© Libro N° 13811. El Oro De Mallorca. Rubén Darío. Emancipación. Mayo 10 de 2025
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Rubén Dario
El Oro De
Mallorca
Rubén Dario
EL ORO DE MALLORCA
RUBEN DARIO
Valldemosa,
noviembre de 1913
I
El barco blanco de
la Compañía Isleña Marítima se hallaba ancla-do cerca del muelle marsellés. El
sol del mediodía estaba esquivo en la fresca mañana. Acompañado de un amigo,
Benjamín Itaspes fue a bordo, se posesionó de su camarote, entregó su equipaje.
Como ya se iba a partir, se despidió del amigo y se puso a pasear sobre
cubierta. Él era el único pasajero de primera. Por la proa, escasa gente, toda
m a-llorquina y catalana, posiblemente del pequeño comercio, conversaban en su
áspera lengua. El vapor era limpio y bien tenido; con todo, había un vago olor
muy madre-patria... La cocina estaba sobre el entrepuente y se veía a un
cocinero sórdido manejar perniles y pescados. A un lado suyo, en una especie de
jaula, había cecinas; sobreasadas, cebollas, pimientos rojos y salchichones. De
cuando en cuando salía un fogone-ro, todo negro, de una puerta lateral. Cogía
un botijo que había al al-cance de su mano, y bebía a chorro. Luego volvía a
descender a su carbonera.
El vapor pitó; se
puso en actividad; salió, al lado de un gran navío catalán que descargaba sobre
un lanchón pesadas barras de plata, o de estaño, en las cuales se leía en
grandes letras vaciadas: «Figueroa». Pasó junto a los faros. Volvió a pitar.
Entró mar afuera.
Benjamín miró el
panorama de la gran ciudad mediterránea, dio un último saludo a la enorme
estatua de Notre-Dame de la Garde, que se alza desde su eminencia, y luego se
puso a contemplar distraída-mente el mar, tan amado por él. Le había recorrido
tantas veces en tan diferentes latitudes, y siempre le encontraba tan nuevo y
tan constante, tan ambiguo y tan sincero... Era un vasto ser animado, líquido y
palpi-tante, todo vida y enigma. Y a veces, en sus instantes de meditación o de
exaltación, le hablaba como a una divinidad, o ser inteligente, le hablaba en
voz alta, o a media voz, como cuando decía, todas las no-ches, su
Padre-nuestro. Pues Itaspes había conservado, a pesar de su espíritu inquieto y combatido, y de su vida agitada y errante, mucho de
las creencias religiosas que le inculcaron en su infancia, allá en un lejano
país tropical de América. El mar estaba quieto, pero Benjamín percibía el eco
profundo de su corazón, su honda y eterna melodía interior, que se comunica con
la que el artista lleva en el arcano de su alma.
El capitán del
barco, un catalán robusto, de ojos «marinos», afe i-tado como un monje, o como
un actor, afable, se acercó: «Es usted el único pasajero de primera...; debe
ser el Sr. D. Benjamín Itaspes, el célebre músico, a quien se me recomienda en
un telegrama. Estoy completamente a sus órdenes. He ordenado que se le sirva en
una me-sita aparte.» Nada mejor. Benjamín gustaba poco del trato de «la
gen-te», de la «bétisse» circulante que se manifiesta por la usual y
consuetudinaria conversación, del vulgo municipal y espeso, como él decía. Así
como gustaba de comunicar con los espíritus sencillos, con los campesinos
simples, con los marineros, y con los viejecitos y vieje-citas de pocas luces,
que viven de recuerdo y, cuentan curiosas cosas pasadas que ellos presenciaron.
Almorzó, pues,
solo, a la hora que quiso, pues no la había señala-da; comió el excelente
salchichón, una especie de pescadilla, diversos guisos si no finos, sabrosos,
queso de Mahón, rica fruta; bebió con placer rojo y natural vino de la tierra,
vino de España, harto como estaba de las composiciones y menjurjes caros de
París. Se atrevió, contra las prescripciones de su médico, a tomar una taza de
café... Y aunque recordó sus dolencias y sintió punzadas y molestias de la ga
s-tritis, se encontró con un buen ánimo, con la esperanza de que pronto el aire
y la tierra encantada de la isla de Mallorca, y la bondad de los amigos en cuya
mansión había de hospedarse, en una región sana y deliciosa, y el ejercicio, y
sobre todo la paz y la tranquilidad, y el ale-jamiento de su vivir agitado de
Francia, habrían de devolverle la salud, el deseo de vivir y de producir, el
reconfortamiento del entusiasmo y de la pasión por su arte.
Notaba, con gran
contentamiento, que no sentía la necesidad de los excitantes, lo cual
contribuiría, según los médicos, al completo restablecimiento
de su bienestar físico y moral. Aunque se encontraba débil, después de la
última crisis que le postrara por largos días, en cama, no recurría a los por
toda su pasada vida habituales alcoholes. Apenas, de cuando en cuando, si las
fuerzas estaban muy flacas, toma-ba unos sorbos de un vino medicinal de quina,
amargo y meloso a un tiempo, que si le fortalecía por instantes, le causaba
ardores y alfilera-zos estomacales. Tenía sus consecutivos padecimientos por
donde más pecado había; porque el quinto y el tercero de los pecados capitales
habían sido los que más se habían posesionado desde su primera edad de su cuerpo
sensual y de su alma curiosa, inquieta e inquietante.
Ahora, cabalmente,
estaba pagando antiguas cuentas. Como se di-ce, aquellos polvos traían estos
lodos. Mas se decía: «Pero, Dios mío, si yo no hubiese buscado esos placeres
que, aunque fugaces, dan por un momento el olvido de la continua tortura de ser
hombre, sobre todo cuando se nace con el terrible mal del pensar, ¿qué sería de
mi pobre existencia, en un perpetuo sufrimiento, sin más esperanza que la
pro-bable de una inmortalidad a la cual tan solamente la fe y la pura gracia
dan derecho? ¿Si un bebedizo diabólico, o un manjar apetecible, o un cuerpo
bello y pecador me anticipa "al contado" un poco de paraíso, voy a
dejar pasar esa seguridad por algo de que no tengo propiamente una segura
idea?» Y hablando con su corazón y de verdad, en lo íntimo de sus voliciones,
se presentaba a lo infinito tal como era, lleno de ansias y de incontenibles
instintos. Y así besaba o comía o absorbía sus bebedizos que le transformaban y
modificaban pensamiento y senti-miento. Y como desde que tuvo uso de razón su
vida había sido muy contradictoria y muy amargada por el destino, había
encontrado un refugio en esos edenes momentáneos, cuya posesión traía después
irremisiblemente horas de desesperanza y de abatimiento. Mas se había
aprisionado en el tiempo, aunque fuese por instantes, la felicidad rela-tiva,
en una trampa de ensueño.
Al amanecer del día
siguiente se veía tierra de Mallorca, la isla de Oro. Luego se dejaban a un
lado los islotes cercanos, las costas pinto-rescas y rocallosas; los caseríos
de Porto Pi y de El Terreno, el castillo histórico de Bellver, y entraba el
barco blanco en la bahía de milagro de la dulce Palma,
cuya catedral, en los crepúsculos, sobre la ciudad violeta, como sobre un
altar, arde de sol como una llama.
Esperaba a Itaspes
en el muelle un amigo, el caballero que debía hospedarle, en su señorial
mansión de Valldemosa. Así que tras el abrazo de bienvenida ambos subieron al
automóvil que debía condu-cirlos al castillo. Era el castellano de gentiles
maneras y de humor excelente, ágil y fuerte aunque algo enjuto de cuerpo, de
conversación culta como correspondía al letrado que era amigo de referir
anécdotas, recuerdos y sucedidos, aficionado a las artes y a las letras y
gustador de las obras musicales de su amigo, con quien se había relacionado
algu-nos años antes en la misma isla. Por el camino recordaban sus pasadas
excursiones con otros compañeros de intelecto y jovial espíritu, como Jaime de
Flor, catalán famoso por sus pinturas y sus escritos, una espe-cie de bohemio
millonario que había realizado su vida a su capricho y se había defendido con
la alegría de los amargores y durezas del bregar cotidiano; como Ángel Armas,
exaltado, vibrante, alocado de belleza, nutrido de diversas filosofías, imbuido
de radicalismos y anarquismos que terminaban en una grande e innata dulzura;
como el poeta grave y noble, Pedro Alibar, nutrido de simientes clásicas y que
iba al alma de su pueblo y de su raza sin dejar de formular la melodía de su
lírica ánima individual.
Benjamín iba
contento en la mañana acariciante de octubre. El sol que apareció primero
nublado, abría los velos de nubes y ofrecía la bondad de su luz tibia. Volaba
el auto por la carretera, entre los huertos bien cultivados y los olivares, y
luego las aglomeraciones de rocas ciclópeas coronadas de verdura. De cuando en
cuando había que amenguar la rapidez de la máquina, a causa de un burrito, una
mula albardada, o un carro con pesada carga, un caminante que venía de los
campos.
Se atravesó el
dantesco trecho de los olivos centenarios, milen a-rios, que perpetúan, como en
eternidad, sus como petrificados gestos y ademanes de metamorfosis; se dejó a
un lado la colosal mole que tiene un nombre y una leyenda moriscos; se vieron
por fin las vastas colinas cultivadas, a graderías, como en anfiteatro, las
hondonadas y valles con sus casitas, sus
sembrados, sus viñas, sus higueras, sus cactus afric a-nos, las raquetas
espinosas adornadas con los pompones encarnados de los higos chumbos. Se
divisaron las casas del pueblo, se pasaron ta-piales y callejuelas donde
jugaban niños risueños y sucios; se detuvo por fin el vehículo frente al
vetusto y tradicional edificio, cuya ancha puerta, bajo sus dos cuadradas
torres, y coronada por un escudo en que se ve esculpida la imagen de San Bruno,
estaba adornada de palmas. Desde fuera y por todos los escalones había regadas
ramas de mirto. Estaba la mansión con alegría. Se saludaba, con la generosa y
cordial hospitalidad de antaño al artista amigo que llegaba. María, la
castella-na, la señora de la morada, estaba sonriente, entre sus niños, semeja
n-tes a blancos y sonrosados principitos de Vandyck. Pronto Benjamín Itaspes
estuvo en posesión del apartamento que debía habitar por una temporada. Se le
dejó solo. Se sentó a descansar y a reflexi onar.
