© Libro N° 13804. Exégesis Histórica De Los Hallazgos Arqueológicos
De La Costa Atlántica Bonaerense. Daino, Leonardo. Emancipación. Mayo 10 de 2025
Título Original: © Exégesis Histórica De Los
Hallazgos Arqueológicos De La Costa Atlántica Bonaerense. Lic. Leonardo Daino. 1979
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Original: © Exégesis Histórica De
Los Hallazgos Arqueológicos De La Costa Atlántica Bonaerense. Lic. Leonardo
Daino. 1979
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EXÉGESIS HISTÓRICA DE LOS
HALLAZGOS ARQUEOLÓGICOS
DE LA COSTA ATLÁNTICA
BONAERENSE
Lic. Leonardo Daino
1979
Exégesis Histórica De Los Hallazgos Arqueológicos
De La Costa Atlántica Bonaerense
Lic. Leonardo Daino
1979
Acerca de este documento:
En la segunda
década del siglo XX, fue descubierta en las barrancas de la costa de Miramar
una serie de objetos y restos fósiles que fueron considerados de una antigüedad
de varios millones de años, en principio datados como pertenecientes al período
terciario, que indicarían, confirmando las teorías de Florentino Ameghino, y su
hermano Carlos, que el hombre, en Sudamérica, había existido desde fechas mucho
más antiguas que lo que la ciencia de aquel entonces creía correcto.
Estos hallazgos
provocaron una serie de reacciones y polémicas, que el Lic. Leonardo Daino plasmó en esta Exégesis
Histórica.
Después de un gran
debate en el 24, involucrados en el mismo miembros del clero y militares, y en
mi opinión debido a prejuicios propios de esa época, este tema fue transformado
en tabú para los investigadores; debido a lo cual aún en la actualidad, nadie
puede asegurar que lo que se encontró en Miramar en aquél entonces no sea en
realidad una prueba de que los científicos están equivocados y el origen del
hombre ocurrió en Sudamérica...¿Quién sabe a ciencia cierta la verdad, si no
investiga?
Nadie más se ocupó
de esto, ¿porqué será...?. Mi pensamiento es que ya va siendo tiempo de que se
investigue seriamente, buscando nuevas pruebas y analizando las antiguas,
enfriadas las animosidades de la época de los Ameghino.(¿o es que estos
prejuicios siguen vigentes?...). Pero soy sólo un curioso en estos temas...
En este trabajo encontrarán el porqué
de este hueco en la ciencia de la Arqueo y Paleontología.
Ocupando mucho de
mi tiempo (libre...), (aunque, confieso, con gran placer) me encargué de
digitalizar este trabajo, que fue publicado como parte del libro
"Prehistoria Bonaerense, 1979, año del centenario de la Conquista del
Desierto" por la Municipalidad de Olavarría, Bs.As. Argentina, para poder
difundirlo por Internet. Mi intención es, simplemente, que Uds. puedan conocer este apasionante
misterio aún sin resolver...
Nota: En el
documento original, en el libro mencionado, no figura registrado ningún derecho
de autor; no obstante, si el autor o cualquiera que tenga derechos sobre este
trabajo presentase objeción a la publicación del mismo, le ruego se comunique
conmigo por intermedio de la Lista Miramar o del formulario de inscripción a la
misma.
D. H. Choclin
EXÉGESIS HISTORICA
DE LOS HALLAZGOS ARQUEOLÓGICOS
DE LA COSTA
ATLÁNTICA BONAERENSE
Introducción:
En torno a la
prehistoria pampeana se planteó, desde principios de siglo, una polémica cuya
intensidad y duración fueron poco frecuentes . La diversidad de opiniones se
debió, en parte, al desconocimiento casi absoluto del territorio. No hacía
mucho que se había completado la “conquista del desierto”.
Algunos viajeros, como Darwin y
D'Orbrigny habían dado ciertas opiniones precoces sobre los aspectos naturales,
pero todo era aún muy incierto.
La incertidumbre
geológica quitó una base de apoyo fundamental a la cronología arqueológica.
Como es sabido, los hallazgos arqueológicos pueden ser estimados como más o
menos antiguos según su posición estratigráfica. Es decir, su edad será la de
la capa de terreno que los contenga, a menos que hayan ocurrido alteraciones
por obra del hombre o de la naturaleza.
Florentino
Ameghino, precursor en el campo de la geología y de la paleontología argentina,
fue quien estableció los lineamientos fundamentales para la interpretación
geológica en la región, la que aún hoy no está claramente definida. Aparte de
esta falta de definición en el orden geológico, existió otro problema que
incidió asimismo en los estudios de carácter prehistórico: en pisos profundos
de la serie estratigráfica Pampeana a los que se adjudica mucha antigüedad,
como el Chapadmalense, aparecieron incrustados en algunos cortes de barranca
instrumentos arqueológicos, que parecían indicar la existencia del hombre en la
zona bonaerense en los comienzos mismos de la humanidad.
De aquí, entonces,
la existencia de diferentes interpretaciones que desde la época de Florentino
Ameghino hasta nuestros días han marcado una serie de etapas de discusión en la
investigación científica. Creemos que para abordar la problemática de la arqueología
pampeana y exponer nuestra propia interpretación debemos comenzar por la
revisión de aquellos primeros trabajos a los que sus autores dedicaron un
fervor y una consecuencia que aún puede servir de ejemplo.
LAS INDUSTRIAS DE LA “PIEDRA HENDIDA”
Y LA “PIEDRA QUEBRADA”
1 — La piedra hendida
Entre los años 1909
y 1911 Florentino Ameghino publicó en los Anales del Museo de His-toria Natural
de Buenos Aires, los descubrimientos realizados en el año 1908 de instru-mental
lítico encontrado en la costa sur de la Provincia de Buenos Aires.
Ameghino había
realizado ya en 1887 algunos hallazgos que lo llevaron a la hipótesis de la
existencia de un ser inteligente en formaciones muy antiguas de la costa. En su
obra “Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República
Argentina” relató en el capítulo “El hombre fósil argentino” y en el acápite
que titula “El hombre de la épo-ca Miocena y sus vestigios en la formación
Araucana”, que durante el mes de febrero del año 87 había visitado la parte sur
de la provincia de Buenos Aires y especialmente Monte Hermoso, donde se dedicó
a buscar fósiles en las barrancas de la costa. Al respecto dice que mientras se
ocupaba de la extracción de parte del esqueleto de una Macrauchenia antigua,
encontró entre los huesos una cuarcita rojo amarillenta. Algunos indicios de
gol-pes intencionales, dice Ameghino, atestiguaban de una manera irrefutable
que: “ me en - contraba en presencia de un objeto de piedra tallado por un ser
inteligente durante la época Miocena . Continué mis trabajos y pronto me encontré
en presencia de varios obje-tos parecidos (1)
Ese mismo día, el 4
de marzo de 1887, comunicaba al diario “La Nación” este descubrimiento.
Estos hallazgos
iniciaron un largo período de agrias discusiones entre los más destacados
cultores de la arqueología, en las que intervinieron no solamente científicos
argentinos sino las figuras más relevantes de la época, tanto europeos como
norteamericanos .
En la publicación
de Ameghino titulada “Las formaciones sedimentarias de la región lito-ral de
Mar del Plata y Chapadmalal”, este autor da a conocer en el acápite “Relación
de las capas de Chapadmalal con las que siguen al norte hasta Mar del Plata” el
hallazgo en Punta Porvenir de una coraza de “Sclerocalyptus pseudornatus” que
se encontraba en po-sición vertical . La parte dorsal estaba orientada hacía el
mar, lo que le hizo pensar que quizás se hubiera utilizado como protección
contra los vientos marítimos . El interior de la coraza, vacía de la osamenta,
contenía huesos de otros animales .
La parte caudal de
la misma presentaba cortes artificiales, y en el interior había restos óseos
partidos longitudinalmente que pertenecían a pequeños rumiantes y otros “restos
e x t r a ñ o s ” que no especifica . En los alrededores halló también
instrumentos de piedra “sumamente toscos y de un tipo desconocido”, huesos de
mamíferos, unos partidos y Otros quemados y conchas marinas con presumibles
indicios de haber estado sometidas a la acción del fuego .
Al correr de las
páginas vuelve nuevamente a citar hallazgos de instrumentos similares, los que
aparecen en número considerable. Se trata siempre de guijarros rodados chatos y
alargados que, como bien señala Ameghino son “absolutamente iguales a los que consti-tuyen
la formación tehuelche de Patagonia y es seguro que fueron arrastrados hasta es
- tos puntos por una corriente oceánica”. Señala también nuestro autor que los
guijarros más grandes — no mayores de diez centímetros — fueron trabajados por
el hombre primi-tivo.
Ameghino los
encontró totalmente distintos de los conocidos hasta ese momento y los
consideró más primitivos que los “eolitos” de Europa (2)
En un trabajo
posterior (3) aclara la cronología y la técnica seguida para la elaboración de
esa industria realizada según él por un supuesto “Homo pampeaus”, cuyos restos
cree encontrar en la misma formación geológica que el instrumental lítico. Para
Ameghino, en-tonces, dicha industria procede:
1) Del Pampeano
Inferior y de la parte media del Ensenadense, de las capas eoloma - rinas
correspondientes a la transgresión marina intersenadense, todo esto de alta an
- tigüedad (Terciario).
2) Confirma que casi
la totalidad de los instrumentos han sido recogidos en la superficie de las
capas eolomarinas intersenadenses, pero también se los ha hallado enterrados en
su primitivo yacimiento, y entre los que están aislados los hay que conservan
todavía fuertemente adheridos el gres fino y a menudo muy duro que caracteriza
a esos depósi - tos .
3) Técnica: Dice
Ameghino que este hombre primitivo “no conociendo la verdadera talla por
percusión, sino la rotura por martilleo, con una piedra que le servía de
percutor y un bloque de cuarcita que le servía de yunque intentó probablemente
de hender esos guija-rros apoyándolos en el yunque, no en el sentido de su
largo como en la operación de la rotura, sino en una de las extremidades de su
eje”.
Es la conocida técnica de la talla
bipolar, compuesta de tres elementos: guijarro, yunque y martillo .
El instrumental así obtenido es según
Ameghino “una especie de cincel o escoplo o hachi-ta que se manejaba con la
mano y para el cual propone el nombre de “hachitacuña”.
4) Usos: La
“hachitacuña” según nuestro sabio era utilizada para todo tipo de trabajo, como
cuchillo para cortar, como cuña o hacha para hender los huesos, como cincel,
esco-plo, rascador, raspador, etc.
Ameghino pronostica
que debía existir una industria más antigua que la de la “piedra hendida”.
A partir de esta
publicación se inicia a mí juicio la agria discusión que se extendería co-mo ya
hemos dicho a lo largo de varios años entre los seguidores del sabio y aquellos
que ponían en tela de juicio sus investigaciones paleoantropológicas .
Ameghino le
contesta en forma más que virulenta a un joven investigador que había
pu-blicado una crítica referente a la industria mencionada más arriba . En la
misma sostenía que el joven Félix Outes luego de haber recorrido los mismos
parajes que cita el sabio, Punta Porvenir y los arroyos Corrientes, Brusquitas,
Durazno y de Chapadmalal había lle-gado a la conclusión de que “el material
recogido en esas zonas pertenece sin excepción alguna al neolítico” . Afirmaba
además que los objetos de esta industria tanto en Chapad-malal como en los
arroyos de las Brusquitas y del Durazno, se hallaban en posición su-perficial
mezclados con instrumentos prehispánicos, de la misma industria señalada hasta
ahora en casi todos los kulter lager bonaerenses envueltos por la tierra
vegetal o que existen en la superficie misma del terreno” .
Esa rotunda
afirmación hace que Ameghino, arrastrado por su fuerte temperamento lati-no,
salga de los carriles del formalismo científico para descalificar a ese joven
investiga-dor con términos de suma dureza: “Un joven arqueólogo bien conocido
por su malqueren-cia así como por su tozudez en la defensa de las causas más
imposibles y paradojales, publicó acerca de esta industria una memoria llena de
inexactitudes de todo género . Ese joven iba todos los años a Mar del Plata,
recorría los mismos parajes y ambulaba por so - bre esas piedras sin comprender
su significado. Tan pronto como hubo aparecido mi me-moria y con las noticias
que subrepticiamente obtuvo del personal que me había acompa - ñado en mis
excursiones, fue A Mar del Plata, recogió en los lugares que le habían sido
indicados, cierto número de ejemplares y enseguida sin examen alguno serio de
la cues-tión, declaró que se trataba de “instrumentos neolíticos” (!) que
representan una facies local” ... ”En pocas palabras: su malquerencia, que le
induce a criticar a diestra y sinies-tra, ha hecho que su memoria sobre esta
antigua industria esté llena de errores tan gro-seros que no le hacen
absolutamente ningún honor . Ocuparse mas detalladamente de esto s errores que
se diría son producto de un cerebro infantil, sería perder lastimosamente el
tiempo.” (5)
2 — La Industria de la Piedra
Quebrada
A fines de mayo y
durante la primera quincena de junio de 1910 Ameghino visitó la zona de Monte
Hermoso en compañía de Hrdlicka y Willis. En ese viaje Ameghino creyó encon -
trar los elementos arqueológicos necesarios para confirmar su primigenia idea
de que an-terior a la industria de la “piedra hendida” debía existir otra más
antigua, la de la “piedra quebrada” que se obtendría de golpear guijarros
contra guijarros para utilizar los trozos puntiagudos y cortantes que
resultasen de tal operación. En su trabajo (6) recuerda que ya en l889 describe
un “casco de piedra” que había encontrado en Monte Hermoso sin poder asociarlo
en aquel momento con ninguna industria. Ameghino recogió de la parte superior
de las capas de arenas y areniscas estratificadas numerosos fragmentos de
cuar-citas irregulares, con formas diversas, la mayoría angulosas y cortantes.
Los considera fragmentos procedentes de Sierra de la Ventana, obtenidos
mediante percusión de unos contra otros . A su juicio eran golpeados sin
ninguna dirección determinada .
Expresa también que
se trata de “la industria de la piedra la más primitiva que conozco, y me es
imposible imaginar algo más simple” . En el escrito de Ameghino hay dos
referen-cias llamativas. Una referida a la variación observada en la barranca .
Al respecto dice: “ Encontré las barrancas de esta localidad modificadas en una
forma muy distinta de como yo las había conocido. Las capas de arenas y
areniscas estratificadas que descansan en-cima del hermosense y constituyen el
piso puelchense, antes visible en un pequeño tre-cho de sólo unos 40 metros,
ahora aparecen a lo largo de la barranca en una extensión de varios cientos de
metros y con un mayor espesor” . La otra apunta a que los filos del
instrumental de la piedra quebrada presentan a pesar de la antigüedad dada por
el des - cubridor, características de frescura: “Esas señales de percusiones
son tan frescas y apa-rentes que parecen de ayer”.
Los investigadores
americanos que lo acompañaban recogieron abundante material y con
posterioridad, en 1912 Hrdlicka, en colaboración con W. Holmes dan a conocer
las con-clusiones a que arribaron de tus observaciones en la costa atlántica de
la provincia de Buenos Aires. Asimismo, a partir de esta publicación se
consolida la corriente antiameg - hinista que reclutará los adherentes
necesarios para desvalorizar a veces en forma exa - gerada la totalidad de la
obra de nuestro apasionado Ameghino.
En la mencionada publicación Hrdlicka
toma en consideración los siguientes elementos de juicio:
L a extensión del territorio donde se efectúan los hallazgos
de cuarcita y guijarro, la gran cantidad de los mismos, la naturaleza reciente
de los médanos que para este autor fueron el hábitat natural de los creadores
de esa industria y la posición superficial sobre la pla-ya de los objetos de
cuarcita y guijarros . Así mismo afirma que cuando están hacia el in-terior del
continente, estos últimos aparecen sobre 6 en el suelo vegetal . Afirma también
que tanto la cuarcita como los guijarros “Suelen tener aspecto fresco” .
Partiendo de estas observaciones concluye que los mismos no son de gran
antigüedad, ni existen elementos geológicos que puedan avalar esa idea. Señala
que existe una íntima asociación entre las industrias “white and black” (blanco
y negro) y que ambas pertenecen a una sola cultura y a un solo período. La
industria de guijarros en la costa fue el resultado de la escasez de otro tipo
de materia prima “y que las peculiaridades de esta fueron debidas a la natu -
raleza del material conectada posiblemente con algunos requerimientos locales
especia-les”. (8). Considera a los “guijarros” como un sustituto de la materia
prima usada en el interior de la provincia (facie local de Outes). Bailey
Willis llega a afirmar que estas in-dustrias de la costa no se remontarían a
más de un siglo de antigüedad . El arqueólogo Holmes efectúa el estudio de las
técnicas de talla de los materiales recogidos por Hrdlic-ka y Willis y coincide
plenamente con éstos en la modernidad de los mismos. Pericot Gar - cía recuerda
en su obra América indígena (9) una aguda observación de Holmes quien opina:
“Es sabido que la costa atlántica argentina ha sufrido grandes modificaciones y
va modificándose continuamente, la densidad de los indígenas ha sido siempre
escasa en estos territorios; estas industrias se encuentran a lo largo de la
costa. ¿Cómo explicar, pues, si estos útiles indicaran remota ocupación que al
cabo de unos milenios hayan ve - nido los restos a coincidir tan completamente
con la actual línea de la costa?. La única respuesta satisfactoria es la de
considerar los restos como modernos despojos de los es-tablecimientos indios” .
(10)
El 5 de agosto de
1911 fallece Florentino Ameghino y Carlos será el continuador de la obra de su
querido hermano.
LA LABOR DE CARLOS AMEGHINO Y LUIS
MARÍA TORRES
En 1913 Carlos
Ameghino junto con Luis María Torres se dedicaron a recorrer las zonas
conflictivas del litoral marítimo. La discusión se reabría. Dentro del plan de
trabajo de ambos investigadores se encontraban en primer lugar la visita a
Miramar y sus inmedia-ciones como así también la desembocadura del arroyo
Cristiano Muerto y adyacencias . En esta primera exploración efectuaron una
amplia prospección de las desembocaduras del arroyo Totora, Mar del Sur, arroyo
La Tigra, Chocorí, El Pescado y Malacara . Los objetos recogidos
alcanzaron la cifra de 4.500, entre elementos arqueológicos y material antropo
- lógico (restos humanos) los que les hace expresar en cuanto a los resultados
de la excur - sión (11): “Se trata de un material muy rico y único por no
poseer nuestros museos ejemplares de análoga importancia y procedencia”.
En este trabajo dan
a conocer una discrepancia importante con respecto a las ideas de Florentino y
es referente a la antigüedad de la industria de la “piedra hendida”: La indus -
tria de la piedra hendida denota ser “una de las primitivas por su técnica, que
se hayan descubierto en nuestro territorio, con caracteres de fijeza o
estabilidad, lo que afirma su valor arcaico, pero en punto a su antigüedad
geológica, no puede ser a nuestro juicio atribuida a la del piso ensenadense
(pampeano inferior) en su totalidad. Convenimos en asignarle una antigüedad no
tan remota, que en términos prácticos y admisibles, por aho - ra, estaría en la
época de los constructores de túmulos del Malacara, hacia los más remo - tos,
pero en manera alguna hacia los más modernos . Esta última construcción está
levan - tada sobre depósitos de loess pampeano y con elementos del mismo
origen, mezclados con arenas de los médanos. A su vez consideramos en general
como de origen más remo - to a la industria de las cuarcitas en forma de laminas,
cuchillos y jabalinas, etc. ”
Para el mismo año
de 1913 Luis María Torres junto con Carlos Ameghino publican otro informe en la
Revista del Museo de La Plata (12). En el mismo mencionan una serie le datos
sumamente interesantes, en primer lugar sobre el túmulo de Malacara diciendo que,
de acuerdo a las circunstancias” en que se hallaron los materiales, en el
reconocido por los autores como “taller de Malacara”, infieren que éstos
pertenecían a los hombres enterrados allí . El trabajo de exploración del
túmulo les permitió afirmar que se trataba de una “construcción sepulcral”.
Cuando estaban
excavando en el costado sudoeste, descubrieron restos de un esqueleto humano.
Daba la impresión, según sus descubridores, de haber sido enterrado en
posi-ción de cuclillas recostado, con un trozo de tosca puesto intencionalmente
sobre el cuer-po. Debajo del cráneo o cerca de él, en el mismo lugar, hallaron
una bola de granito con cintura. Estas mismas características de enterramiento
se encontraron en otros tres es-queletos aparecidos en la ladera oeste del
túmulo. Estos datos dieron asidero a nuestros autores para inferir que los
materiales arqueológicos hallados en el lugar pertenecían a los hombres
inhumados allí .
Una segunda
excursión realizado al lugar mencionado, hace afirmar a Torres que nuevas
observaciones y hallazgos de materiales similares a los anteriores,
confirmarían la tesis antes sostenida . Analizados posteriormente los apuntes
gráficos y fotografías deducen
8
q u e se trata “de
un yacimiento relativamente moderno máxime si se lo compara con los que
Florentino Ameghino había descripto como característicos de esas localidades”.
Asimismo consideran
que en el túmulo se encontraban suficientes pruebas que demostra-rían
relaciones coma elementos étnicos prehistóricos.
En su trabajo sobre
el Indigenado de la Provincia de Buenos Aires Vignati expresa que el material
de piedra que aparece incluido en el túmulo (piedra hendida y cuarcita
monofá-sica) llega al mismo en forma fortuita (14). Vignati recuerda la
proximidad del taller lítico al túmulo y que durante la construcción de éste se
acarreó material terroso de las proxi-midades mezclándose en esta oportunidad
el material lítico mencionado.
Con respecto a los
restos humanos vimos que Torres los relacionaba con los patagones
prehistóricos, basándose en el tipo de inhumación, “la posición en cuclillas
recostada, la morfología, y ciertos caracteres de las distintas partes del
material óseo”. Vignati disien-te con lo expresado por Torres en cuanto al
origen de los enterratorios y expresa: “Ya he dado a conocer la primer noticia
referente a la partida indígena entrevista por Garay en la región de Cabo
Corrientes. ¿De dónde procedía? Sin ahondar la exégesis del texto, su -
mariamente he indicado la región cuyana” .
Luego este autor se
extiende en una serie de consideraciones sobre los grupos humanos provenientes
de la mencionada región cuyana, basado en las noticias etnográficas del padre
Falkner.
Otro detalle
importante de señalar en el trabajo de Torres y Carlos Ameghino es que apuntan
a la abundancia de cerámica lisa y grabada encontrada no lejos de la costa. To
- rres se dedico a explorar la desembocadura del arroyo “El Cristiano” en el
partido de Ne-cochea donde ubica tres yacimientos sobre la margen derecha del
mencionado curso. En la zona premedanal del litoral marítimo encontró
fragmentos pequeños de sílex, algunas láminas, calcedonia, cuarcita sin trabajo
ni retoques, raspadores pequeños con ligeras talladuras y algunos retoques en
los bordes vivos, pero que denotaban según nuestro científico, procedimientos
de fabricación desconocidos o “mal aplicados” . En los bordes de las lagunas
mediterráneas aparecieron algunos percutores, molinos, morteros y bolea -
doras.
“En cambio los
ejemplares de cerámica lisa y grabada, esta última incisa y de carácter
geometrizado en sus elementos más simples, abundaban especialmente en los
paraderos Nº 1 y 2 descubiertos entre los médanos con vegetación que se
encuentran hacia el lado
9
d e la llanura. Entre los grandes
médanos de la costa son desconocidos los indicios de pa-raderos o estaciones”.
“Estos materiales
que tantas similitudes presentan con respecto a la industria de la pie-dra de
los indígenas modernos y mediterráneos de la Provincia de Buenos Aires, se en -
contraron en la parte superior de los depósitos post — pampeanos o entre los médanos
con vegetación . ”
Apuntamos como nota interesante que
no encuentra entre el material lítico citado ningún tipo de guijarro trabajado
.
10
EL VIAJE DE APARICIO, FRENGUELLI E
IMBELLONI
Durante el año
1924, para más precisión, en el mes de diciembre, Francisco de Aparicio y
Joaquín Frenguelli decidieron volver sobre los pasos de Florentino Ameghino y
programa-ron regresar a las zonas de Miramar y Monte Hermoso. Proyectaron unir
estas dos locali-dades caminando por la costa. Esta misión científica contaba
con el respaldo de la Facul-tad de Ciencias de la Educación de Paraná; la idea
era realizar investigaciones arqueoló - gicas limitadas a los yacimientos
superficiales, que para Aparicio eran de indudable data neolítica. El estudio
de los materiales recogidos fue complementado con el existente en las
colecciones particulares del doctor Joaquín Frenguelli, encontrados en los
diversos viajes que éste último investigador realizó en las zonas costeras
comprendidas entre Mar del Plata y Necochea . Asimismo se invitó a concurrir al
viaje al doctor José Imbelloni, que más tarde publicaría un trabajo sumamente
importante sobre el yacimiento de Monte Hermoso . Por último se solicitó a la
Dirección del Museo de Historia Natural de Buenos Aires pusiera a disposición
de los viajeros los servicios del experto y conocedor de la re-gión don Lorenzo
J. Parodi.
De ésta expedición
se publicaron dos trabajos. El primero en aparecer fue titulado Por Francisco
Aparicio: “Investigaciones científicas en el litoral Atlántico de la provincia
de Buenos Aires”, (15) dado a conocer en los Anales de la Sociedad Argentina de
Estudios Geográficos.
En este informe
nuestro autor recuerda que antes de regresar a la Capital Federal se había
realizado una breve estadía en Miramar, en esa ocasión se agrega al grupo Félix
Outes, en cuya compañía realizaron una serie de excursiones a los yacimientos
arqueoló - gicos que se encuentran ubicados en la zona comprendida entre el
arroyo Las Brusquitas y Punta Hermengo; recorriéndose así mismo los paraderos
superficiales próximos a Mi - ramar y a los arroyos Totora y Malacara .
Aparicio advierte que como resultado de estas investigaciones fue presentado a
la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales un trabajo que tuvo el mérito de
originar la famosa polémica de 1924 . Este trabajo fue el firmado por Outes y
Frenguelli titulado “Posición estratégica y antigüedad relativa de los restos
de industria humana hallados en Miramar”.
En este último
trabajo Aparicio recuerda la noticia preliminar dada a conocer en 1925, Expresa
que en la misma se esbozó ligeramente el itinerario de la expedición, no
profun-dizándose los aspectos geográficos y geológicos . Puntualiza que con el
material recogido,
11
junto con el de la colección
particular de Frenguelli, pueden brindar un panorama general de toda la zona
costera, comprendida entre Mar del Plata y Bahía Blanca.
La Comisión se
dirigió a Tres Arroyos, desde donde emprendieron el camino hacia la cos-ta, no
sin antes hacer una recorrida por los cauces de cursos de agua que cruzan la
re-gión en especial las desembocaduras del Claromecó y del Quequén Salado.
Aparicio continúa
su relato exponiendo que: “Dificultades de todo género impidieron la
continuación de la marcha por la costa”; por lo que tuvieron que continuar en
tren hasta Dorrego y desde este pueblo bajaron nuevamente a la costa a la
altura de la boca del Sauce Grande, donde reiniciaron la marcha por la playa
hasta las baterías de Puerto Bel-grano después de haber estado recorriendo por
unos días la localidad de Monte Hermoso.
Una segunda etapa
se realizó luego entre Miramar y la desembocadura del Malacara, donde se
efectuaron algunas rápidas observaciones de carácter arqueológico .
Con respecto a las
características de los yacimientos publicados en el trabajo, vemos que se
repite en parte lo expresado por Torres y Carlos Ameghino referente a los
hallazgos en las zonas medanosas. Dice Aparicio que en los valles de estas
zonas contiguas a la ribe-ra, atravesadas por los ríos Claromecó y Quequén
Salado, abundan “depósitos de mate-riales pétreos”; el aspecto que presentan es
muy similar a los ya conocidos de la costa marina. Sin embargo analizándolos,
su contenido es muy distinto. Las piedras, evidente-mente, no llegaron a ese
lugar transportadas por las aguas sino por el hombre.
Generalmente
presentan fracturas atribuibles a trabajo intencional, constituyendo
instru-mentos definidos. Aparecen a veces junto a estos, restos de comida,
vestigios de fogones y, en escaso número, fragmentos de cerámica lisa y
decorada. Acota luego el autor que en toda la zona de médanos que atraviesa el
arroyo Claromecó “los paraderos se suceden uno a continuación del otro”.
El segundo trabajo,
el más importante de Aparicio, fue titulado “Contribución al estudio de la
Arqueología del Litoral Atlántico de la Provincia de Buenos Aires”, terminado
de re-dactar en Paraná en octubre de 1928, publicándose recién en Córdoba en el
año 1932 (16).
En la introducción
del mismo, nuestro autor da a conocer algunas de las razones de esa demora; en
primer lugar afirma “Conceptúo insuficiente la cantidad de material de que he
dispuesto no sólo porque su número resulta pequeño si tenemos en cuenta la enorme
su-ma de objetos retirados de esa zona, sino también porque tratándose de una
industria
12
t a n rudimentaria
y pobre en formas permanentes, es necesario disponer de series muy numerosas
para establecer, con algunos fundamentos, los caracteres generales de los
instrumentos que le son típicos y peculiares”
“Estas
circunstancias han atenuado un tanto mi interés por este trabajo que no
obstante, he debido realizar para cumplir el compromiso contraído al integrar
la misión de cuyos resultados doy cuenta y para a completar la labor realizada
por mis compañeros Frengue-lli e Imbelloni”.
Éstos dos últimos
habían publicado en el tomo II de los Anales de la Facultad de Ciencias de la
Educación de Paraná sus trabajos sobre “Observaciones geológicas de la región
cos-tanera Sur de la Provincia de Buenos Aires”, en el caso de Frenguelli e
Imbelloni sus con-clusiones sobre la Industria de Piedra de Monte Hermoso.
