© Libro N° 13836. De Las
Revueltas A Las Revoluciones. Rauber,
Isabel. Emancipación. Mayo 17 de 2025
Título Original: © De Las Revueltas A Las
Revoluciones. Isabel Rauber
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Las Revueltas A Las Revoluciones. Isabel Rauber
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DE LAS REVUELTAS A LAS
REVOLUCIONES
Isabel
Rauber
De Las Revueltas A Las Revoluciones
Isabel
Rauber
De Las Revueltas A Las Revoluciones
Isabel Rauber*
*Isabel Rauber es filósofa y pensadora latinoamericana.
“La revolución es
una construcción permanente y requiere esfuerzo político, formativo y
organizativo consciente, auto-consciente. No hay linealidad, ni espontaneísmos;
no se “da-rán” los cambios sociales, políticos, ideológicos y cultura-les;
serán (o no) construidos colectivamente (por las mayo-rías). Tampoco hay
garantías respecto de los resultados: el presente y el futuro se disputan palmo
a palmo, día a día.”
En el mapa
geopolítico indo-afro-latinoamericano se observan día a día agigantados cambios
y no todos de igual contenido, sentido y alcances; más bien podría afirmar que
ellos responden a fuertes contradicciones y las recrean nuevamente en otra
dimensión y tiempo, y con actores sociales y políticos hasta poco tiempo
in-sospechados como tales.
Quiero revelar muy
sucintamente primero, cómo se ha conforma-do este nuevo mapa a partir de la
conformación de gobiernos que –para abreviar- denominaré aquí como populares.
Estos gobiernos no surgieron de la nada, ni mágicamente por una buena campaña.
En la base de todos los procesos actuales, con mayor o menor visibilidad según
sean las posibilidades de cada lugar, está la acumulación emergida y construida
en años de resistencia y lu-chas protagonizadas por los movimientos sociales,
los movimien-tos indígenas, los movimientos por los derechos humanos, por
1
movimientos de mujeres, ecologistas, y también frecuentemente
acompañados por gran parte de la izquierda organizada latinoame-ricana. En este
gran crisol de culturas y riquezas de alternativas germinó la posibilidad de
plantear opciones políticas para disputar gobiernos.
En Venezuela, de la
mano de un militar honesto y bolivariano que se decidió a embanderar un proceso
de cambio; con débiles raíces de organizaciones sociales, sindicales y de
pobladores, este logró sin embargo tocar las fibras de la dignidad y convocar a
las mayo-rías a la epopeya por la patria.
En Brasil, Lula, ex
dirigente sindical de la CUT, siendo parte de un partido, el PT, supo construir
estadualmente la posibilidad de llegar al gobierno nacional y contó por ello
con un fuerte partido y engrasados mecanismos de funcionamiento; sin resolver
su articu-lación con los grandes movimientos sociales del país, pero con
diálogos construidos.
En Ecuador, surge
un referente, Correa, luego de su destitución como Ministro. Debido al apoyo
que ello despertó comenzó a nuclear a los dispersos fragmentos de la izquierda
y la intelectua-lidad y logró erigir su programa en opción política para
gobernar. Su mayor debilidad estuvo y aún está en su vinculación con los
movimientos indígenas originarios, particularmente, con aquellos nucleados en
la CONAIE.
En Paraguay, un
Obispo católico se hace cargo de la búsqueda de un camino para romper con el
dominio colorado.
En Uruguay, el
histórico Frente Amplio, no solo supo ganar las elecciones sino sostenerse en
el gobierno, afianzar sus propuestas y aportar a la unidad del continente.
En El Salvador y en
Nicaragua y se logró retomar el rumbo de las luchas por la justicia social de
la mano de gobiernos con marcada influencia revolucionaria de los ‘80, a través
de la participación del Frente Farabundo Martí y del Frente Sandinista, respectiva-mente.
En Perú,
recientemente, Un ex militar con inclinaciones naciona-listas y de justicia
social, pudo articular un frente amplio con acto-
res diversos de la sociedad y de la izquierda orgánica e intelectual y
ha ganado las elecciones, abriéndosele ahora el abanico de desa-fíos de
gobernar para sus objetivos siguiendo sus principios y los acuerdos
establecidos.
