© Libro N° 13830. De La
Dictadura Franquista A La Democracia. La Leyenda De La Transición. Omegalfa. Emancipación.
Mayo 17 de 2025
Título Original: © De La Dictadura Franquista A La
Democracia. La Leyenda De La Transición. Biblioteca OMEGALFA
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Franquista A La Democracia. La Leyenda De La Transición. Biblioteca OMEGALFA
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DE LA DICTADURA FRANQUISTA
A LA DEMOCRACIA
La Leyenda De La Transición
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De La
Dictadura Franquista A La Democracia
La Leyenda De La Transición
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OMEGALFA
De La Dictadura
Franquista A La Democracia
La Leyenda De La
Transición
Notas para un
debate
sobre la transición
española
Biblioteca
OMEGALFA
De La Dictadura
Franquista A La Democracia
(Notas Para Un
Debate Sobre La Transición Española)
Volver la vista
atrás, hacia este pasado inmediato, próximo y a la vez tan lejano..., nos
parece pertinente cuando vemos montar sobre él tanta leyenda que dificulta y
encubre pensar lo sucedido, saber dónde estamos y comprender por qué estamos
donde estamos.
No es fácil volver
sobre un período, caracterizarlo, compren-derlo; escoger los rasgos más
definitorios, organizarlos en torno a un significante...; realizar un trabajo
de interpretación a partir del yo que interpreta y periodiza el fluido de
acontecimientos y les da un significado.
Vaya pues, por
delante, este sujeto; desde donde volvemos la mirada. Hoy nos sabemos más
solos, más ciegos, más viejos al tener menor certeza de que el futuro será cual
lo imagina-mos. El espacio que nos rodea lo apercibimos más cerrado, más
obtuso, más obscuro. La relación entre las personas, más me-diática, más
institucionalizada, más subsidiaria: necesitamos más objetos que medien en
nuestras relaciones, el Estado se ocupa de más cosas y más de nuestras cosas,
otros actuan por mí y por mi relación con el otro. Las ideas circulantes
respecto a la familia, a la escuela, a la droga, al sexo, respecto a la cárcel,
a la delincuencia, a un posible cambio social,... las apercibimos
2
más reaccionarias,
más uniformes, menos personales, más es-tereotipadas. La creación (¿por más
subvencionada?) la cree-mos más escasa. El tiempo libre, no pillado por los
objetos, por el Estado, por la economía, lo sabemos menor.
Vaya por delante
que decir que estamos mal y que en aspec-tos fuertes de lo social hemos ido a
peor, no es decir que somos partidarios de lo otro, de lo anterior. Contra ello
pusimos nues-tra razón y nuestra acción; y hoy lo odiamos igual que antaño. Pero
no siempre afirmar que hemos ido a peor es reaccionario, aunque suele serlo.
Como no lo era cuando Rousseau respondía en este sentido a la pregunta que
ofrecía en concurso público, en 1749, la Academia de Dijon: “Si el progreso de
las ciencias y de las artes ha contribuido a corromper o a mejorar las
cos-tumbres”, respuesta que era el inicio de un pensamiento y una sensibilidad
que abrían el paso al Romanticismo y a la Revolu-ción.
Una dificultad se
añade a la antes mencionada del mismo quehacer del conocimiento histórico al
periodizar un segmento de esta historia, y es la confluencia (simultaneidad
solo crono-lógica) en este período de dos fenómenos. El final del fran-quismo
coincide con el fin de un tipo de sociedad (Estado del Bienestar, taylorismo),
con el fin de una sensibilidad, de unas ideas (contracultura de los años
sesenta),... Estamos dejando un mundo y entrando en otro.
La leyenda
Al volver la vista
atrás sobre estos cortos años desde la muerte de Franco (1975) hasta la nueva
constitución democrá-tica (1978), las elecciones parlamentarias (1977) que dan
la victoria a la UCD y las elecciones del 82 que entronizan al PSOE, se ha caracterizado
este período como Transición.
3
Desde enfoques
distintos (Morán, Subirats, Carr-Fusi, Im-bert), ya sea subrayando la
continuidad sociológica y la falta de ruptura por parte de una izquierda que
quería ir más allá, ya sea enfatizando el cambio hasta darle una
trascendentalidad que lo hacía exportable por parte de las posiciones más
guber-namentales, se ha vestido la Transición con hábitos que no le son
propios, ampliando unos rasgos político-administrativos hacia otras
transformaciones sociales que ya habían tenido lu-gar, propias de una fase
anterior (los años 60). Con ello se con-funde el punto de partida (de la
dictadura) y el punto de llegada (a la democracia). Es sobre esta confusión que
queremos discu-rrir.
Esta Transición en
mayúsculas se presenta, más allá de unos cambios administrativos, como el paso
del obscurantismo a la modernidad, del miedo a la libertad. Esta es la leyenda.
La ne-cesaria adecuación de las formas políticas a las exigencias de la acumulación
del capital en España, la tarea central de la Transi-ción, se reviste de
cambios ya habidos, arropando una Transi-ción en mayúsculas, una abstracción no
detallada, un todo sin nada, fetichizada, que suplirá una discusión necesaria
sobre qué pasó y por qué, sobre dónde estamos ahora y por qué.
En los años 60 hay
en España una transformación importan-te que va desde las estructuras
socioeconómicas hasta la per-sonalidad de base de los españoles: se deja atrás
una sociedad agraria-industrial, de escasa movilidad, y se avanza hacia una
sociedad de corte capitalista monopolista, con fuertes migra-ciones en el
interior y hacia el exterior, con cambios importan-tes en la vida cotidiana. Se
puede hablar de una transición de un tipo de sociedad a otra, de una
transformación en las cos-tumbres, en la vida cotidiana de la gente,... Por
esto, a la muer-te del dictador, el recambio capitalista es tan fácil: todo
está
4
preparado, sólo hay
que evitar un posible desbordamiento del movimiento obrero y social, para lo
cual bastará con un Pacto. Por esto la Transición se queda en Transacción y
evita así la posible profundización en las transformaciones operadas en la
década anterior.
Otra cosa es
explicar por qué un posible desbordamiento no se produce; por qué es
suficiente, para evitarlo, una estrategia de pactos y compromisos de las
fuerzas políticas que se anuda básicamente en los Pactos de la Moncloa (1977);
por qué aquel movimiento obrero y social asambleario, autónomo, no va más allá
e impone una ruptura; por qué aquellas espectativas de cambio y de
transformación social de tendencia anticapitalistas, a caballo de un mismo
movimiento más general de la época (contracultura, huelgas salvajes, mayo
francés, insumisión so-cial que se traduce en autorreducciones,
antipsiquiatria, etc.) se desvanecen, e incluso se transforman en su contrario,
afian-zándose una ideología resignada y cínica que entiende que lo que hay es
todo lo que puede haber. Quizás también aquí cabe hablar de otra leyenda que
auparía esta leyenda de la Transi-ción (como la leyenda de la revolución de
Octubre aupa la ac-tual leyenda del fin del comunismo): la suposición de un
movi-miento con una radicalidad que no tenía; el privilegio de unos rasgos, de
unas militancias; sin hacer mayor hincapié en la debi-lidad estructural del
nuevo movimiento obrero de los años 60, en la naturaleza del ciclo de luchas de
los años 70 y en el marco internacional de la lucha de clases.
Si hoy queremos
volver sobre todo esto y para ello afirma-mos, valoramos, hacemos hipótesis,...
es para ver lo que ello puede aportarnos para entender el momento actual en que
estamos. No se trata de hacer cuadrar el pasado con nuestras ideas sino de
entenderlo.
5
Antes de morir
Franco el franquismo estaba agotado. La lu-cha de clases había seguido su curso
después de la derrota pro-letaria (1937). El franquismo lleva hacia su término
la revolu-ción burguesa (industrializa, urbaniza, proletariza) que quedaba aún
pendiente.
Se trataba, en
nuestro caso, de una revolución burguesa atí-pica: La crisis de 1868 se
resuelve con un Pacto social entre la aristocracia y la burguesía (la
Restauración de 1874), perdiendo la burguesía la reivindicación democrática y
de reforma agraria típicas (con la desamortización los burgueses acceden a la
tierra sin el previo “reparto” de tierras, tarea de la revolución burgue-sa).
De aquí que la
revolución burguesa en España esté dirigida por la burguesía comercial y
agraria y no por la burguesía indus-trial. Incluso en Cataluña, la parte más
industrializada de Espa-ña, nos encontramos hasta 1936 con una población obrera
dé-bil, concentrada en Barcelona y su comarca y agrupada en pe-queñas empresas.
Población obrera en Cataluña
Concentrada en la provincia de Barcelona
|
1877 |
73% |
|
1900 |
72% |
|
1920 |
85% |
|
1930 |
88% |
y en pequeñas y medianas empresas:
6
Relación patrono y
obreros en la industria y comercio (1920)
1:6,7 en Cataluña
1:8,6 en la provincia de
Barcelona
1:7,1 en
Barcelona ciudad
sólo en algunos sectores la
concentración es importante:
|
Provincia de Barcelona (1927) |
|
|
Construcción |
1:24 |
|
Textil y ramo agua |
1:77 |
|
Servicios públicos |
1:162 |
(La Població obrera catalana, una
població industrial? Pere Gabriel)
Es decir que la
mitad de la población obrera en Barcelona provincia trabajaba en sectores donde
la proporción media patrono/obrero era de 1:5 mientras que la otra mitad lo
hacía en sectores de una proporción media de 1:56. Sólo la gran em-presa llega
a los 500 trabajadores, fuera de contadas excepcio-nes como Maquinista o como
Fabra y Coats que pasan de mil.
Después de los años
de autarquía, del predominio de los te-rratenientes y de ciertas formas de
capitalismo de Estado, el franquismo abre el paso hacia un capitalismo moderno,
aunque sin efectuar reformas políticas o sociales: el capital monopolista de Estado.
A partir de los años 60 se produce el gran proceso de industrialización.
Mientras públicamente desde el régimen se desprecia lo foráneo, el interés
privado consigue que el capi-tal europeo y estadounidense inviertan grandes
sumas en Es-
7
paña, importándose
bienes de equipo, energía, patentes, in-ventos... que se traducen en la
creación de nuevas zonas indus-triales, fábricas, centrales eléctricas,
pantanos, refinerías, lo que produce que cambie el paisaje urbano y rural y que
genere un gran despoblamiento del campo que se dirigirá hacia nuevas
aglomeraciones urbanas. Acompaña a este proceso industrial la inseparable, aún
incipiente, sociedad de consumo, transfor-mándose la vida cotidiana con la
llegada de la TV, el coche, el teléfono, los electrodomésticos.... Cambian las
ideas con la mo-
vilidad (emigración
y turismo), cambian las formas de negocia-ción entre capital y trabajo
(Convenios colectivos, 1958) y las formas de lucha de una clase obrera que se
ha extendido por todo el país. El conjunto de estos cambios sustenta esta
trans-formación, esta transición hacia la modernidad de la que la lla-mada
Transición quiere apropiarse.
Repasemos algunas
cifras que pueden ayudarnos a situar el conjunto de estos cambios. (HORIZONTE
ESPAÑOL, 1966 y 1972. Ruedo Ibérico. De l’antifranquisme à l’après franquisme.
Brendel/SimónI).
Industrialización
El índice de
conjunto de la producción industrial pasa de 100 refiriéndonos a 1929, a 338 en
1960. En 25 años (del 1940 al
65) la clase obrera
industrial se triplica. De 1960 a 1963 la pro-ducción aumenta un 38,5%. Con el
Plan de Desarrollo (1964-67) la inversión industrial se incrementa en un 25%,
la productivi-dad aumenta un 5,5% y el PIB aumenta un 10%.
|
Población activa |
1940 |
1969 |
1970 |
|
Agricultura |
52% |
41,3% |
26% |
8
|
24% |
31,8% |
38% |
|
|
Servicios |
24% |
26,5% |
36% |
Urbanización
Del 1939 al 1951 un
millón seiscientos mil españoles aban-donan el campo hacia municipios de más de
50.000 habitantes y más de un millón van a Barcelona, Madrid y Valencia. Del
1951 al 1960 Barcelona recibe 450.000 y Madrid 412.000. La población activa agraria
que en 1940 representaba el 52%, en 1960 representa el 41,3% y en 1964, el
34,6%. Entre 1961 y 1969 mudan 3,5 millones de españoles básicamente hacia
Cata-luña, Madrid y País Vasco, y hacia Europa. Durante el Plan de
Estabilización (59-63) emigra un millón.