Aparicio en una nota a pié de página, aporta otra razón con respecto a la
tardanza de la publicación de su investigación afirmando que: “Este trabajo
debía completar el segundo tomo de los Anales de la Facul-tad de Ciencias de la
Educación de Paraná iniciado con las citadas publicaciones de Fren-guelli e
Imbelloni. Los resultados de nuestra expedición hubiéranse dado a conocer en
esa forma, reunidos en un volumen . Malos tiempos han corrido para aquella casa
de es - tudios — por más de un concepto digna de mejor suerte — que ha
desaparecido como Instituto universitario . Por estas circunstancias he debido
recurrir a la honrosa hospitali - dad de la Academia Nacional de ciencias para
dar a conocer el resultado de mis investi-gaciones (1931)”.
Otra de las
observaciones que da a conocer Aparicio es de suma importancia pues se re-fiere
a la supuesta antigüedad del instrumental en la zona: “Sin embargo gracias a
cir-cunstancias especiales pudimos comprobar en las proximidades de la estación
Oriente, la existencia de industria primitiva sobre la margen izquierda del
Quequén Salado . A ambos lados del cauce, extiéndense amplias terrazas
querandino—platense, adosadas a terrenos más viejos (chapadmalense) que
constituyen un valle más antiguo del río. La terraza de la margen izquierda
encontrase recién arada él día de mi visita y entre los surcos húme - dos aún,
pudimos recoger varios instrumentos de piedra y algunos fragmentos de alfare -
ría decorada”. Además el autor aclara que sobre la misma playa del río se
encuentran bloques de tierra desprendidos desde lo alto de la barranca,
arrastrando en un caso como él lo atestigua, restos de un fogón, con restos de
huesos y cáscaras de huevos de aves - truz, quemados y unidos a restos de
carbón y ceniza. Otra observación que considera digna de mencionar son los
fenómenos de “deflación”.
Relata Aparicio que a corta distancia
del puente del Ferrocarril Central del Sur (hoy Ge-neral Roca) que atraviesa el
Quequén Salado, pudieron observar un fenómeno sumamente
13
i m p o r t a n t e
que él relata de la siguiente manera: “la deflación ha formado un socavón más o
menos circular de apreciable diámetro y de una profundidad suficiente para
poner al descubierto la superficie del núcleo antiguo: sobre éste yacían varios
fragmentos de piedra astillada, un cuchillo y un raspador perfectamente
definidos y una abundante can-tidad de huesos partidos. Evidentemente estos
restos no se encontraban “In-situ”. El ni - vel de su yacimiento extendíase a
mayor altura, y al excavarse la hondonada, los mate-riales livianos fueron
transportados por el viento, experimentando los pesados sólo un descenso
vertical” .
Fenómenos análogos
pueden observarse entre las dunas costeras donde un idéntico pro-ceso de
levigación eólica a veces produce descensos considerables en el nivel de los
pa-raderos. Estos suelen así hallarse sobre la superficie de terrenos más
antiguos y hasta pueden penetrar objetos en su interior debido al
reblandecimiento del suelo por las llu-vias. La posición exacta de los restos
arqueológicos puede comprobarse fácilmente obser-vando los testigos del antiguo
suelo escapados a la acción destructora de los agentes externos . En estos
testigos las piezas arqueológicas ocupan siempre solamente la zona superior
negra, impregnada de materiales humosos, vale decir, el mismo suelo arenoso de
la región humificada en una época muy reciente de mayores precipitaciones
meteóri-cas que las actuales”.
En la prospección
arqueológica realizada durante el 4 de abril de 1969 en Centinela del Mar
situada al sur de Miramar, sobre la desembocadura del arroyo Nutría Mansa, que
constituye el límite entre el partido de Lobería (margen derecha sur) y el
partido de Ge-neral Alvarado (margen izquierda norte) el grupo dé trabajo
perteneciente al Instituto de Investigaciones Antropológico de Olavarría
encabezado por Guillermo Madrazo, Genue Noseda, Director del Museo de Historia
y Ciencias Naturales de Lobería y el autor de es-tas líneas, acompañados por
otros colaboradores, observaron el mismo fenómeno descrip - to por Aparicio .
Los hallazgos arqueológicos constituían en su mayoría guijarros de basal - to
con talla bipolar y algunas lastas de cuarcita blanca que aparecían localizadas
sobre un terreno endurecido en limpiones de “deflación”. A 600 metros del
primer lugar citado, o sea de la margen sur del Nutria Mansa e inmediato a la
playa, comienza una cadena de lomadas. Estas están en parte cubiertas por
médanos móviles. En muchos lugares se han producido “limpiones” sobre las
lomadas o en las partes bajas de las mismas y en ellos es donde aparece el
material .
Hacia el interior
del continente, después de las mencionadas lomadas, aparecen una serie de
médanos móviles y un antiguo fondo de laguna, quizás alimentado en un tiempo
por el cauce del Malacara . Según Noceda, don Lorenzo Parodi hijo, le informó
en una oportuni-
14
d a d que conoció
esa laguna con agua . Ese fondo de laguna es de color verdoso y en él estaban
incrustados huesos fósiles, (entre ellos restos de gliptodonte).
En el mismo también
hay material arqueológico, pero en todos los casos apoyados sobre el terreno y
siempre con una fina película de arena debajo.
Austral (17)
considera que las industrias localizadas en la cercanía de las desembocadu-ras
de los arroyos Malacara, Nutria Mansa, Pescado y Chocorí se tratan como él
afirma “De yacimientos de superficie en los que aparecen en asociación
indudable, según nues - tra comprobación artefactos de técnica bipolar y otros
de talla marginal y aún unifacial . La constatación de que se trata de
verdaderas asociaciones, es decir que los materiales arqueológicos que son
hallados en superficie han sido utilizados al mismo tiempo y por consiguiente
pertenecen a un mismo grupo de ocupación, ha sido un avance significativo
efectuado en este terreno en los últimos tiempos”. Adopta para denominar este
yacimien - to el término “Malacarense”, propuesto por Menghin, para unificar
las industrias de la zona en cuestión.
En la expedición de
Aparicio, habíamos nombrado como uno de los principales colabora-dores a José
Imbelloni; éste en el año 1928 publica sus observaciones en los Anales de la
Facultad de Ciencias de la Educación de Paraná (l8). En el mismo enfatiza la falta
absolu-ta, en la región recorrida, de restos humanos, pero esta falta se ve
compensada por el abundante material lítico que encuentran, Principalmente
localizado en Monte Hermoso y Miramar . Imbelloni, en la primera parte de su
escrito efectúa una revisión de las teorías de Ameghino, deteniéndose con
preferencia en el aspecto cronológico, o sea a la anti - güedad que este último
asignaba al material encontrado en la zona .
Recuerda asimismo
este autor: “Hrdlicka hace notar que las astillas pétreas se encuen - tran
contenidas en una capa de arena sembrada de guijarros situada a la base de las
arenas de dunas recientes que cubren las formaciones antiguas” . Imbelloni
agrega: “El material que las contiene no está estratificado y es un poco
coherente, pero de ninguna manera consolidado, y se presenta con evidencia,
como muy moderno. Debido a su esca-sa cohesión, junto con los guijarros que
contiene se va desmoronando y cae sobre los bordes formados por los terrenos antiguos”
. Para reafirmar lo dicho recuerda lo expresa - do por Bailey Willis en el
“Early Man in South America” cuando se refiere a los hallazgos de Monte
Hermoso. El investigador norteamericano insiste en que las arenas del médano
junto con los objetos líticos han caído del talud sobrepuesto sobre los bordes
salientes de la terraza de Monte Hermoso, sobre cuya superficie pueden
recogerse aún hoy restos ar - queológicos . Por lo tanto para Willis todo ese
material lítico (puntas de flechas y piedras astilladas) asociadas con arena,
puede ser considerado como reciente y afirma que es
15
m u y común
encontrar estos objetos en las franjas de las dunas de arena “las que los
in-dios tuvieron la costumbre de usar como línea de marcha y protección durante
sus ata - ques contra los poblados argentinos” .
Otro hecho que se
puntualiza en la obra de Imbelloni es el referente a la sincronización de la
industria de la piedra hendida y la quebrada. A tal fin afirma que Carlos
Ameghino en 1915 quiebra la individualidad tipológica de las dos industrias de
la costa atlántica . Con respecto al material lítico de Monte Hermoso,
procedente del puelchense, considera que se trata de la misma industria de
“piedra hendida” . La diferencia sería más aparente que real entre ésta y la
“piedra quebrada” consistiendo la misma en la naturaleza del ma - terial
empleado . Imbelloni, deduce acerca de los motivos de la afirmación de Carlos
Ameghino.
Se basaría en que
cuando éste último citado, junto con Santiago Roth, visitaron la locali-dad de
Mar del Sur, “encontraron allí varias piedras talladas aflorando nítidamente”
en el piso ensenadense. Estas mismas formas se habían encontrado en el
Yacimiento de “Mala-cara”, destruyendo la diferenciación de las dos técnicas
mencionadas en que había hecho hincapié Florentino Ameghino, así como
desvirtuando la supuesta anterioridad de la “quebrada” con relación a la
“hendida”.
Al estudiar la
barranca el doctor Imbelloni, a pesar de la destrucción que nota en la costa
por acción del mar, coincide en general, que el discutido yacimiento se hallaba
en las mismas condiciones que lo conocieron Hrdlicka, Willis y Kantor.
Confeccionó un perfil de la barranca donde deja perfectamente establecido el
lugar de procedencia de las indus-trias, que aparecen solamente debajo de las
dunas recientes, encima de lo que Ameghino interpretó como puelchense
hallándose debajo de éste el Hermosense.
Hay pues dos
superficies de denudación consecutiva, la primera que separa los sedimen-tos
antiguos (hermosense) de la formación que Ameghino rotula como Puelchense y la
segunda la que separa esta última de las arenas del médano actual . En cuanto a
esta la separación se hace más visible (en el trecho estudiado por Imbelloni)
debido a la presen - cia de una capita de gris claro (ceniza volcánica) . Tan
solo arriba de esta capa se en - cuentran los rodados tallados que aparecen
entremezclados con arena, a veces de un es - pesor de 20 a 40 cm., no dejando
lugar a dudas acerca del valor estratigráfico de esta ubicación .
La facilidad con
que se desmorona la Barranca permite que los guijarros caigan sobre la
superficie nivelada del hermosense, lo que a veces lleva a error al observador
más avisa - do .
16
R e s p e c t o a
esto último tenemos otro testimonio. Ricardo Wichman en su trabajo “El esta -
do actual de Monte Hermoso”(19) dice que él halló los rodados citados por
Ameghino se - ñalando: “pero no pude encontrarlos en la capa de rodados misma,
sino que los he halla - do sólo en “el desmoronamiento” y pone también en duda
si esa capa de rodados de don - de provendrían los guijarros pertenecería en
realidad a la misma arenisca puelchense .
Imbelloni recuerda
que hubo otro visitante en Monte Hermoso que se ocupó no del mate-rial
arqueológico sino de la flora que rodea el lugar, anotando en su trabajo (20)
lo si - guiente: “En el límite superior del complejo hay una capa de rodados
entremezclados con arena suelta, que son considerados por Ameghino como eolitos
. Sobre capas de esta are - na están los médanos en su mayoría bien fijos y que
encierran una vegetación interesan-te”. Los testimonios citados no harían más
que corroborar las ideas de Imbelloni respecto a la antigüedad de esa
industria.
Resumiendo lo expuesto por este autor
tenemos que:
1) Los guijarros
tallados no proceden del llamado puelchense.
2) El médano que se
halla por encima del instrumental es un médano actual aunque no movedizo sino
fijado por la vegetación .
3) En cuanto a la
determinación cronológica Imbelloni dice: “Nos parece exagerada la preocupación
de Hrdlicka y Willis de postular fechas no tan solamente recientes sino
mo-dernísimas como por ejemplo, la de un siglo atrás . La mención de las luchas
del indio co - ntra las poblaciones cristianas de la Provincia de Buenos Aires,
que son hechos de “ayer” no nos parece suficientemente autorizada”.
4) Las observaciones
del botánico Molfino con respecto al espesor de los detritos vegeta - les sería
el único indicio para establecer una cronología tentativa de los
establecimientos indígenas de Monte Hermoso” afirmando nuestro investigador que
“aunque el fenómeno de fertilización de las dunas no supone un tiempo
excesivamente largo, es nuestra impre - sión que la intensidad con que ocurre
en este lugar debe haber requerido algunos siglos”.
5) Con respecto a la
industria de la “piedra quebrada” dice haber llegado a la conclusión que se
trata de escombros y astillas de talleres prehistóricos de indígenas,
semejantes a la gran cantidad que de ellos se observa en toda la costa
atlántica de esa región y que fueron en su mayoría emplazados sobre superficies
de denudación de antiguos médanos consolidados y que alternativamente fueron
tapados por médanos movedizos.
17
6 ) Por lo tanto
los restos de la “piedra hendida” como los de la “piedra quebrada” serían
respecto a los primeros, material de rechazo de la talla, utilizados a veces
como elemen - tos auxiliares . Los segundos serían deshechos y restos de
taller. (coincide con Holmes).
En 1957 el Dr .
Menghin publica un trabajo sobre el Protolítico de América (21) y al refe-rirse
a las industrias de la “piedra quebrada” y la “piedra hendida” dice que éstas
nada tienen que ver con la antigüedad atribuida por Ameghino sino que más bien
corresponden al Postglacial medio y tardío, configurando ambas un
Epipaleolítico con posible tradición protolítica proponiendo que se bautice a
estas dos industrias, que en verdad dice Meng - hin son sólo una, con el nombre
de “Malacarense” por haber sido según este autor des - criptas en forma exacta
por primera vez por Aparicio en base a los hallazgos de Malacara .
El investigador
Antonio G. Austral afirma en su trabajo titulado “Prehistoria de la región
pampeana Sur” (22) que la zona costanera de la pampa húmeda tiene puntos de
contacto, con respecto al material arqueológico, con la costa Norte de
Patagonia, constituyendo una unidad que la denomina Zona Litoral Atlántica
pampeano patagónica.
Puntualiza que a
pesar de esta unidad existen diferencias entre las mismas. El sector
propiamente pampeano se extiende desde Mar del Plata hasta Bahía Blanca. En
toda esta parte de la costa predominan los médanos que, de acuerdo a nuestro
autor son recientes en sentido geológico pero con diferencias cronológicas: a
saber:
a) médano claro:
actual (en formación).
b) médano obscuro:
fijado por vegetación natural, pero en proceso de destrucción parcial
(vientos).
c) médano obscuro muy
humificado constituyendo un verdadero suelo corresponde al fi - nal del
Neotermal; comenzó a formarse hacía la 2da . mitad del 1º milenio antes de
Cris-to, con la salvedad de que todos ellos están influidos por variaciones
climáticas menores que afectan las distintas zonas.
Austral agrupa a las industrias de la
costa en tres manifestaciones culturales: el Punta - rrubiense, el Malacarense
y el Palomarense .
El primero deriva
su nombre de punta Rubia, costa norte de la Patagonia . Cercano a Mon - te
Hermoso, donde aparece un yacimiento de este tipo, de facies microlítica; los
utensi - lios son pequeños obtenidos por talla y retoque bipolar. Junto a éstos
aparecen otros ob-jetos trabajados con la técnica usada en el interior de la
región pampeana que consiste en retoque con dos elementos. En general son
útiles pequeños y aparecen en forma esca-
18
s a . Para Austral
el Puntarrubiense de Monte Hermoso tendría una antigüedad aproximada al primer
milenio antes de Cristo .
El Malacarense
aparece en las proximidades de las desembocaduras de los arroyos y ríos, entre
ellos el arroyo La Malacara, Nutria Mansa, Pescado y Chocorí. En general son
yaci - mientos superficiales donde aparecen asociados artefactos de talla
bipolar, otros de talla marginal y algunos con trabajo unifacial . Son, de
acuerdo a Austral, verdaderas asocia - ciones, es decir que han sido usados al
mismo tiempo y en un mismo espacio de ocupa-ción.
Durante el año
1961, luego de haber explorado con éxito las Sierras de Curamalal inicia
nuestro investigador la prospección del valle del río Sauce Grande, localizando
cerca de la laguna del mismo nombre y a unos 70 km . al SE de Bahía Blanca, una
importante serie de yacimientos de superficie situados en el dominio de la
estancia “El Palomar” (23), por lo que denomina a esa industria Palomarense .
En el trabajo
citado en primer lugar por Austral, al referirse al Palomarense afirma: “ Es-ta
cultura ha sido identificada merced a estudios efectuados en la zona costera.
También apareció en el curso medio de Río Sauce Grande es decir hacia el
interior”. El yacimiento tipo “El Palomar” apareció en el borde continental del
cordón medanoso costero, pero Austral lo adscribe, por su contexto, a la
Tradición Tandiliense, o sea a las industrias del interior de la Provincia de
Buenos Aires. Divide pues al Palomarense en tres facies, ini-cial, pleno y
final.
Inicial : carece de
cerámica y puntas de proyectil bifaces. Tiene útiles trabajados con téc - nica
bipolar.
Pleno: conjunto de
útiles técnico—tipológicos mixto que permite vincularlo con el Tandi - liense,
pero donde se notan importantes influencias de las industrias bipolares
costeras. Aparece la cerámica y las puntas de proyectiles bifaciales; también
hay molinos y morte-ros. Se desarrolla aproximadamente entre el 1000 y el 1700
después de Cristo.
Final: posterior al 1700
. Los útiles que aparecen a veces son más pequeños e imitan for - mas del
Palomarense pleno . Se encuentra también cerámica araucana .
RESUMEN CRONOLOGICO
Resumiendo los trabajos más
relevantes tenemos el siguiente esquema cronológico:
19
1 ) 1909— 1911: Ameghino da a conocer
en esos años sus hallazgos sobre industrias que se remontarían a los albores de
la humanidad.
a) En primer lugar la
conocida industria de la “piedra hendida”, para la cual establece una
antigüedad superior a la de los eolitos europeos; su creador sería el supuesto
Homo pampaeus.
Dicha industria procedería del
Pampeano medio (Plioceno medio).
b) La “piedra
quebrada” la ubica en la parte superior del Puelchense, pampeano inferior
(Mioceno sup .). Con respecto a la “piedra quebrada” hay una frase de Ameghino
que no podemos dejar pasar por alto . Cuando hace la descripción del material
dice, a pesar de la antigüedad que él le asignaba: “las señales de percusiones
son tan frescas y aparentes que parecen de ayer” .
Ambas industrias pertenecerían al
terciario final; son dos conjuntos de industrias total-mente distintas que se
ubicarían, temporalmente en los inicios de la humanidad.
2) l909: Félix Outes
considera a la industria de la “piedra hendida” como una facie local de los
instrumentos neolíticos bonaerenses, contemporáneos de los instrumentos de
cuarcita “piedra quebrada”; esta diferenciación surge de la disponibilidad de
materia pri-ma en las zonas de los hallazgos, el guijarro en la costa, la
cuarcita en el interior del te-rritorio.
3) 1910: Hrdlicka y
Willis reconocen dos industrias “white” y “black”, ambas conside-radas
sincrónicas y pertenecientes a una misma cultura. Coinciden con Outes en cuánto
a la utilización de la materia prima disponible en las zonas de hallazgo . Le
dan una anti - güedad no mayor de un siglo .
4) l922: M. Kantor en
su trabajo “Monte Hermoso en relación con el origen del limo y loess pampeano”
aparecido en la Revista del Museo de la Plata, volumen XXVI, l922, nie - ga
rotundamente el carácter de industria humana a los hallazgos de Ameghino y
trata de encontrar una causa natural de producción de la misma como ocurrió con
los eolitos eu-ropeos .
5) 1925: Francisco
Aparicio, Joaquín Frenguelli, José Imbelloni, Félix Outes (se agre - gó para
recorrer Miramar) y la colaboración de Lorenzo Parodi, realizan una extensa
in-vestigación en la costa atlántica sur. Hay datos sobre cerámica (que serían
analizados en otro acápite de esta obra) y consideraciones importantes sobre
los fenómenos de “defla-ción” en las zonas de médanos que permite tentativas
cronológicas.
20
6 ) 1928: Publica
José Imbelloni sus propias conclusiones después del viaje realizado en compañía
de Aparicio. Ubica exactamente las industrias de guijarros y no coincide con
Hrdlicka en cuanto a la antigüedad de esta industria. Para Imbelloni no sería
moderna sino que se remontaría a algunos siglos. Coincide con Holmes en cuanto
al uso dado a las industrias mencionadas.
7) 1932: Aparicio
publica su segundo trabajo, más extenso que el primero al que se lo puede
considerar un informe preliminar. En general sigue la línea de los autores que
le precedieron en cuanto a la crítica de la obra ameghiniana . Para este autor
todos los hallazgos efectuados en la costa atlántica bonaerense corresponderían
a industrias neolí - ticas . Las dos industrias descriptas por Florentino
Ameghino se diferenciarían entre sí por la materia prima y el tallado, pero son
sincrónicas y las realizó un mismo pueblo. La “piedra hendida” es una facie
local de la costa. La “piedra quebrada” se extendería a to-do el interior de la
Provincia de Buenos Aires. En los lugares en que aparece cerámica, ésta es de
confección burda y poco abundante . Vemos que en líneas generales Aparicio
coincide con Outes y Hrdlicka.
8) 1957: Menghin llama
a ambas industrias la de la “piedra hendida” y la “piedra quebrada”.
“Malacarense” y corresponden al postglacial medio y tardío, entroncándolas
técnicamente al Epipaleolitico, con posible tradición protolítica .
9) 1968: Austral
establece la siguiente cronología:
a) La región pampeana
interior sur, estuvo habitada aproximadamente hacia el 6000 a . de Cristo por
los portadores de la industria Tandiliense; esta tradición se mantuvo hasta
épocas históricas . Pertenecen a ella el Blancagrandense y el Palomarense .
b) El Palomarense
pleno se desarrolló aproximadamente entre el 1000 y el 1200 d. de Cristo con un
conjunto técnico tipológico mixto; aparecen útiles Tandiliense e industrias
bipolares costeras asociados a cerámica.
c) El Palomarense
final aparece después de l700 con cerámica araucana, por lo que se deduce que
es posterior a la penetración de los araucanos ecuestres .
“LOS HALLAZGOS DE MIRAMAR”
El acta del año 1914
21
Carlos Ameghino
emprende durante el año 1912, junto con Luis María Torres un viaje a la costa
atlántica, para realizar investigaciones sobre la antigüedad del hombre en el
litoral marítimo bonaerense.
Los resultados del
mismo fueron publicados en la Revista de la Sociedad Argentina de Ciencias
Naturales “Physis”. (24)
El otro informe fue
dado a conocer en la Revista del Museo de La Plata (25). Los resulta-dos fueron
ya analizados cuando hablamos de la “piedra hendida” y la “piedra quebrada”,
Pero se dejaron de lado algunos detalles, que serán incluidos dentro de este capitulo
.
En primer lugar se
dio orden a Lorenzo Parodi de evitar toda investigación o extracción de
material sin la debida autorización del señor Carlos Ameghino, asimismo el
citado Pa - rodi debía recorrer la zona en búsqueda de nuevos hallazgos y una
vez individualizados, comunicar inmediatamente sobre los mismos.
A los pocos días
del regreso de Torres y Ameghino de uno de sus viajes por la costa, a Buenos
Aires, Parodi le comunicó al segundo de los nombrados de un importante
descu-brimiento en la zona de Miramar; el mismo consistía en un enterratorio.
Ameghino invitó a concurrir a varios estudiosos para que comprobaran la
estratigrafía y la situación de los restos; los invitados fueron J.B.
Ambrosetti, R. Lehmann — Niestche, S . Roth, F. Outes, S . Debenedetti, L .
Moupas, Juan J . Nágara y Guillermo Senillosa .
Solamente se
hicieron presentes a la cita los dos últimos mencionados, estudiantes en ese
momento de los cursos de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de
Buenos Aires, quienes fueron testigos del hallazgo aludido .
Este era un
enterratorio realizado en uno de los desplayados a 300 m. de la costa en la
arcilla rojiza, como señala Torres, del piso ensenadense . Los restos de cuatro
individuos se hallaban orientados de N. a S . y en posición de cuclillas.
Señalan los autores que se retiraron de lugares inmediatos y del piso
mencionado restos fósiles de Scelidotherium y Mylodon, Selerocalyptus,
Glyptodon, etc . Los restos arqueológicos encontrados en las in-mediaciones
incluían algunos ejemplares de percutores, láminas de cuarcitas con retoque a
presión y dos puntas de flecha.
Recuerdan los investigadores la
semejanza entre este enterratorio y el de Malacara, y convienen en denominar al
yacimiento como el de la meseta del Chocorí .
Ante esta nueva evidencia lograda,
después de dos años de trabajos y descubrimientos realizados en las
inmediaciones del pueblo de Miramar, se convino por expresa disposi-
22
c i ó n de las
direcciones del Museo de La Plata y del Museo de Historia Natural de Buenos
Aires, la concurrencia a la zona de un grupo de especialistas quienes al
término de los trabajos de prospección, firmaron un documento certificatorio de
la veracidad de los ha - llazgos .
En la introducción del Acta labrada
se dice lo siguiente:
“Algunas
diferencias importantes comprobadas en los caracteres estratigráficos de varios
yacimientos arqueológicos hicieron pensar a la dirección de los estudios, que
convenía pedir, para ciertos casos, el concurso de especialistas geólogos, pues
era necesario documentar debidamente todos esos hallazgos excepcionales, con la
mayor amplitud y escrupulosidad .. A este respecto se ha tratado de satisfacer
todas las exigencias de una arqueología sistemática ... ” . (26) .
Se reconoce que
este tipo de documento no es común en las publicaciones científicas, porque
trata de certificar sobre la verdad de los hallazgos realizados por dos
prestigiosos investigadores como lo eran Luis María Torres y Carlos Ameghino.
Asimismo se deja cons-tancia en la introducción del citado documento, que los
investigadores firmantes, quedan en total independencia para elaborar sus
propias conclusiones en el futuro .
El Acta fue
publicada en castellano y también en francés, por la necesidad de darle al
documento difusión en el exterior, ya que nuestro país en esos momentos
concitaba las expectativas de más de un arqueólogo extranjero, siendo esto
indudablemente mérito de la obra pionera de Florentino Ameghino.
El documento de
referencia está encabezado con el siguiente titulo: “Acta de los hechos más
importantes del descubrimiento de objetos, instrumentos y armas de piedra,
realiza-dos en las barrancas de la costa de Miramar, Partido de General
Alvarado, Provincia de Buenos Aires”, y lo firman: Santiago Roth, Profesor y
Jefe de la sección paleontología del Museo de La Plata y director de geología y
minas de la provincia de Buenos Aires; doctor Lutz Wille, geólogo de la
dirección de geología y minas de la provincia de Buenos Aires; doctor Walther
Schiller, profesor y jefe de la sección mineralogía del Museo de La Plata y
colaborador de la dirección de minas y geología de la Nación e Ingeniero Moisés
Kantor, profesor y jefe de la sección geología del Museo de La Plata . Los
citados declaran “que invitados por los señores Luis María Torres y Carlos
Ameghino, que en representación de los museos nacionales de La Plata y Buenos
Aires realizan desde el año l912 investigacio-nes antropológicas y geológicas
en dicho litoral marítimo, se trasladaron a Miramar con el objeto de practicar
una inspección ocular de los sitios donde el señor Lorenzo Parodi, en - cargado
por ambos museos de las exploraciones superficiales en dicha zona, había descu-
23
b i e r t o algunos
objetos que parecían fabricados por el hombre; en cuyo supuesto había que
evidenciar dos cuestiones capitales, que, para más amplia y segura información,
que - rían los señores Torres y Ameghino que se establecieran con el concurso
de geólogos” .
El primer problema
era determinar si los objetos en cuestión estaban en posición prima-ria, o si
los mismos habían sido enterrados por causas diferentes en un tiempo posterior
a la formación de los depósitos.
La segunda cuestión
era establecer la posición estratigráfica de las capas en que se en-contraban
los objetos; ver si éstos correspondían a algunos de los pisos del horizonte
eopampeano (hermosense de F. Ameghino) o formaciones más superiores de la serie
pampeana.
De acuerdo a los
fines propuestos, la comisión se trasladó a unos cinco Km. al noreste del
pueblo de Miramar en dirección a Mar del Plata al lugar donde Torres y Carlos
Ameg-hino habían realizado varios descubrimientos . Los visitantes, constataron
en primer tér-mino que en ese lugar de la costa están representados los cuatro
horizontes de la forma - ción pampeana a saber: el eopampeano (hermosense y
Chapadmalense, Ameghino), me-sopampeano (ensenadense), neopampeano (bonaerense
y lujanense) y postpampeano (platense) .
Los primeros
hallazgos fueron descubiertos, según relatos de Torres y Ameghino, por el señor
Lorenzo Parodi . Cuando trataba de sacar del sedimento un trozo de escoria, su
pico chocó con un objeto duro, que resultó al ser extraído, una boleadora . Con
posterioridad, Torres, Ameghino y Doello Jurado efectuaron en el mismo sitio
una excavación descu-briendo otros objetos líticos. Por último Parodi encontró
una piedra redonda y un cuchillo de sílex, pero estos últimos no fueron
extraídos, de acuerdo a las instrucciones que le fueron transmitidas para que
pudieran servir de testigos a la comisión de geólogos . Los especialistas,
luego de examinar el sitio referido, opinaron unánimemente: “si los sedi -
mentos hubieran sido removidos en tiempo posterior a haberse depositado, se
habrían encontrado algunas alteraciones en la textura de la capa, pero nada de
esto se pudo constatar”.
