve entró en el restaurante donde había quedado con él.
Pidió un zumo de piña. Cinco minutos después, y tan guapo como siempre, le vio
entrar. Samuel, al verla, se dirigió hacia la mesa. Deseaba besarla y
acariciarla. Pero no, no lo haría. La saludó con frialdad y pidió al camarero
una botella de agua.
—¿Cómo estás? —preguntó
nervioso.
Solo la conocía hacía pocos
meses, pero pensar en perderla se le hacía insoportable.
—Bien. Gracias por venir
—atinó a contestar.
Tras un incómodo
silencio, el camarero se
acercó y llevó la botella de agua
a Samuel. Tras beber y aclararse la garganta la miró finalmente.
—La última vez que nos
vimos quedamos en que tú me llamarías. Tú eres la que tiene que decidir qué
hacer con tu vida.
Carla asintió,
y le respondió
intentando que no le
temblara la voz.
—Es todo tan complicado
que...
—No. No es complicado. Se
trata de decidir, ni más ni menos —interrumpió él.
—Samuel, te quiero y... y
Alfonso es solo el padre de mi hija.
Aquello erizó
el vello del
cuerpo del hombre,
pero estaba dispuesto a soltar lo que llevaba en su interior.
—Comprendo que él es el
padre de Noelia, pero ese animal casi te mata hace unos meses, ¿no lo
recuerdas? — ella asintió y él prosiguió—: ¿Cómo puedes verle tan
tranquila? ¿Cómo le
dejas entrar en
tu casa? ¿No
has pensado que si ocurrió una vez puede volver a ocurrir?
Ella negó con decisión.
—Alfonso nunca fue agresivo
y lo que pasó fue algo... algo puntual.
—Oh, sí, claro —se mofó con
amargura—. Parece mentira que no escuches las noticias en referencia a esos
hijos de puta que maltratan y matan a las mujeres.
Entendió lo que decía. Por
ello, y dispuesta a hablar y no discutir, Carla respiró antes de contestar.
—Sé lo que quieres decir,
pero yo nunca pondría en peligro a Noelia. Si le dejo entrar en casa es porque
sé que no viene con malas intenciones. Está arrepentido y...
Incapaz de seguir
escuchándola él volvió a interrumpirla.
—Joder, Carla, no entiendes
nada. Yo no veo mal que él vaya a ver a la niña. ¡Es su hija! Pero por el amor
de Dios, procura no estar sola. Llámame a mí o a Rebeca o a cualquier persona,
pero no estés sola con ese malnacido, porque no me fío de él. —Acercándose a
ella continuó con rabia—: Por mi trabajo veo muchas mujeres con el rostro y el
cuerpo marcados por esos hijos de puta y no lo puedo soportar. Mira,
Carla, comprendo la situación.
Él es el padre
de Noelia, no
yo. Él tiene
unos derechos con respecto a ella y me parecerá bien que
los cumpla, siempre y cuando reconduzca su conducta y su vida. Mira, cariño —
susurró tocándole el mentón—, no pretendo dirigir tu vida, ni quitarle la niña
a un padre. Solo quiero saber que estáis seguras.
—Lo sé, pero él es el padre
de Noelia. Una persona a la que yo he querido muchísimo, y...
—Me parece enternecedor
todo lo que dices — murmuró
separándose de ella—.
Pero olvidas un grandísimo detalle. ¡Casi te mata! ¿Crees
que él pensó que tú eras la madre de Noelia cuando te hacía daño? —estalló
con furia—. Por favor,
Carla, no hables así de él, me dan ganas de cogerle del cuello y matarle.
Le asió del brazo para
acercarse a él.
—De acuerdo, tranquilízate.
Pero tienes que entender que hubo algo entre nosotros y que de esa unión nació
Noelia. No puedo negarle que la vea. Entiéndelo, por favor
—suplicó mirándole a los
ojos—. Te quiero, Samuel. Te quiero
como nunca he
querido a ningún
hombre. Eres bueno, amable, me
haces la vida fácil y yo... yo no quiero perderte porque te quiero, pero
necesito tu ayuda...
Aquello derribó
todas las defensas
de aquél y, abrazándola, le susurró al oído lo que
sentía.
—Dios Santo, Carla, estaba
desesperado al ver que no me llamabas —dijo besándola en la boca—. Cuando esta
tarde he
hablado contigo por teléfono
me he temido
lo peor. Claro que voy a ayudarte, mi vida. ¿Por qué lo dudas?
Emocionada por el cariño
que le demostraba, Carla suspiró.
—Perdóname por todo el daño
que te he hecho. Nunca lo pretendí.
—Olvídalo, cielo, pero
necesito que entiendas que cuando llegué a tu casa y os vi tan felices a los
tres, yo... me sentí mal. No soy un niñato, soy un hombre con esperanzas de
formar una familia contigo y...
—A propósito de lo de
formar una familia —susurró
Carla—. Tengo que decirte
que...
Pero emocionado él la
volvió a interrumpir y, volvió a sorprenderla.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Aquello la descuadró y él, a
pesar del gesto
de Carla, prosiguió—:
Sé que llevamos poco tiempo
juntos, pero cielo, tú eres la mujer que
quiero y la
que he buscado
toda mi vida. Solucionaremos lo de las visitas de
Noelia con su padre. Si tú quieres, mañana hablamos con Rebeca, que es abogada,
y buscamos la mejor solución para todos.
Desencajada por aquello,
Carla apenas logró balbucear unas palabras.
—¿Me… me
estás pidiendo… que
me case…
contigo?
Samuel, seguro de lo que
estaba haciendo, asintió.
—Sí, cariño. No puedo vivir
sin ti y sin Noelia. Ambas sois lo
más importante que
tengo en esta vida. Y estoy
seguro de que juntos podremos tener una bonita vida y unos preciosos hijos.
Quiero formar una familia contigo, si tú quieres, claro.
Ay, Dios mío, pensó Carla a
punto de llorar. Samuel, mirándola a los ojos, vio su confusión.
—Bueno, ¿cuál es tu
respuesta? Carla le miró como en la luna.
¿Cómo podía
sentir aquel amor
por alguien a
quien apenas conocía? Pero estaba convencida de que Samuel la quería
hacer feliz. Él, al ver que ella no respondía, trató de hacerla sonreír.
—Si me dices que sí, solo
te pido una cosa.
—¿Qué?
—Que nunca vuelva a haber
secretos entre nosotros.
—No puedo prometerte eso
—susurró Carla a punto de retorcerse de risa por la situación. Aquello
comenzaba a desbordarla.
—¡¿Cómo?! ¿Qué pasa ahora?
—Cariño... aún hay algo que
no sabes pero que debes saber.
Samuel, con la tensión en
el rostro, asintió.
—De acuerdo. Adelante. Sea lo que sea, estoy a tu
lado.
Carla le dio un beso que le
desconcertó aún más.
—Como veo que lo nuestro va
a la velocidad de un rayo, tengo que decirte que en pocos meses vas a ser papá.
Samuel abrió de par en par
los ojos y susurró incrédulo mirando al camarero.
—Por favor, tráigame un
whisky doble. —Luego, mirando de
nuevo a Carla, preguntó—: ¿Qué
has dicho?
¿Voy a ser padre?
Carla, emocionada asintió.
—Sí, cariño.
Esperaba poder hablar
contigo para decidir qué hacer.
El camarero llegó con el
whisky y lo dejó encima de la mesa. Samuel con un gesto le pidió un segundo;
cogió el whisky y dio un buen trago. Tras gesticular con la cara, la volvió a
mirar y con la mejor de sus sonrisas asintió.
—Te quiero y vamos a tener
unos hijos preciosos. Emocionada, Carla aceptó los brazos que él le abría y se
acurrucó entre ellos.
—Eso es lo que deseo,
cielo, eso es lo que deseo.
Capítulo 18
La boda de Samuel y Carla
fue una boda sencilla, entrañable y bonita. Todo fue rápido y organizado en dos
semanas. La vida por fin sonreía a Carla y Rebeca estaba feliz por ella. Las
llamadas de Paul cada vez eran más seguidas y más íntimas, hasta
que por fin
llegó el día
de su regreso. Llegaba aquella noche tras el premio
de Japón, y Rebeca estaba tan nerviosa que no sabía qué ponerse, ni qué le
diría cuando le tuviera delante. Habían pasado tres semanas y cuatro días desde
que se despidiera de él en la puerta de su casa con un beso abrasador, y eso la
tenía al borde de un ataque de nervios.
Era sábado y se encontraba
en su mesa de trabajo cuando sonó el timbre de la puerta. Rápidamente, Pizza se
puso a ladrar. Rebeca se levantó y se dirigió hacia la puerta para ver quién
era, y, cuál no sería su sorpresa, cuando al abrir, allí estaba Paul con la
mejor de sus sonrisas y un precioso ramo de flores. Durante unos segundos se
miraron desconcertados, hasta que él la agarró y la besó apasionadamente.
—¿Pero qué
haces tú aquí?
—preguntó Rebeca segundos
después—. ¿No llegabas esta noche?
—Muy bonito —se mofó él—.
Yo cambiando vuelos para llegar cuanto antes, y tú me preguntas que qué hago
aquí.
Cogió su
maleta y se
dio la vuelta
dispuesto a marcharse.
—De acuerdo.
Me voy y
hasta esta noche
no regresaré.
—No, Paul —rio agarrándole
del brazo—. ¿Qué haces, tonto? No quiero que te vayas.
Soltando la maleta con una
espléndida sonrisa, él volvió a abrazarla y la besó de una manera que la dejó
sin aliento.
—Eso es lo que yo quería
oír —susurró haciéndola reír—. No sabes
las veces que
he pensado en
este momento.
Rebeca le miró encantada.
Ella también había pensado mil veces en aquel momento, y estaba siendo mil
veces mejor de lo que su cabeza había imaginado, le miró y susurró:
—Tú no sabes las vueltas
que le he estado dando para saber qué me ponía esta noche, y ahora resulta que
llegas antes de la hora y me pillas con estas pintas —susurró tras varios besos
abrasadores.
Devorándola con
la mirada, él
respondió encantado
mientras contenía sus ganas
de desnudarla y poseerla como tantas veces había soñado.
—Estás preciosa.
—Sí… seguro —rio
separándose de él. Si continuaba tan cerca le tumbaría y le haría el amor como
estaba deseando desde hace meses—. Por cierto, ¿has llamado a Lorena para
decirle que ya has llegado?
Dejando la cazadora encima
del sillón, asintió.
—He hablado
con Julia y me ha dicho que
Lorena estaba en el cumpleaños de su amiguito Dani. Un niño del colegio.
Por lo tanto, tengo unas horas para estar contigo.
—¿Cenaremos juntos esta
noche? —preguntó Rebeca.
—Por supuesto. Dentro de un
rato iré a casa a darle un besazo a Lorena y, cuando la acueste, la noche será
para nosotros —murmuró tras suspirar—. ¿Has decidido a qué restaurante quieres
que te lleve?
—No se me ocurre ninguno.
Vayamos a cualquiera que conozcas tú.
Feliz por estar con ella,
Paul la atrajo hacia él y se dejó caer sobre el sofá abrazados.
—De acuerdo, preciosa
—murmuró con gesto cansado—. Pero de momento ven aquí para que yo pueda
disfrutar de ti.
Mimosa, Rebeca
se dejó abrazar
y besar por el que
tantas noches en vela había pasado. Lo que más le apetecía en esos momentos era
aquello y no se lo iba a negar. Paul era un hombre terriblemente sexy y ella le
deseaba. Cuando Paul sintió que ella bajaba sus manos por su abdomen y se
detenía en el botón de su vaquero, la miró y preguntó con voz ronca.
—¿Estás segura?
Con una cautivadora
sonrisa, asintió y Paul la besó. Le devoró los labios con tal ansia que ella se
estremeció. Echados en el sillón y llevados por la pasión, acabaron en el
suelo.
—Subamos a mi habitación
—propuso Rebeca entre risas.
Levantándose del
suelo, subieron las
escaleras entre besos y abrazos.
Una vez llegaron a la cama, Rebeca se sentó y Paul, con un dedo, la tumbó para
dejarse caer con cuidado y posesión sobre ella. Con movimientos torpes al
principio pero a cada segundo más rápidos, se desnudaron.
—Eres preciosa
—susurró mirándole los
tersos pechos.
Atizada por un extraño
ardor, sonrió. Metió la húmeda lengua en su boca y, con fiereza, le besó. Ella siempre
había sido una chica buena,
recatada y poco exigente, pero aquel hombre la tentaba tanto que su
comportamiento se volvió loco y provocador.
¡Deseaba tenerle dentro de
ella ya!
Paul, al sentirla tan
excitada, sonrió y dándole lo que ella quería, se posicionó entre sus piernas y
no se hizo de rogar. Saco un preservativo de la cartera y se lo colocó. Luego
bajó una de sus manos para tocarle el centro de su deseo mientras guiaba su
miembro hasta él.
—Oh Dios... te deseo tanto
—murmuró agitada.
—Tanto como yo a ti
—suspiró él al notar cómo el calor del interior del cuerpo de ella rodeaba
totalmente su miembro.
Rebeca, al sentir cómo él
entraba en ella, se arqueó y subió las caderas impaciente por recibirle. Al
sentir aquel movimiento, algo en Paul se volvió salvaje y primitivo y,
posicionando una de sus manos bajo el trasero de ella, alzó sus caderas y,
mirándole a los ojos, comenzó a entrar y salir de ella con movimientos rápidos
y certeros hasta que la vio soltar un pequeño gemido que le indicó que ella
había llegado al orgasmo. Paul la apretó contra él y, tras bombear un par de
veces con más profundidad dentro de ella, se dejó ir. Rebeca sonrió al escuchar
de su garganta un sonido seco y varonil.
Durante unos segundos, Paul
mantuvo su cara hundida en
el cuello de Rebeca. Le
gustaba lo que había ocurrido pero deseaba volver a repetirlo con más calma.
Quería gozar más de ella. Instantes después, al escucharla respirar con
celeridad, levantó la cabeza y la besó con tal pasión que Rebeca supo que sería
una tarde para recordar.
—¿Todo bien?
—Sí —asintió gustosa—.
¡Genial!
Divertido por la sonrisa
guasona que vio en sus labios se sentó a horcajadas sobre ella y cogiéndole las
muñecas con ambas manos se las puso sobre la cabeza e indicó bajando su boca
hacia ella.
—¿Te apetece seguir jugando
o prefieres que me marche?
Ella le besó en la comisura
de los labios mientras sentía como su erección crecía por segundos.
—Si se te ocurre levantarte
de esta cama sin satisfacer todos mis deseos, considérate hombre muerto.
Paul, sorprendido, la miró
y ella de pronto enrojeció por lo que había dicho.
—Bueno yo… la verdad es
que…
Divertido por verla tan
azorada le soltó una mano para colocarle un mechón detrás de la oreja y besarle
en el lóbulo.
—Tengo en mi cabeza tantos
pensamientos lujuriosos contigo que estoy seguro de que tus deseos quedaran
satisfechos —al ver que ella sonreía prosiguió—. En este tiempo sin
verte he imaginado
que te poseía
de tantas maneras que no te
puedes imaginar.
—¿En serio?
—Sí, preciosa… sí.
Con el aliento entrecortado
y excitada como nunca en su vida ella exigió.
—¿Qué has imaginado?
—Fantasías húmedas que te
aseguro que te gustarán. Rebeca abrió los ojos desmesuradamente.
—Aunque reconozco que la
que más me excitaba era verte desnuda sobre mi bicha.
—¿Tu bicha?
Divertido Paul sonrió y
prosiguió.
—Mi bicha
es mi moto,
y en ella
me encantaría tenerte sentada a
horcajadas sobre mí, mientras me haces el amor.
—Pero… yo… yo nunca hago
esas cosas. Él rio.
—Nunca digas… nunca.
Con su cálido aliento, su
voz y su mirada consiguió que Rebeca
sintiera un escalofrío
que le recorrió
todo el cuerpo mientras sus
pezones se erizaban excitados. Saber que él había tenido fantasías con ella le
gustaba más de lo que nunca hubiera imaginado.
—Te deseo, preciosa —le
susurró Paul al oído con una masculinidad tan posesiva que casi solo el sonido
de su voz la lleva al orgasmo.
Con el corazón
latiéndole con fuerza y un
ardoroso calor instalado entre
sus piernas le
mordió el labio inferior. Aquello gustó tanto a Paul
que al percibir su excitación la besó hasta dejarla sin aliento. Eso la animó y
asiendo sin ninguna vergüenza su erección con la mano comenzó un suave y
ondulante movimiento que lo enloqueció.
—Si sigues haciendo eso, no
dudaré ni tres segundos.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Consciente del erotismo que
en sus ojos veía, bajó su boca y tomó uno de aquellos duros y tersos pezones.
Cómo era de esperar ella gimió al límite hasta que gritó.
—¡Para!
Él paró, la miró y con voz
ronca susurró.
—¿Quieres dejarlo aquí?
Ella deslizó
su mano por
aquellos marcados abdominales e
incorporándose sobre los codos pidió.
—No… solo
quiero cambiar de
posición. Déjame estar a mi
sentada sobre ti.
Paul asintió y sin perder
tiempo se dejó caer sobre la cama. Ella se sentó a horcajadas sobre él y sin
hablar le besó el cuello. Después bajo su boca hasta sus pezones y continuó
bajando hasta rodear con la lengua su ombligo. Mientras continuaba su exploración
por aquel musculoso cuerpo le escuchó gemir. Eso la hizo sentirse poderosa y,
al tener ante ella aquella impresionante erección, la besó y metió su
aterciopelada punta en su boca.
Por primera
vez en su
vida sintió que
ella tenía el control en sus manos. Sentirse como una
mujer liberal le hacía sentirse viva y le gustó. Siempre había temido
arrepentirse de hacer algo así pero con Paul era diferente. Él la hacía sentir
viva, deseada y sexy y sabía que no se iba a arrepentir.
Durante lo que a Paul se le
hizo una eternidad, ella jugó con él hasta que incapaz de seguir inerte la
agarró por las axilas, la hizo ponerse de nuevo a horcajadas sobre él y
mirándola a los ojos la
penetró. Ella estaba tan húmeda que sintió
el pene entrar
hasta el cuello
del útero. Ambos gritaron de
placer mientras él
con las manos
sobre la cintura de ella la
ayudaba a salir y entrar una y otra vez.
El ritmo se aceleró.
Rápido, intenso, fuerte.
Ella gritó al llegar al
clímax y cuando él no pudo más, la levantó con fuerza, sacó su erecto pene de
ella y se corrió.
Con las respiraciones
entrecortadas y los corazones acelerados se miraron y sonrieron. Aquello había
estado muy, pero que muy bien y estaban dispuestos a repetir.
Tras una magnifica tarde de
sexo, Paul, a regañadientes, se marchó a su casa para ver a su hija.
Durante unas
horas estuvo con su pequeña hasta que llegó la noche, y de
nuevo fue a buscar a Rebeca, quien al verle le besó con ardor.
—Si me sigues
besando así, te llevo de nuevo
a la cama —bromeó él.
Divertida, dijo con un
gesto que a él le enloqueció:
—No me tientes... No me
tientes. Pero no, prometiste llevarme a cenar y eso haremos.
Al cerrar la puerta de su
casa, Rebeca vio aparcada una bonita moto frente a ella. Mirándole, dijo en
tono guasón.
—Menos mal que no me he
puesto vestido. —Aquella
ocurrencia le hizo reír y
ella aclaró—. Paul, no te lo tomes a mal, pero creo que te dije que me daban
miedo las motos.
—Y yo creo que te dije que
ese miedo se debía a que aún no habías montando con alguien que te
proporcionara seguridad. —Dándole uno de los cascos, susurró antes de plantarle
un dulce beso—: Póntelo y confía en mí. No te pasará nada
Nerviosa, obedeció, y diez
minutos después se encontró disfrutando junto a él de la libertad que
proporciona viajar sobre una moto.
Tras un divertido
viaje aparcaron, y cogidos de la mano llegaron hasta el
restaurante. Un local de moda, grande, con varios ambientes y distintas
cocinas.
El maître, al ver a Paul y
reconocerle, rápidamente le ofreció una de las mejores mesas en la zona
francesa. Era un lujo tener en el restaurante al famoso piloto de moto GP Paul
Stone.
Encantada por la compañía,
Rebeca se dejó asesorar en cuanto a la comida. Le gustó todo excepto los
caracoles, que se negó a comer. Solo con verlos, el estómago se le removía.
Tras la cena, decidieron ir a tomar algo a un bar de copas de un amigo de Paul.
Al llegar,
Rebeca se sorprendió;
estaba ante el DeMarios, el local más de moda de Madrid.
En cuanto aparcaron, pudo comprobar
cómo la entrada
del local estaba plagada de
fotógrafos buscando una instantánea que les diera un titular. Rebeca, azorada
por las fotos que les
disparaban, sintió
la mano de Paul
que la apretaba con fuerza y sonreía a los fotógrafos, eso le
dio confianza. En aquello él estaba muy puesto. Era un deportista guapo,
adinerado y soltero, y eso, a los fotógrafos, les encantaba.
Una vez dentro del local,
Rebeca se sorprendió al verse rodeada de gente que solía ver en la televisión y
en el cine. Eso la intimidó, pero Paul, con su seguridad, de nuevo consiguió
que sonriera, mientras le cuchicheaba cosas de todos ellos.
Tras saludar al dueño
del local, Paul se dirigió hacia
donde le indicó que estaban algunos de sus compañeros. Pilotos como él.
Encantada, conoció a Iván Vázquez y a su mujer Rita. Paul le presentó como el
gran rival en pista, pero grandísimo amigo en la vida e inmejorable compañero
de equipo. Más tarde llegaron Tomi, Valentino, Raúl y Salinski, acompañados por
sus mujeres, excepto Tomi, que no tenía pareja.
Mientras Rebeca observaba
cómo charlaban animadamente, Iván se acercó a ella para invitarla a bailar.
Bailó con él y rio por las cosas que este le contaba. Cuando Iván y ella
dejaron la pista, Rebeca vio que Paul saludaba a una mujer mayor que él. Se notaba
cierta familiaridad entre ellos. Segundos
después, ambos se dirigían hacia donde ella estaba sentada.
—Rebeca, te presento a
Elena, una amiga y colosal periodista deportiva. —al ver cómo le miraba,
aclaró—: Es
la madre de Susana y Dani.
El cumpleaños al que asistía hoy
Lorena.
Al recordar aquel detalle,
Rebeca sonrió.
—Encantada de conocerla y
felicidades a Dani.
La mujer la miró a los ojos
unos segundos. Luego, se acercó a ella.
—Gracias, querida, y por
favor, no me llames de usted que me haces mayor —le dijo amablemente.
—De acuerdo, Elena. —Y al
reconocerla dijo—: Trabajas en las noticias de Telecinco, ¿verdad?
—Sí, querida. ¡Acertaste!
Paul, sonrió al ver cómo
Rebeca miraba a la mujer.
—A todo esto,
¿dónde está tu marido? —preguntó
Paul.
La mujer miró a su
alrededor antes de contestar.
—Ha ido la barra a pedir
unas copas con Toño. Yo — dijo echando un vistazo de nuevo a su alrededor —
estoy esperando a Marga, que ha ido al guardarropa un momento.
—Toño y Marga son unos
amigos —aclaró al ver que Rebeca la miraba—. Cada año salimos a celebrar los
cumpleaños de los niños por la noche. —Con una encantadora sonrisa
aclaró—: Por la
tarde es el
cumpleaños de los niños,
pero por la noche es la fiesta de los mayores.
—¡Genial! —rio Rebeca.
—Siempre es
bueno un pretexto para salir
a cenar fuera de casa —continuó la mujer que, moviendo el brazo, dijo—:
Allí está Marga. Por cierto, no ve tres en un burro, pero la muy presumida no
quiere ponerse las gafas y hay que estar pendiente de ella todo el rato.
Rebeca volvió a reír y la
mujer, al ver que su amiga no la veía hizo ademán de levantarse.
—Bueno, queridos, os dejo,
que si no se me pierde. Hasta luego. —Y acercándose a la joven susurró—: Debes
de ser muy especial para que este hombre te mire así. Aprovéchalo.
Rebeca y Paul se miraron y
se echaron a reír, ante la vivacidad y el buen humor de Elena.
—Qué mujer más maja —rio
ésta.
—Sí. Ella y su marido son
dos personas encantadoras. Paul le explicó que les conocía desde el primer día
de
colegio de Lorena. Siempre
le había parecido una pareja ejemplar.
Solía coincidir con
ella o su
marido Iñigo a veces, cuando iba a recoger a su hija al
colegio. Incluso Susana, la hija de ellos, más de una vez se había quedado a
dormir con Lorena. Eran
inseparables.
Mientras hablaban, el ritmo
de la música cambió. Pusieron música lenta y Paul la invitó a bailar. Al
abrazarla, Paul le susurró al oído, poniéndole la carne de gallina.
—No sabes cuánto te he
echado de menos.
—Me gusta.
Sorprendido por aquella
respuesta, la miró a los ojos.
—¿Que te gusta qué? Que me
hayas echado de menos. Eso quiere decir que has pensado en mí.
Paul sonrió. Durante un
buen rato bailaron y se besaron. Se saborearon con tranquilidad. Ambos
ambicionaban intimidad y anhelaban llegar de nuevo a casa. Varias canciones
después caminaron hacia la mesa donde estaban todos para
refrescar sus gargantas.
Estaban sedientos. Aunque la sed
que tenían era de sus cuerpos. Al llegar, Iván les hizo una seña con la mano.
Ellos se acercaron.
—¿Qué quieres, pesado? —rio Paul
sin soltar a su chica.
Iván, levantándose, se
abrió camino entre la gente.
—Vamos, os invito a una
copa.
Divertidos, siguieron
a Iván y Rita hasta
la barra. Aquellos le cayeron muy
bien a Rebeca. Era una pareja encantadora y con solo ver cómo Iván miraba a su
mujer se
podía ver el
gran amor que le
profesaba. Cambiaron la música de nuevo, y el ritmo de Beyoncé se
escuchó por los bafles. La bailona de Rita le preguntó a Rebeca si quería
bailar y esta asintió. Las dos, encantadas, caminaron hacia la pista, donde
comenzaron a mover sus cuerpos.
Horas después, cansados,
Paul le propuso al oído marcharse. Ella asintió. Deseaba estar a solas con él.
Pero cuando estaban a punto de salir por la puerta del local, Paul se detuvo al
reconocer a alguien y tiró de Rebeca.
—Cariño, quiero presentarte
al marido de Elena. Rebeca, feliz, se volvió, pero su sonrisa se congeló al
ver de quién se trataba.
Los músculos se le agarrotaron y, de pronto, respirar se le hizo difícil. Paul,
confundido por aquello, miró a su amigo y se extrañó al ver que a aquel le
ocurría lo mismo. No entendió nada hasta que Rebeca le saludó.
—Hola, papá.
No pudo
decir más. El
nudo de emociones
de su garganta le impedía hablar.
El hombre, al escuchar aquella voz, se emocionó y susurró procurando contener
sus emociones.
—Rebeca, ¿cómo estás?
—Bien —asintió
escuetamente.
Paul, totalmente
alucinado, no sabía
a quién mirar.
¿Papá? ¿Iñigo era el padre
de Rebeca? Si mal no recordaba, ella le dijo que estaba muerto.
Repuesta de la sorpresa
inicial, se recompuso, y dio un paso atrás.
—Paul, es
tarde y estoy
cansada. Te espero
en la puerta. —Dicho esto se
marchó.
Sorprendido y boquiabierto,
Paul vio cómo se alejaba, y se volvió hacia Iñigo.
—Pero... ¿cómo?... ¿Rebeca
es tu hija?
El hombre, que seguía
mirando la puerta con los ojos cargados de lágrimas, asintió.
—Sí, Paul. Rebeca es la
pequeña de mi anterior matrimonio.
Incómodo por la situación
creada, le dio la mano al hombre y se apresuró hacia la puerta.
—Iñigo, ya hablaremos.
Siento muchísimo esto... pero yo no sabía nada.
El hombre, aún sorprendido
por lo ocurrido, le miró.
—No te preocupes, Paul. Es
una historia complicada. Anda, ve, te está esperando.
Los hombres se despidieron,
y cuando Paul salió del local, ella le
abrazó y contuvo
su llanto hasta
que se alejaron de los
fotógrafos. Una vez fuera de los flashes,
lloró. Paul intentó
calmarla pero apenas lo consiguió. En esta ocasión, Rebeca no
disfrutó del trayecto
en moto. Solo deseaba llegar
a su casa.
Una vez allí, Pizza
les recibió. Sin pararse ante la perra, Rebeca fue a la cocina para
preparar café. Sabía que
Paul le iba a preguntar y odiaba dar explicaciones.
Quince minutos
después, con el café en una bandeja, entró en el salón donde Paul
jugueteaba con Pizza. Se quitó los zapatos y se sentó como un indio frente a
él. El silencio tomó el lugar hasta que Paul habló.
—Cariño, lo siento. Yo no
sabía... Es más, creí que tus padres...
—No te preocupes —le
cortó—. Tú no tenías por qué saber que él era mi padre. Además, te dije que mis
padres habían muerto y...
Pero ya no pudo continuar,
las lágrimas desbordaron sus ojos y Paul la abrazó con rapidez. Cinco minutos
después, y más calmada, logró articular palabra.
—Cuando le vi delante de
mí, no supe qué decir; los sentimientos me paralizaron. Por una parte es un
extraño, y por otra mi
padre. —Secándose con
un pañuelo las lágrimas continuó—. Muchas veces he
pensado cómo sería ese reencuentro. Tenía
claro que lo
despreciaría y le echaría en cara muchísimas cosas. Pero
cuando... cuando le
he visto no he sabido qué
decir. Allí estaba él, mirándome con esos ojos que yo adoraba cuando era
pequeña.
Se sonó la nariz entre
lágrimas.
—Siempre me trató bien.
Incluso recuerdo que todos decían que yo era su niña preferida. ¡Su princesa! —se mofó, y levantándose
concluyó— Pero le odio por todo lo que nos hizo sufrir. En especial a mi madre.
Paul, sin entender aún lo
que pasaba, se dirigió a ella con suavidad.
—A ver, Rebeca, yo no sé lo
que ha pasado, pero la gente cambia, y quizá deberías hablar con él...
Volviéndose furiosa hacia
él, se apartó gritando.
—¡¿Pero qué
dices?! No quiero
verle. Él eligió. Decidió marcharse con... con su nueva
familia. Con esa mujer.
Al recordar a Elena,
maldijo. Aquella simpática mujer había
sido la que
tanto sufrimiento había
causado a su madre.
—No te pongas así. Yo solo
quería que...
—¡Oh, cállate! —protestó
sin apenas mirarle.
Sin poder evitarlo, recordó
las palabras que su hermano Kevin le dijo a su padre años atrás, Para Donna y
para mí estás más muerto que nuestra madre. Rebeca es mayor
de edad y, sin presiones,
tomará su decisión . Su decisión fue no volver a verle nunca. De la noche a la
mañana había perdido a sus padres y ella solo le culpabilizó a él.
Paul, confundido por el
giro que estaba tomando todo, se acercó para abrazarla, pero esta no le dejó.
Volvió a intentarlo un par de veces más, pero su reacción fue la misma. Al
final, molesto por su actitud, cogió su chaqueta y se dispuso a marcharse.
—Creo que
es mejor que
me marche. Mañana
te llamaré.
Ella ni le
miró. Estaba sumida en su pasado. En sus tristes recuerdos. Paul se
dirigió hacia la puerta, pero se paró. Volvió sobre sus pasos y, sin tocarla,
murmuró:
—Si quieres que me quede,
me quedaré. Ella negó con la cabeza.
—Vete, por favor, Paul.
Tras mirarla durante unos
segundos, él asintió y se dio la vuelta.
—De acuerdo. Te llamaré.
Esta vez se fue y ella
suspiró. Una vez sola se tumbó en el sofá y, con el berrinche, se quedó
dormida. Soñó con su décimo cumpleaños. Ese en el que papá le compró la
bicicleta de sus
sueños. Recordó las
veces que había pasado
con su padre
por delante de
aquella tienda, y
siempre se paraban a
admirarla. Era preciosa y de color rosa. De los manillares colgaban unos
flequitos, y delante portaba una cesta. En aquellos momentos era lo que Rebeca
más quería tener en el mundo. Y lo tuvo. Su padre siempre le intentaba dar
todos los caprichos. También soñó con su viaje de fin de curso. En esa época
sus padres no estaban muy bien de dinero, y ese viaje suponía un lujo que
apenas se podían permitir. Pero su padre comenzó a trabajar en una fábrica por
las noches y el día que le dio el sobre con el dinero para el viaje, ella se
emocionó.
Recordó la cantidad de
veces que él quería hacer lo mismo por Donna, pero su madre siempre le
recordaba que por su hija mayor decidía ella.
Su madre era buena, aunque
en muchas ocasiones demasiado recta y severa. Por aquel entonces sus hermanos
se mofaban de ella, y la llamaban «la princesita de papá». Quizá en su momento
fue así. Pero les gustara o no a sus hermanos, su padre era quien convencía la
mayor parte de las veces a su madre para que Donna pudiera ir de fiesta o Kevin
salir con sus amigos.
Horas después
se despertó sobresaltada
y sudando a causa de
los sueños. Con
tristeza, Rebeca suspiró
al recordar a ese papá que ella tenía guardado en su memoria. Era
atento. Le adoraba. Por
ello, cuando pasó lo
de su madre y se enteró de su
doble vida, todo su cariño y amor se convirtieron en odio. En ese momento,
Pizza se acercó
a ella y, dándole con el
morro en la mano, hizo que esta la mirase. Rebeca, al verla, sonrió e,
incorporándose, miró el reloj. Las cinco de la mañana.
—Vamos a dormir. Es muy
tarde.
Levantándose, se
dirigió hacia su dormitorio seguida por su fiel Pizza.
Capítulo 19
Habían pasado
dos semanas desde
aquella desastrosa noche. Su
padre, Iñigo Rojo, intentó hablar con ella. La llamó por primera vez a
la oficina pero ella se negó a responder. No quería hablar con él. Tras lo
ocurrido, habló con Paul sobre el tema sin profundizar. Pero solo aquel día.
No volvieron a hablar
de ello y
él se marchó
al Gran Premio de Motociclismo de
Italia.
Una mañana, mientras estaba sentada en su despacho, oyó voces en
el pasillo. Entró Belén con gesto de disgusto.
—Es el señor Cavanillas.
—¿Cavanillas? —preguntó
Rebeca extrañada—. ¿Pero no estaba en Barcelona?
No pudo decir más. Aquel
odioso individuo apareció por la puerta con su mirada inquisidora de siempre.
Convencida de lo que pensaba de ella, Rebeca se levantó y, con tranquilidad,
escuchó cómo se dirigía a ella.
—Rebeca, querida, ¿cómo
estás? —saludó agriamente. Con la mejor de sus sonrisas, le tendió la mano.
—Buenos días,
señor Cavanillas. ¿Cómo
usted por aquí?
Mirando a su alrededor, se
dio una vuelta por el bonito despacho de Rebeca y soltó:
—Necesitaba regresar a
Madrid. ¿Qué tal todo?
Ella iba a responder cuando
le vio que se paraba ante su mesa y, sin preguntar, cogía unos documentos y los
ojeaba.
Eso sí que no, pensó
molesta. Y acercándose hasta él, le tendió la mano.
—Espero que
no se tome
a mal esto,
pero ¿me devuelve los papeles?
Son confidenciales.
Con una fría risa, él se
los devolvió.
—¿Pero qué dices, querida? —replicó con sorna—. Esto es el contrato para
Importaciones-Exportaciones Textiles Airward. —Y con la furia instalada en los
ojos aclaró—: Sé perfectamente de lo que va el tema.
—Tiene razón —respondió
Rebeca marcando distancias—. Este contrato
es algo que
usted comenzó, pero desde hace unos meses las cláusulas acordadas ya no
existen. Y sin ánimo de ofenderle, ahora es algo mío, no suyo.
Cavanillas se disponía a
replicar. Aquella idiota, ¿quién se
había creído? Pero
no pudo; entró
Peterson por la puerta.
—Cavanillas, querido amigo,
¿cómo estás?
—De visita... —aclaró este,
y mirando a Rebeca dijo
—: Hablaba con ella sobre
el contrato de Exportaciones- Importaciones Textiles Airward.
Peterson miró a Rebeca.
—Oh... sí. Estamos
consiguiendo cambiar algunas cláusulas a nuestro favor gracias a esta estupenda
abogada. Es infalible en las negociaciones.
Encantada por
aquello, Rebeca, llamándole
por su nombre de pila, se lo
agradeció.
—Gracias, Thomas, eres muy
amable.
—Por cierto, ¿ya está
firmado?
Con los papeles aún en la
mano, ella se los tendió.
—Le estaba echando un
último vistazo antes de la comida que tengo hoy con ellos para la firma.
—¡Estupendo!
—Esperemos que lo acepten y
por fin cerremos esta negociación —añadió ella ante el entusiasmo de Thomas. En
ocasiones parecía un crío a pesar de los años que tenía.
Sin entender nada,
Cavanillas les miró y Peterson le aclaró.
—Exportaremos nuestras
telas también al
mercado
europeo. Sabemos que al
principio será lento y trabajoso, pero ya hemos abierto sucursales en Hamburgo
y Milán, y en breve espero que en Grecia.
—¿Cómo? —preguntó
Cavanillas con los ojos desencajados—. ¿Habéis abierto sucursales en Europa?
—Sí —sonrió Rebeca al ver
su sorpresa.
—¿Pero cómo? Otras veces lo
hemos intentado y no ha dado resultado. Allí utilizan sus propios tejidos.
—Tienes razón, Cavanillas.
Pero Rebeca se puso en contacto con varios
despachos de algunas
ciudades y encargó un estudio de
mercado —aclaró orgulloso Peterson—. Solo te puedo decir que después de mucho
trabajo, hemos llegado a la conclusión de que podemos exportar nuestras telas a
unos precios competitivos. —Y acercándose a Cavanillas indicó— Amigo mío, esto
es un reto. Nunca había sido posible pero ahora lo es. — Volviéndose hacia
Rebeca, el jefazo sonrió— Entonces querida, ¿no puedes venirte con nosotros a
comer?
—No, gracias.
He quedado para
comer en La
Cremerie, y quiero tener
todo revisado y atado.
Con gesto agrio, Cavanillas
se despidió de ella. Rebeca le miró. Había descubierto cosas durante aquellos
meses que, si salieran a la luz, a aquel estúpido se le caería el
pelo. Pero aquello era algo
que guardaría. Quizá tuviera que utilizarlo en otro momento.
Capítulo 20
Era sábado por la mañana.
Sonó el teléfono. Rebeca estaba colocando su ropa en el armario cuando escuchó
la voz de Ángela.
—Rebeca... al teléfono.
Dejando las camisetas sobre
la cama, corrió escaleras abajo.
—Ya voy, Ángela. No grites
—la reprendió cariñosamente—. ¿Quién es?
—Es Donna desde el otro
lado del charco —respondió
Ángela.
Al escuchar que era su
hermana, Rebeca saltó los escalones que faltaban para arrebatarle el teléfono.
—¡¿Donna?! Cuánto tiempo
sin hablar contigo. — Rápidamente se le llenó la cabeza de preguntas—. ¿Qué tal
están María y Miguel?
Con su buen humor de
siempre, Donna respondió a la siempre cerebral y controlada Rebeca.
—Mira, hija... estupendos.
Volviéndome loca, como siempre.
Después de un rato de risas
y conversaciones cruzadas, en las que Rebeca no le contó que había visto a su
padre, el tema se desvió a su hermano.
—Por cierto, ¿volviste a
hablar con Kevin?
—Ese está como una chota
—se mofó su hermana—.
¿Pero cómo
puede casarse con alguien a quien conoció hace dos días? Y
mira que te lo digo yo que me casé a los cinco
meses de conocer
a Miguel. Pero
¡hablamos de Kevin! —Lo sabía.
Sabía que pensarías lo mismo que yo, pensó Rebeca sonriendo—. Tú ríete, pero no
creo que deba casarse con la de Eslovenia. Te juro Rebeca que cuando me lo dijo
pensé: «Este se ha tomado una seta alucinógena». Por Dios. ¡No me lo podía
creer! Pero si Kevin no es de los que se casan. Él es el espíritu libre de la
familia. El guapo que rompe corazones. El chico que toda tía quisiera tener
pero no puede. Oh, Dios... si se casa será un error para él y su vida de
guaperas.
—Lo sé —se carcajeó por lo
graciosa que era su hermana.
—Oye... Y a todo esto,
¿conoces a la polluela?
—No. Todavía no. Pero en
dos fines de semana los tengo aquí para organizarlo todo.
—Te juro que no lo
entiendo. Pero Rebeca, que Kevin quiere casarse con tarta, anillo y todo. Ay,
Dios... ¿Qué le habrá pasado?
—Sí, hija, sí. Me ha pedido
celebrarlo en mi casa.
—Lo sé. Me lo dijo. En
menudo embolado te vas a meter. ¿Pero habéis encontrado un cura o algo por el
estilo que los case? Eso es típico aquí en Estados Unidos, pero no en España.
Al escuchar aquello pensó
en Paul. Gracias a él y sus contactos, un párroco oficiaría la boda en el
jardín de su casa.
—Sí. A través de
alguien he conseguido que
pueda hacerse en casa. Y en cuanto al embolado pues uf... todo lo hago
por él. Total, si se quiere casar y quiere una boda tradicional con tarta,
flores e invitados, no seré yo quien se la niegue. Nunca me lo hubiera
imaginado de él, pero mi hermanito está comenzando a ser normal —se movió
riéndose.
—Perdona, guapa, pero yo
más bien diría que está comenzando a ser anormal...
—¡Donna! —regañó muerta de
risa—. ¿Cómo puedes decir eso?
—Lo que pienso, hija... lo
que pienso.
—Mujer, no seas cruel. Es
su vida y la tiene que vivir como
él quiere. Además, no
conocemos a esa chica, y puede que sea lo que él siempre ha estado
esperando.
Dándose por vencida, Donna
sonrió.
—Lo sé... soy lo peor. Pero
chica, es que hay algo que no entiendo. ¿A qué se deben tantas prisas? ¿No
estarán esperando un hijo?
—Cómo eres. No... no lo
creo.
—Piensa mal y acertarás.
—Kevin me lo hubiera dicho
y bueno... El caso es que nuestro hermano se va a casar y nos parezca bien o
mal, no somos nadie para hablar del tema.
—Pero yo creo que...
—susurró de nuevo Donna. Riéndose por la insistencia, Rebeca la cortó.
—Tú no crees nada. Te
callas y punto.
—Pero bueno, mocosa, ¿quién
te has creído para hablarme así? — le soltó Donna divertida al escuchar a su
hermana pequeña— Oye, ¡que soy tu hermana mayor y me debes un respeto!
—Oh... Donna, eres terrible
—rio Rebeca—. ¿Cuándo venís?
—Como el
bodorrio es el
15 de mayo, Miguel
ha cogido vacaciones para
entonces. ¿Aceptarías más huéspedes en tu casa...?
—Síííííííííííííí.
—¿Te parece buena idea?
—Inmejorable.
Donna, aplaudió su
respuesta y miró el billete que tenía en sus manos.
—El día diez a las once
menos veinte llega nuestro vuelo a Madrid.
—¡Genial! Iré a recogeros
al aeropuerto.
—Por cierto,
y esto ya
en plan cotilleo:
¿habrá muchos invitados en la boda?
—No. Es todo muy familiar.
Incluso por parte de ella no viene nadie.
—Uiss... qué mal me huele
esooooooooooo.
—Donna, no empieces.
—Oye... ¿quién te
acompañará a ti? Porque digo yo que alguien te acompañará, ¿verdad?
—Alguien muy especial
—contestó consciente de que su hermana no pararía hasta sacarle la verdad.
—¡¿Pero qué me estás
contando?! —gritó Donna saltando de su silla—. Estás saliendo con alguien y soy
la última en enterarme. Vamos... suelta por esa boquita todo lo que has callado
o juro que cuando te vea te daré una tremenda paliza. —Intentando quitarle
importancia, Rebeca resopló
mientras su hermana
continuaba— ¿Cómo se llama? ¿Quién es? ¿A qué dedica su tiempo
libre? Quiero saberlo todo.
—Veamos. Se llama Paul y me
gusta mucho.
—¿Está bueno?
—Sí... buenísimo, y cuando
le veas sé que te gustará
—rio Rebeca al imaginar la cara de
su hermana cuando viera al espectacular Paul.
—Oh... Dios, qué ganas
tengo de llegar a España. A
ver, sigue... cuéntame más
cositas de él.
—Es piloto de motos. Corre
en el Gran Premio del
Mundo de Moto GP.
Aquello impresionó a Donna.
Ella y su marido eran seguidores de aquel deporte.
—¿Piloto de motos?
—Sí.
—No jorobes... ¿Quién es?
—Paul Stone.
Fue decir aquel nombre y su
hermana pegar un chillido que la dejó medio sorda.
—Dios mío. Dios mío… Dios míoooooooooooooo
¡¿Has dicho Paul Stone?!
—Sí.
De nuevo gritos por parte
de su hermana.
—El piloto
de Ducati, que
lleva el número dos, y
varias veces campeón del mundo.
—Sí, Donna, el mismo.
—¡Pero si ese tío está como
un queso! —gritó como una loca—. Ay, madre. Cuando se lo diga a Miguel no se lo
va a creer. ¡Mi hermana saliendo con Paul Stone!
Rebeca estaba
muerta de risa
por las cosas
que escuchaba.
—No se lo digas. Así le das
la sorpresa cuando vengáis para la boda.
—Uy... no sé si voy a poder
aguantármelo. Joder... ¡mi hermanita
está saliendo con
Paul Stone! Uno
de los guaperas más sexy de moto
GP. ¡Qué fuerte!
—De momento somos amigos
con derecho a roce. No te emociones —aclaró al oír la reacción de su hermana.
Media hora después, y tras
demasiada mofa por parte de las dos, Donna se despidió.
—Te volveré a llamar para
confirmarte de nuevo lo del vuelo. ¿Ok?
—De acuerdo —sonrió con
cariño—. Da besos a Miguel y a
María, y diles
que tengo muchas
ganas de verlos.
—Miguel sí que va a tener
ganas de verte —rio Donna
—. Sobre todo cuando le
diga que sales con Paul Stone.
Ambas rieron y, tras
despedirse de nuevo, se cortó la comunicación.
Capítulo 21
Las negociaciones con las
compañías europeas iban de maravilla.
