© Libro N° 13785. Marx, Engels
Y La Revolución De 1848. Claudín,
Fernando. Emancipación. Mayo 3 de 2025
Título Original: © Marx, Engels Y La Revolución De
1848. Fernando Claudín
Versión
Original: © Marx, Engels Y La
Revolución De 1848. Fernando Claudín
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://cristoraul.org/SPANISH/sala-de-lectura/Historia-universal/ClaudinFernando-MarxEngelsylaRevolucionde1848.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/e8/be/0c/e8be0c06f56be8161757bd18a8bfb33d.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
https://cristoraul.org/SPANISH/sala-de-lectura/Historia-universal/ClaudinFernando-MarxEngelsylaRevolucionde1848.pdf
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN
RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MARX, ENGELS Y LA
REVOLUCIÓN
DE 1848
Fernando Claudín
Marx, Engels
Y La Revolución
De 1848
Fernando
Claudín
Siglo XXI / Serie Historia
Fernando Claudín
Marx, Engels y la Revolución de 1848
En 1848 el fantasma del comunismo comenzaba su
andadura plantando batalla contra la religión, el poder de los opresores y los
explotadores capitalistas. En el breve lapso de un año, las revoluciones
estallaron en las principales capitales del Viejo Mundo reclamando un cambio
radical en el sistema que dignificara a los oprimidos y explotados, a los
desfavorecidos y a quienes vivían en los márgenes de la política. En este
contexto, Karl Marx y Friedrich Engels vislumbraron una Europa más justa y
social, y por ello participaron activamente en la formación de asociaciones y
en la configuración tanto de su discurso y como de su actividad.
Fernando Claudín, político, militante y una de las
mentes más lúcidas del siglo XX, desgranó en Marx, Engels y la Revolución de
1848 la correspondencia que Karl y Friedrich mantuvieron en esa época, El
manifiesto comunista y sus artículos en las revistas La Gaceta Renana y La
Nueva Gaceta Renana, para mostrar cómo fue el proceso revolucionario de 1848 y
cuál fue el papel desempeñado por dos de sus protagonistas. Claudín nos desvela
en estos testimonios y documentos el legado truncado de una Europa que pudo ser
y nos presenta la revolución como un horizonte de acción militante.
Fernando Claudín (1915-1990) fue un destacado
político e ideólogo comunista y socialista español. Exiliado tras la Guerra
Civil por su vinculación con el Partido Comunista de España, llegó a ocupar
puestos de responsabilidad en el Partido hasta que sus desavenencias
ideológicas con Santiago Carrillo, a la sazón secretario general, provocaron su
expulsión y la de Federico Sánchez (Jorge Semprún) en 1964. Tras la muerte de
Franco volvió a España y, desde 1980, dirigió la Fundación Pablo Iglesias del
Partido Socialista Obrero Español.
Claudín escribió, entre otras obras de pensamiento
e historia del socialismo, los siguientes libros: La crisis del movimiento
comunista. De la Komintern al Kominform (1970), Eurocomunismo y socialismo
(1977), Documentos de una divergencia comunista, Interrogantes ante la
izquierda (junto con Manuel Azcárate, 1978), ¿Crisis de los partidos políticos?
(et al., 1980) y La oposición en el «socialismo real»: Unión Soviética,
Hungría, Checoslovaquia, Polonia: 1953-1980 (1981). Marx, Engels y la
Revolución de 1848 fue publicado por primera vez en 1975.
Diseño de portada
RAG
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo
dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de
multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización
reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en
parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de
soporte.
Nota editorial:
Para la correcta visualización de este ebook se
recomienda no cambiar la tipografía original.
Nota a la edición digital:
Es posible que, por la propia naturaleza de la red,
algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean
accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las
referencias por fidelidad a la edición original.
© Herederos de Fernando Claudín, 2018
© Siglo XXI de España Editores, S. A., 1975, 2018
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.sigloxxieditores.com
ISBN: 978-84-323-1935-8
INTRODUCCIÓN
La Revolución de 1848 ha desempeñado un papel
relevante en la formación de la teoría política de Marx y Engels. Poco antes
habían elaborado los elementos básicos de la concepción materialista-dialéctica
de la historia, verdadera revolución teórica en el campo del pensamiento
filosófico y sociológico. Pero apenas llegados a conclusiones que estimaban
científicas en lo que respecta a la interpretación teórica del mundo social se
vieron en trance de utilizarlas para intervenir en su transformación práctica
por vía revolucionaria. La revolución que esperaban se puso en marcha antes de
que los primeros ejemplares de El manifiesto del Partido Comunista pudieran
salir de la imprenta de Londres, antes de que ese «partido comunista» fuera
algo más que una corriente ideológica mal definida en el movimiento obrero, a
la que justamente Marx se proponía aportar su nueva teoría revolucionaria.
Cierto, la Liga de los Comunistas acababa de hacer suya esta nueva teoría, pero
era una pequeña organización clandestina, formada principalmente por
obreros-artesanos alemanes emigrados en Londres, París y otras capitales
europeas, muy influidos todavía por unas u otras variantes del doctrinarismo
utópico. A poco de comenzar la Eevolución, Marx y Engels consideraron
conveniente suspender la actividad de la Liga como tal organización.
Iniciada en París, la Revolución se propaga como
reguero de pólvora a la mayor parte de la Europa continental, entre el
Atlántico y las fronteras rusas. En un primer momento parece que va a
extenderse a Inglaterra. Además de Francia, quedan envueltos en el torbellino
Prusia, Austria, Baviera, Sajonia y demás Estados de la Confederación
germánica; los territorios polacos ocupados por Prusia; Bohemia y Hungría, que
intentan desembarazarse del yugo austriaco, en particular la segunda, cuya
guerra nacional revolucionaria se prolongará durante un año; la Italia del
norte (Lombardía) ocupada por los austriacos y todos los Estados italianos:
reino de Cerdeña (Piamonte), Estados del papa, reino de Nápoles, etc. Es la
Revolución más europea de toda la historia de Europa. Dirigida, en primer
término, contra las monarquías absolutas o reaccionarias, contra el sistema de
la Santa Alianza y contra todas las supervivencias feudales, en general, tiene,
al mismo tiempo, un filo antiburgués reconocido por todos los protagonistas. El
miedo de las «fuerzas de la vieja Europa» al «fantasma del comunismo», que Marx
evoca en las primeras líneas de El manifiesto, se hace
virulento, porque el fantasma parece corporeizarse.
Los proletarios están en las primeras filas de los insurrectos de París y
Berlín, de Viena y Milán, y exigen algo más que sufragio universal. En junio de
1848 París es el escenario del primer gran combate de la historia entre
burguesía y proletariado por el poder político. La lucha de clases se despliega
netamente y se combina con las luchas de liberación nacional y los conflictos
entre las potencias, resultando un proceso revolucionario internacional de suma
complejidad. La recién nacida teoría de la revolución no podía encontrar piedra
de toque más exigente ni experiencia más apropiada para enriquecerse.
Habiéndose situado en Colonia, capital de Renania
–principal provincia industrial de Prusia–, Marx y Engels participan
directamente en la revolución alemana y siguen paso a paso el desarrollo de la
revolución en los otros países europeos. Tienen que abordar problemas nuevos o
solo tratados hasta entonces en un plano muy general; analizar al día una
situación compleja en rápida mutación; resolver cuestiones de estrategia y
táctica, de formas de lucha y de organización, con las que nunca se habían
enfrentado. Actúan en las organizaciones del Partido Demócrata y en las
asociaciones obreras. Pero el instrumento principal de su acción política es la
Nueva Gaceta Renana, el gran diario que fundan en Colonia, directamente
dirigido por Marx. Los doscientos treinta y tantos artículos de Marx y Engels
publicados durante un año en este primer periódico «marxista» de la historia
revisten gran interés, salvo excepciones, por más de un concepto. Como fuente
historiográfica de la revolución, como primer modelo de periodismo inspirado en
la concepción materialista de la historia y, sobre todo, como registro de las
nuevas ideas y análisis que el proceso de la Revolución inspira, sobre la
marcha, a los dos teóricos.
Los catorce meses de revolución alemana vividos en
Colonia constituyen la única experiencia de acción política directa, diaria,
sobre el terreno, en toda la existencia de Marx y Engels. A los que siguen dos
años y medio dedicados fundamentalmente al análisis retrospectivo, global, de
la Revolución, plasmado en Las luchas de clases en Francia, Revolución y
contrarrevolución en Alemania, El 18 Brumario de Luis Bonaparte y en otros
textos menos conocidos, especialmente los análisis de la situación europea e internacional
publicados a lo largo de 1850 en la Nueva Gaceta Renana (revista
económico-política), mensual editado por Marx después de la derrota de la
Revolución. En esos textos la concepción de la lucha de clases del periodo
anterior a El manifiesto y del mismo manifiesto, todavía muy general y
esquemática, se enriquece
considerablemente con el examen de nuevas facetas y
fenómenos. No hay dominio alguno de la teoría política de Marx en el que la
experiencia de 1848 no haya dejado huella profunda. Lenin lo señala en diversas
ocasiones, calificando de «momento central» de toda la actividad de Marx y
Engels su participación en la Revolución de 1848. «De ahí parten –escribe en
1907– para analizar los destinos del movimiento obrero y de la democracia en
una serie de países. A ese momento retornan siempre que se trata de definir, en
la forma más expresiva y depurada, la naturaleza interna de las diversas clases
y sus tendencias. Y bajo el prisma de aquella época revolucionaria apreciarán
ulteriormente los partidos y organizaciones, las tareas y conflictos políticos
de menor entidad»[1].
Sin embargo, son muy escasos en la historiografía
del marxismo los trabajos dedicados a este periodo de su desarrollo, como puede
verse en nuestro resumen bibliográfico. Se le dedica el correspondiente
capítulo en las biografías de Marx y Engels; se toca más o menos marginalmente
en los estudios históricos sobre la Revolución de 1848; y no hay investigación
marxista sobre el problema de las clases o del Estado que no recurra a Las
luchas de clases en Francia o a El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Pero a diferencia
del tema de la formación del marxismo en el periodo prerrevolucionario, que
cuenta con numerosas investigaciones y debates, el tema de su desarrollo bajo
el impacto de la revolución y la contrarrevolución en el periodo 1848-1851,
desde El manifiesto a El 18 Brumario, apenas ha suscitado estudios específicos.
En su mayor parte los artículos de Nueva Gaceta Renana y de Nueva Gaceta Renana
(revista económico-política) no son conocidos más que por un reducido círculo
de especialistas.
Con el presente trabajo nos proponemos contribuir
al conocimiento de ese importante segmento de la historia del marxismo en el
sentido, sobre todo, de proporcionar al lector un material documental que
facilite su reflexión independiente. Hemos procedido, con la mayor objetividad
posible, a la reconstrucción sintética del discurso y la acción tanto de Marx
como de Engels en la Revolución de 1848, o a propósito de la misma, situándolos
en el contexto histórico correspondiente, mostrando su articulación con el
curso concreto de la Revolución. Hemos tratado, por un lado, de evidenciar el
uso práctico que hacen de su teoría para analizar el proceso revolucionario,
orientarse en él y tratar de influenciarlo, y, por otro, el efecto que el
proceso revolucionario, en general, y su praxis política, en particular, tienen
en su elaboración teórica.
Pensamos que esta síntesis analítica puede servir
para la comprensión más exacta y crítica de conceptos y proposiciones de la
teoría política de Marx y
Engels que frecuentemente han sido utilizados de
modo dogmático y ahistórico. Por otra parte, pese a las diferencias radicales
entre el mundo y el capitalismo de 1848 y los actuales, no deja de ser
provechosa la reflexión sobre la primera revolución de dimensiones europeas en
la que se planteó abiertamente la lucha entre proletariado y burguesía, y con
la que se inició la parábola periférica descrita por los efectos
revolucionarios de las sucesivas crisis del sistema capitalista, mientras su
centro resistía y –durante toda una época– se fortalecía. Cierto, nada más
original e irrepetible que una revolución. Pero forzoso es constatar también
que una serie de fenómenos de gran relevancia parecen repetirse –aunque
siempre, claro está, con rasgos específicos– en las revoluciones habidas desde
entonces hasta hoy. Nada más peligroso para los actores de las nuevas
revoluciones que caer en el mimetismo de las anteriores, pero la ignorancia de
las experiencias históricas no puede facilitar la comprensión del presente. La
reflexión crítica sobre las precedentes revoluciones engendradas por el sistema
capitalista (incluidas las engendradas por las contradicciones entre el
desarrollo de este y las estructuras precapitalistas) no solo es necesaria para
captar los fenómenos repetitivos, sino para percibir plenamente la originalidad
de cada nueva revolución.
* * *
Siempre que ha sido posible hemos preferido
utilizar los textos mismos de Marx y Engels, sus pasajes más significativos, a
resumirlos por nuestra cuenta. La exposición pierde así en fluidez, pero gana
en rigor documental. Nos hemos esforzado también por estructurar la exposición
combinando el criterio cronológico y temático de manera que resulte la mayor
unidad y cohesión posibles en ambos aspectos, dando prioridad a uno y otro
según el carácter de cada una de las tres partes en que está dividida la obra.
En la primera, de carácter introductorio, dedicada a presentar una síntesis de
la teoría de la revolución de Marx a la hora de El manifiesto, predomina la
ordenación temática. La segunda, esencialmente histórico-descriptiva, está
regida, ante todo, por el curso de los acontecimientos, pero dentro de los
límites que permite esa sujeción cronológica hay un cierto agrupamiento
temático. En la tercera vuelve a predominar este criterio para mostrar el
análisis global de la Revolución a que llegan retrospectivamente los dos
revolucionarios, así como los elementos nuevos que introducen en su teoría
política.
[1] Obras,
4.a ed. rusa, t. 13, p. 22.
PRIMERA PARTE
TEORÍA, POLÍTICA Y PARTIDO A LA HORA DE EL
MANIFIESTO
EN 1844-1846 LA EVOLUCIÓN TEÓRICA Y POLÍTICA de
Marx y Engels llega a un punto crucial. Como dirá más tarde Engels, durante su
primer encuentro con Marx, en el verano de 1844, se reveló entre ambos «un
acuerdo completo en todos los dominios teóricos», y cuando en la primavera de
1845 volvieron a reunirse, Marx «había desarrollado ya, en líneas generales, su
teoría materialista de la historia y nos pusimos a elaborar en detalle y en las
más diversas direcciones la nueva concepción descubierta»[1]. Marx sintetizaría
en 1859 el «resultado general» a que había llegado catorce años atrás,
calificándolo de «hilo conductor» de sus investigaciones ulteriores[2]. El
«descubrimiento», dice Engels, «venía a revolucionar la ciencia de la
historia»; «Ahora, el comunismo de los franceses y de los alemanes y el
cartismo de los ingleses ya no aparecían como algo casual, que lo mismo habría
podido no existir, sino como un movimiento de la nueva clase oprimida, del
proletariado, como formas más o menos desarrolladas de su lucha históricamente
necesaria contra la clase dominante, contra la burguesía»; «Ahora, el comunismo
ya no consistía en extraer de la fantasía un ideal de la sociedad lo más
perfecto posible, sino en comprender el carácter, las condiciones y, como
consecuencia de ello, los objetivos generales de la lucha librada por el
proletariado»[3].
«A partir de ese momento –sigue explicando Engels–
estábamos obligados a razonar científicamente nuestros puntos de vista, pero
considerábamos igualmente importante para nosotros ganar al proletariado
europeo, empezando por el alemán, para nuestra doctrina»[4]. Las Tesis sobre
Feuerbach, La ideología alemana, Miseria de la filosofía y otros textos de
1845-1847, hasta El manifiesto comunista, constituyen el resultado concreto de
la labor de Marx y Engels en la primera dirección. En la segunda, los primeros
resultados fueron la
adhesión de los dirigentes de la Liga de los Justos
a las nuevas ideas y el ingreso en ella de Marx y Engels. Transformada en Liga
de los Comunistas por su congreso de junio de 1847, esta organización adopta
plenamente la teoría de Marx en el siguiente congreso (noviembre-diciembre
1847), encomendándole redactar su documento programático: El manifiesto del
Partido Comunista.
Mientras tanto, los signos premonitorios de una
crisis revolucionaria se acumulan sobre Europa. En la circular que la dirección
de la Liga de los Justos envía a sus organizaciones en febrero de 1847 se
anuncia la inminencia de «una revolución grandiosa, que probablemente decidirá
por un siglo los destinos de la humanidad»[5]. Marx y Engels consideran también
que la revolución se aproxima y siguen atentamente la evolución de la situación
política en los principales países europeos. El principal analista de la
coyuntura es Engels, pero es plausible suponer que sus juicios reflejen la
opinión de Marx. Sus artículos, publicados en The Northern Star, órgano central
de los cartistas, La Réforme, portavoz del ala izquierda de los demócratas
franceses, y Deutsche Brüsseler Zeitung, revista influida por Marx, ofrecen
gran interés en un doble aspecto: por ser las primeras aplicaciones del «hilo
conductor» al análisis de las situaciones políticas concretas y como fuente
inapreciable para el estudio de la génesis inmediata de las revoluciones de
1848.
Análisis de la coyuntura prerrevolucionaria,
formación de la Liga de los Comunistas y elaboración teórica van estrechamente
enlazados en la actividad de Marx y Engels durante 1847 y los dos primeros
meses de 1848, teniendo su resultado político-organizacional en el segundo
congreso de la Liga y su gran síntesis teórico-política en El manifiesto. Se ve
que quieren ser consecuentes con la decimoprimera tesis sobre Feuerbach: «Los
filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que
se trata es de transformarlo»[6].
Del conjunto de esa labor nos interesa extraer
ahora, en función de los objetivos del presente estudio, la teoría de la
revolución, la línea estratégica y táctica, la concepción de la clase y del
partido revolucionarios, las características principales de la Liga de los
Comunistas, el análisis de la coyuntura. Todos estos planos o niveles de
elaboración y de acción se dan estrechamente imbricados, condicionándose entre
sí, pero la necesidad de exponer de modo global y coherente, al mismo tiempo
que muy resumido, cada uno de ellos, nos obliga a considerarlos por separado,
con el riesgo de que quede oscurecida su interconexión. Pensamos que este
riesgo puede paliarse un tanto comenzando por el tema de la coyuntura política.
La coyuntura, en efecto, es el factor que
determina de manera más directa e imperiosa el modo
concreto en que la interconexión va produciéndose. La idea de que la revolución
se echa encima induce a intensificar los esfuerzos por organizarse, por
clarificar las opciones políticas, por definirse programáticamente. Acelera el
acuerdo entre Marx y Engels, por un lado, y los dirigentes de la Liga, por
otro; precipita el segundo congreso de esta, determina la urgencia de El
manifiesto e influye muy considerablemente en su contenido. El manifiesto no es
una simple exposición de doctrina –que ha sido la manera más corriente de
tratarlo, fuera de las circunstancias de tiempo y lugar–, sino la plataforma
programática y política de los comunistas con vistas a una revolución
específica, la revolución cuyo estallido consideraban inminente en unos países
y próximo en otros. El análisis de la coyuntura, además, es la manera más
directa de introducirnos en el contexto político y social general dentro del
cual se desarrolla la acción de Marx
y Engels.
[1] Engels,
Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas, texto escrito en 1885
como prefacio a la tercera edición del libro de Marx Revelaciones sobre el
proceso de los comunistas en Colonia. Incluido en las Obras Escogidas de Marx y
Engels, versión en castellano, en dos tomos, publicado por Akal, 2016. En
adelante citaremos esta edición por OE. La cita que hacemos aquí se encuentra
en el t. II, p. 363. No es necesario para el objeto de este estudio entrar en
la discusión abierta por Althusser sobre el tema del «corte epistemológico».
Partimos de que en el periodo que precede inmediatamente a la Revolución de
1848 Marx
y Engels están
en posesión ya, como dice Engels, de las «líneas generales» del materialismo
histórico.
[2] Marx,
Prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política, en OE, t. I,
pp. 373 y ss. La versión que Marx da del «resultado general» a que había
llegado en 1844-1846, dice así: «En la producción social de su vida, los
hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su
voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de
desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas
relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base
real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que
corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de
la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual
en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por
el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una
determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la
sociedad chocan con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más
que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de
las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las
fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre
así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se
revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida
sobre ella. Cuando se estudian estas revoluciones, hay que distinguir siempre
entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de
producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias
naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o
filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres
adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo
modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no
podemos juzgar tampoco a estas épocas de revolución por su conciencia, sino
que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las
contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las
fuerzas productivas sociales y las
relaciones de producción. Ninguna formación social
desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben
dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción
antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el
seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre
únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas,
vemos siempre que estos objetivos brotan cuando ya se dan o, por lo menos, se
están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes
rasgos, podemos designar como otras tantas épocas de progreso, en la formación
económica de la sociedad, el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal
y el moderno burgués. Las relaciones burguesas de producción son la última
forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido
de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las
condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas
que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo,
las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta
formación social se cierra, por tanto, la prehistoria de la sociedad humana.»
Si se repasa La ideología alemana se comprueba, en
efecto, que lo esencial de estas ideas se encuentra ya allí, pero aquí, en el
«resumen» de 1859, están formuladas con mayor rigor conceptual, con una serie
de precisiones terminológicas, que reflejan un enriquecimiento del contenido.
En el mismo Prólogo, Marx escribe: «Friedrich
Engels, con el que yo mantenía un constante intercambio escrito de ideas desde
la publicación de su genial bosquejo sobre la crítica de las categorías
económicas (en los Anales franco-prusianos), había llegado por distinto camino
(véase su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra) al mismo
resultado que yo». El «bosquejo» al que se refiere Marx es el Esbozo de crítica
de la economía política escrito por Engels entre finales de 1843 y enero de
1844. Versión española en la recopilación Escritos económicos varios de Marx y
Engels, Grijalbo, México, 1966.
[3] Engels,
Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas, OE, t. II, p. 363.
[4] Ibid.,
p. 364.
[5] Esta
circular está incluida en Soius Kommunistov (Liga de los Comunistas), Ed. Misl,
Moscú, 1964. Soius Kommunistov es la recopilación más importante de documentos
de la Liga publicada hasta la fecha. Nuestra cita se encuentra en la p. 130.
[6] «Tesis
sobre Feuerbach», en Marx y Engels, La ideología alemana, Madrid, Akal, 2014,
p. 502.
I. ANÁLISIS DE LA COYUNTURA
Al finalizar la década de los cuarenta del siglo
XIX, Alemania es el país donde la revolución parece más inminente, no solo a
los comunistas alemanes, sino a la generalidad de los observadores políticos
europeos. Desde la insurrección de los tejedores silesianos (en el verano de
1844) –que tan profundo impacto tuvo en la evolución política y teórica del
joven Marx– la situación general de Alemania no cesa, en efecto, de degradarse.
Empeora bruscamente con las desastrosas cosechas de 1844-1845 y la enfermedad
de la patata (alimento básico, junto con el pan, de la población laboriosa) en
1845-1846; se agrava aún más bajo los efectos que tiene en el continente la
crisis económica inglesa de 1847. Escasez y carestía, hambre y epidemias (solo
en Silesia la de tifus causa 16.000 defunciones), cierre de empresas y paro
masivo acaban por exasperar los ánimos. Desde el verano de 1846 se suceden los
«desórdenes». En agosto de ese año el pueblo de Colonia se enfrenta con la
guarnición prusiana y en abril de 1847 el de Berlín asalta panaderías y
carnicerías. Interviene la tropa. Surgen barricadas. Motines semejantes
estallan en Ulm, Stuttgart y otras ciudades alemanas. Los portavoces de la
pequeña burguesía artesanal –clase en plena decadencia económica pero muy
importante aún como masa social– exigen en las Dietas que los recursos
existentes sean redistribuidos en favor de las pequeñas empresas, pero al mismo
tiempo los representantes de la industria, de la clase ascendente, exigen que
el Estado concentre sus medios en sostener las fábricas amenazadas. Las masas
laboriosas –artesanos en vías de proletarización, obreros de las primeras
industrias modernas, campesinos sometidos aún, en muchas regiones, a los
vínculos y cargas feudales, una enorme legión de parados e indigentes– no
cuentan con representación alguna en las Dietas: su único lugar de expresión es
la calle; su arma, el motín.
Por fin, esta «sociedad civil» alemana, cuya
pasividad tanto había decepcionado y exasperado al grupo intelectual de los
jóvenes hegelianos, «entra en danza», como gustaba decir Marx. Y encuentra sus
jefes políticos en los escritores y profesores universitarios. Ilusiones de un
pueblo políticamente virgen y fraseología de una casta profesional a mil leguas
de las masas trabajadoras parecen conjugarse admirablemente.
Todas las contradicciones de clase se crispan:
burguesía y proletariado, burguesía y artesanía, burguesía y nobleza,
campesinado y nobleza. En primer
plano, condicionando todos los otros antagonismos,
se sitúa el antagonismo entre el conjunto de clases y capas sociales que
constituyen entonces el «pueblo» – desde los obreros, artesanos y campesinos
hasta la burguesía– y el régimen monárquico absolutista, cuyos principales
instrumentos son el Ejército, la policía y la famosa burocracia prusiana. A la
cabeza del conglomerado antiabsolutista aparece, con papel indiscutiblemente
hegemónico –constata Engels–, la burguesía liberal. La clase obrera propiamente
dicha no representa aún más que un pequeño porcentaje de la población. En el
proletariado predomina el artesanado pobre, en trance de proletarización[1].
La burguesía liberal persigue fundamentalmente dos
objetivos que en el fondo hacen uno: instaurar una monarquía constitucional que
les abra acceso al poder político y encontrar una vía de paso a esa monarquía
que evite la revolución. Su modelo no es Francia, ni siquiera la Francia de
Luis Felipe, sino Inglaterra. En la monarquía inglesa la burguesía alemana ve
un sabio y fecundo compromiso entre la tradición y la modernidad, entre la
aristocracia y la burguesía. Lo que más teme es la revolución, esa revolución
de la que hablan los informes confidenciales de los funcionarios prusianos y la
correspondencia de los hombres de negocios[2]. Teme la revolución tipo 1789,
pero ahora con un nuevo actor: ese proletariado que en Renania y en Silesia, en
Berlín y en Hamburgo, comienza a ser una realidad amenazante, pese a la
debilidad que aún le caracteriza, como la revolución pondrá en evidencia. Pero
esta evidencia no lo es todavía, y la burguesía alemana tiene ya el inquietante
precedente de la insurrección silesiana. Llegar a la monarquía constitucional,
sí, pero a través del entendimiento con los monarcas. Sin ruptura que pueda
abrir una brecha por donde irrumpa la revolución.
En Prusia, la ocasión propicia parece presentarse
en los primeros meses de 1847. Federico Guillermo IV necesita dinero y, para
salir del paso, se ve obligado a solicitar un importante empréstito que solo
puede cubrirse si la burguesía acepta. A cambio de su dinero el rey le ofrece
la institucionalización de la Dieta Unida, especie de Constitución vergonzante,
con la que en realidad trata de escamotear la aspiración constitucional de la
burguesía. Engels comenta el acontecimiento en un importante artículo de
febrero de 1847. Prevé que la burguesía no se prestará a la maniobra y el rey
no logrará otra cosa que abrir el proceso revolucionario. Se está, dice, ante
el 1789 alemán (sugiere un paralelo entre la convocatoria de la Dieta Unida y
la de los Estados Generales por Luis XVI). Y hace el siguiente análisis del
proceso que ha conducido a esa situación:
«La
forma de gobierno
existente hasta ahora
estuvo condicionada por la
relación de fuerzas creada entre la nobleza y la
burguesía prusianas. La nobleza perdió hasta tal punto su anterior poderío, su
riqueza y su influencia, que ya no podía subordinarse el rey, como antes
ocurría. La burguesía no era suficientemente fuerte para sacudirse el fardo
muerto que entorpecía su desarrollo comercial e industrial: la nobleza. Así es
cómo el rey, representante del poder central en el Estado, y mantenido por la
pletórica clase de funcionarios públicos, civiles y militares, disponiendo además
del Ejército, pudo mantener sometida a la burguesía con ayuda de la nobleza y a
la nobleza con ayuda de la burguesía, complaciendo ora los intereses de una,
ora los intereses de la otra, y equilibrando, en la medida de lo posible, la
influencia de ambas. La monarquía absoluta pasó por esta fase en casi todos los
Estados civilizados de Europa, pero en los más desarrollados ha cedido ya la
plaza al gobierno de la burguesía.» Durante los últimos decenios, prosigue
Engels, la burguesía prusiana «incrementó considerablemente sus riquezas,
desarrolló las fuerzas productivas y fortaleció, en general, su influencia».
Paralelamente –resumimos la continuación del análisis de Engels– fue tomando
cuerpo su movimiento político, teniendo como principales objetivos el régimen
representativo, la libertad de prensa, la independencia de la justicia y
(Engels no lo dice aquí pero sí en otros textos de esos meses) la unificación
de Alemania[3]. El campesinado, o al menos su parte más esclarecida, comprendió
que esas medidas convenían a sus intereses porque facilitarían su liberación de
las supervivencias feudales. La parte más pobre de la nobleza, que sufría sobre
todo de la escasez de mercado para sus productos, vio también con buenos ojos
esos proyectos de reformas. Por otra parte, la terrible competencia de la
poderosa industria de Inglaterra y, finalmente, los efectos de la crisis
cíclica de la economía inglesa han puesto a la burguesía prusiana en una
situación particularmente difícil, al mismo tiempo que empeoran las condiciones
de vida de las masas populares. Es evidente, por tanto –concluye Engels–, que
«ha llegado el momento para la burguesía de arrebatar la dirección del país a
un rey imbécil, una nobleza impotente y una burocracia arrogante»[4].
Poco después (marzo-abril 1847) Engels subraya
fuertemente, en un estudio que no llegó a publicarse, el papel hegemónico de la
burguesía alemana, pese a su debilidad relativa respecto a la francesa y, sobre
todo, la inglesa: «La burguesía es la única clase de Alemania que ha
familiarizado con sus intereses y agrupado bajo sus banderas la mayor parte de
los empresarios agrarios, de los pequeños burgueses, de los campesinos y
obreros, e incluso de cierta parte de la nobleza. El partido de la burguesía es
el único partido en Alemania que sabe
concretamente lo que debe instaurar en lugar del
statu quo existente». Y a continuación indica que el componente determinante de
la burguesía son ya los fabricantes[5]. En el artículo de febrero plantea que
aunque la «constitución» otorgada por el rey «sea insignificante en sí misma,
abre de todas maneras una nueva época en Prusia e incluso en toda Alemania.
Significa la caída del absolutismo y de la nobleza, la llegada al poder de la
burguesía; inaugura el movimiento que llevará rápidamente a la instauración del
régimen representativo para la burguesía, a la introducción de la libertad de
prensa y de jueces independientes, así como al jurado, y es difícil decir en
qué terminará este movimiento. Representa la repetición de 1789 en Prusia».
Engels se refiere asimismo al curso ulterior que puede tener esta revolución
burguesa y al problema de la táctica del proletariado en ella, pero estos
aspectos los consideraremos más adelante.
La burguesía acude a la Dieta Unida (se inaugura el
11 de abril de 1847) y, según había previsto Engels, se niega a votar el
empréstito si el rey no se compromete a la instauración de un verdadero régimen
representativo (verdadero en lo que respecta a la representación de la
burguesía). El rey resiste y en junio se llega, de hecho, a la ruptura. La
asamblea es disuelta por el rey y se cierra la vía pacífica legal hacia la
transformación de Prusia en Estado constitucional[6].
En el segundo semestre de 1847 la oposición de la
burguesía liberal se radicaliza y, paralelamente, cobra cuerpo e impulso el
movimiento político de la pequeña burguesía, el «partido demócrata», cuya
fracción de izquierda levanta la bandera de la república[7]. A primeros de
enero de 1848 Engels diagnostica que no hay posibilidad de compromiso entre la
corona y la burguesía. Alemania, dice, va ineluctablemente hacia la revolución
burguesa[8]. Su inminencia será anunciada en El manifiesto y se confirmará antes
de que el famoso documento llegue a Alemania.
* * *
En Francia la situación no parecía tan explosiva a
primera vista, pero la crisis agraria –de características similares a la
alemana; se trataba, en realidad, de una crisis agraria europea–, junto con los
efectos de la crisis económica inglesa (más acentuados que en Alemania por el
mayor desarrollo capitalista de Francia), dan lugar también al empeoramiento
brusco de las condiciones de vida de las masas y el conjunto de estos factores
repercute, agravándolas, en las contradicciones
internas de la burguesía. Francia conoce su ola de
«motines del pan». En numerosos lugares las panaderías son asaltadas al grito
de «¡Abajo Luis Felipe!»[9]. Como si la cosa estuviera orquestada por el viejo
topo, la crisis de subsistencias coincide con una espectacular crisis de
prestigio del régimen. Uno tras otro estallan grandes escándalos en los
círculos de la alta burguesía y de la aristocracia próximos al trono. La
corrupción de las alturas aparece como una provocación insolente al hambre de
los de abajo. Pero en Francia, a diferencia de Alemania, no existe ya
contradicción importante entre el conjunto social formado por la burguesía y
las clases populares, de un lado, y las supervivencias del Antiguo Régimen, de
otro. Si la Restauración había resucitado algunos aspectos secundarios del
pasado barrido por la Gran Revolución, la Revolución de julio (1830) no había
dejado en pie más que la fachada monárquica. Bajo Luis Felipe, constata Engels,
la dominación de la burguesía es total, pero el gobierno está monopolizado por
los altos financieros y especuladores. Apoyada en un sistema electoral
censatario muy restrictivo, esa fracción de la burguesía excluye del mecanismo
legal de acceso al poder político no solo a la gran masa pequeñoburguesa –sin
hablar ya del proletariado y los campesinos–, sino incluso a grupos importantes
de la burguesía, en especial a la burguesía industrial, agente de las fuerzas
productivas ascendentes. La aristocracia financiera no solo se lleva la parte
del león en la explotación de las masas, incluido algo de lo que
«legítimamente» corresponde a las otras fracciones burguesas, sino que su
monopolio del poder constituye, por lo que acabamos de decir, un obstáculo al
desarrollo de las fuerzas productivas. Y es un peligro, también, para el
conjunto de la burguesía, porque estrecha la base social de su dominación.
Debido a este conjunto de circunstancias, la
contradicción que se pone en el primer plano de la escena política francesa es
el antagonismo entre aristocracia financiera y burguesía industrial.
Antagonismo que, de por sí, no era de naturaleza revolucionaria, y ninguna de
las fracciones burguesas en pugna se propone una solución revolucionaria. Al
contrario, es lo que tratan de evitar a toda costa. Pero por la grieta que ese
antagonismo produce se abren paso otras contradicciones: entre el poder de los
grandes financieros y la masa de pequeños propietarios campesinos, parcelarios,
agobiados por los impuestos y las hipotecas; entre el proceso de
industrialización y la economía artesanal, aún muy considerable, y, sobre todo,
la contradicción entre burguesía y proletariado, que en Francia tenía ya una
entidad muy superior a la que revestía en Alemania. Las sucesivas huelgas e
intentonas insurreccionales que jalonan los dos decenios de monarquía
orleanista lo habían revelado suficientemente[10]. Francia contaba,
además, con una particularidad única en la Europa
de aquel tiempo: su centro político estatal, donde se decidía la cuestión del
poder –al menos en «primera instancia»–, era al mismo tiempo su centro
revolucionario por excelencia, y en el curso de la década de los cuarenta ese
centro revolucionario se proletariza masivamente, si bien en la masa proletaria
predominan los obreros de las pequeñas empresas y los artesanos en vías de
proletarización. París, dice Engels, es un volcán en plena ebullición.
La agudización de la lucha de clases se traduce, a
nivel político, en la reactivación de las sociedades obreras secretas, de
diversas tendencias, con predominio de la neobabuvista; en la rápida progresión
del partido de la pequeña burguesía (y de una débil fracción burguesa
republicana), cuyos portavoces en la prensa, Le National y La Réforme,
representan, respectivamente, el ala moderada y el ala radical (incluyendo esta
segunda –indica Engels– numerosos obreros y comunistas); se traduce,
finalmente, en la acción más decidida de la misma oposición parlamentaria, pese
a su reaccionarismo. Esta oposición parlamentaria, representativa de la mayoría
de la burguesía, toda ella monárquica, es quien toma la iniciativa de la
llamada «campaña de los banquetes» por la «reforma», que desembocará, con gran
consternación de sus promotores, en la revolución.
La reforma, bajo cuya bandera se agrupan en una
primera fase todas las fracciones de la burguesía no gubernamental e incluso
los demócratas pequeñoburgueses, es la reforma electoral. El problema de
régimen –monarquía o república– no se plantea formalmente, pero está latente y
tiende, cada vez más, a salir a la superficie, como demuestra Engels en sus
minuciosos análisis de la campaña de los «banquetes». En estos artículos
examina cada matiz, cada divergencia, siguiendo paso a paso el proceso de
diferenciación entre la oposición burguesa interna al sistema y la fracción
centrista, entre ambas y el partido demócrata, y, dentro de este, entre el ala
derecha (Le National) y el ala izquierda (La Réforme). En un artículo de junio
de 1847 sintetiza el fondo del problema político diciendo que para encontrar un
nuevo equipo gubernamental hay que modificar el sistema electoral, puesto que
con el sistema vigente saldrá siempre un gobierno parecido al de Guizot. Pero
ese tipo de gobierno no puede afrontar ya la presión de la opinión pública.
«Tal es –concluye– el círculo vicioso del sistema actual. Sin embargo, no es
posible seguir así. La única solución es reformar el sistema electoral, lo cual
significa dar acceso al voto a los pequeños empresarios y esto, en Francia, es
el “principio del fin”. Rothschild y Luis Felipe comprenden perfectamente que
la inclusión de la pequeña burguesía en el círculo de electores no tiene más
que una significación:
¡República!»[11].
Mes y medio antes de la insurrección de París,
Engels pone de relieve un fenómeno que la historia de las revoluciones registra
frecuentemente: los monopolizadores del sistema obedecen a una «lógica» que les
conduce al inmovilismo y facilita su caída. «Si el pueblo está satisfecho
–razonan– quiere decirse que no hay por qué modificar el sistema existente. Si
no está satisfecho, razón de más para aferrarse al sistema, porque la más
ligera concesión provocaría la explosión revolucionaria con todos sus horrores»[12].
En otro artículo (en noviembre de 1847) se refiere al movimiento obrero
francés, señalando que, aunque menos visible que el movimiento político de la
burguesía, progresa en profundidad. «Los obreros de aquí –Engels escribe en
París– perciben, con más sensibilidad que nunca, la necesidad de la revolución,
y además de una revolución mucho más fundamental y radical que la primera (la
de 1789). Pero la experiencia de 1830 les ha enseñado que no basta con batirse
en la calle; que una vez derrotado el enemigo hay que aplicar medidas para
asegurar la victoria, para quebrantar el poderío del capital, no solo
políticamente, sino socialmente, y asegurar a los obreros, junto con el poder
político, el bienestar social»[13].
* * *
La insurrección polaca de febrero-marzo de 1846,
pese a su rápido aplastamiento por las tropas de Metternich; la victoria de los
cantones democráticos sobre los clericales, en la guerra civil suiza de
octubre-noviembre de 1847; la victoria de los liberales en las elecciones
belgas de 1847 y, sobre todo, la agitación de carácter insurreccional que van
ganando los Estados italianos desde el verano de 1847 contra el yugo austriaco
y sus cómplices locales, se suman a la evolución política de Alemania y Francia
para ofrecer un cuadro de conjunto que presagia –los contemporáneos con
preocupaciones políticas son conscientes de ello– la aproximación de una nueva
crisis revolucionaria europea. La opinión ilustrada era sensible al problema
porque en medio siglo se habían sucedido varias crisis de este género. Estaba
muy fresca la de 1830 y no se había borrado el recuerdo de la Gran Revolución,
ni el de las guerras revolucionarias y napoleónicas.
En los acontecimientos italianos de la segunda
mitad de 1847 y enero de 1848, así como en la insurrección polaca de 1846[14],
se prefigura uno de los componentes principales de las revoluciones de 1848:
los movimientos
patrióticos de liberación nacional. Italianos,
húngaros y checos contra el yugo austriaco; polacos contra el yugo
ruso-austriaco-prusiano; irlandeses contra el yugo inglés. Los italianos y
alemanes luchan también por la creación de un Estado nacional unificado, al
cual se oponen las principales potencias de la hora: Inglaterra, Francia, Rusia
y Austria. El protagonista de esos movimientos de liberación y unificación
nacionales es la burguesía, más o menos desarrollada, según el país. Bajo el
modo romántico y la retórica grandilocuente con que se expresaban entonces las
reivindicaciones nacionales se escondían los muy prosaicos intereses económicos
de esta clase, necesitada de su mercado nacional y de su estado nacional. Pero
las masas populares estaban también vitalmente interesadas en la liberación
nacional. Los análisis de Engels incluyen este factor en el conjunto del
proceso que lleva hacia la revolución europea.
Todo el sistema de regímenes reaccionarios y de
relaciones internacionales opresivas instaurado por el Congreso de Viena de
1815, el sistema de la Santa Alianza, se sentía amenazado[15]. Sus principales
representantes y beneficiarios eran plenamente conscientes del peligro, como
demuestra, entre otros documentos, la correspondencia secreta de Nicolás I. En
carta del 18 de enero de 1848 le dice al rey de Prusia que se aproximan
ineluctablemente «terribles desgracias» y solo «acciones», no «palabras», pueden
salvar a Europa. Acoge favorablemente la propuesta de Metternich de crear en
Viena, con representantes de Austria, Prusia y Rusia, un organismo especial
encargado de seguir al día el desarrollo de los acontecimientos europeos. Y en
un documento sobre la situación internacional, de ese mismo mes de enero de
1848, el zar se declara presto a intervenir en los asuntos alemanes en caso de
revolución: «[…] en nombre de nuestros intereses es preciso intervenir con
decisión contra el mal, el cual nos amenazaría a nosotros mismos, y unir bajo
nuestras banderas todos los que permanezcan fieles al orden. Este papel le
conviene a Rusia, yo lo asumo y con ayuda de Dios saldré al encuentro del
peligro invocando la justicia y rogando a Dios»[16].
Al analizar la evolución política europea Engels se
refiere frecuentemente al aspecto internacional de la crisis en gestación. «La
conquista del poder político por la burguesía prusiana –dice en uno de sus
artículos– cambiará la situación política en el conjunto de los países
europeos. Se vendrá abajo la alianza de los Estados nórdicos. Austria y Rusia,
principales opresores de Polonia, quedarán totalmente aislados […]. El paso de
las tres cuartas partes de Alemania desde el campo de la inerte Europa oriental
al de la dinámica Europa occidental modificará radicalmente la relación de
fuerzas en Europa»[17].
* * *
Pero si Marx y Engels «fijan su principal atención
en Alemania» –como dirán en El manifiesto comunista–, si siguen con la máxima
atención la evolución de la política francesa, si no pierden de vista lo que
ocurre en Italia y en todo el espacio continental, piensan, no obstante, que el
escenario donde ha de librarse la batalla decisiva –decisiva desde el punto de
vista de los intereses del proletariado y de los pueblos europeos– será
Inglaterra. «En comparación con otros países –declara Marx en el mitin internacional
de Londres (29 de noviembre de 1847) conmemorativo de la insurrección polaca de
1830– Inglaterra es el país donde el antagonismo entre proletariado y burguesía
ha alcanzado mayor desarrollo. Por esta razón, la victoria de los proletarios
ingleses sobre la burguesía inglesa tiene importancia decisiva para la victoria
de todos los oprimidos sobre los opresores. De ahí que a Polonia hay que
liberarla en Inglaterra, no en Polonia. Por eso vosotros, cartistas, no debéis
limitaros a expresar nobles sentimientos sobre la liberación de las naciones.
Destruid vuestros enemigos interiores y entonces podréis estar legítimamente
orgullosos de haber destruido toda la vieja sociedad.» «Yo opino lo mismo –dice
Engels–, el primer golpe decisivo que llevará a la victoria de la democracia, a
la liberación de todos los países europeos, será asestado por los cartistas
ingleses […]. La aristocracia ya no posee ningún poder en Inglaterra, solo
domina la burguesía, llevando a remolque la aristocracia. Pero a la burguesía se
opone toda la gran masa del pueblo, unida en una temida falange, cuya victoria
sobre los capitalistas dominantes se aproxima cada día»[18].
Marx y Engels albergan grandes esperanzas en una
victoria próxima de la principal reivindicación cartista: los plenos derechos
electorales para el proletariado. Ya en julio de 1846, a raíz de la abolición
de las leyes cerealistas, consideraban que «la gran lucha entre el capital y el
trabajo, entre el burgués y el proletario, debe entrar en la fase decisiva». La
conquista de la principal exigencia de la clase obrera –«transformación
democrática de la Constitución sobre la base de la Carta del Pueblo»– significará,
dicen, que «la clase obrera se convierta en la clase dirigente de
Inglaterra»[19]. (En 1841 Inglaterra contaba ya con 3.800.000 obreros, el 34
por 100 de la población activa; en 1851 las cifras son, respectivamente,
4.800.000 y 37,6 por 100[20].)
En diversos artículos de 1847 dedicados a la
coyuntura política inglesa, Engels considera que la crisis económica «supera
por su profundidad todas las precedentes», suscita extraordinario descontento
en los trabajadores y va
acompañada de la reactivación del movimiento
cartista. Este sale de la relativa postración en que había caído después de la
dura derrota sufrida por la gran huelga insurreccional de 1842. Las elecciones
parlamentarias de 1847 marcan un neto desplazamiento de la opinión hacia la
izquierda y, pese al sistema electoral antiobrero, O’Connor, principal líder
cartista, irlandés, es elegido diputado. Por otra parte, la crisis agraria crea
una situación dramática en Irlanda, exasperando la lucha de liberación nacional.
El gobernador inglés adopta medidas de excepción. Engels considera posible que
el movimiento de liberación irlandés y el movimiento cartista conjuguen sus
esfuerzos contra el enemigo común, la burguesía inglesa. Comentando un
llamamiento de O’Connor al pueblo de Irlanda, Engels escribe en los primeros
días de enero de 1848: «No hay la más mínima duda de que ahora las masas del
pueblo irlandés cerrarán filas, cada vez más estrechamente, con los cartistas
ingleses y actuarán junto con ellos según un plan común. Gracias a esto la
victoria de los demócratas ingleses y la liberación de Irlanda llegarán mucho
antes»[21].
* * *
Al final del más importante artículo de Engels
sobre la coyuntura prerrevolucionaria europea, escrito en enero de 1848, se
constata que 1847 ha sido «un gran año para la burguesía». Pero Engels ve en
los éxitos de la burguesía la antesala de su hundimiento. Los señores burgueses
–viene a decir– se hacen ilusiones, «creen verdaderamente que trabajan para
ellos», «son suficientemente cortos de alcance como para pensar que al vencer
ellos el mundo adquiere su fisionomía definitiva y, sin embargo, es clarísimo que
en todas partes no hacen más que abrir el camino a nosotros, demócratas y
comunistas». Y Engels no se refiere a una perspectiva lejana: «solo ganan, todo
lo más, unos cuantos años de ventura repletos de alarmas, para enseguida ser
derrocados a su vez. Por doquier, tras los burgueses está el proletariado, a
veces compartiendo sus aspiraciones y en parte sus ilusiones, como sucede en
Italia y en Suiza; o silencioso y vigilante, preparando paso a paso el
derrocamiento del régimen burgués, como en Francia y Alemania; o, finalmente,
como en Inglaterra y en América (del Norte), en abierta sublevación contra la
burguesía dominante […]. Por tanto, ¡proseguid resueltamente vuestra acción,
excelentísimos señores del capital! Por ahora os necesitamos; en algunos sitios
necesitamos aún de vuestra dominación. Debéis barrer de nuestro camino el
patriarcalismo, llevar a cabo la centralización, convertir todas las clases más
o menos poseyentes en verdaderos
proletarios, nuestros reclutas. Con ayuda de
vuestras fábricas y redes comerciales debéis crear para nosotros la base de
medios materiales que el proletariado necesita para emanciparse. Y en
recompensa por ello recibís el poder por un corto plazo»[22].
En resumen, de todos los análisis de la coyuntura
que hace Engels en 1847 se desprende, más o menos explícitamente, el supuesto
de la proximidad de la revolución proletaria en los países más desarrollados de
Europa: a continuación de un breve periodo de dominación burguesa, en el caso
alemán; de la fugaz victoria de una fracción burguesa sobre otra, en el caso
francés, y de la batalla directa entre proletariado y burguesía en el caso
inglés. En un documento más fundamental, escrito en el otoño de 1847, como es
su proyecto de programa de la Liga de los Comunistas (conocido bajo el título
de Principios del comunismo o Catecismo comunista), Engels reitera muy
claramente esa previsión: «la revolución del proletariado se avecina según
todos los indicios»[23].
Como veremos ahora, El manifiesto comunista trata
de fundamentar teóricamente este diagnóstico. El manifiesto no contiene solo la
teoría de la revolución proletaria, en general; contiene también la tesis de
que la dominación de la burguesía ha llegado al límite de sus posibilidades
históricas en el Occidente europeo y la revolución proletaria está allí al
orden del día.
[1] Según
los datos del historiador germanista francés Jacques Droz, en su gran obra
sobre las revoluciones alemanas de 1848, los obreros de fábrica constituían
aproximadamente en esa época el 4 por 100 de la población total de Alemania. En
Prusia había, en 1846: 551.000 obreros de fábrica, distribuidos en 78.000
empresas; 457.000 maestros-artesanos y 385.000 oficiales-artesanos. En Sajonia,
258.000 obreros de fábrica, y en Baviera, 177.000. Eran contadas las fábricas
con más de 100 obreros. Krupp, en Essen, empleaba 140 obreros. La fábrica
Borsing, de Berlín, con 1.200 obreros, constituía una excepción. (Véase J.
Droz, Les revolutions allemands de 1848, Presses Universitaires de France,
1957, pp. 83-84.)
[2] Droz,
op. cit., p. 112.
[3] Desde
1815 Alemania constituía una Confederación germánica con 39 estados: el Imperio
austriaco, el reino de Prusia, los reinos de Hannover, Sajonia, Baviera y
Wurtemberg, más 29 grandes ducados y principados y 4 ciudades libres. El solo
órgano común, la Dieta confederal, tenía su sede en Fráncfort, bajo la
presidencia de Austria. Era una asamblea de plenipotenciarios que representaban
a los soberanos, no una asamblea elegida. En la práctica sus poderes eran casi
nulos. En los grandes Estados y en muchos de los otros existía un régimen
absolutista.
En 1834 se crea la Unión aduanera (Zollverein), con
exclusión de Austria, que da un gran impulso al desarrollo económico de
Alemania. Pero el fraccionamiento estatal sigue siendo un gran obstáculo, tanto
desde el punto de vista económico como político, para el progreso de Alemania.
De ahí que la unificación nacional y estatal sea una de las grandes
reivindicaciones de la Revolución de 1848.
[4] Engels,
«La constitución prusiana», The Northern Star, 6 de marzo de 1847, en
Sochinenia (Obras) de Marx y Engels, 2.a edición, Moscú, t. 4, pp. 30-38. En
adelante citaremos por esta edición rusa cuando no exista traducción española o
francesa.
Después de la revolución, en sus artículos de
1851-1852 para el New York Daily Tribune, editados años después bajo el título
Revolución y contrarrevolución en Alemania, Engels hace un análisis más
detallado de la estructura de clases de la sociedad alemana en vísperas de la
revolución y de la lucha de clases que desemboca en la revolución. No hay
modificación sensible en relación con los artículos de 1847, salvo en valorar
más la importancia de la pequeña burguesía y del campesinado y en subrayar la
inmadurez de la clase obrera. La práctica de la revolución había puesto de
manifiesto lo uno y lo otro. Véase Révolution et contre-révolution en
Allemagne, en La révolution démocratique bourgeoise en Allemagne, Editions
Sociales, París, 1951, pp. 203-211.
[5] Engels,
«El problema constitucional en Alemania», en Sochinenia, t. 4, pp. 42-60.
Escrito en marzo-abril de 1847, este texto no ha sido publicado hasta 1929, por
el entonces llamado Instituto Marx-Engels-Lenin-Stalin de Moscú.
[6] Droz,
op. cit., p. 116.
[7] El foco
principal de esta corriente política estaba en el Gran Ducado de Baden, pero
existía, bajo formas diversas, en todos los estados alemanes. El 12 de
septiembre de 1847 se reunieron en Offenburg representantes de esta tendencia,
procedentes en su mayoría de los Estados del sur, y adoptaron una declaración
exigiendo: abolición de todas las medidas represivas, libertad de prensa,
supresión de la censura, libertad de conciencia, adjunción a la asamblea
confederal (Dieta Unida) de representantes electos del pueblo alemán, Ejército
confederal constituido sobre bases populares, acceso de todos a la instrucción,
incluida la instrucción superior, impuesto progresivo sobre la renta, medidas
para atenuar los conflictos entre el capital y el trabajo, abolición de toda
clase de privilegios. Este partido reflejaba una tendencia general socializante
–se declaraba a favor de la «república democrática y social»–, pero no
reconocía la lucha de clases. Expresaba, dice Droz, las preocupaciones de la
pequeña burguesía artesanal (Droz, op. cit., p. 120). En los meses siguientes
será un elemento constitutivo fundamental del llamado partido demócrata.
Un mes después
(10 de octubre
de 1847) se
reunían en Happenheim,
Gran Ducado de
Hess, los
representantes del liberalismo moderado. Reclaman
la convocatoria de un parlamento único, elegido por todos los Estados miembros
del Zollverein, lo cual significaba pronunciarse por una unidad alemana
restringida (sin Austria) bajo la dirección de Prusia.
[8] Engels,
«El movimiento del año 1847», Deutsche Brüsseler Zeitung, 23 de enero de 1848,
en Sochinenia, t. 4, p. 462.
[9] En julio
de 1830 una insurrección del pueblo de París derriba a los Borbones, que habían
sido restaurados en 1815, y reclama la república, pero los políticos de la
burguesía saben maniobrar hábilmente e imponen un rey de la rama orleanista,
Luis Felipe. La monarquía «parlamentaria» de Luis Felipe encubría el monopolio
del poder por los altos financieros y especuladores.
[10] En los
dos decenios que preceden a la Revolución de 1848 la clase obrera francesa
había aumentado considerablemente, al compás del desarrollo industrial del
país, aunque constituía todavía una minoría reducida. Los centros principales
de concentración eran París, Lyon, Marsella, Rouen y Burdeos. De la población
de París en 1846, un millón de habitantes, casi la tercera parte, eran obreros
y pequeños artesanos. Los dos decenios citados están jalonados de numerosas
luchas obreras, entre las que destaca la insurrección de los obreros textiles
de Lyon en 1834, las huelgas contra la disminución del salario y por la
reducción de la jornada de trabajo en 1836-1838, la sublevación blanquista de
1839, la huelga de París de 1840, en la que participan cerca de 60.000
trabajadores y dura varios meses, las huelgas de los mineros del carbón de la
cuenca del Loire en 1846 y 1847.
Las dos terceras partes de la población eran
campesinas.
[11] Engels,
«El ocaso de Guizot y la proximidad de su caída. Posición de la burguesía
francesa», The Northern Star, 3 de julio de 1847, en Sochinenia, t. 4, pp.
192-193.
[12] Engels,
«Una mayoría satisfecha», The Northern Star, 8 de enero de 1848, en Sochinenia,
t. 4, pp. 391-392.
[13] Engels,
«Movimiento por la reforma en Francia», The Northern Star, 20 de noviembre de
1847, en Sochinenia, t. 4, p. 364.
El análisis que hace Marx al comienzo de Las luchas
de clases en Francia de las clases y los conflictos
que conducen a la revolución de febrero debe mucho
a estos artículos de Engels de 1847 y no introduce ninguna modificación
fundamental respecto a los mismos. Véase OE, t. I, pp. 138-143.
[14] Los
diversos Estados italianos no tenían entre sí ni siquiera el frágil vínculo que
era la Confederación germánica para los alemanes. La península se la repartían
de norte a sur: el reino de Piamonte-Cerdeña, los Ducados de Parma y Módena, el
Gran Ducado de Toscana, los Estados pontificios, el reino de Nápoles, y al
nordeste el reino Lombardo-veneciano, ocupado por Austria. No había una
potencia italiana análoga a Prusia o Austria. En el movimiento patriótico por
la unidad italiana y por la liberación del yugo austriaco había dos tendencias.
Una, revolucionaria y republicana, encabezada por Giuseppe Mazzini, que en 1832
había fundado la Joven Italia. Otra, moderada y monárquica, fundada en 1847,
con el nombre de Risorgimento. En 1847 la agitación contra los regímenes
absolutistas y la dominación de los austriacos alcanza un nivel desconocido
desde 1831. Pío IX esboza en Roma algunas medidas liberales para frenar el
proceso. Otros soberanos (Leopoldo II en Toscana, Carlos Alberto en Piamonte)
siguen tímidamente el ejemplo. Metternich envía tropas a Ferrara, en el Estado
pontificio, pero bajo la presión de Inglaterra y Francia las retira al cabo de
cuatro meses, no consiguiendo más que intensificar la agitación en toda la
península. Del 2 al 4 de enero Milán es teatro del «motín de los cigarros». Con
motivo del aumento del precio del tabaco, el pueblo declara el boicot y ataca a
los militares austriacos que fuman en público para provocar. El 11 de febrero
el mariscal austriaco Radetzky declara el estado de sitio en Lombardía.
Entretanto, la insurrección estalla en Palermo (12 de enero) contra el rey de
Nápoles, obligándole a promulgar una constitución.
La situación favorable creada en Europa por la
Revolución francesa de 1830 fue aprovechada por el movimiento de liberación
nacional de Polonia, dirigido en ese periodo por la alta nobleza, para
sublevarse en noviembre del mismo año contra el triple yugo de Rusia, Prusia y
Austria. La insurrección fue aplastada por el ejército zarista en febrero de
1831. Entre las causas de la derrota figuraba el antagonismo entre la alta
nobleza y las masas populares. De esta experiencia nace un movimiento más
radical, encabezado por la pequeña nobleza y elementos burgueses, que adopta un
programa democrático y, en particular, un programa agrario favorable a los
campesinos. Este movimiento organiza una nueva insurrección en febrero de 1846.
La policía prusiana logra desbaratar en gran parte la insurrección deteniendo a
sus principales organizadores, pero estalla en varios lugares, principalmente
en Cracovia, donde los revolucionarios se hacen dueños de la situación y forman
un gobierno nacional que lanza un manifiesto aboliendo las cargas y
vinculaciones feudales. Las tropas austriacas aplastan el movimiento a
comienzos de marzo. Al mismo tiempo que lanzan fuerzas militares contra los
insurrectos, las autoridades austriacas se sirven de los campesinos ucranianos
de Galitzia, atizándolos contra la nobleza polaca.
[15] Reunidas
en Viena de septiembre de 1814 a junio de 1815 las potencias vencedoras de
Napoleón, organizan un orden europeo cuyo principal objetivo es prevenir nuevos
movimientos revolucionarios. Con este objetivo esencial se combinan y se oponen
los diferentes intereses de Estado. Finalmente, las nuevas relaciones europeas
se articulan sobre dos sistemas: la Santa Alianza, bajo la hegemonía rusa, que
agrupa Rusia, Prusia y Austria; la Cuádruple Alianza, que agrupa a las mismas
tres potencias más Inglaterra. Inglaterra se convierte, de hecho, en la
potencia hegemónica de Europa.
[16] Krasni
Arjiv, Moscú, 1938, nn. 4-5 (tt. 89-90), p. 163.
[17] Engels,
art. cit., n. 9, Sochinenia, t. 4, p. 38.
[18] Sochinenia,
t. 4, pp. 372-373.
Marx y Engels siguen atentamente los problemas
ingleses. Engels los estudia sobre el terreno durante casi dos años (entre
noviembre de 1842 y agosto de 1844). De ahí salen el Esbozo de una crítica de
la economía política y La situación de la clase obrera en Inglaterra, aparte de
otros ensayos más breves sobre diversos temas.
[19] Del
saludo a O’Connor, con motivo de su éxito electoral, de los
«demócratas-comunistas alemanes de Bruselas», firmado Engels, Gigot, Marx, con
fecha 17 de julio de 1846. En Sochinenia, t. 4, pp. 24-25.
[20] Datos
citados por N. A. Erofieev, en Vsemirnaia Istoria (Historia universal), Moscú,
1959, t. VI, p.
202. En La
situación de la clase obrera en Inglaterra Engels indica que en ciudades
industriales como Birmingham y otras la clase obrera llega a constituir las
tres cuartas partes de la población (Sochinenia, t. 2,
p. 257).
[21] Engels,
«Fergius O’Connor y el pueblo irlandés», Deutsche Brüsseler Zeitung, 9 de enero
de 1848, en Sochinenia, t. 4, pp. 401-403.
[22] Engels,
artículo citado en n. 13. Sochinenia, t. 4, pp. 469-470. La cursiva es mía.
[23] Engels,
Principios del comunismo, versión española de la editorial Progreso, Moscú,
1972, p. 80. En adelante designaremos esta obra por Principios refiriéndonos a
esta edición.
II. TEORÍA DE LA REVOLUCIÓN SOCIAL
El manifiesto comunista es una síntesis apretada –y
un desarrollo en ciertos aspectos– de los principales resultados a que habían
llegado hasta entonces Marx y Engels en su reflexión teórica sobre la
revolución social. Constituye el documento básico para conocer con qué visión
global de la realidad y con qué criterios para transformarla Marx y su grupo
comunista entran en la revolución concreta que habría de iniciarse en París en
los mismos días en que salían de la imprenta en Londres los primeros ejemplares
del famoso texto.
El manifiesto quiere ser una aplicación ejemplar de
la metodología que él mismo define como característica de las tesis teóricas de
los comunistas: «no se basan, en modo alguno, en ideas y principios inventados
o descubiertos por tal o cual reformador del mundo; no son sino la expresión
del conjunto de las condiciones reales de la lucha de clases existente, del
movimiento histórico que está desarrollándose ante nuestros ojos»[1]. Otra cosa
es el grado de exactitud – o si se quiere, de cientificidad– con que esa
«expresión» capta realmente el «movimiento histórico». La Revolución de 1848
habría de ser su primer gran test.
En la versión que Marx da en 1859 de su concepción
de 1845-1846 (véase supra, Primera Parte, n. 2) aparece como factor
determinante, resorte básico, de la revolución social la contradicción que
surge entre fuerzas productivas (FP) y relaciones de producción (RP) al llegar
las FP a un cierto nivel de desarrollo. El manifiesto, aparentemente, designa
como tal factor determinante la lucha de clases: «La historia de todas las
sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de
clases […], lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de
toda la sociedad o el hundimiento de las clases beligerantes». Pero se trata
solo de una apariencia, y conviene subrayarlo porque actualmente asistimos, en
diversas corrientes marxistas del movimiento revolucionario, a una especie de
hiperbolización de la lucha de clases, convertida en explicación mágica de
cualquier fenómeno social. Basta leer atentamente la exposición que sigue al
citado párrafo inicial de la sección I de El manifiesto para comprobar que la
dialéctica FP-RP constituye, para Marx, la determinación en última instancia de
todo el desarrollo social, tanto en sus formas evolutivas como revolucionarias.
La verdad es que en Marx la interacción dialéctica FP-RP y la lucha de clases
son dos aspectos indisociables e interpenetrados del mismo
proceso[2]. Y en el plano conceptual indican dos
niveles de abstracción, significando el de lucha de clases un grado inferior de
abstracción que el de FP-RP. El de la lucha de clases no solo no engloba las
sociedades preclasistas ni la futura sociedad comunista, tampoco toda una serie
de fenómenos de las sociedades clasistas. A menos de identificar lucha de
clases a historia. En El manifiesto y en toda la obra de Marx la lucha de
clases aparece –utilizando una fórmula del mismo Marx– como el motor inmediato
de la historia (la historia de las sociedades clasistas), es decir, no el único
pero sí el que materializa principalmente la dialéctica FP-RP[3].
La fórmula citada, con que se inicia la sección I
de El manifiesto, tiene el mérito de ser como una advertencia contra toda
interpretación «teleológica-revolucionaria» de la historia (a la que pueden
inducir, como veremos, otras expresiones del propio manifiesto). Sin profetizar
el futuro constata que en el pasado la lucha de clases no siempre ha conducido
a la revolución. Y va seguida de la exposición teórico-histórica más
sistemática y concentrada que ha dejado Marx de la «época de revolución social»
burguesa, es decir, del proceso revolucionario que lleva del feudalismo al
capitalismo en el Occidente europeo. Dentro de ese proceso Marx destaca una
serie de puntos nodales que influyeron muy acusadamente en su construcción
teórica del proceso previsible de la revolución social proletaria[4]. Y resume
así la dialéctica de esa revolución social burguesa:
«Los medios de producción y de cambio sobre cuya
base se ha formado la burguesía fueron creados en la sociedad feudal. Al
alcanzar un cierto grado de desarrollo estos medios de producción y cambio, las
condiciones en que la sociedad feudal producía y cambiaba, toda la organización
feudal de la agricultura y de la industria manufacturera, en una palabra, las
relaciones feudales de propiedad, cesaron de corresponder a las fuerzas
productivas ya desarrolladas. Frenaban la producción en lugar de impulsarla. Se
transformaron en otras tantas trabas. Era preciso romper esas trabas y se
rompieron. En su lugar se estableció la libre concurrencia, con una
constitución social y política adecuada a ella y con la dominación económica y
política de la clase burguesa.»
Basta comparar este esquema con la versión de 1859
para ver que la definición de la dialéctica de toda revolución social formulada
por Marx a la hora de El capital no es más que la generalización de la
dialéctica de la revolución social burguesa. Y este modelo es el que Marx tiene
in mente cuando formula en El manifiesto la dialéctica de la revolución social
proletaria. No es casual que a renglón seguido del pasaje que acabamos de citar
Marx inicia la exposición de la
dialéctica de la revolución proletaria con esta
frase: «Ante nosotros se está produciendo un movimiento análogo […]». Pero
antes de entrar en el tema central de El manifiesto es importante subrayar una
particularidad de la exposición marxiana que acabamos de reseñar (véase supra,
n. 4 del presente capítulo y pasaje siguiente): el momento de la ruptura
decisiva dentro del proceso global –el momento de la revolución política en
sentido estricto[5]– no queda explícito. Mientras en La ideología alemana se dice
expresamente que para conquistar la «libre concurrencia» en el interior de cada
nación «fue necesario en todas partes una revolución: en 1640 y 1688 en
Inglaterra, en 1789 en Francia»[6], en la exposición de El manifiesto no
encontramos siquiera tal alusión rápida, Marx privilegia netamente el
movimiento de las estructuras económicas, la «serie de revoluciones en el modo
de producción y de cambio», mientras que los cambios políticos, el paso del
poder de una a otra clase, aparecen insertos en ese movimiento como efectos
subordinados y casi automáticos. (Sucede aquí como en la formulación de 1859,
que por eso ha podido ser «explotada» en las interpretaciones evolucionistas y
economistas de la teoría marxista de la revolución social.) Lo que destaca,
sobre todo, en la precedente descripción de la revolución social burguesa
–reflejando un aspecto, sin duda esencial, de la transición del feudalismo al
capitalismo– es que el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas y de las
nuevas relaciones de producción en el seno del viejo régimen va acompañado de
la continua promoción económica y política de su agente social, la burguesía.
Pero en virtud del silencio indicado, toda esta promoción, lo mismo que su
momento culminante –el paso del poder político a la burguesía–, aparece como un
proceso esencialmente evolutivo, que transcurre con la ineluctabilidad de un
fenómeno geológico. La intervención revolucionaria consciente –no solo de la
burguesía, sino de las capas pobres urbanas, de los campesinos, etc.– y las formas
más agudas de la lucha de clases quedan difuminadas.
A renglón seguido, como hemos dicho, de su
exposición paradigmática del proceso de la revolución social burguesa, Marx
inicia el de la revolución social proletaria: «Ante nuestros ojos se está
produciendo un movimiento análogo. Las relaciones burguesas de producción y de
cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esta sociedad burguesa
moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio, se
asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha
desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunos decenios, la historia de la
industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las
fuerzas productivas modernas
contra las actuales relaciones de producción,
contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la
burguesía y su dominación».
A juzgar por el razonamiento que sigue a este
pasaje, las crisis cíclicas – iniciadas en los tres decenios precedentes–
constituían la prueba suficiente de esa «rebelión». Dice, en efecto: «Basta
mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean en
forma cada vez más amenazadora la cuestión de la existencia de toda la sociedad
burguesa». ¿Por qué en forma cada vez más amenazadora? Porque la burguesía
–dice Marx– solo puede superar cada crisis «preparando crisis más extensas y
más violentas y disminuyendo los medios de hacerles frente». En una palabra:
«Las fuerzas productivas de que dispone (la sociedad) no sirven ya al
desarrollo de la civilización burguesa y de las relaciones de propiedad
burguesas; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas
relaciones, las cuales constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez
que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a
toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la sociedad burguesa». Y
Marx concluye: «Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar al
feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía». Las «armas», es decir,
«las fuerzas productivas».
Tenemos aquí el fundamento objetivo general de la
revolución proletaria: la aparición, al llegar a un cierto nivel las fuerzas
productivas creadas por la burguesía, de una contradicción aguda entre dichas
fuerzas productivas y las relaciones de producción burguesas. Contradicción
aguda en el sentido de tomar un carácter cada vez más destructivo (Marx subraya
la destrucción de una masa de fuerzas productivas en cada crisis) y explosivo
(entra en «erupción» periódicamente, precipitando en el desorden a la sociedad).
Pero tenemos también la afirmación de que tal tipo de contradicción está
presente, existe, «desde hace algunos decenios». Marx lo cree así ya desde La
ideología alemana, por lo menos. «Hemos puesto de manifiesto –dice en el texto–
que los individuos actuales necesitan abolir la propiedad privada porque las
fuerzas de producción y las formas de intercambio han alcanzado ya un tal nivel
de desarrollo que bajo el reino de la propiedad privada se han convertido en
fuerzas destructivas, y porque los antagonismos entre las clases han alcanzado
su límite extremo»[7]. A similar conclusión sobre el estado de la lucha de
clases se llega en la práctica, como hemos podido ver, en los análisis de la
coyuntura de Engels, y lo mismo en El manifiesto, al final de la exposición que
comienza con la famosa máxima: «La burguesía no ha forjado solamente las armas
que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas
armas: los obreros
modernos, los proletarios»[8]. Esta exposición se
estructura en dos planos que expresan dos facetas indisociables de un mismo
proceso: el proceso de constitución del proletariado en clase revolucionaria.
La primera faceta abarca las condiciones de
existencia del proletariado, y el análisis se propone mostrar que dichas
condiciones y su evolución son de tal naturaleza que empujan ineluctablemente
al proletariado a rebelarse contra todo el sistema y no solo contra tal o cual
de sus aspectos.
La segunda faceta se refiere a las formas de esta
lucha, y el análisis se propone mostrar que su dialéctica misma crea
ineluctablemente las premisas de unidad, organización y conciencia
indispensables para que el proletariado sea capaz de llevar a término tal
rebelión total.
En relación con la primera faceta, Marx afirma que
la acumulación del capital no solo implica el aumento continuo del proletariado
–a cuyas filas son arrojados sectores crecientes de las otras clases y capas
sociales–, sino también el empeoramiento continuo de sus condiciones de
existencia en todos los órdenes: el trabajo, reducido a simple mercancía[9], se
hace cada vez más inseguro, menos atractivo, perdiendo todo «carácter
sustantivo», peor pagado, etc. A diferencia de lo que sucedía bajo el feudalismo,
donde el siervo podía llegar a ser miembro de la comuna burguesa y el pequeño
burgués elevarse a la categoría de burgués, «el obrero moderno, lejos de
elevarse con el progreso de la industria, desciende más y más por debajo de las
condiciones de su propia clase. El trabajador cae en la miseria y el pauperismo
crece más rápidamente todavía que la población y la riqueza». Y Marx no solo
lleva hasta el fin la lógica de ese razonamiento, sino que considera llegado
ese fin. «Es evidente, dice, que la burguesía ya no es capaz de seguir
desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a esta,
como ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase. No es capaz de
dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo la existencia, ni siquiera
dentro del marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle decaer hasta
el punto de mantenerle, en lugar de ser mantenida por él. La sociedad ya no
puede vivir bajo su dominación. Lo que equivale a decir que la existencia de la
burguesía es, en lo sucesivo, incompatible con la de la sociedad.»
En relación con la segunda faceta del proceso, Marx
ve diversas fases en la lucha del proletariado contra la burguesía y muestra
que los imperativos mismos de esta lucha, más las formas que toma el propio
desarrollo de la industria (concentración, aparición de grandes centros
urbanos, homogeneización –a medida que se extiende el maquinismo– de las
condiciones de trabajo y salario,
nuevos medios de transporte que facilitan los
contactos humanos, etc.) impulsan a los obreros a actuar en común y formar
coaliciones, a que las luchas dispersas y locales «se centralicen en una lucha
nacional, en una lucha de clases», y «toda lucha de clases es una lucha
política». «Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en
partido político, es sin cesar socavada por la competencia entre los propios
obreros. Pero surge de nuevo, siempre más fuerte, más firme, más potente.»
En otros momentos de nuestra exposición volveremos
sobre estas tesis, que desempeñan un papel importante en la concepción de las
clases y del partido en Marx. Ahora debemos ver las conclusiones a que llega
poniendo ese proceso, de formación del proletariado como clase revolucionaria,
en conexión orgánica con los mecanismos del modo de producción capitalista. Su
razonamiento se articula según la siguiente secuencia silogística:
— «La condición esencial de la existencia y de la
dominación de la clase burguesa es […] la formación y el acrecentamiento del
capital»; «La condición de existencia del capital es el trabajo asalariado»;
«El trabajo asalariado descansa exclusivamente sobre la competencia de los
obreros entre sí».
— Pero el progreso de la gran industria «sustituye
el aislamiento de los obreros, resultante de su competencia, por su unión
revolucionaria, mediante su asociación».
— Por consiguiente, el progreso de la gran
industria «socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre las que esta
produce y se apropia lo producido».
— Y como la burguesía «es incapaz de oponerse» (al
progreso de la industria), como es, por el contrario, su «agente involuntario»,
«la burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros».
— Por tanto, «su hundimiento y la victoria del
proletariado son igualmente inevitables».
Si comparamos ahora los análisis de cada faceta,
vemos que, según el primero, el progreso de la gran industria (desarrollo del
capital) conduce a la pauperización absoluta del proletariado, a su
transformación de clase productora en masa indigente, mientras que, según el
segundo, ese mismo progreso conduce a la constitución y fortalecimiento del
proletariado como clase revolucionaria, del proletariado en tanto que clase
productora. Luego el primer proceso destruye el terreno mismo sobre el que
puede producirse el segundo. Y llevado al límite, como hace Marx, liquida al
proletariado como clase. La pauperización engendra el lumpenproletariado, que
según el propio Marx está «más dispuesto a venderse a la reacción» que ser
arrastrado por la revolución. En una palabra, si el
desarrollo capitalista conduce ineluctablemente a
la pauperización absoluta no puede llevar al proletariado revolucionario.
En una reciente presentación de El manifiesto,
Bottigelli escribe a este propósito que Marx «se deja llevar a veces por un
afán de rigor lógico»; «reprocha a la burguesía ser incapaz de mantener la
clase que explota y ve en la extensión del pauperismo una prueba del fin
inminente de la dominación burguesa». Pero «si se reflexiona atentamente –dice
Bottigelli– hay una contradicción entre esa afirmación y la dialéctica del
capital y el salariado. La burguesía puede dejar perecer una parte de la clase
obrera en los periodos de crisis, pero no puede, por esencia, dejar que se
extingan los proletarios que permiten, precisamente, su dominación de clase.
Aquí, un hecho, el pauperismo, ha sido generalizado demasiado apresuradamente y
la estimación de su importancia ha conducido a Marx a un error de
razonamiento»[10].
En realidad, Marx parte, justamente, de que «para
oprimir a una clase es preciso asegurarle unas condiciones que le permitan, por
lo menos, arrastrar su existencia de esclavitud». Sabe muy bien, por tanto, que
la burguesía no puede permitir la extinción de los proletarios. Pero al mismo
tiempo considera que no puede impedirla, que la tendencia hacia la
pauperización es ineluctable. De ahí la imposibilidad de que la sociedad
burguesa sobreviva. Si bien esta perspectiva se sitúa más en la alternativa del
pasaje inicial de la sección I: el hundimiento de las clases beligerantes y no
la transformación revolucionaria de la sociedad. El error de razonamiento
consiste en admitir que si este proceso es real, también lo es el de la
transformación del proletariado en clase revolucionaria. O viceversa. Marx se
debate en esta contradicción porque considera, en esa época, que existe «una
ley general, derivada necesariamente de la naturaleza de las relaciones entre
capital y trabajo», según la cual «al crecer el capital productivo disminuirán
proporcionalmente los medios de ocupación y de sustento de los obreros». La
lucha de clase obrera puede contrarrestar momentáneamente los efectos de esa
«ley», pero a la larga se imponen. Marx y Engels lo creen así, pese a un hecho
reciente de gran importancia, citado en el mismo manifiesto, como era la
conquista de la jornada de diez horas por los obreros ingleses[11].
Por otra parte, la conclusión de la secuencia
silogística –«el hundimiento de la burguesía y la victoria del proletariado son
inevitables»– induce a una visión teleológica poco compatible con la concepción
global de Marx. En general, tanto la descripción del proceso de la revolución
social burguesa como la del proceso de la revolución social proletaria tienen
en El manifiesto un sello «objetivista», que puede explicarse, tal vez, por un
empeño particular en combatir las diversas
concepciones idealistas, voluntaristas, utópicas,
del fenómeno revolucionario, que entonces predominaban de modo aplastante,
tanto en los medios pequeñoburgueses como en los obreros. La preocupación
principal de Marx en El manifiesto parece ser poner de relieve las
determinaciones objetivas del proceso revolucionario. En sus Principios Engels
formula claramente lo que en Marx está más implícito: las revoluciones, dice,
«no pueden hacerse premeditada y arbitrariamente», «han sido siempre y en todas
partes una consecuencia necesaria de circunstancias que no dependían en
absoluto de la voluntad y la dirección de unos u otros partidos o clases
enteras»[12].
Ya vimos que Marx establece una analogía entre el
movimiento propio a la dinámica de la revolución social burguesa y el de la
revolución social proletaria, mas basta con contrastar la descripción de ambos
en El manifiesto para comprobar que la analogía se limita a un nivel muy
general. En ambos casos aparecen nuevas fuerzas productivas y una nueva clase
social que entran en conflicto con el sistema social existente. Pero a partir
de ahí todo cambia. Sin entrar a fondo en este vasto problema, nos limitaremos
a indicar algunos de los rasgos diferenciales.
En primer lugar, la diferencia radical de
naturaleza de la nueva clase ascendente. Mientras que el proletariado nace y
permanece como clase explotada a lo largo del proceso, la burguesía nace y se
desarrolla, en el seno mismo del viejo régimen, como clase explotadora. Y, en
general, todas las clases que anteriormente llegaron a ser dominantes ocuparon,
en el seno del régimen anterior, una situación por lo menos intermediaria,
sirviendo de agente social a formas de apropiación que les interesaba conservar.
De ahí, como dice El manifiesto, que «todas las clases que en el pasado
lograron hacerse dominantes trataron de consolidar la situación adquirida
sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de apropiación»,
mientras que «los proletarios no tienen nada que salvaguardar: tienen que
destruir todo lo que hasta ahora ha venido garantizando y asegurando la
propiedad privada existente». Engels observa en su proyecto que el proletariado
se diferencia también de las precedentes clases explotadas. Mientras estas
podían emanciparse de su condición con solo suprimir una de entre todas las
relaciones de propiedad privada existentes –el esclavo, la relación de
esclavitud, el siervo, la de vinculación feudal (que podía romper refugiándose
en las ciudades libres o rescatándola por dinero)–, el proletario no puede
liberarse más que suprimiendo todas las relaciones de propiedad privada[13].
Por todo lo cual el proletariado «no puede levantarse, no puede enderezarse,
sin hacer saltar toda la superestructura formada por las capas
de la sociedad oficial», mientras que la burguesía
pudo elevarse coexistiendo durante toda una época, aunque fuera pugnativamente,
con las estructuras y superestructuras feudales. Así, aunque no formulada
explícitamente, en El manifiesto aparece una diferencia radical entre la
dialéctica de la revolución social burguesa y la de la revolución social
proletaria: mientras que las relaciones de producción burguesas se forman y
desarrollan en el seno de la sociedad feudal, las relaciones de producción
socialistas no pueden formarse en el seno de la sociedad burguesa.
Otra diferencia radical es la siguiente: «Todos los
movimientos han sido realizados hasta ahora por minorías o en provecho de
minorías. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de la inmensa
mayoría en provecho de la inmensa mayoría». Característica que tiene su
fundamento, como la precedente, en la naturaleza misma del proletariado,
determinada por su posición objetiva en la producción. Y está relacionada con
otra característica de la sociedad burguesa respecto a las precedentes: «la
simplificación de las contradicciones de clase». «Toda la sociedad va
dividiéndose cada vez más en dos grandes campos enemigos, dos grandes clases
que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado.» Con el
desarrollo de la gran industria, mientras la primera va concentrándose y
reduciéndose, la segunda crece de continuo, porque todas las demás clases
intermedias «van degenerando y desapareciendo», engrosando el proletariado. Sin
embargo, en otro lugar de El manifiesto (sección III) se constata un hecho, que
entonces era ya visible y no podía escapar a Marx: «En los países donde se ha
desarrollado la civilización moderna se ha formado –y, como parte
complementaria de la sociedad burguesa, sigue formándose sin cesar– una nueva
clase de pequeños burgueses que oscila entre el proletariado y la burguesía».
Marx parece resolver la discordancia entre este hecho y la tesis de la
«simplificación» afirmando que los individuos integrantes de esta nueva clase
intermedia son arrojados también constantemente a las filas del proletariado, y
llegará un momento «en que desaparecerán por completo como fracción
independiente de la sociedad moderna, siendo reemplazados en el comercio, la
manufactura y la agricultura por capataces y empleados».
Marx no ve solo una simplificación sociológica,
sino política: «de todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, solo
el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria». Los pequeños
industriales y comerciantes, los artesanos y campesinos, luchan contra la
burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales «capas medias». Por
tanto, son conservadores, incluso reaccionarios, «ya que pretenden volver atrás
la rueda de la Historia». Solo
pueden ser revolucionarios «cuando abandonen sus
propios puntos de vista para adoptar los del proletariado». Y esto lo hacen
«únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al
proletariado». En esta situación debía verlos Marx, puesto que consideraba
próxima la revolución proletaria, la revolución de la «inmensa mayoría», y no
ignoraba que, excepción hecha de Inglaterra, el proletariado era en todos los
países europeos una reducida minoría.
Otra tesis importante de El manifiesto, relativa a
la dialéctica global de la revolución proletaria, es la siguiente: «Por su
forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la
burguesía es primeramente una lucha nacional. Es natural que el proletariado de
cada país debe acabar en primer lugar con su propia burguesía». O sea, por su
contenido la lucha del proletariado contra la burguesía, y por tanto la
revolución proletaria, no es nacional. Como se desprende de toda la exposición
de El manifiesto, aunque no lo diga explícitamente, y de otros textos de ese
periodo, su carácter es internacional, mundial, universal (los tres términos
son utilizados indistintamente en los textos de 1846-1848). Carácter que se lo
da el propio mundo creado por la burguesía, unificado por el mercado y la
naturaleza de las nuevas fuerzas productivas. Partiendo de estas mismas
premisas, Engels plantea la cuestión más explícitamente en los Principios,
llegando a la conclusión de que la revolución comunista «no es posible en un
solo país», «no será puramente nacional». Y agrega una nueva hipótesis: «se
producirá simultáneamente en todos los países civilizados, es decir, al menos
en Inglaterra, América (del Norte), Francia y Alemania». Una vez triunfante en
este núcleo de países «ejercerá una influencia considerable en los demás países
del mundo, modificará de raíz y acelerará extraordinariamente su anterior
evolución». En suma: será «una revolución universal y tendrá, por eso, un
ámbito universal[14]. El manifiesto no recoge la tesis de la «simultaneidad»
(que no debe interpretarse como «simultaneidad» del derrocamiento del poder
burgués, sino como un proceso revolucionario único), pero textos posteriores
muestran la conformidad de Marx con ella (e incluso anteriores, como el
conocido final de la Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de
Hegel, donde Marx liga la revolución alemana al «canto del gallo galo»).
Marx cierra su exposición de la dialéctica de la
revolución social del proletariado en estos términos: «Al esbozar las fases más
generales del desarrollo del proletariado, hemos seguido el curso de la guerra
civil más o menos oculta que se desenvuelve en el seno de la sociedad
existente, hasta el momento en que se transforma en una revolución abierta y el
proletariado,
derrocando por la violencia la burguesía, implanta
su dominación». (Por «guerra civil» debe entenderse aquí la lucha de clases en
todas sus formas, sin excluir, bien entendido, la guerra civil en sentido
estricto.)
Del final de la sección II de El manifiesto se
desprende que entre el derrocamiento de la burguesía y la creación de una
sociedad comunista Marx prevé toda una época de transición a la que ya no se
refiere en términos de descripción de tendencias objetivas, sino de programa de
medidas a adoptar por el proletariado convertido en clase dominante; es decir,
en términos de estrategia. A ese programa nos referiremos en el capítulo
siguiente.
Sobre la futura sociedad comunista Marx se guarda
bien, como es sabido, de hacer profecías a la manera de los socialistas
utópicos. No añade una más a las «descripciones fantásticas de la sociedad
futura», expresión –dice en El manifiesto– de las primeras aspiraciones del
proletariado, cuando aún se encontraba en estado embrionario y se representaba
su situación de modo irreal. Marx se atiene al postulado enunciado en La
ideología alemana: «Para nosotros el comunismo no es ni un estado que debe
crearse, ni un ideal al que haya de ajustarse la realidad. Nosotros llamamos
comunismo al movimiento real que suprime el estado de cosas actual. Las
condiciones de este movimiento resultan de las premisas actualmente
existentes»[15]. Criterio que descarta, efectivamente, toda «descripción
fantástica», pero autoriza hipótesis fundadas en las premisas existentes, en
las tendencias objetivas observables, y Marx no se priva de formular algunas,
muy generales pero de gran relevancia. En la sección
II de El
manifiesto, bajo una forma polémica con «las objeciones hechas por la burguesía
al comunismo», va enunciando sucesivamente lo que no habrá en la sociedad
comunista: propiedad burguesa de los medios de producción, trabajo asalariado,
capitalistas y obreros, libertad de compra y venta, libertad de explotar
trabajo ajeno, familia de tipo burgués, nación, estado, etc. Y desaparecerán,
dice, las ideas tradicionales nacidas de esas relaciones sociales. Si «la
revolución comunista es la ruptura más radical con las relaciones de producción
tradicionales, nada tiene de extraño que en el curso de su desarrollo rompa de
la manera más radical con las ideas tradicionales». Para conjeturar los rasgos
positivos esenciales de la futura sociedad, Marx parte de dos tendencias
objetivas de ese «movimiento real que suprime el estado de cosas actual»: el
carácter cada vez más social de las fuerzas productivas, a medida que se
desarrolla la gran industria, carácter que exige objetivamente una apropiación
y gestión colectivas; la asociación creciente de los productores directos, que
va surgiendo y afianzándose en el proceso mismo de la lucha por suprimir el
estado actual de
cosas. El pasaje central de El manifiesto sobre el
contorno futuro de la sociedad comunista, es el siguiente: «Una vez que en el
curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya
concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el poder
público perderá su carácter político. El poder político, hablando propiamente,
es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra. Si en la
lucha contra la burguesía el proletariado se constituye indefectiblemente en
clase; si mediante la revolución se convierte en clase dominante y, en cuanto
clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción,
suprime al mismo tiempo que estas relaciones de producción las condiciones para
la existencia del antagonismo de clase y de las clases en general y, por tanto,
su propia dominación como clase. En sustitución de la antigua sociedad
burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase surgirá una asociación en
que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre
desenvolvimiento de todos».
[1] Todas
las citas que hacemos de El manifiesto están tomadas de la versión española
publicada en el t. I de las Obras Escogidas de Marx y Engels, op. cit. en el
cap. I, n. 1 del presente libro. No indicaremos lugar de cada cita, teniendo en
cuenta que el lector puede encontrarlas fácilmente en el texto indicado o en
cualquier otra edición de El manifiesto. Siempre que no se indique lo
contrario, soy yo quien destaca en cursivas. [También puede consultarse en la
edición de El manifiesto comunista publicada en 2004 por la editorial Akal.]
[2] En otros
textos fundamentales de ese periodo se explicita claramente esa interconexión.
En La ideología alemana, por ejemplo: «[…] todos los conflictos de la historia
han tenido su origen, según nuestra concepción, entre las fuerzas productivas y
la forma del intercambio […]»; «esta contradicción entre las fuerzas
productivas y la forma del intercambio […] tenía que traducirse necesariamente,
cada vez que ocurría, en una revolución, pero adoptando al mismo tiempo
diversas formas. Desde un punto de vista limitado, cabe destacar una de esas
formas accesorias y considerarla como la base de esas revoluciones […]»;
«adoptaba diversas formas accesorias, como totalidad de conflictos, conflictos
entre diferentes clases, contradicciones de la conciencia, lucha ideológica,
lucha política, etc.» (op. cit., pp. 64-65. La cursiva es mía.) Por otra parte,
en la misma obra se señala el papel motor que en el desarrollo histórico
desempeña la división del trabajo. Posteriormente, en una carta de K. Schmidt
del 27 de octubre de 1890 Engels dice, refiriéndose a la concepción
materialista de la historia: «como mejor se comprende la cosa es desde el punto
de vista de la división del trabajo», en OE, t. II, p. 525.
Toda consideración de uno de estos tres conceptos
(división del trabajo, relación FP-RP, lucha de clases) que pierda de vista la
naturaleza específica de su interconexión (el ser tres maneras esenciales de
manifestarse la estructura social) puede conducir a interpretaciones
objetivistas (en el caso de los dos primeros) o voluntaristas (en el caso del
tercero).
Si la dialéctica FP-RP determina la lucha de
clases, esta determina la primera. En Miseria de la filosofía Marx ilustra con
un ejemplo elocuente cómo la lucha del proletariado es un factor esencial del
desarrollo de las fuerzas productivas. «En Inglaterra, dice, las huelgas han
servido constantemente de motivo para inventar y aplicar nuevas máquinas. Las
máquinas eran, por así decirlo, el arma que empleaban los capitalistas para
sofocar la rebeldía de los obreros calificados. La invención más grande de la industria
moderna –el self-acting mule– puso fuera de combate a los hilanderos
sublevados. Aun cuando las
coaliciones y las huelgas tuviesen como único
resultado que el pensamiento innovador en el terreno de la mecánica dirigiera
contra ellas sus esfuerzos, aun en ese caso, las coaliciones y las huelgas
ejercerían una influencia inmensa sobre el desarrollo de la industria.» Y al
final de esta obra Marx formula esta tesis capital: «De todos los instrumentos
de producción la fuerza productiva más grande es la propia clase
revolucionaria» (Lenguas Extranjeras, Moscú, pp. 165, 171-172.)
[3] Marx
utiliza esa fórmula en su carta conjunta con Engels a Babel, Liebknecht y
Bracke, del 17-18 de septiembre de 1879, Sochinenia, t. 34, p. 322. Otros
«motores» básicos del desarrollo histórico son, como ya hemos visto, la
relación FP-RP y la división social del trabajo. De esta última dice La
ideología alemana que es «una de las potencias fundamentales de la historia».
[4] Nos
referimos a los siguientes:
— «La burguesía moderna es por sí misma fruto de un
largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el modo de
producción y de cambio.»
— «Cada etapa de la evolución recorrida por la
burguesía ha ido acompañada del correspondiente éxito político», culminando,
«después del establecimiento de la gran industria y del mercado universal», en
la conquista de «la hegemonía exclusiva del poder político en el Estado
representativo moderno».
— La burguesía «no puede existir sino a condición
de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por
consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones
sociales».
— Bajo el reino de la burguesía «las creencias e
ideas veneradas durante siglos quedan rotas; las nuevas se hacen anacrónicas
antes de haber podido osificarse […]; todo lo sagrado es profanado, y los
hombres, al fin, se ven forzados a considerar fríamente sus condiciones de
existencia y sus relaciones recíprocas».
— Tanto en el dominio de la producción material
como de la intelectual, la burguesía elimina el anterior aislamiento regional y
nacional, estableciendo, «mediante la explotación del mercado mundial», «un
intercambio universal y una interdependencia universal de las naciones».
— La universalización que crea la burguesía implica
«la subordinación de los países bárbaros o semibárbaros a los países
civilizados, de los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, del Oriente al
Occidente». «Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el
modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización,
es decir, a hacerse burguesas.»
— «La burguesía ha sometido el campo a la ciudad.
Ha creado urbes inmensas; ha aumentado enormemente la población de las ciudades
en comparación con las del campo.»
— La burguesía: «Ha aglomerado la población,
centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en manos de
unos pocos. La consecuencia obligada de ello ha sido la centralización política
[…]: un solo gobierno; una sola ley; un solo interés nacional de clase, y una
sola línea aduanera» (cursiva de Marx).
Marx finaliza su caracterización del mundo creado
por la burguesía con el siguiente pasaje, que transparenta el entusiasmo
admirativo del autor, común a todos los revolucionarios y progresistas
coetáneos, por la potencia creadora de la época: «La burguesía, con su
dominación de clase, que cuenta apenas un siglo de existencia, ha creado
fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones
pasadas juntas. El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de
las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la
navegación a vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la adaptación para
el cultivo de continentes enteros, la apertura de los ríos a la navegación,
poblaciones enteras surgiendo como por encanto, como si salieran de la tierra,
¿cuál de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas
productivas dormitasen en el seno del trabajo social?».
[5] El concepto de «revolución en sentido estricto»
–o estrecho– ha sido introducido por Lenin para diferenciar el momento decisivo
del proceso revolucionario –derrocamiento del poder político de la vieja clase
e instauración del poder político de la nueva– de la totalidad de dicho proceso
o «revolución en sentido amplio», que equivale a la revolución social con el
contenido que tiene en Marx (véase supra, Primera Parte, n. 2). Véase a este
propósito mi libro La crisis del movimiento comunista, Ruedo Ibérico, 1970, pp.
25-26.
[6] La ideología alemana, op. cit., p. 52. Véase
también p. 166, donde se califica la revolución de 1789 como «la revolución más
gigantesca de la historia, gracias a la cual la burguesía francesa se elevó al
poder
[…]». Cierto que en la sección II de El manifiesto
hay una referencia marginal, señalando que la revolución francesa abolió la
propiedad feudal a favor de la propiedad privada, pero esta alusión no cambia
el hecho que señalamos.
[7] La
ideología alemana, op. cit., p. 390.
[8] La
cursiva es de Marx.
[9] Marx no
diferencia aún «trabajo» de «fuerza de trabajo». No ha llegado aún al concepto
de plusvalía.
[10] E. B.
Bottigelli. Presentación de la edición bilingüe (franco-alemana) de El
manifiesto comunista, Aubier-Montaigne, París, 1971, pp. 63-64.
[11] La cita
que damos de la «ley general» se encuentra en el manuscrito de Marx conocido
bajo el título de El salario, que constituye el material preparatorio de sus
conferencias en la Asociación obrera de Bruselas en 1847, publicadas en abril
de 1849 en la Nueva Gaceta Renana, bajo el título Trabajo asalariado y capital.
Tomamos la cita de la versión española publicada en la recopilación Escritos
económicos varios de Marx y Engels, Grijalbo, 1966, pp. 177-178. En la p. 172
se dice; «A lo largo del desarrollo el salario desciende de dos modos: primero,
en términos relativos, con relación al desarrollo de la riqueza general;
segundo, en términos absolutos, al disminuir la cantidad de mercancías que el
obrero obtiene a cambio de su salario». Véase sobre esta cuestión E. Mandel, La
formation de la pensée économique de Karl Marx, Maspero, 1967, p. 58 [ed.
cast.: La formación del pensamiento económico de Marx, Siglo XXI de España, 6.a
ed., Madrid, 1974].
[12] Principios,
op. cit., p. 79.
[13] Ibid.,
pp. 72-73.
[14] Ibid., p.
82.
[15] La
ideología alemana, op. cit., p. 29.
III. ESTRATEGIA Y TÁCTICA
El problema de las posiciones estratégicas y
tácticas de los comunistas está escasamente abordado en El manifiesto y demás
textos del periodo prerrevolucionario[1]. No hay duda en cuanto al objetivo
estratégico central: «constitución de los proletarios en clase, derrocamiento
de la dominación burguesa, conquista del poder político por el proletariado». O
como se dice en otro lugar del mismo documento: «el primer paso de la
revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la
conquista de la democracia».
En cuanto a la política que los comunistas deben
realizar para contribuir a que el proletariado alcance tal objetivo, El
manifiesto se limita a definir su actitud ante los «diferentes partidos de
oposición», distinguiendo entre los partidos obreros y los otros.
Respecto a los partidos obreros, los comunistas «no
forman un partido aparte»; constituyen, dentro de ellos, «su sector más
resuelto», el que «siempre impulsa adelante», valiéndose de la «ventaja»
teórica que los comunistas tienen sobre el resto del proletariado por su
«visión clara de las condiciones, de la marcha y de los resultados generales
del movimiento proletario». El manifiesto no designa como tales partidos
obreros más que los cartistas ingleses y los partidarios de la reforma agraria
en América del Norte. Ninguno de los dos se declaraba socialista abiertamente y
algunos aspectos de su política –en particular los planes de reforma o
colonización agraria, tendentes a reconvertir los obreros en pequeños
propietarios agrícolas– tenían poco que ver con un programa comunista. La mayor
parte de sus dirigentes profesaban un vago socialismo abstracto y moralizante,
pero su composición era predominantemente obrera. Y el cartismo luchaba por una
plataforma política –la famosa Carta–, cuya realización, a juicio de Marx y
Engels, equivaldría en las condiciones inglesas a la conquista del poder
político por el proletariado[2]. Respecto a los partidos de oposición no
obreros, El manifiesto toma las siguientes posiciones:
Francia, los comunistas «se suman al partido
socialista democrático», que Engels caracterizaría años después como el partido
«representado en el parlamento por Ledru-Rollin, en la literatura (entiéndase:
expresión doctrinal [F. C.]) por Luis Blanc y en la prensa diaria por La
Réforme. El nombre de socialista democrático significaba, en boca de sus
inventores, la parte del partido demócrata o republicano que tenía un matiz más
o menos socialista». Según un
artículo de Engels de septiembre de 1846, el
partido demócrata engloba en ese momento un sector importante de la clase
obrera y está dividido en varias fracciones. «La más numerosa de ellas, al
menos en París, está formada por comunistas»[3].
Suiza, los comunistas apoyan a los radicales, en
cuyas filas hay socialistas, pero también «burgueses radicales». Posición
táctica determinada, probablemente, porque el radicalismo burgués suizo,
vencedor en la reciente guerra civil contra el Sonderbund (Liga del Sur)
clerical, se encuentra en ese momento amenazado de una intervención armada
organizada por Metternich. El deber de los demócratas de todos los países
–declara el mensaje enviado en noviembre de 1847 por la Asociación Democrática
de Bruselas al pueblo suizo, firmado entre otros por Marx, como vicepresidente
de la Asociación– es acudir en ayuda del único país «en el que el gobierno es
ejercido por jefes electos, la administración se lleva a cabo casi sin
funcionarios, la defensa del Estado sin Ejército permanente, la prosperidad
comercial es asegurada sin aduanas y la libertad de creencias religiosas sin
dominación teocrática»[4].
Polonia, los comunistas «apoyan al partido que ve
en una revolución agraria la condición de la liberación nacional, es decir, al
partido que provocó en 1846 la insurrección de Cracovia»[5].
Alemania, «el partido comunista lucha de acuerdo
con la burguesía, en tanto que esta actúa revolucionariamente contra la
monarquía absoluta, la propiedad territorial y la pequeña burguesía
reaccionaria». Posición táctica que se inserta en la siguiente perspectiva
estratégica: «Los comunistas fijan su principal atención en Alemania, porque
Alemania se halla en vísperas de una revolución burguesa y porque llevará a
cabo esta revolución bajo las condiciones más progresivas de la civilización
europea en general, y con un proletariado mucho más desarrollado que el de
Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el siglo XVIII, y, por tanto, la
revolución burguesa alemana no podrá ser sino el preludio inmediato de una
revolución proletaria». Como es natural, los problemas de estrategia y táctica
concernientes a la revolución alemana fueron los más elaborados por Marx y
Engels en el periodo prerrevolucionario –dentro de la escasa atención que, en
general, dedican a estos problemas– y sobre ellos volveremos más adelante.
En resumen, como dice El manifiesto, «los
comunistas apoyan por doquier todo movimiento revolucionario contra el régimen
social y político existente», aunque no conduzca directamente al «objetivo
inmediato» (la dominación del proletariado). Pero en todas las circunstancias,
precisa El manifiesto, los
comunistas defienden, «dentro del movimiento
actual, el porvenir de ese movimiento»; en «todos esos movimientos ponen en
primer término, como cuestión fundamental, la cuestión de la propiedad,
cualesquiera que sea la forma más o menos desarrollada que esta revista». Y por
esta razón los comunistas deben conservar en todo momento su derecho a la
crítica. Refiriéndose al Partido Socialista Democrático de Francia, El
manifiesto declara que los comunistas se «suman» a él, pero «sin renunciar al
derecho de criticar las ilusiones y los tópicos legados por la tradición
revolucionaria». Y a propósito de la lucha conjunta del Partido Comunista con
la burguesía en el caso alemán, El manifiesto declara que «jamás, en ningún
momento, se olvida este partido de inculcar a los obreros la más clara
conciencia del antagonismo hostil entre la burguesía y el proletariado». No es
casual, por lo demás, que toda la sección III de El manifiesto está consagrada
a la crítica de los movimientos y tendencias que entonces se decían socialistas
pero representaban intereses ajenos al proletariado.
A los imperativos políticos que justifican la
necesidad de esa línea de conducta –alianza y crítica– Marx agrega, y tiene
especial importancia a la luz de toda la evolución ulterior del movimiento
comunista, un imperativo moral: «Los comunistas consideran indigno ocultar sus
ideas y propósitos».
Entre esos propósitos Marx menciona expresamente el
recurso a la violencia («derrocar por la violencia todo el orden social
existente»). Engels aclara en los Principios que no se trata de una
predilección de los comunistas por la violencia. Si la supresión de la
propiedad privada fuera posible por la vía pacífica –dice–, «los comunistas,
como es lógico, serían los últimos en oponerse». «Sería de desear que fuera
así», pero los comunistas «ven que se viene aplastando por la violencia el
desarrollo del proletariado en casi todos los países civilizados». Y Engels
agrega una reflexión que se verá mil veces comprobada por la historia:
procediendo así «los enemigos mismos de los comunistas trabajan con todas sus
energías para la revolución». Con otras palabras: es la violencia de las clases
dominantes la que obliga al proletariado a resolver por la violencia el
problema de la supresión del régimen burgués.
El manifiesto formula también dos tareas
estratégicas de carácter internacional: propiciar la unión y el acuerdo entre
los partidos democráticos de todos los países y laborar por la unión específica
de los proletarios de todas las nacionalidades, tarea esta última simbolizada
en la célebre consigna final de El manifiesto, y consecuencia lógica del
carácter internacional de la revolución proletaria. La primera derivaba del
carácter, también internacional, que en opinión de Marx y Engels, y en general
de todos los revolucionarios de la época,
habría de tener la lucha por el derrocamiento de
las monarquías absolutistas concertadas en el sistema de la Santa Alianza.
Desde la Revolución francesa de 1789 se admitía como un axioma que regímenes
democráticos y regímenes despóticos no podían coexistir en paz. Si la
democracia vencía en un país debía chocar necesariamente con los países vecinos
en que reinase la autocracia. La guerra revolucionaria era inevitable y debía
ser conducida enérgicamente hasta el fin si se quería evitar la derrota de la revolución[6].
La victoria de la revolución burguesa alemana no podía concebirse sin la guerra
revolucionaria contra la inevitable intervención armada del zarismo. De ahí la
atención que Marx y Engels prestan desde sus primeros pasos en la acción
política comunista a promover y organizar no solo la unión de los proletarios,
sino de los demócratas de todos los países. Durante su primera estancia en
Inglaterra (verano de 1845) Marx participa junto con Engels en una reunión de
líderes obreros y demócratas de diferentes países europeos donde se acuerda
crear una organización internacional, que se forma, efectivamente, en marzo de
1846, con el nombre de Fraternal Democrats, agrupando la izquierda cartista, la
Liga de los Justos y diversos grupos de demócratas exiliados procedentes de
Francia, Polonia, Italia, España y otros países europeos. Con análoga finalidad
se crea en septiembre de 1847 la Asociación Democrática de Bruselas, de la que
Marx es elegido vicepresidente. El 13 de febrero de 1848 el comité de esta Asociación
responde positivamente a la propuesta de Fraternal Democrats de organizar un
congreso democrático internacional en septiembre de 1848. El congreso debía
celebrarse en Bruselas y la Asociación Democrática asumir su organización, pero
la revolución desbarató estos proyectos[7].
* * *
En el terreno alemán, la concepción estratégica de
la revolución como revolución burguesa «preludio inmediato de la revolución
proletaria» determina todas las posiciones tácticas de Marx y Engels. Lucha
conjunta con la burguesía, en tanto que esta actúe revolucionariamente contra
la monarquía absoluta, pero al mismo tiempo esfuerzo por inculcar en los
obreros alemanes la conciencia del antagonismo entre burguesía y proletariado,
«a fin de que sepan convertir de inmediato las condiciones sociales y políticas
que forzosamente ha de traer consigo la dominación de la burguesía, en otras
tantas armas contra la burguesía, a fin de que, tan pronto sean derrotadas las
clases reaccionarias en Alemania, comience inmediatamente la lucha contra la
misma burguesía».
Tenemos aquí, expresada en términos precisos de
acción política, la misma idea de «revolución permanente» (en el sentido de
paso, sin solución de continuidad, de la revolución burguesa a la revolución
proletaria) que al estado intuitivo encontramos ya, cuatro años atrás, en la
Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Pero ahora
fundada en un análisis más riguroso de la sociedad alemana, como testimonian
los artículos de Engels de 1847. En la Introducción se partía de la impotencia
total de la burguesía alemana para luchar por sus objetivos de clase. En los
artículos de 1847 se llega a la conclusión de que la burguesía alemana se ha
fortalecido considerablemente y es, sin discusión, la fuerza hegemónica en la
lucha contra el absolutismo, mientras que «el pueblo, el partido democrático,
no puede desempeñar más que un papel subordinado». Pero en cuanto la burguesía
instaure su dominación, «la democracia aparecerá como el único partido del
progreso; a partir de ese momento la lucha se simplificará, se convertirá en
lucha de solo dos bandos, y por ello mismo en una lucha a muerte»[8].
La política de acción conjunta con la burguesía,
acompañada de la crítica de sus vacilaciones, de sus tendencias al compromiso
con la corona, y, al mismo tiempo, la acción encaminada a explicar el
antagonismo proletariado-burguesía, a preparar el proletariado para su
enfrentamiento con la burguesía; esta lucha en dos frentes les vale a Marx y
Engels ataques de todos los campos. Tanto de los ideólogos gubernamentales como
de la burguesía liberal y de los extremistas pequeñoburgueses, en particular de
los llamados «socialistas verdaderos», incluidos por El manifiesto en el campo
ideológico del «socialismo reaccionario».
En nombre de un socialismo abstracto, hostil a la
lucha de clases y al comunismo, estos «socialistas verdaderos» –dice El
manifiesto– oponen las reivindicaciones socialistas al movimiento político,
fulminan anatemas contra el liberalismo, el Estado representativo y las
libertades burguesas, en general, predicando que las masas deben desinteresarse
del movimiento burgués, con el argumento de que allí nada pueden ganar y solo
pueden perder. Así, el «socialismo verdadero –prosigue El manifiesto– se ha
convertido en un instrumento de los gobiernos contra la burguesía alemana».
Además, representa «un interés reaccionario, el interés del pequeñoburgués
alemán», al que la «supremacía industrial y política de la burguesía alemana
amenaza con una muerte cierta; de una parte, por la concentración de capitales
y, de otra, por el desarrollo del proletariado revolucionario». «Legada por el
siglo XVI, y desde entonces renacida sin cesar bajo diversas formas (esa
pequeña burguesía),
constituye en Alemania la verdadera base social del
orden establecido»[9]. «Una parte importante de los socialistas alemanes
–escribe Marx en septiembre de 1847– alborota constantemente contra la
burguesía liberal, y además de manera que no beneficia a nadie más que a los
gobernantes alemanes […]. Los periódicos gubernamentales del tipo Rheinischer
Beobachter, apoyándose en las frases de esos señores, afirman que no es la
burguesía liberal, sino el gobierno, quien representa los intereses del
proletariado […]. Los comunistas no tienen nada en común ni con los primeros ni
con los segundos.» A continuación Marx explica que los socialistas endosan a
los comunistas la responsabilidad de esas especulaciones de los órganos
gubernamentales y les acusan de aliarse con el gobierno. Por su parte, los
publicistas gubernamentales acusan a los comunistas de hacer el juego de la
burguesía liberal y facilitarle la explotación del pueblo. La respuesta de
Marx, justificando la posición de los comunistas, es como sigue:
«El pueblo, y en particular su sector comunista,
saben perfectamente que la burguesía liberal no se preocupa más que de sus
propios intereses y hay que contar muy poco con su simpatía por el pueblo.»
Pero a los que partiendo de esa realidad afirman que «el pueblo, al participar
en el movimiento político permite a la burguesía que le explote para sus
propios fines», los comunistas responden: «el pueblo o –sustituyendo esta
noción excesivamente vaga y general por otra más exacta– el proletariado
discurre de manera totalmente distinta»: «El proletariado no se pregunta si el
bien del pueblo es un asunto de primer o segundo orden para el burgués, ni si
el burgués desea utilizar al proletariado como carne de cañón o no. Al
proletariado no le interesa solo lo que el burgués quiere; le interesa saber lo
que el burgués está obligado a querer. La cuestión consiste en qué es lo que le
proporciona (al proletariado) más medios para el logro de sus propios fines: el
actual régimen político de dominación de la burocracia o el régimen al que
aspiran los liberales, de dominación de la burguesía. Y basta con comparar la
situación del proletariado en Inglaterra, Francia y América con su situación en
Alemania para convencerse de que la dominación de la burguesía no solo pone en
manos del proletariado armas completamente nuevas para la lucha contra la misma
burguesía, sino que le crea una situación totalmente nueva: su reconocimiento
como partido». Refiriéndose en el mismo texto a la utilización de las Dietas
por la oposición liberal, Marx define la siguiente posición táctica: «El
proletariado no puede, naturalmente, mostrar interés alguno por los derechos de
los estamentos. Pero una Dieta que exigiese la institución del jurado, la
igualdad de todos ante la ley, la abolición de las cargas feudales, la libertad
de prensa y de asociación, una verdadera
representación popular; una Dieta que rompiese para
siempre con el pasado y basara sus exigencias en las necesidades actuales y no
en las viejas leyes; una Dieta así podría contar con el más enérgico apoyo del
proletariado»[10].
Esta manera realista y flexible de enfocar la
política de los comunistas recuerda la actuación de Marx al frente de la Gaceta
Renana en 1842-1843. La huella de aquella primera experiencia de política
práctica se advierte a menudo, tanto en este periodo de vísperas de revolución
como en el curso de la misma. Ya entonces tuvo que enfrentarse con el
radicalismo abstracto de los jóvenes hegelianos. En una carta privada de agosto
de 1842 explica que se opone a la publicación del artículo de uno de ellos porque
«una toma de posición tan neta contra los pilares del régimen actual puede
provocar una agravación de la censura e incluso la supresión de nuestra hoja»;
«En todo caso nos indisponemos a un gran número, en realidad la mayor parte de
los espíritus libres preocupados de acción práctica, que se han encargado de la
penosa tarea de conquistar la libertad paso a paso, sin salir de los límites
constitucionales, mientras que nosotros, instalados en el confortable sillón de
la abstracción, hacemos la demostración de sus contradicciones». Y tiene esta
reflexión, que contiene toda una lección de táctica: «Hay que hacer comprender
y desarrollar la verdadera teoría sin salir de una situación concreta y de un
estado de cosas dado»[11].
En análoga línea polémica están los artículos de
Marx y Engels sobre las posiciones del demócrata Heinzen, que «contra todo
sentido común arma ruido a diestro y siniestro con llamamientos a la
revolución, sin conocer ni tener en cuenta las relaciones reales»[12]. Engels
se opone a la exigencia de Heinzen de que en el programa de los demócratas se
incluya la república como objetivo inmediato, considerando que en las
condiciones alemanas la instauración de la república presupone la conquista del
poder político por un bloque que vaya del proletariado a los pequeños
campesinos y los pequeños burgueses urbanos, cosa que, en opinión de Engels, no
es posible aún dada la relación de fuerzas de clase. Piensa, además, que sería
peligroso que Alemania, dada su debilidad industrial frente a Francia e
Inglaterra, tomase la iniciativa de la «gran revolución» (la revolución
proletaria), «independientemente del movimiento de los estados
civilizados»[13]. En la argumentación de Engels pesa considerablemente su
convicción de que los campesinos son incapaces de tener iniciativa
revolucionaria, reprochando a Heinzen poner sus esperanzas en una insurrección
campesina.
La polémica, a menudo agria, con las diferentes
corrientes pequeñoburguesas que se reclaman de la democracia y del socialismo
no impide a Marx y Engels
buscar la acción común con ellas. En el mismo
artículo que acabamos de citar contra Heinzen, Engels explica muy netamente la
necesidad de esa acción común y sus razones profundas. «En las presentes
condiciones los comunistas no solo están muy lejos de querer emprender vanas
discusiones con los demócratas, sino que, más bien, ellos mismos actúan como
demócratas en todas las cuestiones prácticas. La consecuencia necesaria de la
democracia en todos los países civilizados es la dominación política del proletariado,
y la dominación política del proletariado es la condición primera de todas las
realizaciones comunistas. Por consiguiente, mientras la democracia no haya sido
conquistada, comunistas y demócratas luchan codo a codo, y el interés de los
demócratas es también el interés de los comunistas. Hasta ese momento las
divergencias entre ambos partidos tienen un carácter puramente teórico y pueden
ser muy bien tema de discusiones teóricas, sin perjuicio alguno para las
acciones comunes»[14].
Tocamos aquí un elemento capital de la teoría de la
revolución proletaria de Marx y Engels: el papel de la democracia. Cuando
Engels dice en ese artículo, escrito en vísperas de El manifiesto y más o menos
al mismo tiempo que los Principios, que «la consecuencia necesaria de la
democracia en todos los países civilizados es la dominación política del
proletariado» formula en términos de tendencia objetiva lo que El manifiesto
formula en términos programáticos: «el primer paso de la revolución obrera es la
elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia».
Idea ampliamente difundida en aquella época, tanto entre los comunistas y la
generalidad de los revolucionarios como entre las clases dominantes. Solo así
cobra su sentido real el famoso pasaje inicial de El manifiesto: «Un fantasma
recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa
se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el papa y el zar,
Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes». De
donde Marx deduce que «el comunismo está ya reconocido como una fuerza por
todas las potencias de Europa». En realidad, estas potencias sabían que los
comunistas eran una gota de agua y el proletariado una minoría exigua en el
continente. Si en Inglaterra era mayoría, no tenía un programa comunista. Pero
en cambio la aspiración a la libertad y la democracia había prendido en los
pueblos al cabo de varios decenios de opresión política. Y, según esa idea tan
difundida, tras la democracia estaba el comunismo.
El supuesto de que la democracia llevaba
necesariamente a la dominación política del proletariado era el eje mismo del
cartismo. Y de ahí pasa, según toda probabilidad, a la teoría política de Marx
y Engels. No es casual que el primer
texto, de entre los suyos, donde primero aparece
expuesto de modo fundamental es uno de Engels escrito a finales de 1845, recién
terminado su bienio inglés, al mismo tiempo que trabaja con Marx sobre La
ideología alemana: «Después de la revolución francesa, que fue un movimiento
social desde el principio hasta el fin, la democracia puramente política no
tiene sentido […]; actualmente este término tiene un sentido social en el que
se disuelve su sentido político»; «la democracia de nuestro tiempo es el comunismo.
Cualquier otra democracia no puede existir ya más que en la cabeza de teóricos
visionarios, que no tienen contacto con los acontecimientos reales, y para los
cuales no son los hombres y las circunstancias los que desarrollan los
principios, sino los principios los que se desarrollan por sí mismos. La
democracia ha pasado a ser un principio proletario, un principio de masas.
Aunque las masas no siempre se representen con claridad esta significación de
la democracia, la única justa, todo el mundo incluye en la noción de
democracia, aunque sea confusamente, la aspiración a la justicia social». Y
Engels concluye con esta reflexión que contribuye no poco a esclarecer cómo
podían creer posible la revolución proletaria europea en aquel periodo: «Al
hacer recuento de las fuerzas de combate del comunismo podemos incluir en
ellas, con toda tranquilidad, las masas influidas por las ideas
demo-cráticas»[15]. Y si los comunistas eran una gota de agua, y el
proletariado una minoría en la Europa continental, las masas influidas por las
ideas democráticas eran considerables.
En Principios precisa su concepción del itinerario
de esa revolución a partir de esa idea de la democracia. La revolución, dice,
«establecerá, ante todo, un régimen democrático y, por tanto, directa o
indirectamente, la dominación política del proletariado. Directamente en
Inglaterra, donde los proletarios constituyen ya la mayoría del pueblo.
Indirectamente en Francia y en Alemania, donde la mayoría del pueblo no consta
únicamente de proletarios, sino, además, de pequeños campesinos y de pequeños
burgueses de la ciudad, que se encuentran solo en la fase de la transformación
en proletariado y que, en lo tocante a la satisfacción de sus intereses
políticos, dependen cada vez más del proletariado, por cuya razón han de
adherirse pronto a las reivindicaciones de este». Y añade esta precisión
sibilina: «Para ello quizá se necesite una nueva lucha que, sin embargo, no
puede tener otro desenlace que la victoria del proletariado»[16]. Engels parece
insinuar lo que en el Mensaje de la Liga de los Comunistas de marzo de 1850 se
planteará claramente: la perspectiva de una lucha entre los demócratas
pequeñoburgueses y el proletariado revolucionario.
Para Marx y Engels, ni el sistema representativo
constitucional al que aspiraba
la burguesía alemana, ni la monarquía parlamentaria
de Luis Felipe eran regímenes democráticos. Como tampoco el sistema
parlamentario inglés, que excluía a la clase obrera del mecanismo electoral.
Para ellos, como para la generalidad de los comunistas y demócratas de aquel
tiempo, la república y el sufragio universal integral no eran compatibles con
la dominación de la burguesía; eran reivindicaciones asociadas a la
instauración de un poder proletario y popular.