De acuerdo a estas
evidencias el grupo de geólogos determinó que el primer punto en cuestión
quedaba resuelto.
En lo referente a los objetos
hallados consideraron que:
24
1) La piedra redonda
semejante a una boleadora, no es producto del trabajo humano, pe-ro pudo haber
servido de arma (este objeto fue extraído en presencia de la comisión) .
2) El cuchillo de
sílex (ya habla sido desprendido del lugar) es considerado trabajo de hombre
con la técnica de percusión y presión .
Se excavó en el
lugar de los hallazgos en presencia de la comisión, encontrándose una piedra
plana . determinándose que los indios las usaban para hacer fuego . Luego se en
- contró otra piedra redonda y lisa que tiene características de haber sido
trabajada. Ale-jándose a unos cincuenta metros del sitio mencionado observaron
en una capa más infe-rior que la anterior, restos fósiles de un Gravigrado.
Cuando se aprestaban a retirarlo, observaron que, asociada a los mismos, se
encontraba otra piedra redonda.
Relacionando todos los elementos
expuestos, la comisión dictaminó que los objetos halla-dos eran artefactos
fabricados por hombres que vivieron en el período chapadmalense.
El segundo lugar a
inspeccionar se encontraba a un kilómetro al sur del pueblo de Mira - mar, en
las barrancas de la costa del Atlántico .
En ese sitio se
constataron que faltaba el horizonte neopampeano y aparecía únicamente el
horizonte mesopampeano, (compuesto de loess eólico, fluvial y lacustre, que se
pierde bajo el nivel del mar).
Los restos fósiles
hallados por Carlos Ameghino en la zona, indicarían que esta formación
pertenece al piso ensenadense (parte basal del horizonte mesopampeano).
Aparecen así también en el lugar, valles transversales que generalmente están
colmados por depósitos neopampeanos y postpampeanos.
El primer objeto de
industria humana descripto es una boleadora con surco mediano en - contrada en
uno de los valles laterales. Los geólogos determinaron que la boleadora es-taba
en posición primaria y en una capa lacustre perteneciente al Lujanense . Esto
no produjo sorpresa a la comisión pues ellos mismos reconocieron que eran ya
muchos los hallazgos de restos humanos y material lítico hallados en el
lujanense; por lo tanto la boleadora en cuestión debe considerarse
correspondiente al horizonte neopampeano.
Con este último
hallazgo se da por terminada la labor de la Comisión de geólogos que firman el
Acta de la ciudad de La Plata el 18 de noviembre de 1914.
25
EL FÉMUR DE MIRAMAR
Al poco tiempo de
partir los integrantes de la comisión rumbo a Buenos Aires, luego de haber
concluido la labor que le fuera encomendada, se realizó un importante descubri
- miento. Carlos Ameghino que se había quedado en la zona junto a Lorenzo
Parodi decidió continuar la búsqueda de fósiles en el lugar donde la comisión
encontró la “piedra redon-da y lisa” (Acta pág. 423).
Comenzaron a
revisar la Costa a partir del punto mencionado. Allí la barranca comienza a
elevarse paulatinamente hacia el nordeste .
En primer lugar
encontraron fósiles característicos del Chapadmalense señalando: “aquí el
chapadmalense surge visiblemente en el perfil de la barranca más hacia arriba y
va a constituir la cumbre de la antigua loma después denudada que se menciona
en aquella (se refiere al acta Además a causa de este mismo surgimiento del
chapadmalense en el corte de la barranca resulta que el piso ensenadense que
viene arriba presenta un menor espesor. En este lugar fue donde encontramos la
pieza reveladora de que nos ocupamos. Se hallaba aproximadamente a unos cinco
metros sobre el nivel de la playa del mar y cer-ca del límite o discordancia
con el piso ensenadense, pero en pleno piso chapadmalense. Las condiciones de
yacimiento se presentan pues perfectamente claras, sin que pueda haber al
respecto la menor duda” . (27)
No sólo encontraron
el fémur del Toxodonte sino la mayoría de los huesos que conforma-ban el
miembro posterior, todavía articulado, lo que demostraría según el autor, que
los restos no fueron removidos, siendo por lo tanto contemporáneos con la
formación donde se hallaron incluidos.
Tal evidencia le
hizo afirmar a Carlos Ameghino que el hallazgo citado estaba en su yaci -
miento primario presentando todas las características de los fósiles
pertenecientes a ese nivel de la barranca, donde ya se habían encontrado
esqueletos de otros animales fósiles perfectamente articulados .
En diciembre de
1914, nuestro investigador volvió a la zona en compañía de sus colegas, Carlos
Bruch, Luis María Torres y Santiago Roth para observar nuevamente el lugar
donde fue hallado el referido Toxodonte . Tomaron una vista fotográfica y
realizaron excavacio - nes dando como resultado el hallazgo de piedras talladas
que fueron según el relato de Carlos Ameghino desenterradas a “fuerza de pico”.
Las mismas presentaban todas las ca-racterísticas de la “piedra hendida”,
apareciendo también yunques y percutores.
26
C o n posterioridad
nuestro sabio, junto al doctor Roth, decidieron prolongar la excursión rumbo al
sur, hasta los arroyos Chocorí y Malacara . Cuando llegaron al paraje conocido
por Mar del Sud, el doctor Roth encontró varias piedras talladas aflorando en
las barran-cas cortadas a pico, cuyo nivel geológico correspondería según los
mencionados autores, al piso ensenadense, basándose en el hecho de que en ese
mismo nivel habían aparecido restos fósiles de un Tynotherium encontrado en un
viaje anterior .
Carlos Ameghino
dice que este descubrimiento es altamente significativo pues vendría a
demostrar que desde el piso hermosense hasta los tiempos recientes, el supuesto
hombre pampeano, vivió invariablemente y en forma continuada en la misma
región. A pesar del enorme tiempo transcurrido, sus costumbres habrían variado
muy poco, puesto que los objetos de piedra hallados demostraban una estabilidad
de formas y de caracteres suma - mente notables.
Con respecto al
hallazgo de los huesos del miembro posterior del Toxodonte, dice que los mismos
presentaban un estado de conservación no muy buena; eran frágiles y delicados.
La coloración era blancuzca, diferente a los fósiles del ensenadense que comúnmente
son negruzcos. En general no presentaban adherencia de tosca y sólo conservaban
vestigios del loess que los envolvía, del cual se dejaron algunos restos para
darle al hueso aspecto natural .
Al ser extraído, y
debido a la fragilidad mencio-nada, el fémur se dividió por la mitad. Dice en -
tonces: “cuando el señor Parodi intentó desemba-razarlo de una parte de la roca
para alivianarlo más, chocó inopinadamente con un cuerpo extra - ño y rígido
que estaba enteramente oculto, aper - cibiéndose entonces que ese cuerpo era un
arma engastada en el hueso” .
Carlos Ameghino
estudió El material lítico incrus-tado en la pieza fósil deduciendo que se
trataba de una punta de cuarcita realizada por el hombre, la cual había
penetrado en forma violenta en el miembro posterior del animal, y que se ha
quebrado luego, provocando la parte perdida de dicha punta el desprendimien-to
de una porción superficial de hueso, que falta” .
La punta de
cuarcita debía de haber penetrado en el tejido óseo por detrás del animal al
ser éste perseguido para darle caza. El resto del instrumento que se presenta a
la vista
27
t i e n e la forma de un trapezoide
irregular estrecho y alargado semejante según nuestro autor, a la sección
transversal de las conocidas láminas de cuarcita de la zona .
Luego de analizar
las técnicas empleadas para la fabricación del instrumento lítico, arribó a la
conclusión de que se estaba en presencia de un tipo de punta semejante a las
puntas “mousteriana” del “paleolítico de Europa”, con la variante de que la
pampeana sería de doble punta, “y esto seguramente para facilitar su inserción
en la extremidad de algún astil de madera para hacerla así más ofensiva .
Con respecto al
trozo de hueso que falta de la pieza fósil, cree el sabio se debe a que al
retirar en forma violenta el arma inserta en el animal, ésta arrastró en ese
movimiento, parte del tejido óseo.
Se destaca que el
trozo de cuarcita que se encuentra incrustado en el fémur está perfec-tamente
adherido, no existiendo para Carlos Ameghino ninguna duda de que su
introduc-ción fue anterior a la fosilización de la pieza, “pues hueso y pieza
han llegado a formar un solo cuerpo y es absolutamente imposible separarlos
sino se destruye la pieza misma”. La parte visible del objeto lítico, presenta
una pátina que demostraría que el mismo estu-vo expuesto a la intemperie antes
de ser sepultado por el loess.
El animal cazado
era de talla y corpulencia inferior a los conocidos Toxodontes de la for -
mación pampeana. Existieron durante el período hermosense y Chapadmalense y
serían los ascendientes de los mencionados Toxodontes pampeanos .
Son
indefectiblemente de menor talla y en algunos casos hasta enanos. La especie a
la que pertenece el fémur de nuestra descripción ya era conocida por Florentino
Ameghino quien en su obra “Las formaciones sedimentarias de Mar del Plata” la
bautizó con el nombre de Toxodon Chapadmalensis particularizándola por su
pequeña talla .
Florentino Ameghino
conocía tan sólo un pequeño fragmento de mandíbula en estado ju-venil y luego
del hallazgo de Carlos Ameghino se confirmaría la presencia de la mencio-nada
especie en el chapadmalense. Rovereto también la cita bajo la denominación
im-puesta por Ameghino en su importante trabajo sobre los fósiles del
Araucanense (28).
EL largo del fémur
del Toxodon Chapadmalensis encontrado por Carlos Ameghino es de 0,47 cm. El del
Toxodon Burmeisteri del pampeano tiene una longitud de 0,56 cm. Para que el
lector tenga una idea del tamaño del Toxodon pampeano se lo puede comparar a un
hipopótamo; tenia también hábitos semiacuátícos .
28
A L finalizar esta
comunicación, Carlos Ameghino hace una mención a la obra de Hrdlicka (“Early
Man in South America”, 1912) señalando como mayor crítica que sus autores no
dispusieron del tiempo necesario para reunir suficientes elementos de juicio
para emitir una opinión verdaderamente imparcial con respecto al hombre fósil
de esta parte de Amé-rica.
Reconoce que es una
obra de mérito pero que las conclusiones generales a que arriba el señor
Hrdlicka son completamente exageradas .
LA CRITICA MORDAZ DE ROMERO Y LA
ANÉCDOTA DE BOMAN
En el mismo año de
aparición del trabajo arriba mencionado, 1915, aparece también un folleto de 93
páginas firmado por el teniente coronel A . A . Romero (29) .
En el capítulo VI,
titulado “Del chapadmalense . Análisis del Fémur de Toxodon con un fle -
chazo”, el autor ensaya una serie de críticas. En primer lugar admite que la
punta es de cuarcita y que pudo haber sido clavada en el hueso por un ser
inteligente. En segundo lugar, la mencionada punta no sería tal, sino que
parecería un “concoide” que no ha sido trabajado para ser utilizando como
flecha; su sección transversal presenta un frente casi plano y otro formado por
una curva de escaso diámetro”.
Aquí hace una
llamada a pié de página y expresa: “Carlos Ameghino nos dice que tiene la forma
de un trapezoide irregular; pero esa forma resulta obra del lápiz y el vocablo
quizá de sus auxiliares literarios” .
Afirma luego que el
animal nunca pudo haber sido herido en vida, pues el objeto lítico se halla
clavado en la parte interna del fémur en la concavidad del trocánter mayor,
conclu-yendo que si el tamaño del Toxodonte es aproximadamente parecido al de
un “buey tu-cumano o salteño” y que “un buey gordo tiene en la parte posterior,
formada por la piel, tejido adiposo y por los músculos”, constituirían todos
esos tejidos, según este autor, una capa tan espesa que la flecha difícilmente
podría penetrar muy profundamente y si fuese posible, al llegar al hueso se
habría incrustado en la cara externa del mismo. Se pregunta Romero: “¿cómo ha
podido ingeniarse el salvaje para lograr clavarla en la cara interna del fémur
y nada menos que en la parte comprendida por el trocánter, cubierta protegida,
y por la masa ósea del “isquión”. Afirmando luego rotundamente: “Ni aún
des-pués de muerto el animal y vuelto boca arriba se lograría tal cosa”.
29
H a c e nuevamente
una llamada importante a pie de página y dice: “Ameghino al conocer nuestra
opinión, modificó la suya (queda expuesta inicialmente en “el diario “La
Nación”), dándonos otros argumentos tan faltos de seriedad los últimos como los
primeros. Un ami-go nos decía que C. Ameghino quizás tenga razón si se tiene en
cuenta (lo que no ha lle-gado a decirnos) que el Toxodon volaba y en el vuelo
fue flechado . Pero hay más: des-pués del ruido del arco y la flecha, resulta
que parece que se trata de una lanza cuya punta ha quedado allí (no hacemos
mérito de la técnica de fábrica, porque ... es infantil). “El cambio de
factores no altera el producto. Carlos Ameghino hablando en buen criollo se ha
chingado”.
Para Romero su
explicación es mucho más razonable, pues afirma que los indígenas de toda
época, han utilizado los elementos que tenían a su alcance, como ser madera y
hue - sos fosilizados para fabricar sus utensilios . El fémur fósil del Toxodon
en cuestión, fue utilizado por algún aborigen que clavó una “astilla lítica
concoidal” en el hueso para ob-tener o confeccionar un utensilio y en esa tarea
se partió el instrumento de piedra; “la obra quedó en ese estado y en ese
estado fue encontrada por el peón del Museo”.
Romero hace una
tercera llamada que transcribimos textualmente, igual que las anterio - res,
por considerarlas ejemplos del clima de desconfianza y agresión que comenzaba a
manifestarse . Nos relata el mencionado autor que: “El fémur de Toxodonte fue
encontra-do solo y aislado . Al hacerlo aparecer ahora, después de conocer
nuestra critica como articulado, (?) es incurrir en otro error, puesto que lo
de articulado, ningún hombre de ciencia lo ha de entender . La pieza una vez
arreglada por el inteligente y hábil prepara-dor señor Santiago Pozzi, la hizo
colocar Ameghino en triunfante exhibición sobre una mesa de la Biblioteca del
Museo, sin el agregado de ninguna otra pieza articulada . Así lo afirmaron
también los relatos estrepitosos con que C. Ameghino y su auxiliar Torres
en-tretenían la crónica impresionista de la prensa diaria de la Capital.
Consúltese aquella información y se verá que nuestra actitud no busca ruidos,
empleo ni cátedras” .
Considero que
cuando Romero habla de la talla del Toxodon Chapadmalensis no descono-ce que se
trata de un animal de tamaño más pequeño que los grandes toxodontes pam-peanos,
pero de acuerdo a las medidas del hueso fósil dado a conocer por Carlos
Ameg-hino (47 cm.) éste sería de un animal comparable a un buey de buenas
dimensiones.
Inmediatamente
Romero recurre a lo expresado por Florentino Ameghino respecto a que en el
chapadmalense no había más que un representante de ese suborden, el Toxodonte
Chapadmalensis de tamaño muy pequeño . Por lo tanto, de ser clasificado en ese
momento el resto fósil de Miramar como perteneciente a ese suborden, de hecho
se le adjudicaría una altísima antigüedad; pero por el tamaño del fémur y de la
relación proporcional de
30
é s t e con los demás
huesos del animal tendríamos un ejemplar semejante a un buey gran-de . Esta
deducción hace que Romero dude que el fósil en cuestión pertenezca a la espe -
cie típica chapadmalense .
Boman en un trabajo
publicado en 1921 (30) refiere que en el Museo de La Plata se llevó a cabo una
experiencia de laboratorio que tuvo como modelo al fémur con la punta de
cuarcita hallados en Miramar. Se buscó en las colecciones de paleontología del
Museo, un fémur de Toxodonte del mismo tamaño y con un estado de fosilización
semejante al ori-ginal. Se le clavó una cuarcita en el trocánter o sea en el
mismo sitio en que supuesta-mente había sido herido el Toxodonte de Miramar. El
señor C . Heredia, secretario del Mu - seo, tuvo esta segunda pieza obtenida en
el laboratorio sobre su escritorio y Boman rela - ta que los que la vieron,
declararon que no podrían diferenciarla del original. Sin embar - go el autor
aclara que el experimento no demuestra más que la posibilidad de poder efec -
tuar una imitación perfecta, pero que no es prueba definitoria de que el
instrumento líti-co haya penetrado en el fémur de Miramar cuando ya era un
fósil Sin embargo hay algo que le llama la atención; es que en el fémur de Miramar,
no hay alteraciones del hueso alrededor del lugar donde penetró la punta, pues
según Boman, él había notado altera - ciones visibles en otros huesos tanto
humanos como animales, que habían sido heridos con instrumental lítico durante
la vida de los individuos. Concluye su idea con respecto a la autenticidad de
los hallazgos de Miramar afirmando que no hay pruebas para hablar de fraudes y
que por el contrario muchas circunstancias avalan la autenticidad de los hallaz
- gos, pero duda del encargado de cuidar la zona don Lorenzo Parodi, opinando
que “la in-tervención permanente de una persona de las condiciones del guardián
referido infunden necesariamente sospecha”.
LA REUNIÓN DE TUCUMÁN
En el año 1916 se
efectúa en Tucumán la primera reunión nacional de la Sociedad Argen-tina de
Ciencias Naturales, designándose Presidente de la Sección Paleontología a
Carlos Ameghino. En esa reunión el sabio presenta varios trabajos y entre ellos
uno dedicado a la cuestión del hombre terciario en la Argentina (31) .
En él rinde un
emocionado recuerdo a la memoria de Florentino y la hace recordando una
expresión de Ambrosetti: éste dijo con respecto a la antigüedad del hombre en
nuestro país, que indudablemente Florentino Ameghino, en su clásica obra “La
antigüedad del hombre en el Plata” trató de demostrar la contemporaneidad del
habitante de nuestro
31
s u e l o con los
gigantescos perezosos extinguidos en los terrenos más superficiales de nuestra
pampa (pampeano superior).
Carlos Ameghino
afirma que Florentino continuó sus investigaciones y encontró rastros de sus
posibles hombres, en capas más profundas y antiguas, en los niveles más
inferiores de la formación pampeana (ensenadense). Pero no satisfecho siguió
buscando pruebas, llegando a los horizontes geológicos “cien veces milenarios
de Monte Hermoso y Chapad-malal de la serie Araucana, que él consideró como de
edad Mioceno superior, esto es en plena época terciaria” .
Expresa que es
justo confesar que las ideas de Florentino fueron más bien fruto de la
in-ducción, que de hechos reales cuando se refiere a la presencia de seres
inteligentes en los últimos horizontes citados, y que las pruebas que faltaban
acababan de ser descubier-tas demostrando la veracidad de las ideas sustentadas
por Florentino. Relata en forma sucinta los trabajos realizados después de la
muerte del sabio y expone los hallazgos de Miramar, localizados con precisión
en la base de la barranca, en terrenos del chapadma-lense, cerca del arroyo Las
Brusquitas. Carlos no sólo homenajeó en esa reunión a su hermano, sino que
delante de todo el auditorio reconoció como acto de justicia, que el
descubrimiento de la mayoría de los objetos a mencionar fue debido a “la
actividad y perspicacia de Lorenzo Parodi, que es el hombre avezado que el
Museo Nacional de Bue-nos Aíres mantiene en aquellas costas, con especial
encargo de buscar y de avisar de to-do objeto raro o curioso que aparezca a la
vista y que pueda interesar al fin de nuestros estudios” . Después de este
reconocimiento, relata los pormenores del hallazgo de una “bola de diorita” que
por estar aún encastrada en el bloque de terreno que la envolvía, no la habla
traído a la reunión, pero en cambio exhibe un objeto semejante descubierto por
el mencionado Parodi en la base de las barrancas al norte de Mar del Plata, en
la parte inferior de la formación pampeana (piso ensenadense).
Carlos señala que
ese tipo de objetos se los encuentra también en los depósitos superfi - ciales
o simplemente prehistóricos. Vemos como esta coincidencia reafirma en nuestro
autor el convencimiento de que el aborigen vivió en el mismo lugar desde las lejanas
épocas por él propuestas, hasta inmediatamente antes o después de la conquista.
Re-cuerda que durante los primeros meses de 1916, fue descubierto cerca de
donde se halló el fémur flechado de Toxodon (ejemplar que lleva a la reunión
para que pueda ser exa - minado por los presentes), un trozo de columna
vertebral de un gran mamífero extingui - do . De acuerdo a Carlos se trataría
de restos de Toxodonte, probablemente de la misma especie y del mismo individuo
cuyo fémur fue encontrado en Miramar cerca de este nuevo descubrimiento . Las
vértebras estarían articuladas, lo que demostraría su contemporanei-
32
d a d con el
terreno donde yacía el fósil . En este trozo de columna vertebral fueron halla
- das dos puntas de cuarcita clavadas entre los huesos, conservándose todo este
conjunto en el bloque de loess donde fueron encontrados . El señor Juan Keidel,
Jefe de Geología de la Dirección de Minas de la Nación, concurrió al lugar del
hallazgo para observar la extracción y poder efectuar a su vez un
reconocimiento geológico del área . Carlos afirma que Keidel personalmente pudo
extraer cuatro ejemplares de piedra trabajada .
Una de ellas sería
del tipo de cuarcita que se halló incrustada en el fémur de Miramar . Para
reforzar aún más el testimonio del doctor Keidel, Ameghino nos recuerda que el
doc-tor Santiago Roth hizo practicar en el lugar del hallazgo, un corte
transversal de la ba - rranca para obtener un perfil nítido de la misma y
durante esos trabajos apareció un con - junto de objetos de piedra trabajada .
Al cerrar su
exposición, presentó al público una bola de forma esferoidal, de pórfiro rojo,
encontrada en los lugares arriba mencionados, durante el último viaje que
realizó .
Por último afirma
que luego de sopesar las razones de orden paleontológico y estratigrá - fico
considera que los yacimientos estudiados son de edad terciaria.
Terminada la
lectura del trabajo, se puso el mismo en discusión ante los estudiosos que
habían concurrido a la sesión.
En primer lugar
habló el doctor J. Keidel quien hizo resaltar que hasta ese momento, para
determinar la edad de las capas que contienen los restos de industrias humanas,
se había dado mayor importancia a las pruebas paleontológicas cuando, a juicio
de este investiga-dor, debería haberse prestado mayor atención a los estudios
estratigráficos y a los hechos geológicos generales.
Luego hizo una
síntesis geológica de la región litoral de Miramar, concluyendo que nada
sabemos sobre seguro respecto a este tema, a excepción de las investigaciones
publica - das por el geólogo Bailey Willis. El doctor Keidel sostuvo que toda
la problemática que presentan los descubrimientos de objetos arqueológicos de
Miramar es la de poder de-terminar sí las capas que los contienen son o no
terciarias . Habría que realizar profundos estudios fisiográficos como así
también de geología general de la costa litoral de la pro-vincia de Buenos
Aíres, siendo por el momento preferible no hablar del hombre del tercia-rio
sino del “hombre de Chapadmalal”.
33
S e basa para decir
esto en la circunstancia ya apuntada de lo difícil que resulta fijar la edad de
los estratos por medio de los restos faunísticos . Para terminar la discusión
pidió la palabra el ingeniero Hermitte quien presentó la siguiente proposición:
“La sección
Paleontología de la Primera Reunión Nacional de la Sociedad Argentina de
Ciencias Naturales, considerando que los elementos actuales de juicio no son
suficientes para resolver respecto de la edad de los terrenos en que se
encuentran los objetos ar - queológicos presentados por el señor Ameghino como
procedentes del piso chapadmalen-se de Miramar, y cuya autenticidad ha quedado
comprobada, aconseja se proceda a in-vestigaciones geológicas comparativas y
fisiográficas”.
La moción del
ingeniero Hermitte fue aprobada por unanimidad . Asimismo éste en su ca-lidad
de director general de la División de Minas y Geología de la Nación,
comprometió su apoyo a los futuros estudios que pudieran realizarse para
resolver este problema.
LA INDUSTRIA ARQUEOLITICA Y
OSTEOLÍTICA DE MIRAMAR
En 1918 (32) se
publica en Physis un nuevo trabajo de Carlos Ameghino. En esta publica-ción
utiliza el término “arqueolítico” y dice al respecto que lo adopta en sentido
cronoló-gico para designar las industrias líticas terciarias del país . Sigue
siendo Miramar su gran preocupación, por lo que en julio de 1917 reinicia las
investigaciones en el área citada. Los descubrimientos que se realizan durante
este viaje son, de acuerdo al autor, alta - mente fructíferos, pero señala que
corresponden unos al horizonte más reciente, el pam-peano inferior (piso
Ensenadense) y otros al prepampeano (piso chapadmalense) situado al NE de
Miramar .
Con respecto a
éstos últimos describe el hallazgo de un conjunto de piedras y gran canti-dad
de esquirlas que aparecieron cuando excavaban la barranca. La mayoría eran
rocas cuarcíticas, destacándose dos instrumentos: un “yunque” y un “martillo”.
Hallaron tam-bién raspadores, puntas, etc. Para Carlos el lugar había sido
ocupado por un artesano de la piedra que terminada su labor abandonó el sitio;
éste fue cubierto luego por los sedi-mentos . No sólo afirma esto, sino que en
base a todos los hallazgos, deduce que ese lu-gar fue residencia de una
verdadera tribu que vivió en esa región por lo menos durante el Terciario
plioceno. Pero lo más importante de este yacimiento es para el investigador, el
descubrimiento de material óseo trabajado. El primero de los instrumentos que
descri-be, es una supuesta arma confeccionada con un hueso largo de mamífero
que tiene la forma de un puñal. Fue hecho según Carlos de la extremidad distal
de un radio de un
34
g r a n roedor
extinguido del grupo de los Megámidos, animales éstos que aparecen en el
terciario de Paraná y se extinguieron en el Chapadmalense. Como vemos se vuelve
a re-saltar el valor del dato paleontológico como certificador de la industria
lítica.
El segundo objeto
sería, probablemente según nuestro investigador, la costilla de un des-dentado
gravígrado, hueso que aparece pulimentado y con un corte a bisel en una de sus
extremidades, para usarlo posiblemente como punzón.
Carlos reconoce que
estos hallazgos están en contradicción con lo que se sabe del hom - bre
primitivo en otras partes del mundo, pero eso es a una invitación a seguir
trabajando para hallar puntos de concordancia. Si esto no fuera posible pide a
la parte contraria, tenga la hidalguía de reconocer que hechos arqueológicos
pueden siempre interpretarse de otra manera.
Respecto a los
yacimientos del pampeano inferior (ensenadense) recuerda que la primera bola de
hueso fosilizado, fue extraída en presencia de la comisión de geólogos del año
1914.
Durante la
primavera de 1917 se continuaron los trabajos en la zona, donde en primer lugar
se encontraron restos de un Lestodon, que al ser extraídos permitieron
descubrir una magnífica punta de flecha trabajada en hueso con pedúnculo,
semejante por su for - mato, a las flechas de piedra de Patagonia . Aparecían
también un objeto fosilizado pare - cido a una bola informe, trabajada en un
trozo de caparazón de gliptodonte, y otra punta de flecha o lanza trabajada
también en material óseo.
Uno de los
artefactos que más llamó la atención de Carlos Ameghino fue una bola de hueso
hallada en el yacimiento de referencia. La misma presenta un cuerpo piriforme,
trabajada en la parte esponjosa de un hueso de grandes dimensiones. Carlos
observó que esta pieza era semejante a las encontradas por el profesor Outes en
Patagonia y que fue-ran dadas a conocer por éste con el nombre de “manijas”
(33). En su mayoría están siempre trabajadas en rocas livianas y porosas, por
lo general en rocas volcánicas y sir - ven de empuñadura para darle impulso a
la boleadora .
Aparecen también en
el yacimiento objetos de piedra, comunes a la región, pero hay al - gunos de
ellos que son dignos de ser tomados en cuenta. Por ejemplo un cuchillo
traba-jado en cuarcita, que también el autor lo encuentra parecido al material
patagónico, des - cripto como de “tipo asimétrico” por el ya mencionado Outes,
pero hace la salvedad que estos últimos están tallados en sus dos caras,
mientras que el de Miramar presenta traba-jo en una sola.
35
Este detalle técnico confirmaría una
mayor antigüedad, siendo posible confrontarlo con el instrumental paleolítico
de Europa.
De esta comparación
surgiría el supuesto de que Miramar representaría el estadio paleolí - tico y
la Patagonia el Neolítico, indicando también que las migraciones del hombre
primi - tivo se realizaron de norte a sur .
Por último dice
Ameghino: “para que nada falte en el mismo yacimiento apareció un ins-trumento
de hueso en forma de cuña que no cabe otra posibilidad que de ser reconocido
como un “flaker”, y aclara que es un instrumento de hueso muy resistente que se
utiliza - ba para efectuar retoques por presión del instrumento de piedra .
Al referirse al
depósito costero de Miramar que contiene la industria descripta, Carlos
Ameghino dice que se trata de una marga verdoso amarillenta de origen lacustre
clasifi-cada como Lujanense, pero los restos de fauna fósil y algunas
características estratigráfi-cas, le hacen pensar a nuestro autor que el
yacimiento corresponde al Pampeano inferior. Esta afirmación la basa en el
hallazgo, en el lugar, de restos de Typotherium Cristatum .