Consumo
El ingreso per capita pasa de 362$ en
1958 a 650$ en 1968
|
|
|
1960 |
1970 |
|
Coches por 1.000 h. |
9 |
70 |
|
|
Teléfonos “ |
59 |
135 |
|
|
TV |
“ |
5 |
70 |
Recomposición del movimiento obrero
Con el auge de la
industrialización aparece un nuevo movi-miento obrero. La clase obrera se ha
extendido a nuevas zonas (Zaragoza, Pamplona, Valladolid); se trata de una
población pobre, no especializada, con precariedad en la vivienda, en la
sanidad,...; recién llegada (con lo que esto comporta tanto en el
9
medio rural del que
se sale como en el medio urbano al que se llega), poco concentrada en grandes
empresas: en 1958 la mi-tad de los obreros trabaja en empresas de menos de 100
traba-jadores, todavía en 1968 el 80% de las empresas emplean a 10 o menos trabajadores,
las firmas de 50 a 500 trabajadores re-presentan el 18% del total (mientras
que, por ejemplo, en Gran Bretaña representan el 56% y en Francia el 46%); en
1960 el 63% de las empresas emplea de 1 a 5 trabajadores, las empre-sas de 100
a 500 trabajadores representan el 2,6% y dan em-pleo al 27% de la mano de obra,
mientras que las mayores de 500 trabajadores, representan el 0,4% y emplean al
28%.
En 1958 aparece una
nueva regulación de la negociación ca-pital-trabajo (Ley de Convenios
Colectivos) que trasladará la lucha anterior, más contra la administración,
hacia la más direc-ta obrero-empresario. Con el Plan de Estabilización
(1959-63): bloqueo salarial, elevación de los tipos de interés, fijación del
cambio, reforma tributaria y contención de la inflación, se da un aumento del
paro y una drástica disminución salarial (50% al desaparecer pluses y horas
extras). Con el inicio del auge eco-nómico (1962) empieza un ciclo de luchas
por el salario y las condiciones de trabajo. No es pues el estado de atraso...
lo que provoca la lucha sino el progreso industrial de estos años: la
industrialización logra lo que la oposición política no lograba con sus proclamas
a la huelga general, la unidad de los trabaja-dores y la acción de masas.
1962-66. El auge
económico y la emigración masiva da al movimiento obrero una situación de
fuerza: se rompen los to-pes salariales, aparecen formas autónomas de
organización (comisiones obreras) que se erigen en protagonistas y ponen en
bancarrota al sindicalismo vertical. Grandes huelgas y moviliza-ciones en el
Norte y en Asturias que fuerzan un estado de ex-
10
cepción
(mayo-agosto, 62). Se extienden las huelgas en Catalu-ña en solidaridad con
Asturias (Maquinista).
1966-72. Continúan
las grandes huelgas y su organización autónoma: 1966, Bandas Echeverri, 163
días de huelga; 1970, Harry Walker, 62 días de huelga; 1971, SEAT, huelga y
lock-out. Luchas por los aumentos salariales, por las condiciones de tra-bajo,
por los aumentos lineales, por los representantes elegidos y revocables. En el
66, las Comisiones Obreras presentan candi-daturas para las elecciones
sindicales y ganan; pero a continua-ción, durante los años 67-68 sus líderes
son detenidos y las co-misiones desmanteladas policialmente. En el 69 es
proclamado el estado de excepción. En todo este período el Partido Comu-nista
lleva una tarea de encuadramiento de las Comisiones Obreras que al final quedan
bajo hegemonía comunista.
1972-77. Movimiento
autónomo y asambleario. Fin del auge económico. A partir del 74 empiezan a
notarse los efectos de la crisis energética (1972) sin que se tomen las medidas
correcti-vas (devaluación, aumento precio energía,...) que el restableci-miento
de las tasas de beneficio del capital necesita pero que no se atreve a plantear
en un momento grave de vacio político y legislativo y de fuerza del movimiento
autónomo y asamblea-rio (pensemos que la Ley de Relaciones Laborales de abril
del 76 contempla, en caso de despido improcedente, no el despido con
indemnización sino la readmisión obligatoria, por ejemplo). Ante esta situación
grave para la acumulación capitalista cie-rran filas todos los partidos que
pactan (Pactos de la Moncloa, 1977: subordinación de los partidos a las
necesidades de la acumulación) aumentos salariales siete puntos por debajo del
índice de carestía, con el acuerdo de los sindicatos, que para tener más margen
de maniobra no firman.
11
En los años 60 se
opera pues en España una importante transformación en el aparato productivo y
en la vida cotidiana de los españoles, en sus costumbres, en sus ideas, en sus
for-mas de lucha. El capitalismo en España se ha modificado en profundidad bastando
una transacción para pasar del régimen de dictadura con Franco al de la
democracia actual. La lucha obrera y social que precipita la Transacción, es
decir que es lo suficientemente fuerte para propiciar el Pacto, no es lo
sufi-cientemente fuerte para llevar más allá sus conquistas sociales
conseguidas durante toda esta década. El Pacto y el recurso al terrorismo por
parte de todos los partidos del Estado consegui-rán el consenso necesario para
llevar a cabo el conjunto de medidas que nos han llevado a la situación actual.
Transición y
Transacción: Algunas consideraciones sobre la vía española a la democracia
¿Transición o
transacción? No, no se trata de un mero juego de palabras, porque hablando con
propiedad, la llamada transi-ción española a la democracia ha sido una
operación transac-cional entre los gestores de la oposición antifranquista y
los administradores del franquismo tardío. Secreteos, intrigas de palacio,
compadreos de reservado en restaurantes de lujo, cha-laneos de sobremesa en los
ágapes gentilmente ofrecidos por la embajada norteamericana a los jóvenes
opositores y fran-quistas reformadores, movimientos en las sombras del viejo
Borbón para salvar los muebles de la monarquía en la persona de su hijo,
formado y designado por el general Franco para su-
12
cederle, blanqueo
de camisas azules y decoloración de enseñas rojas, confidencias y exabruptos
mezclados con abundantes golpes de mano en uno y otro bando, fueron urdiendo lo
que se ha denominado un poco enfáticamente la Transición. El garito
de las negociaciones se había abierto años antes, pero la vola-dura del delfín
(Carrero Blanco) y la flebitis del Dictador en el verano de 1974 aceleraron el
juego que en tantos rasgos y epi-sodios se ha asemejado a una partida de
tahures de la política.
Frecuentemente se
presenta la Transición como una opera-ción política amañada en las cancillerías
de Washington, Bonn, París, etc., y en los foros de decisión de las firmas
transnaciona-les (Trilateral). Por otro lado, como variante de esa
interpreta-ción, la transición democrática toma el aire de un pacto entre
caballeros del antiguo régimen y los administradores de los aparatos políticos
y sindicales de la Oposición, que se limitaron a ejecutar las órdenes emanadas
desde los centros de decisión del capital transnacional. En ambos casos, los
acontecimientos internos, la evolución de la inestabilidad social interior, la
esca-la huelguística, etc., aparecen como aspectos meramente se-cundarios, sin
influencia en la marcha de los pactos y negocia-ciones. Porque creemos que no
fue exactamente así, y que la dinámica de las luchas obreras y las
movilizaciones populares fue el sobredeterminante de las decisiones adoptadas
por quienes pasan por ser los artífices de la Transacción, es por lo que
creemos justificadas estas páginas.
Sin embargo, la
Transacción ha comportado una profunda transformación de la sociedad, de la
estructura del Estado y del aparato productivo que viene a consumar y culminar
el proceso de modernización y la plena integración del Estado Español en el
orden económico europeo y mundial. No ha habido una tran-sición, sino muchas
transiciones que conciernen a todos los
13
aspectos de la vida
social, económica, ideológica, etc., de los súbditos de la monarquía
democrática. Ha habido, pues, mu-chas transacciones, aunque la visión
periodística del Pacto de la Transacción nos tienda a presentar ésta como el
resultado de un pacto entre las personalidades de la Oposición y los
fran-quistas reformistas, en la que las movilizaciones populares son sólo una
referencia anecdótica que para nada interviene en la marcha de la negociación.
En el desarrollo de los acontecimien-tos reales de la Transacción priman, por
contra, los intereses de la cúpula militar, la neutralización del búnker de los
franquistas irreductibles y la salvaguarda de la corona reinstaurada por
Franco. Por supuesto, algo de verdad hay en ello, a juzgar por la facilidad con
que los negociantes de la Transacción se pusieron de acuerdo y su capacidad
para atajar el clima de agitación so-cial e imponer la monarquía
constitucional.
¿Cómo fue posible
que la Transacción se llevara a cabo en la forma y con los resultados que
conocemos, si parecía que el movimiento popular antifranquista apuntaba hacia
otros derro-teros? ¿Cómo se explica que de la noche a la mañana se cam-biaran
las consignas desde la ruptura democrática por medio de la huelga general, como
venía propugnando el PCE desde que acabara la guerra, hacia el Pacto con los
franquistas y la acepta-ción de la monarquía sin que, por ello, las fuerzas
hegemónicas de la Oposición perdieran legitimidad entre las filas del
anti-franquismo y se vieran abandonadas de sus propias bases? ¿Por qué todo
resultó tan modelicamente fácil para los administra-dores del Pacto
Transaccional?
Estos y otros por
qués son los que intentaremos abordar en las páginas que siguen. Y lo haremos,
precisamente, tomando como referencia lo que en las abundantes -y
redundantes-memorias, informes y análisis suele pasar desapercibido: el
14
movimiento obrero
y, en un sentido más amplio, las moviliza-ciones espontáneas y autoorganizadas
de la contestación social antifranquista que no presentaban planteamientos de
negocia-ción inteligibles para el reformismo franquista y sus colabora-dores de
la Oposición (desde el PCE, PSOE, maoistas, etc., hasta los demócratacristianos).
Si la Transición
fue posible, no se debió a la habilidad de las personalidades sino a la
debilidad real del movimiento obrero y a la escasa relevancia de las tendencias
anticapitalistas de las que se reclamaba una parte del movimiento obrero que,
sin embargo, se confundían con un antifranquismo cuya única aspi-ración se
colmaba con el reconocimiento de las libertades for-males. En este sentido, no
hubo traición alguna de los aparatos administrativos de la Oposición
antifranquista a cualquier aspi-ración popular que fuera más allá de lo que fue
finalmente con-cedido en la transacción. Los cuadros gestores de la Oposición
negociaron, como es natural, en función de sus intereses profe-sionales
específicos -a saber, garantizar su supervivencia como grupo social de
representación política y sindical en el marco del Estado monárquico
constitucional- y su legitimación vino de la inhibición generalizada de las
masas populares que aceptó las razones esgrimidas por los administradores de
los aparatos políticos y las hizo suyas. Fue esa base de consenso sobre la que
se urdió la Transacción a la medida de los gestores políticos del nuevo Estado
democrático.
Afirmar que el
movimiento obrero, como expresión específi-ca de unos intereses de clase, o
sea, las tendencias rupturistas o anticapitalistas del mismo, no fue capaz de
hegemonizar, ni siquiera de mediatizar el proceso político-social de los
últimos años del franquismo fue por su propia debilidad estructural. Una
debilidad que hay que entender dentro del proceso de
15
proletarización de
la población, de su evolución. Ahora bien, el justo dimensionamiento de las
tendencias autónomas existen-tes desde unos años antes de la muerte del
dictador y que per-sistieron hasta el inicio de la década de los ochenta,
permite alcanzar algunas de las claves que en las crónicas y testimonios de la
transacción son sistemáticamente marginadas. Que las movilizaciones autónomas
de masas no hayan sido suficiente-mente relevantes como para evitar la
transacción en los térmi-nos que se ha realizado, no quiere decir que su
importancia haya sido nula. Al contrario, fue el elemento coadyuvante que
precipitó el Pacto.