Fue tal el
incremento de trabajo
que, aun en época de crisis, no
hubo que echar a nadie e incluso se contrataron trabajadores temporales.
Cavanillas había llamado
unas cuantas veces desde Barcelona. Rebeca sabía que en cuanto pudiera la
perjudicaría. Pero lo que Cavanillas
todavía no sabía era que ella había descubierto por qué en los años que
él estuvo en su puesto, el mercado no se había ampliado a Europa.
Durante años, aquel viejo
zorro, sin que nadie lo supiera, había trapicheado con partidas de telas en las
empresas europeas. Lo descubrió a través de uno de sus asesores en París. Bajo
el nombre de una empresa inglesa llamada Morning Days, Cavanillas mandaba cada
tres meses grandes partidas de telas a ciertos puertos europeos para su
distribución, razón por la que cobraba unas grandes cantidades de dinero negro.
¿Llevaría algo más además de las telas?
Tenía que decírselo a Peterson,
pero Rebeca esperó a que todo
estuviera confirmado. No quería fallar.
Aquella mañana esperaba en
su despacho una cita importante. Hacía unos días había contratado a un
detective privado y este regresaba con pruebas. Sonó el teléfono. Era
Belén anunciándole
que la visita
que esperaba había llegado. Nerviosa, se levantó para
recibirle. La puerta se abrió y entró un hombre joven.
—Buenos días, señorita
Rojo.
Tras los correspondientes
saludos, ambos se sentaron y este le tendió una carpeta.
—Aquí tiene. Facturas de
las partidas de telas y de los barcos donde eran transportadas. Verá documentos
de distintos almacenes y de salidas y recogidas de camiones.
—Rebeca lo miraba todo
boquiabierta. El hombre continuó
— Hemos
comprobado las firmas.
Aparecen dos diferentes. Una
corresponde a un tal Ricardo...
—¿Richard?
—Sí. Hablamos de Ricardo
Torres. Estuvo trabajando para esta empresa durante siete años.
—Sí... sé
quién es. Pero
no podía imaginar
que estuviera metido también en este lío.
El detective, acostumbrado
a aquello, continuó con su explicación.
—Pues siento decirle que él
y Cavanillas, junto a un tal Brian Newton,
son los cabecillas
de esto. He confirmado que
el tal Newton
es un narcotraficante de
cocaína.
—¿Cómo? —preguntó en un
hilo de voz.
—Lo que
ha oído. Creo
que Cavanillas y
Newton trafican con algo más que simples telas.
Sorprendida por aquello,
Rebeca tragó saliva.
—¡Madre mía!
—También hemos descubierto
que Pascual Rubio, encargado de los
almacenes, es quien firma la orden de salida de esas telas.
—¡¿Pascual?!... Dios mío
—susurró horrorizada. Aquello era más grave de lo que creía. Sin darle tiempo
a pensar, el detective le
tendió otro papel.
—Aquí tiene el número de
cuenta donde se abonan las llegadas de las telas. Una vez llegan a puerto, ese
dinero es transferido a las cuentas
de Cavanillas y Newton. Hasta hace un tiempo parte de ese dinero pasaba también a la cuenta de Ricardo Torres,
pero eso dejó de ser así hace unos meses. Por cierto, señorita Rojo, ¿qué sabe
usted de ese tal Richard o Ricardo?
—Poca cosa la verdad.
Ascendió rápidamente, pero de la noche a la mañana fue despedido y no he vuelto
saber de él.
—Exacto —asintió
el hombre—. Nunca
más se ha vuelto a saber de él. Está en paradero
desconocido. Hemos intentado localizarle, pero las pistas se pierden. Creo que
aquí hay algo muy feo. Una persona no suele desaparecer así como así.
—¿Qué está tratando usted
de decir? —preguntó asustada por lo que daba a entender.
El detective la miró
directamente a los ojos.
—Mire, señorita. Llevo
mucho tiempo trabajando en este tipo de casos y cuando aparecen indicios de
alguien que no deja pistas, tarde o temprano aparece asesinado.
—¡¿Qué?!
El hombre, convencido de lo
que decía, prosiguió con su explicación.
—Sé que resulta
descabellado lo que digo, pero nosotros,
cuando comenzamos un
trabajo, intentamos atarlo todo
para que no
se nos escape
nada. Hasta el momento todo estaba atado, por decirlo de
alguna manera, pero se nos están empezando a escapar hilos de la madeja, y uno
de esos hilos es el paradero de Ricardo Torres. Lo hemos estado investigando y
la última vez que lo vieron fue a los dos días de ser despedido de esta
empresa. No iba solo. Iba con Pascual Rubio, y a partir de ese momento
nadie más le volvió a ver.
—Está queriendo decir que
pudo ser Pascual quien...
—susurró Rebeca
levantándose con lentitud de su mesa.
—Exacto.
Rebeca salió rápidamente en
su defensa. Era imposible que pudiera hacer aquello.
—Pero Pascual es un buen
hombre. Le conozco desde hace años y es una persona amable y encantadora. No
puede ser. Tiene que haber un error.
—La entiendo y estamos
hablando hipotéticamente. Pero lo que sí sabemos es que fue la última persona
que estuvo con Ricardo.
Y que días después
la cuenta de Pascual Rubio recibió un ingreso
importante.
Al ver que ella se sentaba
de nuevo con el semblante pálido el hombre intentó tranquilizarla.
—De todas maneras, y como
todo de momento es una mera
suposición, le agradecería
que no contara
nada a nadie, por su propia
seguridad.
—¿Mi seguridad?
Levantándose el hombre para
despedirse, le replicó con gesto serio.
—Escuche, señorita,
hay muchos detectives
en la
ciudad, y el
mismo trabajo que le estoy haciendo yo a
usted, otro se lo puede hacer a Cavanillas. Nosotros hasta el momento hemos
cumplido con lo pactado. Si quiere que continuemos, solamente tiene que
llamarnos. Piénseselo y medite si quiere seguir adelante. Tiene usted mi
teléfono.
—De acuerdo —asintió
aturdida—. Le llamaré.
—Desgraciadamente, señorita
Rojo —dijo el hombre antes de marcharse—,
cuando se empieza
a limpiar el polvo, siempre se termina encontrando algo
más que suciedad. Buenos días.
Rebeca se quedó totalmente
atónita. Lo que había comenzado como una investigación en referencia a las
partidas de telas
que desaparecían, estaba
orientándose hacia el asesinato de Richard. Con un extraño tembleque en
las piernas, se sentó de nuevo en su silla y, sin querer, recordó lo que
Richard le dijo a Cavanillas el último día que lo vio: Viejo zorro. Si yo
caigo, tu caerás también.
Aquella tarde, cuando salió
de la oficina, se pasó por el almacén con la excusa de coger unos papeles. Al
llegar buscó con la mirada a Pascual y, como siempre, fue a saludarle. Se
acercó a él y el hombre se alegró de verla. Rebeca bromeó con él durante un
rato y le preguntó por sus hijos. Él le contó encantado que aquel fin de semana
se casaba Natalia, su hija. Y Rebeca pudo ver que estaba emocionado. Tras
una amena charla
entre ambos, se
despidió de él y se fue más
desconcertada aún. ¿Cómo una persona como Pascual podía estar metida en
semejante lío? Por más vueltas que le daba no encontraba una respuesta
razonable.
Capítulo 22
Llegó mayo y la historia
entre Paul y Rebeca seguía viento en popa. Siempre que podían se veían y él
respetó el no hablar de lo ocurrido con su padre. La boda de Kevin se acercaba
y Paul podría acompañarla. Los novios al final se retrasaron y Rebeca se tuvo
que encargar de todo. A Bianca le surgió un problema en su trabajo y no
llegarían hasta un par de días antes de la boda.
Donna, Miguel
y María llegaron
a España desde Chicago. Rebeca, feliz por tenerlos
junto a ella, no paraba de reír. Su sobrina era preciosa y su hermana y su
cuñado encantadores. Tras tres días juntos, Donna, su marido y su hija, se
marcharon para Andalucía. La familia de Miguel les esperaba y pasados unos días
regresarían a Madrid para la boda.
Días después llegó Kevin
con Bianca, su futura mujer. La chica era bonita, menuda y agradable, aunque no
muy habladora. Rebeca se alegró al ver a su hermano tan feliz y centrado.
Aquello no era propio de él. Aunque le vio más delgado que en Navidad, pero
divertida pensó que serían los nervios y el amor.
Al día siguiente
de la llegada de los
futuros novios, llegó Paul.
Rebeca decidió darle una sorpresa. Pasó por su
casa, recogió a Lorena, y
las dos se dirigieron felices al aeropuerto.
Encantadas, fueron
hacia la puerta
que indicaba su llegada y los pasajeros que llegaban de
Francia comenzaron a salir. La niña estaba inquieta, quería ver a su papá. Las
puertas se abrieron varias veces hasta que apareció Paul hablando con una
despampanante morena vestida con glamour.
En un principio él no las
vio, pero Rebeca no le quitó la vista de encima. Se le veía enfrascado en una
discusión con aquella. La mujer
le asía continuamente
del brazo para llamar su atención, pero él se soltaba
furioso. De pronto Lorena le vio y comenzó a llamarle. Él, sorprendido, buscó
la procedencia de la voz de su hija, y al verlas les mandó una sonrisa, pero
con un gesto con la mano le
pidió a Rebeca que se quedaran
donde estaban.
La mujer que le acompañaba
miró a la joven a la que Paul había dirigido la sonrisa y comprobó que era todo
lo opuesto a ella en glamour. Pero su curiosidad hizo que su mirada se centrase
en la niña que estaba a su lado. Era una niña muy guapa, y estaba muy graciosa
con aquel peto rojo a juego con la gorra torcida que llevaba en la cabeza.
Paul, al ser consciente de cómo las observaba, hizo que la mujer centrara otra
vez su atención en él poniéndose en el campo de visión entre ambas. Instantes
después, Paul se volvió y se dirigió a
ellas. Sonreía, pero en sus ojos Rebeca vio
tensión.
Lorena salió corriendo al
encuentro con su padre, al que abrazó y besó nada más estar entre sus brazos.
Mientras tanto Rebeca continuaba observando a la mujer que seguía
mirándoles a distancia. Cuando
Paul llegó hasta ella, la besó y juntos
se encaminaron hacia la salida
del aeropuerto. En el coche, y aunque Lorena no paró de hablar y de contarle
cosas a su padre, Rebeca le preguntó si le ocurría algo. Con rapidez él lo
negó. Pero su mirada le delataba y Rebeca decidió no seguir preguntando. No era
el momento, pero quería saber más sobre aquella elegante mujer.
Aquella noche salieron a
cenar Kevin, Bianca, Paul y Rebeca. Fueron a Di Roma, un restaurante italiano
que gustaba mucho a los hermanos Rojo. Durante la cena no pararon de reír.
Kevin y Paul eran divertidos y se compenetraban muy bien. Horas después, al salir
del restaurante, Paul propuso tomar una copa. Finalmente se acercaron al Buda
donde el encargado, tras saludar a Paul, les invitó a unas copas.
En el local, y mientras
Kevin y Bianca bailaban, Paul atrajo a su chica hacia él.
—Bueno, preciosa ¿me has
echado de menos?
—Pues la verdad
es que un poco.
¿Y tú a mí? —
respondió sonriendo feliz
por estar entre sus brazos.
Él sonrió a su vez. No
había parado de pensar en ella. En sus ojos. En su boca, en su entrega en la
cama.
—No veía el momento de
aterrizar. Gracias por ir a buscarme al aeropuerto.
—Hablando del aeropuerto,
¿quién era la mujer con la que hablabas?
La sonrisa desapareció de
su rostro. Paul, se tensó.
—Rebeca, no
me apetece hablar
de ese tema —
contestó fastidiado, pero al ver cómo ella le miraba, soltándola de la cintura
endureció la voz—. Si te refieres a si
era un lío mío, te
contesto que no.
No era ninguna amante ni nada por
el estilo.
—Yo no
he mencionado la
palabra amante. Solo quería... —contestó ella a la defensiva.
Cortándola, y con el ceño
fruncido, Paul le respondió mientras se sentaban.
—Al igual
que tú me
pediste que no
volviera a mencionar a tu padre,
yo te pido
que no vuelvas
a mencionar esta conversación, ¿entendido?
En ese momento Kevin y
Bianca dejaron de bailar y regresaron a la mesa. Kevin, al ver a su hermana tan
seria, la invitó a bailar con él. Ella accedió.
—Bueno, hermanita, ¿qué te
parece mi futura mujer?
—Hablas de Bianca, ¿no?
—intentó bromear, todavía un poco aturdida por lo ocurrido con Paul.
Si bien era cierto que él
intentaba ser el de siempre, Rebeca veía en su mirada una oscuridad que nunca
había visto. A Paul le pasaba algo que intentaba disimular.
—Eh... estoy esperando
—apremió Kevin. Soltando una risotada, miró a su hermano.
—Me parece una chica
encantadora.
—¿Solo encantadora? Vaya,
hermanita, esperaba algún cumplido más de ti.
Rebeca miró hacia la mesa
donde aquella hablaba ahora con un sonriente Paul.
—No sé, Kevin. Apenas la conozco. Solo te puedo decir de momento que
me parece una
chica mona, agradable, y poco
más.
—Vale... —se mofó él—. Por
lo menos ya sé que piensas que es encantadora, simpática y agradable. Ah... y
también mona, se me olvidaba.
—Pero qué tonto eres —rio
tirándole de la melena—.
¿De verdad estás seguro de
lo que vas a hacer?
Kevin, como un bobo, miró
en dirección a Bianca y suspiró.
—Joder, hermanita, según lo
dices parece que voy directamente al patíbulo. Estoy loco por ella, y creo que
ha llegado el momento de hacer algo con mi vida. Además, no creo que encuentre
a otra persona mejor. Oye, y cambiando de
tema, ¿qué tal tú y el guaperas?
Veo que
finalmente estáis juntos.
—Eso parece —asintió
mirando a Paul. Era tan guapo cuando sonreía y le salían esos hoyuelos en las
mejillas.
—Sinceramente, cuando
conocí a ese guaperas en la fiesta de Navidad y vi cómo os observabais, supe
que iba a haber algo más que miraditas.
—¿De verdad?. Gesticulando,
Kevin asintió.
—Oh, sí... Cuando vi cómo
miraste a aquella morena y sacaste
el genio de
mamá, pensé: ¡aquí
hay tomate! — Ambos rieron—. Creo
que es un tipo
estupendo, y me parece genial que
le hayas invitado a la boda.
—Me alegro —dijo Rebeca
cruzando una mirada con Paul, quien le sonrió—. Por cierto, el viernes llega
Donna a las diez de la mañana.
—Uf... tengo
muchísimas ganas de verla. ¿Sigue tan
loca como siempre?
—Más... yo no sé a qué rama
de la familia ha salido pero está como una chota —contestó Rebeca divertida—.
Tenías que haberla oído el día que le dije quién era Paul.
¡Casi le da un infarto!
Kevin miró a su hermana
extrañado.
—Pero bueno, ¿quién coño es
Paul? La verdad es que me tiene sorprendido. Todo el mundo parece conocerle y
eso de que nos inviten continuamente a champán y del bueno... me tiene
alucinado.
Sabiendo cómo
reaccionaría su hermano,
Rebeca esbozó una cuca sonrisa para responder en un susurro.
—Es un piloto de Moto GP.
Kevin abrió los ojos
descomunalmente.
—¿Es Paul Stone? ¿El loco
que corre en Ducati? Rebeca asintió.
—El tipo con el que sales,
y que está sentado en la mesa con mi
futura mujer, ¿es Paul
Stone? —preguntó Kevin incrédulo.
Tras suspirar, Rebeca volvió a asentir
y Kevin, soltándola, se dirigió hacia la mesa donde reían.
—¡Estupendo! ¡Otro loco más
en la familia!
Capítulo 23
Aquella noche, cuando
llegaron a casa de Rebeca, Kevin propuso tomar una última copa. Todavía no se
podía creer que aquel fuera Paul Stone, el piloto de Ducati. Pero Paul no
estaba de humor y rechazó la oferta. Usó la excusa de que estaba cansado del
viaje y, tras despedirse de Rebeca, le dijo que la llamaría al día siguiente.
Apenada y
sintiéndose culpable de
su estado por comentar lo de la mujer del aeropuerto,
asintió y le vio marchar. Diez minutos después y los tres solos en la casa,
Kevin preparó unas copas mientras se sentaban alrededor de la mesa de la
cocina.
—¿Cuándo tienes que ir a
recoger el vestido de novia?
—preguntó Rebeca a Bianca.
—Ya lo
tengo. Está arriba
en la habitación
— respondió con una tímida sonrisa aquella morenita de cara angelical y
pelo oscuro.
Sorprendida, Rebeca se
levantó a voz en grito.
—¿Arriba... en vuestra habitación? —Bianca, asintió
—. Pero eso no puede ser.
El novio no debe ver el vestido hasta el momento de la ceremonia.
—No lo he visto, lo juro
—asintió Kevin riéndose—. Lo tiene escondido y no me ha dejado verlo.
—¿Quieres que te lo enseñe?
—preguntó Bianca a su futura cuñada.
Levantándose del tirón,
Rebeca asintió.
—Claro que sí... y de paso lo sacamos de allí y lo guardo en mi habitación para
evitar futuras tentaciones.
—Chica lista —se mofó
Kevin.
Entre risas, las dos
jóvenes subieron las escaleras mientras Kevin hacía intentos por perseguirlas.
Una vez entraron, Rebeca bloqueó la puerta y el muchacho se quedó fuera.
Rápidamente la novia abrió una maleta y de ella sacó un vestido.
—Es este. ¿Te gusta?
Sorprendida por aquel
delicado vestido de raso crudo, Rebeca lo tocó.
—Es precioso. ¿Dónde lo
compraste?
La joven eslovena,
retirándose el pelo de la cara para dejar ver sus preciosos ojos verdes,
contestó apenada.
—Era de mi madre. Fue su
vestido de boda. Es una de las pocas cosas que tengo de ella.
—Vaya… lo siento.
Y cambiando su gesto a otro
más divertido la muchacha añadió.
—El vestido está bien. Solo
necesito llevarlo al tinte para que lo laven y planchen y sé que quedará como
nuevo.
—Estoy segura —asintió
conmovida Rebeca.
Si algo la emocionaba en el
mundo era aquel tipo de herencias
de madres a hijos.
Solo con saber que
aquel vestido era de la madre de Bianca, la ganó.
—¿Podré llevarlo mañana a
alguna tintorería cercana?
—Por supuesto. Mañana lo llevaremos. ¿En el pelo
qué te pondrás?
—Mira, tengo también el
velo —contestó Bianca algo turbada volviéndose hacia la maleta.
—¡Es precioso! — Y para
hacerla sonreír cuchicheó
—: Mañana iremos al centro
comercial. Dejaremos el vestido en el tinte y de paso pasaremos por la
floristería para que elijas el ramo de novia. Si te parece bien, el ramo te lo
regalo yo, ¿vale?
Bianca, con un gesto
aniñado que se ganó de nuevo el corazón de Rebeca, asintió.
—Oh... Gracias. —y
cogiéndole las manos prosiguió
— Quiero que sepas que voy
a tratar que Kevin sea muy feliz.
Le quiero con
toda mi alma
y creo que nuestra
relación puede funcionar.
—Eso no lo dudo. Por la
manera en que te mira mi hermano, está loco por ti. Os merecéis lo mejor.
De pronto se oyeron los
gritos de Kevin al otro lado de la
puerta, y por
los ladridos que
se escuchaban, Pizza estaba
confabulando con él.
—Eh, chicas... me estoy
aburriendo. Cuento hasta tres para que salgáis de la habitación, o entro yo.
Uno...
Rápidamente guardaron el
vestido y el velo y Rebeca le gritó desde el otro lado de la puerta.
—Un segundo, petardo, ¡ya
salimos!
Durante un
par de horas
charlaron sentados en el
comedor. Allí se enteró de que Bianca no tenía familia y su infancia no había
sido tan maravillosa como la de ellos. Cuando Bianca comenzó a bostezar, todos
decidieron que era hora de irse a dormir.
Mientras se desmaquillaba
ante el espejo, pensó en Paul y en su reacción ante la pregunta de aquella
mujer. Está claro que todos tenemos un pasado que no queremos recordar, pensó
metiéndose en la cama. Después de dar más de veinte vueltas para dormir, sonó
el móvil. Asustada,
lo cogió.
—Rebeca, soy Paul.
Al escuchar su voz, se
incorporó rápidamente.
—¿Ha pasado algo? —preguntó
casi sin aliento. Consciente del susto
que aquella llamada podía haber
originado en ella, Paul la
tranquilizó.
—Cariño, tranquila.
Todo está bien.
Es solo que necesito
hablar contigo. Estoy frente a tu casa, ¿puedes salir?
Saltando de la cama
respondió:
—Dame un minuto.
Con rapidez, se puso unos
vaqueros y una camiseta azul. Pizza la miró y la siguió hasta la puerta. Una
vez allí cogió las llaves de casa y salió a la calle. Allí estaba Paul
esperándola, tan guapo como siempre, apoyado en su moto.
Dios mío, es el morbo
convertido en hombre , pensó mientras
se acercaba a él. Al
llegar junto a él, Paul
la abrazó como si temiera perderla. Entre susurros le pidió mil veces
perdón por su comportamiento aquella noche.
—Escúchame, cielo. No pasa
nada. Tú respetas mi intimidad familiar y yo respeto la tuya. De verdad, no
tienes que contarme nada.
—Soy un imbécil —repitió de
nuevo—. Tú no tienes por qué pagar mi mal humor cuando solamente tratabas de
saber qué me pasaba.
Al ver la desesperación en
su mirada, Rebeca le besó y le susurró con cariño.
—No pasa nada, cielo... de
verdad. Separándose de ella, se sinceró.
—Yo no sé si podría
aguantar lo que hoy te hice. Tú solo querías saber quién era esa mujer y yo no
lo hice bien. Te prometo, Rebeca, que nunca más te volveré a contestar así.
—Ella sonrió y él, cogiéndole con sus manos el rostro, murmuró—Te quiero.
—Te quiero —respondió ella.
Tras una buena dosis de
besos cargados de sexo, pasión y amor, Paul se sinceró.
—La mujer con la que hoy
estaba en el aeropuerto era
Silvia.
Atónita al escuchar aquel
nombre, preguntó:
—¿Tu mujer?
—Exmujer. Nos separamos
hace años, gracias a Dios
—al ver que ella sonreía,
continuó—. Se enteró de que estaba
corriendo en el Gran Premio de Francia, y como ella
vive allí, fue a hacerme
una visita al hotel.
—¿Al hotel?
—Sí, pero tranquila, no
saques conclusiones erróneas.
—Ella asintió con la
cabeza—. Cuando llamó a mi puerta y abrí no me lo podía creer. Llevaba sin
verla varios años y no podía entender qué hacía allí. Hablamos durante un rato
hasta que se fijó en la fotografía de Lorena que llevo en todos mis viajes. Me preguntó
que si esa niña era nuestra hija, y
le contesté que
no. Lorena es solo mi
hija. Lo demás, cariño, ya te lo
puedes imaginar.
Rebeca estaba
boquiabierta y furiosa
porque aquella
glamourosa mujer se hubiera
acercado a Paul.
—No entiendo
nada. Ella os
dejó. Firmó para
no hacerse cargo de Lorena —contestó.
Paul la besó y trató de
tranquilizarla.
—Debemos calmarnos.
No entiendo qué
hace en Madrid. Si
sus intenciones son las
que me imagino,
le saldrán mal. No pienso dejar que se acerque a mi hija. Ya tengo a mi
abogado trabajando en ello.
—¿Pero qué quiere esa
bruja? —preguntó Rebeca indignada.
—Líos. Como
siempre, querrá líos
—dijo Paul
abrazándola—. Pero a Lorena
no se va a acercar. No puede reclamar absolutamente nada de ella. En todos
estos años nunca la ha visto, no la conoce. Además, tengo los papeles de
renuncia a su hija, pero me molesta que ella hable de Lorena como su hija. No es
su hija, es mi hija.
Al ver la indignación en la
mirada de Paul, Rebeca cogió con las manos su rostro.
—¿Por qué no me lo has
contado antes? ¿Por qué te has callado y no has confiado en mí?
Paul la entendió. Sabía que
ella llevaba razón.
—Cariño, no quería recordar
este incidente, quería olvidarlo. ¡Maldita Silvia!
—Ahora soy yo quien te
tiene que decir, tranquilo... — le susurró al oído mientras le tocaba el pelo—.
No te preocupes, todo va a salir bien. Eres un padre excepcional, y ella no va
a poder hacer nada para quitarte a tu hija.
Con amor y una mezcla
tremenda de sentimientos, Paul la miró fijamente.
—Gracias por aguantarme
—murmuró.
Durante un buen rato se
besaron hasta que notaron que alguien
les golpeaba en las
piernas. Era Pizza buscando mimos. Poco después, Rebeca obligó a Paul a meter la moto en el garaje. Una vez ella cerró la
puerta desde su interior Paul, aún montado en la moto, miró a su alrededor
y preguntó.
—¿Utilizas alguna vez este
garaje?
—No.
—Se nota —rio quitando la
llave de la moto.
—Mi coche suelo dejarlo
fuera —respondió mientras abría una
puerta para que la
perra entrara en la casa
y después la cerraba—. Esto es más bien un trastero para mí.
Él asintió y entonces ella
le sorprendió. Sin dejar que él se bajara se montó en la moto delante de él, y
tras darle un suave beso en los labios susurró poniéndole la carne de gallina.
—Creo que esta noche vamos
a utilizar el garaje.
—¿Sí?
—Sí —asintió ella.
Sorprendido, Paul sonrió y
con voz ronca murmuró.
—Me gusta la idea.
Rebeca sonrió y quitándose
la camiseta la tiró en un lateral. Esa noche decidió ser más atrevida y susurró
con sensualidad acercándose más a él.
—Una vez me dijiste que una
de tus fantasías era hacer el amor conmigo sobre tu bicha ¿verdad?.
Hechizado por
el momento y, en especial,
por la preciosa mujer que le
miraba, como un bobo asintió. Su cuerpo se estremeció y antes de que pudiera
decir nada, ella le colocó un dedo sobre los labios y animó.
—Vamos motero… es tu
oportunidad.
El suave olor de Rebeca y
su propia excitación le comenzaba a volver loco. Ella le rodeó la cintura con
un brazo y acercándose a él aún más, susurró.
—Me he
cansado de ser
una chica buena y aquí y ahora,
quiero ser una chica mala y sexy contigo, porque quiero probar
todo, absolutamente todo
lo que se nos
antoje y…
No pudo decir más.
Atizado por
el deseo, Paul
la agarró y,
apretándola contra él, la besó mientras ella deseosa de experimentar se
dejaba hacer. Durante un buen rato se limitaron a explorar sus bocas hasta que
a Paul se le aflojó la pierna y casi caen los tres. La moto y ellos dos.
—Bájate antes de que nos
matemos —dijo divertido. Encantada se bajó y él tras poner la pata de cabra de
la
moto hizo lo mismo. Pero
ella quería jugar y acercándose de nuevo a él preguntó.
—¿No quieres cumplir tu
fantasía?
Como un lobo
hambriento sonrió. Y ella
dispuesta a
seguir con aquello, se
quitó el vaquero, quedando ante él solo con un pequeño tanga de color celeste.
Con cuidado, volvió a subirse en la moto y sonriendo murmuró.
—Vamos… desnúdate o te
desnudaré.
Le gustó escuchar aquello.
Y, sin dudarlo, primero se desprendió de la cazadora de cuero, después se sacó
la sudadera por la cabeza y cuando quedó solo vestido con el vaquero Rebeca
murmuró.
—Dios mío, Paul… eres el
tipo más sexy que he conocido en mi vida.
Acercándose a ella deslizó
una mano por su nuca y besándola con pasión respondió.
—Y tú, simplemente, eres
perfecta.
Sin querer perder el tiempo
se sacó con los pies las zapatillas de deporte, mientras ella le desabrochaba
los botones del vaquero. Cuando se los hubo desabrochado él, con un movimiento,
se los quitó y los tiró a un lado, y con una peligrosa sonrisa en los labios se
desprendió también de los bóxer negros que llevaba. Una vez quedó desnudo
preguntó.
—¿Qué es lo que quiere
ahora mi chica mala que haga? Divertida, se apeó de la moto y boquiabierta al
ver el
erecto miembro de Paul
murmuró.
—Quiero que te montes en la
moto para luego hacerlo yo.
Él volvió a sonreír y tras
mirar el sillín de su moto, levantó un dedo.
—Un segundo —y cogiendo la
camiseta de ella que la tenía al lado la puso sobre el sillín y con una sonrisa
socarrona aclaró—. No me apetece
que el culo
se me pegue al cuero.
Ambos sonrieron pícaros. Él
se montó en la moto desnudo y tras sentarse, alargó el brazo y le tendió la
mano.
—Vamos chica mala… soy todo
tuyo.
—Otro segundo —pidió ella.
Y cogiendo la cartera de él que estaba en el suelo se la dio—. Coge un
preservativo y póntelo. Seguro que tienes, ¿verdad?
Paul asintió. Abrió la
cartera y sacó lo que ella le había pedido.
Tras dejar caer
la cartera al
suelo, rasgó el envoltorio
azulón y con
una sonrisa que
hizo que ella ardiera aún más lo puso en la punta de
su pene y despacio… muy despacio se lo colocó. Hechizada, asombrada y locamente
excitada por lo que él estaba haciendo, le miró con orgullo. Paul era un
adonis.
Un tipo arrebatador y sexy.
Y lo mejor de todo, aquel cuerpo
terso y fuerte,
aquellos brazos, aquella
boca y aquella erección, eran
solo para ella.
Acercándose a él, se apoyó
en la estridera de la moto y se sentó sobre sus muslos. Cara a cara. Sentir el
calor de su sexo, contra el de ella la hizo gemir e impacientarse. Él le retiró
el pelo de la cara con mimo y comenzó a regarla con maravillosos besos. Primero en la frente, después en la punta de la nariz, tras ello la boca y después echándola hacia atrás en el cuello, los
pechos, el ombligo. Y cuando la impaciencia a Rebeca le urgió
agarró aquel miembro viril duro lo puso entre sus piernas
y descendió hasta encararse en él.
—Rebeca —murmuró—. No… te…
muevas.
El olor a sexo les rodeaba
mientras ella quieta y totalmente empalada en él le observaba encantada de
estar en aquella situación. Era morbosa y eso la excitaba a cada segundo. Paul
con los ojos cerrados parecía disfrutar y eso la encandiló. Conteniendo su gran
apetencia de alzar las caderas, él resoplo y colocó sus enormes manos alrededor
de la cintura de ella, la apretó contra su sexo y entonces ella gimió. Con las
respiraciones entrecortadas se miraron y se besaron. Jugaron con sus lenguas
mientras ella comenzaba a mover sus caderas de atrás para adelante. Empalándose
en él, una y otra y otra vez. Aquellos suaves movimientos a Paul le volvían
loco y cuando un sonido primario salió de su garganta Rebeca sonrió.
—¿Todo bien?
Paul clavo su mirada en
ella y apretando los dientes murmuro.
—Maravillosamente, cielo.
Una sonrisa iluminó el
rostro de ella y arqueándose para encajarse de nuevo en él, volvió a preguntar.
—¿Te gusta lo que hago?
Enloquecido por aquello
Paul, le mordisqueó un pezón y respondió.
—Me vuelves loco… chica
mala.
Dispuesta a disfrutar, se
agarró a los fuertes hombros de él y comenzó a subir y bajar buscando su propio
placer. Y lo consiguió. Instantes después un calor abrasador explotó en ella y
apretándose contra él gimió. Aquel sonido y, en especial, su gesto, excitó a
Paul más todavía y, tomando el poder de la situación, comenzó a moverla en
busca de su desahogo con mayor intensidad hasta que de su garganta, tras un
último y definitivo
empellón, brotó un
gemido ronco y varonil.
Desnudos, sin resuello y
abrazados sobre la moto, ninguno habló durante unos segundos.
—Rebeca.
—¿Sí?
—Quiero que sepas que has
sobrepasado mi fantasía. Sudorosa y con una sonrisa que a él le volvió loco, se
retiró el pelo húmedo de la
cara, le besó y con picardía murmuró.
—Pues prepárate porque yo
también tengo fantasías.
A la
mañana siguiente, cuando
Kevin se levantó encontró a Pizza durmiendo en la
puerta de la habitación su hermana. Eso le extrañó. Y al abrir y ver a aquellos
dos dormidos, sonrió y con una pícara sonrisa se agachó hacia la perra y le
susurró al oído.
—Vamos, preciosa, ¡a por
ellos!
Al escuchar
aquello, la perra entró en la habitación, saltó sobre la cama, donde
comenzó a trotar, lamer y ladrar, despertándoles de su tranquilo sueño. Rebeca,
somnolienta y agotada por la maravillosa noche de pasión que había pasado con
Paul, miró hacia la puerta y vio a Kevin desaparecer. Sonriendo por la
ocurrencia de su hermano gritó.
—¡Kevin, me las vas a
pagar!
Paul se despertó y
agarrándola por la cintura la acurrucó contra él y ambos se volvieron a dormir.
Eso sí, con Pizza acostada a sus pies.
Capítulo 24
En el aeropuerto, cuando
fueron a recoger a Donna, Miguel y María, todo fueron risas y abrazos. Miguel,
aún incrédulo por tener a Paul delante de él, no paró de hacerle preguntas
sobre motos y el Mundial, algo a lo que Paul contestó encantado. Al llegar a
casa de Rebeca, Donna miró al principio con un poco de recelo a Bianca. Incluso
hizo el comentario de que no le gustaba y Rebeca, rápidamente, la reprendió.
Ese primer día comieron todos juntos, y quienes hicieron buena camarilla fueron
María y Lorena, que estuvieron todo el día jugando con Pizza.
Llegó el día señalado en el
calendario. La boda. Bianca estaba preciosa con su traje de novia, y a Kevin se
le veía radiante de felicidad. Fue un enlace muy familiar, y cuando Carla llegó
del brazo de Samuel y con la pequeña Noelia en brazos, se emocionaron. Todo fue
divertido como era de esperar. Aunque hubo un momento en el que los tres
hermanos echaron muchísimo de menos a su madre. Pero en seguida apareció Ángela
e hizo todo lo posible para alegrarles. En un momento en el que Rebeca estaba
sola tomándose una copa, Donna se
acercó hasta ella con su
vestido de seda color
manzana.
—¿Qué tal?
—¡Genial! Todo está
saliendo fenomenal.
Donna sonrió mientras
miraba a los recién casados que bailaban abrazados.
—¿Crees que
durará mucho Kevin
con la de
Eslovenia?
Al escuchar aquello Rebeca
sonrió.
—Pero mira que
eres retorcida. ¿Por qué no van a durar? —protestó dándole un capón a su
hermana.
Donna se encogió de hombros
sin quitarle la vista de encima a Bianca.:
—Ojalá tengas razón... pero
no sé —murmuró—. Hay algo en ella que no me convence.
—Es una buena chica. ¿No lo
ves?
—No... no lo veo. Creo que
ella no es como nos muestra. Hay algo
en su mirada
que no sé...
no me convence. Eso de que cuando
te habla no mire a los ojos. No... no puedo con ello.
—Pero si tiene una mirada
angelical. Donna se carcajeó.
—¿Angelical? Mira, bonita,
es cierto que la muchacha es guapa, tiene
un cuerpo muy
fino y una
carita de muñequita, pero,
precisamente, su mirada de angelical tiene poco.
—¡Exagerada! Eres una
exagerada…
Pero Donna, convencida de
sus manías, asintió con seguridad.
—Quizá tengas razón. Soy
una plasta. Pero quiero lo mejor para mi hermano.
—Él no es tonto y sabe
elegir —defendió Rebeca—. Y creo que no debemos hablar más de este temita...
Ambas se miraron y
asintieron hasta que Donna posó sus ojos en Paul, que estaba estupendo con
aquel traje oscuro.
—Por cierto,
¿te he dicho
que tienes un
gusto increíble? —Rebeca sonrió y la loca de Donna soltó—: Madre mía...
¡tiene que ser una fiera en la cama!
—¡Donna! —gritó dándole un
puñetazo—. Calla, que te puede oír.
—Venga, hermanita, no vayas
de estrecha y suelta, ¿es tan efusivo y temperamental como cuando corre en el
Mundial?
Rebeca miró a su hermana y
fue a hablar, pero no pudo aguantar la risa.
—No te lo pienso decir. ¿Te
he preguntado yo alguna vez cómo es Miguel en la cama?
—Uf... ¡Un Sandokán!
—respondió con guasa—. Me encanta cuando me mira y...
Escandalizada, Rebeca tapó
con la mano la boca a su hermana.
—Paul... ¡es la bomba! No
te digo más —cuchicheó divertida.
—Lo sabía —rio Donna—.
Tiene toda la pinta. Pero es que si no lo pregunto, reviento.
—Con él estoy
experimentando cosas que no había conocido antes —confesó Rebeca mientras
recorría con auténtica adoración su cuerpo—. Él consigue que…
—Calla… calla… calla…
—cortó Donna divertida—. Pero ¿qué es lo que pretendes contarme?
—Jolín, Donna, me has
preguntado.
—Lo sé… lo sé pero nunca
pensé que me fueras a contestar —ambas rieron y esta volvió al ataque—. Por
cierto, está mal que yo lo diga ¿Pero te has fijado bien en
el culito tan mono que
tiene?
No reírse con Donna era
imposible.
—Miguel tampoco está mal
con ese traje —contestó mirando a su cuñado, que hablaba con Paul.
Con descaro, su hermana
miró a su marido y susurró en tono bromista.
—Estoy deseando que se vaya
todo el mundo para llevármelo a la habitación. Ese traje y cómo le queda me
están volviendo loca. ¡No sé si voy a poder dominarme!
Mientras la dos reían sin
parar, se acercaron hasta ellas los objetos de sus críticas.
—A ver —preguntó
Miguel—, ¿a quién están criticando estas dos preciosidades?
Paul se acercó a su chica
mientras Donna se dirigía a su marido.
—Qué mal
pensado eres, cariño.
¿Cómo puedes pensar eso de dos
chicas tan educadas como nosotras?
Miguel, mirando a su mujer,
silbó.
—Paul, me temo que han
hecho algo más que criticar. Aquel comentario les hizo reír a todos, hasta que
Kevin
les llamó.
—¡Eh, vosotros! Venid.
Quiero hacer una foto con la
familia.
Donna cogió a su marido de
la mano.
—Vamos, cariño, mi hermano
nos llama.
Paul no se movió, Rebeca se
acercó a él y tras darle un azote en aquel duro trasero repitió haciéndole
reír.
—Vamos, cariño, mi hermano
nos llama.
Capítulo 25
Los días pasaron a una
velocidad vertiginosa, y llegó el momento en que Donna y su familia tenían que
regresar de nuevo a su hogar, Chicago. Las vacaciones juntos habían sido una
autentica maravilla, y la hora de despedirse, como siempre, fue triste.
—Prométeme que vendrás
—pidió Donna a su hermana con los
ojos llorosos.
Rebeca asintió; apenas
podía hablar de la emoción.
—No te preocupes —contestó
Paul—. Prometo que yo la llevaré en octubre o noviembre, cuando acabe el
Mundial.
—Lo intentaré, Donna. Todo
depende del trabajo que tenga —contestó Rebeca abrazada a su hermana.
—Ni trabajo, ni leches,
tienes que venir —insistió su hermana—.
Quiero que nos
veamos más de
lo que nos vemos. Te añoro mucho y...
—Eh... Donna Jo
—protestó Kevin—, y a mí qué...
¡que me parta un rayo!
—Kevin, eres verdaderamente horripilante
por llamarme así. Odio el nombrecito.
—Lo sé —se mofó Kevin
ganándose una colleja de su hermana.
—Quiero que vengáis Bianca
y tú —dijo al verle reír
—. ¿Por
qué no hacéis
un esfuerzo y
venís con ellos cuando vengan en octubre?
—Me encantaría
ir —aplaudió Bianca sorprendiéndoles.
Mientras los hermanos se
abrazaban, Paul se acercó al marido de Donna y le tendió la mano.
—Miguel, ha sido un placer
conocerte.
—El gusto
ha sido mío. —Y mirando a su cuñada, susurró—Cuida a esta jovencita,
porque como sea como la fiera de su hermana, ¡caray, chico, vas a tener
trabajo!
Ambos sonrieron
y Donna, miró
con malicia a su
marido.
—¿Se puede saber qué has
dicho? —pero sin dejarle hablar,
sonrió—. Anda, coge
a María y
termina de despedirte, que
tenemos que embarcar.
—Volviéndose hacia Paul murmuró—
Estoy encantada de ver feliz
a Rebeca. Llevaba tiempo sin verle en la cara esa sonrisa y
me consta que es gracias a
ti.
—Me alegra saberlo —asintió
divertido y Donna prosiguió.
—Muchas gracias por
habernos recibido tan bien, y ya sabes, tienes parte de la familia al otro lado
del charco. Allí te esperamos.
Paul sonrió. Donna, tras darle
un beso, se volvió de nuevo hacia Rebeca y Kevin y los volvió a
abrazar. Nunca sabían cuándo iban a volver a estar los tres de nuevo juntos.
Finalmente Miguel, Donna y María desaparecieron tras la puerta de embarque.
Tres días después, Kevin y Bianca se marcharon a Eslovenia, y la vida de
Rebeca, sin sus hermanos, volvió a la normalidad.
Capítulo 26
Pasaron un par de meses
desde la boda. El verano llegó caluroso, y Paul y Rebeca se veían cada vez que
tenían ocasión. No era fácil. Paul por su profesión viajaba constantemente.
Pero los minutos que pasaban juntos los aprovechaban al máximo y cada día estaban
más felices. Cuando Rebeca cogió las vacaciones de verano no se lo pensó dos
veces y se marchó con él a Holanda. Dejo
a Pizza con Ángela y se propuso disfrutar del viaje. Junto a ella viajaron
Lorena y Julia, y vivió con emoción el Gran Premio.
Durante unos días pudo
vivir en sus carnes lo que era ser la
mujer de un
piloto de Moto
GP. Horarios. Entrenamientos y
mucha disciplina. Junto a Rita, comprobó lo mucho que trabajaban para arañar
segundos a los minutos y, sobre todo, para tener su moto a punto para la
carrera. Entrenos y más
entrenos. Paul se
pasaba el día
entero subido en su moto y reunido con sus mecánicos. Eso sí, cuando se
desligaba de aquello, Paul estaba al cien por cien con ella y la pequeña
Lorena. Intentaba arañar minutos también para estar con ellas aunque solo fuera
para darles un beso. Paul era un amor y se veía a la legua lo locamente colado
que estaba por Rebeca.
En esos días, Rebeca
comprobó la cantidad de mujeres que se morían por llamar la atención de Paul.
Cientos de jovencitas, y no tan jovencitas, morenas, rubias, pelirrojas le
llamaban a gritos e intentaban hacerse una foto con él. Al principio eso le
hizo gracia pero, día a día, era agotador. No le hacía ninguna gracia que
aquellas soñaran con el hombre que, para ella, era suyo. El día de la carrera
todo fue pura adrenalina. Amaneció reluciente y el circuito se llenó de
motoristas dispuestos a pasarlo bien. Junto a Paul vio las carreras que había
antes que la de Moto GP, y se horrorizó al ver que en la segunda carrera hubo
un accidente en el que varios pilotos se vieron implicados, y dos de ellos
tuvieron que ser evacuados en helicóptero.
El peligro estaba cerca,
demasiado cerca. Aunque Paul se empeñaba en decirle que no se preocupara.
Cuando llegó el momento de Moto GP, Paul le guiñó un ojo, cogió su casco y se marchó
junto a sus mecánicos. Histérica,
se sentó en la silla que uno del equipo le ofreció. Segundos después llegó Rita
con una encantadora sonrisa.
—No te preocupes. Ellos
saben lo que hacen. Angustiada y extremadamente
nerviosa junto a Rita y
varios del equipo Ducati
vio desde el Box, a través de las pantallas, la carrera. Cada frenada, cada
salida de pista, cada derrapada, a Rebeca le desgarraba el corazón. Pero cuando
Paul entró el
primero y, con
ello, ganador, saltó emocionada de
felicidad y por
fin respiró tranquila.
Encantada y
junto a Rita,
fueron a buscar
a Lorena y después acompañaron al equipo hasta donde
los ganadores llegaban con sus motos. La cría estaba feliz y ella también. Y
cuando Paul llegó, se bajó de su moto, se quitó el casco, fue hacia ellas y las
besó, Rebeca creyó morir de felicidad.
Minutos después, Paul,
acompañado de su buen amigo Iván, que había quedado segundo, subieron al
Podium. Allí, tras recibir sus
copas, bañaron a
todo el mundo
con champán. Desde abajo,
Rebeca cogió a
Lorena en sus brazos y juntas les aplaudieron. Paul las
miró y en ese instante se sintió el hombre más afortunado del mundo.
Finalizada la carrera y con
unos días libres por delante, decidieron ir a Menorca para descansar. Allí los
tres lo pasaron en grande y disfrutaron como una familia más. Fueron días
intensos de playa, besos y castillos de arena, aunque durante las noches cuando
Lorena dormía, la pasión les consumía. Un cóctel maravilloso que a Paul y
Rebeca les enamoró cada día más.
En septiembre, Rebeca
regresó a su trabajo. Separarse de Paul tras los maravillosos días vividos con él no fue fácil para
ninguno, pero el trabajo la requería. Por aquel entonces, Carla estaba muy
gordita. Solo le quedaba un mes para dar a luz y Samuel estaba nervioso e
inquieto. Como decía él: no se era padre todos los días. Una mañana en la
que Rebeca
estaba en el
despacho, Belén le
pasó una llamada. Era Cavanillas.
—Buenos días, querida
Rebeca —saludó con su voz pegajosa.
—Buenos días, señor
Cavanillas.
—Tengo que felicitarle,
¿verdad?
Sorprendida por aquello,
Rebeca se tensó en su silla.
—¿Por qué? —preguntó.
—Me han dicho que su
hermano se ha casado hace poco.
—Sí, hace unos meses
—respondió incómoda.
Tras una risotada que no
gustó a Rebeca, aquel insoportable hombre prosiguió.
—Vaya... vaya. Quizá sea
usted la próxima en casarse. Aunque nunca me hubiera imaginado que le iban los
pilotos de motos con hijos. Querida, ha elegido como compañero a un hombre muy
mujeriego, pero si es su gusto, no digo nada.
Pero bueno, ¿cómo sabe
esto? ¿Y qué narices le importa?, pensó molesta.
