© Libro N° 13838. Demetrio
Rudin. Turgueniev,
Iván Sergeyevich. Emancipación. Mayo 17 de 2025
Título Original: © Demetrio Rudin. Iván Sergeyevich
Turgueniev
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Original: © Demetrio Rudin. Iván
Sergeyevich Turgueniev
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DEMETRIO RUDIN
Iván Sergeyevich Turgueniev
Demetrio
Rudin
Iván Sergeyevich Turgueniev
I
Era una apacible
mañana de verano. El sol, ya bastante alto, iluminaba el límpido cielo y el
rocío brillaba en los campos. Desde un pequeño valle, aún sumido casi en el
sueño, se elevaba una brisa fresca y perfumada. Cantaban los pájaros en el
bosque húmedo y silencioso. Desde lo alto de la colina, tapizada por doquier de
recién florecido centeno, se divisaba una aldehuela. Hacia ella se encaminaba,
por un estrecho sendero, una mujer joven y hermosa, vestida de blanca muselina,
tocada con un gran sombrero de paja, y que llevaba en la mano una sombrilla. A
respetuosa distancia, la seguía un criadito vestido de cosaco.
Marchaba la joven
lentamente, como deleitándose con el paseo. Alrededor, el húmedo tapiz que
cubría el oloroso campo de centeno se inclinaba de tiempo en tiempo, a impulso
de la brisa, en suaves y ondulantes olas, ora de un verde plateado, ora
mosqueadas de rojo.
Venía la joven de
su casa de campo, distante una versta de la aldea hacia la cual dirigía sus
pasos. Llamábase Alexandra Pavlovna Lissina; era viuda, bastante rica, y no
tenía hijos. Vivía con su hermano, capitán retirado, que se llamaba Sergio
Pavlovich Volinzev. Éste, joven aún y soltero, administraba las propiedades de
su hermana.
Al llegar Alexandra
a la aldea, detúvose a la puerta de una pequeña y mísera choza y envió a su
pequeño cosaco a inquirir por la salud de la dueña de la pobre morada. Pronto
regresó el niño acompañado de un viejo mujik de blanca barba.
—¿Cómo está la enferma? —preguntó
Alexandra Pavlovna.
—Todavía vive —respondió el anciano.
—¿Se puede entrar?
—¡Oh, ciertamente!
Alexandra Pavlovna
entró en la cabaña. Un vaho de calor y humo la envolvió. Alguien gimió y se
revolvió en un camastro. La joven vio entonces, en la semipenumbra de la
habitación, a una ancianita amarillenta y enjuta, envuelta la cabeza en un gran
pañuelo a cuadros y cubierta hasta el cuello por un viejo caftán. Respiraba con
dificultad y movía débilmente las manos. Alexandra Pavlovna se inclinó hacia
ella y le tocó la frente, que ardía de fiebre.
—¿Cómo te sientes, Matrena? —le
preguntó solícita.
—¡Ah, mal... muy
mal! —lamentóse la anciana, reconociendo a Alexandra—. ¡Ha llegado mi última
hora, mi última hora, mi preciosa amita!
—Dios es
misericordioso, Matrena; ya verás cómo mejoras. ¿Has tomado las medicinas que
te mandé?
La anciana, que no
cesaba de quejarse, no contestó. No había oído la pregunta.
—Sí, las tomó —dijo
el anciano, que permanecía apoyado contra la puerta.
—¿Quién, además de
ti, cuida de la enferma? —preguntó Alexandra, volviéndose hacia él.
—Su nietecita;
pero, como lo veis, no se queda aquí mucho tiempo... Es tan holgazana que ni de
beber siquiera le da a su abuela. Y yo soy viejo. ¿Qué puedo hacer?
—¿Por qué no la llevas a mi hospital?
—No... ¿Para qué?
Se muere en cualquier parte. Ella ya ha vivido demasiado. ¡Hágase la voluntad
de Dios! La pobrecita, además, está tan débil que si la movemos de aquí es
fácil que se nos quede en los brazos...
—¡Oh, oh! —Gimió la enferma, mirando fijamente a
Alexandra Pavlovna—. Ha llegado mi
última hora, mi paloma...
¡No abandones a mi nietecita!
Nuestros amos están lejos... y tú...
La anciana, que
debía hacer un esfuerzo sobrehumano para hablar, calló.
—No temas —dijo
Alexandra Pavlovna—, todo se hará como deseas. Mira, he traído lo necesario
para hacer té. ¿Tenéis un samovar? —preguntó volviéndose hacia el anciano.
—¿Un samovar? No,
pero lo pediremos prestado.
—Bueno; pero si no
lo consiguierais, házmelo saber, para enviarte uno mío. Y dile a la pequeña que
no se aparte de aquí, pues estaría muy feo.
El anciano no
respondió, pero asió con ambas manos el paquete de azúcar y té.
—Bueno, Matrena,
hasta pronto —dijo Alexandra Pavlovna—, y no olvides tomar puntualmente la
medicina.
La anciana levantó
un poco la cabeza y se estiró hacia Alexandra Pavlovna.
—Dame tu manecita,
mi preciosa... —murmuró con dificultad.
Alexandra Pavlovna
no le dio la mano, pero se inclinó y la besó en la frente.
—Procura
administrarle la poción a sus horas y haz que beba té —dijo luego al anciano.
El anciano no contestó, pero hizo
repetidas reverencias.
Al encontrarse de
nuevo al aire libre, Alexandra Pavlovna respiró profundamente. Abrió la
sombrilla y ya se disponía a emprender el camino de su casa cuando, al doblar
la esquina, hallóse frente a frente con un hombre de unos treinta años, vestido
negligentemente, que guiaba un pequeño droschki. Llevaba un viejo paletó gris y
se cubría la cabeza con una gorra de la misma tela. Al ver a Alexandra Pavlovna
detuvo su caballo y se volvió hacia ella. Su cara era larga y
pálida, tenía ojos gris claro y un pequeño bigote rubio, el todo de un matiz
parecido al de sus ropas.
—¡Buen día!
—Exclamó, y una sonrisa se dibujó en su ancho rostro—. ¿Qué hacéis por aquí?
—Vine a visitar a
una enferma. ¿Y vos, Mijail Mijailovich, de dónde venís?
—Eso que hacéis me
parece muy bien, ¿pero no sería mejor llevar a la enferma al hospital? —dijo el
llamado Mijail mirando a su interlocutora en los ojos y sonriendo de nuevo.
—Está muy débil y no es posible
moverla.
—A propósito del hospital, ¿pensáis
cerrarlo?
—¡Cerrarlo! ¿Por qué? ¿Cómo se os
ocurre tal cosa?
—Lo digo porque os
sé amiga de la señora Lasunskaia y estáis probablemente bajo su influencia.
Según ella vuestro hospital y la escuela son cosas inútiles... Y la caridad
debe ser solamente individual, como también la civilización. Todo eso es
cuestión del alma... ¿No es así como ella se expresa? En verdad que me gustaría
saber quién le hace decir tales cosas.
Alexandra Pavlovna se echó a reír.
—Daría Mijailovna
Lasunskaia es muy inteligente; yo la quiero y la estimo mucho, pero ella tiene
derecho a equivocarse, y, por otra parte, no creáis que todo
lo que ella dice sea para mí el evangelio.
—Y hacéis muy bien
—respondió Mijail Mijailovich—. Yo creo que ni ella misma está convencida... En
fin, me alegro de haberos encontrado.
—¿Por qué?
—¡Qué pregunta!
¡Como si no fuera un placer para los ojos el miraros! Estáis hoy graciosa y
fresca como la misma mañana.
Alexandra Pavlovna lanzó una
carcajada.
—¿Por qué os reís?
—Porque habéis dicho eso con un tono
tan frío y aburrido, que no sé cómo habéis hecho para no bostezar...
—Un tono frío...
Para vosotras, mujeres, todo ha de ser fuego... y el fuego para nada sirve.
Resplandece, humea y luego se apaga.
—Sí, pero al menos calienta.
—Y quema.
—Bueno, ¿y qué hay si quema? No nos
quejemos. Vale más eso que...
—Me gustaría que,
aunque sólo fuera una vez, os quemaseis —dijo el hombre con despecho—. Buenos
días —dicho esto fustigó al caballo con las riendas y se dispuso
—¡Deteneos, Mijail
Mijailovich! ¿Cuándo vendréis a casa?
—Mañana...
Recuerdos a vuestro hermano —y el droschki partió.
Alexandra Pavlovna lo siguió con la
vista.
—¡Qué hombre más raro! —pensó.
En efecto, medio
encorvado, sus rubios cabellos en desorden asomando por debajo de su gorra
cubierta de polvo, más parecía un molinero que su vecino, un terrateniente
bastante acaudalado.
Alexandra Pavlovna
se dispuso tranquilamente a seguir su camino. Marchaba con la mirada baja,
cuando el suave andar de un caballo le hizo levantar los ojos. El jinete era su
hermano. A su lado, a pie, iba un joven de mediana estatura, vestido de un
redingote desabotonado, corbata angosta, sombrero gris liviano, y que agitaba
un elegante bastoncillo. Hacía un rato que
sonreía a Alexandra
Pavlovna, observando su ensimismamiento, y cuando la joven levantó los ojos se
acercó a ella alegremente, exclamando casi con ternura:
—¡Buenos días, Alexandra Pavlovna!
—¡Hola, Konstantin
Diomidich, buenos días —contestó—. ¿Venís de casa de la señora Lasunskaia?
—En efecto
—respondió el joven, con rostro resplandeciente—. Me ha enviado a veros Daría
Mijailovna, y como la mañana está espléndida, preferí hacer el camino a pie.
Fui a vuestra casa,
y como vuestro hermano me dijo que habíais ido a Semenovka y que él se disponía
a dar un paseo por el campo, resolvimos salir a vuestro encuentro.
El joven se
expresaba en un ruso muy correcto y gramatical, pero con cierto acento
extranjero, difícil de precisar. Sus rasgos tenían un no sé qué asiático; nariz
larga y prominente, grandes ojos saltones, gruesos labios rojos, frente
estrecha y pelo negro como el azabache. Todo en él revelaba un origen oriental.
Sin embargo, se apellidaba Pandalevsky y afirmaba ser oriundo de Odessa, bien
que hubiese sido educado en la Rusia Blanca a expensas de una viuda bienhechora
y rica. Otra viuda le tenía actualmente a su servicio. En general, las damas de
cierta edad se inclinaban con frecuencia a ayudar a Konstantin Diomidich
Pandalevsky, el cual sabía buscarlas y hallarlas. Vivía a la sazón en casa de
una rica propietaria, Daría Mijailovna Lasunskaia, en calidad de semihuésped y
semiprotegido. Era extremadamente obsequioso, servicial, sensible y
secretamente sensual. Poseía una voz agradable, tocaba el piano bastante bien y
tenía la costumbre de devorar con los ojos a las personas con quienes hablaba.
Se vestía pulcramente y llevaba la misma ropa más tiempo que nadie. Su mentón
alargado estaba afeitado meticulosamente y sus peinados cabellos lucían siempre
perfectamente lisos.
Alexandra Pavlovna
le escuchó hasta el final; luego se dirigió a su hermano:
—El de hoy es día
de encuentros. Hace un momento me topé con Leznev.
—No lo sé; pero
imagínate, cubierto de polvo, metido en una especie de saco de tela, en un
destartalado cabriolé, ¡qué parecería! ¡Qué hombre tan raro!
—En efecto, lo es, pero no deja de
ser una excelente persona.
—¿Quién? ¿El señor
Leznev? —preguntó Pandalevsky muy asombrado.
—Sí, Mijail
Mijailovich Leznev —contestó Volinzev, y dirigiéndose a su hermana—: Hasta
luego, querida, es tiempo de que vaya a echar un vistazo por ahí... Hoy
sembrarán la cebada. El señor Pandalevsky te acompañará hasta casa.
Y Sergio partió al trote.
—¡Con mucho gusto!
—exclamó Konstantin, ofreciendo el brazo a Alexandra Pavlovna.
Ella lo aceptó y echaron a andar
hacia el solar.
II
Ir del brazo de
Alexandra Pavlovna era un honor inusitado y un placer para Konstantin
Diomidich. Caminaba éste a corto paso. Su rostro reflejaba cierta expresión de
melancolía. Se conmovía con suma facilidad y hasta derramaba alguna lagrimita
cuando la ocasión lo exigía. Y, en realidad, ¿quién no se habría conmovido al
llevar del bracete a Alexandra Pavlovna, que gozaba en todo el gobierno de X.
de fama de "encantadora"? Su nariz recta, ligeramente respingada,
habría bastado por sí sola para hacer perder la cabeza al más sensato de los
mortales, sin hablar de sus ojos oscuros y aterciopelados, de su dorada
cabellera, de los hoyuelos de sus redondas mejillas y de otras mil
perfecciones. Pero lo que más seducía en ella era la expresión de su gracioso
rostro: confiado, benévolo y modesto, conmovía y cautivaba los corazones.
Alexandra tenía la mirada y la risa de un niño; las mujeres la hallaban simplette.
¿Qué más puede desearse?
—¿De modo que Daría Mijailovna os ha
enviado, decís?
—En efecto
—respondió él con marcada afectación y pronunciando las s como th inglesas—.
Ella desearía que vos y vuestro hermano fueseis a almorzar a su casa. La
invitación obedece no sólo al deseo de veros, sino a que espera la visita de un
personaje a quien querría presentaros.
—¿Y quién es ese personaje?
—Un tal X., barón y
gentilhombre de cámara de San Petersburgo. Daría Mijailovna le conoció
recientemente en casa del príncipe Garin y hace de él grandes elogios. Dice que
es muy culto, que se dedica a la literatura y que es muy versado en economía
política. Ha escrito un artículo sobre un tema relacionado con esa ciencia y...
—¡Sobre economía política!
—Por lo que atañe
al estilo, Alexandra Pavlovna, yo creo que Daría Mijailovna es una entendida.
Yucovski la consultaba, en efecto, a menudo, lo mismo que mi benefactor en
Odessa, el señor Roxolán Mediorovich Ksandrika, a quien seguramente habréis
oído nombrar.
—¿Yo? No, nunca.
—¿Que no lo habéis
oído nombrar? Es raro... Quería decir que Mediorovich, ese hombre
extraordinario, tenía también una alta opinión de los conocimientos
lingüísticos que del ruso posee Daría Mijailovna.
—¿Y no será un
pedante ese señor barón? —preguntó Alexandra.
—No, de ningún
modo. Daría Mijailovna afirma que basta mirarlo para darse cuenta de que no es
un hombre de mundo. Habla de Beethoven con tanta elocuencia que hasta el
anciano príncipe se sentía contagiado de su entusiasmo... Declaro que lo había oído con placer, pues la música es mi fuerte. ¿Queréis
tener la bondad de aceptar esta bonita flor silvestre?
Alexandra Pavlovna
tomó la flor; pero, tras andar un trecho, la arrojó disimuladamente al camino.
No faltaban sino doscientos pasos para llegar a la casa. Recientemente
construida y todavía enteramente blanca, aparecía de pronto tras un espeso
grupo de tilos y arces muy viejos, sonriendo acogedoramente a través de sus
anchas ventanas.
—De modo que me
diréis qué debo contestar a Daría Mijailovna —dijo Pandalevsky, un tanto
mortificado por la reciente actitud de Alexandra Pavlovna.
—Decidle que mi
hermano y yo aceptamos agradecidos su invitación. ¿Y cómo está Natalia?
—Natalia Alexeevna está muy bien, a
Dios gracias.
Pero, ya hemos pasado el camino que
conduce a casa de Daría.
Permitidme saludaros...
—¡Cómo! ¿No queréis
entrar un instante? —preguntó ella con voz ingenua.
—No me faltarían
deseos de hacerlo, pero temo llegar tarde. Daría Mijailovna quiere escuchar hoy
una nueva fantasía de Thailberg y debo prepararme; además... dudo que mi
conversación os proporcione algún placer.
—¡Vamos! ¡Qué ocurrencia!
Pandalevsky suspiró y bajó los ojos
significativamente.
—Hasta luego;
entonces, Alexandra Pavlovna —dijo tras breve silencio; luego se inclinó y dio
un paso hacia atrás.
Alexandra Pavlovna
contestó sonriente, con una inclinación de cabeza, y entró en su casa.
Cuando Pandalevsky
echó a andar habíase borrado de su rostro su plácida expresión, para dar lugar
a otra bastante severa y dura. Hasta su andar parecía distinto: iba a pasos
largos, y ya había andado dos verstas haciendo molinetes con su bastón cuando,
de pronto, volvió a sonreír al advertir a una joven y bonita aldeana que
perseguía a unos terneros por un campo de avena.
Rápidamente se
acercó a ella, y con gesto suave y felino comenzó a hablarle. La muchachita le
escuchó en silencio, sorprendida; luego sonrió, enrojeciendo, y volviendo la
cara balbuceó:
—Seguid vuestro camino, señor...
Konstantin Diomidich la amenazó con
el índice, diciéndole:
—¿No quieres recogerme un ramo de
campanillas?
—¿Y para qué
queréis las campanillas? ¿Os vais a tejer una corona? ¡Dejadme en paz! —replicó
la moza. Ahí vienen los señoritos...
Konstantin
Diomidich se volvió. En efecto, acercábanse por el camino Vania y Petia, los
hijos de Daría Mijailovna, acompañados de Basistov, su preceptor, joven de unos
veintidós años, que
acababa de graduarse. De no muy elevada estatura, rostro vulgar, nariz gruesa,
ojos pequeños y hundidos como los de un cerdo, era feo y torpe, pero estaba
lleno de honestidad y franqueza. Vestía con descuido y llevaba el pelo largo, no
por coquetería sino por negligencia. Le gustaba comer y dormir tanto como un
buen libro, y detestaba cordialmente a Pandalevsky. Los niños adoraban a
Basistov, a pesar del escaso ascendiente que éste tenía sobre ellos. Con las
demás personas de la casa, Basistov se mostraba muy familiar, lo cual no
agradaba mucho a su ama, pese a que ésta se jactaba de no abrigar prejuicios.
—¡Buen día,
queridos niños! —Exclamó Pandalevsky—. ¡Cuánto habéis madrugado hoy! Por mi
parte —dijo volviéndose a Basistov—, también salí muy temprano y he hecho ya un
largo paseo. ¡Adoro gozar así de la naturaleza!
—Sí, sí, acabamos
de comprobar cómo gozabais con la "naturaleza"... —contestó Basistov.
—Sois un
materialista incorregible. ¡Sabe Dios lo que habréis imaginado! —dijo
Pandalevsky. Se irritaba éste fácilmente cuando hablaba con Basistov o a los
criados, y su pronunciación se tornaba entonces clara y casi sibilante.
—Es posible que
estuvierais pidiendo a esa muchacha que os indicara el camino... —añadió
Basistov sin mirarlo. Sentía que Pandalevsky tenía los ojos clavados en él y
esto le resultaba sumamente desagradable.
—Os repito que sois
un materialista, empeñado en ver sólo el lado prosaico de las cosas.
—¡Niños! —Exclamó
de pronto Basistov con tono de mando—. ¿Veis aquel sauce, en el prado? ¡A ver
quién de nosotros llega primero hasta allí! ¡Uno, dos, tres! — y echaron a
correr.
—¡Mujik! —Murmuró
despectivamente Pandalevsky—. Echará a perder a los niños... Es un verdadero
mujik —y dirigiendo una mirada satisfecha a su pulcra y elegante vestimenta,
hizo ademán de sacudirse el polvo de la chaqueta con los dedos entreabiertos,
se arregló la corbata y siguió andando.
Cuando llegó a la
casa, entró en su aposento, se puso una vieja bata de mañana y se sentó al
piano con aire pensativo.
III
La morada de Daría
Mijailovna Lasunskaia gozaba fama de ser la mejor de todo el gobierno de X.
Alta, enorme, sólidamente construida en piedra según planos de Rastrelli,
conforme al estilo de fin del siglo pasado, se elevaba majestuosamente en lo
alto de una colina, al pie de la cual corría uno de los principales ríos de la
Rusia central. Su propietaria era rica y viuda de un consejero. Pandalevsky
decía de ella que conocía toda Europa y que toda Europa la conocía. Esto era
inexacto, y en el mismo Petersburgo no desempeñaba sino un papel secundario,
pero, en cambio, era cierto que en Moscú se la apreciaba mucho y que brillaba
en el gran mundo, donde pasaba por ser una mujer un tanto singular, de bondad
dudosa, pero dotada de mucho ingenio. Muy hermosa en su juventud, había
inspirado más de un poema, y personas de gran significación habíanse disputado
sus favores; pero de aquella gran belleza no quedaba, después de veinticinco o
treinta años, nada o casi nada. Era difícil creer que esa mujeruca flaca,
amarillenta, casi vieja, fuese la misma arrogante belleza de antaño, aunque
Pandlevsky afirmara que ella conservaba aún sus magníficos ojos...
Todos los veranos,
Daría Mijailovna venía a establecerse en el campo con sus hijos (una niña de
diecisiete años y dos varones de nueve y diez), y tenía casa abierta, es decir,
recibía hombres,
16
sobre todo
solteros. No podía soportar a las señoras provincianas, y, por tal motivo,
debía sufrir su maledicencia. Éstas trataban a Daría Mijailovna de orgullosa,
depravada, tiránica, y, sobre todo, decían que las libertades que ella se
permitía en la conversación eran por demás chocantes. Es verdad que a Daría
Mijailovna no le gustaba aburrirse en el campo y que, en la libertad de sus
maneras, dejaba traslucir el ligero matiz de desdén de una mujer del gran mundo
por los seres relativamente oscuros e insignificantes que la rodeaban. Tenía
una manera de ser ligera y casi burlona con sus conocidos moscovitas, pero en
ella, al menos, el matiz despectivo no aparecía jamás.
A propósito,
lector: ¿no habéis observado que tal hombre extraordinariamente distraído,
entre sus inferiores pierde súbitamente su aspecto de distracción cuando es
admitido en el círculo de sus superiores? ¿Por qué será? Mas, ¿qué importa eso?
Esta clase de preguntas jamás conduce a nada.
Cuando Konstantin
Diomidich Pandalevsky hubo aprendido de memoria la composición de Thalberg,
salió de su limpia y alegre habitación y se dirigió al salón, donde halló
reunidas a unas cuantas personas. En el sofá, los pies plegados debajo de ella
y dando vueltas entre sus dedos un libro, estaba sentada la dueña de casa, a un
lado de la ventana estaba su hija Natalia, sentada ante una labor de tapicería,
y del otro lado Mlle. Boncourt, su institutriz, solterona de unos sesenta años,
cuyos cabellos, bastante negros aún, asomaban de su cofia multicolor. En un
rincón estaba sentado Basistov, quien leía un periódico; y, a su lado, sobre la
alfombra, jugaban los niños. A un costado,
17
apoyado en la
chimenea, se hallaba un señor entrado en años, no muy alto, desgreñado, con las
manos a la espalda. Su tez era morena y sus ojos pequeños y vivaces. Se llamaba
African Simeonovich Pigasov.
Era un ser extraño
el señor Pigasov. Irritado por todo y contra todos —en particular contra las
mujeres—, invectiva de la mañana a la noche, a veces oportunamente, otras de
modo vulgar, pero siempre con pasión. Su irritabilidad lindaba casi con lo
infantil. Su risa, el sonido de su voz, toda su persona parecían impregnados de
bilis.
Daría Mijailovna le
recibía con agrado, pues la divertían sus salidas. Él tenía el afán de
exagerarlo todo. Si, por ejemplo, se trataba de que el rayo había incendiado
una aldea, que el agua se había llevado un molino o que un mujik se había
aplastado la mano con su hacha, jamás dejaba de preguntar con actitud
concentrada: "Y ella, ¿cómo se llama?", como queriendo averiguar de
ese modo el nombre de la mujer causante de la desgracia, puesto que, según su
convicción, sólo había que ir al fondo de las cosas para descubrir que siempre
hay una mujer en el fondo de toda desdicha.
Un día se había
echado a los pies de una dama a quien apenas conocía, pero que lo había
abrumado a fuerza de agasajos, y le suplicó humildemente, pero con los rasgos
alterados por el furor, que lo perdonara, alegando que él nada tenía que
reprocharse respecto a ella y que no volvería jamás a su casa. Cierta vez, un
caballo había despedido por un barranco a una de las lavanderas de Daría
Mijailovna, y poco faltó para que la
18
matase. Desde
entonces, Pigasov llamaba al animal "su buen caballito", y hallaba
que el barranco era un lugar muy pintoresco. Pigasov no había sido, en verdad,
muy afortunado: ésa era una de las razones que habían agriado su carácter.
Pertenecía a una familia humilde. Su padre, que sólo había desempeñado empleos
insignificantes, apenas sabía leer y escribir, y había descuidado por completo
la educación de su hijo. Su madre, que le adoraba, murió prematuramente.
Pigasov se educó solo. Entró en la escuela del distrito, luego en el instituto,
y aprendió el francés, el alemán y hasta el latín. Habiendo salido del
instituto con excelentes notas, marchó a Dorpat, donde luchó sin tregua contra
la miseria, mientras seguía sus estudios. Se distinguía por su paciencia y
terquedad, pero era sobre todo la ambición el más tenaz de sus sentimientos
Parecía desafiar a la suerte en su deseo de ser admitido en la buena sociedad y
de evitar ser superado por los demás. Era por ambición por lo que trabajaba
asiduamente y por lo que había entrado en la Universidad. La pobreza lo
irritaba y fomentaba en él la observación y la astucia. Se expresaba con
originalidad y se había hecho desde su juventud de un género particular de
elocuencia biliosa y amarga. Sus ideas no se elevaban por encima del nivel
común, pero hablaba de modo tal que hacía pensar que poseía gran talento.
Terminados sus estudios, Pigasov resolvió dedicarse a la enseñanza, porque era
la única carrera que le permitía marchar a la par de sus camaradas, de entre
los cuales sólo escogía, para hacerlos sus amigos íntimos, a los que
pertenecían a la alta sociedad, tratando de complacerlos y aun de halagarlos,
bien que hablara incesantemente mal de ellos.
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Pero, en realidad,
no poseía el fondo necesario para representar un papel en la sociedad. Como se
había educado por sí mismo, sin el auxilio de un maestro, y carecía de amor por
la ciencia, su instrucción era muy limitada. Fracasó cruelmente en su tesis,
mientras que un estudiante que ocupaba la misma habitación que él y de quien
siempre se había burlado, logró triunfar sin dificultad. Era éste un joven de
inteligencia ordinaria, pero que había recibido una educación sólida y regular.
Este fracaso llenó de rabia a Pigasov; arrojó todos sus libros y cuadernos al
fuego y entró como empleado en la administración nacional.
Al principio todo
fue bastante bien. Pigasov era un empleado eficaz; no muy ordenado, pero capaz,
y no carecía de audacia. Sólo pretendía hacer carrera lo más pronto posible;
pero, desgraciadamente, se metió en enredos, se atrajo reproches y fue obligado
a abandonar su empleo. Después de pasar tres años en una propiedad que había
adquirido, se casó, de pronto, con una acuadalada propietaria medio salvaje que
se dejó caer en la trampa de sus maneras desenvueltas y burlonas. Pero Pigasov,
cuyo carácter se había agriado demasiado, pronto se cansó de la vida de
familia. Tras vivir algunos años con él, su mujer se fugó secretamente a Moscú
y vendió a un diestro especulador una propiedad en la que Pigasov acababa
apenas de hacer algunas construcciones. Herido en lo vivo por esta última
desdicha, intentó un juicio contra su mujer y lo perdió. Iba, pues, acabando su
vida como un solitario; visitaba a sus vecinos, de quienes se mofaba en sus
propias barbas, y quienes lo recibían con forzada amabilidad. No leía jamás y
era dueño de unas cien almas: sus siervos no se consideraban demasiado
desdichados
20
—Y bien, Konstantin
—dijo Daría Mijailovna volviéndose hacia Pandalevsky, no bien este último
apareció en el salón—, ¿vendrá Alexandra?
—Alexandra Pavlovna
me encargó que os agradeciera vuestra invitación, la que aceptó complacida
—contestó Pandalevsky, saludando a derecha e izquierda y pasándose por el
cabello, meticulosamente peinado, una mano regordeta de uñas cortadas en
triángulo.
—Y el señor Volinzev, ¿también
vendrá?
—También, señora.
—¿De modo, African
Simeonovich, que según vos todas las jóvenes solteras pecan de insinceras?
—continuó Daría Mijailovna, volviéndose hacia Pigasov.
Éste hizo una
mueca, mientras su brazo se agitaba con temblor nervioso.
—Digo —comenzó con
un tono mesurado (hablaba siempre lenta y claramente cuando estaba en uno de
sus accesos de malevolencia)— que las jóvenes, con excepción, naturalmente, de
las aquí presentes...
—Lo que no os
impide pensar en ellas —interrumpió Daría Mijailovna.
—Exceptúo a las
presentes y sostengo que, en general, las muchachas solteras no son sinceras en
la expresión de sus sentimientos. Aun las impresiones súbitas como la
admiración,
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el miedo o la
tristeza, les hacen adoptar poses afectadas, a veces diametralmente opuestas a
sus sentimientos —aquí Pigasov se encorvó de una manera cómica y extendió los
brazos—. Sin embargo, en cierta ocasión —Pigasov se echó a reír con
complacencia—, pude sorprender el verdadero sentimiento en una joven en extremo
afectada...
—¿Cómo fue eso?
Los ojos de Pigasov resplandecieron.
—Escuchad: le hundí
por detrás una estaca en un costado. Ella se asustó, naturalmente, y lanzó un
grito; "¡bravo, bravo!", le dije, "ésa es la reacción natural y
espontánea. En adelante, tratad de obedecer a la naturaleza..."
Todos se echaron a reír.
—¡Qué de sandeces
contáis, African Simeonovich! ¿Cómo queréis que creamos que hayáis sido capaz
de dar estacazos a una muchacha?
—Pues os aseguro
que así lo hice. Una enorme estaca, parecida a las que se usan para defender
las fortalezas.
—Mais, c'est un
horreur ce que vous dites là, monsieur! —exclamo Mlle. Boncourt,
mirando severamente a los niños, que reían a carcajadas.
—No lo creáis. ¿Acaso no le conocéis?
—dijo Daría. Mijailovna.
Pero la
escandalizada francesa no logró tranquilizarse hasta pasado un buen rato y
siguió murmurando por lo bajo.
22
—Sois muy dueños de
creerme o no, pero os aseguro que he dicho la verdad. Y, a propósito de cuentos
sabrosos, ¿sabéis que nuestra vecina Elena Antonovna Tchpusov me ha contado
(¡fijaos bien, ella misma!) cómo mató de pena a un sobrino suyo...?
—¿Qué disparates estáis diciendo?
—¡Permitidme! Si no
habéis de creerme, me callaré; os aseguro que no tengo motivo alguno para
calumniar a esa buena mujer a quien estimo tanto como yo puedo estimar a una
mujer. ¡Fijaos que no tiene libros en su casa, exceptuando el almanaque, y que
cuando lee lo hace en voz alta! En fin, repito que es una buena mujer y que sus
doncellas están bastante gordas. ¿Por qué había de calumniarla?
—Bueno, bueno, ya comenzáis con
vuestro tema favorito — exclamó Daría Mijailovna—, las mujeres son vuestra
manía...
—¡Mi manía! Manías
las vuestras, que las tenéis de tres especies, y no las olvidáis ni cuando
dormís.
—¿Cuáles son esas tres manías?
—La recriminación, la alusión y el
reproche.
—¿Sabéis, African
Simeonovich —replicó Daría Mijailovna— que me parece que no debéis haber sido
muy afortunado con las mujeres, y por eso éstas os merecen esa opinión? Alguna
os habrá...
—¿Ofendido, querréis decir?
—interrumpió Pigasov.
23
Daría Mijailovna se
turbó; acababa de recordar el desdichado matrimonio de su interlocutor, e hizo
un movimiento con la cabeza.
—En efecto, hubo una mujer que me
ofendió gravemente, aunque era una santa mujer...
—¿Cómo? ¿Quién era?
—Mi madre —respondió Pigasov bajando
la voz.
—¿Vuestra madre? ¿De qué manera pudo
ofenderos?
—Trayéndome al mundo.
Daría Mijailovna frunció el ceño.
—Me parece, African
Simeonovich, que nuestra charla está tomando un cariz inesperado... Oíd,
Konstantin, tocadnos ese estudio de Thalberg. Tal vez esa armoniosa melodía
tranquilice a African Simeonovich... Orfeo dominaba a los animales feroces.
Konstantin
Diomidich se sentó al piano y tocó con impecable técnica y excelente
interpretación. Al principio, Natalia Alexeevna escuchó con atención; luego
siguió el bordado que tenía entre manos.
—Merci, c'est
charmant —dijo Daría Mijailovna— me gusta Thalberg, ¡es tan
distinguido!... ¿En qué pensáis, African Simeonovich?
24
—Pensaba —respondió
éste lentamente— que hay tres clases de egoístas: los que viven y dejan vivir a
los demás; los que viven y no dejan vivir a los demás, y los que no viven ni
dejan vivir a nadie... La mujer, generalmente, pertenece a esta tercera especie...
—¡Qué amabilidad la
vuestra! Lo que más me admira en vos es esa seguridad con que emitís vuestros
juicios; no teméis equivocaros, por lo visto...
—¡Eso sí que no!
También yo puedo equivocarme; todos los hombres se equivocan. Pero, ¿sabéis
cuál es la diferencia entre el error del hombre y el de las mujeres? Hela aquí:
un hombre podrá decir, por ejemplo, que dos más dos son cinco; una mujer dirá
que dos más dos hacen una bujía de cera.
—Sí, sí, ya
conocemos vuestra opinión sobre ellas; pero, ¿queréis decirnos qué relación
tiene ese juicio sobre los egoístas con la música que terminamos de escuchar?
—Ninguna,
perdonadme. Me distraje y no escuché ni siquiera una nota.
—Sois realmente
incorregible. ¿Qué os atrae, si no gustáis de la música? ¿La literatura, acaso?
—En realidad, me entusiasma la
literatura, pero no la actual...
—¿Por qué?
—Os lo diré por
medio de una parábola. No hace mucho tuve que atravesar el Oka en una balsa,
con cierto señor. Al llegar a
25
destino, llamamos a
unos hombres para que descargasen nuestro equipaje. Mientras un hombre cargaba
un baúl bastante pesado, mi compañero de viaje resoplaba y hacía tanta fuerza
que daba compasión verle. Yo pensé: "He aquí una nueva aplicación de la división
del trabajo". Ese señor se parecía a la literatura actual: mientras otros
trabajan... ella suspira.
Daría Mijailovna sonrió.
—La literatura actual —prosiguió el
infatigable Pigasov— se alimenta de palabras altisonantes, nada más...
