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Libro N° 13838. Demetrio Rudin. Turgueniev, Iván Sergeyevich.

 


© Libro N° 13838. Demetrio Rudin. Turgueniev, Iván Sergeyevich. Emancipación. Mayo 17 de 2025

  

Título Original: © Demetrio Rudin. Iván Sergeyevich Turgueniev

 

Versión Original: © Demetrio Rudin. Iván Sergeyevich Turgueniev

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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DEMETRIO RUDIN

Iván Sergeyevich Turgueniev

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Demetrio Rudin

Iván Sergeyevich Turgueniev

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

Era una apacible mañana de verano. El sol, ya bastante alto, iluminaba el límpido cielo y el rocío brillaba en los campos. Desde un pequeño valle, aún sumido casi en el sueño, se elevaba una brisa fresca y perfumada. Cantaban los pájaros en el bosque húmedo y silencioso. Desde lo alto de la colina, tapizada por doquier de recién florecido centeno, se divisaba una aldehuela. Hacia ella se encaminaba, por un estrecho sendero, una mujer joven y hermosa, vestida de blanca muselina, tocada con un gran sombrero de paja, y que llevaba en la mano una sombrilla. A respetuosa distancia, la seguía un criadito vestido de cosaco.

 

Marchaba la joven lentamente, como deleitándose con el paseo. Alrededor, el húmedo tapiz que cubría el oloroso campo de centeno se inclinaba de tiempo en tiempo, a impulso de la brisa, en suaves y ondulantes olas, ora de un verde plateado, ora mosqueadas de rojo.

 

Venía la joven de su casa de campo, distante una versta de la aldea hacia la cual dirigía sus pasos. Llamábase Alexandra Pavlovna Lissina; era viuda, bastante rica, y no tenía hijos. Vivía con su hermano, capitán retirado, que se llamaba Sergio Pavlovich Volinzev. Éste, joven aún y soltero, administraba las propiedades de su hermana.

 

 

 

 

 

 


 

Al llegar Alexandra a la aldea, detúvose a la puerta de una pequeña y mísera choza y envió a su pequeño cosaco a inquirir por la salud de la dueña de la pobre morada. Pronto regresó el niño acompañado de un viejo mujik de blanca barba.

 

—¿Cómo está la enferma? —preguntó Alexandra Pavlovna.

 

—Todavía vive —respondió el anciano.

 

—¿Se puede entrar?

 

—¡Oh, ciertamente!

 

Alexandra Pavlovna entró en la cabaña. Un vaho de calor y humo la envolvió. Alguien gimió y se revolvió en un camastro. La joven vio entonces, en la semipenumbra de la habitación, a una ancianita amarillenta y enjuta, envuelta la cabeza en un gran pañuelo a cuadros y cubierta hasta el cuello por un viejo caftán. Respiraba con dificultad y movía débilmente las manos. Alexandra Pavlovna se inclinó hacia ella y le tocó la frente, que ardía de fiebre.

 

—¿Cómo te sientes, Matrena? —le preguntó solícita.

 

—¡Ah, mal... muy mal! —lamentóse la anciana, reconociendo a Alexandra—. ¡Ha llegado mi última hora, mi última hora, mi preciosa amita!

 

—Dios es misericordioso, Matrena; ya verás cómo mejoras. ¿Has tomado las medicinas que te mandé?

 

 

La anciana, que no cesaba de quejarse, no contestó. No había oído la pregunta.

 

—Sí, las tomó —dijo el anciano, que permanecía apoyado contra la puerta.

 

—¿Quién, además de ti, cuida de la enferma? —preguntó Alexandra, volviéndose hacia él.

 

—Su nietecita; pero, como lo veis, no se queda aquí mucho tiempo... Es tan holgazana que ni de beber siquiera le da a su abuela. Y yo soy viejo. ¿Qué puedo hacer?

 

—¿Por qué no la llevas a mi hospital?

 

—No... ¿Para qué? Se muere en cualquier parte. Ella ya ha vivido demasiado. ¡Hágase la voluntad de Dios! La pobrecita, además, está tan débil que si la movemos de aquí es fácil que se nos quede en los brazos...

 

—¡Oh,    oh!    —Gimió    la   enferma,   mirando   fijamente   a

 

Alexandra Pavlovna—. Ha llegado mi última hora, mi paloma...

 

¡No abandones a mi nietecita! Nuestros amos están lejos... y tú...

 

La anciana, que debía hacer un esfuerzo sobrehumano para hablar, calló.

 

—No temas —dijo Alexandra Pavlovna—, todo se hará como deseas. Mira, he traído lo necesario para hacer té. ¿Tenéis un samovar? —preguntó volviéndose hacia el anciano.

 

—¿Un samovar? No, pero lo pediremos prestado.

 

—Bueno; pero si no lo consiguierais, házmelo saber, para enviarte uno mío. Y dile a la pequeña que no se aparte de aquí, pues estaría muy feo.

 

El anciano no respondió, pero asió con ambas manos el paquete de azúcar y té.

 

—Bueno, Matrena, hasta pronto —dijo Alexandra Pavlovna—, y no olvides tomar puntualmente la medicina.

 

La anciana levantó un poco la cabeza y se estiró hacia Alexandra Pavlovna.

 

—Dame tu manecita, mi preciosa... —murmuró con dificultad.

 

Alexandra Pavlovna no le dio la mano, pero se inclinó y la besó en la frente.

 

—Procura administrarle la poción a sus horas y haz que beba té —dijo luego al anciano.

 

El anciano no contestó, pero hizo repetidas reverencias.

 

Al encontrarse de nuevo al aire libre, Alexandra Pavlovna respiró profundamente. Abrió la sombrilla y ya se disponía a emprender el camino de su casa cuando, al doblar la esquina, hallóse frente a frente con un hombre de unos treinta años, vestido negligentemente, que guiaba un pequeño droschki. Llevaba un viejo paletó gris y se cubría la cabeza con una gorra de la misma tela. Al ver a Alexandra Pavlovna detuvo su caballo y se volvió hacia ella. Su cara era larga y pálida, tenía ojos gris claro y un pequeño bigote rubio, el todo de un matiz parecido al de sus ropas.

 

—¡Buen día! —Exclamó, y una sonrisa se dibujó en su ancho rostro—. ¿Qué hacéis por aquí?

 

—Vine a visitar a una enferma. ¿Y vos, Mijail Mijailovich, de dónde venís?

 

—Eso que hacéis me parece muy bien, ¿pero no sería mejor llevar a la enferma al hospital? —dijo el llamado Mijail mirando a su interlocutora en los ojos y sonriendo de nuevo.

 

—Está muy débil y no es posible moverla.

 

—A propósito del hospital, ¿pensáis cerrarlo?

 

—¡Cerrarlo! ¿Por qué? ¿Cómo se os ocurre tal cosa?

 

—Lo digo porque os sé amiga de la señora Lasunskaia y estáis probablemente bajo su influencia. Según ella vuestro hospital y la escuela son cosas inútiles... Y la caridad debe ser solamente individual, como también la civilización. Todo eso es cuestión del alma... ¿No es así como ella se expresa? En verdad que me gustaría saber quién le hace decir tales cosas.

 

Alexandra Pavlovna se echó a reír.

 

 

 

—Daría Mijailovna Lasunskaia es muy inteligente; yo la quiero y la estimo mucho, pero ella tiene derecho a equivocarse, y, por otra parte, no creáis que todo lo que ella dice sea para mí el evangelio.

 

—Y hacéis muy bien —respondió Mijail Mijailovich—. Yo creo que ni ella misma está convencida... En fin, me alegro de haberos encontrado.

 

—¿Por qué?

 

—¡Qué pregunta! ¡Como si no fuera un placer para los ojos el miraros! Estáis hoy graciosa y fresca como la misma mañana.

 

Alexandra Pavlovna lanzó una carcajada.

 

—¿Por qué os reís?

 

—Porque habéis dicho eso con un tono tan frío y aburrido, que no sé cómo habéis hecho para no bostezar...

 

—Un tono frío... Para vosotras, mujeres, todo ha de ser fuego... y el fuego para nada sirve. Resplandece, humea y luego se apaga.

 

—Sí, pero al menos calienta.

 

—Y quema.

 

—Bueno, ¿y qué hay si quema? No nos quejemos. Vale más eso que...

 

—Me gustaría que, aunque sólo fuera una vez, os quemaseis —dijo el hombre con despecho—. Buenos días —dicho esto fustigó al caballo con las riendas y se dispuso

—¡Deteneos, Mijail Mijailovich! ¿Cuándo vendréis a casa?

 

—Mañana... Recuerdos a vuestro hermano —y el droschki partió.

 

Alexandra Pavlovna lo siguió con la vista.

 

—¡Qué hombre más raro! —pensó.

 

En efecto, medio encorvado, sus rubios cabellos en desorden asomando por debajo de su gorra cubierta de polvo, más parecía un molinero que su vecino, un terrateniente bastante acaudalado.

 

Alexandra Pavlovna se dispuso tranquilamente a seguir su camino. Marchaba con la mirada baja, cuando el suave andar de un caballo le hizo levantar los ojos. El jinete era su hermano. A su lado, a pie, iba un joven de mediana estatura, vestido de un redingote desabotonado, corbata angosta, sombrero gris liviano, y que agitaba un elegante bastoncillo. Hacía un rato que

 

sonreía a Alexandra Pavlovna, observando su ensimismamiento, y cuando la joven levantó los ojos se acercó a ella alegremente, exclamando casi con ternura:

 

—¡Buenos días, Alexandra Pavlovna!

 

—¡Hola, Konstantin Diomidich, buenos días —contestó—. ¿Venís de casa de la señora Lasunskaia?

 

—En efecto —respondió el joven, con rostro resplandeciente—. Me ha enviado a veros Daría Mijailovna, y como la mañana está espléndida, preferí hacer el camino a pie.

 

 

Fui a vuestra casa, y como vuestro hermano me dijo que habíais ido a Semenovka y que él se disponía a dar un paseo por el campo, resolvimos salir a vuestro encuentro.

 

El joven se expresaba en un ruso muy correcto y gramatical, pero con cierto acento extranjero, difícil de precisar. Sus rasgos tenían un no sé qué asiático; nariz larga y prominente, grandes ojos saltones, gruesos labios rojos, frente estrecha y pelo negro como el azabache. Todo en él revelaba un origen oriental. Sin embargo, se apellidaba Pandalevsky y afirmaba ser oriundo de Odessa, bien que hubiese sido educado en la Rusia Blanca a expensas de una viuda bienhechora y rica. Otra viuda le tenía actualmente a su servicio. En general, las damas de cierta edad se inclinaban con frecuencia a ayudar a Konstantin Diomidich Pandalevsky, el cual sabía buscarlas y hallarlas. Vivía a la sazón en casa de una rica propietaria, Daría Mijailovna Lasunskaia, en calidad de semihuésped y semiprotegido. Era extremadamente obsequioso, servicial, sensible y secretamente sensual. Poseía una voz agradable, tocaba el piano bastante bien y tenía la costumbre de devorar con los ojos a las personas con quienes hablaba. Se vestía pulcramente y llevaba la misma ropa más tiempo que nadie. Su mentón alargado estaba afeitado meticulosamente y sus peinados cabellos lucían siempre perfectamente lisos.

 

Alexandra Pavlovna le escuchó hasta el final; luego se dirigió a su hermano:

 

—El de hoy es día de encuentros. Hace un momento me topé con Leznev.


—¿Ah, sí? ¿A dónde iba?

 

—No lo sé; pero imagínate, cubierto de polvo, metido en una especie de saco de tela, en un destartalado cabriolé, ¡qué parecería! ¡Qué hombre tan raro!

 

—En efecto, lo es, pero no deja de ser una excelente persona.

 

—¿Quién? ¿El señor Leznev? —preguntó Pandalevsky muy asombrado.

 

—Sí, Mijail Mijailovich Leznev —contestó Volinzev, y dirigiéndose a su hermana—: Hasta luego, querida, es tiempo de que vaya a echar un vistazo por ahí... Hoy sembrarán la cebada. El señor Pandalevsky te acompañará hasta casa.

 

Y Sergio partió al trote.

 

—¡Con mucho gusto! —exclamó Konstantin, ofreciendo el brazo a Alexandra Pavlovna.

 

Ella lo aceptó y echaron a andar hacia el solar.

 

 

 

 

II

 

Ir del brazo de Alexandra Pavlovna era un honor inusitado y un placer para Konstantin Diomidich. Caminaba éste a corto paso. Su rostro reflejaba cierta expresión de melancolía. Se conmovía con suma facilidad y hasta derramaba alguna lagrimita cuando la ocasión lo exigía. Y, en realidad, ¿quién no se habría conmovido al llevar del bracete a Alexandra Pavlovna, que gozaba en todo el gobierno de X. de fama de "encantadora"? Su nariz recta, ligeramente respingada, habría bastado por sí sola para hacer perder la cabeza al más sensato de los mortales, sin hablar de sus ojos oscuros y aterciopelados, de su dorada cabellera, de los hoyuelos de sus redondas mejillas y de otras mil perfecciones. Pero lo que más seducía en ella era la expresión de su gracioso rostro: confiado, benévolo y modesto, conmovía y cautivaba los corazones. Alexandra tenía la mirada y la risa de un niño; las mujeres la hallaban simplette. ¿Qué más puede desearse?

 

—¿De modo que Daría Mijailovna os ha enviado, decís?

 

—En efecto —respondió él con marcada afectación y pronunciando las s como th inglesas—. Ella desearía que vos y vuestro hermano fueseis a almorzar a su casa. La invitación obedece no sólo al deseo de veros, sino a que espera la visita de un personaje a quien querría presentaros.

 

—¿Y quién es ese personaje?

 

—Un tal X., barón y gentilhombre de cámara de San Petersburgo. Daría Mijailovna le conoció recientemente en casa del príncipe Garin y hace de él grandes elogios. Dice que es muy culto, que se dedica a la literatura y que es muy versado en economía política. Ha escrito un artículo sobre un tema relacionado con esa ciencia y...

 

—¡Sobre economía política!

 

—Por lo que atañe al estilo, Alexandra Pavlovna, yo creo que Daría Mijailovna es una entendida. Yucovski la consultaba, en efecto, a menudo, lo mismo que mi benefactor en Odessa, el señor Roxolán Mediorovich Ksandrika, a quien seguramente habréis oído nombrar.

 

—¿Yo? No, nunca.

 

—¿Que no lo habéis oído nombrar? Es raro... Quería decir que Mediorovich, ese hombre extraordinario, tenía también una alta opinión de los conocimientos lingüísticos que del ruso posee Daría Mijailovna.

 

—¿Y no será un pedante ese señor barón? —preguntó Alexandra.

 

—No, de ningún modo. Daría Mijailovna afirma que basta mirarlo para darse cuenta de que no es un hombre de mundo. Habla de Beethoven con tanta elocuencia que hasta el anciano príncipe se sentía contagiado de su entusiasmo... Declaro que lo había oído con placer, pues la música es mi fuerte. ¿Queréis tener la bondad de aceptar esta bonita flor silvestre?

 

Alexandra Pavlovna tomó la flor; pero, tras andar un trecho, la arrojó disimuladamente al camino. No faltaban sino doscientos pasos para llegar a la casa. Recientemente construida y todavía enteramente blanca, aparecía de pronto tras un espeso grupo de tilos y arces muy viejos, sonriendo acogedoramente a través de sus anchas ventanas.

 

—De modo que me diréis qué debo contestar a Daría Mijailovna —dijo Pandalevsky, un tanto mortificado por la reciente actitud de Alexandra Pavlovna.

 

—Decidle que mi hermano y yo aceptamos agradecidos su invitación. ¿Y cómo está Natalia?

 

—Natalia Alexeevna está muy bien, a Dios gracias.

 

Pero, ya hemos pasado el camino que conduce a casa de Daría.

 

Permitidme saludaros...

 

—¡Cómo! ¿No queréis entrar un instante? —preguntó ella con voz ingenua.

 

—No me faltarían deseos de hacerlo, pero temo llegar tarde. Daría Mijailovna quiere escuchar hoy una nueva fantasía de Thailberg y debo prepararme; además... dudo que mi conversación os proporcione algún placer.

 

—¡Vamos! ¡Qué ocurrencia!

 

Pandalevsky suspiró y bajó los ojos significativamente.

  

—Hasta luego; entonces, Alexandra Pavlovna —dijo tras breve silencio; luego se inclinó y dio un paso hacia atrás.

 

Alexandra Pavlovna contestó sonriente, con una inclinación de cabeza, y entró en su casa.

 

Cuando Pandalevsky echó a andar habíase borrado de su rostro su plácida expresión, para dar lugar a otra bastante severa y dura. Hasta su andar parecía distinto: iba a pasos largos, y ya había andado dos verstas haciendo molinetes con su bastón cuando, de pronto, volvió a sonreír al advertir a una joven y bonita aldeana que perseguía a unos terneros por un campo de avena.

 

Rápidamente se acercó a ella, y con gesto suave y felino comenzó a hablarle. La muchachita le escuchó en silencio, sorprendida; luego sonrió, enrojeciendo, y volviendo la cara balbuceó:

 

—Seguid vuestro camino, señor...

 

Konstantin Diomidich la amenazó con el índice, diciéndole:

 

—¿No quieres recogerme un ramo de campanillas?

 

—¿Y para qué queréis las campanillas? ¿Os vais a tejer una corona? ¡Dejadme en paz! —replicó la moza. Ahí vienen los señoritos...

 

Konstantin Diomidich se volvió. En efecto, acercábanse por el camino Vania y Petia, los hijos de Daría Mijailovna, acompañados de Basistov, su preceptor, joven de unos

veintidós años, que acababa de graduarse. De no muy elevada estatura, rostro vulgar, nariz gruesa, ojos pequeños y hundidos como los de un cerdo, era feo y torpe, pero estaba lleno de honestidad y franqueza. Vestía con descuido y llevaba el pelo largo, no por coquetería sino por negligencia. Le gustaba comer y dormir tanto como un buen libro, y detestaba cordialmente a Pandalevsky. Los niños adoraban a Basistov, a pesar del escaso ascendiente que éste tenía sobre ellos. Con las demás personas de la casa, Basistov se mostraba muy familiar, lo cual no agradaba mucho a su ama, pese a que ésta se jactaba de no abrigar prejuicios.

 

—¡Buen día, queridos niños! —Exclamó Pandalevsky—. ¡Cuánto habéis madrugado hoy! Por mi parte —dijo volviéndose a Basistov—, también salí muy temprano y he hecho ya un largo paseo. ¡Adoro gozar así de la naturaleza!

 

—Sí, sí, acabamos de comprobar cómo gozabais con la "naturaleza"... —contestó Basistov.

 

—Sois un materialista incorregible. ¡Sabe Dios lo que habréis imaginado! —dijo Pandalevsky. Se irritaba éste fácilmente cuando hablaba con Basistov o a los criados, y su pronunciación se tornaba entonces clara y casi sibilante.

 

—Es posible que estuvierais pidiendo a esa muchacha que os indicara el camino... —añadió Basistov sin mirarlo. Sentía que Pandalevsky tenía los ojos clavados en él y esto le resultaba sumamente desagradable.

  

—Os repito que sois un materialista, empeñado en ver sólo el lado prosaico de las cosas.

 

—¡Niños! —Exclamó de pronto Basistov con tono de mando—. ¿Veis aquel sauce, en el prado? ¡A ver quién de nosotros llega primero hasta allí! ¡Uno, dos, tres! — y echaron a correr.

 

—¡Mujik! —Murmuró despectivamente Pandalevsky—. Echará a perder a los niños... Es un verdadero mujik —y dirigiendo una mirada satisfecha a su pulcra y elegante vestimenta, hizo ademán de sacudirse el polvo de la chaqueta con los dedos entreabiertos, se arregló la corbata y siguió andando.

 

Cuando llegó a la casa, entró en su aposento, se puso una vieja bata de mañana y se sentó al piano con aire pensativo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

La morada de Daría Mijailovna Lasunskaia gozaba fama de ser la mejor de todo el gobierno de X. Alta, enorme, sólidamente construida en piedra según planos de Rastrelli, conforme al estilo de fin del siglo pasado, se elevaba majestuosamente en lo alto de una colina, al pie de la cual corría uno de los principales ríos de la Rusia central. Su propietaria era rica y viuda de un consejero. Pandalevsky decía de ella que conocía toda Europa y que toda Europa la conocía. Esto era inexacto, y en el mismo Petersburgo no desempeñaba sino un papel secundario, pero, en cambio, era cierto que en Moscú se la apreciaba mucho y que brillaba en el gran mundo, donde pasaba por ser una mujer un tanto singular, de bondad dudosa, pero dotada de mucho ingenio. Muy hermosa en su juventud, había inspirado más de un poema, y personas de gran significación habíanse disputado sus favores; pero de aquella gran belleza no quedaba, después de veinticinco o treinta años, nada o casi nada. Era difícil creer que esa mujeruca flaca, amarillenta, casi vieja, fuese la misma arrogante belleza de antaño, aunque Pandlevsky afirmara que ella conservaba aún sus magníficos ojos...

 

Todos los veranos, Daría Mijailovna venía a establecerse en el campo con sus hijos (una niña de diecisiete años y dos varones de nueve y diez), y tenía casa abierta, es decir, recibía hombres,

 

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sobre todo solteros. No podía soportar a las señoras provincianas, y, por tal motivo, debía sufrir su maledicencia. Éstas trataban a Daría Mijailovna de orgullosa, depravada, tiránica, y, sobre todo, decían que las libertades que ella se permitía en la conversación eran por demás chocantes. Es verdad que a Daría Mijailovna no le gustaba aburrirse en el campo y que, en la libertad de sus maneras, dejaba traslucir el ligero matiz de desdén de una mujer del gran mundo por los seres relativamente oscuros e insignificantes que la rodeaban. Tenía una manera de ser ligera y casi burlona con sus conocidos moscovitas, pero en ella, al menos, el matiz despectivo no aparecía jamás.

 

A propósito, lector: ¿no habéis observado que tal hombre extraordinariamente distraído, entre sus inferiores pierde súbitamente su aspecto de distracción cuando es admitido en el círculo de sus superiores? ¿Por qué será? Mas, ¿qué importa eso? Esta clase de preguntas jamás conduce a nada.

 

Cuando Konstantin Diomidich Pandalevsky hubo aprendido de memoria la composición de Thalberg, salió de su limpia y alegre habitación y se dirigió al salón, donde halló reunidas a unas cuantas personas. En el sofá, los pies plegados debajo de ella y dando vueltas entre sus dedos un libro, estaba sentada la dueña de casa, a un lado de la ventana estaba su hija Natalia, sentada ante una labor de tapicería, y del otro lado Mlle. Boncourt, su institutriz, solterona de unos sesenta años, cuyos cabellos, bastante negros aún, asomaban de su cofia multicolor. En un rincón estaba sentado Basistov, quien leía un periódico; y, a su lado, sobre la alfombra, jugaban los niños. A un costado,

 

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apoyado en la chimenea, se hallaba un señor entrado en años, no muy alto, desgreñado, con las manos a la espalda. Su tez era morena y sus ojos pequeños y vivaces. Se llamaba African Simeonovich Pigasov.

 

Era un ser extraño el señor Pigasov. Irritado por todo y contra todos —en particular contra las mujeres—, invectiva de la mañana a la noche, a veces oportunamente, otras de modo vulgar, pero siempre con pasión. Su irritabilidad lindaba casi con lo infantil. Su risa, el sonido de su voz, toda su persona parecían impregnados de bilis.

 

Daría Mijailovna le recibía con agrado, pues la divertían sus salidas. Él tenía el afán de exagerarlo todo. Si, por ejemplo, se trataba de que el rayo había incendiado una aldea, que el agua se había llevado un molino o que un mujik se había aplastado la mano con su hacha, jamás dejaba de preguntar con actitud concentrada: "Y ella, ¿cómo se llama?", como queriendo averiguar de ese modo el nombre de la mujer causante de la desgracia, puesto que, según su convicción, sólo había que ir al fondo de las cosas para descubrir que siempre hay una mujer en el fondo de toda desdicha.

 

Un día se había echado a los pies de una dama a quien apenas conocía, pero que lo había abrumado a fuerza de agasajos, y le suplicó humildemente, pero con los rasgos alterados por el furor, que lo perdonara, alegando que él nada tenía que reprocharse respecto a ella y que no volvería jamás a su casa. Cierta vez, un caballo había despedido por un barranco a una de las lavanderas de Daría Mijailovna, y poco faltó para que la

 

 

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matase. Desde entonces, Pigasov llamaba al animal "su buen caballito", y hallaba que el barranco era un lugar muy pintoresco. Pigasov no había sido, en verdad, muy afortunado: ésa era una de las razones que habían agriado su carácter. Pertenecía a una familia humilde. Su padre, que sólo había desempeñado empleos insignificantes, apenas sabía leer y escribir, y había descuidado por completo la educación de su hijo. Su madre, que le adoraba, murió prematuramente. Pigasov se educó solo. Entró en la escuela del distrito, luego en el instituto, y aprendió el francés, el alemán y hasta el latín. Habiendo salido del instituto con excelentes notas, marchó a Dorpat, donde luchó sin tregua contra la miseria, mientras seguía sus estudios. Se distinguía por su paciencia y terquedad, pero era sobre todo la ambición el más tenaz de sus sentimientos Parecía desafiar a la suerte en su deseo de ser admitido en la buena sociedad y de evitar ser superado por los demás. Era por ambición por lo que trabajaba asiduamente y por lo que había entrado en la Universidad. La pobreza lo irritaba y fomentaba en él la observación y la astucia. Se expresaba con originalidad y se había hecho desde su juventud de un género particular de elocuencia biliosa y amarga. Sus ideas no se elevaban por encima del nivel común, pero hablaba de modo tal que hacía pensar que poseía gran talento. Terminados sus estudios, Pigasov resolvió dedicarse a la enseñanza, porque era la única carrera que le permitía marchar a la par de sus camaradas, de entre los cuales sólo escogía, para hacerlos sus amigos íntimos, a los que pertenecían a la alta sociedad, tratando de complacerlos y aun de halagarlos, bien que hablara incesantemente mal de ellos.

 

 

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Pero, en realidad, no poseía el fondo necesario para representar un papel en la sociedad. Como se había educado por sí mismo, sin el auxilio de un maestro, y carecía de amor por la ciencia, su instrucción era muy limitada. Fracasó cruelmente en su tesis, mientras que un estudiante que ocupaba la misma habitación que él y de quien siempre se había burlado, logró triunfar sin dificultad. Era éste un joven de inteligencia ordinaria, pero que había recibido una educación sólida y regular. Este fracaso llenó de rabia a Pigasov; arrojó todos sus libros y cuadernos al fuego y entró como empleado en la administración nacional.

 

Al principio todo fue bastante bien. Pigasov era un empleado eficaz; no muy ordenado, pero capaz, y no carecía de audacia. Sólo pretendía hacer carrera lo más pronto posible; pero, desgraciadamente, se metió en enredos, se atrajo reproches y fue obligado a abandonar su empleo. Después de pasar tres años en una propiedad que había adquirido, se casó, de pronto, con una acuadalada propietaria medio salvaje que se dejó caer en la trampa de sus maneras desenvueltas y burlonas. Pero Pigasov, cuyo carácter se había agriado demasiado, pronto se cansó de la vida de familia. Tras vivir algunos años con él, su mujer se fugó secretamente a Moscú y vendió a un diestro especulador una propiedad en la que Pigasov acababa apenas de hacer algunas construcciones. Herido en lo vivo por esta última desdicha, intentó un juicio contra su mujer y lo perdió. Iba, pues, acabando su vida como un solitario; visitaba a sus vecinos, de quienes se mofaba en sus propias barbas, y quienes lo recibían con forzada amabilidad. No leía jamás y era dueño de unas cien almas: sus siervos no se consideraban demasiado desdichados

 

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—Y bien, Konstantin —dijo Daría Mijailovna volviéndose hacia Pandalevsky, no bien este último apareció en el salón—, ¿vendrá Alexandra?

 

—Alexandra Pavlovna me encargó que os agradeciera vuestra invitación, la que aceptó complacida —contestó Pandalevsky, saludando a derecha e izquierda y pasándose por el cabello, meticulosamente peinado, una mano regordeta de uñas cortadas en triángulo.

 

—Y el señor Volinzev, ¿también vendrá?

 

—También, señora.

 

—¿De modo, African Simeonovich, que según vos todas las jóvenes solteras pecan de insinceras? —continuó Daría Mijailovna, volviéndose hacia Pigasov.

 

Éste hizo una mueca, mientras su brazo se agitaba con temblor nervioso.

 

—Digo —comenzó con un tono mesurado (hablaba siempre lenta y claramente cuando estaba en uno de sus accesos de malevolencia)— que las jóvenes, con excepción, naturalmente, de las aquí presentes...

 

—Lo que no os impide pensar en ellas —interrumpió Daría Mijailovna.

 

—Exceptúo a las presentes y sostengo que, en general, las muchachas solteras no son sinceras en la expresión de sus sentimientos. Aun las impresiones súbitas como la admiración,

 

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el miedo o la tristeza, les hacen adoptar poses afectadas, a veces diametralmente opuestas a sus sentimientos —aquí Pigasov se encorvó de una manera cómica y extendió los brazos—. Sin embargo, en cierta ocasión —Pigasov se echó a reír con complacencia—, pude sorprender el verdadero sentimiento en una joven en extremo afectada...

 

—¿Cómo fue eso?

 

Los ojos de Pigasov resplandecieron.

 

—Escuchad: le hundí por detrás una estaca en un costado. Ella se asustó, naturalmente, y lanzó un grito; "¡bravo, bravo!", le dije, "ésa es la reacción natural y espontánea. En adelante, tratad de obedecer a la naturaleza..."

 

Todos se echaron a reír.

 

—¡Qué de sandeces contáis, African Simeonovich! ¿Cómo queréis que creamos que hayáis sido capaz de dar estacazos a una muchacha?

 

—Pues os aseguro que así lo hice. Una enorme estaca, parecida a las que se usan para defender las fortalezas.

 

—Mais, c'est un horreur ce que vous dites là, monsieur! —exclamo Mlle. Boncourt, mirando severamente a los niños, que reían a carcajadas.

 

—No lo creáis. ¿Acaso no le conocéis? —dijo Daría. Mijailovna.

 

Pero la escandalizada francesa no logró tranquilizarse hasta pasado un buen rato y siguió murmurando por lo bajo.

 

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—Sois muy dueños de creerme o no, pero os aseguro que he dicho la verdad. Y, a propósito de cuentos sabrosos, ¿sabéis que nuestra vecina Elena Antonovna Tchpusov me ha contado (¡fijaos bien, ella misma!) cómo mató de pena a un sobrino suyo...?

 

—¿Qué disparates estáis diciendo?

 

—¡Permitidme! Si no habéis de creerme, me callaré; os aseguro que no tengo motivo alguno para calumniar a esa buena mujer a quien estimo tanto como yo puedo estimar a una mujer. ¡Fijaos que no tiene libros en su casa, exceptuando el almanaque, y que cuando lee lo hace en voz alta! En fin, repito que es una buena mujer y que sus doncellas están bastante gordas. ¿Por qué había de calumniarla?

 

—Bueno, bueno, ya comenzáis con vuestro tema favorito — exclamó Daría Mijailovna—, las mujeres son vuestra manía...

 

—¡Mi manía! Manías las vuestras, que las tenéis de tres especies, y no las olvidáis ni cuando dormís.

 

—¿Cuáles son esas tres manías?

 

—La recriminación, la alusión y el reproche.

 

—¿Sabéis, African Simeonovich —replicó Daría Mijailovna— que me parece que no debéis haber sido muy afortunado con las mujeres, y por eso éstas os merecen esa opinión? Alguna os habrá...

 

—¿Ofendido, querréis decir? —interrumpió Pigasov.

 

 

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Daría Mijailovna se turbó; acababa de recordar el desdichado matrimonio de su interlocutor, e hizo un movimiento con la cabeza.

 

—En efecto, hubo una mujer que me ofendió gravemente, aunque era una santa mujer...

 

—¿Cómo? ¿Quién era?

 

—Mi madre —respondió Pigasov bajando la voz.

 

—¿Vuestra madre? ¿De qué manera pudo ofenderos?

 

—Trayéndome al mundo.

 

Daría Mijailovna frunció el ceño.

 

—Me parece, African Simeonovich, que nuestra charla está tomando un cariz inesperado... Oíd, Konstantin, tocadnos ese estudio de Thalberg. Tal vez esa armoniosa melodía tranquilice a African Simeonovich... Orfeo dominaba a los animales feroces.

 

Konstantin Diomidich se sentó al piano y tocó con impecable técnica y excelente interpretación. Al principio, Natalia Alexeevna escuchó con atención; luego siguió el bordado que tenía entre manos.

 

Merci, c'est charmant —dijo Daría Mijailovna— me gusta Thalberg, ¡es tan distinguido!... ¿En qué pensáis, African Simeonovich?

 

 

 

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—Pensaba —respondió éste lentamente— que hay tres clases de egoístas: los que viven y dejan vivir a los demás; los que viven y no dejan vivir a los demás, y los que no viven ni dejan vivir a nadie... La mujer, generalmente, pertenece a esta tercera especie...

 

—¡Qué amabilidad la vuestra! Lo que más me admira en vos es esa seguridad con que emitís vuestros juicios; no teméis equivocaros, por lo visto...

 

—¡Eso sí que no! También yo puedo equivocarme; todos los hombres se equivocan. Pero, ¿sabéis cuál es la diferencia entre el error del hombre y el de las mujeres? Hela aquí: un hombre podrá decir, por ejemplo, que dos más dos son cinco; una mujer dirá que dos más dos hacen una bujía de cera.

 

—Sí, sí, ya conocemos vuestra opinión sobre ellas; pero, ¿queréis decirnos qué relación tiene ese juicio sobre los egoístas con la música que terminamos de escuchar?

 

—Ninguna, perdonadme. Me distraje y no escuché ni siquiera una nota.

 

—Sois realmente incorregible. ¿Qué os atrae, si no gustáis de la música? ¿La literatura, acaso?

 

—En realidad, me entusiasma la literatura, pero no la actual...

 

—¿Por qué?

 

—Os lo diré por medio de una parábola. No hace mucho tuve que atravesar el Oka en una balsa, con cierto señor. Al llegar a

 

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destino, llamamos a unos hombres para que descargasen nuestro equipaje. Mientras un hombre cargaba un baúl bastante pesado, mi compañero de viaje resoplaba y hacía tanta fuerza que daba compasión verle. Yo pensé: "He aquí una nueva aplicación de la división del trabajo". Ese señor se parecía a la literatura actual: mientras otros trabajan... ella suspira.

 

Daría Mijailovna sonrió.