—Disculpe, pero mi vida
privada no creo que sea de su
incumbencia —respondió con
seriedad.
—Lo sé,
querida, lo sé.
Pero parece que
todos tenemos tendencia a meternos donde no nos importa, ¿no es así?
Al escuchar aquello, Rebeca
sintió que le temblaban las manos.
—¿A qué se refiere? —
preguntó lo más tranquila que pudo.
Cavanillas al
ver que había
atraído totalmente su atención, repantigándose en
el oscuro sillón
de su despacho en Barcelona,
continuó.
—Te crees muy lista,
pequeña zorrita. ¿Acaso crees que no sé que estás metiendo las narices donde no
debes? Solo te diré una cosa: si quieres jugar, vamos a jugar todos.
Nerviosa, aunque
controlando su tono de voz, Rebeca logró responder.
—No le entiendo y,
sinceramente, no tengo nada más que hablar con usted.
—Eso espero, que no
tengamos nada más que hablar
—ladró—. Dale recuerdos al
piloto y a su niñita. Por cierto muy rica esa pequeña, ¿verdad? —Dicho esto se
cortó la comunicación.
Pálida, colgó el teléfono.
Cómo podía haberse enterado
de su investigación, si
hasta el momento
ella no había movido ningún hilo.
Llamó rápidamente al detective y formalizó una cita para una hora después. Al
llegar al bar donde habían quedado, Rebeca se sentó en una mesa a esperarle.
Cuando éste apareció le contó lo ocurrido.
—Le dije
que esto podía
pasar —y rascándose
la barbilla preguntó—¿Le ha contado nuestras investigaciones a alguien?
—No... no se lo he contado
a nadie. Pero él lo sabe todo. La boda de mi hermano, incluso sabe con quién
salgo y me habló de la niña ¡Oh Dios! Me dijo que si quería jugar, que íbamos a
jugar todos.
Al verla tan alterada, el
hombre trató de calmarla.
—De momento, tranquilícese.
Y por favor, le rogaría que mantuviera lo ocurrido en secreto. Cuanta menos
gente lo sepa mejor. —Luego, levantándose, indicó— Nos mantendremos en
contacto.
Rebeca le
vio alejarse mientras
intentaba poner su mundo
en orden. Pero
no sería fácil.
Cavanillas era peligroso y ella
estaba comenzando a darse cuenta.
Capítulo 27
Aquella tarde, al llegar a
casa, Ángela le indicó alterada que había llamado Samuel desde el hospital.
Carla iba a tener el bebé. Olvidándose de sus preocupaciones cogió su coche y
allí que se fue. Al llegar a la planta de maternidad vio a Samuel esperando en
uno de los pasillos. Éste, al verla, rápidamente se acercó a ella para
abrazarla.
—¿Pero qué haces tú aquí?
—preguntó Rebeca. Retirándose el flequillo
de los ojos,
la miró y
respondió.
—Han surgido
complicaciones y tienen
que practicarle una cesárea. El doctor López ha preferido que yo espere
aquí. —Al ver que ella iba a decir algo, aclaró—: Escucha, Rebeca, cuando se
trata de un familiar tan directo como es Carla para mí, es mejor que yo no esté
en el quirófano. Me pondría muy nervioso y podría estorbar más que ayudar.
—Ay Dios… ay Dios.
—Tranquila, encanto. Todo
va a salir bien —animó el futuro padre.
Consciente de que había ido
al hospital para ayudar y no
para estorbar
sonrió y dándole
un abrazo a
Samuel cuchicheó.
—Pues claro que va a salir
todo bien. Carla no va a permitir que nada salga mal.
Minutos después
apareció el doctor
López con una amplia sonrisa.
—Enhorabuena, colega. Tienes un precioso
niño de tres kilos y medio.
Samuel, desencajado,
abrazó a Rebeca
y, sin darle tiempo a decir nada, preguntó a su
colega.
—¿Cómo está Carla?
—Bien. Está perfecta,
tranquilo.
—Sí… sí… sí… —aplaudió
feliz.
—Lo ves. Carla es la bomba
—rio Rebeca.
El doctor López, consciente
de la alegría de aquellos que se abrazaban, sonrió.
—Está en reanimación.
¿Queréis pasar a verla?
Rebeca, emocionada, se
limpió una lágrima y Samuel, cogiéndola de la mano, asintió con decisión.
—Por supuesto que queremos
pasar a verla. Un niño, Rebeca, ¿has oído? ¡Ha sido un niño!
Capítulo 28
Una semana después, el
sábado, mientras Rebeca tomaba una taza de café en su cocina, sonrió al recibir
un mensaje en el móvil con una foto de Carla y el bebé. Todo había salido
maravillosamente bien y ya estaban en casa. En ese tiempo, Cavanillas no volvió
a dar señales de vida y ella prefirió callar y no contarlo a nadie. En varias
ocasiones, especialmente cuando estaba con Paul, deseó explicarle lo que
ocurría, pero temía su reacción. No entendería las amenazas de
aquel y finalmente
optó por ocultárselo. Como dijo
el detective, cuanta
menos gente lo
supiera mejor.
Sonó el
teléfono. Al levantarse para cogerlo
tropezó con Pizza. Siempre estaba en medio.
—Hola, Rebeca —saludó una
vocecita.
—Hola, Lorena. ¿Cómo estás,
tesoro?
—¿Te acuerdas de lo que es
mañana? — preguntó la niña emocionada.
—¡¿Mañana?! ¿Qué
es mañana? —soltó
divertida, Rebeca, aun sabiendo a lo que se refería.
La cría resopló.
—Mañana es mi
cumpleeeeeeeee. Cumplo cinco años y quiero que vengas a mi fiesta. ¿Vendrás,
verdad?
Rebeca no pudo evitar
reírse.
—Ya sabía que mañana era tu
cumple, cariño, es más, tengo un regalo sorpresa para ti.
—¡Qué bien! —aplaudió la
niña—. Ahora espera, se pone mi papi. Adiós, Rebeca.
—Hasta mañana, tesoro
—respondió sonriendo.
Dos segundos después se
escuchó la penetrante voz de
Paul al otro lado del
teléfono.
—Hola, preciosa. No había
manera de parar a Lorena. Lleva toda la mañana pidiéndome que te llamemos por
si no te acordabas de su cumpleaños. Le he dicho que tú te acordarías, pero es
tan cabezota...
—Igualita que su padre —se
mofó Rebeca. Al escucharla de tan buen humor, Paul rio.
—Eso me lo vas a decir esta
tarde cuando me tengas delante.
—Uisss ¡qué miedoooooo!
Feliz por hablar con ella,
pero atareado con cientos de cosas de su hija contestó.
—Tengo que colgar, cariño.
Pero recuerda, paso a buscarte esta tarde a eso de las siete, ¿te parece bien?
—Sí... sí, estupendo.
Tras colgar, Rebeca se
dirigió de nuevo a la cocina para terminar su taza de café. Sus pensamientos
volvieron de nuevo a Cavanillas. ¿Cómo podía él saber que había contratado a un
detective privado? Tendría que tener más cuidado. Se levantó de la mesa de la
cocina y se dirigió hacia su despachito, un cuarto acondicionado para trabajar.
En el pasillo se cruzó con Pizza que, como siempre, estaba en medio y se
tropezó con ella.
—Pizza, por Dios. No te
tires en medio del pasillo,
¡casi me mato!
La perra la miró y, sin
hacerle ningún caso, se levantó, y saltando corrió por la casa. Está como una
chota, pensó Rebeca al mirarla. Dándose la vuelta llegó a su despacho. Allí
comenzó a estudiar unos papeles hasta que escuchó un estruendo procedente del
salón. Rápidamente se levantó y al llegar allí vio un jarrón roto y a su perra
mirándola con ojos de no haber roto un plato.
—¿Qué estarías haciendo
para romper el jarrón? — protestó Rebeca
mirando al animal.
Le observó durante unos segundos con ojos amenazantes,
pero la perra no pareció asustarse y movió el rabo a modo de disculpa. Con
paciencia, Rebeca fue hacia
la cocina a por la escoba y el recogedor. Cuando regresó al salón la perra ya
no estaba. Terminó de recoger los trozos del jarrón y cuando entró en la cocina
para echarlos a la basura, la encontró con el cacharro del agua volcado en
medio de la cocina.
—Maldita sea, Pizza,
¿quieres que me enfade al final? La perra, al escucharla, escapó corriendo
hacia el salón
con las patas mojadas
pringando todo a su paso. Rebeca intentó
cogerla pero fue
imposible. Pizza estaba
resbaladiza, y aquello se lo había tomado como un juego. Finalmente desistió,
regresó a la cocina y recogió el agua del suelo. Cuando por fin terminó, y de
un humor pésimo, miró a su alrededor y no vio señales del animal. Se dirigió de
nuevo a su despacho para continuar trabajando y cuál no sería su
sorpresa cuando encontró
a la perra mordisqueando unos libros que tenía
debajo de la ventana.
—¡Ya está bien! —gritó cogiéndola—.
Pero bueno,
¿qué te pasa hoy? Ahora
mismo te vas al patio y te quedarás allí hasta que estés más relajada.
Con la perra en brazos
abrió la puerta de la calle y la dejó
en el suelo
sin percatarse de
que su verja
estaba abierta. Rebeca regresó al despacho dispuesta a arreglar lo que
había destrozado. Sonó el teléfono.
—¡Diga! —chilló molesta.
—Eh... soy Carla. Si no es
buen momento volveré a llamar más tarde —murmuró al escuchar aquel tono de voz.
Consciente de su tono,
Rebeca se tranquilizó.
—Ay, perdóname, Carla. Pero
hoy Pizza no para de hacer trastadas y me tiene que me subo por las paredes.
—Anda, mujer.
No será para
tanto —se mofó
su amiga.
Pero Rebeca estaba
calentita y comenzó.
—Me he
tropezado con ella
veinte veces por el
pasillo, la cocina y el baño. Ha roto el jarrón veneciano tan bonito que Ángela
me regaló hace tres años. Ha tirado su cacharro del agua en medio de la cocina
y pringado la casa con sus patas mojadas y, por último, mientras yo recogía sus
estropicios, la muy sinvergüenza se ha metido en mi despacho y se ha empezado a
comer los libros de derecho internacional que tengo en el suelo. ¿Te parece
poco?
Carla no lo pudo remediar y
soltó una carcajada al otro lado del teléfono.
—Vale... vale... tranquila.
Te quejas porque Pizza hoy tiene un día torcido, pero ¿qué harías si tuvieras a
dos niños que cuando no se mea uno, se caga la otra? —al oírla reír, continuó—:
La verdad es que el pequeño Nicolás es un bendito, pero
cuando no se
hace pipi se
hace popó. Y
Noelia no para... no para,
y hace una tras otra. Por lo tanto, querida amiga, tranquilita, que es solo un
día y un día se pasa rápido.
—Eso espero. Hoy no estoy
para bromas. Es de esos días que me hubiera gustado no despertarme.
—No te quejes, ¡quejica! A
ver, escucha, te llamaba para ver si mañana venís a comer a casa la niña, Paul
y tú. Por cierto, puedes traer al monstruo de Pizza.
—Mira, a Pizza
te la llevaría
ahora mismo — cuchicheó Rebeca—. De todas formas no
podemos ir. Mañana es el cumpleaños de Lorena, y tiene fiesta de cumpleaños.
—¿Lo dejamos para otro
domingo?
—Sí, Carla... será mejor.
Al encontrarla tan
desanimada su amiga preguntó.
—¿Te pasa algo? Te conozco
y sé que te pasa algo. Rebeca sonrió.
—No te preocupes. Estoy
agobiada por todo el curro que tengo. —Sonó el timbre de la puerta—. Espera un
segundo, voy a ver quién es.
Rebeca abrió la puerta de
su casa y sonrió al ver a su pequeño vecino.
—Hola, Javi. —Pero al ver
la cara de susto de éste preguntó—: ¿Qué ocurre?
El niño, con el gesto
contraído, contestó.
—Es Pizza y está allí.
Rebeca siguió con la mirada
la dirección señalada y vio un grupo de gente agachada en la carretera.
Rápidamente corrió hacia la gente y se quedó sin palabras al ver a su perra
tumbadita en el suelo, con sangre en el hocico y en el cuerpo, y aullando de
dolor. La perra, al ver a Rebeca, intentó moverse y meneó como pudo
el rabito.
—Pero... pero ¿qué ha
pasado? —susurró Rebeca agachándose.
—Señorita —dijo
un hombre—, circulaba
con mi coche cuando de pronto vi
que algo se metía debajo de las ruedas. Paré y vi que era un perro. Estos niños
me dijeron que conocían al dueño y … —al ver las lágrimas de Rebeca el hombre,
con gesto compungido, murmuró—:
Le juro que no la vi. Apareció de
pronto.
Rebeca no le oía. Solo
acertaba a decir palabras llenas de ternura para Pizza.
—Javi, entra en mi casa
—dijo por fin—. En la entrada verás colgada una cazadora, tráemela, por favor.
Rápidamente, llegó el niño
con la cazadora y como pudo
Rebeca colocó
a Pizza en ella. El hombre que la
había atropellado se ofreció para llevarla a un centro veterinario. Rebeca, sin
dudarlo, aceptó. Al entrar en la clínica, José, el veterinario, le quitó al
animal de los brazos y se metió con él
en la consulta. Ella intentó pasar
pero éste le
pidió tiempo y espacio. En aquel momento se acordó de lo que le dijo
Samuel el día del parto de Carla: «Más que ayudar, entorpeceré».
Un cuarto de hora después,
Rebeca miró al hombre que la había acompañado. Allí continuaba. Poco después y,
animado por ella, se
fue y se quedó
sola en la sala de espera. El tiempo iba lento. Demasiado lento. Parecía
que los segundos no pasaban, y saltó de su silla cuando la puerta se abrió por
fin y José se sentó a su lado.
—Vamos a ver, Rebeca. Pizza
tiene la pata derecha trasera rota, y en la otra tiene una fisura. Habrá que
operarla de la pata más dañada e intentar poner algo para que vuelva a tener
movilidad. Eso sí, quiero decirte que aun haciéndole eso, tiene un 80% de
posibilidades de que cojee siempre.
—No importa... no importa
—susurró entre lloros.
El veterinario la miró.
Conocía a esa muchacha y sabía lo que sentía por la perra.
—Ahora está dormida. La he
sedado para que no sienta dolor. Creo que es mejor que te vayas a casa. Te
llamaré
cuando todo acabe.
—De ninguna manera. Me
quedo aquí. Pero la sangre...
—sollozó al ver su camiseta
manchada—... tenía sangre en el hocico y dentro de la boca.
José, al verla tan
desesperada pasó su mano por el pelo mientras trataba de tranquilizarla.
—No te preocupes. La sangre
es muy aparatosa, pero todo ello es debido a que se mordió la lengua, que hemos
tenido que suturar, por cierto. Se había mordido un buen trozo. Pero de verdad,
no te preocupes, todo está bajo control. Y te lo digo en confianza. Vete a
casa, te llamaremos.
—Gracias, José —asintió—.
Pero no quiero irme de aquí hasta saber
que todo ha
salido bien. Seguramente tienes razón en que debería irme,
pero no quiero separarme de ella.
—Lo entiendo
—sonrió. Todos los
dueños reaccionaban igual—. Te mantendré informada.
Vio cómo José desaparecía
de nuevo por la puerta de la consulta. Se acordó de Carla, la había dejado
colgada al teléfono y había salido sin móvil ni nada. Vio el teléfono de la
clínica y, tras pedirle permiso a la chica de recepción, llamó a Paul. Entre sollozos
le contó lo ocurrido y él solo le pudo pedir tranquilidad y la dirección del
sitio. Cuando
colgó volvió
a sentir una terrible sensación
de vacío y soledad.
Pensó en su perra, en la
primera vez que la vio con su cuerpecito metido en la caja de pizza. Eso la
hizo sonreír y darse cuenta de lo importante que era aquel animalillo en su
vida. Cambiando la posición de su cuerpo, recordó la cantidad de veces que la
había regañado aquella mañana, cuando
lo único que
quería Pizza era jugar.
Se sintió culpable. Había pagado
con ella su mal humor por el asunto Cavanillas y el trabajo. Volvió a llorar.
Recordar a Pizza tirada en la carretera sangrando le rompía el corazón. El
tiempo se le hizo eterno hasta que escuchó el sonido de una moto, e instantes
después Paul entraba con el casco en la mano. Al verle, se refugió en él.
—¿Cómo estás, cariño?
—preguntó abrazándola.
Pero Rebeca en ese momento
no podía contestar, solo llorar. Cuando finalmente Paul la tranquilizó le contó
lo que el veterinario le había dicho. Una hora después, Paul le propuso salir a
un bar a comer algo. Rebeca se negó, pero finalmente accedió. Aunque aquella
salida duró menos de media hora. Había pasado para Rebeca una eternidad cuando
finalmente el veterinario salió y les dijo que todo estaba bien. Aunque la
perra tendría que estar allí unos días para ver cómo evolucionaba. Rebeca por
fin sonrió y el veterinario les dejó pasar a verla.
Pizza estaba totalmente
dormida y ni se percató de que
estaban allí.
Después de muchos
besos por parte
de Rebeca, Paul pudo sacarla de allí y llevarla a casa para que
descansara. Eran las siete de la tarde, y había sido un día con mucha tensión
para ella. Por eso, decidieron no salir a cenar y quedarse en casa viendo la
televisión. Tras un baño, Rebeca llamó a su amiga Carla para contarle lo
ocurrido. Aquella noche Paul se quedó a dormir.
A la mañana siguiente, éste
se levantó pronto y la sorprendió llevándole el desayuno a la cama. Debía
marcharse a su casa. Era el cumpleaños de Lorena y tenía que organizar la
fiesta. Tras varios intentos por parte de Paul para que Rebeca le acompañara a
casa, finalmente desistió. Ella le prometió que después de visitar a Pizza, se
acercaría a la fiesta. Una vez sola, sonó el teléfono. Era Ángela, que al
enterarse de lo de la perra, rápidamente se presentó en la casa para ir con
ella a visitar al animal.
Cogieron el coche y se
dirigieron a la clínica. Allí pidieron permiso al veterinario para pasar. Al
entrar y verla tumbadita e inundada de vendas, a Rebeca se le escapó un
sollozo. Ángela, rápidamente, se arremangó y le dijo que como se
le ocurriera llorar
la sacaba de
allí inmediatamente. Estuvieron un rato acariciando la peluda
cabeza de Pizza, hasta que el
veterinario entró y les dijo que no podían permanecer más tiempo allí. A la
salida de la clínica Rebeca parecía
un poco más
contenta. Dejó a Ángela en su casa y se dirigió a casa de
Paul. Cuando llegó,
Julia le abrió la puerta y
le indicó que Paul y la niña estaban en la habitación del fondo. Al entrar,
Rebeca sonrió al ver a Tina, la madre de Paul.
—Oh... mirad quién ha
venido —saludó la mujer al verla—. ¿Cómo está la perrilla?
—Mejor, ahora vengo de
verla—respondió con una sonrisa—. En unos días la tendré en casa.
Tina sonrió y la agarró
del brazo mientras
le cuchicheaba al oído.
—Me alegro, cielo. Y me
encanta ver que mi hijo te ayuda en todo lo necesario.
—La verdad es que si no
fuera por él... —asintió al ver que se acercaba.
Paul, sin cortarse lo más
mínimo, llegó hasta ellas y le plantó delante de su madre un beso en la boca.
—Hola, preciosa. ¿Todo
bien?
Avergonzada y roja como un
tomate, Rebeca asintió mirando de reojo a Tina.
—Sí. Todo bien.
En ese momento se escuchó
un ruido de algo que caía. Paul se disculpó y salió disparado hacia el salón.
Tina, divertida por la cara de susto de la muchacha, la tomó del
brazo.
—Rebeca, quiero que sepas
que me encanta ver que mi hijo se ha enamorado de ti. Lorena, mi pequeñita, te
quiere, y mi hijo está radiante, y si ellos sonríen yo, cielo mío, soy feliz.
Con la boca seca y
emocionada por esas palabras, iba a responder cuando se oyó.
—¡¡¡Rebeca!!!
Era Lorena, que al saber
que había llegado corría a sus brazos.
—Felicidades, cariño —rio
besándola—. ¿Cuántos tirones de oreja tengo que darte?
—Cinco. Me tienes que dar
cinco —respondió la niña, encantada, ante la risa de su abuela.
Feliz, Rebeca comenzó a
tirarle de la oreja cruzando una mirada
con Paul quien,
como siempre, estaba impresionante. Cuando acabó le tendió
una caja.
—Toma. Este es mi regalo.
La niña lo cogió, pero
antes de abrirlo preguntó:
—¿Cómo está Pizza?
—Oh, cariño, ella está
bien. Me ha pedido que te felicite.
—¡Yupi! Pizza está mejor.
Paul se acercó a ellas con
una sonrisa y murmuró mientras su hija rasgaba el papel del regalo.
—Pasemos al comedor y
comamos. Dentro de unas horas la casa se llenará de niños y esto promete ser
una auténtica locura.
—¡Qué bien! ¡La Barbie
Dulces Sueños! Gracias. Conmovida por el abrazo que la niña le regalaba, Rebeca
sonrió.
—Me alegro de que te guste.
Comieron los
cuatro tranquilamente en el precioso chalet de Paul en Boadilla del Monte
mientras Tina, feliz, les contaba anécdotas de sus viajes. Una vez hubieron
terminado la comida, Tina se llevó a la niña para que durmiera la siesta. Le
esperaba una tarde llena de risas y sorpresas.
—Tu madre es encantadora.
¿Siempre está de buen humor?
Paul sonrió
y, sentándose junto
a ella en
el sillón, asintió.
—Siempre la recuerdo riendo
y contando cosas divertidas. Miles de veces le he dicho que venga a vivir
conmigo, pero siempre
contesta lo mismo.
—¿El qué? —preguntó Rebeca
con curiosidad.
Paul la miró y, cambiando
su tono a uno más fino, imitó a su madre.
—Paul, si vivo contigo te
harás a la vida cómoda y no buscarás una
mujer con quien compartir tu vida. Eso
no pude ser, tesoro mío. La vida solo se vive una vez y hay que vivirla.
Rebeca soltó una carcajada
al ver lo bien que imitaba a su madre.
—Tiene razón, y lo sabes
—respondió finalmente.
—Pues sí —asintió—. De esta
manera he sabido lo que era criar una hija. Si ella hubiera estado aquí se
habría ocupado de Lorena.
En cierto modo
le estoy muy agradecido. Gracias a ella no me he
perdido las noches en vela con mi hija —rio Paul—. No, en serio, haber criado
solo a Lorena me ha dado la oportunidad de conocer a un personajillo que me
tiene loco.
—¿Sabes, Paul? —dijo
pasándole una mano por el flequillo—. Me encanta oírte hablar así. Lo único que
me apena es no haberte conocido antes y ver cómo te las apañabas con Lorena
cuando era un bebé.
En ese momento entró Tina
por la puerta.
—Uy, hija, se las apañaba
fenomenal. Este hijo mío ha nacido para tener más hijos.
—¡Mamá...! —advirtió Paul
mirándola con cara de circunstancias.
La mujer se sentó con
ellos.
—Ni mamá ni tres cuartos.
Es cierto, y creo que deberías tener más hijos. Además, a mí me apetece tener
más nietecitos a los que mimar.
Con ganas de descuartizarla
por aquello, la miró.
—Bueno, mamá, ya veremos,
¿de acuerdo?
Tina, sin cortarse un pelo,
miró a Rebeca y sonrió.
—Eso digo yo... Ya veremos.
Sobre las seis de la tarde
empezaron a llegar niños, y a eso de las siete la casa estaba abarrotada.
Rebeca los contó por curiosidad. Había
un total de
veinticuatro niños de edades entre cuatro y siete años jugando
en el jardín. Paul los manejaba de una manera impresionante, y los tenía a
todos embobados con sus juegos.
Lorena llegó
con una amiguita
y Rebeca, divertida, corrió tras ellas. Poco después un
payaso requirió la presencia de todos los niños. Debían golpear la piñata. Tras
aquello, los
niños comenzaron a
devorar sándwiches, patatas
fritas, aceitunas, panchitos, y un sinfín de comida basura. De pronto se
apagaron las luces y apareció Tina con la gran tarta de cumpleaños. Al unísono
cantaron el cumpleaños feliz y, cuando terminaron, la niña cerró los ojos y
pidió un deseo antes de soplar las velas. Rebeca, miró a Paul, quien a su vez
miraba con gesto embelesado a su hija. Comprendía la felicidad que para él
suponía ver a Lorena tan feliz, cumpliendo un año más. Le estaba demostrando
que era un padre maravilloso, y su amor y admiración por él crecía cada momento
más y más.
Sobre las nueve de la noche
comenzaron a llegar los padres para recoger a sus pequeños. Cuando Rebeca se
encontraba bailando en el salón con unos cuantos niños, se fijó en la mujer que
acababa de llegar y que hablaba con Tina. Su cuerpo sufrió una sacudida y se
paró en seco. Era Elena, la esposa de su padre. Sus miradas se cruzaron y la
mujer le sonrió y se dirigió hacia ella. Angustiada, Rebeca miró hacia los
lados con intención de escapar, pero estaba rodeada de niños y no era posible.
—Hola, Rebeca —saludó al
acercarse.
—Hola —contestó agriamente.
La mujer, sin amilanarse
por el tono de su voz, le clavó la mirada.
—Quizá este no sea un buen
momento para hablar contigo, pero quiero que sepas que es una de las cosas que
más me apetece en el mundo.
Conteniendo las ganas de
salir corriendo de allí, Rebeca la miró antes de contestar.
—Usted y yo no tenemos nada
de qué hablar. Consciente del delicado
momento, la señora, tras ver
que nadie les escuchaba,
volvió al ataque.
—Quizá lo veas así, pero
sería mejor para todos poder hablar.
Apartándose a un lado,
Rebeca se alejó de los niños.
—¿Mejor para
quién? Yo no
creo tener nada
que hablar con usted ni con nadie. Por lo tanto aléjese de mí y no
vuelva a intentar hablar conmigo nunca más.
—No eres
justa —contestó Elena
ganándose una mirada gélida de la
muchacha.
—Usted tampoco. ¿Me va a
hablar usted de justicia? Tras unos segundos en silencio, Elena insistió.
—No sé si sabes que esta
tarde has tenido aquí a dos hermanos tuyos.
—Mis hermanos no están
aquí—siseó Rebeca seca—.
Sé muy bien quiénes son mis
hermanos. No se equivoque, señora.
—Muy bien, Rebeca, yo por
mi parte lo he intentado. Si
alguna vez quieres
algo de mí
creo que sabrás localizarme.
—Dudo que alguna vez quiera
saber nada de usted.
Paul, desde
el otro lado
de la sala,
vio la escena mientras se despedía de los padres de
otro niño. No sabía de qué hablaban, pero por la cara de Rebeca se lo podía
imaginar. Elena, consciente de que no sacaría nada bueno de aquello, se volvió
y llamó a sus hijos.
—Dani y Susana, despedíos
de Lorena que nos vamos a casa.
Sin poder evitarlo, su
mirada cayó sobre aquellos niños. En ese momento Rebeca recordó la noche en que
Donna y Kevin hablaban con su padre y nombraron a un niño llamado Dani. Aquel
niñito agarró la mano de Elena y anduvo hacia la puerta. Estaba sumida en sus
pensamientos cuando notó que alguien le tiraba de la camiseta. Al bajar la
vista vio que se trataba de Susana, la niña con la que había jugado hacía unos
minutos.
En un principio decidió no
hacerle caso, pero ante la insistente mirada de aquella, Rebeca claudicó:
—¿Qué quieres, Susana?
—preguntó en un tono nada
afectuoso.
Elena, la madre de la niña,
hablaba con Paul, y desde la puerta las observaba.
—Solo quería despedirme de
ti y decirte que estoy segura de que tu perrita se pondrá buena.
Dios... Dios...
¿Por qué me
tiene que pasar
esto?, pensó al mirar a la niña. Pero al ver su sonrisa inocente, Rebeca
le pasó la mano por el pelo.
—Gracias, Susana.
La niña, que desconocía el
malestar generado entre su madre y Rebeca, con ojos imploradores preguntó.
—¿Puedo ir con Lorena un
día a tu casa para conocer a
Pizza?
En ese momento se acercó su
hermano Dani y apremió a la niña, cogiéndola de la mano.
—Venga, Susi. Mamá dice que
se nos hace tarde.
—Jopetas, un momento
—imploró la cría mirando a la mu-chacha.
Rebeca no sabía qué
contestar. ¿Cómo llevar a esa niña a su casa sabiendo lo que sabía? Miró a la
cría, después al niño y por último a Elena, que les observaba con
detenimiento desde la puerta. Angustiada por aquel incómodo
momento, finalmente logró contestar.
—Cuando quieras puedes
venir con Lorena, ¿vale?
—¡Chupi! —aulló la pequeña
tirándose a su cuello. Luego le dio
un beso en
la mejilla y
gritó—: ¡Voy a conocer a Pizza!
Tras escuchar lo que ella
quería, Susana se alejó con su hermano. El niño, mirándola con la misma mirada
que su padre, le dijo adiós con la mano. Rebeca devolvió el saludo.
Capítulo 29
Varios días después, Pizza
regresó a la familia. Se había convertido en el centro de atención de todos, y
Ángela la malcriaba dándole jamón de york en lugar del pienso que la perra
tenía que comer. Rebeca, al ver aquello sonrió, pero le recordó a la mujer que
la perra debía comer su comida. Ángela, como solía hacer la mayoría de las
veces, siguió sin hacerle caso. Finalmente Rebeca se dio por vencida.
Una mañana
se disponía a irse a
la oficina, cuando
Ángela llegó media hora
antes de lo normal.
—¿Pero qué
haces tan pronto
aquí? —preguntó
Rebeca.
—Hola, mi niña. He pensado
que hasta que Pizza esté mejor, y para que no se quede sola, vengo antes.
Tras soltar una risotada,
Rebeca se la quedó mirándola.
—Pero Ángela, ¿no
crees que esto
es excesivo? A
Pizza no le pasará nada por
estar sola media hora.
La mujer, dejando su bolso
encima del sillón, respondió con los brazos en jarras.
—Y a mí... tampoco me
pasará nada por venir treinta minutos antes. ¿Algún problema?
—No... no —rio—. Puedes
venir todo lo
temprano que quieras. Incluso podrías llegar un poco antes y prepararme
la ducha y el café para cuando me levante. Oh... y también dejarme el coche
arrancado.
—Eres una p elu so n a —soltó la mujer,
dándole un cómico azote en el
trasero.
Luego, mirando a la perra
que se acercaba hasta ella cojeando, fue corriendo a cogerla.
—Pero hermosa mía, ¿dónde
vas?
—A saludarte y a que le des
su ración de jamón de york —se mofó Rebeca.
—¿Lo ves,
cabezota? —protestó Ángela—.
¿Ves como tengo que
estar aquí para
vigilar a este bichejo? Quién sabe el daño que se puede
hacer al estar ella solita andando por la casa.
Divertida por las
carantoñas que aquellas dos se hacían mutuamente, Rebeca se acercó a la perra
para darle un beso en su peluda cabeza.
—No te
preocupes, Pizza, ya me voy para
que te pongas morada de jamón de
york.
La perra, al escuchar
aquello, soltó un ladrido haciendo reír a ambas. Esa perra era muy lista y
entendía todo. Eso
sí, cuando le daba la real
gana.
Casi una hora después,
Rebeca llegó a la oficina. Belén la esperaba con el correo del día. Rápidamente
se vio sumergida en contratos y problemas a resolver. A media mañana Belén
entró con un sobre que acababa de llegar. Lo había traído un mensajero y era
personal para Rebeca. Esta lo abrió y cuál sería su sorpresa al ver unas fotos
de Kevin y su mujer. Horrorizada las miraba cuando sonó su línea directa y lo
cogió.
—¿Qué te parecen las fotos?
—dijo una voz al otro lado del teléfono.
Rebeca en un principio se quedó callada, no entendía nada. Pero al
escuchar aquella fría risotada lo reconoció.
—¿Qué es esto, Cavanillas?
—preguntó molesta.
—Querida, no hay que
ponerse así —murmuró arrastrando
las palabras—. Solo
quería saber si
te han gustado las fotos. Si me
dices que no, tengo otras de tu hermanito y su bonita mujer que quizá te gusten
más. Y si me dices que tampoco, me encargaré de enviarte alguna de tu piloto y
su dulce niña. Por cierto, sería una pena que a esa niñita le pasara algo por
tu culpa ¿no crees?
—Eres un repugnante hijo
de...
—Tranquila, pequeña zorra
—cortó—. Si no quieres complicarte
más la vida,
basta de averiguaciones. No soporto
que nadie se
entrometa en mis
asuntos.
¿Entendido?
—Deje en paz a mi familia
—soltó perdiendo los nervios—. Es usted un ser despreciable...
No le dio tiempo a decir
más; Cavanillas colgó. Rebeca volvió a coger las fotos para mirarlas. En ella
se veía a ambos, pero lo horrible era ver cómo Bianca esnifaba algo que seguro
era coca, mientras Kevin estaba a su lado. No podía ser verdad. No podía creer
lo que las fotos decían por sí solas. Sabía que su hermano nunca había sido un
santo y que alguna vez había fumado hachís. Pero lo que nunca se había podido
imaginar era que Kevin esnifase coca.
Horrorizada, soltó las
fotos y dio la vuelta a su sillón para mirar la Puerta de Alcalá. Tenía que
hablar con su hermano urgentemente. El problema era que no sabía cómo
localizarle. El último día que la llamó le dijo que había perdido el móvil, y
que en cuanto se hiciera con uno la llamaría y le daría el nuevo número. Andaba
sumida en sus pensamientos cuando escuchó que la puerta se abría. Era su amiga
Carla.
—Hey... ¿Qué pasa?
—preguntó acercándose a ella—.
¿Por qué tienes los ojos
llorosos?
Rebeca fue a contestar
cuando Carla fijó la mirada en una de las fotos que estaban sobre la mesa. La
cogió para mirarla y, llevándose la
mano a la boca, susurró horrorizada.
—¡Dios mío! Este… este no
puede ser Kevin. No, por favor.
Quitándole la foto de la
mano, Rebeca la volvió a meter en el sobre y después en su bolso.
—Tú no has visto nada.
—Pero ¿cómo puedes decir
eso? —le soltó su amiga indignada por aquel arranque.
—No has visto nada —repitió
Rebeca.
Con el corazón a mil por lo
que aquellas fotos querían decir, Carla miró a su amiga preocupada.
—No, por favor. No quiero
que Kevin acabe como
Alfonso.
—No es lo mismo. Y no
quiero hablar del tema.
—No sé qué narices pasa,
Rebeca, pero soy tu amiga y sé lo que he visto, ¿entiendes? —insistió, incapaz
de callar
—. Y no… no me voy a quedar
impasible ante algo así. Así que,
habla. Habla conmigo
e intentemos buscar
una solución que pueda ayudar a Kevin.
El rostro frío de Rebeca se
descongeló e incapaz de aguantar más se arrugó y no pudo contener los sollozos.
—Oh... Carla.
No sé qué
pensar. No me
lo puedo creer. Si es cierto lo
que muestran estas fotos, ¿qué puedo hacer?
Conmovida por cómo lloraba,
Carla la abrazó.
—Escúchame. Ahora
mismo nos vamos
de aquí. Iremos a comer. Dile a
Belén que estaremos fuera dos o tres horas. Y ponte las gafas de sol para que
nadie vea que has llorado.
Diez minutos después
salieron del edificio, pero cuando llegaron al aparcamiento se encontraron con
el jefazo, el señor Peterson.
—Buenos días, señoritas, o
mejor, buenas tardes.
—Buenas tardes
—respondieron ambas.
—¿Van a comer? —preguntó
Peterson.
Ambas asintieron con la
cabeza, pero no despegaron los labios mientras seguían su camino. Peterson se
paró y las miró. Algo le ocurría a su eficaz Rebeca y no tardaría en
averiguarlo. Una vez
llegaron al coche
de Carla, se montaron y se dirigieron a un pequeño
restaurante chino que conocían desde hacía años. Por suerte estaba libre su
mesa preferida. O
mejor dicho, su
«mesa de las
confesiones», como ellas
cariñosamente la llamaban.
—Muy bien —dijo Carla tras
pedir algo de beber—. Ahora que estamos solas y tranquilas creo que tienes algo
que contarme, ¿verdad?
Rebeca se
removió incómoda en su silla.
No tenía muchas ganas de hablar.
—Carla, quizá sea mejor que
no sepas nada del tema.
—¿Cómo puedes decir eso?
¿Te parecería a ti normal que yo tuviera
un problema, tú lo
supieras y yo no te
quisiera contar nada al respecto?
—Creo que
eres la persona
menos indicada para decirme
eso —explotó Rebeca—.
Tuviste un grave problema con Alfonso y
¿me lo contaste? ¿O quizá me lo tuve que encontrar por sorpresa?
Carla suspiró, y tras unos
segundos de silencio, cogiéndole las manos añadió:
—Tienes razón. Tienes toda
la razón del mundo. Pero eso no va a volver a pasar. He aprendido que sola, a
veces, las cosas no se pueden solucionar. Y tú me has enseñado. Me he dado
cuenta de que si no es por ti, por tu ayuda, por tu paciencia y por cómo nos
quieres a Noelia y a mí, nos hubiéramos hundido en la miseria. Y ahora déjame
decirte la diferencia que existe entre aquello que pasó y esto. Tú
no sabías que yo tenía un
problema, pero yo sí sé que tú lo tienes. He visto las fotos, y además —dijo
apretándole las manos—, yo te quiero muchísimo y quiero a Kevin. Sois mi
familia.
Rebeca se sentía conmovida
por sus palabras.
—Lo siento. Perdóname. No
venía a cuento lo que te he dicho.
—No te preocupes —respondió
su amiga con una conciliadora
sonrisa—. Era algo
que tarde o
temprano tenías que decirme. Sé que no hice bien ocultando mi problema,
y por eso quiero evitar que te ocurra a ti. A Alfonso le quise mucho. Le amaba
más que a mi vida. Pero nuestro principio no fue igual que el final. Y a pesar
de saber que él se
drogaba y me robaba, yo le
quería. Me negaba a aceptar lo que ocurría engañándome a mí misma. Pero
como ya viste, todo tiene un final, y ahora, cuando ya ha pasado un tiempo de
aquello, y veo lo feliz que soy con Samuel, hay veces que doy gracias a Dios
porque todo terminara como terminó. Y fíjate lo que te voy a decir, Rebeca,
aunque suene muy duro: si no hubiera pasado lo que pasó ese día, creo que aún
seguiría con Alfonso, y seguramente habría destrozado mi vida y la de Noelia.
Por eso necesito saber lo que te pasa. Seguro que entre las dos podremos
encontrar una solución.
—Ojalá fuera tan fácil como
crees.
—No —respondió Carla—, no
creo que sea fácil. La vida por norma general es difícil. Pero para eso
estamos, cielo, para ayudarnos los unos a los otros. —Al ver que la miraba,
insistió—Tenemos tiempo, cuéntamelo.
Las palabras de Carla la
habían convencido y Rebeca comenzó a relatarle todo el problema desde el
principio. Le contó que había visto a su padre y a Elena. Incluso que había
conocido a sus dos hermanastros. Y por
último le confesó lo que había averiguado sobre los sucios negocios de
Cavanillas-
—Realmente no sé qué decirte en lo referente a tu padre
y los niños —contestó sinceramente Carla—. Solo piensa que esos niños no son
los culpables de nada de lo que tu padre haya hecho.
—Lo sé... Lo sé —respondió
desesperada—. Pero lo que realmente ahora me preocupa es el problema de
Cavanillas.
Aquello encendió a Carla.
—Menudo hijo de perra ese
elemento. Pedazo de chorizo. Por cierto, ¿a Peterson le has comentado algo?
—No —respondió
Rebeca asustada—. No me he
atrevido.
—Rebeca, creo que este
problema nos sobrepasa. Tendríamos que hablar con la policía.
—Ni hablar —respondió
tajantemente.
—Cometes un grave error
—respondió Carla, al ver su mirada decidida—. ¿Cómo lo vas a resolver tú sola?
—No lo sé, Carla, no lo sé.
Desesperada se retiró el
pelo de la cara cuando su amiga le preguntó.
—¿Has hablado con Paul del
tema?
—No, y tú no le dirás nada.
—¿Por qué?
—Porque Paul buscaría a Cavanillas y le partiría la cara.
—No estaría mal —se mofó
Carla—. Quizá necesita que alguien le dé una buena lección.
—Ni hablar —negó Rebeca—.
No quiero meter a Paul en esto. Si Cavanillas le hiciera algo a él o a Lorena,
no me lo podría perdonar. Y siempre está hablando de la niña.
—¿De verdad?
—Sí. Y eso me asusta mucho
Carla. Yo… yo no puedo permitir que les pase nada y luego… luego… está Kevin...
Oh, Dios.
—Deberíamos hablar con
Kevin.
Consciente de que aquello
no era buena idea siseó.
—Sí, claro, ¿y qué le
pregunto? ¿Oye, hermanito, tú te drogas?
—No, Rebeca, no seas tonta.
Estoy casi segura de que Kevin no está metido en temas de drogas. Es demasiado
listo para haberse metido en algo así. Una cosa es que se fume un peta de vez
en cuando, y otra que esnife coca. No... me niego a pensarlo.
—¿Y estas fotos qué?
—susurró Rebeca mirándolas. Tras unos segundos en el que ambas volvieron a
mirar
las fotos Carla contestó.
—Desde luego, a quien
reconozco en ellas al cien por cien es a Bianca. A Kevin no le veo la cara con
claridad.
Volvieron a
mirar las fotos.
El primer plano
de la muchacha era indiscutible.
—Bien me
ha engañado la
de Eslovenia —gruñó
Rebeca al pensar en su
hermana Donna—. Pero Kevin... no me puedo imaginar a mi hermano enganchado a la
coca.
Carla la miró y omitió
decir que ella nunca se hubiera esperado aquello de Alfonso.
—Escucha, Rebeca, antes de
sacar falsas conclusiones creo que deberías hablar con él. Sé que va a ser
difícil, pero... —murmuró tocándole con cariño el rostro.
—Tienes razón. El problema
es cómo localizarle.
—En su móvil.
—Imposible. El último día
que me llamó desde una cabina telefónica me dijo que había perdido su móvil y
que pronto me llamaría para darme el nuevo número.
—¡Joder! —blasfemó Carla.
Cada vez más confundida
Rebeca añadió.
—No tengo ni su dirección,
ni el teléfono de la casa de Bianca, ni nada.
—Bueno, lo que sí sabemos
es que viven en Eslovenia.
—Sí, ¿pero dónde? —se
desesperó Rebeca.
—¿Tienes algún dato de
ella? Rebeca negó con la cabeza.
—¿Por qué no hablas con ese
detective? Seguro que él puede ayudarnos.
Un pequeño rayo de sol
iluminó el gesto de Rebeca.
—Tienes razón.
Le encargaré que
localice a mi hermano.
—Así me gusta, verte
positiva —sonrió Carla—. Habla con
el detective y que lo
encuentre. Por lo
demás, cualquier cosa que necesites o te ronde por la cabeza,
cuéntamela. Me tienes
a tu disposición las veinticuatro horas del día.
—Gracias, Carla.
Y por favor, no le cuentes
ni a
Samuel ni a nadie mis
problemas.
—¿Qué problemas? —ambas
rieron.
Tras comer salieron del
restaurante con dirección a la oficina. De camino al coche, Rebeca tomó a su
amiga del brazo y, se acercó a ella cariñosa.
—Por cierto, Carla, yo
también te quiero.
Capítulo 30
Las pesquisas del detective
rápidamente dieron sus frutos. Localizó a Kevin cerca de la frontera con
Croacia, en un pueblecito llamado Metlika. Nerviosa, miró el número de
teléfono de Kevin
que tenía en las
manos, pero no se
atrevía a llamar. Su hermano no era tonto y rápidamente le preguntaría cómo lo
había conseguido. Finalmente, decidió esperar un par de días para ver si él
llamaba. Estaba sentada en el sillón de su casa junto a Pizza, cuando sonó el
timbre de la puerta. Cuando abrió vio la cara sonriente de Paul.
—Hola, chica mala —saludó
cogiéndola en volandas
—. ¿Dónde te metes? Me
tenías preocupado. Anoche te llamé y no estabas. Dejé varios mensajes en el
contestador.
¿Los escuchaste?
Rebeca mintió. La noche
anterior había estado con el detective y no se lo podía contar.
—Lo siento, cielo. Llegué
tarde del trabajo y me fui directamente a dormir.
Con una
encantadora sonrisa, Paul
la besó y dijo
mirando hacia la puerta de la calle.
—Te llamé
para decirte que hoy veníamos
a ver a
Pizza.
—¿Veníamos? —preguntó
extrañada porque solo había entrado él.
—Sí. Tengo en el coche
esperando a Lorena y a su amiga Susana —dijo mirándola con cara de
circunstancias
—. Susi durmió anoche en
casa y ayer idearon venir hoy a ver a Pizza. No paraban de afirmar que tú
habías dicho que sí. Y la verdad, cariño —sonrió—, me he tenido que dar por
vencido.
Rebeca suspiró. Lo que
menos le apetecía era tener allí a la hija de su padre y aquella mujer, pero al
ver el gesto de Paul e imaginar a las niñas en el coche, no pudo negarse.
—De acuerdo, que pasen.
Consciente de lo que
aquello suponía para ella, Paul le dio un rápido beso en los labios y salió al
coche a buscar a las niñas. Desde el interior de su casa Rebeca las escuchó
correr y chillar hasta que entraron y se tiraron a sus brazos para besarla.
—Hola, Rebeca —gritó Lorena
encantada—. Hemos venido a ver a Pizza.
Al ver la alegría de las
pequeñas, Rebeca sonrió.
—Me parece fenomenal.
Pizza llegó hasta ellos y
comenzó a hacer sus monerías.
—Oh... qué chula es
—murmuró Susana.—. Pobrecita, no puede andar bien. Pero se va a poner buena,
¿verdad?
—Claro que se pondrá buena.
Ahora tiene la patita vendada, pero dentro de poco ya estará corriendo como una
loca —respondió con cariño mientras se dirigía a la cocina para coger unas
bebidas fresquitas para las niñas.
Las crías continuaban en el
salón jugando con Pizza y
Paul se le acercó a ella
por detrás.
—¿Sabes que hoy estás muy
guapa? — le susurró al oído.
Sin soltarla le dio la
vuelta y la besó. Le devoró los labios de tal manera que Rebeca se sonrojó.