Se trata, pues, de
elucidar en qué medida el trasfondo de in-gobernabilidad que propiciaban los
movimientos autónomos actuaba como catalizador en las maniobras de negociación
de los aparatos político-sindicales en el sentido de forzar el pacto ante la cada
vez más evidente y creciente amenaza de perder hegemonía y legitimidad de los
aparatos de la Oposición frente a una tendencia ascendente de la indisciplina
laboral y social.
No es aventurado
afirmar, en este sentido, que fueron esas tendencias autónomas, aún en su
fragmentariedad y escasa consistencia, las que determinaron el acercamiento
entre la oposición y los franquistas reformistas, una vez que el clima de
ingobernabilidad que propiciaban las movilizaciones autóno-mas constituía una
amenaza tendencial para una oposición que, encabezada por el PCE. CCOO, veía
progresivamente como perdía capacidad para reconducir las movilizaciones,
cuando tenía precisamente en su capacidad de control y gestión del movimiento
obrero su baza para exigir su reconocimiento en la mesa de negociación. Los
cambios tácticos de CCOO y del PCE en los años inmediatos a la muerte de
Franco, que coinciden con los principales hitos de las tendencias autónomas
dentro
16
del movimiento
obrero, son bien ilustrativos de lo que se acaba de decir.
Tampoco hay que
sobrevalorar, la importancia de unas mo-vilizaciones virulentas y
proliferantes, pero que no se consolida-ron en un movimiento propiamente dicho.
Fue a causa de esta debilidad que la transacción fue posible. La paradoja
consistía en que a medida que los movimientos autónomos se extendían, el
desplazamiento hacia posiciones pactistas por parte del PCE eran más
ostensibles. La autonomía obrera expresada en las dinámicas asamblearias
confrontaba al PCE -y, por extensión, al conjunto de la Oposición- con sus
propias limitaciones y posibi-lidades de articular el movimiento obrero en
torno a las CCOO. Pero curiosamente, esas fuerzas centrífugas de la autonomía
obrera en lugar de provocar una desviación del PCE hacia la izquierda con el
fin de recuperar una cierta legitimidad entre la clase trabajadora y reforzar
su propia posición negociadora, tuvo unos efectos contrarios.
El PCE, ante la
presencia de las tendencias autónomas y otras expresiones comunistas que ponían
en entredicho su he-gemonía formal sobre el movimiento antifranquista, optó por
combatirlas al tiempo que basculaba sus posiciones hacia el Pacto con los franquistas.
En este sentido, el PCE, con su desca-rada lección de oportunismo, no hacía
nada nuevo. Tradicio-nalmente, los partidos comunistas, cuando los términos de
la lucha de clases generaba una presión desde la izquierda, siem-pre han tenido
mayores facilidades para entenderse con la de-recha que con las tendencias
proletarias de izquierda. En toda Europa no han hecho otra cosa a lo largo de
este siglo; y en España, durante la II República, también hicieron lo mismo.
Ni siquiera fue
posible que se entablara un verdadero deba-te en el seno de la izquierda
antifranquista a la luz de las ten-
17
dencias autónomas.
A ellas se respondió con los clichés y ana-temas heredados de los años veinte y
la autonomía en su pro-pia debilidad e inmadurez fue incapaz de imponer sus
tesis, ni siquiera en el terreno de las ideas políticas circulantes enton-ces.
En fin, lo que hubiera podido ser un debate político quedó en polémica estéril
por la escasa consistencia de unos (m. au-tónomo) y la excesiva madurez de
otros (izquierda antifranquis-ta), aunque en este caso cabría hablar más bien
de obsolescen-cia política de unos aparatos anclados en la ideología del
estali-nismo tardío travestido en eurocomunismo. Lo mismo puede imputarse a los
grupos a la izquierda del PCE que mimetizaron el oportunismo de los
estalinistas y renunciaron a la ruptura, una vez que aquél había hecho al salto
hacia la reforma. No obstante, todos ellos, en la medida de sus posibilidades
contri-buyeron a aislar y silenciar las tendencias del movimiento obre-ro
Claro que tampoco
hay que magnificar la amplitud y profun-didad de la oposición a la Dictadura.
La actividad antifranquista se concentraba en torno a algunos núcleos de las
áreas de nue-va industrialización (producto de la política desarrollista de los
sesenta) y en las zonas tradicionales que, sin embargo, fueron duramente
castigadas por la represión de postguerra. La tradi-ción de clase había quedado
interrumpida en 1939. La guerra supuso el exterminio físico de una base
proletaria activa que sufrió en las durísimas condiciones de postguerra una
sistemá-tica labor de desgaste. La oposición antifranquista se nutría
fundamentalmente de una nueva generación de proletariado surgida al calor del
desarrollismo y de ciertos sectores universi-tarios. La precariedad del
movimiento obrero tenía su reflejo en todos los órdenes cuantitativos y
cualitativos.
18
Un movimiento
obrero escasamente desarrollado y con una subjetividad de reciente formación
(una clase trabajadora jo-ven, salida del desarraigo agrícola), es fácilmente
permeable a las corrientes del marxismo ideológico también menos
evolu-cionadas. No es extraño que, en ese panorama y con una base proletaria
desconectada por treinta años de vacío de la expe-riencia de la lucha de
clases, el estalinismo tardío del PCE y los "ismos" derivados de la
lectura de Lenin se erijan en horizonte teórico del movimiento obrero
También hay que
tomar en consideración el hecho de que el desarrollismo franquista, gracias a
la favorable coyuntura inter-nacional, había conseguido una mejora de las
condiciones de vida del proletariado. Los años sesenta son la era de la
especu-lación inmobiliaria galopante, pero también de la oferta de las
viviendas de pacotilla en propiedad, de las horas extraordina-rias (mal
pagadas, pero abundantes), de la exportación de la mano de obra excedente (que
revertía en afluencia de los aho-rros de los emigrantes), del seiscientos, los
electrodomésticos y del despegue del consumo. Eso creó una base social fiel al
ré-gimen franquista. No activamente fiel, no fascista, pero que tampoco
presentaba problemas de tensión política.
"Vivir sin
meterse en política" era la consigna del franquismo que penetró
profundamente en la conciencia de los españoles. Esa inhibición generalizada,
ese dejar hacer, fue la base real que mantuvo la Dictadura franquista. Y esa
fue la rémora que no pudo vencer el sacrificado activismo de los militantes
contra la Dictadura. Solo cuando se hacía evidente el cambio (por la inminencia
de la muerte del dictador y, sobre todo, después del atentado que acabó con su
delfín, Carrero Blanco) se extendió entre la población una expectativa de
cambio que, en una rela-tiva proporción, se tradujo en un engrosamiento de las
filas
19
activas del
antifranquismo. Pero, si miramos hacia atrás críti-camente, una vez disipado el
optimismo activista en que nos veíamos envueltos durante esos años, podremos
darnos cuanta de la justa dimensión de las movilizaciones de la oposición
anti-franquista (pactista, como de la rupturista y autónoma).
La despolitización
de la mayor parte de la población españo-la está en la raíz de su mantenimiento
en un segundo plano durante la Transacción. Acostumbrada a no meterse en
política, también en esa ocasión dejaron hacer. O, dicho de otro modo, fue la
politización inducida desde los aparatos ideológicos de la izquierda la que
generó esa nueva forma de inhibicionismo ge-neralizado respecto a los asuntos
públicos que caracteriza los sistemas democráticos. Que la mayor parte de la
población asalariada votara socialista en 1982 no quería decir que de re-pente
se había despertado una conciencia de izquierda, sino que respondía más bien al
acoso ideológico que asociaba la idea de modernidad a la democracia y a la
integración en Euro-pa.
La penetración de
inversiones extranjeras ya operaba en cierta medida la integración en la cadena
fordista que era nece-sario complementar con la adecuación político-ideológica.
Eu-ropa era la garantía de futuro, modernidad y progreso. El PSOE encarnaba la
promesa de que los españoles se sacudirían defi-nitivamente el pelo de la
dehesa y tendrían la oportunidad de ser europeos. Para entonces, Europa ya no
era en el imaginario de los españoles la fuerza demoníaca del liberalismo que
de-nostara el Caudillo reiteradamente en sus discursos, sino el sugerente
escaparate del supermercado.
Las maniobras
pactistas fueron posibles porque el movi-miento obrero era débil, y las
tendencias autónomas igualmen-te inmaduras (incipientes) y dispersas. No
conviene olvidar que
20
aquí jamás estuvo
el poder en la calle, como ocurriera durante los meses que siguieron a la
revolución de los militares portu-gueses. Esa debilidad estructural explica que
las tendencias autónomas no fueran capaces de resistir la normalización
de-mocrática y se disiparan a lo largo de la Transición, sin una es-pecial
represión, al revés de lo que ocurriera en Alemania en 1919 o en España en
1936. La falta de consolidación de un mo-vimiento autónomo, que no quiere decir
exactamente una for-ma organizativa o institucional, es lo que determinó su
desapa-rición; eso sí, con algunas notables resistencias (Euskalduna, Gijón,
etc.). Pero para entonces, los movimientos autónomos, ya asentada la normalidad
democrática, habían dejado de ser una causa de desestabilización económica y
política para con-vertirse en problemas de orden público.
El ciclo 1974-77: periodo álgido de
las luchas autónomas
El periodo
comprendido entre 1974 y 1977 hay que conside-rarlo como el momento en que la
masa proletaria comenzaba a constituirse como clase, es decir, como entidad
autónoma, y con intereses específicos, respecto a los aparatos de
represen-tación de la Dictadura y de la oposición democrática interclasis-ta
(Junta Democrática y Plataforma). Fue ese un proceso de corta duración que no
llegó a consolidarse más allá de la viru-lencia de las movilizaciones.
La tradición
práctica leninista ha configurado el concepto de dictadura del proletariado
como mera dictadura del partido (que se arroga la representación del
proletariado). Sin embar-go, durante esos tres años de movilizaciones autónomas
se verificó en muchos de los puntos de conflictividad una real dic-tadura del
proletariado. Es decir, la dictadura de la clase obrera
21
que impone su
reconocimiento práctico ante el capital. La in-disciplina laboral, el
desbordamiento de los límites reivindicati-vos por medio de incrementos
salariales que, al intentar ser reabsorbidos a través de la inflación,1 desestabilizaban
el equi-librio económico-financiero, además de una determinada corre-lación de
fuerzas favorable a los trabajadores en muchas movi-lizaciones que permitía
imponer una dinámica de asambleas que comportaba, a su vez, la supresión práctica
de la legalidad imperante, etc., son algunos de los aspectos que caracterizan
esa forma de dictadura del proletariado que ejercen los traba-jadores desde la
afirmación unilateral de su condición asalaria-da.
Propiamente dicha,
esta es la única forma de dictadura del proletariado posible; a saber: la que
ejerce la clase obrera en tanto sujeto asalariado, que es tanto como decir, en
tanto fuer-za de trabajo sometida al capital. La clase obrera se autonomi-za, así,
frente al capital al que, por otra parte, aún reconoce como interlocutor del
cual obtener sus reivindicaciones.
El inicio de la
década de los setenta se caracteriza por un aumento continuado de la
conflictividad laboral que se traduce en una fuerte presión salarial y en un
clima de inestabilidad social que socava la consistencia del Régimen
franquista. La propia naturaleza de la Dictadura, al criminalizar y demonizar
como productos de las fuerzas oscuras del comunismo y la ma-sonería, lo que no
eran sino, en su mayor parte, luchas reivindi-cativas de carácter salarial,
estaba contribuyendo a darles una dimensión política que no se ajustaba con la
realidad.
Durante ese periodo
la iniciativa corresponde a la parte más activa de la población asalariada.
Ella protagoniza las moviliza-ciones. No sólo el aparato represivo del Régimen
se ve desbor-
1
22
dado por el número
y amplitud de las huelgas y movilizaciones de la clase trabajadora, sino que
sus repercusiones se dejan sentir, sobre todo, en la estructura productiva.2 A lo largo de
esos años y hasta la firma del pacto de La Moncloa (1977), la productividad va
por detrás de los incrementos salariales. La apropiación de una parte creciente
de la riqueza social por la clase trabajadora va en detrimento del proceso de
acumulación de capital. Ahí radica el factor fundamental que precipitaría a las
fracciones más dinámicas del capital autóctono y transna-cional a acelerar sus
presiones sobre el aparato franquista. Las razones formalistas, referidas a la
falta de un régimen nominal de libertades, al estilo democrático, que
retrasaban la incorpo-ración del Estado Español a la Comunidad Europea
encontraban en la acción desestabilizadora de los movimientos de masas su razón
más profunda.