En Bolivia, el
gobierno que encabezan Evo Morales y Álvaro García Linera, es una resultante de
las conquistas que fructifica-ron luego de enérgicas luchas sociales,
indígenas, campesinas y de pobladores urbanos. En ellas se han ido formando
articulacio-nes inter e intrasectoriales capaces de romper con la
sectorializa-ción de las luchas y sus actores-sujetos, para avanzar hacia
ámbi-tos de articulación política que confluyen luego en la formación del MAS,
instrumento político para la soberanía de los pueblos. Con esa base, se
presenta y gana las elecciones presidenciales en diciembre de 2005, y desde ahí
hasta el presente.
Lo dicho es
suficiente para evidenciar lo que centra mi interés en estas reflexiones: salvo
en el proceso boliviano en el que se evi-dencia la activa y protagónica
presencia de actores-sujetos que convergen hacia su constitución en
actor-sujeto colectivo, en los otros casos, es notoria la ausencia protagónica
de un actor o acto-res sociopolítico/s. Y si la (auto)construcción-constitución
del sujeto político creador e impulsor de los cambios es la principal ausente
en tales procesos, es también, por tanto, su principal debi-lidad interna.
Brasil, y tal vez
Uruguay, Nicaragua y El Salvador, constituirían también excepciones por contar
con un partido con capacidad de gobernar, pero tienen debilidad en su anclaje
social y la necesidad de abrir las puertas a la articulación basada en la participación
de los movimientos sociales populares para avanzar en la construc-ción de una
voluntad y conducción colectiva social y política ha-cia transformaciones
raizales democratizadoras.
El futuro -como los
sujetos- se disputa y construye palmo a palmo en el presente.
Lo dicho respecto
de otros procesos latinoamericanos no significa que en la experiencia de
Bolivia las cuestiones de organización y conducción social y política estén
resueltas; el sujeto político co-
lectivo continúa su proceso de (auto)construcción en las nuevas
condiciones, es decir, sigue en la disputa por (auto)constituirse en el actor
sociopolítico colectivo protagonista de las tareas y desa-fíos de este tiempo.
→La
(auto)constitución del sujeto es permanente, es parte del caminar, por ello es
importante tener presente que el haber consti-tuido gobierno reclama como nunca
antes “seguir en la disputa” de la construcción social, cultural, económica y
política de lo nuevo, incluyendo a los actores-sujetos en el proceso de cambio
y transformación que es y será siempre, a la vez y en primer lugar, un proceso
de (auto)transformación. Se trata de una actitud y con-dición constante, pues
las situaciones concretas -así como los desafíos-, son y serán siempre
diferentes; lo nuevo emergerá una y otra vez junto con las tareas a realizar en
pos de las transforma-ciones, con el caminar.
Habitualmente se
piensa que cambian las realidades pero no así los actores y sus conciencias; o
sea, al parecer habría un momento en que se rompe la relación entre realidad,
experiencias sociales y conciencia sociopolítica. Y –supuestamente, por ello, a
pesar de los cambios que tienen lugar en la realidad social por ejemplo, cuando
se constituyen gobiernos populares , desde el plano analí-tico y político suele
tratarse a los actores-sujetos partícipes de tales logros, refiriéndolos a su
actuación y conciencia del tiempo anterior.
Esto, además de que
no les reconoce el protagonismo que los ac-tores-sujetos tienen o deberían
tener en el nuevo tiempo, en el tiempo de co-gobernar, impide comprender [y
(auto) comprender-se] a los actores-sujetos en las nuevas interrelaciones
sociales creadas por la nueva situación sociopolítica y económica y cultu-ral.
Se rechaza, de última, el hecho de que las nuevas coyunturas replantean
permanentemente los intereses colectivos y sectoriales y disputan la
conciencia, organización y acción de los actores-sujetos.
La instalación de
un gobierno popular revolucionario supone la conformación de nuevas
interrelaciones sociales y el surgimiento de nuevas contradicciones,
conflictividades, afinidades e interac-
ciones de fuerzas e intereses sociales, económicos, culturales y
políticos acorde con la nueva realidad política e institucional; de conjunto,
estas configuran un nuevo mapa sociopolítico que defi-ne nuevas tareas y
desafíos a los actores sociales, ahora claramen-te confrontados en su matriz
política o sociopolítica.