 

—La literatura actual —prosiguió el infatigable Pigasov— se alimenta de palabras altisonantes, nada más...

 

—Bien, pero las mujeres, a quienes tanto combatís, por lo menos no usan palabras altisonantes.

 

Pigasov se encogió de hombros.

 

—No las usan... porque no saben hacerlo.

 

Daría Mijailovna enrojeció.

 

—Estáis diciendo casi... inconveniencias —dijo con forzada sonrisa.

 

Todos callaron.

 

¿Dónde queda Salotonoche? —preguntó uno de los niños a Basistov.

 

—En el gobierno de Poltava —respondió el preceptor con cariñosa sonrisa.

 

 

 

 

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—Sí, querido mío, en el gobierno de Poltava —confirmó Pigasov, satisfecho de poder cambiar de tema, en plena Ucrania. Pero, estábamos hablando de literatura. ¿Sabéis una cosa? Si yo fuese rico, cultivaría la poesía ucraniana.

 

—¡Dios nos libre! ¡Sería lo único que faltaría! Pero, ¿acaso conocéis la modalidad de Ucrania y su lengua?

 

—¿Su lengua? ¿Qué lengua? Tomáis una cuartilla de papel, en la parte superior de la cual escribís: "Pensamiento"; luego, debajo, "¡Oh, destino cruel el mío!", y otras cosas por el estilo, procurando que tengan un tono ucraniano y una intención patriótica; se las hace rimar bien que mal y se las publica. El ucraniano leerá y se enjugará una lágrima... ¡qué corazón tan sensible el del ucraniano!

 

—Pero, ¡en nombre del cielo! —Intervino Basistov—, lo que estáis diciendo carece de sentido común. Yo, que he vivido en Ucrania y que conozco su alma y su lengua...

 

—¡Otra vez su lengua! Pero si eso no es una lengua, si es apenas un dialecto sin belleza...

 

Basistov quiso protestar.

 

—Dejadlo —murmuró Daría Mijailovna—. Ya sabéis que el señor Pigasov no dice más que paradojas...

 

Pigasov sonrió con malevolencia. En ese momento entró un Lacayo y anunció que acababan de llegar Alexandra Pavlovna y su hermano. Daría Mijailovna se levantó y acudió al encuentro de sus huéspedes.

 

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—¡Buen día, Alexandrine; qué bien habéis hecho en venir! Buen día, Sergio Pavlovich.

 

Volinzev estrechó la mano de Daría y en seguida se acercó a Natalia Alexeevna.

 

—¿Y el barón? —Preguntó Pigasov—. ¿Conoceremos hoy a vuestro nuevo amigo?

 

—Sí, vendrá.

 

—Se dice que es un gran filósofo..., que os lanza a Hegel a chorro continuo.

 

Daría Mijailovna no respondió; tomó del brazo a Alexandra Pavlovna y la hizo sentar a su lado, en el sofá.

 

—¡Filosofía! —Continuó Pigasov—. ¡El punto de vista más elevado! Me mata el punto de vista elevado. ¿Cómo se puede ver desde arriba? ¿Acaso nos subimos a una torre para examinar un caballo que se trata de comprar?

 

—¿De modo que ese barón al que esperáis hoy va a traer un artículo escrito por él, muy interesante según he oído decir? — preguntó Alexandra Pavlovna.

 

—En efecto; un artículo sobre las relaciones del comercio y la industria en Rusia —contestó Daría Mijailovna con aire superior y como no dando importancia al asunto— pero no temáis, no lo leeremos aquí... No es por eso por lo que os he invitado; el barón est aussi aimable que savant... y habla el ruso maravillosamente... C'est un vrai torrent... il vous entraîne...

 

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—Sí, habla tan bien en ruso que ha merecido un elogio en francés —murmuró Pigasov.

 

—Murmurad, murmurad, African Simeonovich, es vuestra costumbre... pero, en realidad, me extraña que no haya llegado aún. Bueno, de todos modos, falta casi una hora para el almuerzo. ¿Qué os parece si vamos al jardín?

 

Levantáronse todos y se encaminaron al jardín. Llegaba éste hasta las márgenes del río B., que atravesaba las posesiones de Daría Mijailovna. Senderos bordeados de altos pinos conducían a infinidad de glorietas rodeadas de gran variedad de lilas recién florecidas.

 

Volinzev, con Natalia y Mlle. Boncourt, se dirigieron a las espesuras del parque. Volinzev caminaba al lado de Natalia, pero en silencio; a corta distancia, les seguía Mlle. Boncourt.

 

—¿Y qué habéis hecho hoy? —preguntó al fin Volinzev, retorciéndose sus negros bigotes.

 

Los rasgos de Natalia recordaban los de su madre, pero su expresión era menos viva. Sus hermosos ojos acariciadores tenían una mirada triste.

 

—Nada interesante; escuché cómo mamá disputaba con Pigasov, bordé, leí...

 

—¿Qué leíais?

 

—Una Historia de las Cruzadas... —contestó Natalia tras corta vacilación.

 

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—¡Ah, eso debe ser interesantísimo! —Dijo Volinzev agitando una rama que acababa de cortar de un árbol—. Y ese barón de quien tanto se habla, ¿quién es?

 

—Un forastero; gentilhombre de cámara. Mamá lo pondera mucho.

 

—Vuestra madre se entusiasma fácilmente.

 

—Eso demuestra que su corazón es joven aún —respondió Natalia.

 

—Sí... Y bien, en cuanto a vuestro caballo, creo que pronto estará domado. Me gustaría que levantara el galope de primera intención...

 

Merci... Ya me han dicho que vos personalmente lo estáis domando, y tengo entendido que eso es bastante difícil.

 

—Con tal de proporcionaros un placer, Natalia Alexeevna, yo estaría dispuesto... estaría dispuesto... en fin, estoy diciendo tonterías y sonrió.

 

Natalia lo miró con simpatía y de nuevo dijo:

 

Merci.

 

En ese instante sonó la campana que anunciaba el almuerzo.

 

Ah, la cloche du dîner! —exclamó Mlle. Boncourt—. Rentrons...

 

"Quel dommage —pensó la vieja institutriz—, ¡que un joven tan atrayente tenga tan pocos recursos para la conversación!"

 

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El barón X. no llegó para el almuerzo. Se le aguardó media hora; la conversación, en la mesa, no se animaba.

 

Sergio Pavlovich no hacía sino mirar a Natalia, a cuyo lado estaba sentado, y a quien servía continuamente agua en su copa. Pandalevsky se empeñaba en distraer con su charla a su vecina, Alexandra Pavlovna; derretíase a fuerza de dulzura, cosa a la que ella apenas prestaba atención.

 

Basistov parecía ausente y hasta Pigasov callaba; al notarlo,

 

Daría Mijailovna dijo:

 

—Se está usted luciendo muy poco hoy, African Simeonovich.

 

—¿Lucirme, yo? —respondió éste—. Eso, dejadlo para el señor barón...

 

—¡Bravo! ¡Estáis celoso de antemano! —exclamó Daría Mijailovna.

 

Pigasov nada contestó.

 

Se hicieron las siete y todos pasaron a la sala.

 

—Me parece que ya no vendrá —dijo Daría Mijailovna.

 

En ese momento se oyó el ruido de un coche que se detenía ante la puerta de la casa, y al cabo de algunos minutos entró un lacayo y presentó a Daría Mijailovna una tarjeta en una bandeja de plata; ella leyó rápidamente y volviéndose al lacayo, preguntó:

 

—¿Dónde está ese señor?

 

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—No se ha apeado del coche. ¿Ordena la señora que se le reciba?

 

—Sí, hacedlo pasar.

 

El lacayo salió.

 

—¡Qué fastidio! El barón ha recibido orden de regresar a San Petersburgo; me envía el artículo que publicó con un amigo, un tal Rudin. Ya en cierta oportunidad me lo quiso presentar... ¡Qué fastidio!

 

—Demetrio Nikolaievich Rudin —anunció el lacayo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV

 

Entró un hombre de unos treinta y cinco años, de elevada estatura pero un poco encorvado; sus rasgos no eran muy correctos, pero irradiaba un no sé qué de interesante de sus ojos azules. Su nariz era ancha y recta y sus labios bien dibujados. Su traje revelaba largo uso y le quedaba algo estrecho, como si desde que lo poseía hubiese engrosado.

 

Acercóse con desenvoltura a Daría Mijailovna e, inclinándose, le dijo:

 

—Hacía tiempo que deseaba seros presentado, señora; mi amigo, el barón X., me ha hablado mucho de vos. Me ha encargado que lo disculpe por no haber podido despedirse personalmente.

 

Su fina voz contrastaba con su elevada estatura y ancho pecho.

 

—Os ruego, señor, que toméis asiento; tengo verdadero gusto en conoceros.

 

Daría Mijailovna lo presentó a todos los circunstantes, y le preguntó si vivía en el país y si venía a él solamente de viaje.

 

—Mi propiedad está situada en la provincia de T. —respondió Rudin, que tenía su sombrero sobre las rodillas—. Hace poco que estoy aquí y he venido por asuntos de negocio. Actualmente, vivo en la capital del distrito.

 

 

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—¿En casa de quién?

 

—Del médico. Es un excamarada de la Universidad.

 

—¡Ah... en casa del médico! Se habla muy bien de él. Parece que es muy hábil en su arte. ¿Hace mucho tiempo que conocéis al barón?

 

—Aunque lo conocí sólo el invierno pasado en Moscú, hemos intimado y pasamos juntos varias semanas.

 

—Es hombre muy inteligente, ¿no es verdad?

 

—Sí, mucho.

 

Daría Mijailovna se llevó a la nariz un pañuelo empapado en agua de Colonia.

 

—¿Estáis en el servicio civil? —preguntó.

 

—¿Quién, yo?

 

—Sí, vos.

 

—No. He presentado mi dimisión...

 

Se produjo un breve silencio. Después, la conversación tornó a hacerse general.

 

—Permitidme pecar de curioso —dijo Pigasov volviéndose hacia Rudin—. ¿Conocéis el estudio publicado por el barón X. sobre las relaciones entre el comercio y la industria en Rusia? Creo que ese es el tema...

 

 

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—Sí, de eso trata precisamente —respondió Daría Mijailovna llevándose una mano a la frente.

 

—Yo, realmente, no soy competente en tales cuestiones — continuó Pigasov mirando de soslayo a la dueña de la casa— pero solamente el título de ese artículo se me aparece, ¿cómo decirlo delicadamente?, muy oscuro y embrollado...

 

—¿Oscuro? ¿Por qué?

 

Pigasov sonrió, mientras dirigía una mirada a Daría Mijailovna.

 

—¿Os resulta claro? —preguntó, volviendo su cara de zorro hacia Rudin.

 

—¿A mí? En efecto...

 

—Puesto que lo decís...

 

—¿Tenéis jaqueca? —preguntó Alexandra Pavlovna a la dueña de la casa.

 

—No... es decir... C'est nerveux.

 

—¿Me permitís una pregunta, señor? —Siguió Pigasov—. ¿Ese señor barón X., amigo vuestro, se ocupa de esos asuntos de economía política a fondo, o es tan sólo un entretenimiento para sus horas de ocio, sustraídas a los placeres del mundo y a los deberes del servicio?

 

Rudin lo miró, por primera vez, fijamente.

 

 

 

 

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—El barón no es más que un aficionado a esa materia, no obstante lo cual puedo aseguraros que el artículo en cuestión es interesante por muchos conceptos.

 

—No me atrevo a discutir con vos, pues no lo he leído, pero se me ocurre que debe atenerse más a la teoría que a los hechos.

 

—Hay en él hechos, y disertaciones generales relativas a los hechos mismos.

 

—Quizás... quizás... Os diré que, a mi entender, y os advierto que he estudiado tres años en Dorpat, todas esas hipótesis, especulaciones y teorías no sirven para nada; sólo son abstracciones a propósito para confundir a la gente. A mí, que me señalen los hechos...

 

—Pero, ¿acaso no se debe explicar el sentido de los hechos?

 

—Me fastidian las teorías, puntos de vista y conclusiones fundadas en lo que se ha dado en llamar convicciones — continuó Pigasov—. Cada cual proclama las suyas y... —se interrumpió y agitó las manos en el aire.

 

Pandalevsky no pudo contener una carcajada.

 

—De modo que, según vos —dijo Rudin—, ¿no hay convicciones sinceras?

 

—Exacto.

 

—¿Esa es vuestra convicción?

 

—Sí.

 

 

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—¿Y cómo decís entonces que no las hay? Para demostrarlo, acabáis de expresar una.

 

—Permitidme, permitidme...

 

Daría Mijailovna batió palmas y los demás testigos de la escena sonrieron mirándose entre sí

 

—¡Bravo! ¡Bravo! ¡Pigasov, habéis sido derrotado!

 

—Dignaos aguardar un momento, antes de regocijaros, señora; ¡un poco de paciencia! —Exclamó Pigasov con despecho—. No basta decir lindas palabras con acento de superioridad: es preciso probar... refutar... Nos hemos alejado del tema de la discusión.

 

—A vuestra vez, permitidme, señor —prosiguió tranquilamente Rudin—. No creéis en la utilidad de las teorías ni en la sinceridad de las convicciones...

 

—En efecto. Yo no creo en nada.

 

—Entonces, sois un escéptico...

 

—No veo la necesidad de emplear ese término.

 

—Defendeos, entonces —terció Daría Mijailovna.

 

Pandalevsky, mientras tanto, escuchaba gozoso.

 

—Esa palabra expresa mi pensamiento —continuó diciendo Rudin—, y puesto que la comprendéis, creo lícito servirme de ella. Si no creéis en nada, ¿por qué creéis en los hechos?

 

 

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—En los hechos creo, pues por lo menos se pueden apreciar, a veces hasta con los sentidos.

 

—¡Los sentidos! Pero si hasta ellos engañan, o, por lo menos, no siempre nos revelan la verdad. ¿No os dicen los sentidos que la tierra gira alrededor del sol? ¿O tampoco creéis a Copérnico?

 

Todos miraron atentamente a Rudin. "Parece bastante listo", pensaba cada cual.

 

—Lo que acabáis de decir es una broma, naturalmente muy original respondió —Pigasov—, pero que no tiene relación alguna con lo que discutíamos.

 

—Es difícil, sin embargo, que yo pueda decir nada original; esas son cosas de sobra conocidas. Se trata solamente...

 

—¿De qué se trata? —Pigasov se impacientaba y comenzaba a ponerse un tanto impertinente. En toda discusión tenía por costumbre burlarse de su contrincante; se tornaba después grosero y por último tartamudeaba y callaba.

 

—Voy a decíroslo —respondió Rudin—. Confieso que me apena que personas inteligentes me combatan o discutan sin razón valedera...

 

—¿Por qué atacan vuestros sistemas o teorías?

 

—Un sistema se basa generalmente en leyes fundamentales, a veces sobre principios de vida...

 

—Claro está, pero había que conocerlos.

 

 

 

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—Por favor. Ellos no son, naturalmente, accesibles a todos, y el hombre se equivoca fácilmente; pero convendréis conmigo en que Newton, por ejemplo, descubrió algunas de esas leyes fundamentales. Es cierto que era un genio, pero los descubrimientos del genio son grandes exactamente en la medida en que se hacen accesibles a todos. Esa tendencia a buscar los principios generales en los fenómenos particulares es uno de los caracteres básicos del espíritu humano, y toda nuestra civilización...

 

—¡Ah, ah, era allí a donde tendíais! Pero yo soy un hombre práctico y entiendo poco de esas finezas metafísicas.

 

—Perfectamente, pero observad que ese vuestro empeño en ser un hombre práctico, responde ya a un sistema, a una teoría...

 

—¡Nuestra civilización, decís! —Dijo Pigasov desviando el tema—. ¿Para qué sirve? No daría por ella un céntimo.

 

—No discutís con elegancia —observó a Pigasov Daría Mijailovna, que pensaba todo lo contrario de su nuevo huésped, de quien admiraba la serenidad: "C'est un homme comm'il faut; es necesario ser muy cortés con él", siguió pensando.

 

 

—Yo no defiendo nuestra cultura ni la civilización actual, las cuales, por lo demás, no necesitan de mi defensa. Sólo me permitiré recordaros el antiguo adagio: "Te enfadas, Júpiter; luego, no tienes razón". Quiero decir que todos esos ataques contra los sistemas, contra el impulso de perfeccionar éstos y contra las teorías mismas afligen porque, a la larga, se termina por negar el saber y la ciencia y por perder la fe que éstos inspiran; es decir, la confianza en sí mismo, en las propias fuerzas. Esta confianza es indispensable al hombre. No se

 

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puede vivir sólo de impresiones. Es muy triste temer al pensamiento y no creer en él. En fin, el escepticismo no conduce sino a la esterilidad, a la debilidad...

 

—Ésas son palabras, nada más... —murmuró Pigasov.

 

—Es posible; pero permitidme que os haga observar que al decir "ésas no son sino palabras", buscamos con frecuencia huir a la necesidad absoluta de decir algo más sensato que esas mismas palabras.

 

—¿Cómo? —dijo Pigasov frunciendo el ceño.

 

—Comprendéis lo que quiero decir —respondió Rudin con una impaciencia involuntaria, que reprimió inmediatamente—. Lo repito: si un hombre carece de principios firmes en los cuales creer, si no tiene un terreno firme en que apoyarse sólidamente, ¿cómo podría darse cuenta de las necesidades, del destino, del porvenir de su país? ¿Cómo podría saber lo que debe hacer, si...?

 

—Nuestros puntos de vista son muy diferentes —interrumpió Pigasov, malhumorado. Luego se levantó y se refugió en un rincón, sin mirar a nadie.

 

Rudin lo miró en silencio, con una leve sonrisa.

 

—Se dio a la fuga —dijo Daría Mijailovna— no os inquietéis, Demetrio Nikolaievich; con esa actitud Pigasov ha significado que "no quiere" discutir más, pero, en realidad, ha demostrado que "no puede" discutir más... Sentaos más cerca de nosotros y charlaremos. No sé cómo no nos hemos conocido antes. ¿Habéis

 

 

 

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leído este libro? C'est de Tocqueville, vous savez? —y le alargó un libro en francés, ricamente encuadernado.

 

Rudin hojeó un poco el libro, y lo dejó sobre la mesa, diciendo que, aunque no lo había leído, había reflexionado mucho sobre el problema que en él se planteaba. La conversación, que había languidecido, tornó a animarse. Rudin, cohibido al principio, fue cobrando bríos al punto que pronto cautivó a todo su auditorio. Únicamente Pigasov permanecía en un rincón, junto a la chimenea.

 

Rudin hablaba con ingenio, con fuego y buen sentido. Poseía saber y había leído mucho. Nadie habría esperado hallar en él un hombre notable. ¡Estaba tan mal vestido, se hablaba tan poco de él! A todos parecía extraño y hasta incomprensible que un hombre de su talento pudiese aparecer así, súbitamente, en el campo. Rudin les había dejado asombrados; hasta podría haberse dicho que los había encantado a todos, comenzando por Daría Mijailovna... Ésta se sentía orgullosa de su nuevo amigo y pensaba ya en cómo podría apadrinarlo en sociedad, pues a pesar de su edad, era muy entusiasta en sus primeros impulsos. Alexandra Pavlovna, en realidad, no había entendido gran cosa de los discursos de Rudin, pero no por eso estaba menos sorprendida y encantada. Su hermano compartía sus sentimientos. Pandalevsky observaba a Daría y sentía celos. Pigasov decía para su coleto: "¡Por 50 rublos podría comprar un ruiseñor que cantaría aún mejor!" Pero Basistov y Natalia eran los más impresionados. La respiración del primero casi se había detenido; sentado, boquiabierto, los ojos como platos, escuchaba como jamás en su vida había escuchado. En cuanto a Natalia, su rostro se cubría de un débil rubor, y su mirada, vuelta más profunda y más clara, se fijaba, inmóvil, en Rudin.

 

—¡Qué hermosos ojos tiene! —murmuróle Volinzev.

 

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—Cierto, son muy expresivos —respondió Natalia.

 

—Lástima que sus manos sean demasiado grandes y rojas.

 

Natalia no respondió.

 

Sirvieron el té. La conversación se hizo general, aunque todos se hallaban como bajo el efecto de un encantamiento. De pronto, a Daría Mijailovna se le ocurrió hacer enojar de nuevo a Pigasov. Aproximóse a él y le dijo en voz baja:

 

—¿Qué hacéis que habéis callado tan súbitamente? — Y observando a Pigasov que sonreía con sorna, añadió—: Tratad de mediros otra vez con él.

 

Y sin aguardar respuesta, hizo una seña a Rudin.

 

—Ignoráis todavía algo importante acerca del señor Pigasov. Detesta a las mujeres y no pierde jamás ocasión de hacerlas objeto de sus críticas. ¡Por favor, tratad de convertirlo, de traerlo de nuevo al buen camino!

 

Sin querer, y a causa de su estatura más elevada, Rudin miró a Pigasov de arriba abajo. Éste palideció de ira.

 

—Daría Mijailovna se equivoca; no es sólo a las mujeres a quienes critico —respondió con voz temblorosa. En realidad, no tengo mucho bueno que decir de todo el género humano.

 

—¿Y qué os hace tener tan mal concepto de él?

 

—Probablemente, el conocimiento de mi propia alma, en la que descubro cada día nuevas miserias. Juzgo a los demás por mí

 

 

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mismo, lo cual quizá sea injusto. Yo soy peor que los demás.

¿Qué queréis?, la costumbre es vieja.

 

—Os comprendo y simpatizo con vos —contestó Rudin—. ¿Qué alma noble y pura no ha experimentado la sed de humildad respecto de sí misma? Pero no hay que detenerse en esa situación sin salida.

 

—Os agradezco humildemente por el certificado de nobleza que conferís a mi alma —respondió Pigasov—, mas, yo no me quejo de mi situación; no es mala. Más aún: creo que aunque conociese una salida, no la utilizaría.

 

—Eso se llama, y perdonadme la expresión, preferir la satisfacción del amor propio al deseo de hallar y vivir en la verdad.

 

—¡Ya lo creo! —Exclamó Pigasov—. Amor propio: yo comprendo esa palabra, y vos la comprendéis, creo, y también todo el mundo. En cuanto a la verdad: ¿dónde está?

 

—Os estáis repitiendo, os lo advierto —observó Daría Mijailovna.

 

Pigasov se encogió de hombros.

 

—Me pregunto: ¿dónde está la verdad? Los mismos filósofos lo ignoran. Kant dice: hela aquí; pero Hegel responde: no, te equivocas; ésta es.

 

—¿Sabéis, pues, lo que dice Hegel? —preguntó Rudin sin levantar la vista.

 

 

 

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—Repito —continuó Pigasov con acaloramiento—, que no puedo comprender qué es la verdad. A mi parecer, no existe en este mundo. La palabra sí existe, es cierto, pero la cosa, no.

 

—¡Vamos, vamos! —Exclamó Daría Mijailovna—. ¿Cómo no os avergüenza hablar así, pecador empedernido que sois? ¡Que no hay verdad! ¿Para qué, entonces, vivir en este mundo?

 

—En todo caso —repuso acremente Pigasov—, os sería más fácil vivir sin la verdad que sin vuestro cocinero Stefan, que goza fama merecida de maestro en su arte. Y, decidme, por favor: ¿qué necesidad tenéis de la verdad? ¿Puede, acaso, servir para haceros con ella una bonita cofia?

 

—Una broma no es una respuesta, sobre todo cuando el tema se basa sobre una calumnia... —interrumpió Daría Mijailovna.

 

—Y bien, yo no sabré lo que es la "Verdad", pero sé que la "Justicia" le saca los ojos... —y al decir esto, se apartó del grupo.

 

En cuanto a Rudin, habló del amor propio y lo hizo con profundo sentido. Probó que el hombre sin amor propio se anula, que ese sentimiento es la palanca de Arquímedes con la cual se puede mover el mundo, pero que sólo merece el título de hombre quien sabe dominar su amor propio, como el jinete su caballo, y sacrifica su personalidad al bien general. El egoísmo, agregó, es el suicidio. El hombre egoísta se deseca como el árbol solitario y sin frutos; pero el amor propio, como tendencia activa hacia la perfección, es la fuente de toda grandeza. Sí, el hombre debe romper el obcecado egoísmo de su personalidad a fin de poder manifestarse libremente.

 

—¿Podríais prestarme un lápiz? —preguntó Pigasov a Basistov.

 

 

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Éste tardó un instante en comprender la pregunta.

 

—¿Un lápiz? ¿Para qué lo queréis? respondió al fin.

 

—Para anotar esta última frase del señor Rudin. Vale la pena conservarla. Si no la anotara, podría olvidarla, y sería una verdadera lástima.

 

—Hay cosas de las cuales no es licito reírse ni burlarse — respondió acaloradamente Basistov, alejándose de Pigasov.

 

Entretanto, Rudin se había acercado a Natalia. Ésta se levantó. Su rostro revelaba su turbación. Volinzev, que estaba sentado a su lado, también se incorporó.

 

—Veo aquí un piano —dijo Rudin—. ¿Ejecutáis en él?

 

—Sí; un poco; pero el que ejecuta maravillosamente es Konstantin Diomidich.

 

Éste murmuró con forzada sonrisa:

 

—Es usted injusta consigo misma, Natalia Alexeevna. Es usted mejor pianista que yo.

 

—¿Conoce usted el Erlkönig, de Schubert? —preguntó Rudin.

 

—Sí, lo toca —exclamó Daría Mijailovna— sentaos al piano, Konstantin, y tocadlo... ¿Amáis la música, Demetrio Nikolaievich?

 

 

 

 

 

 

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Rudin contestó con una sonrisa y un movimiento de cabeza, y pasándose una mano por el cabello, se dispuso a escuchar. Konstantin tocó.

 

Natalia se colocó de pie junto al piano, frente a Rudin. Desde los primeros acordes, el rostro de éste tomó una inspirada expresión; sus ojos azules, de mirada profunda, se posaban de cuando en cuando en Natalia.

 

Pandalevsky terminó de tocar. Rudin, sin decir palabra, se aproximó a la abierta ventana. El jardín se hallaba envuelto en perfumadas sombras. Los árboles parecían exhalar una frescura enervante. Se sentía casi la caricia de la tibia noche de verano. Rudin paseó su mirada por el jardín y luego se volvió.

 

—Esa música y este jardín me hacen recordar, no sé por qué asociación de ideas, mi vida de estudiante en Alemania, los paseos, las serenatas...

 

—¿Habéis estudiado en Alemania? —preguntó Daría Mijailovna.

 

—Un año en Heidelberg y otro tanto en Berlín.

 

—Los estudiantes universitarios de Alemania usan uniforme, ¿no? He oído decir que son muy curiosos...

 

—En Heidelberg usaba botas altas, con espuelas, y chaqueta con alamares; en cambio, en Berlín los estudiantes no llevan un traje especial.

 

—Habladnos de vuestra vida de estudiante —dijo Alexandra Pavlovna.

 

 

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Rudin comenzó a hablar, pero no estuvo feliz. Sus descripciones eran frías y descoloridas. Carecía del don de hacer reír. Pronto su conversación derivó a impresiones generales sobre la organización de los estudios en las universidades rusas y extranjeras y el grado de evolución que ellas alcanzaban; trazó, a grandes rasgos, un gran cuadro. Sintiendo que pisaba un terreno más firme, su rostro reflejaba gran vivacidad. Todos le escuchaban con atención. A veces se expresaba con estudiada reticencia, con poca claridad, pero ello no restaba encanto a su conversación, por lo contrario, parecía realzarla.

 

 

La exuberancia de ideas parecía impedir a Rudin expresarse con mayor exactitud y precisión. Las imágenes seguían a las imágenes, que él exponía en ocasiones con metáforas sutiles y poéticas. A su natural facilidad de palabra se agregaba el calor de la improvisación. No rebuscaba las expresiones; las palabras fluían de sus labios naturalmente, respirando sinceridad. Manejaba con habilidad, quizá sin proponérselo, el encanto de la elocuencia, como si poseyera el secreto de hacer vibrar al unísono todas las cuerdas del alma.

 

Su voz se hacía profunda, musical; hablaba con transporte de sus ilusiones, de su fe en el porvenir, y eso imprimía en su rostro una expresión de impetuosa juventud. De pie junto a la ventana, casi sin mirar a nadie, se apasionaba con el interés que inspiraba a su auditorio... Luego, la presencia de mujeres jóvenes que le escuchaban embelesadas... la belleza, el encanto de esa noche de verano le arrebataron, llevándole hasta la elocuencia y la poesía. Su voz se hacía cada vez más suave, casi susurrante, y sus palabras parecían adquirir un sentido inesperado... Hablando de lo que acuerda un valor eterno a la fugaz vida humana, dijo al terminar:

 

 

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—Recuerdo en este momento una leyenda escandinava. Érase un rey sentado junto al fuego, en su tienda de campaña, rodeado de sus guerreros. De pronto, un pajarillo entra por una abertura, y atravesando la tienda, sale por otra. El rey dijo al observarlo: "Ese pajarillo es como el hombre en la tierra; de la sombra vino y hacia las sombras se fue... ¡Qué poco estuvo a la luz y al calor!" "Sí, mi rey", dijo el más anciano de los guerreros: "mas el ave no se pierde en la oscuridad; sabe encontrar su nido". Ciertamente, nuestra vida es breve e insignificante, no obstante lo cual, todo lo verdaderamente grande lo realiza el hombre. Consciente de ser el instrumento de fuerzas superiores, hasta en la misma muerte sabe hallar su vida, su nido.

 

 

Rudin calló, involuntariamente turbado...

 

Vous êtes un poète! —murmuró Daría Mijailovna.

 

Todos los presentes aprobaron el elogio... todos, menos Pigasov. Sin aguardar el final de la conversación, tomó su sombrero y salió sin despedirse. Por otra parte, nadie advirtió su ausencia.

 

Los sirvientes trajeron la cena fría y una hora después se deshizo la tertulia. Daría Mijailovna rogó a Rudin que pasara la noche en su casa.

 

Ya en el coche que la llevaba a la suya, Alexandra Pavlovna se deshacía en elogios sobre el talento de Rudin. Volinzev se mostró de acuerdo con ella, aunque se permitió observar que a veces se expresaba con poca claridad. Luego su rostro se ensombreció y su mirada se fijó en un rincón del carruaje.

 

 

 

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Mientras Pandalevsky se desnudaba para acostarse, dijo en alta voz: "Es un hombre listo"... Luego, al ver que el cosaquito que le servía de valet lo estaba escuchando, le ordenó que se marchara inmediatamente.

 

Basistov no pudo dormir. Permaneció vestido, escribiendo a uno de sus amigos de Moscú una extensa carta que lo entretuvo hasta la madrugada.

 

En cuanto a Natalia, aunque se tendió en su lecho, tampoco pudo conciliar el sueño en toda la noche. Apoyada la cabeza en una mano, dejó vagar su mirada por la oscuridad, respirando febrilmente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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V

 

Al día siguiente, no bien se hubo vestido, Rudin recibió de parte de Daría Mijailovna la invitación de bajar a tomar el desayuno con ella.

 

Rudin la encontró sola; ella le saludó muy amablemente y le preguntó cómo había pasado la noche. Después de servirle ella misma el té y azucarárselo, le ofreció un cigarrillo y le invitó a sentarse a su lado.

 

Daría hablaba inclinándose hacia Rudin. Le interrogó acerca de su familia, sus parientes, sus inclinaciones y proyectos... Daría Mijailovna afectaba un tono indolente y distraído; pero no consiguió engañar a Rudin, quien descubrió su juego, íntimamente halagado. No sin motivo había combinado ese desayuno a solas. Daría se había vestido con sencillez no exenta de buen gusto, à la madame Récamier.

 

Sin embargo, pronto cesó ella de interrogar a su huésped y se puso a hablar de sí misma, de su juventud, de las personas que había conocido.

 

Rudin escuchaba con interés. En la conversación de Daría Mijailovna era siempre su personalidad lo que dominaba y borraba todo lo demás, y pronto Rudin supo lo que había dicho a tal personaje importante u obtenido de él, y de su influencia sobre tal escritor de renombre. A juzgar por las palabras de

 

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Daría Mijailovna, todas las celebridades contemporáneas sólo habían aspirado a acercarse a ella y merecer su benevolencia.

 

Hablaba de ellos simplemente, sin entusiasmo; los elogiaba como a cosa propia, tachando a algunos de ellos de excéntricos. Se refería a ellos como a un rico engarce que realza la belleza de una gema. Sus nombres formaban una especie de brillante constelación en torno del nombre principal: el de Daría Mijailovna.

 

Rudin escuchaba, fumaba su cigarrillo y callaba. No interrumpía sino raramente y con ligeras observaciones la charla de la dama. Aunque era naturalmente elocuente y le gustaba hablar, sabía escuchar, y aquellos a quienes no intimidaba su facilidad de palabra se tornaban fácilmente expansivos en su presencia, tanta era la benevolencia que ponía en seguir los discursos de los demás. Pero en las discusiones, raramente dejaba decir la última palabra a su adversario, a quien aplastaba con su dialéctica impetuosa y apasionada. Daría Mijailovna hablaba en ruso, y parecía orgullosa de su perfecto conocimiento de la lengua materna; sin embargo, a menudo dejaba escapar galicismos y expresiones francesas. Trataba de emplear locuciones sencillas y populares, aunque no siempre con éxito. A Rudin no parecía molestarle la mezcolanza del lenguaje que fluía de los labios de Daría Mijailovna. Por fin ésta, cansada ya, apoyó la cabeza en el cojín de su butaca y posó su mirada en Rudin.

 

—Comprendo muy bien —dijo éste— que esa vida mundana tan intensa de la capital os canse, y que os agrade venir al

 

 

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campo todos los veranos. Estoy seguro de que debéis ser una fervorosa amante de la Naturaleza...

 

Daría Mijailovna le miró de soslayo.

 

—¿La Naturaleza? Sí, sí..., naturalmente, me gusta mucho; pero también en el campo se necesita buena compañía. Aquí, en realidad, no tengo a nadie... ¡Fijaos que Pigasov pasa por hombre de talento en la sociedad de aquí!

 

—¿Os referís a ese señor que se enfurruñó ayer conmigo? —preguntó Rudin.

 

—El mismo. En fin, después de todo, aquí en el campo puede tolerársele, pues a veces hace reír con sus ocurrencias.