—Paul. Quieto.
Están las niñas
— balbuceó separándose de él.
Divertido y excitado por el
momento, la miró y susurró con voz traviesa.
—No te preocupes. Ellas
solo tienen ojos para Pizza.
¿Quieres que pasemos al
garaje?
—¡Paul!
Divertido por su reacción
y, en especial, por cómo le miraba la besó. Y sentándola sobre la encimera de
la cocina metió sus manos
por debajo de la
sudadera y la apretó
contra él. Hipnotizada como
siempre que la tocaba se dejó llevar. Le encantaba sentir aquellas poderosas
manos sobre su cuerpo. Paul era tan excitante que...
—¡Papi! Susi ha subido a
peinarse con Pizza al baño de arriba.
—Iré a ver lo que hace
—masculló Rebeca bajándose de un salto de la encimera
Cuando llegó a su
habitación, la pequeña estaba dentro de su baño cepillándose el cabello. Rebeca
deseó regañarla
¿qué hacía allí? Pero al
verla tan concentrada en lo que hacía finalmente sonrió. Mientras la niña
terminaba aprovechó para cambiarse de zapatillas.
—Qué guapa. ¿Es tu mamá?
Al mirar la foto a la que
la niña se refería, a Rebeca le dio un salto el corazón. Aquella niña, hija de
su padre, le preguntaba si era su madre la de la foto.
—Sí. Es mi mamá. La niña
asintió.
—¿Y éstos quiénes son?
—Mis hermanos Kevin y
Donna.
—¿Dónde están?
—Viven lejos de aquí,
cielo.
—Son muy guapos. Oye,
¿dónde están tus papis? —
preguntó la niña sonriendo
y enseñando su mellada boca.
Rebeca se apoyó en el
colchón de su cama.
—Mi mamá murió hace mucho
tiempo —respondió con tranquilidad.
La niña cambió el gesto
acercándose a ella.
—Está en el Cielo, ¿verdad?
—Sí, cariño, está en el
Cielo—asintió tragándose las emociones que pugnaban por salir de su garganta.
—¿Tu papá también está en
el Cielo?
En ese momento entró
Lorena, y rápidamente Rebeca se reactivó.
—Venga. Volvamos al salón.
Paul y Pizza nos esperan. Las
niñas corrieron escaleras
abajo y Rebeca
lo agradeció. La curiosidad de un niño era inagotable y Susi se lo había
demostrado. Tras aquel episodio, decidieron llevar a las niñas a un parque
junto a Pizza. A la hora de comer se acercaron al Burger donde Paul firmó
autógrafos a varios chicos que le reconocieron y después se marcharon al cine
con las pequeñas. Por la tarde, tras un día ajetreado con las niñas, Paul se
las llevó, y cuando Rebeca se quedó sola en
su casa decidió darse un
maravilloso baño relajante. Se lo merecía. Pero antes de meterse en la bañera
sonó la puerta de la casa y poniéndose su albornoz bajó a abrir. Era Paul.
—Podemos continuar
donde nos quedamos
—ella sonrió y este cerró la puerta y comenzó a desatarle el albornoz.
—Tengo una
maravillosa bañera preparada…
¿te apetece acompañarme? —murmuró Rebeca mientras le besaba, encantada
de que estuviera allí.
Con una sonrisa lobuna,
Paul se quitó la cazadora que quedó tendida en el suelo y asintió mientras la
seguía por las escaleras.
—Oh sí… chica mala, por
supuesto que sí.
Capítulo 31
Kevin seguía sin dar
señales de vida. Los días pasaban y él no llamaba. Al final Rebeca decidió
marcar el número que tenía apuntado en el papel, aunque antes se cercioró de
que figurara como número oculto. Su dedo tembloroso marcó los números pero tras
dos timbrazos, saltó un contestador automático. Durante días intentó hablar con
él, pero le fue imposible. Solo saltaba el odioso contestador.
Dos días después, y cuando
la desesperación comenzaba a aturdirla, Belén entró en su despacho y le dijo
que tenía a su hermano Kevin por la línea dos. Rápidamente Rebeca cogió el
teléfono.
—Kevin, ¿eres tú?
Sorprendido por la
efusividad que percibía en su voz, su hermano estalló en una sonora carcajada.
—Pues sí. ¿Y tú eres tú?
Pero ella no estaba para
bromas.
—¿Cómo estás? ¿Te
encuentras bien?
—Como un toro —bromeó él.
Sin perder un segundo exigió.
—No tengo tu número de
teléfono, ni tu dirección, ahora mismo me lo vas a dar.
—Por supuesto, apunta.
Dicho esto, Rebeca comprobó
que los datos que él le decía eran los mismos que ella tenía. Pero calló.
—Por cierto, ¿ha pasado
algo? —se preocupó él—. Te noto tensa. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Hasta arriba
de trabajo. Solo eso. ¿Y tú?
¿Qué te
cuentas? —respondió rápidamente
intentando parecer más dicharachera.
—Poca cosa. Solamente que
voy a ser padre. ¡Padre!
—Kevin soltó una carcajada.
Aquello era lo último que
deseaba oír.
—¡¿Qué?!
—Que Bianca
y yo vamos
a ser papás
—repitió pletórico.
—¿Pero cómo ha podido
ocurrir?
Kevin no se lo tomó en
cuenta. Iba a ser padre y estaba feliz.
—Vamos a
ver, hermanita. ¿Debo
contarte mis intimidades? Aunque
bueno, si te empeñas te diré que... —
contestó con guasa.
—Oh... tonto, no quería
decir eso. Pero... pero me he sorprendido. —Rebeca estaba en las nubes. Solo
podía pensar en las fotos de aquella muchacha esnifando coca.
—Y Bianca, ¿cómo está ella?
—Más guapa que nunca
—contestó pletórico de alegría—. ¡Dios, Rebeca! Cada vez que pienso que voy a
ser padre, me dan ganas de dar triples mortales.
¿El mundo se ha vuelto
loco?, pensó al escucharle.
—Kevin, tengo que hablar
contigo.
Al escuchar el cambio en su
voz, Kevin le prestó toda su atención.
—Mujer... si me lo dices
así, adelante, soy todo oídos. Durante unos segundos Rebeca dudó. ¿Sería buena
idea contarle algo así
por teléfono? Finalmente, y tras
darse
cuenta de lo que tenía que
decir, reculó.
—Bueno... mejor te lo digo
cuando te vea. ¿Cuándo vas a venir?
—De momento no tenemos
intención. Con lo del bebé no quiero dejar a Bianca sola. Así que quizá dentro
de dos o tres meses... pero oye, ¿qué quieres contarme?
Dos o tres meses era
demasiado tiempo, y Rebeca no le
contestó a su pregunta.
—Necesito verte. Yo te pago
el viaje. Necesito que vengas.
—¿Pero qué demonios te
pasa? —insistió, extrañado y a la vez mosqueado.
—Nada importante, pero
yo...
—Mira, Rebeca, no quiero
que me pagues
el viaje.
¿Pasa algo con Paul?
¿Tienes problemas con él?
—No… no, con él
estoy bien. Es solo que
quiero verte.
—Oye ¿Por qué no vienes tú
aquí? Estoy seguro de que a Bianca le encantará la idea.
Rebeca pensó
que podría ser
buena idea. Sería
una forma de hablar con él y comprobar realmente qué ocurría con su
hermano y su mujer.
—¡Genial! Miraré vuelos y
te confirmaré mi llegada. Feliz por la futura visita de su hermana, Kevin
continuó.
—Ahora dime algo del bebé.
¡Vas a volver a ser tía! Creí que te alegrarías.
Al darse cuenta de la
frialdad con la que había escuchado la noticia, intentó contestarle con una
sonrisa en los labios.
—Tienes razón, perdona.
Enhorabuena, papito.
¿Cuándo nace?
—Quedan todavía siete
meses. El tiempo suficiente para
prepararlo todo —respondió el orgulloso futuro padre, mirando a Bianca cómo
cocinaba.
En ese momento entró Belén
en el despacho con unos documentos urgentes. Rebeca maldijo por tener que
cortar la llamada.
—No puedo entretenerme más
—dijo pesarosa—. Da recuerdos a Bianca y te llamaré esta semana para decirte
cuándo voy. Hasta pronto, Kevin. —Y colgó.
¡Un bebé!
Dios mío, qué
inconsciencia. Su hermano debía de haber perdido la razón, o Bianca le había
abducido mentalmente. Pero había algo que ella no entendía. Su hermano tonto no
era, y si en realidad Bianca tenía problemas con las drogas,
¿cómo es que Kevin estaba
tan feliz?
Una vez solucionó los
documentos urgentes que Belén le había dejado encima de la mesa, llamó al
aeropuerto. Podría coger un vuelo el viernes a las tres y regresar el domingo a
las nueve de la noche. Pensó en Paul ¿Qué decirle? Al final decidió contarle que
tenía que viajar por trabajo. Así se aseguraba de que él no preguntase nada.
Definitivamente es la única
solución
Una vez se hubo decidido,
cerró los vuelos por Internet e imprimió la tarjeta de embarque. Intentó seguir
con su trabajo pero era, básicamente, imposible. Pensó en su hermana Donna y en
la reacción que tendría ante la noticia de que iba a ser tía. La llamaría a
casa cuando llegara por la noche. A las seis de la tarde cuando estaba
guardando su portátil para regresar a casa, Belén le comunicó que un tal José
estaba por la línea cuatro. Rápidamente lo cogió. Era el detective.
—Necesito verla. Hemos
descubierto algo que debería saber. La espero en una hora en el café de
Oriente. ¿Puede venir?
—Por supuesto.
—Allí la espero.
Con el corazón encogido,
fue al aparcamiento para recoger su coche. ¿Qué querría el detective? En una
gasolinera cercana a la oficina de Rebeca, Paul repostaba gasolina en su moto y
se sorprendió gratamente al ver el coche
de la chica que ocupaba
todos sus pensamientos parado en el semáforo frente a
él. La llamó. Movió los brazos para atraer su atención, pero ella no le vio.
Feliz por encontrarse con ella, pagó y, montándose en su moto, salió disparado
en la dirección que ella había tomado. Sonrió al ver no muy lejos el coche. La
siguió, seguro que se dirigía
hacia su casa. Pero se
sorprendió al ver que se metía en pleno centro de Madrid, y al llegar a una
callejuela cercana a la plaza de la Ópera aparcaba el coche. Paul se detuvo y
la observó. Algo en él le impidió volver a llamarla y la siguió con la mirada
mientras ella se metía en el café de Oriente. La curiosidad
de Paul aumentó.
Nunca había espiado
a nadie y estar allí parado le hizo sentirse mal. ¿Qué estaba haciendo?
Dudoso y
sin saber qué
hacer se debatió
entre marcharse o mirar
qué hacía allí Rebeca. Finalmente le pudo más la curiosidad y dejando su moto
en un lateral se dirigió a la cafetería. Al entrar no la vio. Pero tras hacer
un barrido con la
mirada la encontró
al fondo del
local, sentada con un tipo. En aquel instante se sintió ridículo.
Absurdo. Imbécil. Pero no podía mover los pies del suelo.
¿Quién era aquel hombre?
Sin percatarse de nada,
José y Rebeca, ajenos a Paul, continuaban su conversación.
—¿Ocurre algo con mi
hermano? —preguntó nerviosa. El hombre, consciente de que lo que le iba a decir
iba a
trastocarle la vida, posó
los ojos en ella.
—Tiene que prometerme que
mantendrá la calma. No es fácil lo que le voy a enseñar ni decir. Pero
tranquila, su hermano está bien.
—Ay, Dios, me está
asustando.
El detective, abriendo su
maletín, sacó una carpeta con fotos. Paul, al fondo del local, continuaba
observándoles.
¿Qué hacían?
—El otro día —dijo el
detective—, cuando me pidió que investigase el paradero de su hermano, resultó
fácil, pero reconozco que cuando vi a la mujer que estaba con él, algo en ella
me llamó la atención.
—¿Habla de Bianca, la mujer
de mi hermano?
—Sí. Al verla sentí como si
ya la conociese, como si la hubiera visto alguna otra vez. Hablé con un antiguo
compañero del departamento
de policía, que
me debía algunos favores, y me
pudo proporcionar esto.
Tras decir aquello le
tendió a Rebeca unas fotos. Al extender la mano sintió cómo le temblaba, y más
cuando comprobó que la mujer que posaba ante ella era Bianca, con otro tipo
de peinado y vestida de
una manera más vulgar.
—Cuando este compañero me
proporcionó las fotos, entendí por qué esa joven me sonaba. Durante mis años en
los que
vestía uniforme y pateaba
las calles de
Madrid, detuve a muchos yonquis, chulos y prostitutas. Ella era una de
esas prostitutas reincidentes. Por eso me sonó su cara al
verla.
Con las fotos aún en la
mano, Rebeca le miró incrédula.
—¿Me está
intentando decir que
Bianca es una prostituta y…?
El hombre asintió con la
cabeza y Rebeca se quedó sin palabras. Paul, desde su sitio, vio que Rebeca
comenzaba a sollozar y que aquel hombre se sentaba a su lado para abrazarla.
¿Qué le pasaba? ¿Por qué lloraba? ¿Quién era ese hombre? En el interior de Paul
se comenzó a desatar un volcán de celos y malestar.
Pensó en acercarse a ellos
y pedir explicaciones, pero algo en él se negó a moverse. No podía hacerlo. Ese
no era su estilo. Por ello, dándose
la vuelta, salió del
local y furioso se montó en su
moto. Cuando fue a arrancar, no pudo. Necesitaba saber más de Rebeca y aquel
hombre. Finalmente decidió esperarla fuera del local.
—Oh, Dios. Oh Dios. Esto no
puede estar pasando.
Tras tranquilizarla, el
hombre volvió a
su sitio y mirándola a los ojos aclaró.
—Su verdadero
nombre es Tatiana
Ratchenco. Es croata y lleva
afincada en España cerca de diez años ejerciendo la prostitución y todo lo que
se le pone por delante. Estas fotografías son de hace escasos tres días. En
ellas, como puede ver, está adquiriendo cocaína. Las otras
instantáneas son de la casa
donde viven ella y su hermano.
Rebeca miraba las fotos sin
realmente ver nada. ¿Cómo era posible que su hermano no se diera cuenta de todo
eso?
—Rebeca —la tuteó el hombre
por primera vez—, sé que todo esto
es horrible y solo
puedo decirte que tu
hermano no consume
drogas, a excepción
de algún cigarrillo de
marihuana que comparte con ella. Es
más, estoy convencido de que ni siquiera sabe de ella lo que aquí te
estoy exponiendo. Les seguí de cerca durante dos días, y en ningún momento vi
hacer a tu hermano algo extraño o fuera de lugar.
—Pero... pero Kevin no es
tonto y...
—Estoy totalmente seguro de
ello. Pero esta pájara es muy lista. Lleva más de media vida viviendo en la
calle y le tiene totalmente engañado. Tras apuntarme la matrícula del Ferrari
con el que apareció su amigo para suministrarle la droga, pude saber que
pertenece a Brian Newton, el narcotraficante con el que andaba en negocios
Cavanillas. Mire esta foto —El detective le enseñó otra en la que se veía a
Cavanillas y Newton en un restaurante en la Villa Olímpica de Barcelona. Al ver
el gesto de bloqueo total de la joven, el detective concluyó: —Bianca y
Cavanillas se conocen. O mejor dicho, ese viejo zorro ha puesto a esta mujer en
el camino de su hermano para tener un punto por
donde tenerla maniatada.
Tras beber un buen trago de
su bebida para refrescarse la garganta, Rebeca le miró.
—Creo que debería dejar de
investigar lo que le pedí. Esto me está trayendo infinidad de problemas. Lo
horrible es que si no digo nada esa mujer seguirá casada con Kevin y yo… yo no
sé qué hacer.
El hombre, al ver que ella
intentaba buscar una solución, le susurró para calmarla.
—Tranquilícese. Yo
personalmente intentaré hablar con
Kevin y explicarle
todo paso a
paso. Este es un
problema en el que cuanta menos gente se vea implicada, mejor.
—No, no, eso no es buena
idea. Hoy mismo me ha llamado para decirme que va a ser padre.
—¡¿Cómo?! —se sorprendió el
hombre.
—Lo que oye. No sé cómo se
tomará todo esto, pero lo que sí sé es que me odiará por meterme en su vida. Oh
Dios... Nunca pensé que esto pudiera llegar a estos límites.
—La entiendo, y es
complicado. Pero la realidad de todo es que lo de esa pájara y su hermano es un
montaje. Solo me queda atar los cabos para saber si Cavanillas la
contrató o no. Pero vamos,
aun sin tenerlo al cien por cien asegurado, es lo que creo. Pienso que lo más
inteligente es no decir nada de momento e intentar pillarlos juntos. Una vez lo
tengamos todo bien atado, podremos cogerlos.
—Sí. Pero Kevin corre
peligro —murmuró asustada
—. Creo que debería decirle
lo que pasa, pero quizá tenga razón y deba esperar. De todas formas iré el
próximo fin de semana a su casa.
—Me parece perfecta esa
visita. Pero no debe decirle nada, aunque sí le pediría que tuviera los ojos
bien abiertos para ver los movimientos de nuestra amiguita. Estoy casi seguro
de que si usted va, Cavanillas se reunirá con ella en algún lugar. Eso sí, actúe
con calma. ¿Podrá hacerlo?
Ella asintió convencida.
—Lo intentaré. Aunque sea
solo por Kevin.
—De acuerdo
—él se levantó—.
Llámeme cuando esté allí. Y,
por favor, por
su bien y
el de su
propio hermano, actúe con normalidad. ¿De acuerdo?
Dicho esto, el hombre se marchó
y minutos después ella salió
también sin percatarse de que Paul estaba fuera. Durante unos segundos la
observó, y por su ceño fruncido, percibió
que estaba preocupada.
Poniéndose el casco arrancó su moto y se dirigió a la casa
de ella. La estaría esperando cuando llegase.
Capítulo 32
De camino a casa Rebeca
pensó en la situación que se le venía
encima. ¿Cómo no
decirle a Kevin
quién era su mujer, y en lo que andaba metida? Pero si
se lo decía lo echaría todo a perder. Tenía que ser cauta y hacer las cosas
bien aunque se le hiciera cuesta arriba. Pensó en Bianca. Les había engañado a
todos excepto a Donna. Al final su hermana tenía razón. Aquella jovencita de
cara angelical, era más un demonio que un angelito. Pero lo que más le llamaba
la atención a Rebeca, era cómo su hermano no se había dado cuenta de quién era
ella en realidad.
Maldijo al recordar las
fotos que el detective le había enseñado. En esas fotos se la veía sucia, mal
vestida y con una pinta horrible. Nada que ver con la imagen que ella les
mostró. Era difícil imaginarse a aquella muchacha de dulce sonrisa metida en los
suburbios más bajos y pestilentes de la ciudad.
Al llegar a su casa, vio la
preciosa y cuidada moto de Paul aparcada en la puerta. Él estaba sentado en el
escalón de entrada con
las piernas estiradas.
Rebeca aparcó el coche y se bajó. No le apetecía hablar ni
ver a nadie, pero disimuló. Con una sonrisa prefabricada se acercó a él y notó algo extraño en su mirada. Pero
estaba tan preocupada
por sus propios problemas
que no quiso pensar en nada más. Al llegar a su altura él se
levantó y ella le besó. Pero fue un beso rápido, sin sentimientos. No un beso
deseado y disfrutado. Algo que
a él no
le pasó inadvertido.
Tras aquello, abrió la puerta de la casa y Pizza salió a recibirles.
—Hola, preciosa, ¿cómo
estás? —saludó jovialmente Rebeca a la perra. Al ver cómo movía el rabo con
alegría, se volvió hacia Paul—. Parece que está mejor a pesar de su pequeña
cojera.
—Sí, eso
parece —respondió intentando,
igual que ella, disimular su
malestar.
Después de un largo
silencio en el que Rebeca no paró de moverse por toda la casa, Paul, apoyándose
en el quicio de la puerta no pudo aguantar más.
—¿Qué tal hoy en la
oficina? —preguntó tratando de romper el hielo.
—Horrible. Muchísimo
trabajo. —Acercándose al maletín sacó el portátil y varias carpetas y,
escondiendo el sobre con las
fotos de Bianca,
respondió—Fíjate la cantidad de
trabajo que tengo para terminar en casa.
Sin moverse de su sitio,
Paul insistió.
—¿Te apetece que salgamos y
así te olvidas del trabajo un rato? Prometo traerte pronto.
—No, no me apetece.
—Venga —insistió él—. Te
vendrá bien. Rebeca negó con la cabeza.
—No. Tengo muchas cosas que
hacer. De verdad que estoy a tope de trabajo. Mejor nos vemos otro día.
Sin quitarle el ojo de
encima y sintiendo que lo echaba de su casa no dejó de intentarlo.
—No seas exagerada. Seguro
que algún ratillo tendrás para tomar algo con alguien.
Como la mejor actriz del
mundo, se dio la vuelta para mirarle y contestarle, retirándose el pelo de la
cara.
—Qué más quisiera yo.
Últimamente estoy de casa al trabajo y viceversa.
La sangre de Paul ardía por
momentos. Le estaba mintiendo.
—Rebeca, ¿estás
diciéndome que me
vaya, porque tienes mucho trabajo? —preguntó exaltado. Ya no podía más. Los
celos le consumían.
Amaba demasiado a esa
mujer y no podía soportar la indiferencia que ella le mostraba en esos
momentos.
—Quizá sería lo mejor
—respondió sin mirarle—. Te repito que tengo...
—No me
lo vuelvas a
decir —le interrumpió—...
mucho trabajo.
Ella le miró sorprendida.
—Por eso estabas con un
tipo sentada en el café de Oriente, ¿verdad? —saltó con enfado. Rebeca se quedó
paralizada al oír aquello.
—¿Cómo dices?
—Lo que
has oído —insistió
él—. Quiero que me digas qué hacías allí. Y, sobre todo,
¿quién era ese hombre?
Incapaz de pensar con
claridad, sus labios respondieron por ella.
—A ti no te importa.
—¿Que no me importa?
—No.
—¡Esto es increíble! —gritó
furioso—. Pues siento decepcionarte pero sí que me importa. ¿Sabes por qué? —
ella no respondió—. Pues porque tú, ¡maldita sea!, me importas. Y si te veo
abrazada a otro hombre que no soy yo y te veo llorar me preocupo. Y quiero
saber por qué es a él a quien abrazas y no a mí, y por qué no me cuentas por
qué lloras. Durante un tiempo creí que yo te importaba a ti y te
podía preocupar que
yo hiciera lo que
tú, ¡maldita sea!, acabas de hacer.
Horrorizada por lo que
estaba ocurriendo, intentó mantener el control. Pensó en explicarle la verdad.
Necesitaba contar con su apoyo pero sabía que no debía hacerlo. No podía meter
a Paul en aquel problema. Por su seguridad y la de Lorena no debía hacerlo.
—Paul, claro que me
importas.
—Sí. Ya lo veo —bramó
ofendido.
—No saques conclusiones
erróneas donde no las hay. Pero él, que odiaba el engaño, ya estaba fuera de
sí.
—¿Que no las hay? Joder…
claro que las hay.
—Pero Paul yo…
—Escúchame, maldita sea,
Rebeca. Si yo no hubiera sacado esta conversación, tú no me habrías contado que
has estado con otro tipo en una cafetería. He visto algo que me ha desagradado
y solo quiero saber. ¿Qué ocurre? ¿Quién es él?
—Pero bueno —explotó ella—.
¿Me estás espiando?
—él no respondió y ella
gritó—: ¡¿Pero quién te has creído que eres para ponerte así conmigo?!
—Creí que era alguien para
ti.
Sin pararse a mirar el
dolor en los ojos de aquel hombre ella prosiguió.
—Ese… ese hombre es un
amigo mío y no hay más que contar. ¿Entiendes?
—No. No lo entiendo. Quiero
saber quién era ese amigo. Quiero saber qué me ocultas y por qué. ¡Quiero
saberlo todo! ¿No te das cuenta de que me preocupo por ti?
¿Acaso no te has dado
cuenta aún de que lo nuestro, lo que yo siento por ti, es importante?
—Paul escucha, lo siento…
—No. Escúchame
tú a mí.
Te acabo de
decir que siento por ti algo
importante y solo se te ocurre decir lo siento. Por el amor de Dios, Rebeca ¿a
qué estás jugando?
Durante un
buen rato Paul
continuó mostrando su enfado y cuando ella no pudo más, sin
pensarlo, se dirigió como una bala hacia la puerta de la calle y la abrió de
par en par.
—Fuera de mi casa.
—¡¿Qué?! —exclamó
sorprendido.
—Fuera de mi casa —repitió.
Paul se acercó con
lentitud, sin creer lo que ella estaba haciendo.
—¿Quieres que me vaya?
—Sí.
—¿Me estás echando de tu
casa?—ella no respondió. Sus sentimientos eran tan contradictorios que apenas
podía razonar—. ¡Perfecto! No vas a intentar explicarme nada,
¿verdad? —murmuró
malhumorado; ella ni siquiera contestó—.
De acuerdo, Rebeca,
ya veo que
solo te preocupa que me vaya de
tu maldita casa. Pues óyeme bien, o me explicas que...
Ahora fue ella quien le
interrumpió, y con toda la rabia que tenía en el cuerpo gritó:
—¡¡A mí no me
amenaces!! ¡Fuera de mi casa! No
tengo nada que explicarte, ni a ti ni a nadie. Es más, no quiero volverte a
ver. ¡Lárgate!
Conmocionado, aturdido y
desbordado por cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, Paul la miró
e intentó tranquilizarla.
—Nunca te amenazaría,
Rebeca. Y tranquila, donde no me quieren no suelo estar. —Al ver que ella no le
miraba, antes de salir por la puerta, se dirigió a ella una vez más—. Este fin
de semana vuelo para Inglaterra. En una semana
corro allí y quiero que
sepas que no voy a llamarte. No voy a implorarte. No voy a buscarte. Si quieres
hablar conmigo me tendrás que llamar tú a mí —ella le miró—. Y que te quede
claro una cosa. Tú has sido quien además de estar echándome de tu casa, me
acabas de echar de tu vida. No lo olvides, Rebeca.
Una vez dijo aquello, salió
de la casa. Acto seguido, ella cerró la puerta de un portazo. Las lágrimas
comenzaron a correr por sus mejillas, y prorrumpió en sollozos cuando escuchó
la moto de Paul arrancar y alejarse. ¿Qué había hecho?
Durante un largo rato
sentada en el suelo lloró con desconsuelo
junto a Pizza. La
pobre perrita le
daba lametazos y acercaba su naricilla a las húmedas mejillas de su
adorada ama e intentó consolarla.
¿Cómo puede haber acabado
esto así?, pensó Rebeca al sentir la soledad.
Tras secarse las lágrimas y
con un dolor de cabeza considerable se levantó del suelo y se sentó en el
sillón. Necesitaba un poco de consuelo y pensó en Carla. Levantó el teléfono y
la llamó. Esta, al escucharla, prometió que en cuanto Samuel llegara del hospital
iría a su casa. Dos horas después, sonó el timbre de la puerta. Al ver abrir y
ver a Carla, Rebeca volvió a llorar. Conmovida, su amiga cerró la puerta y la
sentó en el sofá tratando de consolarla.
—No llores
más. Buscaremos una solución. Ya
me
tienes aquí.
La noche llegó y la pena
que sentía por lo que había hecho con Paul era horrorosa. Apenas podía
respirar. Necesitaba a Paul y ella le había echado de su lado. Carla escuchó
pacientemente todo lo que Rebeca le contó, e intentó aconsejarla lo mejor que
pudo. Debía llamar a Paul y
solucionar aquello. Ambos
se querían. Después
de muchas horas de conversación, agotadas, se quedaron dormidas en el
sillón del salón.
—¿Será posible? ¡Vaya dos
gandulas! La voz de Ángela las despertó.
—¿Qué pasa? ¿Hay chinches
en las camas que tenéis que dormir en el sillón?
—Buenos días, Ángela
—saludó Carla estirándose—. Nos quedamos dormidas charlando. ¿Qué hora es?
—Las ocho y media pasadas
—respondió la mujer mirando la mala cara de Rebeca—. ¿Mi niña, hoy no vas a
trabajar? ¿Te encuentras bien?
—Sí, ahora voy. Y no te
preocupes, que estoy bien —
respondió levantándose.
Ángela la vio subir
las escaleras hacia su habitación. Sabía que pasaba algo. Algo había ocurrido. ¿Qué
hacía Carla allí cuando tenía una familia y un bebé que atender?
—¿Qué ocurre? —preguntó a
Carla. Carla, levantándose del sillón, murmuró.
—Ángela, no te preocupes.
Son tonterías entre ella y Paul. Ya sabes ese dicho que dice: «Quien bien te
quiere, te hará llorar».
—Imposible —protestó la
mujer con seguridad—. Conozco a Paul,
y por nada
del mundo haría
llorar a Rebeca. La adora. ¿No
habrá sido al revés?
—Mira, Ángela, tengo que
irme—respondió la joven sin querer meterse en más jaleos—. Samuel se tiene que
ir al hospital, debo llevar a los niños a la guardería y yo tengo que cambiarme
de ropa para ir a trabajar. ¿Aceptarías un consejo mío? —la mujer asintió—.
Procura no atosigarla a preguntas en estos momentos. Cuando ella necesite
hablar, te lo contará.
La mujer asintió. Aquel era
un buen consejo y, tras despedir a la muchacha, miró a Pizza y cuchicheó.
—Ya has oído. ¡A callar!
Capítulo 33
Rebeca llegó a la oficina
sobre las diez de la mañana. Poco rato
después entró Carla a su despacho con una taza de café.
—¿Cómo te encuentras? Al
ver a su amiga sonrió.
—Un poco mejor. Gracias por
todo. No sabía a quién llamar y sabía que tú no me fallarías.
—Pues claro que no,
tontuela. Para ti soy como un seven eleven. Abierta las veinticuatro
horas del día. De hecho, ya he hablado con Samuel, y le
he dicho que esta noche me voy también contigo a dormir.
—De ninguna
manera—respondió Rebeca al pensar en el pobre Samuel otra noche a solas con los
niños—. Tú tienes un marido y unos niños a los que atender, y no consiento que
los desatiendas por mí. Esta noche te quedas en tu casa.
—No seas cabezota, Rebeca.
Al escuchar aquello, la
miró con gesto serio.
—No. No
seas cabezota tú. Ayer
te demostré que cuando
te necesito te
llamo. Hoy estoy mejor y quiero
estar sola. Necesito estar sola. Créeme.
—De acuerdo. —Se dio por
vencida—. Pero si me necesitas ya sabes dónde voy a estar.
Sonó el teléfono y cada una
se volcó en su trabajo. Durante el duro día en la oficina, Rebeca esperó la
llamada de Paul. Pero este, como bien dijo la noche anterior, no llamó. Sabía
que era ella quien le debía llamar y disculparse por todo lo ocurrido, pero ni
lo intentó. Una y otra vez pensó en la discusión. ¿Cómo podía haber sido tan
imbécil con él?
Capítulo 34
Dos días después, en el
aeropuerto de Barajas, Paul estaba sentado en la sala de embarque. Volaba a
Inglaterra. Su aspecto mostraba su estado de ánimo y parecía muy, muy enfadado.
Llevaba sin afeitarse varios días, y su humor en esos momentos era agrio y
oscuro. Algo que todos los que a su alrededor estaban percibían. Junto a él
estaba su amigo y compañero de equipo Iván y su mujer Rita, que se comunicaban
con gestos al ver el estado en el que se encontraba.
—¿Dispuesto para
la siguiente carrera?
—preguntó
Iván.
—Por supuesto,
¿no me ves?
—contestó Paul con desgana.
Su amigo al sentir la furia
en su mirada, le cogió por los hombros.
—Mira, Paul,
sé que te
ocurre algo y
eso me preocupa, amigo.
—No ocurre nada.
Rita resopló. Quería
decirle que no les podía engañar pero su marido se le adelantó.
—Escucha colega. Nuestra
profesión es altamente estresante y sé por propia experiencia que los problemas
no ayudan, precisamente, a pilotar mejor.
Paul asintió. Esas palabras
recordaba habérselas dicho a él en otras ocasiones.
—Creo que pilotar me vendrá
bien. Lo necesito.
—Y yo no necesito que te
mates —gruñó Rita inmiscuyéndose en la
conversación—. Ya está bien por favor. No sé qué te pasa, pero puedo intuirlo
al no haber visto a Rebeca aquí para despedirte.
—Rita… —cortó su marido
pero ella prosiguió.
—Escúchame bien, Paul,
porque no te lo voy a repetir. Como se te ocurra hacer una tontería en la pista
te juro que cuando te bajes
de la moto
la que te mata soy yo
¿entendido?
Sorprendido por
aquel arranque de
Rita, Paul sonrió. Iván al ver a
su mujer tan alterada, se levantó y le dio un beso, pero le pidió que les
dejara a solas.
—Todo un carácter esa
mujercita tuya —murmuró observando como se alejaba.
—Sí. Ya la conoces.
Tras un silencio incómodo
para los dos, Iván añadió.
—Lo que ella ha dicho, lo
corroboro. Me preocupa que salgas a
pista con ese
estado de ánimo.
Ambos sabemos que no es el más propicio para competir.
—Da igual. No pasará nada.
—No. No da igual. Me
preocupo por ti, maldito cabezón.
Paul rio pero Iván, al ver
que tenía toda la atención de su amigo, aprovechó para recordarle.
—Para lo que necesites,
repito, para lo que necesites me tienes aquí. No sé cuál es tu problema, aunque
lo puedo intuir. Y antes de que me mandes a paseo creo que Rebeca es una buena
chica y debes hablar con ella, porque mujeres como ella pocas vas a encontrar
y...
—Ahora no, Iván —cortó—.
Ahora no.
—Vale… pero déjame
recordarte que sé escuchar muy bien.
Con gratitud, Paul le
estrechó la mano.
—Gracias. Eres un buen
amigo —logró susurrar. Levantándose para ir tras su mujer, se caló la gorra y
añadió.
—Tú también y por eso me
preocupo por ti.
Agradecido por aquello Paul
les observó acercarse a la cafetería y sintió una punzada de dolor al verse
allí solo. Le gustaría tener algo especial como lo de Iván y Rita. Ellos eran
una pareja muy unida. Pensó en Rebeca. La amaba. La quería, y maldijo al pensar
que la había perdido. ¿Cómo seguir adelante sin ella tras haberla conocido?
Mientras se taladraba la cabeza, Iván le hizo señas. Debían embarcar. Y a pesar
de querer salir corriendo del aeropuerto en busca de Rebeca, con las escasas
fuerzas que le quedaban, miró su billete y embarcó en su avión. Debía trabajar.
Capítulo 35
Pasó una semana. Rebeca
estaba destrozada sin saber nada de
Paul, pero no
levantó el teléfono
para llamarle. Le quería demasiado para continuar
mintiéndole y no meterle en aquel lío. El jueves llamó a Kevin para recordarle
el número de vuelo en el que llegaba al día siguiente. Y el viernes, tras
pedir el día libre,
dejó a Pizza en casa de Ángela y se dirigió al aeropuerto
de Barajas.
Una vez
el avión hubo
tomado tierra, Rebeca
deseó correr para abrazar a su hermano. Aunque el hecho de saber
que Bianca estaría
allí le asqueaba.
Tras recoger el equipaje,
se dirigió a
la salida, y
nada más abrirse
las puertas, le vio. Allí estaba Kevin, con su sonrisa de siempre y
Rebeca corrió a abrazarle.
—Pero qué efusiva estás,
hermanita.
—Es que estoy muy contenta
de verte —respondió, separándose unos milímetros de él para mirarle a los ojos.
Tras una buena dosis de
abrazos, Kevin le quitó la maleta de las manos.
—Bianca no ha
podido venir. Trabajaba
y no podía pedir permiso. Pero
me ha pedido que
te diera muchos
besos de su parte y te
dijera que está deseando verte.
—¡Qué bien! —exclamó
Rebeca.
En el coche hablaron de
cientos de cosas hasta llegar al hogar de su hermano. Una casa muy bonita cerca
de un enorme bosque. Rebeca miró a su alrededor con curiosidad y comprobó que
las fotos que
le enviaron al
despacho estaban hechas desde
allí. No había
duda. Tras dejar
la maleta en la habitación y haberle enseñado la casa, le propuso dar un
paseo por el bosque. Ella aceptó. Mientras paseaban charlando de infinidad de
cosas, escaneó con la mirada a su
hermano. Parecía estar
bien y eso
le tranquilizó.
Durante horas charlaron y
Rebeca le relató el accidente de Pizza. Al ver que él se preocupaba, le aclaró
que estaba bien, aunque le quedaría una pequeña cojera de por vida. El futuro
padre, emocionado, le contó todo lo referente al embarazo de Bianca. Estaba
feliz. ¡Iba a tener un bebé! Mientras comían en un pequeño restaurante del
pueblo, le habló de los planes que tenían respecto al pequeñín, lo que encogió
el corazón de Rebeca. Por la tarde apareció Bianca con su cara angelical.
¡Maldita farsante!
Rebeca deseó agarrarla del
cuello y estrangularla por todo el daño
que estaba ocasionando,
pero se contuvo. Tenía que hacerlo. Poco después ésta
le preguntó por Paul y Rebeca, como buena actriz, mintió y respondió que todo
estaba bien y que estaba en
Inglaterra. Tras un extraño día, mientras
intentaba dormir por la noche
en la cama
de aquella enorme habitación, pensó en Paul.
Añoraba sus besos y su
cariño. Deseaba hablar con él y pedirle perdón. Pero aquello tendría que
esperar. No podía meter ni a Lorena ni a él en aquel lío. Primero tendría que
solucionar el problema
con su hermano
y después intentaría
solucionarlo con él. Antes de quedarse dormida recordó que ese fin de semana él
corría. Pero finalmente, agotada, se durmió.
El sábado,
tras una noche
de continuos despertares, Kevin y Bianca llevaron a Rebeca
a comer al restaurante de un amigo. Allí, y a pesar de la exquisita comida,
Kevin se percató de que algo le ocurría a su hermana. No probó la comida. Solo
jugaba con ella. Incluso se dio cuenta de que sus ojos miraban a Bianca de una
manera dura y recriminadora. Durante un buen rato intentó imaginar qué le podía
pasar con ella.
No entendía nada.
Durante su estancia en España,
ambas se habían caído muy bien, y no entendía el porqué de aquellas duras
miradas por parte de su querida hermana.
En los postres, Kevin se
levantó y fue al baño, y Rebeca aprovechó para hacerle unas preguntas a Bianca.
—¿Estás contenta con lo del
bebé?
La muchacha, chupó la
cucharilla de la taza de café, y respondió con la mejor de sus sonrisas.
—Estamos como locos. Tu
hermano se pasa la mayor parte del día imaginando cómo será. Es un cielo de
hombre.
Y tú
una farsante, pensó
Rebeca y, señalando
con malicia uno de sus brazos, volvió a preguntar.
—¿Y esa marcas a qué se
deben?
La muchacha se bajó la
manga de la camisa.
—Son las marcas de los
análisis que me hicieron el otro día—contestó con despreocupación—. Como soy
diabética me están haciendo cientos de análisis y pruebas.
—¿Eres diabética?
—Sí. Estar
embarazada es maravilloso, pero
los médicos me están
acribillando a pinchazos. Tienen
que tener un control total sobre mí.
En ese momento apareció
Kevin ante ellas y le dio un beso en la nuca a su mujer.
—Bien, chicas, ¡vámonos!
Rebeca, volviéndose hacia
su hermano, le miró directamente a los ojos.
—Kevin, no
me habías dicho
que Bianca fuera diabética.
El joven, sin entender, iba
a responder cuando Bianca intervino.
—Por cierto, cariño, no os
puedo acompañar, he quedado en ver hoy a Estefanía.
—¿No puedes
llamarla y anularlo?
—preguntó molesto.
Bianca, tras un gracioso
mohín que hizo sonreír a su marido,
le tocó la
barbilla y respondió
con una dulce sonrisa.
—Prometo estar pronto en
casa.
—Por mí no te preocupes —se
mofó Rebeca deseosa de perderla de vista.
Aprovechando el momento,
Bianca, besó a su marido y se levantó.
—De acuerdo, cielo —asintió
Kevin—. Ten cuidado y no llegues tarde.
Una vez se quedaron los dos
solos en el restaurante, Kevin pagó y al salir al exterior Rebeca preguntó.
—¿Quién es Estefanía?
Kevin no contestó. Llegaron
hasta el coche y, una vez dentro, se volvió hacia su hermana furioso.
—¿Se puede saber qué te
pasa? Has estado toda la comida intentando molestar. Te conozco y he visto cómo
la mirabas. ¿Qué te pasa con Bianca? Creí que podríais ser
buenas amigas.
—No me
pasa nada. Solo que estoy cansada y…—
respondió intentando
disculparse.
Sin darle tregua, Kevin
gesticuló con las manos y dio un manotazo al volante.
—Cuéntame ¿qué te pasa?
—Nada.
—Mira, Rebeca, no sé para
qué demonios has venido a verme si estás de ese humor.
Buscando rápidamente
algo qué decir
finalmente admitió.
—He discutido con Paul,
y... he visto a papá.
Éste se
paró en seco
y, clavando totalmente
sus increíbles ojos verdes en ella preguntó.
—¿Has visto a papá?
—Sí. A él, a su mujer y a
sus dos niños.
Sorprendido se retiró el
flequillo de la frente antes de preguntar.
—¿Qué quería? ¿Te hizo
algo?
Al ver
cómo su hermano
respiraba, respondió de inmediato.
—Me lo encontré en una sala
de fiestas una noche que estaba con Paul y unos
amigos. Allí conocí a Elena, su
mujer. Luego volví a verla a ella y a los niños en el cumpleaños de
Lorena. Resulta que
Elena y papá
son amigos de Paul, ¿lo puedes creer?
—Vaya con
el viejo. Ya
tiene dos bastardos
— murmuró tras aspirar el humo del cigarrillo que se había encendido.
—No digas eso —protestó—.
Esos pobres niños no tienen la culpa de lo que nuestro padre hiciera en su día.
El culpable es él, no Dani y Susana.
Incrédulo, Kevin miró a su
hermana.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Digo lo que pienso.
—Lo siento, hermanita, pero
no pienso como tú. La versión que yo recuerdo es que nuestro padre se fue a
vivir con esa puta y han tenido bastardos.
Molesta porque hablara así
de aquellos niños, Rebeca volvió al ataque.
—Si conocieras a esos
pequeños no pensarías así. En cuanto a Elena, no le tengo ningún amor, pero
estoy segura de que no es una puta.
—¿Y tú qué sabrás? —siseó
Kevin.
—Mira quién fue a hablar
—soltó sin pensárselo dos veces—. ¿Sabrías distinguir una puta de una chica
normal?
Aquello le molestó. ¿A qué
se refería su hermana?
—¿Qué has querido decir con
eso de «mira quién fue a hablar»? ¿Qué narices quieres decir?
Asustada por su reacción, Rebeca no pudo
contestar. Pero Kevin, furioso, la increpó cogiéndola de las muñecas.
Finalmente comenzó a llorar. La tensión estaba pudiendo con ella.
—Joder, Rebeca, no llores.
Discúlpame por haberte hablado así. Pero estás muy extraña. Te he notado
tirante con Bianca y... —al ver que ella se secaba las lágrimas, suavizó su
tono de voz—. Lo siento. Siento haberte hablado así, pero ya sabes que no soporto
hablar de nuestro padre.
—Lo sé —sollozó dándose
cuenta de que casi mete la pata en cuanto a Bianca.
Retirándole el pelo de la
cara, le hizo levantar mirada.
—¿Por qué has discutido con
Paul?
Pensando con rapidez Rebeca
mintió a medias.
—Me vio con un amigo
tomando una copa y se enfadó muchísimo.
—¿Solamente por
eso? —se sorprendió—. Seguramente sería por algo más.
—No. Él me vio y me pidió
explicaciones. Yo... yo no quise dárselas y le eché de casa.
Al escuchar aquello, Kevin
silbó.
—Pero qué mal genio tienes,
hermanita. Eres dulce como mamá, pero cuando te enfadas, ¡no hay quien te
soporte! Y dime —preguntó—, ¿por qué no le dijiste quién era ese amigo?
—No lo
sé —volvió a
mentir—. Quizá he
estado mucho tiempo sola y no soporto que nadie me pida explicaciones.
Sé que la culpa la he tenido yo, pero...
—No hay peros que valgan.
Cuando regreses a Madrid le llamas y en paz. Paul es un buen tío y estoy seguro
de que estará deseando oír tu voz. En cuanto hables con él seguro que todo se
arreglará. Ese tipo está loco por ti. Solo hay que ver cómo te mira para
intuirlo.
—Ahora está Inglaterra.
—¿Y qué hace allí?
—Mañana corre en el
circuito de Donington. Encantado con aquello abrió los ojos de par en par.
—¿A qué hora es la carrera?
—No lo sé.
—No te preocupes. Tengo
parabólica y seguramente podremos coger el canal de deportes. —Y mirándola
preguntó—. Querrás verle, ¿verdad?
—Pues claro que sí, tonto
—sonrió Rebeca—. Por supuesto que quiero verle.
Y besarle y amarle, pensó.
—También podrías
llamarle a su
móvil y desearle suerte —sugirió Kevin.
Rebeca, para finalizar la
conversación, sonrió, y le dio un beso a su hermano.
—Quizá más adelante.
Aquella noche, cuando llegó
Bianca, intentó estar más amable con ella. Kevin se lo agradeció.
A la mañana siguiente, y
mientras Bianca preparaba el desayuno, Rebeca y Kevin buscaban el canal de
deportes para ver la carrera. Una vez lo consiguieron comenzaron a desayunar y
le explicó a su hermano los conocimientos adquiridos en referencia al Mundial
de Motociclismo. Cuando terminó moto2 y los comentaristas comenzaron a hablar
de la carrera de moto GP, se le erizaron los pelos al
saber, y ver, que Paul
había sufrido una aparatosa caída en los entrenos.
El corazón se le paró
cuando dieron las imágenes y vio a Paul volar por encima de la moto hasta caer
con brusquedad sobre la pista.
Miró a su hermano asustada,
pero se tranquilizó cuando dijeron que el piloto se encontraba bien y que
finalmente correría la carrera. Incapaz de hablar, la joven miraba la
televisión histérica intentando encontrar a Paul entre toda aquella masa de
gente. Como ocurría en cada conexión, un cámara se fue parando piloto por
piloto hasta que llegó a Paul. Al verle, Rebeca se quedó congelada. Su mirada
concentrada era oscura y agresiva,
nada que ver con la mirada de otras veces. Aquello le
revolvió el estómago y temió continuar mirando. Kevin, emocionado, aplaudió al
reconocerle. Pensar que
el hombre que
salía con su hermana era aquel valeroso piloto, le
llenó de orgullo.