Era la primera vez
que necesitaba verdaderamente de un largo re-poso, de un dilatado contacto con
la naturaleza, de un alejamiento de la ciudad abrumadora, de la tarea precisa,
casi mecánica, que le agriaba el entendimiento, del fingido hogar que le habían
traído las consecuencias de una vida «manquée», del padecimiento moral
incesante que agrava-ba el inveterado recurso de los excitantes, de los
alcoholes de pérfida ayuda. Se encontraba a los cuarenta y tantos años
fatigado, desorient a-do, poseído de las incurables melancolías que desde su
infancia le hicieron meditabundo y silencioso, escasamente comunicativo, lleno
de una fatal timidez, en una necesidad continua de afectos, de ternura,
invariable solitario, eterno huérfano, Gaspar Hauser, sin alientos, sin más
consuelo que el arte amado y por sí mismo doloroso, y el humo dorado de la
gloria en que Dios le había envuelto para calma de su incurable desolación.
Su salud física,
hasta entonces robusta, empezaba a decaer. Ni en su infancia, ni en su juventud
había hecho ejercicios musculares. Su aspecto era de un hombre fornido y bien
plantado, pero su debilidad era extrema. No había frecuentado gimnasios, ni hecho
servicio militar, ni se había dedicado a deportes. Y sobre esto, desde su
adolescencia, pasada en climas ardorosos y gastadores, había sido el enemigo de
su cuerpo a causa de su ansia de goces, de su imaginación exaltada, de su
sensualidad que complicó después con lecturas e iniciaciones, su i n-nato deseo
de gozar del instante, con todo y su educación religiosa. Un temperamento
erótico atizado por la más exuberante de las imagin a-ciones, y su sensibilidad
mórbida de artista, su pasión musical, que le exacerbaba y le poseía como un
divino demonio interior. En sus an-gustias, a veces inmotivadas, se acogía a un
vago misticismo, no me-nos enfermizo que sus exaltaciones artísticas. Su gran
amor a la vida estaba en contraposición con un inmenso pavor de la muerte. Era
esta para él como una fobia, como una idea fija. Cuando ese clavo de hielo
metido en el cerebro le hacía pensar en lo inevitable del fin, si estaba en
soledad, sentía que se le erizaba el pelo como a Job al roce de lo nocturno
invisible.
Tantos años
errantes, con la incertidumbre del porvenir, después de haber padecido los
entreveros de una existencia de novela; en una labor continua, con alternativas
de comodidad y de pobreza; con ins-tintos y predisposiciones de archiduque y
necesitado casi siempre, sin poder satisfacer sino por cortos periodos de
tiempo sus necesidades de bienestar y aun de lujo, amigo de bien parecer, de
bien comer, de bien beber y de bien gozar como era; cansado de una ya copiosa
labor cuyo producto se había evaporado día por día; asqueado de la avaricia y
mala fe de los empresarios, de los «patrones», de los explotadores de su
talento, dolorido de las falsas amistades, de las adulaciones intere-sadas, de
la ignorancia agresiva, de la rivalidad inferior y traicionera; desencantado de
la gloria misma, y de la infamia disfrazada y adornada y halagadora de los
grandes centros, se veía en vísperas de entrar en la vejez, temeroso de un
derrumbamiento fisiológico, medio neurastén i-co, medio artrítico, medio
gastrítico, con miedos y temores inexplica-bles, indiferente a la fama, amante
del dinero por lo que da de independencia, deseoso de descanso y de aislamiento
y, sin embargo, con una tensión hacia la vida y el placer -¡al olvido de la
muerte!-como durante toda su vida. Curioso Benjamín Itaspes...
(La Nación , 4 de
diciembre de 1913, p. 9.)
8
Valldemosa, noviembre de 1913
II
Había nacido en una
ciudad de la América española, de una fami-lia burguesa, con algún haber. Por
rencillas inmediatas, consecuencia de un matrimonio forzoso, sus padres se
separaron, y él fue educado por una tía materna. «Ingrata suerte -se decía.
Educación de mujer... Quizá de allí vienen mis caprichos, mis debilidades, mis
exasperacio-
nes nerviosas, mis
creencias en lo extraordinario, mis supersticiones... Educación de mujer,
cariños, rezos, a veces latigazos... Aquella vieja casa, donde por las noches,
después de pasado el crepuscular vuelo de los murciélagos, se oía el especial
siseo de las lechuzas, y en donde se aseguraba que 'espantaban'... La visión
imborrable de la bisabuela, una anciana paralítica que se mantenía en un sillón
moviendo la cabeza...
El recuerdo de los
continuos sustos, al hallar en las camas de cuero, al tiempo de ir a acostarse,
alacranes y ciempiés... El especial ruido de las tejas cuando había temblor de
tierra... Las consejas de aparecidos oídas en la cocina a las criadas indias y
mulatas... Luego, después de los primeros años, una vida de escasez... Pensar
en su infancia le entrist e-cía y hacía revivir lejanas impresiones dolorosas,
horas de temor y de melancolía...
Después, el
despertar de su pubertad en el colegio, los estudios mal seguidos, un tiempo de
internado en un establecimiento que había sido antiguo convento de franciscanos
y donde era sabido que también aparecían fantasmas, aun de día, entre las
viejas piedras terrosas... Las iniciaciones de la carne, las sorpresas sexuales
de las que creía en su ignorancia ser descubridor... El como un día se sintió
enamorado y poseído de la música y apasionado por el misterio de la mujer... Su
misticismo junto a su innato erotismo... ¡Cuán lejos aquellos comien-zos! Y,
¿no había sido entonces, entre los catorce y los quince años, cuando probó por
la primera vez el veneno que había de influir más tarde en el desarrollo de su
mentalidad y en la formación de su carácter, y quizá en una
parte de su obra? Todo había sido dependiente de las disposiciones del destino.
Si él hubiera nacido rico, ¿cuántas horas trágicas, cuántos terremotos vitales
y mentales evitados, cuán diferente la realización de su obra artística... «Sí
-le argüía una voz interior, que estaba de acuerdo con lo que mucha gente le
decía- pero no sería tu obra la actual, no serías tú el que eres, no serías
tú»... ¿Sería esto ver-dad? Sus armonías, sus poemas musicales, estaban
impregnados de esencia fatal, estaban llenos de la sangre de su corazón, del
sudor de sus agonías, y había sido preciso que así fuese eso... Y «eso», ¿para
qué? Para la consecución de un nombre, de la gloria, que es, en lo infinito del
tiempo, no el sol de los muertos, como dijo el gran nove-lista, sino un templo
de deleznable ceniza... No estaba puesto en razón el divino y miserable francés
que escribió:
...la gloire c'est
une humble absinthe éphémère
prise en catimini
crainte de trahisons:
et si je ne bois
pas plus c'est pur des raisons?
Cierto; una pasión
de arte podía llenar toda una vida, pero no co-mo un fin, sino como un gran
complemento para la elevación del pr o-pio ser en su enigmático paso por la
tierra... El arte, algo de Dios, ventana por donde algo de Él se sospecha
percibir; algo que se relaci o-na con lo que está más allá del planeta en que
nos volvemos locos...
Con todo y la fe en
la divinidad, una fe relativa, a menos que no se posea el talismán de los
santos, el sésamo de los videntes, nuestras dudas y nuestras ansias no
corresponden a la pequeñez de nuestro escenario en el universo... El planeta,
buena bolsa de tierra que va rodando no se sabe qué inaudito escarabajo, por lo
infinito, no se sabe adónde... ¡Ah! No haber apuntalado con los más firmes
aceros de la convicción absoluta, desde los primeros años, una fe ciega, ciega
por completo, en vez de esta fe en extremo miope que se acerca al misterio para
ver mejor, y luego no ve nada... Y la seguridad de que tarde o temprano se
pasará tras la cortina de sombra... Por eso, hay que tenerlo entendido, por
eso, por esa idea persecutoria, por esa obsesión de que no podía librarse,
buscaba muchas veces el escondite de los paraísos artificiales, el engaño
cerebral y, como el avestruz, metía la cabeza en el agujero...
El arte, como su
tendencia religiosa, era otro salvavida. Cuando hundía, o cuando hacía flotar
su alma en él, sentía el efluvio de otro mundo superior. La música era
semejante a un océano en cuya agua sutil y de esencia espiritual adquiría
fuerzas de inmortalidad y como vibraciones de electricidades eternas. Todo el
universo visible y mucho del invisible se manifestaba en sus rítmicas
sonoridades, que eran co-mo una perceptible lengua angélica cuyo sentido
absoluto no podemos abarcar a causa del peso de nuestra máquina material. La
vasta selva, como el aparato de la mecánica celeste, poseía una lengua
armoniosa y melodiosa, que los seres demiúrgicos podían por lo menos percibir:
Pitágoras y Wagner tenían razón. La Música en su inmenso concepto lo abraza todo,
lo material y lo espiritual, y por eso los griegos com-prendían también en ese
vocablo a la excelsa Poesía, a la Creadora. Y que el arte era de trascendencia
consoladora y suprema lo sabía por experiencia propia, pues jamás había
recurrido a él sin salir aliviado de su baño de luces y de correspondencias
mágicas. ¿Era asimismo un paraíso artificial? No, puesto que en el secreto de
su poderío uno no podía disponer de él sino él de uno, él era el que poseía y
se hacía manifiesto por medio del deus, sus excelencias
resplandecían intensa-mente en nuestro mundo incógnito, anunciadoras siempre de
un resu l-tado bienhechor que nunca engañaba. Y quizá esta era la verdadera
compensación para el elegido que venía al mundo con su emblemático signo y con
su sagrado cilicio. Dios está en el Arte, más que en toda ciencia y
conocimiento, y la santidad, o sea el holocausto del existir, no es sino el
arte sumo elevado a la visión directa del Completo teológico, purificado por lo
infinito del fuego de los fuegos. Es la locura del Se-ñor. « Stultitia
dei».