 

—No es tonto —respondió Rudin—, pero está en un mal camino. No sé si sois de mi opinión, Daría Mijailovna, pero, a mi juicio, no hay salvación en la negación completa y total. Es fácil pasar por hombre de talento negándolo todo, es un recurso conocido. La gente simple se mostrará en seguida dispuesta a deducir de ello que valéis más que lo que negáis; pero, frecuentemente, eso es falso. En primer lugar, por doquier pueden hallarse manchas, y además, aunque hablarais sensatamente, peor para vos... Vuestro espíritu se empobrece y agosta cuando se vuelve exclusivamente hacia la negación. Satisfaréis vuestro amor propio, pero os privaréis de los verdaderos goces del corazón y del alma. La vida y todo lo que la compone escapan a vuestra observación superficial y biliosa; llegáis a la hipocondría, al marasmo, y termináis haciendo reír e

 

 

 

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inspirando piedad al mismo tiempo. Sólo quien sabe amar tiene derecho a censurar y reprender.

 

Voilà M. Pigasov enterré! —Exclamó Daría Mijailovna—. Sois un maestro en el arte de juzgar a la gente. Personalmente, creo que Pigasov no entendió nada de lo que dijisteis; es decir, no trató de comprender, pues solamente se paga de su propia persona.

 

—Y la critica para tener derecho de criticar a los demás.

 

Daría Mijailovna se echó a reír.

 

—¿Y qué opináis del barón?

 

—¡Oh, el barón es una excelente persona! Tiene un gran corazón... aunque a veces le falta algo de carácter. En cuanto a su cultura, no pasará nunca de ser un dilettante.

 

—Anoche leí su artículo —dijo Daría Mijailovna—, y, entre nous, cela a assez peu de fond.

 

Rudin, aunque en el fondo de la misma opinión que su interlocutora, intentó cambiar de tema.

 

—¿Y qué otras personas componen la sociedad de aquí? — preguntó.

 

Daría sacudió la ceniza de su cigarrillo con el dedo y dijo:

 

—Aparte de las que habéis conocido anoche, muy pocas más... entre ellas el príncipe Garin, a quien ya conocéis, y un vecino terrateniente, persona bastante instruida y en extremo

 

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negligente en su indumentaria. Guía él mismo su destartalado cabriolé, como si fuera un empleaducho de tienda, pese a lo cual Alexandra Pavlovna, mi amiga, no le mira con ojos del todo indiferentes. Deberíais ocuparos de ella, instruyéndola un poco... Alexandra es una criatura, una verdadera criatura, Demetrio Nikolaievich. Ha estado casada, mais c' est tout comme... En fin, si yo fuera hombre me enamoraría sólo de mujeres como ella...

 

—¿De veras?

 

—Como lo oís. Alexandra tiene una frescura, esa inocencia imposible de imitar propia de la juventud.

 

—Y lo demás, ¿se puede falsificar? —Rudin se echó a reír, lo cual era muy raro en él. Cuando le acontecía, su rostro tomaba una curiosa expresión de vejez—. ¿Y quién es ese terrateniente poderoso y descuidado hacia el cual no se muestra indiferente la señora Alexandra Pavlovna?

 

—Se llama Leznev, Mijail Mijailovich Leznev.

 

Rudin no contestó.

 

—¡Qué! ¿Le conocéis?

 

—Sí, lo conocí —dijo al fin—, pero hace ya mucho tiempo... ¿De modo que es vuestro vecino? Tengo entendido que es un hombre rico...

 

—Así es. Desearía invitarlo algunas veces, pues dicen que no le falta talento. Además, estoy en tratos con él por un asunto de

 

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deslindes, pues debéis saber que yo misma administro mis propiedades...

 

—¿Vos misma?

 

—Sí; yo no introduzco costumbres extranjeras de ninguna especie. Donde me veis, todo lo hago a la manera rusa, y a la verdad que las cosas no van peor de este modo.

 

—Siempre he pensado que era una injusticia negar a la mujer un claro sentido práctico de las cosas —observó Rudin galantemente.

 

—Sois muy amable —contestó Daría Mijailovna sonriendo con agrado— pero, ¿de qué hablábamos? ¡Ah, del señor Leznev! Sí, tengo con él un asunto relacionado con mi campo, que linda con el suyo. Lo he invitado repetidas veces, y hoy mismo lo espero, aunque no tengo esperanzas de que venga. ¡Es tan raro ese hombre!

 

En ese momento se abrió la puerta y entró el mayordomo de la casa, hombre de elevada estatura, entrado en años, vestido con un frac negro y chaleco y corbata blancos.

 

—Con vuestro permiso, señora...

 

Daría Mijailovna, sin contestarle, se volvió a Rudin.

 

N'est-ce pas qu'il ressemble à Canning?

 

—Mijail Mijailovich Leznev acaba de llegar —anunció el mayordomo—. ¿Lo hago pasar?

 

 

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—¡Dios mío, sí! No le hubiera creído tan puntual...

 

El mayordomo salió.

 

—¿No os lo decía? Una vez que viene, debía hacerlo en un momento de lo más inoportuno. Interrumpe nuestra conversación...

 

Rudin se levantó, pero Daría Mijailovna lo detuvo, diciéndole:

 

—No os marchéis. Podemos tratar nuestro asunto en vuestra presencia. Además, me agradaría lo juzgarais tal como lo habéis hecho con Pigasov. Cuando emitís un juicio, il est comme gravé avec un burin. Quedaos.

 

Rudin pareció a punto de hacer alguna observación, pero reflexionó un instante y guardó silencio.

 

Mijail Mijailovich, a quien ya conocemos, entró en el saloncillo, siempre con su aspecto desaliñado, se dirigió tranquilamente a Daría Mijailovna y la saludó.

 

—Celebro que por fin os hayáis dignado visitarnos, monsieur Leznev —dijo Daría—. Sentaos, os lo ruego. Tengo entendido que ya conocéis a este caballero —añadió, señalando a Rudin.

 

Leznev miró a Rudin con enigmática sonrisa.

 

—Así es, le conozco —contestó haciendo una leve inclinación de cabeza.

 

—Fuimos condiscípulos en la Universidad —dijo Rudin a media voz y bajando los ojos.

 

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—También nos encontramos más tarde —continuó Leznev con frialdad.

 

Daría Mijailovna miró con extrañeza a los dos hombres y volvió a rogar a Leznev que tomara asiento.

 

—Deseabais hablar conmigo...

 

—Sí; con respecto a ese asunto del deslinde, y también por el placer de veros. Somos vecinos y casi parientes.

 

—Muchas gracias —respondió Leznev—. En cuanto a nuestro asunto, ya lo he arreglado con vuestro intendente: he consentido a cuanto me propuso.

 

—¡Ah, ya lo sabía yo!

 

—Me dijo que si no trataba el asunto con vos personalmente, no se podrían firmar los papeles. Pues bien, aquí me tenéis...

 

—En efecto, es mi costumbre. A propósito, permitidme preguntaros si es cierto que todos vuestros aldeanos son también vuestros arrendatarios.

 

—Es verdad.

 

—¿Y os tomáis la molestia de ocuparos en agrimensura? Es digno de elogio.

 

Leznev permaneció un instante sin responder.

 

—Como veis, he venido por la entrevista personal —dijo luego.

 

Daría Mijailovna sonrió.

 

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—Ya veo que habéis venido; pero lo decís con tal tono que parece que no teníais muchos deseos de venir a mi casa.

 

—No voy a ninguna parte —replicó Leznev flemáticamente.

 

—¿A ninguna parte? Sin embargo, vais a casa de Alexandra Pavlovna.

 

—Hace mucho que conozco a su hermano.

 

—¡A su hermano!... En fin, yo no obligo a nadie. Perdonadme, soy más vieja que vos y por eso me tomo la libertad de reprenderos: ¿qué gusto halláis en vivir como un ermitaño? ¿O será que mi casa, o yo misma, no somos de vuestro agrado?

 

—No he tenido el honor de trataros, de modo que mal podríais no ser de mi agrado. En cuanto a vuestra casa, es espléndida, pero os confieso con toda sinceridad que soy enemigo de molestarme. ¡Con deciros que no tengo una sola prenda de etiqueta! ... Además, yo no pertenezco a vuestra esfera, Daría Mijailovna.

 

—Os engañáis, Mijail Mijailovich; tanto por vuestra cuna como por vuestra educación pertenecéis a mi esfera. Vous êtes des nôtres.

 

—Mi cuna y mi educación nada tienen que ver en esto, Daría Mijailovna. Se trata de...

 

—El hombre es un ser sociable; ¿qué placer halláis en vivir como Diógenes en su tonel?

 

 

 

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—Ante todo, Diógenes se sentía cómodo en él; además, ¿quién os ha dicho que no me relaciono con nadie?

 

Daría Mijailovna se turbó.

 

—Vuestras palabras me convencen de que no me consideráis merecedora de ser admitida en el número de vuestras relaciones, ¿no es verdad?

 

—Creo que monsieur Leznev exagera el más laudable de los sentimientos, que es el amor a la libertad —terció Rudin.

 

Leznev no contestó, limitándose a mirar a aquél.

 

Prodújese un silencio.

 

—Así, pues —dijo Leznev al cabo de un momento, supongo terminado nuestro asunto. Vuestro apoderado puede llevarme los documentos para que los firme.

 

—Sí, pero os mostráis tan poco amable que casi me dan tentaciones de oponeros obstáculos.

 

—¡Pero, ese deslinde es más ventajoso para vos que para mí, Daría Mijailovna!

 

Ésta se encogió de hombros.

 

—¿No os dignaréis siquiera desayunaros con nosotros? —preguntó.

 

—Os lo agradezco, pero no acostumbro a hacerlo. Además, tengo cierta prisa...

 

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Daría Mijailovna se levantó.

 

—En ese caso, no os detengo —dijo acercándose a una ventana—, no me atrevo a entreteneros...

 

Leznev se inclinó.

 

—Adiós, monsieur Leznev, y dispensad que os haya molestado.

 

—No me habéis molestado, Daría Mijailovna —contestó éste, y salió.

 

—¿Qué os parece? —Preguntó Daría a Rudin—. Ya sabía que era un hombre extravagante, pero no podía suponer que lo fuera a tal punto...

 

—Padece de la misma debilidad de Pigasov, la de querer mostrarse original —dijo Rudin— el primero adoptando una pose mefistofélica, el otro una cínica. En todo eso hay mucho egoísmo, exceso de amor propio y poca, muy poca sinceridad. Además, en esta clase de seres hay cierto cálculo; se revisten de indiferencia y con ello hay quien les supone algún talento; pero basta observarles detenidamente para advertir que carecen de él en absoluto.

 

—¡Sois terrible en vuestros juicios! Nada se os escapa.

 

—¿Os parece? —Repuso Rudin—. Sin embargo, para ser justo, tengo de Leznev la mejor de las opiniones. Éramos amigos; lo amaba y estimaba, pero... surgieron desavenencias y...

 

—Reñisteis, ¿verdad?

 

 

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—No; nos separamos sin reñir, y creo que para siempre.

 

—Ya observé que durante la entrevista parecíais algo incómodo. De todos modos, os estoy muy agradecida por la agradable mañana que me habéis hecho pasar... Pero no quiero abusar de vuestra amabilidad; os dejaré en libertad hasta la hora del almuerzo. Entre tanto, yo me ocuparé un poco de mis negocios. Mi secretario, Konstantin Diomidich, a quien ya conocéis, seguramente está esperándome. A propósito, os lo recomiendo; es un muchacho excelente, que ya os admira mucho. Hasta luego, cher Demetrio Nikolaievich... ¡Cuánto agradezco al barón que me haya proporcionado la oportunidad de conoceros!

 

Daría Mijailovna tendió a Rudin una mano que éste llevó a sus labios.

 

Luego Rudin salió de la sala, y de allí fue a la galería. En ésta encontró a Natalia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VI

 

A primera vista, la belleza de la hija de Daría Mijailovna no impresionaba gran cosa.

 

Era excesivamente delgada y morena y no tenía aún soltura de movimientos, pero sus facciones eran nobles y regulares, aunque demasiado pronunciadas para sus diecisiete años. Especialmente bella era su frente pura y amplia, en la que se delineaban las cejas, de dibujo irreprochable. Hablaba poco, escuchaba con profunda atención y miraba fijamente, como si quisiera darse cuenta de todo.

 

A menudo se quedaba inmóvil, los brazos caídos, como ensimismada... A veces, una leve sonrisa afloraba a sus labios, para borrarse en seguida, al tiempo que sus grandes ojos oscuros miraban dulcemente. Qu'avez vous?, le preguntaba Mlle. Boncourt, y empezaba a reñirla diciéndole que era incorrecto en una niña parecer a tal punto abstraída y ensimismada. Pero Natalia Alexeevna no era distraída; por lo contrario, su dedicación al estudio era mucha y leía y trabajaba con gusto. Sus sentimientos eran hondos y firmes; aún en su infancia, jamás había llorado, y ya mayor, no se la veía nunca suspirar siquiera; sólo alguna vez, cuando algo la apenaba, palidecía ligeramente.

 

Su madre la consideraba juiciosa y razonable y la llamaba, en son de broma: mon honnête homme de fille; pero no tenía gran

 

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opinión de las aptitudes intelectuales y sentimentales de su hija. "Mi Natacha —solía decir—, es algo fría, no se parece a mí. Tanto mejor, será feliz..."

 

Daría Mijailovna se equivocaba. Bien es cierto, por lo demás, que pocas madres comprenden a sus hijas.

 

Natalia amaba entrañablemente a su madre, que no tenía sobre ella mucho ascendiente.

 

—Tú tienes que ser absolutamente franca conmigo; no ocultarme nada de tus sentimientos —le había dicho cierta vez Daría.

 

Natalia miró a su madre y pensó: "Naturalmente, pero sentimos de tan distinta manera..."

 

Cuando Rudin la encontró en la galería, ella se encaminaba, seguida de Mlle. Boncourt, hacia el interior de la casa, en busca de su sombrero de paja, pues se disponían a dar su acostumbrado paseo por el parque. Las ocupaciones matutinas habían terminado. Hacía algún tiempo que se habían desechado las lecciones de mitología y geografía. Natalia Alexeevna debía leer, todas las mañanas, libros de historia, de viajes y otras obras instructivas por el estilo. Daría Mijailovna escogía, aparentemente, sus lecturas, pero lo cierto es que se las enviaba, ya elegidas, un librero francés de San Petersburgo. Daría no hacía más que entregar a su hija los libros, de los que se reservaba las novelas de Dumas (hijo) y las obras de Comte. Mlle. Boncourt observaba severamente a Natalia cuando ésta leía libros de historia, pues, a su parecer, todos ellos estaban

 

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llenos de cosas inconvenientes. La verdad es que la institutriz sólo conocía, de la historia antigua, a Cambises, y de la contemporánea, a Luis XIV y a Napoleón, a quien detestaba cordialmente.

 

Pero Natalia no sólo leía los libros que acabamos de mencionar, sino también algunos cuya existencia su buena institutriz estaba muy lejos de sospechar: los de Pushkin, por ejemplo, de quien se sabía de memoria versos enteros.

 

Al encontrarse con Rudin, Natalia se turbó ligeramente.

 

—¿Vais de paseo, señorita? —le preguntó él.

 

—Sí; vamos a dar una vuelta por el parque.

 

—¿Me estaría permitido acompañaros?

 

Natalia miró a Mlle. Boncourt y respondió:

 

Mais, certainement, monsieur, avec plaisir!

 

Rudin tomó su sombrero y siguió a ambas mujeres.

 

Natalia, a quien cohibía la proximidad de Rudin mientras caminaban por el estrecho sendero, se iba reponiendo poco a poco.

 

El joven fue ganando paulatinamente su confianza, al interrogarla acerca de sus estudios y sus aficiones. Ella respondía con aparente calma, pero su corazón latía descompasado.

 

 

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—¿No os aburrís en el campo? —preguntó Rudin mirándola de soslayo.

 

—¿Cómo es posible aburrirse en el campo? Aquí estoy contentísima, me siento feliz...

 

—¡Sois feliz! Hermosa palabra... Pero, es natural, ¡sois tan joven!

 

Rudin dijo estas palabras con un acento algo extraño, en el que no era posible discernir si envidiaba o compadecía a la muchacha.

 

—¡Oh, la juventud! —prosiguió—. Todo el afán de la experiencia es conseguir algo de que la juventud goza gratuitamente,...

 

Natalia miró fijamente a Rudin, sin comprenderle.

 

—Hoy estuve hablando toda la mañana con vuestra madre. Es una mujer extraordinaria; me explico perfectamente que los poetas se disputen su amistad... ¿Amáis la poesía? —preguntó tras breve pausa.

 

"Parece que me estuviera sometiendo a un  examen", pensó

 

Natalia, y luego, en voz alta, dijo:

 

—Sí, me encanta,

 

—La poesía es el lenguaje de los dioses. Yo también la amó....

 

Pero la poesía no reside solamente en los versos. Todo a nuestro

 

alrededor es poesía: estos árboles, este cielo... Todo respira

 

belleza,  vida,   y   donde   hay   belleza   y   vida   hay   poesía...

 

Sentémonos en ese banco, ¿queréis? —continuó—. Se me ocurre

 

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que cuando os acostumbréis a verme seremos muy buenos amigos. ¿No lo creéis así, señorita? —dijo mirándola a la cara y sonriendo.

 

"Me trata como a una chiquilla", pensó de nuevo Natalia, y no sabiendo qué contestar le preguntó si pensaba quedarse mucho tiempo en el campo.

 

—Seguramente todo el verano, y quizá también el otoño y el invierno. Tengo aquí mis intereses; por otra parte, no soy rico; ya no puedo permitirme el lujo de andar de un lado para otro. Además, ya es tiempo de descansar un poco...

 

Natalia le miró con asombro.

 

—¿De veras pensáis que ya debéis descansar? —le preguntó con indecisión.

 

—¿Qué queréis decir? —preguntó a su vez Rudin, no menos sorprendido.

 

—Quiero decir —dijo Natalia con embarazo—, que otros pueden descansar, pero que vos debéis trabajar, tratar de ser útil... Nadie mejor dotado para ello...

 

—Os agradezco en el alma la opinión que tenéis de mí. ¡Ser útil! Es fácil decirlo. —Rudin se pasó la mano por la frente—. ¡Ser útil! Aunque estuviese convencido de poder serlo, aunque tuviese realmente fe en mis propias fuerzas, ¿dónde encontrar personas sinceras, almas comprensivas?

 

 

 

 

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Al decir esto Rudin hizo un ademán de tan profundo desaliento, que Natalia no pudo menos que preguntarse a sí misma: "Pero, ¿no estaban llenas de esperanza sus palabras de ayer?"

 

—Sin embargo —dijo de pronto Rudin, sacudiendo su leonina cabeza—, es una locura y tenéis razón... Os agradezco, Natalia Alexeevna, os agradezco de todo corazón (Natalia se preguntaba qué tenía él que agradecerle). Vuestras palabras me han recordado mi deber, me han señalado mi camino... Sí, sí, tengo que obrar; si poseo algún talento debo emplearlo en bien de todos; no debo malgastar mis energías en estériles palabrerías...

 

Y las frases siguieron saliendo de su boca a borbotones. Hablaba fogosamente, con convicción, de lo vituperable que es la indiferencia y la inacción, de lo necesario que es obrar de alguna manera. Se llenaba de reproches; aseguraba que exponer de antemano lo que se piensa hacer es también perjudicial, pues equivale a pinchar un fruto a punto de madurar; afirmaba que hacía mal en desanimarse, pues, en realidad, los nobles propósitos e ideas siempre hallan eco en los seres comprensivos; y que algunos no son comprendidos porque ellos mismos ignoran lo que quieren, o porque no merecen serlo. Habló largamente y terminó diciendo que de nuevo le daba las gracias. Inesperadamente, estrechó la mano de la joven, exclamando:

 

—¡Sois una espléndida y noble criatura!

 

 

 

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Ese gesto sorprendió a Mlle. Boncourt, quien, a pesar de que hacía cuarenta años que vivía en Rusia, apenas comprendía el idioma y se limitaba a admirar la fluidez del lenguaje de Rudin. Por otra parte, ella ya consideraba a Rudin como una especie de virtuoso o artista, seres a quienes les está permitida toda suerte de extravagancias.

 

Se levantó, y arreglando los pliegues de sus faldas, manifestó a Natalia Alexeevna que era tiempo de regresar a la casa, tanto más cuanto que esperaban a M. Volinzev para el "zavtrac".

 

—¡A propósito, ahí viene! —añadió, mirando en dirección de un sendero que conducía a la casa.

 

Volinzev avanzó con paso indeciso y saludando a todos; luego se volvió hacia Natalia Alexeevna con triste expresión en el rostro:

 

—¿Paseabais?

 

—Sí —contestó la joven—, pero ya nos disponíamos a volver a casa.

 

—Y bien... vayamos —dijo Volinzev.

 

Y todos echaron a andar.

 

—¿Cómo está vuestra hermana? —preguntó Rudin a Volinzev con tono amabilísimo.

 

—Está bien, muchas gracias; quizá venga hoy... Pero, me parece que estabais conversando cuando yo llegué...

 

 

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—En efecto, hablábamos, y por cierto que Natalia Alexeevna me ha dicho unas palabras que me impresionaron vivamente.

 

Volinzev no preguntó cuáles habían sido esas palabras, y en medio del más completo silencio regresaron a la casa.

 

Antes del almuerzo se reunieron todos en el salón. Pigasov no se dejó ver. Rudin no estaba en vena y no hacía sino rogar a Pandalevsky que tocara composiciones de Beethoven. Volinzev callaba, la mirada fija en el suelo. Natalia no se apartó del lado de su madre, ocupada en su bordado. Basistov no quitaba los ojos de Rudin, a la espera de oírle decir alguna frase ingeniosa. Así transcurrieron tres monótonas horas.

 

Alexandra Pavlovna tampoco llegó para el almuerzo, y tan pronto hubo terminado éste, Volinzev hizo preparar su coche y se marchó sin despedirse de nadie.

 

Volinzev amaba desde hacía largo tiempo a Natalia, pero como jamás se había atrevido a declararle su pasión, ese estado de ansiedad le provocaba crueles sufrimientos. No podía engañarse sobre el carácter del sentimiento que él mismo inspiraba, y que era el de una benevolencia, afectuosa sin duda, pero fría y reservada. Volinzev no esperaba otra cosa. Contaba con la influencia del tiempo y de la costumbre para atraerse a Natalia. Pero, ¿qué había podido ese día agitar a tal punto a Volinzev? ¿Qué cambio había sorprendido durante los últimos dos días? Natalia se había mostrado con él exactamente igual que antes.

 

 

 

 

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¿Le habría asaltado la idea de que tal vez conocía muy poco el carácter de Natalia, y de que ésta se hallaba más lejos de él de lo que había creído? ¿Estarían despertando en él los celos? ¿Presentía vagamente alguna desgracia...?

 

Cuando llegó a su casa encontró allí a Leznev.

 

—¿Cómo has vuelto tan temprano? —le preguntó Alexandra.

 

—¡Psh! Me aburría...

 

—¿Estaba Rudin?

 

—Sí.

 

Volinzev se quitó el sombrero y se sentó.

 

—Sergio —continuó Alexandra Pavlovna—, hazme el favor de convencer a este hombre testarudo de que Rudin es una persona de mucho talento y muy elocuente.

 

Volinzev murmuró algunas palabras ininteligibles.

 

—No me calumniéis repuso Leznev— yo no niego talento ni elocuencia a Rudin. Sólo digo que su persona no me gusta.

 

—¿Tú lo conoces? —preguntó Volinzev.

 

—Lo vi esta mañana en casa de Daría Mijailovna. Está representando ahora el papel de "gran visir", pero ya se cansará de él también... Del único de quien jamás se cansará Daría es de Pandalevsky, pero por ahora reina Rudin. Daría pretendió esta mañana juzgarme en presencia de él, observándome como un

 

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caballo en venta. Como eso era intolerable, me despedí y me marché...

 

—¿Y qué te llevó a casa de Daría Mijailovna?

 

—Un asunto de negocios, es decir, ese deslinde del campo. Pero eso no fue más que un subterfugio, lo que en realidad quería era verme la cara. ¡Extravagancias de aristócrata!

 

—Lo que no le perdonáis a Rudin es su superioridad —terció

 

con calor Alexandra Pavlovna—, eso es. Yo estoy segura de

 

que, además de mucho talento, él posee un gran corazón...

 

Observad sus ojos cuando...

 

—Cuando habla del perfecto honor... —interrumpió Leznev, citando unos versos de Griboiedov.

 

—Haréis que me enfade y me eche a llorar —repuso Alexandra—. Siento mucho no haber ido a casa de Daría Mijailovna en vez de estar aquí con vos. Bueno, ya me habéis contrariado bastante. Portaos bien ahora y contadme algo de su juventud.

 

—¿De la juventud de Rudin?

 

—Pero, sí ¿No me habéis dicho que hace mucho tiempo que le conocéis?

 

Leznev se incorporó y comenzó a pasearse por la habitación.

 

—En efecto —comenzó—, le conozco muy bien, y puesto que deseáis que os refiera algo de su juventud, voy a complaceros. Rudin nació en T. Fueron sus padres unos modestos labriegos.

 

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Su padre murió muy joven, dejándole solo con su madre, mujer excelente que no miraba sino por los ojos de su hijo. El poco dinero que conseguía lo empleaba en cosas para él. Rudin se educó en Moscú, al principio a costa de no sé qué tío suyo y luego a la de un opulento príncipe de quien se hizo muy amigo. Más tarde ingresó en la Universidad. Allí le conocí y pronto fuimos amigos inseparables... De esa intimidad nuestra os hablaré en otra ocasión; ahora no puedo hacerlo. Luego Rudin se marchó al extranjero...

 

Leznev continuaba caminando por la habitación, en tanto que Alexandra Pavlovna lo observaba con atención.

 

—Desde el extranjero —continuó—, escribía a su madre de tarde en tarde y en mucho tiempo no fue a verla sino una vez, permaneciendo a su lado sólo dos días. La anciana llegó al fin de su vida sola, en brazos de extraños, con los ojos clavados en un retrato del hijo ausente. Yo solía visitarla cuando vivía en T. Era muy hospitalaria; recuerdo que siempre me obsequiaba con confitura de cerezas. Adoraba a su Demetrio. Los señores de la escuela de Petchorin os dirán que generalmente amamos a los seres menos inclinados a la ternura; yo creo que todas las madres aman a sus hijos, sobre todo a los ausentes. Volví a encontrarme con Rudin en el extranjero. Mantenía entonces relaciones con una dama rusa bastante madura, a la que abandonó luego, o quien le abandonó a él, no estoy muy seguro... Después, no lo volví a ver hasta hoy. Eso es todo.

 

Leznev calló, se pasó la mano por la frente como si se sintiese fatigado y se dejó caer en un sillón.

 

 

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—¿Sabéis una cosa, Mijail Mijailovich? —Comenzó Alexandra Pavlovna—. Creo que sois un hombre bastante malo; casi tanto como Pigasov. No dudo de la verdad de lo que nos habéis relatado, pues os considero incapaz de mentir. Sin embargo, ¡habéis presentado a Rudin bajo una faz tan desagradable, tan horrible! Esa desventurada anciana, su abnegación, su muerte solitaria, y luego esa dama del extranjero... ¿Para qué todo eso? No ignoráis que hasta la vida del mejor de los hombres puede presentarse a los ojos de los demás con colores sombríos, tornándole odioso y repulsivo... ¡Eso es también una especie de calumnia!

 

Leznev volvió a levantarse y a recorrer la habitación.

 

—No pretendí en modo alguno horrorizaros, Alexandra Pavlovna —dijo al cabo de un momento—, y no soy un calumniador... Sin embargo —agregó tras una breve pausa, durante la cual pareció meditar—, quizás haya algo de verdad en lo que acabáis de decir. Yo no calumniaba a Rudin... ¡Quién sabe! Quizás él haya cambiado, quizá yo sea injusto con él...

 

—¡Ah! Prometedme, entonces, que renovaréis vuestra amistad con Rudin para conocerlo bien, y que sólo después pronunciaréis vuestro juicio definitivo.

 

—Bien, conformes... Pero, ¿por qué estás tan silencioso, Sergio Pavlovich?

 

Volinzev se estremeció y levantó bruscamente la cabeza, como si acabaran de despertarlo.

 

 

 

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—¿Qué quieres que te diga? Casi no lo conozco; además, hoy me duele mucho la cabeza...

 

—Es verdad, estás muy, pálido. Dime, ¿qué tienes? —dijo Alexandra Pavlovna.

 

—Me duele la cabeza, te repito —contestó Volinzev, y salió del aposento.

 

Alexandra Pavlovna cambió una mirada de inteligencia con Leznev, pero nada dijeron. Para ninguno de los dos era un secreto lo que pasaba en el corazón de Sergio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VII

 

Pasaron más de dos meses. Durante todo este tiempo Rudin, con pequeños intervalos, se hospedó en casa de Daría Mijailovna. Se habría dicho que ella no podía estar sin él; hablarle de sí misma o escuchar los juicios de Rudin sobre cuestiones generales se había convertido para ella en una necesidad. En cierta oportunidad, él había querido marcharse, con el pretexto de que se habían agotado sus recursos. Daría Mijailovna le impuso un préstamo de quinientos rublos, lo que no impidió a Rudin pedir otros doscientos a Volinzev.

 

Entre tanto, las visitas de Pigasov se hacían menos frecuentes. Rudin lo molestaba con su sola presencia, y no era el único que experimentaba lo mismo.

 

—Me disgusta ese "intelectual" —decía Pigasov— no se le cae el "yo" de la boca; únicamente emplea palabras largas y altisonantes, y si estornudo ha de explicarme en seguida por qué he estornudado en lugar de toser. Si elogia a alguien, parecería que está otorgándole una condecoración; y cuando, de repente, comienza a quejarse de sí mismo, lo hace en forma tal que uno esperaría por lo menos verle melancólico... ¡pero no!; se diría más bien alegre, como si hubiese bebido vodka.

 

 

 

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Pandalevsky le temía un poco y le trataba con extrema amabilidad. Volinzev mantenía con Rudin unas relaciones un tanto extrañas: Rudin decía de él que era un caballero y lo ponía por las nubes, estuviese o no presente. En cambio, Volinzev no le tenía ninguna simpatía, y cada vez experimentaba más rabia e impaciencia cuando Rudin se disponía a elogiarlo en su presencia. ¿"No estará burlándose de mí?", pensaba con profundo desagrado. Trataba de sobreponerse, pero no podía dejar de sentir celos... a causa de Natalia. El mismo Rudin, a pesar de festejar ruidosamente las virtudes de Volinzev y de pedirle dinero prestado, no parecía del todo sincero. Era difícil, en realidad, definir lo que sentían ambos hombres cuando se estrechaban la mano mirándose a los ojos.

 

Basistov seguía embobado ante Rudin, cazando al vuelo cada palabra que éste pronunciaba. Rudin, por su parte, le prestaba escasa atención. No obstante, en una oportunidad había pasado toda una mañana con Basistov, hablando de temas generales y cosas del momento. Eso había hecho aumentar la admiración que el joven experimentaba hacia él, pero no tardó en dejarle plantado. Se echaba de ver que sólo de palabra era como buscaba almas jóvenes que le comprendieran... Con Leznev, que empezó a visitar a Daría Mijailovna más a menudo, Rudin trataba de no discutir, al punto de que se habría dicho que lo rehuía. Leznev, por su parte, lo trataba con suma frialdad y no se pronunciaba en su juicio respecto a él, lo que no dejaba de entristecer a Alexandra Pavlovna. Ésta estimaba a Rudin, pero no dejaba de creer a Leznev. En casa de Daría Mijailovna todos se inclinaron ante los deseos de Rudin. Él era quien ajustaba a su capricho el orden de los diarios entretenimientos y paseos;

 

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ninguna partie de plaisir se hacía sin él, que participaba en ellas, sin embargo, como los adultos en los juegos de los niños... con amable condescendencia. Con Daría Mijailovna hablaba sobre todas las cosas: de la administración de sus tierras, de negocios, de la educación de los niños... Rudin escuchaba sus proyectos y le sugería innovaciones, pero aunque Daría admiraba sus ideas, se atenía, en lo que a sus negocios concernía, a los consejos de su administrador, un ucraniano entrado en años, listo y bondadoso.

 

Después de Daría, era con Natalia con quien Rudin mantenía conversaciones más largas. Daba, a escondidas, libros a la joven; le confiaba sus planes; le leía las primeras páginas de proyectados artículos y composiciones. No siempre comprendía ella el sentido, lo cual por lo demás, no preocupaba a Rudin, quien parecía satisfacerse con que ella le escuchase solamente. Su intimidad con Natalia no era enteramente del gusto de Daría Mijailovna; pero ésta terminaba por decir: "Y bien, aquí, en el campo, que charlen todo lo que quieran; ya cambiarán las cosas en San Petersburgo. Seguramente, no pasa de ser un entretenimiento infantil".

 

Pero Daría Mijailovna se equivocaba. Las charlas de Rudin con Natalia no eran infantiles: ella le escuchaba con avidez, tratando de adivinar lo que no alcanzaba a entender de sus palabras; sometía a su juicio sus propias ideas, pensamientos e impresiones; él era su mentor y su guía. Por entonces... sólo la cabeza hervía, pero una joven cabeza no hierve mucho tiempo sola. Dulces momentos eran los que vivía Natalia en el jardín, a la sombra ligera y transparente de los fresnos, cuando, sentada

 

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con Rudin en un banco, éste le leía a Goethe o a Hoffmann, deteniéndose de vez en cuando para explicarle lo que le resultaba oscuro. Natalia, como casi todas las jóvenes rusas, hablaba poco el alemán, pero lo entendía bastante bien. En cuanto a Rudin, era un verdadero entendido en literatura alemana; amaba mucho su poesía, su romántico y filosófico mundo, y entusiasmaba a la joven con ese para ella poco conocido país. Hermosas imágenes suscitaban en su mente las descripciones que Rudin le leía, pensamientos y sensaciones gozosas se sucedían, haciendo vibrar las cuerdas de su alma y encendiendo su corazón con la chispa sagrada de la admiración...

 

—Decidme, Demetrio Nikolaievich le preguntó cierto día Natalia, mientras miraba al jardín por la ventana—, ¿pensáis pasar este invierno en San Petersburgo?

 

—Aún no sé —respondió Rudin, dejando caer sobre sus rodillas el libro que tenía en la mano—, depende de los recursos que pueda reunir...

 

Hablaba con desaliento; toda la mañana había parecido cansado y melancólico.

 

—Creo que no os será muy difícil conseguir esos recursos.

 

Rudin movió significativamente la cabeza, y dijo:

 

—¿Lo creéis así?

 

Natalia iba a decir algo, pero se detuvo.

 

 

 

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—Mirad —prosiguió Rudin extendiendo la mano hacia la ventana—: ¿Veis ese manzano? Se ha quebrado bajo el peso y cantidad de sus frutos. Ése es el emblema del genio...

 

—Pero se ha quebrado porque le faltó un apoyo —repuso Natalia.

 

—Entiendo lo que queréis decir, Natalia Alexeevna, pero al hombre no le es fácil conseguir ese apoyo.

