© Libro N° 13805. Con El
Corazón Abierto. Tenzin Gyatso
- Dalai Lama. Emancipación. Mayo 10 de 2025
Título Original: © Con El Corazón Abierto. Tenzin
Gyatso - Dalai Lama
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Original: © Con El Corazón
Abierto. Tenzin Gyatso - Dalai Lama
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CON EL CORAZÓN ABIERTO
Tenzin Gyatso - Dalai Lama
Con El
Corazón Abierto
Tenzin Gyatso - Dalai Lama
Tenzin Gyatso - Dalai
Lama
CON EL CORAZÓN ABIERTO
Dalai
Lama – Con el Corazón Abierto
ÍNDICE
Agradecimiento y Prefacio del Editor, página 3.
1.- Los Beneficios de la Compasión, página 4.
Nuestra Naturaleza Fundamental,
Necesitamos Amor, La Fuente Última del Éxito.
2.- Cómo Desarrollar la Compasión, página 13.
La Mente Puede
Transformarse, Como Desarrollar la Compasión, Como Podemos Empezar, Amigos y
Enemigos, Como Vencer al Enemigo de Nuestro Interior, La Ecuanimidad.
3.- La Compasión Global, página 25.
La Compasión y la Resolución de
Conflictos, Desmilitarización,
4.- El Pluralismo Religioso, página 31.
Primer Nivel de
Espiritualidad: Fe y Tolerancia, Segundo Nivel de Espiritualidad: La Compasión
Como Religión Universal.
5.- El Budismo Básico, página 37.
Las Cuatro Nobles
Verdades y la Causalidad, Comprender el Papel Fundamental de la Mente, La Mente
y el Nirvana, Pensamientos Válidos y Pensamientos No Válidos, Las Dos Verdades,
Dos Aspectos de la Budeidad, Las Obras del Bodhisattva, Como Reconocer el Enemigo
Interior, Como Vencer la Ira y el Odio, Uno Mismo y los Demás: Intercambio de
Papeles, Ocho Estrofas Para el Adiestramiento de la Mente.
Apéndice
Como Generar la Mente de la Iluminación, página 66.
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
AGRADECIMIENTO Y
PREFACIO DEL EDITOR
El editor agradece la
generosa ayuda prestada por Richard Gere y por la Gere Foundation, que ha
subvencionado la publicación de este libro.
En sus numerosas
apariciones públicas, Su Santidad el Dalai Lama siempre retoma el tema de la
compasión. No cabe duda de que la compasión o el deseo de liberar al prójimo
del sufrimiento es una idea central de la práctica budista. No es preciso
observar detenidamente a Su Santidad para darnos cuenta de que su compromiso
con esa virtud supera con creces la mera obligación religiosa. Con el estilo
sencillo pero inimitable que le caracteriza, el Dalai Lama demuestra una
profunda comprensión sobre el poder que el afecto humano tiene para abordar los
problemas mundiales más urgentes y complejos.
A primera vista, la
retórica del Dalai Lama puede parecemos casi ingenua, construida sobre una
visión muy simple de la situación política del mundo real y de los entresijos
del corazón humano. No obstante, una mirada más minuciosa revela que Su
Santidad nos habla desde un profundo pozo de experiencia que descansa en su
formación sistemática como monje budista, y también en sus experiencias
personales como líder político y religioso del pueblo tibetano. Su compasión no
es tímida ni ambigua, sino firme, resuelta y, por encima de todo, sabia. La
diferencia es que Su Santidad comprende la mente, el poder que ejercen nuestros
pensamientos y emociones al dar forma a la realidad, y ve la relación exacta
entre la motivación que nos lleva a obrar y los resultados que obtenemos de
nuestras obras. Su vida ejemplifica la profundidad de esa idea.
Desde Wisdom
Publications deseamos que las enseñanzas que juntos hemos hilvanado para crear
este libro contribuyan al avance de los objetivos de Su Santidad para lograr la
paz mundial, la tolerancia religiosa y el desarrollo espiritual, y que
proporcionen las herramientas eficaces para todas aquellas personas interesadas
en cultivar una vida de mayor compasión.
David Kittelstrom.
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
1.- LOS BENEFICIOS DE
LA COMPASIÓN
Mis experiencias no
son nada especial, son simples experiencias humanas. No obstante, a lo largo de
mi formación budista he aprendido algo sobre la compasión y el desarrollo de un
buen corazón, y esa experiencia me ha resultado de gran utilidad en mi vida
cotidiana. Citaré un ejemplo. La región del Tíbet de donde procedo se llama
Amdo, y los tibetanos suelen decir que los habitantes de ese lugar son personas
de temperamento irritable. Así pues, en el Tíbet, cuando alguien pierde los
estribos los demás lo toman como un indicio de que esa persona es oriunda de
Amdo. Sin embargo, cuando comparo mi temperamento actual con el que tenía entre
los quince y los veinte años veo una gran diferencia. Hoy en día casi nunca me
irrito por nada y, si lo hago, el enfado no me dura mucho. Se trata de una
ventaja maravillosa, fruto de mi propia práctica y adiestramiento. ¡Ahora casi
siempre estoy contento!.
A lo largo de mi vida
he perdido mi país y me he visto reducido a depender por completo de la buena
voluntad de los demás; también he perdido a mi madre, y la mayoría de mis
tutores y lamas han fallecido. No cabe duda de que estos son incidentes
trágicos en los que me entristece pensar; no obstante, jamás me siento abrumado
por la tristeza. Rostros viejos y familiares desaparecen y dejan paso a rostros
nuevos, pero entretanto conservo mi alegría y mi paz mental. Esta capacidad
para enfrentarnos a los hechos desde una perspectiva más amplia es, en mi
opinión, uno de los dones de la naturaleza humana y, a mi modo de ver, tiene su
origen en nuestra capacidad para la compasión y la amabilidad hacia el prójimo.
Nuestra Naturaleza Fundamental
Algunos amigos me han
comentado que, aun cuando el amor y la compasión son buenos y maravillosos, no
son, en realidad, demasiado importantes. Aseguran que nuestro mundo no es un
lugar donde estas virtudes ejerzan mucha influencia o poder y sostienen que la
ira y el odio están tan enraizados en la naturaleza humana que la humanidad
estará siempre dominada por ellos. No comparto esta opinión.
Los seres humanos
llevamos existiendo en nuestra forma actual desde hace más de cien mil años.
Estoy convencido de que si durante todo ese tiempo
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
la mente humana
hubiese estado gobernada principalmente por la ira y el odio, la población
habría disminuido. Sin embargo, hoy en día, a pesar de todas las guerras, vemos
que la población humana es más numerosa que nunca, lo cual es un claro indicio
de que, si bien la ira y la violencia están presentes en el mundo, el amor y la
compasión predominan en él. Esa es la razón de que lo que llamamos «noticias»
estén compuestas en su mayor parte por hechos desagradables o trágicos; los
actos compasivos son tan habituales en la vida cotidiana que los damos por
sentado y, en consecuencia, no los tenemos en cuenta.
Si observamos la
naturaleza humana, comprobamos que es más bondadosa que agresiva. Por ejemplo,
si examinamos los animales, reparamos en que los animales de naturaleza más
pacífica tienen una estructura corporal que armoniza con esa naturaleza,
mientras que los animales predadores poseen una constitución conforme a su
forma de ser. Si comparamos el tigre y el ciervo vemos que hay diferencias
notables en sus respectivas estructuras físicas; y si a continuación comparamos
nuestra estructura corporal con la de ellos, vemos que estamos más cerca de los
ciervos o de los conejos que de los tigres. ¿Acaso nuestros dientes no se
parecen más a los de un conejo que a los de un tigre?. Nuestras uñas son otro
buen ejemplo de ello. Dudo que de un arañazo pudieran lastimar a una rata. Es
evidente que gracias a nuestra inteligencia humana somos capaces de inventar y
utilizar todo tipo de mecanismos y artilugios para conseguir cosas que de otro
modo nos estarían vedadas, pero ciñéndonos a la constitución física pertenecemos
a la categoría de los animales dóciles. Al fin y al cabo somos animales
sociales, y sin la amistad y la sonrisa de nuestros congéneres nuestras vidas
serían desgraciadas y nuestra soledad abrumadora. Esta interdependencia humana
es una ley fundamental de la naturaleza, lo que equivale a decir que, según la
ley natural, dependemos de los demás para subsistir.
¿Cómo podemos esperar
alcanzar la paz mental o una vida feliz si, por algún problema que hay en
nuestro interior, actuamos de forma hostil hacia aquellos de quienes, en el
fondo, dependemos?. Según la ley natural, la interdependencia, esto es, dar y
recibir amor, es la clave de la felicidad. Podemos entenderlo mejor si pensamos
en la estructura básica de nuestra existencia. Si queremos hacer algo más que
sobrevivir necesitamos un techo, comida, compañeros, recursos, el aprecio de
otros, etcétera; nada de todo eso procede de nosotros mismos, sino que todo
depende de los demás. Imaginemos que una persona viviera sola en algún lugar
remoto y deshabitado. Por muy fuerte, saludable o educada que esa persona fuera
sería del todo imposible que pudiese
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
llevar una vida feliz
y plena. Si, por poner un ejemplo, hubiese alguien viviendo en algún recóndito
lugar de la jungla africana y fuese el único ser humano en un santuario animal,
teniendo en cuenta su inteligencia y astucia, cabría pensar que, en el mejor de
los casos, lo máximo a que podría aspirar sería a convertirse en el rey de la
jungla. ¿Podría esa persona tener amigos o conseguir reconocimiento?, ¿Podría
convertirse en un héroe en el supuesto de que esa fuese su voluntad?. Me parece
que la respuesta a todas estas preguntas es un rotundo no, pues todos estos
factores solo se producen en relación con otros humanos.
Cuando uno es joven,
fuerte y goza de salud, a veces puede tener la sensación de ser totalmente
independiente y no necesitar a nadie, pero se trata de una ilusión. ¿No es
cierto que, aun estando en la flor de la vida, simplemente por el hecho de ser
humanos, necesitamos amigos?. Eso es especialmente verdadero a medida que nos
vamos haciendo mayores. Pondré mi propio caso como ejemplo: el Dalai Lama, que
ya ha entrado en los sesenta, está empezando a dar muestras de aproximarse a la
vejez. Me doy cuenta de que cada vez tengo el pelo más canoso y empiezo a
padecer también algunas molestias en las rodillas al sentarme o al levantarme.
A medida que nos hacemos viejos dependemos cada vez más de la ayuda de los
demás: esta es la naturaleza de nuestra vida como seres humanos.
En cierto modo,
podemos afirmar que las demás personas son en realidad la fuente principal de
todas nuestras experiencias de dicha, felicidad y prosperidad, y no estoy
hablando solo en términos del trato cotidiano con la gente. Vemos que todas las
experiencias deseables que anhelamos o a las que aspiramos dependen de la
cooperación y la interacción con los demás. Asimismo, en el estado de
iluminación completa, las actividades compasivas de un buda solo pueden surgir
espontáneamente en relación con otros seres, pues son ellos los receptores y
beneficiarios de esas actividades iluminadas.
Aunque lo
considerásemos desde una perspectiva totalmente egoísta en la que solo nos
preocupase nuestra propia felicidad, comodidad y satisfacción en la vida, sin
poner mientes en el bienestar de los demás, seguiría afirmando que el logro de
nuestras aspiraciones depende de los demás. Incluso las acciones dañinas
dependen de la existencia de otros, dado que para poder mentir, por ejemplo, se
necesita a alguien que sea el objeto de ese acto.
Todos los hechos e
incidentes en la vida están tan íntimamente ligados al destino de los demás que
una sola persona no puede siquiera empezar a actuar por sí sola. Muchas de las
actividades humanas más cotidianas, tanto las positivas como las negativas, no
pueden siquiera concebirse al margen de la existencia de otras personas.
Gracias a ellas tenemos la oportunidad de ganar más dinero, si es eso lo que
deseamos en la vida. Del mismo modo, la existencia
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
de otras personas
permite a los medios de comunicación encumbrar a alguien en la fama o
desprestigiarlo. Un solo individuo no puede hacerse famoso o caer en el
desprestigio; por mucho que se desgañite gritando lo máximo que conseguirá será
crear el eco de su propia voz.
Así pues, la
interdependencia es una ley fundamental de la naturaleza. No solo las formas de
vida más desarrolladas, sino también los insectos más diminutos son seres
sociales que, careciendo de religiones, leyes o educación, sobreviven gracias a
su cooperación mutua basada en un reconocimiento innato de su propia
interconexión. El nivel más sutil de los fenómenos materiales está igualmente
regido por esta interdependencia. Todo fenómeno, desde el planeta en que
habitamos hasta los océanos, las nubes, los bosques y las flores que nos
rodean, surge en dependencia de modelos de energía más sutiles, sin cuya
adecuada interacción se desvanecen y decaen.
Necesitamos Amor
Hay una pregunta
importante que subyace en nuestras experiencias, tanto si pensamos en ella de
forma consciente como si no: ¿Cuál es el propósito de la vida?. Personalmente,
creo que el propósito de nuestra vida es ser felices. Desde el momento de su
nacimiento, todo ser humano busca la felicidad y huye del sufrimiento; este
principio no se ve alterado por la condición social, la educación ni la
ideología. Desde lo más profundo de nuestro ser deseamos simplemente ser
felices. No sé si el universo con sus incontables galaxias, estrellas y
planetas tiene un significado más profundo o no, pero hay al menos una cosa
ineludible y es que los seres humanos que habitamos esta tierra nos enfrentamos
a la tarea de conseguir una vida feliz para nosotros mismos.
No somos objetos
hechos a semejanza de las máquinas; somos algo más que pura materia, tenemos
sentimientos y experiencias. Si no fuésemos más que entidades mecánicas, las
máquinas podrían aliviar nuestro sufrimiento y colmar todas nuestras
necesidades, pero el confort material por sí sólo no basta. No hay objeto
material alguno, por muy hermoso o valioso que sea, que pueda hacernos sentir
queridos. Necesitamos algo más profundo, algo que he dado en llamar el afecto
humano. Si gozamos de afecto humano o compasión, todos los bienes materiales
que tenemos a nuestro alcance pueden ser muy constructivos y depararnos muy
buenos resultados; si, por el contrario, carecemos de afecto y compasión, os
bienes materiales por sí solos no nos satisfarán, tampoco nos proporcionarán el
menor grado de paz mental o felicidad. Es más, cuando los bienes materiales no
van acompañados del afecto humano pueden llegar incluso
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
a crearnos problemas.
Así pues, al considerar nuestros orígenes y nuestra naturaleza descubrimos que
nadie nace libre de la necesidad de amor y que, a pesar de los intereses de
algunas escuelas de pensamiento modernas, los seres humanos no pueden definirse
solamente desde el punto de vista fisiológico.
En resumen, la razón
por la que el amor y la compasión nos proporcionan la mayor felicidad es
sencillamente porque nuestra naturaleza las valora por encima de cualquier otra
cosa. Por muy hábil y capaz que sea un individuo no logrará sobrevivir si lo
dejan solo. Por muy fuerte e independiente que alguien pueda sentirse durante
los períodos más prósperos de su vida, cuando esté enfermo, o sea muy joven o
muy viejo, dependerá de la ayuda de los demás. Estudiemos con más detenimiento
las formas en las que el afecto y la compasión nos ayudan a lo largo de nuestra
vida.
Es probable que
tengamos opiniones distintas sobre la cuestión de la creación y la evolución
del universo, pero al menos estaremos de acuerdo en que cada uno de nosotros es
el producto de sus progenitores. En la mayoría de los casos, nuestra concepción
se produjo no solo en el contexto del deseo sexual, sino que también estuvo
implícita la decisión de nuestros padres de tener un hijo. Esta decisión se
basa en la responsabilidad y el altruismo; en el compromiso compasivo de los
padres de ocuparse de su hijo hasta que este sea capaz de cuidar de sí mismo.
Así pues, desde el instante mismo de nuestra concepción, el amor de nuestros
padres está implicado de forma directa en nuestra creación.
En un encuentro que
mantuve con algunos científicos, especialmente con neurobiólogos, descubrí que
hay muchas pruebas científicas que apuntan que el estado mental de una madre
durante el embarazo, sea este tranquilo o agitado, tiene un efecto importante en
el bienestar físico y mental del bebé. Parece vital para la madre conservar un
estado mental tranquilo y sosegado. Después del nacimiento, las primeras
semanas de vida son las más cruciales para el desarrollo saludable del niño. Me
contaron que durante ese período uno de los factores más importantes para
asegurar un crecimiento rápido y saludable del cerebro del bebé es el continuo
contacto físico de la madre. Si el niño está desatendido y descuidado durante
ese período crítico puede sufrir repercusiones físicas negativas, que, si bien
no son evidentes de forma inmediata, sí pueden manifestarse con el paso del
tiempo.
La importancia
esencial del amor y el cuidado persisten a lo largo de toda la infancia. Cuando
un niño ve a alguien que manifiesta una conducta abierta y cariñosa hacia él,
alguien que le sonríe o que le da muestras de afecto, el niño se sentirá feliz
y protegido por naturaleza. Si, por el contrario, esa persona intenta
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
hacerle daño, el
pequeño se sentirá atenazado por el miedo, lo que puede tener consecuencias
perniciosas en su desarrollo. Actualmente, hay muchos niños que viven en
hogares desdichados; si esos niños no reciben el afecto necesario lo más
probable es que ellos tampoco amen a sus padres al crecer y cabe la posibilidad
de que también tengan dificultades para amar a otras personas. Es algo muy
triste.
A medida que el niño
crece y empieza a ir al colegio, su necesidad de apoyo tiene que ser atendida
por sus maestros. Si un maestro, además de impartir la educación académica,
asume también la responsabilidad de preparar a los estudiantes para la vida, sus
alumnos sentirán confianza y respeto, y lo que les haya sido enseñado dejará
una huella indeleble en sus mentes. Por otra parte, las materias impartidas por
un maestro que no muestra verdadero interés por el bienestar general de los
estudiantes serán consideradas temporales y caerán fácilmente en el olvido. Del
mismo modo, si alguien enferma y es atendido en un hospital por un médico que
muestra hacia él un sentimiento cálido y humano, se sentirá bien y el deseo del
médico de ofrecerle el mejor cuidado posible será curativo en sí mismo,
independientemente de las habilidades técnicas que posea. Por otra parte, si el
médico carece de sentimientos humanos y muestra una actitud poco amistosa,
impaciente, o una fría falta de interés, el enfermo se sentirá ansioso por muy
cualificado que sea el médico, por mucho que la enfermedad haya sido
correctamente diagnosticada y que se le haya prescrito la medicación oportuna.
Inevitablemente, los sentimientos de los pacientes dejarán su impronta en la
calidad y en la integridad de su restablecimiento.
Incluso en las
conversaciones cotidianas, cuando alguien nos habla con calidez, disfrutamos
escuchándolo y le respondemos en consonancia, toda la conversación cobra
interés, por trivial que pueda ser el tema. Por otra parte, si una persona nos
habla en tono frío o tajante, nos sentimos incómodos y rápidamente deseamos
poner un punto final a la conversación. Ya se trate del tema más banal o del
más importante, el afecto y el respeto de los demás es vital para nuestra
felicidad.
Recientemente me
reuní con un grupo de científicos estadounidenses que afirmaban que el índice
de trastornos mentales en su país es muy elevado, afecta a cerca del 12 por
ciento de la población. Durante nuestra conversación se hizo evidente que el
origen de la depresión no se hallaba en la carencia de bienes materiales sino
en la dificultad para dar y recibir afecto.
