© Libro N° 13840. Conversaciones.
Deleuze,
Gilles. Emancipación. Mayo 17 de 2025
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Original: © Conversaciones. Gilles
Deleuze
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CONVERSACIONES
Gilles Deleuze
Conversaciones
Gilles Deleuze
Conversaciones
1972–1990
Gilles
Deleuze
¿POR QUÉ reunir textos de entrevistas que se han
producido a lo lar-go de casi veinte años? Porque a veces las conversaciones
duran tanto que ya no se sabe si son conversaciones de paz o de guerra. Es
verdad que la filosofía es inseparable de una cierta cólera contra su época,
pero también que nos garantiza serenidad. Ello no obstante, la filosofía no es
un Poder. Las religiones, los Estados, el capitalismo, la ciencia, el derecho,
la opinión o la televisión son poderes, pero no la filosofía. La filosofía
puede implicar grandes batallas interiores (idealismo– realismo, etc.), pero
son batallas irrisorias. Al no ser un Poder, la filosofía no puede librar
batallas contra los poderes, pero mantiene, sin embargo, una guerra sin
batalla, una guerra de guerrillas contra ellos. Por eso no puede hablar con los
poderes, no tiene nada que decirles, nada que comunicar: únicamente mantiene
conversaciones o negocia-ciones. Y, como los poderes no se conforman con ser
exteriores, sino que se introducen en cada uno de nosotros, gracias a la
filosofía todos nos encontramos constantemente en conversaciones o
negociaciones y en guerra de guerrillas con nosotros mismos.
G. D.
I
DEL ANTI–EDIPO A MIL–MESETAS
[9]
1. CARTA A
UN CRÍTICO SEVERO
Eres encantador, inteligente, perverso hasta la
maldad. Un esfuerzo más... La carta que me has enviado, al invocar unas veces
lo que se dice y otras lo que tú mismo piensas, y al mezclar ambas cosas, es
una especie de regodeo acerca de mi presunta desdicha. Por un lado, me dices
que estoy atascado, atrancado en todos los registros, en la vida, en la
enseñanza, en la política, que me he convertido en una asquerosa vedette y,
además, que esto no puede durar mucho y que no tengo salida. Por otro lado, me
dices que siempre he marchado rezagado, que os succiono la sangre a vosotros,
los verdaderos experimentadores, los héroes, y que pruebo vuestros venenos
quedándome siempre tras la barrera, contemplando y aprovechándome de vosotros.
Por mi parte, no sé nada de todo eso. Los esquizos, tanto los falsos como los
verda-deros, me están fastidiando tanto que de buena gana me pasaría a la
paranoia. Viva la paranoia. Lo que quieres inocularme con tu carta, ¿no es un
poco de [10] resentimiento (estás acorralado, estás atascado, “confiésalo”...)
y algo de mala conciencia (no tienes vergüenza, vas rezagado...)? Si esto es
todo lo que tenías que decirme, no valía la pena. Te vengas por haber escrito
un libro sobre mí. Tu carta está llena de falsa conmiseración y de auténtico
apetito de venganza.
4
Para empezar te recuerdo que, a pesar de todo, yo
no te pedí ese libro. Tú declaras las razones que has tenido para escribirlo:
“por humor, por azar, por ansia de dinero y de prestigio social”. No veo con
claridad que ese sea el modo de satisfacer todos esos apetitos. Pero, una vez
más, es asunto tuyo, y desde el principio te advertí que el libro no me
concernía en absoluto, que no pensaba leerlo o que lo leería más tarde, y como
algo que te concierne a ti. Tú acudiste a verme para pedirme algún inédito. Sin
otro afán que el de complacerte, te propuse un intercambio de cartas: me
parecía más fácil y menos cansado que una entrevista con magnetófono. Puse como
única condición que las cartas se publicasen como algo aparte de tu libro, al
modo de un apéndice. Lo que tú aprovechas para empezar a deformar nuestro
acuerdo y brindarme el reproche de haberme comportado como una vieja Guermantes
que dijese: “Se le escribirá”, como un oráculo que te remite a Correos y
Telégrafos o como un Rilke negando consejo a un poeta joven. ¡Paciencia!
Ciertamente, la benevolencia no es tu fuerte. Si yo
no fuera capaz de admirar y amar a nadie o a nada, me sentiría como muerto,
momifica-do. Pero se diría que tú has nacido amargado, tu arte es el del guiño,
“a mí no me engañas, escribiré un libro sobre ti pero ya verás...” [11] De
todas las interpretaciones posibles, escoges casi siempre la más malva-da o la
más ruin. Primer ejemplo: quiero y admiro a Foucault. He escrito un artículo
sobre él. Y él ha escrito un artículo sobre mí, en el que se encuentra la
frase: “quizá un día el siglo sea deleuziano”. Tu comentario: se echan flores.
Parece como si no pudieras concebir que mi admiración por Foucault sea real, y
mucho menos comprender que
5
la frasecilla de Foucault es una fórmula cómica
destinada a hacer reír a nuestros amigos y rabiar a nuestros enemigos. Un texto
que tú conoces bien explica esta maldad innata de los herederos del
izquierdismo: “¿Quién se atrevería a pronunciar ante una asamblea izquierdista
las palabras “fraternidad” o “benevolencia”? Ellos están consagrados al
ejercicio extremadamente minucioso de la animosidad hacia todos sus travestis,
la práctica de la agresividad y del escarnio con cualquier fin y contra
cualquier persona, presente o ausente, amiga o enemiga. No se trata de
comprender a los otros, sino de vigilarlos”.1 Tu carta es un solemne acto de
vigilancia. Recuerdo a un tipo del FHAR2 que declara-ba en una asamblea: Si no
fuera porque estamos siempre ahí, ejercien-do como vuestra mala conciencia...
Extraño y algo policiaco ideal: ser la mala conciencia de alguien. Se diría que
también tú piensas que hacer un libro acerca de (o contra) mí te confiere algún
poder sobre mí. Y no es cierto. A mí me disgusta tanto la posibilidad de tener
mala concien-cia como la de ser la mala conciencia de otros. [12]
Segundo ejemplo: mis uñas, largas y sin cortar. Al
final de tu carta dices que mi chaqueta de obrero (te equivocas: es una
chaqueta de campesino) equivale a la blusa fruncida de Marylin Monroe y mis
uñas a las gafas negras de Greta Garbo. Y me inundas de consejos irónicos y
malintencionados. Como vuelves una y otra vez sobre el asunto de mis uñas, voy
a explicártelo. Siempre podemos decir que, al ser mi madre quien me las
cortaba, está ligado al problema de Edipo y de la castra-
1 Recherches,
marzo de 1973, “Grande Encyclopédie des homosexualités”.
2 Organización
francesa del movimiento reivindicativo de los homosexuales. [Nota del
Traductor.]
6
ción (interpretación grotesca pero psicoanalítica).
También se puede notar, si se observan los extremos de mis dedos, que carezco
de las marcas digitales que ordinariamente actúan como protección, de tal modo
que el hecho de tocar con la punta de los dedos un objeto, y sobre todo un
tejido, me produce un dolor nervioso que exige la protección de uñas largas
(interpretación teratológica y seleccionista). Y podría incluso decirse, lo que
es rigurosamente cierto, que mi sueño no es llegar a ser invisible, sino
imperceptible, y que compenso mi imposibilidad de hacerlo dotándome de largas
uñas que siempre puedo ocultar en mis bolsillos, pues nada me extraña más que
el hecho de que alguien las mire (interpretación psicosociológica). Y podría
decirse, para terminar: “No hace falta que te comas tus uñas, puesto que forman
parte de ti; si te gustan las uñas, devora las de los demás cuando quieras y
cuando puedas” (interpretación política). Pero tú has elegido la interpretación
más molesta: quiere singularizarse, convertir-se en Greta Garbo. Es curioso, no
obstante, que ninguno de mis amigos haya reparado jamás en mis uñas,
considerándolas perfectamente naturales, plantadas ahí al azar, como por el
viento que transporta semillas y del que nadie habla.[13]
Y llegamos así a tu primera crítica: dices y
repites en todos los tonos posibles: estás bloqueado, acorralado, confiésalo.
Pues bien, Señor fiscal general: no confieso nada. Puesto que se trata de tu
culpa por haber escrito un libro sobre mí, intentaré explicarte cómo veo lo que
he escrito. Pertenezco a una generación, a una de las últimas generaciones que
han sido más o menos asesinadas por la historia de la filosofía. La historia de
la filosofía ejerce, en el seno de la filosofía, una evidente
7
función represiva, es el Edipo propiamente
filosófico: “No osarás hablar en tu propio nombre hasta que no hayas leído esto
y aquello, y esto sobre aquello y aquello sobre esto.” De mi generación,
algunos no consiguieron liberarse, otros sí: inventaron sus propios métodos y
reglas nuevas, un tono diferente. Pero yo, durante mucho tiempo, “hice”
historia de la filosofía, me dediqué a leer sobre tal o cual autor. Pero me
concedía mis compensaciones, y ello de modos diversos: por de pronto,
prefiriendo aquellos autores que se oponían a la tradición racionalista de esta
historia (hay para mí un vínculo secreto entre Lucrecio, Hume, Spinoza o
Nietzsche, un vínculo constituido por la crítica de lo negativo, la cultura de
la alegría, el odio a la interioridad, la exterioridad de las fuerzas y las
relaciones, la denuncia del poder, etc.). Lo que yo más detestaba era el
hegelianismo y la dialéctica. Mi libro sobre Kant es muy distinto, y le tengo
gran aprecio: lo escribí como un libro acerca de un enemigo cuyo funcionamiento
deseaba mostrar, cuyos engranajes quería poner al descubierto –tribunal de la
Razón, uso mesurado de las facultades, sumisión tanto más hipócrita por cuanto
nos confiere el título de legisladores–. Pero, ante todo, el modo de liberarme
que utilizaba en aquella época consistía, según creo, en concebir la historia
de la filosofía como una especie de sodo-mía o, dicho de [14] otra manera, de
inmaculada concepción. Me imaginaba acercándome a un autor por la espalda y
dejándole embara-zado de una criatura que, siendo suya, sería sin embargo
monstruosa. Era muy importante que el hijo fuera suyo, pues era preciso que el
autor dijese efectivamente todo aquello que yo le hacía decir; pero era
igualmente necesario que se tratase de una criatura monstruosa, pues había que
pasar por toda clase de descentramientos, deslizamientos,
8
quebrantamientos y emisiones secretas, que me
causaron gran placer. Mi libro sobre Bergson es, para mí, ejemplar en este
género. Hoy, muchos se dedican a reprocharme incluso el hecho de haber escrito
sobre Bergson. No conocen suficientemente la historia. No saben hasta qué punto
Bergson, al principio, concentró a su alrededor todos los odios de la
Universidad francesa, y hasta qué punto sirvió de lugar de encuentro a toda
clase de locos y marginales mundanos y trasmunda-nos. Poco importa si esto
sucedió a pesar suyo o no.
Fue Nietzsche, a quien leí tarde, el que me sacó de
todo aquello. Porque es imposible intentar con él semejante tratamiento. Es él
quien te hace hijos a tus espaldas. Despierta un placer perverso (placer que
nunca Marx ni Freud han inspirado a nadie, antes bien todo lo contra-rio): el
placer que cada uno puede experimentar diciendo cosas simples en su propio
nombre, hablando de afectos, intensidades, experiencias, experimentaciones. Es
curioso lo de decir algo en nombre propio, porque no se habla en nombre propio
cuando uno se considera como un yo, una persona o un sujeto. Al contrario, un
individuo adquiere un auténtico nombre propio al término del más grave proceso
de desper-sonalización, cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan
enteramente, a las intensidades [15] que le recorren. El nombre como
aprehensión instantánea de tal multiplicidad intensiva es lo contrario de la
despersonalización producida por la historia de la filosofía, es una
despersonalización de amor y no de sumisión. Se habla desde el fondo de lo que
no se conoce, desde el fondo del propio subdesarrollo. Uno se ha convertido
entonces en un conjunto de singularidades libres, nombres y apellidos, uñas,
cosas, animales y pequeños acontecimien-
9
tos: lo contrario de una vedette. Fue así como yo
empecé a escribir libros en este registro de vagabundeo, Diferencia y
repetición y Lógica del sentido. No me hago ilusiones: son libros aún lastrados
por un pesado aparato universitario, pero intento con ellos una especie de
trastorno, intento que algo se agite en mi interior, tratar la escritura como
un flujo y no como un código. Hay algunas páginas de Diferencia y repetición
que estimo especialmente, como por ejemplo las que tratan de la fatiga y la contemplación,
porque ellas proceden, a pesar de las apariencias, de la más viva experiencia
vital. No era mucho, sólo un comienzo.
Después tuvo lugar mi encuentro con Félix Guattari,
y el modo en que nos entendimos, nos completamos, nos despersonalizamos el uno
al otro y nos singularizamos uno mediante el otro, en suma, el modo en que nos
quisimos. De ahí salió El Anti–Edipo, que representa un nuevo progreso. Me
pregunto si no será precisamente el hecho de que haya sido escrito por dos
personas una de las razones formales de la hostilidad que a veces despierta
este libro, ya que la gente disfruta con las desavenencias y las asignaciones.
Han intentado, pues, discernir lo indiscernible o determinar lo que debe
asignarse a cada uno de noso-tros. Pero dado que cada uno de nosotros, como
[16] todo el mundo, es ya varias personas, hay mucha gente en total. Tampoco
puede decirse que El Anti–Edipo esté libre de todo aparato de saber: todavía es
muy universitario, demasiado serio, no se trata de la filosofía pop o del
popanálisis soñado. Pero hay algo que me sorprende: aquellos que consideran que
se trata de un libro difícil se encuentran entre quienes tienen una mayor
cultura, especialmente una mayor cultura psicoanalí-tica. Dicen: ¿qué es eso
del cuerpo sin órganos? ¿qué quiere decir
10
“máquinas deseantes”? Al contrario, quienes saben
poco y no están corrompidos por el psicoanálisis tienen menos problemas, y
dejan de lado alegremente lo que no comprenden. Esta es una de las razones que
nos impulsaron a decir que este libro se dirigía a lectores entre quince y
veinte años. Y es que hay dos maneras de leer un libro: puede consi-derarse
como un continente que remite a un contenido, tras de lo cual es preciso buscar
sus significados o incluso, si uno es más perverso o está más corrompido, partir
en busca del significante. Y el libro siguiente se considerará como si
contuviese al anterior o estuviera contenido en él. Se comentará, se
interpretará, se pedirán explicacio-nes, se escribirá el libro del libro, hasta
el infinito. Pero hay otra manera: considerar un libro como una máquina
asignificante cuyo único problema es si funciona y cómo funciona, ¿cómo
funciona para ti? Si no funciona, si no tiene ningún efecto, prueba a escoger
otro libro. Esta otra lectura lo es en intensidad: algo pasa o no pasa. No hay
nada que explicar, nada que interpretar, nada que comprender. Es una especie de
conexión eléctrica. Conozco a personas incultas que han comprendido
inmediatamente lo que era el “cuerpo sin órganos” gracias a sus propios
“hábitos”, gracias a su manera de fabricarse uno. Esta otra manera de leer se
opone a la precedente porque relaciona directa-[17]mente el libro con el
Afuera. Un libro es un pequeño engranaje de una maquinaria exterior mucho más
compleja. Escribir es un flujo entre otros, sin ningún privilegio frente a esos
otros, y que mantiene relaciones de corriente y contracorriente o de remolino
con otros flujos de mierda, de esperma, de habla, de acción, de erotismo, de
moneda, de política, etc. Como Bloom: escribir con una mano en la arena y
masturbarse con la otra (¿en qué relación se encuentran esos
11
dos flujos?). En cuanto a nosotros, nuestro Afuera
(o al menos uno de nuestros afueras) es una cierta masa de gentes (sobre todo
jóvenes) que están hartos del psicoanálisis. Están, para decirlo con tus
palabras, “atascados”, porque, aunque siguen psicoanalizándose, piensan de
hecho contra el psicoanálisis, pero piensan contra él en términos
psicoanalíticos (por ejemplo, y a título de broma íntima, ¿cómo pueden
psicoanalizarse los hombres del FHAR o las mujeres del M.L.F. y tantos otros?
¿No se sienten incómodos? ¿Se lo creen? ¿Qué hacen en el diván?) La existencia
de esta corriente hizo posible El Anti–Edipo. Y si el grueso de los
psicoanalistas, desde los más estúpidos hasta los más inteligentes, ha
reaccionado con hostilidad hacia este libro (aunque su reacción es más
defensiva que agresiva) no es sólo, evidentemente, a causa de su contenido,
sino porque favorece esa corriente de quienes están hartos de oír: “papá, mamá,
Edipo, castración, regresión” y de ver cómo se les propone una imagen
totalmente debilitada de la sexualidad en general y de su sexualidad en
particular. Como suele decirse, los psicoanalistas deberían tener en cuenta a
las “masas”, a esas pequeñas masas. Recibimos, en este sentido, hermosas cartas
remitidas por el lumpenproletariado del psicoanálisis, mucho más hermosas que
los artículos de nuestros críticos. [18]
Esta manera de leer en intensidad, en relación con
el Afuera, flujo contra flujo, máquina con máquina, experimentación,
acontecimientos para cada cual que nada tienen que ver con un libro, que lo
hacen pedazos, que lo hacen funcionar con otras cosas, con cualquier cosa...
ésta es una lectura amorosa. Y es exactamente así
como tú lo has leído. Hay en tu carta un pasaje hermoso, casi maravilloso,
donde explicas cómo has leído el libro, el uso que de él has hecho por tu
cuenta: ¡De
12
eso se trata! ¿Por qué vuelves en seguida a los
reproches (No te librarás, todo el mundo espera el segundo tomo, en seguida
serás reconocido)? Completamente falso, lo tuvimos siempre en mente.
Escribiremos la continuación porque nos gusta trabajar juntos. Pero no será en
absolu-to una continuación. Con ayuda del Afuera, será algo tan distinto, tanto
por el lenguaje como por el pensamiento, que aquellos que nos “espe-ran”
tendrán que decir: o se han vuelto completamente locos, o son unos canallas, o
han sido incapaces de continuar. Decepcionar es un placer. No es que
gesticulemos para parecer locos, nos volveremos locos a nuestro modo y en su
momento, sin necesidad de que se nos presione. Sabemos que el primer tomo de El
Anti–Edipo está lleno aún de compromisos, demasiado cargado de saberes que
parecen concep-tos. Así pues, cambiaremos, ya hemos cambiado, estamos
contentos. Algunos pensaban que continuaríamos en la misma onda, y hay quien
llegó a creer que íbamos a formar un quinto grupo psicoanalítico. ¡Miserias!
Soñamos con otras cosas más clandestinas y gozosas. No firmaremos más
compromisos, porque ahora nos hacen menos falta. Y encontraremos siempre a los
aliados de los que tenemos necesidad o que tienen necesidad de nosotros. [19]
Pero tú quieres describirme como atrapado. Y no es
cierto: ni Félix ni yo nos hemos convertido en subjefes de una subescuela. Si
alguien quiere utilizar El Anti–Edipo, allá él, porque nosotros ya estamos en
otra parte. Me imaginas políticamente atrapado, reducido al papel de firmar
manifiestos y peticiones, “superasistente social”: no es verdad, y, de entre
todos los homenajes que habría que rendir a Foucault, está el de haber sido el
primero que por su propia cuenta ha quebrado los mecanismos de recuperación y
ha sacado al intelectual de su situación
13
política clásica. Eres tú quien se ha quedado
anclado en la provocación, en la publicación, en los cuestionarios, en las
confesiones públicas (“confiesa, confiesa...”). Al contrario, a mí me parece
que se aproxima una época de clandestinidad mitad voluntaria–mitad obligada,
que será como un rejuvenecimiento del deseo, incluido el deseo político. Me
imaginas profesionalmente atrapado, porque he hablado en Vicen-nes durante dos
años y tú dices que dicen que yo no hago nada. Piensas que, cuando hablo, me hallo
en la contradicción de quien, “rechazando la condición de profesor, está sin
embargo condenado a enseñar, y tiene que restaurar los arreos que ya todo el
mundo había abandona-do”: yo no soy sensible a las contradicciones, no soy un
alma bella que vive trágicamente su condición; he hablado porque tenía grandes
deseos de hacerlo, y he sido apoyado, injuriado, interrumpido por militantes,
locos verdaderos y seudolocos, imbéciles y personas muy inteligentes, había en
Vincennes una especie de chirigota continua y viva. Esto ha durado dos años, y
ya es suficiente, hace falta cambiar. De modo que ahora que ya no hablo en las
mismas condiciones, dices, o te haces portavoz de quienes dicen, que ya no hago
nada, que soy impo-tente, una reina gorda e impotente. Y esto sigue siendo
falso: me escondo, [20] pero sigo trabajando con el menor número posible de
personas, y tú, en lugar de ayudarme a no convertirme en vedette, vienes a
pedirme cuentas y a exigirme que elija entre la impotencia y la contradicción.
Finalmente, me imaginas atascado personalmente, familiarmente. En esto
demuestras lo bajo de tu vuelo. Explicas que tengo una esposa y una hija que
juega con muñecas y que triangula los rincones. Y eso te divierte cuando lo
comparas con El Anti–Edipo. También podrías haberme dicho que tengo un hijo en
edad de psicoa-
14
nalizarse. Si tu idea es que son las muñecas
quienes producen el Edipo, o bien el matrimonio por sí mismo, me parece una
idea peregrina. Edipo no es una muñeca, es una secreción interna, una glándula,
y nunca se ha luchado contra las secreciones edípicas sin luchar también contra
sí mismo, sin experimentar contra sí mismo, sin hacerse capaz de amar y desear
(en lugar de la plañidera voluntad de ser amados, que nos conduce al
psicoanálisis). Amores no–edípicos: no es poca cosa. Deberías saber que no basta
con ser soltero, no tener hijos, ser homo-sexual o pertenecer a tal o cual
grupo para evitar a Edipo, pues hay un Edipo de grupo, hay homosexuales
edípicos y un M.L.F. edipizado, etc. Como prueba valga un texto: “Los árabes y
nosotros”3, bastante más edípico que mi hija.
De modo que nada tengo que “confesar”. El relativo
éxito de El An-ti–Edipo no nos compromete ni a Félix ni a mí. En cierto modo no
nos concierne, ya que tenemos otros proyectos. Paso, pues, a tu otra crítica,
más dura y terrible, que consiste en decir que siempre he ido a la zaga,
economizando esfuerzos, aprovechándome de las [21] experimentacio-nes ajenas,
de los homosexuales, drogadictos, alcohólicos, masoquistas, locos, etc.,
probando ligeramente sus delicias y venenos sin arriesgar nunca nada. Vuelves contra
mí un texto mío en el que yo pregunto cómo es posible no convertirse en un
conferenciante profesional sobre Artaud o en un seguidor mundano de Fitzgerald.
Pero, ¿qué sabes de mí? Yo creo en el secreto, es decir, en la potencia de lo
falso, mucho más que en los relatos que dan testimonio de una deplorable
creencia en la exactitud y en la verdad. Aunque no me mueva, aunque no viaje,
3 Recherches,
id.
15
hago, como todo el mundo, mis viajes inmóviles que
sólo puedo medir con mis emociones, expresándolos de la manera más oblicua y
desvia-da en mis escritos. ¿A cuento de qué traer a colación mis relaciones con
los homosexuales, los alcohólicos o los drogadictos, si puedo experi-mentar en
mí efectos análogos a los que ellos obtienen por otros medios? Lo interesante
no es saber de qué me aprovecho, sino más bien si hay quienes hacen tal o cual
cosa en su rincón, como yo en el mío, y si es posible un encuentro azaroso, un
caso fortuito, no alineaciones o adhesiones, toda esa bazofia en la que uno se
supone ser la mala conciencia que tiene que corregir al otro. No te debo nada,
y tú a mí tampoco. No tengo ninguna razón para acudir a vuestros guetos, ya
tengo los míos. El problema no fue nunca la naturaleza de tal o cual grupo
exclusivo, sino las relaciones transversales en las que los efectos producidos
por tal o cual cosa (homosexualidad, droga, etc.) pueden siempre producirse por
otros medios. Contra aquellos que piensan “soy esto, soy aquello”, y que lo
piensan aún de una manera psicoanalí-tica (refiriéndose a su infancia o a su
destino), hay que pensar en términos de incertidumbre y de improbabilidad: no
sé lo que soy, harían falta tantas investigaciones y tantos tanteos no
nar-[22]cisistas ni edípicos (ningún homosexual puede decir con certeza: “soy
homo-sexual”). El problema no es ser esto o aquello como ser humano, sino
devenir inhumano, el problema es el de un universal devenir animal: no
confundirse con una bestia, sino deshacer la organización humana del cuerpo,
atravesar tal o cual zona de intensidad del cuerpo, descu-briendo cada cual qué
zonas son las suyas, los grupos, las poblaciones, las especies que las habitan.
¿Por qué no tendría derecho a hablar de medicina sin ser médico si hablo de
ella como un perro? ¿Por que no
16
podría hablar de la droga sin ser drogadicto si
hablo de ella como un pájaro? ¿Por qué no podría inventar un discurso sobre
cualquier cosa, incluso aunque se trate de un discurso completamente irreal o
artifi-cial, sin que se me tengan que reclamar los títulos que para ello me
autorizan? Si la droga produce a veces delirios, ¿por qué no podría yo delirar
sobre la droga? ¿Qué vas a hacer tú con tu “realidad” propia? Chato realismo el
tuyo. Pero, ¿por qué me lees entonces? El argumento de la experiencia reservada
es un mal argumento, además de reaccio-nario. La frase de El Anti–Edipo que más
me gusta es esta: “No, jamás hemos visto esquizofrénicos.”
¿Qué hay, pues, en tu carta? En resumidas cuentas,
nada tuyo salvo ese hermoso pasaje. Un conjunto de rumores, de “se dice”, que
tú presentas ágilmente como si viniesen de otros o de ti mismo. Puede que tú lo
hayas querido así, una especie de pastiche de ruidos envasado al vacío. Se
trata de una carta mundana y bastante snob. Me pides un “inédito”, y luego me
escribes maldades. Mi carta, por causa de la tuya, tiene el aspecto de una
justificación. Pero no hay que exagerar. Tú no eres un árabe, eres un chacal.
Te esfuerzas en hacer que me convierta en [23] todo aquello en lo que me acusas
de haberme convertido, pequeña vedette, vedette, vedette. Yo no te pido nada,
sino que –para terminar con todos los rumores– te mando todo mi cariño.
en Michel Cressole, Deleuze,
Ed. Universitaires, París, 1973
17
[25]
2. ENTREVISTA
SOBRE EL ANTI–EDIPO 4 (con Félix Guattari)
– Uno de ustedes es psicoanalista, el otro
filósofo; su libro es un cuestionamiento del psicoanálisis y de la filosofía
que, además, presen-ta algo nuevo: el esquizo–análisis. ¿Cuál sería entonces el
lugar común de este libro? ¿Cómo concibieron la empresa, qué transformaciones
han sido necesarias para uno y otro?
GILLES DELEUZE.– Habría que hablar en potencial,
como las niñas pequeñas (“nos habríamos encontrado, habría sucedido tal
cosa...”). Conocí a Félix hace dos años y medio. Él tenía la impresión de que
yo iba por delante de él, esperaba algo de mí. El caso era que yo no tenía ni
las responsabilidades de un psicoanalista ni las culpabili-[26]dades o los
condicionamientos de un psicoanalizado. Yo no tenía ninguna posición que
mantener, lo que me daba ligereza, y me enfrentaba a la miseria del
psicoanálisis con cierto desenfado. Yo trabajaba únicamen-te en el campo de los
conceptos, y aún de forma tímida. Félix me habló de lo que él llamaba, ya
entonces, las máquinas deseantes: toda una concepción teórica y práctica del
inconsciente–máquina, del incons-ciente esquizofrénico. Entonces tuve la
impresión de que era él quien llevaba la delantera. Sólo que, con todo y su
inconsciente–máquina, él hablaba aún en términos de estructura, significante,
falo, etc. No podía
4 G. Deleuze y
P. F. Guattari, Capitalisme et scbizofrénie, I: L’Antioedipe. Les Editions de
Minuit, París, 1972. Trad. cast. F. Monge, El Anti–Edipo. Barral Editores,
Barcelona, 1973 (reed. Ed. Paidós). [N. del T.]
18
ser de otro modo, considerando la deuda que él
(como yo mismo) tenía con Lacan. Pero me pareció que, si encontrábamos los
conceptos adecuados para ello, todo funcionaría mejor que con unos conceptos
que ni siquiera son los del Lacan creador, sino más bien los de una cierta
ortodoxia que se ha constituido a su alrededor. Lacan dice: “nadie me ayuda”.
Nosotros le hemos ayudado esquizofrénicamente. Precisamente porque tenemos una
gran deuda con Lacan, hemos renunciado a nociones como la estructura, lo simbólico
o el significan-te, malas nociones que el propio Lacan siempre ha sabido
distorsionar para mostrar su reverso.
De modo que Félix y yo decidimos trabajar juntos.
Al principio por carta. Después, por temporadas, mediante unas sesiones en las
que cada uno escuchaba al otro. Nos divertimos mucho. También nos aburrimos
mucho. Alguno de los dos hablaba siempre demasiado. Ocurría a menudo que uno
proponía una noción que no significaba nada para el otro, y que el otro sólo
conseguía utilizarla meses después y en otro contexto. Y, además, leímos mucho;
no libros enteros, más bien fragmentos. A veces nos encontrá-[27]bamos con
cosas realmente estúpidas, que nos confirmaban lo pernicioso del Edipo y la
enorme miseria del psicoanálisis; y a veces dábamos con cosas admirables, que
nos parecían dignas de ser explotadas. Después escribimos muchísimo. Félix
trata la escritura como un flujo esquizofrénico que arrastra todo tipo de
cosas. Esto es algo que me interesa especialmente: que la página tenga fugas
por todos lados sin dejar de estar, por otra parte, cerrada sobre sí como un
huevo. Además, en un libro hay siempre muchas retenciones, resonancias,
precipitaciones y larvas. Llegamos a escribir
19
realmente entre los dos, no tuvimos ningún problema
en ese sentido.
Hicimos sucesivas versiones.
FÉLIX GUATTARI.– Por mi parte, yo tenía muchas
“posiciones”, al menos cuatro. Yo procedía de la Voie Communiste, y después
estuve en la oposición de izquierda; antes de Mayo del 68 escribíamos poco (por
ejemplo, las “nueve tesis de la Oposición de izquierda”) y agitábamos mucho.
Además, yo había participado en la clínica de La Borde en Cour–Cheverny desde
que Jean Oury la fundara en 1953 como una prolongación de las experiencias de
Tosquelles: intentábamos definir teórica y prácticamente las bases de la
psicoterapia institucional (yo, por mi parte, experimentaba con nociones como
las de “transver– salidad” o “fantasía de grupo”). Y, finalmente, también me
formé con Lacan desde el comienzo de los seminarios. Así que mantenía una
especie de posición o de discurso esquizofrénico, siempre he estado enamorado
de los esquizofrénicos, siempre me han atraído. Hay que convivir con ellos para
comprenderlo. Al menos los problemas de los esquizofrénicos son auténticos
problemas, no como los de los neuróti-cos. Hice mi primera terapia con un
esquizofrénico y auxiliado por un magnetófono. [28]
El caso es que estas cuatro posiciones, estos
cuatro discursos, no eran solamente posiciones o discursos, sino también modos
de vida que, forzosamente, experimentaba desde un cierto desgarramiento. Mayo
del 68 fue, para Gilles y para mí, como para otros muchos, una sacudida: aunque
no nos conocíamos entonces, nuestro libro es sin duda una consecuencia de Mayo.
No es que yo tuviese necesidad de unificar mis cuatro modos de vida, lo que
precisaba era más bien
20
recomponerlos. Contaba con algunas referencias,
como por ejemplo la necesidad de interpretar la psicosis a partir de la
esquizofrenia. Pero carecía de la lógica necesaria para esa reconstrucción.
Había escrito en Recherches un texto titulado “De un signo a otro”, un texto
muy influenciado por Lacan pero en el que ya prescindía del significante. Ello
no obstante, estaba aún enredado en una suerte de dialéctica. Lo que esperaba
de mi trabajo con Gilles eran cosas como el cuerpo sin órganos, las multiplicidades,
la posibilidad de una lógica de las multi-plicidades con adherencias sobre el
cuerpo sin órganos... En nuestro libro, las operaciones lógicas son al mismo
tiempo operaciones físicas. Lo que hemos buscado en común ha sido un discurso
que sea a la par político y psiquiátrico, pero sin que ninguna de las dos
dimensiones pueda reducirse a la otra.
– Ustedes oponen constantemente un inconsciente
esquizoanalítico, compuesto de máquinas deseantes, al inconsciente
psicoanalítico, al que dirigen toda clase de críticas. Utilizan la
esquizofrenia como patrón de referencia. Pero, ¿dirían ustedes sinceramente que
Freud ignoraba el dominio de las máquinas o, al menos, de los aparatos? ¿Dirían
que no comprendió el campo de la psicosis? [29]
F. G.– Es complejo. En ciertos aspectos, Freud
tenía plena concien-cia de que su verdadero material clínico, su base clínica
procedía de la psicosis, de Bleuler y Jung. Y esto es así hasta el final: todas
las noveda-des del psicoanálisis, desde Melanie Klein hasta Lacan, proceden de
la psicosis. Por otra parte, está el caso de Tausk: es posible que Freud
temiese una confrontación de los conceptos analíticos con la psicosis. El
comentario sobre Schreber revela todo tipo de ambigüedades. En
21
cuanto a los esquizofrénicos, se tiene la impresión
de que a Freud no le gustan en absoluto, dice sobre ellos cosas horribles,
extremadamente desagradables... Ahora bien, es cierto, como usted dice, que
Freud no ignoraba la maquinaria del deseo. El deseo, las maquinarias del deseo
son incluso el descubrimiento propio del psicoanálisis. Nunca en el
psicoanálisis dejan de zumbar, de chirriar, de producir. Y los psicoana-listas
no dejan nunca de alimentar o de realimentar las máquinas, sobre un fondo esquizofrénico.
Pero quizá hacen o desencadenan cosas de las que no tienen clara conciencia.
Quizás su práctica implica operaciones incipientes que no aparecen con claridad
en la teoría. No hay duda de que el psicoanálisis ha perturbado toda la
medicina mental, como una especie de máquina infernal. Aunque ya desde el
principio estuviese sometido a compromisos, causaba perturbaciones, imponía
nuevas articulaciones, revelaba el deseo. Usted acaba de invocar los aparatos
psíquicos tal y como son analizados por Freud: aparece ahí todo un aspecto de
maquinaria, de producción de deseo y de unidades de producción. Pero hay otro
aspecto: la personificación de estos aparatos (el super–yo, el yo, el ello),
una escenografía teatral que sustituye las verdaderas fuerzas productivas del
inconsciente por simples valores representativos. Así es como las máquinas del
deseo se convierten progresivamente en maquinarias tea-[30]trales: el super–yo,
la pulsión de muerte como deus ex machina. Tienden progresivamente a funcionar
fuera de la escena, entre bastidores. O bien como máquinas de ilusión, de
producción de efectos. Toda la producción deseante queda anonadada. Nosotros
decimos estas dos cosas al mismo tiempo: Freud descubre el deseo como libido,
como deseo que produce; pero no cesa de enajenar la libido en la representación
familiar (Edipo). Sucede
22
con el psicoanálisis igual que con la economía
política tal y como la veía Marx: Adam Smith y Ricardo descubren la esencia de
la riqueza como trabajo que produce, pero no cesan de enajenarla en la
represen-tación de la propiedad. El deseo se proyecta sobre una escena de
familia que obliga al psicoanálisis a ignorar la psicosis, a no reconocer-se
sino en la neurosis, y a dar una interpretación de la propia neurosis que
desfigura las fuerzas del inconsciente.
– ¿Es esto lo que quieren decir cuando hablan de un
“giro idealista” en psicoanálisis, asociado a Edipo, y cuando se esfuerzan en
oponer al idealismo psiquiátrico un nuevo materialismo? ¿Cómo se articulan el
materialismo y el idealismo en el dominio del psicoanálisis?
G. D.– El objeto de nuestros ataques no es la
ideología del psicoaná-lisis sino el psicoanálisis en cuanto tal, tanto en su
práctica como en su teoría. Y no hay, en este aspecto, contradicción alguna en
sostener que el psicoanálisis es algo extraordinario y, al mismo tiempo, que
desde el principio marcha en una dirección errónea. El giro idealista está
presente desde el comienzo. Pero no es contradictorio: aunque la putrefacción
ya está en el origen, en ella crecen espléndidas flores. Lo que nosotros llamamos
idealismo en el psicoanálisis es todo un sistema de proyecciones y reducciones
propias de la teoría y de la práctica del
[31] análisis:
reducción de la producción deseante a un sistema de representaciones llamadas
inconscientes, y a las formas de motivación, de expresión y de comprensión
correspondientes; reducción de la fábrica del inconsciente a un escenario
dramático, Edipo o Hamlet; reducción de las catexis sociales de la libido a
catexis familiares, desviación del deseo hacia coordenadas familiaristas,
Edipo, una vez
23
más. No queremos decir que el psicoanálisis haya
inventado a Edipo. Se limita a responder a la demanda, cada cual se presenta
con su Edipo. El psicoanálisis no hace más que elevar Edipo al cuadrado –un
Edipo de transferencia, un Edipo de Edipo– en la ciénaga del diván. Pues, ya
sea familiar o analítico, Edipo es fundamentalmente un aparato de represión de
las máquinas deseantes, en absoluto una formación propia del inconsciente en
cuanto tal. Tampoco deseamos sostener que Edipo, o sus equivalentes, varíen según
las formaciones sociales consideradas. Estamos más inclinados a creer, como los
estructuralis-tas, que se trata de una constante. Pero es la constante de una
des-viación de las fuerzas del inconsciente. Por eso atacamos a Edipo: no en
nombre de unas sociedades que no implicarían a Edipo, sino debido a la sociedad
que lo implica de un modo eminente, la nuestra, la capitalista. No atacamos a
Edipo en nombre de ideales pretendidamen-te superiores a la sexualidad, sino en
nombre de la propia sexualidad, que no se reduce al “sucio secretito de
familia”. No establecemos diferencia alguna entre las variaciones imaginarias
de Edipo y la constante estructural, puesto que se trata en ambos extremos del
mismo atolladero, del mismo avasallamiento de las máquinas desean-tes. Lo que
el psicoanálisis llama la solución o la disolución de Edipo es en extremo
cómico, ya que se trata precisamente de la puesta en marcha de la deuda
infinita, el análisis interminable, la epidemia edípica, su transmisión de
padres a hijos. Cuánto [32] desatino, cuántas estupideces han podido decirse en
nombre de Edipo, especialmente a propósito de los niños.
24
Una psiquiatría materialista es aquella que
introduce la producción en el deseo y viceversa, la que introduce al deseo en
la producción. El delirio no remite al padre, ni siquiera al nombre del padre,
sino a todos los nombres de la Historia. Es algo así como la inmanencia de las
má-quinas deseantes en las grandes máquinas sociales. Es la ocupación del campo
social histórico por parte de las máquinas deseantes. Lo único que el
psicoanálisis ha comprendido de la psicosis es su línea “para-noica”, la que conduce
a Edipo, a la castración y a todos esos aparatos represivos que se han
inyectado en el inconsciente. Pero el fondo esquizofrénico del delirio, la
línea “esquizofrénica” que diseña un campo ajeno a la familia, se le ha
escapado por completo. Foucault decía que el psicoanálisis seguía siendo sordo
a la voz de la sinrazón. Y, efectivamente, el psicoanálisis lo neurotiza todo
y, mediante tal neuro-tización, no contribuye únicamente a producir esa
neurosis cuya curación es interminable, sino al mismo tiempo a reproducir al
psicóti-co como aquel que se resiste a la edipización. Carece por completo de
una posibilidad de acceso directo a la esquizofrenia. Y pierde igual-mente la
naturaleza inconsciente de la sexualidad debido a su idealis-mo, al idealismo
familiarista y teatral.
– Su libro tiene un aspecto psiquiátrico y
psicoanalítico, pero tam-bién un aspecto político y económico. ¿Cómo conciben
ustedes la unidad de estos dos aspectos? ¿Intentan ustedes recuperar de algún
modo la tentativa de Reich? Hablan ustedes de catexis fascistas, tanto al nivel
del deseo como al del campo social. Se trata en tal caso de algo que claramente
concierne al mismo tiempo a la política y al [33] psicoanálisis. Pero no se
comprende bien qué es lo que ustedes opon-
25
drían a esas catexis fascistas. ¿Qué es lo que se
puede contraponer al fascismo? Se trata de una cuestión que no concierne
únicamente a la unidad de este libro, sino también a sus consecuencias
prácticas: y estas consecuencias son de una enorme importancia, porque si nada
impide esas “catexis fascistas”, si ninguna fuerza las contiene, si lo único
que puede hacerse es constatar su existencia, ¿cuál es el signifi-cado de su
reflexión política y de su intervención en la realidad?
F. G.– Sí, como tantos otros, nosotros anunciamos
el desarrollo de un fascismo generalizado. Aún no ha hecho más que empezar, no
hay razones para que el fascismo no siga creciendo. Mejor dicho: o bien se
construye una máquina revolucionaria capaz de hacerse cargo del deseo y de los
fenómenos del deseo, o bien el deseo seguirá siendo manipulado por las fuerzas
de opresión y represión y terminará amenazando, incluso desde el interior, a
las propias máquinas revolu-cionarias. Distinguimos dos clases de catexis en el
campo social: las catexis preconscientes de interés y las catexis inconscientes
de deseo. Las catexis de interés pueden ser realmente revolucionarias y, no
obstante, permitir la subsistencia de catexis inconscientes de deseo que no lo
son o que incluso son fascistas. En cierto sentido, lo que llama-mos
esquizoanálisis tendría su punto ideal de aplicación en los grupos, y
especialmente en los grupos militantes: es en ellos en donde se dispone de modo
más inmediato de un material ajeno a la familia, donde aparece el
funcionamiento a veces contradictorio de las catexis. El esquizoanálisis es un
análisis militante, libidinal–económico, libidinal–político. Al contraponer
esos dos tipos de catexis sociales, no estamos contraponiendo el deseo, como
fenómeno suntuario o román-
26
tico, a [34] los intereses, que serían económicos y
políticos; al contra-rio, pensamos que los intereses se encuentran siempre
emplazados allí donde el deseo ha predeterminado su lugar. Igualmente, no hay
revolución conforme a los intereses de las clases oprimidas a menos que el
deseo haya adoptado una posición revolucionaria que compro-meta a las propias
formaciones del inconsciente. Porque el deseo, en todos los sentidos, forma
parte de la infraestructura (no creemos en absoluto en conceptos como el de ideología,
que no sirve de nada a la hora de analizar los problemas: no hay ideologías).
La amenaza per-manente contra los aparatos revolucionarios estriba en hacerse
una idea puritana de los intereses, que nunca se realizan más que en provecho
de una franja de la clase oprimida que realimenta una casta y una jerarquía por
completo opresiva. Cuanto más se asciende en una jerarquía, incluso aunque se
trate de una jerarquía seudo– revolucionaria, menos posible será la expresión
del deseo (por contra, tal expresión aparece en las organizaciones de base,
aunque sea muy deformada). A este fascismo del poder nosotros contraponemos las
líneas de fuga activas y positivas, porque tales líneas conducen al deseo, a
las máquinas del deseo y a la organización de un campo social de deseo: no se
trata de que cada uno escape “personalmente”, sino de provocar una fuga, como
cuando se revienta una cañería o cuando se abre un absceso. Dejar que pasen los
fluidos por debajo de los códigos sociales que pretenden canalizarlos o cortarles
el paso. Toda posición de deseo contra la opresión, por muy local y minúscula
que sea, termina por cuestionar el conjunto del sistema capitalista, y
contribuye a abrir en él una fuga. Denunciamos toda la temática de la oposición
hombre–máquina, el hombre alienado por la máquina, etc. Desde el
27
movimiento de Mayo, el poder, apoyado por las
seudo–organizaciones de izquierda, ha [35] intentado hacer creer que sólo se
trató de unos cuantos niños mimados que luchaban contra la sociedad de consumo,
mientras que los obreros de verdad sabían perfectamente dónde estaban sus
intereses... Pero jamás hubo lucha contra la sociedad de consumo (noción
imbécil donde las haya). Al contrario, lo que decimos es que aún no hay
suficiente consumo, aún no hay suficiente artificio, los intereses no estarán
jamás de parte de la revolución hasta que las líneas de deseo no alcancen el
punto en el que el deseo y la máquina, el deseo y el artificio, sean una sola
cosa, el punto en el que se rebelen por ejemplo contra los llamados “datos
naturales” de la sociedad capitalis-ta. Nada más fácil que alcanzar ese punto,
pues el más minúsculo de los deseos se eleva hasta él, y al mismo tiempo nada
más difícil, porque comporta todas las catexis del inconsciente.
G. D.– En este sentido, la cuestión de la unidad
del libro está fuera de lugar. Hay, ciertamente, dos aspectos: el primero es
una crítica de Edipo y del psicoanálisis; el segundo, un estudio acerca del
capitalismo y de sus relaciones con la esquizofrenia. Pero el primer aspecto
depen-de estrechamente del segundo. Atacamos al psicoanálisis en los
si-guientes puntos (que conciernen tanto a su teoría como a su práctica): su
culto a Edipo, su reducción de la libido a catexis familiaristas, incluso bajo
las formas encubiertas y generalizadas del estructuralismo o del simbolismo.
Decimos que la libido actúa mediante catexis in-conscientes que difieren de las
catexis preconscientes de interés, pero que, como éstas últimas, conciernen al
campo social. Sea una vez más el caso del delirio: nos preguntan si hemos visto
alguna vez un esquizo-
28
frénico, pero nosotros preguntamos a los
psicoanalistas si ellos han escuchado alguna vez un delirio. El delirio no es
familiar, [36] sino histérico–mundial. Se delira a propósito de los chinos, de
los alemanes, de Juana de Arco y del Gran Mongol, acerca de los arios y los
judíos, del dinero, del poder y de la producción, y no en absoluto sobre papá y
mamá. Aún más: la famosa “novela familiar” depende estrechamente de las catexis
sociales inconscientes que aparecen en el delirio, y no a la inversa. Intentamos
mostrar en qué sentido esto es ya cierto en la infancia. Proponemos un
esquizoanálisis que se contrapone al psicoa-nálisis. Basta con atenerse a los
dos escollos principales con los que tropieza el psicoanálisis: es incapaz de
llegar a las máquinas deseantes de cualquiera porque se mantiene en las figuras
o estructuras edípicas; es incapaz de llegar a las catexis sociales de la
libido porque se queda en las catexis familiaristas. Esto se observa a la
perfección en el ejem-plar psicoanálisis in vitro del Presidente Schreber. Lo
que a nosotros nos interesa (y que, en cambio, no interesa en absoluto a los
psicoana-listas) es esto: ¿Cuáles son tus máquinas deseantes? ¿Cuál es tu
manera de delirar el campo social? La unidad de nuestro libro consiste en que entendemos
que las insuficiencias del psicoanálisis, así como su ignorancia del fondo
esquizofrénico, están vinculadas a su profunda pertenencia a la sociedad
capitalista. El psicoanálisis es como el capitalismo: la esquizofrenia es su
límite, pero no deja de desplazar el límite ni de intentar conjurarlo.
– Su libro está lleno de referencias, de textos que
se utilizan genero-samente, tanto en su propio sentido cuanto a veces contra
él, pero se trata, en cualquier caso, de un libro cuyo subsuelo es una
“cultura”
29
precisa. Reconocen ustedes una gran importancia a
la etnología, y sin embargo poca a la lingüística; otorgan gran relevancia a
ciertos nove-listas ingleses y americanos, pero apenas a las teorías [37]
contempo-ráneas de la escritura. Más concretamente, ¿por qué ese ataque a la
noción de significante, y cuáles son las razones que les hacen rechazar su
sistema?
F. G.– No tenemos nada que ver con el significante.
No somos los únicos ni los primeros. Puede verse el caso de Foucault, o el
reciente libro de Lyotard. La oscuridad de nuestra crítica del significante se
debe a que se trata de una entidad difusa que todo lo reduce a una máquina
obsoleta de escritura. La oposición exclusiva y coercitiva entre significante y
significado está obsesionada por el imperialismo del Significante, tal y como
emerge con las máquinas de escritura. Todo remite directamente a la letra. Tal
es la propia ley de la hipercodifica-ción despótica. Nuestra hipótesis es esta:
el Significante es el signo del gran Déspota que, al retirarse, libera una
región que puede descompo-nerse en elementos mínimos entre los que existen
relaciones regladas. Esta hipótesis tiene la ventaja de explicar el carácter
tiránico, terrorista y castrador del significante. Se trata de un enorme
arcaísmo que remite a los grandes imperios. Ni siquiera estamos seguros de que
el signifi-cante pueda servir en el terreno del lenguaje. Por ello, nos hemos
vuelto hacia Hjelmslev: hace tiempo que él ha erigido una especie de teoría
spinozista del lenguaje en el cual los flujos de contenido y de expresión
prescinden del significante. El lenguaje como sistema de flujos continuos de
contenido y expresión, troquelado mediante constructos maquínicos de figuras
discretas y discontinuas. En este
30
libro aún no hemos desarrollado nuestra concepción
de los agentes colectivos de enunciación, una noción que pretende superar la
escisión entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación. Somos
estrictamente funcionalistas: lo que nos interesa es cómo funcionan las cosas,
cómo se disponen, cómo maquinan. [38] El significante pertene-ce aún al dominio
de la pregunta: “¿Qué quiere decir esto?”, incluso es esta misma cuestión en
cuanto borrada. Para nosotros el inconsciente no quiere decir nada, ni tampoco
el lenguaje. El fracaso del fun-cionalismo se debe a que se ha intentado
aplicar a dominios que le son extraños, a grandes conjuntos estructurados que,
por serlo, no pueden estar formados de la manera en que funcionan. El
funcionalismo, al contrario, no tiene rival en el dominio de las
micro–multiplicidades, de las micro–máquinas, de las máquinas deseantes, de las
formaciones moleculares. Y, a este nivel, no hay en absoluto máquinas
cualificadas de tal o cual manera, como por ejemplo una máquina lingüística,
porque hay elementos lingüísticos en toda máquina, en convivencia con elementos
de otro tipo. El inconsciente es un micro–inconsciente, es molecular, y el
esquizoanálisis es un micro–análisis. La única cuestión es cómo funciona, con
qué intenciones, qué flujos, qué procesos, qué objetos parciales, cosas todas
ellas que no quieren decir nada.
G. D.– Eso mismo es lo que pensamos de nuestro
libro. De lo que se trata es de saber si funciona, y cómo y para quién. Es una
máquina. No se trata de releer, habrá que hacer otras cosas. Es un libro hecho
gozosamente. No nos dirigimos a quienes piensan que el psicoanálisis sigue el
camino correcto y tiene una visión apropiada del inconsciente.
31
Nos dirigimos a quienes piensan que es monótono,
triste, como un runrún (Edipo, la castración, la pulsión de muerte, etc.). Nos
dirigimos a los inconscientes que protestan. Buscamos aliados. Tenemos gran
necesidad de aliados. Tenemos la impresión de que nuestros aliados están ya por
ahí, que se nos han adelantado, que hay mucha gente que está harta, que
piensan, sienten y trabajan en una dirección análoga a la nuestra: no se trata
de [39] una moda, sino de algo más profundo, una especie de atmósfera que se respira
y en la que se llevan a cabo investigaciones convergentes en dominios muy
diferentes. Por ejemplo, en etnología. O en psiquiatría. O el trabajo de
Foucault: aunque no practicamos el mismo método, tenemos la impresión de
coincidir con él en multitud de puntos, esenciales a nuestro modo de ver, del
camino que él trazó antes que nosotros. Es verdad que hemos leído mucho, pero
un poco al azar. Nuestro problema no estriba en un retorno a Freud o a Marx. No
es una teoría de la lectura. Lo que buscamos en un libro es el modo en que abre
el paso a algo que escapa a los códigos: flujos, líneas activas de fuga
revolucionaria, líneas de descodificación absoluta que se oponen a la cultura.
Incluso para los libros existen estructuras, códigos y ataduras edípicas, tanto
más solapadas por cuanto no son figurativas sino abstractas. Lo que nos ha
llamado la atención de los grandes novelistas ingleses y americanos es ese don
del que los franceses casi siempre carecen, las intensidades, los flujos,
libros–máquinas, libros para ser usados, esquizolibros. Tenemos a Artaud, y la
mitad de Beckett. Quizá se reproche a nuestro libro el ser demasiado literario,
pero estamos seguros de que este reproche procederá de profesores de
literatura. ¿Acaso tenemos la culpa de que
32
Lawrence, Miller, Kerouac, Burroughs, Artaud o
Beckett sepan más acerca de la esquizofrenia que los psiquiatras y los
psicoanalistas?