Estas consideraciones relativizan, a nuestro
parecer, la versión corriente según la cual en ese periodo Marx y Engels
concebían la conquista del poder político por el proletariado como la simple
conquista del Estado existente. En realidad llevaba implícita una
transformación profunda de las estructuras y del personal de dicho Estado.
Máxime si se tiene presente que la revolución era concebida como el
derrocamiento violento del poder de la burguesía, mediante la insurrección
armada y el armamento del pueblo, la creación de un «ejército popular», etc.
Por otra parte, El manifiesto precisa que el programa del proletariado no podrá
cumplirse sin «una violación despótica del derecho de propiedad y de las
relaciones burguesas de producción», lo que quiere decir, en el lenguaje de la
época, la destrucción de la anterior legalidad. Es cierto, no obstante, que el
problema del Estado no se aborda por Marx y Engels, en ese periodo
prerrevolucionario, de modo específico[17]; no se dice qué va a hacerse con la
anterior organización estatal ni cómo va a ser la nueva; no encontramos más que
la identificación implícita del nuevo Estado con «el proletariado organizado
como clase dominante», fórmula que se presta, evidentemente, a diversas
interpretaciones. La experiencia de la Revolución de 1848 les permitirá avanzar
en esta cuestión.
* * *
Según vimos al final del capítulo anterior, El
manifiesto prevé que entre el derrocamiento de la burguesía y la creación
completa de la sociedad comunista media todo un periodo de desarrollo –«periodo
político de transición», dirá más tarde Marx– en el que el proletariado,
convertido en clase dominante, va transformando gradualmente la democracia
conquistada en un sentido comunista. Sobre esta fase de transición, más que
sobre la sociedad comunista propiamente dicha, aportará ulteriormente Marx –a
la luz de la experiencia de la Revolución de 1848 y de la Comuna de París–
nuevas precisiones e ideas, pero ahora nos limitamos, como en las demás
cuestiones, a exponer su concepción tal
como se presenta en vísperas de 1848.
«El proletariado –declara El manifiesto– se valdrá
de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo
el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del
Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para
aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.» Y El
manifiesto presenta un programa en diez puntos que concretan la transformación
a realizar. Engels subraya en los Principios el carácter gradual que inevitablemente
tendrá esta transformación: «No es posible suprimir de golpe la propiedad
privada, del mismo modo que no se pueden aumentar de golpe las fuerzas
productivas existentes»; la revolución del proletariado «solo paulatinamente
podrá transformar la sociedad actual, y acabará con la propiedad privada
únicamente cuando haya creado la necesaria cantidad de medios de
producción»[18]. De modo gradual, pero firme. Ya hemos citado la necesidad de
«la violación despótica» de la legalidad anterior. Engels insiste en los
Principios: «La democracia le sería absolutamente inútil al proletariado si no
la utilizara inmediatamente como medio para llevar a cabo amplias medidas que
atentasen directamente contra la propiedad privada y asegurasen la existencia
del proletariado»[19].
Reproducimos integralmente los diez puntos del
programa:
1. Expropiación
de la propiedad territorial y empleo de la renta de la tierra para los gastos
del Estado.
2. Fuerte
impuesto progresivo.
3. Abolición
del derecho de herencia.
4. Confiscación
de la propiedad de todos los emigrados y sediciosos.
5. Centralización
del crédito en manos del Estado por medio de un banco nacional con capital del
Estado y monopolio exclusivo.
6. Centralización
en manos del Estado de todos los medios de transporte.
7. Multiplicación
de las empresas fabriles pertenecientes al Estado y de los instrumentos de
producción, roturación de los terrenos incultos y mejoramiento de las tierras,
según un plan general.
8. Obligación
de trabajar para todos; organización de ejércitos industriales, particularmente
para la agricultura.
9. Combinación
de la agricultura y la industria; medidas encaminadas a hacer desaparecer
gradualmente la oposición entre la ciudad y el campo.
10. Educación pública y gratuita de todos los
niños; abolición del trabajo de
estos en las fábricas tal como se practica hoy;
régimen de educación combinado con la producción material, etcétera.
El manifiesto hace la lógica salvedad de que las
medidas no pueden ser las mismas en todos los países, pero considera que casi
todas las enunciadas podrán ser aplicadas «en los países más avanzados».
La metodología que inspira estas medidas podría
resumirse así: a) iniciar la supresión de la propiedad privada de los medios de
producción por la forma de esa propiedad que en el sentido económico tiene un
carácter más retrógrado (propiedad terrateniente) y por la que en el sentido
político sirve a los enemigos más directos (emigrados, sediciosos); b) limitar
y controlar al mismo tiempo el resto de la propiedad privada de los medios de
producción, como primer paso hacia su liquidación total; c) iniciar la creación
de un sector económico estatal e impulsar el desarrollo de las fuerzas
productivas bajo la dirección del Estado «según un plan general»; d) abordar
desde el primer momento la transformación de la división social del trabajo
heredada de épocas pasadas, la superación de las contradicciones y
desigualdades sociales inherentes a ella.
Debemos también considerar este programa a la luz
de la precisión que hace el propio manifiesto: «son medidas que desde el punto
de vista económico parecerán insuficientes e insostenibles, pero que en el
curso del movimiento se sobrepasarán a sí mismas y serán indispensables como
medio para transformar radicalmente todo el modo de producción». La precisión
no se distingue, evidentemente, por su transparencia, pero en la polémica de
Engels con Heinzen se trata justamente de la misma cuestión. Engels le critica
a Heinzen porque «las mismas medidas propugnadas por los comunistas» las
propone él para «un estado normal de la sociedad burguesa, no para una
situación revolucionaria», y en ese contexto «no solo es imposible aplicarlas,
sino que, además, resultan reaccionarias». A los economistas burgueses
–prosigue Engels– «les asiste toda la razón cuando oponiéndose a Heinzen
califican tales medidas de reaccionarias en relación con la libre
concurrencia», porque «la libre concurrencia es la forma última, superior, más
desarrollada, de la propiedad privada» y, por consiguiente, «todas las medidas
que tengan como premisa la conservación de la propiedad privada y no obstante
estén dirigidas contra la libre concurrencia son reaccionarias y tienden a
restablecer las fases inferiores del desarrollo de la propiedad». (Recordemos
que «propiedad privada» quiere decir aquí –como se desprende claramente de El
manifiesto y de otros textos coetáneos– propiedad de medios de producción
utilizados para la explotación de trabajo ajeno. Por «fases
inferiores del desarrollo de la propiedad» Engels
entiende aquí las formas de propiedad de los sistemas sociales
precapitalistas.) Mientras que Heinzen «se imagina posible modificar y adaptar
arbitrariamente las relaciones de propiedad, el derecho de herencia, etc.»,
para los comunistas tales medidas «tienen un sentido racional precisamente
porque no las consideran como medidas arbitrarias, sino como resultados
necesarios, producto del desarrollo de la industria, la agricultura, el
comercio y los medios de comunicación; del desarrollo –condicionado por el
precedente– de la lucha de clases entre burguesía y proletariado. Proceden de
ahí no como medidas definitivas, sino como medidas transitorias, de salud
pública, dictadas por la misma lucha de clases, también transitoria». Por eso,
«en tanto que medidas revolucionarias no solo son posibles, sino necesarias».
«Son posibles porque todo el proletariado insurrecto está tras ellas y las
apoya directamente con su brazo armado. Son posibles –pese a todas las dificultades
y obstáculos que los economistas esgrimen como argumentos contra ellas– porque
precisamente esas dificultades y obstáculos obligan al proletariado a ir cada
vez más lejos, hasta la total liquidación de la propiedad privada, a fin de no
perder otra vez lo conquistado. Son posibles como medidas preparatorias, como
pasos intermedios, transitorios, hacia la liquidación de la propiedad privada,
pero solo en calidad de tales»[20].
En resumen, la argumentación de Engels responde al
siguiente esquema: el carácter social que toman las fuerzas productivas exige
objetivamente que su propiedad sea social; la propiedad privada de los medios
de producción se ha convertido en una traba. Por otra parte, la libre
concurrencia lleva en sí su propia negación: la concentración de las fuerzas
productivas y de la propiedad de los medios de producción. Las medidas
indicadas son racionales porque se proponen realizar conscientemente aquello
hacia lo que tiende esa dinámica objetiva. Pero son irracionales porque, al
mismo tiempo, la obstaculizan, la limitan. Se trata, claro está, de dos
criterios de racionalidad. El que ve en la libre concurrencia, en la ley del
mercado, el supremo regulador económico, e implica el mantenimiento de la
propiedad privada, siendo por ello el criterio que se identifica con los
intereses de la burguesía. Y el criterio que ve lo racional en el
reemplazamiento de la acción ciega del mercado por la acción consciente del
proletariado (por «la centralización de todos los instrumentos de producción en
manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante»).
Por consiguiente, el enfrentamiento de ambos criterios no es cuestión puramente
económica, es cuestión de lucha de clases. Y como la sustitución de una
racionalidad por otra no puede hacerse de golpe, la aplicación de las medidas
indicadas crea un estado
patológico en el funcionamiento del sistema
económico, provoca esfuerzos de la burguesía por defender sus intereses en
nombre de la racionalidad económica. Se crea así la necesidad de nuevas medidas
por parte del proletariado, tanto en la esfera económica como política, para
defender y ampliar lo obtenido.
En un plano teórico más general, los diez puntos
constituyen una prueba más de que para Marx y Engels las tendencias objetivas
del desarrollo histórico, existentes en cada fase concreta, no pueden imponerse
sin la aplicación consciente de una serie de medidas cuyo conjunto constituye
una política de largo alcance, una estrategia. No hay nada predeterminado,
aunque todo esté determinado, o más exactamente condicionado, en cada momento y
en cada fase, por una serie de parámetros (estado de las fuerzas productivas,
de la organización y conciencia del proletariado, y de otras clases sociales,
de la relación de fuerzas, etc.) que a su vez se modifican según el curso
concreto de la lucha de clases, modificándose con ello su manera de condicionar
esta, y así sucesivamente. Por tanto, las tendencias y contradicciones
objetivas cambian también, ninguna de ellas conduce ineluctablemente a un
resultado predeterminado. Tal es el fondo esencial de la concepción
materialista del desarrollo histórico en Marx y Engels. Pero tanto en el
periodo que estamos considerando como en periodos posteriores podemos encontrar
en la obra de Marx –y más aún en la de Engels– formulaciones que tomadas
aisladamente se prestan a una interpretación teleológica o naturalista del
desarrollo histórico.
[1] Marx y
Engels no utilizan, en general, los términos de estrategia y táctica, que aún
no habían pasado del lenguaje militar al político. Algunas veces aparece el de
táctica. Véase, por ejemplo, infra, n. 12, y Revolución y contrarrevolución en
Alemania, pp. 292-293 (ed. fran.: Éditions Sociales, París, 1951).
[2] La Carta
incluye seis puntos: sufragio universal, parlamentos anuales, voto secreto,
indemnización a los miembros del parlamento, supresión de la obligación de ser
propietario para ser miembro del parlamento, circunscripciones electorales
iguales. El movimiento por la Carta o cartismo es la forma política más elevada
a que llega el movimiento obrero inglés en la primera mitad del siglo XIX. La
descripción que hace Marx en El manifiesto de las diferentes fases y formas del
proceso que lleva a la constitución del proletariado en clase para sí, en
partido político, no es otra cosa que la generalización teórica del movimiento
real del proletariado inglés en ese medio siglo. Este movimiento se desenvuelve
en tres direcciones principales: 1) lucha de los trade unions –coaliciones, en
el lenguaje de Marx– en defensa de los obreros en la producción (por la
elevación del salario, la reducción de la jornada de trabajo, contra las multas
y el régimen cuartelario en las fábricas, por el derecho a la existencia legal de
las coaliciones); 2) radicalismo político, que al principio nace en las clases
medias, desde las primeras fases de la Revolución industrial, pero al prender
en los obreros adquiere un nuevo carácter (sobre todo después de la reforma de
1832, que da entrada en el parlamento a la burguesía industrial, mientras la
clase obrera sigue excluida, lo cual facilita la toma de conciencia por esta de
sus intereses como clase; y 3) difusión en el seno del proletariado de las
ideas del socialismo utópico. El cartismo representa, en cierta forma, la
síntesis de estas
tres direcciones y su concretización política en la
plataforma indicada y en la organización llamada Asociación Nacional Cartista,
creada en 1840, llegando a contar en su apogeo con unos 40.000 miembros. El
cartismo no se define en ningún momento como socialista, aunque las ideas
socialistas tuvieran amplia difusión en sus filas, y el ala izquierda, con la
que se relacionaban Marx y Engels, estuviera influida por el comunismo.
Sobre el cartismo puede consultarse útilmente The
britisch labour movement 1890-1920 a history, de G. Tate y A. L. Morton.
Traducción española de Simón Sánchez Montero en Fundamentos, Madrid, 1971. Para
una historia más detallada: E. Dollens, Le Chartisme (1831-1848), Marcel
Riviere, 1949.
Por partidarios de la reforma agraria en América
del Norte El manifiesto designa la Asociación Nacional por la Reforma,
organización obrera (aunque también incluía artesanos) creada en 1845, cuya
reivindicación central era la atribución gratuita a cada trabajador de una
parcela de tierra. Luchaba también contra el sistema esclavista en las
plantaciones del sur, por la emancipación de los negros, la jornada de diez
horas, la abolición del Ejército permanente y otras reivindicaciones
democráticas.
En la circular contra Kriege del Comité de
correspondencia de Bruselas (véase epígrafe 5) se critica como utópico ese
programa agrario, tachándolo de sueño «tan irrealizable y tan poco comunista
como el de transformar a todos los individuos en emperadores, reyes o papas».
En el mismo documento se justifica el apoyo táctico de Marx y su grupo a este
movimiento. «Reconocemos plenamente –se dice allí– el movimiento de los
nacional-reformistas americanos, su justificación histórica. Sabemos que este
movimiento aspira a un resultado que, indudablemente, impulsará en el momento
actual la industrialización de la sociedad burguesa moderna, pero que al ser
fruto del movimiento proletario deberá inevitablemente – por cuanto es un
atentado a la propiedad agraria en general, y más aún en las condiciones
americanas– ir más lejos, hacia el comunismo, gracias a sus propias
consecuencias» (Sochinenia, t. 4, p. 29, 6-7).
En el cartismo era muy importante también la
corriente –encabezada por O’Connor– que propugnaba la creación de colonias
agrícolas para liberar a los obreros de la fábrica.
[3] Engels,
«El gobierno y la oposición en Francia», Sochinenia, t. 4, p. 29.
[4] Citado
por Charles Andler en Le Manifeste Communiste, Les editions Rieder, París,
1901, p. 202.
[5] Véase
supra, capítulo I, n. 14, la parte referente a Polonia.
[6] Véase La
vie de Marx, de B. Nikolaevski y O. Maenchen-Helfen, Gallimard, 1937, pp.
127-128.
[7] La idea
de unificar las organizaciones democráticas de toda Europa, de oponer a la
«santa alianza de los reyes» la «santa alianza de los pueblos», se intentó
realizar varias veces en las décadas de los treinta y los cuarenta. Uno de sus
principales paladines era Mazzini, que creó una especie de Internacional
antiabsolutista, la Joven Europa, con sus secciones nacionales: Joven Italia,
Joven Alemania, Joven Polonia, Joven Francia, etc. Pero la idea no era fácil de
realizar. No tanto por las dificultades inherentes a la dominación de los
regímenes reaccionarios en la mayor parte de Europa como porque los mismos
demócratas no estaban inmunizados, ni mucho menos, contra las rivalidades y
prejuicios nacionalistas. Se dejaba sentir negativamente, en particular, la
pretensión hegemónica de los demócratas franceses. Engels sale al paso en un
artículo de enero de 1848. Ledru-Rollin, principal líder del Partido Demócrata
Francés, había planteado en uno de sus discursos: «En el momento actual tiene
lugar en Europa un gran movimiento entre los infortunados que sufren hambre y
penalidades. Ha llegado la hora de consolarlos, de fortalecerlos y de ligarse a
ellos. ¡Convoquemos un congreso de los demócratas de todas las naciones,
precisamente ahora, cuando ha fracasado el congreso de los monarcas!». Engels
saluda positivamente esta propuesta, pero agrega: «Estamos convencidos de que
ni en un solo país los demócratas necesitan consuelo, venga de donde venga.
Saludan el orgullo revolucionario de los demócratas franceses, pero se reservan
el derecho al mismo orgullo e independencia. Cuatro millones de carlistas
ingleses (el optimismo de Engels a veces era desbordante) son suficientemente
fuertes, sin duda alguna, para resolver sus problemas con sus propias fuerzas.
Por mucho que nos alegremos de que la democracia francesa acoja con entusiasmo
la idea de un congreso demócrata y la unión de los demócratas de todos los
países, nosotros queremos, ante todo, plena reciprocidad e igualdad. Toda unión
que no reconozca y tenga por base la igualdad sería ella misma antidemocrática»
(Sochinenia, t. 4, pp. 394-395).
[8] Engels,
«El movimiento del año 1847», Sochinenia, t. 4, p. 462. Véase también pp. 6-7
de mi texto.
De la Introducción a la crítica de la filosofía del
derecho de Hegel hay una buena traducción española de Rodolfo Mondolfo,
Ediciones Nuevas, Buenos Aires, 1965.
[9] Este
ataque en regla de El manifiesto contra el «socialismo verdadero» es la
continuación de un «arreglo de cuentas» que se inicia ya en los Anales
franco-prusianos (cartas a Ruge) y pasando por La sagrada familia ocupa gran
parte de La ideología alemana (capítulos: «El socialismo verdadero», «Karl
Grün», «El Dr. Kuhlman») y la circular contra Kriege del Comité de
correspondencia de Bruselas, a la que nos referimos más adelante. En vísperas
de la revolución el «socialismo verdadero» representa una corriente ideológica
y política (pese a su pretendido apoliticismo) mucho más importante que la
corriente comunista en la que se sitúa la Liga de los Comunistas con Marx y
Engels. Una carta de Engels a Marx de fecha 9 de marzo de 1847 ilustra cómo
ambos tenían que enfrentarse, incluso dentro del minúsculo grupo que compartía
sus ideas, con la influencia del «socialismo verdadero». La carta se refiere a
Bernays, amigo de ambos, que se considera comunista pero colabora en el
Berliner Zeitung-Halle, diario publicado en Berlín desde 1847 bajo la dirección
de Gustav Julius, uno de los principales líderes políticos de esa corriente.
«Bernays –dice Engels– escribe en el Berliner Zeitung-Halle y se regocija como
un crío de ver impresas sus expectoraciones sedicentemente comunistas contra
los burgueses. La redacción y la censura dejan pasar lo que solo ataca a los
burgueses y tachan las raras alusiones desagradables para ellas mismas. Bernays
vitupera contra la institución del jurado, contra la “libertad burguesa de prensa”,
contra el sistema representativo, etc. Yo le explico que eso significa,
literalmente, trabajar pour le roi de Prusse e indirectamente contra nuestro
partido […]; le explico que el Zeitung-Halle está a sueldo del gobierno […]. He
leido no sé cuántos artículos de esos fechados en París: están escritos on ne
pent plus en el interés del gobierno y en el estilo del socialismo “verdadero”»
(en Marx y Engels, Correspondance, Ed. Sociales, París, 1971, t. I, pp.
469-470).
[10] Marx, «El
comunismo del Rheinischer Beobachter», Deutsche Brüsseler Zeitung, 12 de
septiembre de 1847, en Sochinenia, t. 4, pp. 194-197, 201. Pero todo depende de
las condiciones concretas. Respondiendo a la sugestión de Köttgen, miembro de
la Liga, de dirigir una petición a las autoridades invitándolas a emprender
reformas, Marx escribe: «En relación con la Dieta Unida, el rey prusiano, la
asamblea local estamental, etc., os hacéis, verdaderamente, grandes ilusiones.
La petición podría tener eficacia si en Alemania existiera ya un partido
comunista fuerte y organizado, que en realidad no hay. La petición solo es
conveniente cuando al mismo tiempo es una amenaza y tras ella hay una masa
compacta y organizada» (Soius Kommunistov, pp. 84-85).
[11] Marx y
Engels, Correspondance, op. cit., t. I, p. 267.
[12] Engels,
«Los comunistas y Karl Heinzen», Deutsche Brüsseler Zeitung, 3 y 7 de octubre
de 1847, en Sochinenia, t. 4, p. 271. En este mismo artículo Engels expone
–oponiéndolo al método de Heinzen– su concepción de la manera de elaborar una
política apropiada a la realidad: «En lugar de estudiar la situación de
Alemania, de hacerse una idea general sobre ella y, a partir de ahí, ver qué
pasos progresivos, qué género de desarrollo y qué medidas son necesarias y
posibles; en lugar de orientarse en las complejas interrelaciones de las
diversas clases de Alemania, y entre ellas y el gobierno, para extraer las
bases de la política a seguir; en lugar, en una palabra, de adaptar su táctica
al curso del desarrollo de Alemania, el señor Heinzen exige con toda desfachatez
que el desarrollo de Alemania se adapte a él».
[13] Ibid., p.
270. Heinzen no era un caso aislado. Todo el «partido demócrata» tenía como
bandera la «república democrática y social» (véase supra, capítulo I, n. 7).
[14] Ibid., p.
276.
[15] Engels,
«Fiesta de las naciones en Londres (con motivo del aniversario de la
proclamación de la república francesa el 22 de septiembre de 1792», Rheinischer
Jahrbücher, 1846, en Sochinenia, t. 2, pp. 588-589.
[16] Engels,
Principios, op. cit., p. 80.
[17] Nos
referimos concretamente al periodo 1845-1847. En el periodo anterior la
cuestión del Estado desempeña un gran papel en la evolución teórica de Marx. Su
revisión crítica de Hegel comienza, justamente, por la crítica de la filosofía
hegeliana del derecho y del Estado, para llegar a la conclusión fundamental que
formula en La ideología alemana de que «las relaciones reales, lejos de ser
creadas por el
poder del Estado, son, por el contrario, el poder
creador del Estado» (op. cit., p. 286).
[18] Engels,
Principios, p. 80.
[19] Ibid.,
Engels propone en su proyecto un catálogo de medidas análogo al de El
manifiesto, pero algo más explícito y concreto en cuanto a su carácter de
restricción gradual de la propiedad privada. Figura además el concepto de
«organización del trabajo», que Marx criticará en Las luchas de clases como
expresión ilusoria de las aspiraciones profundas del proletariado. En torno a
esta idea, muy difundida entonces, giraban obras como L’Organisation du
travail, de Louis Blanc; Traité des améliorations materiels, de Pecqueur, y
Traité de la répartition des richesses, de Vidal.
[20] Engels,
«Los comunistas y Karl Heinzen», Sochinenia, t. 4, pp. 272-274.
IV. CLASE Y PARTIDO
«Las condiciones económicas transformaron primero a
la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha
creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así, pues, esta masa
es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. En
la lucha, de la que ya hemos señalado algunas fases, esta masa se une, se
constituye como clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en
intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política»[1].
En este pasaje de Miseria de la filosofía tenemos concentrado lo esencial del
concepto de clase obrera que podemos encontrar en la teoría de Marx antes de la
Revolución de 1848. Como se desprende del contexto en que se sitúa ese pasaje,
Marx llega a este concepto mediante la observación del proceso real de
formación de dicha clase allí donde se encuentra en un estadio más avanzado de
evolución (Inglaterra), y sirviéndose también de la historia de la formación de
la clase burguesa bajo el feudalismo[2]. En El manifiesto tenemos una
descripción algo más sistematizada de las fases que recorre la lucha de los
obreros contra los capitalistas, pero no añade nada nuevo en cuanto al fondo.
Para Marx, por tanto, la clase obrera no viene
determinada únicamente por el lugar que sus elementos ocupan en el sistema de
producción –que solo hace de ellos una masa de trabajadores asalariados con
características comunes–, sino por su lucha contra la clase explotadora y
dominante. Lucha que se impone como una necesidad objetiva y vital bajo los
efectos del mecanismo mismo de la explotación capitalista.
En la Miseria de la filosofía y en El manifiesto
Marx describe una serie de formas de acción y de organización de la clase
obrera que van surgiendo en el curso de esa lucha, como respuesta a los propios
imperativos de la misma, y cuyo conjunto constituye la materialización concreta
del proceso de transformación de la masa proletaria en clase. La lucha dispersa
y fragmentada de los proletarios contra sus explotadores particulares en una
primera fase –fase que se repite históricamente en diferentes circunstancias de
lugar y tiempo con la expansión misma del capitalismo– se convierte así en
lucha de la clase obrera contra la clase burguesa, y, por tanto, en lucha
contra el poder concentrado de esta clase, su poder político, el Estado. Es
decir, en una lucha política «que llegada a su más alta expresión implica una
revolución total»[3].
La ideología alemana incluye entre los rasgos que
caracterizan al proletariado el de ser «la clase de la que nace la conciencia
de la necesidad de una revolución radical, la conciencia comunista que,
naturalmente, puede llegar a formarse también entre las otras clases, al
contemplar la posición en que se halla colocada aquella»[4]. Es decir, la
conciencia revolucionaria –en el sentido más general del concepto: la
aspiración a cambiar radicalmente el sistema social existente– no necesita ser
aportada al proletariado por instancias exteriores a él; es un producto
orgánico de sus propias condiciones de existencia y de la lucha que imponen. La
Miseria de la filosofía y El manifiesto no repiten de modo explícito esta
tesis, pero toda su descripción de la lucha proletaria, del nacimiento y
desarrollo de la solidaridad, de la unión y organización del proletariado,
representa, de hecho, la descripción de la práctica en que se adquiere y se
expresa la conciencia colectiva de los intereses comunes y de los objetivos comunes
enfilados contra la sociedad existente[5].
El que la conciencia revolucionaria del
proletariado sea un producto orgánico de su situación y su lucha no quiere
decir, naturalmente, que nazca y se desarrolle sin influencia de otras
ideologías y conciencias de clase, aunque solo sea porque la dialéctica de toda
lucha implica siempre la influencia recíproca de los contendientes. Además,
como se señala en El manifiesto, las luchas de la burguesía contra la
aristocracia, o entre fracciones de la burguesía, o entre burguesías de
diferentes países, a las que el proletariado se ve arrastrado de una u otra
manera, contribuyen a la educación política del proletariado. También «aporta
al proletariado numerosos elementos de educación» la proletarización de
elementos de otras clases.
Como se dice en el pasaje más arriba citado de La
ideología alemana, la conciencia revolucionaria comunista puede formarse
también en elementos de las otras clases al considerar la situación en que se
encuentra la clase obrera. En particular, «en ideólogos burgueses que se eleven
hasta la comprensión teórica del conjunto de movimiento histórico» y pasen a
las filas del proletariado para luchar por la revolución. Estos teóricos –Marx
y Engels se autorretratan en este punto de El manifiesto– pueden devolver al
proletariado, en forma teóricamente elaborada, la conciencia revolucionaria
nacida de la situación y la lucha del proletariado.
Por tanto, a través de la lucha por cambiar sus
condiciones de existencia, los obreros se cambian ellos mismos, forman su
conciencia política, llegan a comprender la necesidad de la revolución. Y a su
vez esta revolución les permite elevarse a un nivel superior de conciencia
revolucionaria. Como dice Marx en
uno de los principales pasajes de La ideología
alemana: «para llevar adelante la cosa misma (la transformación de la sociedad
en sentido comunista [F. C.]) es necesaria una transformación en masa de los
hombres, que solo podrá operarse mediante un movimiento práctico, mediante una
revolución […]; la revolución, por consiguiente, no solo es necesaria porque la
clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque
únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derroca a otra limpiarse
de toda la podredumbre del viejo sistema que lleva adherida y hacerse capaz de
fundar la sociedad sobre bases nuevas»[6].
En resumen, toda la exposición de El manifiesto, lo
mismo que los planteamientos de Miseria de la filosofía y de La ideología
alemana sobre el proceso de formación del proletariado como clase
revolucionaria son la viva ilustración de la tercera tesis sobre Feuerbach: «La
coincidencia del cambio de las circunstancias y de los hombres, o
autotransformación, no puede ser captada y comprendida racionalmente más que
como práctica revolucionaria».
* * *
El problema del partido está en Marx
indisolublemente ligado al de la clase. Hemos visto, en El manifiesto, la
formulación que resume el resultado final del proceso de unificación y
organización del proletariado: «Esta organización del proletariado en clase y,
por tanto, en partido político […]». Es decir, la clase obrera entendida como
acabamos de ver, como un grupo social estructurado, en lucha con las otras
clases, con conciencia de clase nacida y forjada en esa lucha, funciona como
«partido político» frente a las otras clases, que a su vez actúan como
«partidos» frente a la clase obrera. Así vemos en los textos de Marx y Engels
de estos años las expresiones «partido de la burguesía» o «partido burgués» sin
referirse a ninguno de los grupos políticos burgueses específicos, sino a la
actuación de la burguesía como tal clase. A esta concepción del partido-clase o
de la clase-partido debía aludir probablemente Marx años después, en carta a su
amigo el poeta Freiligrath: «La Liga, lo mismo que la Société des Saisons, y
que centenares de otras sociedades, son solo episodios en la historia del
partido que nace espontáneamente, por doquier, del suelo de la sociedad
moderna»; «yo me he esforzado por disipar el equívoco de que por “partido”
entendía la Liga, cuya existencia terminó hace ocho años, o la redacción del
diario, que dejó de salir hace doce años. Por partido yo entendía el partido en
el gran sentido histórico del término»[7].
Por otro lado, en El manifiesto y otros textos de
ese periodo se utiliza el concepto de «partido obrero» para designar
formaciones específicas que engloban una fracción del proletariado con una
plataforma política concreta: Cartismo, Asociación nacional de la reforma en
América, etc. Y aparece el concepto de «partido comunista» para designar el
partido de los que comparten las ideas de El manifiesto.
Al interrogarnos sobre el concepto de partido en
Marx conviene tener bien presente el modelo empírico que le inspira en esta
cuestión, como en la de la dialéctica del capitalismo y de la revolución
proletaria: el modelo inglés. El proletariado inglés de esa época, en tanto que
clase enfrentada con la burguesía y su Estado, se presenta como un conjunto,
más o menos articulado, integrado por un partido obrero (cartismo),
organizaciones de tipo sindical (trade unions), asociaciones culturales,
mutualistas, etc. Y dentro del partido obrero, cuyo único fundamento
político-programático es la Carta, existe desde 1846 la pequeña organización
internacionalista ya aludida, Fraternal Democrats, entre cuyos dirigentes
figuran destacados militantes del ala izquierda del cartismo[8]. Esta
organización se considera demócrata-comunista, algunos de sus miembros
simpatizan con las concepciones de Marx y Engels, y mantiene estrechas
relaciones con la organización londinense de la Liga de los Comunistas, cuyos
dirigentes pertenecen también a Fraternal Democrats. En la práctica es un
partido comunista –o el embrión de un partido comunista– dentro del partido
obrero. Tal vez Marx se inspira de esta experiencia cuando señala, entre los
rasgos que caracterizan a los comunistas, el de «no formar un partido aparte,
opuesto a los otros partidos obreros».
Es plausible suponer, por tanto, que el concepto
del partido-clase, del partido proletario en «el gran sentido histórico del
término», significa el conjunto de formas de organización y de acción,
ideológicas, políticas, sindicales, culturales, en que se manifiesta la
iniciativa histórica del proletariado, su lucha contra la burguesía y por un
nuevo tipo de sociedad.
El manifiesto define de modo más preciso, aunque
tampoco exento de ambigüedad, el partido propiamente comunista. «Los comunistas
–declara el documento– no forman un partido aparte, opuesto a los otros
partidos obreros. No tienen intereses algunos que no sean los intereses del
conjunto del proletariado. No proclaman principios especiales a los que
quisieran amoldar el movimiento proletario. Los comunistas solo se distinguen
de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes
luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los intereses
comunes a todo el proletariado,
independientemente de la nacionalidad, y, por otra
parte, en que en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre
el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del
movimiento en su conjunto. Prácticamente los comunistas son, pues, el sector
más resuelto de los partidos obreros de todos los países, el sector que siempre
impulsa adelante a los demás; teóricamente, tienen sobre el resto del
proletariado la ventaja de su clara visión de las condiciones, de la marcha y
de los resultados generales del movimiento proletario.» «Los comunistas luchan
por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera; pero, al
mismo tiempo, defienden también, dentro del movimiento actual, el porvenir de
ese movimiento.»
Este conjunto de postulados se presta,
evidentemente, a diversas interpretaciones. Más adelante, después que hayamos
visto cómo es aplicado en la práctica de la lucha revolucionaria, volveremos
sobre él para tratar de descifrar el sentido más plausible. Ahora vamos a ver
cómo, concretamente, Marx y Engels dan los primeros pasos para crear un núcleo
comunista de esas características en el periodo 1846-1847.
* * *
Cuando a finales de 1845 llegan a conclusiones
teóricas que juzgan satisfactorias y deciden, además de «razonarlas
científicamente», ganar a ellas al «proletariado europeo», comienzan por
establecer relaciones regulares de información y discusión con elementos
destacados del movimiento socialista y comunista de diversos países europeos,
principalmente Alemania, Francia e Inglaterra. Crean en Bruselas un centro
llamado Comité Comunista de Correspondencia y proponen a las personas con las
que van tomando contacto constituir órganos análogos. A través de la escasa
documentación conservada se deduce que su finalidad era crear un núcleo
comunista internacional y un partido comunista alemán inspirados de sus
concepciones[9]. La idea de que la Liga de los Justos podía convertirse en una
organización de ese tipo surge en el curso de la labor de los comités de
correspondencia y por iniciativa, sobre todo, de los dirigentes de la Liga.
Los resultados obtenidos en el terreno alemán,
antes de iniciarse las relaciones con la Liga, son escasos. Unos cuantos
corresponsales repartidos en diversos centros de Silesia, Renania, Westfalia y
algunos otros, muy pocos, lugares de Alemania[10]. Fuera de Alemania no se
crean comités de correspondencia, aparte del de Bruselas, más que en París y
Londres. En ese momento Marx tiene
una alta opinión de Proudhon y le propone
colaborar. Proudhon acepta, en principio, pero con reservas teóricas y
políticas –en particular su oposición a una acción de tipo revolucionario– que
impiden prácticamente el acuerdo. La Filosofía de la miseria, de Proudhon,
publicada poco después, muestra a Marx toda la profundidad del foso teórico que
les separa[11]. El Comité de correspondencia de París se creará finalmente en
torno a Engels, que en agosto de 1846 se instala allí para librar batalla a la
influencia de Proudhon y de los «socialistas verdaderos» entre los miembros de
la Liga de los Justos, algunos de los cuales comienzan a simpatizar con las
ideas del centro de Bruselas. El resultado más importante, por las
consecuencias que tendrá, es la creación del Comité de correspondencia de
Londres, mediante el cual se iniciarán las relaciones de Marx y Engels con los
dirigentes de la Liga de los Justos y se abrirá el proceso de discusión
política e ideológica que conducirá a la Liga de los Comunistas. Pero antes de
abordar esta cuestión debemos referirnos a dos pasos del Comité de
Correspondencia de Bruselas que esclarecen con particular relieve sus objetivos
y tareas: la ruptura con Weitling y la circular contra Kriege.
Weitling había sido uno de los organizadores de la
Liga de los Justos. De origen obrero-artesano, se destaca muy pronto como el
principal teórico del socialismo utópico alemán, pudiendo parangonarse con los
grandes utopistas ingleses y franceses. En 1844, Marx califica de «genial» el
libro de Weitling, Garantías de la armonía y la libertad. Ve en los trabajos de
este obrero autodidacto la expresión de «la cultura de los obreros alemanes, de
su aptitud para cultivarse», y contrapone las Garantías a la «insípida y
pusilánime mediocridad» de la literatura política de la burguesía alemana. «Hay
que reconocer –llega a decir Marx– que el proletariado alemán es el teórico del
proletariado europeo, análogamente a como el inglés es su economista y el
francés su político»[12]. Las Garantías contienen una crítica acerba, acertada
en muchos aspectos, de la sociedad burguesa; un proyecto de sociedad comunista
y una concepción de las vías para llegar a esta. Es la variante alemana, con
especial influencia de Fourier y –como era inevitable, tratándose de un alemán–
de Hegel, de las construcciones utopistas inglesas y francesas. Pero a
diferencia de los utopistas ingleses y franceses, Weitling no cree que su
realización pueda venir de la comprensión de los poderosos y los ricos: «¿Dónde
se ha visto que esos individuos escuchen la voz de la razón? […]. Toda reforma
importante solo puede ser realizada por medio de una revolución». Si Fourier,
Saint-Simon y Owen habían buscado en las altas esferas de la sociedad existente
la palanca de su transformación, Weitling la encuentra en las más bajas, en
«esas masas que
pululan en nuestras grandes ciudades, arrojadas a
una miseria sin límites, errantes en el abismo de la desesperación». Y propone
a los otros dirigentes de la Liga de los Justos la creación de un Ejército de
20.000 a 40.000 hombres formado a base de los elementos más desclasados y
miserables, de ladrones y bandidos, para desencadenar una guerra de guerrillas
contra la dominación de la propiedad privada[13]. Weitling se opone a la lucha
obrera por reformas en los marcos de la sociedad burguesa, no porque las crea
imposibles, sino porque los éxitos contribuirían a embotar el ardor
revolucionario. Se opone a que los obreros marchen juntos con la oposición
burguesa contra la monarquía absoluta y por la unificación de Alemania. No ve
diferencia importante entre esa monarquía y la república burguesa. Un rasgo
importante de su doctrina y de sus posiciones políticas es la coloración
religiosa, motivada tanto por convicción – Weitling considera que el
cristianismo primitivo tuvo un carácter revolucionario y piensa que la fe
religiosa es un elemento positivo para el hombre– como por consideraciones
tácticas: posibilidad de movilizar más fácilmente a las masas pobres apelando a
sus creencias religiosas.
En el verano de 1844, después de haber sido
encarcelado por las autoridades suizas y expulsado de Alemania, Weitling llega
a Londres como exiliado, con la aureola del mártir y del teórico. Pero sus
ideas, en particular sus proyectos de acción revolucionaria a base del
lumpenproletariado, encuentran la oposición de los otros dirigentes de la Liga
de los Justos, que entretanto habían evolucionado hacia posiciones pacifistas y
reformistas. A principios de 1846 Weitling se traslada a Bruselas y es bien
acogido por Marx, interesado en ganar a sus ideas la personalidad más destacada
del naciente movimiento obrero alemán[14]. Pero las esperanzas de Marx, si las
tuvo, se desvanecieron rápidamente. El 30 de marzo de 1846, durante una reunión
del Comité de Correspondencia prevista para otros asuntos, Marx y Weitling se
enfrentaron violentamente, iniciándose una ruptura que sería definitiva. A
juzgar por la documentación disponible, Marx criticó con acritud la
inconsistencia del «comunismo artesanal», su carencia de fundamento científico,
considerando nefastos sus efectos a nivel político. Frente al extremismo de
Weitling, sostiene que la revolución alemana en gestación tiene un carácter
burgués. La clase obrera no puede proponerse acceder inmediatamente al poder.
Según el testimonio de uno de los asistentes a la discusión, el «sarcástico
discurso» de Marx «planteaba, en esencia, que agitar a la población sin
proporcionarle ninguna base sólida, meditada, para la acción equivalía a
engañarla. Fomentar esperanzas fantásticas lleva a la catástrofe y no a la
salvación de los que sufren. Dirigirse a los obreros, sobre todo en Alemania,
sin ideas rigurosamente científicas, sin una
doctrina positiva, equivale al juego vacío y deshonesto de los predicadores,
que presupone, de un lado, el apóstol inspirado y, de otro, necios que le
escuchen boquiabiertos […]. Las gentes sin doctrina positiva nada pueden hacer
y nada han hecho hasta hoy si no es armar ruido y perjudicar a la causa misma
que han abrazado». Según el mismo testigo, Weitling replicó no menos
agresivamente, diciendo que «el hombre que ha reunido bajo su bandera cientos
de gentes, en nombre de las ideas de justicia, solidaridad y ayuda fraternal,
no puede ser vacío e inútil […]; posiblemente su modesto trabajo preparatorio
es más provechoso para la causa común que la crítica y los análisis de gabinete
de doctrinas muy alejadas del mundo sufriente y de las miserias del pueblo».
Estas palabras –sigue diciendo el mismo testigo– sacaron de quicio a Marx.
Dando un puñetazo en la mesa, que derribó la lámpara, y poniéndose en pie,
profirió: «¡La ignorancia nunca ha servido para nada!»[15]. Con esta amena
escena se cerró el primer acto de la ruptura entre Marx y Weitling. El segundo
(todavía habría un tercero, durante la revolución) se desarrolló con motivo de
la discusión de la llamada Circular contra Kriege, propuesta por Marx y Engels
en la reunión del Comité de Correspondencia del 11 de mayo de 1846. Weitling
fue el único que votó en contra y pocos días después dejó Bruselas por
Alemania. En diciembre de 1846 se trasladó a Estados Unidos, fundando allí una
organización similar a la Liga de los Justos, llamada Liga de la Liberación.
En la discusión con Weitling, Marx había planteado
dos tareas fundamentales en relación con la preparación ideológico-política de
un partido comunista alemán: la lucha contra el «comunismo artesanal», cuyo
máximo representante era Weitling, y la lucha contra el «comunismo filosófico»,
designando bajo este término la fuente teórica de los llamados «socialistas
verdaderos». La Circular contra Kriege forma parte de esta segunda tarea. En
realidad, las dos se presentaban muy imbricadas, porque tanto desde el punto de
vista de sus fundamentos filosóficos como de sus posiciones políticas las
vinculaciones entre ambas corrientes eran grandes.
El «comunismo filosófico», que marca también con su
impronta un momento de la evolución de Marx y Engels, es uno de los productos
de la descomposición del movimiento hegeliano. Tiene su origen en Feuerbach y
alcanza gran difusión en el ala más radical de la intelectualidad alemana.
Entre los rasgos comunes a los diversos representantes de esta corriente –por
lo demás muy heterogénea– sobresalen: el intento de combinar feuerbachismo y
joven-hegelianismo con el socialismo utópico francés; la subestimación de los
factores económicos y
políticos (deduciendo la necesidad del comunismo,
como régimen social, por vía lógica, a partir de categorías filosóficas); la
concepción del comunismo, en tanto que ideología, como connatural a todas las
clases y de manera especial a la intelectualidad.
El «socialismo verdadero» –a cuya caracterización
por Marx en El manifiesto nos hemos referido en el capítulo precedente– se
forma a partir de esta corriente ideológica, acentuando sus rasgos más
negativos –en particular su sentimentalismo abstracto– y sumándoles el rechazo
de la lucha política, declarada incompatible, por principio, con el socialismo.
En lugar de la lucha política –es decir, la lucha de clases– el «socialismo
verdadero» predica el amor y la fraternidad (en contraposición al egoísmo, la
privatización y el aislamiento que reinan en la sociedad burguesa). El culto al
amor y la fraternidad conduce a los «socialistas verdaderos», en una serie de
casos, a la prédica de la reconciliación entre las clases, la renuncia a la
lucha revolucionaria y el recurso a las clases dominantes, al estilo de los
utopistas ingleses y franceses. Muchos «socialistas verdaderos» pensaban que
Alemania podía evitar el capitalismo y pasar directamente al socialismo.
Algunos autores –entre ellos Lenin– han visto en los «socialistas verdaderos»
un fenómeno de esencia similar al del populismo ruso. En ambos casos, las
esperanzas y reivindicaciones de la democracia pequeñoburguesa (de la
democracia campesina, sobre todo, en el caso ruso, y de la democracia artesanal
urbana, preferentemente, en el caso alemán) aparecen revestidas de una
fraseología socialista abstracta[16].
En 1844 interviene un acontecimiento que tiene
grandes efectos clarificadores en el complejo proceso indicado: la insurrección
de los tejedores silesianos. Hasta entonces Alemania no había conocido un
movimiento obrero de masas y, en consecuencia, la intelectualidad radical,
comprensiva y compasiva ante el proletariado sufriente, partidaria del
«socialismo» para resolver la «cuestión social», no se había visto obligada aún
a definirse ante el proletariado combatiente. La insurrección de Silesia no le
deja escape. Su gran mayoría la repudia como método ineficaz a nivel de la
práctica y contrario a las esencias del socialismo –humanismo, fraternidad,
amor, etc.– a nivel teórico. A partir de ese momento puede hablarse de
«socialismo verdadero» como corriente definida. Entre 1844 y 1848 abarca a la
gran mayoría de los intelectuales que se consideran socialistas o comunistas, e
influye acentuadamente en el movimiento comunista de los obreros-artesanos.
Pero este momento de auge será breve: el huracán revolucionario aventará en
pocas semanas las ilusiones en la fraternidad y el amor entre los hombres sin
distinción de clases, y los principales líderes del
«socialismo verdadero», olvidando sus prédicas
apolíticas, se lanzarán de pleno a la acción política, cayendo muchos de ellos
en lo que Marx llamará «cretinismo parlamentario». Unos cuantos, muy pocos, son
atraídos por las ideas de Marx y Engels en vísperas de la revolución (Wolff,
Weydemeyer, Dronke, etcétera).
Frente al «socialismo verdadero», como frente al
«comunismo artesanal», la posición de Marx y Engels va modificándose en función
de su propia evolución teórica y política, de las tareas prácticas que se
plantean y de la coyuntura política. Cuando en 1846 Marx habla del «partido
comunista» refiriéndose a Alemania (véase supra, n. 9) incluye todavía esas dos
corrientes. Se bate ideológicamente con ellas, pero considerándolas parte
integrante del «partido comunista alemán». De ahí que en su carta a Annenkov de
finales de 1846 encontramos esta frase: «en cuanto a nuestro propio partido, no
solo es pobre, sino que una gran parte me ataca porque me opongo a sus utopías
y sus declamaciones»[17]. A la hora de El manifiesto parece no incluir ya bajo
esa apelación más que el conjunto de aquellos –incluidos o no en la Liga de los
Comunistas– que comparten las concepciones expuestas en el histórico documento.
A medida que se precisa la perspectiva
revolucionaria les parecen más nefastas a Marx y Engels las prédicas contra la
lucha política y el fomento de ilusiones en la fraternidad de los individuos
sin distinción de clases. Y a medida que creen más necesario agrupar a los
comunistas sobre bases teóricas científicas –en cuya posesión se consideran ya–
juzgan más inadmisibles actividades como las de Kriege. Utilizando el semanario
Volks-Tribun, dirigido por él, Kriege propagaba desde Nueva York las concepciones
del «socialismo verdadero» presentándolas como las del Partido Comunista
Alemán. El Comité de Correspondencia de Bruselas adopta una resolución,
acompañada de un extenso texto crítico contra los artículos de Kriege, que
envía a sus corresponsales. El conjunto pasará a la historia del marxismo con
el título de Circular contra Kriege[18]. Kriege –se dice en ese documento,
demostrándolo con numerosas citaciones del Volks-Tribun– «presenta el comunismo
como un pozo de amor, lo contrario del egoísmo, y reduce el movimiento
revolucionario histórico a unas cuantas palabras: amor-odio, comunismo-egoísmo.
A lo que está ligada la cobardía manifestada (por Kriege) cuando hace la rosca
a los usureros prometiéndoles respetar lo que les pertenece, o cuando jura que
no piensa “destruir el tierno apego a la vida familiar, a la patria y a la
nacionalidad”, que solo quiere “encarnarlas en la vida”». «Esta cobardona e
hipócrita imagen del comunismo,
no como “destrucción”, sino como “encarnación” de
la inicuas relaciones existentes, junto con todas las ilusiones que acerca de
ellas se hace el burgués, pasa como un hilo rojo a través de todos los números
del Volks-Tribun.» El análisis que sigue muestra el fondo religioso o puramente
filosófico-especulativo de tal concepción del comunismo: «Bajo la denominación
de comunismo Kriege predica las viejas fantasías filosóficas y religiosas
alemanas que están en contradicción radical con el comunismo. La fe, y concretamente
la fe en el “sagrado espíritu de la comunidad”, es lo que menos necesita el
comunismo para poder realizarse». También se critica a Kriege por presentar
como comunista el reparto de tierras que preconiza la National Reform
Asociation. Marx, como ya vimos, admite la necesidad histórica de tal
reivindicación en las condiciones de Estados Unidos, pero a condición de no
mistificar su verdadero contenido.
Marx y Engels consideraban tan necesario
deslindarse de ese «comunismo» que consagrarán el segundo tomo de lo que habría
de ser La ideología alemana a la crítica del «socialismo verdadero». Pero solo
una parte, la crítica de Marx a un libro de Grün (otro de los principales
ideólogos de esa corriente), pudo publicarse entonces[19].
[1] Marx,
Miseria de la filosofía, op. cit., p. 172. La misma idea encontramos en La
ideología alemana: «Los diversos individuos no constituyen una clase más que en
la medida que tienen que sostener una lucha común contra otra clase» (op. cit.,
p. 46).
[2] A
renglón seguido del párrafo que acabamos de citar de Miseria de la filosofía,
Marx escribe: «En la historia de la burguesía debemos diferenciar dos fases: en
la primera se constituye como clase bajo el régimen del feudalismo y de la
monarquía absoluta; en la segunda, la burguesía, constituida ya como clase,
derroca el feudalismo y la monarquía para transformar la vieja sociedad en una
sociedad burguesa […]. También la burguesía comenzó su lucha con coaliciones
parciales contra los señores feudales» (op. cit., p. 172). El paralelismo con
el proceso de constitución del proletariado en clase y de su acción como tal
clase para derrocar el capitalismo es evidente. Y es un paralelismo equívoco
porque induce a perder de vista las diferencias esenciales que hemos subrayado
en el capitulo precedente.
[3] Marx,
Miseria de la filosofía, op. cit., p. 172. En otro pasaje de esta obra Marx
muestra como elemento importante de la transformación de la lucha económica en
política el hecho de que llega un momento en que «la defensa por los obreros de
sus asociaciones frente al capital, siempre unido, acaba siendo para ellos más
necesario que la defensa del salario» (ibid., p. 170).
[4] Marx y
Engels, La ideología alemana, op. cit., p. 61. «La existencia de ideas
revolucionarias en una época determinada supone ya la existencia de una clase
revolucionaria» (ibid., p. 40). «El proletariado, a quien la necesidad de
trabajar catorce horas diarias equipara a una bestia de carga, a quien la
concurrencia degrada al nivel de una cosa, de un artículo comercial, que se ve
desplazado de su posición de fuerza productiva, la única que se le tolera, por
otras fuerzas productivas más eficaces; este proletariado recibe ya, con ello y
por ello, la misión real de revolucionar sus condiciones de vida» (ibid., pp.
249-250).
[5] En
Miseria de la filosofía Marx aduce ejemplos para mostrar cómo los obreros han
seguido el camino dictado por su propia experiencia, desoyendo las prédicas de
economistas y teóricos socialistas que les aconsejaban –con la mejor intención
del mundo, creyendo defender los intereses de la «clase sufriente»– no
formar coaliciones, no ocuparse de política y
esperar a la realización de unos u otros proyectos de reforma social. «Pese a
unos y a otros, pese a los manuales y las utopías, las coaliciones no han
cesado un instante de progresar y crecer con el desarrollo y el incremento de
la industria moderna» (op. cit., p. 169).
[6] Marx y
Engels, La ideología alemana, op. cit., p. 61.
[7] Marx,
«Carta a Freiligrath», del 29 de febrero de 1860, en Sochinenia, tomo 30, pp.
400 y 406. Las cursivas son nuestras.
[8] La
creación de Fraternal Democrats se inicia en septiembre de 1845 en Londres, por
iniciativa de los líderes del ala izquierda del cartismo y de emigrados
políticos de una serie de países europeos, entre ellos los dirigentes de la
Liga de los Justos. La organización se constituye formalmente en marzo de 1846,
pero hasta finales de 1847 (13 de diciembre) no se dan unos estatutos y no
elige un secretariado compuesto de representantes de las organizaciones de
diversos países. Según Michael Löwy, que ha estudiado más de cerca el tema,
estas dilaciones se explican por el problema que planteaba la situación de
Fraternal Democrats vis a vis del partido cartista y que se resuelve
consagrando la situación de «partido dentro del partido». Véase M. Löwy, La
théorie de la révolution chez le jeune Marx, Maspero, 1970, pp. 146-148 y 163
[ed. cast.: La teoría de la revolución en el joven Marx, Siglo XXI de España,
3.a ed., Madrid, 1973].
Aunque de tendencias comunistas, tanto en Fraternal
Democrats como en la Liga de los Justos son fuertes aún, antes de la Revolución
de 1848, las tendencias pacifistas y democrático-burguesas. Con fecha 23 de
octubre de 1846, Engels le escribe a Marx desde París: «He enviado estos días a
Harney un ataque moderado contra el rechazo de la violencia por Fraternal
Democrats» (Correspondance, op. cit., t. I, p. 438).
[9] Hasta
hoy día se conocen pocos documentos de Marx o Engels definiendo claramente su
concepción de estos organismos. En Herr Vogt, escrito catorce años después,
Marx les dedica unas líneas, limitándose a decir que editaban panfletos
impresos o litografiados (Sochinenia, t. 14, p. 451). Engels les dedica otras
cuatro líneas en su Contribución a la historia de la Liga (1885) diciendo que
enviaban circulares a sus amigos y corresponsales del mundo entero «en
ocasiones especiales, cuando se planteaban problemas internos del partido
comunista en gestación» (OE, tomo II, p. 364). La carta a Proudhon (5 de mayo
de 1846) define la razón de ser y los objetivos de los comités de
correspondencia, sin referencia explícita a la creación del partido. Se habla
únicamente de información y discusión recíprocas (Correspondance, op. cit., t.
I, pp. 381-382). Pero posiblemente las características del interlocutor
explican esa circunspección. En dos documentos importantes se pone
explícitamente en relación la labor de los Comités con la formación del partido
comunista alemán: la circular contra Kriege (véase infra, n. 18) y la carta del
15 de junio de 1846 firmada por Marx, Engels, Gigot y Wolff, dirigida a G. A.
Köttgen, comunista alemán de Elberfeld (Renania), en la que respondiendo a
diversas cuestiones planteadas por este, se dice: «Estamos plenamente de
acuerdo con vuestra opinión de que los comunistas alemanes deben poner fin a la
dispersión existente hasta ahora entre ellos y establecer relaciones
permanentes»; de acuerdo (resumo [F. C.]) con crear organizaciones culturales,
editar y difundir folletos populares, etc.; de acuerdo en fijar cotizaciones
para los gastos de propaganda, pero «en contra de vuestra proposición de
mantener, con estas cotizaciones, a los escritores». Se pronuncia en contra
también de la celebración próxima de un congreso comunista, propuesta, al
parecer, por Köttgen: «La convocatoria de un congreso comunista la consideramos
prematura. Solo después de que en toda Alemania se hayan formado asociaciones
comunistas y reunido los medios para la lucha se podrá convocar con esperanza
de éxito a los delegados de esas asociaciones a un congreso. No será posible,
por tanto, antes del año próximo» (Soius Kommunistov, pp. 83-84).
Por otra parte, de las respuestas de algunos
corresponsales de Alemania al Comité de Bruselas, así como de cartas del Comité
de Correspondencia de Londres, se deduce que los interlocutores de Marx y
Engels veían la actividad emprendida como encaminada a la organización del
partido comunista. La carta a Köttgen es el documento más ilustrativo, a
nuestro conocimiento, de cómo Marx y Engels veían el proceso que podía conducir
a la creación del partido comunista alemán.
[10] A juzgar
por la documentación conocida, hay dos factores que frenan la constitución en
Alemania misma de los comités de correspondencia: 1) el temor a la represión
policiaca. Un corresponsal de Silesia le escribe a Wolff: «convendrás conmigo
en que las agrupaciones secretas conducen precisamente a que las personas
inteligentes, integrantes de su núcleo, caen en manos de los enemigos contra
los cuales creen que
están luchando secretamente; al mismo tiempo, según
muestra la experiencia, la actividad fuera de toda asociación es mucho más
segura. Las conspiraciones condujeron siempre al fracaso y la reactivación de
la correspondencia hace la caída inevitable […]» (Soius Kommunistov, p. 99); 2)
la idea de que no es necesaria la creación de un partido comunista si el
objetivo inmediato es conquistar un régimen constitucional: «¿Así que queréis
crear en Alemania un partido comunista? Y una vez que esté creado, ¿qué? –escribe
el corresponsal en Kiel, Georg Weber–. En mi opinión los ingleses proceden más
acertadamente fijándose un objetivo limitado, determinado, y uniéndose en torno
a él. Objetivo que debe ser alcanzado a corto plazo. Para Alemania tal objetivo
es la constitución, bajo la cual es posible obtener libertad de prensa y
libertad de asociación. Con ayuda de estos medios se puede, a su vez, liquidar
esa constitución y crear algo mejor […]. En una palabra, creo que no hay que
saltar las etapas […]. No me parece oportuno crear en Alemania una organización
de artesanos (se refiere a los comités de correspondencia) que tarde o temprano
será descubierta por el gobierno […]. Las cosas avanzan de todas maneras y no
hay razón para que los artesanos arriesguen su pellejo» (Soius Kommunistov, pp.
91-92).
[11] En La
sagrada familia Marx saluda en Proudhon el autor del «primer análisis resuelto,
implacable y, al mismo tiempo, científico de la propiedad privada, base de la
economía política» (Madrid, Akal, 1997, p. 48). La carta de Marx a Proudhon
desde Bruselas, con fecha 5 de mayo de 1846, se encuentra en Correspondance,
op. cit., t. I, p. 382. La respuesta de Proudhon está reproducida integralmente
en el Proudhon de E. Dolléans, Gallimard, 1948, pp. 96-99. Refiriéndose al
pasaje de la carta de Marx donde este subraya la importancia de la información
mutua «en el momento de la acción», Proudhon objeta: «¿Tal vez conserva usted
aún la opinión de que una reforma es actualmente imposible sin un golpe de
mano, sin eso que en otros tiempos se llamaba revolución y que en realidad solo
es una sacudida? Esta opinión, que conozco, que excuso y que discutiría de
buena gana, puesto que yo mismo la he compartido durante mucho tiempo, le
confieso que mis últimos estudios me han hecho reconsiderarla completamente.
Creo que no tenemos necesidad de eso para conseguir lo que nos proponemos, y
que, por consiguiente, no debemos, en modo alguno, plantear la acción
revolucionaria como medio de reforma social, porque ese pretendido medio sería
simplemente un llamamiento a la fuerza, a la arbitrariedad; en una palabra,
sería una contradicción».
[12] Marx,
«Glosas marginales críticas al artículo “El rey de Prusia y la reforma
social”», Vorwärts!, 7 y 10 de agosto de 1844, en Sochinenia, t. 1, p. 444. La
Liga de los Justos había adoptado en 1838 como declaración de principios
–«profesión de fe», se decía entonces– el primer trabajo de Weitling, escrito
expresamente con ese fin, La humanidad tal como es y tal como debe ser. En este
texto se declara: «La comunidad de bienes es el medio de salvar la humanidad;
transformará la tierra, por así decir, en un paraíso». Citado por Bert Andreas
en su presentación de los documentos constituyentes de la Liga de los
Comunistas, Aubier, 1972, p. 12.
Ese proletariado alemán de que habla Marx se
componía, en su gran mayoría, de artesanos u obreros-artesanos, herederos, en
efecto, de una tradición de autodidactismo de la que Weitling era un brillante
ejemplo.
[13] W.
Weitling, Garantías de la armonía y la libertad, versión rusa de 1962, pp. 387,
388 y 408.
La proposición de creación del Ejército indicado
está en cartas escritas por Weitling desde Suiza a la dirección de la Liga de
los Justos. Las cartas no se han conservado, pero su contenido se deduce de las
respuestas, en particular las de Ewerbeck, reproducidas en el libro del
marxista alemán E. Kaler sobre Weitling, publicado en 1887, de donde lo toma el
historiador soviético Mijailov: M. I. Mijailov, Istoria Soiusa Kommunistov,
Nauka, Moscú, 1968, pp. 78-79.
[14] Según
Mijailov, op. cit., p. 126, sin indicar fuente, Weitling fue invitado a
Bruselas por Marx. En su Contribución a la historia de la Liga, Engels dice que
Marx y su mujer «lo acogieron con paciencia casi sobrehumana».
[15] El
testigo es P. Annenkov, demócrata ruso, amigo de Marx, que le invitó a
participar en la reunión del Comité de Correspondencia. Sus recuerdos sobre
Marx, donde aparece este episodio, fueron escritos treinta años después. El
texto que citamos está incluido en Soius Kommunistov, pp. 70-73. Junto con
este, los únicos documentos que se conservan de la reunión son una carta de
Weitling a Hess, escrita al día
siguiente (31 de marzo de 1846) y una nota de
Engels sobre esta carta, dirigida a Bebel, con fecha 25 de octubre de 1888. En
su Karl Marx, Nikolaevski interpreta el punto 6 de la carta de Weitling como
que Marx sostenía que la próxima revolución europea sería de carácter burgués
liberal. Marx no podía referirse de esa manera más que a la revolución alemana,
como se desprende de todos los textos suyos de ese periodo.
[16] Véase
Lenin, Sochinenia, 5.a edición rusa, t. 13, p. 153; t. 16, p. 253; t. 23, pp.
1-2. Mijailov, op. cit., pp. 133 y 137.
[17] Correspondance,
op. cit., t. I, pp. 458-459.
[18] Marx y
Engels, Sochinenia, t. 4, pp. 1-16. La resolución, fechada en Bruselas el 11 de
mayo de 1846 y firmada por Engels, Gigot, Heilberg, Marx, Seiler, Von
Westphalen, Wolff, declara: «1) La tendencia por la que aboga Hermann Kriege no
es comunista. 2) El modo infantilmente grandilocuente con el que Kriege
defiende esta tendencia compromete en alto grado al partido comunista, tanto en
Europa como en América, dado que Kriege es considerado como el representante
intelectual del comunismo alemán en Nueva York. 3) Las delirantes quimeras
sentimentales que Kriege predica en Nueva York bajo la etiqueta de “comunismo”
pueden tener considerable influencia desmoralizadora entre los obreros si son
aceptadas como buenas. 4) La presente resolución, junto con su fundamentación,
será comunicada a los comunistas de Alemania, Francia e Inglaterra. 5) Un
ejemplar se envía a la redacción del Volks-Tribun exigiéndole publicar esta
resolución, junto con su motivación, en los próximos números del semanario». El
documento fue publicado no solo en Volks-Tribun, sino también en la revista
mensual que aparecía en Alemania, Das Westphälische Dampfboot, que dirigía en
Westfalia el «socialista verdadero», Lüning. Según el Instituto
Marx-Engels-Lenin de Moscú, Lüning modificó tendenciosamente el texto y en ese
estado salió en la primera edición rusa de las obras de Marx y Engels. En la
segunda (de donde lo tomamos) figura el texto aparecido en Volks-Tribun (véase
Sochinenia, t. 4, n. 1, p. 547).
[19] También
en Das Westphälische Dampfboot, agosto-septiembre 1847. Este texto constituye
el cap. IV del tomo II de La ideología alemana.
V. LA LIGA DE LOS COMUNISTAS
Cuando a comienzos de 1846 Marx y Engels inician la
creación de los comités comunistas de correspondencia, la Liga de los Justos
cuenta ya con diez años de existencia. Formada principalmente de
artesanos-obreros emigrados, con algunas ramificaciones dentro de los Estados
alemanes, hasta 1839 es prácticamente la sección alemana de la Société des
Saisons blanquista y sufre los efectos de la represión que sigue al fracaso de
la intentona insurreccional contra Luis Felipe de 1839[1]. Ulteriormente, los
tres núcleos principales de la Liga, situados en París, Suiza y Londres, siguen
evoluciones distintas. Mientras el de Suiza se desarrolla bajo la influencia
directa de Weitling, los de París y Londres, decepcionados de la táctica
blanquista, evolucionan hacia posiciones pacifistas y reformistas. En la
organización de París, que muy quebrantada por la represión entrará en una
larga fase de semipasividad, se propagan los proyectos icarianos de Cabet.
Entretanto, el núcleo de Londres sigue una trayectoria diferente, influido por
el contacto con la clase obrera moderna, fabril, que lucha por sus
reivindicaciones económicas y políticas en las trade unions y en el partido
cartista. Siguiendo su método acostumbrado, la Liga, organización secreta, crea
en Londres una organización legal, la Asociación Alemana para la Formación de
los Obreros, en cuyo seno los «Justos» hacen propaganda y proselitismo, pero en
las condiciones de libertad de reunión y asociación la diferencia entre
organización secreta y asociación legal tiende a difuminarse. Llega un momento
en que la segunda se denomina abiertamente asociación comunista. En su seno se
cultiva el espíritu internacionalista –cosmopolita, suele decirse entonces– y
la Liga va adquiriendo un carácter multinacional, porque en esos años Londres
es un centro de concentración de artesanos y obreros de toda Europa, además de
emigrados políticos de las más diversas tendencias[2].
La evolución de los dirigentes londinenses de la
Liga de los Justos hacia posiciones pacifistas y reformistas se refleja en su
vinculación con el ala moderada del cartismo y en la posición que toman ante la
insurrección de los tejedores silesianos. Organizan la solidaridad, abren
suscripciones para las víctimas, pero se declaran contrarios a las formas
violentas de lucha[3]. En las discusiones con Weitling a lo largo de 1846
expresan claramente su oposición a la revolución, sobre todo Schapper, que era el
principal dirigente de la Liga en Londres. Citaremos algunos de sus juicios más
significativos en el transcurso de
esas discusiones[4]. La revolución no es
conveniente, dice, porque la humanidad no está todavía madura para el
comunismo, y «de la misma manera que no se puede obligar al árbol a crecer, no
se pueden imponer nuevas ideas a la humanidad por la fuerza»; «El árbol hay que
enderezarlo poco a poco, porque de lo contrario se quiebra»; «Nunca se ha
logrado inculcar la verdad con los fusiles»; «No debemos obligar a nadie. Es
necesario, primero, que una gran masa de gente se penetre de la verdad y
entonces todo lo demás vendrá por sí mismo»; «Primero todos los hombres deben
hacerse hermanos y entonces el comunismo vendrá por sí mismo». El camino real
para llegar al comunismo es la instrucción: «¡No, nada de revolución!
¡Arranquemos incansablemente y valerosamente los velos que ocultan la verdad!
Es todo lo que tenemos que hacer»; «¡Hay que guardarse de las revoluciones
porque tras ellas la humanidad se hunde de nuevo en la esclavitud!» (Dos años
después exaltará la «revolución grandiosa» que se aproxima.) Schapper critica
los diversos sistemas de sociedad comunista concebidos hasta ese momento
(Fourier, Owen, etc.), calificándolos de «cuartelarios», y considera que el
sistema de Weitling «no contiene ninguna garantía de libertad». Declara que «el
verdadero sistema comunista será creado por nuestros nuevos filósofos
alemanes», que «a partir de 1842 han comenzado a pronunciarse por el
comunismo», y a propuesta suya la dirección de la Liga decide que una vez
terminada la discusión con Weitling se pase «a examinar la más reciente
filosofía alemana y así nos acercaremos más a nuestras ideas». Schapper,
naturalmente, se refiere a Feuerbach, y durante 1846 en la Asociación alemana
de Londres se estudia y discute detenidamente La religión del futuro[5].
La discusión se polariza también en torno al papel
del conocimiento y del sentimiento dentro de toda acción que tenga por
finalidad el comunismo. Para Schapper y los otros dirigentes londinenses de la
Liga solo puede estar fundada en el conocimiento, en la ciencia. «No se puede
fundar nada sobre el sentimiento –afirma H. Bauer, otro de los dirigentes de la
Liga–; solo puede ser sólido lo que está fundado intelectualmente.» (Esta
voluntad de fundar científicamente la acción –que será, sin duda, uno de los principales
elementos de aproximación a Marx y Engels– se expresa, por ejemplo, en el
cambio pasajero del nombre de la Asociación Alemana para la Formación de los
Obreros, que en el verano de 1844 pasará a llamarse Asociación Científica
Obrera Alemana.) En cambio, para Weitling y Kriege, como ya sabemos, el motor
de la acción revolucionaria que preconizan es el sentimiento. En el fondo de
estas polarizaciones metafísicas – observa justamente M. Löwy– estaba el famoso
dilema: ¿cambiar primero los «hombres» o las «circunstancias», dar prioridad a
la «instrucción» o a la
«violencia»?[6]. Dilema metafísico al que en ese
mismo momento Marx daba su respuesta dialéctica-materialista en la tercera
tesis sobre Feuerbach.
En el curso de la discusión algunos de los
dirigentes londinenses modifican parcialmente sus posiciones, llegando a
admitir que la revolución podía ser necesaria en determinadas condiciones. En
particular H. Bauer, que se aproximó a un enfoque dialéctico del «dilema»,
planteando que si bien la revolución abría paso a la instrucción, la
instrucción preparaba la revolución, y que esta se haría necesaria, puesto que
los poderosos se opondrían por todos los medios a la instrucción de las masas.
Posiblemente no es ajeno a esta evolución el que durante la segunda mitad de
1845 tiene lugar un acercamiento entre los dirigentes de la Liga y el ala
radical del cartismo[7].
Tal es el punto en que se encuentra la evolución
ideológica y política del grupo londinense de la Liga de los Justos cuando a
principios de 1846 Marx y Engels le proponen a Harney crear un Comité de
Correspondencia. El dirigente del ala izquierda del cartismo responde aprobando
en principio la iniciativa, pero negándose a asumir la responsabilidad de la
creación del comité si no son consultados previamente Schapper y sus camaradas.
Advierte, además, que en los medios de la Liga se atribuye a los «literatos de
Bruselas» el propósito de crear una asociación (los comités de correspondencia)
en la que no se admiten obreros[8]. En su respuesta a la primera carta que
reciben del Comité de Bruselas los dirigentes londinenses de la Liga reconocen,
en efecto, haber visto en la iniciativa de Marx y Engels el propósito de «crear
una especie de aristocracia de sabios para dirigir al pueblo desde lo alto de
su Olimpo». Se declaran dispuestos a formar el Comité de Correspondencia en
Londres, pero su posición sobre el problema de la revolución es todavía
ambigua. Constatan con satisfacción su coincidencia con los de Bruselas en la
oposición a las conspiraciones y las revoluciones «a lo Weitling», reconociendo
al mismo tiempo que «sin una verdadera revolución no pueden resolverse las
cosas», pero añaden: «Cuando la revolución en las ideas, que ya hemos
comenzado, llegue a término, la revolución física llegará por sí misma, si es
que los poderosos no ceden». Interpretando a su manera los objetivos que se
proponen los de Bruselas, dicen en la carta: «Nuestra tarea es instruir al
pueblo y hacer propaganda a favor de la comunidad de bienes. Vosotros queréis
lo mismo, así que démonos la mano y laboremos por un futuro mejor con nuestras
fuerzas unidas»[9].
En carta posterior se refieren a la circular contra
Kriege. Aprueban la lucha ideológica emprendida por los de Bruselas contra «la
tendencia filosófica y sentimental del comunismo», pero solo «en la medida que
es unilateral y
pretende a la dominación exclusiva». «Nosotros
–dicen– consideramos que todas esas tendencias tienen derecho a expresarse y
solo un congreso comunista, en el que estén todas representadas, puede
introducir la unidad en nuestra propaganda después de una discusión serena y
fraternal.» Mencionan, entre las tendencias con derecho a expresarse, el
«comunismo religioso». Plantean que el comunismo del grupo de Marx no es menos
unilateral que el de Kriege. Si este cree posible llegar al comunismo por la
vía del amor fraternal universal, aquel cree demostrar la posibilidad del
comunismo partiendo solo de la miseria creciente de los trabajadores y del
perfeccionamiento de las máquinas. Insisten sobre la cuestión de las relaciones
entre «sabios» y «obreros», haciendo la distinción entre los «sabios» que saben
vincularse modestamente a los obreros y los que «lanzan bombas sabias y se
rodean de una aureola celestial». «Vosotros, “proletarios de Bruselas” –les
dicen irónicamente–, conserváis aún, en bastante medida, ese maldito
engreimiento.» En resumen: dan una buena reprimenda a los «sabios de Bruselas»,
pero acogen con gran satisfacción la propuesta que estos les hacen de organizar
un congreso comunista. Piden que se haga cuanto antes –el mismo año 1846,
dicen– e insisten en que participen los representantes de «las diferentes
tendencias y formas de comunismo»[10].
A esta carta sigue un largo silencio del Comité de
Bruselas. Engels se traslada a París en la primera quincena de agosto para
crear allí el Comité de Correspondencia. En su primera carta al centro de
Bruselas comunica que Ewerbeck, dirigente máximo hasta ese momento de la Liga
de los Justos, y algunos miembros más de la misma están dispuestos a participar
en la creación del Comité, pero aconsejan esperar a que se marchen de la Liga
los pocos «adeptos de Weitling» que quedan; «una pequeña banda de sastres», dice
un poco despectivamente Engels, que en cambio expresa su simpatía por «los
carpinteros y los curtidores»[11]. Entretanto, los dirigentes de Londres de la
Liga toman posiciones que suscitan la crítica de Marx y Engels. Publican una
proclamación, firmada por todos ellos, Al apóstol Ronge (fundador y líder del
movimiento de oposición de los católicos alemanes), donde expresan la idea,
propia a Weitling, de que la religión cristiana reformada podría servir de base
al comunismo. En septiembre dirigen un mensaje al pueblo alemán incitándole a
no intervenir en el problema de Schleswig-Holstein, con el argumento de que los
sentimientos nacionales son prejuicios explotados por las clases
dominantes[12].
Entretanto, la dirección central de la Liga, que
hasta entonces correspondía al grupo de París, encabezado por Ewerbeck, sin
realizar prácticamente ninguna actividad, pasa al grupo de Londres, el cual,
inmediatamente de asumir esta
función envía una circular (noviembre de 1846) a
todas las organizaciones locales planteando diversos problemas políticos y
convocando el congreso de la Liga para el 1 de mayo de 1847. «Este congreso
nuestro –dicen– será precursor del congreso comunista universal de 1848 […].
Esperamos que para entonces habremos alcanzado tal unidad y fuerza que
estaremos en condiciones de dar una orientación justa a todo este asunto.» El
congreso debía elaborar un nuevo «símbolo de fe» –declaración de principios– y
definir la política de la Liga[13].
¿Son las actitudes citadas, y en particular la
decisión de convocar el congreso de la Liga sin consultar previamente con
Bruselas y en el espíritu de «dar una orientación justa» al congreso proyectado
por el grupo de Marx, las que están a punto de provocar la ruptura entre
Londres y Bruselas? En todo caso esta ruptura parece casi consumada, a juzgar
por la carta que Engels escribe a Marx en diciembre de 1846. «La historia con
los de Londres es lamentable precisamente a causa de Harney y porque eran los únicos
straubinger[14] con los que podía intentarse un acercamiento francamente, sin
arriere-pensée. Si no quieren, eh bien, ¡que el diablo se los lleve! Tanto más
cuanto que no es seguro que no envíen de nuevo documentos tan lamentables como
los dirigidos al señor Ronge o a los proletarios de Schleswig-Holstein. Sin
hablar ya de los sempiternos celos que sienten hacia nosotros, «los sabios». A
continuación Engels aconseja no romper abiertamente y dejar «dormir» la
correspondencia hasta que la ruptura se produzca «insensiblemente, sin
escándalo». «No sacaremos ninguna ventaja ni gloire alguna de una ruptura
directa. La posibilidad de divergencias teóricas entre ellos y nosotros apenas
existe, porque no tienen teoría, salvo sus eventuales reservas a recibir lecciones
de nosotros. Tampoco son capaces de formular sus reservas. Por tanto, toda
discusión con ellos se revela imposible, salvo, tal vez, de modo oral. En caso
de ruptura abierta se servirían contra nosotros de esta inclinación general
entre los comunistas a instruirse. Dirían: nosotros, ¡qué más queremos que
aprender de esos sabios señores, a condición de que tengan algo sólido que
enseñamos!, etc. Como serán pocos en el Comité y nosotros un grupo reducido,
también, las divergencias políticas prácticas se convertirían pronto en
querellas personales o darían esa impresión. Frente a intelectuales nosotros
podemos aparecer como partido; frente a los straubinger, no. En fin, esas
gentes reagrupan, de todas maneras, algunos cientos de hombres, están relacionados
con los ingleses, gracias a Harney, y en Alemania el Rheinischer Beobachter
clama a todos los vientos que forman una asociación de comunistas fanáticos y
en modo alguno impotentes […]. Frente a nosotros esos tipos se dicen el
“pueblo”, los “proletarios”, y nosotros solo podemos apelar a un proletariado
comunista que en Alemania tiene aún que
constituirse. Por añadidura, pronto se va a hablar de la Constitución prusiana
y tal vez pueda utilizarse a esas gentes para peticiones, etc. De todas
maneras, mis prudentes observaciones llegarán, probablemente, después de la
batalla, porque ustedes habrán tomado ya decisiones sobre este asunto y las
habrán aplicado»[15].
Entretanto Engels libra su batalla contra las
influencias de Weitling, Proudhon y el «socialismo verdadero» entre los
miembros de la organización parisiense de la Liga. Las dos últimas influencias
se manifiestan estrechamente ligadas, no solo porque su sustancia se presta,
sino porque el principal propagandista del «socialismo verdadero» en París es
Grün, amigo y traductor de Proudhon. Desde que llega a París, Engels constata
que la organización de la Liga apenas cuenta unas decenas de miembros y su actividad
es muy reducida. Está a punto de escindirse entre el grupo de los sastres, que
sigue a Weitling, y el resto, formado principalmente por carpinteros y
curtidores, en el que las ideas de Weitling han sido desplazadas por las del
«socialismo verdadero». Dentro de este segundo grupo Engels encuentra apoyo en
dos de sus principales dirigentes, el obrero-artesano Junge y el doctor
Ewerbeck. Pero al cabo de dos meses de reuniones y discusiones solo consigue
agrupar unos cuantos carpinteros[16]. En definitiva, el Comité de
Correspondencia de París se reduce prácticamente a Engels, habiendo fallado
también un intento de interesar a Cabet[17].
Sobre la base de la documentación existente, el
balance que puede hacerse a finales de 1846 de los resultados obtenidos por
Marx y Engels en su propósito de crear una red de comités comunistas de
correspondencia es bastante raquítico. El único comité realmente existente,
aparte del de Bruselas, es el constituido en Londres por los dirigentes de la
Liga de los Justos, y, como acabamos de ver, para esas fechas la ruptura entre
los dos comités parece inminente. Pero en este momento la dirección de la Liga adopta
una iniciativa que iba a tener importantes consecuencias para unos y otros.
Decide, en efecto, enviar uno de sus miembros, el obrero relojero Joseph Moll,
a discutir con Marx y demás miembros del Comité de Bruselas, y luego en París
con Engels. Moll cumple su misión a finales de enero de 1847[18].
Hasta hoy día no se conocen documentos de aquel
tiempo que registren el contenido de las discusiones realizadas entre Moll y el
grupo de Marx. Cuarenta años después Engels dio la siguiente versión: 1) los
dirigentes de la Liga se habían convencido de la justedad de las concepciones
de Marx y Engels y habían decidido proponerles el ingreso en la Liga para
transformarla en consonancia con ellas; concretamente, les ofrecieron exponer
su «comunismo crítico» en un
manifiesto que aparecería como manifiesto de la
Liga; 2) Marx y él consideraban que la clase obrera alemana tenía necesidad de
contar con una organización, «aunque solo fuera por razones de propaganda», y
pensaban que en las circunstancias existentes solo podía ser clandestina. En la
Liga tenían precisamente esa organización. Desde el momento que sus dirigentes
se declaraban de acuerdo con las concepciones de Marx, no había por qué negarse
a ingresar[19]. Los importantes documentos de la Liga descubiertos recientemente,
relativos al primer congreso (primero de la Liga de los Comunistas y último de
la Liga de los Justos) y al intervalo entre el primero y el segundo, obligan a
corregir o matizar esa versión de Engels[20]. En primer lugar, los proyectos de
estatutos y de programa adoptados en el primer congreso (junio de 1847)
muestran que los dirigentes de la Liga conservaban todavía algunos de los
elementos esenciales de sus anteriores concepciones. En segundo lugar, el hecho
de que el proyecto de programa fuese elaborado por el congreso mismo no
confirma que en las entrevistas de enero se hubiese encargado a Marx y Engels
de redactarlo. Por otra parte, ni en la correspondencia que cruzan Marx y
Engels en 1846 ni en ningún otro texto suyo del periodo que precede a las
entrevistas con Moll, aparece la idea de que la clase obrera alemana necesitase
una organización clandestina del tipo de la Liga. En general, el aspecto
organizacional del nuevo partido no parece ser una preocupación mayor de Marx y
Engels, pese a lo que dice Riazanov en sus conferencias de 1922, queriendo a
toda costa encontrar una estrecha analogía entre el plan de organización del
partido de Lenin, a comienzos del siglo XX, y el «plan» de Marx, en el periodo
que precede a las revoluciones de 1848[21].
En opinión de Bert Andreas, que ha investigado
detenidamente esta cuestión, las razones que llevan a unos y a otros a
modificar su actitud de desconfianza y rivalidad pueden deducirse, en cuanto a
Marx y Engels, de la carta del segundo (diciembre de 1846) más arriba citada, y
en cuanto a la Liga, de su circular de febrero de 1847 a las organizaciones
locales, donde se reconoce el escaso eco encontrado por la circular de
noviembre y la atonía en que se encuentra la organización[22]. Cada una de las
partes constata su propia debilidad, al mismo tiempo que los aspectos positivos
de la otra que pueden contribuir a superarla. Los de la Liga, aunque no están
aún plenamente convencidos, se sienten atraídos por las teorías de Marx y
Engels. Estos ven en la Liga la única expresión colectiva concreta, hasta ese
momento, de las tendencias comunistas en el proletariado alemán. En nuestra
opinión habría que tener en cuenta otro factor importante: la perspectiva, cada
vez más evidente, de un estallido revolucionario
próximo. Mientras la circular de noviembre no alude
a tal eventualidad, la de febrero se inicia precisamente con su evocación.
Prevé, incluso, que la batalla puede comenzar en la primavera y critica la
pasividad de las organizaciones de la Liga en función, justamente, de esa
perspectiva[23]. «Lo más verosímil – considera Bert Andreas, refiriéndose a las
discusiones entre Moll y el grupo de Marx– es que las dos partes se dieron
recíprocamente seguridades y, en cierta forma, llegaron a un pacto. Pero hasta
la fecha no contamos con datos ciertos ni sobre el carácter de tales
seguridades ni sobre el contenido del pacto»[24]. En una de sus raras alusiones
a este episodio, hecha treinta años después, Marx dice que Engels y él
ingresaron en la Liga «bajo la condición absoluta de que fuera eliminado de los
estatutos todo lo que pudiera favorecer el culto supersticioso de las
autoridades». Y en efecto, la comparación del proyecto de estatutos aprobado en
el primer congreso con los estatutos de la Liga de los Justos confirma que esa
condición fue observada[25].
En general, los documentos de este primer congreso
dan la impresión de un compromiso, obtenido a través de las discusiones en el
congreso –al cual asisten Engels y Wolff, pero no Marx–, entre las nuevas y las
viejas ideas. En el proyecto de «profesión de fe», por ejemplo, se plantea que
la «comunidad de bienes» podrá ser establecida no solo gracias al desarrollo de
las fuerzas productivas –susceptibles de acrecentarse «al infinito, merced al
maquinismo y a los descubrimientos de la química y otros»–, sino gracias,
también, a «la existencia en la conciencia o el sentimiento de todo hombre de
ciertos principios irrefutables, de principios que son el resultado de toda la
evolución histórica y, a este título, no necesitan ser probados. Por ejemplo:
todo hombre busca ser feliz. La felicidad de cada uno es inseparable de la
felicidad de todos, etc.». Otros puntos, en cambio, tienen el sello indudable
de las concepciones de Marx y Engels. La vieja divisa de la Liga –«¡Todos los
hombres son hermanos!»– es reemplazada por «¡Proletarios de todos los países,
uníos!»[26]. En el informe que el congreso hace a las comunas[27] se explica el
cambio de nombre de la organización –de Liga de los Justos a Liga de los
Comunistas–, diciendo que el nombre primitivo «no expresa, en absoluto, lo que
queremos». «¿Cuántos no aspiran a la justicia, o a lo que ellos llaman
justicia, sin ser por eso comunistas? Nosotros nos distinguimos no por querer
la justicia en general –cosa que todo el mundo puede pretender–, sino por
atacar el orden social establecido y la propiedad privada, por querer la
comunidad de bienes, por ser comunistas. Por tanto, solo un nombre conviene a
nuestra Liga: aquel que expresa lo que realmente somos, y ese es el nombre que
hemos escogido.» En este mismo
informe se dice que no fue posible «proclamar ya
los principios comunistas» y se decidió «apelar de nuevo a la mayoría, dejar al
segundo congreso la tarea de realizar lo que hemos preparado». Indicio de que
no se había podido llegar a un acuerdo definitivo[28].
En la Contribución de 1885 a la historia de la Liga
de los Comunistas Engels da por aprobados en el primer congreso los estatutos,
cuando en realidad solo lo fueron en el segundo, después de introducidas
modificaciones importantes, en particular el artículo primero, que define los
objetivos de la organización. «Basándose en el relato de Engels –dice Bert
Andreas–, los historiadores hacían coincidir, hasta ahora, el abandono
definitivo por los justos de su mal definida teoría, y su conversión a la
«nueva doctrina», con el congreso de junio, el cual habría consagrado en cierta
forma la capitulación de los londinenses ante la superioridad intelectual de
Engels. En consecuencia, el segundo congreso, en diciembre, después de una
exposición sistemática por Marx de las principales ideas de El manifiesto
comunista, se habría contentado con oficializar la capitulación y encargar a
Marx de la redacción del documento»[29]. En realidad, los proyectos aprobados
por el primer congreso son objeto de intensa discusión en la Liga entre junio y
diciembre. Informando de la discusión en la organización parisiense de la Liga,
donde Moses Hess trata de que se apruebe un nuevo texto de «profesión de fe»
elaborado por él en el espíritu del «comunismo filosófico», Engels escribe a Marx:
«He hecho una jugada infernal a Mosi, pero que esto quede rigurosamente entre
nosotros. Había hecho adoptar una profesión de fe divinamente mejorada. El
viernes último la he hecho discutir en el distrito, punto por punto, y no había
llegado aún a la mitad cuando todo el mundo se ha declarado satisfecho. Sin que
se opusiera nadie fui mandatado para elaborar una nueva que se discutirá el
viernes próximo en el distrito y se enviará a Londres a espaldas de las
comunas. Naturalmente, hay que evitar que nadie se dé cuenta, porque de lo
contrario todos seríamos depuestos y se armaría un escándalo de mil
diablos»[30]. De esa decisión nace, por tanto, el proyecto de Engels, que Marx
utilizaría para elaborar El manifiesto. Como se ve, la lucha no era fácil en el
seno de la Liga. Engels consigue el apoyo del «distrito» –comité local de la
Liga–, pero para asegurar que su proyecto llegue al congreso recurre al poco
democrático procedimiento de escamotearlo a la discusión en las organizaciones
de base (las comunas).
Mientras tanto el grupo de Marx en Bruselas se
constituye en comuna de la Liga, pero sin precipitarse. Habiendo decidido en
enero el ingreso, no se constituye en comuna hasta agosto, después del primer
congreso, eligiendo a
Marx presidente[31]. A juzgar por una carta de la
dirección de la Liga (que por decisión del primer congreso sigue residiendo en
Londres con la misma composición de antes) fechada en octubre, la actitud hacia
ella del grupo de Bruselas es fría y reservada. La carta insiste vigorosamente
en que la comuna de Bruselas envíe delegación al segundo congreso y pide que
uno de los delegados sea Marx[32]. Pero al parecer Marx no se decide a asistir
hasta el último momento. Engels –elegido delegado por el círculo de París– le
apremia. Otro indicio de que las relaciones no son buenas entre, por un lado,
los de Londres y, por el otro, Marx y Engels es que ninguno de los dos colabora
en el único número que se publica (septiembre de 1847) de la revista de la
Liga, cuya edición había sido decidida por el primer congreso[33]. Por fin se
celebra el segundo congreso el 29 de noviembre, en Londres, con asistencia de
Marx en representación de la comuna de Bruselas. No se ha descubierto hasta hoy
día documento alguno sobre el desarrollo de las sesiones, pero la rápida
alusión que hace Engels en su Contribución a la historia de la Liga demuestra
que las ideas tradicionales fueron defendidas todavía. «Marx –dice Engels en
ese texto– defendió en un largo debate –el congreso duró, por lo menos, diez
días– la nueva teoría. Por fin todas las objeciones y dudas quedaron
despejadas, los nuevos principios fueron aprobados por unanimidad y Marx y yo
recibimos el encargo de redactar el manifiesto»[34]. Esta primera «unanimidad»
en la historia de los partidos comunistas, ¿existió realmente o es una de las
primeras expresiones de la evocación hagiográfica de Marx? Otras afirmaciones
de Engels en un texto de la misma época que la Contribución y sobre análogo
tema –la actividad suya y de Marx en la Revolución de 1848– inducen a pensarlo.
Por ejemplo, la de que «este destacamento poco nutrido (la Liga de los
Comunistas) tenía en Marx un jefe de primera categoría al que todos se sometían
de buen grado»[35]. Ni los datos conocidos de las relaciones existentes hasta
ese momento en el «destacamento», ni los que veremos más adelante relativos al
periodo ulterior hacen creíble tal afirmación.
La «nueva teoría» quedaba, en todo caso, consagrada
como la teoría del primer partido comunista del proletariado internacional. El
artículo primero de los estatutos aprobado en el segundo congreso, en
sustitución del que había prevalecido en el primero, anticipaba sobre El
manifiesto en la definición de los objetivos de los comunistas: «El objetivo de
la Liga es el derrocamiento de la burguesía, la dominación del proletariado, la
liquidación de la vieja sociedad burguesa, basada en el antagonismo de clases,
y la fundación de una nueva sociedad sin clases y sin propiedad privada». (El
anterior decía: «El objetivo de
la Liga es la supresión de la esclavitud de los
hombres mediante la difusión de la teoría de la comunidad de bienes y, en
cuanto sea posible, mediante su introducción en la práctica»[36].)
Los nuevos estatutos implicaban una democratización
sustancial del funcionamiento de la Liga. Ya los aprobados en el primer
congreso representaban un paso importante en relación con el régimen interno de
la Liga de los Justos, en la que los poderes de la dirección central eran
prácticamente absolutos, no existiendo la instancia del congreso. Los aprobados
en el segundo congreso introducen la responsabilidad del comité central ante el
congreso, su obligación de informar trimestralmente a los organismos inferiores
y, sobre todo, estipula que ningún miembro de la Liga puede ser expulsado más
que por decisión del congreso. Las diversas instancias pueden, en caso de
absoluta necesidad, separar de la actividad a un miembro y esperar a que el
congreso decida. Con esta «organización absolutamente democrática, con comités
elegidos y revocables en todo momento –dice Engels en su Contribución– se
cerraba la puerta a todas las veleidades conspirativas que exigen siempre un
régimen de dictadura (en el interior de la organización [F. C.]) y la Liga se
convertía –por lo menos para los tiempos normales de paz– en una sociedad
exclusivamente de propaganda»[37].
Este primer partido comunista inspirado en la
teoría de Marx no era más que un pequeño grupo de intelectuales y de
artesanos-obreros, la mayor parte emigrados, con reducidísimas bases de
organización en Alemania. Según algunos historiadores, en el momento de
iniciarse la Revolución de 1848 había comunas de la Liga en Inglaterra, Francia
y Alemania, no llegando a 400 la totalidad de los miembros, un centenar apenas
de los cuales se encontraba en Alemania, repartido en unas 30 comunas[38].
Dentro de esta pequeña organización las influencias de Weitling y del
«socialismo verdadero» seguían siendo importantes, mezclándose con las
constantes luchas intestinas, los conflictos de capilla y de personas,
inevitables en toda organización grupuscular, particularmente si se encuentra
en la emigración[39]. Además, los acontecimientos revolucionarios se
precipitaron antes de que esa pequeña organización hubiera podido asimilar las
nuevas ideas y comenzar a difundirlas, desempeñando el papel de «sociedad de
propaganda» que Marx y Engels le asignaban.
Al considerar la Liga como «partido comunista» no
hay que perder de vista toda la ambigüedad que el término «partido» tiene en
esa época. Lo mismo designa una organización estructurada de modo estricto,
como la Liga, que un
conjunto poco conexo de elementos con más o menos
afinidades ideológico-políticas, como eran los partidos mencionados en El
manifiesto, que la tendencia representada por una publicación (el partido de La
Réforme, por ejemplo), que los seguidores de una personalidad (el partido de
Marx, se empezará a decir durante la Revolución), que una clase o fracción de
clase, tomada en su comportamiento frente a las otras, etc. Marx y Engels hacen
este uso ambiguo del término igual que los demás escritores de su tiempo.
[1] En la
década de los treinta, bajo los regímenes absolutistas y policiacos existentes
en los Estados alemanes, se multiplican las organizaciones patrióticas y
liberales de los emigrados alemanes, principalmente en Francia, Inglaterra y
Suiza. Una de las más radicales es la Liga de los Proscritos, que dirigida por
intelectuales agrupa numerosos artesanos. En 1836 la mayor parte de estos
últimos se separa de la Liga de los Proscritos y crea la Liga de los Justos.
Este origen imprime a la Liga de los Justos un carácter de clase, pero con un
espíritu muy gremial y prejuicios contra los intelectuales que perdurarán
durante toda la existencia de la organización y se reflejarán en sus relaciones
con Marx y Engels. Según Engels, la Liga de los Justos participó en la
insurrección organizada por la Société des Saisons en 1939 (Contribución a la
historia de la Liga), pero investigaciones posteriores lo desmienten (véase B.
Andreas, introducción a La Ligue des Communistes [Documents constitutifs de la
Ligue des communistes, 1847], Aubier Montaigne, París, 1972, p. 15). Lo cual no
está en contradicción con que la represión subsiguiente a la intentona
blanquista afectase también a la Liga. Algunos de sus miembros, que serán
después dirigentes de la Liga de los Comunistas, como Schapper, J. Moll y H.
Bauer, son expulsados de Francia, marchando a Londres, donde forman la
dirección local de la Liga. Weitling se trasladó a Suiza poco después. La Liga
queda muy debilitada en París, pasando su dirección al doctor Hermann Ewerbeck,
muy influenciado por el comunismo utópico de Cabet. En la práctica la Liga deja
de existir como organización centralizada.
[2] En una
carta al Comité de Correspondencia de Bruselas, de fecha 6 de junio de 1846,
Schapper informa que la Asociación cultural alemana cuenta, aproximadamente,
con 250 miembros, de los cuales: 130 alemanes, 40 escandinavos, 20 húngaros y
los restantes polacos, rusos, italianos, suizos, franceses, ingleses, etc.
Hacen reuniones con la sociedad francesa (blanquista), «en las que se discute
sobre el sistema comunista», y con Fraternal Democrats. En esta carta se
describen las actividades culturales y doctrinales de la Asociación, que
abarcan desde la historia, la geografía y la astronomía hasta el estudio de la
Religión del futuro, de Feuerbach, discusiones sobre la educación de la
juventud en la futura sociedad comunista, sobre las relaciones entre patronos y
obreros en la sociedad actual, pasando por sesiones de canto, música y
declamación, lecturas comentadas de la prensa, etcétera.
[3] Dicen en
una declaración: «Nosotros no podemos por menos de lamentar los desórdenes de
Silesia, porque es evidente que las insurrecciones locales son ineficaces y no
pueden asegurar a nuestro estamento la consecución de aquellos derechos que le
pertenecen y por cuyo logro está dispuesto a morir […]. Nosotros queremos salir
del pantano en que desde hace mucho tiempo se encuentra nuestro estamento, pero
no por la violencia, sino mediante nuestra propia instrucción y una buena
educación de nuestros hijos». (Citado por Mijailov, op. cit., p. 88.)
[4] De estas
discusiones se conservaron actas, muy incompletas, de las que la recopilación
Soius Kommunistov publica –por primera vez en ruso– una parte tomada del Archiv
für die Geschichte des Socialismus und der Arbeiterbewegung, 1922. Las citas
que hacemos están tomadas de Soius Kommunistov o de la obra de Mijailov, que
incluye algunos pasajes no insertados en Soius Kommunistov.
[5] En las
discusiones, Weitling, apoyado por Kriege, defiende, en lo esencial, las ideas
expuestas en las Garantías. Si las opiniones de Schapper y H. Bauer son
aprobadas, dice, «nuestro trabajo pierde todo
sentido»: «Yo estimo que todos han madurado para el
comunismo, incluso los criminales […]. La humanidad, por necesidad, siempre
está preparada para el comunismo, o no lo estará nunca»; «El argumento de la
inmadurez ha sido siempre el primer arma de los enemigos de todo progreso»; «Lo
que no ha sucedido hoy puede suceder mañana. Las revoluciones surgen como las
tempestades, nadie puede preverlas»; «Todo lo que consiguió la instrucción en
el aspecto político lo consiguió gracias a la revolución»; «Predicar la
instrucción al hambriento es una tontería»; «Es increíblemente difícil hacer
propaganda entre los obreros si se les priva de la esperanza en la posibilidad
de realizar rápidamente nuestras ideas»; «La constante propaganda pacífica
embota el coraje y el ardor y, por lo general, es muy aburrida. De vez en
cuando son necesarios los choques revolucionarios, incluso si no tienen más
resultado que las persecuciones reaccionarias; esta es, precisamente, la mejor
propaganda. La corona de espinas del mártir conquista más corazones que todas
las coronas de laurel juntas de los poetas y oradores». Weitling, muy
coherentemente con el conjunto de su concepción, sostiene la necesidad de un
dictador revolucionario, y toma como prototipo a Napoleón.
[6] M. Löwy,
op. cit., p. 149.
[7] La Liga
participa con Harney y otros dirigentes del ala radical del cartismo, y junto
con exiliados políticos de diversos países, en el acto internacional celebrado
en Londres el 22 de septiembre de 1845, con motivo del aniversario de la
proclamación de la primera república francesa. A partir de entonces Schapper,
Bauer y Moll mantienen estrechas relaciones con Harney.
[8] Soius
Kommunistov, pp. 68-69.
[9] De la
carta de Schapper a Marx del 6 de junio de 1846, respondiendo a la primera que
reciben de Marx (no conservada) en nombre del Comité de correspondencia de
Bruselas (Soius Kommunistov, pp. 87-91). Esta carta, como otras a las que
hacemos referencia a continuación, se publica por primera vez en ruso, cosa
sorprendente dado el gran interés de esta correspondencia para la historia de
la primera organización comunista en que participan Marx y Engels. ¿Se debe a
los pasajes de crítica de los «sabios», que en la atmósfera del «culto de la
personalidad» podían parecer irrespetuosos para los «fundadores»?
[10] Soius
Kommunistov, pp. 93-97. Algunos otros pasajes: «[…] no lancéis inmediatamente
la anatema y esforzaos por corregir la situación […]; no todos son grandes
economistas como vosotros, y no exigid, por tanto, que todos entiendan el
comunismo como vosotros». «En lo referente a las relaciones recíprocas entre
sabios y obreros, no pensad, por favor, que los obreros alemanes hacen
diferencia entre ellos; cuando algún sabio se llega a los obreros, frecuenta
sus reuniones, traba discusión con ellos, se esfuerza por corregir
amistosamente sus errores, se le acoge y se le trata siempre como amigo y
hermano, incluso aunque no sea proletario […]. La causa de que entre los
obreros, aquí o allá, se observe cierta irritación contra los sabios reside
–excusadnos por estos términos– en el engreimiento de los sabios, que muy
frecuentemente, cuando tropiezan con errores, en lugar de aclararlos y
corregirlos cogen sus plumas de ave con la intención de matar con la palabra.»
Después de decirles que ellos, los de Bruselas, son todavía engreídos, aducen
como prueba la circular contra Kriege, citan cartas recibidas de América de
obreros alemanes, en las que se dice: «¿Acaso esos señores de Bruselas, que
desde su púlpito filosófico fulminan anatemas contra todo heterodoxo, se creen
que son la quintaesencia de la sabiduría? ¿Quiénes son esos individuos que
dicen «Kriege no es comunista porque no piensa como nosotros»? No los
conocemos, sabernos muy poco o nada de su actividad, mientras que Kriege, que
supuestamente no es comunista, vive entre nosotros, es nuestro amigo y hermano,
y juntamente con nosotros lucha esforzadamente por el comunismo». En la carta
se apremia también a los de Bruselas sobre la constitución del partido: «Los
constitucionalistas, los reformistas, los republicanos, siendo mucho más
débiles que nosotros cuantitativamente, en la práctica son mucho más fuertes,
porque poseen una organización, porque actúan según un plan. ¿Vamos, acaso, a
diferir nuestra organización hasta que estalle la tempestad? Entonces será muy
tarde; durante la tempestad nada puede organizarse, entonces tendremos que
batirnos, y los republicanos, los reformistas y otros cosecharán lo que
nosotros hemos sembrado». Y piden que el congreso se reúna en ese mismo año
1846. En una carta posterior, de primeros de septiembre, se quejan del
prolongado silencio del Comité de Bruselas, interrogándose si es que han
renunciado de nuevo al plan de reunir el congreso (Soius Kommunistov, pp.
107-108).
[11] Carta n.
1 de Engels al Comité de Correspondencia de Bruselas, en Correspondance, I, pp.
402-403.
[12] Véanse
las cartas de Engels a Marx, de diciembre de 1846 y del 18 de septiembre de
1846, en Correspondance, I, pp. 418 y 442.
[13] Soius
Kommunistov, pp. 119-125.
[14] Straubinger:
se llamaba así en Alemania a los obreros-artesanos que recorrían el país o el
extranjero, deteniéndose donde encontraban trabajo. Marx y Engels utilizaban el
término para designar los obreros-artesanos impregnados aún de la mentalidad
gremial y con ilusiones más o menos confesadas de detener o invertir el proceso
de proletarización del artesanado.
[15] De la
carta de Engels a Marx de diciembre de 1846, en Correspondance, I, pp. 442-444.
[16] Las
informaciones de Engels al Comité de correspondencia de Bruselas y a Marx sobre
su labor en París entre los straubingers tienen indudable interés histórico,
porque testimonian del primer contacto militante de los fundadores de la nueva
teoría revolucionaria con los elementos más avanzados del proletariado alemán,
con un pie aún en el artesanado. Los resultados pueden considerarse positivos,
dentro del minúsculo marco en que la labor se realiza, pero ponen de manifiesto
–como dice Engels en su carta a Marx del 23 de octubre de 1846– que las
condiciones de existencia de estos obreros-artesanos no facilitaban su
comprensión de la nueva teoría. Véase Correspondance, I, en particular, pp.
402-403, 407-409, 431-432 y 438.
[17] «He ido a
ver a Cabet –escribe Engels a Marx el 19 de agosto de 1846–. El viejo tunante
ha estado muy cordial y yo he escuchado todas sus elucubraciones, le he hablado
de Dios, del diablo, etc. Volveré a verle con frecuencia. Pero debemos dejarle
tranquilo con nuestra correspondencia. En primer lugar está muy ocupado, y en
segundo lugar es muy desconfiado. Il y verrait un piege y el propósito de
abusar de su nombre» (Correspondance, I, p. 399).
[18] El
documento acreditativo de Moll es el siguiente: Londres, 20 de enero de 1847.
Al Comité comunista de correspondencia de Bruselas. Los abajo firmantes,
miembros del Comité comunista de correspondencia de Londres, comisionan al
ciudadano Joseph Moll para entablar en su nombre conversaciones con el Comité
comunista de correspondencia de Bruselas y hacerle una comunicación verbal
sobre la situación del trabajo en Londres. Al mismo tiempo proponen al Comité
comunista de correspondencia de Bruselas dar al ciudadano Moll, que es miembro
de este Comité, explicaciones precisas sobre todas las cuestiones importantes y
comunicarle lo que debe transmitir al Comité de Londres. Karl Schapper, Henrich
Bauer, Karl Pfänder, Karl Depel, Albert Lemann, Karl Moll, Iogan Gebel (Soius
Konimunistov, p. 129).
[19] Engels,
Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas, en OE, t. II, pp.
365-367.
[20] Estos
documentos, encontrados en Hamburgo y publicados por primera vez en alemán en
1969, son los siguientes:
– Informe del primer congreso de la Liga de los
Comunistas, celebrado en Londres del 2 al 9 de junio de 1847.
– Proyecto de estatutos aprobado por el congreso.
– Proyecto de profesión de fe comunista, ibid.
– Carta de la Autoridad central a la Liga de
Hamburgo, fechada en Londres el 24 de junio de 1847.
– Primer informe trimestral de la Autoridad central
de la Liga (septiembre de 1847).
Estos documentos se encontraban en el departamento
de manuscritos de la biblioteca nacional y universitaria de Hamburgo y no
habían sido repertoriados y clasificados hasta 1936, pero permanecieron tres
décadas más desconocidos o inaccesibles a la investigación. La primera
publicación en el original alemán ha sido hecha por Bert Andreas y la versión
francesa publicada por Aubier en 1972.
[21] Véase
Riazanov, Marx et Engels, Anthropos, 1967, p. 72. «El gran trabajo de
organización efectuado principalmente por Marx recuerda mucho el que llevaran a
cabo los primeros socialdemócratas rusos cincuenta años más tarde, cuando se
esforzaron por unir las organizaciones existentes. Solo que era la organización
de Iskra la que hacía el papel de los comités de correspondencia […]. Los
historiadores no se han dado cuenta [sic] de este trabajo de organización de
Marx, del que han hecho un pensador de gabinete. Y no han visto el papel de
Marx en tanto que organizador […], el papel que Marx (yo subrayo, Marx, no
Engels) desempeñaba ya hacia 1846-1847 como
dirigente e inspirador de todo el trabajo de organización […]» Lo menos que
puede decirse es que los documentos existentes, a los que he hecho referencia,
no justifican, en modo alguno, tales afirmaciones. Si alguien hace un trabajo
propiamente de organización es Engels. Marx escribe algunas cartas, muy pocas,
y se concentra en la discusión teórica. Más adelante Riazanov dice que fue
probablemente a iniciativa del Comité de Bruselas, en las conversaciones con Moll,
que los de Londres decidieron convocar el congreso de junio de la Liga, cuando
en realidad esta convocatoria consta ya en la circular de noviembre de 1846 de
la dirección de la Liga.
[22] B.
Andreas, op. cit., pp. 33-34.
[23] Véase
supra, nuestro texto en Primera Parte. En la circular se dice que si la
revolución se produce en la primavera «nuestra tarea será contribuir, con la
palabra y con los actos, a que en el gobierno provisional entren personas que
compartan los principios del comunismo». Si la cosa se retarda, «debemos
concentrar todos nuestros esfuerzos en organizar como es debido nuestro partido
[…]. Los comunistas, por desgracia, no constituyen aún un partido fuerte, no
tienen aún sólidos puntos de apoyo, y por eso sucede con demasiada frecuencia
que allí donde no son suficientemente fuertes se suman a otros partidos. Al
proceder así argumentan que esos partidos también aspiran al progreso y no hay
que andarse con excesivos distingos. Con esto hay que acabar. Actualmente
estamos a la cabeza del movimiento y debemos, por ello, tener nuestra propia
bandera en torno a la cual todos se apiñen. No debemos perdernos en medio del
gran ejército de filisteos. Si marchamos adelante, con audacia, en filas
compactas, tras nosotros irán los demás; si nos dispersamos entre varios
partidos nunca lograremos nada […]» (Soius Kommunistov, pp. 130-135).
[24] B.
Andreas, op. cit., pp. 32-33.
[25] La
alusión de Marx se encuentra en su carta a Bloch del 10 de noviembre de 1877,
en Sochinenia, t. 34, p. 241. Estos juicios de Marx han sido citados hasta la
saciedad en el periodo de la campaña contra el «culto de la personalidad», pero
en realidad Marx no se refiere aquí tanto a las personas como a la organización
misma y a sus órganos dirigentes, que en los estatutos de la Liga de los Justos
estaban rodeados del secreto, con poder para castigar a los «traidores» incluso
con la muerte. El ingreso iba acompañado del siguiente juramento: «Juro por mi
honor guardar el secreto de la existencia de la Liga, serle fiel, dispuesto al
sacrificio en aras de sus generosos fines. Que la desgracia y la muerte se
abatan sobre mí si rompo este juramento» (Soius Kommunistov, p. 49).
[26] Véase el
Proyecto de profesión de fe comunista, en la recopilación de Bert Andreas, pp.
125-127. La razón que da Marx para no asistir es que no tiene dinero para los
gastos, pero ni en la carta donde lo comunica a Engels ni en ningún otro
documento de ese periodo hay el menor signo de que lo lamente. ¿Por qué los
recursos disponibles se utilizaron para enviar a Wolff y no a Marx? M. Löwy
constata también las vacilaciones de Marx (op. cit., p. 150). El historiador
soviético Mijailov sale al paso, refiriéndose al «menchevique B. Nikolaevski»,
que en su biografía de Marx hace análoga observación. «Para esta versión –dice
Mijailov– no hay fundamento alguno, porque en marzo de 1847 Marx ingresó en la
Liga de los Justos y el Comité de Correspondencia de Bruselas formó la comuna
de la Liga. Y sobre todo es imposible suponer que Marx se comportó
hipócritamente con Engels» (op. cit., p. 144, n. 111).
[27] Se
llamaban comunas las organizaciones de base de la Liga.
[28] Véase
Informe del primer congreso de la Liga de los Comunistas, en la recopilación de
B. Andreas, op. cit., pp. 65-109. Lo mismo que en la circular de febrero, el
argumento principal en este informe para encarecer a los miembros de la Liga la
necesidad de nuevos esfuerzos, entre ellos el pecuniario, a fin de poder reunir
rápidamente el segundo congreso, es la proximidad de la revolución. «Por todas
partes, en Francia como en Alemania, en Inglaterra como en América, las masas
del proletariado en cólera se ponen en movimiento y con voz, a menudo confusa
todavía, pero cada vez más potente e inteligible, exigen su liberación de las
cadenas del reino del dinero, de las cadenas de la burguesía. Estamos viendo
que la clase de los burgueses se enriquece cada vez más, que las clases medias
desaparecen de día en día y que así la misma evolución histórica empuja a una
vasta revolución que estallará un día a causa de la miseria del pueblo y de la
arrogancia de los ricos. Ese día, hermanos, esperamos verlo todos nosotros, y
aunque no hayamos tenido la ocasión de tomar las armas esta primavera, como la
circular de la Autoridad central dejaba prever la posibilidad, no debéis
turbaros. Ese día llegará, el día en el que las masas populares en
columnas compactas dispersarán a los mercenarios de
los capitalistas, ¡y ese día se verá lo que ha sido nuestra Liga, cuál ha sido
su trabajo!»
[29] Bert
Andreas, op. cit., pp. 37-38.
[30] De la
carta de Engels a Marx con fecha 25-26 de octubre de 1847, en Correspondance,
I, pp. 498-
499. Ejemplos
de cómo los proyectos aprobados en el primer congreso fueron objeto de intensa
discusión en la Liga se encuentran en el primer informe trimestral que la
dirección de la Liga envía desde Londres a sus organizaciones en septiembre de
1847 (B. Andreas, op. cit., pp. 153-197): «Los hermanos de Hamburgo lamentan
que se haya modificado el nombre de la Liga de los Justos. Desean que se
restablezca. Se declaran escandalizados, igualmente, de que se ataque tan
violentamente a los partidarios de Weitling y Grün, como nosotros hacemos en el
informe del congreso»; «La comuna de Leipzig piensa que es necesario formular
la profesión de fe de manera más científica y más adaptada a todas las clases
de la sociedad. Propone un cambio casi total y da las razones»; «En Bruselas
los estatutos han sido adoptados, pero proponen dos modificaciones para que
sean discutidas en el próximo congreso […]. Sobre la profesión de fe comunista
proponen modificaciones numerosas e importantes», etcétera.
[31] Siguiendo
el ejemplo de las comunas londinenses, la de Bruselas crea también una
asociación obrera cultural, en cuyo seno los nuevos miembros de la Liga (Marx y
su grupo) realizan propaganda y proselitismo entre los emigrados alemanes y de
otros países. Es interesante subrayar –porque las versiones hagiográficas lo
dejan de lado– que esta primera forma de actividad de masas de Marx y Engels no
nace de su propia iniciativa, sino que la aprenden de la práctica de la Liga de
los Justos, de los obreros-artesanos. A finales de septiembre se crea también
en Bruselas –ya hicimos mención de ello– una Asociación democrática de carácter
internacional –similar a Fraternal Democrats– en la que participan Marx y
Engels. Según carta del segundo al primero (en ese momento Engels está en
Bruselas y Marx en Holanda) la iniciativa parte de sus adversarios políticos:
«Todos los elementos descontentos de nosotros y de nuestra acción entre los
alemanes de aquí han formado una coalición para derribarnos, a ti y a mí, a los
comunistas en general, y hacer concurrencia a la asociación obrera». Luego
Engels explica que ha podido desbaratar la maniobra y hacerse elegir miembro de
la nueva asociación. Cuando a los pocos días Engels marcha a París logra que el
puesto vacante sea ocupado por Marx. (Véase Correspondance, I, pp. 481-491.)
[32] Soius
Kommunistov, pp. 151-152, 149.
[33] Véase la
carta de Engels del 15 de noviembre, en Correspondance, I, p. 503. La revista,
llamada Revista Comunista, fue redactada por Schapper y su grupo, con la sola
excepción de una colaboración de Wolff (B. Andreas, op. cit., p. 42).
[34] Engels,
«Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas», OE, t. II, p. 367.
[35] Engels,
«Marx y la Nueva Gaceta del Rin», OE, t. II, p. 346.
[36] Soius
Kommunistov, p. 155; recopilación de B. Andreas, op. cit., p. 111.
[37] Soius
Kommunistov, pp. 155-160; OE, t. II, p. 367.
[38] Tomamos
los datos de Mijailov, op. cit., p. 177. Basándose en las referencias
existentes de 65 miembros de la Liga, Löwy llega a la siguiente clasificación:
33 intelectuales y miembros de profesiones liberales; 32 artesanos y obreros.
Es de suponer que en la totalidad de miembros el porcentaje de los segundos es
mayor, porque era más fácil que quedasen datos de los primeros. Los 33
intelectuales se clasifican así: 10 escritores, periodistas y publicistas, 6
médicos, 5 oficiales del ejército, 4 juristas, 2 maestros, 1 ingeniero, 1
funcionario, 1 geómetra, 1 químico, 1 comerciante, 1 estudiante. Los 32
artesanos y obreros: 7 sastres, 5 zapateros, 5 ebanistas, 3 tipógrafos, 2
viajantes de comercio, 2 pintores, 2 relojeros, 1 pincelero (fabricante de pinceles),
1 orfebre, 1 pasamanero, 1 curtidor (Löwy, op. cit., p. 153).
[39] En una de
sus últimas cartas a Marx desde París, al regreso del congreso de la Liga, en
enero de 1848, Engels se muestra muy pesimista del estado del núcleo de la Liga
en la capital francesa: «La liga marcha muy mal aquí. Jamás he encontrado
semejante abandono y tales celos mezquinos. El weitlingianismo y el
proudhonismo son verdaderamente la expresión más perfecta de la condición
social de estos imbéciles y es la razón de que no se pueda hacer nada. Los unos
no son más que verdaderos Straubinger, una banda de inutilidades envejecidas;
los otros, pequeñoburgueses debutantes. Una clase que, como los irlandeses,
vive de hacer bajar los salarios de los franceses, es totalmente inutilizable»
(Correspondance, I, pp. 514-515).
SEGUNDA PARTE
LA PRUEBA DE LA PRÁCTICA. REVOLUCIÓN Y
CONTRARREVOLUCIÓN
LA INSURRECCIÓN DEL PUEBLO DE PARÍS, EL
DERROCAMIENTO de Luis Felipe y Guizot, la proclamación de la Segunda República,
en las jornadas del 22 al 25 de febrero de 1848, sorprenden a Marx y Engels en
Bruselas (Engels había sido expulsado de París a finales de enero). Habían
previsto, como vimos, que la cosa empezase en Alemania y, aun con todo su
optimismo, no la esperaban tan pronto. Pero la revolución estaba ahí, y apenas
iniciada superaba todo lo imaginado. El «corto plazo» de dominación que Engels
concedía a la burguesía en su artículo de enero, como conclusión de su análisis
del año 1847, parecía inaugurarse antes y con los mejores auspicios. De este
primer enfoque de los acontecimientos testimonia el artículo de Engels,
Revolución en París, que aparece el 27 de febrero en la Deutsche Brüsseler
Zeitung. El artículo se compone de dos partes. La primera, escrita antes de
llegar a Bruselas la noticia de la proclamación de la República; la segunda,
inmediatamente después. Engels concluye así la primera parte: «La burguesía ha
realizado su Revolución. Derribó a Guizot y puso fin a la dominación
incompartida de los grandes financieros. Pero ahora, en este segundo acto de la
lucha, ya no es una fracción de la burguesía la que se enfrenta a otra fracción
de la burguesía; ahora la burguesía se enfrenta al proletariado». Y en la
segunda parte del artículo escribe: «Acaba de llegar la noticia de que el
pueblo ha vencido y ha proclamado la República. Reconocemos que no esperábamos
un éxito tan rotundo del proletariado parisiense […]. Gracias a esta revolución
victoriosa el proletariado francés se pone de nuevo a la cabeza del movimiento
europeo. ¡Honor y gloria a los obreros de París! Ellos impulsan al mundo entero
y este impulso repercutirá en todos los países, uno tras otro, porque la
victoria de la República en Francia significa la victoria de la democracia en
toda Europa. Llega nuestra hora, la hora
de la democracia. La llama que arde en las
Tullerías y en el Palacio Real es la aurora boreal del proletariado. Ahora la
dominación de la burguesía se desmoronará en todas partes o será derrocada.
Alemania, cabe esperar, seguirá a Francia. ¡Es el momento, ahora o nunca, de
que despierte de su humillante estado! Si en los alemanes queda aún energía,
orgullo y valor, no pasarán cuatro semanas sin que podamos gritar: ¡Viva la
República alemana!»[1]. Cuatro meses antes, en su polémica con Heinzen, Engels
había calificado de «fruto de la más pura fantasía» la idea de que en Alemania
podía triunfar la república sin que la revolución se hubiese iniciado en
Francia e Inglaterra. Otra cosa era la simple accesión al poder de la burguesía
en el marco de una monarquía constitucional. República quería decir democracia,
y la democracia –consideraban Marx y Engels– era incompatible con el poder de
la burguesía. En París el proletariado había impuesto la república contra la
voluntad de la burguesía. Así comenzaba a crearse el contexto internacional
imprescindible para que el proletariado y la democracia pequeñoburguesa
pudieran también imponer la república, la democracia, en Alemania. Lo mismo que
en el resto de Europa. Tal es la idea básica del artículo de Engels. Marx veía
confirmarse su predicción de hacía cuatro años: «el día de la resurrección
alemana será anunciado por el canto del gallo galo»[2]. En una palabra, Marx y
Engels, como todos los comunistas de la Liga, como los blanquistas franceses y
los cartistas revolucionarios, vieron en la proclamación de la «república
social» por el proletariado de París el comienzo del final del reino de la
burguesía. Y, como vamos a ver, esta convicción permanecerá en los años
siguientes, pese a todos los éxitos de la contrarrevolución. Porque no era el
simple gesto de una exaltación momentánea. Tras el «ahora la dominación de la
burguesía se desmoronará en todas partes o será derrotada» estaba el análisis
teórico de El manifiesto sentando la tesis de que la burguesía era incapaz ya
de seguir funcionando como clase dominante.