 

—Yo creo que la comprensión... en fin, la soledad... Natalia se enredó un poco y enrojeció.

 

—¿Y qué haréis en invierno, solo en el campo? —agregó prestamente.

 

—¿Que qué haré? Pues, terminaré el trabajo que tengo empezado sobre lo trágico en la vida y en el arte, del que os hablé los otros días, y luego os lo enviaré.

 

—¿Y lo publicaréis?

 

—No.

 

—¡Cómo! ¿Entonces, para qué os tomáis tanto trabajo?

 

—Aunque no fuera más que por vos, ¿no sería acaso motivo suficiente?

 

Natalia bajó los ojos.

 

—Yo no soy digna de eso, Demetrio Nikolaievich.

 

 

 

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—¿Me permitís que os pregunte el tema de vuestro trabajo? — preguntó modestamente Basistov, que estaba sentado a poca distancia de ellos.

 

De lo trágico en la vida y en el arte —respondió Rudin—: ¿Veis? También el señor Basistov lo leerá. Por otra parte, todavía no he llegado a la definición de mi idea fundamental. Hasta ahora no he conseguido fijar el significado de lo trágico en el amor.

 

Rudin hablaba del amor con frecuencia y muy a gusto. Al principio, Mlle. Boncourt, al solo enunciado de la palabra "amor" aguzaba el oído, como un viejo caballo de guerra al sonar la trompeta, pero poco a poco se había ido acostumbrando y ahora sólo apretaba los labios y sorbía rapé.

 

—Me parece —dijo tímidamente Natalia—, que lo trágico en el amor solo puede estar representado por un amor desdichado...

 

—¡Oh, no! —Replicó Rudin— ése sería más bien el lado cómico del amor... Es preciso plantear esta cuestión de un modo completamente distinto. Es necesario abundar muchísimo en tan grave asunto... ¡El amor! —Continuó— todo en él es misterio: la manera como se manifiesta, se desarrolla y desaparece. Ora se muestra de pronto alegre y resplandeciente como el día; ora permanece largo tiempo oculto, como las ascuas bajo las cenizas, para llenar el corazón de repentinas llamas; ora se desliza en el alma como una serpiente, para huir tan pronto... Sí, sí, es un problema muy importante. Por otra parte: ¿quién ama en nuestros tiempos? ¿Quién sabe amar?

 

Rudin se interrumpió y se quedó pensativo.

 

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—¿Por qué hace tanto que no vemos a Sergio Pavlovich? — preguntó de pronto.

 

Natalia se puso como la grana y bajó la vista.

 

—No sé —respondió a media voz.

 

—Es una excelente y noble persona. El prototipo del hidalgo campesino ruso.

 

Mlle. Boncourt lo miró de soslayo con sus pequeños ojillos.

 

Rudin comenzó a pasearse por la habitación.

 

—¿Habéis advertido cómo en el roble —dijo volviéndose bruscamente—, y el roble es un árbol fuerte, las hojas secas no caen antes de que aparezcan las nuevas?

 

—Sí contestó lentamente Natalia—, lo he notado.

 

—Lo mismo sucede con un amor viejo en un corazón fuerte; ya aquél está muerto, pero se sobrevive a sí mismo y sólo un amor nuevo será capaz de desprenderlo completamente.

 

Natalia no respondió.

 

"¿Qué me querrá decir?", pensó.

 

Rudin se detuvo, sacudió la cabeza y salió de la habitación.

 

Natalia también se retiró a su cuarto. Allí se quedó mucho tiempo, presa de la incertidumbre, en la semipenumbra sentada sobre su pequeña cama, pensando en las últimas palabras de

 

 

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Rudin. Después, de pronto, se retorció las manos y comenzó a sollozar.

 

¿Por qué lloraba? No lo sabía. No quería hacerlo, pero las lágrimas corrían como el agua de una fuente, largo tiempo retenida por un obstáculo.

 

Aquel mismo día tuvo lugar, entre Alexandra Pavlovna y Leznev, una conversación acerca de Rudin, largamente esperada por aquélla.

 

—He notado que Demetrio Nikolaievich, decididamente, no goza de vuestra simpatía —dijo ella—. Habéis tenido ya ocasión de tratarlo y me gustaría saber de vuestros propios labios si él ha experimentado el cambio que esperabais...

 

—Permitidme —respondió Leznev con su flema habitual— ya que estáis tan impaciente por conocer mi opinión... pero os prevengo, no os enojéis si...

 

—¡Empezad, empezad de una vez!

 

—Bien, pero dejadme hablar hasta el final sin interrumpirme.

 

—¡Pero, sí, comenzad!

 

—¡Allá voy! —Comenzó Leznev, dejándose caer pesadamente en un diván—. Ante todo, debo deciros que Rudin sigue no gustándome. Es un hombre de talento...

 

—¡Lo creo!

 

 

 

 

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—Es un hombre de talento, pero, en el fondo, es... ¿cómo diríamos?... hueco...

 

—¡Eso se dice fácilmente!

 

—Repito que en el fondo es hueco —siguió Leznev en el mismo tono— pero eso no significaría nada... todos nosotros lo somos, en mayor o menor medida. Tampoco le reprocho que sea un déspota, un indolente, un ser poco instruido...

 

—¡Poco instruido Rudin! —exclamó Alexandra Pavlovna juntando las manos.

 

—Poco instruido —continuó imperturbable Leznev—, a quien le gusta vivir del prójimo, desempeñar un papel, echar tierra a los ojos... Pero lo peor es que es un hombre frío... frío como el hielo.

 

—¡Frío él, con su alma ardiente! —interrumpió Alexandra Pavlovna.

 

—Sí, señora; frío como el hielo, y como él no lo ignora, se finge ardiente. Lo grave consiste —continuó Leznev exaltándose por grados— en que está haciendo un juego peligroso... peligroso no para él, se entiende, pues él nada arriesga, sino para otras personas más sinceras, capaces de arriesgar el alma.

 

—¿Qué? ¿Qué estáis diciendo? —Dijo Alexandra—. No lo entiendo.

 

—Lo acuso de falta de honestidad. Puesto que se trata de un hombre de talento, puede y debe conocer el valor de las

 

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palabras; no obstante, las dice como si nada le costasen. No hay duda de que es elocuente, aunque su elocuencia es poco rusa...

 

Además, si a un adolescente puede perdonársele que se deleite escuchándose, es imperdonable en un hombre de los años de Rudin. ¿No es vergonzoso representar así una comedia?

 

—Yo creo, Mijail Mijailovich, que para el que escucha no tiene importancia que el que habla esté o no fingiendo...

 

—Perdonadme, Alexandra Pavlovna, la tiene y mucha. Alguien dirá una palabra y me conmoverá hondamente; dirá otro la misma palabra y me dejará impasible. ¿Por qué?

 

—En vuestro caso, podrá ser así; pero, ¿a otra persona? — interrumpió Alexandra Pavlovna.

 

—Tal vez. El caso es que las palabras de Rudin no son ni serán más que meras palabras, que jamás se convertirán en actos; pero eso no impide que esas mismas palabras puedan trastornar y hasta perder un joven corazón.

 

—¿De quién, de quién estáis hablando, Mijail Mijailovich?

 

Éste se puso de pie.

 

—¿Queréis saber de quién hablo? De Natalia Alexeevna.

 

Alexandra se turbó un instante, pero no tardó en reponerse y responder sonriendo:

 

—¡Dios mío! ¡Qué ideas extrañas tenéis a veces! Natalia es aún una niña y, además, si hubiese algo, ¿pensáis que Daría Mijailovna...?

 

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—En primer lugar, está tan convencida de su arte para educar a sus hijos, que no se intranquiliza por ellos. ¡Qué temor podría abrigar! ¿No le bastaría una simple señal para ponerlo todo en orden? Eso es lo que piensa esa señora que, creyéndose una mecenas y Dios sabe qué más, en definitiva no es sino una vieja mundana... En cuanto a Natalia, ya ha dejado de ser una niña; os aseguro que piensa y analiza más profundamente que nosotros dos juntos; y se da el caso de que esa honesta, tierna y apasionada criatura ha tropezado con un comediante. Esto dicho de paso...

 

—¡Comediante! ¿Es a Rudin a quien llamáis comediante?

 

—A él, sí, a él. Pero, decidme con franqueza: ¿qué papel desempeña Rudin en casa de Daría Mijailovna? Ser el ídolo, el oráculo de la casa, entrometerse en todo, tomar disposiciones, introducirse hasta en las intimidades de la familia. ¿Os parece eso decoroso en un hombre?

 

Alexandra Pavlovna lo miró atentamente al rostro:

 

—No os reconozco, Míjail Mijaílovich —dijo—. Os acaloráis, luego palidecéis... Verdaderamente, debe ocultarse en todo esto algo que...

 

—En efecto, hay algo más. ¡Cómo sois las mujeres! Se os habla, con el tono de la más profunda convicción y no obstante, siempre habréis de inventar algún motivo mezquino que explique por qué se emplea ese tono y no otro.

 

Alexandra Pavlovna se enfadó.

 

 

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—¡Bravo, monsieur Leznev! Ya empezáis a atacar a las mujeres, como el señor Pigasov. ¡Allá vos! Pero por muy suspicaz que seáis, es imposible que en tan poco tiempo hayáis podido comprender tantas cosas y conocer tan a fondo a una persona. En lo que respecta a Rudin, os equivocáis. En vuestra opinión, Rudin es una especie de Tartufo.

 

—Precisamente, no es ni siquiera un Tartufo. Éste por lo menos sabía lo que perseguía, pero Rudin, con toda su inteligencia... —Leznev se interrumpió.

 

—¿Qué queréis decir? Por qué no termináis, hombre injusto y malévolo.

 

Leznev se había puesto de pie otra vez.

 

—Escuchadme, Alexandra Pavlovna, vos sois la injusta, no yo. Os enfadáis conmigo porque emito un juicio severo acerca de Rudin, y sin embargo, creedme, me asiste todo el derecho de hacerlo. ¡He pagado un precio demasiado alto por tener el derecho de juzgarle! Yo conozco bien a Rudin, hemos vivido juntos, recordad que os prometí contaros alguna vez detalles de esa vida nuestra en común. Pues bien, ya que está visto que tendré que hacerlo, ¿me escucharéis con paciencia hasta el final?

 

—Hablad, os escucho

 

Leznev comenzó a caminar lentamente por la habitación, deteniéndose de vez en cuando y meneando la cabeza.

 

 

 

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—No sé si sabéis o no —comenzó— que quedé huérfano a los diecisiete años, y ya a esa edad sin tutela de mayores. Vivía en casa de una tía, en Moscú, y hacía lo que se me antojaba. Era un muchacho fútil y vanidoso, jactancioso casi. Al ingresar en la Universidad seguía conduciéndome como un colegial y no tardé en verme enredado en una historia bastante desagradable... No vale la pena contárosla. Basta que sepáis que entonces mentí, mentí de una manera deshonrosa. Comenzaron las indagaciones, y no tardé en verme cubierto de oprobio. Perdí la cabeza hasta el punto de llegar a las lágrimas. El episodio había ocurrido en casa de un compañero y delante de un gran número de camaradas. Todos se burlaron de mí; todos... menos uno, el que más había insistido en que confesara mi mentira. Él me tomó del brazo y me llevó a su casa.

 

—¿Era Rudin? —preguntó Alexandra.

 

—No, no era Rudin; era un hombre... extraordinario. Ya ha muerto. Se llamaba Pokorsky. Describirlo en pocas palabras es superior a mis fuerzas; y si empiezo a hablar de él ya no podré hacerlo de otra cosa. Poseía un alma superior, nobilísima, y un talento tan grande como jamás vi otro igual. Vivía en un pequeño desván de una casa de madera. Era muy pobre; se costeaba sus estudios a fuerza de grandes sacrificios con el producto de algunas escasas lecciones que daba. A veces, hasta carecía de té y de azúcar, y el único diván que poseía estaba tan desvencijado que era casi inservible. A pesar de todo eso, recibía a numerosos amigos, que le amaban de todo corazón. ¡No podéis imaginaros cuán dulce era estar en esa pequeña y

 

 

 

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miserable habitación! Allí conocí a Rudin, quién en aquel entonces se había separado de su príncipe.

 

—¿Y qué tenía de notable ese Pokorsky? —preguntó Alexandra.

 

—¿Cómo decirlo? Poesía y verdad, eso es lo que atraía a todos. Además de su clara inteligencia, era en extremo bondadoso, y divertido como un niño. Todavía resuena en mis oídos el eco de sus carcajadas, y también ardía como la lamparilla nocturna ante la imagen de la bondad, como lo definió un poeta medio loco que formaba parte de nuestro círculo.

 

—¿Y cómo hablaba? —preguntó de nuevo Alexandra.

 

—Bien, cuando estaba inspirado, pero no extraordinariamente.

 

Ya en esa época Rudin le aventajaba en elocuencia.

 

Leznev se detuvo y cruzó los brazos. Luego continuó:

 

—Pokorsky y Rudin no se parecían en nada. En Rudin hubo siempre más brillo, tenía más frases a su disposición, y, si queréis, más entusiasmo. Parecía mejor dotado que Pokorsky, aunque, en el fondo, no pudiera comparársele. Rudin desarrollaba admirablemente cualquier idea, discutía con maestría, pero sus ideas no nacían en su propio cerebro: las tomaba aquí y allá, y especialmente de Pokorsky. A juzgar por las apariencias, Pokorsky era flemático, suave, hasta débil. Adoraba a las mujeres hasta la locura y amaba el placer, pero no hubiera soportado el insulto de nadie. Rudin, en cambio, parecía lleno de fuego, de osadía y de vida, pero en el fondo era frío y aun tímido en todo lo que no tocara su amor propio; si su

 

 

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vanidad resultaba en juego era capaz de atravesar las llamas. Ponía todo su empeño en dominar a los demás, los subyugaba con palabras sonoras y ejercía realmente una inmensa influencia sobre muchos de nosotros. Verdad es que nadie le amaba realmente, excepción hecha de mí, que me até a él. Su yugo se soportaba; en cambio, a Pokorsky todos se le entregaban por propio impulso. Rudin no rehusaba jamás discutir con el primero que se presentara, lo cual es, si no una cualidad, una ventaja. No había leído mucho, pero sí más que Pokorsky y que todos nosotros. Tenía, por otra parte, un espíritu sistemático y una memoria privilegiada, dotes secundarias que atraen a los jóvenes. Lo que impresiona, a la edad que teníamos entonces, son las deducciones netas y rápidas, y lo que se busca son soluciones, aunque éstas sean disparates. Un hombre de recta conciencia no se pronuncia sin más ni más de un modo dogmático y no tiene siempre respuesta para todo. Tratad de decir a la juventud que no podéis proporcionarle la verdad completa porque vos misma no la poseéis... pues bien: la juventud no querrá escucharos. Pero tampoco podréis engañarla. Para convencerla, es preciso que vos misma estéis en parte convencida. He aquí por qué Rudin ejercía tanta influencia sobre nosotros. Os acabo de decir que era hombre de pocas lecturas; no obstante, conocía obras de filosofía, y su cerebro estaba organizado de modo tal que extraía inmediatamente el sentido general de sus lecturas. Captaba la idea fundamental de un tema y se entregaba en seguida a desarrollos luminosos y metódicos que sabía presentar con profunda habilidad inventando argumentos a medida que los iba necesitando. Para hablar con conciencia, es

 

 

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preciso declarar que nuestro círculo se componía de gente muy joven y de cultura muy superficial. La filosofía, el arte, la ciencia, la vida misma, no pasaban de ser para nosotros sino palabras, nociones vagas. Evocaban en nosotros hermosas imágenes, pero inconexas. No conocíamos, no presentíamos siquiera las relaciones generales de esas nociones que vislumbrábamos, ni la ley común del mundo. No por eso discutíamos menos sobre todas las cosas y nos esforzábamos por explicarlo todo de manera definitiva... Cuando escuchábamos a Rudin nos parecía que, por primera vez, asíamos ese lazo universal que antes se nos escapaba, y que la cortina, por fin, se descorría. Confieso que él no nos proporcionaba sino una ciencia de segunda mano, pero, ¿qué importaba? Un orden regular se establecía en todos nuestros conocimientos; todo lo que había permanecido fragmentario se combinaba súbitamente, se coordinaba, surgía ante nuestros ojos como un vasto edificio. Ya no había nada incomprensible ni accidental. Para nosotros la belleza, la necesidad inteligente aparecía en la creación entera. Todo asumía un sentido claro y misterioso a la vez. Cada manifestación separada de la vida constituía para nosotros el acorde aislado de un inmenso concierto, y, con el corazón henchido de dulce emoción, presa el alma del terror santo que inspira una profunda veneración, nos comparábamos a vasos vivientes de la eterna verdad y nos considerábamos instrumentos predestinados, llamados a grandes destinos... ¿No os parece ridículo todo esto?

 

—¡Oh, no, no! —Dijo lentamente Alexandra Pavlovna—. No os entiendo del todo, pero de ninguna manera me parece ridículo.

 

 

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—Desde entonces —continuó Leznev—, naturalmente, hemos tenido tiempo de hacernos razonables, y tal vez todo eso nos parece hoy una chiquillada. Pero, os lo repito, entonces debíamos mucho a Rudin. Pokorsky era inmensamente superior a él, nos animaba a todos con su fuego y con su fuerza; después, se abatía sobre sí mismo y callaba. Era un hombre nervioso y enfermo, pero cuando extendía sus alas, ¿hasta dónde no le llevaba su vuelo? No se detenía ante el infinito y se remontaba hasta el azul del cielo. En cuanto a Rudin, aun cuando tan joven y tan brillante, tenía no pocas pequeñeces; le apasionaba entrometerse en todo, querer definirlo y aclararlo todo. Hablo de él tal como lo juzgaba entonces. Por lo demás, ahora, a los treinta y cinco años, desgraciadamente es el mismo. Ninguno de nosotros podría decir de sí otro tanto.

 

—Sentaos —interrumpió Alexandra—. ¿Por qué os movéis así de un lado a otro como un péndulo?

 

—Me resulta más cómodo —respondió Leznev—. En cuanto penetré en ese círculo de amigos, puedo aseguraros que cambié radicalmente. Me apacigüé, interrogaba, estudiaba, me sentía feliz y experimentaba una especie de respeto, tal como si hubiese entrado en una orden religiosa. En efecto, cuando recuerdo aquellas tertulias... ¡Ah, os lo juro, reinaba en ellas cierta grandeza, hasta algo emocionante! Transportaos a una asamblea de cinco o seis jóvenes; una bujía es toda su iluminación y se bebe un té malísimo, a menudo sin azúcar. ¡Pero si hubieseis visto nuestros rostros y escuchado nuestros discursos! En los ojos de todos brilla el entusiasmo, los rostros se enardecen, los corazones palpitan. Hablamos de Dios, de la

 

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verdad, del porvenir, de la humanidad, de la poesía. Más de una opinión ingenua o atrevida se formula, más de una locura, de un error, excitan él entusiasmo, pero, ¡qué importaba! Recordad la época triste y sombría en que sucedía todo esto...

 

"Pokorsky está sentado con los pies encogidos bajo su silla. Apoya una pálida mejilla en la mano; ¡pero cómo brillan sus ojos! Rudin está en medio de la habitación y habla, habla divinamente, como Demóstenes joven frente al rugiente mar. Subotine, uno de nuestro grupo y todo un poeta, erizados los cabellos, deja escapar de tiempo en tiempo, y como en sueños, entrecortadas exclamaciones. Scheller, estudiante de cuarenta años, que gracias a su eterno silencio que nadie ni nada puede interrumpir; pasa entre nosotros por pensador profundo, permanece sumido en su solemne taciturnidad. Hasta el alegre Schitov, el Aristófanes de nuestra asamblea, se recoge y se contenta con sonreír. Dos o tres novicios escuchan en una suerte de embeleso... Y la noche tiende sus alas y sigue su curso tranquilo y rápido. Pero he aquí que el día viene a blanquear los vidrios de la ventana; entonces nos separamos alegres, con una especie de lasitud y llenos de gozo nuestros corazones. Aún lo recuerdo: caminábamos, conmovidos, por las desiertas calles, mirando las estrellas con más confianza. Se habría dicho que estaban más cerca de nosotros y que las comprendíamos mejor... ¡Ah, qué tiempos! Me resisto a creer que no hayan dejado algún rastro perdurable. No, ese tiempo no fue perdido, ni siquiera para aquellos a quienes la vida ha humillado, desunido... Me ha sucedido más de una vez encontrarme con alguno de mis antiguos camaradas. Habría podido creérsele transformado en un verdadero bruto, pero bastaba pronunciar

 

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ante él el nombre de Pokorsky para que todo lo que en lo más profundo de su ser seguía siendo noble, se despertara. Era como si, en un lugar oscuro y desierto se hubiese destapado un frasco de perfume olvidado allí mucho tiempo atrás..."

 

Leznev calló; su rostro, habitualmente descolorido, estaba rojo de emoción.

 

—¿Por qué os indispusisteis con Rudin? —preguntó Alexandra Pavlovna mirando con asombro el rostro de Leznev.

 

—No reñí; me distancié de él cuando le conocí a fondo en país extranjero. Habría podido separarme de él en Moscú; ya entonces me hizo una mala pasada...

 

—¿Qué fue?

 

—Siempre he sido... ¿cómo decíroslo?... en fin, aunque mi figura no sea de las más agraciadas... era yo muy propenso a enamorarme...

 

—¿Vos?

 

—Sí, yo... Extraño, ¿no es cierto? Pero, así es. Y bien, por aquel entonces me enamoré de una niña encantadora. ¿Por qué me miráis de ese modo? ¿Tanto os asombra? Pues, os diré una cosa que os sorprenderá aún mucho más.

 

—¿Qué cosa? Excitáis mi curiosidad...

 

—Voy a satisfacerla. En ese tiempo, en Moscú, tenía cita todas las noches, ¿con quién diríais?... pues, con un tilo joven, en el fondo de mi jardín. Cuando abrazaba su esbelto y delgado

 

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tronco me parecía abrazar la Naturaleza por entero. Eso era yo... ¿Creéis imposible que yo pudiera escribir versos? Os engañáis. Escribí versos y hasta un drama imitando al Manfredo. Entre mis personajes figuraba un espectro de cuyo pecho manaba sangre, pero esa sangre, fijaos bien, no era la suya propia, sino la sangre de la humanidad doliente. Sí, sí, no os asombréis tanto. Pero, os hablaba de mi amor... Bien, conocí a la niña y me enamoré de ella.

 

—¿Y dejasteis de tener citas con el tilo?

 

—Sí. La niña de quien hablo era un ser exquisito, bondadoso.

 

Sus ojos relucían y tenía un hermoso timbre de voz.

 

—La describís muy bien —observó Alexandra Pavlovna, con una sonrisa.

 

—No sois indulgente —replicó Leznev—. Vivía la joven con su anciano padre... Bueno, no entraré en tantos detalles. Sólo os diré que poseía esa bondad expansiva que lleva a dar una taza entera de té a quien sólo pide media... A los tres días de conocerla ardía por ella; al séptimo, no pude contenerme y confié a Rudin mi secreto. Cuando se es muy joven es imposible callar estas cosas; además, Rudin tenía entonces gran ascendiente sobre mí y, justo es decirlo, su influencia me era útil en muchos aspectos. Yo amaba profundamente a Pokorsky, pero la rectitud y claridad de su alma me intimidaban un poco; en cambio, me sentía más cerca de Rudin. En cuanto supo de mi amor se entusiasmó, me abrazó y empezó a hablarme de la grave situación en que me colocaban mis sentimientos. ¡Ya sabéis cómo habla! De pronto, adquirí gran estimación de mí

 

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mismo, tomé aires de importancia y, hasta dejé de sonreír. Recuerdo que adopté una manera muy tiesa de caminar, puesto que llevaba en el pecho un proceso de tanto valor, que temía propalar a los cuatro vientos... Era muy feliz, tanto más cuanto que sabía que era correspondido. Rudin quiso conocer el objeto de mi dicha; creo que hasta yo mismo insistí en presentarlo a mi amada...

 

—¡Ah, ya veo de qué se trata! —Interrumpió Alexandra Pavlovna—. Le presentasteis a Rudin el "objeto"; él os lo arrebató y hasta el presente no se lo habéis perdonado. ¡Apuesto cualquier cosa a que es así!

 

—Perderéis, Alexandra Pavlovna. Os engañáis: Rudin no me arrebaté mi "objeto", ni se le ocurrió siquiera, pero así y todo destrozó mi felicidad... aunque pensándolo ahora fríamente le tendría que estar agradecido. Pero entonces estuve a punto de estallar de dolor... Rudin no intentó perjudicarme, todo lo contrario; pero por culpa de su maldita costumbre de analizar cada acontecimiento de la vida y amontonar palabras, se puso a darnos consejos acerca de cómo debíamos encarar nuestro amor, a juzgar de su sinceridad. Intervino en nuestras ideas, en todo, hasta en nuestra correspondencia. ¡Imaginaos: era para sacarnos de quicio! Yo no pensaba casarme con esa joven (todavía conservaba bastante sentido común" pero al menos habría pasado con ella unos meses por el estilo de Pablo y Virginia. Pero vinieron los desacuerdos, las complicaciones, y por fin Rudin lo echó a perder todo. Un día se le antojó que estaba en el deber sagrado de contárselo todo al anciano padre de la niña y como lo pensó lo hizo.

 

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—¿Es posible? —exclamó Alexandra Pavlovna.

 

—Así lo hizo; pero, con mi consentimiento, ¡eso es lo más notable! Recuerdo que se produjo un caos... todo se presentaba como en la cámara oscura: lo blanco parecía negro; la mentira, verdad... Vergüenza me da confesarlo... Rudin se afanaba, trataba de disipar los malentendidos y nos embrollábamos cada vez más...

 

—¿De modo que os separasteis de la niña? —preguntó Alexandra Pavlovna, inclinando ingenuamente la cabeza y levantando las cejas.

 

—Nos separamos..., pero eso no sería nada... Lo hice de un modo ofensivo y torpe que provocó un escándalo, y un escándalo bien inútil... Yo lloré, ella también; el diablo sabe lo que pasó! El nudo gordiano se había estrechado, hubo que cortarlo y nos dolió... ¡y cómo nos dolió! Aunque todo en la vida se arregla para bien... Ella se casó con un hombre excelente y ocupa una buena situación social.

 

—Pero, confesadlo: no habéis podido perdonar a Rudin —empezó de nuevo Alexandra Pavlovna.

 

—Volvéis a engañaros —replicó Leznev vivamente—. Lloré amargamente cuando se marchó al extranjero. Sin embargo, el germen de mi opinión sobre él estaba ya depositado en mi alma. Cuando lo encontré más tarde (entonces yo ya había envejecido), Rudin se mostró en su verdadero aspecto.

 

—¿Y qué fue lo que descubristeis en él?

 

 

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—Lo que desde hace una hora estoy tratando de explicaros. Pero ya hemos hablado bastante de él; sólo he querido demostraros que si le juzgo severamente es porque le conozco...

 

En cuanto a Natalia Alexeevna, no vamos a malgastar palabras inútilmente; pero, en cambio, prestad un poco de atención a vuestro hermano...

 

—¡A mi hermano! ¿Por qué?

 

—Observadlo. ¿Acaso no os dais cuenta de nada?

 

Alexandra Pavlovna se turbó.

 

—Sí, tenéis razón —murmuró—. En efecto, mi hermano... Desde hace algún tiempo no le reconozco... ¿De modo que creéis...?

 

—¡Silencio! Me parece que viene hacia aquí —murmuró Leznev—. Y creedlo. Natalia ya no es una niña... aunque carezca de experiencia. Ya veréis que nos va a dejar asombrados.

 

—¿De qué manera?

 

—Desconfiad de su aspecto tranquilo. ¿Acaso ignoráis que son justamente las jóvenes de esa especie las que se ahogan, se envenenan o algo por el estilo? Sus pasiones son fuertes, lo mismo que su carácter.

 

—Se diría que caéis en la poesía lírica. A los ojos de un flemático como vos, yo misma podría llegar a parecer un volcán.

 

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—¡Eso sí que no! —Replicó Leznev con una sonrisa—. En cuanto a carácter, a Dios gracias no lo tenéis.

 

—¿Es otra de vuestras impertinencias?

 

—Esta impertinencia es, podéis creerlo, un gran elogio.

 

En ese momento entró Volinzev y miró suspicazmente a su hermana, y luego a Leznev. En las últimas semanas había enflaquecido. Alexandra y Leznev intentaron conversar con él, pero Volinzev respondió apenas con una sonrisa a sus bromas. Tenía el aspecto de una "liebre melancólica", como había dicho una noche Pigasov hablando de él. Volinzev sentía que Natalia le huía, y eso hacía que la tierra pareciera deslizarse bajo sus pies.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIII

 

Al día siguiente, que era domingo, Natalia se levantó más tarde que de costumbre. La víspera había estado pensativa y callada, como temerosa de que alguien adivinara sus lágrimas, de las que se avergonzaba. Había pasado una noche muy agitada. Sentada a medio vestir ante su pequeño piano, deslizaba suavemente sus dedos por el teclado para no despertar a Mlle. Boncourt. De cuando en cuando apoyaba su ardiente cabeza sobre las heladas teclas y se quedaba inmóvil un momento. Pensaba... pensaba no tanto en Rudin mismo, sino en ciertas palabras que éste había pronunciado.

 

Muy raramente acudía Volinzev a su imaginación. Sabía que era amada por él, pero desechaba este pensamiento. Sentía una intensa zozobra. Se vistió febrilmente; bajó, y después de saludar a su madre salió a pasear sola por el parque.

 

El día se insinuaba cálido, claro, espléndido a pesar de la lluvia que caía a intervalos. Por el cielo azul cruzaban ligeras las nubes grises y bajas, sin oscurecer el sol y vertiendo de vez en cuando un chaparrón sobre los campos. Grandes gotas brillantes caían con estrépito, y el sol seguía jugando entre sus redes. El césped, poco antes mecido por la brisa, cesó de estremecerse para absorber con delicia la humedad; los tupidos árboles temblaban con todas sus hojas y los pájaros gorjeaban alegremente, mezclando sus trinos al rumor de la lluvia. Al fin,

 

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el cielo se despejó, sopló de nuevo la brisa, resplandeció el campo de esmeralda y oro, apretándose unas contra otras gimieron las hojas de los árboles, un intenso aroma se expandió por doquier.

 

Natalia cruzó el jardín y se encaminó hacia el río por un largo sendero bordeado de álamos. De pronto, se detuvo como asustada: inesperadamente había aparecido ante ella la figura de Rudin.

 

Natalia se turbó. Rudin la miraba fijamente.

 

—¿Estáis sola? Preguntó.

 

—Sí, estoy sola, pero sólo por un momento. Ya es tiempo de que regrese a casa —respondió Natalia.

 

—Entonces, permitidme que os acompañe.

 

Y echó a andar al lado de la joven.

 

—Se diría que estáis... triste —dijo Rudin después de corto silencio.

 

—¿Yo?... Justamente, iba a decir eso mismo de vos.

 

—Es posible que estéis en lo cierto. Pero en mí no es de extrañar, tengo mis motivos...

 

—¿Y por qué creéis que sólo a vos os asiste el derecho de estar triste?

 

 

 

 

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—Porque a vuestra edad hay que gozar de la vida sin pensar en nada.

 

—Natalia dio algunos pasos en silencio.

 

—Demetrio Nikolaievich... —dijo al fin.

 

—¿Qué deseáis?

 

—¿Recordáis la comparación que hicisteis ayer a propósito de un roble?

 

—Ciertamente. ¿Por qué me lo preguntáis?

 

Natalia le miró de soslayo.

 

—¿Por qué hicisteis esa comparación?

 

Rudin movió la cabeza y miró a lo lejos.

 

—Natalia Alexeevna —comenzó con esa expresión contenida y significativa habitual en él y que sugería a su interlocutor que no expresaba ni la décima parte de lo que oprimía su alma—, Natalia Alexeevna, habéis observado que casi nunca hablo de mi pasado. Hay ciertas cuerdas que prefiero no hacer vibrar. Mi corazón... pero ¿a quién puede importarle lo que pasa con él? Abrirlo a miradas indiferentes me ha parecido siempre un sacrilegio. Pero con vos seré sincero, pues me inspiráis, ¿cómo lo diré?... confianza... No os ocultaré, pues, que yo también he amado y sufrido... ¿Cuándo y cómo? ¡Qué importa! Pero mi corazón ha experimentado grandes alegrías y grandes dolores.

 

Hizo una pausa y luego continuó con cierto calor:

 

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La comparación de ayer se refería a mí... pero os repito que no vale la pena hablar de eso. La vida, vista bajo esa faz, ya no existe para mí. Lo único que me resta es arrastrarme de posta en posta por caminos polvorientos... A dónde llegaré, si es que llego, sólo Dios lo sabe... Hablemos, mejor, de vos.

 

—Pero, ¿será posible, Demetrio Nikolaievich, que nada esperéis ya de la vida?

 

—¡Oh, no! Espero mucho, pero no para mí. De obrar, obrar en provecho del prójimo no renegaré jamás... pero a los goces he renunciado para siempre. Mis esperanzas, mis sueños, nada tienen en común con mi felicidad. El amor... —al decir esta última palabra se encogió de hombros—, el amor ya no es para mí... no soy digno de él. La mujer, cuando ama, tiene derecho a exigir una reciprocidad absoluta de sentimientos, y yo ya no podría entregarme por entero... Por lo demás, inspirar amor es propio de los jóvenes, y yo he dejado de serlo. ¿Cómo esperar que una mujer pierda la cabeza por mí? Difícilmente sostengo la mía sobre los hombros...

 

—Comprendo que quien persigue un alto ideal ya no pueda pensar en sí mismo, ¿pero acaso creéis que la mujer es incapaz de valorar a un hombre así? Yo creo lo contrario: es más fácil que una mujer repudie a un egoísta... Todos esos jóvenes a los que os referíais, son egoístas, sólo piensan en sí mismos, hasta cuando aman. Creedme: la mujer no sólo es capaz de comprender un sacrificio, sino de sacrificarse ella misma.

 

 

 

 

 

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Las mejillas de Natalia se habían cubierto de rubor y sus ojos brillaban. Jamás, hasta que conoció a Rudin, había hablado tanto y con tanto fuego.

 

—En más de una oportunidad he expresado mi opinión sobre el puesto de la mujer en la vida —repuso Rudin con una sonrisa de tolerancia—. Sabéis que, en mi opinión, sólo Juana de Arco podía salvar a Francia. Pero no se trata de eso ahora... Hablar de vuestro porvenir es agradable y alegre. Escuchadme, yo soy vuestro amigo, tan amigo como un pariente próximo, y en virtud de ello os haré una pregunta un tanto indiscreta. Decidme: vuestro corazón, ¿permanece aún tranquilo?