→La revolución es
una construcción permanente y requiere es-fuerzo político, formativo y
organizativo consciente, autocons-ciente. No hay linealidad, ni espontaneísmos;
no se “darán” los cambios sociales, políticos, ideológicos y culturales; serán
(o no) construidos colectivamente (por las mayorías). Tampoco hay ga-rantías
respecto de los resultados: el presente y el futuro se dispu-tan palmo a palmo,
día a día.
En tal sentido,
vale ubicar a los gobiernos populares de Latinoa-mérica: pueden constituir una
importante herramienta para abrir las puertas a los cambios desde abajo,
promoviendo el protago-nismo de los actores-sujetos. Pero si se toma a los
gobiernos como el objetivo político central, la tendencia al acomodamiento, al
conservadurismo de lo ya conquistado, puede hacer estragos arri-ba y abajo y
dar por tierra a los objetivos sociotransformadores. No hay separaciones
tajantes entre la gestión del gobierno, la ad-ministración y gestión del Estado
y la participación política de las organizaciones sociales y los pueblos todos.
Esta es en todo mo-mento la clave revolucionaria del proceso. Promoverla,
calificarla
y estimularla es
vital para ampliar-profundizar la potencialidad revolucionaria de los gobiernos
populares, para que las reformas que promueven se profundicen hacia cambios
raizales y no termi-nen empantanadas en los sinuosos tentáculos del poder
hegemóni-co del capital. Hay que estar atentos y enfrentar a la cómoda
sen-tencia que supone que “de algún modo se resolverá”.
→Los pueblos
retoman su historia donde la han dejado en el pro-ceso “natural” de su
movimiento y acción social. Vale recordar que los movimientos sociales surgen,
se consolidan y se desarro-llan por razones defensivas de sobrevivencia
sectorial en principio y avanzan hacia conciencia y acción política colectivas
en mo-mentos de extrema agudización de la lucha por la sobrevivencia. En ella
se abren las compuertas de la conciencia sectorial a lo
colectivo, pero no es un estadío permanente. Al cesar la situación
extrema, al resolver lo que originariamente se identificó como “el objeto
causal” de la situación de exclusión, al sentir, por ejemplo, que ahora ya “se
es gobierno”, se produce una suerte de relajación política y reacomodamiento a
lo nuevo, donde lo colectivo pare-ciera separarse nuevamente de las
problemáticas sectoriales y lo defensivo sectorial vuelve a ocupar un lugar
importante en los movimientos sociales otrora altamente políticos. Esto, en
casos extremos, abre paso a la resurgencia de lo corporativo. Es lo que se
evidencia en determinados conflictos sectoriales recientes en Bolivia, en
Ecuador… protagonizados por movimientos indíge-nas, de campesinos, por
sindicatos, etcétera. Es el movimientos contradictorio del proceso de cambios
por lo que, lejos de acusar un déficit insuperable, marca la “naturalidad” de
la circularidad del proceso social. Por otra parte, refuerza los llamados a no
dejar los procesos a merced del espontaneísmo y la desorganización política,
convoca a ejercer la acción política formativa práctica, para estimular la
superación política de las limitaciones del pen-samiento sectorial corporativo,
y crecer todos y todas en protago-nismo. Esto es parte de la construcción de la
conducción política colectiva del proceso revolucionario. Es lo que, en ese
sentido, define la necesidad e importancia del trabajo político así como sus
modalidades y contenidos.
¿Lucha de clases o vía pacífica?
→Desconocer u
olvidar que los adversarios desalojados del poder político cuyos intereses
socioeconómicos y culturales son afecta-dos por los nuevos gobernantes, quienes
–pasado el desconcierto inicial-, dedicarán sus energías, saberes y poderes a
desestabilizar y subvertir el nuevo estado de cosas. Como escribí en algún
mo-mento: las revoluciones que transitan por esta vía no lo hacen en un “lecho
de rosas”, quienes así lo piensan se hacen cargo del equivocado, prejuicioso y
setentista relato de la “vía electoral” como sinónimo de “vía pacífica”,
interpretando a esta como pro-pia de un tiempo ausente de conflictos.
En las condiciones sociopolíticas actuales de los gobiernos popu-lares
se evidencia un crecimiento de la lucha por la hegemonía histórica por parte
del poder y sus personeros. En tal situación, la disputa por “la cabeza” de la
población se incrementa.