El ciclo de huelgas
de los años sesenta se había consolidado en una relativa madurez del movimiento
obrero, que en los años setenta amenazaba convertirse en una fuerza
desbordan-te de las previsiones establecidas para una transición “no
trau-mática”. No porque el movimiento obrero entrañara un proyec-to de clase,
revolucionario o transformación radical de la socie-dad, sino porque su propia
acción, creciente e indisciplinada (huelgas autónomas), se había convertido en
un factor de des-estabilización que incidía directa y negativamente sobre los
beneficios del capital.
La función de la
Dictadura como garante de las condiciones represivas que hicieron posible la
acumulación de capital en España desde el final de la Guerra Civil hasta el
comienzo de los años sesenta, y que había favorecido la penetración del capital
extranjero, ya había culminado su misión histórica. En ese mo-
2
23
mento, las mismas
fracciones del capital que se había benefi-ciado de las condiciones creadas por
la Dictadura exigían el inicio de un nuevo ciclo histórico, en el que el cambio
político se contemplaba como una necesidad inexcusable, toda vez que se ponía
de manifiesto la incapacidad de la Dictadura para mantener el orden social y
productivo.
Es en este contexto
donde se inscriben las intensas manio-bras aperturistas, reformistas, etc., que
desde el propio Régi-men intentan un maquillaje (Espíritu del 12 de Febrero de
1974) que pretenden cambiar algo para que todo siga igual, o bien abrir una vía
de diálogo con la Oposición, que sería a la postre la opción (reformista)
viable para el reciclaje democráti-co del franquismo residual. También la
representación política del capital extranjero, principalmente la francesa y
estadouni-dense, conspiraba y mediaba entre el Régimen y la Oposición para
hacer más controlable el cambio.
Durante ese tiempo
se evidenciaron también dos aspectos contradictorios en el seno del movimiento
obrero. De un lado, la hegemonía del PCE y las CCOO, con una incuestionable
capa-cidad de movilización laboral y social; y del otro, las tendencias
centrífugas dentro del propio movimiento de masas que repre-sentan rupturas
puntuales e indisciplinas respecto a las direc-trices políticas y prácticas
emanadas de la dirección comunista.
Ahí estribaban las
dificultades del PCE-CCOO para controlar el movimiento de masas. O mejor dicho,
los movimientos (es-pontáneos, autónomos e incontrolados) que sus propias
convo-catorias de movilización propiciaban. En cierto modo, estaban atrapados
entre su innegable capacidad de convocatoria y su capacidad real para
hegemonizar los movimientos. La carta que podía jugar el PCE en su negociación
con los franquistas refor-mistas era la de su capacidad de movilización. El PCE
tenía que
24
demostrar que el
futuro Estado democrático tenía que contar necesariamente con él. Pero, por
otro lado, la necesidad de hacer alardes de movilización que convenciera a los
franquistas recalcitrantes de la necesidad de sentarse a negociar el
post-franquismo con los administradores del PCE, comportaba un desgaste
político del partido y del sindicato, que veían cómo se les iban de las manos
los conflictos. Tenían capacidad para de-cidir cuándo se iniciaba el conflicto,
pero no para decidir cuán-do finalizaba.
El ascenso de
movimientos que se escapaban al control del PCE fue la razón que precipitó la
convergencia de intereses en-tre los sectores reformistas del aparato
franquista, del capital democrático y de los antifranquistas, encabezados por
el tán-dem PCE-CCOO. Con la muerte de Franco -y la intensificación de la
indisciplina obrera- se volvía más urgente para unos y otros urdir el pacto.
Indisciplina
laboral, ingobernabilidad social e imprevisibili-dad del proceso de acumulación
marcan esos años de autoor-ganización de la fuerza de trabajo en toda una serie
de movili-zaciones obrera3 que perturbaban y hasta podrían
imposibilitar, de no ponérsele coto a tiempo, el Pacto de Transición
consen-suado por los franquistas reformistas y la Oposición.
Expectativas y decepciones
La facilidad con
que prendía el movimiento reivindicativo y la acción militante de pequeños
núcleos radicales era lo que nos daba, entonces, una visión sobredimensionada
de los plan-teamientos anticapitalistas realmente existentes en las
movili-zaciones autónomas. La perspectiva y el análisis de su evolución
3
25
es lo que nos lleva
a corregir algunas de nuestras apreciaciones de entonces, demasiado
mediatizadas por la inmediatez de la intervención militante y las posibilidades
abiertas por la des-composición evidente del aparato de Estado de la Dictadura.
El clima de esos
años estaba fuertemente impregnado por la inminencia de un cambio político que,
necesariamente, habría de producirse a la muerte del dictador. Las disensiones
dentro del propio aparato de poder entre falangistas de diverso pelaje, opusdeistas,
franquistas reformistas y toda suerte de oportu-nistas que medraron al calor de
la Dictadura, revelaban las difi-cultades del continuismo. Por otro lado, la
brisa del mayo del 68, el otoño caliente italiano, la caída de la dictadura de
Marce-lo Caetano en Portugal y la muerte de Franco alentaron esas perspectivas
de cambio. Para entonces, franquistas reformistas, empresarios y oposición ya
estaban de acuerdo en que había que frenar a toda costa la escalada de huelgas
autónomas (sal-vajes en la jerga periodística). 4
En aquel contexto
parecía que era posible casi todo. El acti-vismo de un puñado de militantes
podía ser determinante de movilizaciones masivas. Era una coyuntura de
indudables ex-pectativas de cambio. Eso era algo que había calado
profunda-mente en el imaginario colectivo de la población asalariada. Además,
la propia experiencia de los años recientes así parecía confirmarlo. El ciclo
huelguístico, desde finales de los sesenta, ponía de manifiesto la creciente
pérdida del control sobre la situación social por parte de la Dictadura. La
desafección hacia el Régimen no se disimulaba ni siquiera entre la clase media
y la burguesía. Sin embargo, que Franco muriese en la cama, repre-sentaba
igualmente una frustración histórica para la izquierda político-sindical.
4
26
La manera como
acabó el régimen franquista significa el fra-caso real de cuarenta años de
antifranquismo. El hecho mismo de no haber sido capaces de expulsar al dictador
revelaba la debilidad real de la Oposición. Sin embargo, entre las capas más
jóvenes de la población asalariada, de reciente incorpora-ción al entramado
industrial alentado por el desarrollismo, des-conectados -para bien y para mal-
de la tradición antifranquista de postguerra, la experiencia de los movimientos
huelguísticos abría expectativas que no es que estuvieran a la izquierda o a la
derecha de los planteamientos de la izquierda histórica (PCE, PSOE, CNT), sino
fuera de la lógica imperante en la intervención de aquélla.
Vitoria 76 y el cambio de la
estrategia sindical
Dentro de esa
escalada de movilizaciones autonómicas (1974-77) se llega a la huelga general
de Vitoria, que se saldó con una brutal represión policial (tres muertos y
decenas de heridos).5 Los contactos entre los franquistas reformistas y la oposición no
impedía que la represión policial sobre el movi-miento obrero continuase con
igual ferocidad que en las etapas anteriores, hasta el punto que uno de los
franquistas reformis-tas, Manuel Fraga, ministro con Franco y ministro del
Interior en marzo de 1976, acometiera la solución del conflicto de Vito-ria de
la manera a como la Dictadura nos tenía acostumbrados. La carnicería de
Vitoria, sin embargo, no tuvo ninguna repercu-sión relevante sobre los aparatos
políticos que negociaban la Transición. Continuaron las conversaciones y los
tira y afloja para ajustar los términos del Pacto, como si nada hubiera pasa-
5
27
do. De hecho,
Vitoria 76 marca un punto de inflexión en la pre-caria historia de las
movilizaciones autónomas y en la conside-ración que, en adelante, les merecería
a los aparatos políticos y sindicales cualquier iniciativa autónoma de los
trabajadores.
Vitoria fue la
lección sangrienta que daba el Gobierno tardo-franquista con la aquiescencia de
la Oposición, a una clase obrera que amenazaba con desbordar los términos en
que se estaba diseñando el recambio político de la Dictadura. Todos los
integrantes del pacto estaban de acuerdo en que había que normalizar la
situación social cuanto antes. A partir de esa fe-cha, se redoblan los
esfuerzos de sabotaje de los sindicalistas contra el movimiento asambleario y
desde la prensa se lanza una ofensiva publicitaria tendente a criminalizar los
movimien-tos autónomos en las fábricas.
Si Vitoria había
contribuido a decantar la posición de los sin-dicatos (CCOO y UGT) contra las
tendencias autónomas, des-pués de la jornada de huelga del 12 de noviembre del
mismo año, en el que ambas centrales se unieron en un organismo conjunto (COS),
será cuando los sindicatos se esfuercen espe-cialmente por demostrar su
capacidad de control y gestión del movimiento obrero Para entonces el pacto
político ya estaba muy avanzado y los sindicatos tenían la función y el
compromi-so de desactivar el movimiento obrero, condición indispensable para la
viabilidad del pacto y reconducir la crisis de beneficios del capital. En
realidad los beneficios acumulados durante la década precedente estaban siendo
fuertemente erosionados por las movilizaciones obreras de los 70.
Después de Vitoria,
los sindicatos (CCOO, UGT, ELA-STV y USO) se consagran a la desarticulación
sistemática de las expre-siones autoorganizativas que surgen del movimiento
obrero, de manera que en el segundo trimestre de 1976, a continuación
28
de la represión de
Vitoria, desciende la conflictividad de mane-ra ostensible. Es así como se
llega a la jornada de huelga sindi-cal del 12 de noviembre en la que los
sindicatos (y a través de ellos la oposición) trata de demostrar a Suárez su
capacidad de control sobre las movilización obrera. Cabe suponer que des-pués
de esa fecha la posición negociadora de la oposición subiría unos cuantos
enteros. Desde ese momento, los sindica-tos renuncian a la movilización para
concentrarse en el fortale-cimiento de sus estructuras en los centros de
trabajo. El aban-dono de la movilización coincide con la nueva orientación
ten-dente a ganar afiliados y a distraer a las asambleas con la polé-mica en
torno a la unidad/pluralidad sindical.
La aniquilación de
Vitoria no era sólo un acto más de la bru-talidad policial franquista, sino el
restablecimiento del principio de autoridad política del Estado en su condición
de salvaguarda del orden económico capitalista. En cierto modo, Vitoria repre-sentaba
la culminación del movimiento asambleario, dinámica autoorganizativa en la que
los trabajadores se constituían como clase antagónica en ruptura práctica con
la legalidad no sólo de la Dictadura, sino del sistema de representación
democrático burgués. Ese era el peligroso contenido de fondo que Oposición y
franquistas se apresuraron a eliminar sin escatimar esfuerzos. Además, la
asamblea representaba una expresión de rupturis-mo obrero, de ruptura práctica
desde el proletariado que se insubordinaba contra el decreto de congelación
salarial de oc-tubre de 1975, por ejemplo, con unas acciones en las que la
clase obrera luchaba por imponer desde sí misma y con sus propios medios los
aumentos salariales. Por contra, la táctica reformista de la oposición y los
sindicatos nunca presentó una opción rupturista sino, al contrario, una táctica
continuista que buscaba mediaciones, a través de las visitas al obispado, las
comisiones de negociación con el gobernador civil, etc., que, a
29
la postre,
constituían un medio de legitimación de la autoridad franquista.