Por consiguiente,
como se desprende de todo lo dicho, tanto si somos conscientes de ello como si
no, llevamos la necesidad de afecto humano en la sangre desde el mismo día de
nuestro nacimiento. Aun cuando ese afecto
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
proceda de un animal
o de alguien a quien normalmente consideraríamos un enemigo, tanto los niños
como los adultos se sentirán atraídos por él.
La Fuente Última del Éxito
En cuanto seres
humanos, todos nosotros tenemos el potencial de ser felices y compasivos, pero
también está en nosotros el ser mezquinos y nocivos para con los demás. El
potencial para lo uno y para lo otro está presente en el interior de cada uno
de nosotros. Si queremos ser felices, lo importante es que intentemos estimular
nuestros aspectos útiles y positivos a la par que ponemos coto a los negativos.
El cometer actos negativos como robar y mentir puede, quizá, proporcionarnos
alguna satisfacción a corto plazo, pero a la larga siempre será una fuente de
desgracias. Los actos positivos siempre nos aportan fuerza interior. Esa fuerza
nos ayuda a tener menos miedo y más confianza en nosotros mismos, y de este
modo nos resulta mucho más fácil hacer extensible a los demás nuestro cariño
sin que las barreras religiosas, culturales o de cualquier otra índole
representen obstáculo alguno. Es, pues, importante que reconozcamos nuestro
potencial para lo bueno y para lo malo, y que lo observemos y analicemos con detenimiento.
Eso es lo que he dado
en llamar la expansión del valor humano. Mi mayor preocupación es siempre
fomentar la comprensión del valor humano más profundo. Este valor humano más
profundo es la compasión, un sentido del cariño y del compromiso. No importa
cuál sea la religión que cada cual profese, ni si se es practicante o no, sin
el valor humano no es posible ser feliz.
Pasemos a examinar la
utilidad de la compasión y del buen corazón en la vida cotidiana. Si estamos de
buen humor cuando nos levantamos por la mañana, si hay en nuestro interior un
sentimiento bondadoso, automáticamente nuestras puertas interiores estarán
abiertas para ese día. Aun cuando nos encontremos por casualidad con una
persona antipática no experimentaremos gran desasosiego y podremos incluso
arreglárnoslas para decirle algo agradable. Es posible que incluso charlemos
con esa persona no demasiado amistosa y que lleguemos a mantener con ella una
conversación sensata. Crear una atmósfera cordial y positiva contribuye a
reducir automáticamente el miedo y la inseguridad. De esta forma podemos hacer
amigos más fácilmente y crear más sonrisas.
Pero el día en que
nuestro estado de ánimo es menos positivo y nos sentimos irritados todas
nuestras puertas interiores se cierran automáticamente. En consecuencia,
incluso en el caso de que nos topemos con nuestro mejor
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
amigo nos sentiremos
incómodos y tensos. Estos ejemplos ponen de manifiesto cómo nuestra actitud
interior influye en nuestras experiencias cotidianas. Para crear una atmósfera
agradable en nuestro interior, dentro de nuestras familias y en nuestras comunidades,
tenemos que cobrar conciencia de que la fuente última de esa atmósfera
agradable está dentro del individuo, dentro de cada uno de nosotros: un buen
corazón, la compasión humana, el amor.
La compasión no
ofrece solo beneficios mentales, sino que contribuye además a mantener un buen
estado de salud. Según la medicina contemporánea y mi propia experiencia, la
estabilidad mental y el bienestar físico están directamente relacionados entre
sí. Es evidente que la ira y la agitación nos hacen más susceptibles a la
enfermedad. Al contrario, si la mente está tranquila y ocupada por pensamientos
positivos, el cuerpo no caerá fácilmente presa de la enfermedad. Esto muestra
que el cuerpo físico aprecia y responde al afecto humano, a la paz mental
humana.
Otra cosa que me
parece evidente es que desde el momento en que alguien solo piensa en sí mismo,
el foco de toda su realidad queda reducido a su persona y, como consecuencia de
ese enfoque limitado, cualquier pequeña molestia puede parecer desproporcionada
y causar temor, inquietud y un sentimiento de desdicha abrumadora. No obstante,
desde el momento mismo en que alguien piensa en los demás con afecto, su
perspectiva se ensancha y sus problemas le parecen insignificantes. He ahí la
diferencia.
Cuando alguien siente
afecto por el prójimo manifiesta una especie de fuerza interior a pesar de sus
propios problemas y dificultades. Gracias a esa fuerza, sus problemas le
parecerán menos importantes y fastidiosos. El ir más allá de los propios
problemas y ocuparse de los demás, hace que cobremos fuerza interior, confianza
en nosotros mismos, coraje y serenidad. Se trata de un ejemplo claro de cómo el
modo de pensar de una persona puede transformarla.
Si trabajamos en
favor de los otros seres sintientes veremos cumplidos nuestros intereses y
deseos. Como el famoso maestro del siglo XV Tsongjapa señala en su Gran
exposición del sendero de la iluminación: «A medida que el
practicante se compromete en actividades y pensamientos que están orientados a
conseguir el bienestar de los demás, verá realizadas sus propias aspiraciones
sin necesidad de dedicarles el menor esfuerzo». Algunos de vosotros quizá me
hayáis oído decir, pues es algo que comento con bastante frecuencia, que en
cierto modo los bodhisattvas — los compasivos seguidores del camino budista
— son personas
«sensatamente egoístas», mientras que las personas como nosotros somos
«estúpidamente egoístas». Pensamos en nosotros mismos y nos desentendemos de
los demás, y el resultado es que siempre estamos
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
descontentos y lo pasamos mal.
Otros beneficios del
altruismo y del buen corazón quizá no nos parezcan tan evidentes. Una de las
metas de la práctica budista es lograr un nacimiento favorable en nuestra
próxima existencia, una meta que solo puede ser alcanzada evitando aquellas
acciones que puedan resultar perniciosas para otros. En consecuencia, también
en el contexto de este objetivo, el altruismo y el buen corazón constituyen el
fundamento. Es asimismo muy claro que para que un bodhisattva consiga cumplir
la práctica de las seis perfecciones — la generosidad, la disciplina ética, la
tolerancia, el esfuerzo dichoso, la concentración y la sabiduría —, la
cooperación con el prójimo y la bondad son de vital importancia.
Así pues, vemos que
la bondad y el buen corazón constituyen los pilares sobre los que se asienta el
éxito en la vida, el progreso en el camino espiritual y la consecución de
nuestra última aspiración: alcanzar la iluminación completa. De ahí que la
compasión y el buen corazón no sean solo importantes en un momento inicial sino
a lo largo de todo el trayecto. Su necesidad y valor no están limitados a un
momento, lugar, sociedad o cultura determinados. Por consiguiente, no solo
necesitamos compasión y afecto humano para sobrevivir, sino que estos son la
fuente última del éxito en la vida. Las formas de pensar egoístas no solo
causan daño a otros sino que impiden la felicidad que nosotros deseamos. ¿No es
hora ya de pensar más sabiamente?. Eso es lo que pienso.
Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
2.- CÓMO DESARROLLAR LA COMPASIÓN
Antes de poder
generar compasión y amor es importante tener una idea clara de lo que
entendemos por estos dos conceptos. En términos sencillos, la compasión y el
amor pueden definirse como los pensamientos y los sentimientos positivos que
dan lugar a cosas tan esenciales en la vida como pueden ser la esperanza, la
valentía, la resolución y la fuerza interior. En la tradición budista, la
compasión y el amor se consideran dos aspectos de la misma cosa: la compasión
es el deseo de que otro ser se vea libre del sufrimiento; el amor es desearle
la felicidad.
La siguiente cuestión
que debemos comprender es si es posible estimular la compasión y el amor. En
otras palabras, ¿Hay algún medio por el cual estas cualidades de la mente
puedan crecer, al tiempo que la ira, el odio y los celos se vean atenuados?. Mi
respuesta a esa pregunta es un rotundo «sí». Aun cuando no estéis de acuerdo
conmigo de entrada, adoptad una actitud abierta ante la posibilidad de que se
produzca este proceso. Hagamos algunos experimentos juntos y quizá entonces
hallemos algunas respuestas.
Para empezar, cabe la
posibilidad de dividir cada tipo de felicidad y de sufrimiento en dos
categorías principales: mentales y físicas.
De estas dos, es la
mente la que suele ejercer mayor influencia en la mayoría de nosotros. A menos
que estemos gravemente enfermos o que nos veamos privados de algunas
necesidades básicas, nuestra condición física desempeña un papel secundario en
la vida. Si el cuerpo está satisfecho, puede decirse que prácticamente nos
olvidamos de él. No obstante, la mente registra cada hecho, por insignificante
que sea. De ahí que debamos dirigir nuestros mayores esfuerzos a conseguir la
paz mental en vez de ocuparnos del bienestar físico.
La Mente Puede Transformarse
Desde mi limitada
experiencia, estoy convencido de que podemos desarrollar nuestras mentes
mediante un adiestramiento constante. Nuestras disposiciones, actitudes y
pensamientos positivos pueden aumentar y sus contrarios negativos disminuir.
Incluso un momento fugaz de conciencia depende de muchos factores y, al alterar
uno de esos factores, la
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
mente también cambia.
Esa es una verdad simple sobre la naturaleza de la mente.
Lo que llamamos
«mente» es algo muy peculiar. A veces es muy obstinada y renuente al cambio. No
obstante, mediante un esfuerzo continuado y una convicción basada en la razón,
nuestras mentes son a veces muy honestas y flexibles. Cuando reconocemos verdaderamente
que hay cierta necesidad de cambiar, lo hacemos. El deseo y la oración por sí
solos no bastan para transformar nuestra mente, también es necesario razonar:
un razonamiento basado, en última instancia, en la experiencia de cada cual. Y,
con todo, nadie es capaz de transformar su mente de la noche a la mañana; los
viejos hábitos, especialmente los mentales, se resisten a soluciones rápidas.
Pero con un esfuerzo continuado y una convicción basada en la razón, es posible
lograr cambios profundos en las actitudes mentales.
Como base para el
cambio, necesitamos asimilar que mientras vivamos en este mundo nos
encontraremos con problemas, con obstáculos que nos impiden alcanzar nuestros
objetivos. Si, cuando eso sucede, perdemos la esperanza y nos desanimamos,
mermamos nuestra capacidad para superar esos conflictos. Recordar el
sufrimiento de otros, sentir compasión por el prójimo, hará que nuestros
propios sufrimientos sean más llevaderos. Ciertamente, con esta actitud,
podemos ver en cada nuevo obstáculo una valiosa oportunidad para mejorar
nuestra mente, una nueva oportunidad para ahondar más en nuestra compasión.
Cada nueva experiencia significa un avance gradual en nuestro camino hacia la
compasión; es decir, nos hace desarrollar una empatía genuina hacia el
sufrimiento del prójimo y el deseo de contribuir a eliminar su dolor. Como
resultado, nuestra propia serenidad y fuerza interior saldrán fortalecidas.
Cómo Desarrollar la Compasión
El egocentrismo
inhibe nuestro amor hacia los demás; todos nos vemos afectados por él en menor
o mayor medida. Para lograr la verdadera felicidad, necesitamos una mente
serena, y ese estado de paz mental solo puede conseguirse a través de una
actitud compasiva. ¿Cómo podemos adquirir semejante actitud?. Es evidente que
no nos basta con creer que la compasión es importante y pensar en lo bonita que
es. Necesitamos hacer un esfuerzo para desarrollarla; debemos utilizar todos
los hechos de nuestra vida cotidiana para transformar nuestros pensamientos y
nuestra conducta.
En primer lugar,
debemos especificar qué es lo que entendemos por compasión. Existen muchas
formas de sentimientos compasivos que aparecen
14
alai Lama – Con el
Corazón Abierto
mezclados con el
deseo y el apego. Por ejemplo, el amor que los padres sienten por su hijo está,
a menudo, fuertemente asociado a sus propias necesidades emocionales, de modo
que no es totalmente compasivo. Por lo general, cuando nos hallamos preocupados
por algún amigo lo llamamos compasión, pero con harta frecuencia se trata
también de apego. Incluso en el matrimonio, el amor entre el marido y la esposa
— especialmente en el principio, cuando cada miembro de la pareja todavía no
conoce en profundidad el carácter del otro — depende más del apego que del amor
verdadero. Los matrimonios que acaban pronto lo hacen porque carecen de
compasión; son fruto del apego emocional basado en la proyección y la
expectativa, y, en cuanto esas proyecciones cambian, el apego desaparece.
Nuestro deseo puede llegar a ser tan fuerte que estemos convencidos de que la
persona por la cual sentimos apego es intachable aun cuando, en realidad, tenga
muchos defectos. Asimismo, el apego nos lleva a exagerar pequeñas cualidades
positivas. Cuando eso sucede es un indicio de que nuestro amor está motivado
por la necesidad personal más que por un cariño genuino hacia el otro.
Es posible hablar de
compasión sin apego. Así pues, es preciso aclarar la diferencia entre ambos. La
verdadera compasión no es una mera respuesta emocional, sino un firme
compromiso basado en la razón. Y esa sólida base hace que una actitud compasiva
hacia los demás no cambie aun cuando estos se comporten de forma negativa. La
verdadera compasión no existe en función de nuestras proyecciones y
expectativas, sino de las necesidades de la otra persona independientemente de
que sea un amigo íntimo o un enemigo; en tanto esa persona desee la paz y la
felicidad y quiera vencer el sufrimiento, nosotros desarrollaremos una
verdadera preocupación por sus problemas. Esa es la compasión verdadera. Para
un practicante del budismo, el objetivo es desarrollar esa compasión verdadera,
ese deseo genuino de lograr el bienestar del prójimo, o, mejor dicho, de cada
ser viviente del universo. Es evidente que desarrollar este tipo de compasión
no es en absoluto una tarea fácil. Consideremos la cuestión más detenidamente.
Tanto las personas
hermosas como las feas, las simpáticas o las desagradables son, en última
instancia, seres humanos igual que nosotros. Al igual que nosotros, desean la
felicidad y no quieren el sufrimiento. Además, tienen tanto derecho como
nosotros a vencer el sufrimiento y conseguir la felicidad. Pues bien, si
reconocemos que todos los seres son iguales tanto en su deseo de felicidad como
en su derecho a conseguirla, sentiremos automáticamente empatía y proximidad
hacia ellos. Al acostumbrar nuestra mente a desarrollar ese sentido del
altruismo universal crece en nosotros un
15
Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
sentimiento de
responsabilidad hacia los demás: el deseo de ayudarles de forma activa a
superar sus problemas. No es este un deseo selectivo, sino que se aplica por
igual a todos los seres. En la medida en que ellos experimenten placer y dolor
al igual que nosotros, no hay ninguna base lógica para hacer discriminaciones
entre ellos y nosotros, ni para modificar la preocupación que sentimos hacia
ellos en el caso de que se comporten negativamente.
Llegados a este punto
debería subrayar que algunas personas, especialmente los que se consideran a sí
mismos muy realistas y muy prácticos, son, a menudo, demasiado realistas y
están obsesionados con la práctica. Quizá creen que «la idea de desear la felicidad
de todos los seres o querer lo que es mejor para cada uno de ellos es algo
impracticable y demasiado idealista. Una idea tan impracticable no puede
contribuir de ninguna manera a la transformación de la mente o al logro de
ningún tipo de disciplina mental, por ser completamente inalcanzable».
Un planteamiento más
eficaz, puede que piensen, sería empezar por un reducido círculo de personas
con las que mantenemos una relación directa. Más adelante, se puede ir
ampliando el círculo e ir aumentando sus parámetros. Creen que no tiene ningún
sentido pensar en todos los seres, pues son infinitos. Es razonable pensar que
puedan sentir algún tipo de conexión con un cierto número de humanos de este
planeta pero consideran que ese infinito número de seres repartidos por el
universo no tienen nada que ver con su propia experiencia como individuos.
Pueden preguntarse: «¿Qué sentido tiene intentar cultivar una mente que intenta
incluir dentro de su esfera a todo ser vivo?».
En otros contextos
esa podría ser una objeción válida. No obstante, aquí lo importante es
comprender el impacto del cultivo de esos sentimientos altruistas. Se trata de
intentar desarrollar el marco de nuestra empatía de manera que podamos hacerlo
extensivo a cualquier forma de vida con capacidad de sentir dolor y
experimentar alegría. Es cuestión de reconocer los organismos vivos como
sintientes y, por ende, sujetos al dolor y capaces de ser felices.
Un sentimiento de
compasión universal de esta índole es muy poderoso, y para que sea eficaz no es
preciso que seamos capaces de identificarnos de un modo concreto, con cada ser
viviente. En este sentido, es comparable a reconocer la naturaleza universal de
la impermanencia: al cultivar la noción de que todos los fenómenos y los hechos
son impermanentes no necesitamos considerar de forma individual cada fenómeno
que existe en el universo para convencernos de ello. La mente no opera de esa
forma. Es importante recapacitar sobre este punto.
Con tiempo y paciencia está a nuestro
alcance desarrollar ese tipo de
16
alai Lama – Con el
Corazón Abierto
compasión universal.
Naturalmente nuestro egocentrismo, nuestro característico apego al sentimiento
de un «yo» sólido trabaja fundamentalmente orientado a inhibir nuestra
compasión. La auténtica compasión solo puede experimentarse cuando este tipo de
autopercepción sea eliminada, lo que no quita para que podamos empezar a
cultivar la compasión y hacer progresos desde el principio.
Como Podemos Empezar
Deberíamos empezar
por eliminar los mayores obstáculos que impiden la compasión: la ira y el odio.
Como todos sabemos, estas emociones tremendamente poderosas pueden llegar a
ofuscar nuestra mente. No obstante, a pesar de su poder, la ira y el odio pueden
ser controlados. Si no lo hacemos, esas emociones negativas nos acosarán — sin
que ello les suponga el menor esfuerzo — y nos pondrán trabas en nuestra
búsqueda de la felicidad y de una mente bondadosa.
Cabe la posibilidad
de que uno no considere la ira un obstáculo, de modo que, para empezar, sería
útil indagar si la ira tiene algún valor. A veces, cuando nos sentimos
desanimados por alguna situación difícil, la ira puede parecemos útil, pues, en
apariencia, nos da más energía, seguridad y resolución. Con todo, en esos
momentos debemos examinar cuidadosamente nuestro estado mental. Si bien es
cierto que la ira nos aporta una energía suplementaria, si indagamos en su
naturaleza descubriremos que se trata de una energía ciega: no podemos estar
seguros de si su resultado va a ser positivo o negativo. Eso se debe a que la
ira eclipsa la mejor parte de nuestro cerebro: su racionalidad. De modo que la
energía de la ira es, en la mayoría de los casos, poco de fiar, y puede
originar una inmensa cantidad de conductas destructivas y desafortunadas.
Además, si la ira se dispara sobrepasando ciertos límites podemos llegar a
enloquecer y adoptar una actitud que puede resultar perjudicial tanto para
nosotros como para los demás.
No obstante, es
posible desarrollar una energía igualmente poderosa pero mucho más controlada,
que pueda ser empleada para manejar una situación difícil. Esta energía
controlada no solo procede de una actitud compasiva, sino que también es fruto
de la razón y la paciencia. Esos son los antídotos más poderosos contra la ira.
Lamentablemente, mucha gente piensa erróneamente que la razón y la paciencia
son signos de debilidad. Personalmente, creo que es más bien todo lo contrario:
son los verdaderos signos de la fuerza interior. La compasión es, por su
naturaleza, bondadosa, pacífica e indulgente, pero es también muy poderosa. Nos
da fuerza interior y nos permite ser pacientes. Las
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Dalai Lama – Con el
Corazón Abierto
personas que a menudo
pierden la paciencia son los inseguros e inestables. Así pues, considero la ira
un signo inequívoco de debilidad.