No había concluido
el año 1917 cuando durante los meses de noviembre y diciembre, arribó al lugar
el señor Augusto Tapia, miembro del personal de la Dirección general de Minas y
Geología de la Nación, que fue enviado en forma oficial a realizar estudios geo
- lógicos en la región litoral atlántica . Estos debían abarcar la zona
comprendida entre el arroyo Chapadmalal al norte hasta el arroyo Malacara al
sur . Este investigador efectuó una numerosa recolección de fósiles de los
diversos horizontes geológicos que afloran en la costa. Tapia trabajó también
frente a Miramar, tentado sin duda, por el clima que se vivía en esa época con
respecto a los hallazgos de una posible industria humana . Carlos dice que este
investigador tuvo la suerte de encontrar algunas piezas que confirmarían aún
más la presencia en ese lugar de una nueva industria caracterizada por el
trabajo del hueso, “industria osteolítica” desconocida en otros niveles
geológicos del país.
Los objetos que
Tapia extrajo son los siguientes: en primer lugar una bola más o menos esférica
realizada en hueso fósil. Carlos determinó que estaba confeccionada con la
cabe-za del fémur de un gran oso extinguido (Arctoherium) y que, juntamente con
el anterior hallazgo de los fósiles de Typotherium, ratificaría según nuestro
investigador la posición geológica de este yacimiento, recordando que su
hermano Florentino Ameghino “conside-ró siempre dicho piso como plioceno
inferior”.
Con respecto a la
bola, llaman la atención las marcas intencionales que se observan so-bre el
hueso, que tendrían por finalidad lograr un surco artificial armonizante con el
que
36
y a estaba
constituido por la porción articular de la cabeza, destinado evidentemente a
recibir una cuerda para poder impulsar este arma .
En segundo lugar
aparece otro objeto llamativo al que nuestro autor llama “peso para línea de
pescar”. Está realizado en la parte de tejido esponjoso de la cara interna de
una placa de gliptodonte, de forma aproximadamente esférica y perforada en el
centro. Seña - la Carlos que esta interpretación es razonable, pues ya habían
sido encontrados en Neco-chea “verdaderos y primorosos anzuelos labrados en
hueso” acompañando los restos del supuesto Homo Pampaeus (34) .
Se da a conocer
también una punta de lanza trabajada sobre un gran hueso plano perte-neciente a
un desdentado gravígrado, ostentando en su base una escotadura; posible-mente
haya desaparecido por fractura uno de los ápices laterales. Aparece nuevamente
otra bola de hueso que posee el surco característico . Está realizada en hueso
fósil que se encuentra fuertemente mineralizado. La importancia que se le
asigna a este último obje-to, es que fue hallado a poca distancia del depósito
lacustre ensenadense, de donde fue - ron extraídos los demás instrumentos
descriptos anteriormente .
Fue hallado en la
base de los acantilados que se encuentran al norte de Miramar y que según
Carlos Ameghino son de naturaleza loésica (origen subaéreo) . Quedaría
demostra-do siguiendo siempre las hipótesis de nuestro investigador, que
existiría contemporanei-dad entre el loess y el depósito lacustre; por lo tanto
los objetos que se hallan en el mencionado depósito lacustre habrían sido
arrastrados de su lugar primitivo, que serían las barrancas de loess,
deduciéndose que ambas series de estratos corresponden a dife - rentes facies
pero que son contemporáneas. Carlos Ameghino pone por testigo de estos
hallazgos al doctor Santiago Roth, quién personalmente extrajo la pieza
mencionada. En esta misma comunicación, Carlos da a conocer un hallazgo de
cerámica, tema que como ya hemos dicho será tratado en otro acápite de nuestro
trabajo.
Se refiere luego
Ameghino a un envío realizado por Parodi al Museo Nacional de Historia Natural
de Buenos Aires, consistente en un trozo de hueso largo de gran espesor, que
presenta uno de los extremos aguzado por frotamiento, conformando una punta
aguda que según nuestro sabio podría causar una herida . En la parte opuesta
cerca de la base, tiene un surco posiblemente destinado al ajuste de alguna
ligadura que lo uniría a un mango o asta utilizada posiblemente como “arpón”
para la captura de peces de gran ta-maño.
37
A l finalizar el
trabajo, Carlos Ameghino aclara, llevado como él dice “por un sentimiento de
justicia”, a reconocer el apoyo brindado por el Dr . Luis María Torres para
realizar es-tas investigaciones .
Puntualiza también
que todos los hallazgos dados a conocer en ese trabajo, fueron reali-zados por
don Lorenzo Parodi, excepto los objetos encontrados por el señor Tapia .
Con-cluye afirmando que, aunque en el futuro se modifique la edad de estos
terrenos, queda - rá siempre en pié algo de lo que él está ya convencido, que
mientras Europa se hallaba habitada por una raza inferior, la de Neanderthal,
América estaba poblada desde antes o contemporáneamente por una raza de hombres
que, a juzgar por el instrumental de Mi - ramar, sólo es comparable al Homo
Sapiens .
En una sesión
especial que realiza la Sociedad Physis en honor del doctor Hermann Von
Ihering, el día 2 de junio de 1919, Carlos Ameghino da a conocer un trabajo
titulado “Nuevos objetos del hombre pampeano: los anzuelos fósiles de Miramar y
Necochea”. (35)
Algunos artefactos
de los que presenta no eran nuevos: hacía diez años que los anzuelos hallados
por Florentino Ameghino en Necochea, asociados al supuesto Homo Pampaeus, no
habían sido tomados en cuenta por el sabio. Este creía que eran de edad
posterior a los restos mencionados y la presencia junto a ellos era de carácter
accidental, explicada como una intrusión posterior.
Al descubrir Carlos
lo que supuso un “peso” o plomada para pescar en los terrenos de Miramar y el
posterior descubrimiento de otro anzuelo en el mismo yacimiento por el doc -
tor Cavazzutti, como también trozos de huesos largos que fueron encontrados en Neco-chea,
que revelaban huellas de esbozos de anzuelos, decide a dar a conocer todo el
ma-terial, pues este avalaría aún más las ideas expuestas en el año 19l8, de la
presencia en nuestro territorio de una raza humana superior. La prueba
irrefutable serían los magnífi-cos objetos presentados en esa sesión.
NUEVAMENTE EL CORONEL ANTONIO ROMERO
“Considerar la obra
de Ameghino (Florentino) perfecta, sería una pretensión reñida con el concepto
de su misma importancia. El sabio no tenía pretensión semejante, pensaba que
debía ser discutida para depurarla de los errores en que hubiera incurrido, discusión
y crítica tanto más necesarias cuanto que ella planteaba numerosos problemas en
abierta
38
c o n t r a d i c c
i ó n con las teorías corrientes y las aceptadas como axiomáticas por las más
ilustres autoridades en El dominio de las ciencias naturales” . Quién se
expresaba así era Antonio Romero, que da a conocer, en los prestigiosos Anales
de la Sociedad Científica Argentina su pensamiento con respecto al presunto
“Homo pampaeus”. (36)
El referido trabajo
aparece en 1919, año en el que Carlos Ameghino realeza la presenta-ción más
espectacular de instrumentos hallados en Miramar, reafirmando así su idea de la
presencia del hombre en el terciario de nuestro territorio .
Romero, admirador
respetuoso de Florentino Ameghino, se cree en el deber de salir al cruce de las
teorías expuestas por Carlos .
Divide su trabajo
en dos partes, en la primera trata de probar la falta de fundamento científico
de las investigaciones que tienden a establecer la existencia de un hombre
inte-lectualmente desarrollado en el terciario de nuestro continente (hallazgos
de Miramar); en la segunda presenta una síntesis de los trabajos de Florentino
Ameghino y de otros ilustres sabios con respecto al origen y desarrollo del ser
humano, acotando: “firmemente creemos han de contribuir en forma eficaz a
consolidar aún más la doctrina del que inició su vida intelectual como maestro
de escuela elemental y la culminó como sabio de repu-tación universal”.
Romero comienza su
crítica formulando una denuncia . Esta se refiere a que, durante El año 1915,
cuando publica su trabajo respecto de los hallazgos de Miramar, se trató de
impedir que pudiera observar el lugar de los descubrimientos; pero en esta
nueva ocasión pudo cumplimentar sus deseos. El punto de partida de la excursión
fue Mar del Plata . Desde allí se trasladaron a Miramar . Al segundo día de su
llegada, cuenta Romero que fue informado de que en todo ese lugar, sus
habitantes como así también los ocasionales tu-ristas, encontraban de continuo
objetos de piedra, madera y “hueso calcificado” pertene-cientes a los grupos
aborígenes que habitaron la costa atlántica . Romero se movilizó para conocer
algunos de esos hallazgos . Por intermedio del hotelero donde se hospedaba
co-noció al señor José María Dupuy quién era un entusiasta aficionado a las
“cosas raras” como lo llamaba nuestro autor . Una vez llegado al domicilio de
Dupuy éste le muestra un pequeño museo en el que encuentra Romero objetos
sumamente interesantes, recogidos todos en las inmediaciones del pueblo de
Miramar. Aparecían:
a) Bolas esféricas y
oblongas perfectamente pulidas. Algunas con “surco circular”.
b) Morteros, yunques,
pulidores, percutores, raspadores, cuchillos, concoides, etc.
39
c ) Armas, puntas de lanza y de
flecha.
Estaban en su
mayoría realizados en distinto material lítico predominando: granito, gneis,
cuarzo, cuarcita, pórfido, jaspe, etc . Aparecía casi todo el instrumental con
pátina que confirmaría la antigüedad de los mismos .
Algunas de las
piezas observadas, se parecían mucho, de acuerdo a Romero, a las que habían
llegado al Museo de Buenos Aires, procedentes de los hallazgos del arroyo “Las
Brusquitas”. Un hijo del señor Dupuy, subprefecto del puerto, era poseedor
también de algún material análogo al visto por Romero, pero recogido en la
costa. Romero luego de haber observado los objetos mencionados, deduce que
procedían de los mismos artífices que confeccionaron los instrumentos
considerados por él de “edad fantástica” .
En el capitulo III,
titulado “Los artefactos arqueolíticos de Miramar no se hallaron en po-sición
primaria como afirma el Acta, sino secundaria”, dice que, a los tres días de
haber llegado a Miramar se apersonó a Romero don Lorenzo Parodi ofreciéndole
sus servicios como guía para conducirlo a los yacimientos claves.
Nuestro autor
rechazó el ofrecimiento, aduciendo que el señor Parodi era empleado del Museo.
Don Lorenzo insistió en prestar su colaboración aduciendo que no le estaba
prohibido trabajar con nadie y que el mismo Carlos Ameghino lo había autorizado
para acompañar a todo viajero que se interesara por los yacimientos .
A la mañana
siguiente, partieron en compañía del guía mencionado recorriendo la distan-cia
que separa los arroyos del Durazno y Las Brusquitas (éste último al norte de
Miramar, rumbo a Mar del Plata).
Romero observó la
barranca comparándola con la de Mar del Plata . En ésta última había encontrado
algunos huesos fósiles y pequeños fragmentos de escorias, mientras que en
Miramar aparecían muchos más restos, dispersos en todos los estratos que
conforman la barranca. Estos restos fósiles eran en su mayoría fragmentados
aunque había “piezas en - teras y articuladas” (como opina el señor Carlos
Ameghino). Las escorias también apare - cían en trozos medianos y pequeños
encajados en bloques de tierra cocida .
Este panorama lo
hace afirmar que los huesos fósiles no proceden de animales que han muerto en
el lugar sino que da la impresión que sus esqueletos fueron transportados desde
grandes distancias, fracturándose y dispersándose por las aguas que los arrastra
- ron . El hallazgo de algunos huesos más o menos completos significaría nada
más de que ese fue el término final de su arrastre.
40
También acota que
aunque se encuentren en la barranca fósiles de distintas épocas, tam - poco
significa una sucesión de tiempo caracterizada por los mencionados fósiles,
puesto que las aguas pudieran haber barrido depósitos fosilíferos más antiguos
y arrastrarlos hasta la costa donde sedimentaron sobre esos estratos .
Cuando arribaron a
lo que él denomina “vallecito transversal de la barranquita que lo se - para
del valle y arroyo de Las Brusquitas”, Romero señala el lugar como el causante
de despertar “tantas exageraciones forjadas sin fundamento” .
“Los artífices de
los materiales arqueológicos”, escribe, “sólo ocuparon la parte superior de las
barrancas y las cuevas socavadas en ellas por el oleaje del mar” .
Luego efectúa
algunas consideraciones de tipo geológico deduciendo que “los elementos de la
barranca en el vallecito has sido movidos por un derrumbe; este derrumbe
enterró las piedras trabajadas y sin trabajar entre sus escombros. Este hecho
es completamente indestructible, porque las pruebas son clarísimas...”
“...queda por lo tanto demostrado que los artefactos recogidos al pié de la
barranca y puntos inmediatos, no estaban en posición primaria como erróneamente
afirma el acta, sino en posición secundaria o mejor dicho, intrusiva”.
En otro capítulo
desarrolla su hipótesis de que El loess chapadmalense de Miramar fue formado en
el fondo del mar; por lo tanto durante el transcurso de muchos siglos no es -
tuvo expuesto a la vida continental y todo material que se encuentre incluido en
esta ma - sa sedimentaria como ser fósiles y otros objetos arqueológicos, son
elementos introduci-dos por la acción del agua o bien por los materiales
desprendidos de la barranca que los arrastraron y los taparon.
Romero hace
hincapié en que los artefactos desenterrados por los especialistas no
perte-necían a un mismo nivel. El fémur con la cuarcita clavada y algunos otros
artefactos, fue-ron extraídos, para él, de la formación chapadmalense cuspidal
(5 m. de altura con res-pecto a la playa), por lo que deduce que: “Todos esos
objetos aislados en el conjunto de los sedimentos, sin ninguna otra
manifestación ni agregado de parte de los peritos que confirme la existencia
del ser que les dio forma, ni expliquen esta rara disposición de ta-les
hallazgos, más que concretándose solo a afirmar que estaban ea posición
primaria, es realmente incomprensible”.
La segunda
hipótesis planteada por Romero es que sobre la barranca de los hallazgos ha
existido una laguna y a las orillas de la misma ha tenido su hábitat una tribu
aborigen . Por lo tanto los instrumentos encontrados deben ser obra de esos
antiguos habitantes .
41
E l autor recuerda
que en el acta se mencionan hallazgos en las inmediaciones de la ba-rranca, de
instrumental lítico pero no se le dio la importancia que correspondía.
Romero refiere que
le llamó la atención que los restos de una antigua laguna estuvieran justo
sobre la barranca de los hallazgos y comenta que le señaló este hecho a Parodi
. Luego se dedicó a explorar junto con su hija la zona en cuestión, encontrando
una canti-dad de guijarros enteros y trabajados que se hallaban sobre la arena,
“que se extiende desde la cumbre hasta la proximidad del valle abierto de “Las
Brusquitas”. Un hecho for - tuito fue que el tiempo lluvioso y el viento,
dejaran a descubierto, al barrer la arena que los cubría, un muestrario de
industria lítica aborigen; aparecieron: “concoides, hachas, puntas de flecha,
raspadores, cuchillos, piedras esféricas, martillos, percutores, etc . ” .
Romero relata que:
“al colocar nuestra colecta en el vehículo llamaron la atención de Pa - rodi
algunos de los ejemplares coleccionados, inquiriendo el lugar de su encuentro;
era de esperar pues se trataba de tipos exactamente iguales a los del Acta. ¿Qué
le parece, Parodi? — le preguntamos — ¿es éste el filón del Mioceno?... El
silencio fue su respuesta, alejándose a pie por entre unas lomas en dirección
de la costa”.
A PROPOSITO DE LOS DESPROPOSITOS DE
ROMERO
Al año de haber
sido publicado el trabajo que acabamos de recordar, aparece un folleto de 54
páginas firmado por Milcíades Alejo Vignati, titulado “Los restos de industria
humana de Miramar”. A propósito de los despropósitos del comandante
Romero”.(37)
El trabajo tiene un
destinatario, La Sociedad Científica Argentina “ con el fin de que es - time en
todo su valor el mérito de los colaboradores que acepta y patrocina” . En las
pri-meras páginas hay una advertencia ea la cual se da cuenta de que la Sociedad
menciona - da más arriba debió efectuar algunos “tijeretazos” al trabajo de
Romero porque los ata - ques personales que en el mismo se realizaban no
condecían con la línea de conducta que sustentaban los miembros de esa casa de
estudios . Por eso Vignati efectúa la presente publicación sin El aval de la
Sociedad para rechazar con entera libertad las agresiones “pseudocientíficas”
del comandante Romero. Como vemos, el título, la dedicatoria y la llamada de
advertencia nos exime de cualquier otro comentario.
En primera
instancia acusa a Romero de falsificar los textos del Acta del 14,
transcribien-do ambas versiones para cotejar los párrafos donde encuentra
agregados o quitas, según Vignati, de acuerdo a la conveniencia del autor .
Considera Vignati “que no es admisible
42
p a r a ningún
estudioso no aceptar la presencia de “huesos fósiles articulados” cuando es -
tán “in-situ”, pues son el medio más idóneo para determinar la edad del terreno
en el que se hallan . Otra de las afirmaciones que causan extrañeza a nuestro
autor es la de que en pocos metros puedan estar representados los estratos en
varios pisos afirmando que no es forzoso que siempre tengan que aparecer en
forma de grandes acumulaciones y de una misma potencia . Con respecto a los
artefactos que según Romero no fueron halla - dos en situación primaria, sino
secundaria por causa de derrumbamientos Vignati dice: “es indudable que el
movimiento tectónico ha existido y ya hace tiempo Florentino Ameg-hino
reconoció que el abajamiento del suelo no es el resultado de denudaciones sino
de origen tectónico”, pero aclara el científico que el movimiento se dio en
toda la región y no específicamente en la región de la barranca de los
hallazgos y que el hundimiento de las capas se realizó sin la dislocación
supuesta . Así lo demuestran las condiciones geoló-gicas del ensenadense y del
chapadmalense y nada autoriza a emitir hipótesis de derrum-bamiento que
eventualmente cambiara la ubicación de los objetos.
Con respecto a que
el chapadmalense se haya formado en el fondo del mar es rechazado en forma
sarcástica por Vignati . Romero habla sostenido que las muestras tomadas de esa
formación presentaban innumerables agujeros de diámetro variable entré 1/4 y 1
mi-límetro, formando en el interior de la masa una verdadera red de “galerías”;
observadas con un lente de aumento se notaban restos de organismos, que sin
duda, “constituyen deyecciones de anélidos” . Esto demostraría en forma
inequívoca que esa formación se constituyó en el fondo del mar durante el curso
de “muchos siglos” . Vignati hace una lla-mada a pie de página y lo refuta con
palabras de un humor corrosivo.
“Seria sin embargo
útil saber a ciencia cierta si tales deyecciones no haz sido, por defec-to de
vista, confundidas por el señor Romero con ciertas otras, en forma de anélidos
gi - gantescos y que es muy frecuente ver en los recodos de esas barrancas pero
que, con evidente buen gusto, los visitantes esquivan prudentemente y, lejos de
hacerlos objeto de un minucioso examen, omiten hasta el hacer mención de ellos”
. Luego agrega que in-vestigaciones recientes han comprobado que el loess es
hábitat actual de los anélidos . Con respecto a las deyecciones, si éstas
fueran fósiles, podría aceptarse la idea de Rome-ro pero para Vignati son
recientes, la prueba es que los anélidos han podido vivir en el loess porque
éste ha estado expuesto a la acción de las aguas marinas, Recuerda también este
autor que los últimos trabajos de Doering y De Carles acerca del loess y tosca
de la región no hablan de ninguna posibilidad de origen marino.
AL referirse a los
hallazgos de industria humana, las objeciones más importantes de Vig - nati a
Romero se remiten a la duda que tiene este último en reconocer que en época tan
43
r e m o t a
existiese una industria tan adelantada; pero ante tales hechos cuales son los
hallazgos in-situ (Reunión de Tucumán, Acta del año 1914) aceptados por los
estudiosos de esa época, es inútil anteponer ningún tipo de hipótesis no basada
en hechos compro-bados.
Atinente a los
hallazgos del Toxodonte con una flecha incrustada, como también las vér -
tebras dorsales flechadas, ambas encontradas in-situ y articuladas, Vignati
afirma que no solo prueba la situación primaria de los objetos sino la
contemporaneidad de los mismos con el supuesto hombre que habitó esas épocas .
Para desvirtuar estos hallazgos — conti-núa Vignati — al señor Romero le basta
inventar una desinteligencia entre el texto del Acta de los especialistas y la
exposición de Carlos Ameghino, para luego afirmar que el fémur de Toxodon no
fue hallado en el chapadmalense, sino en terrenos de rellenamien-to.
LOS CONTINUADORES: FRENGUELLI Y
VIGNATI
El 21 de abril de
l920, Joaquín Frenguelli entregó al Presidente de la Academia de Cien-cias de
Córdoba, doctor Adolfo Doering, el manuscrito de su trabajo sobre los terrenos
de la costa Atlántica (38). En el prologo aclara que el atraso sufrido para la
publicación de su estudio le permitió, antes de entregarlo al' juicio de los
investigadores, realizar un segundo viaje a la zona, llegando hasta Mar del
Plata, Dionisia y al “Puesto del Barco”, situado en la desembocadura del arroyo
Malacara, a unos 70 km . al SO de Miramar y que las observaciones realizadas
durante este segundo viaje fueron agregadas en forma de notas al trabajo que
vamos a analizar.
En el espacio
transcurrido entre los dos viajes de Frenguelli, fueron hallados en la zona de
los acantilados costaneros, nuevos objetos arqueológicos, lo que motivó que un
grupo de estudiosos realizaran durante el mes de noviembre de 1920 un viaje a
la zona.
La delegación
estaba encabezada por C. Ameghino, H. Von Ihering, E.S. Zeballos, R.
Lehman—Nitsche, E. Boman y R. Senet, contando con el apoyo científico del Museo
Na-cional de Buenos Aires.
Este grupo de
científicos, entre los cuales había opiniones dispares en tanto al material
arqueológico hallado en las zonas del litoral atlántico, confirmó unánimemente
lo esta - blecido por la primera comisión que visitó los mismos lugares en 1914
y que firmaron el Acta, de la cual ya hemos hecho varias veces referencia. Esto
es que el material arqueo -
44
l ó g i c o se hallaba en su
yacimiento primitivo acompañando a los restos de una fauna ya desaparecida .
Respecto a las
dudas que siempre existieron acerca de los hallazgos de la costa atlántica, de
parte no sólo de algunos científicos argentinos sino de figuras como Marcellin
Boule (Les Hommes fossiles, París, 1921); se debió en primer lugar a que muchos
desconocen la problemática geológica que presenta la región mencionada por no
haberla visitado . En segundo lugar, dice Frenguelli que en el estado actual de
los conocimientos “sostener como dogma de fe la edad Miocena del hermosense y
del chapadmalense y la existencia de hombres fósiles terciarios en la Argentina
equivale a sembrar desconfianza sobre la seriedad de nuestros estudios”.
Nuestro autor
finaliza su prólogo afirmando que con respecto a los hallazgos de Miramar
rechaza enfáticamente la opinión que considera miocenos al hermosense y
chapadmalense y plioceno al pampeano, pero admite la autenticidad de los restos
arqueológicos que esos terrenos encierran . Estas dos hipótesis de trabajo son
las que trata de demostrar en el desarrollo de su investigación .
Antes de entrar al
problema geológico, no puede eludir un tema, que ya lo hemos visto en otros
autores; es el del fraude y el de la desconfianza a la figura de Parodi . Al
respec - to dice: “Son muy conocidas las calurosas y a veces apasionadas
discusiones que desper - taron las publicaciones y conclusiones de los dos
sabios hermanos, llegando alguno de sus adversarios al extremo, ciertamente
censurable, de dudar que las piezas antropolíti - cas procedentes de las capas
nata antiguas de esas formaciones hubiesen sido colocadas intencionalmente para
engañar la buena fe de los estudiosos” . Con respecto a Parodi le expresa su
confianza al declarar que en las excursiones realizadas durante la semana del 8
al 11 de enero de 1920 “nos acompañó el práctico y activo coleccionador del
Museo Na-cional, don Lorenzo Parodi, quién facilitó el cumplimiento de nuestro
programa, permi-tiéndonos, en el breve transcurso de cuatro días, reunir
numerosos materiales y observa-ciones que hemos creído oportuno publicar como
contribución al conocimiento del cuater-nario argentino”.
Frenguelli cree
oportuno aclarar también que sus conceptos geológicos no se apartan de las
ideas directrices de F. Ameghino, sino en lo que se relaciona con la edad que
el sabio maestro asignaba a las formaciones de la costa atlántica de la
Provincia de Buenos Aires, puesto que para nuestro autor son cuaternarias en su
totalidad, aunque tuvo algunas du-das con respecto a las formaciones basales
como el chapadmalense y el hermosense . Pe - ro “dejando de lado — dice
Frenguelli — la base araucano — terciaria sobre la cual descan - sa y los pisos
postpampeanos que la cubre”, intentó dividir la serie pampeana en tres
45
g r u p o s
estratigráficos sobresalientes: inferior, medio y superior correlativos a
ciclos cli-matéricos, formado cada uno de ellos por dos pisos: uno inferior
cuya deposición da la impresión de haberse formado bajo la existencia de un
clima más bien frío, húmedo y llu-vioso y otro superior conformado
continuamente por acumulaciones eólicas que represen - tan un clima
preferentemente cálido y seco . Así pues, la formación pampeana presentaría una
constitución alternada entre capas de facies aluvional, fluvial, lacustre o
palustre y de facies eminentemente eólicas .
|
SUBDIVISIONES |
PISOS DE FACIES |
|
|
(ciclos) |
|
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|
húmeda |
árida |
|
|
|
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1º Pampeano inferior |
preensenadense |
ensenadense |
|
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|
2º Pampeano medio |
prebelgranense |
belgranense |
|
|
|
|
|
3º Pampeano superior |
prebonaerense |
bonaerense |
|
|
|
|
Uno de los
elementos esenciales que separa estas dos estratigrafías estriba en determi-nar
la diferenciación que existe entre fango y loess, “elementos genéticamente muy
dis - tintos y hasta ahora demasiado a menudo confundidos entre sí” . Termina
Frenguelli sus consideraciones afirmando la necesidad de incluir toda la serie
pampeana, desde la su - perficie del araucano hasta la base del platense, en el
período cuaternario agregando “que si, como las observaciones han demostrado,
todo el pampeano está caracterizado por una alternación de capas aluvionales (o
de equivalentes lacustres, pantanosos, etc . ) y de capas eólicas, exponentes
de un ciclo climatológico análogo y sincrónico al poligla-ciarismo europeo, no
tenemos motivo alguno para separar de esta serie el grupo preen-senadense—
ensenadense”, así como “no hay ni el más leve motivo para que se atribuya al
plioceno superior el primer periodo glaciar (H. Obermaier, obra cit. pág .
44)”. Para afirmar más aún su posición, nuestro científico recoge palabras de
De Lapparent, quien decía que la era cuaternaria estaba definida por la
aparición del hombre . Por lo tanto Frenguelli coloca el limite pliopleistoceno
en la base pre —ensenadense, porque es allí donde se encuentran los restos más
antiguos del supuesto hombre pampeano .
En este trabajo
Frenguelli insinúa la intención de relacionar los fenómenos de la forma - ción
pampeana con las transgresiones y regresiones marinas de Europa, afirmando el
au - tor: “En el estado actual de nuestros conocimientos, sin duda no es
posible definir ma-yormente la existencia de las supuestas terrazas marinas;
pero su estudio merece una particular atención, puesto que han de representar
un elemento de la mayor importancia
46
p a r a
correlacionar y sincronizar los desplazamientos de nuestras riberas con los
mismos desplazamientos cuaternarios estudiados en muchos puntos de las costas
atlánticas de Europa, Africa y Norte América” .
Al analizar los
datos antropológicos, deja señalado que en la excursión realizada no en -
contró ningún “resto esquelético” pero esta falta fue compensada por el
abundante mate-rial arqueológico extraído de las capas que conforman la zona
mencionada. Puntualiza que todas las piezas fueron extraídas personalmente del
lugar donde estaban enterradas, después de comprobar minuciosamente que se
hallaban en posición originaria, sin mues-tra ninguna de remoción ni antigua ni
reciente; por lo tanto para Frenguelli queda abso - lutamente demostrado que
los objetos arqueológicos son contemporáneos con las capas que las contienen
junto con la fauna fósil de las mismas.
Hace también una
interesante observación referente al supuesto hombre de las pampas; éste debía
emigrar hacia las márgenes de los grandes ríos y lagunas persistentes, duran-te
los periodos secos interpluviales (fase desértica). Se basa para afirmar esto en
que en las formaciones loessicas no se encontró ningún vestigio de industria
humana.
El primer hallazgo
que relata pertenece al Preensenadense (recordemos que es el clásico
chapadmalense de F. Ameghino). Se trata de un solo artefacto lítico encontrado
en forma casual en el interior de un grueso nódulo calcáreo, que había elegido
como muestra de la característica caliza concrecional del chapadmalense .
Al romperse
apareció el instrumento que nuestro autor define como “punta de lanza” rea -
lizada en basalto negro, con talla perfecta, confeccionada por pocos golpes y
que no halla equivalente entre todos los objetos líticos descriptos hasta ese
momento .
La pieza encontrada
le permite a Frenguelli conjeturar una opinión sobre la estatura de los
posibles hombres que la utilizaron; serían estos pequeños a los cuales muy bien
les podrían corresponder el supuesto atlas humano de Monte Hermoso (resto de
vértebra humana mencionada por F. Ameghino en l906 y conocido en la
bibliografía como El Atlas de Monte Hermoso).
En los fangos y
conglomerados cenagosos, que Frenguelli atribuye al Prebelgranense, los restos
industriales son más frecuentes . El yacimiento tipo se encuentra en Punta
Her-mengo (Miramar).