—Bien, pero las
mujeres, a quienes tanto combatís, por lo menos no usan palabras altisonantes.
Pigasov se encogió de hombros.
—No las usan... porque no saben
hacerlo.
Daría Mijailovna enrojeció.
—Estáis diciendo
casi... inconveniencias —dijo con forzada sonrisa.
Todos callaron.
¿Dónde queda
Salotonoche? —preguntó uno de los niños a Basistov.
—En el gobierno de
Poltava —respondió el preceptor con cariñosa sonrisa.
26
—Sí, querido mío,
en el gobierno de Poltava —confirmó Pigasov, satisfecho de poder cambiar de
tema, en plena Ucrania. Pero, estábamos hablando de literatura. ¿Sabéis una
cosa? Si yo fuese rico, cultivaría la poesía ucraniana.
—¡Dios nos libre!
¡Sería lo único que faltaría! Pero, ¿acaso conocéis la modalidad de Ucrania y
su lengua?
—¿Su lengua? ¿Qué
lengua? Tomáis una cuartilla de papel, en la parte superior de la cual
escribís: "Pensamiento"; luego, debajo, "¡Oh, destino cruel el
mío!", y otras cosas por el estilo, procurando que tengan un tono
ucraniano y una intención patriótica; se las hace rimar bien que mal y se las
publica. El ucraniano leerá y se enjugará una lágrima... ¡qué corazón tan
sensible el del ucraniano!
—Pero, ¡en nombre
del cielo! —Intervino Basistov—, lo que estáis diciendo carece de sentido
común. Yo, que he vivido en Ucrania y que conozco su alma y su lengua...
—¡Otra vez su lengua! Pero si eso no
es una lengua, si es apenas un dialecto sin belleza...
Basistov quiso protestar.
—Dejadlo —murmuró Daría Mijailovna—.
Ya sabéis que el señor Pigasov no dice más que paradojas...
Pigasov sonrió con
malevolencia. En ese momento entró un Lacayo y anunció que acababan de llegar
Alexandra Pavlovna y su hermano. Daría Mijailovna se levantó y acudió al
encuentro de sus huéspedes.
27
—¡Buen día,
Alexandrine; qué bien habéis hecho en venir! Buen día, Sergio Pavlovich.
Volinzev estrechó
la mano de Daría y en seguida se acercó a Natalia Alexeevna.
—¿Y el barón?
—Preguntó Pigasov—. ¿Conoceremos hoy a vuestro nuevo amigo?
—Sí, vendrá.
—Se dice que es un
gran filósofo..., que os lanza a Hegel a chorro continuo.
Daría Mijailovna no
respondió; tomó del brazo a Alexandra Pavlovna y la hizo sentar a su lado, en
el sofá.
—¡Filosofía!
—Continuó Pigasov—. ¡El punto de vista más elevado! Me mata el punto de vista
elevado. ¿Cómo se puede ver desde arriba? ¿Acaso nos subimos a una torre para
examinar un caballo que se trata de comprar?
—¿De modo que ese
barón al que esperáis hoy va a traer un artículo escrito por él, muy
interesante según he oído decir? — preguntó Alexandra Pavlovna.
—En efecto; un
artículo sobre las relaciones del comercio y la industria en Rusia —contestó
Daría Mijailovna con aire superior y como no dando importancia al asunto— pero
no temáis, no lo leeremos aquí... No es por eso por lo que os he invitado; el
barón est aussi aimable que savant... y habla el ruso
maravillosamente... C'est un vrai torrent... il vous entraîne...
28
—Sí, habla tan bien
en ruso que ha merecido un elogio en francés —murmuró Pigasov.
—Murmurad,
murmurad, African Simeonovich, es vuestra costumbre... pero, en realidad, me
extraña que no haya llegado aún. Bueno, de todos modos, falta casi una hora
para el almuerzo. ¿Qué os parece si vamos al jardín?
Levantáronse todos
y se encaminaron al jardín. Llegaba éste hasta las márgenes del río B., que
atravesaba las posesiones de Daría Mijailovna. Senderos bordeados de altos
pinos conducían a infinidad de glorietas rodeadas de gran variedad de lilas
recién florecidas.
Volinzev, con
Natalia y Mlle. Boncourt, se dirigieron a las espesuras del parque. Volinzev
caminaba al lado de Natalia, pero en silencio; a corta distancia, les seguía
Mlle. Boncourt.
—¿Y qué habéis
hecho hoy? —preguntó al fin Volinzev, retorciéndose sus negros bigotes.
Los rasgos de
Natalia recordaban los de su madre, pero su expresión era menos viva. Sus
hermosos ojos acariciadores tenían una mirada triste.
—Nada interesante; escuché cómo mamá
disputaba con Pigasov, bordé, leí...
—¿Qué leíais?
—Una Historia
de las Cruzadas... —contestó Natalia tras corta vacilación.
29
—¡Ah, eso debe ser
interesantísimo! —Dijo Volinzev agitando una rama que acababa de cortar de un
árbol—. Y ese barón de quien tanto se habla, ¿quién es?
—Un forastero;
gentilhombre de cámara. Mamá lo pondera mucho.
—Vuestra madre se entusiasma
fácilmente.
—Eso demuestra que
su corazón es joven aún —respondió Natalia.
—Sí... Y bien, en
cuanto a vuestro caballo, creo que pronto estará domado. Me gustaría que
levantara el galope de primera intención...
—Merci... Ya
me han dicho que vos personalmente lo estáis domando, y tengo entendido que eso
es bastante difícil.
—Con tal de
proporcionaros un placer, Natalia Alexeevna, yo estaría dispuesto... estaría
dispuesto... en fin, estoy diciendo tonterías y sonrió.
Natalia lo miró con simpatía y de
nuevo dijo:
—Merci.
En ese instante sonó la campana que
anunciaba el almuerzo.
—Ah, la cloche du dîner! —exclamó
Mlle. Boncourt—. Rentrons...
"Quel dommage —pensó la
vieja institutriz—, ¡que un joven tan atrayente tenga tan pocos recursos para
la conversación!"
30
El barón X. no
llegó para el almuerzo. Se le aguardó media hora; la conversación, en la mesa,
no se animaba.
Sergio Pavlovich no
hacía sino mirar a Natalia, a cuyo lado estaba sentado, y a quien servía
continuamente agua en su copa. Pandalevsky se empeñaba en distraer con su
charla a su vecina, Alexandra Pavlovna; derretíase a fuerza de dulzura, cosa a
la que ella apenas prestaba atención.
Basistov parecía ausente y hasta
Pigasov callaba; al notarlo,
Daría Mijailovna dijo:
—Se está usted luciendo muy poco hoy,
African Simeonovich.
—¿Lucirme, yo? —respondió éste—. Eso,
dejadlo para el señor barón...
—¡Bravo! ¡Estáis
celoso de antemano! —exclamó Daría Mijailovna.
Pigasov nada contestó.
Se hicieron las siete y todos pasaron
a la sala.
—Me parece que ya no vendrá —dijo
Daría Mijailovna.
En ese momento se
oyó el ruido de un coche que se detenía ante la puerta de la casa, y al cabo de
algunos minutos entró un lacayo y presentó a Daría Mijailovna una tarjeta en
una bandeja de plata; ella leyó rápidamente y volviéndose al lacayo, preguntó:
—¿Dónde está ese señor?
31
—No se ha apeado
del coche. ¿Ordena la señora que se le reciba?
—Sí, hacedlo pasar.
El lacayo salió.
—¡Qué fastidio! El
barón ha recibido orden de regresar a San Petersburgo; me envía el artículo que
publicó con un amigo, un tal Rudin. Ya en cierta oportunidad me lo quiso
presentar... ¡Qué fastidio!
—Demetrio Nikolaievich Rudin —anunció
el lacayo.
32
IV
Entró un hombre de
unos treinta y cinco años, de elevada estatura pero un poco encorvado; sus
rasgos no eran muy correctos, pero irradiaba un no sé qué de interesante de sus
ojos azules. Su nariz era ancha y recta y sus labios bien dibujados. Su traje
revelaba largo uso y le quedaba algo estrecho, como si desde que lo poseía
hubiese engrosado.
Acercóse con
desenvoltura a Daría Mijailovna e, inclinándose, le dijo:
—Hacía tiempo que
deseaba seros presentado, señora; mi amigo, el barón X., me ha hablado mucho de
vos. Me ha encargado que lo disculpe por no haber podido despedirse
personalmente.
Su fina voz contrastaba con su
elevada estatura y ancho pecho.
—Os ruego, señor,
que toméis asiento; tengo verdadero gusto en conoceros.
Daría Mijailovna lo
presentó a todos los circunstantes, y le preguntó si vivía en el país y si
venía a él solamente de viaje.
—Mi propiedad está
situada en la provincia de T. —respondió Rudin, que tenía su sombrero sobre las
rodillas—. Hace poco que estoy aquí y he venido por asuntos de negocio.
Actualmente, vivo en la capital del distrito.
33
—Del médico. Es un excamarada de la
Universidad.
—¡Ah... en casa del
médico! Se habla muy bien de él. Parece que es muy hábil en su arte. ¿Hace
mucho tiempo que conocéis al barón?
—Aunque lo conocí
sólo el invierno pasado en Moscú, hemos intimado y pasamos juntos varias
semanas.
—Es hombre muy inteligente, ¿no es
verdad?
—Sí, mucho.
Daría Mijailovna se
llevó a la nariz un pañuelo empapado en agua de Colonia.
—¿Estáis en el servicio civil?
—preguntó.
—¿Quién, yo?
—Sí, vos.
—No. He presentado mi dimisión...
Se produjo un breve
silencio. Después, la conversación tornó a hacerse general.
—Permitidme pecar
de curioso —dijo Pigasov volviéndose hacia Rudin—. ¿Conocéis el estudio
publicado por el barón X. sobre las relaciones entre el comercio y la industria
en Rusia? Creo que ese es el tema...
34
—Sí, de eso trata
precisamente —respondió Daría Mijailovna llevándose una mano a la frente.
—Yo, realmente, no
soy competente en tales cuestiones — continuó Pigasov mirando de soslayo a la
dueña de la casa— pero solamente el título de ese artículo se me aparece, ¿cómo
decirlo delicadamente?, muy oscuro y embrollado...
—¿Oscuro? ¿Por qué?
Pigasov sonrió, mientras dirigía una
mirada a Daría Mijailovna.
—¿Os resulta claro?
—preguntó, volviendo su cara de zorro hacia Rudin.
—¿A mí? En efecto...
—Puesto que lo decís...
—¿Tenéis jaqueca?
—preguntó Alexandra Pavlovna a la dueña de la casa.
—No... es decir... C'est
nerveux.
—¿Me permitís una
pregunta, señor? —Siguió Pigasov—. ¿Ese señor barón X., amigo vuestro, se ocupa
de esos asuntos de economía política a fondo, o es tan sólo un entretenimiento
para sus horas de ocio, sustraídas a los placeres del mundo y a los deberes del
servicio?
Rudin lo miró, por primera vez,
fijamente.
35
—El barón no es más
que un aficionado a esa materia, no obstante lo cual puedo aseguraros que el
artículo en cuestión es interesante por muchos conceptos.
—No me atrevo a
discutir con vos, pues no lo he leído, pero se me ocurre que debe atenerse más
a la teoría que a los hechos.
—Hay en él hechos,
y disertaciones generales relativas a los hechos mismos.
—Quizás...
quizás... Os diré que, a mi entender, y os advierto que he estudiado tres años
en Dorpat, todas esas hipótesis, especulaciones y teorías no sirven para nada;
sólo son abstracciones a propósito para confundir a la gente. A mí, que me
señalen los hechos...
—Pero, ¿acaso no se debe explicar el
sentido de los hechos?
—Me fastidian las
teorías, puntos de vista y conclusiones fundadas en lo que se ha dado en llamar
convicciones — continuó Pigasov—. Cada cual proclama las suyas y... —se
interrumpió y agitó las manos en el aire.
Pandalevsky no pudo contener una
carcajada.
—De modo que, según
vos —dijo Rudin—, ¿no hay convicciones sinceras?
—Exacto.
—¿Esa es vuestra convicción?
—Sí.
36
—¿Y cómo decís
entonces que no las hay? Para demostrarlo, acabáis de expresar una.
—Permitidme, permitidme...
Daría Mijailovna
batió palmas y los demás testigos de la escena sonrieron mirándose entre sí
—¡Bravo! ¡Bravo! ¡Pigasov, habéis
sido derrotado!
—Dignaos aguardar
un momento, antes de regocijaros, señora; ¡un poco de paciencia! —Exclamó
Pigasov con despecho—. No basta decir lindas palabras con acento de
superioridad: es preciso probar... refutar... Nos hemos alejado del tema de la
discusión.
—A vuestra vez,
permitidme, señor —prosiguió tranquilamente Rudin—. No creéis en la utilidad de
las teorías ni en la sinceridad de las convicciones...
—En efecto. Yo no creo en nada.
—Entonces, sois un escéptico...
—No veo la necesidad de emplear ese
término.
—Defendeos, entonces —terció Daría
Mijailovna.
Pandalevsky, mientras tanto,
escuchaba gozoso.
—Esa palabra
expresa mi pensamiento —continuó diciendo Rudin—, y puesto que la comprendéis,
creo lícito servirme de ella. Si no creéis en nada, ¿por qué creéis en los
hechos?
37
—En los hechos
creo, pues por lo menos se pueden apreciar, a veces hasta con los sentidos.
—¡Los sentidos!
Pero si hasta ellos engañan, o, por lo menos, no siempre nos revelan la verdad.
¿No os dicen los sentidos que la tierra gira alrededor del sol? ¿O tampoco
creéis a Copérnico?
Todos miraron
atentamente a Rudin. "Parece bastante listo", pensaba cada cual.
—Lo que acabáis de
decir es una broma, naturalmente muy original respondió —Pigasov—, pero que no
tiene relación alguna con lo que discutíamos.
—Es difícil, sin embargo, que yo
pueda decir nada original; esas son cosas de sobra conocidas. Se trata
solamente...
—¿De qué se trata?
—Pigasov se impacientaba y comenzaba a ponerse un tanto impertinente. En toda
discusión tenía por costumbre burlarse de su contrincante; se tornaba después
grosero y por último tartamudeaba y callaba.
—Voy a decíroslo
—respondió Rudin—. Confieso que me apena que personas inteligentes me combatan
o discutan sin razón valedera...
—¿Por qué atacan vuestros sistemas o
teorías?
—Un sistema se basa generalmente en
leyes fundamentales, a veces sobre principios de vida...
—Claro está, pero había que
conocerlos.
38
—Por favor. Ellos
no son, naturalmente, accesibles a todos, y el hombre se equivoca fácilmente;
pero convendréis conmigo en que Newton, por ejemplo, descubrió algunas de esas
leyes fundamentales. Es cierto que era un genio, pero los descubrimientos del genio
son grandes exactamente en la medida en que se hacen accesibles a todos. Esa
tendencia a buscar los principios generales en los fenómenos particulares es
uno de los caracteres básicos del espíritu humano, y toda nuestra
civilización...
—¡Ah, ah, era allí
a donde tendíais! Pero yo soy un hombre práctico y entiendo poco de esas
finezas metafísicas.
—Perfectamente, pero observad que ese
vuestro empeño en ser un hombre práctico, responde ya a un sistema, a una
teoría...
—¡Nuestra
civilización, decís! —Dijo Pigasov desviando el tema—. ¿Para qué sirve? No
daría por ella un céntimo.
—No discutís con
elegancia —observó a Pigasov Daría Mijailovna, que pensaba todo lo contrario de
su nuevo huésped, de quien admiraba la serenidad: "C'est un homme
comm'il faut; es necesario ser muy cortés con él", siguió
pensando.
—Yo no defiendo
nuestra cultura ni la civilización actual, las cuales, por lo demás, no
necesitan de mi defensa. Sólo me permitiré recordaros el antiguo adagio:
"Te enfadas, Júpiter; luego, no tienes razón". Quiero decir que todos
esos ataques contra los sistemas, contra el impulso de perfeccionar éstos y
contra las teorías mismas afligen porque, a la larga, se termina por negar el
saber y la ciencia y por perder la fe que éstos inspiran; es decir, la
confianza en sí mismo, en las propias fuerzas. Esta confianza es indispensable
al hombre. No se
39
puede vivir sólo de
impresiones. Es muy triste temer al pensamiento y no creer en él. En fin, el
escepticismo no conduce sino a la esterilidad, a la debilidad...
—Ésas son palabras, nada más...
—murmuró Pigasov.
—Es posible; pero
permitidme que os haga observar que al decir "ésas no son sino
palabras", buscamos con frecuencia huir a la necesidad absoluta de decir
algo más sensato que esas mismas palabras.
—¿Cómo? —dijo Pigasov frunciendo el
ceño.
—Comprendéis lo que
quiero decir —respondió Rudin con una impaciencia involuntaria, que reprimió
inmediatamente—. Lo repito: si un hombre carece de principios firmes en los
cuales creer, si no tiene un terreno firme en que apoyarse sólidamente, ¿cómo
podría darse cuenta de las necesidades, del destino, del porvenir de su país?
¿Cómo podría saber lo que debe hacer, si...?
—Nuestros puntos de
vista son muy diferentes —interrumpió Pigasov, malhumorado. Luego se levantó y
se refugió en un rincón, sin mirar a nadie.
Rudin lo miró en silencio, con una
leve sonrisa.
—Se dio a la fuga
—dijo Daría Mijailovna— no os inquietéis, Demetrio Nikolaievich; con esa
actitud Pigasov ha significado que "no quiere" discutir más, pero, en
realidad, ha demostrado que "no puede" discutir más... Sentaos más
cerca de nosotros y charlaremos. No sé cómo no nos hemos conocido antes.
¿Habéis
40
leído este
libro? C'est de Tocqueville, vous savez? —y le alargó un libro
en francés, ricamente encuadernado.
Rudin hojeó un poco
el libro, y lo dejó sobre la mesa, diciendo que, aunque no lo había leído,
había reflexionado mucho sobre el problema que en él se planteaba. La
conversación, que había languidecido, tornó a animarse. Rudin, cohibido al
principio, fue cobrando bríos al punto que pronto cautivó a todo su auditorio.
Únicamente Pigasov permanecía en un rincón, junto a la chimenea.
Rudin hablaba con
ingenio, con fuego y buen sentido. Poseía saber y había leído mucho. Nadie
habría esperado hallar en él un hombre notable. ¡Estaba tan mal vestido, se
hablaba tan poco de él! A todos parecía extraño y hasta incomprensible que un
hombre de su talento pudiese aparecer así, súbitamente, en el campo. Rudin les
había dejado asombrados; hasta podría haberse dicho que los había encantado a
todos, comenzando por Daría Mijailovna... Ésta se sentía orgullosa de su nuevo
amigo y pensaba ya en cómo podría apadrinarlo en sociedad, pues a pesar de su
edad, era muy entusiasta en sus primeros impulsos. Alexandra Pavlovna, en
realidad, no había entendido gran cosa de los discursos de Rudin, pero no por
eso estaba menos sorprendida y encantada. Su hermano compartía sus
sentimientos. Pandalevsky observaba a Daría y sentía celos. Pigasov decía para
su coleto: "¡Por 50 rublos podría comprar un ruiseñor que cantaría aún
mejor!" Pero Basistov y Natalia eran los más impresionados. La respiración
del primero casi se había detenido; sentado, boquiabierto, los ojos como
platos, escuchaba como jamás en su vida había escuchado. En cuanto a Natalia,
su rostro se cubría de un débil rubor, y su mirada, vuelta más profunda y más
clara, se fijaba, inmóvil, en Rudin.
—¡Qué hermosos ojos tiene! —murmuróle
Volinzev.
41
—Cierto, son muy
expresivos —respondió Natalia.
—Lástima que sus manos sean demasiado
grandes y rojas.
Natalia no respondió.
Sirvieron el té. La
conversación se hizo general, aunque todos se hallaban como bajo el efecto de
un encantamiento. De pronto, a Daría Mijailovna se le ocurrió hacer enojar de
nuevo a Pigasov. Aproximóse a él y le dijo en voz baja:
—¿Qué hacéis que
habéis callado tan súbitamente? — Y observando a Pigasov que sonreía con sorna,
añadió—: Tratad de mediros otra vez con él.
Y sin aguardar respuesta, hizo una
seña a Rudin.
—Ignoráis todavía
algo importante acerca del señor Pigasov. Detesta a las mujeres y no pierde
jamás ocasión de hacerlas objeto de sus críticas. ¡Por favor, tratad de
convertirlo, de traerlo de nuevo al buen camino!
Sin querer, y a
causa de su estatura más elevada, Rudin miró a Pigasov de arriba abajo. Éste
palideció de ira.
—Daría Mijailovna
se equivoca; no es sólo a las mujeres a quienes critico —respondió con voz
temblorosa. En realidad, no tengo mucho bueno que decir de todo el género
humano.
—¿Y qué os hace tener tan mal
concepto de él?
—Probablemente, el
conocimiento de mi propia alma, en la que descubro cada día nuevas miserias.
Juzgo a los demás por mí
42
mismo, lo cual
quizá sea injusto. Yo soy peor que los demás.
¿Qué queréis?, la costumbre es vieja.
—Os comprendo y
simpatizo con vos —contestó Rudin—. ¿Qué alma noble y pura no ha experimentado
la sed de humildad respecto de sí misma? Pero no hay que detenerse en esa
situación sin salida.
—Os agradezco
humildemente por el certificado de nobleza que conferís a mi alma —respondió
Pigasov—, mas, yo no me quejo de mi situación; no es mala. Más aún: creo que
aunque conociese una salida, no la utilizaría.
—Eso se llama, y
perdonadme la expresión, preferir la satisfacción del amor propio al deseo de
hallar y vivir en la verdad.
—¡Ya lo creo!
—Exclamó Pigasov—. Amor propio: yo comprendo esa palabra, y vos la comprendéis,
creo, y también todo el mundo. En cuanto a la verdad: ¿dónde está?
—Os estáis
repitiendo, os lo advierto —observó Daría Mijailovna.
Pigasov se encogió de hombros.
—Me pregunto:
¿dónde está la verdad? Los mismos filósofos lo ignoran. Kant dice: hela aquí;
pero Hegel responde: no, te equivocas; ésta es.
—¿Sabéis, pues, lo
que dice Hegel? —preguntó Rudin sin levantar la vista.
43
—Repito —continuó
Pigasov con acaloramiento—, que no puedo comprender qué es la verdad. A mi
parecer, no existe en este mundo. La palabra sí existe, es cierto, pero la
cosa, no.
—¡Vamos, vamos!
—Exclamó Daría Mijailovna—. ¿Cómo no os avergüenza hablar así, pecador
empedernido que sois? ¡Que no hay verdad! ¿Para qué, entonces, vivir en este
mundo?
—En todo caso
—repuso acremente Pigasov—, os sería más fácil vivir sin la verdad que sin
vuestro cocinero Stefan, que goza fama merecida de maestro en su arte. Y,
decidme, por favor: ¿qué necesidad tenéis de la verdad? ¿Puede, acaso, servir
para haceros con ella una bonita cofia?
—Una broma no es
una respuesta, sobre todo cuando el tema se basa sobre una calumnia...
—interrumpió Daría Mijailovna.
—Y bien, yo no
sabré lo que es la "Verdad", pero sé que la "Justicia" le
saca los ojos... —y al decir esto, se apartó del grupo.
En cuanto a Rudin,
habló del amor propio y lo hizo con profundo sentido. Probó que el hombre sin
amor propio se anula, que ese sentimiento es la palanca de Arquímedes con la
cual se puede mover el mundo, pero que sólo merece el título de hombre quien
sabe dominar su amor propio, como el jinete su caballo, y sacrifica su
personalidad al bien general. El egoísmo, agregó, es el suicidio. El hombre
egoísta se deseca como el árbol solitario y sin frutos; pero el amor propio,
como tendencia activa hacia la perfección, es la fuente de toda grandeza. Sí,
el hombre debe romper el obcecado egoísmo de su personalidad a fin de poder
manifestarse libremente.
—¿Podríais prestarme un lápiz?
—preguntó Pigasov a Basistov.
44
Éste tardó un
instante en comprender la pregunta.
—¿Un lápiz? ¿Para qué lo queréis?
respondió al fin.
—Para anotar esta
última frase del señor Rudin. Vale la pena conservarla. Si no la anotara,
podría olvidarla, y sería una verdadera lástima.
—Hay cosas de las
cuales no es licito reírse ni burlarse — respondió acaloradamente Basistov,
alejándose de Pigasov.
Entretanto, Rudin
se había acercado a Natalia. Ésta se levantó. Su rostro revelaba su turbación.
Volinzev, que estaba sentado a su lado, también se incorporó.
—Veo aquí un piano —dijo Rudin—.
¿Ejecutáis en él?
—Sí; un poco; pero
el que ejecuta maravillosamente es Konstantin Diomidich.
Éste murmuró con forzada sonrisa:
—Es usted injusta
consigo misma, Natalia Alexeevna. Es usted mejor pianista que yo.
—¿Conoce usted el Erlkönig, de
Schubert? —preguntó Rudin.
—Sí, lo toca
—exclamó Daría Mijailovna— sentaos al piano, Konstantin, y tocadlo... ¿Amáis la
música, Demetrio Nikolaievich?
45
Rudin contestó con
una sonrisa y un movimiento de cabeza, y pasándose una mano por el cabello, se
dispuso a escuchar. Konstantin tocó.
Natalia se colocó
de pie junto al piano, frente a Rudin. Desde los primeros acordes, el rostro de
éste tomó una inspirada expresión; sus ojos azules, de mirada profunda, se
posaban de cuando en cuando en Natalia.
Pandalevsky terminó
de tocar. Rudin, sin decir palabra, se aproximó a la abierta ventana. El jardín
se hallaba envuelto en perfumadas sombras. Los árboles parecían exhalar una
frescura enervante. Se sentía casi la caricia de la tibia noche de verano. Rudin
paseó su mirada por el jardín y luego se volvió.
—Esa música y este
jardín me hacen recordar, no sé por qué asociación de ideas, mi vida de
estudiante en Alemania, los paseos, las serenatas...
—¿Habéis estudiado
en Alemania? —preguntó Daría Mijailovna.
—Un año en Heidelberg y otro tanto en
Berlín.
—Los estudiantes universitarios de
Alemania usan uniforme, ¿no? He oído decir que son muy curiosos...
—En Heidelberg
usaba botas altas, con espuelas, y chaqueta con alamares; en cambio, en Berlín
los estudiantes no llevan un traje especial.
—Habladnos de
vuestra vida de estudiante —dijo Alexandra Pavlovna.
46
Rudin comenzó a
hablar, pero no estuvo feliz. Sus descripciones eran frías y descoloridas.
Carecía del don de hacer reír. Pronto su conversación derivó a impresiones
generales sobre la organización de los estudios en las universidades rusas y
extranjeras y el grado de evolución que ellas alcanzaban; trazó, a grandes
rasgos, un gran cuadro. Sintiendo que pisaba un terreno más firme, su rostro
reflejaba gran vivacidad. Todos le escuchaban con atención. A veces se
expresaba con estudiada reticencia, con poca claridad, pero ello no restaba
encanto a su conversación, por lo contrario, parecía realzarla.
La exuberancia de
ideas parecía impedir a Rudin expresarse con mayor exactitud y precisión. Las
imágenes seguían a las imágenes, que él exponía en ocasiones con metáforas
sutiles y poéticas. A su natural facilidad de palabra se agregaba el calor de
la improvisación. No rebuscaba las expresiones; las palabras fluían de sus
labios naturalmente, respirando sinceridad. Manejaba con habilidad, quizá sin
proponérselo, el encanto de la elocuencia, como si poseyera el secreto de hacer
vibrar al unísono todas las cuerdas del alma.
Su voz se hacía
profunda, musical; hablaba con transporte de sus ilusiones, de su fe en el
porvenir, y eso imprimía en su rostro una expresión de impetuosa juventud. De
pie junto a la ventana, casi sin mirar a nadie, se apasionaba con el interés
que inspiraba a su auditorio... Luego, la presencia de mujeres jóvenes que le
escuchaban embelesadas... la belleza, el encanto de esa noche de verano le
arrebataron, llevándole hasta la elocuencia y la poesía. Su voz se hacía cada
vez más suave, casi susurrante, y sus palabras parecían adquirir un sentido
inesperado... Hablando de lo que acuerda un valor eterno a la fugaz vida
humana, dijo al terminar:
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—Recuerdo en este
momento una leyenda escandinava. Érase un rey sentado junto al fuego, en su
tienda de campaña, rodeado de sus guerreros. De pronto, un pajarillo entra por
una abertura, y atravesando la tienda, sale por otra. El rey dijo al
observarlo: "Ese pajarillo es como el hombre en la tierra; de la sombra
vino y hacia las sombras se fue... ¡Qué poco estuvo a la luz y al calor!"
"Sí, mi rey", dijo el más anciano de los guerreros: "mas el ave
no se pierde en la oscuridad; sabe encontrar su nido". Ciertamente,
nuestra vida es breve e insignificante, no obstante lo cual, todo lo
verdaderamente grande lo realiza el hombre. Consciente de ser el instrumento de
fuerzas superiores, hasta en la misma muerte sabe hallar su vida, su nido.
Rudin calló, involuntariamente
turbado...
—Vous êtes un poète! —murmuró
Daría Mijailovna.
Todos los presentes
aprobaron el elogio... todos, menos Pigasov. Sin aguardar el final de la
conversación, tomó su sombrero y salió sin despedirse. Por otra parte, nadie
advirtió su ausencia.
Los sirvientes
trajeron la cena fría y una hora después se deshizo la tertulia. Daría
Mijailovna rogó a Rudin que pasara la noche en su casa.
Ya en el coche que
la llevaba a la suya, Alexandra Pavlovna se deshacía en elogios sobre el
talento de Rudin. Volinzev se mostró de acuerdo con ella, aunque se permitió
observar que a veces se expresaba con poca claridad. Luego su rostro se
ensombreció y su mirada se fijó en un rincón del carruaje.
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Mientras
Pandalevsky se desnudaba para acostarse, dijo en alta voz: "Es un hombre
listo"... Luego, al ver que el cosaquito que le servía de valet lo estaba
escuchando, le ordenó que se marchara inmediatamente.
Basistov no pudo
dormir. Permaneció vestido, escribiendo a uno de sus amigos de Moscú una
extensa carta que lo entretuvo hasta la madrugada.
En cuanto a
Natalia, aunque se tendió en su lecho, tampoco pudo conciliar el sueño en toda
la noche. Apoyada la cabeza en una mano, dejó vagar su mirada por la oscuridad,
respirando febrilmente.
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V
Al día siguiente,
no bien se hubo vestido, Rudin recibió de parte de Daría Mijailovna la
invitación de bajar a tomar el desayuno con ella.
Rudin la encontró
sola; ella le saludó muy amablemente y le preguntó cómo había pasado la noche.
Después de servirle ella misma el té y azucarárselo, le ofreció un cigarrillo y
le invitó a sentarse a su lado.
Daría hablaba
inclinándose hacia Rudin. Le interrogó acerca de su familia, sus parientes, sus
inclinaciones y proyectos... Daría Mijailovna afectaba un tono indolente y
distraído; pero no consiguió engañar a Rudin, quien descubrió su juego,
íntimamente halagado. No sin motivo había combinado ese desayuno a solas. Daría
se había vestido con sencillez no exenta de buen gusto, à la madame
Récamier.
Sin embargo, pronto
cesó ella de interrogar a su huésped y se puso a hablar de sí misma, de su
juventud, de las personas que había conocido.
Rudin escuchaba con
interés. En la conversación de Daría Mijailovna era siempre su personalidad lo
que dominaba y borraba todo lo demás, y pronto Rudin supo lo que había dicho a
tal personaje importante u obtenido de él, y de su influencia sobre tal escritor
de renombre. A juzgar por las palabras de
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Daría Mijailovna,
todas las celebridades contemporáneas sólo habían aspirado a acercarse a ella y
merecer su benevolencia.
Hablaba de ellos
simplemente, sin entusiasmo; los elogiaba como a cosa propia, tachando a
algunos de ellos de excéntricos. Se refería a ellos como a un rico engarce que
realza la belleza de una gema. Sus nombres formaban una especie de brillante
constelación en torno del nombre principal: el de Daría Mijailovna.
Rudin escuchaba,
fumaba su cigarrillo y callaba. No interrumpía sino raramente y con ligeras
observaciones la charla de la dama. Aunque era naturalmente elocuente y le
gustaba hablar, sabía escuchar, y aquellos a quienes no intimidaba su facilidad
de palabra se tornaban fácilmente expansivos en su presencia, tanta era la
benevolencia que ponía en seguir los discursos de los demás. Pero en las
discusiones, raramente dejaba decir la última palabra a su adversario, a quien
aplastaba con su dialéctica impetuosa y apasionada. Daría Mijailovna hablaba en
ruso, y parecía orgullosa de su perfecto conocimiento de la lengua materna; sin
embargo, a menudo dejaba escapar galicismos y expresiones francesas. Trataba de
emplear locuciones sencillas y populares, aunque no siempre con éxito. A Rudin
no parecía molestarle la mezcolanza del lenguaje que fluía de los labios de
Daría Mijailovna. Por fin ésta, cansada ya, apoyó la cabeza en el cojín de su
butaca y posó su mirada en Rudin.
—Comprendo muy bien
—dijo éste— que esa vida mundana tan intensa de la capital os canse, y que os
agrade venir al
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campo todos los veranos. Estoy seguro
de que debéis ser una fervorosa amante de la Naturaleza...
Daría Mijailovna le miró de soslayo.
—¿La Naturaleza?
Sí, sí..., naturalmente, me gusta mucho; pero también en el campo se necesita
buena compañía. Aquí, en realidad, no tengo a nadie... ¡Fijaos que Pigasov pasa
por hombre de talento en la sociedad de aquí!
—¿Os referís a ese señor que se
enfurruñó ayer conmigo? —preguntó Rudin.
—El mismo. En fin,
después de todo, aquí en el campo puede tolerársele, pues a veces hace reír con
sus ocurrencias.
—No es tonto
—respondió Rudin—, pero está en un mal camino. No sé si sois de mi opinión,
Daría Mijailovna, pero, a mi juicio, no hay salvación en la negación completa y
total. Es fácil pasar por hombre de talento negándolo todo, es un recurso
conocido. La gente simple se mostrará en seguida dispuesta a deducir de ello
que valéis más que lo que negáis; pero, frecuentemente, eso es falso. En primer
lugar, por doquier pueden hallarse manchas, y además, aunque hablarais
sensatamente, peor para vos... Vuestro espíritu se empobrece y agosta cuando se
vuelve exclusivamente hacia la negación. Satisfaréis vuestro amor propio, pero
os privaréis de los verdaderos goces del corazón y del alma. La vida y todo lo
que la compone escapan a vuestra observación superficial y biliosa; llegáis a
la hipocondría, al marasmo, y termináis haciendo reír e
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inspirando piedad
al mismo tiempo. Sólo quien sabe amar tiene derecho a censurar y reprender.