Dentro del
movimiento obrero, salvo en las incipientes y fragmentarias movilizaciones
autónomas, no se dieron expre-siones rupturistas, pues el movimiento obrero
hegemonizado por el PCE y su correa de transmisión CCOO, con su práctica
entrista dentro de la CNS, lo que había propiciado era una es-pecie de
reconversión de los jurados de empresa franquistas en representantes sindicales
de los comités de empresa de la de-mocracia. De manera que puede decirse que,
al igual que suce-diera con el resto de instituciones de la Dictadura, en lo
que se refiere al ámbito sindical no hubo propiamente una ruptura, sino
continuismo que se fue transformando desde dentro hasta la sustitución de la
CNS por la estructura de los sindicatos de-mocráticos, en un proceso paralelo
al descrédito creciente de la CNS y su abandono de hecho por parte de los
trabajadores.
Contradicciones y
debilidades de la autonomía
La debilidad de las
tendencias rupturistas en el movimiento obrero no pudieron evitar que se
llevara a cabo la Transacción y el Pacto. A decir verdad, la alternativa
rupturista (que indujera, por ejemplo, la instauración de la III República), -y
aún más la ruptura anticapitalista- en ningún momento se presentó como una
opción consistente, ni siquiera en las movilizaciones autó-nomas, más allá de
la voluntad militante de los grupos activis-tas.
La indudable
expectativa de cambio político era lo que hacía posible que el discurso
rupturista y anticapitalista encontrara cierta audiencia en algunos segmentos
del movimiento obrero; pero hemos de reconocer que en ningún momento fue un
sen-
30
timiento
mayoritario, ni siquiera en el ámbito de las moviliza-ciones autónomas.
El movimiento
obrero, en su mayoría, no estaba dispuesto a ir más allá de las concesiones
democráticas que los negociantes de la transacción estaban dispuesto a
conceder. Y las circuns-tancias en las que se ha desarrollado aquélla a lo
largo de la década de los 80 así parece demostrarlo. Incluso hay que reco-nocer
que la politización del movimiento obrero autónomo fue relativamente baja. El
movimiento asambleario, como el con-junto del movimiento obrero, se había
manifestado fundamen-talmente como un movimiento sindical (salarial
reivindicativo) pero no alcanzó el suficiente grado de madurez como para
ge-nerar desde sí mismo una plataforma política distinta a la que defendían los
sindicatos.
Sólo en el País
Vasco las huelgas autónomas adquirieron un relativo carácter político (Huelga
General por la amnistía en Vizcaya, por ejemplo). Pero en líneas generales, la
politización del movimiento obrero hasta las elecciones de junio de 1977 se
limitaba a plantear la liberación de los detenidos durante los procesos
huelguísticos y a defender los derechos de libre reunión, asociación y
expresión. De todos modos, es necesario superar una visión simplista y
formalista de la importancia polí-tica de las luchas autónomas. La influencia
política de éstas se revelaba de forma indirecta; precisamente, en las
maniobras de los aparatos políticos-sindicales y en el agravamiento de las
condiciones de la acumulación de capital.
Con todo, no fueron
solamente las maniobras político-sindicales las que acabaron con las tendencias
autónomas del movimiento obrero, sino las propias contradicciones de éstas
últimas. La incapacidad de las movilizaciones autónomas para superar las limitaciones
de las luchas hasta configurar un mo-
31
vimiento autónomo,
propiamente dicho. Fue esa incapacidad, por ejemplo, la que hizo posible que el
gobierno civil de Barce-lona resolviera el conflicto de los trabajadores
portuarios de un plumazo, con intromisión en las competencias de la delegación
de trabajo, una vez que se habían dado los primeros pasos ha-cia una
coordinación de las luchas entre los estibadores de Bar-celona y los obreros de
Roca, durante la larga huelga de éstos últimos.
En el otro extremo,
tendríamos el caso de Fasa-Renault (Va-lladolid), donde la mayoría de delegados
asamblearios que co-paban el comité de empresa, víctimas de sus propias
contradic-ciones internas y de su incapacidad para intentar siquiera la
consolidación de un movimiento en conexión con otros centros de agitación
autónoma, vieron cómo se iba desmembrando el movimiento de las asambleas hasta
que los sindicatos se hicie-ron con las riendas de la representación obrera.
Similar perple-jidad ante el propio poder asambleario puede encontrarse en la
experiencia de otras fábricas (p.ej.,
Roca)2.6
Desde luego, la
tarea de recuperación del movimiento obre-ro mediante la desarticulación de las
tendencias autónomas, no fue fácil para los sindicatos dada la importancia y el
arraigo que, en muchos casos, existía de la conciencia asamblearia. Por eso las
CCOO, que habían surgido de un movimiento de base, asambleario, en las minas
asturianas, enseguida fue visto como la posibilidad del PCE para ganar
influencia entre las filas obre-ras y llegar así a constituir el fundamento de
su sindicato (CCOO). De hecho, las CCOO fueron el resultado de la recupera-ción
sindical por parte de los militantes comunistas de la ten-dencia espontánea y
asamblearia de las primeras comisiones obreras de base. La formación de las
primeras comisiones obre-
6
32
ras fueron una
realidad espontánea de la base trabajadora, y sólo en un segundo momento, una
vez controladas por el PCE y con el descrédito extendido de la CNS entre los
trabajadores, se perfilaron como una estructura de encuadramiento alternativa a
la oficial, cuya consolidación en el periodo de transición de-mocrática se
basaría precisamente en combatir y anular cual-quier expresión autónoma, de
base.
Tendencias
autónomas: una aproximación a la autonomía obrera
Si hablamos con
rigor, hay que reconocer que no hubo un movimiento autónomo propiamente dicho.
Hubo, eso si, nume-rosas expresiones autónomas, traducidas en huelgas que
supe-raban los términos sindicales no tanto en sus reivindicaciones (salariales
y laborales), como en su práctica asamblearia, autó-noma. Con todo, esas
movilizaciones autónomas no llegaron a fraguar en un movimiento ni siquiera
incipiente. Todas ellas se inscriben en una misma constelación caracterizada
por su re-chazo de la representación sindical (oficial y de los sindicatos
opositores) y el emprendimiento de acciones desde la expre-sión básica de la
democracia directa (asamblea). Pero entre ellas no hubo, más allá de algunas
manifestaciones de solidari-dad más o menos extendidas (huelga de Roca, por
ejemplo), la coordinación mínima necesaria para que el ciclo de las huelgas
autónomas pudiera configurar un movimiento.
Las razones por las
que las huelgas autónomas no se conso-lidaron y, en consecuencia, fueron
fácilmente yuguladas por las burocracias sindicales desde el seno mismo de las
empresas, habría que buscarla en la propia naturaleza del proletariado que
animaba los procesos de lucha autónoma. Por un lado, los elementos más activos
de la autonomía provenían de los me-
33
dios proletarios
que habían roto política y prácticamente con la izquierda antifranquista,
habiéndose configurado como una tendencia anticapitalista. Pero eran núcleos
sin ninguna tradi-ción en la historia española, pobre donde las haya en cuanto
a la producción teórica revolucionaria o de desarrollo del pensa-miento
crítico. Además, la única tradición de cultura proletaria, generada en torno a
los ateneos y casas del pueblo, había des-aparecido con la derrota de la clase
obrera en 1939.
Se trataba, pues,
de avanzadillas proletarias nutridas de una tradición fragmentaria y casi
siempre proveniente de las expe-riencias históricas de la izquierda comunista
alemana del perio-do de entreguerras y, más recientemente, de la autonomía
obrera italiana. Su experiencia práctica, no obstante, tomaba como referencia
el breve periodo del ciclo de luchas proletarias que había impulsado su ruptura
con los aparatos del antifran-quismo histórico. Ni siquiera puede decirse que
como cultura política llegase a tener un cierto arraigo entre las masas
prole-tarias. El terreno de acción, sin embargo, era el de un proleta-riado en
fase de adaptación, recientemente desarraigado del campo. Proletariado de
primera generación y, en los más jóve-nes, con una experiencia de vida
industrial que se limitaba a cinco o diez años.
La indisciplina
laboral en estos casos no provenía tanto de la superación histórica de la
práctica sindical, como de un rechazo o resistencia a su adaptación a las
formas de explotación de la fuerza de trabajo industrial, que llevan parejo el
encuadramien-to sindical. En cierto modo, el rechazo del sindicalismo entre la
mayor parte de los trabajadores era por defecto y no tanto en base a una
experiencia propia, reflexionada y contrastada a la luz de las prácticas
proletarias de otros países, como hacían los grupos militantes activos.
34
Si la transición
fue, en realidad, una transacción entre los aparatos gestores de la Oposición
antifranquista y los franquis-tas tardíos fue precisamente porque nadie estaba
en condicio-nes de impedirlo. Y al decir nadie, hay que referirse a la
izquier-da rupturista o revolucionaria, en general, y a los movimientos
autónomos en particular. Fue la debilidad real de la autonomía obrera, a pesar
de su virulenta irrupción en los primeros años de la década de los setenta, lo
que permitió a los aparatos polí-tico-sindicales pactar, del mismo modo que la
debilidad de la Oposición antifranquista aceleraba, a su vez, la cadena de
clau-dicaciones que le llevó de la Ruptura Democrática al Pacto de
Reconciliación Nacional.
No cabe duda que
esos años representaron también una oportunidad perdida en lo que a la
introducción de las nuevas ideas y expresiones prácticas que, con mejor o peor
fortuna, aportaban los movimientos autónomos. Estos representaban una corriente
de modernidad tanto en los referentes teóricos, como prácticos, que recuperaba
toda la tradición reciente de la lucha de clases, así como la reconducción
crítica de experien-cias y tradiciones de la cultura proletaria vinculadas al
marxis-mo y anarquismo. Una oportunidad, en fin, para salir de la ra-quítica
producción teórica que caracteriza el movimiento obre-ro hispánico y de la
cual, en su vertiente marxista, la torpe retó-rica del PCE se había erigido en
baluarte.
El PCE, cuyas cotas
de creatividad no daban más que para pasar del jacobinismo leninista al
institucionalismo eurocomu-nista, se convertía de ese modo en un agente activo
a la hora de impedir el desarrollo de un debate que rompiera el misera-ble
marco de teorización del estalinismo tardío del que era de-positario. Un debate
que se nutriera con las aportaciones que, heredadas del movimiento comunista
(consejismo, nueva iz-
35
quierda posterior a
la segunda guerra mundial, etc.) introduje-ran nuevas perspectivas en la
tradición del pensamiento mar-xiano revolucionario. Las movilizaciones
autónomas fueron el espacio abierto en el que se iniciara ese debate y ese
movi-miento que no pudo ser.
No pudo ser por la
propia debilidad estructural de la auto-nomía obrera en la composición de la
izquierda. La reconduc-ción del antifranquismo hacia el anticapitalismo se
revelaba como una posibilidad viable en las luchas de fábrica, pero era
inviable frente al Pacto de Transición. Las movilizaciones autó-nomas podían
actuar como catalizador a la hora de precipitar el Pacto, pero no fueron
capaces de imponer sus propias condi-ciones al Pacto, sobre la base de unas
mínimas claudicaciones, frente al cambio democrático.
El maximalismo de
las consignas anticapitalistas que apare-cían en los movimientos autónomos
enmascaraban, en reali-dad, su incapacidad para realizar la ruptura con el
franquismo tardío. En la componenda de la Transición, los aparatos
nego-ciadores podían prescindir tanto de la presencia física (el mo-vimiento no
tenía una entidad, era eminentemente una prácti-ca), como de sus
reivindicaciones. Los movimientos autónomos en esos años no contaban con la
misma correlación de fuerzas que tenían los anarcosindicalistas durante la II
República, cuan-do "se podía gobernar sin la CNT-FAI, pero no contra
ella". Ahí radica la diferencia fundamental entre ambas situaciones y la
demostración de la debilidad objetiva de los movimientos au-tónomos. Su
debilidad subjetiva es la que proviene de su radi-calización formal mediante
prácticas antisindicales por parte de una masa proletarizada a marchas forzadas
y sin la tradición y disciplina que caracteriza el encuadramiento sindical.
36
Un cambio táctico
sustancial se produce después de no-viembre de 1976. En cierto modo fue la
última representación del aparato estalinista para hacer valer sus derechos en
la ne-gociación de la Transición, para evitar dudas acerca de su im-portancia
en la Oposición y atajar las posibles intenciones opor-tunistas de algunos
opositores que abrigaran la idea de nego-ciar con los franquistas, dejando al
margen al PCE. Hay que te-ner en cuenta que para entonces, la UGT había sido
fuertemen-te potenciada con la ayuda de la Internacional Socialista, al igual
que el PSOE, y contaba con mayor permisividad para sus actividades por parte
del aparato tardofranquista.