Del mencionado
lugar extrajo lo que nuestro científico denominó “Pesa para red”. Está tallada
en un trozo de tosca, cuidadosamente trabajada y alisada de aproximadamente
47
2 1 , 5 0 cm. de
largo. Presenta un aspecto fálico “tan frecuente —dice Frenguelli — en las
representaciones paleolíticas de Europa, a las cuales tal vez va ligado un
significado reli-gioso”. Tuvimos oportunidad de ver esta pieza con el profesor
Austral en el Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. Personalmente
tuve la impresión de que estaba frente a un objeto con características de
trabajo no muy antiguo y de un formato que no guarda similitud con ningún
hallazgo arqueológico ni antiguo ni moderno en la zona .
Luego se describe
un punzón realizado en un supuesto fragmento de “costilla de Lesto - don” que
presenta en uno de sus extremos un corte en bisel. La cresta costal fue
rebaja-da y luego alisada por frotamiento En todo el cuerpo del instrumento se
notan pequeñas incisiones lineales, producidas tal vez por el objeto que se
utilizó para desprender los restos de materia orgánica adherida al hueso cuando
éste estaba fresco.
A pocos metros del
entonces proyectado muelle de Miramar al realizar una pequeña exca-vación,
apareció una “bola en hueso” irregularmente esférica con surco bien dibujado y
profundo .
Está tallada en el tejido esponjoso
“de un hueso largo de un gran mamífero” .
Otro hallazgo de
instrumental tallado en hueso es una “punta de pica”; tiene forma trian - gular
y en la base presenta una profunda escotadura. Es comparable, según Frenguelli,
a las piezas presentadas por Carlos Ameghino; por lo tanto considera que es un
tipo relati-vamente frecuente en este yacimiento . También nos recuerda el
autor que el señor Parodi le indicó que en este mismo lugar apareció el anzuelo
de hueso . Esta información posi-blemente dio pié a que se rotulara como “pesa
para redes” al extraño instrumento des - cripto más arriba.
En otros lugares
donde se desarrolla el Prebelgranense, los artefactos son muy escasos.
Solamente, dice Frenguelli, se obtuvo una “bola” irregular, trabajada en la
misma tosca que la pesa y con las características que presentan las trabajadas
en hueso . Ésta se en-contró a pocos metros de la excavación que practicó
Santiago Roth y fue descubierta por Parodi, quien la dejó en el lugar de
acuerdo a las indicaciones que le había impartido el director del Museo
Nacíonal. A esta altura de su escrito, Frenguelli hace una llamada a pie de
página y expresa que en el segundo viaje realizado a la zona, al lado del mismo
yacimiento de Punta Hermengo, en el horizonte prebelgranense se efectuaron los
siguien-tes hallazgos: una “bola” fabricada con “tosca blanca compacta” de
forma ovoidal, tam-bién con surco ecuatorial. Un “mango de hacha de mano” de
tosca calcárea grisácea que es casi igual, según nuestro autor, a otro ejemplar
hallado en esa misma localidad y que se encuentra depositado en el Museo
Nacional de Buenos Aires. Pudo utilizar este último
48
viaje para efectuar
comparaciones con el instrumento por él hallado gracias a la gentileza de don
Carlos Ameghino.
Describe también un
“raspador” hecho en una astilla de muela de mamífero fósil de gran talla
(Scelidodon). Una “Punta de Pica” trabajada también en una astilla de hueso
com-pacto, señalando que habría sido confeccionada “tal vez ya al estado fósil”
. Cierra esta lista de hallazgos dejando expresamente aclarado que “Los objetos
mencionados fueron descubiertos y extraídos por mí personalmente; como siempre,
hemos tenido especial cuidado en asegurarnos previamente de que la roca no
presentase ni el menor vestigio de remociones posteriores accidentales o
intencionales”. El fantasma Parodi estaba presente en cada justificación o
aclaración de este tipo.
Frenguelli dice
que, a pesar de que los utensilios líticos en este horizonte del Prebelgra -
nense son muy raros, no puede dejar de atribuir a este último el “cuchillo de
cuarcita” mencionado por Carlos Ameghino como también la “bola de diorita”
descripto por éste en la comunicación presentada en la Reunión de Tucumán y que
quizás cabría también in-cluir la punta de flecha de cuarcita incrustada en el
fémur del Toxodon . Vignati coincide con Frenguelli en que estos objetos se
hallaban en la formación prebelgranense y no en el chapadmalense.
Los artefactos
encontrados en el “horizonte prebonaerense” proceden también de Punta Hermengo
. Todos fueron descubiertos en la base de un banco de arcillas verdosas
lacus-tres, como si los objetos hubiesen caído en el fondo de la laguna
prebonaerense. Los ma-teriales líticos que aparecieron, estaban mezclados con
pequeños trozos de astillas de hueso fósil y de un número escaso de cantos
rodados pequeños de cuarcita, basalto y pórfido . El instrumental de piedra
estaba representado por “puntas de flechas” . La prime - ra que describe está
tallada muy groseramente sobre una de sus caras; el material en el cual fue
fabricada es cuarcita blanca y tiene forma triangular. otra está realizada en
“arenisca cuarzosa blanca”, con talla unifacial; “responde a un tipo algo
diferente y algo más concluido” . Tiene los bordes laterales, de acuerdo al
autor, retocados cuidadosamen - te y afilados por numerosos golpes pequeños, de
forma aproximadamente oval .
El tercer objeto es
un “cuchillo” realizado en una hoja cuadrangular de cuarcita blanca. Es un
instrumento unifacial con retoques en los bordes. Por último presenta un
“raspa-dor” de cuarcita rosada de forma triangular con “bordes cortados en
bisel y retocados irregularmente” .
Frenguelli hace un llamado a pie de
página y aclara: “en la misma localidad, últimamente
hallamos los objetos siguientes: una
“punta de piedra” triangular trabajada en cuarcita
49
b l a n c a , un
“raspador oblongo” realizado en el mismo material y un “canto rodado” elip -
soidal de diorita sin trabajo alguno . Para nuestro investigador todo el
instrumental lítico descripto presenta “analogías con el musteriense pero de un
musteriense primitivo y tos-co, comparable con el inferior de Europa”.
Frenguelli al
comparar estos objetos con los horizontes anteriores se plantea la posibili -
dad de lo que él llama “degeneración en la industria y en la técnica”, al punto
que se pregunta si los hombres que vivieron cerca de las lagunas prebonaerenses
pueden consi-derarse descendientes de los que vivieron en ese mismo lugar en
períodos más lejanos, o si representan la llegada de una inmigración de nuevas
razas relativamente inferiores”. Pero también se plantea otra hipótesis; que la
degeneración de la técnica lítica se deba a un largo abandono del trabajo de la
piedra dura (prebelgranense) para dedicarse al uso de material más fácil de
trabajar como la tosca calcárea y el hueso .
Al analizar los
terrenos supuestamente postcuaternarios, Frenguelli afirma que en el pla-tense,
“como también en los escasos restos de los demás terrenos postcuartarios de Mi
- ramar, no hallamos restos de las antiguas industrias, sería verdaderamente
interesante llenar esta laguna para estudiar las relaciones que las industrias
pampeanas guardan con los prehistóricos precolombinos de la misma región”.
Todo lo contrario
sucede en el “Aimarense” donde los objetos, líticos abundan en forma
extraordinaria . A pesar de todas las excursiones realizadas desde Mar del
Plata hasta Tres Arroyos por distintas comisiones de estudio, siempre aparecen
nuevos hallazgos y con especial preferencia en los valles entre los médanos
movedizos. En el caso de Mira - mar — dice Frenguelli —, aparecen al pie de los
médanos restos de huesos de guanaco, lobo marino, nutria, ciervo, etc ., restos
de pescados y fragmentos de cáscaras de huevos de avestruz .
Algunos de éstos
aparecen quemados, mientras que otros cortados longitudinalmente, como los
huesos del guanaco para la “extracción del tuétano”.
En material lítico
lo que más abunda son los “cantos rodados” de todo tamaño, formados por
fragmentos de cuarcita, pórfido, basalto gris o negro . Son idénticos, dice
Frenguelli, a los ejemplares descriptos por Florentino Ameghino para ilustrar
su industria de la “pie-dra hendida” pero aclara inmediatamente, que la
diferencia estriba en que estos últimos aparecieron en las “capas eolomarinas
del intersenadense”. y las que describe nuestro autor se encuentran en el
Aimarense mezclados con astillas óseas y pétreas” y con arte - factos bien
definidos .
50
L o s instrumentos
líticos de este horizonte están representados por: “hachas de mano”,
“hachitas”, “cuchillos”, “puntas de flecha”, “dardos”, “raspadores”,
“pulidores”, etc.
Entre los elementos
citados se destaca una gruesa “hacha de mano” de un largo de 12 cm. y un ancho
de 7,2 cm. realizada en cuarcita blanco grisácea de talla unifacial . Al mismo
tipo corresponde una “hoja grande” de 11,6 cm. de largo por 5,5 cm. de ancho,
realizada también en cuarcita grisácea con trabajo unifacial . Describe una
punta de lanza con “talla grosera” en ambas caras; confeccionada en cuarcita
blanco grisácea. Luego da a conocer dos “puntas de dardos”, trabajadas con el
mismo material usado para los ins-trumentos ya descriptos. Con respecto al
artefacto representado como figura 41 del texto que estamos analizando,
Frenguelli nos presenta una hermosa hoja lanceolada de 11,9 cm. de largo por
7,2 cm. de ancho y un espesor de l,5 cm. con doble punta y tallado so - lamente
en su cara anterior, con trabajo de percusión que regularizan esmeradamente el
filo, la curva de los bordes y las puntas. Describe otra “hoja de laurel”
tallada en cuarcita rosada de doble punta pero de la mitad aproximadamente de
la descripta más arriba.
A continuación se
refiere a otro instrumento parecido a los anteriores de doble punta . pero más
alargados, roto en uno de sus extremos. También menciona una punta de flecha
triangular, un pequeño raspador, otra punta de flecha en forma de hoja, un
cuchillo rec-tangular alargado, un raspador triangular, etc ., todos trabajados
en cuarcita, menos el último, que está realizado en basalto gris verdoso .
Luego da a conocer otro lote de ins-trumentos confeccionados en piedra, pero de
características distintas con respecto a los presentados anteriormente .
Aparecen de acuerdo a Frenguelli, instrumentos más peque - ños entre ellos dos
raspadores, realizados en “astilla de sílex” . También hay dos peque-ños
cuchillos o “raspadores arqueados” realizados en astilla del borde de cantos
roda-dos”, uno de cuarcita blanca, otro de basalto negro, con bordes retocados;
las caras no ofrecen trabajo. Aparece un interesante “cuchillo curvo”; su
forma, dice el autor, nos re-cuerda “la de los picos de los loros” del
magdaleniense. Frenguelli llamó la atención con respecto a un hecho observado
cuando clasifica los instrumentos y es que “junto con los artefactos recordados
hasta ahora, tallados únicamente en su cara anterior se encuentran otros más
escasos que consisten en cuchillos y puntas, con las dos caras completamente
talladas”.
Aparecen en este
horizonte “placas de piedra pulida” que han servido según nuestro
in-vestigador, como yunques para el tallado de las piedras, de moledores para
granos co-mestibles y para desmenuzar colores.
Finalmente
acompañando a todo este instrumental lítico se encuentran “pequeños y raros
trozos de alfarería” de contextura delgada y de estructura y ejecución muy
groseras, ge-
51
n e r a l m e n t e
negros en la superficie interna y pardo—rojizo en la externa. La materia pri -
ma para su confección es arcilla mezclada con abundante arena gruesa . Aparecen
perlitas subcuadrangulares de conchas marinas (posiblemente restos de collares
pues están per-foradas como para engarzarlas), pequeños trozos de materia
colorante roja y una sustan - cia en forma mamelonada que podría ser restos de
cebo, usados posiblemente para dar luz.
Concluye, por lo
tanto, que el material examinado perteneciente a este horizonte Aima-rense
“tiene evidentes tendencias musterienses y aparecen retoques de carácter auriña
- cienses y sobre todo solutrenses y magdalienses. En otros términos diríamos
que se trata de un magdaleniense en que la mezcla de utensilios elegantes y
cuidadosamente tallados con las groseras hachas de un musteriense muy primitivo
y, en cierto modo, en decaden-cia, es debida, no tanto a la poca habilidad del
artífice, sino a las calidades de la materia prima usada para su elaboración”.
Como vemos,
nuestros investigadores, trataban como en este caso Joaquín Frenguelli de
establecer puntos de contacto con la prehistoria europea. Jorge Fernández (39)
en un artículo dedicado a Eric Boman recuerda que éste en l908, había expresado
una importan-te advertencia: “todo intento para establecer un sincronismo entre
Europa y América me parece absurdo” . El citado autor nos aclara que Boman hace
esta afirmación luego de realizar una serie de comparaciones entre materiales
líticos del Paleolítico europeo, con los que él mismo habría recogido en el
yacimiento precerámico de Saladillo (Jujuy).
En un trabajo
posterior publicado por Frenguelli durante el período 1923—1924 aparecido en
los Anales de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (40) dice que el
objeto de esta nueva visita a la región de la costa se debió a la necesidad de
completar sus estu - dios geológicos sobre la región atlántica y visitar los
yacimientos superficiales distribui-dos en forma ininterrumpida sobre el borde
de los acantilados costeros. Pensaba comple-tar las colecciones de material
arqueológico, para tener una mejor visión de la vida de los grupos indígenas
que en tiempos prehistóricos recientes habitaron esos lugares. El objetivo
propuesto fue cumplido a entera satisfacción pues pudo reunir gran cantidad de
objetos entre los que se hallaban “moledores, yunques, raspadores, hachas,
cuchillos, puntas de uso diverso y alfarería grabada tan rara en aquellos
lugares”. Esta recolección, anuncia, la efectuó para luego compararla con los
hallazgos paleolíticos realizados en esa misma región. En cuanto al significado
cronológico de estos terrenos no duda en afirmar
que los acantilados
pertenecen al cuaternario y al postcuaternario, arrancando la serie desde el
chapadmalense; por lo tanto el supuesto “hombre de Miramar” resultaría
52
u n habitante del
cuaternario, pero siempre según Frenguelli un poco más antiguo que el “hombre
de Heidelberg” y contemporáneo del hombre de Pildown .
Vignati, a quién
conocimos a través de la dura polémica con Romero, sostenida aproxi - madamente
entre los años 1918 —1919, comienza a publicar a partir de 1921 una serie de
trabajos que, junto con los de Frenguelli, serían los que mantengan despierta
la proble-mática del supuesto hombre de Miramar y sus industrias. El 30 de
octubre de l920, el primero de los autores citados da a conocer el hallazgo de
restos fósiles humanos (41) a través de una corta comunicación a la Sociedad
Argentina de Ciencias Naturales. Relata que el 16 de febrero de l920 una
comisión formada por los señores Carlos Ameghino, Al-fredo Castellano, Lucas
Kraglievich y el propio Vignati efectuaron un importante descu-brimiento muy
próximo a la excavación realizada por Santiago Roth, cercana al pueblo de
Miramar. En uno de los declives existentes en la zona, junto mismo a la
barranca, cuando trataban de extraer un bloque de tierra cocida, conocido más
comúnmente como “fogo-nes” aparecieron dos molares “segundo y tercero del lado
derecho implantados en un pe-queño trozo de mandíbula. Estos se encontraban
encastrados en un fogón del piso cha-padmalense; fogón acerca del cual puede
afirmarse que estaba en situación primaría, no habiéndose implantado del lugar
en que se formara” . Vignati aprovecha la circunstancia que le brinda este
hallazgo para insistir en que los científicos que no creen en los
descu-brimientos arqueológicos de la costa de Miramar, abandonen sus
“prejuicios y los perso-nalismos” para entregarse a un estudio objetivo y sereno
sobre el problema de la anti - güedad del hombre en esta región .
En el año 1922
aparecen publicados en la Revista de la ya mencionada Sociedad Argenti-na de
Ciencias Naturales, una serie de cuatro trabajos de Vignati donde expone el
resul-tado de sus investigaciones con respecto al material recogido en la zona
de Miramar . Analiza todos los descubrimientos desde los primeros realizados
por Carlos Ameghino. “Su labor no es solamente descriptiva y sistemática sino
que trata de plantear una indepen-dencia arqueológica con respecto a la
clasificación tipológica y a la cronología que hasta ese entonces dependía del
viejo continente .
En la comunicación
que titula “Arqueotécnica, Una cuestión de nomenclatura” (42) expre-sa: “Hace
ya mucho tiempo que, en vitud de sucesivos descubrimientos las grandes
divi-siones de la arqueología prehistórica han dejado de satisfacer las
condiciones de univer - salidad y precisión que, en un principio se le
atribuyera . A los periodos paleolíticos y neolíticos, con que se creyó poder
discriminar las dos primeras etapas de la civilización humana se asigna hoy un
valor exclusivamente local del continente europeo (M. Boule. Les hommes
fossiles. Eléments de paleontologie humaine, 46, Paris, 192l)”, afirma que en
53
l a misma Europa,
el valor cronológico es relativo, pues a veces las industrias que repre-sentan
a la piedra tallada y a la pulida, aparecen sobrepuestas a las más modernas del
neolítico . Los períodos correspondientes a esas industrias, sigue diciendo Vignati,
han sido limitadas de una manera precisa utilizando el encuadre del
“cuaternario geológico” que se inicia con la segunda época glacial .
Paleontológicamente es la época del Hippopo-tamus amphibius, del Elephas
antiguus y del Rhinoceros Merckii . En este periodo apare - cen en Europa los
primeros rastros del hombre . Por lo tanto dice nuestro autor, el paleo-lítico
y neolítico europeos tienen sus significados cronológicos bien determinados en
rela-ción a la antigüedad del hombre, a la geología y a la paleontología
impidiendo que ese valor cronológico, que también es relativo para el viejo
continente, sea trasplantado a otras tierras .
Si lo aceptamos, ya
de hecho queda excluida toda posibilidad de afirmar la presencia del hombre en
épocas anteriores a las mencionadas. El ejemplo sería el continente america -
no, para más precisión nuestro país, donde se trataba de demostrar la presencia
de un probable hombre terciario, por lo tanto, la industria resultante de ese
lejano período, puede ser incluida en una nomenclatura ideada para el hombre
primitivo de Europa.
También objeta
Vignati el punto de vista geológico y da como ejemplo el uso universal de los
términos paleolítico y neolítico Estos representan las industrias humanas de
los perio-dos pleistoceno y holoceno relacionados íntimamente con los fenómenos
glaciales; ahora bien, estos fenómenos no han sido comprobados en todos los
continentes y aunque sí así fuese, sería muy difícil probar la sincronicidad de
éstos en toda la tierra, resultando aventurado atribuir una misma edad a toda
industria correspondiente a los distintos pe-ríodos glaciales, que en lejanos
lugares del mundo pudo corresponder a épocas muy dife-rentes. El mismo problema
ocurre cuando se utiliza el método paleontológico; la fauna europea
característica de esos períodos es puramente local, desconociéndose cuáles son
las equivalentes para otros continentes. A juicio de Vignati no debe importar
tampoco el material con que está fabricado un objeto, sino comprobar de que fue
trabajado por el hombre . Estima por lo tanto “que es la palabra “industria” lo
que debe primar en la nomenclatura de la prehistoria a fin de separar lo que es
producto del trabajo humano de lo que es obra de la naturaleza o de la
casualidad”, y propone para zanjar esta cuestión el término Arqueotecnia
(primitiva industria).
Esto sostiene, no
lo hace por puro vedetismo científico, sino para dar lugar a las posibles
industrias terciarias que no tienen cabida en las denominaciones usuales como
paleolítico o neolítico y también suprimir el equívoco de que los objetos
terciarios sean siempre con - siderados como “eolitos” .
54
L a arqueotecnia
comprendería toda industria humana prehistórica con absoluta prescin - dencia
de edad geológica alguna y teniendo igual significado en todo el mundo. “dentro
de la denominación caben todas las divisiones que el material exija”, ejemplo: litotecnia,
osteotecnia , etc., para diferenciar el material lítico u óseo y en donde la
desinencia “tecnia” equivalga por abreviatura a un reconocimiento de la edad
prehistórica de las piezas así designadas”. El término propuesto por Vignati
evitaría, según él, toda referen-cia a la edad geológica de los objetos que
abarca, ya que la prehistoria carece por sí misma de medios necesarios para
hacerlo, por lo que tiene que recurrir a las ciencias geológicas y
paleontológicas para que fijen la edad de los yacimientos . El material y la
morfología utilizados para atribuir valor cronológico, no son nunca exponente
de seguri-dad, pues es por todos conocidos que aún existen pueblos que viven en
plena edad de piedra y muchos otros que elaboran sus artefactos con las técnicas
del paleolítico o neo - lítico .
En el mismo tomo y
número de la revista Physis (43) en que apareció la comunicación analizada más
arriba, da Vignati a conocer un trabajo relacionado con los famosos anzue-los
de Necochea.
En primer lugar
Vignati considera conveniente describirlos pues cree que su conocimiento puede
contribuir como elemento de juicio al debatido problema del primitivo habitante
de nuestras tierras. Los artefactos a que va a referirse son: dos anzuelos de hueso,
algunos restos óseos labrados, seis discos de concha y fragmentos de los
mismos; todos se hallan depositados en el Museo Nacional de Historia Natural .
Estos objetos, de
acuerdo a Vignati, al igual que los restos del “Homo Pampaeus” provie-nen de
las capas eolomarinas llamadas así por Florentino Ameghino. Respecto a la edad
de la formación, el sabio consideró correspondientes a la capa marina más
inferior de la transgresión interensenadense. El doctor Santiago Roth las
asigna a la transgresión neo - pampeana o belgranense. Aunque sean distintas
las opiniones de los dos sabios, estos sedimentos pertenecerían para ellos al
plioceno (edad terciaria) .
El primer anzuelo
mide 6,3 cm; está formado por un vástago robusto y tiene sección cir-cular; el
grosor no es parejo en toda su longitud sino que se ensancha para formar el
án-gulo que le otorga el diente una base sólida y resistente. Este es fuerte y
agudo forman - do con el vástago un ángulo de 22° . Vignati dice que El anzuelo
ha sido tallado utilizando un trozo de hueso largo de guanaco .
Todo el cuerpo del instrumento está
pulido, notándose en algunos lugares restos de teji-do esponjoso. Está en
estado fósil y levemente corroído en toda su superficie. El otro an-
55
z u e l o tiene una
longitud de 6,9 cm.; el vástago es más fino y grácil, el corte transversal del
mismo es elíptico y recto en toda su longitud, ensanchándose hacia el final
para dar nacimiento al diente . La punta del mismo es roma, pero debe haber sido
aguda y forma con el vástago un ángulo de l8°. Los dos anzuelos en la parte
ancha del diente presentan un rebajamiento formando una suave depresión. Con
respecto al último de los menciona-dos, también ha sido trabajado en un trozo
de hueso en sentido vertical . Éste, ahora fó - sil, presenta una de sus caras
pulida; la otra es opaca y correspondería a la parte interna del hueso, aunque
se ve que ha sido también expuesta a un trabajo de pulimento que no dio
resultado por la característica propia del hueso . En parte del cuerpo,
aparecen restos incrustados del terreno donde se encontraba y que es igual a
los que cubre el cráneo del “Homo pampaeus”. Ambos anzuelos no poseen aletas y
no hay señales de que se intenta-ra hacerlas.
Se encuentran
también junto a los artefactos descriptos, restos de posibles huesos largos de
guanaco en estado fósil mostrando la técnica que empleaban para la construcción
de anzuelos . Esta consistía ama tallar el objeto sobre el conjunto del hueso
del cual se lo separaba una vez terminada la pieza.
Los otros objetos
encontrados son las valvas de moluscos en forma de disco y horadadas en el
centro. Dice Vignati que éstos son habituales en los enterratorios indígenas
del continente, pero para la provincia de Buenos Aires, cree que solo han sido
mencionados por Debenedetti en una publicación referente a un cementerio de
Baradero (44) y el otro dato está dado por Frenguelli en un trabajo que ya
analizamos en esta misma obra (45). Este autor las denomina “perlitas
subcuadrangulares de conchas marinas”, apareciendo en el Aimarense .
El espesor de nácar
que presentan los discos de Necochea, le hace suponer al profesor Doello Jurado
(consultado por Vignati), se trate de una almeja de agua dulce que puede ser
una anodontites o un Diplodon . Su forma discoidal es irregular y no exceden de
6
mm . de diámetro .
Algunas presentan en sus bordes dos pequeñas fisuras que no sabe-mos, afirma
Vignati, si han sido hechas intencionalmente. Si fuese así tendrían un aire de
familia con las que fueron encontradas en las excavaciones hechas en la
estación I del Observatorio de la Provincia de Córdoba. Estos vestigios
aparecidos junto al “Homo pam-paeus” hicieron pensar a varios científicos de
que se estaba en presencia de un enterra - torio, apoyados también por la
circunstancia de que los restos humanos aparecieron arti - culados siendo esto
únicamente posible en los casos de enterramiento . Vignati no deja de reconocer
esta posibilidad, pero aguzando su ingenio dice, que también es verdad que en
todo el espesor del loess es común encontrar “restos fósiles de mamíferos — aún
mismo
56
d e l gigantesco
Megatherius — sino completos, por lo menos en posición articular casi
ín-tegramente. Y es lógico suponer que no se trata de enterramientos.
Acota también que
por los conocimientos que tenemos en nuestro territorio, los cadáve-res
deliberadamente sepultados, van acompañados de los utensilios que utilizaba o
que se le ofrendaban al muerto, en especial sus armas o algunas urnas y como en
Necochea no existen vestigios de estas formalidades funerarias le hacen
expresar a Vignati, que “las circunstancias todas del hallazgo autorizan a
pensar que se trata de un yacimiento casual” . Por lo tanto hasta que no se
realicen nuevos descubrimientos, la industria del hombre de Necochea queda
atestiguada por el tallado de la piedra, los adornos de con-chilla y los
anzuelos de hueso.
Los instrumentos
líticos encontrados en la misma capa geológica que El “Homo pam-paeus” son los
correspondientes a la “piedra hendida” desechando Vignati que se trate de una
facie local de instrumentos neolíticos como sostenía Outes. Para decir esto se
basa en las investigaciones de Torres y Carlos Ameghino que parecieron
comprobar que la in-dustria lítica de ese piso está caracterizada por objetos
de piedra más perfectos, realiza-dos con técnicas y materiales distintos a los
de la “piedra hendida” . Esta que aparece en los terrenos superficiales fue
considerada posterior de la de la “piedra tallada” que se atribuye al “Homo
pampaeus” .
Con posterioridad
Carlos Ameghino señaló la presencia de la “piedra hendida” en el Cha-padmalense
de Miramar donde coexiste con elementos de la industria de la “piedra
talla-da”. La continuidad de aquella industria queda así comprobada desde el
chapadmalense hasta los tiempos prehistóricos, no debiendo, por lo tanto,
excluirse de su empleo al “Homo pampaeus”, dada su situación geológica
intermedia”. El descubrimiento de Carlos Ameghino tiene para Vignati una
importancia aún mayor que es la de poner en evidencia un problema de “retroceso
cultural” para la región estudiada. Este retroceso consiste pa - ra nuestro
autor en que formaciones más antiguas como el chapadmalense y ensenaden - se,
con respecto a las capas donde aparece el “Homo pampaeus”, se presentan más
ricas en objetos, los cuales también tienen un mejor trabajo artesanal.
En cuanto a los
adornos de conchilla, su extensión y supervivencia abarca casi toda Amé-rica
siendo su uso contemporáneo aún en muchas tribus indígenas sobrevivientes. Los
que presentan un carácter totalmente distintivo, son los anzuelos descriptos,
ya que so - lamente en el litoral subatlántico se halla una pieza similar en
Miramar dada a conocer por Carlos Ameghino. Vignati recuerda que otros anzuelos
de hueso aparecen descriptos para un sambaquí de la zona del Alto Paraná
(sambaquí de Yaguarazapá), pero por su forma se diferencian de los por él
descriptos, ya que tienen una terminada aleta del dien-
57
t e . La
restringida dispersión de estos anzuelos (los de Necochea), le hace suponer al
au - tor que la actividad de la pesca con esos instrumentos quedó circunscripta
a esa pequeña zona, perdiéndose la costumbre junto con la raza que la
practicaba. Así dice Vignati, sólo se explica que no se haya difundido su uso.
En la reunión
mensual del 15 de julio de 1922, Vignati da a conocer una nueva comunica-ción
sobre la litotecnia del chapadmalense. Es te trabajo es leído en la ya
mencionada Sociedad Argentina de Ciencias Naturales y publicada en el órgano de
difusión de la mis-ma, la revista Physis (46). Se trata del hallazgo de tres
objetos que fueron encontrados a unos l0 km . aproximadamente, al este nordeste
de Miramar y fue en ocasión de la visita que realizara el sabio von Ihering ex
director de los Museos de San Pablo y Santa Catali-na (Brasil) quien acompañado
de Carlos Ameghino, Lehman Nistche y Rodolfo Senet aprovecharon la
circunstancia de que Parodi había comunicado el descubrimiento de un nuevo
artefacto encastrado en la barranca, para efectuar la excursión a la zona . En
el lugar del descubrimiento, dice Vignati, la barranca costanera tiene la
altura de 6,50 m y está constituida en la parte inferior por la formación
chapadmalense y en la cima aparece, con menor espesor, representado el
ensenadense. El artefacto fue encontrado a 1 m. sobre el nivel de la playa y a
4,20 m. de la discordancia entre los dos horizontes que conforman la barranca.