– Pero, ¿no se arriesgan ustedes a un reproche más
serio? El esqui-zoanálisis que proponen es, de hecho, un anti–análisis; en
consecuen-cia, se les podría reprochar que valoran la esquizofrenia de manera
romántica e irresponsable; e incluso que tienen tendencia a confundir al
revolucionario con el esquizo. ¿Cuál sería su actitud ante estas posibles
críticas? [40]
G. D.– F. G.– Sí, una escuela de esquizofrenia
sería una buena idea. Liberar los flujos, ir siempre un poco más lejos en el
artificio: el esquizo es el que está descodificado, desterritorializado. Dicho
esto, no se nos puede responsabilizar de los disparates: siempre hay gente
dispuesta a esgrimirlos (véanse los ataques contra Laing y la
antipsi-quiatría). Hace poco se publicó en el Observateur un artículo cuyo
autor (un psiquiatra) decía: doy muestras de mi valor al denunciar las
corrientes modernas de la psiquiatría y la antipsiquiatría. Nada de eso. Lo que
él hacía más bien era escoger el momento adecuado en el que la reacción
política se atrinchera contra toda tentativa de cambio en el hospital
psiquiátrico y la industria del medicamento. Siempre hay una política tras los
disparates. Nosotros planteamos un problema muy sencillo, similar al de
Burroughs frente a la droga: ¿se puede alcanzar la potencia de las drogas sin
drogarse, sin autoproducirse como un loco drogado? Con la esquizofrenia pasa lo
mismo. Por nuestra parte, diferenciamos, de un lado, la esquizofrenia como
proceso y, de otro, la producción del esquizofrénico como entidad clínica
apropiada al hospital: ambos están en proporción inversa. El esquizofrénico del
33
hospital es alguien que ha intentado algo y ha
fracasado, que se ha derrumbado. No decimos que el revolucionario sea
esquizofrénico. Decimos que hay un proceso esquizofrénico de descodificación y
desterritorialización cuya conversión en producción de esquizofrenia clínica
sólo puede ser evitada por la actividad revolucionaria. Plantea-mos un problema
que concierne a la estrecha relación que existe entre el capitalismo y el
psicoanálisis, por una parte, y entre los movimientos revolucionarios y el
esquizoanálisis, por otra. Paranoia capitalista y esquizofrenia revolucionaria,
por así decirlo, pero no en el sentido psiquiátrico de estos términos sino, al
contrario, a partir de sus deter-mina-[41]ciones sociales y políticas, de las
que sólo bajo ciertas condi-ciones se deriva su aplicación psiquiátrica. El
esquizoanálisis tiene un solo objetivo, que la máquina revolucionaria, la
máquina artística y la máquina analítica se conviertan en piezas y engranajes
unas de otras. Si, una vez más, consideramos el caso del delirio, nos parece
que tiene dos polos, un polo paranoico fascista y un polo esquizo–
revolucionario. No deja de oscilar entre ambos polos. Esto es lo que nos
interesa: la esquizia revolucionaria por contraposición al signifi-cante
despótico. Por otra parte, no merece la pena contestar de ante-mano a los
disparates, ya que son imprevisibles, como tampoco la merece luchar contra
ellos cuando se producen. Es mejor hacer otras cosas, trabajar con quienes van
en el mismo sentido. En cuanto a la responsabilidad o la irresponsabilidad,
nada sabemos de tales nocio-nes: se las dejamos a la policía y a los
psiquiatras de los tribunales.
L’Arc. n.º 49, 1972,
entrevista con Catherine Backès–Clément
34
[43]
3. ENTREVISTA
SOBRE MIL MESETAS 5
CHRISTIAN DESCAMPS– ¿Cómo han construido ustedes
sus Mil Mesetas? Se trata de un libro que no se dirige únicamente a los
especia-listas; se presenta como si estuviera compuesto –en el sentido musical
del término– en diversos modos. No está organizado en capítulos cada uno de los
cuales desarrollaría una esencia. El índice está lleno de acontecimientos;
1914: la guerra, pero también el psicoanálisis del hombre de los lobos; 1947:
el momento en el que Artaud descubre el cuerpo sin órganos; 1874: cuando Barbey
d’Aurevilly teoriza la novela; 1227: la muerte de Gengis Kan; 1837: la de
Schumann... Las fechas son acontecimientos, marcas que carecen de una
orientación cronológica progresiva. Sus mesetas están llenas de accidentes...
[44]
– Es como un grupo de anillos entrelazados. Cada
anillo, o cada meseta, debería tener un clima propio, un tono o un timbre
propio. Es un libro de conceptos. La filosofía se ha ocupado siempre de
conceptos, y hacer filosofía es intentar crear o inventar conceptos. Pero hay
varios aspectos posibles en los conceptos. Durante mucho tiempo, los concep-tos
han sido utilizados para determinar lo que una cosa es (esencia). Por el
contrario, a nosotros nos interesan las circunstancias de las cosas –¿en qué
caso? ¿dónde y cuándo? ¿cómo?, etc.–. Para nosotros, el concepto debe decir el
acontecimiento, no la esencia. De ahí surge la
5 G. Deleuze y
P. F. Guattari, Capitalisme et schizofrénie, II: Mille Plateaux. Les Éditions
de Minuit, París, 1980. Trad. cast. J. Vázquez y U. Larraceleta, Mil Mesetas.
Ed. Pre–textos, Valencia, 1988. [N. del T.]
35
posibilidad de introducir en filosofía
procedimientos novelescos muy simples. Por ejemplo, un concepto como el de
ritornelo debe decirnos en qué casos experimentamos la necesidad de canturrear.
O el rostro: pensamos que el rostro es un producto, y que no todas las
sociedades lo producen, sino sólo aquellas que lo necesitan. ¿Por qué y en qué
casos? Cada anillo o cada meseta debe, pues, trazar un mapa de cir-cunstancias,
y por eso cada una tiene una fecha, una fecha ficticia y una ilustración, una
imagen. Es un libro ilustrado. De hecho, lo que nos interesa son aquellos modos
de individuación distintos de las cosas, las personas o los sujetos: la
individuación, por ejemplo, de una hora del día, de una región, de un clima, de
un río o de un viento, de un aconte-cimiento. Quizá sea un error creer en la
existencia de cosas, personas o sujetos. El título Mil Mesetas remite a estas
individuaciones que no son las de las personas o las cosas.
C. D.– Hoy, el libro en general, y en particular el
de filosofía, se en-cuentra en una extraña situación. Por una parte, los
tam–tams de la gloria celebran todos esos antilibros hilvanados al hilo de la
actualidad; por otra parte, se [45] asiste a una especie de resistencia a
analizar los trabajos en nombre de una noción muy debilitada de expresión. Dice
Jean Luc Godard que no importa tanto la expresión como la impresión. Un libro
de filosofía es al mismo tiempo un libro difícil y un objeto totalmente accesible,
una caja de herramientas extraordinariamente abierta destinada a lo que en cada
momento se necesite o se desee. Mil Mesetas produce efectos de conocimiento
pero, ¿cómo presentarlo sin hacer de él materia de opinión, sin provocar su
“vedetización” en el seno de todo el chismorreo que “descubre” semanalmente las
obras
36
maestras de nuestros días? Si se confía en este
rumor de quienes tienen el poder de la actualidad, no habría necesidad alguna
de conceptos. Una subcultura difusa, constituida por revistas y semanarios,
habría sustituido a los conceptos. La filosofía está amenazada
institucional-mente: ese formidable laboratorio que se llama Vincennes ha sido
marginado. Este libro, plagado de ritornelos científicos, literarios, musicales
y etológicos, se presenta como una obra conceptual. Es una apuesta fuerte y
efectiva por el retorno de la filosofía como gaya ciencia...
– La pregunta es compleja. Para empezar, la
filosofía nunca ha esta-do restringida a los profesores de filosofía. Es
filósofo aquel que se convierte en filósofo, es decir, quien se interesa en
esas creaciones tan peculiares del orden de los conceptos. Guattari es un
extraordinario filósofo, especialmente cuando habla de política o de música.
Habría, pues, que saber cuál es el lugar, cuál es el papel que podría
representar en la actualidad un libro de este género. Más en general, habría
que saber lo que sucede actualmente en el dominio de los libros. Desde hace
algunos años, vivimos un período de reacción a todos los [46] niveles, y no hay
razón para que el terreno de los libros se salve de ello. Se nos está
fabricando un espacio literario –en la misma medida en que se nos fabrica un
espacio jurídico, económico o político– completa-mente reaccionario,
prefabricado y asfixiante. Me parece ver en ello una labor sistemática, algo
que Libération hubiera debido analizar. En esta labor, los media tienen un
papel decisivo, pero no exclusivo. Me parece algo de gran interés. ¿Cómo
resistir a este nuevo espacio litera-rio europeo que se está constituyendo?
¿Cuál sería el papel de la
37
filosofía en esa resistencia frente a tan terrible
neoconformismo? Sartre desempeñaba un papel excepcional, y su muerte es un
acontecimiento muy triste en todos los sentidos. Después de Sartre, la
generación a la que yo pertenezco parece gozar de bastante riqueza (Foucault,
Althus-ser, Derrida, Lyotard, Serres, Faye, Châtelet, etc.). La situación que
me parece ahora muy difícil es la de los filósofos jóvenes, y también la de
todos los escritores jóvenes, todos los que están creando algo. Corren el peligro
de asfixiarse antes de conseguirlo. Trabajar se ha convertido en algo muy
difícil, pues se está edificando todo un sistema de “acultu-ración” y de
anticreación característico de los países desarrollados. Mucho peor que una
censura. La censura provoca efervescencias subterráneas, pero la reacción
aspira a que todo se torne imposible. Pero este período de sequía no tiene por
qué durar. Provisionalmente, sólo pueden contraponérsele ciertas redes. Así las
cosas, la cuestión que nos interesa, de cara a Mil Mesetas, es saber si hay
resonancias, si existe una causa común con lo que investigan o hacen otros
escritores, otros músicos, pintores, filósofos, sociólogos, si esto permite
aumentar nuestra fuerza o nuestra confianza. Será preciso, en todo caso, un
análisis sociológico de lo que está sucediendo en el terre-[47]no del
periodismo, y de su significado político. Quizás alguien como Bourdieu podría
hacer ese análisis...
ROBERT MAGGIORI– Podría parecer asombrosa la
importancia concedida a la lingüística en Mil Mesetas, y podríamos preguntarnos
si no representa el mismo papel central que en el Anti–Edipo se otorgaba al
psicoanálisis. De hecho, en el curso de los capítulos consagrados al tema
(“Postulados de la lingüística”, “Sobre algunos regímenes de
38
signos”) salen a la luz conceptos, como el de
agenciamiento colectivo de enunciación, que en cieno modo atraviesan todas las
demás “mese-tas”. Por otro lado, el trabajo que ustedes hacen sobre las teorías
de Chomsky, Labov, Hjelmslev o Benveniste podría considerarse sin problemas
como una aportación, ciertamente crítica, a la lingüística. Sin embargo, es
manifiesto que su objetivo no es identificar en el lenguaje zonas de
cientificidad que pudieran circunscribirse mediante la fonología, la sintaxis,
la semántica u otras partes de la semiótica, sino más bien denunciar las
pretensiones lingüísticas de “cerrar la lengua en torno a sí misma”
relacionando los enunciados con los significantes y las enunciaciones con los
sujetos. ¿Cómo evaluar, en este sentido, la importancia concedida a la
lingüística? ¿Se trata de proseguir el combate emprendido desde El Anti–Edipo
contra el significante de coloración lacaniana, es decir, contra el
estructuralis-mo? ¿O más bien actúan ustedes como una especie de lingüistas singulares
que sólo se ocupan del “Afuera” de la lingüística?
– La lingüística no tiene para mí nada de esencial.
Puede que Félix dijera otra cosa si estuviese presente. Pero es Félix quien ha
visto precisamente un movimiento que tendía a transformar la lingüística:
primero había sido [48] fonológica, después sintáctica y semántica, pero cada
vez se acercaba más a una pragmática. La pragmática (las circunstancias, los
acontecimientos, los actos) se había considerado durante mucho tiempo como el
“vertedero” de la lingüística, y sin embargo ahora se torna cada vez más importante,
pasando a primer plano el carácter activo de la lengua, en detrimento de las
unidades o constantes abstractas del lenguaje. Lo que tiene de bueno este movi-
39
miento actual de investigación es que permite
encuentros y causas comunes entre novelistas, lingüistas, filósofos,
“vocalistas” (llamo así a los que se ocupan en investigaciones sobre el sonido
y la voz en dominios tan dispares como el teatro, la canción, el cine o los
medios audiovisuales). Se abre así un vastísimo campo de trabajo. Quisiera
citar algunos ejemplos recientes. Para empezar, la trayectoria de Roland
Barthes: pasó por la fonología, después por la sintaxis y la semántica, pero
terminó inventando una pragmática propia, la prag-mática de un lenguaje
intimista, un lenguaje penetrado desde el interior por las circunstancias, los
acontecimientos y los actos. Otro ejemplo: Nathalie Serraute ha escrito un
hermoso libro que es como la escenificación de unas cuantas “proposiciones”,
haciendo que la filosofía y la novela se confundan totalmente; al mismo tiempo,
un lingüista como Ducrot ha producido, de otro modo, un libro de lingüís-tica
sobre la escenificación, sobre la estrategia y la pragmática de las proposiciones.
Se ha producido un encuentro afortunado. Un último ejemplo: las investigaciones
pragmáticas del lingüista norteamericano Labov, su oposición a Chomsky, su
relación con las lenguas de gueto y de barrio. En cuanto a nosotros, no creo
que seamos muy competentes en lingüística. Pero la competencia en cuanto tal es
una noción lingüís-tica bastante oscura. Nos limitamos a distinguir
algu-[49]nos temas que estimamos necesarios para nuestro trabajo: 1) el
estatuto de las consignas en el lenguaje; 2) la importancia del discurso
indirecto (y la denuncia de la metáfora como procedimiento fastidioso y sin
impor-tancia real); 3) la crítica de las constantes e incluso de las variables
lin-güísticas en provecho de las zonas de variación continua. La música, y
40
las relaciones entre la música y la voz, juegan en
Mil Mesetas un papel más importante que la lingüística.
C. D.– Rechazan ustedes resueltamente las
metáforas, y también las analogías. Mediante la noción de ‘‘agujeros negros”,
que toman presta-da de la física contemporánea, describen unos espacios que
tienen el poder de captar, pero de los que nada puede ya salir, y que se
aproxi-man a la noción de “pared blanca”. Según ustedes, un rostro es un muro
blanco perforado por agujeros negros a partir del cual se organi-za la
“rostridad”. Pero, más adelante, no dejan ustedes de aludir a los conjuntos
vagos, a los sistemas abiertos. Su proximidad con respecto a las ciencias
contemporáneas sugiere la pregunta acerca del uso que podrían hacer los
científicos de una obra como esta. ¿No corren el peligro de ver en ella
únicamente metáforas?
– Efectivamente, Mil Mesetas se sirve de algunos
conceptos que tie-nen cierta resonancia, o incluso una correspondencia
científica: agujeros negros, conjuntos vagos, zonas colindantes, espacios de
Riemann... Sobre ese particular querría advertir que hay dos tipos de nociones
científicas, aunque en concreto estén siempre mezcladas. Hay nociones exactas
por naturaleza, cuantitativas, ecuacionales, que carecen de sentido fuera de su
exactitud: los escritores o los filósofos no pueden usarlas más que metafóricamente,
y se trata de una mala metáfora, porque [50] pertenecen a la ciencia exacta.
Pero hay también nociones fundamentalmente inexactas, que no obstante son
perfec-tamente rigurosas, nociones de las que los científicos no pueden
prescindir, y que pertenecen al mismo tiempo a los científicos, a los filósofos
y a los artistas. Se trata, desde luego, de conferir a estas
41
nociones un rigor que no es exactamente rigor
científico, de tal modo que, cuando el científico alcanza estas nociones, se
convierte también en filósofo o en artista. Estos conceptos no son indecisos
por alguna carencia, sino antes bien por su naturaleza y por su contenido.
Tene-mos como ejemplo actual de ello, un libro que ha tenido gran resonan-cia:
La nueva alianza, de Prigogine y Stengers. Este libro crea, entre otros, el
concepto de zona de bifurcación. Prigogine crea este concepto desde los fundamentos
de la termodinámica, en la que es especialista, pero se trata justamente de un
concepto que es, indiscerniblemente, filosófico, científico y artístico. Y
viceversa: tampoco es imposible que un filósofo cree conceptos científicamente
útiles. Ha sucedido numero-sas veces. Para contentarnos con un ejemplo muy
reciente, aunque olvidado, notemos la profunda huella que ha dejado Bergson en
la psiquiatría, además de que su pensamiento mantenía estrechas rela-ciones con
los espacios físicos y matemáticos de Riemann. No se trata en absoluto de
pretender una falsa unidad que no beneficiaría a nadie, se trata de que ciertos
trabajos pueden producir convergencias inespe-radas, nuevas consecuencias,
enlaces entre campos diversos. Nadie –ni la filosofía, ni la ciencia, ni el
arte o la literatura– goza de privilegios en este sentido.
DIDIER ERIBON.– Aunque ustedes utilizan el trabajo
de algunos historiadores, especialmente de Braudel (cuyo interés por el paisaje
es bien conocido), lo menos que se [51] puede decir del papel que ustedes
confieren a la historia es que no es determinante. Usted se confiesa de buena
gana geógrafo, privilegia el espacio, y afirma que ha de trazarse
42
una “cartografía” de los devenires. ¿Es éste uno de
los medios que nos permiten pasar de una “meseta” a otra?
– No hay duda de que la historia tiene una gran
importancia. Pero, si tomamos una línea cualquiera de investigación, hallamos
que es histórica en cierta parte de su recorrido, en ciertas regiones, lo que
no impide que sea, por otra parte, ahistórica o trans–histórica. En Mil
Mesetas, los “devenires” tienen más importancia que la historia. Se trata de
cosas muy distintas. Por ejemplo, intentamos construir un concepto de “máquina
de guerra”; ante todo, implica cierto tipo de espacio, una peculiar composición
de hombres, de elementos tecnoló-gicos y de aparatos de Estado. En cuanto a los
aparatos de Estado como tales, los relacionamos con determinaciones como las
referidas al territorio, la tierra y la desterritorialización. Hay aparato de
Estado cuando los territorios dejan de explotarse sucesivamente y constituyen
el objeto de una comparación simultánea (tierra) en la que, de golpe, se
encuentran ya embarcados en un movimiento de desterritorialización. Esto supone
una larga secuencia histórica. Pero, en otras condiciones completamente
distintas, encontramos el mismo complejo de nociones distribuidas de otro modo:
por ejemplo, los territorios animales, sus posibilidades de relación con un
centro exterior que es una suerte de tierra, los movimientos de desterritorialización
cósmica, como los que las grandes migraciones... O bien el lied: el territorio,
pero también la tierra natal, y también la apertura, la partida, lo cósmico. En
este sentido, pienso que el capítulo de Mil Mesetas que trata sobre el
ritornelo es [52] complementario del que trata sobre el aparato de Estado,
aunque no sea el mismo tema. Así es como una “meseta” se
43
comunica con otra. Otro ejemplo: intentamos definir
un régimen de signos muy peculiar que hemos llamado “pasional”. Es una sucesión
de procesos. Se trata de un régimen que podemos encontrar en algunos procesos
históricos (del tipo “travesía del desierto”) pero también, en condiciones
diferentes, en algunos delirios estudiados por la psiquia-tría, o en obras
literarias (por ejemplo, en Kafka). No se trata en absoluto de reunir esos
procesos en un mismo concepto sino, al contrario, de referir cada concepto a las
variables que determinan sus mutaciones.
R. M.– La forma “fragmentaria” de Mil Mesetas, su
organización acronológica aunque fechada, la multiplicidad y la multivocidad de
sus referencias, la conexión de conceptos procedentes de los más diversos
géneros y de dominios teóricos aparentemente heteróclitos, todo ello ofrece sin
duda una ventaja: podemos concluir la existencia de un anti– sistema. Mil
Mesetas no son una montaña, pero dibujan mil caminos que, al contrario de los
de Heidegger, conducen a todas partes. Anti– sistema por excelencia, patchwork,
disipación absoluta, eso sería Mil Mesetas. Y, sin embargo, tengo la impresión
de que se trata de algo muy distinto. Para empezar, porque, como usted mismo ha
declarado a l’Arc (número 49, nueva edición de 1980), la obra pertenece
estricta-mente al género filosófico, “a la filosofía en el sentido tradicional
del término”; además, porque, a pesar de su modo de exposición, que no es en
absoluto sistemático, contiene al menos una cierta “visión del mundo”, deja ver
o entrever una “realidad” que, por otra parte, no deja de tener afinidades con
la que describen o intentan mostrar las teorías
44
científicas contemporá-[53]neas. A fin de cuentas,
¿sería tan paradójico considerar Mil Mesetas como un sistema filosófico?
– No, en absoluto. Hoy se ha convertido en un lugar
común el de-rrumbamiento de los sistemas, la imposibilidad de construir un
sistema a causa de la diversidad de los saberes (“ya no estamos en el XIX...”).
Esta idea tiene dos inconvenientes: ya no se concibe ningún trabajo serio que
no se lleve a cabo acerca de pequeñas series muy localizadas y determinadas; y,
lo que es peor, se confía, para todo lo que pretende mayor amplitud, en una
especie de antitrabajo de visio-narios en cuyo seno todo el mundo puede decir
cualquier cosa. De hecho, los sistemas no han perdido nada de su fuerza vital.
Asistimos hoy día, tanto en las ciencias como en la lógica, al comienzo de una
teoría de los sistemas llamados abiertos, fundados en interacciones, que
rechazan únicamente la causalidad lineal y que transforman la noción del
tiempo. Tengo gran admiración por Maurice Blanchot: su obra no está constituida
por pequeños fragmentos o aforismos, es un sistema abierto que ha construido
por adelantado un “espacio litera-rio” opuesto al que ahora se nos impone. Lo
que Guattari y yo llama-mos un rizoma es, precisamente, un caso de sistema
abierto. Vuelvo a la pregunta: ¿qué es la filosofía? Porque la respuesta a esta
pregunta tendría que ser muy simple. Todo el mundo sabe que la filosofía se
ocupa de conceptos. Un sistema es un conjunto de conceptos. Un sistema abierto
es aquel en el que los conceptos remiten a circunstan-cias y no ya a esencias.
Pero, por una parte, los conceptos no están dados o hechos de antemano, no
preexisten: hay que inventar, hay que crear los conceptos, y se requiere para
ello tanta inventiva o tanta
45
creatividad como en las ciencias o en las artes.
Crear nuevos conceptos que tengan [54] su necesidad, tal ha sido siempre la
tarea de la filoso-fía. Y es que, por otra parte, los conceptos no son
generalidades que se encuentran en el espíritu de la época. Al contrario, son
singularidades que reaccionan frente a los flujos ordinarios de pensamiento: se
puede perfectamente pensar sin conceptos, pero sólo cuando hay conceptos hay
verdaderamente filosofía. Lo que no significa en absoluto ideolo-gía. Un concepto
es algo que posee una fuerza crítica, política y de libertad. Y es justamente
la potencia del sistema lo que puede distin-guir lo bueno de lo malo, lo nuevo
de lo que no lo es, lo que está vivo y lo que no lo está en un constructo
conceptual. Nada es absolutamente bueno, todo depende del uso y de la
prudencia, que son sistemáticos. Intentamos decir, en Mil Mesetas, que lo bueno
no es nunca suficiente (por ejemplo, no basta un espacio liso para vencer las
estrías y las coacciones, no basta un cuerpo sin órganos para hacer frente a
las organizaciones). En ocasiones se nos ha reprochado el empleo en términos
complicados para aparentar distinción. Este reproche no es únicamente
malintencionado, es simplemente estúpido. A veces un concepto necesita de una
palabra nueva que lo distingue, a veces se sirve de una palabra corriente a la
que confiere un sentido peculiar.
Creo, en cualquier caso, que el pensamiento
filosófico no ha tenido nunca como hoy un papel tan decisivo que desempeñar,
cuando asistimos a la instalación de todo un régimen –no solamente político,
sino cultural y periodístico– que es una ofensa para el pensamiento. Lo diré
una vez más: Libération debería ocuparse de este problema.
D. E.– Hay algunos puntos sobre los que me gustaría
insistir. [55]
46
Hablábamos hace un momento de la importancia que
usted recono-ce al acontecimiento; también del privilegio que confiere a la
geografía sobre la historia. ¿Cuál es el estatuto del acontecimiento en la
“carto-grafía” que usted se propone elaborar?
Y, tratándose del espacio, hay que volver sobre el
problema del Es-tado, que usted vincula con el del territorio.
Si el aparato de Estado instaura el “espacio
estriado” de la coacción, la “máquina de guerra” intenta constituir un “espacio
liso” mediante líneas de fuga.
Pero usted acaba de advenirnos que no basta el
espacio liso para salvarnos. Las líneas de fuga no son necesariamente líneas
liberadoras.
– Lo que llamamos un “mapa” o, incluso, un
“diagrama” es un con-junto de líneas diversas que funcionan al mismo tiempo
(las líneas de la mano dibujan un mapa). Hay, en efecto, líneas de muy diversos
tipos, en el arte y también en la sociedad o en una persona. Hay líneas que
representan cosas y otras que son abstractas. Hay líneas segmenta-rias y otras
que carecen de segmentos. Hay líneas direccionales y líneas dimensionales. Hay
líneas que, sean o no abstractas, forman contornos, y hay otras que no los forman.
Estas son las más hermosas. Pensamos que las líneas son los elementos
constitutivos de las cosas y de los acontecimientos. Por ello, cada cosa tiene
su geografía, su cartografía, su diagrama. Lo interesante de una persona son
las líneas que la componen, o las líneas que ella compone, que toma prestadas o
que crea. ¿Por qué este privilegio de la línea sobre el plano o sobre el [56]
volumen? No hay, de hecho, privilegio alguno. Hay espacios correlati-
47
vos de las diferentes líneas, y a la inversa
(también aquí intervendrían nociones científicas, como los “objetos fractales”
de Mandelbrot). Tal o cual tipo de línea implica tal formación espacial y
voluminosa.
De ahí su segunda observación: definimos la
“máquina de guerra” como una disposición lineal construida sobre líneas de
fuga. En este sentido, la máquina de guerra no tiene por objeto la guerra, su
objeto es un espacio muy especial, el espacio liso que compone, ocupa y
pro-paga. El nomadismo es exactamente esta combinación entre máquina de guerra
y espacio liso. Intentamos mostrar cómo, y en qué casos, la máquina de guerra
toma la guerra como objeto (cuando los aparatos de Estado se apropian de una
máquina de guerra que no les pertenecía en absoluto). Una máquina de guerra
puede ser mucho más revolucio-naria o artística que bélica.
Pero su tercera observación nos recuerda que ello
es una razón más para no prejuzgar. Podemos definir los tipos de líneas. Pero
no pode-mos concluir, a partir de eso, que tal línea sea buena y tal otra mala.
No podemos decir que las líneas de fuga sean necesariamente creadoras, o que
los espacios lisos sean mejores que los segmentados o los estria-dos: tal y
como ha mostrado Virilio, el submarino nuclear ha recons-truido un espacio liso
al servicio de la guerra y el terror. En una cartografía sólo podemos marcar
caminos y movimientos, con sus coeficientes de fortuna y de peligro. Llamamos
“esquizo–análisis” a este análisis de las líneas, de los espacios, de los
devenires. Parece algo al mismo tiempo muy cercano y muy diferente a los
problemas históri-cos. [57]
48
D. E.– Líneas, devenires, acontecimientos... Quizá
hemos vuelto a la cuestión de la que partimos, referente a las fechas. El
título de cada “meseta” implica una fecha –”7000 antes de Cristo”, “Año cero.
Rostri-dad”...–. Usted ha dicho que son “fechas ficticias”, pero que sin
embar-go remiten al acontecimiento, a las circunstancias, ¿son quizá ellas las
que establecen esa cartografía de la que estamos hablando?
– El hecho de que cada “meseta” esté marcada con
una fecha ficticia no es más importante que el de que cada una esté ilustrada o
lleve nombres propios.
El estilo telegráfico tiene una potencia que no
procede únicamente de su brevedad. Tomemos una proposición como esta: “Julio
llegar cinco de la tarde”. Carece de interés escribir de este modo.
Lo interesante es cuando la escritura alcanza a
provocar por sí misma ese sentimiento de inminencia, de que algo va a pasar o
acaba de pasar a nuestras espaldas. Los nombres propios designan fuerzas,
acontecimientos, movimientos y móviles, vientos, tifones, enfermeda-des,
lugares y momentos antes que personas. Los verbos en infinitivo designan
devenires y acontecimientos que desbordan modas y tiempos. Las fechas no
remiten a un calendario único homogéneo, sino a espaciotiempos que cambian en
cada ocasión. Todo esto es lo que constituye las disposiciones de enunciación:
“Hombres–lobos pulular 1730”...
Libération, 23 de Octubre de 1980,
entrevista con Christian Descamps,
Didier Eribon y Robert Maggiori
49
II
CINE
[61]
4. TRES
PREGUNTAS SOBRE SEIS POR DOS 6 (GODARD)
– Los Cahiers du Cinéma le solicitan una entrevista
porque usted es un “filósofo”, y desearíamos un texto de esa clase, pero ante
todo porque usted admira el trabajo de Godard. ¿Cuál es su opinión acerca de
sus recientes emisiones televisivas?
– Como a tantos otros, me han emocionado, y la
emoción perdura. Puedo decir cómo me imagino a Godard. Es un hombre que trabaja
mucho, y por tanto está necesariamente en una absoluta soledad. Pero no se
trata de una soledad cualquiera, es una soledad extraor-dinariamente poblada.
No poblada por sueños, por fantasmas o proyectos, sino por actos, cosas e
incluso [62] personas. Una soledad múltiple, creadora. Desde el fondo de esta
soledad, Godard puede ser él sólo una fuerza, pero también trabajar con otros
en equipo. Puede tratar de igual a igual a cualquiera, poderes oficiales u
organizaciones, pero también empleadas de hogar, obreros o locos. En las
emisiones televisivas, las preguntas planteadas por Godard están siempre a la
altura del interlocutor. Nos inquietan a nosotros, que las escuchamos,
6 “Seis por
dos”, serie televisiva de 12 capítulos emitidos en seis bloques, cada uno de
ellos dividido en dos partes, dirigida por Jean–Luc Godard y programada por
France–3 en 1976, que generó una enorme polémica. [N. del T.]
50
pero no a aquellos a quienes se plantean. Habla con
los delirantes de un modo muy diferente a como lo haría un psiquiatra u otro
loco, o alguien que se hiciese el loco. Cuando habla con los obreros no lo hace
como un patrón, ni como otro obrero, ni como un intelectual, ni como un
director de escena que hablase con sus actores. Y no es porque tenga habilidad
para adaptarse a todos los tonos, es porque su soledad le confiere una gran
capacidad, una población muy numerosa. En cierto modo, se trata en todos los
casos de tartamudeos. No es que tartamudee al hablar, es que hace tartamudear
al lenguaje mismo. Generalmente, sólo se es extranjero cuando se habla otra
lengua. En este caso se trata, al contrario, de ser extranjero en la lengua
propia. Proust decía que los buenos libros están escritos en una especie de
lengua extranjera. Lo mismo se aplica a las emisiones de Godard; incluso ha
perfeccionado su acento suizo con este fin. Este tartamudeo creador, esta
soledad es lo que constituye la fuerza de Godard.
Y es que, como ustedes saben mejor que yo, él ha
estado siempre solo. Godard nunca ha tenido éxito en el cine, al contrario de
lo que nos quieren hacer creer quienes dicen: “Ha cambiado, ha dejado de
funcionar a partir de tal momento”. Son los mismos que ya le odiaban al [63]
principio. Godard se ha adelantado a todo el mundo y a todos ha marcado, pero
no por la vía del éxito sino más bien siguiendo su propia línea, una línea de
fuga activa, una línea quebrada en todo momento, en zigzag, una línea subterránea.
Cierto que, a efectos del cine, se le había conseguido confinar más o menos en
su soledad. Se le había localizado. Entonces, se aprovecha de las vacaciones y
de una vaga apelación a la creatividad para tomar la televisión con seis
51
emisiones de dos partes. Es quizá el único caso de
alguien que no se ha dejado ganar por la televisión. Lo común es que uno pierda
la partida de antemano. Se le habría perdonado su cine, pero no ésta serie que
introduce tantos cambios en lo más íntimo de la televisión (interrogar a la
gente, hacerles hablar, mostrar imágenes de otros lugares, etc.). Incluso si ya
no se trata de eso, incluso si ya está sofocado. Era inevitable que muchos
grupos y asociaciones se indignasen: el comunicado de la Asociación de periodistas–reporteros
y fotógrafos es ejemplar. Godard ha conseguido reavivar los odios. Pero ha
mostrado también que era posible otra manera de “poblar” la televisión.
- Pero no ha
contestado a nuestra pregunta. Si tuviera usted que organizar un “curso” sobre
estos programas... ¿Cuáles son las ideas que ha percibido, que ha sentido?
¿Cómo explicaría usted su entusiasmo? Dejemos para después los otros temas,
aunque sean más importantes.
De acuerdo, pero las ideas, el tener una idea no
tiene nada que ver con la ideología, es una práctica. Hay una hermosa fórmula
de Godard: no una imagen justa, sino justamente una imagen. Tam-bién los
filósofos debe-[64]rían decir y hacer lo mismo: no ideas justas, sino
justamente ideas. Porque las ideas justas son siempre ideas que se ajustan a
las significaciones dominantes o a las consignas establecidas, son ideas que
sirven para verificar tal o cual cosa, incluso aunque se trate de algo futuro,
incluso aunque se trate del porvenir de la revolución. Mientras que “justamente
ideas” implica un devenir presente, un tartamudeo de las ideas que no puede
expresarse sino a
52
modo de preguntas que cierran el paso a toda
respuesta. O bien mos-trar algo simple, pero que quiebra todas las
demostraciones.
En este sentido, hay en los programas de Godard dos
ideas que constantemente se encabalgan una sobre la otra, que se mezclan o se
separan segmento a segmento. Esta es una de las razones por las que cada
programa está dividido en dos partes: como en la escuela prima-ria, los dos
polos, la lección de cosas y la lección de lenguaje. La primera idea concierne
al trabajo. Tengo la impresión de que Godard cuestiona constantemente un
esquema vagamente marxista muy difundido: la idea de que hay algo abstracto, algo
así como una “fuerza de trabajo” que puede venderse y comprarse en unas
condiciones que definen una injusticia social fundamental o en otras que
supondrían una mayor justicia social. Godard plantea preguntas muy concretas y
muestra imágenes que giran alrededor de ese esquema. ¿Qué es exac-tamente lo
que se compra y lo que se vende? ¿Qué es lo que unos están dispuestos a comprar
y otros a vender, y que no forzosamente es lo mismo para ambos? Un joven
soldador está dispuesto a vender su trabajo de soldador, pero no su potencia
sexual para convertirse en amante de una mujer mayor. Una asistenta consiente
en vender sus horas de [65] limpieza, pero, ¿por qué no quiere vender el
momento en el que canta un fragmento de “La Internacional”? ¿Porque no sabe
cantar? ¿Y qué sucedería si se le paga precisamente para hablar de aquello que
no sabe cantar? Y, al contrario, un obrero especializado en relojería desea que
se le pague por su capacidad como relojero, pero no quiere cobrar por su
trabajo de cineasta aficionado, lo que llama su “hobby”; sin embargo, las
imágenes nos enseñan que, en ambos casos,
53
los gestos son muy similares, hasta el punto de que
pueden confundir-se los ademanes de la cadena de relojería con los del montaje.
¡En absoluto! –protesta el relojero–, hay entre ambos gestos una gran
diferencia de amor, de generosidad, y no deseo cobrar por mis pelícu-las. ¿Qué
decir entonces del cineasta y del fotógrafo, pues ellos sí cobran? Es más, ¿por
qué estaría dispuesto a pagar un fotógrafo? En algunos casos, está dispuesto a
pagar a un modelo. En otros, es el modelo quien le paga. Cuando fotografía
escenas de torturas, o una ejecución, no le pagan ni la víctima ni el verdugo.
Cuando fotografía a niños enfermos, heridos o hambrientos, ¿por qué no tiene
que pagar-les? De un modo análogo, Guattari propuso en un congreso
psicoanalí-tico que los psicoanalizados tendrían que cobrar igual que lo hacen
los psicoanalistas, ya que no puede decirse en rigor que el psicoanálisis
suministre un “servicio”, sino que más bien se da una suerte de divi-sión del
trabajo, una evolución de dos tipos de trabajo no paralelos: el trabajo de
escucha y de filtrado que realiza el psicoanalista, y el trabajo del
inconsciente del psicoanalizado. No parece que la propuesta de Guattari haya
tenido mucho eco. Godard dice lo mismo: ¿por qué no han de cobrar aquellos que
miran la televisión, en lugar de pagar? ¿No es cierto que ellos realizan un
gran trabajo y que cumplen un auténtico
[66] servicio
público? La división social del trabajo implica que, en una fábrica, se pague
tanto a los obreros del taller como a los empleados de las oficinas y a los de
los laboratorios de investigación. De no ser así, imaginemos que los obreros
tuvieran que pagar a los diseñadores que preparan los productos que ellos
fabrican. Me parece que todas estas preguntas, y muchas otras, todas estas
imágenes y otras similares tienden a pulverizar la noción de “fuerza de
trabajo”. Para empezar, la
54
noción misma de “fuerza de trabajo” aísla
arbitrariamente un sector y separa al trabajo de sus relaciones con el amor,
con la creación e incluso con la producción. Hace del trabajo un modo de
conservación, lo contrario de una creación, ya que se trata de reproducir los
bienes que se han consumido así como su propia fuerza, en un circuito de
intercambio cerrado. Desde esta perspectiva, que el intercambio sea justo o
injusto es lo de menos, porque se produce siempre una violen-cia selectiva
mediante el pago, se da siempre una mistificación de principio cuando hablamos
de “fuerza de trabajo”. Solamente si liberamos el trabajo de esa seudofuerza
sería posible que todo tipo de flujos de producción diferentes y asimétricos
entrasen en contacto con los flujos de dinero, independientemente de toda
mediación de una fuerza abstracta. Estoy aún más confuso que el propio Godard
en este asunto. Tanto mejor, pues lo importante son las preguntas que Godard
plantea y las imágenes que muestra, así como el sentimiento que despiertan en
el espectador de que la fuerza de trabajo no es algo inocente, de que no cae
por su propio peso, especialmente desde el punto de vista de quien desea hacer
crítica social. Las reacciones del P.C. o de algunos sindicatos frente a los
programas de Godard obe-decen a esta cuestión tanto o más que a otros aspectos
[67] más evidentes (se ha atrevido a mancillar la sagrada noción de “fuerza de
trabajo”...).
La segunda idea concierne a la información. Porque
se nos presenta igualmente el lenguaje como algo esencialmente informativo, y
la información como si se tratase esencialmente de un intercambio. Por tanto,
se mide una vez más la información mediante unidades abstrac-
55
tas. Pero es poco probable que una maestra, cuando
explica una lección o cuando enseña ortografía, transmita informaciones. Más
bien orde-na, da consignas. A los niños se les suministra la sintaxis del mismo
modo que se suministra a los obreros instrumentos, para producir enunciados
conformes a las significaciones dominantes. Es preciso que comprendamos en
sentido literal esta fórmula de Godard: los niños son presos políticos. El
lenguaje es un sistema de órdenes, no un medio de información. La Televisión dice:
“Ahora, un poco de diversión” ... “A continuación, noticias”. De hecho, habría
que invertir el esquema de la informática. La informática supone de entrada una
información teórica máxima; en el otro polo, sitúa el ruido puro, las
interferencias; y, entre ambas, la redundancia, que disminuye la cantidad de
información pero permite imponerse sobre el ruido. Sucede más bien lo
contrario: en el punto más alto habría que suponer la redundancia como
transmisión y repetición de órdenes y mandatos; por debajo estaría la
información, el mínimo requerido para la correcta recepción de las órdenes; y,
¿qué habría por debajo de la información? Algo así como el silencio, o más bien
el tartamudeo, o el grito, algo que fluye bajo las redundancias y las
informaciones, que hace fluir el lenguaje y que, en cualquier caso, puede
llegar a oírse. Hablar, incluso cuando hablamos de nosotros mismos, [68]
implica siempre ocupar el lugar de otro en cuyo nombre se pretende hablar y a
quien se priva del derecho de hablar. Séguy7 es una gran boca que transmite
órdenes y consignas. Pero también la madre del niño que ha muerto tiene la boca
abierta. Una imagen es representada por un sonido, como un obrero por su
delegado sindical.
7 Georges
Séguy, secretario general de la Confederación General de Trabajadores de
Francia en la época de esta entrevista. [N. del T.]
56
Un sonido toma el poder imponiéndose a una serie de
imágenes. Así pues, ¿cómo sería posible hablar sin dar órdenes, sin pretender
repre-sentar nada ni a nadie, cómo dar la palabra a quienes carecen del derecho
a ella, cómo devolver a los sonidos un valor de lucha contra el poder? De eso
se trata, de habitar la lengua propia como un extranjero, de trazar una especie
de línea de fuga mediante el lenguaje.
Son sólo dos ideas, pero dos ideas ya son mucho,
una enormidad, pues comportan muchas cosas y muchas otras ideas. Godard
cuestiona dos ideas habituales, la de fuerza de trabajo y la de información. No
dice en absoluto que haya que dar informaciones verdaderas o que se trate de
pagar bien la fuerza de trabajo (esas serían “ideas justas”). Dice que estas
nociones son muy oscuras. Escribe junto a ellas: FALSO. Desde hace mucho
tiempo, Godard viene diciendo que le gustaría ser una oficina de producción más
que un autor, que preferiría ser director de programas informativos de
televisión en lugar de ser director de cine. Es obvio que tal cosa no significa
que desee ser el productor de sus propias películas, como Verneuil, o que desee
el poder de la televisión. Se trataría más bien de realizar un mosaico de
trabajos, en lugar de medirlos [69] mediante una fuerza abstracta; hacer una
yuxtaposición de infra–informaciones, de bocas abiertas, en lugar de remitirlas
a una información abstracta entendida como consigna.
- Si son esas las dos ideas de Godard,
¿corresponden al tema des-arrollado constantemente en los programas, el tema
“imágenes y sonidos”? ¿Podría decirse que la lección de cosas, las imágenes,
remite a los trabajos, y la lección de palabras, los sonidos, remite a las
infor-maciones?
57
- No. La
coincidencia sólo es parcial: hay necesaria mente mucho de información en las
imágenes, y mucho trabajo en los sonidos. Cuales-quiera conjuntos pueden (y
deben) descomponerse de muchas mane-ras que sólo parcialmente son coincidentes.
Para intentar reconstruir lo que sería, según Godard, la relación entre imagen
y sonido, habría que contar una historia muy abstracta, con muchos episodios,
para llegar finalmente a la conclusión de que se trataba de la historia más
simple y concreta, una historia de un solo capítulo.
1. Hay
imágenes. Las cosas mismas son imágenes, porque las imá-genes no están en la
mente o en el cerebro. Al contrario: el cerebro es una imagen entre otras. Y
las imágenes no dejan de actuar y reaccionar unas sobre otras, de producir y de
consumir. No hay diferencia alguna entre las imágenes, las cosas y el
movimiento.
2. Pero las
imágenes tienen también un interior, o al menos ciertas imágenes lo tienen, y
entonces se experimentan desde dentro. Tales son los sujetos (véanse las
declaraciones de Godard sobre Deux ou trois choses que je [70] sais d’elle en
la recopilación publicada por Belfond, p. 393 y ss.). Hay, en efecto, un
intervalo entre la acción que padecen las imágenes y la reacción ejecutada. El
intervalo confiere a estas imágenes el poder de almacenar otras imágenes, esto
es, el poder de percibir. Pero sólo almacenan aquello que les interesa de las
demás imágenes: percibir es sustraer de la imagen lo que no nos interesa,
nuestra percepción siempre contiene algo de menos. Estamos de tal modo llenos
de imágenes que ya no las vemos por sí mismas en el exterior.
58
3. Por otra
parte, hay imágenes sonoras, que no parecen tener privilegio alguno. Sin
embargo, al menos algunas de estas imágenes tienen un reverso que se puede
llamar ideas, lenguaje, sentido, rasgos expresivos, etc. Esto hace a tales
imágenes capaces de capturar o atrapar a las demás imágenes o a una serie de
ellas. Una voz que adquiere poder sobre un conjunto de imágenes (la voz de
Hitler). Las ideas, al actuar como consignas, se encarnan en las imágenes o en
las ondas sonoras y nos dicen lo que ha de interesarnos en las demás imágenes:
dictan nuestra percepción. Hay siempre un marchamo central que normaliza las
imágenes y retira de ellas lo que no debemos percibir. De este modo se dibujan,
gracias al intervalo precedente, dos corrientes en sentidos contrarios: una va
de las imágenes exteriores a las percepciones, la otra de las ideas dominantes
a las percepciones.
4. Así que
estamos presos en una cadena de imágenes, cada uno en su sitio, siendo cada uno
una imagen en sí mismo, pero también en una trama de ideas que actúan como
consignas. Por ello, la interven-ción de Godard –“imágenes y sonidos”– se
perfila al mismo tiempo en dos [71] direcciones. Por una parte, se dirige a
restituir su plenitud a las imágenes exteriores, conseguir que no percibamos de
menos, que la percepción sea igual a la imagen, devolver a las imágenes todo lo
que les pertenece; esto representa ya una forma de lucha contra tal o cual
poder y contra sus marchamos. Por otra parte, intenta deshacer el lenguaje como
toma del poder, hacerle tartamudear en las ondas sonoras, descomponer todo
conjunto de ideas que pretendan ser “ideas justas” para extraer de ellas,
justamente, ideas. Entre otras razones, estas dos pueden contar a la hora de
explicar el uso tan innovador que
59
Godard hace del plano fijo. Sucede en cierto modo
como en algunos músicos actuales: instauran un plano sonoro fijo que permite
que en la música escuchemos todo. Y cuando Godard introduce en la pantalla una
pizarra y escribe en ella, no lo hace como si fuera un objeto para filmar, sino
que convierte a la pizarra y a la escritura en nuevos medios televisivos, como
una sustancia de expresión que tuviese su propia corriente, relacionada con
otras corrientes que fluyen en la pantalla.
Toda esta historia abstracta en cuatro capítulos
tiene cierto aspecto de ficción científica. Pero es nuestra realidad social
actual. Lo curioso es que esta historia coincide en algunos puntos con lo que
decía Bergson en el primer capítulo de Materia y memoria. Se suele conside-rar
a Bergson como un filósofo inofensivo y completamente caduco. No estaría mal
que el cine o la televisión le devolvieran su actualidad (debería estar
incluido en el programa del I.D.H.E.C.,8 y quizás lo está). El primer [72] capítulo
de Materia y Memoria desarrolla una concep-ción asombrosa de la fotografía y
del movimiento cinematográfico en su relación con las cosas: “La fotografía,
cuando la hay, está ya hecha, tomada en el propio interior de las cosas y en
todos los puntos del espacio..., etc.”. No quiero decir que Godard sea
bergsoniano. Sería más bien a la inversa, no es que Godard suponga una
reactualización de Bergson, sino que se tropieza con fragmentos bergsonianos en
su camino de renovación de la televisión.
8 Instituto
superior de estudios cinematográficos de Francia (Institut d’Hautes études
cinématographiques). [N. del T.]
60
– Pero, ¿por qué hay siempre “dos” en Godard?
Cierta mente, se precisa que haya dos para que haya tres, pero, ¿cuál es el
sentido de este 2 y de este 3?
No lo preguntan ustedes en serio. Ustedes saben
antes que nadie que no es cierto. Godard no es un dialéctico. Lo importante en
Godard no es el 2 ni el 3, ni cualquier otro número, lo que importa es la Y
griega, la conjunción Y. Lo esencial es el uso que hace Godard de esta Y. Y lo
es porque todo nuestro pensamiento se ha modelado a partir del verbo ser, ES.
La filosofía está llena de discusiones sobre el juicio de atribución (el cielo
es azul) y el juicio de existencia (Dios es), su posible reducción mutua o su
irreductibilidad. Pero se trata en cualquier caso del verbo ser. Incluso las
conjunciones se valoran por referencia al verbo ser, como se observa en el
silogismo. Sólo los ingleses y nortea-mericanos han liberado a las
conjunciones, nadie como ellos para refle-xionar sobre las relaciones. Cuando
convertimos el juicio de relación en un modelo autónomo, nos damos cuenta de
que se cuela por todas partes, de que todo lo penetra y lo corrompe: la Y no es
ni siquiera una conjunción o [73] una relación particular, sino que entraña
todas las relaciones, donde hay Y, hay relación, no únicamente porque la Y
desequilibra todas las relaciones, sino porque desequilibra el ser, el verbo.
La Y –”y.... y... y...”– es exactamente ese tartamudeo creativo, el
uso extranjero de la lengua que se opone a su uso
conformista y dominante apoyado en el verbo ser.
Es verdad que la Y griega es la diversidad, la
multiplicidad, la des-trucción de las identidades. La entrada de la fábrica no
es la misma cuando llego a ella que cuando salgo o cuando estoy desempleado y
61
paso por delante. La mujer del condenado no es la
misma antes y después de la condena. Pero la diversidad o la multiplicidad no
son en absoluto añadidos estéticos (como cuando se dice: “uno más”, o: “una
mujer más”) o esquemas dialécticos (como cuando se dice: “el uno produce dos,
que a su vez producirá tres”), porque en todos estos casos subsiste la primacía
del Uno, y por tanto del ser, que se supone que ha de multiplicarse. Cuando
Godard dice que todo se divide en dos, y que en un día están incluidas la mañana
y la noche, no quiere decir que se trate de uno u otro, ni que el uno se
convierta en el otro o se convierta en dos. La multiplicidad no está nunca en
los términos, no importa cuál sea su número, ni tampoco en el conjunto o en la
totalidad. La multiplicidad reside precisamente en la Y, que es de naturaleza
distinta que los elementos o los conjuntos.
Si no es elemento ni conjunto de elementos, ¿qué es
esta Y? Creo que la fuerza de Godard consiste en vivir, pensar y mostrar esta Y
de una manera extremadamente nueva, haciéndola funcionar activamente. La Y no
es uno [74] ni otro, está siempre entre los dos, es la frontera, porque siempre
hay una frontera, una línea de fuga o de fluencia, aunque no se vea, aunque
sea, como es, lo menos perceptible. Ello no obstante, las cosas pasan siempre
en esta línea de fuga, en ella tienen lugar los devenires y se planean las
revoluciones. “Los fuertes no son quienes ocupan uno u otro campo, lo potente
es la frontera.” En la lección de geografía militar que ha dado recientemente
al ejército, Giscard d’Estaing constataba con melancolía que, a medida que
aumentaba el equilibrio entre los grandes conjuntos, entre el Este y el Oeste
mediante las alianzas planetarias, los encuentros orbitales y la
62
policía mundial, aumentaba también la
“desestabilización” entre el Norte y el Sur: Giscard citaba el caso de Angola,
el Oriente próximo, la resistencia palestina, e igualmente todas las
perturbaciones que producen “desestabilizaciones de la seguridad”, los
secuestros aéreos, Córcega... De Norte a Sur, encontraremos siempre esas líneas
que dese-quilibran los conjuntos, un “Y, Y, Y” que impone nuevos umbrales,
nuevas direcciones de la línea quebrada, nuevos trazados de fronteras. La
finalidad de Godard es “ver las fronteras”, es decir, hacer visible lo
imperceptible. El condenado y su esposa. La madre y el niño. Y tam-bién las
imágenes y los sonidos. Los gestos del relojero en su taller de relojería y
cuando está en la mesa de montaje: están separados por una frontera
imperceptible que no pertenece a un lado ni al otro, que implica a ambos en un
desarrollo no paralelo, en una fuga o en un flujo en el que ya no es posible
determinar quién persigue a quién ni con qué fin. Hay toda una micropolítica de
las fronteras que se opone a la macropolítica de los grandes conjuntos. Sabemos
cuando menos que es ahí donde ocurren las cosas, en la frontera entre las
imágenes y los sonidos, [75] donde las imágenes se tornan demasiado plenas y
los sonidos excesivamente fuertes. Es lo que ha hecho Godard en 6 por 2: pasar
seis veces entre las dos cosas, dejar fluir y hacer visible esa línea activa y
creadora y arrastrar a la televisión con ella.
Cahiers du Cinema, nº. 271,
Noviembre, 1976
63
[77]
5. SOBRE LA
IMAGEN–MOVIMIENTO 9
– Su libro no se presenta como una historia del
cine, sino como una clasificación de las imágenes y los signos, como una
taxonomía. En este sentido, puede verse como prolongación de algunas de sus
obras anteriores: por ejemplo, usted ya hizo una clasificación de los signos en
el caso de Proust. Pero La Imagen–Movimiento es la primera de sus obras en la
que usted decide abordar, no ya un problema filosófico, ni siquiera una obra
concreta (la de Spinoza, Kafka, Bacon o Proust), sino un dominio en su totalidad,
el cine en este caso. Y, al mismo tiempo, aunque usted rehúsa hacer una
historia del cine, lo trata de modo histórico.