Dicho esto, cuando
surja un problema deberemos permanecer humildes y mantener una actitud sincera,
y preocuparnos de que el desenlace sea justo. Por supuesto, cabe la posibilidad
de que otros intenten aprovecharse de nuestra preocupación por la justicia, y
si nuestra actitud desapegada no hace más que incitar a una agresión injusta,
habrá que adoptar una postura más firme. Con todo, hay que hacerlo con
compasión, y si es preciso dar voz a nuestros puntos de vista y tomar
contramedidas severas, debemos hacerlo pero sin rencor ni mala intención.
Pensemos que, aun
cuando parezca que nuestros oponentes nos están perjudicando, su actividad
destructiva hará que al final se perjudiquen únicamente a sí mismos. Para
controlar nuestro propio impulso egoísta y tomar represalias deberíamos
recordar nuestro deseo de practicar la compasión y asumir la responsabilidad de
intentar evitar que la otra persona sufra las consecuencias de sus propios
actos. Si las medidas que ponemos en práctica han sido elegidas con serenidad
serán más eficaces, más atinadas y más enérgicas. El revanchismo basado en la
energía ciega de la ira casi nunca da en el blanco.
Amigos y Enemigos
Debo insistir
nuevamente en que limitarnos a pensar que la compasión, la razón y la paciencia
son beneficiosas no nos basta para adquirirlas. Debemos esperar a que surjan
las dificultades para intentar ponerlas en práctica. Y, ¿Quién crea esas
dificultades?. No nuestros amigos, por supuesto, sino nuestros enemigos. Ellos
son quienes nos causan más problemas. De modo que, si de verdad deseamos
aprender, deberíamos considerar a nuestros enemigos nuestros mejores maestros.
Para una persona que valora la compasión y el amor, la práctica de la paciencia
es esencial y, para ello, es indispensable un enemigo. Así pues, deberíamos
sentir agradecimiento hacia nuestros enemigos, pues son ellos quienes más
pueden ayudarnos a desarrollar una mente serena. Por otra parte, también vemos
que tanto en el ámbito personal como en el público, cuando cambian las
circunstancias nuestros enemigos se convierten en nuestros amigos.
Obviamente, es
natural y bueno que todos queramos tener amigos. Pero ¿Es acaso la amistad
fruto de las peleas y la ira, de los celos y de una competitividad feroz?. No
lo creo. La mejor manera de hacer amigos es ser muy compasivo. Solo el afecto
hace que ganemos amigos verdaderamente íntimos.
18
alai Lama – Con el
Corazón Abierto
Hay que cuidar bien a
los demás, preocuparse por su bienestar, ayudarles, servirles, hacer más
amigos, conseguir más sonrisas. ¿El resultado?. Cuando seamos nosotros quienes
necesitemos ayuda encontraremos a muchas personas dispuestas a prestárnosla.
Si, por otra parte, nos desentendemos de la felicidad de los demás, a la larga
seremos nosotros los perdedores.
En la sociedad
materialista en que vivimos, parece que si alguien tiene dinero y poder tiene
muchos amigos. Pero en realidad no son amigos de él, sino que son amigos de su
dinero y de su poder. En cuanto ese individuo pierde su fortuna y su
influencia, le resulta muy difícil encontrar a esas personas.
El problema es que
cuando las cosas nos van bien nos sentimos confiados, pensamos que podemos
arreglárnoslas sin ayuda y creemos que no necesitamos amigos, pero en cuanto
nuestra situación o nuestra salud se resienten nos damos pronto cuenta de cuan
equivocados estábamos. Con vistas a prepararnos para ese momento debemos
cultivar la compasión para hacer amigos auténticos que nos ayuden cuando se
presente la necesidad.
Aunque a veces la
gente se ríe cuando digo esto, también yo quiero hacer más amigos. Me encantan
las sonrisas. Y por eso me enfrento al problema de saber cómo conseguir más
amigos y más sonrisas; sonrisas sinceras. Hay otros tipos de sonrisas, por
ejemplo, las sarcásticas, las fingidas o las diplomáticas. Muchas sonrisas no
producen el menor sentimiento de satisfacción y, a veces, pueden llegar a
infundir sospechas o temor. Pero una sonrisa sincera nos da una sensación
vigorizante y es, diría yo, exclusiva de los seres humanos. Si son esas las
sonrisas que deseamos, debemos crear las condiciones para que se produzcan.
¿Cómo podemos
conseguir amigos?. Desde luego, no a través del odio y del conflicto. Es
imposible hacer amigos golpeando a la gente y peleándonos con ellos. Una
amistad genuina solo puede nacer de la cooperación basada en la honestidad y la
sinceridad, y eso implica tener una mente abierta y un corazón bondadoso. Es
algo que, a mi juicio, queda patente en nuestra relación cotidiana con los
demás.
Cómo Vencer al Enemigo de Nuestro
Interior
La ira y el odio son
nuestros verdaderos enemigos. Estas son las fuerzas contra las cuales debemos
luchar y, ante todo, vencer, y no los enemigos «temporales» que aparecen de
forma intermitente a lo largo de nuestra vida. Y, a menos que ejercitemos nuestra
mente para reducir su fuerza negativa, continuarán importunándonos y
desbaratando nuestros intentos de adquirir una
19
alai Lama – Con el
Corazón Abierto
mente serena.
Para erradicar de
raíz el potencial destructivo de la ira y del odio necesitamos darnos cuenta de
que su raíz se halla en esa actitud nuestra que aprecia nuestro propio
bienestar y beneficio mientras que permanece insensible al bienestar del
prójimo. Esta actitud egocéntrica subyace no solo en la ira sino también
prácticamente en la totalidad de nuestros estados mentales. Se trata de una
actitud engañosa que conlleva una percepción errónea de la situación real; y
esa percepción errónea es la responsable de todo el sufrimiento y la
insatisfacción que experimentamos. Por consiguiente, la primera tarea del
practicante de la compasión y del buen corazón es cobrar conocimiento de la
naturaleza destructiva de este enemigo interior y de cómo conduce de forma natural
e inevitable a consecuencias indeseadas.
Para ver con claridad
este proceso destructivo será preciso que tomemos conciencia de la naturaleza
de la mente. Suelo decir que la mente es un fenómeno harto complejo. Según la
filosofía budista, hay varios tipos de mente o conciencia, y en la meditación
budista adquirimos una familiaridad más profunda con nuestros siempre
cambiantes estados mentales.
En el contexto de la
investigación científica, abordamos este tema en relación con sus componentes.
Describimos minuciosamente el potencial de sus diversas composiciones
moleculares y químicas, y de aquellas estructuras atómicas que poseen un valor
beneficioso, mientras que no prestamos atención a las que carecen de esas
propiedades útiles, o, en algunos casos, las eliminamos deliberadamente. Esta
postura discriminatoria ha dado lugar a resultados fascinantes.
Si dedicamos la misma
atención a analizar nuestra mente, el mundo de la experiencia y los fenómenos
mentales, descubriremos que hay también infinidad de estados mentales que
difieren entre sí en sus modos de aprehensión, objeto, grado de intensidad de
compromiso con respecto del objeto, etcétera. Algunos aspectos de la mente son
útiles y beneficiosos; deberíamos, por tanto, identificarlos correctamente y
fomentar su potencial. Al igual que los científicos, si tras un examen
descubrimos que ciertos estados mentales son perniciosos, pues nos ocasionan
sufrimiento y problemas, deberíamos buscar la forma de erradicarlos. Este es,
sin duda alguna, un proyecto sumamente valioso. A decir verdad, se trata de la
mayor preocupación de los budistas practicantes. Es comparable a abrir el
cráneo a alguien para llevar a cabo experimentos en las diminutas células del
cerebro con el fin de determinar cuáles son las que nos dan la felicidad y
cuáles nos causan problemas. El peligro es grande mientras esos enemigos
interiores permanezcan a buen recaudo en nuestro interior.
20
Al iniciarnos en una
técnica como el adiestramiento budista de la mente debemos entender y apreciar
la complejidad de la tarea que tenemos ante nosotros. Las escrituras budistas
hacen referencia a ochenta y cuatro mil tipos de pensamientos negativos y destructivos,
que cuentan con sus ochenta y cuatro mil correspondientes antídotos. Es
importante no albergar expectativas poco realistas de que, de algún modo y en
algún lugar hallaremos una llave mágica que nos ayudará a erradicar todos esos
aspectos negativos. Para conseguir resultados duraderos es preciso poner en
práctica distintos métodos a lo largo de un período de tiempo dilatado.
Necesitamos, por consiguiente, mucha resolución y paciencia. Es erróneo esperar
que poco después de empezar la práctica del Dharma alcanzaremos la iluminación
en el plazo de una semana, pongamos por caso. Semejante idea no es realista.
El famoso santo
budista Nagarjuna escribió muy acertadamente sobre la necesidad de tener
paciencia y de dedicar el tiempo que sea preciso para comprometerse
verdaderamente en un proceso de adiestramiento mental. Nagarjuna decía que si,
por medio del adiestramiento mental y la disciplina, a través de la
introspección y de su hábil aplicación, alguien es capaz de conseguir una
sensación de serenidad y confianza interior, un sosiego que se encuentra
arraigado en un estado definitivo, no importa el tiempo que se necesite para
llegar a la iluminación. Sin embargo, en contraste con Nagarjuna, nuestra
experiencia personal nos dice que el tiempo sí importa. Si nos hallamos sumidos
en un momento de aflicción abrumadora, aun cuando esta dure poco, nos sentimos
acosados por la impaciencia y desearemos salir cuanto antes de ese estado.
Dado que la compasión
y el buen corazón se adquieren por medio de un esfuerzo constante y consciente,
es importante que primero identifiquemos las condiciones favorables que
originan nuestras cualidades relacionadas con la amabilidad y, después,
identifiquemos las circunstancias adversas que nos impiden cultivar esos
estados mentales positivos. Por consiguiente, es importante que llevemos una
vida de atención constante y de alerta mental. Nuestra maestría en la atención
debe ser tal que cada vez que se produzca una nueva situación seamos capaces de
reconocer en el acto si las circunstancias son favorables o adversas al
desarrollo de la compasión y del buen corazón. Si aspiramos a la práctica de la
compasión de esta forma seremos capaces poco a poco de mitigar los efectos de
las fuerzas obstructivas y de fomentar las condiciones que favorecen el
desarrollo de la compasión y del buen corazón.
Como ya he mencionado
anteriormente, cualquier tipo de felicidad y sufrimiento es, en primera
instancia, físico o mental. Cuando el dolor toma la
21
forma preponderante
de sensaciones físicas puede verse aliviado mediante un estado mental positivo;
un estado mental sereno puede llegar a neutralizar el dolor. Una actitud de
aceptación o la voluntad de aceptar ese dolor físico puede ser decisiva. Por otra
parte, si el dolor es principalmente de carácter mental, no físico, será muy
difícil obtener el alivio mediante el confort físico. Cabe la posibilidad de
intentar neutralizar el dolor por medio de la gratificación sensorial pero el
alivio que produce nunca es duradero; en realidad, puede contribuir a agudizar
el dolor. Así pues, resulta muy útil concentrarse diariamente en el
adiestramiento mental, aun dejando al margen las consideraciones espirituales
sobre el momento de la muerte o el camino de la iluminación. Incluso a aquellos
que no se muestran interesados en cuestiones a tan largo plazo les resulta más
valioso preocuparse de su mente que de su dinero.
Es evidente que el
budismo no se ocupa solamente de aliviar el dolor del propio individuo, sino de
asegurar la liberación del sufrimiento a todos los seres vivos. No obstante, si
nuestro propio dolor es, por sí solo, tan difícil de soportar, ¿Cómo podemos
concebir siquiera el responsabilizarnos del sufrimiento de todos los demás
seres?. En su magistral obra Guía de las obras del Bodhisattva, Shantideva,
el maestro indio del siglo VIII, dice que existe una diferencia
fenomenológica entre el dolor que se experimenta cuando alguien atrae sobre sí
mismo el dolor del prójimo y el que le llega directamente procedente de su
propio dolor y sufrimiento. En el primero hay un elemento de inquietud porque
uno está compartiendo el dolor de otro; con todo, hay también cierto grado de
estabilidad pues, de algún modo, se acepta ese dolor de forma voluntaria. La
participación voluntaria del sufrimiento ajeno entraña fuerza y confianza. Pero
en el segundo caso, cuando alguien padece su propio dolor y sufrimiento, hay un
cierto elemento de involuntariedad, y esa falta de control por parte del
individuo hace que se sienta débil y completamente abrumado.
En las enseñanzas
budistas sobre el altruismo y la compasión se emplean expresiones como:
«Desatiende tu propio bienestar y cuida el bienestar del prójimo».
Exhortaciones de este tipo quizá pueden sonar intimidantes, pero es importante
entender en su contexto adecuado esas afirmaciones referentes a la práctica de
compartir de forma voluntaria el dolor y el sufrimiento de otros. La capacidad
de amarse a sí mismo es, esencialmente, la base que sustenta ese sentido de
amor hacia los demás.
El amor hacia la
propia persona no es fruto de la gran deuda que uno tiene consigo mismo. Antes
bien, la capacidad para amarse a sí mismo está basada en el hecho de que todos
nosotros deseamos por naturaleza la felicidad y queremos evitar el sufrimiento.
Y, una vez reconocido ese amor en la relación
22
alai Lama – Con el
Corazón Abierto
con nosotros mismos,
es posible extenderlo a todos los demás seres sintientes. Por consiguiente,
cuando encontramos afirmaciones en las enseñanzas como «Desatiende tu propio
bienestar y cuida el bienestar del prójimo», hay que entenderlas en el contexto
del adiestramiento de sí mismo según el ideal de la compasión. Esto es
importante para evitar caer en la autoindulgencia y desarrollar formas de
pensar egocéntricas que no tienen en cuenta el impacto que nuestras acciones
tienen sobre los demás.
Es posible progresar
en la adopción de una actitud que considere valiosos a los otros seres
sintientes y reconozca el papel que su bondad desempeña en nuestra propia
experiencia de dicha, felicidad y éxito. Esa debería ser nuestra primera
consideración. A continuación deberíamos pensar que mediante el análisis
podemos ver que gran parte de nuestras desgracias y dolor proceden de esa
actitud egocéntrica que quiere nuestro propio bienestar a expensas de los
demás, pese a que gran parte de la alegría y del sentido de seguridad que hay
en nuestras vidas es fruto de los pensamientos y emociones que se preocupan por
el bienestar ajeno. Comparar las dos posturas — el cuidarnos a nosotros mismos
frente a cuidar de los demás — nos convence de la necesidad de valorar el
bienestar ajeno.
La Ecuanimidad
Dado que la compasión
genuina es universal y no discrimina, cultivar la compasión implica, en primer
lugar, cultivar la ecuanimidad para con todos los seres sintientes. Por
ejemplo, alguien sabe que fulanito o menganito son sus amigos o parientes en
esta vida, pero el budismo señala que esa persona bien pudo ser su peor enemigo
en una vida pasada. El mismo razonamiento puede aplicarse a alguien que
consideremos nuestro enemigo actual: a pesar de que esa persona pueda haberse
comportado de forma negativa con nosotros y sea nuestro enemigo en esta vida,
él o ella pudo haber sido nuestro mejor amigo o incluso nuestra madre en
nuestra vida pasada. Reflexionar sobre la naturaleza fluctuante de nuestras
relaciones con los demás y también sobre el potencial que existe en todos los
seres sintientes para ser tanto nuestros amigos como nuestros enemigos nos
permite desarrollar esa atención equitativa o ecuanimidad.
La práctica de
desarrollar la ecuanimidad implica una forma de desapego, pero es importante
entender qué significa «desapego». A veces, cuando la gente oye hablar de la
práctica budista del desapego, cree que el budismo aboga por la indiferencia
hacia todas las cosas, pero eso no es así. Cultivar el desapego sirve para
eliminar las consideraciones superficiales de
23
distancia y
proximidad de las emociones que albergamos hacia los demás. Amparándonos en
eso, podemos desarrollar una compasión que es verdaderamente universal. El
desapego no significa sentir la indiferencia hacia el mundo o la vida, sino
todo lo contrario. Una experiencia profunda de desapego es la base sobre la que
podemos construir la compasión genuina y extenderla a todos los demás seres
sintientes.
24
3.- LA COMPASIÓN
GLOBAL
En mi opinión, la
clave para un mundo más feliz y próspero en cualquier ámbito de la sociedad,
bien sea familiar, nacional o internacional, es el crecimiento de la compasión.
No tenemos que ser religiosos ni necesitamos creer en una ideología concreta; todo
cuanto tenemos que hacer es desarrollar nuestras buenas cualidades humanas.
Estoy convencido de que cultivar la felicidad individual puede contribuir a
mejorar de forma profunda y eficaz la comunidad humana en su conjunto.
Todos compartimos la
misma necesidad de amor, y esta cualidad común hace posible que sintamos el
lazo de fraternidad que nos une con cualquier persona nueva a la que conocemos,
sea en las circunstancias que sea. No importa lo extraños que nos resulten sus
rasgos, su vestimenta o su forma de ser, no existe una división significativa
entre nosotros y el resto de la gente. Es absurdo insistir en las diferencias
externas pues nuestras respectivas naturalezas son iguales.
Observar nuestra
situación global nos ayuda a ver con claridad cuáles son los beneficios de
trascender esas diferencias superficiales. La humanidad es fundamentalmente
una, y este pequeño planeta en que habitamos es nuestro único hogar; si
deseamos protegerlo necesitaremos experimentar un intenso sentimiento de
altruismo y compasión universales, pues solo así podemos eliminar los motivos
egoístas que llevan a las personas a engañarse y maltratarse unas a otras. Los
que tienen un corazón sincero y abierto sienten por naturaleza confianza y
autoestima, y no tienen por qué temer a los demás.
Cada vez es más
necesaria la existencia de una atmósfera de cooperación y apertura a nivel
global. En la actualidad las barreras familiares o nacionales desaparecen en
cuanto concierne a la economía, pues el mundo se halla inextricablemente
interconectado. Los países y los continentes dependen mucho unos de otros; así,
un país que sea capaz de desarrollar su propia economía se ve forzado a prestar
mucha atención a las condiciones económicas de los demás países. En realidad,
el desarrollo económico de otros países suele favorecer el desarrollo económico
del propio país. Estos hechos de nuestro mundo moderno requieren una revolución
total en nuestra forma de pensar y en nuestros hábitos. Cada vez resulta más
evidente que un sistema económico viable debe estar basado en un verdadero
sentido de la responsabilidad universal. En otras
25
palabras, lo que
necesitamos es un compromiso auténtico con los principios de la fraternidad
universal. Hasta ahí está claro. No se trata, por tanto, de un ideal sagrado,
moral o religioso, antes bien, es la realidad de nuestra existencia humana
moderna.
La reflexión sobre el
presente estado de cosas en el mundo, bien sea en el campo de la economía
moderna o en el de la salud, bien en las situaciones políticas y militares, nos
ayudará a darnos cuenta de que en todas partes necesitamos más compasión y altruismo.
Además de enfrentarse a numerosas crisis sociales y políticas, el mundo también
padece un creciente ciclo de calamidades naturales. Año tras año presenciamos
cambios drásticos en el clima del globo que acarrean graves consecuencias, como
las lluvias torrenciales en algunos países y su secuela de graves inundaciones,
mientras que otros países padecen la escasez de precipitaciones que provoca
sequías devastadoras. Afortunadamente asistimos a una creciente preocupación
por la ecología y el medio ambiente en todo el mundo, pues empezamos a
vislumbrar que la cuestión de la protección ambiental lleva implícita, en
última instancia, nuestra propia supervivencia en el planeta. Como seres
humanos debemos respetar a nuestros congéneres. La compasión, la amabilidad, el
altruismo y un sentido de la fraternidad constituyen las claves del desarrollo
humano y también de la supervivencia del planeta.