—Voilà M.
Pigasov enterré! —Exclamó Daría Mijailovna—. Sois un maestro en el
arte de juzgar a la gente. Personalmente, creo que Pigasov no entendió nada de
lo que dijisteis; es decir, no trató de comprender, pues solamente se paga de
su propia persona.
—Y la critica para tener derecho de
criticar a los demás.
Daría Mijailovna se echó a reír.
—¿Y qué opináis del barón?
—¡Oh, el barón es
una excelente persona! Tiene un gran corazón... aunque a veces le falta algo de
carácter. En cuanto a su cultura, no pasará nunca de ser un dilettante.
—Anoche leí su
artículo —dijo Daría Mijailovna—, y, entre nous, cela a assez peu de
fond.
Rudin, aunque en el
fondo de la misma opinión que su interlocutora, intentó cambiar de tema.
—¿Y qué otras
personas componen la sociedad de aquí? — preguntó.
Daría sacudió la ceniza de su
cigarrillo con el dedo y dijo:
—Aparte de las que
habéis conocido anoche, muy pocas más... entre ellas el príncipe Garin, a quien
ya conocéis, y un vecino terrateniente, persona bastante instruida y en extremo
53
negligente en su
indumentaria. Guía él mismo su destartalado cabriolé, como si fuera un
empleaducho de tienda, pese a lo cual Alexandra Pavlovna, mi amiga, no le mira
con ojos del todo indiferentes. Deberíais ocuparos de ella, instruyéndola un
poco... Alexandra es una criatura, una verdadera criatura, Demetrio
Nikolaievich. Ha estado casada, mais c' est tout comme... En
fin, si yo fuera hombre me enamoraría sólo de mujeres como ella...
—¿De veras?
—Como lo oís.
Alexandra tiene una frescura, esa inocencia imposible de imitar propia de la
juventud.
—Y lo demás, ¿se
puede falsificar? —Rudin se echó a reír, lo cual era muy raro en él. Cuando le
acontecía, su rostro tomaba una curiosa expresión de vejez—. ¿Y quién es ese
terrateniente poderoso y descuidado hacia el cual no se muestra indiferente la
señora Alexandra Pavlovna?
—Se llama Leznev, Mijail Mijailovich
Leznev.
Rudin no contestó.
—¡Qué! ¿Le conocéis?
—Sí, lo conocí
—dijo al fin—, pero hace ya mucho tiempo... ¿De modo que es vuestro vecino?
Tengo entendido que es un hombre rico...
—Así es. Desearía
invitarlo algunas veces, pues dicen que no le falta talento. Además, estoy en
tratos con él por un asunto de
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deslindes, pues debéis saber que yo
misma administro mis propiedades...
—¿Vos misma?
—Sí; yo no
introduzco costumbres extranjeras de ninguna especie. Donde me veis, todo lo
hago a la manera rusa, y a la verdad que las cosas no van peor de este modo.
—Siempre he pensado
que era una injusticia negar a la mujer un claro sentido práctico de las cosas
—observó Rudin galantemente.
—Sois muy amable
—contestó Daría Mijailovna sonriendo con agrado— pero, ¿de qué hablábamos? ¡Ah,
del señor Leznev! Sí, tengo con él un asunto relacionado con mi campo, que
linda con el suyo. Lo he invitado repetidas veces, y hoy mismo lo espero,
aunque no tengo esperanzas de que venga. ¡Es tan raro ese hombre!
En ese momento se
abrió la puerta y entró el mayordomo de la casa, hombre de elevada estatura,
entrado en años, vestido con un frac negro y chaleco y corbata blancos.
—Con vuestro permiso, señora...
Daría Mijailovna, sin contestarle, se
volvió a Rudin.
—N'est-ce pas qu'il ressemble à
Canning?
—Mijail Mijailovich
Leznev acaba de llegar —anunció el mayordomo—. ¿Lo hago pasar?
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—¡Dios mío, sí! No
le hubiera creído tan puntual...
El mayordomo salió.
—¿No os lo decía?
Una vez que viene, debía hacerlo en un momento de lo más inoportuno. Interrumpe
nuestra conversación...
Rudin se levantó, pero Daría
Mijailovna lo detuvo, diciéndole:
—No os marchéis.
Podemos tratar nuestro asunto en vuestra presencia. Además, me agradaría lo
juzgarais tal como lo habéis hecho con Pigasov. Cuando emitís un juicio, il
est comme gravé avec un burin. Quedaos.
Rudin pareció a
punto de hacer alguna observación, pero reflexionó un instante y guardó
silencio.
Mijail Mijailovich,
a quien ya conocemos, entró en el saloncillo, siempre con su aspecto
desaliñado, se dirigió tranquilamente a Daría Mijailovna y la saludó.
—Celebro que por
fin os hayáis dignado visitarnos, monsieur Leznev —dijo
Daría—. Sentaos, os lo ruego. Tengo entendido que ya conocéis a este caballero
—añadió, señalando a Rudin.
Leznev miró a Rudin con enigmática
sonrisa.
—Así es, le conozco
—contestó haciendo una leve inclinación de cabeza.
—Fuimos
condiscípulos en la Universidad —dijo Rudin a media voz y bajando los ojos.
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—También nos
encontramos más tarde —continuó Leznev con frialdad.
Daría Mijailovna
miró con extrañeza a los dos hombres y volvió a rogar a Leznev que tomara
asiento.
—Deseabais hablar conmigo...
—Sí; con respecto a
ese asunto del deslinde, y también por el placer de veros. Somos vecinos y casi
parientes.
—Muchas gracias
—respondió Leznev—. En cuanto a nuestro asunto, ya lo he arreglado con vuestro
intendente: he consentido a cuanto me propuso.
—¡Ah, ya lo sabía yo!
—Me dijo que si no trataba el asunto
con vos personalmente, no se podrían firmar los papeles. Pues bien, aquí me
tenéis...
—En efecto, es mi
costumbre. A propósito, permitidme preguntaros si es cierto que todos vuestros
aldeanos son también vuestros arrendatarios.
—Es verdad.
—¿Y os tomáis la
molestia de ocuparos en agrimensura? Es digno de elogio.
Leznev permaneció un instante sin
responder.
—Como veis, he venido por la
entrevista personal —dijo luego.
Daría Mijailovna sonrió.
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—Ya veo que habéis
venido; pero lo decís con tal tono que parece que no teníais muchos deseos de
venir a mi casa.
—No voy a ninguna parte —replicó
Leznev flemáticamente.
—¿A ninguna parte?
Sin embargo, vais a casa de Alexandra Pavlovna.
—Hace mucho que conozco a su hermano.
—¡A su hermano!...
En fin, yo no obligo a nadie. Perdonadme, soy más vieja que vos y por eso me
tomo la libertad de reprenderos: ¿qué gusto halláis en vivir como un ermitaño?
¿O será que mi casa, o yo misma, no somos de vuestro agrado?
—No he tenido el
honor de trataros, de modo que mal podríais no ser de mi agrado. En cuanto a
vuestra casa, es espléndida, pero os confieso con toda sinceridad que soy
enemigo de molestarme. ¡Con deciros que no tengo una sola prenda de etiqueta!
... Además, yo no pertenezco a vuestra esfera, Daría Mijailovna.
—Os engañáis,
Mijail Mijailovich; tanto por vuestra cuna como por vuestra educación
pertenecéis a mi esfera. Vous êtes des nôtres.
—Mi cuna y mi educación nada tienen
que ver en esto, Daría Mijailovna. Se trata de...
—El hombre es un
ser sociable; ¿qué placer halláis en vivir como Diógenes en su tonel?
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—Ante todo,
Diógenes se sentía cómodo en él; además, ¿quién os ha dicho que no me relaciono
con nadie?
Daría Mijailovna se turbó.
—Vuestras palabras
me convencen de que no me consideráis merecedora de ser admitida en el número
de vuestras relaciones, ¿no es verdad?
—Creo que monsieur Leznev
exagera el más laudable de los sentimientos, que es el amor a la libertad
—terció Rudin.
Leznev no contestó, limitándose a
mirar a aquél.
Prodújese un silencio.
—Así, pues —dijo
Leznev al cabo de un momento, supongo terminado nuestro asunto. Vuestro
apoderado puede llevarme los documentos para que los firme.
—Sí, pero os
mostráis tan poco amable que casi me dan tentaciones de oponeros obstáculos.
—¡Pero, ese
deslinde es más ventajoso para vos que para mí, Daría Mijailovna!
Ésta se encogió de hombros.
—¿No os dignaréis siquiera
desayunaros con nosotros? —preguntó.
—Os lo agradezco, pero no acostumbro
a hacerlo. Además, tengo cierta prisa...
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—En ese caso, no os detengo —dijo
acercándose a una ventana—, no me atrevo a entreteneros...
Leznev se inclinó.
—Adiós, monsieur Leznev,
y dispensad que os haya molestado.
—No me habéis
molestado, Daría Mijailovna —contestó éste, y salió.
—¿Qué os parece?
—Preguntó Daría a Rudin—. Ya sabía que era un hombre extravagante, pero no
podía suponer que lo fuera a tal punto...
—Padece de la misma
debilidad de Pigasov, la de querer mostrarse original —dijo Rudin— el primero
adoptando una pose mefistofélica, el otro una cínica. En todo eso hay mucho
egoísmo, exceso de amor propio y poca, muy poca sinceridad. Además, en esta
clase de seres hay cierto cálculo; se revisten de indiferencia y con ello hay
quien les supone algún talento; pero basta observarles detenidamente para
advertir que carecen de él en absoluto.
—¡Sois terrible en vuestros juicios!
Nada se os escapa.
—¿Os parece?
—Repuso Rudin—. Sin embargo, para ser justo, tengo de Leznev la mejor de las
opiniones. Éramos amigos; lo amaba y estimaba, pero... surgieron desavenencias
y...
—Reñisteis, ¿verdad?
60
—No; nos separamos
sin reñir, y creo que para siempre.
—Ya observé que
durante la entrevista parecíais algo incómodo. De todos modos, os estoy muy
agradecida por la agradable mañana que me habéis hecho pasar... Pero no quiero
abusar de vuestra amabilidad; os dejaré en libertad hasta la hora del almuerzo.
Entre tanto, yo me ocuparé un poco de mis negocios. Mi secretario, Konstantin
Diomidich, a quien ya conocéis, seguramente está esperándome. A propósito, os
lo recomiendo; es un muchacho excelente, que ya os admira mucho. Hasta
luego, cher Demetrio Nikolaievich... ¡Cuánto agradezco al
barón que me haya proporcionado la oportunidad de conoceros!
Daría Mijailovna
tendió a Rudin una mano que éste llevó a sus labios.
Luego Rudin salió
de la sala, y de allí fue a la galería. En ésta encontró a Natalia.
61
VI
A primera vista, la
belleza de la hija de Daría Mijailovna no impresionaba gran cosa.
Era excesivamente
delgada y morena y no tenía aún soltura de movimientos, pero sus facciones eran
nobles y regulares, aunque demasiado pronunciadas para sus diecisiete años.
Especialmente bella era su frente pura y amplia, en la que se delineaban las
cejas, de dibujo irreprochable. Hablaba poco, escuchaba con profunda atención y
miraba fijamente, como si quisiera darse cuenta de todo.
A menudo se quedaba
inmóvil, los brazos caídos, como ensimismada... A veces, una leve sonrisa
afloraba a sus labios, para borrarse en seguida, al tiempo que sus grandes ojos
oscuros miraban dulcemente. Qu'avez vous?, le preguntaba Mlle.
Boncourt, y empezaba a reñirla diciéndole que era incorrecto en una niña
parecer a tal punto abstraída y ensimismada. Pero Natalia Alexeevna no era
distraída; por lo contrario, su dedicación al estudio era mucha y leía y
trabajaba con gusto. Sus sentimientos eran hondos y firmes; aún en su infancia,
jamás había llorado, y ya mayor, no se la veía nunca suspirar siquiera; sólo
alguna vez, cuando algo la apenaba, palidecía ligeramente.
Su madre la
consideraba juiciosa y razonable y la llamaba, en son de broma: mon
honnête homme de fille; pero no tenía gran
62
opinión de las
aptitudes intelectuales y sentimentales de su hija. "Mi Natacha —solía
decir—, es algo fría, no se parece a mí. Tanto mejor, será feliz..."
Daría Mijailovna se
equivocaba. Bien es cierto, por lo demás, que pocas madres comprenden a sus
hijas.
Natalia amaba
entrañablemente a su madre, que no tenía sobre ella mucho ascendiente.
—Tú tienes que ser
absolutamente franca conmigo; no ocultarme nada de tus sentimientos —le había
dicho cierta vez Daría.
Natalia miró a su
madre y pensó: "Naturalmente, pero sentimos de tan distinta
manera..."
Cuando Rudin la
encontró en la galería, ella se encaminaba, seguida de Mlle. Boncourt, hacia el
interior de la casa, en busca de su sombrero de paja, pues se disponían a dar
su acostumbrado paseo por el parque. Las ocupaciones matutinas habían
terminado. Hacía algún tiempo que se habían desechado las lecciones de
mitología y geografía. Natalia Alexeevna debía leer, todas las mañanas, libros
de historia, de viajes y otras obras instructivas por el estilo. Daría
Mijailovna escogía, aparentemente, sus lecturas, pero lo cierto es que se las
enviaba, ya elegidas, un librero francés de San Petersburgo. Daría no hacía más
que entregar a su hija los libros, de los que se reservaba las novelas de Dumas
(hijo) y las obras de Comte. Mlle. Boncourt observaba severamente a Natalia
cuando ésta leía libros de historia, pues, a su parecer, todos ellos estaban
63
llenos de cosas
inconvenientes. La verdad es que la institutriz sólo conocía, de la historia
antigua, a Cambises, y de la contemporánea, a Luis XIV y a Napoleón, a quien
detestaba cordialmente.
Pero Natalia no
sólo leía los libros que acabamos de mencionar, sino también algunos cuya
existencia su buena institutriz estaba muy lejos de sospechar: los de Pushkin,
por ejemplo, de quien se sabía de memoria versos enteros.
Al encontrarse con Rudin, Natalia se
turbó ligeramente.
—¿Vais de paseo, señorita? —le
preguntó él.
—Sí; vamos a dar una vuelta por el
parque.
—¿Me estaría permitido acompañaros?
Natalia miró a Mlle. Boncourt y
respondió:
—Mais, certainement, monsieur,
avec plaisir!
Rudin tomó su sombrero y siguió a
ambas mujeres.
Natalia, a quien
cohibía la proximidad de Rudin mientras caminaban por el estrecho sendero, se
iba reponiendo poco a poco.
El joven fue
ganando paulatinamente su confianza, al interrogarla acerca de sus estudios y
sus aficiones. Ella respondía con aparente calma, pero su corazón latía
descompasado.
64
—¿No os aburrís en
el campo? —preguntó Rudin mirándola de soslayo.
—¿Cómo es posible aburrirse en el
campo? Aquí estoy contentísima, me siento feliz...
—¡Sois feliz! Hermosa palabra...
Pero, es natural, ¡sois tan joven!
Rudin dijo estas
palabras con un acento algo extraño, en el que no era posible discernir si
envidiaba o compadecía a la muchacha.
—¡Oh, la juventud!
—prosiguió—. Todo el afán de la experiencia es conseguir algo de que la
juventud goza gratuitamente,...
Natalia miró fijamente a Rudin, sin
comprenderle.
—Hoy estuve
hablando toda la mañana con vuestra madre. Es una mujer extraordinaria; me
explico perfectamente que los poetas se disputen su amistad... ¿Amáis la
poesía? —preguntó tras breve pausa.
"Parece que me estuviera
sometiendo a un examen", pensó
Natalia, y luego, en voz alta, dijo:
—Sí, me encanta,
—La poesía es el lenguaje de los
dioses. Yo también la amó....
Pero la poesía no reside solamente en
los versos. Todo a nuestro
alrededor es poesía: estos árboles,
este cielo... Todo respira
belleza, vida, y donde hay belleza y vida hay poesía...
Sentémonos en ese banco, ¿queréis?
—continuó—. Se me ocurre
65
que cuando os
acostumbréis a verme seremos muy buenos amigos. ¿No lo creéis así, señorita?
—dijo mirándola a la cara y sonriendo.
"Me trata como
a una chiquilla", pensó de nuevo Natalia, y no sabiendo qué contestar le
preguntó si pensaba quedarse mucho tiempo en el campo.
—Seguramente todo
el verano, y quizá también el otoño y el invierno. Tengo aquí mis intereses;
por otra parte, no soy rico; ya no puedo permitirme el lujo de andar de un lado
para otro. Además, ya es tiempo de descansar un poco...
Natalia le miró con asombro.
—¿De veras pensáis
que ya debéis descansar? —le preguntó con indecisión.
—¿Qué queréis
decir? —preguntó a su vez Rudin, no menos sorprendido.
—Quiero decir —dijo
Natalia con embarazo—, que otros pueden descansar, pero que vos debéis
trabajar, tratar de ser útil... Nadie mejor dotado para ello...
—Os agradezco en el
alma la opinión que tenéis de mí. ¡Ser útil! Es fácil decirlo. —Rudin se pasó
la mano por la frente—. ¡Ser útil! Aunque estuviese convencido de poder serlo,
aunque tuviese realmente fe en mis propias fuerzas, ¿dónde encontrar personas
sinceras, almas comprensivas?
66
Al decir esto Rudin
hizo un ademán de tan profundo desaliento, que Natalia no pudo menos que
preguntarse a sí misma: "Pero, ¿no estaban llenas de esperanza sus
palabras de ayer?"
—Sin embargo —dijo
de pronto Rudin, sacudiendo su leonina cabeza—, es una locura y tenéis razón...
Os agradezco, Natalia Alexeevna, os agradezco de todo corazón (Natalia se
preguntaba qué tenía él que agradecerle). Vuestras palabras me han recordado mi
deber, me han señalado mi camino... Sí, sí, tengo que obrar; si poseo algún
talento debo emplearlo en bien de todos; no debo malgastar mis energías en
estériles palabrerías...
Y las frases
siguieron saliendo de su boca a borbotones. Hablaba fogosamente, con
convicción, de lo vituperable que es la indiferencia y la inacción, de lo
necesario que es obrar de alguna manera. Se llenaba de reproches; aseguraba que
exponer de antemano lo que se piensa hacer es también perjudicial, pues
equivale a pinchar un fruto a punto de madurar; afirmaba que hacía mal en
desanimarse, pues, en realidad, los nobles propósitos e ideas siempre hallan
eco en los seres comprensivos; y que algunos no son comprendidos porque ellos
mismos ignoran lo que quieren, o porque no merecen serlo. Habló largamente y
terminó diciendo que de nuevo le daba las gracias. Inesperadamente, estrechó la
mano de la joven, exclamando:
—¡Sois una espléndida y noble
criatura!
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Ese gesto
sorprendió a Mlle. Boncourt, quien, a pesar de que hacía cuarenta años que
vivía en Rusia, apenas comprendía el idioma y se limitaba a admirar la fluidez
del lenguaje de Rudin. Por otra parte, ella ya consideraba a Rudin como una
especie de virtuoso o artista, seres a quienes les está
permitida toda suerte de extravagancias.
Se levantó, y
arreglando los pliegues de sus faldas, manifestó a Natalia Alexeevna que era
tiempo de regresar a la casa, tanto más cuanto que esperaban a M. Volinzev para
el "zavtrac".
—¡A propósito, ahí
viene! —añadió, mirando en dirección de un sendero que conducía a la casa.
Volinzev avanzó con
paso indeciso y saludando a todos; luego se volvió hacia Natalia Alexeevna con
triste expresión en el rostro:
—¿Paseabais?
—Sí —contestó la
joven—, pero ya nos disponíamos a volver a casa.
—Y bien... vayamos —dijo Volinzev.
Y todos echaron a andar.
—¿Cómo está vuestra
hermana? —preguntó Rudin a Volinzev con tono amabilísimo.
—Está bien, muchas gracias; quizá
venga hoy... Pero, me parece que estabais conversando cuando yo llegué...
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—En efecto,
hablábamos, y por cierto que Natalia Alexeevna me ha dicho unas palabras que me
impresionaron vivamente.
Volinzev no
preguntó cuáles habían sido esas palabras, y en medio del más completo silencio
regresaron a la casa.
Antes del almuerzo
se reunieron todos en el salón. Pigasov no se dejó ver. Rudin no estaba en vena
y no hacía sino rogar a Pandalevsky que tocara composiciones de Beethoven.
Volinzev callaba, la mirada fija en el suelo. Natalia no se apartó del lado de
su madre, ocupada en su bordado. Basistov no quitaba los ojos de Rudin, a la
espera de oírle decir alguna frase ingeniosa. Así transcurrieron tres monótonas
horas.
Alexandra Pavlovna
tampoco llegó para el almuerzo, y tan pronto hubo terminado éste, Volinzev hizo
preparar su coche y se marchó sin despedirse de nadie.
Volinzev amaba
desde hacía largo tiempo a Natalia, pero como jamás se había atrevido a
declararle su pasión, ese estado de ansiedad le provocaba crueles sufrimientos.
No podía engañarse sobre el carácter del sentimiento que él mismo inspiraba, y
que era el de una benevolencia, afectuosa sin duda, pero fría y reservada.
Volinzev no esperaba otra cosa. Contaba con la influencia del tiempo y de la
costumbre para atraerse a Natalia. Pero, ¿qué había podido ese día agitar a tal
punto a Volinzev? ¿Qué cambio había sorprendido durante los últimos dos días?
Natalia se había mostrado con él exactamente igual que antes.
69
¿Le habría asaltado
la idea de que tal vez conocía muy poco el carácter de Natalia, y de que ésta
se hallaba más lejos de él de lo que había creído? ¿Estarían despertando en él
los celos? ¿Presentía vagamente alguna desgracia...?
Cuando llegó a su casa encontró allí
a Leznev.
—¿Cómo has vuelto tan temprano? —le
preguntó Alexandra.
—¡Psh! Me aburría...
—¿Estaba Rudin?
—Sí.
Volinzev se quitó el sombrero y se
sentó.
—Sergio —continuó
Alexandra Pavlovna—, hazme el favor de convencer a este hombre testarudo de que
Rudin es una persona de mucho talento y muy elocuente.
Volinzev murmuró algunas palabras
ininteligibles.
—No me calumniéis
repuso Leznev— yo no niego talento ni elocuencia a Rudin. Sólo digo que su
persona no me gusta.
—¿Tú lo conoces? —preguntó Volinzev.
—Lo vi esta mañana
en casa de Daría Mijailovna. Está representando ahora el papel de "gran
visir", pero ya se cansará de él también... Del único de quien jamás se
cansará Daría es de Pandalevsky, pero por ahora reina Rudin. Daría pretendió
esta mañana juzgarme en presencia de él, observándome como un
70
caballo en venta. Como eso era
intolerable, me despedí y me marché...
—¿Y qué te llevó a casa de Daría
Mijailovna?
—Un asunto de
negocios, es decir, ese deslinde del campo. Pero eso no fue más que un
subterfugio, lo que en realidad quería era verme la cara. ¡Extravagancias de
aristócrata!
—Lo que no le perdonáis a Rudin es su
superioridad —terció
con calor Alexandra Pavlovna—, eso
es. Yo estoy segura de
que, además de mucho talento, él
posee un gran corazón...
Observad sus ojos cuando...
—Cuando habla del
perfecto honor... —interrumpió Leznev, citando unos versos de Griboiedov.
—Haréis que me
enfade y me eche a llorar —repuso Alexandra—. Siento mucho no haber ido a casa
de Daría Mijailovna en vez de estar aquí con vos. Bueno, ya me habéis
contrariado bastante. Portaos bien ahora y contadme algo de su juventud.
—¿De la juventud de Rudin?
—Pero, sí ¿No me
habéis dicho que hace mucho tiempo que le conocéis?
Leznev se incorporó y comenzó a
pasearse por la habitación.
—En efecto
—comenzó—, le conozco muy bien, y puesto que deseáis que os refiera algo de su
juventud, voy a complaceros. Rudin nació en T. Fueron sus padres unos modestos
labriegos.
71
Su padre murió muy
joven, dejándole solo con su madre, mujer excelente que no miraba sino por los
ojos de su hijo. El poco dinero que conseguía lo empleaba en cosas para él.
Rudin se educó en Moscú, al principio a costa de no sé qué tío suyo y luego a
la de un opulento príncipe de quien se hizo muy amigo. Más tarde ingresó en la
Universidad. Allí le conocí y pronto fuimos amigos inseparables... De esa
intimidad nuestra os hablaré en otra ocasión; ahora no puedo hacerlo. Luego
Rudin se marchó al extranjero...
Leznev continuaba
caminando por la habitación, en tanto que Alexandra Pavlovna lo observaba con
atención.
—Desde el
extranjero —continuó—, escribía a su madre de tarde en tarde y en mucho tiempo
no fue a verla sino una vez, permaneciendo a su lado sólo dos días. La anciana
llegó al fin de su vida sola, en brazos de extraños, con los ojos clavados en
un retrato del hijo ausente. Yo solía visitarla cuando vivía en T. Era muy
hospitalaria; recuerdo que siempre me obsequiaba con confitura de cerezas.
Adoraba a su Demetrio. Los señores de la escuela de Petchorin os dirán que
generalmente amamos a los seres menos inclinados a la ternura; yo creo que
todas las madres aman a sus hijos, sobre todo a los ausentes. Volví a
encontrarme con Rudin en el extranjero. Mantenía entonces relaciones con una
dama rusa bastante madura, a la que abandonó luego, o quien le abandonó a él,
no estoy muy seguro... Después, no lo volví a ver hasta hoy. Eso es todo.
Leznev calló, se
pasó la mano por la frente como si se sintiese fatigado y se dejó caer en un
sillón.
72
—¿Sabéis una cosa,
Mijail Mijailovich? —Comenzó Alexandra Pavlovna—. Creo que sois un hombre
bastante malo; casi tanto como Pigasov. No dudo de la verdad de lo que nos
habéis relatado, pues os considero incapaz de mentir. Sin embargo, ¡habéis
presentado a Rudin bajo una faz tan desagradable, tan horrible! Esa desventurada
anciana, su abnegación, su muerte solitaria, y luego esa dama del extranjero...
¿Para qué todo eso? No ignoráis que hasta la vida del mejor de los hombres
puede presentarse a los ojos de los demás con colores sombríos, tornándole
odioso y repulsivo... ¡Eso es también una especie de calumnia!
Leznev volvió a levantarse y a
recorrer la habitación.
—No pretendí en
modo alguno horrorizaros, Alexandra Pavlovna —dijo al cabo de un momento—, y no
soy un calumniador... Sin embargo —agregó tras una breve pausa, durante la cual
pareció meditar—, quizás haya algo de verdad en lo que acabáis de decir. Yo no
calumniaba a Rudin... ¡Quién sabe! Quizás él haya cambiado, quizá yo sea
injusto con él...
—¡Ah! Prometedme,
entonces, que renovaréis vuestra amistad con Rudin para conocerlo bien, y que
sólo después pronunciaréis vuestro juicio definitivo.
—Bien, conformes...
Pero, ¿por qué estás tan silencioso, Sergio Pavlovich?
Volinzev se
estremeció y levantó bruscamente la cabeza, como si acabaran de despertarlo.
73
—¿Qué quieres que te diga? Casi no lo
conozco; además, hoy me duele mucho la cabeza...
—Es verdad, estás
muy, pálido. Dime, ¿qué tienes? —dijo Alexandra Pavlovna.
—Me duele la
cabeza, te repito —contestó Volinzev, y salió del aposento.
Alexandra Pavlovna
cambió una mirada de inteligencia con Leznev, pero nada dijeron. Para ninguno
de los dos era un secreto lo que pasaba en el corazón de Sergio.
74
VII
Pasaron más de dos
meses. Durante todo este tiempo Rudin, con pequeños intervalos, se hospedó en
casa de Daría Mijailovna. Se habría dicho que ella no podía estar sin él;
hablarle de sí misma o escuchar los juicios de Rudin sobre cuestiones generales
se había convertido para ella en una necesidad. En cierta oportunidad, él había
querido marcharse, con el pretexto de que se habían agotado sus recursos. Daría
Mijailovna le impuso un préstamo de quinientos rublos, lo que no impidió a
Rudin pedir otros doscientos a Volinzev.
Entre tanto, las
visitas de Pigasov se hacían menos frecuentes. Rudin lo molestaba con su sola
presencia, y no era el único que experimentaba lo mismo.
—Me disgusta ese
"intelectual" —decía Pigasov— no se le cae el "yo" de la
boca; únicamente emplea palabras largas y altisonantes, y si estornudo ha de
explicarme en seguida por qué he estornudado en lugar de toser. Si elogia a
alguien, parecería que está otorgándole una condecoración; y cuando, de
repente, comienza a quejarse de sí mismo, lo hace en forma tal que uno
esperaría por lo menos verle melancólico... ¡pero no!; se diría más bien
alegre, como si hubiese bebido vodka.
75
Pandalevsky le
temía un poco y le trataba con extrema amabilidad. Volinzev mantenía con Rudin
unas relaciones un tanto extrañas: Rudin decía de él que era un caballero y lo
ponía por las nubes, estuviese o no presente. En cambio, Volinzev no le tenía
ninguna simpatía, y cada vez experimentaba más rabia e impaciencia cuando Rudin
se disponía a elogiarlo en su presencia. ¿"No estará burlándose de
mí?", pensaba con profundo desagrado. Trataba de sobreponerse, pero no
podía dejar de sentir celos... a causa de Natalia. El mismo Rudin, a pesar de
festejar ruidosamente las virtudes de Volinzev y de pedirle dinero prestado, no
parecía del todo sincero. Era difícil, en realidad, definir lo que sentían
ambos hombres cuando se estrechaban la mano mirándose a los ojos.
Basistov seguía
embobado ante Rudin, cazando al vuelo cada palabra que éste pronunciaba. Rudin,
por su parte, le prestaba escasa atención. No obstante, en una oportunidad
había pasado toda una mañana con Basistov, hablando de temas generales y cosas
del momento. Eso había hecho aumentar la admiración que el joven experimentaba
hacia él, pero no tardó en dejarle plantado. Se echaba de ver que sólo de
palabra era como buscaba almas jóvenes que le comprendieran... Con Leznev, que
empezó a visitar a Daría Mijailovna más a menudo, Rudin trataba de no discutir,
al punto de que se habría dicho que lo rehuía. Leznev, por su parte, lo trataba
con suma frialdad y no se pronunciaba en su juicio respecto a él, lo que no
dejaba de entristecer a Alexandra Pavlovna. Ésta estimaba a Rudin, pero no
dejaba de creer a Leznev. En casa de Daría Mijailovna todos se inclinaron ante
los deseos de Rudin. Él era quien ajustaba a su capricho el orden de los
diarios entretenimientos y paseos;
76
ninguna partie
de plaisir se hacía sin él, que participaba en ellas, sin embargo,
como los adultos en los juegos de los niños... con amable condescendencia. Con
Daría Mijailovna hablaba sobre todas las cosas: de la administración de sus
tierras, de negocios, de la educación de los niños... Rudin escuchaba sus
proyectos y le sugería innovaciones, pero aunque Daría admiraba sus ideas, se
atenía, en lo que a sus negocios concernía, a los consejos de su administrador,
un ucraniano entrado en años, listo y bondadoso.
Después de Daría,
era con Natalia con quien Rudin mantenía conversaciones más largas. Daba, a
escondidas, libros a la joven; le confiaba sus planes; le leía las primeras
páginas de proyectados artículos y composiciones. No siempre comprendía ella el
sentido, lo cual por lo demás, no preocupaba a Rudin, quien parecía
satisfacerse con que ella le escuchase solamente. Su intimidad con Natalia no
era enteramente del gusto de Daría Mijailovna; pero ésta terminaba por decir:
"Y bien, aquí, en el campo, que charlen todo lo que quieran; ya cambiarán
las cosas en San Petersburgo. Seguramente, no pasa de ser un entretenimiento
infantil".
Pero Daría
Mijailovna se equivocaba. Las charlas de Rudin con Natalia no eran infantiles:
ella le escuchaba con avidez, tratando de adivinar lo que no alcanzaba a
entender de sus palabras; sometía a su juicio sus propias ideas, pensamientos e
impresiones; él era su mentor y su guía. Por entonces... sólo la cabeza hervía,
pero una joven cabeza no hierve mucho tiempo sola. Dulces momentos eran los que
vivía Natalia en el jardín, a la sombra ligera y transparente de los fresnos,
cuando, sentada
77
con Rudin en un
banco, éste le leía a Goethe o a Hoffmann, deteniéndose de vez en cuando para
explicarle lo que le resultaba oscuro. Natalia, como casi todas las jóvenes
rusas, hablaba poco el alemán, pero lo entendía bastante bien. En cuanto a
Rudin, era un verdadero entendido en literatura alemana; amaba mucho su poesía,
su romántico y filosófico mundo, y entusiasmaba a la joven con ese para ella
poco conocido país. Hermosas imágenes suscitaban en su mente las descripciones
que Rudin le leía, pensamientos y sensaciones gozosas se sucedían, haciendo
vibrar las cuerdas de su alma y encendiendo su corazón con la chispa sagrada de
la admiración...
—Decidme, Demetrio
Nikolaievich le preguntó cierto día Natalia, mientras miraba al jardín por la
ventana—, ¿pensáis pasar este invierno en San Petersburgo?
—Aún no sé
—respondió Rudin, dejando caer sobre sus rodillas el libro que tenía en la
mano—, depende de los recursos que pueda reunir...
Hablaba con
desaliento; toda la mañana había parecido cansado y melancólico.
—Creo que no os será muy difícil
conseguir esos recursos.
Rudin movió significativamente la
cabeza, y dijo:
—¿Lo creéis así?
Natalia iba a decir algo, pero se
detuvo.
78
—Mirad —prosiguió
Rudin extendiendo la mano hacia la ventana—: ¿Veis ese manzano? Se ha quebrado
bajo el peso y cantidad de sus frutos. Ése es el emblema del genio...
—Pero se ha
quebrado porque le faltó un apoyo —repuso Natalia.
—Entiendo lo que
queréis decir, Natalia Alexeevna, pero al hombre no le es fácil conseguir ese
apoyo.
—Yo creo que la
comprensión... en fin, la soledad... Natalia se enredó un poco y enrojeció.
—¿Y qué haréis en
invierno, solo en el campo? —agregó prestamente.
—¿Que qué haré?
Pues, terminaré el trabajo que tengo empezado sobre lo trágico en la vida y en
el arte, del que os hablé los otros días, y luego os lo enviaré.