[1] Engels,
«Revolución en París», Deutscher Brüsseler Zeitung, 27 de febrero de 1848.
[2] Marx,
Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Ed. Nuevas,
Buenos Aires, 1965,
p. 48.
VI. EL ECLIPSE DE LA LIGA
Inmediatamente después de conocer el triunfo de la
Revolución en París, el Comité central de la Liga, residente en Londres, decide
transferir sus poderes al grupo de Bruselas, y este, a su vez, resuelve el 3 de
marzo trasladar la dirección central de la Liga a París, encargando a Marx de
formar allí un nuevo Comité central[1]. Formado en la primera quincena de
marzo, este nuevo Comité central, presidido por Marx, actúa desde París hasta
el 6 de abril, fecha en que Marx y Engels marchan a Alemania, instalándose en
Colonia[2].
En París, por tanto, les sorprenden las nuevas
explosiones revolucionarias en Europa, que parecen una espectacular
confirmación de las previsiones de Engels en su artículo La revolución en
París: el 13 de marzo la insurrección del pueblo de Viena impone la dimisión de
Metternich, símbolo de la Santa Alianza; el 14 se proclama la Constitución en
Roma, y el 17 triunfa la revolución popular en Venecia, instaurándose la
República; el 15 se inicia la revolución nacional húngara; el 18, la
insurrección del pueblo de Berlín obliga a Federico Guillermo IV a hacer una
serie de concesiones y promesas liberales; el 22 triunfa la insurrección de
Milán contra las tropas de ocupación austriacas, y el 23 comienza la guerra de
los patriotas italianos contra el yugo austriaco. Y no hemos enumerado más que
los acontecimientos sobresalientes. Durante esas semanas casi todos los
pequeños Estados alemanes e italianos –monarquías, principados o ducados más o
menos absolutistas– se metamorfosean en Estados constitucionales; los levantamientos
campesinos se multiplican en diversas regiones alemanas contra las
supervivencias feudales. La revolución toma dimensiones realmente europeas. De
momento se detiene al este en la frontera rusa y al oeste en el canal de la
Mancha, pero en Inglaterra está en pleno auge, en esos momentos, una nueva
movilización de masas por la Carta. Bajo el efecto de la revolución de París
tienen lugar grandes manifestaciones de parados en Londres y Glasgow. La
dirección cartista decide organizar una gran marcha sobre Westminster el 10 de
abril para presentar la tercera Petición. El gobierno Palmerston y la prensa
burguesa agitan el peligro rojo. La insurrección de París ¿no había comenzado
también por una manifestación?
Aunque parezca extraño –teniendo como tenían acceso
a una serie de periódicos socialistas y democráticos–, Marx y Engels no
publican en esas semanas de marzo y primeros días de abril ningún comentario
sobre
acontecimientos tan importantes. Solo en la escasa
correspondencia privada de ese periodo se encuentran algunos parcos comentarios
sobre la evolución de la situación, principalmente en Francia. Refiriéndose a
las primeras noticias de la propagación del movimiento en Alemania, Engels
expresa la idea de que la resistencia de la monarquía prusiana contribuya a
radicalizar la revolución[3]. La misma idea encontramos, pero referida a la
resistencia que opone la burguesía, en relación con la evolución de la situación
francesa. De Marx no nos ha llegado más que este lacónico pero elocuente
comentario, del 16 de marzo, desde París: «Aquí la burguesía vuelve a estar
terriblemente insolente y reaccionaria, mais elle verra». Según el libro
escrito en 1850 por un miembro de la Liga, Marx intervino en marzo en una
asamblea de obreros alemanes, a la que el autor asistía, planteando que «la
revolución de febrero debía verse solo como el comienzo del movimiento europeo
y que pronto aquí, en París, estallaría la batalla abierta entre el
proletariado y la burguesía»[4]. «Aquí las cosas van muy bien –escribe Engels
desde París el 26 de marzo–. Los burgueses, batidos el 24 de febrero y el 17 de
marzo, levantan cabeza y maldicen terriblemente contra la república, lo cual
tendrá por consecuencia que dentro de poco se abatirá sobre ellos otra
tempestad muy distinta de la que han conocido»[5]. Pero el único comentario un
poco circunstanciado sobre la marcha de la Revolución francesa en ese momento
se encuentra en una carta de Engels del 28 de marzo. Comienza por examinar los
«partidos» en presencia. «En rigor hay tres, si se dejan de lado los más
pequeños (legitimistas y bonapartistas, que se contentan con intrigar; simples
sectas, sin influencia en el pueblo, a menudo ricas, pero sin esperanza alguna
de victoria). Esos tres son, en primer lugar, los vencidos de febrero, es
decir, los grandes burgueses, los especuladores de Bolsa, los banqueros,
industriales y grandes comerciantes, los antiguos conservadores y liberales.»
(Como se ve, Engels considera vencidos no solo la aristocracia financiera que
gobernaba bajo Luis Felipe, sino la oposición burguesa liberal, la burguesía
industrial, iniciadora de la «campaña de los banquetes», que había desembocado
en la insurrección.) «En segundo lugar, los pequeños burgueses, las clases
medias, la masa de la guardia nacional, que el 23 y el 24 de febrero se han
puesto al lado del pueblo; los “radicales comprensivos”, las gentes de
Lamartine y del National. En tercer lugar, el pueblo, los obreros de París, que
están armados y ocupan París actualmente. Los grandes burgueses y los obreros
se enfrentan directamente. Los pequeños burgueses desempeñan un papel
intermediario, bastante lastimoso. Estos últimos tienen la mayoría en el seno
del gobierno provisional […]. Sus vacilaciones y, por tanto, las del gobierno
son
grandes. Cuanto más se establece la calma, tanto
más el gobierno y el partido pequeñoburgués se inclinan hacia la gran
burguesía; y en la medida que la agitación aumenta, más se ponen, de nuevo, al
lado de los obreros.» Considera que los miembros del gobierno provisional
pertenecientes a la tendencia de La Réforme (Ledru-Rollin, Flocon, Louis Blanc,
Albert, Arago) son «los que mejor representan a los obreros, son comunistas sin
saberlo», aunque considera que Louis Blanc «se ridiculiza demasiado con su vanidad
y sus planes abracadabrantes». «En cambio, Ledru-Rollin se porta muy bien.» El
gobierno, prosigue Engels, se ve obligado a hacer promesas a los obreros, pero
no puede cumplirlas «porque no tiene el valor de procurarse los recursos
financieros necesarios adoptando medidas revolucionarias contra los burgueses:
impuestos progresivos elevados, derechos de sucesión, confiscación de los
bienes de todos los emigrados, prohibición de exportar dinero, creación de un
banco estatal, etc.». Advierte, además, que con las próximas elecciones a la
Asamblea constituyente «se incorpora un elemento nuevo: los campesinos, que
constituyen los 5/7 de la nación francesa y están al lado del National, de los
pequeñoburgueses. Es muy probable que este partido gane y que los de La Réforme
caigan. Entonces habrá una nueva revolución»[6]. Salvo error nuestro, hasta los
artículos de la Nueva Gaceta Renana sobre la insurrección de junio del
proletariado de París no hay más textos, públicos o privados, de Marx o Engels,
que se refieran al curso de la evolución francesa en esos meses cruciales que
van de las jornadas de febrero a las jornadas de junio.
La cuestión de cómo intervenir en la revolución
alemana divide, desde el primer momento, a los alemanes emigrados en París. La
mayor parte –incluidos no pocos miembros de la Liga– se agrupa en una
Asociación democrática alemana creada inmediatamente después de la revolución
de febrero, que decide organizar una legión armada para irrumpir en Alemania en
plan de guerra revolucionaria contra los regímenes existentes. La legión
incluye también polacos emigrados y se propone, después de llevar la revolución
a Alemania, liberar Polonia y desencadenar la guerra contra Rusia. La
iniciativa se inspiraba en el esquema heredado de la gran Revolución francesa,
al que ya nos hemos referido, según el cual el país donde primero triunfaba la
revolución tenía que enfrentarse inevitablemente, mediante la guerra
revolucionaria, con las potencias reaccionarias. Así debería ocurrir con la
Francia revolucionaria salida de febrero, y aunque Lamartine, ministro de
Relaciones Exteriores, se había apresurado a proclamar las intenciones
pacíficas del gobierno provisional, los emigrados alemanes, polacos, etc.,
seguían convencidos de la inevitabilidad del choque. El
proyecto de legión se situaba en esa perspectiva.
Marx y Engels compartían, en lo esencial, el citado esquema, pero por
consideraciones tácticas se oponen desde el primer momento a la formación de la
legión y preconizan el regreso individual a Alemania o la incorporación a la
lucha del proletariado francés. Firmando como «Comité central de la Alianza de
obreros alemanes» (cobertura momentánea de la Liga, que seguía siendo secreta),
Marx, Schapper, Bauer, Engels, Moll y Wolff envían una nota a la prensa declarando
que no tienen nada que ver con la formación de la legión, ni con las gestiones
y proclamas solicitando de los ciudadanos franceses vestidos, dinero y armas
para los voluntarios. En carta a Cabet, solicitando la inserción de la nota en
el Populaire, se declaran abiertamente comunistas y explican las razones de su
actitud: «Se trata de que no recaiga sobre el partido comunista la
responsabilidad de una empresa y de una manera de actuar que ha despertado ya,
en una parte de la nación alemana, los viejos prejuicios nacionales y
reaccionarios contra el pueblo francés»[7]. Cuarenta años después, en su
Contribución a la historia de la Liga, Engels dice que Marx y él vieron la cosa
como un «intento de jugar a la revolución». «En medio de la efervescencia reinante
en Alemania, hacer una incursión en el país para importar la revolución desde
fuera y a la fuerza equivalía a socavar la revolución alemana, fortalecer a los
gobiernos y entregar a los mismos voluntarios –de esto se encargaba Lamartine–
inermes en manos de las tropas alemanas. Más tarde, al triunfar la revolución
en Viena y en Berlín, la legión ya no tenía ningún objeto, pero como se había
comenzado el juego, se prosiguió»[8]. Su oposición a la expedición armada valió
a Marx enconados ataques. Fue acusado de cobardía y traición, de dedicarse a
enseñar economía política a los obreros cuando lo que hacía falta era
enseñarles el manejo de las armas[9].
Frente a la Asociación Democrática Alemana,
organizadora de la Legión, el grupo de la Liga encabezado por Marx crea el Club
de los obreros alemanes, que le sirve de base para la preparación política de
los emigrados, tanto de los que deciden regresar a Alemania como de los que
optan por quedarse en Francia y participar en la lucha de los obreros
franceses. Según los datos que da Engels en la Contribución, marcharon a
Alemania, por esa vía, de 300 a 400 obreros alemanes[10].
A finales de marzo el Comité central de la Liga
elabora su plataforma política ante la ya iniciada revolución alemana. El
documento, conocido como Reivindicaciones del partido comunista alemán, ha sido
reproducido parcialmente por Engels en su Contribución. A continuación
reproducimos el
texto íntegro, poniendo entre corchetes los
fragmentos que Engels no incluye[11]. Encabezado por la divisa de la Liga de
los Comunistas –«¡Proletarios de todos los países, uníos!»– y sin preámbulo
alguno, el documento contiene los siguientes 17 puntos, seguidos de una breve
conclusión:
1. Toda Alemania será declarada república una e
indivisible.
[2. Todo alemán que haya cumplido 21 años tiene
derecho a elegir y ser elegido, con la única condición de no haber sufrido
condena por delitos comunes.]
3. Los
diputados serán retribuidos, a fin de que los obreros alemanes puedan formar
parte también del parlamento del pueblo alemán.
4. Armamento
general del pueblo. [En el futuro el ejército debe ser, al mismo tiempo,
ejército de trabajo, a fin de que las tropas no solo consuman, como ocurría
antes, sino produzcan más de los gastos necesitados para su mantenimiento. Esta
será, al mismo tiempo, una de las formas de la organización del trabajo.]
[5. La administración de la justicia será
gratuita.]
[6. Todas las cargas feudales, trabajos y tributos,
diezmos, etc., que hasta hoy pesan sobre la población campesina son abolidos
sin indemnización alguna.]
7. Las
fincas de los príncipes y demás posesiones feudales, todas las minas, canteras,
etc., se convierten en propiedad del Estado. En las fincas se organizará la
explotación en gran escala y con los recursos más modernos de la ciencia, en
provecho de la colectividad.
8. Las
hipotecas sobre las tierras de los campesinos se declaran propiedad del Estado;
los campesinos abonarán al Estado los intereses de esas hipotecas.
9. En las
regiones en que está desarrollado el sistema de arriendo, la renta del suelo o
precio de arrendamiento se pagará al Estado en concepto de impuesto.
[Todas las medidas indicadas en los puntos 6, 7, 8
y 9 tienen como finalidad disminuir las cargas sociales y otras cargas de los
campesinos y pequeños arrendatarios, sin disminuir al mismo tiempo los recursos
que el Estado necesita para cubrir sus gastos y sin perjudicar a la misma
producción. El propietario terrateniente como tal, no siendo campesino ni
arrendatario, no toma parte alguna en la producción. Por eso su consumo es un
simple abuso.]
[10. En lugar de los bancos privados será
instituido un banco del Estado, cuyos títulos tendrán curso obligatorio. Esta
medida hará posible la regularización del crédito en interés de todo el pueblo
y quebrantará, por consiguiente, el poder de los grandes financieros. La
sustitución gradual del oro y la plata por billetes de banco abaratará la
moneda, instrumento necesario de la circulación burguesa, y permitirá utilizar
el oro y la plata para las relaciones exteriores. Esta medida es necesaria
también para atar al gobierno los intereses de los burgueses
conservadores[12].]
11. El Estado
tomará en sus manos todos los medios de transporte: ferrocarriles, canales,
barcos, caminos, correos, etc., convirtiéndolos en propiedad del Estado y
poniéndolos a disposición de la clase desposeída.
[12. Las retribuciones de todos los funcionarios
del Estado serán idénticas, salvo en los casos de familia numerosa, que
recibirán una retribución mayor.]
[13. Completa separación de la Iglesia y del
Estado. El clero de todas las confesiones será pagado exclusivamente por las
respectivas comunidades de creyentes.]
14. Reducción
del derecho de herencia.
15. Implantación
de fuertes impuestos progresivos y abolición de los impuestos sobre los
artículos de consumo.
16. Organización
de talleres nacionales. El Estado
garantiza a todos los trabajadores
medios de
subsistencia y asume el cuidado de los
incapacitados para trabajar.
17. Instrucción pública general y gratuita.
En interés del proletariado alemán, de la pequeña
burguesía y de los campesinos, hay que laborar con toda energía por la
implantación de las medidas que quedan apuntadas, pues solamente la aplicación
de estas medidas asegurará a los millones de hombres que hasta ahora venían
siendo explotados en Alemania por una minoría insignificante, y a los que se
pretenderá seguir manteniendo en la opresión, los derechos y el poder que les
pertenece como creadores de toda la riqueza.
El Comité: K. Marx, K. Schapper, H. Bauer, F.
Engels, J. Moll, W. Wolff.
Como es fácil de comprobar sin más que cotejarlos,
se trata de una adaptación a las condiciones concretas alemanas del programa de
transición de la revolución proletaria inserto en El manifiesto comunista. La
adaptación se traduce en la introducción de una serie de medidas dirigidas
contra las supervivencias del feudalismo en el campo y en cierta atenuación de
las medidas antiburguesas, omitiendo, en particular, la «multiplicación de
empresas fabriles pertenecientes al Estado». Se incluyen medidas relativas a
las instancias políticas que en El manifiesto se dan por ya realizadas, puesto
que allí se parte de que el proletariado ha conquistado ya el poder político
(instauración de la república, armamento general del pueblo, sufragio
universal, etcétera).
Basta comparar este programa con el que presenta la
extrema izquierda del pre-parlamento (Vorparlament) reunido en Fráncfort el 30
de marzo[13] – representativa de la democracia pequeñoburguesa republicana–
para ver que las Reivindicaciones abarcan las transformaciones más radicales
que podían concebirse en aquella Alemania desde el punto de vista del
desarrollo burgués, y al mismo tiempo rebasaban ese marco: implicaban el
comienzo de la revolución proletaria. Un objetivo transparente es conseguir que
en el proceso revolucionario la pequeña burguesía y los campesinos marchen al
lado del proletariado.
La perspectiva estratégica que reflejan las
Reivindicaciones, como los juicios más arriba expuestos sobre la evolución de
la situación francesa, corresponden enteramente a la visión global de la
revolución iniciada, formulada en el artículo de Engels Revolución en París,
como proceso revolucionario llamado a desembocar próximamente en el
derrocamiento de la dominación burguesa en Europa. Engels no bromea más que en
la forma cuando a primeros de abril le apuesta dos peniques, o no importa qué
suma, a Emil Blanck que Harney «estará dentro de dos meses en el lugar de
Palmerston»[14].
Animados con tan confortable optimismo y equipados
con El manifiesto y las Reivindicaciones (del primero llegan a París, a finales
de marzo, 1.000
ejemplares de la edición alemana impresa en
Londres, y las segundas son editadas en hoja suelta), los miembros de la Liga
marchan a Alemania, por lo general a sus anteriores lugares de residencia o, en
todo caso, allí donde por sus relaciones y actividades precedentes suponen que
pueden encontrar condiciones propicias para su actividad revolucionaria. No hay
documentación sobre las decisiones que en ese momento toma el Comité central de
la Liga en cuanto a su actuación como tal. Al parecer, sus miembros se dirigen
también a los lugares de Alemania donde personalmente pueden encontrar mejores
condiciones para actuar. Wallau se instala en Maguncia; Wolff, en Breslau; Marx
y Engels, en Colonia, donde Marx conserva relaciones de la época en que fue
director de la Gaceta Renana[15]. Allí se instalan también Schapper y Moll. La
capital renana se convierte, por tanto, en la sede del Comité central de la
Liga, pero por poco tiempo, como vamos a ver.
A juzgar por algunas cartas que se han conservado,
los miembros de la Liga que marchan a Alemania llevan como tarea inmediata y
principal fortalecer sus organizaciones y crearlas allí donde no existan. Las
comunas de la Liga deben fundar (o impulsar donde las hubiera) asociaciones
obreras legales que cumplan la múltiple función, lo mismo que en el exilio, de
cobertura, instrumento legal de propaganda, estructura vinculadora de los
miembros de la Liga con los obreros, centro de formación cultural, etc. Según
los datos conocidos, entre los primeros resultados, algo importantes, de esa
actividad se encuentran los conseguidos en Maguncia, la capital del gran ducado
de Hess-Darmstadt, en la orilla izquierda del Rin. El 5 de abril aparece allí
un manifiesto de la asociación obrera local, entre cuyos firmantes está Wallau
y otros miembros de la Liga, dirigido «A todos los trabajadores de Alemania».
Les llama a pasar a la acción para «no ser engañados una vez más»; «Dispersos
como hasta ahora somos débiles, aunque seamos millones. Unidos y organizados
representamos una fuerza irresistible. Por eso, hermanos, hay que crear en
todas partes, en las ciudades y pueblos, asociaciones obreras en las que se
examine nuestra situación y se propongan medidas para cambiarla. Hace falta que
representantes de la clase obrera sean designados y elegidos al parlamento
alemán y que se adopten todas las medidas necesarias para la defensa de
nuestros intereses. Además, todas las asociaciones obreras de Alemania deben
establecer contacto entre sí lo antes posible y mantenerlo. Os proponemos
escoger provisionalmente Maguncia como centro de todas las asociaciones obreras
y entablar correspondencia con el comité abajo firmante para ponernos de
acuerdo sobre un plan común y determinar definitivamente lo antes posible, en
una reunión de delegados de todas las
asociaciones, la sede del Comité central»[16]. No
se sabe si esta iniciativa surge del grupo de la Liga de Maguncia o si proviene
del Comité central de la Liga y Wallau no ha hecho más que aplicarla. Dos días
después de la fecha que lleva el manifiesto, Marx y Engels se detuvieron en
Maguncia, de paso para Colonia, y es verosímil que discutiesen del proyecto de
reunión con los dirigentes locales. El 23 de abril la comuna de la Liga de
Maguncia informa al Comité central, ya instalado en Colonia, que se han
recibido pocas respuestas hasta ese momento y conviene esperar antes de
convocar la reunión proyectada. En los documentos disponibles no hay más
rastros de esa iniciativa y puede suponerse que fracasó. Sin embargo, las
«revoluciones de marzo» –como se les llamará– en Alemania dan lugar a una verdadera
floración de asociaciones obreras, que muy rápidamente llegan a tener cientos y
miles de miembros. E iniciativas semejantes a la de Maguncia –crear una unión
de esas asociaciones a escala de toda Alemania– prosperan poco después a partir
de Berlín y Sajonia[17].
Las cartas de los miembros del Comité central de la
Liga y de otros militantes, en los meses de abril y mayo, reflejan el notable
impulso del movimiento obrero apenas nacido, pero al mismo tiempo registran la
debilidad, cuando no la inexistencia, de la Liga de los Comunistas. Muchos de
los dirigentes o miembros activos de las asociaciones obreras son, o han sido,
miembros de la Liga, pero la organización de esta, en tanto que tal, apenas
existe. S. Born, que habría de revelarse como uno de los mejores organizadores
obreros durante la revolución, escribe a Marx, desde Berlín, el 11 de mayo: «el
proletariado tiene un espíritu revolucionario»; «trato de evitar, en la medida
de lo posible, revueltas inútiles y organizar los elementos dispersos en una
fuerza poderosa». Le comunica que se encuentra a la cabeza del movimiento en
tanto que «presidente de una especie de parlamento obrero formado con
representantes de muchos gremios y fábricas», pero «sobre la Liga como tal, el
estado en que aquí se encuentra, no puedo decir nada por ahora. Nadie ha tenido
tiempo, hasta ahora, de crear una organización sólida, a la manera anterior. Se
disgregó. Está en todas partes y en ninguna»[18]. Análogo cuadro presentan
otros testimonios. La impresión de conjunto que producen las informaciones
conocidas es que si bien la Liga se encontraba desorganizada y en muchos casos
no había más que militantes dispersos, existían condiciones favorables para
desarrollarla[19].
Sobre lo que pensaban Marx y Engels de la evolución
de la situación política alemana antes de iniciarse, el 1 de junio, la
publicación de la Nueva Gaceta Renana apenas existen testimonios escritos. Solo
algunos breves comentarios en unas cuantas cartas de Engels, que a mediados de
abril va a Barmen, su ciudad
natal, y a Elberfeld, con la intención de encontrar
accionistas para el diario entre los intelectuales y burgueses progresistas de
esa zona industrial, mientras Marx hace gestiones análogas en Colonia. Con
fecha 15 de abril escribe a Emil Blanck (Londres): «Aquí el pánico es
indescriptible. Los burgueses piden el restablecimiento de la confianza, pero
la confianza se ha evaporado […]. La desorganización es general, como lo es el
caos, la anarquía, la desesperación, el miedo, la rabia, el entusiasmo por la Constitución
y el odio por la República». Diez días después le escribe a Marx desde el mismo
lugar: «Si un solo ejemplar de nuestro programa de 17 puntos es difundido aquí
todo estaría perdido para nosotros. La mentalidad de los burgueses es
verdaderamente lamentable. Los obreros comienzan a agitarse un poco de manera
aún muy rudimentaria, pero en masa. Y esto, justamente, estorba a nuestra
acción. El club político de Elberfeld redacta mensajes a los italianos, se
pronuncia por el sufragio universal, pero rechaza terminantemente todo debate
sobre las cuestiones sociales. Cierto, cuando se les aborda de frente estos
señores reconocen que dichas cuestiones se ponen al orden del día, pero
advirtiendo enseguida que no debemos plantearlas prematuramente»[20]. Por
«nuestra acción» Engels designa, probablemente, la suscripción de acciones para
financiar la Nueva Gaceta Renana, dificultada por el temor que provoca en los
burgueses solicitados la agitación obrera. Como dice en otro pasaje de la
carta: «En el fondo, lo que sucede es que incluso estos burgueses radicales de
Colonia ven en nosotros sus futuros enemigos mortales y no quieren darnos armas
que volveríamos rápidamente contra ellos». En otra carta a Blanck, de fecha 24
de mayo, una semana antes de iniciarse la aparición de la Nueva Gaceta Renana,
Engels insiste sobre el comportamiento timorato y antipopular de la burguesía
liberal. «Camphausen no hace nada, la reacción, la burocracia y los nobles se
ponen cada día más insolentes, provocan al pueblo y el pueblo se rebela. La
impotencia y la cobardía de Camphausen nos llevan directamente a nuevas
revoluciones. ¡Tal es el aspecto de Alemania en este momento!»[21].
Es decir, por un lado, la burguesía liberal,
representada por el gobierno Camphausen y dominante en la Asamblea nacional de
Fráncfort, tenía una actitud de componenda y pasividad frente a la
contraofensiva que iniciaban las fuerzas reaccionarias. Por otro, las
Reivindicaciones constituían un obstáculo para llegar a acciones comunes (el
financiamiento de la Nueva Gaceta Renana era una primera modalidad concreta de
las mismas) con los elementos más progresistas de la burguesía.
Frente a esa realidad política, muy distinta de
cómo se la habían probablemente
imaginado en el ambiente revolucionario del París
proletario, Marx, secundado por Engels y algunos cuadros de la Liga pero con la
oposición de otros, adopta una línea de conducta, táctica y organizacional, que
puede resumirse en los tres puntos siguientes:
1. Renunciar
al plan inicial de desarrollar y fortalecer la Liga como tal organización.
Dejarla en el estado «larvado» en que se encontraba o incluso liquidarla. La
documentación existente permite ambas interpretaciones. Pero un hecho parece
indiscutible: lo más tarde en el verano de 1848 Marx liquidó el Comité central
que presidía y no volvió a ocuparse de la Liga –como no sea para oponerse a su
reorganización en febrero de 1849– hasta que regresa a Londres en el verano de
1849.
2. Actuar
en el ala izquierda del partido demócrata e ingresar, con este objeto, en la
Asociación Democrática de Colonia. (Para medir toda la significación de este
paso debe tenerse en cuenta que cuando Marx opta por ingresar en la Asociación
Democrática [finales de mayo] existe ya en Colonia una potente Asociación
Obrera [creada el 13 de abril] que se desarrolla rápidamente, contando a
primeros de mayo entre 3.000 y 4.000 afiliados. No hay dato alguno de que Marx
ingresara también en la Asociación Obrera[22]).
3. Editar
la Nueva Gaceta Renana como «órgano de la democracia» (con ese subtítulo sale),
no como órgano del partido comunista alemán.
Hasta ahora no se dispone de ningún documento
fidedigno de ese periodo en el que Marx o Engels expliquen las razones que les
impulsaron a tomar tales decisiones. El único documento en el que encontramos
una referencia es el relato hecho en la cárcel a la policía, a finales de 1853,
por Röser, dirigente de la Liga, presidente del Comité central de la misma a
partir de la escisión de septiembre de 1850, en la que Röser apoya las
posiciones de Marx. Aunque la investigación histórica se inclina, cada vez más,
a considerarlo como un relato verídico, debe tomarse, evidentemente, con
precaución[23]. Según el «documento Röser», hacia mayo o junio de 1848 hubo una
reunión en Colonia con participación de cuatro miembros del Comité central
(Marx, Engels, Schapper y Moll), más cinco miembros de la comuna de Colonia de
la Liga. Uno de estos últimos da la siguiente versión: «Hubo acaloradas
discusiones. El doctor Gottschalk fue objeto de serias críticas en relación con
la organización de la Asociación Obrera de Colonia. Además Marx propuso la
disolución de la Liga. Sobre la primera cuestión Marx y Schapper coincidieron
en sus intervenciones. En relación con la segunda, Marx y Gottschalk
defendieron la disolución de la Liga. Como sobre esta cuestión no había acuerdo
y Schapper y Moll exigieron que la Liga fuera
conservada a toda costa, Marx hizo uso de los
plenos poderes que se le habían concedido y disolvió la Liga. Marx consideraba
que su existencia ulterior era innecesaria, puesto que la Liga era una
organización de propaganda, no una organización para conspirar, y que en las
condiciones creadas se podía realizar la propaganda abiertamente sin necesidad
de una organización secreta, dado que existía libertad de prensa y de
propaganda»[24].
Marx y Engels no se referirán a la línea que
adoptaron en la primavera de 1848 más que muchos años después y sin ser muy
explícitos. «Cuando estalló la revolución de febrero –dice Marx en un texto de
1860–, el Comité central de Londres me encomendó la dirección de la Liga.
Durante la revolución su actividad en Alemania se interrumpió por sí misma,
porque aparecieron vías más efectivas para la realización de sus
objetivos»[25]. ¿Pero puede interrumpirse la actividad de una organización de
ese tipo, en especial la de sus órganos dirigentes, sin que haya una decisión
consciente, formal o no, de sus miembros? Engels escribe en su Contribución de
1883: «Como no era difícil prever, la Liga resultó ser una palanca demasiado
débil para encauzar el movimiento desencadenado de las masas populares. Las
tres cuartas partes de los afiliados a la Liga, que antes residían en el
extranjero, al regresar a su país habían cambiado de residencia, con lo cual se
disolvían en gran parte sus comunas anteriores y ellos perdían todo contacto
con la Liga. Finalmente, las condiciones que se daban en cada pequeño Estado,
en cada provincia, en cada ciudad, eran tan distintas que la Liga no habría
podido dar a sus afiliados más que instrucciones muy generales, y estas podían
hacerse llegar mucho mejor por medio de la prensa. En una palabra, desde el
momento en que cesaron las causas que habían hecho necesaria una Liga secreta
esta perdió también su significación»[26]. En ambas explicaciones está
implícita la razón que aparece explícita en la versión de la reunión de Colonia
recogida en el documento Röser: la Liga era una organización de propaganda, no
una organización para conspirar, y al existir libertad de prensa y de palabra
dejaba de ser necesaria. Parece evidente que si Marx y Engels hubieran tenido
una concepción del partido análoga a la de Lenin en los tiempos de la Iskra
–como insinúa Riazanov en sus conferencias de 1922– su manera de enfocar el
problema habría sido bien distinta.
A diferencia de algunos historiadores marxistas que
dan por cierto la disolución de la Liga por Marx (basándose en el documento
Röser), los especialistas soviéticos en la materia sostienen que no hubo tal
disolución, admitiendo, sin embargo, que Marx disolvió el Comité central. Pero
en aquellas condiciones liquidar el órgano dirigente central significaba
prácticamente
liquidar la organización, como en efecto ocurrió.
La Liga dejó de existir como tal organización en Alemania. No quedaron en pie
más que las comunas de la emigración, en particular la de Londres. El principal
historiador soviético de la Liga, E. Kandel, preocupado, al parecer, de que
Marx no pase a la historia como «liquidador» del partido, recurre al
subterfugio de que «la Liga de los Comunistas siguió funcionando bajo la forma
de asociaciones obreras abiertas, siguió existiendo como tendencia ideológico-política».
En la práctica es avalar la versión del documento Röser, descartando únicamente
la decisión formal de la disolución. Hipótesis plausible, porque es difícil
pensar que haya existido sin que Marx y Engels se refiriesen nunca a ella[27].
En otro texto de la época de la Contribución,
dedicado este a la historia de la Nueva Gaceta Renana, Engels explica las
razones que determinaron el carácter del periódico, así como la incorporación
de Marx y él al ala izquierda del partido demócrata. El pasaje principal es el
siguiente:
«La burguesía alemana, que empezaba entonces a
fundar su gran industria, no tenía la fuerza ni la valentía precisas para
conquistar la dominación absoluta dentro del Estado; tampoco se veía empujada a
ello por una necesidad apremiante. El proletariado, tan poco desarrollado como
la burguesía, educado en una completa sumisión espiritual, no organizado y
hasta incapaz todavía de adquirir una organización independiente, solo
presentía de un modo vago el profundo antagonismo de intereses que le separaba
de la burguesía. Y así, aunque en el fondo fuese para esta un adversario
amenazador, seguía siendo, por otra parte, su apéndice político. La burguesía,
asustada, no por lo que el proletariado alemán era, sino por lo que amenazaba
llegar a ser y por lo que era ya el proletariado francés, solo vio su salvación
en una transacción, aunque fuese la más cobarde, con la monarquía y la nobleza.
El proletariado, inconsciente aún de su propio papel histórico, hubo de asumir
por el momento, en su inmensa mayoría, el papel de ala propulsora, de extrema
izquierda de la burguesía. Los obreros alemanes tenían que conquistar, ante
todo, los derechos que les eran indispensables para organizarse de modo
independiente, como partido de clase
[…]. De esta
suerte, el proletariado alemán aparece por primera vez en la escena política
principalmente como un partido democrático de extrema izquierda. Por eso,
cuando fundamos en Alemania un gran periódico, nuestra bandera no podía ser
otra que la bandera de la democracia; pero de una democracia que destacaba
siempre, en cada caso concreto, el carácter específicamente proletario que aún
no podía estampar, de una vez para siempre, en su estandarte. Si no hubiéramos
procedido de este modo, si no hubiéramos querido adherirnos al movimiento,
incorporándonos a aquella ala que ya existía, que
era la más progresista y que, en el fondo, era un ala proletaria, para
impulsarla hacia adelante, no nos hubiera quedado más remedio que ponernos a
predicar el comunismo en alguna hojita lugareña y fundar, en vez de un gran
partido de acción, una pequeña secta. Pero el papel de predicadores en el
desierto ya no nos cuadraba; habíamos estudiado demasiado bien a los utopistas
para caer en ello. No era para eso para lo que habíamos trazado nuestro
programa»[28].
Esta explicación a cuarenta años de distancia está
muy influida por el curso real que siguieron los acontecimientos y se
contradice, en algunos aspectos, con las apreciaciones sobre la capacidad de la
burguesía alemana para tomar el poder y la urgencia que tenía de hacerlo,
incluidas en los artículos de Engels de 1847, así como con la perspectiva que
da El manifiesto de una revolución proletaria alemana siguiendo inmediatamente
a la revolución burguesa; se contradice, también, como veremos, con otros análisis
del periodo revolucionario e inmediatamente posterior. Pero a estos contrastes
nos referiremos en la tercera parte.
En cuanto a la razón básica de la táctica adoptada,
sintetizada en los tres puntos más arriba señalados, nos parece que está
fielmente reflejada en ese pasaje de Engels: no actuar como una pequeña secta,
ayudar al proletariado a elevarse y avanzar no con actitudes doctrinales, sino
partiendo de lo que el proletariado era entonces realmente y no de lo que los
revolucionarios más avanzados podían desear que fuese.
[1] No se
conoce exactamente la fecha de la resolución del Comité central de Londres,
pero según datos de los archivos policiacos publicados en 1853, en Bruselas se
recibió aproximadamente el 27 de febrero. Véase Mijailov, op. cit., p. 185. La
resolución que toma el grupo de Bruselas de trasladar el Comité central a París
se basa en las siguientes consideraciones: 1) «París es actualmente el centro
de todo el movimiento revolucionario»; 2) «las condiciones actuales exigen una
dirección sumamente firme de la Liga, por lo cual es absolutamente necesario
conceder a los dirigentes el derecho a actuar según juzguen conveniente» (Soius
Kommunistov, pp. 167-168). Por esta resolución el Comité central de Bruselas
deja de existir –no dura mas que cuatro días–, encargando a Marx de formar en
París el nuevo Comité central. Hasta su salida de Bruselas, Marx y Engels, como
los otros miembros del grupo, participan en la agitación obrera y democrática
que se produce en Bélgica bajo la influencia de la revolución de París. Marx es
expulsado y detenido durante unas horas. Flocon, ministro del gobierno
provisional francés –del grupo de La Réforme–, le comunica la anulación de la
orden de expulsión de Francia dictada contra él en enero de 1845 y le invita a
instalarse en París.
[2] Marx
llega a París el 5 de marzo. Poco después llegan también algunos miembros del
grupo de Londres, que junto con los dirigentes cartistas Jones y Harney forman
parte de una delegación de Fraternal Democrats portadora de un mensaje de los
obreros ingleses al gobierno provisional francés. El nuevo Comité central de la
Liga queda constituido con Marx (presidente), Schapper (secretario) y cinco
miembros
más: Wallau, Wolff, Moll, Bauer y Engels. Como se
ve, la nueva dirección reúne los principales elementos de los núcleos de
Londres y Bruselas, con un acrecentamiento del papel de Marx en la dirección.
[3] Engels
permanece en Bruselas hasta mediados de marzo. Allí recibe información de la
manifestación realizada en Colonia el 3 de ese mes, organizada por tres
miembros de la Liga, el doctor Gottschalk y los exoficiales del Ejército
prusiano Willich y Anneke. La manifestación reúne alrededor de 4.000 obreros y
pequeñoburgueses, dirigiéndose al municipio, donde Gottschalk penetra a la
cabeza de una delegación de los manifestantes, presentando una plataforma de
reivindicaciones democráticas y obreras. La intervención de la tropa da lugar a
choques sangrientos. Gottschalk, Willich y Anneke son detenidos, siendo
liberados después de la victoria de la insurrección en Berlín. Según Droz,
Engels desaprobó la manifestación (op. cit., pp. 190-191). En realidad, lo que
dice en carta a Marx del 9 de marzo es que de haberla preparado mejor podrían
«haber asestado un gran golpe»; «en lugar de proveerse de armas, lo cual era
fácil, han ido a manifestarse sin armas ante el municipio, dejándose cercar».
En esta misma carta muestra su entusiasmo por las noticias que se reciben de
diversos puntos de Alemania y comenta: «¡Con tal de que Federico Guillermo IV
se ponga terco!, porque entonces tendremos ganada la partida y en algunas
semanas tendremos la revolución alemana». Días después, en otra carta a Marx,
reitera esa misma idea: «En Alemania nuestra causa marcha verdaderamente muy
bien. Revueltas por doquier y los prusianos que no ceden. Tant mieux!»
(Correspondance, I, pp. 519, 521 y 528).
[4] Carta de
Marx a Engels del 16 de marzo, Correspondance, I, p. 524; S. Seiler, Das
Complot vom 13 juni 1849, oder der letzte Sieg Bourgeoisie in Frankreich,
Hamburgo, 1850. Citado en Soius Kommunistov, p. 184.
[5] Carta de
Engels a Emil Blank (Londres) del 26 de marzo de 1848, Correspondance, I, p.
529.
[6] Carta de
Engels a Emil Blank (Londres) del 28 de marzo de 1848, en Correspondance, I,
pp. 530-532.
[7] Carta de
Marx y Engels a Cabet, acompañada de declaración, a finales de marzo de 1848,
en Correspondance, I, p. 533. A la cabeza de la Asociación Democrática y de la
organización de la Legión estaban Bornstedt, fundador y director de la
Deutscher Brüsseler Zeitung, muy ligado a Marx en el periodo de Bruselas, y el
poeta Herwegh, que había sido amigo de Marx. En carta a Engels del 16 de marzo,
Marx le dice: «Bornstedt y Herwegh se han portado como bellacos […]. El primero
ha sido excluido hoy de la Liga» (Correspondance, I, p. 524). Cartas de
Bruselas y de Londres informan que la iniciativa de la Legión ha sido acogida
con fervor (Soius Kornmunistov, pp. 176-179).
[8] OE, t.
II, pp. 369-370. El gobierno provisional no se oponía a estas «legiones», e
incluso contribuía en cierta medida a su formación. Una parte del gobierno lo
veía como un medio de quitarse de encima revolucionarios extranjeros y obreros
en paro. Según Engels, Lamartine, ministro de Relaciones Exteriores, se
encargaba de prevenir a los gobiernos correspondientes para que recibieran a
las «legiones» adecuadamente. En todo caso, las legiones que se dirigieron a
Bélgica y a Alemania fueron efectivamente recibidas en las fronteras por
fuerzas militares del país que las diezmaron completamente. Como temían Marx y
Engels, el gobierno prusiano y otros gobiernos alemanes agitaron el espantajo
de la «invasión», impresionando con ello a amplios sectores de la población
(véase Droz, op. cit., p. 77).
[9] Véase
Nikolaevski, op. cit., p. 132.
[10] OE, t.
II, pp. 369-370.
[11] Tomamos
el texto íntegro de Soius Kommunistov, pp. 181-183. El texto parcial de Engels
se encuentra en OE, t. II, pp. 367-369.
[12] En la
hoja editada más tarde en Colonia en lugar de «atar al gobierno» se puso «ligar
a la revolución» (según nota en Soius Kommunistov, p. 182).
[13] El 5 de
marzo 51 personalidades liberales y demócratas se habían reunido en Heidelberg
reclamando la elección de una Asamblea nacional alemana (es decir,
representando al conjunto de los Estados). Deciden formar una comisión
encargada de organizar un parlamento preparatorio o preparlamento. La idea es
apoyada por todos los sectores de la opinión pública opuestos al absolutismo y
después de la insurrección de Berlín se crean las condiciones favorables. El
Vorparlament se reúne en Fráncfort el 31 de marzo, a base de delegados de las
asambleas existentes y de las organizaciones liberales y demócratas. Acuerda la
elección de una Asamblea nacional constituyente por sufragio universal. Para
mantener la «continuidad
legal», y hacerlo así más aceptable para la Corona,
el gobierno prusiano, formado ya por Camphausen y otros representantes de la
burguesía liberal más moderada, consiguen que la decisión del Vorparlament sea
sometida a la aprobación de la Dieta Unida. Lo mismo sucede con la ley
electoral, que establece la elección de segundo grado, limitando así
considerablemente el efecto del sufragio universal.
La gran mayoría del Vorparlament era muy moderada.
Pero un pequeño grupo, que se sitúa en la extrema izquierda de la Asamblea,
encabezado por G. von Struve, plantea que la revolución no hace más que empezar
y propone un programa cuyos puntos principales son los siguientes (según la
propia clasificación de los autores): en el plano social: elección de los
funcionarios, supresión de los ejércitos permanentes, impuesto progresivo,
supresión de todos los impuestos sobre fabricación y circulación de productos,
reemplazamiento de las rentas feudales por derechos protectores sobre la
industria, abolición de los privilegios debidos al nacimiento o a la fortuna,
secularización de los monasterios, creación de un ministerio del trabajo
encargado de resolver las cuestiones entre el capital y el trabajo y de hacer
participar a los obreros en los beneficios. En el plano constitucional:
separación de la Iglesia y del Estado, separación de la escuela y de la
Iglesia, autonomía de los municipios, respeto de la libertad individual por una
ley de habeas corpus, supresión de la censura, institución del jurado. En el
plano nacional: simplificación de la legislación, división de Alemania en
círculos, supresión de las monarquías hereditarias, república federal según el
modelo de Estados Unidos (citado por Droz, op. cit., pp. 230-231).
[14] Carta de
Engels a Emil Blank (Londres) del 15 de abril de 1848, en Correspondance, I, p.
540. El gobierno había prohibido la manifestación del 10 de abril –permitiendo
solo un mitin–, concentrando tropas y policías. Los dirigentes cartistas
decidieron renunciar a la manifestación, aconsejando a la muchedumbre reunida
dispersarse, mientras una pequeña delegación iba al parlamento a entregar la
Tercera Petición. Como demostró la evolución ulterior, fue una grave derrota
política del cartismo, el jalón que marca en cierta forma el comienzo de su
declive histórico. Engels, que conocía lo sucedido, como se deduce de la carta,
no le atribuye gran importancia: «El golpe de la procesión no es nada aún. Mi
amigo G. Julian Harney, al que enviarás la carta que te adjunto […], estará
dentro de dos meses en el lugar de Palmerston. I’ll bet you two pence and in
fact any sum».
[15] La
información sobre la edición de El manifiesto y de las Reivindicaciones está
tomada de Soius Kommunistov, pp. 478 y 181. Según dice Engels en 1884, Marx y
él decidieron instalarse en Colonia –en lugar de Berlín–, teniendo en cuenta la
importancia industrial de la provincia renana, pero el «factor decisivo» –dice
Engels– fue que en Renania, donde seguía vigente el código de Napoleón,
«gozábamos de una libertad incondicional de prensa» (OE, t. II, p. 355). La
verdad es que Berlín desempeñó un papel mucho más importante que Colonia en el
curso de los acontecimientos.
[16] Soius
Kommunistov, p. 186.
[17] Droz, op.
cit., pp. 519-527.
[18] Carta de
Stefan Born desde Berlín a Marx (Colonia), con fecha 11 de mayo de 1848. En
Soius Kommunistov, pp. 207-208. El «parlamento obrero» del que habla Born es el
Comité central de trabajadores de Berlín formado poco después de la
insurrección de marzo, con representantes de diversas asociaciones y empresas.
Este Comité toma la iniciativa de convocar un «parlamento de trabajadores» que
se reunió en Berlín del 23 de agosto al 3 de septiembre, adoptando una «Carta
del pueblo» y creando la Fraternidad Obrera, con sede en Leipzig, presidida por
Born, que llegará a tener comités en las 27 ciudades más importantes de
Alemania y en otras muchas de menor significación, agrupando gran cantidad de
Asociaciones obreras (véase Droz, pp. 523-524).
[19] Véase
Soius Kommunistov, pp. 187-205.
[20] Correspondance,
I, pp. 540, 543.
[21] Ibid.,
pp. 547-548.
[22] En su
artículo para la Enciclopedia Universalis, «Karl Marx et le marxisme», Étienne
Balibar atribuye a Marx la fundación de la Asociación Obrera de Colonia, cosa
totalmente inexacta (véase É. Balibar, Cinq études du materialisme historique,
Maspero, 1974, p. 24, y Encyclopaedia Universalis, vol. 10, p. 575). La
Asociación Obrera fue creada por iniciativa de Gottschalk, que el 6 de abril
lanza un llamamiento para crear un club socialista democrático. La reunión se
celebra el 13 de abril, con
participación de unas 300 personas, en su mayoría
obreros y artesanos. Se adopta el nombre de Asociación Obrera en lugar del
propuesto por Gottschalk. No hay indicio de que Marx asistiera a esa reunión ni
a otras posteriores. La Asociación crece rápidamente. A la asamblea del 24 de
abril asisten unas 3.000 personas. A finales de junio tiene cerca de 8.000
(véase Mijailov, op. cit., pp. 224-225). Solo meses después y por un breve
periodo Marx participará en la Asociación Obrera, aceptando, a título provisional,
el puesto de presidente que le ofrecen.
[23] Röser,
obrero cigarrero, miembro activo de la Asociación Obrera de Colonia,
vicepresidente de la misma cuando Marx fue elegido presidente en octubre de
1848, ingresó en la Liga en febrero de 1849, y dirigió la organización de
Colonia desde comienzos de 1850. En septiembre de ese año pasa a ser presidente
del Comité central de la Liga (que pasa a tener su sede en Colonia). Es
detenido en el verano de 1851 durante la gran redada policiaca que desmantela
casi totalmente la organización. En el proceso de los comunistas detenidos, que
tiene lugar en Colonia a finales de 1852. Röser tiene un comportamiento que
merece este elogio de Engels: «en el proceso de Colonia el comunismo alemán,
gracias sobre todo a Röser, ha pasado con éxito su examen de madurez» (carta a
Weydemeyer, 12 de abril de 1853, Correspondance, III, p. 354). Röser es
condenado a seis años de prisión, y es en la cárcel de Moabit, a finales de
1853, cuando a requerimiento de la policía cuenta la historia de la Liga. Este
documento ha sido cuidadosamente analizado por diversos historiadores, llegando
a la conclusión de que Röser evitó dar datos que pudieran comprometer a otros
miembros de la Liga. (Esta había sido disuelta a propuesta de Marx en diciembre
de 1852 y en la práctica había dejado de existir desde la redada de 1851.) Al
mismo tiempo se ha ido valorando cada vez más la importancia de este documento
para reconstruir la historia de la Liga. En la Unión Soviética se han publicado
extensos fragmentos por primera vez en la recopilación que venimos citando,
Soius Kommunistov.
[24] Soius
Kommunistov, pp. 220-221.
[25] Marx,
«Herr Vogt», en Sochinenia, t. 14, pp. 451-452.
[26] OE, t.
II, pp. 369-370.
[27] Entre los
que sostienen la tesis de la disolución están Nicolaevski (op. cit., p. 140) y
A. Cornu (Marx et la révolution de 1848 en France, Presses Universitaires de
France, 1948, p. 18), y más recientemente É. Balibar (en el texto y página
citados en supra, n. 22). E. Kalder polemiza con Nicolaevski en un artículo
publicado en Voprosi istori, 1958, n. 5. Esgrime tres argumentos: a) admitir el
hecho implica admitir que Marx y Engels lo han ocultado toda la vida; b) los
estatutos de la Liga no autorizaban a una sola persona, aunque fuera el
presidente, a disolver la Liga; c) la circular del Comité central de la Liga de
marzo de 1850 (después de su reorganización) habla de que la Liga se había
debilitado en Alemania, pero no de que se hubiera disuelto.
[28] Engels,
«Marx y la Nueva Gaceta Renana», en OE, t. II, pp. 348-349.
VII. LA NUEVA GACETA RENANA, ÓRGANO DE LA
DEMOCRACIA
El principal instrumento de la intervención de Marx
y Engels en la revolución alemana de 1848 es la Nueva Gaceta Renana (que en
adelante designaremos NGR). Participan, en ocasiones con funciones importantes,
en la actividad de las organizaciones democráticas y obreras, pero la mayor
parte de su tiempo y energía la consagran a este gran diario revolucionario –el
primer diario «marxista» de la historia– editado en Colonia desde el 1 de junio
de 1848 al 19 de mayo de 1849[1]. La NGR sirve de brújula política a muchos de
los miembros dispersos de la eclipsada Liga de los Comunistas y ejerce un
influjo creciente – aunque siempre muy minoritario, salvo en Colonia y algunas
otras ciudades renanas– dentro del partido demócrata alemán. En la NGR podemos
seguir paso a paso cómo interpretan Marx y Engels el proceso revolucionario,
sus opciones tácticas y estratégicas y sus primeras generalizaciones teóricas
de la práctica que están viviendo; vemos nacer muchas de las reflexiones y
tesis que encontrarán luego expresión más desarrollada –o serán rectificadas–
en los textos clásicos sobre la Revolución de 1848: Revolución y
contrarrevolución en Alemania, La lucha de clases en Francia, El 18 Brumario de
Luis Bonaparte.
El subtítulo «órgano de la democracia» responde,
por un lado, como hemos visto, a consideraciones tácticas, pero no hay que
olvidar lo que democracia significa para Marx y Engels en ese periodo, desde
«la democracia de nuestro tiempo es el comunismo», que dice Engels en 1845,
hasta la equiparación que establece Marx en El manifiesto entre conquista de la
democracia y elevación del proletariado a clase dominante. La NGR nace como el
portavoz más riguroso de esa concepción radical de la democracia dentro del confuso
y heterogéneo conglomerado que es el «partido demócrata» alemán de 1848.
Abanico de tendencias y subtendencias, de personalidades y capillas, incluye
desde un republicanismo moderado, presto a consolarse con una monarquía
constitucional, vagamente teñido de preocupaciones por la «cuestión social»,
hasta la tendencia representada por la NGR, pasando por todas las variantes
políticas del «socialismo verdadero»[2]. Solo en el curso del enfrentamiento
entre las fuerzas revolucionarias y contrarrevolucionarias comenzará a tomar
cuerpo, dentro y fuera del «partido demócrata» como realidad diferenciada
política y organizacionalmente, el «partido proletario». La tendencia
representada por la NGR constituye el embrión de
ese partido.
Desde sus primeros números, la NGR adopta una
actitud abiertamente crítica respecto a «su» partido, sin excluir la tendencia
misma que representa. En el editorial del primer número[3] critica las
ilusiones que durante las semanas transcurridas de la revolución han
perjudicado a la eficacia de la acción del partido y facilitado las maniobras
de la burguesía liberal encaramada al poder, lo mismo que los primeros pasos de
las fuerzas reaccionarias contra las tímidas conquistas democráticas de la
«revolución de marzo». La NGR exige del partido demócrata que vea la situación
tal como es y le pone en guardia contra la desmoralización que seguiría al
desmoronamiento de las ilusiones suscitadas por las primeras victorias.
«Es corriente exigir de todo nuevo órgano de la
opinión pública –se dice en el citado editorial– que se entusiasme por el
partido cuyos principios profesa, que tenga una confianza absoluta en su
fuerza, que esté siempre dispuesto a defender esos principios invocando la
fuerza efectiva que los respalda o a disimular la debilidad efectiva con el
brillo de los principios. Nosotros no responderemos a ese deseo. No
intentaremos adornar las derrotas sufridas con engañosas ilusiones. El partido
demócrata ha sufrido derrotas; los principios que ha proclamado en el momento
de su triunfo son puestos en entredicho, y se le arranca palmo a palmo el
terreno que realmente ha conquistado; ya ha perdido mucho y habrá que
preguntarse qué le resta […]. Perdiendo la cabeza al ver que podía, por fin,
proclamar abiertamente sus principios, se imaginó que bastaba con proclamarlos
para estar seguro de su realización inmediata […]. Mientras prodigaba sus ideas
y abrazaba como hermano a todo aquel que no se atrevía a enfrentarse inmediatamente
con ellas, aquellos a los que se había dejado el poder actuaban.»
Maniobrando hábilmente, camuflando sus verdaderas
intenciones –prosigue la NGR–, actuaba «el partido de la burguesía moderada y
circunspecta, que había logrado ganar por la mano al partido del pueblo
aprovechando el vértigo que a este le producen sus primeras victorias». Este
partido de la burguesía moderada logra así «conquistar una posición intermedia
entre el partido democrático y los absolutistas, avanzando por un lado,
empujando por otro, a la vez progresista contra el absolutismo y reaccionario
contra la democracia». Hasta que el «partido del pueblo», «rechazado con
desprecio, denunciado como sedicioso, gratificado de las peores intenciones,
abre por fin los ojos y se convence de que, en realidad, solo ha obtenido
aquello que los señores burgueses consideraban compatible con sus intereses
bien entendidos».
A continuación la NGR pone en guardia contra «un
peligro no menor para el partido demócrata». El peligro de que «bajo la amarga
impresión de las primeras derrotas, de las que él mismo es responsable en
parte, se deje llevar por la desilusión y recaiga en ese funesto idealismo que
relega a un futuro lejano los principios no susceptibles de ser aplicados
inmediatamente, abandonándolos, por lo pronto, a la inofensiva elaboración de
los “pensadores”. Debemos alertar francamente contra ese género de hipócritas que
se dicen amigos y de acuerdo con los principios, pero dudan de su viabilidad
porque, dicen, el mundo no ha madurado aún para ellos, al mismo tiempo que no
albergan la menor intención de hacer algo para que madure […]; que prefieren,
en esta perversa existencia terrestre, compartir ellos mismos el destino
general de la perversidad».
La crítica de la NGR se concentra, desde el primer
día, en las dos principales asambleas representativas salidas de las
revoluciones de marzo, que polarizan las esperanzas de la opinión democrática:
la Asamblea nacional constituyente alemana, reunida en Fráncfort desde el 15 de
mayo, y la Asamblea nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo.
Por primera vez se había aplicado en Prusia y el resto de Alemania el sufragio
universal, pero solo para elegir los electores, que a su vez elegían los diputados.
Este sistema electoral de segundo grado permitió reducir la representación del
partido demócrata, asegurar el predominio de «la burguesía moderada y
circunspecta» y dar a las viejas clases reaccionarias una representación
superior a su influencia real. De todos modos fue elegida una fuerte
representación demócrata, especialmente en la Asamblea de Berlín, que formó la
izquierda de ambas asambleas. De esta izquierda se desgajó pronto una «extrema
izquierda», que reprochaba a la izquierda su inclinación a la conciliación con
el centro liberal[4].
Engels define en el primer número de la NGR lo que
debía ser la actividad de la Asamblea nacional de Fráncfort, oficialmente
creada para resolver uno de los problemas máximos de la revolución: la
unificación de Alemania. Tenía que elaborar la correspondiente Constitución.
«Desde hace quince días –escribe Engels– Alemania
tiene una Asamblea nacional constituyente, emanada del voto del conjunto del
pueblo alemán. El pueblo alemán había conquistado su soberanía en las calles de
casi todas las ciudades del país, grandes o pequeñas, y en particular sobre las
barricadas de Viena y Berlín. Había ejercido esta soberanía eligiendo la
Asamblea nacional. El primer acto de la Asamblea nacional debía ser proclamar
alto y oficialmente esa soberanía del pueblo alemán. Su segundo acto debía ser
elaborar la Constitución alemana sobre la base de la soberanía del pueblo y
eliminar todo lo que en
Alemania está en contradicción con el principio de
la soberanía popular. Durante toda la duración de su sesión debía tomar las
medidas necesarias para defender su base revolucionaria, para poner las
conquistas de la revolución, la soberanía del pueblo, al abrigo de todos los
ataques. La Asamblea nacional ha tenido ya una docena de sesiones y no ha hecho
nada de esto»[5].
Días después la NGR critica la imprecisión de los
programas de la izquierda y de la extrema izquierda, aunque en el de esta ve
una mayor concreción y saluda que exija de la Asamblea una «actividad
revolucionaria». Esta debería comenzar, comenta la NGR, por disolver la Dieta
federal y asumir todo el poder en el conjunto de Alemania. Pero en lugar de eso
la Asamblea se dedica a «ejercicios parlamentarios escolares y deja que los
gobiernos actúen». «Admitamos que este sabio concilio consiga, tras madura reflexión,
elaborar el mejor orden del día y la mejor Constitución. ¿Para qué servirán el
mejor orden del día y la mejor Constitución si entretanto los gobiernos
alemanes ponen las bayonetas al orden del día?» Señala el grave handicap que
representa para la Asamblea tener su sede en una ciudad como Fráncfort, incapaz
por sus características de desempeñar en la revolución alemana el papel que
Londres y París tuvieron en las revoluciones inglesa y francesa[6], pero
considera que «el estado actual de Alemania le daba (a la Asamblea) la
oportunidad de triunfar de esa desventaja». «Le hubiera bastado con intervenir
dictatorialmente en todas partes contra las veleidades reaccionarias de los
gobiernos anacrónicos para obtener un apoyo de la opinión popular contra el que
se hubieran estrellado todas las bayonetas y culatas.» Pero en lugar de «llevar
tras ella al pueblo alemán o de dejarse llevar por él, lo que hace es
aburrirle». El artículo termina expresando claramente su pesimismo sobre la
capacidad de la Asamblea nacional alemana para superar esa situación.
* * *
La crítica principal que la NGR hace a los
programas de las izquierdas de la Asamblea de Fráncfort concierne a la cuestión
del tipo de Estado –unitario o federal– bajo el que debe realizarse la
unificación de Alemania. Ambos programas preconizan el tipo federal, según el
modelo norteamericano. Por el contrario, la primera de las Reivindicaciones del
«partido comunista alemán» era, como sabemos, la república una e indivisible.
Al criticar la solución federal, Marx y Engels argumentan, por primera vez, su
propia posición en este problema de primordial importancia y exponen las vías
por las que puede
aplicarse la solución que proponen.
«No se puede concebir –plantea la NGR[7]– que el
llamado partido demócrata radical proclame que la Constitución definitiva de
Alemania deberá ser una federación de monarquías constitucionales, pequeños
principados y minúsculas repúblicas; un Estado federal, integrado por elementos
tan heterogéneos, con un gobierno republicano a la cabeza […]. Los Estados
Unidos de América, sin hablar ya de que todos están constituidos de la misma
manera, se extienden sobre un territorio tan grande como la Europa civilizada.
Solo una federación europea podría verse como análoga. Pero para que Alemania
se federe con otros países es necesario, ante todo, que se convierta en un
país.» A continuación explica por qué en Alemania la centralización es
doblemente necesaria, la única vía por la que puede convertirse realmente en
«país». Las razones son fundamentalmente tres: 1) el peligro ruso; 2) las
exigencias del desarrollo económico, dado el retraso alemán; 3) la solución de
los problemas sociales[8].
Pretendiendo adoptar una posición realista –dice la
NGR–, la plataforma del partido demócrata radical considera que debe partirse
de la situación existente, de las unidades estatales en que está actualmente
dividido el territorio alemán, lo cual no permite más solución que la federal.
Pero ese es un punto de vista estático, objeta la NGR: «Es indudable que al
principio el gobierno central de Alemania elegido por la Asamblea nacional
surgirá al lado de los gobiernos todavía existentes. Pero con su aparición comienza
ya su lucha contra los gobiernos de cada Estado, y en esta lucha o bien sucumbe
el gobierno de toda Alemania y con él la unidad de Alemania o bien desaparecen
los gobiernos de cada Estado con sus príncipes constitucionales o sus
minúsculas repúblicas. Nosotros no exigimos –sería utópico– que se proclame a
priori la república alemana una e indivisible, pero pedimos al llamado partido
radical-demócrata no confundir el punto de arranque de la lucha y del
movimiento revolucionario con su meta. La unidad alemana y la constitución
alemana no pueden resultar más que de un movimiento en el que conflictos
interiores y guerras con el Este determinarán la solución. La organización
definitiva no puede ser decretada. Va de par con el movimiento que hemos de realizar.
No se trata de plasmar tal o cual opinión, tal o cual idea política. Se trata
de comprender bien la evolución de los acontecimientos. La Asamblea nacional
tiene como única misión dar en lo inmediato los pasos prácticamente posibles».
Las «guerras con el Este» constituyen, a juicio de
Marx y Engels, un momento necesario y esencial del proceso que debe llevar a la
unidad de Alemania sobre bases democráticas. Comentando un artículo del gran
diario liberal burgués, la
Deutsche Zeitung, donde se baraja la posibilidad de
que la monarquía prusiana sea salvada por los rusos, aunque ello cueste a
Prusia momentáneamente la provincia renana –la hipótesis subyacente es que la
intervención rusa provocaría la intervención francesa y la ocupación de
Renania–, la NGR comenta[9]:
«Si Prusia no teme la pérdida momentánea de la
provincia renana, la provincia renana teme menos aún la pérdida “permanente” de
la dominación prusiana. Si los prusianos se alían con los rusos, los alemanes
se aliarán con los franceses y harán a su lado la guerra del Oeste contra el
Este, de la civilización contra la barbarie, de la república contra la
autocracia. Nosotros queremos la unidad de Alemania, pero solo la
desintegración de las grandes monarquías alemanas puede desprender los
elementos de esa unidad. Y solo en el fuego de la guerra y la revolución pueden
soldarse esos elementos.»
Al mismo tiempo, la ineluctable intervención del
«factor ruso» polarizaría la lucha interna, haciendo inviable la monarquía
constitucional con que sueña la burguesía liberal: «El constitucionalismo
desaparece por sí mismo desde el momento que los acontecimientos imponen la
alternativa de Autocracia o República».
Como iremos viendo, la idea de la guerra inmediata
con Rusia está constantemente en el centro de la visión estratégica de Marx y
Engels. No por casualidad, treinta y seis años después Engels resumiría así el
programa político de la Nueva Gaceta Renana: «República alemana democrática,
una e indivisible, y guerra con Rusia»[10].
* * *
La guerra con Rusia, dice Engels a continuación del
párrafo que acabamos de citar, «llevaba implícito el restablecimiento de
Polonia». La cuestión de la independencia polaca se presentaba, en efecto,
indisolublemente ligada a la de la victoria de la democracia alemana y de la
unidad de Alemania. Engels analiza el problema en una serie de artículos que se
publican en la NGR durante agosto y primeros de septiembre, dedicados a los
debates en la Asamblea nacional de Fráncfort sobre la cuestión polaca. Antes ya,
la NGR había tomado posición contra el «nuevo reparto de Polonia», resultado
del aplastamiento por las tropas prusianas de la insurrección de los polacos
del gran ducado de Posnania en abril-mayo[11].
«Nosotros, más que ningún otro pueblo –plantea
Engels– necesitamos la existencia nacional de Polonia. ¿Sobre qué se apoya,
ante todo, el poder de la
reacción en Europa después de 1815, e incluso en
parte después de la Primera Revolución francesa? Sobre la Santa Alianza
ruso-prusiana-austriaca. ¿Y qué es lo que mantiene esta alianza? El reparto de
Polonia, del que los tres aliados sacan provecho. Este reparto de Polonia,
realizado por las tres potencias, es el lazo que las liga entre sí; el
bandidaje en comandita las ha hecho solidarias […]. Por tanto, mientras
ayudemos a la opresión de Polonia, mientras encadenemos una parte de Polonia a
Alemania y sigamos nosotros encadenados a Rusia y a la política rusa no
podremos destruir radicalmente en Alemania el absolutismo patriarcal-feudal. La
instauración de una Polonia democrática es la condición primera de la
instauración de una Alemania democrática.» Llevar esto a cabo – prosigue
Engels– no era solo necesario, sino posible, «la cuestión más posible de
resolver de todas las cuestiones políticas que han surgido en Europa oriental
después de la revolución». Pero su solución exigía la guerra con Rusia. Que Alemania
hubiera tenido el valor de exigir a Rusia, armas en la mano, la restitución de
su parte de Polonia. Y Engels insiste de nuevo, vigorosamente, en el efecto
liberador de la guerra contra Rusia.
«¿Qué significaba la guerra contra Rusia? La guerra
contra Rusia era la ruptura completa, abierta y efectiva con todo nuestro
ignominioso pasado, era la liberación y unificación auténticas de Alemania, la
instauración de la democracia sobre las ruinas del feudalismo, la realización
del sueño de dominación burguesa acariciado un momento por la burguesía. La
guerra contra Rusia era la única vía posible para salvar nuestro honor y
nuestros intereses vis à vis de nuestros vecinos eslavos y en especial vis à
vis de los polacos»[12].
«Solo la guerra contra Rusia es una guerra de la
Alemania revolucionaria – plantea Engels en otro artículo de la NGR–, una
guerra en la que Alemania puede lavar los pecados de su pasado, rehacerse y
vencer sus propios autócratas; una guerra en la que, como conviene a un pueblo
que sacude las cadenas de una larga y sumisa esclavitud, paga con el sacrificio
de sus hijos la propagación de la civilización y obtiene su liberación en el
interior liberando a los pueblos en el exterior»[13].
«La responsabilidad por las infamias cometidas en
otros países con ayuda de Alemania no recae únicamente sobre los gobiernos,
sino también, en gran medida, sobre el mismo pueblo alemán. Sin su ceguera, sin
su alma de esclavo, sin su aptitud innata a proporcionar mercenarios, lacayos
del verdugo, instrumentos al servicio de los señores de “derecho divino”, el
nombre del alemán sería menos odiado, menos maldecido y despreciado en el
extranjero; los pueblos oprimidos por culpa de Alemania habrían llegado hace tiempo
a un
estado normal de desarrollo. Ahora que los alemanes
sacuden su propio yugo es necesario que cambie toda su política extranjera. Si
no, aprisionaremos nuestra propia libertad, hasta ahora apenas entrevista, con
los mismos lazos con los que encadenamos a los pueblos extranjeros. Alemania se
libera en la medida que devuelve su libertad a los pueblos vecinos.» Pero
«¿cómo queréis actuar democráticamente en el exterior si la democracia está
encadenada en el interior?»[14].
El ancestral mito pagano y judeocristiano de la
redención por el sacrificio, el sentimiento medieval del honor, la muy burguesa
consideración de los intereses y la nueva idea revolucionaria de que no puede
ser libre un pueblo que oprime a otros se presentan engarzados en este singular
discurso de Engels abogando por la guerra contra Rusia.
Pero «no ha habido el valor de intentarla
–prosigue– y lo inevitable ha llegado: la soldadesca de la reacción batida en
Berlín levantó de nuevo la cabeza en Posnania. Con el pretexto de salvar el
honor y la nacionalidad de los alemanes ha plantado la bandera de la
contrarrevolución y aplastado a los revolucionarios polacos, nuestros aliados.
Y durante un tiempo la Alemania engañada aplaudió a sus enemigos victoriosos.
El nuevo reparto de Polonia fue ejecutado y solo restaba que lo sancionase la
Asamblea nacional de Fráncfort. A esta le quedaba aún la posibilidad de
arreglarlo todo excluyendo de la Confederación germánica a toda la Posnania y
declarando que quedaba abierta la cuestión de la frontera hasta que se pudiera
negociar de igual a igual con la Polonia restaurada. ¡Pero era demasiado pedir
a nuestros profesores, abogados y pastores de Fráncfort!».
Con este motivo Engels critica de nuevo,
acerbamente, a la izquierda de Fráncfort: «Si se quiere estar “resueltamente a
la izquierda”, la primera condición es despojarse de toda blandenguería y
renunciar a la esperanza de obtener nada, ni lo más insignificante, de la
mayoría. En la cuestión de Polonia casi toda la izquierda se ha entregado, como
siempre, a declamaciones e incluso delirantes ensoñaciones, sin examinar en lo
más mínimo los datos reales, el fondo práctico de la cuestión». Resalta la
precisión, despojada de toda retórica, y la coherencia de Radowitz, jefe de la
derecha, que contrastan con la verborrea de la generalidad de los diputados de
la izquierda. Y aprovecha la ocasión para dejar sentado, una vez más, que la
NGR no es el órgano de esos diputados: «No hemos ambicionado jamás ser el
órgano de una izquierda parlamentaria»[15].
Análoga posición que ante la causa polaca adopta la
NGR –casi siempre a través de la pluma de Engels–sobre la lucha de liberación
nacional de otros pueblos oprimidos por Prusia o Austria. Meses después, como
tendremos
ocasión de ver, Engels modificará su actitud en
relación con los «eslavos del sur», y años más tarde en relación con la causa
polaca.
El 11 de marzo, dos días antes de la insurrección
de Viena, había tenido lugar en Praga una reunión del movimiento nacional checo
que se dirigió al gobierno de Viena reclamando la abolición de las cargas
feudales, la reconstitución del reino de Bohemia y la igualdad de checos y
alemanes. Después de la victoria de la revolución en Viena y Budapest, el
movimiento se intensifica, desembocando en el Congreso eslavo que se reúne en
Praga el 2 de junio. Apenas iniciado se producen choques entre civiles checos y
las tropas austriacas mandadas por el mariscal Windischgrätz. La lucha se
generaliza y el mariscal austriaco aplasta la sublevación bombardeando Praga,
que capitula el 17 de junio. El 18, sin conocer aún la capitulación, Engels
escribe: «La soldadesca austriaca ha ahogado en sangre la posibilidad de una
coexistencia pacífica de Alemania y Bohemia». La consecuencia no puede ser más
que «una guerra de exterminio entre alemanes y checos». «La Alemania de la
revolución hubiera debido, sobre todo en sus relaciones con los pueblos
vecinos, abjurar de todo su pasado. Al unísono con su libertad hubiera debido
proclamar la libertad de los pueblos que hasta entonces había oprimido. ¿Y qué
hizo la Alemania de la revolución? Ratificar plenamente la antigua opresión de Italia,
Polonia, y ahora Bohemia, por el militarismo alemán.»
Los resultados son trágicos, sobre todo para los
checos –dice Engels–, porque después de haber sido oprimidos durante cuatro
siglos por los alemanes, van a caer ahora en brazos de Rusia: «En la gran lucha
que va a estallar dentro de poco –tal vez dentro de algunas semanas– entre el
Este y el Oeste, una triste fatalidad pondrá a los checos en el campo de los
rusos, en el campo del despotismo, contra la revolución. La revolución
triunfará y los checos serán los primeros en ser aplastados por ella»[16]. Por
los mismos días Engels expresa el temor de que la represión de Posnania
determine «la alianza de los rusos y los polacos contra Alemania», aportando «a
los enemigos de la revolución el refuerzo de un valeroso pueblo de 20 millones
de habitantes»[17]. El paso de los pueblos eslavos del Imperio austro-húngaro o
de la Confederación germánica al lado de Rusia será una de las razones que
esgrimirá más tarde Engels para negarles su derecho a la existencia histórica
como naciones. Pero en esta fase concentra todo el fuego de su ataque contra la
política de opresión de los pueblos no alemanes.
«Pese a los alaridos y las protestas patrióticas de
casi toda la prensa alemana, Nueva Gaceta Renana ha tomado partido desde el
primer momento –proclama Engels– por los polacos en Posnania, por los italianos
en Italia, por los checos en
Bohemia. Desde el primer día hemos desenmascarado
la política maquiavélica que, viendo tambalearse sus bases en el interior de
Alemania, buscaba paralizar la energía democrática, desviar la atención y la
lava ardiente de la revolución, forjar las armas que servirían para la opresión
interior, provocando un mezquino odio racial contra otros pueblos, un odio que
repugna al carácter cosmopolita de los alemanes, y formando en las guerras
entre pueblos –llevadas a cabo con indecible ferocidad y barbarie sin precedentes–
una soldadesca que ni siquiera la Guerra de los Treinta Años pudo crear»[18].
Engels vio justo en este punto que esa soldadesca y
ese chovinismo iban a ser, en efecto, instrumentos fundamentales de la
contrarrevolución alemana.
El 24 de junio Engels denuncia el acuerdo de la
Asamblea de Fráncfort declarando casus belli todo ataque de los patriotas
italianos contra Trieste, lo que equivalía a tomar partido abiertamente por la
guerra de Austria contra el movimiento de independencia nacional italiano.
Marx, en tanto que director de la NGR, envía una carta a L’Alba, diario
democrático de Florencia –que este publica el 29 de junio–, declarando:
«Nosotros defenderemos la causa de la independencia italiana, lucharemos a
muerte contra el despotismo austriaco en Italia, lo mismo que en Alemania y en
Polonia. Tendemos una mano fraternal al pueblo italiano y queremos probarle que
la nación alemana reprueba, bajo todos sus aspectos, la política de opresión
que realizan en vuestro país los mismos hombres que en el nuestro han combatido
siempre la libertad. Queremos hacer todo lo posible para preparar la unión y el
entendimiento entre nuestras dos grandes y libres naciones, a las que un
régimen podrido ha enzarzado hasta hoy en una enemistad recíproca. Exigiremos,
pues, que la brutal soldadesca austriaca sea retirada inmediatamente de Italia
y que el pueblo italiano pueda expresar su voluntad soberana en cuanto a la
forma de gobierno que prefiere»[19].
De entre las guerras que los estados alemanes hacen
en ese periodo, la única que la NGR apoya es la guerra contra Dinamarca, por
los condados de Schleswig-Holstein, pero a esta cuestión nos referiremos más
adelante, con ocasión de la crisis política de septiembre provocada por ella.
* * *
Desde sus primeros números, el blanco principal de
la crítica y las denuncias de la NGR es la política de la gran burguesía
liberal, cuyo máximo agente en ese periodo es Camphausen. El objetivo de esa
política, dice Marx, repitiendo las propias declaraciones de Camphausen, es
«pactar con la Corona sobre una
Constitución que sea duradera»[20]. (La fórmula de
«pacto con la Corona» sugirió a los redactores de la NGR un neologismo que
traduciremos aproximadamente por «pactismo». La NGR recurre constantemente a él
para caracterizar la política de la burguesía liberal: debates pactistas,
asambleas pactistas, política pactista, etcétera.)
A fin de facilitar el pactismo, Camphausen
establece que su gobierno no es una emanación de la revolución de marzo, sino
de un proceso legal, llevado a cabo a partir de la legalidad anterior, sin
solución de continuidad: el resultado de elecciones realizadas según la ley
electoral aprobada por la Dieta Unida reunida en abril. La revolución no habría
sido, según la púdica expresión de Camphausen, más que un «incidente» en el
curso legal de las cosas. Tras los artificios jurídicos de Camphausen, explica
Marx, lo que hay es el interés de la burguesía opuesto al interés de la
revolución. Expresa su confianza en que «la revolución de marzo, el movimiento
revolucionario alemán, no se dejarán transformar por arte de magia en
“incidentes” de más o menos importancia»: Camphausen «no podrá modificar el
carácter del movimiento con una teoría artificial que vincule su gobierno al
estado anterior de la monarquía prusiana». Todo esto prueba, prosigue Marx, que
«el interés de la revolución no es el de la clase llegada al poder ni el de sus
representantes políticos»[21]. Engels destaca esta elocuente declaración de
Camphausen: «Nosotros nos hemos puesto delante de la dinastía como un escudo y
hemos desviado sobre nosotros todos los peligros y todos los ataques»[22].
En junio y julio la NGR publica una serie de
artículos bajo el título general de Debates pactistas, poniendo al descubierto,
en relación con diversas cuestiones de política interior o exterior, la línea
de compromiso con la monarquía que sigue la burguesía liberal, al mismo tiempo
que critica las inconsecuencias y vacilaciones de la izquierda y la extrema
izquierda demócratas de la Asamblea nacional prusiana. Finalmente la Asamblea
se pronuncia sobre la proposición del diputado de la izquierda, Berends, formulada
en estos términos: «La Asamblea, reconociendo la revolución, declara que los
combates del 18 y 19 de enero han merecido bien de la patria». «La forma de la
moción –comenta Engels–, su redacción, tomada de la gran revolución francesa,
de un laconismo digno de los antiguos romanos, convenía perfectamente.» La
mayoría de la Asamblea, compuesta en esta ocasión por los representantes de las
viejas fuerzas reaccionarias y los de la burguesía liberal que sostienen el
gobierno Camphausen, rechaza la moción. Así, dice Engels, «la Asamblea pactista
se ha pronunciado, por fin, categóricamente: reniega de la revolución y adopta
la
teoría del pacto». Con este motivo Engels hace el
primer análisis importante de la revolución alemana que aparece en la NGR:
«El 18 de marzo el rey prometió una constitución,
introdujo la libertad de prensa con caución e hizo declaraciones a favor de una
unidad de Alemania llevada a cabo mediante su absorción por Prusia. Tal era el
contenido verdadero de las concesiones del 18 de marzo. El hecho de que los
berlineses se declarasen satisfechos y fueran en comitiva a palacio para dar
gracias al rey muestra con claridad meridiana la necesidad de la revolución del
18 de marzo.» (Engels llama revolución del 18 de marzo a los acontecimientos
que siguen a esa demostración de ingenuidad política de los berlineses: la
represión de la manifestación y la respuesta insurreccional del pueblo.) «Había
que revolucionar no solo el Estado, sino los ciudadanos del Estado. Solo en el
sangriento combate liberador podían sacudirse su espíritu de fieles súbditos.
El “malentendido” conocido[23] provocó la revolución. Y es cierto que hubo
“malentendido”. El ataque de los soldados, la prolongación del combate durante
16 horas, la necesidad en que se encontró el pueblo de imponer por la fuerza la
retirada de las tropas, todo esto demuestra que el pueblo se había equivocado
completamente sobre las concesiones del 18 de marzo.»
Para el autor de la moción rechazada el resultado
de la revolución del 18 de marzo había consistido en garantizar el cumplimiento
de las promesas del rey. Engels considera que, en su aspecto positivo –porque
también tenía su pasivo– los resultados significaban justamente lo contrario:
el hundimiento de esas promesas. «El 18 de marzo se prometió: una monarquía en
la que la nobleza, la burocracia, los militares y los curas conservarían en sus
manos las riendas del poder, pero en la cual una constitución otorgada y una
libertad de prensa con caución permitirían a la gran burguesía ejercer un
control. Para el pueblo, una bandera, una flota y un servicio militar alemanes,
en lugar de prusianos. Pero la revolución derrocó todas las fuerzas de la
monarquía absoluta: nobles, burócratas, militares, curas. Dio el poder a la
gran burguesía exclusivamente. Dio al pueblo esa arma que es la libertad de
prensa sin caución, el derecho a la asociación y también, al menos
parcialmente, el arma material: el mosquetón. Pero no es ese el resultado
esencial. Lo esencial es que el pueblo que ha luchado y vencido en las
barricadas es un pueblo completamente distinto del que se reunió el 18 de marzo
ante el castillo para que las cargas de los dragones le aleccionaran sobre la
verdadera significación de las concesiones obtenidas. Ese pueblo es capaz ahora
de otras cosas, tiene una actitud totalmente diferente ante el gobierno.» Y
Engels formula esta proposición profunda, que no tiene solo un
valor circunstancial: «La conquista más importante
de la revolución es la revolución misma».
Pero los resultados de la revolución eran
contradictorios, tenían su activo y su pasivo, porque la revolución, dice
Engels, «no había sido llevada hasta el fin». «El pueblo había dejado que se
formase un gobierno de grandes burgueses y los grandes burgueses manifestaron
inmediatamente sus tendencias proponiendo una alianza a la vieja nobleza
prusiana y a la burocracia […]. Por miedo al pueblo, es decir, a los obreros y
a la burguesía demócrata, la alta burguesía, siempre antirrevolucionaria,
concluyó una alianza ofensiva y defensiva con la reacción»[24]. «No podemos
estudiar ahora en detalle –prosigue Engels– por qué y en qué medida la
dominación actual de la alta burguesía en Prusia era una etapa necesaria en la
vía de la democracia, ni por qué la alta burguesía, en cuanto llegó al trono,
tomó partido por la reacción.» (La primera cuestión tenía su respuesta ya en
los artículos de Marx y Engels de 1847 sobre la coyuntura alemana. La cuestión
nueva era la segunda.)
Engels critica a los diputados de la izquierda y de
la extrema izquierda por no haberse atrevido «a pronunciar claramente sobre el
fondo del problema y a declararse revolucionarios». Y expone cuál debiera haber
sido, a su juicio, la táctica de la izquierda:
«Desde el momento que la Asamblea es reaccionaria,
que el pueblo no podía, evidentemente, esperar nada de los diputados de la
izquierda debían haber estado interesados en que la minoría a favor de la
moción fuera lo más reducida posible y no incluyera más que los miembros más
decididos. El señor Berends no tenía por qué andarse con circunloquios. Debía
mostrarse lo más decidido y lo más revolucionario posible. En lugar de
aferrarse a la ilusión de que la Asamblea era y quería ser una Asamblea
constituyente, debía haberla dicho que había renegado ya indirectamente de la
revolución y exigir de ella que renegara abiertamente. Pero ni él, ni en
general los diputados de la izquierda, han seguido esa política, la única que
corresponde a un partido demócrata. Se abandonaron a la ilusión de poder
convencer a la Asamblea de actuar revolucionariamente, de dar un paso
revolucionario. Hicieron, pues, concesiones, limaron aristas, hablaron de
conciliación, y así ellos mismos han renegado de la revolución.»
En el curso del debate parlamentario algunos
diputados, con la intención de justificar la posibilidad de la política de
reconciliación con la monarquía, habían ensalzado «la buena conducta del pueblo
después del combate», su «actitud conciliadora», su «magnanimidad», la
conciencia que mostraba de «estar mirando la historia de frente», etc. Engels
comenta: «Reconocer la
magnanimidad del pueblo después de la revolución no
puede significar más que dos cosas: o bien ofender al pueblo, presentando como
un mérito no hacer canalladas después de la victoria, o reconocer la abulia del
pueblo después de vencer con las armas, abulia que ha dado a la reacción la
posibilidad de rehacerse […]. La “buena conducta” del pueblo consiste en mirar
con entusiasmo la historia de frente, en lugar de hacer historia; consiste –a
fuerza de “calma”, de “ponderación”, de “seriedad”– en no poder impedir a los
ministros escamotear pedazo a pedazo la libertad conquistada; en declarar la
revolución terminada en lugar de proseguirla». A un diputado que recuerda la
frase de Vergniaud –«la revolución es como Saturno: devora a sus hijos»–,
Engels le replica: «¡Desgraciadamente, no! ¡Se dispone, por el contrario, a ser
devorada por sus propios hijos!»[25].
Mientras los diputados discursean «sobre la
revolución», los elementos reaccionarios, en particular los jefes militares
ligados al rey, van tomando sus medidas para dar la batalla a la revolución de
modo «práctico». El 11 de mayo la NGR, con la firma de Engels, denuncia que
Berlín se prepara «a derramar en un solo día el Santo Espíritu de la reacción
sobre todas las provincias». Informa de que las tropas prusianas están siendo
dislocadas en un gran arco de círculo que amenaza las provincias renanas, y previene
a los trabajadores del propósito enemigo de provocar incidentes que justifiquen
la intervención de las tropas en Colonia, el desarme de la guardia cívica, la
detención de los principales líderes, etc. «Ponemos seriamente en guardia a los
obreros de Colonia –escribe Engels– contra la trampa que les tiende la
reacción. Les pedimos firmemente no dar el menor pretexto al partido del
feudalismo prusiano para poner Colonia bajo el despotismo de las leyes
marciales […]. Si proporcionamos a la reacción un pretexto para atacarnos
estamos perdidos: sufriremos la misma suerte que los de Maguncia. Si les
obligamos a que sean ellos los atacantes y si verdaderamente se atreven a ello,
los habitantes de Colonia tendrán entonces la ocasión de demostrar que no
vacilan un instante en arriesgar su vida por las conquistas del 18 de
marzo»[26].
Entretanto regresa a Berlín el príncipe de Prusia,
hermano del rey, cabeza de la contrarrevolución extrema, al que la insurrección
de Berlín había obligado a refugiarse en Londres. Por las mismas fechas, el
arsenal de Berlín, guardado hasta entonces por la milicia cívica, pasa a ser
«protegido» por el ejército. Estos dos hechos, unidos a la actitud de la
mayoría de la Asamblea en el debate «sobre la revolución», alarma a las fuerzas
democráticas de Berlín. La situación tiende a deteriorarse también por el descontento
de los obreros, cuya situación material
ha empeorado desde marzo. El 10 de junio el
oficioso Vossische Zeitung hace responsables de la agravación de la crisis
económica a «las exigencias incomprensibles, escandalosas, de los obreros en
materia de salarios»[27]. Días antes los obreros en paro forzoso habían ocupado
uno de los ministerios, no evacuándolo hasta obtener la promesa de trabajo y un
anticipo a cuenta. El descontento de obreros y artesanos pobres tiene también
motivaciones políticas inmediatas, como es su exclusión de la milicia cívica. Todo
este conjunto de factores pone al rojo vivo la situación social y política en
Berlín. Los clubs democráticos y el comité de estudiantes organizan el 4 de
junio una manifestación de homenaje a los caídos en las barricadas de marzo.
Por primera vez aparece en Berlín la bandera roja. La agitación crece. El 14 de
junio una gran manifestación popular asalta el arsenal y se apodera de gran
cantidad de armas. Según Engels, la cosa no llegó más lejos por indecisión de
los jefes demócratas[28].
En un primer comentario, la NGR ve en el
acontecimiento «las primeras luminarias de una nueva revolución». Dirigiéndose
a los políticos de la burguesía liberal les dice: «Ustedes niegan la existencia
de la revolución. La revolución les probará su existencia con una nueva
revolución». Queriendo congraciarse con el pueblo, la Asamblea había adoptado
una resolución el 15 de junio declarando que «no tiene necesidad de la
protección de las fuerzas armadas y se pone bajo la protección del pueblo de
Berlín». Anuncia, también, su propósito de terminar con el régimen feudal. La
NGR comenta irónicamente estos gestos diciendo que la Asamblea pactista intenta
ahora «pactar con el pueblo»; el 15 de junio «ha renegado su propio pasado, lo
mismo que el 9 de junio había renegado el pasado del pueblo. Ha vivido su 21 de
marzo». (El 9 de junio la Asamblea había acordado no reconocer la revolución;
el 21 de marzo Federico Guillermo IV, bajo la presión del pueblo armado, había
prometido un régimen constitucional.) Pero la NGR previene contra excesivas
ilusiones: «La Bastilla no ha sido tomada aún»[29].
Dos días después Engels fustiga la recaída de la
Asamblea en el pactismo, denuncia las medidas represivas del gobierno y comenta
la indignación general de la Asamblea porque (Engels cita al informante) «los
trofeos y las banderas conquistadas con la sangre del pueblo, a los que está
unido el honor de la nación, han sido desgarrados y pisoteados». Lo que esto
prueba, replica Engels, es que «el pueblo de Berlín ha dado prueba de un fino
sentido revolucionario. El pueblo de Berlín ha renegado de las guerras de
liberación pisoteando las banderas conquistadas en Leipzig y en Waterloo. El
primer acto que se impone a los
alemanes en revolución es romper con todo su pasado
deshonroso. Pero la Asamblea de los pactistas no podía por menos que acoger con
silbidos un acto en el que, por primera vez, el pueblo actúa como
revolucionario no solo contra sus opresores, sino también contra las brillantes
ilusiones de su propio pasado».
En el mismo artículo Engels critica sin
contemplaciones el comportamiento de los dirigentes demócratas de Berlín: «La
izquierda berlinesa, en general, tiene una actitud cada vez más cobarde, más
equívoca. Esos señores, que se han servido del pueblo en las elecciones, ¿dónde
estaban en la noche del 14 de junio, cuando el pueblo, por simple perplejidad,
dejó escapar muy pronto las ventajas conquistadas, cuando solo le faltaba un
jefe para completar la victoria? ¿Dónde estaban los señores Berends, Jung, Elsner,
Stein, Reichenbach? Se quedaron en su casa o hicieron a los ministros reproches
inicuos. Más aún. Ni siquiera se atreven a defender al pueblo contra las
calumnias y los ultrajes del comisario gubernamental. Ningún orador subió a la
tribuna. Ninguno quiso ser responsable de la acción del pueblo que les ha
procurado la primera victoria. A todo lo que se atreven es a silbar. ¡Qué
heroísmo!»[30].
Al iniciarse la salida de la NGR los progresos de
la reacción en Prusia no eran excepción en el panorama de la revolución europea
iniciada en febrero y marzo. En su primer número tenía que registrar ya el
golpe contrarrevolucionario de Nápoles, pero expresando la convicción de que
«el torrente revolucionario que se ha precipitado sobre la vieja Europa no
puede ser contenido con conspiraciones y golpes absolutistas». Predice que
pronto habrá una respuesta revolucionaria que derrocará a los Borbones napolitanos
e instaurará la república[31]. Días después Engels debe constatar que no solo
en Nápoles la reacción «ha conseguido ahogar la joven libertad en la sangre del
pueblo»; también en Francia «una asamblea de capitalistas pone a la República
un corsé de leyes draconianas», y en Inglaterra e Irlanda se «arroja
masivamente en prisión a los cartistas y rapealers, se dispersan con ayuda de
los dragones los mítines sin armas»[32].
La crisis del gobierno Camphausen que sigue al
asalto del arsenal es interpretada por la NGR como efecto no solo de los
esfuerzos de la reacción prusiana, sino de los contragolpes de la reacción en
toda Europa, y en particular de la presión de Rusia. Considera que aunque tal
vez se forme todavía «algún gobierno de centro-izquierda, sin estabilidad, por
algunos días», el «verdadero sucesor (de Camphausen) será el príncipe de
Prusia», jefe del partido feudal-absolutista. Este partido –escribe la NGR– no
necesita adular por más tiempo a los «tutores burgueses». «¿No están los rusos
en las fronteras del este y las
tropas prusianas en la frontera occidental? ¿No han
sido ganados los polacos a la propaganda rusa gracias a los obuses y la “piedra
infernal”? ¿No se han tomado todas las medidas para repetir sobre las ciudades
de Renania el bombardeo de Praga? En el curso de las guerras contra Dinamarca y
contra Polonia, así como en los numerosos pequeños conflictos entre las tropas
y el pueblo, ¿no ha tenido el Ejército el tiempo necesario para transformarse
en soldadesca brutal? ¿No está fatigada la burguesía de la revolución? Y la
roca sobre la que la contrarrevolución edificará su iglesia, Inglaterra, ¿no se
levanta en pleno mar?»[33].
Pocos días después el rey encarga de formar
gobierno a Hansemann, el otro gran político liberal de la burguesía renana. Es
el gobierno «centro-izquierda» que la NGR había considerado posible como paso
transitorio. El diario de Marx ironiza sobre la corta existencia que le espera:
«La reacción y los rusos llaman a la puerta y antes de que el gallo cante tres
veces el gobierno Hansemann caerá, pese a Rodbertus y pese al
centro-izquierda»[34]. Días antes la NGR expresaba, una vez más, su esperanza
en el efecto catalizador de la intervención rusa: «un apóstol de la revolución
se aproxima por el este irresistiblemente, ineluctablemente. Está ya a las
puertas de Thorn. El zar. El zar salvará la revolución alemana
concentrándola»[35].
Pero quien entra en escena, de nuevo, es el
proletariado de París.
* * *
Desde que llegan a Colonia las primeras noticias de
la insurrección del proletariado de París, la NGR está consagrada, durante
varios números, al magno acontecimiento, publicando informaciones detalladas de
los combates y una serie de artículos de Marx y Engels. En una edición especial
del 26 de junio aparece el primer artículo de Engels, describiendo los combates
del 23 y analizando las causas de la insurrección:
«La insurrección es puramente obrera. El
resentimiento de los obreros se ha desencadenado contra el gobierno y la
Asamblea, que han decepcionado sus esperanzas, que diariamente han tomado
nuevas medidas contra los obreros en interés de la burguesía, que han disuelto
la Comisión para los trabajadores con sede en Luxemburgo, que han reducido los
Talleres nacionales y han dictado una ley contra la formación de grupos en la
calle. Todos los detalles de la insurrección no hacen más que subrayar su
carácter resueltamente proletario.» A continuación Engels describe los combates
del 23 y termina resaltando que el
gobierno no ha vencido, pese a recurrir a la
metralla. «Pero cuando se emplea la metralla y se deja pasar una noche, que no
es una noche de victoria, sino de simple suspensión de las hostilidades, lo que
cesa es el motín y lo que comienza es la revolución»[36].
Al día siguiente, 27 de junio, la NGR informa que
se ha instaurado la dictadura militar de Cavaignac y afirma que la insurrección
se ha transformado en revolución proletaria:
«La más grande revolución que haya tenido lugar
jamás, la revolución del proletariado contra la burguesía.»
La NGR se muestra confiante en el desenlace: «la
victoria del pueblo es más segura que nunca. La burguesía francesa ha osado lo
que los reyes de Francia no osaron jamás. Ella misma ha decidido su suerte.
Solo ahora, con este segundo acto de la revolución francesa, comienza la
tragedia europea»[37]. En el número del 28 de junio Engels amplía su análisis
precedente. Insiste en la singularidad de la nueva revolución: «la revolución
de junio ofrece el espectáculo de un combate encarnizado, como ni París ni el mundo
entero han visto jamás […]. Lo que distingue la revolución de junio de todas
las revoluciones que han tenido lugar hasta ahora es la ausencia de toda
ilusión, de todo entusiasmo. El pueblo no se levanta sobre las barricadas, como
en febrero, cantando Mourir pour la patrie. Los obreros del 23 de junio luchan
por su existencia, la patria ha perdido toda significación para ellos. Han
desaparecido la Marsellesa y todos los recuerdos de la Gran Revolución. Pueblo
y burgueses presienten que han entrado en una revolución más grande que la de
1789 y 1793. La revolución de junio es la revolución de la desesperación […];
los obreros saben bien que libran un combate a muerte». Engels no encuentra más
que dos precedentes históricos a este carácter desesperado de la lucha de
junio: la guerra de los esclavos en la Roma antigua y la sublevación de los
obreros de Lyon en 1834. Subraya la importancia de los medios técnicos de
combate: «Los ejércitos que se enfrentan en las calles de París son tan
poderosos como los que participaron en Leipzig en la Batalla de las Naciones.
Por sí solo esto prueba la importancia de la revolución de junio». (En el
artículo siguiente precisa que las fuerzas gubernamentales oscilan entre
150.000 a 200.000 hombres, mientras las fuerzas obreras no llegan a la cuarta
parte[38].)
Engels resalta la magnanimidad del pueblo: «Si
hubiera respondido a los cohetes incendiarios y a los obuses con incendios
hubiera vencido esa misma noche. Pero no pensó en utilizar las mismas armas que
sus adversarios. Una vez más, el pueblo fue demasiado magnánimo». En cambio,
«lo que llama más la
atención en este combate desesperado es la rabia
con que se baten los “defensores del orden”: “abaten a los obreros como a
bestias feroces” […]. La burguesía libra contra ellos, con plena conciencia,
una guerra de exterminio». Lo mismo si salen victoriosos que si sucumben en lo
inmediato, los obreros –dice Engels– «se vengarán de ella terriblemente;
después de un combate como el de estas tres jornadas de junio solo el
terrorismo es posible, sea cual sea el partido que lo utilice». Para la
burguesía, «los obreros no son enemigos corrientes a los que hay que vencer;
son enemigos de la sociedad a los que hay que exterminar». Para justificarlo
les acusan de pillaje, incendios, asesinatos, pero durante tres días los
insurrectos han sido dueños de gran parte de la ciudad y se han comportado con
la mayor corrección. E insiste en la idea de que si los obreros «hubieran
empleado los mismos procedimientos de violencia que los burgueses y sus
servidores mandados por Cavaignac, París estaría en ruinas, pero los obreros habrían
vencido». Llama la atención sobre la utilización del lumpemproletariado por la
burguesía: «La guardia móvil, reclutada en su mayor parte entre el proletariado
harapiento de París, se ha transformado, durante su corta existencia y gracias
a una buena paga, en guardia pretoriana de los poderosos del día. Este
lumpemproletariado organizado ha presentado batalla al proletariado trabajador
no organizado». Saluda a los obreros caídos heroicamente en «la primera y
decisiva batalla en regla del proletariado»[39].
Marx dedica al acontecimiento un importante
artículo –La revolución de junio– en la NGR del 29 de junio. Considera que si
bien los obreros han sido aplastados por fuerzas superiores no han sucumbido:
«Han sido batidos, pero sus adversarios han sido vencidos». Alude, al parecer,
al precio pagado por los vencedores del momento: «liquidación brutal de todas
las ilusiones y quimeras de la revolución de febrero, desagregación del partido
de los viejos republicanos, escisión de la nación francesa en dos naciones, la
nación de los poseyentes y la nación de los trabajadores». La república, hasta
ayer tricolor, ya no tiene más que un color –dice Marx–, el color de los
vencidos, el color de la sangre: «se ha convertido en la república roja». Al
lado del pueblo no ha habido «ninguna voz reputada de los republicanos, ni del
National, ni de La Réforme». «La fraternité, esa fraternidad de clases
antagonistas, una de las cuales explota a la otra; esa fraternidad proclamada
en febrero, escrita en mayúsculas sobre la frente de París, sobre cada prisión
y cada cuartel, muestra su faz verdadera, auténtica, prosaica: es la guerra
civil bajo su forma más feroz, la guerra entre el trabajo y el capital.» «La
fraternidad ha durado justo el tiempo que el interés de la burguesía ha ido
hermanado con el interés del proletariado. Pedantes de la vieja tradición
revolucionaria de 1793; socialistas doctrinarios,
que mendigaban a la burguesía para el pueblo, siendo autorizados a pronunciar
largos sermones y a comprometerse mientras hubo necesidad de adormecer con
canciones de cuna al león proletario; republicanos que reclamaban integralmente
el viejo orden burgués, pero sin testa coronada; oposicionales dinásticos para
los que el azar había reemplazado la caída de la dinastía por un cambio de
gobierno; legitimistas que no querían despojarse de la librea, sino modificar
su corte: he ahí los aliados con los que el pueblo hizo febrero. Lo que
instintivamente odiaba en Luis Felipe no era Luis Felipe, sino la dominación
coronada de una clase, era el capital sobre el trono. Pero, magnánimo como
siempre, creyó haber aniquilado a su enemigo después de haber derribado al
enemigo de sus enemigos, al enemigo común.»
«La revolución de febrero –prosigue Marx– fue la
revolución hermosa, la revolución de la simpatía general, porque los
antagonismos que en ella estallaron contra la monarquía dormitaban incipientes
todavía, bien avenidos unos con otros; la lucha social que era su fondo solo
había cobrado una existencia etérea, la existencia de la frase, de la palabra.
La revolución de junio es la revolución fea, la revolución repelente, porque el
hecho ha ocupado el lugar de la frase, porque la república puso al desnudo la cabeza
misma del monstruo, al arrancarle la corona que la protegía y la ocultaba.» El
monstruo es el orden burgués. Ninguna de las precedentes revoluciones francesas
había atentado contra él. «Pero junio ha atentado contra el orden burgués. ¡Ay
de junio!»
Bajo el gobierno provisional era necesario «por
política y por sentimentalismo», hacer creer a los obreros que la revolución de
febrero se había realizado en su interés. Bajo la Asamblea nacional ya no se
trataba más que de «retrotraer el trabajo a sus condiciones anteriores, como
decía el ministro Trélat». Pero ni siquiera esto era posible, dados los efectos
de la crisis industrial: «una asamblea, ni más ni menos que un rey, no tiene
poder para gritar halte-là! a una crisis industrial de carácter universal».
Llegó un momento en que ni la retórica sentimental de después de febrero, ni
las medidas represivas de después del 15 de mayo, eran suficientes. «Había que
zanjar la cosa en los hechos, en la práctica. Vosotros, la canalla, ¿habéis
hecho la revolución de febrero para vosotros o para nosotros? La burguesía
planteó la cuestión de tal manera que había que responderle con balas y con
barricadas.»
«Pese a todo –observa Marx–, la Asamblea fue presa
de estupor cuando pregunta y respuesta inundaron de sangre las calles de
París.» Desconcierto en unos –los republicanos–, porque sus ilusiones se
desvanecían en el humo de la
pólvora; desconcierto en otros, «porque no
comprendían cómo el pueblo podía atreverse a tomar en sus manos la defensa de
sus intereses más personales». Para hacer el acontecimiento más comprensible a
su entendimiento, «lo explicaron por el dinero ruso, el dinero inglés, el
águila bonapartista, la flor de lis y los amuletos de todo género». Pero una
vez pasado el momento de furor vino la furia. Y los que aún se atrevían,
anacrónicamente, a invocar la fraternidad fueron silbados en la Asamblea por la
mayoría, porque de lo que se trataba, precisamente, era de «suprimir esa gran
palabra y las ilusiones que destilan sus múltiples sentidos»[40].
Engels analiza la lucha, en otro artículo, desde el
punto de vista militar, tratando de aprender en los aciertos y los errores, lo
mismo de los insurrectos que de sus enemigos, con vistas a batallas que
considera próximas. Entre las principales conclusiones que saca sobresale la
siguiente: «el desarrollo de todo el asunto muestra que para vencer los obreros
deben absolutamente imponerse en un plazo muy breve, aun no considerando la
cuestión más que desde un punto de vista estrictamente militar»[41].
Frente a los periódicos alemanes que ven en el
acontecimiento «la batalla decisiva entre la república roja y la república
tricolor, entre los obreros y la burguesía», Engels sostiene, en el mismo
texto: «Nosotros estamos convencidos de que esta batalla no decide nada, como
no sea la disgregación interna de los vencedores».
[1] El
proyecto de editar Nueva Gaceta Renana lo habían concebido Marx y Engels
estando todavía en París, comenzando entonces las gestiones. Lo financian
mediante acciones suscritas por elementos burgueses y pequeñoburgueses
demócratas o liberales avanzados de Colonia y otros centros de la provincia
renana, aprovechando las relaciones que unos años atrás se habían tejido en
torno a la Gaceta Renana dirigida por Marx durante los últimos meses de 1842 y
comienzos de 1843. El título mismo indica, sin duda, el propósito de Marx de
marcar la continuidad con la acción progresista desarrollada por la Gaceta
Renana.
El Comité de redacción de la Nueva Gaceta Renana
era el siguiente: director: Karl Marx; redactores: Heinrich Bürguers, Ernst
Dronke, F. Engels, Georg Weerth, Ferdinand Wolff, Wilhelm Wolff. Todos ellos
miembros de la Liga de los Comunistas. Weerth era el «poeta proletario» de
aquel tiempo.
A medida que se definía más claramente el carácter
revolucionario del periódico muchos de sus accionistas se retiraron. Marx hubo
de dedicar a la NGR parte de su peculio personal.
[2] Desde el
punto de vista organizacional este partido era un conjunto abigarrado de
unidades apenas ligadas entre sí: asociaciones y clubs (que se llamaban
democráticos u obreros, o simplemente culturales, y a veces deportivos), grupos
afines dentro de las instituciones representativas nacidas de las revoluciones
de marzo en los diferentes Estados alemanes (órganos locales, asambleas
parlamentarias), diarios y publicaciones diversas que surgen en gran número
durante ese periodo, personalidades, etc. Por su composición social era
pequeñoburgués y proletario, pero sus cuadros, salvo rarísimas excepciones,
pertenecían a la intelectualidad pequeñoburguesa.
[3] «El
partido demócrata», NGR, 2 de junio de 1848, en La Nouvelle Gazette Rhénane,
Editions Sociales, I, pp. 44-46. Según nota del Instituto Marx-Engels-Lenin en
la edición rusa, el artículo fue escrito inicialmente por Bürguers, pero
rehecho totalmente por Marx.
En adelante citaremos por esta edición francesa en
tres tomos (I, 1963; II, 1969; III, 1971), indicando título del artículo, fecha
de su publicación, tomo de esta edición y página. Advertimos, no obstante, que
en una serie de casos hemos cotejado la versión francesa con la versión rusa,
dando por lo general preferencia a esta última en caso de duda. Por esta razón
algunas citas no corresponden textualmente a la versión francesa, pero hemos
preferido citar por esta y no la rusa para más facilidad del lector español.
[4] A fin de
crear la apariencia de una continuidad en la legalidad, el gobierno presidido
por Camphausen, destacado político de la burguesía liberal renana (a cuya
formación se había visto obligado el rey bajo la presión de la insurrección del
1819 de marzo en Berlín), convocó la Dieta Unida (2-10 de abril de 1848) para
que revalidara los acuerdos del Vorparlament (véase supra, capítulo VI, n. 13)
y adoptara una ley electoral (aprobada el 8 de abril) basada en un sistema de
segundo grado. Con esta ley fueron realizadas en Prusia las elecciones a la
Asamblea constituyente nacional alemana de Fráncfort y a la Asamblea nacional
prusiana de Berlín. En los otros estados alemanes las elecciones se realizaron
según sistemas electorales similares. La composición de la Asamblea
constituyente nacional alemana de Fráncfort (573 diputados) era la siguiente:
propietarios terratenientes, 38 (25 nobles); profesores universitarios, 49;
profesores de Liceo, 32; magistrados, 78; abogados, 64; altos funcionarios, 73;
landrätes, 20; artesanos, 4. Ningún obrero. Los principales grupos políticos de
esta Asamblea eran: extrema izquierda, izquierda, centro-izquierda,
centro-derecha, derecha. La izquierda contaba con unos 40 diputados. La extrema
izquierda llegó a tener más diputados que la izquierda, pero Droz, de quien
tomamos estos datos (op. cit., pp. 272-278), no da número preciso. La
composición social de la Asamblea de Berlín era más popular que la de
Fráncfort: menos propietarios terratenientes y nobles, menos elementos del patriciado
comercial e industrial, menos profesores universitarios, y en cambio más
campesinos, profesores de colegio, artesanos, funcionarios y juristas de grado
inferior, etc. Su eje político pasaba más a la izquierda que el de la Asamblea
de Fráncfort (Droz, op. cit., p. 355).
[5] Engels,
«La Asamblea de Fráncfort», NGR, 1 de junio de 1848, I, pp. 30-35. Critica
también a la Asamblea por su pasividad frente «a las brutalidades de las tropas
prusianas y los abusos del poder del comandante prusiano de Maguncia». (El 21
de mayo de 1848 se produjeron choques entre la guardia cívica y la guarnición
prusiana de la fortaleza federal de Maguncia. El general prusiano Hüser había
exigido el desarme de la guardia cívica, amenazando con bombardear la ciudad si
no se cumplía su orden.) En otro artículo denuncia el desarme de la guardia
cívica de Maguncia como «parte de un plan general de la reacción de Berlín que
aspira a desarmar, lo más pronto posible, todos los guardias cívicos, en
especial a orillas del Rin, poner un dique al impulso naciente del armamento
del pueblo y entregarnos indefensos al ejército, compuesto, en lo esencial, de
elementos extranjeros a la región, fáciles de excitar o ya excitados contra
nosotros» (ibid., pp. 36-37).
[6] Fráncfort
no pertenecía a ninguno de los Estados alemanes. Tenía un estatuto propio como
«capital ideal» –según las palabras de Engels– de la Confederación germánica.
Sede de la Dieta Unida antes de la revolución, pasa a serlo de la Asamblea
nacional alemana. Era una población de tipo provincial, casi por completo
pequeñoburguesa.
[7] «Programa
del partido demócrata-radical y de la izquierda de Fráncfort », NGR, 7 de junio
de 1848, I, pp. 65-69.
[8] «En
Alemania, la lucha por la centralización, contra un sistema federal, es la
lucha entre la civilización moderna y la feudalidad. Alemania ha caído en un
feudalismo aburguesado en el momento mismo en que se formaban las grandes
monarquías de Occidente, pero también en ese mismo momento ha sido excluida del
mercado mundial que se abría ante Europa occidental. Se empobreció mientras los
otros se enriquecían. Permaneció como un Estado agrícola mientras los otros se
cubrían de grandes ciudades. Aunque Rusia no estuviera llamando a las puertas
de Alemania, las condiciones económicas por sí solas impondrían la más rigurosa
centralización. Aunque solo se considere desde el punto de vista de la
burguesía, la unidad total de Alemania es,
indiscutiblemente, la primera condición para librarse de la miseria en que se
ha debatido hasta aquí y para crear la riqueza nacional. Y en cuanto a los
problemas sociales de nuestro tiempo: ¿cómo resolverlos sobre un territorio
fraccionado en 39 pequeños países?» (ibid., p. 69).
[9] «La
amenaza de la Gaceta de Gervius», NGR, 25 de junio de 1848, I, pp. 144-146. NGR
llamaba «Gaceta de Gervius» a la Deutsche Zeitung, órgano de la burguesía
liberal. El «constitucionalismo» a que se alude en el texto designa la política
de la gran burguesía liberal que busca el compromiso con la monarquía. Para
Marx y Engels, la unidad de Alemania pasaba por la desintegración de Prusia, lo
mismo que del imperio austriaco. En esto se enfrentaban con los demócratas
berlineses representados por el diario Zeitung-Halle, en el cual se criticaba
el sentimiento separatista de los renanos. En la NGR del 1 de septiembre,
Engels replica con dureza que «Berlín no es París, ni para Alemania ni, en
particular, para Prusia». Criticando la indecisión de que dan muestra, a su
juicio, tanto los dirigentes demócratas como el pueblo de Berlín, Engels afirma
que «Berlín no es y no será nunca la sede de la revolución, la capital de la
democracia». «La Zeitung-Halle cree posible cimentar con instituciones
liberales el cuerpo en trance de desmoronarse del Estado prusiano. Al
contrario, cuanto más liberales sean las instituciones, más libremente se
separarán los elementos heterogéneos, más evidente será la necesidad de la
escisión y más claramente aparecerá la incapacidad de los hombres políticos
berlineses de todos los partidos.» La unidad alemana exige «que no haya más
Austria ni más Prusia» (Engels, «La Zeitung-Halle y la provincia renana», NGR,
27 de agosto de 1848, I, pp. 451-454).
[10] Engels,
«Marx y la Nueva Gaceta del Rin», OE, t. II, p. 350. En la NGR del 3 de agosto
de 1848 se comenta la «nota rusa» (circular enviada por Neselrode, ministro de
Relaciones Exteriores del zar, a los embajadores rusos en los diversos estados
alemanes). Es una amenaza velada de intervención en caso de que la revolución
progrese en Alemania. La NGR analiza su significación y muestra que la
autocracia rusa no solo se opone a cambios democráticos en Alemania, sino a la
unidad alemana. Si aún no se ha producido la intervención –dice la NGR– se
debe, en parte, a las dificultades interiores del zarismo, pero también a que
la situación en Alemania evoluciona en el sentido que desea el zar. En un
pasaje de este artículo, insistiendo en juicios análogos de otros artículos
contra las «glorias del pasado», las «guerras de liberación» (contra Napoleón),
etc., se declara rotundamente que a Alemania le hubiera convenido la victoria
de Napoleón sobre Alemania y Rusia (NGR, I, pp. 360-368).
[11] Al
iniciarse las revoluciones de marzo en los Estados alemanes, incluso los
liberales moderados simpatizaban con la idea del restablecimiento del Estado
polaco y con la guerra contra Rusia que implicaba dicho restablecimiento. Pero
cuando los polacos del Gran Ducado de Posnania, sometido al yugo de Prusia,
intentan independizarse aprovechando la Revolución alemana, el gobierno de
Berlín les envía el Ejército, que lleva a cabo una represión sangrienta. La
reacción y la gran burguesía utilizan el hecho para reavivar el nacionalismo
alemán. En gran parte de la opinión, incluido el sector moderado del partido
demócrata, se produce una involución negativa respecto a la causa polaca. Al
mismo tiempo, la burguesía liberal teme cada vez más las consecuencias revolucionarias
de una guerra con Rusia. Sin embargo, en la segunda quincena de junio Engels
cree discernir un cambio de actitud en el gobierno Camphausen hacia los
polacos, que Engels piensa determinado por el temor a los rusos. «El peligro de
invasión rusa le muestra ahora (a Camphausen) el enorme error cometido (con la
represión contra los polacos)». «Quisiera recuperar a todo precio las simpatías
de los polacos, pero es demasiado tarde» (NGR, I, pp. 133-134).
[12] Engels,
«El debate sobre Polonia en Fráncfort», NGR, 9, 12, 20, 22, 26 y 31 de agosto,
1, 3, y 7 de septiembre de 1848, I, pp. 389-441.
[13] «La
política extranjera alemana y los últimos acontecimientos de Praga», NGR, 12 de
julio de 1848, I, pp. 260-264.
[14] Engels,
«La política extranjera alemana», NGR, 3 de julio de 1848, I, pp. 204-207.
[15] Engels,
«El debate sobre Polonia» (véase supra, n. 12). En este debate, Arnold Ruge –el
Ruge a quien Marx dirige sus cartas de 1843, personalidad entre los jóvenes
hegelianos y después del «socialismo verdadero», figura destacada del partido
demócrata durante la revolución– declara (según la cita que hace Engels): «No
vamos a disputarnos, señores, sobre si preferimos una monarquía democrática,
una monarquía
democratizada o la democracia pura: en general
queremos la misma cosa, la libertad, la libertad del pueblo, la soberanía del
pueblo». Engels comenta: «Y se quiere que nos entusiasmemos con una izquierda
que “quiere en general la misma cosa” que la derecha […], una izquierda que cae
en éxtasis, olvidándose de todo, en cuanto oye fórmulas vacías como “libertad
del pueblo” y “soberanía del pueblo”» (ibid.).
[16] Engels,
«La insurrección de Praga», NGR, 18 de junio de 1848, I, pp. 116-119. Engels
sale al paso de insinuaciones de diversos periódicos alemanes acusando al
«partido checo» de servir a la reacción, a la aristocracia y a los rusos. Esto
es –dice Engels–«pura mentira»; «la insurrección era tan resueltamente
democrática que todos los checos del partido aristocrático huyeron. Estaba
dirigida tanto contra los señores feudales checos como contra la soldadesca
austriaca. Los austriacos atacaron al pueblo no porque fuera checo, sino porque
era revolucionario. Para el ejército, el asalto de Praga no era más que el
preludio al asalto y la reducción a cenizas de Viena» (NGR, I, pp. 150-151).
Este último juicio resultará premonitorio. Después de la rendición de Praga el
Congreso eslavo fue disuelto y Bohemia sometida a una dictadura militar. En el
Congreso los demócratas, partidarios de la alianza con el movimiento
revolucionario alemán, eran minoría. La mayoría, liberal moderada, estaba por
la conservación de la monarquía austro-húngara, transformada en una federación
de nacionalidades con iguales derechos. Esta posición de la burguesía checa es
severamente condenada por Marx y Engels, porque ven en ella un apoyo a los
Hasburgos, considerados como uno de los máximos pilares de la reacción europea.
[17] Engels,
«Nueva política en Posnania», NGR, 21 de junio de 1848, I, pp. 133-134.
[18] «La
política extranjera alemana y los últimos acontecimientos de Praga» (véase
supra, n. 13), p. 260.
[19] Marx,
«Carta a la redacción del diario L’Alba de Florencia», en Correspondance, I,
pp. 544-545. En un artículo del 23 de junio Engels explica que el acuerdo de la
Asamblea de Fráncfort sobre Trieste significaba que las tropas austriacas
podían refugiarse cada vez que les conviniera en Trieste, declarado territorio
inviolable de la Confederación germánica, mientras que los patriotas italianos
no podían perseguirlos sin entrar en guerra con Alemania (NGR, I, pp. 137-138).
[20] Marx, «La
declaración de Camphausen en la sesión del 30 de mayo», NGR, 3 de junio de
1848, I, pp. 47-51.
[21] Marx, «El
gobierno Camphausen», NGR, 4 de junio de 1848, I, pp. 56-57.
[22] Engels,
«El escudo de la dinastía», NGR, 10 de junio de 1848, I, pp. 86-88.
[23] Según la
versión gubernamental, la insurrección del 18 de marzo se había debido a un
«malentendido» entre las tropas y el pueblo. Con ello se trataba de minimizar
el significado de la revolución popular.
[24] Para
emprender su combate contra la democracia –explica Engels– los partidos
reaccionarios y la gran burguesía comenzaron por «poner en tela de juicio la
revolución». Apenas formado, el gobierno Camphausen convocó la Dieta Unida
(véase supra, n. 4) para «establecer así, post festum, el paso legal del
absolutismo a la revolución. Con ello negaba la revolución. E inventó además la
teoría del pacto, negando una vez más la revolución y, al mismo tiempo, la
soberanía del pueblo. Por tanto, la revolución fue puesta realmente en tela de
juicio, y fue posible hacerlo porque no había sido más que una semirrevolución,
el comienzo tan solo de un largo movimiento revolucionario» (NGR, I, p. 96).
[25] Engels,
«El debate sobre la revolución en Berlín», NGR, 14, 15, 16 y 17 de junio de
1848, I, pp. 95-111. La frase de Verginaud fue pronunciada por este diputado
girondino de la Convención en su discurso ante el tribunal revolucionario que
lo condenó a la guillotina.
[26] Engels,
«Colonia en peligro», NGR, 11 de junio de 1848, I, pp. 89-93. Por esas fechas
la influencia del partido demócrata había progresado notablemente en Colonia.
En las elecciones municipales que acababan de tener lugar, disputadas entre
tres partidos –el católico, el constitucional (burguesía liberal) y el
demócrata–, el demócrata había obtenido el mayor porcentaje de votos, no
pudiendo ser vencido más que en el tercer turno por la coalición de los otros
dos (véase NGR, I, pp. 112-115).
[27] Véase
Droz, op. cit., p. 361.
[28] Resumimos
la descripción que hace Droz: los demócratas habían visto como una amenaza
grave la ocupación del arsenal por un destacamento del Ejército al lado del que
ya había de la guardia cívica, la única encargada hasta entonces de su
seguridad. Por esta razón organizan la manifestación del 14 de junio
ante el arsenal. Suena un tiro. Aparecen banderas
rojas. Se levantan barricadas. La guardia cívica se retira del arsenal. El
destacamento del Ejército se refugia en el primer piso. Los emisarios de los
insurrectos y el lugarteniente del destacamento hacen creer al comandante de
este que la revolución es dueña de Berlín y el rey ha huido. La tropa abandona
el arsenal. Sigue un pillaje anárquico de armas hasta que a medianoche un
destacamento de la Guardia (unidad selecta del ejército) desaloja el arsenal.
Los dirigentes demócratas declaran que es una manifestación espontánea. Según
la instrucción criminal que se incoa por orden del gobierno, la manifestación
estuvo organizada por el grupo de la Zeitung-Halle (op. cit., pp. 363-364).