El éxito o el fracaso
de la humanidad en el futuro depende fundamentalmente de la voluntad y la
determinación de la generación actual, y es un hecho indiscutible que si no
ponemos toda nuestra voluntad e inteligencia en este empeño no habrá nadie que
pueda garantizarnos un futuro, ni para nosotros ni para las generaciones
futuras. Y no es lícito echar todas las culpas a los políticos o a aquellas
personas que consideramos directamente responsables de algunas situaciones;
nosotros también debemos aceptar nuestra parte de responsabilidad, pues solo
cuando el individuo acepta su responsabilidad personal es capaz de tomar
iniciativas. Quejarnos y lamentarnos no basta; el verdadero cambio debe
proceder del interior del individuo, solo entonces está en disposición de
aportar contribuciones importantes a la humanidad. El altruismo no es un ideal
religioso, es una necesidad indispensable para la humanidad en su conjunto.
Si estudiamos la
historia de la humanidad vemos que la clave para conseguir lo que el mundo
considera grandes conquistas ha sido un buen corazón. Los derechos civiles, el
trabajo social, la liberación política y la religión son ejemplos de ello. La
motivación y una actitud sincera ante la vida no son patrimonio exclusivo del
ámbito de la religión; cualquier persona puede adquirir
26
esas virtudes si se
preocupa de verdad por los demás. Las acciones resultantes de esta actitud y
motivación pasarán a la historia como acciones buenas, beneficiosas y útiles a
la humanidad. Hoy en día, cuando leemos en la historia acciones como estas, a pesar
de que se trate de hechos pasados convertidos en recuerdos, no podemos por
menos de sentirnos felices y reconfortados, y recordamos con admiración a las
personas que llevaron a cabo esas grandes o nobles empresas. También en nuestra
generación podemos encontrar algunos ejemplos de esa grandeza.
Por otra parte, en la
historia también abundan los individuos que cometieron actos de lo más atroces
y destructivos, como asesinar y torturar a otras personas o causar infinidad de
desgracias y sufrimiento a una numerosa cantidad de personas. Estos incidentes
reflejan la cara más oscura de nuestra herencia humana común y solo se producen
cuando intervienen el odio, la ira, los celos y una codicia desmesurada. La
historia mundial no es ni más ni menos que la crónica colectiva de los efectos
que los pensamientos negativos y positivos tienen en los seres humanos.
Reflexionar a propósito de la historia nos puede hacer ver que si deseamos una
vida mejor y más feliz debemos examinar cuál es nuestra disposición actual y
anticipar cuál será la forma de vida que esa disposición nos deparará en el
futuro. El poder omnipresente de esas actitudes negativas no debe ser
magnificado.
La Compasión y la Resolución de
Conflictos
En nuestra situación
global actual, la cooperación es esencial, especialmente en campos como la
economía y la educación. El movimiento hacia la unidad de la Europa occidental
ha servido para desmentir la idea de que las diferencias internacionales son infranqueables.
Este movimiento es, a mi juicio, verdaderamente maravilloso y muy oportuno. No
obstante, este trabajo de cooperación entre las naciones no ha surgido como
consecuencia de la compasión o de una fe religiosa, sino de la necesidad. En el
mundo hay una tendencia creciente hacia una concienciación global, y, en las
actuales circunstancias, el establecer una relación más estrecha con los demás
se ha convertido en un elemento esencial para nuestra propia supervivencia, por
lo que se impone la necesidad de definir un concepto de responsabilidad
universal basado en la compasión y en un sentido de la fraternidad. El mundo
está lleno de conflictos de carácter ideológico, religioso e incluso familiar,
y todos ellos giran en torno a la discrepancia entre los deseos de una persona
y los de otra; pero cuando intentamos indagar en la causa original de esos
numerosos conflictos
27
descubrimos que en el
fondo hay muchas fuentes distintas, muchas causas, incluso dentro de nosotros
mismos. No obstante, aun antes de comprender las causas de todos nuestros
conflictos, tenemos el potencial y la capacidad de llegar a una reconciliación
amistosa. Todas las causas son relativas: aunque haya muchas fuentes de
conflicto, también hay muchas fuentes de unidad y armonía. Ha llegado el
momento de poner más énfasis en la unidad, y, para ello, son precisos el afecto
humano y el análisis paciente basado en la compasión.
Es posible que un
individuo no tenga las mismas opiniones ideológicas o religiosas que otro, pero
si se respetan los derechos del prójimo y se dan muestras sinceras de una
actitud compasiva hacia él, no importa si ese individuo considera acertadas o
no las ideas de la otra persona; eso es secundario. Siempre y cuando la otra
persona crea en lo que piensa y esa opinión le sea de algún modo beneficiosa,
tendrá pleno derecho a obrar así. Por tanto, debemos respetar y aceptar la
coexistencia de puntos de vista diferentes. También en el ámbito de la economía
hay que aceptar que nuestros competidores obtengan beneficios pues ellos
también tienen que sobrevivir. Todo resulta más sencillo si tenemos una
perspectiva más amplia basada en la compasión: una vez más, esta es la clave.
Desmilitarización
En algunos aspectos,
la situación mundial actual se ha suavizado. La guerra fría entre la antigua
Unión Soviética y Estados Unidos se ha terminado. En lugar de buscar nuevos
enemigos deberíamos pensar y hablar seriamente de una desmilitarización global
o, cuando menos, de la posibilidad de alcanzarla. A mis amigos norteamericanos
siempre les digo: «Vuestra fuerza no proviene de las armas nucleares sino de
los nobles ideales de libertad y democracia que defendieron vuestros
antepasados».
Cuando visité Estados
Unidos en 1991 tuve la oportunidad de entrevistarme con el ex presidente George
Bush. En ese encuentro hablamos del nuevo orden mundial y le dije: «Un nuevo
orden mundial con compasión sería algo muy positivo; pero albergo mis dudas
sobre un nuevo orden sin compasión».
Creo que ha llegado
el momento de pensar y de hablar de la desmilitarización. Con la fragmentación
de la Unión Soviética han surgido algunos síntomas de reducción del arsenal y,
por vez primera, se ha planteado la desnuclearización. Nuestro objetivo debería
ser, en mi opinión, ir liberando paulatinamente el mundo — nuestro pequeño
planeta — de armas. Eso no significa que debamos eliminar todas las armas.
Podemos conservar algunas,
28
pues siempre habrá
entre nosotros personas y grupos que alberguen malas intenciones. Para
salvaguardarnos y tomar ciertas medidas de protección frente a esas fuentes
podríamos crear una fuerza policial internacional controlada regionalmente, que
no perteneciera necesariamente a una nación concreta, sino que estuviese
controlada de forma colectiva por una organización como las Naciones Unidas o
un cuerpo internacional similar. De ese modo, si ninguna nación tuviese acceso
a las armas, no habría peligro de un conflicto militar; tampoco habría guerras
civiles.
Lamentablemente, la
guerra ha formado parte de la historia humana hasta nuestros días, pero creo
que ha llegado el momento de cambiar los conceptos que conducen a ella. Algunas
personas consideran que la guerra es algo glorioso, que les da la oportunidad
de convertirse en héroes. Se trata de una actitud muy equivocada.
Recientemente, un
periodista me comentó: «Los occidentales temen mucho a la muerte, los
orientales parece que le tienen menos temor». Le respondí medio en broma: «En
mi opinión, la guerra y el sistema militar son de extrema importancia para la
mentalidad occidental. La guerra significa muerte, una muerte violenta, por
causas no naturales. De modo que, en realidad sois los occidentales los que,
aparentemente, no teméis a la muerte en vista de que sentís tanto afecto por la
guerra. Los orientales, y particularmente los tibetanos, ni siquiera la tomamos
en consideración; no concebimos la lucha pues su consecuencia inevitable es el
desastre: muerte, heridos y calamidades. Por todo ello, el concepto de guerra
es extremadamente negativo en nuestras mentes, lo que vendría a significar que,
en realidad, tenemos mucho más miedo a la muerte que vosotros».
Lamentablemente, hay
ciertos factores que hacen que la gente siga teniendo ideas incorrectas sobre
la guerra. El peligro que entrañan estas ideas para la comunidad mundial es
mayor que nunca, de ahí la necesidad de estudiar seriamente la desmilitarización.
Pensé en ello muy especialmente durante la crisis del golfo Pérsico.
Naturalmente, todo el mundo culpó a Saddam Hussein, y no cabe duda de que
Saddam Hussein es dañino, cometió muchos errores y actuó mal en muchos
sentidos. Al fin y al cabo es un dictador, y un dictador es por principio
perjudicial. No obstante, sin su poder militar, sin sus armas, no podría haber
actuado como un dictador. Y, ¿Quien le proporcionó esas armas?. Los proveedores
tienen parte de responsabilidad. Algunas naciones occidentales le
proporcionaron armas sin atender a las consecuencias. Pensar solo en el dinero,
en sacar provecho de la venta de armamento es algo terrible. En una ocasión
conocí a una mujer francesa que había pasado muchos años en Beirut. Me contó
29
con gran pesar que,
durante la guerra en Beirut había gente que obtenía beneficios vendiendo armas
en un extremo de la ciudad y, ese mismo día, en el otro extremo, personas
inocentes eran asesinadas con esas mismas armas. Del mismo modo, en un extremo
del planeta hay gente que nada en la abundancia gracias a los beneficios que
obtiene de la venta de armas mientras que en el extremo opuesto muchas otras
personas inocentes son víctimas de esas armas sofisticadas. Por consiguiente,
el primer paso es detener la venta de armas. A veces bromeo con mis amigos
suecos y les digo: «Sois realmente maravillosos. Habéis permanecido neutrales
en los últimos conflictos y siempre tenéis presente la importancia de los
derechos humanos y de la paz mundial. Muy bien. Pero entre tanto vendéis armas.
¿No es una actitud un tanto hipócrita?».
Durante la crisis del
Golfo me hice la firme promesa de comprometerme a apoyar la idea de la
desmilitarización durante el resto de mi vida. Por lo que a mi país se refiere,
ya he decidido que en el futuro el Tíbet debería ser una zona completamente
desmilitarizada. Nuevamente, el factor clave para luchar contra la
desmilitarización es la compasión humana.
30
4.- EL PLURALISMO
RELIGIOSO
Es difícil sentir
respeto hacia otras tradiciones religiosas si desconocemos su valor. El respeto
mutuo es el fundamento de la armonía auténtica. Deberíamos aspirar a un
espíritu de armonía, no por razones políticas o económicas, sino,
sencillamente, porque reconocemos el valor de otras tradiciones, por esa razón
siempre me esfuerzo en fomentar la armonía religiosa.
Recurrir a la fe
religiosa para potenciar los valores humanos es algo muy positivo. Todas las
grandes religiones mundiales enseñan el amor, la compasión y el perdón.
Naturalmente, cada religión tiene una forma distinta de hacerlo pero, en vista
de que todas tienen más o menos los mismos objetivos — vivir más felices, ser
más compasivos y crear un mundo mejor — el hecho de que tengan métodos
distintos no representa ningún problema insalvable. Lo que importa es conseguir
finalmente el amor, la compasión y el perdón. Todas las grandes religiones
mundiales cuentan con el mismo potencial para ayudar a la humanidad. Algunas
personas tienen una disposición que resulta idónea para la fe religiosa, y, en
vista de la variedad de disposiciones que hay entre los seres humanos, es
lógico deducir que necesitemos muchas religiones diferentes. La variedad es
beneficiosa.
Me gustaría abordar
el tema de la armonía religiosa definiendo dos niveles de espiritualidad.
Primer Nivel de Espiritualidad: Fe y
Tolerancia
En el primer nivel de
espiritualidad para todo ser humano se halla la fe. Esto es así en cualquiera
de las grandes religiones mundiales. Personalmente, creo que cada una de estas
religiones desempeña por sí sola un papel importante, pero para que puedan realizar
una contribución realmente eficaz en beneficio de toda la humanidad habría que
tomar en consideración dos factores esenciales.
El primero de esos
factores es que cada uno de los creyentes de esa diversidad de religiones, es
decir, nosotros mismos, debemos practicar con sinceridad. Las enseñanzas
religiosas deben ser una parte integrante de nuestras vidas, en vez de
permanecer al margen de ellas. A veces acudimos a la iglesia o
31
al templo y rezamos
una oración o generamos algún sentimiento espiritual y luego, en cuanto salimos
de la iglesia o del templo, no queda nada de ese sentimiento religioso. Esa no
es la forma adecuada de practicar. El mensaje religioso debe acompañarnos dondequiera
que vayamos; las enseñanzas de nuestra religión deben estar presentes en
nuestras vidas de manera que, cuando de verdad tengamos necesidad de
bendiciones o de fuerza interior o cuando atravesemos dificultades esas
enseñanzas y sus efectos estén con nosotros.
La religión es
verdaderamente eficaz cuando se ha convertido en una parte integrante de
nuestra vida. Necesitamos conocer esas enseñanzas no solo a un nivel
intelectual sino también a través de nuestra experiencia más profunda. A veces,
nuestra comprensión de las ideas religiosas es muy superficial o intelectual.
Sin un sentimiento más profundo, la efectividad de la religión queda limitada.
Así pues, debemos
practicar con sinceridad e integrar nuestra religión en nuestra vida.
El segundo factor
tiene que ver con la interrelación entre las diferentes religiones mundiales.
En la actualidad, como consecuencia de un creciente cambio tecnológico y de los
derroteros que sigue la economía mundial dependemos más que nunca unos de otros.
Los países y los continentes están más estrechamente relacionados entre sí. En
realidad, la supervivencia de una región en el mundo depende de la
supervivencia de las demás. El mundo es mucho más interdependiente y, en
consecuencia, hay una mayor interacción humana a gran escala. Teniendo en
cuenta estas circunstancias es muy importante la aceptación del pluralismo
entre las religiones mundiales. En épocas pasadas, cuando las comunidades
vivían separadas unas de otras y las religiones surgían en zonas relativamente
aisladas, la creencia de que había una sola religión resultaba de gran
utilidad. Pero ahora la situación ha cambiado y las circunstancias son
completamente distintas. En la actualidad es crucial aceptar el hecho de que
existen religiones diferentes, y para desarrollar un verdadero respeto hacia
todas ellas es fundamental que establezcan contactos entre sí. Este es el
segundo factor que permitirá que las religiones del mundo cumplan su misión de
ser beneficiosas para la humanidad.
Cuando estaba en
Tíbet no tenía relación con gentes de creencias distintas del budismo, de modo
que mi actitud hacia las otras religiones no era muy positiva. Pero, tener la
oportunidad de conocer gentes de otras creencias y aprender de mi contacto
personal y mi experiencia con ellas hizo que mi actitud cambiase. Me di cuenta
de lo útiles que eran las demás religiones para la humanidad, y del potencial
que cada una de ellas posee para contribuir a
32
mejorar el mundo. En
los últimos siglos las religiones han ayudado notablemente a la mejora de los
seres humanos, e incluso hoy en día son muchos los fieles que siguen
beneficiándose del cristianismo, el islam, el judaísmo, el budismo, el
hinduismo, etcétera.
Os daré un ejemplo
del valor que tiene conocer gente de diferentes credos: mis encuentros con el
fallecido Thomas Merton me enseñaron lo hermoso y maravilloso que este hombre
era como persona y me proporcionaron información de primera mano sobre el potencial
espiritual de la fe cristiana. En otra ocasión, conocí a un monje católico en
Montserrat, uno de los monasterios más célebres de España. Me dijeron que ese
monje llevaba varios años viviendo como ermitaño en una colina que quedaba
detrás del monasterio. Cuando acudí a visitar el monasterio, ese monje bajó de
su ermita solamente para conocerme. Resultó que su inglés era aún peor que el
mío, y eso me dio más valor para hablarle. Estábamos cara a cara y le pregunté:
«¿Qué ha estado haciendo durante todos esos años en la colina?». Él me miró y
me respondió: «Meditar sobre la compasión, sobre el amor». Tras pronunciar esas
pocas palabras comprendí el mensaje a través de sus ojos. Llegué a admirar
sinceramente a esa persona y a otras como él. Experiencias como esa me han
confirmado que todas las religiones mundiales tienen el potencial de producir
buenas personas, a pesar de sus diferencias filosóficas y doctrinales. Cada
tradición religiosa posee un mensaje maravilloso que transmitir.
Lo importante es que
para las personas que siguen las enseñanzas basadas en la fe en un creador — en
Dios — el planteamiento que estas encierran resulta muy eficaz. Los cristianos,
por ejemplo, no creen en la reencarnación y, por ende, no aceptan creencias
basadas en vidas pasadas o futuras. Para ellos solo existe esta vida. No
obstante, sostienen que esta vida ha sido creada por Dios y esa creencia les da
un sentimiento de intimidad con Dios y de dependencia con respecto a Él, de
donde se desprende la enseñanza de que debemos amar al prójimo; el razonamiento
es que si amamos a Dios debemos amar al prójimo porque, al igual que nosotros,
también ha sido creado por Dios. Su futuro, al igual que el nuestro, depende
del creador; por consiguiente, su situación es igual a la nuestra. En
consecuencia, pondremos en duda la fe de aquellas personas que animan a los
demás a amar a Dios pero que personalmente no muestran un amor genuino hacia el
prójimo. La persona que crea en Dios y en el amor de Dios debe demostrar la sinceridad
de este amor amando directamente a sus congéneres. Se trata de un planteamiento
muy poderoso.
Así pues, si
examinamos de la misma forma cada religión desde distintos ángulos — no desde
nuestra propia posición filosófica, sino desde varias
33
perspectivas
distintas — no cabe la menor duda de que todas las religiones cuentan con el
potencial de mejorar a los seres humanos. El contacto con personas de otros
credos nos ayuda a desarrollar una actitud más abierta y el respeto por las
demás religiones. Personalmente, conocer otras religiones me ha ayudado a
entender nuevas ideas, nuevas prácticas y nuevos métodos o técnicas que he
podido incorporar a mi propia práctica. Del mismo modo, algunos de mis hermanos
y hermanas cristianos han adoptado algunos de los métodos budistas: por
ejemplo, la práctica de la meditación centrada en un solo punto, u otras
técnicas para ayudar a fomentar la tolerancia, la compasión y el amor. Este
tipo de intercambios entre practicantes de distintas religiones resulta de
extrema utilidad: además de contribuir a estimular la armonía entre ellos,
proporciona también otros beneficios.
Los políticos y los
líderes nacionales hablan con frecuencia de la coexistencia y de la unión. ¿Por
qué no hacerlo aplicable también a las religiones?. En Asís, Italia, los
líderes y representantes de varias religiones mundiales se reunieron en 1987
para rezar juntos, aunque no estoy seguro de que la palabra «rezar» sea la más
adecuada para describir la práctica de esas religiones. En cualquier caso, lo
importante es que representantes de varias religiones se reunieron en un lugar
y cada uno de ellos rezó conforme a sus propias creencias. Es, por tanto, algo
que ya se ha llevado a cabo y, personalmente, me parece un paso muy positivo.
No obstante, necesitamos poner más empeño en fomentar la armonía y el
entendimiento entre las diversas religiones, dado que, sin ese empeño,
seguiremos topándonos con muchos de los problemas que mantienen dividida a la
humanidad.
Sería desastroso que
la religión fuese el único remedio para reducir el conflicto humano y que ese
remedio constituyese en sí mismo una nueva fuente de conflicto. Me parece
absolutamente lamentable que, hoy como ayer, sigan estallando conflictos en
nombre de la religión, como consecuencia de las diferencias religiosas. No
obstante, si pensamos detenidamente sobre ello nos daremos cuenta de que la
situación en el pasado era completamente distinta de la de ahora. Ya no estamos
aislados, sino que ahora somos interdependientes unos de otros; así pues, hoy
es fundamental reconocer que la relación entre las diversas religiones es
esencial, por eso los distintos grupos religiosos deben trabajar en estrecha
colaboración y hacer un esfuerzo común en favor de la humanidad.