El objeto en cuestión era una piedra de boleadora que la erosión del mar había
puesto a descubierto y que con la ayuda de un pico fue extraída del duro loess
. Esta presente un surco bien delimitado y tiene una forma deliberadamente
parabólica . La técnica de trabajo es deficiente, carece de pulimento que, por
otra parte, es difícil de obtener en la cuarcita, piedra en la que está
elaborada la boleadora. Asimismo las superficies mayores son asimétricas y el
surco es irregular en su anchura y profundidad . Las imperfecciones resaltan
aún más si se compara este artefacto con otras boleadoras halladas en el mismo
piso y que se presentan magníficamente pulidas. El peso aproximado es de 299
gramos. Al continuar la excavación, para desprender la primera pieza, a 10 cm.
de profundidad, se encontró el segundo objeto; se trata, según Vignati, de un
martillo o percutor trabajado en un rodado de diabasa. En las caras utilizadas
para golpear se notan las picaduras de la superficie pétrea saltada, debido al
uso violento y continuado de esta herramienta . El tercer objeto aparece a unos
200 m. más cerca de Miramar, con respecto al lugar de los hallazgos
mencionados. Consiste en una piedra aproximadamente esférica obtenida también
de un rodado de diabasa. El trabajo realizado en la misma consistió en hacer
desaparecer algunos ángulos sólidos para poder obtener la esfericidad deseada.
La bola en general presenta un aspecto tosco e imperfecto; peso aproximadamente
239 gramos. El material utilizado para la confección de estos instrumentos es
proveniente, de acuerdo a Vignati, de las sierras del sur de la provincia de
Buenos Aires. Consideradas estas piezas en forma aislada de los demás hallazgos
de Miramar, despertarían dudas con respecto a la antigüedad que se le atribuye
58
r e s p e c t o a
la antigüedad que se le atribuye por cuanto, y así lo reconoce nuestro autor,
son idénticas a las utilizadas por los aborígenes históricos y prehistóricos de
la provincia de Buenos Aires y Patagonia . Pero si se las incluye en el
contexto de las colecciones líti-cas del litoral sudbonaerense, no es posible,
según Vignati, confundir esas dos industrias geológicamente tan separadas,
afirmando que: “A las diferencias de forma y material hay que añadir, como ya
lo aduje en otra oportunidad, la ausencia, en la industria aborigen, de
artefactos que existen en El chapadmalense, lo que establece — y en favor de
esa úl - tima — una más rica cultura y una mayor actividad industrial” .
El día 23 de
setiembre de l922 da a conocer nuevos objetos trabajados en hueso del piso
ensenadense de Miramar(47) . Comienza el trabajo efectuando una corta historia
referente a los antecedentes de hallazgos arqueológicos en la zona para luego
entrar a la proble - mática geológica, y exponer las razones por las cuales
cree que los objetos que va a des-cribir provienen del plioceno (terciario) .
Respecto a la
descripción de las piezas, aclara que aunque provengan de un mismo yaci -
miento, no han sido encontradas en forma simultánea, sino que diversos
investigadores las extrajeron en distintos momentos; pero al tener su origen
bien documentado, le per-mitirá presentarlas como un grupo “representativo de
la osteotecnia del ensenadense de Miramar”. Divide el lote de objetos en
“instrumentos, armas y adornos (?)”. Como repre-sentante del prímero, tenemos
un anzuelo . Para el segundo, cinco puntas de lanza” o “arpón” y un “punzón”.
Como “adorno”, dos piezas que posiblemente, para el autor, eran “pendientes”.
EL anzuelo que
describe Vignati, es un hermoso ejemplar, finamente pulido de un largo de 6,6
cm. Respecto a las puntas de lanzas, la primera de las descriptas está
trabajada en un hueso plano, tal vez en omóplato de guanaco . Es de forma
aproximadamente trian-gular, con pedúnculo bien definido, de talla unifacial;
el filo de los bordes ha sido obte-nido por presión. Otra arma, designada
también por Vignati como “punta de lanza” está realizada probablemente en una
“costilla”; el hueso está pulido y mide 7,l0 cm. Las res-tantes piezas
clasificadas como las anteriormente mencionadas están también trabajadas “por
frotamiento del hueso sobre un objeto más duro” . Otra de ellas está también
reali-zada en un “hueso plano”. En la superficie del reverso se ve parte del
tejido esponjoso; es de forma triangular y su pedúnculo tiene una amplia
escotadura trapezoidal que evi-dentemente facilitaría su introducción en el
vástago; tiene un largo de 6,8 cm.. Una de las armas presenta sobre su cuerpo
una capa fina de tosca verde oliva como testigo del terreno donde se la
encontró . Es una lanza fuerte y resistente. También presenta el cuerpo alisado
por frotamiento; tiene un pedúnculo bien definido separado del limbo por
59
u n a garganta profunda destinada a
insertarla igual que la anterior en un vástago . Mide 15,20 cm . de largo .
La última
descripta, está también tallada en un hueso plano correspondiente, a un
posi-ble “omóplato o pelvis de Lestodon” . Vignati dice que la forma de la
punta se obtuvo por un tallado efectuado con un instrumento cortante y los
bordes fueron logrados por un “pulido por frotamiento”; tiene un largo de 15,6
cm. El “punzón” está trabajado en un hueso largo, probablemente de Lestodon .
Presenta en su superficie una capa de tosca de varios milímetros de espesor .
Es de aspecto sólido y muestra señales de los cortes efec - tuados para
adelgazarlo y darle la forma deseada . Mide de largo, 19,1O cm . Con respecto a
los dos objetos presentados por el autor como “adornos” nos dice que el primero
de ellos presenta un estado de fosilización perfecto. De color gris azulado,
está trabajado en un hueso plano, es de forma amigdaloide y finamente pulido.
Pero este trabajo es más intenso en uno de los bordes conformando un filo
cortante. En la parte ancha dei instru-mento presenta una perforación circular.
Estos objetos, de acuerdo a Vignati pueden ser clasificados como adornos, pero
cabe también la posibilidad de que fuesen enmnangados y utilizados como
instrumentos cortantes. A continuación describe un fragmento pequeño de hueso,
de forma coniforme que presenta siete muescas semejándose la pieza, a una cola
de peludo . Todos los objetos óseos descriptos, han sido, de acuerdo siempre a
Vig - nati, realizados cuando los huesos estaban frescos puesto que las
incisiones y el trabajo de los contornos tienen una nitidez y profundidad
imposible de obtener en huesos fósiles; únicamente se los podría trabajar así
usando limas y sierras metálicas .
Reuniendo estos
hallazgos de objetos de hueso con los ya encontrados por la comisión de
geólogos del año 1914, los de Carlos Ameghino y los de Frenguelli, se podría
formar un lote bastante apreciable que revelaría la existencia de una cultura
con características propias, debido al material utilizado y a las técnicas de
trabajo empleadas.
Esta cultura local
podría denominarse “miramarense” correspondiendo al piso ensenaden - se de la
región de Miramar . A diferencia del chapadmalense de la misma región , que
presenta una industria rica en artefactos líticos, el ensenadense es pobre en
objetos de piedra, distinguiéndose como hemos dicho, por su industria ósea.
Vignati afirma que va - rias veces se ha pretendido encontrar una similitud
entre esta industria de Miramar y los materiales de los aborígenes pre y post
colombinos que habitaron el territorio. Nuestro autor dice que toda tentativa
resulta fallida pues la “diferencia de material, de forma y de técnica”
excluyen toda posibilidad de confusión. En el resto de la provincia de Buenos
Aires, la industria ósea no tiene notoriedad, aunque sí se puede reconocer que
existen huesos con vestigios de trabajo humano . Sólo, dice Vignati, se conocen
(para su época)
60
t r e s paraderos
en los que aparecieron objetos de huesos bien confeccionados. Son ellos: el de
Rocha, el túmulo de Campana y el rincón de Milberg . El primero dado a conocer
por Florentino Ameghino en su obra “La antigüedad del hombre en el Plata”; el segundo
tra-bajado en primera instancia por Estanislao Zeballos y Pedro Pico, y el
último por F. de Olivera Cézar. En éste aparecieron puntas de flechas óseas de
pequeño tamaño y algunas presentaban dibujos rectilíneos en sus caras. El
material óseo de estos tres yacimientos no puede compararse con los
instrumentos de Miramar . Igualmente sucede con los hallazgos de Cruz del Eje,
estación I del Observatorio y Lago San Roque de la Provincia de Córdoba, en los
que aparecieron “alisadores, adornos y puntas de flechas, ejecutados, con una
técnica absolutamente distinta . En la Patagonia ocurre exactamente igual; el
tra - bajo en hueso resulta pobre comparado con el rico y abundante
instrumentan lítico. Por lo tanto Vignati concluye:
1) “La industria ósea
del ensenadense de Miramar no se asemeja en absoluto con los ar - tefactos de
los aborígenes de la región” .
2) “Se la puede
considerar como un perfeccionamiento de la industria ósea descubierta en el
chapadmalense de la misma localidad”.
3) “Esa industria
llega en decadencia hasta la transgresión belgranense, donde parece
extinguirse”
En el mes de abril
de 1924, este autor concluye su trabajo sobre “Las antiguas industrias de piso
ensenadense de punta Hermengo” (48) tres meses antes de la reunión que se
realizarla en la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales para debatir, en
presencia de los más destacados científicos de la época, el problema de Miramar
. Comienza presentan - do un panorama geológico de la zona con la aclaración de
que “Estos datos y gran parte de los que siguen sobre el mismo tema, los debo
al doctor Frenguelli, quién me ha pedido que, mientras no pueda, personalmente.
rectificar algunos conceptos vertidos con ante - rioridad, lo haga en su nombre
. Accedo gustoso a su deseo, dando a conocer su interpre - tación actual de la
localidad de punta Hermengo (Conf: carta al autor, Santa Fe, noviem - bre 18 de
l924)” . Aceptando pues el esquema geológico propuesto por el ya citado cientí
- fico, ubica el piso Ensenadense en el Pleistoceno medio; en consecuencia el
piso de pun-ta Hermengo donde aparece la industria humana, no sería más moderno
que el del pleis-toceno medio; por lo tanta cabría una comparación con el
período glacial Mindel de Euro - pa . Asimismo remarca que la posible
sincronización entre la cronología europea y la ar - gentina basada en los
fenómenos climatéricos ensayada por Frenguelli, permite que el prebelgranense o
ensenadense cuspidal (Ameghino) sea comparable al segundo período pluvial de
Penck . Quedaría así descartado uno de los escollos más serios que tenían los
61
p a r t i d a r i o
s de la temprana industria humana de Miramar, cual era aceptar la antigüedad
que le otorgaba Florentino Ameghino a esas formaciones geológicas. En cambio
era abso - lutamente factible admitir que nuestro suelo estaba habitado por
seres humanos contem-poráneos a los hombres del período chelense de la Europa
occidental. No conforme con esto Vignati apunta que si se acepta una nueva
clasificación basada en los depósitos ma-rinos el prebelgranense, que vendría a
corresponder al Milazzien sería muy antiguo en relación a todos los restos
humanos de Europa, que hacen recién su aparición en el Mo - nastirien . Vignati
vuelve sobre el tema para él más candente y lastimoso que es el del silencio
con que se reciben estos hallazgos de Miramar, advirtiendo que “son hechos que
no se destruyen como pretenden especialistas extranjeros —Boule entre ellos —
quienes para mantener el clásico, pero indudablemente restringido criterio
europeo invocan nom - bres sin autoridad moral ni científica que sirven solamente
para desmerecer al autor que los menciona”. Esta frase anticipa ya el clima
polémico que connotaría a la reunión de 1924.
Los materiales que
presenta, están también confeccionados en hueso, en trozos de dien-tes, en
piedra y en valva de moluscos. Respecto al último cree que es la primera vez
que se da a conocer un objeto trabajado con este material .
Los artefactos de
piedra presentados, conforman un grupo reducido que impide según Vignati,
establecer clasificaciones tipológicas; son dos 'puntas y una lasca. Las puntas
presentan trabajo unifacial . La denominada “punta de mano” ha sido
confeccionada en cuarcita cristalina jaspeada de rojo. La de “doble punta” es
de cuarcita amarillo marrón; ambas tienen aproximadamente el mismo tamaño. La
lasca es amorfa; posee parte del núcleo y presenta “escotaduras”. Debe haber
sido usada como raspador y está realizada en pórfido cuarcífero. Dice Vignati
que estas lascas son comunes en el mousteriense eu-ropeo igual que las puntas
anteriormente descriptas. Luego presenta un objeto que él mismo rotula de “uso
incierto”, tiene un subtítulo Hacha (?). Está realizada en “arenisca tufácea de
cemento calcáreo”. Tiene forma de un semicírculo. Las caras están rebajadas en
todo el desarrollo del arco . “Sé ha tallado un filo que, en ambos lados,
comienza por entalladuras que forman una verdadera carena”. La parte superior presenta
una perfora-ción que pudo ser para facilitar la colocación de un mango o servir
bien como empuñadu-ra. La talladura da la impresión de haber sido realizada a
golpes; luego de desbastarla se la trató de alisar lo mejor posible . Vignati
dice que la estructura de esta pieza es insólita y su uso problemático, pero
intenta una explicación . Considera que se la empuñaría para fracturar huesos .
Hay empero, que tomar en consideración la abertura que es pequeña y solamente
permitiría el paso incompleto de algunos dedos, pero esto resultaría, según
nuestro autor, comparando nuestra mano, no la de los indígenas de esa lejana
época que
62
p o d r í a ser más
pequeña que la actual . Lanzada al aire esta hipótesis, el autor no deja
tampoco de suponer que bien pudo usarse este instrumento en forma enmangada .
Ya Frenguelli, en sus trabajos sobre los terrenos de la costa atlántica, habló
de “mangos de hacha de mano” realizados en tosca calcárea gris .
Con posterioridad
Vignati se refiere a este objeto, en el tomo I de la Historia de la Na-ción
Argentina (49) Cuando hace referencia a la presunta “Segunda raza prehistórica”
del ensenadense, nos muestra un dibujo del artefacto y solamente dice: “en esta
clase de roca (tosca arenisca tufácea) se posee una curiosa hacha (?)”. Los
objetos de hueso es-tán representados por varios punzones y un “cuchillo” (?)
confeccionados posiblemente en restos de Lestodon . Los punzones presentan sus
lados trabajados y pulimentados para facilitar la aprehensión de los
instrumentos. Uno de ellos muestra señales de tallado por percusión para
eliminar los bordes vivos; otro da la impresión de una simple esquirla co-mo
son las que se forman al fragmentarse un hueso, pero observada atentamente se
no - tan trabajos de retoque. Con respecto al posible “cuchillo” (?) tiene los
mismos caracte-res de los punzones . Se utiliza también la parte compacta de un
hueso de mamífero (Les - todón?) . “Se ha rebajado la mitad inferior de la cara
en sus dos tercios anteriores, de modo que el borde inferior se une con la cara
externa de lo que resulta un filo cortante y perfecto” .
La pieza es
considerada por Vignati como de forma “extraordinaria y desconocida”, dentro de
los instrumentos que conocemos de los pueblos primitivos. Nuestro autor
confiesa que duda en darle esta denominación pero la similitud que tiene el
objeto con una hoja de cuchillo actual, le permite imaginar que ese sería su
uso .
Respecto a las
armas, presenta una “punta de flecha” de forma triangular trabajadas en un
hueso chato. La punta es poco aguda, los bordes trabajados en bisel presentan
pe-queñas muescas transversales, está pulida en la cara interna y tiene un
largo de 5,10 cm. y un ancho máximo de 2,2 cm. Da a conocer también un ejemplar
de bola de tamaño ex-traordinario trabajado en la parte esponjosa, posiblemente
epífisis de un hueso largo de un gran mamífero extinguido . Es de forma
asimétrica con un surco continuo pero irregu-lar. Su superficie es tosca, pues
no ha sido pulida, lo que permite visualizar los canales y fibras del tejido
óseo. No es la primera bola con estas características de tosquedad, pues Carlos
Ameghino y Frenguelli, habían encontrado piezas similares . Aparece también en
el rubro Arma, la extremidad apical de una “punta de lanza” tallada en un hueso
chato de mamífero similar a la parte apical de la punta de lanza descripta por
Vignati y analizada en esta obra .
63
C l a s i f i c a
como “percutor”(?) un trozo de hueso chato de un gran mamífero. Todas las
aristas han sido suavizadas lo que permitiría asirlo en caso de haber sido
usado como tal; de ser así la concavidad que presenta en la base podría ser la
señal de desgaste que los golpes habrían producido en un material tan blando.
Da a conocer además
un “raspador” realizado con un trozo de muela de Lestodon de gran tamaño. Tiene
forma irregularmente poligonal y ha sido tallada por percusión y retocado por
presión.
En el acápite
correspondiente a “objetos de concha” presenta un “punzón” confeccionado con la
región columenar de una voluta obteniéndose así un artefacto fino y agudo . Los
bordes han sido pulidos y por el mismo sistema se aguzó la extremidad punzante.
Fue desbastada la región apical para evitar que lastime la mano del que lo
empuñe . En la punta aparecen pequeñas marcas de esquirladuras producidas
probablemente por el uso . EL largo del instrumento es de 12 . 6 cm .
Vignati trató de
ordenar el variado instrumental de esta llamada “industria ensenadense” . En
primer lugar dice que la industria lítica presenta dos facies típicas, la que
ha utilizado “rocas duras” y la que empleó “rocas tiernas”. Son pocos los
ejemplos que pertenecen a la primera incluyendo los hallazgos de Carlos
Ameghino, los de Joaquín Frenguelli y los descriptos por nuestro autor . Se
tendrían así 8 instrumentos con las siguientes caracte-rísticas:
1)Tallados a grandes golpes.
2)Trabajados sobre una sola cara.
3)Con bordes finamente retocados.
4)Adoptan formas
que se encuentran en el mousteriense europeo. no precisamente en su forma
típica, sino al período en que comienzan a perfilarse los tipos elegantes de
aurig - nacience” .
64
Los distintos tipos de rocas
utilizadas para la fabricación de instrumentos son:
|
Rocas duras: |
|
Rocas tiernas: |
|
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|
|
|
|
|
Cuarcita |
75% |
Tosca |
50% |
|
Arenisca cuarcífera |
12,5% |
Tosca calcárea |
33% |
|
Pórfido cuarcífero |
12,5% |
Arenisca tufácea |
16% |
|
|
|
|
|
Las rocas tiernas
están representadas por un instrumental más característico: o (“Pesa de redes”,
“bolas”, “mango de hacha” (?).
El material que da
personalidad propia a los yacimientos de Miramar, es indudablemente el hueso.
Todas las piezas realizadas en fragmentos óseos poseen un pronunciado aire de
familia a pesar de haber sido trabajadas con distintas técnicas. Vignati aclara
algo impor-tante: que no toda la industria ósea ha sido obtenida a expensas de
huesos en estado fresco sino que a veces se han utilizado algunos restos
relativamente fosilizados, recor-dando a continuación el hallazgo de Francisco
Moreno en Río Negro. Este científico en - contró allí un hueso perforado de
ballena que parece haber sido trabajado estando el mismo ya fosilizado . Una de
las causas que lo motivan a dar esta explicación, es que al - gunos
instrumentos presentan un “pulido” que no puede obtenerse de una sustancia
or-gánica, sino de las sustancias minerales que han sustituido a la primera.
Por lo tanto considera que es una “falsa industria ósea”, pues se ha trabajado
el hueso fósil con la técnica utilizada para elaborar los instrumentos de piedra
“y mediante los procedimientos . —agrega— que han servido para “caracterizar la
época neolítica”.
Esta industria
puede llamársela “osteolítica”, como muy bien propuso Carlos Ameghino. Se
caracteriza por la pérdida de identidad del hueso pues han desaparecido sus
compo-nentes óseos, reemplazándose las sustancias orgánicas por sustancias
inorgánicas (sales minerales), siendo trabajadas por los artífices con las
técnicas del trabajo lítico, y obte-niendo mediante el pulido superficies
tersas como las que adquiere la piedra. Pero son pocos los objetos que caben
dentro de esta técnica de trabajo. La verdadera “industria del hueso”,
realizada cuando éste estaba fresco, es la mejor representada en los yaci -
mientos de Miramar, conformando la mayoría del material expuesto .
65
R e s p e c t o a
los hallazgos de objetos trabajados en material dentario y conchas de
molus-cos, poco se puede agregar, debido al escaso número de ejemplares
encontrados . Para Vignati, la industria lítica representada por las “piedras
duras” es difícil de ser compara-da con las industrias más modernas de la zona,
pues alega nuestro autor “que descono-cemos, como expresión técnica y
tipológica, la industria moderna de los paraderos super-ficiales”. Pero a pesar
de esto sostiene que los pocos útiles descriptos de paraderos con-temporáneos,
difieren notablemente de los del ensenadense . La industria de “rocas tier-nas”
es absolutamente propia del piso mencionando. Tampoco la industria de hueso
admi - te comparación con los escasos representantes de los paraderos modernos.
Por último Vignati se pregunta el por qué de la preferencia por parte del
habitante de esos lejanos tiempos por el hueso y no por la piedra . La
hipótesis de la escasez de material lítico en la zona, no lo convence, pues las
mismas abundan en las cercanías, amén de los rodados que trae el mar y los
arroyos . Para Vignati el predominio de un material sobre el otro, estaría
determinado por las necesidades de la caza y de la pesca, principales
actividades de esos primitivos habitantes, que respondería a las costumbres de
un pueblo que vivió aislado en el desierto de la costa, a expensas de los
productos del mar y de la caza ma-yor.
Aparecen en este
horizonte “placas de piedra pulida” que han servido según nuestro
in-vestigador, como yunques rara el tallado de las piedras, de moledores para
granos co-mestibles y para desmenuzar colores.
Finalmente
acompañando a todo este instrumental lítico se encuentran “pequeños y raros
trozos de alfarería” de contextura delgada y de estructura y ejecución muy
groseras, ge-neralmente negros en la superficie interna y pardo rojizo en la
externa . La materia prima para su confección es arcilla mezclada con abundante
arena gruesa. Aparecen perlitas subcuadrangulares de conchas marinas
(posiblemente restos de collares pues están per-foradas como para engarzarlas)
pequeños trozos de materia colorante roja y una sustan - cia en forma
mamelonada que podría ser restos de cabo, usados posiblemente para dar luz.
LA POLÉMICA DE 1924 EN LA SOCIEDAD
ARGENTINA DE CIENCIAS NATURALES
A principios del
año 1924 Joaquín Frenguelli y Félix Outes firman un trabajo donde expo - nen
sus ideas respecto a la posición estratigráfica y antigüedad relativa de los
hallazgos realizados en Miramar (50). Esta investigación, como otras de igual
importancia que
66
h e m o s analizado
en esta obra, fueron leídas en la “Sociedad Argentina de Ciencias Natu-rales”,
verdadera tribuna del pensamiento científico argentino.
En la sesión
correspondiente al mes de agosto de 1924, Félix Outes da a conocer un tra-bajo
que firma junto con Frenguelli (ausente ese día a la reunión) relativo a la
industria humana hallada en Miramar . En primer lugar destruyen la idea del
“hombre terciario” pues todos los terrenos considerados de esa antigüedad, en
los cuales se habían encon - trado restos de industria humana, pasan de acuerdo
a las nuevas ideas geológicas sus - tentadas por estos investigadores, a formar
parte del cuaternario .
Los trabajos de
campo realizados por Outes y Frenguelli, se efectuaron cerca del lugar donde
había investigado Santiago Roth. El trabajo se comenzó luego de limpiar la
super - ficie del terreno, con una excavación por capas de 0,10 cm . de
profundidad. En este nivel y a 0,50 cm. de distancia una de otra aparecieron
dos piezas trabajadas por el hombre . Una de ellas es una lámina triangular,
cas¡ atípica, realizada en cuarcita blanca, con tra-bajo unifacial, de borde
curvilíneo retocado a presión (longitud 4,8 cm.) La segunda es un artefacto
lítico de forma oval, trabajado también en cuarcita. Es unifacial, también su
borde presenta retoque por presión (longitud 4,5 cm . )
Diez centímetros
por debajo de las piezas citadas encontraron un rodado sin trabajo al - guno,
con las mismas características de los que a millares se encuentran en los
paraderos “neolíticos contemporáneos”.
Al terminar la
remoción de la última capa a 0,50 cm. de la superficie apareció una bola
aproximadamente “paraboloide” provista de surco transversal realizada en
cuarcita granu - losa blanca . El diámetro meridional alcanza a 6 .5 cm., el
transversal es de 6,15 cm. y su peso de 340 gramos .
Los autores afirman
que desde el punto de vista morfológico, los dos artefactos tallados son de
fase “mousteriense”, comparable a muchos de los objetos extraídos de paraderos
clásicos de Europa.
La bola responde a
los tipos hallados con anterioridad en la región. Se hace hincapié en el
control puesto para extraer las piezas afirmando que todas ellas, aún las que
se halla - ban cerca de la superficie, se encontraron perfectamente
“encastradas” en la roca que les servía de madre. Uno de los detalles que los
llevan a afirmar esto, es que alrededor de todas las piezas aparecía el
retículo intrincado de cavidades ennegrecidas correspondien-tes a antiguas
raíces, observándose también las conocidas manchas dendríticas de óxidos de
hierro y manganeso. No dejan de reconocer que a pesar de todos los recaudos
cientí-
67
f i c o s puestos
en el trabajo de extracción, que no deja duda en cuanto a la autenticidad de
las piezas halladas . Existe la sospecha en muchos especialistas . Ésta
sospecha surge por la coexistencia en niveles tan antiguos de objetos de piedra
tallada, con otros pulidos característicos de culturas más recientes. Outes y
Frenguelli, afirman que no participan de esos escrúpulos pues la edad de piedra
en la Argentina aún no ha sido estudiada en forma sistemática, principalmente
desde los puntos de vista estratigráfico y tecnológico .
Los autores
consideran que hasta el momento sólo se puede afirmar, y esto también en forma
relativa, “que los pueblos, los más vinculados sin duda, a la cuestión
debatida, fa - bricaban gran número de instrumentos y armas de piedra de facies
paleolíticas y por ex-cepción, un limitado grupo de piedra pulida . Conviene
recordar también, que ya por aquel entonces, dentro de ese acervo industrial de
tan marcado tipo arcaico coexistían los pro - yectiles pulidos (“bolas”), bien
especificados, con manifestaciones industriales que mor-fológicamente
representan a todos los períodos del pleistoceno antiguo y medio”.
Señalan, entonces,
que no es para sorprender a ningún especialista el hallazgo de “bolas” en
sedimentos antiguos, pues su presencia ya había sido señalada en Europa por uno
de los más preclaros precursores de la arqueología, cual fue Boucher de
Perthes, recordando que las “bolas pleistocenas europeas” aparecieron en su
mayoría en yacimientos mouste-rienses.
Con respecto a la
geología de la zona reafirman en ese momento que tanto el NE como al SO del
arroyo Durazno, no son visibles terrenos de edad terciaria. Por lo tanto todos
los niveles pleistocenos pertenecerían a la impropiamente llamada “formación
pampeana” conteniendo también los niveles inferiores que algunos autores lo
incluían en el “arauca-no terciario”. Lo importante de estas afirmaciones
geológicas es de otorgarle edad pleis-tocena al pampeano, idea que fue
sostenida por Frenguelli, en varios trabajos anteriores no haciendo más que
continuar con las que al respecto tenían Burmeister, Steimann, etc. ,
desechando en cambio las interpretaciones de Florentino Ameghino y sus
discípulos que la consideraban Pliocena (terciario). Quedan incluidos en el preensenadense,
el chapad-malense y el hermosense; por lo tanto éstos pasarían a formar parte
de la “formación pampeana” es decir cuaternaria contra la opinión de quienes la
consideraban prepampea-na (araucana) y miocena.
Al finalizar la
reunión se hace una importante aclaración con respecto a uno de los auto - res
. Se dice que éste al recibir la publicación de Antonio Romero, criticando los
hallazgos de Miramar, le contestó de la siguiente manera: “Siempre he creído
que los hallazgos realizados en el litoral atlántico bonaerense, que usted
comenta, han sido mal interpreta - dos en cuanto se refiere a su posición y
“antigüedad”; y aunque no estuvo presente en el
68
l u g a r se
inclina en ese momento a considerar como “intrusivos” a todos los materiales
obtenidos en ese yacimiento” . Estas palabras pertenecen a Félix Outes,
extractadas de una carta que el mencionado le hace llegar a Romero, el 26 de
Septiembre de 1918 . A continuación Outes expresa que en el espacio de tiempo
transcurrido, siguió siempre in-teresándose por este problema y por la validez
de los descubrimientos, “Recién — confiesa— pude formarme una idea cuando
visité los lugares del hallazgo” Esto lo lleva a expresar un deseo, cual era el
de presentar el trabajo respecto a la “Posición estratigrá - fica y antigüedad
relativa de los restos de industria humana hallados en Miramar”, junto a la
firma de Frenguelli, porque afirma Outes “simplemente su conciencia así se lo
impo-nía y su lealtad y honestidad científica así lo exigían”.
Terminada la
lectura del trabajo el señor Lucas Kraglievich pide la palabra y expresa que la
comunicación escuchada no hace más que reafirmar lo que ya había constatado con
Carlos Ameghino, el Dr. Santiago Roth y la Comisión de Geólogos del año 1914.
Kraglievich
disiente con respecto a las afirmaciones de carácter estratigráfico,
principal-mente en lo referente a la antigüedad del piso chapadmalense que para
el orador es ter-ciario y no cuaternario, domo postulan Outes y Frenguelli.
Apoya esta hipótesis el Dr . Bonarelli, quien expresa también que los terrenos
chapadmalense y ensenadense son ter-ciarios correspondientes al plioceno
superior, acotando que con respecto a la industria humana hallada en el primero
de los terrenos citados, esta es intrusiva siendo idéntica a la existente en
los paraderos indígenas superficiales .