Así divagaba
Itaspes, cuando un ruido de niños y la figura men u-da y risueña de la
castellana, María, artista gentil y madre infatigable, le llegaron a sacar de
sus reflexiones.
-«¡Animarse!,
¡animarse! ¿No va usted a conocer la casa? ¿Quiere usted ir a dar un paseo por
el jardín, por el claustro, a moverse y a comenzar a recobrar la salud? ¿Quiere
usted subir a la torre, donde está la biblioteca? Aunque, dejar los libros para
venir a los libros... Mi marido le espera. ¡Vaya usted; afuera el solitario!»
Entre los niños
risueños, Benjamín fue a buscar a su amigo que le hospedaba, al envidiable Luis
Arosa. Envidiable por su carácter tran-quilo, por su manera modesta y
tradicional de tener fortuna, de admi-nistrar, de vivir, alejado de los
bullicios de la ciudad, de los chismes provinciales, de las políticas comineras
y de cacicazgo. Envidiable por la conservación de las costumbres antiguas, de
los usos familiares. Como sus abuelos, manifestaba las señales de una
religiosidad pract i-cante, cristiano viejo, católico en la sangre y en la
conciencia. Rezaba con su familia el Padrenuestro y el Avemaría acostumbrados
por gene-raciones y generaciones de Arosas, en la mesa, al principio de los
yan-tares. Se descubría al pasar por una iglesia u oratorio, daba el agua
bendita a su acompañante, al entrar y salir de un templo. Envidiable por sus
hábitos moderados y patriarcales, por su razonada y medida afición por las
cosas del arte, y sobre todo por vivir en la paz y felic i-dad de señor y
terrateniente tranquilo, en medio de una descendencia numerosísima que se había
fabricado con el mejor y, más loable entu-siasmo.
Le encontró
Benjamín en una de las torres del castillo, la que ser-vía de biblioteca, llena
de libros apiñados en estanterías, por todos los cuatro lados. Por las ventanas
se veía el campo, las cercanas laderas y las lejanas montañas; y entraba el día
a verter su resplandor sobre los volúmenes empolvados, algunos antiquísimos y
encuadernados en sus amarillentos pergaminos. Había obras de teología, de
historia, de lite-ratura, códices y manuscritos vetustos; libros del siglo
pasado, cole c-ciones clásicas, algunas incunables; los autores latinos de
Nissard, autores griegos, libros de religión, de literatura, de arte; grandes m
a-motretos y tomos finos, ilustraciones y años enteros de revistas; todo lo
preciso para entregarse a la lectura durante luengos años, viviendo de sus
rentas, conservando lo mejor posible la salud, haciendo más hijos,
12
Para Itaspes el
descubrimiento de la biblioteca era el de un verda-dero tesoro. Aunque había
ido a pasar una temporada de reposo, de terapia campestre, a pedir al campo, al
mar y a las montañas el apu n-talamiento de su organismo, la salud de los
aldeanos, el calafateo de su ánimo averiado, no podía dejar a un lado su firme
afición a los libros, a los libros viejos principalmente.
Tenía Luis en sus manos un apolillado
cronicón forrado en cuero flavo:
-Aquí tiene usted
algo que ha de interesarle: es la historia de este edificio, en el cual ha de
pensar y soñar usted todo este invierno.
En el venerable
tomo, cuya primera página, caligrafiada bella-mente, como era de saberse, por
mano monjil, en letras negras y rojas, leyó, bajo un signo crucial:
«Iesvs María -
Fvndacio, y Svcces - siv estat de este real Mones-tir, sagrada Cartvxa - de
Iesvs de Nazaret de Mallorca son glorios principi per el Serenissim Rey - don
Marti de Arago any del Señor - MCCCVIIIIC - Per F. Albert Pvig Monge pro - fes
de dit real Mones-tir.» Y bajo un blasón en que se veía a un lado la imagen
de Nuestro Señor Jesucristo: « Neque qui plantat est
aliquid, neque qui rigat: sed qui incrementum dat, Deus. I. Cor., 3.
7.»
Era el manuscrito
el mismo que había tenido en sus manos D. Melchor Gaspar de Jovellanos, el gran
Jovellanos, cuando fue, por razones políticas, deportado a la isla, y aprovechó
su tiempo, al amparo de la buena amistad de los frailes de la Cartuja, en sus
ocupaciones preferidas, que eran las literarias. En esa misma torre en donde se
aglomeraban ahora los libros, había habitado aquel célebre estudioso, aquel
amable sabio.
Fueron a dar un vistazo al extenso
edificio. Sabía Benjamín la historia de su creación y cómo fue construido para
que el asmático rey D. Sancho viniese a respirar un aire puro en las
pintorescas y sanas alturas
valldemosianas. El palacio tuvo por constructor al arquitecto Jordá,
mallorquín, y se comenzó a preparar el terreno para los cimien-tos conforme con
una disposición real fechada en 3 de julio de 1.321. Pronto estuvo la fábrica
terminada, que era al par alcázar de reposo y castillo de defensa. El primer
alcaide se llamó Martín Muntanes. Mue-re D. Sancho en Santa María de
Formiguera, ocupó el trono de Mallo r-ca D. Jaime III, quien no se ocupó mucho
en el palacio de su tío. Triunfante el invasor D. Pedro IV, que agregó Mallorca
a la corona de Aragón, vino a Valldemosa, y, amigo de la caza, hizo de la
hermosa construcción un centro cinegético. Fallecido dramáticamente, a causa de
su afición, en una selva, catalana, le sucedió su hermano D. Martín, quien
cediendo a los pedidos de los religiosos de la orden de San Bru-no, cedió el
alcázar para que fuese convertido en monasterio.
Bajaron la escalera
de caracol estrecha como la de los campana-rios; recorrieron las distintas
salas, las antiguas habitaciones de los cartujos, la capilla hoy convertida en
teatro familiar, gran salón dec o-rado con frescos que representan escenas de
la historia del real castillo.
En el escenario se
representan, en días excepcionales, por aficio-nados pertenecientes a la
familia de Palma, comedias morales, o hay recitaciones literarias, o tocan
músicos del lugar, en sus guitarras y mandolinas, aires del país, mientras
parejas rústicas danzan bailes tradicionales, como las famosas boleras
mallorquinas. Vieron las cel-das, hoy habitaciones modernizadas, pero en las
cuales se conservan los viejos y fuertes pavimentos de ladrillo, muebles de
antaño, como el botiquín de los padres; la abertura en el muro por donde se
recibía el pan, y una tabla especial en donde se señalaba la cantidad que cada
religioso necesitaba. En una de las celdas se veían sobre un ladrillo lo que
las buenas gentes del lugar juzgaban las huellas del diablo, cosa que Benjamín
hubiera deseado más justificada, pues bien claro se veía que cuando el ladrillo
estaba recientemente hecho y muy húmedo, había puesto sobre él la pata un
inocente y poco diabólico perro...
Pasaron a la parte
del convento nuevo, por el jardín, que rodea la columnata del antiguo claustro,
y un patio en donde en el tazón de una fuente, una pequeña divinidad marina
sopla en su caracol de bronce, entre el verdor de
los mirtos y arrayanes, y el jazminero que nieva sus estrellas impregnadas de
un aroma tan sensual y oriental. El trecho entre el antiguo convento y el nuevo
es la parte en que estaba el ce-menterio. No hay ni vestigios de tumbas. Dos altos
plátanos se alzan dando sombra a las casas vecinas, y un hondo pozo se ve con
su brocal de reciente hechura. Según una guía, «la segunda cartuja fue
bendecida por delegación del Papa Pío VI en 1784 y la nueva y actual iglesia
inaugurada en agosto de 1812. Es esta de estilo grecorromano, con profusión de
adornos, habiendo sido pintados los frescos algún tanto defectuosos, por el
aragonés Bayen, tío del inmortal Goya, siendo los florones de los arcos y
relieves del escultor italiano Cogni y los meda-llones con los bustos de Pío
VII y del rey D. Martín, así como los de-más en que van grabados los escudos de
armas de los Esterilch, Pax, Zafortega, Nicolau, Oleza, Llabrés, bienhechores
del convento, ejecu-tados por el catalán Folch».
(La Nación , 7 de
diciembre de 1913, p. 11.)
Valldemosa, diciembre de 1913
III
-Esta es la celda
de George Sand y de Chopin, dijo Luis de Arosa señalando a su amigo, en el
largo corredor del claustro, una puerta pintada de verde. A la verdad, ello no
se sabe con seguridad, pero se cree que si no es esta, la número 2, es la
número 3. ¡Se ocupa tan poco la francesa de estos detalles en su libro Un
hiver à Majorque!...
Benjamín conocía la
aventura y había leído el libro, como todo lo que se refería a la obra y a la
personalidad del músico polaco, que era una de sus adoraciones artísticas.
Chopin enamorado, víctima de aque-lla curiosa hembra, caso teratológico por su
intelectualidad y que cua n-do no era toda literatura era toda sexo... Una gata
rijosa que comía ruiseñores... ¡Pobre Chopin, pobre Musset! Él, Itaspes, no
hubiera caído en semejantes añagazas... Y, sin embargo, en sus años ingenuos y
ardientes, ¿no había también sentido la enfermedad de amar y esto con mujeres
que no tenían nada de Aurora Dupin?...