 

Natalia enrojeció y guardó silencio. Rudin se detuvo y ella le imitó.

 

—¿Os habéis enfadado conmigo, Natalia Alexeevna?

 

—No, pero nunca esperé que...

 

—Además, aunque quisierais ocultarlo, conozco vuestro secreto.

 

La joven lo miró con expresión de temor.

 

—Sí, sí, yo sé quién os agrada. Y puedo aseguraros que no podríais haber hecho mejor elección. Es un hombre excelente, que sabrá apreciaros... Además, no ha sido exprimido por la vida, es sencillo y sereno... él os hará feliz.

 

—¿De quién estáis hablando, Demetrio Nikolaievich?

 

 

 

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—¿Cómo es posible que no lo sepáis? De Volinzev... ¿o me habré engañado?

 

Natalia, completamente desconcertada, se había separado unos pasos de Rudin.

 

—¿Acaso él no os ama? ¡Si no os quita los ojos de encima, si sigue cada uno de vuestros movimientos! Pero, ¿puede acaso ocultarse el amor? ¿No os sentís inclinada hacia él? Además, por lo que he podido apreciar, a vuestra señora madre no le desagrada... vuestra elección...

 

—¡Demetrio Nikolaievich! —lo interrumpió Natalia quien, en su turbación, se apoyó en el tronco más cercano; en realidad, me es tan incómodo hablar de esto... ¡pero yo os aseguro que os engañáis!

 

—¡Que me engaño!... —repitió Rudin—. No lo creo. Aunque hace poco tiempo que me habéis sido presentada, creo conoceros bien. ¿Cómo se puede decir que seáis la misma que conocí hace seis semanas? No, bien se echa de ver que vuestro corazón ha perdido la calma.

 

—Es posible —dijo Natalia en un suspiro— pero, de todos modos, os equivocáis.

 

—¿Cómo es eso? —preguntó vivamente Rudin.

 

—¡Dejadme! No me lo preguntéis... —exclamó Natalia, y con rápido paso se encaminó a su casa. Estaba asustada del sentimiento de cuya existencia se había dado cuenta de pronto.

 

 

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Rudin la alcanzó y la detuvo.

 

—¡Natalia Alexeevna! Esta conversación no puede terminar así, es demasiado importante para mí... ¿Cómo debo interpretar vuestras palabras?

 

—¡Dejadme, dejadme! —repitió la joven.

 

—¡Natalia Alexeevna, por el amor de Dios!

 

Rudin estaba pálido, su rostro traslucía una intensa agitación.

 

—¡Vos, que lo entendéis todo, no sois capaz de comprenderme a mí! —repuso Natalia, retirando con violencia la mano que Rudin le había asido y echando a andar sin mirar atrás.

 

—¡Una sola palabra! —exclamó Rudin.

 

Natalia se detuvo, pero sin volver la cabeza.

 

—Me preguntasteis hace un momento qué quise decir con la comparación de ayer. Pues bien, no quiero engañaros: hablaba de mí mismo, de mi pasado y de... ¡de vos!

 

—¿Cómo? ¿De mí?

 

—¡Sí, de vos! Os repito que no quiero engañaros. Ya sabéis ahora de qué sentimiento... de qué nuevo sentimiento os hablaba... Hasta hoy nunca me habría decidido...

 

Natalia se cubrió la cara con las manos y corrió hacia su casa.

 

Estaba tan conmovida por las palabras de Rudin que ni siquiera advirtió a Volinzev, cerca del cual había pasado corriendo, y

 

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que estaba inmóvil, apoyado contra un árbol. Hacía un cuarto de hora que había llegado; encontró sola a Daría Mijailovna en el salón, y después de saludarla brevemente, salió al jardín, con la esperanza de encontrar a Natalia... y justamente la vio en el instante en qué la joven retiraba su mano de entre las de Rudin, cuando éste la detuvo. Volinzev se quedó como paralizado. Siguió con los ojos a Natalia; se alejó luego del árbol y dio algunos pasos, sin saber a dónde iba ni qué quería hacer. Rudin lo había visto y se aproximaba a él. Se miraron fijamente, se saludaron en silencio y se separaron, pensando cada uno por su parte: "Esto no terminará así".

 

Volinzev llegó casi al límite del gran parque. Sentía una horrible desazón y la ira hacía hervir la sangre en sus venas.

 

De nuevo comenzó a lloviznar.

 

Rudin había vuelto a su cuarto. Tampoco él estaba tranquilo; sentía un torbellino en su cabeza. El súbito contacto con esa alma pura y confiada lo había turbado profundamente.

 

Durante la comida las cosas marcharon bastante mal. Natalia, muy pálida, apenas se tenía sobre su asiento. Volinzev, sentado a su lado corno de costumbre, se veía forzado a dirigirle la palabra de vez en cuando. Por casualidad, Pigasov también almorzaba con Daría Mijailovna, e hizo el gasto de la conversación. Entre otras cosas, sostuvo que a la gente, como a los perros se la puede clasificar en dos grupos: los de orejas largas y los de orejas cortas.

 

 

 

 

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—Los hombres —dijo— tienen las orejas cortas, ya de nacimiento, ya por su propia culpa. En ambos casos son igualmente dignos de lástima, puesto que nada les sale a derechas; no tienen confianza en sí mismos. Pero el que tiene orejas largas es un hombre feliz. Podría ser más malo o más débil que un hombre de orejas cortas, pero se tiene confianza. Endereza las orejas, todos le admiran. Yo —continuó lanzando un suspiro—, pertenezco a la categoría de orejas cortas, y lo que es más irritante aún, yo mismo me las corté.

 

—De modo que usted quiere decir —observó como fatigado Rudin— lo que dijo hace tiempo, con menos palabras, La Rochefoucauld: "cree en ti mismo y otros creerán en ti". Lo que no entiendo es la relación entre esto y las orejas...

 

—Permitid a cada cual expresarse como le plazca —contestó Volinzev iracundo—. ¡Y luego se habla de despotismo! ¡No hay peor despotismo que el de los llamados intelectuales! ¡Que el diablo se los lleve!

 

Todos quedaron asombrados por la salida de Volinzev. Rudin lo miró, pero no pudo sostener la mirada de su rival; se volvió, sonrió y no abrió la boca.

 

"¡Hola! —pensó Pigasov—, tú también tienes las orejas cortas..."

 

Natalia había palidecido aún más; Daría Mijailovna miró extrañada a Volinzev y luego cambió rápidamente de tema, contando algo sobre las extraordinarias cualidades del perro del ministró N.

 

 

 

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Terminado el almuerzo, Volinzev se marchó. Al despedirse de

 

Natalia, no pudo menos que decirle:

 

—¿Por qué estáis tan turbada? Se diría que os sentís culpable de algo, cosa de que no os creo capaz...

 

La joven no comprendió la alusión y se limitó a seguirlo con los ojos.

 

A la hora del té, Rudin se le acercó e inclinándose sobre la mesa como para hojear un periódico, murmuró a su oído:

 

—Todo me parece un sueño... Tengo que veros a solas, aunque sólo sea un minuto. —Y volviéndose hacia Mlle. Boncourt, agregó—: Aquí está el folletín que buscabais. —Luego, volviéndose de nuevo hacia Natalia, añadió a media voz—: Tratad de estar a eso de las diez en la glorieta de lilas, cerca de la galería. Allí os aguardaré.

 

El héroe de la velada fue Pigasov, pues Rudin le había cedido el campo por completo. Hizo reír a Daría Mijailovna contándole de un vecino de él que, habiendo vivido cuarenta años dominado por su mujer se había afeminado tanto, que al cruzar la calle se levantaba los faldones de la levita, como suelen hacer las mujeres con sus faldas. Dirigióse luego a un señor, que estaba de visita, y el cual había sido francmasón primero, misántropo después, y que deseaba terminar siendo banquero.

 

—¿Y cómo erais francmasón, Felipe Stefanich? —le preguntó Pigasov.

 

—Muy sencillo: llevaba muy larga la uña del dedo meñique.

 

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Pero lo que más divirtió a Daría Mijailovna fue la charla que Pigasov inició acerca del amor. Sostuvo seriamente que también por él habían suspirado las mujeres, y que una alemana muy ardiente solía llamarlo su "Africanito apetitoso". Daría Mijailovna se reía pero quizás Pigasov tuviera buenas razones para jactarse. Afirmó que no hay cosa más fácil que enamorar a una mujer. Basta para ello decirle durante diez días seguidos que en sus labios está el paraíso y en sus ojos el mundo entero. Al undécimo, ella se siente completamente convencida de lo mismo, y ya lo ama. Y tal vez no le faltara razón.

 

A las nueve y media Rudin se encontraba ya en la glorieta de lilas. En el lejano y profundo cielo brillaban las estrellas; en el poniente aún había rastros de luz y el horizonte se dibujaba allí más límpido y puro. La luna creciente lucía su plata por entre la red de lilas. Los otros árboles semejaban apesadumbrados gigantes, con miles de miradas sumidas en las sombras. No se movía una hoja. La casa, enorme, se destacaba en la penumbra con sus anchas e iluminadas ventanas. Tímida y tranquila era la noche, pero algo apasionado se advertía en lo profundo de su quietud.

 

Rudin, de pie y con los brazos cruzados, aguardaba con todos sus nervios en tensión. El corazón le latía apresuradamente. Por fin, pasos rápidos y leves se dejaron oír y Natalia entró en la glorieta.

 

Rudin salió a su encuentro y le estrechó ambas manos: las tenía heladas.

 

 

 

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—¡Natalia Alexeevna! —Murmuró con voz sorda y emocionada—, tenía que veros; no habría podido esperar hasta mañana. Quiero deciros lo que hasta hoy yo mismo no sospechaba: ¡que os amo!

 

Las manos de Natalia se estremecieron entre las de él.

 

—¡Os amo! —Repitió Rudin—, y no comprendo cómo pude engañarme a mí mismo. ¿Cómo no adiviné que os amaba? Y vos, Natalia Alexeevna, decidme, vos.

 

Natalia contenía la respiración.

 

—Como veis, he venido... —dijo en un hilo de voz.

 

—Sí, pero, decidme, ¿me amáis?

 

—Yo creo... que sí... —murmuró la joven. Rudin estrechó sus manos con más fuerza y quiso atraerla hacia sí.

 

Natalia rápidamente, miró en torno suyo.

 

—¡Dejadme! Esto me asusta, me ha parecido que nos escuchaban... ¡Por el amor de Dios, sed prudente! Volinzev sospecha algo...

 

—¡Allá él! Ya habéis visto que hoy, en la mesa, ni le contesté... ¡Ah, Natalia Alexeevna, qué feliz soy! Ahora no habrá nada que pueda separarnos.

 

Natalia le miró a los ojos.

 

—Dejadme —murmuró—, ya es hora...

 

 

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—¡Un instante! —comenzó Rudin.

 

—No es posible; dejadme, dejadme...

 

—Parecería que teméis...

 

—No, pero es hora de que me marche.

 

—Decidme, entonces, al menos una vez más, que...

 

—¿Decís que os sentís feliz? —preguntó Natalia.

 

—Sí; no hay en el mundo hombre más feliz que yo. ¿Acaso lo dudáis?

 

Natalia levantó la cabeza. En la misteriosa sombra de la glorieta, a la débil luz del cielo nocturno, su rostro era hermoso, puro y noble.

 

—Sabedlo entonces —dijo— seré vuestra esposa.

 

—¡Oh, Dios! —exclamó Rudin.

 

Pero Natalia ya se había ido. Rudin permaneció un momento en la glorieta; luego salió lentamente. En sus labios brillaba una sonrisa.

 

—¡Oh, soy muy feliz! —Dijo a media voz—. Sí, soy feliz —repitió, como si quisiera convencerse a sí mismo.

 

Se irguió, echó atrás la melena y se puso a caminar rápidamente por el jardín, agitando alegremente los brazos.

 

 

 

 

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Mientras tanto, en la glorieta de lilas se apartaron lentamente los arbustos y apareció Pandalevsky. Miró con precaución en torno suyo, movió la cabeza, apretó los labios y murmuró:

 

—He aquí algo que debe saber Daría Mijailovna —y desapareció.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IX

 

Volinzev había regresado sombrío y abatido, había respondido de tan mala gana a las preguntas de su hermana y tan bruscamente se había encerrado en su habitación, que Alexandra resolvió enviar un mensaje a Leznev. Era a él a quien ella acudía en todas las circunstancias difíciles. Leznev le hizo saber que iría al día siguiente.

 

Por la mañana, Volinzev no estaba más tranquilo que la víspera. Después del desayuno había querido, primero, marcharse a vigilar los trabajos, pero, mudando de parecer, se había extendido sobre un diván y tomado un libro, cosa que le sucedía muy raramente. La afición de Volinzev por la literatura era muy moderada; los versos, sobre todo, le inspiraban verdadero terror.

 

—Nada más incomprensible que la poesía —solía decir, y para confirmar la exactitud de esta observación recitaba las siguientes líneas del poeta Aiboulat:

 

Hasta el postrero de mis tristes días, ni la fiera razón ni la experiencia marchitar podrán nunca con sus manos los miosotis sangrientos de la vida.

 

 

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Alexandra dirigía miradas inquietas hacia su hermano, pero no quería abrumarlo con sus preguntas. Un coche se detuvo al pie de la escalera de entrada.

 

"¡Dios sea loado! —Pensó Alexandra—. ¡Aquí está Leznev".

 

Volinzev había dejado el libro y levantado la cabeza.

 

—¿Quién está? —preguntó.

 

—Rudin Demetrio Nikolaievich —anunció el criado.

 

Volinzev se levantó.

 

—Hacedle entrar y tú, hermana, déjanos solos —continuó volviéndose a Alexandra.

 

—Pero, ¿por qué? —repuso ella.

 

—¡Eso únicamente a mí me interesa! —Prosiguió con vehemencia—. Te ruego...

 

Rudin entró. Volinzev le saludó fríamente, permaneció de pie en medio de la habitación y no le tendió la mano.

 

—No me esperabais, declaradlo —dijo Rudin colocando su sombrero en el alféizar de la ventana. Sus labios temblaban un poco, pero se esforzaba por ocultar su turbación.

 

—No os aguardaba, ciertamente —respondió Volinzev. —Después de lo sucedido ayer, habría esperado más bien ver llegar a alguien de vuestra parte.

 

 

 

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—Comprendo lo que queréis decir —repuso Rudin sentándose—, y me complace vuestra franqueza. Vale más que sea así. He venido a vos como un hombre de honor...

 

—¿No podríamos prescindir de los cumplimientos?

 

— interrumpió Volinzev.

 

—Deseo explicaros mi presencia aquí.

 

—Nos conocemos, ¿por qué no podríais venir a mi casa? Por otra parte, no es la primera vez que me honráis visitándome.

 

—He venido a veros como un hombre de honor a otro hombre de honor —repitió Rudin. —Deseo ahora someter a vuestro propio juicio... Tengo plena confianza en vos...

 

—Veamos: ¿de qué se trata? —dijo Volinzev, que seguía de pie y arrojaba sombrías miradas a Rudin, retorciendo de tiempo en tiempo su bigote.

 

—Permitidme... He venido para explicarme, pero eso no puede hacerse en dos palabras.

 

—¿Por qué?

 

—Una tercera persona está involucrada en ello.

 

—¿Qué tercera persona?

 

—Sergio Pavlovich, vos me comprendéis...

 

—Demetrio Nikolaievich, no os comprendo en absoluto.

 

 

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—Si queréis...

 

—Quiero que habléis sin más rodeos interrumpió Volinzev.

 

Éste comenzaba a dejarse llevar por la cólera. Rudin frunció el ceño.

 

—Con mucho gusto... estamos solos... Debo deciros (por otra parte, probablemente lo sospecháis) —Volinzev alzó los hombros en actitud de impaciencia, —debo deciros que amo a Natalia Alexeevna y que tengo el derecho de suponer que ella me ama.

 

Volinzev no respondió, pero había palidecido; volvió la cara y se dirigió hacia la ventana.

 

—Comprenderéis, Sergio Pavlovich —continuó Rudin, —que si no estuviera convencido...

 

—Por favor —replicó vivamente Volinzev, —yo no dudo en absoluto... Pues bien: ¡tanto mejor para vos! Sólo me pregunto por qué diablos habéis tenido la idea de venir a comunicarme esa noticia... ¿En qué puede ella concernirme? ¿Por qué tengo yo necesidad de saber quién os ama y a quién amáis? Realmente, no comprendo...

 

Volinzev continuaba mirando por la ventana. Su voz era sorda.

 

Rudin se levantó.

 

—Sergio Pavlovich: voy a deciros por qué me decidí a presentarme personalmente en vuestra casa y por qué no me he atribuido el derecho de ocultaros nuestra... nuestra mutua

 

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situación. Os estimo profundamente, por eso estoy aquí; no he querido... ni el uno ni el otro hemos querido representar una comedia en presencia vuestra. Conocía vuestros sentimientos hacia Natalia... Sé apreciaros, creedlo. Sé cuán indigno soy de reemplazaros en su corazón; pero, puesto que la suerte lo ha dispuesto así, ¿no es mejor obrar con franqueza y lealtad? ¿No vale más evitar las desinteligencias y las ocasiones de escenas semejantes a las que tuvieron lugar durante la cena? Sergio Pavlovich: ¿queréis responderme?

 

Volinzev había cruzado los brazos sobre el pecho, como si quisiera contener en sí mismo su emoción.

 

—Sergio Pavlovich —continuó Rudin—, siento que os he ofendido... pero haced el favor de comprenderme; pensad que no teníamos más remedio que dar este paso para probaros nuestra estimación, para demostraros que sabemos apreciar vuestra nobleza y rectitud; con otra persona, esta franqueza, esta absoluta franqueza estaría fuera de lugar, pero con vos se convierte en un deber. Nos complace saber que nuestro secreto queda en vuestras manos...

 

Volinzev se echó a reír con visible esfuerzo.

 

—¡Muchísimas gracias por la confianza! —exclamó. —Pero notad, os lo ruego, que no deseo conocer vuestro secreto ni confiaros el mío. Vos disponéis de él como de un bien que os pertenece, y habláis como si hubierais recibido la misión de otra persona. Ello me deja suponer que Natalia ha sido prevenida de esta visita y de su propósito.

 

 

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A estas últimas palabras Rudin se turbó ligeramente.

 

—No, yo no he comunicado mi propósito a Natalia Alexeevna, pero sé que ella comparte mi punto de vista.

 

—Todo eso está muy bien —respondió Volinzev tras un instante de silencio, durante el cual se puso a tamborilear sobre los cristales. —Declaro, sin embargo, que me agradaría más ser menos estimado por vos. A decir verdad, tengo en muy poco vuestra estimación. Veamos, ¿qué deseáis de mí ahora?

 

—Nada... o, mejor dicho, ¡sí! Quiero algo. Quiero que no me

 

juzguéis    un    hombre   astuto    y    artero,    quiero    que    me

 

comprendáis...  Quiero   que   no  dudéis   de   mi   sinceridad...

 

Quiero, Sergio Pavlovich, que nos separemos como amigos...

 

que me tendáis la mano como antes.

 

Y Rudin se acercó a Volinzev.

 

—Perdonadme, señor —respondió éste volviéndose y dando un paso atrás, —estoy dispuesto a dar pleno crédito a vuestras intenciones; admitamos que todo esto sea hermoso, hasta grande; pero en nuestra familia somos gente simple, incapaz por completo de seguir el impulso de espíritus tan profundos como el vuestro... Lo que os parece sincero lo juzgamos imprudente..., lo que halláis simple y claro, se nos aparece embrollado y oscuro... Os envanecéis de lo que los demás ocultamos; ¿cómo podríamos comprendemos? Disculpad, yo no puedo contaros en el número de mis amigos, ni tenderos la mano... Tal vez mi conducta sea mezquina, ¿qué hacer? Yo mismo soy mezquino...

 

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Rudin había tomado su sombrero.

 

—Sergio Pavlovich —dijo con tristeza, adiós. He sido decepcionado en mi esperanza. Mi visita es extraña, en efecto, pero confiaba en que vos —Volinzev hizo un gesto de impaciencia. —Perdonad... no hablaré más de esto. Creo que tenéis razón, después de todo, y que no podríais obrar de otro modo. ¡Adiós! Y permitidme, al menos, que os asegure una vez más, que os asegure por última vez de la pureza de mis intenciones... Por lo demás, estoy convencido de vuestra discreción...

 

—¡Esto es demasiado! —exclamó Volinzev tembloroso de cólera. —Yo no os he pedido vuestra confianza; por lo tanto, no tenéis derecho alguno a contar con mi discreción.

 

Rudin quería decir algo, pero se contentó con hacer un gesto con la mano, saludar y, por fin, salir.

 

Volinzev se arrojó sobre un sofá y volvió el rostro a la pared.

 

—¿Puedo entrar? —dijo Alexandra a la puerta.

 

Volinzev no contestó en seguida y pasó distraídamente su mano por la cara.

 

—No, Sascha —dijo con voz ligeramente alterada —aguarda un poco todavía.

 

Media hora después, Alexandra estaba de nuevo a la puerta de la habitación de su hermano.

 

—Ha llegado Mijail Mijailovich —dijo. —¿Quieres verlo?

 

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—Sí —respondió él. —Ruégale que entre.

 

Leznev entró.

 

—Y bien, ¿qué tienes? ¿Estás enfermo? —le preguntó, mientras se sentaba en un sillón cerca del sofá.

 

Volinzev se había incorporado para apoyarse sobre el codo. Miró largo tiempo a su amigo con extraña fijeza; después, repitió palabra por palabra la conversación que acababa de tener con Rudin. Jamás, hasta ese día, había hecho ante Leznev alusión a sus sentimientos por Natalia, bien que suponía que este último no los ignoraba.

 

—Bueno, ¿sabes qué me sorprende? —dijo Leznev cuando Volinzev hubo terminado su relato. —Podía esperar de él muchas rarezas, pero ésta es demasiado fuerte... Sin embargo, aun en esto lo reconozco.

 

—De hecho, su paso es pura y simplemente una insolencia —replicó Volinzev vivamente emocionado. —Estuve a punto de arrojarlo por la ventana. ¿Acaso quiere vanagloriarse ante mí, o tiene miedo? Veamos, ¿por qué secreto motivo?... ¿Cómo atreverse a ir a casa de un hombre...?

 

Volinzev se oprimió la cabeza con ambas manos y calló.

 

—Amigo mío, estás en un error —respondió tranquilamente Leznev. —No querrás creerme, y sin embargo, estoy persuadido de que ha hecho todo esto con la mejor intención. Sí, realmente, ¡todo es tan noble, tan leal! Además, ¿cómo habría podido desperdiciar tan hermosa oportunidad de hablar

 

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y mostrar su elocuencia? Él tiene necesidad de eso. ¿Podría vivir acaso sin representar una comedia? ¡Ah, ah! Su lengua es su peor enemigo... aunque, por otra parte, le presta grandes servicios.

 

—¡No puedes imaginar con qué aire solemne entró y se puso a discurrir!

 

—Bien que lo creo, todo con él es solemne. Se abotona la levita como si cumpliera un deber sagrado. Me gustaría abandonarlo por algunos días en una isla desierta y observar a hurtadillas cómo se las compondría para posar solo, frente a sí mismo. ¡Y se atreve a hablar de sencillez!

 

—Pero, por el amor de Dios, dime, hermano, que significa su conducta. ¿Es cuestión de filosofía?

 

—¿Cómo responderte? La filosofía tiene algo que ver en ello, pero no todo. No hay que atribuir a la filosofía todas las estupideces.

 

Volinzev le dirigió una mirada de soslayo.

 

—Pero ¿no mentirá? ¿Qué piensas?

 

—No, amigo mío, no miente. Pero, ya hemos hablado demasiado de ese personaje. Ven conmigo al jardín a fumar un cigarro y roguemos a Alexandra que se reúna con nosotros. Cuando ella está presente es más fácil hablar y más fácil aún callar. Ella nos dará té.

 

 

 

 

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—Con mucho gusto —respondió Volinzev. —¡Sascha —llamó, —ven aquí, pues!

 

Alexandra entró. Él le estrechó la mano y posó tiernamente sus labios en ella.

 

Rudin había regresado a su casa en un estado de ánimo deplorable. Se dirigía vivos reproches y se lamentaba amargamente de su imperdonable precipitación e ingenuidad. No sin razón se ha afirmado que nada es más difícil de soportar que la convicción de haber cometido una estupidez.

 

Rudin estaba roído por los remordimientos.

 

—Ha sido el diablo —murmuraba entre dientes— quien me sugirió la idea de ir a casa de ese hombre. ¡Qué bonita ocurrencia! ¡No me ha acarreado más que insolencias!

 

Algo inusitado ocurría en la residencia de Daría. La dueña de la casa misma no se había dejado ver en toda la mañana, y no bajó sino a la hora de la cena. Pandalevsky, único que fue admitido a su presencia, aseguraba que la aquejaba una fuerte jaqueca. Rudin apenas había visto a Natalia, quien permaneció en su habitación en compañía de Mlle. Boncourt. Al encontrarse en la mesa frente a él, lo había mirado con tal expresión de pena, que el corazón de Demetrio Nikolaievich se sobresaltó. Los rasgos de la joven estaban alterados, como si una desgracia se hubiera abatido sobre ella desde la víspera.

 

Una vaga tristeza, algo así como un presentimiento siniestro, comenzaba a asaltar a Rudin.

 

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Para distraerse, se había ocupado de Basistov. Hablando con él de una manera un tanto continua, halló en su interlocutor un joven vivaz y ardiente, de esperanzas entusiastas, de creencias aún vírgenes. Hacia la noche, Daría apareció en el salón. Se mostró amable con Rudin, aunque con cierto aire reservado. Tan pronto sonreía como fruncía el ceño y hablaba sordamente lanzando inquietantes alusiones... La mundana había reaparecido por completo. Desde hacía algunos días manifestaba cierta frialdad hacia Rudin. "¿Qué es este enigma?", pensaba él mirando furtivamente la cabeza inclinada de Daría.

 

La solución de ese enigma no se hizo esperar. Cuando atravesaba cerca de medianoche el sombrío corredor que conducía a su habitación, Rudin sintió de pronto que alguien le deslizaba un billete en la mano. Miró en torno y vio huir a una muchacha, en quien reconoció a la doncella de Natalia. Entró en su cuarto, despidió a su criado, abrió el billete y leyó las siguientes líneas, trazadas por la mano de Natalia:

 

Estad mañana por la mañana, a las siete, junto al estanque de Avdiukin, detrás del bosque de encinas. Me es imposible fijaros otra hora.

 

Será nuestra última entrevista, y todo habrá terminado, a menos que...

 

No faltéis. Es preciso tomar una determinación.

 

 

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P.S. SI yo no acudiera a la cita, sería porque no debemos volver a vernos. Entonces os lo haré saber.

 

Rudin se quedó pensativo, dio vueltas al billete entre sus dedos, lo puso bajo su almohada, se desvistió y se acostó, pero no pudo hallar el reposo que buscaba. Durmió con sueño ligero y despertó antes de las cinco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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X

 

No quedaban desde hacía largo tiempo, sino débiles rastros de ese estanque de Avdiukin junto al cual Natalia había dado cita a Rudin. El dique se había roto hacía más de treinta años y se habían dejado correr las aguas. Se veía ahora el fondo chato y liso de ese lecho recubierto antaño de grasiento limo, y sólo los restos del dique recordaban la existencia del estanque. Allí se había elevado en otros tiempos una casa señorial. Del tupido conjunto de árboles que rodeaba la desaparecida propiedad, no se veían ahora más que dos enormes pinos de escaso y lúgubre follaje, que murmuraba eternamente al soplo del viento.

 

Una leyenda popular aseguraba que un espantoso crimen se había cometido al pie mismo de esos pinos; se decía también que cada árbol, al caer, debía producir la muerte de un ser humano. Así, había habido antaño un tercer pino; desarraigado por una tormenta, aplastó, en su caída, a una chiquilla. Todo el lugar en torno del viejo estanque pasaba por embrujado. Desierto, desnudo, árido y sombrío, aun en pleno día, adquiría un aspecto todavía más desolado en la vecindad de un viejo bosque de encinas desde hacía mucho muerto y seco. Por sobre los matorrales elevábanse, a raros intervalos, inmensos troncos grisáceos, semejantes a fantasmas. Sólo el verlos hacía temblar; sugerían siniestros viejos reunidos en conciliábulo secreto, con el propósito de maquinar alguna acción malvada. Un estrecho sendero apenas trazado, corría a un lado de ese lecho triste.

 

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Nadie pasaba ante el estanque de Avdiukin como no fuera por absoluta necesidad. Recordándolo, Natalia había elegido ese lugar solitario, situado a media versta de la casa de su madre.

 

El sol se elevaba apenas cuando Rudin llegó al estanque. La mañana era oscura. Nubes amontonadas y de color lechoso, que el viento impulsaba con agrio silbido, cubrían el cielo. Rudin iba y venía por el dique cubierto de bardanas y de secas ortigas. Estaba intranquilo. Esa cita misteriosa, las sensaciones nuevas que experimentaba lo agitaban violentamente, sobre todo después del billete de la víspera. Sentía que el desenlace se acercaba. Una profunda inquietud invadía su alma, aunque nadie lo habría sospechado al verle cruzar los brazos sobre el pecho con concentrada resolución y pasear su mirada en tomo. No le faltaba razón a Pigasov cuando había dicho una vez, hablando de Rudin, que recordaba a esos monos chinos que son siempre impulsados por el peso de su cabeza. Pero, cuando sólo la cabeza gobierna a un hombre, se le hace difícil, por poderosa que sea su inteligencia, analizar ciertos sentimientos y hasta comprender claramente lo que sucede en su corazón... Rudin, el ingenioso, el penetrante Rudin, no era capaz de decir con certeza si amaba a Natalia, si sufría, si debía sufrir al separarse de ella. ¿Por qué, pues, sin ensayar siquiera el papel de Lovelace —es preciso hacerle justicia en esto—, había exaltado la imaginación de esa joven? ¿Por qué le aguardaba con misterioso sobresalto? Sólo había una respuesta posible: la de que aquellos que no conocen la verdadera pasión, son precisamente quienes más fácilmente se dejan arrastrar por sus apariencias. Rudin seguía paseándose por el dique, mientras

 

 

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Natalia acudía rápidamente a la cita, marchando a campo traviesa, sobre la hierba húmeda.

 

—¡Señorita, señorita! Vais a mojaros los pies —le gritaba su doncella Mascha, que a duras penas podía seguirla.

 

Pero Natalia no la escuchaba y corría sin mirar hacia atrás.

 

—¡Ah, con tal de que no nos hayan visto! —Repetía Mascha—. Ya es bastante sorprendente que no nos oyeran cuando salimos de casa. ¿Y si mademoiselle Boncourt se despierta? Felizmente, no es lejos. ¡Allí está el señor, aguardando! —Agregó al ver de pronto la silueta esbelta de Rudin erguida sobre el dique—. Pero hace mal en mostrarse de ese modo: habría hecho mejor descendiendo al lecho.

 

Natalia se había detenido.

 

—Aguarda aquí, cerca de los pinos, Mascha —le dijo mientras se dirigía al estanque.

 

Rudin acudió a su encuentro, pero se detuvo sorprendido. Jamás le había visto una expresión como la que ella tenía en ese momento. Sus cejas estaban fruncidas y sus labios apretados, mientras sus ojos miraban fija y casi duramente.

 

—Demetrio Nikolaievich —comenzó diciendo la joven—, no tenemos tiempo que perder. Los minutos están contados; mi madre lo sabe todo. El señor Pandalevsky nos espió días pasados y le habló a ella de nuestra entrevista. Siempre ha sido el espía de mi madre. Ella me llamó ayer a su lado.

 

 

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—¡Dios mío! —Exclamó Rudin—. ¡Es espantoso! ¿Qué os dijo?

 

—No se encolerizó, no me gruñó; solamente reprochó mi ligereza.

 

—¿Solamente?

 

—Sí, pero dijo que preferiría verme muerta a que fuera vuestra esposa.

 

—¿Eso ha dicho? ¿Es posible?

 

—Sí, y agregó que vos mismo no deseáis en modo alguno casaros conmigo, que no me habéis hecho la corte sino por aburrimiento, y que jamás había esperado ese abuso de confianza de vuestra parte; que, por lo demás, ella también tenía más de un reproche que hacerse. "¿Por qué —me dijo— le permití verte tan a menudo?" Y agregó que había tenido confianza en mi sensatez y que la había sorprendido mucho mi conducta irreflexiva... Ya no recuerdo todo lo demás que me dijo.

 

Natalia había relatado esta escena con voz monótona y casi extinguida.

 

—Y vos, Natalia, ¿qué le habéis respondido? —preguntó Rudin.

 

—¿Que qué le respondí? —Repitió Natalia—. Pero, antes, decidme qué pensáis hacer.

 

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —Replicó Rudin—. ¡Esto es cruel! ¡Tan pronto!... ¡Qué golpe repentino! Y vuestra madre, ¿está realmente tan irritada?

 

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—Sí, sí; no quiere ni siquiera oír hablar de vos.

 

—¡Es horrible! ¿No hay, pues, ninguna esperanza?

 

—Ninguna.

 

—La desdicha parece perseguimos con terrible ensañamiento. ¡Ese Pandalevsky es un miserable! ¿Me preguntáis qué pienso hacer, Natalia? Mi mente se extravía... no puedo combinar nada... no puedo sino deplorar mi suerte maldita... Me asombra que podáis conservar vuestra sangre fría...

 

—¿Creéis, pues, que esto me complace? —respondió Natalia.

 

Rudin se puso a caminar sobre el dique. Natalia no apartaba su mirada de él.

 

—¿Vuestra madre no os ha hecho preguntas? —dijo al fin.

 

—Me preguntó si os amaba.

 

—¿Y qué le habéis respondido?

 

Natalia calló por un instante.

 

—No le mentí —contestó por fin.

 

Rudin le asió una mano.

 

—¡Siempre noble y grande! ¡Qué oro más puro el de ese corazón de niña! Pero, ¿es posible que vuestra madre se haya declarado tan resueltamente en contra de nuestro matrimonio?

 

 

 

 

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—Ésa es la verdad. Ya os he dicho, por otra parte, que ella no cree que vos mismo os propusierais casaros conmigo.

 

—¡Me juzga, pues, un truhán y un seductor! ¿Por qué he merecido tan cruel sospecha?

 

Rudin hundió la cabeza entre sus manos.

 

—Demetrio Nikolaievich —dijo Natalia—, perdemos inútilmente nuestro tiempo. Recordad que es la última vez que os veo. No he venido aquí para llorar ni para lamentarme. Ya lo veis, mis ojos están secos. Sólo he venido a pediros consejo.