Minutos después, los
asistentes de pista se comenzaron a retirar y quedaron solo los pilotos con sus
máquinas. Con tranquilidad dieron la vuelta de reconocimiento, para luego
regresar a sus posiciones; el semáforo pasó de rojo a verde y todos
aquellos locos abrieron
gas para comenzar
la carrera.
—¡Joder! —gritó excitado
Kevin al ver a Paul tirarse en las curvas—. Cómo conduce el tío.
Rebeca no pudo responder.
Lo que Paul estaba haciendo
en la pista, la estaba
dejando sin palabras. Durante varias vueltas,
vieron cómo se mantenía en cabeza de carrera, junto a Iván y Klaus jugándosela en
cada pasada. Aunque la dura lucha comenzó cuando Gicoli, un piloto italiano, se
acercó hasta ellos como un loco para adelantarles. Rebeca que conocía la
situación en puntos de cada piloto, se clavó las uñas en las manos al imaginar
que Paul no lo iba a consentir. Él no
iba a permitir
que Gicoli cogiera
los puntos que él necesitaba, y ambos se arriesgarían para conseguirlos.
La carrera se puso al rojo
vivo y los comentaristas impactados por lo que estaban haciendo aquellos
pilotos gritaban emocionados. Continuas
y peligrosas pasadas hacían vibrar y chillar a todos,
hasta que Klaus se salió de la pista y cayó. Rebeca, al ver como a aquel la
moto se le fue de atrás, horrorizada, no se movió mientras su hermano y su
mujer chillaban y aplaudían al ver que no había sido Paul.
Solo faltaban dos vueltas y
Gicoli se puso en cabeza. A Rebeca le sudaban las manos y casi le da un infarto
al ver a Iván salirse en
una de aquellas
terribles curvas. Su templanza y buen pilotaje hizo que no
cayera, pero perdió la opción de luchar por subir a lo más alto del cajón. Una
opción que Paul aún iba a aprovechar. Acoplándose todavía más a su potente
Ducati comenzó a derrapar en las curvas hasta
que consiguió adelantar
en un tramo
imposible a Gicoli. Solo
quedaba una vuelta
para la finalización
de
carrera y Paul no estaba
dispuesto a perder. Fue una vuelta de infarto para todos, pero finalmente Paul
entró primero, seguido por Gicoli. Rebeca, al ver aquello, saltó de alegría
junto a su hermano y Bianca.
¡Paul había ganado!
Minutos después ofrecieron
la entrega de trofeos. Rebeca, orgullosa, pudo ver cómo Paul recogía el premio
y daba las gracias a su equipo. Kevin, impresionado por su pilotaje, no paraba
de aplaudir, incluso llegó a decir que se compraría una moto y pediría a Paul
que le diera clases de conducción. Rebeca rio de las ocurrencias de aquel,
aunque miraba la pantalla de televisión con tristeza y desconsuelo.
¿Qué pasaría entre ella y
Paul? El domingo, tras un fin de semana extraño, regresó de nuevo a Madrid
todavía más confundida si cabe por todo lo que rodeaba a su hermano.
Capítulo 36
Hacía dos semanas que
Rebeca había regresado de su viaje. Una tarde, el detective la llamó para
enseñarle nuevas fotografías actuales de Bianca. En ella se la veía besándose
con Brian Newton, el narcotraficante. Y Rebeca de nuevo se hundió. ¿Qué podía
hacer? En todo aquel tiempo, Paul no dio señales de vida. No la había llamado.
No la había buscado, aunque Lorena sí la llamó. La niña estaba ansiosa por
verla. Necesitaba estar con ella y sentir su cariño.
—¿Cuándo vas a venir a
verme?
—No lo sé cariño. Tengo
mucho trabajo.
—Pero papá me dijo que
vendrías a casa con Pizza —
insistió la pequeña.
—Iré, cielo, lo que no sé
es cuando —mintió—. Por cierto ¿está papá en casa?
—No. Hoy se fue con el tío
Iván a una fiesta. Es el cumpleaños de la tía Rita y se fueron a celebrarlo.
¿No vas a ir tú?
El corazón se le aceleró.
¿Conocería él a alguna mujer en
aquella fiesta? Pero
no estaba dispuesta
a pensar y
martirizarse por ello.
—Yo no puedo, cielo. Ya te
dije que tengo mucho trabajo.
Finalmente, tras capear las
insistentes preguntas de la niña, Rebeca le confesó que tardaría un poquito en
verla, pero que no se preocupara, que en cuanto tuviera tiempo la llamaría. La
pequeña, ajena a todo lo que ocurría entre su padre y Rebeca, accedió y la
creyó. ¿Por qué no iba a hacerlo?
El viernes, Carla la invitó
a una cena con varios compañeros
del hospital de
Samuel. En un principio se negó. Su humor no estaba para fiestas. No
le apetecía salir con nadie. Pero Carla no cesó hasta que aquella cedió y
aceptó. Irían primero a La Plateada, un restaurante bastante lujoso, y
después tomarían una
copa. Rebeca decidió ponerse el vestido color salmón y
recogerse el pelo en un moño alto. Ya que salía sin muchas ganas, por lo menos
se vería guapa. Mientras se arreglaba se convenció de que aquella salida le
haría bien. Le apeteciese o no, necesitaba relajarse y divertirse.
A las ocho, pasaron Samuel
y Carla a buscarla y cuando llegaron al restaurante, Samuel le presentó a cada
uno de los invitados. Allí se enteró de que la cena era una celebración por el
ascenso de Samuel a jefe de planta. La cena se
tornó divertida. Todos
contaban anécdotas graciosas del
hospital, y eso les hacía reír. Después de
varios brindis y de un
discurso nada serio por parte de Samuel, decidieron ir a tomar una copa a
Streep. Un nuevo local madrileño.
—¿Qué tal? —preguntó Carla
acercándose a ella.
—Bien, todo
muy bien —respondió
sinceramente
Rebeca. Llevaba semanas sin
reírse tanto como esa noche.
—¿Qué te parece Emilio?
—señaló al hombre que hablaba con Samuel.
—Oh... Es muy agradable.
Carla, al oír aquello, se
acercó más a ella.
—Pues lo mejor de todo es
que ¡¡no está casado!! Y creo que se ha colado por ti. No ha parado de
preguntarle a Samuel cosas de ti ¡y eso es buena señal!
—Pues siento decirte
querida mía ¡que lo lleva claro!
— se mofó Rebeca, al ver
por dónde iba su amiga.
—¿Cómo puedes decir eso? —
le recriminó Carla molesta.
—Simplemente te digo la
verdad.
—Es un hombre agradable,
guapo, con futuro...
—Carla... —cortó Rebeca—.
No insistas. No tengo ni
tiempo ni ganas.
Pero hizo caso omiso.
—Vale… vale, lo entiendo. Sigues colada por Paul, pero oye mientras superas su
ruptura ¿no te parece Emilio ideal?
Boquiabierta siseó.
—Será ideal para ti. No
para mí.
Al mirar los ojos de su
amiga, Carla sonrió. Rebeca estaba colada hasta el tuétano por el de las motos y no había nada que
hacer.
—Soy una boba,
perdóname —susurró tras darle un beso en la mejilla.
—Perdonada.
—Tengo ganas de verte tan
feliz como yo, y...
En ese momento, Emilio se
acercó a ellas y, cogiendo a Rebeca con familiaridad de la mano, se la besó al
tiempo que les decía.
—Perdonen, señoritas,
—y mirándola, preguntó—:
¿Quieres bailar conmigo?
Sin ningún problema por
bailar con él, Rebeca aceptó.
—Por supuesto. Me encanta
esta canción.
Estaban en la pista
bailando. Emilio la tenía agarrada por
la cintura, y quien los
miraba desde fuera los podía ver divertidos y compenetrados. Emilio era un tipo
guasón y divertido, y eso agradó a Rebeca, que necesitaba reír. Después de
varias canciones, regresaron con el grupo y se sentaron con ellos a tomar algo.
Diez minutos después, Carla
y ella se marcharon al servicio, y la primera no paró de hablar de lo
maravilloso que era Emilio en el hospital mientras se pintaba la raya de los
ojos.
—Pero mira que eres
pesadita —se mofó Rebeca mirando a su amiga.
—¿Por qué? —preguntó
consciente de lo que decía.
—Rebeca, ¿eres tú? —dijo
alguien detrás de ellas. Rápidamente se volvió.
—¡Rita! ¿Qué tal? —saludó
abrazando a la mujer de
Iván—. ¿Cómo tú por aquí?
—Ya sabes, un nuevo local
en Madrid es un nuevo sitio que visitar —respondió con un gesto
divertido tocándose con coquetería sus rizos.
Las tres sonrieron
—Quería que supieras
que siento lo que ha pasado entre Paul
y tú. Te
hubiera llamado pero
no tengo tu
teléfono, e Iván no se
atrevía a pedírselo a Paul.
—¿Conoces a Paul? —preguntó
Carla.
—Sí, es la mujer de Iván,
el compañero de equipo de
Paul —confesó Rebeca.
Carla cogió un trozo de
papel y con el lápiz de ojos que tenía en la mano apuntó el teléfono de Rebeca.
—Toma. Este
es el teléfono
de esta petarda.
Por cierto, soy Carla.
—Gracias —sonrió Rita y
quitándole el lápiz de las manos, apuntó algo en un papel y entregándoselo a
Rebeca indicó—. Este es mi móvil.
Sorprendida por lo que
aquellas dos habían hecho en un instante
Rebeca parpadeó y Rita le dio
dos besos a su amiga.
—Encantada de conocerte,
Carla.
—Igualmente —respondió y
cuchicheó con complicidad—Si no os importa, he de pasar urgentemente al
servicio. Creo que he bebido demasiado.
Una vez hubo desaparecido
tras la puerta del baño, Rita se volvió hacia Rebeca.
—Él no está bien, aunque se
empeñe en decir que sí. Últimamente se juega la vida en cada carrera e Iván ya
no
sabe qué hacer ni qué
decirle. Nunca le hemos visto así.
Convencida de que llevaba
razón, Rebeca la cogió de las manos.
—Me horroriza escuchar lo
que dices, pero no puedo hacer nada.
—¿Tan grave es lo que ha
pasado entre vosotros? Rebeca cerró los ojos.
—Creo que sí—murmuró.
—¿Has dejado
de quererle? —preguntó
Rita convencida de que entre ellos continuaba existiendo algo.
—No... —respondió
sinceramente— es imposible. Rita sonrió.
—Paul te quiere, Rebeca. Tú
has conseguido que él vuelva a...
Asustada la interrumpió.
Pensar en él le destrozaba el corazón.
—Escúchame, Rita. Él y yo
somos demasiado diferentes como
para que la historia hubiera funcionado. Quizá lo ocurrido es lo mejor para nosotros.
Él debe seguir con su vida y yo con la mía y espero no volver a verlo porque
yo… —al decir aquello y ver el gesto de Rita preguntó—. ¿No me digas que está
aquí?
—Sí.
—Oh, Dios —susurró Rebeca
llevándose la mano a la cabeza.
Rita, al ver que ella se
quedaba pálida, añadió.
—He de confesarte que llevo
esperando horas a que vinieras al servicio para hablar contigo. Cuando
llegasteis vosotros, nosotros ya estábamos aquí.
—... ¿Cómo no me he dado
cuenta?
—Has pasado
por nuestro lado
al entrar y él te ha visto.
—Ay, Dios…
—Rebeca, Paul
lleva toda la
noche mirándote y bebiendo como un cosaco. Sinceramente,
creí que algo iba a ocurrir cuando te vio bailar con tu amigo, pero Iván lo
sacó del local para que le diera un poco el aire.
Boquiabierta, pensó que si
ella viera a Paul bailar con una mujer como lo había hecho ella con Emilio y
sobre todo reír de aquella manera... ¡se moriría!
—Escúchame —continuó Rita—.
Ahora está más relajado. Yo no sé lo que habrá pasado entre vosotros, pero
Rebeca —dijo mirándola a los ojos—, él te necesita. En
todos estos años desde que
le conozco, nunca ha estado con una mujer
tan bien como
contigo. Solo había
que mirarle para ver lo feliz y centrado que estaba. Está enamorado de
ti. Por favor, ven a hablar con él.
Con el pulso a mil, Rebeca
la miró.
—Yo... no puedo.
—¿Pero por qué? —insistió
Rita.
Rebeca resopló incómoda.
Deseaba más que nada en el mundo ir donde él estaba, para besarle, quererle,
pedirle perdón, pero no debía. No podía. Cavanillas debía creer que lo de ellos
había terminado para que no se volviera a fijar en él o en Lorena. Por ello
tragando el nudo de emociones que pugnaba por salir en su garganta susurró.
—Lo siento Rita, pero no
puedo.
Carla salió del baño y
Rebeca aprovechó para dar por finalizada la charla.
—Me ha encantado hablar
contigo, dale recuerdos a
Iván y espero veros en otra
ocasión.
Desconsolada, Rita aceptó
su decisión.
—De acuerdo, Rebeca. Hasta
pronto.
Mientras salía del
servicio, la cabeza de Rebeca daba vueltas. ¡Paul estaba allí! De nuevo en el
local sintió cómo unos ojos la observaban. La tranquilidad que antes había
sentido ahora estaba rota y
deseó salir huyendo de allí. Emilio volvió a invitarla a bailar y ella, como
una autómata, aceptó. Mientras bailaban, Rebeca miró con disimulo a su
alrededor. Vio a Rita charlando con Iván, y al segundo a Paul que, inmóvil, la
observaba. Cuando la canción terminó, dijo a Emilio que tenía ganas de
sentarse. De nuevo se reunieron con todos.
No muy lejos de ella Paul
la observaba consumido por los celos. Ver como aquel tipo agarraba a Rebeca por
la cintura y bailaba canciones que él deseaba bailar con ella le estaba
matando. La había visto reír y bromear con él y eso le tensó
aún más. Estaba preciosa con aquel
vestido, al verla entrar en el local se había quedado de piedra. Deseó
acercarse a ella y decirle todo lo que la había echado de menos, pero su
orgullo de hombre herido se lo impidió. Solo tenía ganas de levantarse y
partirle la cara al tipo que constantemente la tocaba.
¿Por qué tenía que pasarle
continuamente las manazas por la cintura o el cabello?
—¿Quieres que nos vayamos a
otro lugar? —preguntó
Iván.
—No —respondió ceñudo.
—Vamos a ver Paul. Creo
que…
—No, Iván —advirtió Paul.
—¿Qué coño hacemos aquí?
—insistió al ver cómo miraba a la joven—. Vayamos a otro
lugar y pasémoslo bien.
—Id vosotros si queréis. Yo
me quedo aquí.
Iván resopló. Tenía claro
que de allí no se marchaba sin su
amigo por delante.
Le conocía y
sabía que estaba pasando un mal rato. Ver a Rebeca
divertirse mientras él agonizaba no era plato de gusto para nadie. Y tras ver
que el encuentro de Rita en el baño no había dado el resultado esperado, deseó
salir del local lo antes posible. Pero no. Paul se negaba y de allí no se
movían. Sin apartar la mirada de
ella, por fin su corazón aleteó
al sentir que
ella le miraba. Por fin se había dado cuenta que estaba allí. La siguió
por el local con la esperanza de que ella se acercara a él, pero eso no
ocurrió.
Una hora después, cuando
Rebeca ya no pudo más, dijo que se marchaba. Carla y Samuel le pidieron que se
quedara un rato más, pero esta vez Rebeca no claudicó. Samuel se ofreció a
llevarla, pero ella se negó. Cogería un taxi. Pero Emilio al escucharla insistió
en acompañarla.
Sin mirar en la dirección donde Paul
estaba, Rebeca salió del local. Al dirigirse a coger el coche de Emilio,
se fijó en varias motos e incrédula observó la de Paul.
Aque l l a bicha, como
él la llamaba,
estaba llena de abolladuras y terriblemente sucia. Durante
unos segundos
cerró los ojos y pensó en las locuras que Rita le había dicho que estaba haciendo.
Por una fracción de segundo pensó en entrar y hablar con él. Pero no. No debía.
Sabía que él le
pediría explicaciones respecto
al día de la
discusión y no podía dárselas. Instantes después, Paul salió del local y, al
ver a Rebeca parada ante su moto, se quedó clavado en el sitio mientras
escuchaban lo que hablaban.
—¿Te gustan las motos,
Rebeca? —preguntó Emilio. Sin dejar de mirar la moto ella respondió.
—Sí. Me encantan.
Emilio se acercó a ella
todavía más, para señalar en tono jocoso.
—Creo que estas máquinas
del infierno solo son para los locos. Si supieras la cantidad de accidentados y
de muertes que hay por culpa de estas máquinas, no creo que te gustaran.
Rebeca ni le escuchó. Solo
pensaba en Paul, solo en él. Segundos después, Emilio le tocó el hombro para
llamar su atención.
—¿Te llevo a casa?
—Sí, claro —reaccionó con
rapidez y asintió, alejándose de la moto.
Paul los vio alejarse. Rita
e Iván salieron tras él y este,
enfadado, les pidió que le
dejaran solo. Al ver a su amigos coger la moto e irse, volvió a mirar hacia
donde había visto desaparecer el coche. Pensó en seguirles, pero finalmente
decidió que sería una tontería. Se marcharía a su casa. Una vez se hubo montado
y puesto el casco, arrancó la moto y, dejándose llevar por el corazón, hizo una
locura y se dirigió a toda velocidad hacia la casa de Rebeca.
Durante el trayecto en
coche, Emilio fue muy agradable y correcto. Era un hombre ocurrente y divertido
que continuamente la hacía sonreír. Cuando llegaron al adosado de Rebeca, el
hombre se empeñó en acompañarla hasta la puerta. Con desgana ella accedió. Allí
estuvieron charlando un buen rato, hasta que Emilio preguntó en un tono meloso.
—¿Me invitas a un café?
Ni loca, pensó Rebeca al
sentir sus verdaderas intenciones.
—Mira, Emilio, no quisiera
ser descortés. Eres un hombre muy divertido y agradable, pero no creo que sea
buena...
—Lo siento. Yo... no quería
ofenderte.
Al ver
el apuro en
su mirada, ella
reaccionó rápidamente.
—No te preocupes. No me
ofendes. Pero quiero que sepas que no tengo tiempo para nuevas amistades.
Envalentonado por la
preocupación que vio en su mirada respondió.
—Mira, Rebeca, voy a ser
sincero. Desde el primer momento que te vi esta noche, me has gustado. Creo que
eres una persona amable, simpática, divertida y guapa, y como comprenderás, una
persona así, al menos para mí, no puede pasar desapercibida.
—Gracias por tus cumplidos
pero...
—Me gustas y estoy
dispuesto a intentarlo, si tú me dejas... —continuó acercándose todavía más a
ella.
—No te voy a dejar
—respondió separándose de él—. Mira, Emilio, no sé si no me has entendido bien,
pero creo que...
—Yo no me doy por vencido
así como así —insistió cogiéndola de la cintura y atrayéndola hacia sí—. Pero a
veces, a algunas os gusta la lucha.
—Suéltame... —respondió
airada.
Al ver
que él no
estaba dispuesto a
soltarla, sin pensárselo dos
veces levantó la rodilla y le dio un golpe en la entrepierna. Eso hizo que él
se doblara sobre su cuerpo con un gran gesto de dolor.
—Te dije que me soltaras,
imbécil —aclaró con toda
su rabia.
Tras echarle una última
ojeada, Rebeca entró en su casa, cerró la puerta y le dejó allí tirado,
retorciéndose de dolor.
Mientras ellos
hablaban, Paul les
observaba desde la otra esquina de la calle. En un principio,
y al ver que aquél la forzaba, saltó de la moto y se dirigió corriendo hacia
ellos, pero se paró y se echo a reír cuando vio la reacción de Rebeca. Cuando
por fin vio que ella se metía en casa y que el tipo se levantaba como podía, se
metía en su coche y se alejaba, se dirigió hacia su moto. Y por increíble que
pareciera, a pesar de que su corazón sangraba, en el rostro llevaba una
sonrisa.
Capítulo 37
Al día siguiente Rebeca se
sentía fatal por lo ocurrido la noche anterior. Una noche que había empezado
muy bien, pero había terminado
desastrosamente. Nada más levantarse, abrió la puerta de la calle,
y al ver que Emilio no estaba aún
tirado allí, la cerró
aliviada. Tras desayunar, llamó a Carla y le contó
avergonzada lo que había pasado. Su amiga en un principio no podía creer lo que
le contaba, y cuando comenzó a carcajearse de risa, Rebeca se unió a ella.
Aquella tarde de sábado, y
cuando veía una película en la televisión, sonó el teléfono.
—Dígame.
—¡Holaaaaaaaaaaaa! ¿Cómo
estás?
—¡Donna! —gritó al
reconocer a su hermana—. Qué ganas tenía de hablar contigo.
—Pues era
muy fácil—soltó con
sorna—. Simplemente tenías que levantar el auricular, marcar mi número y
te aseguro que al otro lado de la línea estoy yo. Pero claro, es más barato
para ti que la que llame sea yo,
¿verdad?
—Eres terrible —rio Rebeca.
—Tú sí que eres terrible,
no escribes ni un mísero email, no llamas. Miguel está histérico. Falta un mes y medio para la carrera de Paul en Laguna
Seca y todavía no habéis llamado para
confirmar que venís.
Bueno, sobre todo tú, pues él nos
imaginamos que vendrá.
Tras soltar un resoplido,
Rebeca cerró los ojos.
—Yo no iré.
—¡¿Cómo?! ¿Qué quiere decir
eso? —gritó Donna—. No estarás diciéndome lo que creo entender.
—Me temo que sí.
—¡Joder... joder... joder!
—protestó al escuchar a su hermana.
—Donna, por favor. No lo
hagas más difícil. Bastante tengo yo con vivirlo.
—¿Pero estás loca o qué?
¿Cómo habéis podido separaros? —y cambiando el tono voz, prosiguió—: Me apuesto
lo que tú quieras a que la culpable de lo ocurrido has sido tú. Kevin tiene
razón. ¡Eres una cabezota!
—¡¿Kevin?! —resopló
Rebeca—. ¿Pero qué tiene que ver Kevin en todo esto?
—Me llamó
preocupado. Me contó
que fuiste a visitarle y que estabas muy extraña. Eres
una cabezota, ¿lo sabías?
—Mira, guapa, no creo que
sea tan cabezota como vosotros decís, lo que pasa es que ... —dudó mientras los
ojos se le llenaban de lágrimas— ... es que... bueno, lo que pasa es problema
mío, ¿entiendes?
—Vaya... vaya, eres peor de
lo que me imaginaba —se mofó Donna desde el otro lado del teléfono—. Te da
tanta vergüenza que no eres capaz de decirme qué es lo que pasa. Seguramente
sabes que terminaría dándole la razón al pobre de Paul. Pero Rebeca, si ese
hombre es un encanto. Solamente había que verle para darse cuenta de que está
loco por ti. Mira, eres tonta y no quiero decir nada más.
—Me parece
genial que no
digas nada más —
respondió tajantemente
limpiándose las lágrimas.
—Por teléfono, por supuesto
—aclaró Donna.
—¡¿Por teléfono?! ¿Qué
quieres decir?
—Pues quiere decir que
mañana me vayas a buscar al aeropuerto. Tengo más cosas que decirte y quiero
mirarte a la cara.
La tristeza de Rebeca se
disipó. ¡Iba a ver a la loca de su
hermana!
—¿En qué vuelo llegas?
—Voy en American Airlines.
Llego sobre las tres de la tarde.
—¿Y Miguel qué dice?
Donna, al recordar a su
marido sonrió. A él le parecía bien que fuera a ver qué le pasaba a su hermana
y, probablemente, más aún al enterarse de que había roto con su piloto favorito
de moto GP.
—Lo entiende. Él se queda
aquí con María, y yo me escapo a Madrid unos días contigo, que me apetece
mucho. Lo pasaremos fenomenal.
El vuelo llegó con una hora
de retraso, pero cuando Rebeca vio salir por la puerta a su hermana, la espera
mereció la pena. Se abrazaron y, emocionadas, se encaminaron al
coche para ir
a casa. Nada
más entrar, Donna se fijó en la
perrita. Se le notaba la cojera que le había quedado, pero eso no parecía
importarle a la propia Pizza, quien nada más verla comenzó a saltar de alegría.
Mientras comían un maravilloso pollo a la toledana guisado por Ángela, las
hermanas hablaban de Kevin y de la visita de Rebeca hacía unas semanas. Donna
notó cómo la voz de
Rebeca se endurecía al
mencionar a Bianca, tal y como Kevin
había dicho. Pero con su hermana había que ir por partes. Debía de tener tiento
para que le contara todo lo que le estaba martirizando y las primeras preguntas
serían sobre Paul. Por ello cuando terminaron de comer y se sentaban en el
sillón preguntó.
—Vamos a ver, Rebeca, cuéntame
qué te pasa con
Paul.
Con disimulo, ésta se
sentó.
—No hay mucho
que contar. Discutimos, y eso
es todo —murmuró.
—Pero bueno, ¿tú crees que
he hecho un viaje
tan largo para que
me digas solo
eso? —se mofó
Donna cogiendo un cojín y dándole en la cabeza—. Me vas a decir lo que
pasa, paso por paso. Sé que algo pasa y tú me lo vas a contar.
—Mira, Donna, hemos
discutido, como seguramente Miguel y tú hacéis. La diferencia es que vosotros
ya sois una pareja consolidada y nosotros no lo éramos. No hay que darle más
vueltas. ¿No crees?
Donna sonrío y tras darle
otro nuevo cojinazo añadió.
—Explícame a qué se deben
esas pequeñas ojeras que veo en tu rostro. —Rebeca levantó las cejas
sorprendida.
¿Tanto se le notaba?—. Y
quiero que sepas que Kevin y Bianca se dieron cuenta de lo irascible que
estabas cuando les visitaste. Kevin no entendió por qué atacabas continuamente
a su mujercita y me llamó para comentármelo. También me dio la grata noticia de
que va a ser papá. ¡Para flipar! Aunque bueno, estoy convencida de que ese
descerebrado será un buen padre.
Rebeca se levantó
mordiéndose la lengua para no hablar, necesitaba ir al baño.
—A mí me cuesta creer que
Bianca vaya a ser una madre estupenda. En seguida vuelvo, voy a hacer algo que
no puedes hacer por mí.
Con su característico
humor, Donna sonrió.
—¡Seguramente si me lo
propongo sí!—gritó.
En ese momento sonó el
teléfono y Donna lo cogió. Era
Carla.
—Pero bueno, Donna, ¿qué
haces en Madrid? ¿Cuándo has llegado?
—Estoy de visita para ver
al monstruo de mi hermana. Me da en la nariz que tiene algún problemilla.
Carla suspiró.
—Tiene más de un
problemilla, te lo puedo asegurar. Alertada por su voz, Donna bajó el tono de
la suya.
—Vamos a ver, Carla,
necesito que me cuentes qué pasa —cuchicheó—. Rebeca es una cabezota y no
quiere soltar nada. De momento...
Convencida de que lo mejor
era hacer partícipe de lo que ocurría a Donna, Carla suspiró dándose por
vencida.
—Mira, aunque tu hermana me
odiará el resto de su vida por esto, vamos a hacer una cosa. Samuel esta aquí y
se puede quedar con los niños. En veinte minutos estoy allí y te aseguro que no
le va a gustar nada a Rebeca lo que te voy a contar.
—Me importa un pepino si le
gusta o no. Te espero aquí y, por favor, no tardes.
Donna colgó
el teléfono y su sonrisa
se borró del rostro. ¿Qué le pasaba a su hermana?
—¿Quién ha llamado?
—preguntó Rebeca entrando en el salón.
—Carla. Ah... y viene ahora
—respondió Donna mirándose despreocupadamente las uñas.
Algo en la voz de su
hermana la puso sobre alerta.
—¿Para qué? ¿Qué te ha
dicho? —preguntó, acercándose a ella.
Pero la respuesta estaba
instalada en el rostro de Donna.
¿Qué le había dicho la loca
de su amiga? Solo se había ausentado
dos segundos y ese
no era tiempo suficiente como cotorrear
a sus anchas. La incomodidad
ocupó el resto del salón. Donna esperaba
una contestación y Rebeca no estaba dispuesta a dársela.
Veinte minutos después
llegó Carla quien, al entrar, se ganó una nada amistosa mirada de Rebeca, pero
poco le importó. Y como si de un mal sueño se tratara, Carla comenzó a contar a
Donna todo lo que ocurría, con Paul, Kevin, Bianca y los chantajes. Rebeca,
incrédula por la traición de su amiga, la miraba sin entender nada. ¿Cómo podía
estar haciéndole eso?
—Lo siento, Rebeca —dijo
tras acabar de contar todo
—. Quizá no vuelvas a
confiar en mí en toda tu vida, pero creo que necesitas ayuda.
—¡Por supuesto que no
volveré a confiar en ti! —gritó molesta— ¿Por qué se lo tienes que contar a
Donna? ¿Por qué tienes que ponerla en peligro a ella también? Si Cavanillas se
entera, ella.. ella… — maldiciendo se retiró el pelo de la cara y susurró— Ahora
se lo contará a Kevin y todo se liará más de lo que está.
Carla y Donna se miraron y
esta última, comprendiendo a su hermana, trató de tranquilizarla.
—No te preocupes. Kevin no
sabrá nada de todo esto.
Pero creo que me lo debías
de haber contado tú. ¿A qué esperabas?
—No quería meterte en líos
—sollozó con desesperación—. No sé qué hacer. Tengo la sensación de que cuanta
más gente lo sepa peor será. —Y mirando a su hermana, aclaró—.
Ni una palabra a Paul de
todo esto.
¿Entiendes? Si él lo
supiera, se complicará todo aun más,
¿entendido, Donna?
—Vale.
—Te lo ruego, por favor
—insistió Rebeca.
Donna asintió mientras
su cabeza trabajaba a mil por hora. Esa Bianca nunca le gustó.
—Te he dicho que tranquila.
Confía en mí. Carla, mirando a las dos hermanas, añadió.
—Sé que
vais a pensar que es
una insensatez, pero creo que deberíamos hablar con la policía.
—¡No! —gritó Rebeca—. Estás
loca. Pueden hacerle algo a Kevin.
—Sabía yo que esa bruja
eslovena tenía algo malo — protestó Donna—. Maldita sea. ¡Kevin se ha casado
con una puta drogadicta! Nunca me gustó. Había algo en ella, en su angelical
mirada, que siempre me hizo sospechar que
esa de santa tenía lo que
yo de monja.
Pero bueno, lo hecho, hecho está y ahora hay que pensar
con calma, que estamos jugando con la vida del imbécil de Kevin.
—No digas eso de él
—susurró Rebeca.
—¡¿Que no diga eso de él?!
—gritó Donna—. Pero... pero ¿cómo puede ser tan tonto y dejarse engañar de esa
manera? Si es que está visto que los tíos solo piensan con el pito. Ven una
cara bonita, un buen par de tetas y ea... pierden el sentido común. —Carla, al
escucharla, sonrió, a pesar de la tensión del momento—. A ver, Rebeca —
prosiguió Donna—, Kevin me llamó y me comentó que estabas muy nerviosa por
algún problema con Paul, pero algo de lucidez le debe de quedar, pues me dijo
que había notado que tenías
cierto resentimiento hacia
Bianca.
¡Joder! Si
llego a ser
yo la que
va a verles,
¡ni resentimiento ni leches!, la cojo del cuello y...
—Y nada... —cortó Rebeca—.
Hay que ser sensatos. Él está enamorado de esa mujer, y cualquier cosa que
hagamos le va a dañar. Quizá no nos perdone en la vida.
—Nos tendrá
que perdonar —afirmó
Donna—. Él haría lo mismo
si a nosotras nos
pasara algo parecido.
¿Acaso crees
que él dejaría
que echáramos a
perder nuestras vidas con un tío que no nos mereciera? No... estoy
segura de que no. Lo que pasa es que debemos saber cómo
proceder para que él no
salga mal parado. Que oye... inevitablemente el disgusto se lo dará. No creo
que sea agradable saber que te has casado con alguien que no es quien tú crees
que es. —Tras un silencio Donna volvió a hablar—.Tengo un amigo que trabajaba
en la comisaría de Canillejas. Quizá él podría echarnos una mano.
—No, Donna, no metas a la
policía en esto. Cavanillas o sus secuaces se podrían enterar y hacerle algo a
Kevin.
—Bueno, listilla —saltó su
hermana—, pues qué sugieres que hagamos. Porque según tú, no hay que hablar con
la policía por miedo a que a Kevin le hagan algo. Pero piensa que ese algo se
lo puede estar haciendo día a día esa maldita Bianca. Quién sabe si no le está
enganchando a la cocaina y el idiota de nuestro hermano accede por hacerla
feliz. Estamos a
tiempo de que
esta pesadilla acabe, Rebeca, ¿no
lo entiendes? No
podemos quedarnos de brazos cruzados como tú pretendes. Así no
solucionamos nada.
Rebeca por primera vez
asintió.
—Quizá tengas razón, pero
tengo miedo. Donna se sentó a su lado.
—¡Yo también estoy cagada
de miedo! Y seguramente también Carla, pero es la única solución que tenemos si
queremos que Kevin salga lo antes posible de todo este
embrollo.
—Tiene razón —se atrevió a
decir Carla—. Piénsalo. Es la única solución.
Rebeca, tras pensarlo y
maldecir mil veces, finalmente asintió.
—De acuerdo. Pero primero
hablaremos con el detective que me informa de todo. Él también tiene amigos en
el departamento de policía.
Donna y Carla se miraron
con una sonrisa.
—Muy bien. Llámale —dijo su
hermana entregándole el móvil.
Capítulo 38
Después de varias llamadas,
Rebeca consiguió localizar al detective y quedaron en verse un par de horas
después en una cafetería cercana a Majadahonda. Mientras iban en el coche de
Rebeca para aligerar la tensión que se respiraba en el ambiente, la siempre
alocada Donna intervino.
—¿Sabéis a qué me recuerda
esto?
—Conociéndote, ¡a saber
Dios! —se mofó Carla. Donna, divertida, asintió.
—A la película
Los ángeles de
Charlie. —Y
rápidamente exclamó— ¡Me
pido ser la rubia!
—Eres terrible —rio Rebeca
al oír las ocurrencias de su
hermana—. Yo aquí
preocupada por todo
y tú bromeando.
Sentándose recta en el
coche, Donna suspiró.
—No lo puedo remediar. Será
que con los nervios me da por decir tonterías. Pero o nos lo tomamos así o
acabaremos como el título de una peli de Almodóvar.
—¿Cuál? —preguntó Carla sin
parar de reír.
—Mujeres al borde de un
ataque de nervios.
La carcajada
fue general. Donna
era una mujer tronchante y hasta en los momentos más
tensos les hacía sonreír.
—Para, por favor, para ya
—pidió Carla.
Llegaron a la cafetería y,
diez minutos después, llegó el detective quien, al ver a tanta mujer
esperándole, levantó las cejas mirando a Rebeca como pidiendo una explicación.
—Son mi hermana Donna y mi
amiga Carla. Gente de mi máxima confianza.
Resignado, el detective se
sentó con ellas.
—Es usted quien manda.
¿Para qué quería verme?
Sin perder tiempo, las
mujeres comenzaron a hablar y el detective les pidió tranquilidad. Hablaron de
la posibilidad de avisar a la policía, de los riesgos de Kevin y de todos.
Donna sugirió la posibilidad de detener a los compinches por algo ajeno al caso
que se trataba, y una vez retenidos investigar hasta llegar al fondo del
asunto. El detective la miró y le recordó que la policía no se andaba con
juegos y que difícilmente harían caso a esa petición. Tras una larga charla en
la que todos expusieron sus ideas, se despidieron. Donna y Rebeca llevaron a
Carla a su casa y después se dirigieron hacia la suya.
—Creo que deberíamos hablar
con mi amigo del departamento de policía. —Rebeca miró a su hermana.
—Ya has oído. No nos harán
caso.
Tras un silencio mientras
esperaban a que el semáforo se pusiera en verde, Donna no pudo más.
—Creo que deberías hablar
con Paul —soltó.
—En ese asunto no voy a
permitir que te metas —dijo
Rebeca, desafiante—. Por lo
tanto, cierra tu piquito.
Pero Donna no
se iba a dar por
vencida y volvió al ataque.
—El problema era que nadie
supiera lo que pasa. Te recuerdo que ya lo sabemos Carla y yo.
—Porque Carla se ha ido de
la lengua.
Donna le dio una colleja
que hizo que Rebeca la mirara con el ceño fruncido.
—Si es que es para matarte
—espetó su hermana—. Eres tan cabezota
como mamá. Y me
da igual lo que
pienses, digas o despotriques. Creo que Paul debería saber qué ocurre.
—Si lo haces te juro que no
te volveré a hablar en tu vida.
—Pero él debería saberlo
—insistió—. Debería saber porque no le contaste nada y…
—Basta, Donna... —y
cambiado de tema preguntó—
¿Es de confianza el poli
que conoces?
—Sí. Es un antiguo amigo
—respondió Donna convencida de que era inútil insistir en el tema.
—¿Quién es?
—Felipe Pérez
Rodríguez, o mejor
dicho, «Pipe».
¿Recuerdas que vivía
también en Majadahonda?
Al recordar aquel nombre,
Rebeca estalló a carcajadas.
—¿Pero ese no era el chico
gordito que todos los viernes te mandaba rosas y que un día vino a recogerte
con una limusina y que...?
—El mismo —contestó Donna
cortándola.
—Ay, pobre... ¿Y tú crees
que tras lo que le hiciste nos ayudará?
Donna sonrió al pensar en
él. Había sido un antiguo pretendiente y, por suerte, al final aclararon sus
problemas.
—Pipe es una buena persona
y entre nosotros todo quedó claro. Lo último que sé de él, es que comenzó a
trabajar en la policía de Canillejas.
—De acuerdo. Mañana
podríamos llamar a las oficinas y preguntar por él.
—¿Por qué mañana pudiendo
hacerlo hoy? —preguntó
Donna.
Y sin más, sacó la cabeza
por la ventanilla y preguntó a unos transeúntes si sabían dónde estaba la
comisaría más cercana. Rebeca puso los ojos en blanco. Donna y sus locuras. Un
minuto después se despidió de los viandantes y, mirando a su hermana, señaló
hacia delante.
—Sigue por esa calle y
tuerce a la izquierda. Por lo visto allí hay una comisaría.
Una vez llegaron, Donna se
dirigió a su hermana.
—Espérame aquí. Entraré y
preguntaré por él, quizá lo conozcan. —Y
mirándose en un
espejito que sacó
del bolso, se repasó los labios y preguntó—: ¿Qué tal estoy?
Sorprendida Rebeca la miró
extrañada.
—Pero Donna... ¿Se puede
saber qué vas a hacer? —
gruñó.
—Causar buena impresión
—dijo mientras se bajaba del coche y se dirigía a la comisaría. Minutos después
vio salir a su hermana con una sonrisa y un papel en las manos
—. Ya estoy aquí. —Y
enseñándole el papel,
sonrió—.
Vamos a esta dirección.
Pipe nos espera.
Incrédula Rebeca arrancó el
coche.
—¿Pero cómo lo has
conseguido?
Mientras se atusaba su
rubia melena, Donna le guiñó el ojo y sonrió.
—Las mañas para ganarse a
los hombres nunca se pierden, hermanita.
Media hora después,
llegaron a la comisaría de Pozuelo de Alarcón. Allí preguntaron por Felipe
Pérez Rodríguez y se sentaron a esperar. Pocos segundos después, al fondo del
pasillo apareció un hombre algo cachas y bien parecido que nada tenía que ver
con el Pipe que ambas recordaban.
—¡Joder! —susurró Donna al
verle.
—¿Qué?
—No me digas que ese pedazo
de tiarrón es Pipe — ambas le
miraron y Donna
susurró—. Por el
amor de Dios… de la Virgen y de
todos los santos ¡Pero qué bueno estááááá!
—Cállate o te estrangulo
—susurró Rebeca intentando no reír.
Pipe no vestía uniforme
como el resto de los policías, y al
ver a Donna, la cara se
le iluminó con una sonrisa.
Incrédula, Donna le observó
mientras se acercaba a ellas intentando
creer que aquel
era el mismo
muchacho regordito que ella
había conocido. Tras
un candoroso abrazo por parte de
los tres, les contó que trabajaba en el departamento de narcóticos, y las hizo
pasar a su despacho para poder charlar. Después de las primeras impresiones
entre él y Donna sobre sus vidas, se enteraron de que él se había casado y
divorciado, y tenía un hijo de siete años. Ella le contó que estaba casada y
tenía una hija de más o menos esa
edad. Tras unas
risas por recuerdos
pasados, le contaron lo que las
había llevado hasta él.
En un principio éste
escuchó pacientemente, aunque a Rebeca no se le escapó cómo miraba a su
hermana. Una vez terminaron su relato,
Pipe les hizo
varias preguntas. Rebeca, tras
contestar, le indicó que en su casa tenía más información al
respecto. Pipe sugirió
acompañarlas, y Donna sonrió
encantada. Era un buen principio para lo que necesitaban. Una
vez llegaron a
la casa de
Rebeca, le enseñó las fotos en
las que él reconoció a Brian Newton como un traficante. Una hora después, Pipe
pidió permiso a Rebeca para llevarse todo el material para así poder investigar
más a fondo. Ella asintió. Al salir por la puerta, y antes de marcharse,
prometió llamarlas al día siguiente.
—Madre mía —exclamó Donna
mirando por la ventana—. ¿Te has dado cuenta de lo tremendo que se ha puesto
Pipe en estos años?
—Qué quieres que te diga.
Para mí es un hombre más
—respondió Rebeca
indiferente, para quitarle importancia al tema, aunque debía reconocer que
había cambiado una barbaridad.
Donna sorprendida soltó una
carcajada.
—¿Pero cómo puedes decir
eso? ¡Pipe está impresionante!
Vamos... si me
pilla soltera no
se me escapa.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Hija, tengo ojos ¿acaso tú
no los tienes?
—Pues sí.
Donna, divertida por la
negatividad que veía en su hermana, añadió mientras observaba a Pipe montarse
en su cuatro por cuatro plateado.
—Pues reina, si los tienes,
háztelos reparar porque te estás perdiendo un monumento.
—Pero bueno, ¿y qué pasa
con el pobre Miguel? — protestó molesta por aquel comentario, mientras se
alejaba de la ventana.
Sorprendida por aquella
pregunta, Donna abrió los ojos como platos.
—¿A qué te refieres? —Y al
darse cuenta de lo que realmente quería decir, muerta de risa murmuró—. No
estarás pensando que Pipe y yo... ¡Serás cochina!
—Seré todo lo cochina que
tú quieras, pero esa es la sensación que das, y creo que él se ha ido con la
misma impresión.
—¿Tú crees? —se mofó
llevándose la mano a la boca
—. ¡Qué bien!
Al final y ante la teatrera
de su hermana, Rebeca rompió a reír y corrió tras ella escaleras arriba.
Capítulo 39
Durante esos días, Rebeca
supo de Paul a través del canal deportes y las noticias que pillaba por google.
Corría en la República Checa, concretamente en Breno, y se le encogió el
corazón al ver las imágenes de los entrenamientos en las que de nuevo le vio
arriesgar como un loco y, finalmente, volar
por encima de la
moto para estrellarse
contra el suelo.
¿Pero qué estaba haciendo
Paul?
Donna, al ver a su hermana
cada día más pálida, se preocupaba por ella, pero ésta no se dejaba ayudar.
Solo quería saber que él estaba
bien. Buscó en
su móvil el número de teléfono de Rita y la llamó. No
se lo cogió. Le envió un mensaje y solo se tranquilizó cuando una hora
después recibió un escueto
mensaje de Rita que
decía.
«Tranquila, él está bien»
Fueron muchos los días en
los que Pipe aparecía en casa de Rebeca en cualquier momento con todo tipo de
noticias. Tras largas investigaciones por parte
del equipo policial que lideraba
Pipe, y el
detective que en
su momento contrató Rebeca,
supieron a ciencia
cierta que Brian Newton
y Cavanillas tenían
un sucio negocio
de narcotráfico. En aquel tiempo, un par de veces, y ajeno a
todo, Kevin
se puso en
contacto con sus
hermanas y aplaudió feliz al
saber que Donna estaba con Rebeca. Aprovechando
aquella felicidad, Donna
sugirió sin éxito que él acudiera
también. Así podrían estar los tres unos días juntos. Pero él se negó diciendo
que no podía dejar sola a Bianca.
Finalmente, y aconsejada
por todos, Rebeca volvió a su rutina y a su trabajo, mientras Donna seguía en
su casa volviendo loca a Ángela. Tras el Gran Premio de Breno, que Rebeca vio
de nuevo por televisión, pudo comprobar que Paul estaba bien de su caída. Acabó
en tercer lugar, pero la angustia
de Rebeca al
verle correr de
aquella manera crecía día a día. El tiempo pasaba y Paul cumplía su
palabra. No la llamaba. No hacía nada para comunicarse con ella, y eso hacía
que la culpabilidad que esta sentía por no haber sido sincera con él comenzara
a no dejarla vivir. Ella le había echado de su vida, y ella tendría que dar el
primer paso. Paul se lo dejó bien claro.
Después de muchas
indecisiones, una mañana, desde el despacho, Rebeca abrió su móvil dispuesta a
hablar con él. Necesitaba escuchar su voz, necesitaba sentirle cercano y sobre
todo necesitaba saber que estaba bien. Tras varios intentos al móvil que él no
cogió, decidida a hablar con él fuera como fuera, llamó a su casa. Lo cogió
Julia, la niñera de Lorena.
—Qué alegría
oír su voz
—saludó la mujer
al
reconocerla.
—Lo mismo digo, Julia ¿Qué
tal todo por ahí?
—Bien… Lorena tan alocada como siempre
y echándola mucho de menos. ¿Cuándo
vendrá a verla? La niña se muere por estar con usted.
—No lo
sé, Julia —mintió
sin saber qué
decir—. Tengo mucho trabajo últimamente y lo tengo complicado.
¿Está Paul?
—No. En este instante está
en una reunión con gente de su equipo —al ver que la joven no decía nada
aclaró—. En unos días viaja a Italia y estará ultimando detalles.
—Julia, cuando llegue, por
favor, dile que he llamado
—susurró decepcionada por
no encontrarle por ningún lado
—. No lo olvides.