-Confiese usted, le
dijo Luis, que también habría padecido bajo los caprichos de aquel diablo
romántico...
-La mujer, amigo
mío, es la peor de nuestras desventuras, por sí misma, por su naturaleza, por
su misterio y su fatalidad. Muchos pa-dres de la Iglesia han dicho sobre estas
cosas ciertas y profundas. Y su daño está en el amor mismo en un paraíso de
temporada, en un goce que pasa pronto y deja mucha amarga consecuencia. Y no me
juzgue usted un misógino... Ya sabrá usted - añadió riendo- algún día de estos,
mi novela...
Los propietarios
actuales del edificio -y ya se ve que lo hacían desde el tiempo de la venida de
George Sand- alquilaban aquellos espaciosos cuartos a burgueses de Palma y aun
de Barcelona, que ve-nían a pasar el invierno o el verano, pues la temperatura
invernal no era muy fría, ni los estíos eran calurosos.
Anduvieron un rato en silencio. Resonaban sus pasos sobre
los la-drillos, bajo el techo abovedado. No había mucho que ver. Retornaron al
palacio. Cuando estuvo de nuevo en su soledad, Benjamín se sintió obsedido por
la memoria de Chopin, de su amado Chopin.
El invierno pasado
en Mallorca por el artista polaco y su amiga era el de 1838-39. Vinieron por la
enfermedad de él, que de seguro se aumentaba, como en todo tuberculoso, por la
proximidad femenina...
Ya es sabido cuál
era la imaginación y circunstancia principal, el te m-peramento de George Sand.
No perdería ella su tiempo como mujer de letras, y debía escribir sus notas e
impresiones para formar después su trabajo Un hiver à Majorque. Se
había pertrechado con los Souvenirs d'un voyage à l'île de Majorque,
de J. P. Laurens. Conocía los trabajos de Dameto y de Miguel de
Vargas y probablemente la relación de Saveur y consultó libros de geografía.
En cuanto a Chopin,
a quien había tocado el turno en la lista de los amantes, según las palabras de
un célebre autor catalán: « no duia salut; duia el cap plé de
fantassies; el cor d'amor, i un piano», en tanto que George
Sand, «a mes de dur-lo an ell, portava el cor mig curat de 'l'altre'; e
cervell plé de descrigicionisme, a la manera de Chateau-briand, i, el pensament
d'aquell naturisme que Rousseau havia escam-pat, con ajuda dels homes romantics».
Venía la escritora con su enfermo -esta era la costumbre desde
Venecia- a hacer vida de campo libresca, como la vida pastoril que quería hacer
Don Quijote, y como la que hicieron María Antonieta y compañía en el «hameau»
del Triano, y la descansada vida, con sus inevitables realidades prosaicas, la
desi-lusionó y la irritó, haciéndola escribir sus ásperas páginas contra los
habitantes de la isla dorada. No es de imaginarse que haya sido de una
solicitud extremada con el sublime tísico, «quelq'un de ma famille», que
vivía, con su dolencia y todo, poseído de sus ensueños de arte y, de sus
espíritus de melodía. Y si no se habla de ningún Pagello, es porque no lo podía
haber entre los rudos payeses del pueblo... Ella estaba de bilioso humor por no
encontrar en Mallorca la vida de otras partes, pero tomaba sus apuntaciones,
oía el piano de Chopin y llamaba a los tomates «pommes d'amour». Además,
en el antiguo convento, es fama que se vestía de
hombre y salía de noche a inspirarse en el viejo ce-menterio de los religiosos.
Primero en Palma,
en la villa de Souvent, que alquilara al señor Gómez y en donde el frío y el
malsano olor de los braseros provocaba la tos y luego en Valldemosa, en la
celda, Chopin debía haber sufrido mucho por el temor manifiesto de los vecinos,
que veían en la tisis el más contagioso y espantable de los males. Y los «prejugés
contagio-nistes» no eran tan solo de la medicina española, como dice George Sand,
sino de todo el mundo, y no sin motivo, como lo prueban las precauciones de la
más flamante higiene de nuestros adelantados días. Un amigo consolador tenía el
músico en su piano y son de imaginarse las noches en que, a la luz lunar, el
amor de la paz circunstante, o cuando había tempestad y viento que hacía vibrar
la montaña, compa-ñía sin nocturnos, dejaba embeberse su alma en «el vapor del
arte», y sus dedos de enfermo desparramaban el hechizo del milagro sonoro.
Benjamín se transportaba a aquellas
imaginadas escenas.
Unía su yo íntimo a
la personalidad de aquel armonioso Orfeo víctima de su propio secreto de Dios.
Y se lo representaba al lado de aquella mujer que le había embrujado, como a
otros, por sus ardorosas y sabidas lujurias y su innegable talento. Era ella el
camarada femeni-no, tanto más peligroso cuanto más intelectual y caprichoso.
Lástima, pensaba,
que Chopin no hubiese dejado escritos sus re-cuerdos sobre esa temporada en el
convento valldemosense. Era, cier-to, su música el verdadero idioma para
expresar sus impresiones en ese lugar apacible, dulce y grandioso al mismo
tiempo. George Sand, que era una visual y una descriptora prestigiosa, confiesa
en su libro: «Yo aconsejaré a las gentes a quienes la vanidad del arte devora,
mirar bien tales sitios -las visiones mallorquinas- y mirarlas a menudo. Me
parece que sentirían por ese arte divino que preside a la eterna creación de la
cosas, cierto respeto que les falta, según imagino, por el énfasis de su forma.
En cuanto a mí, nunca he sentido mejor la nada de las palabras que en esas
horas de contemplación pasadas en la cartuja; me venían ímpetus religiosos;
pero no se me ocurría otra fórmula de entusiasmo que ésta: Dios bueno, bendito
seas por haber dado buenos ojos.»
Tan buenos los
tenía Mme. Dudevant, que le sobraba tiempo para observar si las criadas
mallorquinas que le servían en la celda, no sus-traían «quelque cotelette ou
quelque fruit confit».
La escritora se
fijaba en las hermosuras del paisaje o en los capri-chos y esplendideces de la
luz, en los pinos de la montaña, en los se m-brados y cultivos; grababa en su
memoria o apuntaba en sus cuadernos los detalles de las habitaciones de la
cartuja, la figura de las criadas y del sacristán, recordaba a Chactas y Atala,
no olvidaba datos de esta-dística y lecturas a propósito; recogía la anécdota
oportuna... pero de Chopin nada, o referencias incidentales. Alguna vez habla
de «le son du piano y le jeu de l'artiste...», de «un malade accable»,
de «l'autre malade...». Lejos de mejorar, con el aire húmedo y las
privaciones, empeoraba de una manera tremenda. Aunque estuviese
condenado por toda la facultad de Parma, no tenía ninguna afección crónica;
pero la ausencia de régimen fortificante, le había puesto, a consecuencia de un
catarro, en un estado de languidez de que no podía reponerse. Se resig-naba
como uno sabe resignarse por sí mismo; nosotros no podíamos resignarnos por él,
y conocí por la primera vez grandes molestias por pequeñas contrariedades, la
cólera por un caldo picante, o escamoteado por los sirvientes, la ansiedad por
un pan fresco que no llegaba nunca, o que se cambiaba en esponja al atravesar
el torrente sobre los costados de una mula... O bien: «Le pianino de Pleyel,
arraché aux mains des douniers après trois semaines de pourparlers et quatre
cents francs de contribution, remplissait la voutre élevée et retentissante de
la cellule d'un son magnifique.» Sus hijos cuidaban con asiduidad a «un
ami souffrant...». «L'état de notre malade empirait toujours...»
Benjamín recorría
todo el libro de George Sand, y no encontraba una manifestación de hondo
afecto, de amor cierto de ella para el a r-tista. Cuidados sí, naturalmente...
«Yo experimentaba, por otra parte, vivas perplejidades. No tengo ninguna noción
científica de ningún género, y me habría sido preciso ser médico, y gran
médico, para cui-dar la enfermedad cuya responsabilidad pesaba sobre mi
corazón.
El médico que nos
veía, del cual no pongo en duda ni el celo ni el talento, se engañaba como todo
médico, aun de los más ilustres, puede engañarse, y como,
según su propia confesión, todo sabio sincero se ha engañado a menudo. A la
bronquitis se agregaba una excitación ne r-viosa que producía muchos de los
fenómenos de una tisis laríngea. El médico, que había visto esos fenómenos, en
ciertos momentos, y que no veía los síntomas contrarios, evidentes, para mí a
otras horas, se había pronunciado por el régimen que conviene a los tísicos,
por la sangría, por la dieta, por los lacticinios. Todas esas cosas eran
absolu-tamente contrarias y la sangría hubiera sido mortal. El enfermo tenía de
ello el instinto, que, sin saber nada de medicina, ha cuidado muchos enfermos
[falta una línea] tenía el mismo presentimiento. Temblaba, sin embargo, de
confiarme a ese instinto, que podía engañarme, y de luchar contra las
afirmaciones de un facultativo; y, cuando veía al enfermo empeorar, pasaba por
angustias que cada cual debe compren-der. Una sangría le salvaría, se me
aseguraba, y si no, moriría. Y, sin embargo, había una voz que me decía hasta
en mi sueño: una sangría le mataría, y si la evitas, no morirá. Estoy
persuadida de que esta voz era la de la Providencia, y hoy nuestro amigo, el
terror de los mallorquines, está reconocido tan poco tísico como yo, doy
gracias al cielo de no haberme quitado la confianza que nos salvará.» Luego
cuenta que no se le sometió a la dieta, por ser contraproducente; y unos
cuantos det a-lles sobre la leche, que se bebían los que la traían, y sobre la
melanco-lía de las cabras... ¡Pobre Chopin! «Después le recuerdo ligero sobre
un paseo con 'notre malade'. Mas pasa a otra cosa y a un flujo de
des-cripciones incontenibles... Y nada más para el compañero, objeto de uno de
sus caprichos, que, después de todo, debe haberle sido molesto con su mala
salud. Y luego, no tendría mucho tiempo para él, pues en la Cartuja de
Valldemosa escribió una gran parte y terminó Spiridión . Aún
nota que «sin preocupaciones a menudo dolorosas habría estado muy satisfecha de
su celda de monje en un sitio sublime...»