[29] «La
Asamblea pactista del 15 de junio», NGR, 18 de junio de 1848, I, pp. 114-115.
Engels analiza así el asalto del arsenal: «El 14 de junio el pueblo, indignado
de ver que los pactistas reniegan de la revolución, marcha sobre el arsenal.
Quiere tener una garantía contra la Asamblea y sabe que las armas son la mejor
garantía. El arsenal es tomado por asalto y el pueblo se arma por sí mismo.
Acontecimiento sin resultado inmediato, revolución a medias, la toma del
arsenal tuvo, sin embargo, los siguientes efectos: 1) la Asamblea, temblorosa,
retiró su resolución de la víspera y declaró ponerse bajo la protección de la
población de Berlín; 2) desautorizó al gobierno en una cuestión que ponía en
juego su existencia y rechazó el proyecto de Constitución de Camphausen por una
mayoría de 46 votos; 3) el gobierno entró enseguida en plena descomposición.
Todo esto fue obtenido gracias al asalto del arsenal» (NGR, I, p. 123).
[30] Engels,
«La sesión pactista del 17 de junio», NGR, 20 de junio de 1848, I, pp. 123-128.
[31] Engels,
«La última hazaña de la Casa de Borbón», NGR, 1 de junio de 1848, I, pp. 38-43.
[32] Engels,
«Colonia en peligro», NGR, 11 de junio de 1848, I, pp. 89-90. Repealers:
adversarios del Acta de Unión votada en 1800 que suprimía el parlamento
irlandés y sometía Irlanda a Inglaterra.
[33] «La caída
del gobierno Camphausen», NGR, 23 de junio de 1848, I, pp. 135-136. «Piedra
infernal» (Höllenstein, en alemán): nitrato de plata, utilizado por los
oficiales prusianos para marcar en manos y orejas a los prisioneros polacos
durante la represión de Posnania.
[34] «El
gobierno Hansemann», NGR, 24 de junio de 1848, I, pp. 140-141. Este gobierno,
llamado «gobierno de acción», se forma el 26 de junio de 1848 y dura hasta el
21 de septiembre del mismo año. En él desempeña un papel importante, al
principio, el economista Rodbertus, representante del centro-izquierda, pero
dimite rápidamente.
[35] NGR, 18
de junio de 1848, I, p. 115.
[36] Engels,
«Detalles sobre el 23 de junio», NGR, 26 de junio de 1848, I, pp. 155-159.
[37] «Noticias
de París», NGR, 27 de junio de 1848, I, p. 160.
[38] Engels,
«El 23 de junio», NGR, 28 de junio de 1848, I, pp. 162-166.
[39] Engels,
«El 24 de junio» (NGR, 28 de junio de 1848) y «El 25 de junio» (NGR, 29 de
junio de 1848), I, pp. 167-174, 175-179.
[40] Marx, «La
revolución de junio», NGR, 29 de junio de 1848, I, pp. 180-185. El artículo
termina expresando la solidaridad de la NGR con los obreros y sus familias,
víctimas de la salvaje represión. La posición que toma la NGR ante las jornadas
de junio, abiertamente al lado del proletariado de París, por la revolución
proletaria, le vale la retirada de no pocos accionistas, lo que crea una
difícil situación financiera al periódico.
[41] Engels,
«La revolución de junio (el desarrollo de la insurrección de París)», NGR, 2 de
julio de 1848, I, pp. 195-203.
VIII. EN LA EXTREMA IZQUIERDA DEL PARTIDO DEMÓCRATA
Al final de su artículo La revolución de junio,
Marx previene a los demócratas –dirigiéndose evidentemente a los
demócratas-comunistas– contra una conclusión errónea a la que podría inducirles
el acontecimiento de París:
«El abismo profundo que se ha abierto a nuestros
pies, ¿debe extraviarnos a nosotros, los demócratas, debe llevarnos a creer que
las luchas por la forma de Estado son vacías, ilusorias, sin importancia? Solo
espíritus débiles y temerosos pueden suscitar semejante cuestión. Los
conflictos que nacen de las condiciones de la misma sociedad burguesa hay que
llevarlos hasta el fin; no es posible eliminarlos imaginariamente. La mejor
forma de Estado es aquella en la que las contradicciones sociales no son ahogadas,
no son contenidas por la fuerza, es decir, artificialmente y, por tanto, solo
en apariencia. La mejor forma de gobierno es aquella en la que las
contradicciones se afrontan abiertamente y encuentran así su solución»[1].
Marx reafirma así la línea que viene siguiendo la
NGR, reflejada en los textos citados en el epígrafe precedente: impulsar la
lucha por llevar hasta el fin la liquidación del régimen absolutista y realizar
la unificación nacional de Alemania sobre bases democráticas. En una palabra,
llevar a cabo la revolución burguesa en los términos más convenientes para el
proletariado.
Aprovechando los temores y vacilaciones de la
burguesía, las fuerzas del absolutismo estaban pasando a la contraofensiva. La
línea pactista de los Camphausen y Hansemann hacía el juego a esas fuerzas y
por eso la NGR concentra el fuego contra el pactismo. Pero todo el contenido de
sus artículos demuestra sin sombra de duda que la lucha contra la política
pactista de la gran burguesía no es una lucha directa contra la burguesía como
tal. Cierto, los artículos e informaciones sobre la insurrección de París contribuían
inequívocamente a la preparación ideológica y política del proletariado alemán
para cuando llegara la hora –una vez liquidados, como en Francia, los restos
del viejo régimen– de enfrentarse directamente con la burguesía. Para referirse
a la lucha de clases entre proletariado y burguesía, la NGR recurre
preferentemente, durante este periodo, a ejemplos no alemanes: la enorme
extensión del pauperismo en Bélgica, cuyo Estado los constitucionalistas
alemanes presentaban, según los términos de Marx, como el «Estado
constitucional
modelo, el Eldorado monárquico a base
democrática»[2]; o la lucha de clases en Inglaterra. Después de las jornadas de
junio, la prensa liberal alemana ensalzaba la actitud de la clase obrera
inglesa, en la que –decía, por ejemplo, la Kölnische Zeitung, el gran diario
liberal de Colonia– no se advertía el odio contra la burguesía que mostraba la
clase obrera francesa. Engels responde evocando la historia de luchas de la
clase obrera inglesa, «la lucha de clases más perfecta que el mundo haya
conocido jamás, la lucha de clases de los cartistas, el partido constituido del
proletariado contra el poder constituido de la burguesía, lucha que no ha dado
lugar todavía a colisiones tan terriblemente sangrientas como las luchas de
junio en París, pero que ha sido llevada a cabo con mucha más tenacidad, por
masas mucho más importantes, sobre un terreno mucho más vasto»[3].
La preocupación de Marx y Engels por no hacer más
difícil de lo que ya era la acción común o paralela del proletariado y la
burguesía contra el absolutismo resalta con evidencia recorriendo los números
de la NGR. ¿Cómo explicarse si no que desde junio a diciembre de 1848 –luego
hay un cierto cambio táctico– no encontramos en la NGR ningún artículo de Marx
o Engels que tenga como tema central el antagonismo de clase entre la burguesía
alemana y el proletariado alemán? ¿O que durante ese periodo sean sumamente
escasos los comentarios e incluso las informaciones sobre las luchas obreras en
torno al salario, la reducción de la jornada de trabajo, el paro, etc.? (En
este segundo aspecto hay también otras razones de esa escasa atención a las que
nos referiremos más adelante.) La NGR se concentra en esclarecer aquellos
objetivos cuya conquista proporcionaría al proletariado el espacio político más
apropiado, el despliegue de su lucha contra la burguesía. La vigorosa lucha
contra el pactismo era elemento esencial de esta orientación, puesto que su
derrota era condición sine qua non de la derrota del absolutismo.
La táctica de Marx y Engels tropieza entre los
miembros de la Liga de los Comunistas con adversarios de «izquierda» e
intérpretes de «derecha». El caso más conocido y relevante entre los primeros
es el del doctor Gottschalk, que ya conocemos, al que los trabajadores de
Colonia profesaban gran afecto por su abnegada actuación durante varios años
como «médico de los pobres»[4]. Muy pronto surgen divergencias y conflictos
entre el grupo de Marx y el grupo de Gottschalk. Este propugna el boicot de las
elecciones a las Asambleas de Fráncfort y Berlín, mientras que Marx está por la
participación. Gottschalk considera que el objetivo inmediato del proletariado
debe ser la «república obrera», posición evidentemente incompatible con la
estrategia de Marx[5].
Hasta que es detenido en los primeros días de
julio, Gottschalk desempeña un papel destacado en Colonia. Encabeza la
delegación de la Asociación obrera que participa en el primer Congreso de los
demócratas reunido en Fráncfort del 14 al 17 de junio. A propuesta de la
delegación, que incluye a Moll y Schapper, el congreso adopta una resolución
declarando que para el pueblo alemán «no hay más que una Constitución posible:
la república democrática». (Marx y Engels apenas aluden a este congreso en la
NGR, cosa extraña, dada la indudable importancia del acontecimiento y que el
congreso vota una moción reconociendo en la NGR uno de los principales órganos
del partido demócrata[6].) Después de la detención de Gottschalk, que permanece
seis meses en prisión, los partidarios de Marx ganan terreno en la Asociación
Obrera.
Entre los intérpretes de «derecha» de la línea de
Marx destaca Stefan Born, obrero cajista, miembro activo de la Liga de los
Comunistas, que durante la Revolución de 1848 se convierte en el principal
líder obrero de Alemania. En la misma reunión de Berlín (11 de abril) donde se
elige el Comité central del proletariado berlinés, al que ya nos hemos
referido, se designa una comisión, presidida por Born, para redactar los
estatutos de la «organización obrera». En la introducción a los mismos Born
expone la siguiente concepción: «Sabemos que en el pueblo hay obreros, pobres,
humillados y oprimidos, pero todavía no hay una clase obrera y la iniciativa no
puede partir de ella. Sabemos muy bien que al primer intento irreflexivo de
revolución corremos el riesgo de perder todo lo que hemos conseguido y de
provocar en Alemania la anarquía, y sabemos quién llegaría al poder después de
ella. Ahora nuestros intereses se funden con los de los capitalistas. Lo mismo
que ellos ansiamos la paz, debemos desearla»[7]. Bajo la influencia de Born el
Comité central obrero de Berlín se negó a asumir la dirección del movimiento
insurreccional esbozado el 14 de junio con el asalto al arsenal, según declara
el propio Born en sus Memorias[8]. Sin embargo, como veremos más adelante, en
noviembre llamará a la insurrección, tomando medidas para armar a los obreros,
y en mayo-junio de 1849 participará de modo destacado en la insurrección por la
Constitución del Reich.
Born expuso sus concepciones en el diario
Verbrüderung (La Fraternidad), órgano de la Fraternidad Obrera, la primera
organización nacional del proletariado alemán, creada, como ya dijimos, en el
Congreso obrero celebrado en Berlín del 23 de agosto al 3 de septiembre de
1848. Bajo la influencia de Born y otros líderes, el congreso adoptó un
programa y una táctica de tipo reformista y economista, limitándose en el
terreno político a secundar al partido demócrata. La vía principal que
preconizaba para resolver la «cuestión social»
era el desarrollo del cooperativismo con ayuda del
Estado[9]. En sus artículos de Verbründerung Born reconoce la lucha de clases y
su significación revolucionaria, pero considera que en Alemania no existen
condiciones para instaurar la dominación de la clase obrera. Plantea que «el
futuro de la clase obrera está estrechamente ligado al partido demócrata» y que
la conquista de la democracia «asegurará la dominación del pueblo y mejorará la
situación de la clase obrera»[10]. Pero a partir de estos y otros juicios
semejantes que coinciden esencialmente con los de Marx, Born llega a la prédica
abierta de la colaboración obreros-capitalistas y a una práctica
correspondiente.
Durante la revolución, que se sepa, Marx y Engels
no critican nunca la actividad de la Fraternidad Obrera ni, en particular, la
de Born. Y este, en sus Memorias, afirma que con ocasión de una visita suya a
Colonia Marx aprobó su actuación[11]. La única nota indirectamente crítica –o
susceptible de interpretarse como tal– que aparece en la NGR concierne al
proyecto de programa para discutir en el congreso de agosto, uno de los raros
textos obreros publicados en la NGR durante 1848. El proyecto se publica en el
número del 1 de julio sin comentarios, pero poco después el diario liberal
burgués de Turín que llevaba el significativo título de Concordia comenta
alarmado el programa y el hecho de que la NGR lo publique. «En estos proyectos
–dice Concordia– hay mucho de verdadero y de justo. Sin embargo, Concordia
traicionaría su misión si no elevara la voz contra los errores de los
socialistas.» La NGR se limita a replicar: «Por nuestra parte nos elevamos
contra el “error” de Concordia, que consiste en tomar el programa elaborado
para el congreso de trabajadores, por la comisión correspondiente, y del que
hemos informado, por nuestro propio programa»[12].
Posiblemente Marx no consideró oportuno criticar
públicamente una actividad cuyo balance positivo era considerable, puesto que
por primera vez el movimiento obrero alemán cobraba existencia propia y
organizada. Muchos años después, en su Contribución a la historia de la Liga,
Engels hará la siguiente caracterización de Born y de la Fraternidad Obrera:
«El cajista Stefan Born, militante activo de la Liga en Bruselas y en París,
fundó en Berlín la Fraternidad Obrera, que adquirió considerable extensión y duró
hasta 1850. Joven de mucho talento, pero con demasiada prisa por convertirse en
personaje político, Born “fraternizó” con los elementos más dispares, con tal
de poder reunir en torno suyo un tropel de gente. Y él no era, ni mucho menos,
el hombre capaz de unir las más diversas tendencias y de hacer luz en el caos.
Por eso, en las publicaciones oficiales de su asociación se mezclan, en
abigarrado mosaico, las
ideas defendidas en El manifiesto comunista con los
recuerdos y anhelos gremiales, con fragmentos de Luis Blanc y Proudhon, con el
proteccionismo, etc. En una palabra, se quería contentar a todo el mundo». Y
Engels agrega el siguiente juicio, muy revelador, de cómo Marx y él juzgaban en
1848 la actividad del naciente movimiento obrero alemán: «Se organizaron, sobre
todo, huelgas, sindicatos, cooperativas de producción, olvidándose de que lo
más importante era conquistar, mediante victorias políticas, el terreno sin el
cual todas esas cosas no podrían sostenerse a la larga»[13]. A este propósito
tiene gran interés la lacónica referencia que se ha conservado de la discusión
habida en la asamblea del 4 de agosto de 1848 de la Asociación democrática, con
participación de Marx y de Weitling, el cual había regresado de América para
participar en la revolución. Según esa referencia, publicada en el órgano de la
Asociación, Marx criticó ásperamente la posición de Weitling, que propugnaba la
separación entre el movimiento social y el movimiento político. Marx señala la
estrecha conexión existente entre los intereses sociales y los intereses
políticos[14].
En ese periodo Marx despliega una actividad
creciente en el partido demócrata. La Asociación democrática de Colonia le
designa, junto con el abogado Schneider II, para representarla en el Comité
central de las tres asociaciones democráticas de Colonia (la Asociación
Democrática, la Asociación Obrera y la Asociación de Obreros y Patronos),
formado, en cumplimiento de los acuerdos del congreso demócrata de Fráncfort,
para agrupar a todas las asociaciones de tendencia demócrata de Renania. El
Comité convoca el primer congreso de demócratas renanos, que se celebra en
Colonia los días 13 y 14 de agosto, participando representantes de 17
asociaciones. El Congreso decide que el indicado Comité central actúe como
Comité regional[15]. Marx pasa a ser, por tanto, uno de los dirigentes
oficiales del partido demócrata en Renania, pero su actividad fundamental sigue
concentrada en la NGR, que continúa siendo su instrumento principal para
influir en el conjunto del movimiento. El diario sufre persecuciones judiciales
y sus dificultades financieras son cada vez mayores. A fin de encontrar fondos
para el diario, Marx emprende un viaje, del 23 de agosto al 11 de septiembre,
que le lleva a Berlín y Viena, dándole ocasión de tener una serie de contactos
políticos[16].
* * *
Entre los problemas importantes que la NGR aborda
en ese verano de 1848
figura el de las relaciones feudales en el campo,
que aunque en un grado avanzado de descomposición persistían en grandes
regiones de Alemania. Refiriéndose a la discusión en la Asamblea de Berlín de
la memoria presentada por el liberal de derecha Patow (ministro de Hacienda con
Camphausen), la NGR denuncia que el verdadero objetivo del gobierno es obligar
a los campesinos – que de hecho han abolido las cargas feudales en las primeras
semanas de la revolución– a pagar una indemnización a los señores. En «lugar de
dar forma legal a la abolición de todas las cargas feudales, realizada ya en la
práctica por la voluntad del pueblo», el gobierno somete a la Asamblea una
memoria «invitando a los pactistas a traicionar también la revolución campesina
que estalló en marzo en toda Alemania, a traicionarla en provecho de la
aristocracia. El gobierno es responsable de las consecuencias que la aplicación
de los principios de Patow tendrá en el campo […]. El gobierno empuja a una
guerra de campesinos»[17].
«La revolución en el campo –plantea Marx unas
semanas después, criticando el proyecto de ley resultante de la discusión de la
memoria Patow– era la eliminación efectiva de todas las cargas feudales. El
“gobierno de acción”, que dice reconocer la revolución, la reconoce en el campo
destruyéndola bajo mano. Restablecer enteramente el statu quo anterior es
imposible. Los campesinos abatirían a los señores sin más historias. Gierke
(ministro de Agricultura) lo comprende. Por eso hace una lista pomposa de cargas
feudales insignificantes y poco difundidas (cuya abolición se decreta) y
restablece la principal carga feudal.» Marx se refiere a que los campesinos son
obligados a pagar un rescate que prolonga –bajo la forma burguesa del contrato
de rescate– la dependencia del señor. «Gierke –dice Marx– ataca la propiedad,
no hay duda, pero no la propiedad burguesa moderna, sino la propiedad feudal.
La propiedad burguesa que se eleva sobre las ruinas de la propiedad feudal la
refuerza […]. Esta es la única razón de que no pueda revisar los contratos de
rescate, contratos que han transformado las relaciones de propiedad feudales en
relaciones burguesas. Por tanto, no pueden ser revisados sin violar
formalmente, al mismo tiempo, la propiedad burguesa.» Marx presenta este hecho
como «la prueba más evidente de que la revolución alemana de 1848 no es más que
la parodia de la Revolución francesa de 1789». «El 4 de agosto de 1789, tres
semanas después de la toma de la Bastilla, bastó un día al pueblo francés para
acabar con las cargas feudales. El 11 de julio de 1848, cuatro meses después de
las barricadas de marzo, las cargas feudales pueden más que el pueblo alemán.»
«La burguesía francesa de 1789 no abandona un instante a sus aliados, los
campesinos. Sabía que la base de su dominación era la destrucción de la
feudalidad en el campo, la creación de una
clase campesina libre, poseedora de la tierra. La
burguesía alemana de 1848 traiciona sin vacilar a los campesinos, que son sus
aliados más naturales, la carne de su carne, y sin los cuales es impotente
frente a la nobleza. La persistencia, la confirmación de los derechos feudales
bajo la forma de un rescate (ilusorio): he aquí el resultado de la revolución
alemana de 1848. ¡La montaña parió un ratón!»[18]. Engels completa el análisis
poniendo de manifiesto que esta forma de liquidación del feudalismo es la más
penosa para los campesinos. La «teoría del rescate», dice, «confirma plenamente
lo sucedido en todos los países donde la feudalidad ha sido abolida poco a
poco, sobre todo en Inglaterra y Escocia: la transformación de la propiedad
feudal en propiedad burguesa, de la señoría en capital, representa siempre un
nuevo y clamoroso perjuicio para el siervo en beneficio del señor feudal. El
siervo debe comprar cada vez su libertad y comprarla cara. El Estado burgués
procede según el principio de que nada es gratuito salvo la muerte»[19].
* * *
La política agraria era un signo elocuente de la
evolución reaccionaria de la situación. «No solo la burguesía, sino los
partidarios del sistema derrocado, han sido alentados –indica Engels– por las
jornadas de París.» Bajo el gobierno Hansemann se acentúan las medidas
represivas. La NGR sale al paso, desde el primer momento, de las ilusiones que
despierta en algunos medios democráticos y en la izquierda parlamentaria este
gobierno de «centro-izquierda» que se presenta con un programa de promoción
económica y social, se dice «gobierno de acción» y se declara dispuesto a
actuar con eficacia. Para esto, declara Hansemann, lo primero es «restablecer
la confianza» o, lo que es lo mismo, reprimir el movimiento revolucionario. El
gobierno –constata la NGR– solo es «gobierno de acción» en tanto que «gobierno
policía». Insiste en la caracterización que hizo de este gobierno nada más
formarse: «gobierno de transición hacia un gobierno de la vieja nobleza, de la
vieja burocracia, de la vieja Prusia. En cuanto el señor Hansemann haya
cumplido su papel de transición será despedido […]. El gobierno de acción
reconoce en principio la revolución para efectuar, en la práctica, la
contrarrevolución». Pronóstico que se confirmará en un plazo de semanas. Y en
un plazo de meses se confirmará otro pronóstico del mismo artículo, que Engels
podrá citar textualmente con amarga satisfacción en su defensa ante los jueces
de Colonia en febrero de 1849: «La izquierda de Berlín debe darse cuenta que el
viejo poder puede concederle
tranquilamente pequeñas victorias parlamentarias y
grandes proyectos constitucionales si, entretanto, se apodera de todas las
posiciones clave. Puede reconocer tranquilamente en el parlamento la revolución
del 19 de marzo con tal de que fuera del parlamento la revolución sea
desarmada. La izquierda puede encontrarse un día con que su victoria
parlamentaria coincide con su derrota efectiva. Tal vez el desarrollo de
Alemania necesita de semejantes contrastes»[20].
En este mismo artículo se protesta contra las
detenciones de Gottschalk y Anneke, dirigentes de la Asociación Obrera. Los
trabajadores se agitan y la NGR les pone en guardia contra acciones
irreflexivas: «Los obreros deben ser suficientemente inteligentes para no
dejarse arrastrar al motín por una provocación». En artículos sucesivos de Marx
y Engels y en editoriales del periódico se denuncia la disolución de
asociaciones democráticas y obreras en diferentes ciudades y estados
(Stuttgart, Heidelberg, Ducado de Baden, etc.), los proyectos de ley sobre la
prensa y la milicia cívica, las detenciones y expulsiones de revolucionarios
(entre ellas la expulsión de Schapper, en agosto) y otros actos que van
jalonando la acción verdadera del «gobierno de acción».
Engels propone a los diputados de la extrema
izquierda de la Asamblea de Fráncfort exigir que los autores de esas medidas
reaccionarias sean procesados por «violación de los derechos fundamentales del
pueblo alemán». No es, dice, para obtener ningún resultado en ese sentido, sino
para obligar una vez más a la mayoría de la Asamblea a exhibir ante toda Europa
su alianza con la reacción.
Frente al proyecto de ley que lanza un empréstito
obligatorio, la NGR propugna el boicot: «En el momento en que Prusia, para
servir sus intereses particulares, trata de traicionar a Alemania y rebelarse
contra el poder central, el deber de todo patriota es no dar voluntariamente ni
un céntimo para el empréstito. Solo cortándole los recursos firmemente es
posible obligar a Prusia a someterse a Alemania»[21].
Especial importancia tenía el decreto sobre la
milicia cívica, que se había constituido en el curso de las revoluciones de
marzo como la plasmación concreta de uno de los principales objetivos
revolucionarios: el armamento del pueblo. Según los lugares, variaba la
influencia respectiva, en el seno de la milicia, de las diferentes corrientes
que habían actuado conjuntamente contra el absolutismo. El objetivo del decreto
–demuestra la NGR en una serie de artículos– es hacer de la milicia un
instrumento seguro de la burguesía: «Todos los que no pueden equiparse
militarmente de pies a cabeza, como es el caso de la gran mayoría de la
población prusiana, del conjunto de los obreros, de gran parte
de las clases medias; todos esos, son desarmados
por la ley “fuera del periodo de servicio”, mientras que la burguesía de la
milicia cívica está todo el tiempo en posesión de las armas.» Controla, además,
los depósitos, puesto que controla las municipalidades, agrega NGR. «Así, el
privilegio político del capital queda restablecido de la forma más discreta,
pero la más eficaz y la más decisiva. El capital tiene sobre el pobre el
privilegio de las armas, como el barón feudal de la Edad Media lo tenía sobre
el siervo.»
«El gobierno de acción –prosigue la NGR– quiere
establecer la dominación de la burguesía, concluyendo, al mismo tiempo, un
compromiso con el viejo Estado feudal y policiaco. En esta doble y
contradictoria tarea, el gobierno ve que la dominación de la burguesía –aún por
establecer– y su propia existencia son desbordadas por la reacción de tipo
feudal, de tipo absolutista, y sucumbirá a sus golpes. La burguesía no puede
imponer su propia dominación más que si tiene provisionalmente todo el pueblo
por aliado, es decir, si tiene una actitud más o menos democrática. Pero querer
enlazar la época de la Restauración con la de la Monarquía de julio, excluir ya
al pueblo, maniatarlo y ponerlo al margen, cuando (la burguesía) está todavía
en lucha contra el absolutismo, el feudalismo, la nobleza terrateniente, la
dominación de los burócratas y de los militares –es la cuadratura del círculo–,
es un problema histórico contra el que se estrellará incluso un gobierno de
acción […]»[22].
El «gobierno de acción» se estrella, en efecto,
contra las repercusiones parlamentarias de uno de los conflictos que venían
repitiéndose desde marzo, provocados por la oficialidad reaccionaria, entre
militares y civiles. Esta vez –31 de julio– se produce en Silesia y la tropa
hace catorce muertos y numerosos heridos entre los civiles. Las relaciones
entre la Asamblea de Berlín y el gobierno Hansemann, que han ido deteriorándose
en el transcurso de julio, se agravan súbitamente. La Asamblea aprueba una moción
exigiendo del gobierno que ordene a los oficiales permanecer al margen de los
manejos reaccionarios, evitar todo conflicto con los civiles y probar, mediante
su convivencia con los ciudadanos, su buena disposición constitucionalista. Se
aprueba también, aunque por un solo voto de mayoría, que los oficiales cuyas
opiniones discrepen de esta decisión «tienen por deber de honor abandonar el
Ejército». Todo lo cual era, naturalmente, inaceptable para el rey y los mandos
militares y, por tanto, para el gobierno. Al cabo de casi un mes –primeros de
septiembre– el gobierno comunica a la Asamblea su negativa a aplicar la moción
Stein (del nombre del diputado que la había presentado). En respuesta, la
Asamblea vota (7 de septiembre) una nueva moción Stein reclamando la ejecución
inmediata de la
anterior. Dos días después Hansemann presenta la
dimisión del gobierno. Miles de berlineses se manifiestan ante la Asamblea,
acogiendo con júbilo la dimensión del gobierno. «Cuanto más se teme el fracaso,
más sorprende una brillante victoria», comenta Engels en un artículo dedicado
al acontecimiento. Partiendo de que contra el gobierno ha votado la izquierda,
el centro-izquierda (partido de Rodbertus, salido del gobierno a comienzos de
julio) y el centro, considera que «un gobierno Waldeck-Rodbertus puede contar
con gran mayoría»[23].
Simultáneamente a esta crisis política en Berlín,
determinada fundamentalmente por factores internos, se desarrolla otra en
Fráncfort, provocada por la cuestión de Schleswig-Holstein. La insurrección
contra la dominación danesa de la población alemana de estos ducados, iniciada
el 21 de marzo, había sido apoyada por la intervención del Ejército prusiano,
pero bajo la presión de Inglaterra y Rusia el gobierno de Berlín accedió a un
armisticio con Dinamarca que la opinión liberal y democrática de Alemania consideraba
una capitulación[24]. En un primer momento la Asamblea nacional de Fráncfort se
niega a ratificar el armisticio, pero a los pocos días, bajo la presión de
Prusia y de las potencias indicadas, vuelve sobre su decisión y lo acepta,
provocando una ola de protestas en toda Alemania, que en Fráncfort desemboca en
insurrección armada.
En un artículo aparecido a finales de julio Engels
había denunciado ya un primer intento de armisticio como una capitulación del
gobierno prusiano. Subraya que la NGR había tratado el problema de
Schleswig-Holstein con sangre fría, sin mezclar su voz a las jactancias del
nacionalismo alemán. Explica que la verdadera intención de la monarquía
prusiana no era arrancar los ducados a Dinamarca, sino utilizar la guerra para
luchar en Alemania contra los elementos radicales y revolucionarios. Y
aprovecha, naturalmente, la ocasión para lanzar una andanada contra Prusia,
cuyo intento de armisticio –dice– «muestra de qué manera, cuando Prusia toma la
dirección, entiende defender el honor y los intereses de Alemania»[25]. El 8 de
septiembre, antes de que la Asamblea de Fráncfort anule su primera decisión,
Engels analiza la significación del armisticio y las consecuencias que puede
tener, tanto su aceptación como su rechazo por la Asamblea. El armisticio, dice
Engels, ata las manos de Alemania durante el periodo más favorable para la
campaña militar, disuelve el gobierno revolucionario y la Asamblea
constituyente democrática de Schleswig-Holstein, anula todos los decretos de
ese gobierno, entrega los ducados a un gobierno danés presidido por Moltke,
especialmente detestado en los ducados, arranca las
tropas de Schleswig a sus regimientos, las sustrae
al alto mando alemán y las entrega al gobierno danés, que puede disolverlas,
obliga a las tropas alemanas a retirarse de la Königasau hasta Hanovre y
Meklemburgo, remite el Lauenburgo en manos del antiguo gobierno danés
reaccionario. «No es solo el Schleswig-Holstein, sino toda Alemania, con
excepción del núcleo antiguo de Prusia, los indignados por este ignominioso
armisticio.» La Asamblea nacional, dice, ha tomado «una decisión enérgica»,
pero duda de que la mantenga. Si capitula, «tendremos la proclamación de la
república y la guerra civil en Schleswig-Holstein, el sometimiento del poder
central (Fráncfort) a Prusia, el desprecio general de toda Europa hacia el
poder central y la Asamblea». Si la Asamblea mantiene la decisión de anular el
armisticio, «entonces tendremos una guerra europea, la ruptura entre Prusia y
Alemania, nuevas revoluciones, la ruina de Prusia, la verdadera unidad de
Alemania. ¡Que la Asamblea no se deje intimidar! Dos tercios, por lo menos, de
Prusia, están con Alemania». Pero Engels no se hace ilusiones esta vez. Piensa
que, «antes de desencadenar una guerra revolucionaria europea y de exponerse a
nuevas tempestades, antes de hacer correr riesgos a su propia dominación en
Alemania, los representantes de la burguesía en Fráncfort preferirán aceptar
todas las afrentas»[26].
Dos días después Engels vuelve sobre el tema.
Señala que mientras las guerras en Italia, Posnania y Bohemia eran impopulares,
en mayor o menor grado, la guerra en Schleswig-Holstein era popular en las
masas desde el principio. «Mientras que en Italia, Posnania y Praga los
alemanes combatían la revolución, en Schleswig-Holstein sostenían la
revolución. La guerra contra Dinamarca es la primera guerra revolucionaria que
hace Alemania. Por eso, sin que nuestros sentimientos tengan la menor semejanza
con el entusiasmo de los burgueses por esas regiones “bañadas por el mar” nos
hemos declarado desde el comienzo a favor de una conducción enérgica de la
guerra contra Dinamarca.» Pero aquí aparece una concepción de Engels sobre «el
derecho del desarrollo histórico», que la veremos operar de nuevo en relación
con los pequeños pueblos eslavos y a la que nos referiremos críticamente en la
tercera parte de este trabajo.
«Con el mismo derecho –escribe Engels– que los
franceses han conquistado Flandes, la Alsacia y la Lorena, y antes o después se
apropiarán de Bélgica, Alemania se apropia de Schleswig. En nombre de la
civilización contra la barbarie, del progreso contra el inmovilismo. E incluso
si los tratados estuviesen a favor de Dinamarca –cosa muy dudosa– ese título
vale más que todos los tratados, porque es el derecho del desarrollo
histórico.»
Después de subrayar que la revolución en los
ducados bajo la impulsión de la
lucha de liberación ha tenido resultados mucho más
democráticos que en toda Alemania, Engels concluye así su artículo: «La guerra
que hacemos en el Schleswig-Holstein es, pues, una verdadera guerra
revolucionaria. ¿Quién, desde el comienzo, ha estado al lado de Dinamarca? Las
tres potencias europeas mis reaccionarias: Rusia, Inglaterra y el gobierno
prusiano». Son las tres potencias que «más tienen que temer de la revolución
alemana y de su primera consecuencia, la unidad alemana: Prusia, porque cesaría
de existir; Inglaterra, porque el mercado alemán sería sustraído a su
explotación; Rusia, porque la democracia podría avanzar no solo hasta el
Vístula, sino incluso hasta el Duna y el Dniéper. Prusia, Inglaterra y Rusia
han conspirado contra el Schleswig-Holstein, contra Alemania, contra la
revolución». A continuación Engels sostiene que la guerra contra esas tres
potencias tendría un efecto catalizador, potenciador, para la revolución
alemana[27].
El voto de la Asamblea de Fráncfort contra el
armisticio provoca la dimisión del gobierno del Reich. Esta primera crisis del
recién nacido y fantasmal gobierno central alemán coincide, por tanto, con la
crisis del gobierno prusiano. Ambas Asambleas se encuentran en conflicto con
los respectivos poderes ejecutivos. En ambas, por primera vez, se forma en
torno a un problema fundamental una mayoría de centro-izquierda con predominio
de la izquierda. El acontecimiento estimula y moviliza a las fuerzas democráticas
en una serie de puntos de Alemania. Marx y Engels consideran que se ha entrado
en una fase decisiva de la lucha entre revolución y contrarrevolución. Tal es,
como hemos visto, la óptica de los artículos de Engels sobre el problema de
Schleswig-Holstein y es también la de los artículos de Marx, dedicados
principalmente a la crisis de Berlín, que bajo el título general de La crisis y
la contrarrevolución aparecen en la NGR entre el 12 y el 16 de septiembre.
«Vamos –dice Marx en el primer artículo– hacia una
lucha decisiva. Las crisis simultáneas en Fráncfort y en Berlín, las últimas
decisiones de las dos Asambleas, obligan a la contrarrevolución a librar su
última batalla. Si en Berlín osan pisotear el principio constitucional de la
soberanía de la mayoría, si a los 219 votos de la mayoría se oponen el doble de
cañones, si no solo en Berlín, sino también en Fráncfort se osa burlar la
mayoría con un gobierno inaceptable para las dos Asambleas, si se provoca así
la guerra civil entre Prusia y Alemania, entonces los demócratas saben lo que
tienen que hacer»[28].
En el segundo artículo Marx afirma que solo hay dos
vías para resolver la crisis gubernamental: «O un gobierno Waldeck, que
reconozca la soberanía popular, la autoridad de la Asamblea, o un gobierno
Radowitz-Vincke, con
disolución de la Asamblea, liquidación de las
conquistas revolucionarias, bajo apariencia constitucional o incluso volviendo
a la Dieta Unida. No nos engañemos: el conflicto surgido en Berlín no es un
conflicto entre los pactistas y los ministros, sino entre la Asamblea, que por
primera vez actúa como Asamblea constituyente, y la Corona». Marx sostiene que
la Corona no tiene poder legal para disolver la Asamblea, porque esta emana de
la revolución. Aun situándose en el punto de vista pactista, arguye, la Asamblea
tiene los mismos derechos que la Corona y, por tanto, su disolución sería un
golpe de Estado. Insiste en que la alternativa es la expuesta y plantea que «la
victoria de uno u otro lado depende de la actitud del pueblo y, en particular,
de la actitud del partido demócrata. Que los demócratas decidan»[29].
En el tercer artículo Marx plantea que «se está aún
sobre un terreno revolucionario» y es una ficción, por tanto, actuar como si se
estuviera ya en el terreno de la monarquía constitucional. (La Corona había
invocado contra la Asamblea el «principio constitucional de la separación de
poderes».) Y Marx tiene esta reflexión importante, que Lenin esgrimirá frente a
los mencheviques en Dos tácticas: «Toda estructura provisional del Estado
después de una revolución exige una dictadura, y una dictadura enérgica. Desde
el comienzo hemos reprochado a Camphausen no actuar por medios dictatoriales,
no haber suprimido y destruido inmediatamente los restos de las antiguas
instituciones. Mientras Camphausen se dejaba mecer en sueños constitucionales,
el partido vencido reforzaba sus posiciones en la administración y en el
ejército».
La Asamblea, convocada para entenderse con la
Corona sobre la Constitución aparecía con los mismos derechos que la Corona.
«¡Dos poderes con los mismos derechos en una situación provisional!» –exclama
Marx–. La «separación de poderes» con la que Camphausen quería «salvar la
libertad» en una situación provisional tenía que provocar precisamente el
conflicto. Detrás de la Corona se escondía la camarilla contrarrevolucionaria
de la nobleza, el ejército y la burocracia. Detrás de la mayoría de la Asamblea
estaba la burguesía. El gobierno quiso conciliar ambas y acabó siendo
insoportable para las dos. «En toda situación transitoria lo decisivo no es tal
o cual principio, sino la salut public.» El gobierno –prosigue Marx– no vaciló
en utilizar medidas de salud pública contra la democracia, pero se guardó mucho
de combatir de ese modo a la contrarrevolución. Con ello obligó a la Asamblea a
dictar ella misma, aunque fuera en forma muy moderada, medidas de salud
pública. Así es, concluye Marx, como «se ha producido el choque entre dos
poderes, inevitable en una situación provisional». «La Corona y la Asamblea se
encuentran frente a frente. El
“pactismo” ha conducido a la división, al
conflicto. Es posible que sean las armas las que decidan. Y vencerá quien tenga
más valor e ideas más claras»[30].
En el último artículo (16 de septiembre) Marx opina
que la crisis ha entrado en una nueva fase con el motín de los regimientos 1 y
2 de la Guardia en Potsdam. «El conflicto entre la democracia y la aristocracia
ha estallado dentro mismo de la Guardia. Los soldados ven en la resolución
adoptada por la Asamblea el día 7 su liberación de la tiranía de los oficiales
y envían mensajes de agradecimiento a la Asamblea. La espada se encuentra así
arrancada de manos de la contrarrevolución. Ahora nadie se atreverá a disolver
la Asamblea y no quedará más remedio que ceder, aplicar la resolución de la
Asamblea y constituir un gobierno Waldeck. La revuelta de los soldados de
Potsdam nos ha ahorrado probablemente una revolución»[31].
Desde el comienzo de la crisis la prensa burguesa y
los órganos de la contrarrevolución especulaban con que la Asamblea de Berlín
no deliberaba libremente porque se encontraba sometida a la presión de la
calle. El órgano de los demócratas berlineses, la Zeitung-Halle, intentaba
refutar la acusación argumentando que si una parte de los diputados había
cambiado de actitud la cosa se explicaba únicamente porque habían comprendido
que los ministros no obraban de acuerdo con la voluntad del pueblo. Marx disiente.
«Están muy claros –dice– los motivos que impulsan a la Zeitung-Halle a
justificar moralmente ante el público a los diputados vacilantes de ambos
centros […]. Pero para nosotros, que tenemos el privilegio de expresarnos
abiertamente y apoyamos a los representantes de uno u otro partido en la medida
únicamente que actúan de modo revolucionario, esos motivos no existen. ¿Por qué
no decirlo? El día 7 los diputados de ambos centros se han dejado intimidar,
sin duda, por las masas populares. Dejamos abierta la cuestión de si su miedo
estaba justificado o no. Pero el derecho de las masas populares democráticas a
influir moralmente, por su presencia, sobre el comportamiento de asambleas
constituyentes es un viejo derecho revolucionario de los pueblos, al que se ha
recurrido en todas las épocas agitadas, desde la revolución inglesa a la
revolución francesa.» «No hay frase más vacía» –prosigue Marx– que la de
«libertad de deliberaciones». Pone de manifiesto las múltiples influencias que
se ejercen, de diferentes lados y por diversos medios. En realidad, esa frase
quiere decir: «independencia respecto de todas las influencias no reconocidas
por la ley». «Pero en periodos revolucionarios esa expresión no tiene sentido
alguno. Cuando dos poderes, dos partidos, se enfrentan con las armas en la
mano, cuando la lucha puede estallar a cada instante, a los diputados no les
queda más
que escoger entre las dos actitudes siguientes: o
bien colocarse bajo la protección del pueblo, aceptando que este les corrija de
vez en cuando, o bien colocarse bajo la protección de la Corona, y entonces se
instalan en una pequeña ciudad bien tranquila, guardados por las bayonetas, sin
poder objetar nada a que las bayonetas y la Corona les dicten sus
resoluciones»[32].
* * *
A estos análisis de la crisis política de
septiembre, antes de que llegara a su desenlace, corresponde una intensa
actividad del equipo de la NGR y de las organizaciones obreras y democráticas
de Colonia para afrontar la situación. Marx acorta el viaje emprendido a
finales de agosto y regresa a Colonia hacia el 11 de septiembre. El 13 tiene
lugar una asamblea popular organizada por la NGR, la Asociación democrática y
la Asociación obrera, con asistencia de cinco a seis mil personas. A propuesta
de Wolff (es de presumir que de concierto con Marx y Engels) se acuerda crear
un Comité de salud pública compuesto de 30 miembros, entre los que figuran
Marx, Engels, Schapper, Moll y otros comunistas, junto con personalidades
demócratas.
La Asociación cívica, organización de la gran
burguesía, intenta movilizar contra la Asamblea popular a la milicia cívica,
pero fracasa. Lanza un llamamiento a la población calificando la formación del
Comité de salud pública de «primer paso hacia la revolución». La NGR sale al
paso de esta especulación, al mismo tiempo que informa ampliamente de la
Asamblea, notificando que el Comité de salud pública, una vez constituido, se
ha dirigido a las autoridades civiles y militares aclarando que no es un gobierno
provisional, ni un órgano conspirativo para instaurar la república roja, sino
«un Comité elegido directa y públicamente por el pueblo, que se da por tarea
defender los intereses de la parte de la población no representada por las
autoridades legales; un Comité que solo actúa por vías legales y no pretende
usurpar ninguna autoridad fuera de la influencia moral que le confieren el
derecho de libre asociación, las leyes y la confianza de los que le han
elegido». El Comité, se dice también en esa aclaración, «velará por todos los
medios, y de acuerdo con las autoridades siempre que sea posible, a mantener el
orden, pero al mismo tiempo velará a preservar los derechos del pueblo». La NGR
reproduce, además, la resolución aprobada –a propuesta de Engels– por la reunión
de Colonia, dirigida a la Asamblea de Berlín, declarando que la disolución de
la Asamblea equivaldría a un golpe de Estado, e invitando a los diputados a
cumplir con su deber y
mantenerse en sus puestos, incluso frente a las
bayonetas[33].
El 16 de septiembre la Asamblea nacional de
Fráncfort capitula ratificando el armisticio con Dinamarca. Engels comenta con
indignación la noticia y es particularmente duro con la izquierda: «Se habla de
una retirada de la izquierda. ¡Si al menos tuviera valor para retirarse, esta
pobre izquierda, burlada, golpeada por la mayoría y llamada al orden, además,
por Gagern, un noble! La falta de valor es lo que lleva a todo el movimiento
alemán a su pérdida. El valor falta, tanto a la contrarrevolución para asestar
golpes decisivos como al partido de la revolución. Toda Alemania sabe ahora,
sea de izquierda o de derecha, que el movimiento actual no puede por menos de
llevar a duros choques y a luchas sangrientas, sea para reprimirlo, sea para
llevarlo a buen puerto. En lugar de mirar cara a cara esas luchas inevitables,
en lugar de apresurar su fin por algunos golpes rápidos y decisivos, los dos
partidos –el de la contrarrevolución y el del movimiento– conspiran
conjuntamente para aplazar los combates el mayor tiempo posible […]. Este miedo
a la lucha da lugar a miles de luchas menores y es lo que imprime a 1848 su
carácter extremadamente sangriento y lo que complica la situación de los
partidos en liza de tal manera que la lucha final habrá de ser inevitablemente
más violenta y más sangrienta. Pero la lucha decisiva por la centralización y
la organización democrática de Alemania no puede evitarse en modo alguno. Pese
a todos los arreglos y compromisos, se aproxima cada día»[34].
Al día siguiente de la capitulación de la Asamblea
nacional las asociaciones democráticas y obreras de Fráncfort organizan una
gran manifestación de protesta, calificando de traición la conducta de la
Asamblea e invitando a la izquierda a constituirse ella misma en Asamblea
soberana. El gobierno del Reich concentra tropas prusianas y austriacas de
varias guarniciones próximas. El 18 los manifestantes intentan penetrar en la
Asamblea, siendo rechazados por los soldados. Surgen barricadas en numerosos
puntos de la ciudad. Al cabo de varias horas de combate los insurrectos son
vencidos. Fracasa también un intento de insurrección en Baden[35].
Sin conocer aún el desenlace, Engels comenta los
acontecimientos en la NGR del 20 de septiembre. Aunque la descripción que hace
de la lucha induce más bien al optimismo, su pronóstico es reservado: «Tenemos
pocas esperanzas, lo confesamos, de que los valerosos insurrectos triunfen». Se
basa en la pequeñez de la ciudad, la importancia de las tropas, el predominio
de la pequeña burguesía, de espíritu contrarrevolucionario. Aunque venzan los
sublevados, dice, no se habrá resuelto nada. La contrarrevolución declarará el
estado de sitio,
reprimirá la libertad de prensa, los clubs,
etcétera[36].
El 17 de septiembre las organizaciones demócratas y
obreras de Colonia organizan una gran concentración de masas en Worringen, a
orillas del Rin, donde se adopta un mensaje a la Asamblea de Fráncfort
declarando que en caso de conflicto entre Prusia y Alemania los reunidos
lucharían al lado de Alemania. (No se sabía aún en Colonia que la Asamblea de
Fráncfort había capitulado el día anterior.) La reunión se pronuncia también
«por la república democrática y social, por la república roja». Durante la
concentración llegan noticias sobre movimientos sospechosos de tropas hacia
Colonia y la preparación de provocaciones para justificar el desarme de la
milicia cívica y la proclamación del estado de sitio[37].
Al conocerse la insurrección de Fráncfort y su
derrota, el Comité de salud pública de Colonia organiza una nueva asamblea
popular (el 20 de septiembre), donde se aprueba otra resolución declarando
traidores a los diputados de Fráncfort que han votado a favor del armisticio y
expresando su solidaridad con los combatientes de las barricadas de Fráncfort,
los cuales, dice la resolución, «merecen gratitud de la Patria». Se anuncia que
la NGR recoge donativos para sostener a los insurrectos y sus familias. Pero no
se pasa de ahí[38].
Para el 25 de septiembre estaba convocado en
Colonia el segundo congreso de las asociaciones democráticas de Renania y
Westfalia. Pero a primeras horas de ese día la policía detiene a Becker y
Schapper, e intenta detener a Moll, al mismo tiempo que las autoridades
judiciales ordenan instruir proceso contra Engels, Wolff y Burgers, acusados
todos de complot contra el orden establecido, incitación a la guerra civil,
etc. El congreso demócrata tiene que ser suspendido y la noticia de las
detenciones provoca la movilización inmediata de obreros y demócratas
dispuestos a coger las armas. Marx acude al local de la Asociación obrera para
calmar los ánimos, explicar que no ha llegado el momento de la insurrección y
que toda acción prematura no tendría más resultado que quebrantar la fuerza de
los obreros en vísperas del día decisivo. Pero los ánimos siguen excitados,
miles de obreros y pequeñoburgueses permanecen en la calle. Cuando por la noche
se corre el rumor de que llegan las tropas se levantan barricadas en el centro
de la ciudad. Es una falsa alarma y no ocurre nada, pero las autoridades
aprovechan las barricadas como pretexto para proclamar el estado de sitio,
disolver las asociaciones, suspender la NGR, ordenar la detención de Engels y
otros comunistas, que se ven obligados a huir de Colonia. Del equipo
redaccional de la NGR no quedan más que Marx y Weerth[39].
Después de pasado el susto, la burguesía de Colonia
intenta desacreditar a las
organizaciones obreras y demócratas ironizando
sobre la «revolución de Colonia». Marx responde el 13 de octubre en la NGR –que
había reanudado su publicación el día anterior, al cabo de catorce días de
suspensión–, restableciendo la versión auténtica de los acontecimientos y
explicando su posición táctica. Explica que los obreros levantaron las
barricadas cuando creyeron que iban a ser atacados. Como no fueron atacados no
tuvieron que defenderse. «Además supieron que no había llegado ninguna noticia
importante de Berlín. Se retiraron, pues, después de haber esperado en vano al
enemigo gran parte de la noche. Nada más ridículo que el reproche de cobardía a
los obreros de Colonia.» En cuanto a «los llamados demócratas –dice Marx–, he
aquí los hechos: los demócratas dijeron a los obreros en el hotel Kranz (en la
plaza del Viejo Mercado), en la sala Eiser y en las barricadas que no querían,
en modo alguno, un putsch. En un momento en que ninguna cuestión importante
impulsaba al conjunto de la población al combate y en que, por consiguiente,
toda insurrección tenía que fracasar, pasar a la acción era tanto más insensato
cuanto que en los próximos días podían producirse acontecimientos importantes y
no había que quedar fuera de combate en vísperas del día decisivo. Si el
gobierno se aventuraba a una contrarrevolución, en Berlín sonaría entonces la
hora de que el pueblo se lanzase a la revolución»[40].
Como se ve, Marx esperaba que la lucha armada se
entablara en Berlín y pensaba que solo en ese caso la lucha armada en Colonia
podía tener posibilidades de éxito. Pero Berlín no se movió –ni la revolución
ni la contrarrevolución– o, más exactamente, no se movió de la manera
«decisiva» que Marx preveía. La contrarrevolución se limitó a acentuar su
política represiva, tanto el gobierno prusiano de Berlín, manejado por el rey y
su camarilla, como el gobierno «imperial» de Fráncfort, como los restantes gobiernos
alemanes. Las jornadas de septiembre –dice Droz– produjeron gran conmoción en
Alemania. Ante una considerable fracción de la burguesía quedó claro que la
opción era entre radicalismo y reacción, y que, bien miradas las cosas, lo
segundo era mil veces preferible a lo primero. ¡Antes los militares que el
«populacho»! Y más grave aún –desde el punto de vista de la moral del pueblo–
fue la nueva constatación, a los tres meses de la de París, de que las
barricadas no eran invencibles y, en último análisis, la victoria correspondía
necesariamente a los militares[41].
* * *
La crisis de septiembre y su desenlace favorable a
la reacción dan lugar en los redactores de la NGR a una reflexión sobre el
curso global de la revolución en el conjunto de Europa.
«¿Cómo explicarse –escribe Engels– la continua
victoria del “orden” en toda Europa? ¿De dónde vienen las numerosas y repetidas
derrotas del partido revolucionario de Nápoles a Praga, de París a Milán, de
Viena a Fráncfort? De que todos los partidos saben que la lucha en gestación en
todos los países civilizados es incomparablemente más importante que todas las
revoluciones habidas hasta hoy; de que en Viena como en París, en Berlín como
en Fráncfort, se trata del derrocamiento del poder político de la burguesía
[…]. ¿Queda acaso un centro revolucionario en el mundo donde en los últimos
cinco meses no haya flotado sobre las barricadas la bandera roja, la enseña de
combate del proletariado europeo fraternalmente unido? La burguesía se
encuentra directamente amenazada en su existencia política e indirectamente en
su existencia social por cada insurrección que estalla ahora. De ahí todas esas
derrotas. El pueblo, la mayor parte del tiempo desarmado, debe luchar no solo
contra la fuerza organizada, burocrática y militar, del Estado pasado a las
manos de la burguesía, sino también contra la misma burguesía armada. Mal
armado y sin organización, el pueblo tiene frente a él todas las otras clases
de la sociedad, bien organizadas y bien armadas. He ahí por qué el pueblo ha
sucumbido y sucumbirá hasta que sus adversarios no se debiliten, bien a
consecuencia de la participación de sus tropas en la guerra, bien porque se
escindan sus filas, o porque algún gran acontecimiento empuje al pueblo a
combatir desesperadamente y desmoralice a sus enemigos.»
Pero, una vez más, Engels es optimista e invita a
los demás a serlo. Porque «un gran acontecimiento de ese tipo se prepara en
Francia», y porque las derrotas sufridas por el pueblo han debilitado a sus
enemigos. «Por eso no debemos desesperar, argumenta Engels, si en los últimos
cuatro meses la metralla ha triunfado siempre sobre las barricadas. Al
contrario: cada victoria de nuestros enemigos ha sido al mismo tiempo una
derrota para ellos. Les ha desunido; no ha dado el poder al partido vencedor de
febrero o marzo, que se hizo conservador desde entonces, sino al partido que
había sido derrocado en febrero o marzo. La victoria de junio en París no ha
instaurado el poder de la pequeña burguesía, de los republicanos puros, más que
al principio. Apenas han pasado tres meses y la gran burguesía, el partido
constitucional, amenaza con derrocar a Cavaignac y arrojar a los puros en
brazos de los “rojos”. Lo mismo ocurrirá en Fráncfort: la victoria no
aprovechará a los partidos de centro, sino a los de
derecha. La burguesía cederá el sitio a esos
señores, representantes del Estado de los militares, de la burocracia y de la
nobleza, y tendrá que probar pronto los amargos frutos de su victoria. ¡Que le
haga provecho! Entretanto, nosotros esperaremos a que en París suene la hora de
la liberación de Europa.» Engels insiste una y otra vez en esta idea: la
contrarrevolución puede desencadenarse, dice, «pero no por mucho tiempo. El
canto del gallo galo anunciará la hora de la liberación, la hora de la revuelta».
«Si la pusilanimidad e indecisión alemanas lo echan todo a perder, Francia nos
salvará»[42].
Lo mismo piensa en relación con la causa nacional
italiana, después de su derrota por los austriacos, y, en general, de todos los
movimientos revolucionarios de 1848: «la reacción bajo la que sucumbe Italia
ahora no es solo italiana, es una realidad europea. Italia no puede liberarse
sola de las garras de esa reacción, y desde luego no lo puede recurriendo a la
burguesía francesa, que es, justamente, la piedra angular de la reacción en
toda Europa. Para que la reacción pueda ser aplastada en Italia y en Alemania
hace falta que sea vencida antes en Francia. Hace falta que primero se proclame
allí la república democrática y social, que el proletariado francés haya
ajustado las cuentas a su propia burguesía antes de pensar en una victoria
duradera de la democracia en Italia, Alemania, Polonia, Hungría, etcétera»[43].
En sus comentarios sobre la derrota italiana
encontramos esta reflexión de Engels, análoga a otra de Marx sobre los obreros
de París: «A fuerza de ser magnánimos los pueblos cavan tan a menudo su propia
tumba que acaban por pensar y comprender la necesidad de aprender algo de sus
enemigos»[44].
«Los italianos, lo mismo que los alemanes, se han
dejado engañar por los acontecimientos de marzo. Aquellos creyeron que, en todo
caso, sería el fin de la dominación extranjera; estos pensaron que el Antiguo
Régimen había sido definitivamente enterrado. En lugar de ello la dominación
extranjera en Italia es más dura que nunca, mientras que en Alemania el Antiguo
Régimen se ha rehecho de los golpes que se le asestaron en marzo y actúa con
más furor y sed de venganza que antes»[45].
[1] Marx,
«La revolución de junio», NGR, 29 de junio de 1848, p. 184.
[2] Marx,
«Bélgica, “Estado modelo”», NGR, 7 de agosto de 1848, I, pp. 385-388.
[3] Engels,
«La Kölnische Zeitung y la situación en Inglaterra», NGR, 1 de agosto de 1848,
I, pp. 350-
355. Antes de
las jornadas de junio, la prensa liberal alemana tenía la posición inversa. Los
obreros franceses eran los buenos porque se batían por su burguesía, mientras
que los ingleses lo hacían por sus intereses de clase. Después de junio, dice
irónicamente Engels, «los millones de cartistas de Londres,
Mánchester y Glasgow se evaporan ante los cuarenta
mil insurrectos de París».
[4] Gottschalk
tenía 33 años en 1848. Hijo de una familia de artesanos judíos, había estudiado
en la Universidad de Bon –coincidiendo en parte con la estancia allí de Marx–
medicina y filosofía. Desde 1840 ejercía en Colonia la profesión de médico y
cirujano, casi exclusivamente en los medios proletarios. En 1847 encabezaba la
comuna de la Liga de los Comunistas en Colonia y fue el principal organizador
de la manifestación del 3 de marzo.
Muchos años después, en una carta a W. Liebknecht,
del 29 de octubre de 1889, Engels hace la siguiente caracterización de
Gottschalk: «En las condiciones de aquel tiempo era un tremendo demagogo.
Halagaba a las masas que apenas habían comenzado a despertar, alimentando sus
prejuicios tradicionales. Por lo demás no tenía nada en la cabeza, como
corresponde al mesías que creía ser. Y como todo mesías estaba por encima de
cualquier duda, siendo por ello capaz de cualquier infamia» (Sochinenia, t. 37,
p. 250).
Gottschalk es encarcelado a comienzos de julio,
acusado de complot, incitación a la guerra civil, etc., y permanece seis meses
en prisión. Al salir de ella, en enero de 1849, se agrava su conflicto con
Marx.
[5] Véase
Mijailov, op. cit., pp. 226-228, y Droz, op. cit., p. 529, Según un acta
conservada de la reunión de la comuna de la Liga de Colonia el 11 de mayo de
1848 (antes del «eclipse» de la Liga), Gottschalk había decidido darse de baja
en la Liga, al parecer por divergencias con Marx y otros miembros. Según el
acta, Gottschalk manifiesta que en «los estatutos de la Liga ve una amenaza a
su libertad personal» (Soius Kommunistov, pp. 206-207).
[6] En este
congreso participan 234 delegados de 89 asociaciones democráticas y obreras de
66 ciudades. Se pone de manifiesto la divergencia entre el radicalismo del
congreso y la moderación de la izquierda, e incluso la extrema izquierda, de la
Asamblea de Fráncfort. Ya es sintomático que solo asistieran al congreso dos
diputados de la extrema izquierda. Aparece también una divergencia entre los
delegados socialistas y los partidarios de una democracia puramente política.
El resultado más concreto del congreso fue la constitución de una Comisión
central de demócratas alemanes, con sede en Berlín. Pero la actuación de esta
comisión fue bastante ineficaz (véase Droz, op. cit., pp. 548-549).
[7] Citado
por D. Frisman en «Karl Marx i Stefan Born», Problemi marsisma, Moscú, 1933, n.
1-2. Véase también Droz, op. cit., pp. 357-358.
[8] Eirinnerun
gen eitios Achtundvierzigers (Memorias de uno del 48), Leipzig, 1898, p. 139,
cit. por Mijailov, p. 234.
[9] Droz,
op. cit., pp. 213-217; Mijailov, op. cit., p. 236.
[10] Véase
Mijailov, op. cit., p. 239.
[11] Ibid., p.
240. Según cuenta Born, durante su estancia en Colonia vivió en la casa de
Marx.
[12] «La
Concordia de Turín, NGR, 25 de julio de 1848, pp. 324-325.
[13] Engels,
«Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas», en OE, t. II, p.
377.
[14] Según
referencia del Instituto Marx-Engels-Lenin en Sochinenia, t. 5, p. 597.
[15] La
Asociación de Obreros y Patronos, formada después que la Asociación Obrera,
comprendía obreros y artesanos-patronos, y preconizaba la colaboración de
clases, presentando como único enemigo el absolutismo. La convocatoria del
congreso de asociaciones democráticas de Renania la firman: por la Asociación
Democrática: Schneider II y Marx; por la Asociación Obrera: Moll y Schapper;
por la Asociación de Obreros y Patronos: Becker y Schutzendorf. (Véase NGR,
III, anexos, p. 467.)
[16] El 7 y el
22 de julio Marx tiene que comparecer ante las autoridades judiciales de
Colonia, en relación con causas instruidas contra la NGR. Según nota del
Instituto Marx-Engels-Lenin, el viaje tenía también como objetivo (incluso lo
presenta como el objetivo principal) estrechar contactos con los dirigentes
democráticos y obreros e incitarles a una acción más resuelta contra la
contrarrevolución. En esta misma nota se dice que los dirigentes demócratas
polacos dieron 2.000 táleros para la NGR (Sochinenia, t. 5, pp. 598 y 600).
[17] «La
memoria de Patow sobre el rescate», NGR, 25 de junio de 1848, I, pp. 147-149.
[18] Marx,
«Proyecto de ley sobre la abolición de las cargas feudales», NGR, 30 de julio
de 1848, I, pp. 344-349.
[19] Engels,
«Debate sobre la legislación relativa al rescate en vigor hasta hoy», NGR, 6 de
agosto de
1848, I, pp. 379-384.
[20] «Detenciones»,
NGR, 4 y 5 de julio de 1848, I, pp. 216, 217-218.
[21] Engels,
«Prohibición de los clubs de Stuttgart y Heildelberg», NGR, 20 de julio de
1848, I, pp. 299-300; Marx, «Proyecto de ley sobre la prensa en Prusia», NGR,
20 de julio de 1848, I, pp. 302-304; Engels, «La disolución de las asociaciones
democráticas en Baden», NGR, 28 de julio de 1848, I, pp. 341-342; «El proyecto
de ley sobre el empréstito obligatorio y su motivación», NGR, 26 y 30 de julio
de 1848, I, pp. 326-335.
[22] «Proyecto
de ley sobre la milicia cívica», NGR, 21, 22 y 24 de julio de 1848, I, pp.
305-315.
[23] Engels,
«La caída del gobierno de acción», NGR, 10 de septiembre de 1848, II, pp.
12-14. Waldeck era uno de los principales líderes de la izquierda de Fráncfort.
[24] El
Congreso de Viena (1815) había dado a Dinamarca los ducados de Schleswig y
Holstein. Pero este segundo ducado, de evidente mayoría alemana, quedaba
incluido al mismo tiempo en la Confederación germánica. A través de diversas
vicisitudes, el movimiento de liberación nacional de los alemanes de
Schleswig-Holstein fue desarrollándose, sobre todo a partir de 1830, bajo la
influencia de la revolución de julio en Francia. La gran burguesía comercial de
los ducados tenía intereses ligados a Dinamarca y se oponía al movimiento
nacional alemán. Este último tomó carácter insurreccional a favor de la
revolución alemana de marzo. El 24 de este mes se formó un gobierno provisional
en Kiel, que proclamó la independencia de Schleswig-Holstein, declaró la guerra
a Dinamarca y pidió ayuda a Prusia. El gobierno provisional, formado por
burgueses liberales, intentó frenar la revolución, pero bajo la presión del
pueblo tuvo que proponer a la Asamblea de la región de Kiel, elegida por
sufragio universal, un proyecto de Constitución, que, según Engels, era el «más
democrático de todos los redactados en lengua alemana». Prusia entra en guerra
con Dinamarca, pero desde el primer momento comienza a ceder a la presión
diplomática de Rusia e Inglaterra, lo cual se refleja en la manera de conducir
las operaciones militares y en la aceptación del armisticio cuando la ventaja
militar estaba claramente de parte de los alemanes.
[25] Engels,
«El armisticio con Dinamarca», NGR, 21 y 22 de julio de 1848, I, pp. 316-323.
En el artículo se hace referencia a la «célebre nota de Wildenbruch». Se trata
de una nota secreta del rey de Prusia, remitida por el comandante Wildenbruch
al rey danés, indicando que la guerra de los ducados no tenía por objeto
arrancárselos a Dinamarca, sino, esencialmente, luchar en Alemania contra los
elementos radicales y republicanos.
[26] Engels,
«El armisticio con Dinamarca», NGR, 8 de septiembre de 1848, II, pp. 7-11. El
«poder central» de Fráncfort aludido en el texto es el gobierno del Reich
(gobierno del Imperio), que la Asamblea nacional de Fráncfort forma a comienzos
de agosto. Mientras se elabora la Constitución, la Asamblea decide, a título
provisional, nombrar un Vicario del Imperio, recayendo el nombramiento en el
Archiduque Juan, de la familia de los Habsburgos. Una vez nombrado el Vicario
del Imperio, la Asamblea disuelve la Dieta Federal (Dieta Unida) y forma el
gobierno del Imperio. El poder autónomo efectivo, tanto del Vicario como del
gobierno, era prácticamente nulo. Dependía de los soberanos alemanes y, sobre
todo, de los de Prusia y Austria.
[27] Engels,
«El armisticio pruso-danés», NGR, 10 de septiembre de 1848, II, pp. 15-20. «La
guerra que puede surgir ahora de las decisiones de Fráncfort sería una guerra
de Alemania contra Prusia, Inglaterra y Rusia. Y justamente es una guerra de
este género la que necesita el movimiento alemán en trance de dormirse, una
guerra contra las tres grandes potencias de la contrarrevolución, una guerra
que lleve a la absorción de Prusia por Alemania, haciendo de la alianza con
Polonia la más ineluctable necesidad, implicando inmediatamente la liberación
de Italia, una guerra dirigida a justo título contra los antiguos aliados
contrarrevolucionarios de Alemania de 1792 a 1815, una guerra que poniendo “la
patria en peligro” la salve justamente, haciendo depender la victoria de
Alemania de la victoria de la democracia» (ibid.). La frase «regiones bailadas
por el mar» es el comienzo de una canción surgida en 1844, dedicada al
Schleswig-Holstein en un espíritu chovinista.
[28] Marx, «La
crisis y la contrarrevolución», NGR, 12 de septiembre de 1848, II, pp. 21-22.
[29] Marx, «La
crisis y la contrarrevolución», NGR, 13 de septiembre de 1848, II, pp. 23-25.
[30] Marx, «La
crisis y la contrarrevolución», NGR, 14 de septiembre de 1848, II, pp. 26-29.
En un
artículo anterior, Engels plantea que «después de
una revolución es de primera necesidad la renovación de todos los funcionarios
civiles y militares, de una parte de los magistrados y, sobre todo, de las
fiscalías. Si no, el estado de espíritu recalcitrante de los subalternos hace
fracasar las mejores medidas tomadas por el gobierno central. La debilidad del
gobierno provisional de Francia, la debilidad del gobierno Camphausen, dieron a
este respecto los más amargos frutos» (NGR, 11 de julio de 1848, I, p. 248).
[31] Marx, «La
crisis y la contrarrevolución», NGR, 16 de septiembre de 1848, II, p. 30. Los
regimientos 1 y 2 de la Guardia –unidades selectas del ejército prusiano– se
habían amotinado el 13 de septiembre en Potsdam, a causa de la confiscación por
los oficiales de un mensaje de agradecimiento dirigido al diputado Stein y a la
Asamblea nacional de Berlín por su resolución del 7 de noviembre. Los soldados
llegaron a levantar barricadas. Tres días antes los coraceros de la Guardia se
habían negado en Nauen a obedecer a sus oficiales, que les ordenaban disparar
contra civiles.
[32] Marx, «La
libertad de las deliberaciones de Berlín», NGR, 17 de septiembre de 1848, II,
pp. 31-33.
[33] «Asamblea
y Comité de salud pública», NGR, 15 de septiembre de 1848, III, pp. 476-480.
[34] Engels,
«La ratificación del armisticio», NGR, 20 de septiembre de 1848, II, pp. 34-36.
[35] Las
barricadas comienzan a construirse al grito de «Die Prüssen müssen aus der
Stadt!» («¡Fuera los Prusianos del Estado!»). La agitación gana las ciudades
próximas. En Hanau el pueblo se apodera de las armas del arsenal. Grupos de
campesinos se arman también y deciden marchar sobre Fráncfort. Pero en la
ciudad la opinión está muy dividida. Los obreros y artesanos se muestran
decididos y aplican su inventiva manual a la construcción de barricadas. Los
combates comienzan en la tarde del 18 y duran más de seis horas. Fráncfort es
ocupada por 7.000 soldados. Los insurrectos tienen 33 muertos y 132 heridos.
Las tropas, 6 oficiales, 55 suboficiales y soldados muertos. Son disueltas
todas las asociaciones, ordenándose la detención de los revolucionarios conocidos.
(Sintetizamos la versión de Droz, op. cit., pp. 312-314.) Al conocer la
insurrección de Fráncfort, Struve, dirigente con Hecker de la insurrección
republicana de abril en Baden, refugiado en Suiza, decide pasar la frontera con
un puñado de hombres y proclamar la República alemana en Lorach (Baden). El
intento fue secundado por pequeños grupos en otros puntos, pero antes de que
tomara cuerpo fue aplastado por el ejército prusiano (ibid., p. 316).
[36] Engels,
«La sublevación de Fráncfort (I)», NGR, 20 de septiembre de 1848, II, pp.
37-38. En un artículo del día siguiente Engels dice que los temores de la
víspera se han confirmado, pero expresa la confianza en que la lucha campesina
pueda prolongarse y extenderse (II, pp. 39-40).
[37] «Reunión
popular en Worringen», NGR, 19 de septiembre de 1848, II, anexos, pp. 481-482.
[38] El texto
de la resolución se publica en la NGR, 23 de septiembre de 1848, II, anexos, p.
483.
[39] La
actuación de Marx en la jornada del 25 de septiembre la explica él mismo en la
NGR del 13 de octubre, cuya referencia damos más adelante. Moll, presidente en
ese momento de la Asociación Obrera (había reemplazado a Gottschalk, al ser
este detenido), tiene que salir de Colonia y marcha a Londres. Engels y Dronke
pasaron a Bruselas, donde fueron detenidos y conducidos a la frontera francesa.
Engels llega a París y desde allí marcha a pie a Suiza, donde se instala hasta
mediados de enero de 1849, en que puede volver a Colonia. La NGR deja de salir
desde el 28 de septiembre al 11 de octubre, incluidos.
[40] Marx, «La
“revolución de Colonia”», NGR, 13 de octubre de 1848, II, pp. 48-51.
[41] Droz, op.
cit., p. 314.
[42] Engels,
«La sublevación de Fráncfort (II)», NGR, 21 de septiembre de 1848, II, pp.
39-41; «La sublevación de Fráncfort (I)», NGR, 20 de septiembre de 1848, II,
pp. 37-38; «La ratificación del armisticio», NGR, 20 de septiembre de 1848. II,
pp. 34-36.
[43] Engels,
«Mediación e intervención de Radetzky y de Cavaignac», NGR, 1 de septiembre de
1848, I, pp. 455-456.
[44] Engels,
«La lucha liberadora de los italianos y las causas de su actual fracaso», NGR,
12 de agosto de 1848, I, pp. 444-446.
[45] Engels,
«Mediación e intervención de Radetzky y de Cavaignac», NGR, 1 de septiembre de
1848, I, pp. 455-456.
IX. LA BURGUESÍA Y LA CONTRARREVOLUCIÓN
El 25 de septiembre Marx había aconsejado calma a
los obreros de Colonia previendo que en los próximos días estallaría la lucha
armada en Berlín y que convenía reservar las fuerzas para ese momento. Berlín
no se mueve, pero Viena entra en danza.
A diferencia de lo sucedido en los otros centros de
la revolución, el proceso revolucionario sigue en Viena una progresión
ascendente de marzo a octubre. Los demócratas radicales, apoyados por
estudiantes, artesanos y obreros, se oponen al proyecto de Constitución que el
emperador Fernando I pretende otorgar, e imponen la elección de una Asamblea
constituyente. Cada vez más organizadas y radicalizadas, estas fuerzas llegan a
tener prácticamente el poder en Viena frente a los gobiernos liberales, que tratan
de buscar una vía de compromiso con la camarilla contrarrevolucionaria que
rodea al emperador. Pero a medida que las masas se revolucionarizan, la
fracción avanzada de la burguesía, que al comienzo apoya la acción
revolucionaria, empieza a vacilar y retroceder. El 23 de agosto se producen
choques sangrientos entre algunas unidades de la guardia nacional (controlada
principalmente por dicha fracción de la burguesía) y manifestantes obreros que
protestan contra las reducciones de salarios decretadas por el gobierno. El
conflicto es semejante, en esencia, al que en Francia había desembocado en las
jornadas de junio, pero con mucha menor gravedad, y los demócratas radicales
consiguen mantener el frente revolucionario[1].
El paso de Marx por Viena (del 28 agosto al 6 de
septiembre) tiene lugar, justamente, en esta situación de intensa lucha
política y social. Interviene en asambleas del Club democrático y de la
Asociación obrera, donde se discute sobre el camino a seguir. En la Asociación
obrera da una conferencia sobre Trabajo asalariado y capital. Las lacónicas
referencias que han quedado de esas intervenciones no permiten formarse una
idea clara de su contenido. Al parecer, Marx puso el acento en la lucha entre
proletariado y burguesía, considerando que la situación en la capital austriaca
evolucionaba hacia un choque del tipo del de junio en París. Parece ser,
también, que los líderes demócratas radicales vieneses, en particular el doctor
Jellinek, calificaron su posición de excesivamente teórica. Viena, objetaban a
Marx, no es París, a cuyo proletariado el vienés no podía compararse ni por su
peso específico en la población ni por su
madurez política. La revolución de Viena,
argumentaban, no podía prosperar más que con el concurso de la burguesía[2].
Mientras en Viena la revolución se radicalizaba, en
el conjunto del imperio, exceptuada Hungría, se rehacían las fuerzas
reaccionarias. El ejército austriaco aplasta en el huevo el movimiento nacional
checo y derrota al ejército italiano de liberación. Aparece desde el primer
momento como el instrumento principal de la reacción. La masa campesina se
agita y exige la abolición de las cargas feudales, pero en su mayor parte es
eslava y está bajo la influencia del nacionalismo antialemán. Para atraérsela, la
nobleza, en vías de aburguesamiento, y la burguesía consiguen que la Asamblea
constituyente decrete la abolición de los derechos señoriales. La lucha de las
minorías nacionales constituye un elemento esencial de todo el proceso
político. El gobierno imperial se ve forzado, desde abril, a conceder un
estatuto autonómico a los húngaros, pero al mismo tiempo se sirve contra ellos
de los croatas y otros pueblos eslavos dominados por los húngaros. Cuando en el
movimiento nacional húngaro se impone la tendencia más radical, encabezada por
Kossuth, que reclama la independencia total, el gobierno de Viena lanza contra
él un ejército, formado principalmente por croatas y mandado por el jefe
nacional croata, Jellacié. Los demócratas de Viena comprenden que la causa húngara
es su propia causa y se insurgen contra el envío de tropas para combatir a
Kossuth. Parte de estas tropas se unen a los sublevados, que ocupan el
Ministerio de la Guerra, ejecutan al ministro y se apoderan de 30.000 fusiles
en el arsenal. El resto de las tropas, junto con el emperador y la corte,
abandonan Viena, refugiándose en Olmütz, bajo la protección del mariscal
Windischgrätz (el autor del bombardeo de Praga), al que ordenan sitiar Viena.
La mayoría de los diputados de la Constituyente huyen también de la capital, en
la que el poder pasa a un Comité revolucionario, dirigido por demócratas
radicales. Viena queda aislada, sin recibir ayuda de ninguna parte. Solo le
queda la esperanza de que el avance victorioso del ejército húngaro llegue a
tiempo para salvarla. La Asamblea de Fráncfort intenta mediar, pero el gobierno
austriaco rechaza toda negociación con los revolucionarios. La izquierda
parlamentaria de Fráncfort se limita a expresar su solidaridad moral enviando a
Viena dos diputados. Los demócratas de Berlín organizan una manifestación
cuando ya es demasiado tarde. El ejército húngaro paraliza su avance, estando
ya próximo de la capital austriaca, y a finales de octubre la revolución de
Viena sucumbe en un baño de sangre, ante un ejército austriaco-croata de 70.000
hombres[3].
En un primer comentario (el 13 de octubre) sobre la
situación de Viena, Marx
dice que la «desconfianza de la burguesía hacia la
clase obrera amenaza con llevar al fracaso, o al menos paralizar, el desarrollo
de la revolución, pero de todas maneras sus efectos en Hungría, Italia y
Alemania desbaratan el gran plan de la contrarrevolución». En medio del avance
de la contrarrevolución en Europa –escribe el 19 de octubre– «asistimos al
trueno de Viena […]. La revolución no ha vencido aún en Viena, pero sus
primeros relámpagos han servido para clarificar a los ojos de Europa todas las
posiciones de la contrarrevolución y hacer así inevitable una lucha universal a
vida o muerte»[4]. El mismo día, refiriéndose a unas declaraciones del rey de
Prusia ante una delegación de la Asamblea nacional de Fráncfort comenta que «su
Majestad parece creer en estos momentos, como antes de las jornadas de marzo,
en los “pies de hierro” de la esclavitud. Tal vez el pueblo de Viena es el mago
que transformará el hierro en arcilla»[5]. Pero el 3 de noviembre, comentando
noticias de la prensa aún no confirmadas, que anuncian la rendición de la
ciudad, Marx recuerda su juicio del 13 de octubre y agrega: «Una derrota de
Viena no nos sorprendería. Únicamente nos induciría a rechazar todo compromiso
con la burguesía, que mide la libertad por la libertad del fabricante. Nos
determinaría a enfrentarnos, rechazando todo entendimiento, implacablemente, a
la miserable clase media alemana, que renuncia voluntariamente a su propio
poder con tal de seguir traficando sin tener que luchar. La burguesía inglesa y
la burguesía francesa son ambiciosas; la derrota de Viena confirmaría que la
burguesía alemana no tiene honor. Es decir, nosotros no hemos garantizado la
victoria de Viena ni un instante. Su derrota
[…] no haría
más que convencernos de que no hay paz posible con la burguesía, ni siquiera
por un periodo de transición, y que el pueblo debe permanecer al margen de las
luchas entre la burguesía y el gobierno, y esperar sus victorias o derrotas
para explotarlas». En otro artículo que se publica en la NGR del 5 de noviembre
confía aún en la posibilidad de la victoria y expresa una vez más su esperanza
en el proletariado francés: «De París nos llega, por fin, el primer ruido
subterráneo anunciador de un terremoto que enterrará a la honesta república
bajo sus propias ruinas. El horizonte se esclarece». Finalmente tiene que
constatar la derrota: «Nosotros –escribe en la NGR del 7 de noviembre– habíamos
esperado por un momento que Viena sería liberada gracias a la ayuda húngara,
pero los movimientos del ejército húngaro son para nosotros un enigma»[6].
En este artículo hay una requisitoria corrosiva
contra la conducta de la burguesía alemana, de la que entresacamos el siguiente
pasaje: «En Francia la burguesía se ha puesto a la cabeza de la
contrarrevolución después de haber derrocado todas las barreras que constituían
un obstáculo a la dominación de su
propia clase. En Alemania se disimula a la cola de
la monarquía absoluta y del feudalismo, antes incluso de haber asegurado las
condiciones elementales de su propia libertad y de su propia dominación
burguesa. En Francia se erige en déspota y hace su propia contrarrevolución. En
Alemania se reduce a esclava y hace la contrarrevolución de sus propios
déspotas. En Francia ha vencido para humillar al pueblo. En Alemania se humilla
para que el pueblo no salga victorioso. La historia no conoce bajeza más ignominiosa
que la de la burguesía alemana»[7].
El comportamiento de la burguesía en toda Europa
explica los éxitos militares de la contrarrevolución: «Durante las jornadas de
febrero y marzo las fuerzas armadas han fracasado en todas partes. ¿Por qué?
Porque no representaban nada más que los gobiernos. Después de las jornadas de
junio han vencido en todas partes, porque en todas partes la burguesía está
secretamente de acuerdo con ellas, al mismo tiempo que tiene en sus manos la
dirección del movimiento revolucionario y no toma más que medidas a medias que
por su propia naturaleza tienen que fracasar […]. El segundo acto del drama
–cuyo primer acto fue representado en París bajo el título Las jornadas de
junio– acaba de ser representado en Viena […]. Pronto asistiremos en Berlín al
tercer acto».
Pero de todas maneras la revolución vencerá:
«Suponiendo que la contrarrevolución renazca en toda Europa con ayuda de las
armas, perecerá en toda Europa por medio del dinero. La fatalidad que reducirá
a cenizas sus victorias será la bancarrota europea, la bancarrota del Estado».
(Marx se refiere, evidentemente, a la bancarrota financiera.) «El filo de las
bayonetas se mellará contra el filo de las cuestiones “económicas”. Pero la
revolución no esperará al vencimiento de esas letras que los estados europeos han
extendido sobre la sociedad europea. En París se dará la réplica decisiva a las
jornadas de junio. Gracias a la victoria de la “república roja”, de allí
partirán los ejércitos hacia las fronteras y más allá, con lo que se pondrá al
descubierto la verdadera fuerza de los partidos en lucha. Entonces nos
acordaremos de junio, de octubre, y gritaremos también: Vae victis! Las
matanzas sin resultados después de las jornadas de junio y de octubre, la
fastidiosa fiesta expiatoria desde febrero y marzo, el canibalismo de la
contrarrevolución, convencerán a los pueblos que para abreviar, para
simplificar, para concentrar la agonía sangrienta de la vieja sociedad y los
sangrientos sufrimientos del parto de la nueva, no existe más que un medio: el
terrorismo revolucionario»[8].
* * *
Después del choque frontal entre proletariado y
burguesía en las calles de París Marx había reafirmado claramente para Alemania
la línea de la acción común con la burguesía, por muy crítica y conflictiva que
fuera. Ahora, ante el aplastamiento de la revolución en Viena, empieza a
plantearse, como vemos, si no ha llegado la hora de un cambio de táctica
(«renuncia a todo compromiso con la burguesía»). Pero solo empieza. El sesgo
que toma la lucha política en Prusia después de la caída de Viena le induce a
mantener la táctica anterior, a realizar nuevos esfuerzos por impulsar la
burguesía liberal contra el absolutismo y por vencer las vacilaciones de la
pequeña burguesía democrática. Ahora bien, estos nuevos esfuerzos son hechos
desde posiciones más abiertamente proletarias.
En primer lugar, Marx pasa a ser presidente de la
Asociación obrera de Colonia. Después que Moll, escapando a la represión, se
marcha a Londres, la presidencia es ocupada provisionalmente por Röser. A los
pocos días el comité de la Asociación decide pedir a Marx que acepte su
candidatura al cargo vacante. Marx opone algunas reservas, pero acaba
aceptando. Según el acta de la reunión del comité, Marx declara «estar
dispuesto a ceder provisionalmente a los deseos de los trabajadores, hasta la
liberación del doctor Gottschalk. El gobierno y la burguesía deben convencerse
que, pese a sus persecuciones, siempre hay quien está dispuesto a ponerse a la
disposición de los trabajadores». Según esta misma acta, Marx informa al comité
sobre la participación de los obreros alemanes en la nueva revolución iniciada
en Viena (la reunión tiene lugar a finales de octubre) y propone que la
Asociación obrera de Colonia envíe un mensaje de simpatía a la Asociación
obrera de Viena[9]. La asamblea del 22 de octubre elige a Marx presidente de la
Asociación, quedando Röser de vicepresidente. En esta misma reunión se acuerda
enviar un delegado al segundo congreso demócrata, que debe reunirse en Berlín
cuatro días después. En el congreso defiende una plataforma inspirada en las
Reivindicaciones del partido comunista de Alemania. Las Reivindicaciones son
discutidas en reuniones de la Asociación durante los meses de noviembre y
diciembre[10]. Quiere decirse, por tanto, que a finales de 1848 Marx es, al
mismo tiempo, líder destacado de la Asociación democrática de Colonia y del
Comité demócrata de Renania, presidente de la Asociación obrera de Colonia y
director de uno de los diarios más prestigiosos de la democracia alemana. Lo
que expresa, sin duda, que las ideas y opciones políticas defendidas por Marx
comenzaban a abrirse paso.
En octubre, mientras se libra en Viena la gran
batalla que conocemos, la lucha política y social se agudiza también en Prusia.
Agrupada en torno al rey, la contrarrevolución va ganando terreno, pero los
clubs o asociaciones
democráticas y obreras –la «democracia de la
calle», como solía decirse– se movilizan a su vez. Entre estas dos fuerzas
extremas, la Asamblea nacional prusiana intenta mediar y maniobrar. El 6 de
octubre se organiza en Berlín una manifestación contra la nueva legislación
relativa a la milicia cívica (que implica la disolución de algunas de sus
unidades formadas de estudiantes y obreros). Diez días después se produce la
llamada «matanza de Köpenik»: el ametrallamiento por la milicia cívica de una
manifestación de obreros en huelga que trabajan en la construcción del canal
Köpenik. La izquierda y la extrema izquierda de la Asamblea sostienen una
petición obrera exigiendo el castigo de los oficiales responsables, el pago de
los días de huelga y otras reivindicaciones. Waldeck, líder de la izquierda,
declara que debe ser restablecida la confianza entre obreros y burgueses para
que Berlín no dé al mundo el espectáculo de París. Pero la Asamblea nacional se
limita a remitir la petición obrera al ministro de la justicia. Los funerales
de las víctimas del 16 de octubre constituyen una imponente manifestación
popular. La prensa democrática considera que la «matanza de Köpenik» ha sido
una provocación del gobierno para justificar la declaración del estado de sitio
y la prohibición del congreso democrático convocado para el día 26.
Paralelamente al conflicto entre el gobierno
(apoyado por el centro y la derecha de la Asamblea nacional) y las fuerzas más
avanzadas de la democracia berlinesa, se agudiza también el conflicto entre la
Asamblea nacional (el centro liberal, apoyado en este aspecto por la izquierda)
y el rey (tras el que se agrupan todas las fuerzas reaccionarias), conflicto
que había adquirido particular virulencia en septiembre con el asunto de la
moción Stein. Por otra parte, la evolución de la Asamblea nacional alemana de
Fráncfort (su capitulación en la cuestión del armisticio con Dinamarca y la
subsiguiente represión de los levantamientos que provocó) desplazaba cada vez
más el centro de la revolución alemana hacia Berlín, al mismo tiempo que hacia
Viena.
Los dirigentes demócratas de Berlín son conscientes
de la responsabilidad que recae sobre ellos, pero al mismo tiempo carecen –como
señalan Marx y Engels repetidamente– de la audacia y la energía necesarias para
estar a la altura de esa responsabilidad. Les paraliza, en particular, su
prevención contra las masas obreras y sus ilusiones parlamentarias. Para el 27
de octubre convocan en Berlín el llamado Contra-parlamento –reunión de
diputados de izquierda de diversas asambleas parlamentarias alemanas–, pero asisten
escasos diputados del resto de Alemania y no adopta, además, ninguna decisión
eficaz. No se ponen de acuerdo sobre la cuestión urgente y vital de cómo ayudar
a Viena.
Por las mismas fechas (26-30 de octubre) se reúne
en Berlín el segundo congreso de demócratas de toda Alemania, en el que se
manifiestan claramente las reservas y temores de la mayoría de los líderes
demócratas hacia el naciente movimiento obrero. Born ofrece la colaboración de
la Fraternidad Obrera, pero su propuesta cae en el vacío. Sin embargo, la
comisión de asuntos sociales y luego el pleno del congreso aprueban la
plataforma que presenta el delegado de la Asociación Obrera de Colonia,
inspirada, como ya dijimos, en las Reivindicaciones del partido comunista de
Alemania. Pero este acuerdo queda en el papel, no se traduce en una política.
Hermann Krige, que informa en nombre de la comisión central del congreso,
sostiene que «las capas inferiores de la sociedad están aún demasiado incultas,
demasiado ineducadas, para poder comprender nuestros esfuerzos»[11].
El Congreso dirige un llamamiento al pueblo alemán
invitándole a reclamar de los gobiernos alemanes ayuda a Viena. Convoca también
para el 29 de octubre una manifestación popular en Berlín con el mismo fin.
Arengada por Arnold Ruge, una muchedumbre considerable, sobre la que ondean
banderas rojas, marcha ese día sobre la Asamblea nacional para apoyar la
proposición que presenta Waldeck en la Asamblea de dirigirse al gobierno
reclamando ayuda militar y financiera a Viena. El rechazo de la proposición por
la mayoría de la Asamblea provoca la ira del pueblo y solo la protección de la
milicia cívica impide que las masas irrumpan en el salón de sesiones. Pero
varios diputados son golpeados a la salida y el mismo jefe del gobierno, el
general Pfüel, se salva gracias a la protección de algunos diputados de
izquierda.
En la NGR del 3 de noviembre (cuando Viena ha
capitulado ya pero la noticia no se conoce todavía en Colonia) se publica el
llamamiento del congreso demócrata y una dura crítica del mismo por Marx. Este
llamamiento, dice Marx, «reemplaza la falta de energía revolucionaria con un
sermón patético y tonante que oculta la más patente pobreza de pensamiento y de
pasión». A la cuestión acuciante de qué hacer para salvar a Viena, la única
respuesta concreta que da el llamamiento es que el pueblo (de cada uno de los
Estados alemanes) exija de sus respectivos gobiernos medidas para salvar a
Viena. Marx fustiga esta directiva ilusoria y termina diciendo: «Esperamos que
pese al llamamiento del Congreso democrático el pueblo sacudirá su letargo y
aportará a los vieneses la única ayuda que puede aportarles en este momento: la
derrota de la contrarrevolución en su propia casa»[12].
Al mismo tiempo que se corta del ala dinámica del
movimiento democrático en la cuestión vital de Viena, la Asamblea nacional se
decide, bajo la presión del
mismo movimiento, a abolir la nobleza, sus
privilegios y títulos, así como las antiguas Órdenes de Caballería. Esta
decisión lleva de nuevo a un punto crítico el conflicto entre la Asamblea
nacional y la Corona. Al conocer la capitulación de Viena, Federico Guillermo
IV considera llegado el momento de abordar la fase final de la lucha contra la
revolución. El 2 de noviembre despide a Pfüel y encarga del gobierno al conde
de Brandenburg, personaje bien conocido por su reaccionarismo e
incondicionalidad ante el rey. El 9 de noviembre Brandenburg ordena a la
Asamblea suspender sus sesiones hasta el 27 del mismo mes y no reanudarlas en
Berlín, sino en Brandeburg, pequeña ciudad provincial. Solo la derecha de la
Asamblea se inclina. La gran mayoría –263 diputados– permanecen en el salón de
sesiones. El jefe de la milicia cívica de Berlín se niega a cumplir la orden de
requisición del local. Pero unos y otros ceden, finalmente, ante el ejército.
El gobierno disuelve la milicia cívica. Los diputados se reúnen los días
siguientes en diferentes locales, pero sin decidirse a tomar medidas enérgicas.
Declaran inconstitucional la disolución de la milicia cívica, desautorizan la
proclamación del estado de sitio por el gobierno y finalmente resuelven
–momentos antes de ser disueltos por una compañía de soldados– votar un
llamamiento al pueblo de Prusia dándoles la consigna de no pagar los impuestos.
El documento, que se adopta el 15 de noviembre y se publica el 17, solo lo
firman 180 diputados. Los restantes –hasta los 263 que inicialmente ofrecen
resistencia– han ido cediendo uno tras otro a las presiones gubernamentales.
Según documentos de la época, en los medios
proletarios de Berlín y de otras ciudades alemanas, e incluso en determinados
sectores de la pequeña burguesía democrática, los ánimos eran propicios al
combate, pero la mayoría de los dirigentes demócratas temían la intervención de
las masas. «No sin dificultad, hemos conseguido apartar al pueblo de la lucha
política y haremos todo lo que podamos para que las cosas transcurran en la
calma», escribe en esos días una destacada personalidad demócrata[13]. Incluso
el boicot de los impuestos aparecía ante los burgueses liberales y demócratas
como un acto nefando, heraldo de la revolución social, de la «república roja».
Reflejando esta actitud, la Asamblea de Fráncfort acuerda el 20 de noviembre
declarar inconstitucional la decisión de la Asamblea de Berlín.
Marx sigue paso a paso, desde el primer momento, la
evolución de la crisis y junto con los otros comunistas de Colonia desempeña un
papel eminente en la acción de las organizaciones obreras y demócratas de
Renania. En la NGR de los días 9, 12 y 14 de noviembre aparecen artículos de
Marx analizando la situación:
«muy embrollada pero muy simple», dice en el
primero. «Como ha hecho notar, con toda razón, la Neu Preussische Zeitung, el
rey se asienta “sobre la más amplia base” de sus derechos “hereditarios de
derecho divino”. Por otro lado, la Asamblea nacional no descansa,
“absolutamente, sobre base alguna”; ante todo debe establecer una constitución,
poner una base. ¡Dos soberanos! El eslabón que los une es Camphausen, la teoría
pactista. Desde el momento que dos soberanos no pueden o no quieren entenderse
se convierten en dos soberanos enemigos. El rey tiene derecho a arrojar el
guante a la Asamblea. La Asamblea tiene derecho a arrojar el guante al rey. El
derecho mayor corresponde a la fuerza mayor. La fuerza se prueba en la lucha. Y
la lucha se prueba en la victoria»[14].
En el artículo siguiente Marx critica la debilidad
y vacilaciones de la Asamblea nacional, reflejo de la actitud de la burguesía.
Pone de manifiesto también la naturaleza de las contradicciones entre la
burguesía y las viejas castas dominantes, que están en la raíz de la crisis. Lo
que sobre todo hubiera querido la burguesía –dice en síntesis Marx– es
transformar por las buenas la realeza feudal en realeza burguesa. Después de
haber arrancado al partido feudal los blasones, los títulos, que herían su orgullo
burgués, y las ganancias ligadas a la propiedad feudal, atentatorias al modo de
producción burgués, la burguesía hubiera querido unirse al partido feudal y en
común con él someter al pueblo. Pero la vieja burocracia no ha querido caer en
la condición de sirvienta de una burguesía que hasta ahora estaba bajo su
férula. El partido feudal no quiere sacrificar sus distinciones nobiliarias y
sus intereses en el altar de la burguesía. Y la corona, en fin, ve en los
elementos de la vieja sociedad feudal, de la que es la más alta emanación, su
verdadero terreno social y nacional, mientras que en la burguesía ve una tierra
artificial y extranjera, que la sostiene a condición de que se extinga. Y Marx
llega a esta conclusión: «La realeza ha respondido a la semirrevolución de la
burguesía con una contrarrevolución integral. Ha precipitado de nuevo a la
burguesía en los brazos de la revolución, en los brazos del pueblo». El dilema,
dice, es «el rey o el pueblo». En la lucha por resolver el dilema, marchando
juntos aún proletariado y burguesía, se prepara la etapa ulterior, proletaria,
de la revolución. Tal es, probablemente, el sentido de la enigmática frase que
pone punto final a este artículo: «Es posible que tengamos que pasar todavía
por una dura escuela, pero es la escuela preparatoria de la revolución
total»[15].
En otro comentario de ese mismo día Marx sitúa la
crisis de Berlín en el contexto del duelo entre revolución y contrarrevolución
a escala europea. «La revolución europea –escribe– describe un movimiento
circular. Comenzó en
Italia, tomó en París un carácter europeo, en Viena
dio la primera réplica a la revolución de febrero y en Berlín la réplica a la
revolución de Viena. En Italia, Nápoles, la contrarrevolución ha asestado su
primer golpe y en París, durante las jornadas de junio, ha tomado un carácter
europeo, sufriendo Viena el primer efecto de la contrarrevolución de junio y
siendo Berlín donde se completa y se desacredita. De París el canto del gallo
galo despertará una vez más a Europa»[16].
En este artículo Marx critica una vez más la
actitud blandengue de la Asamblea nacional prusiana. Se pregunta por qué no
pone fuera de la ley a sus enemigos, a los generales contrarrevolucionarios,
«por qué ningún diputado se adelanta en medio de las bayonetas de Wrangel para
declararlo fuera de la ley y arengar a la soldadesca». Y recomienda a los
diputados hojear Le Moniteur de 1789-1795. Pero Marx clama en el desierto. Los
gestos «heroicos» de las grandes revoluciones del pasado brillan por su ausencia
en esta comedida revolución alemana. Para ser objetivos debemos constatar que
tampoco Marx y Engels tienen gesto alguno de ese tipo, aunque la ocasión se les
presenta en Colonia por lo menos dos veces, en la crisis de septiembre, ya
aludida, y en esta de noviembre-diciembre. Su comportamiento se caracteriza por
la máxima prudencia en espera de que Berlín «dé la señal».
El artículo de Marx termina con el interrogante:
«¿Y nosotros, qué vamos a hacer?». Responde preconizando el boicot de los
impuestos como el medio burgués eficaz de vencer al rey y la nobleza: «La
realeza no desafía solo al pueblo, desafía también a la burguesía. Hay que
vencerla al modo burgués. ¿Y cómo puede vencerse a la realeza al modo burgués?
Hambreándola. ¿Y cómo se la hambrea? Negándole los impuestos»[17]. La idea del
boicot a los impuestos aparece, por tanto, en la NGR, bajo la firma de Marx, el
12 de noviembre, tres días antes de que los 180 diputados de la izquierda de la
Asamblea nacional se decidieran a lanzar esa consigna.
El último artículo de esta serie, publicado en la
NGR del 14 de noviembre, se refiere a la decisión de la Asamblea oponiéndose a
su traslado y declarando reo de alta traición al jefe del gobierno por la
disolución de la milicia cívica. «Desde el momento que la Asamblea nacional
declara a Brandenburg reo de alta traición –dice Marx–, la obligación de pagar
los impuestos caduca automáticamente.» Aludiendo a la información llegada de
Berlín, según la cual la milicia cívica no entregaría las armas, plantea: «La
lucha parece, por tanto, inevitable, y el deber de la provincia renana es
precipitarse con hombres y armas en socorro de la Asamblea nacional»[18].
El 15 aparece un llamamiento del Comité demócrata
de Renania dirigido a las asociaciones de la provincia, invitándolas a reunirse
inmediatamente y a organizar asambleas populares en todas las localidades
próximas para impulsar a la población a no pagar los impuestos, como el mejor
medio de oponerse a los actos de violencia del gobierno contra la Asamblea de
los representantes del pueblo prusiano. Se desaconseja oponerse por la
violencia. Para ponerse de acuerdo sobre otras medidas se convoca un congreso
de delegados de la provincia para el 23 de noviembre. El documento lleva fecha
del 14 de noviembre, siendo anterior, por tanto, al acuerdo de la Asamblea
nacional. En nombre del Comité firman Marx y Schneider II[19].
Simultáneamente a este llamamiento público, los
dirigentes demócratas renanos envían instrucciones por vía interna a las
asociaciones locales. Se conserva, por ejemplo, la carta de Marx a Lasalle, que
era entonces uno de los líderes de la llamada Asamblea permanente de
Düsseldorf, integrada por los representantes del Club democrático popular, de
la Asociación por una monarquía democrática y de la milicia cívica: «Querido
Lasalle, he aquí las decisiones que debéis adoptar en vuestro Club
democrático-monárquico: 1) Huelga general de impuestos; hacer propaganda sobre
todo en el campo. 2) Envío de cuerpos francos hacia Berlín. 3) Envíos de dinero
al Comité central demócrata de Berlín. En nombre del Comité democrático de
Renania, K. Marx»[20]. Como se ve, las instrucciones internas iban más allá que
las públicas e incluían medidas para afrontar la lucha armada.
El mismo día 15 en que aparece el llamamiento del
Comité demócrata de Renania se publica un breve artículo de Marx dando una
impresión muy optimista de la movilización en el conjunto de Alemania. Entre
las noticias que enumera, la mayor parte de las cuales se revelarán erróneas o
exageradas, figuran las siguientes: mensajes procedentes de todo el país no
reconocen más gobierno que la Asamblea; los berlineses se ríen del estado de
sitio y no se dejan paralizar por él; nadie entrega las armas; de diferentes regiones
llegan a Berlín hombres en armas para defender la Asamblea nacional; los
hombres de la milicia cívica no obedecen la orden de disolución; los soldados
fraternizan cada vez más con el pueblo; Silesia y Turingia están en plena
insurrección. Y termina con esta consigna: «¡Hambread al enemigo y negaros a
pagar impuestos! ¡Nada más insensato que ofrecer a un gobierno de alta traición
los medios de luchar!» contra la nación, y el medio de los medios es el
dinero[21].
El 17 de noviembre publica un artículo de polémica
con la Neue Preussische Zeitung –«órgano oficial del poder actual», la
caracteriza Marx– dedicado
fundamentalmente a explicar que el triunfo de la
reacción feudal amenaza también a la derecha burguesa, a los católicos y los
disidentes protestantes, a los judíos, etc. E insiste en que la última palabra
la dirá la fuerza: «El puño es el último argumento de la Corona; el puño será
el último argumento del pueblo». «Todas las pretendidas conquistas de marzo no
serán consideradas como imperativas más que si la coacción más directa logra
mantenerlas. El puño las engendró y el puño las derrocará, dice la Neue Preussische
Zeitung, y lo que dice la Neue Preussische Zeitung es Potsdam quien lo dice.
Por tanto, nada de ilusiones. El pueblo debe poner fin a las medias tintas de
marzo o será la Corona quien lo haga.» En una edición especial del mismo día la
NGR informa de la resolución de la Asamblea nacional sobre los impuestos, con
el siguiente comentario de Marx: «¡¡¡Por tanto, a partir de hoy los impuestos
quedan suprimidos!!! ¡Pagar impuestos es alta traición, negarse a pagarlos es
el primer deber de los ciudadanos!»[22]. En otro artículo de Marx este mismo 17
de noviembre sale al paso de un edicto de Eichmann, presidente de Renania
(representante del gobierno prusiano), amenazando a la población si no paga los
impuestos. El tono sube y la necesidad de la violencia popular se plantea más
directamente, sin dejar por ello de esgrimir el argumento de la legalidad.
Después del acuerdo de la Asamblea nacional –plantea Marx– las órdenes de
Eichmann no tienen validez. Invita a la población a exigir de las autoridades que
declaren públicamente si reconocen o no la Asamblea nacional y quieren aplicar
sus resoluciones. «En caso de negativa, e incluso de acción directa contra esas
resoluciones, hay que: 1) pronunciar la revocación de esos funcionarios; 2)
declararlos culpables de alta traición y nombrar en su lugar comités
provisionales de salud pública, cuyas órdenes sean las únicas legales. Allí
donde las autoridades contrarrevolucionarias traten de oponerse por la
violencia a la formación y actividad de estos comités de salud pública hay que
oponer la violencia a la violencia bajo todas sus formas. La resistencia pasiva
debe tener la resistencia activa como soporte. Si no, se asemeja a las coces de
un ternero que el matarife lleva a degollar»[23].
En el mismo número de la NGR aparece una nueva
directiva del Comité demócrata de Renania llamando a recurrir a las armas en
caso necesario. Dice así: «El Comité demócrata de Renania llama a todas las
asambleas de la provincia renana a hacer todo lo necesario para que se adopten
y cumplan las siguientes medidas: 1) Una vez que la Asamblea nacional prusiana
ha decidido que no se paguen los impuestos debe impedirse en todas partes y por
todos los medios su recaudación por la fuerza. 2) Organizar en todos los lugares
las
unidades de reserva del ejército territorial, a fin
de rechazar al enemigo. Se procurarán armas y municiones a las personas sin
recursos, sufragándolas el municipio o mediante contribuciones voluntarias. 3)
Emplazar en todas partes a las autoridades a declarar públicamente si reconocen
las resoluciones de la Asamblea nacional y están dispuestas a aplicarlas. En
caso de negativa hay que nombrar comités de salud pública, de acuerdo, siempre
que sea posible, con los consejeros municipales. Los consejos municipales que
se opongan a la Asamblea nacional deben ser renovados mediante elecciones
populares generales. Colonia, 18 de septiembre. En nombre del Comité demócrata
de Renania, Karl Marx, Karl Schapper, Schneider II»[24].
El 21 de noviembre Marx denuncia la actitud del
Consejo municipal de Colonia, el cual se ha dirigido al rey rogándole despedir
al gobierno para salvar la corona. Llama a la ciudad a derrocarlo. Si Colonia
no lo hace –dice– «merece el látigo». En el mismo número de la NGR el Comité
demócrata de Renania, bajo las firmas de Marx, Schapper y Schneider, informa al
pueblo de que ha recibido orden de comparecer ante el procurador, acusado de
llamar a la rebelión. El Comité llama a la población a conservar la calma y
anuncia que el congreso de demócratas de Renania convocado para el 23 de
noviembre tendrá lugar cualesquiera que sean las circunstancias. «La provincia
renana –termina el comunicado– verterá su última gota de sangre antes de
someterse al régimen de la soberanía del sable»[25].
Al día siguiente Marx sale al paso de las
instrucciones enviadas por el gobierno a todas las autoridades para que
recauden los impuestos por la fuerza, pero recomendando clemencia con las
gentes sin recursos económicos. Se establecen así –escribe Marx– «dos
categorías de pagadores: los que no pagan por conformarse a la voluntad de la
Asamblea nacional y los que no pagan porque no pueden. La intención del
gobierno es demasiado clara. Quiere dividir a los demócratas; quiere incitar a
los campesinos y los obreros a registrarse entre los que no pagan por falta de
recursos, a fin de separarlos de los que no pagan por razones de legalidad,
privando así a estos últimos de la ayuda de los primeros. Pero este plan
fracasará, el pueblo se dará cuenta de que es solidariamente responsable de la
negativa a los impuestos, lo mismo que antes lo era de cubrirlos. La lucha
entre el poder que paga y el poder pagado se llevará a cabo»[26]. El 23 de
noviembre Marx denuncia el acuerdo de la Asamblea de Fráncfort declarando inconstitucional
el de la Asamblea de Berlín. Califica a la primera de «asamblea de alta
traición» y dice que «el deber de todos los miembros (de la Asamblea de
Fráncfort) que han votado contra esa resolución es
salirse de esa “Dieta difunta”». Denuncia también
la proclamación del estado de sitio en Düsseldorf y otras ciudades[27].
Ese mismo día se reúne en Colonia el segundo
congreso de los demócratas de Renania, discutiéndose la marcha de la campaña
contra los impuestos y el problema de la participación de los campesinos en la
lucha contra la reacción El congreso ratifica las decisiones del Comité renano.
Marx participa en el congreso, pero no se han conservado testimonios de su
intervención, si la hubo. También el 23 de noviembre se reúne el Comité de la
Asociación obrera de Colonia, al parecer sin la presencia de su presidente, Marx,
que debía estar en el congreso demócrata. Los partidarios de Gottschalk
plantean que ha llegado el momento de que los obreros inicien la lucha por sus
propios derechos. Röser objeta que aún no ha llegado la hora del partido
obrero, porque quedaría aislado. Antes hay que lograr la unidad de acción con
los otros partidos. Schapper interviene en el mismo sentido que Röser. En
Alemania, dice, hay tres partidos: el de la nobleza, el de la burguesía y el
del proletariado. Los dos últimos deben luchar conjuntamente contra el
absolutismo. Cuando este sea derrocado dejarán de actuar conjuntamente, porque
sus intereses son opuestos. La gran tarea de nuestro tiempo, plantea, es
derrocar la burguesía y no solo el feudalismo. Pero esta tarea no puede
resolverse de modo fácil y rápido. «No hay duda, sin embargo, de que será
finalmente resuelta. Los alemanes, pueblo de 40 millones, no permitirán
indefinidamente a dos millones de pudientes que los exploten y extraigan su
jugo»[28].
La movilización por el boicot de los impuestos, en
apoyo de la Asamblea nacional, tuvo su máxima amplitud en Renania y Silesia,
sobre todo en las ciudades con concentraciones proletarias importantes,
contribuyendo en gran medida la intervención de la Fraternidad Obrera, que
llamó a sus miembros a participar activamente en esta importante batalla
política y a prepararse para la lucha armada[29]. Pero la sangre no llegó al
río. Solo en Erfurt se produjeron algunos choques entre las tropas y el pueblo.
La pequeña burguesía, los campesinos, sin hablar ya de la burguesía, no
apoyaron masivamente el boicot de los impuestos, y cuando lo hicieron fue en la
línea de la «resistencia pasiva» preconizada por la Asamblea nacional. La
orientación de la NGR, compartida por algunas decenas de comunistas y de los
núcleos demócratas más avanzados, de transformar la resistencia pasiva en lucha
armada no tuvo éxito. Y este fracaso creó una situación propicia para que la
monarquía pudiera imponer su solución. A finales de noviembre la apreciación
que Marx hace de la situación oscila entre que la gran batalla puede producirse
aún –«Prusia se encuentra en
vísperas de la guerra civil»– o que el país
abandone a la Asamblea nacional, en cuyo caso la Corona «no puede esperar más
que una semivictoria, nada decisivo». Por eso escribe a Engels el 29 de
noviembre que la révolution marche[30]. Días después se impone la segunda
variante: el rey disuelve el 5 de diciembre la Asamblea nacional y otorga una
Constitución al reino. Nadie se mueve.
En la NGR del 7 de diciembre Marx caracteriza
incisivamente el significado del acontecimiento: «Toda la hipocresía del
pacticismo practicado desde marzo se ha despojado de su último velo. Se declara
nula y mal avenida la revolución de marzo y triunfa el régimen de “derecho
divino”. La camarilla, la nobleza terrateniente, la burocracia y el conjunto de
la reacción, con o sin uniforme, se regocijan ruidosamente de poder meter de
nuevo al pueblo en las caballerizas del Estado “germano-cristiano”»[31].
Al día siguiente denuncia con parecida mordacidad
la responsabilidad de los liberales y demócratas timoratos que han predominado
en la Asamblea nacional berlinesa: «La Asamblea nacional cosecha ahora los
frutos de su prolongada debilidad y cobardía. Durante meses ha dejado tramarse
tranquilamente la conjuración contra el pueblo, la ha dejado hacerse fuerte y
potente, y ella es su primera víctima». En el mismo número de la NGR hay una
nota de Marx informando de que el gerente, Engels y él deben comparecer ante el
jurado de Colonia por el artículo de Engels del 5 de julio, y reproduce el
final de este artículo, que, a la luz de la situación creada, resulta
verdaderamente profético: «La izquierda de Berlín debe darse cuenta de que el
viejo poder puede concederle tranquilamente pequeñas victorias parlamentarias y
grandes proyectos constitucionales si, entretanto, se apodera de todas las
posiciones clave
[…]. La
izquierda puede encontrarse un día con que su victoria parlamentaria coincide
con su derrota efectiva». Pero Marx no adula al pueblo, absolviéndole de toda
culpa: «También el pueblo expía los errores cometidos en marzo, así como en
abril y mayo, por generosidad o, más exactamente, por estupidez, por eso
llamado “resistencia pasiva”. Acaba de recibir una lección de la que
seguramente sacará provecho. Su próxima victoria será poner un término al
“pacto” y a todas las otras grandes frases e hipocresías»[32].
El golpe de Estado del rey no significaba la simple
vuelta al pasado. Era la «semivictoria» prevista por Marx, la forma
constitucional que tomaba, finalmente, el compromiso que había ido tejiéndose
desde marzo entre la gran burguesía liberal, representada por Camphausen y
Hansemann, y la monarquía. Se imponía el contenido del pactismo, aunque no
revistiera la forma de un
entendimiento entre el rey y la representación
nacional, sino de un ukase real. Los principales órganos de expresión de la
burguesía liberal se declaraban agradablemente sorprendidos por la Constitución
otorgada. Incluso el portavoz de la gran burguesía renana, la Kölnische
Zeitung, que siempre se había manifestado hostil a una constitución
otorgada[33]. El texto constitucional reconocía, en efecto, los «derechos
fundamentales» (igualdad civil, libertad individual, libertad de prensa,
asociación, enseñanza, cultos); establecía la responsabilidad ministerial y el
derecho de iniciativa del parlamento, creaba dos cámaras, una elegida por
sufragio censatario y otra por sufragio universal indirecto; proclamaba la
inviolabilidad de la propiedad privada. Pero, por otra parte, conservaba al
ejecutivo –el rey– poderes decisorios: derecho de veto, derecho a legislar
fuera de las sesiones parlamentarias y a prolongar la vigencia de los impuestos
ya establecidos, derecho a declarar el estado de sitio y suspender las garantías
constitucionales.
Numerosas personalidades demócratas, aun
proponiéndose para más adelante la repudiación de la Constitución otorgada y su
reemplazamiento por otra más democrática emanada de la representación nacional,
consideraban que no podía volverse al camino de antes de marzo (el camino
revolucionario), sino que debía actuarse dentro de la nueva legalidad y
alcanzar los objetivos democráticos por la vía electoral y parlamentaria. El
mantenimiento del sufragio universal –visto entonces como el instrumento
decisivo de la democracia– en la Constitución otorgada influía de modo
determinante en esa actitud de casi todos los líderes demócratas[34].
* * *
En un análisis sobre el que volveremos en el
capítulo siguiente, Marx considera que «la medida de la contrarrevolución está
colmada y comienza a desbordar» a escala europea; «todas las ilusiones de
febrero y marzo han sido pisoteadas por la marcha tumultuosa de la historia» y
«el pueblo no podría aprender nada más con nuevas victorias de la
contrarrevolución». Ahora se trata de que «en la primera ocasión pueda poner en
práctica, a tiempo y sin temor, las enseñanzas de estos últimos meses»[35].
Después de la semivictoria de la Corona, que cierra en cierta forma una primera
fase de la revolución alemana, Marx se aplica a extraer esas enseñanzas en una
serie de importantes artículos publicados en la NGR durante el mes de diciembre
de 1848 bajo el título común de La burguesía y la contrarrevolución.
En el primer artículo se pasa revista a la política
de Camphausen[36]. A través del análisis aparece, con más relieve que en los
anteriores –reflejo, sin duda, de la experiencia de esos seis meses de lucha
aguda entre las fuerzas revolucionarias y contrarrevolucionarias– el papel
primordial que desempeña la fuerza organizada del Estado. Marx muestra de qué
manera la política de Camphausen dio tiempo y condiciones a los instrumentos
principales del Estado, la antigua burocracia y el antiguo ejército, para rehacerse
y convertirse en instrumentos decisivos de la contrarrevolución. Así Camphausen
–dice Marx– no solo inventó la teoría pactista para salvar el terreno jurídico
(la continuidad jurídica entre la nueva y la vieja situación a fin de
escamotear la ruptura revolucionaria), sino que inventó las «minas» que harían
saltar su propia obra, tanto el terreno jurídico como la teoría pactista. «Pero
que nadie se engañe – advierte Marx–, que no se atribuya a un Camphausen o un
Hansemann, a estos hombres de poca talla, capacidades de iniciativa histórica
[…]. Ni su lenguaje ni sus actos fueron más que el eco de una clase que los
había empujado al primer plano. No fueron más que la gran burguesía en primer
plano.» Es un error – prosigue Marx– reprocharles haber sido infieles a sus
principios después de la revolución de marzo. Siendo en la Dieta Unida los
representantes de esa clase, se esforzaban por que adquiriera una posición
política correspondiente a su posición social. (Marx condensa y profundiza los
análisis de Engels de 1847 sobre la aproximación entre los grandes capitalistas
y los grandes terratenientes, el aburguesamiento de una fracción creciente de
la nobleza, la transformación del Estado absolutista en obstáculo para la nueva
sociedad burguesa.) Pero «para hacer la oposición a la Corona (la alta
burguesía) tuvo que hacer la corte al pueblo. Y tal vez se imaginó que era
realmente para el pueblo por lo que estaba en la oposición. Vis à vis del
gobierno no podía naturalmente reivindicar los derechos y las libertades a que
aspiraba más que presentándose bajo la marca: derechos y libertades del
pueblo». Y antes de marzo la burguesía se encontraba en buena vía de lograr sus
objetivos. Pero en ese momento se desencadenó la tempestad de febrero.
«La burguesía prusiana –se dice en el segundo
artículo[37]– fue lanzada a las cumbres del poder, pero no como ella quería,
mediante un arreglo pacífico con la corona, sino gracias a una revolución. Y
puesto que había sido un movimiento popular el que la había abierto el camino,
no eran sus propios intereses, sino los intereses del pueblo, los que la
burguesía tenía que defender ahora frente a la Corona, es decir, frente a sí
misma, pues a sus ojos la Corona no representaba más que una pantalla por la
gracia de Dios, tras la cual debían ocultarse sus
propios intereses terrenales. La intangibilidad de
sus propios intereses y de las formas políticas correspondientes a dichos
intereses debía significar, traducido al lenguaje constitucional, la
intangibilidad de la Corona. De ahí el entusiasmo de la burguesía alemana, y
sobre todo de la prusiana, por una monarquía constitucional. Por eso, a pesar
de que la revolución de febrero y sus repercusiones en Alemania favorecían a la
burguesía prusiana, poniendo en sus manos el timón del Estado, al mismo tiempo embrollaron
sus cálculos, ya que su dominación estaba ligada ahora a condiciones que ella
no quería ni podía cumplir.»
Partiendo de estos análisis, Marx señala las
diferencias entre la revolución alemana de 1848 y las revoluciones burguesas
clásicas (la inglesa de 1648 y la francesa de 1789). En estas últimas «la
burguesía era la clase que se encontraba realmente a la cabeza del movimiento.
El proletariado y las otras categorías sociales urbanas no pertenecientes a la
burguesía o bien no tenían intereses diferentes de los de la burguesía o bien
no formaban aún clases o fracciones de clases con una evolución independiente».
De ahí –dice Marx– que incluso cuando se oponían a la burguesía no hacían más
que luchar por los intereses de la burguesía, aunque no fuera a la manera de la
burguesía: «Todo el terror en Francia no fue otra cosa que un método plebeyo de
acabar con los enemigos de la burguesía: el absolutismo, el feudalismo y el
espíritu pequeñoburgués».
La victoria de aquellas revoluciones –prosigue
Marx– tuvo una dimensión europea, no solo nacional: significó «la proclamación
de un sistema político para la nueva sociedad europea», el «triunfo de un nuevo
sistema social». Nada de eso se encuentra en la revolución de marzo en Prusia.
«La revolución de febrero acabó con la monarquía constitucional de hecho y con
el poder de la burguesía en la idea. La revolución de marzo en Prusia establece
la monarquía constitucional en la idea y el poder de la burguesía de hecho.
Lejos de ser una revolución europea, no fue más que la apagada resonancia en un
país atrasado de la revolución europea. En lugar de adelantarse a su siglo
quedó rezagada de él en más de cincuenta años […]. No se trataba de la
instauración de una nueva sociedad, sino del renacimiento en Berlín de la
sociedad que había muerto en París. La revolución de marzo en Prusia no fue ni
siquiera una revolución nacional, alemana; desde el primer momento fue una
revolución provincial, prusiana. Las insurrecciones de Viena, Kassel, Múnich y
otras insurrecciones provinciales se desarrollaban a la par y le disputaban la
preeminencia […]. La burguesía alemana se había desarrollado con tanta
indolencia, tan cobardemente, con tal lentitud, que cuando se levantó como una
amenaza frente al feudalismo y
el absolutismo se encontró con la amenaza del
proletariado y de todas las capas de la población urbana, cuyos intereses e
ideas eran afines a los del proletariado. Se vio hostilizada no solo por la
clase que estaba detrás, sino por toda la Europa que estaba delante de ella. La
burguesía prusiana no era, como la burguesía francesa de 1789, la clase que
representaba a toda la sociedad moderna frente a los representantes de la vieja
sociedad: la monarquía y la nobleza: había descendido a la categoría de un estamento
tan opuesto a la Corona como al pueblo, pretendiendo enfrentarse con ambos e
indecisa frente a cada uno de sus adversarios por separado […], inclinada desde
el primer momento a traicionar al pueblo y a pactar un compromiso con los
representantes coronados de la vieja sociedad […], colocada en el timón de la
revolución no porque tuviera el pueblo tras ella, sino porque el pueblo la
empujaba ante sí […], proyectada a la superficie de un nuevo Estado por la
fuerza de un terremoto, sin fe en sí misma y sin fe en el pueblo, gruñendo
contra los de arriba y temblando ante los de abajo […], revolucionaria frente a
los conservadores y conservadora frente a los revolucionarios, recelosa de sus
propios lemas, con frases en lugar de ideas, empavorecida ante la tempestad
mundial y explotándola en provecho propio, sin energía en ningún sentido […],
sin iniciativa, sin una vocación histórica mundial, un viejo maldito condenado
a dirigir y a desviar en su propio interés senil los primeros impulsos
juveniles de un pueblo robusto; sin ojos, sin orejas, sin dientes, una ruina
completa: tal era la burguesía prusiana cuando, después de marzo, se encontró
al timón del Estado prusiano.» El desarrollo de la historia alemana habría de
mostrar que este cáustico retrato de la burguesía alemana contenía mucho de
verdad, pero también no poco de error. Sobre ello volveremos en la tercera
parte de nuestra exposición[38]. Ahora nos limitaremos a señalar su divergencia
con la valoración de la burguesía alemana que encontramos en los artículos de
Engels de 1847. Allí aparecía segura de su fuerza, sabiendo lo que quería,
agrupando en su torno a todas las otras clases y capas enemigas del
absolutismo.