—¿Y lo publicaréis?
—No.
—¡Cómo! ¿Entonces, para qué os tomáis
tanto trabajo?
—Aunque no fuera
más que por vos, ¿no sería acaso motivo suficiente?
Natalia bajó los ojos.
—Yo no soy digna de eso, Demetrio
Nikolaievich.
79
—¿Me permitís que
os pregunte el tema de vuestro trabajo? — preguntó modestamente Basistov, que
estaba sentado a poca distancia de ellos.
—De lo trágico
en la vida y en el arte —respondió Rudin—: ¿Veis? También el señor
Basistov lo leerá. Por otra parte, todavía no he llegado a la definición de mi
idea fundamental. Hasta ahora no he conseguido fijar el significado de lo
trágico en el amor.
Rudin hablaba del
amor con frecuencia y muy a gusto. Al principio, Mlle. Boncourt, al solo
enunciado de la palabra "amor" aguzaba el oído, como un viejo caballo
de guerra al sonar la trompeta, pero poco a poco se había ido acostumbrando y
ahora sólo apretaba los labios y sorbía rapé.
—Me parece —dijo tímidamente
Natalia—, que lo trágico en el amor solo puede estar representado por un amor
desdichado...
—¡Oh, no! —Replicó
Rudin— ése sería más bien el lado cómico del amor... Es preciso plantear esta
cuestión de un modo completamente distinto. Es necesario abundar muchísimo en
tan grave asunto... ¡El amor! —Continuó— todo en él es misterio: la manera como
se manifiesta, se desarrolla y desaparece. Ora se muestra de pronto alegre y
resplandeciente como el día; ora permanece largo tiempo oculto, como las ascuas
bajo las cenizas, para llenar el corazón de repentinas llamas; ora se desliza
en el alma como una serpiente, para huir tan pronto... Sí, sí, es un problema
muy importante. Por otra parte: ¿quién ama en nuestros tiempos? ¿Quién sabe
amar?
Rudin se interrumpió y se quedó
pensativo.
80
—¿Por qué hace
tanto que no vemos a Sergio Pavlovich? — preguntó de pronto.
Natalia se puso como la grana y bajó
la vista.
—No sé —respondió a media voz.
—Es una excelente y
noble persona. El prototipo del hidalgo campesino ruso.
Mlle. Boncourt lo miró de soslayo con
sus pequeños ojillos.
Rudin comenzó a pasearse por la
habitación.
—¿Habéis advertido
cómo en el roble —dijo volviéndose bruscamente—, y el roble es un árbol fuerte,
las hojas secas no caen antes de que aparezcan las nuevas?
—Sí contestó lentamente Natalia—, lo
he notado.
—Lo mismo sucede
con un amor viejo en un corazón fuerte; ya aquél está muerto, pero se sobrevive
a sí mismo y sólo un amor nuevo será capaz de desprenderlo completamente.
Natalia no respondió.
"¿Qué me querrá decir?",
pensó.
Rudin se detuvo, sacudió la cabeza y
salió de la habitación.
Natalia también se
retiró a su cuarto. Allí se quedó mucho tiempo, presa de la incertidumbre, en
la semipenumbra sentada sobre su pequeña cama, pensando en las últimas palabras
de
81
Rudin. Después, de
pronto, se retorció las manos y comenzó a sollozar.
¿Por qué lloraba?
No lo sabía. No quería hacerlo, pero las lágrimas corrían como el agua de una
fuente, largo tiempo retenida por un obstáculo.
Aquel mismo día
tuvo lugar, entre Alexandra Pavlovna y Leznev, una conversación acerca de
Rudin, largamente esperada por aquélla.
—He notado que
Demetrio Nikolaievich, decididamente, no goza de vuestra simpatía —dijo ella—.
Habéis tenido ya ocasión de tratarlo y me gustaría saber de vuestros propios
labios si él ha experimentado el cambio que esperabais...
—Permitidme
—respondió Leznev con su flema habitual— ya que estáis tan impaciente por
conocer mi opinión... pero os prevengo, no os enojéis si...
—¡Empezad, empezad de una vez!
—Bien, pero dejadme hablar hasta el
final sin interrumpirme.
—¡Pero, sí, comenzad!
—¡Allá voy!
—Comenzó Leznev, dejándose caer pesadamente en un diván—. Ante todo, debo
deciros que Rudin sigue no gustándome. Es un hombre de talento...
—¡Lo creo!
82
—Es un hombre de talento, pero, en el
fondo, es... ¿cómo diríamos?... hueco...
—¡Eso se dice fácilmente!
—Repito que en el
fondo es hueco —siguió Leznev en el mismo tono— pero eso no significaría
nada... todos nosotros lo somos, en mayor o menor medida. Tampoco le reprocho
que sea un déspota, un indolente, un ser poco instruido...
—¡Poco instruido
Rudin! —exclamó Alexandra Pavlovna juntando las manos.
—Poco instruido
—continuó imperturbable Leznev—, a quien le gusta vivir del prójimo, desempeñar
un papel, echar tierra a los ojos... Pero lo peor es que es un hombre frío...
frío como el hielo.
—¡Frío él, con su
alma ardiente! —interrumpió Alexandra Pavlovna.
—Sí, señora; frío
como el hielo, y como él no lo ignora, se finge ardiente. Lo grave consiste
—continuó Leznev exaltándose por grados— en que está haciendo un juego
peligroso... peligroso no para él, se entiende, pues él nada arriesga, sino
para otras personas más sinceras, capaces de arriesgar el alma.
—¿Qué? ¿Qué estáis
diciendo? —Dijo Alexandra—. No lo entiendo.
—Lo acuso de falta
de honestidad. Puesto que se trata de un hombre de talento, puede y debe
conocer el valor de las
83
palabras; no
obstante, las dice como si nada le costasen. No hay duda de que es elocuente,
aunque su elocuencia es poco rusa...
Además, si a un
adolescente puede perdonársele que se deleite escuchándose, es imperdonable en
un hombre de los años de Rudin. ¿No es vergonzoso representar así una comedia?
—Yo creo, Mijail Mijailovich, que
para el que escucha no tiene importancia que el que habla esté o no
fingiendo...
—Perdonadme,
Alexandra Pavlovna, la tiene y mucha. Alguien dirá una palabra y me conmoverá
hondamente; dirá otro la misma palabra y me dejará impasible. ¿Por qué?
—En vuestro caso,
podrá ser así; pero, ¿a otra persona? — interrumpió Alexandra Pavlovna.
—Tal vez. El caso
es que las palabras de Rudin no son ni serán más que meras palabras, que jamás
se convertirán en actos; pero eso no impide que esas mismas palabras puedan
trastornar y hasta perder un joven corazón.
—¿De quién, de quién estáis hablando,
Mijail Mijailovich?
Éste se puso de pie.
—¿Queréis saber de quién hablo? De
Natalia Alexeevna.
Alexandra se turbó
un instante, pero no tardó en reponerse y responder sonriendo:
—¡Dios mío! ¡Qué
ideas extrañas tenéis a veces! Natalia es aún una niña y, además, si hubiese
algo, ¿pensáis que Daría Mijailovna...?
84
—En primer lugar,
está tan convencida de su arte para educar a sus hijos, que no se intranquiliza
por ellos. ¡Qué temor podría abrigar! ¿No le bastaría una simple señal para
ponerlo todo en orden? Eso es lo que piensa esa señora que, creyéndose una
mecenas y Dios sabe qué más, en definitiva no es sino una vieja mundana... En
cuanto a Natalia, ya ha dejado de ser una niña; os aseguro que piensa y analiza
más profundamente que nosotros dos juntos; y se da el caso de que esa honesta,
tierna y apasionada criatura ha tropezado con un comediante. Esto dicho de
paso...
—¡Comediante! ¿Es a Rudin a quien
llamáis comediante?
—A él, sí, a él.
Pero, decidme con franqueza: ¿qué papel desempeña Rudin en casa de Daría
Mijailovna? Ser el ídolo, el oráculo de la casa, entrometerse en todo, tomar
disposiciones, introducirse hasta en las intimidades de la familia. ¿Os parece
eso decoroso en un hombre?
Alexandra Pavlovna lo miró
atentamente al rostro:
—No os reconozco,
Míjail Mijaílovich —dijo—. Os acaloráis, luego palidecéis... Verdaderamente,
debe ocultarse en todo esto algo que...
—En efecto, hay
algo más. ¡Cómo sois las mujeres! Se os habla, con el tono de la más profunda
convicción y no obstante, siempre habréis de inventar algún motivo mezquino que
explique por qué se emplea ese tono y no otro.
Alexandra Pavlovna se enfadó.
85
—¡Bravo, monsieur Leznev!
Ya empezáis a atacar a las mujeres, como el señor Pigasov. ¡Allá vos! Pero por
muy suspicaz que seáis, es imposible que en tan poco tiempo hayáis podido
comprender tantas cosas y conocer tan a fondo a una persona. En lo que respecta
a Rudin, os equivocáis. En vuestra opinión, Rudin es una especie de Tartufo.
—Precisamente, no
es ni siquiera un Tartufo. Éste por lo menos sabía lo que perseguía, pero
Rudin, con toda su inteligencia... —Leznev se interrumpió.
—¿Qué queréis
decir? Por qué no termináis, hombre injusto y malévolo.
Leznev se había puesto de pie otra
vez.
—Escuchadme,
Alexandra Pavlovna, vos sois la injusta, no yo. Os enfadáis conmigo porque
emito un juicio severo acerca de Rudin, y sin embargo, creedme, me asiste todo
el derecho de hacerlo. ¡He pagado un precio demasiado alto por tener el derecho
de juzgarle! Yo conozco bien a Rudin, hemos vivido juntos, recordad que os
prometí contaros alguna vez detalles de esa vida nuestra en común. Pues bien,
ya que está visto que tendré que hacerlo, ¿me escucharéis con paciencia hasta
el final?
—Hablad, os escucho
Leznev comenzó a
caminar lentamente por la habitación, deteniéndose de vez en cuando y meneando
la cabeza.
86
—No sé si sabéis o
no —comenzó— que quedé huérfano a los diecisiete años, y ya a esa edad sin
tutela de mayores. Vivía en casa de una tía, en Moscú, y hacía lo que se me
antojaba. Era un muchacho fútil y vanidoso, jactancioso casi. Al ingresar en la
Universidad seguía conduciéndome como un colegial y no tardé en verme enredado
en una historia bastante desagradable... No vale la pena contárosla. Basta que
sepáis que entonces mentí, mentí de una manera deshonrosa. Comenzaron las
indagaciones, y no tardé en verme cubierto de oprobio. Perdí la cabeza hasta el
punto de llegar a las lágrimas. El episodio había ocurrido en casa de un
compañero y delante de un gran número de camaradas. Todos se burlaron de mí;
todos... menos uno, el que más había insistido en que confesara mi mentira. Él
me tomó del brazo y me llevó a su casa.
—¿Era Rudin? —preguntó Alexandra.
—No, no era Rudin;
era un hombre... extraordinario. Ya ha muerto. Se llamaba Pokorsky. Describirlo
en pocas palabras es superior a mis fuerzas; y si empiezo a hablar de él ya no
podré hacerlo de otra cosa. Poseía un alma superior, nobilísima, y un talento
tan grande como jamás vi otro igual. Vivía en un pequeño desván de una casa de
madera. Era muy pobre; se costeaba sus estudios a fuerza de grandes sacrificios
con el producto de algunas escasas lecciones que daba. A veces, hasta carecía
de té y de azúcar, y el único diván que poseía estaba tan desvencijado que era
casi inservible. A pesar de todo eso, recibía a numerosos amigos, que le amaban
de todo corazón. ¡No podéis imaginaros cuán dulce era estar en esa pequeña y
87
miserable
habitación! Allí conocí a Rudin, quién en aquel entonces se había separado de
su príncipe.
—¿Y qué tenía de notable ese
Pokorsky? —preguntó Alexandra.
—¿Cómo decirlo?
Poesía y verdad, eso es lo que atraía a todos. Además de su clara inteligencia,
era en extremo bondadoso, y divertido como un niño. Todavía resuena en mis
oídos el eco de sus carcajadas, y también ardía como la lamparilla nocturna
ante la imagen de la bondad, como lo definió un poeta medio loco que formaba
parte de nuestro círculo.
—¿Y cómo hablaba? —preguntó de nuevo
Alexandra.
—Bien, cuando estaba inspirado, pero
no extraordinariamente.
Ya en esa época Rudin le aventajaba
en elocuencia.
Leznev se detuvo y cruzó los brazos.
Luego continuó:
—Pokorsky y Rudin
no se parecían en nada. En Rudin hubo siempre más brillo, tenía más frases a su
disposición, y, si queréis, más entusiasmo. Parecía mejor dotado que Pokorsky,
aunque, en el fondo, no pudiera comparársele. Rudin desarrollaba admirablemente
cualquier idea, discutía con maestría, pero sus ideas no nacían en su propio
cerebro: las tomaba aquí y allá, y especialmente de Pokorsky. A juzgar por las
apariencias, Pokorsky era flemático, suave, hasta débil. Adoraba a las mujeres
hasta la locura y amaba el placer, pero no hubiera soportado el insulto de
nadie. Rudin, en cambio, parecía lleno de fuego, de osadía y de vida, pero en
el fondo era frío y aun tímido en todo lo que no tocara su amor propio; si su
88
vanidad resultaba
en juego era capaz de atravesar las llamas. Ponía todo su empeño en dominar a
los demás, los subyugaba con palabras sonoras y ejercía realmente una inmensa
influencia sobre muchos de nosotros. Verdad es que nadie le amaba realmente,
excepción hecha de mí, que me até a él. Su yugo se soportaba; en cambio, a
Pokorsky todos se le entregaban por propio impulso. Rudin no rehusaba jamás
discutir con el primero que se presentara, lo cual es, si no una cualidad, una
ventaja. No había leído mucho, pero sí más que Pokorsky y que todos nosotros.
Tenía, por otra parte, un espíritu sistemático y una memoria privilegiada,
dotes secundarias que atraen a los jóvenes. Lo que impresiona, a la edad que
teníamos entonces, son las deducciones netas y rápidas, y lo que se busca son
soluciones, aunque éstas sean disparates. Un hombre de recta conciencia no se
pronuncia sin más ni más de un modo dogmático y no tiene siempre respuesta para
todo. Tratad de decir a la juventud que no podéis proporcionarle la verdad completa
porque vos misma no la poseéis... pues bien: la juventud no querrá escucharos.
Pero tampoco podréis engañarla. Para convencerla, es preciso que vos misma
estéis en parte convencida. He aquí por qué Rudin ejercía tanta influencia
sobre nosotros. Os acabo de decir que era hombre de pocas lecturas; no
obstante, conocía obras de filosofía, y su cerebro estaba organizado de modo
tal que extraía inmediatamente el sentido general de sus lecturas. Captaba la
idea fundamental de un tema y se entregaba en seguida a desarrollos luminosos y
metódicos que sabía presentar con profunda habilidad inventando argumentos a
medida que los iba necesitando. Para hablar con conciencia, es
89
preciso declarar
que nuestro círculo se componía de gente muy joven y de cultura muy
superficial. La filosofía, el arte, la ciencia, la vida misma, no pasaban de
ser para nosotros sino palabras, nociones vagas. Evocaban en nosotros hermosas
imágenes, pero inconexas. No conocíamos, no presentíamos siquiera las
relaciones generales de esas nociones que vislumbrábamos, ni la ley común del
mundo. No por eso discutíamos menos sobre todas las cosas y nos esforzábamos
por explicarlo todo de manera definitiva... Cuando escuchábamos a Rudin nos
parecía que, por primera vez, asíamos ese lazo universal que antes se nos
escapaba, y que la cortina, por fin, se descorría. Confieso que él no nos
proporcionaba sino una ciencia de segunda mano, pero, ¿qué importaba? Un orden
regular se establecía en todos nuestros conocimientos; todo lo que había
permanecido fragmentario se combinaba súbitamente, se coordinaba, surgía ante
nuestros ojos como un vasto edificio. Ya no había nada incomprensible ni
accidental. Para nosotros la belleza, la necesidad inteligente aparecía en la
creación entera. Todo asumía un sentido claro y misterioso a la vez. Cada
manifestación separada de la vida constituía para nosotros el acorde aislado de
un inmenso concierto, y, con el corazón henchido de dulce emoción, presa el
alma del terror santo que inspira una profunda veneración, nos comparábamos a
vasos vivientes de la eterna verdad y nos considerábamos instrumentos
predestinados, llamados a grandes destinos... ¿No os parece ridículo todo esto?
—¡Oh, no, no! —Dijo
lentamente Alexandra Pavlovna—. No os entiendo del todo, pero de ninguna manera
me parece ridículo.
90
—Desde entonces
—continuó Leznev—, naturalmente, hemos tenido tiempo de hacernos razonables, y
tal vez todo eso nos parece hoy una chiquillada. Pero, os lo repito, entonces
debíamos mucho a Rudin. Pokorsky era inmensamente superior a él, nos animaba a
todos con su fuego y con su fuerza; después, se abatía sobre sí mismo y
callaba. Era un hombre nervioso y enfermo, pero cuando extendía sus alas,
¿hasta dónde no le llevaba su vuelo? No se detenía ante el infinito y se
remontaba hasta el azul del cielo. En cuanto a Rudin, aun cuando tan joven y
tan brillante, tenía no pocas pequeñeces; le apasionaba entrometerse en todo,
querer definirlo y aclararlo todo. Hablo de él tal como lo juzgaba entonces.
Por lo demás, ahora, a los treinta y cinco años, desgraciadamente es el mismo.
Ninguno de nosotros podría decir de sí otro tanto.
—Sentaos
—interrumpió Alexandra—. ¿Por qué os movéis así de un lado a otro como un
péndulo?
—Me resulta más
cómodo —respondió Leznev—. En cuanto penetré en ese círculo de amigos, puedo
aseguraros que cambié radicalmente. Me apacigüé, interrogaba, estudiaba, me
sentía feliz y experimentaba una especie de respeto, tal como si hubiese
entrado en una orden religiosa. En efecto, cuando recuerdo aquellas
tertulias... ¡Ah, os lo juro, reinaba en ellas cierta grandeza, hasta algo
emocionante! Transportaos a una asamblea de cinco o seis jóvenes; una bujía es
toda su iluminación y se bebe un té malísimo, a menudo sin azúcar. ¡Pero si
hubieseis visto nuestros rostros y escuchado nuestros discursos! En los ojos de
todos brilla el entusiasmo, los rostros se enardecen, los corazones palpitan.
Hablamos de Dios, de la
91
verdad, del
porvenir, de la humanidad, de la poesía. Más de una opinión ingenua o atrevida
se formula, más de una locura, de un error, excitan él entusiasmo, pero, ¡qué
importaba! Recordad la época triste y sombría en que sucedía todo esto...
"Pokorsky está
sentado con los pies encogidos bajo su silla. Apoya una pálida mejilla en la
mano; ¡pero cómo brillan sus ojos! Rudin está en medio de la habitación y
habla, habla divinamente, como Demóstenes joven frente al rugiente mar.
Subotine, uno de nuestro grupo y todo un poeta, erizados los cabellos, deja
escapar de tiempo en tiempo, y como en sueños, entrecortadas exclamaciones.
Scheller, estudiante de cuarenta años, que gracias a su eterno silencio que
nadie ni nada puede interrumpir; pasa entre nosotros por pensador profundo,
permanece sumido en su solemne taciturnidad. Hasta el alegre Schitov, el
Aristófanes de nuestra asamblea, se recoge y se contenta con sonreír. Dos o
tres novicios escuchan en una suerte de embeleso... Y la noche tiende sus alas
y sigue su curso tranquilo y rápido. Pero he aquí que el día viene a blanquear
los vidrios de la ventana; entonces nos separamos alegres, con una especie de
lasitud y llenos de gozo nuestros corazones. Aún lo recuerdo: caminábamos,
conmovidos, por las desiertas calles, mirando las estrellas con más confianza.
Se habría dicho que estaban más cerca de nosotros y que las comprendíamos
mejor... ¡Ah, qué tiempos! Me resisto a creer que no hayan dejado algún rastro
perdurable. No, ese tiempo no fue perdido, ni siquiera para aquellos a quienes
la vida ha humillado, desunido... Me ha sucedido más de una vez encontrarme con
alguno de mis antiguos camaradas. Habría podido creérsele transformado en un
verdadero bruto, pero bastaba pronunciar
92
ante él el nombre
de Pokorsky para que todo lo que en lo más profundo de su ser seguía siendo
noble, se despertara. Era como si, en un lugar oscuro y desierto se hubiese
destapado un frasco de perfume olvidado allí mucho tiempo atrás..."
Leznev calló; su
rostro, habitualmente descolorido, estaba rojo de emoción.
—¿Por qué os
indispusisteis con Rudin? —preguntó Alexandra Pavlovna mirando con asombro el
rostro de Leznev.
—No reñí; me
distancié de él cuando le conocí a fondo en país extranjero. Habría podido
separarme de él en Moscú; ya entonces me hizo una mala pasada...
—¿Qué fue?
—Siempre he sido...
¿cómo decíroslo?... en fin, aunque mi figura no sea de las más agraciadas...
era yo muy propenso a enamorarme...
—¿Vos?
—Sí, yo... Extraño,
¿no es cierto? Pero, así es. Y bien, por aquel entonces me enamoré de una niña
encantadora. ¿Por qué me miráis de ese modo? ¿Tanto os asombra? Pues, os diré
una cosa que os sorprenderá aún mucho más.
—¿Qué cosa? Excitáis mi curiosidad...
—Voy a
satisfacerla. En ese tiempo, en Moscú, tenía cita todas las noches, ¿con quién
diríais?... pues, con un tilo joven, en el fondo de mi jardín. Cuando abrazaba
su esbelto y delgado
93
tronco me parecía
abrazar la Naturaleza por entero. Eso era yo... ¿Creéis imposible que yo
pudiera escribir versos? Os engañáis. Escribí versos y hasta un drama imitando
al Manfredo. Entre mis personajes figuraba un espectro de cuyo
pecho manaba sangre, pero esa sangre, fijaos bien, no era la suya propia, sino
la sangre de la humanidad doliente. Sí, sí, no os asombréis tanto. Pero, os
hablaba de mi amor... Bien, conocí a la niña y me enamoré de ella.
—¿Y dejasteis de tener citas con el
tilo?
—Sí. La niña de quien hablo era un
ser exquisito, bondadoso.
Sus ojos relucían y tenía un hermoso
timbre de voz.
—La describís muy
bien —observó Alexandra Pavlovna, con una sonrisa.
—No sois indulgente
—replicó Leznev—. Vivía la joven con su anciano padre... Bueno, no entraré en
tantos detalles. Sólo os diré que poseía esa bondad expansiva que lleva a dar
una taza entera de té a quien sólo pide media... A los tres días de conocerla ardía
por ella; al séptimo, no pude contenerme y confié a Rudin mi secreto. Cuando se
es muy joven es imposible callar estas cosas; además, Rudin tenía entonces gran
ascendiente sobre mí y, justo es decirlo, su influencia me era útil en muchos
aspectos. Yo amaba profundamente a Pokorsky, pero la rectitud y claridad de su
alma me intimidaban un poco; en cambio, me sentía más cerca de Rudin. En cuanto
supo de mi amor se entusiasmó, me abrazó y empezó a hablarme de la grave
situación en que me colocaban mis sentimientos. ¡Ya sabéis cómo habla! De
pronto, adquirí gran estimación de mí
94
mismo, tomé aires
de importancia y, hasta dejé de sonreír. Recuerdo que adopté una manera muy
tiesa de caminar, puesto que llevaba en el pecho un proceso de tanto valor, que
temía propalar a los cuatro vientos... Era muy feliz, tanto más cuanto que
sabía que era correspondido. Rudin quiso conocer el objeto de mi dicha; creo
que hasta yo mismo insistí en presentarlo a mi amada...
—¡Ah, ya veo de qué
se trata! —Interrumpió Alexandra Pavlovna—. Le presentasteis a Rudin el
"objeto"; él os lo arrebató y hasta el presente no se lo habéis
perdonado. ¡Apuesto cualquier cosa a que es así!
—Perderéis,
Alexandra Pavlovna. Os engañáis: Rudin no me arrebaté mi "objeto", ni
se le ocurrió siquiera, pero así y todo destrozó mi felicidad... aunque
pensándolo ahora fríamente le tendría que estar agradecido. Pero entonces
estuve a punto de estallar de dolor... Rudin no intentó perjudicarme, todo lo
contrario; pero por culpa de su maldita costumbre de analizar cada
acontecimiento de la vida y amontonar palabras, se puso a darnos consejos
acerca de cómo debíamos encarar nuestro amor, a juzgar de su sinceridad.
Intervino en nuestras ideas, en todo, hasta en nuestra correspondencia.
¡Imaginaos: era para sacarnos de quicio! Yo no pensaba casarme con esa joven
(todavía conservaba bastante sentido común" pero al menos habría pasado
con ella unos meses por el estilo de Pablo y Virginia. Pero vinieron los
desacuerdos, las complicaciones, y por fin Rudin lo echó a perder todo. Un día
se le antojó que estaba en el deber sagrado de contárselo todo al anciano padre
de la niña y como lo pensó lo hizo.
95
—¿Es posible?
—exclamó Alexandra Pavlovna.
—Así lo hizo; pero,
con mi consentimiento, ¡eso es lo más notable! Recuerdo que se produjo un
caos... todo se presentaba como en la cámara oscura: lo blanco parecía negro;
la mentira, verdad... Vergüenza me da confesarlo... Rudin se afanaba, trataba
de disipar los malentendidos y nos embrollábamos cada vez más...
—¿De modo que os
separasteis de la niña? —preguntó Alexandra Pavlovna, inclinando ingenuamente
la cabeza y levantando las cejas.
—Nos separamos...,
pero eso no sería nada... Lo hice de un modo ofensivo y torpe que provocó un
escándalo, y un escándalo bien inútil... Yo lloré, ella también; el diablo sabe
lo que pasó! El nudo gordiano se había estrechado, hubo que cortarlo y nos dolió...
¡y cómo nos dolió! Aunque todo en la vida se arregla para bien... Ella se casó
con un hombre excelente y ocupa una buena situación social.
—Pero, confesadlo: no habéis podido perdonar
a Rudin —empezó de nuevo Alexandra Pavlovna.
—Volvéis a
engañaros —replicó Leznev vivamente—. Lloré amargamente cuando se marchó al
extranjero. Sin embargo, el germen de mi opinión sobre él estaba ya depositado
en mi alma. Cuando lo encontré más tarde (entonces yo ya había envejecido),
Rudin se mostró en su verdadero aspecto.
—¿Y qué fue lo que descubristeis en
él?
96
—Lo que desde hace
una hora estoy tratando de explicaros. Pero ya hemos hablado bastante de él;
sólo he querido demostraros que si le juzgo severamente es porque le conozco...
En cuanto a Natalia
Alexeevna, no vamos a malgastar palabras inútilmente; pero, en cambio, prestad
un poco de atención a vuestro hermano...
—¡A mi hermano! ¿Por qué?
—Observadlo. ¿Acaso no os dais cuenta
de nada?
Alexandra Pavlovna se turbó.
—Sí, tenéis razón
—murmuró—. En efecto, mi hermano... Desde hace algún tiempo no le reconozco...
¿De modo que creéis...?
—¡Silencio! Me
parece que viene hacia aquí —murmuró Leznev—. Y creedlo. Natalia ya no es una
niña... aunque carezca de experiencia. Ya veréis que nos va a dejar asombrados.
—¿De qué manera?
—Desconfiad de su
aspecto tranquilo. ¿Acaso ignoráis que son justamente las jóvenes de esa
especie las que se ahogan, se envenenan o algo por el estilo? Sus pasiones son
fuertes, lo mismo que su carácter.
—Se diría que caéis
en la poesía lírica. A los ojos de un flemático como vos, yo misma podría
llegar a parecer un volcán.
97
—¡Eso sí que no!
—Replicó Leznev con una sonrisa—. En cuanto a carácter, a Dios gracias no lo
tenéis.
—¿Es otra de vuestras impertinencias?
—Esta impertinencia es, podéis
creerlo, un gran elogio.
En ese momento
entró Volinzev y miró suspicazmente a su hermana, y luego a Leznev. En las
últimas semanas había enflaquecido. Alexandra y Leznev intentaron conversar con
él, pero Volinzev respondió apenas con una sonrisa a sus bromas. Tenía el
aspecto de una "liebre melancólica", como había dicho una noche
Pigasov hablando de él. Volinzev sentía que Natalia le huía, y eso hacía que la
tierra pareciera deslizarse bajo sus pies.
98
VIII
Al día siguiente,
que era domingo, Natalia se levantó más tarde que de costumbre. La víspera
había estado pensativa y callada, como temerosa de que alguien adivinara sus
lágrimas, de las que se avergonzaba. Había pasado una noche muy agitada.
Sentada a medio vestir ante su pequeño piano, deslizaba suavemente sus dedos
por el teclado para no despertar a Mlle. Boncourt. De cuando en cuando apoyaba
su ardiente cabeza sobre las heladas teclas y se quedaba inmóvil un momento.
Pensaba... pensaba no tanto en Rudin mismo, sino en ciertas palabras que éste
había pronunciado.
Muy raramente
acudía Volinzev a su imaginación. Sabía que era amada por él, pero desechaba
este pensamiento. Sentía una intensa zozobra. Se vistió febrilmente; bajó, y
después de saludar a su madre salió a pasear sola por el parque.
El día se insinuaba
cálido, claro, espléndido a pesar de la lluvia que caía a intervalos. Por el
cielo azul cruzaban ligeras las nubes grises y bajas, sin oscurecer el sol y
vertiendo de vez en cuando un chaparrón sobre los campos. Grandes gotas
brillantes caían con estrépito, y el sol seguía jugando entre sus redes. El
césped, poco antes mecido por la brisa, cesó de estremecerse para absorber con
delicia la humedad; los tupidos árboles temblaban con todas sus hojas y los
pájaros gorjeaban alegremente, mezclando sus trinos al rumor de la lluvia. Al
fin,
99
el cielo se
despejó, sopló de nuevo la brisa, resplandeció el campo de esmeralda y oro,
apretándose unas contra otras gimieron las hojas de los árboles, un intenso
aroma se expandió por doquier.
Natalia cruzó el
jardín y se encaminó hacia el río por un largo sendero bordeado de álamos. De
pronto, se detuvo como asustada: inesperadamente había aparecido ante ella la
figura de Rudin.
Natalia se turbó. Rudin la miraba
fijamente.
—¿Estáis sola? Preguntó.
—Sí, estoy sola,
pero sólo por un momento. Ya es tiempo de que regrese a casa —respondió
Natalia.
—Entonces, permitidme que os
acompañe.
Y echó a andar al lado de la joven.
—Se diría que
estáis... triste —dijo Rudin después de corto silencio.
—¿Yo?... Justamente, iba a decir eso
mismo de vos.
—Es posible que estéis en lo cierto.
Pero en mí no es de extrañar, tengo mis motivos...
—¿Y por qué creéis
que sólo a vos os asiste el derecho de estar triste?
100
—Porque a vuestra
edad hay que gozar de la vida sin pensar en nada.
—Natalia dio algunos pasos en
silencio.
—Demetrio Nikolaievich... —dijo al
fin.
—¿Qué deseáis?
—¿Recordáis la
comparación que hicisteis ayer a propósito de un roble?
—Ciertamente. ¿Por qué me lo
preguntáis?
Natalia le miró de soslayo.
—¿Por qué hicisteis esa comparación?
Rudin movió la cabeza y miró a lo
lejos.
—Natalia Alexeevna
—comenzó con esa expresión contenida y significativa habitual en él y que
sugería a su interlocutor que no expresaba ni la décima parte de lo que oprimía
su alma—, Natalia Alexeevna, habéis observado que casi nunca hablo de mi
pasado. Hay ciertas cuerdas que prefiero no hacer vibrar. Mi corazón... pero ¿a
quién puede importarle lo que pasa con él? Abrirlo a miradas indiferentes me ha
parecido siempre un sacrilegio. Pero con vos seré sincero, pues me inspiráis,
¿cómo lo diré?... confianza... No os ocultaré, pues, que yo también he amado y
sufrido... ¿Cuándo y cómo? ¡Qué importa! Pero mi corazón ha experimentado
grandes alegrías y grandes dolores.
Hizo una pausa y luego continuó con
cierto calor:
101
La comparación de
ayer se refería a mí... pero os repito que no vale la pena hablar de eso. La
vida, vista bajo esa faz, ya no existe para mí. Lo único que me resta es
arrastrarme de posta en posta por caminos polvorientos... A dónde llegaré, si
es que llego, sólo Dios lo sabe... Hablemos, mejor, de vos.
—Pero, ¿será
posible, Demetrio Nikolaievich, que nada esperéis ya de la vida?
—¡Oh, no! Espero
mucho, pero no para mí. De obrar, obrar en provecho del prójimo no renegaré
jamás... pero a los goces he renunciado para siempre. Mis esperanzas, mis
sueños, nada tienen en común con mi felicidad. El amor... —al decir esta última
palabra se encogió de hombros—, el amor ya no es para mí... no soy digno de él.
La mujer, cuando ama, tiene derecho a exigir una reciprocidad absoluta de
sentimientos, y yo ya no podría entregarme por entero... Por lo demás, inspirar
amor es propio de los jóvenes, y yo he dejado de serlo. ¿Cómo esperar que una
mujer pierda la cabeza por mí? Difícilmente sostengo la mía sobre los
hombros...
—Comprendo que
quien persigue un alto ideal ya no pueda pensar en sí mismo, ¿pero acaso creéis
que la mujer es incapaz de valorar a un hombre así? Yo creo lo contrario: es
más fácil que una mujer repudie a un egoísta... Todos esos jóvenes a los que os
referíais, son egoístas, sólo piensan en sí mismos, hasta cuando aman. Creedme:
la mujer no sólo es capaz de comprender un sacrificio, sino de sacrificarse
ella misma.
102
Las mejillas de
Natalia se habían cubierto de rubor y sus ojos brillaban. Jamás, hasta que
conoció a Rudin, había hablado tanto y con tanto fuego.
—En más de una
oportunidad he expresado mi opinión sobre el puesto de la mujer en la vida
—repuso Rudin con una sonrisa de tolerancia—. Sabéis que, en mi opinión, sólo
Juana de Arco podía salvar a Francia. Pero no se trata de eso ahora... Hablar
de vuestro porvenir es agradable y alegre. Escuchadme, yo soy vuestro amigo,
tan amigo como un pariente próximo, y en virtud de ello os haré una pregunta un
tanto indiscreta. Decidme: vuestro corazón, ¿permanece aún tranquilo?
Natalia enrojeció y
guardó silencio. Rudin se detuvo y ella le imitó.