Todos, Oposición y
herederos del aparato franquista, esta-ban interesados en alcanzar un acuerdo.
Todos dan pasos hacia el mutuo encuentro, los franquistas reformistas,
intrigando en los cenáculos del Régimen para neutralizar definitivamente a sus
congéneres más descabellados (los detritus del falangismo, del delirio imperial
y la revolución nacionalsindicalista pendien-te). De hecho, ya habían sido
barridos de las esferas del poder con el ascenso del Opus Dei, y su influencia
en la formación social española era nula, aunque conservaban ciertas preben-das
e influencias en los cuerpos directamente represivos. Sin embargo, fueron
limpiamente desplazados por los avispados franquistas en la negociación del
postfranquismo.
La influencia de
los Ultras estaba reducida a algunos núcleos nostálgicos de la autarquía,
sustentados por la fracción del ca-pital (terrateniente y comercial)
directamente vinculada al trato de favor dispensado por el franquismo, pero que
no había sabi-do evolucionar hacia planteamientos políticos y productivos. Bien
asentados en el aparato policial (falangistas) y en el Ejérci-to (militares
franquistas), sus maniobras desestabilizadoras
37
quedaron limitadas
al terrorismo y al asesinato de militantes izquierdistas.
Los atentados y
asesinatos fascistas fueron utilizados por sus hasta hacía bien poco camaradas
para jugar con el fantasma de la involución y presionar a la Oposición para el
Pacto. Los fran-quistas pactistas aparecían, así, como fuerzas progresistas que
ocultaban su origen y naturaleza gracias a la maniobra propa-gandística que
colocaba la etiqueta de franquistas a los seg-mentos más violentos, y
políticamente más obtusos, generados por la Dictadura.
Por otro lado, el
compromiso de los reformistas se extendía a conseguir la neutralidad del
Ejército en el Pacto de Transición. El rey, que había jurado los Principios
Fundamentales del Mo-vimiento y era el legítimo heredero del general Franco -al
fin y al cabo había sido nombrado por él- se encargaría de ir a hacer bolos por
los cuarteles militares, entre cuyos mandos contaba con un amplio prestigio.
Calmar los sables y hacerles entender que todos sus privilegios les serían
garantizados en el nuevo régimen democrático y que participarían en nuevas
oportuni-dades profesionales, gracias a la integración en la OTAN: ese fue el
mérito de los franquistas reciclados en demócratas.
Que los militares
estaban neutralizados ya en la primavera de 1977 lo puso de manifiesto el
documento de los generales (Milans del Bosch, a la cabeza) en la que se
pronunciaban con-tra la legalización del PCE. Ese hecho demuestra que a los
mili-tares el proceso se les había ido de las manos, bien por inhibi-ción de la
mayor parte de la cúpula militar, que se había dado cuenta que su situación en
nada iba a cambiar, sino para legiti-marse en el nuevo régimen democrático,
bien porque a conse-cuencia de lo anterior, los militares que aún alentaban una
so-lución "a la turca" habían quedado definitivamente en minoría.
38
A su vez, el PCE
también hace gestos convincentes para aproximar sus posiciones a los
reformistas franquistas. Después del cambio táctico de las CCOO, el PCE
renunció a la que había sido su consigna fundamental de los últimos años: la
ruptura democrática. Sin ninguna imaginación, pero aún con menos vergüenza, se
enarboló aquello de "ruptura pactada". Eran los años de la
claudicación, cuando la pendiente política en la que había entrado el PCE hacía
invocar a sus militantes "Juan Carlos escucha, el pueblo está en
lucha". Poco después de la legaliza-ción, con motivo de su primer mitin,
S. Carrillo anuncia el aban-dono de la reivindicación republicana. El PCE
acepta la Monar-quía que le había legalizado. Así, en pocos años, el PCE había
liquidado toda su legitimidad como fuerza histórica antifran-quista. Su último
paso fue, precisamente, el de abandonar el subterfugio de la "ruptura
pactada" para aceptar simple y lla-namente el pacto sin ruptura.
Las intrigas en el
terreno político tienen su correspondencia en la labor de zapa de los
sindicatos en el seno del movimiento obrero. Reconduciéndolo hacia posiciones
razonables de mode-ración en las exigencias salariales y orientando los nuevos
con-tenidos hacia el debate sindical, hacia la consolidación del mo-delo
sindical para el régimen democrático en el que pugnaban las dos centrales
mayoritarias (CCOO y UGT), con las minorita-rias (CSUT, SU, USO, CNT)
intentando garantizar su futuro en la nueva situación que se avecinaba.
Es la época de
criminalización de los autónomos y de todas las fuerzas desestabilizadoras del
proceso pactista. Lo que es-taba en juego para la dirección de las centrales
sindicales era la demostración de su capacidad de gestión de la fuerza de
traba-jo y de (evitación) de las tendencias más radicalizadas del mo-vimiento
obrero. De su éxito en desarticular a éste último, de-
39
pendería su
reconocimiento e institucionalización dentro del nuevo aparato de Estado, como
interlocutores del Pacto Social que, una vez consumado el pacto político
(Moncloa), hiciese posible la reestructuración (reconversión industrial, con
despi-dos masivos y cierres de empresas, en muchos casos subven-cionados por el
Estado) y la reconducción económica en el sen-tido de incrementar las rentas
del capital durante la Transición.
La coartada de la
Transición (el miedo a la involución y la ne-cesidad de recuperar la economía
nacional) en manos de los sindicatos legitimó por parte de sus representantes
la asunción del discurso de la crisis en los términos estrictamente
capitalis-tas que presentaban como única opción posible la salvaguarda de los
intereses (beneficios) del capital. Se entra en la fase de discurso de la
"economía nacional" y de la necesidad de que "todos"
contribuyan a la recuperación económica.
A la muerte física
de Franco, en la cama, le sigue la unidad de acción de todas las fuerzas
pactistas respecto a su sucesor: el Estado democrático. A la pregunta retórica
"después de Franco, ¿qué?", las fuerzas pactistas responden:
"después de Franco, el Estado", de ese modo negocian la transición
política y crean toda una burocracia regional para pactar la Constitu-ción, que
culminará en 1983 con el reconocimiento de 17 co-munidades autónomas, con sus
respectivos estatutos y parla-mentos. Esto ocasionará un aumento considerable
del gasto público que hará que el Estado imponga una severa política de
impuestos, pasando las declaraciones de renta personales de dos millones en
1983 a doce y medio en 1993.
Es mucho lo que se
pacta, aparte de la Constitución: el re-parto a dedo del patrimonio
inmobiliario sindical enajenado al acabar la Guerra Civil; el silencio más
absoluto sobre el pasado, tanto sobre los hechos, como sobre las trayectorias
personales;
40
el sistema
electoral, para el que se escoge el modelo D'Hont, que favorece a los
conservadores y excluye a las pequeñas for-maciones políticas; el
mantenimiento, sin purgas, tanto del ejército franquista, como de la represora
policía; el respeto y trato de favor, en el aspecto ideológico y económico, de
la igle-sia católica, a pesar de calificarse al Estado como aconfesional; el
consenso en la persecución de los independentistas vascos, incluida la llamada
"guerra sucia" llevada a cabo desde el apa-rato policial del Estado
(Batallón Vasco Español, GAL) y un largo etcétera en el que también hay que
contar los más variados aspectos de la vida cultural y social.
Los años ochenta
ven, así, configurarse una especie de neo-corporativismo en virtud del cual
sindicatos, Gobierno y Patro-nal fijan las bases para llevar a cabo una
profunda reestructura-ción del aparato productivo cuyo resultado más palpable
se manifiesta en la recuperación de la cuota de productividad fa-vorable al
capital, la pérdida de iniciativa de la población asala-riada en la negociación
de sus condiciones laborales (modelo salarial) y el aumento del número de
parados. Se produce, así, un cambio drástico en el comportamiento de la
población asa-lariada, en el sentido de delegar la negociación en los
profesio-nales de los sindicatos, que toman como referentes los acuer-dos-marco
y los dictados de la inflación oficiales, frente a la táctica de negociación
por medio de los representantes asam-blearios y sobre la base de
reivindicaciones surgidas del propio proceso de discusión en las asambleas.
Pacto social y
reconversión: la desarticulación del movimiento obrero
Desde tiempo antes
de la muerte de Franco, el empresaria-do autóctono y el vinculado al capital
transnacional ya había
41
explicitado la
necesidad de proceder a reformas que impulsa-ran la modernización del sistema
socio-productivo, de acuerdo con las necesidades que presentaba la inserción de
la Península Ibérica en la cadena fordista transnacional. Para ello, el control
del movimiento obrero era una condición indispensable. Una condición que sólo
una fuerza de “izquierda” estaría en condi-ciones de llevar a cabo, pues sólo
ella legitimaría la imposición de las medidas de crisis sobre un movimiento
obrero excesiva-mente acostumbrado a las movilizaciones. Así fue como se
re-creó el PSOE.
Hasta entrados los
años 70 el PSOE apenas contaba con una escasa presencia, que se limitaba a
algunos núcleos en las mi-nas asturianas y en el País Vasco, además de unas
cuantas per-sonalidades del mundo de la cultura. Es a partir de los primeros
síntomas de quebranto en la salud del dictador (verano 1974)
que la
reconstrucción del PSOE se intensifica1.7 Una vez elimi-nada la vieja
guardia histórica del socialismo en el congreso de Suresnes, el PSOE aparece
como la fuerza renovada que socava la hegemonía del PCE sobre la oposición, y
que es suficiente-mente flexible como para aceptar la monarquía franquista y
pactar la transición democrática con franquistas reformistas y comunistas, cosa
a la que los “socialistas históricos” ponían problemas. El Pacto de la
transición sancionaba el continuismo con las instituciones y aparatos de la
Dictadura, por eso era necesario contar con una fuerza política que pudiera
acceder al Gobierno como expresión simbólica y legitimadora del “cam-bio”, tal
como sucedió con el PSOE.
La legitimación de la Transacción: la
recreación del PSOE
7
42
Desde 1970, pero
sobre todo desde 1973, los fondos canali-zados a través de la Fundación
Friedrich Ebert y otros “amigos”
y financieros de la
Internacional Socialista2,8 hicieron posible la
reconstrucción urgente de un PSOE en condiciones de competir con el PCE por el
protagonismo de la oposición antifranquista. Fondos extranjeros y tolerancia de
las autoridades tardofran-quistas ayudan al PSOE a rehacer sus filas en el
interior. Así, mientras se intensifica la represión contra el movimiento
obre-ro (que alcanza incluso a CCOO), tiene lugar en Madrid el XXX Congreso de
la UGT (ilegal) con el beneplácito del Gobierno de Suárez, que intentaba con
ello limitar en el plano sindical el monopolio representativo de las CCOO. De
ese modo, en un tiempo mínimo, el PSOE y la UGT, se erigen en fuerzas
negocia-doras de la Oposición3.9
Entre tanto, el
PSOE procede a realizar una depuración ideo-lógica (renuncia al marxismo y a
cualquier veleidad socializan-te), mientras el PCE realiza su particular puesta
al día renun-ciando, a su vez, al leninismo y reconociéndose en la nueva
ideología eurocomunista. El PSOE aparece, así, a comienzos de los años 80, como
el garante del plan de modernización en tan-to única fuerza política,
legitimada por su carácter de izquierda moderada (el PCE, a pesar de todo, era
visto con desconfianza por las fuerzas vivas del franquismo reformista), capaz
de ges-tionar la reestructuración industrial y social.
Paralizar las
movilizaciones obreras y sentar las bases de paz social y colaboración
político-sindical necesarias para restaurar las condiciones de gobernabilidad
social y la acumulación de capital son las líneas fundamentales que inspiran el
Pacto de la Moncloa (octubre 1977). Un pacto político firmado por los par-
8
9
43
tidos políticos,
pero que los sindicatos hicieron suyo con abso-luto entusiasmo. A partir de esa
fecha, comienza a hacerse efectiva la transición pactada durante los años
precedentes (los años de la transacción, propiamente dicha).