Es importante no
subestimar la lucha político-ideológica, y redo-blar los esfuerzos para
atenderla simultáneamente con las otras actividades y responsabilidades nuevas
que, ciertamente, debilitan a los movimientos sociales, indígenas, sindicales,
ecologistas, campesinos, etc., por la migración de sus –de por sí escasos-
cua-dros a las esferas del gobierno y el Estado, mientras algunos fijan la
mirada en los cargos públicos dando cauce a reclamos sectoria-les y
corporativos tras ellos: “Yo también quiero, nosotros tam-bién queremos”. En
tales casos se trastocan –aunque coyuntural-mente los objetivos históricos: ya
no se trata de cambiar la socie-dad sino “repartir la torta” y,
consiguientemente, todos los que así se posicionan exigen tener lo que
consideran “su parte”.
→La revitalización
de la lucha de los adversarios por reconquistar el terreno perdido constituye
una significativa amenaza de los procesos revolucionarios democráticos, pero
también las grietas internas, la ausencia o escasez de articulaciones entre
gobierno, Estado y pueblos, la auto-constitución de articulaciones entre los
actores-sujetos que abrirán las puertas a convergencias políticas programáticas
entre ellos.
→Los movimientos
sociales, indígenas, campesinos, de mujeres, de jóvenes, etc., tienen una gran
responsabilidad política y un desafío político central: dejar de ser actores
demandantes y (au-to)constituirse en sujetos políticos.
Esta situación
ubica el quehacer de los movimientos sociales en una dimensión cualitativamente
diferente de la hasta ahora expe-rimentada: hacerse cargo de lo que ellos
mismos han construido. Se trata también de asumirse como protagonistas
centrales de los gobiernos y disponerse –en consecuencia , a (co)gobernar. Esto
es: profundizar los procesos colectivos de articulación y construc-ción de
poder propio en simultánea transformación de los espa-cios gubernamentales e
institucionales del Estado y el gobierno,
profundizando la disputa integral con el poder hegemónico del capital.
No es políticamente
lógico resistir, luchar, voltear y poner gobier-nos si luego se rechaza asumir
la responsabilidad de (co)gobernar en función de impulsar las transformaciones
revolucionarias; con autonomía respecto a quienes gobiernan y a las estructuras
guber-namentales-estatales, pero articulados a los representantes para (luchar
por) participar en la toma de decisiones, en el control de la gestión pública y
para promover propuestas propias construidas desde abajo, en las comunidades,
movimientos, sindicatos… El contenido popular de un gobierno no se desprende
del currículo de quienes gobernantes, sino de su vocación y empeño para
trans-formar radicalmente las instituciones gubernamentales-estatales
abriéndolas a la participación protagónica de los de abajo. Esto es clave y
para lograrlo se hace necesaria la concurrencia voluntaria y consciente de los
movimientos sociales, indígenas, urbanos, etc., y de los pueblos todos. Hay
variadas modalidades de involu-cramiento de los movimientos: como demandantes con
reivindi-caciones sectoriales corporativas, como ejecutores de tareas
subordinados al gobierno-estado, como fuerzas de choque de la oposición, como
espectadores críticos, o como protagonistas en disputa con lo viejo y
creadores-constructores de lo nuevo, que se atreven a transitar por el terreno
del conflicto propio de las dispu-tas y acción política. Esto supone para ellos
vivir en conflicto, hacerse cargo de la disputa por la construcción de un nuevo
poder popular construido por el protagonismo de los de abajo, desde abajo y en
todos los ámbitos de la vida social: gobierno, Estado y todo el cuerpo de
instituciones sociales y políticas, así como en los diversos ámbitos de la vida
social.
→Normalmente se
analiza el conflicto como “una situación dada” en la que –externamente-
intervienen los actores, sin embargo por el contrario, el conflicto existe
porque es constituido por el accio-nar de los actores en función de intereses
contrapuestos o contra-dictorios entre sí. Ello no quiere decir que los
actores-sujetos pue-dan crear o manejar los conflictos a su antojo; subraya la
partici-pación genealógica de los actores-sujetos en el surgimiento, desa-
rrollo y desenlace de los mismos. Esto rescata, por un lado, a los
conflictos como la forma “natural” de existencia de lo político y – por tanto
de la participación de los movimientos sociopolíticos en la disputa con el
poder hegemónico del capital en busca de la construcción de su propio poder.