—¿Os habéis enfadado conmigo, Natalia
Alexeevna?
—No, pero nunca esperé que...
—Además, aunque
quisierais ocultarlo, conozco vuestro secreto.
La joven lo miró con expresión de
temor.
—Sí, sí, yo sé
quién os agrada. Y puedo aseguraros que no podríais haber hecho mejor elección.
Es un hombre excelente, que sabrá apreciaros... Además, no ha sido exprimido
por la vida, es sencillo y sereno... él os hará feliz.
—¿De quién estáis hablando, Demetrio
Nikolaievich?
103
—¿Cómo es posible
que no lo sepáis? De Volinzev... ¿o me habré engañado?
Natalia,
completamente desconcertada, se había separado unos pasos de Rudin.
—¿Acaso él no os
ama? ¡Si no os quita los ojos de encima, si sigue cada uno de vuestros
movimientos! Pero, ¿puede acaso ocultarse el amor? ¿No os sentís inclinada
hacia él? Además, por lo que he podido apreciar, a vuestra señora madre no le
desagrada... vuestra elección...
—¡Demetrio
Nikolaievich! —lo interrumpió Natalia quien, en su turbación, se apoyó en el
tronco más cercano; en realidad, me es tan incómodo hablar de esto... ¡pero yo
os aseguro que os engañáis!
—¡Que me engaño!...
—repitió Rudin—. No lo creo. Aunque hace poco tiempo que me habéis sido
presentada, creo conoceros bien. ¿Cómo se puede decir que seáis la misma que
conocí hace seis semanas? No, bien se echa de ver que vuestro corazón ha
perdido la calma.
—Es posible —dijo
Natalia en un suspiro— pero, de todos modos, os equivocáis.
—¿Cómo es eso? —preguntó vivamente
Rudin.
—¡Dejadme! No me lo
preguntéis... —exclamó Natalia, y con rápido paso se encaminó a su casa. Estaba
asustada del sentimiento de cuya existencia se había dado cuenta de pronto.
104
—¡Natalia
Alexeevna! Esta conversación no puede terminar así, es demasiado importante
para mí... ¿Cómo debo interpretar vuestras palabras?
—¡Dejadme, dejadme! —repitió la
joven.
—¡Natalia Alexeevna, por el amor de
Dios!
Rudin estaba pálido, su rostro
traslucía una intensa agitación.
—¡Vos, que lo
entendéis todo, no sois capaz de comprenderme a mí! —repuso Natalia, retirando
con violencia la mano que Rudin le había asido y echando a andar sin mirar
atrás.
—¡Una sola palabra! —exclamó Rudin.
Natalia se detuvo, pero sin volver la
cabeza.
—Me preguntasteis
hace un momento qué quise decir con la comparación de ayer. Pues bien, no
quiero engañaros: hablaba de mí mismo, de mi pasado y de... ¡de vos!
—¿Cómo? ¿De mí?
—¡Sí, de vos! Os
repito que no quiero engañaros. Ya sabéis ahora de qué sentimiento... de qué
nuevo sentimiento os hablaba... Hasta hoy nunca me habría decidido...
Natalia se cubrió la cara con las
manos y corrió hacia su casa.
Estaba tan
conmovida por las palabras de Rudin que ni siquiera advirtió a Volinzev, cerca
del cual había pasado corriendo, y
105
que estaba inmóvil,
apoyado contra un árbol. Hacía un cuarto de hora que había llegado; encontró
sola a Daría Mijailovna en el salón, y después de saludarla brevemente, salió
al jardín, con la esperanza de encontrar a Natalia... y justamente la vio en el
instante en qué la joven retiraba su mano de entre las de Rudin, cuando éste la
detuvo. Volinzev se quedó como paralizado. Siguió con los ojos a Natalia; se
alejó luego del árbol y dio algunos pasos, sin saber a dónde iba ni qué quería
hacer. Rudin lo había visto y se aproximaba a él. Se miraron fijamente, se
saludaron en silencio y se separaron, pensando cada uno por su parte:
"Esto no terminará así".
Volinzev llegó casi
al límite del gran parque. Sentía una horrible desazón y la ira hacía hervir la
sangre en sus venas.
De nuevo comenzó a lloviznar.
Rudin había vuelto
a su cuarto. Tampoco él estaba tranquilo; sentía un torbellino en su cabeza. El
súbito contacto con esa alma pura y confiada lo había turbado profundamente.
Durante la comida
las cosas marcharon bastante mal. Natalia, muy pálida, apenas se tenía sobre su
asiento. Volinzev, sentado a su lado corno de costumbre, se veía forzado a
dirigirle la palabra de vez en cuando. Por casualidad, Pigasov también
almorzaba con Daría Mijailovna, e hizo el gasto de la conversación. Entre otras
cosas, sostuvo que a la gente, como a los perros se la puede clasificar en dos
grupos: los de orejas largas y los de orejas cortas.
106
—Los hombres —dijo—
tienen las orejas cortas, ya de nacimiento, ya por su propia culpa. En ambos
casos son igualmente dignos de lástima, puesto que nada les sale a derechas; no
tienen confianza en sí mismos. Pero el que tiene orejas largas es un hombre feliz.
Podría ser más malo o más débil que un hombre de orejas cortas, pero se tiene
confianza. Endereza las orejas, todos le admiran. Yo —continuó lanzando un
suspiro—, pertenezco a la categoría de orejas cortas, y lo que es más irritante
aún, yo mismo me las corté.
—De modo que usted
quiere decir —observó como fatigado Rudin— lo que dijo hace tiempo, con menos
palabras, La Rochefoucauld: "cree en ti mismo y otros creerán en ti".
Lo que no entiendo es la relación entre esto y las orejas...
—Permitid a cada
cual expresarse como le plazca —contestó Volinzev iracundo—. ¡Y luego se habla
de despotismo! ¡No hay peor despotismo que el de los llamados intelectuales!
¡Que el diablo se los lleve!
Todos quedaron
asombrados por la salida de Volinzev. Rudin lo miró, pero no pudo sostener la
mirada de su rival; se volvió, sonrió y no abrió la boca.
"¡Hola! —pensó Pigasov—, tú
también tienes las orejas cortas..."
Natalia había
palidecido aún más; Daría Mijailovna miró extrañada a Volinzev y luego cambió
rápidamente de tema, contando algo sobre las extraordinarias cualidades del
perro del ministró N.
107
Terminado el
almuerzo, Volinzev se marchó. Al despedirse de
Natalia, no pudo menos que decirle:
—¿Por qué estáis tan turbada? Se
diría que os sentís culpable de algo, cosa de que no os creo capaz...
La joven no
comprendió la alusión y se limitó a seguirlo con los ojos.
A la hora del té,
Rudin se le acercó e inclinándose sobre la mesa como para hojear un periódico,
murmuró a su oído:
—Todo me parece un
sueño... Tengo que veros a solas, aunque sólo sea un minuto. —Y volviéndose
hacia Mlle. Boncourt, agregó—: Aquí está el folletín que buscabais. —Luego,
volviéndose de nuevo hacia Natalia, añadió a media voz—: Tratad de estar a eso
de las diez en la glorieta de lilas, cerca de la galería. Allí os aguardaré.
El héroe de la
velada fue Pigasov, pues Rudin le había cedido el campo por completo. Hizo reír
a Daría Mijailovna contándole de un vecino de él que, habiendo vivido cuarenta
años dominado por su mujer se había afeminado tanto, que al cruzar la calle se
levantaba los faldones de la levita, como suelen hacer las mujeres con sus
faldas. Dirigióse luego a un señor, que estaba de visita, y el cual había sido
francmasón primero, misántropo después, y que deseaba terminar siendo banquero.
—¿Y cómo erais
francmasón, Felipe Stefanich? —le preguntó Pigasov.
—Muy sencillo: llevaba muy larga la
uña del dedo meñique.
108
Pero lo que más
divirtió a Daría Mijailovna fue la charla que Pigasov inició acerca del amor.
Sostuvo seriamente que también por él habían suspirado las mujeres, y que una
alemana muy ardiente solía llamarlo su "Africanito apetitoso". Daría
Mijailovna se reía pero quizás Pigasov tuviera buenas razones para jactarse.
Afirmó que no hay cosa más fácil que enamorar a una mujer. Basta para ello
decirle durante diez días seguidos que en sus labios está el paraíso y en sus
ojos el mundo entero. Al undécimo, ella se siente completamente convencida de
lo mismo, y ya lo ama. Y tal vez no le faltara razón.
A las nueve y media
Rudin se encontraba ya en la glorieta de lilas. En el lejano y profundo cielo
brillaban las estrellas; en el poniente aún había rastros de luz y el horizonte
se dibujaba allí más límpido y puro. La luna creciente lucía su plata por entre
la red de lilas. Los otros árboles semejaban apesadumbrados gigantes, con miles
de miradas sumidas en las sombras. No se movía una hoja. La casa, enorme, se
destacaba en la penumbra con sus anchas e iluminadas ventanas. Tímida y
tranquila era la noche, pero algo apasionado se advertía en lo profundo de su
quietud.
Rudin, de pie y con
los brazos cruzados, aguardaba con todos sus nervios en tensión. El corazón le
latía apresuradamente. Por fin, pasos rápidos y leves se dejaron oír y Natalia
entró en la glorieta.
Rudin salió a su
encuentro y le estrechó ambas manos: las tenía heladas.
109
—¡Natalia Alexeevna!
—Murmuró con voz sorda y emocionada—, tenía que veros; no habría podido esperar
hasta mañana. Quiero deciros lo que hasta hoy yo mismo no sospechaba: ¡que os
amo!
Las manos de Natalia se estremecieron
entre las de él.
—¡Os amo! —Repitió
Rudin—, y no comprendo cómo pude engañarme a mí mismo. ¿Cómo no adiviné que os
amaba? Y vos, Natalia Alexeevna, decidme, vos.
Natalia contenía la respiración.
—Como veis, he venido... —dijo en un
hilo de voz.
—Sí, pero, decidme, ¿me amáis?
—Yo creo... que
sí... —murmuró la joven. Rudin estrechó sus manos con más fuerza y quiso
atraerla hacia sí.
Natalia rápidamente, miró en torno
suyo.
—¡Dejadme! Esto me
asusta, me ha parecido que nos escuchaban... ¡Por el amor de Dios, sed
prudente! Volinzev sospecha algo...
—¡Allá él! Ya
habéis visto que hoy, en la mesa, ni le contesté... ¡Ah, Natalia Alexeevna, qué
feliz soy! Ahora no habrá nada que pueda separarnos.
Natalia le miró a los ojos.
—Dejadme —murmuró—, ya es hora...
110
—¡Un instante!
—comenzó Rudin.
—No es posible; dejadme, dejadme...
—Parecería que teméis...
—No, pero es hora de que me marche.
—Decidme, entonces, al menos una vez
más, que...
—¿Decís que os sentís feliz?
—preguntó Natalia.
—Sí; no hay en el
mundo hombre más feliz que yo. ¿Acaso lo dudáis?
Natalia levantó la
cabeza. En la misteriosa sombra de la glorieta, a la débil luz del cielo
nocturno, su rostro era hermoso, puro y noble.
—Sabedlo entonces —dijo— seré vuestra
esposa.
—¡Oh, Dios! —exclamó Rudin.
Pero Natalia ya se
había ido. Rudin permaneció un momento en la glorieta; luego salió lentamente.
En sus labios brillaba una sonrisa.
—¡Oh, soy muy feliz! —Dijo a media
voz—. Sí, soy feliz —repitió, como si quisiera convencerse a sí mismo.
Se irguió, echó
atrás la melena y se puso a caminar rápidamente por el jardín, agitando
alegremente los brazos.
111
Mientras tanto, en
la glorieta de lilas se apartaron lentamente los arbustos y apareció
Pandalevsky. Miró con precaución en torno suyo, movió la cabeza, apretó los
labios y murmuró:
—He aquí algo que debe saber Daría
Mijailovna —y desapareció.
112
IX
Volinzev había
regresado sombrío y abatido, había respondido de tan mala gana a las preguntas
de su hermana y tan bruscamente se había encerrado en su habitación, que
Alexandra resolvió enviar un mensaje a Leznev. Era a él a quien ella acudía en
todas las circunstancias difíciles. Leznev le hizo saber que iría al día
siguiente.
Por la mañana,
Volinzev no estaba más tranquilo que la víspera. Después del desayuno había
querido, primero, marcharse a vigilar los trabajos, pero, mudando de parecer,
se había extendido sobre un diván y tomado un libro, cosa que le sucedía muy
raramente. La afición de Volinzev por la literatura era muy moderada; los
versos, sobre todo, le inspiraban verdadero terror.
—Nada más
incomprensible que la poesía —solía decir, y para confirmar la exactitud de
esta observación recitaba las siguientes líneas del poeta Aiboulat:
Hasta el postrero
de mis tristes días, ni la fiera razón ni la experiencia marchitar podrán nunca
con sus manos los miosotis sangrientos de la vida.
113
Alexandra dirigía
miradas inquietas hacia su hermano, pero no quería abrumarlo con sus preguntas.
Un coche se detuvo al pie de la escalera de entrada.
"¡Dios sea loado! —Pensó
Alexandra—. ¡Aquí está Leznev".
Volinzev había dejado el libro y
levantado la cabeza.
—¿Quién está? —preguntó.
—Rudin Demetrio Nikolaievich —anunció
el criado.
Volinzev se levantó.
—Hacedle entrar y
tú, hermana, déjanos solos —continuó volviéndose a Alexandra.
—Pero, ¿por qué? —repuso ella.
—¡Eso únicamente a mí me interesa!
—Prosiguió con vehemencia—. Te ruego...
Rudin entró.
Volinzev le saludó fríamente, permaneció de pie en medio de la habitación y no
le tendió la mano.
—No me esperabais,
declaradlo —dijo Rudin colocando su sombrero en el alféizar de la ventana. Sus
labios temblaban un poco, pero se esforzaba por ocultar su turbación.
—No os aguardaba,
ciertamente —respondió Volinzev. —Después de lo sucedido ayer, habría esperado
más bien ver llegar a alguien de vuestra parte.
114
—Comprendo lo que
queréis decir —repuso Rudin sentándose—, y me complace vuestra franqueza. Vale
más que sea así. He venido a vos como un hombre de honor...
—¿No podríamos prescindir de los
cumplimientos?
— interrumpió Volinzev.
—Deseo explicaros mi presencia aquí.
—Nos conocemos,
¿por qué no podríais venir a mi casa? Por otra parte, no es la primera vez que
me honráis visitándome.
—He venido a veros
como un hombre de honor a otro hombre de honor —repitió Rudin. —Deseo ahora
someter a vuestro propio juicio... Tengo plena confianza en vos...
—Veamos: ¿de qué se
trata? —dijo Volinzev, que seguía de pie y arrojaba sombrías miradas a Rudin,
retorciendo de tiempo en tiempo su bigote.
—Permitidme... He
venido para explicarme, pero eso no puede hacerse en dos palabras.
—¿Por qué?
—Una tercera persona está involucrada
en ello.
—¿Qué tercera persona?
—Sergio Pavlovich, vos me
comprendéis...
—Demetrio Nikolaievich, no os
comprendo en absoluto.
115
—Quiero que habléis sin más rodeos
interrumpió Volinzev.
Éste comenzaba a
dejarse llevar por la cólera. Rudin frunció el ceño.
—Con mucho gusto...
estamos solos... Debo deciros (por otra parte, probablemente lo sospecháis)
—Volinzev alzó los hombros en actitud de impaciencia, —debo deciros que amo a
Natalia Alexeevna y que tengo el derecho de suponer que ella me ama.
Volinzev no
respondió, pero había palidecido; volvió la cara y se dirigió hacia la ventana.
—Comprenderéis, Sergio Pavlovich
—continuó Rudin, —que si no estuviera convencido...
—Por favor —replicó
vivamente Volinzev, —yo no dudo en absoluto... Pues bien: ¡tanto mejor para
vos! Sólo me pregunto por qué diablos habéis tenido la idea de venir a
comunicarme esa noticia... ¿En qué puede ella concernirme? ¿Por qué tengo yo
necesidad de saber quién os ama y a quién amáis? Realmente, no comprendo...
Volinzev continuaba mirando por la
ventana. Su voz era sorda.
Rudin se levantó.
—Sergio Pavlovich:
voy a deciros por qué me decidí a presentarme personalmente en vuestra casa y
por qué no me he atribuido el derecho de ocultaros nuestra... nuestra mutua
116
situación. Os
estimo profundamente, por eso estoy aquí; no he querido... ni el uno ni el otro
hemos querido representar una comedia en presencia vuestra. Conocía vuestros
sentimientos hacia Natalia... Sé apreciaros, creedlo. Sé cuán indigno soy de
reemplazaros en su corazón; pero, puesto que la suerte lo ha dispuesto así, ¿no
es mejor obrar con franqueza y lealtad? ¿No vale más evitar las
desinteligencias y las ocasiones de escenas semejantes a las que tuvieron lugar
durante la cena? Sergio Pavlovich: ¿queréis responderme?
Volinzev había
cruzado los brazos sobre el pecho, como si quisiera contener en sí mismo su
emoción.
—Sergio Pavlovich
—continuó Rudin—, siento que os he ofendido... pero haced el favor de
comprenderme; pensad que no teníamos más remedio que dar este paso para
probaros nuestra estimación, para demostraros que sabemos apreciar vuestra
nobleza y rectitud; con otra persona, esta franqueza, esta absoluta franqueza
estaría fuera de lugar, pero con vos se convierte en un deber. Nos complace
saber que nuestro secreto queda en vuestras manos...
Volinzev se echó a reír con visible
esfuerzo.
—¡Muchísimas
gracias por la confianza! —exclamó. —Pero notad, os lo ruego, que no deseo
conocer vuestro secreto ni confiaros el mío. Vos disponéis de él como de un
bien que os pertenece, y habláis como si hubierais recibido la misión de otra
persona. Ello me deja suponer que Natalia ha sido prevenida de esta visita y de
su propósito.
117
A estas últimas
palabras Rudin se turbó ligeramente.
—No, yo no he
comunicado mi propósito a Natalia Alexeevna, pero sé que ella comparte mi punto
de vista.
—Todo eso está muy
bien —respondió Volinzev tras un instante de silencio, durante el cual se puso
a tamborilear sobre los cristales. —Declaro, sin embargo, que me agradaría más
ser menos estimado por vos. A decir verdad, tengo en muy poco vuestra estimación.
Veamos, ¿qué deseáis de mí ahora?
—Nada... o, mejor dicho, ¡sí! Quiero
algo. Quiero que no me
juzguéis un hombre astuto y artero, quiero que me
comprendáis... Quiero que no dudéis de mi sinceridad...
Quiero, Sergio Pavlovich, que nos
separemos como amigos...
que me tendáis la mano como antes.
Y Rudin se acercó a Volinzev.
—Perdonadme, señor
—respondió éste volviéndose y dando un paso atrás, —estoy dispuesto a dar pleno
crédito a vuestras intenciones; admitamos que todo esto sea hermoso, hasta
grande; pero en nuestra familia somos gente simple, incapaz por completo de
seguir el impulso de espíritus tan profundos como el vuestro... Lo que os
parece sincero lo juzgamos imprudente..., lo que halláis simple y claro, se nos
aparece embrollado y oscuro... Os envanecéis de lo que los demás ocultamos;
¿cómo podríamos comprendemos? Disculpad, yo no puedo contaros en el número de
mis amigos, ni tenderos la mano... Tal vez mi conducta sea mezquina, ¿qué
hacer? Yo mismo soy mezquino...
118
Rudin había tomado
su sombrero.
—Sergio Pavlovich
—dijo con tristeza, adiós. He sido decepcionado en mi esperanza. Mi visita es
extraña, en efecto, pero confiaba en que vos —Volinzev hizo un gesto de
impaciencia. —Perdonad... no hablaré más de esto. Creo que tenéis razón,
después de todo, y que no podríais obrar de otro modo. ¡Adiós! Y permitidme, al
menos, que os asegure una vez más, que os asegure por última vez de la pureza
de mis intenciones... Por lo demás, estoy convencido de vuestra discreción...
—¡Esto es
demasiado! —exclamó Volinzev tembloroso de cólera. —Yo no os he pedido vuestra
confianza; por lo tanto, no tenéis derecho alguno a contar con mi discreción.
Rudin quería decir
algo, pero se contentó con hacer un gesto con la mano, saludar y, por fin,
salir.
Volinzev se arrojó sobre un sofá y
volvió el rostro a la pared.
—¿Puedo entrar? —dijo Alexandra a la
puerta.
Volinzev no
contestó en seguida y pasó distraídamente su mano por la cara.
—No, Sascha —dijo
con voz ligeramente alterada —aguarda un poco todavía.
Media hora después,
Alexandra estaba de nuevo a la puerta de la habitación de su hermano.
—Ha llegado Mijail Mijailovich —dijo.
—¿Quieres verlo?
119
—Sí —respondió él.
—Ruégale que entre.
Leznev entró.
—Y bien, ¿qué
tienes? ¿Estás enfermo? —le preguntó, mientras se sentaba en un sillón cerca
del sofá.
Volinzev se había
incorporado para apoyarse sobre el codo. Miró largo tiempo a su amigo con
extraña fijeza; después, repitió palabra por palabra la conversación que
acababa de tener con Rudin. Jamás, hasta ese día, había hecho ante Leznev
alusión a sus sentimientos por Natalia, bien que suponía que este último no los
ignoraba.
—Bueno, ¿sabes qué
me sorprende? —dijo Leznev cuando Volinzev hubo terminado su relato. —Podía
esperar de él muchas rarezas, pero ésta es demasiado fuerte... Sin embargo, aun
en esto lo reconozco.
—De hecho, su paso
es pura y simplemente una insolencia —replicó Volinzev vivamente emocionado.
—Estuve a punto de arrojarlo por la ventana. ¿Acaso quiere vanagloriarse ante
mí, o tiene miedo? Veamos, ¿por qué secreto motivo?... ¿Cómo atreverse a ir a
casa de un hombre...?
Volinzev se oprimió la cabeza con
ambas manos y calló.
—Amigo mío, estás
en un error —respondió tranquilamente Leznev. —No querrás creerme, y sin
embargo, estoy persuadido de que ha hecho todo esto con la mejor intención. Sí,
realmente, ¡todo es tan noble, tan leal! Además, ¿cómo habría podido
desperdiciar tan hermosa oportunidad de hablar
120
y mostrar su
elocuencia? Él tiene necesidad de eso. ¿Podría vivir acaso sin representar una
comedia? ¡Ah, ah! Su lengua es su peor enemigo... aunque, por otra parte, le
presta grandes servicios.
—¡No puedes
imaginar con qué aire solemne entró y se puso a discurrir!
—Bien que lo creo,
todo con él es solemne. Se abotona la levita como si cumpliera un deber
sagrado. Me gustaría abandonarlo por algunos días en una isla desierta y
observar a hurtadillas cómo se las compondría para posar solo,
frente a sí mismo. ¡Y se atreve a hablar de sencillez!
—Pero, por el amor
de Dios, dime, hermano, que significa su conducta. ¿Es cuestión de filosofía?
—¿Cómo responderte?
La filosofía tiene algo que ver en ello, pero no todo. No hay que atribuir a la
filosofía todas las estupideces.
Volinzev le dirigió una mirada de
soslayo.
—Pero ¿no mentirá? ¿Qué piensas?
—No, amigo mío, no
miente. Pero, ya hemos hablado demasiado de ese personaje. Ven conmigo al
jardín a fumar un cigarro y roguemos a Alexandra que se reúna con nosotros.
Cuando ella está presente es más fácil hablar y más fácil aún callar. Ella nos
dará té.
121
—Con mucho gusto —respondió Volinzev.
—¡Sascha —llamó, —ven aquí, pues!
Alexandra entró. Él
le estrechó la mano y posó tiernamente sus labios en ella.
Rudin había
regresado a su casa en un estado de ánimo deplorable. Se dirigía vivos
reproches y se lamentaba amargamente de su imperdonable precipitación e
ingenuidad. No sin razón se ha afirmado que nada es más difícil de soportar que
la convicción de haber cometido una estupidez.
Rudin estaba roído por los
remordimientos.
—Ha sido el diablo
—murmuraba entre dientes— quien me sugirió la idea de ir a casa de ese hombre.
¡Qué bonita ocurrencia! ¡No me ha acarreado más que insolencias!
Algo inusitado
ocurría en la residencia de Daría. La dueña de la casa misma no se había dejado
ver en toda la mañana, y no bajó sino a la hora de la cena. Pandalevsky, único
que fue admitido a su presencia, aseguraba que la aquejaba una fuerte jaqueca.
Rudin apenas había visto a Natalia, quien permaneció en su habitación en
compañía de Mlle. Boncourt. Al encontrarse en la mesa frente a él, lo había
mirado con tal expresión de pena, que el corazón de Demetrio Nikolaievich se
sobresaltó. Los rasgos de la joven estaban alterados, como si una desgracia se
hubiera abatido sobre ella desde la víspera.
Una vaga tristeza, algo así como un
presentimiento siniestro, comenzaba a asaltar a Rudin.
122
Para distraerse, se
había ocupado de Basistov. Hablando con él de una manera un tanto continua,
halló en su interlocutor un joven vivaz y ardiente, de esperanzas entusiastas,
de creencias aún vírgenes. Hacia la noche, Daría apareció en el salón. Se
mostró amable con Rudin, aunque con cierto aire reservado. Tan pronto sonreía
como fruncía el ceño y hablaba sordamente lanzando inquietantes alusiones... La
mundana había reaparecido por completo. Desde hacía algunos días manifestaba
cierta frialdad hacia Rudin. "¿Qué es este enigma?", pensaba él
mirando furtivamente la cabeza inclinada de Daría.
La solución de ese
enigma no se hizo esperar. Cuando atravesaba cerca de medianoche el sombrío
corredor que conducía a su habitación, Rudin sintió de pronto que alguien le
deslizaba un billete en la mano. Miró en torno y vio huir a una muchacha, en
quien reconoció a la doncella de Natalia. Entró en su cuarto, despidió a su
criado, abrió el billete y leyó las siguientes líneas, trazadas por la mano de
Natalia:
Estad mañana por la
mañana, a las siete, junto al estanque de Avdiukin, detrás del bosque de
encinas. Me es imposible fijaros otra hora.
Será nuestra última entrevista, y
todo habrá terminado, a menos que...
No faltéis. Es preciso tomar una
determinación.
123
P.S. SI yo
no acudiera a la cita, sería porque no debemos volver a vernos. Entonces os lo
haré saber.
Rudin se quedó
pensativo, dio vueltas al billete entre sus dedos, lo puso bajo su almohada, se
desvistió y se acostó, pero no pudo hallar el reposo que buscaba. Durmió con
sueño ligero y despertó antes de las cinco.
124
X
No quedaban desde
hacía largo tiempo, sino débiles rastros de ese estanque de Avdiukin junto al
cual Natalia había dado cita a Rudin. El dique se había roto hacía más de
treinta años y se habían dejado correr las aguas. Se veía ahora el fondo chato
y liso de ese lecho recubierto antaño de grasiento limo, y sólo los restos del
dique recordaban la existencia del estanque. Allí se había elevado en otros
tiempos una casa señorial. Del tupido conjunto de árboles que rodeaba la
desaparecida propiedad, no se veían ahora más que dos enormes pinos de escaso y
lúgubre follaje, que murmuraba eternamente al soplo del viento.
Una leyenda popular
aseguraba que un espantoso crimen se había cometido al pie mismo de esos pinos;
se decía también que cada árbol, al caer, debía producir la muerte de un ser
humano. Así, había habido antaño un tercer pino; desarraigado por una tormenta,
aplastó, en su caída, a una chiquilla. Todo el lugar en torno del viejo
estanque pasaba por embrujado. Desierto, desnudo, árido y sombrío, aun en pleno
día, adquiría un aspecto todavía más desolado en la vecindad de un viejo bosque
de encinas desde hacía mucho muerto y seco. Por sobre los matorrales
elevábanse, a raros intervalos, inmensos troncos grisáceos, semejantes a
fantasmas. Sólo el verlos hacía temblar; sugerían siniestros viejos reunidos en
conciliábulo secreto, con el propósito de maquinar alguna acción malvada. Un
estrecho sendero apenas trazado, corría a un lado de ese lecho triste.
125
Nadie pasaba ante
el estanque de Avdiukin como no fuera por absoluta necesidad. Recordándolo,
Natalia había elegido ese lugar solitario, situado a media versta de la casa de
su madre.
El sol se elevaba
apenas cuando Rudin llegó al estanque. La mañana era oscura. Nubes amontonadas
y de color lechoso, que el viento impulsaba con agrio silbido, cubrían el
cielo. Rudin iba y venía por el dique cubierto de bardanas y de secas ortigas.
Estaba intranquilo. Esa cita misteriosa, las sensaciones nuevas que
experimentaba lo agitaban violentamente, sobre todo después del billete de la
víspera. Sentía que el desenlace se acercaba. Una profunda inquietud invadía su
alma, aunque nadie lo habría sospechado al verle cruzar los brazos sobre el
pecho con concentrada resolución y pasear su mirada en tomo. No le faltaba
razón a Pigasov cuando había dicho una vez, hablando de Rudin, que recordaba a
esos monos chinos que son siempre impulsados por el peso de su cabeza. Pero,
cuando sólo la cabeza gobierna a un hombre, se le hace difícil, por poderosa
que sea su inteligencia, analizar ciertos sentimientos y hasta comprender
claramente lo que sucede en su corazón... Rudin, el ingenioso, el penetrante
Rudin, no era capaz de decir con certeza si amaba a Natalia, si sufría, si
debía sufrir al separarse de ella. ¿Por qué, pues, sin ensayar siquiera el
papel de Lovelace —es preciso hacerle justicia en esto—, había exaltado la
imaginación de esa joven? ¿Por qué le aguardaba con misterioso sobresalto? Sólo
había una respuesta posible: la de que aquellos que no conocen la verdadera
pasión, son precisamente quienes más fácilmente se dejan arrastrar por sus
apariencias. Rudin seguía paseándose por el dique, mientras
126
Natalia acudía
rápidamente a la cita, marchando a campo traviesa, sobre la hierba húmeda.
—¡Señorita,
señorita! Vais a mojaros los pies —le gritaba su doncella Mascha, que a duras
penas podía seguirla.
Pero Natalia no la escuchaba y corría
sin mirar hacia atrás.
—¡Ah, con tal de
que no nos hayan visto! —Repetía Mascha—. Ya es bastante sorprendente que no
nos oyeran cuando salimos de casa. ¿Y si mademoiselle Boncourt
se despierta? Felizmente, no es lejos. ¡Allí está el señor, aguardando! —Agregó
al ver de pronto la silueta esbelta de Rudin erguida sobre el dique—. Pero hace
mal en mostrarse de ese modo: habría hecho mejor descendiendo al lecho.
Natalia se había detenido.
—Aguarda aquí,
cerca de los pinos, Mascha —le dijo mientras se dirigía al estanque.
Rudin acudió a su
encuentro, pero se detuvo sorprendido. Jamás le había visto una expresión como
la que ella tenía en ese momento. Sus cejas estaban fruncidas y sus labios
apretados, mientras sus ojos miraban fija y casi duramente.
—Demetrio
Nikolaievich —comenzó diciendo la joven—, no tenemos tiempo que perder. Los
minutos están contados; mi madre lo sabe todo. El señor Pandalevsky nos espió
días pasados y le habló a ella de nuestra entrevista. Siempre ha sido el espía
de mi madre. Ella me llamó ayer a su lado.
127
—¡Dios mío!
—Exclamó Rudin—. ¡Es espantoso! ¿Qué os dijo?
—No se encolerizó,
no me gruñó; solamente reprochó mi ligereza.
—¿Solamente?
—Sí, pero dijo que
preferiría verme muerta a que fuera vuestra esposa.
—¿Eso ha dicho? ¿Es posible?
—Sí, y agregó que
vos mismo no deseáis en modo alguno casaros conmigo, que no me habéis hecho la
corte sino por aburrimiento, y que jamás había esperado ese abuso de confianza
de vuestra parte; que, por lo demás, ella también tenía más de un reproche que
hacerse. "¿Por qué —me dijo— le permití verte tan a menudo?" Y agregó
que había tenido confianza en mi sensatez y que la había sorprendido mucho mi
conducta irreflexiva... Ya no recuerdo todo lo demás que me dijo.
Natalia había
relatado esta escena con voz monótona y casi extinguida.
—Y vos, Natalia, ¿qué le habéis
respondido? —preguntó Rudin.
—¿Que qué le
respondí? —Repitió Natalia—. Pero, antes, decidme qué pensáis hacer.
—¡Dios mío! ¡Dios
mío! —Replicó Rudin—. ¡Esto es cruel! ¡Tan pronto!... ¡Qué golpe repentino! Y
vuestra madre, ¿está realmente tan irritada?
128
—Sí, sí; no quiere
ni siquiera oír hablar de vos.
—¡Es horrible! ¿No hay, pues, ninguna
esperanza?
—Ninguna.
—La desdicha parece
perseguimos con terrible ensañamiento. ¡Ese Pandalevsky es un miserable! ¿Me
preguntáis qué pienso hacer, Natalia? Mi mente se extravía... no puedo combinar
nada... no puedo sino deplorar mi suerte maldita... Me asombra que podáis conservar
vuestra sangre fría...
—¿Creéis, pues, que esto me complace?
—respondió Natalia.
Rudin se puso a
caminar sobre el dique. Natalia no apartaba su mirada de él.
—¿Vuestra madre no os ha hecho
preguntas? —dijo al fin.
—Me preguntó si os amaba.
—¿Y qué le habéis respondido?
Natalia calló por un instante.
—No le mentí —contestó por fin.
Rudin le asió una mano.
—¡Siempre noble y
grande! ¡Qué oro más puro el de ese corazón de niña! Pero, ¿es posible que
vuestra madre se haya declarado tan resueltamente en contra de nuestro
matrimonio?
129
—Ésa es la verdad.
Ya os he dicho, por otra parte, que ella no cree que vos mismo os propusierais
casaros conmigo.
—¡Me juzga, pues,
un truhán y un seductor! ¿Por qué he merecido tan cruel sospecha?
Rudin hundió la cabeza entre sus
manos.
—Demetrio
Nikolaievich —dijo Natalia—, perdemos inútilmente nuestro tiempo. Recordad que
es la última vez que os veo. No he venido aquí para llorar ni para lamentarme.
Ya lo veis, mis ojos están secos. Sólo he venido a pediros consejo.
—¿Qué consejo puedo daros, Natalia
Alexeevna?
—¿Qué consejo? Sois
un hombre: me he acostumbrado a confiar en vos, guardaré mi fe en vos hasta el
fin. Decidme: ¿cuáles son vuestras intenciones?
—¡Mis intenciones!
Vuestra madre sin duda me cerrará las puertas de su casa.