– En efecto, en cierto modo es una historia del
cine, pero una “his-toria natural”. Se trata de clasificar los tipos [78] de
imágenes y los signos correspondientes de la misma manera como se clasifican
los animales. Los grandes géneros (western, cine policiaco, cine histórico,
comedia, etc.) no dicen nada de los tipos de imágenes ni de sus caracte-res
intrínsecos. Por otra parte, los planos –primer plano, plano general, etc– sí
definen tipos distintos. Pero intervienen muchos otros factores (luminosos, sonoros,
temporales). Si he considerado el dominio del cine en su conjunto es porque se
ha constituido apoyado en la imagen– movimiento. En consecuencia, tiene una
aptitud para crear o revelar
9 G. Deleuze,
Cinemá, 1. L’image–mouvement. Les Éditions de Minuit, París, 1983. Trad, cast.
I. Agoff, La imagen–movimiento. Ed. Paidós, Barcelona, reed. 1991. [N. del T.]
64
un máximo de imágenes distintas, y sobre todo para
componerlas entre sí mediante el montaje. Hay imágenes–acción,
imágenes–percepción, imágenes–afección y muchas otras. En cada caso, estas
imágenes se caracterizan por signos internos, tanto desde el punto de vista de
su génesis como desde el de su composición. No se trata de signos
lingüís-ticos, aunque sean sonoros e incluso vocales. La importancia de un
lógico como Peirce estriba en haber elaborado una clasificación de los signos
extremadamente rica y relativamente independiente del modelo lingüístico. De
ahí el reto de comprobar si el cine aporta un material móvil que exigiría una
nueva comprensión de las imágenes y de los signos. Lo que he intentado hacer
es, en este sentido, un libro de lógica, una lógica del cine.
– Se diría también que usted se ha propuesto
reparar una especie de injusticia que la filosofía ha cometido con el cine. En
particular, reprocha usted a la fenomenología su incomprensión del cine y el
haber minimizado su importancia comparándolo y contraponiéndolo a la percepción
natural. También dice usted que Bergson disponía de todo lo necesario para esa
comprensión, que incluso se había adelanta-do al cine, pero que no supo o no
quiso [79] reconocer la convergencia de sus propias concepciones con el cine.
Como si hubiese entre Berg-son y el cine una especie de carrera de persecución
mutua. Efectiva-mente, en Materia y memoria, sin conocer el cine, establece
Bergson el concepto fundamental de imagen–movimiento con sus tres formas
principales –imagen–percepción, imagen–acción, imagen–afección–, lo que anuncia
la propia novedad del cine. Pero, después, en La evolución creadora, y esta vez
en una verdadera confrontación con el cine, lo
65
rechaza, si bien por un motivo completamente
distinto del que movía a hacerlo a los fenomenólogos: Bergson ve en el cine,
como en la percep-ción natural, la perpetuación de una antigua ilusión, la que
consiste en creer que se puede reconstruir el movimiento mediante momentos
fijos de tiempo.
– Es curioso. Tengo la impresión de que las
concepciones filosóficas modernas de la imaginación no tienen para nada en
cuenta al cine: o bien creen en el movimiento, pero suprimen la imagen, o bien
mantie-nen la imagen pero suprimen el movimiento. Es curioso que Sartre, en Lo
imaginario, considere todo tipo de imágenes salvo las cinematográ-ficas. A
Merlau–Ponty le interesaba el cine, pero sólo para confrontarlo con las
condiciones generales de la percepción o del comportamiento. La posición de
Bergson en Materia y memoria es única. O quizás es que Materia y memoria es un
libro único, extraordinario en la propia obra de Bergson. Ya no ubica el
movimiento del lado de la duración sino que, por una parte, plantea una
identidad absoluta entre movimiento, materia e imagen y, por otra, descubre un
Tiempo que es coexistencia de todos los niveles de duración (de los cuales la
materia sería única-mente el nivel más bajo). Fellini decía hace poco que somos
al mismo tiempo niños, ancianos y adul-[80]tos: es completamente bergsoniano.
En Materia y memoria se dan cita un espiritualismo puro y un materia-lismo
radical. Podríamos decir que se trata de Vertov y Dreyer a un mismo tiempo, en
las dos direcciones a la vez. Pero Bergson no prose-guirá por este camino. ¿Por
qué renuncia a estos dos hallazgos funda-mentales acerca de la
imagen–movimiento y de la imagen–tiempo? Pienso que se debe a que Bergson
estaba elaborando nuevos conceptos
66
filosóficos relacionados con la teoría de la
relatividad: estaba conven-cido de que la teoría de la relatividad implicaba
una concepción del tiempo que no podía establecerse por sí sola, y que era la
filosofía la encargada de construirla. Lo que pasó es que dio la impresión de
que Bergson se oponía a la teoría de la relatividad, de que la estaba
criti-cando como tal teoría física. A Bergson le pareció que el malentendido
había sido demasiado grave como para pretender deshacerlo, y se replegó hacia
una concepción más simple. A pesar de ello, en Materia y memoria (1896)
concibió una imagen–movimiento y una imagen– tiempo que, más tarde, habrían
podido encontrar su aplicación en el cine.
– ¿No es eso lo que sucede justamente en un
director como Dreyer, que ha inspirado páginas muy hermosas de su libro? Hace
poco he vuelto a ver Gertrud, que se va a estrenar de nuevo a sus veinte años.
Es una espléndida película en la que la modulación de los niveles tempo-rales
alcanza un refinamiento sólo igualado, en ciertos momentos, por algunas
películas de Mizoguchi (por ejemplo, la aparición– desaparición de la mujer del
alfarero, a la vez muerta y viva, al final de los Cuentos de la luna pálida de
Agosto). En sus Escritos, Dreyer alude constantemente a la necesidad de
suprimir la tercera dimensión, la profundi-[81]dad, para configurar imágenes
planas en relación directa con una cuarta o incluso una quinta dimensión, el
Tiempo, el Espíritu. No deja de resultar curioso que, por ejemplo, a propósito
de Ordet, Dreyer manifieste que no se trata de una historia de espíritus o de
locura, sino de “una profunda relación entre la ciencia exacta y la religión
intuitiva”, y que lo haga invocando a Einstein. Cito: “La nueva
67
ciencia, a partir de la teoría de la relatividad de
Einstein, nos aporta pruebas de la existencia –fuera del mundo tridimensional
de nuestra sensibilidad– de una cuarta dimensión, la del tiempo, y de una
quinta, la del psiquismo. Ha quedado demostrada la posibilidad de vivir
acontecimientos que aún no han sucedido. Se han abierto nuevas pers-pectivas
que nos permiten constatar un profundo vínculo entre las ciencias exactas y la
religión intuitiva”... Pero volvamos a la cuestión de la “historia del cine”.
Usted hace intervenir en su libro ciertas secuen-cias, dice que tal tipo de
imágenes aparece en tal momento, por ejem-plo después de la guerra. No se está
limitando, pues, a una mera clasi-ficación abstracta ni a una historia natural,
también está intentando dar cuenta de cierto movimiento histórico.
– En primer lugar, es evidente que los tipos de
imágenes no preexis-ten, que es necesario crearlos. Podríamos decir que tanto
la imagen plana como la profundidad de campo deben ser creadas y recreadas en
cada momento, los signos remiten siempre a una rúbrica. Es por ello que un
análisis de las imágenes y los signos debe comportar estudios monográficos
acerca de los grandes autores. Pongamos un ejemplo: creo que el expresionismo
es una concepción de la luz en su relación con las tinieblas, y esta relación
es una lucha. En la escuela francesa de la preguerra sucede algo muy distinto:
en lugar de lucha hay [82] alternancia, no solamente la luz es movimiento por
sí misma, sino que hay dos luces que se alternan, la solar y la lunar. Se
parece mucho al trabajo pictórico de Delaunay. Es un anti–expresionismo.
Podemos hoy clasificar en la escuela francesa a un autor como Rivette, porque
ha redescubierto y renovado completamente esta temática de la doble luz,
68
ha hecho maravillas a partir de ella. No solamente
está cerca de la pintura de Delaunay, sino de la literatura de Nerval. Es el
cineasta más nervaliano, o acaso el único cineasta nervaliano. En todo ello
influyen, claro está, factores históricos y geográficos que atraviesan el cine,
que lo relacionan con otras artes, que ocasionan que reciba influencias o que
las ejerza. Hay toda una historia. Pero no creo que esta historia de las
imágenes sea evolutiva. Creo más bien que todas las imágenes combinan los mismos
elementos y los mismos signos de modo distinto. Pero no todas las combinaciones
son posibles en todos los momentos: se precisan ciertas condiciones para que se
desarrolle un elemento, pues de lo contrario queda atrofiado o en posición
secundaria. Hay, por tanto, más que líneas de descendencia o de filiación,
grados de desarrollo, cada uno en el límite de su perfección. En este sentido
hablo de una historia natural en lugar de una “historia histórica”.
– Pero la clasificación que usted hace es también
una valoración. Implica juicios de valor acerca de los autores de los que se
ocupa y, por consiguiente, también acerca de aquellos otros a quienes apenas
menciona. El libro nos anuncia una segunda parte, se detiene en el umbral de
una imagen–tiempo que estaría, en cuanto tal, más allá de la imagen–movimiento.
Pero, en este primer volumen, usted describe la crisis de la imagen–acción al
final de la Segunda [83] Guerra Mundial (neo–realismo italiano, y después la
nueva ola francesa...). Ahora bien, ¿no podríamos decir que muchos de los
rasgos con los que usted caracteriza el cine de este período de crisis (la
consideración del carácter fragmentario y disperso de la realidad, la impresión
de que todo se ha convenido en cliché, las constantes permutaciones de lo
69
principal y lo secundario, las nuevas
articulaciones de las secuencias, la ruptura del vínculo simplificado entre una
situación dada y la acción de un personaje) estaban ya presentes en dos
películas anteriores a la guerra, La regla del juego y Ciudadano Kane,
películas que se conside-ran como fundadoras del cine moderno y que usted no
cita?
– Empezaré por decir que no tengo pretensión alguna
de descubrir nada: todos los autores a quienes cito son muy conocidos y siento
por ellos gran admiración. Por ejemplo, desde el punto de vista de las
monografías, he tomado en consideración el mundo de Losey, y he intentado
definirlo mediante un acantilado muy pronunciado y eleva-do lleno de aves de
gran tamaño, helicópteros y esculturas inquietan-tes, bajo el cual se extiende
una ciudad victoriana, estando ambos espacios comunicados a través de un plano
de inclinación máxima. Este es el modo en que Losey recrea las coordenadas del
naturalismo, coordenadas que encontramos, bajo otras formas, en Stroheim o en
Buñuel. Considero el conjunto de una obra, no creo que haya nada despreciable
en las grandes obras: en el caso de Losey, La trucha ha sido muy criticada,
incluso en estas mismas páginas [Cahiers du Cinéma], porque no se la ha llegado
a situar en el conjunto de la obra del autor, en el que aparece como una nueva
Eva. Dice usted que he dejado grandes lagunas, Welles, Renoir, autores de una
inmensa importancia. En este primer tomo, no me era posible [84] considerar el
conjunto de su obra. Encuentro que la obra de Renoir está dominada por cierta
relación entre el teatro y la vida o, más concretamente, entre la imagen actual
y la imagen virtual. Creo que Welles ha sido el prime-ro en construir una
imagen–tiempo inmediata, una imagen–tiempo
70
que ya no puede derivarse a partir del movimiento.
Se trata de un progreso formidable que Resnais sabrá aprovechar. Pero no podía
utilizar estos ejemplos en este primer tomo, mientras que sí podía, en cambio,
hablar del naturalismo en su conjunto. En cuanto al neo– realismo y a la nueva
ola, me he limitado a abordar únicamente sus aspectos más superficiales, y todo
ello al final del libro.
– Queda, en cualquier caso, la impresión de que lo
que más le inter-esa son el naturalismo y el espiritualismo (digamos, por una
parte, Buñuel, Stroheim y Losey, y, por la otra, Bresson y Dreyer), es decir, o
bien la caída y la degradación, propias del naturalismo, o bien el impulso, la
elevación espiritual, la cuarta dimensión. Se trata de movimientos verticales.
Parece como si usted estuviera menos intere-sado en los movimientos
horizontales, en el encadenamiento de las acciones, por ejemplo, en el cine norteamericano.
Así, al abordar el neo–realismo y la nueva ola, usted habla al mismo tiempo de
la crisis de la imagen–acción y de la crisis de la imagen–movimiento en su
con-junto. ¿Quiere usted decir que en ese momento entra en crisis la
imagen–movimiento en su totalidad, y que ello prepara las condiciones para que
aparezca otro tipo de imagen que se situaría más allá del movimiento? ¿O bien
se trata únicamente de la crisis de la imagen– acción, lo que dejaría intactos,
e incluso fortalecería los otros dos aspectos de la imagen–movimiento: las
percepciones y las afecciones puras? [85]
– No basta con decir que el cine moderno rompe con
la narración. Esto no es más que una consecuencia cuyo principio se nos escapa.
El cine de acción expresa situaciones sensomotoras: hay personajes que
71
se encuentran en tal o cual situación, y que
actúan, si es preciso con una violencia, según lo que perciben. Las acciones se
vinculan a las percepciones, las percepciones se prolongan en acciones.
Supongamos ahora un personaje que se encuentra en una situación (cotidiana o
extraordinaria) que desborda toda acción y que le impide reaccionar. Es algo
que tiene mucha fuerza, algo muy doloroso y también muy bello. El vínculo
sensomotor queda roto. Ya no estamos en una situa-ción sensomotora, sino en una
situación óptica o sonora pura. Es otro tipo de imagen. Imaginemos a la
extranjera de Stromboli, Contempla la pesca del atún, la agonía del atún, y
después la erupción del volcán. Carece de reacciones ante todo ello, no tiene
respuestas, se trata de una gran intensidad: “Es el fin, tengo miedo, Dios mío,
qué belleza, qué misterio...”. O la burguesa de Europa 51 ante la fábrica: “Me
parece haber visto a unos condenados...” Creo que esa es la gran invención del
neo–realismo: ya no se confía igual que antes en las posibilidades de reacción
ante las situaciones, y sin embargo no se permanece pasivo ante ellas, se
revela o se expresa algo intolerable, algo insoportable, incluso en lo más
cotidiano de la vida. Es el cine de Vidente. Como dice Robbe–Grillet, la
descripción ha sustituido al objeto. Ahora bien, cuando nos encontramos ante
esta clase de situaciones ópticas y sonoras puras, ya no es únicamente la
acción (y por tanto la narración) lo que se viene abajo, sino que las
percepciones y las afecciones cam-bian de naturaleza, pasan a un sistema
distinto del sistema sensomotor del cine “clásico”. Es más, ni siquiera se
trata del mismo tipo de espacio: al [86] haber perdido sus conexiones motrices,
el espacio se convierte en espacio inconexo o vacío. El cine moderno construye
espacios extraordinarios, los signos sensomotores han sido sustituidos
72
por “opsignos” y “sonsignos”. Es verdad que aún hay
movimiento. Pero toda la imagen–movimiento está cuestionada. También es cierto
que la nueva imagen óptica y sonora remite a las condiciones externas que se
dan después de la guerra, los espacios en ruinas o abandonados, todas las
formas de “merodear” que han sustituido a la acción, y en todas partes el
crecimiento de lo intolerable.
Nunca hay sólo una imagen. Lo que cuenta es la
relación entre imá-genes. ¿Con qué se relaciona la percepción cuando se
convierte en percepción óptica y sonora pura, ya que no puede ser con la
acción? La imagen actual, separada de su prolongación motriz, entra en relación
con una imagen virtual, una imagen mental o especular. He visto una fábrica,
pero me ha parecido ver a unos condenados... En lugar de una continuidad
lineal, un circuito en el que ambas clases de imágenes se persiguen mutuamente,
girando alrededor de un punto en el que no se distingue lo real de lo
imaginario. Podría decirse que la imagen virtual y la imagen actual se
cristalizan. Imagen–cristal, siempre doble o reduplicada, tal y como ya podemos
encontrarla en Renoir, y también en Ophuls, tal y como la encontraremos, de un
modo distinto, en Fellini. Hay muchas formas de cristalización de imágenes,
muchos sig-nos cristalinos. Pero siempre vemos algo en el cristal. Lo que
vemos, en principio, es el Tiempo, los estratos de tiempo, una imagen–tiempo
directa. No es que haya cesado el movimiento, sino que las relaciones entre
tiempo y movimiento se han invertido. El tiempo ya no se deriva de [87] la
composición de las imágenes–movimiento (montaje), sino al revés, el movimiento
se deriva del tiempo. No es que desaparezca el montaje de forma necesaria, pero
cambia de sentido, se convierte,
73
como dice Lapoujade, en “exhibición”
(“montrage”).10 En segundo lugar, la imagen contrae un nuevo tipo de relaciones
con sus propios elementos ópticos y sonoros: se diría que esta “videncia” nos
muestra algo que, más que visible, es “legible”. Ello permite toda una
pedagogía de la imagen al modo de Godard. Finalmente, la imagen se convierte en
pensamiento, es capaz de expresar los mecanismos del pensamiento, al mismo
tiempo que la cámara asume diversas funciones que actúan como verdaderas
funciones preposicionales. Estimo que la superación de la imagen–movimiento se
produce en estos tres aspectos. En térmi-nos clasificatorios, podríamos hablar
de “cronosignos”, “lectosignos” y “noosignos”.
– Es usted muy crítico con la lingüística y con las
teorías cinemato-gráficas inspiradas en esta disciplina. Sin embargo, habla
usted de imágenes que se tornarían “legibles” más que “visibles”. Pero el
término “legible”, aplicado al cine, hizo furor precisamente en la época de
predominio de la lingüística (“leer una película”, “lecturas de películas”...).
¿No se arriesga usted a esa confusión al emplear esta palabra? Este término de
“imagen legible”, tal y como usted lo usa, ¿remite a la idea lingüística o a
algo distinto? [88]
– No creo que remita a la lingüística. Los intentos
de aplicación de la lingüística al cine se han revelado catastróficos. Es
cierto que autores como Metz o Passolini han realizado una obra crítica de gran
impor-
10 Juego de palabras intraducible entre “montage”
(montaje) y “montrage”, término que remite al mismo tiempo a “mostrar”
(montrer), y en ese sentido sería algo así como un “muestreo”, pero también al
tiempo, ya que montre significa en francés “reloj”. [N. del T.]
74
tancia. Pero, en su caso, la referencia al modelo
lingüístico termina por dejar claro que el cine es algo distinto y que, si
puede llamarse lengua-je, se trata de un lenguaje analógico o de modulación.
Ello indicaría, por tanto, que la referencia al modelo lingüístico es una
complicación de la que sería deseable prescindir. Uno de los textos más bellos
de Bazin es aquel en el que explica que la fotografía es un molde, un mol-deado
(podría decirse, en otro sentido, que también el lenguaje es un molde), mientras
que el cine es por entero modulación. No solamente las voces, sino también los
sonidos, las luces y los movimientos están en constante modulación. Ciertos
parámetros de las imágenes se some-ten a variaciones, repeticiones, parpadeos,
bucles, etc. Si puede hablar-se de una evolución del cine actual con respecto
al que llamamos clásico (que ya había ido muy lejos en este sentido), tal
evolución se estaría produciendo desde dos puntos de vista, como vemos en las
imágenes electrónicas: por una parte, la multiplicación de los pará-metros, la
constitución de series divergentes, mientras que la imagen clásica tendía a las
series convergentes. Ésta es la razón por la que la imagen pasa de ser visible
a ser legible. “Legible” significa, en este contexto, la independencia de los
parámetros y la divergencia de las series. Pero hay otro aspecto, que tiene que
ver con una de sus anterio-res observaciones, la referente a la cuestión de la
verticalidad. Nuestro mundo óptico está condicionado en parte por la posición
vertical. Un crítico americano, Leo Steinberg, explicaba que la pintura moderna
no se define tanto por un espacio plano puramente óptico como por el
[89] abandono
del privilegio de la verticalidad: es como si el modelo de la ventana hubiese
sido sustituido por un plano opaco, horizontal o incunable, en el que se van
inscribiendo los datos. De ahí la legibilidad,
75
una legibilidad que no implica un lenguaje sino
algo parecido a un dia-grama. Es la fórmula de Beckett: mejor estar sentado que
de pie, y mejor aún echado que sentado. En este sentido es ejemplar el ballet
moderno: los movimientos más dinámicos tienen lugar en el suelo, mientras que
los bailarines que permanecen en pie se aglutinan, da la impresión de que se
caerían si se separasen. Es posible que en el cine la persistencia de la
verticalidad de la pantalla sea sólo aparente, funcio-nando más bien como un
plano horizontal o incunable. Michaël Snow ha puesto en cuestión de modo muy
serio los privilegios de la verticali-dad, llegando a construir cierto aparato
destinado a tal fin. Los grandes cineastas hacen como Várese en música:
trabajan con los medios de que disponen, pero exigen nuevos aparatos, nuevos
instrumentos. Estos instrumentos son inútiles cuando se dejan en manos de
autores mediocres, porque ellos pretenden sustituir las ideas por esos
aparatos. Por el contrario, las ideas de los grandes autores provocan estos
nuevos instrumentos. Esto es lo que me impide creer que el cine haya muerto en
provecho de la televisión o el vídeo. El cine se sirve de cualquier medio
nuevo.
– Quizás el cuestionamiento de la verticalidad sea
uno de los gran-des problemas del cine moderno; ocupa, por ejemplo, un lugar
central en la nueva película de Glauber Rocha, La edad de la tierra, un film
espléndido que contiene planos inverosímiles, auténticos desafíos a la
verticalidad. Pero, no obstante, al considerar el cine exclusivamente bajo esta
perspectiva “geométrica”, espacial, ¿no estaría usted sos-[90]layando la
dimensión propiamente dramática que aflora, por ejemplo, en el problema de la mirada
tal y como ha sido tratado por
76
autores como Hitchcock o Lang? Es verdad que, en lo
que concierne al primero de ellos, habla usted de una función de “sustracción”
[demar-que], que parece implícitamente hacer referencia a la mirada. Pero la
noción de mirada, incluso la palabra mirada, están del todo ausentes de su
libro. ¿Es algo deliberado?
– No sé si se trata de una noción indispensable. El
ojo está ya en las cosas, forma parte de la imagen, es su visibilidad. Bergson
lo muestra: la imagen es luminosa o visible en sí misma, solamente necesita una
“pantalla oscura” que la impida moverse en todos los sentidos con las demás
imágenes, que impida que la luz se propague y se difunda en todas direcciones,
que refleje y refracte la luz. “La luz siempre se ha propagado, pero nunca se
ha revelado...” El ojo no es la cámara sino la pantalla. La cámara, con todas
sus funciones preposicionales, es más bien un tercer ojo, un ojo mental.
Menciona usted el caso de Hitchcock: ciertamente, él introduce al espectador en
la película, como lo han mostrado Truffaut y Douchet. Pero no es a causa de la
mirada, sino más bien porque encuadra la acción mediante todo un tejido de
relaciones. Supongamos que la acción es un crimen. Las relaciones constituyen
otra dimensión en la cual el criminal “regala” a otro su crimen, o bien lo
utiliza como medio de intercambio, o lo remite a un tercero. Rohmer y Chabrol
lo han captado a la perfección. Estas rela-ciones no son acciones, son actos
simbólicos que sólo tienen existencia mental (regalo, intercambio, etc.). Lo
que la cámara desvela es preci-samente eso: el encuadre y el movimiento de la
cámara expresan las relaciones mentales. Si Hitchcock es inglés, lo es porque
se interesa por los problemas y parado-[91]jas de las relaciones. El encuadre
represen-
77
ta en su obra algo así como un tapiz: el cuadro
soporta toda la urdim-bre de las relaciones, mientras que la acción constituye
únicamente la trama móvil que la atraviesa por encima o por debajo. Lo que
Hitch-cock introduce en el cine es la imagen mental. No se trata de la mirada,
pues, si la cámara es un ojo, se trata de un ojo mental. Esto explica la
situación excepcional de Hitchcock en el cine: supera la imagen–acción hacia
algo más profundo, las relaciones mentales, una especie de videncia. Pero, en lugar
de tomarlo como una crisis de la imagen– acción, y más en general de toda la
imagen–movimiento, lo convierte en un modo de perfeccionamiento o de
saturación. Con todo, es posible considerar a Hitchcock como el último de lo
cineastas clásicos o como el primero de los modernos.
– Para usted, Hitchcock es el director de las
relaciones por excelen-cia, el cineasta de lo que usted llama la “terceridad”.
¿Constituyen éstas relaciones lo que denomina usted “el todo”? Este es uno de
los puntos más difíciles de su libro. Usted se reclama bergsoniano cuando dice
que el todo no está cerrado sino que, al contrario, es lo Abierto, algo que
siempre está abierto. Lo cerrado son los conjuntos, y no hay que confundir una
cosa con la otra.
– Lo Abierto es muy conocido como una noción
poética cara a Ril-ke. Pero es también una noción filosófica de Bergson. Lo
importante es la distinción entre los conjuntos y el todo. Si se confunden, el
todo pierde su sentido y caemos en la célebre paradoja del conjunto de todos
los conjuntos. Un conjunto puede contener elementos muy diversos, pero no por
ello deja de estar cerrado, relativa o artificial-mente. Digo “artificialmente”
porque siempre hay [92] un hilo, aunque
78
sea muy delgado, que une a ese conjunto con otro
mayor, hasta el infinito. El todo es de una naturaleza diferente, pertenece al
orden del tiempo: atraviesa todos los conjuntos, y es justamente lo que les
impide llevar a término su tendencia, es decir, lo que les impide cerrarse
completamente. Bergson no se cansa de decirlo: el Tiempo es lo Abierto, es lo
que cambia sin cesar de naturaleza en cada instante. El todo no es un conjunto,
sino la perpetua travesía de un conjunto a otro, la transformación de un conjunto
en otro. Esta relación entre el tiempo, el todo y lo abierto es muy difícil de
pensar, pero justamente el cine nos facilita la labor. Podríamos decir que hay
tres niveles cinema-tográficos coexistentes: el encuadre, que es la
determinación de un conjunto provisional artificialmente cerrado; el desglose o
guión técnico es la determinación del movimiento o de los movimientos que se
distribuyen entre los elementos del conjunto; pero el movimiento expresa
también un cambio o una variación del todo que tiene que ver con el montaje. El
todo atraviesa todos los conjuntos, impidiendo su cierre “total”. Cuando se
habla de espacio “en off” se quieren decir dos cosas: por un lado, que todo
conjunto determinado forma parte de un conjunto más amplio, de dos o tres
dimensiones; pero también que todos los conjuntos se hallan inmersos en un todo
de naturaleza distinta, en una cuarta o en una quinta dimensión que varía
constan-temente a través de los conjuntos que atraviesa, por muy grandes que
sean. En el primer caso, se trata de una extensión espacial y material; en el
otro, se trata de la determinación espiritual en el sentido de Dreyer o de
Bresson. Ambos aspectos no son excluyentes sino com-plementarios, se alimentan
el uno del otro, y en unos casos será uno de ellos el privilegiado, como en
otros lo será el otro. El cine no [93] deja
79
de jugar con estos dos niveles coexistentes, y cada
uno de los grandes directores tiene su manera de concebirlo y de practicarlo.
En toda gran película, como en toda obra de arte, siempre hay algo abierto. Y
cuando investigamos de qué se trata siempre resulta ser el tiempo, el todo, tal
y como ocurre en las películas de modos muy distintos.
Cahiers du Cinema, n.º 352,
Octubre de 1983, entrevista con
Pascal Bonitzer y Jean Narboni
realizada el 13 de Septiembre,
completada y redactada
por los participantes
80
[95]
6. SOBRE LA
IMAGEN–TIEMPO 11
– Cien años de cine..., y esta es la primera vez
que un filósofo se pro-pone enunciar los conceptos propios del cine. ¿Cómo
interpretar esta ceguera de la reflexión filosófica?
– Es cierto que los filósofos se han ocupado muy
poco del cine, y eso los que han llegado a hacerlo. Sin embargo, se da una
coincidencia. En el mismo momento de aparición del cine, la filosofía se
esfuerza en pensar el movimiento. Pero puede que esta misma sea la causa de que
la filosofía no reconozca la importancia del cine: está demasiado ocupada en
realizar por cuenta propia una labor análoga a la del cine, quiere introducir
el movimiento en el pensamiento, como el cine lo introduce en la imagen. Más
que de una posibilidad de encuentro, se trata de [96] dos investigaciones
independientes. A pesar de todo, los críticos cinematográficos, al menos los
mejores, se convierten en filósofos desde el momento en que proponen una
estética del cine. No son filósofos de formación, pero se convierten en
filósofos. Esta fue la aventura de Bazin.
– ¿Qué pediría usted en este momento a la crítica
cinematográfica? ¿Qué papel debería desempeñar?
– La crítica cinematográfica se encuentra ante un
doble escollo: tie-ne que evitar limitarse a una simple descripción de las
películas, pero
11 G.
Deleuze, Cinemá, 2: L’image–temps. Les Éditions de Minuit, París, 1985. Trad.
cast. I. Agoff, La imagen–tiempo, Ed. Paidós, Barcelona, 1987. [N. del T.]
81
también debe cuidarse de no aplicar al cine
conceptos que le son extraños. La tarea de la crítica es formar conceptos, que
evidentemente no están dados en cuanto tales en las películas, pero que a pesar
de ello sólo son aplicables al cine, a tal género cinematográfico o a tal
película. Conceptos que son propios del cine, pero que sólo se pueden formar
filosóficamente. No se trata de nociones técnicas (travelling, continui-dad,
rupturas de la continuidad, amplitud o profundidad de campo, etc.), la técnica
no vale nada si no está al servicio de los fines que implica pero que no se
explican por ella.
Esos fines son los que configuran los conceptos
cinematográficos. El cine realiza un auto–movimiento de la imagen, incluso una
auto– temporalización: esta es su base, y este es el aspecto que yo he
intenta-do estudiar. Pero, ¿qué puede revelarnos el cine acerca del espacio y
del tiempo que no revelen las demás artes? Un travelling y una panorámica no
presentan el mismo espacio. Es más, puede suceder que el travelling deje de
trazar un espacio para sumirse en el tiempo (en Visconti, por ejemplo). He intentado
analizar el espacio en Kurosawa y en Mizogu-chi: [97] en uno, es un continente
que engloba, en el otro es una línea universal, y ambas cosas son muy
distintas, no sucede lo mismo en un continente globalizador que en una línea
universalizante. Las técnicas están subordinadas a estas grandes finalidades.
Ahí radica la dificultad: se precisan monografías de los autores, pero hay que
incorporar a esas monografías una diferenciación de los conceptos, de las
especificacio-nes, de las reorganizaciones, que pone en juego al cine en su
totalidad.
– Su pensamiento está atravesado por la
problemática de las rela-ciones entre cuerpo y pensamiento, ¿cómo excluir de
tal problemática
82
al psicoanálisis y su relación con el cine? ¿Cómo
excluir a la lingüística y, en suma, a todos esos “conceptos ajenos”?
– Es el mismo problema. Los conceptos que el
psicoanálisis propon-ga en lo referente al cine deberían ser específicos, es
decir, aplicables únicamente al cine. Siempre podemos relacionar el encuadre
con la castración y el primer plano con el objeto parcial, pero no veo que eso
pueda aportar algo al cine. Dudo incluso de que la noción de “lo imaginario”
sea válida para el cine, que produce realidad. Se puede aplicar el
psicoanálisis a Dreyer, pero esta aplicación, en este campo como en tantos
otros, no añade gran cosa. Mejor sería una confronta-ción entre Dreyer y Kierkegaard,
ya que este último pensaba también que todo consiste en “hacer” el movimiento,
que sólo la “elección” podía hacerlo: esta decisión espiritual se ha convertido
en un objeto apropiado para el cine.
En nada nos ayudará un psicoanálisis comparado de
Kierkegaard y Dreyer a la hora de avanzar en ese proble-[98]ma filosófico–
cinematográfico. ¿Cómo puede llegar a ser objeto del cine la determi-nación
espiritual? Es el mismo problema que, de modo muy diferente, encontramos en
Bresson o en Rohmer, y en él está comprometido el cine en su totalidad, no un
cine abstracto, sino el más emotivo, el más fascinante.
Lo mismo puede decirse de la lingüística: se ha
contentado con su-ministrar conceptos que se aplican al cine desde fuera, como
por ejemplo el concepto de “sintagma”. Al hacerlo, la imagen cinematográ-fica
queda reducida a un enunciado, dejando entre paréntesis su
83
carácter constitutivo: el movimiento. La narración
es, en el cine, como lo imaginario: se trata de una consecuencia muy indirecta
que se deriva del movimiento y del tiempo, no al revés. Lo que el cine narra es
sólo aquello que le permiten narrar los movimientos y los tiempos de la imagen.
Si el movimiento se regula mediante un esquema sensomotor (si presenta un
personaje que reacciona ante una situación), entonces tendremos una historia.
Al contrario, si el esquema sensomotor se desploma en provecho de movimientos
no orientados, discordantes, entonces tendremos formas diferentes, devenires
más que historias...
– En ello radica la importancia, en la que su libro
profundiza, del neorrealismo. Una ruptura radical, vinculada evidentemente a la
guerra (Rossellini o Visconti en Italia, Ray en América). No obstante, Ozu,
antes que ellos, y Welles después, escapan a todo intento de periodización
demasiado riguroso...
– Sí, si la ruptura decisiva tiene lugar tras la
guerra, con el neorrea-lismo, es precisamente porque el neorrealis-[99]mo da
cuenta de la inutilidad de los esquemas sensomotores: los personajes ya no
“pue-den” reaccionar ante unas situaciones que les sobrepasan, porque son
demasiado horribles, o demasiado bellas, o irresolubles... Nace enton-ces una
nueva estirpe de personajes. Pero nace, sobre todo, de la posibilidad de
temporalizar la imagen cinematográfica: es tiempo puro, un poco de tiempo en
estado puro, y no ya movimiento. Esta revolu-ción cinematográfica se estaba
preparando, en otras condiciones, en Welles, y en Ozu mucho antes de la guerra.
Welles produce un espesor temporal, capas distintas de tiempo que coexisten,
reveladas por la profundidad de campo, en un escalonamiento propiamente
temporal.
84
Lo que tienen de cinematográfico las célebres
naturalezas muertas de Ozu es que expresan el tiempo como forma inmutable en un
mundo que ya ha perdido sus referencias sensomotrices.
– Pero, ¿a qué criterios podrían referirse tales
cambios? ¿Cómo po-drían ser evaluados, tanto estéticamente como de otras
maneras? En suma, ¿en qué puede apoyarse la valoración de una película?
– Creo que hay un criterio especialmente
importante, que es la bio-logía del cerebro, una micro–biología. Está en
constante transforma-ción, acumulando descubrimientos extraordinarios. Los
criterios no los podrán suministrar ni el psicoanálisis ni la lingüística, sino
la biología del cerebro, porque se trata de una disciplina que no presenta el
inconveniente de las otras dos (aplicar conceptos ya formados). Podríamos
considerar el cerebro como una materia relativa mente indiferenciada, y se
trataría, entonces, de saber qué circuitos, qué tipo de circuitos se trazan
(imagen–movimiento o imagen–tiempo), puesto que los circuitos no preexisten
[100]
Consideremos una obra como la de Resnais: es un
cine cerebral, incluso aunque sea de lo más divertido o de lo más emotivo. Los
circuitos implicados en los personajes de Resnais, las ondas en las que se
instalan, son circuitos cerebrales, ondas cerebrales. El cine en su totalidad
vale tanto como los circuitos cerebrales que consigue instau-rar, precisamente
gracias a que la imagen está en movimiento. “Cere-bral” no quiere decir
intelectual: hay un cerebro emotivo, pasional...
Sobre este asunto, el problema fundamental atañe a
la riqueza, a la complejidad y a la textura de estos dispositivos, conexiones,
disyun-
85
ciones, circuitos y cortocircuitos. La mayor parte
de la producción cinematográfica, con su violencia arbitraria y su erotismo
blando, revela una deficiencia del cerebelo, en lugar de invención de nuevos
circuitos cerebrales. El ejemplo de los clips es emblemático: se abría la
posibilidad de un nuevo campo cinematográfico muy interesante, pero ha sido
inmediatamente conquistado por esa deficiencia generalizada y organizada. La
estética no es indiferente a estos problemas de cretini-zación y de cerebralización.
Crear nuevos circuitos es algo que corres-ponde tanto al cerebro como al arte.
– A priori, el cine parece mejor instalado en la
ciudad que la filoso-fía. ¿Qué tipo de práctica podría colmar esa separación?
– No estoy seguro de que sea así. No creo, por
ejemplo, que los Straub, incluso considerados como cineastas políticos, hayan
gozado de una inserción cómoda en la “ciudad”. Toda creación tiene un valor
político y un contenido político. El problema es lo mal que todo esto se aviene
con los circuitos de información y de comunicación, que son circuitos
prestablecidos y degenerados de ante-[101]mano. Todas las formas de creación,
incluso la posible creación televisiva, tienen en esos circuitos su enemigo común.
Sigue siendo una cuestión cerebral: el cerebro es la cara oculta de todos los
circuitos: pueden triunfar los reflejos condicionados más rudimentarios tanto
como los movimientos más creativos, los que tienen conexiones menos
“probables”.
El cerebro es un volumen espaciotemporal:
corresponde al arte tra-zar en él nuevas vías de actualización. Puede hablarse
de sinapsis, conexiones y desconexiones cerebrales: no hay las mismas
conexiones,
86
ni se trata de los mismos circuitos, por ejemplo,
en Godard y en Res-nais. Pienso que la importancia o el alcance colectivo del
cine depende de este tipo de problemas.
Cinema, n.º 334, 18 de Diciembre
de 1985, entrevista con Gilbert
Cabasso y Fabrice Revault
d’Allones
87
[103]
7. ALGUNAS
DUDAS SOBRE LO IMAGINARIO
PREGUNTAS
1. La
imagen–movimiento parece retomar la problemática de la Ló-gica del sentido12,
pero desplazándola sustancialmente. Mientras que la Lógica exploraba la
relación consustancial del lenguaje con la paradoja, La imagen–movimiento
sugiere una salida de la paradoja que se produce mediante la sustitución de la
noción de conjunto paradójico por la noción transversal de totalidad abierta.
¿Qué papel juega el modelo cinematográfico en esta
estrategia que, al leer a Bergson desde la cinematografía, llevaría a
considerar al universo como “cine en sí”? [104]
En otras palabras, ¿qué papel desempeña el cine en
su investiga-ción? ¿Se trata de una metáfora que sirve para clarificar la
lectura de un texto conceptual o de una fuente de creación de conceptos que
cons-truye una nueva lógica?
2. Su
reflexión, anclada en el par Bergson–cine, utiliza categorías (estéticas) y
entidades (filosóficas) que usted denomina finalmente Ideas, en el sentido
platónico del término.
12 Logique
du sens. Les Éditions de Minuit, París, 1969. Trad. cast. A. Abad, Lógica del
sentido. Barral Editores, Barcelona, 1971 (reed. Ed. Paidós, a cargo de Miguel
Morey). [N. del T.]
88
Por otra parte, aunque usted rechaza el análisis
semiológico del cine, recupera la semiología general de los signos propuesta
por Peirce.
¿Cree que el cine es un medio privilegiado para
recobrar, de un mo-do maquínico, un pensamiento de lo sustancial y de lo
universal? En las nociones mismas de imagen–movimiento e imagen–tiempo, ¿cuáles
son los factores en los que se apoya esta concepción del cine? Es más, ¿cuáles
son las relaciones entre la imagen y el movimiento en la noción de
imagen–movimiento?
3. En su
análisis del cine no aparece nunca el término “imaginario”, que ha sido
utilizado profusamente en otro tipo de investigaciones para designar el
lenguaje cinematográfico.
¿Cuáles son los motivos de esta reserva? Sus
reflexiones sobre la función de la luz en la figuración fílmica, la seductora
hipótesis de una mirada que está ya en las imágenes, ¿no le permitirían esbozar
su concepción de lo imaginario? [105]
4. En un
sentido más amplio, ¿tiene la noción de lo imaginario –tan variable de una
disciplina a otra– un lugar en el terreno filosófico? ¿Cómo podría definirse
ese lugar?
5. ¿No
podría servirle a usted su análisis del cine para explicitar la función
heurística de lo imaginario en el conjunto de sus investigacio-nes –incluida la
que versa sobre el cine–, así como en la práctica de su escritura?
89
1. La idea
de una totalidad abierta tiene un sentido propiamente cinematográfico. Pues,
cuando la imagen es un movimiento, las imágenes, al mismo tiempo que se
encadenan entre ellas, se interiori-zan en un todo que se exterioriza a sí
mismo en las imágenes encade-nadas. Eisenstein hizo la teoría de este circuito
imagen–todo, circuito en el que cada una de las partes impulsa a la otra: el
todo cambia al mismo tiempo que se encadenan las imágenes. Él invocaba la
dialécti-ca. En la práctica se trataba, según él, de la relación entre el plano
y el montaje.
Pero el modelo de una totalidad abierta en
movimiento no agota lo que es el cine. Y no únicamente porque se le pueda
comprender de un modo que no tiene nada de dialéctico (en el cine americano,
alemán o francés anterior a la guerra), sino porque el cine posterior a la
guerra cuestiona esa misma relación en cuanto tal. Quizá ello se debe a que la
imagen deja de ser una imagen–movimiento para convertirse en una imagen–tiempo:
esto es lo que intento mostrar en el segundo volumen de mi ensayo. El modelo
del todo, de la totalidad abierta, supone que hay relaciones conmensurables o
conexiones racionales entre las imágenes, dentro de la imagen mis-[106]ma, y en
las relaciones entre la imagen y el todo. Tal es incluso la condición para que
haya una totali-dad abierta. También ha sido Eisenstein el que ha teorizado
explícita-mente este aspecto con el “número áureo”, y no se trata de una teoría
“forzada”, sino que está profundamente ligada a su práctica, e incluso a una
práctica muy generalizada en el cine anterior a la guerra. Si el cine, tras la
posguerra, rompe con este modelo, ello se debe a la necesidad de mostrar todo
tipo de conexiones irracionales, de relaciones inconmen-
90
surables entre imágenes. Las rupturas de
continuidad se convierten en ley (una ley peligrosa, porque la ruptura de la
continuidad puede conducir al fracaso incluso con mayor facilidad que la
continuidad bien establecida).
De modo que nos hallamos nuevamente ante los
conjuntos paradó-jicos. Pero, cuando las conexiones irracionales se convierten
de este modo en lo esencial, no se trata ya de la imagen–movimiento, sino de la
imagen–tiempo. Desde esta perspectiva, la idea de una totalidad abierta que se
deriva del movimiento queda invalidada: ya no hay totalización, no hay
interiorización en un todo ni exteriorización de un todo. Ya no hay un
encadenamiento de imágenes mediante conexiones racionales, sino que las
imágenes se reorganizan mediante conexiones irracionales (Resnais, Godard). Es
otro régimen cinematográfico, un régimen en el que volvemos a encontramos con
las paradojas propias del lenguaje. En efecto, pienso que el cine sonoro
primitivo mantuvo la primacía de la imagen visual, haciendo del sonido una
nueva dimen-sión de la imagen visual, una cuarta dimensión, tan admirable a
menudo. El cine sonoro posterior a la guerra, al contrario, tiende a una
autonomía del sonido, a una conexión irracional entre [107] lo sonoro y lo
visual (Straub, Syberberg, Duras). Ya no hay totalización, porque el tiempo
deja de depender del movimiento como si fuera su medida, para mostrarse en
cuanto tal y suscitar falsos movimientos.
No pienso, pues, que pueda confundirse el cine con
el modelo de una totalidad abierta. Existió este modelo, pero el cine tiene y
tendrá tantos modelos como sea capaz de inventar. Por otra parte, no hay
modelos propios de una disciplina o de un saber. Lo que a mí me
91
interesa son las resonancias, aunque cada dominio
tenga sus ritmos, su historia, sus evoluciones y sus mutaciones extemporáneas.
Puede que una de las artes tenga una primacía y ponga en marcha una mutación
que luego será reproducida por otras, pero cada una con sus propios medios. Por
ejemplo, la filosofía ha realizado en cierto momento una mutación en las
relaciones entre el tiempo y el movimiento; quizás es lo mismo que hace el
cine, pero en otro contexto, de acuerdo con otra historia. Hay una resonancia entre
los acontecimientos decisivos de ambas historias, aunque no se asemejen en lo
más mínimo. El cine es un tipo de imagen. Existen trayectorias de mutuo
intercambio entre los diferentes tipos de imágenes estéticas, de funciones
científicas o de conceptos filosóficos, al margen de cualquier tipo de primacía
general. En Bresson se dan espacios desconectados que tienen vínculos táctiles;
en Resnais, espacios probabilitarios y topológicos que tienen su correlato en
la física y en la matemática, pero que el cine construye a su modo (Je faime,
Je faime). La relación entre el cine y la filosofía es la relación entre la
imagen y el concepto. Pero el concepto encierra en sí mismo una cierta relación
con la imagen, y la imagen comporta una referencia al concepto: por ejemplo, el
cine ha intentado siempre cons-[108]truir una imagen del pensamiento, de los
mecanismos del pensa-miento. Y no por ello es abstracto, sino todo lo
contrario.
2. En
efecto, puede llamarse “Ideas” a esas instancias que se efectú-an ora en
imágenes, ora en funciones científicas, ora en conceptos. Lo que efectúa la
Idea es el signo. En el cine, las imágenes son signos. Los signos son las
imágenes consideradas desde la perspectiva de su composición y de su génesis.
La noción de signo siempre me ha
92
interesado. El cine ha producido sus propios
signos, y sólo a él corres-ponde su clasificación, pero una vez que el cine los
ha producido, estos signos repercuten en otros lugares, y el mundo entero “se
hace cine”. He utilizado a Peirce porque hay en su obra una profunda reflexión
acerca de los signos y las imágenes. Por contra, la semiótica de inspira-ción
lingüística me incomoda porque suprime las nociones de imagen y de signo.
Reduce la imagen a un enunciado, lo que no deja de extra-ñarme, y ello la fuerza
a buscar las operaciones lingüísticas subyacen-tes al enunciado: los sintagmas,
los paradigmas, el significante. En ese juego de prestidigitación, el
movimiento queda entre paréntesis. El cine es, en principio, la
imagen–movimiento. Ni siquiera se trata de una “relación” entre la imagen y el
movimiento, sino que el cine crea el automovimiento de la imagen. Después,
cuando el cine hace su revolu-ción “kantiana”, es decir, cuando deja de
subordinar el tiempo al movimiento, cuando pone al movimiento en dependencia
del tiempo (el falso movimiento como presentación de relaciones temporales),
entonces la imagen cinematográfica se convierte en imagen–tiempo, en
auto–temporalización de la imagen. No se trata, pues, de discutir si el cine
tiene una pretensión de universalidad, porque no se trata [109] de lo universal
sino de lo singular: ¿cuáles son las singularidades de la imagen? La imagen es
una figura que no se define por la universalidad de su representación, sino por
sus singularidades internas, los puntos singulares que conecta: por ejemplo,
las conexiones racionales cuya teoría hizo Eisenstein en el caso de la
imagen–movimiento, o las conexiones irracionales de la imagen–tiempo.
93
3, 4 y 5. Se trata, ciertamente, de un problema
genuinamente filosó-fico: ¿es “lo imaginario” un concepto adecuado? Tomemos un
primer par de términos: “real–irreal”. Podemos definirlos como Bergson: lo real
es la conexión legal, el encadenamiento prolongado de lo actual; lo irreal es
la aparición brusca y discontinua ante la conciencia, es lo virtual que se
actualiza. Tomemos otro par: “verdadero–falso”. Lo real y lo irreal siempre son
distintos, pero esta distinción no siempre es discernible: la falsedad es la
indiscemibilidad de lo real y lo irreal. Pero es que, cuando se produce la
falsedad, lo verdadero resulta indecidible. Lo falso no es un error o una
confusión, sino aquella potencia que hace indecidible lo verdadero.
Lo complicado de la noción de “lo imaginario” es
que implica un cruce entre esas dos parejas de conceptos. Lo imaginario no es
lo irreal, sino la indiscemibilidad de lo real y lo irreal. Ambos términos no
se corresponden, conservan su distinción, pero se intercambian conti-nuamente.
Esto se percibe con claridad en los fenómenos cristalinos, y ello en tres
aspectos: se produce un intercambio entre una imagen virtual y una imagen
actual, lo virtual se convierte en actual y vicever-sa; pero hay igualmente un
intercambio entre lo nítido y lo opaco, lo opaco se convierte en nítido y
viceversa; en tercer lugar, [110] hay intercambio entre un germen y un medio.
Creo que lo imaginario es este conjunto de intercambios. Lo imaginario es la
imagen–cristal. Una imagen que ha sido determinante para el cine moderno: en
diversas formas, se encuentra en Ophüls, Renoir, Fellini, Visconti, Tarkovski,
Zanussi...
94
Además, está también lo que vemos en el cristal. Lo
que se ve en el cristal es lo falso o, más bien, el poder de lo falso. El poder
de lo falso es el tiempo en persona, no porque los contenidos del tiempo sean
variables, sino porque la forma del tiempo como devenir cuestiona todo modelo
formal de verdad. Esto es lo que sucede en el cine tempo-ral, primero en
Welles, luego en Resnais, en Robbe–Grillet: el cine de la indecidibilidad. En
suma, lo imaginario no resulta superado por un significante, sino por una
presentación pura del tiempo.
Esta es la razón de que yo no otorgue una gran
importancia a la noción de lo imaginario. Por un lado, supone una
cristalización física, química o psíquica: no define nada, sino que al
contrario queda definida por la imagen–cristal como circuito de intercambios;
imaginar es fabricar imágenes–cristal, hacer funcionar la imagen como un
cristal. No es lo imaginario sino el cristal lo que tiene una función
heurística según ese triple circuito: actual–virtual, nítido–opaco,
germen–medio. Y, por otra parte, el propio cristal sólo vale por lo que se ve
en él, quedando superada la noción de lo imaginario. Lo que se ve en el cristal
es el tiempo autonomizado, independiente del movimien-to, relaciones de tiempo
que engendran constantemente un falso movimiento. No creo en el poder de lo
imaginario (en los sueños, en las fantasías, etc.), lo imagi-[111]nario es una
noción muy indeterminada, y debe someterse a condiciones rigurosas: la
condición es el cristal, y lo incondicionado a lo que tiende es el tiempo.
No creo en una especificidad de lo imaginario, sino
en dos regíme-nes de imágenes: un régimen que podríamos llamar orgánico, el de
la imagen–movimiento, que opera mediante conexiones racionales y
95
encadenamientos y que proyecta en cuanto tal un
cierto modelo de verdad (la verdad es el todo...); por otra parte, un régimen
cristalino, el de la imagen–tiempo, que opera mediante conexiones irracionales
y reconstrucción de los encadenamientos, un régimen que sustituye el modelo de
lo verdadero por el poder de lo falso como devenir. Justa-mente porque el cine
pone en movimiento la imagen, posee medios propios para reelaborar la
problemática de estos dos regímenes. Pero, con otros medios, se encuentran también
en otros ámbitos: hace mucho tiempo, Worringer hablaba, en el terreno de las
artes, de una confrontación entre un régimen orgánico “clásico” y un régimen
inorgánico o cristalino, no menos vital que el anterior, pero cuya potencia
vital no es orgánica sino bárbara o gótica. Vemos ahí el estilo en sus dos
estados, sin que pueda decirse que uno de ellos es más “verdadero” que el otro,
ya que lo verdadero como modelo o como Idea pertenece tan sólo al primero. Es
posible que también el concepto, o la filosofía, presenten estos dos estados.
Nietzsche es un ejemplo de discurso filosófico que se inclina hacia un régimen
cristalino para pasar del modelo de lo verdadero al poder del devenir, del
órgano a una vida no–orgánica, de los encadenamientos lógicos a los
encadena-mientos “páticos” (aforismo). Lo que Worringer llamaba
“expresio-nismo” es un bello caso de comprensión de la vida no–orgánica que ha
[112] encontrado
en el cine una realización plena, y del que difícilmen-te podría hacerse cargo
la noción de lo imaginario. Pero el expresio-nismo es solamente un caso, y no
agota para nada el régimen cristali-no: hay muchas otras figuras en otros
géneros y en el propio cine. ¿Significa esto que no hay más regímenes que estos
dos que hemos considerado aquí, el orgánico y el cristalino? Hay,
evidentemente,
96
muchos otros (¿cuál es el régimen de las imágenes
electrónicas digita-les, un régimen de silicio en lugar de un régimen de
carbono? Este es otro punto en el que podrían encontrarse el arte, la ciencia y
la filoso-fía). La labor que yo quería realizar en estos libros sobre el cine
no era una reflexión acerca de lo imaginario, sino una operación más práctica:
enhebrar cristales de tiempo. Una operación que realiza el cine, pero también
el arte, la ciencia y la filosofía. No se trata de lo imaginario, sino de un
régimen de signos. Y ello –así lo espero–, en pro de otros nuevos regímenes. La
clasificación de los signos es infinita, para empezar porque existe una
infinidad de clasificaciones. Mi interés se centra en una disciplina muy
particular, la taxonomía, una clasifica-ción de las clasificaciones que, al
contrario de lo que sucede en lingüís-tica, no puede prescindir de la noción de
signo.