Por otro, reubica a las contradic-ciones propias de los procesos
revolucionarios como parte de los conflictos, que no se resuelven por decretos
sino por las dinámi-cas concretas de las interacciones e interdefiniciones de
los acto-res-sujetos concretos que pelean y discuten palmo a palmo con los
agentes del poder hegemónico en búsqueda de la construcción de otro poder, otra
hegemonía. Parten de posiciones de subordina-ción histórica a la hegemonía
dominante del poder y –prácticas de resistencia, lucha y construcción de lo
nuevo mediante , se van encaminando hacia la no-subordinación, fortaleciendo y
desarro-llando su propia hegemonía, aprendiendo a gobernar de modo diferente en
la misma mediada que van gobernando, traspasando las fronteras
político-institucionales impuestas por el aparato polí-tico institucional que
responde a los intereses, las lógicas, y los protagonistas del poder del
capital.
Romper ese círculo
del poder es parte de las claves de los actuales procesos de cambio, tanto para
quienes ocupan posiciones de go-bierno, como para el conjunto de
actores-sujetos sociopolíticos que promueven el cambio. Los caminos y los
tiempos para ello se anudan a la batalla ideológico-cultural, política y
organizativa necesaria para no quedar atrapados por las redes del poder, siendo
arrastrados por la inercia cultural de la vieja política y sus prácti-cas
fragmentarias, corporativas, jerárquicas, burocráticas y exclu-yentes.
Revalidar el
protagonismo político alcanzado en las luchas contra el neoliberalismo,
poniéndolo en sintonía con las condiciones, tareas y desafíos actuales, implica
transformarlo en forma y con-tenidos. Hay que tener presente que no se trata de
una actitud teó-rica; los sujetos se constituyen siempre en las luchas, en
ellas pueden madurar y tomar conciencia de la importancia de articular sus
reivindicaciones sectoriales con las de otros, profundizando en las raíces
sociales de las mismas hasta llegar a poner de manifies-
to los intereses comunes que estas representan. Es allí cuando
sintetizando, lo social se torna político porque es consciente de que la
disputa reivindicativa es, a la vez, una disputa de poder, una disputa
política.
Lo reivindicativo,
antes fragmentado sectorialmente y ahora arti-culado y proyectado en una nueva
dimensión, se torna programá-tico; los actores dispersos se constituyen en
actor colectivo, sujeto político de su tiempo. Esta condición resulta
raizalmente articula-da a la acción de los actores-sujetos en el entramado de
contradic-ciones del conflicto sociopolítico, en su capacidad de definirlo en
sentido favorable a sus intereses, necesidades y aspiraciones. Pero no es una
condición o estatus permanente. Es decir, si varía la situación sociopolítica,
si se modifica la correlación de fuerzas, de poderes, si el protagonismo de los
actores-sujetos en los conflictos políticos a favor de los cambios deja de ser
interconstituyente (del conflicto y de su protagonismo), el actor colectivo
puede retroce-der como sujeto, atomizarse y desintegrarse como tal sujeto, es
decir, puede de-constituirse como sujeto político. Caso contrario, no habría
retrocesos, contramarchas, errores… La vida está llena de ellos, más aun los procesos
raizalmente democratizadores co-mo los que actualmente se disputan en Bolivia,
y también – aunque en otras dimensiones en Ecuador, en Venezuela…
Los reclamos y las
protestas son cuando menos , insuficientes en esta etapa, más aun las
lamentaciones de lo que no se hace o no se consigue. Sin desestimar la
importancia y vigencia de las movili-zaciones de los actores sociales por sus
reivindicaciones, al con-trario, es tiempo de promoverlas y desarrollarlas,
pero atendiendo siempre al contenido y la proyección política de estas en el
con-junto de la problemática sociopolítica de este tiempo, que ya no tiene como
objetivo a la protesta, sino a la protesta con propuesta, protagonizando los
cambios, creándolos, impulsándolos y partici-pando en sus realización, es
decir, movilizándose para que los cambios se hagan realidad o se profundicen.
En las actuales
procesos de democratización abiertos por gobier-nos populares, no basta con que
los representados reclamen a los representantes, no basta con protestar, no
basta con “tomar distan-
cia” para “seguir de cerca” las gestiones de gobierno. El
queme-importismo político es hijo de la ideología del aparente no-compromiso
neoliberal, y en las actuales condiciones es funcional a la supervivencia de su
hegemonía.