Así pues, la
sinceridad y la fe en la práctica religiosa, de un lado, y la tolerancia y la
cooperación religiosa, de otro, componen este primer nivel del valor de la
práctica espiritual para la humanidad.
34
Segundo Nivel de Espiritualidad:
La Compasión Como Religión Universal
El segundo nivel de
espiritualidad es aquel que trasciende las diferencias religiosas, eso es, la
compasión humana y el afecto. Este segundo nivel es más importante que el
primero, pues, por muy maravillosa que sea una religión, solo es aceptada por
un número determinado de personas. Es probable que la mayoría de los cinco o
seis mil millones de seres humanos que viven en nuestro planeta no practique
ninguna religión. Según sus orígenes familiares puede que se identifiquen como
integrantes de un grupo religioso u otro — «Soy hindú», «Soy budista», «Soy
cristiano» —, pero, en el fondo, la mayoría de esos individuos no es
necesariamente practicante de ninguna fe religiosa. Toda persona tiene derecho
a decidir si abraza o no una religión. Los grandes maestros como Buda,
Mahavira, Jesús y Mahoma fracasaron en su intento de que toda la población
humana tuviese una mente espiritual. Lo cierto es que nadie puede conseguir
eso. No importa que a esos no creyentes se les llame ateos; es más, según
algunos estudiosos occidentales, los budistas son también ateos, pues no
aceptan la existencia de un creador. Por esa razón a veces añado el adjetivo
«extremo» para describir a los no creyentes: les llamo no creyentes extremos
porque no son solo no creyentes, sino que son extremos en su visión de que la
espiritualidad no posee valor alguno. Pese a todo, debemos recordar que esas
personas forman parte también de la humanidad y que, en cuanto a seres humanos,
también ellos albergan el deseo de ser felices y de alcanzar una vida dichosa y
pacífica. Se trata de una observación importante.
Personalmente, creo
que es perfectamente válido ser un no creyente, pero como integrantes de la
humanidad y seres humanos, todos necesitamos del afecto y la compasión humanos.
Esta es la enseñanza central de todas las tradiciones religiosas. Sin la compasión
humana hasta las creencias religiosas pueden ser destructivas. Por
consiguiente, lo esencial, tanto si uno es religioso como si no lo es, es la
práctica del buen corazón. Para mí, el afecto humano y la compasión constituyen
la religión universal. Creyentes y no creyentes, todos necesitamos afecto y
compasión porque son los que nos dan fuerza interior, esperanza y paz mental.
Así pues, cabe decir que la compasión es indispensable para todos.
Como ya he mencionado
anteriormente, algunos de mis hermanos y hermanas cristianos, sean monjes o
laicos, me han confesado que utilizan técnicas y métodos budistas para
desarrollar su compasión y su fe cristiana.
35
Siempre les digo a
mis amigos occidentales que es preferible intentar ceñirse a la propia
tradición. Cambiar de religión no resulta fácil y puede generar confusión. No
obstante, aquellas personas que de verdad crean que la postura budista es más
efectiva y se adecua mejor a su disposición mental deberían pensar seriamente
en esa posibilidad. Una vez que uno está plenamente convencido de que el
budismo es adecuado para él es libre de seguirlo. Pero hay una cosa importante
que hay que recordar: a veces, para justificar su cambio de fe, algunas
personas adoptan una actitud crítica hacia su religión o tradición anterior.
Eso es algo que habría que evitar. Es posible que su religión anterior ya no
les sea de utilidad, pero eso no significa que no sea útil para la humanidad.
En reconocimiento de las ideas y los derechos de otras personas, y del valor de
sus tradiciones, es muy importante que toda persona honre su religión anterior.
36
5.- EL BUDISMO BÁSICO
Si bien creo que la
compasión humana y el afecto son valores universales que trascienden las
fronteras de las diferencias religiosas, el significado de la compasión dentro
del ámbito budista tiene su origen en una cosmovisión concreta que posee sus
propios objetivos y métodos. Esta cosmovisión no solo expone lo que ya he
explicado sobre los beneficios de la compasión y los métodos para acrecentarla,
sino que también pone de manifiesto cómo el desarrollo de la compasión forma
parte de la comprensión budista de la realidad y del camino hacia la
iluminación. Por todo ello, quizá resulte de utilidad exponer a continuación
algunos de los principios de la filosofía budista.
Las Cuatro Nobles Verdades y la
Causalidad
Las enseñanzas
básicas de Buda se basan en las cuatro nobles verdades, que constituyen el
fundamento de la doctrina budista. Las cuatro nobles verdades son: la verdad
del sufrimiento, su origen, la posibilidad de su cese y el camino que conduce a
ese cese. Las enseñanzas a propósito de las cuatro nobles verdades están
basadas en la experiencia humana y subrayan lo que constituye la aspiración
natural: buscar la felicidad y evitar el sufrimiento. Esa felicidad que
deseamos y el sufrimiento que eludimos no son fruto del azar, sino que vienen
precedidos por una serie de causas y condiciones. El propósito de las cuatro
nobles verdades es comprender ese mecanismo causal del sufrimiento y de la
felicidad, y para ello es preciso analizar cuidadosamente qué es la causalidad.
Por ejemplo, alguien puede pensar que sus experiencias de dolor, de sufrimiento
y de felicidad suceden sin ninguna razón, en otras palabras, que no tienen
causa alguna. Las enseñanzas budistas dicen que esto no es posible. También se
puede pensar que el sufrimiento o la felicidad vienen en cierto modo
determinados por un ser trascendente. Nuevamente, se trata de una posibilidad
que el budismo rechaza. Algunos creen que hay una sustancia primera que
constituye la fuente original de todas las cosas. Las enseñanzas budistas
vuelven a desestimar ese razonamiento. Valiéndose de una serie de postulados,
el budismo sostiene que nuestras experiencias del sufrimiento y de la felicidad
no proceden de nosotros mismos ni están originados por una causa que exista de
forma independiente,
37
tampoco son el
producto de ninguna combinación de ambos. Antes bien, las enseñanzas budistas
entienden que la causalidad deriva de lo que podría llamarse el origen
interdependiente: todos los fenómenos y los hechos, incluyendo nuestras
experiencias de sufrimiento y de felicidad, proceden de la conjunción de una
multiplicidad de causas y condiciones.
Comprender el Papel Fundamental de la
Mente
Si ahondamos en las
enseñanzas de las cuatro nobles verdades, descubrimos el papel fundamental que
desempeña la conciencia o mente en determinar nuestras experiencias de
sufrimiento y felicidad. La concepción budista sostiene que hay varios niveles
de sufrimiento. Tenemos, por ejemplo, una forma de sufrimiento que a todos nos
resulta muy evidente y que reconocemos como tal: me refiero a las experiencias
dolorosas. Un segundo nivel de sufrimiento incluye lo que comúnmente definimos
como sensaciones placenteras. En realidad, las sensaciones placenteras nos
causan sufrimiento, pues, en sí mismas, contienen la semilla de la
insatisfacción. Hay también un tercer nivel de sufrimiento, que en la
terminología budista suele llamarse el sufrimiento generado por nuestras
condiciones. Podría decirse que este tercer nivel de sufrimiento viene dado por
el mero hecho de nuestra existencia como seres no iluminados, sujetos a
emociones, pensamientos y acciones kármicas negativos. Karma significa
acción y es lo que nos mantiene atrapados en el ciclo negativo. Así
pues, el tercer tipo de sufrimiento procede del hecho de estar ligado al karma
de esta forma.
Si estudiamos estos
tres tipos de sufrimiento veremos que, en última instancia, todos ellos están
sujetos a estados mentales. En realidad, los estados mentales indisciplinados
implican sufrimiento. Si analizamos los textos budistas en busca del origen del
sufrimiento veremos que, a pesar de leer sobre el karma y la ilusión o el
engaño causado por la acción kármica, estamos tratando con acciones que han
sido ejecutadas por un agente. En vista de que siempre hay un motivo detrás de
cada acción, el karma también puede ser entendido en última instancia como un
estado mental, un estado mental indisciplinado. Del mismo modo, cuando hablamos
de los engaños que impulsan a alguien a actuar negativamente también podemos
llamarlos estados mentales indisciplinados. Así pues, cuando los budistas nos
referimos a la verdad del origen del sufrimiento, estamos hablando de un estado
mental indisciplinado e indómito, que nos aleja de la iluminación y nos causa
sufrimiento. El origen del sufrimiento, la causa del sufrimiento y el
sufrimiento en sí mismo son en el fondo estados mentales.
38
Cuando hablamos del
cese del sufrimiento hacemos referencia a un ser viviente, un agente con
conciencia. Las enseñanzas budistas describen la eliminación del sufrimiento
como el estado más elevado de la felicidad. Esta felicidad no debe entenderse
como una sucesión de sensaciones placenteras; no estamos hablando de una
felicidad en el ámbito de los sentimientos o de las sensaciones. Antes bien,
nos referimos al grado más alto de felicidad: la liberación total del
sufrimiento y del engaño. Nuevamente, se trata de un estado mental, un nivel de
conciencia.
Finalmente, para
entender nuestra experiencia del sufrimiento y del dolor, y el camino que
conduce a su eliminación, esto es, las cuatro nobles verdades, debemos entender
la naturaleza de la mente.
La Mente y el Nirvana
En su Guía
del camino medio, el maestro indio Chandrakirti describe el
proceso a través del cual la mente crea el sufrimiento en el que vivimos como:
«Un estado mental indisciplinado que da lugar a los engaños que impulsan al
individuo a la acción negativa, y que, a su vez, crea el entorno negativo en el
que la persona habita».
Para intentar
comprender la naturaleza de la liberación del sufrimiento, lo que los budistas
llaman «nirvana», podemos referirnos a un pasaje de la conocida obra de
Nagarjuna, Los fundamentos del camino medio, donde en
cierto modo equipara la existencia no iluminada (samsara) a
la existencia iluminada (nirvana). Lo que Nagarjuna
intenta decir es que no debemos pensar que existe una naturaleza intrínseca a
nuestra existencia ni esencial para ella, sea esta iluminada o no. Desde el
punto de vista de la vacuidad, ambas están ausentes por igual de cualquier tipo
de realidad intrínseca. Lo que distingue un estado iluminado de uno no
iluminado es el conocimiento y la experiencia de la vacuidad. Ese conocimiento
y la experiencia de la vacuidad del samsara son lo que, en sí mismos,
constituyen el nirvana. La diferencia entre el samsara y el nirvana es pues un
estado mental.
Por consiguiente,
dadas estas premisas, sería lícito preguntarse si el budismo sugiere que todos
los fenómenos no son más que una proyección de nuestra mente. Se trata de una
cuestión crítica que ha dado lugar a distintas respuestas por parte de los maestros
budistas a lo largo de la historia del budismo. Una facción de los grandes
maestros eruditos ha sostenido que en el análisis final todos los fenómenos,
incluyendo también nuestras experiencias de sufrimiento y felicidad, no son más
que una proyección de nuestra mente.
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Otra facción ha
reaccionado con vehemencia contra esta forma extrema de subjetivismo. Sus
partidarios afirman que, si bien un individuo puede llegar a entender todas las
cosas, incluso sus propias experiencias, como creaciones de la mente, eso no
implica que todas esas cosas existan únicamente en la mente. Argumentan que es
necesario mantener un grado de objetividad y creer que las cosas existen de
verdad. Aunque esta facción defiende que la conciencia desempeña un papel
importante en la creación de nuestra experiencia y del mundo, sostiene que,
paralelamente, existe también un mundo objetivo.
En mi opinión, hay
otro aspecto en relación con el concepto budista de nirvana que deberíamos
aclarar aquí. Nagabuddhi, un discípulo de Nagarjuna, afirma: «La iluminación o
la liberación espiritual no es un don que alguien pueda darnos; tampoco la
semilla de la iluminación es propiedad de nadie». De esto se deduce que el
potencial para la iluminación existe de forma natural en todos nosotros. El
discípulo de Nagarjuna prosigue formulando las siguientes preguntas: «¿Qué es
el nirvana, qué es la iluminación, qué es la liberación espiritual?», a lo que
responde: «La verdadera iluminación no es nada más que la completa percepción
de la propia naturaleza de uno mismo». La naturaleza de uno mismo es lo que los
budistas llaman la última luz clara, o la radiante naturaleza interna de la
mente. La iluminación o la verdadera budeidad se consigue al asimilar y
percibir esta verdad.
Vemos, pues, que
cuando hablamos de iluminación y de nirvana, que son los frutos de nuestros
esfuerzos espirituales, nos referimos a estados mentales. Del mismo modo,
cuando hablamos de las ilusiones o los engaños que obstruyen nuestra percepción
de ese estado iluminado también estamos hablando de estados mentales: estados
mentales engañosos. Concretamente hacemos referencia a los engaños que se basan
en una forma distorsionada de percibirse a sí mismo y al mundo. La única forma
de eliminar este malentendido, esa forma distorsionada de percibir el ser y el
mundo, es centrando la atención en la verdadera naturaleza de la mente.
En resumen, las
enseñanzas del Buda equiparan, por una parte, un estado mental indisciplinado
con el sufrimiento y, por otra, un estado mental disciplinado con la felicidad
y la liberación espiritual. Este es un punto esencial.
Pensamientos Válidos y Pensamientos No
Válidos
El término «mente» en
el budismo tiene un amplio significado que cubre todo el espectro de la
experiencia consciente, incluyendo todos los pensamientos y las emociones. Un
hecho natural — supongo que podríamos
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llamarlo una ley
psicológica — de nuestra experiencia subjetiva es que dos pensamientos o
emociones directamente enfrentados no pueden coexistir a la vez. Nuestra
experiencia cotidiana nos dice que hay pensamientos que pueden clasificarse
como válidos y otros como no válidos. Por ejemplo, si un pensamiento concreto
se corresponde con la realidad, esto es, si existe una correspondencia entre la
situación en el mundo y la percepción que uno tiene de ella, entonces podemos
llamarlo un pensamiento válido o una experiencia válida. Pero el hecho es que
también experimentamos pensamientos y emociones que difieren completamente del
estado de las cosas. En algunos casos puede tratarse de exageraciones, pero en
otros esos pensamientos son diametralmente opuestos a cómo las cosas son en
realidad. A estos pensamientos y emociones podemos llamarlos no válidos.
Los textos budistas,
particularmente aquellos que tratan sobre las formas de conocimiento,
establecen una distinción entre las emociones y los pensamientos válidos y no
válidos para hablar de la cognición válida y de sus resultados. Lo importante
es señalar aquí que las emociones y los pensamientos válidos son necesarios
para que un esfuerzo tenga éxito y conduzca al logro de un objetivo.
En los textos
budistas se dice que la consecución de la liberación espiritual más alta es
fruto de las emociones y pensamientos válidos. Por ejemplo, según las
enseñanzas budistas, el factor principal que conduce a la iluminación es la
verdadera percepción de la naturaleza de la realidad. Un verdadero
discernimiento de la naturaleza de la realidad es una forma válida de conocer
fenómenos tales como la naturaleza del mundo. La compasión, el altruismo, y la
bodhichitta — la mente iluminada — son partes integrantes de este verdadero
discernimiento y, en consecuencia, todos ellos están basados en pensamientos
válidos. Si bien el altruismo y la compasión pueden considerarse emociones más
que pensamientos cognitivos, el proceso que lleva a la realización de la compasión
universal y de la bodhichitta incluye la comparación de verdades y falsedades.
Se trata de un proceso consistente en el culto de formas válidas de ver y
experimentar los fenómenos. Así pues, podemos decir que la propia budeidad es
una consecuencia de las emociones y pensamientos válidos. En contraste, podemos
afirmar que la experiencia no iluminada (samsara) es un producto de formas no
válidas de experiencia.
Por ejemplo, según el
budismo, la raíz fundamental de nuestra existencia no iluminada y del
sufrimiento es la ignorancia. La característica esencial de esta ignorancia es
una percepción distorsionada de los fenómenos y de nosotros mismos. Una vez más
vemos cómo las emociones y los
41
pensamientos no
válidos, y las formas no válidas de ver y experimentar los fenómenos y a
nosotros mismos son en última instancia la fuente de nuestro sufrimiento y
estado de no iluminación. En el análisis final, las emociones y los
pensamientos válidos se correlacionan con la felicidad y la liberación
espiritual, mientras que las emociones y los pensamientos no válidos lo hacen
con el sufrimiento y el estado no iluminado.
Las Dos Verdades
Durante el
adiestramiento de la mente, desarrollamos, mejoramos y perfeccionamos las
emociones y los pensamientos válidos a la par que contrarrestamos, disminuimos
y, finalmente, eliminamos las formas no válidas. Las múltiples formas de
abordar el adiestramiento de la mente tienen dos aspectos principales. El
primero es el desarrollo del discernimiento o sabiduría, esto es, el desarrollo
de estas formas válidas de pensar. El otro aspecto es el método, o «métodos
hábiles». Esta forma de ver la esencia de las enseñanzas del Buda como
enseñanzas sobre la sabiduría y sobre el método se corresponde perfectamente
con la afirmación de Nagarjuna, quien sostiene que todas las enseñanzas del
Buda deben ser comprendidas a través de dos verdades: la verdad convencional y
la verdad última. Las enseñanzas fundamentales de las cuatro nobles verdades
deben entenderse en relación con estas dos verdades. No obstante, cuando
hablamos de la naturaleza de estas dos verdades debemos entender que no son dos
ámbitos independientes y des-conectados entre sí.
Las diferentes
escuelas filosóficas poseen distintos conceptos relacionados con estas dos
verdades. Mi visión está basada en el punto de vista del pensador indio
Madhyamika, por quien siento una predilección especial basada en la admiración
que le profeso. Según Madhyamika, la realidad convencional se halla constituida
por la experiencia ordinaria en el ámbito de la causa y el efecto. Se trata del
ámbito de la multiplicidad, donde vemos en funcionamiento las diversas leyes de
la realidad. A este nivel de realidad se le llama verdad convencional, o forma
normal de entender el mundo.
Si ahondamos más en
el tema veremos que cada fenómeno es el resultado de muchas causas y
condiciones. El origen de estos fenómenos y hechos depende de múltiples
factores. ¿Qué implicaciones tiene esta realidad de la interdependencia?. Que
no hay ningún fenómeno ni hecho, incluyéndonos a nosotros mismos, que posea una
realidad independiente o intrínseca. Se dice que esta ausencia de una realidad
independiente es la verdad última. La razón por la
42
que se llama verdad
«última» es que no es evidente para nosotros en nuestro nivel ordinario de
percepción del mundo, sino que para descubrirla hemos de profundizar en ella
mucho más.
Estas dos verdades
son dos caras de la misma cosa: dos perspectivas sobre el mismo mundo. El
principio de las dos verdades es muy importante porque apunta directamente a
nuestro entendimiento de la relación entre nuestra percepción y la realidad del
mundo. En la literatura budista india abundan las discusiones, los debates y
los análisis sobre la forma en que la mente o la conciencia perciben el mundo.
Se formulan preguntas como: ¿Cuál es la naturaleza de la relación entre nuestra
experiencia subjetiva y el mundo objetivo?. Y, ¿Hasta qué punto nuestras
experiencias están constituidas por el mundo que nosotros percibimos?. Creo que
la razón de que estas cuestiones se hayan debatido tan largamente en el seno
del budismo es que sus respuestas desempeñan un papel fundamental en el
desarrollo de la mente del individuo.