 

—¿Qué consejo puedo daros, Natalia Alexeevna?

 

—¿Qué consejo? Sois un hombre: me he acostumbrado a confiar en vos, guardaré mi fe en vos hasta el fin. Decidme: ¿cuáles son vuestras intenciones?

 

—¡Mis intenciones! Vuestra madre sin duda me cerrará las puertas de su casa.

 

—Es posible. Ya ayer me declaró que renunciaría a veros... Pero, no respondéis a mi pregunta.

 

—¿A qué pregunta?

 

—¿Qué pensáis que debemos hacer ahora?

 

—¿Qué debemos hacer? —Repitió Rudin—. Es preciso someterse, naturalmente.

 

 

 

 

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—¡Someterse! —repitió lentamente Natalia, mientras sus labios palidecían.

 

—Someterse al destino —continuó Rudin—. ¿Qué podríamos hacer? Sé muy bien que esta resignación será muy amarga y que el golpe es duro de soportar, pero decidid vos misma, Natalia. Soy pobre... podría trabajar, es verdad; pero aun cuando fuese rico, ¿tendríais el valor de aceptar una ruptura inevitable con vuestra familia, de desafiar la cólera de vuestra madre?... No, Natalia, ni siquiera hay que pensar en eso. Es evidente que no estamos destinados, a unir nuestras vidas y que esa felicidad ideal con la que había soñado no está hecha para un desdichado como yo.

 

De pronto, Natalia ocultó el rostro entre las manos y rompió en sollozos.

 

Rudin se acercó a ella.

 

—¡Natalia, querida Natalia! —Dijo con calor—. ¡No lloréis, por el amor de Dios! ¡No me desgarréis el corazón, calmaos!

 

Natalia levantó la cabeza.

 

—¿Y vos me decís que me calme? —replicó la joven, relucientes sus húmedos ojos de un brillo inusitado—. Mis lágrimas no son causadas por el motivo que suponéis; no, mi sufrimiento tiene otro origen. Me he engañado a vuestro respecto: ¡he ahí lo que hace correr mis lágrimas! Vengo a pediros un consejo, un apoyo, ¡y en qué momento!, y vuestra primera palabra es:

 

 

 

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¡someterse! ¿Es así, pues, como ponéis en práctica vuestras teorías sobre la libertad, sobre el sacrificio?

 

Su voz se quebró.

 

—Pero, Natalia —replicó Rudin, grandemente turbado—, os recuerdo que no me he apartado de mis principios...; solamente...

 

—Me preguntabais —interrumpió la joven con renovada furia— qué contesté a mi madre cuando me declaró que preferiría verme muerta a casada con vos. Pues bien: le respondí que elegiría la muerte antes que verme unida a otro hombre que vos... ¡Y habláis de someterme! Comienzo a creer que ella tenía razón, y que no me cortejasteis sino porque os aburríais, para tuer le temps...

 

—Os juro, Natalia... os juro —repitió Rudin. Pero Natalia no le escuchaba.

 

—¿Por qué no me habéis detenido desde un principio? —Dijo ésta con energía—. O bien: ¿por qué no habéis previsto estos obstáculos? Me avergüenza hablar de este modo... Pero ahora ya todo ha terminado.

 

—Es preciso que os calméis, Natalia —dijo Rudin—. Es preciso que busquemos juntos qué recursos...

 

—Muy a menudo habéis hablado de sacrificio, de abnegación —interrumpió ella—, pero sabed que si hace un momento me hubieseis dicho: "Os amo, pero no puedo casarme; no respondo del porvenir, pero dadme la mano y seguidme", sabed que os

 

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hubiera seguido, pues estaba dispuesta a todo. Pero la distancia de las palabras a los actos es más grande de lo que yo creía, y vos ahora tenéis miedo, como tuvisteis miedo de Volinzev el otro día, durante la cena.

 

El rubor cubrió la frente de Rudin. La inesperada exaltación de Natalia lo había impresionado, pero sus últimas palabras herían en lo más vivo su amor propio.

 

—Estáis demasiado agitada en este momento, Natalia; no podéis comprender hasta qué punto me habéis ofendido. Espero que me hagáis justicia... algún día. Comprenderéis entonces cuánto me habrá costado renunciar a una dicha que, según lo acabáis de decir, no me imponía obligación alguna. Vuestra tranquilidad me es mucho más cara que nada en el mundo, y sería un gran miserable si me decidiera a aprovechar...

 

—Quizá —murmuró Natalia—, quizá tengáis razón, ya no sé lo que digo...; pero hasta este momento había creído en vos, tenía fe en cada una de vuestras palabras... En adelante, pesadlas más, por favor; no las arrojéis así al viento. Cuando os he dicho que os amaba, sabía a lo que esa palabra me comprometía; estaba dispuesta a todo... Ahora no me resta sino daros las gracias por la lección que me habéis dado y deciros adiós.

 

—¡Un instante, por el amor de Dios! Os conjuro, Natalia; ¡yo no he merecido vuestro desprecio, os lo aseguro! Poneos en mi lugar. Respondo por vos y por mí. Si no os hubiera amado con el amor más devoto, ¿quién hubiera podido impedirme proponeros huir en seguida?... Tarde o temprano, vuestra

 

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madre os hubiera perdonado... y entonces... Pero antes de pensar en mi propia felicidad...

 

Calló. Los ojos de Natalia, fijos en los suyos, lo turbaban.

 

—Os esforzáis por probarme que sois un hombre honrado, Demetrio Nikolaievich —dijo la joven— no lo dudo. No sois capaz de obrar por cálculo; pero, ¿tenía yo necesidad de ser persuadida de ello? ¿Fue por eso por lo que vine aquí?

 

—Yo no esperaba, Natalia...

 

—¡Ah! ¡Os traicionáis a pesar vuestro! No, vos no esperabais mi respuesta; no me conocíais. Pero quedaos tranquilo: no me amáis, y yo no me impongo a nadie.

 

—¡Os amo! —exclamó Rudin.

 

Natalia se irguió.

 

—¡Sea! Pero, ¿cómo me amáis? Recuerdo todas vuestras palabras, Demetrio Nikolaievich. ¿Recordáis haberme dicho un día que no hay amor posible sin completa igualdad entre los amantes? Sois demasiado elevado para mí, no somos iguales...

 

He tenido el castigo que merecía. Ocupaciones más dignas de vuestro genio os esperan. Yo no olvidaré jamás este día... ¡Adiós!

 

—¡Natalia! ¿Os vais? ¿Es posible que nos separemos de este modo?

 

Él le tendió la mano. Ella se detuvo. Se habría dicho que esa voz suplicante la hacía vacilar.

 

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—¡No! exclamó la joven por fin—. Siento que algo se ha roto en mí... He venido hasta aquí, os he hablado como quien es presa del delirio; es preciso que me domine. Eso no puede ser; vos mismo lo habéis dicho: no será. ¡Ay! Había dicho adiós a mi familia en mi imaginación, cuando acudí a este lugar. Y sin embargo, ¿qué encontré aquí? Un hombre sin valentía... ¿Cómo sabéis que soy incapaz de soportar una separación de mi familia? "Vuestra madre no consentiría... ¡Es horrible!" ¡Eso es cuanto habéis podido responderme! ¿Erais vos, erais realmente vos, Rudin? ¡No! Adiós... Si me hubieseis amado, yo lo sabría ahora. No, no... ¡Adiós!

 

Natalia se volvió rápidamente y corrió hasta Mascha, cuya inquietud iba en aumento, pues ya la llamaba por señas.

 

—¡Vos sois quien tiene miedo, no yo! —exclamó Rudin al verla partir.

 

Pero ella ya no le prestaba atención y se apresuraba a regresar a su casa a través de los campos.

 

Entró sin tropiezos en su habitación; pero apenas hubo franqueado el umbral, sus fuerzas la abandonaron y cayó sin sentido en los brazos de Mascha.

 

Rudin permaneció largo tiempo en el dique. De pronto, sacudió su azoramiento. Reemprendió a paso lento el sendero que había seguido una hora antes. Estaba avergonzado... y entristecido. "¿Qué muchacha es ésta?", pensaba. "¡A los dieciocho años!..." No, en efecto, no la conocía. Es un ser extraordinario. ¡Qué fuerza de voluntad! Tiene razón: es digna de un amor mucho

 

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más grande que el que yo experimentaba por ella... Pero, ¿acaso la amaba? ¿Es posible que ya no la ame? ¿Es así como debía terminar todo esto? ¡Qué nulo soy, cuánta lástima me doy al compararme con ella!"

 

El leve rodar de un droschki de carrera hizo levantar la cabeza a Rudin. Era Leznev que venía del lado opuesto, con su eterno trotador. Rudin lo saludó silenciosamente; después, como ante una idea repentina, cambió de rumbo y emprendió rápidamente el camino a la casa de Daría.

 

Leznev lo había dejado pasar siguiéndolo con la mirada; pero, tras un momento de reflexión, había vuelto grupas y se había dirigido a la casa de Volinzev.

 

Encontró a su amigo durmiendo y prohibió al criado que lo despertara, se instaló en el balcón y mientras aguardaba la hora del desayuno, se puso a fumar un cigarrillo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XI

 

Volinzev se levantó a las diez. Al enterarse, con gran sorpresa, de que Leznev estaba sentado en el balcón, lo hizo llamar en seguida a su habitación.

 

—¿Qué ha sucedido, pues? —le preguntó—. ¿No dijiste que volvías a tu casa?

 

—Es verdad; pero me encontré con Rudin... Estaba solo y caminaba por el campo como un poseso. Entonces regresé.

 

—¿Regresaste por el encuentro con Rudin?

 

—Es decir... para hablarte con franqueza yo mismo no sé por qué he vuelto. Probablemente, porque pensé en ti. Quise hacerte compañía; tengo tiempo de sobra para regresar a casa.

 

Volinzev sonrió amargamente.

 

—¡Eso era! Ya no se puede pensar en Rudin sin pensar en mí al mismo tiempo... ¡Que sirvan el té! gritó al criado.

 

Ambos amigos se habían puesto a desayunar. Leznev hablaba de la administración de los bienes y de un nuevo procedimiento para techar los graneros con cartón bituminado.

 

 

 

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De pronto, Volinzev saltó de su silla y golpeó la mesa con tal violencia que hizo entrechocar tazas y platillos.

 

—¡No! —Exclamó—, no tengo fuerzas para soportar esto más tiempo. Provocaré a ese prodigio: o me mata o le alojaré una bala en su sabia cabeza.

 

—¡Por favor! ¿Qué te sucede? —Gruñó Leznev—. ¿Cómo puedes gritar de ese modo? Me has hecho caer el cigarro... ¿Qué demonios tienes?

 

—Tengo que ya no puedo oír pronunciar ese nombre sin alterarme; la sangre me hierve...

 

—¡Basta, hermano, basta! ¿No te da vergüenza? —Respondió Leznev recogiendo del suelo su cigarro—. ¡Déjalo tranquilo!

 

—Me ha ofendido —continuó Volinzev recorriendo la habitación a grandes pasos—. Sí, me ha ofendido profundamente. Tú mismo debes convenir en eso. En el primer momento no me di cuenta, estaba demasiado sorprendido, y, además, ¿quién habría esperado tal cosa? Voy a demostrarle que no se puede bromear conmigo. ¡He de matar a ese maldito filósofo como a un perro!

 

—¡Vaya lo que ganarías con ello! Y no quiero hablar de tu hermana; dominado por la pasión como lo estás, ¿cómo podrías pensar en ella? Pero, en lo que se refiere a otra persona, ¿crees tú que adelantarías algo matando al filósofo, como tú dices?

 

Volinzev se dejó caer en un sillón.

 

 

 

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—Quiero marcharme a alguna parte, entonces; aquí la tristeza me oprime el corazón de tal modo que no puedo hallar reposo.

 

—¿Marcharte?... Eso es otra cosa. Esta vez estoy de acuerdo contigo. ¿Y sabes lo que te propongo? Partir juntos. Vayámonos al Caucaso o simplemente a Ucrania. Has tenido una buena idea, hermano.

 

—Sí, pero ¿con quién dejaremos a mi hermana?

 

—¿Y por qué no podría venir Alexandra con nosotros? Nada se opone a ello. Tomo bajo mi responsabilidad el cuidado de ella. Nada le faltará; con sólo una palabra suya, le organizaré cada noche una serenata bajo su ventana; perfumaré a los postillones con agua de Colonia; haré plantar flores a todo lo largo del camino. Y en cuanto a nosotros, hermano, será realmente una regeneración; encontraremos en ese viaje tantos goces y volveremos tan rechonchos que el amor ya no querrá saber nada con nosotros.

 

—Tú siempre de broma, Mijail.

 

—En absoluto. ¡Ha sido una idea brillante la que se te ha ocurrido!

 

—¡No hablemos más! —Exclamó de nuevo Volinzev—. ¡Quiero batirme, batirme con él!

 

—¡Otra vez! Vamos, hermano, tú estás loco hoy.

 

 

 

 

 

 

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Un criado entró con una carta.

 

—De Demetrio Nikolaievich Rudin. La ha traído el criado de la señora Lasunskaia.

 

—¡De Rudin! —Exclamó Volinzev—. ¿Para quién?

 

—Para vos, señor.

 

—¡Para mí! Dámela, pues.

 

Volinzev tomó la carta, la abrió rápidamente y se puso a leerla. Leznev seguía todos los movimientos de sus ojos con atención. Una expresión de asombro extraño y casi alegre se extendió por el rostro de Volinzev, quién dejo caer sus manos.

 

—¿De qué se trata? —le preguntó Leznev.

 

—Lee —respondió Volinzev a media voz, tendiéndole la carta.

 

Leznev comenzó a leer. He aquí lo que Rudin escribía:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Señor:

 

Hoy abandono la casa de Daría Mijailovna, y para siempre. Esto tal vez os sorprenda, sobre todo después de nuestra entrevista de ayer. No puedo explicaros los motivos que me han forzado a obrar así, pero me creo obligado a preveniros de mi partida. Vos no me estimáis, y hasta me tenéis por un malvado. No tengo el propósito de justificarme. El tiempo lo hará por mí. Es inútil, e indigno de un hombre, tratar de convencer de la injusticia de sus apreciaciones a una persona prevenida contra él. Quien quiera comprenderme me excusará; la acusación de quien no quiere o no puede comprenderme no me alcanza. Me he equivocado a vuestro respecto. A mis ojos continuaréis siendo siempre un hombre noble y respetable. Mi error fue suponer que sabríais desprenderos del medio en el cual habéis vivido. Me equivoqué: ¿qué le hemos de hacer? No es la primera vez que esto me sucede, y no será la última. Os lo repito: me marcho; os deseo toda la dicha posible. Creed que este deseo es completamente desinteresado. Confío en que de ahora en adelante seréis feliz. Tal vez el tiempo os haga modificar vuestra opinión sobre mí. No sé si volveremos a vernos nunca; pero, en todo caso, creed en la sinceridad de mi aprecio.

 

D. Rudin

 

P.S. Os enviaré los doscientos rublos que os debo tan pronto llegue a mi casa, en el gobierno de T. Os ruego no habléis de esta carta a Daría Mijailovna.

 

P.S. Un último e importante ruego. Puesto que parto en seguida, espero que no aludiréis, en presencia de Natalia, a la visita que os hice.

 

 

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—Y bien, ¿qué dices de esto? —preguntó Volinzev en cuanto Leznev terminó de leer la carta.

 

—¿Qué quieres que te diga? —Respondió Leznev—. Todo lo que puede hacerse ahora es exclamar como los musulmanes: "¡Alá! ¡Alá!", y ponerse un dedo en la boca en señal de estupefacción. Se marcha... ¡Sea! Que el camino se desenvuelva como una sábana bajo sus pies. Pero lo más curioso es que únicamente el deber lo ha impulsado a escribirte esta carta; también fue por un sentimiento del deber por lo que vino a esta casa... Estos señores hallan a cada momento un deber que cumplir, todo se vuelve deber para ellos... —añadió Leznev sonriendo y señalando la posdata de la carta.

 

—¡Qué charlatán! —Exclamó Volinzev—. ¡Se equivocó conmigo, esperaba que yo fuera superior a mi medio! ¡Qué absurdos, Dios mío! Esto es peor aún que los versos...

 

Leznev no respondió. Sólo sus ojos sonreían.

 

Volinzev se había levantado.

 

—Tengo ganas de ir a casa de Daría —dijo—. Quiero saber qué significa todo esto.

 

—No te apresures, hermano, dale tiempo a marcharse. ¿Para qué chocar de nuevo con él? Se marcha... ¿Qué más puedes desear? Será mejor que te acuestes y duermas; has pasado toda la noche revolviéndote en tu lecho. Ahora tus asuntos se arreglarán...

 

—¿De dónde sacas esa convicción?

 

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—Es mi opinión. Vamos, ve a acostarte; mientras tanto iré a hacer compañía a tu hermana.

 

—¡Pero si no tengo sueño! ¿Para qué quieres que me acueste? Prefiero ir a dar un paseo por el campo —agregó Volinzev sacudiendo los faldones de su paletó.

 

—Está bien, ve al campo, entonces.

 

Y Leznev se dirigió a la habitación de Alexandra Pavlovna.

 

La halló en el salón; ella lo acogió amablemente, pues la presencia de Leznev siempre le agradaba; pero sus rasgos estaban impregnados de tristeza. Desde la visita que Rudin había hecho a su hermano la víspera, estaba preocupada.

 

—¿Venís de ver a mi hermano? —le preguntó a Leznev—. ¿Cómo está hoy?

 

—Muy bien; ha ido a visitar los campos.

 

Alexandra calló.

 

—Decidme, por favor —dijo al cabo de un momento, mientras examinaba con atención el bordado de su pañuelo—, ¿no sabéis por qué...?

 

—¿Por qué vino Rudin? —Interrumpió Leznev—. Sí, lo sé: vino a despedirse.

 

—¿Cómo? ¿A despedirse, decís?

 

—Sí, ¿no lo sabíais? Se marcha de casa de Daría.

 

 

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—¿Y se va...?

 

—Para siempre; por lo menos, es lo que él dice.

 

—¿Pero cómo se comprende esto, después de...?

 

—¡Ah, eso es otra cosa! No se trata de comprender, pero las cosas son así. Algún acontecimiento ha debido tener lugar allá; sin duda él tiró demasiado de la cuerda y ésta se rompió.

 

—¡Mijail! —Exclamó Alexandra—. ¡Yo no entiendo nada! ¿No os estaréis burlando de mí?

 

—Os juro que no. Ya os lo he dicho: se marcha; él mismo lo ha informado así a sus amigos por escrito. Si me lo permitís, os diré que, desde cierto punto de vista, esa partida constituye un gran bien. No obstante, supone un obstáculo para la realización de un proyecto de lo más sorprendente, que justamente debatíamos vuestro hermano y yo.

 

—¿Qué proyecto?

 

—Había propuesto a vuestro hermano viajar para distraerse y llevaros con nosotros. Yo tomaba a mi cargo el cuidar de vos.

 

—¡Esto sí que es encantador! —Exclamó Alexandra—. Preveo de qué modo cuidaréis de mí. ¡Me dejaríais morir de hambre!

 

—Decís eso, Alexandra, porque no me conocéis. Me tomáis por un torpe; una especie de hombre de la selva. ¡Si supierais que soy capaz de fundirme como azúcar y pasar días enteros de rodillas!

 

 

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—¡Confieso que me gustaría ver tal cosa!

 

Leznev se incorporó súbitamente.

 

—¡Pues bien, Alexandra, casaos conmigo y veréis cosas mucho mejores!

 

Alexandra enrojeció hasta el blanco de los ojos.

 

—¿Qué habéis dicho, Mijail? —balbuceó turbada.

 

—Digo —continuó Leznev— lo que hace tanto tiempo llevo en mi alma y que mil veces acudió a mis labios. En fin, he hablado, y podéis obrar como os parezca. Ahora me marcho para no molestaros. Sí, me voy... Si consentís en ser mi esposa... si eso no os parece desagradable... sólo tendréis que llamarme, yo sabré comprender.

 

Alexandra había querido retener a Leznev, pero éste había salido rápidamente, y sin sombrero, al jardín, donde se apoyó contra una puertecilla, mientras dejaba vagar su mirada por el vacío.

 

 

 

—Señor —dijo detrás de él la voz de la doncella de Alexandra.

 

—Regresad, por favor. La señora me ordenó llamaros.

 

Leznev se volvió, tomó entre sus manos la cabeza de la doncella, la besó efusivamente en la frente y, con gran asombro de la inocente mensajera, corrió a reunirse con Alexandra.

 

 

 

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XII

 

El relato de Pandalevsky había impresionado profundamente a Daría. Todo su orgullo se había despertado al oír esa revelación. ¡Rudin, el mísero Rudin, ese hombre desconocido y sin posición social había osado dar una cita a su hija, a la hija de Daría Mijailovna Lasunskaia!

 

—Admitamos que sea un hombre de talento, y aun un genio — había exclamado—. ¿Qué prueba eso? ¿Quiere decir que el primero que llegue, sin nombre, sin fortuna, podría aspirar al honor de convertirse en mi yerno?

 

Durante mucho tiempo no podían dar crédito mis ojos —respondió Pandalevsky—. Me dejó estupefacto que él olvidara hasta tal punto su posición y la vuestra.

 

Daría Mijailovna se había dejado llevar por su mal humor, y Natalia sufrió lo indecible con el despecho de su madre.

 

En cuanto a Rudin, había entrado rápidamente en la casa inmediatamente después de su encuentro con Leznev, y se había encerrado en su habitación para escribir dos cartas.

 

La primera, que el lector ya conoce, estaba dirigida a Volinzev; la otra, a Natalia. Rudin había empleado más de una hora en redactar esta segunda carta; después de hacer muchas

 

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tachaduras y enmiendas, volvió a copiarla cuidadosamente en un papel extremadamente delgado; la plegó después dándole el menor tamaño posible y la introdujo en su bolsillo. Hecho esto, se había paseado de un lado a otro por su habitación, el rostro impregnado de tristeza; después se había sentado en un sillón junto a la ventana, la mejilla apoyada en la mano: una lágrima temblaba al borde de sus párpados. De pronto, como si acabara de tomar una determinación suprema, se levantó, abotonó su levita hasta el mentón, llamó a su criado y le hizo preguntar a Daría Mijailovna si podía recibirlo. El criado regresó anunciándole que su ama lo aguardaba. Rudin siguió inmediatamente al mensajero. Daría lo recibió en su boudoir, como el día de su aparición en la casa, hacía dos meses, con la diferencia, sin embargo, de que no estaba sola: Pandalevsky, siempre modesto, siempre fresco, siempre pulcro, siempre humilde, estaba al lado de ella.

 

Daría dispensó a Rudin una graciosa acogida, y éste, por su parte, la saludó con aparente desenvoltura, pero todo buen observador del gran mundo habría advertido de una ojeada en sus maneras corteses y amistosas una molestia y frialdad verdaderas. Rudin sabía que Daría tenía serias quejas de él, y ésta sospechaba que Rudin conocía sus nuevas disposiciones.

 

En cuanto hubo contestado el saludo de Rudin, lo invitó a sentarse. Él obedeció rápidamente, pero no lo hizo como antes cuando era casi el dueño de casa. Ni siquiera como se sienta un simple conocido a quien se recibe con agrado. Parecía más bien un extraño que hace de mala gana una visita de cumplido.

 

 

 

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Un instante había bastado para cambiar la situación; como no hace falta más para que el agua límpida se transforme en un bloque de espeso hielo.

 

Rudin fue el primero que habló.

 

—He venido, a veros —dijo—, para agradeceros vuestra hospitalidad. Acabo de recibir importantes noticias y debo, hoy mismo, ir a mi pequeña propiedad.

 

Daría clavó los ojos en Rudin.

 

"Se me adelanta, probablemente sospecha lo que le amenaza —pensó—, y quiere evitar una explicación embarazosa. ¡Tanto mejor! ¡Viva la gente de talento!"

 

—¿Es posible? —Respondió en voz alta—. ¡Es realmente desagradable! Pero, en fin, puesto que no puede remediarse...

 

Espero volver a veros este invierno en Moscú. Nosotros iremos allí muy pronto.

 

—Ignoro cuándo podré ir a Moscú, Daría Mijailovna; pero si hallo cómo hacerlo, consideraré un deber presentarme en vuestra casa.

 

"¡Ah, ah, hermanito! —Decía Pandalevsky para su coleto—. No hace mucho que reinabas aquí como amo y señor, ¡y mira ahora cómo te ves obligado a hablar".

 

Y en voz alta:

 

 

 

 

 

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—Sin duda, las noticias que de repente habéis recibido de vuestra tierra son poco satisfactorias, ¿verdad? —preguntó con su acostumbrada afectación.

 

—Sí —respondió Rudin secamente.

 

—¿Una mala cosecha, tal vez?

 

—No. No se trata de eso... Podéis creer, señora, que jamás olvidaré el tiempo que pasé en vuestra casa —continuó Rudin.

 

—Y yo —agregó Daría— recordaré siempre con placer el día en que os conocí... ¿Cuándo partís?

 

—Hoy, después de la cena.

 

—¿Tan pronto?... Bueno, os deseo un feliz viaje. Por otra parte, si vuestros asuntos no os retienen mucho tiempo, tal vez nos encontraréis todavía aquí.

 

—Apenas me atrevo a esperar tal cosa —contestó Rudin levantándose—. Perdonadme —continuó— si no puedo en este momento devolveros la suma que me habéis prestado, pero en cuanto haya llegado a mi casa...

 

—¡Dejemos eso! —interrumpió Daría—. Me disgustaría que insistierais... ¿Qué hora es? —preguntó.

 

Pandalevsky sacó del bolsillo de su chaleco un pequeño reloj esmaltado e, inclinando su rosada mejilla sobre su cuello blanco y almidonado, respondió:

 

—Las dos y treinta y tres minutos.

 

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—Es hora de ir a vestirme —respondió Daría—. Hasta luego, señor Rudin.

 

Toda la conversación entre Daría y Rudin había tenido un carácter muy particular. Lo mismo debe suceder cuando los actores ensayan sus papeles y cuando los diplomáticos cambian entre sí frases combinadas de antemano.

 

Rudin había salido. Sabía ahora por experiencia que las personas del gran mundo no rechazan a quienes se les ha hecho inútil o molesto, sino que lo dejan caer simplemente por sí mismo, como caen los guantes después del baile. Rápidamente, hizo su maleta. Aguardando el momento de su partida, experimentaba una especie de impaciencia. Todas las personas de la casa parecían sorprendidas de su brusca determinación; los criados le dirigían miradas de asombro y el ingenuo Basistov no trataba siquiera de ocultar su dolor. En cuanto a Natalia, se ocultaba lo más posible y hasta evitaba encontrar los ojos de Rudin. Éste, sin embargo, había conseguido deslizarle su carta en la mano.

 

Durante la comida, Daría repitió muchas veces a Rudin que esperaba verlo todavía antes de que se marchara para Moscú. Pero éste no respondió. Esa aparente cordialidad no lo engañaba.

 

Pandalevsky fue el que más habló con él, y Rudin tuvo muchas veces el violento deseo de aferrar por la garganta al desagradable personaje y abofetear sus mejillas frescas y rosadas. Mlle. Boncourt miraba frecuentemente a Rudin con esa

 

 

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expresión extraña y astuta que puede observarse a veces en los perros de presa viejos y sagaces.

 

"¡Ah —parecía decir para sus adentros—, mira cómo te tratan hoy!"

 

Por fin dieron las siete y se oyó venir el tarantass de Rudin. Éste se levantó con presteza y se despidió de todos. Se sentía interiormente muy incómodo. No había esperado salir de la casa de ese modo; en realidad, ¿no lo echaban de ella? "Bueno, todo debe tener un fin", pensaba mientras se inclinaba a derecha e izquierda con forzada sonrisa. Cuando miró a Natalia por última vez, sintió un nudo en la garganta. Los ojos de la joven estaban fijos en él, y su mirada era un último reproche.

 

Franqueó rápidamente la escalinata y se precipitó en el tarantass. Basistov se había ofrecido a acompañarle hasta la primera parada y se había sentado a su lado.

 

¿Recordáis —dijo Rudin en cuanto el tarantass hubo salido del patio para rodar por un ancho camino bordeado de abetos—, recordáis lo que decía Don Quijote a Sancho en el momento de abandonar la casa de la duquesa? "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni la mar encubre...

 

¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que el mismo cielo!" Yo experimento ahora lo que Don Quijote experimentaba entonces... ¡Quiera Dios, mi querido Basistov, que no conozcáis jamás el sentimiento de que os hablo! —Basistov estrechó la mano de Rudin, y el corazón del honrado muchacho latió

 

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fuertemente en su pecho generoso. Rudin siguió hablando hasta que llegaron a la estación: habló de la dignidad del hombre, de las condiciones de la verdadera libertad. Se mostró lleno de ardor, de nobleza, de verdad, y cuando, en el momento de la separación, Basistov no pudo evitar el arrojarse a su cuello llorando, Rudin derramó también algunas lágrimas. Pero no lloraba porque abandonara a Basistov; las suyas eran lágrimas de amor propio herido.

 

Natalia había vuelto a su cuarto para leer la carta de Rudin.

 

Querida   Natalia    —le    escribía   él—:   he    resuelto   marcharme.

 

No queda otra salida para nuestra situación.

 

He resuelto partir antes de que me digan sin ambages que es preciso que me marche... Mi partida hará cesar todos los equívocos y nadie me echará de menos.

 

¿Para qué dudar, todavía?... Todo eso es verdad, pensaréis, pero entonces, ¿por qué escribiros?

 

Es probable que me despida de vos para siempre, y os escribo porque es muy amargo para mí pensar que os dejaré un recuerdo peor que el que mi conducta merece. No quiero justificarme, ni acusar a nadie; sólo explicarme tanto como me sea posible... Los acontecimientos de estos últimos días han sido tan inesperados, tan súbitos...

 

La entrevista de hoy quedará grabada en mi memoria como una lección imborrable. Sí, tenéis razón: creía conoceros y no os conocía. En el curso de mi vida he conocido íntimamente a muchas mujeres y muchas jóvenes, pero fue en vos en quien hallé por primera vez un alma completamente honrada y recta. Como no había conocido almas

 

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como la vuestra, no supe apreciaros. Desde el día que os conocí me sentí atraído hacia vos, y así pudisteis apreciarlo... He pasado no pocas horas con vos y no aprendí a conoceros. ¡Sin embargo, pude imaginarme que os amaba! Ahora llevo en mí el castigo de mi culpa y de mi ignorancia.

 

Antaño me sucedió amar a una mujer y ser correspondido... Mi sentimiento por ella era complejo, como lo era el suyo por mí. ¿Podía ser de otro modo, puesto que ella misma no era de una naturaleza sencilla? Entonces la verdad todavía no se me había manifestado, y el día en que ella se presentó ante mis ojos no supe reconocerla... La reconozco, al fin, pero demasiado tarde... El pasado no renace...

 

Nuestras vidas habrían podido confundirse; y, en cambio estarán ahora separadas para siempre. ¿Cómo persuadiros de que habría podido amaros con un amor verdadero —con un amor del corazón y no de la imaginación—, cuando yo mismo no sé si soy capaz de un amor semejante?

 

Mucho me ha concedido la naturaleza; lo sé, y no quiero que una falsa vergüenza me induzca a fingir modestia con vos, sobre todo en este momento, uno de los más amargos y humillantes de mi vida... Sí, la naturaleza me ha concedido mucho, pero moriré sin haber hecho nada digno de mis cualidades, moriré sin dejar de mi paso por el mundo la menor huella bienhechora.

 

Toda mi riqueza habrá sido prodigada en vano. No veré los resultados de mis esfuerzos. Me falta... yo mismo no puedo decir exactamente qué me falta... Probablemente estoy desprovisto de ese don sin el cual es tan imposible conmover el corazón de los hombres como apoderarse del de las mujeres; y el solo dominio sobre las inteligencias es tan efímero como inútil. Mi destino es extraño, casi ridículo. Querría entregarme

 

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por completo, sin reservas, todo entero, y, sin embargo, no puedo hacerlo. Terminaré sacrificándome por alguna locura en la cual no creeré... Jamás me he revelado de este modo a nadie. Esta es mi confesión.

 

Pero ya he hablado demasiado de mí mismo. Quiero hablaros de vos y daros algunos consejos. No sirvo para otra cosa... Sois joven, pero aunque viváis muchos años no dejéis nunca de seguir los impulsos de vuestro corazón; guardaos, sobre todo, de someteros a vuestra mente o a la de los demás. Creedme: cuanto más estrecho y monótono es el círculo donde se mueve nuestra vida, más alcanza para hacernos dichosos; no se trata de buscar nuevos caminos en la vida, sino de hacer que cada una de las fases de la vida se realice en el momento oportuno. "¡Feliz de aquel que es joven en el tiempo de su juventud!..." Pero advierto que esos consejos se dirigen mucho más a mí que a vos... Os confieso, Natalia, que tengo el corazón oprimido. Jamás me equivoqué respecto a la naturaleza de los sentimientos que inspiré a Daría Mijailovna; pero, al menos, había esperado hallar en su casa un refugio momentáneo... ahora, voy de nuevo a errar a la ventura por el mundo. ¿Qué podrá reemplazar para mí vuestra dulce voz, vuestra presencia, vuestra mirada atenta e inteligente? La culpa es mía, pero convenid también en que la suerte ha querido burlarse de nosotros a propósito. Hace apenas una semana, apenas sospechaba que os amaba.

 

La otra noche, en el jardín, me dijisteis por primera vez que... Pero, ¿a qué recordar lo que entonces me dijisteis? ¡La otra noche!, y parto ya...

 

parto avergonzado, humillado, después de una cruel explicación, sin llevar conmigo la más débil esperanza... No sabéis, sin embargo, hasta qué punto soy culpable ante vos... Hay en mí una tan estúpida

 

 

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franqueza, una inclinación tal a la charla inútil... Pero, ¿a qué volver sobre eso? Parto para siempre.

 

(Rudin quiso aquí relatar su visita a Volinzev; pero, tras un instante de reflexión, tachó todo ese pasaje. Fue entonces cuando agregó el segundo post-scriptum a la carta dirigida a aquél.)

 

Permanezco en la tierra únicamente para dedicarme a otras ocupaciones, a ocupaciones más dignas de mí, tal como me lo dijisteis esta mañana con cruel sonrisa. Pero, ¡ay!, ¿podré realmente entregarme a esas ocupaciones? ¿Podré vencer mi pereza?... ¡Ah, no! Seré toda mi vida ese ser incompleto que he sido hasta ahora... Ante el primer obstáculo caeré hecho polvo. De sobra lo ha probado lo sucedido entre nosotros. Si, al menos, hubiese sacrificado mi amor a mi actividad futura, a mi vocación... ¡Pero no: frente a la sola responsabilidad que me amenazaba y ante la certidumbre de no ser digno de vos, he retrocedido! No valgo la pena de que salgáis por mí de vuestra esfera donde, tarde o temprano, os espera la felicidad. Por lo demás, de todo lo que ha sucedido resultará un bien para todos. Tal vez esta prueba me deje más fuerte y más puro.