Los destinos,
posibilidades y alcances de los procesos revolucio-narios abiertos en el
continente, los contenidos y alcances de la acción gubernamental y la
participación política de los movimien-tos sociales están genealógicamente
entrelazados.
Este nuevo tiempo
político abierto a los desafíos sociotransforma-dores gestados desde abajo en
las resistencias y luchas de los mo-vimientos indígenas y sociales, demanda de
ellos alzarse sobre prejuicios, dogmas, contradicción y las limitaciones propias
de su desarrollo, para protagonizar las decisiones de hoy y llevarlas adelante,
haciendo realidad las consignas del pasado y dando los pasos necesarios en aras
de fortalecer el protagonismo colectivo del conjunto de actores sociales y
políticos revolucionarios y del pueblo todo. Y para ello es importante no
descuidar el trabajo de formación política intercultural descolonizadora.
Es vital superar la
defensiva, erigirse (construirse) en sujetos pro-tagonistas de su historia.
Superar la
defensiva no es una decisión voluntaria. Supone dar cuenta, en primer lugar, de
la nueva realidad sociopolítica, de las correlaciones de fuerzas y sus cambios:
en sus características, interrelaciones, articulación, contradicciones y
dimensiones; en segundo lugar, dar cuenta de las tareas y sus nuevos desafíos.
Vivir en las
realidades abiertas por los gobiernos populares impli-ca para los movimientos
indígenas y sociales del campo popular, moverse en un terreno histórica y
políticamente desconocido hasta el presente: en el terreno de la libertad de
pensar y elaborar pro-puestas colectivamente, de presentarlas y discutirlas
mano a mano con el Ejecutivo o en los parlamentos, desarrollándose como
pro-tagonistas con capacidad de propuestas y articulación intersecto-rial en
aras de avanzar hacia la constitución del actor político co-lectivo.
Esto se entrelaza con el tránsito por caminos que hay que cons-truir
para cambiar de raíz el contenido social de los instrumentos tradicionales del
Estado y el gobierno, y buscar o crear los medios para hacerlo, participando en
ellos, convirtiéndolos en herramien-tas de los cambios colmándolos de
participación popular y comu-nitaria gestada desde abajo. En tales procesos de
lucha por los cambios que se desarrollan simultáneamente con ellos , residen
las contradicciones de las ventajas y los obstáculos para los cam-bios como así
también las posibilidades de que los diversos acto-res sociales atomizados
vayan reencontrándose a sí mismos como protagonistas de este nuevo tiempo.
Por otro lado, hay
que tener en cuenta que los adversarios políti-cos, lejos de estar debilitados,
tiene ahora las mejores condiciones que nunca para dedicarse al estudio y
observación de los errores y limitaciones de los movimientos y sus
representantes, tienen los medios y los recursos. Y estando fuera de la administración
del Estado en lo fundamental-, tienen todo el tiempo para socavar las bases del
poder revolucionario en gestación. No están solos los movimientos y el pueblo
construyendo su futuro, esta construc-ción se da en medio de una alta lucha
política entre sectores que no descansan ni un segundo en llevar a delante la
batalla por la recuperación del terreno perdido.
El proceso es a la vez constituyente e instituyente.
No existe un ser ni
un deber ser definidos a priori, no hay sujetos, ni caminos, ni tareas, ni
rumbos y resultados preestablecidos, no hay garantías de resultados exitosos ni
situaciones irreversibles. Se trata de una lucha constante que tiene que apelar
infatigable-mente a la imaginación, inventiva y voluntad de los actores
parti-cipantes, (auto)desafiando paso a paso sus deficiencias y limita-ciones,
convocando a la voluntad sobre la base de la conciencia y el deseo, para
protagonizar cada vez más integral y profundamen-te el proceso de cambios,
proceso que abrieron sabiendo lo que no querían pero sin tener plenamente
establecido lo que querían. Pero esto no necesariamente es así, este camino
está atravesado por las subjetividades, por apetencias, personalismos, celos y
miradas de todos los matices tanto en los movimientos sociales como en go-
bernantes y funcionarios; es una lucha en tensión constante para no
dejarse atrapar por las redes del poder y sus tentáculos de cooptación y
absorción de los objetivos revolucionarios en unos y otros o en ambos. Es un
proceso vivo, abierto, dinámico, contra-dictorio, tensionante y desafiante.