Dos Aspectos de la Budeidad
A estos dos niveles
de la realidad les corresponden dos dimensiones del camino: el método y la
sabiduría. Y dado que hay dos dimensiones fundamentales en el camino, hay dos
aspectos en el estado de budeidad resultante. Uno es la forma del cuerpo de un
buda y el otro es el verdadero cuerpo, la realidad verdadera de una mente
iluminada.
La forma del cuerpo
es ese aspecto de un ser completamente iluminado que meramente existe en
relación con otros seres. Al asumir esa diversidad de formas y de apariencias,
un ser completamente iluminado puede implicarse en todo tipo de actividades
para asegurar el bienestar de los demás. El verdadero cuerpo de un buda es el
aspecto que existe en relación con otros budas. Esto se debe a que el cuerpo
verdadero es solo directamente accesible para un ser que esté completamente
iluminado. Solo asumiendo la forma de un cuerpo, el verdadero cuerpo puede
manifestarse y emprender actividades que son beneficiosas para los seres no
iluminados. Por todo ello, el estado de budeidad puede verse como la
culminación tanto del interés propio como del interés por los demás.
Alcanzar la budeidad
significa que se ha descubierto completamente la verdadera naturaleza de la
realidad y se ha desarrollado plenamente el deseo de beneficiar a los demás.
Así pues, un buda es una manifestación completa tanto de la sabiduría como de
la compasión.
43
Las Obras del Bodhisattva
La Guía de
las Obras del Bodhisattva escrita por el maestro indio del siglo
VIII Shantideva es la fuente principal de la mayor parte de la literatura que
versa sobre la actitud altruista de anteponer la felicidad de los demás a la de
uno mismo. Este texto me fue transmitido oralmente por el ya fallecido Junu
Rinpoche, un maestro extraordinario de Kinnaur, en el norte de India. He
intentado poner en práctica estas enseñanzas en la medida de mis posibilidades
y se las he explicado a otros cada vez que se me ha presentado la oportunidad.
Con el texto de Shantideva como guía, me gustaría explorar algunos de los
puntos más importantes de la práctica de la compasión.
Cómo Reconocer el Enemigo Interior
Como paso previo a
dar prioridad al bienestar de los demás es preciso reconocer qué es lo que nos
mantiene atrapados en una actitud egocéntrica. En el capítulo cuarto de su
obra, que Shantideva titula «Diligencia», explica que los engaños que hay en
nuestra mente: el odio, la ira, el apego o los celos, son nuestros verdaderos
enemigos. Como afirma en los siguientes versos, estos enemigos no tienen cuerpo
físico con piernas y brazos, no sostienen armas en las manos, sino que habitan
en nuestra mente y nos mortifican desde dentro. Nos controlan internamente y
nos someten como si fuéramos sus esclavos. Pese a todo, por regla general no
nos damos cuenta de que esos engaños son nuestros enemigos, y, en consecuencia,
nunca los desafiamos ni nos enfrentamos a ellos; así pues, permanecen
agazapados ahí, seguros en el interior de nuestra mente, infligiéndonos dolor
voluntariamente.
Los enemigos como el odio y el deseo
no tienen brazos ni piernas
ni son valientes ni sabios;
¿Cómo, entonces, me han utilizado como
si fuese su esclavo? Durante un tiempo habitaron en mi mente me causaban dolor;
aun así yo lo soportaba pacientemente sin irritarme.
Pero ese es un momento poco apropiado e
indigno para la paciencia.
(4:28-29).
Las emociones y los pensamientos
negativos son a menudo ilusorios o
44
engañosos. Nos juegan
malas pasadas. El deseo, por ejemplo, aparece ante nosotros como un amigo en
quien podemos confiar, algo que nos resulta hermoso y apreciado. Del mismo
modo, la ira y el odio se nos presentan como nuestros guardaespaldas
protectores que nos dan seguridad. A veces, cuando alguien va a causarnos daño,
la ira se alza de pronto en actitud protectora y nos infunde ánimos y, a pesar
de que alguien pueda ser físicamente más débil que su agresor, la ira hace que
se sienta fuerte. Da un sentimiento falso de poder y energía, y el resultado,
en este caso, puede ser que se acabe recibiendo una paliza. Al igual que la
ira, las demás emociones destructivas suelen aparecen disfrazadas con ropajes
tan engañosos que casi nunca las desafiamos. Esas emociones y pensamientos
negativos nos engañan de forma muy parecida; el primer paso para cobrar plena
conciencia de su falsedad será alcanzar cierta estabilidad mental. Solo
entonces empezaremos a vislumbrar su naturaleza falaz.
A pesar de ser un
monje y un supuesto practicante de la Guía de las obras del
Bodhisattva, también yo caigo a veces presa de la irritación y del enfado,
y, como consecuencia de ello, dirijo palabras duras a los demás. Momentos
después, cuando la ira se ha aplacado, me siento avergonzado; las palabras
negativas ya han sido dichas y ya no hay forma alguna de retirarlas. Aunque las
palabras mismas ya hayan sido pronunciadas y el sonido de la voz se haya
extinguido el impacto perdura. De ahí que lo único que está en mi mano hacer
sea ir a la persona en cuestión y pedirle disculpas. Pero, entre tanto, me
sentiré avergonzado e incómodo. Esto demuestra que incluso un breve episodio de
ira e irritación da lugar a mucha incomodidad y desasosiego en quien se enfada;
y eso sin mencionar a la persona que ha sido víctima del ataque de ira. Vemos
pues que, en realidad, estos estados mentales negativos oscurecen nuestra
inteligencia y buen juicio, y causan, por ende, un grave perjuicio.
Una de las mejores
cualidades humanas es la inteligencia, que nos permite distinguir lo que es
saludable de lo que es nocivo, lo que es beneficioso de lo que es perjudicial.
Lamentablemente, los pensamientos negativos como la ira o un fuerte apego
destruyen esta cualidad humana especial. Cuando la mente está dominada por la
ira y el apego, una persona puede llegar a enloquecer, y estoy convencido de
que nadie quiere caer víctima de la locura. Bajo el poder de la ira o el apego
cometemos todo tipo de actos perniciosos, que a menudo tienen consecuencias
destructivas de amplia repercusión. Una persona que se halle atrapada en esos
estados mentales y emociones es una persona ciega que no puede ver hacia dónde
va. Con todo, evitamos plantar cara a esas emociones y pensamientos negativos
que nos llevan al borde de la demencia. Antes bien, a veces nos dedicamos a
alimentarlos y reforzarlos, y, al hacerlo, nos convertimos
45
a nosotros mismos en
víctimas de su poder destructivo. Cuando pensamos sobre esto nos damos cuenta
de que nuestro auténtico enemigo reside en nuestro interior.
Citaré otro ejemplo.
Cuando una mente ha sido adiestrada en la autodisciplina, aun cuando se halle
rodeada de fuerzas hostiles, su paz mental no se verá apenas alterada. Por otra
parte, si la mente es indisciplinada, la paz mental y la serenidad pueden ser
fácilmente perturbadas por las emociones y pensamientos negativos. Así pues,
reitero que el enemigo real procede de dentro y no de fuera. Generalmente
definimos a nuestro enemigo como una persona, un agente externo, que
consideramos que nos está causando daño, a nosotros o a alguien a quien amamos.
Pero ese enemigo depende de muchas condiciones y es impermanente. En un momento
dado puede actuar como nuestro enemigo, y en el siguiente puede convertirse en
nuestro mejor amigo. Esta es una verdad que a menudo experimentamos en nuestras
vidas. Pero las emociones y los pensamientos negativos, el enemigo interior, es
siempre nuestro enemigo: lo es hoy, lo fue en el pasado y lo seguirá siendo en
el futuro en tanto siga residiendo en nuestra mente.
Este enemigo interior
es extremamente peligroso. El potencial destructivo de un enemigo externo es
limitado en comparación con el de su homónimo interior. Además, por lo general,
es posible levantar una defensa física contra el enemigo externo. En el pasado,
por ejemplo, a pesar de disponer de unos recursos materiales y una capacidad
tecnológica limitados, la gente se defendía erigiendo fortalezas y castillos
con muchas murallas. No hay duda de que con las poderosas armas destructivas
con las que contamos en la actualidad esas defensas han quedado obsoletas. En
una época en la que cada país es un blanco potencial de las armas nucleares de
otros, los seres humanos siguen desarrollando sistemas de defensa cada vez más
sofisticados. El sistema de defensa de misiles propuesto por Estados Unidos es
un claro ejemplo de esa iniciativa. Bajo ése planteamiento persiste la vieja
creencia de que al final seremos capaces de crear un sistema que nos brinde la
protección «definitiva». No sé si será posible crear un sistema de defensa
capaz de garantizar la protección mundial contra todas las fuerzas externas de
destrucción. No obstante, hay una cosa segura: mientras dejemos actuar a los
enemigos internos que son la ira y el odio y no los desafiemos, la amenaza de
la aniquilación física continuará cerniéndose sobre nuestras cabezas. En
realidad, el poder destructivo de un enemigo externo deriva en última instancia
del poder de esas fuerzas interiores. El enemigo interior es el detonante que
desencadena el poder destructivo del enemigo externo. Shantideva nos dice que
mientras esos
46
enemigos interiores
permanezcan seguros en nuestro interior corremos un gran peligro.
Shantideva prosigue
diciendo que aunque el mundo entero se alzara en contra de alguien para
lastimarlo, mientras su mente permaneciera disciplinada y serena, los demás no
serían capaces de perturbar esa paz. Por el contrario, un fugaz momento de
engaño que surja en la mente tendrá el poder de quebrar esa paz y estabilidad
interior.
Si todos los dioses y
semidioses se alzaran contra mí como mis enemigos, no podrían conducirme ni
llevarme a los fuegos del infierno más profundo.
Pero el enemigo
poderoso, esas ideas perturbadoras, pueden llevarme en un solo instante en
medio de las llamas que, con apenas rozarlas, conseguirán que no queden ni las
cenizas del rey de las montañas.
(4:30-31).
Shantideva también
sostiene que hay una diferencia crucial entre el enemigo ordinario y los
engaños, y es que si uno actúa de manera amistosa y comprensiva con el enemigo
ordinario siempre existe la posibilidad de conseguir que el enemigo se
convierta en amigo, pero no es posible hacer lo mismo con los engaños. Cuanto
más intenta uno asociarse a ellos con ánimo de ampararlos, más perjudiciales y
perniciosos se vuelven.
Si honro y me confío a los demás de
buen grado, estos me traerán beneficio y felicidad;
pero si me confío a esas ideas
perturbadoras
solo me traerán desgracias y
sufrimiento en el futuro.
(4:33).
Mientras
permanezcamos bajo el dominio de los engaños y sus consiguientes estados
mentales de ignorancia, no tendremos la posibilidad de alcanzar una felicidad
genuina y duradera. Si nos sentimos profundamente perturbados por esta verdad,
deberíamos reaccionar buscando el estado adecuado para liberarnos de ella, esto
es, el estado del nirvana. Los que se convierten en monjes y monjas han hecho
de la consecución del nirvana o la verdadera liberación el propósito de sus
vidas. De modo que si alguien puede permitirse dedicarse por entero a la
práctica del Dharma, en su vida debería poner en práctica los métodos
espirituales que condujeran a alcanzar ese estado
47
de liberación. Si,
como es mi caso, no se dispone del tiempo suficiente, esa meta resultará muy
difícil. Sé que uno de los factores que hacen que no me dedique por entero a
esa forma de vida comprometida es mi propia indolencia. Soy un Dalai Lama
bastante indolente, ¡Tenzin Gyatso el indolente!. Pero aun cuando no seamos
capaces de llevar una vida dedicada a la práctica del Dharma, puede resultar
muy ventajoso reflexionar tanto como nos sea posible sobre esas enseñanzas, así
como esforzarnos por reconocer la fugacidad de todas las circunstancias
adversas; como las ondas de un estanque, se producen y acto seguido
desaparecen.
Mientras nuestra vida
se halla condicionada por nuestras acciones engañosas pasadas, se caracteriza
por ciclos eternos de problemas que surgen y se extinguen. Un problema aparece
y pasa y pronto otro ocupa su lugar. Vienen y van en un ciclo sin fin. No obstante,
el ciclo de cada una de nuestras conciencias — la conciencia de Tenzin Gyatso,
por ejemplo — no tiene principio. Aunque esté en un estado de flujo constante,
en un proceso siempre cambiante y dinámico, la naturaleza básica de nuestra
conciencia nunca cambia. Esa es la naturaleza de nuestra existencia
condicionada, y el discernimiento de esta verdad facilita mi relación con la
realidad. Esa visión realista me ayuda a mantener mi paz y mi serenidad. Esta
es la forma de pensar del monje Tenzin Gyatso. A través de mi propia
experiencia sé que la mente puede ser adiestrada y que, en virtud de ese
adiestramiento, podemos operar un cambio profundo en nosotros mismos. Hasta
ahí, al menos, estoy seguro de ello.
A pesar de su
constante influencia y potencial destructivo, hay una forma particular en la
que el enemigo interior es más débil que el enemigo externo. En su Guía
de las obras del Bodhisattva Shantideva explica que para vencer a
los enemigos ordinarios son necesarias fuerza física y armas, y cabe la
posibilidad de que sea preciso gastar millones y millones de dólares para
hacerles frente. Pero para combatir al enemigo interior — las perturbaciones
mentales — solo necesitamos desarrollar los factores que conducen a la
sabiduría de aprehender la naturaleza última de los fenómenos. Ciertamente no
son necesarias ni armas materiales ni fortaleza física.
¡Perturbaciones mentales engañosas!
¿Adonde iréis?.
Si quedáis desamparadas por el ojo de
la sabiduría
y disipadas de mi mente, ¿Dónde
habitaréis para ser capaces
de herirme de nuevo?. Pero, mente
débil, me veo reducido a no hacer el menor esfuerzo.
(4:46).
48
Mientras recibía las
enseñanzas orales sobre este texto por boca del fallecido Junu Rinpoche, señalé
que la Guía de las obras del Bodhisattva afirma que los
engaños son humildes y débiles, lo que no es así. Él me respondió
inmediatamente que no se necesita una bomba atómica para destruir los engaños.
Eso es lo que Shantideva quiere decir aquí. No son necesarias armas caras y
sofisticadas para destruir al enemigo interior. Simplemente hay que desarrollar
una firme determinación de vencerlas generando sabiduría; eso es, mediante la
comprensión de la verdadera naturaleza de la mente. También hay que comprender
genuinamente cuál es la naturaleza relativa de las emociones y pensamientos
negativos así como la naturaleza última de todos los fenómenos. En la
terminología budista técnica, este discernimiento se conoce como la
comprehensión verdadera de la naturaleza de la vacuidad. Shantideva menciona otro
sentido en el que el enemigo interior es más débil. A diferencia del enemigo
externo, el enemigo interno no puede reagruparse y lanzar un contraataque una
vez que haya sido destruido desde dentro.
Cómo Vencer la Ira y el Odio
Hemos hablado de la
naturaleza falaz y destructiva de los engaños. El odio y la ira son los dos
grandes obstáculos para los practicantes de la bodhichitta: el deseo altruista
para la iluminación. Un bodhisattva jamás debe generar odio, antes bien, debe contrarrestarlo.
Para ello, la práctica de la paciencia o la tolerancia resulta crucial.
Shantideva empieza el sexto capítulo de su texto, que lleva por título
«Paciencia», explicando la seriedad del daño y el perjuicio causados por la ira
y el odio: nos lastiman en el presente y en el futuro, y nos lastiman también
al destruir nuestros méritos pasados. Dado que el practicante de la paciencia
debe contrarrestar y superar el odio, Shantideva subraya la importancia de
identificar en primer lugar los factores detonantes de estas dos emociones. Las
causas principales son la insatisfacción y la infelicidad. Cuando nos sentimos
desdichados e insatisfechos caemos con facilidad presa de la frustración, y eso
nos conduce a sentimientos de ira y odio.
Shantideva explica
que es muy importante para aquellos de nosotros que nos adiestramos en la
paciencia evitar que surja la infelicidad mental, como tiende a ocurrir cuando
alguien intuye que él o sus seres queridos están bajo alguna amenaza, cuando se
produce una desgracia o cuando otros le impiden lograr sus objetivos. En esas
ocasiones, los sentimientos de insatisfacción e infelicidad son el combustible
que alimenta el odio y la ira. De modo que es importante desde buen principio
no permitir que esas circunstancias perturben
49
la paz mental.
Destaca que
deberíamos contrarrestar y eliminar con todos los medios a nuestro alcance el
nacimiento del odio, pues su única función es perjudicarnos a nosotros y
perjudicar a los demás. Es un consejo muy profundo.
Habiendo hallado el combustible de la
insatisfacción en impedir lo que deseo
y en hacer lo que no quiero
el deseo aumenta y me destruye.
(6:7).
Mantener un estado
mental equilibrado y feliz incluso frente a la adversidad es el factor clave
para evitar el odio, pero quizá aún nos estemos preguntando cómo podemos
conseguir esa actitud. Shantideva dice que cuando uno se enfrenta a
circunstancias adversas, sentirse desdichado no ayuda en nada a sobreponerse a
esa situación indeseada. No solo es fútil sino que, en realidad, solo sirve
para agravar nuestra ansiedad y ocasionar un estado mental incómodo e
insatisfecho. Perdemos todo sentido de la compostura y la felicidad. La
ansiedad y la infelicidad nos van corroyendo por dentro y afecta a nuestro
sueño, nuestro apetito y, finalmente, nuestra salud. De hecho, si el daño
inicial experimentado ha sido infligido por un enemigo, cabe suponer que
nuestra infelicidad mental puede ser fuente de alegría para esa persona. Así
pues, no tiene sentido sentirse desdichado o insatisfecho al toparse con
circunstancias adversas o tomar represalias contra quien nos haya causado un
daño.
En términos
generales, hay dos tipos de odio o ira que están causados por la infelicidad y
la insatisfacción. El primero se produce cuando alguien inflige algún daño a
otra persona y, en consecuencia, esta se siente desdichada y genera ira. El
segundo sucede cuando, a pesar de que nadie cause daño alguno a otra persona
directamente, esta se siente desgraciada al ver el éxito y la prosperidad de su
enemigo y, por esta razón, genera ira.
Del mismo modo,
podemos decir que hay dos tipos de dolor que viene causado por los demás. El
primero es un dolor físico que uno experimenta de forma consciente. El segundo
afecta a nuestras posesiones materiales, reputación, amistades, etcétera.
Aunque no vayan dirigidos directamente a nuestro cuerpo, estos actos
constituyen también un tipo de dolor. Pongamos por ejemplo que una persona
golpea a otra con un palo, esta última experimentará dolor y se enfadará. Pero
no se enfadará con el palo, ¿No es cierto?. ¿Cuál será el objeto de su enojo?.
En caso de que fuera apropiado sentir enfado contra el que
50
ha impulsado el acto
de golpear, no debería enfadarse con la persona que le ha golpeado sino con las
emociones negativas que han impulsado a esa persona a actuar así. No obstante,
por regla general no hacemos estas distinciones. Al contrario, consideramos que
la persona — el agente intermediario entre las emociones negativas y el acto —
es la única responsable y le guardamos rencor en vez de dirigirlo contra el
palo o engaño.
Hemos de ser
conscientes de que, por el hecho de poseer un cuerpo físico, estamos expuestos
al dolor cuando se nos golpea con un palo; nuestro propio cuerpo contribuye en
parte a la experiencia del dolor. Dada la naturaleza de nuestro cuerpo sucede
que a veces podemos experimentar dolor aun cuando no haya ninguna causa externa
que lo justifique. En esos casos es evidente que la experiencia del dolor o del
sufrimiento se produce como consecuencia de la interacción entre nuestro propio
cuerpo y varios factores externos.