Como correlato al
pacto político (de la Moncloa), a lo largo de la década de los 80 tiene lugar
una serie de pactos (AMI, AES, ANE, Estatuto de los trabajadores) en los que se
van confi-gurando un modelo de relaciones laborales que llevará hacia la desregulación
del mercado de la fuerza de trabajo, tal como se perfila en la Ley de Reforma
Laboral de 1994.
La característica
fundamental que revisten los pactos socia-les desde 1977 es la aceptación de
los aumentos salariales por debajo de las tasas oficiales de inflación, la
disminución de la conflictividad laboral (número de huelgas y de horas) y la
elimi-nación de las formas de resistencia autónomas. Con este pano-rama, el
PSOE lleva a cabo la reestructuración comenzada por UCD, que tiene por objetivo
la plena integración del sistema productivo español en el engranaje
militar-industrial transna-cional (CEE y OTAN) y la implantación de la lógica
económica, como última instancia argumental del discurso de la reconver-sión.
Con la legitimidad
que le dan los once millones de votos de las elecciones de 1982, el PSOE se
sentirá en condiciones de aplicar una política rigurosa en el ámbito general de
la eco-nomía y, especialmente, en la industria: devaluación de la pese-ta, cierres
de empresas (siderurgia, naval, electrodomésticos, minas) y privatización de
sociedades públicas. El ingreso en la CEE se producirá a cambio de numerosas
concesiones en el terreno industrial y agrario, solapado todo ello por la
llegada de capital extranjero durante 1986-90 que produce una hinchazón de la
economía española (Expo y Olimpiadas de 1992). De todo
44
ello queda una
economía con una recesión agravada por la reorientación de las inversiones
europeas hacia nuevos focos de atracción en los países del Este (Hungría.
Polonia, Eslovenia y países de Extremo Oriente) en detrimento de las
inversiones en el sur de Europa.
La aparente
facilidad con que los tecnócratas del PSOE han gestionado la transición y la
conflictividad derivada de la rees-tructuración (reconversión industrial) hay
que atribuirla, entre otras causas, al debilitamiento del movimiento obrero en
el que la burocracia sindical jugó una baza primordial a la hora de
neu-tralizar las tendencias autónomas, introduciendo elementos de división
interna en las mismas asambleas (discusión sobre la unidad sindical), el miedo
al golpe militar y, desde luego, el fuerte aumento del paro que mantiene una
línea ascendente hasta estabilizarse en torno al 17-20% en los años 90.
La gestión de la
reconversión contribuyó a descabezar el movimiento obrero neutralizando la
parte más militante del mismo. Pero sobre todo el factor decisivo fue la
inadecuación de la estrategia sindical (incluida la de carácter asambleario)
ante las nuevas condiciones en que se lleva a cabo la reconver-sión. Con las
fábricas abocadas al cierre, la acción sindical evi-denciaba sus limitaciones,
precisamente porque se revelaba incapaz de presentar una alternativa a la
lógica de la negocia-
ción basada en la valorización del
puesto de trabajo4.10
El chantaje golpista
Las puestas en
escena del golpe militar en Febrero de 1981, más allá de todas las anécdotas
sainetescas en las que un guar-dia civil de medio pelo vio cómo le dejaban en
la estacada sus
10
45
cómplices, revistió
una especial importancia para avalar el ac-ceso al Gobierno del PSOE. El miedo,
hábilmente administrado desde los medios de adoctrinamiento de masas, sirvió
para reforzar la opción del PSOE en su proyecto de control del mo-vimiento obrero,
que se plegaría aún más a la “recuperación de la economía nacional”. Además, la
representación golpista ser-viría para certificar el paso definitivo del
Rubicón democrático para el Estado Español, al tiempo que se generaba un nuevo
mito en torno a la figura del monarca que, a partir de entonces dejará de ser
el rey nombrado por Franco, y que juró los princi-pios fundamentales del
Movimiento, para ser el rey demócrata de “todos los españoles”. Era necesario,
a fin de cuentas, que los últimos residuos del franquismo cuartelero asomara la
ca-beza, para acabar de convencer al resto de la tropa que los in-tereses de la
casta militar estaban definitivamente del lado de las instituciones
democráticas.
Era necesario que
los militares que aún no habían entendido por dónde iban los tiros del Pacto de
Transición asomaran la gorra reglamentaria para retirarlos definitivamente de
la esce-na. Desde luego, el peligro militar no era - ni entonces, ni ahora, ni
nunca, claro está - desdeñable. Sobre todo, si tenemos en cuenta que el
ejército español en sus últimos cien años de his-toria no cosechó sino derrotas
en sus misiones imperialistas (Cuba y Filipinas, guerra del Rif, hasta la
retirada y venta del Sáhara al rey Hassan de Marruecos) y en su hoja de
servicios tan sólo se contabiliza una victoria; precisamente, la (única y
malhadada) Victoria sobre la clase trabajadora, después de una guerra que le
costó ganar tres años, a pesar de haber contado con la ayuda activa de la
Alemania hitleriana y la Italia fascista, además de la inhibición de las
democracias liberales.
46
Sin embargo, los
militares ya habían sido debidamente neu-tralizados en los años anteriores al
golpe de 1981. Para esta fecha ya se les habían dado suficientes garantías de
que sus privilegios serían escrupulosamente respetados por el nuevo régimen
democrático. Serían, precisamente, los socialistas en el Gobierno quienes les
subieran los sueldos, facilitaran las jubila-ciones en condiciones ventajosas y
continuaran favoreciendo los intereses de la casta militar en el manejo del
presupuesto de Defensa y en la industria de armamento, en donde muchas empresas
cuentan con presencia de altos mandos militares en sus consejos de
administración.
Consenso y terrorismo
A continuación del
golpe de 1981, el ascenso del PSOE al po-der reforzaría aún más la política de
consenso en torno a un gobierno de izquierda, que sería el encargado de llevar
a cabo una nueva fase de modernización capitalista en España. El
ex-traordinario apoyo electoral obtenido en las elecciones de 1982 por el PSOE,
avalaba su figura como vanguardia de una España que quería ser moderna y
europea frente a la rancia pesadilla que encarnaba el esperpéntico oficial del
tricornio pegando tiros en el Parlamento. Sobre esa base de legitimación,
contaría el PSOE a la hora de tirar para adelante una inflexible política de
reestructuración a lo largo de más de una década.
Pero tampoco
conviene olvidar la utilización del terrorismo (de ultraderecha y de izquierda)
a la hora de consolidar el con-senso y reorientar la movilización de masas
hacia actos simbóli-cos de repulsa al terrorismo “desestabilizador e
involucionista”. En torno a la explotación espectacular del terrorismo se
conso-lida un nuevo frente de consenso bajo la fórmula de “todos contra el
terrorismo”. Cunde el amedrentamiento entre la po-
47
blación asalariada
y la violencia de masas (piquetes, sabotajes, ocupaciones, etc.) pasa a ser
criminalizada por el nuevo discur-so democrático, como acciones “que hacen el
juego” a los te-rroristas. Los espantosos asesinatos de los abogados
laboralis-tas de Atocha tuvieron un carácter ejemplar y una indudable
rentabilidad política a la hora de estrechar el consenso.
En este sentido, la
instrumentalización de los asesinos de la ultraderecha y sus connivencias con
el aparato policial cumplie-ron un papel relevante en la política de terror
impuesta por el Estado transicional. Aún más evidente fue en el denominado
“caso Scala”, en el que la provocación policial indujo una acción encaminada a
desencadenar la represión y criminalización del movimiento libertario. El
propio Martín Villa, ministro del Inte-rior, no se recató en reconocerlo ante
millones de espectado-res, cuando en una entrevista televisiva, manifestó su
preocu-pación por el auge que parecía que iba tomando el movimiento libertario.
Modernización y transición hacia el
vacío
En 1982 un
destacado militante comunista escribía, “¿Por qué las fuerzas políticas de la
oposición histórica aceptaron el procedimiento reformista y archivaron el
rupturista? Porque eran conscientes de sus debilidades coyunturales
complemen-tarias con las debilidades de los reformistas. Sobre esta
correla-ción de debilidades, que no de fuerzas, de cernía la espada de
damocles de la
involución...”1.11 Tenía razón. En parte coincide con lo que aquí se viene afirmando;
sin embargo, quedarse ahí, en el reconocimiento de las debilidades de la
oposición y, con ello, pretender justificar la política de claudicaciones
seguida
11
48
por el PCE, en
tanto principal fuerza de la oposición, quizás sa-tisfaga a quienes en su
análisis no son capaces de ir más allá del aparato, del Partido, como
devotamente se decía entonces.
Pero el papel que
jugaron el PCE y las CCOO en su combate sistemático contra las tendencias
autónomas del movimiento obrero tiene también otro significado. A saber: el de
los límites históricos, políticos e intelectuales de los partidos comunistas
(en tanto administradores del sucedáneo ideológico marxista) para sobrepasar
las reglas impuestas por el capital en cada co-yuntura de la lucha de clases.
Cuando en los años
20 la izquierda comunista germano-holandesa calificaba a Lenin y sus seguidores
como la extrema izquierda de la ideología burguesa en el ámbito de la crítica
teórica, podía parecer un exabrupto de la irremediable enfer-medad infantil del
izquierdismo, sin embargo, la Historia acaba-ría dándoles la razón o, dicho de
otro modo, los partidos comu-nistas se encargarían de confirmarlo en la
práctica. A la hora de escoger entre la burguesía y el proletariado, los
partidos comu-nistas indefectiblemente se inclinaban por la primera. Y en
Es-paña así había sido durante el periodo 1936-39, y así volvería a repetirse
en los años 70. El resultado de todo ello lo tenemos veinte años después: la
extinción del PCE, siguiendo la tónica del resto de países capitalistas, como
consecuencia de su total inadecuación a los cambios operados en la dominación
(real) del capital.
Los sindicatos
tampoco corren mejor suerte. Su labor de contención y desmovilización de los
trabajadores los ha llevado a la marginación. La escasa afiliación sindical
obtenida hasta 1977, a partir de esa fecha comienza a descender. Algo
perfec-tamente comprensible, si tenemos en cuenta que lo único que puede
reforzar la acción sindical es la reivindicación. Si se re-
49
nuncia a ella, es
lógico que los trabajadores les dieran la espal-da.
Las centrales
sindicales sobreviven gracias a las subvencio-nes estatales y a las
transferencias de fondos camuflados en planes de formación a cargo del Fondo
Social Europeo. El cam-bio de la dominación formal a la dominación real del
capital ha convertido a los sindicatos en un anacronismo. Por otra parte, su
política de pacto social ha traído como resultado una desre-gulación del
mercado laboral que vuelve completamente inoperantes las formas organizativas
sindicales. No es, pues, de extrañar que, atrapados en el callejón sin salida a
que los ha conducido su sometimiento a las leyes de la economía de mer-cado y a
los dictámenes del Gobierno, hayan rechazado partici-par en las acciones de
protesta convocadas por la Plataforma Cívica de los Derechos Sociales que,
apoyada por Izquierda Uni-da, pretendía conmemorar el 27 de enero de 1995 la
jornada de huelga general del año anterior.
Por supuesto, la
crisis de los aparatos sindicales y políticos de la izquierda está en la misma
onda de declive de las forma-ciones político-sindicales surgidas después de la
II Guerra Mun-dial, pero en el caso español es especialmente patético ver los residuos
de la izquierda erigirse en el último bastión de la de-mocracia; precisamente,
en un momento en que el estado de la transición revienta de escándalos (GAL,
corrupción financiera).
Es la prueba, una
vez más, de que la izquierda política actual, heredera de las dos corrientes
dominantes en el movimiento obrero internacional (socialdemocracia y el
marxismo-leninismo) continúan siendo la extrema izquierda de la demo-cracia
burguesa, sin quererse enterar de que a estas alturas la Democracia
decimonónica ha dejado de ser el instrumento de dominación política del
Capital. Como si nada hubiera pasado,
50
los aparatos
administrativos de la izquierda continúan aferra-dos a todos los clichés del
“cretinismo parlamentario” que en su día denunciara Rosa Luxemburg.