—No lo olvidaré —sonrió la
mujer, quien a pesar de que no haber preguntado, ya había sacado sus propias
conclusiones.
—Gracias, Julia. Dale un
beso enorme a Lorena y otro para ti. Hasta pronto.
—Hasta pronto, Rebeca.
Aún temblaba cuando colgó
el teléfono y, por primera
vez en muchos días, tuvo
esperanzas y esperó su llamada en cualquier momento. Pero Paul no llamó. Cuando
él llegó a su casa y supo por Julia de la llamada de Rebeca sintió un
pellizco de satisfacción,
pero tras pensarlo
fríamente, decidió no llamar. Si ella quería hablar con él, que volviera
a intentarlo. Ella le había apartado de su lado, ella tenía que encontrarle.
Aquella noche, cada vez que
sonaba el teléfono en casa de Rebeca, el corazón le daba un vuelco ¿Sería él?
Pero las llamadas siempre eran para Donna. La primera fue de su encantador
cuñado Miguel y su sobrina María, y la segunda de Pipe, quien se tiró hablando con su hermana más de media hora. Tras colgar
Donna se dirigió a su hermana.
—¿Qué te parece si mañana
vamos a tomar unas copas con Pipe y sus compañeros?
—Me parece asqueroso
—contestó Rebeca amargada porque Paul no la llamaba.
Con buen humor, Donna
entendió lo que pensaba y res- pondió:
—Mira que eres desagradable
cuando quieres.
—No me
tires de la
lengua, guapita, que
estoy calentita. Déjame en paz.
Divertida por los gestos
de su hermana e incapaz de
callar un segundo más,
Donna con los brazos en jarras
añadió.
—Pero tú, Sor Repura, ¿qué te crees? ¿Que soy tan
imbécil como para echarme en brazos de Pipe? —Rebeca asintió y Donna respondió—
Pues siento decepcionarte, guapa, pero aquí —dijo señalándose el corazón— solo
hay sitio para un hombre, y es un moreno que me espera en Chicago y al que
quiero como a nadie. ¿Entiendes?
Pero Rebeca no estaba para
bromas e indignada por aquello miró a su hermana y bufó.
—Te pasas el día entero
haciendo el tonto con Pipe.
¿Cómo pretendes que te
crea?
—Creyéndome. No es tan
difícil —se mofó intuyendo que su hermana estaba llegando al límite de sus
fuerzas.
Ella y Rebeca eran dos
polos opuestos y sabía que todo lo que estaba ocurriendo iba a acabar con ella.
—Me estás decepcionando.
Nunca pensé que fueras como me estás demostrando ser: una mujer vacía.
—¡Ay, Dios!
La de idioteces
que tiene una
que escuchar —resopló Donna mientras se dirigía a la cocina para ponerse
otro café—. A ver si te enteras. No me quiero acostar con Pipe, simplemente es
mi amigo y juntos nos reímos mucho.
—Seguro que si estuviera
aquí Miguel no te comportarías así con tu amigo —gritó Rebeca siguiéndola a la
cocina.
Donna suspiró intentando no
perder la paciencia. Pero Rebeca la agotaba. Su negatividad y falta de humor la
hacía insoportable. La verdad era que durante los primeros días había
coqueteado un poco más de la cuenta con Pipe, pero ambos eran adultos y pronto
dejaron aquel juego para centrarse en lo que realmente les interesaba. Resolver
el problema y tener una bonita y sana amistad.
—Pareces una niña de quince
años cuando hablas con él. ¿Pero no te ves?
—Pues no. Ponme un espejo
la próxima vez.
Incapaz de callar y
amargada por todo lo que la ocurría
Rebeca soltó.
—Pareces una guarrilla
cuando le sonríes. Al escuchar aquello Donna se exaltó.
—¿Pero qué te pasa hoy que
estás de tan mal humor? Rebeca quiso gritarle que Paul no la llamaba. Que ella
lo
había llamado
y su respuesta
no llegaba. Pero
bastante decepcionante era saberlo como para ir pregonándolo.
—Donna… me
parece asqueroso que te pavonees
delante de…de Pipe como una
cualquiera.
—¡¿Sabes, guapa?! No te
soporto más —gritó cansada de aguantar el mal humor de su hermana, y al
volverse derramó el café sobre la camiseta de Rebeca.
Asustadas por lo ocurrido,
ambas se quedaron paradas. No sabían
qué decir, pero rápidamente
Donna cogió un trapo de
cocina y comenzó
a secar la
camiseta de su hermana mientras se excusaba.
—Lo siento... ha sido sin
querer.
Al ver
el arrepentimiento en sus ojos,
Rebeca se desinfló y se percató
de lo mucho que estaba atosigando a su hermana y de cómo pagaba con ella el que
Paul no la llamara.
—Perdóname tú a mí. Creo
que me estoy pasando contigo. Sé que no ha ocurrido nada.
—Y no va a ocurrir nada —se
sinceró Donna—. Pipe es un amigo al que llevaba varios años sin ver. Quizá me
ponga algo nerviosa al verle porque, lo reconozcas o no,
¡está tremendo!, pero nada más. Él tiene muy claras
las cosas y yo también. Pero lo que no quiero es que dudes de que amo a
Miguel y que por nada ni nadie en este mundo le haría daño. —Al ver a su
hermana asentir se dirigió al teléfono.— Llamaré a Pipe y le diré que la copa
de mañana está suspendida.
Agarrándola de la mano,
Rebeca la detuvo.
—Eso sería
una tontería. Si de verdad
es solo un amigo, ¿qué hay de malo en tomar una copa
con él? — murmuró con una media sonrisa.
—Verdaderamente, hermanita
—cuchicheó Donna sonriendo—, eres una auténtica perraca de tres pares de
narices. Ahora me dices
eso, y hace dos
segundos me estabas acusando de
cosas terribles.
—¡Donna! Ese vocabulario,
¿dónde lo has aprendido?
—Pues sé decir cosas
peores, por lo tanto no me provoques
—se mofó—. Aunque
viva en Chicago
no olvides que yo me crié en España y somos chicas de barrio. Bueno,
¿qué hago? ¿Llamo y suspendo la cita de mañana o no?
—No —respondió riéndose—,
puede ser divertido. Aquella noche, cuando por fin se acostó, pensó en Paul.
¡Maldito cabezota!
¿Por qué no
la llamaba? Al
día siguiente, animada por su hermana, decidieron ir a la peluquería. Un
poquito de mimo al pelo no le vendría mal y más si se iban a ir de juerga
aquella noche. Pero su humor se vino abajo cuando al coger una revista del
corazón vio una foto de Paul con una joven morena del brazo.
—¿Qué te pasa? —preguntó
Donna al ver cómo saltaba de la silla.
Sin poder contestar, le
enseñó la revista.
—Oh, Dios…
—Exacto ¡Oh Dios! ¿Qué te
parece? Donna pestañeando miró la revista.
—Que este tío es
impresionante… ¡Anda! pero si esa que lleva del brazo es uno de los angelitos
de Victoria’s Secret. La Davidinova. ¡Qué tía mas mona!
—Eres única para dar ánimos
chica ¡Única! —gruñó
Rebeca incrédula tras
cerrar la revista.
—Y qué quieres que haga. Tú
no quieres saber nada de él, pero él sigue estando como un queso ¿Acaso
pretendes que lo ponga a parir?
—No… pero un poco de
comprensión por tu parte, no me vendría mal.
Donna sonriendo, le cogió
la mano.
—Mira, Rebeca. Para mí tú
eres infinitamente mejor que la Davidinova, y si tu lo necesitas diré que Paul
es un truchote que pierde más aceite que su moto y la modelito que lo acompaña
una mísera pepona.
Sorprendida por aquello
Rebeca rio.
—No… tampoco quiero que
digas eso de él. No se lo merece.
—Pero vamos a ver, cabeza
de alcornoque ¿Por qué no le llamas? Seguro que si tú le llamas daría una
patada a la Davidinova para estar contigo.
Después de un corto
silencio Rebeca se sinceró.
—Lo hice… ya le llamé.
—¡¿Cuándo le has llamado?!
—Ayer. Le llamé por la
mañana desde la oficina y él no ha contestado.
—¿Quizá esté de viaje?
—No… está en Madrid. Julia
me lo confirmó. Creo…
que él ya me olvidó.
Donna sin saber qué decirle
se levantó de su silla y la besó.
Cuatro días
después, una tarde
en la que
Rebeca trabajaba en el despacho de su casa, mientras su hermana veía una
película en el salón sonó el teléfono.
—Dígame.
—Hola, soy yo… Lorena.
Al reconocer a la niña
Rebeca, encantada, sonrió.
—Hola, preciosa ¿Qué tal
estás?
—Bien y
ahora más contenta
al saber que
has regresado de tu viaje.
Sorprendida por aquello
Rebeca preguntó.
—¿Qué viaje?
La cría, que había
llamado por su cuenta sin avisar a nadie
respondió resuelta.
—Papi me dijo que estabas
de viaje de trabajo y por eso no venías. Por eso no te he llamado. Pero el otro
día escuché a Julia decirle a papá que habías llamado y pensé:
¡Chupi! Rebeca ya ha
regresado.
Él sabía que yo llamé y no
me ha llamado. Definitivamente no quiere saber nada de mí pensó con el
corazón encogido. Pero
intentó reponerse de
aquello y sobre todo entender la
mentira de Paul a la niña y cambió su tono de voz para responder.
—Ah, es verdad. Estuve de
viaje, pero ya ves, ¡ya he vuelto!
—¡Qué chupi!
—Papá ya se fue para Italia
¿verdad? —preguntó sabiendo la respuesta.
—Sí. Él se fue ayer y estoy
muy triste.
Al escuchar la vocecita de
la niña se conmovió.
—¿Qué te parece si vamos el
sábado a comernos unas hamburguesas a ese lugar que tanto te gusta?
—No puedo. Este sábado voy
a comer con Natalia. A mí no me gusta Natalia. Pero papi me dijo que tenía que
ir. Julia tiene que irse y como dicen que todavía soy pequeña, y no me puedo
quedar sola…
—Claro, cariño. Todavía no
eres tan mayor como para quedarte solita —asintió Rebeca para darle la razón a
Paul.
Después de un rato en el
que charló amigablemente con la niña se despidió de ella.
—Te llamaré otro día y
comemos juntas, ¿vale?
—De acuerdo —murmuró con
tristeza la cría—, pero no te olvides de llamar.
—No te preocupes, cielo. Te
llamaré. Te lo prometo. Un besito, preciosa.
Cuando colgó el teléfono su
estado de humor empeoró. Se sentía fatal. ¿Quién era esa Natalia? En el tiempo
que
estuvo con Paul
nunca escuchó ese nombre.
Tras permanecer durante horas pensando en lo mismo, decidió dejar de
comerse el coco, llamó a su hermana y se fue con ella a comer.
Capítulo 40
El sábado, después de ver
los entrenos de moto GP en la televisión y ver que Paul, tras marcar los
mejores tiempos, salía en la Pole Position, se marcharon a pasar el día fuera.
El domingo, Donna y Rebeca se levantaron con tranquilidad dispuestas a ver la
carrera. Tras regresar de su paseo con Pizza, encendieron la televisión y
Miguel, emocionado, llamó por teléfono
desde Chicago. A
través de la parabólica, y con legañas aún en los ojos
por las horas que eran allí, se disponía a ver la carrera. Después de hablar un
rato con
ellas y hacerlas
sonreír, colgó dispuesto
a disfrutar del espectáculo.
De nuevo, el cámara de
televisión se paseó por la pista mientras el comentarista deportivo hablaba de
los pilotos y los equipos. Al
salir en la
Pole, el cámara
se detuvo primero en Paul. Esta
vez el piloto no dejó ver su mirada. Tenía bajada la visera de su casco. Tras
él, el cámara enfocó a Iván, y a Rita, su mujer, que le sujetaba el paraguas
para que no le diera el sol. Cinco minutos después una sirena hizo abandonar a
todo el mundo la pista. La carrera comenzaría en breve.
Tras dar la vuelta de
reconocimiento y regresar a sus posiciones,
el semáforo se
puso verde. Los
pilotos
salieron a toda pastilla
abriendo gas mientras ponían sus pies en las estrideras. Paul, como en las
últimas carreras, volvió a hacer de las suyas. Iba en el grupo de cabeza y no
pensaba dejar el primer puesto a nadie. Rebeca y Donna, al ver como se jugaba
la vida en cada curva, con las manos congeladas, no podían hablar de la presión
que sentían en el pecho. Con una agresividad y pilotaje muy suyo, según el
comentarista, Paul apretaba el puño antes de salir de las curvas y
derrapaba con la
moto de una
manera escalofriante.
Mientras todos le
observaban encogidos de miedo, él parecía pasarlo en grande tumbándose y
derrapando en las curvas. Era un
piloto excepcional que
disfrutaba con el riesgo y aunque
nadie lo creyera, él sabía muy bien lo que se
hacía. Al final
terminó primero seguido
por su compañero de
equipo, Iván. Era el
año de Ducati.
Dos pilotos como Paul e Iván eran irrepetibles y con ellos la marca
triunfaba en cada gran premio. Una vez acabó la carrera, Rebeca
respiró y Donna,
con la boca
seca, comentó preocupada.
—Dios mío, Rebeca, deberías
hacer algo.
Con náuseas
en la boca
del estómago, miró
a su hermana.
—Ya has
oído al comentarista,
¡es su manera
de correr!
—Pero… pero tú has visto lo
que yo.
—Sí —murmuró, consciente de
lo que su hermana quería decir.
—¿Pero Paul está loco? ¿Tú
has visto como ha conducido?
Con una gran opresión en la
boca del estómago Rebeca se levantó de su asiento.
—Últimamente se la está
jugando demasiado.
Sin perder un segundo,
corrió al baño a vomitar. Donna la siguió sin hacer ruido y, al ver lo que
ocurría, no pudo contenerse.
—Esto no puede seguir así.
¡Mira cómo estás! —dijo asustada.
Secándose la boca protestó.
—No empecemos.
Pero Donna no estaba
dispuesta a callar.
—Dios ¡esto es de locos! Él
jugándose la vida en cada carrera y tú aquí hecha polvo de ver las cosas que él
hace. Por favorrrrr ¡No me extraña que vomites!
—Dame un poco de agua y
cállate.
Cogiendo un vaso, lo llenó
de agua y se lo acercó.
—Toma. Y esto ya va en
serio, debes hablar con él. Vuelve a llamarle. Por Dios, ¡se puede matar! Ya
has visto cómo va con la moto. Mira, yo no entiendo mucho de carreras, pero no
hay que ser muy entendido para ver lo que está haciendo con su vida. Pero bueno,
¡que tiene una hija!
—Lo sé.
—¿Qué pasa? ¿No piensa en
esa pobre niña? Esto es increíble, sois dos idiotas, ¿me entiendes?
¡I-D-I-O-T-A-S!
—gritó.
—Seguramente tengas razón
—contestó mientras todo daba vueltas a su alrededor—. Pero en estos momentos...
No pudo terminar la frase.
Cayó desplomada al suelo.
—¡Rebeca!—gritó Donna
asustada—. Dios mío...
Capítulo 41
Rebeca se despertó en su
habitación, sobre su cama, y lo primero que vio fue la cara de Samuel. No sabía
qué había pasado, pero pudo recordar que se encontraba mal, había ido al baño y
todo había empezado a dar vueltas.
—Hola, encanto —saludó
Samuel—. ¿Qué tal te encuentras?
Con la boca pastosa se
incorporó.
—Bien. ¿Qué ha pasado?
—susurró a duras penas.
—Te desmayaste. Donna se
asustó, me llamó y vine lo más rápido que pude. Aunque entre tú y yo, creo que
tendré que ingresar a tu hermana en el hospital, está histérica.
—¿Qué? —preguntó sin
entender nada.
—Ha sido una pequeña broma,
Rebeca —aclaró rápidamente—. Tu hermana
estaba tan nerviosa
cuando llegué que tuve
que darle un
calmante. Pero no
te preocupes, está bien. Está abajo con Carla. —Le retiró uno de sus
rizos rubios de la cara—. Bueno, encanto, ahora que estás consciente, cuéntame
cómo te encuentras.
—Bien... Algo atontada.
Le tomó la tensión y
comprobó que estaba bien.
—Vamos a ver. Donna me ha
comentado que últimamente estás muy nerviosa, que apenas comes, todo te sienta
mal y estás excesivamente irascible.
—Sí... la verdad es que no
estoy pasando una buena época. He discutido con Paul y...
—Lo de Paul estoy seguro
que con una llamada tuya se solucionará—la interrumpió Samuel, haciéndola
sonreír.
Rebeca pensó en matar a su
amiga Carla. ¡Chivata! Entonces Samuel esbozó una grata sonrisa.
—Sabes que soy tu amigo y
te aprecio, ¿verdad? —ella asintió y él continuó— Me gusta saberlo, pero ahora
comenzaré a actuar como tu médico, por lo tanto espero que me contestes a las
preguntas que te voy a hacer, ¿vale?
Rebeca sonrió.
—Por supuesto, doctor.
—Bien. ¿Recuerdas la fecha
de tu último periodo?
—Sí claro… creo… creo...
creo que fue hace... —de pronto la mirada de ambos se encontró y Rebeca murmuró
casi sin voz
— No. ¡Ni lo sueñes! No
puede ser.
Con una pequeña sonrisilla
en los labios, Samuel sacó un predictor de su maletín.
—Ve al
baño, moja con
tu orina esto y
comprobaremos si eso que yo no estoy soñando, es verdad.
—¡No puede ser!
—Ve al baño y saldremos de
dudas.
Mirando el aparatito que le
había puesto en las manos, Rebeca entró en su baño. Se miró en el espejo y se
tapó la boca para no chillar. ¡No podía ser! Ella no podía estar embarazada.
Como una autómata, siguió las instrucciones que
Samuel le dijo,
después puso el
capuchón a aquel aparato y salió del baño. Se lo entregó
y se metió de nuevo en la cama con cara de pocos amigos.
—Cambia ese gesto que
tienes de pobrecilla o juro que me levanto de la cama y te lo borro de un
manotazo — protestó Rebeca al mirarle.
—Uis... tienen razón mi
mujercita y tu hermana, ¡qué irascible estás!
Con tiento y cariño, Samuel
dejó el predictor sobre la mesilla y se sentó sobre la cama.
—Vamos a ver, encanto. Yo
no quiero nada que tú no
quieras para ti, pero
prefiero mirarte con una sonrisa a mirarte con gesto de preocupación, como
quien mira a un enfermo terminal. ¿Qué prefieres tú?
—Prefiero una sonrisa —respondió sonriendo
a su vez.
Pasados unos minutos en los
que Samuel la entretuvo hablándole, el doctor finalmente cogió el aparatito que
descansaba sobre la mesilla.
—¿Lo miras tú o lo miro yo?
Rebeca cogió la sábana y se
cubrió la cabeza. Samuel, con gesto decidido lo cogió y, tras mirarlo durante
unos segundos, tosió y no habló.
—¿Qué...? Di algo, por Dios
—gimió descubriéndose.
—Enhorabuena, vas a ser
mamá.
Mordiendo la almohada,
Rebeca ahogó un chillido.
—Paul se pondrá contento
cuando lo sepa. Ya puedes llamarle y solucionar tus problemas. Además, si mal
no recuerdo, me dijo que le gustaría tener más hijos.
La cabeza le daba vueltas.
¿Embarazada? ¿Estaba esperando un bebé?
—Ay, Dios... ¡embarazada!
¿Estás seguro? —preguntó en un hilo de voz.
—Sí, Rebeca. Vas a ser mamá
de un bebé precioso, que creo que os dará más de un quebradero de cabeza a Paul
y a ti.
Como en una nube, se sentó
en la cama y le miró, a punto de llorar.
—Ya me los está dando y aún no ha nacido. ¿Pero cómo puede ser?
—gimió.
—¿Necesitas que te lo
explique, encanto? —se mofó. Incorporándose un poco más de la cama, clavó su
mirada
en la de Samuel muy seria.
—Vamos a ver, Samuel, Paul
y yo no estamos juntos.
—Habla con él. No seas
cabezota —insistió Samuel. Imágenes
de Paul con otras
mujeres pasaron por su
cabeza. Últimamente
salía en la
prensa continuamente acompañado
de preciosas chicas. Por ello, torció el gesto.
—No… no quiero —murmuró—. Y
no quiero que se entere de esto tampoco.
Incrédulo, le cogió una
mano.
—Carla me dijo que era una
riña tonta de enamorados. Vamos, nada grave.
—No... no es así. Es algo
más serio.
Samuel se sentía conmovido
por la desesperación que leía en sus ojos.
—Siento mis desafortunadas
palabras, pero si te soy sincero, creo que no serías justa si no le dijeras lo
del bebé. Paul parece una persona sensata, y la manera cómo te miraba, al menos
cuando yo le he tenido delante, me hace pensar que está loco por ti. —Al ver
que ella no respondía finalmente dijo—: Pero no diré nada más. Es un tema en el
que debes decidir
tú qué hacer,
aunque prepárate para cuando se enteren las dos fieras que
están esperando abajo
—bromeó al pensar en su
mujer y Donna.
—Ay, madre mía. ¡No me lo
recuerdes! —suspiró al pensar en ellas.
—Yo no diré nada. Has de
hacerlo tú, pero como tu médico que soy, te obligo a permanecer un par de días
en cama, porque estás muy débil. Pasado ese tiempo, quiero verte en el hospital
para hacerte una ecografía y comprobar que todo va bien. —Luego, soltando su
mano, dijo con seguridad—: Y ante lo que he dicho no acepto un no por
respuesta.
Mientras él guardaba en su
maletín el tensiómetro, Rebeca le miró.
—Gracias por todo, Samuel.
Gracias por preocuparte por mí.
Sonrió conmovido.
—Eso no
lo digas ni
en broma. Tú
siempre has ayudado a Carla,
y quiero que sepas
que para cualquier cosa, igual
que tienes a mi mujer, me tienes incondicionalmente a mí. Y te
lo repito, para cualquier cosa que necesites ya sabes
dónde estoy. —Y abriendo la puerta, se mofó—: Y ahora prepárate, mamá, que
vienen las fieras.
Dicho esto, salió de la
habitación y, al segundo, entraron Donna y Carla. Ambas con cara de
circunstancias. Samuel no había querido decirles qué le pasaba a Rebeca.
Simplemente se había limitado a decir que estaba agotada y que por lo demás se
encontraba bien.
—Vaya susto que
me has dado
—dijo Donna cogiéndole de la
mano—. ¿Te encuentras bien?
Rebeca suspiró.
—Un poco cansada, pero
bien.
—Samuel nos ha dicho que
debes permanecer un par de días en cama —dijo Carla—. Si quieres puedo quedarme
aquí contigo.
—No hace falta, Carla
—sonrió Rebeca mirando a su hermana y pensado en la noticia que les iba a dar—.
Te puedo asegurar que sola no voy a estar.
—Estando yo aquí, sola no
estarás nunca —aclaró Donna, e impaciente mientras le colocaba las sábanas,
señaló— Seguro que
Samuel te ha
dicho que trabajas mucho, y que tienes que descansar.
Tienes unas pequeñas ojerillas que no nos gustan nada, y eso porque el pobre no
sabe lo otro.
—¿Y qué es lo otro?
—preguntó Carla.
—¿Pues qué va a ser? El
problemón que tenemos con
Kevin —contestó Donna
haciéndole gestos.
—Ah, claro... en qué estaría pensado —se
disculpó
Carla.
Rebeca, que desde la cama
las observaba detenidamente, de pronto comenzó a reír. Donna y Carla se miraron
sin entender a qué se debía aquella risa, hasta que, entre carcajadas, les
aclaró.
—De verdad, chicas, sois un
caso. Y ya para rematar el tema y poner
todo un pelín
más difícil, os
tengo que confesar que el pobre
de Samuel me acaba de decir que estoy embarazada. ¿Se pueden complicar más las
cosas?
—¡¿Qué?! —gritaron las dos
al unísono.
Rebeca, con
cara de circunstancias, las
miró y se encogió de hombros.
—¿¡Que estás embarazada!?
—gritó Donna.
—¿Desde cuándo? —preguntó
Carla.
Al ver sus gestos, Rebeca
se tocó por primera vez el estómago con felicidad. ¡Iba a ser mamá! Y de pronto
se sintió feliz y contenta. Pensar que una pequeña vida crecía en ella...
—No lo sé. Estoy tan
sorprendida como vosotras. He quedado
con Samuel en ir dentro
de un par de
días al hospital para saber de
cuánto estoy. ¿No es maravilloso?
—Necesito otro
tranquilizante —susurró Donna al escucharla.
Al ver
cómo Rebeca miraba
a su hermana
con una sonrisa, Carla abrió los
brazos y se abalanzó sobre ella.
—¡Enhorabuena! — gritó
mientras la abrazaba. Segundos
después estaban las
tres unidas en
un
candoroso abrazo
mientras bromeaban sobre lo
antojosa que estaría Rebeca durante los próximos meses.
—¿Y Paul? ¿Se lo dirás?
—preguntó Donna. De pronto Rebeca dejó de sonreír.
—De momento no quiero
hablar de eso. Es pronto, déjame pensarlo.
Carla la
tomó de nuevo
de las manos
y la miró
directamente a los ojos.
—Si no recuerdo mal, hace
unos meses tú me decías que Samuel tenía todo el derecho del mundo a saber que
yo iba a tener un hijo suyo.
—Sí... pero es diferente
—se defendió Rebeca.
—De eso nada, monada
—volvió al ataque—. Creo que debes
decírselo. Paul es una persona
encantadora, y siempre has
presumido de cómo crió él solo a Lorena... — Pero al ver que su amiga no la
miraba finalizó—, aunque también quiero que sepas que decidas lo que decidas,
yo te ayudaré en todo lo que pueda.
—Y yo —replicó Donna—.
Hagas lo que hagas y decidas lo que decidas, estaré a tu lado siempre. Aunque
pienso igual que Carla.
Con los ojos inundados de
lágrimas y llena de temores, miró a aquellas dos mujeres que tanto quería.
—Gracias, chicas —susurró—.
Sé que puedo contar con vosotras, pero esto lo tengo que solucionar yo sola.
A los cinco minutos entró
Samuel y las risas volvieron. Cuando por fin logró quedarse sola en su
habitación, pensó en Paul. ¿Por qué no la llamaba? ¿Por qué salía en la prensa
con todas las modelos del mundo? Quizá el amor que creyó sentir por ella nunca
existió y debía aceptarlo por mucho
que le doliese.
Pensó qué hacer en
referencia al bebé. Se sentía con la obligación moral de decírselo, pero había
otra parte de ella que se lo impedía. Era su bebé y si Paul no la quería a
ella,
¿por qué tendría que querer
a su bebé? Cuando sus manos se posaron en su inexistente barriga, se acarició
con mimo y sonrió. Imaginó esa misma noticia tiempo atrás. Paul se habría
vuelto loco de alegría.
Pero tal y como estaban las
cosas no sabía si esa alegría actualmente existiría. Pensó y pensó y pensó y
tras dar muchas vueltas en la cama y sopesar los pros y los contras de la
noticia, decidió que
lo mejor era
decírselo. Él siempre se
había portado bien
con ella y
ahora era momento de que ella lo
hiciera con él, pasara lo que pasara.
Capítulo 42
Al día siguiente, cuando
Ángela se enteró de lo ocurrido el día anterior, se asustó. Donna no había
querido darle la noticia del embarazo, Rebeca debía decírselo. Y así fue. Nada
más verla, la joven se abrazó a ella y se lo contó. En un principio la mujer,
al conocer la buena nueva, casi se desmaya, pero rápidamente comenzó a bromear
y pensar en el pequeñín que correría por la casa junto con Pizza.
¡Era una excelente noticia!
Como era de esperar, Ángela
preguntó si lo sabía Paul. Donna le dio un codazo y Rebeca rio por el poco
disimulo de su hermana. Tras contarle que él aún no sabía nada, le hizo
prometer que no diría nada a Paul en el caso de que le viera. Era un tema exclusivamente
de ellos dos. La mujer accedió de no muy buena gana. Mientras Ángela y Rebeca
hablaban, Donna fue a la floristería más cercana y compró un enorme centro de
rosas rojas, la flor preferida de su hermana. Rebeca se merecía aquello y más.
Poco después, Rebeca llamó a la oficina para advertir a Belén de que faltaría
unos días por enfermedad. La secretaria se quedó intranquila, y en cuanto llegó
Carla a la oficina, se abalanzó sobre ella y le hizo un millón de preguntas.
Carla no sabía qué decir, y le prometió que en la hora de la comida irían
juntas a verla. Cuando
llegó el señor Peterson, Belén le indicó que su jefa estaría unos días de baja
laboral en su casa, y este, al llegar a su despacho, decidió llamarla.
Sonó el teléfono en casa de
Rebeca y lo cogió Donna.
—Dice que es Thomas
Peterson.
Sorprendida de
que el jefazo
la llamara, Rebeca
lo cogió.
—Hola, Thomas.
—Querida Rebeca —saludó con
afecto—. He llegado a la oficina y me han dicho que estabas enferma, ¿qué te
pasa?
Durante unos instantes dudó
de la respuesta, pero finalmente, y sabiendo que tarde o temprano lo sabría,
respondió con la verdad.
—Pues... me han hecho unas
pruebas y... estoy embarazada.
Thomas se sorprendió un
poco.
—Enhorabuena, querida, y al
padre también, aunque a nivel laboral no sea lo que más nos conviene.
Aquella última frase la
hizo suspirar. No podía perder su trabajo, pero entendía lo que decía.
—Lo sé, Thomas… Lo sé.
—Pero permíteme
decirte que ahora
tienes que cuidarte para
trabajar el doble. Un hijo y un cargo como el que tú tienes en la empresa te
darán más de un quebradero de cabeza.
Sorprendida por la
contestación, y agradecida por aquel voto de confianza, se disculpó.
—Gracias. Muchas, muchas
gracias, Thomas. Y aprovechando esta sinceridad, siento decirte que faltaré un
par de
días, pero seguiré
trabajando desde casa,
no lo dudes.
—Por todos los santos,
querida, tranquilízate, y por el trabajo, de momento, no te preocupes. —Y
cambiando el tono de voz, añadió—: Por cierto, Rebeca, ¿te importaría que fuera
a visitarte a tu casa? Necesito hablar contigo de algo importante.
—Estaré encantada
de recibir tu
visita, Thomas —
respondió sin entender por
qué su jefe querría ir a visitarla.
Tras charlar un rato más
con él, colgó desconcertada.
—¿Quién era? —preguntó
Donna.
—Mi jefe. Thomas Peterson.
Y lo más extraño es que quiere venir a verme a casa.
Con gesto de mofa su
hermana la miró.
—Ejem... ejem... ¿Te querrá
tirar los tejos? ¿Cuántos años tiene?
—No seas tonta. Es un
hombre mayor, casado y con nietos —respondió divertida.
—Uis... los peores. Ya
sabes, cuanto más viejo más pellejo.
La carcajada de Rebeca no
se hizo esperar, y le lanzó un cojín divertida.
—¿Pero qué hago yo
respondiéndote?
Sobre las dos de la tarde
llegaron Carla y Belén cargadas con flores
y globos. Cuando Rebeca le dio la
noticia a Belén, esta la abrazó emocionada y le dio la enhorabuena. Estuvieron
de charla y de risas durante una hora hasta que tuvieron que marcharse de nuevo
a la oficina. Sobre las cinco de
la tarde llegó Thomas Peterson. Como era de esperar, llegó con otro ramo de
flores. Tras las presentaciones, Donna y Ángela les dejaron a solas.
—Ante todo, Rebeca, quiero
que sepas que me alegra mucho la noticia
que me has dado. Aunque no te voy a mentir, voy a seguir esperando de ti
lo mismo que hace dos días. Trabajo.
—No lo dudes, Thomas.
Seguiré al pie del cañón y te demostraré
que las mujeres
somos capaces de
trabajar, tener hijos, estar embarazadas y continuar siendo eficaces.
Fuera ya los tópicos tontos de que un embarazo nos hace blandas y cosas peores.
Al escucharla,
Thomas sonrió. Aquella
jovencita era vivaz y lista, y
eso le gustaba.
—Espero que tanto el padre de la criatura como tú
estéis encantados con la buena nueva.
—La verdad, ¡estamos
encantados! — asintió sin cambiar
la sonrisa del
rostro, y mintiendo
como una bellaca.
Thomas la miró. Sabía
demasiado de ella, pero no iba a meterse donde no le llamaban. Tras tomar aire,
el hombre, se acercó.
—Te habrá
extrañado cuando por
teléfono te comuniqué que quería
hablar contigo, ¿verdad?
—En cierto modo sí, y por
eso te recalco que a pesar de mi embarazo voy a seguir al pie del cañón
—respondió con sinceridad.
—Por eso no te preocupes
—asintió tranquilizándola
—. Aunque ahora que estoy
aquí no sé por dónde empezar
—cuchicheó incómodo.
Eso le puso nerviosa, y
empezó a pensar si al final sería cierto lo que su hermana Donna había
insinuado en broma. Pero Thomas retomó la palabra.
—Lo primero,
quiero pedirte disculpas
por lo que estás pasando. —Ella no le entendió y él
aclaró—. Sé todo lo concerniente a Cavanillas. Sé que te ha amenazado y demás,
y solo puedo decirte que no te preocupes. Estamos a un paso de pillarle en su
sucio jueguecito.
—¡¿Qué?! ¿Lo sabes? ¿Desde
cuándo? —replicó con los ojos abiertos como platos.
—Desde hace
unos meses —confesó
el hombre—. Todo salió a la luz
cuando ordené pintar mi despacho. Encontramos un par de micrófonos ocultos.
Informé a la policía y ellos se están ocupando del caso.
—¿Pero cómo
sabes que él
me ha amenazado? —
preguntó boquiabierta aún
por lo que aquel decía.
—Desde que informé a la
policía —prosiguió él— tenemos a nuestra disposición a un buen equipo policial
que se ocupa del tema. Unos agentes excepcionales.
Al ver como la miraba y
sonreía preguntó.
—¿Pipe está en el caso?
El hombre asintió.
—Él ya estaba investigando
el tema cuando vosotras le pedisteis ayuda. Nos vino muy bien conocer todo lo
que tú sabías y poder tenerte mejor vigilada.
—Vaya….
—Tienes que perdonarme,
Rebeca, por lo que te voy a decir, pero los teléfonos de la empresa están
intervenidos. Era necesario. —Luego, levantándose y dirigiéndose hacia la ventana,
prosiguió—. No podía
entender por qué yo
podía tener un par de micrófonos ocultos en mi despacho. Yo dirijo una empresa
de telas y no comprendía a quién le podía interesar lo que yo hablara en mi
despacho. Vuelvo a pedirte disculpas, pero no podía contárselo a nadie.
—Lo entiendo —susurró
boquiabierta.
—Tú eras la última persona
que había llegado a su puesto, y la policía me dio instrucciones para que no te
pusiera al día. Pero un día tú recibiste en tu despacho una llamada de ese
canalla, y escuchamos las amenazas. — Rebeca recordó aquella llamada. Fue el
día que recibió las malditas fotos—. A partir de ese momento todo empezó a
encajar. Sé que contrataste a un detective que te ha proporcionado cierta clase
de información. —Rebeca, deseando
fumarse un cigarro,
asintió con la
cabeza y
escuchó—. Siento el
disgusto que te habrá causado saber con quién se ha casado tu hermano. —Ella
cerró los ojos. Aquello destrozaría a Kevin—. Sabemos que Cavanillas manda cada
cierto tiempo mercancía de nuestro almacén a distintos puntos
de Europa, aunque
en realidad lo que
manda es la cocaína impregnada en nuestras telas. Hemos descubierto que esa
rata está asociada con un tal Brian Newton, un traficante que droga, y una
prostituta que se llama, como bien sabes, Tatiana Ratchenco que, desgraciadamente, es
la mujer de
tu hermano. —Al escuchar aquello, se le saltaron las
lágrimas. Peterson paró y preguntó preocupado—: Querida, ¿estás bien?
¿Prefieres que siga o...?
Tragándose las lágrimas y
sacando fuerza de donde no había, respiró profundamente.
—Quiero que sigas. Necesito
saber toda la verdad. Él asintió y continuó.
—Cavanillas utiliza a
Pascual para sacar la mercancía del almacén. Le paga una buena cantidad de
dinero por el trabajo. Cavanillas ordenó a unos amigos de la tal Tatiana
asesinar a Ricardo, el abogado al que sustituiste.
—¡Dios mío!
—Hace un mes apareció un
cadáver en Alcobendas quemado entre unos
escombros. Lo encontraron
unos
obreros una mañana. Al
principio no se sabía de quién se trataba,
pero luego la
policía, mediante varias
pruebas, como la ficha dental, pudieron averiguar que se trataba de
Ricardo.
—Recuerdo... —susurró ella—
...las palabras que dijo a Cavanillas; era algo como «si caigo yo, caerás
tú...»
—Cierto es —afirmó
Peterson—. Ya en su momento me dejaron intrigado esas palabras, pero no había
vuelto a pensar en ellas hasta que me confirmó la policía que el cadáver era de
él. Rebeca, créeme, llevaba tiempo pensando en contarte todo esto, pero nunca
encontraba el momento oportuno para ello.
Hablé con la
policía y ellos
me pidieron tiempo. No
era el momento
de contártelo. Y cuando el amigo de tu hermana me dijo que
habíais ido a hablar con él, decidí que había que poner fin a este secreto. Por
eso hoy cuando llegué a la oficina con la intención de contarte todo,
y saber que estabas
enferma, me asusté. Pensé que quizá el loco de Cavanillas
te había hecho algo, aunque gracias a Dios me equivoqué y realmente estás aquí
por otras causas que me hacen sentir más feliz —dijo sonriendo—. Por lo tanto,
y a partir de ahora, no quiero que te preocupes por nada. No estás sola.
Rebeca no
sabía qué decir.
Su cabeza no
paraba de pensar.
—Creo que yo también tengo
que disculparme. Sabía cosas que atañen
a la empresa,
pero por miedo
a que hicieran algo a mi hermano,
me callé.
—No te preocupes, me hago
cargo —asintió el hombre—. Estabas atada de pies y manos. Además, quiero que
sepas que yo en tu lugar, seguramente, habría hecho lo mismo. También tengo
familia a la que quiero mucho y la protegería de lo que fuera.
—Gracias, Thomas.
Con complicidad se miraron
y el hombre quiso romper el momento.
—Por cierto, querida. El
que tu hermana y tú conocierais a
Felipe o
Pipe, fue un
estupendo punto a nuestro favor.
—Pipe no nos dijo nada.
Sonrió al entender sus
continuas visitas a casa.
—Como buen profesional, no
podía decir nada. Para nosotros fue esencial poder saber dónde estabais en cada
momento.
—Es un amigo de mi hermana
y fue ella la que pensó en buscarle para hablar con él. Y la verdad, ahora que
lo pienso, cada vez
que me daba
la vuelta aparecía
por
cualquier lado. Incluso
llegué a pensar que
era un poco pesado. Pobrecillo, le debo una disculpa.
—No te preocupes, él lo
hizo encantado. —Luego, levantándose
al ver entrar
a Donna y a Ángela, dijo—: Bueno, Rebeca, me marcho. Para
cualquier cosa, llámame. Y por el tema laboral
no te preocupes.
Tienes un buen equipo esperándote
y al pie del cañón.
—Gracias. —Sonrió
agradecida.
—Ahora cuídate, por favor.
En tu estado necesitas cuidarte. Y recuerda, no estás sola. —Tras despedirse de
Donna y Ángela, añadió
antes de salir
por la puerta—: Hasta pronto,
querida. Estaré informado de tu estado.
Rebeca se quedó mirando la
puerta. Lo que él le acababa de contar era algo muy fuerte y, gracias a Dios,
ya no era un problema al que ella sola tenía que hacer frente.
—¿Qué quería? —preguntó
Donna sorprendida por aquello de «No estás sola».
—Si te
lo dijera no
te lo creerías
—susurró haciéndole una seña
para que callara.
Más tarde le explicaría todo.
Dos días después fueron al
hospital. Samuel, tras realizarle algunas pruebas, le indicó que estaba de
siete semanas. Rebeca sonrió emocionada.
Capítulo 43
Habían pasado dos semanas
desde que se enterara de que iba a ser mamá, y se encontraba en el aeropuerto
para despedir a su hermana Donna. Con tristeza, mientras la veía embarcar su
equipaje, deseó irse
con ella. Echaría
de menos sus bromas, su buen humor constante y su cariño. Pero no debía
de ser egoísta. A miles de kilómetros había un hombre maravilloso y una niña
encantadora que la esperaban con ansia. El tiempo que Donna había estado con
ella en su casa, había estado plagado de sorpresas de todo tipo. Seguía
abstraída mirando a su hermana cuando la oyó decir:
—¿Qué te parece si dentro
de unos días te vienes para
Chicago?
—¡Estás loca! ¿Quieres que
me echen del trabajo o qué? —rio al escucharla—. La verdad es que me
encantaría, pero ahora no creo que sea el momento.
—Lo sé.
—Además, todavía está por
resolver lo de Kevin. Va a necesitar a alguien a su lado.
Donna maldijo al
recordarlo.
—Tienes razón. Pero cuando
todo se haya solucionado podríais venir unos días a mi casa los dos. Sería
divertido estar con vosotros allí.
—Te prometo que iré a pasar
unos días con vosotros en cuanto pueda. Me apetece mucho achuchar a María y a
Miguel.
Al recordar a su marido y
su hija, Donna sonrió ampliamente.
—Yo estoy
deseando verlos. —Y
mirando a su hermana preguntó—: ¿Qué vas a hacer con
Paul? ¿Le vas a llamar?
Rebeca arrugó el entrecejo.
—Sinceramente, no lo sé.
Tengo que meditar. Pero no te preocupes, cuando tenga algo decidido serás una
de las primeras en saberlo. ¡Prometido!
—De acuerdo. Pero a partir
de ahora hablaremos más a menudo. Quiero estar informada de cómo crece mi
futuro sobrinito —dijo llevando su mano a la barriga todavía plana de su
hermana.
—Te informaré. No te
preocupes.
Llegada la hora, Donna tuvo
que embarcar. Se abrazaron y, como siempre,
las lágrimas rebosaron
de sus ojos.
Pronto se verían. Rebeca
había prometido a su hermana que iría a Chicago a pasar unos días con ellos.
Tras abandonar el
aeropuerto de Barajas, regresó a casa. Se puso cómoda y cogió los papeles que
había traído Belén con temas del despacho para que les echara una ojeada. Se
levantó a coger un lapicero para apuntar algunas cosas y vio un posavasos con
el nombre de un pub. Al verlo sonrió. Hacía tres noches habían salido su
hermana, Pipe y unos amigos para despedirse. Fue una noche divertida. Con la
mente llena de recuerdos cogió el lápiz y, tras la atenta mirada de su perra
Pizza, volvió al sillón.
Cuando llevaba más o menos
una hora sumergida en los papeles, sonó el timbre de la puerta. Era Carla con
Noelia y el pequeño Nicolás. Venían a buscarla para dar un paseo. Rebeca,
tras quejarse de
que no le
apetecía, algo que a Carla no extrañó, finalmente subió a su
habitación y se cambió. En el parque, Noelia pudo jugar con más niños, mientras
el pequeño dormía plácidamente en su cochecito.
—¿Cómo te encuentras?
—preguntó Carla.
—Bien, aunque triste. Añoro
a Donna.
Alargando el brazo para
acercarse a ella, Carla le cuchicheó con un gesto cómplice.
—Por eso,
tontuela he ido
a buscarte. Sabía
que estarías con morriña tras la marcha de doña locura.
Rebeca sonrió apenada.
—Me entristece
tenerla tan lejos,
y creo que mi
estado me hace estar más sensible.
—Es lógico. Yo también,
cuando estaba embarazada, necesitaba tener
cerca a las personas que
quería. Y por suerte te tenía a ti.
—Ahora soy yo la que te
necesita a ti. Carla le dio un cariñoso beso.
—Ya sabes que me tienes. Y
a Samuel también. Me dijo que te lo recordara si alguna vez salía la
conversación entre nosotras.
Rebeca sonrió.
—Es un encanto; creo que
tienes muchísima suerte de haber conocido a una persona como Samuel. Te quiere
muchísimo.
—Yo también le quiero, pero
déjame recordarte que conozco a una persona que también te quiere muchísimo —
dijo desafiante—. Solamente tienes que llamarle.
—Pues para quererme, como
tú dices, se lo pasa muy bien con la Davidinova y otras.
—Por Dios,
Rebeca, Paul es un hombre
y por su
trabajo se rodea de ese
tipo de gente. No creas todo lo que la prensa del corazón publica. Además, en
el momento que sepa lo del bebé, se volverá loco de alegría.
—Quizá no sea tan fácil
—respondió dócilmente Rebeca. Eso extrañó
a su amiga—.
Le llamé hace
un tiempo y él no me devolvió la llamada. Quizá ya se olvidó de mí.
—¡Imposible.
—Vamos a ver Carla, tú
misma lo acabas de decir. Él, por su trabajo, está rodeado de mujeres
despampanantes y yo...
—¿Y tú qué? —cortó su
amiga—. Tú eres tú y punto pelota. ¿Qué tienen esas que no tengas tú?
Rebeca sonrió.
—Para empezar diez
centímetros más de altura, varias tallas más de sujetador que yo y otras cosas
que paso de enumerar —soltó con sorna.
Ambas rieron y Rebeca
prosiguió.
—Además, tengo
una cosa muy
clara. Si vuelve conmigo quiero que sea porque me
quiere a mí, no porque se sienta obligado por el bebé.
—Pero él tiene derecho a
saber que va a tener un hijo.
Rebeca asintió. Su amiga
tenía razón.
—No te quito la razón. Pero
ahora no me encuentro con ganas de decírselo. Pero tranquila, tarde o temprano
se lo diré.
Con ternura, Carla cogió a
su amiga de las manos.
—Cariño, por experiencia te
puedo decir que ahora vas a necesitar más que nunca a Paul. Nadie, ni siquiera
yo, por mucho que lo intente, voy a poder ayudarte tanto como te podría ayudar
él. Creo que
debes volver a
llamarle. Inténtalo, por favor.
—Dame tiempo,
Carla... dame tiempo
—respondió con los ojos
encharcados en lágrimas,
mientras miraba como Noelia
jugaba con otras niñas en el parque.
En la oficina la vida
volvió a ser tan rutinaria como siempre, excepto por las ganas de vomitar que
sentía cada mañana cada dos por tres. Tenía días buenos y días no tan buenos.