 

 

 

Os deseo la dicha más constante.

 

¡Adiós! Acordaos alguna vez de mí. Espero que todavía oiréis hablar de

 

Rudin.

 

 

 

 

Natalia dejó caer la carta de Rudin sobre sus rodillas y permaneció inmóvil largo tiempo, con la mirada baja. Esa carta

 

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le probaba más claramente que todos los testimonios posibles cuánta razón le había asistido esa mañana, cuando al separarse de Rudin había exclamado involuntariamente que él no la amaba. Pero esa convicción no le proporcionó consuelo alguno. Seguía inmóvil, le parecía que sombras vagas se habían amontonado en silencio sobre su cabeza y que ella desaparecía, fría y entumecida, en el fondo de un abismo. Para todos es muy difícil soportar la primera desilusión, pero ésta es casi abrumadora para un alma sincera, exenta de toda ligereza, de toda exageración, y poco deseosa de engañarse a sí misma.

 

Recordaba Natalia su infancia y pensaba en sus antiguos paseos de la tarde. Siempre se dirigía hacia la parte luminosa del cielo, allí donde el poniente resplandecía aún en el horizonte, y alejaba instintivamente su mirada del levante ya en sombras. Ahora, por el contrario, el porvenir se oscurecía ante ella; le parecía que había vuelto la espalda a la luz... Los ojos de Natalia se llenaban de lágrimas. Las lágrimas no siempre tienen un efecto bienhechor. Son dulces y saludables cuando después de haberse acumulado largo tiempo en el corazón, escapan al fin, primero ardientes y amargas, después abundantes y fáciles. Es así como ellas alivian el mudo abatimiento del dolor... Pero hay lágrimas frías, lágrimas que se vierten una a una. Es el sufrimiento sin salida que las arranca gota a gota del alma oprimida por su pesada y resistente carga. Estas no proporcionan consuelo alguno, no procuran bienestar. Son las lágrimas que vierte la desesperación, y quien no las haya sentido brotar de sus párpados no puede llamarse desdichado. Natalia las conoció ese día.

 

 

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Habían pasado dos horas. Natalia, sacando fuerzas de flaqueza se había levantado, había enjugado sus ojos y encendido una bujía, a la llama de la cual se puso a quemar la carta de Rudin. Cuando el papel se hubo consumido por completo, arrojó las cenizas por la ventana. Después, abrió al azar un tomo de poesías de Pushkin, y leyó las primeras líneas que cayeron bajo sus ojos (a menudo había consultado así, al azar, ese libro):

 

Aquel a quien la pasión ha dominado una vez, es perseguido sin cesar por el fantasma de los días idos irremisiblemente... para él la vida ha perdido todo encanto, roído como está por el remordimiento y la serpiente del recuerdo...

 

Permaneció de pie un instante, se miró al espejo con helada sonrisa, inclinó la cabeza lentamente de arriba abajo y volvió al salón.

 

Daría, en cuanto la vio, la llamó a su boudoir, la hizo sentar a su lado, le acarició tiernamente la mejilla y la miró fijamente, con atención, casi con curiosidad. Daría era presa de una secreta perplejidad. Por primera vez en su vida la asaltaba la idea de que no conocía la naturaleza de su hija. Informada por Pandalevsky de su entrevista con Rudin, no sólo se había irritado, sino asombrado de que la prudente Natalia hubiese sido capaz de dar un paso semejante. Por lo tanto, cuando la hubo llamado y comenzó a reprenderla, no con el tono de una mujer educada en las ideas de la Europa realmente civilizada, sino con voz estridente y vulgar, Daría se quedó turbada y casi espantada por la firmeza de las respuestas y la determinación de la mirada y del continente de su hija. La súbita partida de Rudin, cuya causa no acertaba a explicarse por completo, le

 

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había quitado un gran peso de encima, pero había esperado lágrimas, ataques de nervios... La aparente tranquilidad de Natalia la sumía en nuevas conjeturas.

 

—Bueno, criatura —le preguntó Daría—, ¿cómo te sientes hoy?

 

Natalia miró a su madre.

 

—Ese caballero... ya se ha marchado. ¿Sabes tú por qué ha huido tan velozmente?

 

—Mamá —respondió Natalia con voz serena—, si vos misma no me habláis de él, os doy palabra de que jamás su nombre saldrá de mi boca.

 

—Parece que al fin convienes en que te has conducido mal conmigo.

 

Natalia bajó la cabeza y repitió:

 

—Jamás me oiréis hablar de él.

 

—Está bien —repitió Daría sonriendo—, te creo. Pero, ¿recuerdas cómo el otro día...? Vamos, no hablemos más de eso. Está terminado. Helo ahí bien muerto y enterrado, ¿no es verdad? Ahora al menos, te reconozco. Pero confieso que estaba desconcertada. Bueno, dame un beso, juiciosa y querida niña.

 

Natalia llevó la mano de Daría a sus labios y ésta besó la frente inclinada de su hija.

 

 

 

 

 

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—Escucha siempre mis consejos, no olvides que eres una Lasunskaia... y mi hija —agregó—. Que seas feliz. Ahora, puedes retirarte.

 

Natalia salió en silencio.

 

Daría la siguió con los ojos, diciéndose: "Se parece a mí, su corazón la hará sufrir, pero será menos expansiva que yo". Y Daría se sumió en reminiscencias del pasado... de un pasado ya muy lejano... Después hizo llamar a Mlle. Boncourt y permaneció largo tiempo encerrada con ella. Cuando la despidió, hizo llamar a Pandalevsky. Quería absolutamente saber la verdadera razón de la partida de Rudin. No es necesario decir que Pandalevsky la tranquilizó por completo. Estaba en su papel hacerlo.

 

Al día siguiente Volinzev y su hermana fueron a cenar a casa de Daría. Ésta siempre había sido muy amable con ellos, pero ese día les dispensó una acogida particularmente benévola. Natalia se sentía abrumada de tristeza. Sin embargo, Volinzev se mostraba tan respetuoso con la joven, entraba en conversación con ella tan tímidamente que no pudo menos que quedarle reconocida en el fondo de su corazón.

 

El día había sido tranquilo, hasta aburrido; pero cuando se separaron, todos comprendieron que habían vuelto a los viejos carriles, lo que no era poca cosa.

 

Sí, la vieja existencia recomenzaba para todos, entre ellos Natalia. Cuando, por fin, ésta se quedó sola, se arrastró

 

 

 

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penosamente hasta el lecho y, fatigada, quebrantada, dejó caer su cabeza en la almohada.

 

Vivir le parecía una cosa tan amarga, tan repugnante, tan vulgar; se sentía tan avergonzada ante sus propios ojos de su amor, de sus tristezas, que en ese momento habría probablemente consentido en morir. Tenía aún por delante muchos días abrumadores, muchas noches sin sueño, muchas penosas agitaciones; ¡pero era tan joven! Su vida comenzaba apenas, y tarde o temprano, con su actividad y las distracciones inevitables que ésta proporciona, la vida resulta vencedora cualquiera sea la gravedad del golpe que se ha sufrido. Cualquiera sea el golpe que hiere a un ser humano, no es posible para éste evitar —y perdona lector, lo brutal de la expresión—, comer ese mismo día o al día siguiente, y he aquí ya un primer consuelo. Natalia sufría cruelmente por primera vez; pero ni el primer sufrimiento ni el primer amor se renuevan. ¡Loado sea Dios por ello!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIII

 

Han transcurrido casi dos años. Estamos en los primeros días de mayo. Alexandra Pavlovna, no ya Lissina, sino para siempre señora de Leznev, está sentada en su balcón. Hace ya más de un año que se ha casado con Mijail Mijailovich, y está tan encantadora como antaño, sólo que algo más gruesa. El balcón comunica por medio de algunos escalones con el jardín en donde una nodriza pasea en sus brazos a un niñito de rosadas mejillas, vestido con una capa blanca, y tocado de una gorrita ornada con un pompón del mismo color. Alexandra no le quita los ojos de encima. El niño no grita, se chupa gravemente el pulgar y mira a su alrededor con aire tranquilo. Todo en él revela que es el hijo de Mijail Mijailovich.

 

Nuestro viejo conocido Pigasov está sentado en el balcón al lado de Alexandra.

 

Ha enflaquecido y encanecido mucho desde que lo perdimos de vista. Su espalda se ha encorvado, y silba al hablar, a causa de la pérdida reciente de un diente. Ese silbido aumenta la actitud de sus discursos. La extrema irritabilidad de su carácter no ha amenguado con los años, pero su ingenio se ha embotado, y el misántropo se repite más a menudo que antaño. Mijail no está en casa; se le espera para la hora del té. El sol ya se ha puesto. Al desaparecer, ha dejado una estela color oro pálido que se

 

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extiende por todo el Occidente, mientras que el lado opuesto del cielo se ribetea con dos líneas de matices diversos: una, la más baja, tirando a azul; la otra, la más elevada, de un rojo violáceo. Nubes ligeras se confunden en las alturas del cielo. Todo parece anunciar un tiempo magnífico.

 

Pigasov, súbitamente, se echa a reír.

 

—¿Qué os sucede ahora, African Simeonovich? —pregunta Alexandra.

 

—¡Oh, nada! Oí ayer a un aldeano decir a su mujer que charlaba a más y mejor: "¡Vamos, déjate de rechinar!" Esa expresión "rechinar" me gustó mucho. Y, en efecto, ¿es capaz una mujer de razonar? Sabéis que acostumbro a exceptuar a las personas presentes. Nuestros padres eran más sabios que nosotros. En sus cuentos, la muchacha suele ser presentada asomada a su ventana; tiene una estrella en la frente, pero su lengua está quieta. Así debería ser todavía. Juzgad vos misma. Anteayer la esposa de nuestro mariscal del gobierno vino a enrostrarme (cosa que yo esperaba tan poco como un pistoletazo) que mis tendencias no le gustan. ¡Mis tendencias! ¿No valdría más, decidme, que una benévola disposición de la naturaleza hubiese privado a esa dama, y a todas sus hermanas, del pernicioso uso de su lengua?

 

—No cambiaréis nunca, African; siempre la tomáis contra nosotras, pobres mujeres. Casi estoy tentada de compadeceros por esa fastidiosa idea fija como os compadecería por una desgracia.

 

 

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—¡Desgracia! ¿Qué estáis diciendo? Ante todo, yo no conozco en el mundo más que tres desgracias: vivir en invierno en una habitación fría, llevar en verano botas muy estrechas y pasar la noche con un crío que grita y al cual uno no tiene el derecho de zurrar. Además, ¿no me he convertido en uno de los hombres más pacíficos del globo? Puede ponérseme como ejemplo a los otros humanos, tan grande es la moralidad de mi conducta.

 

—¡Ah, realmente, os conducís muy bien! ¿Cómo es entonces que ayer, sin ir más lejos, Elena Antonovna vino a quejárseme de vos?

 

—¡Me asombráis! Me gustaría saber qué ha podido deciros...

 

—Me dijo que durante toda una mañana os obstinasteis en no responder a sus preguntas sino con la palabra: ¿Qué? ¿Qué?, y lo que es peor, con una voz de lo más chillona.

 

Pigasov se echó a reír.

 

—Convenid en que la idea era buena, señora.

 

—¡Admirable! ¿Cómo podéis ser tan impertinente con una mujer?

 

—¡Una mujer!... ¿Pero es que creéis que Elena Antonovna es una mujer?

 

—¿Y qué es, entonces?

 

—Un tambor, simplemente; un verdadero tambor sobre el que redoblan los palillos.

 

 

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—¡Ah, amigo mío! —Exclamó bruscamente Alexandra, deseosa de cambiar de tema—. Según parece, va a haber que daros la enhorabuena...

 

—¿Por qué?

 

—Por el fin de vuestro pleito. Las tierras de Glinova serán vuestras.

 

—¡Mías! —respondió Pigasov con aire sombrío.

 

—Hace años y años que corréis tras ese fin; y ahora, que lo lográis, se diría que no estáis satisfecho.

 

—Tengo el honor de haceros observar —replicó lentamente Pigasov— que en este bajo mundo nada es tan desagradable como una felicidad que os llega tarde. Esa felicidad, lejos de causaros placer, os priva del más preciado de todos los derechos: el de irritaros y maldecir de la suerte. Sí, señora, lo repito, una felicidad tardía no es más que una burla ofensiva y amarga.

 

Alexandra no contestó y se encogió de hombros imperceptiblemente.

 

—¡Ama! —gritó—. Me parece que es hora de acostar a Mischa.

 

Traédmelo.

 

Alexandra se ocupó de su hijo y Pigasov se retiró gruñendo al otro extremo del balcón.

 

De pronto apareció el droschki de Leznev en el extremo del camino que corría a lo largo del jardín. Dos enormes perros

 

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guardianes, gris uno y amarillo otro, corrían delante del caballo. Leznev acababa de comprar esos dos perros, que habían resuelto el problema de vivir en inalterable amistad sin dejar de desgarrarse a dentelladas de la mañana a la noche. Una vieja perra abandonó en seguida el patio para acudir a su encuentro; abrió las fauces como si se dispusiera a ladrar, pero se limitó a bostezar y regresó agitando amistosamente la cola.

 

—¡Sascha, adivina a quién te traigo! —gritó Leznev, dirigiéndose a su esposa.

 

Ésta no pudo reconocer a primera vista al hombre que estaba sentado detrás de su marido.

 

—¡Ah, el señor Basistov! —exclamó al fin.

 

—El mismo —respondió Leznev—, y trae una buena noticia. Dentro de un instante la sabrás agregó saltando del coche con su acompañante. Pocos minutos después estaba en el balcón con Basistov.

 

—¡Hurra! —Gritó abrazando a su mujer—. ¡Sergio se casa!

 

—¿Con quién? —preguntó Alexandra muy trémula.

 

—Con Natalia, naturalmente... Nuestro amigo nos trae esta noticia de Moscú; tiene una carta para ti... ¿Oyes, Mischa?

 

—continuó, apretando entre sus brazos a su hijito—. ¡Tu tío se casa! ¡Vaya si es imperturbable! Apenas si este grave acontecimiento le hace pestañear...

 

—Tiene sueño —contestó la nodriza riendo.

 

 

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—Es verdad —dijo Basistov, acercándose a Alexandra—. Acabo de llegar de Moscú. Daría me encargó que verificara las cuentas de la propiedad. Pero aquí está la carta de Volinzev.

 

Alexandra abrió presurosa la carta de su hermano. No contenía más que unas pocas líneas escritas en el primer impulso de su alegría. Informaba a su hermana que había pedido la mano de Natalia y que tenía el consentimiento de ésta y de su madre. Prometía dar noticias por el correo próximo y, mientras tanto, saludaba y abrazaba a toda la colonia. La incoherencia de su carta revelaba la alegría más profunda, la emoción más viva.

 

Basistov se sentó y trajeron el té.

 

Las preguntas caían sobre él como granizo. El mismo Pigasov compartía la alegría que causaba la noticia de que el joven había sido portador.

 

—Dadme, por favor dijo Leznev entre otras cosas—, algunos detalles sobre un llamado Karchagin cuyo nombre ha llegado hasta nosotros. Los rumores que han circulado a su respecto eran falsos enteramente, ¿no es verdad?

 

Ese Karchagin, de quien hasta ahora no hemos tenido tiempo de ocupamos, era un joven muy guapo, un dandy, muy pagado de sí mismo y que se creía muy importante. Tenía el aspecto de su propia estatua erigida por suscripción nacional.

 

—Esos rumores tenían un fundamento real —repitió Basistov riendo—. Daría estuvo muy prendada de ese señor, pero Natalia no quiso ni oír hablar de él.

 

 

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—¡Pero si yo lo conozco! —Interrumpió Pigasov—. Es un imbécil rematado, un fatuo de pies a cabeza. ¡Misericordia! Si todos se le pareciesen, se cobraría muy caro por consentir en vivir.

 

—No digo que no —replicó Basistov—, pero en sociedad desempeña un papel bastante brillante.

 

—En fin, es igual —exclamó Alexandra—. ¡Dejémosle en paz! ¡Ah, qué contenta estoy por mi hermano! Y Natalia... ¿Se muestra alegre, feliz?

 

—Sí, señora. Parece tan tranquila como de ordinario, vos la conocéis, pero tiene un aire satisfecho.

 

—A propósito —preguntó Leznev a Basistov, sirviéndole una copa de Bordeaux-Laffitte—, ¿sabéis dónde está Rudin?

 

—No sé nada de él, por el momento. El invierno pasado estuvo algunos días en Moscú; después partió para Simbirsk con una familia. Durante algún tiempo mantuve correspondencia con él. Su última carta me anunciaba que abandonaría Simbirsk, pero sin precisarme el lugar a dónde se marchaba. Desde entonces no he recibido más noticias suyas.

 

—¡No se perderá! —Dijo Pigasov—. Debe de estar en algún sitio, en tren de predicar. Ese señor se procura siempre dos o tres admiradores que lo escuchan con la boca abierta y a quienes pide dinero prestado. Terminará, creedlo, sea en prisión, sea desterrado, pero de seguro en brazos de una

 

 

 

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solterona con peluca, que le tendrá por uno de los más grandes genios de este mundo.

 

—Tenéis una manera muy categórica de juzgarle —observó Basistov a media voz y con aire contrariado.

 

—¿Categórica? De ningún modo —replicó Pigasov— perfectamente justa. A mi parecer, es sencillamente lo que se llama un gorrón. Olvidaba deciros —continuó volviéndose hacia Leznev—, que he conocido a ese Terlasov con quien Rudin estuvo en el extranjero. ¡Ah, no podréis nunca imaginar lo que me ha dicho de él! Es cosa de morirse de risa. Es de notar que todos los amigos y discípulos de Rudin se convierten tarde o temprano en sus enemigos.

 

—¡Os ruego que no me contéis en el número de esos amigos! — exclamó Basistov fogosamente.

 

—¡Oh, vos... es otra cosa! No he querido referirme a vos.

 

—¿Y qué os ha contado Terlasov? —preguntó Alexandra.

 

—Una cantidad de historias. No puedo recordarlas todas, pero he aquí una de las mejores anécdotas a propósito de Rudin. Parece ser —continuó Pigasov— que de raciocinio en raciocinio Rudin llegó un buen día a convencerse de que debía enamorarse. Se puso, pues, a buscar un objeto digno de justificar esa encantadora conclusión. Al fin, la fortuna le sonrió. Conoce a una francesa deliciosa... y modista. Observad que esto sucede en Alemania a orillas del Rhin. Comienza por hacerle algunas visitas, luego le presta diferentes libros y, al fin,

 

 

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le habla de la naturaleza y de Hegel. ¿Os imagináis la situación de esa desdichada modista? Le toma por un astrónomo. Su figura impresiona agradablemente, como sabéis; además, es un extranjero, un ruso: ¿cómo no iba a herir el corazón de la bella? Después de interminables vacilaciones, se decide a darle una cita, pero una cita poética: le propone un paseo en góndola por el Rhin. La francesa consiente en ello; se pone su vestido más seductor y helos aquí a ambos embarcados. Navegan así durante tres horas. Ahora decidme: ¿en qué creéis que Rudin empleó todo ese tiempo? ¡Jamás lo adivinaríais! Acarició el cabello de su Alicia, contempló soñador el cielo y repitió muchas veces que experimentaba por su bien amada una ternura absolutamente paternal. La francesa, que no esperaba este idilio prolongado, regresó a su casa furiosa. Ella misma fue quien más tarde contó todo a Terlasov. Ése es Rudin.

 

Y Pigasov lanzó una carcajada.

 

—¡Sois un horrible libertino! —Exclamó Alexandra con despecho—. Pero yo estoy cada vez más convencida de que los mismos que quieren injuriar a Rudin no encuentran nada deshonroso que decir de él.

 

—¿Nada deshonroso? ¡Misericordia! ¿Y su vida de gorrón, y el dinero que pide...? Apostaría a que también a vos os ha pedido dinero prestado, Leznev

 

—Escuchad, señor —comenzó Leznev, mientras su rostro tomaba una expresión seria—: sabéis, y mi esposa también lo sabe, que en los últimos tiempos yo no sentía por Rudin particular inclinación; por el contrario, a menudo me manifesté

 

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contra él. A pesar de eso —Leznev se sirvió champaña en una copa—, he aquí lo que os propongo: acabamos de beber a la salud de nuestro querido hermano y de su prometida; pues bien, ¡bebamos ahora a la salud de Demetrio Rudin!

 

Alexandra y Pigasov miraron a Leznev con sorpresa, pero Basistov enrojeció de placer y abrió tamaños ojos.

 

—Yo lo conozco bien —continuó Leznev—, y sé cuáles son sus defectos. Son tanto más graves en él cuanto que Rudin no es nada insignificante.

 

—¡Oh! —Exclamó Basistov—. Es un carácter lleno de genio.

 

—Puede tener genio, no me opongo; pero, en cuanto a su naturaleza, es por allí por donde peca. Lo que le falta es voluntad, nervio, fuerza. Pero no se trata de eso. Quiero referirme ahora a lo que tiene de bueno y de excepcional. Posee entusiasmo, y podéis creerme a mí, que soy un hombre flemático, cuando os digo que esa es una de las cualidades más preciosas en una época como la nuestra. Todos somos insoportablemente reflexivos, indiferentes y apáticos, estamos aletargados y helados: éste es el motivo por el cual hay que hacer justicia a quien nos alienta y anima, aunque más no sea que por un instante, pues bien necesitamos de esta fecunda excitación. Tú recuerdas, Sascha, que cierta vez hablé de Rudin acusándole de frialdad. Fui entonces justo e injusto al mismo tiempo. Su frialdad está en su sangre —nada puede contra ello—, pero no en su cabeza. Me equivoqué al tratarle de comediante; no es un bribón, y si vive a costa de los demás, lo hace como un niño, no como un intrigante. Sí, puede muy bien

 

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ser que muera en la soledad y en la miseria; pero, ¿hay que vituperarlo por eso? Jamás hará nada por sí mismo, precisamente porque no hay en él ni una sangre enérgica, ni una voluntad poderosa; pero, ¿quién tiene el derecho de afirmar de antemano que no ha prestado o que no prestará jamás un servicio? ¿Quién tiene el derecho de afirmar que su palabra no ha hecho germinar nobles pensamientos en más de un alma joven, a quien la Naturaleza no ha rehusado, como a él, la fuente fecunda de la actividad necesaria para ejecutar proyectos concebidos por una imaginación exaltada, aunque impotente? Yo, que os hablo, yo el primero, he experimentado cerca de él esa feliz influencia. Sascha sabe bien lo que Rudin fue para mí en mi juventud. Sostuve, lo recuerdo, que las palabras de Rudin no podían obrar sobre sus semejantes. Pero yo hablaba entonces de hombre llegado, como yo, a una edad en que la vida ya ha embotado la sensibilidad, en que la razón se ha hecho más difícil de satisfacer. Llega un momento en que una sola nota falsa basta para destruir a nuestros oídos toda la armonía del más hermoso de los trozos de música; pero, por fortuna para la juventud, ella tiene el oído más delicado y, sobre todo, menos hastiado. Si la idea que se le presenta le parece noble, poco le importa el tono. Es en sí misma donde la juventud halla ese tono.

 

—¡Bravo! ¡Bravo! —Exclamó Basistov—. ¡Eso se llama hablar con justicia! En cuanto a la influencia de Rudin, os juro que ese hombre no sólo tiene el poder de emocionar, sino que os impulsa hacia adelante, os impide deteneros, os trastorna, os incendia.

 

 

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—¿Creéis —continuó Leznev volviéndose hacia Pigasov— que necesitáis todavía más pruebas? Atacáis a la filosofía, no halláis bastantes palabras para menoscabarla. Yo mismo la aprecio poco, y la comprendo tal vez menos aún, pero no es de la filosofía de donde provienen nuestros mayores infortunios. Sus sutilezas jamás tendrán poder sobre nuestras almas. A Dios gracias, nosotros los rusos tenemos demasiado buen sentido para eso. Sin embargo, no debemos servirnos del pretexto de la filosofía para caer sobre cada honesta aspiración hacia la ciencia y la verdad. Lo que hace la desdicha de Rudin es que no conoce a Rusia, y ciertamente, ésta es una gran desgracia para él. Rusia puede prescindir de cada uno de nosotros, pero ninguno de nosotros puede prescindir de Rusia. ¡Desgraciado de aquel que no lo comprende, dos veces desgraciado el que olvida realmente las costumbres y las ideas de su patria! El cosmopolitismo es una estupidez y un cero, mucho menos que un cero; fuera de la nacionalidad no hay artes, ni verdad, ni vida posible: sólo hay la impotencia y la nada. Toda figura ideal debe representar un tipo, so pena de hacerse inmediatamente insignificante y vulgar. Pero, repito una vez más, Rudin es más inocente de su destino de lo que se cree. Ese destino es ya bastante amargo y pesado sin que hagamos recaer sobre él toda la responsabilidad. Ahora bien: ¿por qué esa raza a la que pertenece Rudin aparece con tanta frecuencia en Rusia? Es lo que no quiero examinar por temor de dejarme ir demasiado lejos. Contentémonos con reconocer lo que tiene de bueno. Eso valdrá más que la injusticia, y nosotros hemos sido injustos con él. No es nuestra misión castigarlo por su insuficiencia; y, creedme, ese castigo ni siquiera es necesario: él mismo se

 

 

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castigará mucho más cruelmente de lo que merece. Dios quiera que la desgracia lo despoje de todo lo que es malo en él y no le deje sino sus buenas cualidades. ¡Bebo a la salud de Rudin! ¡Bebo a la salud del camarada de mis mejores años, bebo por la juventud, por sus esperanzas, por sus aspiraciones, por su ingenua confianza, por su honradez, en una palabra, por todo lo que hacía latir nuestros corazones de veinte años! No conocemos, y no conoceremos jamás, nada mejor en la vida. ¡Brindo por ti, época dorada; brindo por la salud de Rudin!

 

Todos respondieron al brindis de Leznev. Basistov lo hizo con tanto entusiasmo que estuvo a punto de volcar su copa; la vació, sin embargo, de un trago, mientras Alexandra estrechaba la mano de su marido.

 

—No os sabía tan elocuente, señor Leznev —murmuró Pigasov—. Estáis a la altura del señor Rudin. Confieso que yo mismo estoy conmovido.

 

—No soy elocuente —replicó Leznev con cierto despecho—. En cuanto a conmoveros, creo que es muy difícil. Por lo demás, ya hemos hablado demasiado de Rudin. Pasemos a otra cosa. Y...

 

¿cómo se llama?... ¿Aquel Pandalevski vive siempre en casa de Daría? —continuó, dirigiéndose a Basistov.

 

—¡Ya lo creo! Ella misma le ha conseguido un empleo ventajoso.

 

Leznev meneó la cabeza.

 

 

 

 

 

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—¡He ahí a alguien que no morirá en la miseria! Es una apuesta que puede hacerse sobre seguro.

 

La comida tocaba a su fin. Los comensales se separaron. Cuando Alexandra se quedó sola con su marido, le miró a los ojos sonriendo.

 

—¡Qué bien has estado hoy, Mijail! —Dijo, acariciándole la frente—. ¡Con cuánto talento, con cuánta nobleza has hablado! Pero, confiesa que te has dejado arrastrar a la defensa de Rudin con un poco de exageración, lo mismo que antaño lo atacabas con demasiada crueldad.

 

—No se golpea a un enemigo caído... Y, además, en ese tiempo, yo podía creer que él te gustaba —agregó, sonriendo a su vez.

 

—Te equivocabas —respondió Alexandra, de buen talante—. Siempre me pareció demasiado sabio para ser peligroso; simplemente, me daba miedo, y su presencia me cohibía. Pero, reconozcamos que Pigasov se burló cruelmente de él esta noche.

 

—¿Pigasov? —Respondió Leznev—. Fue precisamente porque estaba Pigasov por lo que asumí tan calurosamente el partido de Rudin. ¡Atreverse a tratar a Rudin de gorrón! ¡Tan luego él decir eso de los demás! ¿No es mucho más vituperable la conducta de Pigasov? Tiene una situación independiente, desprecia a todo el mundo; y, sin embargo, a pesar de toda su pretendida misantropía, sabe prenderse muy bien de todo el que es rico o influyente. ¿Sabes tú que Pigasov que injuria a sus semejantes con tanta acrimonia y que tan bien deshace a

 

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dentelladas a la filosofía y a las mujeres; sabes tú que ese mismo Pigasov, cuando estaba en el servicio civil, se dejaba untar la mano y estaba metido en más de un chanchullo?

 

—¡Es posible! —Exclamó Alexandra—. ¡Jamás lo habría creído!... Escucha, Mischa —continuó tras un momento de silencio—, debo hacerte una pregunta.

 

—¿Cuál?

 

—¿Crees que mi hermano será feliz con Natalia?

 

—¿Cómo contestarte? Creo que todas las probabilidades están en favor de su felicidad; es ella quien lo guiará. Aquí, para entre nosotros, ella es más inteligente que él; pero Volinzev es un hombre excelente y ama a Natalia con toda su alma. ¿Qué más hace falta? Nosotros nos amamos y somos felices.

 

Alexandra estrechó la mano de Mijail.

 

Ese mismo día, mientras todo lo que acabamos de relatar sucedía en casa de Leznev, una miserable kibitka, recubierta de lata y tirada por tres caballos, rodaba penosamente por el camino real de una de las provincias más lejanas de Rusia. Un aldeano canoso vestido con un harapiento armiak, la guiaba sentado en el asiento delantero. Estaba ladeado, con las piernas apoyadas en el balancín, y no hacía más que tironear de las riendas, fabricadas con cuerdas, y blandir su látigo. Un hombre de elevada talla, sentado sobre una maltratada maleta, ocupaba el fondo de la kibitka. Llevaba una gorra, y su traje estaba muy usado y cubierto de polvo. Bajaba la cabeza, y se había hundido

 

 

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la visera de su gorra hasta los ojos. El traqueteo del coche lo zarandeaba, pero parecía insensible a esas molestias. Se habría dicho que dormitaba. Por último se irguió. Era Rudin.

 

—¿Cuándo llegaremos a la posta? —preguntó al aldeano, que estaba encaramado en su asiento.

 

—Muy pronto, padrecito —respondió el aldeano, tirando de las riendas con más fuerza— cuando hayamos subido a lo alto de la cuesta, no nos quedarán más que dos verstas... ¡Vamos, tú! — Exclamó apostrofando a uno de los caballos—. ¿Estás durmiendo? Ya te enseñaré a dormir —continuó con voz chillona, azotando con fuerza al caballo de la derecha.

 

—Me parece que vas muy mal —observó Rudin—. Hemos rodado toda la mañana sin avanzar. Si por lo menos me cantaras algo.

 

—¿Qué queréis que haga, padrecito? Bien veis que los caballos están extenuados. El calor es espantoso. ¿Por qué queréis que cante? ¿Acaso soy un postillón? ¡Eh! —Exclamó de pronto, dirigiéndose a un aldeano vestido con una especie de casacón castaño y calzado con viejos zuecos de corteza de abedul—. ¡Deje paso, buen hombre!

 

—¡Valiente cochero! —Gruñó el otro, que se había detenido—. ¡Ruin moscovita! —continuó con voz preñada de desprecio, meneando la cabeza y reemprendiendo la marcha.

 

—¿A dónde vas ahora? —Gritó el aldeano tironeando las riendas del caballo delantero—. ¡Ah! ¡Maldito animal!

 

 

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Los fatigados caballejos llegaron a duras penas, por fin, al patio de la casa de postas. Rudin salió de la kibitka, pagó al conductor, que no lo saludó, pero que en cambio hizo saltar largo tiempo el dinero en la palma de la mano (la propina no le parecía, sin duda, suficiente), mientras el viajero llevaba él mismo su maleta a la sala de espera.

 

Uno de mis amigos, que ha recorrido Rusia en todos sentidos, me ha hecho notar que si las paredes de la sala de la posada estaban adornadas con cuadros que representaban un prisionero del Cáucaso o generales rusos, se podría esperar encontrar allí fácilmente caballos; pero que si los cuadros estaban sacados de la vida del famoso jugador Georges de Germany, había pocas probabilidades de salir rápidamente del mesón. En tales casos, el desdichado viajero tiene tiempo de admirar cómodamente el tupé empolvado, el chaleco blanco con solapas, los pantalones fabulosamente estrechos y cortos que llevaba el jugador en los días de su juventud, y de estudiar su rostro delirante en el momento en que, llegado ya a la vejez, y viviendo en una choza medio derruida, mata a su propio hijo a silletazos. Rudin había entrado en una habitación decorada justamente con los cuadros en cuestión; todos se esforzaban por representar las escenas principales de Treinta años o La vida de un jugador. Los gritos de Demetrio hicieron aparecer a un maestro de posta, adormilado —¿habéis visto jamás un maestro de posta que no lo estuviera?—. Sin esperar siquiera la pregunta de Rudin, le dijo con voz monótona que no tenía caballos.

 

 

 

 

 

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—¿Cómo podéis decirme que no hay caballos, si ni siquiera sabéis a dónde voy? —Replicó Rudin—. He llegado en un carricoche de campaña.

 

—No tenemos un solo caballo —dijo el maestro de posta—. ¿Dónde vais?

 

—A...sk.

 

—No hay caballos —repitió el maestro de posta, saliendo de la habitación.

 

Rudin se acercó despechado a la ventana, y arrojó su gorra sobre la mesa. Aunque no había cambiado mucho, había, sin embargo, envejecido en los últimas dos años; algunos hilos plateados brillaban en su ensortijada cabellera. Sus ojos eran siempre hermosos, pero su brillo casi se había extinguido; pequeñas arrugas, consecuencias de la inquietud y de la pena, plegaban los ángulos de su boca y de sus ojos y surcaban sus sienes. Su traje estaba viejo y gastado, y se echaba de ver claramente que no usaba ropa blanca. Era evidente que habían pasado para él los días prósperos: daba en grana, como dicen los jardineros.

 

Rudin se puso a leer las inscripciones que adornaban las paredes, distracción habitual de los viajeros aburridos. De pronto la puerta rechinó sobre sus gozones, y el maestro de posta entró.

 

—No hay caballos para... Sk —dijo—, y no los habrá por mucho tiempo; pero los hay que vuelven a... Ov.

 

 

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—¿A ...Ov? —Respondió Rudin—. No es mi camino; yo voy a Penza, y me parece que... Ov queda en la dirección de Tambov.