En el tercer artículo[39] Marx advierte que la
teoría pactista no era, en modo alguno, una teoría vacía. La revolución de
marzo no había sometido al rey de derecho divino al pueblo soberano; había
obligado solamente a la Corona a entenderse con su viejo rival, la burguesía.
La Corona, sacrificando la nobleza a la burguesía. La burguesía, sacrificando
el pueblo a la Corona. Bajo esta condición la monarquía se hace burguesa y la
burguesía monárquica. Después de marzo solo estas dos potencias sirven alternativamente
de pararrayos contra la revolución. Todo, claro está, bajo «la más amplia base
democrática». Tal es, dice
Marx, el secreto de la teoría pactista.
El artículo describe, con feroz delectación, cómo
«los negociantes en aceite y lanas» (Camphausen había sido antes negociante en
grasas y cereales, Hansemann, negociante en lanas) se complacían en «cubrir con
sus alas plebeyas la realeza comprometida», se «derretían del placer supremo de
ser admitido en la Corte», etc. «El ejército medio disuelto, la burocracia
temblando por sus puestos y sueldos, la casta feudal humillada […], engañaron
fácilmente al Bourgeois gentilhomme con algunas palabras melosas y algunas
reverencias. Con el poder nominal en sus manos, la burguesía prusiana no dudó
un momento que las potencias del antiguo Estado se pondrían sin reserva a su
disposición y se convertirían en devotos servidores de su propia potencia.»
Mecida en esta ilusión, la burguesía, sus órganos específicos, como la milicia
cívica, los consejos municipales, etc., se dedicaron a amonestar y reprimir al
pueblo, creyendo así ganar la buena voluntad de los mandos militares y de la
burocracia. Para «la burguesía prusiana ya no había más que una tarea:
instalarse cómodamente en su dominación, apartar a los molestos anarquistas,
restablecer “el orden y la tranquilidad” […], reducir al mínimo los “gastos de
producción” de su dominación y de la revolución de marzo que la condicionaba».
La burguesía estaba persuadida de que para su arreglo con el viejo Estado, al
que creía resignado a su suerte, «ya no había más que un obstáculo: el pueblo
–puer robustus sed malitiosus, como dice Hobbes–. ¡El pueblo y la revolución!».
La revolución era el título jurídico del pueblo, en el que fundaba la violencia
de sus reivindicaciones. «La revolución era la protesta del pueblo contra el
entendimiento de la burguesía con la Corona. Al entenderse con la Corona la
burguesía protestaba forzosamente contra la revolución.» Es lo que hizo
Camphausen. Y la Asamblea nacional de Berlín, «al rechazar la propuesta de
reconocimiento de la revolución, se constituyó en representación de la
burguesía prusiana, en asamblea pactista». Esta asamblea pactista «borró de la
historia los hechos. Proclamó ante el pueblo prusiano que él no se había
entendido con la burguesía para hacer la revolución contra la Corona, sino que
había hecho la revolución para que la Corona se entendiera con la burguesía
contra él mismo. Por tanto, el título jurídico del pueblo revolucionario
quedaba suprimido y conquistado, en cambio, el terreno jurídico de la burguesía
conservadora». Terreno jurídico, que no es ninguna ley anterior –insiste Marx–:
«significaba, simplemente, que la revolución no había conquistado su terreno y
que la vieja sociedad no había perdido el suyo, que la revolución de marzo no
era más que un “acontecimiento” que había dado el “impulso” a la “comprensión”
entre el trono
y la burguesía». El gobierno Camphausen cumplió
esta tarea de mediación y transición, pero limitándose a una actitud de
«resistencia pasiva» frente a la revolución. Repudiándola en teoría, pero
contemporizando con ella en la práctica. Su retirada significó que la burguesía
consideraba necesario «pasar de la resistencia pasiva al ataque activo», a la
«sumisión activa del pueblo a un poder de compromiso con la Corona». Este fue,
dice Marx, el secreto del «gobierno de acción», del gobierno Hansemann.
Al análisis del gobierno Hansemann está dedicado el
cuarto artículo de Marx[40]. Mientras el telón de fondo del gobierno Camphausen
había sido la revolución de febrero, el del gobierno Hansemann fue la
revolución de junio, la gran batalla entre proletariado y burguesía. La
burguesía prusiana explotó contra el pueblo la sangrienta victoria de la
burguesía francesa. Los pequeños burgueses alemanes se tomaron por la burguesía
francesa, sin darse cuenta de que en Francia la burguesía había derribado al
trono y no tenía más enemigo enfrente que el proletariado, mientras que la
burguesía prusiana, en lucha contra la Corona, no tenía más aliado que el
pueblo. «No es que entre los dos no hubiese intereses antagonistas, pero les
unía el mismo interés contra una tercera fuerza que los aplastaría bien
pronto.» En cada ciudad alemana los pequeñoburgueses se convirtieron en
«honorables republicanos» (como se decían los vencedores del proletariado de
París) sin dejar de ser «honorables monárquicos». La fórmula pactista se concretó
en «monarquía constitucional sobre la base de un sistema bicameral y el
ejercicio común del poder legislativo por las dos cámaras y la Corona».
Lo esencial –dice Marx– del programa burgués de
Hansemann, expresado con sus propias palabras, es el «restablecimiento de la
confianza destruida», y, para lograrlo, el reforzamiento de la fuerza pública
«necesaria a la protección de la libertad adquirida» (por los burgueses)
«contra la reacción» (explotación de la libertad en interés de los feudales) «y
la anarquía» (explotación de la libertad en interés del pueblo). No se trata,
como antes, de «la confianza feudal ciega en Dios, el Rey y la Patria», sino de
«la confianza burguesa, la confianza en el comercio, en los intereses
producidos por el capital, en la solvencia de los clientes; la confianza
comercial. No se trata de fe, amor y esperanza, sino de crédito». Y «el crédito
reposa sobre la seguridad en que la explotación del trabajo asalariado por el
capital, del proletariado por la burguesía, de los pequeñoburgueses por los
grandes burgueses, va a continuar del modo acostumbrado. Todo movimiento
político del proletariado, de cualquier naturaleza que sea, incluso si está
dirigido directamente por la burguesía,
destruye la confianza, el crédito». De ahí la
divisa de Hansemann: «¡Restablecimiento de la confianza destruida!». «Para
restablecer la confianza hacía falta que la clase obrera pusiera fin a su
politización y a su injerencia en la cosa pública y volviera a su rutina
anterior.»
En cuanto a las medidas del gobierno Hansemann
contra la reacción, las únicas que podían haber sido efectivas, observa Marx,
fueron las de tipo financiero (supresión de las exoneraciones del impuesto
cedular y agrario, impuesto sobre la renta agraria, etc.), pero desataron la
furia del partido feudal y fracasaron «a causa del torpe sectarismo de la
izquierda». «El ministerio burgués por excelencia tuvo tan mala suerte que sus
medidas más radicales habrían de ser paralizadas por los miembros radicales de
la Asamblea pactista». Observación muy significativa de la manera
extremadamente flexible que tenía Marx de abordar las cuestiones tácticas.
«Si el gobierno burgués logró irritar contra él, en
la misma proporción, el proletariado de las ciudades, la democracia urbana y
los feudales, supo también enajenarse la clase campesina atada por la
feudalidad y provocar su hostilidad. En este aspecto fue sostenido con el mayor
celo por la Asamblea pactista.» (Marx está refiriéndose al apoyo que dieron los
representantes de la burguesía al proyecto Patow.) «Un egoísmo miserable,
temeroso, insensible, cegaba a la burguesía prusiana hasta el punto de que rechazó
a su aliado indispensable, la clase campesina.» «La burguesía francesa comenzó
por liberar a los campesinos. Con los campesinos conquistó Europa. La burguesía
prusiana estaba tan hundida en sus intereses más inmediatos y mezquinos que se
enajenó este aliado, convirtiéndolo en un instrumento de la contrarrevolución
feudal.»
A continuación Marx describe la contraofensiva de
la reacción bajo el gobierno Hansemann. La caída de este, dice, no se explica
porque retrocediera ante la moción aprobada por la Asamblea en relación con el
ejército. Hansemann no se marchó, fue despedido. «Se le hizo creer que la
Corona no le dejaría caer en ningún caso. Se le hizo perder hasta la última
brizna de popularidad para sacrificarlo finalmente al rencor de los nobles
feudales y para poder liberarse de la tutela burguesa […]. Hansemann fue simplemente
engañado. Al fin y al cabo representaba a la burguesía engallada.» Finalmente,
«bajo el gobierno Brandenburg la Asamblea pactista fue ignominiosamente
dispersada, engañada, burlada, humillada, perseguida, y en el momento decisivo
el pueblo permaneció indiferente. La derrota de la Asamblea era la derrota de
la burguesía prusiana, de los constitucionalistas, y, por tanto, una victoria
del partido democrático, cualquiera que sea el precio que este deba pagar».
Juicio que debe interpretarse,
probablemente, en relación con este otro, formulado
en un artículo distinto publicado en esos mismos días: «El principal resultado
de los movimientos revolucionarios de 1848 no es lo que los pueblos han ganado,
sino lo que han perdido: sus ilusiones»[41].
La conclusión esencial a que llega Marx en La
burguesía y la contrarrevolución, cuando termina el año 1848, se resume en este
pasaje final del cuarto artículo: «La historia de la burguesía prusiana de
marzo a diciembre, como la de la burguesía alemana en general, prueba que en
Alemania una revolución puramente burguesa y el establecimiento de la
dominación burguesa bajo la forma de la monarquía constitucional son
imposibles: solo son posibles la contrarrevolución feudal absolutista o la
revolución republicana y social».
[1] Maniobrando
ante la revolución, el emperador Fernando I había concedido en marzo la
libertad de prensa y la organización de una guardia nacional. Pero solo había
«prometido» una constitución. Entre marzo y mayo piensa que puede cumplir la
promesa «otorgando» una de carácter muy conservador, sin consultar al pueblo.
Frente a esta maniobra de la monarquía se forma un Comité central
revolucionario que agrupa delegados de la guardia nacional y de la legión
académica (organización democrática de estudiantes y profesores). El gobierno
imperial cede en algunos aspectos (renuncia al sistema electoral censatario),
pero intenta disolver el Comité central. Una gran manifestación popular le
obliga a dimitir el 15 de mayo. El 26 de mayo el gobierno intenta, de nuevo,
debilitar el movimiento disolviendo la legión académica, pero la movilización
armada de los estudiantes le obliga, una vez más, a retroceder. Esta jornada
consolida la revolución. Se forma un Comité de seguridad con delegados de la
municipalidad, de la legión académica y de la guardia nacional. Los problemas
sociales, la miseria e inseguridad de los trabajadores, obreros y artesanos
pobres comienzan a ponerse en primer plano. El ala más moderada de los
elementos burgueses (cuyos principales representantes en el Comité de seguridad
son los delegados de la municipalidad y de la guardia nacional) comienza a
inquietarse. A finales de agosto el gobierno decide rebajar los salarios de
mujeres y niños, a fin de reducir los gastos de los trabajos públicos emprendidos
para aliviar el paro (construcción de carreteras y ferrocarriles, cultivo de
nuevas tierras, etc.). Se producen violentas manifestaciones de protesta que
son duramente reprimidas por la guardia nacional, resultando una veintena de
obreros muertos y gran número de heridos. Los dirigentes demócratas radicales
se desolidarizan de esa represión, atribuyéndola a intrigas del gobierno. El
Comité de seguridad se disuelve y la dirección del movimiento revolucionario
pasa al Club democrático de Viena, en torno al cual se agrupan artesanos,
obreros, estudiantes, intelectuales y la fracción más radicalizada de la
pequeña burguesía o burguesía media.
[2] Véase
Droz, op. cit., p. 327. La conferencia sobre Trabajo asalariado y capital tuvo
como base, seguramente, las dadas en Bruselas a finales de 1847. El doctor
Jellinek era el líder de la izquierda del Club democrático.
[3] Los
defensores de Viena solo contaban con 30.000 a 40.000 hombres armados, la mayor
parte sin instrucción militar, 72 cañones y pocas municiones. Se combate
encarnizadamente del 23 al 31 de octubre. El 31 se rinde la ciudad y el 1 de
noviembre entran las tropas croatas y austriacas. La represión es implacable.
Los tribunales militares funcionan hasta mayo de 1849. Son condenadas a prisión
2.400 personas, sin contar las que sufrieron detenciones breves. Hubo 74
condenas de muerte, de las que fueron ejecutadas 25. Entre ellos el
contradictor de Marx, doctor Jellinek. Otro de los fusilados fue Robert Blum,
uno de los dos delegados de la Asamblea nacional de Fráncfort, que habiendo
participado en los combates no quiso huir, pudiendo hacerlo. Había declarado:
«En Viena se decide la suerte de Alemania y tal vez de
Europa. Si la revolución triunfa aquí reanudará en
todas partes su ciclo de victorias; si es aplastada, reinará durante un tiempo
sobre Alemania la paz de los cementerios» (cit. por Droz, op. cit., p. 338).
[4] Marx,
«La revolución en Viena», NGR, 12 de octubre de 1848, II, pp. 46-47.
[5] Marx,
«Respuesta del rey de Prusia a la delegación de la Asamblea nacional», NGR, 19
de octubre de 1848, II, p. 63.
[6] En el
artículo de la NGR del 5 de noviembre, sin conocer aún la rendición de Viena,
Marx dice que el ejército sitiador de Viena está cogido entre los vieneses y el
ejército húngaro, fuerte de 80.000 hombres. Según Droz, los húngaros vacilaron
en su avance porque no se atrevían a irrumpir en Viena sin una petición oficial
de ayuda de los defensores de la ciudad. Pero una fracción de los dirigentes
vieneses vaciló a su vez en dar ese paso (Droz, op. cit., p. 337).
[7] Marx,
«Victoria de la contrarrevolución en Viena», NGR, 7 de noviembre de 1848, II,
pp. 94-97. Vae victis!: ¡Ay de los vencidos!
[8] Ibid.
[9] Extracto
del acta de la reunión del Comité de la Asociación obrera, del 16 de octubre de
1848, en NGR, III, anexos, pp. 487-488. Las objeciones de Marx a su candidatura
para la presidencia de la Asociación obrera eran dos: 1) su situación precaria
en Colonia, porque las autoridades prusianas le habían negado la
renaturalización (Marx había renunciado a la nacionalidad prusiana durante su
exilio en Bruselas para evitar ser entregado a las autoridades de Berlín, que
habían solicitado su extradición); 2) su excesivo trabajo en la NGR dada la
ausencia de varios miembros de la redacción (ibid.).
[10] Extracto
del acta de la sesión de la asamblea general de la Asociación obrera del 22 de
octubre de 1848, en NGR, III, anexos, pp. 488-489. El dato relativo a la
discusión de las Reivindicaciones lo da Mijailov, que lo toma del órgano de la
Asociación obrera (op. cit., p. 265).
[11] Véase
Droz, op. cit., p. 550. En el congreso se discute también el problema de la
constitución y se adopta la Declaración de los derechos del hombre. Se elige un
nuevo Comité central, cuyas principales figuras son D’Ester, Reichenbach y
Hexamer. D’Ester había sido o era miembro de la Liga (las informaciones no son
seguras) y estaba relacionado con Marx y Engels.
[12] Marx,
«Llamamiento del congreso demócrata al pueblo alemán», NGR, 3 de noviembre de
1848, II, pp. 81-84.
[13] Véase
Droz, op. cit., p. 391.
[14] Marx, «La
crisis de Berlín», NGR, 12 de noviembre de 1848, II, pp. 100-104.
[15] Marx, «La
contrarrevolución en Berlín», NGR, 12 de noviembre de 1848, II, pp. 100-104.
[16] Marx, «La
contrarrevolución en Berlín», NGR, 12 de noviembre de 1848 (segunda edición),
II, pp. 104-107. Marx dice que la contrarrevolución se desacredita en Berlín
porque sus jefes, los Wrangel y los Brandenburg, son «cerebros obtusos», sin
«voluntad propia», simples cumplidores de órdenes que a su vez son vacilantes,
temblorosas, sin decidirse a desencadenar la lucha.
La frase sobre el gallo galo, que Marx y Engels
repiten en varias ocasiones, parafrasea otra de Heine refiriéndose a la
revolución francesa de julio de 1830: «El gallo galo ha cantado ya dos veces y
en Alemania amanece» (prefacio a Kahldorf über den Adel in Briefen an den
Grafen M. von Molkte, marzo de 1831).
[17] Ibid.,
pp. 106-107.
[18] Marx, «La
contrarrevolución en Berlín», NGR, 14 de noviembre de 1848, II, pp. 107-108.
[19] Directiva
del Comité demócrata de la provincia renana, NGR, 15 de noviembre de 1848, II,
pp. 120-
121.
[20] Correspondance,
op. cit., I, p. 552. Por Club democrático-monárquico Marx designa la Asamblea
permanente. Por cuerpos francos, destacamentos de voluntarios.
[21] Marx, «El
gobierno, acusado», NGR, 15 de noviembre de 1848, II, pp. 122-123.
[22] Marx,
«Las confesiones de un alma pura», NGR, 17 de noviembre de 1848, II, pp.
125-130. Potsdam era la residencia del rey en ese momento; «¡¡¡Se acabaron los
impuestos!!!», ibid., pp. 132-133.
[23] Marx, «El
edicto de Eichmann», NGR, 19 de noviembre de 1848, II, pp. 134-136.
[24] NGR, 19
de noviembre de 1848, II, p. 137.
[25] Marx, «El
consejo municipal», NGR, 21 de noviembre de 1848, II, pp. 142-143; NGR, 21 de
noviembre de 1848, II, p. 144.
[26] Marx, «A
propósito de la proclamación del gobierno Brandenburg sobre la negativa a los
impuestos», NGR, 22 de noviembre de 1848, II, p. 145.
[27] Marx, «La
Asamblea de Fráncfort», NGR, 23 de noviembre de 1848, II, pp. 149-150; «Estado
de sitio en todas partes», ibid., pp. 151-152.
[28] Cit. por
Mijailov, op. cit., pp. 268-269, que lo toma de Freiheit, Brüderlichkeitm,
Arbeit (órgano de la Asociación obrera), del 30 de noviembre de 1848.
[29] El 22 de
noviembre de 1848 el Comité central de la Fraternidad envió la siguiente
directiva a sus comités regionales y locales: «¡Hermanos! Les proponemos que
todos los comités regionales y locales de la Fraternidad Obrera concentren
todas sus fuerzas y medios en armar a los obreros. Se han dado las
correspondientes instrucciones a las cajas de las asociaciones para que apoyen
el armamento del pueblo, adelantando sumas a bajo interés. Los obreros armados
deben unirse entre sí y luchar en todas partes contra los enemigos. Hemos
propuesto a nuestros hermanos de la dirección de Prusia no limitarse a seguir
las decisiones de la Asamblea nacional, sino preparar un movimiento lo más
enérgico posible. Ha llegado la hora en Alemania de que cada ciudad y aldea se
convierta en una fortaleza contra la tiranía. Comunicadnos lo que habéis
emprendido para la causa de la libertad» (cit. por Mijailov, op. cit., pp.
266-267, que lo toma de Geschichte der Arbeiter bewegung, t. I, p. 524).
[30] La
apreciación de que Prusia se encuentra en vísperas de la guerra civil está en
el artículo «El movimiento revolucionario en Italia», NGR, 30 de noviembre de
1848, II, p. 197; la carta a Engels, en Correspondence, I, p. 555.
[31] Marx,
«Disolución de la Asamblea nacional», NGR, 7 de diciembre de 1848, 11, pp.
201-202.
[32] Marx, «El
golpe de estado de la contrarrevolución», NGR, 8 de diciembre de 1848, II, p.
221.
[33] Véase
Droz, op. cit., p. 397.
[34] Ibid.
[35] Marx, «El
movimiento revolucionario en Italia», NGR, 30 de noviembre de 1848, II, pp.
192-197.
[36] Marx, «La
burguesía y la contrarrevolución», NGR, 10 de diciembre de 1848, II, pp.
222-227.
[37] Ibid.,
NGR, 15 de diciembre de 1848, II, pp. 227-231. Hay versión española de este
segundo artículo, en OE, t. I, pp. 56-57.
[38] Véase
supra, n. 4.
[39] Marx, «La
burguesía y la contrarrevolución», NGR, 16 de diciembre de 1848, II, pp.
231-237.
[40] Ibid.,
NGR, 31 de diciembre de 1848, II, pp. 237-250.
[41] Marx, «La
contrarrevolución prusiana y la magistratura», NGR, 24 de diciembre de 1848,
II, pp. 268-276.
X. GUERRA Y REVOLUCIÓN. PUEBLOS REVOLUCIONARIOS Y
PUEBLOS CONTRARREVOLUCIONARIOS
En dos artículos que aparecen en la NGR con un mes
de intervalo (el 30 de noviembre de 1848 y el 1 de enero de 1849), Marx examina
la evolución de la situación europea y sus perspectivas. En el primero, escrito
con motivo de las victorias republicanas en Florencia y Roma, pasa revista a
los sucesivos éxitos de la contrarrevolución y considera que «por fin, después
de las derrotas casi ininterrumpidas de la democracia desde hace seis meses,
después de una serie de triunfos inauditos de la contrarrevolución, aparecen
los síntomas de una victoria próxima del partido revolucionario»[1]. Resumimos
el texto:
Las grandes fechas de la contrarrevolución europea
han sido: Londres, 10 de abril; París, 15 de mayo y 25 de junio; Milán, 6 de
agosto; Viena, 1 de noviembre[2]. El 10 de abril de Londres no solo quebró la
fuerza revolucionaria del cartismo; asestó también el primer golpe a la
influencia revolucionaria de febrero, dio a la contrarrevolución, en todas
partes, una consistencia nueva. Se tuvo la impresión, por primera vez, de que
el movimiento desencadenado en febrero no era invencible. El 15 de mayo de París
fue el contrapunto al 10 de abril de Londres: demostró que se podía detener el
movimiento insurreccional de París. Golpeada en su centro, la revolución no
podía por menos de sucumbir en la periferia, pero la corriente revolucionaria
era aún suficientemente fuerte como para obtener algunas victorias: 15 de mayo
y 26 de mayo en Viena[3]. Para doblegarla hacía falta algo más. No solo que el
movimiento revolucionario fuera batido en París, sino que la misma insurrección
armada fuera despojada en París de la magia de la invencibilidad. Las cuatro
jornadas de junio mostraron que las barricadas no eran inexpugnables, que el
pueblo no era invencible. En realidad, la victoria de Cavaignac fue la victoria
de una superioridad militar aplastante, pero el mundo la acogió como un milagro
porque había arrebatado al pueblo de París, a las barricadas de París, la
aureola de la invencibilidad. Al vencer a los 40.000 obreros de París, los
300.000 hombres de Cavaignac vencieron también, sin saberlo, a la revolución
europea. A partir de entonces la contrarrevolución se ha desatado de modo
incontenible por toda Europa. «Después de esta victoria decisiva de la
contrarrevolución la democracia no podía hacer más que batirse en retirada, lo
más honorablemente posible, y defender paso a paso, en la prensa, en las
asambleas y en los parlamentos el terreno que ya no podía conservar.» Al de
París siguió el gran golpe de Milán. Su reconquista
por Radetsky no significaba solo la caída de toda Italia, sino la resurrección
del centro de gravedad de la contrarrevolución europea, la resurrección de
Austria. En ese momento Jellacié pasa a la ofensiva y se forma la gran alianza
de la contrarrevolución con los eslavos austriacos. El 1 de noviembre se
completa la obra iniciada en Custozza. Windischgraetz y Jellacié entran en
Viena como Radetzky había entrado en Milán. Así, el método de Cavaignac fue aplicado
al foco principal de la revolución alemana. (Marx alude a la utilización de la
artillería. Cavaignac demostró, opina Marx, «que las leyes del arte militar son
más o menos las mismas en las calles que en los desfiladeros de las montañas,
contra las barricadas que contra las fortificaciones.)
En el artículo del 1 de enero presenta así las
consecuencias de la derrota del proletariado en junio: «derrota de la burguesía
republicana, bajo cuyos golpes había sucumbido (el proletariado)»; «nueva
esclavización de las nacionalidades que habían respondido al canto del gallo
galo con heroicas tentativas de insurrección»; «derrota de las clases medias en
todos los países europeos donde esas clases, aliadas momentáneamente al pueblo,
respondieron al canto del gallo galo con una insurrección sangrienta contra el
feudalismo»; «victoria del Este sobre el Oeste, derrota de la civilización por
la barbarie»[4].
«Pero se tiene casi la impresión –dice Marx en el
primer artículo– de que la victoria del 1 de noviembre determina al mismo
tiempo el punto en el que el movimiento reaccionario flaquea, en que aparece
una crisis.» Se basa en que la reacción no ha podido repetir en Prusia la
«hazaña» de Viena (el aplastamiento sangriento de la revolución) y lo más que
podría lograr es una «semivictoria que no tendría nada de decisivo». Además,
«mientras que el norte de Europa es empujado a la servidumbre de 1847 o defiende
dificultosamente frente a la contrarrevolución las conquistas de los primeros
meses, Italia, de repente, comienza a levantarse de nuevo». Marx se pregunta si
esta nueva «resurrección» de Italia será, como la precedente, «la aurora de un
nuevo impulso de la democracia europea». Y responde: «Nos inclinamos a creerlo.
La medida de la contrarrevolución está colmada hasta desbordar. Francia, en
trance de arrojarse en brazos de un aventurero para escapar sea como sea a la
dominación de Cavaignac y de Marrast; Alemania, más desgarrada que nunca;
Austria, aplastada; Prusia, en el umbral de la guerra civil; todas,
decididamente todas, las ilusiones de febrero y marzo, implacablemente
pisoteadas por la marcha tumultuosa de la historia. ¡El pueblo, verdaderamente,
no podría aprender nada más con nuevas victorias de la contrarrevolución!».
En el artículo del 1 de enero examina las
condiciones necesarias para que pueda materializarse esa «victoria próxima del
partido revolucionario» cuya posibilidad prevé un mes antes. La primera,
considera Marx, es «la caída de la burguesía en Francia, el triunfo de la clase
obrera francesa, la emancipación de la clase obrera en general». Pero esta
condición, a su vez, no puede realizarse sin la revolución inglesa. «El país
que ha hecho de naciones enteras sus proletarios, que aprisiona al mundo entero
con sus brazos de coloso, que ya una vez ha pagado con su dinero los gastos de
la restauración europea; el país en cuyo seno las oposiciones de clase se han
exasperado hasta alcanzar la forma más pronunciada y cínica, Inglaterra,
aparece como la roca donde van a estrellarse las olas de la revolución.» Sin
esta Inglaterra que «domina el mercado mundial», «toda conmoción de la
situación económica y social en cualquier país del continente europeo y en su
conjunto no es más que un vaso de agua». Por tanto, la liberación de Europa
continental depende de la insurrección victoriosa de la clase obrera francesa,
pero esta se estrellará necesariamente contra la «roca inglesa». «Y la vieja
Inglaterra –considera Marx– no puede ser derrocada más que por una guerra
mundial, lo único que puede ofrecer al partido cartista, al partido obrero
inglés organizado, las condiciones de un levantamiento victorioso contra sus
gigantescos opresores. Los cartistas al frente del gobierno inglés: solo
entonces la revolución social pasará del reino de la utopía al de la realidad.»
Guerra mundial que se producirá –razona Marx–, porque «toda guerra europea en
la que esté implicada Inglaterra será una guerra mundial» y «la guerra europea
es la primera consecuencia de la revolución obrera victoriosa en Francia.
Inglaterra, como en la época napoleónica, marchará a la cabeza de los ejércitos
contrarrevolucionarios, pero la guerra misma la precipitará a la cabeza del
movimiento revolucionario». Y Marx concluye con este pronóstico: «Sublevación
revolucionaria de la clase obrera francesa, guerra mundial: he ahí el sumario
de 1849».
* * *
Por tanto, el impulso decisivo del nuevo avance de
la revolución que Marx espera para 1849 debía venir de la insurrección
victoriosa del proletariado de París. ¿En qué se basaba Marx para considerar
probable tal hecho?
Después de los artículos sobre las jornadas de
junio no se conoce ningún otro texto de Marx de 1848 que analice la evolución
de la situación francesa. Solo encontramos rápidos comentarios sobre algún que
otro aspecto parcial y escuetos
juicios globales como los que acabamos de ver en su
examen de la evolución europea[5]. En cambio, existen dos trabajos de Engels
que no fueron publicados entonces[6]. El primero da una apreciación
extremadamente pesimista sobre el comportamiento del campesinado francés, que
extiende al del alemán. «Barbarie en medio de la civilización», prisionero de
su «estrechez de horizontes», el campesinado, dice Engels, «no comprendió
absolutamente nada» cuando el proletariado, en la revolución de febrero, hizo
valer por primera vez sus reivindicaciones. Los efectos de la crisis económica
en los precios y mercados agrícolas los achaca a las exigencias de los
proletarios, en los que ve –bajo la influencia de la prensa burguesa–
partaguers, gentes que quieren repartir toda la propiedad, toda la tierra. La
batalla de junio provocó en los campesinos «un grito general de furor fanático
contra el París revolucionario». Y ahora –el texto es de comienzos de
diciembre– se disponen a votar por Luis Bonaparte para «salvar a Francia».
Engels considera que el gobierno provisional ha cometido un error imperdonable
aumentando los impuestos directos, pero piensa que «la posición actual de los
campesinos frente a la Revolución de 1848 no es la consecuencia de eventuales
errores o de accidentales torpezas; es normal, se basa en sus condiciones de
existencia y de posición social como pequeños propietarios agrarios». Y Engels
llega a formular la siguiente previsión: «Antes de conseguir que triunfen sus
reivindicaciones, el proletariado francés tendrá que reprimir una guerra
general de los campesinos, una guerra que incluso la supresión de todas las
deudas hipotecarias solo podría recular por breve tiempo».
El otro artículo está dedicado al voto de los
obreros en las elecciones del 10 de diciembre que llevan a la presidencia de la
segunda república, por gran mayoría, a Luis Bonaparte. Engels concentra su
atención en el hecho de que los obreros de París han dado más votos a Raspail,
representante de la tendencia más revolucionaria del partido socialista
democrático, que a Ledru-Rollin, comprometido en la política del gobierno
provisional y en la represión de junio[7]. Después de junio, el partido de
Ledru-Rollin –conocido por la Montaña– se ve relegado a la oposición y busca de
nuevo el apoyo de los obreros. Al votar por Raspail, dice Engels, los obreros
han marcado su desconfianza a la pequeña burguesía radical, su resolución de no
caer otra vez en la trampa. Pero Engels no comenta otro aspecto fundamental de
la actitud de la clase obrera en ese momento: gran parte de ella, sobre todo en
provincias pero también en París, no vota ni por Ledru-Rollin ni por Raspail,
sino por Luis Bonaparte, lo mismo que la masa campesina.
En el artículo de Marx, antes mencionado, sobre las perspectivas
revolucionarias europeas hay una rápida apreciación
de ese voto campesino y obrero que determina la elección del sobrino de
Napoleón. Votando así, dice Marx, «los campesinos han depositado su boleto de
entrada en el movimiento social revolucionario y los obreros han condenado
todos los jefes del pasado»[8]. Como se ve, Marx atribuye al voto campesino una
significación distinta que Engels, y en cuanto al voto obrero subraya el hecho
principal que Engels no toca: gran parte de la clase obrera no expresa su descontento
votando por la figura revolucionaria de Raspail, sino por una figura ambigua,
que aparecía como la alternativa a los «políticos» en general, desacreditados
ante el proletariado, bien por su reaccionarismo bien conocido, bien por su
traición a la revolución, bien por su incapacidad, o aparente incapacidad, para
llevarla adelante. Parece como si Marx viera en ese voto la expresión, aunque
fuera pervertida, de una radicalización de las masas, incluida la gran masa
campesina. Y tal vez debe verse aquí uno de los elementos importantes de su
confianza en una nueva y próxima insurrección del proletariado francés. Pero es
solo una hipótesis.
A finales de enero de 1849 aparece en la NGR un
breve comentario sin firma, pero con la factura de Marx, que permite ver algo
más claro sobre la idea que este se hacía de la situación francesa. La Asamblea
nacional acababa de votar contra la prohibición inmediata de los clubs exigida
por el gobierno. Con ello, considera Marx, se evita de momento el peligro de un
levantamiento popular, pero surge el peligro de un golpe de Estado: «disolución
de la Asamblea nacional y preparación de la restauración monárquica manu
militari». Después de describir las reacciones y maniobras de los diferentes
grupos, que a primera vista presentan un cuadro bastante embrollado, Marx hace
esta interesante reflexión: «En apariencia la situación se complica; en
realidad se simplifica extremadamente, como siempre ocurre en vísperas de
revolución».
La situación «simplificada» es la siguiente: «Entre
la Asamblea, por un lado, el presidente y sus ministros, por otro, el conflicto
ha llegado a un punto de madurez. Francia no puede vivir más tiempo con el
régimen impotente que la gobierna desde hace seis meses; el déficit, la
degradación de la situación industrial y comercial, el peso de los impuestos
que arruinan la agricultura, se hacen cada día más insoportables. Es urgente
tomar medidas importantes para cortar por lo sano, pero cada nuevo gobierno es más
impotente, más inactivo, que el precedente. Hasta que, por fin, Odilon Barrot
ha llevado la inactividad a su colmo no haciendo absolutamente nada desde hace
seis semanas. Pero también ha simplificado mucho la situación. Después de él no
hay gobierno
posible de la honorable república […]. Ha llegado
la hora de Thiers, de la restauración monárquica a la luz del día. Restauración
monárquica o… república roja. Tal es, actualmente, la única alternativa en
Francia […]. Pronto veremos si para el triunfo definitivo de la república roja
es necesario que Francia pase momentáneamente por la fase monárquica. Es
posible, pero poco probable. Lo cierto es que la honorable república se cuartea
por los cuatro costados y después de ella solo es posible la república roja,
incluso si se revelan necesarios algunos intermedios»[9].
* * *
Con la perspectiva de que la próxima victoria de la
república roja en Francia tendrá como consecuencia ineluctable la guerra
europea y la guerra mundial, Marx y Engels siguen atentamente la evolución de
los conflictos y contradicciones entre las potencias europeas, lo mismo que las
guerras de liberación nacional.
Después del aplastamiento del movimiento polaco en
Posnania por los prusianos, del bombardeo de Praga y la disolución del congreso
eslavo por los austriacos, de la derrota de los italianos, también por los
austriacos, en Custoza, los dos acontecimientos principales en el frente del
movimiento nacional revolucionario habían sido las revoluciones republicanas en
el gran ducado de Toscana y en los Estados pontificios y la guerra de Hungría
contra el yugo austriaco. El conjunto de estos acontecimientos creaba condiciones
favorables para el relanzamiento de la lucha de liberación nacional de los
italianos.
En la guerra húngara, al principio llevan ventaja
los austriacos, que el 5 de enero de 1849 ocupan Pest. El gobierno húngaro y la
Asamblea nacional se trasladan a Dobrizin, donde el 14 de abril se proclama la
independencia de Hungría y se conceden a Kossuth plenos poderes para dirigir la
guerra. Los húngaros resisten con bravura al invasor. Organizan guerrillas,
cuya acción complementa las operaciones del ejército regular creado de nueva
planta por el poder revolucionario. Voluntarios de diferentes nacionalidades
europeas, sobre todo polacos, participan en la lucha en las filas del ejército
húngaro.
El 13 de enero aparece en la NGR un artículo de
Engels sobre la lucha de los húngaros, escrito visiblemente antes de la caída
de Pest. Prevé implícitamente la derrota. «La superioridad de fuerzas (contra
los húngaros) es terrible. Toda Austria, con 16 millones de eslavos fanatizados
al frente, contra cuatro millones de magiares.» (Engels utiliza preferentemente
el término de magiares.) Ensalza
el valor y la energía revolucionaria de este
pequeño pueblo, parangonándolos con los del pueblo francés durante la gran
revolución. «Por primera vez en el movimiento revolucionario de 1848, por
primera vez desde 1793 –escribe Engels– una nación cercada por fuerzas
superiores de la contrarrevolución osa oponer la pasión revolucionaria al
cobarde furor de la contrarrevolución, le terreur rouge à la terreur
bianche»[10]. Opina que aunque los austriacos ocupen el territorio los húngaros
pueden prolongar la resistencia con la lucha guerrillera, que es altamente
valorada por Engels.
La proclamación de la república en Roma el 6 de
febrero es saludada por la NGR como «la primera palabra del drama
revolucionario de 1849». «Los italianos –dice– abren la danza en 1849 como la
abrieron en 1848. Pero ¡qué progreso! Ya no hay un Pius nonus en Italia, ni un
Lamartine en Francia. El periodo quimérico de la revolución europea, el periodo
del fervor, de la buena voluntad y de las bellas frases ha sido dignamente
clausurado por los obuses incendiarios, las matanzas a gran escala y las
deportaciones»[11]. Casi simultáneamente se proclama la república en Toscana. Y
el 20 de marzo, aprovechando que Austria tiene absorbidas gran parte de sus
fuerzas en la guerra contra Hungría, Carlos Alberto reanuda las hostilidades.
Pero a los tres días es nuevamente derrotado en Novara por el ejército de
Radetzky. Antes de llegarle la noticia de esta nueva –y decisiva por muchos
años– derrota de los italianos, Engels comenta ambas guerras nacionales –la
italiana y la húngara–, mostrando su interconexión y su influencia en la
situación europea. Considera que, aprovechando el armisticio con Piamonte,
Austria ha podido concentrar fuerzas contra los húngaros y aplastar su
resistencia, pero ahora tiene que dedicar gran parte de sus efectivos a la
guerra contra los italianos. Por otra parte, «la guerra misma precipita cada
día más a Roma, Toscana e incluso el Piamonte en la revolución, obligándoles a
acrecentar su energía revolucionaria. Y estos Estados pueden, así, esperar la
crisis que se aproxima a grandes pasos en Francia». Los italianos, dice, tienen
posibilidades de llevar adelante su lucha si no hay nuevas traiciones, «pero si
otra vez, como el año pasado, un gobierno burgués vacilante paraliza la
movilización de masas, Radetzky podrá entrar de nuevo en Milán. Contra la
traición y la cobardía de los gobernantes no hay más que un recurso: la
revolución. Y tal vez haga falta un nuevo perjurio de Carlos Alberto, una nueva
perfidia de la nobleza y de la burguesía lombardas, para que se realice la
revolución italiana y, al mismo tiempo, la lucha por la independencia de
Italia. Pero entonces, ¡ay de los traidores!»[12]. En los días siguientes (31
de marzo, 1 y 4 de abril) Engels comenta la derrota de los piamonteses[13].
Atribuye la
derrota a la traición de Carlos Alberto y de
Ramorino (jefe de uno de los cuerpos de ejército piamonteses). Considera que la
abdicación de Carlos Alberto en su hijo Víctor Emmanuel es signo premonitorio
de la revolución y del triunfo de la república en Turín, pero, por lo pronto,
«la derrota de los piamonteses es la derrota de toda la revolución italiana.
Después de Piamonte les llegará su hora a Roma y Florencia».
No obstante, dice Engels, «si los signos no
engañan, esta derrota de la revolución italiana será justamente la señal del
desencadenamiento de la revolución europea». Basa este pronóstico en dos
supuestos: a) «París está maduro para una nueva revolución; b) «el pueblo de
París sabe que Francia no puede tolerar los austriacos en Turín y Génova y no
los tolerará: responderá con una insurrección victoriosa, y el ejército
francés, el único que desde el 24 de febrero no ha estado en un campo de
batalla, se unirá a él. El ejército francés arde en deseos de atravesar los
Alpes y medirse con los austriacos. No está habituado a oponerse a una
revolución que, además, le promete mayor gloria y nuevos laureles, que enarbola
la bandera de la guerra contra la coalición»[14]. (La coalición a que alude
Engels es la «nueva Santa Alianza» –un nuevo acuerdo entre Prusia, Austria y
Rusia– que la NGR había denunciado en diciembre de 1848[15]. La derrota de los
italianos –agrega– es amarga. Ningún pueblo, exceptuado el polaco, ha luchado
con tanta tenacidad y valor por su independencia contra vecinos mucho más
potentes, pero «si esta derrota tiene como consecuencia una revolución en París
y si provoca la guerra europea, cuyos signos premonitorios aparecen por todas
partes, si sirve de impulso a una nueva oleada revolucionaria en el continente,
que esta vez revestirá otro carácter que el del año precedente, entonces los
mismos italianos tendrán razón de felicitarse».
Analizando las causas de la derrota de los
piamonteses, Engels plantea que ha sido «un gran error de su parte no oponer a
los austriacos más que un ejército regular, no hacerles más que la “honesta”
guerra habitual, la guerra propia de los burgueses. Un pueblo que quiere
conquistar su independencia no debe limitarse a las medidas militares
habituales. Levantamientos en masa, guerrillas revolucionarias, guerrillas por
doquier: he ahí el único medio para un pueblo pequeño de arreglarle las cuentas
a uno grande; para un ejército menos fuerte de resistir a un ejército más
fuerte y mejor organizado. Los españoles lo demostraron de 1807 a 1812. Los
húngaros lo están demostrando ahora». La desventaja estratégica que para los
italianos representaba la derrota de Novara – opina Engels– «hubiera sido
insignificante de haber sido seguida de una
verdadera guerra revolucionaria, si el resto del
ejército italiano se declara abiertamente dispuesto a formar el núcleo de una
sublevación nacional en masa, si la “honorable” guerra estratégica conducida
por el ejército se llega a transformar en una guerra popular como la que
hicieron los franceses en 1793». Pero la monarquía no podía hacer tal guerra.
Aunque Carlos Alberto no hubiera sido un traidor, «bastaba la monarquía para
conducir a Italia a la ruina». Engels considera, de todas maneras, que Carlos
Alberto era traidor a la lucha de liberación del pueblo italiano, un
instrumento del «gran complot contrarrevolucionario de las grandes potencias y
del plan de campaña de la contrarrevolución para aplastar definitivamente a
todos los pueblos europeos»[16].
En otro artículo de esos mismos días, Engels
denuncia la responsabilidad primordial de la política exterior francesa, desde
el gobierno provisional a Luis Bonaparte, en los avances de la
contrarrevolución europea. De la misma manera, dice, que «pretendía borrar la
oposición entre clase burguesa y clase obrera con la gran palabra de
fraternización, suprimiendo en la imaginación la lucha de clases», trataba (el
gobierno provisional) de esquivar «la oposición de las naciones y la guerra
extranjera». «Bajo la égida del gobierno provisional, los opresores de los
polacos, de los italianos y de los húngaros reconstituyeron sus fuerzas, como
lo había hecho la burguesía francesa, que a finales de junio realizó en los
hechos la fraternización lamartiniana. Cavaignac mantuvo la paz en el exterior
para llevar a cabo tranquilamente la guerra civil en el interior»[17].
La «nueva Santa Alianza» no pierde tiempo en frases
vacías como los revolucionarios de febrero y marzo. Actúa. Después de derrotar
a los piamonteses, los austriacos comienzan a extender su dominación más al
sur. El gobierno francés envía un cuerpo expedicionario a Roma para oponerse a
un eventual avance austriaco, pero con el objetivo también de derrocar el poder
republicano y restablecer el poder del papa[18]. En contrapartida, la guerra
austro-húngara toma un giro favorable a los revolucionarios. A finales de abril
el ejército húngaro libera Pest en el curso de una brillante ofensiva y se
acerca a las fronteras austriacas. Engels escribe en la NGR del 8 de mayo: «la
revolución magiar, el acontecimiento esencial, progresa irresistiblemente […].
La victoria de los húngaros es más segura que nunca. Y está establecido que los
rusos no vienen. Por tanto, unos días más y los húngaros estarán en Viena. La
revolución magiar habrá terminado y la segunda revolución alemana hará una
grandiosa entrada en escena». Dos días más tarde reafirma esta previsión,
agregando que a la marcha victoriosa de la revolución húngara se suman las
consecuencias
revolucionarias que va a tener la derrota –recién
sabida– del ejército francés ante Roma. El gobierno de Luis Bonaparte, dice
Engels, queda «desenmascarado y comprometido», «el pueblo, último juez
soberano, entra en escena»; «bien sea por las elecciones o por la revolución
abierta, el pueblo francés dará pronto al movimiento un impulso que repercutirá
en toda Europa. Las dinastías europeas verán muy pronto que el pueblo elegido
de la revolución es siempre el mismo. La revolución francesa de 1849 no les interpelará
más con frases lamartinianas, sino con cañones»[19].
La «segunda revolución alemana» a que alude Engels
parece iniciarse en esos días con los pequeños movimientos insurreccionales que
estallan en diversos puntos de Alemania –principalmente en Silesia, Renania,
Baden y el Palatinado– a favor de la Constitución del Reich, como veremos más
adelante. Engels espera que la revolución húngara y la revolución francesa
«darán a estos pequeños movimientos alemanes, aislados, traicionados, vendidos,
una unidad y un apoyo vigorosos»[20].
En ese momento Engels tiene la idea, más arriba
citada, de que «los rusos no vienen». En realidad, el gobierno austriaco había
solicitado ya la intervención rusa, para hacer frente al avance húngaro, y
Nicolás I, que no deseaba otra cosa, decide enviar un ejército de 140.000
hombres. A finales de abril Engels comenta la movilización rusa, pero la cree
dirigida contra la eventual reactivación de la revolución alemana: «Medio
millón de bárbaros armados y organizados no espera más que la ocasión para
lanzarse sobre Alemania y convertirnos en siervos del zar ortodoxo […]. Pero en
cuanto los alemanes hayan sentido el látigo ruso se comportarán un poco
diferentemente. En junio decíamos que los rusos son los verdaderos liberadores
de Alemania. Lo repetimos hoy y no somos los únicos en decirlo»[21]. Poco
después, por razones desconocidas, llega a la conclusión mencionada de que no
habrá intervención rusa, justo en el momento en que esta se inicia, pero no
contra los alemanes, sino contra los húngaros.
El último número de la NGR, que sale el 19 de mayo
de 1849, publica un artículo de Engels sobre la guerra austro-húngara, en el
que constata su transformación, a consecuencia de la intervención rusa, en
guerra europea, la cual debería llevar a un resurgimiento de la revolución.
«En el momento en que, por el avance efectivo de
los rusos, la guerra magiar se convierte en guerra europea –escribe Engels– nos
vemos obligados a suspender las crónicas sobre su evolución ulterior. Solo
podemos presentar por última vez a nuestros lectores una rápida visión global
de la trayectoria de esta grandiosa guerra revolucionaria en Europa oriental.»
Después de describir la
situación militar estima que de no haberse
producido la intervención rusa el ejército húngaro no hubiera tardado más que
unos días en entrar en Viena y aplastar para siempre la monarquía austriaca.
Explica luego por qué la guerra húngara se convierte en guerra europea. «La
secesión de Hungría de Austria había sido decidida el 14 de abril en Debrezín.
La alianza con los polacos, proclamada desde mediados de enero y consumada con
la incorporación de 20.000 a 30.000 polacos en el ejército húngaro. La alianza
con los alemanes de Austria, que existía ya desde la revolución de Viena del 6
de octubre y la batalla de Schwechat, fue igualmente respaldada y consolidada
por la presencia de unidades de voluntarios alemanes en el ejército húngaro,
así como por la necesidad estratégica y política en que se encontraban los
magiares de obtener el reconocimiento de su declaración de independencia
mediante la toma de Viena y la transformación revolucionaria de Austria. Por
tanto, la guerra magiar perdió muy pronto el carácter nacional que había tenido
al principio para tomar un carácter definitivamente europeo, justamente por su
paso más aparentemente nacional, por la declaración de independencia. La
alianza con los polacos por la liberación de los dos países, la alianza con los
alemanes por la transformación revolucionaria de Austria, no han adquirido un
carácter preciso, una base sólida, más que en el momento en que Hungría se
separó de Austria y con ello declaró disuelta la monarquía austriaca. Hungría,
independiente; Polonia, restaurada; Austria alemana convertida en el foco
revolucionario de Alemania; Lombardía e Italia, conquistando ellas mismas su
independencia: la realización de estos planes significaba la destrucción de
todo el sistema político de Europa oriental, la desaparición de Austria, la
destrucción de Prusia, el retroceso de Rusia hasta sus fronteras asiáticas. La
Santa Alianza tuvo, por consiguiente, que desplegar todas sus fuerzas para
levantar un dique frente a la amenazante revolución de la Europa oriental. Los
ejércitos rusos marcharon en dirección de la frontera de Transilvania y
Galitzia. Prusia ocupó la frontera entre Bohemia y Silesia, dejando a los rusos
atravesar su territorio en dirección de Prisau. Al cabo de unos días el primer
cuerpo de ejército ruso se instalaba en territorio de Moravia.» La guerra
europea «ha comenzado –opina Engels– con la llegada del primer cuerpo ruso a
territorio alemán y tomará un giro decisivo cuando el primer batallón francés
llegue también a territorio alemán. Habiéndose hecho europea, la guerra húngara
entra con todos los otros factores del movimiento europeo en una serie de
acciones recíprocas. Su desarrollo no repercute solo en Alemania, sino también
en Francia y en Inglaterra. No es de esperar que la burguesía inglesa tolere la
transformación de Austria en provincia rusa. Y es indudable que
el pueblo francés no permanecerá pasivo viendo cómo
la contrarrevolución le pisa los talones cada vez más. Cualquiera que sea el
resultado de las elecciones en Francia, el ejército se ha declarado en todo
caso a favor de la revolución y, por ahora, es el ejército quien decide. Si el
ejército quiere la guerra –y la quiere– habrá guerra. La guerra llegará. La
revolución en París es inminente, sea por medio de las elecciones o gracias a
la fraternización –realizada ya en las urnas– del ejército con el partido de la
revolución. Francia está a punto de intervenir activamente en la contienda y
entretanto en Alemania del sur se forma el núcleo de un ejército revolucionario
alemán que impide a Prusia participar activamente en la campaña húngara. Las
semanas o días próximos serán decisivos muy pronto y el ejército revolucionario
francés, el ejército revolucionario polaco-magiar y el ejército revolucionario
alemán celebrarán en el campo de batalla, a las puertas de Berlín, su fiesta de
fraternización»[22].
Las semanas siguientes serán, en efecto, decisivas,
pero en dirección diametralmente opuesta a la del escenario descrito por
Engels. Lo primero que fallará es el «ejército revolucionario alemán» que
Engels ve en trance de formarse en el sur de Alemania, pero para llegar a este
último episodio de la revolución alemana de 1848 necesitamos volver atrás,
abandonando el escenario europeo, para seguir el desarrollo de los
acontecimientos en el marco alemán, después del golpe de palacio de diciembre y
del balance de la revolución alemana que Marx hace en su artículo La burguesía
y la contrarrevolución. Y además, debemos detenernos antes en un problema de
importancia al que la guerra húngara da especial relieve, pero surge desde los
primeros pasos de la revolución alemana: el problema de la naturaleza
reaccionaria –Engels dixit– de los pueblos eslavos incluidos en el imperio
austriaco.
* * *
En el primer artículo sobre la lucha de los
húngaros, Engels dice que si estos son derrotados «la contrarrevolución eslava,
con toda su barbarie, sumergirá a la monarquía austriaca y la camarilla verá lo
que valen sus aliados». Conjetura que el hecho, si se produce, no será
duradero, y cuando los alemanes de Austria se liberen, a favor del
levantamiento victorioso del proletariado francés, «se vengarán sangrientamente
de los bárbaros eslavos. La conflagración general que seguirá (a la victoria
del proletariado francés) acarreará la desagregación de la liga separatista y
barrerá hasta el nombre de esas pequeñas naciones obstinadas […]. La próxima
guerra mundial no se contentará con barrer de la superficie de
la tierra clases y dinastías reaccionarias enteras;
barrerá asimismo pueblos reaccionarios enteros. Lo cual también es un
progreso»[23].
La «liga separatista» a que alude Engels es la Liga
paneslava formada por los pueblos eslavos del imperio austriaco, también
llamados eslavos del sur: checos, moravos, eslovacos, croatas, rutenos,
ilirios, serbios. Gran parte de este artículo y el que publica un mes después
(en febrero de 1849), intitulado El paneslavismo democrático[24], tiene por
objeto demostrar que esas «pequeñas naciones obstinadas» son necesariamente
contrarrevolucionarias y no tienen viabilidad histórica, están condenadas por
la historia.
Engels hace un análisis de la formación de la
monarquía austriaca, mostrando cómo intervienen en la dialéctica del proceso
histórico, combinándose e intercondicionándose, las luchas de clases, los
conflictos nacionales, los factores económicos y geográficos, los intereses
dinásticos, las tradiciones y prejuicios populares, el papel de las
personalidades –como el de Metternich–, etc. Tenemos aquí un sugestivo ejemplo
de aplicación de la nueva metodología a uno de los casos más complejos y
embrollados de la historia europea. Libre de todo «economismo», esa aplicación
no está exenta, en cambio, de cierta influencia de la filosofía hegeliana de la
historia. Basándose en el sometimiento y la colonización de los eslavos del
sur, durante varios siglos, por los alemanes y los magiares, Engels deduce que
esos eslavos no tienen «ningún porvenir», «ninguna viabilidad», «no pueden
llegar jamás a forma alguna de autonomía», mientras que los alemanes y magiares
asumen la iniciativa histórica en esa parte de Europa –las regiones danubianas–
salvando a Europa de los turcos y desempeñando siempre un papel progresivo.
Como la «salvación de Europa» fue asociada a la colonización de los eslavos,
Engels justifica esta por la positiva importancia histórica de aquella. Cuando
se trataba de salvar a Europa, dice, «¿había que tener en cuenta nacionalidades
caídas hacía tiempo en la impotencia y la descomposición como esos eslavos de
Austria?». Son pueblos sin «viabilidad histórica», a juicio de Engels, porque
no han sido capaces de constituir una burguesía nacional, mientras que en los
alemanes y magiares se desarrolla la burguesía, la potencia industrial, el
capital, la cultura, la vida intelectual. Engels fustiga la pretensión de los
pueblos agrupados en la Liga paneslavista a formar un gran imperio eslavo,
después de haber sido desnacionalizados y colonizados durante mil años, de no
haber podido resistir la invasión alemana y magiar, de no haber sabido
reconquistar su independencia y constituir un imperio viable. No hay nación en Europa,
dice, que no posea en algún sitio restos de uno o varios pueblos,
sobrevivientes de una población
antigua, sometida por la nación que llega a
convertirse en motor de la evolución histórica. «Como dice Hegel –escribe
Engels–, esas supervivencias de una nación implacablemente pisoteada por la
marcha de la historia, esos desechos de naciones, se convierten, en cada
ocasión, en los puntales fanáticos de la contrarrevolución y siguen siéndolo
hasta su exterminio o su desnacionalización definitiva; su misma existencia,
¿no es ya una protesta contra una gran revolución histórica?»[25].
La Revolución de 1848 –plantea Engels– obligó a
todos los pueblos europeos a pronunciarse por o contra ella. En un mes todos
los pueblos maduros para la revolución habían hecho la suya. Todos los pueblos
sin madurez se habían coaligado contra la revolución. Fuera de la alta nobleza,
de la burocracia y de la soldadesca, la camarilla de los Habsburgos austriacos
no encontró apoyo más que en los eslavos del sur. De ahí han salido las fuerzas
que han desempeñado el papel decisivo en la caída de Viena, en la derrota de
Italia y en la guerra contra los magiares. Si de algo se puede criticar a
Kossuth, dice Engels, es de su excesiva indulgencia con los croatas, esa
«nación contrarrevolucionaria por naturaleza».
Engels acusa a los paneslavistas de ser
instrumentos del zarismo: «El objetivo directo del paneslavismo es la
restauración, bajo la dominación rusa, de un imperio eslavo que vaya desde los
montes Metálicos y los Cárpatos al mar Negro, el Egeo y el Adriático […]. La
unidad eslava, o bien es pura utopía o bien es… el knut ruso». Critica
acerbamente la manera sentimental y abstracta de abordar los problemas de la
revolución que ha caracterizado a la generalidad de los revolucionarios de
febrero y marzo, así como al «pequeño partido democrático» existente entre los
eslavos del sur (una de cuyas principales figuras era Bakunin); arremete contra
los sueños exaltados de fraternización universal de los pueblos, de república
federativa europea y de paz mundial eterna; contra la declamación de las
grandes palabras –justicia, humanidad, igualdad, fraternidad, independencia y,
sobre todo, libertad– no seguida de acciones prácticas, declamación que en el
fondo solo sirve para disimular el desconocimiento de la realidad, la
perplejidad y la inacción; se indigna con Ruge, porque este garantiza a
Bakunin, en caso de victoria de la democracia alemana, la independencia de los
eslavos de Austria. La cuestión –plantea Engels– no es la «fraternización de
los pueblos europeos bajo una bandera republicana», sino «la alianza de los
pueblos revolucionarios contra los pueblos contrarrevolucionarios».
Frente a los argumentos de Bakunin y otros
eslavistas que reclaman fronteras «determinadas por la voluntad misma de los
pueblos sobre la base de sus
particularidades nacionales», Engels llega a
razonar de modo que suscribirían todos los ideólogos ilustrados del
imperialismo. Toma, por ejemplo, el caso de Estados Unidos y México y justifica
la plena legitimidad de la guerra de Texas y de la anexión de California por
los americanos, en que la operación «fue hecha pura y simplemente en interés de
la civilización». «¿Es una desgracia, pregunta, que la espléndida California
sea arrebatada a los perezosos mexicanos que no sabían qué hacer con ella? ¿Es
una desgracia que los enérgicos yankis, explotando rápidamente las minas de oro
que encierra, aumenten los medios monetarios, concentren en pocos años sobre
esta lejana orilla del Pacífico una población densa y un extenso comercio,
funden grandes ciudades y creen nuevas relaciones marítimas, tiendan un
ferrocarril de Nueva York a San Francisco, abran verdaderamente, por primera
vez, el océano Pacífico a la civilización y den al comercio mundial una nueva
dirección?»[26]. De análogo modo razona Engels sobre los «derechos históricos»
de los alemanes y húngaros: «Alemania y Hungría, dice, no pueden dejarse cortar
del Adriático en virtud de sus “necesidades geográficas y comerciales”, que no
son, ciertamente, un obstáculo para Bakunin, pero existen y son vitales para
Alemania y Hungría […]. Cuando se trata de la existencia y del libre despliegue
de todos los recursos de las grandes naciones, ¿cómo puede ser decisiva la
consideración sentimental de algunos alemanes o de algunos eslavos
dispersos?»[27].
El concepto de «pueblo revolucionario» o «nación
revolucionaria» es un concepto clave en todo este discurso de Engels. Designa,
como vemos, un producto de la historia, que en algunas de las formulaciones de
Engels parece convertirse en una «esencia» o «naturaleza» definitivamente
adscrita a los pueblos concernidos. En el segundo artículo, resumiendo su
análisis del primero, Engels formula muy claramente el fondo de su concepción:
«Ya hemos demostrado que esas pequeñas nacionalidades, remolcadas contra su voluntad
por la historia durante siglos, tienen que ser inevitablemente
contrarrevolucionarias y que la posición de todas ellas en la Revolución de
1848 ha sido efectivamente contrarrevolucionaria». Es fácil discernir la idea
metafísica subyacente: el movimiento de la historia es progresivo,
revolucionario; quien se oponga a él, quien no actúe en el «sentido» de la
historia, es contrarrevolucionario de necesidad. En otro pasaje del mismo texto
Engels plantea que si los eslavos, en algún periodo de su opresión, «hubieran
comenzado una nueva historia revolucionaria, habrían demostrado su viabilidad»
(como nación). «A partir de ese instante la revolución tendría interés en su
liberación, y el interés particular de los alemanes y de los magiares
desaparecería ante el interés más general de la
revolución europea. Pero, justamente, nunca fue así. Los eslavos fueron
siempre, con exclusión de Polonia, los instrumentos principales de los
contrarrevolucionarios. Oprimidos en su país, fueron en el extranjero, en todos
los lugares donde se extendía la influencia eslava, los opresores de todas las
naciones revolucionarias»[28]. Pero ¿cómo podían «comenzar una nueva historia
revolucionaria», sin levantarse contra sus opresores, los alemanes y los
magiares? Y si estos se movían también en la dirección de la historia, ¿a quién
reconocer el título de «revolucionario» en esa hipotética situación? Engels se
debate aquí en contradicciones que no vamos a examinar en este momento.
Volveremos sobre ellas en la tercera parte.
Engels se cura en salud contra los posibles
reproches que pueden hacérsele de halagar los prejuicios nacionales alemanes.
Recuerda que desde antes de la revolución los redactores de la NGR se opusieron
resueltamente a todas las mezquindades chovinistas de los alemanes. «Que se nos
permita, por tanto, no compartir las ilusiones delirantes sobre los eslavos y
juzgar a otros pueblos con la misma severidad que hemos juzgado a nuestra
propia nación.» Y, en efecto, Engels no se anda por las ramas. Saliendo al paso
de las promesas antes mencionadas de Ruge a Bakunin, Engels exclama: «¡Ni
hablar! A las parrafadas sentimentales que nos prodigan en nombre de las
naciones contrarrevolucionarias de Europa, respondernos que el odio a los rusos
fue y es la primera pasión revolucionaria de los alemanes, a la que, después de
la revolución, se añade el odio a los checos y a los croatas, y que de
concierto con los polacos y los magiares no podernos salvaguardar la revolución
más que por medio del terrorismo más decidido contra esos pueblos eslavos».
Cuando Bakunin declara: «lucharemos inexorablemente a vida o muerte hasta que
exista en el mundo un Estado eslavo al fin grande, libre e independiente»,
nosotros, dice Engels, sabemos lo que tenemos que hacer: «¡guerra, “guerra inexorable
a vida o muerte” contra los eslavos traidores a la revolución; guerra de
exterminio y de terrorismo ciego, no en interés de Alemania, sino en interés de
la revolución!».
Evidentemente, el criterio supremo para Engels es
el «interés de la revolución». Refiriéndose a la misma cuestión –que los
eslavistas estarían dispuestos a sumarse a la revolución a condición de que se
les garantizara la constitución de un Estado eslavo–, Engels responde: «La
revolución no se deja imponer condiciones. O bien se es revolucionario y se
aceptan las consecuencias de la revolución, sean las que sean, o bien se es
precipitado en los brazos de la contrarrevolución y, una buena mañana, tal vez sin
quererlo, se encuentra uno
del brazo de Nicolás y de Windischgratz».
El problema –o un aspecto del problema, porque hay
otros– comienza, claro está, cuando se trata de determinar ese famoso «interés
de la revolución». Como antes vimos, Engels pensaba que si algo se podía
reprochar a Kossuth era su «indulgencia» hacia los croatas. Pero habría que
preguntarse si la política de los dirigentes revolucionarios húngaros, hostil a
todo reconocimiento del derecho de autodeterminación de los pueblos eslavos que
se encontraban bajo su dominación, no debilitó su lucha, restándole aliados y
haciendo el juego a la política tradicional de la monarquía austriaca de
asentar la dominación de la elite alemana sirviéndose de unos pueblos contra
otros[29].
[1] Marx,
«El movimiento revolucionario en Italia», NGR, 30 de noviembre de 1848, II, pp.
192-197.
La guerra de liberación nacional italiana iniciada
en marzo de 1848 contra la dominación austriaca, encabezada por el reino de
Cerdeña (el actual Piamonte, principalmente), en cuyo trono estaba Carlos
Alberto, termina con la derrota de Custoza (el 25 de julio de 1848) y la
entrada de los austriacos en Milán (el 5 de agosto). Se firma un armisticio el
9 de agosto. La resistencia al ejército austriaco se mantiene únicamente en
Venecia, donde los republicanos se sublevan el 11 de agosto, dirigidos por el abogado
Manín, y resisten durante un año. El fracaso de Carlos Alberto, debido en gran
parte a su política, dominada por los intereses dinásticos, impulsa a los
republicanos a tomar la iniciativa en algunos estados italianos. En Florencia,
capital de Toscana, el gran duque Leopoldo II cede ante una insurrección de los
republicanos a finales de octubre y se forma un gobierno de izquierda. En enero
de 1849, después de la huida de Leopoldo, se proclama la república. Pío IX
maniobra también en sus Estados para prevenir la revolución. Nombra jefe de
gobierno al conde Rossi, político liberal enemigo de reformas profundas. Rossi
perece en un atentado el 15 de noviembre, el papa huye a Gaeta (reino de
Nápoles) y en Roma se proclama la república, eligiéndose una Asamblea
constituyente que el 6 de febrero de 1849 declara abolido el poder temporal del
papa. Se confía el poder ejecutivo a un triunvirato, cuya principal
personalidad es Mazzini. Garibaldi manda el ejército de voluntarios
republicanos (las camisas rojas) que debe proteger a la nueva república.
[2] 10 de
abril de 1848: el ejército y las fuerzas de orden público (los llamados
constables) bloquean una gran concentración proletaria organizada por los
cartistas, impidiéndole dirigirse al parlamento para entregar la tercera
petición demandando la adopción de la Carta; 15 de mayo: represión de la
manifestación del proletariado de París, que irrumpe en la Asamblea
constituyente e intenta imponer un nuevo gobierno. Son detenidos y procesados
los líderes revolucionarios (Blanqui, Barbés, Raspail y otros), cuyo proceso se
vería en marzo-abril de 1849, siendo condenados a largos años de cárcel. Este
golpe debilitó considerablemente la dirección del movimiento revolucionario
francés; 25 de junio: aplastamiento de la insurrección del proletariado de
París; 6 de agosto: entrada en Milán de las tropas austriacas; 1 de noviembre:
caída de Viena.
[3] Véase
supra, capítulo IX, n. 1.
[4] Marx,
«El movimiento revolucionario», NGR, 1 de enero de 1849, II, pp. 280-283.
[5] Uno de
esos raros comentarios es el artículo «La Reforme de París a propósito de la
situación en Francia», donde Marx polemiza con la interpretación idealista de
la revolución expuesta en un editorial de La Reforme. Le opone la
interpretación basada en la lucha de clases. No añade nada nuevo, salvo en la
explicación de por qué, después de las jornadas de junio, reverdecen en la
burguesía las actitudes monárquicas. «La Reforme –escribe Marx– juzga siempre
el carácter de la revolución de febrero según las declaraciones de febrero.
Lejos de ser roto por la revolución de febrero, el despotismo burgués encontró
su
plena realización. La corona, última aureola feudal
que disimulaba la dominación de la clase burguesa, fue arrancada. La dominación
de capitalismo apareció netamente. Durante la revolución de febrero la
burguesía y el proletariado combaten un enemigo común. Desde que el enemigo
común fue eliminado, las dos clases hostiles quedaron solas en liza y entre
ellas tenía que comenzar el combate decisivo. Pero si la revolución de febrero
ha completado la dominación de la burguesía, ¿a qué viene, podría preguntarse,
la recaída de la burguesía en el monarquismo? Nada más simple. La burguesía
tiene la nostalgia del periodo en que reinaba sin asumir la responsabilidad de
su dominación; cuando un poder aparente se interponía entre ella y el pueblo,
debía actuar a su favor y al mismo tiempo servirle de máscara; cuando tenía,
por así decirlo, un chivo expiatorio coronado, al cual atacaba el proletariado
cada vez que quería alcanzar a la burguesía, contra el cual ella misma se
aliaba al proletariado cada vez que ese poder resultaba molesto y pretendía
afirmarse como tal. El rey era su pararrayos contra el pueblo y el pueblo su
pararrayos contra el rey» (NGR, 3 de noviembre de 1848, II, pp. 83-88).
[6] El
primero de estos textos de Engels, «Relato del viaje de París a Berna», fue
publicado por primera vez en la revista de Kautsky, Die Neu Zeit, en 1898, y
figura como anexo en la edición francesa que venimos utilizando de los
artículos de la NGR (III, pp. 438-460). Sobre el origen de este viaje de Engels
véase supra, capítulo VIII, n. 39. El viaje lo hace a pie, deteniéndose en
varios pueblos franceses. El segundo texto, «La clase obrera francesa y las
elecciones», ha permanecido inédito hasta su publicación en la edición
soviética de las obras de Marx y Engels. Se encuentra también en la edición
citada de NGR, III, pp. 426-432.
[7] El
partido socialista democrático se había dividido desde febrero en dos grupos.
El de Ledru-Rollin, que participa en el gobierno provisional y luego en la
comisión ejecutiva, haciendo el juego, de hecho, a la burguesía republicana y
siendo cómplice, incluso, de la represión de junio. Engels caracteriza a
Ledru-Rollin de representante de la pequeña burguesía radical y dice que el 25
de febrero, «cuando el proletariado en armas era dueño de París y se podía
alcanzar una victoria total, esas gentes, en lugar de acciones revolucionarias
no tuvieron más que sublimes palabras de apaciguamiento, en lugar de medidas
rápidas y decisivas, promesas y consuelos» (NGR, III, p. 429). El otro grupo,
representado por Raspail y Barbés, había preconizado una línea de acción más
resuelta orientada –dicho con palabras de Raspail– a «la sustitución del
capital por el trabajo». El encarcelamiento de Raspail a consecuencia del 15 de
mayo le había dado aún mayor popularidad. Como dice Dautry: «La candidatura de
Raspail tenía la significación de una protesta proletaria contra todo lo
ocurrido desde junio y en especial contra la Constitución adoptada» (1848 et la
deuxième République, op. cit., p. 233). Al iniciarse los combates de junio, la
comisión ejecutiva (especie de segundo gobierno provisional designado por la
Asamblea constituyente) dimite y la Asamblea decreta el estado de sitio y
concede poderes dictatoriales al general Cavaignac. Aunque estos poderes son
suprimidos el 28 de junio, Cavaignac sigue en el poder hasta el 15 de
diciembre, cuando entra en funciones como presidente de la república Luis
Napoleón, elegido el 10 de diciembre. La Constitución aprobada por la Asamblea
el 12 de diciembre no recogía ninguna de las conquistas sociales de febrero.
[8] Marx,
«El movimiento revolucionario», NGR, 1 de enero de 1849, II, p. 281. En un
artículo posterior, «Los mil millones», Marx considera que esa tendencia de los
campesinos se acentúa cada vez más, polarizándose en torno a la reivindicación
de Devolución de los mil millones. Después de la restauración de la monarquía
en 1814, con Luis XVIII, se concedió a los contrarrevolucionarios emigrados, es
decir, a los aristócratas, etc., una indemnización de mil millones. Cuando el
gobierno provisional decretó un impuesto suplementario de 45 céntimos que
habría de provocar la cólera de las masas campesinas (al que alude el artículo
de Engels más arriba citado calificándolo de error del gobierno provisional),
en París aparecieron pasquines reclamando que en lugar de aumentar los
impuestos se ordenara la devolución de los mil millones. Aunque bajo otra forma
–un impuesto de mil millones sobre los ricos– esta reivindicación la presentó
Barbés en la Asamblea nacional. En su campaña electoral Luis Bonaparte había
prometido la anulación del aumento de los 45 céntimos y la devolución de lo
entregado. La campaña por la devolución de los mil millones cobró nuevo vigor,
unida a la exigencia de que fuera utilizada para reembolsar lo pagado en
concepto de aumento del impuesto. Esta reivindicación se hizo muy popular en
las masas campesinas y numerosas comunas rurales se dirigieron a la Asamblea
apoyándola. Marx ve en ella «la
primera medida revolucionaria que precipita a los
campesinos en la revolución» (NGR, 16 de marzo de 1849, 111, pp. 168-173). Los
hechos mostraron que este juicio era extraordinariamente exagerado.
[9] «La
situación en París», NGR, 31 de enero de 1849, II, pp. 352-355. La primera
cursiva es nuestra.
[10] Engels,
«La lucha de los magiares», NGR, 13 de enero de 1849, II, pp. 299-312. En un
artículo posterior –aparece en el último número de la NGR (19 de mayo de 1849),
III, pp. 367-378)– Engels relata la historia de la revolución nacional húngara.
Resumimos brevemente su contenido.
En el otoño de 1847 la Dieta de Presburg, bajo el
liderazgo de Kossuth, adopta una serie de decretos de carácter antifeudal, y el
24 de febrero de 1848, coincidiendo con la revolución de París, reclama un
gobierno autónomo. La revolución de Viena derriba las últimas resistencias y el
16 de marzo el gobierno austriaco acuerda la autonomía. Los lazos entre Austria
y Hungría quedan reducidos a la unión personal dinástica. En el marco de la
autonomía la revolución progresa rápidamente: supresión de todos los privilegios
políticos, introducción del sufragio universal, abolición de las cargas
feudales, etc. Se realiza la unión con Transilvania (así la llama Engels, pero
¿no era contra la voluntad de la población?) y la destitución del Ban rebelde
de Croacia, Jellacié (jefe de los croatas, que se rebela contra la dominación
húngara). Pero el ejército imperial se rehace apoyándose en el ejército de
Italia (el que ocupa el nordeste italiano), en las apetencias nacionales de los
checos, croatas y serbios, en la incorregible [sic] estrechez de espíritu de
los campesinos rutenos. El 17 de junio estalla una insurrección serbia y el 25
de agosto Jellacié declara la guerra al gobierno de Hungría. Todo ello con la
instigación y ayuda secreta del gobierno austriaco. El gobierno húngaro intenta
que el emperador vuelva a la vía constitucional. Envían a Viena una delegación
de 200 miembros, pero el emperador responde con evasivas. La agitación en
Hungría crece y el pueblo impone un cambio de gobierno, apartando algunos
«traidores» y haciendo a Kossuth presidente del nuevo gobierno. El 26 de
septiembre el emperador destituye el gobierno húngaro y nombra gobernador de
Hungría a Jellacié. Al principio, aprovechando la desorganización en el estado
mayor húngaro y algunas traiciones –algunos elementos de la alta nobleza
húngara toman partido por el emperador–, las tropas de Jellacié penetran en
Hungría, pero finalmente son batidas, rechazadas al territorio austriaco y el
ejército húngaro llega a las puertas de Viena, paralizando su avance por las
razones ya sabidas (véase supra, capítulo IX, n. 6). Después de la caída de
Viena las tropas húngaras son derrotadas en Schmechat, y durante unas semanas
se observa una tregua que ambos lados aprovechan para reforzarse. A finales de
diciembre el mando imperial pasa a la ofensiva con un ejército de 200.000
hombres, de los cuales más de la mitad son croatas, serbios, rumanos, etc. Los
húngaros disponen de unos 80.000 hombres entrenados y 60.000 reservistas o
voluntarios mal preparados. El entusiasmo y la energía del pueblo permite a
Kossuth, mientras organiza una lenta retirada, movilizar al máximo los recursos
del país y preparar las condiciones de una gran contraofensiva en marzo y abril
de 1849, llevando la guerra más allá de sus fronteras. El 14 de abril se
proclama la independencia. Pero los rusos preparan su intervención.
[11] «La
proclamación de la república en Roma», NGR, 22 de febrero de 1849, II, pp.
109-110.
[12] Engels,
«La guerra en Italia y en Hungría», NGR, 28 de marzo de 1849, III, pp. 206-211.
[13] Engels,
«La derrota de los piamonteses», NGR, 31 de marzo y 1 y 4 de abril de 1849,
NGR, III, pp. 212-220.
[14] ¿En que
se basa Engels para atribuir esa disposición al ejército francés? Ni en este
texto ni en ningún otro de este periodo hemos encontrado la menor explicación.
En su historia de la Revolución de 1848, Dautry dice que existía cierta
agitación entre los militares, sobre todo a nivel de los suboficiales, pero
que, en realidad, «los elementos de oposición en el ejército son una débil
minoría» (op. cit., p. 245). Se tiene la impresión de que Engels razona un poco
por analogía con las reacciones del ejército en la época napoleónica. Como
reconocerá muchos años después, el mimetismo respecto de la «gran revolución»
les inducirá con frecuencia a error, tanto a él como a Marx. A este aspecto nos
referiremos en la tercera parte.
[15] «La nueva
Santa Alianza», NGR, 31 de diciembre de 1848, II, pp. 278-279.
[16] Engels se
apoya en informaciones publicadas por la prensa francesa, sobre la existencia
de un gran complot contrarrevolucionario de las grandes potencias, una Santa
Alianza más, concluida esta vez entre Rusia, Inglaterra, Prusia, Austria,
Francia y Cerdeña. Carlos Alberto, rey de Cerdeña, habría recibido el encargo
de provocar la guerra con Austria para dar al ejército austriaco la
justificación para restablecer el
orden en Piamonte, Florencia y Roma. A cambio,
Carlos Alberto recibiría Parma y Plasencia, los rusos pacificarían Hungría y en
Francia se restauraría el Imperio (NGR, III, p. 217).
[17] Engels,
«La política francesa», NGR, 4 de abril de 1849, III, pp. 221-222. Engels cita
aquí unas palabras de autocrítica de Ledru-Rollin pronunciadas en una
intervención ante la Asamblea nacional: «Sí, debo confesarlo, he actuado mal;
el gobierno provisional hubiera debido enviar sus soldados a las fronteras no
para entregarse a conquistas, sino para proteger a nuestros hermanos oprimidos,
y entonces se hubieran acabado los déspotas en Europa. Pero en esa época
vacilamos en desencadenar la guerra. La culpa recae sobre la monarquía, que
había agotado nuestras finanzas y vaciado nuestros arsenales».
[18] El
ejército austriaco, contorneando Piamonte, había entrado en los ducados de
Parma y Módena, así como en el gran ducado de Toscana, restaurando los
correspondientes soberanos. Más tarde entra en Bolonia y la Romaña, zona norte
de los Estados pontificios. Pero en Roma se adelantan los franceses. Finalmente
(los austriacos) se apoderan de Venecia el 22 de agosto. Todas las revoluciones
italianas, así como el movimiento por la unidad nacional, quedan aplastados por
varios años.
[19] Engels,
«El ejército prusiano y la sublevación popular revolucionaria», NGR, 8 de mayo
de 1849, III, pp. 320-322; «Ofensiva de la contrarrevolución y victoria de la
revolución», NGR, 10 de mayo de 1849, III, pp. 337-338.
[20] Engels,
«El ejército prusiano y la sublevación popular revolucionaria», NGR, 8 de mayo
de 1849, III,
p. 337.
[21] Engels,
«Los rusos», NGR, 22 de abril de 1849, III, pp. 266-269.
[22] Engels,
«Hungría», NGR, 19 de mayo de 1849, III, pp. 367-378.
[23] Engels,
«La lucha de los magiares», NGR, 13 de enero de 1849, II, p. 312.
[24] Engels,
«El paneslavismo democrático», NGR, 15 y 16 de febrero de 1849, III, 62-82.
[25] Engels,
«La lucha de los magiares», NGR, II, p. 308. Engels ilustra esta tesis con
varios ejemplos: en Escocia, el pueblo de Gales apoyó a los Estuardos de 1792 a
1800; en Francia, los bretones sostuvieron a los Borbones de 1792 a 1800; en
España, los vascos son la base de Don Carlos. En el artículo «El paneslavismo
democrático» –que quiere ser una demostración de la imposibilidad de tal
paneslavismo– dice que el destino de la Revolución de 1848 dependía de la
posición de los checos y eslavos del sur, y estos se pusieron de parte de la
contrarrevolución. A la objeción de que el congreso de Praga tenía un carácter
revolucionario, Engels aduce que según recientes informaciones de Bakunin el
congreso no fue dispersado por los alemanes, sino por tropas formadas de
eslavos de Galitzia, de checos y de eslovacos. Además, dice, el bombardeo de
una ciudad como Praga hubiera despertado en cualquier otra nación un odio
inextinguible contra los opresores. Pero los checos besaron el látigo que los
había fustigado y se alinearon con entusiasmo bajo la bandera de los que habían
asesinado a sus hermanos y violado a sus mujeres.
[26] «La
independencia de algunos californianos y texanos españoles puede sufrir, la
“justicia” y otros principios morales pueden ser violados aquí o allá, pero
¿qué importancia tiene eso ante hechos tan importantes de la historia
universal?» (NGR, III, p. 66).
[27] Imaginando
un Estado moravo-bohemio independiente, separando como una cuña Silesia y
Austria, y una «república de los eslavos del sur», cortando a Austria y Stiria
de su salida natural al Adriático y el Mediterráneo, Engels exclama indignado:
«¡Y todo esto en agradecimiento al trabajo que se han dado los alemanes por
civilizar a los checos y eslovenos, de dura cabeza, y por introducir entre
ellos el comercio, la industria, una explotación agraria rentable y la
cultura!» (ibid., p. 71).
[28] «Una sola
tentativa valerosa de revolución democrática, incluso si es aplastada, borra de
la memoria de los pueblos siglos enteros de infamia y cobardía, rehabilita
inmediatamente a una nación profundamente despreciada hasta entonces. Los
alemanes nos apercibimos el año pasado. Pero mientras que franceses, alemanes,
italianos, polacos y magiares izaban la bandera de la revolución, los eslavos,
como un solo hombre, se han enrolado bajo la bandera de la contrarrevolución. A
la cabeza, los eslavos del sur, que desde hace muchos años ya han defendido
contra los magiares sus apetitos contrarrevolucionarios; después, los checos, y
detrás de ellos, armados para la batalla y prestos a intervenir en el momento
decisivo, los rusos» (ibid., p. 76).
[29] Sigmann
dice en su historia de la Revolución de 1848 que los voluntarios polacos del
ejército
húngaro insistieron repetidamente en que se
intentara una reconciliación con los croatas, serbios, eslovacos y rumanos sin
ser escuchados por la dirección húngara. Kossuth desautorizó al enviado en
París, L. Teleki, que en una reunión de la emigración internacional había
prometido una amplia autonomía a los pueblos de Hungría (Sigmann, op. cit., p.
311).
XI. HACIA EL PARTIDO OBRERO
Después del aplastamiento de la revolución de Viena
en octubre y del golpe de palacio de Federico Guillermo en diciembre, la
evolución de la situación en Austria y Prusia está dominada por dos problemas.
El primero, la pugna entre la contrarrevolución, que trata de consolidar y
ampliar sus éxitos, y el movimiento democrático, que intenta contraatacar y
reconquistar el terreno perdido. El segundo, la unidad alemana, que se concreta
en torno a la Constitución del Reich elaborada por la Asamblea nacional alemana
de Fráncfort. Son problemas diferenciados pero en estrecha conexión.
En lo que concierne a Austria, la solución que
ambos pueden tener depende, ante todo, del desenlace de la guerra húngara. El
gobierno del príncipe Schwarzenberg, formado después del aplastamiento de
Viena, tiene como principales objetivos integrar la gran burguesía en el bloque
de las clases dirigentes, consolidar el apoyo de los campesinos y asegurar la
unidad del imperio. El 4 de marzo de 1849 da un golpe de Estado similar al
prusiano del 5 de diciembre: disuelve la Asamblea nacional cuando estaba a punto
de aprobar el proyecto de constitución y otorga otra, preparada por los
servicios gubernamentales. Esta constitución otorgada trata de asegurar los
fines mencionados. Los campesinos quedan liberados de las cargas feudales y a
la alta burguesía se le da acceso al gobierno y la administración. La
unificación económica (aduanera-comercial) y política amplía considerablemente
el campo de sus actividades. Esta unificación se realiza en detrimento,
particularmente, de Hungría y de la región italiana-lombardo-veneciana, que
quedan incluidas en el todo indivisible de la monarquía, al mismo nivel que
naciones hasta entonces sometidas a los húngaros, como Croacia y Transilvania.
Las concesiones a las nacionalidades se limitan al plano municipal. Se
conservan las Dietas territoriales, las dos cámaras parlamentarias del Imperio,
con un sistema electoral censatario para la cámara baja, y el gobierno ya no es
–como en el proyecto de la disuelta Asamblea– responsable ante el parlamento.
El emperador, asistido por un consejo de Estado, dispone del derecho absoluto
de veto. La burguesía liberal vienesa acoge con satisfacción este compromiso
que le ofrece la monarquía y apoya plenamente la guerra contra los húngaros,
incluida la petición de ayudar al zar. La derrota de los húngaros en agosto
cierra definitivamente el periodo revolucionario y consagra el triunfo de la
contrarrevolución en todo el imperio austriaco,
pero no sobre las bases feudal-absolutistas de antaño, sino asentado en un
compromiso entre la nobleza y la burguesía, que crea condiciones más favorables
al desarrollo capitalista.
La creación de este Estado austriaco indivisible
implica cerrar definitivamente las puertas a la integración de la Austria
alemana en el nuevo Reich que intenta poner en pie la Asamblea de Fráncfort. Ya
desde finales de noviembre Schwarzenberg anuncia su hostilidad al proyecto y
reclama la participación de todo el imperio austriaco, con posición hegemónica,
en una Confederación germánica. Esta pretensión de las clases dominantes
austriacas, que significa, en la práctica, la aspiración a ser el núcleo dirigente
de un gran imperio extendido desde el Báltico al mar Negro y al Adriático,
contribuye, como veremos, a agudizar la lucha entre las fuerzas
contrarrevolucionarias y revolucionarias en Prusia y en el resto de los Estados
alemanes.
En Prusia, el golpe de palacio de diciembre deja en
pie parte de las libertades conquistadas en marzo, y las asociaciones
democráticas y obreras intensifican su actividad. Su acción política se
polariza en las elecciones a la nueva Asamblea nacional (segunda Cámara),
convocadas para el 22 de enero de 1849 sobre la base de la «constitución
otorgada» del 5 de diciembre. (El 22 de enero se elegían los grandes electores,
que, a su vez, debían elegir los diputados el 5 de febrero.) A finales de
diciembre los diputados de la izquierda y del centro-izquierda de la disuelta
Asamblea nacional forman un Comité central para coordinar la movilización de
las fuerzas populares. La oposición demócrata obtiene 160 diputados frente a
184 de la coalición conservadora-liberal. En Berlín, aún en estado de sitio,
salen elegidos los 9 candidatos demócratas, y en Silesia y Renania las ciudades
votan, por lo general, contra el gobierno. Aunque el resultado no es
concluyente, se pone de manifiesto que mientras el sufragio universal sea
mantenido es difícil obtener una mayoría reaccionaria suficiente. La monarquía
recurre, una vez más, al expediente de disolver la Asamblea, tomando ahora como
pretexto su votación contra la actitud del rey cuando este rechaza la corona
imperial. Al mismo tiempo el gobierno lanza una campaña contra el sufragio
universal, presentándolo como «comunista», portador de la anarquía, destructor
de la jerarquía y la individualidad, etcétera[1].
* * *
La táctica a seguir en relación con las elecciones
suscita divergencias en el seno de la Asociación Obrera de Colonia. Algunos
partidarios de Gottschalk –
que habiendo sido liberado a principios de enero se
exilia voluntariamente a Bélgica[2]– proponen que la Asociación presente sus
propios candidatos. Según el acta que se conserva de la asamblea celebrada el
15 de enero, Schapper y otros objetan que es demasiado tarde para proceder así.
Marx retiene esta consideración, pero va más lejos. «Además –dice– no se trata,
por ahora, de actuar en el plano de los principios, sino de oponerse al
gobierno, al absolutismo y al régimen feudal, lo cual también está al alcance
de simples demócratas, de los que se llaman liberales, que tampoco están
satisfechos, ni con mucho, del actual gobierno. Hay que tomar las cosas tal
como son. Puesto que en este momento lo importante es oponerse lo más posible
al absolutismo actual, una vez claro que en las elecciones no puede lograrse el
triunfo de nuestra posición de principio, el sentido común exige unirse a otro
partido, igualmente de oposición, para impedir la victoria de nuestro enemigo
común, la monarquía absoluta»[3]. En Colonia las candidaturas demócratas
obtienen una brillante victoria, obteniendo 200 de los 344 grandes electores.
La progresión de las fuerzas democráticas en la
provincia renana se refleja en los juicios que tienen lugar durante ese mes de
enero de 1849 contra los redactores de la NGR o los dirigentes de la Asociación
Obrera y de la Asociación Democrática. En todos los casos el jurado falla a
favor de los acusados[4]. Marx transforma su defensa en un requisitorio contra
la reacción prusiana, insistiendo sobre algunos de los aspectos y enseñanzas de
la revolución alemana, esclareciendo el proceso político seguido, denunciando
una vez más el pactismo. Refiriéndose a las tareas de la prensa revolucionaria,
como la NGR, plantea que no puede limitarse «a combatir las instancias más
generales y los poderes supremos. La prensa debe entrar en liza contra este
gendarme, este fiscal, este consejero provincial», porque «el edificio de la
servidumbre tiene sus sostenes más verdaderos en los poderes políticos y
sociales subalternos, en los que actúan directamente sobre la vida privada de
la persona, del individuo vivo». E insiste sobre una de las enseñanzas
principales de la revolución: «¿Qué es lo que ha provocado el fracaso de la
revolución de marzo? El no haber reformado más que la cúspide de la estructura
política, el no haber tocado los soportes, la vieja burocracia, el viejo ejército,
los viejos jueces, formados y encanecidos al servicio del absolutismo. El
primer deber de la prensa, por tanto, es minar todas las bases del sistema
político actual». Vuelve a plantear que es una ficción total abordar
«jurídicamente» los problemas de la lucha política y social en una situación
revolucionaria[5].
En el artículo que publica los días 21 y 22 de ese
mes de enero en la NGR
Marx profundiza la táctica que ha defendido en la
Asociación obrera[6]. El gran órgano liberal de Colonia, la Kölnische Zeitung,
había planteado que el dilema era entre la constitución otorgada y la república
roja. Marx replica que el dilema es entre «el antiguo absolutismo con un
sistema estamental renovado o un sistema representativo burgués […]. No se
trata, en absoluto, de una lucha contra las relaciones de propiedad burguesas,
como ha tenido lugar en Francia y se prepara en Inglaterra. Se trata, por el
contrario, de la lucha contra una constitución política (Marx se refiere a la
constitución otorgada en diciembre) que pone en peligro las «relaciones de
propiedad burguesas» al confiar el timón del Estado a los representantes de las
«relaciones de propiedad feudal», al rey de derecho divino, al ejército, a la
burocracia, a los señores rurales, a algunos barones de las finanzas y a
algunos burgueses ligados a ellos». La Asamblea nacional, plantea Marx, ha sido
dispersada porque representaba el interés de la burguesía, y añade que «el
sistema de tutela burocrático garantizado por la constitución otorgada es la
muerte de la industria». Hay que tener en cuenta también, dice, que «el
banquero de la contrarrevolución austro-ruso-prusiana, en el que la monarquía
de derecho divino deberá buscar siempre su apoyo exterior, es Inglaterra, y el
enemigo más peligroso de la industria alemana es la misma Inglaterra». Después
de describir el aparato del Estado absolutista y su política, mediatizados por
los intereses feudales y semifeudales, Marx concluye: «Utilizar los impuestos
para mantener el poder del Estado como fuerza de opresión independiente y
sagrada frente a la industria, el comercio y la agricultura, en lugar de
hacerle descender al rango de instrumento profano de la sociedad burguesa: he
ahí el principio vital de la constitución otorgada».
Pero ¿cómo explicarse, entonces –se pregunta Marx–,
que la burguesía prusiana acepta la constitución otorgada y con ella la
monarquía de derecho divino, la burocracia y el feudalismo? «El sector
comercial e industrial de la burguesía –responde– se arroja en brazos de la
contrarrevolución por miedo a la revolución.» Por otra parte, prosigue, «hay un
sector de la burguesía que, indiferente a los intereses comunes de su clase,
busca su interés particular, que puede ser hasta antagónico con aquellos». Y
Marx hace una descripción, alta en colorido, de los casos que pueden darse,
reveladora de cómo la experiencia directa de la lucha de clases en medio de la
crisis revolucionaria le ha aleccionado para distinguir entre los intereses del
conjunto de la clase y los de sus fracciones, grupos e individuos[7].
Al constatar que la burguesía se echa en brazos de
la contrarrevolución por miedo a la revolución, Marx hace la siguiente
reflexión: «Como si la
contrarrevolución no fuera el preludio de la
revolución». Poco después, polemizando también con la Kölnische Zeitung,
expresa la misma idea, más vigorosamente aún: «En la historia la
contrarrevolución ha llevado siempre, hasta ahora, a una revolución más radical
y más sangrienta»[8]. Esta tesis aparece repetidamente, de manera más o menos
explícita, en los juicios de Marx sobre el proceso de la Revolución de 1848.
Después de haber explicado en qué consiste el
dilema objetivamente planteado, Marx expone cuál debe ser, en su opinión, la
actitud de los obreros y masas populares, en general: «Nosotros –dice– somos
indudablemente los últimos en querer la dominación de la burguesía. Somos los
primeros en haber elevado nuestra voz en Alemania contra la burguesía, cuando
los actuales “hombres de acción” se agitaban, satisfechos de ellos mismos, en
querellas subalternas. Pero nosotros decimos a los obreros y a los pequeñoburgueses:
antes que volver a una forma social caduca, que so pretexto de salvar vuestras
clases sumergirá de nuevo a la nación entera en la barbarie medieval, vale más
sufrir en la sociedad burguesa moderna, cuya industria crea los medios
materiales necesarios para la fundación de una sociedad nueva que os liberará a
todos».
Cuando polemiza con el dilema «constitución
otorgada o república roja», Marx está refiriéndose, como queda claro de lo
expuesto, al contenido que el articulista de la Kölnische Zeitung pone en esa
república (liquidación de la propiedad privada burguesa, comunismo). No
significa que Marx rechace la alternativa republicana. Al contrario, piensa que
es la única posible, como había declarado al final de su artículo La burguesía
y la contrarrevolución. En el resultado de las elecciones ve la confirmación de
su análisis de diciembre[9]. La misma posición reitera en su crítica de la
línea contemporizadora con la reacción que mantiene el National Zeitung, órgano
de la izquierda liberal, o de los demócratas liberales – como también los llama
Marx– de la disuelta Asamblea nacional: «Lo dijimos desde el primer día en que
la contrarrevolución embistió contra nosotros: desde este momento no hay más
que dos partidos: los “revolucionarios” y los “contrarrevolucionarios”; y dos
consignas: “república democrática” o “monarquía absoluta”. Todo lo situado
entre los dos no es un partido, sino una simple fracción. La contrarrevolución
ha hecho todo para confirmar nuestro juicio de entonces. Las elecciones lo
ratifican espectacularmente. Cuando los partidos se afrontan tan brutalmente,
cuando la lucha se lleva con el mayor encarnizamiento y solo la superioridad
aplastante de la soldadesca organizada impide que la lucha sea llevada con las
armas en la mano, cesa toda política de mediación». «Los señores de la National
Zeitung y los de la antigua izquierda de
Berlín, de la que aquella es órgano, quieren
obtener de la contrarrevolución precisamente aquello por lo que la
contrarrevolución los ha disuelto. No han aprendido nada y no han olvidado
nada. “Quieren” lo que nunca obtendrán más que por medio de una nueva
revolución. Pero no quieren una nueva revolución.» No comprenden algo que es un
«hecho histórico»: «de una contrarrevolución violenta no se sale o se sale solo
por medio de la revolución». Y Marx reitera su convicción de que en la
situación creada en Europa la contrarrevolución reinante está engendrando una
nueva revolución: «La única “conquista” que nos queda no es una conquista
específicamente prusiana, una conquista de “marzo”, sino el resultado de la
Revolución europea de 1848: la contrarrevolución más general, más decidida, más
sangrienta, más violenta. Pero este resultado no es más que una fase de la
revolución europea y, por tanto, generador de un contragolpe revolucionario,
general y victorioso»[10].
En los resultados de las elecciones Marx ve
confirmarse también (con excesivo optimismo, según mostrarán los
acontecimientos) otra de las conclusiones a que llegaba en diciembre: la
principal conquista –sin comillas– del movimiento revolucionario de 1848 reside
en que el pueblo ha perdido sus ilusiones: «En las elecciones de primer grado
la pequeña burguesía, los campesinos, los proletarios, se han emancipado de la
tutela de la gran burguesía, de la alta nobleza y de la alta burocracia […],
han puesto fuera de combate, por aplastante mayoría, a los candidatos de la
gran burguesía y otros candidatos constitucionalistas muy acreditados». Cosa
normal, porque «los pequeñoburgueses, los campesinos y los obreros, ¿pueden
encontrar mejor forma de gobierno para representar sus intereses que la
república democrática? ¿No son esas clases, justamente, las más radicales, las
más democráticas de toda la sociedad? ¿No es el proletariado la clase
específicamente roja?»[11]. Marx aconseja al pueblo tener en cuenta la experiencia
de la revolución también en otro dominio importante. Comentando una información
sobre los procesos políticos en curso contra demócratas y los malos tratos de
que son objeto por jueces y policías, la NGR escribe: «Esperamos que en su
próxima victoria, contrariamente a lo ocurrido en marzo, el pueblo no será tan
ingenuo y olvidadizo como para dejar en ejercicio a todos sus verdugos. Puede
suponerse, casi con seguridad, que se apresurará a enviar a prisiones de
Pensilvania, durante seis meses, para abrir una información, a toda la banda de
funcionarios reaccionarios y, a su cabeza, esos leguleyos hipócritas, sedientos
de sangre, llamados jueces, y que para acabar de desintoxicarlos los utilizará
en la construcción de ferrocarriles y carreteras»[12].
* * *
Al mismo tiempo que sigue preconizando la acción
conjunta con los demócratas burgueses y pequeñoburgueses, Marx sale al paso,
una y otra vez, de toda mistificación de la democracia burguesa. A la National
Zeitung, que maneja en abstracto el concepto de «voluntad del pueblo entero»,
Marx le hace notar que su significación real es «voluntad de la clase
dirigente». Frente a la idealización del sufragio universal, advierte que «solo
es la brújula que indica, finalmente, tras algunas oscilaciones, claro está, la
clase llamada a dirigir»[13]. Reafirma su posición crítica respecto a las
izquierdas parlamentarias. «Nos gustan las posiciones claras –dice un editorial
de la NGR del 18 de febrero de 1849–. Jamás hemos coqueteado con un partido
parlamentario. El partido que representamos, el partido del pueblo, no existe
actualmente en Alemania más que a un nivel elemental. Pero cuando se trata de
combatir al “gobierno en ejercicio” nos aliamos incluso con nuestros enemigos.
Aceptamos como un hecho existente la oposición prusiana oficial, tal como ha
salido de las lamentables condiciones de la civilización alemana, y por eso en
el curso de la campaña electoral hemos dejado en un segundo plano nuestras
propias concepciones. Ahora, después de las elecciones, reafirmamos nuestro
antiguo punto de vista, sin contemplaciones respecto al gobierno ni hacia la
oposición oficial […]. La sedicente fracción democrática de la Asamblea
pactista es tan lamentable como la Asamblea misma. Era previsible que para ser
reelegidos esos señores reconocerían la constitución otorgada. Se caracterizan
por renegar a posteriori en los clubs democráticos lo que aprobaron antes en
las reuniones electorales. Esta astucia mezquina y liberal no ha sido jamás una
diplomacia revolucionaria.» (Marx se refiere concretamente a personalidades de
la llamada izquierda de la Asamblea nacional prusiana disuelta en diciembre,
como Stein, Waldeck y otros líderes demócratas[14].)
La crítica a esa «izquierda» se acentúa cada vez
más. En diciembre de 1848 los diputados de la izquierda de la Asamblea de
Fráncfort habían creado el Zentralmärzverein (Asociación central de marzo) para
agrupar bajo su dirección los múltiples clubs y asociaciones de oposición
existentes en los diversos Estados alemanes. A finales de marzo de 1849 incluía
ya 950 organizaciones locales con medio millón de miembros. Su acción se centra
en el problema de la unidad alemana, dejando en segundo plano el del régimen
político. A partir de marzo de 1849 impulsa la campaña por que los estados
alemanes aprueben la Constitución del Reich salida de la Asamblea de Fráncfort.
Marx y Engels
critican severamente la Zentralmärzverein desde su
formación, calificándola de «instrumento inconsciente de la contrarrevolución»
y llamando a sus promotores «girondinos de nuestra revolución»[15].
Respondiendo al reproche de «perjudicar la causa de la libertad minando la
Asociación de marzo», Marx expone las razones de su crítica: «En primer lugar,
la Zentralmärzverein es ineficaz, al menos de atribuir eficacia a sus mensajes.
Además es prisionera de una absurda esperanza común a los partidarios de la Constitución
–que para nosotros son reaccionarios más nocivos que el club del caballero
Radowitz– y a algunos demócratas realmente honestos, cuyo juicio está
enturbiado por absurdos planes de conciliación imperial. La indecisión será
siempre la característica fundamental de la mayoría de la asociación […]. Tal
vez aguijoneará el descontento del pueblo, pero en el momento decisivo lo
traicionará y se lamentará después de su error»[16].
La disolución de la Asamblea constituyente
austriaca y la publicación de la constitución otorgada por el emperador es
interpretado inmediatamente por la NGR como un paso significativo de la
estrategia de la nueva Santa Alianza y pronostica que se acerca la hora de la
Asamblea de Fráncfort. Denuncia una vez más su responsabilidad. En la placa
conmemorativa que recuerde su funesta actividad –dice el editorial de la NGR–
el transeúnte podrá leer: «Ha perecido por su propia culpa, por cobardía,
estupidez profesoral y deficiencia crónica, en parte bajo las burlas malvadas y
frías, en parte bajo la indiferencia total del pueblo». Sin embargo –prosigue
la NGR–, «parte de esos miserables traficantes se atreven todavía a envanecerse
de los “derechos fundamentales” salidos de la oficina de Fráncfort y a
glorificarse como si se tratara de una gran hazaña. Charlatanes como
lavanderas, se han batido con los “derechos fundamentales” como los
escolásticos de la Edad Media, mientras que el “poder fundamental” de la Santa
Alianza y de sus acólitos ampliaba sin cesar su organización y se burlaba cada
vez más alto de la charlatanería “fundamental” de esos profesores, de esos
filisteos, en torno a los derechos “fundamentales”. Los unos afirmaban sus
“derechos fundamentales” sobre un pedazo de papel; los otros, los señores de la
contrarrevolución, inscribían su “poder fundamental” sobre espadas bien
afiladas, cañones y regimientos eslavos. En cuanto el pueblo alemán hacia uso –
o parecía querer hacer uso– de su derecho fundamental en algún lugar de las
patrias germánicas, del derecho a rebelarse contra la tiranía feudal o
constitucional, Fráncfort despachaba contra él las “tropas imperiales” […]. En
tales casos esos señores de Fráncfort poseían el poder necesario. A título
prestado les venía de las filas mismas del ya citado “poder fundamental”: de
nuestros graciosos soberanos»[17].
La crítica de la llamada izquierda parlamentaria
desde las páginas de la NGR culmina, en cierto modo, con el extenso artículo
que dedica Engels al debate en la nueva Asamblea nacional con motivo del
mensaje de la Corona[18]. La finalidad del debate, anota Engels, no era otra
que legalizar los resultados obtenidos por la contrarrevolución. «¡Y hay que
interesarse en este género de discusiones mientras en Hungría e Italia la
revolución y la contrarrevolución se miden, las armas en la mano, mientras que
los rusos están en la frontera oriental y Francia se prepara a una nueva
revolución que hará temblar el mundo.» Considera de escaso interés que una
Asamblea como esa, elegida en estado de sitio y sesionando en la misma
situación, reconozca o no la constitución otorgada bajo análogas condiciones,
cuando «la marcha de la revolución europea reducirá a polvo todas las
constituciones actualmente en vigor, hayan sido o no otorgadas». A renglón
seguido de su acostumbrada nota optimista sobre las perspectivas revolucionarias,
Engels dice que lo único interesante del debate es «la arrogancia pueril de la
derecha y el cobarde hundimiento de la izquierda». «Estos señores de la
izquierda disminuyen sus pretensiones en la medida misma que la derecha aumenta
las suyas. En todos sus discursos se percibe ese abatimiento producto de
amargas decepciones, esa actitud abrumada del antiguo miembro de la misma
asamblea que primero dejó empantanarse a la revolución y después, hundiéndose
en el pantano por ella misma creado, lanzó un grito doliente: ¡el pueblo no
está aún maduro! Incluso los miembros más resueltos de la izquierda en lugar de
oponerse resueltamente a toda la asamblea siguen acariciando la esperanza de
obtener algún resultado en la Cámara y, gracias a la Cámara, obtener una
mayoría para la izquierda. En lugar de adoptar en el parlamento una actitud
extraparlamentaria, la única honrosa en tal Cámara, hacen concesión tras
concesión con la esperanza de una solución parlamentaria; en lugar de ignorar
en toda la medida posible el punto de vista constitucional, buscan
conscientemente la ocasión de coquetear con él por amor a la paz […]. ¿Por qué
intentan convencerse de que pueden obtener por vía parlamentaria lo que solo
pueden obtener por vía revolucionaria, por la fuerza de las armas? Sin duda, la
vía parlamentaria ha elevado esos señores a una altura […] donde l’esprit de
corps comienza y la energía revolucionaria, si la había, se evapora.» «La
mayoría (de los diputados de la izquierda) no han sido reelegidos porque su
labor de mayo a noviembre haya satisfecho a los electores, sino porque se
colocaron sobre un terreno revolucionario cuando decidieron oponerse a los
impuestos, porque podía esperarse que las patadas con que les había gratificado
el gobierno les habrían abierto los ojos acerca de
cómo hay que conducirse con la Corona y con el gobierno para lograr resultados
[…]. Pero en lugar de ir más a la izquierda esos señores van más a la derecha.
Se declaran dispuestos a olvidar y perdonar los malos tratos recibidos, ofrecen
la paz. Y son rechazados con risotadas. Lo tienen bien merecido.» Señala que el
discurso de De Ester constituye en cierta medida una excepción. «La audacia y
la vivacidad con que el diputado de Maguncia ataca a los señores de la derecha
impresiona agradablemente […]. Pero tampoco De Ester puede hablar sin
concesiones diplomáticas y sin circunloquios parlamentarios. Dice, por ejemplo,
que también él está enteramente de acuerdo con poner término a la revolución.
Si estas palabras, debidas a miramientos parlamentarios, son excusables en un
diputado, jamás hubiera debido pronunciarlas un miembro del Comité central
demócrata […]. Además, nadie le cree.»
* * *
Paralelamente a su constante enfrentamiento,
combinado con la acción común sobre objetivos concretos, con la plana mayor del
partido demócrata y, en particular, con sus representantes parlamentarios, Marx
y Engels, secundados por algunos de los miembros de la durmiente Liga de los
Comunistas, deben hacer frente a los ataques que les vienen de auténticos
revolucionarios, como Gottschalk, para los cuales la política de Marx entraña
el abandono de la causa proletaria.
Ya hemos aludido anteriormente a las divergencias
surgidas en relación con las elecciones a la nueva Asamblea prusiana. Aparece
también otro conflicto en torno a la Asociación obrera. Gottschalk creyó que
sería llevado de nuevo a la presidencia al salir de la cárcel (Marx no había
accedido a desempeñar el cargo más que provisionalmente), pero entretanto se
había modificado el peso relativo de las diferentes tendencias dentro de la
Asociación y el 28 de febrero, al mismo tiempo que se dan unos estatutos más democráticos,
la asamblea de la organización elige a Schapper presidente. La mayoría de la
nueva dirección secunda las posiciones políticas de Marx. Siete de los nueve
miembros que la forman pertenecían a la Liga de los Comunistas[19]. La
Asociación se escinde. Gottschalk y sus partidarios fundan otra que solo dura
dos meses. A mediados de enero este grupo comienza a publicar un portavoz,
Freiheit, Arbeit (Libertad, trabajo), que se presenta como continuador del
anterior órgano de la Asociación obrera y anuncia una lucha decidida «contra
todos los partidos, desde el partido
de la Nueva Gaceta Renana hasta el de la Nueva
Gaceta Prusiana (órgano de la nobleza reaccionaria)». El 25 de febrero
Freiheit, Arbeit publica una carta abierta «al señor Karl Marx» que expone el
fondo de las divergencias. Se inicia haciendo referencia al pasaje del artículo
de Marx del 22 de enero, donde dice a los obreros que más vale sufrir en la
sociedad burguesa moderna, cuya industria crea los medios materiales necesarios
para la fundación de una sociedad nueva, que no retroceder a una forma social
caduca. «¿Para qué, entonces, la revolución –dice la carta–, por qué nosotros,
gentes del proletariado, vamos a derramar nuestra sangre, si para escapar al
infierno medieval hemos de precipitarnos voluntariamente –como usted, señor
profeta, nos anuncia– en el purgatorio de un capitalismo decadente, a fin de
poder alcanzar el nebuloso cielo de vuestro credo comunista?» Semejantes
concepciones, prosigue la «carta abierta», solo pueden defenderlas
intelectuales que no sienten directamente los sufrimientos de los obreros:
«Usted no toma en serio la opresión. La miseria del obrero, el hambre de los
pobres, no ofrecen para usted más que un interés científico, doctrinario
[…]. Pero no
comprendéis lo que conmueve al corazón humano». La carta ironiza diciendo que
Marx había subordinado la revolución en Alemania a una revolución en Francia, y
la revolución en Francia a una revolución en Inglaterra. Cuando era «aquí y
ahora», sin más deliberaciones ni vacilaciones, que el proletariado debía
realizar su revolución. La revolución debía ser permanente hasta la victoria
del proletariado[20].
Marx no respondió a estos ataques. Según unos
historiadores (como Nikolaevski y Cornu), por no fomentar discusiones en la
izquierda cuando todas las fuerzas debían ser concentradas contra la reacción
(explicación poco plausible teniendo en cuenta el constante enfrentamiento de
Marx con la izquierda demócrata); según otros (como Mijailov), además de esa
razón hubo la preocupación de que las masas, dado su bajo nivel político,
pudiesen interpretar mal la respuesta que Gottschalk se merecía[21]. Otra hipótesis
plausible, a nuestro juicio, sería que Marx considerase que ese radicalismo,
tácticamente erróneo en el momento dado, podía dejar de serlo a breve plazo.
¿No prevén, él y Engels, la proximidad de una nueva ola revolucionaria que
conduzca a la victoria del proletariado y las masas populares en los
principales países europeos?
Esta perspectiva, que incluye la idea del paso de
la burguesía a la contrarrevolución y del papel creciente del proletariado,
puede explicar otros pasos de Marx en esos primeros meses de 1849. Uno de
ellos, la mayor atención que dedica a la situación de la clase obrera en
Alemania. El 5 de enero, en
efecto, aparece el primer artículo de Marx en la
NGR denunciando las condiciones de explotación de los obreros alemanes[22].
Después de explicar el régimen de las workhouses en Inglaterra, Marx escribe:
«si en algún punto la burguesía prusiana se aproxima a su ideal británico, es
en la explotación desvergonzada de la clase obrera». Aunque «en tanto que
cuerpo constituido, considerada en su conjunto», también en este dominio está
por detrás de la burguesía inglesa. Pero en el plano de la provincia, de la ciudad,
en el plano local y privado, «trata a la clase obrera con menos miramientos que
la burguesía inglesa». En este artículo de Marx –que por lo demás se concentra
en un problema muy local– encontramos la siguiente reflexión sobre los efectos
psicológicos de la manera como el oprimido puede considerar la opresión que
sufre según el estatuto o las calidades del opresor: «¿Por qué –se pregunta–
los pueblos han sentido desde la Restauración nostalgia por un Napoleón
relegado a una roca solitaria en el Atlántico? Porque el despotismo de un genio
es más soportable que el despotismo de un imbécil. Así, el obrero inglés puede
aún presumir con cierto orgullo nacional vis a vis del obrero alemán, porque el
dueño que lo atenaza domina al mundo entero, mientras que el amo del obrero
alemán, el burgués alemán, es el criado del mundo entero, y nada hay más
funesto, más humillante, que ser el criado de un criado».
Entre el 5 y el 11 de abril de 1849 se publica en
la NGR Trabajo asalariado y capital[23], basado en las conferencias dadas por
Marx en Bruselas en 1847. Se inicia con una explicación de por qué, hasta ese
momento, la NGR no se ha ocupado de las «relaciones económicas». La explicación
arroja nueva luz sobre la política de la NGR en el año transcurrido desde que
se inician las revoluciones de 1848. «De diversas partes –dice el texto– nos
han reprochado no haber expuesto las relaciones económicas que forman la base
material de la lucha de clases y de las luchas nacionales de nuestros días.
Deliberadamente no hemos examinado esas relaciones –de modo rápido– más que
allí donde estallaban directamente en colisiones políticas. Se trataba, ante
todo, de seguir la lucha de clases en la historia diaria y de demostrar
empíricamente, con la materia histórica existente y en diaria renovación, que
al ser derrotada la clase obrera, protagonista de febrero y marzo, fueron
derrotados también sus adversarios: en Francia, los republicanos burgueses; en
todo el continente europeo, las clases burguesas y campesinas en lucha contra
el absolutismo feudal; que el triunfo de la “honorable república” en Francia
fue, al mismo tiempo, la derrota de las naciones que habían respondido a la
revolución de Francia con heroicas guerras de independencia; y, finalmente, que
con la derrota de los obreros
revolucionarios Europa ha vuelto a caer en su
anterior y doble esclavitud: la esclavitud anglorrusa. La batalla de junio en
París, la caída de Viena y la tragicomedia de noviembre en Berlín, los
esfuerzos desesperados de Polonia, Italia y Hungría, el sometimiento de Irlanda
por hambre: tales fueron los principales acontecimientos en que se expresó
concentradamente la lucha de clases entre burguesía y clase obrera. Esos
acontecimientos nos han permitido demostrar que todo levantamiento
revolucionario, por muy lejana que parezca estar su meta de la lucha de clases,
debe forzosamente fracasar mientras no triunfe la clase obrera revolucionaria;
que toda transformación social será una utopía mientras la revolución
proletaria y la contrarrevolución feudalista no midan sus armas en una guerra
mundial […]. Ahora, cuando nuestros lectores han visto desenvolverse en
grandiosas formas políticas la lucha de clases del año 1848, ha llegado la hora
de examinar más de cerca las relaciones económicas propiamente dichas en que
descansan, tanto la existencia de la burguesía y su dominación de clase como la
esclavitud de los obreros.»
El texto, anuncia Marx, se divide en tres grandes
capítulos: «1) Relación entre el trabajo asalariado y el capital, esclavitud
del obrero, dominación del capitalista. 2) Inevitable ruina, bajo el sistema
actual, de las clases medias burguesas y del llamado estamento campesino. 3)
Sojuzgamiento comercial y explotación de las clases burguesas de las distintas
naciones europeas por el déspota del mercado mundial: Inglaterra». Solo
escribirá el primero, y no completo.
Esta inflexión de la línea de la NGR hacia los
problemas más directamente sociales –aunque su orientación fundamental sigue
centrada en los problemas políticos– se explica, tal vez, no solo por la razón
indicada (la acentuación, según Marx y Engels, de la perspectiva revolucionaria
proletaria), sino también por el desarrollo mismo del movimiento obrero en los
Estados alemanes[24]. Durante el invierno 1848-1849 se forman numerosas
asociaciones obreras, de carácter predominantemente político en la mayor parte
de los casos. Se destaca, en particular, la actividad de la Fraternidad Obrera
fundada por Born, que celebra su segundo congreso nacional en Leipzig del 27 al
29 de diciembre de 1848, seguido de otros en diversos Estados alemanes. Al que
se celebra en Heidelberg, los días 28 y 29 de enero de 1849, asiste Feuerbach,
y en él se acuerda la fusión de los órganos dirigentes de Fraternidad Obrera,
cuya influencia se extendía sobre todo al norte de Alemania, y del Congreso
general obrero alemán, que agrupaba a una serie de asociaciones obreras del sur
de Alemania. Al nuevo Comité central unificado, con sede en Leipzig, se le
encargó
convocar un congreso de toda Alemania Para crear la
Unión General de los Obreros Alemanes. Acuerdos similares se adoptaron en los
congresos obreros organizados por la Fraternidad en Hamburgo, Turingia,
Baviera, etc., durante los meses siguientes. La visita de Born a Marx,
mencionada anteriormente, tuvo lugar, justamente, después del congreso de
Heidelberg y debió ejercer cierta influencia en la orientación de Marx y su
grupo comunista de la NGR y de la Asociación obrera de Colonia. Inmediatamente
después de esa visita la Asociación obrera decide en asamblea general
participar en la iniciativa lanzada por Born de crear una organización obrera
de toda Alemania. En la misma asamblea Marx y Engels se proponen para dar
cursos gratuitos a los miembros de la Asociación sobre problemas sociales. Más
tarde la Asociación acuerda organizar la discusión de Trabajo asalariado y
capital a medida que vaya publicándose en la NGR. El 11 de marzo la NGR inserta
un documento de la Asociación dirigido a las asociaciones obreras de la
provincia renana para establecer relación regular. De estas relaciones, al
parecer, sale el acuerdo de que el comité de la Asociación obrera asuma las
funciones de comité regional. Y en esos mismos días Marx y su grupo toman una
importante decisión que consuma el viraje iniciado: renunciar a sus puestos
dirigentes en el partido demócrata de Renania y consagrarse a agrupar las
asociaciones obreras de la región. En la declaración que hacen a este propósito
explican así su decisión: «Estimamos que la organización actual de las
asociaciones democráticas encierra en su seno demasiados elementos heterogéneos
para que sea posible una actividad provechosa en relación con el objetivo que
se ha fijado la causa. Consideramos, por el contrario, que una ligazón más
estrecha de las asociaciones obreras es preferible porque están compuestas de
elementos homogéneos, y por esta razón dimitimos desde hoy del comité regional
renano de las asociaciones». Firman: Marx, Schapper, Annecke, Becker, Wolff. El
sentido de esta declaración se precisa más con el acuerdo que toma al día
siguiente la asamblea de la Asociación obrera: «I) Salir de la Federación de
asociaciones democráticas de Alemania y afiliarse a la Federación de
asociaciones obreras alemanas, cuyo Comité central tiene la sede en Leipzig. 2)
Encargar a su Comité de convocar en Colonia un congreso provincial de todas las
asociaciones obreras de Renania y Westfalia antes de la reunión del congreso
general de trabajadores de Leipzig, con objeto de estrechar los vínculos del
partido auténticamente social. 3) Enviar delegados al congreso de las
asociaciones obreras de Alemania, que tendrá lugar próximamente en Leipzig». Al
día siguiente el Comité de la Asociación decide crear una Comisión provisional
de seis miembros –Marx, Wolff, Schapper,
Anneke, Esser y Otto– encargada de ponerse en
relación con las asociaciones obreras de la provincia, a fin de preparar el
congreso provincial para el primer domingo de mayo. El 24 de abril esta
Comisión (en ausencia de Marx, que ha emprendido un viaje por el norte de
Alemania en busca de fondos para la NGR) aprueba un documento que reitera la
explicación más arriba citada sobre las razones que determinan la retirada de
la Federación de asociaciones democráticas. («Esta medida ha sido provocada por
la convicción de que no había nada ventajoso que esperar para los intereses de
la clase obrera o de la gran masa del pueblo, dada la diversidad de elementos
dentro de las asociaciones en cuestión.») «La Comisión –dice el documento– ha
decidido invitar a nombrar sus representantes para un congreso provincial, a
celebrar el 6 de mayo, a todas las asociaciones obreras y a todas las otras
asociaciones que pese a no llevar hasta ahora ese nombre se pronuncian
resueltamente por los principios de la democracia social»[25]. Durante mucho
tiempo se ha creído que este congreso no tuvo lugar, pero finalmente pudo
comprobarse que se realizó en la fecha indicada. Lo extraño es que la NGR no
hiciese referencia alguna al mismo. Tal vez se explique porque en ese momento
habían comenzado ya las insurrecciones armadas en diversos Estados alemanes (a
las que nos referiremos más adelante) y podía temerse la instauración del
estado de sitio en Colonia[26].