No era Benjamín un
misógino: ¡todo lo contario! mas encontraba que la mujer, inculta o
intelectual, es una rémora y un elemento enemi-go y hostil para el hombre de
pensamiento y de meditación, para el artista. Y se imaginaba las tristezas y
desolaciones, o las tempestades morales por que pasara el polaco en el refugio
monacal -sin más consuelo que la fuerza de su poder creador,
que hacía transformarse el dolor en armonía y le lanzaba en las ondas del
viento de las montañas, a juntarse a los ecos de la voz universal.
Por la noche, en el
piano de María interpretó algunas de las com-posiciones de Chopin, poniendo
toda su alma en el instrumento. Y al acostarse y comenzar su sueño, no le
abandonó la idea del triste mae s-tro cuya sombra algunas veces debía de vagar
por las arcadas de los antiguos claustros. A través del tiempo y de la muerte,
reconocía en él a un viejo amigo que le había abrevado, en su sed melodiosa,
con el agua de plata de sus ánforas de oro... Un hermano por la pesadumbre y
por el destino incambiable. Espíritu de estrella, corazón de ruiseñor.
(La Nación , 27 de
diciembre de 1913, p. 9.)
París, enero de 1914
IV
-«Bon día tengui»...
Una sirvienta
llegaba a avisar a Benjamín que en la iglesia daban el último toque para la
misa.
-En seguida iré
-contestó, y comenzó a vestirse. Sin embargo, una vez que se hubo vestido y
arreglado y salido a la calle, pensó en que sería ya tarde; que llamaría la
atención al entrar empezado el santo sacrificio. Las campanas habían cantado
desde la madrugada en la dulzura del aparecer del sol, alegres campanas de
pueblo que esparcen sus bandadas de palomas sonoras e invisibles sobre las
almas sencillas.
Tenía más de veinte
años de no oír misa, de no frecuentar los sa-cramentos; y con todo, él se
sentía favorecido de Dios, únicamente por el hábito de la plegaria. Y mientras
iba en el fresco aire matinal entre los plátanos de la carretera, se hizo de
pronto esta pregunta: ¿Pero soy en realidad un creyente?
Se le presentó en
el panorama de su memoria su niñez perfumada de leyenda religiosa, de ingenua
devoción, de piadosas prácticas: la iglesia a donde iba a misa primera, al
alba, cuando aún estaban ence n-didos los faroles de petróleo de la vieja
ciudad. Oía la misa con devo-ción y aun había aprendido a ayudar a ella.
Resonaban aún ecos perdidos en el fondo de su alma.
«Introibo ad
altare Dei - Ad Deum qui laetificat juventutem meam. Judica me, Deus, et
discerne causam meam... - Ad veniat reg-num tuum»... Y recordaba las
emociones de la confesión y de la com u-nión. Aún sin comprender nunca la
hondura del símbolo, tenía presente la satisfacción física y espiritual de
sentir diluirse en su boca el divino pan de misterio.
Y en su casa
católica, los rezos, cuyos retazos venían a veces a su recuerdo, «épaves»
que flotaban después de las tempestades de su vivir. Eran fragmentos de
oraciones, de novenas, de responsorios, que
22
Todo el orbe cante
Con gran voluntad
El trisagio santo
De la Trinidad...
Algo que concluía con un retornelo:
Ángeles y serafines dicen Santo,
Santo...
O versos sencillos, de novena. En
alabanza de San Antonio de Pa-
dua:
...Vuestra palabra divina
Forzó a los peces del mar
Que saliesen a escuchar
Vuestro sermón y doctrina;
Y pues fue tan peregrina
Que extirpó diez mil errores,
Humilde y divino Antonio
Rogad por los pecadores.
Vos libráis a cualquier reo
De los grillos y cadenas,
Y el que no os clama se enajena
Del pecado sucio y feo.
Y pues sois divino Orfeo
De Jesús, flor de las flores,
Humilde y divino Antonio,
Rogad por los pecadores.
23
Francisco en Paula nacido,
Mínimo de Dios querido,
Nuevo sol de Caridad.
Luego, en la
frecuentación de los jesuitas, había aprendido mu-chas cosas, en la frescura de
su adolescencia; mas todo aquello no debía haber encontrado muy propicio
terreno, pues no había prevaleci-do contra los ataques posteriores de la
existencia. ¡Ah, otra cosa hu-biera sido si él se hubiese quedado para siempre
en aquellos claustros en donde los sacerdotes de la Compañía de Jesús se
deslizaban como sombras, cuando eran llamados, con individuales toques de
campana. Habría él quizá sido un excelente soldado de San Ignacio, pues hasta
sus aficiones musicales encontraron allí estímulo. Allí el son del órga-no y
del armónium conmovieron sus potencias nacientes. Allí sintió penetrar y nacer
al mismo tiempo de él el supremo temblor de la mús i-ca, y comprendió por
primera vez cómo los griegos abarcaban en ella todo, hasta la misma poesía.
Allí escuchó las primeras revelaciones, desde los inocentes compases de
Oh, María,
Madre mía,
Dulce encanto
Del mortal,
hasta prodigios del canto llano,
cosas de Bach, de Roland de Lassus, de Palestrina, de Vitoria. Allí había sido
ungido con el óleo melodioso.
Pero en fin, el tiempo había
marchitado las rosas de aquella casi olvidada primavera. Con su emigración, con
sus peregrinaciones, había dejado abandonadas sus costumbres devotas. La última
vez que se había confesado y comulgado, había sido para casarse, hacía más de
20 años. Había visitado en sus viajes templos, conventos y oratorios, había
hablado en Roma con Su Santidad, había adorado reliquias; y todo aquello no
había dejado gran huella; el artista y el turista substituían,
24
Cuando todo esto pasaba por su mente,
no dejaba de surcar ese cielo aclarado algo como un relámpago negro. Una tarde
había entrado en Nuestra Señora, en sus vagabundeos por París. Había orado, de
rodillas, había pedido a Jesucristo y a la Virgen el reflorecimiento de su fe.
Se sentía débil. De pronto resonó el órgano; un coro de monagos lanzó su
cántico angélico. El trueno musical le conmovió hasta lo más íntimo, y lloró
como hacía tiempo no lloraba. El Padrenuestro y el Avemaría se sucedían en su
corazón y en sus labios. Salió, luego ali-viado. Pero pasó el relámpago negro.
¿No será esta contrición y este llanto un fenómeno nervioso, una manifestación
enfermiza de mi est a-do fisiológico, un efecto de la depresión, que dejan el
excesivo trabajo mental y los excitantes? E imploraba ayuda de nuevo. Porque
hasta en el mismo templo y en el instante de la plegaria, llegaban a
perturbarle y a hacerle sufrir ideas de negación y de pecado, visiones de un
erotismo imaginario, ultranatural y hasta sacrílego. Apenas le calmaban
palabras reconfortantes como las de la «Imitación»: «Mientras en el mundo
vivimos no podemos estar sin tribulaciones y tentaciones. Por lo cual está
escrito en Job: tentación es la vida del hombre sobre la tierra. Por
25
¡Mas quién sabe si
para él vendría alguna vez la gracia! La gracia, centella invisible, y algunas
veces visible, conmoción inenarrable que transforma un espíritu, que abre los
ojos a un mortal ciego, que trae el cumplimiento de un destino se diría que por
orden expresa de lo Infi-nito. La que en el trueno llega a Pablo; la que en los
días nuestros y en París babilónico transforma en santo a un escritor refinado
y conocedor de todas las lujurias y sensualidades como Huysmans; y convierte a
otros varones de pecado en devotos y adoradores de las virtudes del
catolicismo. La gracia podría venirle a él por medio del prodigio musi-cal...
¿Mas cómo apartar el don de raciocinio y la necesidad de ex a-men? Tantas
lecturas y tantos buceos de pensamiento le habían hecho claudicante e indeciso.
Pedía, no obstante, siempre la fe. Decía: «Se-ñor, yo quiero creer en ti como
el carbonero. Dame la sacra estulticia. Dame que sea como los campesinos, como
los limpios de corazón, como los pobres de espíritu, dame tus bienaventuranzas.
Estoy perse-guido por la negrura de la incertidumbre. Sé que debo morir un día;
sé que estoy, sin saber cómo, en esta inmensa esfera de tierra y que mi sangre
y mis nervios y mi temperamento me dominan y me dirigen. No me siento libre; no
existe la libertad. No existe para la inmensa natura-leza insensible a la
manera humana ni el bien ni el mal. Todo es y será y ha sido por ti. Uno de tus
nombres, Señor, es 'Fatal idad'.»
Decía: «Señor, ha tiempo que yo
hubiera dejado el siglo, los com-bates cotidianos con la hostilidad ambiente,
con la ferocidad de los
26
Decía: «Me das,
Señor, facultades mentales para juzgar y apreciar los conceptos de la vida, y
en todas las disposiciones que atañen a la humana persona encuentro la
presencia de lo ilógico. Tengo estos ojos ansiosos de bellos espectáculos, esta
boca deseosa y sedienta de gratos gustos, estas narices que buscan aspirar
deleitosos perfumes, estas orejas que tienden a todos los armoniosos sonidos,
este cuerpo todo que va hacia los contactos agradables, a más del sentido del
sexo, que me une más que ninguno a la palpitación atrayente y creadora que
perpetúa la vitalidad del universo. Y, sin embargo, has puesto delante de mí el
espectro del pecado, la incomprensibilidad del dogma, y nada de la ceguera
espiritual, de la supervisión con que favoreces a tus esc o-gidos.»