 

—¿Y qué importa eso? Podéis ir allí desde Tambov, o bien encontraréis otro camino.

 

Rudin reflexionó. —¡Sea! —Dijo al fin—. Haced enganchar los caballos. En el fondo, lo mismo me da, iré a Tambov.

 

Pronto estuvieron listos los caballos. Rudin tomó su maleta, entró en la kibitka y se sentó en la misma postura abatida que ya le hemos visto antes de su llegada a la casa de postas. Había en esa actitud un gran abandono, una triste resignación. Los tres caballos tomaron lentamente el trote, haciendo resonar sus campanillas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EPÍLOGO

 

Han transcurrido varios años.

 

Un día frío de otoño, un coche se detuvo ante la escalinata del más hermoso de los hoteles de la capital del gobierno de C. Un hombre de cierta edad bajó de él, estirando los brazos y lanzando suspiros. No era viejo todavía; pero había alcanzado ya esa moderada obesidad que se ha convenido en llamar respetable. El viajero subió con bastante rapidez la escalera hasta el segundo piso, y se detuvo a la entrada de un ancho corredor. Como no veía a nadie a su alrededor, levantó la voz para pedir una habitación. Inmediatamente se abrió una puerta, y un camarero macilento, que salió de la sombra de un biombo, le enseñó el camino. Se deslizó respetuosamente a lo largo de una pared, haciendo brillar de tiempo en tiempo, a pesar de la penumbra, su espalda raída y sus mangas recogidas.

 

Una vez dentro de su habitación, el extranjero se quitó su abrigo y su bufanda, se sentó en el diván, apoyó los puños en las rodillas, miró un instante en torno suyo, como si saliera de un sueño, y ordenó al camarero que hiciera subir al criado que había dejado junto al coche. El camarero se inclinó humildemente y salió.

 

Ese viajero no era otro que Leznev.

 

 

 

 

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La leva le había obligado a abandonar su casa de campo para trasladarse a C.

 

Apareció el criado de Leznev. Era un muchacho de pelo rizado, rubicundo, vestido con un abrigo gris ajustado en el talle por un cinturón azul. Estaba además, calzado con botas de fieltro.

 

—Bueno, muchacho, hemos llegado, a pesar del miedo que tenías de ver saltar la llanta de una de las ruedas.

 

—Sí, sí respondió el joven servidor, esforzándose por sonreír tras el cuello levantado de su abrigo—. Pero, ¿cómo está?

 

—¿No hay nadie aquí? —exclamó una voz en el corredor.

 

Leznev se estremeció; luego, se puso a escuchar.

 

—¡Eh! ¿No hay nadie? —repitió la voz.

 

Leznev se había levantado. Corrió hacia la puerta y la abrió rápidamente.

 

Delante de él estaba un hombre de elevada estatura. Era encorvado, y su pelo parecía casi completamente gris. Vestía una vieja levita de terciopelo de algodón con botones de bronce. Leznev lo reconoció en seguida.

 

—¡Rudin! —exclamó con voz conmovida.

 

Rudin se volvió. No podía distinguir los rasgos de Leznev, porque éste estaba de espaldas a la luz. Rudin le dirigió una mirada interrogante.

 

 

 

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—¿No me reconocéis? —preguntó Leznev.

 

—¡Mijail Mijailovich! —exclamó Rudin, tendiéndole la mano.

Inmediatamente, se contuvo, y dejó caer el brazo.

 

Leznev tomó vivamente la mano de Rudin entre las suyas.

 

—¡Venid, entrad en mi cuarto! —le dijo, conduciéndolo a su habitación—. ¡Cómo habéis cambiado! —continuó Leznev tras un instante de silencio, y bajando involuntariamente la voz.

 

—Eso dicen —respondió Rudin, recorriendo la estancia con mirada sombría—. ¡Qué queréis! Son los años... En cuanto a vos, siempre jovial. ¿Cómo está Alexandra... quiero decir, vuestra esposa?

 

—Está muy bien, muchas gracias. Pero, ¿por qué casualidad estáis aquí?

 

—Sería muy largo de contar. De hecho, ha sido la casualidad lo que me ha traído. Estoy buscando a un conocido. Por otra parte, me felicito de esta casualidad.

 

—¿Dónde coméis?

 

—No lo sé, en un figón cualquiera. Me veo obligado a partir hoy.

 

—¿Obligado?

 

Rudin sonrió de un modo significativo.

 

 

 

 

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—Obligado, sí. Me envían al campo con la orden de residir allí definitivamente.

 

—Comed conmigo.

 

Por primera vez Rudin miró a Leznev bien de frente.

 

—¿Me proponéis comer con vos? murmuró.

 

—Sí, Rudin, como antaño, como en la época de nuestra intimidad. ¿Aceptáis? No esperaba encontraros, y sabe Dios si volveremos a vernos jamás. No querría dejarlo así.

 

—Pues bien, acepto con mucho gusto.

 

Leznev estrechó la mano de Rudin. Llamó al camarero para pedir la cena y le ordenó que pusiera al hielo una botella de champaña.

 

Como si lo hubieran convenido de antemano, Leznev y Rudin no hablaron durante la comida más que de su vida de estudiantes. Evocaron numerosos recuerdos y hablaron de muchos de sus amigos, muertos o vivos. Al principio, Rudin estuvo poco comunicativo; pero bebió algunos sorbos de vino que pronto le desataron la lengua y caldearon su sangre. En cuanto el camarero hubo servido el último plato, Leznev se levantó, cerró la puerta, volvió a sentarse directamente enfrente de Rudin, y apoyó la barbilla en sus dos manos.

 

—¡Vamos! —dijo—. Contadme ahora lo que ha sucedido desde la última vez que nos vimos.

 

 

 

 

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"¡Dios mío!", se dijo una vez más. "¡Cómo ha cambiado el desdichado!"

 

No eran tanto las facciones de Rudin en sí mismas las que habían cambiado, como su expresión. En efecto, desde el día en que le hallamos en la sala de una posada pidiendo caballos para continuar su viaje, sus rasgos no habían cambiado sensiblemente, aunque un buen observador hubiese ya descubierto en ellos los primeros signos de una vejez precoz. Sus ojos tenían una mirada diferente. Sus movimientos, ora lentos, ora de una brusquedad inexplicable; su voz, sin acento, como quebrada; todo su ser, en una palabra, revelaba un cansancio definitivo, una tristeza secreta y la impotencia para sobreponerse a ellos. ¡Cuán lejos estaba esta profunda tristeza de la melancolía medio fingida con que se adornaba antaño, al igual que muchos jóvenes que, no por eso, están menos llenos de esperanzas y de confiada vanidad!

 

—Deciros todo lo que me ha sucedido —respondió— me sería imposible y, por otra parte, no valdría la pena hacerlo. He tenido no pocos disgustos, y no ha sido sólo mi cuerpo el que se ha gastado en inútiles carreras a través del mundo; también mi alma. ¡De quién, de qué no he quedado desencantado, Dios mío! ¡Con quién no he tenido relaciones íntimas! ¡Sí, con quién!

 

—Repitió Rudin, viendo que Leznev le miraba con un aire de compasión muy particular—. ¡Cuántas veces mis propias palabras me han dado asco! ¡Cuántas veces he experimentado la misma penosa impresión al ver en boca de otros mis propias ideas y mis propias opiniones! ¡Cuántas veces he pasado de la impaciencia, hasta de la irritabilidad de un niño, a la insensibilidad estúpida del caballo que permanece inmóvil bajo los golpes sangrientos de su brutal conductor! ¡Cuántas veces he esperado, para odiar después! ¡Cuántas veces me he regocijado y luego humillado en vano! ¡Cuántas veces me he

 

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remontado como un halcón, para caer en tierra ridículo y rastrero, como un galápago sin caparazón! ¿Dónde no habré estado? ¿Por qué caminos no habré andado? Y hay caminos muy sucios —agregó Rudin volviéndose un poco—. Sabéis...

 

—Aguarda —interrumpió Leznev—, antes nos tuteábamos... Volvamos a hacerlo, ¿quieres? ¡Bebamos a tu salud!

 

Rudin se estremeció, se irguió, y de sus ojos brotó una llama fugitiva que ninguna palabra podría describir.

 

—¡Bebamos! —dijo—. ¡Gracias, hermano! ¡Bebamos!

 

Leznev y Rudin bebieron cada uno una copa de champaña.

 

—Tú sabes —continuó Rudin con una sonrisa y recalcando el tú—, llevo en mí un gusano que me devora y que no me dejará descansar sino en mi última hora. El me impulsa a querer dominar a mis semejantes. Comienzo por someterlo a mi influjo, y luego...

 

Rudin hizo un vago ademán.

 

—Desde que me separé de vos... de ti, he aprendido mucho, he visto mucho... Veinte veces renací a la vida, veinte veces puse manos a una nueva obra y, sin embargo, mira cómo estoy — agregó pasándose la mano por la frente.

 

—No eres perseverante —murmuró Leznev, como hablando consigo mismo.

 

—Tú lo dices, no soy perseverante. Jamás he edificado nada; es difícil, en efecto, poder edificar cualquier cosa, cuando el suelo

 

 

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falta bajo los pies. No quiero contarte todas mis aventuras, o, por mejor decir, todas mis desventuras. Te relataré sólo dos o tres incidentes de mi vida, en que el éxito iba a sonreírme, es decir, en los que yo esperaba el éxito, lo que no es exactamente lo mismo.

 

Rudin echó hacia atrás sus cabellos grises y ya ralos, con ese mismo movimiento de la mano con que antaño rechazaba sus rizos negros y espesos.

 

—Pues bien, escucha —comenzó—. En Moscú trabé amistad con un señor muy original. Era muy rico y poseía inmensas propiedades. Su principal, su única pasión era la ciencia, la ciencia en general. Hasta ahora no me explico cómo esa pasión pudo apoderarse de él. Le sentaba lo mismo que una montura a un buey. Empleaba todas sus fuerzas en mantenerse a la altura de eso que llaman "el nivel intelectual", aunque apenas supiese expresarse y debía conformarse con mover los ojos expresivamente y sacudir la cabeza con aire significativo cada vez que ante él se enunciaba una idea. Jamás encontré naturaleza más pobre y más nula que la suya. Recordaba esas tierras tan extensas en el gobierno de Smolensk, donde no se halla más que arena, siempre arena, y apenas una brizna de hierba que ningún animal se preocupa de arrancar. Nada prosperaba entre sus manos; todo parecía volverse contra él. Tenía la manía de hacer incomprensibles las cosas más fáciles, y un singular talento para complicar las cosas más sencillas. Si no hubiese dependido más que de él, habría encontrado el medio, puedes estar seguro, de hacerte comer con los pies. Trabajaba, escribía y leía tan continua como infructuosamente. Se entregaba al estudio con cierta perseverancia tozuda, con asombrosa paciencia; su amor propio no tenía límites, y su carácter era de hierro. Vivía solo y tenía fama de excéntrico. Lo conocí y le gusté. Confieso que lo calé rápidamente, pero su

 

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celo me conmovía. Además, poseía tan grandes recursos, podía hacerse tanto bien por su intermedio, prestar tan reales servicios... En una palabra, me establecí en su casa y le seguí más tarde a sus tierras. Mis proyectos, amigo mío, eran inmensos; soñaba con perfeccionamientos, innovaciones...

 

—Como en casa de los Lasunski, ¿recuerdas? —interrumpió Leznev sonriendo con benevolencia.

 

—De ningún modo. Entonces, tenía conciencia de que mis palabras no conducirían a nada; pero aquí era un campo muy distinto el que se ofrecía a mis especulaciones... Amontoné libros sobre agronomía... No leí ni uno solo hasta el final. Pero, en fin, puse manos a la obra. Al principio, eso no marchó como lo esperaba; pero después pareció tomar mejor cariz. Mi nuevo amigo callaba siempre; no hacía sino mirar, y no me molestaba en absoluto; o, mejor dicho, no oponía obstáculo material alguno a mis empresas, un poco azarosas, debo convenir en ello. Adoptaba mis planes y los ponía en ejecución, pero con terquedad y rigidez, con una secreta desconfianza y tratando de introducir en ellos sus propias ideas, sin prevenirme. Tenía la mayor estima por la más insignificante de sus ideas, y se aferraba a ella con mil esfuerzos, como esos animalitos de Dios que montados en el extremo de la más pequeña brizna de hierba, se prenden a ella, siempre prontos a desplegar sus alas y a tomar su impulso; de pronto, caía para intentar trepar nuevamente. No te sorprendas de todas estas comparaciones. Ya entonces nacían en mi cerebro. Esas fueron mis ocupaciones durante dos años. A pesar de todos mis cuidados, los resultados apenas respondían a mis sueños. Comenzaba a cansarme, mi amigo me fastidiaba y pesaba sobre mí como plomo. Me volví agrio y áspero. Su desconfianza se convirtió en sorda irritación; una mutua malevolencia se apoderó de ambos, y llegamos al punto de no poder ya hablar tranquilamente

 

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sobre el tema más insignificante: trataba siempre de demostrarme por medio de transparentes alusiones que no estaba sometido a mi influjo; ora cambiaba mis disposiciones, ora las dejaba completamente de lado... Terminé por darme cuenta de que desempeñaba en casa del señor propietario las funciones del parásito que paga en buenas palabras la hospitalidad que recibe. Me resultaba penoso prodigar en vano mi tiempo y mis fuerzas, y más penoso todavía ver todas mis esperanzas malogradas sin cesar. Comprendía muy bien lo que perdía alejándome, pero no podía evitarlo. Un buen día, a consecuencia de una escena brutal y que me reveló a mi amigo bajo un aspecto muy poco atrayente, reñí definitivamente con él. Partí, abandonando a mi despreciable pedante, singular mezcla de rudeza cosaca y sensiblería alemana...

 

—Eso significa que arrojaste tu trozo de pan cotidiano —exclamó Leznev, posando sus manos sobre los hombros de Rudin.

 

—Así fue. Una vez más, me hallé desnudo y ligero en el espacio. ¡Vamos, bebamos!

 

—¡A tu salud! —Dijo Leznev levantándose para estrechar a Rudin entre sus brazos—. ¡A tu salud! ¡A la memoria de Pokorsky!... También él supo seguir siendo pobre.

 

—Ésa fue mi primera aventura —continuó Rudin después de un momento de silencio—. ¿Quieres que continúe?

 

—Hazlo, te lo ruego.

 

—Estoy cansado de hablar, estoy muy cansado, amigo mío...

Pero, en fin, puesto que así lo quieres... Rodando una vez más

 

 

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por los caminos, resolví convertirme... no te rías, por favor... convertirme en hombre activo y práctico. Se me presentaba para ello la más favorable de las ocasiones: caí sobre cierto... tal vez hayas oído hablar de él... cierto Kurbeiev. ¿Lo conoces?

 

—En absoluto. Pero, por el amor de Dios, Rudin, ¿cómo, con tu inteligencia, no comprendiste que no era negocio tuyo transformarte en hombre de negocios? Perdona el juego de palabras.

 

—Sé muy bien, Mijail, que no valía nada para eso, pero si tú hubieras visto a Kurbeiev... No vayas a imaginarte, sin embargo, que fuera un charlatán superficial como tantos otros. Alguna vez se dijo que yo era elocuente; y, no obstante, comparado con él apenas parecía tartamudear. Es un hombre de una ciencia extraordinaria, al corriente de todo, un verdadero creador en lo que respecta a la industria y al comercio. En su cerebro nacían espontáneamente los proyectos más audaces, más inesperados. Una vez reunidos, resolvimos emplear nuestros talentos en una empresa de utilidad pública...

 

—Estoy ansioso de saber cuál.

 

Rudin bajó los ojos.

 

—¿No te burlarás?

 

—¿Por qué? No, de ningún modo...

 

—Se trataba de hacer navegable uno de los ríos del gobierno de K. —contestó Rudin con forzada sonrisa.

 

—¿Nada menos? ¿Ese Kurbeiev era, sin duda, un capitalista?

 

 

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—Era tan pobre como yo —replicó Rudin inclinando ligeramente su cabeza gris.

 

Leznev soltó una carcajada, pero se reprimió en seguida y estrechó las manos de Rudin.

 

—¡No te enfades, hermano, por favor, pero no esperaba semejante cosa! De seguro, vuestra empresa no pasó del papel, ¿verdad?

 

—No exactamente. Su ejecución se inició. Contratamos obreros, y se comenzó a desarrollar el plan de trabajo; pero pronto surgieron obstáculos. Primeramente, por parte del propietario de un molino, que no quiso entendernos; pero, lo que es peor aún, descubrimos que el agua no podía ser dirigida sin máquinas. ¿Dónde obtener el dinero para esas máquinas? Habíamos dormido en chozas durante seis meses. Kurbeiev no se alimentaba más que de pan, y yo no tenía mejor mesa que él. Por lo demás, no me quejo, pues la naturaleza era muy bella en esos parajes. Hicimos esfuerzos sobrehumanos para tratar de atraer comerciantes, escribiendo cartas y circulares. Eso terminó haciéndome gastar mi último kopek en el proyecto.

 

—¡Vamos, creo que tu último kopek no habrá sido difícil de gastar! —observó Leznev.

 

—¡Oh, no, no!

 

Rudin se puso a mirar por la ventana.

 

—Sin embargo, te juro que la empresa no era mala. Los beneficios habrían podido ser inmensos.

 

 

 

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—¿Dónde se refugió ese Kurbeiev? —preguntó Leznev.

 

—Está en Siberia. Actualmente busca oro. Pero, puedes estar seguro, un día u otro hará fortuna.

 

—Se lo deseo; pero, también es cierto que tú seguirás siendo pobre.

 

—¡Yo!... ¿Qué quieres? Por otra parte, sé que siempre me has tenido por un nulo.

 

—¡Tú! ¡Qué locura, hermano! Hubo una época, es cierto, en que sólo el aspecto malo de tu carácter me saltaba a los ojos; pero ahora, créeme, comienzo a saber apreciarte con más justicia. No eres capaz de hacer fortuna... Pues bien: por eso te aprecio.

 

Rudin sonrió levemente.

 

—Sí, en efecto, te estimo más por eso —repitió Leznev— ¿me comprendes?

 

Ambos se quedaron silenciosos.

 

—¿Pasamos al número tres? —preguntó Rudin.

 

—Hazme el favor.

 

—Con mucho gusto. Tercera y última aventura... ¿No te aburro?

 

—Cuenta, cuenta.

 

 

 

 

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—Bueno —comenzó Rudin—. Un día que no tenía nada que hacer (he tenido muchos así), se me ocurrió una idea. No me falta saber, me dije, ni tampoco el deseo del bien. No me negarás, espero, ese deseo del bien, ¿no?

 

—¡Dios me libre!

 

—Todos mis proyectos anteriores habían fracasado. Un día, pues, me pregunté por qué en lugar de vivir en una gloriosa ociosidad no trataba de hacerme profesor.

 

Rudin se detuvo y suspiró.

 

—¿Por qué vivir sin hacer nada? —continuó—. ¿No valía más tratar de enseñar a los otros lo que yo sabía? Tal vez sacarían de ello algún provecho. Mis facultades no son comunes; además, domino mi idioma... Me resolví, pues, a abrazar esta nueva carrera. Me costó un trabajo infinito conseguir una cátedra en el Instituto de Segunda Enseñanza de esta ciudad.

 

—¿Profesor de qué? —preguntó Leznev.

 

—De literatura rusa. Te diré que jamás me había dedicado a nada con tanto entusiasmo. La idea de influir sobre la juventud me arrebataba. Pasé tres semanas en preparar mi primera lección.

 

—¿La llevas contigo?— preguntó Leznev.

 

—No. La he perdido, no sé dónde. Quedó bastante bien y gustó mucho. Todavía veo los rostros de mis oyentes, rostros buenos, jóvenes, con una expresión de ingenua atención, de interés, hasta de devoción. Subo a la cátedra, febril, y leo mi lección.

 

 

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Había pensado que duraría más de una hora, pero a los veinte minutos la había terminado. El inspector, viejo seco, con gafas de plata y peluquín, inclinaba de tiempo en tiempo la cabeza hacia mí. Cuando terminé y abandoné mi sillón, me dijo: "Bien, señor, pero un poco trascendental, un poco oscuro: el tema apenas es tocado". En cambio, los estudiantes me seguían con ojos llenos de admiración. ¡El entusiasmo, he ahí lo que es precioso en la juventud! Llevé notas para la segunda lección, también para la tercera... Después me puse a improvisar.

 

—¿Con éxito?

 

—Gran éxito. Los oyentes me llegaban a montones. Les entregué cuanto guardaba en mi alma. Había entre ellos dos o tres jóvenes de verdadero mérito; el resto me comprendía mal, y, debo confesarlo, los mismos que me entendían me turbaban a veces con sus preguntas. En cuanto a su efecto, lo había conquistado desde el primer día. Me adoraban, y en los exámenes los calificaba siempre con buenas notas. Pero ya se había empezado a intrigar contra mí. Por otra parte, ¿era necesario intrigar para perderme? Yo no estaba en mi esfera, ésa es la verdad. Molestaba a los otros, los otros pesaban sobre mí y me ahogaban. Yo daba a esos alumnos del Instituto lecciones como no oyen sino raramente los estudiantes de la Universidad; mis oyentes, sin embargo, sacaban de ellas poco provecho, pues, tú lo sabes, mi erudición es poca y soy más bien un vulgarizador que un sabio propiamente dicho. Por otro lado, no podía conformarme con el círculo estrecho en que giraba mi actividad. No ignoras que siempre he tenido ese defecto. Quería transformar radicalmente el Instituto, y te juro que esa transformación era realizable, y hasta fácil. Esperaba conseguirla por medio del director, hombre excelente sobre el cual había comenzado a cobrar influencia. Su mujer acudía en mi ayuda. Amigo mío, rara vez he encontrado mujer que se le

 

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pareciera. Tenía ya cerca de cuarenta años, pero creía en el bien, amaba la belleza con el mismo ardor de una joven de quince años y era lo bastante valiente como para sostener sus convicciones ante el mundo entero. Jamás olvidaré su noble entusiasmo, su pureza. Tracé un plan siguiendo sus consejos. Fue entonces cuando se trabajó por disminuirme y mancharme a sus ojos. El profesor de matemáticas fue mi más cruel enemigo. Figúrate un hombrecillo mordaz y bilioso, sin creencia alguna, un hombre parecido a Pigasov, sólo que mucho más distinguido que él... A propósito, ¿vive todavía Pigasov?

 

 

—Sí, e imagínate que se ha casado con una mujerona que le pega, según dicen.

 

—¡No merecía otra cosa! ¿Y Natalia Alexeevna, está bien?

 

—Sí.

 

—¿Es feliz?

 

—Sí.

 

Rudin estuvo un rato en silencio.

 

—¿De qué hablaba?... ¡Ah, sí!... Del profesor de matemáticas. Llegó a odiarme; comparaba mis lecciones con un fuego de artificio, pescaba al vuelo cada expresión que no fuese de una claridad rigurosa y hasta llegó una vez a ponerme contra la pared, a propósito de no sé ya qué documento del siglo XVI que yo no conocía. Todas mis intenciones le resultaban sospechosas; la última de mis seductoras pompas de jabón fue a reventar sobre él como sobre un alfiler. El inspector, con quien yo había

 

 

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estado en desacuerdo más de una vez, excitó al director contra mí. Tuvo lugar una escena en la que no quise ceder. Me enfurecí. El asunto fue llevado a las autoridades, y me vi obligado a abandonar la cátedra. No por eso me di por derrotado; quise demostrar que no se podía obrar de ese modo conmigo... pero, ¡ay!, conmigo se puede hacer como se quiera... Ahora es preciso que me marche de aquí.

 

Hubo otro momento de silencio. Los dos amigos tenían la cabeza baja.

 

Rudin fue el primero en romper ese silencio.

 

—Sí, hermano —continuó—. He terminado por decir con Kolzov: "¡A dónde me has llevado, oh, mi juventud! ¡Ya no tengo dónde reclinar mi cabeza...!" Y, sin embargo, ¿es posible que yo no sirva ya para nada? ¿Es posible que no haya aquí abajo nada que yo pueda hacer? A menudo me he hecho esta pregunta, y cualesquiera sean los esfuerzos que haga para humillarme a mis propios ojos, no puedo impedir sentirme animado de una fuerza poco común. ¿Por qué, pues, esta fuerza permanece impotente? Hay un hecho que me sorprende. ¿Recuerdas los viajes que hicimos juntos al extranjero? Yo era entonces presuntuoso y mentiroso. En aquella época, ciertamente, yo no me daba cuenta clara de lo que quería, me embriagaba con el sonido de mis propias palabras, perseguía quimeras. Ahora, por el contrario, puedo proclamar ante el mundo entero cuáles son mis deseos. Decididamente, ya nada tengo que ocultar; soy completamente, y en la verdadera acepción de la palabra, un hombre bien intencionado; he rebajado mis pretensiones, quiero adaptarme a las circunstancias, he restringido mis aspiraciones, tiendo al fin más próximo, me atengo al más pequeño servicio que puedo prestar, y, sin embargo, nada me sale bien. ¿Cuál es la causa de

 

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ese perenne fracaso? ¿Qué es lo que me impide vivir y obrar como los demás? Apenas he tenido tiempo de hacerme una posición definida, apenas puedo detenerme en un punto dado, cuando la suerte parece precipitarme fuera del camino marcado. ¿Por qué todo eso? ¡Dame la solución de ese enigma!

 

—¡Enigma! —Repitió Leznev—. Sí, tienes razón. Tú siempre has sido un enigma para mí. Ya en el tiempo de nuestra juventud, cuando te veía alternativamente obrar mal y hablar bien, y recomenzar siempre así (tú sabes lo que quiero decir), aún entonces no te comprendía claramente, fue por eso por lo que dejé de amarte... ¡Tienes tanto fuego, tu impulso hacia el ideal es tan infatigable!

 

—¡Palabras, siempre palabras! Nunca hechos —interrumpió Rudin.

 

—¿Qué quieres decir?

 

—¡Qué quiero decir! Es muy simple. Aun cuando sólo fuera mantener con el propio trabajo a una vieja abuela ciega y a toda su familia, como lo hacía Pragenzov, ¿no sería una acción?

 

—Sí, pero una buena palabra es también una acción. Rudin miró a Leznev en silencio y meneó la cabeza melancólicamente.

 

Leznev hizo un movimiento, como si fuera a hablar, pero se contuvo, y sólo se pasó la mano por el rostro.

 

—¿Realmente, te vas al campo? —preguntó, por fin.

 

—Sí, me voy al campo.

 

 

 

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—¿Te queda, pues, un campo?

 

—Tengo todavía algo como eso. Dos almas y media. Un agujero donde morir. Al oírme, sin duda te dices: "¡Ni siquiera ahora puede prescindir de las frases!" Tienes razón; las frases me han perdido, me han devorado, vencido... Pero lo que acabo de decir no es una frase, como no lo son, hermano, estas canas, estas arrugas, estos codos raídos. Siempre fuiste severo conmigo, y tenías razón: ¿pero, para qué sirve la severidad ahora, cuando la lámpara misma está rota y con la mecha casi consumida? Hermano, la muerte debe, sin embargo, reconciliarlo todo.

 

Leznev saltó de su asiento.

 

—¡Rudin! —exclamó—. ¿Por qué hablas de ese modo? ¿Por qué he merecido tan duros reproches? ¿Qué clase de hombre sería yo si a la vista de tus arrugas y de tus mejillas enjutas pudiera ocurrírseme la palabra frase? Pienso: he aquí un hombre... Con sus facultades, ¿qué no podría alcanzar? ¿Qué ventajas terrenas no podría poseer, si hubiese sabido quererlo? ¡Sin embargo, está hoy desnudo y sin asilo!

 

—¿Provoco, pues, tu piedad? —dijo de pronto Rudin.

 

—Te equivocas: lo que me inspiras es estimación y simpatía. Tal es la verdad. ¿Qué te impedía pasar unos cuantos años en casa de tu amigo el propietario? Estoy convencido de que él habría asegurado tu porvenir si tú hubieses querido someterte a su voluntad. ¿Por qué no pudiste vivir en el Instituto? ¿Por qué, hombre singular, cuando emprendías un negocio lo abandonabas sacrificando tus propios intereses y sin echar raíces en tierra alguna, por fértil que fuera?

 

 

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—Soy perecati-pote de nacimiento —respondió Rudin con humilde sonrisa—. No puedo detenerme.

 

—Es verdad, pero no lo que acabas de decir, al afirmar que llevabas en ti un gusano roedor que te impedía fijarte en parte alguna... No es un gusano lo que llevas en ti, no es el espíritu de una agitación ociosa. El fuego que te consume es el del amor a la verdad, y, a pesar de todas sus debilidades, es evidente que él arde, en ti, con más fuerza que en muchos hombres que no se tienen por egoístas y que osan llamarte, a ti, intrigante. Sí; en tu lugar yo, el primero habría destruido hace mucho tiempo ese gusano de que hablas, para reconciliarme con la realidad; pero, a ti nada te cambia. ¿Tienes, siquiera, después de tantas dolorosas decepciones, más hiel y amargura? Estoy seguro de que hoy mismo, en este mismo momento, emprenderías un nuevo trabajo con todo el entusiasmo de un muchacho.

 

—No, hermano, ahora estoy cansado —respondió Rudin—. ¡Oh, muy cansado!

 

—¡Cansado! ¡Enhorabuena! ¡Otro habría muerto hace mucho tiempo! Dices que la muerte reconcilia; ¿crees entonces que la vida no lo hace? Aquél a quien la vida no hace más indulgente hacía los demás, no merece ninguna indulgencia para sí mismo. Y, ¿quién osaría decir que no necesita indulgencia? Tú has hecho lo que has podido, has luchado cuanto te ha sido posible... ¿Qué más hace falta? Nuestros caminos se han separado...

 

—Tú, hermano, tú eres completamente distinto a mí —interrumpió Rudin suspirando.

 

—Nuestros caminos se han separado —continuó Leznev—, y tal vez haya sido justamente porque, gracias a mi fortuna, a mi

 

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sangre fría y a otras circunstancias favorables, nada me impidió quedarme cruzado de brazos, como espectador ocioso; mientras que tú debiste bajar a la arena, arremangarte, fatigarte y luchar. Nuestros caminos se han separado... y, sin embargo, mira cómo estamos cerca el uno del otro, hablando el mismo lenguaje, comprendiéndonos con medias palabras, exaltando los mismos sentimientos. ¡Van quedando pocos de los nuestros, hermano mío; nosotros dos somos los últimos de los mohicanos! Pudimos separarnos, odiarnos, hace muchos años, cuando la vida se presentaba larga todavía ante nosotros; pero, ahora que ralean las filas de nuestro batallón, cuando nuevas generaciones nos aventajan en la persecución de fines que no son los nuestros, es preciso que nos sostengamos firmemente el uno al otro. ¡Brindemos, hermano, y cantemos, como en los buenos tiempos Gaudeamus igitur!

 

Los amigos chocaron sus copas y con voz de falsete, con una verdadera voz rusa, se pusieron a cantar, conmovidos, ese antiguo lied de los estudiantes alemanes.

 

—¿Estás, pues, decidido a marcharte al campo? —Dijo una vez más Leznev—. No creo que te quedes allí mucho tiempo, y no puedo imaginarme con quién, dónde y cómo terminarás tu vida... Pero, recuerda, en cualquier circunstancia, que tienes siempre un refugio, un nido para abrigarte: mi casa, ¿lo oyes, mi viejo camarada? El pensamiento tiene también sus inválidos: y aquéllos que lo han servido deben igualmente tener un asilo.

 

—Gracias, hermano —dijo Rudin—, ¡gracias! No olvidaré jamás tu ofrecimiento. Soy indigno de él. He malogrado mi vida, no he servido al pensamiento como debe hacerse...

 

—Calla —interrumpió Leznev—. Cada uno es como lo hizo la Providencia, y no se puede exigir más. Te has llamado tú

 

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mismo El judío errante... Después de todo, tal vez la suerte te ordenaba errar eternamente; tal vez cumplías con eso un destino superior que tú mismo ignoras. ¿No dice la sabiduría popular que todos marchamos hacia donde nos impulsa la mano de Dios? Ve, pues, hacia donde esa mano te conduce. —Y continuó Leznev al ver que Rudin buscaba su sombrero—: ¿No quieres pasar la noche aquí?

 

—No, me voy. ¡Adiós! Gracias... Tengo el triste presentimiento de que terminaré mal.

 

—Sólo Dios lo sabe... ¿Te marchas, decididamente?

 

—Sí. ¡Adiós! No conserves de mí un mal recuerdo.

 

—Entonces, por tu parte, guarda de mí buen recuerdo. Y no olvides lo que te he dicho. ¡Adiós, pues!

 

Los amigos se abrazaron. Rudin salió precipitadamente.

 

Leznev se paseó largo tiempo por la habitación, se detuvo ante la ventana, reflexionó, murmuró la palabra "¡desdichado!" y, por último, se sentó para escribir a su esposa.

 

Fuera se había levantado un fuerte viento, que lanzaba lúgubres aullidos y hacía resonar los vidrios bajo sus impetuosas ráfagas.

 

Era el preludio de una larga noche de otoño. ¡Feliz de quien, en noches como ésa, tiene el abrigo del techo doméstico, junto al hogar familiar de donde irradia un dulce calor...! ¡Y que Dios ayude a todos los desdichados sin asilo!

 

 

 

 

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Era el 24 de junio de 1848. La insurrección de los talleres nacionales casi había sido sofocada; el ejército y la guardia nacional triunfaban en todo París.

 

En una de las estrechas calles del faubourg Saint Antoine, algunos obreros atrincherados en una barricada cambiaban todavía, de tiempo en tiempo, algunos disparos de fusil con los soldados; pero se disponían a cesar esa resistencia ya inútil, cuando un hombre de elevada estatura, de largos cabellos flotantes y casi blancos, apareció de pronto sobre lo alto de la barricada. Vestía una vieja levita y llevaba una ancha faja roja en la cintura.

 

Comenzó a gritar con voz que se esforzaba por hacer penetrante, mientras agitaba por encima de su cabeza un jirón de tela roja atada al extremo de un bastón. Cinco o seis disparos de fusil partieron en seguida de las filas de soldados, y el hombre cayó lenta y pesadamente, con la cara hacia adelante, como si saludara a alguien hasta tocar con ella la tierra. Había muerto instantáneamente.

 

—¡Maldición! —Dijo uno de los últimos defensores de la barricada a un camarada—. ¡Nos han matado al polaco!

 

—¡Demonios! —respondió el otro—. ¡Huyamos! —y ambos se lanzaron hacia la puerta entornada de una casa vecina.

 

Ese polaco era Demetrio Rudin.

 

FIN

 

 

 

 

 

 

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