También cabe pensar
que, en el caso de que sea esa la naturaleza esencial de la persona que nos
lastima, no tiene sentido enfadarse con ella, pues no hay nada que esa persona
o nosotros podamos hacer para cambiar su naturaleza esencial. Si verdaderamente
estuviera en la naturaleza de esa persona infligir dolor, eso significaría que
la persona sería incapaz de actuar de otro modo. Como Shantideva afirma:
Aunque estuviese en la naturaleza del
niño causar dolor a otros seres seguiría siendo incorrecto enojarse con él.
Sería como guardarle rencor al fuego por ser la esencia de su naturaleza el
arder.
(6:39).
Por otra parte,
aunque no esté en la esencia de la naturaleza de la persona el causar daño,
sino que, por el contrario, su carácter aparentemente dañino es meramente
incidental y circunstancial, sigue sin haber razón para enfadarse con esa
persona, pues el problema se debe a ciertas condiciones y circunstancias
inmediatas. Por ejemplo, esa persona puede haber perdido la paciencia y haber
obrado mal a pesar de que en realidad no tenía intención de herir a nadie.
Cuando alguien se
siente enojado contra otros que, si bien no le están causando ningún daño
físico directo, a sus ojos están interfiriendo en su búsqueda de la fama, de
una posición, de ganancias materiales, etcétera, debería hacerse la siguiente
reflexión: ¿Por qué habría de enfadarme por este problema?. Analizar la
naturaleza de lo que se le está impidiendo conseguir — fama y demás cosas — y
examinar detalladamente los beneficios que eso le reportaría. ¿Son realmente
tan importantes?. Descubriría entonces que no lo son,
51
luego, ¿por qué
enojarse tanto contra esa persona? Esta forma de pensar puede resultar de mucha
utilidad.
Cuando alguien se
siente enojado como resultado de la infelicidad que siente al ver el éxito y la
prosperidad de su enemigo, debería recordar que el hecho de adoptar una actitud
odiosa, enfadada o infeliz no ejercerá ninguna influencia sobre las posesiones
materiales o el éxito de esa persona. Así pues, incluso desde ese punto de
vista, resulta bastante inútil.
Además de practicar
la paciencia, las personas que se inspiran en el texto de Shantideva buscan
también desarrollar la bodhichitta — el deseo de alcanzar la iluminación en
beneficio de todos los seres sintientes —, así como la compasión y el
adiestramiento de la mente. Si, a pesar de su práctica, siguen sintiéndose
desdichados por el éxito de sus enemigos, tendrán que recordar que esa actitud
es muy poco apropiada para un practicante de la compasión. Si esta actitud
negativa persiste, el pensamiento «Soy un practicante de la compasión. Soy
alguien que vive conforme a los preceptos del adiestramiento de la mente» se
convierte en meras palabras carentes de sentido. Por el contrario, un
practicante de la bodhichitta debería alegrarse de que otros hayan sido capaces
de alcanzar algo por sus propios medios sin su ayuda. En lugar de sentirse
desdichado y lleno de odio, debería alegrarse por el éxito de los demás.
Si ahondamos más aún
en el problema veremos que cuando nuestros enemigos nos causan sufrimiento, en
realidad deberíamos estarles agradecidos, dado que esas situaciones nos ofrecen
la oportunidad de poner a prueba nuestra propia práctica de la paciencia. Se
trata de una valiosa ocasión no solo para practicar la paciencia sino también
los demás ideales del bodhisattva. Como resultado, tenemos la oportunidad de
acumular méritos en esas situaciones y recibir los beneficios resultantes. Por
otra parte, el pobre enemigo, como consecuencia de infligir dolor a alguien
llevado por la ira o por el odio, deberá enfrentarse a las consecuencias
negativas derivadas de sus propias acciones. Casi cabe decir que los autores
del daño se sacrifican en beneficio nuestro. En vista de que, considerándolo
desde el punto de vista más estricto, el mérito obtenido con la práctica de la
paciencia fue posible gracias a la oportunidad que nos brindó nuestro enemigo,
deberíamos reconocerle ese mérito a él. Esa es la razón por la cual la Guía
de las obras del Bodhisattva habla de la amabilidad hacia el
enemigo.
Aunque podamos
reconocer la amabilidad del enemigo, es probable que sintamos que este no tenía
la menor intención de ser amable con nosotros. Por consiguiente, no creemos en
absoluto necesario tener presente su amabilidad. Si para sentir respeto o
estima por algo debe haber una intención consciente por
52
parte del objeto, ese
mismo argumento debería ser igualmente aplicable al resto de los sujetos. Por
ejemplo, el verdadero cese del sufrimiento y el verdadero camino que conduce a
él — la tercera y la cuarta verdades nobles — carecen de la intencionalidad de
ser beneficiosas, y aun así, como budistas, seguimos respetándolas y
reverenciándolas. ¿Por qué?. Porque nos aportan beneficios. Si los beneficios
que obtenemos justifican nuestra reverencia y respeto por esas dos verdades a
pesar de que no tengan ninguna intencionalidad consciente, es justo que
apliquemos el mismo razonamiento con el enemigo.
Alguien puede pensar,
no obstante, que existe una gran diferencia entre el enemigo y esas dos
verdades sobre el verdadero cese del sufrimiento y el verdadero camino. A
diferencia de las dos verdades, el enemigo posee una voluntad consciente de
herirnos. Pero esa diferencia no constituye una razón válida para no respetar
al enemigo, antes bien, es una razón más para
reverenciarlo y sentir gratitud hacia él, pues es ese factor especial lo que
hace que el enemigo sea único. Si el mero hecho de infligir dolor físico a otro
bastara para hacer de una persona nuestro enemigo, deberíamos ver en nuestro
médico a nuestro enemigo, pues a menudo nos hace daño durante el tratamiento.
Pero, como practicantes genuinos de la compasión y de la bodhichitta debemos
desarrollar la paciencia. Y para practicar con sinceridad y desarrollar la
paciencia necesitamos que alguien nos cause dolor intencionadamente. Por tanto,
son nuestros enemigos los que nos ofrecen las verdaderas oportunidades de
practicar esas virtudes. Son ellos quienes ponen a prueba nuestra fuerza
interior de un modo que nuestro gurú no podría jamás hacer. Ni siquiera el Buda
posee tal potencial. En consecuencia, el enemigo es el único que nos brinda esa
oportunidad dorada. No cabe duda de que esta es una conclusión notable.
Recapacitar sobre estas líneas y utilizar estos razonamientos nos ayudará a
desarrollar un respeto extraordinario hacia nuestros enemigos. Este es el
principal mensaje que Shantideva transmite en el sexto capítulo.
Una vez que hemos
generado un respeto genuino por nuestro enemigo podemos eliminar fácilmente
todos los grandes obstáculos para desarrollar un altruismo infinito. Shantideva
alude a que, del mismo modo que los budas nos ayudan a alcanzar la iluminación,
también los demás seres sintientes ordinarios contribuyen a ello. La
iluminación solo puede alcanzarse en dependencia de la amabilidad de los seres
sintientes y la amabilidad de los budas.
Para aquellos de
nosotros que nos reclamamos seguidores del Buda Sakyamuni y que reverenciamos y
respetamos los ideales del Bodhisattva, Shantideva afirma que es incorrecto que
guardemos rencor u odio hacia nuestros enemigos cuando todos los budas y los bodhisattvas
estiman a todos los seres
53
sintientes.
Naturalmente, nuestros enemigos están incluidos dentro del grupo de seres
sintientes. Si guardamos rencor hacia aquellos a quienes los budas y los
bodhisattvas aprecian entraremos en contradicción con los ideales y
experiencias de los budas y los bodhisattvas, los mismos a quienes intentamos
emular.
Incluso en términos
más mundanos, cuanto más respeto y afecto sintamos hacia la gente, mayor será
nuestra consideración hacia ellos. Intentamos evitar la comisión de actos que
ellos podrían desaprobar al pensar que quizá podríamos ofenderlos. Intentamos tener
en consideración la forma de pensar de nuestros amigos, sus principios,
etcétera. Si actuamos de este modo con nuestros amigos corrientes, como
practicantes de los ideales del Bodhisattva deberíamos mostrar el mismo
respeto, cuando no más, por los budas y los bodhisattvas, esforzándonos por no
ser rencorosos ni albergar sentimientos de odio hacia nuestros enemigos.
Shantideva concluye
este capítulo sobre la paciencia explicando los beneficios de practicar esta
virtud. En resumen, mediante la práctica de la paciencia no solo alcanzaremos
un estado de omnisciencia en el futuro, sino que también experimentaremos sus beneficios
prácticos en la vida cotidiana y seremos capaces de mantener nuestra paz mental
y vivir una vida dichosa.
Cuando practicamos la
paciencia para superar el odio y la ira es importante que nos equipemos con la
fuerza del esfuerzo dichoso, que debemos cultivar con habilidad. Shantideva
explica que, del mismo modo que debemos estar atentos cuando nos embarcamos en
una tarea mundana como hacer la guerra para infligir la mayor destrucción
posible al enemigo mientras que al mismo tiempo nos protegemos de él, así
también cuando nos embarcamos en la práctica del esfuerzo dichoso es importante
lograr el mayor grado de éxito posible a la vez que nos cercioramos de que esta
acción no daña ni entorpece el resto de nuestras prácticas.
Uno Mismo y los Demás: Intercambio de
Papeles
En el capítulo sobre
la meditación en la Guía de las obras del Bodhisattva, hallamos
la explicación de la meditación verdadera para cultivar la compasión
y la bodhichitta. La explicación sigue un método llamado «cómo igualarse e
intercambiarse con los demás». Igualarse e intercambiarse con los demás
significa desarrollar una actitud que entiende que «Al igual que yo deseo la
felicidad y busco evitar el sufrimiento, lo mismo les ocurre a los demás seres
vivos, que son infinitos como el espacio. También ellos desean la felicidad y
54
buscan evitar el
sufrimiento». Del mismo modo que trabajamos en beneficio propio para alcanzar
la felicidad y protegernos del sufrimiento, deberíamos trabajar en beneficio
del prójimo para ayudarle a alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento.
A pesar de que
nuestro cuerpo está compuesto de una variedad de miembros — cabeza,
extremidades, etcétera —, no hacemos diferencias entre ellos por lo que
respecta a la necesidad de protegerlos, pues todos forman parte del mismo
cuerpo. De igual modo, todos los seres sintientes tienen esta tendencia natural
de buscar la felicidad y huir del dolor, y, por lo que concierne a esta
inclinación natural, no existe diferencia alguna entre todos los seres
sintientes. Por consiguiente, no debemos discriminar entre nosotros y los demás
cuando trabajamos por obtener la felicidad y superar el sufrimiento.
Deberíamos
esforzarnos seriamente por rectificar esa visión de que nosotros somos
entidades separadas y distintas de los demás. Hemos visto que en lo
concerniente al deseo de alcanzar la felicidad y huir del sufrimiento no hay
ninguna diferencia, y lo mismo puede decirse de nuestro deseo natural de ser
felices. Del mismo modo que nosotros tenemos derecho a ser felices y no sufrir,
también los demás seres sintientes poseen este mismo derecho natural. ¿Dónde
reside, por tanto, la diferencia?. La diferencia está en el número de seres
sintientes implicados. Cuando hablamos de nuestro bienestar, nos referimos al
bienestar de un individuo, mientras que el bienestar de los demás abarca a
un número infinito de seres. Desde ese punto de vista es comprensible que el
bienestar de los demás sea más importante que el nuestro.
Si nuestro bienestar
personal y el de los demás estuviesen totalmente desconectados y fuesen
independientes el uno del otro cabría entender que descuidásemos el bienestar
de los demás. Pero no es ese el caso. Siempre estamos relacionados con los
otros y dependemos de ellos en gran medida, independientemente de cuál sea el
nivel de desarrollo espiritual de cada cual: no esté iluminado, me halle en la
senda de la iluminación o la haya alcanzado ya. Si reflexionamos sobre estas
líneas veremos con claridad la importancia de trabajar en beneficio de los
demás.
También valdría la
pena examinar si es posible alcanzar la felicidad y hacer realidad nuestros
deseos permaneciendo egoístas y egocéntricos, a pesar de todo lo mencionado
hasta aquí. Si eso fuera posible, el mantenimiento de esos hábitos egoístas y
egocéntricos sería un modo de proceder razonable. Pero no lo es. La naturaleza
de nuestra existencia es tal que dependemos de la cooperación y de la
amabilidad de otros para nuestra supervivencia. Es un hecho observable que,
cuanto más dedicados estamos al bienestar de los demás
55
y trabajamos en su
beneficio, más beneficio obtenemos para nosotros mismos. Se trata de un factor
que podemos ver con nuestros propios ojos. Por otra parte, es asimismo
observable que cuanto más egoístas y egocéntricos permanezcamos más solitarios
estaremos y más desgraciados seremos.
Así pues, si estamos
verdaderamente dispuestos a trabajar por nuestro propio beneficio y bienestar,
lo mejor que podemos hacer es tomar en consideración el bienestar de los demás
y anteponerlo al nuestro. Contemplar estas afirmaciones nos ayudará a fortalecer
nuestra actitud de consagrarnos al bienestar del prójimo.
Asimismo, podemos
complementar nuestra práctica de la compasión y la bodhichitta con meditaciones
sobre los varios factores de la sabiduría. Por ejemplo, podemos reflexionar
sobre la naturaleza búdica: el potencial de alcanzar la budeidad que reside en
nuestro interior y en el de todos los seres sintientes. También podemos
reflexionar por medio del razonamiento lógico a propósito de la naturaleza
última de los fenómenos y su vacuidad para descubrir la naturaleza de la
realidad. Podemos reflexionar sobre la posibilidad de que cese el sufrimiento,
porque la ignorancia, que es la semilla del sufrimiento, es por naturaleza
accidental y, por ende, puede separarse de la naturaleza esencialmente pura de
nuestra mente. Pensar y meditar sobre estos factores de la sabiduría y mantener
una práctica continua de compasión y altruismo durante un período de tiempo
dilatado hará que podamos ver el cambio real que se opera en nuestra mente.
Ocho Estrofas Para el Adiestramiento de
la Mente
Todo el Conjunto de
las Enseñanzas del Buda ofrece métodos para adiestrar y transformar la mente.
No obstante, en el Tíbet se desarrollaron una serie de prácticas tradicionales
y la literatura asociada a dichas prácticas conocidas con el nombre de lojong, que
significa «adiestramiento de la mente». Estas prácticas fueron así llamadas
porque su objetivo no es otro que operar una transformación radical en nuestro
pensamiento y, a través de ella, ayudarnos a llevar una vida de compasión. Una
de las características principales de la práctica del lojong es el énfasis que
pone en la idea ilusoria que tenemos de un ego sólido y de las actitudes de
autoprotección que están basadas en el concepto erróneo que tenemos de nuestro
«yo». Esta actitud autoprotectora impide que desarrollemos una empatía genuina
hacia los demás y limita nuestra visión a los estrechos confines de nuestras
preocupaciones egocéntricas. Básicamente, a través del adiestramiento de la
mente se persigue transformar nuestra habitual
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visión egoísta sobre
la vida en otra más altruista que, al menos, considera el bienestar de los
demás tan importante como el propio e, idealmente, da prioridad al primero
frente al segundo.
Uno de los textos
sobre el adiestramiento de la mente que tiene una especial importancia es el
titulado Ocho estrofas para el adiestramiento de la mente, compuesto
por el maestro del siglo XII Lan-gri Tangpa, que resume las enseñanzas
claves de la sabiduría y del método. Se centra en los antídotos que permiten al
practicante contrarrestar los dos obstáculos principales. El primer obstáculo
es la actitud autoprotectora y el antídoto se basa fundamentalmente en cultivar
el altruismo, la compasión y la bodhichitta. El segundo obstáculo es nuestra
noción engañosa sobre la existencia de un «yo» permanente e imperecedero. El
antídoto se encuentra en las enseñanzas de la sabiduría. Las siete primeras de
las Ocho estrofas para el adiestramiento de la mente tratan
de las prácticas asociadas al cultivo del método. Puede decirse que estos
versos contienen toda la esencia de las enseñanzas del Buda.
1. Considerando a todos
los seres más valiosos que la joya que satisface todos los deseos con el
pensamiento centrado en el más alto objetivo siempre consideraré a todos los
seres como lo más valioso.
Estos cuatro versos
hablan de cómo cultivar un sentido del aprecio por todos los seres sintientes.
La idea principal de esta estrofa trata de la importancia de desarrollar una
actitud que nos permita considerar a los otros seres como algo muy valioso, como
si fuesen joyas.
En esta estrofa
hallamos una referencia explícita al agente en primera persona: «Siempre
consideraré a todos los seres como lo más preciado». Quizá resulte de alguna
ayuda hacer una breve alusión a la noción budista de este «yo».
En términos
generales, nadie se opone a la idea de que las personas — tú, yo, los demás —
existen. No cuestionamos la existencia de alguien que pasa por la experiencia
del dolor, por ejemplo.
Continuamente
utilizamos la primera persona al hablar: «Veo tal o cual cosa», «Oigo eso y lo
otro». No se discute la existencia de un nivel convencional del «yo» que todos
experimentamos en nuestra vida cotidiana.
No obstante, nos
asaltan las preguntas en cuanto intentamos entender qué es en realidad ese
«yo». Al indagar en estas cuestiones quizá intentemos ampliar el análisis más
allá de nuestra vida en ese momento, e intentemos recordar, por ejemplo, cómo
éramos en nuestra juventud. Cuando alguien
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recuerda algo de su
juventud, se siente muy identificado con el estado del cuerpo y el sentido que
tenía del «yo» en aquella etapa de su vida. Cuando uno era jo-ven tenía un
«yo». A medida que se va haciendo mayor tiene un «yo». Hay un «yo» que
prevalece en ambas etapas de su vida. Un individuo puede recordar sus
experiencias de juventud y sus experiencias de madurez, etcétera. Nos
identificamos con nuestros estados corporales y el sentido del «yo», nuestra
conciencia «yo».
Muchos filósofos, en
especial los pensadores religiosos, han intentado comprender la naturaleza del
individuo, ese «yo» que mantiene su continuidad a lo largo del tiempo. Se trata
de una cuestión que ha sido especialmente importante en la tradición india. Las
escuelas indias no budistas hablan del atman, que suele
traducirse como el «sí mismo» o «espíritu»; y en otras tradiciones
religiosas no indias, como el cristianismo o el judaísmo, asistimos a
discusiones acerca del «alma» de un ser.
En el contexto indio,
el atman posee el significado distintivo de un agente que es independiente del
individuo que se mueve y respira. En la tradición hindú, por ejemplo, existe la
creencia en la reencarnación, que ha suscitado innumerables debates. También he
hallado referencias a ciertas formas de prácticas místicas en las que una
conciencia o alma toma el cuerpo de la persona recién fallecida. Para que tenga
sentido la idea de que un alma adopte otro cuerpo tenemos que pensar en algún
tipo de agente que sea independiente de los elementos observables del
individuo. La mayoría de las escuelas indias no budistas han llegado a la
conclusión de que ese «sí mismo» hace referencia a este agente independiente, o
a algo que es independiente de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Por otra
parte, las tradiciones budistas han rechazado la tentación de defender la
existencia de un «sí mismo», un atman, o un alma que sea independiente de
nuestro cuerpo y nuestra mente.