—Es posible. Ya
ayer me declaró que renunciaría a veros... Pero, no respondéis a mi pregunta.
—¿A qué pregunta?
—¿Qué pensáis que debemos hacer
ahora?
—¿Qué debemos
hacer? —Repitió Rudin—. Es preciso someterse, naturalmente.
130
—¡Someterse!
—repitió lentamente Natalia, mientras sus labios palidecían.
—Someterse al
destino —continuó Rudin—. ¿Qué podríamos hacer? Sé muy bien que esta
resignación será muy amarga y que el golpe es duro de soportar, pero decidid
vos misma, Natalia. Soy pobre... podría trabajar, es verdad; pero aun cuando
fuese rico, ¿tendríais el valor de aceptar una ruptura inevitable con vuestra
familia, de desafiar la cólera de vuestra madre?... No, Natalia, ni siquiera
hay que pensar en eso. Es evidente que no estamos destinados, a unir nuestras
vidas y que esa felicidad ideal con la que había soñado no está hecha para un
desdichado como yo.
De pronto, Natalia
ocultó el rostro entre las manos y rompió en sollozos.
Rudin se acercó a ella.
—¡Natalia, querida
Natalia! —Dijo con calor—. ¡No lloréis, por el amor de Dios! ¡No me desgarréis
el corazón, calmaos!
Natalia levantó la cabeza.
—¿Y vos me decís
que me calme? —replicó la joven, relucientes sus húmedos ojos de un brillo
inusitado—. Mis lágrimas no son causadas por el motivo que suponéis; no, mi
sufrimiento tiene otro origen. Me he engañado a vuestro respecto: ¡he ahí lo
que hace correr mis lágrimas! Vengo a pediros un consejo, un apoyo, ¡y en qué
momento!, y vuestra primera palabra es:
131
¡someterse! ¿Es
así, pues, como ponéis en práctica vuestras teorías sobre la libertad, sobre el
sacrificio?
Su voz se quebró.
—Pero, Natalia
—replicó Rudin, grandemente turbado—, os recuerdo que no me he apartado de mis
principios...; solamente...
—Me preguntabais
—interrumpió la joven con renovada furia— qué contesté a mi madre cuando me
declaró que preferiría verme muerta a casada con vos. Pues bien: le respondí
que elegiría la muerte antes que verme unida a otro hombre que vos... ¡Y
habláis de someterme! Comienzo a creer que ella tenía razón, y que no me
cortejasteis sino porque os aburríais, para tuer le temps...
—Os juro,
Natalia... os juro —repitió Rudin. Pero Natalia no le escuchaba.
—¿Por qué no me
habéis detenido desde un principio? —Dijo ésta con energía—. O bien: ¿por qué
no habéis previsto estos obstáculos? Me avergüenza hablar de este modo... Pero
ahora ya todo ha terminado.
—Es preciso que os calméis, Natalia
—dijo Rudin—. Es preciso que busquemos juntos qué recursos...
—Muy a menudo
habéis hablado de sacrificio, de abnegación —interrumpió ella—, pero sabed que
si hace un momento me hubieseis dicho: "Os amo, pero no puedo casarme; no
respondo del porvenir, pero dadme la mano y seguidme", sabed que os
132
hubiera seguido,
pues estaba dispuesta a todo. Pero la distancia de las palabras a los actos es
más grande de lo que yo creía, y vos ahora tenéis miedo, como tuvisteis miedo
de Volinzev el otro día, durante la cena.
El rubor cubrió la
frente de Rudin. La inesperada exaltación de Natalia lo había impresionado,
pero sus últimas palabras herían en lo más vivo su amor propio.
—Estáis demasiado
agitada en este momento, Natalia; no podéis comprender hasta qué punto me
habéis ofendido. Espero que me hagáis justicia... algún día. Comprenderéis
entonces cuánto me habrá costado renunciar a una dicha que, según lo acabáis de
decir, no me imponía obligación alguna. Vuestra tranquilidad me es mucho más
cara que nada en el mundo, y sería un gran miserable si me decidiera a
aprovechar...
—Quizá —murmuró
Natalia—, quizá tengáis razón, ya no sé lo que digo...; pero hasta este momento
había creído en vos, tenía fe en cada una de vuestras palabras... En adelante,
pesadlas más, por favor; no las arrojéis así al viento. Cuando os he dicho que os
amaba, sabía a lo que esa palabra me comprometía; estaba dispuesta a todo...
Ahora no me resta sino daros las gracias por la lección que me habéis dado y
deciros adiós.
—¡Un instante, por
el amor de Dios! Os conjuro, Natalia; ¡yo no he merecido vuestro desprecio, os
lo aseguro! Poneos en mi lugar. Respondo por vos y por mí. Si no os hubiera
amado con el amor más devoto, ¿quién hubiera podido impedirme proponeros huir
en seguida?... Tarde o temprano, vuestra
133
madre os hubiera perdonado... y
entonces... Pero antes de pensar en mi propia felicidad...
Calló. Los ojos de Natalia, fijos en
los suyos, lo turbaban.
—Os esforzáis por
probarme que sois un hombre honrado, Demetrio Nikolaievich —dijo la joven— no
lo dudo. No sois capaz de obrar por cálculo; pero, ¿tenía yo necesidad de ser
persuadida de ello? ¿Fue por eso por lo que vine aquí?
—Yo no esperaba, Natalia...
—¡Ah! ¡Os
traicionáis a pesar vuestro! No, vos no esperabais mi respuesta; no me
conocíais. Pero quedaos tranquilo: no me amáis, y yo no me impongo a nadie.
—¡Os amo! —exclamó Rudin.
Natalia se irguió.
—¡Sea! Pero, ¿cómo
me amáis? Recuerdo todas vuestras palabras, Demetrio Nikolaievich. ¿Recordáis
haberme dicho un día que no hay amor posible sin completa igualdad entre los
amantes? Sois demasiado elevado para mí, no somos iguales...
He tenido el
castigo que merecía. Ocupaciones más dignas de vuestro genio os esperan. Yo no
olvidaré jamás este día... ¡Adiós!
—¡Natalia! ¿Os
vais? ¿Es posible que nos separemos de este modo?
Él le tendió la
mano. Ella se detuvo. Se habría dicho que esa voz suplicante la hacía vacilar.
134
—¡No! exclamó la
joven por fin—. Siento que algo se ha roto en mí... He venido hasta aquí, os he
hablado como quien es presa del delirio; es preciso que me domine. Eso no puede
ser; vos mismo lo habéis dicho: no será. ¡Ay! Había dicho adiós a mi familia en
mi imaginación, cuando acudí a este lugar. Y sin embargo, ¿qué encontré aquí?
Un hombre sin valentía... ¿Cómo sabéis que soy incapaz de soportar una
separación de mi familia? "Vuestra madre no consentiría... ¡Es
horrible!" ¡Eso es cuanto habéis podido responderme! ¿Erais vos, erais
realmente vos, Rudin? ¡No! Adiós... Si me hubieseis amado, yo lo sabría ahora.
No, no... ¡Adiós!
Natalia se volvió
rápidamente y corrió hasta Mascha, cuya inquietud iba en aumento, pues ya la
llamaba por señas.
—¡Vos sois quien
tiene miedo, no yo! —exclamó Rudin al verla partir.
Pero ella ya no le
prestaba atención y se apresuraba a regresar a su casa a través de los campos.
Entró sin tropiezos
en su habitación; pero apenas hubo franqueado el umbral, sus fuerzas la
abandonaron y cayó sin sentido en los brazos de Mascha.
Rudin permaneció
largo tiempo en el dique. De pronto, sacudió su azoramiento. Reemprendió a paso
lento el sendero que había seguido una hora antes. Estaba avergonzado... y
entristecido. "¿Qué muchacha es ésta?", pensaba. "¡A los
dieciocho años!..." No, en efecto, no la conocía. Es un ser
extraordinario. ¡Qué fuerza de voluntad! Tiene razón: es digna de un amor mucho
135
más grande que el
que yo experimentaba por ella... Pero, ¿acaso la amaba? ¿Es posible que ya no
la ame? ¿Es así como debía terminar todo esto? ¡Qué nulo soy, cuánta lástima me
doy al compararme con ella!"
El leve rodar de un
droschki de carrera hizo levantar la cabeza a Rudin. Era Leznev que venía del
lado opuesto, con su eterno trotador. Rudin lo saludó silenciosamente; después,
como ante una idea repentina, cambió de rumbo y emprendió rápidamente el camino
a la casa de Daría.
Leznev lo había
dejado pasar siguiéndolo con la mirada; pero, tras un momento de reflexión,
había vuelto grupas y se había dirigido a la casa de Volinzev.
Encontró a su amigo
durmiendo y prohibió al criado que lo despertara, se instaló en el balcón y
mientras aguardaba la hora del desayuno, se puso a fumar un cigarrillo.
136
XI
Volinzev se levantó
a las diez. Al enterarse, con gran sorpresa, de que Leznev estaba sentado en el
balcón, lo hizo llamar en seguida a su habitación.
—¿Qué ha sucedido,
pues? —le preguntó—. ¿No dijiste que volvías a tu casa?
—Es verdad; pero me
encontré con Rudin... Estaba solo y caminaba por el campo como un poseso.
Entonces regresé.
—¿Regresaste por el encuentro con
Rudin?
—Es decir... para
hablarte con franqueza yo mismo no sé por qué he vuelto. Probablemente, porque
pensé en ti. Quise hacerte compañía; tengo tiempo de sobra para regresar a
casa.
Volinzev sonrió amargamente.
—¡Eso era! Ya no se
puede pensar en Rudin sin pensar en mí al mismo tiempo... ¡Que sirvan el té!
gritó al criado.
Ambos amigos se
habían puesto a desayunar. Leznev hablaba de la administración de los bienes y
de un nuevo procedimiento para techar los graneros con cartón bituminado.
137
De pronto, Volinzev
saltó de su silla y golpeó la mesa con tal violencia que hizo entrechocar tazas
y platillos.
—¡No! —Exclamó—, no
tengo fuerzas para soportar esto más tiempo. Provocaré a ese prodigio: o me
mata o le alojaré una bala en su sabia cabeza.
—¡Por favor! ¿Qué
te sucede? —Gruñó Leznev—. ¿Cómo puedes gritar de ese modo? Me has hecho caer
el cigarro... ¿Qué demonios tienes?
—Tengo que ya no puedo oír pronunciar
ese nombre sin alterarme; la sangre me hierve...
—¡Basta, hermano,
basta! ¿No te da vergüenza? —Respondió Leznev recogiendo del suelo su cigarro—.
¡Déjalo tranquilo!
—Me ha ofendido
—continuó Volinzev recorriendo la habitación a grandes pasos—. Sí, me ha
ofendido profundamente. Tú mismo debes convenir en eso. En el primer momento no
me di cuenta, estaba demasiado sorprendido, y, además, ¿quién habría esperado
tal cosa? Voy a demostrarle que no se puede bromear conmigo. ¡He de matar a ese
maldito filósofo como a un perro!
—¡Vaya lo que
ganarías con ello! Y no quiero hablar de tu hermana; dominado por la pasión
como lo estás, ¿cómo podrías pensar en ella? Pero, en lo que se refiere a otra
persona, ¿crees tú que adelantarías algo matando al filósofo, como
tú dices?
Volinzev se dejó caer en un sillón.
138
—Quiero marcharme a
alguna parte, entonces; aquí la tristeza me oprime el corazón de tal modo que
no puedo hallar reposo.
—¿Marcharte?... Eso
es otra cosa. Esta vez estoy de acuerdo contigo. ¿Y sabes lo que te propongo?
Partir juntos. Vayámonos al Caucaso o simplemente a Ucrania. Has tenido una
buena idea, hermano.
—Sí, pero ¿con quién dejaremos a mi
hermana?
—¿Y por qué no
podría venir Alexandra con nosotros? Nada se opone a ello. Tomo bajo mi
responsabilidad el cuidado de ella. Nada le faltará; con sólo una palabra suya,
le organizaré cada noche una serenata bajo su ventana; perfumaré a los
postillones con agua de Colonia; haré plantar flores a todo lo largo del
camino. Y en cuanto a nosotros, hermano, será realmente una regeneración;
encontraremos en ese viaje tantos goces y volveremos tan rechonchos que el amor
ya no querrá saber nada con nosotros.
—Tú siempre de broma, Mijail.
—En absoluto. ¡Ha
sido una idea brillante la que se te ha ocurrido!
—¡No hablemos más!
—Exclamó de nuevo Volinzev—. ¡Quiero batirme, batirme con él!
—¡Otra vez! Vamos, hermano, tú estás
loco hoy.
139
Un criado entró con una carta.
—De Demetrio
Nikolaievich Rudin. La ha traído el criado de la señora Lasunskaia.
—¡De Rudin! —Exclamó Volinzev—. ¿Para
quién?
—Para vos, señor.
—¡Para mí! Dámela, pues.
Volinzev tomó la
carta, la abrió rápidamente y se puso a leerla. Leznev seguía todos los
movimientos de sus ojos con atención. Una expresión de asombro extraño y casi
alegre se extendió por el rostro de Volinzev, quién dejo caer sus manos.
—¿De qué se trata? —le preguntó
Leznev.
—Lee —respondió Volinzev a media voz,
tendiéndole la carta.
Leznev comenzó a leer. He aquí lo que
Rudin escribía:
140
Señor:
Hoy abandono la
casa de Daría Mijailovna, y para siempre. Esto tal vez os sorprenda, sobre todo
después de nuestra entrevista de ayer. No puedo explicaros los motivos que me
han forzado a obrar así, pero me creo obligado a preveniros de mi partida. Vos
no me estimáis, y hasta me tenéis por un malvado. No tengo el propósito de
justificarme. El tiempo lo hará por mí. Es inútil, e indigno de un hombre,
tratar de convencer de la injusticia de sus apreciaciones a una persona
prevenida contra él. Quien quiera comprenderme me excusará; la acusación de
quien no quiere o no puede comprenderme no me alcanza. Me he equivocado a
vuestro respecto. A mis ojos continuaréis siendo siempre un hombre noble y
respetable. Mi error fue suponer que sabríais desprenderos del medio en el cual
habéis vivido. Me equivoqué: ¿qué le hemos de hacer? No es la primera vez que
esto me sucede, y no será la última. Os lo repito: me marcho; os deseo toda la
dicha posible. Creed que este deseo es completamente desinteresado. Confío en
que de ahora en adelante seréis feliz. Tal vez el tiempo os haga modificar
vuestra opinión sobre mí. No sé si volveremos a vernos nunca; pero, en todo
caso, creed en la sinceridad de mi aprecio.
D. Rudin
P.S. Os
enviaré los doscientos rublos que os debo tan pronto llegue a mi casa, en el
gobierno de T. Os ruego no habléis de esta carta a Daría Mijailovna.
P.S. Un
último e importante ruego. Puesto que parto en seguida, espero que no
aludiréis, en presencia de Natalia, a la visita que os hice.
141
—Y bien, ¿qué dices
de esto? —preguntó Volinzev en cuanto Leznev terminó de leer la carta.
—¿Qué quieres que
te diga? —Respondió Leznev—. Todo lo que puede hacerse ahora es exclamar como
los musulmanes: "¡Alá! ¡Alá!", y ponerse un dedo en la boca en señal
de estupefacción. Se marcha... ¡Sea! Que el camino se desenvuelva como una
sábana bajo sus pies. Pero lo más curioso es que únicamente el deber lo ha
impulsado a escribirte esta carta; también fue por un sentimiento del deber por
lo que vino a esta casa... Estos señores hallan a cada momento un deber que
cumplir, todo se vuelve deber para ellos... —añadió Leznev
sonriendo y señalando la posdata de la carta.
—¡Qué charlatán!
—Exclamó Volinzev—. ¡Se equivocó conmigo, esperaba que yo fuera superior a mi
medio! ¡Qué absurdos, Dios mío! Esto es peor aún que los versos...
Leznev no respondió. Sólo sus ojos
sonreían.
Volinzev se había levantado.
—Tengo ganas de ir
a casa de Daría —dijo—. Quiero saber qué significa todo esto.
—No te apresures,
hermano, dale tiempo a marcharse. ¿Para qué chocar de nuevo con él? Se
marcha... ¿Qué más puedes desear? Será mejor que te acuestes y duermas; has
pasado toda la noche revolviéndote en tu lecho. Ahora tus asuntos se
arreglarán...
—¿De dónde sacas esa convicción?
142
—Es mi opinión.
Vamos, ve a acostarte; mientras tanto iré a hacer compañía a tu hermana.
—¡Pero si no tengo
sueño! ¿Para qué quieres que me acueste? Prefiero ir a dar un paseo por el
campo —agregó Volinzev sacudiendo los faldones de su paletó.
—Está bien, ve al campo, entonces.
Y Leznev se dirigió a la habitación
de Alexandra Pavlovna.
La halló en el
salón; ella lo acogió amablemente, pues la presencia de Leznev siempre le
agradaba; pero sus rasgos estaban impregnados de tristeza. Desde la visita que
Rudin había hecho a su hermano la víspera, estaba preocupada.
—¿Venís de ver a mi
hermano? —le preguntó a Leznev—. ¿Cómo está hoy?
—Muy bien; ha ido a visitar los
campos.
Alexandra calló.
—Decidme, por favor
—dijo al cabo de un momento, mientras examinaba con atención el bordado de su
pañuelo—, ¿no sabéis por qué...?
—¿Por qué vino
Rudin? —Interrumpió Leznev—. Sí, lo sé: vino a despedirse.
—¿Cómo? ¿A despedirse, decís?
—Sí, ¿no lo sabíais? Se marcha de
casa de Daría.
143
—Para siempre; por lo menos, es lo
que él dice.
—¿Pero cómo se comprende esto,
después de...?
—¡Ah, eso es otra
cosa! No se trata de comprender, pero las cosas son así. Algún acontecimiento
ha debido tener lugar allá; sin duda él tiró demasiado de la cuerda y ésta se
rompió.
—¡Mijail! —Exclamó
Alexandra—. ¡Yo no entiendo nada! ¿No os estaréis burlando de mí?
—Os juro que no. Ya
os lo he dicho: se marcha; él mismo lo ha informado así a sus amigos por
escrito. Si me lo permitís, os diré que, desde cierto punto de vista, esa
partida constituye un gran bien. No obstante, supone un obstáculo para la
realización de un proyecto de lo más sorprendente, que justamente debatíamos
vuestro hermano y yo.
—¿Qué proyecto?
—Había propuesto a
vuestro hermano viajar para distraerse y llevaros con nosotros. Yo tomaba a mi
cargo el cuidar de vos.
—¡Esto sí que es
encantador! —Exclamó Alexandra—. Preveo de qué modo cuidaréis de mí. ¡Me
dejaríais morir de hambre!
—Decís eso,
Alexandra, porque no me conocéis. Me tomáis por un torpe; una especie de hombre
de la selva. ¡Si supierais que soy capaz de fundirme como azúcar y pasar días
enteros de rodillas!
144
—¡Confieso que me
gustaría ver tal cosa!
Leznev se incorporó súbitamente.
—¡Pues bien,
Alexandra, casaos conmigo y veréis cosas mucho mejores!
Alexandra enrojeció hasta el blanco
de los ojos.
—¿Qué habéis dicho, Mijail? —balbuceó
turbada.
—Digo —continuó
Leznev— lo que hace tanto tiempo llevo en mi alma y que mil veces acudió a mis
labios. En fin, he hablado, y podéis obrar como os parezca. Ahora me marcho
para no molestaros. Sí, me voy... Si consentís en ser mi esposa... si eso no os
parece desagradable... sólo tendréis que llamarme, yo sabré comprender.
Alexandra había
querido retener a Leznev, pero éste había salido rápidamente, y sin sombrero,
al jardín, donde se apoyó contra una puertecilla, mientras dejaba vagar su
mirada por el vacío.
—Señor —dijo detrás de él la voz de
la doncella de Alexandra.
—Regresad, por favor. La señora me
ordenó llamaros.
Leznev se volvió,
tomó entre sus manos la cabeza de la doncella, la besó efusivamente en la
frente y, con gran asombro de la inocente mensajera, corrió a reunirse con
Alexandra.
145
XII
El relato de
Pandalevsky había impresionado profundamente a Daría. Todo su orgullo se había
despertado al oír esa revelación. ¡Rudin, el mísero Rudin, ese hombre
desconocido y sin posición social había osado dar una cita a su hija, a la hija
de Daría Mijailovna Lasunskaia!
—Admitamos que sea
un hombre de talento, y aun un genio — había exclamado—. ¿Qué prueba eso?
¿Quiere decir que el primero que llegue, sin nombre, sin fortuna, podría
aspirar al honor de convertirse en mi yerno?
Durante mucho
tiempo no podían dar crédito mis ojos —respondió Pandalevsky—. Me dejó
estupefacto que él olvidara hasta tal punto su posición y la vuestra.
Daría Mijailovna se
había dejado llevar por su mal humor, y Natalia sufrió lo indecible con el
despecho de su madre.
En cuanto a Rudin,
había entrado rápidamente en la casa inmediatamente después de su encuentro con
Leznev, y se había encerrado en su habitación para escribir dos cartas.
La primera, que el
lector ya conoce, estaba dirigida a Volinzev; la otra, a Natalia. Rudin había
empleado más de una hora en redactar esta segunda carta; después de hacer
muchas
146
tachaduras y
enmiendas, volvió a copiarla cuidadosamente en un papel extremadamente delgado;
la plegó después dándole el menor tamaño posible y la introdujo en su bolsillo.
Hecho esto, se había paseado de un lado a otro por su habitación, el rostro
impregnado de tristeza; después se había sentado en un sillón junto a la
ventana, la mejilla apoyada en la mano: una lágrima temblaba al borde de sus
párpados. De pronto, como si acabara de tomar una determinación suprema, se
levantó, abotonó su levita hasta el mentón, llamó a su criado y le hizo
preguntar a Daría Mijailovna si podía recibirlo. El criado regresó anunciándole
que su ama lo aguardaba. Rudin siguió inmediatamente al mensajero. Daría lo
recibió en su boudoir, como el día de su aparición en la casa,
hacía dos meses, con la diferencia, sin embargo, de que no estaba sola:
Pandalevsky, siempre modesto, siempre fresco, siempre pulcro, siempre humilde,
estaba al lado de ella.
Daría dispensó a
Rudin una graciosa acogida, y éste, por su parte, la saludó con aparente
desenvoltura, pero todo buen observador del gran mundo habría advertido de una
ojeada en sus maneras corteses y amistosas una molestia y frialdad verdaderas.
Rudin sabía que Daría tenía serias quejas de él, y ésta sospechaba que Rudin
conocía sus nuevas disposiciones.
En cuanto hubo
contestado el saludo de Rudin, lo invitó a sentarse. Él obedeció rápidamente,
pero no lo hizo como antes cuando era casi el dueño de casa. Ni siquiera como
se sienta un simple conocido a quien se recibe con agrado. Parecía más bien un
extraño que hace de mala gana una visita de cumplido.
147
Un instante había
bastado para cambiar la situación; como no hace falta más para que el agua
límpida se transforme en un bloque de espeso hielo.
Rudin fue el primero que habló.
—He venido, a veros
—dijo—, para agradeceros vuestra hospitalidad. Acabo de recibir importantes
noticias y debo, hoy mismo, ir a mi pequeña propiedad.
Daría clavó los ojos en Rudin.
"Se me
adelanta, probablemente sospecha lo que le amenaza —pensó—, y quiere evitar una
explicación embarazosa. ¡Tanto mejor! ¡Viva la gente de talento!"
—¿Es posible?
—Respondió en voz alta—. ¡Es realmente desagradable! Pero, en fin, puesto que
no puede remediarse...
Espero volver a
veros este invierno en Moscú. Nosotros iremos allí muy pronto.
—Ignoro cuándo
podré ir a Moscú, Daría Mijailovna; pero si hallo cómo hacerlo, consideraré un
deber presentarme en vuestra casa.
"¡Ah, ah,
hermanito! —Decía Pandalevsky para su coleto—. No hace mucho que reinabas aquí
como amo y señor, ¡y mira ahora cómo te ves obligado a hablar".
Y en voz alta:
148
—Sin duda, las
noticias que de repente habéis recibido de vuestra tierra son poco
satisfactorias, ¿verdad? —preguntó con su acostumbrada afectación.
—Sí —respondió Rudin secamente.
—¿Una mala cosecha, tal vez?
—No. No se trata de
eso... Podéis creer, señora, que jamás olvidaré el tiempo que pasé en vuestra
casa —continuó Rudin.
—Y yo —agregó
Daría— recordaré siempre con placer el día en que os conocí... ¿Cuándo partís?
—Hoy, después de la cena.
—¿Tan pronto?...
Bueno, os deseo un feliz viaje. Por otra parte, si vuestros asuntos no os
retienen mucho tiempo, tal vez nos encontraréis todavía aquí.
—Apenas me atrevo a
esperar tal cosa —contestó Rudin levantándose—. Perdonadme —continuó— si no
puedo en este momento devolveros la suma que me habéis prestado, pero en cuanto
haya llegado a mi casa...
—¡Dejemos eso!
—interrumpió Daría—. Me disgustaría que insistierais... ¿Qué hora es?
—preguntó.
Pandalevsky sacó
del bolsillo de su chaleco un pequeño reloj esmaltado e, inclinando su rosada
mejilla sobre su cuello blanco y almidonado, respondió:
—Las dos y treinta y tres minutos.
149
—Es hora de ir a
vestirme —respondió Daría—. Hasta luego, señor Rudin.
Toda la
conversación entre Daría y Rudin había tenido un carácter muy particular. Lo
mismo debe suceder cuando los actores ensayan sus papeles y cuando los
diplomáticos cambian entre sí frases combinadas de antemano.
Rudin había salido.
Sabía ahora por experiencia que las personas del gran mundo no rechazan a
quienes se les ha hecho inútil o molesto, sino que lo dejan caer simplemente
por sí mismo, como caen los guantes después del baile. Rápidamente, hizo su
maleta. Aguardando el momento de su partida, experimentaba una especie de
impaciencia. Todas las personas de la casa parecían sorprendidas de su brusca
determinación; los criados le dirigían miradas de asombro y el ingenuo Basistov
no trataba siquiera de ocultar su dolor. En cuanto a Natalia, se ocultaba lo
más posible y hasta evitaba encontrar los ojos de Rudin. Éste, sin embargo,
había conseguido deslizarle su carta en la mano.
Durante la comida,
Daría repitió muchas veces a Rudin que esperaba verlo todavía antes de que se
marchara para Moscú. Pero éste no respondió. Esa aparente cordialidad no lo
engañaba.
Pandalevsky fue el
que más habló con él, y Rudin tuvo muchas veces el violento deseo de aferrar
por la garganta al desagradable personaje y abofetear sus mejillas frescas y
rosadas. Mlle. Boncourt miraba frecuentemente a Rudin con esa
150
expresión extraña y
astuta que puede observarse a veces en los perros de presa viejos y sagaces.
"¡Ah —parecía
decir para sus adentros—, mira cómo te tratan hoy!"
Por fin dieron las
siete y se oyó venir el tarantass de Rudin. Éste se levantó
con presteza y se despidió de todos. Se sentía interiormente muy incómodo. No
había esperado salir de la casa de ese modo; en realidad, ¿no lo echaban de
ella? "Bueno, todo debe tener un fin", pensaba mientras se inclinaba
a derecha e izquierda con forzada sonrisa. Cuando miró a Natalia por última
vez, sintió un nudo en la garganta. Los ojos de la joven estaban fijos en él, y
su mirada era un último reproche.
Franqueó
rápidamente la escalinata y se precipitó en el tarantass. Basistov
se había ofrecido a acompañarle hasta la primera parada y se había
sentado a su lado.
¿Recordáis —dijo
Rudin en cuanto el tarantass hubo salido del patio para rodar
por un ancho camino bordeado de abetos—, recordáis lo que decía Don Quijote a
Sancho en el momento de abandonar la casa de la duquesa? "La
libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron
los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni
la mar encubre...
¡Venturoso aquél a
quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo
a otro que el mismo cielo!" Yo experimento ahora lo que Don
Quijote experimentaba entonces... ¡Quiera Dios, mi querido Basistov, que no
conozcáis jamás el sentimiento de que os hablo! —Basistov estrechó la mano de
Rudin, y el corazón del honrado muchacho latió
151
fuertemente en su
pecho generoso. Rudin siguió hablando hasta que llegaron a la estación: habló
de la dignidad del hombre, de las condiciones de la verdadera libertad. Se
mostró lleno de ardor, de nobleza, de verdad, y cuando, en el momento de la
separación, Basistov no pudo evitar el arrojarse a su cuello llorando, Rudin
derramó también algunas lágrimas. Pero no lloraba porque abandonara a Basistov;
las suyas eran lágrimas de amor propio herido.
Natalia había vuelto a su cuarto para
leer la carta de Rudin.
Querida Natalia —le escribía él—: he resuelto marcharme.
No queda otra salida para nuestra
situación.
He resuelto partir
antes de que me digan sin ambages que es preciso que me marche... Mi partida
hará cesar todos los equívocos y nadie me echará de menos.
¿Para qué dudar,
todavía?... Todo eso es verdad, pensaréis, pero entonces, ¿por qué escribiros?
Es probable que me
despida de vos para siempre, y os escribo porque es muy amargo para mí pensar
que os dejaré un recuerdo peor que el que mi conducta merece. No quiero
justificarme, ni acusar a nadie; sólo explicarme tanto como me sea posible...
Los acontecimientos de estos últimos días han sido tan inesperados, tan
súbitos...
La entrevista de
hoy quedará grabada en mi memoria como una lección imborrable. Sí, tenéis
razón: creía conoceros y no os conocía. En el curso de mi vida he conocido
íntimamente a muchas mujeres y muchas jóvenes, pero fue en vos en quien hallé
por primera vez un alma completamente honrada y recta. Como no había conocido
almas
152
como la vuestra, no
supe apreciaros. Desde el día que os conocí me sentí atraído hacia vos, y así
pudisteis apreciarlo... He pasado no pocas horas con vos y no aprendí a
conoceros. ¡Sin embargo, pude imaginarme que os amaba! Ahora llevo en mí el
castigo de mi culpa y de mi ignorancia.
Antaño me sucedió
amar a una mujer y ser correspondido... Mi sentimiento por ella era complejo,
como lo era el suyo por mí. ¿Podía ser de otro modo, puesto que ella misma no
era de una naturaleza sencilla? Entonces la verdad todavía no se me había
manifestado, y el día en que ella se presentó ante mis ojos no supe
reconocerla... La reconozco, al fin, pero demasiado tarde... El pasado no
renace...
Nuestras vidas
habrían podido confundirse; y, en cambio estarán ahora separadas para siempre.
¿Cómo persuadiros de que habría podido amaros con un amor verdadero —con un
amor del corazón y no de la imaginación—, cuando yo mismo no sé si soy capaz de
un amor semejante?
Mucho me ha
concedido la naturaleza; lo sé, y no quiero que una falsa vergüenza me induzca
a fingir modestia con vos, sobre todo en este momento, uno de los más amargos y
humillantes de mi vida... Sí, la naturaleza me ha concedido mucho, pero moriré
sin haber hecho nada digno de mis cualidades, moriré sin dejar de mi paso por
el mundo la menor huella bienhechora.
Toda mi riqueza
habrá sido prodigada en vano. No veré los resultados de mis esfuerzos. Me
falta... yo mismo no puedo decir exactamente qué me falta... Probablemente
estoy desprovisto de ese don sin el cual es tan imposible conmover el corazón
de los hombres como apoderarse del de las mujeres; y el solo dominio sobre las
inteligencias es tan efímero como inútil. Mi destino es extraño, casi ridículo.
Querría entregarme
153
por completo, sin
reservas, todo entero, y, sin embargo, no puedo hacerlo. Terminaré
sacrificándome por alguna locura en la cual no creeré... Jamás me he revelado
de este modo a nadie. Esta es mi confesión.
Pero ya he hablado
demasiado de mí mismo. Quiero hablaros de vos y daros algunos consejos. No
sirvo para otra cosa... Sois joven, pero aunque viváis muchos años no dejéis
nunca de seguir los impulsos de vuestro corazón; guardaos, sobre todo, de
someteros a vuestra mente o a la de los demás. Creedme: cuanto más estrecho y
monótono es el círculo donde se mueve nuestra vida, más alcanza para hacernos
dichosos; no se trata de buscar nuevos caminos en la vida, sino de hacer que
cada una de las fases de la vida se realice en el momento oportuno.
"¡Feliz de aquel que es joven en el tiempo de su juventud!..." Pero
advierto que esos consejos se dirigen mucho más a mí que a vos... Os confieso,
Natalia, que tengo el corazón oprimido. Jamás me equivoqué respecto a la
naturaleza de los sentimientos que inspiré a Daría Mijailovna; pero, al menos,
había esperado hallar en su casa un refugio momentáneo... ahora, voy de nuevo a
errar a la ventura por el mundo. ¿Qué podrá reemplazar para mí vuestra dulce
voz, vuestra presencia, vuestra mirada atenta e inteligente? La culpa es mía,
pero convenid también en que la suerte ha querido burlarse de nosotros a
propósito. Hace apenas una semana, apenas sospechaba que os amaba.
La otra noche, en
el jardín, me dijisteis por primera vez que... Pero, ¿a qué recordar lo que
entonces me dijisteis? ¡La otra noche!, y parto ya...
parto avergonzado,
humillado, después de una cruel explicación, sin llevar conmigo la más débil
esperanza... No sabéis, sin embargo, hasta qué punto soy culpable ante vos...
Hay en mí una tan estúpida
154
franqueza, una
inclinación tal a la charla inútil... Pero, ¿a qué volver sobre eso? Parto para
siempre.
(Rudin quiso aquí
relatar su visita a Volinzev; pero, tras un instante de reflexión, tachó todo
ese pasaje. Fue entonces cuando agregó el segundo post-scriptum a la carta
dirigida a aquél.)
Permanezco en la
tierra únicamente para dedicarme a otras ocupaciones, a ocupaciones más dignas
de mí, tal como me lo dijisteis esta mañana con cruel sonrisa. Pero, ¡ay!,
¿podré realmente entregarme a esas ocupaciones? ¿Podré vencer mi pereza?...
¡Ah, no! Seré toda mi vida ese ser incompleto que he sido hasta ahora... Ante
el primer obstáculo caeré hecho polvo. De sobra lo ha probado lo sucedido entre
nosotros. Si, al menos, hubiese sacrificado mi amor a mi actividad futura, a mi
vocación... ¡Pero no: frente a la sola responsabilidad que me amenazaba y ante
la certidumbre de no ser digno de vos, he retrocedido! No valgo la pena de que
salgáis por mí de vuestra esfera donde, tarde o temprano, os espera la
felicidad. Por lo demás, de todo lo que ha sucedido resultará un bien para
todos. Tal vez esta prueba me deje más fuerte y más puro.