El Dr . Reidel que
también interviene en el debate cree que el argumento estratigráfico
paleontológico no es el único método para determinar la cronología de los
terrenos te-niéndose que recurrir según su criterio a estudios morfológicos,
fisiográficos y climatéri-cos que podrían dar datos más precisos que el de los
restos fósiles.
El día 26 de julio
se realiza una nueva sesión presidida por Carlos Lízar y Trelles quien solicita
a los que participan en el debate traten de encauzarlo en los márgenes
estableci-dos para la discusión científica evitando toda clase de alusiones
personales . Se lee a con-tinuación un trabajo del Dr . Bonarelli (ausente). En
el mismo establece como prioridad uno, hallar una fórmula conciliatoria para
que las fracciones opuestas encuentren un me-dio factible para entenderse .
Pero a su vez emite algunas opiniones que contradicen lo expuesto y ahondan más
las posiciones de los bandos antagónicos; ellas son:
1) Por el derecho de
prioridad debe conservarse el término chapadmalense de Ameghino por sobre el
sinónimo de preensenadense de Frenguelli.
69
2 ) Por las mismas
consideraciones y, para evitar todo confusionismo tan deplorable en la
terminología estratigráfica del terciario sudamericano, el nombre
prebelgranense (Fren-guelli), término usado por los expositores para suplantar
al ensenadense (Ameghino), de-be condenarse al olvido por ser otro sinónimo que
no modifica absolutamente nada y si así lo hicieren sus autores demostrarían
que no son de aquellos que se ilusionan formular algo nuevo con solo inventar
nombres para cosas ya conocidas .
3) Bonarelli afirmó
que esto sería aún más grave si se adoptase la denominación prebo - naerense
(Frenguelli) para identificar los depósitos lujanenses de Ameghino porque apar
- te de cometer un atropello respecto al derecho de prioridad se estaría en un
error crono-lógico al considerar al lujanense típico como más viejo que el
bonaerense de Ameghino.
Con respecto a los
hallazgos de Miramar, parte de un hecho concreto y es el respeto que le merece
la presencia de importantes científicos que concurrieron al lugar de los
descu-brimientos.
Estos científicos
en más de un caso observaron la extracción de objetos de los sedimen - tos que
lo contenían por lo tanto está conforme con que una tal sospecha, si bien para
algunos casos aislados funcionaría, en una evaluación general “debe absolutamente
des - echarse” por infundada. La contradicción en que cae Bonarelli es
sobradamente manifies-ta.
Para rematar la
faena al finalizar su trabajo afirma que, en ocasión de su visita a Mira - mar,
fueron extraídos en su presencia trece objetos de la formación chapadmalense
que acusaban a su juicio “con la mayor evidencia, haber sido incrustados en
dicho terreno forzándolos en agujeros previamente preparados, por algún
desconocido a quien se debe también, con toda probabilidad, la falsificación de
los objetos” .
Esta comunicación
fue la desencadenante de una serie de situaciones personales donde privaron más
los resentimientos y el encono que el espíritu científico.
El primero en
reaccionar fue Frenguelli, a quien le llamó la atención la mención que hace
Bonarelli al presentar su trabajo como una contribución a la conciliación que
debía existir entre científicos, no haciendo nada más, afirmó el orador, “que
agudizar las discrepan-cias pegando golpes ciegamente a derecha e izquierda y
he dicho ciegamente porque a mi juicio, con sus objeciones el doctor Bonarelli
demuestra no haberse enterado bien de la cuestión que se discute”.
70
O u t e s por su
parte recuerda que el Dr . Bonarelli amenazó varias veces en formular serias
denuncias con respecto a los hallazgos de Miramar, pero a pesar del tiempo
transcurrido no ofreció ninguna prueba que avalara sus dudas “Vanos —dice
nuestro autor — han sido los esfuerzos para convencer al Dr . Bonarelli para
que me acompañe a Miramar en una excursión que yo mismo pagaría”. El dilema
para Outes es abrumador pues no se tiene la valentía de sostener una opinión o
no se formulan acusaciones que dañan, dice el diser-tante, el buen nombre de la
ciencia argentina.
Vignati pide la
palabra y afirma que: “Para dictaminar sobre la similitud de los objetos
hallados en Miramar con los de los aborígenes históricos, hay que poder
examinar el ma-terial en cuestión, paso que jamás dio el Dr . Bonarelli y que
el propio Vignati certifica por ser él, el encargado de la custodia de las
colecciones de paleontología humana” del Museo Nacional de Historia Natural de
Buenos Aires.
A partir de ese
instante intervienen varios oradores que representan las distintas posicio-nes,
pero estas intervenciones cambiaron la modalidad, dejando aflorar detrás de los
términos científicos una actitud agresiva y en algunos casos insolente para con
el su - puesto adversario.
En la sesión del 2
de agosto se trató el tema de las denominaciones estratigráficas y el de los
argumentos de orden paleontológicos. En la misma intervienen Outes y
Kraglievich. El primero de los citados en forma sarcástica se dirige al segundo
y le dice que podría creerse que bajo las manos de este último “se halla el
triple teclado de una delicada caja armónica, con ayuda de cuyos registros, de
ajuste extraordinario, las familias, los géne-ros, las especies, los episodios
producidos en el curso de los desplazamientos milenarios de determinados
elementos, y hasta los propios troncos filáticos y sus ramas corroboran sus
afirmaciones con precisión desconcertante. Pero cabe preguntar, dispone, en
realidad el señor ayudante técnico de Paleontología del Museo Nacional de
Historia Natural de un Deus ex machina de esa naturaleza, ante el cual, el del
viejo Teseo resultaría propio de un vulgar titiritero?”.
Outes afirma que no
lo cree y dice que si efectuara un paréntesis en la discusión y se pidiera al
señor Kraglievich que los llevara al departamento de Paleontología del Museo
para que mostrase las documentaciones de las colecciones en custodia, tanto documen-tos,
perfiles geológicos, fotos, etc . , como así también piezas fósiles sólo
ofrecería sobrios catálogos que únicamente registran determinaciones genéricas
o específicas y vagas indi - caciones de procedencia realizadas por un recuerdo
personal semiesfumado en el tiempo, con el agravante de que ese material
numerosísimo sin duda, fue recogido por simples
71
p e o n e s ,
“pinches de laboratorio...”. De Carles, presente en el lugar, al oír estas
palabras dijo en voz alta “¡Muchas gracias!” .
Pero Outes continuó
diciendo “...y meritorios naturalistas viajeros, a quienes personal-mente,
mucho estimo, no pueden usarse en estudios de paleontología estratigráfica por
carecer en absoluto de la documentación imprescindible”.
Hablaron luego
otros científicos como Reidel, Kantor, etc., pero la discusión más ácida se
cimentó en la trilogía Outes — Frenguelli — Kraglievich, donde a pesar del
ambiente rein-ante, y en el calor de las discusiones se volcaron ideas,
hipótesis, criticas que nunca fue-ron revalorizadas o tenidas en cuenta para
probar su acierto o desacierto.
El presidente dio
por levantada la sesión del día 2 de agosto de 1924, siendo las 21,30 hs . En
ese día y a esa hora no solamente quedó cerrada una sesión más de la Sociedad
Argentina de Ciencias Naturales, sino que se clausuró un ciclo de la historia
de la paleon - tología y de la arqueología argentina . Después de este acto,
como lo recuerda Castella-nos “no se realizaron más excursiones al yacimiento,
ni se trató de extraer más material” (51).
72
NOTAS FINALES
NOTA I
EL CASO PARODI: LAS SOSPECHAS DE
FRAUDE
Parodi era un
inmigrante italiano, que no sabia leer ni escribir sino solamente firmar . No
hablaba castellano, sino una mezcla de ese idioma y del dialecto Genovés. Boman
afirma “que la impresión que da al conversar con él, es la de un hombre del
pueblo simpático y franco con ciertos rasgos de viveza especial que
generalmente se atribuye a los genove-ses”(52) . Se dedicaba a coleccionar
fósiles en la provincia bonaerense que luego vendía al Museo de Historia
Natural de Buenos Aires y a otros Institutos .
Hrdlicka lo llamaba
“the gardner Parodi”, pues parece ser que durante un tiempo trabajó de
jardinero, abandonando esa actividad para cumplir sus tareas como empleado
extraor-dinario del Museo Nacional (pagado con fondos de esa Institución), con
un sueldo men-sual de 200 pesos, y residencia permanente en Miramar . La
función que debía cumplir Parodi, era la de vigilar, por encargo del director
en ese momento del Museo, Carlos Ameghino, las barrancas de la costa atlántica
para detectar alguna pieza arqueológica o resto fósil incrustado en las mismas,
que van quedando al descubierto por obra del oleaje que bate continuamente la
costa. De acuerdo a las instrucciones dadas por Carlos Ameg-hino, debía dejar
el objeto en el lugar donde asomaba . avisando por telégrafo a éste a fin de
enviar personal para su extracción . Boman recuerda que el Padre Blanco
afirmaba que don Lorenzo Parodi acrecentaba sus ganancias, sirviendo de
cicerone a las personas que se encontraban visitando el balneario de Miramar .
Aprovechaba la curiosidad, según nuestro autor de los visitantes que querían
conocer el lugar donde aparecieron los restos del “hombre Terciario” . A tal
fin los llevaba al lugar en un pequeño coche de su propie-dad y solía
indicarles que cavaran en determinado lugar donde generalmente aparecía algún
objeto lítico, alguna bola o sílex tallado. Boman recuerda: “Según he oído
decir acostumbraban a pagar 20 o 30 pesos por una de estas excursiones,
inclusive propinas” acotando el investigador: “No es de m¡ agrado tener que confirmar
estos datos publica-dos por el padre Blanco y sé que algunas personas con
quienes mantengo relaciones amistosas, lo considerarán como un acto hostil
contra ellos”.
La figura de Parodi
. nace a la discusión junto con el yacimiento arqueológico de Miramar, puesto
que es él quien lo descubre en una acción puramente casual . Los primeros
objetos hallados, según Torres y Ameghino, se debieron a un hecho fortuito,
pues cuando el mencionando Parodi se hallaba sacando un trozo de escoria, su
pico chocó con una piedra dura que resultó ser una “bola”. Los investigadores
mencionados habían comenzado a es-
73
t u d i a r la zona
a partir de 1913 publicando dos informes (analizados en otra parte de esta
obra) habiendo encargado a Parodi que los mantuviera enterado de cualquier
objeto que apareciera en las barrancas de la costa. EL descubrimiento
mencionado más arriba va a dar lugar al viaje de la famosa comisión de
científicos del año 1914 . El primero en ata - carlo es Romero, quien en 1915
al hablar de Parodi lo cita como “el peón” que recogía objetos para el Museo de
Historia Natural de Buenos Aires, no aceptando en el trabajo la antigüedad
otorgada a la “bola” de Miramar (53).
En 1918, este mismo
autor, en sus escritor sobre el “Homo Pampaeus”. (54) relata su en-cuentro con
Parodi . Lo va a visitar a Romero para ofrecerle sus servicios que son acepta -
dos por este último concurriendo a pie a reconocer los yacimientos de la costa.
En esa ocasión, Romero recoge material arqueológico de yacimientos
superficiales, que para él eran idénticos a los hallados en el chapadmalense .
Con palabras acentuadas por la sorna, mostrándole el material a Parodi, le
preguntó: —”¿Es éste el filón del mioceno?”—. El silencio fue la respuesta.
Evidentemente sin ningún ambaje Romero señalaba de dónde procedía el material
que se lo rotulaba como terciario y en su pregunta iba implícita una acusación
no directa pero sí velada por el sarcasmo .
Frente a estos
ataques Carlos Ameghino reafirma su confianza en Parodi . En la primera reunión
de la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales de Tucumán de 1916 proclamó ante
los presentes, como un acto de justicia, que los hallazgos del “hombre terciario”
se han debido a la actividad y perspicacia de Lorenzo Parodi que es el hombre
avezado que el Museo Nacional de Buenos Aires, mantiene en aquellas costas...
Parodi nos indicó en ese lugar por primera vez un objeto de piedra enclavado en
la barranca (55). Cuando Carlos Ameghino presenta el material de los
yacimientos arqueolíticos y osteolíticos de Miramar en la Sociedad Physis,
vuelve a puntualizar que el descubrimiento de los yaci - mientos
correspondientes ha sido hecho por primera vez por Don Lorenzo Parodi que ha
sido asimismo quien (exceptuando los objetos hallados por el Señor Tapia) ha
hecho el hallazgo de todos los que han servido a esta nota” (56) . Como vemos
por las palabras del mismo Ameghino, la mayoría del material conocido de
Miramar fue descubierto por Parodi que gozaba indudablemente de toda la
confianza del entonces Director del Museo Nacio-nal de Buenos Aíres, pero no
así de muchos otros investigadores que dudaban de la suer-te que tenia el
cuidador de . la costa para encontrar restos arqueológicos . Esta duda a veces
no explicitada en los tra bajos debía hacerse presente en más de upa
conversación entre los interesados en los estudios arqueológicos . El ejemplo
de lo que decimos está reflejado en el trabajo de Rodolfo Senet . (57) quien
afirma: “A tal punto ha llegado la suspicacia que, entre nosotros y fuera del
país, no se toma en serio ningún hallazgo, si no se constituye una “comisión
que acuda al sitio mismo y presencie la extracción, la-
74
b r á n d o s e un
acta con todas las formalidades del caso. No basta la palabra autorizada, ni
las fotografías tomadas in-situ, es necesario que acuda un grupo de hombres de
autori - dad . Así y todo, ni falta aún quien se permita no admitir los hechos como
auténticos o discutirlos y lo peor es que no falta tampoco quien
inconscientemente o no, a título de erudición transcriba tales opiniones,
cuando dichas opiniones deberían estar condenadas al silencio” . Más adelante
en su trabajo Senet, al referirse a la semejanza de una de las “bolas” halladas
por Parodi, en la excursión en que tomó parte este autor, con las que se
encuentran en paraderos indígenas superficiales, dice que no es sensato suponer
que los que fabricaban estos objetos lo hicieran con el propósito de
enterrarlos en el chapadma-lense llevados por la idea de una profecía que
señalaría que en el futuro nacería un Flo-rentino Ameghino a quien para
sostener sus doctrinas le haría falta encontrar esos uten - silios en los
terrenos chapadmalenses, “puesto que Parodi, no podía sólo o con sus hijos
enterrar millones de objetos en distintos puntos” .
El padre José M .
Blanco se refiere también, en un corto escrito a los hallazgos realizados por
la comisión arriba citada (58) de analizar lo expresado por este sacerdote
debemos de aclarar que la figura del Padre Blanco, más teólogo que científico,
aparece en escena como un descalificador de la obra de Ameghino pero la
realidad es otra; es un oponente a la teoría del evolucionismo.
La obra del sabio,
con sus aciertos y sus errores, y cuyo encuadre teórico es la teoría de la
evolución, fue el blanco en su época de todo tipo de críticas. Vignati (59)
cuando co-menta las conferencias del Padre Blanco, expresa esta idea con
precisión al decir “Entre-mos a estudiar las dos primeras conferencias que
versan exclusivamente sobre las teorías darw¡nistas, transformistas y
seriaciones de Ameghino. Apenas las comentamos por cuan-to el conferencista,
desde el comienzo niega la posibilidad de la evolución, solidarizándo - se con
quienes han afirmado que tal teoría es simplemente una “excéntrica osadía” que
“está en múltiples contradicciones con los hechos geológicos y otros
testimonios impor-tantes” (Blanco Op. cit. 32). Continúa diciendo Vignati que
si el Padre Blanco considera a la teoría de la evolución como una “excéntrica
osadía”, pueda seguir perdiendo su tiempo en desmenuzar las hipótesis de
Ameghino, ya que siendo como hemos dicho netamente evolucionistas quedarían de
hecho descalificadas para él .
Retomando el
trabajo mencionado más arriba, dice el sacerdote que recuerda haber escu -
chado de un distinguido miembro del Museo Nacional, quejas sobre la mala
administra - ción de dicho establecimiento . Entre las cosas que se mencionaban
estaban los 200 $ pa - gados “a un peón de Miramar” para vigilar las barrancas
de ese lugar a ver si por casua-lidad asomaba alguna vez el “hombre terciario”.
75
E n otra ocasión
escribe: “El señor Parodi, el consabido peón de los doscientos pesos que se
pone en la tarjeta “Naturalista viajero del Museo Nacional”, ha descubierto en
las ba-rrancas de Miramar “una bola” de la cual dio noticias al Señor Carlos
Ameghino”. Utiliza como fuente de información para sus críticas las noticias
aparecidas en los diarios de esos días, entre ellos “La Prensa” y “El Diario”.
El día 19 de abril
de 1920 aparece en el segundo de los periódicos mencionados un artí - culo
titulado: “El hombre terciario de Miramar” . donde se afirma que: “Es necesario
para honor del país que termine la farsa de su hallazgo” . Este artículo, según
el padre Blanco, fue redactado por nuestro ya conocido Romero quien expresa:
“Es necesario meditar de que el país no puede estar a merced de esta miseria
científica, porque ella nos deprime; no es posible aceptar la tendencia
anticultural de algunos gacetilleros y hombres vivos, que pretenden hacer de un
alcornoque un sabio con fines inconfesables” .
El padre Blanco
utiliza esas palabras para apuntar más lejos cuando afirma que ese peón
“Naturalista viajero” está al servicio, no tanto de la ciencia sino a servicio
del Director del Museo Nacional (Carlos Ameghino), quien en otro tiempo también
fue naturalista via - jero a servicio de su hermano (Florentino Ameghino) y que
no tiene otro título habilitante que el haberse pasado la vida juntando fósiles
Y va más lejos aún cuando afirma que este empeño sobre el hombre terciario es
una cuestión de honra de familia, “y el hermano del finado está dispuesto a
consumir en ello cuanto sea menester”. El receptor último de la critica resulta
sin duda Florentino Ameghino. Por carácter transitivo se parte de Parodi, de
éste a Carlos Ameghino y por último se termina en la obra del sabio. El padre
Blanco declara su oposición a las ideas antropogenéticas sostenidas por
Florentino en 1916 en una conferencia titulada “La evolución antropológica y
Ameghino”, dictada en el colegio del Salvador (60). En el año 17, publica una serie
de críticas referentes a los supuestos antecesores del hombre pampeano .
Algunos biógrafos del sabio, sostienen que ante la reactualización del “Hombre
terciario” debida a los hallazgos realizados en Miramar, este autor salió
inmediatamente al cruce descalificando de una manera despiadada los
men-cionados hallazgos; basta citar como ejemplo la frase final de su trabajo
donde expresa: “¿Podría todo ello tener una explicación en la buena voluntad
del bueno de Parodi, que agradecido a don Carlos por los 200 $ de la Nación con
que lo socorre cada mes, tratara de adelantar los acontecimientos, dándonos por
viejo lo que a todas luces es nuevo a los ojos de la arqueología?” . “No
quisiéramos adelantar un juicio, pero ... hay tantos indicios
... se habla tanto
... son tales las casualidades de Parodi como puede reconocerlas el lec-tor en
los últimos descubrimientos ... que creo no sería temerario el pensar que se
está tratando de alguna mistificación con ribetes de farsa”.
76
E s t e artículo
del padre Blanco incitó a que Eric Boman publicara en la Revista Chilena de
Historia y Geografía, un trabajo de descargo de su participación en los
hallazgos de Mi - ramar (61). En el comienzo del mismo recuerda que el
científico chileno Ramón A. Laval, al leer el trabajo del padre Blanco, se
preguntó por qué tantos ilustres sabios argentinos y extranjeros no fueron
suficientemente claros ante la acusación de farsa y mistificación del que
fueron, a través de Parodi alcanzados todos. Boman explica que frente a estas
palabras, se hace un deber realizar una exposición complementaria de lo ya
publicado sobre Miramar . Recuerda las criticas de Romero y la rectificación de
Bonarelli. Asimismo declara que cuando escribió su articulo “Encore L'homme
tertiaire dans l'Amerique du Sud” aparecido en el año 1919 en el Journal de la
Societé de Americanistes de Paris, él no había estado aún en la zona de
Miramar, y se guió por los datos que le suministró Carlos Ameghino. Con
respecto al tan criticado Lorenzo Parodi, dice que no tenia derecho a expresar
ninguna sospecha pues “el señor Ameghino lo colmaba de elogios asegurando que
era el hombre más honesto y fidedigno que se pudiera encontrar” .
Boman aclara que el
único que tenía sospecha en cuanto al trabajo de Parodi era el doc-tor
Bonarelli. Este le relató un interesante episodio vivido en compañía del
mencionado Parodi cuando recorrían las barrancas de Mirama . En un momento
determinado Bonarelli vio asomar de la misma un sílex de regulares dimensiones,
se puso a excavar con sus propias manos para extraer el objeto y encontró que
estaba roto en el medio, denotándo - se que la parte posterior, había recibido
un golpe que la había hecho pasar por encima de la parte anterior, hallándose
la fractura en estado fresco . Boman, dice:” poco tiempo después llegó Parodi a
Buenos Aires y le interrogué delante del señor Ameghino, sobre el asunto, que
explicó diciendo que él haba encontrado un sílex muy saliente de la barranca y
que lo hizo entrar más por medio de un golpe, pues temía que alguna marejada
fuerte lo desprendiera del lugar donde estaba incrustado. La explicación no
tiene nada de impo-sible, pero sin duda hubiera sido mejor que dejara Parodi el
sílex donde estaba, o por lo menos debería haber informado al Dr . Bonarelli de
su intervención, antes de que éste se pusiera a excavar el objeto. Pero esto es
tal vez demasiado pedir a un hombre del estado de instrucción y demás
condiciones de Parodi . ”
Boman deja
aclarado, que no en todos los casos de hallazgos arqueológicos actuó Parodi,
pues la excavación realizada por Roth se hizo bajo la vigilancia de un capataz
del servicio topográfico y geológico de la Provincia de Buenos Aires, trabajo
que demandó el esfuerzo diez peones, durante varios días bajo la dirección del
mencionado científico; aunque Pa - rodi no tuvo intervención visitó el lugar
varias veces durante la operación .
77
C o n respecto a
los hallazgos de las tres bolas realizados en presencia del mismo Boman,
durante la excursión del 22 de Noviembre de 1920 junto con otros estudiosos
(Zeballos, von Ihering, Lehmann Nitsche) uno de los objetos apareció en una
zona señalada por el mismo Boman, para que se continuase la excavación. Nuestro
autor dice que bolas de la misma forma que las tres encontradas, han sido
halladas también en la superficie de los terrenos de Miramar y en otros
paraderos de indios en las Pampas . Reconoce que los ob-jetos descubiertos en
el terreno chapadmalense estaban adheridos firmemente al mismo, no
encontrándose señal visible de haber sido removida la tierra, que los cubría .
Esta rea - lidad lo lleva a cambiar opiniones con varios colegas sobre la posibilidad
de que en esas circunstancias se diera un caso de fraude llegando a la
conclusión de que éste sería posi - ble . “Si uno practicara con un barreno de
dimensión exacta un agujero en la barranca, introduciendo allí el objeto mojado
y tapándolo cuidadosamente con la misma tierra ex - traída, humedecida, se
encargarían probablemente las olas, que continuamente golpean la barranca, de
endurecer esta tierra, de manera que dentro de unos meses o un año to-do
quedaría como si nadie hubiese tocado la barranca . Sería interesante verificar
esto experimentalmente”.
Boman termina
afirmando que no existen pruebas concluyentes de una superchería y que al
contrario muchos elementos hablan a favor de la autenticidad, pero lo que no le
con-forma es la continua e insistente intervención de una persona de las
condiciones del guardián referido, que despierta necesariamente sospechas, y
tampoco cree que en el mundo haya científico alguno que acepte sin beneficio de
inventario lo mencionados des-cubrimientos como pruebas irrefutables nada menos
que de la existencia de un “hombre terciario” en América del Sud.
Con un año de
anterioridad a los trabajos mencionados, 1920, el doctor Estanislao Zeba - llos
publica un trabajo sobre “El hombre fósil de Miramar” (62). En éste hay una
serie de reflexiones y anécdotas que configuran el marco de época en el que se
encuadró el pro-blema de los orígenes del hombre en Sudamérica, especialmente
en la provincia de Bue-nos Aires, Respecto a la posición antiameghinista (en
este término incluyo a las figuras tanto de Florentino como a posteriori de
Carlos) que adoptaron los científicos argentinos y extranjeros enrolados en esa
corriente. El más antiguo hacedor de esa posición fue el sabio Burmeister .
Zeballos cuenta que una vez se atrevió a preguntar al mencionado cien-tífico:
“Un argentino, según usted, el doctor Francisco Muñiz, descubrió el caballo
fósil ... ¿Porqué no ha de haber descubierto Ameghino el hombre de la misma
formación?.”
El doctor
Burmeister me clavó sus pequeños ojos verdes chispeantes y me lanzó su ofen-sa
favorita, con ronca y acentuada voz:
78
“Ig...ño ... r ... r ... ante!...”
Las ideas de
Ameghino estaban pues, desautorizadas. Este suceso transcurrió durante el año
1874; Ameghino tenía 20 años y estaba trabajando en el manuscrito de su
“Antigüe-dad del hombre en el Plata” y pronto a viajar a Europa. Zeballos
recuerda también la ac - titud de von Ihering quien le confiesa no querer
publicar nada sobre los descubrimientos de Florentino “por respeto a nuestro
país y a su sabio amigo”; Lo contrario sucede con Hrdlicka quien da a conocer
su ya comentado trabajo negando los descubrimientos de Ameghino como así
también todos los hallazgos del hombre fósil de los Estados Unidos. Para él,
dice Zeballos, los sabios confunden las reliquias modernas con las
prehistóricas, acotando que esta actitud es sumamente prejuiciosa. Analizando
así el encuadre de la discusión, Zeballos apunta que se está cometiendo el
error de dar a este interesante pro-blema paleontológico el improcedente sesgo
de una reyerta religiosa y afirma: “Ahora es ya una simple cuestión de cultura
nacional” . Estas líneas nos aclaran la actitud, en algu - nos casos
francamente agresiva, de ciertos personajes que tomaron partido en la
discu-sión no sólo de los hallazgos de Miramar, si no de toda la obra de los
hermanos Ameg-hino. Zeballos dice, refiriéndose a las situaciones recientemente
relatadas, que “esa acti - tud explica el piadoso y patriótico interés que él
tenía en visitar los terrenos de Mira - mar” .
El director del
diario “La Razón”, Dr . Cortegarena organizó y dirigió la expedición a la zona
conflictiva, las barrancas de Miramar . Con éste y Zeballos partió el doctor
Fermín Rodríguez y el joven Cortegarena (hijo). El guía de la expedición fue
don Lorenzo Parodi . Llegados al lugar, Zeballos y sus acompañantes descubren
sobre la playa un fogón que se encontraba a un centenar de metros mar adentro
al NO, de lo que este autor denomina “fogón de Ameghino”. En ese lugar le
relata Parodi, que aproximadamente en el año 1917 el mar había bajado de tal
manera, que a trescientos metros mar adentro del fogón por ellos descubierto,
apareció una barranca a pique, donde termina la playa en la que esta-ban
parados y que Parodi descendió hasta el nivel del agua, atado a una sopa pues
no había otro medio de bajar, recogiendo allí reliquias del hombre fósil, armas
y utensilios de piedras . Esos objetos dice Zeballos estaban a una profundidad
de aproximadamente quince metros del nivel del campo vecino, de diez metros del
nivel de las altas mareas y de cinco o seis metros de los fogones mencionados.
Anécdotas como ésta han ido confi-gurando en la personalidad de Parodi la
imagen de un mistificador. Yo personalmente he recogido de labios de una
persona allegada a los científicos que actuaron en esa época, un interesante relato
de un hecho acaecido entre Lucas Kraglievich y Lorenzo Parodi . “le narró el
informante que los mencionados se encontraban recorriendo la costa atlántica,
en la zona de Miramar . Parodi llamó a Kraglievich para indicarle que había
hallado una
79
“ b o l a ”
encastrada en el chapadmalense. Este último se acercó y observó que la misma
estaba algo floja . Al ser extraída, el joven sabio la observó con detenimiento
y descubrió que la semiesfera que estaba enterrada tenía adherida en su
superficie restos de musgos; El informante me recalcó que los hallazgos de
Miramar eran fraudes de Lorenzo Parod¡ para mantener su puesto de encargado de
la custodia de las barrancas del litoral maríti-mo otorgado por el Museo de
Buenos Aires.
Frenguelli, en su
trabajo sobre los Terrenos de la costa atlántica, del año 1920 (63) al
referirse a su segunda excursión (ya había aparecido el trabajo del padre
Blanco) comen - ta los hallazgos arqueológicos en el horizonte prebelgranense
afirmando: “Los objetos mencionados fueron descubiertos y extraídos por mi,
personalmente”. Contestando tam-bién a las insinuaciones del padre Blanco dice:
“agregamos que durante nuestras últimas excavaciones no estaba presente el
encargado del Museo, ni menos aún habíamos alqui - lado su carricoche” . En
1927, en la conferencia que dicta en Rosario (64) vuelve Frengue-lli a poner
nombre y apellido al “personaje”, como a veces se lo mencionaba en los escri -
tos sobre el tema de Miramar, que se encargaba, según la acusación de algunos,
de in-troducir intencionalmente. los objetos líticos para sorprender la buena
fe de los estudio - sos. El autor de tales supercherías habría sido el señor
Lorenzo Parodi . Frenguelli acota: “El autor de esta suposición esta vez es un
reverendo padre Jesuita, buen filósofo, predi - cador elocuente y eficaz, pero
de ninguna manera hombre de cienc¡a, el padre Blanco” . A fines de 1928 la
Dirección del Museo decide retirar de la zona costera de Miramar a Don Lorenzo
Parodi, quedando cancelado su reconocimiento como inspector o guardián de los
yacimientos de la costa
HALLAZGOS POSTERIORES A LA
DESAPARICIÓN DE PARODI
Después de la
discusión de 1924, el problema “Miramar” pasó a la esfera de las cosas tabuadas
(Tabú) de lo anecdótico . Sólo algunos investigadores siguieron insistiendo en
reabrir la discusión pero ésta quedó escamoteada, como ya hemos visto por
problemas de rivalidades, competencia, prejuicios que orillaron a veces el
campo religioso. Volver a hablar de Miramar era en algunos casos posibilidad de
exponerse a una crítica demoledo - ra. El campo de trabajo había oído invadido
por opiniones extracientíficas que prohibían trabajar con la objetividad
demandada por toda tarea de investigación.