Decía: «Señor, yo
siento una relación especial con todos los seres de la tierra y del cielo. Yo
miro mis pupilas en las pupilas de los ani-males y mi sangre en la sangre de
ellos, y mis huesos en los huesos de ellos. Yo miro mi carne en los troncos de
los árboles y en el humus negro de los campos. Nadie sabe nada, y la intuición
es una piedra lanzada a lo desconocido. Señor Jesucristo, los judíos tienen
razón en su razón humana; tú debiste venir, tú debías venir, tú debes venir,
con todo el aspecto y la omnipotencia de un rey divino, poseedor y director de
todos los fluidos y electricidades de prodigio que fuesen comprensi-bles a
nuestro mísero entendimiento. Porque nuestra 'animula', 'blandu-ra', 'vagula',
tan sujeta a lo material que un golpe en el cerebro, un alcaloide, o un elixir
embriagante la cambian y trastornan, es un ins-
27
El día brillaba, y el oro matinal
envolvía las cumbres de los mon-tes circundantes. Las piedras semejaban en las
alturas bloques de un rosa dorado. La limpidez azul del cielo parecía de
fabulosa gema bru-ñida. Por un lado subían los senderos hacia el escalonamiento
de los predios labrados que se veían en las faldas de los cerros y colinas
ador-nados de los ramilletes verdes de los pinos y de las encinas. Cerca, por
las tapias de los huertos caían, enredadas las parras en las ramas de las
higueras, los racimos de uvas ambarinas y doradas junto a los higos verdes y
obscuros, algunos entreabiertos, dejando ver su carne roja. Se veían las
extensiones cultivadas, al lado de los olivos seculares de raros y fantásticos
troncos. Un grupo de mozas apareció; algunas llevaban cestas para recoger las
aceitunas que, desprendidas de los árboles, ennegrecían el suelo. Las había de
rostros bellos, y todas tenían cuer-pos voluptuosos, ceñidas las caderas por
las faldas campesinas que dejaban ver por el ruedo extremos de refajos rojos
que alegraban sin-gularmente con su nota violenta la armonía del paisaje. Un
labrador cantaba a lo lejos un canto semejante a una melopea moruna, o a esas
largas y onduladas notas que lanzan los «cantaores» andaluces en las
malagueñas, tientos y soleares. Indudablemente, tanto ese canto m a-llorquín
como aquellos lánguidos clamores de Andalucía, los habían dejado los hombres de
África, que un tiempo fueron conquistadores en España y en el Mediterráneo.
Al acercarse
advirtió Benjamín que con el coro de mozas había unas cuantas mujeres viejas.
El canto cesó y le sucedió un murmullo o rumoreo, en el cual oyó las palabras
de la oración dominical en mallo r-quín, pero bien comprensibles. Por el camino
venía un sacerdote. Se fijó el artista que en los tapiales había, de tanto en
tanto, cruces de hierro. La tarde anterior, en el claroscuro crepuscular, se
había encon-trado con grupos de mujeres que venían de los lugares cercanos,
rezan-do el rosario. Había en toda la isla, pero principalmente en el antiguo
asiento de los Cartujos, un ambiente más que católico medieval. El recuerdo de
dos beatos, el grande Raimundo Lulio y la mínima Catari-
28
Inundaba de
claridad los montes circunstantes el sol excitante de los dulces países.
Benjamín iba de retorno al castillo cuando oyó reso-nar la bocina de un
automóvil por el lado del camino de Soller. A poco paso junto a él, un tanto
despaciosa la máquina que había lanzado su alerta. Reconoció en ella a algunos
amigos de Palma y de Barcelona, que se saludaron, artistas y escritores; con
ellos iban dos damas. Una de ellas, rubia, y de una gracia y elegancia que
revelaban a la parisien-se.
Benjamín sonrió.
(La Nación , 21 de
febrero de 1914, p. 6.)
29
París, enero de 1914
V
Se había tomado el
té en uno de los miradores de Miramar, la propiedad espléndida y pintoresca de
un príncipe de Iliria, el archidu-que Carlos Federico, que de lo que fue parte
de la antigua alquería arábiga de Haddayán ha formado un conjunto de moradas,
quioscos y terrazas que sobre los montes, a orillas de los abismos, entre rocas
y verdores de vegetación, forman como una región de cuento oriental, que domina
las tierras circundantes y tiene enfrente las mágicas aguas del mar
Mediterráneo.
Se había tomado el té, mientras se
esperaba la caída próxima de la tarde, la puesta del sol. Estaba Benjamín con
los amigos que había saludado en el automóvil, Jaime de Flor, Ángel Armas, un
periodista y las dos damas, una de las cuales, la rubia, que en realidad era
parisien-se. Era una mujer de 30 años, en toda la vitalidad y encanto de esa
edad en que hay plenitud de vida, como jugo de sol en la cabeza y en las venas.
Jaime de Flor se la había presentado: -Margarita Roger, artista-escultora. Una
admiradora y compañera de Mme. Chandel.
Ésta vestida con
gran gusto y no tenía más adornos que dos perlas rosadas en las orejas y un
anillo arcaico en que brillaba una esmeralda. Desde que Benjamín la miró sintió
una viva atracción hacia ella, y por los escasos momentos en que habían podido
conversar quedó encanta-do de su discreción, de su cultura, ambas cosas, si se
mira bien, raras hoy en los artistas...
-¿Señora o señorita?, había
preguntado a De Flor después de la presentación. - Señora... divorciada - le
había contestado su amigo.
Ángel Armas le
llamó, para ir a otro mirador cercano; y mientras el mar y el cielo comenzaban
una extraordinaria decoración de luces y colores, él fue quien contó a Benjamín
toda la historia de Margarita -ex Mme. Taronji de Campos- en pocas palabras.
30
Margarita gozaba de
la renta de una regular fortuna que le había dejado su padre. Había conocido,
en casa de unos amigos, en París, a un joven español, de la isla de Mallorca,
hombre de cierto talento, de excelente carácter y bastante adinerado, que supo
primero jugar al
31
-¿Alguna aventura
inesperada?, ¿algún viejo amorío resucitado? - interrogó Benjamín.
-No -respondió
Ángel Armas- es que Taronji era «chueta». ¡Chueta! Esta palabra le hizo
recordar la singular vida de aislamiento, el gueto moral en que viven en la
capital de la isla mallorquina, de la Roqueta, los descendientes de los
antiguos judíos conversos. Había leído en George Sand una cita de Grasset de
Saint Sauveur que dice:
«Se ven, sin
embargo, aun en el claustro de Santo Domingo pintu-ras que recuerdan la
barbarie ejercida antaño contra los judíos. Cada uno de estos desgraciados que
han sido quemados está representado en un cuadro bajo el cual están escritos su
nombre, su edad y la época en que fue victimado. Se me ha asegurado que hace
pocos años los de s-cendientes de esos infortunados, que forman hoy una clase
particular entre los habitantes de Palma, bajo la ridícula denominación de «chouettes»,
habían en vano ofrecido sumas bastante
fuertes para
obtener que se destruyesen esos monumentos aflicti-vos. No he querido creer tal
hecho... No olvidaré, sin embargo, nunca, que un día, paseándome por el
claustro de los dominicanos, considera-ba con dolor esas tristes pinturas; un
monje se me acercó y me hizo notar, entre esos cuadros, muchos señalados con
huesos en cruz. "Esos son -me dijo- los retratos de aquellos cuyas cenizas
han sido exhuma-das y arrojadas al viento." Mi sangre se heló; salí
bruscamente, el cora-zón apenado y el espíritu conmovido por aquella escena.»
32
Pero, ¿por qué
singularmente en Mallorca esta aversión a los i s-raelitas, y cabalmente a los
convertidos al catolicismo? Suelen esas familias, con fama de honestas y apenas
tachadas de ciertos defectos comunes a la estirpe, ser asiduas a las prácticas
religiosas, con mayor devoción que muchos descendientes de cristianos viejos;
van a orar a las iglesias, principalmente en Santa Eulalia y han salido de
tales gen-tes hombres de valer y de honradez, sacerdotes, letrados, poetas y
ar-tistas que han contribuido al prestigio de la intelectualidad mallorquina,
porque, bien dijo el ancestral rabí Sem Tob:
33
Por nascer en el vil nío,
Nin por enxiemplos buenos
Por los decir judío.
Quizá estos sufren,
decía Benjamín, por la apostasía de sus pa-dres... ¡Pero los otros, los de
Rusia, los de Alemania!... ¿No hay un secreto de expiación y de inquietud
secular en esta raza misteriosa? Talento y oro no les ha escatimado la divina
Providencia, y la obra enorme del agrio Drumont es un monumento en honor de la
perseve-rancia, de la astucia y de la potencia judías. ¿Y no es otro ese
extraño libro La salud de los judíos que escribiera León Bloy
el explosivo? Y estos mismos chuetas de Mallorca, ¿no han ido poco a poco
acaparan-do fortunas, entrando en tales o cuales antes vedados puestos
oficiales y a la vista de los pocos nobles ricos y de los hidalgos venidos a
me-nos, no se convierten en terratenientes, constructores de inmuebles y
manejadores de negocios? Cierto. Mas la separación, la valla que existe entre
ellos y el resto de los mallorquines es indestructible. Así, pudo suponer, en
una obra renombrada, un novelista célebre, que un noble palmesano, como único
medio de salvarse de la ruina, pensaba unirse sacrosantamente con una chueta,
hermosa y llena de atractivos y que por consejo de un chueta muy filósofo y
práctico no realizarse su ensueño.
Margarita, llena de
ilusiones por lo que habían contado y por las lecturas sobre la Isla dorada, se
imaginó al partir con su marido que iba a ser como una feliz princesa en un
paraíso de encanto. No fueron, ay, pocos, desde su llegada, los desengaños...