Los datos anteriores (los únicos existentes hasta
hoy) no permiten conocer con exactitud las razones concretas por las que Marx y
su grupo deciden renunciar a sus cargos en el partido demócrata. (La
«heterogeneidad» de este partido era bien sabida desde el comienzo.) Puede
suponerse, a la luz de todo lo expuesto, que sus divergencias con los líderes
demócratas pequeñoburgueses habían llegado a un punto de saturación. Y, por
otro lado, que toman conciencia de la conveniencia y la posibilidad –dado el
desarrollo experimentado por las organizaciones obreras– de pasar a una nueva
fase en la formación del partido obrero. La labor de diferenciación y
demistificación realizada por la NGR, fundamentalmente en el plano político,
había contribuido sin duda a preparar el terreno, a clarificar la diferencia
entre una línea democrática proletaria y una línea democrática pequeñoburguesa.
Se trataba ahora de pasar a una fase más avanzada en la creación de un partido
obrero independiente.
Marx, sin embargo, se opone a la reorganización de
la Liga de los Comunistas intentada en ese periodo por algunos de sus miembros
más caracterizados, como Moll y Schapper. Ya sabemos que después de los
acontecimientos de septiembre de 1848 en Colonia Moll había marchado a Londres.
En octubre crea allí un nuevo Comité central de la Liga con Heinrich Bauer y
Georg Eccarius. Se dan
nuevos estatutos y deciden que Moll regrese
clandestinamente a Alemania para reorganizar la Liga. En lo que respecta a
Colonia, lleva la directiva de crear una comuna de la Liga «incluso sin acuerdo
de Marx». También en octubre, con motivo del segundo congreso demócrata, se ven
en Berlín algunos miembros de la Liga, entre los cuales Ewerbeck, presidente de
la comuna de la Liga en París. (Fuera de Alemania, en Londres, París, Suiza y
Bruselas, las organizaciones de la Liga siguen existiendo durante la revolución,
aunque sin ninguna actividad digna de mención.) Por una carta de Ewerbeck se
sabe que en las conversaciones de Berlín se barajó el proyecto de organizar un
congreso de la Liga en Berlín e instalar allí el Comité central[27].
A finales de 1848 o comienzos de 1849 Moll llega a
Alemania y se entrevista en Colonia con Schapper, que decide colaborar con Moll
en la organización de la Liga. En febrero hubo una reunión en la redacción de
la NGR, con participación de Marx, Engels, Wolff, Schapper, Moll y otros siete
comunistas de Colonia, entre ellos Röser. Según el testimonio de este último,
«se discutió la cuestión de si procede o no reorganizar la Liga. La discusión
la llevaron, fundamentalmente, Marx, Engels y Wolff, de un lado; Schapper y
Moll, de otro. Marx declaró de nuevo que existiendo aún libertad de prensa y de
palabra no hace falta la Liga. Schapper y Moll declararon, por el contrario,
que la existencia de la Liga era extremadamente necesaria». En una reunión
anterior, sin asistencia de Marx y Engels, Schapper había argumentado que él
«nunca había estado de acuerdo con la disolución de la Liga realizada por Marx»
y que su reorganización era muy necesaria porque la libertad de prensa y de
palabra, ya muy restringidas, «serían cada vez más limitadas». En la reunión de
la NGR Marx criticó los nuevos estatutos adoptados por el grupo de Londres, por
dos motivos: primero, porque en ellos se proclamaba como objetivo central de la
Liga «la república una e indivisible», en lugar del derrocamiento de la
burguesía, la instauración de la dominación del proletariado, etc., como
figuraba en los estatutos aprobados por el segundo congreso; segundo, por la
inclusión en los nuevos estatutos de algunos preceptos (como el castigo con la
pena de muerte en caso de divulgación de secretos de la Liga) que Marx juzgaba
propios de las sectas conspirativas dedicadas a organizar complots[28].
Moll y Schapper prosiguieron, no obstante, su
intento de reorganización de la Liga. Moll organiza en Berlín una comuna que es
descubierta inmediatamente (finales de marzo). La policía cree que la Liga está
dirigida desde Colonia por un Comité formado por Anneke, Engels, Gottschalk,
Moll y Marx, y envía allí un comisario especial para proceder en consecuencia.
Las autoridades de Colonia se
oponen a su misión, temiendo que la detención del
grupo pueda provocar desórdenes en la ciudad, dada la tensión política
existente[29].
En resumen, Marx se opone a la reorganización de la
Liga, en la que sigue viendo un simple instrumento de propaganda e innecesario,
por tanto, cuando existe libertad de palabra y de prensa, al mismo tiempo que
parece orientarse a cooperar en la creación de un partido obrero independiente,
de masas, construido sobre la base de agrupar las organizaciones que la propia
clase obrera se ha dado en el proceso de su lucha.
La renuncia a los cargos dirigentes provinciales en
el partido demócrata no significa, como los acontecimientos pondrán de
manifiesto enseguida, renunciar a colaborar con él en la lucha contra la
reacción absolutista. Pero la actitud hacia ese partido es cada vez más crítica
y conflictiva.
[1] Véase
Droz, op. cit., pp. 471-475. A la cuestión de la «corona imperial» y su rechazo
por el rey de Prusia nos referimos más adelante.
[2] Al ser
liberado, Gottschalk intenta volver a la presidencia de la Asociación Obrera,
proponiendo, al mismo tiempo, aumentar los poderes del presidente. La asamblea
de la Asociación rechazó esta propuesta. Decepcionado e indignado por esta
actitud de los miembros de la Asociación que antes le seguían sin vacilar,
Gottschalk decidió exiliarse voluntariamente. Pero sus amigos controlaban el
periódico de la Asociación (Freiheit, Brüdetlichkeit, Arbeit), que reanuda su
publicación en enero con el título Freiheit, Arbeit. El 29 de enero la
Asociación decidió no reconocer esta publicación como órgano suyo y reanudar la
edición del primero, que se publicó desde el 8 de febrero de 1849 hasta
mediados de julio del mismo año, paralelamente al portavoz del grupo Gottschalk.
Gottschalk se presentó candidato por Bonn en las elecciones a grandes
electores, sin éxito. A partir del verano de 1849 Gottschalk dejó, casi por
completo, las actividades políticas, consagrándose a su labor de médico de los
pobres. En esos meses se declaró una epidemia de cólera en Colonia y Gottschalk
fue el único médico que luchó contra el mal en las barriadas miserables donde
vivían los obreros, sucumbiendo él mismo en septiembre de 1849. Su entierro fue
una manifestación del proletariado de Colonia (véase Mijailov, op. cit., p.
276, y Nikolaevski, op. cit., p. 159).
[3] «Sesión
del Comité de la Asociación obrera del 15 de enero de 1849», reproducido en los
anexos de NGR, III, pp. 501-502.
[4] El
primer juicio contra la NGR tiene lugar el 7 de febrero de 1849. Comparecen
Marx, como director, Engels, redactor, y Korff, gerente, para responder del
artículo Detenciones, publicado en el número del 5 de julio de 1848 con motivo
de las detenciones de Gottschalk y Anneke. El 8 de febrero se ve el juicio
contra Marx, Schapper y el demócrata Schneider por su actuación como miembros
del Comité renano del partido demócrata, acusados de incitación a la rebelión
en el llamamiento del 18 de noviembre de 1848, invitando a la población renana
a participar en la campaña de boicot de los impuestos. Marx comenta el fallo
absolutorio de los jurados como legitimatorio del acuerdo de la Asamblea
nacional y del llamamiento, en cumplimiento de ese acuerdo, a resistir a la
fuerza pública, a organizar una fuerza armada que resista a la fuerza del
Estado, a deponer y nombrar por cuenta propia las autoridades que se opongan
(NGR, III, pp. 47-48).
[5] Las
intervenciones de Marx y Engels en ambos procesos se publican en los números de
la NGR del 14, 25 y 27 de febrero de 1849, III, pp. 7-46. En su defensa, Marx
desmonta una vez más el mecanismo del pactismo. Uno de sus elementos era querer
conservar el «terreno jurídico», pero era «una ilusión de juristas,
porque no es la sociedad la que reposa sobre leyes,
sino las leyes sobre la sociedad. Mantener las leyes anteriores es entrar a
cada paso en contradicción con las nuevas necesidades y preparar así crisis
sociales que estallan bajo la forma de revoluciones políticas». Se refiere
también al factor de dualidad de poderes que interviene en la situación
revolucionaria creada en Alemania (el poder de la Asamblea nacional y el poder
del rey). Aunque «concluyeron un armisticio y el pueblo fue engañado», eran dos
poderes soberanos y «uno de los dos debe destruir el otro; dos poderes
soberanos no pueden funcionar conjuntamente y simultáneamente en un mismo
Estado; no tiene sentido, como la cuadratura del círculo». Respondiendo al
fiscal que reprocha a la Asamblea nacional no haber querido la reconciliación,
Marx dice: «Si el pueblo hace algún reproche a la Asamblea nacional es por su
frenesí de reconciliación […]. Es su manía de pactar la que le ha apartado poco
a poco del pueblo, la que le ha hecho perder posiciones, la que finalmente la
ha expuesto a los ataques de la corona sin tener la nación tras ella. Cuando al
fin ha querido afirmar su voluntad se ha encontrado aislada, impotente,
justamente porque no ha sabido manifestar y afirmar su voluntad en el momento
oportuno». Plantea que el pactismo ha hecho quiebra porque no se trataba del
conflicto entre dos fracciones políticas sobre el terreno de una misma
sociedad, sino del «conflicto de dos sociedades, de un conflicto social que
había tomado una forma política», la lucha entre la vieja sociedad feudal
burocrática y la sociedad burguesa moderna. Señala que el boicot de los
impuestos ha sido un arma eficaz en las revoluciones burguesas. Por ahí empezó
la revolución inglesa del siglo XVII.
[6] Marx,
«Montesquieu LVI», NGR, 21 y 22 de enero de 1849, II, pp. 319-336.
[7] En ese
sector de la burguesía que indiferente a los intereses generales de su clase
busca su interés particular, incluso antagónico con aquellos, Marx ve en ese
momento «los barones de las finanzas, los grandes acreedores del Estado, los
rentistas, cuya riqueza crece en proporción a la pobreza del pueblo, y gentes
cuya actividad está vuelta hacia las situaciones políticas del pasado. Por
ejemplo, Dumont y su proletariado literario zarrapastroso, profesores
ambiciosos, abogados y otros personajes del mismo género, que no pueden esperar
puestos de importancia más que en un Estado donde sea lucrativo traicionar el
pueblo en beneficio del gobierno. Fabricantes aislados que hacen buenos
negocios con el gobierno, proveedores que obtienen pingües beneficios de la
explotación general del pueblo, pequeñoburgueses cuya influencia desaparece en
la vorágine de la gran vida política, consejeros municipales que bajo la
protección de las instituciones existentes hasta hoy podían hacer triunfar sus
sucios intereses privados a costa de los intereses públicos, negociantes en
aceite que por traicionar a la revolución han sido hechos caballeros de la
Orden del Águila, mercaderes de paños en quiebra y especuladores sobre los
ferrocarriles convertidos en directores de la Banca real…». El Dumont de que
habla aquí Marx era el propietario de la Kölnische Zeitung, y el «negociante en
aceite» condecorado, Camphausen.
[8] NGR, II,
p. 335; NGR, III, p. 54.
[9] Marx,
«La división del trabajo en la Kölnische Zeitung», NGR, 11 de febrero de 1849,
III, p. 57.
[10] Marx, «La
National Zeitung de Berlín», NGR, 27 y 28 de enero de 1849, II, pp. 347-350.
«Esos señores “quieren” no la revolución, sino un ramillete de resultados de la
revolución: un poco de democracia, un poco de constitucionalismo, algunas leyes
nuevas, el arrinconamiento de las instituciones feudales, la igualdad civil,
etc. […]. Pero lo más divertido es que a la evolución histórica le tiene sin
cuidado lo que esos señores “quieren” o “no quieren”» (ibid., p. 350).
[11] Marx, «La
Kölnische Zeitung y las elecciones», NGR, 1 de febrero de 1849, II, pp.
360-361.
[12] «El
proceso político», NGR, 10 de febrero de 1849, III, p. 50. «Prisiones de
Pensylvania»: Marx designa el sistema penitenciario de aislamiento de cada
detenido en una celda. La primera cárcel de este tipo fue instalada en
Filadelfia, Estado de Pensylvania (Estados Unidos) en 1791.
[13] Véase
supra, n. 9.
[14] «Stein»,
NGR, 18 de febrero de 1849, III, pp. 95-96.
[15] Marx, «La
Asociación de marzo de Fráncfort y la Nueva Gaceta Renana», NGR, 17 de marzo de
1849, III, p. 174.
[16] Ibid.,
pp. 174-175. Marx hace un paralelo entre la Zentralmärzverein y el Club des
feitillants, de París, que durante la gran revolución francesa defiende al
mismo tiempo el rey y la constitución. Según Marx, los vacilantes de ese tipo
«siempre han sido apartados antes de que estalle la verdadera revolución»
(p. 175).
[17] «Viena y
Fráncfort», NGR, 13 de marzo de 1849, III, p. 147. La Constitución elaborada
por la Asamblea de Fráncfort contenía como introducción una declaración de los
derechos fundamentales del pueblo alemán, que había sido aprobada ya en 1848.
[18] Engels,
«El debate de Berlín sobre el mensaje», NGR, 30 de marzo de 1849, III, pp.
194-197, 204-
205.
[19] Véase
Mijailov, op. cit., p. 280.
[20] Véase
Mijailov, op. cit., pp. 278-279. Lo toma de Freiheit, Arbeit del 25 de febrero
de 1849. Citado también por Nikolaevski (op. cit., pp. 158-159), del que
tomamos el pasaje final, no citado por Mijailov. En abril la primera sección de
la Asociación obrera de Colonia adopta una moción criticando severamente el
comportamiento político de Gottschalk y apoyando la táctica de Marx. En el
primer punto de la moción se dice que Gottschalk ha presentado en su órgano a
Marx como «amigo y de la misma opinión que el diputado Franz Raveaux, de
Fráncfort, cuando en realidad en la sesión del Comité, el 8 de febrero, el
ciudadano Marx se expresó de modo tal que sosteniendo momentáneamente la
candidatura de Raveaux y Schneider II estaba muy lejos de coincidir con esos
señores en el plano de los principios, y además el primero ha sido atacado sin
contemplaciones por la Nueva Gaceta Renana cuando estaba en el apogeo de su
gloria. Además, por el momento, la cuestión no está entre demócratas rojos y
demócratas pálidos, sino que se trata esencialmente de oponerse al absolutismo,
y para alcanzar ese objetivo los demócratas rojos y los demócratas pálidos
deben unirse frente a los reaccionarios» (NGR, III, anexos, pp. 509-510).
Raveaux era un burgués liberal de Colonia, uno de
los jefes del centro en la Asamblea de Fráncfort. Participó en la insurrección
de Baden. Schneider II, un abogado de Colonia, presidente del Comité central
demócrata de Renania, elegido diputado a la segunda Asamblea prusiana en las
elecciones de enero de 1849.
[21] Véase
Mijailov, op. cit., p. 279; Nikolaevski, op. cit., p. 159; A. Cornu, Karl Marx
et la revolution de 1848, Presses Universitaires de France, 1848.
[22] Marx, «Un
documento burgués», NGR, 5 de enero de 1849, II, pp. 285-286. Marx toma como
base para sus consideraciones el contrato de trabajo de los obreros municipales
de Colonia.
[23] Marx,
«Trabajo asalariado y capital», NGR, 5, 6, 7, 8 y 11 de abril de 1849, III, pp.
225-226. En 1891 Engels preparó una edición ligeramente corregida que está
incluida en las OE (t. I, pp. 71-73) que venimos citando. Las citas que hacemos
aquí son del texto original publicado en NGR.
[24] Véase
Droz, op. cit., pp. 524-525.
[25] La
declaración de Marx y su grupo renunciando a los cargos en el Comité renano
demócrata se publica en la NGR del 15 de abril, III, p. 258. La resolución de
la asamblea de la Asociación obrera figura en los anexos de NGR, III, p. 508.
Lo mismo el acuerdo del Comité el 17 de abril (p. 509) y el documento del 24 de
abril (pp. 513-514). Según Netter, que ha preparado la edición de los artículos
de la NGR en las Ed. Sociales, el silencio puede explicarse porque el congreso
no tuvo la importancia esperada (NGR, III, p. 513, n. 1). Marx no se encontraba
en Colonia en ese momento.
[26] Ha podido
comprobarse la celebración del congreso gracias a las referencias publicadas en
la Deutsche Allgemeine Zeitung del 10 de mayo de 1849 y en la Triersche
Zeitung.
[27] Véase
Soius Kommunistov, pp. 222-223, 216. La carta la escribe Ewerbeck desde Berlín
a Hess, que se encuentra en París, y es bastante elocuente de las rivalidades
existentes entre los miembros de la Liga. Ewerbeck cita, entre los miembros de
la Liga que ve en Berlín, a De Ester, elegido en ese segundo congreso demócrata
miembro del Comité central. Dice que también han sido elegidos, como miembros
suplentes, Anneke, Gottschalk y otros miembros de la Liga. Y agrega: «no hace
falta decir que de (elegir a) Marx y Engels ni se habló. Solo Lupus (Wolff)
obtuvo algunos votos […]». Ewerbeck dice también que De Ester le ha insistido
para que hable con Marx y «le llame la atención seriamente sobre el peligro de
su amistad con Engels».
[28] Soius
Konununistov, pp. 223-224. La edición soviética a cuidado de los historiadores
Kandel y Levinova no hace ninguna reserva a estos puntos del testimonio de
Röser. Se limita a decir que este comete el error de situar la reunión en la
primavera, cuando en realidad tiene lugar en febrero. El detalle sobre la
introducción de la «pena de muerte» en los nuevos
estatutos lo tomamos de Mijailov, p. 288.
[29] Véase
Nikolaevski, op. cit., p. 162.
XII. LA DERROTA FINAL
La situación política se agrava en marzo y abril.
Marx denuncia el 13 de marzo, en la NGR, los proyectos de ley presentados en
las dos Cámaras prusianas sobre los clubs, las reuniones, los pasquines y la
prensa, dirigidos contra las libertades conquistadas en marzo. Desmenuza el
alcance de las diversas medidas previstas y estima que van dirigidas, muy
especialmente, contra los renanos, a los que se quiere imponer el «infame
código prusiano». La Revolución de 1848 nos permitió, al menos –dice Marx–,
«hacer valer sin trabas nuestro propio derecho (jurídico)». Ahora tenemos que
«hacernos prusianos a toda costa». Y propone una primera respuesta: si los
proyectos son aprobados «el deber de los diputados renanos es abandonar
inmediatamente unas cámaras que con tales decisiones quieren retrotraer sus
mandantes a la barbarie patriarcal de la vieja legislación prusiana»[1]. Al día
siguiente la NGR denuncia las «provocaciones gubernamentales», poniendo en
guardia al pueblo ante la circulación de rumores anunciando que con motivo del
aniversario de la revolución se preparan desórdenes. «Los gobiernos –advierte
la NGR– proyectan abiertamente golpes de Estado para completar la
contrarrevolución. El pueblo tendría perfecto derecho, por tanto, a sublevarse.
Pero comprende muy bien que la situación crítica existente en Francia, y sobre
todo en Hungría e Italia, creará inevitablemente las condiciones para la
insurrección. No caerá, por tanto, en esas burdas provocaciones»[2].
Entre los artículos de la NGR contra las medidas
reaccionarias de esas semanas tiene particular interés el de Engels acerca de
la ley sobre los carteles, que en aquella época, dada la escasa difusión de la
prensa en los medios populares, desempeñaban un papel primordial en la
información y orientación política de las masas. Engels critica a la izquierda
de la Asamblea prusiana por discutir esa ley con los mismos argumentos
empleados contra la ley relativa a la prensa. «No se trataba de las
limitaciones a la libertad de la prensa en general –objeta Engels–, sino ante
todo de la libertad de la prensa mural. Hubiera sido necesario referirse a la
influencia de los carteles, defender el derecho de los obreros a la literatura
gratuita, una de cuyas formas son los carteles. No se trataba de buscar
confusas excusas al derecho de hacer agitación por medio de los carteles, sino
de defender abiertamente ese derecho […]. Nada puede contribuir mejor a
mantener viva la pasión revolucionaria entre los trabajadores que esos carteles
que convierten cada esquina en un gran periódico,
donde los obreros se enteran, al pasar, de los acontecimientos del día y de su
significación, con diferentes puntos de vista y objeciones contra los mismos,
ante los cuales se encuentran con gentes de todas las clases y opiniones con
las que pueden discutir el contenido de los carteles. En una palabra, para los
obreros esos carteles son, al mismo tiempo, periódico y club, y todo sin que
les cueste un céntimo. He ahí justamente lo que no quieren los señores de la
derecha. Y tienen razón.» En otro momento Engels dice algo que toda la historia
ulterior habría de confirmar en el comportamiento de los «partidos de la paz y
del orden» de todos los colores: «La libertad de prensa, la libre lucha de
opiniones, equivalen a dar libre curso a la lucha de clases en el terreno de la
prensa. Y el tan deseado Orden implica justamente el sofocamiento de la lucha
de clases, el amordazamiento de las clases oprimidas. Por eso el partido de la
paz y del orden debe suprimir la libre lucha de opiniones en la prensa»[3].
Al cabo de largos debates la Asamblea nacional
alemana de Fráncfort había adoptado, a finales de marzo, la constitución que
debía servir de fundamento jurídico a un Estado alemán unitario. El documento
preveía la creación de un imperio (Reich) que englobase todos los estados
alemanes, conservando cada uno amplia autonomía (gobierno, parlamento, etc.).
El gobierno central del Reich asumía las funciones de carácter pangermano:
política exterior, mando de las fuerzas armadas, comunicaciones, política aduanera,
etc. El poder ejecutivo recaía en el gobierno y el emperador del Reich. El
poder legislativo, en un Reichstag con dos cámaras.
Esta Constitución era un compromiso entre una serie
de principios liberales, votados por la Asamblea de Fráncfort en la primavera y
el verano de 1848, y otras disposiciones no tan liberales adoptadas en meses
posteriores, cuando ya la revolución había sufrido los reveses que conocemos.
Pero incluso en este periodo el complicado juego de las contradicciones y
rivalidades entre los representantes de los grupos dirigentes de Austria y
Prusia había favorecido a la izquierda y al centro izquierda de la Asamblea de
Fráncfort, haciendo posible la introducción en la Constitución de algunas de
sus concepciones. Por estas razones, en el contexto de comienzos de 1849,
caracterizado por los avances de la reacción, la Constitución del Reich, pese a
su moderación, aparecía ante las fuerzas democráticas y obreras como la última
encarnación de la Revolución de 1848. No hay que olvidar, por otra parte, que
la unidad alemana figuraba entre los máximos objetivos de los revolucionarios
alemanes de 1848, desde su franja liberal-burguesa hasta su franja democrática,
tanto en su ala pequeñoburguesa
como en la proletaria. Ya sabemos la relevancia de
este problema para Marx y Engels. Es lógico, por consiguiente, que la
Constitución del Reich obtuviera un amplio respaldo, desde las masas populares
a la burguesía liberal, al mismo tiempo que la hostilidad de los círculos
dirigentes de Prusia y otros estados alemanes donde la nobleza y la burocracia
habían recuperado en mayor o menor medida el control del Estado.
Como la actitud de Austria hacía imposible la
creación del gran Reich, la Asamblea de Fráncfort hubo de resignarse a dar a
luz el pequeño Reich, donde la presencia de Prusia pasaba a ser abrumadoramente
predominante en virtud de la ausencia de Austria. El mismo día que promulga la
Constitución imperial (el 28 de marzo de 1849) la Asamblea acuerda designar
emperador a Federico Guillermo IV. La gran mayoría de los estados alemanes
aprueban la Constitución y la designación del rey de Prusia como emperador, pero
se trata de los Estados pequeños o diminutos (29 en total), sin peso alguno
frente a Prusia, Baviera, Sajonia y Hannover, que se niegan a reconocer las
«históricas» decisiones de Fráncfort. Federico Guillermo rechaza una corona de
«fango y arcilla», como la califica despectivamente aludiendo al origen plebeyo
y revolucionario de la institución que le ofrece el símbolo imperial. Pero la
Asamblea nacional prusiana –la elegida en enero sobre la base de la
constitución otorgada– acuerda reconocer la Constitución del Reich y la
designación de Federico Guillermo. La respuesta de este y de su gobierno es
disolver la Asamblea (27 de abril).
Con esta actitud de los principales soberanos y
gobiernos alemanes se venía abajo el presupuesto en que había descansado toda
la obra constitucional de Fráncfort: la posibilidad de edificar la unidad
alemana sin destruir las estructurales estatales particularistas, mediante un
compromiso pacífico y armonioso agenciado por la simple gravitación del ideal
unitario, crisol en el que debían fundirse contradicciones y antagonismos. Ante
este derrumbamiento de sus ilusiones conciliadoras la Asamblea de Fráncfort quedó
desconcertada, incapaz de tomar medida alguna para hacer valer sus decisiones.
No se atreve a encabezar las sublevaciones que estallan en varios Estados
alemanes contra los gobiernos hostiles a la Constitución del Reich.
El movimiento se inicia en Dresde, capital de
Sajonia, el 3 de mayo, instaurándose un gobierno provisional revolucionario de
demócratas y liberales. Durante cuatro días los obreros y artesanos, en cuya
dirección desempeñan un papel de primer plano Born y Bakunin, hacen frente a
las fuerzas regulares sajonas y prusianas (el rey y el gobierno de Sajonia
solicitan la intervención de estas últimas), que el 9 logran aplastar la
insurrección. Ese mismo día y los días
siguientes se levantan Elberfeld, Iserlohn y otros
centros industriales del valle del Wuppertal, así como Düsseldorf. Pero las
fuertes guarniciones prusianas instaladas en Renania sofocan rápidamente y sin
casi resistencia estos brotes insurreccionales. En cambio, el movimiento
adquiere gran extensión en el Palatinado y Baden, donde es secundado por una
parte del ejército. El 17 de mayo se forma un gobierno provisional en
Karserslautern, que proclama la separación del Palatinado de Baviera. El 13 de
mayo triunfa la insurrección en Karlsruhe, capital de Baden, formándose también
un gobierno provisional, presidido por Brentano, personalidad liberal moderada.
El ejército prusiano acude prontamente en auxilio de los gobiernos derrocados,
aplastando la insurrección al cabo de mes y medio de combates. La última
batalla se libra los días 29 y 30 de junio ante la fortaleza de Rastatt, en
Baden. Entretanto, la Asamblea de Fráncfort desaparece sin pena ni gloria.
Abandonada desde el primer momento por los diputados conservadores, las
deserciones se multiplican en el centro e incluso la izquierda a medida que la
lucha se endurece y la derrota se perfila. Ante el avance de las tropas
prusianas evacua de Fráncfort a Stuttgart, capital de Wurtemberg, de donde sus
restos son expulsados por el gobierno del Estado el 16 de junio. Refugiados en
Baden, los diputados que quedan siguen lanzando proclamaciones y adoptando
resoluciones –lo único que habían hecho desde el comienzo de la crisis– a las
que nadie presta atención[4].
* * *
Esta crisis final de la revolución alemana
sorprende a Marx en su viaje por el noroeste de Alemania en busca de recursos
financieros para el diario y es Engels quien comenta los primeros
acontecimientos. Bajo el expresivo título de Puntapié prusiano a los de
Fráncfort se refiere el 2 de mayo al repudio de la corona imperial por Federico
Guillermo IV. Considera que «de haber tenido en el momento oportuno una actitud
enérgica, la Asamblea de Fráncfort hubiera podido ordenar la detención de este
Hohenzollern ebrio de orgullo y hacerle comparecer ante los jueces por ultraje
a la Asamblea nacional, aplicando la ley de septiembre de 1848». En lugar de
ello, prosigue Engels, la Asamblea permanece irresoluta, amenazada de
disolución. «Mientras tanto, una parte del pueblo, y en particular los
campesinos y pequeñoburgueses de los pequeños Estados del sur de Alemania se
aferran a la Asamblea y a la llamada Constitución del Reich. El ejército le es
favorable. En cada paso, por pequeño que sea, conducente a la unificación de
Alemania, el pueblo ve un paso hacia su
liberación de los pequeños príncipes y el alivio de
la aplastante carga que suponen los impuestos. El odio a Prusia influye también
en grado apreciable. Hasta los suavos se han sublevado por la Constitución del
Reich. Se trata, naturalmente, de una tempestad en un vaso de agua, pero algo
es algo. Por tanto, la disolución de la Asamblea de Fráncfort no podría hacerse
sin recurrir a la violencia si sus honorables miembros mostraran un mínimo de
valor. Sería la última oportunidad que tendrían de lavarse, aunque fuera en
pequeña parte, de sus graves pecados. En las circunstancias actuales –victorias
de los húngaros, desagregación de Austria, indignación del pueblo prusiano
contra las traiciones de los Hohenzollern-Radowitz-Manteuffel–, el
levantamiento abierto de Fráncfort y de Alemania del sur en defensa de la
Constitución del Reich podría convertirlos en centro provisional de una nueva
insurrección revolucionaria apoyada en Hungría. Pero ello exigiría que esos
señores no tuvieran miedo a proclamar la guerra civil, y en caso extremo,
cuando llegara el momento decisivo, preferir la república alemana una e
indivisible a la Dieta unida. Pero sería engañarse de cabo a rabo creer que los
de Fráncfort son capaces de eso. Alborotarán un poco, gruñirán un momento, para
guardar las formas, y después concederán todo lo que Hohenzollern les dicte. El
pueblo, tal vez levante barricadas aquí o allí, y será traicionado como el 18
de septiembre. Así es como terminaría el célebre drama imperial y nacional a
gran espectáculo si la cosa dependiese solo de esos señores de Fráncfort. Pero
es posible que los húsares húngaros, los lanceros polacos y los proletarios de
Viena digan su última palabra y entonces el asunto puede tomar otro cariz»[5].
El «asunto» será algo más que una «tempestad en un vaso de agua», pero no
llegará muy lejos. En lo esencial se confirmarán esas previsiones de Engels,
por una vez –muy momentáneamente, como veremos– inclinado al pesimismo.
La burguesía liberal de Colonia se agita. El
consejo municipal decide reunirse –desacatando la prohibición del gobernador
prusiano de Renania– para apoyar la Constitución del Reich. «No hace falta
decir –escribe Engels– que no esperamos absolutamente nada de esta asamblea de
burgueses, elegida por tres clases censatarias, con exclusión de la masa del
pueblo.» Previene, al mismo tiempo, que el gobierno «trata a toda costa de
provocar un conflicto entre el pueblo y el ejército para poder meter en cintura
a los renanos igual que ha hecho con los berlineses». Invita a los trabajadores
de Colonia a conservar la calma y no dejarse provocar. «Son inminentes –dice–
acontecimientos decisivos. Viena, Bohemia, el sur de Alemania, Berlín, están en
ebullición y esperan el momento oportuno. Colonia puede contribuir, y mucho,
pero no puede ser la primera en
comenzar acciones decisivas. El domingo próximo,
sobre todo, los trabajadores de Colonia deben comprender que todas las
provocaciones del gobierno no tienen más objetivo que producir un estallido en
el momento más favorable para él y desfavorable para nosotros. Solo con grandes
acontecimientos pueden realizarse revoluciones, pero cuando se cae en las
provocaciones del gobierno lo más que puede resultar es un motín. ¡Trabajadores
de Colonia, recordad el 25 de septiembre!»[6]. El domingo 6 Engels pone de nuevo
en guardia a los trabajadores contra las provocaciones gubernamentales y les
aconseja esperar a ver qué hace la burguesía liberal: «La burguesía es la
primera en estar amenazada por los últimos golpes contrarrevolucionarios. La
burguesía ha convocado el congreso de los municipios. Dejemos a la burguesía el
honor de hablar la primera. Esperemos a ver lo que esos señores deciden el
martes […]. Si mañana los trabajadores se dejan arrastrar a escaramuzas no
harán más que sacar las castañas del fuego a la burguesía, al mismo tiempo que
al gobierno. La cuestión que está sobre el tapete es si quieren dejarse
utilizar a esos fines en el momento en que la guerra civil llama a las puertas
de toda Alemania y cuando, posiblemente, se les presentará muy pronto la ocasión
de intervenir con sus propias reivindicaciones»[7].
Pese a la prohibición del gobernador prusiano, se
efectúa la reunión de 500 consejeros municipales, representantes de 300 comunas
renanas, y adoptan una resolución pronunciándose por la Constitución del Reich,
la convocatoria de la Asamblea nacional prusiana (disuelta días atrás) y contra
el gobierno Brandenburg. La resolución amenaza con la secesión de Renania en
caso de no ser atendidas estas exigencias. No encontramos ningún comentario de
Engels a este importante acto de la burguesía liberal renana, pero en todo caso
el escepticismo que había manifestado sobre su eficacia se confirmará
plenamente. La amenaza de secesión quedará en el papel.
En la NGR del 8 Engels informa de las
insurrecciones de Dresde y del Palatinado, destacando el papel determinante que
desempeñan los batallones prusianos en la represión del movimiento. En Dresde,
dice, la lucha estaba casi resuelta a favor de los sublevados cuando llegaron
los prusianos. En el Palatinado se aprestan a intervenir en el momento
favorable, al mismo tiempo que contra la Asamblea de Fráncfort. En todas partes
ocurre lo mismo, del norte al sur de Alemania. Pero considera que la batalla no
está perdida. El gobierno provisional de Dresde sigue en pie y se esfuerza por
agrupar las fuerzas populares de Sajonia. Lo mismo sucede con el Comité de
defensa del Palatinado. Y en Renania la Landwher (tropas de reserva) se niega a
actuar contra el pueblo.
Netamente más optimista que en días anteriores,
Engels anuncia, como vimos en el capítulo anterior, la inminente victoria de
los húngaros, su entrada en Viena y el comienzo de la segunda revolución
alemana. Al mismo tiempo vuelve a insistir cerca de los trabajadores de Colonia
contra toda acción prematura, y pedirles que no se dejen provocar por los
militares de la guarnición prusiana de Colonia: «Les preguntamos una vez más a
los trabajadores si quieren que sean también los prusianos los que “otorguen”
la hora de la sublevación». (De la misma manera que han «otorgado» la
constitución, quiere decir, irónicamente, Engels[8].)
Al día siguiente, 9 de mayo, Engels comenta la
información de que el embajador de Francia en Berlín ha protestado por la
intervención de los prusianos en Sajonia. La noticia –dice Engels, haciéndose
excesivas ilusiones– significa que el gobierno francés ha tomado conciencia,
por fin, del objetivo de la nueva Santa Alianza: conquistar Francia y
repartírsela. Engels afirma «saber positivamente» que el tratado concluido
entre el zar, el rey prusiano y el emperador austriaco tiene, en efecto, como
meta principal la conquista de Francia y el restablecimiento de la monarquía.
Se dirige, con este motivo, a los soldados de la Landwehr: «¡He aquí lo que se
espera de vosotros! Se os arranca de vuestros hogares, de vuestra mujer y
vuestros hijos, para luchar, primero, contra vuestros hermanos de Alemania y de
Prusia, a fin de suprimir hasta los últimos restos de la libertad conquistada
el año pasado; para luchar, después, contra los húngaros, que acuden en socorro
de vuestra libertad amenazada, y cuando hayáis terminado esa obra a
satisfacción de vuestros príncipes y de vuestro señor y dueño soberano, el zar
Nicolás, se os hará cruzar el Rin para marchar contra el pueblo que con sus
sublevaciones heroicas de 1789-1794, de 1830 y 1848 os ha procurado todas las
libertades de que gozáis»[9].
El 10 de mayo, recién llegado de su viaje por el
noroeste de Alemania, Marx escribe un implacable panfleto contra los
Hohenzollern, explicando sus «hazañas» desde el siglo XVII hasta estos primeros
días de mayo de 1849, que son –piensa Marx– «los últimos días del gobierno de
sire Hohenzollern y del Estado prusiano». «Prusia es de nuevo, como en otros
tiempos, un vicerreino bajo soberanía rusa. Hohenzollern es una vez más un
subkniaz del autócrata de todas las Rusias y un superkniaz de todos los
pequeños boyardos de Sajonia, Baviera, etc.» Pero –agrega Marx– «hay todavía
una potencia de la que esos señores de Sans-souci hacen evidentemente poco
caso, pese a que su voz resonará como un trueno: el pueblo. El pueblo que en
París como en las orillas del Rin, en Silesia como en Austria, espera,
rechinando los dientes de rabia, el
momento de sublevarse, y tratará bien pronto como
se merecen a todos los Hohenzollern y todos los sub y superkniaz»[10]. La misma
«euforia revolucionaria» alienta en el artículo que Engels publica el mismo
día, al que nos hemos referido en el capítulo precedente, donde escribe que la
inminente victoria de los húngaros y la inminente entrada en guerra del
ejército francés contra las potencias de la Santa Alianza potenciarán las
sublevaciones alemanas y les permitirán también marchar hacia la victoria.
El 10 de mayo Federico Guillermo proclama el estado
de sitio en toda Prusia. La NGR publica el texto de la ordenanza real bajo el
título irónico de La nueva Constitución prusiana. La otorgada en diciembre,
comenta, aún debía guardar ciertos miramientos para engañar «a la parte
estúpida y abundantemente representada del llamado pueblo prusiano»; la de
ahora es «la única con intenciones honestas, con la ventaja, además, sobre la
constitución de noviembre de no comportar más que 17 artículos». Y a continuación
se reproducen los 17 artículos de la ordenanza. El mismo número de la NGR
informa de la «aplicación de la nueva constitución» en Düsseldorf, donde el
pueblo ha sido sangrientamente reprimido por las tropas prusianas. Da cuenta de
la insurrección en Elberfeld y otros puntos del valle del Wuppertal. Denuncia
la actitud de la burguesía liberal, que a través de la Kölnische Zeitung se
pronuncia contra los levantamientos después de haber contribuido a provocarlos
con las decisiones de los consejos municipales renanos[11].
Comentando el 16 de mayo otra ordenanza real que
cancela el mandato de los diputados prusianos a la Asamblea de Fráncfort (una
de las medidas de represalia contra la proclamación de la Constitución por la
Asamblea), la NGR critica duramente, una vez más, a «los ineptos de la Asamblea
nacional de Fráncfort, que con su aire digno, su cobardía y su necio
radicalismo han ayudado fielmente durante un año a los traidores estipendiados
del pueblo alemán a preparar la contrarrevolución». Ahora, dice la NGR, «han cosechado
lo que han sembrado», pero si algo puede aún despertar en ellos «indignación y
energía revolucionaria», es esta ordenanza real[12].
Hacia el 10 de mayo (coincidiendo, por tanto, con
el regreso de Marx a Colonia) Engels parte para Elberfeld, con objeto de
participar en la insurrección. En el relato que un año después hará de los
acontecimientos alude a un plan propuesto por él (no especifica a quién, pero
es presumible que fuera a los dirigentes demócratas re-nanos, dada la
naturaleza misma de las propuestas), a fin de apoyar a los distritos
sublevados: «Evitar, ante todo, cualquier motín inútil en las plazas fuertes y
las ciudades con guarnición; crear una diversión en la
orilla izquierda del Rin, en las ciudades pequeñas,
en las ciudades industriales y en el campo, a fin de tener en jaque a las
guarniciones prusianas; lanzar todas las fuerzas disponibles en la orilla
derecha del Rin, extender la insurrección e intentar organizar, apoyándose en
la Landwehr, el núcleo de un ejército revolucionario». Engels da a entender que
la propuesta cayó en el vacío debido a «la desorganización del partido
democrático y del partido obrero, a la indecisión y hábil retraimiento de la mayoría
de los dirigentes locales salidos de la pequeña burguesía y, también, a la
falta de tiempo». Las pocas acciones realizadas en la orilla izquierda, dice,
«no fueron en modo alguno consecuencia de un plan común, sino simple resultado
del instinto revolucionario de la población»[13].
La actividad de Engels en Elberfeld fue acogida con
recelo por la burguesía local. El comité de salud pública, formado –según la
versión del propio Engels– de pequeñoburgueses timoratos, le pidió que
abandonara la ciudad. Respondiendo a un interrogatorio de ese organismo, Engels
había explicado su presencia en Elberfeld por tres razones: 1) como delegado de
Colonia; 2) porque creía ser útil en el aspecto militar; 3) porque era nativo
del distrito y «hacía cuestión de honor participar directamente en la primera
sublevación armada del pueblo de Berg». Precisa que «solo desea ocuparse de
cuestiones militares y permanecer totalmente al margen del carácter político
del movimiento, puesto que estaba claro que por el momento solo era posible un
movimiento negro-rojo-gualda y hacía falta, para ello, evitar toda
manifestación contra la Constitución del imperio». El comité de salud pública
se declaró conforme, pero a los pocos días le hizo saber que «la burguesía de
Elberfeld estaba muy alarmada por su presencia, temiendo a cada instante que no
fuera a proclamar la república roja, y deseaba se fuese». Engels accede pero
exige un documento firmado por el comité y ratificado por el comandante
militar, en el que se da una apreciación positiva de su actividad y se justifica
la decisión de pedirle el abandono de la ciudad con que «su presencia podía dar
lugar a malentendidos sobre el carácter del movimiento». La difusión de este
documento –como bando pegado en las paredes, según era la costumbre– provocó
protestas de los trabajadores en armas y de otros combatientes, exigiendo la
permanencia de Engels y declarándose dispuestos a protegerle. Engels hubo de
intervenir para calmarlos. Y esta explicación, que el propio Engels hace en la
NGR de su aventura, termina así: «Los trabajadores de Berg y de la Marc, que
nos han testimoniado simpatía y cariño tan extraordinarios comprenderán que el
movimiento actual es solo el preludio de otro movimiento, mil veces más serio,
en el que se tratará de ellos, de los obreros y de sus intereses más vitales.
Este nuevo movimiento
revolucionario será el resultado del movimiento
actual y en cuanto se inicie, Engels, lo mismo que los demás redactores de la
NGR –¡los trabajadores pueden estar seguros!– ocuparán su sitio y ningún poder
humano podrá obligarles a dejarlo»[14].
El aplastamiento por el ejército prusiano de los
focos insurreccionales de Renania va acompañado de una serie de medidas contra
las asociaciones democráticas y obreras de la provincia, así como contra sus
órganos de expresión. Engels tiene que abandonar Colonia para escapar a una
orden de detención por su participación en la insurrección de Elberfeld. Otros
redactores de la NGR son buscados también. Y para acabar con el «órgano de la
democracia» las autoridades prusianas recurren al procedimiento de expulsar a
Marx de Prusia. El oficio del gobernador comunicando la medida aduce que en sus
números más recientes la NGR «incita cada vez más resueltamente a menospreciar
el gobierno existente, a operar una transformación violenta y a instaurar la
república social». El último número de la NGR sale el 19 de mayo con el título
en rojo y un artículo de Marx donde después de citar la orden de expulsión
demuestra que los últimos números del diario no se diferencian de los
anteriores en su orientación general. Nadie podía llamarse a engaño, dice Marx,
sobre el «hilo rojo» que serpentea a través de toda nuestra manera de enjuiciar
el movimiento europeo. «¿Qué necesidad teníamos de esperar a los últimos
números para manifestar sin equívoco posible nuestra tendencia social-republicana?
¿No han leído ustedes nuestros artículos sobre la revolución de junio, y el
alma de la revolución de junio no es el alma de nuestro diario? […]. No
teniendo por costumbre andarnos con miramientos, no los reclamamos de ustedes.
Cuando llegue nuestra hora no embelleceremos el terrorismo. Pero los
terroristas monárquicos, los terroristas de derecho divino y jurídico, en el
dominio de la práctica, brutales, despreciables, vulgares, y en el dominio de
la teoría, cobardes, disimuladores, hipócritas; en los dos casos, gentes sin
honor»[15].
La NGR se despide de los trabajadores de Colonia
recomendándoles, una vez más, evitar toda acción prematura y reafirmando su
fidelidad a la causa de la clase obrera: «Os ponemos definitivamente en guardia
contra todo intento de putsch en Colonia. Dada la situación militar en la
ciudad, estaríais irremisiblemente perdidos. Habéis visto en Elberfeld cómo la
burguesía envía los obreros al frente para luego traicionarlos del modo más
infame. Toda sublevación vuestra en este momento tendría como consecuencia inevitable
la proclamación del estado de sitio en Colonia, lo cual desmoralizaría a toda
la
provincia renana. Vuestra calma exaspera a los
prusianos. Al despedirse de vosotros, los redactores de la Nueva Gaceta Renana
os agradecen la simpatía que les habéis testimoniado. Su última palabra será
siempre y en todas partes: ¡Emancipación de la clase obrera!»[16].
El artículo de Marx antes citado termina recordando
su previsión de primero de año sobre el «sumario» de 1849 y afirmando que se
está comenzando a realizar (de modo análogo a como Engels, en el artículo de
este mismo número de la NGR sobre la guerra húngara, que hemos citado en el
epígrafe precedente, pronostica la próxima reunión ante Berlín de los ejércitos
revolucionarios húngaro-polaco, francés y alemán). «A guisa de adiós –dice
Marx– recordamos a nuestros lectores las palabras de nuestro número del 1 de
enero: “sublevación revolucionaria de la clase obrera francesa, guerra mundial:
he ahí el sumario de 1849”.»
* * *
El ejército revolucionario francés no existe, de
momento, más que al estado de hipótesis; el húngaro, con sus voluntarios
polacos, está amenazado ya por la intervención rusa (que se inicia el 27 de
mayo); en cuanto al «ejército revolucionario alemán», su posible embrión se
reduce, por lo pronto, a las fuerzas sublevadas en Baden y el Palatinado, dos
pequeños estados agrarios, sin casi burguesía ni clase obrera, situados a ambas
orillas del Rin, en el extremo sudoeste de Alemania. Allí se dirigen Marx, Engels
y otros comunistas de Colonia. En el trayecto pasan por Fráncfort, y según una
versión difundida por las notas biográficas incluidas en la edición rusa de sus
obras, intentaron convencer a los diputados de la izquierda de la Asamblea de
ponerse a la cabeza de la insurrección, llamar a Fráncfort al ejército
revolucionario formado en Baden y el Palatinado y organizar una Asamblea
nacional de toda Alemania. Pero su «plan» no encontró eco alguno en los
diputados pequeñoburgueses de la Asamblea. En realidad esta versión no tiene
base documental. Se inspira en un artículo escrito por Engels tres años
después, donde habla de lo que, a su juicio, la Asamblea de Fráncfort debió
haber hecho y no hizo. Pero ni en ese texto, ni en su escrito de 1850, donde
describe su viaje con Marx de Colonia a Baden y al Palatinado, hace la menor
alusión a entrevistas con los diputados de la izquierda de Fráncfort. Tampoco
parece fundada la versión de que llegados a Karlsuhe se esforzaron por
convencer a los dirigentes del movimiento de enviar a Fráncfort el ejército
revolucionario. La versión que da el propio Engels, única que existe, a
nuestro conocimiento, es la siguiente: «En
oposición a ciertos señores del Comité nacional expresamos la opinión de que se
hubiera debido, desde el primer día, marchar sobre Fráncfort para extender la
insurrección, pero que muy probablemente era ya demasiado tarde. Sin golpes
decisivos en Hungría y una nueva revolución en París, todo el movimiento estaba
condenado sin remisión»[17].
En Kaiserslautern, sede del gobierno provisional,
les ofrecen cargos de responsabilidad, pero –dice Engels– «no cabía ni hablar
de participar en un movimiento que era ajeno a nuestro partido»[18]. Lo que se
conoce de los movimientos y opiniones de Marx y Engels en esos días no permite
formar idea clara de sus propósitos, pero, finalmente, hacia el 2 de junio Marx
marcha a París y Engels retorna al Palatinado. Según la versión de Engels,
«Marx se dirige a París portador de un mandato del Comité central democrático.
Era inminente un acontecimiento decisivo y Marx debía representar al partido
revolucionario alemán cerca de los socialdemócratas franceses». «Yo –agrega
Engels– regresé a Kaiserslautern para vivir algún tiempo como refugiado
político y tal vez adoptar más tarde, si se presentaba una ocasión propicia, la
única posición que podía tomar en este movimiento la Neue Reinische Zeitung a
la hora del combate: la de soldado»[19]. El «inminente acontecimiento decisivo»
a que alude Engels era el tan esperado y previsto estallido revolucionario en
París (que habría de fracasar lastimosamente el 13 de junio). Lo sorprendente
es que el Comité central del partido demócrata designara como representante a
Marx, que había renunciado a sus cargos dirigentes en Renania y no había
escatimado en los últimos tiempos las más duras críticas a los dirigentes de
ese partido. Los documentos conocidos no permiten explicar satisfactoriamente
este punto. Lo cierto es que la marcha de Marx a París fue aprovechada con
fines difamatorios en los medios demócratas y liberales. En carta fechada el 7
de junio, recién llegado a París, le escribe a Engels: «En la crónica de la
Kölnische Zeitung consagrada al movimiento del Palatinado se lee: “No se dice
mucho bien del señor Marx, el director de la Neue Reinische Zeitung. Habría
declarado al gobierno provisional (del Palatinado) que su hora no había llegado
y que iba a retirarse provisionalmente”. ¿Qué significa esto? Los miserables
alemanes de aquí, con los que evito, por lo demás, todo contacto, intentarán
difundir esos bulos en todo París. Por eso creo que harías bien en decir en una
correspondencia de la Karlsruher o de la Mannheimer Abendzeitung que estoy en
París en calidad de representante del Comité central demócrata»[20].
En
Kiserslautern, Engels sigue
negándose a aceptar
cargos («me ofrecían
multitud de cargos civiles y militares que no
hubiera dudado un momento de aceptar en un movimiento proletario») y se limita
a algunas colaboraciones en la prensa de las fuerzas sublevadas. El 3 de junio
publica un artículo en el Der Bote für Stadt und Land, portavoz del gobierno
provisional revolucionario, saliendo al paso de la propaganda de los periódicos
reaccionarios alemanes que acusan a Baden y el Palatinado de venderse a
Francia. Si traición hay –dice Engels–, es la del rey de Prusia, que abre las puertas
a los ejércitos rusos. Los pueblos de Baden y del Palatinado no se venden a
Francia, pero tienen derecho a solicitar la solidaridad francesa. «No han hecho
una revolución para ponerse al lado de los déspotas en la gran lucha inminente
entre el Occidente libre y el Oriente despótico.» Engels insiste enfáticamente
en la inminencia de esa «gran lucha» que habrá de librarse en territorio
alemán: «En unas semanas, tal vez en unos días, las masas armadas del Occidente
republicano y las del Oriente esclavizado se enfrentarán decisivamente sobre el
suelo alemán […]. Ya no es cuestión de intereses alemanes, de libertad alemana,
de unidad alemana, de prosperidad alemana, cuando se trata de la libertad o la
opresión, del bien o del mal, de toda Europa. Aquí cesan todas las cuestiones
de nacionalidad y no hay más que una cuestión: «¿Queréis ser libres o
rusos?»[21].
El 13 de junio Engels se incorpora a una unidad de
voluntarios organizada por el comunista Willich, antiguo oficial del ejército
prusiano, que hace de Engels su ayudante de campo. Interviene en el estudio de
las operaciones militares, asume la ejecución de misiones difíciles y participa
directamente en varios combates, entre ellos el de Rastatt, que pone fin a la
pequeña guerra civil con la victoria del ejército prusiano. El 12 de julio
Engels pasa la frontera suiza con los últimos combatientes del efímero ejército
revolucionario alemán. (Esta experiencia suscitará en Engels un interés por las
cuestiones militares que perdurará toda su vida y le valdrá el apodo, entre los
íntimos, de «el general».)
La desaparición de la NGR, la salida de Marx de
Alemania y la conversión de Engels en ayuda de campo de Willich, hizo que el
papel de ambos y de su grupo, como tal grupo, en este último episodio de la
revolución alemana, fuese prácticamente nulo. Una serie de comunistas, miembros
de la Liga, participó en el movimiento, de modo disperso, en unos u otros
lugares, y algunos de ellos desempeñando un papel más importante que Marx o
Engels. Born, por ejemplo, es uno de los organizadores y dirigentes de la insurrección
de Dresde, Willich y Anneke se destacan como jefes militares en el ejército
revolucionario, Moll cae en el curso de las operaciones[22].
En un texto que escribe unos meses después, Engels
analiza las causas que, a
su juicio, determinaron la derrota de la
insurrección de Baden y del Palatinado. Pueden resumirse así: aislamiento de la
insurrección en esos dos estados a consecuencia de la derrota de la
insurrección de Sajonia, del rápido sofocamiento de los brotes insurreccionales
en Renania y de la pasividad del resto de Alemania; pequeñez del territorio y
la población de estos dos Estados, atraso económico de los mismos, carencia de
proletariado; gran superioridad numérica y técnica del ejército prusiano
invasor; desaprovechamiento de las posibilidades que existían inicialmente
(según Engels) de haber extendido la insurrección si las fuerzas
revolucionarias marchan inmediatamente sobre Fráncfort, Wurtemberg, etc.,
desaprovechamiento debido a la indecisión, la cobardía y la impericia de los
líderes políticos y militares pequeñoburgueses que en todas partes encabezaban
el movimiento; y, finalmente –como factor decisivo–, el giro desfavorable que
toma la situación europea en el curso del movimiento (habiendo sido favorable
al iniciarse, según Marx y Engels).
En el marco de este análisis Engels trata de
explicar por qué el movimiento ha abortado en Renania, principal provincia
industrial y proletaria de Prusia, campo directo de acción de la NGR y del
grupo comunista encabezado por Marx, con posiciones dirigentes en las
asociaciones obreras y democráticas de Colonia y de la provincia. La
explicación de Engels puede resumirse en dos puntos: 1) miedo y vacilaciones de
la burguesía y de la pequeña burguesía a ser desbordadas por la masa del
pueblo, conduciéndoles a frenar la lucha, a buscar la conciliación con el
enemigo, reprimir la iniciativa popular, etc.; 2) la presencia en las
principales ciudades renanas de fuertes guarniciones renanas con gran capacidad
de movimiento, dada la red ferroviaria y fluvial de la región, debido a lo cual
«los habitantes del país renano no pueden obtener éxito alguno por las armas
más que si el poder militar es aterrorizado por acontecimientos exteriores
importantes que le hagan perder la cabeza o si el ejército se pone abiertamente
a favor del movimiento»[23]. No se trata, seguramente, de una reflexión a
posteriori. Los reiterados llamamientos de la NGR a los obreros de Colonia
–tanto en septiembre y diciembre de 1848 como en mayo de 1849– aconsejándoles
no tomar la iniciativa de la insurrección indican que se trata de una
consideración nacida en el curso de la revolución.
* * *
A poco de llegar a París, Marx le comunica a Engels
sus impresiones en una carta fechada el 7 de junio: «Aquí impera una reacción
monárquica más
impudente que bajo Guizot, solo comparable a la de
después de 1815. París está morne. Y además el cólera hace estragos. Pero nunca
el volcán de la revolución ha estado más cerca de una erupción colosal como
ahora en París»[24]. La «erupción» se reproducirá, en efecto, el 13 de junio,
pero será todo menos «colosal». La montaña parió un ratón. Y la Montaña era, en
este caso, el nombre que se daba al partido encargado de la «explosión», el
partido republicano y socialista de Ledru-Rollin, el partido ante el que Marx
llevaba la representación del partido demócrata alemán.
Un mes antes de llegar Marx a París, las elecciones
parlamentarias habían dado neta mayoría a los monárquicos, salvo en París,
donde tuvieron la mayoría los republicanos de izquierda y los socialistas. Las
fuerzas políticas se polarizan, la situación parece que «se simplifica
extremadamente, como siempre ocurre en vísperas de revolución», según la aguda
observación de Marx[25]. Los republicanos moderados, que en la Asamblea
constituyente contaban con más de 600 diputados, se ven reducidos a 75. Frente
a 500 monárquicos de diversas tendencias salen 180 diputados de la Montaña. El
ataque de la Roma republicana por el cuerpo expedicionario francés provoca la
indignación de republicanos y socialistas en todo el país. Sus diputados
denuncian el hecho como violación de la constitución (la cual, en efecto,
declaraba que la república francesa no atentaría nunca contra la soberanía y la
libertad de otros pueblos). El 11 de junio Ledru-Rollin exige en el parlamento
que se condene al gobierno y declara que los suyos están dispuestos a defender
la constitución «por todos los medios, incluso por las armas». Era amenazar
veladamente con la insurrección armada. Una reunión conjunta del Comité
democrático socialista de París con los principales periódicos democráticos de
la capital y los diputados más destacados de la Montaña decide lanzar una
proclama el 13 de junio declarando fuera de la constitución al presidente de la
república (Luis Bonaparte) y a los ministros, anunciando al mismo tiempo la
sublevación de la guardia nacional. Ese mismo día se organiza una manifestación
de guardias nacionales, con uniforme pero sin armas, en la que participan entre
6.000 y 10.000 guardias nacionales –la cifra varía según los historiadores–, a
los que se suman pocos obreros. Un grupo de personalidades de la Montaña, con
Ledru-Rollin a la cabeza, se constituye en «convención». Pero toda esta parodia
de levantamiento es fácilmente disuelta por las tropas gubernamentales. Solo en
Lyon, donde llega el rumor del triunfo de la revolución en París, los obreros
más avanzados se levantan en serio, siendo bárbaramente reprimidos (150 muertos
y gran cantidad de heridos). Hay pequeños desórdenes en otros lugares pero en
conjunto el fracaso es total.
Mientras los principales líderes republicanos
(Ledru-Rollin, Victor Considerant, Félix Payat, etc.) logran huir a Inglaterra,
la Asamblea y el gobierno aprovechan el pustch para adoptar una serie de
medidas y leyes restrictivas de las libertades democráticas[26].
Marx analiza el acontecimiento en un artículo que
aparece el 29 de junio en Der Volksfreund, de Viena. «El principal error de la
Montaña –dice Marx– fue su seguridad en la victoria. Hasta tal punto estaba
penetrada de esa seguridad que creyó arreglarlo todo con una manifestación
pacífica. Así ofreció al gobierno la posibilidad de vencerla sin librar
combate.» Describe los hechos y dice luego que otras circunstancias
contribuyeron a hacer inevitable «el vergonzoso resultado del 13 de junio».
Entre ellas, la división interna del partido de Ledru-Rollin entre el grupo de
este, que quería constituir un gobierno provisional, y otro más a la izquierda,
que quería constituirse en comuna. Se dividen, comenta Marx, «antes incluso de
haber derrocado el poder existente». En definitiva, «los dos partidos de la
revolución –Marx designa así a los dos grupos indicados– se han paralizado y
engañado mutuamente». Otra razón del fracaso la ve en la epidemia de cólera que
hacía estragos en las barriadas obreras, pero la más importante, a su juicio,
reside en «el recuerdo que el pueblo tenía de la actitud más que equívoca de la
Montaña, especialmente de Ledru-Rollin, en mayo y junio (de 1848)». Tomado
globalmente, dice Marx, «el 13 de junio de 1849 fue el castigo por junio de 1848.
En 1848 el proletariado fue abandonado por la Montaña. Esta vez es la Montaña
la abandonada por el proletariado». Pero Marx ve un aspecto positivo a lo
ocurrido: «Por grave que el 13 de junio sea para nuestro partido en toda
Europa, esta jornada tiene de positivo que la conquista del poder absoluto en
la Asamblea nacional por el partido contrarrevolucionario se ha efectuado,
salvo en Lyon, sin gran derramamiento de sangre. Y este partido no solo va a
disgregarse interiormente, sino que su fracción extrema le empujará bien pronto
hasta un punto en que él mismo intentará despojarse de la molesta apariencia de
república y entonces veréis cómo será barrido de un soplo y cómo febrero
recomenzará con más fuerza todavía»[27].
La victoria reaccionaria en París el 13 de junio es
la primera de una serie que consagra, en el verano de 1849, el triunfo de la
contrarrevolución en toda Europa. El 30 de junio cae la república romana, el 23
de julio capitulan en Rastatt los restos del ejército revolucionario de Baden y
el Palatinado, a finales de ese mes entran los croatas en Pest, Kossuth dimite
y huye de Hungría, el 13 de agosto el ejército húngaro capitula ante los rusos
en Villagos y el 22 de agosto sucumbe el último reducto de las revoluciones de
1848: la república de Venecia.
No obstante, Marx y Engels seguirán pensando
durante un año todavía –y otros comunistas de la Liga más tiempo aún– que un
nuevo estallido revolucionario es inminente. A finales de diciembre de 1849 le
escribe a Weydemeyer desde Londres: «No me cabe la menor duda de que después de
la aparición de tres o tal vez dos cuadernos mensuales el incendio universal
estallará y no tendré ya la oportunidad de llegar a una conclusión provisional
de mis trabajos económicos»[28].
[1] Marx,
«Tres nuevos proyectos de ley», NGR, 13 de marzo de 1849, III, pp. 154-155. Al
hablar de «nuestro propio derecho», Marx se refiere a la legislación francesa,
liberal y antifeudal, promulgada en Renania bajo Napoleón.
[2] «Provocaciones
gubernamentales», NGR, 14 de marzo de 1849, III, p. 158.
[3] Engels,
«El debate sobre la ley concerniente a los carteles», NGR, 22 y 27 de abril de
1849, III, pp. 274, 278-279.
[4] Engels
ha descrito el movimiento insurreccional del sudoeste de Alemania en «La
campaña por la Constitución del Reich», escrito entre septiembre de 1849 y la
primavera de 1850. Publicado por primera vez en la NGR. Aquí utilizamos la
versión francesa incluida en la recopilación publicada por Editions Sociales,
París, 1951, con el título general de La révolution démocratique bourgeoise en
Allemagne, que incluye también La guerre des paysans y Révolution et
contre-révolution en Allemagne. En este último texto Engels se refiere de
nuevo, más sintéticamente, a «la campaña por la Constitución del Reich». En
relación con este texto Engels advierte que dispone de una información muy
insuficiente, limitándose, por ello, a los hechos en los que ha participado
directamente. Para una versión histórica más completa, véase Droz, op. cit.,
pp. 593-623, y J. Sigmann, op. cit., pp. 324-332.
[5] Engels,
«El puntapié prusiano a los de Fráncfort», NGR, 2 de mayo de 1849, III, pp. 301
y 303-304.
[6] Engels,
«La jornada de las ciudades», NGR, 4 de mayo de 1849, III, pp. 314-315. El
domingo 6 de mayo, al que alude Engels, se reunían en Colonia tres congresos de
organizaciones de Renania y Westfalia: el de las Asociaciones obreras, el de
las Asociaciones demócratas y el de las Asociaciones cívicas (organización de
los monárquicos constitucionalistas).
[7] Engels,
«Frenesí del estado de sitio», NGR, 6 de mayo de 1849, III, pp. 318-319.
[8] Engels,
«El ejército prusiano y la sublevación popular revolucionaria», NGR, 8 de mayo
de 1849, III, pp. 320-322; Preguntas a los trabajadores, ibid., p. 323.
[9] Engels,
«El zar y sus subkniaz», NGR, 9 de mayo de 1849, III, pp. 324-325. Kniaz:
príncipe, en ruso.
[10] Marx,
«Las hazañas de la casa de los Hohenzollern», NGR, 10 de mayo de 1849, III, pp.
326, 335-336. Sans-souci era el nombre del palacio de Potsdam que servía de
residencia a los reyes prusianos.
[11] «La nueva
constitución prusiana», NGR, 13 de mayo de 1849, III, pp. 339-340; «La ley de
la sangre en Düsseldorf», ibid., pp. 341-342; «La insurrección en el ducado de
Berg», ibid., pp. 343-344; «Bajeza a sueldo de la Kölnische Zeitung», Ibid., p.
345.
[12] «Nuevo
puntapié prusiano a los de Fráncfort», NGR, 16 de mayo de 1849, III, pp.
348-349.
[13] Engels,
«La campaña por la Constitución del Reich», op. cit., pp. 127-128.
[14] Engels,
«Elberfeld», NGR, 17 de mayo de 1849, III, pp. 357, 360-361.
[15] Marx, «La
eliminación de la Nueva Gaceta Renana por la ley marcial», NGR, 19 de mayo de
1849, III, pp. 363, 365.
[16] «A los
trabajadores de Colonia», NGR, 19 de mayo de 1849, III, p. 383.
[17] Engels,
«La campaña por la Constitución del Reich», op. cit., p. 146.
[18] Ibid., p.
150. Evidentemente, Engels
se refiere a
participar en la
dirección, puesto que
en el
movimiento mismo participaban de una u otra manera,
como pone de manifiesto nuestra exposición.
[19] Ibid.,
Según este relato de Engels, de Kaiserslautern regresan a Bingen, localidad de
Hesse-Darmstadt fronteriza con Baden, donde son detenidos por tropas hessianas,
como sospechosos de participar en la insurrección, transportados a Darmstadt y
de allí a Fráncfort, donde son liberados. Engels no da precisiones sobre esta
liberación. Regresan a Bingen y de allí Marx parte para París y Engels para
Kaiserslautern.
[20] Carta de
Marx (París) a Engels (Kaiserslautern) del 7 de junio de 1849, en
Correspondence, II, p. 16. Posteriormente (el 30 de julio), en carta enviada a
La Presse de París, Marx vuelve sobre este asunto: «Si he venido a París no es,
como dice vuestro periódico, en calidad de refugiado, sino más bien
voluntariamente, provisto de un pasaporte regular y con el solo fin de
completar materiales para un trabajo sobre historia de la economía política,
comenzado hace cinco años». Marx puntualiza que su expulsión de Prusia no le
impide residir en el resto de Alemania, y que en un principio se había retirado
al gran ducado de Hesse. Como se ve, en esta explicación no aparece la misión
encomendada por el Comité central demócrata, cosa comprensible teniendo en cuenta
que después del 13 de junio en Francia había una situación difícil para los
refugiados políticos revolucionarios. Marx mismo acababa de recibir una orden
de expulsión de París. Según los editores de la traducción rusa de las obras de
Marx y Engels, el mandato del Comité central demócrata estaba firmado por De
Ester, lo cual permite explicarse mejor el hecho, puesto que De Ester era
miembro de la Liga (véase nota a pie de página en NGR, III, p. 390).
[21] Engels,
«La sublevación popular en el Palatinado y en Baden», NGR, 3 de mayo de 1849,
III, anexos, pp. 390-391.
[22] Engels,
«La campaña por la Constitución del Reich», op. cit., «El partido del
proletariado estaba bastante representado en el ejército, sobre todo en las
unidades de voluntarios, como la nuestra, en la de los refugiados […]. Los
comunistas más decididos fueron también los soldados más valerosos» (ibid., p.
188).
[23] Esta
síntesis se basa en el conjunto del análisis que hace Engels en «La campaña por
la Constitución del Reich». La cita sobre las condiciones militares en Renania
se encuentra en la p. 135.
[24] Carta
cit., supra, n. 20 (p. 15).
[25] Véase
supra, capítulo X.
[26] Dautry,
op. cit., pp. 246 y 254-260. Los comités democráticos socialistas constituidos
con motivo de la campaña electoral eran la expresión pública del partido de la
Montaña, que al mismo tiempo tenía una organización secreta (ibid., p. 244).
[27] Marx, «El
13 de junio», en Der Volksfreund (El amigo del pueblo), 29 de mayo de 1849, en
NGR, III, anexos, pp. 394-396.
[28] Carta de
Marx (Londres) a Weydemeyer (Fráncfort) del 19 de diciembre de 1849, en
Correspondance, pp. 37-39. Los «cuadernos» a que se refiere Marx son la revista
que proyecta editar desde comienzos de 1849 con el título Nueva Gaceta Renana
(Revista político-económica).
XIII. RESURRECCIÓN Y MUERTE DE LA LIGA DE LOS
COMUNISTAS
La idea de que las victorias de la
contrarrevolución eran precarias, provisionales y contribuían a la gestación de
una nueva y próxima explosión revolucionaria no era exclusiva de Marx y otros
comunistas de la Liga. La compartían los líderes demócratas y socialistas de
diversas nacionalidades que habían tomado el camino del exilio, principalmente
alemanes, franceses, húngaros, polacos e italianos. El centro de esta
emigración es Londres y, en segundo lugar, Suiza, donde además de algunas
personalidades se refugian los restos del ejército revolucionario de Baden y el
Palatinado. Al mismo tiempo que cada uno –como es habitual en estos casos–
descarga sobre los demás las responsabilidades por los reveses sufridos, los
distintos partidos y prohombres tratan de reorganizarse, conciertan alianzas,
traman nuevas conspiraciones. Mazzini comienza en Suiza, desde finales de 1849,
a sentar las bases de un llamado Comité central democrático europeo, que tomará
cuerpo finalmente en el verano de 1850. En la primavera de este año la
dirección de la Liga de los Comunistas –reconstituida, entretanto, con la
participación de Marx y Engels– forma con los cartistas de izquierda y los
blanquistas una Asociación universal de comunistas revolucionarios, cuya
existencia será efímera.
Ya hemos dicho que durante la revolución la Liga
sigue existiendo en el extranjero, y en Londres, a finales de 1848, Moll forma
un nuevo Comité central. Con la excepción de Moll, caído en los combates de
Baden, y de Schapper, detenido en Wisbaden, los miembros del anterior Comité
central (el formado en París, a raíz de la revolución de febrero, bajo la
presidencia de Marx) fueron llegando a Londres en los últimos meses de 1849.
Son muy pocos e imprecisos los datos fidedignos sobre el funcionamiento de la
Liga en Londres durante esos meses de 1849 y los primeros de 1850. Lo cierto es
que en un momento dado Marx y Engels (que llega a Londres en noviembre) se
incorporan al Comité central creado por Moll, lo mismo que otros miembros de la
anterior dirección. Schapper lo hace en junio de 1850, después de salir de la
cárcel. Recomendado por Engels, entra también a formar parte de la dirección su
jefe militar en Baden y el Palatinado, A. Willich. Al mismo tiempo, Marx
participa en un comité de ayuda a los emigrados políticos alemanes, creado en
septiembre de 1849 por la Asociación obrera cultural alemana de Londres. A
partir de
noviembre este comité se denomina socialdemócrata y
declara que ayudará preferentemente a los miembros del «partido
socialdemócrata». (No existe tal partido en sentido estricto, es una manera de
designar los comunistas y demócratas revolucionarios.) Engels y otros miembros
de la Liga entran a formar parte[1]. Pronto es acusado de «partidismo» en la
distribución de los fondos, por los emigrados de los otros grupos.
Pero el principal esfuerzo de Marx desde que sale
de Alemania se orienta a darse un nuevo órgano de expresión. «He emprendido
negociaciones –le dice a Engels desde París el 1 de agosto de 1849– para poner
en pie una revista política y económica mensual que debería ser redactada
esencialmente por nosotros dos.» A finales de diciembre logra resolver, en
Hamburgo, el problema de la edición y distribución[2]. Su nombre es Neue
Rheinische Zeitung. Politisch-Ökonomische Revue (que en adelante designaremos
por NGR(R). El director: Karl Marx. El anuncio de su próxima salida aparece en
varios periódicos alemanes. Como indica este anuncio (y el mismo nombre), la
NGR(R) debe ser considerada como la continuación de la NGR. Define así su
objetivo: «Un periodo de aparente calma, como el actual, debe ser utilizado
para esclarecer la etapa transcurrida de la revolución; el carácter de los
partidos en lucha, las relaciones sociales que condicionan la existencia y la
lucha de esos partidos». A diferencia del diario –se dice también en esta
presentación–, «la revista permite investigar de modo detallado y científico
las relaciones económicas que constituyen la base de todo el movimiento
político»[3]. En total salen seis números de la NGR(R) (el quinto y sexto
reunidos en un solo volumen) de marzo a noviembre de 1850. El principal trabajo
que responde al propósito enunciado es De 1848 a 1849, de Marx, serie de tres
artículos, conocidos hoy bajo el título de Las luchas de clases en Francia, con
que los editó Engels en volumen aparte (1895). Con este título nos referiremos
a él en adelante[4].
En la NGR(R) se publican tres importantes análisis
de la coyuntura económica y política internacional, con el simple título de
«revista», elaborados conjuntamente por Marx y Engels. Los dos primeros
–escritos en enero-febrero y en marzo-abril– consideran que el nuevo estallido
revolucionario es inminente y esta idea preside la reorganización de la Liga,
como se plantea claramente en la circular del Comité central de marzo de 1850,
donde se formula la estrategia y la táctica de la Liga en la nueva revolución
(o, más exactamente, en la nueva etapa de la revolución). Su contenido lo
analizaremos en la tercera parte del presente trabajo. Aquí nos referiremos
únicamente a otros dos pasos preparatorios con vistas al magno acontecimiento:
1) El envío a Alemania de Henrich Bauer,
miembro del Comité central, con la tarea de
reorganizar la Liga. La circular indicada subraya la importancia de que Bauer
«salga precisamente ahora, cuando es inminente una nueva revolución»[5]. 2) La
creación de la mencionada Asociación universal de comunistas.
Según el punto 1 del documento fundacional de esta
Asociación, su objetivo era: «derrocamiento de todas las clases privilegiadas,
sometimiento de estas clases a la dictadura del proletariado a través de la
revolución permanente hasta la realización del comunismo, forma final de
organización del género humano». «Para lograr la realización de este objetivo
–dice el punto 2– la Asociación creará lazos de solidaridad entre todas las
fracciones del partido revolucionario comunista, aboliendo –de acuerdo con el principio
de la fraternidad republicana– la división por naciones»[6]. Pero este primer
intento de «Internacional comunista» quedará prácticamente en el papel. Nacido
en la primavera, el Comité central de la Asociación universal se deshará en
octubre por las razones que veremos más adelante.
Sobre la reorganización de la Liga en Alemania los
datos son muy escasos. Una nueva circular del Comité central a las
organizaciones de la Liga en junio de 1850 se limita a enumerar los principales
centros de la Liga, sin más precisiones. Menciona Colonia, Fráncfort, Hanau,
Maguncia, Wisbaden, Hamburgo, Schwerin, Berlín, Breslau, Liegnitz, Glogau,
Leipzig, Núremberg, Múnich, Bamberg, Wurzburg, Stuttgart, Baden. A juzgar por
datos anteriores y posteriores puede suponerse que se trata de «centros» con
unos cuantos miembros, raramente más allá de la decena[7]. No obstante, entre
los miembros de esos centros había cuadros destacados de algunas asociaciones
obreras y de su organización nacional, la Fraternidad Obrera, que conservaban
todavía cierta legalidad. Pero estos primeros pasos de reorganización de la
Liga se ven rápidamente contrarrestados por dos factores: la intensificación de
la acción represiva contra los focos subsistentes de las derrotadas fuerzas
democráticas y obreras; la grave escisión que sufre la Liga en septiembre de
ese mismo año. El conflicto surge a consecuencia de la conclusión a que llegan
Marx y Engels en el verano de 1850, después de investigar más a fondo la
coyuntura económica internacional, de que no puede esperarse para lo inmediato
el nuevo estallido revolucionario. Lo consideran previsible para 1852[8]. «Esta
manera fría de apreciar la situación –recuerda Engels en su texto de 1885 sobre
la historia de la Liga– era para mucha gente una herejía en aquellos momentos
en que Ledru-Rollin, Luis Blanc, Mazzini, Kossuth y los astros alemanes de
menor magnitud, como Ruge, Kinkel, Gögg y qué sé yo cuántos más, se reunían en
Londres para
formar a montones gobiernos provisionales del
porvenir, no solo para sus países respectivos, sino para toda Europa, y en que
solo faltaba recibir de Estados Unidos el dinero necesario, a título de
empréstitos revolucionarios, para llevar a cabo, en un abrir y cerrar de ojos,
la revolución europea y, con ella, naturalmente, la instauración de las
correspondientes repúblicas.» Pero además de los «astros» demócratas de mayor o
menor magnitud, la nueva apreciación de Marx y Engels era considerada como una
«herejía» por no pocos afiliados de la Liga, comenzando por cuatro miembros
(entre diez) del Comité central: Schapper, Willich, Fränkel y Lehmann. No es
extraño, dice Engels en el mismo texto, que hombres de la formación de Willich
y Schapper se dejasen arrastrar por su «vieja comezón revolucionaria», ni que
la «mayoría de los obreros refugiados en Londres les siguiesen al campo de los
fabricantes democrático-burgueses de revoluciones»[9]. En efecto, Marx se queda
prácticamente solo, con Engels y unos cuantos más, en el núcleo londinense de
comunistas y emigrados políticos alemanes. Su análisis objetivo de la
situación, que pone de manifiesto el nuevo ciclo de desarrollo capitalista y la
imposibilidad, mientras dure, de una «nueva revolución», es interpretado como
renuncia a la revolución. «Nos llaman reaccionarios –dice Marx en su
intervención ante el Comité del 15 de septiembre de 1850– a fin de hacernos
impopulares, lo cual, dicho sea de paso, nos es totalmente indiferente, porque
no aspiramos a la popularidad»[10].
En esa reunión del Comité central culmina la lucha
interna y se inicia la escisión. En un último intento por evitarla Marx propone
tres medidas: 1) Disolver el Comité central existente, con sede en Londres, e
investir con las funciones de Comité central al comité de la Liga en Colonia.
Marx argumenta esta propuesta en la imposibilidad de mantener más tiempo la
unidad del Comité central de Londres y teniendo en cuenta que su ruptura
determinaría la formación de dos Ligas. 2) Abolición de los estatutos adoptados
por el Comité central creado por Moll en Londres en octubre de 1848,
modificando los aprobados por el segundo congreso de la Liga. Marx argumenta
que con las modificaciones introducidas «se debilitaron las posiciones de
principio»[11]. Y por otra parte, según las organizaciones de la Liga se
utilizan uno u otros estatutos, es decir, «reina la anarquía» a este respecto.
Además, los estatutos de Moll fueron descubiertos por la policía. 3) Formar dos
organizaciones distintas de la Liga en Londres (dos círculos), sin relación
entre sí, directamente ligadas al Comité central de Colonia. En una de estas
organizaciones se agruparían los partidarios de las posiciones de Marx y en la
otra los de Schapper y Willich. Motiva esta proposición de la siguiente manera:
«Precisamente en aras de la
unidad de la Liga es necesario crear aquí dos
círculos. Además de las contradicciones personales se han revelado, incluso en
la Asociación (Marx se refiere a la Asociación obrera cultural alemana de
Londres [F. C.]), contradicciones de principio. Justamente en la última
discusión “sobre la posición del proletariado alemán en la inminente
revolución” los miembros de la minoría del Comité central han expresado
opiniones directamente contradictorias con la última carta circular y con el
manifiesto […]. Esta discusión, en fin, mostró las divergencias de principio
que constituían la envoltura de las discordias personales, y ha llegado la hora
de tomar medidas. Las afirmaciones contradictorias citadas se han convertido en
consignas combativas de ambas fracciones […]. Después de todo esto la mayoría
tiene derecho a disolver el círculo de Londres y excluir a los miembros de la
minoría [del Comité central] por no estar de acuerdo con los principios de la
Liga». Pero, dice Marx, «yo no hago tal proposición porque provocaría inútiles
enemistades y porque todas estas personas, de todas maneras, son comunistas por
convicción, aunque las concepciones que manifiestan actualmente no son
comunistas y, en el mejor de los casos, pueden considerarse socialdemocráticas.
Es evidente, sin embargo, que permanecer juntos sería, sencillamente, perder el
tiempo. Schapper ha hablado a menudo de ruptura. Yo no juego con la ruptura.
Pienso que puede encontrarse una vía para separarnos sin provocar la ruptura
del partido […]. No se trata de hostilizarnos las dos fracciones, sino, por el
contrario, de poner fin a la discordia. Y, para conseguirlo, poner fin a todo
género de relaciones. Permanecemos ambas en la Liga y en el partido pero
interrumpimos unas relaciones que solo nos perjudican». Marx puntualiza que
esta interrupción de relaciones incluye, entre otros aspectos, que los miembros
de la Liga agrupados en el círculo suyo abandonen la Asociación obrera cultural
para evitar nuevos enfrentamientos en su seno. Reconoce que no habrá más de doce
miembros de la Liga susceptibles de quedar en su círculo. Podéis, les dice a
Schapper, «quedaros con la aplastante mayoría de miembros de la Liga». Como
Schapper ha hablado de su entusiasmo por la causa y de su disposición al
sacrificio, Marx replica: «En lo que se refiere a sacrificios personales, yo he
asumido mi parte, no menos que cualquier otro. Pero por la clase, no por
personalidades. En cuanto al entusiasmo, no hace falta mucho para pertenecer al
partido del cual piensas que está a punto de llegar al poder»[12]. La posición
de Schapper y los suyos giraba, en efecto, en torno a la idea de que la
conquista del poder por el proletariado podía ser inmediata porque dependía, en
definitiva, de que los revolucionarios se lo propusieran decididamente. Marx
resume así las divergencias entre sus
concepciones y las del grupo Schapper: «En lugar de
las concepciones universales de El manifiesto se pone la concepción nacional
alemana que halaga el sentimiento nacionalista de los artesanos alemanes. En
lugar de la concepción materialista de El manifiesto se promueve la idealista.
En lugar de las relaciones reales, que es lo esencial en la revolución, se pone
la voluntad. Mientras que nosotros les decimos a los obreros: tal vez os tocará
pasar aún por 15, 20, 50 años de guerra civil para cambiar las condiciones
actuales y capacitaros vosotros mismos para la dominación, ellos les dicen:
tenemos que conquistar ahora mismo el poder o podemos irnos a dormir. De la
misma manera que el demócrata utiliza la palabra “pueblo” se utiliza ahora la
palabra “proletariado”: como una frase vacía. Para que esta frase
correspondiera a una realidad habría que declarar proletarios a todos los
pequeñoburgueses, es decir, de facto, representarse pequeñoburgueses, no
proletarios. En lugar del desarrollo revolucionario real habría que poner la
frase revolucionaria […]. Yo siempre me enfrenté con las opiniones pasajeras
del proletariado. Nos consagramos al partido que, felizmente para él, no puede
aún llegar al poder. Si el proletariado llegase ahora al poder no llevaría a
cabo medidas directamente proletarias, sino medidas pequeñoburguesas. Nuestro
partido solo puede llegar al poder cuando las condiciones le permitan aplicar
sus concepciones. Luis Blanc ofrece el mejor ejemplo de lo que resulta cuando
se llega demasiado pronto al poder. Por otra parte, en Francia el proletariado
llegará al poder no solo, sino junto con los campesinos y los pequeñoburgueses,
y se verá obligado a poner en práctica sus medidas, no las suyas. La Comuna de
París muestra que no hace falta estar en el gobierno para realizar algo»[13].
Los 40 miembros de la organización de Londres de la
Liga acuerdan por «unanimidad» –en la reunión no participan los pocos
partidarios de Marx– expulsar de la Liga al grupo de este: Marx, Engels,
Schramm, Wolff, Seiler, Liebknecht, Pieper, Pfënder, Bauer, Eccarius. Eligen
una nueva dirección encargada de organizar un congreso de la Liga para el 20 de
octubre. De esta dirección forman parte, entre otros, los cuatro miembros
minoritarios del antiguo Comité central: Schapper, Fränkel y Lehmann. La
resolución que adoptan los 40 comunistas de Londres justifica estas medidas del
modo siguiente: a) por la necesidad de «restablecer una sólida organización de
la Liga, a fin de que en la inminente revolución proletaria en Francia y
Alemania no solo se cree una oposición y se editen gacetas» (alusión
transparente a la actividad y la línea de Marx durante la revolución), «sino
que el proletariado alemán tome la cosa en sus manos y alcance el poder, porque
si esto no ocurre la culpa será nuestra»; b)
«porque Marx y Engels han seleccionado un grupo de
semiliteratos para convertirlos en sus partidarios personales y fantasear sobre
su futuro poder político»; c) «porque por esa vía Marx y Engels aspiran a
transformar la Liga en instrumento de poder personal, ignorándola por completo
cuando no puede serles inmediatamente útil, de lo que es prueba 1848, cuando en
Colonia Marx y Engels cambiaron su título de miembros del Comité central por el
de redactores de la Nueva Gaceta Renana», y d) «porque esa llamada camarilla
literaria no puede ser útil para la Liga y hace imposible toda
organización»[14].
La fracción de Marx se da de baja en la Asociación
cultural obrera alemana y se retira también del Comité socialdemócrata de ayuda
a los emigrados alemanes. Como los blanquistas coinciden con las posiciones de
la fracción Willich-Schapper, la escisión de la Liga repercute inmediatamente
en el Comité central de la Asociación universal de comunistas revolucionarios.
Marx, Engels y Harney la dan por disuelta el 9 de octubre de 1850. Los
dirigentes de la Liga de Colonia aceptan el acuerdo de la mayoría del Comité
central de Londres y desde el 22 de octubre se constituyen en Comité central.
Su primera medida es anular la decisión de la organización de Londres de
expulsar de la Liga al grupo de Marx, disolver la organización de Londres y
encargar a Eccarius de formar una nueva. Deciden, también, aplazar el
congreso[15].
En resumen, la Liga de los Comunistas se escinde en
dos, que conservan el nombre. La de Willich-Schapper, con el Comité central en
Londres, agrupa la casi totalidad de las organizaciones de la emigración
(Londres, París, Suiza), pero al parecer no engloba más que una minoría de la
organización de Alemania. La de Marx y Engels (en el sentido de abrazar las
posiciones ideológicas y políticas de estos, pero ninguno de los dos ocupa
cargos dirigentes), con el Comité central en Colonia y el apoyo de la mayoría de
los miembros y comunas de la organización en Alemania. Al menos si damos fe al
documento que se conserva del Comité central de esta Liga, su circular del 1 de
diciembre de 1850 a las organizaciones locales[16]. De este documento se
desprende que el número de miembros es muy reducido y los efectos
desmoralizadores de la derrota se dejan sentir con fuerza. Resumiendo los datos
que revela sobre el estado de la Liga en Alemania, la circular dice: «Estas
informaciones no pueden considerarse satisfactorias en modo alguno. Si
caracterizamos la situación en el sur de Alemania como de “temor y dispersión”,
la de ciertas regiones del norte puede caracterizarse como de “temor y
confusión”». La situación es algo mejor, únicamente, en Fráncfort, donde la
organización está dirigida por Weydemeyer, y en la provincia renana,
directamente dirigida por el nuevo Comité central.
En la circular de diciembre el Comité central de
Colonia hace su propio análisis de la escisión, tomando en consideración no
solo el acta de la reunión del 15 de septiembre del Comité central de Londres y
la versión de la mayoría del mismo (la fracción Marx), sino también la versión
de la fracción Willich-Schapper. El texto ofrece indudable interés. Comienza
criticando la decisión de esta segunda fracción de expulsar a los «literatos» y
hacer de la Liga «una asociación exclusiva de artesanos y obreros fabriles que
sepan en la inminente revolución, gracias a su decidida voluntad, llegar al
poder y realizar la revolución comunista». Esa decisión, prosigue, significa
«retrotraer el partido proletario a la antigua concepción de ascetismo y de
grosero igualitarismo que estuvo justificada al comienzo del movimiento
proletario, porque entonces se trataba de oponer a diferentes doctrinas
políticas y económicas de la sociedad burguesa el principio general de la lucha
de clases proletaria. Pero actualmente esa posición negativa no se dirige ya
contra ninguna variante de socialismo burgués; ahora se reduce a condenar los
autores del manifiesto de 1848 del partido y de la primera circular del Comité
central del presente año, en los cuales se expone detalladamente la política
del partido, y, por tanto, se condena el mismo manifiesto y la política del
partido. El manifiesto y la Circular deducen esa política de todo el curso
seguido por el movimiento proletario. Muestran que el proletariado, una vez que
toma conciencia de su situación de clase atrae a todos los elementos ilustrados
de la vieja sociedad y llega así a la comprensión teórica de las condiciones de
la revolución comunista, al mismo tiempo que contribuye en la práctica a la
maduración de esas condiciones. En lucha con los diversos partidos nacionales
conquista su propio poder político y económico. Con su documento, la minoría
explaya de nuevo el viejo punto de vista de que todo el trabajo teórico ha sido
ya realizado, el punto de vista hostil a toda actividad teórica y, según el
cual, es posible alcanzar los objetivos finales del movimiento sobre la base
del actual nivel de desarrollo y como resultado, precisamente, de la inminente
revolución alemana». A partir de estas posiciones, dice más adelante la
circular de Colonia, es natural que los miembros de la minoría pasen a llamarse
«representantes exclusivos» de los intereses del «proletariado puro» y que
lancen una proclama, junto con franceses, polacos y húngaros, en nombre de un
«comité democrático-socialista», «reduciendo la revolución a una frase vacía y
declarándose combatientes avanzados por la república pequeñoburguesa
democrático-socialista». Lo cual significa que en caso de auge del movimiento
«el proletariado será relegado a un segundo plano, a sus anteriores posiciones,
al margen de la política; de nuevo se le llama a la
lucha por los intereses de otra clase, para luego
ser engañado y privado de los frutos de su victoria». Basándose en estas
consideraciones, los de Colonia deciden alinearse con la mayoría del antiguo
Comité central, aun constatando que tanto esta como la minoría han infringido
los estatutos de la Liga, de acuerdo con los cuales hubieran debido apelar a un
congreso.
Los esfuerzos que realiza el Comité central de
Colonia por fortalecer la Liga en Alemania son pronto interrumpidos por un
grave golpe policiaco, cuyos efectos, unidos a los de la escisión, determinan
la desaparición de la Liga. El 10 de mayo de 1851, en efecto, fue detenido en
Leipzig Nothjung, emisario del Comité central de Colonia, encontrándosele las
direcciones de otros miembros de la Liga. Durante las semanas siguientes son
detenidos en Colonia los miembros del Comité central y otros responsables de la
Liga en diversas ciudades. Estas detenciones de comunistas alemanes facilitan
la realización de un proyecto concebido, al parecer, por el mismo Federico
Guillermo IV, según han revelado los archivos alemanes: «crear –citamos las
augustas palabras– un complot liberador para proporcionar al público prusiano
el espectáculo –tan justamente esperado desde hace tiempo– de un complot
descubierto y (sobre todo) castigado»[17]. Recurriendo a los procedimientos
habituales en estos casos: sevicias contra los detenidos, falsificación de
documentos, montaje de supuestos preparativos subversivos, valiéndose para ello
de agentes provocadores introducidos en la Liga –sobre todo en la fracción de
Willich-Schapper, porque la línea aventurera de esta abría mayores posibilidades–,
los polizontes y jueces alemanes pudieron cumplir, no sin dificultades, el
augusto mandato. El juicio se vio finalmente en Colonia, en octubre de
1852[18].
Saliendo al paso de esta provocación policiaca
contra la Liga, Engels escribe el artículo Reciente proceso en Colonia, y Marx
el panfleto Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, que no
pudo difundirse en Alemania hasta veintitantos años después[19]. Marx desmonta
pieza a pieza, en este texto, el montaje del «complot», explica los verdaderos
objetivos de la Liga y pone al descubierto la explotación policiaca de las
posiciones aventureras del grupo Willich-Schapper. Es el último acto de Marx y
Engels como militantes de la Liga. O más bien el penúltimo. El 19 de noviembre
de 1852, Marx escribe de Londres a Engels, que reside en Mánchester: «El
miércoles pasado, a propuesta mía, la Liga de aquí se ha disuelto y ha decidido
que tampoco tenía razón de prolongar su existencia en el continente, donde, por
lo demás, desde la detención de Bürgers-Röser había cesado de existir, de
hecho»[20].
[1] En Soius
Kommunistov, pp. 246-248, figura el texto del informe del comité, con fecha 3
de diciembre de 1849, firmado por sus miembros: Marx, Willich, Engels, Bauer,
Pfënder.
[2] Véase
Correspondance, op. cit., II, pp. 25, 27. La revista se planea y aparece como
algo completamente independiente de los organismos de la Liga.
[3] «Comunicado
sobre la salida de Neue Rheinische Zeitung. Politisch-Ökonomische Revue», en
Soius Kommunistov, pp. 248-249.
[4] El
primer número de la NGR(R) sale el 6 de marzo de 1850 con la primera parte de
la serie «De 1848 a 1849», de Marx, titulada «La derrota de junio de 1848», y
los dos primeros capítulos de «La campaña por la Constitución del Reich». El
segundo número aparece a finales de marzo con la segunda parte de «De 1848 a
1849» («El 13 de junio de 1849»), los capítulos 3 y 4 de «La campaña por la
Constitución del Reich», la primera revista (análisis de la coyuntura económica
y política internacional) y varias recensiones. El tercer número sale hacia el
17 de abril, con la tercera parte (última) de «De 1848 a 1849» y la conclusión
de la «Campaña». El cuarto, alrededor del 19 de mayo, con la segunda revista;
un artículo no firmado, «Gotfrid Kinkel»; uno de Marx, «Luis Napoleón y Fuld»;
otro de Engels, «Bill inglés sobre la jornada de diez horas», y varias
recen-siones. El último (quinto y sexto reunidos) sale el 29 de noviembre con
la tercera revista (de mayo a octubre), «La guerra campesina de Alemania», de
Engels y la tercera parte de El manifiesto comunista. Las luchas de clases en
Francia, publicado en 1895, incluye las tres partes de «De 1848 a 1849», más un
fragmento de la tercera revista. Con su estudio de la guerra campesina alemana
del siglo XVII Engels trata de esclarecer determinados condicionantes
históricos de la revolución alemana del siglo XIX. Las recensiones de libros
giran todas sobre temas relacionados de una u otra manera con las revoluciones
de 1848. Se refieren a las siguientes obras: Ludwig Simon von Trier, Ein Wort
des Rechts für alle Reichverfassungskämpfer an die deutschen Geschwornen,
Fráncfort, 1849; Carlyle, Latter-Day Pamphlets, Londres, 1850; A. Chenu, Les
conspirateurs. Les social& secretes; la prélecture de police sous
Caussidiare; les corps francs, París, 1850; Luden de la Hodde, La naissance de
la République en février 1848, París, 1850 (en Sochinenia, t. &, pp.
214-217, 218-223, 332-335, 280-294, respectivamente).
[5] Marx y
Engels, OE, t. I, p. 101. Antes de esta medida, los dirigentes de la Liga
llegados a Londres envían algunas directivas a Alemania por correspondencia.
Por ejemplo, Marx escribe a Röser, a comienzos de enero de 1850, proponiéndole
crear una comuna de la Liga en Colonia y, según las posibilidades, en otras
ciudades de Renania. La liquidación de hecho de la libertad de palabra y de
prensa, dice Marx en esa carta, hace necesario el restablecimiento de la Liga
clandestina, dado que en el periodo inmediato la propaganda comunista solo
puede realizarse por esa vía. (Tomamos la referencia que da de esta carta –no
incluida en la Correspondencia– el Instituto de Marx-Engels-Lenin en el t. 7 de
las Sochinenie, p. 621.) Esta referencia tiene especial interés porque, salvo
error, es el único dato conservado (anterior a la circular de marzo de 1850) de
por qué Marx considera necesaria la reorganización de la Liga. Además del envío
de H. Bauer a Alemania, el C. C. de la Liga envía a Dronke a Suiza y aprovecha
los viajes de miembros de la Liga a diferentes lugares para confiarles tareas
con el mismo objetivo de reorganización.
[6] Sochinenie,
t. 7, pp. 551-552. Este documento está firmado por los miembros de la Liga
Willich, Marx y Engels; los blanquistas Vidil y Adam, y el cartista de
izquierda Harney. Ninguno firma en nombre de las organizaciones respectivas.
Los seis firmantes se constituyen en Comité central de la Asociación.
[7] Cuando a
finales de 1850 el Comité de la Liga de Colonia asume las funciones de Comité
central y toma contacto con esos centros se encuentra con que la organización
es casi inexistente o los miembros están dispersos y desconectados entre sí.
Según la versión que da Engels 35 años después, la misión de H. Bauer fue un
éxito: «Volvió a incorporar a la organización activa a los antiguos miembros de
la Liga – algunos de los cuales se habían desligado de ella y otros operaban
por su cuenta–, y en particular a los dirigentes de la Fraternidad Obrera. Y la
Liga comenzó a desempeñar un papel predominante en las asociaciones obreras,
campesinas y gimnásticas, en proporciones superiores a las de antes de 1848»
(OE, t. II, pp. 372-373). A juzgar por los datos de la época recogidos en Soius
Kommunistov, esta evocación de Engels (que Mehring toma casi textualmente en su
biografía de Marx) parece un tanto exagerada.
[8] Esta
apreciación, sobre la que volveremos en la tercera parte, se encuentra en el
tercer análisis de la coyuntura publicado en la NGR, n. 5 y 6, de noviembre de
1850.
[9] OE, op.
cit., II, p. 374. En carta a Engels del 2 de diciembre de 1850, Marx le
reproduce el manifiesto lanzado por los prohombres demócratas y socialistas
refugiados en Londres: «¡A los demócratas de todas las naciones!», comentando
sarcásticamente su contenido y su estilo, con sus «lamentables flores de
retórica». Engels le responde que «después de todos los fracasos lamentables
sufridos desde 1848, y dada la calma de los espíritus que se constata en todas
las naciones en este momento, y en primer lugar entre los crapauds, es
verdaderamente el colmo de la impudencia hablar de une marée populaire qui
menace d’engloutir les trönes» (la frase pertenece al manifiesto y Engels la
reproduce en francés, lo mismo que crapaud; Correspondance, II, pp. 93-95, 100-101).
En el Comité central democrático europeo creado en
junio de 1850, a iniciativa de Mazzini, participan Struve y Ruge en
representación del partido demócrata alemán. Este organismo no dura mucho,
minado por los efectos de la situación objetivamente desfavorable en toda
Europa y por las disensiones internas, sobre todo entre franceses e italianos.
Cesa toda actividad a partir de marzo de 1852.
[10] Soius
Kommunistov, p. 304.
[11] El acta
de esta reunión del Comité central de la Liga está incluida en Soius
Kommunistov, pp. 302-
307. En
relación con los cambios introducidos en los estatutos véase supra, capítulo
XI.
[12] Schapper
se pronuncia contra la formación de dos círculos separados en Londres, porque
considera que equivale a la formación de dos Ligas. Al llegar la votación
Willich y Lehmann abandonan la reunión y Schapper se abstiene (Fränkel, el
cuarto miembro de la fracción minoritaria del Comité central no asiste a la
reunión). Después de efectuadas las votaciones y aprobadas las propuestas de
Marx, Schapper –dice el acta– «declara protestar contra todos nosotros. Ahora
estamos completamente divididos. Yo tengo en Colonia conocidos y amigos que
seguirán más bien a mí que a vosotros». Marx responde: «nosotros hemos
procedido de acuerdo con los estatutos, y las resoluciones del Comité central
tienen fuerza de ley» (Soius Kommunistov, pp. 305-307).
[13] Soius
Kommunistov, pp. 303-306. En el panfleto que escribe más de dos años después
sobre el proceso de los comunistas en Colonia, Marx cita el fragmento de su
intervención en la reunión del 15 de septiembre de 1850, que, a su juicio,
caracteriza las divergencias. Marx dice reproducir textualmente su intervención
de septiembre de 1850, pero su texto difiere de la versión que da el acta,
aunque no haya cambios de fondo. Este texto de 1852 tiene gran interés y ofrece
la ventaja de expresar exactamente el pensamiento de Marx, cosa que no puede
asegurarse de la versión. Dice así:
«En lugar de una concepción crítica, la minoría
pone una concepción dogmática; en lugar de una materialista pone una idealista.
En lugar de las relaciones reales, la minoría pone la sola voluntad como fuerza
motriz de la revolución. Mientras nosotros decimos a los obreros: tal vez os
tocará pasar aún por quince, veinte, cincuenta años de guerra civil y de
conflictos internacionales, no solo para cambiar las relaciones existentes,
sino para cambiaros vosotros mismos y capacitaros para la dominación política,
vosotros, por el contrario, les decís: “Debemos ahora mismo alcanzar el poder o
irnos a dormir”. Mientras que llamamos especialmente la atención de los obreros
alemanes sobre la inmadurez del proletariado alemán, vosotros aduláis de la
manera más grosera el sentimiento nacional y los prejuicios corporativos de los
artesanos alemanes, lo cual, evidentemente, es más popular. A semejanza de los
demócratas, que convierten la palabra pueblo en un fetiche, vosotros habéis
hecho un fetiche de la palabra proletariado. A semejanza de los demócratas,
vosotros sustituís también el desarrollo revolucionario por frases sobre la
revolución» (Sochinenie, t. 8, p. 431).
[14] Cit. por
Mijailov, op. cit., pp. 425-426, que lo toma de G. Adler, Die Geschichte der
ersten sozial-politischen Arbeiterbewegung in Deutschland, Breslau, 1884. Soius
Kommunistov no incluye este importante documento de la Liga. En general, no
incluye ningún documento de esta fracción. Al parecer los recopiladores le
niegan el derecho a la existencia histórica en justo castigo por haberse
enfrentado con Marx.
[15] Véase la
carta del Comité central de Colonia a la mayoría del antiguo Comité central de
Londres, firmada por Röser, presidente del nuevo Comité central; Bürges,
secretario, y Otto, cajero. En Soius Kommunistov, pp. 330-331.
[16] Soius
Kommunistov, pp. 338-348. Con esta circular el Comité central enviaba a las
organizaciones el
nuevo proyecto de estatutos que había elaborado
cumpliendo el acuerdo de la reunión del 15 de septiembre del antiguo Comité
central de Londres.
[17] Se trata
de una nota enviada por el rey al ministro-presidente de Prusia, Otto von
Manteuffel, con fecha 11 de noviembre de 1850. La nota termina diciendo a
Monteuffel que la queme inmediatamente de leída. Pero el ministro-presidente
prefirió conservarla y fue encontrada en sus archivos cincuenta años después.
Reproducida por Mijailov, op. cit., p. 449, que la toma de Denkwüerdigkeiten
des Ministers, Otto Freiherrn von Manteuffel, Berlín, 1901, p. 328.
[18] Röser,
Bürgers y Nothjung fueron condenados a seis años de reclusión en una fortaleza;
Rieff, Otto y Becker a cinco años; Lessner a tres años. Daniels, Klein y Jacobi
fueron absueltos.
[19] Engels,
«El reciente proceso de Colonia», Sochinenia, t. 8, pp. 416-422. Se publicó en
el New York Daily Tribune del 22 de diciembre de 1852; Marx, «Revelaciones
sobre el proceso de los comunistas en Colonia» (ibid., pp. 423-491). Se publicó
en folleto en Suiza a comienzos de 1853, pero casi toda la tirada (2.000
ejemplares) fue confiscada por la policía. Pocos meses después se publicó en
Estados Unidos. En Alemania no comenzó a difundirse hasta su edición de 1875,
cuando por primera vez aparece con la firma del autor. A esta edición se le
agrega un capítulo, dedicado también al proceso de Colonia, de otro panfleto de
Marx: Herr Vogt. En 1885 aparece una tercera edición, para la que Engels
escribe un estudio introductivo, abundantemente citado en nuestro trabajo:
Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas.
[20] Correspondance,
op. cit., III, p. 282.
TERCERA PARTE
ANÁLISIS GLOBAL DE LA REVOLUCIÓN Y DESARROLLO DE LA
TEORÍA POLÍTICA
EN LOS CAPÍTULOS PRECEDENTES HEMOS SEGUIDO paso a
paso la acción política de Marx y Engels en el curso del movimiento, los
juicios y comentarios que formulan al compás de los acontecimientos. De 1850 a
1852 proceden al análisis global retrospectivo de la gran experiencia vivida,
escribiendo sus textos clásicos sobre la Revolución de 1848: Las luchas de
clases en Francia (1850) y El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), de Marx;
Revolución y contrarrevolución en Alemania (1851-1852), de Engels[1]. Aunque de
carácter más parcial, otros trabajos de este periodo contienen también
reflexiones y generalizaciones importantes sobre diversos aspectos del proceso
revolucionario, en particular La campaña por la Constitución del Reich y los
tres análisis de la coyuntura publicados en la NGR(R). Y hay que añadir, como
documento de excepcional importancia, la circular de marzo de 1850 del Comité
central de la Liga, en la que se enjuicia la experiencia de la revolución y se
formula la estrategia de la Liga en la nueva etapa revolucionaria, considerada
inminente en ese momento.
Los elementos más nuevos en estos textos, respecto
a los del periodo 1847-1849 (artículos de 1847, El manifiesto, NGR), se
encuentran, sobre todo, en los dos análisis de la revolución francesa que hace
Marx (Luchas de clases y El 18 Brumario), tema escasamente tratado en la NGR,
con excepción de los importantes artículos dedicados a las jornadas de junio.
En cambio, Revolución y contrarrevolución en Alemania es, de hecho, una
síntesis de los artículos de la NGR, de La campaña por la Constitución, y –en lo
que concierne a la génesis de la revolución– de los artículos de 1847,
ilustrada con una serie de referencias históricas necesarias para el lector no
alemán a quien está dedicado este trabajo de Engels. Pero contiene también
algunos elementos nuevos.
Sobre la base de estos textos vamos a reconstruir
ahora y a comentar la visión global de las revoluciones de 1848 –y de la
Revolución de 1848– a que llegan Marx y Engels, su concepción del carácter y de
la dialéctica de esas revoluciones, así como lo nuevo que introducen en
diversos puntos de su teoría política sobre la base del material empírico que
les proporciona el proceso revolucionario y contrarrevolucionario.
[1] Las
luchas de clases en Francia, como ya hemos dicho, es el título bajo el que se
editan en 1895 los tres artículos de la serie «De 1848 a 1849» publicados en la
NGR(R), más un extenso fragmento del tercer análisis de la coyuntura (véase
nota 366). El 18 Brumario de Luis Bonaparte lo escribe Marx inmediatamente
después del golpe de Estado del sobrino de Napoleón, entre diciembre de 1851 y
marzo de 1852. El trabajo estaba destinado para la revista Die Revolution,
editada por Weydemeyer en Estados Unidos, de la que solo salen dos números en
enero de 1852. El texto de Marx llega demasiado tarde y Weydemeyer lo edita en
folleto en mayo de 1852. A Europa llegaron muy pocos ejemplares. Hasta 1869 no
hubo una nueva edición, revisada por Marx. Bajo el título Revolución y
contrarrevolución en Alemania se editan en 1896, en inglés y alemán, los
artículos escritos por Engels de septiembre de 1851 a octubre de 1852 para el
diario progresista de Nueva York New York Daily Tribune (donde aparecen con la
firma de Marx porque el periódico los había solicitado a él, pero Marx le pidió
a Engels que se encargase de su redacción; solo en 1913, al publicarse la
correspondencia entre Marx y Engels, se supo que el verdadero autor era
Engels). Engels escribe estos artículos utilizando, casi exclusivamente, la
colección de la NGR. Hemos utilizado la versión de Las luchas de clases y de El
18 Brumario publicadas en la edición española de Obras Escogidas de Marx y
Engels que venimos citando, cotejando el texto con la versión rusa y corrigiéndolo
en algunos casos de acuerdo con esta. Para Revolución y contrarrevolución en
Alemania hemos utilizado la traducción francesa incluida en La révolution
démocratique bourgeoise en Allemagne, Editions Sociales, 1951.
XIV. EL CARÁCTER DE LA REVOLUCIÓN DE 1848
La idea que de inmediato se hacen Marx y Engels del
carácter y las perspectivas de la revolución iniciada en París se resume
elocuentemente en las palabras, ya citadas, de Engels: «Ahora la dominación de
la burguesía se desmoronará en todas partes o será derrocada». Piensan, pues,
que comienza la revolución proletaria europea. Esta idea explica, en parte, su
sobrevaloración de la fuerza y las posibilidades del movimiento cartista, hasta
el punto de considerar probable su próxima llegada al poder. Y que el paso de
la revolución burguesa alemana a la revolución proletaria lo vean como un
proceso que puede iniciarse también muy rápidamente. De ahí el contenido de las
Reivindicaciones del partido comunista de Alemania, verdadero «programa de
transición» de un poder constituido por los obreros, pequeñoburgueses y
campesinos[1]. El contacto directo con la realidad alemana les obliga a
modificar su táctica, aunque no su perspectiva estratégica. El paso de la fase
burguesa a la fase proletaria-popular de la revolución alemana lo ven cada vez
más estrechamente supeditado al curso de los acontecimientos franceses, en el
que prevén –y acertarán plenamente– un próximo y decisivo enfrentamiento entre
proletariado y burguesía.
Aun siendo muy escasas las informaciones existentes
sobre la opinión que en ese momento tienen Marx y Engels de la evolución de la
situación política francesa, todo lo que se conoce permite suponer que
consideraban posible, e incluso probable, una victoria proletaria susceptible
de hacer real la ilusoria «república social» proclamada en febrero[2]. De ahí
que al recibir las primeras informaciones sobre los combates de junio, al
conocer la magnitud de las fuerzas empeñadas en la lucha de uno y otro lado,
creyeran encontrarse ante la plena eclosión de «la más grande revolución
habida, la revolución del proletariado contra la burguesía», y pronosticasen en
el primer momento la victoria de los obreros. Después piensan que la derrota
será pasajera. Todo su análisis en la NGR tiende a mostrar que los propios
efectos de la derrota preparan las condiciones de una próxima victoria porque
desgarran el velo que ocultaba el carácter del poder instaurado en febrero,
aleccionan a las masas, clarifican los términos de la lucha, provocan la
división en el campo antiproletario, etc. En lo sucesivo, hasta el verano de
1850, la esperanza en una próxima revancha del proletariado francés, llamado a
ser el punto de partida del relanzamiento de la
revolución europea, con un carácter más
abiertamente proletario, está presente a cada momento, explícita o subyacente,
en la NGR y documentos posteriores. En el análisis del proceso revolucionario
francés que Marx hace en Las luchas de clases intenta explicar por qué esas
previsiones no se han confirmado hasta la fecha, pero para llegar a la
conclusión, una vez más, de que la nueva explosión revolucionaria es inminente.
Marx comienza por desentrañar el carácter ambiguo y
contradictorio de la victoria popular y proletaria de febrero. Los grupos
burgueses que protagonizaban la lucha contra el gobierno Guizot no tenían más
propósito que «ensanchar el círculo de los privilegiados políticos dentro de la
misma clase poseedora y derribar la dominación exclusiva de la aristocracia
financiera»; todo en el marco de la monarquía constitucional. La intervención
revolucionaria del proletariado de París –no prevista en el «programa»– llevó
las cosas mucho más allá: república, sufragio universal, «derecho al trabajo»,
etc. «Golpe de mano afortunado», lo llama Marx en El 18 Brumario, agregando:
«Arrancada por el proletariado (la república) con las armas en la mano, el
proletariado le imprimió su sello y la proclamó república social». Pero con
ello no hacía más que «indicar el contenido general de la revolución moderna».
Indicarlo, no realizarlo, porque ese contenido «se hallaba en la más peregrina
contradicción con todo lo que de momento podía ponerse en práctica
directamente, con el material disponible bajo las circunstancias y relaciones
dadas, con el grado de desarrollo alcanzado por la masa»[3]. Marx aduce tres
razones fundamentales[4]:
1. En
Francia, aun siendo el país del continente europeo con más desarrollo
industrial, no domina aún la burguesía industrial y solo bajo esta dominación,
afirma Marx, el proletariado industrial adquiere la dimensión nacional que le
permite «elevar su revolución a revolución nacional». Aunque «en un momento de
revolución el proletariado francés posee en París una fuerza y una influencia
decisivas, que le espolean a realizar un asalto superior a sus fuerzas, en el
resto de Francia se halla aglutinado en centros aislados y dispersos,
perdiéndose casi en la superioridad numérica de campesinos y pequeñoburgueses».
2. «La
lucha contra los modos de explotación secundarios del capital –la lucha del
campesino contra la usura en las hipotecas, del pequeñoburgués contra el gran
comerciante, el fabricante y el banquero, en una palabra, contra la bancarrota–
quedaba aún disimulada en el alzamiento general contra la aristocracia
financiera.» En consecuencia, «nada más lógico que el proletariado de París
intentase sacar adelante sus intereses al lado de los de la burguesía, en vez
de presentarlos como el interés revolucionario de toda la sociedad; que
arriase la bandera roja ante la bandera tricolor.
Los obreros franceses no podían dar un paso adelante, no podían tocar ni a un
pelo del orden burgués, mientras la marcha de la revolución no sublevase contra
este orden, contra la dominación del capital, a la masa de la nación
–campesinos y pequeñoburgueses–que se interponía entre el proletariado y la
burguesía; mientras no la obligase a unirse a los proletarios como a su
vanguardia. Solo al precio de la tremenda derrota de junio podían los obreros
comprar esa victoria».
3. «Las
relaciones de producción francesas estaban condicionadas por el comercio
exterior de Francia, por su posición en el mercado mundial y por las leyes de
este. ¿Cómo podía Francia romper esas leyes sin una guerra revolucionaria
europea que repercutiese sobre el déspota del mercado mundial, sobre
Inglaterra?»
Mientras esas condiciones no se reunieran, el
contenido que el proletariado ponía en la «república social» no podía
realizarse, dice Marx, más que en sus ilusiones: la ilusión de «poder llevar a
cabo una revolución proletaria dentro de las fronteras nacionales de Francia»;
la ilusión de que «la dominación de la burguesía queda abatida con la
instauración de la república»; la ilusión de que comenzaba el reino de la
fraternidad universal. Obedeciendo a un cálculo político o meciéndose también
en sus propias ilusiones, otros grupos sociales contribuían a fomentar en el
proletariado tan hermoso espejismo. «Todos los monárquicos se convirtieron por
aquel entonces en republicanos y todos los millonarios de París en obreros»,
comenta irónicamente Marx, que concluye: «Esta idílica abstracción de los
antagonismos de clase, esto de conciliar sentimentalmente los intereses de
clases contradictorias, de elevarse en alas de la fantasía por encima de la
lucha de clases; esta fraternité, fue, de hecho, la consigna de la revolución
de febrero».
La descripción que hace Marx en 1850 de la lucha
política y social en Francia entre febrero y junio de 1848 es la historia de
cómo se desgarra la imagen de esa fraternidad ilusoria y va imponiéndose la
dura realidad de la lucha de clases. El derrocamiento de la monarquía
constitucional y la instauración de la república, escribe en Las luchas de
clases, liquidaba «toda apariencia de un poder estatal independiente de la
sociedad burguesa»; «al derribar la Corona, detrás de la cual se escondía el
capital, hizo que se manifestase en su forma pura la dominación de la
burguesía». Las elecciones a la Asamblea constituyente pusieron de manifiesto
que «el sufragio universal no poseía la fuerza mágica que los republicanos de
viejo curio le asignaban». Con su «culto al pueblo» esos republicanos se
representaban un pueblo imaginario de citoyens, pero las
elecciones «sacaron a la luz del día el pueblo
real, es decir, los representantes de las diversas clases en que se subdivide».
Los campesinos y pequeñoburgueses dieron la mayoría a los grandes
terratenientes y a la burguesía, con lo que se afirmó el contenido real,
burgués, de la república, en contradicción aguda con lo que el proletariado se
imaginaba. La Asamblea así constituida «rompió inmediatamente con las ilusiones
sociales de la revolución de febrero y proclamó rotundamente la república
burguesa como república burguesa y nada más». Una conquista como el «derecho al
trabajo», en la que los trabajadores habían «resumido sus reivindicaciones
revolucionarias», tenía que ser abolida incluso como frase –dice Marx–, porque
aunque desde el punto de vista burgués no era más que un «contrasentido», un
«deseo piadoso», detrás del derecho al trabajo se encontraba «el poder sobre el
capital, y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de
producción, su sumisión a la clase obrera asociada y, por consiguiente, la
abolición tanto del trabajo asalariado como del capital y de sus relaciones
mutuas».
En su artículo «La revolución de junio», de la NGR,
Marx esbozaba la idea de que la burguesía había provocado conscientemente el
choque frontal con el proletariado, pero sin estimar que para este era una
batalla perdida de antemano. Y no podía estimarlo, puesto que unos días antes,
al recibir las primeras noticias del acontecimiento, la NGR había pronosticado
la victoria. En Las luchas de clases Marx reafirma con más vigor el supuesto de
que la burguesía acorraló al proletariado para obligarle a sublevarse, pero
asociándolo con la tesis de que la sublevación estaba condenada de antemano:
«El proletariado de París fue obligado por la burguesía a realizar la
insurrección de junio. Ya en esto iba implícita su condena al fracaso. Ninguna
necesidad directa, conscientemente percibida, impulsó al proletariado a
intentar el derrocamiento violento de la burguesía; ni tenía, por lo demás,
fuerzas bastantes para imponerse esa misión»[5].