Os deseo la dicha más constante.
¡Adiós! Acordaos alguna vez de mí.
Espero que todavía oiréis hablar de
Rudin.
Natalia dejó caer
la carta de Rudin sobre sus rodillas y permaneció inmóvil largo tiempo, con la
mirada baja. Esa carta
155
le probaba más
claramente que todos los testimonios posibles cuánta razón le había asistido
esa mañana, cuando al separarse de Rudin había exclamado involuntariamente que
él no la amaba. Pero esa convicción no le proporcionó consuelo alguno. Seguía
inmóvil, le parecía que sombras vagas se habían amontonado en silencio sobre su
cabeza y que ella desaparecía, fría y entumecida, en el fondo de un abismo.
Para todos es muy difícil soportar la primera desilusión, pero ésta es casi
abrumadora para un alma sincera, exenta de toda ligereza, de toda exageración,
y poco deseosa de engañarse a sí misma.
Recordaba Natalia
su infancia y pensaba en sus antiguos paseos de la tarde. Siempre se dirigía
hacia la parte luminosa del cielo, allí donde el poniente resplandecía aún en
el horizonte, y alejaba instintivamente su mirada del levante ya en sombras.
Ahora, por el contrario, el porvenir se oscurecía ante ella; le parecía que
había vuelto la espalda a la luz... Los ojos de Natalia se llenaban de
lágrimas. Las lágrimas no siempre tienen un efecto bienhechor. Son dulces y
saludables cuando después de haberse acumulado largo tiempo en el corazón,
escapan al fin, primero ardientes y amargas, después abundantes y fáciles. Es
así como ellas alivian el mudo abatimiento del dolor... Pero hay lágrimas
frías, lágrimas que se vierten una a una. Es el sufrimiento sin salida que las
arranca gota a gota del alma oprimida por su pesada y resistente carga. Estas
no proporcionan consuelo alguno, no procuran bienestar. Son las lágrimas que
vierte la desesperación, y quien no las haya sentido brotar de sus párpados no
puede llamarse desdichado. Natalia las conoció ese día.
156
Habían pasado dos
horas. Natalia, sacando fuerzas de flaqueza se había levantado, había enjugado
sus ojos y encendido una bujía, a la llama de la cual se puso a quemar la carta
de Rudin. Cuando el papel se hubo consumido por completo, arrojó las cenizas por
la ventana. Después, abrió al azar un tomo de poesías de Pushkin, y leyó las
primeras líneas que cayeron bajo sus ojos (a menudo había consultado así, al
azar, ese libro):
Aquel a quien la
pasión ha dominado una vez, es perseguido sin cesar por el fantasma de los días
idos irremisiblemente... para él la vida ha perdido todo encanto, roído como
está por el remordimiento y la serpiente del recuerdo...
Permaneció de pie
un instante, se miró al espejo con helada sonrisa, inclinó la cabeza lentamente
de arriba abajo y volvió al salón.
Daría, en cuanto la
vio, la llamó a su boudoir, la hizo sentar a su lado, le
acarició tiernamente la mejilla y la miró fijamente, con atención, casi con
curiosidad. Daría era presa de una secreta perplejidad. Por primera vez en su
vida la asaltaba la idea de que no conocía la naturaleza de su hija. Informada
por Pandalevsky de su entrevista con Rudin, no sólo se había irritado, sino
asombrado de que la prudente Natalia hubiese sido capaz de dar un paso
semejante. Por lo tanto, cuando la hubo llamado y comenzó a reprenderla, no con
el tono de una mujer educada en las ideas de la Europa realmente civilizada,
sino con voz estridente y vulgar, Daría se quedó turbada y casi espantada por
la firmeza de las respuestas y la determinación de la mirada y del continente
de su hija. La súbita partida de Rudin, cuya causa no acertaba a explicarse por
completo, le
157
había quitado un
gran peso de encima, pero había esperado lágrimas, ataques de nervios... La
aparente tranquilidad de Natalia la sumía en nuevas conjeturas.
—Bueno, criatura —le preguntó Daría—,
¿cómo te sientes hoy?
Natalia miró a su madre.
—Ese caballero...
ya se ha marchado. ¿Sabes tú por qué ha huido tan velozmente?
—Mamá —respondió
Natalia con voz serena—, si vos misma no me habláis de él, os doy palabra de
que jamás su nombre saldrá de mi boca.
—Parece que al fin
convienes en que te has conducido mal conmigo.
Natalia bajó la cabeza y repitió:
—Jamás me oiréis hablar de él.
—Está bien —repitió
Daría sonriendo—, te creo. Pero, ¿recuerdas cómo el otro día...? Vamos, no
hablemos más de eso. Está terminado. Helo ahí bien muerto y enterrado, ¿no es
verdad? Ahora al menos, te reconozco. Pero confieso que estaba desconcertada.
Bueno, dame un beso, juiciosa y querida niña.
Natalia llevó la
mano de Daría a sus labios y ésta besó la frente inclinada de su hija.
158
—Escucha siempre
mis consejos, no olvides que eres una Lasunskaia... y mi hija —agregó—. Que
seas feliz. Ahora, puedes retirarte.
Natalia salió en silencio.
Daría la siguió con
los ojos, diciéndose: "Se parece a mí, su corazón la hará sufrir, pero
será menos expansiva que yo". Y Daría se sumió en reminiscencias del
pasado... de un pasado ya muy lejano... Después hizo llamar a Mlle. Boncourt y
permaneció largo tiempo encerrada con ella. Cuando la despidió, hizo llamar a
Pandalevsky. Quería absolutamente saber la verdadera razón de la partida de
Rudin. No es necesario decir que Pandalevsky la tranquilizó por completo.
Estaba en su papel hacerlo.
Al día siguiente
Volinzev y su hermana fueron a cenar a casa de Daría. Ésta siempre había sido
muy amable con ellos, pero ese día les dispensó una acogida particularmente
benévola. Natalia se sentía abrumada de tristeza. Sin embargo, Volinzev se
mostraba tan respetuoso con la joven, entraba en conversación con ella tan
tímidamente que no pudo menos que quedarle reconocida en el fondo de su
corazón.
El día había sido
tranquilo, hasta aburrido; pero cuando se separaron, todos comprendieron que
habían vuelto a los viejos carriles, lo que no era poca cosa.
Sí, la vieja
existencia recomenzaba para todos, entre ellos Natalia. Cuando, por fin, ésta
se quedó sola, se arrastró
159
penosamente hasta
el lecho y, fatigada, quebrantada, dejó caer su cabeza en la almohada.
Vivir le parecía
una cosa tan amarga, tan repugnante, tan vulgar; se sentía tan avergonzada ante
sus propios ojos de su amor, de sus tristezas, que en ese momento habría
probablemente consentido en morir. Tenía aún por delante muchos días
abrumadores, muchas noches sin sueño, muchas penosas agitaciones; ¡pero era tan
joven! Su vida comenzaba apenas, y tarde o temprano, con su actividad y las
distracciones inevitables que ésta proporciona, la vida resulta vencedora
cualquiera sea la gravedad del golpe que se ha sufrido. Cualquiera sea el golpe
que hiere a un ser humano, no es posible para éste evitar —y perdona lector, lo
brutal de la expresión—, comer ese mismo día o al día siguiente, y he aquí ya
un primer consuelo. Natalia sufría cruelmente por primera vez; pero ni el
primer sufrimiento ni el primer amor se renuevan. ¡Loado sea Dios por ello!
160
XIII
Han transcurrido
casi dos años. Estamos en los primeros días de mayo. Alexandra Pavlovna, no ya
Lissina, sino para siempre señora de Leznev, está sentada en su balcón. Hace ya
más de un año que se ha casado con Mijail Mijailovich, y está tan encantadora
como antaño, sólo que algo más gruesa. El balcón comunica por medio de algunos
escalones con el jardín en donde una nodriza pasea en sus brazos a un niñito de
rosadas mejillas, vestido con una capa blanca, y tocado de una gorrita ornada
con un pompón del mismo color. Alexandra no le quita los ojos de encima. El
niño no grita, se chupa gravemente el pulgar y mira a su alrededor con aire
tranquilo. Todo en él revela que es el hijo de Mijail Mijailovich.
Nuestro viejo
conocido Pigasov está sentado en el balcón al lado de Alexandra.
Ha enflaquecido y
encanecido mucho desde que lo perdimos de vista. Su espalda se ha encorvado, y
silba al hablar, a causa de la pérdida reciente de un diente. Ese silbido
aumenta la actitud de sus discursos. La extrema irritabilidad de su carácter no
ha amenguado con los años, pero su ingenio se ha embotado, y el misántropo se
repite más a menudo que antaño. Mijail no está en casa; se le espera para la
hora del té. El sol ya se ha puesto. Al desaparecer, ha dejado una estela color
oro pálido que se
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extiende por todo
el Occidente, mientras que el lado opuesto del cielo se ribetea con dos líneas
de matices diversos: una, la más baja, tirando a azul; la otra, la más elevada,
de un rojo violáceo. Nubes ligeras se confunden en las alturas del cielo. Todo
parece anunciar un tiempo magnífico.
Pigasov, súbitamente, se echa a reír.
—¿Qué os sucede
ahora, African Simeonovich? —pregunta Alexandra.
—¡Oh, nada! Oí ayer
a un aldeano decir a su mujer que charlaba a más y mejor: "¡Vamos, déjate
de rechinar!" Esa expresión "rechinar" me gustó mucho. Y, en
efecto, ¿es capaz una mujer de razonar? Sabéis que acostumbro a exceptuar a las
personas presentes. Nuestros padres eran más sabios que nosotros. En sus
cuentos, la muchacha suele ser presentada asomada a su ventana; tiene una
estrella en la frente, pero su lengua está quieta. Así debería ser todavía.
Juzgad vos misma. Anteayer la esposa de nuestro mariscal del gobierno vino a
enrostrarme (cosa que yo esperaba tan poco como un pistoletazo) que mis tendencias no
le gustan. ¡Mis tendencias! ¿No valdría más, decidme, que una benévola
disposición de la naturaleza hubiese privado a esa dama, y a todas sus
hermanas, del pernicioso uso de su lengua?
—No cambiaréis
nunca, African; siempre la tomáis contra nosotras, pobres mujeres. Casi estoy
tentada de compadeceros por esa fastidiosa idea fija como os compadecería por
una desgracia.
162
—¡Desgracia! ¿Qué
estáis diciendo? Ante todo, yo no conozco en el mundo más que tres desgracias:
vivir en invierno en una habitación fría, llevar en verano botas muy estrechas
y pasar la noche con un crío que grita y al cual uno no tiene el derecho de zurrar.
Además, ¿no me he convertido en uno de los hombres más pacíficos del globo?
Puede ponérseme como ejemplo a los otros humanos, tan grande es la moralidad de
mi conducta.
—¡Ah, realmente, os
conducís muy bien! ¿Cómo es entonces que ayer, sin ir más lejos, Elena
Antonovna vino a quejárseme de vos?
—¡Me asombráis! Me gustaría saber qué
ha podido deciros...
—Me dijo que
durante toda una mañana os obstinasteis en no responder a sus preguntas sino
con la palabra: ¿Qué? ¿Qué?, y lo que es peor, con una voz de lo más chillona.
Pigasov se echó a reír.
—Convenid en que la idea era buena,
señora.
—¡Admirable! ¿Cómo
podéis ser tan impertinente con una mujer?
—¡Una mujer!...
¿Pero es que creéis que Elena Antonovna es una mujer?
—¿Y qué es, entonces?
—Un tambor,
simplemente; un verdadero tambor sobre el que redoblan los palillos.
163
—¡Ah, amigo mío!
—Exclamó bruscamente Alexandra, deseosa de cambiar de tema—. Según parece, va a
haber que daros la enhorabuena...
—¿Por qué?
—Por el fin de
vuestro pleito. Las tierras de Glinova serán vuestras.
—¡Mías! —respondió Pigasov con aire
sombrío.
—Hace años y años
que corréis tras ese fin; y ahora, que lo lográis, se diría que no estáis
satisfecho.
—Tengo el honor de
haceros observar —replicó lentamente Pigasov— que en este bajo mundo nada es
tan desagradable como una felicidad que os llega tarde. Esa felicidad, lejos de
causaros placer, os priva del más preciado de todos los derechos: el de irritaros
y maldecir de la suerte. Sí, señora, lo repito, una felicidad tardía no es más
que una burla ofensiva y amarga.
Alexandra no
contestó y se encogió de hombros imperceptiblemente.
—¡Ama! —gritó—. Me parece que es hora
de acostar a Mischa.
Traédmelo.
Alexandra se ocupó
de su hijo y Pigasov se retiró gruñendo al otro extremo del balcón.
De pronto apareció
el droschki de Leznev en el extremo del camino que corría a lo largo del
jardín. Dos enormes perros
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guardianes, gris
uno y amarillo otro, corrían delante del caballo. Leznev acababa de comprar
esos dos perros, que habían resuelto el problema de vivir en inalterable
amistad sin dejar de desgarrarse a dentelladas de la mañana a la noche. Una
vieja perra abandonó en seguida el patio para acudir a su encuentro; abrió las
fauces como si se dispusiera a ladrar, pero se limitó a bostezar y regresó
agitando amistosamente la cola.
—¡Sascha, adivina a
quién te traigo! —gritó Leznev, dirigiéndose a su esposa.
Ésta no pudo
reconocer a primera vista al hombre que estaba sentado detrás de su marido.
—¡Ah, el señor Basistov! —exclamó al
fin.
—El mismo
—respondió Leznev—, y trae una buena noticia. Dentro de un instante la sabrás
agregó saltando del coche con su acompañante. Pocos minutos después estaba en
el balcón con Basistov.
—¡Hurra! —Gritó abrazando a su
mujer—. ¡Sergio se casa!
—¿Con quién? —preguntó Alexandra muy
trémula.
—Con Natalia,
naturalmente... Nuestro amigo nos trae esta noticia de Moscú; tiene una carta
para ti... ¿Oyes, Mischa?
—continuó,
apretando entre sus brazos a su hijito—. ¡Tu tío se casa! ¡Vaya si es
imperturbable! Apenas si este grave acontecimiento le hace pestañear...
—Tiene sueño —contestó la nodriza
riendo.
165
—Es verdad —dijo
Basistov, acercándose a Alexandra—. Acabo de llegar de Moscú. Daría me encargó
que verificara las cuentas de la propiedad. Pero aquí está la carta de
Volinzev.
Alexandra abrió
presurosa la carta de su hermano. No contenía más que unas pocas líneas
escritas en el primer impulso de su alegría. Informaba a su hermana que había
pedido la mano de Natalia y que tenía el consentimiento de ésta y de su madre.
Prometía dar noticias por el correo próximo y, mientras tanto, saludaba y
abrazaba a toda la colonia. La incoherencia de su carta revelaba la alegría más
profunda, la emoción más viva.
Basistov se sentó y trajeron el té.
Las preguntas caían
sobre él como granizo. El mismo Pigasov compartía la alegría que causaba la
noticia de que el joven había sido portador.
—Dadme, por favor
dijo Leznev entre otras cosas—, algunos detalles sobre un llamado Karchagin
cuyo nombre ha llegado hasta nosotros. Los rumores que han circulado a su
respecto eran falsos enteramente, ¿no es verdad?
Ese Karchagin, de
quien hasta ahora no hemos tenido tiempo de ocupamos, era un joven muy guapo,
un dandy, muy pagado de sí mismo y que se creía muy importante.
Tenía el aspecto de su propia estatua erigida por suscripción nacional.
—Esos rumores
tenían un fundamento real —repitió Basistov riendo—. Daría estuvo muy prendada
de ese señor, pero Natalia no quiso ni oír hablar de él.
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—¡Pero si yo lo
conozco! —Interrumpió Pigasov—. Es un imbécil rematado, un fatuo de pies a
cabeza. ¡Misericordia! Si todos se le pareciesen, se cobraría muy caro por
consentir en vivir.
—No digo que no
—replicó Basistov—, pero en sociedad desempeña un papel bastante brillante.
—En fin, es igual
—exclamó Alexandra—. ¡Dejémosle en paz! ¡Ah, qué contenta estoy por mi hermano!
Y Natalia... ¿Se muestra alegre, feliz?
—Sí, señora. Parece
tan tranquila como de ordinario, vos la conocéis, pero tiene un aire
satisfecho.
—A propósito
—preguntó Leznev a Basistov, sirviéndole una copa de Bordeaux-Laffitte—,
¿sabéis dónde está Rudin?
—No sé nada de él,
por el momento. El invierno pasado estuvo algunos días en Moscú; después partió
para Simbirsk con una familia. Durante algún tiempo mantuve correspondencia con
él. Su última carta me anunciaba que abandonaría Simbirsk, pero sin precisarme
el lugar a dónde se marchaba. Desde entonces no he recibido más noticias suyas.
—¡No se perderá!
—Dijo Pigasov—. Debe de estar en algún sitio, en tren de predicar. Ese señor se
procura siempre dos o tres admiradores que lo escuchan con la boca abierta y a
quienes pide dinero prestado. Terminará, creedlo, sea en prisión, sea desterrado,
pero de seguro en brazos de una
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solterona con
peluca, que le tendrá por uno de los más grandes genios de este mundo.
—Tenéis una manera
muy categórica de juzgarle —observó Basistov a media voz y con aire
contrariado.
—¿Categórica? De
ningún modo —replicó Pigasov— perfectamente justa. A mi parecer, es
sencillamente lo que se llama un gorrón. Olvidaba deciros —continuó volviéndose
hacia Leznev—, que he conocido a ese Terlasov con quien Rudin estuvo en el
extranjero. ¡Ah, no podréis nunca imaginar lo que me ha dicho de él! Es cosa de
morirse de risa. Es de notar que todos los amigos y discípulos de Rudin se
convierten tarde o temprano en sus enemigos.
—¡Os ruego que no
me contéis en el número de esos amigos! — exclamó Basistov fogosamente.
—¡Oh, vos... es otra cosa! No he
querido referirme a vos.
—¿Y qué os ha contado Terlasov?
—preguntó Alexandra.
—Una cantidad de
historias. No puedo recordarlas todas, pero he aquí una de las mejores
anécdotas a propósito de Rudin. Parece ser —continuó Pigasov— que de raciocinio
en raciocinio Rudin llegó un buen día a convencerse de que debía enamorarse. Se
puso, pues, a buscar un objeto digno de justificar esa encantadora conclusión.
Al fin, la fortuna le sonrió. Conoce a una francesa deliciosa... y modista.
Observad que esto sucede en Alemania a orillas del Rhin. Comienza por hacerle
algunas visitas, luego le presta diferentes libros y, al fin,
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le habla de la
naturaleza y de Hegel. ¿Os imagináis la situación de esa desdichada modista? Le
toma por un astrónomo. Su figura impresiona agradablemente, como sabéis;
además, es un extranjero, un ruso: ¿cómo no iba a herir el corazón de la bella?
Después de interminables vacilaciones, se decide a darle una cita, pero una
cita poética: le propone un paseo en góndola por el Rhin. La francesa consiente
en ello; se pone su vestido más seductor y helos aquí a ambos embarcados.
Navegan así durante tres horas. Ahora decidme: ¿en qué creéis que Rudin empleó
todo ese tiempo? ¡Jamás lo adivinaríais! Acarició el cabello de su Alicia,
contempló soñador el cielo y repitió muchas veces que experimentaba por su bien
amada una ternura absolutamente paternal. La francesa, que no
esperaba este idilio prolongado, regresó a su casa furiosa. Ella misma fue
quien más tarde contó todo a Terlasov. Ése es Rudin.
Y Pigasov lanzó una carcajada.
—¡Sois un horrible
libertino! —Exclamó Alexandra con despecho—. Pero yo estoy cada vez más
convencida de que los mismos que quieren injuriar a Rudin no encuentran nada
deshonroso que decir de él.
—¿Nada deshonroso?
¡Misericordia! ¿Y su vida de gorrón, y el dinero que pide...? Apostaría a que
también a vos os ha pedido dinero prestado, Leznev
—Escuchad, señor
—comenzó Leznev, mientras su rostro tomaba una expresión seria—: sabéis, y mi
esposa también lo sabe, que en los últimos tiempos yo no sentía por Rudin
particular inclinación; por el contrario, a menudo me manifesté
169
contra él. A pesar
de eso —Leznev se sirvió champaña en una copa—, he aquí lo que os propongo:
acabamos de beber a la salud de nuestro querido hermano y de su prometida; pues
bien, ¡bebamos ahora a la salud de Demetrio Rudin!
Alexandra y Pigasov
miraron a Leznev con sorpresa, pero Basistov enrojeció de placer y abrió
tamaños ojos.
—Yo lo conozco bien
—continuó Leznev—, y sé cuáles son sus defectos. Son tanto más graves en él
cuanto que Rudin no es nada insignificante.
—¡Oh! —Exclamó Basistov—. Es un
carácter lleno de genio.
—Puede tener genio,
no me opongo; pero, en cuanto a su naturaleza, es por allí por donde peca. Lo
que le falta es voluntad, nervio, fuerza. Pero no se trata de eso. Quiero
referirme ahora a lo que tiene de bueno y de excepcional. Posee entusiasmo, y
podéis creerme a mí, que soy un hombre flemático, cuando os digo que esa es una
de las cualidades más preciosas en una época como la nuestra. Todos somos
insoportablemente reflexivos, indiferentes y apáticos, estamos aletargados y
helados: éste es el motivo por el cual hay que hacer justicia a quien nos
alienta y anima, aunque más no sea que por un instante, pues bien necesitamos
de esta fecunda excitación. Tú recuerdas, Sascha, que cierta vez hablé de Rudin
acusándole de frialdad. Fui entonces justo e injusto al mismo tiempo. Su
frialdad está en su sangre —nada puede contra ello—, pero no en su cabeza. Me
equivoqué al tratarle de comediante; no es un bribón, y si vive a costa de los
demás, lo hace como un niño, no como un intrigante. Sí, puede muy bien
170
ser que muera en la
soledad y en la miseria; pero, ¿hay que vituperarlo por eso? Jamás hará nada
por sí mismo, precisamente porque no hay en él ni una sangre enérgica, ni una
voluntad poderosa; pero, ¿quién tiene el derecho de afirmar de antemano que no ha
prestado o que no prestará jamás un servicio? ¿Quién tiene el derecho de
afirmar que su palabra no ha hecho germinar nobles pensamientos en más de un
alma joven, a quien la Naturaleza no ha rehusado, como a él, la fuente fecunda
de la actividad necesaria para ejecutar proyectos concebidos por una
imaginación exaltada, aunque impotente? Yo, que os hablo, yo el primero, he
experimentado cerca de él esa feliz influencia. Sascha sabe bien lo que Rudin
fue para mí en mi juventud. Sostuve, lo recuerdo, que las palabras de Rudin no
podían obrar sobre sus semejantes. Pero yo hablaba entonces de hombre llegado,
como yo, a una edad en que la vida ya ha embotado la sensibilidad, en que la
razón se ha hecho más difícil de satisfacer. Llega un momento en que una sola
nota falsa basta para destruir a nuestros oídos toda la armonía del más hermoso
de los trozos de música; pero, por fortuna para la juventud, ella tiene el oído
más delicado y, sobre todo, menos hastiado. Si la idea que se le presenta le
parece noble, poco le importa el tono. Es en sí misma donde la juventud halla
ese tono.
—¡Bravo! ¡Bravo!
—Exclamó Basistov—. ¡Eso se llama hablar con justicia! En cuanto a la
influencia de Rudin, os juro que ese hombre no sólo tiene el poder de
emocionar, sino que os impulsa hacia adelante, os impide deteneros, os
trastorna, os incendia.
171
—¿Creéis —continuó
Leznev volviéndose hacia Pigasov— que necesitáis todavía más pruebas? Atacáis a
la filosofía, no halláis bastantes palabras para menoscabarla. Yo mismo la
aprecio poco, y la comprendo tal vez menos aún, pero no es de la filosofía de
donde provienen nuestros mayores infortunios. Sus sutilezas jamás tendrán poder
sobre nuestras almas. A Dios gracias, nosotros los rusos tenemos demasiado buen
sentido para eso. Sin embargo, no debemos servirnos del pretexto de la
filosofía para caer sobre cada honesta aspiración hacia la ciencia y la verdad.
Lo que hace la desdicha de Rudin es que no conoce a Rusia, y ciertamente, ésta
es una gran desgracia para él. Rusia puede prescindir de cada uno de nosotros,
pero ninguno de nosotros puede prescindir de Rusia. ¡Desgraciado de aquel que
no lo comprende, dos veces desgraciado el que olvida realmente las costumbres y
las ideas de su patria! El cosmopolitismo es una estupidez y
un cero, mucho menos que un cero; fuera de la nacionalidad no hay artes, ni
verdad, ni vida posible: sólo hay la impotencia y la nada. Toda figura ideal
debe representar un tipo, so pena de hacerse inmediatamente insignificante y
vulgar. Pero, repito una vez más, Rudin es más inocente de su destino de lo que
se cree. Ese destino es ya bastante amargo y pesado sin que hagamos recaer sobre
él toda la responsabilidad. Ahora bien: ¿por qué esa raza a la que pertenece
Rudin aparece con tanta frecuencia en Rusia? Es lo que no quiero examinar por
temor de dejarme ir demasiado lejos. Contentémonos con reconocer lo que tiene
de bueno. Eso valdrá más que la injusticia, y nosotros hemos sido injustos con
él. No es nuestra misión castigarlo por su insuficiencia; y, creedme, ese
castigo ni siquiera es necesario: él mismo se
172
castigará mucho más
cruelmente de lo que merece. Dios quiera que la desgracia lo despoje de todo lo
que es malo en él y no le deje sino sus buenas cualidades. ¡Bebo a la salud de
Rudin! ¡Bebo a la salud del camarada de mis mejores años, bebo por la juventud,
por sus esperanzas, por sus aspiraciones, por su ingenua confianza, por su
honradez, en una palabra, por todo lo que hacía latir nuestros corazones de
veinte años! No conocemos, y no conoceremos jamás, nada mejor en la vida.
¡Brindo por ti, época dorada; brindo por la salud de Rudin!
Todos respondieron
al brindis de Leznev. Basistov lo hizo con tanto entusiasmo que estuvo a punto
de volcar su copa; la vació, sin embargo, de un trago, mientras Alexandra
estrechaba la mano de su marido.
—No os sabía tan
elocuente, señor Leznev —murmuró Pigasov—. Estáis a la altura del señor Rudin.
Confieso que yo mismo estoy conmovido.
—No soy elocuente
—replicó Leznev con cierto despecho—. En cuanto a conmoveros, creo que es muy
difícil. Por lo demás, ya hemos hablado demasiado de Rudin. Pasemos a otra
cosa. Y...
¿cómo se llama?...
¿Aquel Pandalevski vive siempre en casa de Daría? —continuó, dirigiéndose a
Basistov.
—¡Ya lo creo! Ella
misma le ha conseguido un empleo ventajoso.
Leznev meneó la cabeza.
173
—¡He ahí a alguien
que no morirá en la miseria! Es una apuesta que puede hacerse sobre seguro.
La comida tocaba a
su fin. Los comensales se separaron. Cuando Alexandra se quedó sola con su
marido, le miró a los ojos sonriendo.
—¡Qué bien has
estado hoy, Mijail! —Dijo, acariciándole la frente—. ¡Con cuánto talento, con
cuánta nobleza has hablado! Pero, confiesa que te has dejado arrastrar a la
defensa de Rudin con un poco de exageración, lo mismo que antaño lo atacabas
con demasiada crueldad.
—No se golpea a un
enemigo caído... Y, además, en ese tiempo, yo podía creer que él te gustaba
—agregó, sonriendo a su vez.
—Te equivocabas
—respondió Alexandra, de buen talante—. Siempre me pareció demasiado sabio para
ser peligroso; simplemente, me daba miedo, y su presencia me cohibía. Pero,
reconozcamos que Pigasov se burló cruelmente de él esta noche.
—¿Pigasov?
—Respondió Leznev—. Fue precisamente porque estaba Pigasov por lo que asumí tan
calurosamente el partido de Rudin. ¡Atreverse a tratar a Rudin de gorrón! ¡Tan
luego él decir eso de los demás! ¿No es mucho más vituperable la conducta de
Pigasov? Tiene una situación independiente, desprecia a todo el mundo; y, sin
embargo, a pesar de toda su pretendida misantropía, sabe prenderse muy bien de
todo el que es rico o influyente. ¿Sabes tú que Pigasov que injuria a sus
semejantes con tanta acrimonia y que tan bien deshace a
174
dentelladas a la
filosofía y a las mujeres; sabes tú que ese mismo Pigasov, cuando estaba en el
servicio civil, se dejaba untar la mano y estaba metido en más de un
chanchullo?
—¡Es posible!
—Exclamó Alexandra—. ¡Jamás lo habría creído!... Escucha, Mischa —continuó tras
un momento de silencio—, debo hacerte una pregunta.
—¿Cuál?
—¿Crees que mi hermano será feliz con
Natalia?
—¿Cómo contestarte?
Creo que todas las probabilidades están en favor de su felicidad; es ella quien
lo guiará. Aquí, para entre nosotros, ella es más inteligente que él; pero
Volinzev es un hombre excelente y ama a Natalia con toda su alma. ¿Qué más hace
falta? Nosotros nos amamos y somos felices.
Alexandra estrechó la mano de Mijail.
Ese mismo día,
mientras todo lo que acabamos de relatar sucedía en casa de Leznev, una
miserable kibitka, recubierta de lata y tirada por tres caballos, rodaba
penosamente por el camino real de una de las provincias más lejanas de Rusia.
Un aldeano canoso vestido con un harapiento armiak, la guiaba sentado en el
asiento delantero. Estaba ladeado, con las piernas apoyadas en el balancín, y
no hacía más que tironear de las riendas, fabricadas con cuerdas, y blandir su
látigo. Un hombre de elevada talla, sentado sobre una maltratada maleta,
ocupaba el fondo de la kibitka. Llevaba una gorra, y su traje estaba muy usado
y cubierto de polvo. Bajaba la cabeza, y se había hundido
175
la visera de su
gorra hasta los ojos. El traqueteo del coche lo zarandeaba, pero parecía
insensible a esas molestias. Se habría dicho que dormitaba. Por último se
irguió. Era Rudin.
—¿Cuándo llegaremos
a la posta? —preguntó al aldeano, que estaba encaramado en su asiento.
—Muy pronto,
padrecito —respondió el aldeano, tirando de las riendas con más fuerza— cuando
hayamos subido a lo alto de la cuesta, no nos quedarán más que dos verstas...
¡Vamos, tú! — Exclamó apostrofando a uno de los caballos—. ¿Estás durmiendo? Ya
te enseñaré a dormir —continuó con voz chillona, azotando con fuerza al caballo
de la derecha.
—Me parece que vas
muy mal —observó Rudin—. Hemos rodado toda la mañana sin avanzar. Si por lo
menos me cantaras algo.
—¿Qué queréis que
haga, padrecito? Bien veis que los caballos están extenuados. El calor es
espantoso. ¿Por qué queréis que cante? ¿Acaso soy un postillón? ¡Eh! —Exclamó
de pronto, dirigiéndose a un aldeano vestido con una especie de casacón castaño
y calzado con viejos zuecos de corteza de abedul—. ¡Deje paso, buen hombre!
—¡Valiente cochero!
—Gruñó el otro, que se había detenido—. ¡Ruin moscovita! —continuó con voz
preñada de desprecio, meneando la cabeza y reemprendiendo la marcha.
—¿A dónde vas
ahora? —Gritó el aldeano tironeando las riendas del caballo delantero—. ¡Ah!
¡Maldito animal!
176
Los fatigados
caballejos llegaron a duras penas, por fin, al patio de la casa de postas.
Rudin salió de la kibitka, pagó al conductor, que no lo saludó, pero que en
cambio hizo saltar largo tiempo el dinero en la palma de la mano (la propina no
le parecía, sin duda, suficiente), mientras el viajero llevaba él mismo su
maleta a la sala de espera.
Uno de mis amigos,
que ha recorrido Rusia en todos sentidos, me ha hecho notar que si las paredes
de la sala de la posada estaban adornadas con cuadros que representaban un
prisionero del Cáucaso o generales rusos, se podría esperar encontrar allí
fácilmente caballos; pero que si los cuadros estaban sacados de la vida del
famoso jugador Georges de Germany, había pocas probabilidades de
salir rápidamente del mesón. En tales casos, el desdichado viajero
tiene tiempo de admirar cómodamente el tupé empolvado, el chaleco blanco con
solapas, los pantalones fabulosamente estrechos y cortos que llevaba el jugador
en los días de su juventud, y de estudiar su rostro delirante en el momento en
que, llegado ya a la vejez, y viviendo en una choza medio derruida, mata a su
propio hijo a silletazos. Rudin había entrado en una habitación decorada
justamente con los cuadros en cuestión; todos se esforzaban por representar las
escenas principales de Treinta años o La vida de un jugador. Los
gritos de Demetrio hicieron aparecer a un maestro de posta,
adormilado —¿habéis visto jamás un maestro de posta que no lo estuviera?—. Sin
esperar siquiera la pregunta de Rudin, le dijo con voz monótona que no tenía
caballos.
177
—¿Cómo podéis
decirme que no hay caballos, si ni siquiera sabéis a dónde voy? —Replicó
Rudin—. He llegado en un carricoche de campaña.
—No tenemos un solo
caballo —dijo el maestro de posta—. ¿Dónde vais?
—A...sk.
—No hay caballos
—repitió el maestro de posta, saliendo de la habitación.
Rudin se acercó
despechado a la ventana, y arrojó su gorra sobre la mesa. Aunque no había
cambiado mucho, había, sin embargo, envejecido en los últimas dos años; algunos
hilos plateados brillaban en su ensortijada cabellera. Sus ojos eran siempre
hermosos, pero su brillo casi se había extinguido; pequeñas arrugas,
consecuencias de la inquietud y de la pena, plegaban los ángulos de su boca y
de sus ojos y surcaban sus sienes. Su traje estaba viejo y gastado, y se echaba
de ver claramente que no usaba ropa blanca. Era evidente que habían pasado para
él los días prósperos: daba en grana, como dicen los
jardineros.
Rudin se puso a
leer las inscripciones que adornaban las paredes, distracción habitual de los
viajeros aburridos. De pronto la puerta rechinó sobre sus gozones, y el maestro
de posta entró.
—No hay caballos
para... Sk —dijo—, y no los habrá por mucho tiempo; pero los hay que vuelven
a... Ov.
178
—¿A ...Ov?
—Respondió Rudin—. No es mi camino; yo voy a Penza, y me parece que... Ov queda
en la dirección de Tambov.
—¿Y qué importa
eso? Podéis ir allí desde Tambov, o bien encontraréis otro camino.