El carácter
constituyente abarca e interdefine los sentidos, las dimensiones y acciones del
proceso de cambios, y con ello, a los propios sujetos. Es decir, se trata de un
proceso interconstituyente de poder, proyecto y sujetos. Y como todo ello se va
definiendo concatenado (hilvanado) por la participación (integral) de los
ac-tores sujetos, resulta en tal sentido, a la vez , un proceso
autocons-tituyente, marcado por sus capacidades políticas, de conciencia y
organización. No hay resultados ni sujetos, ni proyectos, ni pode-res
preconcebidos ni garantizados; todo está en juego permanen-temente.
Precisamente por ello los actuales procesos democrático-revolucionarios que se
desarrollan en el continente en disputa frontal con la hegemonía del poder
colonial-capitalista, reclaman un creciente y renovado protagonismo de los
movimientos indí-genas, sociales, campesinos, de mujeres, de trabajadores, de
eco-logistas, pensadores populares, etcétera.
Los primeros pasos
resultan de alto valor simbólico positivo, visi-bilizando como ciudadanos de
derecho y de hecho a amplios sec-tores de la población históricamente
marginada, invisibilizada. Los cambios están marcados por el desarrollo de
programas de gobiernos que -teniendo en cuenta la correlación de fuerzas
exis-tente , buscan en primer lugar consolidar la gestión gubernamental
naciente y avanzar.
En tal sentido, la
construcción de hegemonía popular resulta cen-tral. Y ella está anudada a la
profundización-ampliación de la democracia heredada simultáneamente con la
construcción de una democracia raizal que abra el horizonte a la participación
multi-dimensional de los actores sociopolíticos diversos, fortaleciendo también
su (auto)constitución en actor colectivo, sujeto de su his-toria.
Aunado a ello, es
vital fortalecer/desarrollar el instrumento políti-co, la conducción política
colectiva del proceso, capaz de coordi-
nar y potenciar el desarrollo de tareas políticas, culturales e
ideo-lógicas que promuevan la participación protagónica del conjunto de actores
sociales y políticos revolucionarios, construir canales y herramientas de
información y organización, abriendo canales institucionales y no
institucionales para su participación concien-te, capacitada, organizada y
creciente en las diversas dimensiones de la vida social.
Esto se anuda
directamente con la realización de actividades orientadas a fortalecer el
desarrollo de la conciencia política de los actores sociopolíticos, estimulando
la recuperación y reflexión crítica de sus experiencias concretas de
construcción de poder propio, creando ámbitos colectivos de intercambio y
producción de pensamiento crítico de sus procesos de cambios, contribuyendo
efectivamente al crecimiento y fortalecimiento de la conciencia colectiva,
abriendo espacios para periódicas reflexiones sobre las nuevas y cambiantes
realidades.
La ideología del
cambio, como el sentido y sus definiciones estra-tégicas son parte del proceso
social vivo, y no un dogma apriorís-tico establecido –desde fuera de las luchas
de los pueblos por al-guna vanguardia partidaria que “los demás” tendrían que
asimilar. La conciencia política de los actores sociopolíticos del pueblo se
forja y crece en los procesos de resistencia, lucha y construcción de
alternativas, en interdefinición constante de los rumbos y obje-tivos
estratégicos. Estos no vienen dados del “más allá”; se van construyendo (y
modificando) a partir de las cotidianidades y modos de vida y experiencias de
lucha y sobrevivencia diversos que existen en cada sociedad, en cada comunidad.
El debate
estratégico está abierto en cada proceso que apuesta a cambiar la realidad en
este continente, protagonizado por actores-sujetos que van construyendo caminos
que cuestionan colectiva-mente el actual sistema mundo a la vez que –como
señala Mészá-ros-, lo van rediseñando “más allá del dominio del capital”. ■
Isabel Rauber es Dra. en Filosofía. Directora de la Revista “Pasa-do y
Presente XXI”. Profesora de la Universidad Nacional de Lanús. Educadora
popular. Estudiosa de los procesos políticos de los movimientos sociales e
indígenas de indo-afro-latinoamérica. www.isabelrauber.blogspot.com; e-mail:
irauber2@gmail.com ; Twitter: @IsabelRauber

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