Por tanto, Marx revisa en Las luchas de clases la
idea que antes de junio de 1848 había tenido de la relación de fuerzas, de las
posibilidades inmediatas del proletariado, en la revolución iniciada en
febrero, pero sin modificar su concepción sobre el carácter profundo de esta
revolución. En cuanto al curso de la revolución posterior a junio, Marx
conserva en Las luchas de clases lo esencial de la interpretación que Engels y
él habían expuesto en la NGR y que recapitularemos sintéticamente volviendo a citar
algunas de las formulaciones más significativas. Por ejemplo, la respuesta que
da Engels, a finales de septiembre de 1848, al interrogante que él mismo
formula sobre las causas de las
derrotas sufridas en toda Europa por el partido
revolucionario después de sus victorias de febrero y marzo. Esas derrotas se
explican –dice Engels– porque «todos los partidos saben que la lucha en
gestación en todos los países civilizados es incomparablemente más importante
que todas las revoluciones habidas hasta hoy; (saben) que en Viena como en
París, en Berlín como en Fráncfort, se trata del derrocamiento del poder
político de la burguesía […]; (de que) la burguesía se encuentra directamente
amenazada en su existencia política e indirectamente en su existencia social
por cada insurrección que estalla ahora». Debido a lo cual, explica Engels, la
burguesía llegada al poder coaliga sus fuerzas con las del viejo régimen contra
el pueblo, y este se ha encontrado hasta el momento en inferioridad de
fuerzas[6]. Pero las victorias de la reacción son pírricas porque sus efectos
–se argumenta en diversos artículos de la NGR, como el más arriba citado de
Marx sobre las jornadas de junio– contribuyen a preparar las condiciones de la
revancha proletaria y popular, dado que agudizan las contradicciones entre la
burguesía liberal y los grupos del viejo régimen (que se aprovechan del miedo
de la burguesía al proletariado para intentar retrotraer las cosas a la
situación anterior) y empujan al campo de la revolución a las masas
pequeñoburguesas y campesinas, hasta entonces bajo la influencia de las clases
dominantes del viejo régimen o de la misma burguesía, etc.[7]. En cuanto al
desarrollo a escala europea de esa lucha en gestación, Marx y Engels plantean
en la NGR, a lo largo del periodo que va de junio de 1848 a junio de 1849, que
la burguesía francesa se había convertido «en la piedra angular de la reacción
en toda Europa», y la condición de «una victoria duradera de la democracia en
Italia, Alemania, Polonia, Hungría, etc.», era que «el proletariado francés
ajustase las cuentas a su propia burguesía» e instaurase «la república
democrática y social». «En París –afirma Engels– se dará la réplica decisiva a
las jornadas de junio. Gracias a la victoria de la “república roja”, de París
partirán los ejércitos hacia las fronteras y más allá.» Y Marx anuncia el 1 de
enero de 1849 que el «sumario» de este año será: «sublevación revolucionaria de
la clase obrera francesa, guerra mundial». Guerra mundial que, al englobar a
Inglaterra, proporcionará al partido cartista «las condiciones de un
levantamiento victorioso», con lo cual «la revolución social pasará del reino
de la utopía al de la realidad»[8].
Este esquema del carácter y la dialéctica de la
revolución en gestación, que en la NGR va apareciendo de modo fragmentado y
disperso, lo encontramos en Las luchas de clases bajo una forma más
desarrollada y articulada. En la primera parte (el artículo que se publica en
el número 1 de la NGR[R], escrito en enero-
febrero de 1850, y teniendo in mente, por tanto,
toda la evolución de la situación en Francia y en Europa desde junio de 1848 a
enero de 1850) Marx analiza los efectos principales que a su juicio ha tenido
la batalla de junio para el curso ulterior del proceso revolucionario. Su
análisis –completado con elementos de la segunda y tercera parte– puede
resumirse en los cuatro puntos siguientes:
1. La
derrota sufrida por el proletariado «le convenció de esta verdad: que hasta la
más mínima mejora de su situación es, dentro de la república burguesa, una
utopía; y una utopía que se convierte en crimen tan pronto como quiere
transformarse en realidad». De ahí que las reivindicaciones que el proletariado
quería obtener en el marco de la república de febrero, «desmesuradas en cuanto
a la forma pero minúsculas e incluso burguesas todavía por su contenido»,
dejaran paso a «la consigna audaz y revolucionaria: ¡Derrocamiento de la
burguesía! ¡Dictadura de la clase obrera!». (Es la primera vez que la fórmula
«dictadura de la clase obrera» aparece en un texto de Marx.) Quiere decirse
que, según Marx, la derrota de junio había hecho consciente al proletariado
francés de su tarea histórica –derrocar la burguesía, instaurar su propia
dominación como clase– y de la forma adecuada de realizarla: su dictadura de
clase.
2. «Eliminado
provisionalmente de la escena (política) el proletariado y reconocida
oficialmente la dictadura burguesa, las capas intermedias de la sociedad
burguesa, la pequeña burguesía y la clase campesina, a medida que su situación
se hacía más insoportable y se erizaba su antagonismo con la burguesía, tenían
que unirse más y más al proletariado.» Es decir, la propia derrota de junio,
debida fundamentalmente al aislamiento en que se había encontrado el
proletariado, había creado las condiciones de un proceso que conducía a un
bloque social revolucionario formado por la gran mayoría de la población: el
proletariado, la pequeña burguesía urbana y los campesinos.
3. «La
derrota de junio reveló a las potencias despóticas de Europa el secreto de que
Francia se veía obligada a mantener a toda costa la paz en el exterior para
poder librar la guerra civil en el interior. Y así los pueblos que habían
comenzado la lucha por su independencia nacional fueron abandonados a la
superioridad de fuerzas de Rusia, Austria y Prusia. Pero con ello el destino de
estas revoluciones nacionales quedó supeditado a la suerte de la revolución
proletaria y despojado de su aparente sustantividad. ¡El húngaro no será libre,
ni lo será el polaco, ni el italiano, mientras el obrero siga siendo esclavo!»
4. «Con las
victorias de la Santa Alianza, Europa ha revestido una fisonomía que hará
coincidir directamente con una guerra mundial todo nuevo levantamiento
proletario en Francia. La nueva revolución francesa se verá
obligada a abandonar inmediatamente el terreno
nacional y a conquistar el terreno europeo, el único en que puede llevarse a
cabo la revolución social del siglo XIX.» Pasaje que se completa con este otro
de la tercera parte de Las luchas de clases: «La solución comenzará a partir
del momento en que, a través de la guerra mundial, el proletariado sea llevado
a dirigir el pueblo que domina el mercado mundial, a dirigir Inglaterra. La
revolución, que no encontrará aquí su término, sino su comienzo organizativo,
no será una revolución de corto aliento. La actual generación se parece a los
judíos que Moisés conducía por el desierto. No solo tiene que conquistar un
mundo nuevo, sino que tiene que perecer para dejar sitio a los hombres que
estén a la altura del nuevo mundo».
Por consiguiente, concluye Marx, «la derrota de
junio creó todas las condiciones dentro de las cuales puede Francia tomar la
iniciativa de la revolución europea […]. El 25 de febrero de 1848 había dado a
Francia la República; el 25 de junio le impuso la Revolución. Y desde junio
revolución significaba: subversión de la sociedad burguesa, mientras que antes
de febrero había significado: subversión de la forma de gobierno»[9].
Como vemos, el desmentido que los acontecimientos
dan a su pronóstico sobre el «sumario» de 1849 –la caída de las repúblicas
italianas y la victoria austriaca sobre el movimiento de liberación nacional
italiano, el lastimoso fracaso de la Montaña el 13 de junio, la derrota de la
insurrección por la Constitución del Reich y sobre todo la derrota de los
húngaros sin que la intervención rusa determinara respuesta alguna de Francia
ni de Inglaterra– Marx lo considera provisional. En su análisis de 1850 sigue
interpretando esta cadena de derrotas con el mismo enfoque que en la NGR, como
los sucesivos jalones de un proceso dialéctico en el que los avances
contrarrevolucionarios engendran las premisas de la victoria revolucionaria –y
radicalizan su contenido en sentido proletario– no solo porque polarizan en
cada país las contradicciones y fuerzas sociales, sino porque agudizan también
las contradicciones internacionales, conduciendo inexorablemente a la guerra
mundial. A través de este proceso, piensa Marx, se fortalece, en definitiva, el
«partido revolucionario» y se crean las condiciones de su victoria. Los
primeros párrafos de Las luchas de clases son elocuentes a este respecto.
«Exceptuando unos pocos capítulos, todos los apartados importantes de los
anales de la Revolución de 1848 y 1849 llevan como epígrafe: ¡Derrota de la
revolución! Pero lo que sucumbía en estas derrotas no era la revolución. Eran
las supervivencias de las tradiciones prerrevolucionarias, resultantes de
relaciones sociales que aún no se habían agudizado hasta el punto de constituir
tajantes contradicciones de clase: personas, ilusiones, ideas, proyectos, de
los que no
estaba libre el partido revolucionario antes de la
revolución de febrero y de los que no podía liberarlo la victoria de febrero,
sino solo una serie de derrotas. En una palabra: la revolución no se abrió paso
con sus conquistas directas tragicómicas, sino, por el contrario, engendrando
una contrarrevolución compacta y potente, engendrando un adversario en la lucha
contra el cual el partido de la subversión maduró, convirtiéndose en un partido
verdaderamente revolucionario. Demostrar esto es lo que se proponen las
siguientes páginas»[10].
* * *
A finales de 1849 y durante los primeros meses de
1850 Marx procede en su exilio londinense a un análisis de la coyuntura
económica y política, tanto a escala internacional como en los principales
países europeos, que le lleva a considerar inminente la culminación del proceso
indicado. Su examen de la situación económica le permite constatar el paso de
la crisis de 1847 a una fase de auge, iniciada ya en la segunda mitad de 1848,
pero al mismo tiempo llega a la conclusión de que está a punto de iniciarse una
nueva crisis económica. Como, por otra parte, le parece explosiva la situación
política en Francia, Alemania y otros países del continente, y observa en
Inglaterra una reactivación del movimiento cartista, Marx prevé que la
combinación de todos estos factores abrirá una nueva etapa, más avanzada, de la
revolución. Su carta a Weydemeyer de diciembre de 1849 ilustra bien la visión
que Marx tiene en ese momento de la coyuntura europea. Después de señalar la
exacerbación de la lucha entre proteccionistas y librecambistas en Inglaterra,
escribe: «Tenemos, en fin, los cartistas, que actuando de concierto con la
burguesía contra la aristocracia, han reanudado simultáneamente, con energía
redoblada, su acción contra los burgueses. El conflicto entre estos partidos
llegará a ser de envergadura y la agitación revestirá, cada vez más, el
carácter de tempestad revolucionaria si, como yo espero –y tengo fundadas
razones para esperarlo–, los toris suceden a los whigs a la cabeza del
gobierno. Otro événement, aún no visible en el continente, es la proximidad de
una gran crisis industrial, agrícola y comercial. Si el continente aplaza su
revolución para después del estallido de esta crisis Inglaterra podría ser,
desde el primer momento, incluso si no le agrada, el aliado del continente
revolucionario»[11]. A conclusiones análogas llegan los dos primeros estudios
de la coyuntura que se publican en la NGR(R) –a finales de marzo y primeros de
mayo de 1850– y la tercera parte de Las luchas de clases
(publicada a mediados de abril). Pueden resumirse
así:
1. La
crisis económica. En el primer análisis de la coyuntura se considera que la
producción industrial inglesa ha llegado de nuevo a un nivel que sobrepasa la
capacidad de los mercados. Estos se encuentran «saturados». «Y con las primeras
noticias sobre esta saturación comenzará el “pánico” en las esferas de la
especulación y de la producción. Tal vez ya a finales de la primavera y lo más
tarde en julio y agosto. Pero esta crisis, gracias a que debe coincidir con
grandes acontecimientos en el continente, tendrá resultados totalmente
distintos de todas las precedentes. Si hasta ahora cada crisis fue la señal de
un nuevo éxito de la burguesía industrial, de una nueva victoria suya sobre los
terratenientes y la burguesía financiera, la presente crisis será el comienzo
de la revolución inglesa contemporánea, en la cual Cobden asumirá el papel de
Necker»[12]. El segundo análisis de la coyuntura califica la crisis comercial
que ve avecinarse en Inglaterra de más grave que todas las precedentes y estima
que va a coincidir, por primera vez, con una crisis agraria. Los
acontecimientos que se prevén en el continente –dice el texto– repercutirán en
esa doble crisis inglesa, acrecentando su peligrosidad, y, «como resultado del
efecto de la crisis inglesa en el mercado mundial, la revolución tomará un
carácter socialista incomparablemente más marcado». (Se sobreentiende: en
relación con el carácter de la revolución en el periodo 1848-1849.) El texto
termina así: «Los acontecimientos políticos en el continente marchan también,
cada día más irresistiblemente, hacia su desenlace, y esa coincidencia de la
crisis comercial con la revolución, a la que nos hemos referido constantemente
en esta revista, se hace más y más ineluctable»[13].
2. La
crisis política. En lo que se refiere a los Estados alemanes, el primer
análisis de la coyuntura estima que en Prusia el compromiso entre el rey y la
burguesía lleva camino de deteriorarse, porque a medida que la
contrarrevolución se fortalece el primero trata de reducir más las
prerrogativas de la segunda. Al Estado austriaco Marx y Engels lo ven en plena
descomposición. Consideran que los esfuerzos centralizadores para contrarrestar
las tendencias centrífugas acabarán haciendo insoportable el imperio incluso
para sus más firmes pilares, los pueblos eslavos. Piensan que a los gobernantes
austriacos solo les queda intentar «el acento desesperado […]: la guerra
exterior». Pero «esta guerra exterior, hacia la cual marcha indefectiblemente
Austria, consumará su derrumbamiento total»[14]. Sobre el carácter de la
revolución alemana no hay cambios en la concepción de Marx y Engels después de
la conclusión a la que llegaba Marx en su artículo fundamental de la NGR, La
burguesía y la contrarrevolución, de finales de 1848: «La historia de la
burguesía prusiana de marzo a diciembre, como la de
la burguesía alemana en general, prueba que en Alemania una revolución
puramente burguesa y el establecimiento de la dominación burguesa bajo la forma
de monarquía constitucional son imposibles. Solo son posibles la
contrarrevolución feudal absolutista o la revolución republicana y social». En
La campaña por la Constitución del Reich (abril de 1850) Engels llega a la
misma conclusión. Después de caracterizar la lucha por la Constitución como un
intento de conciliación de la pequeña burguesía llamado a «retardar el combate
decisivo», plantea que «una vez perdida esa campaña la victoria no puede ir más
que a la monarquía feudal-burocrática, un poco constitucionalizada, o a la
verdadera revolución. Y la revolución no puede terminar en Alemania más que con
la dominación total del proletariado»[15].
Sobre la evolución de la situación francesa lo
esencial del primer análisis de la coyuntura puede resumirse en los siguientes
pasajes: «La burguesía misma, por su propio interés, se puso a la cabeza de la
reacción, y la forma republicana de gobierno da a esa reacción la posibilidad
de llevar más lejos y más consecuentemente su ofensiva». El objetivo de esta
reacción burguesa es el restablecimiento de la monarquía, pero su logro se ve
muy dificultado por la lucha entre los pretendientes al trono y los partidos
que les apoyan: legitimistas, orleanistas y bonapartistas. El partido
bonapartista, se dice en el texto, es «mucho más débil» que los otros dos y
«pese a sus siete millones de votos Luis Napoleón no tiene en realidad un
verdadero partido: solo una camarilla». Cada uno de los partidos monárquicos
conspira con la nueva Santa Alianza y hay ya «suficientes datos fidedignos de
que Luis Napoleón está urdiendo algo con Nicolás». Pero «a medida que se
fortalece la reacción crecen, naturalmente, las fuerzas del partido
revolucionario». Arruinada por la parcelización de la tierra y la política
fiscal del gobierno, desengañada de Luis Napoleón y de los diputados
reaccionarios –afirman Marx y Engels–, «la gran masa de la población rural se
arroja en brazos del partido revolucionario y expresa su adhesión al
socialismo, a un socialismo –verdad es– muy primitivo y burgués todavía».
Análoga radicalización ven en la pequeña burguesía urbana y llegan a la
siguiente apreciación del nuevo reagrupamiento de fuerzas sociales y políticas:
«Las relaciones de las diferentes clases entre sí, una de cuyas expresiones es
la relación de unos partidos políticos con otros, es actualmente la misma que
el 22 de febrero de 1848, solo que ahora se trata de otras cuestiones, los
obreros son mucho más conscientes y, además, ha sido arrastrada al movimiento y
conquistada para la revolución la clase que hasta hoy permanecía políticamente
inerte, la clase de los campesinos. De ahí proviene
para la burguesía dominante la necesidad de abolir lo antes posible el sufragio
universal; y esta necesidad, a su vez, es prenda de la pronta victoria de la
revolución, incluso si nos abstraemos de las relaciones internacionales»[16]. A
parecida conclusión llega Marx un mes después en la tercera parte de Las luchas
de clases: «La marcha de la revolución ha hecho madurar tan rápidamente la
situación que los partidarios de reformas de todos los matices y de las más
modestas pretensiones de las clases medias se ven obligados a agruparse en
torno a la bandera del partido revolucionario más extremo, en torno a la
bandera roja». Interpretando el resultado de las elecciones parlamentarias
parciales que acaban de celebrarse (10 de marzo de 1850), Marx considera que se
asiste, como en febrero, a la formación de «una coalición general contra la
burguesía y el gobierno», pero esta vez «con el proletariado a la cabeza de la
coalición revolucionaria»[17].
Al esforzarse por desentrañar el encadenamiento de
fuerzas y circunstancias que deben conducir a la nueva explosión
revolucionaria, los redactores de la NGR(R) no pierden de vista, naturalmente,
el factor guerra –ya aludido más arriba en relación con Austria–, al que desde
el principio del periodo revolucionario le atribuyen, como hemos visto a lo
largo de toda nuestra exposición, un papel primordial. En los primeros meses de
1850 Marx y Engels piensan que se prepara activamente la intervención militar de
Rusia, Prusia y Austria contra Francia, «el centro de la anarquía y de las
revoluciones», para el caso de que triunfen allí las fuerzas revolucionarias, y
ven también la posibilidad inmediata de una guerra ruso-turca, en la que
Inglaterra se vería obligada a intervenir[18].
La estrategia que el Comité central de la Liga de
los Comunistas formula en su circular de marzo de 1850 se sitúa enteramente en
toda esa perspectiva. La revolución –dice el documento dirigido a las
organizaciones de la Liga– «está próxima, bien sea provocada por una
insurrección independiente del proletariado francés, bien por una invasión de
la Babel revolucionaria por la Santa Alianza». Los obreros alemanes –plantea la
circular– no podrán llegar al poder sin haber pasado por «un prolongado
desarrollo revolucionario», pero «pueden, por lo menos, tener la seguridad de
que esta vez el primer acto del drama revolucionario que se avecina coincidirá
con el triunfo directo de su clase en Francia, lo cual contribuirá a acelerarlo
considerablemente» (el proceso revolucionario que lleve al poder a la clase
obrera alemana)[19].
El tercer análisis de la coyuntura, concluido hacia
el otoño de 1850, basado en un estudio más a fondo de la historia de la
economía inglesa en los últimos
decenios, conduce a Marx a conclusiones diferentes.
Considera que la nueva crisis económica no es inminente, debiendo sobrevenir
solamente en 1852. Mientras tanto los negocios marchan bien y la industria
trabaja a pleno rendimiento, no existiendo condiciones para la revolución
inmediata. «Bajo esta prosperidad general, en la que las fuerzas productivas de
la sociedad burguesa se desenvuelven todo lo bien que pueden desenvolverse en
el marco de las relaciones burguesas, no puede ni hablarse de una verdadera revolución»,
dice Marx, agregando: «Semejante revolución solo puede darse en aquellos
periodos en que estos dos factores –las modernas fuerzas productivas y las
formas burguesas de producción– incurren en mutua contradicción». Bajo esta
óptica se interpretan diferentemente las contradicciones y conflictos en el
seno de las clases dominantes y entre los Estados. En los dos primeros análisis
de la coyuntura y en las tres primeras partes de Las luchas de clases eran
vistos como susceptibles de provocar nuevas explosiones revolucionarias en el
continente, coincidiendo con la crisis económica inglesa. Ahora Marx y Engels
piensan que «las interminables querellas de los representantes de las diversas
fracciones del partido del orden en el continente, comprometiéndose entre sí,
no conducen a nuevas revoluciones; al contrario, estas querellas solo son
posibles porque el fundamento de las relaciones sociales es, por el momento,
tan seguro y –cosa que la reacción ignora– tan burgués. Contra él rebotarán
todos los intentos reaccionarios de contener el desarrollo burgués, así como
toda la indignación moral y todas las inflamadas proclamas de los demócratas.
Una nueva revolución solo es posible a consecuencia de una nueva crisis. Pero
es tan segura como esta»[20]. Y la nueva crisis la prevén, como hemos visto,
para 1852.
En este mismo texto encontramos un interesante
análisis del mecanismo del ciclo económico que muestra por qué se inicia en
Inglaterra –el centro capitalista desarrollado de la época, el «demiurgo del
cosmos burgués», según las palabras de Marx–, repercutiendo después en el
continente, la periferia en vías de desarrollo capitalista o «subdesarrollada»
de entonces. Por lo cual, dice Marx, «aun cuando las crisis engendran
revoluciones primero en el continente, la causa de estas se halla siempre en
Inglaterra». Y agrega la siguiente observación, que vista con la actual
perspectiva histórica cobra valor de intuición premonitoria genial: «Es natural
que en las extremidades del cuerpo burgués se produzcan estallidos violentos
antes que en el corazón, pues aquí la posibilidad de compensación es mayor que
allí. De otra parte, el grado en que las revoluciones continentales repercuten
sobre Inglaterra es, al mismo tiempo, el termómetro por
el que se mide hasta qué punto estas revoluciones
ponen realmente en peligro el régimen de vida burgués o hasta qué punto afectan
solamente a sus formaciones políticas»[21].
Volviendo a las previsiones de la «nueva
revolución», hemos visto que si Marx y Engels descartan su inminencia en el
verano-otoño de 1850 consideran que el «retraso» no pasará de dos años. En su
primer artículo para el New York Daily Tribune, fechado en septiembre de 1851,
Engels escribe: si «el primer acto del drama revolucionario en el continente ha
terminado», el intervalo entre «el fin del primer acto y el comienzo del
segundo será, indudablemente, de corta duración»[22].
Al comentar, poco después del acontecimiento, el
fracaso de la Montaña el 13 de junio de 1849, Marx había pronosticado que el
«partido del orden», una vez dueño absoluto de la Asamblea nacional, se
encaminaría a despojar al régimen de «la molesta apariencia de república»,
debido a lo cual sería «barrido de un soplo» y «febrero recomenzaría con más
fuerza aún». Dos años y medio después la «molesta apariencia» desaparece, en
efecto, pero no para dejar paso a la monarquía ni a un nuevo febrero, sino a lo
imprevisto: la dictadura bonapartista, que duraría dos decenios. Sin embargo,
el golpe de Estado de Luis Bonaparte no modifica el enfoque general de Marx y
Engels, su creencia en la proximidad del relanzamiento de la revolución
proletaria, en el comienzo de su «segundo acto», como testimonian los
siguientes pasajes de El 18 Brumario: «La caída de la república parlamentaria
encierra ya en germen el triunfo de la revolución proletaria […]. La lucha
parece haber terminado en que todas las clases se postraron de hinojos, con
igual impotencia y con igual mutismo, ante la culata del fusil. Pero la
revolución es radical. Cumple su tarea con método. Hasta el 2 de diciembre de
1851 había terminado la mitad de su labor preparatoria. Ahora termina la
segunda mitad. Lleva primero a la perfección el poder parlamentario para poder
derrocarlo. Ahora, conseguido ya eso, lleva a la perfección el poder ejecutivo,
lo reduce a su más pura expresión, lo aísla, se enfrenta con él, como único
blanco contra el que debe concentrar todas sus fuerzas de destrucción. Y cuando
la revolución haya llevado a cabo esta segunda parte de su labor preliminar,
Europa se levantará, y gritará jubilosa: ¿bien has hozado, viejo topo!»[23].
Otros juicios de este mismo año 1852, en que se publica El 18 Brumario, y de
los años siguientes corroboran la idea, ahí implícita, de que el «viejo topo»
trabaja a buen ritmo y no está lejano el día en que haya cumplido «la segunda
parte de su labor preliminar». Por las mismas fechas en que Marx termina El 18
Brumario, Engels escribe en la prensa inglesa: «El grave estado de
la industria y del comercio, junto con la mala
cosecha, en 1846 y 1847, llevaron a la Revolución de 1848. Hay diez
probabilidades contra una de que en 1853 la industria y el comercio en todo el
mundo sufran una crisis mucho más profunda
[…]. ¿Puede
suponer alguien que el barco pilotado por Luis Napoleón es suficientemente
sólido como para aguantar la tempestad que inevitablemente se desencadenará?».
Por fin, la tan esperada crisis económica entra en escena en 1857-1858 y Marx
escribe a Engels: «La revolución en el continente está próxima y tomará
inmediatamente un carácter socialista»[24].
* * *
Esta síntesis de cómo Marx y Engels fueron
representándose el carácter y las perspectivas de la Revolución de 1848, con
sus previsiones tan repetidas como desmentidas del «segundo acto» –«más
marcadamente socialista» que el primero– muestra con evidencia que veían al
capitalismo europeo debatiéndose en su crisis final y la revolución proletaria
al orden del día. En el comienzo de la revolución piensan que el derrocamiento
de la burguesía está próximo. Esperan que el proletariado francés desarrolle la
victoria de febrero y haga realidad su «república social». Confían en el pronto
triunfo del cartismo. Consideran inevitable la intervención armada del zarismo
contra las revoluciones europeas. Y piensan que la guerra revolucionaria de los
pueblos potenciará a la fuerza más consecuentemente revolucionaria, al «partido
del proletariado», poniéndole a la cabeza del «pueblo». La derrota de junio y
los sucesivos golpes contrarrevolucionarios en los otros teatros de la
revolución desvanecen la ilusión de una victoria inmediata, pero les reafirman
en la idea de que lo que está en juego es la existencia misma de la sociedad
burguesa, puesto que –a su juicio– los éxitos de la contrarrevolución se
explican por el miedo de la burguesía al proletariado. Se mantienen, por tanto,
en la convicción de que se está viviendo un proceso revolucionario que habrá de
desembocar en la victoria del proletariado y el pueblo. Pero un proceso que
cada vez ven más dilatado. Engels confirma muy netamente ambos aspectos en su
prefacio de 1895 a Las luchas de clases, declarando que Marx y él estaban
convencidos de que «había comenzado el gran combate decisivo y de que este
combate había de llevarse a término en un solo periodo revolucionario, largo y
lleno de vicisitudes, pero que solo podía terminar con la victoria definitiva
del proletariado»[25].
Marx no ha dejado ninguna rectificación explícita
de su concepción del estado del capitalismo a mediados de siglo y del carácter
de la Revolución de 1848,
pero doce años después de la muerte de Marx –y muy
poco antes de la suya– Engels reconoció en el citado prefacio a Las luchas de
clases que se habían equivocado: «La historia nos ha dado un mentís a nosotros
y a cuantos pensaban de modo parecido. Ha puesto de manifiesto que por aquel
entonces el estado del desarrollo económico en el continente distaba mucho de
estar maduro para poder eliminar la producción capitalista; lo ha demostrado
por medio de la revolución económica que desde 1848 se ha adueñado de todo el
continente, dando –por primera vez– verdadera carta de naturaleza a la gran
industria en Francia, Austria, Hungría, Polonia y, últimamente, en Rusia,
haciendo de Alemania un verdadero país industrial de primer orden. Y todo sobre
la base capitalista, lo cual quiere decir que esta base tenía todavía, en 1848,
gran capacidad de expansión»[26]. Justamente lo contrario de lo que El
manifiesto comunista había teorizado.
En el capítulo II pusimos de relieve que la lógica
de la argumentación de El manifiesto, encaminada a demostrar el agotamiento
histórico del capitalismo, conducía a conclusiones que se excluían entre sí: el
proletariado no podía, al mismo tiempo, desarrollarse como principal fuerza
productiva y clase revolucionaria por excelencia, de un lado, y, de otro,
«desarrollarse» como masa cada vez más pauperizada. El movimiento real –la
espectacular expansión de las fuerzas productivas sobre bases capitalistas en
los decenios que siguen a 1848, acompañada del gran incremento que conoce
también el movimiento obrero– ratificó empíricamente la primera tendencia,
refutando al mismo tiempo –de modo empírico, asimismo– la segunda. Pero ni en
Marx ni en Engels encontramos una crítica explícita del error teórico de El
manifiesto. Cierto, basándose en El capital es posible sostener que lo
inherente al mecanismo de la producción capitalista es la tendencia a la
«pauperización» relativa, no a la absoluta. Pero no es casual que apoyándose
también en El capital y en otros trabajos de Marx, como Salario, precio y
ganancia, la corriente dogmático-staliniana del marxismo haya podido, durante
largo tiempo, afirmar la existencia de una «ley de la pauperización absoluta».
Ni es casual tampoco que la interpretación de las crisis cíclicas como
expresión suficiente del agotamiento del modo capitalista de producción y la
tesis de la «crisis final» ineluctable hayan tenido vigencia, con más o menos
vigor, según la coyuntura, en el itinerario histórico del marxismo, sin haber
desaparecido aún[27]. La actitud reverencial hacia Marx y Engels que durante
largo tiempo predominó en el movimiento obrero inspirado por el marxismo no
estimuló –es lo menos que puede decirse– la reflexión crítica sobre el
contraste entre la imagen que El
manifiesto daba del estado del capitalismo a
mediados de siglo y su estado real, sobre las razones de que la marcha de los
acontecimientos desmintiera una y otra vez las previsiones de Marx y Engels de
una próxima victoria de la revolución proletaria. Este tipo de actitud observa
Lenin, polemizando con liberales y reformistas de su tiempo que «explotaban»
los errores de previsión de los maestros. «Sí, mucho y frecuentemente se
equivocaron Marx y Engels en la previsión de la proximidad de la revolución y
en las esperanzas en su victoria (por ejemplo, en 1848 en Alemania) […]. Pero
semejantes errores de los titanes del pensamiento revolucionario, que se
elevaron y elevaron al proletariado de todo el mundo por encima de las pequeñas
y rutinarias tareas de cada día, son mil veces más nobles, más excelsos y,
desde el punto de vista histórico, más valiosos y próximos a la verdad que la
vil sabiduría del liberalismo oficial que se gargariza y embriaga, con aire de
desafío, proclamando la vanidad de las vanidades revolucionarias, la
esterilidad de la lucha revolucionaria y el encanto de los sueños
“constitucionales” contrarrevolucionarios […]»[28]. A nuestro conocimiento,
Lenin no aborda en parte alguna de su obra lo que hubiera sido realmente
valioso y fecundo para la teoría y la práctica revolucionarias: el porqué de
esos errores de previsión, que, como hemos visto, no se refieren a cuestiones
sin importancia. En cambio, ese comentario apologético de Lenin – apologético y
de escaso sentido en la comparación que establece– ha sido frecuentemente
utilizado por políticos considerados marxistas para justificar alegremente sus
propios errores y escabullir la exigencia de indagar sus causas[29].
Las revoluciones de 1848 no fueron producto, por
tanto, de que el capitalismo hubiera llegado al límite de sus posibilidades
históricas, según la tesis de El manifiesto, sino de la contradicción entre su
movimiento ascendente, su poderosa dinámica expansiva –tan magistralmente
descrita por Marx en El manifiesto, pero viéndola como un pasado cuando era,
sobre todo, un futuro– y los obstáculos de todo orden con que tropezaba en el
espacio europeo: estructuras precapitalistas o capitalistas primitivas, clases y
regímenes políticos propios a las mismas, fraccionamiento estatal y opresión
nacional de burguesías en desarrollo, etc. Lenin caracterizaría toda la época
que va de la gran revolución francesa a la Comuna (1789-1871), pasando por las
revoluciones de 1848, como «la época de la burguesía ascendente, de los
movimientos democrático-burgueses, en general, y de los movimientos
nacional-burgueses, en particular; la época de la rápida destrucción de las
instituciones feudales y absolutistas sobrevivientes a su tiempo». El «resorte
fundamental» del proceso histórico en
ese periodo, dice Lenin, es «el movimiento de la
burguesía contra las fuerzas feudal-absolutistas»; «lo que (en 1793 y 1848)
estaba objetivamente al orden del día, en Francia, en Alemania y en toda
Europa, era la revolución democrático-burguesa»[30]. Como vemos, Lenin revisa,
de hecho, la concepción que habían tenido Marx y Engels del carácter de la
Revolución de 1848, pero sin aludir al error de aquellos ni, menos aún,
investigar sus causas.
Aunque la contradicción más arriba indicada fuera
la determinante en el carácter global de la Revolución de 1848, y esté
justificado, por tanto, el adjetivo «democrático-burguesa» que Lenin utiliza,
su aplicación indistinta a la Revolución de 1848 y a la de 1793 (es decir, la
fase jacobina de la revolución francesa de 1789) tiene el inconveniente de
dejar en la sombra el factor que las diferencia sustancialmente y genera en la
Revolución de 1848 todo lo que en ella aparece de nuevo y original respecto a
las anteriores revoluciones burguesas: el papel de primer orden que en esta
revolución desempeña la lucha entre proletariado y burguesía. Sin este factor
no podría entenderse, dicho sea de paso, ni el error teórico de Marx ni su
persistencia en él. La agudización de la lucha entre proletariado y burguesía
en los años cuarenta es un hecho reconocido por todos los historiadores. Y
algunas investigaciones recientes de la historiografía marxista ven en esa
agudización el aspecto principal de una «crisis general de los métodos de
producción y explotación del capitalismo industrial temprano»[31], métodos
encaminados exclusivamente al incremento de la plusvalía absoluta mediante el
alargamiento de la jornada de trabajo y la disminución del salario. (Las
jornadas de 16-18 horas y los salarios por debajo del mínimo fisiológico
estaban ampliamente generalizados.) La lucha tenaz del proletariado inglés –que
a comienzos de los años cuarenta toma un cariz insurreccional–, junto con la
aparición de una tecnología más avanzada bajo la presión de esa misma lucha,
había comenzado a dar a esa crisis en Inglaterra una salida reformista, como lo
pone de relieve la conquista de la jornada de diez horas, poco antes de 1848.
Lo cual puede explicar, al menos parcialmente, por qué Inglaterra no fue
arrastrada a la tormenta revolucionaria y se inicia en ese periodo el ocaso del
cartismo. En el continente, en cambio, el descontento de las masas obreras
contra los citados métodos de explotación fue uno de los resortes principales
de su intervención revolucionaria en 1848. Y pese a los mediocres resultados
inmediatos de la revolución, incluso desde el ángulo de sus objetivos
burgueses, la evolución ulterior puso de manifiesto que había influido
poderosamente en acelerar la crisis de ese capitalismo temprano o primitivo.
Es plausible suponer que las manifestaciones de esa crisis –extensión
alarmante del pauperismo, paro, exacerbación de la
lucha de clases– contribuyeron en grado considerable a que Marx y Engels
tomaran por agotamiento o crisis final del modo capitalista de producción lo
que solo era la crisis de una determinada forma del mismo. El marxismo nace
incurriendo en un tipo de error que habría de repetirse a lo largo de su
historia: tomar por crisis final del sistema la crisis de una de sus formas o
estadios. El ejemplo clásico es Lenin. Al mismo tiempo que corrige el supuesto
de Marx –la entrada del capitalismo en su fase última en los decenios que
preceden a 1848– sitúa el comienzo de ese ocaso en los últimos decenios del
siglo, identificándolo con la fase monopolista, y en el momento en que hace la
«corrección» (son los años de la primera guerra mundial) considera llegada la
«crisis final», cuando en realidad se iniciaba el paso a la fase de capitalismo
monopolista de Estado.
La idea errónea que Marx y Engels tenían del estado
del capitalismo a mediados del siglo XIX y, en consecuencia, del carácter del
proceso revolucionario que se inicia, marca, naturalmente, todo su análisis de
la Revolución de 1848. Les induce a una serie de previsiones erróneas y de
juicios inexactos. Pero, paradójicamente, les induce también a indagar en una
dirección que resultará sumamente fecunda a la luz de la evolución histórica
ulterior. Se encuentran con una revolución que no estalla allí donde el capitalismo,
según su supuesto teórico, ha llegado al límite de sus posibilidades históricas
y está plenamente «maduro», por tanto, para la revolución proletaria, sino en
la periferia «inmadura» (Alemania y demás países del centro y sur de Europa) o
no totalmente «madura» (Francia), pero una revolución en la que el proletariado
y las masas populares próximas a él constituyen la fuerza de choque,
protagonizan las insurrecciones, y en París –considerado el centro decisivo de
la revolución desde la gran revolución francesa– la proclaman «revolución
social». ¿Cómo esta revolución en acto, a partir de condiciones objetivas
«inmaduras» o insuficientemente «maduras», pero engendrada –piensan– por la
crisis del capitalismo, aunque concurran otras contradicciones y conflictos,
podía abrirse paso y desembocar en la victoria del proletariado? Tal es el
problema con el que, desde el primer momento, se enfrentan Marx y Engels y al
que intentan dar respuesta teórica –al mismo tiempo que intervienen en la
acción práctica– a dos niveles: 1) investigando el proceso objetivo del
movimiento, esforzándose por descubrir en él las fuerzas, las tendencias, los
factores que iban en la dirección considerada necesaria, desde el punto de
vista científico en que se sitúan, y deseada ardientemente en tanto que
revolucionarios proletarios; 2) elaborando la estrategia y la táctica que el
«partido proletario» debía poner en práctica para
contribuir con todas sus fuerzas a que ese proceso
objetivo desembocara en la victoria del proletariado.
Se trataba, como vemos, de un problema análogo al
que se plantearán teóricamente Lenin y su grupo desde finales del siglo XIX y
habrán de abordar prácticamente en 1905 y 1917; análogo al de todas las
revoluciones del siglo XX, hasta la fecha, puesto que todas han tenido lugar
hasta ahora en la periferia atrasada –más cercana o más lejana y más o menos
«atrasada»– de la «Inglaterra» del siglo XX, el «Occidente» capitalista e
imperialista. De ahí el interés que conservan muchos de los análisis y
reflexiones de Marx y Engels, pese a los grandes cambios históricos
sobrevenidos desde entonces.
[1] Véase
supra, capítulo VI. Nos parece errónea, por tanto, la caracterización que hace
de este documento Étienne Balibar, en su artículo «Karl Marx et le marxisme»,
como programa de «una posible unidad de acción entre la burguesía liberal y el
proletariado» (Cinq études du matérialisme historique, Maspero, 1974, p. 24).
Ya el punto 1, la república una e indivisible, era incompatible con las
posiciones monárquico-constitucionales de esa burguesía, sin hablar de las
medidas económicas y sociales que incluye. En cambio, A. Cornu dice: «Este
programa, de tendencia netamente comunista, estaba más adaptado a la situación
en Francia que en Alemania, donde no se trataba de destruir el régimen burgués,
sino de instaurarlo, ayudando a la burguesía a abatir la monarquía absoluta y
la feudalidad» (Karl Marx et le révolution de 1848, Presses Universitaires de
France, 1948, p. 13). Cornu tiene razón sobre la «tendencia» del programa, pero
también en Alemania se trataba, a juicio de Marx, de destruir el régimen burgués,
solo que pasando por una etapa burguesa «preludio inmediato de la revolución
proletaria». De ahí, justamente, las características del programa.
[2] Véase
supra, capítulo VI. A finales de 1848 Engels piensa que en febrero el
proletariado de París y la pequeña burguesía demócrata hubieran podido alcanzar
la victoria total si los Ledru-Rollin y otros dirigentes del partido de La
Réforme hubieran tomado medidas rápidas y decisivas cuando «el proletariado en
armas era dueño de París» (véase supra, capítulo X, n. 7).
[3] Véase
Las luchas de clases, OE, t. I, pp. 112-245; El 18 Brumario, ibid., p. 256. En
Revolución y contrarrevolución en Alemania Engels escribe que «la revolución
(de febrero) se decía revolución de la clase obrera contra la burguesía,
proclamaba la caída del gobierno burgués y la emancipación del obrero» (op.
cit., p. 235).
[4] Marx,
Las luchas de clases en Francia, OE, t. I, pp. 142-148.
[5] Ibid.
[6] Véase
supra, capítulo VIII.
[7] Véase
supra, capítulos VIII, X y XI.
[8] Véase
supra, capítulos VIII, IX y X.
[9] Marx,
Las luchas de clases en Francia, OE, I, pp. 212-213 y 161-162.
[10] Ibid., p.
135.
[11] Marx,
carta a Weydemeyer del 19 de diciembre de 1849, en Correspondance, II, pp.
37-39.
[12] Sochinenia,
t. 7, pp. 231-232. La cursiva es nuestra. Cobden era un gran fabricante y, al
mismo tiempo, político destacado de la burguesía industrial inglesa. Necker,
político francés de las décadas de 1770 y 1780, director general de hacienda en
vísperas de la revolución, intentó realizar algunas reformas para impedirla. La
imagen de Marx significa que el representante de la burguesía industrial
inglesa intentará también llevar a cabo algunas reformas para impedir la
revolución proletaria, con el mismo éxito que su
ilustre predecesor. Aquí tenemos un ejemplo
relevante de cómo al representarse el esquema del posible desarrollo de la
revolución proletaria clásica (en el país industrial por excelencia) Marx se
inspira en el esquema de la revolución burguesa clásica.
[13] Ibid.,
pp. 310-311. La cursiva es nuestra.
[14] Ibid.,
pp. 224-226. La Constitución otorgada en diciembre de 1848 conservaba aún
algunas conquistas democráticas, en particular el sufragio universal, gracias
al cual las elecciones de enero de 1849 dieron gran número de diputados
liberales y demócratas. Después de disolver en abril la Asamblea elegida en
enero, el rey prusiano promulgó el 30 de mayo una nueva ley electoral basada en
la distinción de tres clases de electores, según un criterio censatario, de tal
manera que el voto de los electores poseyentes tenía mucho más poder
representativo que el de los electores trabajadores o pequeñoburgueses. Con
este sistema electoral la Corona consiguió la elección de una Asamblea dócil,
que reunida el 7 de agosto de 1849 adoptó el tipo de constitución deseado por
la monarquía.
[15] Véase
supra, capítulo IX; Engels, «La campaña por la Constitución del Reich», op.
cit., p. 198.
[16] Sochinenia,
t. 7, pp. 229-230. En las elecciones presidenciales del 10 de diciembre de 1848
Luis Bonaparte había obtenido 7 millones de votos, dejando muy atrás a todos
sus concurrentes. Como pondrían de manifiesto muy pronto los acontecimientos,
Marx subestimaba considerablemente en este texto de comienzos de 1850 la base
social y política de la corriente bonapartista, al mismo tiempo que exagera no
menos los fenómenos de radicalización del campesinado y de la pequeña
burguesía, así como la maduración política de la clase obrera. La cursiva de
«naturalmente» es nuestra. Vemos ahí una expresión, particularmente neta, de la
idea que Marx formula frecuentemente en este periodo: la idea de que la
contrarrevolución engendra indefectiblemente la revolución.
[17] Marx, Las
luchas de clases en Francia, OE, t. I, pp. 223-224 y 227.
[18] Sochinenia,
t. 7, pp. 235, 237.
[19] «Circular
del Comité central de la Liga de los Comunistas», marzo de 1850, OE, t. I, pp.
102 y 110-
111.
[20] Sochinenia,
t. 7, pp. 458 y 467. Hacia julio de 1850 Marx emprende un estudio a fondo de la
historia de la economía inglesa, utilizando la literatura especializada sobre
la historia de los precios, el sistema bancario y las crisis económicas, tanto
en Inglaterra como en el continente. Entre las causas de la «prosperidad» que
comienza a conocer Europa en esos años, Marx atribuye gran importancia a los
efectos estimulantes del descubrimiento de las minas de oro californianas. Ya
en el primer análisis de la coyuntura se califica de acontecimiento más
importante que la revolución de febrero, y se hace una descripción futurista –y
en gran parte profética– de sus consecuencias, ampliándola en el tercer
análisis: construcción del canal de Panamá, promoción del océano Pacífico y,
sobre todo, ascensión de Estados Unidos al primer plano de la economía mundial.
[21] Sochinenia,
t. 7, pp. 466-467. «El continente, explica Marx, exporta a Inglaterra
incomparablemente más que a ningún otro país. Pero esta exportación a
Inglaterra depende, a su vez, de la situación de Inglaterra, sobre todo
respecto al mercado de Ultramar. Además, Inglaterra exporta a los países de
Ultramar incomparablemente más que todo el continente, por lo cual el volumen
de las exportaciones continentales a esos países depende siempre de las
exportaciones de Inglaterra a Ultramar en cada momento. Por tanto, aun cuando
las crisis engendran revoluciones primero en el continente, la causa de estas
reside siempre en Inglaterra.»
[22] Engels,
Revolución y contrarrevolución en Alemania, op. cit., pp. 203-204.
[23] Marx, El
18 Brumario de Luis Bonaparte, OE, t. I, p. 316. Las cursivas son mías.
[24] Engels,
«Las verdaderas causas de la pasividad de los proletarios», en Sochinenia, t.
8, p. 244; carta de Marx a Engels del 8 de octubre de 1858, en Sochinenia, t.
29, p. 295. Entre 1852 y 1858 no faltan pronósticos similares. He aquí algunos
ejemplos; «tal vez la crisis se retrase hasta 1853, pero cuando estalle será
tremenda. De aquí a entonces no pueden preverse convulsiones revolucionarias»
(Marx a Weydemeyer en carta del 30 de abril de 1852, Correspondance, III, p.
111); «me parece absolutamente imposible, aun guardando la cabeza perfectamente
fría, que el estado actual de cosas se prolongue más allá de la primavera de
1854 […]. Y esta vez podremos empezar directamente por El manifiesto» (es
decir, por el programa de la
revolución proletaria) (Engels a Weydemeyer en
carta del 12 de abril de 1853, en ibid., p. 353); «la crisis actual facilitará
el derrocamiento del régimen bonapartista […] (la situación) es la reproducción
de los últimos días del régimen de Luis Felipe» (Marx a Engels en carta del 12
de octubre de 1853, en Sochinenia, t. 28, pp. 255-256). La crisis a que alude
Marx aquí no es la económica mundial tan esperada, sino la provocada por la
guerra de Crimea en la situación interior francesa. En relación con la guerra
de Crimea, Engels dice que es probable la intervención de una «sexta potencia»:
la revolución (Engels, «La guerra europea», 8 de enero de 1854, en Sochinenia,
t. 10, p. 6).
Según Maximiliano Rubel, fue «bajo la influencia de
la crisis de 1857 que Marx expresó su pensamiento fundamental sobre la
desaparición fatal del modo de producción capitalista» (Karl Marx devant le
honapartisme, Mouton, París, 1960, p. 45). En realidad, como vimos, ese
pensamiento está ya virtualmente en La ideología alemana y en Miseria de la
filosofía, y de manera totalmente explícita, junto con la tesis de que ha
llegado ya la hora de esa desaparición, en El manifiesto comunista.
[25] Engels,
prefacio a Las luchas de clases en Francia, 1859, en OE, t. I, pp. 116-117.
[26] Ibid.,
pp. 119-120. La cursiva es mía. Aunque Marx muere en 1883 sin haber vuelto
nunca sobre sus previsiones del decenio 1848-1858, en su obra se encuentran
algunas raras alusiones significativas. En 1863, por ejemplo, al mismo tiempo
que pronostica la reanudación en Europa de la «era de las revoluciones»,
advierte: «Sin embargo, las ingenuas ilusiones y el entusiasmo casi infantil
con que saludamos, ante febrero de 1848, la era revolucionaria se han
desvanecido para siempre […]. Ahora ya sabemos el papel que en las revoluciones
desempeña la estupidez y cómo los miserables saben explotarla» (Carta a Engels
del 13 de febrero de 1863, en Sochinenia, t. 30, p. 266). La reflexión
concierne, como vemos, al comportamiento del personal político y también, probablemente,
de las masas; no a su concepción sobre el estado del capitalismo. Marx sigue
creyendo que se está en la «era de las revoluciones».
[27] La
discusión sobre si en El capital y otros trabajos coetáneos o posteriores Marx
abandona definitivamente, o no, la tesis de la pauperización absoluta, como ley
o tendencia ineluctable del capitalismo –tesis que sostiene en 1848, como vimos
(supra, capítulo II y n. 11 del mismo capítulo), prosigue hoy día. La posición
dogmático-staliniana puede verse en el Manual de economía política, Grijalbo,
1962, pp. 133-139. E. Mandel y otros economistas marxistas consideran que Marx
abandonó su posición de 1848 y en sus investigaciones posteriores llegó a la
conclusión de que la tendencia objetiva es a la disminución del valor de la
fuerza de trabajo, lo cual no significa de por sí una disminución del poder
adquisitivo del salario, poder que depende de diferentes variables y, ante
todo, de la lucha de clases. Véase E. Mandel, La formation de la pensée
économique de Karl Marx, op. cit., pp. 144-145. Últimamente, el economista
checoslovaco Ota Sik critica esta opinión de E. Mandel, y argumenta, con citas
de El capital y de Salario, precio y ganancia, que Marx conserva la tesis de la
pauperización absoluta, tesis que, naturalmente, considera errónea [véase O.
Sik, La troisième voie (La théorie marxiste-léniniste et la société
industrielle moderne), Gallimard, 1974, capítulo III, I. La théorie de la
paupérisation, pp. 227-260]. A nuestro juicio, la posición de Marx no es
terminante, ni en un sentido ni en otro, aunque «predomina» la posición que le
atribuye E. Mandel. Pero es significativo que no rectificara explícitamente sus
posiciones de 1848, que en ninguno de los prefacios a las múltiples ediciones
de El manifiesto ni él ni Engels hayan sentido la necesidad de hacer
observación alguna de la tesis de la pauperización absoluta que de hecho
contiene.
[28] Lenin,
Obras, 4.a ed. rusa, t. 12, pp. 337-338.
[29] Como un
ejemplo actual, de particular interés para el lector español, véase Después de
Franco ¿qué?, de Santiago Carrillo, Editions Sociales, 1965, pp. 17-18.
[30] Lenin,
Obras, op. cit., t. 21, pp. 126, 133; t. 22, p. 302.
[31] Véase J.
Kuczynski, Di wirtschaftlichen und sozialen Voraussetzungen der Revolution von
1848-1849 [Premisas económicas y sociales de la Revolución de 1848-1849],
Berlín, 1948, p. 19. Este historiador de la República Democrática Alemana
considera que en el caso de Francia fue esencialmente la contradicción «entre
la gran burguesía y los obreros, que no podían soportar ya los viejos métodos
de explotación», la que condujo a que la revolución de febrero fuera más allá
de lo que se proponían las
fracciones burguesas que formaban la oposición a
Guizot. Y desempeña también un papel importante, afirma Kuczynski, en la
revolución alemana (ibid., pp. 19-20). Tomamos estas referencias del libro de
Oiserman, Rasvitie marksistskoi teorii na opite revoliutsii 1848, Moscú, 1955,
pp. 18-20.
XV. LUCHA DE CLASES Y PROCESO REVOLUCIONARIO
Si, por un lado, Marx y Engels enfocan el carácter
y el desarrollo de la Revolución de 1848 a la luz de su creencia en el
agotamiento histórico del capitalismo, por otro lado los interpretan bajo la
fuerte influencia del «modelo» que ofrecen las revoluciones anteriores, en
particular la Gran Revolución francesa del siglo XVIII. En diversos momentos de
nuestra exposición ese condicionante aparece explícitamente, y Engels lo
subraya con fuerza en su prefacio a Las luchas de clases de 1895, como si viera
ahí la razón principal del error histórico en que Marx y él habían incurrido.
«Cuando estalló la revolución de febrero –escribe Engels en ese texto– todos
nosotros estábamos, en lo tocante a nuestra manera de representarnos las
condiciones y el curso de los movimientos revolucionarios, bajo la fascinación
de la experiencia histórica anterior, particularmente la de Francia. ¿No era
precisamente de este país, que había desempeñado el primer papel en toda la
historia europea desde 1789, del que también había partido nuevamente la señal
para la subversión general? Era, pues, lógico e inevitable que nuestra manera
de representarnos el carácter y la marcha de la revolución “social” proclamada
en París, en febrero de 1848, de la revolución del proletariado, estuviese fuertemente
teñida por el recuerdo de los modelos de 1789 y 1830. Y cuando el levantamiento
de París encontró su eco en las insurrecciones victoriosas de Viena, Milán y
Berlín; cuando toda Europa, hasta la frontera rusa, se vio arrastrada al
movimiento; cuando más tarde, en junio, se libró en París, entre el
proletariado y la burguesía, la primera gran batalla por el poder; cuando hasta
la victoria de su propia clase sacudió a la burguesía de todos los países de
tal manera que se apresuró a echarse de nuevo en brazos de la reacción
monárquica-feudal que acababa de ser abatida, no podía caber para nosotros
ninguna duda, en las circunstancias de entonces, de que había comenzado el gran
combate decisivo.» Y Engels termina con el párrafo, ya citado anteriormente, de
que este combate decisivo habría de librarse en un solo periodo revolucionario,
hasta la victoria definitiva del proletariado[1]. La actitud de la burguesía,
por tanto, fue considerada por Marx y Engels como una confirmación decisiva de
la crisis de la sociedad burguesa teorizada en El manifiesto y como la prueba
de que la revolución iniciada era la revolución del proletariado. Lo mismo que
cincuenta años atrás la burguesía revolucionaria triunfante en Francia había
llevado la revolución a la Europa feudal, la nueva
clase revolucionaria, el proletariado, llevaría a
la Europa burguesa o semiburguesa su propia revolución, la revolución
proletaria. Pero, de acuerdo con la concepción teórica de El manifiesto,
revolución proletaria quería decir revolución de la «inmensa mayoría», mientras
que en la realidad europea de 1848 el proletariado era una reducida minoría,
salvo en Inglaterra. ¿Cómo, en estas condiciones, podía hablarse de revolución
proletaria? Engels nos da la clave en su prefacio de 1895, explicándonos de qué
manera, tomando como modelo las revoluciones precedentes, dedujeron la
posibilidad de la revolución proletaria aun siendo una minoría la nueva clase
revolucionaria. Según esa explicación –que resumimos– el mecanismo de dichas
revoluciones podía esquematizarse así: a) sustitución de una clase dominante
por otra, lo que equivalía a la sustitución de una minoría por otra minoría (la
más capacitada para la dominación según las necesidades del desarrollo
económico); b) apoyo más o menos consciente de la mayoría dominada a la nueva
minoría dominante, la cual se proclamaba representante de los intereses
generales; c) escisión, después del primer éxito, de la minoría vencedora: una
parte quería ir más allá y otra no; las nuevas reivindicaciones de la fracción
más radical correspondían también a los intereses, reales o aparentes, de la
gran masa; d) si la fracción más radical se imponía, su éxito solía ser
efímero: la fracción moderada volvía a enseñorearse del poder y los vencidos
clamaban traición o achacaban la derrota al destino; e) pero esta segunda
victoria de la revolución –la de la fracción más avanzada de la nueva minoría
dominante– no era inútil; servía, por lo general, para consolidar las
conquistas de la primera, logrado lo cual los radicales y sus éxitos desaparecían
de la escena. Engels caracteriza estas conquistas que se consolidan de
«objetivamente necesarias». Tales eran, plantea Engels, los rasgos de todas las
revoluciones de los tiempos modernos, desde la inglesa del siglo XVII, y por
ello «parecían inseparables de toda lucha revolucionaria» y «aplicables también
a las luchas del proletariado por su emancipación». Pero con una serie de
ventajas para la nueva clase revolucionaria. Cierto que la revolución
proletaria iniciada estaba encabezada por una minoría, como las anteriores,
«pero esta vez no en interés de la minoría, sino en el más auténtico interés de
la mayoría». Si en las precedentes revoluciones «las grandes masas del pueblo
se dejaban ganar tan fácilmente por las vanas promesas, con tal de que fueran
plausibles, de las minorías ambiciosas, ¿cómo habían de ser menos accesibles a
unas ideas que eran el más fiel reflejo de su situación económica, que no eran
más que la expresión clara y racional de sus propias necesidades, que por sí
mismas aún no comprendían y solo empezaban a sentirlas de modo vago?». En
las revoluciones anteriores la desilusión y el
desengaño habían conducido, por lo general muy pronto, a que el espíritu
revolucionario de las masas dejara paso al cansancio e incluso a reacciones de
signo contrario, pero en la revolución proletaria «no se trataba de promesas
vanas, sino de la realización de los intereses más genuinos de la gran
mayoría». Aunque de momento esta gran mayoría no los viese claros, «no habría
de tardar en verlos con suficiente claridad, convenciéndose con sus propios
ojos al llevarlos a la práctica». Esta representación inicial de cómo podría
abrirse paso y triunfar la revolución proletaria, pese a ser el proletario una
minoría, se veía robustecida –dice Engels– en la primavera de 1850 (cuando Marx
escribe la tercera parte de Las luchas de clases y la Liga adopta su famosa
Circular, anunciando la inminencia del «segundo acto» de la revolución
proletaria), porque la evolución de la república burguesa nacida de febrero
había concentrado la dominación efectiva en manos de la gran burguesía, con el
agravante de sus ideas monárquicas, «agrupando en cambio a todas las demás
clases sociales, lo mismo a los campesinos que a los pequeñoburgueses, en torno
al proletariado, de tal modo que en la victoria común y ulteriormente no iban a
ser esas clases, sino el proletariado, escarmentado por la experiencia, quien
había de convertirse en el factor decisivo». Y Engels concluye: «¿No se daban,
pues, todas las perspectivas para que la revolución de la minoría se trocase en
la revolución de la mayoría?»[2]. Los textos de la NGR y la NGR(R) que hemos
ido analizando corroboran, sin duda, esta explicación retrospectiva de Engels.
Evoca fielmente una pieza importante del esquema interpretativo de Marx y
Engels en el periodo mismo de los acontecimientos. Pero para tener el esquema
completo hay que articularla con la pieza principal: su convicción de que había
llegado la hora final del sistema social burgués. Sin esta convicción no
hubieran podido ver en la revolución de París, desde el primer momento, la revolución
del proletariado, el comienzo del próximo desmoronamiento o derrocamiento de la
dominación de la burguesía, ni pronosticar en la primavera de 1850 la
inminencia del «segundo acto» de esta revolución.
Tal esquema corresponde, en uno u otro grado, a
ciertos aspectos y tendencias reales del proceso revolucionario, pero deja
fuera otros de signo opuesto o diferente, e indujo a Marx y Engels a
apreciaciones extremadamente subjetivas de algunos fenómenos, en particular a
sobrevalorar y generalizar abusivamente la radicalización de fracciones de la
pequeña burguesía y de los campesinos, lo mismo que la maduración política de
los grupos más avanzados del proletariado, subestimando el influjo ideológico y
político de las clases dominantes –tanto del
viejo régimen como de la burguesía llegada al
poder– en el conjunto de las clases dominadas. Uno de los ejemplos más
expresivos lo tenemos en la conclusión a que llega Marx en la primavera de 1850
–totalmente desmentida por los hechos– de que se había producido un
reagrupamiento en torno al proletariado revolucionario, y bajo su dirección, de
las masas pequeñoburguesas y campesinas, en escala comparable al agrupamiento
de esas masas en febrero de 1848 contra la monarquía de Luis Felipe.
En El 18 Brumario Marx constata que la dinámica de
la Revolución de 1848 no se ha ajustado a la del modelo de 1789. El
comportamiento real de las clases en el proceso revolucionario, la correlación
de fuerzas entre ellas, había determinado lo que Marx llama en aquel texto un
movimiento «descendente» en lugar del movimiento «ascendente» que observa en la
revolución de 1789. La interpretación que Marx y Engels van haciendo de ese
comportamiento de las clases se ha reflejado ya, en gran medida, en los capítulos
precedentes. Ahora la sintetizaremos, deteniéndonos en algunos momentos
particularmente significativos.
* * *
En vísperas de la revolución alemana, Marx y Engels
piensan –como vimos en los artículos de 1847 y en El manifiesto– que la
burguesía liberal desempeñará un papel revolucionario contra el absolutismo. La
orientación pactista con la monarquía y la nobleza que esa burguesía adopta
nada más iniciada la revolución, ¿estaba dictada únicamente por la amenaza
proletaria, como Engels parece indicar en el pasaje más arriba citado del
prefacio de 1895 y se afirma también en diversos artículos de la NGR? En su artículo
fundamental, La burguesía y la contrarrevolución, Marx explica, según vimos en
el capítulo IX, que con el pactismo los representantes de la burguesía liberal
alemana no eran infieles a sus principios, como solía acusárseles. Su política
reflejaba la atenuación de las antiguas diferencias de clase (entre burguesía y
nobleza) a consecuencia del desarrollo capitalista. La nobleza se había
aburguesado y ante la burguesía se había abierto la posibilidad de llegar a la
dirección del Estado sin recurrir a la revolución, por una vía reformista. En
vísperas de marzo estaba en buena vía para lograrlo, dice Marx, cuando fue
sorprendida por la tormenta revolucionaria. Este planteamiento contradecía los
de 1847 y de El manifiesto previendo la revolución burguesa, aunque también en
estos se tiene en cuenta el aburguesamiento de parte de la nobleza. La nueva
tesis de Marx –que por lo
demás solo aparece en ese artículo– tiene el
interés de apuntar a otra explicación del comportamiento de la burguesía
distinta de la de la amenaza proletaria: sencillamente, no tenía necesidad de
actuar revolucionariamente para alcanzar sus objetivos esenciales como clase.
En realidad, ambas motivaciones están estrechamente ligadas, puesto que si el
proletariado podía ser ya una amenaza digna de consideración quiere decirse que
las relaciones capitalistas habían progresado considerablemente en detrimento
de las feudales. Era lo que sucedía concretamente en el campo prusiano con los
contratos de rescate. Los representantes de la burguesía en la Asamblea
nacional no apoyan la exigencia de revisión de esos contratos, explica Marx en
la NGR, porque significaban la transformación de las relaciones de propiedad
feudales en burguesas. Atentar contra ellos era tanto como atentar contra la
propiedad burguesa. Sin embargo, en ese mismo artículo Marx califica la
conducta de la burguesía alemana de traición a sus «aliados naturales», los
campesinos[3]. Cosa contradictoria con la precedente, puesto que la mencionada
transformación de las relaciones de propiedad expresaba, justamente, que la
nobleza aburguesada pasaba a ser el aliado «natural» de la burguesía, mientras
que los campesinos comenzaban a ser sus enemigos «naturales» a partir del
momento que su lucha amenazaba las relaciones de propiedad burguesas. Aquí Marx
se debate entre la observación del movimiento real, tal como se desarrolla, y
la influencia mimética del modelo de la gran revolución burguesa, según el cual
los campesinos eran los «aliados naturales» de la burguesía.
Sin embargo, Marx y Engels conocían ya que en
Inglaterra las relaciones de producción feudales en el campo se habían
transformado en burguesas por una vía gradual, no en alianza con los
campesinos, sino contra ellos, expulsándolos de la tierra. Y por esa vía la
transformación capitalista de Inglaterra había avanzado mucho más rápidamente y
más profundamente que la de Francia. El esquema alianza burguesía y nobleza
aburguesada contra los campesinos se había revelado mucho más fecundo desde el
punto de vista capitalista que el esquema alianza burguesía y campesinos contra
la nobleza. La solución revolucionaria francesa –creación de una clase de
pequeños campesinos libres, dueños de la tierra– dio a la burguesía francesa
una sólida base social y política, pero al mismo tiempo levantó una formidable
barrera a la transformación capitalista del campo. La vía inglesa –señala
Engels– era la más penosa para los campesinos[4]. Cosa indudable.
Pero desde el punto de vista del desarrollo
capitalista resultaba la más ventajosa, como habría de confirmar la historia de
Alemania después de 1848.
En realidad, la vía francesa reflejaba la debilidad
relativa de la burguesía, obligada a apoyarse decisivamente en los campesinos
para alcanzar sus objetivos políticos y sociales.
Tornado en su conjunto, el discurso de Marx y
Engels sobre el comportamiento de la burguesía alemana en la Revolución de 1848
revela una contradicción interna. De un lado, en efecto, sostiene que el
interés de la burguesía reside en la eliminación revolucionaria, con medidas
radicales, de todas las estructuras y formas del Antiguo Régimen que quedan aún
en pie, y acusa a la burguesía de cobardía, bajeza, debilidad, traición, etc.,
por no proceder así. De otro lado, sostiene que esa vía revolucionaria de liquidación
de las supervivencias feudales es la más conveniente para el proletariado, la
que mejor puede «preparar el terreno» para su combate contra la burguesía. Pero
si esto segundo era cierto, e indudablemente lo era, lo primero no podía serlo
más que en un plano abstracto, ahistórico, como generalización abusiva de lo
que fue el interés de la burguesía francesa en la coyuntura concreta de finales
del siglo XVIII. Al buscar la vía no revolucionaria, reformista, de alianza con
los sectores aburguesados de la nobleza, la vía pactista, la burguesía alemana
¿daba pruebas de cobardía y debilidad o de inteligencia política?, ¿traicionaba
a los campesinos y al pueblo o a las ilusiones que estos se hacían sobre la
burguesía? En todo caso, se esforzaba, lógicamente, por alcanzar sus objetivos
históricos, afianzar su dominación de clase, evitando las rupturas
revolucionarias susceptibles de favorecer al proletariado y a otros sectores
del pueblo trabajador. Lo cual la conducía, naturalmente, a limitar lo más posible
la democracia para las masas, aunque para ello hubiera de ceder importantes
posiciones de poder (respecto a las ocupadas en marzo) a la nobleza y la
burocracia. Dada la debilidad del proletariado y la incapacidad política de que
da muestras la pequeña burguesía, esa línea pactista imprime su sello decisivo
al proceso revolucionario alemán, determinando lo que Marx llama curso
«descendente» de la revolución. Llega a crearse un equilibrio tal de la lucha
de clases que impide durante un periodo que la dominación de clase de la
burguesía se traduzca en ejercicio directo del poder por sus hombres políticos.
El caso francés es diferente, pero conduce a un
resultado formalmente análogo. Aquí el peligro proletario es mucho más
consistente, amenazando con desbordar no una lucha entre nobleza y burguesía,
sino entre fracciones de la propia burguesía. Esta lucha interna de la
burguesía, conjuntamente con la amenaza proletaria y la radicalización de
algunos sectores minoritarios de la pequeña burguesía y los campesinos, conduce
también a un equilibrio de la lucha de
clases en el que ninguna fracción de la burguesía
por separado ni todas juntas pueden ejercer directamente el poder político. Así
se crean las condiciones objetivas para el golpe de Estado bonapartista. En su
prefacio de 1891 a La guerra civil en Francia, de Marx, Engels escribe,
refiriéndose a la Francia de 1851: «Si el proletariado no estaba todavía en
condiciones de gobernar Francia, la burguesía ya no podía seguir gobernándola.
Por lo menos en aquel momento en que su mayoría era todavía de tendencia monárquica
y se hallaba dividida en tres partidos dinásticos y uno republicano. Sus
discordias intestinas permitieron al aventurero Luis Bonaparte apoderarse de
todos los puestos de mando – ejército, policía, aparato administrativo– y hacer
saltar el 2 de diciembre de 1851 el último baluarte de la burguesía: la
Asamblea nacional»[5]. La reserva: «por lo menos en aquel momento» era obvia en
1891, cuando estaba claro desde hacía tiempo que el golpe de Luis Bonaparte no
había significado, como Marx supuso en El 18 Brumario, el preludio de la
revolución proletaria, y que la imposibilidad de gobernar directamente en el
marco de la república parlamentaria no implicaba forzosamente que su dominación
de clase fuera menos sólida y menos fructífera para sus prosaicos intereses. La
prueba más evidente de que las revoluciones de 1848 dan un impulso decisivo a
la dominación de la burguesía, lo mismo en Francia que en Alemania, la
constituyen las políticas de Luis Bonaparte y de Bismarck, políticas que Engels
caracterizará en su prefacio de 1895 de «revoluciones por arriba», apodando a
sus protagonistas «albaceas testamentarios» de la Revolución de 1848[6].
* * *
En los textos de Marx y Engels anteriores a la
revolución se refleja ya la importancia de la intervención de la pequeña
burguesía en los procesos políticos y sociales que conducen a la revolución.
Los acontecimientos revolucionarios acrecientan aún más esa importancia, de la
que es dato significativo la sostenida atención de la NGR a la crítica del
partido demócrata. En los trabajos de balance de la revolución, al mismo tiempo
que hacen una crítica incisiva de los rasgos negativos que revela la lucha entablada
(indecisión, oscilación entre la burguesía pactista y la democracia
revolucionaria, propensión a reemplazar la acción por la retórica vacua,
cobardía política, etc.), Marx y Engels subrayan el papel relevante de la
pequeña burguesía. «Esta clase, de la que repetidas veces hemos destacado la
importancia y la influencia, puede ser considerada como la clase dirigente de
la insurrección de mayo de 1849» (la insurrección por la
Constitución del Reich). Y en sus artículos para el
New York Daily Tribune: «La pequeña burguesía tiene la mayor importancia en
todo Estado moderno y en todas las revoluciones modernas. Es particularmente
importante en Alemania, donde en el curso de las recientes luchas ha
desempeñado casi siempre el papel decisivo»[7]. Teniendo en cuenta la inmadurez
del proletariado para convertirse de inmediato en fuerza hegemónica, la
perspectiva de continuidad de la revolución –paso del «primer acto» al «segundo
acto»– en que se colocaban Marx y Engels era difícilmente concebible en el caso
alemán sin una etapa de dominación de la pequeña burguesía. Por eso la Circular
del Comité central de la Liga de los Comunistas de marzo de 1850 formula la
siguiente perspectiva estratégica: «El papel de traición que los liberales
burgueses alemanes desempeñaron respecto al pueblo en 1848 lo desempeñarán en
la próxima revolución los pequeños burgueses demócratas, que ocupan hoy en la
oposición el mismo lugar que ocupaban los liberales burgueses antes de 1848». Y
a continuación define cuál deberá ser la política del proletariado «durante el
periodo de superioridad (de los pequeños burgueses) sobre las clases derrocadas
y sobre el proletariado». Tesis que Engels reafirma en 1852: «La experiencia
revolucionaria práctica de 1848-1849 confirma la conclusión a la que llegaban
las reflexiones teóricas: la democracia de los pequeñoburgueses debe, a su vez,
pasar por el gobierno, antes de que la clase obrera comunista pueda esperar
instalarse en el poder de modo permanente y destruir el sistema de esclavitud
del salariado que la mantiene bajo el yugo de la burguesía»[8].
En Las luchas de clases y, sobre todo, en El 18
Brumario, Marx subraya fuertemente el papel de la pequeña burguesía demócrata
en la revolución de febrero. Al principio aparece en primer plano, junto al
proletariado, pero a medida que se acentúa el antagonismo entre burguesía y
proletariado la masa pequeñoburguesa, incluida su ala demócrata, se alinean con
la burguesía, haciéndose cómplices de la sangrienta represión de junio. Con
este comportamiento, dice Marx, los demócratas pequeñoburgueses destruyen ellos
mismos «la base sobre la que su partido se destacaba como una potencia, pues la
pequeña burguesía solo puede afirmar su posición revolucionaria contra la
burguesía mientras tiene detrás de sí al proletariado». A esta pequeña
burguesía, representada políticamente por la Montaña, Marx la caracteriza como
«masa fluctuante entre la burguesía y el proletariado, cuyos intereses
materiales reclaman instituciones democráticas». También la define como «clase
de transición en la que los intereses de dos clases se embotan el uno contra el
otro», lo cual lleva al demócrata pequeñoburgués a creerse «por encima del
antagonismo de clases en general»[9]. Cuando
después de junio ve en peligro sus intereses y las instituciones que le
permitían defenderlos, se acerca de nuevo a los obreros, rehaciéndose su
alianza con las organizaciones socialistas del proletariado, creándose así la
llamada socialdemocracia (en la que predomina la ideología y la dirección
pequeñoburguesa), cuyo «carácter peculiar», dice Marx, «se resume en exigir
instituciones democrático-republicanas, no para abolir a la par los dos
extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antítesis y
convertirla en armonía»[10].
A diferencia de lo que hemos visto en relación con
las perspectivas de la revolución alemana, en el caso de Francia Marx y Engels
no parecen prever una fase de dominación o hegemonía de la pequeña burguesía.
En la Circular de marzo de 1850 de la Liga se habla de «triunfo directo» de la
clase obrera francesa, lo que asociado a los planteamientos de Las luchas de
clases parece indicar la hipótesis de la toma del poder por un amplio bloque
social formado por el proletariado, la pequeña burguesía y los campesinos con
«el proletariado a la cabeza»[11].
* * *
Antes de la revolución, Marx y Engels apenas
prestan atención al factor campesino y esa actitud no cambia mucho en los
primeros meses que siguen a febrero y marzo, como muestra el hecho de que en la
NGR casi no encuentre eco la lucha campesina, pese a la virulencia que adquiere
en extensas zonas de Alemania. En el campesinado no ven más que el «aliado
natural» de la burguesía contra el feudalismo y con este enfoque comenta la NGR
los debates en la Asamblea nacional prusiana sobre el problema de las cargas feudales
en el campo. A finales de 1848, Engels enjuicia muy negativamente, como vimos,
el comportamiento de los campesinos en el proceso revolucionario y llega a
formular la hipótesis –refiriéndose concretamente a Francia– de que en caso de
victoria el proletariado tendría que librar una guerra con el campesinado. La
opinión de Marx en ese momento es diferente, viendo un giro favorable a la
revolución en una parte, al menos, de los pequeños campesinos franceses. Pero
ambos juzgan que el campesinado es incapaz de iniciativa revolucionaria propia
y consideran que la experiencia de la revolución ratifica ese juicio: «La
historia de los tres últimos años –escribe Marx en el otoño de 1850– ha
demostrado hasta la saciedad que esta clase de la población es absolutamente
incapaz de ninguna iniciativa revolucionaria»[12].
Sin embargo, la posición de Marx y Engels va
evolucionando en la dirección de reconocer mucha mayor gravitación al factor
campesino en el curso y desenlace de la revolución; de descubrir que el
campesinado puede convertirse en aliado del proletariado, y de comprender, en
fin, que sin tal aliado toda revolución proletaria en un país de predominio
agrario está condenada de antemano. Lo primero pasa a ser la evidencia misma a
la vista de una serie de hechos: la importancia que cobra el voto de los
campesinos, cuando por fin se pone en práctica la principal conquista
democrática de febrero y marzo –el sufragio universal– en las elecciones a las
asambleas de Francia y Alemania; el aislamiento en que queda el proletariado
francés en las jornadas de junio y, en general, la actitud hostil de una parte
considerable del campesinado; el papel decisivo del voto campesino en la
elección de Luis Bonaparte y, más tarde, el apoyo que presta a su golpe de
Estado la mayor parte del campesinado, etc. Lo segundo aparece como posibilidad
cuando algunas fracciones del campesinado francés, decepcionadas de los
partidos burgueses, en lugar de evolucionar hacia posiciones más reaccionarias
comienzan a secundar la acción política del proletariado y de la democracia
pequeñoburguesa. Y lo tercero es la conclusión global de toda la experiencia
revolucionaria, la respuesta a la gran cuestión: ¿cómo puede la revolución
proletaria ser la revolución de la «inmensa mayoría» allí donde el campesinado
trabajador, en particular el pequeño campesino propietario, constituye
justamente la mayoría de esa mayoría? Solo si la masa campesina llega a ser su
aliado. En esta perspectiva sitúa Marx en El 18 Brumario la posibilidad de
victoria de la revolución proletaria en Francia: «Al desilusionarse de la restauración
napoleónica, el campesinado francés abandonará la fe puesta en su parcela; todo
el edificio social erigido sobre ella se vendrá abajo, y la revolución
proletaria obtendrá el coro, sin el cual su solo se convierte, en toda la
nación campesina, en un canto de cisne»[13].
El creciente interés de Marx y Engels por el
problema campesino se manifiesta en la serie de artículos que publica la NGR
sobre los campesinos silesianos y, sobre todo, en la atención que le concede
Marx en Las luchas de clases y El 18 Brumario[14].
* * *
La experiencia de la Revolución de 1848 reafirma en
Marx y Engels el concepto a que habían llegado en los años prerrevolucionarios
acerca del papel del proletariado como «enterrador» de la sociedad burguesa. El
test decisivo,
pivote al mismo tiempo de todos sus análisis de la
revolución, es la gran batalla de junio. Los acentos con que comentan este
acontecimiento, los juicios que les inspira, primero en la NGR y dos años
después en la NGR(R), son harto elocuentes. Es un hito de la historia
universal, la confirmación empírica de su idea teórica, el primer acto de la
revolución del siglo XIX, la revolución proletaria.
Pero si esta visión permanece inalterable en los
escritos de Marx y Engels, desde La revolución de junio a El 18 Brumario, se
observa, al mismo tiempo, una toma de conciencia cada vez más clara de la
inmadurez en que se encuentra aún el proletariado para acometer y llevar a buen
término su «misión histórica». De momento, el proletariado concreto objeto de
su examen, el proletariado francés y alemán, porque en este periodo el
proletariado inglés, cuya trayectoria histórica ha servido de modelo para la construcción
teórica de El manifiesto, no es objeto de examen. Implícitamente se le sigue
considerando como el proletariado llegado ya, plenamente, a la madurez, pero
cuya acción decisiva se retrasa por una serie de circunstancias. Hace falta la
guerra mundial, que arrastre a Inglaterra al torbellino de la revolución
europea y cree las condiciones favorables para que este proletariado pueda
triunfar.
Esa toma de conciencia sigue a las ilusiones que
evidentemente se hicieron al comienzo de la revolución, cuando Engels
pronostica el próximo derrocamiento de la burguesía «en todas partes». Ya
entonces, al tomar contacto directo con la realidad alemana, llegan a la
conclusión de que mientras los objetivos políticos democráticos de la
revolución alemana no hayan sido plenamente logrados, el proletariado puede ser
una fuerza impulsora, a veces decisiva, pero no hegemónica. Cuando en sus
artículos del New York Daily Tribune procede al análisis retrospectivo de la
revolución alemana, Engels subraya el estado inicial de inmadurez, tanto por su
estructura económica y social como por su grado de formación política, en que
se encontraba el proletariado alemán en vísperas de la revolución, pese a los
indudables progresos que había hecho su conciencia de clase desde la
insurrección de los tejedores silesianos. Paradójicamente, este progreso fue
«detenido temporalmente por la revolución» –afirma Engels–, debido a que «las
exigencias y las circunstancias inmediatas del movimiento (revolucionario) eran
tales que no permitían llevar al primer plano ninguna de las reivindicaciones
específicas del partido proletario». Solo «muy gradualmente (el partido
proletario pudo) sustraer la masa de los trabajadores a la influencia de los
demócratas, de los cuales no era más que un apéndice al comienzo de la
revolución». Contribuyó a liberarlos de esa influencia la misma «indecisión,
cobardía y debilidad de los jefes demócratas». Y
ahora puede decirse, prosigue Engels –el «ahora» es septiembre de 1851–, que
uno de los principales resultados de la revolución reside en que «la clase
obrera, en todas partes donde está concentrada en masas algo importantes, se ha
emancipado completamente de esa influencia demócrata que en 1848 y 1849 la
condujo a una serie interminable de errores y fracasos»[15]. Y en efecto, el
notable impulso que pocos años después adquirió el movimiento obrero alemán demostró
que la experiencia de 1848 había contribuido a emancipar al proletariado de la
tutela de la pequeña burguesía avanzada, si no «completamente» en grado
considerable.
En lo que concierne al proletariado francés ya
citamos lo esencial del análisis de Marx cuando en el capítulo anterior hemos
reseñado su visión global del proceso de la revolución francesa. Agregaremos
algunas notas complementarias relativas a la diferencia que se observa entre
Las luchas de clases y El 18 Brumario en la apreciación de la evolución de ese
proletariado después de la derrota de junio. En las tres primeras partes de Las
luchas de clases se describe un proceso ascendente lineal de maduración política,
de agrupación de sus fuerzas en torno «al socialismo revolucionario, al
comunismo, que la misma burguesía ha bautizado con el nombre de Blanqui»[16],
de conquista de un papel de vanguardia efectiva respecto a la pequeña burguesía
y el campesinado, hasta la supuesta cristalización en los primeros meses de
1850 de una amplia coalición general contra la burguesía de las masas
proletarias, pequeñoburguesas y campesinas bajo la dirección del proletariado.
Distinto es el proceso que se describe en El 18
Brumario. Con la derrota de junio, se dice allí, «el proletariado pasa al fondo
de la escena revolucionaria. Tan pronto como el movimiento parece adquirir
nuevos bríos, intenta una y otra vez pasar nuevamente al primer plano, pero con
un gasto cada vez más débil de sus fuerzas y con resultados cada vez más
insignificantes. Tan pronto como una de las capas sociales superiores a él
experimenta cierta efervescencia revolucionaria, el proletariado se enlaza con
ella y así va compartiendo todas las derrotas que sufren uno tras otro los
diversos partidos. Pero estos golpes sucesivos se atenúan cada vez más cuanto
más se reparten por la superficie de la sociedad. Sus jefes más importantes en
la Asamblea nacional y en la prensa van cayendo unos tras otros, víctimas de
los tribunales, y se ponen al frente (del proletariado) figuras cada vez más
equívocas. En parte se entrega a experimentos doctrinarios, bancos de cambio y
asociaciones obreras, es decir, a un movimiento en el que renuncia a
transformar el viejo mundo, con ayuda de todos los grandes recursos propios de
este mundo, e intenta, por el contrario, conseguir su
redención a espaldas de la sociedad, por la vía
privada, dentro de sus limitadas condiciones de existencia y, por tanto,
forzosamente, fracasa. Parece que no puede descubrir nuevamente en sí mismo la
grandeza revolucionaria, ni sacar nuevas energías de los nuevos vínculos que se
ha creado, hasta que todas las clases contra las que ha luchado en junio están
tendidas a todo lo largo a su lado mismo. Pero por lo menos sucumbe con los
honores de una gran lucha histórico-universal»[17]. Se refiere luego a la situación
creada en la primavera de 1850, cuando en lugar de la ofensiva revolucionaria,
prevista en Las luchas de clases, de la gran coalición social encabezada por el
proletariado, este sigue a los jefes demócratas que se limitan a protestas
verbales contra la ley del 31 de mayo. No reaccionan combativamente contra una
ley que restringe el sufragio universal, privando prácticamente a los obreros
del derecho al voto, convirtiéndolos, según la expresión de Marx, en parias
políticos, como antes de febrero. Marx encuentra una explicación parcial a esa
pasividad de la clase obrera en que «el año 1850 fue uno de los más brillantes
en prosperidad industrial y comercial y, por tanto, el proletariado de París
tenía trabajo en su totalidad», pero añade: «Al dejarse guiar por los
demócratas frente a este acontecimiento y al olvidar el interés revolucionario
de su clase ante su bienestar momentáneo, renunciando al honor de ser una
potencia conquistadora, se sometieron a su suerte, demostraron que la derrota
de junio de 1848 los había incapacitado para luchar durante muchos años y que,
por el momento, el proceso histórico tenía que pasar de nuevo sobre sus
cabezas»[18]. «Muchos años» quiere decir aquí cinco o algo más, puesto que en
el momento de escribir esas líneas, cuando aún no habían pasado cinco años
desde junio de 1848, en la correspondencia privada de Marx y Engels se prevé
próximo el nuevo estallido revolucionario. Y en El 18 Brumario se considera que
el «viejo topo» está terminando la segunda (y última) parte de su «labor
preparatoria». Quiere decirse que el proceso descrito es también, en conjunto,
un proceso ascendente de maduración política del proletariado, pero no lineal,
sino zigzagueante, con avances y retrocesos, y el proletariado es visto en él
con enfoque más crítico y realista. No por casualidad, en la discusión de
septiembre de 1850, recién desvanecida la euforia revolucionaria que preside
las tres primeras partes de Las luchas de clases, Marx había reprochado al
grupo Schapper hacer un fetiche del proletariado y adularlo en lugar de poner
el acento en su inmadurez y de explicar a los obreros que necesitarían pasar
por una larga experiencia de luchas para revolucionarse ellos mismos y hacerse
aptos para la dominación de su clase[19].
* * *
La hostilidad de la burguesía a la revolución,
incluso cuando su filo iba dirigido primordialmente contra las supervivencias
del Antiguo Régimen (caso alemán), o contra la forma monárquico-burguesa del
régimen político (caso francés), o simplemente contra la opresión nacional
(caso italiano y húngaro); el apoyo que la correspondiente política de la
burguesía –política pactista en el caso alemán, pro restauración monárquica en
el caso francés– encuentra en la mayor parte de las clases intermedias, pequeña
burguesía y campesinos; la indecisión del partido demócrata de la pequeña
burguesía, sin política coherente, prisionero del verbo en detrimento de la
acción; la debilidad numérica, estructural y política del proletariado, que le
impedía tener una política independiente, y, en definitiva, la correlación de
fuerzas favorable en todo momento a los partidos burgueses imprimen al proceso
revolucionario la dinámica que Marx caracteriza de «descendente» por oposición
a la dinámica «ascendente» que él y Engels habían previsto inicialmente bajo el
mimetismo de la Gran Revolución francesa del siglo XVIII. En aquel entonces,
escribe Marx en El 18 Brumario, «a la dominación de los constitucionales sigue
la dominación de los girondinos, y a la dominación de los girondinos la de los
jacobinos. Cada uno de estos partidos se apoya en el más avanzado. Tan pronto
como ha impulsado la revolución lo suficiente para no poder seguirla, y mucho
menos para poder encabezarla, es desplazado y enviado a la guillotina por el
aliado más intrépido que está detrás de él. La revolución se mueve, de este
modo, en un sentido ascensional». «En la Revolución de 1848 es al revés. El
partido proletario aparece como apéndice del pequeño burgués democrático. Este
lo traiciona y contribuye a su derrota […]. A su vez, el partido democrático se
apoya sobre los hombros del republicano-burgués. Apenas se consideran seguros,
los republicanos burgueses se sacuden el molesto camarada y se apoyan a su vez
sobre los hombros del partido del orden. El partido del orden levanta sus
hombros, deja caer a los republicanos burgueses dando volteretas y salta, a su
vez, a los hombros del poder armado. Y cuando cree que está todavía sentado
sobre esos hombros, una buena mañana se encuentra con que los hombros se han
convertido en bayonetas […]. De este modo la revolución se mueve en sentido
descendente»[20]. Parecido esquema «descendente» expone Marx para el contenido
que va teniendo el régimen republicano salido de la revolución: república
social (nacida como frase, como profecía –precisa Marx–, en el umbral de la
revolución de febrero y ahogada en junio en la sangre del
proletariado de París); república democrática
(esbozada después de junio y desvanecida el 13 de junio de 1849 junto con sus
pequeños burgueses en fuga); república parlamentaria (con la burguesía dueña de
toda la escena política, enterrada por esa misma burguesía el 2 de diciembre de
1851)[21].
Situada en el contexto de la visión global que Marx
y Engels tienen del estado de la sociedad burguesa, esa imagen del curso
«descendente» de la revolución no designa solo, a nuestro parecer, un retroceso
temporal del nivel revolucionario y del contenido proletario inicial. Indica,
también, un proceso de agotamiento sucesivo de las posibles formas
institucionales burguesas, de reducción de la base social y política de los
partidos burgueses, acompañada de su desagregación interna, paralelamente a una
revolucionarización en profundidad del proletariado y de masas crecientes de la
pequeña burguesía y de los campesinos (un proceso no lineal, como ya vimos). Se
trata de un movimiento similar al que se describe en el famoso pasaje sobre la
labor de zapa del «viejo topo». Tal interpretación nos parece abonada por otra
importante proposición de Marx en El 18 Brumario relativa a la diferencia entre
las revoluciones burguesas del siglo XVIII y las revoluciones proletarias del
siglo XIX. Las primeras, dice, «avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus
efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados
por fuegos de artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día, pero son de
corta vida, llegan enseguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la
sociedad, antes de haber aprendido a asimilar serenamente los resultados de su
periodo impetuoso y agresivo»; en cambio, «las revoluciones proletarias, como
las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen
constantemente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado,
para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente
de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros
intentos, parece que solo derriban a su adversario para que este saque de la
tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas,
retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios
fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las
circunstancias mismas gritan: ¡Hic Rhodus, hic salta!»[22].
Esta dinámica de sucesivos avances y retrocesos de
la revolución proletaria implica, lógicamente, movimientos «descendentes» como
el que constata Marx en la Revolución de 1848, durante los cuales se ensayan y
agotan soluciones burguesas a la crisis de la sociedad burguesa, creándose otra
vez condiciones para un nuevo avance revolucionario. El proletariado aprende en
la «autocrítica» práctica de la revolución, en sus indecisiones y temores,
haciéndose capaz así
para un nuevo «salto» revolucionario.
(En el pasaje citado Marx habla, curiosamente, de
«revoluciones proletarias» del siglo XIX, como si hubiera habido varias. A
nuestro juicio se trata de que utiliza el concepto de «revolución proletaria»
en un sentido restringido, designando los momentos nodales en que la revolución
proletaria –en el sentido de largo proceso revolucionario– alcanza las cotas
más altas, parece a punto de obtener victorias decisivas, pero retrocede,
refluye, para avanzar de nuevo. Se refiere probablemente, en una palabra, a las
«revoluciones proletarias» de febrero y junio de 1848 en París, a la solo
esbozada de junio de 1849, también en París, tal vez al octubre vienés.)
Marx no explicita el hilo de la reflexión que le
induce a generalizar la observación empírica que acabamos de citar como un
rasgo ineluctable, una especie de «ley», de la revolución proletaria. ¿Es una
inducción a partir del hecho que la revolución proletaria –la revolución que
concibe como proletaria– se produce en áreas donde el proletariado es
minoritario e «inmaduro»? ¿O tiene in mente también Inglaterra, donde considera
plenamente reunidas las condiciones objetivas de esta revolución? También aquí el
«viejo topo» había retrocedido el 10 de abril de 1848, cuando Marx y Engels lo
creían en vísperas de irrumpir victoriosamente. En el trasfondo del citado
pasaje de El 18 Brumario parece aletear la sugestión de que el proletariado
siempre está «inmaduro» en cierta forma –por muy «maduro» que esté el
capitalismo– para acometer su obra revolucionaria, pero que solo acometiéndola
una y otra vez puede superar su «inmadurez»[23]. De ahí la forma de «tanteos»
repetidos que reviste la revolución proletaria.
* * *
Por consiguiente, el proceso de la revolución
proletaria que se representan Marx y Engels es continuo y discontinuo,
eslabonado de avances y retrocesos, de periodos de «revolución» y periodos de
«calma», cuando el «viejo topo» progresa subterráneamente, pero penetrado de
una dinámica general hacia la profundización de la revolución.
Del conjunto de sus análisis se desprende que la
continuidad del proceso revolucionario es asegurada, ante todo, por la
contradicción estructural básica que determina el paso de una época de
evolución social a una época de revolución social: la contradicción entre las
fuerzas productivas y las relaciones de producción llegada al punto de
agudización caracterizado en El manifiesto
con la plástica imagen de «rebelión» de las
primeras contra las segundas. Pero la manera misma de manifestarse esta
contradicción –las crisis económicas periódicas «cada vez más destructivas»–
constituye una de las razones principales de la discontinuidad del proceso. En
algunos planteamientos de Marx la conexión entre el ciclo económico y la
alternancia del flujo y reflujo de la revolución reviste un carácter
mecanicista. Por ejemplo, en el importante análisis de la coyuntura publicado
en el tercer número de la NGR(R) a finales de 1850. Allí se presenta el
alejamiento de la esperada crisis económica como causa suficiente de que no
estalle la «nueva revolución» considerada inminente en la primavera de ese
mismo año. Y, por otra parte, se pronostica su realización ineluctable cuando
la crisis se produzca[24]. La argumentación de esta correlación rígida y
directa se reduce, de hecho, al supuesto de que las masas, cuando mejoran sus
condiciones de vida, no están dispuestas a la lucha revolucionaria, ocurriendo
lo contrario en caso de empeoramiento. A la larga el proceso tiende a
estallidos cada vez más profundos, porque los mejoramientos que el proletariado
puede obtener en los periodos de auge del ciclo económico no le permiten ni
siquiera recuperar el nivel anterior, insertándose en la tendencia general a la
agravación absoluta de la condición proletaria, teorizada en El manifiesto y
ratificada dos años después en Las luchas de clases[25].
El curso de los acontecimientos en aquel periodo
–sin hablar ya del curso histórico ulterior– desmintió tal conexión rígida y
directa entre crisis económica y revolución. Basta con mencionar, por ejemplo,
que la revolución no estalla en Inglaterra, epicentro de la crisis económica,
que la insurrección alemana de mayo-junio de 1849 se produce ya bien entrado el
nuevo periodo de auge y que la gran crisis económica de 1857-1858 no da lugar a
la «nueva revolución» que Marx creía ineluctable. Pero además esos planteamientos
de sesgo economista-mecanicista contrastan radicalmente con el conjunto de los
análisis de la revolución, desde los artículos de 1847 hasta El 18 Brumario. En
ellos aparece claramente que si la crisis económica de 1847 desempeñó un papel
importante como factor de agravación o catalizador de otros conflictos, las
causas raigales de la revolución venían de lejos, y entre las inmediatas había
algunas de tipo político no menos relevantes que la crisis económica. En
relación con la cuestión capital de cómo Inglaterra podía ser arrastrada
finalmente al torbellino revolucionario, esos análisis confían, ante todo, en
el estallido de una guerra europea que solo muy en última instancia podía
explicarse por razones económicas. Y en cuanto a las causas del fin del «primer
acto del drama revolucionario», muestran que la debilidad del proletariado y de
sus posibles
aliados, la política de la burguesía liberal, la
intervención rusa y otros factores de gran entidad, que no pueden explicarse
como derivados del auge económico, desempeñaron un papel fundamental. Es decir,
por un lado tenemos un discurso analítico de las causas y del proceso de la
revolución que abarca un conjunto complejísimo de relaciones e interconexiones
pertenecientes a todas las instancias (económica, política, ideológica) y, por
otro lado, formulaciones aisladas que sugieren un determinismo económico
mecanicista.
En este discurso resalta, como uno de los máximos
resortes de la continuidad del proceso revolucionario, el conjunto de
contradicciones y conflictos que puede resumirse bajo el concepto de
incompatibilidad objetiva entre dominación de la burguesía y democracia. Ya
vimos en la primera parte que esta incompatibilidad y su reverso, la
correspondencia objetiva entre democracia y dominación del proletariado,
constituían piezas clave de la teoría marxiana de la revolución a la hora de El
manifiesto[26]. Era uno de los fundamentos –junto con la suposición de que
había llegado la hora final de la sociedad burguesa– del carácter de preludio
inmediato de la revolución proletaria que en el famoso documento se atribuye a
la revolución burguesa alemana. La experiencia práctica del proceso
revolucionario iniciado en febrero y marzo reafirmaron plenamente a Marx y
Engels en esa concepción de la naturaleza «antiburguesa» de la democracia. Lo
mismo la monarquía constitucional representativa que la burguesía liberal
alemana trataba de establecer con su política pactista, que la república
burguesa instaurada en Francia contra la voluntad misma de la burguesía,
entraron inmediatamente en conflicto con las primeras conquistas democráticas
de la revolución y con las reivindicaciones de las masas populares que pugnaban
por llevar más lejos esas conquistas, tanto en el plano específicamente
político como, sobre todo, en el plano social. Para hacer frente a la presión
del movimiento revolucionario, la burguesía entró al principio en el juego
democrático, manipulando la democracia formal para poner un dique a la
democracia real que exigían prácticamente, si no claramente, las masas.
Recordando a Bebel, treinta y cinco años después, las enseñanzas de 1848,
Engels destacaba esta: cuando la revolución está en su apogeo y no es posible
enfrentarse directamente con las masas, el partido burgués más radical,
presentándose como abanderado de la «democracia pura», se convierte en el
escudo último de los grupos sociales amenazados. Toda la masa conservadora y
reaccionaria se apiña tras él, poniéndose la máscara democrática[27]. Pero a
medida que recobra fuerzas, aprovechando las indecisiones y errores de las
clases trabajadoras, la burguesía procede a restringir o liquidar el marco
democrático formal, en el que ve siempre un
mecanismo peligroso para su dominación. De la Constitución republicana de 1848,
adoptada por los partidos burgueses de la Asamblea constituyente francesa bajo
la presión del movimiento revolucionario, Marx escribe en Las luchas de clases
que encierra la dominación política de la burguesía «en el marco de unas
condiciones democráticas que en todo momento son un factor para la victoria de
las clases enemigas y ponen en peligro los fundamentos mismos de la sociedad burguesa».
El único mérito de esta república burguesa –anota irónicamente en otro lugar
del mismo texto– es la de ser «estufa de la revolución». Por eso la burguesía
pasa, en cuanto puede, a restringir el sufragio universal. Al proceder así,
dice Marx, «confiesa sin rebozo: “nuestra dictadura ha existido hasta aquí por
la voluntad del pueblo; ahora hay que consolidarla contra la voluntad del
pueblo”»[28]. A medida que esta incompatibilidad entre la dominación de la
burguesía y la democracia se evidencia en los hechos contribuye a clarificar la
conciencia política de las masas. Efecto del progreso revolucionario, se
convierte en causa de su ulterior desarrollo y radicalización. Impulsa a nuevas
fracciones de la pequeña burguesía y del campesinado a formar bloque con el
proletariado. Contribuye así a crear las condiciones políticas necesarias de la
victoria de la revolución proletaria.
Puede decirse, en resumen, que la necesidad de
democracia y la consiguiente lucha por alcanzarla son para Marx y Engels
factores objetivos, orgánicamente integrantes de la revolución proletaria,
indisociables del otro gran factor objetivo: la necesidad de mejores
condiciones materiales de existencia y la lucha por obtenerlas transformando el
régimen social. Es más, el conjunto de sus escritos en este periodo y de su
acción práctica muestra que, desde su punto de vista, la lucha por la
democracia es la expresión política por excelencia de la revolución proletaria.
No por simple generalización de la forma concreta que el proceso de esta
revolución toma en países de insuficiente desarrollo capitalista, donde
inicialmente la revolución incluye también objetivos antifeudales. Lo mismo
piensan en relación con Inglaterra, donde el capitalismo está plenamente
desarrollado. La lucha por la democracia es también aquí la vía magistral de la
revolución proletaria. Toda la práctica de la Revolución de 1848 les ratifica
en sus tesis de 1847: «La consecuencia necesaria de la democracia en todos los
países civilizados es la dominación política del proletariado» y «el primer
paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase
dominante, la conquista de la democracia», dos formulaciones que expresan,
respectivamente, el lado objetivo y subjetivo (programático) de la cosa. El
concepto de dictadura del proletariado, que comienza a aparecer en Las luchas
de clases, no implica,
como veremos más adelante, una rectificación de esa
tesis.
Mientras que las aspiraciones democráticas
constituyen, para Marx y Engels, un factor sustantivo y básico de la revolución
proletaria, las aspiraciones nacionales pueden ser o no un factor de la
revolución proletaria, según con qué enemigo se enfrentan. La lucha nacional de
los polacos, húngaros, italianos e irlandeses es revolucionaria porque se
enfrenta con las potencias reaccionarias – sean las absolutistas, supervivencia
del feudalismo, o la gran potencia de la burguesía caduca, la «roca de la contrarrevolución»–.
En cambio, la lucha nacional de los eslavos del sur es reaccionaria porque se
enfrenta con los «pueblos revolucionarios», sirviendo de instrumento al
absolutismo austriaco o al zarismo. En el primer caso, las propias exigencias
de la lucha hacen de ella un factor de la revolución proletaria: se enfrenta
con los mismos enemigos y no puede triunfar –plantea Marx en Las luchas de
clases– más que si la revolución proletaria triunfa. Problema nacional era
también la unidad alemana y ya vimos el papel primordial que desempeña en la
revolución y su alta valoración por Marx y Engels, no solo como cohesionador de
las fuerzas revolucionarias alemanas y condición de la evolución ulterior hacia
el comunismo, sino porque enfrentaba la revolución alemana con las grandes
potencias, en particular Rusia e Inglaterra, siendo, por tanto, un agente de la
guerra europea, tan necesaria –en la concepción de Marx y Engels– para el
desarrollo de la revolución proletaria. El factor nacional interviene,
asimismo, en el proceso de la revolución, aunque no esté presente inicialmente
–como era el caso de Francia– como efecto de la ineluctable agresión de las
potencias reaccionarias. La defensa de la revolución se convierte en defensa de
la nación, multiplicando sus fuerzas y energías. En todas estas condiciones el
factor nacional adquiere gran relevancia a los ojos de Marx y Engels como motor
de la revolución. Los artículos de la NGR que hemos comentado son harto
elocuentes al respecto. Como lo son, también, sobre la importancia que Marx y
Engels atribuyen a la guerra en tanto que una de las formas principales y
culminantes de la lucha de clases en la época de la revolución proletaria, lo
mismo que lo había sido en la época de la revolución burguesa. Y no solo por su
inevitabilidad, sino por los efectos positivos que a su juicio produce la
guerra en diversos aspectos: acrecentar y concentrar las energías
revolucionarias; acelerar la creación de condiciones para la revolución en los
países no envueltos aún en la tormenta; contribuir, de una u otra manera, a
hacer internacional la revolución, condición de su victoria en tanto que
proletaria[29].
En su análisis
de la revolución
Marx y Engels
constatan la coincidencia
parcial, en el periodo de gestación y de iniciación
del proceso revolucionario, entre los objetivos constitucionales y nacionales
de la burguesía con los objetivos democráticos y nacionales del proletariado y
de la pequeña burguesía demócrata frente a los regímenes instalados
–absolutistas o discriminatorios para ciertas fracciones de la burguesía–. Pero
este bloque de clases –constatan también– se rompe apenas la revolución alcanza
sus primeras victorias, agrupándose las fuerzas en dos campos enemigos. Cosa
que había ocurrido también en las anteriores revoluciones. Partiendo de esta
constatación empírica, en uno de los artículos para el New York Daily Tribune
se hace la siguiente generalización de gran interés: «tal es el destino de
todas las revoluciones: esa unión de clases, que hasta cierto punto es siempre
una premisa necesaria de toda revolución, no puede durar mucho. Sin apenas
haber logrado la victoria sobre el enemigo común, los vencedores se dividen
entre sí, en campos opuestos, y vuelven las armas unos contra otros»[30]. Al
siglo y cuarto de esa reflexión podemos constatar que ni una sola de las
abundantes revoluciones de todo tipo ocurridas desde entonces ha desmentido tal
«regla». Lo único que ha variado es la composición de la «unión de clases»
inicial y la línea divisoria de los reagrupamientos posteriores.
A los ideólogos demócratas pequeñoburgueses que
veían en la ruptura de la unidad inicial la causa esencial de la derrota de la
revolución y la atribuían exclusivamente a la rivalidad de «sistemas»
doctrinales y de ambiciones partidistas, Marx opone que dicha ruptura sea un
resultado necesario de la lucha de clases[31]. Y no la considera responsable de
la derrota de la revolución. Como muestran los artículos de la NGR y análisis
posteriores, en el paso abierto o solapado de la burguesía liberal al campo contrarrevolucionario
–forma principal de realizarse en la Revolución de 1848 la ruptura de la «unión
de clases» inicial– Marx y Engels ven la causa de los primeros éxitos
contrarrevolucionarios, pero al mismo tiempo el factor que contribuye a crear
las premisas de nuevas ofensivas revolucionarias[32]. A su juicio, esa y otras
rupturas, que jalonan los sucesivos reagrupamientos de las fuerzas sociales en
el campo revolucionario y contrarrevolucionario, son eslabones de la dialéctica
revolución-contrarrevolución-revolución, a la que nos hemos referido
anteriormente. «En la historia –dice Marx– la contrarrevolución ha llevado
siempre, hasta ahora, a una revolución más radical y más violenta»[33]. Pero en
esa «historia» –las revoluciones burguesas clásicas– la sociedad estaba
realmente en crisis total y la contrarrevolución feudal no podía lograr más que
éxitos transitorios. En cambio, la crisis de la sociedad burguesa de 1848 era
de
crecimiento y no de agonía, contrariamente a lo que
pensaban Marx y Engels. Por eso la «historia» no se repitió y la dialéctica
quedó interrumpida en su primer eslabón. A la revolución respondió la
contrarrevolución, pero una contrarrevolución que no era la restauración del
pasado, sino el fortalecimiento, bajo nuevas formas, de la dominación de la
burguesía. La dialéctica de la revolución es siempre concreta y reserva
constantes sorpresas.
* * *
Si recapitulamos ahora, de modo muy esquemático y
en su expresión más general, los elementos que han ido apareciendo a lo largo
de nuestra exposición acerca del concepto que Marx y Engels se forman de la
Revolución de 1848, del proceso que efectivamente recorre y de las direcciones
en que tendía a desarrollarse, tendremos el siguiente cuadro:
1. La causa
profunda de la revolución, determinante de su carácter proletario o de la
tendencia a transformarse en proletaria, residía en la crisis histórica del
régimen social burgués, cuyo esquema teórico había expuesto El manifiesto. Los
factores de esta crisis se daban plenamente en Inglaterra, centro del sistema
capitalista a mediados del siglo XIX. La victoria del proletariado allí
significaría el fin del sistema y la extensión progresiva de la revolución
proletaria a escala mundial.
2. Entre
las causas inmediatas de la revolución estaba la crisis económica de 1847
–expresión coyuntural de la crisis histórica del sistema–, que, iniciada en
Inglaterra, se había propagado a la Europa continental. La combinación de sus
efectos con la lucha contra las monarquías absolutistas o reaccionarias
sostenidas por la Santa Alianza había provocado la explosión revolucionaria en
esa periferia, donde el modo de producción capitalista había penetrado ya
ampliamente –siendo dominante en Francia–, pero estaba aún muy en retraso
respecto a Inglaterra. La contradicción entre las estructuras capitalistas y
precapitalistas había sido uno de los principales factores determinantes de la
revolución en esta zona.
3. En estas
revoluciones de la zona periférica, atrasada, del capitalismo de 1848 se
produce inicialmente cierta coincidencia táctica entre el movimiento
constitucionalista o reformista de la burguesía liberal y el movimiento
revolucionario democrático del proletariado, la pequeña burguesía y los
campesinos. Pero desde los primeros éxitos de la revolución se inicia la
diferenciación, porque la burguesía no está interesada en la vía revolucionaria
y
las masas populares tienden a desbordar por esa vía
los objetivos limitados que interesan a la burguesía. A medida que la burguesía
pasa a posiciones más antirrevolucionarias se contrae su base social y
política, acentuándose en cambio la revolucionarización de sectores crecientes
de la pequeña burguesía y del campesinado, que se inclinan a formar bloque con
el proletariado. Paralelamente el proletariado se forma como clase
revolucionaria y principal antagonista de la burguesía. Tal proceso conduce
objetivamente a la creación de las condiciones apropiadas para el derrocamiento
de la burguesía y la instauración de la dominación de la clase obrera en
alianza con la pequeña burguesía y el campesinado. En países de capitalismo más
atrasado –del tipo alemán– se pasaría probablemente por una etapa de dominación
de la pequeña burguesía. El paso a la revolución abiertamente proletaria en
países de este tipo es sostenido y acelerado por la victoria de la revolución
proletaria en países de capitalismo más desarrollado.
4. Este
proceso tiende a desbordar el marco nacional donde se inicia, a fundir las
diversas revoluciones nacionales en una revolución europea y, finalmente,
mundial. Es impulsado objetivamente en esa dirección, tanto por la acentuación
de su contenido proletario como por las inevitables guerras revolucionarias
nacidas de los intentos de las potencias reaccionarias de aplastar la
revolución y de la voluntad de los pueblos revolucionarios no solo de
defenderse, sino de liberar a otros pueblos oprimidos.
5. El
proceso revolucionario, en su contenido proletario, no puede realizarse
plenamente más que englobando, en una u otra de sus fases, los centros vitales
del capitalismo, es decir, Inglaterra. Solo la victoria sobre la burguesía
inglesa puede permitir a la clase obrera el control del mercado mundial,
condición necesaria para acometer la fase constructiva de la revolución. El
triunfo de la revolución proletaria en Francia obligaría a intervenir a la
Inglaterra capitalista, y esta guerra facilitaría el levantamiento del
proletariado inglés.
6. Todo
este proceso no se desarrolla de modo lineal, sino a través de avances y
retrocesos, con alternancia de golpes revolucionarios y contrarrevolucionarios,
de «revoluciones» y «contrarrevoluciones». La veta proletaria de la revolución,
que coexiste contradictoriamente con otras corrientes, irrumpe en uno u otro
momento en primer plano para luego quedar relegada a un curso subterráneo y
repetir sucesivamente análogo ciclo hasta imponerse finalmente. Es un proceso
ininterrumpido o permanente durante todo un periodo o época histórica –en el
sentido de que actúan permanentemente los resortes profundos, estructurales,
que lo provocan–, pero al mismo tiempo puntual, discontinuo, en razón de los
factores coyunturales que intervienen, a través de
los cuales se manifiestan las contradicciones de fondo. Factores como: crisis
económicas y fases de auge, guerra y paz, y gran número de otros fenómenos
económicos, políticos e ideológicos. Es un proceso de larga duración, toda una
época de agudas luchas de clases, guerras civiles y afrontamientos
internacionales.
Tal es, a nuestro juicio, basándonos en el material
estudiado, la síntesis global aproximada que puede hacerse de la concepción que
Marx y Engels tuvieron – sin llegar a formularla de modo sistemático en texto
alguno– de la Revolución de 1848.
Aun siendo errónea su idea central –la tesis del
agotamiento histórico del capitalismo a mediados del siglo XIX–, esa concepción
era la expresión clarividente, genial en algunos aspectos, de tendencias o
problemas reales que habrían de generalizarse ulteriormente, en la fase
imperialista del capitalismo, y ejercer influencia decisiva en la evolución de
la humanidad. En primer lugar, la tendencia a que las contradicciones del
capitalismo en tanto que sistema mundial desemboquen en crisis revolucionarias en
su periferia antes que en su centro, donde «la posibilidad de compensación»
–dice Marx intuitivamente– es mayor que en la periferia. En segundo lugar, la
tendencia de estas revoluciones a transformarse en proletarias allí donde el
capitalismo y el proletariado han alcanzado –dentro de su retraso– un cierto
desarrollo; e incluso allí –en una fase histórica más reciente– donde apenas
existen, por decisión voluntarista de grupos sociales que son impulsados en esa
dirección por la dialéctica misma de la lucha antiimperialista. En tercer
lugar, la problematicidad de que estas revoluciones puedan realizarse
plenamente como proletarias sin que la revolución proletaria haya triunfado en
el área del capitalismo maduro.
[1] OE, t.
I, pp. 116-117. En el último de sus textos importantes dedicados a la
Revolución de 1848 –El 18 Brumario– Marx critica el mimetismo del pasado en que
suelen incurrir los revolucionarios: «La revolución del siglo XIX –escribe– no
puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede
comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa
por el pasado» (p. 235). En Las luchas de clases critica sarcásticamente a la
Montaña porque «parodiaba a la vieja Montaña con sus frases copiadas de 1789 y
sus posturas demagógicas», con su «fe supersticiosa en la tradición de 1793».
La revolución, para serlo plenamente, tiene que ganarse «su nombre propio y
original» (OE, t. I, pp. 173-174).
[2] Ibid.,
pp. 117-119.
[3] Véanse
supra, capítulos VIII y IX.
[4] Véase
supra, capítulo VIII. En un estudio publicado en La Pensée 18, 1948, titulado
«La question paysanne en 1848», Albert Soboul demuestra que la Revolución
francesa no fue tan lejos en la vía de suprimir trabas a la transformación
capitalista como la Inglaterra del siglo XVII porque en su lucha contra
la aristocracia del Antiguo Régimen la burguesía
tenía necesidad de aliados y los buscó sobre todo entre los campesinos. Por
eso, «si la transformación capitalista de la producción se ha realizado de
manera relativamente rápida en la industria, ha sido mucho más lenta en la
producción agrícola. Los agentes más activos de esta transformación, los
grandes propietarios agrarios –fuesen nobles o burgueses o grandes
arrendatarios–, que formaban en las regiones de gran cultivo una verdadera
burguesía rural, tropezaron con la resistencia tenaz de los pequeños campesinos
y de los obreros agrícolas agrupados en las antiguas comunidades rurales». Por
eso, en vísperas de 1848 «los progresos de la organización capitalista de la
producción seguían siendo muy lentos en el campo».
[5] OE, t.
I, p. 494.
[6] OE, t.
I, pp. 112-113. La burguesía prusiana no solo no fue aplastada, como había
pronosticado Marx en su artículo La burguesía y la contrarrevolución, de
diciembre de 1848, sino que la derrota del contenido avanzado,
proletario-popular, de la revolución se tradujo en el afianzamiento de su
dominación económica y en su influjo creciente en el poder político. También se
equivocaron Marx y Engels con su opinión de que Prusia no podría ser la
potencia unificadora de Alemania, que la unidad alemana pasaba por la
desintegración de Prusia. (Véase nota 158 y texto correspondiente.)
[7] Engels,
Révolution et contre-révolution en Allemagne, op. cit., pp. 208 y 293.
[8] Circular
del Comité Central de la Liga de los Comunistas, OE, t. I, pp. 102 y 105;
Engels, Révolution et contre-révolution en Allemagne, op. cit., p. 303. Las
«reflexiones teóricas» a que alude Engels son, probablemente, las que hace en
sus Principios, donde plantea que en Francia y Alemania el proletariado no
podría en un comienzo establecer directamente su dominación, dada la
importancia de la pequeña burguesía y del campesinado.
[9] Las
luchas de clases, OE, t. I, pp. 162 y 193; El 18 Brumario, ibid., p. 279.
[10] El 18
Brumario, OE, t. I, p. 260.
[11] OE, t. I,
p. 111; véase supra, capítulo XIV.
[12] La
referencia a las opiniones de Marx y Engels a finales de 1848 se encuentra en
supra, capítulo X. En El 18 Brumario Marx caracteriza el voto campesino por
Luis Bonaparte en diciembre de 1848 de modo distinto a como lo había hecho a
raíz del acontecimiento, aproximándose a la apreciación negativa de Engels. Ve
en él la «reacción del campo contra la ciudad» (OE, t. I, p. 278). La tesis de
la incapacidad absoluta del campesinado para desplegar iniciativa
revolucionaria se formula claramente desde 1847 en el artículo de Engels, «Los
comunistas y Karl Heinzen», en Sochinenia, t. 4. Le reprocha a Heinzen
dirigirse con sus prédicas revolucionarias al campesinado, «sobre todo a los
pequeños campesinos, la clase que en nuestra época es menos capaz que ninguna
otra de iniciativa revolucionaria» (p. 272). En Revolución y contrarrevolución
en Alemania Engels plantea: «A cada una de ellas [de las capas del campesinado
alemán] la revolución prometía ventajas y había que esperar que se incorporaran
al movimiento una vez que este se hubiera puesto plenamente en marcha. Pero no
es menos evidente, y se desprende de la historia de todos los países modernos,
que la población agrícola, como consecuencia de su dispersión en una gran
extensión de territorio y de la dificultad para poder concertarse una parte
algo importante de ella, no puede intentar jamás un movimiento victorioso
independiente; necesita una impulsión inicial de los habitantes de las
ciudades, más concentrados, más ilustrados y más fácilmente movilizables» (op.
cit., p. 210). La opinión que citamos de Marx en el otoño de 1850 se encuentra
en la cuarta parte de Las luchas de clases (tomada del tercer análisis de
coyuntura), OE, t. I, pp. 230 y ss.
[13] OE, t. I,
p. 347. Marx suprimió este párrafo en la edición de 1869, sin que se sepa la
razón. Pero insiste en esta idea en otro lugar de El 18 Brumario: «el interés
de los campesinos no se halla ya, como bajo Napoleón, en consonancia, sino en
contraposición con los intereses de la burguesía, con el capital. Por eso los
campesinos encuentran su aliado y su jefe natural en el proletariado urbano,
que tiene por misión derrocar el orden burgués» (p. 345).
[14] Otro
ejemplo de ese interés es el estudio sobre las guerras campesinas en la
Alemania del siglo XVII que escribe Engels en 1850. En Las luchas de clases y
en El 18 Brumario Marx se detiene a analizar la evolución del campesinado
francés durante la revolución (en El 18 Brumario caracteriza, incluso, su
evolución desde la gran revolución). En síntesis explica que al principio un
sector considerable apoyó a los
políticos burgueses republicanos (el partido de Le
National) y, en general, a la república. Pero el recargo de 45 céntimos en los
impuestos decretado por el gobierno y, en general, los efectos de la crisis
económica no contrarrestados por una política adecuada provocaron el
descontento de los campesinos contra la república y contra el proletariado. Lo
expresan votando por Luis Bonaparte en diciembre. Luego, el restablecimiento
por el gobierno de Luis Bonaparte del impuesto sobre el vino –particularmente
odiado por los campesinos–, que la Asamblea constituyente había suprimido en
1848, provoca una nueva decepción que, junto con otros factores, determina la
evolución de una franja del campesinado hacia posiciones radicales. Pero una
franja mucho menos importante de lo que se puede suponer leyendo los textos de
Marx (véase OE, t. I, pp. 213-218, 340-345).
[15] Engels,
Révolution et contre-révolution en Allemagne, op. cit., pp. 209-210.
[16] OE, t. I,
p. 225, y supra, capítulo XIV.
[17] El 18
Brumario, OE, t. I, p. 257.
[18] Ibid.,
pp. 295-296.
[19] Véase
supra, capítulo XIII, n. 13.
[20] El 18
Brumario, OE, t. I, p. 272.
[21] Ibid., p.
347.
[22] Ibid.,
pp. 253-254. La última frase está tomada de una fábula de Esopo en la que se
habla de un fanfarrón que, invocando testigos, afirmaba que en Rodas había dado
un salto prodigioso. Los que le escuchaban contestaron: ¿Para qué necesitas
testigos? ¡Aquí está Rodas, salta aquí! O sea: demuestra con los hechos de lo
que eres capaz.
[23] Salvo
error, Marx y Engels no utilizan este término de «inmadurez» con el que
resumimos el conjunto de apreciaciones críticas que aparecen en los textos de
este periodo (particularmente en Las luchas de clases, El 18 Brumario y
Revolución y contrarrevolución en Alemania) sobre el estado ideológico y
político del proletariado.
[24] Véase
supra, capítulo XIV. Otros juicios de Marx se prestan a la misma
interpretación: véase supra, capítulo XIV y n. 24 del mismo capítulo. En el
párrafo citado en supra, capítulo XIV, donde se plantea que en periodo de auge
económico no puede ni hablarse de verdadera revolución, se dice a continuación:
«Una verdadera revolución solo puede darse en aquellos periodos en que estos
dos factores –las modernas fuerzas productivas y las formas burguesas de
producción– incurren en mutua contradicción». Formulación que nos parece
confusa, porque induce a identificar las crisis económicas periódicas con la
contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción llegada al
grado de agudización determinante de la revolución social. Es decir, a identificar
el efecto con la causa. Como plantea Marx en El manifiesto, las crisis
económicas son la expresión periódica, coyuntural, de la contradicción
indicada, de la «rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las
actuales relaciones de producción». Esta existe a lo largo de toda la época de
revolución social, mientras que las crisis económicas pueden determinar, en uno
u otro grado, las revoluciones puntuales que jalonan la época de revolución
social.
[25] Véanse
pp. 24 y 248. Engels reafirma esta tesis en sus artículos de 1850 comentando la
infracción del decreto de 1847 que establecía la jornada legal de diez horas en
Inglaterra. «Con esta experiencia la clase obrera se convencerá de que no puede
haber ninguna mejora estable de su situación […], solo puede obtenerla ella
misma por medio, ante todo, de la conquista del poder político» (Sochinenia, t.
7, pp. 242-243).
[26] Véase
supra, capítulo III.
[27] Carta de
Engels a Augusto Bebel, de fecha 11-12 de diciembre de 1884, en Sochinenia, t.
36, p. 217.
[28] OE, t. I,
pp. 180, 227 y 226.
[29] Véase,
por ejemplo, supra, capítulo X. Análoga idea encontramos en otros textos,
artículos de la NGR y la NGR(R). La guerra europea debía, en especial, crear
condiciones favorables para la revolución inglesa (supra, capítulo X).
[30] Engels,
Révolution et contre-révolution en Allemagne, op. cit., p. 233. La cursiva es
nuestra.
[31] Sochinenia,
t. 7, p. 488.