Hors–cadre, nº 4, 1986
97
[113]
8. OPTIMISMO,
PESIMISMO Y VIAJE (Carta a Serge Daney)
Su libro anterior, La rampe (1983), recogía una
serie de artículos escritos por usted en los Cahiers du Cinema. Lo que hacía de
ellos un auténtico libro era su distribución de acuerdo con un análisis de los
diferentes períodos que habían atravesado los Cahiers, pero también, y sobre
todo, según las diversas funciones de la imagen cinematográfica. Un predecesor
ilustre del campo de las artes plásticas, Riegi, distinguía en el arte tres
finalidades: embellecer la naturaleza, espiritualizar la naturaleza y rivalizar
con la naturaleza (teniendo en cuenta que “embellecer”, “espiritualizar” y
“rivalizar” son términos que adquieren en Riegi un significado muy particular,
al mismo tiempo histórico y lógico). En la periodización que usted propone,
define una primera función que se expresaría en la pregunta: ¿qué es lo que hay
que ver tras la imagen? Y, sin duda, eso que hay que ver sólo aparecerá en las
imágenes siguientes, pero actuando como aquello que hace pasar de
[114] la
primera imagen a las demás, encadenándolas en una poderosa y embellecedora
totalidad orgánica, aunque el “horror” forme parte de esa cadena. Llega usted a
decir que esta primera época lleva por lema: el secreto está detrás de la
puerta (“deseo de ver más, de ver lo que hay detrás, de ver lo que hay al otro
lado”), y en ella cualquier objeto puede desempeñar el papel de escondite
provisional y cada película se encadena a otras mediante una reflexión ideal.
Esta primera época del cine se definiría por el arte de Montaje, que puede
culminar en los grandes trípticos y que constituye el embellecimiento de la
Naturaleza
98
o la enciclopedia del Mundo, pero también por una
supuesta profundi-dad de la imagen como armonía o acorde, una distribución de
los obstáculos y de los modos de franquearlos, de las resonancias y las
resoluciones propias de esa profundidad, un cierto papel de los actores, de los
cuerpos y de las palabras propios del cine en esta escenografía universal: todo
ello puesto siempre al servicio de un suplemento de visibilidad, un “algo más
que ver”. En su nuevo libro, usted propone como símbolo de esta gran
enciclopedia la biblioteca de Eisenstein, “el gabinete del Dr. Eisenstein”.
Pero observa usted que este tipo de cine no ha
muerto por sí solo, sino que fue la guerra quien lo asesinó (el gabinete del
Dr. Eisenstein en Moscú se convirtió, sin duda, en un lugar muerto,
deshabitado, vacío). Syberberg se tomó muy en serio algunas de las reflexiones
de Walter Benjamín: hemos de juzgar a Hitler como cineasta... Usted mismo
subraya que “las grandes escenografías políticas, la propaganda de Estado
convertida en cuadro viviente, las primeras manipulaciones de masas humanas”
realizaron el sueño cinematográfico en unas condiciones en las que [115] el
horror lo penetraba todo, y en las que ya lo único que había que ver tras la
imagen eran los campos de concentración, en los que los cuerpos no tenían más
encadenamiento que el de los suplicios. Paul Virilio, por su parte, ha mostrado
que el fascismo vivió hasta el último momento en rivalidad con Hollywood. La
enciclopedia del mundo, el embellecimiento de la naturaleza, la política como
arte (según la expresión de Benjamín), se habían conver-tido en el puro horror.
El todo orgánico no era más que totalitarismo, y el poder de la autoridad no
revelaba ya a un autor, sino la realización
99
de Caligari y Mabuse (“el viejo oficio de
escenógrafo ya nunca volverá a ser una profesión inocente”, dice usted). Si el
cine tenía que resucitar después de la guerra, tenía que hacerlo necesariamente
sobre una nueva base, apoyado en una nueva función de la imagen y en una nueva
“política”, en una nueva finalidad del arte. Quizás, a este respec-to, la obra
de Resnais sea la más grande, la más sintomática”: él ha sido quien ha
resucitado a los muertos en el cine. Desde el principio hasta su reciente L’amour
á mort, Resnais no ha tenido más que un solo tema, un solo cuerpo o un solo
actor cinematográfico: el hombre que vuelve de entre los muertos. Usted resalta
la proximidad entre Resnais y Blanchot, “la escritura del desastre”.
Tras la guerra, pues, se expresaba una segunda
función de la imagen mediante una pregunta completamente nueva: ¿qué es lo que
hay que ver en la imagen? “No: ¿qué hay que ver tras ella? sino más bien:
¿puedo mantener la mirada en aquello que, en cualquier caso, veo, y que se
despliega en un solo plano?”. De este modo, cambian todas las relacio-nes
cinematográficas en su conjunto. El montaje puede convertirse en algo
secundario, no sola-[116]mente en favor del célebre “plano– secuencia”, sino de
nuevas formas de composición y asociación. Se denuncia la profundidad como un
cebo engañoso, y la imagen asume su carácter plano, se convierte en “superficie
sin profundidad” o en una profundidad fina, como la de los bajos fondos
oceanográficos (y no puede presentarse como contraejemplo la profundidad de
campo que aparece, por ejemplo, en uno de los maestros de este nuevo cine,
Welles, que lo deja ver todo de una ojeada y destituye la profundidad antigua).
Las imágenes ya no se encadenan según el orden unívoco de
100
sus cortes y conexiones, sino que constituyen el
objeto de un nuevo encadenamiento constantemente reconstruido y retocado por
encima de los cortes y mediante las rupturas de continuidad. Cambia igual-mente
la relación con los cuerpos y con los actores cinematográficos: el cuerpo se
hace más dantesco, no se considera ya en las acciones sino en sus posturas, con
sus encadenamientos específicos (como usted muestra a propósito de Ackerman, de
los Straub, o bien en esa página tan chocante en la que afirma usted que el
actor, en una escena de alcoholismo, ya no sigue el movimiento ni titubea como
en el cine antiguo, sino que intenta, por el contrario, conquistar una postura,
aquella en la que se puede sostener el auténtico alcohólico). Y cambia también
la relación entre la imagen y la palabra, los sonidos y la música, mediante
disimetrías fundamentales entre lo sonoro y lo visual que darán al ojo el poder
de leer la imagen, pero que dan asimismo al oído el poder de alucinar los más
mínimos ruidos. En última instancia, esta nueva época del cine, esta nueva
función de la imagen es una pedagogía de la percepción que ocupa el lugar de la
enciclopedia del mundo que se ha derrumbado y fragmentado: cine de vidente que
ya no se propone embellecer la naturaleza [117] sino espiritualizarla en el más
alto grado de intensidad. ¿Cómo preguntarse lo que hay que ver tras la imagen
(o a continuación) cuando no se sabe siquiera lo que hay en ella o en su
interior mientras falte ese ojo espiritual? Y pueden señalarse sin dificultad
las cumbres de este tipo de cine, pero siempre se trata de una pedagogía que
nos guía, pedagogía de Rossellini, “pedagogía de los Straub, pedagogía de
Godard”, decía usted en La rompe, y ahora añade la pedagogía de Antonioni
cuando analiza la función del ojo y el oído del celoso como un “ars poética”
que detecta
101
lo que está a punto de desvanecerse, de
desaparecer, empezando por la mujer en la isla desierta...
Si hay una tradición crítica a la que usted esté
ligado, es la de Bazin y los Cahiers, igual que Bonitzer, Narboni o Schefer.
Usted no ha renunciado a encontrar el vínculo entre el cine y el pensamiento, y
usted defiende una función de la crítica cinematográfica que es al mismo tiempo
poética y estética (mientras que muchos de nuestros contemporáneos han creído
necesario volverse hacia el lenguaje, hacia un formalismo lingüístico para
salvar la seriedad de la crítica). Por ello, usted ha mantenido la gran concepción
del cine perteneciente a la primera época: el cine como arte nuevo y como nuevo
pensamiento. Sin embargo, en los primeros cineastas y críticos, ese espíritu
está ligado a un optimismo metafísico ante el arte total de las masas. La
guerra, y sus antecedentes, impusieron, al contrario, un radical pesi-mismo
metafísico. Pero usted ha rescatado un optimismo que se ha convertido en
optimismo crítico: el cine no estaría ligado ya a un pensamiento triunfante y
colectivo sino a un pensamiento arriesgado, singular, que sólo surge y se
mantiene en su “impotencia”, una impo-tencia que procede de entre los [118]
muertos y que arrostra la nulidad de la producción mayoritaria.
Pero se dibuja una tercera época, una tercera
función de la imagen, una tercera clase de relación. La pregunta ya no es:
“¿qué es lo que hay que ver tras la imagen?”, ni siquiera: “¿cómo ver la imagen
en cuanto tal?”, sino más bien: “¿cómo insertarse, cómo deslizarse en ella,
dado que toda imagen se desliza ahora hacia otras imágenes, dado que “el fondo
de la imagen ya es siempre una imagen” y el ojo vacío una lente
102
de contacto?” Y por eso decía usted que se había
rizado el rizo, que Syberberg se reúne con Meliés, pero en un duelo
interminable, en una provocación sin objeto que corre el riesgo de transformar
su optimis-mo crítico en pesimismo crítico. De hecho, en esta nueva relación de
la imagen se entrecruzan dos factores diferentes: por una parte, la evolución
interna del cine, la investigación de nuevas combinaciones audiovisuales y de
sus grandes pedagogías (no únicamente Rossellini, Resnais, Godard, los Straub,
sino Syberberg, Duras, Oliveira...), investi-gaciones que podrían encontrar un
campo y un medio excepcional en la televisión; por otra parte, el desarrollo
propio de la televisión en cuanto tal en la medida en que compite con el cine y
lo “realiza” o lo “generaliza” efectivamente. Por muy intrínsecos que ambos
sean, estos dos aspectos son fundamentalmente distintos, y no actúan al mismo
nivel. Pues, si el cine buscaba en la televisión y en el video un “relevo” para
las nuevas funciones estéticas y noéticas, la televisión, por su lado (a pesar
de algunos esfuerzos primerizos y escasos), se reservaba una función social que
impedía de antemano todo relevo, apropiándose del video y sustituyendo la
belleza y el pensamiento por toda suerte de poderes de muy otra ralea. [119]
Se diseñaba así una aventura semejante a la de la
primera época: del mismo modo que el poder autoritario, que culminó en el
fascismo y en las grandes manipulaciones a nivel estatal, terminó por hacer
imposi-ble el primer tipo de cine, el nuevo poder social de la posguerra, en
términos de vigilancia o de control, hacía peligrar la vida del segundo tipo de
cine. “Control”, así llama Burroughs al poder moderno. El propio Mabuse habría
cambiado de imagen, sirviéndose ahora de
103
televisores. Tampoco en este caso el cine muere de
muerte natural: se hallaba aún al principio mismo de sus nuevas investigaciones
y crea-ciones. Pero la muerte violenta consistiría en lo siguiente: en lugar de
que la imagen tenga siempre otra imagen en su fondo, en lugar de que el arte
alcance el estadio de “rivalizar con la Naturaleza”, todas las imágenes me
devolverían una única imagen, la de mi ojo vacío en contacto con una
no–naturaleza, espectador controlado que se halla ahora entre bastidores, en
contacto con la imagen, insertado en ella. Encuestas recientes revelan que uno
de los espectáculos más aprecia-dos es hoy la asistencia, en el plato, a un
programa televisivo: no se trata ya de belleza ni de pensamiento, sino de
entrar en contacto con la técnica, de tocar la técnica. El contacto–zoom ya no
está en manos de Rossellini, ahora se ha convertido en el procedimiento
universal de la televisión; la continuidad mediante la cual el arte embellecía
y espiri-tualizaba la naturaleza, y después rivalizaba con ella, se ha
convertido en inserción televisiva. La visita a la fábrica, con su severa
disciplina, se ha convertido en el espectáculo ideal (¿cómo se fabrica un
programa?), y lo enriquecedor en el valor estético supremo (“fue una
experiencia tan enriquecedora...”). La enciclopedia del mundo y la pedagogía de
la percepción han dejado su lugar a la formación profe-[120]sional del ojo, un
mundo de controladores y controlados que comulgan en su admiración por la
técnica, por la mera técnica. Lentillas por todas partes. Este es el punto en
el que su optimismo crítico se convierte en pesimismo crítico.
Su nuevo libro es continuación del primero. De lo
que en él se trata, ahora, es de penetrar en esta confrontación entre el cine y
la televisión
104
en sus dos niveles diferentes. Al mismo tiempo, y
aunque hace usted frecuentes alusiones a ello, no se conforma con una
comparación abstracta de la imagen cinematográfica con las nuevas imágenes.
Afortunadamente, se lo impide a usted su funcionalismo. Es cierto que usted
sabe, a este respecto, que la televisión encierra una función estética
potencial tan grande como la de cualquier otro medio de expresión, y también
que el cine ha tenido que enfrentarse constante-mente a los poderes que, desde
su interior, se oponían con fuerza a su posible finalidad estética. Pero lo más
interesante de Ciné–Joumal me parece residir en su intento de fijar dos
“hechos” y sus respectivas condiciones. El primero de ellos es que la
televisión, a pesar de impor-tantes tentativas, que a menudo procedían de
grandes cineastas, no ha buscado su especificidad en una función estética, sino
en una función social, función de control y de poder, reino del plano medio que
rechaza toda aventura perceptiva en beneficio del ojo profesional. Teniendo en
cuenta, no obstante, que pueden producirse innovaciones en lugares inesperados
y en circunstancias excepcionales: sostiene usted que algo de esto ocurrió
cuando Giscard inventó el plano vacío en la televisión o cuando una marca de
papel higiénico resucitó la comedia americana. El segundo hecho es que, por
contra, el cine, pese a todos [121] los poderes a cuyo servicio se ha puesto, o
que incluso ha instaurado, siempre ha conservado una función estética y
noética, aunque se tratase de una función muy frágil y mal definida. Así pues,
no se trata de comparar dos tipos de imágenes, sino la función estética del
cine y la función social de la televisión: según usted, no se trata únicamente
de una comparación apoyada en falso, sino que es así como debe hacerse, pues no
tiene sentido más que de ese modo.
105
Pero es preciso establecer las condiciones de esa
función estética del cine. Este es, a mi modo de ver, un punto en el que usted
hace afirma-ciones muy curiosas, cuando se pregunta a sí mismo: ¿qué es un
crítico cinematográfico? Escoge usted como ejemplo la película Les Morfalous,
una película que prescinde del pase para la prensa, que desprecia la crítica
cinematográfica como algo completamente inútil, y que reclama una relación
directa con el público a modo de “consenso social”. Ello está perfectamente justificado,
ya que este tipo de cine no necesita en absoluto de la crítica cinematográfica
para llenar las salas ni para cumplir su función social. La crítica tiene
sentido cuando una película representa un suplemento, una especie de falta de
sincronía con respecto a un público virtual, por mucho que se trate de ganar
tiempo y de fijar algunos rasgos en tanto se espera la reacción. Esta noción de
“suplemento” es, sin duda, compleja, probablemente la toma usted de Derrida,
aunque reinterpretándola para sus fines: el suplemento es, verdaderamente, la
función estética de la película, precaria pero determinable en ciertos casos y
bajo ciertas condiciones: algo de arte, un poco de pensamiento. La gran pareja
sería, para usted, la que formaron Henri Langlois y André [122] Bazin, puesto
que el primero “tenía una idea fija, mostrar que valía la pena conservar el
cine”, y el segundo tenía “la misma idea pero al revés”, mostrar que el cine
conserva todo lo que tiene valor, como “un singular espejo en cuyo azogue quedan
retenidas las imágenes”. ¿Cómo puede decirse que un material tan frágil sirve
para conservar? Y, ¿qué significa “conservar”, que parece una función muy
modesta? No se trata del material, sino de la propia imagen: nos muestra usted
que la imagen cinematográfica conserva en sí misma, conserva la única vez que
un hombre ha llorado,
106
en Gertrud, de Dreyer, conserva el viento, no ya
las grandes tempesta-des con sus funciones sociales, sino “el juego de la
cámara con el viento, adelantándose a él o retornando hacia atrás”, como sucede
en Sjóstróm o en los Straub, conserva o retiene todo lo que puede ser
conservado, los niños, las casas vacías, los plátanos, como sucede en Sin techo
ni ley, de Varda, o en toda la obra de Ozu, conservar, pero siempre a
contratiempo, pues el tiempo cinematográfico no es el tiempo que corre, sino el
que dura y coexiste. En este sentido, conser-var no es poco, conservar es
crear, crear siempre un suplemento (ya sea para embellecer la naturaleza o para
espiritualizarla). El suplemen-to es lo que sólo puede ser creado, y tal es la
función estética o noética del cine, una función en sí misma suplementaria.
Podría usted hacer una gran teoría de ello, pero prefiere hablar con toda
concreción, lo más cerca posible de su experiencia de crítico, en la medida en
que la crítica es, según usted, quien “vigila” el suplemento y extrae de ese
modo la función estética del cine.
¿Por qué no reconocer a la televisión ese mismo
poder del suple-mento o de la conservación creadora? Aunque [123] fuera con
otros medios, nada debería en principio oponerse a ello, de no ser porque las
funciones sociales de la televisión (los concursos, la información) asfixian
toda posible función estética. En tales condiciones, la televi-sión es el
consenso por excelencia: es la técnica inmediatamente social, que no permite
ninguna des–sincronización con respecto a lo social, es la sociotécnica en estado
puro. ¿Cómo podría esta formación profesio-nal, este ojo profesional, permitir
la subsistencia de un suplemento como aventura de la percepción? Si tuviera que
escoger las mejores
107
páginas de su libro, citaría aquellas en las que
usted muestra cómo el “replay”, la repetición instantánea, desempeña en la
televisión el papel de suplemento o autoconservación, siendo, de hecho, lo
contrario; las páginas en las que usted rechaza toda posibilidad de saltar
desde el cine a la comunicación, de establecer un “relevo” entre ambos, ya que
tal relevo sólo sería posible con una televisión que estuviera dotada de un
suplemento no comunicativo, un suplemento que se llamaría Welles; esas páginas en
las que usted explica que el ojo profesional de la televisión, el famoso ojo
técnico–social que invita a ver al propio espectador, engendra una perfección
inmediata y suficiente, instantá-neamente controlada y controlable. Y es que
usted no se facilita las cosas criticando a la televisión por sus
imperfecciones sino, al contra-rio, por su pura y simple perfección. Ha
encontrado el medio de llegar a una perfección técnica que coincide
estrictamente con la absoluta nulidad estética y noética (de ahí la visita a la
fábrica como nuevo espectáculo). Bergman, lleno de júbilo y de pasión por lo
que la televi-sión habría podido aportar auténticamente a las artes, se lo
confirma: Dallas es absolutamente nulo, pero perfecto desde un punto de vista
técnico–social. En otro orden de cosas, podríamos decir lo [124] mismo de
Apostrophes13: literariamente (estéticamente, noéticamente) nulo, pero
técnicamente perfecto. Cuando se dice que la televisión no tiene alma, se
quiere decir que carece de suplemento, salvo ese que usted mismo le otorga
cuando describe al crítico agobiado en la habitación de su hotel a quien se le
ocurre encender por una vez la televisión para comprobar que todas las
imágenes, habiendo perdido el pasado, el
13 En la
época de redacción de esta carta, programa de la televisión francesa dedicado a
la actualidad literaria.[N.del T.]
108
presente y el provenir, se ponen por igual al
servicio de un tiempo que transcurre.
La crítica más radical de la información surgió del
cine, por ejem-plo, de Godard, o, de modo distinto, con Syberberg (no
únicamente en sus declaraciones, sino concretamente en su obra). De la
televisión surge un nuevo peligro de muerte para el cine. Esta confrontación,
siempre desigual o apoyada en falso, le ha parecido a usted digna de ser
observada desde más cerca. El cine había arrastrado una primera muerte, bajo
los golpes de un poder autoritario que culminó en el fascismo. ¿Por qué esta
segunda muerte posible pasa por la televisión, como la primera pasó por la
radio? Porque la televisión es la forma en que los nuevos poderes de control se
convierten en poderes inmediatos y directos. Llegar hasta el núcleo de la
confrontación sería como preguntarse si este control puede invertirse y ponerse
al servicio de la función suplementaria que se opone al poder: inventar un arte
del control, que sería como una nueva resistencia. Llevar la lucha hasta las
entrañas mismas del cine, conseguir que el cine haga de ello su pro-blema en
lugar de afrontarlo en su [125] exterior: es lo que Burroughs hizo con la
literatura al sustituir el punto de vista del autor y de la autoridad por el
del control y el controlador. ¿No es ésta, como sugiere usted, la tentativa
cinematográfica de Coppola, con todas sus ambigüe-dades y sus incertidumbres,
pero también con todo lo que tiene de auténtico combate? Reserva usted el bello
nombre de manierismo a este estado de crispación o de convulsión en el que se
apoya el cine para volverse contra el sistema que quiere controlarlo o
suplantarlo. “Manierismo” era ya la definición que daba usted, en La rampe, del
109
tercer estadio de la imagen, cuando ya no hay gran
cosa que ver ni bajo ella ni en su interior, porque la imagen se desliza
siempre sobre una imagen preexistente, presupuesta, porque “el fondo de la
imagen es ya una imagen” hasta el infinito, y esto es lo que hay que ver.
Se trata de ese estadio en el cual el arte ya no
embellece ni espiritua-liza la naturaleza sino que rivaliza con ella: pérdida
del mundo, pues el mundo mismo se ha “hecho” cine, un cine cualquiera, y esto
es lo que constituye la televisión, cuando el mundo empieza a hacerse un cine
cualquiera y, como dice usted en este libro, “ya nada llega a los seres
humanos, sino que todo llega a la imagen”. Podría decirse también que el par
Naturaleza–Cuerpo o el par Hombre–Paisaje ha sido sustituido por el par Ciudad–Cerebro:
la pantalla ya no es una puerta o una ventana (tras la cual...), no es un
cuadro o un plano (en el cual...) sino un tablero de información por el que se
deslizan las imágenes como “datos”. Pero, precisamente, ¿cómo hablar de arte
cuando es el mundo el que hace su cine, directamente controlado e
inmediatamente tratado por la televisión, que excluye toda función
suplementaria? Habría que dejar de hacer cine, el cine tendría que entablar
rela-[126]ciones específicas con el video, con la electrónica o con las
imágenes numéri-cas para inventar una nueva resistencia y oponerse a la función
televisiva de supervivencia y control. No se trata de cortocircuitar la
televisión –¿cómo seria posible?–, sino de impedir que la televisión
cortocircuite o traicione el desarrollo del cine en las imágenes de nuevo tipo.
Pues, según nos muestra usted, “la televisión ha despreciado, minimizado y
rechazado su conversión en video, único medio que le hubiera dado una
oportunidad de convertirse en heredera del cine
110
moderno posterior a la guerra... y del gusto por la
descomposición y recomposición de las imágenes, heredera de la ruptura con el
teatro, de una nueva percepción del cuerpo humano y de su oleaje de imágenes y
sonidos... sólo podemos esperar que el desarrollo del video–arte termine por
convertirse en una amenaza contra la televisión...” Queda ahí esbozado el nuevo
arte de la Ciudad–Cerebro o de la rivalidad con la naturaleza. E incluso este
manierismo ofrece ya muchos caminos o senderos, algunos de ellos condenados,
otros titubeantes y llenos de esperanzas. El manierismo de la
“previsualización” en video de Coppo-la, en donde la imagen se fabrica fuera de
la cámara; pero también un manierismo muy distinto, con técnicas muy severas y
un tanto sobrias, el de Syberberg, en el que las marionetas y proyecciones
frontales hacen que la imagen evolucione sobre un fondo de imágenes. ¿Se trata
del mismo mundo que el de los videoclips, los efectos especiales y el cine
espacial? Quizá los clips, en su ruptura con las tentativas oníricas, hubieran
podido participar en esa búsqueda de “nuevas asociaciones” que reclama
Syberberg, dibujando los nuevos circuitos cerebrales del cine del porvenir, si
no hubieran sido inmediatamente capturados por el mercado de la cantinela, organización
fría de la debilidad cerebral, crisis [127] epiléptica minuciosamente
controlada (de un modo algo parecido a como el cine, en la época anterior, se
vio desplazado por el “espectáculo histérico” de los grandes aparatos de
propaganda...). Puede que también el cine espacial hubiese podido participar de
la creación estética y noética si hubiese sabido dar al viaje una última razón
de ser, como pedía Burroughs, si hubiese sido capaz de romper con el control de
“un buen chico que no ha olvidado llevarse a la Luna su libro de oraciones” y
comprender mejor la lección de Michael Snow
111
en La región central, inventando la técnica más
sobria para plegar una imagen sobre otra y dirigir la naturaleza salvaje hacia
el arte, llevando al cine hasta el puro Spatium. ¿Cómo valorar la investigación
de imágenes, sonidos y música apenas comenzada en la obra de Resnais, de
Godard, de los Straub y de Duras? ¿Qué nueva Comedia surgirá del manierismo de
las posturas del cuerpo? Su concepto de manierismo está extremadamente bien
fundado, cuando se comprende hasta qué punto los manierismos son diversos, heterogéneos,
sin medida común en términos de valor, referidos únicamente al terreno de un
combate en el que el arte y el pensamiento saltan, con el cine, a un nuevo
elemento, mientras el poder de control se esfuerza por hurtarles ese elemento
ocupándolo de antemano para hacer de él una nueva clínica socio–técnica. El
manierismo, en todos estos sentidos divergentes, es la convulsión del cine y la
televisión, convulsión en la que lo peor coexis-te con la esperanza.
Usted necesitaba “verlo” de cerca. Por eso se hizo
periodista, para Libération, sin abandonar su afinidad con los Cahiers. Y, dado
que una de las razones más interesantes para hacerse periodista es el deseo de
viajar, com-[128]puso usted una nueva serie de artículos críticos mediante
investigaciones, reportajes y desplazamientos. Pero, también en este caso, lo
que hace de este libro un auténtico libro es que todo gira alrededor de este
problema convulsivo con el que terminaba La rompe en un tono algo melancólico.
Quizá toda reflexión acerca del viaje comporte cuatro notas, la primera de las
cuales procede de Fitzgerald, la segunda de Toynbee, la tercera de Beckett y la
cuarta de Proust. La primera es la constatación de que el viaje, incluso a las
islas
112
o a los espacios inmensos, no acarrea una auténtica
“ruptura” si uno se lleva consigo su Biblia, sus recuerdos infantiles y su
discurso ordinario. La segunda es que el viaje persigue un ideal nómada, pero a
modo de un deseo ridículo, ya que el nómada es, bien al contrario, el que no se
mueve, el que no quiere irse y se aferra a su tierra desheredada o región
central (usted mismo dice, a propósito de una película de Van der Keuken, que
ir hacia el sur implica necesariamente cruzarse con aquellos que quieren quedarse
donde están). Y es que, según la tercera nota, la más profunda, la de Beckett,
“no viajamos, que yo sepa, por el mero placer de viajar: somos mentecatos, pero
no hasta ese punto”...
¿Por qué razón, entonces, si no es para verificar
algo, algo inexpresable que procede del alma, de un sueño o de una pesadilla,
aunque no sea más que el deseo de saber si los chinos son tan amarillos como
dicen o si existe realmente al sur ese improbable color, ese destello verdoso,
esa atmósfera azulada y purpúrea? El verdadero soñador, decía Proust, es el que
va a verificar algo. Y, por su parte, lo que usted quería verifi-car en sus
viajes es que el mundo hace efectivamente cine, que no deja de hacerlo, y que
la televisión es precisamente eso, la cinematografía del mundo entero: aunque,
ciertamente, viajar es ir a ver [129] “a qué momento de la historia de los
media” pertenece tal ciudad. De ahí su descripción de Sao Paulo, la
ciudad–cerebro que se autodevora. Ha llegado usted a ir al Japón en busca de
Kurosawa para verificar cómo el viento japonés agita las banderas de Ran; pero,
como ese día no hacía viento, constata usted en su lugar miserables eolios que
–¡milagro!– añaden a la imagen ese suplemento interior indestructible, en suma,
esa belleza o ese pensamiento que la imagen conserva porque no existe sino en
la imagen, porque la imagen los ha creado.
113
Es decir, que sus viajes han sido ambiguos. Por una
parte, constata usted que el mundo hace su cine, y que tal es la función social
de la televisión, la gran función de control: de ahí su pesimismo, e incluso su
desesperación crítica. Por otra parte, constata usted que el cine está aún
completamente por hacer, que el cine es el viaje absoluto, mientras que los
demás viajes no consisten sino en verificar el estado de la televisión: de ahí
su optimismo crítico. En el punto en que se entrecru-zan ambos caminos se
produce una convulsión, una ciclotimia, que es la suya, un vértigo, el
manierismo como esencia del arte, pero también como campo de batalla. Y, al
pasar de un lado a otro, se diría que las cosas se intercambian sus papeles.
Porque, de televisión en televisión, el viajero no puede evitar pensar y
devolver al cine aquello que le pertenece, arrancándoselo a los pasatiempos y a
la información: como una especie de implosión que libera algo de cine en las
series televisi-vas que usted compone, por ejemplo la serie de las tres
ciudades o de los tres campeones de tenis. Y, al contrario, cuando retoma usted
al cine como crítico, lo hace para tomar mayor conciencia de que incluso la
imagen más plana se pliega insensiblemente, se [130] estratifica, forma zonas
de espesor que le fuerzan a usted a viajar en su interior, a emprender un viaje
suplementario y sin control: las tres velocidades de Wajda o, sobre todo, los
tres movimientos de Mizoguchi, los tres guiones que usted descubre en Imamura,
los tres grandes círculos que se trazan en Fanny y Alexander, en donde recupera
usted las tres funciones del cine de Bergman, el teatro que embellece la vida,
el anti– teatro espiritual de los rostros y la operación de la magia que
rivaliza con la naturaleza. ¿Por qué aparece tan a menudo el tres en los
análisis de su libro, tanto en un lado como en el otro? Quizás porque el 3
sirve
114
tanto para clausurar y reducir 2 a 1 como para
abrir en dos el uno y producir una fuga de la unidad que lo salva. Tres o el
video, el envite del pesimismo y del optimismo crítico, ¿será acaso su próximo
libro? La lucha tiene tantas variedades que puede continuar en todos los
accidentes del terreno. Por ejemplo, el combate entre la velocidad del
movimiento, que el cine americano multiplica sin cesar, y la lentitud de las
materias que el cine soviético mide y conserva. En un texto muy bello, afirma
usted que “los americanos han llevado muy lejos el estudio del movimiento
continuo, de la velocidad y de la línea de fuga, un movimiento que aligera a la
imagen de su peso, de su materia, un cuerpo en estado de ingravidez...,
mientras que en Europa, en la U.R.S.S., incluso a riesgo de marginarse hasta la
muerte, algunos se permiten el lujo de interrogar la otra vertiente del
movimiento: un movimiento frenado y discontinuo. Paradjanov, Tarkovski, pero ya
antes Eisenstein, Dovjenko o Barnet, observan cómo la materia se acumula y se
obstruye, una geología de los elementos, de las inmundi-cias y los tesoros:
hacen el cine de la fortificación soviética, ese imperio inmóvil...” Y, si es
cierto que los americanos han utilizado el video para
[131] aumentar
la velocidad (y para controlar las altas velocidades), ¿cómo usar el video para
la lentitud que escapa al control y que conser-va, cómo enseñar al video a
marchar lentamente, de acuerdo con el “consejo” que Godard diera a Coppola?
en Serge Daney, Ciné–Joumat,
“Prefacio”, Ed. Cahiers du Cinema
115
III
MICHEL FOUCAULT
[135]
9. HENDER
LAS COSAS, HENDER LAS PALABRAS
– ¿Cuándo y en qué circunstancias conoció usted a
Michel Foucault?
– Las fechas son más difíciles de recordar que los
gestos o las sonri-sas. Le conocí hacia 1962, cuando él acababa de escribir
Raymond Roussel y El nacimiento de la clínica14. Luego, tras el 68, coincidimos
en el Grupo de Información sobre las Cárceles que habían creado Daniel Defert y
él mismo. Veía a Foucault con frecuencia, tengo un montón de recuerdos casi
involuntarios que me asaltan como por sorpresa y en los que la alegría de lo
que evocan se mezcla con la triste certeza de su muerte. Por desgracia, no le
vi durante sus últimos años: atravesó, [136] después de La voluntad de saber15,
una crisis que le afectó en todos los terrenos: en el político, en el vital y
en el del pensamiento. Como sucede con todos los grandes pensadores, su
pensamiento se servía de crisis y conmociones como condición creativa, como
condi-ción de coherencia última. Tuve la impresión de que él deseaba estar
14 Raymond
Roussel, Ed. Gallimard, París, 1963. Naissance de la clinique, Presses
Universitaires de France, París, 1963. Trad. cast. F. Perujo, Ed. Siglo XXI,
1966. [N. del T.]
15 La
volante de savoir. Ed. Gallimard, Paris, 1976. Trad. cast. U. Guiñazú, Ed.
Siglo XXI, 1977.[N. del T.]
116
solo, escapar a donde sólo algunos íntimos pudieran
seguirle. Yo tuve mucha más necesidad de él que él de mí.
– Michel Foucault le dedicó a usted varios
artículos a lo largo de su vida. También usted ha escrito sobre él en varias
ocasiones. Con todo, es inevitable ver un cierto simbolismo en el hecho de que
usted, después de su muerte, publique un Foucault16. Surgen mil hipótesis:
¿hemos de ver en este libro el efecto de una obra “de duelo”? ¿Es una manera de
responder “a dúo” a las críticas contra el antihumanismo que últimamente se han
suscitado tanto desde la izquierda como desde la derecha? ¿Es un modo de rizar
el rizo señalando el final de cierta “era filosófica”? ¿Se trata, al contrarío,
de una invitación a proseguir el camino que Foucault dejó vacante? ¿O acaso no
hay nada de todo ello?
– Ante todo, este libro era para mí una necesidad.
Es muy distinto de los artículos, que tratan sobre determinadas nociones. Lo
que yo persigo en este libro es el conjunto del pensamiento de Foucault. El
conjunto, es decir, lo [137] que obliga a pasar de un nivel a otro: ¿qué fue lo
que le forzó a descubrir el poder tras el saber, por qué se vio impelido a
descubrir los “modos de subjetivación” más allá del domi-nio del poder? La
lógica de un pensamiento es el conjunto de las crisis por las que atraviesa, se
parece más a una cordillera volcánica que a un sistema tranquilo y
aproximadamente equilibrado. No hubiera experi-mentado la necesidad de escribir
este libro de no haber tenido la impresión de que esta lógica de Foucault,
estas transiciones, estos impulsos no se comprendían bien. Me parece incluso
que no se ha
16 Focault.
Ed. de Minuit, París, 1986. Trad. cast. J. Vázquez, Ed. Paidós, Barcelona,
1987. [N. del T.]
117
comprendido de modo lo suficientemente concreto una
noción como la de enunciado. Lo que no significa que yo esté seguro de llevar
la razón frente a otras lecturas. En lo que respecta a las objeciones a las que
usted se refiere, no proceden de sus lectores y, en consecuencia, carecen de
interés: se conforman con criticar ciertas respuestas de Foucault, tomadas de
un modo muy vago y sin tener en cuenta para nada los problemas que implican.
Tal es el caso de la “muerte del hombre”. Es un fenómeno usual: cuando muere un
gran pensador, los imbéciles se sienten aliviados y arman un enorme jaleo. ¿Se
trata entonces, en mi libro, de una invocación a proseguir el trabajo, a pesar
de las actuales tendencias regresivas? Quizás. Pero ya existe un Centro
Foucault que reúne a quienes trabajan en una dirección o con un método cercanos
a los de Foucault. Libros como el último de Ewaid, El Estado Providencia, al
mismo tiempo que representan una enorme originalidad (nada menos que una nueva
filosofía del derecho), habrí-an sido imposibles sin Foucault. No es una obra
de duelo, sino que la ausencia de luto exige aún más trabajo. Si mi libro
pudiera ser algo más, yo apelaría a una noción constante en Foucault, la noción
de doble. Foucault estaba obsesionado por el doble, inclu-[138]yendo la
alteridad característica del doble. Yo he pretendido hacer un doble de
Foucault, en el sentido que él daba a este término: “repetición, suplan-tación,
retorno de lo mismo, sombra, diferencia imperceptible, desdo-blamiento y
desgarramiento fatal”.
– Durante las décadas de los 60 y los 70, Michel
Foucault y usted mismo han sido –incluso aunque ninguno de ustedes lo haya
querido y aunque ambos hayan hecho todo lo posible por evitarlo– auténticos
118
“guías de pensamiento” [maítres á penser], sobre
todo para las genera-ciones estudiantiles. ¿Supuso ello una cierta rivalidad
entre ustedes? Las relaciones entre Foucault y Deleuze –en los planos personal,
profesional e intelectual–, ¿fueron del estilo de las relaciones entre Deleuze
y Guattari, del estilo de las mantenidas entre Sartre y Aron o del estilo de
las de Sartre con Merleau–Ponty?
– Mi libro pretende ser un doble de Foucault; yo,
por desgracia, no puedo aspirar a tanto. Mis relaciones con Félix Guattari son,
obviamen-te, muy distintas, porque hemos trabajado juntos durante mucho tiempo,
mientras que yo jamás trabajé con Foucault. No obstante, creo que hay muchos
puntos de coincidencia entre nuestro trabajo y el suyo, aunque se sitúen a
cierta distancia por la diversidad de métodos e incluso de objetivos. Pero son,
para mí, puntos esenciales, coinciden-cias inestimables: más que de un
objetivo, se trataba de una causa común. Yo diría esto: que haya existido
Foucault, que haya tenido una personalidad tan fuerte y misteriosa, que haya
escrito libros tan hermosos, con el estilo con el que lo hizo, todo ello ha
sido para mí únicamente un motivo de alegría. En un texto extraordinario, que
es una simple conversación [139] publicada posteriormente, Foucault contrapone
amor y pasión. De acuerdo con sus definiciones, yo he estado en un cierto
estado pasional con respecto a él (“hay momentos fuertes y momentos débiles,
momentos en los que alcanza la incandes-cencia y flota como una especie de
instante inestable que se prolonga por oscuras razones, acaso por inercia...”).
Yo le admiraba, ¿cómo podría haber sentido hacia él rivalidad o celos? Cuando
se admira a alguien, no se puede seleccionar: uno puede preferir este libro a
aquel,
119
pero en cualquier caso se acepta la totalidad
porque uno se apercibe de que aquello que puede parecer un momento de debilidad
es algo absolutamente necesario para que prosiga el experimento, la alquimia, y
que no llegaría a la nueva revelación que a uno le deslumbra si no hubiese
atravesado ese camino en el que no se comprende a primera vista la necesidad de
tales o cuales desvíos. No me gusta eso que a veces se dice de una obra: “está
bien hasta tal punto, pero lo que sigue no vale nada, aunque luego recobra
interés...”. Hay que considerar la obra en su totalidad, seguirla más que
juzgarla, recorrer sus bifurca-ciones, sus estancamientos, sus ascensos, sus
brechas, aceptarla, recibirla entera. De otro modo no se comprende nada. Seguir
a Fou-cault en los problemas a los que se enfrenta, en las rupturas o
desvia-ciones que se le hacen necesarios antes que pretender juzgar sus
soluciones, ¿llama usted a esto tratarle como un “guía de pensamiento”
[maítre–penseur]? Habla usted como si esta noción fuese obvia, como si se
tratase de algo prohibido. A mi modo de ver, se trata de una noción dudosa y
pueril. Que haya personas que sigan a Foucault, que se sientan apasionadas por
él, no significa sino que tienen algo que hacer con él, algo de su propio
trabajo y de su existencia autónoma. No se trata únicamente de una cuestión de
[140] comprensión o de acuerdo entre intelectuales, sino de una cuestión de
intensidad, de resonancia, de acorde en sentido musical. Después de todo, un
buen curso se parece más a un concierto que a un sermón, se trata de un so/o
que los demás “acompañan”. Y Foucault dictaba cursos admirables.
– En su Crónica de las ideas perdidas, Francois
Châtelet, evocando su antigua amistad con usted, con Guattari, Schérer y
Lyotard, escribe
120
que ustedes estaban “del mismo lado” y que tenían
–lo que quizá es el signo de la auténtica complicidad– “los mismos enemigos”.
¿Diría usted lo mismo de Michel Foucault? ¿Estuvieron ustedes del mismo lado?
– Creo que sí. Châtelet tenía una percepción muy
viva de estas co-sas. Estar del mismo lado significa también reírse con las
mismas cosas, o bien callar, no tener necesidad de “explicarse”. No tener que
dar explicaciones es muy agradable. Acaso tuvimos también una concepción común
de la filosofía. No nos complacíamos en las abstrac-ciones: el Uno, el Todo, la
Razón, el Sujeto. Nuestra labor consistía en analizar estados mixtos,
composiciones, lo que Foucault llamaba “dispositivos”. Lo que necesitábamos no
era establecer puntos sino recorrer y desenmarañar líneas: una cartografía que
comporta un micro–análisis (lo que Foucault llamaba microfísica del poder y
Guattari micropolítica del deseo). Sólo en estas composiciones pueden
encontrarse focos de unificación, nudos de totalización, procesos de
subjetivación siempre relativos, siempre susceptibles de desanudarse para
continuar aún más una línea móvil. No se trata de buscar los orígenes, perdidos
o borrados, sino de tomar las cosas allí donde nacen, en el medio, hender las
cosas, hender las palabras. No buscar lo eterno, aun-[141]que se trate de la
eternidad del tiempo, sino la forma-ción de lo nuevo, la emergencia, lo que
Foucault. llamaba “la actuali-dad”. Lo actual o lo nuevo es acaso la energeia,
algo próximo a Aristó-teles pero aún más a Nietzsche (aunque Nietzsche lo haya
llamado “lo inactual”).
121
– ¿No es un arte de “superficies”? A usted le gusta
mucho la fórmula de Valéry: “lo más profundo es la piel”...
– Sí, es una frase muy hermosa. Los dermatólogos
deberían tenerla inscrita en su puerta. La filosofía como dermatología general
o arte de las superficies (yo intenté describir estas superficies en la Lógica
del sentido). Las nuevas imágenes reactualizan el problema. En Foucault,
precisamente, la superficie se convierte esencialmente en superficie de
inscripción: es el tema del enunciado, “al mismo tiempo no–visible y
no–oculto”. La arqueología es la constitución de una superficie de inscripción.
Si no se constituye una superficie de inscripción, lo no– oculto seguirá siendo
invisible. La superficie no se contrapone a la profundidad (que retoma a la
superficie) sino a la interpretación. El método de Foucault siempre se opuso a
los métodos de interpretación. No interpretar jamás, experimentar... El tema,
tan importante en Foucault, de los pliegues y los repliegues, remite a la piel.
– En cierta ocasión, usted le dijo a Michel
Foucault: “Usted ha sido el primero en enseñamos algo fundamental: la
indignidad de hablar por otros”17. Fue en 1972, en una época en la que el Mayo
del 68 no se había enfriado [142] aún (un evento del que, por otra parte, dice
usted en su libro que, “si se hiciera caso de ciertos análisis, se creería que
sólo tuvo lugar en las mentes de algunos intelectuales parisinos”). Me parece
que, para usted, esta dignidad de no hablar por los demás es propia del intelectual.
¿Repetiría usted hoy estos términos para definir
17 “Los intelectuales y el poder”, conversación
entre Gilles Deleuze y Michel Foucault. L’Arc, n.º 49, segundo trimestre de
1972. [N. del T]
122
el estatuto del intelectual, del que se dice a
menudo que ha enmudeci-do?
– Sí, es lógico que la filosofía moderna, que tan
lejos ha llevado la crítica de la representación, rechace toda tentativa de
hablar en lugar de otros. Cada vez que escuchamos eso de: “nadie puede negar
que...”, sabemos que lo que viene después es una patraña o un eslogan. Incluso
después de Mayo del 68, era normal que, por ejemplo, en un programa televisivo
acerca de las cárceles, se hiciese hablar a todo el mundo –el juez, el
vigilante, una visitante, un hombre de la calle–, a todo el mundo excepto a un
preso o a un ex–presidiario. Hoy día eso se ha vuelto más difícil, y es una
conquista del 68: que todo el mundo hable por cuenta propia. Ello vale también
para el intelectual: Foucault decía que el intelectual ha dejado de ser
universal para tomarse específico, es decir, que no habla ya en nombre de unos
valores universales sino en función de su propia competencia y de su situación
(Foucault conside-raba que el cambio se había producido cuando los físicos
protestaron contra la bomba atómica). Que los médicos no tengan derecho a
hablar en nombre de los enfermos, pero que tengan el deber de hablar en cuanto
médicos acerca de problemas políticos, jurídicos, industriales, ecológicos, tal
es la necesidad de aquellos grupos que se anhelaban en el 68, grupos en los
que, por ejemplo, se reunían médicos, enfermos y enfermeros. [143] Grupos
polifónicos. El Grupo de Información sobre las Cárceles, tal y como fue
organizado por Defert y Foucault, era uno de estos grupos: es lo que Guattari
llamaba la “transversalidad”, por contraposición a los grupos jerarquizados
donde cada uno habla en nombre de los demás. A propósito del SIDA, Defert ha
constituido
123
también un grupo de este género: al mismo tiempo
grupo de acogida, de información y de lucha. Ahora bien, ¿qué quiere decir esto
de hablar en nombre propio y no en nombre de otros? No se trata,
evidentemen-te, de que cada cual se enfrente a su hora de la verdad, a sus
Memorias o a su psicoanálisis, no se trata de la primera persona. Se trata de
invocar las potencias impersonales, físicas y mentales con las que uno se
confronta y contra las que se combate desde el momento en que se pretende
alcanzar un objetivo del que no se toma conciencia más que en la lucha. En este
sentido, el Ser mismo es una cuestión política. No pretendo, en este libro,
hablar por Foucault sino trazar una línea transversal, una diagonal que iría
obligatoriamente desde Foucault hasta mí (no me queda otra opción), y que
podría decir algo acerca de sus combates y de sus objetivos tal y como yo los
he percibido.
– “Se ha producido un fulgor que llevará el nombre
de Deleuze. Es posible un pensamiento nuevo, de nuevo es posible el
pensamiento. Esta ahí, en los textos de Deleuze, saltarín, danzante, ante
nosotros, entre nosotros. Acaso un día el siglo será deleuziano”18. Son
palabras de Michel Foucault. No creo que usted las haya comentado nunca.[144]
– No sé lo que Foucault quería decir, nunca se lo
pregunté. Tenía un endemoniado sentido del humor. Quizá quisiera decir que yo
era el más ingenuo de los filósofos de nuestra generación. En todos nosotros se
encuentran temas como la multiplicidad, la diferencia, la repetición. Pero yo
propongo conceptos casi en bruto, mientras que otros trabajan con más
mediaciones. Nunca me han preocupado la superación de la
18 Michel
Foucault, “Theatrum Philosophicum”, Ed. de Minuit, París, 1970. Trad. cast. F.
Monge, Ed. Anagrama, Barcelona, 1972. [N. del T.]
124
metafísica o la muerte de la filosofía, nunca he
dramatizado la renuncia al Todo, al Uno, al sujeto. Nunca he abandonado un
cierto empirismo que actúa mediante una exposición directa de los conceptos. No
he pasado por la estructura, ni por la lingüística o el psicoanálisis, ni por
la ciencia, ni siquiera por la historia, porque creo que la filosofía tiene su
propia materia prima, que le permite mantener relaciones exterio-res, tan
necesarias, con esas otras disciplinas. Quizá fuera eso lo que Foucault quería
decir: yo no era el mejor sino el más ingenuo, como una especie de arte bruto,
si puede decirse así; no el más profundo sino el más inocente (el más exento de
culpabilidad por el hecho de “hacer filosofía”).
– No nos es posible aquí (ya se han escrito algunos
artículos, y hay seguramente otros trabajos en preparación) hacer el balance de
todas las convergencias (que son numerosas: desde el anti–hegelianismo hasta la
microfísica o la micrología) y divergencias entre la filosofía de Foucault y la
suya. Por ello, me permitiré tomar algunos atajos. Decía usted en cierta
ocasión, en estas mismas páginas, que la tarea específi-ca de la filosofía es
fabricar conceptos. ¿Cuál ha sido, de los conceptos producidos por Foucault, el
que le ha resultado a usted más útil de cara a su propia elaboración
filosófica, y cuál el que le resulta [145] más ajeno? Y al revés, ¿cuáles son
los conceptos que, desde su punto de vista, Foucault ha podido extraer de su
filosofía?
– Quizá Diferencia y repetición pudiera haber
influido en él, pero Foucault ya había hecho anteriormente un formidable
análisis de los mismos temas en su Raymond Roussel. Quizá también el concepto
de “agenciamiento”, que hemos propuesto Félix y yo, pudo haberle
125
ayudado en su propio análisis de los
“dispositivos”. Pero Foucault transformaba profundamente todo lo que tocaba. El
concepto que él formó de “enunciado” me produjo un gran impacto, porque
implicaba una pragmática del lenguaje capaz de renovar la lingüística. Por otra
parte, resulta curioso observar que Barthes y Foucault ponen cada vez más el
acento en una pragmática generalizada, el uno en un sentido más bien epicúreo,
el otro más bien estoico. Después, su concepción de las relaciones de fuerza
más allá de la simple violencia: esto procede de Nietzsche, pero es una
prolongación que va incluso más allá que Nietzsche. En toda la obra de Foucault
hay una relación de las formas con las fuerzas que me ha influido y que es
esencial para su concepción de la política, pero también de la epistemología y
de la estética. Tam-bién sucede a veces que un “pequeño” concepto puede tener
una resonancia enorme. El concepto de “hombre infame” es tan hermoso como el
concepto nietzscheano de “el último hombre”, y enseña hasta qué punto puede un
análisis filosófico ser sarcástico. El artículo acerca de “La vida de los
hombres infames”19 es [146] una obra maestra. Me gusta volver a este texto como
a algo que, para Foucault, era sin duda un texto menor, pero que es sin embargo
inagotable, activo y eficaz, un texto en el que se experimenta el efecto de su
pensamiento.
– Se ha hablado mucho, especialmente en Italia, del
“Renacimiento nietzscheano” y de los problemas a él ligados de la diferencia y
del nihilismo (el nihilismo “activo” y su transvaloración “afirmativa”), un
19 “La vie
des hommes infames”, Les Cahiers du Chemin, 1977. Trad. cast. F. Alvarez–Uría y
J. Varela, en La vida de los hombres infames. Ed. de La Piqueta, Madrid. 1990,
pp. 175–202. [N. del T.]
126
Renacimiento del que se les considera ...
responsables a Foucault y a usted mismo, entre otros. Podríamos interrogamos
acerca de las similitudes y diferencias entre “su” Nietzsche y el de Foucault.
Pero me conformaré con preguntarle esto: ¿por qué ha provocado tantos
malentendidos la fórmula tan nietzscheana de Foucault acerca de la “muerte del
hombre”, hasta el punto de que le ha hecho acreedor del reproche de
“negligencia hacia el hombre” y hacia sus derechos, impidiendo que Foucault se
beneficiase del “optimismo filosófico” y de la confianza en las fuerzas de la
vida con las que a menudo se caracte-riza la filosofía que usted hace?
– Los malentendidos suelen ser reacciones de una
estupidez renco-rosa. Hay personas que sólo se sienten inteligentes cuando
descubren “contradicciones” en un gran pensador. Se ha hecho como si Foucault
estuviese anunciando la muerte de los hombres existentes (“qué exageración”), o
al contrario, como si estuviese únicamente señalando un cambio en el concepto
de hombre (“no es más que eso”). Pero no se trata de una cosa ni de la otra. Se
trata de una relación de fuerzas con una forma dominante que deriva de ellas.
Consideremos las facultades del hombre: imaginar, concebir, querer, etc.: ¿con
qué [147] otras fuerzas entran en relación en tal época, y qué forma componen?
Puede suceder que las fuerzas del hombre entren en la composición de una forma
no humana sino animal o divina. Por ejemplo, en la época clásica, las fuerzas
del hombre entran en relación con las fuerzas del infinito, con “órdenes de
infinito”, aunque el hombre esté formado a imagen de Dios y su finitud sea sólo
una limitación del infinito. En el siglo XIX surge la forma Hombre, porque las
fuerzas del hombre se
127
componen con otras fuerzas de finitud descubiertas
en la vida, en el trabajo y en el lenguaje. De modo que hoy es usual decir que
el hombre se enfrenta a nuevas fuerzas: el silicio y ya no simplemente el
carbono, el cosmos y no ya el mundo... ¿por qué la forma que resulte de esa
composición habría de ser necesariamente la del Hombre? ¿Los dere-chos humanos?
Pero, como ha mostrado Ewald, las propias transfor-maciones del derecho
testimonian este cambio de forma. Foucault se une a Nietzsche para renovar la
cuestión de la muerte del hombre. Y, si el hombre ha sido un modo de aprisionar
la vida, ¿no ha de liberarse necesariamente en otra forma la vida en el hombre
mismo? Usted pregunta a este respecto si no será que yo aproximo a Foucault a
un vitalismo apenas presente en su obra. Yo creo que, al menos en dos puntos
esenciales, hay realmente un vitalismo foucaultiano, al margen de todo
“optimismo”. Por una parte, las relaciones de fuerzas se ejercen en una línea
de vida y muerte que no cesa de plegarse y desple-garse, trazando el límite
mismo del pensamiento. Y si Foucault tenía en tan gran concepto a Bichat era
acaso porque Bichat escribió el primer gran libro moderno acerca de la muerte,
multiplicando las muertes parciales, haciendo de la muerte una fuerza coextensiva
de la vida: “vitalismo sobre fondo de morta-[148]lismo”, dice Foucault. Por
otra parte, cuando Foucault llega al último tema, al de la “subjetivación”,
ésta consiste esencialmente en la invención de nuevas posibilidades vitales,
como dice Nietzsche, en la constitución de auténticos estilos de vida: un
vitalismo que, esta vez, tiene un fondo estético.