Desdenes e
indiferencias sociales le amargaron los días pasados con la familia de su
marido, pues ésta no se relacionaba más que con otras familias señaladas por la
marca infamante... A punto que, de abatida, desesperada, un día se fue de su
hogar, tomó el vapor para Barcelona y volvió a su París. Tal era sucintamente
su lamentable aventura.
34
De oro parecía el
agua del fondo, de un oro rosado sobre el cual se formaban en la conjunción con
el cielo como archipiélagos candentes, tempes acarminadas, amatuntes de
prodigio con lagos de plata en fu-sión, montes de plomo, riberas color de
violeta y naranja. De oro par e-cían bañadas por la luz horizontal las cumbres
de los cercanos acantilados, de oro los peñascos suspendidos al borde de los
precip i-cios, las bocas de las cuevas y honduras en donde anidan palomas y
cuervos marinos.
Benjamín se acercó
a conversar con Margarita, que iba delantera. A la luz vespertina pudo
contemplar de nuevo su rostro, en que había, entre repentinas ráfagas de
alegría que pasaban cuando se hablaba de cosas gratas a su espíritu, a su
corazón encantado de arte como un penoso enigma. Era el fracaso de su vida, de
sus esperanzas, la equivo-cación fatal del rumbo que inrreflexiblemente
siguiera, la ruptura de una unión que circunstancias por completo
extraordinarias habían reducido a nada. Sus ojos, de un azul apizarrado,
punteado de oro obs-curo, brillaban sibilinamente y cuando sonreía se
entrecerraban con dulzura.
¿De qué hablaron?
De varias cosas, pero en la voz de Benjamín, había un súbito cambio, que él
mismo notaba no sin sorpresa. Trataba a su nueva amiga como se trata a una niña
enferma, con cierto temor de decir algo que pudiese no serle agradable. Se
sentía cerca de ella como lleno de un afecto entre fraternal y apasionado...
Vamos, ¿resultaría ahora, después de tanto tiempo de sequedad sentimental, con
una con-moción nueva?... ¿A su edad?
35
-«Entendu»
(La Nación , 23 de
febrero de 1914, pp. 4-5.)
París, febrero de 1914
VI
Salieron del hotel
con humor jovial, como al amor de una nueva juventud. El almuerzo había sido
medianejo, pues no abundan los ele-mentos culinarios en la ciudad, ni se
cultiva la «bonne chère», aun en tal establecimiento que se estrenara
con lujosos comienzos, decorado el comedor con floridos almendros del Catalán
de los jardines, del famo-so y excelente Santiago Rusiñol, y con bellas
violencias de luz y fant a-sías de platea, en paisajes y visiones de Joaquín
Mir.
Tomaron el tranvía
que va por el Terreno, hasta Porto Pi, y que como todo lo de la isla, confirma
el decir de George Sand: «mucha calma, c'est la sagesse majorquine».
El vehículo va con
toda la tranquilidad posible. Nadie se preocupa de ello. Los caballos se
detienen de cuando en cuando y los pasajeros pueden conversar con conocidos que
van a pie. Se bordea el mar, se entra en el barrio de Santa Catalina, luego en
el caserío del Terreno, dominado desde una altura por el castillo de Bellver,
rodeado de pina-res. Por allí había habitado el artista en otra época, y
recordaba el es-pectáculo único de la bahía llena de cielo diluido, de la
ciudad como inundada de oro por el maravilloso poniente, pues es el padre Sol
el que vierte su áureo prestigio en la isla de encantamiento, el donador del
oro de Mallorca.
La salud de
Benjamín, había mejorado mucho. El alejamiento del bullicio, del ruido
parisiense, la supresión de las preocupaciones, de las tensiones nerviosas que
se producen en los conflictos íntimos, o en la agitación de la lucha por el
dinero, en el centro ciudadano, en el desp a-cho, en la oficina; la ausencia de
los ruidos y clamores de la urbe vi-brante de continuo; la paz, en cambio, de
la villa pequeña en que reponía sus energías, del valle apacible; la amable y
serena vecindad del mar, los alientos de la montaña, el pan rústico, la pura
leche de las cabras, la alimentación ordenada, el sueño ordenado, las
madrugadas,el «footing»; las ascensiones a las
montañas circundantes, a las próx i-mas colinas, que entre sus vellones de
verdura muestran la carne mile-naria de sus rocas, blancas como nevadas, o
rojizas como impregnadas de oxidaciones de hierro; el trato con gente ponderada
y señoril que se complacía en hacerle las horas gratas, ya con campesinos y
labradores, con payeses al parecer huraños, pero que tienen un excelente fondo
de natural filosofía y de buen humor, todo eso le había hecho recobrar fuerzas,
ánimo, deseo de vida y de producción, sin necesidad de la ficticia eufonía de
los excitantes, y con una visible renovación de su sangre, de sus músculos, de
su casi perdido optimismo. Cierto que sus preocupaciones religiosas no le
habían abandonado; pero se sentía como si por de pronto le interesasen más por
ser más inmediatas sus facultades corporales, la dinámica de su materia obrante
y de su inteli-gencia pensante, y no entraba en más teología que la de su
música, la cual sentía dentro de su cráneo, dentro de sus venas, como
comple-mento rítmico y armonioso de su esencia individual. Y aun el amor mismo
quería reflorecer, como en una nueva primavera.
Subió, con su
amiga, apoyada de su brazo, por una de las sendas que conducen al castillo
antiguo que aún alza sus torres y muros milit a-res, entre los que queda un
concentrado vaho de Edad Media.
-¡Qué bello día! -exclamó Margarita.
-Ha tiempo que yo
no pasaba uno semejante -le respondió Benja-mín-. Sobre todo con un «copain»
como usted.
-Eso me place...
Como un «copain...». Verdad es que la amistad entre almas de arte,
cuando es leal, fraternal, sincera, es un presente de los dioses. Y con usted
me sucede que creo haberle conocido desde hace mucho tiempo... Y no sé por qué
juzgo que hay algo paralelo en nuestras vidas. Su retraimiento, su facultad de
observación, y cierta timidez que a mi entender oculta un gran fondo de
ternura, me han hecho grato su conocimiento...
-¡Quién sabe -interrumpió Benjamín-
si tristes experiencias más o menos semejantes nos acercan!...
La subida hacia el castillo les
fatigaba un poco.
-¿Nos sentamos a descansar?
-Sentémonos.
Un suave viento que
venía de la extensión marina meneaba las copas de los pinos. Se oía en las
ramas como un ruido de aguajes al llegar a la arena de la orilla. Se sentaron
bajo uno de esos árboles que tienen, se pensaría, un olor religioso. Y
hablando, hablando, llegaron a hacerse mutuas confidencias, interrumpidas por
una frase mutua: «¡Ah, si nos hubiéramos conocido antes!»
No, no podían
haberse conocido antes. La vida es así... Todo está escrito, según el decir de
los mahometanos... Estaba escrito lo que habían padecido, como lo que habían
gozado. Estaba escrito que no se debían encontrar en París, donde habitaban
ambos, sino en una solitaria y silenciosa vía de un pueblo mallorquín. Estaba
escrito que en ese instante mismo en que conversaban bajo el dosel verde de los
pinos sedosamente sonoros, él había de ver brotar del fondo de los ojos de ella
y del fondo de su alma, recién nacidas consolaciones. Mas al mis-mo tiempo
sentía como un dejo de melancolía, como si respirarse el alma de una rosa
marchita que aún conservase su perfume. Margarita le narró su vida de manera
que en nada difería de lo contado por Ar-mas. Solo que todo lo refería si con
justa tristeza con completa resigna-ción. -¡Qué vamos a hacer! La felicidad
viene como un premio de la lotería... Pero, con todo, no hay que desconsolarse.
Todos hemos teni-do momentos de dicha, aunque fuese ficticia, y un recuerdo hace
olvi-dar el sinsabor pasado. Y luego, todavía, el porvenir...
Benjamín fue
también franco y explícito. Le contó su novela, sus novelas sentimentales. Ah,
sí, porque había tenido más de una... No es cierto que el primer amor sea el
único, ni que el último parezca sie m-pre ser el primero. Le relató mucho del
primero, Margarita le escuch a-ba con gran curiosidad, eran cosas exóticas, de
una tierra para ella extraordinaria, allá lejos, en la región de los pájaros
policromos, de los soles ardientes. -¿Sabe, Margarita? Yo he sido un ferviente
amoroso desde niño... Un enamorado de amor y con toda mi fuerza imaginativa y
todos mis sentidos...
Veía ella los paisajes, los bosques
del trópico americano, que en su mente consideraba poblados de tigres, de monos
y de papagayos. Él se complacía en
hacerle ver la armonía áspera y salvaje de aquellas regiones; los volcanes, los
lagos, las islas, las riberas, donde se alza el plumero colosal del cocotero,
los frutos de formas y colores raros, y perfumes como de flor; las ciudades
primitivas semindígenas, semies-pañolas.
-¿Y las mujeres, Itaspes?
-Y las mujeres, de
flexibles y ondulantes cuerpos, de una volup-tuosidad cálida, de una languidez
y animalidad como orientales; casi todas de un color acanelado; pues las que
son rubias y de azules ojos cambian con el tiempo, cual si el sol las dorara demasiado,
encendién-dolas...
-Sulamitas...
-Sí, sulamitas, y que viven en una
atmósfera de Cantar de los
Cantares...
Así me enamoré yo
por la primera vez, mi buena amiga. Y fui casto en el despertamiento, en el
arto del astro... Pero después el ardor del ambiente y las palpitaciones de la
naturaleza maestra se impusie-ron.
-Perdone, amigo mío
-dijo Margarita, dejando aparecer la sonrisa y la mirada de la antigua «gamine»
de la Orilla Izquierda-. El amor, por allá, debe ser verdaderamente un poco
salvaje.
-Como en todas
partes, el amor físico, la posesión, es salvaje... La cultura no penetra en
nuestros instintos, en nuestras herencias ances-trales. Pero yo amé puramente,
y son esas ilusiones las que antaño elevaron mi espíritu de artista y mis
ensueños nacientes.