Rudin reflexionó.
—¡Sea! —Dijo al fin—. Haced enganchar los caballos. En el fondo, lo mismo me
da, iré a Tambov.
Pronto estuvieron
listos los caballos. Rudin tomó su maleta, entró en la kibitka y se sentó en la
misma postura abatida que ya le hemos visto antes de su llegada a la casa de
postas. Había en esa actitud un gran abandono, una triste resignación. Los tres
caballos tomaron lentamente el trote, haciendo resonar sus campanillas.
179
EPÍLOGO
Han transcurrido varios años.
Un día frío de
otoño, un coche se detuvo ante la escalinata del más hermoso de los hoteles de
la capital del gobierno de C. Un hombre de cierta edad bajó de él, estirando
los brazos y lanzando suspiros. No era viejo todavía; pero había alcanzado ya
esa moderada obesidad que se ha convenido en llamar respetable. El viajero
subió con bastante rapidez la escalera hasta el segundo piso, y se detuvo a la
entrada de un ancho corredor. Como no veía a nadie a su alrededor, levantó la
voz para pedir una habitación. Inmediatamente se abrió una puerta, y un
camarero macilento, que salió de la sombra de un biombo, le enseñó el camino.
Se deslizó respetuosamente a lo largo de una pared, haciendo brillar de tiempo
en tiempo, a pesar de la penumbra, su espalda raída y sus mangas recogidas.
Una vez dentro de
su habitación, el extranjero se quitó su abrigo y su bufanda, se sentó en el
diván, apoyó los puños en las rodillas, miró un instante en torno suyo, como si
saliera de un sueño, y ordenó al camarero que hiciera subir al criado que había
dejado junto al coche. El camarero se inclinó humildemente y salió.
Ese viajero no era otro que Leznev.
180
La leva le había
obligado a abandonar su casa de campo para trasladarse a C.
Apareció el criado
de Leznev. Era un muchacho de pelo rizado, rubicundo, vestido con un abrigo
gris ajustado en el talle por un cinturón azul. Estaba además, calzado con
botas de fieltro.
—Bueno, muchacho,
hemos llegado, a pesar del miedo que tenías de ver saltar la llanta de una de
las ruedas.
—Sí, sí respondió
el joven servidor, esforzándose por sonreír tras el cuello levantado de su
abrigo—. Pero, ¿cómo está?
—¿No hay nadie aquí? —exclamó una voz
en el corredor.
Leznev se estremeció; luego, se puso
a escuchar.
—¡Eh! ¿No hay nadie? —repitió la voz.
Leznev se había
levantado. Corrió hacia la puerta y la abrió rápidamente.
Delante de él
estaba un hombre de elevada estatura. Era encorvado, y su pelo parecía casi
completamente gris. Vestía una vieja levita de terciopelo de algodón con
botones de bronce. Leznev lo reconoció en seguida.
—¡Rudin! —exclamó con voz conmovida.
Rudin se volvió. No
podía distinguir los rasgos de Leznev, porque éste estaba de espaldas a la luz.
Rudin le dirigió una mirada interrogante.
181
—¿No me reconocéis?
—preguntó Leznev.
—¡Mijail Mijailovich! —exclamó Rudin,
tendiéndole la mano.
Inmediatamente, se contuvo, y dejó
caer el brazo.
Leznev tomó vivamente la mano de
Rudin entre las suyas.
—¡Venid, entrad en
mi cuarto! —le dijo, conduciéndolo a su habitación—. ¡Cómo habéis cambiado!
—continuó Leznev tras un instante de silencio, y bajando involuntariamente la
voz.
—Eso dicen
—respondió Rudin, recorriendo la estancia con mirada sombría—. ¡Qué queréis!
Son los años... En cuanto a vos, siempre jovial. ¿Cómo está Alexandra... quiero
decir, vuestra esposa?
—Está muy bien,
muchas gracias. Pero, ¿por qué casualidad estáis aquí?
—Sería muy largo de
contar. De hecho, ha sido la casualidad lo que me ha traído. Estoy buscando a
un conocido. Por otra parte, me felicito de esta casualidad.
—¿Dónde coméis?
—No lo sé, en un
figón cualquiera. Me veo obligado a partir hoy.
—¿Obligado?
Rudin sonrió de un modo
significativo.
182
—Obligado, sí. Me
envían al campo con la orden de residir allí definitivamente.
—Comed conmigo.
Por primera vez Rudin miró a Leznev
bien de frente.
—¿Me proponéis comer con vos?
murmuró.
—Sí, Rudin, como
antaño, como en la época de nuestra intimidad. ¿Aceptáis? No esperaba
encontraros, y sabe Dios si volveremos a vernos jamás. No querría dejarlo así.
—Pues bien, acepto con mucho gusto.
Leznev estrechó la
mano de Rudin. Llamó al camarero para pedir la cena y le ordenó que pusiera al
hielo una botella de champaña.
Como si lo hubieran
convenido de antemano, Leznev y Rudin no hablaron durante la comida más que de
su vida de estudiantes. Evocaron numerosos recuerdos y hablaron de muchos de
sus amigos, muertos o vivos. Al principio, Rudin estuvo poco comunicativo; pero
bebió algunos sorbos de vino que pronto le desataron la lengua y caldearon su
sangre. En cuanto el camarero hubo servido el último plato, Leznev se levantó,
cerró la puerta, volvió a sentarse directamente enfrente de Rudin, y apoyó la
barbilla en sus dos manos.
—¡Vamos! —dijo—.
Contadme ahora lo que ha sucedido desde la última vez que nos vimos.
183
"¡Dios
mío!", se dijo una vez más. "¡Cómo ha cambiado el desdichado!"
No eran tanto las
facciones de Rudin en sí mismas las que habían cambiado, como su expresión. En
efecto, desde el día en que le hallamos en la sala de una posada pidiendo
caballos para continuar su viaje, sus rasgos no habían cambiado sensiblemente,
aunque un buen observador hubiese ya descubierto en ellos los primeros signos
de una vejez precoz. Sus ojos tenían una mirada diferente. Sus movimientos, ora
lentos, ora de una brusquedad inexplicable; su voz, sin acento, como quebrada;
todo su ser, en una palabra, revelaba un cansancio definitivo, una tristeza
secreta y la impotencia para sobreponerse a ellos. ¡Cuán lejos estaba esta
profunda tristeza de la melancolía medio fingida con que se adornaba antaño, al
igual que muchos jóvenes que, no por eso, están menos llenos de esperanzas y de
confiada vanidad!
—Deciros todo lo
que me ha sucedido —respondió— me sería imposible y, por otra parte, no valdría
la pena hacerlo. He tenido no pocos disgustos, y no ha sido sólo mi cuerpo el
que se ha gastado en inútiles carreras a través del mundo; también mi alma. ¡De
quién, de qué no he quedado desencantado, Dios mío! ¡Con quién no he tenido
relaciones íntimas! ¡Sí, con quién!
—Repitió Rudin,
viendo que Leznev le miraba con un aire de compasión muy particular—. ¡Cuántas
veces mis propias palabras me han dado asco! ¡Cuántas veces he experimentado la
misma penosa impresión al ver en boca de otros mis propias ideas y mis propias opiniones!
¡Cuántas veces he pasado de la impaciencia, hasta de la irritabilidad de un
niño, a la insensibilidad estúpida del caballo que permanece inmóvil bajo los
golpes sangrientos de su brutal conductor! ¡Cuántas veces he esperado, para
odiar después! ¡Cuántas veces me he regocijado y luego humillado en vano!
¡Cuántas veces me he
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remontado como un
halcón, para caer en tierra ridículo y rastrero, como un galápago sin
caparazón! ¿Dónde no habré estado? ¿Por qué caminos no habré andado? Y hay
caminos muy sucios —agregó Rudin volviéndose un poco—. Sabéis...
—Aguarda —interrumpió Leznev—, antes
nos tuteábamos... Volvamos a hacerlo, ¿quieres? ¡Bebamos a tu salud!
Rudin se
estremeció, se irguió, y de sus ojos brotó una llama fugitiva que ninguna
palabra podría describir.
—¡Bebamos! —dijo—. ¡Gracias, hermano!
¡Bebamos!
Leznev y Rudin bebieron cada uno una
copa de champaña.
—Tú sabes —continuó
Rudin con una sonrisa y recalcando el tú—, llevo en mí un gusano
que me devora y que no me dejará descansar sino en mi última hora. El me
impulsa a querer dominar a mis semejantes. Comienzo por someterlo a mi influjo,
y luego...
Rudin hizo un vago ademán.
—Desde que me
separé de vos... de ti, he aprendido mucho, he visto mucho... Veinte veces
renací a la vida, veinte veces puse manos a una nueva obra y, sin embargo, mira
cómo estoy — agregó pasándose la mano por la frente.
—No eres
perseverante —murmuró Leznev, como hablando consigo mismo.
—Tú lo dices, no
soy perseverante. Jamás he edificado nada; es difícil, en efecto, poder
edificar cualquier cosa, cuando el suelo
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falta bajo los
pies. No quiero contarte todas mis aventuras, o, por mejor decir, todas mis
desventuras. Te relataré sólo dos o tres incidentes de mi vida, en que el éxito
iba a sonreírme, es decir, en los que yo esperaba el éxito, lo que no es
exactamente lo mismo.
Rudin echó hacia
atrás sus cabellos grises y ya ralos, con ese mismo movimiento de la mano con
que antaño rechazaba sus rizos negros y espesos.
—Pues bien, escucha
—comenzó—. En Moscú trabé amistad con un señor muy original. Era muy rico y
poseía inmensas propiedades. Su principal, su única pasión era la ciencia, la
ciencia en general. Hasta ahora no me explico cómo esa pasión pudo apoderarse
de él. Le sentaba lo mismo que una montura a un buey. Empleaba todas sus
fuerzas en mantenerse a la altura de eso que llaman "el nivel
intelectual", aunque apenas supiese expresarse y debía conformarse con
mover los ojos expresivamente y sacudir la cabeza con aire significativo cada
vez que ante él se enunciaba una idea. Jamás encontré naturaleza más pobre y
más nula que la suya. Recordaba esas tierras tan extensas en el gobierno de
Smolensk, donde no se halla más que arena, siempre arena, y apenas una brizna
de hierba que ningún animal se preocupa de arrancar. Nada prosperaba entre sus
manos; todo parecía volverse contra él. Tenía la manía de hacer incomprensibles
las cosas más fáciles, y un singular talento para complicar las cosas más
sencillas. Si no hubiese dependido más que de él, habría encontrado el medio,
puedes estar seguro, de hacerte comer con los pies. Trabajaba, escribía y leía
tan continua como infructuosamente. Se entregaba al estudio con cierta
perseverancia tozuda, con asombrosa paciencia; su amor propio no tenía límites,
y su carácter era de hierro. Vivía solo y tenía fama de excéntrico. Lo conocí y
le gusté. Confieso que lo calé rápidamente, pero su
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celo me conmovía.
Además, poseía tan grandes recursos, podía hacerse tanto bien por su
intermedio, prestar tan reales servicios... En una palabra, me establecí en su
casa y le seguí más tarde a sus tierras. Mis proyectos, amigo mío, eran
inmensos; soñaba con perfeccionamientos, innovaciones...
—Como en casa de
los Lasunski, ¿recuerdas? —interrumpió Leznev sonriendo con benevolencia.
—De ningún modo.
Entonces, tenía conciencia de que mis palabras no conducirían a nada; pero aquí
era un campo muy distinto el que se ofrecía a mis especulaciones... Amontoné
libros sobre agronomía... No leí ni uno solo hasta el final. Pero, en fin, puse
manos a la obra. Al principio, eso no marchó como lo esperaba; pero después
pareció tomar mejor cariz. Mi nuevo amigo callaba siempre; no hacía sino mirar,
y no me molestaba en absoluto; o, mejor dicho, no oponía obstáculo material
alguno a mis empresas, un poco azarosas, debo convenir en ello. Adoptaba mis
planes y los ponía en ejecución, pero con terquedad y rigidez, con una secreta
desconfianza y tratando de introducir en ellos sus propias ideas, sin
prevenirme. Tenía la mayor estima por la más insignificante de sus ideas, y se
aferraba a ella con mil esfuerzos, como esos animalitos de Dios que montados en
el extremo de la más pequeña brizna de hierba, se prenden a ella, siempre
prontos a desplegar sus alas y a tomar su impulso; de pronto, caía para intentar
trepar nuevamente. No te sorprendas de todas estas comparaciones. Ya entonces
nacían en mi cerebro. Esas fueron mis ocupaciones durante dos años. A pesar de
todos mis cuidados, los resultados apenas respondían a mis sueños. Comenzaba a
cansarme, mi amigo me fastidiaba y pesaba sobre mí como plomo. Me volví agrio y
áspero. Su desconfianza se convirtió en sorda irritación; una mutua
malevolencia se apoderó de ambos, y llegamos al punto de no poder ya hablar
tranquilamente
187
sobre el tema más
insignificante: trataba siempre de demostrarme por medio de transparentes
alusiones que no estaba sometido a mi influjo; ora cambiaba mis disposiciones,
ora las dejaba completamente de lado... Terminé por darme cuenta de que
desempeñaba en casa del señor propietario las funciones del parásito que paga
en buenas palabras la hospitalidad que recibe. Me resultaba penoso prodigar en
vano mi tiempo y mis fuerzas, y más penoso todavía ver todas mis esperanzas
malogradas sin cesar. Comprendía muy bien lo que perdía alejándome, pero no
podía evitarlo. Un buen día, a consecuencia de una escena brutal y que me
reveló a mi amigo bajo un aspecto muy poco atrayente, reñí definitivamente con
él. Partí, abandonando a mi despreciable pedante, singular mezcla de rudeza
cosaca y sensiblería alemana...
—Eso significa que
arrojaste tu trozo de pan cotidiano —exclamó Leznev, posando sus manos sobre
los hombros de Rudin.
—Así fue. Una vez
más, me hallé desnudo y ligero en el espacio. ¡Vamos, bebamos!
—¡A tu salud! —Dijo
Leznev levantándose para estrechar a Rudin entre sus brazos—. ¡A tu salud! ¡A
la memoria de Pokorsky!... También él supo seguir siendo pobre.
—Ésa fue mi primera
aventura —continuó Rudin después de un momento de silencio—. ¿Quieres que
continúe?
—Hazlo, te lo ruego.
—Estoy cansado de hablar, estoy muy
cansado, amigo mío...
Pero, en fin, puesto que así lo
quieres... Rodando una vez más
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por los caminos,
resolví convertirme... no te rías, por favor... convertirme en hombre activo y
práctico. Se me presentaba para ello la más favorable de las ocasiones: caí
sobre cierto... tal vez hayas oído hablar de él... cierto Kurbeiev. ¿Lo
conoces?
—En absoluto. Pero,
por el amor de Dios, Rudin, ¿cómo, con tu inteligencia, no comprendiste que no
era negocio tuyo transformarte en hombre de negocios? Perdona el juego de
palabras.
—Sé muy bien,
Mijail, que no valía nada para eso, pero si tú hubieras visto a Kurbeiev... No
vayas a imaginarte, sin embargo, que fuera un charlatán superficial como tantos
otros. Alguna vez se dijo que yo era elocuente; y, no obstante, comparado con
él apenas parecía tartamudear. Es un hombre de una ciencia extraordinaria, al
corriente de todo, un verdadero creador en lo que respecta a la industria y al
comercio. En su cerebro nacían espontáneamente los proyectos más audaces, más
inesperados. Una vez reunidos, resolvimos emplear nuestros talentos en una
empresa de utilidad pública...
—Estoy ansioso de saber cuál.
Rudin bajó los ojos.
—¿No te burlarás?
—¿Por qué? No, de ningún modo...
—Se trataba de
hacer navegable uno de los ríos del gobierno de K. —contestó Rudin con forzada
sonrisa.
—¿Nada menos? ¿Ese Kurbeiev era, sin
duda, un capitalista?
189
—Era tan pobre como
yo —replicó Rudin inclinando ligeramente su cabeza gris.
Leznev soltó una
carcajada, pero se reprimió en seguida y estrechó las manos de Rudin.
—¡No te enfades,
hermano, por favor, pero no esperaba semejante cosa! De seguro, vuestra empresa
no pasó del papel, ¿verdad?
—No exactamente. Su
ejecución se inició. Contratamos obreros, y se comenzó a desarrollar el plan de
trabajo; pero pronto surgieron obstáculos. Primeramente, por parte del
propietario de un molino, que no quiso entendernos; pero, lo que es peor aún,
descubrimos que el agua no podía ser dirigida sin máquinas. ¿Dónde obtener el
dinero para esas máquinas? Habíamos dormido en chozas durante seis meses.
Kurbeiev no se alimentaba más que de pan, y yo no tenía mejor mesa que él. Por
lo demás, no me quejo, pues la naturaleza era muy bella en esos parajes.
Hicimos esfuerzos sobrehumanos para tratar de atraer comerciantes, escribiendo
cartas y circulares. Eso terminó haciéndome gastar mi último kopek en el
proyecto.
—¡Vamos, creo que
tu último kopek no habrá sido difícil de gastar! —observó Leznev.
—¡Oh, no, no!
Rudin se puso a mirar por la ventana.
—Sin embargo, te
juro que la empresa no era mala. Los beneficios habrían podido ser inmensos.
190
—¿Dónde se refugió
ese Kurbeiev? —preguntó Leznev.
—Está en Siberia.
Actualmente busca oro. Pero, puedes estar seguro, un día u otro hará fortuna.
—Se lo deseo; pero,
también es cierto que tú seguirás siendo pobre.
—¡Yo!... ¿Qué
quieres? Por otra parte, sé que siempre me has tenido por un nulo.
—¡Tú! ¡Qué locura,
hermano! Hubo una época, es cierto, en que sólo el aspecto malo de tu carácter
me saltaba a los ojos; pero ahora, créeme, comienzo a saber apreciarte con más
justicia. No eres capaz de hacer fortuna... Pues bien: por eso te aprecio.
Rudin sonrió levemente.
—Sí, en efecto, te
estimo más por eso —repitió Leznev— ¿me comprendes?
Ambos se quedaron silenciosos.
—¿Pasamos al número tres? —preguntó
Rudin.
—Hazme el favor.
—Con mucho gusto.
Tercera y última aventura... ¿No te aburro?
—Cuenta, cuenta.
191
—Bueno —comenzó
Rudin—. Un día que no tenía nada que hacer (he tenido muchos así), se me
ocurrió una idea. No me falta saber, me dije, ni tampoco el deseo del bien. No
me negarás, espero, ese deseo del bien, ¿no?
—¡Dios me libre!
—Todos mis
proyectos anteriores habían fracasado. Un día, pues, me pregunté por qué en
lugar de vivir en una gloriosa ociosidad no trataba de hacerme profesor.
Rudin se detuvo y suspiró.
—¿Por qué vivir sin
hacer nada? —continuó—. ¿No valía más tratar de enseñar a los otros lo que yo
sabía? Tal vez sacarían de ello algún provecho. Mis facultades no son comunes;
además, domino mi idioma... Me resolví, pues, a abrazar esta nueva carrera. Me
costó un trabajo infinito conseguir una cátedra en el Instituto de Segunda
Enseñanza de esta ciudad.
—¿Profesor de qué? —preguntó Leznev.
—De literatura
rusa. Te diré que jamás me había dedicado a nada con tanto entusiasmo. La idea
de influir sobre la juventud me arrebataba. Pasé tres semanas en preparar mi
primera lección.
—¿La llevas contigo?— preguntó
Leznev.
—No. La he perdido,
no sé dónde. Quedó bastante bien y gustó mucho. Todavía veo los rostros de mis
oyentes, rostros buenos, jóvenes, con una expresión de ingenua atención, de
interés, hasta de devoción. Subo a la cátedra, febril, y leo mi lección.
192
Había pensado que
duraría más de una hora, pero a los veinte minutos la había terminado. El
inspector, viejo seco, con gafas de plata y peluquín, inclinaba de tiempo en
tiempo la cabeza hacia mí. Cuando terminé y abandoné mi sillón, me dijo:
"Bien, señor, pero un poco trascendental, un poco oscuro: el tema apenas
es tocado". En cambio, los estudiantes me seguían con ojos llenos de
admiración. ¡El entusiasmo, he ahí lo que es precioso en la juventud! Llevé
notas para la segunda lección, también para la tercera... Después me puse a
improvisar.
—¿Con éxito?
—Gran éxito. Los
oyentes me llegaban a montones. Les entregué cuanto guardaba en mi alma. Había
entre ellos dos o tres jóvenes de verdadero mérito; el resto me comprendía mal,
y, debo confesarlo, los mismos que me entendían me turbaban a veces con sus preguntas.
En cuanto a su efecto, lo había conquistado desde el primer día. Me adoraban, y
en los exámenes los calificaba siempre con buenas notas. Pero ya se había
empezado a intrigar contra mí. Por otra parte, ¿era necesario intrigar para
perderme? Yo no estaba en mi esfera, ésa es la verdad. Molestaba a los otros,
los otros pesaban sobre mí y me ahogaban. Yo daba a esos alumnos del Instituto
lecciones como no oyen sino raramente los estudiantes de la Universidad; mis
oyentes, sin embargo, sacaban de ellas poco provecho, pues, tú lo sabes, mi
erudición es poca y soy más bien un vulgarizador que un sabio propiamente
dicho. Por otro lado, no podía conformarme con el círculo estrecho en que
giraba mi actividad. No ignoras que siempre he tenido ese defecto. Quería
transformar radicalmente el Instituto, y te juro que esa transformación era
realizable, y hasta fácil. Esperaba conseguirla por medio del director, hombre
excelente sobre el cual había comenzado a cobrar influencia. Su mujer acudía en
mi ayuda. Amigo mío, rara vez he encontrado mujer que se le
193
pareciera. Tenía ya
cerca de cuarenta años, pero creía en el bien, amaba la belleza con el mismo
ardor de una joven de quince años y era lo bastante valiente como para sostener
sus convicciones ante el mundo entero. Jamás olvidaré su noble entusiasmo, su
pureza. Tracé un plan siguiendo sus consejos. Fue entonces cuando se trabajó
por disminuirme y mancharme a sus ojos. El profesor de matemáticas fue mi más
cruel enemigo. Figúrate un hombrecillo mordaz y bilioso, sin creencia alguna,
un hombre parecido a Pigasov, sólo que mucho más distinguido que él... A
propósito, ¿vive todavía Pigasov?
—Sí, e imagínate
que se ha casado con una mujerona que le pega, según dicen.
—¡No merecía otra cosa! ¿Y Natalia
Alexeevna, está bien?
—Sí.
—¿Es feliz?
—Sí.
Rudin estuvo un rato en silencio.
—¿De qué
hablaba?... ¡Ah, sí!... Del profesor de matemáticas. Llegó a odiarme; comparaba
mis lecciones con un fuego de artificio, pescaba al vuelo cada expresión que no
fuese de una claridad rigurosa y hasta llegó una vez a ponerme contra la pared,
a propósito de no sé ya qué documento del siglo XVI que yo no conocía. Todas
mis intenciones le resultaban sospechosas; la última de mis seductoras pompas
de jabón fue a reventar sobre él como sobre un alfiler. El inspector, con quien
yo había
194
estado en
desacuerdo más de una vez, excitó al director contra mí. Tuvo lugar una escena
en la que no quise ceder. Me enfurecí. El asunto fue llevado a las autoridades,
y me vi obligado a abandonar la cátedra. No por eso me di por derrotado; quise
demostrar que no se podía obrar de ese modo conmigo... pero, ¡ay!, conmigo se
puede hacer como se quiera... Ahora es preciso que me marche de aquí.
Hubo otro momento
de silencio. Los dos amigos tenían la cabeza baja.
Rudin fue el primero en romper ese
silencio.
—Sí, hermano
—continuó—. He terminado por decir con Kolzov: "¡A dónde me has llevado,
oh, mi juventud! ¡Ya no tengo dónde reclinar mi cabeza...!" Y, sin
embargo, ¿es posible que yo no sirva ya para nada? ¿Es posible que no haya aquí
abajo nada que yo pueda hacer? A menudo me he hecho esta pregunta, y cualesquiera
sean los esfuerzos que haga para humillarme a mis propios ojos, no puedo
impedir sentirme animado de una fuerza poco común. ¿Por qué, pues, esta fuerza
permanece impotente? Hay un hecho que me sorprende. ¿Recuerdas los viajes que
hicimos juntos al extranjero? Yo era entonces presuntuoso y mentiroso. En
aquella época, ciertamente, yo no me daba cuenta clara de lo que quería, me
embriagaba con el sonido de mis propias palabras, perseguía quimeras. Ahora,
por el contrario, puedo proclamar ante el mundo entero cuáles son mis deseos.
Decididamente, ya nada tengo que ocultar; soy completamente, y en la verdadera
acepción de la palabra, un hombre bien intencionado; he rebajado mis
pretensiones, quiero adaptarme a las circunstancias, he restringido mis
aspiraciones, tiendo al fin más próximo, me atengo al más pequeño servicio que
puedo prestar, y, sin embargo, nada me sale bien. ¿Cuál es la causa de
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ese perenne
fracaso? ¿Qué es lo que me impide vivir y obrar como los demás? Apenas he
tenido tiempo de hacerme una posición definida, apenas puedo detenerme en un
punto dado, cuando la suerte parece precipitarme fuera del camino marcado. ¿Por
qué todo eso? ¡Dame la solución de ese enigma!
—¡Enigma! —Repitió
Leznev—. Sí, tienes razón. Tú siempre has sido un enigma para mí. Ya en el
tiempo de nuestra juventud, cuando te veía alternativamente obrar mal y hablar
bien, y recomenzar siempre así (tú sabes lo que quiero decir), aún entonces no
te comprendía claramente, fue por eso por lo que dejé de amarte... ¡Tienes
tanto fuego, tu impulso hacia el ideal es tan infatigable!
—¡Palabras, siempre
palabras! Nunca hechos —interrumpió Rudin.
—¿Qué quieres decir?
—¡Qué quiero decir!
Es muy simple. Aun cuando sólo fuera mantener con el propio trabajo a una vieja
abuela ciega y a toda su familia, como lo hacía Pragenzov, ¿no sería una
acción?
—Sí, pero una buena
palabra es también una acción. Rudin miró a Leznev en silencio y meneó la
cabeza melancólicamente.
Leznev hizo un
movimiento, como si fuera a hablar, pero se contuvo, y sólo se pasó la mano por
el rostro.
—¿Realmente, te vas al campo?
—preguntó, por fin.
—Sí, me voy al campo.
196
—Tengo todavía algo
como eso. Dos almas y media. Un agujero donde morir. Al oírme, sin duda te
dices: "¡Ni siquiera ahora puede prescindir de las frases!" Tienes
razón; las frases me han perdido, me han devorado, vencido... Pero lo que acabo
de decir no es una frase, como no lo son, hermano, estas canas, estas arrugas,
estos codos raídos. Siempre fuiste severo conmigo, y tenías razón: ¿pero, para
qué sirve la severidad ahora, cuando la lámpara misma está rota y con la mecha
casi consumida? Hermano, la muerte debe, sin embargo, reconciliarlo todo.
Leznev saltó de su asiento.
—¡Rudin! —exclamó—.
¿Por qué hablas de ese modo? ¿Por qué he merecido tan duros reproches? ¿Qué
clase de hombre sería yo si a la vista de tus arrugas y de tus mejillas enjutas
pudiera ocurrírseme la palabra frase? Pienso: he aquí un hombre...
Con sus facultades, ¿qué no podría alcanzar? ¿Qué ventajas terrenas no podría
poseer, si hubiese sabido quererlo? ¡Sin embargo, está hoy desnudo y sin asilo!
—¿Provoco, pues, tu piedad? —dijo de
pronto Rudin.
—Te equivocas: lo
que me inspiras es estimación y simpatía. Tal es la verdad. ¿Qué te impedía
pasar unos cuantos años en casa de tu amigo el propietario? Estoy convencido de
que él habría asegurado tu porvenir si tú hubieses querido someterte a su
voluntad. ¿Por qué no pudiste vivir en el Instituto? ¿Por qué, hombre singular,
cuando emprendías un negocio lo abandonabas sacrificando tus propios intereses
y sin echar raíces en tierra alguna, por fértil que fuera?
197
—Soy perecati-pote de
nacimiento —respondió Rudin con humilde sonrisa—. No puedo detenerme.
—Es verdad, pero no
lo que acabas de decir, al afirmar que llevabas en ti un gusano roedor que te
impedía fijarte en parte alguna... No es un gusano lo que llevas en ti, no es
el espíritu de una agitación ociosa. El fuego que te consume es el del amor a la
verdad, y, a pesar de todas sus debilidades, es evidente que él arde, en ti,
con más fuerza que en muchos hombres que no se tienen por egoístas y que osan
llamarte, a ti, intrigante. Sí; en tu lugar yo, el primero habría destruido
hace mucho tiempo ese gusano de que hablas, para reconciliarme con la realidad;
pero, a ti nada te cambia. ¿Tienes, siquiera, después de tantas dolorosas
decepciones, más hiel y amargura? Estoy seguro de que hoy mismo, en este mismo
momento, emprenderías un nuevo trabajo con todo el entusiasmo de un muchacho.
—No, hermano, ahora
estoy cansado —respondió Rudin—. ¡Oh, muy cansado!
—¡Cansado!
¡Enhorabuena! ¡Otro habría muerto hace mucho tiempo! Dices que la muerte
reconcilia; ¿crees entonces que la vida no lo hace? Aquél a quien la vida no
hace más indulgente hacía los demás, no merece ninguna indulgencia para sí
mismo. Y, ¿quién osaría decir que no necesita indulgencia? Tú has hecho lo que
has podido, has luchado cuanto te ha sido posible... ¿Qué más hace falta?
Nuestros caminos se han separado...
—Tú, hermano, tú eres completamente
distinto a mí —interrumpió Rudin suspirando.
—Nuestros caminos
se han separado —continuó Leznev—, y tal vez haya sido justamente porque,
gracias a mi fortuna, a mi
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sangre fría y a
otras circunstancias favorables, nada me impidió quedarme cruzado de brazos,
como espectador ocioso; mientras que tú debiste bajar a la arena, arremangarte,
fatigarte y luchar. Nuestros caminos se han separado... y, sin embargo, mira
cómo estamos cerca el uno del otro, hablando el mismo lenguaje,
comprendiéndonos con medias palabras, exaltando los mismos sentimientos. ¡Van
quedando pocos de los nuestros, hermano mío; nosotros dos somos los últimos
de los mohicanos! Pudimos separarnos, odiarnos, hace muchos años,
cuando la vida se presentaba larga todavía ante nosotros; pero, ahora que
ralean las filas de nuestro batallón, cuando nuevas generaciones nos aventajan
en la persecución de fines que no son los nuestros, es preciso que nos sostengamos
firmemente el uno al otro. ¡Brindemos, hermano, y cantemos, como en los buenos
tiempos Gaudeamus igitur!
Los amigos chocaron
sus copas y con voz de falsete, con una verdadera voz rusa, se pusieron a
cantar, conmovidos, ese antiguo lied de los estudiantes
alemanes.
—¿Estás, pues,
decidido a marcharte al campo? —Dijo una vez más Leznev—. No creo que te quedes
allí mucho tiempo, y no puedo imaginarme con quién, dónde y cómo terminarás tu
vida... Pero, recuerda, en cualquier circunstancia, que tienes siempre un
refugio, un nido para abrigarte: mi casa, ¿lo oyes, mi viejo camarada? El
pensamiento tiene también sus inválidos: y aquéllos que lo han servido deben
igualmente tener un asilo.
—Gracias, hermano
—dijo Rudin—, ¡gracias! No olvidaré jamás tu ofrecimiento. Soy indigno de él.
He malogrado mi vida, no he servido al pensamiento como debe hacerse...
—Calla —interrumpió
Leznev—. Cada uno es como lo hizo la Providencia, y no se puede exigir más. Te
has llamado tú
199
mismo El
judío errante... Después de todo, tal vez la suerte te ordenaba errar
eternamente; tal vez cumplías con eso un destino superior que tú mismo ignoras.
¿No dice la sabiduría popular que todos marchamos hacia donde nos impulsa la
mano de Dios? Ve, pues, hacia donde esa mano te conduce. —Y continuó Leznev al
ver que Rudin buscaba su sombrero—: ¿No quieres pasar la noche aquí?
—No, me voy.
¡Adiós! Gracias... Tengo el triste presentimiento de que terminaré mal.
—Sólo Dios lo sabe... ¿Te marchas,
decididamente?
—Sí. ¡Adiós! No conserves de mí un
mal recuerdo.
—Entonces, por tu
parte, guarda de mí buen recuerdo. Y no olvides lo que te he dicho. ¡Adiós,
pues!
Los amigos se abrazaron. Rudin salió
precipitadamente.
Leznev se paseó
largo tiempo por la habitación, se detuvo ante la ventana, reflexionó, murmuró
la palabra "¡desdichado!" y, por último, se sentó para escribir a su
esposa.
Fuera se había
levantado un fuerte viento, que lanzaba lúgubres aullidos y hacía resonar los
vidrios bajo sus impetuosas ráfagas.
Era el preludio de
una larga noche de otoño. ¡Feliz de quien, en noches como ésa, tiene el abrigo
del techo doméstico, junto al hogar familiar de donde irradia un dulce
calor...! ¡Y que Dios ayude a todos los desdichados sin asilo!
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Era el 24 de junio
de 1848. La insurrección de los talleres nacionales casi había
sido sofocada; el ejército y la guardia nacional triunfaban en todo
París.
En una de las
estrechas calles del faubourg Saint Antoine, algunos obreros
atrincherados en una barricada cambiaban todavía, de tiempo en tiempo, algunos
disparos de fusil con los soldados; pero se disponían a cesar esa resistencia
ya inútil, cuando un hombre de elevada estatura, de largos cabellos flotantes y
casi blancos, apareció de pronto sobre lo alto de la barricada. Vestía una
vieja levita y llevaba una ancha faja roja en la cintura.
Comenzó a gritar
con voz que se esforzaba por hacer penetrante, mientras agitaba por encima de
su cabeza un jirón de tela roja atada al extremo de un bastón. Cinco o seis
disparos de fusil partieron en seguida de las filas de soldados, y el hombre
cayó lenta y pesadamente, con la cara hacia adelante, como si saludara a
alguien hasta tocar con ella la tierra. Había muerto instantáneamente.
—¡Maldición! —Dijo
uno de los últimos defensores de la barricada a un camarada—. ¡Nos han
matado al polaco!
—¡Demonios!
—respondió el otro—. ¡Huyamos! —y ambos se lanzaron hacia la puerta entornada
de una casa vecina.
Ese polaco era Demetrio Rudin.
FIN
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sólo para consulta con fines educativos, culturales201 y no lucrativos, con la
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