– Nadie puede sorprenderse de que usted otorgue en
su libro un papel tan importante a los análisis foucaultianos del poder. Usted
128
insiste, entre otras cosas, en la noción de
diagrama que aparece en Vigilar y Castigar,20 un diagrama que no es ya el
archivo de La arqueo-logía del saber21, sino un mapa, una cartografía,
exposición de las relaciones de fuerzas que constituyen el poder. Sin embargo,
Foucault, en el ensayo que aparece como anexo al libro de Dreyfus y Rabinow
–Michel Foucault: un parcours philosophique (Gallimard), una obra notable y que
usted cita a menudo– ha escrito que el tema general de sus investigaciones no
ha sido el poder sino el sujeto, los modos de subjetivación del ser humano. El
Foucault cartógrafo, ¿habría trazado mapas que serían también carnets de
identidad, de los que dice usted que serían “sin identidad más que
identificadores”? En otras palabras, ¿no radica todo el problema de comprender
a Foucault en comprender el paso de Vigilar y Castigar a La Inquietud de Sí22 y
a la pregunta “¿Quién soy?”?[149]
– Es, como mínimo, difícil decir que la filosofía
de Foucault es una filosofía del sujeto. En todo caso, “lo habría sido” cuando
Foucault descubrió la subjetividad como tercera dimensión. Su pensamiento está
hecho de dimensiones trazadas y exploradas sucesivamente, siguiendo una
necesidad creadora, pero que no están comprendidas unas en otras. Como una
línea quebrada cuyas orientaciones diversas
testimonian acontecimientos imprevisibles, inesperados (Foucault
20 Surveiller
et punir. Ed. Gallimard, Paris, 1975. Trad. cast. A. Garzón, Ed. Siglo XXI,
1976. [N. del T.]
21 L’archeologie
du savoir. Ed. Gallimard, Paris, 1969. Trad. cast. A. Garzón, Ed. Siglo XXI,
1970. [N. del T.
22 Le Souci
de Soi. Ed. Gallimard, París, 1984. Trad. cast. M. Soler, Ed. Siglo XXI, 1986.
[N. del T.]
129
siempre “sorprendió” a sus lectores). Ya el poder
dibujaba una segun-da dimensión irreductible al Saber, aunque ambas constituyen
mixtu-ras inseparables en lo concreto; pero el Saber está hecho de formas: lo
Visible, lo Enunciable, en suma, el archivo, mientras que el Poder está hecho
de fuerzas, de relaciones de fuerzas, el diagrama. Podríamos preguntamos por
qué pasa del saber al poder, pero a condición de entender que no pasa del uno
al otro como de un tema general a otro tema general, sino de la concepción
original que se hace del saber a la invención de una concepción igualmente
nueva del poder. Y ello es aún más cierto en el caso del “sujeto”: necesitará
varios años de silencio para acceder, en sus últimos libros, a esta tercera
dimensión. Tiene usted toda la razón al decir que lo que se precisa es
comprender esa “transición”. Foucault tiene necesidad de una tercera dimensión
porque tiene la impresión de haber quedado encerrado en las relacio-nes de
poder, de que la línea se termina o de que no ha llegado a “franquearla», de
que le falta una línea de fuga. Lo dice, en términos espléndidos, en La vida de
los hombres infames. Se invocan focos de resistencia, pero, ¿de dónde proceden
tales focos? Se necesitará mucho tiempo para encontrar una solución, ya que, de
hecho, se trata de inventarla. ¿Puede decirse entonces que esta nueva dimensión
es la del sujeto? Foucault no emplea nunca la palabra [150] “sujeto” como
persona ni como forma de identidad, sino las palabras “subjetivación”, como
proceso, y “Sí mismo” (Soi), como relación (relación consigo mismo). ¿De qué se
trata? Se trata de una relación de la fuerza consigo misma (mientras que el
poder contemplaba las relaciones de la fuerza con otras fuerzas), se trata de
un “pliegue” de la fuerza. De acuerdo con la manera en que se pliega la línea
de las fuerzas, se constituyen modos
130
de existencia, se inventan posibilidades de vida
que implican también la muerte, nuestras relaciones con la muerte: no ya la
existencia como sujeto, sino como obra de arte. Se trata de inventar modos de
existen-cia, siguiendo reglas facultativas, capaces de resistir al poder y de
hurtarse al saber, aunque el saber intente penetrarlas y el poder intente
apropiárselas. Pero los modos de existencia o las posibilidades vitales se
recrean constantemente, surgen constantemente nuevos modos y, por muy cierto que
sea que fueron los griegos los inventores de esta dimensión, no es un retomo a
los griegos lo que hacemos cuando buscamos cuáles son los modos de existencia
que hoy se esbozan, cuál es nuestra voluntad artística irreductible al saber y
al poder. Y, del mismo modo que no hay un retomo a los griegos, tampoco hay en
Foucault un retomo al sujeto. Pensar que Foucault ha redescubierto o
reencontrado la subjetividad que antes había negado es un malenten-dido al
menos tan profundo como el de la “muerte del hombre”. Yo diría incluso que la
subjetivación tiene poco que ver con el sujeto. Se trata más bien de un campo
electrónico o magnético, una individua-ción que actúa mediante intensidades
(bajas o altas), campos de individuación y no personas o identidades. Lo que
Foucault llamaba, en otras ocasiones, la pasión. Esta idea de subjetivación no
es, en Foucault, menos original que sus ideas de poder o de saber: las tres
constituyen una manera de vivir, [151] una extraña figura de tres dimensiones,
y también la más grande de las filosofías modernas (dicho sea sin una pizca de
ironía).
Libération, 2 y 3 de Septiembre de 1986, entrevista
con Robert Maggiori
131
[153]
10. LA VIDA
COMO OBRA DE ARTE
I
– Usted ya había hecho anteriormente muchos
comentarios acerca de la obra de Foucault. ¿Cuál es el sentido de este libro,
dos años después de su muerte?
– Necesidad mía, admiración por él, sentimiento
ante su muerte, ante esta obra interrumpida. Es cierto, en efecto, que ya antes
había escrito algunos artículos sobre ciertos puntos concretos (el enunciado,
el poder). Pero en el caso presente lo que me interesa es la lógica de ese
pensamiento, que me parece una de las más importantes filosofías modernas. La
lógica de un pensamiento no tiene nada que ver con un sistema racional y
equilibrado. Incluso el lenguaje era considerado por Foucault, a diferencia de
lo que sucede con los lingüistas, como un sistema desequilibrado. La lógica de
un pensamiento es una especie de [154] decía Leibniz: cuando creíamos haber
llegado a puerto, nos encontramos de nuevo en alta mar. Este es el caso de
Foucault. Su pensamiento no deja de añadir nuevas dimensiones, ninguna de las
cuales estaba contenida en la anterior. ¿Qué es lo que le obliga a aventurarse
en tal o cual dirección, a recorrer tal o cual camino, siempre inesperado? No
hay un solo gran pensador que no atraviese estas crisis, pues marcan las horas
de su pensamiento.
132
II
– Usted considera a Foucault, ante todo, como un
filósofo, mientras que otros insisten más en sus investigaciones históricas.
– Es innegable que la historia forma parte de su
método. Pero Fou-cault no se convirtió nunca en historiador. Foucault es un
filósofo que ha inventado una relación con la historia completamente distinta a
la de las filosofías de la historia. La historia, según Foucault, nos cerca y
nos delimita, no dice lo que somos sino aquello de lo que diferimos, no
establece nuestra identidad sino que la disipa en provecho de eso otro que
somos. Por ello, Foucault considera series históricas breves y recientes (entre
los siglos XVII y XIX). E incluso cuando se ocupa, como en sus últimos libros,
de una serie de larga duración, desde los griegos y el cristianismo, es para
hallar aquello en lo que nosotros no somos griegos, no somos cristianos, el
punto en el que nos convertimos en algo distinto. En suma, la historia es lo
que nos separa de nosotros mismos, y lo que debemos franquear y atravesar para
pensarnos a [155] nosotros mismos. Como dice Paul Veyne, la actualidad es lo
que se opone tanto al tiempo como a la eternidad. Foucault es el más actual de
los filósofos contemporáneos, el que ha realizado una ruptura más radical con
el siglo XIX (de ahí su aptitud para pensar el XIX). Lo que a Foucault le
interesa es la actualidad, eso mismo que Nietzsche llamaba lo inactual o lo
intempestivo, lo que es in actu, la filosofía como acto del pensamiento.
133
III
– ¿Es este el sentido de su afirmación, según la
cual lo esencial para Foucault sería la cuestión: “¿qué significa pensar?”?
– Sí, pensar concebido como un acto peligroso,
dice. Foucault es seguramente, junto con Heidegger (aunque de un modo
totalmente diferente), uno de los que han renovado de forma más profunda la
imagen del pensamiento. Una imagen que tiene niveles diversos, según las capas
y los diferentes campos sucesivos de la filosofía de Foucault. Pensar es, en
principio, ver y hablar, pero a condición de que el ojo no se quede en las
cosas y se eleve hasta las “visibilidades”, a condición de que el lenguaje no
se quede en las palabras o en las frases y alcance los enunciados. Es el
pensamiento como archivo. Después, pensar es poder, es decir, tejer relaciones
de fuerzas, a condición de comprender que estas relaciones son irreductibles a
la violencia, que constituyen acciones sobre otras acciones, o sea actos tales
como “incitar, inducir, desviar, facilitar o impedir, hacer más o menos
probable...”. El pensa-miento como estrategia. Finalmente, en sus últimos
libros, se des-[156]cubre el pensamiento como “proceso de subjetivación”: es
estúpi-do intentar ver en ello un retomo al sujeto, se trata de la constitución
de modos de existencia o, como decía Nietzsche, de posibilidades vitales. No la
existencia como sujeto, sino como obra de arte; y, en esta última fase, el
pensamiento es un pensamiento–artista. Lo importante es, evidentemente, mostrar
por qué se produce necesariamente esta transición de una determinación a las
otras: las transiciones no están dadas de antemano, coinciden con los caminos
que Foucault traza, con
134
los escalones que va subiendo y que no le
preexisten, con las conmo-ciones que produce a medida que las va
experimentando.
IV
– Consideremos estos escalones por su orden. ¿Qué
es el “archivo”? ¿Sostiene usted que el archivo es, según Foucault,
“audiovisual”?
– La arqueología, la genealogía, es también una
geología. La arqueo-logía no trata necesariamente del pasado, hay también una
arqueología del presente, en cierto modo siempre trata del presente. La
arqueología es el archivo, y el archivo tiene dos partes: es audio–visual. La
lección de gramática y la lección de cosas. No se trata de palabras y de cosas
(el hecho de que el libro de Foucault lleve este título es una ironía). Hay que
abrir las cosas para extraer de ellas su visibilidad. Y la visibilidad, en una
determinada época, es su régimen luminoso, sus centelleos, sus reflejos, los
relámpagos que se producen al contacto de la luz con las cosas. Por ejemplo,
hay que hender las palabras o las frases para extraer de ellas los enunciados.
Y lo enunciable [157] en una época es su régimen de lenguaje, las variaciones
inherentes por las que atraviesa constantemente, saltando de un sistema
homogéneo a otro (la lengua es siempre un sistema desequilibrado). Este es el
gran principio histórico de Foucault: toda formación histórica dice todo lo que
puede decir y ve todo lo que puede ver. Así, por ejemplo, la locura en el siglo
XVII: ¿a qué luz puede ser vista, en qué enunciados puede decirse? En cuanto a
nuestro presente, ¿qué es lo que somos hoy capaces de decir, qué somos capaces
de ver? Los filósofos consideran generalmente su
135
filosofía como una personalidad involuntaria, en
tercera persona. Quienes han conocido a Foucault confiesan que lo que más les
llama la atención de él eran sus ojos y su voz. Relámpagos y truenos,
enuncia-dos que escapaban de las palabras, incluso la risa de Foucault era un
enunciado. ¿Qué significa la existencia de una disyunción entre ver y decir, el
hecho de que ambos estén separados por un intervalo, por una distancia
irreductible? Solamente que el problema del conocimiento (o, más bien, del
“saber”) no puede resolverse apelando a una conformi-dad o a una
correspondencia. Hay que buscar en otra parte la razón de que el ver y el decir
se hallen entrecruzados y entretejidos. Ocurre como si el archivo estuviese
atravesado por una enorme falla en una de cuyas orillas queda la forma de lo
visible, y en la otra la forma de lo enunciable, ambas mutuamente
irreductibles. El hilo tendido entre ellas y que las une se encuentra fuera, en
otra dimensión.
V
– ¿No se dan en este punto ciertas semejanzas con
Mauríce Blan-chot, incluso una influencia de Blanchot? [158]
– Foucault siempre reconoció que tenía una deuda
con Blanchot. Podríamos decir que esta deuda se refiere a tres temas. El
primero, “hablar no es ver”, esa diferencia que implica que, al decir lo que no
puede verse, empujemos al lenguaje hasta su límite extremo, elevándo-lo hasta
la potencia de lo indecible. En segundo lugar, la superioridad de la tercera
persona –“él” [il ] o el neutro, el “se” [on]– sobre las dos primeras, el
rechazo de toda personología lingüística. Y, para terminar,
136
el tema del Afuera: la relación (o también la
no–relación) con un Afuera más lejano que todo mundo exterior, y por ello mismo
más próximo que todo mundo interior. No disminuye para nada la impor-tancia de
las convergencias de Foucault con Blanchot el hecho de comprender hasta qué
punto Foucault procede a desarrollar autóno-mamente todos estos temas: la
disyunción ver/hablar, que culmina con el libro sobre Raymond Roussel y el
texto acerca de Magritte, implicará un nuevo estatuto de lo visible y de lo enunciable:
toda la teoría del enunciado estará animada por ese “se habla”; las
transformaciones de lo próximo y lo lejano en la línea del Afuera, como prueba
a vida o muerte, van a producir actos de pensamiento propios de Foucault, el
pliegue y el despliegue (muy diferentes, también, de Heidegger), y se
encuentran en la base de los procesos de subjetivación.
VI
– Tras el archivo, o tras el análisis del saber,
Foucault descubre el poder y, después, la subjetividad. ¿Cuál es la relación
que existe entre saber y poder y entre poder y subjetividad? [159]
– El poder es justamente ese elemento informal que
atraviesa las formas del saber, que está bajo ellas. Por eso se llama
microfísico. Es fuerza, relación de fuerzas, no forma. La concepción de las
relaciones de fuerzas de Foucault, que parte de Nietzsche, es uno de los puntos
principales de su pensamiento. Es una dimensión distinta del saber, aunque en
lo concreto la mezcla de poder y saber no sea discernible. Todo el problema
reside en lo siguiente: ¿por qué necesitó Foucault
137
añadir otra dimensión más, por qué la subjetivación
como algo que se distingue tanto del saber como del poder? Se dice, ahora, que
Foucault ha vuelto al sujeto, que ha vuelto a descubrir la noción de sujeto que
siempre había rechazado. Pero no hay nada de eso. Su pensamiento atravesó,
ciertamente, una crisis en todos los órdenes, pero fue una crisis creativa, no
un simple arrepentimiento. A partir de La voluntad de saber, Foucault tiene
cada vez más la impresión de estar quedándo-se aprisionado en las relaciones de
poder. Invoca, sí, ciertos puntos de resistencia frente a los focos de poder,
pero, ¿de dónde vienen estas resistencias? Foucault se pregunta: ¿cómo
franquear la línea, cómo superar también las relaciones de fuerzas? ¿Acaso
estamos condenados a un cara a cara con el Poder, tanto si se detenta como si
se padece? Y lo hace en uno de sus textos más violentos y también más curiosos,
acerca de los “hombres infames”. Foucault tardó mucho en dar una respuesta.
Franquear la línea de fuerza, rebasar el poder, ello significa-ría plegar la
fuerza, conseguir que se afecte a sí misma en lugar de afectar a otras fuerzas:
un “pliegue”, según Foucault, una relación de la fuerza consigo misma. Hay que
“doblar” la relación de fuerzas median-te una relación consigo mismo que nos
permite resistir, escapar, reorientar la vida o la muerte contra el poder. Esto
es, según Foucault, lo que [160] inventaron los griegos. Ya no se trata, como
en el caso del saber, de formas determinadas o, como en el caso del poder, de
reglas coactivas: se trata de reglas facultativas que producen la existencia
como obra de arte, reglas éticas y estéticas que constituyen modos de
existencia o estilos de vida (de los que incluso el suicidio forma parte). A
esto llamó Nietzsche la actividad artística de la voluntad de poder, la
invención de nuevas “posibilidades de vida”. Hay muchas razones que
138
impiden hablar de un retorno al sujeto: los
procesos de subjetivación varían según las épocas, y tienen lugar de acuerdo
con reglas muy diferentes. Tanto es así que, en cada caso, el poder no cesa de
recupe-rarlos y de someterlos a las relaciones de fuerzas, y ellos no cesan de
renacer y de inventar infinitamente nuevas modalidades. Por tanto, no se trata
tampoco de un retorno a los griegos. Un proceso de subjetiva-ción, es decir, la
producción de un modo de existencia, no puede confundirse con un sujeto, a
menos que se le despoje de toda identidad y de toda interioridad. La
subjetivación no tiene ni siquiera que ver con la “persona”: se trata de una
individuación, particular o colectiva, que caracteriza un acontecimiento (una
hora del día, una corriente, un viento, una vida...). Se trata de un modo
intensivo y no de un sujeto personal. Es una dimensión específica sin la cual
no sería posible superar el saber ni resistir al poder. Foucault analiza
entonces los modos de existencia griegos, cristianos, el modo como se
introducen en los saberes y alcanzan compromisos con los poderes. Pero su
naturaleza es en el fondo otra. Por ejemplo, la Iglesia como poder pastoral no
deja de intentar conquistar los modos de existencia cristia-nos, modos que a su
vez no dejan de cuestionar el poder de la Iglesia, incluso antes de la Reforma.
Y, de acuerdo con su método, lo que esencialmente le interesa a [161] Foucault
no es retornar a los griegos, lo que le interesa somos nosotros aquí y ahora:
cuáles son nuestros modos de existencia, cuáles nuestras posibilidades de vida
o nuestros procesos de subjetivación... ¿tenemos algún modo de constituirnos
como “sí mismo” y, como diría Nietzsche, se trata de modos suficien-temente
“artísticos”, más allá del saber y del poder? ¿Somos capaces de ello (ya que,
en cierto modo, en ello nos jugamos la muerte y la vida)?
139
VII
– Foucault había desarrollado previamente el tema
de la muerte del hombre, sobre el que tanto se habló. ¿Es tal tema compatible
con una existencia humana creadora?
– Con la muerte del hombre sucede algo aún peor que
con el tema del sujeto, porque es el punto del pensamiento de Foucault sobre el
que se han acumulado más contrasentidos. Los contrasentidos nunca son
inocentes, mezclan la maldad con la estupidez: hay quienes disfrutan más
encontrando contradicciones en un pensador que comprendién-dole. Así que se
decía: ¿Cómo podía Foucault mantener luchas políticas si no creía en el hombre
ni, por lo tanto, en los derechos del hombre? De hecho, la muerte del hombre es
un tema muy simple y riguroso, que Foucault toma de Nietzsche para
desarrollarlo de un modo muy original. Concierne a las formas y a las fuerzas.
Las fuerzas están siempre en relación con otras fuerzas. Considerando las
fuerzas del hombre (por ejemplo, tener una voluntad, un entendimiento...), ¿con
qué otras fuerzas se relacionan y cuál es la forma que resulta de esa
“composi-[162]ción”? En Las palabras y las cosas23, Foucault mostraba que el
hombre, en la época clásica, no se piensa en cuanto tal, sino únicamente “a
imagen de” Dios, precisamente porque sus fuerzas se componen con las fuerzas
del infinito. En el siglo XIX, al contrario, estas –fuerzas del hombre afrontan
las fuerzas de la finitud en cuanto tal, la vida, la producción, el lenguaje,
de tal modo que el compuesto es la forma Hombre. Pero, igual que esta forma no
preexistió siempre,
23 Les mots
el les chases, Ed. Gallimard, Paris, 1966 (trad. cast. E. C. Frost, Ed. Siglo
XXI, 1968). [N. del T.]
140
tampoco hay razón para pensar que tenga que
sobrevivir en el momen-to en que las fuerzas del hombre entren en relación con
nuevas fuerzas: el compuesto será una forma de nuevo cuño, ni Dios ni Hombre.
Por ejemplo, el hombre del siglo XIX afronta la vida y se compone con ella a
través de la fuerza del carbono. Pero, ¿y cuando las fuerzas del hombre se
componen con las del silicio, qué sucede entonces, qué nuevas formas pueden
nacer? Los dos precursores de Foucault son Nietzsche y Rimbaud, a los que él añade
su espléndida versión: ¿qué nuevas relaciones mantenemos con la vida y con el
lenguaje? ¿Qué nuevas luchas con el poder? La llegada a la cuestión de los
modos de subjetivación será una forma de continuar con el mismo problema.
VIII
– En eso que usted llama “los modos de existencia”,
y que Foucault denominaba “estilos de vida”, hay, como usted acaba de señalar,
una estética vital: la vida como obra de arte. Pero, ¿hay también una ética?
[163]
– Sí, la constitución de los modos de existencia o
de los estilos de vida no es exclusivamente estética sino que es, en los
términos de Foucault, ética (lo que se contrapone a “moral”). La diferencia es
que la moral se presenta como un conjunto de reglas coactivas de un tipo
especifico que consisten en juzgar las acciones e intenciones relacio-nándolas
con valores trascendentes (esto está bien, aquello está mal...); la ética es un
conjunto de reglas facultativas que evalúan lo que hace-mos y decimos según el
modo de existencia que implica. Decimos tal
141
cosa, hacemos tal otra, ¿qué modo de existencia
implica todo ello? Hay cosas que no se pueden hacer ni decir más que desde
cierta mezquin-dad anímica, desde el rencor o la venganza contra la vida. A
veces basta un gesto o una palabra. Son los estilos de vida, siempre
implicados, quienes nos constituyen como tal o cual. Esa era ya la idea de
“modo” en Spinoza. ¿No está ya presente en la primera filosofía de Foucault?
¿Qué es lo que somos “capaces” de ver y de decir (en el sentido del enunciado)?
Pero, aunque ello comporte toda una ética, se trata también de un problema
estético. El estilo, en los grandes escritores, es también un estilo de vida,
no algo personal sino la invención de una posibilidad vital, de un modo de
existencia. Es curioso que a veces se diga que los filósofos carecen de estilo,
que escriben mal. Debe ser que nadie los lee. Sin salir de Francia, Descartes,
Malebranche, Maine de Biran, Bergson e incluso Auguste Comte, con lo que tuvo
de Balzac, son grandes estilistas. Foucault se inscribe en esta misma línea, es
un gran estilista. El concepto adquiere, en él, valores rítmicos o de
contrapunto, como en esos curiosos diálogos consigo mismo con los que termina
algunos de sus libros. Su sintaxis recoge los reflejos y brillos de lo visible
al mismo tiempo que serpentea, se plie-[164]ga, se despliega o se extiende a la
medida de los enunciados. Este estilo, en los últimos libros, busca una especie
de apaciguamiento, tiende hacia una línea cada vez más sobria, más pura...
Le Nouvel Observateur,
23 de Agosto de 1986.
Entrevista con Didier Eribon
142
[165]
11. UN
RETRATO DE FOUCAULT
– ¿Cuál es la pretensión de este libro? ¿Es un
homenaje a Michel Foucault? ¿Cree usted que su pensamiento no se ha comprendido
bien? ¿Analiza usted aquí sus diferencias y semejanzas con él, o lo que usted
supone que le debe? ¿Acaso intenta usted hacer un retrato mental de Foucault?
– He experimentado una auténtica necesidad de
escribir este libro. Cuando muere alguien a quien uno quiere y admira, se
necesita a veces hacer su retrato. No para glorificarlo, aún menos para
defenderlo, no para recordarlo sino para obtener esa semejanza última que sólo
puede venir de la muerte y que nos hace decir: “es él”. Una máscara o, como él
mismo decía, un doble, un suplente. Cada uno puede considerar a su manera esta
semblanza o este doble. Pero es finalmente él quien se asemeja a través de todas
sus disimilitudes con respecto a nosotros. No se trata de los puntos que yo
creo tener en común con él o de [166] nuestras divergencias. Lo que teníamos en
común era obviamente amorfo, como un fondo que me permitía hablar con él. Para
mí sigue siendo el más grande pensador actual. Y se puede hacer el retrato de
un pensamiento como se hace el retrato de un hombre. Yo he intentado hacer un
retrato de su filosofía. Soy yo quien dibujo las líneas o los trazos, pero
habré fracasado si quien aparece al final dibujado no es él.
143
– En Diálogos24, escribía usted: “Puedo hablar de
Foucault, contar que me dijo esto o aquello, explicar mi visión de él. Pero
todo esto no diría nada sin ese enjambre de martilleos sonoros, de gestos
decisivos, ideas crepitantes, sin esa mezcla de extremada atención y súbitas
ausencias, de risas y sonrisas cuya peligrosidad se siente al mismo tiempo que
se experimenta su ternura...” ¿Hay algo de “peligroso” en el pensamiento de
Foucault, algo que explicaría también las pasiones que sigue despertando?
– Sí, peligroso, pues hay una cierta violencia en
Foucault. Estaba dotado de una extrema violencia contenida, dominada,
convertida en valor. En ciertas manifestaciones, temblaba de violencia.
Percibía lo intolerable. Quizás pudiera ser ese su punto en común con Genet.
Era un hombre pasional que daba al término “pasión” un sentido muy preciso. No
podemos pensar su muerte más que como una muerte violenta, que ha venido a
interrumpir su obra. Y su estilo, al menos hasta los últimos libros, en los que
alcanza una suerte de serenidad, es como un látigo o [167] una correa, con sus
torsiones y distinciones. Paul Veyne ha retratado a Foucault como un guerrero.
Foucault evoca siempre la polvareda y el estruendo de un combate, y el propio
pensa-miento se le aparece como una máquina de guerra. Sucede que, en cuanto se
da un paso más allá de lo ya pensado, cuando alguien se aventura fuera de lo
reconocible y seguro, cuando hay que inventar conceptos nuevos para tierras
desconocidas, los métodos y las morales se derrumban y pensar se convierte,
como decía Foucault, en un “acto
24 Gilles
Deleuze y Claire Pamet, Dialogues. Ed. Flammarion, París, 1977, pp. 17–
18. Trad.
cast. J. Vázquez, Ed. Pre–textos, Valencia, 1980. [N. del T.]
144
peligroso”, una violencia que se ejerce, para
empezar, sobre sí mismo. Desde la orilla se hacen objeciones, se plantean
preguntas como si se lanzasen salvavidas, pero más con la intención de liquidar
al aventure-ro e impedirle avanzar que con la de ayudarle: como Foucault ha
podido experimentar mejor que nadie, las objeciones proceden siem-pre de los
mediocres y de los vagos. Melville decía: “Si, por necesidades argumentales,
dijésemos que él está loco, yo preferiría cien veces estar loco que cuerdo... me
gustan los que se sumergen. Cualquier pez puede nadar cerca de la superficie,
pero sólo las grandes ballenas son capaces de descender más de cinco millas...
Desde que el mundo es mundo, los buceadores del pensamiento regresan a la
superficie con los ojos inyectados en sangre.” Todo el mundo reconoce los
riesgos de algunos ejercicios físicos extremos, pero también el pensamiento es
un ejercicio extremo y raro. Pensar es afrontar una línea en la que
necesariamente se juegan la muerte y la vida, la razón y la locura, una línea
en la que uno se halla implicado. Pensar sólo es posible en esa línea mágica,
que no forzosamente conduce a la perdición: no estamos fatalmente condenados a
la locura o a la muerte. Foucault estuvo siempre fascina-do por esta
oscilación, por esta zozobra perpetua de lo próximo y lo lejano de la muerte y
la locura. [168]
– ¿Podríamos decir que todo estaba ya en la
Historia de la locura25, o más bien se trata de impulsos sucesivos, crisis,
cambios de dirección?
– El problema de la locura atraviesa toda la obra
de Foucault. Es cierto que él se quejaba de que en la Historia de la locura aún
creía
25 Folie et
déraison. Histoire de la Folie à l’âge classique. Ed. Plon, París, 1961. Trad.
cast. J. J. Utrilla, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1967. [N. del T.]
145
demasiado en una “experiencia de la locura”. Más
que por una feno-menología, opta por una epistemología según la cual la locura
está presa en un saber diferente en las distintas formaciones históricas.
Foucault siempre utilizó así la historia: como un remedio para no enloquecer.
Pero la propia experiencia del pensamiento es inseparable de esa línea quebrada
que atraviesa las diferentes figuras del saber. El pensamiento de la locura no
es una experiencia de la locura sino del pensamiento: sólo se convierte en
locura cuando se derrumba. ¿Signifi-ca esto que la Historia de la locura ya lo
contenía todo desde el princi-pio, incluidas las concepciones que Foucault
forjará después acerca del discurso, del saber y del poder? En absoluto. A los
grandes escritores les sucede a menudo esto: se les felicita por un libro que
despierta gran admiración, pero ellos no están contentos porque saben cuan
lejos están aún de lo que querrían hacer, de lo que buscan sin tener de ello
más que una idea muy oscura. Por eso tienen tan poco tiempo para desperdiciar
en polémicas, objeciones o discusiones. Creo que el pensamiento de Foucault,
más que evolucionar, procedía por crisis. No creo que ningún pensador pueda
librarse de estas crisis, es algo sísmico. Hay una espléndida declaración de
Leib-[169]niz: “Tras haber establecido las cosas, creía estar entrando ya en el
puerto, pero, cuando me puse a meditar acerca de la unión del alma con el
cuerpo, me encontré como arrojado de nuevo en alta mar.” Inclusive es esta nota
la que confiere a los pensadores una coherencia superior, la facultad de
desviar la línea, de cambiar su orientación, de encontrarse de nuevo en alta
mar y, por tanto, de descubrir, de inventar. No cabe duda de que ya la Historia
de la locura era la salida de una crisis. A partir de ella, Foucault desarrolló
toda la concepción del saber que le condujo a La
146
arqueología (1969), es decir, la teoría de los
enunciados que desembo-caría en otra gran crisis, la del 68: un gran período de
fuerza y de júbilo para Foucault, una época de alborozo creativo marcada por
Vigilar y castigar, donde realiza la transición del saber al poder. Penetra
enton-ces en ese nuevo dominio que antes había indicado y localizado pero no
había llegado a explorar. Se trata, ciertamente, de una radicaliza-ción: el 68
puso al descubierto todas las relaciones de poder allí donde se ejercían, es
decir, en todas partes. Hasta entonces Foucault había analizado ante todo las
formas, mientras que ahora pasa a ocuparse de las relaciones de fuerza que
subyacen a las formas. Da un salto hacia lo informe, hacia un elemento que él
mismo llama “microfísico”. Y esto durará hasta La voluntad de saber. Tras este
libro se produce otra crisis, una crisis diferente, más interna, quizá más
depresiva y secreta, acaso la sensación de estar en un callejón sin salida.
Había muchos motivos convergentes (quizá más tarde volvamos sobre esto), pero
yo tuve la impresión de que Foucault quería que se le dejase tranquilo, estar
solo con algunos amigos íntimos, alejarse, llegar hasta un punto de ruptura.
Esto es, naturalmente, una impresión, quizá una falsa impresión. [170]
Aparentemente, continuaba la historia de la
sexualidad, pero ya estaba en otra línea, había descubierto las formaciones
históricas de larga duración (los griegos), mientras que hasta entonces se
había atenido a formaciones de períodos breves (siglos XVII–XIX); reorientó
toda su investigación en función de lo que llamaba “los modos de
subjetivación”. No era para nada un retomo al sujeto sino una nueva creación,
una línea de ruptura, una nueva exploración en la que
147
cambiaban las anteriores relaciones entre el saber
y el poder. Era, si se quiere decir así, una nueva radicalización. Incluso
cambia de estilo, renuncia a los rayos y centellas, descubre una linealidad
cada vez más sobria, más pura, casi en calma. Todo esto no fueron simplemente
asuntos teóricos, porque el pensamiento no es nunca una cuestión teórica. Se
trataba de problemas vitales. Era la vida misma. El modo en que Foucault salía
de una nueva crisis consistía siempre en trazar la línea que le permitía salir,
producir nuevas relaciones entre el saber y el poder. Incluso si eso le
conducía a la muerte. Parece una tontería, claro que no fue el descubrimiento
de la subjetivación lo que le condu-jo a la muerte. Sin embargo... “lo posible,
que me asfixio”. Hay algo esencial en toda la obra de Foucault: siempre se
ocupó de formaciones históricas (de corta o, como al final, de larga duración),
pero siempre en relación con nuestro presente. No necesitaba decirlo
explícitamente en sus libros, era demasiado evidente, y reservaba para las
entrevistas en la prensa el trabajo de expresarlo más claramente. Por ello, las
entrevistas de Foucault forman parte de su obra. Vigilar y castigar evoca los
siglos XVIII y XIX, pero es rigurosamente inseparable de las cárceles actuales
y del grupo de información creado por Foucault y Deferí después del 68. Las
formaciones históricas sólo le interesan porque señalan el [171] lugar de donde
hemos salido, donde estamos confinados, aquello con lo que hemos de romper para
hallar las nuevas relaciones que nos expresan. Lo que auténticamente le
interesa es nuestra relación actual con la locura, con los castigos, con el
poder, con la sexualidad. No le interesan los griegos sino nuestra relación con
la subjetivación, nuestro modo de constituirnos como sujetos. Pensar es siempre
experimentar, nunca interpretar, pero la experimentación es
148
siempre actual, acerca de lo que emerge, de lo
nuevo, lo que se está formando. La historia no es experimentación, ella
representa única-mente el conjunto de las condiciones prácticamente
restrictivas que permiten experimentar algo que escapa a la historia. Sin la
historia, la experimentación quedaría indeterminada, incondicionada, pero la
experimentación no es histórica sino filosófica. Nadie ha sido en el siglo XX
más plenamente filósofo que Foucault, él fue sin duda el único que abandonó
completamente el siglo XIX (por eso podía hablar de él con tanta precisión).
Este es el sentido en que Foucault introducía su vida en su pensamiento: la
relación con el poder, y luego la relación consigo mismo, todo esto era para él
un asunto de vida o muerte, de locura o de renovación de la razón. La
subjetivación no representó para Foucault un regreso teórico al sujeto sino la
búsqueda práctica de otro modo de vivir, de un nuevo estilo. No es algo mental:
¿dónde aparecen hoy los gérmenes de un nuevo modo de existencia comunitario o
individual? ¿Existen en mí tales gérmenes? Ciertamente, necesitamos interrogar
a los griegos, pero únicamente porque ellos, según Foucault, han inventado esta
noción, esta práctica del modo de vida... Hubo una experiencia griega,
experiencias cristianas, etc., pero ni los griegos ni los cristianos pueden hoy
hacer nuestra experiencia por nosotros. [172]
– ¿Es todo tan trágico en el pensamiento de
Foucault? ¿No es un pensamiento lleno de humor?
– En todos los grandes escritores existe este nivel
humorístico, o cómico, que convive con los demás niveles, no solamente el de lo
serio sino incluso el de lo atroz. En Foucault hay como una burla universal:
además de la burla de los castigos en las grandes páginas cómicas de
149
Vigilar y castigar, también la burla de las cosas y
de las palabras. Foucault se rió mucho, tanto en su vida como en sus libros. Le
gusta-ban especialmente Roussel y Brisset porque, al final del siglo XIX,
inventaron “procedimientos” insólitos para tratar las frases y las palabras. Y
el libro de Foucault sobre Roussel (1963) es ya una suerte de versión poética y
cómica de la teoría de los enunciados que Foucault creó en La arqueología
(1969). Roussel toma dos frases que no tienen en absoluto el mismo sentido,
pero que sin embargo difieren muy poco (“les bandes du vieux pillard”, “les
bandes du vieux billard”)26, y provoca escenas visuales, extraordinarios
espectáculos hasta conseguir que una de las frases se reúna con la otra o se
repliegue sobre ella. Con otros medios –una mitología enloquecida–, Brisset
suscita las escenas correspondientes a la descomposición de una palabra.
Foucault extrae ya de esto toda una concepción de las relaciones entre lo
visible y lo enuncia–ble. Al lector le sorprenderá que Foucault parezca
aproximar-se a temas de Heidegger o de Merleau–Ponty...: “Visibilidad fuera de
la mirada... El ojo de)’a que las cosas se vean por la gracia de su ser...”. Se
diría que Foucault encuentra en Roussel, sin decirlo, un precursor de
Heide-[173]gger. Y es cierto que en Heidegger se da todo un procedi-miento
etimológico cercano a la locura. Lo que me gusta tanto de estas páginas de
Foucault sobre Roussel es la confusa impresión que siento ante ellas de una
cierta semejanza entre Heidegger y un autor que, en cierto modo, está muy
cercano a Roussel, Jarry. Jarry definía etimológi-camente la patafísica como
una ascensión “más allá de la metafísica” fundada explícitamente sobre lo
visible o el ser del fenómeno. ¿Para
26 “Las bandas del viejo saqueador”, “las bandas
del viejo billar”. [N. del T.]
150
qué sirve este desplazamiento de Heidegger a
Roussel (o a Jarry)? Le sirve a Foucault para transformar completamente las
relaciones entre lo visible y lo enunciable tal y como aparecen a través de
esos “proce-dimientos”: en lugar de acuerdo u homología (consonancia), se
trataría de un perpetuo combate entre lo que se ve y lo que se dice, choques
breves, luchas cuerpo a cuerpo, capturas, pues jamás se dice lo que se ve ni se
ve lo que se dice. Lo visible surge entre dos proposiciones, del mismo modo que
el enunciado surge entre dos cosas. La intencionali-dad cede su lugar a todo un
teatro, una serie de juegos de lo visible y lo enunciable. Cada uno de ellos
atraviesa al otro. La crítica foucaultiana de la fenomenología se encuentra,
sin necesidad de enunciarse explíci-tamente, en el Raymond Roussel.
Luego, está todo el tema del “se” en Foucault,
igual que en Blanchot: lo que hay que analizar es la tercera persona. Se habla,
se ve, se muere. Hay, desde luego, sujetos: partículas que giran en la
polvareda de lo visible, lugares móviles de un murmullo anónimo. El sujeto es
siempre algo derivado. Nace y se desvanece en la espesura de lo que dice y de
lo que ve. Foucault extrae de ahí una curiosa concepción del “hombre infame”,
una concepción llena de una discreta hilaridad. Es lo contra-rio de Georges [174]
Bataille: el hombre infame no se define por un exceso de mal sino
etimológicamente, como el hombre ordinario, el hombre cualquiera bruscamente
sacado a la luz por un suceso, una denuncia de los vecinos, una llamada a la
policía, un proceso... Es el hombre confrontado con el Poder, obligado a hablar
y a dejarse ver. Está aún más cerca de Chejov que de Kafka. Chejov escribió
aquel cuento sobre una joven niñera que estrangula a un bebé porque llevaba
151
noches y noches sin poder dormir, o aquel otro del
campesino que es procesado por haber desmontado los raíles del tren para
lastrar su caña de pescar. El hombre infame es una partícula atrapada entre un
haz de luz y una onda acústica. La gloria no es, probablemente, muy distinta:
ser sorprendido por un poder, por una instancia de poder que nos hace ver y
hablar. Hubo un momento en el que Foucault llevaba mal el hecho de ser tan
conocido: se estaba siempre a la espera de lo que decía, para alabarle o para
criticarle, pero ni siquiera para intentar comprenderle. ¿Cómo reconquistar lo
inesperado? Lo inesperado es una condición de trabajo. Ser un hombre infame,
tal era un poco el sueño de Foucault, su sueño cómico, su modo de reírse de sí
mismo: ¿acaso soy yo un hombre infame? Su texto La vida de los hombres infames
es una obra maestra.
– ¿Diría usted también que expresa una crisis?
– Sí, sin duda. El artículo tiene varios niveles.
Es un hecho que Fou-cault, después de La voluntad de saber (1976), deja de
publicar libros durante ocho años: interrumpe la Historia de la sexualidad que,
sin embargo, estaba ya programada. Se trataba de un plan apasionante – ”la
cruzada de los niños”, etc.–, que suponía investigacio-[175]nes ya muy
avanzadas. ¿Qué sucedió durante esos años? Si se trató de una crisis, debieron
incidir en ella muchos factores diferentes al mismo tiempo: quizá un desaliento
lentamente fraguado, el fracaso final del movimiento carcelario; a otra escala,
el derrumbe de las esperanzas más recientes, Irán, Polonia; el hecho de que
Foucault soportaba cada vez peor la vida intelectual y cultural francesa; en
cuanto a su trabajo, la impresión de un malentendido cada vez mayor acerca de
La volun-
152
tad del saber, acerca de la empresa misma de una
Historia de la sexua-lidad; y, finalmente, quizás, el elemento más personal, su
sensación de encontrarse en un impasse, de que necesitaba fuerza y soledad para
hallar una salida que no concernía únicamente a su pensamiento sino también a
su vida. ¿En qué consistía el impasse, si es que lo hubo? Foucault había
analizado hasta ese momento las formaciones de saber y los dispositivos de
poder; se había ocupado de estos estados mixtos de poder–saber en los que vivimos
y hablamos. Este era aún el punto de vista de La voluntad de saber: construir
el corpus de los enunciados acerca de la sexualidad en los siglos XIX y XX, e
investigar alrededor de qué focos de poder se constituían estos enunciados,
tanto los que tienden a normalizar como los contestatarios. En este sentido, La
voluntad de saber pertenece al método que Foucault había elaborado hasta
entonces. Pero imagino que tropezó con esta pregunta: ¿no hay nada “más allá”
del poder? ¿No estaba encerrándose en las relaciones de poder como en un
callejón sin salida? Se encontraba como fascinado por (y arrojado a) aquello
que, no obstante, detestaba. Ciertamente, sostenía que el destino del hombre
moderno (el hombre infame) es enfrentarse al poder, que es el poder quien nos
hace ver y hablar, pero esto no le bastaba, le faltaba lo “posible”, no [176]
podía permanecer encerrado en el interior de su descubrimiento. Sin duda, La
voluntad de saber había señalado la existencia de puntos de resistencia al
poder, puntos cuyo estatuto, cuya génesis y cuyo origen quedaban en la
oscuridad. Foucault tuvo quizá la sensación de que era absolutamente preciso
franquear esa línea, pasar al otro lado, ir más allá del poder– saber. Incluso
aunque ello comportase poner en cuestión todo el programa de la Historia de la
sexualidad. Esto es lo que él se decía a sí
153
mismo en aquel texto tan hermoso a propósito de los
hombres infa-mes: “Siempre la misma incapacidad de franquear la línea, de pasar
al otro lado... siempre la misma opción: el lado del poder, lo que él dice o
hace decir...”. No se trata de un rechazo de su obra anterior. Al contra-rio,
lo que hace es arrastrar toda su obra anterior hacia ese nuevo desafío. Sólo lo
comprenderán aquellos lectores que han “acompaña-do” a Foucault en su búsqueda.
Por eso resulta tan estúpido cuando se dice: se ha dado cuenta de su error, ha
tenido que volver al sujeto. Nunca ha recuperado el sujeto, nunca ha obedecido
a otra necesidad que aquella que su propia obra le imponía; había terminado con
las mezclas de saber y poder, entraba en una última línea, se hallaba, como
Leibniz, “arrojado en alta mar”. No tenía elección: o este nuevo
descu-brimiento o dejar de escribir.
– ¿Qué clase de “línea” es ésa que ya no es una
relación de poder? ¿No está prefigurada en sus obras anteriores?
– Es difícil contestar. No es una línea abstracta,
aunque no forma contorno alguno. No está más en el pensamiento que en las
cosas, pero se presenta cuando el pensamiento afronta cosas como la locura,
como la vida, [177] como la muerte. Miller decía que podemos encontrarnos con
ella en cualquier molécula, en las fibras nerviosas, en los hilos de una tela
de araña; se trata probablemente de la misma “línea de ballena” de la que habla
Melville en Moby Dick, que puede arrastramos o estrangularnos cuando se despliega.
Quizá es la “línea de droga” de Michaux, la “aceleración lineal”, “la correa
del látigo de un cochero enfurecido”. Puede ser la línea de un pintor como
Kandinsky, o la línea que causó la muerte a Van Gogh. Creo que cabalgamos sobre
estas
154
líneas cada vez que pensamos con suficiente
vértigo, cada vez que vivimos con suficiente intensidad. Estas son líneas que
se hallan más allá del saber (¿cómo “conocerlas”?), y nuestras relaciones con
ellas se sitúan más allá de las relaciones de poder (como dice Nietzsche,
¿quién llamaría a esto “querer dominar”?). Dice usted que estas líneas están
presentes en toda la obra de Foucault. Y es verdad: es la línea del Afuera. El
Afuera, en Foucault como en Blanchot (de quien Foucault tomó esta expresión), es
lo que se encuentra más allá de todo mundo exterior. Al mismo tiempo, es lo que
está más próximo que cualquier mundo interior. De ahí la mutua y perpetua
inversión de lo cercano y lo lejano. El pensamiento no viene de dentro, pero
tampoco se origina en el mundo exterior. Viene de este Afuera y a él retoma,
consiste en afrontarlo. La línea del afuera es nuestro doble, con toda la
alteridad del doble. Foucault no dejó nunca de hablar de ello, en el Raymond
Roussel, en un artículo escrito como homenaje a Blanchot27, en Las palabras y
las cosas. En El nacimiento de la clínica hay un pasaje dedi-[178]cado a Bichat
que me parece ejemplar para comprender el método o el procedimiento de
Foucault: analiza epistemológicamente la concepción de la muerte de Bichat, y se
trata del análisis más serio y brillante que quepa imaginar. Pero da la
impresión de que el texto no se agota en tal análisis, hay una pasión que
sobrepasa la mera tarea de informar acerca de un autor antiguo. Sucede que
Bichat propone la que seguramente es la primera gran concepción moderna de la
muerte, presentándola como violenta, plural y coextensiva de la vida. En lugar
27 La penseé
du dehors. Ed. Fata morgana, París, 1986. Trad. cast. M. Arranz, El pensamiento
del afuera (3.ª ed.). Ed. Pre–textos, Valencia, 1993. [N. del T.]
155
de pensarla, tal y como hicieron los clásicos, como
un punto, la con-vierte en una línea que afrontamos continuamente, que
tranquemos en ambos sentidos hasta el momento en que se acaba. De esto se
trata: de arrostrar la línea del Afuera. El hombre apasionado muere un poco
como el capitán Achab, o más bien como el parsi, persiguiendo a la ballena.
Franquea la línea. Hay algo de esto en la muerte de Foucault. Más allá del
poder y del saber, la tercera dimensión, el tercer elemento del “sistema”... En
el límite, una aceleración que hace imposible distinguir el suicidio de la
muerte.
– ¿Cómo vivir esta línea tan terrible? ¿Es éste el
tema del Pliegue, la necesidad de plegar esa línea?
– Sí, es una línea mortal, demasiado violenta y
demasiado rápida, que nos introduce en una atmósfera irrespirable. Como la
droga a la que renunció Michaux, destruye todo pensamiento. No es más que
delirio o locura, como la “monomanía” del capitán Achab. Sería preciso
franquear la línea y, al mismo tiempo, hacerla susceptible de ser vivida,
practicada, pensada. Hacer de ella, en la medida de lo posible y durante todo
el tiempo que fuera posible, un arte [179] de vivir. ¿Cómo salvarse, cómo
conservarse en el enfrenta–miento con esta línea? Aquí aparece un tema muy
frecuente en Foucault: es preciso llegar a plegar la línea para constituir una
zona en la que sea posible residir, respirar, apoyarse, luchar y, en suma,
pensar. Plegar la línea para llegar a vivir en ella, con ella: cuestión de vida
o muerte. La línea no cesa de desplegarse a una velocidad desenfrenada mientras
noso-tros intentamos plegarla para constituir “esos seres lentos que somos” y
para llegar “al ojo del huracán”, como decía Michaux: ambas cosas a
156
la vez. Esta idea del pliegue y el despliegue
siempre fascinó a Foucault: no sólo su estilo y su sintaxis están hechos de
pliegues y despliegues, sino que así se define el funcionamiento del lenguaje
en el libro sobre Roussel (“plegar las palabras”), es el procedimiento del
pensamiento en Las palabras y las cosas y, sobre todo, es el descubrimiento de
Foucault en sus últimos libros, el arte de vivir (subjetivación).
Pliegue y despliegue... Los lectores de Heidegger
conocen bien este asunto. Es, sin duda, la clave de toda la filosofía de
Heidegger (“acer-carse al pensamiento es encaminarse hacia el Pliegue del ser y
el ente”). En Heidegger, tenemos lo Abierto, el pliegue del ser y el ente como
condición de toda visibilidad del fenómeno, la realidad humana como ser de
lontananza; en Foucault, tenemos el Afuera, el pliegue de la línea del afuera,
la realidad humana como ser del afuera. Tal es, quizá, el motivo de la aproximación
con respecto a Heidegger que el propio Foucault sugiere en sus últimas
entrevistas. Sin embargo, el conjunto de es{os dos pensamientos es tan
distinto, los problemas que ambos plantean son tan diferentes que la semejanza
parece sólo superficial: en Foucault no hay experiencia en sentido
fenomenológico, sino siempre y de antemano [180] saberes y poderes que
encuentran en la línea del Afuera al mismo tiempo su límite y su
desvanecimiento. Me da la impresión de que Foucault está más cerca de Michaux,
a veces incluso de Cocteau, creo que se aproxima a ellos en función de un
problema vital, de respiración (igual que transformó un tema heideggeriano
remitiéndolo a Roussel). Cocteau, en un libro póstumo titulado De la difficulté
d’étre, explica que el sueño trabaja a velocidades asombrosas, desplegando “el
pliegue gracias al cual la eternidad se convierte en algo
157
que podemos vivir”, pero la vigilia tiene necesidad
de plegar el mundo para poder vivirlo, para que no todo se dé de una sola vez.
Y aún más Michaux, cuyos títulos y subtítulos hubieran podido servir de
inspira-ción a Foucault: (“El espacio del adentro”, “el lejano interior”, “la
vida en los pliegues”, “Entre rejas”; y los subtítulos: “Poesía de poder”,
“Tramos de saber”...). En “el espacio del adentro” escribía Michaux lo
siguiente: “El niño nace con veintidós pliegues. Ha de desplegarlos. La vida
del hombre estará completa entonces. Por eso se muere. Porque ya no queda
ningún pliegue que desplegar. Aunque es raro que un hom-bre muera sin que le
queden algunos pliegues por desarrollar. Le ha tocado.” Este texto me parece
muy cercano a Foucault. El Pliegue y del Despliegue resuenan en él del mismo
modo. Salvo que él reconoce cuatro pliegues principales, en lugar de veintidós:
el pliegue que constituye nuestro cuerpo (nuestro cuerpo si somos griegos,
nuestra carne si somos cristianos, y aún hay muchas variaciones posibles en
cada pliegue), el pliegue realizado por la fuerza que se ejerce sobre sí misma
en lugar de aplicarse a otras fuerzas, el plegado que constituye la verdad en
relación con nosotros mismos, y finalmente el último pliegue, el de la línea
del Afuera, el que constituye una “interioridad de espera”. Pero siempre es la
misma cues-[181]tión, la que va de Roussel a Michaux y que conforma la
filosofía–poesía: ¿hasta dónde es posible desplegar la línea sin caer en un
vacío irrespirable, en la muerte? ¿cómo plegarla sin perder el contacto con
ella, constituyendo un adentro compresente al afuera, aplicable al afuera?
Estas son las “prácticas”. Más que hablar de una influencia más o menos secreta
de Heidegger sobre Foucault, yo hablaría de una convergencia, por una parte
entre
158
Heidegger y Hölderlin y, por otra, entre Roussel o
Michaux y Foucault.
Pero unos y otros atraviesan caminos muy distintos.
– ¿Es eso la “subjetivación”? ¿Por qué utilizar
esta palabra?