...Había acariciado
la visión de un paraíso. Su inocencia senti-mental, aumentada con su concepción
artística de la vida, se encontró de pronto con la más formidable de las
desilusiones. El claro de luna, la romanza, el poema de sus logros, se
convertía en algo que le dejaba el espíritu frío, y un desencanto incomparable
ante la realidad de las cosas les deshizo sus castillos de impalpable cristal.
Ello fue el encon-trar el vaso de sus deseos poluto... Ah, no quería entrar en
suposiciones vergonzosas, en satisfacciones que le darían una explicación
científica.
La verdad le hablaba en su firme lenguaje el «obex»,
el obstáculo para su felicidad surgía.
Un detalle
anatómico destruirá el edén soñado... La razón y la r e-flexión, no pueden nada
ante eso. Es el hecho, el hecho el que grita. Su argumento no permite réplica
alguna. Una ausencia larga lograría traer el relativo olvido. La distancia y el
peso de los años trajeron mayor solidez al juicio, a ese respecto. Se arrancó
la imagen amada de su interior santuario poético. O, mejor dicho, si no arrancó
del todo, puso sobre ella un velo que obscurecía el despecho. Nuevas figuras
alegra-ron el paso de su primavera. Su juventud tenía aún muchas vías por donde
ir hacia el cumplimiento de su destino, coronado de rosas. La música le abría
siempre las puertas de su paraíso. Y en otras tierras fue confortado por
flamantes esperanzas.
Mas no contaba con
el retorno. Había vuelto a su país natal y su llegada fue la de un
conquistador. Su renombre en naciones extranjeras enorgullecía a la patria. Sus
obras musicales se propagaban. Era pro-feta asimismo en su tierra al parecer.
Volvió a ver las ciudades de su infancia, los espectáculos de la naturaleza en
aquellas regiones tórridas. Lo miraba todo con ojos de extraño, aunque
conservaba el cariño por el lugar natal, por todo lo que le traía los recuerdos
de su primera edad. Con tan dilatado alejamiento había todo para él cambiado
tanto, aun-que el aspecto de las ciudades y pueblos fuera más o menos el mismo
de antes. Le sorprendían, como si por primera vez los viese, los licen-ciados
confianzudos, o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coro-neles negros e
indios, las viejas comadres de antaño. Le seducían las mujeres de la generación
posterior, las muchachas ojerosas y de rostros sensuales. Y luego, fue el
renovar, a causa de un vulgar incidente, de una celada, más bien dicho, las
antiguas relaciones, los ya olvidados amoríos... Y con la complicidad de falsos
amigos y el criterio obtuso de gentes de villorrio, la trampa del alcohol, la
pérdida de voluntad, una escena de folletín, con todo y la aparición súbita de
un sacerdote sobornado y de un juez sin conciencia, y melodrama familiar y el
co-mienzo del desmoronamiento de dos existencias...
-«Mon pauvre ami...» -le
interrumpió Margarita.
Y él continuó, continuó contándole el subsiguiente abandono de
la que había sido a la vez víctima y victimaria, tal vez inconsciente, la fuga,
digámoslo así, hacia muy lejanos lugares, la náusea moral, el horror de lo
cometido en un momento de razón perdida. Y la palabra de la pobre antigua
amante, que se daba cuenta del crimen trascendente que se había realizado, y
que, en el fondo, después de todo, no tenía más culpa que su deseo pasional: -Y
si yo fuera tu querida ¿me lleva-rías contigo?
Y su respuesta, en una última
entrevista de despedida:
-¡Oh, sí; oh, sí!
Habían pasado las
horas sin sentirse, y, una vez más comenzaba el derroche de oro del sol sobre
Palma. Resolvieron, al volver al hotel, hacerse servir en la habitación de
Margarita la comida. Así prosegui-rían con más libertad sus confidencias.
Benjamín salió un momento y retornó con un bello ramo de flores. Margarita se
había embellecido, se había puesto una artística falda ceñida que enguantaba su
magnífica línea estatuaria. Por el escote del corpiño se veía, de una dulce y
floreal color de marfil sonrosado, algo de su cuello y del declive de sus
hom-bros. Y su perfume preferido, un concentrado y sutil vere-novo,
se sentía, al acercarse, como la exhalación de una inaudita mujer-azucena.
Comieron alegremente. Benjamín hizo
después varias cosas «sin que su voluntad tuviese parte en ello». Se sentó al
piano y preludió una improvisación posiblemente sugerida por un soplo
griegesco. Pidió un whisky-and-soda, que consumió a cortos sorbos.
Se asomó al balcón que daba a una callejuela estrecha, en donde las
luces alumbraban escasamente: y se sorprendió rezando al aire que pasaba, sus
oraciones luctuarias. Luego se dirigió a Margarita, la cogió de las manos, la
miró profundamente en sus esfíngicos ojos de amorosa, le dio un gran beso en
los labios. Luego...
-No, no -dijo
desasiéndose, con una voz de niña apesadumbrada, la artista-. No, perderemos lo
conseguido... «¿No, quieres?» Quedemos así, buenos «copains»,
ayudándonos en nuestros sueños... No echemos a perder esta tan
rara fraternidad, por algo que traerá el desengaño y el hastío... No, por
Dios...
Pasados algunos
momentos, Benjamín pedía su cuenta, hacía lle-nar de licor su frasco inglés, y
se dirigía al Borne. Llamó a un cochero. Al subir al blanco y característico
vehículo palmesano, dio las señas.
-A la Cartuja, en Valldemosa.
(Fin de la primera
parte)
(La Nación , 13 de marzo
de 1914, p. 7.)
VALLDEMOSA
Vago con los corderos y con las
cabras trepo como un pastor por estos montes de Valldemosa, y entre olivares
pingües y entre pinos de Alepo diviso el mar azul que el sol baña de rosa.
Y en tanto que el Mediterráneo me
acaricia con su aliento yodado y su salino aroma, creo mirar surgir una barca
fenicia,
una vela de Grecia, un trirreme de
Roma.
Y me saca de mi éxtasis en la dulce
mañana
el oír que del campo cercano llegan
unas notas de evocadora melopea africana de evocadora melopea africana
que canta una payesa recogiendo
aceitunas.
Pían los libres pájaros en los
vecinos huertos, se enredan las copiosas viñas a las higueras,
y muestra el sexual higo dos labios
entreabiertos junto al ámbar quemado de las uvas postreras.
Plinio llama Baleares funda
bellicosa
a estas islas hermanas de las islas
Pytiusas;
yo sé que coronadas de pámpanos y
rosas
aquí un tiempo danzaron ante la mar
las musas.
Y si a esta región dieron Catarina y
Raimundo
paz que a Cristo pidieron Raimundo y
Catarina,
aún se oye el eco de la flauta que
dio al mundo
con la música pánica vitalidad
divina.
44
LA CARTUJA
Este vetusto monasterio ha visto,
secos de orar y pálidos de ayuno,
con el breviario y con el Santo
Cristo,
a los callados hijos de San Bruno. A
los que en su existencia solitaria, con la locura de la cruz y al vuelo
místicamente azul de la plegaria, fueron a Dios en busca de consuelo.
Mortificaron con las disciplinas y
los cilicios la carne mortal y opusieron, orando, las divinas ansias celestes
al furor sexual.
La soledad que amaba Jeremías,
el misterioso profesor de llanto,
y el silencio, en que encuentran
harmonías el soñador, el místico y el santo,
fueron para ellos minas de diamantes
que cavan los mineros serafines a la luz de los cirios parpadeantes
y al son de las campanas de maitines.
Gustaron las harinas celestiales
en el maravilloso simulacro,
herido el cuerpo bajo los sayales,
el espíritu ardiente en amor sacro.
Vieron la nada amarga de este mundo,
pozos de horror y dolores extremos, y hallaron el concepto más profundo
45
Y como a Pablo e Hilarión y Antonio,
a pesar de cilicios y oraciones,
les presentó, con su hechizo, el
demonio sus mil visiones de fornicaciones.
Y fueron castos por dolor y fe,
y fueron pobres por la santidad,
y fueron obedientes porque fue
su reina de pies blancos la humildad.
Vieron los belcebúes y satanes
que esas almas humildes y apostólicas
triunfaban de maléficos afanes
y de tantas acedias melancólicas.
Que el Mortui estis del
candente Pablo les forjaba corazas arcangélicas
y que nada podría hacer el diablo de
halagos finos a añagazas bélicas.
¡Ah!, fuera yo de esos que Dios
quería, y que Dios quiere cuando así le place, dichosos ante el temeroso día
de losa fría y Requiescat in
pace!
Poder matar el orgullo perverso y el
palpitar de la carne maligna, todo por Dios, delante el universo, con razón que
sufre y se resigna.
Sentir la unción de la divina mano,
ver florecer de eterna luz mi anhelo, y oír como un Pitágoras cristiano la
música teológica del cielo.
46
Y al fauno que hay en mí, darle la
ciencia, que al Ángel hace estremecer las alas.
Por la oración y por la penitencia
poner en fuga a las diablesas malas.
Darme otros ojos, no estos ojos vivos
que gozan en mirar, como los ojos de los sátiros locos medio-chivos, redondeces
de nieve y labios rojos.
Darme otra boca en que queden
impresos los ardientes carbones del asceta,
y no esta boca en que vinos y besos
aumentan gulas de hombre y de poeta.
Darme otras manos de disciplinante
que me dejen el lomo ensangrentado, y, no estas manos lúbricas de amante que
acarician las pomas del pecado.
Darme otra sangre que me deje llenas
las venas de quietud y en paz los
sesos,
y no esta sangre que hace arder las
venas,
vibrar los nervios y crujir los
huesos.
¡Y quedar libre de maldad y engaño, y
sentir una mano que me empuja a la cueva que acoge al ermitaño, o al silencio y
la paz de la Cartuja!

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