Estas dos últimas
décadas han sido las de la pérdida del sen-tido reivindicativo, alentada desde
los sindicatos, que pedían sacrificios a la población trabajadora para la
“recuperación de la economía nacional”, primero, y para la creación de empleo,
más recientemente. Los resultados están a la vista. Profundiza-ción de la
crisis, precarización creciente de las condiciones la-borales, alta tasa de
desempleo, que no desciende del 17%/20% de la población activa. Los sindicatos,
como los parti-dos, nada tienen que ofrecer a la población asalariada porque
nada tienen que negociar. En unas condiciones de crisis estruc-tural, las
exigencias de la acumulación de capital no permite márgenes de negociación
salarial de ningún tipo.
Cuando la práctica
de la desmovilización ha sido la tónica general de la transición, ¿cómo podemos
extrañarnos de la pasividad generalizada ante la descomposición política
reinante en la actualidad? Dos décadas predicando la sumisión a los dic-tados
de la economía de mercado y del estado democrático continuista han contribuido
a perpetuar muchos de los vicios heredados del régimen franquista, tanto en las
prácticas políti-cas (oportunismo, clientelismo, autoritarismo, etc.), como en
la conciencia de las gentes. La brillante ejecutoria de la Transac-ción
democrática en el Estado Español ha impulsado una Tran-sición hacia el vacío.
En este sentido, la
Transición ha sido un verdadero tránsito para la clase trabajadora española,
que ha recorrido en unos pocos años el trecho que va de la dominación formal
del capital a la fase de dominación real en la que estamos confrontados a
nuestras propias limitaciones históricas como sujetos asalaria-
51
dos. De hecho, ya
no podemos afirmarnos en nuestra condición (formal) proletaria porque cada vez
tenemos menos margen para negociar. Ya no tiene sentido reivindicar nada,
porque nada tienen que ofrecernos los administradores del Capital y la
Política, salvo precarización, reducción de los ingresos y las prestaciones
sociales, incremento del control social y margina-ción.
También están las
-no por ocultadas, menos reales- desafec-ciones y deserciones que caracterizan
una vida cotidiana que transcurre entre un marasmo de ambigüedades:
resentimiento frente al trabajo y necesidad de él para obtener el dinero con
que sobrevivir, inhibición de la acción social que “deja hacer” a los
depredadores del sistema legitimados por esa misma inhibi-ción que representa
votar cada cuatro años, consciencia de la miseria individual e intento de
conjurarla en el consumo com-pulsivo de horrores, escándalos, imágenes
efímeras, tópicos perseverantes, cachivaches electrónicos, alimentos dietéticos
y toda suerte de sucedáneos de solidaridad con los desgraciados de otras partes
del planeta.
Ese es, en parte,
el resultado de nuestro tránsito a la llamada “sociedad postindustrial”. Esos
son los ingredientes del drama cuyo argumento es la imposibilidad de afirmarnos
en nuestra condición proletaria porque ni el Capital sabe qué hacer con nosotros
(a no ser destruirnos mediante el paro, la margina-ción, la enfermedad o la
guerra), ni nosotros qué hacer con el Capital.
La complejidad
alcanzada en el sistema de producción social de mercancías está fuera del
alcance de cualquier expresión de “control obrero” posible. Simplemente, no
sabríamos qué hacer con los centros de producción, los medios de distribución y
los demás servicios auxiliares de la reproducción social. En cierto
52
modo, el fracaso de
las luchas obreras de la reconversión indus-trial así lo ponen de manifiesto.
Los trabajadores más directa-mente implicados en los sectores reconvertidos
fueron a la za-ga de las iniciativas de la Administración y sólo se encontraron
en un estado de total perplejidad cuando descubrieron que conservar el puesto
de trabajo y afirmarse en su condición (formal) obrera, de fuerza de trabajo,
no tenía ningún sentido porque el valor de su fuerza de trabajo era nulo.
El cambio de
coyuntura en la forma de dominación del capi-tal, ha modificado los términos en
que se aplica la lógica de la valorización en el mercado de la fuerza de
trabajo, de manera que la mercancía fuerza de trabajo en los sectores
productivos obsoletos (siderurgia, astilleros, minería, etc.) ha perdido su
valor de mercado. En esa tesitura, los trabajadores, ya no es-tamos en
condiciones de negociar en función de un valor (ofer-ta de su fuerza de
trabajo) que ya no cotizaba en la nueva co-yuntura del mercado capitalista.
Habrá, pues, que presentar la confrontación con el capital en otros términos
más realistas, en consonancia con la real dominación del capital.
En el futuro ya no
podremos hacer valer nuestra condición de fuerza de trabajo para afirmar
nuestra existencia. Llegados a este punto, por mucho que escurramos el bulto,
la confronta-ción con la realidad más inmediata nos impone una reconside-ración
de nuestro posicionamiento dentro de la lógica que do-mina en las relaciones
sociales capitalistas. Quizás porque ya no es posible afirmarnos formalmente
como asalariados haya lle-gado el momento de afirmarnos realmente desde nuestra
es-tricta condición de seres humanos. De lo que no cabe duda es que, tal como
están las cosas, esa es la posibilidad más arries-gada, pero también la más
perentoria si no queremos dejarnos
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arrastrar por la
espiral aniquiladora que rige el curso de la His-toria dominada por la
relaciones capitalistas.
De los movimientos
sociales a los “profesionales de lo social”
Las fuertes
reestructuraciones sociales que se produjeron a lo largo de los años
franquistas como consecuencia de las trans-formaciones económicas que obligaban
a concentraciones obreras en las grandes ciudades, sucedieron de forma tan
rápi-da que crearon graves problemas de hacinamientos, escasez de
infraestructuras y servicios sanitarios. Esto, unido al atraso en-démico de
este país en lo que se refiere a estructuras de bie-nestar social, hizo que, a
partir de los años 60 y parejo al desa-rrollo de la lucha obrera en la fábrica,
se empezase a extender la lucha reivindicativa por la mejora de los barrios y
contra los planes urbanísticos franquistas a favor de especuladores de todo
tipo.
Al amparo en muchos
casos de los grupos cristianos de opo-sición al franquismo fue creciendo un
tejido social multiforme en el que se recreaban todas las tendencias políticas
de oposi-ción pero sobre el que destacaba una voluntad real de contro-lar el máximo
de aspectos que conciernen a la forma de vida de los trabajadores fuera de la
fábrica. Las luchas por escuelas, ambulatorios, transporte, zonas verdes,
viviendas, etc. se fue-ron sucediendo llegando a un espectacular crecimiento a
lo largo de los años 70 en que una cierta tolerancia política permi-tió
despegarse de la Iglesia.
Eran los años de
los movimientos sociales: los estudiantes paraban la universidad y los
institutos reclamando una mayor participación en la toma de decisiones; las
mujeres, en lucha
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por sus derechos,
rompían las normas represoras franquistas, al igual que otros grupos
discriminados como los homosexuales, los minusválidos, etc... los presos
exigían, mediante fuertes motines, la reforma carcelaria y la amnistía...
Después de largos
años de duros enfrentamientos: hoy aquí, mañana allá; con la muerte de Franco y
el vacío de poder que a consecuencia de ello se dio, lo social estalló por
todas partes. Todo parecía posible en ese momento, todo podía cambiarse si se
participaba. Los marcos legales existentes eran rechazados sistemáticamente por
su vinculación al pasado. Ningún Plan, ya sea urbanístico, de estudios, o de
reforma de instituciones esta-tales, debía respetarse dado su origen
sospechoso. Por todas partes proliferaban comités de afectados que lograban
imponer sus criterios ante una Administración que, aturdida frente a un futuro
incierto, se veía obligada a dialogar.
Junto a las
reuniones informativas, las conferencias o las asambleas, abundaban los
cineclubs, los grupos teatrales, las fiestas populares, etc... La gente quería
saber sobre las luchas que se daban, pero también quería conocer cuales eran
las dis-tintas tendencias políticas, las vanguardias artísticas o de
pen-samiento y desarrollar aquellos aspectos de que nos privaba el franquismo.
Para ello se devoraban libros, revistas o periódicos que, en aquellos años,
también habían roto con los criterios de censura tradicionales y cumplían un
importante papel de in-formación y propagación de las distintas expresiones del
propio estallido social.
Los movimientos
reivindicativos integraban en sus filas las mismas tendencias políticas que el
movimiento obrero y al igual que este, en España en estos años, prevalecía la
“indisciplina” que hacía difícil su encuadramiento. Fácil era encontrar
mez-cladas la mera reivindicación con la insumisión social. Frente a
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los grupos que
practicaban el posibilismo político se alzaban otros que propugnaban la ruptura
total con las formas de cultu-ra y civilización modernas: “abajo los muros de
las prisiones, de las escuelas, de la familia, de la mente”.
La operación de
transición tuvo que tapar también estas grietas de lo social a fin de conseguir
la pacificación que necesi-taba para el desarrollo del proyecto de país que se
tenía en mente. Para el desarrollo económico que se pedía y vaticinaba era necesario
el abandono radical de las veleidades protagonís-ticas que se daban en estos
grupos. Había que conseguir trans-formar ese entusiasmo por la acción en un
entusiasmo por un diálogo de reforma hacia la “modernidad”.
Los primeros
ayuntamientos democráticos, constituidos por los protagonistas políticos de
estos movimientos más tenden-tes al diálogo, lo hicieron posible. Se
concedieron parte de los servicios que se reivindicaban en los barrios pero,
eso sí, con-servando el control institucional de los mismos mediante ex-pertos.
Si los jóvenes pedían dinero para mantener un local elegido por ellos, se
decidía abrir un Centro de Jóvenes con profesionales como “asistentes
sociales”, “animadores de ca-lle”, en fin guardianes del orden, y los jóvenes
volvían a encon-trarse en la calle esta vez divididos ya que los dóciles
aceptaban de buen grado las leyes internas. Si las mujeres reivindicaban un
local donde reunirse y poder desarrollar autónomamente un conocimiento sobre su
cuerpo que les hiciese fuertes frente al poder médico, se les abrieron centros
de planing de barrio in-tegrados por técnicos “ginecólogos, sicólogos, etc.”
con lo que aún crecía más ese poder médico.... Las asociaciones de veci-
nos pasaron a
depender de las subvenciones de los ayunta-mientos con lo cual se favoreció el
poder de los grupos políticos afines. Se instituyeron las asociaciones de
padres en los cole-
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gios, las de
estudiantes en los institutos y universidades, o los grupos de voluntarios por
aquí y por allá. A los presos se les calló con una Ley de reforma
penitenciaría, la criminalización de la droga y el aislamiento.
Pero esto no fue
fácil. Fueron necesarios muchos pactos y, sobre todo, un crecimiento
espectacular de la burocracia esta-tal a base de trasiegos de puestos
funcionariales que pasaron a ser ocupados por personal formado en esas luchas.
Se podía “confiar en ellos” y se delegaba así toda responsabilidad. Para cada
problema apareció un experto y dejó de tener sentido reunirse para discutir
causas y soluciones, ellos sabían más y el resto, “los aficionados”, podían
dedicarse tranquilamente a lo suyo, consumir. Consumir incluso esos mismos
servicios olvi-dando la consigna de “libres y gratuitos” tan aclamada esos
años.
En fin, el consenso
crecía, conformado por reformistas de todo tipo y sustentado en un constante
abandono de la calle por una gente cansada, “quemada” como se decía entonces, y
que había optado por la delegación del poder. Las ilusiones, una vez más, daban
paso a la desesperanza. Así quedó vacío de sentido toda acción o pensamiento
crítico que pudiera poner en peligro la estabilidad. Había sólo lo que podía
haber.
Con la llegado de
los socialistas al poder, la tendencia se fue profundizando hasta llegar un
momento en que la apatía social se presentaba como un serio problema, dada la
necesidad que tiene el Estado de un mínimo dialogo social que sirva de
justifi-cación de su gestión y de medio de integración. Porque no es suficiente
el voto sumiso, se intenta por todos los medios fo-mentar un movimiento, eso si
estructurado y subvencionado, de voluntarios sociales en los que se puedan
canalizar insatis-facciones e impotencias.
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