– Sí, este plegado de la línea es lo que Foucault
llamaba en los últi-mos tiempos “proceso de subjetivación”, cuando emprende su
estudio autónomo. Se comprende mejor si se repara en las razones por las que
rinde un homenaje a los griegos en sus dos últimos libros. Es un homenaje más
nietzscheano que heideggeriano, y sobre todo es una visión muy clara y original
de los griegos. Los griegos han inventado, en el terreno político (así como en
otros terrenos), la relación de poder entre hombres libres, una relación en la
que hombres libres gobiernan a hombres libres. En tal caso, no basta con que la
fuerza se ejerza sobre otras fuerzas o sufra sus efectos, se precisa que la
fuerza se ejerza sobre sí misma: será digno de gobernar a otros aquel que haya
alcanzado el dominio de sí mismo. Al plegar la fuerza sobre sí, en una relación
consigo misma» los griegos inventan la subjetivación. No es el dominio de las
reglas codificadas del saber (relación entre formas), ni el de las reglas
coactivas del poder (relación de una fuerza con otras fuerzas), se trata de
reglas en cier-[182]to modo facultativas (relación consigo mismo): el mejor
será aquel que ejerza el poder sobre sí mismo. Los griegos inventan el modo de
existencia estético. Esto es la subjetiva-ción: curvar la línea, replegarla
sobre sí misma, conseguir que la fuerza se auto–afecte. De este modo, tenemos
un medio para vivir lo que, sin este doblez, no podríamos vivir. Lo que viene a
decir Foucault es que sólo podemos evitar la muerte y la locura si hacemos de la
existencia un “modo”, un “arte”. Es absurdo pretender que Foucault reintroduce
159
subrepticiamente el sujeto que anteriormente había
negado. No hay sujeto, hay producción de subjetividad: precisamente porque no
hay sujeto, la subjetividad debe ser producida en cada momento. Y este momento
llega cuando hemos franqueado las etapas del saber y el poder, son tales etapas
quienes nos fuerzan a plantear esta nueva cuestión, una cuestión que antes no
se podía plantear. La subjetividad no es en absoluto una formación de saber o
una función del poder que a Foucault se le hubiese escapado en su trabajo
anterior: la subjetiva-ción es una operación artística que se distingue del
saber y del poder, que no tiene lugar en ellos. A este respecto, Foucault es
nietzscheano: descubre en la última línea un querer artístico. No pensemos que
la subjetivación –es decir, aquella operación que consiste en plegar la línea
del Afuera– es simplemente una manera de protegerse, de res-guardarse. Se
trata, al contrario, del único modo posible de arrostrar la línea, de cabalgar
sobre ella: quizá caminamos hacia la muerte, hacia el suicidio, pero, como dice
Foucault en una extraña conversación con Schroeter28, el suicidio se convierte
entonces en un arte que ocupa la vida entera. [183]
– ¿Se trata en algún sentido de un retomo a los
griegos? ¿No es “sub-jetivación” un término ambiguo que reintroduce al menos un
sujeto?
– No, en absoluto, nada de retomo a los griegos.
Foucault odiaba los retornos. Nunca ha hablado de otra cosa más que de aquello
que vivía: el dominio sobre sí mismo, o más bien la producción de sí mismo,
esto es una evidencia de Foucault. Lo que dice es que los griegos han
28 “Conversation
avec Wemer Schroeter” en Gérard Courant, Wemer Schroeter, París, Goethe
Institut, 1981. [N. del T.]
160
“inventado” la subjetivación, y ello porque su
régimen –la rivalidad de los hombres libres– se lo permitía (los juegos, la
elocuencia, el amor, etc.). Pero los procesos de subjetivación son
extraordinariamente diversos: los modos cristianos difieren por completo de los
griegos, y no solamente con la Reforma, sino ya desde el cristianismo
primitivo, la producción de subjetividad individual o colectiva presenta una
gran multiplicidad de vías. Recordemos las páginas de Renán sobre la nueva
estética de la existencia de los cristianos: un modo de existencia estético al
que, a su modo, colabora Nerón, y que luego hallará en Francisco de Asís su más
alta expresión. Arrostrar la locura, la muerte. Lo importante, para Foucault,
es distinguir la subjetivación de la moral, de todo código moral: la
subjetivación es ética y estética, al contrario que las morales, que participan
del poder y del saber. De modo que hay una moral cristiana, pero también una
ética y una estética cristianas, y se dan toda clase de combates y compromisos
entre ambas. Podríamos decir hoy lo mismo: ¿cuál es nuestra ética?, ¿cómo
producir una existencia artística?, ¿cuáles son nuestros procesos de
subjetivación, irreductibles a nuestros códigos morales?, ¿dónde y cómo se
producen nuevas subjetividades?, ¿qué podemos esperar de las comunidades
actuales? Aunque Foucault se haya remonta-[184]do hasta los griegos en El uso
de los placeres29, lo que en este libro le interesa, como en todos los demás,
es lo que pasa, lo que somos y hacemos hoy: sea próxima o lejana, una formación
social sólo puede analizarse por su diferencia con respecto a nosotros, para
esbozar esa diferencia. Tenemos un cuerpo, pero ¿en qué difiere del cuerpo
griego
29 L’Usage
desplaisirs, Ed. Gallimard, París, 1984, trad. cast. M. Soler, Ed. Siglo XXI.
1987. [N. del T.]
161
o de la carne cristiana? La subjetivación es la
producción de modos de existencia o de estilos de vida.
¿Cómo es posible ver una contradicción entre el
tema de “la muerte del hombre” y las subjetivaciones artísticas? ¿O entre el
rechazo de la moral y el descubrimiento de la ética? Hay un cambio de
problemática, hay una nueva creación. Precisamente el hecho de que la
subjetividad sea “producida”, de que sea un “modo” debería ser suficiente para
persuadimos de que hemos de tomar este término con gran precau-ción. Foucault
dice: “un arte de sí mismo que sería exactamente lo contrario de sí mismo...”.
Si hay sujeto, se trata de un sujeto sin identi-dad. La subjetivación como
proceso es una individuación personal o colectiva, unitaria o múltiple. Pero
hay muchos tipos de individuación. Hay individuaciones de tipo “sujeto” (éste
eres tú..., éste soy yo), pero también las hay del tipo “acontecimiento”, sin
sujeto: un viento, una atmósfera, una hora del día, una batalla... Nada
garantiza –sino más bien al contrario–que el modo de individuación que
corresponde a una vida o a una obra de arte sea el de un sujeto. Al propio
Foucault nunca se le contemplaba exactamente como a una persona. Incluso en
algu-nas ocasiones intrascenden-[185]tes, cuando entraba en una habita-ción, se
producía como un cambio de atmósfera, una especie de acontecimiento, un campo
eléctrico o magnético. Esto no impedía en absoluto la comodidad o el bienestar,
pero no era algo de orden personal. Era un conjunto de intensidades. A veces le
irritaba ser así, provocar este efecto. Pero toda su obra se alimenta de ello.
Lo visible en él son los centelleos, los reflejos, los relámpagos, los efectos
lumino-sos. El lenguaje es un inmenso “hay”, en tercera persona, es decir, lo
162
contrario de una persona: un lenguaje intensivo que
constituía su estilo. Volviendo a aquella conversación con Schroeter, Foucault
desarrolla en ella una oposición entre el “amor” y la “pasión”, y se presenta a
sí mismo como un ser de pasión y no de amor. Es un texto extraordinario,
precisamente porque se trata de una conversación improvisada y Foucault no
intenta otorgar a esta distinción un estatuto filosófico. Habla a un nivel
inmediato, vital. La distinción no es la de la constancia y la inconstancia. Tampoco
la de la homosexualidad y la heterosexualidad, aunque el texto trate acerca de
ello. Es más bien la distinción entre dos tipos de individuación: uno (el
amor), el de las personas; el otro mediante la intensidad, como si la pasión
disolviese a las personas, no en lo indiferenciado, sino en un campo de
intensida-des variables y continuas implicadas siempre unas en otras (“es un
estado de movimiento constante, pero no dirigido hacia un punto determinado,
que atraviesa momentos de fuerza y momentos de debilidad, momentos en los que
alcanza la incandescencia, flota, es una especie de estado inestable que se
perpetúa por razones oscuras, quizás por inercia, un estado que busca, en el
límite, mantenerse y desapare-cer... no tiene ningún sentido en sí mismo”). El
amor es un estado y una relación entre personas, entre sujetos. Pero la pasión
es un aconte-[186]cimiento infrapersonal que puede durar tanto como una vida
(“vivo desde hace dieciocho años en un estado de pasión por alguien o con
alguien”), un campo de intensidades que individúa sin sujeto. El amor pueden
ser, quizá, Tristán e Isolda. Pero alguien me dijo, a propósito de este texto
de Foucault: Catherine y Heathcliff, en Cumbres Borrascosas, representan la
pasión, una pura pasión, no el amor. Se trata, en efecto, de una terrible
fraternidad anímica, algo que ya no es
163
humano (¿qué es él? ¿un lobo?). Es muy difícil de
expresar, es muy difícil transmitir una distinción nueva de estados afectivos.
Chocamos, en este punto, con la interrupción de la obra de Foucault. Quizá él
hubiera dado a esta distinción un alcance filosófico idéntico al vital. Pero
hemos de proceder con una enorme prudencia con respecto a eso que él llama
“modos de subjetivación”. Estos modos comportan efectivamente individuaciones
sin sujeto. Y esto es probablemente lo esencial. Quizá la pasión, el estado de
pasión, consista en esto: plegar la línea del afuera, hacerla susceptible de
ser vivida, saber respirar. Todos aquellos a quienes ha entristecido la muerte
de Foucault pueden tener esta alegría: que esta obra tan grande se haya
interrumpido con una invocación a la pasión.
– En Foucault, como en Nietzsche, está presente una
crítica de la verdad. Uno y otro nos enfrentan a un mundo de capturas, de
luchas, de choques. Pero parece como si en Foucault todo fuese más frío, más
metálico, como en las grandes descripciones de los cuadros clínicos...
– Foucault siempre tuvo una inspiración
nietzscheana. Baste un ejemplo mínimo: Nietzsche se felicitaba por haber sido
el primero en elaborar una psicología del sa-[187]cerdote y haber analizado la
naturaleza de su poder (el sacerdote trata a la comunidad como un “rebaño” al
que dirige inoculándole el resentimiento y la mala concien-cia). Foucault
descubre de nuevo el tema de un poder “pastoral”, pero orienta su análisis en
otra dirección: lo define como poder “indivi-duante”, es decir, como intento de
apropiarse de los mecanismos de individuación de los miembros del rebaño. En
Vigilar y Castigar, mostraba cómo el poder político, en el siglo XVIII, se
había convertido
164
en poder individuante gracias a las “disciplinas”;
finalmente, descubre en el poder pastoral el origen de este movimiento. Tiene
usted razón, el vínculo esencial entre Nietzsche y Foucault es su crítica de la
verdad comprendida del siguiente modo: ¿cuál es la “voluntad” de verdad
presupuesta por un discurso “verdadero”, una voluntad que ese discurso no puede
sino ocultar? En otras palabras, la verdad no presu-pone un método capaz de
descubrirla, sino procedimientos y procesos, formas de quererla. Tenemos siempre
las verdades que nos merece-mos, en función de los procedimientos del saber (y
especialmente de los procedimientos lingüísticos), de los procesos de poder, de
los modos de subjetivación o individuación de los que disponemos. Para
descubrir directamente la voluntad de verdad es preciso imaginar discursos no
verdaderos que se confunden con sus propios procedi-mientos, como los de
Roussel o Brisset: su no verdad es también una verdad salvaje.
Hay tres grandes coincidencias entre Foucault y
Nietzsche. La pri-mera, la concepción de la fuerza. El poder según Foucault,
como la potencia según Nietzsche, es irreductible a la violencia, es decir, a
la relación de una fuerza con un ser o un objeto, consiste en la relación de
una [188] fuerza con otras fuerzas a las que afecta o que la afectan (incitar,
suscitar, inducir, seducir, etc.: todo ello son afectos). En segundo lugar, la
relación de las fuerzas con la forma: toda forma está compuesta de fuerzas.
Esto es lo que aparece desde el principio en las grandes descripciones
pictóricas de Foucault. Pero, sobre todo, está el tema de la muerte del hombre
en Foucault, y su vinculación al super-hombre nietzscheano. Las fuerzas del
hombre no se bastan, por sí
165
solas, para constituir una forma dominante que
pueda acoger al hombre. Es menester que las fuerzas del hombre (tener un
entendi-miento, una voluntad, una imaginación, etc.) se combinen con otras
fuerzas: en tales casos, nace de esta combinación una gran forma, pero todo
depende de la naturaleza de esas otras fuerzas que se asocian con las fuerzas
del hombre. La forma resultante no tiene por qué ser necesariamente una forma
humana, puede ser una forma animal de la que el hombre será únicamente un
avatar, o una forma divina de la que sería reflejo, la forma de un Dios único
con respecto al cual el hombre no aparecerá sino como una limitación (así, en
el siglo XVII, el enten-dimiento humano se considera como una limitación del
entendimiento divino). Esto significa que la forma–Hombre no aparece sino en
condiciones muy especiales y precarias: esto es lo que Foucault anali-zaba, en
Las palabras y las cosas, como la aventura del siglo XIX, en función de las
nuevas fuerzas con las que en esa ocasión se combinan las fuerzas del hombre.
Pero todo el mundo dice hoy día que el hombre está entrando en relación con
nuevas fuerzas (el cosmos en el espacio, las partículas en la materia, el
silicio en las máquinas...): nace de ello una forma nueva, que ya no es la
forma del Hombre... Tanto en Fou-cault como en Nietzsche, este tema, tan simple
y riguroso, ha suscitado reacciones ver-[189]daderamente estúpidas. Finalmente,
la última coincidencia se refiere a los procesos de subjetivación: repitámoslo,
no se trata de la constitución de un sujeto, sino de la creación de modos de
existencia, lo que Nietzsche llamaba la invención de posibilidades de vida cuyo
origen él mismo remitía ya a los griegos. Nietzsche veía en estos modos la
última dimensión de la voluntad de poder, el querer– artístico. Foucault señala
esta dimensión como aquella en que la fuerza
166
se afecta a sí misma o se pliega: recupera la
historia de los griegos o de los cristianos orientándola en esta nueva
dirección. Porque esto es lo esencial. Nietzsche decía que un pensador lanza
siempre una flecha como al vacío, y que otro pensador la recoge para lanzarla
en otra dirección. Esto es lo que hace Foucault: transforma profundamente lo
que recibe, no deja de crear. Dice usted que es más metálico que Nietzsche.
Quizás ha cambiado incluso los materiales de la flecha. La comparación entre
ambos pensadores debe hacerse musicalmente, al nivel de sus instrumentos
respectivos (procedimientos, procesos, métodos): Nietzsche pasó por Wagner,
pero para ir más lejos. Foucault pasó por Webern, pero quizá para aproximarse
finalmente a Várese, sí, metálico y estridente, como una invocación a los
instrumentos de nuestra “actualidad”.
Entrevista con Claire Parnet, 1986
167
IV
FILOSOFÍA
[193]
12. LOS
INTERCESORES
El problema del pensamiento contemporáneo es que se
ha produci-do, en nombre del modernismo, un retorno a las abstracciones, al
problema de los orígenes... De pronto se han bloqueado todos los análisis en
términos de movimientos, de vectores. Es un período muy débil, un período de
reacción. Y, sin embargo, la filosofía parecía haber acabado con el problema de
los orígenes. Ya no se trataba de partir de algo ni de llegar a algo, sino que
la cuestión era más bien esta: ¿qué es lo que sucede “entre”? Ocurre igual con
los movimientos físicos.
Los movimientos cambian también al nivel de las
costumbres o de los deportes. Hemos vivido mucho tiempo con una concepción
energé-tica del movimiento: un punto de apoyo o una fuente de movimiento.
Carreras, lanzamiento de peso, etc.: se trataba de esfuerzo, de resisten-cia,
siempre con un punto de origen, con una palanca. Pero vemos que hoy el
movimiento se define cada vez menos mediante [194] un punto de apoyo. Todos los
deportes nuevos –el surfing, el windsurfing, el ala– delta– se basan en la
inserción en una ondulación preexistente. Ya no hay un origen como punto de
partida, sino un modo de ponerse en órbita. Se trata fundamentalmente de
situarse en el movimiento de una
168
gran ola, de una columna de aire ascendente, de
“colocarse entre”, y no ya de ser el origen de un esfuerzo.
Ello no obstante, en filosofía se vuelve a los
valores eternos, a la idea del intelectual como guardián de los valores
eternos. Es lo que ya Benda reprochaba a Bergson: ser traidor a su propia
causa, a la causa de los doctos, al intentar pensar el movimiento. En nuestros
días, los derechos humanos desempeñan la función de valores eternos. Se trata
del estado de derecho y de nociones similares, que todo el mundo sabe que son
extremadamente abstractas. Y, en nombre de todo ello, el pensamiento se ha
detenido, han quedado bloqueados todos los análisis en términos de movimiento.
Y, a pesar de todo, si las opresio-nes son tan terribles es porque impiden el
movimiento, no porque ofendan a los valores eternos. Cuando se vive en una
época de indigen-cia, la filosofía se refugia en la reflexión “sobre” esto o
aquello; cuando ella ya no crea nada, ¿qué puede hacer sino “reflexionar
sobre”? Así pues, reflexiona sobre lo eterno, o sobre lo histórico, pero no
alcanza a hacer ella misma ningún movimiento.
EL FILÓSOFO NO ES REFLEXIVO, ES CREADOR
Lo importante es, en efecto, retirar al filósofo el
derecho a “reflexio-nar sobre”. El filósofo es creador, no reflexivo. [195]
Se me ha reprochado el hecho de que vuelva a los
análisis de Berg-son. Pero es que, de hecho, distinguir la percepción, la
afección y la acción como tres clases de movimientos, tal y como lo hace
Bergson, representa una división muy novedosa. Aún hoy sigue siendo nuevo
169
porque, a mi modo de ver, nunca se ha asimilado
bien, porque forma parte de lo que el pensamiento de Bergson tiene de más
hermoso y difícil. La aplicación de este análisis al cine es inmediata, ya que
el cine se está inventando al mismo tiempo que se forma el pensamiento de
Bergson. La introducción del movimiento en el concepto tiene lugar exactamente
en la misma época en la que se produce la introducción del movimiento en la
imagen. Bergson es uno de los primeros casos de automovimiento del pensamiento.
Y es que no basta con decir: los conceptos se mueven. Es preciso construir
conceptos capaces de movimiento intelectual. Igual que no basta con hacer
sombras chines-cas, sino que hay que construir imágenes capaces de
automovimiento.
En el primero de mis dos libros, consideraba la
imagen cinemato-gráfica como una imagen que adquiere ese automovimiento. En el
segundo, considero la adquisición, por parte de la imagen cinemato-gráfica, de
una auto–temporalidad. No se trata en absoluto de observar el cine en el
sentido de una “reflexión sobre”, sino de acceder al dominio en el que tiene
lugar realmente aquello que me interesa: ¿en qué condiciones puede haber un
automovimiento o una auto– temporalización de la imagen? ¿Cuál ha sido la evolución
de estos dos factores desde el siglo XIX? Cuando se hace un tipo de cine basado
en el tiempo y no ya en el movimiento, es evidente que se ha producido un
cambio de naturaleza con respecto a la primera época. El [196] cine es el único
laboratorio que nos hace sensible este cambio, precisamente en la medida en que
el tiempo y el movimiento se han convertido en constituyentes de la imagen
misma.
170
El primer estadio del cine es, pues, el
automovimiento de la imagen. Sucede que este estadio se realiza en un cine
narrativo. Pero no necesa-riamente. Hay un manuscrito de Noël Bruch esencial a
este respecto: la narración no estaba implicada en el cine desde el principio.
Ha sido el esquema sensomotor lo que ha conducido a la imagen–movimiento, es
decir, al automovimiento de la imagen, a producir narraciones. El cine no es
narrativo por naturaleza: deviene narrativo cuando toma como objeto el esquema
sensomotor. En la pantalla, un personaje percibe, padece, reacciona. Todo esto
implica muchas suposiciones: el héroe está en tal situación y reacciona ante
ella, sabe siempre cómo reaccio-nar. Ello presupone una cierta concepción del
cine. ¿Por qué el cine se hizo americano, por qué Hollywood? Por esta sencilla
razón: América tenía el monopolio de este esquema. Pero todo esto termina con
la segunda guerra mundial. De pronto, ya nadie cree firmemente que sea posible
reaccionar ante estas situaciones, que quedan superadas por la posguerra. El
neo–realismo italiano nos presenta personajes que se hallan en situaciones que
no pueden prolongarse en acciones, en reacciones. Ya no es posible reaccionar,
¿significa esto que todo se neutraliza? En absoluto. Hay situaciones ópticas y
sonoras puras, que engendran modos de comprensión y de resistencia de un tipo
comple-tamente nuevo. Tal será la labor del neo–realismo, de la nueva ola, del
cine americano que rompe con Hollywood.[197]
Es cierto que el movimiento seguirá estando
presente en la imagen, pero, tras la aparición de esas situaciones ópticas y
sonoras puras que suministran imágenes–tiempo, ya no es el movimiento lo que
cuenta, ya no está en la imagen más que a título de índice. La imagen–tiempo
171
nada tiene que ver con el antes y el después, con
la sucesión. La suce-sión existía ya desde el principio, como ley de la
narración. La imagen– tiempo no se confunde en absoluto con lo que pasa en el
tiempo, se trata de nuevas formas de coexistencia, de señalización, de
transforma-ción...
LA TRANSFORMACIÓN DEL PANADERO
Lo que me interesa son las relaciones entre las
artes, la ciencia y la filosofía. No hay privilegio alguno de una de estas
disciplinas sobre otra de ellas. Todas son creadoras. El auténtico objeto de la
ciencia es crear funciones, el verdadero objeto del arte crear agregados
sensibles, y el objeto de la filosofía es crear conceptos. A partir de ahí,
tomando estos grandes rótulos (función, agregado, concepto), aunque sean muy
esquemáticos, puede plantearse la cuestión de los ecos y las resonan-cias que se
dan entre esas actividades. ¿Cómo es posible que, en líneas completamente
diferentes, con ritmos y movimientos de producción totalmente distintos, se
produzca el encuentro entre un concepto, un agregado y una función?
Primer ejemplo. Existe en matemáticas un espacio
llamado “espacio de Riemann”. Perfectamente definido mediante funciones, desde
el punto de vista matemático, un espacio de este tipo implica la constitu-ción
de pequeños fragmentos en sus inmediaciones, fragmentos cuyas
[198] conexiones
pueden efectuarse de infinitas maneras (lo que hizo posible, entre otras cosas,
la teoría de la relatividad). Ahora bien, tomando el caso del cine moderno,
constatamos que después de la
172
segunda guerra mundial aparece un tipo de espacio
que procede mediante aproximaciones, de tal modo que las conexiones de un
fragmento con otro pueden realizarse de infinitas maneras no prede-terminadas.
Son espacios inconexos. Parecería una simpleza decir: es un espacio de Riemann;
sin embargo, en cierto modo lo es exactamen-te. No es que el cine haga lo mismo
que Riemann. Pero, considerando únicamente esta determinación espacial de
proximidades que ofrecen infinitas posibilidades de conexión, inmediaciones
visuales y sonoras enlazadas de forma táctil, obtenemos el espacio de Bresson.
Cierto que Bresson no es Riemann, pero hace en el cine lo mismo que se hizo en
la matemática, y se produce un eco entre ambas formas de proceder.
Otro ejemplo. Hay en la física ciertos fenómenos
que me interesan mucho, y que han sido analizados por Prigogine y Stengers, lo
que se conoce como “la transformación del panadero”. Tomemos un cuadra-do y
estirémoslo hasta convertirlo en rectángulo; dividamos después en dos el
rectángulo y proyectemos una de sus mitades sobre la otra, volviendo a estirar
el cuadrado y, por tanto, modificándolo constante-mente: es lo que se hace al
amasar el pan. Después de un cierto número de transformaciones, dos puntos cualesquiera
(no importa cuan próximos estuvieran en el cuadrado original), se encontrarán
fatalmen-te cada uno de ellos en una mitad distinta. Hay todo un cálculo de
este tipo de objeto, al que Prigogine, en función de su física probabilista,
otorga una extrema importancia.[199]
Pasemos ahora a Resnais. En su película Je faime,
je faime, vemos al héroe transportado a un cierto instante de su vida, instante
que se considerará cada vez desde diferentes conjuntos. Son como capas que
173
se redistribuyen, se modifican o se traman
constantemente, de manera que lo que en una capa está próximo en otra aparecerá
muy lejano. Es una concepción muy sorprendente del tiempo, cinematográficamente
muy curiosa y que constituye como un eco de la “transformación del panadero”.
Hasta el punto de que no me parece exagerado decir que Resnais está próximo a
Prigogine, así como Godard, por otros motivos, está próximo a Thom. No digo que
Resnais haga como Prigogine y Godard como Thom, constato que entre los científicos
creadores de funciones y los creadores de imágenes cinematográficas hay
extraordi-narias semejanzas. Esto vale lo mismo para los conceptos filosóficos,
ya que existen conceptos diferenciados de estos espacios.
La filosofía, el arte y la ciencia mantienen
relaciones de mutua reso-nancia, relaciones de intercambio, pero por razones
intrínsecas en cada caso. Unos repercuten en otros en función de su evolución
propia. En este sentido, hay que considerar el arte, la ciencia y la filosofía
como líneas melódicas ajenas unas a otras, pero que no dejan de interferirse.
En este contexto, la filosofía no tiene ningún seudo–primado reflexivo ni, en
consecuencia, ninguna inferioridad creativa. Crear conceptos no es menos difícil
que crear nuevas combinaciones visuales, sonoras o nuevas funciones
científicas. Es preciso comprender que las interferen-cias de estas líneas no
derivan de una vigilancia o de una reflexión mutua. Una disciplina que tuviese
por misión seguir un determinado
[200] movimiento
creativo procedente del exterior estaría abandonan-do, al hacerlo, toda actitud
creativa. Nunca ha sido más importante seguir los pasos del vecino que hacer
cada uno sus propios movimien-
174
tos. Si nadie empieza, nadie se mueve. Las
interferencias ni siquiera son intercambios: todo tiene lugar mediante regalo y
captura.
Lo esencial son los intercesores. La creación son
los intercesores. Sin ellos no hay obra. Pueden ser personas –para un filósofo,
artistas o científicos, filósofos o artistas para un científico–, pero también
cosas, animales o plantas, como en el caso de Castaneda. Reales o ficticios,
animados o inanimados, hay que fabricarse intercesores. Es una serie. Si no
podemos formar una serie, aunque sea completamente imagina-ria, estamos
perdidos. Yo necesito a mis intercesores para expresarme, y ellos no podrían llegar
a expresarse sin mí: siempre se trabaja en grupo, incluso aunque sea
imperceptible. Tanto más cuando no lo es: Félix Guattari y yo somos
intercesores el uno del otro.
La fabricación de intercesores en el interior de
una comunidad se percibe muy claramente en el cineasta canadiense Pierre
Perrault: me busco mis intercesores, y así puedo decir lo que tengo que decir.
Perrault opina que si habla él solo, aunque invente ficciones, estará
forzosamente manteniendo un discurso de intelectual, no podrá escapar del
“discurso del amo o del colonizador”, un discurso presta-blecido. Se precisa
algún otro que fabule, a quien se sorprenda en “flagrante delito de tabular”. Y
entonces se constituye, bien sea entre dos o entre más, un discurso
minoritario. Tal es la función de [201] la tabulación bergsoniana... Sorprender
a la gente en fabulación flagrante, captar el movimiento de constitución de un
pueblo. Los pueblos no preexisten. En cierto modo, el pueblo es lo que falta,
como decía Paul Klee. ¿Existía un pueblo palestino? Según Israel, no. Es obvio
que sí existía, pero no es esto lo esencial. Lo esencial es que, desde el
momen-
175
to en que se expulsa a los palestinos de su
territorio, en la medida en que resisten, comienza el proceso de constitución
de un pueblo. Esto corresponde exactamente a lo que Perrault llama flagrante
delito de fabulación. No hay pueblo que se constituya de otro modo. Esto es lo
contrario de las ficciones establecidas, que remiten siempre al discurso del
colonizador, es el discurso minoritario fabricado con intercesores.
Esta idea de que la verdad no es algo preexistente
sino que es algo que hay que descubrir, y aún más, que hay que crear en cada
dominio, es evidente en las ciencias. Incluso en la Física no hay verdad que no
presuponga un sistema simbólico, aunque no sea más que un sistema de
coordenadas. Toda verdad es “falsación” de ideas preestablecidas. Decir que la
verdad es una creación implica admitir que la producción de verdad pasa por una
serie de operaciones que consisten en trabajar una materia, una serie de falsificaciones
en sentido estricto. En el caso de mi trabajo con Guattari, cada uno es el
falsario del otro, lo que significa que cada uno comprende a su manera la
noción que el otro propone. Se forma una serie refleja de dos términos. Esto no
excluye series de más términos, o series complicadas, con bifurcaciones. Los
intercesores son estas potencias de lo falso que producen lo verdade-ro...
[202]
LA IZQUIERDA NECESITA INTERCESORES
Digresión política. Hay mucha gente que espera un
nuevo tipo de discurso de un régimen socialista. Un discurso cercano a los
movi-mientos reales, capaz, por tanto, de conciliarse con tales movimientos
176
constituyendo dispositivos compatibles con ellos.
Por ejemplo, el caso de Nueva Caledonia. Cuando Pisani dijo: “En cualquier
caso, se trata de la independencia”, esto ya representaba un nuevo tipo de
discurso. Significaba que, en lugar de hacer como si se ignorasen los
movimien-tos reales para convertirlos en objeto de negociación, se iba
directa-mente al reconocimiento del punto final, estableciéndose la
negocia-ción sobre la base de este punto final, acordado de antemano. Lo que se
ha de negociar son los medios, las modalidades, el ritmo. De ahí los reproches
de la derecha, para quien –según un método muy viejo– lo principal es no hablar
de independencia, aunque se sepa que es inelu-dible, ya que hay que dar la
impresión de una negociación muy dura. En mi opinión, la gente de derechas no
es más ilusa ni más estúpida que otros, simplemente su técnica específica
consiste en oponerse al movimiento. Sucede lo mismo con la oposición filosófica
contra Bergson. Abrazarse al movimiento o detenerlo: políticamente, se trata de
dos técnicas de negociación completamente distintas. Para la izquierda, esto
implica un modo nuevo de hablar. No se trata de ser convicente sino de ser
claro. Ser claro es imponer los “datos”, no únicamente de una situación, sino
de un problema. Hacer visibles cosas que en otras condiciones no habrían podido
verse. Acerca del problema de Caledonia, se nos ha dicho que durante algún
tiempo este territorio se consideró como tierra de colonos, y que los canacos
se habían convertido en una minoría en su propio [203] territorio. ¿A partir de
qué fecha? ¿A qué ritmo? ¿Quién hizo eso? La derecha rechaza estas preguntas.
Pero, si las preguntas tienen fundamento, al determi-nar los datos se expresa
un problema que la derecha quiere ocultar. Porque, una vez que el problema se
ha planteado, ya no puede elimi-
177
narse, y exigirá que la derecha misma cambie de
discurso. Así pues, el papel de la izquierda, tanto si está en el poder como si
no, es descubrir el tipo de problemas que la derecha desea ocultar a cualquier
precio.
Por desgracia, parece que a este respecto puede
hablarse de una auténtica impotencia informativa. La izquierda tiene,
ciertamente, una buena excusa: los cuerpos de funcionarios y de mandos siempre
han sido, en Francia, de derechas. Por mucha que sea su buena fe, por mucho que
se esfuercen en seguir el juego, no pueden cambiar su modo de pensar ni su modo
de ser.
Los socialistas no tenían hombres que pudieran
transmitir o al me-nos elaborar sus informaciones, sus maneras de plantear los
proble-mas. Hubieran debido crear circuitos paralelos, circuitos adyacentes.
Tenían necesidad de los intelectuales como intercesores. Pero todo lo que se
intentó en este sentido fueron algunos contactos, amistosos pero muy vagos.
Jamás se nos ha concedido el acceso al estado elemen-tal de la cuestión. Pondré
tres ejemplos muy diferentes: el catastro de Nueva Caledonia, quizá accesible
en revistas especializadas, no se ha convertido en asunto del dominio público.
En cuanto al problema de la enseñanza, se ha extendido la creencia de que la
enseñanza privada es la enseñanza católica; no me ha sido posible saber la
proporción de escuelas laicas dentro de la enseñanza privada. Otro ejemplo:
desde que la derecha reconquistó un gran [204] número de ayuntamientos, se han
suprimido los créditos para toda clase de empresas culturales, a veces grandes,
pero muy a menudo pequeñas, locales, lo que resulta precisamente más
interesante por el hecho de tratarse de empresas muy numerosas y muy pequeñas;
no hay medio de obtener una lista
178
detallada de ellas. La derecha no tiene este tipo
de problemas porque ella tiene de antemano sus intercesores directamente
dependientes. Pero la izquierda tiene necesidad de intercesores indirectos o
libres, de otro estilo, siempre que ella lo posibilite. La izquierda tiene
auténtica necesidad de eso que tanto se ha devaluado, a causa del Partido
comu-nista, bajo el título de “compañeros de viaje”, y ello es así porque la
izquierda necesita que la gente piense.
LA CONJURA DE LOS IMITADORES
¿Cómo definir la crisis actual de la literatura? El
régimen de los best–sellers es la rotación rápida. Muchos libreros tienden a
convertir-se en vendedores de discos que sólo se ocupan de productos incluidos
en un repertorio suministrado por un top–club o un hit–parade. La rotación
rápida constituye necesariamente un mercado de lo previsi-ble: incluso lo
“audaz”, lo “escandaloso” y lo extraño se adaptan a las formas previstas por el
mercado. Las condiciones de la creación literaria, que sólo puede desenvolverse
en el elemento de lo inesperado, la rotación lenta y la difusión progresiva,
son muy frágiles. Nos arries-gamos a que los Beckett o los Kafka del futuro,
que no se parecerán ni a Beckett ni a Kafka, no encuentren editor y pasen
desapercibidos. Como dice Lindon: “nadie nota la ausencia de un desconocido”.
La U.R.S.S. perdió su literatura sin que nadie se diese cuenta. Podemos
felicitarnos por el [205] progreso cuantitativo y el aumento de las tiradas:
esto no impide que los escritores jóvenes estén encorsetados en un espacio
literario que no va a darles la posibilidad de crear. Se está desarrollan-do
una monstruosa novela estándar, hecha de imitaciones de Balzac, de
179
Stendhal, de Céline, de Beckett o de Duras. Pero es
que Balzac es inimitable, Céline es inimitable: se trata de sintaxis nuevas, de
“inespe-rados”. Lo que se imita es ya una copia. Los imitadores se imitan entre
ellos, y de ahí procede su enorme capacidad de propagación, así como la
impresión de que son mejores que sus modelos, ya que conocen la técnica o la
solución.
Es terrible lo que sucede en “Apostrophes”30. Se
trata de un progra-ma técnicamente muy logrado en cuanto a organización y
encuadres. Pero también es la crítica literaria reducida a la nulidad, la
literatura convertida en espectáculo de variedades. Pivot31 no ha ocultado
nunca que lo que verdaderamente le gusta es el fútbol y la gastronomía. La
literatura se ha convertido en un concurso televisado. El verdadero problema de
la programación televisiva es la invasión de los juegos. Es, como mínimo,
inquietante que haya un público entusiasta, convencido de estar participando en
una empresa cultural cuando observa cómo dos hombres compiten por formar una
palabra de nueve letras. Están ocurriendo cosas insólitas acerca de las cuales
ya el cineasta Rossellini lo dijo todo. Escuchemos atentamente: “El mundo
actual es un mundo de una crueldad vana y excesiva. La crueldad consiste en
violar la personalidad de la gente, obligarles a una confesión total y
gratuita. Si se tratase de una confesión con miras a un fin [206] determinado,
lo aceptaría, pero se trata del ejercicio de un mirón, de lo que yo llamaría un
vicioso, y eso es cruel. Creo firmemente que la crueldad es siempre una
manifestación de infantilismo. Todo el arte actual se está haciendo
30 Ver nota
de la pág 124. [N. del T.] [En la época de redacción de esta carta, programa de
televisión francesa dedicado a la actualidad literaria.]
31 Presentador
de “Apostrophes”. [N. del T.]
180
cada vez más infantil. Todos tienen el loco deseo
de ser lo más infanti-les que sea posible. No digo “ingenuos”, digo
infantiles... En el arte actual sólo queda la lamentación o la crueldad, sin
término medio: o uno se lamenta, o se hace un ejercicio absolutamente gratuito
de pequeñas crueldades. Tómese como ejemplo toda esa especulación (llamemos a
las cosas por su nombre) acerca de la incomunicabilidad y la alienación: no
despierta en mí ternura alguna, sino que me da la impresión de una enorme
complacencia... Y esto, como ya he dicho, es lo que me ha determinado a dejar
de hacer cine...” Y esto mismo debería determinamos a dejar de hacer
entrevistas. La crueldad y el infantilismo son una prueba de fuerza incluso
para quienes se compla-cen en ambas cosas y se las imponen a aquellos que
desearían escapar de ellas.
LA PAREJA DESBORDADA
A veces parece como si la gente no pudiera
expresarse. Pero, de hecho, no paran de expresarse. Como esas malditas parejas
en las que la mujer no puede distraerse o estar cansada sin que el hombre le
diga: “¿Qué te pasa? Exprésate...”, ni tampoco el hombre sin que la mujer le
diga..., etc. La radio y la televisión han desbordado a la pareja, la han
dispersado por todas partes, y hoy estamos anegados en palabras inútiles, en
cantidades ingentes de palabras y de imágenes. Le estupi-dez nunca es muda ni
ciega. El problema no consiste en conseguir que la gente [207] se exprese, sino
en poner a su disposición vacuolas de soledad y de silencio a partir de las
cuales podrían llegar a tener algo que decir. Las fuerzas represivas no impiden
expresarse a nadie, al
181
contrario, nos fuerzan a expresamos. ¡Qué
tranquilidad supondría no tener nada que decir, tener derecho a no tener nada
que decir, pues tal es la condición para que se configure algo raro o
enrarecido que merezca la pena de ser dicho! Lo desolador de nuestro tiempo no
son las interferencias, sino la inflación de proposiciones sin interés alguno.
Lo que se denomina “el sentido de una proposición” no es más que el interés que
suscita. No existe otra definición de sentido, el sentido es lo mismo que la
novedad de una proposición. Podemos pasarnos horas escuchando a alguien sin
encontrar nada que despierte el más mínimo interés... Por eso es tan difícil
discutir, por eso jamás hay ocasión de discutir. No vamos a decirle a
cualquiera: “Lo que dices no tiene ningún interés”. Podemos decirle: “Es
falso”. Pero nunca se trata de que sea falso, simplemente es estúpido o carece
de importancia. Ya se ha dicho mil veces. Las nociones de importancia, de
necesidad, de interés, son infinitamente más decisivas que la noción de verdad.
No porque ocupen su lugar, sino porque miden la verdad de lo que deci-mos.
Incluso en la matemática: Poincaré decía que muchas teorías matemáticas no
tienen ninguna importancia, carecen de interés. No decía de ellas que fuesen
falsas sino algo peor.
EDIPO EN LAS COLONIAS
Es posible que los periodistas tengan una parte de
responsabilidad en esta crisis de la literatura. Es obvio que siempre los
periodistas han escrito libros. Pero, cuando lo [208] hacían, se introducían en
otra forma diferente de la del diario, se convertían en escritores. La
situa-ción ha cambiado, porque el periodista ha llegado a convencerse de
182
que la forma libro le pertenece de pleno derecho,
de que no cuesta ningún trabajo llegar a esta forma. Inmediatamente, el cuerpo
periodístico ha conquistado la literatura. De ahí una de las figuras de la
novela estándar, algo así como Edipo en las colonias, los viajes de un
reportero, incluyendo su búsqueda personal de mujeres o de padres. Esta
situación repercute sobre todos los escritores: el escritor ha de convertirse
en periodista de sí mismo y de su obra. En el fondo, todo queda entre el
periodista–autor y el periodista–crítico, y el libro no es más que un testigo
que ambos se pasan, apenas necesario. Porque el libro no es más que un
resultado de experiencias, de actividades, de intenciones, de finalidades que
se despliegan en otro lugar. Se ha convertido él mismo en un registro. Así que
todo el mundo parece llevar un libro dentro (y se siente como si lo llevase), a
poco que tenga un empleo o simplemente una familia, un padre enfermo, un jefe
abusivo. Cada uno tiene su novela en su familia o en su profesión... Se ha
olvidado que la literatura implica, para todo el mundo, una búsque-da y un
trabajo muy especial, una intención creadora específica que sólo puede tener
lugar en la propia literatura, que no se encarga para nada de recibir los
residuos directos de las actividades o intenciones de otra naturaleza. Es la
“secundarización” del libro, bajo la máscara de promoción mercantil.
SI LA LITERATURA MUERE, MORIRÁ ASESINADA
Quienes no han leído ni comprendido a McLuhan
pueden pensar que es natural que lo audiovisual sustituya [209] al libro, ya
que comporta tantas potencialidades creativas como la difunta literatura u
183
otros medios de expresión. Pero esto es falso. Si
lo audiovisual sustitu-ye al libro, esto no sucederá como si un medio de
expresión rival superase a otro, sino como consecuencia de un monopolio
ejercido por unas formaciones que estrangulan las posibilidades creativas del
propio medio audiovisual. Si la literatura muere, morirá forzosamente de muerte
violenta, será un asesinato político (como en la U.R.S.S., aunque nadie se haya
dado cuenta). No se trata de comparar géneros. La alternativa no se da entre la
literatura escrita y lo audiovisual, sino entre las potencias creadoras (tanto
en lo audiovisual como en la literatura) y el poder de domesticación. Es dudoso
que lo audiovisual pueda alcanzar sus condiciones de creatividad si la
literatura no consigue salvar las suyas. Las posibilidades creativas pueden ser
muy diferentes según el modo de expresión que consideremos, pero no por ello
dejan de comunicarse en la medida en que deben oponerse en conjunto a la
instauración de un espacio cultural de mercado y con-formidad, es decir, de
“producción para el mercado”.
EL PROLETARIADO JUEGA AL TENIS
El estilo es una noción literaria. Es una sintaxis.
Se habla, no obstan-te, de estilo en las ciencias, donde no hay en absoluto
sintaxis. O en los deportes. Hay estudios muy avanzados sobre los deportes, que
yo apenas conozco, pero que quizá sirven para mostrar que el estilo es la
novedad. Sin duda, los deportes tienen un aspecto de escala cuantitati-va
marcado por los “récords” y apoyado en el perfeccionamiento de los aparatos,
del calzado, de [210] las pértigas... Pero también hay muta-
184
ciones cualitativas o de ideas, mutaciones que son
una cuestión de estilo: el paso de la tijereta al rodillo ventral, al Fosbury
flop; el modo en que en el salto de vallas ha dejado de rodear el obstáculo
para dar paso a una zancada más larga. ¿Por qué no empezar por aquí? ¿Por qué
habría que comenzar por hacer una historia determinada por los progresos
cuantitativos? Todo estilo nuevo no implica tanto un nuevo “golpe” como un
encadenamiento de posturas, es decir, un equivalente de la sintaxis que se realiza
sobre la base de un estilo anterior pero que rompe con él. Las mejoras técnicas
no son eficaces a menos que sean admitidas y seleccionadas por un estilo nuevo
que no determinan por sí mismas. Por eso son tan importantes los “inventores”
en los depor-tes, son los intercesores cualitativos. Por ejemplo, el tenis:
¿cuándo surgió esa manera de devolver el servicio en la que la pelota devuelta
cae a los pies del adversario que está subiendo hacia la red? Creo, aunque no
tengo seguridad de ello, que se debe a un gran tenista australiano de antes de
la guerra, Bromwich. Es evidente que Borg ha inventado un estilo nuevo que
abrió el tenis a una suerte de proletaria-do. En tenis como en otras cosas, hay
inventores: MacEnroe es un inventor, es decir, un estilista, ha introducido en
el tenis posturas egipcias (su servicio) y reflejos de Dostoyevski (“si te
pasas el tiempo golpeándote la cabeza contra las paredes, la vida se toma
imposible”). Después, puede ser que los imitadores lleguen a vencer a los
invento-res, a hacerlo mejor que ellos: son los best–sellers de los deportes.
Borg ha engendrado una raza de oscuros proletarios, MacEnroe puede ser vencido
por un campeón cuantitativo. Se dirá que los que copian se benefician de un
movimiento que ellos no han creado, pero que son aún más fuertes que los
creado-[211]res, y las federaciones deportivas
185
demuestran ostensiblemente su ingratitud frente a
los inventores que les permiten vivir y prosperar. Pero esto no significa nada:
la historia de los deportes pasa por estos inventores, que constituyen en cada
momento lo inesperado, una nueva sintaxis, las mutaciones: sin ellos los
progresos puramente tecnológicos sólo serían cuantitativos, sin importancia ni
interés.
SIDA Y ESTRATEGIA MUNDIAL
Un problema muy importante de la medicina es el de
la evolución de las enfermedades. Ciertamente, aparecen nuevos factores
externos, nuevas formas microbianas o virales, así como nuevos datos sociales.
Pero también importa la sintomatología, los grupos de síntomas: en un espacio
de tiempo breve, los síntomas no se agrupan del mismo modo, se han aislado
enfermedades que anteriormente se distribuían en otros contextos. La enfermedad
de Parkison, la de Roger, etc., suponen grandes cambios en las agrupaciones de
síntomas (algo así como una sintaxis de la medicina). La historia de la
medicina es la historia de estas agrupaciones que, como en el caso anterior,
son posibles gracias a los medios técnicos, pero que no están determinadas por
ellos. ¿Qué ha sucedido en este campo después de la guerra? El descubrimiento
del “stress”, donde la enfermedad no ha sido engendrada por un “agresor”, sino
por reacciones de defensa no específicas que se desbocan o se agotan. Tras la
guerra, las revistas de medicina se llenaron de discusio-nes sobre el stress de
las sociedades modernas y el nuevo reparto de las enfermedades que podía
suponer. Más recientemente, se han [212]
186
descubierto enfermedades de la autoinmunidad, las
enfermedades de sí mismo: mecanismos de defensa que ya no reconocen a aquellas
células del organismo de las que se les supone protectores o agentes externos
que hacen que estas células sean incapaces de distinguirlos. El SIDA se inserta
entre estos dos polos, el del stress y el de la autoinmunidad. Quizá nos
estamos encaminando hacia enfermedades sin médico ni enfermo, como dice Dagonet
en su análisis de la medicina actual: hay imágenes más que síntomas, y portadores
más que enfermos. Esto no resolverá los problemas de la Seguridad Social, pero
también es inquietante en otros dominios. Es notorio el hecho de que este nuevo
tipo de enfermedad coincida con la política o la estrategia a nivel mundial. Se
nos dice ahora que los riesgos de una guerra no proceden únicamente de un
presunto agresor externo específico, sino de un error o de una falla en
nuestros sistemas de defensa (de ahí la importancia de una fuerza atómica bien
dominada...). Nuestras enfermedades responden al mismo esquema, o bien la
política nuclear corresponde a nuestras enfermedades. El homosexual corre el
riesgo de convertirse en el agresor biológico externo, así como las minorías o
los refugiados desempeñan el papel de enemigo cualquiera. Es otra razón más
para exigir un régimen socialista que rechace esta doble imagen de la
enfermedad y de la sociedad.
Tenemos que hablar de la creación como si trazase
su camino entre dos imposibilidades... Kafka explicaba: la imposibilidad de
hablar alemán para un judío checo, la imposibilidad de hablar checo, la
imposibilidad de no hablar. Pierre Perrault ha recuperado este proble-ma:
imposibilidad de no hablar, de hablar inglés, de hablar francés. La
187
crea-[213]ción tiene lugar en esos
estrangulamientos. Incluso en una determinada lengua, en francés por ejemplo,
una nueva sintaxis supone una lengua extranjera en el interior de la lengua. Si
un creador no se encuentra atenazado por un conjunto de imposibilidades, no es
un creador. Creador es aquel que se crea sus propias imposibilidades al mismo
tiempo que crea lo posible. Como MacEnroe, encontrará la solución golpeándose
la cabeza. Hay que darse contra la pared porque sin ese conjunto de
imposibilidades no será posible hallar la línea de fuga, la salida que implica
la creación, esta potencia de lo falso que constituye la verdad. Hay que
escribir de forma líquida o gaseosa, precisamente porque la percepción normal y
la opinión ordinaria son sólidas, geométricas. Es lo que hizo Bergson en
filosofía, lo que James o Virginia Woolf hicieron con la novela y Renoir en el
cine (así como el cine experimental, que ha llegado muy lejos en la exploración
de los estados de la materia). No se trata de abandonar la tierra, sino de
devenir tan terrestre como para inventar las leyes de los líquidos y los gases
de los que depende la tierra. El estilo tiene, pues, necesidad de mucho
silencio y de mucho trabajo para conseguir fabricar una turbu-lencia que,
después, se lanzará como una cerilla perseguida por los niños en las aguas de
un arroyo. Porque un estilo no se hace compo-niendo palabras, combinando frases
o utilizando ideas. Hay que abrir las palabras, hender las cosas para extraer
de ellas los vectores de la tierra. Todo escritor, todo creador es una sombra.
¿Cómo hacer la biografía de Proust o de Kafka? Cuando se escribe, la sombra es
ante-rior al cuerpo. La verdad es la producción de existencia. No está en la
cabeza, es algo existente. El escritor emite cuerpos reales. En el caso de
Pessoa, se trata de personajes imaginarios, pero sólo hasta cierto
188
punto, ya que él les da una [214] escritura y una
función. Pero él nunca hace en absoluto lo que hacen sus personajes. En la
literatura, no es posible llegar muy lejos con el sistema: “He visto mucho, he
viajado mucho”, en el que el autor hace primero las cosas y después las relata.
El narcisismo de los autores es odioso, ya que no puede haber narci-sismo de
las sombras. Así se acaba la entrevista. Lo grave no es que alguien tenga que
atravesar el desierto, si tiene tiempo y paciencia, lo grave es que los escritores
jóvenes han nacido en el desierto, que corren el riesgo de que su empresa
fracase antes de intentarla. Y sin embargo... es imposible que no nazca esa
nueva estirpe de escritores que ya está ahí, enfrentada al trabajo y al estilo.
L’Autre Journal, n.º 8,
Octubre de 1985, entrevista con
Antoine Dulaure y Claire Parnet
189
[215]
13. SOBRE LA
FILOSOFÍA
– Ha publicado usted un nuevo libro: El pliegue.
Leibniz y el Barro-co32. ¿Podría reconstruir el itinerario que le ha conducido
desde un estudio sobre Hume (Empirismo y Subjetividad, 1953)33 hasta este
actual acerca de Leibniz? Siguiendo la cronología de sus libros, se diría que,
tras una primera etapa consagrada a trabajos de historia de la filosofía, que
culmina quizá en el Nietzsche34 (1962), usted ha elabora-do, primero en
Diferencia y repetición35 (1969), y después en los dos volúmenes de Capitalismo
y esquizofrenia (1972 y 1980), escritos con Félix Guattari, una filoso-[216]fía
propia que no es del todo universita-ria. Parece que ahora, después de haber
escrito sobre la pintura (Ba-con)36 y el cine, recupera una forma filosófica
más clásica. ¿Se reconoce en esta descripción? ¿Ha de considerarse su obra como
un todo, como una unidad? ¿O al contrario, señalaría usted rupturas,
transformacio-nes?
– Tres períodos son suficientes. Empecé, en efecto,
con libros de historia de la filosofía, pero todos los autores de los que me he
ocupado tenían para mí algo en común. Y todo tendía hacia la gran identidad
Spinoza–Nietzsche.
32 Trad.
cast. J. Vázquez y U. Larraceleta. Ed. Paidós, Barcelona, 1989. [N. del T.]
33 Trad.
cast. H. Acevedo. Ed. Granica, Barcelona, 19787. [N. del T.]
34 Nietzsche
et la philosophie, Presses Universitaires de France, Paris. Trad. cast. C.
Artal, Nietzsche y la filosofía. Ed. Anagrama, Barcelona, 1971. [N. del T.]
35 Trad.
cast. A. Cardín. Ed. Júcar, Madrid, 1988. [N. del T.]
36 Logique
de la sensation. Ed. de la Différence, París, 1981. [N. del T.]
190
La historia de la filosofía no es una disciplina
particularmente re-flexiva. Es como el arte del retrato en la pintura. Se trata
de retratos mentales, conceptuales. Igual que en la pintura, hay que conseguir
una semejanza con el retratado, pero por medios desemejantes, por medios
diferentes: hay que producir un semblante, no reproducirlo (lo que significaría
conformarse con repetir lo que tal filósofo dijo). Los filósofos aportan
conceptos nuevos, los exponen, pero no dicen, o no dicen del todo los problemas
a los que tales conceptos responden. Por ejemplo, Hume expone un concepto
original de creencia, pero no dice por qué y cómo el problema del conocimiento
se plantea de tal modo que el conocimiento aparece como una forma determinada
de creencia. La historia de la filosofía no debe decir lo que ya dijo un
filósofo, sino aquello que está necesariamente sobrentendido en su filosofía,
lo que no decía y que, sin embargo, está presente en lo que decía.[217]
La filosofía consiste siempre en inventar
conceptos. Nunca me han preocupado la superación de la metafísica o la muerte
de la filosofía. La filosofía tiene una función que sigue siendo plenamente
actual, crear conceptos. Nadie puede hacerlo en su lugar. Ciertamente, la
filosofía siempre ha tenido rivales, desde los “pretendientes” de Platón hasta
el bufón de Zaratustra. Hoy, estos rivales son la informática, la
comuni-cación, la promoción comercial que se ha apropiado de las palabras
“concepto” y “creativo”, y estos “conceptores” constituyen una estirpe de
desvergonzados que hacen del acto de vender el supremo pensa-miento
capitalista, el cogito mercantil. La filosofía se siente pequeña ante esos
poderes pero, si muere, al menos será de risa.