Los aportes que
aparecen no dejan de ser datos aislados, que no contribuyen a resolver la
incógnita que aún sigue siendo “Miramar”.
80
E n 1931,
Frenguelli presenta en la Sociedad Científica de Santa Fe (65) un instrumento
lítico hallado en el chapadmalense de los acantilados costaneros existentes
entre Baliza Chica y la desembocadura del arroyo Las Brusquitas. El hallazgo lo
realizó, como él mis-mo lo deja aclarado, el 24 de enero de 1930 en compañía
del Ingeniero José Babiní. La referencia a la fecha exacta debía ser para
recordar que ya no estaba en la zona Lorenzo Parodi . El objeto apareció
parcialmente al descubierto, pero se hallaba bien enterrado en el sedimento, no
mostrando, dice Frenguelli señales de percusión reciente (recordemos la
anécdota relatada por Doman) . El lugar del hallazgo es el mismo de donde
proceden los objetos descriptos por Outes en la presentación de 1924. Es una
lámina lanceolada que parece ser, de acuerdo a Frenguelli, una punta o un
raspador. Está trabajada en cuarcita presentando una delgada pátina traslúcida.
Mide 5,65 cm. d e longitud por 2,2 cm. de ancho. En el XXV Congreso
Internacional de Americanistas (66) Frenguelli presenta un trabajo referido al
problema de la antigüedad del hombre en la Argentina. Al hablar del supuesto
habitante chapadmalense y de sus industrias, retoma el tema de las
“superche-rías” que tanto han causado a nuestro problema dejando establecido su
total rechazo a toda sospecha . Para afirmar lo dicho presenta un nuevo
hallazgo realizado en Enero de 1932. En los terrenos chapadmalenses existentes
entre la boca del arroyo Las Brusquitas y Punta Vorhué, junto con restos de
animales fósiles halla una “bola” realizada en tosca calcárea, muy rústica e
irregular presentando un surco grosero y mal definido . Frenguelli afirma que
este hallazgo vincula los horizontes ensenadense, (donde aparecieron otras
“bolas” de las mismas características que la señalada), con el horizonte
chapadmalense. En 1972 Guillermo Madrazo (66) da a conocer un hallazgo
realizado por el paleontólogo Eduardo Tonni, del Museo de La Plata, en las
barrancas Marítimas de Punta Hermengo. Este investigador encontró una pieza de
cuarcita que se hallaba incrustada a 15 cm. de profundidad en la parte cuspidal
erosionada de un grueso estrato de la formación “Pla-tense”. Madrazo considera
que la pieza es de factura aparentemente blancoagrandense, considerando que
“serla el único artefacto bien documentado de esa filiación a1 que se puede
asignar una antigüedad considerable con pruebas estratigráficas” . La pieza es
una raedera unifacial de cuarcita blanca de 6 cm . de largo por 2,9 cm . de
ancho .
81
NOTA II
EL PROBLEMA DE LA CERÁMICA EN LA
COSTA SUD ATLÁNTICA
En la conferencia
pronunciada por Frenguelli durante el año 1927 en la Universidad del Litoral
(67) donde aborda el tema del paleolítico en la Argentina, afirma en uno de sus
párrafos que “un hecho importante y sumamente significativo es la presencia, en
los pa - raderos recientes y superficiales, de alfarerías, a veces decoradas,
que hasta ahora nun - ca han sido halladas en los yacimientos cuaternarios
argentinos” .
Llama la atención
esta afirmación de Frenguelli desconociendo que en la revista “Physis” había
aparecido publicado en 1914 (68) el resumen del relato de un viaje realizado
por el Dr. Holland a la Argentina. En el comentario se afirma que lo más
novedoso del libro del científico mencionado, es sin lugar a dudas la
información que se refiere al hallazgo de un resto de alfarería en el pampeano
de Mar del Plata realizado en compañía del Dr. San-tiago Roth . El encargado de
efectuar este resumen intercala a continuación de la noticia, la traducción del
pasaje donde se hace referencia a este hallazgo que es el capítulo XIV de “A
trip to Mar del Plata”.
Dice el autor que
una de las conclusiones que saca de las observaciones de las barrancas
existentes al norte de Mar del Plata es que no existe ningún indicio para creer
que el pampeano medio (Roth) fuese anterior al pleistoceno o plioceno superior.
Luego de haber realizado junto con Roth una inspección general de la barranca,
se dedicaron a la bús-queda de fósiles . Este último fue el primero en señalar
la presencia de una placa, ósea del caparazón de un gliptodonte que se
encontraba enterrado en la roca. Luego extraje - ron del mismo horizonte restos
de las costillas de una Meghatherium, fragmentos óseos de un Mylodon y una
mandíbula de roedor perfectamente conservada. Continúa diciendo Holland “Un
poco más lejos encontré un omóplato bien conservado de Paleollama, un animal
próximo al guanaco. Cuando me hallaba ocupado en extraerlo, mi acompañante me
llamó haciéndome animados signos de cabeza para que fuera donde él estaba ...
Cuando llegué, señaló algo que era evidentemente un fragmento de vasija de barro
asomando del loess color chocolate en que estaba incrustado y me dijo: “Esto
vale el viaje”, aún no lo he tocado: mírelo usted atentamente y dígame si eso
ha sido recientemente enterrado donde se halla o si está donde ha estado por
siglos hasta que las olas del mar, comiendo la tierra, lo han dejado a
descubierto”... Me arrodillé y examiné con espíritu crítico el ob-jeto y le
dije después: “Puedo afirmar sin restricción alguna que esta pieza de
alfarería, pues tal me parece ser, está incrustada en su molde y nunca ha sido
removida por la ma - no del hombre” . Recuerda el comentarista que Roth había
encontrado varias veces, antes
82
de la ocasión
mencionada, trozos de cerámica en las capas del pampeano medio. Holland, afirma
en su libro que hay un hecho evidente: el trozo de vasija se encontraba intacto
en la parte inferior del pampeano medio y a muy poca distancia de los lugares
donde los científicos nombrados habían hallado restos de Mylodon y Meghatherium
. El comentarista de este capítulo de la obra del científico norteamericano
saca dos conclusiones. La prime-ra es que si las capas donde se encontró el
trozo de cerámica son relativamente moder-nas tenemos que aceptar que parte de
la fauna pampeana (grandes gravígrados, glipto-dontes, etc . ) se han
extinguido hace poco, habiendo convivido con el hombre como el mammuth en
Europa. Si los sedimentos no son modernos. sino antiguos, entonces la es-pecie
humana se aleja en forma muy considerable en el pasado. El comentarista opta
por la primera hipótesis considerando que el pampeano medio pertenece al
pleistoceno y que tiene una antigüedad no mayor de 50.000 años.
Existe también otra
mención importante con respecto al tema de la cerámica en los yaci - mientos de
Miramar, y es la que realiza Carlos Ameghino en su trabajo referido a los
hallazgos de material arqueolítico y osteolítico de la costa sur atlántica (69)
. En esas páginas expresa: “Concluiré esta serie de noticias haciendo pública
la del hallazgo de otro objeto en verdad inesperado y que, por su naturaleza es
excepcional tal como se no-ta a primera vista, se trata de un pedazo de vasija
siendo lo extraordinario del caso que ella procede del chapadmalense”. Agrega
nuestro autor que ese objeto fue hallado muy cerca del lugar donde se encontró
el fémur flechado del Toxodon, extraído de uno de los tantos “fogones y
escoriales” que Florentino Ameghino consideró de factura humana.
El mismo Carlos
reconoce que en distintas ocasiones el doctor Roth le había comentado la
presencia de alfarería en los distintos niveles de la formación pampeana, pero
que él no estaba predispuesto a creerlo por considerarlo un caso inverosímil.
Pero frente a los hechos que se imponían con toda su evidencia, acepta, dice
Carlos Ameghino, “las cir-cunstancias insospechables que rodearon al hallazgos
presenciado también por el mismo doctor Roth, invitado al efecto, que, por
cierto, experimentó una grande y natural satis - facción al ver comprobadas Y
justificadas sus reiteradas afirmaciones al respecto” .
El mismo Joaquín
Frenguelli en el año 1920, es decir 7 años antes de lo que afirma en la
conferencia aludida al comenzar este tema, en su clásico trabajo de los
terrenos de la costa atlántica (70) al hablar del preensenadense (chapadmalense
de Ameghino) y espe - cíficamente de las “tierras cocidas” dice: “Se presenta
generalmente en forma de capas qué parecen revestir el fondo de pequeñas
depresiones en forma de fogón . Uno de éstos situados en la base de la barranca
que forma el borde derecho del pequeño valle lateral de la desembocadura del
arroyo Las Brusquitas y en parte destruido por el señor Parodi,
83
q u i e n nos
informa de haber encontrado un “rodel” de tierra cocida (?) en su interior”.
Más adelante comenta que “sí por ventura el “rodel” de barro cocido fuese
confirmado, nos tendríamos que preguntar, dice, si los fogones aludidos no
estaban destinados tam-bién a la cocción de objetos de alfarería y si los
trozos de “tierra cocida” no son desper-dicios de esa industria. Poder
comprobar esto, según Frenguelli, hubiese sido de suma importancia ya que se
les niega a los hombres del paleolítico la posibilidad de haber po-dido
fabricar alfarería . Donde el autor comprueba, por sus propios hallazgos restos
de cerámica es en el horizonte “Aimarense”; aquí aparecen pequeños y raros
trozos dé alfa - rería generalmente delgados, de aspecto grosero en su mayoría
negros en la parte inter-ior siendo pardo —rojizos en la cara externa . La
materia prima es arcilla mezclada con abundante arena . de grano grueso .
Acompañando a la cerámica se encuentra un variadí - simo bagaje de objetos
líticos: instrumentos de piedra hendida, hachas de cuarcita, pun - tas de
proyectil, raspadores cuchillos tallados en su mayoría en una sola de sus
caras; se encuentran otros más escasos, que consisten en “cuchillos y puntas”
con trabajo bifacial . En Miramar esta capa Aimarense aparece debajo de la
tierra vegetal y de los médanos movedizos, teniendo un espesor de 40 a 60 cm.
Este tema de la cerámica fue dejado de lado en la discusión del 24 y llama la
atención como bien señala Chobinger (71) “de que nadie después de su mención
por Carlos Ameghino en 1918, ni los defensores ni los de - tractores de la
autenticidad y/o antigüedad de los hallazgos de Miramar volvieron a men-cionar
este hecho”. El ejemplo es el mismo Frenguelli que aunque pone signo de
pregunta al hallazgo de Parodi, se olvida de mencionar que Carlos había
encontrado cerámica en los restos de un fogón, igual que en el supuesto
hallazgo que comenta Frenguelli sin hacer ninguna alusión al último de los
mencionados, ni a los citados por Santiago Roth.
84
NOTA III
PLASTICIDAD DEL LOESS PAMPEANO
Moisés Kantor en la
reunión del 24, había expresado el por qué de su desconfianza con respecto a
los hallazgos de Chapadmalal, considerados in-situ, a pesar de haber sido él,
uno de los firmantes del acta de 1914. Este científico comienza a dudar después
de las observaciones que realiza en Diamante (Entre Ríos), hecho que hemos
recordado en otra parte de este trabajo. El autor expresa que su cambio de
opinión se debió al comprobar que el limo pampeano en la zona de Entre Ríos
guardaba en su seno objetos contemporá-neos a una profundidad de 2. 50 m. lo
que le permitió observar la capacidad plástica del limo, que aunque removido,
después de un cierto tiempo no muestra huellas del fenóme - no, amoldándose los
objetos incluidos en su masa en forma perfecta; Esta advertencia no fue tomada
en consideración y recién en 1934 (72) Frenguelli, uno de los defensores de la
antigüedad del hombre pampeano acepta que los depósitos loéssicos pueden
removerse y reconstituirse, afirma que conoce la inclusión de rodados de
ladrillo moderno en las te-rrazas del arroyo Antoñico en Paraná, agregando:
“conozco también los botines y otros enseres sepultados en las barrancas de
Córdoba”. A continuación señala que la práctica en el terreno puede fácilmente
evitar este tipo de sorpresas. Otro aspecto a tener en cuenta es el señalado
por Aparicio en 1925 (73), al hablar de los paraderos arqueológicos de la costa
atlántica, señala que algunos de los objetos tanto líticos como óseos, a veces
no se encontraban “in-situ” que su nivel original se hallaba a mayor altura
pero al exca - varse los suelos por el viento, los materiales más pesados, en
este caso las piezas ar - queológicas, experimentaban un descenso vertical
terminando por reposar en una forma - ción geológica que no era la originaria,
señalando a continuación que estos paraderos suelen hallarse sobre la
superficie de terrenos más antiguos y hasta pueden penetrar ob-jetos en su
interior debido al reblandecimiento del suelo por las lluvias. La posición
exac-ta de los restos arqueológicos puede comprobarse fácilmente observando los
testigos del antiguo suelo escapados a la acción destructora de los agentes
externos”. Hay un testi-monio de suma importancia respecto a este tema y es el
que brinda uno de los científicos que más trabajó en defensa de la autenticidad
y de la ubicación in-situ de los objetos arqueológicos de Miramar: nos
referimos a Vignati quien en su trabajo publicado en Tu - cumán en 1963 (74)
declara que todos aquellos que firmaron actas constatando la posi-ción primaría
de los instrumentos obraron de buena fe; “todo lo que visualmente se podía
exigir fue satisfecho”, pero un hecho nuevo contribuyó a que nuestro científico
cambiara de opinión y esta prueba no proviene del campo geológico, ni
arqueológico sino del téc-nico, lo que no permitiría la sombra de ninguna duda
parcial afirmando Vignati: “El hecho al que asigno tan gran importancia es el
que deriva del enorme poder de plasticidad del
85
e l e m e n t o
pulverulento generalmente llamado “loess” y a su reestructuración capilar, fe -
nómeno que aún mismo puede producirse en terrenos no removidos”. Este dato
proviene, como lo cita Vignati, de un trabajo presentado por Alejo Kashirski a
la Segunda Reunión anual de caminos y publicado en La Plata en 1938, titulado
“El loess pampeano y sus propiedades desde el punto de vista técnico caminero”
. “Tal condición compactiva — sigue diciendo Vignati — explica sobradamente la
posibilidad de cualquier alteración del terreno, por circunscripta que sea, sin
dejar rastros exteriores que delaten la remoción y, subsi-guientemente, la
índole intrusiva de cualquier material que llegue hasta ahí por razones
fortuitas”.
“Ante tan
abrumadora posibilidad hay que reconocer que la objeción argüida una y otra vez
de la similitud de la industria “chapadmalense” con la de la superficie,, asume
de in-mediato un valor que no puede disimularse y que es bastante prolífica en
posibilidades” . Vignati termina afirmando: “Ahora el comportamiento físico del
limo pampeano suspende la acción y el valor testimonial de todas las
actuaciones realizadas y hace posible la tesis de una acción premeditadamente
dolosa” .
Recordemos también
la experiencia vivida por Guillermo Madrazo en Lobería, cuando des-cubrió que
material lítico que se encontraba concentrado en la capa humífera superior, a
veces se deslizaba por grietas naturales “filtrándose, junto con la tierra de color
oscuro de la superficie, hasta 1,30 m. o más adentro” . El mismo doctor Menghin
en las clases del Seminario de Prehistoria Americana dictado durante el año
1963 al cual fui concurren-te, al referirse a los hallazgos del chapadmalense
expuso la idea de que si no se acepta - ba que algunos de los objetos fueran
adulteraciones, se tendría que pensar que se estaba en presencia de capas
geológicas trastocadas o también podrían ser productos de grietas en el terreno
como sucedía, afirmaba, con el lems europeo .
Dejando de lado la
arqueología, nuevamente aparece la luz en investigaciones estricta-mente
geológicas y edafológicas . En primer lugar el Doctor Félix González Bonorino
en un trabajo referente a la arcilla y limo del pampeano (75) afirma que: “Una
peculiaridad de las areniscas y limos pospampeanos es su alto índice de
plasticidad atribuible a la natu - raleza montmorillonítica de la matriz
arcillosa” . Mario Teruggi en el apéndice aparecido al final de la obra de
Frenguelli “Loess y Limos Pampeanos” (76) al referirse a la composi-ción
mineralógica de los sedimentos pampeanos, dice que estos guardan una constancia
en la composición mineralógica. Los loess y limos pampeanos del cuaternario
bonaerense están constituidos por minerales semejantes, aunque en algunos casos
con pequeñas va - riaciones . Asimismo la mayor parte de la fracción limo, y la
casi totalidad de la escasa arcilla, a diferencia de la fracción arena, están
constituidas por un producto de alteración
86
q u e se lo
identifica como mineral proveniente del grupo de la montmorillonita,
conclu-yendo que las fracciones de limo y arcilla se han formado por la
acumulación de este ma-terial que proviene de depósitos piroclásticos
alterados, posiblemente de las zonas situa-das en el sudoeste, oeste y noroeste
de la región bonaerense .
Norberto Hein en su
trabajo presentado en la Quinta Reunión Argentina de la Ciencia del Suelo (77)
dice refiriéndose a las características físicas de algunos de los suelos del
Uru-guay: “El mineral de arcilla (montmorillonítica) por su gran superficie y la
estructura de retículo cristalino, tiene una gran capacidad de expansión y
contracción según el conteni-do de humedad . En épocas secas hay grietas de
hasta 3 cm. de ancho y más de 1 m. de profundidad. Estas grietas provocan un
desecamiento rápido del suelo y cortaduras de raíces. Estos suelos tienen una
alta capacidad de absorción de agua, pero una vez moja-dos, las grietas se
cierran y la infiltración se hace casi nula . También Teruggi confirma en el
trabajo mencionado anteriormente de que el mineral de que estamos hablando
con-fiere a los loess y limos pampeanos gran poder de absorción . Vemos, pues
que la idea expuesta por Madrazo que partió de una observación empírica de
campo, se ve respalda-da por la opinión de especialistas dedicados al estudio
de los suelos . Esto confirmaría que más de una pieza arqueológica se filtre a
profundidades de más de 1,30 m. Esta hipótesis no soluciona en su totalidad el
problema, pues solo se podría explicar la filtra - ción de objetos líticos
medianamente pequeños, no así piedras de boleadoras u otros ob-jetos de bulto.
Las ideas que
exponemos tienen la intención de señalar la necesidad de que se inicien en el
país nuevos estudios arqueológicos de pampa principalmente Provincia de Buenos
Ai-res, con un criterio interdisciplinario como ya lo está exigiendo una
arqueología sin tintes de omnipotencia o mera gloria personal.
87
CONSIDERACIONES FINALES
Como ya lo hemos
expuesto en otras páginas de esta misma obra cuando recordamos la primera
reunión nacional de la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales llevada a cabo
en la ciudad de Tucumán en el año 1916 es decir al poco tiempo de que Carlos
Ameghino y Luis María Torres comenzaran a dar a conocer sus trabajos sobre
Miramar, los científi-cos allí reunidos, luego de escuchar la comunicación del
primero de los nombrados con respecto al “hombre terciario en la Argentina”,
aprobaron una moción propuesta por el ingeniero Hermitte en la cual
consideraban “que los elementos actuales de juicio” no eran suficientes para
resolver el problema de la antigüedad de los terrenos donde aparecían restos
arqueológicos, aconsejándose nuevas investigaciones geológicas .
En la misma reunión
de 1924, la mayoría de los expositores propugnaron la utilización de distintos
métodos de estudios pues consideraban que cualquier conclusión a la que se
arribara con el uso unilateral de un método como por ejemplo el paleontológico
no se po-dría llegar a esclarecer el problema pues el mismo debería resolverse
con la concurrencia de distintos científicos que aportaran sus conocimientos
como ser: arqueólogos, geólo-gos, paleontólogos, especialistas en suelos,
clima, etc ..
Obermaier en 1932,
como lo recuerda Castellano, pedía que se realizaran nuevas exca-vaciones en el
interior de la zona de la playa de Miramar para “aclarar definitivamente las
condiciones todavía obscuras del yacimiento . ” El doctor Alberto Rex González
(78) afirma luego de analizar las bolas del yacimiento de Miramar, que la única
respuesta a este apasionante problema “la tendrían quienes investiguen en forma
intensa y metódica en el terreno investigaciones que son necesidad urgente de
nuestra ciencia”.
Jorge Lucas
Kraglievich en 1959 (79) demuestra a través de un exhaustivo trabajo que los
molares del supuesto hombre de Miramar pertenecían a un género extinguido de
peca-ríes pero aclara que queda por considerar todavía el significado de un
conjunto de obje-tos manufacturados del así llamado chapadmalense y cita los
elementos que se deben tomar en cuenta que son:
1) Su exacta ubicación
estratigráfica no siempre claramente determinable .
2) Su determinación
tipológica .
3) Su autenticidad, en
muchos casos puesta en tela de juicio .
88
S o s t i e n e
este científico, que “el problema debe ser reencarado por un equipo de
investi-gadores que examine objetivamente los dos ángulos, estratigráfico y
arqueológico por medio de nuevos estudios y excavaciones sistemáticas en los
sitios de los hallazgos; mientras tanto, me parece aventurado incorporar esta
evidencia altamente dudosa a es-quemas relativos a la antigüedad del hombre
americano” . También arriba a deducciones semejantes el doctor Juan Schobinger
(80) quien luego de una extensa crítica a un traba - jo de Rusconi, en el
epilogo del mismo establece: “otra conclusión que se impone es que las críticas
efectuadas a la antigüedad de los objetos de la costa atlántica no alcanzan a
dejarnos del todo tranquilos”, y cita el caso del fémur del Toxodonte .
(Kraglievich tam-bién lo considera como uno de los puntos no resueltos), como
también el problema de las boleadoras ya que las mismas según nuestro autor,
fueron extraídas personalmente por geólogos en situación posiblemente primaria
. Tampoco está claro para Schobinger lo que se refiere al yacimiento de Punta
Hermengo y recuerda ciertos hallazgos de instru-mental de hueso encontrados en
las provincias de Santa Fe y Córdoba que hablarían de cierta antigüedad de esos
instrumentos dentro del pleistoceno . Luego sugiere que cuanto antes sea
posible se deben realizar “excavaciones metódicas en Punta Hermengo y en la
zona de “Baliza Chica” y de la “Barranca Parodi” . en lo posible por
expediciones conjun-tas de varios Institutos especializados . También
convendría efectuar un nuevo reconoci-miento en Monte Hermoso”.
Con anterioridad a
los dos trabajos mencionados, una de las figuras pioneras en la ar - queología
argentina, que formó también parte de los primeros que trabajó en la costa
atlántica sur, Milcíades Vignati expresaba en una conferencia en homenaje al Dr
. Luís Ma - ría Torres, en su calidad de Académico de número en la Academia
Nacional de Historia
(81) , que ya había
pasado más de un cuarto de siglo de su intervención en los hallazgos de
artefactos en el chapadmalense recordando la campaña de dudas que estos
desperta - ron, valederas algunas, otras rayanas en la difamación . Ello hizo
que más de un investi-gador se retirara del campo de la discusión para
refugiarse en el estudio y en el trabajo silencioso de los laboratorios, tal
como lo hiciera el doctor Torres . Agrega Vignati: “Debo reconocer que la
actitud de Torres fue prudente al salvaguardar su posición oficial como
confieso, igualmente, que mi cautela en la descripción de los materiales no
alcanzó a su - perar la realidad”. Las cosas, dice nuestro autor, han cambiado
muchísimo puesto que los modernos estudios geológicos de las barrancas que se
extienden desde Mar del Plata a Miramar y Punta Hermengo han sido modernizadas
por lo que toda polémica en torno a los artefactos arqueológicos hallados en
las mismas es superfluo añadiendo: “Ello no obs - tante, me corresponde decir
que dudo haya habido engaño en el material proveniente del piso chapadmalense;
admito sí, la posibilidad que algunos de los objetos no hayan estado
89
e n situación
primaria, como, al mismo tiempo temo que no todo el ínstrumental prove-niente
de Punta Hermengo tenga origen indígena”.
En un trabajo
posterior de Vignati, aparecido en 1963 (82) recuerda la propuesta de Kei-del,
en la reunión de 1924, en la cual este científico afirmaba que faltaba mucho
que hacer antes de que se conozca realmente la formación pampeana, posición
ésta que con-cuerda con la del joven investigador Jorge Lucas Kraglievich quien
también había pro-puesto “de que se necesitan estudios geológicos regionales
detallados y articulados en un conjunto integral y no simplemente datos
parciales de la estructura geológica de un ya - cimiento aislado” . Estos
programas propuestos dice Vignati, se postergaron inevitable e indefinidamente
porque “en mi concepto la nueva tentativa, aunque plausible, no abarca en su
integridad la zona a estudiarse que, según entiendo, debe extenderse por el
oeste hasta Monte Hermoso e interiormente hasta sus engranajes serranos”
acotando que ya se pasó el tiempo para reticencias, debiéndose prescindir en
primer lugar de todo tipo de lealtad a teorías o doctrinas preestablecidas,
pues la prioridad número uno es conocer cuanto antes la verdad . El ejemplo lo
da el propio Vignati ya que al analizar la arqueolo - gía de punta Hermengo, en
la obra que estamos comentando expresa: “al tratarse de los artefactos del
entonces llamado chapadmalense, que se trata de una industria en todo similar a
la de los tiempos protohistóricos y que se encuentra en la superficie, la del
piso Ensenadense de Punta Hermengo es, en su casi totalidad, insólita y no
tengo ambages en considerarla intrusiva. Más todavía, así tomo reconozco que
hay piezas indudablemente auténticas las hay también evidentemente
fraudulentas” . Continúa su crítica diciendo que bastaría analizar en su
conjunto los instrumentos arqueológicos que son heterogéneos de morfología
moderna y manufactura adecuada al trabajo de huesos fósiles ya consolida-dos,
para que su inclusión a épocas geológicas remotas resulte grotesco; tampoco
existe un contexto industrial característico pues algunos objetos
corresponderían a pueblos de vida litoral y otros son propios de los habitantes
mediterráneos, afirmando: “Y todo, ése agregado es tan incongruente que llama
la atención que el señor profesor Menghin haya podido aceptarlo como bueno y
declararlo de edad epimiolitica . Ni su antigüedad, ni su morfología permiten
encuadrarlo en semejante categoría. Reconozco que, en realidad, en aquel
entonces, estaba equivocado no solamente en lo que era el nudo del asunto, sino
también, en el planteo del problema. Con estas líneas hago la enmienda honrada
de todas las conjeturas que ahora comprendo, carecían de la base real requerida
para esta clase de inferencias”.
Con estas palabras
cerramos un capítulo de la historia de la arqueología pampeana que comenzó en
los albores de nuestro siglo y que está esperando de nuestros investigadores
una nueva etapa en la que no pesen sobre la mente nombres ni esquemas
premeditados,
90
q u e no nos
dejemos confundir por seguir el hilo de nuestro propio pensamiento que a ve -
ces nos tiende la trampa de no dejar ver la realidad que nos circunda, tratando
de que ésta se amolde a nuestra esquema de trabajo . De lo que estamos diciendo
hay un hermo - so ejemplo que no se puede dejar de citar. Schobinger (83)
relata al tratar la antigüedad de los sedimentos pampeanos lo siguiente: “Lo
que no puede admitirse en este problema de la datación y correlación de los
sedimentos pliopleistocenos (y en esto estoy de acuerdo con Rusconi y
Castellano) son soluciones acomodaticias como la sugerida por Martínez del
Río”. Este autor en su tratado (84) aprueba que Frenguelli haya comprimido la
larga cronología de Ameghino colocando toda la formación pampeana dentro del
pleis - toceno, pero no conforme con esto Martínez del Río se pregunta si no
hubiese sido más conveniente comprimir más las series hasta hacerlas entrar en
la última glaciación y en los períodos recientes tan ricos en oscilaciones.
Schobinger acota: “La geocronología de-pende de algo más que del gusto y de las
conveniencias de los investigadores .
Pareciera entonces
que “todo es cuestión de apretar” Así mismo no creo en intenciones aviesas como
tampoco en olvidos voluntarios pero sí en esquemas rígidos que no permi-ten
actuar con la mínima objetividad que la ciencia exige . La Psicología de la forma
sos - tiene que la percepción es interesada y sea tal vez este mecanismo el que
impida a veces ver las cosas con claridad. Basado en las ideas expuestas es que
realizamos esta exégesis histórica, que debe tener errores, que se cometen al
querer sintetizar el pensamiento de tantas y meritorias figuras de nuestra
arqueología . “Nuestra intención es la de volver a las fuentes para encontrar
el camino. Todos aportaron ideas, todos trabajaron, en la bi - blioteca, en el
laboratorio, en el campo, pero todos alguna vez se equivocaron, fruto tal vez
de la soledad, del individualismo, del rencor. Lo bueno de la historia, cuando
se vuelve a las fuentes, es encontrar la posibilidad de evitar la omnipotencia
de creer que nuestro modesto aporte, pueda cerrar para siempre, como en este
caso, la discusión o la investigación sobre el origen del hombre pampeano, un
libro del cual tal vez estamos es-cribiendo recién el prólogo.
91
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