Ángela, conmovida por su palidez, le recordaba una y otra vez que esas molestias
pasarían, algo que Rebeca esperaba con verdadera ansia.
Aquella mañana Belén le
pasó una llamada. Era su hermano.
—Hola, Kevin. ¿Cómo estás?
—Bien, hermanita, pero esa
pregunta creo que te la
debo de hacer yo a ti.
¿Cómo estás, cariño?
Echándose hacia atrás en su
sillón, Rebeca suspiró.
—Harta de sentirme tan mal
y tener el estómago constantemente revuelto.
—No te
preocupes, eso pasará
cuando el bebé
se asiente. Ya lo verás.
—Qué sabrás tú de esto,
doctorcito —rio, divertida por la
seguridad con que le hablaba.
Kevin soltó una carcajada.
—Da la casualidad que yo
también voy a ser padre y me estoy leyendo todos los libros que caen en mis
manos en referencia a embarazos y bebés. Por lo tanto, puedes hacerme cualquier
pregunta, prometo contestar.
Rebeca se carcajeó. Su
hermano era genial y solo de pensar en lo que tarde o temprano descubriría de
su adorada mujercita, le partía el alma.
—Sí, tú ríete, so boba,
pero estoy aprendiendo muchísimo del tema. Por cierto, ¿has hablado ya con ese
al que te niegas a llamar?
Oh Dios...
otro dándome la
tabarra , pensó al escucharle.
—No. Todavía no he
encontrado el momento.
Kevin era consciente de lo
mucho que le costaba a su hermana, en ocasiones, hacer según qué cosas.
—Mira, hermanita,
el momento es
simplemente cuando tú quieras. Si estás esperando un instante propicio,
nunca llegará. Así que, ¿por qué no coges ahora el teléfono y hablas con él? O
mejor aún, ve a su casa y háblalo cara a cara.
—¡Qué fácil lo ves tú todo!
—No es cuestión de
facilidad, Rebeca, es cuestión de querer, y ya sabes ese refrán que dice
«querer es poder».
—Por supuesto, pero ni
quiero ni puedo y, si no te importa, eso es algo que yo he de decidir cuándo
hacer.
¿No crees?
—replicó harta de
tener que estar
dando continuas explicaciones.
—Sí, por supuesto que sí.
He captado el mensaje. ¡Me callo! —contestó con una sonrisa.
Después de
un incómodo silencio,
Rebeca se vio obligada a preguntar.
—¿Cómo está Bianca?
—Estupenda. Más guapa que
nunca. Pero a diferencia de ti, ella nunca tuvo náuseas ni nada por el estilo.
¡Es una campeona!
Además de una estafadora,
pensó Rebeca.
—Qué suerte para ella. Por
cierto, ¿de cuánto está ahora?
—Esta semana entra en el
cuarto mes. ¡Te llevamos ventaja! —bromeó
Kevin haciéndola de nuevo sonreír—. Por cierto, te llamo para decirte
que viajo a España, concretamente a tu preciosa
casita, la semana que viene para estar contigo unos días.
—¿Por qué? —preguntó Rebeca
sorprendida.
—Porque tengo ganas de
verte. ¿Algún problema, petarda?
—No, no... ninguno —se
apresuró a contestar—. Me encanta saber que voy a verte.
—Bianca se
marcha de viaje
una semana con su
empresa y, tras
hablar con Donna
el otro día,
decidí cogerme esa semana en el curro para estar contigo. Eso sí, si no
te parece mal...
—¡Vete al cuerno! —se
apresuró a decir haciéndole reír—. Pues claro que estaré encantada de que estés
conmigo. Entonces, ¿cuándo vienes?
—El martes llego a Barajas
a las siete de la tarde.
—Estupendo. Allí estaré.
Hasta el martes.
Dicho esto colgó encantada.
¿Qué le habría dicho Donna para que él decidiera verla? Con una sonrisa olvidó
aquella pregunta. Lo importante era que Kevin estaría con ella y a salvo de su
peculiar mujer. Cinco minutos después, llamó a su jefe, Peterson. Le informó
del próximo viaje de su hermano a España y, en especial, del viaje de Bianca.
Seguramente no era nada bueno. Peterson rápidamente informó a la policía.
Estaba seguro de que aquello ayudaría en la investigación.
Capítulo 44
El martes llegó y con él su
hermano, que estaba tan guapo como siempre. La primera noche cenaron los dos
solos en casa, y él le contó infinidad de cosas que había leído en los libros
sobre embarazos. Charlaron de Bianca, y a Rebeca se le puso la carne de gallina
al percatarse de lo enamorado que estaba su hermano de su mujer. Sobre las once
de la noche, tras varios bostezos, Rebeca, entre risas, le confesó a Kevin que
se dormía en todas partes y a cualquier hora. Éste no
pudo más que
sonreír y explicarle que
era un síntoma normal en su
estado.
Al día siguiente, Rebeca se
marchó a trabajar y Kevin se quedó
en casa durmiendo.
Llamó a mediodía
desde la oficina para hablar con
su hermano, lo cogió Ángela, que le dijo que él estaba en la ducha cantando a
voz en grito. Rebeca, divertida por cómo reía Ángela, charló un rato con ella y
finalmente colgó. Cuando por la tarde llegó a casa, se encontró a Kevin y a
Ángela bailando en el salón ritmos latinos. Eso la hizo sonreír. Minutos después
los tres bailaban reggaeton entre risas
mientras Pizza ladraba y corría
por toda la casa como una loca.
Aquella noche, Kevin
propuso cenar fuera y lo hicieron en una crêperie. Cuando terminaron, como era
pronto y a
ella todavía no le había
entrado sueño, decidieron ir a tomar una copa. Rebeca se sorprendió de lo
puesto en bares de copas en Madrid que su hermano parecía estar.
Sobre las doce de la noche,
Rebeca ya no podía más y decidieron regresar a casa. Mientras esperaban en
guardarropía a que les dieran sus abrigos, Rebeca oyó una voz conocida a su
espalda, y, al volverse a mirar, la carne se le puso de gallina al ver a Iván,
el amigo y compañero de equipo de Paul. Con rapidez, intentó escabullirse para
no ser reconocida pero fue demasiado tarde. Dos segundos después Rita estaba a
su lado.
—Rebeca, ¡qué sorpresa!
—Hola, Rita.
—¿Qué tal
estás? —preguntó al
tiempo que se acercaba Iván.
—Bien... Hola,
Iván—saludó con cortesía,
y este asintió. Acercándose
a su hermano
continuó—. Os presento a mi
hermano Kevin. Ella es Rita y él Iván, su marido. Son compañeros de Paul.
Kevin, con
su indiscutible simpatía,
les estrechó la mano.
—¿No me digas que tú
también corres en moto? — Iván asintió y Kevin continuó—: Os veo correr y me
dejáis
alucinado. Yo no sé si
sería capaz de montar en una moto así.
—Todo es cuestión de
práctica, amigo —respondió Paul, que en ese momento se unía al grupo acompañado
del brazo por una mujer morena muy sensual.
Rebeca, al
verle y tenerle
tan cerca, se
quedó petrificada. Con lo grande que era Madrid, ¿Por qué tenían que
encontrarse? Con el corazón a mil le miró como pudo. Paul estaba impresionante.
Llevaba el pelo más largo de lo normal y aquella camisa oscura con los vaqueros
le hacían sexy. Tremendamente sexy.
Kevin, a
diferencia de ella,
le estrechó la
mano encantado. Pero un guiño de Rita le hizo entender a Rebeca que
aquello era una encerrona.
Te mataré, Kevin , pensó al
darse cuenta de su juego mientras le oía decir:
—¡Paul, cuánto tiempo!
¿Cómo estás, amigo?
—Bien, muy bien. ¿Dónde
está tu preciosa mujer? —
respondió el piloto sin
mirar a Rebeca.
Aquella pregunta hizo a Rebeca resoplar. Pero claro, Paul no sabía nada.
—Bianca está de viaje de
trabajo, pero estoy con mi hermana ¿la recuerdas?
Paul la traspasó con la
mirada y no precisamente por su
calidez. Aunque su interior
bullía por abrazarla y besarla, su fachada era de frialdad absoluta.
—Hola, Rebeca. ¿Cómo estás?
—Bien, Paul, gracias —atinó
a responder, mientras la mujer de escote y pechos voluptuosos le asía con
posesión del brazo.
—¿Os vais ya? —preguntó
Rita—. Quedaos y tomaos una copa con nosotros.
—No es posible —dijo Rebeca
al ver a su hermano con expresión divertida—. Estoy cansada y...
Haciendo caso omiso a lo
que Rebeca decía, Paul dio una palmada en la espalda de Kevin y les animó en
tono guasón.
—Venga. Será divertido
tomar algo juntos. No podéis negaros.
—Una copichuela
y nos vamos
—asintió Kevin mirando a su
hermana, que le acuchillaba con la mirada.
No era lugar ni momento de
montar un numerito, pero cuando se quedara a solas con Kevin se iba a enterar.
Su gesto incómodo la delató. Eso hizo gracia a Paul, que no podía dejar de
mirarla a pesar de estar
tan sorprendido como ella.
—De acuerdo. Una copa —se
vio obligada a aceptar. Pasaron de
nuevo al interior
del local, y cuando
les
preguntaron qué
querían beber, Kevin
pidió para él un
whisky y para Rebeca una zumo de piña. Mosqueada, le corrigió y se pidió otro
whisky. Kevin la miró sin entender nada. Ella estaba embarazada y no debía.
—¡Estás loca! —le susurró
al oído sin percatarse de que Rita estaba demasiado cerca y podía escucharles—.
En tu estado no puedes beber alcohol.
Con disimulo, y al ver que
Paul les miraba le cuchicheó.
—Ya lo sé, maldito
esquirol. Te juro que esta me la pagas —respondió enfadada—. Pero no pienso
pedir un simple zumito cuando todos pedís alcohol.
Incómodo por cómo su
hermana se las gastaba, Kevin asintió molesto.
—De acuerdo. Pero que no
vea que lo pruebas. ¿Me entiendes? —dicho esto, Rebeca sonrió con malicia.
Iván se acercó a ellos y
les entregó sus copas.
—Vuestras bebidas.
Ambos cogieron
sus vasos y
Rebeca, para hacer
de rabiar a su hermano, se lo acercó a la boca.
—Gracias, Iván.
Solamente mojó sus labios
con la bebida y el amargor le hizo arrugar la nariz. Aunque la verdad, si no
fuera por el bebé, aun con el amargor, se lo hubiera bebido. En ese momento lo
necesitaba. Sonaba una canción lenta de Alejandro Fernández y el ambiente, la
presencia de Paul y el sueño que tenía, la tenían atacada.
Me dediqué a perderte
Y me ausenté en momentos
que se han ido para siempre
Me dediqué a no verte
Y me encerré en mi mundo y
no pudiste detenerme
—Joder… y encima esta
canción —siseó Rebeca.
Aún recordaba el día que la
bailó con Paul en el salón de su casa. Cómo se besaban. Cómo se abrazaban y
cómo hicieron el amor.
—Ven, vamos a bailar —la
animó Kevin cogiéndola de la mano para quitarle el whisky y llevársela a la
pista. Una vez allí, como un padre
protector, la miró enfadado.— Mira, Rebeca,
quizá no haya sido acertado
quedarnos a tomar la copa con
ellos, pero este puede ser el momento del que tanto hemos hablado. Aquí le
tienes. Habla con él
—dijo mirando a Paul, que
hablaba con la mujer morena.
—Te voy a matar cuando
salgamos de aquí, ¡liante! — contestó con rabia por la encerrona de su
hermano—. No quiero hablar con él porque no me interesa. Además, ¿no
ves lo ocupado que está con
esa conejita de Playboy?
—Uis... qué celosona te veo
para luego decir que él no te interesa —se mofó.
Rebeca no podía apartar la
mirada de Paul y de cómo este pasaba su mano por la cintura de aquella mujer.
—Mira... ¡Vete al cuerno!
—Vale… me voy al cuerno
—sonrió Kevin.
Cada vez
mas malhumorada, le
clavó las uñas
en el brazo.
—¿No le habrás dicho a Rita
que…? —preguntó.
—Nooooooo —cortó su
hermano—. Eso se lo tienes que decir tú a Paul.
A cada segundo más
desesperada murmuró.
—¿Cómo has
podido prepararme esta
encerrona, Kevin? ¿Cómo?
—Alguien tenía que hacerlo
por ti.
—¿Por mí? —gritó Rebeca
deseando ahogarle—. Yo le llamé y él no me respondió. ¿Me quieres decir que tú
le has llamado por mí y
él ha aparecido
con todos sus amiguitos para verme?
Sorprendido por la
furia de aquella, intentó
tranquilizarla.
—No. Él no sabía nada
tampoco. Y antes de que sigas despotricando te diré que fue Donna quien me pasó
el teléfono de Rita y yo hablé con ella.
—¡Magnífico! —resopló al
escucharle.
—Deja de decir
tonterías y piensa. Le
tienes aquí. Habla con él
—insistió Kevin.
Pero Rebeca, cada vez que
lo miraba se ponía de más mala leche. Paul solo tenía ojos y sonrisas para la
mujer que continuamente le tocaba con toda familiaridad. Cuando creía que iba a
explotar se paró en la pista.
—Vamos a la barra. Tengo
sed, entre otras muchas cosas.
Con una cariñosa sonrisa,
Kevin le levantó el mentón.
—Hablando de sed —le
susurró—. No quiero que te bebas ni un solo
traguito de whisky. No
quiero que mi sobrino nazca con problemas por la
descerebrada de su madre.
Dispuesta a cogerle por el
cuello, respondió lo más tranquila que pudo.
—Mira, Kevin, quiero a mi
bebé más que a nada en el mundo. Y no hace falta que tú me digas que no me beba
el
whisky. Te repito que lo he
pedido para disimular. Por lo tanto, bébete tu puñetero whisky y vámonos de
aquí de una santa vez.
Cogidos de la mano llegaron
hasta donde el grupo reía y disfrutaba de la noche. Sin poder evitarlo, Rebeca
de vez en cuando miraba con disimulo a Paul. ¡Cómo no mirarle! Estaba guapo,
¡guapísimo! Pero para su disgusto, parecía pasarlo muy bien con aquella tetona.
Pero todo era fachada en él. Paul sufría por verla allí y no poder acercarse a
ella. Parecía más delgada, e incluso pálida. Deseó acercarse y hablar con ella,
pero su gesto serio le detenía. No quería incordiarla.
¿Cómo podían haber
coincidido en aquel local? Pero lo supo sin preguntar. Seguro que Rita e Iván
tenían algo que ver en todo
aquello. Diez minutos
después, Rebeca se levantó y se encaminó al baño. Rita se
ofreció para acompañarla. En el baño, y con la luz de los focos, Rita preguntó
al ver sus ojeras:
—¿Te encuentras bien?
Mirándola con enfado respondió.
—No. ¿Cómo
has podido tramar
esto con mi hermano?
—Él me llamó.
—Pero Rita…
tú sabes que… — murmuró
Rebeca
desesperada por huir de
allí.
—Escúchame, Rebeca, yo lo
único que sé es que Paul te
necesita y por lo que
me ha dicho
tu hermano, tú tampoco estás mucho mejor.
Pero la
joven no podía
evitar recordar a
la morena tetona y en especial
como Paul la tocaba.
—Sí, ya veo lo mucho que me
necesita —murmuró.
—Ella no es nadie para él,
te lo puedo asegurar —y mirándola cuchicheó—. Tienes unas ojeras tremendas,
Rebeca ¿estás bien?
—Últimamente estoy a tope
en el curro. Será eso —
respondió con disimulo.
—Quizá te vendría bien dejar de
trabajar tanto. No creo que esas
ojeras sean buenas para nadie —respondió Rita, sacando unos polvos de su bolso.
—Toma, ponte un poco de esto, te las disimulará.
Rebeca, cogiendo la cajita,
comenzó a extendérselos. Cuando hubo terminado se los devolvió.
—Gracias, Rita. ¿Tengo
mejor aspecto?
—Sinceramente, sí —contestó
mirándola de reojo. Había oído algo
de la conversación
entre Rebeca y
Kevin, y no sabía cómo
preguntar lo que pensaba. Rebeca
se percató de la manera en
que Rita la miraba y la estudiaba y, sin aliento, observó a través del espejo
del baño cómo centraba su mirada sobre su barriga aún lisa. Consciente de que
se olía algo, se volvió apresuradamente hacia ella dispuesta a despejar
cualquier sospecha.
—¿Sabes que estoy haciendo
un curso de caída libre en paracaídas?
Sorprendida por aquello,
Rita dejó de mirar su tripa.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Y no te da miedo?
Rebeca sin saber bien lo
que decía, sonrió.
—Ninguno. Me encanta el
deporte de riesgo. Eso de tirarme y sentir que el estómago se me va a salir por
la boca ¡me encanta!
Boquiabierta asintió. No
sabía que le gustaran esos deportes y cuando iba a preguntar algo más, Rebeca
dio por finalizada la charla.
—Ya estoy lista. ¿Volvemos
con el grupo?
Cuando regresaron, Rebeca
echó en falta a Paul. Ya no estaba donde le había visto la última vez. Aunque
pronto le localizó en la pista bailando muy acaramelado con aquella
mujer. Durante unos
segundos los miró con recelo y casi grita al ver cómo ella hundía su nariz en
su cuello para después besarlo. Se estaba enfureciendo por momentos.
—¡Vámonos ahora mismo!
—exigió volviéndose hacia su hermano.
Al verla tan alterada miró
hacia la pista y lo entendió. No debía de ser fácil ver lo que ella estaba
viendo, y se dirigió hacia una enfadada Rebeca.
—Muy bien, hermanita. Tú
mandas. Pero quiero que sepas que estás perdiendo una grandísima oportunidad de
hablar con él.
—... que no quiero hablar
con él. —Y señalando a la pista donde los vio sonreír, gruñó—: Y a él no creo
que le apetezca hablar ahora conmigo precisamente.
Su hermano volvió a mirar
hacia la pista y tras asentir se mofó sacándola de sus casillas.
—La verdad es que esa mujer
está de miedo. ¡Qué cuerpazo!
—¡¡Kevin eres un...!!
Sin dejar que acabara, tiró
de ella de nuevo a la pista.
—Un bailecito más y nos
vamos. ¿De acuerdo? Llegaron a la pista y su hermano continuó bromeando
con ella, hasta que alguien
se acercó a ellos. Era Paul, con la
morena, que proponía,
para disgusto de
Rebeca, un cambio de pareja.
¿Estaba loco? No quería bailar con él. Horrorizada, miró a
su hermano pidiéndole ayuda,
pero este sonrió y, soltándola, asió por la cintura a la morena y
comenzó a bailar. Cuando Kevin se alejó sin mirarla, Paul, sin mediar palabra
se acercó a Rebeca y la tomó por la cintura. Era agradable tenerla tan cerca y
sentir su maravilloso olor. Durante unos minutos que para ella parecieron horas,
ambos estuvieron callados,
hasta que Paul rompió el hielo.
—¿Cómo te va en el trabajo?
—Bien, liada, como siempre
—acertó a responder—:
¿Cómo está Lorena?
—Un poco resfriada. Por lo
demás, estupenda. Tras otro incómodo silencio Rebeca añadió.
—Me llamó hace poco y
estaba un poco enfadada. No quería ir a comer a casa de una tal Natalia.
Su hija no le había
comentado nada de aquella llamada.
—Lo entiendo —respondió con
una sonrisa congelada
—. Natalia cocina fatal.
Julia tenía un problema familiar, mi madre no podía venir, Elena estaba fuera y
yo tenía que irme de viaje y no podía
llevármela. No me quedó
más
remedio que
dejársela a Natalia.
Aunque ya le
he compensado por ello. —Sonrió al pensar en su hija.
—Podías haberme llamado a
mí. Me hubiera quedado encantada con Lorena.
Se separó unos milímetros
de ella.
—Eso no
hubiera sido buena idea
—respondió con rabia acumulada.
—¿Por qué? —exigió sin
apartar sus ojos de los de él. Paul contestó con extrema dureza.
—Creo recordar que la
última vez que nos vimos, lo pasabas muy
bien con tu amiguito y ni siquiera
quisiste hablar conmigo. Eso me hizo creer que tu rechazo incluía a mi hija. No
quisiera entrometerme en tu vida y estropearte algún maravilloso plan.
Su tono
al decir aquello
y su acusadora
mirada le molestó.
—Lo que yo haga con mi vida
es problema mío, ¿no crees?
Paul sonrió satisfecho.
Ella había caído en su trampa y pensaba darle donde más le dolía.
—Por supuesto, y como
Lorena es problema mío, y la parte
más importante de mi vida,
yo decido con
quien
dejarla.
—Lo entiendo —respondió
molesta—. Pero te repito, cuando quieras, ella puede venir a mi casa.
—¿Ella? —se mofó
traspasándola con la mirada.
Cada instante que pasaba
entre sus brazos estaba más enfadada y nerviosa, mientras él parecía disfrutar
desconcertándola.
—Sí, Lorena. Tú ya veo que
estás muy ocupado.
Paul sonrió con malicia y
miró con descaro a la joven que bailaba con Kevin.
—Si lo dices por Myreia,
sí… estoy muy ocupado. Rebeca quiso partirle la cara ¿cómo se atrevía a ser así
con ella? Cerró los ojos y
contó hasta veinte.
—Mira Paul, lo que tú hagas
con otras mujeres, no me interesa, pero adoro a Lorena, y no me importaría
seguir viéndola, y...
Él no pudo más y la llevó a
un lado de la pista.
—Pero a lo mejor a mí sí me
importa que la veas —le contestó
enfadado—. Es mi
hija y no quiero que
sufra,
¿entiendes? Ella tenía
ciertas ilusiones con respecto a ti y a mí, y le está costando acostumbrase a
la idea de que tú ya no vas a ser parte de su vida.
A Rebeca el estómago se le
revolvió del todo. Quería morirse. Ver tan enfadado y cruel a Paul no era plato
de buen gusto. Deseaba decirle que quería formar parte de su vida, que le
quería, que no podía vivir sin él, que todo había sido por no meterle en su
problema con Cavanillas, pero su orgullo herido se lo impidió.
—Mira, preciosa —continuó
el motero con voz dura
—. Por mucho que mi hija te
recuerde, yo no quiero que siga teniendo trato con una mujer como tú. No quiero
que cada vez que
lleve una mujer
a casa, ella
la compare contigo, ¿Y sabes
por qué? —como una marioneta
ella negó con la cabeza y él siseó—. Porque no eres perfecta, ni la
mujer que mi hija y yo creímos ver en ti. Y en lo referente a mi persona y mis
ocupaciones, soy mayorcito y sé vivir sin señoritingas como tú que van de
santas y luego son las peores. —Rebeca quiso contestar, pero no pudo. La lengua
se le había pegado al paladar y era incapaz de unir varias palabras. Paul la
tenía totalmente noqueada—. ¿Sabes otra cosa, monada? —siguió él con
desprecio—. La vida continúa contigo y sin ti, y yo he de seguir adelante solo
con mi hija. Si nuestra relación se fue al garete, no creo que puedas decir
nunca que fue por mi culpa. Fuiste tú, maldita sea. Fuiste tú quien se negó a
ser sincera conmigo y a confiar en mí. Fuiste tú quien me echó de tu casa y,
por supuesto, de tu vida —siseó furioso. Ya no había vuelta atrás—. Pero lo que
no calculaste, querida Rebeca, es que
ese día, ese maldito día en
tu casa, nos echaste de tu vida a
Lorena y a mí.
—Paul yo… escucha…
—No —la cortó—. No voy a
escucharte porque eres una egoísta. Una
terrible egoísta que
solo pensó en sí
misma y nunca en el daño que podrías hacer con tus actos a los demás. Además,
nunca dejaría un hijo mío a tu cuidado
—aquello la conmocionó
mientras él proseguía—: Hoy quieres y adoras a Lorena, ¿pero has pensado en sus
sentimientos? Ella es una niña.
Una niña que
te cogió cariño y que aún te
quiere. Y tú, maldita sea, tú, con tu manera de ser, la querrás mientras te
apetezca y cuando te estorbe la apartarás de tu lado y seguirás tu camino.
—Dices cosas que no son
ciertas —susurró desesperada—. Yo nunca apartaría a Lorena de mi camino, yo la
quiero y te...
Ofuscado como pocas veces
en su vida, descargó toda su frustración.
—No te creo. Nada de lo que
digas me vale. Lorena, mi hija, ha
sufrido por tu culpa. Ya sé que la
llamaste.
¿Pero cuánto
tiempo tardaste? ¿Acaso sabes
lo que ella lloró
en las semanas que
tardaste en llamarla? Llegó
a pensar que te habías olvidado de ella. Es una niña, ¡joder! Y tuve que
inventarme la mentira de que estabas de viaje.
—Yo... —respondió
avergonzada al darse cuenta de que en eso y en casi todo tenía
razón.
—¡Cállate! —gritó
asustándola—. A mi hija le han costado muchos berrinches tu frialdad, y
el no verte o escuchar tu voz. Te adoraba. ¡Te quería! Pero ahora está
bien, y te pediría
encarecidamente que no la
llames ni vuelvas a aparecer en su vida.
Que te olvides de ella.
—Paul yo…
—No… no me interesa saber
lo que me quieras decir. Con tu frío comportamiento he llegado a pensar que
quizá Silvia, su madre, obró con mayor cautela y tacto que tú. Por lo menos no
dejó que Lorena se encariñara de ella. — Finalmente, con un terrible resentimiento
dijo mientras se alejaba de ella—. Olvídate de ella, igual que en su momento te
olvidaste de mí.
Las lágrimas acudieron a
sus ojos en torrente mientras veía a Paul marcharse hacia el otro lado de la
sala con la morena, que la miraba extrañada. Kevin inmediatamente se plantó a
su lado y, al ver el estado en que se encontraba, la abrazó y consoló. Sin
mirar atrás, salieron de la sala sin despedirse de Iván y Rita, quienes miraban
la escena totalmente sobrecogidos ante la rabia y el dolor que Paul desprendía.
Una vez llegaron a casa,
Kevin le preparó una tila para
tranquilizarla, pero apenas
lo consiguió. Le pidió mil veces perdón a su hermana por aquella encerrona y
ella, sin escucharle apenas, asintió y le perdonó. No quería hablar más del
tema. Aquella noche Rebeca no pudo conciliar el sueño. En su mente resonaban
una y otra vez las duras palabras de Paul. Se sentía culpable del sufrimiento
de Lorena, de él, incluso por el de ella misma.
Cientos de vueltas en la
cama, le hicieron llegar a la conclusión
de que Paul
tenía razón. Todo
lo había destrozado ella por no
querer contarle aquella tarde quién era el detective. Pero ya no había vuelta
atrás. Todo estaba dicho y zanjado. Aunque se le ponía la carne de gallina cada
vez que recordaba la frase: «nunca dejaría a un hijo mío al cuidado de una
persona como tú».
¿Cómo decirle que esperaba
un hijo suyo? Después de cómo la había hablado
y despreciado, un miedo atroz le hizo pensar que él intentaría
arrebatárselo. Por la mañana, al levantarse, tenía unas ojeras horribles y unas
náuseas atroces. Llamó al trabajo e informó a Belén que esa mañana no iría.
Cuando Ángela la vio, se acercó a ella con la intención de preguntarle qué
ocurría, pero tras cruzar una mirada con Kevin, decidió esperar. No era
momento.
Capítulo 45
Dos días después, y más
repuesta, acudió con su hermano al ginecólogo para hacerse una nueva ecografía.
Mientras esperaban su turno
en la consulta,
Rebeca miró a las
mujeres que estaban allí y, con cierta envidia, observó a sus cariñosos acompañantes.
Se fijó en un cartel
en el que ponía que apagaran los
móviles y rápidamente lo
apagó. Con una sonrisa, miró a su hermano y este la imitó. Cuando les
tocó el turno, Rebeca animó a Kevin a que entrara con ella. Una vez tumbada en
la camilla, el doctor le echó un gel frío y pegajoso sobre la barriga y,
cogiendo un aparatito parecido a un bolígrafo, lo posó sobre su tripa y comenzó
a moverlo.
Al principio no se
veía nada, pero a los segundos el doctor paró y, dando a los botones,
inmovilizó la imagen; y allí estaba. Aquel pequeño borrón blanco que latía, les
explicó el ecógrafo, que en un
futuro sería un hermoso bebé. Kevin
bromeó diciendo que tenía forma de pato, mientras Rebeca, emocionada, no podía
quitar ojo de la pantalla. Durante unos
segundos, miles de
emociones pasaron por su cabeza. Cuánto le hubiera gustado compartir ese
mágico momento con Paul. Sintió ganas de llorar y reír de alegría, pero se
contuvo. No quería dar el numerito. El
ecógrafo, amigo de Samuel,
les dijo que el bebé estaba aproximadamente
de catorce semanas,
y que por
las medidas del feto, todo estaba
normal. Después dio a un botón y salió
el impreso de la ecografía, que fue entregado a la futura mamá. Kevin bromeó
diciendo que el bebé tenía unas pestañas preciosas, y los tres rieron.
Rebeca deseaba llegar a
casa para enseñarle a Ángela la imagen
de su bebé.
Cuando llegaron a
casa, Ángela le indicó que debía llamar a la oficina.
Habían llamado varias veces y necesitaban hablar con ella urgentemente. Recordó
haber apagado el móvil, y con la emoción no lo había vuelto a encender.
Mientras Kevin y Ángela hablaban sobre la ecografía del bebé, ella marcó el
teléfono de la oficina y Belén le informó de que Peterson quería hablar con
ella. Cuando por fin Rebeca logró dar con Peterson, se quedó sin palabras.
Habían detenido a Bianca y a Newton en un aeropuerto de Francia tras regresar
de Milán de entregar un cargamento de cocaína que se distribuiría por Europa.
Mientras escuchaba por el auricular lo que Peterson le contaba, vio como su
hermano reía con Ángela y pensó en cómo cambiaría todo cuando ella colgase el
teléfono y le contase todo lo acontecido.
Se alejó de ellos para
poder hablar tranquilamente y le preguntó a Peterson cuándo había ocurrido todo
aquello y él le contestó
que la pasada madrugada,
y que también habían detenido a
Cavanillas. En cuanto Bianca y Newton se
vieron acorralados, no
dudaron en acusar a su tercer colaborador. Todavía intentando asimilar lo que
había acontecido, Rebeca se despidió de Peterson diciéndole que más tarde le
llamaría. Cuando colgó el teléfono, Rebeca cerró los ojos durante unos segundos.
Estaba feliz porque todo se hubiera desenmascarado por fin, pero se le partía
el alma al pensar en que ahora tenía que contárselo a su hermano, y en cómo él
lo tomaría. Decidió esperar a que Ángela
se marchara a
su casa. Aquello
no iba a ser
agradable.
—Cariño —dijo Ángela
radiante—, ¿estás bien?
—Sí. Claro que sí —asintió
Rebeca con disimulo.
—¡Oh, Dios! Qué emocionante
ver por fin al bebé — gritó emocionada la mujer mientras se acercaba a ella con
la ecografía en las manos.
—Pato, Ángela. Eso es un
patito. ¿No ves la forma que tiene? —dijo Kevin en tono guasón, cogiendo una
cerveza de la nevera,
La mujer se volvió hacia
Kevin con los brazos en jarras.
—No digas tonterías,
muchacho. No llames pato a tu futuro sobrino. A lo mejor a Rebeca no le gusta.
Con ternura, Rebeca abrazó
a su hermano.
—A mí no me importa. Puede
llamarle lo que quiera
—añadió con sentimiento.
Dio un beso a su hermana y
un trago a su cerveza.
—Mi pato tiene que ser más
grande que este— dijo feliz—. Pero a Bianca todavía no le han mandado ninguna
ecografía. Donde vivimos la sanidad es algo deprimente. Tendré que hablar con
su doctor cuando vuelva.
Escuchar aquello le partió
más aún, si cabe, el corazón a
Rebeca.
—Quizá el doctor de Bianca
—indicó Ángela— haga otro tipo de seguimiento. Cada doctor es diferente, y no
les gusta que se metan en su trabajo.
—No me convences, Ángela
—sonrió él—. Y obligaré a ese doctor a que me enseñe a mi patito. ¡Estoy
deseando verle!
La mujer, tras soltar una
risotada, cogió su bolso.
—Eres de lo que no hay,
sinvergüenza. Y ahora me voy a mi casa. Y conste, y esto va por los dos, que
estoy segura de que vais a
tener unos hijos
preciosos. Solo hay que veros a vosotros, tesoros míos.
Una vez se quedaron solos,
Rebeca decidió llamar a una pizzería cercana para que trajeran algo de cena. A
Kevin le encantó la idea. Mientras cenaban encontró a su hermana
demasiado callada, pero se
lo respetó. Seguro que en su cabeza, tras ver la ecografía, había un lío de mil
demonios y en ese lío estaba Paul. Pero lo que no sabía Kevin era que ella
pensaba en cómo contarle lo ocurrido. Él se enfadaría, era inevitable. Una vez
terminada la cena, cuando él se proponía a ver una película en el ordenador,
Rebeca creyó que había llegado el momento.
—Tengo que hablar contigo.
Al ver su rictus tan tenso,
Kevin se quitó los auriculares y los dejó a un lado.
—Caray, hermanita, no te
pongas tan seria —se mofó.
—Kevin, es algo serio.
—Venga Rebeca,
no creo que
sea para tanto.
Por cierto, ¿te has parado a pensar en cómo serán los bebés? Me
encantaría tener una niña que tuviera los ojos de Bianca y la sonrisa de mamá.
¿A ti qué te gustaría que fuera?
A Rebeca el corazón le
latía a mil. Era imposible tener tacto con lo que tenía que decir.
—De momento no me he parado
a pensar si quiero un niño o una niña. Pero volviendo
al tema que tengo
que hablar contigo... No
sé por dónde
empezar. Es algo demasiado complicado
y, por favor,
necesito que me prestes toda tu atención.
Finalmente, al notarla tan
en tensión, Kevin se acomodó en el sillón y, mirándola fijamente, asintió
convencido.
—Muy bien. Cuéntame tu
problema, porque quiera o no quiera, veo que me lo vas a contar. Por lo tanto
aquí me tienes, prestándote toda mi atención.
—Kevin... Tienes razón en
una cosa, es mi problema pero.... también es un problema tuyo.
—Venga, desembucha, ¡doña
dramática! No creo que sea para tanto —sonrió él.
Una vez hubo tomado aire,
Rebeca comenzó como pudo por el principio, y con el corazón dolorido, observó
cómo la cara y el gesto de su hermano cambiaba por segundos. Cuando tocó el
tema de Bianca, a quien llamó Tatiana Ratchenco, éste no pudo más.
—¡Mentira! —estalló—. ¡Eres
una mentirosa irrefrenable!
—Cielo, escucha… no te
miento. Pero su hermano estaba fuera de sí.
—Basta ya, Rebeca. Nunca te
gustó Bianca. ¡Basta!
—Kevin, escúchame, todo lo
que te digo te lo puedo demostrar, cielo.
—¡Por supuesto
que me lo vas a demostrar,
y me tendrás que pedir perdón! —voceó descontrolado—. Y en lo referente
a que se llama Tatiana y que es drogata y puta,
¡venga ya, Rebeca! ¡No
digas gilipolleces! Sé que ella, al igual que yo, y seguramente tú y más de
media humanidad, se ha fumado sus porros y demás, pero de ahí a que me digas
las locuras que has dicho, va un mundo.
Rebeca tenía el corazón
partido.
—Kevin, créeme. Tengo unas
fotografías en las que se ve a Bianca esnifando coca. Quisieron convencerme de
que eras tú quien aparecía a su lado. Créeme, no te miento.
—¡Mentira!
Rebeca levantándose, abrió
un cajón de su despacho, sacó las
fotografías y se las enseñó. Kevin en un principio se quedó
mirándolas fijamente, para
después tirarlas al suelo.
—¿Qué me quieres demostrar
con esto? —gritó fuera de sí—. ¿Qué cojones quieres demostrarme?
—¡Quiero que te
tranquilices y que me escuches hasta el final!—voceó sin querer perder los
nervios.
Dicho esto prosiguió con el
resto de la historia, donde se involucraba a Bianca en tráfico de drogas junto
con Newton y Cavanillas. Le enseñó otras fotos donde Bianca
se besaba con Newton o se
montaba en su coche. Fotos proporcionadas por el detective y que segundo a
segundo a su hermano le iban partiendo el alma. Kevin intentaba entender y
escuchar todo lo que ella le decía. Pero en su interior algo en él luchaba por
no creer lo que su hermana le contaba.
Cuando Rebeca llegó al
final de la historia, e informó que Bianca estaba detenida en Francia junto con
sus compinches, él no pudo más.
—¿Que está
detenida en Francia?
—preguntó al tiempo que se levantaba.
—Sí.
—Imposible —voceó tocándose
la cabeza con desesperación—. Ella no está en Francia, está en Dallas con su
empresa.
—Créeme, Kevin,
puedo demostrar que
está en
Francia.
—Vuelves a
mentir —paseó de
arriba abajo—. Vuelves a mentir,
Rebeca. Bianca no es así. Es imposible, no lo entiendes.
—Ojalá estuviera
equivocada. Me encantaría estar equivocada en todo lo que te he dicho ¡Ojalá!
—murmuró
intentando abrazar a su
hermano, quien la rechazó de un manotazo—. Pero lo siento. No es así. Yo no
quería que esto terminara así. Nunca quise que a ti te pasara algo malo y...
—¡Tú...! Tú me has estado
vigilando todo este tiempo y no me has dicho nada.
Alejándose de ella dio un
puñetazo a la pared. Rebeca asustada, intentó acercarse a él.
—No podía, Kevin... me
amenazaron y yo...
—Cállate, joder ¡cállate!
Él no quería entenderla.
—¿Cómo crees
que me siento
tras oír todas
la mentiras que cuentas de mi mujer y saber que tú, maldita sea, me
has estado vigilando?
Bianca es mi
mujer ¡mi mujer! No la
desconocida que intentas que crea que sea.
—Kevin, no son mentiras, te
lo juro por lo que tú más quieras.—Repitió de nuevo entre sollozos—. Es más,
llamemos a los detectives que han llevado el caso y ellos te lo confirmarán.
Nada en el mundo me gustaría más que poder decirte que nada de esto es verdad.
Pero desgraciadamente no es así. Lo siento. Lo siento con toda mi alma. Siento
haberte mentido y engañado, pero no podía decirte nada porque Cavanillas te
hubiera hecho algo, y no
hubiera podido perdonármelo.
Nunca pude imaginar que algo
así nos pudiera
pasar a nosotros,
pero desgraciadamente ha pasado y no he podido hacer otra cosa que
callar para protegerte. Solamente quiero que sepas que te quiero, y que
intentaré ayudarte en todo lo que pueda y...
—Menuda ayuda tengo contigo
—espetó despectivamente separándose de ella—. No necesito tu maldita ayuda.
Déjame en paz.
—¡No digas
eso, Kevin! —chilló
perdiendo los nervios que tanto
había luchado por conservar—. No eres justo. Si de verdad no
me crees, tendrás algún teléfono donde localizar a Bianca.
Llámala. Llámala y demuéstrame que soy una mentirosa y que merezco que te
enfades conmigo.
Hubo un silencio entre
ellos dos que pareció durar una eternidad, hasta que finalmente Kevin,
destrozado, se dio por vencido.
—No puedo, Rebeca —gimió
echándose las manos a la cabeza mientras las lágrimas surcaban su rostro—. No
puedo llamarla a ningún sitio. Siempre que se marcha de viaje me llama ella a
mí. Suelen ir a varias ciudades, por lo que es difícil que yo pueda localizarla.
Se sentó junto a ella que
trataba de consolarle mientras ambos lloraban por todo lo perdido.
—Tranquilízate, por
favor. Yo nunca habría querido
que tú sufrieras. Sabes que cuando trajiste a Bianca a casa, ella y yo nos
llevamos muy bien, e incluso hice cambiar de opinión a Donna que...
—Me imagino que ella
también lo sabe, ¿verdad? —
preguntó mirándola.
—Sí. Notó que me pasaba
algo y bueno... ya sabes. Kevin, te juro que yo tampoco podía creer que todo
esto fuera verdad, y me costó asimilarlo y...
—¿Y Paul?
Escuchar su nombre le
volvió a tocar el corazón, pero estaba dispuesta a no llorar más por él, ante
el problemón de su hermano.
—No—murmuró—. Él no sabe
nada. Nunca le conté nada de lo que ocurría para no verle metido en esta
macabra historia. Por eso se enfadó conmigo y...
Desesperado, y sin escuchar
lo que ella intentaba contarle, Kevin se volvió a llevar las manos a la cabeza.
—¡Dios mío, Rebeca! ¡Qué
voy a hacer sin ella! ¡La quiero más que a mi vida! Y está también lo del niño.
Al escuchar las palabras de
su hermano, recordó lo que noches antes Paul le dijo a ella: «La vida continúa
contigo y
sin ti».
—Tienes que seguir
adelante, Kevin —respondió.
—Es mi hijo y lo quiero.
Lucharé por él todo lo que tenga que luchar.
Mirándole con
determinación a los
ojos, Rebeca asintió.
—Soy abogado,
Kevin, y te
juro que así
será. Lucharemos por ese niño.
Capítulo 46
Los días siguientes fueron
un infierno para todos. Kevin, poco a
poco, y tras las
noticias y llamadas que
habían tenido por parte de la policía, fue asimilando el tema y por fin
se dio cuenta de que había sido víctima de un terrible engaño. Pero pasó de ser
un muchacho alegre y lleno de vida, a un hombre intratable y de carácter atroz.
En especial cuando supo que el embarazo de Bianca había sido también otro
montaje. No existía tal bebé. Eso le hundió. Ángela, desesperada, trató de
ayudar en lo posible a Rebeca, que se desvivía por estar pendiente de su
hermano, a quien obligó a quedarse en su
casa con ella. Y más cuando la noticia salió en los periódicos y en la
televisión.
Durante esos días el
teléfono no paraba de sonar. Los periodistas
intentaban hablar con
Kevin y Rebeca
hacía todo lo posible porque le dejaran en paz. Su hermano estaba
destrozado. Donna viajó a Madrid. Intentó ayudar en todo lo que pudo a sus
hermanos pero pasadas dos semanas tuvo que regresar a Chicago.
Una tarde, Paul llamó para
interesarse por Kevin. Lo cogió Ángela ante la petición de Rebeca al reconocer
el número de teléfono. Con el corazón a mil escuchó cómo Ángela hablaba única y
exclusivamente de Kevin. Paul no
preguntó por ella y Rebeca
le prohibió a Ángela hacer la más mínima mención. Antes de colgar Paul dejo
claro a Ángela que si le necesitaban, que no dudaran en llamarle. Pasaron los
meses y el tema poco a poco se relajó. En aquel tiempo, Rebeca, en varias
ocasiones, pensó en llamar a Paul. Le necesitaba cada día más. Pero cuando lo
pensaba fríamente desechaba la idea. No le había vuelto a ver desde hacía casi
cinco meses, desde la fatídica noche en que él le cantó las cuarenta.
No se perdía las carreras
del Mundial los domingos en los que corría. Era la única forma de verle. Aunque
odiaba abrir la prensa del corazón y verle acaramelado con alguna preciosa, y
siempre despampanante, mujer. Eso le sacaba de sus casillas. Rebeca pensaba en
él las veinticuatro horas del día, en especial por las noches cuando se
acostaba sola en su cama y su bebé se movía. Pero lo que más le preocupaba, más
que ella misma, era su hermano. Kevin estaba sumido en una terrible depresión.
Había tenido que asimilar cosas terribles. Tras confirmarse que Bianca
efectivamente se llamaba Tatiana Ratchenco, se
verificó que su matrimonio no había sido válido, y volvía a ser un
hombre soltero. Su
vida había dado
un giro demasiado rápido. Había pasado de tener una
mujer a la que adoraba y esperar un hijo, a no tener ni mujer ni hijo. Se
pasaba los días metido en
la habitación de
invitados de Rebeca mirando el techo junto a Pizza, que no
se separaba de él ni
un segundo cuando Rebeca
estaba fuera de casa.
Una mañana en la oficina,
Belén avisó a Rebeca de que tenía a Donna al teléfono.
—Hola, gordita. ¿Cómo
estás?
—Cansada, agotada
—respondió con sinceridad.
Donna, conmovida por todo
lo que les estaba pasando, respondió angustiada:
—Me lo
imagino, cielo. En tu estado
es lógico, cariño. ¿Cómo está
Kevin?
—Igual.
—¿Fuisteis al médico?
—Sí, pero está mal y estoy
preocupada.
—Todo lo que ha pasado es
demasiado. ¿Cómo te sentirías tú si te pasara algo así?
Rebeca resopló.
—No lo sé, pero tampoco me
lo quiero imaginar. Lo único que sé es que me preocupa. El psiquiatra amigo de
Samuel ha dicho que no me preocupe, que es normal. Según él, cualquier persona,
por muy dura que sea, ante un caso así se resiente. Dijo que Kevin está
bloqueado y que en cualquier momento reaccionará y volverá a ser el hermano
de siempre. Simplemente
necesita tiempo.
—Estoy convencida de que
ese médico tiene razón —
asintió Donna.
Tras hablar durante más de
media hora de su hermano, Donna cambió de tema.
—Oye, he estado pensado en
coger un avión e irme con vosotros un tiempito. Según un pajarito, la única que
está engordando en casa es Pizza.
—Será cotorra
—cuchicheó Rebeca al
pensar en
Ángela.
Donna soltó
una carcajada ante
la reacción de su
hermana.
—Vamos a
ver, gordita, en
tu estado deberías descansar más, y me han dicho que
no descansas nada y que no comes en condiciones.
—No hagas ni caso a Ángela.
Es una exagerada ¡ya la conoces! —gruñó Rebeca sin sorprenderse mucho—. Aunque
en lo de Pizza tiene razón. La tía se está poniendo ceporra, pero me imagino
que es porque no hace el mismo ejercicio
que antes. Piensa
que se pasa
el día entero tumbada junto a Kevin. No se separa de
él hasta que llego yo. Parece como si el animal se diera cuenta de todo.
—Estoy segura de que así
es. Los animales son muy perceptivos —aseguró Donna.
—Pizza es especial —afirmó
Rebeca con una pequeña sonrisa—. Cada día que pasa estoy más contenta de
tenerla a mi lado.
Sinceramente, Donna, creo
que Pizza intenta cuidarnos a
nosotros. Por lo tanto, de lo que te cuente Ángela, créete la mitad.
Donna sonrió. Estaba segura
de que Ángela exageraba, pero también intuía que su hermana no se estaba
cuidando todo lo que debiera.