191
La filosofía no es comunicativa, ni tampoco
contemplativa o reflexi-va: es creadora, incluso revolucionaria por naturaleza,
ya que no cesa de crear conceptos nuevos. La única condición es que satisfagan
una necesidad y que presenten cierta extrañeza, cosa que sólo sucede cuando
responden a problemas verdaderos. El concepto es lo que impide que el
pensamiento sea simplemente una opinión, un parecer, una discusión, una
habladuría. Todo concepto es, forzosamente, paradoja. Félix Guattari y yo hemos
intentado exponer una filosofía en El Anti–Edipo y en Mil Mesetas,
especialmente en este último, que es un libro muy amplio que propone muchos
conceptos. No es una colaboración: hemos escrito un libro y luego otro, no “un”
libro en el sentido de unidad, sino como el artículo indeterminado. Cada uno de
nosotros tenía un pasado y un trabajo anterior, él en psiquiatría, en política
y en una filosofía ya rica en conceptos, y yo había escrito Diferencia y
repetición y Lógica del sentido. Pero no hemos colaborado
[218] como
dos personas. Más bien como dos arroyos que se encuen-tran para configurar “un”
tercero, nosotros. Después de todo, una de las cuestiones eternas de la
filosofía es la interpretación del “filo”. Una filosofía, esto significó para
mí como un segundo período, al que nunca habría llegado y que no habría
cumplido sin Félix.
Supongamos que hay, después, una tercera etapa en
la que me ocu-po de la pintura y del cine, aparentemente de imágenes. Pero se
trata de libros de filosofía. Creo que el concepto comporta otras dos
dimen-siones, el afecto y el percepto. Esto, y no las imágenes, es lo que me
interesa. Los perceptos no son percepciones, son paquetes de sensacio-nes y
relaciones que sobreviven a quienes los experimentan. Los
192
afectos no son sentimientos, son devenires que
desbordan a quien los atraviesa (que deviene otro). Los grandes novelistas
ingleses o ameri-canos escriben con frecuencia mediante perceptos; Kleist y
Kafka, mediante afectos. El afecto, el percepto y el concepto son tres
potencias inseparables que van del arte a la filosofía y viceversa. Lo más
difícil es, evidentemente, la música, de cuyo análisis hay un bosquejo en Mil
Mesetas: el ritornelo entraña las tres potencias. Hemos querido conver-tir el
ritornelo en uno de nuestros conceptos principales, en relación con el
territorio y con la Tierra, el pequeño y el gran ritornelo. Al final, todos
estos períodos se prolongan y se mezclan, ahora lo veo claro en este libro
acerca de Leibniz o sobre el Pliegue. Preferiría hablar de lo que me propongo
hacer a partir de ahora.
– Vayamos por partes. ¿No podríamos empezar por
hablar de su vida? ¿No hay ninguna relación entre bibliografía y biografía?
[219]
– Las vidas de los profesores suelen ser poco
interesantes. Están, eso sí, los viajes, pero los profesores tienen que pagar
sus viajes con palabras, experiencias y coloquios, mesas redondas, hablar,
hablar todo el tiempo. Los intelectuales tienen una gran cultura, tienen
opinión acerca de todo. Yo no soy un intelectual porque no tengo una cultura de
la que pueda disponer, carezco de reservas. Lo que sé lo sé únicamente de cara
a las necesidades del trabajo de cada momento y, si vuelvo a ello algunos años
después, necesito volver a aprenderlo todo. Es muy agradable no tener ideas u
opiniones acerca de tal o cual cosa. No padecemos de incomunicación sino que,
al contrario, padecemos por todas las fuerzas que nos obligan a expresarnos
cuando no tene-mos gran cosa que decir. Viajar es ir a otro lugar a decir algo
y regresar
193
para decir algo aquí. A no ser que no se regrese,
que uno se construya en otro lugar su guarida. Tengo poca inclinación a los
viajes: no hay que moverse mucho, para no espantar a los devenires. Me ha
sorpren-dido mucho una frase de Toynbee: “Nómadas son los que no se mue-ven, se
convierten en nómadas porque se niegan a partir”.
Si desea usted aplicarme los criterios de conexión
entre biografía y bibliografía, verá que escribí mi primer libro bastante
pronto, y después dejé de publicar durante ocho años. Yo sé lo que hacía y cómo
vivía durante aquellos años, pero lo sé en abstracto, como si otra persona me
relatase unos recuerdos de los que yo no dudo, pero que no son realmente mis
recuerdos. Es como un vacío en mi vida, un vacío de ocho años. Esto es lo que
me interesa de una vida, sus vacíos, sus lagunas, a veces dramáticas y a veces
no. Casi todas las vidas atraviesan una catalepsia [220] vacíos en donde tiene
lugar el movimiento. Pues la cuestión es cómo moverse, cómo perforar el muro
para dejar de golpearse la cabeza contra él. Quizá todo consista en no moverse
demasiado, evitar los falsos movimientos, residir allí donde no hay memoria. Un
hermoso cuento de Fitzgerald trata de una persona que pasea por una ciudad con
un agujero de diez años. También sucede a veces lo contrario: no ya vacíos,
sino exceso de recuerdos sobreabun-dantes, flotantes, que no se pueden
localizar ni almacenar (¿cuándo me pasó aquello?). No sabemos qué hacer con
esos recuerdos, están de más. ¿Tenía yo siete años, catorce o cuarenta? Éstas
son las dos cosas más interesantes de una vida: las amnesias y las
hiper–mnesias.
– Usted ha aplicado esta crítica de la comunicación
especialmente a la televisión. Se ha explicado usted a este respecto en el
prólogo al libro
194
de Serge Daney Ciné–Journal. Pero, ¿cómo se
comunica el filósofo?, ¿cómo se debe comunicar? Desde Platón, los filósofos
escriben libros, se expresan mediante libros. Esto no ha cambiado hasta hoy
día, en que se distinguen dos tipos de aquellos que se denominan o son
denominados filósofos: los hay que enseñan, que siguen enseñando, que ocupan
una cátedra universitaria y que creen que esto es impor-tante. Y los hay que no
enseñan, que incluso rechazan la enseñanza y que intentan ocupar los medios de
comunicación de masas: son los “nuevos filósofos”. Parece que usted se sitúa en
la primera de estas categorías. Usted [221] incluso ha publicado un “panfleto”
contra los “nuevos filósofos”. ¿Qué significa para usted dar clases? ¿qué tiene
de insustituible este ejercicio?
– Las clases han ocupado toda una parte de mi vida,
me he emplea-do en ellas con pasión. No es lo mismo que una conferencia, ya que
se trata de un período muy dilatado y de un público relativamente constante, a
veces a lo largo de varios años. Es como un laboratorio de investigación: se
organizan cursos acerca de aquello que uno investiga, no acerca de lo que uno
sabe. Hay que prepararse durante mucho tiempo para llegar a tener unos minutos
de inspiración. Me vino bien dejarlo cuando comprendí que necesitaba prepararme
mucho más para conseguir una inspiración más dolorosa. Y el porvenir es
sombrío, ya que cada vez es más difícil hacer investigación en las
universidades francesas.
Las clases son como una Sprechgesang, más parecidas
a la música que al teatro. Nada se opone en principio a que un curso sea como
un concierto de rock. Hay que reconocer que Vincennes (y esto siguió
195
siendo así cuando se nos trasladó violentamente a
Saint–Denis) reunía unas condiciones excepcionales. En filosofía, rechazamos el
principio de los “conocimientos progresivos”: el mismo curso se dirigía a
estu-diantes de primero y de último año, a estudiantes y a no–estudiantes, a
filósofos y a no–filósofos, jóvenes y mayores de múltiples nacionalida-des.
Siempre asistían pintores o músicos, cineastas o arquitectos jóvenes que
mostraban un pensamiento muy exigente. Las sesiones eran larguísimas, pero nadie
las escuchaba enteras, cada uno tomaba lo que necesitaba o [222] deseaba, lo
que le servia para algo, aunque estuviese muy alejado de su disciplina.
Atravesamos un período de intervenciones directas, casi esquizofrénicas, hasta
que llegó la era de los cassettes, y de los custodios de los cassettes, pero
incluso entonces tenían lugar intervenciones, entre una semana y la siguiente,
mediante notas a veces anónimas.
Nunca le dije a este público lo que significó para
mí, lo que le debo. Nada menos parecido a las discusiones. La filosofía no
tiene estricta-mente nada que ver con las discusiones: ya es suficiente con
molestarse en comprender el problema que alguien plantea y cómo lo hace, lo que
se precisa es enriquecerlo, variar sus condiciones, añadirle algo o conectarlo
con otra cosa, pero nunca discutir. Era como una cámara de ecos, un serpentín
en el que las ideas retornaban después de haber pasado por muchos filtros. Allí
fue donde me di cuenta de que la filosofía no requiere únicamente una
comprensión filosófica, por conceptos, sino también una comprensión no
filosófica, por afectos y perceptos. Los dos aspectos son necesarios. La
filosofía mantiene una relación esencial y positiva con la no–fílosofía: se
dirige directamente a
196
no filósofos. El caso más asombroso es el de
Spinoza: es el filósofo absoluto, y la Ética es el gran libro del concepto.
Pero, al mismo tiempo que es el filósofo más puro, se dirige estrictamente a
todo el mundo: cualquiera puede leer la Ética si es capaz de dejarse arrastrar
por su corriente, por su fuego. O Nietzsche. Al contrario, un exceso de saber
mata lo que la filosofía tiene de vital. La comprensión no filosófica no es una
comprensión insuficiente o provisional, es una de las dos mitades, una de las
dos alas.[223]
– En el Prefacio a Diferencia y repetición,
escribió usted lo siguiente: “Se aproxima una época en la que ya no será
posible escribir un libro de filosofía tal y como se viene haciendo desde hace
mucho tiempo”. Y añadía que la búsqueda de estos nuevos medios de expresión
filosófica, inaugurada por Nietzsche, debe continuar en conexión con el
desarro-llo de “otras artes” como el cine o el teatro. Cita usted a Borges como
modelo analógico del tratamiento de la historia de la filosofía (tal y como el
propio Foucault lo hizo respecto de su propio pensamiento en Las palabras y las
cósase. Doce años más tarde, escribe, a propósito de las quince “mesetas” de
Mil Mesetas, que es posible leerlas de modo casi independiente, y que
únicamente la conclusión debe ser leída al final, una conclusión a lo largo de
la cual usted va señalando, en una especie de órbita enloquecida, los números
de las mesetas precedentes. Como si hubiese una voluntad de asumir al mismo
tiempo el orden y el desorden sin ceder a ninguno de ellos. ¿Cómo se plantea
hoy este problema del estilo de la filosofía, de la composición o la
arquitectura de un libro de filosofía? Y, en este contexto, ¿qué significa
escribir entre dos? Escribir entre dos es algo excepcional en la historia de la
filosofía,
197
tanto más cuando no se trata de un diálogo. ¿Cómo y
por qué escribir entre dos? ¿Cómo trabajaron ustedes? ¿Cuáles eran sus
exigencias? ¿Quién es el autor de esos libros? ¿Tienen un autor?
– Los grandes filósofos son también grandes
estilistas. El estilo, en filosofía, es el movimiento del concepto. Claro está
que el estilo no existe fuera de las frases, pero las frases no tienen otro
objeto que darle vida, una vida independiente. El estilo es una forma de
variación lingüística, una modulación y una tensión de todo el lenguaje [224]
hacia el Afuera. Ocurre en filosofía como en las novelas: hay que preguntarse
qué es lo que va a suceder o qué ha pasado, sólo que los personajes son los
conceptos y los ambientes, los paisajes, son espacio-tiempos. Se escribe
siempre para dar vida, para liberar la vida allí donde está presa, para trazar
líneas de fuga. Hace falta, para ello, que el lenguaje no sea un sistema
homogéneo sino un sistema desequilibrado, siempre heterogéneo: el estilo abre
en él diferencias de potencial entre las que puede pasar algo, en las que algo
puede suceder, en las que surge un resplandor del lenguaje mismo que nos
permite ver y pensar algo que había permanecido en la sombra alrededor de las
palabras, entidades cuya existencia ni se sospechaba. Hay dos cosas que se
oponen al estilo: una lengua homogénea, o, al contrario, una heteroge-neidad
tan grande que se convierte en indiferencia, gratuidad, sin que nada preciso
tenga lugar entre esos polos. Debe haber una tensión entre una oración
principal y otra subordinada, una especie de zig–zag, incluso y especialmente
cuando la frase tiene un aspecto completamen-te recto. Hay estilo cuando las
palabras producen un resplandor que va de unas a otras, aunque estén muy
alejadas.
198
De modo que no es un problema escribir entre dos,
todo lo contra-rio. Sería problemático si fuésemos dos personas, cada una con
su propia vida y sus opiniones, que se hubiesen propuesto colaborar una con la
otra, discutir. Cuando he dicho que Félix y yo éramos como arroyos quería decir
que la individuación no es necesariamente perso-nal. No estamos nada seguros de
ser personas: una corriente de aire, un viento, un día, una hora del día, un
arroyo, un lugar, una batalla o una enferme-[225]dad tienen una individualidad
impersonal. Nosotros llamamos a esto “hecceidades”. Se componen como arroyos,
como ríos. El lenguaje las expresa y ellas producen diferencias en el lenguaje,
que les confieren una vida propia e individual y hacen que algo pase entre
ellas. Todo el mundo habla a nivel de opinión, decimos “yo” o “soy una persona”
como si dijéramos “ha salido el sol”. Pero nosotros no estamos seguros de ello,
no creemos que sea un buen concepto. Félix y yo, como muchos otros, no nos
sentimos exactamente personas. Tenemos más bien una individualidad de
acontecimientos, lo que no es en absoluto una fórmula ambiciosa, ya que las
hecceidades pueden ser muy modestas y microscópicas. En todos mis libros he
investigado la naturaleza del acontecimiento: es el único concepto filosófico
capaz de desplazar al verbo ser y al atributo. Escribir entre dos se convierte,
en este contexto, en algo totalmente normal. Basta con que pase algo, una
corriente portadora de un nombre propio. Incluso cuando uno cree que escribe
solo, lo hace siempre con otro, que no siempre puede identificarse.
En Lógica del sentido intenté una especie de
composición serial. Pero Mil Mesetas es más complejo: la “meseta” no lo es
metafórica-
199
mente, se trata de zonas de variación continua,
como torres que dominan cada una una región, y que se hacen señas entre sí. Una
composición india o genovesa. Ahí es donde, a mi modo de ver, hemos estado más
cerca de un estilo, es decir, de una politonalidad.
– La literatura siempre ha estado presente en su
trabajo, casi de forma paralela a la filosofía: la Presentación de [226]
Sacher–Masoch37, el librito sobre Proust38 (que no ha dejado de crecer), gran
parte de Lógica del sentido, tanto en el libro mismo (sobre Lewis Carroll) como
en los apéndices (sobre Klossowski, Michel Toumier o Zola), el libro sobre
Kafka39: escrito con Guattari como continuación de el Anti– Edipo, un capítulo
de sus Diálogos con Claire Parnet (sobre la “supe-rioridad de la literatura angloamericana”)
y muchos fragmentos de Mil Mesetas; la lista es considerable. Sin embargo, no
hay nada comparable a lo que sucede, eminentemente, con sus libros sobre el
cine, y en menor grado con la Logique de la sensation, aunque verse sobre el
trabajo de un único pintor: me refiero a la ordenación racional de toda una
forma de arte, de un plano de expresión. ¿Sucede acaso que la literatura está
demasiado cerca de la filosofía, incluso de su expresión, y que sólo puede
acompañar la totalidad de su movimiento mediante inflexiones? ¿O es por otras
razones?
37 Estudio
de Deleuze que se publicó originariamente en Francia como introduc-ción a La
Venus de las Pieles. Ed. de Minuit, París, 1967. Trad. cast. A. M. García, Ed.
Taurus, Madrid, 1973. [N. del T.]
38 Proust el
les signes. Presses Universitaires de France, París, 1964. Trad. cast. de la
edición aumentada de 1970, F. Monge, Proust y los signos. Ed. Anagrama,
Barcelona, 1972. [N. del T.]
39 Kafka.
Pour une littérature mineure. Ed. de Minuit, París, 1975. Trad. cast. Kafka.
Por una literatura menor. Ed. Era, México, 1980. [N. del T.]
200
– No sé, no creo que exista esa diferencia. He
soñado a menudo con escribir una serie de estudios bajo el título general de
“Crítica y Clíni-ca”40: no porque los grandes [227] autores o los grandes
artistas sean enfermos, ni siquiera enfermos sublimes, ni por afán de buscar en
ellos las marcas de la psicosis o de la neurosis como el secreto que su obra
encierra o como su clave. No son enfermos sino médicos, y de una clase muy
especial. ¿Por qué una perversión tan antigua como el mundo recibe su nombre de
Sacher–Masoch? No porque él la “padezca”, sino por que renueva sus síntomas,
traza un cuadro original en el cual el contrato aparece como el signo
principal, vinculando asimismo las conductas masoquistas a las minorías étnicas
y al papel desempeñado por las mujeres en el interior de tales minorías: el
masoquismo se convierte en un acto de resistencia, inseparable del sentido del
humor característico de las minorías. Masoch es un gran sintomatólogo. Proust
no explora la memoria sino toda clase de signos, cuya naturale-za es preciso
descubrir a partir de los diferentes medios, modos de emisión, materias o
regímenes. La Recherche es una semiología general, una sintomatología de los
mundos. La obra de Kafka es el diagnóstico de todas las potencias diabólicas
que nos amenazan. Como decía Nietzsche, el artista y el filósofo son médicos de
la civilización. Es lógico que, llegado el caso, se interesaran tan poco por el
psicoanálisis: el psicoanálisis reduce brutalmente el secreto, no comprende los
signos ni los síntomas, lo remite todo a lo que Lawrence llamaba “el sucio
secretito”.
40 Sueño en
cierto modo realizado hoy día: Critique et Clinique. Ed. de Minuit, París,
1993. [N. del T.]
201
No es cuestión únicamente de diagnóstico. Los
signos remiten a modos de vida, a posibilidades de existencia, son los síntomas
de una vida emergente o decadente. Pero un artista no puede conformarse con una
vida decadente ni con una vida personal. La escritura no se hace con el yo, con
las enfermedades y los recuerdos. El acto [228] de escribir es una tentativa de
convertir la vida en algo que no es sólo personal, de liberar la vida de
aquello que la aprisiona. El artista o el filósofo tienen a menudo una salud
escasa y frágil, un organismo débil, un equilibrio precario: Spinoza,
Nietzsche, Lawrence. Pero lo que les mina no es la muerte sino más bien un
cierto exceso de vida que han llegado a ver, a experimentar, a pensar. Una vida
demasiado grande para ellos, pero de la cual, gracias a ellos, “se revelan los
signos”: el final de Zaratustra, el libro quinto de la Ética. Se escribe en
función de un pueblo futuro que aún carece de lenguaje. Crear no es comunicar
sino resistir. Hay un profundo vínculo entre los signos, el aconteci-miento y
la vida, el vitalismo. Es la potencia de una vida no orgánica, la que puede
tener lugar en la línea de un dibujo, en una línea de escritu-ra o de música.
Los organismos mueren, pero no la vida. No hay obra que no deje a la vida una
salida, que no señale un camino entre los adoquines. Todo cuanto he escrito –al
menos así lo espero– ha sido vitalista, y constituye una teoría de los signos y
del acontecimiento. No creo que el problema se plantee de modo distinto en
literatura que en otras artes, ocurre simplemente que no he tenido ocasión de
hacer el libro que hubiera deseado sobre la literatura.
– El psicoanálisis está aún presente, subyace,
aunque sea de un mo-do muy particular, en Diferencia y repetición y Lógica del
sentido. A
202
partir de El Anti–Edipo, primer volumen de
Capitalismo y esquizofre-nia, se convierte claramente en el enemigo que hay que
derrotar. Pero, justamente por ello, y de un modo aún más profundo, sigue
siendo por excelencia la visión de la que hay que deshacerse para poder pensar
algo nuevo, casi para poder de nuevo pensar. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué El
Anti–Edipo fue el [229] primer gran libro filosófico de la coyun-tura de Mayo
del 68, quizá su primer manifiesto filosófico verdadero? En este libro se dice
claramente y en seguida que el porvenir no está en alguna clase de síntesis
freudo–marxista. Es una liberación de Freud (de Lacan y de sus estructuras),
del mismo modo que se ha llegado a pensar que los “nuevos filósofos” nos
liberaban fácilmente de Marx (y de la revolución). ¿Cómo percibe usted esto que
parece ser una peculiar analogía?
– Lo curioso es que no fui yo quien saqué a Félix
del psicoanálisis, sino él quien me sacó a mí. En mi estudio sobre Masoch, y
después en Lógica del sentido, yo creía haber alcanzado ciertos resultados
acerca de la falsa unidad sado–masoquista, o bien acerca del acontecimiento,
que no se conformaban a la doctrina psicoanalítica, pero que eran conciliables
con ella. Félix, al contrario, seguía siendo psicoanalista, discípulo de Lacan,
pero como un “hijo” que ya ha comprendido que será imposible reconciliarse. El
Anti–Edipo fue una ruptura que se llevó a cabo por sí misma, a partir de dos
temas: el inconsciente no es un teatro sino una fábrica, una máquina
productiva; el inconsciente no delira acerca de papá–y–mamá, delira acerca de
las razas, las tribus, los continentes, la historia, la geografía, siempre un
campo social. Buscá-bamos una concepción inmanente, un uso inmanente de las
síntesis del
203
inconsciente, un productivismo o un constructivismo
del inconsciente. Entonces nos dimos cuenta de que el psicoanálisis no había
llegado a comprender el significado del artículo indeterminado (un niño...), un
devenir, (los devenires–animales, las relaciones con los animales), un deseo,
un enunciado. Nuestro último texto sobre el psicoanálisis, en Mil Mesetas,
trata del “Hombre de los lobos”: [230] mostramos que el psicoanálisis es
incapaz de pensar lo plural o lo múltiple, una manada en lugar de un solo lobo,
un osario en lugar de un hueso único.
El psicoanálisis nos parecía una formidable empresa
destinada a conducir el deseo a un callejón sin salida y a impedir que la gente
dijese lo que tenía que decir. Una empresa contra la vida, un canto a la
muerte, a la ley y a la castración, sed de trascendencia, sermón, psico-logía
(en el sentido de que no hay más psicología que la del sacerdote). La
importancia de este libro tras el 68 radicaba, en efecto, en su ruptura con las
tentativas freudo–marxistas: no intentábamos repartir ni conciliar niveles sino,
al contrario, situar en un solo plano una produc-ción que es al mismo tiempo
social y deseante, según una lógica de flujos. El delirio opera sobre lo real,
no reconocíamos más elemento que lo real, lo imaginario y lo simbólico nos
parecían categorías falsas.
El Anti–Edipo planteaba la univocidad de lo real,
era una especie de spinozismo del inconsciente. Pienso que el 68 fue este mismo
descu-brimiento. Quienes abominan del 68 o justifican su renuncia a él, lo
consideran con un carácter simbólico o imaginario. Y eso es precisa-mente lo
que no fue en absoluto, se trató de una irrupción de lo real puro. No veo, en
cualquier caso, ni la más mínima analogía entre la posición de El Anti–Edipo
frente a Freud y la de los “nuevos filósofos”
204
frente a Marx, que encuentro espantosa. El
Anti–Edipo pretende criticar al psicoanálisis en función de una concepción del
inconsciente que, acertada o errónea, se detalla en el libro. Cuando los
“nuevos filósofos” denuncian a Marx, no hacen un nuevo análisis del capital,
que deja misteriosamente de existir para ellos, [231] denuncian las
consecuencias éticas y políticas estalinistas que suponen que se derivan de
Marx. Estarían más cercanos de aquellos que acusan a Freud de las consecuencias
inmorales de su doctrina: y esto no tiene nada que ver con la filosofía.
– Usted defiende constantemente la inmanencia: su
pensamiento más propio parece un pensamiento sin carencia ni negación, que
evacúa sistemáticamente todo atisbo de trascendencia, sea de la clase que sea.
A uno le apetecería preguntarle: ¿Es esto auténticamente verdadero? ¿Cómo es
posible? Tanto más cuando, a pesar de esta inmanencia generalizada, sus
conceptos siempre son parciales y locales. Desde Lógica del sentido, parece
como si su intención fuese producir una batería de conceptos distinta para cada
nuevo libro. Ciertamente, hay transposiciones y matizaciones, pero,
globalmente, el vocabulario de los libros sobre el cine no es el mismo que el
de la Logique de la sensation, que no es tampoco el mismo de Capitalismo y
esquizofrenia, y así sucesivamente. Es como si, en lugar de retroceder sobre sí
mismos para precisarse, refinarse, complicarse o enriquecerse, sus conceptos,
por así decirlo, tuviesen que formar un cuerpo distinto en cada ocasión, un
nivel específico de invención. ¿Quiere esto decir que serían inadecuados de
cara a una reconstrucción, en una formula-
205
ción global? ¿O se pretende únicamente producir la
máxima apertura, sin prejuzgar nada? ¿Cómo conciliar esto con la inmanencia?
– Trazar un plano de inmanencia, trazar un campo de
inmanencia: esto es lo que han hecho todos los autores de los que me he ocupado
(incluso Kant, cuando denuncia el uso trascendente de las síntesis, aunque él
se atenga [232] a la experiencia posible y no a la experimen-tación real). Lo
Abstracto no explica nada, necesita ser explicado: no hay universales, no hay
trascendencia, no hay Uno, no hay sujeto (ni objeto), no hay la Razón; sólo hay
procesos: pueden ser procesos de unificación, de subjetivación, de
racionalización, eso es todo. Tales procesos actúan en las multiplicidades
concretas, la multiplicidad es el auténtico elemento en el que suceden las
cosas. Las multiplicidades son los pobladores del campo de inmanencia, como las
tribus que pueblan el desierto sin que deje por ello de ser un desierto. Y el
plano de inmanencia debe ser construido, la inmanencia es constructivismo, cada
multiplicidad asignable constituye algo así como una región de ese plano. Todos
los procesos se producen en el plano de inmanencia y en una multiplicidad
asignable: las unificaciones, subjetivaciones, racionalizaciones o
centralizaciones carecen de privilegios, son a menudo un impasse o una
obstrucción que impide cruzar la multipli-cidad, que impide la prolongación de
sus líneas, la producción de novedad.
Al invocar una trascendencia se detiene el
movimiento para intro-ducir una interpretación en lugar de experimentar.
Bellour lo ha mostrado a la perfección en el caso del cine, de los flujos de
imágenes. En efecto, la interpretación se realiza siempre en nombre de algo que
se
206
supone ausente. La unidad es precisamente aquello
de lo que carece la multiplicidad, como el sujeto es lo que le falta al
acontecimiento (“Llueve”). Hay, sin duda, fenómenos de carencia, pero siempre
en función de abstracciones, el punto de vista de la trascendencia sólo puede
ser el de un Yo, y sólo se produce cuando hay un impedimento para construir el
plano de inmanencia. Los procesos son los [233] devenires, los cuales no pueden
juzgarse por los resultados que alcan-zan, sino por las cualidades de su transcurso
y por la potencia de su continuación: es el caso de los devenires–animales o de
las individua-ciones no subjetivas. Hemos contrapuesto, en este sentido, los
rizomas a los árboles, ya que los árboles, o más bien los procesos
arborescentes, son los límites provisionales que detienen por un momento el
rizoma y su transformación. No hay universales, sólo singularidades. Un
concepto no es un universal, sino simplemente un conjunto de singularidades
cada una de las cuales se prolonga hasta las inmediaciones de otra.
Tomemos otra vez como ejemplo el concepto de
ritornelo: se rela-ciona con el territorio. Hay ritornelos en el territorio,
ritornelos que marcan el territorio. Pero también los hay cuando se quiere
llegar a él, o cuando se tiene miedo a la oscuridad de la noche, incluso cuando
se abandona (“adiós, me voy...”). Estas son ya tres posiciones diferencia-les.
Sucede, entonces, que el ritornelo expresa la tensión entre el territorio y
algo más profundo, la Tierra. Si esto es así, la Tierra es la Desterritorializada,
es inseparable del proceso de desterritorialización que constituye su
movimiento aberrante. Tenemos así un conjunto de singularidades que se
prolongan unas en otras, se trata de un concepto
207
que, en cuanto tal, remite a un acontecimiento: un
lied. Se percibe un cántico, acercándose o alejándose. Esto es lo que sucede en
el plano de inmanencia: poblado de multiplicidades, de singularidades que se
conectan, de procesos o devenires que se desarrollan, de intensidades
ascendentes o descendentes.
Concibo la filosofía como una lógica de las
multiplicidades (me siento, en este sentido, muy cerca de Michel [234] Serres).
Crear conceptos es construir una región del plano, añadir una región a las
existentes, explorar una nueva región, llenar un vacío. El concepto es un
compuesto de líneas o curvas consolidadas. Los conceptos deben renovarse porque
el plano de inmanencia se construye regionalmente, es una construcción local de
aproximación progresiva. Por eso los conceptos actúan a ráfagas: en Mil mesetas,
cada “meseta” debería ser una de estas ráfagas. Esto no significa que no sean
objeto de corrección o de sistematización. Al contrario, la potencia del
concepto radica en la repetición: es la conexión de una región con otra. Esta
conexión es una actividad indispensable, perpetua, el mundo como patchwork. Esa
doble impresión a la que usted alude –un solo plano de inmanencia y, sin
embargo, conceptos que siempre son locales– es, por tanto, plena-mente exacta.
Para mí, el constructivismo sustituye a la
reflexión. Y lo que sustitu-ye a la comunicación es una especie de
expresionismo. El expresionis-mo en filosofía ha llegado a su máxima altura con
Spinoza y Leibniz. Me ha parecido que se podía encontrar ahí un concepto de
Otro que no se define por ser objeto ni sujeto (otro sujeto), sino la expresión
de un mundo posible. Alguien a quien le duelen las muelas y un japonés que
208
camina por la calle expresan mundos posibles. Y
hablan: me hablan del Japón, inclusive es el japonés quien lo hace, o quizá me
habla en japonés; en este sentido, el lenguaje confiere una realidad al mundo
posible en cuanto tal, la realidad de lo posible en cuanto posible (si, al
contrario, me voy al Japón, deja de ser posible). Aunque sea de esta manera tan
sumaria, la inclusión de los mundos posibles en el plano de inmanencia
convierte al expresionismo en complementario del cons-tructivismo. [235]
– Pero, ¿de dónde surge esa necesidad de crear
nuevos conceptos? ¿Hay “progreso” en filosofía? ¿Cómo definiría usted las
tareas, la necesidad e incluso el “programa” de la filosofía en nuestros días?
– Supongo que existe una imagen del pensamiento que
varía enor-memente, y que ha cambiado mucho a lo largo de la historia. No
entiendo por imagen del pensamiento el método, sino algo más pro-fundo, algo
siempre presupuesto, un sistema de coordenadas, de dinamismos, de
orientaciones: lo que significa pensar, “orientarse en el pensamiento”. Siempre
estamos en el plano de inmanencia, pero, ¿se trata de trazar verticales, de
enderezarse a sí mismo, o, al contrario, se trata de prolongarse, de recorrer
toda la longitud de la línea horizontal, de arrastrar más lejos el plano? ¿Y
cuáles son esas verticales que nos dan algo que contemplar o que tenemos que
comunicar o reflexionar? ¿Habría que suprimir toda verticalidad, toda
trascendencia, echarnos sobre la tierra y abrazarla sin mirar, sin reflexión,
sin comunicación? ¿Está con nosotros nuestro Amigo o estamos solos, Yo=Yo?
¿Somos amantes u otra cosa distinta, qué riesgos corremos de traicionamos a
nosotros mismos, de ser traicionados o de traicionar? ¿No llega un
209
momento en el que hay que desconfiar incluso del
amigo? ¿Cómo entender el “filo” de la filosofía? ¿Tiene el mismo sentido en
Platón que en el libro de Blanchot La amistad41, aunque se trate en ambos casos
del pensamiento? Desde Empédocles, se ha desarrollado toda una dramaturgia del
pensamiento. [236]
La imagen del pensamiento es como el presupuesto de
la filosofía: la precede, no se trata ya de una comprensión no filosófica de la
filosofía, sino de una comprensión prefilosófica. Hay mucha gente que entiende
por pensar “discutir un poco”. Esta es, obviamente, una imagen estúpida, pero
incluso los estúpidos tienen una imagen del pensamien-to, y no es posible
determinar las condiciones de la filosofía más que sacando a la luz estas
imágenes del pensamiento. ¿Tenemos la misma imagen del pensamiento que Platón,
que Descartes o incluso que Kant? ¿Se transforma esta imagen por presiones
imperativas (que expresarían determinismos externos), o existe más bien un
devenir del pensamien-to? ¿Podemos seguir pretendiendo que buscamos la verdad,
cuando nos debatimos en el sin–sentido?
La imagen del pensamiento orienta la creación de
conceptos. Es como un grito, mientras que los conceptos son cantos. Hay que
res-ponder a la pregunta “¿Hay progreso en filosofía?” como Robbe–Grillet
responde respecto de la novela: no tenemos ninguna razón para hacer filosofía
como la hizo Platón, y no porque hayamos superado a Platón sino, al contrario,
porque Platón es insuperable, y carece de interés volver a empezar algo que él
ya hizo de una vez y para siempre. No nos
41 Ed.
Gallimard, París, 1971. El titulo de la edición española de este libro es La
risa de los dioses. Trad. cas. J. A. Doval, Ed. Taurus, Madrid, 1976. [N. del
T.]
210
queda más que una alternativa: hacer historia de la
filosofía, o hacer injertos de Platón en problemas que no son platónicos.
Este estudio de las imágenes del pensamiento, que
podríamos lla-mar noología, constituiría los prolegómenos de la filosofía. Tal
es el verdadero objeto de Diferencia y repetición: la naturaleza de los
postulados en la imagen del pensamiento. Estaba fascinado por este problema en
[237] Lógica del sentido, donde la altura, la profundidad y la superficie
constituyen las coordenadas del pensamiento, y trabajé sobre ello en Proust y
los signos, porque Proust contrapone toda la potencia de los signos a la imagen
griega; volvimos a encontrarnos con este tema en Mil Mesetas, ya que el rizoma
es la imagen del pensamien-to que se opone al árbol. En esta cuestión no
tenemos un modelo ni una guía sino un referente, un cruce con el que nos
encontramos continuamente: el estado de los conocimientos acerca del cerebro.
La filosofía mantiene una relación privilegiada con
la neurología, como puede verse en el caso del asociacionismo, de Schopenhauer
o de Bergson. Nuestra inspiración no viene hoy de los ordenadores sino de la
microbiología del cerebro: el cerebro se presenta como un rizoma, una hierba
más que un árbol, “an uncertain system” con mecanismos probabilísticos,
semi–aleatorios, cuánticos. No es que pensemos según los conocimientos que
tengamos acerca del cerebro, sino que todo pensamiento nuevo traza en el cerebro
surcos desconocidos, lo tuerce, lo pliega o lo rasga. Como el milagro de
Michaux. Al crear conceptos, la filosofía moviliza nuevos caminos, nuevas
sinapsis, pero también la biología cerebral descubre por sus propios medios la
semejanza objetiva material o la potencia de esta imagen.
211
Lo que me interesa del cine es que la pantalla
pueda ser un cerebro, como en Resnais o en Syberberg. El cine no procede
únicamente encadenando conexiones racionales, sino también mediante
reencade-namientos y conexiones irracionales: no es la misma imagen del
pensamiento en ambos casos. Lo que hacía que, al principio, los clips
[238] fuesen
tan interesantes, era que algunos daban la impresión de actuar mediante estas
conexiones por hiatos que ya no son las de la vigilia ni las del sueño o la
pesadilla. Por un instante, estuvieron muy cerca del pensamiento. Esto es todo
lo que quiero decir: una imagen secreta del pensamiento que inspira, por sus
desarrollos, bifurcaciones y mutaciones, la necesidad de crear conceptos
nuevos, no en función de un determinismo externo, sino en función de un devenir
que arrastra a los propios problemas.
– Usted consagró su libro anterior a Foucault. ¿Se
trataba de historia de la filosofía? ¿Por qué Foucault? ¿Qué relaciones hay
entre la filosofía de Foucault y la de usted? Ya en el Foucault introducía
usted la noción de pliegue. ¿Hay una relación entre Foucault y Leibniz?
– Foucault es un gran filósofo y también un
asombroso estilista. Ha concebido de una forma nueva el saber, el poder, y ha
encontrado relaciones específicas entre ambos. La filosofía ha adquirido, con
Foucault, un sentido nuevo. Después, introdujo los procesos de subje-tivación
como tercera dimensión de los “dispositivos”, como tercer término distinto que
reacciona sobre los saberes y los poderes: de este modo, inaugura toda una
teoría y una historia de los modos de exis-tencia, la subjetivación griega, las
subjetivaciones cristianas..., su método rechaza los universales, descubre
siempre procesos singulares
212
que se producen en las multiplicidades. Lo que más
me influenció fue su teoría del enunciado, porque implica una concepción del
lenguaje como un sistema heterogéneo y en desequilibrio que permite pensar la
formación de enunciados nuevos en todos los órdenes. La importancia de su [239]
obra “literaria”, de crítica literaria y artística, sólo se evidenciará cuando
se reúnan sus artículos42; un texto como La vida de los hombres infames es una
obra maestra de comicidad y belleza, hay en Foucault algo de Chejov.
Mi libro no es un texto de historia de la
filosofía, es un libro que me gustaría haber escrito con él, con la idea que
tengo de él y con mi admiración por él. Si este libro pudiera tener algún valor
poético, sería el de lo que los poetas llaman un “túmulo”. Mis diferencias son
secun-darias: lo que él llamaba “dispositivo”, y lo que Félix y yo hemos
llamado “agenciamiento”, no tienen las mismas coordenadas, porque él constituía
secuencias históricas originales, mientras que nosotros damos más importancia a
los componentes geográficos, las territoria-lidades y los movimientos de
desterritorialización. Siempre hemos sido aficionados a la historia universal,
que él detestaba. Pero el poder seguir lo que él hacía siempre fue para mí una
confirmación indiscuti-ble. Con frecuencia se le ha entendido mal, cosa que,
más que molestar-le, le preocupaba. Causaba temor, es decir, su mera presencia
impedía la desvergüenza de los imbéciles. Foucault cumplía la función que
Nietzsche señaló a la filosofía: “obstruir la estupidez”. El pensamiento era
para él como una inmersión que siempre saca algo a la luz. Es un
42 En 1994,
la Editorial Gallimard ha empezado a publicar todos estos textos bajo el titulo
Dits et Ecrits. [N.delT.]
213
pensamiento que actúa mediante pliegues y que, de
pronto, se extiende como un muelle. No creo, sin embargo, que Leibniz haya
tenido una influencia especial en él. Aunque hay una frase de Leibniz que le
conviene con mucha exactitud: creía haber llegado a [240] puerto, y me encontré
arrojado de nuevo en alta mar. Los pensadores como Fou-cault proceden por
crisis, por oleadas, hay en ellos algo sísmico.
La última vía abierta por Foucault es
extremadamente rica: los pro-cesos de subjetivación no tienen nada que ver con
la “vida privada”, sino que designan aquella operación mediante la cual los
individuos o las comunidades se constituyen como sujetos al margen de los
saberes y de los poderes establecidos, lo que puede dar lugar a nuevos saberes
y a nuevos poderes. Esta es la razón de que la subjetivación ocupe el tercer
lugar, un “desprendimiento” en forma de pliegue, de repliegue o de plegado.
Foucault asigna el primer movimiento de subjetivación, al menos en Occidente, a
los griegos, que consideran que el hombre libre debe ser “dueño de sí mismo”
para poder gobernar a los demás. Pero hay subjetivaciones muy distintas, y de
ahí el interés de Foucault por el cristianismo, que está atravesado por
formidables procesos individua-les (anacoretas) o colectivos (órdenes,
comunidades), sin hablar de las herejías y las reformas, y cuya regla ya no
será el dominio de sí mismo. Quizá incluso habría que decir que, en muchas
formaciones sociales, no son los señores, sino más bien los excluidos los que
constituyen focos de subjetivación: así el esclavo liberado, que se lamenta de
haber perdido todo estatuto social en el orden establecido, y que dará origen a
nuevos poderes. La lamentación tiene una gran importancia, no solamente poética
sino también histórica y social, ya que expresa un
214
movimiento de subjetivación (“pobre de mí...”): hay
toda una subjeti-vidad elegiaca. El sujeto nace tanto de las lamentaciones como
de las exaltaciones. Foucault estaba fascinado por los movimientos de
subjetivación que se están esbozando en nuestras sociedades: ¿cuáles son [241]
los procesos modernos que producen la subjetividad? De modo que sólo pueden
hablar de un retomo de Foucault al sujeto quienes ignoran por completo el
problema que él plantea. Y, en este caso, tampoco merece la pena discutir.
– Ciertamente, se encuentran en El Anti–Edipo
fragmentos de histo-ria universal, como la distinción entre las sociedades
codificadas, los Estados sobrecodificadores y el capitalismo que descodifica
los flujos. En Mil Mesetas recuperan ustedes este tema introduciendo la
distin-ción entre las máquinas de guerra nómadas y los Estados sedentarios:
proponen una “nomadología”. Pero, ¿qué posiciones políticas se derivarían de
ello? Usted ha formado parte del G.I.P. [Grupo de infor-mación sobre las
cárceles] con Foucault; apoyó con su firma la candi-datura de Coluche: ha
tomado posición en el tema palestino; pero, desde que acabó la era “post–68”,
se ha vuelto usted más “silencioso”, aún más que Guattari. No ha participado en
el movimiento en pro de los derechos humanos ni en la filosofía del Estado de
derecho. ¿Se trata de una opción, de una reticencia o de una decepción? ¿No
tiene la filosofía ningún papel en la ciudad?
– Si de lo que se trata es de reconstruir
trascendencias o universales, de restablecer un sujeto de reflexión portador de
derechos, o de instaurar una intersubjetividad de comunicación, todo ello no
supone
215
una gran invención filosófica. Se quiere fundar un
“consenso”, pero el consenso es una regla ideal de opinión que no tiene nada
que ver con la filosofía. Esto es más bien una “filosofía de promoción”
dirigida a menudo contra la U.R.S.S. Ewald ha mostrado que los derechos
huma-nos no se conforman con un sujeto de derecho, sino que plantean problemas
jurídi-[242]cos que son interesantes por otros motivos. Hay tantos casos en los
cuales los Estados que pisotean los derechos humanos son excrecencias o dependencias
de aquellos que se reclaman de tales derechos, que se diría que se trata de dos
funciones comple-mentarias.
Sólo se puede pensar el Estado en relación con su
más allá, el mer-cado mundial único, y con su más acá, las minorías, los
devenires, la “gente”. En el más allá reina el dinero, es él quien se comunica,
y lo que actualmente nos hace falta no es una crítica del marxismo sino una
teoría moderna del dinero tan buena como la de Marx y capaz de continuarla (los
banqueros están más preparados que los economistas para suministrar los
elementos de esta teoría, aunque el economista Bernard Schmitt haya progresado
ya en esta dirección). En cuanto al más acá, los devenires escapan al control,
esas minorías que no cesan de resucitar y de resistir. Los devenires no son la
historia: aunque sea estructural, la historia piensa casi siempre en términos
de pasado, presente y porvenir. Se nos dice que las revoluciones acaban mal, o
que su porvenir engendra monstruos: es una idea muy vieja, para cuya defensa no
hay que remitirse a Stalin, ya es cierto a propósito de Napoleón o de Cromwell.
Cuando se dice que las revoluciones tienen
216
un mal porvenir, no se ha dicho aún nada acerca del
devenir– revolucionario de la gente. Si nos hemos interesado tanto por los
nómadas es porque son un devenir y no forman parte de la historia: excluidos de
ella, se metamorfosean para reaparecer de otro modo, bajo formas inesperadas,
en las líneas de fuga del campo social. Esta es una de nuestras diferencias con
Foucault: según él, un campo social está atravesado por estrategias; para
nosotros, hay una fuga generali-zada. Mayo del 68 fue un devenir que irrumpió
en la Historia, y por ello la Histo-[243]ria lo ha comprendido tan mal y la
sociedad histórica lo ha asimilado de forma tan torcida.
Nos hablan del futuro de Europa, de la necesidad de
conciliar los sistemas bancarios, las empresas, las policías, los mercados
interiores, los seguros, consensus, consensus..., pero, ¿y el devenir de la
gente? ¿Nos reserva Europa devenires extraños, nuevos 68? ¿Qué quiere devenir
la gente? Son cuestiones llenas de sorpresas, y no se trata del porvenir sino
de la actualidad o de lo intempestivo. Los palestinos son lo intempestivo del
oriente próximo, los que han llevado más lejos la cuestión del territorio. Lo
que cuenta, en los países que no disfrutan de un Estado de derecho, es la
naturaleza de los procesos de liberación, forzosamente nomádicos. Y lo que
cuenta en los Estados de derecho no son los derechos adquiridos y codificados,
sino todo lo que actualmen-te es problemático en el seno del derecho y que hace
que lo adquirido corra siempre el riesgo de volver a ser cuestionado. No nos
faltan hoy problemas de este género, el código civil hace aguas por todas
partes, y la crisis del código penal es comparable a la de las prisiones. Lo
que
217
crea derecho no son los códigos ni las
declaraciones sino la jurispru-dencia. La jurisprudencia es la filosofía del
derecho y procede mediante singularidades, por prolongación de singularidades.
Todo esto puede, evidentemente, dar lugar a ciertas posturas, cuando se tiene
algo que decir. Pero hoy ya no basta con “tomar posición”, aunque sea de modo
concreto. Se precisaría un mínimo control de los medios de expresión. De otro
modo, nos encontraremos rápidamente en la televisión res-pondiendo a preguntas imbéciles,
o en un “cara a cara”, para “discutir un poco”. ¿Habría que participar en la
producción del programa? Es difícil, porque se trata de [244] una profesión, y
nosotros ya no somos ni siquiera los clientes de la televisión, los verdaderos
clientes son los anunciantes, los famosos liberales. No parece muy decoroso que
los filósofos fueran esponsorizados y que tuviesen que llevar los nombres de
algunas marcas comerciales en sus camisas, aunque esto probable-mente ha
sucedido ya. Se habla de una dimisión de los intelectuales, pero, ¿cómo podrían
expresarse a través de unos medios universales que constituyen una ofensa a
todo pensamiento? No creo que a la filosofía le falte público ni divulgación,
sino que se trata de un estado clandestino del pensamiento, un estado nómada.
La única comunica-ción que podríamos desear, perfectamente adaptada al mundo
moder-no, se conformaría según el modelo de Adorno (la botella arrojada al mar)
o según el de Nietzsche (la flecha que un pensador lanza para que otro la recoja).
– El Pliegue, consagrado a Leibniz (aunque su
nombre no aparezca más que en el subtítulo y junto con un tema: “Leibniz y el
Barroco”),
218
parece reanudar su larga serie de libros dedicados
a figuras de filóso-fos: Kant43, Bergson44, Nietzsche, Spinoza45. No obstante,
se tiene la impresión de que es más “un libro de” que “un libro sobre”. O, aún
mejor, de que se trata asombrosamente de [245] las dos cosas a la vez: un libro
sobre Leibniz y sobre la totalidad de su propio pensamiento, presente más que
nunca en su globalidad. ¿Cómo interpreta usted esta coincidencia? Se diría que
este libro, mediante una complicidad con los conceptos de Leibniz, reintegra
series de conceptos provenientes de otros libros suyos, reubicando en cierto
modo los datos deforma muy ágil, produciendo algo nuevo de carácter global.
– Leibniz es fascinante porque ningún filósofo ha
creado tanto co-mo él. Se trata en apariencia de nociones extremadamente raras,
casi desquiciadas. Su unidad parece ser muy abstracta, del tipo: “todo
predicado está incluido en el sujeto”, pero ocurre que el predicado no es un
atributo, sino un acontecimiento, y que el sujeto no es un sujeto sino una
envoltura. Ello no obstante, hay una unidad concreta del concepto, una
operación o una construcción que se reproduce en este plano, el Pliegue, los
pliegues de la tierra, los pliegues de los organis-mos, los pliegues del alma.
Todo en Leibniz se pliega, se despliega y se repliega, se percibe en pliegues,
y el mundo está plegado en cada alma que despliega tal o cual de sus regiones
según el orden del espacio y el
43 La
philosophie critique de Kant. Presses Universitaries de France, París, 1963.
Trad. cast. F. Monge, Ed. Labor, Barcelona, 1974. [N. del T.]
44 Le
Bergsonisme. Presses Universitarires de France, París, 1966. Trad. cast. Ed.
Cátedra. [N. del T.]
45 Spinoza
et le probléme de l’expression. Ed. de Minuit, París, 1968. Trad. cast. H.
Vogel, Ed. Muchnick, Barcelona, 1975. Spinoza. Philosophie pratique. Ed. de
Minuit, París, 1981. Trad. cast. Ed. Tusquets, Barcelona, 1983. [N. del T]
219
tiempo (armonía). Podemos adivinar inmediatamente
la situación extrafilosófica a la que Leibniz nos remite: una capilla barroca
“sin puertas ni ventanas”, en la que todo es interior, o bien una música
barroca que extrae la armonía de la melodía. El Barroco eleva al infinito el
pliegue, como vemos en los cuadros de El Greco, en las esculturas de Bemini, lo
que nos permite una comprensión no filosófi-ca, mediante perceptos y afectos.
Este libro representa, para mí, al mismo tiempo una
continuación y una recapitulación. Hay que seguir a Leib-[246]niz (su filosofía
es, sin duda alguna, la que ha tenido el mayor número de discípulos
creado-res), pero también a los artistas que se hacen eco de él, incluso sin
saberlo: Mallarmé, Proust, Michaux, Hantaï, Boulez, todos los que trabajan con
un mundo de pliegues y despliegues. Es una encrucijada, una conexión múltiple.
El pliegue está lejos de haber agotado ya todas sus potencias, se trata de un
buen concepto filosófico. Y esto me deja las manos libres para lo que me
gustaría hacer a partir de ahora. Quiero escribir un libro titulado “¿Qué es la
filosofía?”46, que será breve. También, Guattari y yo queremos volver a
trabajar juntos en una especie de filosofía de la naturaleza, en este momento
en el que se disuelven las diferencias entre la naturaleza y el artificio. Son
proyectos suficientes para llenar una vejez feliz.
Magazine littéraire n.º 257,
Septiembre de 1988, entrevista con
Raymond Bellour y François Ewald
46 Ed. Anagrama, Barcelona, 1993. [N. del T.]
220
[247]
14. SOBRE
LEIBNIZ
– Usted siempre ha dicho que filosofar era trabajar
los conceptos como se trabaja la madera, y producir conceptos nuevos capaces de
responder a problemas reales. El concepto de pliegue parece particu-larmente
eficaz, ya que permite caracterizar tanto la filosofía de Leibniz como el
barroco, y abrirse a obras como las de Michaux o Borges, Maurice Leblanc,
Gombrowicz o Joyce, así como a otros territorios artísticos. Estamos tentados
de preguntar: un concepto con el que se trabaja tan bien, ¿no corre el riesgo
de perder su valor por inflación y hacerse acreedor de los mismos reproches que
se dirigían a los sistemas omniexplicativos?
– Desde luego, hay pliegues por todas partes: en
las rocas, en los ríos y en los bosques, en los organismos, en la cabeza o en
el cerebro, en las almas o en el pensamiento, en las llamadas obras
plásticas... Pero eso no significa que el pliegue sea un universal. Me parece
que [248] fue C. Lévi–Strauss quien señaló la necesidad de distinguir entre
estas dos proposiciones: “sólo difieren las semejanzas”, y “sólo las
diferen-cias se parecen”. En el primer caso, lo primero es la semejanza entre
las cosas, y en el otro es la cosa misma la que difiere, y difiere en principio
de sí misma. Las líneas rectas se parecen, pero los pliegues varían, difieren.
No hay dos cosas que estén plegadas de la misma manera, ni dos rocas, y no hay
un pliegue regular en una misma cosa. Por eso, aunque hay pliegues por todas
partes, el pliegue no es un universal. Es un “diferencial”, un “diferenciante”.
Hay dos clases de conceptos, los
221
universales y las singularidades. El concepto de
pliegue siempre es un singular, no puede avanzar si no es variando,
bifurcándose, meta– morfoseándose. Basta comprender –y ante todo ver y tocar–
las mon-tañas a partir de sus pliegues para que pierdan su dureza, y para que
lo milenario se convierta de nuevo en lo que es, no permanencia sino tiempo en
estado puro, flexibilidad. Nada es más turbador que los movimientos incesantes
de lo que parece inmóvil. Leibniz diría: una danza de partículas arrollándose
en pliegues.
– Todo su libro enseña que la filosofía de Leibniz,
debido al trabajo del concepto de pliegue, puede conectarse con realidades no
filosóficas y esclarecerlas, así como la mónada puede remitir a otras obras
pictó-ricas, escultóricas, arquitectónicas o literarias. Pero, ¿puede servir
también para aclarar nuestro mundo social y político? Si lo social se ha
llegado a convertir, como se dice, en un “continente negro”, ¿no ha sido por
haberlo pensado en términos mecánicos y anatómicos (Marx), y no en términos de pliegues,
de tejido, de textura? [249]
– La proposición más conocida de Leibniz es esta:
cada alma o suje-to (mónada) está enteramente cerrada, sin puertas ni ventanas,
y contiene el mundo entero en su sombrío fondo, esclareciendo sólo una pequeña
parte de este mundo, variable para cada cual. El mundo está, pues, plegado en
cada alma, pero de modo diferente, ya que una pequeña región del pliegue está
iluminada. A primera vista, se trata de una concepción muy extraña. Pero, como
siempre ocurre en filosofía, es una situación concreta. He intentado mostrar
que se trata de la arquitectura barroca, el “interior” barroco, la luz barroca.