Entre las escuelas
budistas hay un consenso de que el «mí mismo» o el «yo» debe entenderse
solamente en términos del cuerpo y la mente. Pero, en relación con la cuestión
de a qué nos referimos cuando hablamos del «yo» o «mí mismo» hay divergencia de
opiniones incluso entre los pensadores budistas. Muchas escuelas budistas
sostienen que en el análisis final tenemos que identificar el «yo» con la
conciencia de una persona. A través del análisis podemos demostrar que nuestro
cuerpo es un hecho contingente y que lo que persiste a lo largo del tiempo es,
en realidad, la conciencia de un ser.
Desde luego, hay
otros pensadores budistas que se han negado a dar el paso de identificar el
«yo» con la conciencia y se han resistido a la necesidad de buscar algún tipo
de «yo» eterno, permanente o perdurable. Estos pensadores
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afirman que seguir
este tipo de razonamiento supone, en cierto modo, sucumbir a la necesidad
arraigada de tratar de aferrarse a algo. Analizar sobre esta base la naturaleza
del «yo» no nos aportará nada, pues no se trata de una búsqueda de carácter
científico sino metafísico; en una búsqueda de un «yo» metafísico traspasamos
el ámbito del lenguaje y la experiencia cotidianos. Así pues, «yo», «persona» y
«agente» deben ser entendidos estrictamente a partir de cómo experimentamos
nuestro sentido del «yo». No debemos ir más allá del nivel de lo que se
entiende convencionalmente por yo y persona. Debemos desarrollar una
comprensión de nuestra existencia en cuanto existencia mental y física, de
manera que ese «yo» o «persona» se entienda, en cierto modo, como una
designación que depende enteramente de la mente y el cuerpo.
En su Guía
del camino medio, Ghandrakirti emplea el ejemplo del carro. Cuando
analizamos este ejemplo no hallamos ningún tipo de carro metafísico o
sustancialmente real que exista independientemente de las partes del carro, y,
sin embargo, eso no implica que el carro no exista. Del mismo modo, cuando
analizamos la naturaleza del «yo» no podemos hallar un «yo» independiente de la
mente y del cuerpo que constituyen la existencia del individuo.
Esta noción del «yo»
como algo que surge de forma interdependiente debe hacerse también extensible a
nuestra noción de los otros seres sintientes. Nos referimos a «seres
sintientes» en dependencia de su cuerpo y mente constitutivos, lo que los
budistas llamamos sus agregados.
2. Dondequiera que vaya
y con quienquiera que vaya me consideraré el más inferior de todos y desde lo
más profundo de mi corazón consideraré a los demás lo más supremo.
Si la primera estrofa
apuntaba a la necesidad de cultivar el pensamiento de considerar a todos los
seres sintientes como algo preciado, la segunda estrofa pone el acento en que
el reconocimiento del valor de los otros seres sintientes y el sentimiento amoroso
que desarrollamos hacia ellos no deben basarse en un sentimiento de lástima ni
en la idea de que son inferiores. Por el contrario, lo que se describe aquí es
un sentimiento de amor hacia los demás seres sintientes y el reconocimiento de
su valor basado en la reverencia y el respeto como seres superiores a nosotros.
Me parece importante
entender la expresión «me consideraré el más inferior de todos» en su contexto
adecuado. Ciertamente no pretende decir que debamos albergar pensamientos que
conduzcan a una baja autoestima o que debamos perder la esperanza y sentirnos
rechazados al pensar: «Soy el más
59
inferior de todos. No
tengo ninguna habilidad, no soy capaz de hacer nada ni tengo ningún poder». Ese
no es el tipo de inferioridad a la que se hace referencia aquí.
La idea de
considerarse a sí mismo inferior a los demás debe entenderse en términos
relativos. En cierta forma, los seres humanos pueden considerarse superiores a
los animales. Estamos equipados con la capacidad de juzgar entre el bien y el
mal en un sentido moral, mientras que ellos no están en disposición de ver las
consecuencias de sus actos a largo plazo; no obstante, dentro del reino animal
existe un cierto sentido del orden. Si observamos la sabana africana, nos damos
cuenta de que los predadores cazan a sus víctimas solo por necesidad y cuando
tienen hambre. Cuando no están hambrientos podemos verlos coexistir con sus
presas pacíficamente. Pero los seres humanos, a pesar de nuestra capacidad para
juzgar entre el bien y el mal, actuamos a veces llevados por pura codicia. En
otras ocasiones nos dejamos arrastrar por la autocomplacencia cuando, pongamos
por caso, matamos por deporte al salir de caza o de pesca. Así pues, en cierto
modo, podría afirmarse que los seres humanos han demostrado ser inferiores a
los animales. Es en esos términos relativos en los que podemos considerarnos
inferiores a los demás.
Una de las razones
para emplear el adjetivo «inferior» es la de enfatizar que, normalmente, cuando
cedemos a emociones corrientes como la ira, el odio, el fuerte apego y la
codicia lo hacemos sin ningún tipo de limitación. A menudo nos olvidamos por
completo del impacto que nuestra conducta tiene en otros seres sintientes. Por
eso cultivar deliberadamente el pensamiento de considerar a los demás
superiores y dignos de reverencia es una forma de sentar las bases para poner
ciertas limitaciones. De este modo, cuando afloren aquellas emociones, no serán
tan poderosas para que hagamos caso omiso del impacto que nuestras acciones
tienen en los demás. Ese es el sentido al que se alude al decir que debemos
considerar a los demás superiores a nosotros mismos.
3. Examinaré mi mente en
todas las acciones y tan pronto como surja un estado negativo, con firmeza me
enfrentaré a él y lo alejaré de mí, pues constituye un peligro para mí y para
los demás.
Esta estrofa hace
alusión a lo que puede llamarse la esencia de la práctica del Bbudadharma.
Cuando en el contexto del budismo se habla del Dharma, se hace referencia al
cese del sufrimiento o nirvana: el verdadero Dharma. Hay muchos niveles de
eliminación del dolor, por ejemplo, el abstenerse de matar puede ser Dharma.
Pero es algo que no puede llamarse propiamente Dharma
60
budista pues
abstenerse de matar es un principio que incluso un individuo que no sea
religioso puede adoptar al limitarse a cumplir la ley.
La esencia del Dharma
en la tradición budista es el estado de liberación del sufrimiento y de los
aspectos perniciosos que se hallan en la raíz del sufrimiento. Esta estrofa se
refiere a cómo combatir estos aspectos perniciosos, estas emociones y pensamientos
aflictivos. Para un budista practicante, el enemigo real es el enemigo
interior. Las aflicciones mentales y emocionales son las que originan el dolor
y el sufrimiento. La verdadera tarea de un practicante del Budadharma consiste
en derrotar a ese enemigo interior.
Dado que aplicar
antídotos a esos ultrajes mentales y emocionales está en el fondo de la
práctica del Dharma y, en cierto modo, constituye su fundamento, la tercera
estrofa apunta a que es muy importante cultivar la reflexión desde un
principio. Si permitimos que las emociones y los pensamientos negativos afloren
en nuestro interior sin ponerles limitaciones ni atender a su negatividad, les
estamos dando rienda suelta y podrán seguir desarrollándose hasta el punto de
que no habrá forma de contrarrestarlos. No obstante, si aprendemos a centrar la
atención en nuestros actos descontrolados, seremos capaces de extirparlos tan
pronto como surjan, y no les daremos la oportunidad para desarrollarse en
pensamientos emocionales negativos ni el espacio donde hacerlo.
Esta estrofa propone
que apliquemos un antídoto en el nivel de la experiencia sentida. En vez de
llegar a la raíz de todas las emociones, el texto sugiere antídotos para las
emociones y pensamientos negativos específicos. Por ejemplo, para contrarrestar
la ira debemos cultivar el amor y la compasión. Para contrarrestar un fuerte
apego hacia un objeto debemos cultivar pensamientos sobre la impureza de ese
objeto, su naturaleza indeseada, etcétera. Para contrarrestar la arrogancia y
el orgullo será necesario reflexionar sobre los defectos que tenemos para
fomentar un sentimiento de humildad. A veces sirve pensar, por ejemplo, en
cosas del mundo sobre las que somos completos ignorantes. Recordemos, por
ejemplo, a los intérpretes del lenguaje de los signos para sordos: cuando los
miro y veo la complejidad de los gestos con los que realizan sus traducciones
me doy cuenta de que no tengo la menor idea de lo que está sucediendo, y eso me
inspira un sentimiento de profunda humildad. En mi caso concreto, cada vez que siento
florecer el menor indicio de orgullo en mí pienso en los ordenadores. Realmente
me produce un efecto calmante.
4. Cuando vea a seres
con actitudes negativas o a los oprimidos por sus pensamientos negativos y su
dolor, como si de un preciado tesoro se tratase, los consideraré valiosos, pues
son muy difíciles de encontrar.
61
La razón por la que
los seres con actitudes negativas se identifican de forma separada como foco de
adiestramiento de la mente es que cuando alguien se encuentra con estas
personas cabe la posibilidad de que ceda a la tentación de reaccionar de una
forma muy negativa. En cierto sentido, estos seres representan un desafío para
nuestra capacidad de continuar con nuestro adiestramiento básico, de ahí que
merezcan una atención especial.
El siguiente paso
puede consistir en aplicar este sentimiento a la sociedad en general. Entre la
gente corriente existe la tentación de rechazar a ciertos grupos de personas, a
marginarlos y a no querer integrarlos en el círculo más amplio de la comunidad.
Así sucede con personas que son tachadas de criminales, por ejemplo. En estos
casos, lo más importante, si cabe, para un practicante es hacer un esfuerzo
extra para intentar aceptarlos de manera que estas personas reciban una segunda
oportunidad en la sociedad y tengan, asimismo, una oportunidad para reconstruir
su sentido de la autoestima. La sociedad también cae a menudo en la tentación
de ignorar o negar la existencia de ciertas enfermedades incurables, como el
sida. Cuando la gente piensa, por ejemplo: «Esto nunca me pasará a mí», impera
la tendencia a dar la espalda a estas cuestiones. En estos casos, el verdadero
practicante debe reflexionar conscientemente sobre estos fenómenos e intentar
enfrentarse a ellos; debe cultivar la mente para sentir empatía y afinidad
hacia ellos.
5. Cuando por envidia
otros me difamen o me traten de forma injusta aceptaré para mí esta derrota y
ofreceré la victoria a los demás.
Desde un punto de
vista legal, si alguien critica o denuncia a otra persona injustamente, sin
fundamento alguno, nos sentimos justificados para reaccionar con ira ante el
sentimiento de injusticia. No obstante, es recomendable que un practicante
budista no actúe de esta forma, especialmente si la consecuencia de este
tratamiento injusto es que solo él y nadie más resulta herido. En esta estrofa
se anima al verdadero practicante del adiestramiento de la mente a aceptar la
derrota y ofrecer la victoria, evitando un arranque de ira e indignación.
6. Cuando alguien a quien he ayudado
o en quien he depositado una gran
esperanza con gran injusticia me lastime
lo consideraré un maestro sagrado.
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Por lo general,
cuando ayudamos a alguien esperamos algo a cambio. Cuando se trata de alguien
cercano a nosotros albergamos además ciertas expectativas. Y si esa persona, en
lugar de respondernos de forma positiva y corresponder a nuestra amabilidad nos
lastima no podremos por menos de sentirnos embargados por la indignación.
Nuestra decepción y nuestro dolor son entonces tan grandes y profundos que nos
creemos perfectamente justificados para reaccionar con violencia e ira. Un
verdadero practicante no debe caer en esa reacción normal sino que debe
aprovechar la oportunidad para adiestrarse, como si se tratara de una lección y
una enseñanza. El practicante debe ver en esa persona a un verdadero maestro de
la paciencia, pues en situaciones como esta, el adiestramiento de la paciencia
es lo más necesario. Debemos reconocer el valor de esa persona como un maestro
único y preciado, en lugar de reaccionar con ira y hostilidad.
Esto no quiere decir
que un verdadero practicante deba limitarse sencillamente a someterse a
cualquier daño o injusticia que le sea infligido. En realidad, según los
preceptos del bodhisattva, debemos responder a la injusticia con una reacción
contundente, especialmente si existe el peligro de que el perpetrador del
crimen continúe con sus acciones negativas en el futuro o si otros seres
sintientes son afectados por sus actos. Es necesario tener sensibilidad para
captar su importancia según el contexto. Si se produce un acto injusto que no
tiene mayores implicaciones ni para el perpetrador del crimen ni para otros
seres sintientes, podemos pasarlo por alto.
7. En resumen, ofreceré directa o
indirectamente
toda la felicidad y el beneficio a
todos los seres, a mis madres, y, secretamente,
los liberaré de todo su dolor y
sufrimiento.
En esta estrofa la
compasión a la que se hace alusión es tan fuerte, al menos en el pensamiento,
que el practicante está dispuesto a asumir todo el sufrimiento, el dolor y la
pena de todos los seres y asumir todos los actos negativos que son la raíz de estos
sufrimientos. También comparte y ofrece a los demás seres las cualidades
positivas que posee, como la felicidad y sus causas, las semillas de la virtud,
las acciones positivas, etcétera.
El adverbio
«secretamente» hace referencia a la práctica del tonglen, la práctica del dar y
el recibir: recibir el sufrimiento de los demás y darles nuestra alegría y
virtud. Como sugiere la palabra «secretamente», es una forma de práctica que
probablemente no sea adecuada para la etapa inicial, pues requiere
63
una valentía y un
compromiso profundos. En la práctica del tonglen el dar y el recibir se realiza
en conjunción con el proceso de la respiración: exhalación e inhalación.
La palabra
«secretamente» también puede hacer referencia a la integridad del practicante,
de manera que la práctica del tonglen se realice de forma discreta y el
practicante no se convierta en un exhibicionista. Un verdadero practicante debe
cultivar un adiestramiento espiritual como el tonglen con discreción. El
maestro kadampa, Geshe Chekawa, afirma en su Adiestramiento en siete
puntos: «Nuestro estado mental interior y nuestras emociones y pensamientos
deben transformarse radicalmente y ser sometidos a revisión, pero nuestro
aspecto exterior debe permanecer igual». Lo que se quiere subrayar aquí es que
puede ser peligroso para el practicante caer en la tentación de la jactancia. A
veces, lo que sucede es que la gente que cuenta con poca experiencia puede
darse aires de importancia o de espiritualidad, y eso solo contribuye a
desmerecer su experiencia verdadera. La práctica genuina del adiestramiento de
la mente requiere humildad e integridad.
La referencia a todos
los seres como «mis madres» propone que queramos a todos los seres como si
fuesen nuestras madres. De hecho, en las enseñanzas budistas sobre la
reencarnación se dice que todos los seres han sido nuestras madres en vidas
pasadas — nos han dado la vida, nos han alimentado y nos han protegido —, y
debemos recordar esa bondad aun cuando en el presente alguien pueda parecemos
perjudicial.
8. Mantendré estas
prácticas incontaminadas por los ocho pensamientos mundanos y, sabiendo que
todas las cosas son ilusorias, sin atadura alguna las liberaré de la
esclavitud.
Los primeros dos
versos enfatizan la necesidad de asegurar que la práctica espiritual y el
adiestramiento de la mente no se vean contaminados por preocupaciones mundanas
como la fama, la riqueza y el placer. Este punto es de gran importancia hasta
para un maestro espiritual. Pondré un ejemplo, imaginemos que me subo a la
tarima y doy una charla, si mis pensamientos se ven asaltados por la curiosidad
— «¿Lo habré hecho bien?», «¿Les habrá gustado?», «¿Me elogiarán?» —, esta
curiosidad contaminará el adiestramiento espiritual. Estas preocupaciones
mundanas no deberían oscurecer ni contaminar el verdadero adiestramiento
espiritual.
Los dos últimos
versos de esta estrofa subrayan la necesidad de situar el adiestramiento de la
mente en el pleno entendimiento de la verdad última de
64
vacuidad. Estas
líneas sostienen que debemos desarrollar la conciencia de que todas las cosas
son ilusorias y que, libres de todas las ataduras, debemos liberarnos de la
esclavitud. Pero antes de poder aprehender todos los fenómenos en su naturaleza
ilusoria, es preciso negar la realidad sustancial de todos ellos, incluyendo el
propio «yo». No hay forma de percibir la naturaleza ilusoria de todos los
fenómenos a menos que neguemos en primer lugar la realidad sustancial de la
existencia.
¿Cómo podemos
desarrollar este entendimiento?. No nos basta con imaginar que todo está vacío
y ausente de existencia sustancial ni con limitarnos a repetir este verso en
nuestra mente como si se tratase de una fórmula. Lo que se necesita es una
genuina comprensión de la vacuidad mediante un proceso racional de análisis y
reflexión.
Una de las formas más
eficaces y convincentes de entender que todo carece de una realidad sustancial
es comprender la interdependencia, el origen dependiente de todos los
fenómenos. Comprender este origen dependiente nos da la posibilidad de hallar
el camino medio entre la nada absoluta, por una parte, y la existencia
sustancial o interdependiente, por otra. Comprender que los fenómenos son
interdependientes y poseen en sí mismos un origen dependiente significa que las
cosas carecen de una existencia independiente. Y la idea de que las cosas se
originan en relación con otras a través de una compleja matriz de elementos
originados dependientemente también nos protege del peligro de caer en el punto
de vista opuesto del nihilismo, esto es, pensar que nada existe. Así pues, al
encontrar el verdadero camino medio, puede llegarse al entendimiento genuino y
a la percepción de la vacuidad.
Una vez se ha llegado
a esta comprensión en la meditación, por medio de una interacción con el mundo,
con las personas y los objetos que nos rodean, surge una nueva cualidad en el
compromiso con el mundo, que nace de la conciencia de la naturaleza ilusoria de
la realidad. Esta nueva forma de comprometerse con el mundo nos otorga una
cierta libertad frente a las preocupaciones mezquinas y nos permite trabajar
más diligentemente en el bienestar de los demás. Esta constituye una base
poderosa para vivir una vida de compasión.
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APÉNDICE
CÓMO GENERAR LA MENTE
DE LA
ILUMINACIÓN
Hemos hablado de la
naturaleza de la compasión y del procedimiento para adiestrar la mente y
cultivar la compasión. Los versos especiales que cito a continuación tienen el
propósito de generar la bodhichitta, el deseo de liberar a todos los seres
sintientes del sufrimiento. Mientras recitamos estos versos, tenemos que
esforzarnos por recordar todos nuestros conocimientos sobre la compasión y la
necesidad de cultivarla.
La primera estrofa es
una búsqueda formal de refugio. Aquellos de vosotros que seáis budistas
practicantes podéis refugiaros aquí. Los practicantes religiosos no budistas
bien sean cristianos, judíos, musulmanes o de cualquier otra religión pueden
refugiarse en la deidad de su propio credo y utilizar esta fórmula como un
camino para reafirmar su fe en esa deidad.
La segunda estrofa
está relacionada con la generación de la mente de la iluminación. La tercera
estrofa nos proporciona un sentimiento de valentía y también una inspiración
que nos ayudan a mantener firme nuestro compromiso hacia los principios
altruistas. Mientras recitamos estos versos debemos reflexionar sobre su
significado y cultivar la adecuada contemplación en nuestra mente. Estas tres
estrofas son, a mi juicio, muy poderosas. Si estáis de acuerdo y son de vuestro
agrado deberíais pensar en ellas y recitarlas cada vez que dispongáis de tiempo
para hacerlo. Os darán fuerza interior, que siempre resulta muy valiosa.
Con el deseo de
liberar a todos los seres
iré siempre a
refugiarme
en el Buda, en el
Dharma, en el Sangha, hasta que alcance la plena iluminación.
Extasiado de
sabiduría y de compasión
hoy, en presencia del
Buda,
genero la mente para
el pleno despertar en beneficio de todos los seres sintientes.
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Mientras el espacio
resista
y mientras los seres
sintientes permanezcan hasta entonces, pueda yo aguantar también y disipar las
miserias del mundo.

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