—De acuerdo, te creeré.
Pero la pobre Ángela está hecha un
manojo de nervios
contigo embarazada y con Kevin en su estado. Creo que cuando
todo esto acabe, vais a tener que internarla para que se recupere.
—No te extrañe —sonrió
Rebeca—. Pero lo cierto es que me está ayudando
muchísimo. Sin ella y sin Pizza,
cuidar a Kevin sería imposible. Pero en cuanto a que no como, ¡ni caso! Ya la
conoces y ella pretende que coma la comida de un regimiento por el hecho de
estar embarazada.
—Vale... vale,
me convences —rio
su hermana—. Ahora, cambiando de
tema, cuéntame cómo está mi pezqueñín.
—Oh... está fenomenal
—sonrió tocándose la barriga, que
ya era prominente—.
Dentro de tres
días voy a hacerme una nueva ecografía, y espero que
en esta se deje ver.
—¡Genial! Llámame o mándame
un email en cuanto sepas lo que es, ¿de acuerdo?
—Por supuesto. No lo dudes.
—Por cierto, tengo que
comentarte que Miguel vio a Paul aquí en Chicago —dijo de pronto Donna haciendo
que a Rebeca le diera un salto el corazón—. Hubo cerca de aquí unas carreras
que nada tienen que ver con el Mundial y se llamaron para verse. Miguel regresó
emocionado. Paul fue muy amable con él. Le dejó entrar en el Box y le enseñó
todo aquello desde dentro y, uf... emocionadito perdido volvió.
—No le habrá dicho...
—murmuró Rebeca inquieta.
—No. No te preocupes —la
cortó—. No le dijo nada, puedes confiar en él. Pero sigue diciendo lo que yo,
¡que debes contárselo! Aunque bueno, como bien me dijiste, ya eres mayorcita y
sabrás lo que has de hacer.
—Tú lo has dicho.
—Eres tonta, pero no
hablemos más de ello o te mosquearás —contestó Donna haciéndole sonreír—. Por
cierto, ¿ha pasado algo nuevo en el tema de la zorra de Bianca?
—No. Está pendiente el
juicio, pero le caerán unos cuantos añitos a la sombra.
En ese momento Belén entró
y le hizo una seña.
—Donna, he de dejarte. Te
llamaré.
Tras colgar, pensó en el
encuentro de su cuñado Miguel y Paul en Estados Unidos. Pensar en Paul la
inquietaba, y ver sus carreras los domingos le ponía de los nervios, pero no
podía dejar de mirar la pantalla el tiempo que la carrera duraba. Era el único
contacto visual que tenía con él, y necesitaba verle. Mientras pensaba en sus
cosas, Belén volvió a abrir la puerta de su despacho.
—Hay un señor que quiere
hablar contigo.
—¿Quién es? —preguntó
extrañada. No tenía ninguna visita pendiente.
—Ha dicho que se llama
Iñigo Rojo. ¿Es tu padre?
La cara de Rebeca se
trasformó en un sinfín de emociones. Era su padre. Primero pensó en echarle
¿qué hacía allí? Pero respiró hondo un par de veces y decidió
que ya era hora de
enfrentarse a su pasado.
—Dame un par de minutos y
luego le haces entrar. Belén salió sin preguntar nada más.
Rebeca volvió a respirar
profundamente. Se levantó y entró en el baño para echarse agua en la cara. Una
vez se hubo secado, volvió a su mesa de trabajo y apretó el botón para
avisar a Belén. La puerta se abrió
y de pronto allí estaba su padre, de pie, frente a ella.
Con aquella mirada dulce que siempre había poseído y aquel pelo que con los
años se había poblado de canas.
—Hola, Rebeca.
—Hola.
Tras un incómodo silencio,
él preguntó:
—¿Puedo sentarme?
—Sí —respondió mirándole
como un bloque de hielo.
—Tienes un despacho muy
bonito —comentó mirando a su
alrededor—. Sabía que trabajabas
en esta empresa, pero no sabía ni que eras jefa. —Y mirando su
prominente tripa susurró—: Ni que esperaras un bebé.
Pero Rebeca no quería
entrar en detalles que a él no le interesaban.
—¿Qué quieres? — preguntó
secamente.
El hombre, al ver que ella
no estaba dispuesta a ser amable, levantó el mentón.
—He leído
en la prensa
lo ocurrido. Y al
ver el nombre de Kevin, yo...
—No me digas que te
preocupas por lo que le pueda pasar a Kevin —le cortó sorprendida—. ¿Desde
cuándo tienes corazón? — preguntó alzando una ceja.
Aquella frase hizo daño a
Iñigo, pero no apartó la vista de su hija.
—No me mal interpretes,
hija, yo solo...
—No me llames hija. Yo no
soy tu hija —siseó con furia.
Iñigo cerró los ojos. Quiso
entender lo que ella quería decir, pero también necesitaba que le escuchara.
Estaba seguro de que si hablaban,
muchas cosas se
podrían suavizar. Y el momento había llegado.
—Rebeca, somos personas
adultas y podemos hablar como tales. Yo no sé lo que oíste aquella noche, o lo
que tus hermanos te
habrán contado, pero
si me das
unos minutos, yo podría contarte la verdad.
—¿Qué verdad?
Lo único que sé es
lo que mamá sufrió a tu lado.
Los ojos del hombre se
oscurecieron y se llenaron de lágrimas.
—Todos sufrimos. Todos
hemos sido víctimas de una horrorosa situación, y yo solo quiero que me des la
oportunidad de hablar contigo.
Incapaz de mirarle un
segundo más, retiró la mirada y siseó malhumorada.
—No quiero escucharte. No
quiero saber nada de ti, y no me interesa nada de lo que te pueda pasar.
Iñigo asintió con la
cabeza, pero insistió.
—Lo entiendo. Pero dame
unos minutos. Solo unos minutos. Luego, si sigues pensando igual, me marcharé y
no volveré a aparecer en tu vida —pidió con ojos suplicantes—. Te lo prometo.
Rebeca quería gritar que
no, que no quería escucharle ni darle esos minutos, pero no podía. Su padre
siempre había sido bueno y cariñoso con ella y sus hermanos, y al recordarlo
asintió.
—De acuerdo. Pero sé breve,
estoy en el trabajo.
Al ver
aquella oportunidad de
comunicación, Iñigo decidió no
desperdiciarla y, sin
perder un segundo, comenzó a hablar.
—La boda con tu madre no
fue una boda por amor, fue
una boda de conveniencia.
Ella era una joven preciosa que vino a España a estudiar el idioma y yo me
enamoré como un bobo de ella. Pero tu madre era novia de un buen amigo mío en
aquella época. Por desgracia, aquel amigo en el que confiaba, cuando se quedó
embarazada la dejó, y no quiso saber
nada de ella. —A Rebeca se le
puso la carne de gallina al escuchar lo que su padre le
estaba contando—. En aquella época, ser una mujer embarazada y soltera no era
fácil. Tras el consiguiente disgusto por parte de los padres de Anna,
tus abuelos, la
repudiaron y le
prohibieron regresar a su casa de Kansas. Allí su embarazo sería un
escándalo. Yo en
aquella época todavía
vivía con mis padres, y no podía consentir que aquella
joven amiga mía tuviera que dormir en la calle. Y, tras hablarlo con ella, entre los dos ideamos un plan. Yo
hablaría con mis padres, diciéndoles que el bebé era mío y que tendríamos que
casarnos en breve.
Al principio mis
padres, como era lógico, pusieron el grito en el cielo,
pero por el hecho de ser yo un
hombre lo comprendieron. Luego
fuimos a Kansas para
hablar con los
padres de Anna.
Ellos no quisieron escucharnos,
hasta que les
hicimos una encerrona. Tus
abuelos sabían que yo no era el padre de la criatura que tu madre esperaba,
pero accedieron a la boda con tal de no tener que soportar que los señalaran
por la calle. Solo les pedimos una cosa, que nunca le dijeran a nadie que
ese bebé no
era mío. Ellos
cumplieron su
promesa, y nos casamos.
—Me... me estás diciendo
—preguntó balbuceando—
¿que Donna no es hija tuya?
Conmovido miró a su hija y
asintió.
—En mi corazón lo es. La
quiero como a cualquiera de vosotros. Para mí ella ha sido mi hija, mi niña, al
igual que tú y Kevin.
—¡Dios mío.
—Tus abuelos cumplieron su
promesa —prosiguió su padre— y nunca nadie supo nada, pero en el corazón de tu
madre, nunca hubo sitio para mí. Nunca dejó de amar a Gerardo, mi amigo. Con el
tiempo nacisteis vosotros dos, y yo fui feliz con mis tres hijos, pero en mi
matrimonio no. Siempre estuvo Gerardo entre tu madre y yo.
—¿Por qué nunca nos
contasteis esto? El hombre la miró con tristeza.
—Porque para mí Donna era
mi niña y nunca quise disgustarla. —Rebeca sollozó y asintió mientras su padre
continuaba— La relación entre tu madre yo se fue deteriorando con los años, incluso pensé en el divorcio.
Pero yo no os quería perder. Os amaba más que a mi vida y sabía que vuestra
madre no me lo iba a poner fácil. Un día
conocí a una joven amable y
cariñosa, Elena. Intenté por todos los medios no enamorarme de ella, pero el
amor es imprevisible y llega cuando menos te lo esperas. Le conté a tu madre
la verdad de
lo que me
ocurría con Elena, esperando que ella lo comprendiera y
me ayudara como antaño hice yo con ella. Pero su respuesta fue que si la
abandonaba, me atuviera a las consecuencias. Hablé miles de veces con ella, y
llegó a decirme que si me iba de casa no vería nunca a mis hijos. Incluso, para
hacerme daño, me confesó que le contaría a Donna la verdad. Y yo eso no lo
podía consentir. No
quería ver sufrir
a mi Donna,
ni perderos a vosotros.
Rebeca le escuchaba
aturdida, y recordó cómo su madre muchas veces le decía a su padre que sobre
Donna decidía ella. Nunca se había parado a pensar en ello, y ahora de pronto
comprendía esos comentarios. Tras volver de sus recuerdos, siguió escuchando a su
padre.
—Rompí con Elena y
estuvimos sin vernos dos años hasta que coincidimos en una cafetería y todo
volvió a resurgir, y esta vez con más fuerza. Volví a hablar con tu madre.
Nuestra vida marital era nula, pero su respuesta fue la misma «si te
marchas de casa perderás
a tus hijos». Quizá no debí
empezar aquella relación con Elena, pero yo también necesitaba que alguien me
abrazara y me dijera que me quería. Tu madre nunca me lo dijo, porque realmente
nunca llegó a quererme. ¿Y sabes, Rebeca? Yo soy de carne
y hueso,
como tú, y
me gusta que
me quieran y me
necesiten. Con el tiempo, Elena quedó embarazada, ocurrió el accidente de tu
madre, tuvimos a Dani, después a Susana y creo que el resto ya lo sabes
—conmocionada, asintió—. No intento justificarme. Solo quiero que sepas la
verdad en lo referente a tu madre y a mí. Tampoco quiero que pienses que a tu
madre no la he querido. La quise muchísimo, y en mi corazón siempre la querré.
En un silencio lleno de
dolor, sentimientos y nostalgia, el hombre susurró:
—Mi visita de hoy era para
preguntar por Kevin y por ti. Me imagino que lo habréis pasado mal y me siento
fatal por no haber podido ayudar.
Con la garganta paralizada
por la emoción, Rebeca solo pudo responder:
—Kevin está mal, pero
saldrá de ésta. Ambos somos fuertes,
nos hemos apoyado
el uno en
el otro, y superaremos lo ocurrido.
El hombre sintió la
frialdad en su voz, así que asintió y se levantó.
—Solo quería saber que
estabais bien. Sois mis hijos, os
quiero y sufro por
vosotros, aunque vosotros
no lo creáis.
La tensión era tremenda y
Iñigo, convencido de que su
tiempo había acabado, se
dio la vuelta y caminó sin decir nada más hacia la puerta. Tenía que marcharse.
De pronto Rebeca se levantó de su silla para dirigirse hacia él.
—Papá... Yo...
El hombre, se detuvo, la
miró y al verla cerca de él se apresuró a decir:
—Dime, cariño.
—Lo siento
—pudo decir llorando—.
Lo siento mucho.
Sin tocarla, pues no sabía
cómo reaccionaría, el hombre murmuró emocionado.
—No llores,
cielo. No pasa
nada. Simplemente necesito que
sepas que os quiero. Os quiero mucho y os añoro más de lo que podáis imaginar.
—Papá…
—Toma, mi
vida —dijo entregándole
un pañuelo blanco y limpio que
sacó del bolsillo—. No llores más. En tu estado no es bueno ponerse así.
Pero ella no paraba de
llorar.
Quizá conocer aquella cruda
verdad había sido la gota que había colmado el vaso. Tantos problemas en tan
poco tiempo era demasiado para cualquier persona.
Su padre,
asustado, logró sentarla de
nuevo en la silla, pero Rebeca seguía llorando sin parar.
Iñigo intentó consolarla
con palabras dulces, pero su cuerpo se
movía convulsivamente por los
sollozos hasta que finalmente su padre
la abrazó como llevaba mucho tiempo sin hacer. Durante unos minutos la mimó, le
besó la cabeza y la meció. Aquel abrazo era lo que Rebeca necesitaba.
Necesitaba sentirse arropada y en ese momento su padre le estaba dando la mejor
medicina que había en el mundo. El amor.
Cuando finalmente Rebeca se
tranquilizó, se percató de que su padre
era quien la
abrazaba y acunaba,
y se sorprendió al
sentir que no le importaba;
al revés, le gustaba.
—¿Estás mejor, cariño?
—preguntó el hombre.
—Sí, papá. Ya me encuentro
mejor.
Al ver que ella respiraba
con normalidad, la dejó de abrazar. Durante
unos segundos ambos
se miraron a los ojos hasta que él rompió el silencio.
—Bueno, creo que es hora de
que me vaya.
Se levantó
con pesar, pero de
pronto su corazón se hinchó de felicidad, cuando sintió que su
hija le asía de la mano con fuerza y preguntaba.
—¿Podré volver a verte,
papá?
A Iñigo se le volvieron a
escapar unas lágrimas, y tras limpiárselas asintió con una tierna sonrisa.
—Siempre que tú quieras,
cariño. Siempre —murmuró emocionado.
Rebeca asintió y le dio un
apretón en la mano que dijo mucho sin necesidad de palabras.
—De acuerdo, papá —susurró
al tiempo que le soltaba la mano.
Emocionado, Iñigo caminó
hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.
—Hija, hay una cosa
que quiero pedirte.
Nunca le digas a Donna lo que te
he contado. Se enfadaría con su madre por haberle mentido y creo que a mí me
odiaría aún más. Sería un
sufrimiento innecesario para
ella, y más cuando para mí es tan hija mía como tú.
¿De acuerdo, Rebeca?
—Mis labios
están sellados, papá
—asintió entendiendo lo que su padre quería decir.
Un segundo después, Iñigo,
abrió la puerta del despacho y se marchó. Una vez sola, volvió a llorar, aunque
esta vez de felicidad. Poco después entró Belén.
—¿Rebeca, estás bien?
—preguntó preocupada. Reponiéndose como una campeona, sonrió.
—Belén, no me pasa nada.
—Pero estás llorando.
—Sí, Belén. Lloro de
felicidad —respondió al ver que aún tenía en la mano el pañuelo de su padre.
Capítulo 47
Aquella tarde,
finalizados sus asuntos
en el despacho, Rebeca esperaba su turno en la sala
de ecografías del hospital, sin soltar el pañuelo de su padre. Saber la verdad
de lo ocurrido entre sus padres le aclaró muchas cosas y, sobre todo, le hizo
tener una visión diferente de su familia y su vida.
Cuando dijeron su nombre se
levantó y entró en la pequeña sala. Una vez allí ya sabía lo que tenía que
hacer. Se echó sobre la camilla y el médico comenzó su ritual con el gel.
—¿Qué tal te encuentras,
Rebeca? —preguntó el médico.
—Bien, aunque cada vez más
gorda.
Ambos rieron y el doctor le
guiñó un ojo y comenzó a mover el aparato sobre su barriga.
—Vamos a ver cómo está
nuestro amiguito o amiguita.
—En la última ecografía me
dijiste que quizá hoy pudiéramos ver el sexo del bebé.
El hombre sonrió.
—Vamos a intentarlo. ¿Tú
qué quieres, niño o niña? Rebeca se lo
pensó unos segundos,
y finalmente se
encogió de hombros y
respondió:
—La verdad es que me da
igual. Lo único que quiero es que esté sano.
Con una simpática sonrisa,
el hombre la miró y, tras comprobar los datos que necesitaba para saber que el
bebé estaba bien, señaló la pantalla.
—Bueno... bueno, pues te
diré que es un niño, ¿lo ves?
—¡Un niño! —exclamó
encantada—. Fenomenal.
—¿No decías que te daba
igual? —bromeó el médico al tiempo que le daba un trozo de papel para que se
limpiara el gel de la barriga.
Con una radiante sonrisa,
Rebeca asintió.
—Si me hubieras dicho niña
estaría igual de contenta. Veinte
minutos después salió
del hospital con su
ecografía bajo el brazo
deseando llegar a su casa para enseñársela
a Kevin y Ángela.
Quizá aquello le
hiciera pasar un rato feliz a su hermano, ¿o no? Continuamente dudaba
sobre cómo proceder con él. Kevin no hablaba, no reía, no se comunicaba. Solo
miraba por la ventana o al techo
todo el día, sumido
en una tristeza desesperante.
Rebeca pensó en contarle la
visita de su padre aquella mañana, pero al final desechó la idea. No sabía cómo
se lo podría tomar. Y no quería ni enojarle ni ponerle nervioso. Ya se lo
contaría más adelante.
Después de aparcar el coche
en su garaje, entró en su casa pletórica de alegría, y cuál fue su sorpresa
cuando vio a Kevin correr, seguido de Ángela. Parecían tener mucha prisa.
—¿Qué pasa? —preguntó
Rebeca alarmada.
Su hermano, acercándose a
ella con los ojos llenos de vida, gritó:
—¡Es Pizza! ¡Está de parto!
Sin dar crédito a la
vitalidad de su hermano y a lo que decía, Rebeca soltó sus cosas en el sofá y
les siguió balbuceando.
—¿Qué… Pizza… qué?
Pero cuando entró en la
habitación de su hermano, su sorpresa fue mayúscula al ver a su perra rodeada
de mantas, con dos cachorros minúsculos a su lado, y otro que luchaba por
salir.
—¡Ay, Dios! —susurró
asustada.
—Eso digo yo. ¡Ay, Dios!
—repitió Ángela agachándose—. ¿Pero cómo
no nos hemos
podido dar
cuenta de
que este pobre
animal estaba esperando cachorros?
—Las preocupaciones, Ángela...
las preocupaciones
—respondió Kevin rompiendo
la bolsa del nuevo cachorro con una sonrisa que les llegó al alma.
—¿Pero qué ha pasado?
—preguntó Rebeca sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Pizza dando a luz y
Kevin tan locuaz, despierto y bromista como antaño.
—Ha sido
alucinante —contestó su
hermano—. Estaba tumbado y de pronto he notado que Pizza se bajaba de la
cama. Segundos después escuché un ruidito extraño y al mirar he visto a Pizza
sangrando. ¡Joder, qué susto me ha dado la muy puñetera! He bajado corriendo
para avisar a Ángela y al subir nos hemos quedado sorprendidos al ver que la
sangre que yo
había visto era
porque estaba empezando a parir.
Después hemos bajado a por toallas y ha sido cuando has llegado tú.
Ángela, pendiente en todo
momento de la perrilla, les miró.
—Si ya decía yo que
últimamente la veía más gorda. Ay, virgencita. ¡Que sale otro!
Pero Rebeca miraba a su
hermano emocionada.
—Kevin, ¿estás bien? ¿Te
encuentras bien? —susurró.
Él asintió entendiéndola.
—No te preocupes por mí.
Estoy bien. Ahora lo importante es Pizza—susurró a su vez, pasándole la mano
por el mentón.
Aquella tarde la casa de Rebeca era una fiesta. Todo volvía
a ser como antaño. Kevin estaba vivo, alegre y dicharachero, y Ángela no paraba
de reír y bromear. Cuando llegó la noche, Pizza dormía
tranquilamente en la habitación de
su hermano junto
sus cinco cachorros. Rebeca los miró antes de bajar al
salón y, feliz, pensó que una vez más Pizza había vuelto a traer la alegría a
la casa. Gracias a ella y a su inesperado parto, Kevin había vuelto a reaccionar.
El médico tenía razón, solo era cuestión de tiempo.
Mientras bajaba, se paró en
la escalera al oír a Ángela y a Kevin. Risas. Escuchar risas y bullicio tras
tantos meses de silencio era maravilloso. Bromeaban en referencia a la barba
que tenía.
—A mí me gusta. Me da un
aire más enigmático —
decía Kevin.
—Pero hermoso, con la cara tan bonita que tienes,
¿por qué esconderla tras
esa mata de pelo? —respondió
Ángela, con los brazos en
jarras.
—Pero, Ángela,
¿no crees que me da un aire
más
maduro y serio?
—Ay, Dios mío, ¿para qué
quieres madurez ahora que eres joven? Vive la juventud y exprímela a tope, que
para madurez ya tendrás tiempo. ¿Verdad, mi niña? —preguntó Ángela al verla
parada en la escalera.
Feliz por aquel inesperado
acontecimiento, la muchacha terminó de bajar las escaleras y, se acercó a donde
estaban ellos.
—Tiene razón
Ángela. La vida
es para vivirla.
Y hablando de vida, tengo una noticia. Hoy me he hecho una ecografía.
Todo va perfecto, ¡y ya sé lo que es!
—Yo también, un pato —se
mofó su hermano.
—De esto entiendo yo —dijo Ángela—, y ya te he dicho que cuando
se tiene la tripa redondita se dice que es una niña, y cuando se tiene de pico
se dice que es un niño. Y tú, tesoro, la tienes redondita, y va a ser una niña.
—Pues no —contestó
riéndose—. ¡Es un niño!
Kevin, emocionado, no sabía
si reír o llorar, y sin pensárselo abrazó a su hermana.
—Un niño ¡qué alegría!
—gritó la mujer y dándole un colleja a Kevin dijo—. Lo ves, no es un pato.
—Ay —se quejó él—. ¡Ángela,
vaya mano más larga
que tienes!
—Pues la puedo tener más
larga aún —aclaró la mujer remangándose—. Por lo tanto, ahora mismo todo el
mundo a cenar, o aquí se me estira la mano esta noche.
Fue una noche llena de
felicidad, emoción y risas, y más por ver a Kevin hablar y sonreír por fin.
Cuando Ángela se fue a marchar, Rebeca se empeñó en llevarla hasta casa. No
vivía lejos, pero no quería que fuera andando sola por la calle. Kevin se ofreció
a conducir, pero su hermana no le dejó. Al final Rebeca se salió con la suya y
acercó a la mujer a su casa.
Kevin se despidió con un
beso de aquella mujer a la que quería como
una madre. Y cuando vio que el coche
se alejaba y se quedó solo en casa, cogió su teléfono móvil. Buscó en su agenda
un número y
cuando lo hubo encontrado lo marcó dispuesto a
conseguir su propósito. Veinte minutos después, cuando Rebeca regresó a casa,
su hermano la esperaba en el salón tomándose un refresco.
—No has tardado apenas
nada.
—Ya sabes que Ángela vive
muy cerca —Kevin sonrió y Rebeca añadió feliz—. Oye, ¿sabes lo qué vamos a
hacer ahora?
—A saber lo que se te
ocurre.
—Vamos a llamar a Donna y
le vamos a dar las tres buenas noticias que tenemos.
Kevin asintió con una
sonrisa. Donna se alegró al saber que el bebé era un niño. Se sorprendió cuando
se enteró de q u e Pizza había tenido
cachorritos, pero cuando verdaderamente lloró de felicidad
fue cuando habló con Kevin y le encontró vivo. ¡Su amado hermano había
regresado!
Aquella noche los hermanos
se sentaron en la cocina para tomar un vaso de leche y Kevin se sinceró por
fin. Le contó que había querido morirse al pensar en el engaño de Bianca y la
vida sin ella. La amaba y eso lo hacía todo más duro y difícil. Pero tras lo
ocurrido con Pizza, sin saber por qué, se había dado cuenta de que la vida
continuaba sin Bianca, y que había seres como Rebeca, Ángela, Donna y
Pizza, que le
querían vivo y
feliz. Al escucharle,
la muchacha lloró. Aquello suponía un paso muy grande para su hermano y
eso le emocionó.
Después de
hablar durante más de una
hora, Kevin obligó a
Rebeca a hablar
sobre Paul y
su inexistente relación. Ella
se sinceró. Su
hermano la escuchó
y pasándole con cariño un pañuelo por el rostro, la consoló y le recordó
que en la vida casi siempre había solución para casi todo y que pasara lo que
pasara, siempre estaría a su lado.
—Escucha Rebeca, necesito
darte las gracias por todo lo que has hecho por mí en estos meses.
Emocionada asintió.
—No hace falta, Kevin.
—Sí. Sí hace falta.
—Vale —sonrió
limpiándose las lágrimas—. Dámelas.
—Sé que he sido peor que un
mueble inútil, y mi trato ha sido horroroso e inhumano. Siento haber perdido la
cordura y en especial, no haber sido capaz de entender que la vida continuaba
tras mi problema y yo debía vivirla. Pero quiero que sepas que nunca más
volverá a suceder algo así, porque
he descubierto que
tengo la mejor familia
y la mejor hermana del
mundo —murmuró cogiéndole
las manos.
Lágrimas de felicidad
corrían por el rostro de Rebeca.
—Estoy segura de que tú
hubieras hecho lo mismo por mí, incluso yo hubiera sido más intratable.
Recuerda que soy muy testaruda e insoportable.
Él sonrió con cariño y le
dio un beso en la frente.
—¿Te das cuenta de que ya
es casi Navidad de nuevo?
— preguntó mirándola
fijamente.
—Sí.
—Con todo lo que nos ha
ocurrido este año podemos escribir un libro.
—Sí... —asintió
ella—. Se podría
titular Casi una novela.
Ambos rieron. Aquel año
había sido duro y determinante para sus vidas. Las confidencias continuaron y
Rebeca recordó la visita de su padre y decidió contárselo. En un principio,
Kevin parecía reticente a escuchar, pero al final le prestó toda su atención.
Con paciencia, Rebeca le contó lo mismo que su padre a ella, aunque omitió el
tema de Donna. Ese secreto lo guardaría con celo toda su vida.
Al final,
Kevin llegó a
la conclusión, gracias
a las palabras de su hermana, de
que había llegado el momento de hablar con
su padre. Escuchar
a su hermano
decir aquello, para Rebeca fue el colofón de un gran día. De madrugada
decidieron irse a dormir. Rebeca estaba hecha polvo. Habían sido muchas
emociones en un solo día, y en su estado aquello le había sobreexcitado. Su
relación con Paul era inexistente, pero
la dicha de ver a su hermano activo y con vida, le animó una barbaridad.
Antes de dormir pasaron al
cuarto donde dormía Kevin para ver a Pizza. La perra estaba dormida y agotada,
rodeada de sus cachorros. Se acercaron a ella y ésta, al verles, abrió
un ojo
y movió el
rabo feliz. Emocionada,
Rebeca se agachó con torpeza por
su barriga para repartirle por el morro y la cara varios besos amorosos. Y tras
darle las gracias en silencio por la felicidad que aquel animalillo siempre le
había regalado, se marchó a dormir, y como era de esperar, soñó con Paul.
Capítulo 48
A la mañana siguiente,
cuando Rebeca se despertó, se encontraba agotada. Nada más poner los pies en el
suelo, el estómago se le contrajo y corriendo se fue a vomitar al baño.
—Oh... Dios, ¿cuándo dejaré
de vomitar? —susurró mirándose en el espejo.
Al ver su horrible pinta y
su pelo revuelto, pensó en ducharse.
Pero se encontraba
tan mal y desganada que, como una autómata, regresó a la cama.
Después de diez minutos en los
que el estómago
parecía haberse normalizado, oyó
ruido de cacharros en la cocina.
Seguro que Kevin está
preparando algo rico. Obligándose a luchar
contra la perezosa
se levantó.
Tenía sed. Se puso una bata
color ciruela que apenas ya le abrochaba
y con el pelo
enmarañado y sin quitarse
las legañas de los ojos, se asomó al cuarto de Kevin. Allí solo
estaban los cachorritos
de Pizza. Unas preciosidades indefensas y
minúsculas en color
canela y blanco
que movían sus patitas descontroladamente. No pudo evitar sonreír al ver
lo monos que eran todos y comenzó a bajar los escalones con una gran pesadez.
Allá va la ballena, pensó
al sentirse como tal por su
enorme barriga de siete
meses. En ese momento se cruzó con Pizza, que subía los escalones. Con torpeza,
se agachó para tocarle la cabecita y la perra se lo agradeció con un amoroso
lametazo. Tras más de una carantoña, la perra continuó su camino y ella bajó
hasta la cocina. Aunque cuando llegó se quedó paralizada.
Allí estaba el hombre de
sus desvelos, más atractivo que nunca, desayunando con su hermano. Kevin fue el
primero en verla y sonrió. Acto seguido Paul la miró, y se quedó tan paralizado
como ella.
—Buenos días, hermanita
—saludó Kevin para romper el hielo.
No pudo contestar.
¿Qué hacía Paul en su
cocina? Y lo peor de todo, ella tenía
una pinta horrible.
Paul se quedó
boquiabierto al verla. Su gesto
de sorpresa lo decía todo y se levantó sin saber realmente qué decir ni qué
pensar.
—Estás... estás, tú
estás...
Rebeca quiso salir
corriendo pero sus pies parecían pegados al suelo. Kevin, al ver las caras de
sorpresa de aquellos dos intercedió por ellos.
—Oh no... Paul, si lo dices
por esa enorme barriga que ves, es que anoche cenó más de la cuenta. Ya sabes
que esta chica cuando come ¡no tiene medida!
—Rebeca, ¿estás embarazada?
—consiguió preguntar
Paul clavándole aquellos
preciosos ojos.
Mentir era una tontería.
Por ello, finalmente, sonrió. Miró su prominente barriga, tomó aire, y con
seguridad afirmó:
—Sí. Espero un bebé.
Cinco meses sin verla, sin
saber de ella, había sido una enorme tortura para Paul. Había intentado
centrarse en su trabajo, en su hija y en sus amigos para olvidarla, pero el
recuerdo de Rebeca le había perseguido noche y día allá donde estuviera. Y, de pronto,
al recibir la invitación para desayunar de Kevin, no se lo pensó y fue. Y allí
la tenía. Preciosa. En bata y embarazada. Sin quitarle la vista de encima, se
acercó a ella nervioso.
—¿Te encuentras bien?
Moviéndose para separarse
de él, Rebeca se acercó a su hermano y, con la mejor de sus sonrisas, le dio un
pisotón que a este le hizo ver las estrellas. Después respondió notando cómo el
bebé se movía.
—Sí, no te preocupes.
Dolorido, Kevin se separó
de su hermana, pero estaba dispuesto a conseguir lo que se había propuesto.
—Por cierto, es un niño. Un
precioso chicarrón —
dijo ganándose otra nueva
mirada asesina de aquella.
Rebeca, al
ver la mirada
sorprendida de Paul,
quiso morir. ¿Qué estaba pensando? Pero, este, cada vez más confundido,
miraba a los dos hermanos. Mil preguntas en su mente se formulaban y les
observaba en busca de respuestas. ¡Quería respuestas! Kevin sonrió y Rebeca con
el corazón a
punto de salírsele
del pecho comenzó
a preparar un café.
Lo necesitaba. Sus
manos temblaban cuando oyó la voz
de Paul.
—Rebeca... No sé si debo
preguntártelo, pero ese...
Ay, madre... Ay, madre,
que me
lo va a
preguntar , pensó horrorizada y, sin dejarle terminar, asintió.
—Sí, es hijo tuyo.
Durante una fracción de
segundo ambos se miraron y ella
pudo ver como
su cara se
desencajaba. Paul, boquiabierto
por lo que acababa de descubrir, se apoyó en la encimera, cerró los ojos y
cuando los abrió susurró confundido.
—Dios mío…
Al ver su gesto la joven
intervino rápidamente.
—Te lo iba a decir, pero
yo... es que yo...
No podía continuar
hablando. La intensa mirada de Paul la estaba matando. Asustada por lo que se
le venía encima, cerró los ojos a la espera de que le cayera la gran bronca de
su vida. Sabía que
ocultarlo no había sido una buena idea, pero de pronto los brazos protectores
del hombre al que amaba la rodearon y su boca comenzó a cubrirla de besos.
—¿Por qué no me lo dijiste,
cariño?
Confundida, Rebeca se dejó
abrazar y mimar. Aquello era lo que necesitaba y quería. Pero al recordar
aquello de
«nunca dejaría un hijo mío
a tu cuidado», de un manotazo se soltó de él.
—No me lo quitarás, Paul.
Perplejo por aquel arranque
de ella preguntó arrugando el entrecejo.
—¿Qué?
Rebeca se separó de él de
sopetón.
—¡Es mi bebé! —gritó
histérica—. Y te juro que si intentas algo te mato con mis propias manos. ¿Me
has entendido?
Kevin, aún dolorido por el
pisotón se mofó.
—Joder, hermanita. Te has
levantado hoy guerrera.
Paul estaba aturdido y no
entendía las palabras que ella acababa de pronunciar.
—¿Pero de qué hablas? —
preguntó.
—Tú lo sabes.
Con las manos en alto, en
señal de paz, lentamente se acercó a ella.
—No, cariño, no lo sé.
Pero Rebeca, de nuevo se
separó de él. Y para sorpresa de los dos hombres, se puso a gritar como una
loca.
—¡¡Lo dijiste!!
—¡¿Pero qué dije?!
—preguntó Paul atónito.
—El último día que nos
vimos tú dijiste que nunca dejarías a un hijo tuyo a mi cuidado —chilló—. Y no.
No voy a permitir que destroces
mi vida y la de este bebé porque
tu creas que yo
no puedo ser
una buena madre, porque sé que sí puedo serlo. Al igual que podría haber
sido una buena amiga de Lorena y no una egoísta que juega con sus sentimientos
como tú me tachaste.
Al entender de lo que
hablaba, Paul se acercó de nuevo a ella.
—Escúchame, cielo…
—murmuró.
—No… No te voy a escuchar y
mucho menos permitir que me quites a mi bebé. Porque yo…
Paul no
la dejó terminar
y, acercándose a
ella, sin tocarla dijo:
—Te quiero, Rebeca.
Ofuscada no oyó lo que
decía y prosiguió.
—Dijiste cosas horribles
sobre que yo no quería a Lorena. ¿Pero cómo no voy a querer a Lorena si la
adoro? Es una niña preciosa, encantadora y llena de vida. ¿Cómo no quererla?
Dijiste que yo era una egoísta y que nunca podría querer a nadie. Y no… ¡eso
no es así! También dijiste que yo utilizaba a las
personas y cuando no me interesaban las apartaba de mi lado y...
—Cariño, ¿me has oído? ¡Te
quiero! —insistió cortándola.
Pero ella no escuchaba.
Estaba histérica y dolida y necesitaba decirle todo lo que no le había dicho en
meses.
—Rebeca, tranquilízate
—pidió Kevin cogiéndola del brazo para que lo mirase.
—No. No quiero
tranquilizarme —gritó retirándose el pelo de la cara—. ¿Por qué has tenido que
traerle aquí? ¿No te bastó con lo que pasó la última vez que nos vimos? Oh,
Kevin... ¿por qué te metes continuamente en mi vida?
Desconcertado por
las cosas que
ella decía, Paul no podía
responder. Tenía razón. La última vez que se vieron se comportó como un
energúmeno, pero estaba tan dolido con su indiferencia que no calibró sus
palabras. Pero no. Aquello había acabado. Allí estaba ante ella y solo quería
que lo mirara y ganarse de nuevo su confianza y amor como
fuera.
Kevin, ajeno a los
pensamientos de ambos, y al ver su hermana enloquecida decidió intervenir.
—¿Me preguntas
por qué me
meto en tu
vida, cabezota?
—Sí. Oh, Kevin… ¿Por qué
has vuelto a hacerlo?
—Porque lo necesitas,
cariño —insistió él.
—No. El bebé y yo ahora
estábamos bien —gimió tocándose la barriga—. Tú te has recuperado y yo podía
seguir adelante con mi vida. Pero ahora lo has complicado todo ¡Todo!
Kevin, incapaz de callar un
segundo más, aclaró con cariño.
—No, cielo. No he
complicado nada, Rebeca, y si te tranquilizas te lo explicaré.
Incapaz de
mirar a Paul,
que desde un
lateral los observaba con gesto
indescifrable volvió a preguntar.
—¿Por qué te has vuelto a
meter en mi vida, Kevin?
—Muy fácil, hermanita.
Sufres y echas de menos a este hombre. Alguien tenía que dar el
primer paso para que os vierais e intentarais arreglar lo vuestro.
—Pero yo no te lo pedí.
Kevin asintió y miró a un
cada vez más desconcertado
Paul.
—Lo sé, Rebeca, lo sé. Pero
os separasteis por mi culpa, por mi problema, por no contarle lo que pasaba. Y
yo no puedo seguir viviendo sin intentar aclarar lo ocurrido entre vosotros,
porque yo quiero
que seas feliz.
Te mereces ser feliz y necesito ver que alguien te cuida y te mima
como te
mereces. Y ese alguien es este
hombre
¿pero no lo ves?
Paul fue a hablar pero ella
se le adelantó.
—Maldita sea, Kevin. Ahora él sabe
lo del bebé y
¡Dios!, tendré problemas.
Paul cansado de escuchar,
se interpuso entre ellos y se acercó de nuevo a la muchacha.
—No, cariño. El único
problema que hay aquí es hacer que vuelvas a confiar en mí. —Ella le miró—.
Ahora que Kevin me ha explicado todo, ya sé por qué no me podías decir nada de
lo que pasaba, y quiero que sepas que me siento como un idiota por no haber sido
capaz de mirar más allá de mis narices y entenderte. Tendrías que habérmelo
dicho para haberte ayudado y protegido como te mereces. Y lo que hiciste, me
demuestra que eres la mejor persona que hay en el mundo y te agradeceré toda mi
vida el que
pensaras en proteger a mi
hija antes que en protegerte a ti.
—Una lágrima resbaló por el
rostro de ella y él continuó— Cariño, yo no sabía lo que ahora sé y pensé, y
prejuzgué, a mi manera. Me volví loco al imaginar que me mentías y me ocultabas
cosas y...
—No te necesito, ¿me oyes?
—cortó Rebeca señalándole—. Ni mi bebé ni yo te necesitamos. ¿Has oído, Paul
Stone?
Kevin fue a protestar pero
Paul le indicó que callara y acercándose a ella susurró.
—Pero yo a ti sí te
necesito, cariño.
—Mentira.
Paul tan dispuesto como
Kevin a conseguir su propósito repitió.
—Te necesito y te quiero.
Es más, Lorena y yo te necesita-mos.
—Vamos Rebeca…
Paul te quiere
¿no lo ves? —
insistió Kevin.
—Tú cállate, maldita sea
¡cállate! —Y clavando su mirada en el hombre que le decía maravillosas palabras
de amor siseó—. ¿Cómo
eres capaz de
decirme que me quieres? Si mal no he oído sales con una
modelo valenciana
y yo no quiero interferir,
ni romper algo que...
—Eso no es cierto y lo
sabes —interrumpió desesperado—. La prensa
del corazón me
busca novia todos los días, pero
yo solo te quiero a ti, créeme. La única novia y mujer que quiero eres tú.
Rebeca resopló y Kevin
sonrió. Su hermana estaba perdiendo fuelle a cada contestación de él.
—Yo no estoy en el mercado
ni de novias, ni de mujeres.
—Pues tú eres
la única que me interesa —insistió
Paul.
Su corazón se deshacía
segundo a segundo con las cosas que le decía y al verse reflejada en el
microondas preguntó.
—¿Pero tú te has dado
cuenta de la pinta que tengo?
—Sí. De loca —se mofó
Kevin. Y Paul contestó:
—Te quiero, Rebeca. Y no
voy a parar de repetírtelo hasta que me creas.
Verla ante
él con aquel
pijama, y la
bata apenas abrochada junto a los
pelos de loca, era lo más bonito y dulce que había visto en los últimos meses.
Y al ver que se tranquilizaba, se acercó a ella susurrándole al oído.
—Estás preciosa, cariño.
Más bella que nunca.
Aquella voz y sus palabras
le puso la carne de gallina. No podía más. Las barreras que había levantado
contra él en aquellos meses se deshicieron como la mantequilla. Y, sin
importarle absolutamente nada, Rebeca finalmente apoyó su frente en aquel fuerte pecho.
—Siento decirte que
necesitas gafas.
Henchido de amor por
aquella mujer, cerró los ojos y, besándola con verdadera pasión en la cabeza,
susurró emocionado porque todo acabara bien.
—Lo que yo quiero y
necesito es a ti, cabezota. Rebeca sonrió.
Se dejó abrazar por el
hombre al que adoraba y guiñó un ojo a su hermano que, enternecido, les miraba
apoyado en la nevera.
Tras varios dulces besos y
susurradas palabras de amor, Rebeca preguntó curiosa.
—Por cierto, ¿qué haces tú
en mi casa a estas horas?
—Ayer por la noche recibí
una llamada invitándome a desayunar —aclaró el piloto mirando a Kevin—. En un
principio pensé que Kevin se había vuelto loco, ¿Qué hacía yo desayunando en tu
casa? Pero insistió tanto en que tenía que hablar conmigo y enseñarme
algo que cambiaría mi
vida, que finalmente no
pude negarme.
—¿Y qué tenías
que enseñarle? — le preguntó con curiosidad al
tiempo que le
tiraba un beso
de agradecimiento a su hermano.
—A la vista está, hermanita
—respondió mientras ella asentía divertida.
Conmovido y agradecido,
Paul sonrió. Por fin habían terminado aquellos días de larga soledad en los que
solo podía pensar en ella y volverse loco. La tenía entre sus brazos y no
pensaba soltarla nunca más.
Acabado el café entre risas
y bromas la joven murmuró consciente de su error.
—Paul, siento no haberte
dicho antes lo del embarazo. Pero
toda mi vida
se descontroló de
tal manera estos meses que...
—Pssss... no
importa, cariño, no
importa. Lo importante es que
todos los problemas se han solucionado y estamos juntos, nada más.
Ambos sonrieron, y tras un
dulce beso en los labios preguntó:
—¿Qué crees que dirá Lorena
cuando me vea?
—Uooo… se volverá loca
cuando sepa que va a tener
un hermanito —rio Paul—. Y
cuando mi madre se entere que va a ser abuela de nuevo ¡ya verás!
Kevin, al
sentir que en
aquel momento sobraba,
sin hacer ruido se levantó de la mesa, cogió su cazadora y abrió la
puerta trasera de la cocina para salir.
—Eh... amigo —llamó Paul
mirándole—. Tienes una cazadora igual a la mía.
Con una cariñosa sonrisa,
este miró a la parejita que se había vuelto a unir y respondió:
—Eso quiere
decir que tenemos
muy buen gusto, colega.
—Gracias por todo —dijo
Paul abrazado a Rebeca. Kevin asintió, se metió las manos en los bolsillos del
pantalón vaquero
y salió dejándoles
solos. Paul, emocionado, cerró
los ojos. Siempre le estaría agradecido. Una vez solos, Paul volvió a besar a
la muchacha con suavidad y, cogiéndola entre sus brazos, la sentó sobre él.
—¿Recuerdas el día que nos
conocimos en la tienda donde vendían la cazadora?
Asintió feliz y emocionada.
—¿Cómo lo voy a olvidar? —
respondió llena de amor
—. Fue el día en que, sin
yo saberlo, me enamoré de ti.
Epílogo
Kevin, Rebeca y su padre,
Iñigo, se reunieron por primera vez tras muchos años. Cuando su padre empezó a
hablar, Kevin, conmovido por la tristeza que vio en sus ojos, le abrazó. El
amor a su madre le hizo prejuzgar sin pensar que en la vida siempre hay que
escuchar la otra versión. Elena, la mujer de Iñigo, les demostró desde el
primer día lo maravillosa que era. Olvidó el pasado y decidió partir de
cero dándoles todo
su cariño. Y como era
de esperar, Kevin, al conocer a
sus pequeños hermanos, los malcrió y desde el minuto uno se adoraron.
Lorena y
Tina, al conocer
el embarazo de
Rebeca, saltaron de alegría. El que aquellos dos estuvieran de nuevo
juntos y un bebé de ambos viniera al mundo, era la mejor de las noticias. Carla
y Samuel, junto a sus hijos, disfrutaban de la felicidad de todos. Atrás
quedaron los problemas y tenían por delante un bonito futuro.
Donna, días antes del parto
de Rebeca, regresó a España junto a Miguel y María. Ángela se volvió loca,
rodeada de todos aquellos muchachos
a los que
quería. En un principio, Donna estaba reticente con el
tema de su padre, pero al ver que sus hermanos le habían perdonado, no lo dudó.
Decidió darle una oportunidad y éste no la defraudó.
Kevin se recuperó a pasos
agigantados, incluso llegó a saborear de nuevo volver a ser un espíritu libre y
les sorprendió a todos saliendo un par de veces a cenar con Belén, la
secretaria de Rebeca ¿habría algo entre ellos?.
Pizza estaba hecha toda una
madraza con sus cinco cachorros. En un principio Rebeca, ante la llegada del
bebé, pensó en regalarlos.
Pero tras decidir
que Kevin se quedaría a vivir en su casa y ella se
trasladaría a vivir a un nuevo hogar con Paul, decidió quedarse con todos,
excepto con dos, que se quedarían con Kevin.
Dos días después de la llegada de Donna, Rebeca se puso de
parto y tuvo un niño precioso al que pusieron el nombre de Víctor. Tres meses
después, Paul y Rebeca contrajeron matrimonio en una celebración íntima, emotiva
y fuera de todos los paparazzi que siempre les rondaban.
Rita e Iván, respiraron con
alivio al saber que sus amigos por fin eran felices. Aquel era un comienzo que
les daría un nuevo sentido a sus vidas y estaban seguro de que lo iban a
aprovechar. Todos juntos y unidos disfrutaron de una boda entrañable. Porque
cuando Rebeca y Paul se dijeron el «sí quiero» mirándose a los
ojos, lo dijeron con verdadero
amor.
Table of Contents
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Epílogo

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