Y se trata también de nuestra situación de hombres modernos, teniendo en
222
cuenta los nuevos modos en que se pliegan las
cosas. En el minimal art. Tony Smith ha propuesto la siguiente situación: un
coche que se lanza a una autopista oscura sin otra luz que la de sus faros y el
asfalto desfilando a toda velocidad ante el parabrisas. Es la versión moderna
de la mónada, y el parabrisas desempeña el papel de pequeña zona luminosa.
Usted me pregunta si puede darse a esto un sentido político y social: sin duda,
pues ya el barroco estaba ligado a una política, a una nueva concepción de la
política. En nuestra vida social, el sistema ventana–exterior tiende a ser
sustituido por el sistema habitación cerrada–tablero de información: más que
ver el mundo, lo leemos. No hay solamente una “morfología” social que juega con
las texturas, sino que el Barroco se desarrolla a nivel urbanístico y de
distribución del territorio. La arquitectura fue siempre una política, y toda
nueva arquitectura necesita fuerzas revolucionarias, los arquitectos pueden
decir: “necesitamos un pueblo”, incluso aunque el propio arquitecto no tenga
nada de revolucionario. El constructivismo se enfrenta con el barroco en sus
relaciones con la revolución bolchevique. El pueblo represen-[250]ta siempre
una nueva oleada, un nuevo pliegue del tejido social: la obra es siempre un
plegado específico de materiales nuevos.
– Por mediación de Leibniz, el concepto de pliegue
le conduce a usted a una cierta concepción de la materia y de lo vivo, así como
a afirmar la afinidad de la materia y la vida, de la materia y el organismo.
Mientras leía su libro, me he preguntado en varias ocasiones cómo podrían
entender un físico, un biólogo o un fisiólogo de la actualidad lo que usted
dice acerca de la materia o del organismo vivo. “El ‘origa-mi’ (...), arte de
plegar el papel, es el modelo de la ciencia de la mate-
223
ria”; “lo vivo implica un alma porque las proteínas
indican ya una actividad de percepción, de discriminación y distinción...”; “la
materia son texturas...”, ¿cuál es el estatuto de proposiciones de este tipo?
– La inflexión sigue siendo un objeto privilegiado
de las matemáti-cas o de la teoría de las funciones. La física de las fuerzas y
las partícu-las podría dar un sentido a la hipótesis de que la materia no es
granu-lar sino que se compone de pliegues cada vez más pequeños, como dice
Leibniz. La biología molecular ha descubierto, a su nivel, el fenómeno del
organismo como teatro y agente de plegados endógenos, así como también lo hizo
la embriología a su propio nivel: como se ve en Thom, la morfogénesis siempre
es cuestión de pliegues. La noción compleja de textura ha adquirido una enorme
importancia en todos los dominios. Desde hace tiempo se ha impuesto la idea de
que existe una percepción molecular. Los etólogos definen los mundos animales
de una manera muy próxima a Leibniz, muestran que un animal responde a un
cierto número de estímulos, a veces muy escaso, que constituyen como sus [251]
pequeños fulgores sobre el fondo oscuro de la naturaleza inmen-sa. Esto no
significa que repitan lo que ya Leibniz había dicho. El pliegue ha cambiado de
naturaleza, de función y de sentido desde el “preformacionismo” del siglo XVII
hasta la genética contemporánea. Pero tampoco Leibniz inventó la noción o la
operación del pliegue, ya conocido en las ciencias y en las artes. Fue, sin
embargo, el primer pensador que “liberó” el pliegue, llevándolo hasta el
infinito. Igualmen-te, el Barroco es la primera época que lleva el pliegue
hasta el infinito y desborda todo límite: El Greco, Bernini. Por ello, las
grandes tesis barrocas de Leibniz conservan plena actualidad científica, aunque
el
224
pliegue haya recibido nuevas determinaciones
conforme a su potencia de metamorfosis. Pasa lo mismo en el arte: está claro,
en la pintura, que los pliegues de Hantaï no son los de El Greco. Pero los
grandes pintores barrocos liberaron los pliegues de las restricciones y de los
límites que les aprisionaban en el arte románico, el gótico o el clásico. En
este sentido, hicieron posibles muchas aventuras nuevas: no es que las
prefigurasen, es que representan su apertura. Mallarmé o Michaux están
obsesionados por los pliegues: esto no significa que sean leibni-zianos, sino
que tienen algo en común con Leibniz. El arte informal tiene dos componentes:
las texturas y las formas plegadas. Esto no quiere decir que Klee o Dubuffet
sean barrocos. Pero el “gabinete logológico” se parece al interior de una
mónada leibniziana. Sin el Barroco y sin Leibniz, el pliegue no habría
alcanzado la autonomía que le ha permitido después crear tantos nuevos caminos.
En suma, la exaltación o la autonomización del pliegue en el Barroco tiene, con
ritmos diferentes, consecuencias artísticas, científicas y filosóficas que
distan de haberse agotado, y en las que reaparecen constantemente “temas”
leibnizianos. [252]
– Construir una teoría del acontecimiento no es una
tarea nueva para usted. No obstante, en El Pliegue esta teoría llega a su forma
más acabada, especialmente a través de la confrontación que usted presenta
entre Leibniz y Whitehead. Es difícil resumir en estas líneas los com-ponentes
y condiciones que usted atribuye al acontecimiento. Baste decir que habla usted
en términos de extensión, de intensidad, de individuo, de prensión, para dar
idea de que los acontecimientos a los que se refiere no son los mismos que
persiguen los periodistas y los
225
media. Entonces, ¿qué captan los media cuando
“fijan el acontecimien-to”? ¿En qué condiciones podrían los media llegar a lo
que usted llama “acontecimientos”?
– No creo que los media tengan recursos suficientes
o vocación de acceder a un acontecimiento. De entrada, muestran casi siempre el
principio o el fin, mientras que un acontecimiento, incluso aunque sea breve,
aunque sea instantáneo, continúa. Además, buscan lo espectacu-lar, mientras que
el acontecimiento es inseparable de los tiempos muertos. No es que haya tiempos
muertos antes y después del aconte-cimiento, sino que el tiempo muerto está en
el acontecimiento: por ejemplo, el instante del accidente más brutal se
confunde con la inmensidad de un tiempo vacío en el que se asiste a su acaecer
como espectador de lo que aún no ha ocurrido, en un “suspense” muy dilatado. El
acontecimiento más común nos convierte en videntes, mientras que los media nos
transforman en miradas pasivas, a lo peor en mirones. Groethuyssen decía que
todo acontecimiento tiene lugar, por decirlo así, en un tiempo en el que nada
pasa. No percibimos la larguísima espera que está presente en el acontecimiento
más inespe-rado. No son los media, sino el arte [253] quien puede alcanzar el
acontecimiento: así lo hace el cine, por ejemplo Ozu o Antonioni. Precisamente
en estos casos, el tiempo muerto no está entre dos acontecimientos, está en el
acontecimiento mismo, constituye su espesor. Es cierto que he escrito mucho
sobre esta noción de aconteci-miento: no creo en las cosas. El Pliegue recupera
este mismo tema en otros aspectos. Mi frase preferida del libro es: “Esta noche
hay concier-to”. En Leibniz o en Whitehead todo es acontecimiento. Lo que
Leibniz
226
llama predicado no es para nada un atributo, es un
acontecimiento, “cruzar el Rubicón”. Por eso, tanto el uno como el otro se ven
forzados a modificar completamente la noción de sujeto: ¿en qué se convierte un
sujeto cuando sus predicados son acontecimientos? Sucede como en los emblemas
barrocos.
– Tengo la impresión de que, más que “desarrollar”
su obra. El plie-gue la “envuelve”, la implica más que explicarla. En otras
palabras, que en lugar de progresar hacia ese lugar (con el que sueñan los
comenta-ristas) que seria “la filosofía explícita de Deleuze”, se riza o hace
círculos. Así, el concepto de pliegue remite a su anterior libro, Foucault
–el pliegue del pensamiento en el proceso de
subjetivación–, y Leibniz remite a una cadena de estudios que podrían
calificarse como de historia de la filosofía, y que usted consagró a Hume, a
Spinoza, a Kant, a Nietzsche o a Bergson. En suma, parece como si El pliegue
encajase con –y se ajustase a– cualquier segmento de su obra, de tal modo que
ésta, si me permite la comparación, se parecería a una especie de despertador
del cual no sabemos “lo que” dice (¡es la hora!), pero cuyo interés residiría
en las posibilidades infinitas de montaje y desmontaje que ofrece. ¿Estoy
completamente confundido? [254]
– Me gustaría mucho que estuviese usted en lo
cierto, y creo que así es. Cada uno tiene sus hábitos de pensamiento: yo tiendo
a pensar las cosas como conjuntos de líneas que hay que separar y que mezclar.
No me gustan los puntos, señalar puntos me parece una estupidez. No es que la
línea esté entre dos puntos, es que el punto es el cruce de varias líneas. La
línea no es nunca regular, el punto no es más que la inflexión de la línea. Por
otra parte, lo que cuenta no son los principios ni los
227
finales sino el medio. Las cosas y los pensamientos
se activan y crecen en el medio, hay que instalarse en ese lugar, pues es ahí
donde se produce el pliegue. Por ello, un conjunto multilineal puede implicar
un doblez, un cruce o una inflexión que comunique la filosofía, la historia de
la filosofía, la historia en sentido estricto, la ciencia o el arte. Como las
revueltas de un movimiento que ocupa el espacio al modo de un torbellino, con
posibilidad de surgir en un punto cualquiera.
– Pero aquí no se trata de un punto cualquiera, se
trata de Leibniz. Todo el mundo le conoce, pero por mediación de Cándido y de
la manera en que Voltaire se burla de la fórmula “el mejor de los mundos
posibles”. Le haré una pregunta en broma: ¿es perjudicial para la memoria de–un
filósofo verse ridiculizado de ese modo?
– Voltaire también es filósofo, y Cándido es un
gran texto. Lo que sucede en el período que media entre Leibniz y Voltaire es
un momen-to fundamental de la historia del pensamiento, la Ilustración, es
decir, precisamente un régimen de luz, de materia y de vida, un régimen de la
Razón completamente distinto del régimen barroco, por mucho que Leibniz haya
preparado esta nueva época: la [255] razón teológica se ha derrumbado y se ha
convertido en una razón pura y simplemente humana. Aunque el Barroco mismo es ya
la crisis de la razón teológica: se trata de la última tentativa de
reconstrucción de un mundo que se viene abajo. Es así como a menudo se ha
definido la esquizofrenia, las actitudes esquizofrénicas, que por ello se han
visto a veces como algo cercano a las llamadas danzas barrocas. Pero cuando
Leibniz dice que nuestro mundo es el mejor de los mundos posibles, hay que
darse cuenta de que “el mejor” viene a sustituir al Bien del mundo clásico, ya
228
que precisamente supone la quiebra del Bien. La
idea de Leibniz es que nuestro mundo es el mejor, pero no porque se encuentre
regido por el Bien, sino porque tiene aptitud para producir y recibir lo nuevo:
es una idea muy interesante, que Voltaire no rechaza. Esto está muy lejos de
ese optimismo que se le supone a Leibniz. Es más, en Leibniz toda posibilidad
de progreso se apoya en su concepción barroca de la condenación eterna: el
mejor de los mundos posibles aparece a costa de los condenados que, al haber
renunciado a todo progreso, liberan una cantidad infinita de “progresividad”.
En este sentido, un texto espléndido es La profesión de fe del filósofo, del
que Belaval ha hecho una magnífica traducción francesa47. Hay en ese libro un
canto de Belzebú que es, sin duda alguna, el texto más bello sobre el mal. En
nuestros días ya no es la razón teológica sino la humana, la de la Ilustración,
la que ha entrado en crisis y se está derrumbando. De ahí que, por nuestras
tentativas de salvar algo de ella o de reconstruirla, asistamos a un
neo–barroco que [256] nos coloca probablemente más cerca de Leibniz que de
Voltaire.
– Al mismo tiempo que El pliegue, ha publicado
usted un texto – breve pero luminoso– acerca de la filosofía de Francois
Châtelet, Pericles y Verdi48. ¿Hemos de otorgar algún significado deliberado
(relativo sobre todo al sentido del philein de la filosofía) al hecho de que un
libro importante de filosofía sea precedido y sucedido por dos textos dedicados
a dos amigos desaparecidos, Michel Foucault y
47 En
castellano, puede consultarse la traducción de E. de Olaso, en Leibniz:
Escritos filosóficos, Ed. Charcas, Buenos Aires,
1982, pp. 96–144 [N. del T.]
48 Ed. de
Minuit, París, 1988, trad. cast. U. Larraceleta y J. Vázquez, Ed. Pre–textos,
Valencia, 1989. [N. del T.]
229
Francois Châtelet? ¿Diría que existe en la
filosofía y/o en la escritura filosófica esa “música” que Châtelet, como usted
señala, definía como “instauración de relaciones humanas en la materia sonora
“?
– Habla usted, en primer lugar, de amistad. He
escrito un libro so-bre Foucault, y después un texto sobre Châtelet. Para mí,
no son simples homenajes a mis amigos. El libro sobre Foucault pretende ser
enteramente un libro de filosofía, y se llama Foucault para indicar que él
nunca se hizo historiador, que nunca dejó de ser un gran filósofo. En cuanto a
François Châtelet, él se consideraba a sí mismo como una especie de “productor”
filosófico, del mismo modo que se habla de productores cinematográficos. Y es
el caso que, justamente, muchos directores han intentado instaurar en el cine
nuevos modos de “pro-ducción”, de gestión. Lo que yo he intentado indicar muy
sumariamen-te es que esta aspiración de Châtelet no lo sitúa al margen de la
filoso-fía sino que, al contrario, implica una filosofía muy original y
precisa. Queda la cuestión [257] de la amistad. La amistad es algo interno a la
filosofía, ya que el filósofo no es un sabio sino un “amigo”. ¿Amigo de qué?
¿Amigo de quién? Kojève, Blanchot o Mascolo han insistido en esta cuestión de
la amistad, que se halla en el corazón del pensamiento. No se puede llegar a
saber qué es la filosofía sin experimentar esta oscura pregunta, sin
responderla, por muy difícil que sea. Plantea usted también la cuestión de la
música, ya que Châtelet vivía con la música. ¿Es la música aquello de lo que el
filósofo es amigo? Me parece cierto que la filosofía es un auténtico cántico
que no se lleva a cabo con la voz pero que tiene el mismo sentido del
movimiento que la música. Esto podía decirse ya de Leibniz, quien, al mismo
tiempo que la música
230
barroca, convierte la Armonía en un concepto
fundamental. Hace de la filosofía una producción de acordes. ¿Es esto la
amistad, el acorde que llega hasta la disonancia? No se trata de someter la
filosofía a la música ni tampoco de lo contrario. Se trata, una vez más, de una
operación de plegado: “pli selon pli”, como hace Boulez con Mallarmé.
En Libération,
22 de Septiembre de 1988.
Entrevista con Robert Maggiori
231
[259]
15. CARTA A
RÉDA BENSMAÏA SOBRE SPINOZA
Me siento muy honrado por la iniciativa de
Lendemains y por la asombrosa calidad de los artículos que me han dedicado. Me
gustaría responder poniendo toda esta empresa bajo la advocación de Spinoza y
hablar, si usted me lo permite, del problema que, a este respecto, me ocupa en
este momento. Será un modo de “participar”.
Creo que los grandes filósofos son también grandes
estilistas. Si bien el vocabulario, en filosofía, forma parte del estilo,
porque implica tanto la invocación de palabras nuevas como la valoración
insólita de términos usuales, el estilo es siempre cuestión de sintaxis. Pero
la sintaxis es un estado de tensión hacia algo que no es sintáctico ni siquiera
lingüístico (un afuera del lenguaje). En filosofía, la sintaxis se orienta
hacia el movimiento del concepto. Pero el concepto no se reduce exclusivamente
a sí mismo (comprensión filosófica), actúa también en las cosas y en nosotros:
nos inspira nuevos perceptos y nuevos afectos [260] que constituyen la
comprensión no filosófica de la propia filosofía. Esto explica que la filosofía
tenga una relación esencial con los no filósofos y se dirija también a ellos.
Puede incluso suceder que ellos accedan a una comprensión directa de la
filosofía sin pasar por la comprensión filosófica. El estilo, en filosofía,
tiende hacia estos tres polos: el concepto (nuevas maneras de pensar), el
percepto (nue-vas maneras de ver y escuchar) y el afecto (nuevas maneras de
experi-mentar). Tal es la trinidad filosófica, la filosofía como ópera: se
necesi-tan los tres para que el movimiento tenga lugar.
232
¿Qué tiene que ver Spinoza con todo esto? Más bien
se diría que ca-rece de estilo, pues en la Ética utiliza un latín muy
escolástico. Pero desconfiemos de aquellos de quienes se dice que “no tienen
estilo”, pues, como ya lo observara Proust, son a menudo los más grandes
estilistas. La Ética se presenta como un constante oleaje de definicio-nes,
proposiciones, demostraciones y corolarios en los que puede reconocerse un
extraordinario desarrollo del concepto. Pero, al mismo tiempo, surgen
“incidentes” a título de escolios discontinuos, autóno-mos, que remiten unos a
otros y actúan violentamente, constituyendo una cadena volcánica quebrada en la
que rugen todas las pasiones, en una guerra de las alegrías contra las
tristezas. Se diría que estos esco-lios se insertan en el desarrollo general
del concepto, pero no es así: se trata más bien de una segunda Ética que
coexiste con la primera a otro ritmo, con otro tono, y que duplica el
movimiento del concepto me-diante todas las potencias del afecto.
Y existe todavía una tercera Ética, cuando comienza
el Libro Quinto. Spinoza nos enseña, en efecto, que hasta [261] entonces ha
hablado desde el punto de vista del concepto, pero advierte que a partir de ese
momento cambiara de estilo para hablar mediante perceptos puros, intuitivos y
directos. Podríamos también pensar que, incluso aquí, continúan las
demostraciones, pero esto ya no ocurre del mismo modo. La vía demostrativa
camina ahora por atajos fulgurantes, actúa me-diante elipsis, sobreentendidos y
contracciones, procede mediante resplandores penetrantes y desgarradores. No es
ya un río, ni una comente subterránea, es fuego. Una tercera Ética que, aunque
aparece
233
al final, estaba presente desde el principio,
coexistiendo con las otras dos.
En esto reside el estilo de Spinoza, bajo su latín
tranquilo en apa-riencia. Hace vibrar tres lenguas en una lengua aparentemente
reposa-da, introduce una triple tensión. La Ética es el libro del concepto
(segundo género de conocimiento), pero también del afecto (primer género) y del
percepto (tercer género). La paradoja de Spinoza consiste, por ello, en que,
siendo el filósofo de los filósofos, en cierto modo el más puro, es al mismo
tiempo el que más se dirige a los no filósofos y quien más intensamente solicita
una comprensión no filosófica. Por ello, estrictamente todo el mundo puede leer
a Spinoza y extraer de su lectura emociones enormes o renovar completamente su
percepción, aunque comprenda mal los conceptos spinozistas. Inversamente, un
historiador de la filosofía que sólo comprendiera los conceptos de Spinoza
tendría una comprensión insuficiente. Se precisan dos alas, como diría Jaspers,
aunque sólo fuera para llevamos a todos, filósofos y no filósofos, hasta un
límite común. Y las tres alas son el mínimo necesario para constituir un
estilo, un pájaro de fuego.
Lendemains, n.º 53, 1989
234
V
POLÍTICA
[265]
16. CONTROL Y
DEVENIR
– El problema político no parece haber estado nunca
ausente de su vida intelectual. Por una parte, ha participado usted en ciertos
movi-mientos (cárceles, homosexuales, autonomía italiana, palestinos); por
otra, en su obra se continúa y se superpone constantemente la proble-matización
de las instituciones, desde el libro sobre Hume al libro sobre Foucault. ¿De
dónde procede esta constante proximidad de lo político y cómo consigue
mantenerse siempre ahí, al filo de su obra? ¿Por qué la relación entre movimientos
e instituciones siempre resulta problemática?
– Lo que me ha interesado, más que las
representaciones, han sido las creaciones colectivas. En las “instituciones”
hay todo un movimien-to que se distingue tanto de las leyes como de los
contratos. Lo que hallé en Hume fue una concepción muy creativa de la
institución y del derecho. En un principio, el derecho me interesaba más que la
política. Incluso lo que me gustaba de Masoch y de Sade [266] era su concepción
completamente distorsionada –del contrato en Masoch, de las institu-ciones en
Sade– en relación con la sexualidad. Y aún hoy me parece esencial el trabajo de
Francois Ewald para restaurar la filosofía del derecho. No me interesan ni la
ley ni las leyes (la primera es una
235
noción vacía, las otras son nociones cómplices), ni
siquiera el derecho o los derechos, lo que me interesa es la jurisprudencia.
Ella es la verdaderamente creadora de derecho: habría que evitar que los jueces
la monopolicen. Los escritores no deben leer el Código Civil sino más bien las
colecciones de jurisprudencia. Hay quien ya está soñando con establecer el
derecho de la biología moderna: “pero en la biología moderna, y en las nuevas
situaciones que está creando, en los nuevos acontecimientos que está posibilitando,
todo es cuestión de jurispru-dencia. Lo que se necesitan no son comités morales
y seudocompe– tentes de sabios sino grupos de usuarios. Ése es el paso del
derecho a la política. Yo hice algo así como mi “paso a la política” en Mayo
del 68, a medida que entraba en contacto con problemas concretos, gracias a
Guattari, gracias a Foucault, gracias a Elie Sambar. Todo El Anti–Edipo fue un
libro de filosofía política.
– Usted ha experimentado los acontecimientos del 68
como el triun-fo de lo Intempestivo, la realización de la contra–efectuación.
Ya en los años anteriores al 68, en su trabajo sobre Nietzsche, así como un
poco más tarde, en su Sacher–Masoch, reconquista lo político como posibi-lidad,
acontecimiento y singularidad. Hay cortocircuitos que abren el presente al
futuro. Y que, por tanto, modifican las propias institucio-nes. Pero, después
del 68, parece que su valoración se matiza: el pensamiento nómada se presenta
siempre en el tiempo bajo la forma de una contra-[267]efectuación instantánea;
en el espacio, únicamente “el devenir minoritario es universal”. ¿Qué clase de
universalidad es ésta de lo Intempestivo?
236
– Progresivamente me he ido sensibilizando hacia
una posible dis-tinción entre el devenir y la historia. Decía Nietzsche que no
hay nada importante que no ocurra bajo una “nube no histórica”. No se trata de
la contraposición entre lo histórico y lo eterno, ni entre la acción y la
contemplación: Nietzsche se refiere a aquello que se hace, al aconteci-miento
mismo o al devenir. Lo que la historia capta del acontecimiento son sus
efectuaciones en estados de cosas, pero el acontecimiento, en su devenir, escapa
a la historia. La historia no es la experimentación sino solamente el conjunto
de condiciones (prácticamente negativas) que hacen posible experimentar algo
que escapa a la historia. En un gran libro de filosofía, Clio, Péguy explicaba
que hay dos maneras de considerar el acontecimiento: una consiste en recorrerlo
en toda su longitud, registrando su efectuación en la historia, sus
condiciona-mientos y su degradación en la historia; la otra consiste en
elevarse hasta el acontecimiento, instalarse en él como en un devenir,
rejuvene-cer y envejecer en él al mismo tiempo, atravesar todos sus
componen-tes o singularidades. El devenir no es la historia, la historia
designa únicamente el conjunto de condiciones (por muy recientes que sean) de
las que hay que desprenderse para “devenir”, es decir, para crear algo nuevo.
Exactamente lo que Nietzsche llamaba lo Intempestivo. Mayo del 68 fue la
manifestación, la irrupción de un devenir en estado puro. Hoy está de moda
denunciar los horrores de la revolución. Y esto no es nuevo: todo el
romanticismo inglés está lleno de reflexiones sobre Cromwell muy semejantes a
las que hoy se [268] hacen sobre Stalin. Se dice que las revoluciones no tienen
porvenir. Pero ahí se mezclan siempre dos cosas distintas: el futuro histórico
de las revolu-ciones y el devenir revolucionario de la gente. Ni siquiera se
trata de la
237
misma gente en los dos casos. La única oportunidad
de los hombres está en el devenir revolucionario, es lo único que puede
exorcizar la vergüenza o responder a lo intolerable.
– Me parece que Mil Mesetas, que yo considero una
gran obra filo-sófica, es también un catálogo de problemas no resueltos,
especialmen-te en el ámbito de la filosofía política. Las parejas conflictivas
proceso– proyecto, singularidad–sujeto, composición–organización, líneas de
fuga–dispositivos y estrategias, micro–macro, etc., no solamente quedan
abiertas, sino que son reabiertas constantemente, con una voluntad teórica
inaudita y con una violencia que recuerda el tono de las herejías. No tengo
nada contra una subversión de esta naturaleza, más bien todo lo contrario...
Pero a veces me parece sentir un acento trágico, cuando se ignora a dónde puede
conducir la “máquina de guerra”.
– Es una cuestión que me interesa mucho. Creo que
tanto Félix Guattari como yo, aunque quizá de dos maneras diferentes, nos hemos
mantenido fieles al marxismo. No creemos en una filosofía política no centrada
en torno al análisis del capitalismo y sus desarrollos. Lo que más nos interesa
de Marx es el análisis del capitalismo como sistema inmanente que
constantemente desplaza sus límites y constantemente vuelve a encontrarse con
ellos a una escala ampliada, ya que el límite es el propio Capital. En Mil Mesetas
se sugerían muchas orientaciones, pero las principales serían estas tres: en
primer lugar, pensamos [269] que una sociedad no se define tanto por sus
contradicciones como por sus líneas de fuga, se fuga por todas partes y es muy
interesante intentar seguir las líneas de fuga que se dibujan en tal o cual
momento.
238
Tomemos como ejemplo la Europa actual, con todo el
trabajo que han invertido los políticos en su construcción y los tecnócratas en
la uniformización de normas y reglamentaciones: por una parte, y considerando
simplemente la ampliación de los límites, pueden producirse explosiones
sorprendentes entre los jóvenes o entre las mujeres (algo que no es
“tecnocratizable”); por otra parte, tiene gracia comprobar que esta Europa está
ya, antes de haberse puesto en mar-cha, superada por movimientos procedentes del
Este. Se trata de líneas de fuga muy graves. Y hay otra indicación en Mil
Mesetas: no ya considerar las líneas de fuga en lugar de las contradicciones,
sino las minorías en lugar de las clases. Finalmente, una tercera orientación
consistiría en dar un estatuto a las “máquinas de guerra”, un estatuto que no
se definiría por la guerra sino por una cierta manera de ocupar, de llenar el
espaciotiempo o de inventar nuevos espaciotiempos: los movimientos
revolucionarios (no se ha tenido suficientemente en cuenta el modo en que la
O.L.P. ha sabido inventar un espaciotiempo en el mundo árabe), y también los
movimientos artísticos, son máqui-nas de guerra.
Dice usted que todo esto no está exento de cierto
tono trágico o me-lancólico. Creo entender la razón. Me han impresionado mucho
las páginas de Primo Levi en donde explica cómo los campos de extermi-nio nazis
nos han inoculado “la vergüenza de ser hombres”. No, según dice, porque todos
seamos responsables del nazismo, como se nos intenta hacer creer, sino porque
hemos sido [270] mancillados por él: incluso los supervivientes de los campos
se vieron obligados a aceptar compromisos, aunque sólo fuera para sobrevivir.
Vergüenza de que
239
hayan existido hombres capaces de ser nazis,
vergüenza de no haber sabido o de no haber podido impedirlo, vergüenza de haber
aceptado compromisos, eso es lo que Primo Levi llama “la zona gris”. Sucede
igualmente que a veces experimentamos la vergüenza de ser hombres en
circunstancias ridículas: ante un pensamiento demasiado vulgar, un programa de
variedades, el discurso de un ministro o las declaraciones de los “vividores”.
Este es uno de los más poderosos motivos para filosofar, para constituir una
filosofía política. Lo único universal del capitalismo es el mercado. No hay
Estado universal porque ya existe un mercado universal cuyos focos y cuyas
Bolsas son los Estados. No es universalizante ni homogeneizador, es una
terrible fábrica de riqueza y de miseria. Los derechos humanos no conseguirán
santificar las “delicias” del capitalismo liberal en el que participan
activamente. No hay un sólo Estado democrático que no esté comprometido hasta
la saciedad en esta fabricación de miseria humana. Lo que nos avergüen-za es no
tener ningún medio seguro para preservar, y a fortiori para liberar los
devenires, incluso en nosotros mismos. Lo que nos condena a una perpetua
“inquietud” es que no sabemos cómo puede cambiar tal grupo, cómo puede recaer
en lo histórico... No disponemos de la imagen de un proletariado al que le
bastaría con tomar conciencia.
– ¿Cómo puede ser potente el devenir minoritario?
¿Cómo puede convertirse la resistencia en insurrección? Al leer sus escritos,
dudo siempre acerca de cómo deben responderse estas preguntas, incluso aunque
encuentro en sus [271] obras un impulso que me obliga a reformularlas teórica y
prácticamente. Sin embargo, al leer las páginas que ha escrito sobre la
imaginación y las nociones comunes en Spi–
240
noza, o cuando leo en La imagen–tiempo la
descripción que hace de la composición del cine revolucionario en los países
del tercer mundo, cuando sigo con usted el paso de la imagen a la fabulación, a
la praxis política, tengo casi la impresión de haber encontrado una
respuesta...
¿Me equivoco? ¿Hay algún medio para que la
resistencia de los oprimi-dos pueda llegar a ser eficaz y lo intolerable se
desvanezca definitiva-mente? ¿Hay algún medio de que esa masa de singularidades
y átomos que somos pueda presentarse como un poder constituyente? ¿O debe-mos,
por el contrario, aceptar la paradoja jurídica de que el poder constituyente
sólo pueda ser definido por un poder ya constituido?
– Las minorías no se distinguen de las mayorías
numéricamente. Una minoría puede ser más numerosa que una mayoría. Lo que
define a la mayoría es un modelo al que hay que conformarse: por ejemplo, el
Europeo medio, adulto, masculino, urbano... En cambio, las minorías carecen de
modelo, son un devenir, un proceso. Podría decirse que nadie es mayoría. Todos,
de un modo u otro, estamos atrapados en algún devenir minoritario que nos
arrastraría hacia vías desconocidas si nos decidiéramos a seguirlo. Cuando una
minoría crea sus modelos es porque quiere convertirse en mayoría, lo que sin
duda es necesario para su supervivencia o su salvación (tener un Estado, ser
reconocido, imponer sus derechos). Pero su potencia procede de aquello que ha
sabido crear y que se integrará en mayor o menor medida en el mode-lo, sin
depender nunca de él. El pueblo siempre es una minoría creado-ra que permanece
como tal aun cuando alcance [272] una mayoría: las dos cosas pueden coexistir,
ya que no se experimentan en el mismo plano. Los mejores artistas (no los más
populistas) apelan a un pueblo,
241
y constatan que les “falta el pueblo”: Mallarmé,
Rimbaud, Klee, Berg. En el cine, los Straub. El artista no puede sino apelar al
pueblo, desde lo más profundo de su aventura tiene necesidad de ello, aunque no
pueda crearlo ni tenga que hacerlo. El arte es lo que resiste: resiste a la
muerte, a la servidumbre, a la infamia, a la vergüenza. Pero el pueblo no puede
ocuparse de arte. ¿Cómo se crea un pueblo, qué abominables sufrimientos son
precisos? Cuando un pueblo se crea, lo hace por sus propios medios, pero de un
modo que converge con el arte (dice Garel que también el museo del Louvre
contiene una abominable cantidad de sufrimiento) o que permite al arte alcanzar
lo que le faltaba. La utopía es un mal concepto: más bien hay una “tabulación”
común al pueblo y al arte. Sería necesario recuperar la noción bergsoniana de
“tabula-ción” y dotarla de un contenido político.
– En su libro sobre Foucault, y después también en
la entrevista televisiva en el I.N.A.49, propone profundizar en el estudio de
tres prácticas de poder: el Poder Soberano, el Poder Disciplinario, y sobre
todo el poder del Control de la “comunicación” que hoy está llegando a ser
hegemónico. Por una parte, este último escenario remite a la más elevada
perfección del dominio sobre la palabra y la imaginación; por otra, nunca como
hoy las minorías y las singularidades han sido hasta tal punto potencialmente
capaces de recuperar la palabra y, con ella, un grado [273] superior de
libertad. En la utopía marxiana de los Grundrisse50, el comunismo se configura
precisamente como una
49 Institut
National de 1’Audiovisuel. [N. del T]
50 K. Marx,
Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse der
Kritik der politischen Ökonomie), borrador de El Capital. Trad. cast. J. Aricó,
M. Murmis y P. Scarón, Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, 1971. [N. del T]
242
organización transversal de individuos libres,
apoyada en una base técnica que garantiza sus condiciones. ¿Es aún pensable el
comunismo? ¿Podría ser menos utópico que antaño en esta sociedad de la
comuni-cación?
– Es verdad que estamos entrando en sociedades de
“control” que ya no son exactamente disciplinarias. Se considera a menudo a
Fou-cault como el pensador de las sociedades disciplinarias y de su técnica
principal, el encierro (no únicamente el hospital o la cárcel, sino también la
escuela, la fábrica o el cuartel). Pero, de hecho, Foucault fue uno de los
primeros en detectar que estamos saliendo de las sociedades disciplinarias, que
ya estamos más allá de ellas. Estamos entrando en sociedades de control, que ya
no funcionan mediante el encierro sino mediante un control continuo y una
comunicación instantánea. Burroughs empezó su análisis. Ciertamente, seguimos
hablando de cárceles, escuelas y hospitales, pero se trata de instituciones en
crisis. Y si están en crisis, las luchas relativas a ellas son ya luchas de
retaguar-dia. Lo que se está instaurando tentativamente es un nuevo tipo de
sanción, de educación, de vigilancia. Hace tiempo que han aparecido los
hospitales abiertos, los equipos de asistencia domiciliaria, etc. Es previsible
que la educación deje de ser progresivamente un comparti-mento estanco
diferente del compartimento estanco profesional y que ambos [274] desaparezcan
en provecho de una terrible formación permanente, un control continuo que se ejercerá
sobre el obrero– estudiante de secundaria o sobre el directivo–universitario.
Se nos quiere hacer creer en una reforma educativa, pero se trata de una
liquidación. En un régimen de control, nada se termina nunca. Hace
243
tiempo que usted mismo analizó la mutación del
trabajo que se produ-jo en Italia con la aparición de los empleos a tiempo
parcial, a domici-lio, y que después se ha confirmado (junto con nuevas formas
de circulación y distribución de productos). Es evidente que puede buscarse
siempre la correspondencia entre un tipo de sociedad y un tipo de máquina: las
máquinas simples o dinámicas de las sociedades de soberanía, las máquinas
energéticas de las sociedades disciplinarias, las máquinas cibernéticas y los ordenadores
de las sociedades de control. Pero las máquinas no explican nada, es preciso
analizar los dispositivos colectivos de enunciación de los cuales las máquinas
no son más que una parte. Es posible que los más duros encierros lleguen a
parecemos parte de un pasado feliz y benévolo frente a las formas de control en
medios abiertos que se avecinan. Con razón temblamos cuando oímos hablar de la
búsqueda de los “universales de la comuni-cación”. Es verdad que, incluso antes
de que se hayan organizado realmente las sociedades de control, también
aparecen nuevas formas de resistencia y de delincuencia (son dos casos
distintos). Así la piratería o los virus informáticos, que sustituyen a las
huelgas y a lo que se llamaba en el siglo XIX “sabotage” (el saboteador está
ahora en la máquina). Me pregunta usted si las sociedades de control y
comuni-cación podrán suscitar formas de resistencia capaces de dar alguna
oportunidad al comunismo como “organización transversal de indivi-duos libres”.
Es posible, no lo sé. Pero, [275] de serlo, no lo será porque las minorías
recuperen la palabra. Es posible que la palabra y la comunicación estén ya
podridas. El dinero las penetra enteramente: no accidentalmente, sino por su
propia naturaleza. Hace falta apartarse de la palabra. Crear siempre ha sido
algo distinto que comunicar. Puede
244
que lo importante sea crear vacuolas de no
comunicación, interrupto-res para escapar al control.
– En Foucault y en El pliegue parecen observarse
los procesos de subjetivación con mayor atención de la que se les prestaba en
otras de sus obras. El sujeto es el limite de un movimiento continuo entre un
afuera y un adentro. ¿Qué consecuencias políticas tiene esta concepción del
sujeto? Aunque el sujeto no pueda resolverse en la exterioridad de la
ciudadanía, ¿podría instaurarla en la potencia de la vida? ¿Puede posibilitar
una nueva pragmática militante que sea a la vez pietas hacia el mundo y construcción
radical? ¿Qué política podría prolongar históricamente el esplendor del
acontecimiento y de la subjetividad? ¿Cómo pensar una comunidad sin fundamento
pero potente, sin totalidad pero, tal y como sucede en Spinoza, absoluta?
– Puede, en efecto, hablarse de procesos de
subjetivación cuando se consideran las diversas maneras que tienen los
individuos y las colecti-vidades de constituirse como sujetos: estos procesos
sólo valen en la medida en que, al realizarse, escapen al mismo tiempo de los
saberes constituidos y de los poderes dominantes. Aunque ellos se prolonguen en
nuevos poderes o provoquen nuevos saberes: tienen en su momento una
espontaneidad rebelde. No se trata en absoluto de un retorno al “sujeto”, es
decir, a una instancia dotada de deberes, saberes y poderes. Más [276] que de
procesos de subjetivación habría que hablar de un nuevo tipo de
acontecimientos: acontecimientos que no se pueden explicar por los estados de
cosas que los suscitan o en los que desem-bocan. Se alzan por un instante, y
este momento es el importante, esta es la oportunidad que hay que aprovechar.
También podría hablarse
245
simplemente del cerebro: el cerebro es exactamente
el límite de un movimiento continuo y reversible entre un Afuera y un Adentro,
la membrana entre ambos. La aparición de nuevas vías cerebrales, de nuevas
maneras de pensar no puede explicarse recurriendo a la micro-cirugía sino al
contrario: la ciencia ha de esforzarse por descubrir qué tuvo que haber en el
cerebro para que se pudiera pensar de tal o cual manera. Subjetivación,
acontecimiento o cerebro, creo que se trata casi de lo mismo. Lo que más falta
nos hace es creer en el mundo, así como suscitar acontecimientos, aunque sean
mínimos, que escapen al control, hacer nacer nuevos espaciotiempos, aunque su
superficie o su volumen sean reducidos. Esto es lo que usted llama píelas. La
capaci-dad de resistencia o, al contrario, la sumisión a un control, se deciden
en el curso de cada tentativa. Necesitamos al mismo tiempo creación y pueblo.
Futur antérieur, n.º1, primavera
de 1990, entrevista con Toni Negri
246
[277]
17. POST–SCRIPTUM
SOBRE LAS SOCIEDADES DE CONTROL
I. HISTORIA
Foucault situó las sociedades disciplinarias en los
siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del siglo
XX. Operan mediante la organización de grandes centros de encierro. El
individuo pasa sucesivamente de un círculo cerrado a otro, cada uno con sus
leyes: primero la familia, después la escuela (“ya no estás en tu casa”),
después el cuartel (“ya no estás en la escuela”), a continuación la fábrica,
cada cierto tiempo el hospital y a veces la cárcel, el centro de encierro por excelencia.
La cárcel sirve como modelo analógico: la heroína de Europa 51 exclama, cuando
ve a los obreros: “creí ver a unos condenados”. Foucault ha analizado a la
perfección el proyecto ideal de los centros de encierro, especialmente visible
en las fábricas: concentrar, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo,
componer en el espaciotiempo una fuerza produc-[278]tiva cuyo efecto debe
superar la suma de las fuerzas componentes. Pero Foucault conocía también la
escasa duración de este modelo: fue el sucesor de las sociedades de soberanía,
cuyos fines y funciones eran completamente distintos (gravar la producción más
que organizaría, decidir la muerte más que administrar la vida); la transición
fue progresiva, Napoleón parece ser quien obra la conversión de una sociedad en
otra. Pero también las disciplinas entraron en crisis en provecho de nuevas
fuerzas que se iban produciendo lentamente, y que se precipitaron después de la
segunda guerra mundial: las sociedades disciplinarias son nuestro pasado
inmediato, lo que estamos dejando de ser.
247
Todos los centros de encierro atraviesan una crisis
generalizada: cárcel, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un
“interior” en crisis, como lo son los demás interiores (el escolar, el
profesional, etc.). Los ministros competentes anuncian constantemente las
supuestamen-te necesarias reformas. Reformar la escuela, reformar la industria,
reformar el hospital, el ejército, la cárcel; pero todos saben que, a un plazo
más o menos largo, estas instituciones están acabadas. Solamente se pretende
gestionar su agonía y mantener a la gente ocupada mien-tras se instalan esas
nuevas fuerzas que ya están llamando a nuestras puertas. Se trata de las
sociedades de control, que están sustituyendo a las disciplinarias. “Control”
es el nombre propuesto por Burroughs para designar al nuevo monstruo que
Foucault reconoció como nuestro futuro inmediato. También Paul Virilio ha
analizado continuamente las formas ultrarápidas que adopta el control “al aire
libre” y que reemplazan a las antiguas disciplinas que actuaban en el período
de los sistemas cerrados. No cabe responsabilizar de ello a la producción
farmacéutica, a los enclaves nucleares o a las [279] manipulaciones genéticas,
aunque tales cosas estén destinadas a intervenir en el nuevo proceso. No cabe
comparar para decidir cuál de los dos regímenes es más duro o más tolerable, ya
que tanto las liberaciones como las sumisiones han de ser afrontadas en cada
uno de ellos a su modo. Así, por ejemplo, en la crisis del hospital como medio
de encierro, es posible que la sectorialización, los hospitales de día o la
asistencia domiciliaria hayan supuesto en un principio nuevas libertades; ello
no obstante, participan igualmente de mecanismos de control que no tienen nada
que envidiar a los más terribles encierros. No hay lugar para el temor ni para
la esperanza, sólo cabe buscar nuevas armas.
248
II. LÓGICA
Los diferentes internados o centros de encierro por
los que va pa-sando el individuo son variables independientes: se sobreentiende
en cada ocasión un comienzo desde cero y, aunque existe un lenguaje común a
todos los centros de encierro, es un lenguaje analógico. En cambio, los
diferentes “controlatorios” son variantes inseparables que constituyen un
sistema de geometría variable cuyo lenguaje es numéri-co (lo que no siempre
significa que sea binario). Los encierros son moldes o moldeados diferentes, mientras
que los controles constituyen una modulación, como una suerte de moldeado
autodeformante que cambia constantemente y a cada instante, como un tamiz cuya
malla varía en cada punto. Se puede apreciar sin dificultad en los problemas de
los salarios: la fábrica era un cuerpo cuyas fuerzas interiores debían alcanzar
un punto de equilibrio, lo más alto posible para la producción, lo más bajo
posible para los salarios; en una sociedad de control, la
[280] fábrica
es sustituida por la empresa, y la empresa es un alma, es etérea. Es cierto que
ya la fábrica utilizaba el sistema de las primas y los incentivos, pero la
empresa se esfuerza con mayor profundidad para imponer una modulación de cada
salario, en estados siempre metaestables que admiten confrontaciones, concursos
y premios extremadamente cómicos. El éxito de los concursos televisivos más
estúpidos se debe a que expresan adecuadamente la situación de las empresas. La
fábrica hacía de los individuos un cuerpo, con la doble ventaja de que, de este
modo, el patrono podía vigilar cada uno de los elementos que formaban la masa y
los sindicatos podían movilizar a toda una masa de resistentes. La empresa, en
cambio, instituye entre
249
los individuos una rivalidad interminable a modo de
sana competición, como una motivación excelente que contrapone unos individuos
a otros y atraviesa a cada uno de ellos, dividiéndole interiormente. El
principio modulador de que los salarios deben corresponderse con los méritos
tienta incluso a la enseñanza pública: de hecho, igual que la empresa toma el
relevo de la fábrica, la formación permanente tiende a sustituir la escuela, y
el control continuo tiende a sustituir al examen. Lo que es el medio más seguro
para poner la escuela en manos de la empresa.
En las sociedades disciplinarias siempre había que
volver a empezar (terminada la escuela, empieza el cuartel, después de éste
viene la fábrica), mientras que en las sociedades de control nunca se termina
nada: la empresa, la formación o el servicio son los estados metaesta-bles y
coexistentes de una misma modulación, una especie de defor-mador universal.
Kafka, que se hallaba a caballo entre estos dos tipos de sociedad, describió en
El proceso [281] sus formas jurídicas más temibles: la absolución aparente
(entre dos encierros), típica de las sociedades disciplinarias, y el
aplazamiento ilimitado (en continua variación) de las sociedades de control son
dos formas de vida jurídi-camente muy distintas, y si el derecho actual es un
derecho en crisis, vacilante, ello sucede porque estamos abandonando unas
formas y transitando hacia las otras. Las sociedades disciplinarias presentan
dos polos: la marca que identifica al individuo y el número o la matrícula que
indica su posición en la masa. Para las disciplinas, nunca hubo
incompatibilidad entre ambos, el poder es al mismo tiempo masifica-dor e
individuante, es decir, forma un cuerpo con aquellos sobre
250
quienes se ejerce al mismo tiempo que moldea la
individualidad de cada uno de los miembros (Foucault encontraba el origen de
este doble objetivo en el poder pastoral del sacerdote –el rebaño y cada una de
las ovejas–, si bien el poder civil se habría convertido, por su parte y con
otros medios, en un “pastor” laico). En cambio, en las sociedades de control,
lo esencial ya no es una marca ni un número, sino una cifra: la cifra es una
contraseña [mot de passe], en tanto que las sociedades disciplinarias están
reguladas mediante consignas [mots d’ordrei] (tanto desde el punto de vista de
la integración como desde el punto de vista de la resistencia a la
integración). El lenguaje numérico de control se compone de cifras que marcan o
prohíben el acceso a la informa-ción. Ya no estamos ante el par
“individuo–masa”. Los individuos han devenido “dividuales” y las masas se han
convertido en indicadores, datos, mercados o “bancos”. Quizá es el dinero lo
que mejor expresa la distinción entre estos dos tipos de sociedad, ya que la
disciplina se ha remitido siempre a monedas acuñadas que contenían una cantidad
del patrón oro, mientras que [282] el control remite a intercambios
fluc-tuantes, modulaciones en las que interviene una cifra: un porcentaje de
diferentes monedas tomadas como muestra. El viejo topo monetario es el animal
de los centros de encierro, mientras que la serpiente moneta-ria es el de las
sociedades de control. Hemos pasado de un animal a otro, del topo a la
serpiente, tanto en el régimen en el que vivimos como en nuestra manera de
vivir y en nuestras relaciones con los demás. El hombre de la disciplina era un
productor discontinuo de energía, pero el hombre del control es más bien
ondulatorio, permane-ce en órbita, suspendido sobre una onda continua. El surf
desplaza en todo lugar a los antiguos deportes.
251
Es sencillo buscar correspondencias entre tipos de
sociedad y tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes, sino
porque expresan las formaciones sociales que las han originado y que las
utilizan. Las antiguas sociedades de soberanía operaban con máquinas simples,
palancas, poleas, relojes; las sociedades disciplinarias poste-riores se
equiparon con máquinas energéticas, con el riesgo pasivo de la entropía y el
riesgo activo del sabotaje; las sociedades de control actúan mediante máquinas
de un tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo riesgo pasivo son
las interferencias y cuyo riesgo activo son la piratería y la inoculación de
virus. No es solamente una evolución tecnológica, es una profunda mutación del
capitalismo. Una mutación ya bien conocida y que puede resumirse de este modo:
el capitalismo del siglo XIX es un capitalismo de concentración, tanto en
cuanto a la producción como en cuanto a la propiedad. Erige, pues, la fábrica
como centro de encierro, ya que el capitalista no es sólo el propietario de los
[283] medios de producción sino también, en algunos casos, el propietario de
otros centros concebidos analógica-mente (las casas donde viven los obreros,
las escuelas). En cuanto al mercado, su conquista procede tanto por especialización
como por colonización, o bien mediante el abaratamiento de los costes de
producción. Pero, en la actual situación, el capitalismo ya no se con-centra en
la producción, a menudo relegada a la periferia tercermun-dista, incluso en la
compleja forma de la producción textil, metalúrgica o petrolífera. Es un
capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas ni vende productos
terminados o procede al montaje de piezas sueltas. Lo que intenta vender son
servicios, lo que quiere comprar son acciones. No es un capitalismo de
producción sino de
252
productos, es decir, de ventas o de mercados. Por
eso es especialmente disperso, por eso la empresa ha ocupado el lugar de la
fábrica. La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son medios
analógicos distintos que convergen en un mismo propietario, ya sea el Estado o
la iniciativa privada, sino que se han convertido en figuras cifradas,
deformables y transformables, de una misma empresa que ya sólo tiene gestores.
Incluso el arte ha abandonado los círculos cerrados para introducirse en los circuitos
abiertos de la banca. Un mercado se conquista cuando se adquiere su control, no
mediante la formación de una disciplina; se conquista cuando se pueden fijar
los precios, no cuando se abaratan los costes de producción; se conquista
mediante la transformación de los productos, no mediante la especialización de
la producción. La corrupción se eleva entonces a una nueva potencia. El
departamento de ventas se ha convertido en el centro, en el “alma”, lo que
supone una de las noticias más terribles del mundo. Ahora, el instrumento de
control [284] social es el marketing, y en él se forma la raza descarada de
nuestros dueños. El control se ejerce a corto plazo y mediante una rotación
rápida, aunque también de forma continua e ilimitada, mientras que la disciplina
tenía una larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no está
encerrado sino endeudado. Sin duda, una constante del capitalismo sigue siendo
la extrema miseria de las tres cuartas partes de la humanidad, demasiado pobres
para endeudarlas, demasiado numerosas para encerrarlas: el control no tendrá
que afrontar únicamente la cuestión de la difuminación de las fronteras, sino
también la de los disturbios en los suburbios y guetos.
253
III. PROGRAMA
No es preciso apelar a la ficción científica para
concebir un meca-nismo de control capaz de proporcionar a cada instante la
posición de un elemento en un medio abierto, ya sea un animal dentro de una
reserva o un hombre en una empresa (collarín electrónico). Félix Guattari
imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su apartamento, de su
casa o de su barrio gracias a su tarjeta electrónica (dividual) mediante la que
iba levantando barreras; pero podría haber días u horas en los que la tarjeta
fuera rechazada; lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala
la posición, lícita o ilícita, y produce una modulación universal.
El estudio socio–técnico de los mecanismos de
control que ahora están en sus comienzos debería ser un estudio categorial
capaz de describir eso que ahora se está instalando en el lugar de los centros
de encierro disciplinario, [285] cuya crisis está en boca de todos. Es posible
que, tras las adaptaciones correspondientes, reaparezcan algunos mecanismos
tomados de las antiguas sociedades de soberanía. Lo importante es que nos
hallamos en el inicio de algo. En el régimen carcelario, la búsqueda de “penas sustitutorias”,
al menos para los delitos menores, y la utilización de collarines electrónicos
que imponen al condenado la permanencia en su domicilio durante ciertas horas.
En el régimen escolar, las formas de control continuo y la acción de la
formación permanente sobre la escuela, el correspondiente abandono de toda
investigación en el seno de la Universidad, la introducción de la empresa en
todos los niveles de escolaridad. En el régimen hospita-lario, la nueva
medicina “sin médicos ni enfermos” que localiza
254
enfermos potenciales y grupos de riesgo, y que en
absoluto indica un progreso de la individuación como a menudo se dice, sino que
sustitu-ye el cuerpo individual o numérico por una materia “dividual” cifrada
que es preciso controlar. En el régimen empresarial, los nuevos modos de tratar
el dinero, de tratar los productos y de tratar a los hombres que ya no pasan
por la antigua forma de la fábrica. Son ejemplos mínimos, pero que nos permiten
comprender mejor lo que hay que entender por “crisis de las instituciones”, es
decir, la instalación progresiva y dispersa de un nuevo régimen de dominación.
Una de las cuestiones más importantes es la inadaptación de los sindicatos a
esta situación: ligados históricamente a la lucha contra las disciplinas y a
los centros de encierro, ¿cómo podrían adaptarse o dejar paso a nuevas formas
de resistencia contra las sociedades de control? ¿Puede hallarse ya un esbozo
de estas formas futuras, capaces de contrarrestar las delicias del marketing?
¿No es extraño que tantos jóvenes reclamen una “motivación”, que exijan
cursillos y forma-[286]ción permanente? Son ellos quienes tienen que descubrir
para qué les servirán tales cosas, como sus antepasados descubrieron,
penosamente, la finalidad de las disciplinas. Los anillos de las serpientes son
aún más complicados que los orificios de una topera.
L’Autre Journal, n.º 1,
Mayo de 1990

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