[32] Véase
supra, capítulo XIV.
[33] Marx, La
división del trabajo en la Kölnische Zeitung, NGR, 11 de febrero de 1849, III,
p. 54. Véase referencias anteriores a esta dialéctica en supra, capítulo XIV y
n. 16 del cap XIV. Un ejemplo más: «La única “conquista” que nos queda […] es
la contrarrevolución más general, más resuelta, más violenta, que no es en sí
misma más que una fase de la revolución europea, y por ello generadora de un
nuevo contragolpe revolucionario, general y victorioso» (Marx, NGR, 28 de enero
de 1849, II, p. 347).
XVI. CUESTIONES DE ESTRATEGIA Y TÁCTICA. DICTADURA
DEL PROLETARIADO Y REVOLUCIÓN PERMANENTE
Las opciones estratégicas y tácticas que Marx y
Engels adoptan en la Revolución de 1848 han quedado registradas a lo largo de
nuestra exposición, exceptuados los importantes planteamientos contenidos en la
circular de marzo de 1850 del Comité central de la Liga de los Comunistas. Pero
la enunciación de esas opciones, salvo en contados textos –El manifiesto y esta
circular, principalmente– no suele ser explícita, está tan integrada en el
análisis del proceso revolucionario que es difícil aislarla literalmente y, en
general, reviste formas indirectas. Frecuentemente hay que deducirla de la
crítica a la actuación política de las clases, partidos e individualidades, en
particular a la de los demócratas pequeñoburgueses alemanes o de los
socialistas pequeñoburgueses franceses, es decir, a la actuación de los
elementos que desempeñaron el papel principal en la dirección del movimiento
revolucionario. Nos parece conveniente, por ello, antes de pasar al examen de
la circular de 1850, recapitular de modo más explícito, pero muy sucintamente,
los aspectos esenciales de esas opciones y poner de relieve la metodología que
las informa.
En contraste con el arbitrismo y el empirismo de
raíz idealista, envueltos en ampulosa retórica, que caracterizaba el hacer y
decir político de los revolucionarios de la época, Marx y Engels inauguran la
práctica de una nueva metodología, derivada lógicamente de la concepción
materialista y dialéctica de la historia. Su fundamento es la comprensión
científica del proceso en curso, entendido como proceso de lucha de clases
determinado por factores objetivos – contradicciones, intereses, ideologías,
tradiciones, etc.– y animado, por tanto, de una cierta tendencia o dinámica
objetiva. Descubrirla y analizarla es, en la metodología política de Marx y
Engels, el paso primero, necesario, para poder resolver a continuación el
problema de qué hacer. «No se trata de plasmar tal o cual opinión, tal o cual
idea política; se trata de comprender bien la evolución de los acontecimientos»
–plantean en la NGR, dirigiéndose a la izquierda de la Asamblea de Fráncfort, a
propósito de la política a seguir en uno de los máximos problemas de la
revolución: el problema de la unidad alemana–. O sea, no hay que partir de
posiciones subjetivistas, apriorísticas, sino del estudio de la evolución real,
y sobre esta base «dar los pasos prácticamente posibles»[1]. Como ejemplo de la
diferencia entre su manera de abordar la lucha política y la
manera de los líderes demócratas revolucionarios,
Marx toma el caso típico de Friederich Hecker. Mientras Hecker «tiene ante el
movimiento una actitud patética, nosotros tenemos una actitud crítica; mientras
Hecker espera todo de la acción mágica de algunas personalidades, nosotros lo
esperamos todo de los conflictos que nacen de las relaciones económicas»[2].
Esperar todo de esos conflictos –es decir, de las luchas de clases y otras
luchas– significaba no esperar todo, atribuyéndole el poder mágico que se denegaba
a las personalidades, de la acción de las fuerzas revolucionarias y, menos aún,
de una «vanguardia» comunista. No es casual la atención que prestan Marx y
Engels, en casi todos sus análisis del proceso revolucionario, a lo que sucede
o puede suceder en el campo enemigo. La acción del sujeto revolucionario la ven
siempre inserta en una totalidad dinámica, compleja, de cuya dialéctica global
depende, en definitiva, el resultado. Esta concepción metodológica enfrentará
al grupo Marx-Engels con el grupo Schapper-Willich en la dirección de la Liga
(como antes le había enfrentado con Gottschalk), hasta provocar la escisión de
septiembre de 1850. La concepción del segundo queda insuperablemente
caracterizada con la concisa fórmula de Marx, ya citada: «En lugar de las
relaciones reales la minoría pone la voluntad como fuerza motriz de la
revolución»[3]. Criticando en El 18 Brumario la tendencia a desinteresarse de
la política y dedicarse a «experimentos doctrinales» que resurge en algunos
medios obreros franceses después de la derrota de junio, Marx resume en otra
fórmula plástica el postulado que guía sus opciones políticas: «transformar el
viejo mundo con ayuda de todos los grandes recursos propios de este mundo»[4].
En una palabra: la política revolucionaria debe basarse en el conocimiento
científico de la realidad que quiere contribuir a transformar.
* * *
No es necesario detenerse en cuál era, a juicio de
Marx y Engels, el objetivo central que el proletariado europeo debía proponerse
en la Revolución de 1848. Lo formulan nítidamente en El manifiesto y lo
reafirman, de una u otra manera, en el curso de la revolución. Pero si ese
objetivo (conquista del poder político para aplicar un programa similar al
propuesto en el histórico documento) era común, la vía para alcanzarlo tenía
que ser diferente en cada país. Sus indicaciones sobre las estrategias respectivas
se centran, como vimos, en Alemania y Francia, porque aunque consideraban que
la victoria de la revolución proletaria dependería, en última instancia, de lo
que sucediese en Inglaterra, los
acontecimientos no dieron lugar a que la cuestión
de la estrategia inglesa se les plantease como cuestión urgente. De los textos
y la correspondencia parece desprenderse que daban por buena lo que podemos
llamar «estrategia de la Carta», tal como la concebía la izquierda del
cartismo. Es decir, lucha de masas, sin excluir las formas insurreccionales,
por el triunfo de derechos electorales que abrirían las puertas del parlamento
–suponían los cartistas y con ellos Marx y Engels– a una mayoría obrera.
En relación con Francia hemos visto que la
concepción estratégica de Marx y Engels va formándose en el curso de la
revolución. Antes de febrero no tienen ideas precisas al respecto. Como
muestran los artículos de 1847, se limitan a prever que los obreros podrán
pasar a la lucha directa por el poder una vez alcanzado el objetivo inmediato
–derrocamiento del gobierno Guizot– que determina la convergencia momentánea
del proletariado, los republicanos pequeñoburgueses y la oposición monárquica
en un mismo campo antigubernamental. En los meses que siguen a febrero
consideran que el momento del gran duelo burguesía-proletariado se acerca y con
esa óptica enfocan la batalla de junio. A la luz de esta histórica experiencia
comienzan a ver que en un país donde predomina el pequeño campesino y tiene
gran peso la pequeña burguesía urbana, aunque el modo de producción capitalista
sea dominante, el proletariado no puede proponerse la toma del poder sin contar
con el apoyo de esas clases sociales. En Las luchas de clases, por primera vez,
Marx formula claramente el postulado estratégico de que el proletariado francés
no podía proponerse el derrocamiento del orden burgués «mientras la marcha de
la revolución no sublevase contra ese orden, contra la dominación del capital, a
la masa de la nación –campesinos y pequeñoburgueses– que se interponía entre el
proletariado y la burguesía; mientras no la obligase a unirse a los proletarios
como su vanguardia»[5]. En El 18 Brumario esta idea se reafirma vigorosamente
con la famosa imagen de la necesidad del coro campesino para que la revolución
proletaria no sea un canto de cisne. De donde se deduce lógicamente la
necesidad de que la política del proletariado «coopere» con la «marcha de la
revolución» a que esas clases hagan bloque con él.
Otra idea estratégica capital que va tomando cuerpo
en la reflexión política de Marx y Engels, primero durante su vivencia directa
de la revolución alemana y luego en su análisis a posteriori de la Revolución
francesa, es la necesidad, para que el proletariado pueda plantearse la lucha
por el poder, de que las contradicciones y conflictos en el seno de las clases
dominantes y de los grupos gobernantes hayan alcanzado un grado muy avanzado de
agudización. Tanto Las
luchas de clases como El 18 Brumario muestran la
importancia que Marx atribuye a este factor. De donde se deduce que la política
del proletariado debe contribuir a ese agudizamiento y saber utilizarlo.
Un tercer elemento importante de la estrategia
política que consideran necesaria en la lucha del proletariado francés, una vez
tomado el poder, es la guerra revolucionaria. Por un lado, contra las potencias
absolutistas subsistentes, en estrecha hermandad con los pueblos alemán,
italiano, húngaro, polaco, etc., y, por otro lado, contra la burguesía inglesa,
ayudando al proletariado inglés a vencer a su poderoso enemigo. Mientras la
primera es un imperativo de la defensa de la revolución, además de un deber solidario
con los pueblos aún oprimidos, la segunda concierne a la condición sine qua non
de que una revolución proletaria continental pueda traducir su victoria
política en victoria social, puesto que solo en Inglaterra las fuerzas
productivas habían alcanzado el nivel necesario –según la concepción teórica de
Marx y Engels– para esa revolución.
En la primera parte vimos que sobre la revolución
alemana Marx y Engels tenían, antes ya de iniciarse, una idea de la política a
seguir mucho más concreta que en el caso francés y más original que en el caso
inglés. El objetivo estratégico inmediato era la liquidación revolucionaria de
los elementos feudales en las estructuras económicas y en las superestructuras
políticas, uno de cuyos aspectos más negativos era el fraccionamiento de
Alemania. Para alcanzar ese objetivo el proletariado debía actuar conjuntamente
con la burguesía en tanto que esta luchara revolucionariamente contra el
absolutismo. Y en el curso de esta etapa el proletariado debía prepararse para
proseguir la lucha contra la burguesía en cuanto fuesen derrocadas las clases
del viejo régimen. Los demócratas pequeñoburgueses eran considerados como los
aliados más próximos del proletariado revolucionario. Pero el giro que toman
los acontecimientos les obliga a modificar ese esquema. La política pactista
que la burguesía liberal inicia, nada más aupada al gobierno por los
insurrectos de Berlín, liquida, en efecto, la posibilidad de contar con ella
para llevar hasta el fin, revolucionariamente, la lucha contra las
supervivencias del viejo régimen. La lucha contra el pactismo –que no es aún la
lucha contra la burguesía– pasa a ser uno de los tres ejes magistrales de la
estrategia política de Marx y Engels en la revolución alemana. El segundo es la
acción común con la pequeña burguesía demócrata –combinada con la más severa
crítica de sus inconsecuencias y vacilaciones– y con el campesinado, aunque
este último aspecto solo toma consistencia en los meses finales de la
revolución[6]. El tercero es la guerra
contra Rusia, sobre cuya significación no es
necesario insistir. La circular de 1850 representa el desarrollo –y en parte la
modificación– de esa orientación general, en consonancia con la nueva situación
creada por la institucionalización de una cierta forma de compromiso entre la
gran burguesía y el absolutismo.
Según Mehring, la línea general de la NGR se
caracterizaba por «defender más los intereses de la revolución burguesa frente
al absolutismo y el feudalismo que los intereses del proletariado frente a la
burguesía»[7]. A nuestro juicio esta interpretación es errónea, porque pierde
de vista que la «revolución burguesa» propugnada por la NGR –liquidación
revolucionaria, total, del absolutismo y demás supervivencias del feudalismo–
correspondía más a los intereses del proletariado que a los de la burguesía, como
hemos visto en otro lugar. Era la manera de que la «revolución burguesa» fuese,
al mismo tiempo, el preludio de la revolución proletaria, la vía más corta
hacia la revolución proletaria. La burguesía alemana lo comprendió muy bien y
de ahí su política pactista.
El elemento dominante y común denominador de esas
estrategias –inglesa, francesa, alemana– es la lucha revolucionaria por la
democracia. Por una democracia que, en el concepto de Marx y Engels –como ya
sabemos–, no es solo política, sino social. Y nada formal. Tal vez antes de la
revolución y en sus primeros tiempos se hicieron algunas ilusiones –lo mismo
que la generalidad de los revolucionarios de la época– sobre la eficacia
revolucionaria del sufragio universal y de las asambleas representativas salidas
de su aplicación. Pero la experiencia práctica del proceso revolucionario les
permitió calibrar mejor las posibilidades que tenían las clases dominantes de
manipular y poner a su servicio determinados mecanismos e institutos
democráticos. La implacable dialéctica de la lucha entre revolución y
contrarrevolución se encargaba, por su parte, de dejar cada vez menos margen al
arbitraje del sufragio universal. Marx comenta en los siguientes términos la
ley del 31 de mayo de 1850, con la que la Asamblea nacional francesa privaba
del derecho al sufragio a gran parte del pueblo: «El sufragio universal había
cumplido su misión. La mayoría del pueblo había pasado por la escuela de
aprendizaje, que es para lo único que el sufragio universal puede servir en una
época revolucionaria. Tenía que ser necesariamente eliminado por una revolución
o por la reacción»[8]. Para Marx y Engels era evidente que en una época
revolucionaria la última palabra la tenía la fuerza y que frente a la violencia
armada de la contrarrevolución al pueblo no le quedaba otro recurso que las
armas. La democracia no podía existir sin armamento del pueblo y sin represión
de las actividades contrarrevolucionarias. Marx y Engels critican acerbamente
toda ilusión a este respecto. Subrayan las
trágicas consecuencias de lo que llaman el
«humanismo de la debilidad»: «Nada más filantrópico, más humanitario ni más
débil, que las revoluciones de febrero y marzo. Nada más brutal que las
inevitables consecuencias de ese humanismo de la debilidad». Las matanzas de
obreros y demócratas en París y Viena lo demostraban elocuentemente. Es de
esperar, dicen, que «el canibalismo de la contrarrevolución convencerá a los
pueblos de que para abreviar, para simplificar, para concentrar la agonía
sangrienta de la vieja sociedad y los sangrientos sufrimientos del parto de la
nueva no existe más que un medio: el terrorismo revolucionario»[9].
La experiencia les enseña que en «época de
revolución» la democracia del pueblo tiene que ser dictadura contra sus
enemigos, contra las fuerzas de la contrarrevolución, y necesita destruir, si
no quiere perecer, el viejo aparato del Estado. «Toda estructura provisional
del Estado después de una revolución exige una dictadura, y una dictadura
enérgica.» «¿Qué es lo que ha provocado el fracaso de la revolución de marzo?
El no haber reformado más que la cúspide de la estructura política, el no haber
tocado sus soportes, la vieja burocracia, el viejo ejército, los viejos
jueces.» Análogo comentario en relación con la revolución de febrero: «el
ejército, los tribunales, la administración, siguieron, salvo algunas
excepciones, en manos de sus antiguos dignatarios y a ninguno de los
delincuentes de la monarquía de julio se le pidieron cuentas»[10]. Así van
abriéndose paso en la práctica de la revolución dos ideas fundamentales de la
teoría política de Marx y Engels, sobre las que volveremos más adelante:
necesidad de la dictadura del proletariado y necesidad de la destrucción del
aparato del Estado burgués.
* * *
En la aplicación táctica de su estrategia, Marx y
Engels dan pruebas de realismo y flexibilidad. Estos rasgos se perfilan ya en
las posiciones tácticas que figuran en El manifiesto y en los análisis de la
coyuntura de 1847, pero solo se revelan netamente en el curso de la revolución.
Un primer ejemplo sobresaliente lo tenemos en la
primavera de 1848, cuando al encontrarse en Alemania con una realidad política
muy en retraso respecto a lo imaginado en el París de la «revolución social»,
toman las medidas que conocemos: interrupción de la actividad de la Liga,
renuncia provisional a agitar la plataforma de las diecisiete reivindicaciones
del «partido comunista de Alemania», edición de la NGR sin más definición que
la de «órgano de la
democracia», actuación en el seno del partido
demócrata.
Un segundo ejemplo significativo es su táctica en
las elecciones a la Asamblea nacional prusiana en enero de 1849. Pese a
realizarse en el marco de la «constitución otorgada» y a que la Asociación
obrera de Colonia no podía presentar candidatos propios, Marx propugna
–enfrentándose con una fuerte corriente partidaria del boicot– participar en
las elecciones apoyando a candidatos demócratas. Los argumentos que baraja en
esta discusión reflejan bien su manera de abordar las cuestiones tácticas: «No
se trata por el momento de actuar en el plano de los principios, sino de hacer
oposición al gobierno, al absolutismo, al régimen feudal […]. Hay que tomar las
cosas como son […]. Desde el momento que en estas elecciones no se puede hacer
triunfar nuestra posición de partido, el sentido común exige que nos unamos a
otros partidos de la oposición para impedir la victoria de nuestro enemigo
común: la realeza absolutista»[11].
Este realismo táctico se manifiesta, especialmente,
en la manera de llevar la lucha contra la política pactista de la burguesía, de
practicar la acción común con los demócratas pequeñoburgueses y de utilizar o
enfocar las diversas formas de acción.
En la lucha contra el pactismo Marx y Engels no
pierden de vista las contradicciones entre la burguesía liberal y las clases
del viejo régimen o sus cuerpos especializados (burocracia, ejército). El
pactismo se proponía, justamente, conciliar estas contradicciones frente al
enemigo común, las masas revolucionarias. Pero diversos factores –en primer
lugar los intereses divergentes, la pugna por la supremacía en el marco del
«pacto», etc.– tendían a agudizarlas. La lucha contra el pactismo debía
realizarse de tal manera que propiciara esa agudización. Y en efecto, vemos que
en cada una de las crisis políticas que jalonan el curso de la revolución
(septiembre de 1848, armisticio con Dinamarca; noviembre-diciembre del mismo
año, conflicto entre la Asamblea nacional y la Corona; mayo-junio de 1849,
insurrección por la Constitución del Reich) la táctica de Marx y Engels se
orienta a utilizar al máximo la agravación coyuntural de las relaciones entre
la burguesía liberal y las fuerzas del Antiguo Régimen. A través de los textos
y los actos es fácil comprobar que para ellos la lucha contra el pactismo es,
al mismo tiempo, un aspecto esencial de la lucha por llevar hasta el fin los
objetivos antifeudales de la revolución alemana y la primera fase de la lucha
contra la nueva clase dominante en vías de afirmarse.
Otro ejemplo –relativo, ahora, a la revolución
francesa– del realismo con que
Marx y Engels entendían la utilización táctica de
las contradicciones en el campo adversario lo tenemos en la referencia
aprobatoria a la alianza que ven formarse, a comienzos de 1850, entre el
proletariado revolucionario, la pequeña burguesía republicana y el partido
republicano burgués (el partido de Le National); ¡ese mismo partido que había
dirigido desde el gobierno, en las jornadas de junio, la sangrienta batalla
contra el proletariado de París, el partido de Cavaignac! Y pocos años después
comentando que Cavaignac era utilizado como bandera por las fuerzas que
luchaban contra la dictadura de Bonaparte, de modo análogo a como en 1847
Odilon Barrot había figurado a la cabeza de las fuerzas que luchaban contra
Luis Felipe, Marx hace la siguiente reflexión, que tantas revoluciones
ulteriores confirman: «El nombre al cual está ligado el comienzo de la
revolución jamás estará escrito en sus banderas el día de su victoria. Para
tener alguna probabilidad de éxito los movimientos revolucionarios deben, al principio,
tomar prestada su bandera a los elementos del pueblo que aun teniendo una
actitud oposicional contra el gobierno existente sin embargo aceptan
enteramente el régimen social establecido. En una palabra, las revoluciones
deben recibir su billete de entrada en la escena oficial de las mismas clases
dirigentes»[12].
Si la lucha contra la política pactista de la
burguesía liberal no excluye las acciones comunes en oportunidades concretas,
la acción común con los demócratas pequeñoburgueses no excluye la crítica ni el
enfrentamiento abierto. Todo lo contrario. Desde el primer número la NGR toma
una actitud duramente crítica contra «su» partido, fustigando ante todo las
ilusiones en un desarrollo sin graves contratiempos, pacífico, de la
revolución; la ceguera o la indecisión, cuando no la cobardía, ante los pasos
furtivos o abiertos de la contrarrevolución; la tendencia a abordar
«parlamentariamente», «jurídicamente», los problemas de la lucha política y
social en una situación revolucionaria; la tentación continua al compromiso con
la política pactista de la burguesía liberal o la tentación opuesta al
aventurerismo revolucionario; el culto de la frase seudorrevolucionaria que
encubría la confusión en las ideas y la indecisión en la acción. Destaca, sobre
todo, la crítica del «cretinismo parlamentario». A poco de iniciarse su
publicación, la NGR lanza la advertencia que resultará profética: «La izquierda
de Berlín debe darse cuenta que el viejo poder puede concederle tranquilamente
pequeñas victorias parlamentarias y grandes proyectos constitucionales si,
entretanto, se apodera de todas las posiciones clave. Puede reconocer
tranquilamente en el parlamento la revolución del 19 de marzo con tal de que
fuera del parlamento la revolución sea desarmada. La izquierda puede
encontrarse un día con que su victoria
parlamentaria coincide con su derrota efectiva»[13]. A medida que se acerca el
desenlace del drama sube el tono de la crítica, hasta alcanzar extrema
virulencia, tanto más percutante cuanto que revelaba exactamente lo que estaba
sucediendo. Reléase, por ejemplo, el artículo que dedica la NGR a los diputados
de Fráncfort con motivo de la disolución manu militari de la Asamblea
constituyente austriaca[14].
Análoga crítica del «cretinismo parlamentario» y de
los otros rasgos característicos de la actuación de los demócratas
pequeñoburgueses encontramos en los comentarios que Marx dedica en Las luchas
de clases y en El 18 Brumario a la acción política de la Montaña, el partido de
la pequeña burguesía francesa republicana y «socialista». Por ejemplo, en
relación con su intento de derribar al gobierno el 13 de junio de 1849. «Rara
vez –escribe Marx– se había anunciado una acción con más estrépito que la movilización
inminente de la Montaña, rara vez se había trompeteado un acontecimiento con
más seguridad ni con más anticipación que la victoria inevitable de la
democracia. Indudablemente, los demócratas creen en las trompetas que derriban
con sus toques las murallas de Jericó. Y cuantas veces se enfrentan con las
murallas del despotismo, intentan repetir el milagro. Si la Montaña quería
vencer en el parlamento no debió llamar a las armas. Y si llamaba a las armas
en el parlamento no debía comportarse en la calle parlamentariamente […]. Pero
las amenazas revolucionarias de los pequeñoburgueses y de sus representantes
democráticos no son más que intentos de intimidar al adversario […]. Ningún
partido exagera más ante él mismo sus medios que el democrático, ninguno se
engaña con más ligereza acerca de la situación»[15]. Subrayemos los postulados
tácticos de Marx aquí implícitos: necesidad de apreciar objetivamente la
situación y la correlación de fuerzas; no jugar con el recurso a la lucha
armada y si se opta por ella proceder en consecuencia con toda energía y
resolución.
Pero la crítica, por dura que sea, no excluye en
ningún momento la acción común y la colaboración frente al enemigo común.
Cuando la pequeña burguesía demócrata se lanza a la insurrección por la
Constitución del Reich, en mayo-junio de 1849, Marx y Engels apoyan la
participación del proletariado, aunque el objetivo de la lucha estaba muy
alejado de sus concepciones sobre la unidad alemana. Engels se explica a este
propósito en Revolución y contrarrevolución en Alemania. «La clase obrera entró
en esta insurrección como hubiera participado en cualquier otra que le hubiese
permitido apartar algún obstáculo en su camino hacia el poder político o la
revolución social, o al menos empujar a las clases más influyentes, pero menos
valerosas, por una vía más resuelta y más
revolucionaria de la que hasta entonces habían
seguido. La clase obrera tomó las armas con perfecta conciencia de que esta
lucha no era directamente la suya, pero seguía la única táctica apropiada a sus
intereses: no permitir a ninguna clase aupada sobre sus hombros [como había
sido el caso de la burguesía en 1848] reforzar su dominación de clase sin abrir
al menos un campo libre a la clase obrera para la lucha en favor de sus propios
intereses; y en todos los casos impulsar las cosas hasta una crisis en la cual,
o bien la nación se vería lanzada de modo decidido e irreversible por la vía
revolucionaria, o bien el statu quo prerrevolucionario sería restaurado en lo
posible, lo cual haría inevitable una nueva revolución. En uno y otro caso la
clase obrera representaba los intereses verdaderos, bien comprendidos, del
conjunto de la nación: acelerar, en la medida de sus fuerzas, el curso de la
revolución, que actualmente se ha convertido en una necesidad histórica para
las viejas sociedades civilizadas de Europa, sin la cual ninguna de ellas puede
aspirar a un desarrollo más regular y tranquilo de sus fuerzas»[16].
El realismo y la flexibilidad de la táctica de Marx
y Engels se manifiesta también en el problema de las formas de lucha. No
encontramos ninguna valoración especial de unas u otras como más o menos
«revolucionarias» por sí mismas. Todo depende del momento, de la situación, de
los objetivos, de la relación de fuerzas, del aquí y ahora. Propaganda,
elecciones, movilizaciones de masa –«campañas», en el lenguaje de la época–,
insurrecciones o combinación de unas y otras formas, adquieren una u otra
significación según las circunstancias. Las elecciones pueden contribuir a
impulsar el proceso revolucionario o a fortalecer la reacción y adormecer a las
masas. La insurrección puede ser el paso decisivo de la revolución o causarle
un daño mortal. La oposición de Marx y Engels a todo lo que huela a putsch, y
en general a todo aventurerismo «revolucionario», es intransigente, terminante.
Lo muestran desde el principio, oponiéndose en París, cuando la euforia
triunfalista de las masas estaba en su apogeo, a la organización de la «legión
armada» encargada de llevar la «guerra revolucionaria» a Alemania. Lo
demuestran en cada una de las tres ocasiones en que parece perfilarse la
oportunidad de pasar a la acción insurreccional en Colonia (septiembre y
noviembre de 1848, mayo de 1849). Las tres veces aconsejan prudentemente
esperar a ver qué ocurre en Berlín. Una de las reflexiones de Marx en la crisis
de septiembre merece ser subrayada. Para que una acción insurreccional tenga
probabilidades de éxito hace falta un motivo que impulse al combate al
«conjunto de la población», y no solo a una u otra fracción avanzada. Reflexión
gemela de la que encontramos en
Las luchas de clases: el estallido de una
revolución requiere un «pretexto general» unificador, «todo pretexto especial
dividiría las fracciones de la coalición revolucionaria y sacaría a la
superficie sus diferencias»[17]. Pero si el arranque de la revolución exige un
«pretexto general» unificador, la profundización de la revolución implica, como
vimos, la división o diferenciación de la «unión de clases» inicial. División,
si se trata de una «unión» que incluye clases esencialmente antagonistas, como la
burguesía y el proletariado. Diferenciación, si se trata de la unión entre la
clase revolucionaria y las clases intermedias, vacilantes. Toda la táctica de
Marx y Engels en la Revolución de 1848 tiende a propiciar esos resultados. En
el primer caso, a ayudar a las masas proletarias a tomar conciencia del
antagonismo fundamental que las opone a la burguesía. En el segundo, a tomar
conciencia de que no pueden confiar el protagonismo a la pequeña burguesía; de
que deben ser ellas mismas el sujeto principal de la lucha.
Con la Revolución de 1848 se inicia el interés de
Engels por el aspecto militar de la lucha revolucionaria, y las insurrecciones
de 1848-1849, en particular las de París, Viena y sudoeste de Alemania, le
inspiran reflexiones penetrantes que serán evocadas frecuentemente en el
movimiento revolucionario ulterior y Lenin tendrá muy presentes en 1905 y 1917.
«La insurrección –dice– es un arte. Lo mismo que la guerra o no importa qué
otro arte, está sometida a ciertas reglas prácticas, cuya negligencia acarrea la
ruina del partido que las ignora. Estas reglas, consecuencia lógica de la
naturaleza de los partidos y de la naturaleza de las circunstancias con las que
hay que contar en tales casos, son tan claras y simples que la corta
experiencia de 1848 las ha enseñado bastante bien a los alemanes. En primer
lugar, no jugar nunca a la insurrección si no estáis absolutamente decididos a
afrontar todas las consecuencias de vuestro juego. La insurrección es un
ejercicio con magnitudes extremadamente indeterminadas, cuyo valor puede variar
cada día. Las fuerzas combatientes con las que hay que enfrentarse tienen todas
las ventajas de la organización, de la disciplina y del hábito de la autoridad.
Si los insurrectos no pueden oponerles fuerzas muy superiores están perdidos,
serán derrotados. En segundo lugar, una vez iniciada la insurrección hay que
actuar con la máxima decisión y pasar a la ofensiva. La defensiva es la muerte
de toda insurrección armada; a la defensiva perece antes de medirse con sus
enemigos. Atacad a vuestros adversarios por sorpresa, antes de que puedan
prevenirse, mientras sus fuerzas están dispersas; hay que lograr nuevos éxitos
cada día, por pequeños que sean; hay que mantener la ventaja moral que te da la
primera acción victoriosa de los sublevados; hay que atraer los
elementos vacilantes, que se inclinan siempre hacia
el más fuerte y buscan siempre ponerse del lado más seguro. Forzad a vuestros
enemigos a batirse en retirada antes de poder reunir sus fuerzas. En una
palabra, como decía Danton, el más grande maestro de táctica revolucionaria
hasta hoy: de l’audace, de l’audace, encore de l’audace!»[18]. Esta concepción
dinámica y ofensiva de la insurrección rompía con la tradición de la lucha de
barricadas, generalmente estática, que demostró su ineficacia frente a la artillería
y la táctica móvil y envolvente de las tropas de Cavaignac[19].
* * *
Veamos ahora los planteamientos estratégicos y
tácticos de la circular de 1850 del Comité central de la Liga.
Como ya sabemos, en los primeros meses de ese año
Marx y Engels –lo mismo que los restantes dirigentes de la Liga– consideran
inminente una «nueva revolución», «segundo acto» de la de 1848, que se
iniciaría probablemente en Francia y se extendería enseguida a Alemania. En la
circular que envía a sus organizadores el Comité central expone la política que
deberá aplicar la Liga a partir de ese momento y en el transcurso de la nueva
revolución alemana. A diferencia de la de marzo de 1848, la revolución estaría
dirigida esta vez, desde el comienzo, contra la gran burguesía, en no menor
medida que contra las supervivencias del absolutismo. Y en el campo de la
revolución el predominio lo tendría, en lugar de la burguesía liberal, la
pequeña burguesía democrática, que en caso de victoria pasaría a ser la nueva
clase dominante hasta su derrocamiento por el proletariado[20].
El problema al que da respuesta el documento es el
siguiente: ¿cuál debe ser la actitud del proletariado y en particular de la
Liga hacia la democracia pequeño-burguesa en el transcurso de todo ese proceso
revolucionario? Comienza por resumir los objetivos del partido demócrata para
hacer, a renglón seguido, la siguiente constatación: «Mientras que los pequeños
burgueses democráticos quieren poner fin a la revolución lo más rápidamente que
se pueda, después de haber obtenido, a lo sumo, las reivindicaciones arriba
mencionadas, nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la
revolución permanente hasta que sea descartada la dominación de las clases más
o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado,
hasta que la asociación de los proletarios se desarrolle, y no solo en un país,
sino en todos los países predominantes del mundo, en proporciones tales que
cese la competencia entre
los proletarios de esos países, y hasta que por lo
menos las fuerzas productivas decisivas estén concentradas en manos del
proletariado. Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino
de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir
las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer
una nueva»[21].
Partiendo de esta divergencia radical de orden
estratégico y programático, la respuesta del Comité central al problema
planteado puede resumirse en los siguientes puntos:
— El proletariado debe rechazar las exhortaciones
de los demócratas a la «unión y la reconciliación» dentro de un gran partido de
oposición. Aceptarlas significaría convertir al proletariado en un «simple
apéndice de la democracia burguesa oficial». La Liga y los obreros «deben
establecer junto a los demócratas oficiales una organización independiente del
partido obrero, a la vez legal y secreta». Cada comuna de la Liga debe ser «el
centro y núcleo de asociaciones obreras en las que la actitud y los intereses
del proletariado puedan discutirse independientemente de las influencias
burguesas».
— Para luchar contra el enemigo común «no se
precisa ninguna unión especial». Cuando sea necesario y los intereses coincidan
momentáneamente, la unión «surgirá por sí misma y únicamente para el momento
dado».
— En las luchas futuras, igual que en las
anteriores, los obreros asumirán los mayores esfuerzos y sacrificios, mientras
que la pequeña burguesía vacilará. Pero cuando se vea victoriosa exigirá de los
obreros que permanezcan tranquilos, retornen al trabajo y no cometan excesos.
Todo, para despojar a los obreros del fruto de la victoria. Los obreros deben
oponerse a esa política e imponer a la pequeña burguesía condiciones «bajo las
cuales su dominación lleve desde el principio el germen de su caída, facilitando
así considerablemente su ulterior sustitución por el poder proletario». Durante
la lucha y después los obreros deben presentar sus propias demandas, exigir
garantías, arrancarlas por la fuerza, si es preciso, y, en general, obligar a
los nuevos gobernantes a hacer «las mayores concesiones y promesas».
— Los obreros deben «refrenar todo lo posible el
entusiasmo provocado por la nueva situación y la embriaguez del triunfo» y
ajustarse a «una apreciación fría y serena de los acontecimientos». Desde el
primer momento de la victoria deben «encauzar la desconfianza no ya contra el
partido reaccionario derrotado, sino contra los antiguos aliados, contra el
partido que quiera explotar la victoria común en su exclusivo beneficio».
— «Al lado de los nuevos gobiernos oficiales, los
obreros deberán constituir
inmediatamente gobiernos obreros revolucionarios,
ya sea en forma de comités o consejos municipales, ya en forma de clubs obreros
o de comités obreros, de tal manera que los gobiernos democrático-burgueses no
solo pierdan inmediatamente el apoyo de los obreros, sino que se vean desde el
primer momento vigilados y amenazados por autoridades tras las cuales se halle
la masa entera de los obreros»[22].
— El proletariado debe oponerse «al resurgimiento
de la vieja milicia burguesa» y «tratar de organizarse independientemente como
guardia proletaria, con jefes y un estado mayor central elegido por ellos
mismos», poniéndola a las órdenes de «los consejos municipales revolucionarios
creados por los mismos obreros».
— En caso de elecciones a una asamblea nacional
representativa el proletariado deberá ser vigilante para impedir que «ni un
solo núcleo obrero sea privado del derecho de voto», y hacer que en todas
partes se presenten candidatos obreros, «elegidos en la medida de lo posible
entre los miembros de la Liga». Deben presentarse candidatos obreros incluso
allí donde no haya ninguna probabilidad de triunfo para «conservar la
independencia, hacer un recuento de fuerzas y demostrar abiertamente a todo el
mundo su posición revolucionaria y los puntos de vista del partido».
— En relación con las tareas programáticas de la
revolución, la circular hace las siguientes indicaciones: a) el proletariado
debe oponerse a la entrega de la tierra en libre propiedad a los campesinos, es
decir, a la creación de una clase campesina pequeñoburguesa, y en cambio exigir
que «las propiedades feudales confiscadas se conviertan en propiedad del Estado
y se transformen en colonias obreras, donde la explotación se realice por el
proletariado agrícola asociado, aprovechando todas las ventajas de la gran
explotación agrícola». Así, «el principio de la propiedad colectiva obtendrá
inmediatamente una base firme». «Del mismo modo que los demócratas se unen con
los campesinos, los obreros deben unirse con el proletariado agrícola»; b)
frente al federalismo y el autonomismo local que preconizaban los demócratas
pequeñoburgueses, los obreros debían «no solo defender la república alemana una
e indivisible, sino luchar en esta república por la más resuelta centralización
del poder en manos del Estado»; c) en general, los obreros deberán «obligar a
los demócratas a irrumpir en todas las esferas posibles del régimen social
existente, a perturbar su curso […], a concentrar el mayor número de fuerzas
productivas, medios de transporte, fábricas, ferrocarriles, etc., en manos del
Estado». En todos los casos, los obreros deben luchar «por llevar al extremo
las propuestas de los demócratas,
que, como es natural, no actuarán como
revolucionarios, sino como simples reformistas».
— La circular resume así su concepción táctica: «La
actitud del partido obrero revolucionario ante la democracia pequeñoburguesa es
la siguiente: marchar con ella en la lucha por el derrocamiento de aquella
fracción a cuya derrota aspira el partido obrero; marchar contra ella en todos
los casos en que la democracia burguesa quiere consolidar su situación en
provecho propio».
— Y concluye de esta manera: «Los obreros alemanes
no pueden alcanzar el poder ni ver realizados sus intereses de clase sin haber
pasado íntegramente por un prolongado desarrollo revolucionario». La victoria
del proletariado francés puede acelerar ese proceso, «pero la máxima aportación
a la victoria final la harán los propios obreros alemanes cobrando conciencia
de sus intereses de clase, ocupando cuanto antes una posición independiente de
partido e impidiendo que las frases hipócritas de los demócratas pequeñoburgueses
les aparten un solo momento de la tarea de organizar con toda independencia el
partido del proletariado. Su grito de guerra debe ser: revolución permanente».
La táctica que se preconiza en este documento está
en la línea del viraje iniciado por el grupo de Marx en abril de 1849, cuando
dimiten de sus cargos dirigentes en los organismos renanos del partido
demócrata y ponen rumbo a la creación de un partido obrero independiente. La
práctica de la revolución había confirmado la necesidad de que el proletariado
tuviera su propia organización y su propia política, y al mismo tiempo había
creado condiciones más favorables para resolver el problema. En primer lugar, el
propio desarrollo del movimiento obrero; en segundo lugar, la experiencia
política adquirida por numerosos obreros revolucionarios. Pero los líderes
demócratas pequeñoburgueses se esforzaban por mantener la clase obrera bajo su
influencia y dirección. Planteaban que la causa principal de las derrotas de
1848-1849 residía en la ruptura de la unión inicial –desde la burguesía liberal
al proletariado– provocada, decían, por las prédicas doctrinarias que atizaban
artificialmente la lucha de clases. Marx replica que «bajo el pretexto de la
lucha contra el doctrinarismo» lo que se pretende es «conciliar los intereses
de todos los partidos» sobre bases que «ocultan la primacía de los intereses de
un solo partido: el burgués»[23]. Todas las indicaciones tácticas de la
circular parecen dictadas por la preocupación de no ceder a los cantos de
sirena de los líderes demócratas y de impulsar la independencia organizacional
y política del proletariado. Unidad de acción con el partido demócrata siempre
que lo exija la lucha contra un enemigo común, pero a condición de que el
partido proletario conserve su independencia y de que
se haga en forma tal que aventaje al proletariado y
no a la pequeña burguesía. El visible afán de fijar normas de acción que
garanticen esos resultados lleva a que algunos de los planteamientos de la
circular tengan una rigidez que contrasta con la flexibilidad del
comportamiento táctico de Marx y Engels durante la revolución[24].
Otra idea básica de la circular es la de que el
proletariado alemán no podía llegar al poder sin pasar por un largo proceso
revolucionario. Unos meses después, como sabemos, el grupo Schapper-Willich
rompe con esa concepción y propugna la conquista inmediata del poder. La
respuesta de Marx representa un desarrollo de esa idea de la circular, que
implica el rechazo de todo intento prematuro de toma del poder, o de
participación en él (como había ocurrido en la revolución de febrero) cuando no
existen las condiciones mínimas para que el proletariado pueda aplicar la
política que responde a sus intereses de clase[25]. Engels sostiene la misma
tesis en su conocido pasaje de La guerra de los campesinos, escrito
precisamente en el contexto de las discusiones que llevan a la escisión de la
Liga: «Lo peor que le puede suceder al jefe de un partido extremo es verse
obligado a tomar el poder cuando el movimiento no está maduro aún para la
dominación de la clase que representa y para la aplicación de las medidas que
exige la dominación de esa clase». La contradicción entre lo que puede hacer y
lo que debe hacer le pone ante un dilema insoluble: «lo que puede hacer
contradice toda su acción pasada, sus principios y los intereses inmediatos de
su partido; lo que debe hacer es irrealizable. En una palabra, se ve obligado a
no representar su partido y su clase, sino la clase para cuya dominación el
movimiento ha madurado ya». «Cualquiera que caiga en esta situación falsa está
irremediablemente perdido. Hemos visto ejemplos recientes. Recordemos
únicamente la posición que adoptaron los representantes del proletariado en el
último gobierno provisional francés […]»[26].
Coincidiendo casi con la circular de marzo, los
dirigentes de la Liga firman con blanquistas y cartistas de izquierda el
documento que ya conocemos de constitución de la Asociación universal de
comunistas declarando que su objetivo es «el derrocamiento de todas las clases
privilegiadas, el sometimiento de estas clases a la dictadura del proletariado
a través de la revolución permanente hasta la realización del comunismo, forma
final de la organización del género humano»[27]. Y por las mismas fechas Marx
escribe en la tercera parte de Las luchas de clases que «el proletariado va
agrupándose más y más en torno al socialismo revolucionario, en torno al
comunismo, que la misma burguesía ha bautizado con el nombre de Blanqui. Este
socialismo es la
declaración de la revolución permanente, de la
dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición hacia la
supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas
las relaciones de producción en que estas descansan, para la supresión de todas
las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para
la subversión de todas las ideas que brotan de esas relaciones sociales». La
primera vez que Marx utiliza el concepto de dictadura del proletariado es muy
poco antes, en la parte inicial de Las luchas de clases[28].
Quiere decirse que la reflexión sobre la
experiencia de 1848-1849 lleva a Marx y Engels –en ese año de «balance» que es
1850– a formular una serie de proposiciones importantes:
En primer lugar, la necesidad de la dictadura del
proletariado en la fase de transición hacia la sociedad comunista.
En segundo lugar, la necesidad –estrechamente
vinculada a la anterior– de «hacer permanente» la revolución hasta que el
proletariado internacional asociado concentre en sus manos las principales
fuerzas productivas mundiales.
En tercer lugar, la necesidad –para asegurar esa
«permanencia»– de que el proletariado se constituya en partido independiente,
con su propia política, y aplique una táctica que le permita ir creando y
fortaleciendo su poder frente al de la burguesía liberal o la pequeña burguesía
demócrata, hasta desplazar este último a instaurar su dominación de clase.
* * *
Como acabamos de ver, los conceptos de dictadura
del proletariado y revolución permanente aparecen por primera vez en los
escritos de Marx coincidiendo con el momento de su máxima aproximación al
blanquismo, cuando incluso intenta fundar con él un partido comunista
internacional y lo califica (en otra circular de la Liga, correspondiente a
junio de 1850) de «auténtico partido proletario». La historia de la Gran
Revolución francesa muestra, por otra parte, que las ideas de dictadura
revolucionaria y de revolución permanente nacen en la corriente más radical de
la ideología jacobina, cuyo principal portador en la Revolución de 1848 era,
justamente, el partido de Blanqui[29]. Los teóricos de la interpretación
reformista del marxismo han utilizado estos hechos para respaldar su tesis de
que la postulación de la dictadura del proletariado y de la revolución
permanente, así como de la insurrección y de otras formas de violencia
revolucionaria, representaban un
injerto blanquista en la doctrina de Marx,
incompatible con la cientificidad que pretende.
Es evidente la influencia del «modelo» 1793 en la
teoría política de Marx, pero ello no justifica, de por sí, identificar el
contenido que ponía en determinadas nociones al que le daban los blanquistas.
Mientras estos, lo mismo que el grupo Schapper-Willich, pensaban que las
opciones tácticas y estratégicas no dependían más que de la voluntad
revolucionaria, o en todo caso minimizaban los otros factores, para Marx y
Engels dichas opciones debían basarse en la comprensión científica del proceso
objetivo y aplicarse en función de su evolución, teniendo en cuenta en cada
momento la situación concreta. Las que adoptan en 1848-1850, resumidas en las
páginas precedentes, expresan la acción consciente que, a su juicio, el
proletariado debía realizar para impulsar y llevar a término las tendencias
objetivas del proceso revolucionario de lucha de clases (según ellos lo veían)
que hemos sintetizado en el capítulo anterior.
Marx no reivindica como aportación suya a la teoría
revolucionaria la fórmula de «dictadura del proletariado», sino, como declara
en una carta a Weydemeyer del 5 de marzo de 1850, la tesis de que «la lucha de
clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado» y que esta
dictadura «no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las
clases y hacia una sociedad sin clases […]»[30]. Es decir, la dictadura del
proletariado, en el concepto de Marx, no es solo cuestión de «voluntad», sino,
ante todo, el producto necesario de un proceso objetivo de lucha de clases, en
el cual la voluntad revolucionaria es uno de los factores, junto con la
voluntad contrarrevolucionaria, las estructuras económicas y mil otros
factores. Marx no ha dicho nada más sobre este concepto, después de su carta a
Weydemeyer, hasta que el «producto necesario» tuvo una primera materialización
en la Comuna de París. Sus comentarios de entonces muestran que para él
dictadura del proletariado y democracia efectiva son dos aspectos de la misma
realidad político-social. Lo que explica que no viera divergencia entre ese
concepto y los de dominación del proletariado o conquista de la democracia que
utiliza en El manifiesto. De lo contrario habría dejado constancia en algunos
de los prefacios a las sucesivas ediciones, como hizo sobre otros puntos[31].
Es forzoso convenir, no obstante, que la utilización del concepto de
«dictadura» para caracterizar la dominación del proletariado o la democracia
real ha facilitado las justificaciones ideológicas de «dictaduras del
proletariado», que son en realidad dictaduras sobre el proletariado de una
nueva minoría dominante.
Análogamente a como sucede con la noción de
«dictadura del proletariado»,
«hacer la revolución permanente» no significa en
Marx y Engels un postulado voluntarista. Se basa en el supuesto de que la
dialéctica misma del proceso revolucionario, de las contradicciones que lo
engendran, de las luchas de clases en que se materializa, tiende a persistir, a
profundizarse, mientras no desemboque en las transformaciones objetivamente
necesarias de las estructuras y superestructuras. Pero la tendencia del proceso
a «permanecer» mientras no tenga la solución internamente necesaria no se impone
automáticamente. Puede ser contrarrestada, bloqueada, por las clases sociales
interesadas en mantener el statu quo o en no cambiarlo más que dentro de
ciertos límites. «Hacer la revolución permanente» quiere decir vencer esos
obstáculos a través de la lucha de clases y abrir paso a la progresión de la
revolución. Parece evidente, por otra parte, que la «permanencia» incluye,
desde el punto de vista de Marx y Engels, la alternancia de rupturas
revolucionarias y periodos más o menos evolutivos dentro de la época
revolucionaria. El concepto designa, en definitiva, la estrategia que tiene en
cuenta y trata de utilizar la trabazón interna del proceso revolucionario a lo
largo de la época de revolución social proletaria que Marx y Engels creían
abierta. Trabazón entre las fases burguesas o pequeñoburguesas de la revolución
y su fase proletaria allí donde existían supervivencias feudales (idea que,
referida a Alemania, aparece embrionariamente en el pensamiento de Marx en 1843
y es formulada en El manifiesto, reiterándose en la NGR y ampliándose en la
circular de 1850 con la inclusión de una fase de dominación pequeñoburguesa).
Trabazón en la propagación internacional de la revolución, hasta dominar las
fuerzas productivas mundiales (idea que va tomando cuerpo en los artículos de
la NGR y la NGR(R), formulándose netamente en la circular). Trabazón en el
proceso de profundización de la revolución proletaria hacia la realización de
los objetivos de la revolución comunista (idea que se encuentra implícitamente
en El manifiesto y es formulada con más nitidez en la circular y en Las luchas
de clases)[32].
Pero esta estrategia de revolución permanente,
versión 1850, queda en el papel porque no existía el fundamento objetivo
imaginado por Marx. No había «permanencia» de la crisis del capitalismo, no se
había entrado en la época de la revolución social proletaria, sino en la de una
nueva fase expansiva de las fuerzas productivas y del modo de producción
capitalistas, más espectacular aún que la descrita por Marx en El manifiesto.
Después de 1850 ni Marx ni Engels vuelven a emplear
el concepto de «revolución permanente», pero no lo reniegan. En la práctica
conciben un proceso de contenido análogo cuando en los años setenta y ochenta
piensan que
la revolución rusa podría pasar a la fase
socialista sin necesidad de una etapa de desarrollo capitalista, en caso de
combinarse con la revolución proletaria en Occidente[33]. A comienzos de siglo
el concepto cobra de nuevo actualidad en el curso de las polémicas sobre el
revisionismo (para Bernstein la circular de 1850 era uno de los documentos más
significativos del aspecto blanquista de la doctrina de Marx[34]) y, sobre
todo, en las polémicas sobre la revolución rusa. Los mencheviques rechazaban
toda idea de «permanencia». A su juicio, entre la revolución burguesa y la
revolución proletaria debía haber, forzosamente, toda una etapa de desarrollo
capitalista de Rusia bajo la dominación de la burguesía. Trotsky, por el
contrario, hace de la «revolución permanente» el eje de su concepción
estratégica (en gran parte bajo la influencia del marxista alemán Parvus), pero
introduciendo una variante importante en relación con la concepción de Marx.
Mientras para este el proletariado no podría llegar al poder más que al término
de un largo proceso revolucionario en cuyas primeras fases tendrían la
hegemonía la burguesía o la pequeña burguesía, Trotsky pensaba, por el
contrario, que la continuidad y progresión del proceso revolucionario no podían
asegurarse más que si el proletariado conquistaba el poder desde el primer
momento. Para Lenin, en cambio, se necesitaba un tipo de poder conjunto del
proletariado y el campesinado, al que denominaba «dictadura democrática del
proletariado y del campesinado»[35]. Pero el ejemplo más multifacético y
consecuente, hasta ahora, de estrategia de «revolución permanente», extendida
al periodo de transición abierto con la toma del poder, lo ofrece –a nuestro
parecer– la revolución china.
* * *
Al final del capítulo XIV pusimos de relieve el
hecho paradójico de que la idea errónea de Marx y Engels sobre el estado del
capitalismo a mediados del siglo les induce a plantearse, de hecho, el problema
que se convertirá en el gran problema del siglo XX: cómo la revolución iniciada
en zonas atrasadas del sistema capitalista, periféricas a su centro
industrializado, puede desarrollarse en amplitud y en profundidad, en el
espacio y en el tiempo, hasta investir el conjunto del sistema. En el XV hemos
examinado la respuesta que Marx y Engels dan, en las condiciones de entonces, a
la faceta objetiva del problema: cuáles eran las contradicciones, las
tendencias y otros factores objetivos que impulsaban el proceso revolucionario
en la dirección indicada. Y, finalmente, en el presente capítulo hemos visto su
respuesta en el plano de la acción consciente:
qué estrategia y táctica debían aplicar las fuerzas
revolucionarias, ante todo el proletariado, para contribuir a la realización de
dicho proceso.
El planteamiento mismo del problema y las
respuestas dadas no podían por menos de retener la atención de los marxistas de
las nuevas revoluciones «periféricas». Acabamos de aludir al eco que encuentra
la idea de «revolución permanente», pero lo mismo sucede con los otros temas de
estrategia y táctica que Marx y Engels abordan de manera explícita o implícita
durante su única experiencia directa de revolución. Sobre todo entre los
marxistas rusos. Lenin, Plejánov, Mártov, etc., se refieren a ellos una y otra vez
en sus polémicas sobre la política de la socialdemocracia en la revolución
rusa. Trotsky los tiene también presentes, aunque los cita menos. No podemos
entrar aquí en el detalle de esa polémica, pero a título de ejemplo indicaremos
algunos momentos. Durante la revolución de 1905, en el tercer congreso del
partido, polemizando con Plejánov y Mártov, Lenin toma como referencia la
experiencia alemana de 1848-1850. Si las cosas ocurren como entonces, dice, la
autocracia no será derrocada, sino que se transformará en monarquía
constitucional. Pero si ocurre lo contrario se formará un gobierno provisional
revolucionario en el que deberá participar la socialdemocracia. Plejánov y
Mártov esgrimen la circular de marzo de la Liga para demostrar que Marx estaba
contra toda participación del partido del proletariado en un gobierno
provisional con fuerzas burguesas y pequeñoburguesas. Lenin responde que Marx
no había podido prever la posibilidad de una dictadura democrática
revolucionaria de los obreros campesinos (que es lo que, a su juicio,
representaría ese gobierno provisional revolucionario), debido a que el
proletariado alemán era en la Alemania de 1848 relativamente más débil en todos
los aspectos que el proletariado ruso en la Rusia de 1905. De ahí que Marx previera
una etapa de dominación de la pequeña burguesía a la que seguiría la dictadura
del proletariado. Otro tema de afrontamiento y de referencia a 1848 es la
cuestión de la actitud del partido proletario ante la burguesía liberal.
Preconizando la alianza con ella, Plejánov y los mencheviques se apoyan en El
manifiesto comunista, mientras Lenin invoca toda la política de Marx durante la
revolución y la circular de 1850. Tiene por un gran hallazgo el calificativo de
pactista para definir la política de la burguesía liberal alemana y lo
considera plenamente aplicable a la burguesía liberal rusa. Durante la
revolución de 1917 Lenin no deja de evocar las duras críticas de Marx y Engels
a los demócratas pequeñoburgueses, a sus vacilaciones, cobardías, ilusiones. Poco
antes de la insurrección de octubre escribe en Ra bochi: «Teniendo en cuenta la
experiencia de la mayoría de las revoluciones, y
en particular de la Revolución de 1848 (la más
semejante a la nuestra actual), Marx se burlaba duramente de los demócratas
pequeñoburgueses que querían vencer con resoluciones e invocaciones de la
voluntad de la mayoría del pueblo»[36]. A partir de la revolución de octubre,
la teorización política de la Revolución de 1848 por Marx y Engels llegó a los
marxistas de otras revoluciones «periféricas» a través de la interpretación
leninista, cuando no de la reinterpretación estaliniana.
Entre los marxistas de los países capitalistas
desarrollados los planteamientos políticos y la acción de Marx y Engels en la
Revolución de 1848 despertaron escaso interés o fueron repudiados como el
pecado blanquista de los maestros. Cuando por primera vez se reeditaron en
alemán, bajo el título de Las luchas de clases en Francia, los artículos de
1850, fueron acogidos por la socialdemocracia alemana como algo que tenía muy
poco que ver con los problemas de la lucha de clases en Alemania. Lo que tuvo
verdadero impacto político fue el prefacio de Engels, que preconizaba una vía
esencialmente legal, pacífica, electoral y parlamentaria hacia el
socialismo[37].
[1] Véase
supra, capítulo VII. La cursiva es nuestra.
[2] Marx, El
procurador general Hecker y la Nueva Gaceta Renana, NGR, 29 de octubre de 1848,
II, p.
78. (Friedrich
Hecker, abogado de Mannheim, personalidad del partido demócrata, fue uno de los
dirigentes de la sublevación republicana de abril de 1848 en Baden, teniendo
que emigrar a Suiza. No tiene nada que ver con el magistrado prusiano Hecker, a
quien alude el título del artículo de Marx.) Refiriéndose a la discusión del
problema de Polonia en la Asamblea de Fráncfort, Engels hace análoga crítica a
la izquierda: «se ha entregado, como siempre, a declamaciones o incluso a
delirantes ensoñaciones sin examinar en lo más mínimo los datos reales, el
fondo práctico de la cuestión» (véanse pp. 142-143).
[3] Véanse
supra, capítulo XIII y n. 13 del mismo capítulo.
[4] Véase
supra, capítulo XV.
[5] Véase
supra, capítulo XIV.
[6] La
reflexión ulterior les hará valorar más aún la importancia del factor campesino
en la revolución alemana. Cuando en 1856 creen que la revolución puede estallar
de nuevo, Marx le dice a Engels en una carta del 16 de abril de 1856: «En
Alemania todo dependerá de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria
con alguna segunda edición de la guerra campesina. Entonces todo saldrá a pedir
de boca […]» (OE, t. II, p. 483).
[7] Citado
por Lenin en Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática,
en OE, op. cit., t. I, p. 606.
[8] Marx,
Las luchas de clases, en OE, t. I, p. 230. Una gran lección a este propósito
fue la utilización del sufragio universal por Luis Bonaparte para «legitimar»
su golpe de Estado. En la correspondencia entre Marx y Engels se encuentran
numerosas referencias a esa farsa.
[9] Marx,
«El movimiento revolucionario», NGR, 1 de enero de 1849, II, pp. 280-281; véase
supra, capítulo IX del presente texto. En los artículos de la NGR tanto Marx
como Engels tocan frecuentemente este tema. En su comentario a las jornadas de
junio Engels señala la magnanimidad del pueblo entre las causas de su derrota
(véase p. 156). En otro lugar plantea: «Los conflictos relativamente simples al
comienzo de la revolución se complican cada día un
poco más, y cuanto más se aplaza la decisión más difícil y sangrienta será»
(NGR, I, p. 288). Marx no se refiere, naturalmente, al terrorismo en el sentido
actual del concepto, sino a la represión de la contrarrevolución. Lo que tenía
in mente era el Terror de la Convención en la Gran Revolución francesa.
[10] Véanse
supra, capítulos VIII y XI; Las luchas de clases, p. 153. «La Convención
francesa, que ha sido y sigue siendo el faro de todas las épocas
revolucionarias –escribe Marx en la NGR–, inaugura la revolución con un decreto
que destituye a todos los funcionarios» (NGR, II, p. 268).
[11] Véase
supra, capítulo XI. «Apoyamos a los representantes de uno u otro partido en la
medida únicamente que actúan de modo revolucionario» (véase p. 179). La
responsabilidad que atribuye a la burguesía en la sangrienta derrota de la
revolución vienesa de octubre parece producir en Marx un momento de vacilación
en su línea táctica. ¿No debe «permanecer el pueblo al margen de las luchas
entre la burguesía y el gobierno y esperar sus victorias o derrotas para
explotarlas»? (véase p. 193). Pero poco después defiende en la Asociación
Obrera y en la NGR las posiciones que acabamos de citar.
[12] Véase Las
luchas de clases en Francia, OE, t. I, p. 224; Marx, «La situación en Europa.
La situación financiera en Francia», en New York Daily Tribune, 27 de julio de
1857, Sochinenia, t. 12, p. 245.
[13] Véase
supra, capítulo VIII.
[14] Véase
supra, capítulo XI. O el artículo de Engels con motivo del mensaje de la Corona
(pp. 197-
198).
[15] Marx, El
18 Brumario de Luis Bonaparte, OE, t. I, pp. 272-273.
[16] Révolution
et contre-révolution en Allemagne, op. cit., pp. 292-293.
[17] Véase
supra, capítulo VIII; Las luchas de clases, p. 224.
[18] Révolution
et contre-révolution en Allemagne, op. cit., pp. 289-290.
[19] Véase
supra, capítulo VIII. En el prefacio de 1895 a Las luchas de clases Engels
considera que con la Revolución de 1848 se cerró la época en que la lucha de
barricadas había sido la forma privilegiada y eficaz de las insurrecciones
populares. Da dos razones principales. La primera, de orden esencialmente
político, que «en las luchas de clases probablemente ya nunca se agruparán las
capas medias en torno al proletariado de un modo tan exclusivo como para que el
partido de la reacción, congregado en torno a la burguesía, constituya, en
comparación con aquellas, una minoría insignificante. El “pueblo” aparecerá
siempre dividido, con lo cual faltará una formidable palanca, que en 1848 fue
de una eficacia extrema». Engels se refiere aquí a las insurrecciones de
febrero y marzo, señalando en otro lugar que en la de junio el proletariado fue
ya vencido porque la guardia nacional, controlada por la burguesía, estaba al
lado del gobierno, mientras que en las insurrecciones anteriores, tanto en
Francia como en España y otros países, la guardia nacional o bien se ponía de
parte de la insurrección o bien con su actitud indecisa hacía vacilar también a
las tropas. La segunda razón es de orden técnico-militar, y se refiere al uso
más masivo y perfeccionado de la artillería, las tropas de ingenieros y la
utilización de tácticas envolventes (véase OE, I, pp. 125-130). La historia de
las insurrecciones y guerras civiles del siglo XX ha demostrado la relatividad
de esos argumentos y otros que Engels explaya en ese texto. Todo depende de las
condiciones concretas, de las características del país y de la lucha entablada,
de la correlación nacional e internacional de fuerzas, de la capacidad
técnico-militar de las fuerzas insurreccionales, etc. La práctica ha mostrado
que si las técnicas antiinsurreccionales y antiguerrilla se han perfeccionado
lo mismo ha sucedido con las técnicas de la insurrección y de la guerrilla.
[20] Circular
del Comité central de la Liga de los Comunistas, en OE, t. I, pp. 100-111.
(Decimos «circular» y no «mensaje» como figura en la traducción de la Editorial
Progreso, de Moscú, porque a nuestro juicio refleja más apropiadamente el
carácter del documento.) Todas las citas que siguen se refieren a este texto.
El Comité central considera que la gran burguesía ha llegado de hecho al poder
como resultado de la Revolución de 1848, aunque para ello ha tenido que aliarse
al partido absolutista feudal y cederle a este el gobierno. Se parte también de
que «el partido democrático pequeñoburgués es muy poderoso», englobando «no
solamente a la enorme mayoría de la población burguesa de las ciudades, a los
pequeños comerciantes e industriales y a los maestros artesanos, y siendo
seguido por los campesinos y los obreros agrícolas, en tanto estos últimos no
han encontrado aún el apoyo de un proletariado urbano
independientemente organizado».
[21] Las
reivindicaciones de la democracia pequeñoburguesa a que se alude en esta cita,
expuestas en la circular, pueden resumirse así: limitación de la burocracia,
reducción de los gastos estatales, imposición de las principales cargas
tributarias sobre los terratenientes y burgueses, crédito estatal barato, leyes
contra la usura, liquidación de la presión del gran capital sobre el pequeño,
liquidación del feudalismo en el campo y régimen político democrático, ya sea
monárquico-constitucional o republicano. La cursiva es nuestra.
[22] Este
planteamiento se inspira, indudablemente, en los comités de salud pública
formados en diversos lugares de Alemania, y concretamente en Colonia, durante
las crisis de septiembre y noviembre de 1848, y mayo-junio de 1849. Y sobre
todo en la experiencia francesa. No es casual que en la segunda parte de Las
luchas de clases, un poco anterior a esta circular de marzo, Marx se refiera a
los clubs y comités obreros de París viendo en ellos la «creación de un Estado
obrero frente al Estado burgués», la formación de «asambleas constituyentes del
proletariado», etc. (Las luchas de clases, p. 182).
[23] Tercer
análisis de la coyuntura en NGR(R) n. 5-6, noviembre de 1850, en Sochinenia, p.
488.
[24] Por
ejemplo, la presentación obligatoria de candidatos obreros independientemente
de las condiciones existentes, en relación con lo cual se dice, además de lo
que hemos citado, que los obreros no deben preocuparse porque a consecuencia de
ello salgan candidatos reaccionarios en lugar de demócratas: «Los éxitos que el
partido proletario alcance con semejante actitud independiente pesan mucho más
que el daño que puede ocasionar la presencia de unos cuantos reaccionarios en
la asamblea representativa». Otro ejemplo es el relativo a los campesinos.
Parece abandonarse la idea de la alianza con los campesinos que está en Las
luchas de clases, El 18 Brumario y otros textos. Y hay otros aspectos sobre los
que no podemos extendernos.
[25] «Nuestro
partido solo puede llegar al poder cuando las condiciones le permitan aplicar
sus concepciones. Luis Blanc ofrece el mejor ejemplo de lo que resulta cuando
se llega demasiado pronto al poder» (véase supra, capítulo XIII).
[26] Engels,
«La guerre des paysans», en La révolution démocratique bourgeoise en Allemagne,
op. cit., pp. 97-98. En una carta a Weydemeyer, del 12 de abril de 1853, Engels
vuelve sobre este tema. Refiriéndose a la eventualidad –que Marx y él
consideran probable en ese momento– de un relanzamiento de la revolución en
Alemania, dice: «Tengo como el presentimiento de que nuestro partido, a
consecuencia de la indecisión y la blandenguería de los otros partidos, podría
encontrarse un buen día catapultado al gobierno para tomar medidas que no
responderían directamente a nuestro interés, sino al interés de la revolución
en general y, de manera específica, a los intereses de la pequeña burguesía. Y
en tales circunstancias, presionados por el populus proletario, ligados por
nuestros propios programas y declaraciones impresos, que habrían sido más o
menos bien interpretados, más o menos agitados en la pasión de la lucha
política, nos veríamos obligados a entregarnos a experiencias comunistas y a
hacer saltos adelante cuya inoportunidad sabemos mejor que nadie. En cosas así
se pierde la cabeza –esperemos que será solo physiquement parlant–, se produce
una reacción, y hasta que el mundo sea capaz de emitir un juicio histórico
sobre acontecimientos de ese género pasaríamos por ser no solo bestias feroces
–lo que podría tenernos sin cuidado–, sino además por bêtes, lo cual es mucho
peor» (Correspondance, III, p. 354).
[27] Véase p.
229.
[28] Las
luchas de clases, OE, t. I, p. 235; véase también supra, capítulo XIV.
[29] La cita
referente a la circular de junio se encuentra en Soius Kommunistov, p. 282.
Sobre los orígenes históricos de la idea de dictadura del proletariado véase
Albert Soboul, Karl Marx et l’expérience révolutionnaire française (Les
origines de la theorie de la dictature du proletariat), La Pensée 36, 1951. En
su artículo de 1884, Marx y la Nueva Gaceta Renana, Engels dice que leyendo en
los años sesenta el libro de Bougeart, Marat, l’ami du peuple (1865), se había
dado cuenta que Marx y él habían imitado inconscientemente en más de un aspecto
el ejemplo de Marat, el cual, «a semejanza de nosotros, no consideraba que la
revolución se había terminado, sino que se había declarado permanente» (OE, t.
II, p. 352). En realidad Marx y Engels conocían el concepto y su origen
histórico antes de 1848, puesto que en La sagrada familia se dice, refiriéndose
a Napoleón, que «llevó a cabo el terrorismo en cuanto que sustituyó la
revolución permanente por la guerra permanente» (La sagrada familia, Madrid,
Akal, 1977, p. 157).
[30] OE, t.
II, p. 495.
[31] Marx y
Engels diferenciaron netamente su concepción de la dictadura de la concepción
blanquista. El marxista inglés Monty Johnstone cita el siguiente juicio de
Engels en 1874: «De la concepción de Blanqui que ve cada revolución como golpe
de mano de una pequeña minoría revolucionaria deriva la necesidad de una
dictadura después de su éxito: naturalmente, no la dictadura de la clase obrera
en su conjunto –el proletariado–, sino del pequeño grupo que ha organizado el
golpe y que está organizado ya bajo la dictadura de una o varias personas»
(Socialisme, democratie systeme de parti unique, Politique Ajourd’hui, enero
1971).
[32] Véase
supra, capítulo III.
[33] Véase a
este propósito mi presentación de los Escritos económicos (1893-1899) de Lenin,
Siglo XXI de España, t. 1.
[34] En Los
presupuestos del socialismo, donde expone sus tesis revisionistas, Bernstein
opina que todos los textos del periodo revolucionario, desde El manifiesto a El
18 Brumario están impregnados de espíritu blanquista, pero sobre todo las
circulares de la Liga: «En ninguna parte el espíritu blanquista se manifiesta
con tanta claridad. Contienen una serie de instrucciones precisas sobre la
manera de transformar la próxima explosión revolucionaria en “revolución
permanente”» (Edouard Bernstein, Les presupposes du socialisme, pp. 58-67, Ed.
du Seuil, 1974. Primera ed. alemana: 1899). Bernstein no entendió que para Marx
la «revolución permanente» era, en primer lugar, una tendencia objetiva del
proceso revolucionario, y la táctica no podía «fabricarla», sino influir
favorablemente en el proceso. De ahí que Bernstein no se explicara, como
reconoce en este texto, la ruptura de Marx con el grupo Schapper a los pocos
meses de la circular de marzo.
[35] Véase, en
particular, Trotsky, La révolution permanente, Gallimard, 1963; Lenin, Dos
tácticas del proletariado en la revolución democrática, OE, en tres tomos,
Moscú, t. I. Isaac Deutscher hace un fino análisis de la concepción de la
revolución permanente en Trotsky en el primer tomo de su famosa biografía
(Trotsky. El profeta armado, Era, 1966, pp. 146-156).
[36] Véase
Lenin, Informe sobre la participación de la socialdemocracia en un gobierno
provisional revolucionario, abril 1905, t. 8, pp. 353-358; F. Mehring sobre la
segunda Duma, abril 1907, tomo 12, pp. 343-349; Diario de un publicista,
septiembre 1917, tomo 25, p. 270. Durante el quinto congreso del partido
socialdemócrata (abril 1907), el menchevique Tsereteli se apoyó en la
experiencia de 1848 para deducir que no solo no habían madurado en Rusia las
condiciones para el socialismo, sino que no podía llevarse a cabo la lucha por
la libertad sin alguna forma de alianza con la democracia burguesa. Lenin
responde que 1848 enseña justamente lo contrario. La lucha por la democracia
solo puede llevarse a cabo consecuentemente allí donde está dirigida por el proletariado
(t. 12, p. 403). En la lucha contra el «economismo» Lenin utiliza la crítica
restrospectiva de Engels a las concepciones de Born. Y los ejemplos podrían
multiplicarse.
[37] En este
texto Engels hace un canto entusiasta a la eficacia del sufragio universal como
instrumento de emancipación del proletariado, y refiriéndose al crecimiento de
la masa que votaba por la socialdemocracia alemana desde que Bismarck había
introducido el sufragio universal, dice: «Su crecimiento avanza de un modo tan
espontáneo, tan constante, tan incontenible y al mismo tiempo tan tranquilo
como un proceso de la naturaleza. Todas las intervenciones del gobierno han
resultado impotentes contra él. Hoy [Engels escribe en 1895] podemos contar ya
con dos millones y cuarto de electores. Si este avance continúa, antes de
terminar el siglo habremos conquistado la mayor parte de las capas intermedias
de la sociedad, tanto los pequeñoburgueses como los pequeños campesinos, y nos
habremos convertido en la potencia decisiva del país, ante la que tendrán que
inclinarse, quieran o no, todas las demás potencias. Mantener en marcha
ininterrumpidamente este incremento, hasta que desborde por sí mismo el sistema
de gobierno actual; no desgastar en operaciones de descubierta esta fuerza de
choque que se fortalece diariamente, sino conservarla intacta hasta el día
decisivo: tal es nuestra tarea central». A continuación Engels agrega: «La
ironía de la historia universal pone todo patas arriba. Nosotros, los
“revolucionarios”, los “elementos subversivos”, prosperamos mucho más con los
medios legales que con los medios ilegales y la subversión». Engels presenta
esta vía como modelo a los partidos socialistas europeos, haciendo la salvedad
de que ello no significa renunciar al «derecho a la revolución», entendiendo
por ello –se deduce de
todo el contexto– el recurso a la violencia a esa
marcha electoral hacia el socialismo (véase OE, t. I, en el caso de que el
poder burgués intente oponerse por la violencia pp. 131-132). La dirección de
la socialdemocracia alemana, argumentando con el peligro de una nueva ley de
excepción contra los socialistas, consiguió que Engels aceptase la publicación
de este texto depurado de los pocos pasajes en que se hacían esas reservas, y
lo utilizó ampliamente para respaldar con la autoridad de Engels su política
electoralista y oportunista. Pero incluso completo el texto se presta a esa
utilización. Refleja las ilusiones que en ese momento Engels, como todos los
dirigentes socialistas alemanes, se hacía sobre los mecanismos formales de la
democracia burguesa. Lo que no impide que en determinadas coyunturas de la
lucha de clases esos mecanismos puedan convertirse en un peligro real para las
clases dominantes, y en un poderoso instrumento de lucha de las clases
dominadas. Por lo demás este texto contiene algunas verdades rotundas, como
esta: «Allí donde se trata de una transformación completa de la organización
social tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber
comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida»
(ibid., p. 130). Rosa Luxemburgo trató de defender el prefacio de Engels (tal
como había sido publicado) contra la utilización que de él hacía Bernstein,
arguyendo que cuando Engels recomienda «la lucha legal como opuesta a la lucha
de barricadas no tenía en la mente la cuestión de la conquista definitiva del
poder político, sino la lucha cotidiana» (Reforma o revolución, Madrid, Akal,
2015, p. 83). Pero en el invierno de 1918, en plena revolución alemana, en su
discurso sobre el programa ante el congreso constituyente del Partido Comunista
de Alemania, Rosa Luxemburgo critica el famoso texto y constata su influencia
negativa en el camino seguido por la socialdemocracia alemana, ese camino que
la llevó a la capitulación de agosto de 1914. Al mismo tiempo se esfuerza por
atenuar la responsabilidad de Engels, explicando su posición por presiones de
la dirección del partido: «Yo no quiero decir que Engels, por su concepción, se
haya hecho personalmente responsable del giro que han tomado las cosas en
Alemania; yo digo solamente: he aquí un documento clásicamente lapidario de las
aberraciones de que vivía la democracia alemana, o más bien de las que ha
muerto». Y caracterizando, más adelante, el programa revolucionario del nuevo
partido, dice: «Nos ponemos en el terreno sobre el que estuvieron Marx y Engels
en 1848 y del que, en principio, nunca se apartaron» (véase Spartacus et la
Commune de Berlin, Spartacus, París, pp. 69-71).
XVII. SOBRE EL PARTIDO Y OTROS TEMAS (CLASE,
ESTADO, NACIÓN)
En la primera parte del libro (capítulos IV y V)
citamos los planteamientos de El manifiesto sobre los rasgos que definen a los
comunistas respecto a los «proletarios en general» y a los «otros partidos
obreros»; señalamos la identificación que establece entre «organización del
proletariado en clase» y «organización del proletariado en partido político»;
registramos el uso de la noción de «partido obrero» para designar formas de
organización y acción políticas de fracciones del proletariado, como el cartismo;
y expusimos la formación y características de la Liga de los Comunistas,
primera forma concreta de partido comunista inspirado en la teoría de la
revolución de Marx. Examinaremos ahora lo que la experiencia del periodo
revolucionario aporta a estos primeros elementos de la concepción y de la
práctica del partido en Marx y Engels. Y comenzaremos por recapitular una serie
de hechos significativos.
Como sabemos, al iniciarse la revolución alemana
los dirigentes de la Liga se propusieron implantarla y desarrollarla en el seno
del naciente movimiento obrero, pero muy pronto Marx y Engels, contra la
opinión de Schapper y Moll, decidieron prescindir de la Liga y hacer de la NGR
el instrumento fundamental de su acción política. Las motivaciones conocidas de
este paso muestran ya que Marx y Engels no atribuían a la Liga más que una
función de propaganda, no de organización y dirección de las masas, y solo en
condiciones de privación de las libertades de prensa, reunión, asociación, etc.
Pero para los veteranos dirigentes de la Liga de los Justos, los
obreros-artesanos instruidos como Schapper y Moll, la Liga era todo. Habituados
desde hacía años a vivir en el mundo cerrado de la «organización-secta» –un
mundo, además, de emigrados– la acción revolucionaria, la relación con las
masas, no era concebible más que a través de la Liga. Marx y Engels nunca
habían actuado condicionados por una organización. Marx había nacido a la lucha
política como director de la Gaceta Renana en el otoño e invierno de 1842-1843,
es decir, a través de una relación directa con el tejido social y político. Y
algo análogo puede decirse de Engels. Su concepción teórica les llevaba, lógicamente,
a ver en el proletariado como clase, y no en una u otra organización, el
protagonista de la nueva acción revolucionaria. En cuanto pudieron reemprender,
a mayor escala, la experiencia de la Gaceta Renana, y entablar mediante la NGR
una relación directa con el
movimiento político en marcha, la Liga perdió a sus
ojos toda utilidad y posiblemente apareció como un estorbo.
En febrero de 1849 Marx y Engels se oponen de nuevo
a la reorganización de la Liga esgrimiendo las mismas razones que en la
primavera de 1848. Pero desde el otoño de este año el «espíritu de partido» de
Schapper, Moll y otros dirigentes de la Liga se había levantado contra el
«liquidacionismo» del grupo Marx, creando en Londres un nuevo Comité central e
intentando reconstruir la Liga en Alemania. Marx no modifica su opinión hasta
finales de 1849, cuando la desaparición de la NGR y la acentuación de la reacción
en Alemania le conduce a la conclusión de que la organización secreta puede ser
útil, de nuevo, para la difusión en Alemania de la propaganda comunista.
La manera como en la circular de marzo de 1850 se
argumenta la necesidad de esa reorganización de la Liga parece una crítica
apenas velada de la posición que habían mantenido Marx y Engels en 1848-1849.
Se dice, en efecto, que durante la revolución «la primitiva y sólida
organización de la Liga se ha debilitado considerablemente. Gran parte de sus
miembros –los que participaron directamente en el movimiento revolucionario–
creían que ya había pasado la época de las organizaciones secretas y que
bastaba con la sola actividad pública». Y a continuación se menciona
aprobatoriamente la creación del nuevo Comité central en Londres y su intento
de reorganizar la Liga en Alemania en el otoño e invierno de 1848-1849. ¿Cómo
conciliar esta crítica transparente de lo que había sido la posición de Marx y
Engels con la versión de que la circular fue redactada por ellos? La hipótesis
de que estamos ante una «autocrítica» no parece aceptable, puesto que en todas
sus referencias ulteriores a esta cuestión Marx y Engels justifican la
«disolución» de la Liga por las razones ya conocidas[1]. A nuestro juicio, la
hipótesis más verosímil es que la circular de marzo de 1850 expresa un cierto
compromiso, al menos en este punto, entre las posiciones del grupo de Marx y
las del grupo de Londres. Es significativo que poco después, al escindirse la
Liga, el grupo de Londres lanza contra Marx y Engels la acusación de haber
prescindido de la Liga cuando no les interesaba y haber trocado el título de
miembros del Comité central por el de redactores de la NGR.
Las discusiones de septiembre de 1850 demuestran,
una vez más, que para Marx la Liga solo era una forma secreta de organizarse
los comunistas, en condiciones de ilegalidad, con un objetivo propagandístico.
Pero no parece que la tuviera en gran estima ni siquiera bajo este aspecto. De
lo contrario es difícil comprender por qué, después del proceso de Colonia,
decide liquidarla
definitivamente en lugar de proponerse su
reorganización. Tal vez su actitud general ante la Liga, nunca entusiasta y
como mínimo reservada, estuviera determinada en gran parte por su repugnancia
hacia las organizaciones conspirativas, en general, y hacia los «conspiradores
profesionales», en particular, de los que hace en la NGR(R) una mordaz
semblanza[2]. De ahí su insistencia en que la Liga, aun siendo secreta, no se
dedicase a la «conspiración», es decir –según el significado que el término
tenía entonces–, a la organización de golpes, generalmente insurreccionales,
para derribar al gobierno y apoderarse del poder, sino exclusivamente a la
propaganda de las ideas comunistas. Pero la práctica mostraba la dificultad de
asegurar tal distinción. La orientación del grupo de Schapper –viendo en la
Liga y no en las masas el sujeto principal de la acción revolucionaria–
conducía justamente a embarcar la Liga en las conspiraciones de los blanquistas
franceses, los mazzinistas italianos, los demócratas alemanes, etc. «Los
conspiradores profesionales –escribe Marx en el citado artículo de la NGR(R)–
no se satisfacen con organizar el proletariado revolucionario. Su misión
consiste en adelantarse al proceso revolucionario, empujarlo artificialmente a
la crisis, hacer la revolución de improviso, sin que existan las condiciones
necesarias. La única condición de la revolución, a su juicio, es una buena
organización del complot. Son los alquimistas de la revolución, y comparten
plenamente con los antiguos alquimistas la confusión y estrechez de sus
obsesiones. Se entusiasman con inventos llamados a producir milagros
revolucionarios: bombas incendiarias, máquinas infernales de mágico poder
destructivo, motines tanto más espectaculares cuanto menos condiciones
razonables existen para ellos. Ocupados con la confección de semejantes
proyectos, no tienen más que un objetivo inmediato, el derrocamiento del
gobierno existente, y menosprecian profundamente la labor de carácter más
teórico encaminada a instruir a los trabajadores sobre sus intereses de clase».
Más adelante se señala que «a medida que el proletariado de París pasó al
primer plano como partido, esos conspiradores comenzaron a perder influencia
como dirigentes». Y la conclusión fundamental del artículo es que «para la revolución
moderna es insuficiente ya esa parte del proletariado (la enrolada en las
organizaciones secretas [F. C.]); solo el proletariado en su conjunto puede
realizar la revolución»[3].
Todo indica que para Marx y Engels la «instrucción»
del proletariado con vistas a esa revolución constituye la tarea fundamental de
los comunistas. Entendida, claro está, de la manera más amplia, como aporte a
la comprensión del proceso de lucha de clases, de los intereses y objetivos no
solo del
proletariado, sino de las otras clases, enemigas o
aliadas, de las políticas respectivas, etc. Ninguna ilustración mejor de su
manera de entender esta «instrucción» que su misma actividad en el periodo que
estamos estudiando. No se trata de una relación de «maestro» que todo lo sabe a
alumno que «aprende» pasivamente, sino de una interrelación dialéctica entre
militantes de la misma causa, en la que la lucha práctica del proletariado
enseña a los comunistas participantes en ella no menos de lo que estos, gracias
a su «ventaja teórica», pueden enseñar a los proletarios. Para Marx y Engels la
realización de tal actividad no está vinculada forzosamente a la existencia de
una organización comunista en sentido estricto. Así se explica que después de
la disolución de la Liga el «partido» –en el sentido de partido comunista–
sigue existiendo para ellos. En abril de 1854 Engels le escribe a Weydemeyer,
refiriéndose a la perspectiva de una nueva crisis revolucionaria: «Los
auspicios bajo los cuales se presenta esta vez nuestro partido son muy
diferentes […]. Esta vez podremos comenzar enseguida con El manifiesto». El
«partido» –agrega– podrá entrar en escena de manera «más digna que en ocasiones
anteriores», porque se ha desembarazado de la «banda Schapper, Willich, etc.»,
y «podemos contar con una nueva generación de partidarios en Alemania»; «en
conjunto, el partido de Marx no trabaja mal»[4]. Engels se refiere,
evidentemente, al conjunto de comunistas que comparten las ideas de Marx,
trabajan en su desarrollo, contribuyen a su difusión, etc., aunque entre ellos
no existe ningún nexo organizacional. En la correspondencia y a veces en los
artículos de los años siguientes encontramos repetidas alusiones a este
«partido». Y al mismo tiempo Marx rechaza tenazmente todo nuevo compromiso
orgánico tipo Liga, como muestra, entre otros ejemplos, su carta de 1860 al
poeta Freiligrath, antiguo miembro de la Liga y viejo amigo de Marx. Marx le
había pedido colaborar en una tarea de «partido». Creyendo que se trataba de la
Liga, Freiligrath le responde: «Yo, como poeta, necesito, por naturaleza,
libertad. El partido es una jaula y canta uno mejor, incluso para el partido,
fuera que dentro». Marx contesta: «Te hago notar, ante todo, que desde
noviembre de 1852, cuando a propuesta mía la Liga fue disuelta, nunca más
pertenecí ni pertenezco a ninguna asociación, secreta o abierta, y, por
consiguiente, hace ya ocho años que en este sentido, totalmente efímero, de la
palabra, el partido dejó de existir para mí […]. Recuerdas que recibí de los
dirigentes de la Liga comunista de Nueva York una carta en la que me pedían
reorganizar la antigua Liga. Tardé un año en contestarles y finalmente les dije
que desde 1852 no estoy ligado a ninguna organización y tengo el convencimiento
profundo de que mi trabajo teórico es
mucho más beneficioso para la clase obrera que la
participación en organizaciones cuyo tiempo ha pasado en el continente […]. Si
tú eres poeta, yo soy crítico, y la verdad sea dicha, me basta con la
experiencia de 1850-1852. La “Liga”, lo mismo que la Société des Saisons, de
París, que centenares de otras asociaciones, no fue más que un episodio en la
historia del partido que nace espontáneamente, por doquier, del suelo de la
sociedad moderna […], del partido en el gran sentido histórico del término»[5].
Este partido en el gran sentido histórico del
término, que nace espontáneamente del suelo de la sociedad capitalista, ¿qué
otra cosa es más que el «resultado» de la lucha de clases definido en El
manifiesto como la «organización del proletariado en clase y, por tanto, en
partido político»? De modo explícito o implícito esta noción de clase-partido o
partido-clase es una de las nociones operatorias fundamentales de Marx en sus
grandes análisis de la Revolución de 1848, generalmente bajo las expresiones de
«partido del proletariado», «partido de la burguesía», «partido de la pequeña
burguesía», etc. Expresiones que no significan para Marx, obvio es decirlo, que
a cada clase corresponda un solo partido («partido» en el sentido más corriente
del término), sino que la clase, el conjunto de sus organizaciones, partidos,
individuos, actúa como «partido» frente a las otras clases. Cuando Marx dice en
Las luchas de clases que al imponer la república al gobierno provisional de
febrero «el proletariado apareció inmediatamente en primer plano como partido
independiente», no se refiere a una u otra de las organizaciones obreras
existentes o de sus actos, sino a la totalidad de formas de organización y de
acción con que el proletariado se manifestó políticamente, como tal, en esa
coyuntura. Para Marx no existía el partido del proletariado, sino el
proletariado como partido[6].
Entre el proletariado como partido y los comunistas
como teóricos del proletariado, la tercera noción de partido que Marx utiliza
en El manifiesto es la de «partido obrero», designando como ejemplo concreto
–en realidad como prototipo– el cartismo. Cuando se inicia la revolución este
género de partido solo existe embrionariamente en Alemania, pero comienza a
desarrollarse con rapidez, si bien bajo la influencia, y en gran parte dentro
de las estructuras, del partido demócrata. Acomodando su acción a este estado
de cosas, Marx y Engels decidieron, como vimos, actuar en el seno del partido
demócrata (y lo mismo hicieron, en la práctica, casi todos los comunistas de la
Liga). Era la manera de vincularse más directamente a las fuerzas avanzadas de
la clase obrera. Pero mientras Born y otros comunistas se consagran
principalmente al desarrollo de la
organización obrera propiamente dicha, Marx y su
equipo de la NGR se dedican, casi por entero, a una labor de esclarecimiento
político. ¿Subestimación del aspecto organización? Más plausiblemente nos
parece la hipótesis de que para Marx esta era una cuestión a resolver por el
proletariado mismo, como en la práctica, por lo demás, estaba ocurriendo. Pero
para que esta organización del proletariado, que se extendía rápidamente por
toda Alemania en forma de asociaciones obreras, pudiera realmente actuar como partido
político frente a las otras clases, era necesario que se emancipase de la
tutoría ideológica y política de la burguesía liberal y, muy especialmente, de
la pequeña burguesía demócrata. Cosa que no podía resolver la simple separación
organizacional. Era necesaria la crítica de la política de esas clases y el
planteamiento de la política más adecuada a los intereses del proletariado: en
esta tarea se concentró Marx con su equipo de la NGR. Lo cual no significa que
consideraran suficiente esa labor de esclarecimiento para resolver el problema
de la independencia política del partido proletario. De sus escritos se
desprende claramente que lo esencial, a su juicio, era la experiencia directa
de las masas adquirida en la lucha misma. Por eso Engels dice, reflexionando
sobre el balance de los primeros meses, que «la conquista más importante de la
revolución es la revolución misma», y Marx inicia su análisis restrospectivo de
la revolución francesa planteando que el partido revolucionario no podía
forjarse más que en la lucha contra la contrarrevolución[7].
Hito importante de la evolución de la posición de
Marx y Engels en este problema –no a nivel de la concepción, sino del enfoque
táctico– es la decisión que toman en abril de 1849 de salir del partido
demócrata y participar organizacionalmente en la construcción iniciada por Born
y otros líderes obreros– del partido obrero independiente. Este viraje puede
explicarse, según vimos, por la agravación de las divergencias con los líderes
demócratas y por la influencia que ejerce en Marx el desarrollo mismo del movimiento
obrero. No es casual, indudablemente, que la entrevista de Born con Marx
precediera de cerca al paso de abril. Mehering veía en este episodio «una
prueba notable de cómo el instinto elemental del movimiento obrero sabe
corregir las concepciones de los pensadores más geniales»[8]. En realidad no
hubo corrección de «concepciones», puesto que nada permite suponer que Marx se
opusiera a la creación de un partido obrero independiente o no comprendiera su
necesidad. Nadie hizo en este periodo mayor contribución que Marx y Engels a la
preparación política e ideológica de tal partido. Pero sí puede hablarse de
corrección de la manera de llevar a cabo esa aportación. Parece fundado, en
efecto, suponer que la labor ideológica y política
de Marx hubiera sido más fecunda, producido un impacto más directo, de haberse
efectuado desde el primer momento en vinculación más estrecha con la
construcción de la organización obrera a nivel nacional (en el plano local la
vinculación existió y fue acentuándose como muestra el paso de Marx por la
presidencia de la Asociación obrera de Colonia).
Lenin califica en Dos tácticas de «monstruoso e
increíble desde nuestro punto de vista actual» el hecho de que «solo en abril
de 1849, casi un año después de la aparición del periódico revolucionario (NGR)
Marx y Engels se pronunciaron por una organización obrera independiente», y
hasta entonces «dirigieron simplemente un “órgano de la democracia” no ligado
por ningún lazo orgánico a un partido obrero independiente»[9]. Atribuye la
cosa a la debilidad del proletariado alemán y al ambiente pequeñoburgués del
país en aquella época, pero ¿cómo explicarse, entonces, que Born y otros
emprendieran desde el primer momento la construcción de esa organización y
obtuvieran rápidamente resultados que habrían de decidir a Marx a participar
más directamente en esa tarea? El problema, en realidad, es que Marx concebía
de modo muy distinto a Lenin el tipo de partido a crear y, en consecuencia, la
vía de su creación. Diferencia esencial que Lenin pasa por alto al hacer un
parangón entre aquel primer intento de formación de un partido obrero alemán y
la formación del partido obrero socialdemócrata ruso. Mientras la creación de
este último tuvo como piedra angular la adhesión a una teoría y se llevó a cabo
mediante el reclutamiento y la agrupación de nuevos adeptos a esa teoría en
torno al núcleo intelectual inicial, la creación del partido obrero alemán es
obra de los propios obreros alemanes, se construye mediante la agrupación y
articulación a nivel provincial y nacional de asociaciones obreras creadas
espontáneamente por los trabajadores más conscientes. Y no se basa sobre
ninguna teoría preestablecida. Su ideología va formándose en el proceso mismo
de la construcción de la organización. Lo más concreto son las plataformas de
reivindicaciones sociales y políticas que aprueban los sucesivos congresos. Se
trata, en una palabra, de un partido obrero de tipo cartista. Y el mismo
enfoque se conserva en la circular de marzo de 1850, donde se retorna el
proyecto de congreso obrero alemán que la derrota de junio de 1849 no había permitido
realizar[10].
Durante los doce años que siguen a la disolución de
la Liga, Marx se consagrará enteramente a la investigación científica y al
análisis político, rehusando sistemáticamente (lo mismo que Engels) cualquier
participación en organizaciones. Solo modificará su actitud en 1864, cuando es
solicitado por
fuerzas en las que ve la expresión real de un nuevo
auge del movimiento obrero europeo y decide aceptar la invitación a formar
parte del Comité organizador de la Asociación Internacional de Trabajadores.
«Aunque en el transcurso de varios años –dice en una carta a Weydemeyer–
decliné siempre toda participación en cualquier género de “organizaciones”,
esta vez acepté la propuesta porque se trata de algo en que se puede actuar con
eficacia»[11]. Con este paso comienza una etapa de vinculación directa con el movimiento
obrero internacional –que será breve, puesto que prácticamente termina con el
congreso de La Haya de la Asociación Internacional de Trabajadores en 1872–
seguida de otra etapa de estrecha relación con el núcleo dirigente del partido
socialista obrero de Alemania. Ambas experiencias proporcionan nuevo material
para la investigación de las concepciones de Marx y Engels en el dominio del
partido, pero caen fuera de los límites del presente estudio. De todas maneras
no añaden nada esencialmente nuevo a esas concepciones. Ilustran, sobre todo,
la idea profundamente democrática y antidogmática que Marx y Engels tenían del
funcionamiento interno del partido obrero, tanto en el plano organizacional
como ideológico y político, aspecto que en el periodo de la Revolución de 1848
apenas tuvo oportunidad de manifestarse dada la fugacidad de su actuación en la
Liga y, más aún, en la organización obrera[12].
Aparte las fórmulas de El manifiesto caracterizando
a «los comunistas» en relación con «los proletarios en general» y con «los
otros partidos obreros», no hay en toda la obra de Marx (ni tampoco en la de
Engels) ninguna explicación analítica de lo que entienden por «partido
comunista». Pero lo que hemos visto de su actuación práctica y del papel que en
su análisis de la lucha de clases desempeñan las nociones de «partido obrero» y
de «proletariado como partido», permite formarse una idea más aproximada del sentido
de aquellas fórmulas.
A nuestro parecer significan que la función de los
comunistas no es sustituirse a las formas políticas y organizacionales que
históricamente va tomando «la organización del proletariado en clase y, por
tanto, en partido político», «el partido que nace espontáneamente, por doquier,
del suelo de la sociedad moderna»; no es reemplazar la iniciativa del
proletariado, su creación e inventiva, nacidas de las exigencias directas de la
lucha de clases, por formas de acción y organización dictadas por «principios
especiales». Significan que la función de los comunistas es poner la «ventaja
teórica» de que disponen al servicio del movimiento proletario, actuando en él
para ayudarle a tomar conciencia de sus intereses históricos, conciencia
crítica de su propia acción, y a comprender el proceso de la lucha de clases,
todo lo cual exige una relación
mutuamente crítica, abierta y sincera entre
comunistas (proletarios o no) y «los proletarios en general», entre comunistas
y «partidos obreros». Significan, en resumen, que los comunistas no constituyen
un partido que «dirige» al proletariado, sino un partido que le ayuda a
autodirigirse.
En realidad no se trata de un «partido» en el
sentido actual del término[13], sino –como El manifiesto dice también– de un
«sector» de los partidos obreros, del sector más avanzado teóricamente, más
consciente de las condiciones globales del movimiento proletario, etc. Por lo
demás, solo en este sentido puede hablarse de concretización histórica,
práctica, de esta concepción de «partido comunista». Así funcionaron Marx,
Engels y otros comunistas de la época en el movimiento obrero alemán de la
Revolución de 1848, en la Asociación Internacional de Trabajadores, en los
primeros partidos obreros socialistas, etc. No podemos abordar aquí las
vicisitudes ulteriores de esa concreción. Constataremos únicamente que la
tendencia histórica se ha caracterizado, de un lado, por la burocratización de
aquel «sector» en los partidos socialdemócratas, acompañada del abandono del
marxismo revolucionario. Y, de otro lado, por el surgimiento de un nuevo tipo
de partido comunista –el tipo leninista– concebido como el partido dirigente de
la clase obrera, cuya diferencia de fondo con la idea de Marx no es necesario
subrayar[14]. Pero a lo largo de todo el desarrollo del movimiento obrero no
han cesado de aparecer comunistas –algunos tan relevantes como Rosa Luxemburgo,
por no citar más nombres– cuya manera de concebir la acción en el seno del
proletariado y de sus organizaciones era o es semejante a la de Marx. Y esta
corriente profunda del marxismo tiende a vigorizarse actualmente. Es la
corriente que ve en el proletariado y no en el partido el protagonista máximo
de la transformación social.
Una observación final sobre la relativización del
papel del partido respecto a la clase, que constatamos en Marx: cuando se trata
de la burguesía o pequeña burguesía, sus partidos políticos desempeñan en el
discurso marxiano de la época de la Revolución de 1848 un papel mucho más
importante respecto a la clase que cuando se trata del proletariado. Esta
diferencia refleja, indudablemente, el retraso del proceso de formación
política del proletariado, en aquella fase del desarrollo histórico,
comparativamente al de la burguesía o pequeña burguesía. Por eso, si bien nos
parece fundada la tesis de que el proletariado, entendido como clase-partido,
es el agente revolucionario por excelencia en la teoría de la revolución de
Marx, hay que tener en cuenta que el papel del partido obrero (y cada vez más
de los sindicatos) en tanto que expresión concreta, encarnación transtioria, de
la clase-partido, va aumentando
en relevancia a los ojos de Marx y Engels con el
correr del siglo[15].
* * *
Ni en los escritos del periodo que estamos
estudiando ni en toda la obra de Marx encontramos una definición conceptual de
la clase, aunque sus innumerables referencias a las clases desde diversos
ángulos y en los más variados contextos, el carácter fundamental de algunas de
ellas, autoriza la tesis de que en su obra hay implícita una teoría de las
clases y justifica los intentos de explicitarla. Pero para ello hay que tomar
el conjunto de esa obra y, sobre todo, partir de El capital y de los
Grundrisse, tarea que no nos proponemos, evidentemente, abordar aquí. Nos
limitaremos, de modo sucinto, a indicar lo que la experiencia de la revolución
y la contrarrevolución aporta de más esencial a las nociones expuestas en el
capítulo IV.
Comenzaremos por constatar –a la luz de los
análisis de estos años– que el reconocimiento de las clases como protagonistas
máximos de la transformación social no significa, en modo alguno, que Marx vea
la historia –la historia real– como creación de una determinada clase (ayer la
burguesía, hoy el proletariado) susceptible, por tanto, de ser definida como el
sujeto de la historia. A nuestro parecer la cosa está clara ya en El
manifiesto, la Miseria de la Filosofía y La ideología alemana, pero no es superfluo
subrayar la confirmación que encontramos en esos análisis, donde la historia en
vías de hacerse es descrita como el movimiento resultante de la interacción de
múltiples factores, entre los cuales algunos aparecen como más determinantes
que otros, según el tipo de formación social existente en el país dado, la fase
en que dicha formación se encuentra, la coyuntura precisa, etc. Es un
movimiento dialéctico, complejo y estructurado, en el que las clases son
sujetos y objetos, creadoras y creadas. Con la importante particularidad,
además, de que su acción creadora no puede asimilarse a la de un sujeto
plenamente consciente de sus fines y conocedor de los medios idóneos para
alcanzarlos. Como plantea Marx en El 18 Brumario, «sobre las diversas formas de
propiedad, sobre las condiciones sociales de existencia, se levanta toda una
superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de
vida diversos y cristalizados de un modo peculiar, que son creados y plasmados
por toda la clase derivándolos de sus bases materiales y de las relaciones
sociales correspondientes». A consecuencia de lo cual los individuos de la
clase, formados por «la tradición y la educación» en esos modos de pensar,
ilusiones, etc., ven en estos y no en sus condiciones de
existencia «los verdaderos móviles y el punto de
partida de su conducta». Por eso, prosigue Marx, «así como en la vida privada
se distingue entre lo que el hombre piensa y dice de sí mismo y lo que
realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más
entre las frases y las figuraciones de los partidos y su organismo real y sus
intereses reales, entre lo que se imaginan ser y lo que realmente son»[16]. De
ahí que el proceso histórico aparezca ante los individuos y ante sus partidos
de modo alienante, como algo extraño e incontrolable, y que durante siglos
hayan buscado su explicación en potencias sobrenaturales o esencias
metafísicas. Muchos años después, en su conocida carta a Bloch de septiembre de
1890, Engels sintetizará muy claramente lo que se desprende con evidencia de
los textos de 1848-1852. (No es casual que Engels recomiende a Bloch, muy
especialmente, la lectura de El 18 Brumario.) Después de haber subrayado que
Marx y él no han dicho nunca que «la producción y reproducción de la vida real»
sea el único determinante de la historia, sino su determinante en última
instancia; de señalar que si «somos nosotros mismos quienes hacemos nuestra
historia», la hacemos «con arreglo a premisas y condiciones muy concretas»; de
explicar que aunque las premisas y condiciones económicas desempeñen el papel
determinante en última instancia, las formas políticas de la lucha de clases y
sus resultados, las formas institucionales y jurídicas, los reflejos de esas
luchas en el cerebro de los participantes, las teorías políticas, jurídicas y
filosóficas, las ideas religiosas, etc., «ejercen también su influencia sobre
el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos
casos, su forma», Engels plantea, en conclusión: «la historia se hace de tal
modo que el resultado final siempre deriva de los conflictos entre muchas
voluntades individuales, cada una de las cuales, a su vez, es lo que es por
efecto de una multitud de condiciones especiales de vida; son, pues,
innumerables fuerzas que se entrecruzan las unas con las otras, un grupo
infinito de paralelogramos de fuerzas, de las que surge una resultante –el
acontecimiento histórico–, la cual, a su vez, puede considerarse producto de
una potencia única, que, como un todo, actúa sin conciencia y sin voluntad.
Pues lo que uno quiere tropieza con la resistencia que le opone el otro, y lo
que resulta de todo ello es algo que nadie ha querido. De tal modo, toda la
historia hasta nuestros días ha discurrido a modo de un proceso natural y sometida
también, sustancialmente, a las mismas leyes dinámicas»[17]. Después de la
Revolución de 1848 Marx y Engels recurrían con frecuencia a la imagen del
«fenómeno natural» para caracterizar el fenómeno revolucionario. En la
revolución –le escribe Engels a Marx en febrero de 1851– «las reglas que
determinan en tiempo
ordinario la evolución de la sociedad adquieren un
carácter más físico, la fuerza material de la necesidad se manifiesta más
vigorosamente. Y en cuanto se interviene como representante de un partido, se
es arrastrado en ese torbellino de la irresistible necesidad natural». La
«explosión revolucionaria» se hace inevitable –dice Marx en un artículo de
1859– cuando «la revolución llega a ser una fuerza espontánea, incontrolable,
irreversible, semejante al rayo, cuyo trueno solo oímos cuando ya ha asestado su
golpe mortal»[18].
Pero justamente ese carácter irresistible de «la
fuerza material de la necesidad» en las fases revolucionarias da lugar a una
progresión espectacular en la formación de la conciencia de las clases y, por
tanto –según la concepción de Marx–, en la maduración de las clases como tales.
Refiriéndose, por ejemplo, a los efectos que la revolución de febrero tuvo en
ese aspecto, Marx dice en Las luchas de clases: «todas las clases de la
sociedad francesa se vieron de pronto lanzadas al ruedo del poder político, obligadas
a abandonar los palcos, el patio de butacas y la galería y a actuar
personalmente en la escena revolucionaria»
[…] y «en este
torbellino, en este agobio de la inquietud histórica, en este dramático flujo y
reflujo de las pasiones revolucionarias, de las esperanzas, de los desengaños,
las diferentes clases de la sociedad francesa tenían necesariamente que contar
sus etapas de desarrollo por semanas, como antes las habían contado por medios
siglos». Refiriéndose precisamente a este efecto del proceso revolucionario en
la formación de las clases Marx formula su conocida máxima: «Las revoluciones
son las locomotoras de la historia»[19]. Se trata, evidentemente, del
desarrollo político de las clases, de su progresión hacia lo que Marx llama la
clase para sí, la clase consciente de sus intereses como clase. La acción
colectiva a la que la clase se ve precipitada por el «torbellino»
revolucionario desarrolla una conciencia colectiva que repercute, a su vez, en
la acción y así sucesivamente. Proceso dialéctico que tiene lugar también en
los periodos evolutivos pero más lentamente.
En Las luchas de clases y en El 18 Brumario se
analiza con cierto detenimiento ese proceso en un caso particularmente
interesante por ser el de una clase cuyas características dificultan
extraordinariamente su «funcionamiento» como clase: los pequeños campesinos
parcelarios libres, nacidos de la Revolución de 1789, que en 1848 constituían
las tres cuartas partes de la población francesa. Marx describe su génesis
histórica, sus características estructurales –aislamiento, dispersión, etc.–,
que obstaculizan su intervención a nivel político como tal clase, es decir,
dándose una representación propia e independiente. De ahí que durante la
Revolución de 1848 una fracción
minoritaria, revolucionarizada por la experiencia
práctica a que es arrastrada, se incline hacia el proletariado, mientras que la
gran mayoría, viendo hostilmente a todas las demás clases de la sociedad, pone
su confianza en el personaje que le parece estar por encima de todas ellas. No
solo porque Luis Bonaparte se presenta demagógicamente como ocupando esa
posición, sino porque los campesinos ven en él la reencarnación de Napoleón, a
cuyo nombre y acción asocian su nacimiento y consolidación como pequeños
propietarios libres[20]. Este ejemplo y otros que aparecen en los textos
indicados, relativos a la pequeña burguesía urbana, muestran que el
«desarrollo» de estas clases –llamadas por Marx «clases de transición»– bajo
los efectos del proceso revolucionario, se traduce en su diferenciación interna
bajo formas complejas y contradictorias.
Otra es la manera específica de influir la
revolución en el «desarrollo» de la burguesía. Marx examina –y es una de las
aportaciones interesantes que hace al tema de la clase en este periodo– la
estructura interna de la burguesía francesa, su división en fracciones
diferenciadas por su relación con las estructuras económicas, diferenciación
que toma determinada forma ideológica y política. Las contradicciones entre
estas fracciones contribuyen al estallido de la crisis revolucionaria y luego
esta influye en el sentido general de hacerlas tomar conciencia más clara de
sus intereses de clase, por encima de esas contradicciones, frente al
proletariado y a las otras clases.
Las referencias al «desarrollo» del proletariado
son menos concretas y circunstanciadas que las dedicadas a las otras clases
(sucede algo análogo a como en el caso de los partidos políticos) y lo esencial
lo expusimos ya en el capítulo XV, donde también caracterizamos la apreciación
general de Marx y Engels sobre el papel de la burguesía, la pequeña burguesía y
el campesinado en el proceso revolucionario.
La deducción más significativa que a nuestro juicio
puede hacerse de los escritos de este periodo en relación con la concepción de
la clase reafirma vigorosamente la idea que encontramos ya en los textos de
1846-1847: la formación de la clase, su modo de ser en cada coyuntura, son
inseparables de la lucha de clases. Los escritos de 1848-1852 no solo ratifican
esta tesis, sino que ponen de manifiesto el papel relevante que en la formación
y modo de ser de la clase desempeñan los factores superestructurales, incluida
la tradición histórica, la «memoria» de la clase, etc. Puede decirse, en
conclusión, que en la concepción de Marx las clases tienen en todo momento una
doble dimensión: una dimensión estructural, determinada por el modo de
producción dominante o los modos de producción subordinados, o la combinación
de unos y otros en la
formación social dada; y una dimensión histórica,
determinada por todo el proceso histórico de la lucha de clases y de otros
fenómenos (luchas interestatales, de liberación nacional, etc.). En cada
coyuntura concreta, evolutiva o revolucionaria, esas dimensiones se combinan de
modo original e irrepetible, constituyendo el modo de ser de la clase.
* * *
Examinaremos ahora lo que la experiencia de la
revolución aporta a la concepción de Marx y Engels relativa al poder político y
al Estado.
Análogamente a como sucede con las otras cuestiones
examinadas (estrategia y táctica, partido, clase, etc.), tampoco esta es
tratada por Marx y Engels de manera específica y sistemática, sino en forma
dispersa y fragmentaria, a lo largo de su análisis global de la revolución –o
de los análisis parciales de la NGR–, en conexión inseparable con los otros
factores del proceso político. No obstante, en El 18 Brumario encontramos un
pasaje donde Marx caracteriza sintéticamente la formación y evolución del Estado
burgués en Francia, a partir de la monarquía absoluta, hasta el golpe de Estado
de Luis Bonaparte. La importancia y la validez que el propio Marx atribuye a
este pasaje lo subraya el hecho de que veinte años más tarde, cuando analiza el
problema del Estado a la luz de la Comuna de París, reproduce lo esencial de su
contenido, añadiendo tan solo algunas consideraciones que van en la misma
dirección, relativas al periodo posterior a 1852. Comenzaremos por citarlo in
extenso:
«Este Poder ejecutivo, con su inmensa organización
burocrática y militar, con su compleja y artificiosa maquinaria de Estado, un
ejército de funcionarios que suma medio millón de hombres, junto a un ejército
de otro medio millón de hombres; este espantoso organismo parasitario que se
ciñe como una red al cuerpo de la sociedad francesa y le tapona todos los poros
surgió en la época de la monarquía absoluta, de la decadencia del régimen
feudal, que dicho organismo contribuyó a acelerar. Los privilegios señoriales
de los terratenientes y de las ciudades se convirtieron en otros tantos
atributos del Poder del Estado; los dignatarios feudales, en funcionarios
retribuidos, y el abigarrado mapa-muestrario de las soberanías medievales en
pugna, en el plan reglamentado de un Poder estatal cuya labor está dividida y
centralizada como en una fábrica. La primera revolución francesa, con su misión
de romper todos los poderes particulares locales, territoriales, municipales y
provinciales, para crear la unidad civil de la nación, tenía necesariamente que
desarrollar lo que la monarquía
absoluta había iniciado: la centralización; pero al
mismo tiempo amplió el volumen, las atribuciones y el número de servidores del
Poder del gobierno. Napoleón perfeccionó esta máquina del Estado. La monarquía
legítima y la monarquía de Julio no añadieron nada más que una mayor división
del trabajo, que crecía a medida que la división del trabajo dentro de la
sociedad burguesa creaba nuevos grupos de intereses, y, por tanto, nuevo
material para la administración del Estado. Cada interés común se desglosaba inmediatamente
de la sociedad, se contraponía a esta como interés superior, general, se
sustraía a la propia actuación de los individuos de la sociedad y se convertía
en objeto de la actividad del gobierno, desde el puente, la casa-escuela y los
bienes comunales de un municipio cualquiera, hasta los ferrocarriles, la
riqueza nacional y las universidades de Francia. Finalmente, la república
parlamentaria, en su lucha contra la revolución, viose obligada a fortalecer,
junto con las medidas represivas, los medios y la centralización del Poder del
gobierno. Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en vez de
destrozarla. Los partidos que luchaban alternativamente por la dominación,
consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio del Estado como el
botín principal del vencedor.
»Pero bajo la monarquía absoluta, durante la
primera revolución, bajo Napoleón, la burocracia no era más que el medio para
preparar la dominación de la burguesía. Bajo la restauración, bajo Luis Felipe,
bajo la república parlamentaria, era el instrumento de la clase dominante, por
mucho que ella aspirase también a su propio Poder absoluto.
»Es bajo el segundo Bonaparte cuando el Estado
parece haber adquirido una completa autonomía»[21].
En este pasaje de El 18 Brumario se refleja la
asimilación por Marx y Engels de una de las experiencias capitales del proceso
político de 1848-1852: el papel primordial –sin precedentes históricos
comparables– desempeñado por la máquina del Estado (ejército, burocracia,
magistratura, etc.) en el sofocamiento de la explosión revolucionaria. La
práctica demostró que conquistar el gobierno no significaba conquistar el
poder, como era creencia general entre los liberales o revolucionarios de la
época. «Con el poder nominal en las manos la burguesía prusiana no dudó un
momento que las potencias del antiguo Estado se pondrían sin reservas a su
disposición y se convertirían en devotos servidores de su propia potencia»,
constataba Marx en La burguesía y la contrarrevolución a finales de 1848[22]. Y
lo mismo podía decirse de los republicanos y socialistas del gobierno
provisional francés. Tal vez Marx y Engels compartieron en cierta
medida esa ilusión, según parecen indicar sus
optimistas previsiones iniciales, pero muy pronto denuncian desde la NGR, cada
vez más vigorosamente, el peligro que representa para la revolución la
conservación de la máquina burocrática y militar del viejo régimen. Plantean la
necesidad de depurarla y en sus comentarios comienza a perfilarse la idea
implícita en la reflexión más arriba citada –«todas las revoluciones
perfeccionaban esa máquina en vez de destrozarla»–, la idea de que la
revolución proletaria deberá destruir esa máquina característica del Estado
burgués[23].
Todo el proceso seguido por la república desde
febrero, hasta desembocar en el golpe de Estado bonapartista, reafirma a Marx
en su concepción –formulada ya en La ideología alemana con un contenido
netamente materialista– de que el Poder del Estado, nacido de las
contradicciones y luchas de la sociedad civil, se desarrolla como un poder
separado de la sociedad y situado sobre ella, constituyendo una de las formas
máximas de la alienación social y política[24]. La explicitación del sentido
concreto que Marx da a esa noción de «completa autonomía» del Estado respecto
de la sociedad exige referirse con detenimiento a otros planteamientos de El 18
Brumario y de obras posteriores, cosa que no cabe en los límites del presente
trabajo. Lo mismo sucede con otros aspectos de la misma problemática: la
estructura global del Estado, sus funciones, su organización interna, la
relación entre la estructura del Estado y la de otros niveles o instancias de
la formación social, el carácter de la burocracia (concepto que en el pasaje
más arriba citado es utilizado en dos sentidos diferentes), los tipos y formas
de Estado, etc. Aspectos sobre los que encontramos juicios y análisis a lo
largo de la obra de Marx y Engels, pero en forma muy fragmentada y dispersa.
Aquí nos limitaremos a algunas indicaciones sucintas.
El conjunto de los planteamientos de Marx en El 18
Brumario, y más claramente aún en obras posteriores de él o de Engels, muestra
que la «completa autonomía» del Estado no debe entenderse en sentido literal.
Se trata de una autonomía relativa, que no pone en entredicho el carácter de
clase del Estado como Estado de la clase, o clases, dominante, sino que es,
justamente, un atributo necesario de ese carácter. Su necesidad en relación con
las clases dominadas resulta evidente. Pero también es necesaria dicha autonomía
respecto a las clases y fracciones de clase dominantes. Una de las razones
principales reside en la tendencia de la burguesía, sobre la que Marx llama la
atención repetidamente, de posponer su interés general de clase, su interés
político, a sus intereses particulares, más limitados e inmediatos, que pueden
estar incluso en contradicción aguda con dicho interés general. Tendencia que
se explica, a su
vez, por el fraccionamiento interno de la burguesía
y la lucha perpetua entre las diversas fracciones, lo mismo que entre todos los
individuos de la clase, determinados por el mecanismo mismo del sistema de
producción[25]. De ahí la necesidad de una instancia superior, con autonomía y
poder suficiente para enfrentarse con los intereses parciales de la clase
dominante en nombre de su interés general, capaz de organizar y representar su
unidad de clase frente a las clases dominadas, y al mismo tiempo de presentar
ante estas el interés de las clases dominantes como el interés general de la
sociedad. En el cumplimiento de esta función el Estado puede, incluso, utilizar
las clases dominadas como elemento de presión sobre las clases dominantes[26].
Esa misma estructura de la burguesía tiene por consecuencia que el Estado
burgués exprese siempre, de una determinada manera (que se refleja en su forma
y métodos), no solo la relación de fuerzas entre clases dominantes y dominadas,
sino también la relación de fuerzas entre las diferentes fracciones de la clase
dominante (y, eventualmente, entre clases dominantes, si subsisten clases
dominantes de naturaleza precapitalista). Ello se traduce en que sea una u otra
fracción de la clase dominante o una coalición de fracciones bajo la hegemonía
de una de ellas –lo que algunos autores llaman hoy «bloque en el poder»– quien
detente la influencia decisiva en el Estado[27].
En el pasaje transcrito del 18 Brumario Marx
utiliza como equivalentes los conceptos de Poder ejecutivo y de Estado,
mientras que en otros lugares los diferencia, pero en todo caso del conjunto de
sus proposiciones a este propósito se desprende claramente que en su concepción
el Poder ejecutivo –entendido no solo como gobierno, sino como conjunto de la
máquina estatal–es lo esencial del Estado. Sus referencias al Poder legislativo
dejan la duda de si lo considera también parte integrante del Estado o exterior
y oponiéndose a él en tanto que representante de la «autonomía de la nación».
En El 18 Brumario, por ejemplo, encontramos esta sobria caracterización: «el
Poder ejecutivo, por oposición al legislativo, expresa la heteronimia de la
nación por oposición a su autonomía»[28]. Cuando analiza el proceso político
francés de febrero de 1848 al golpe bonapartista –y lo mismo puede decirse de
su análisis del proceso político alemán entre marzo de 1848 y las disoluciones
de las Asambleas de Viena, Berlín y Fráncfort– Marx sitúa como un factor
esencial la lucha entre el Poder ejecutivo y el legislativo, que durante ese
periodo se traduce en el progresivo debilitamiento del segundo hasta su
completa capitulación ante el Ejecutivo. La crítica que Marx hace del «cretinismo
parlamentario» lleva subyacente –y a veces explícita– la idea de que las
Asambleas electas podían
haber desempeñado el papel de representantes del
pueblo –siguiendo el ejemplo de la Convención– frente a los poderes
contrarrevolucionarios concentrados en el Ejecutivo. Y hay que tener presente
también los juicios ya citados sobre el peligro que representa para la
dominación de la burguesía un régimen político basado en el sufragio
universal[29].
La oposición del Poder legislativo, como
representante de la «autonomía de la nación», al Poder ejecutivo, representante
de la «autonomía del Estado» (y expresión de la heteronimia –sojuzgamiento– de
la nación), ha marcado profundamente las concepciones políticas del movimiento
obrero de inspiración marxista. En unos casos ha contribuido a una justa
utilización del parlamento en la lucha de clases. En otros, utilizado por la
corriente reformista de la socialdemocracia, ha servido para justificar con la autoridad
de Marx el mismo «cretinismo parlamentario» tan cáusticamente fustigado por el
mismo Marx.
Aunque en El 18 Brumario y otros textos de este
periodo Marx y Engels destacan sobre todo la función represiva y coactiva del
Estado, en su concepción general el Estado tiene también otra función
primordial de organización social, que se refleja marginalmente en el pasaje
transcrito. «En todas partes –dice Engels en el Anti-Dühring– subyace al poder
político una función social, y el poder político no ha subsistido a la larga
más que cuando ha cumplido su función social»[30]. Lo cual no significa que esta
función social sea ejercida por el Estado de forma neutra, que cuando se
convierten en objeto de su actividad – como dice el pasaje citado de El 18
Brumario– «el puente, la casa-escuela y los bienes comunales de un municipio
cualquiera, hasta los ferrocarriles, la riqueza nacional y las universidades»,
no lo haga de la manera más conveniente a los intereses de las clases
dominantes.
Si confrontamos lo que llevamos expuesto con la
definición que en El manifiesto se hace del Estado burgués –«junta que
administra los negocios comunes de toda la clase burguesa»– podemos concluir
que la experiencia práctica de la revolución y la contrarrevolución conducen a
Marx y Engels a una concepción mucho más compleja del Estado, de su papel en el
proceso de la lucha de clases y en la revolución.
* * *
Nos referiremos, por último, muy brevemente
–complementando lo expuesto en otros capítulos[31]– a las posiciones de Marx y
Engels en relación con la nación y la lucha de liberación nacional.
Una primera constatación: el curso concreto de la
revolución les induce a conceder mucha más importancia que en el periodo
precedente al factor representado por la lucha de liberación nacional. Cierto,
los artículos de 1847 lo tienen en cuenta, sobre todo en lo que concierne a los
polacos e irlandeses. Pero en El manifiesto se ignora prácticamente, pese a
referirse de modo expreso a la actitud de los comunistas hacia el hecho
nacional. Hay que tener presente este pasaje de El manifiesto para poder explicarse
las posiciones de Marx y Engels sobre ese elemento esencial de la Revolución de
1848 que son las luchas nacionales. En primer término define el estatuto del
proletariado respecto a la nación: «Los obreros no tienen patria. No se les
puede arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe, en
primer lugar, conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase
nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera
en el sentido burgués»[32]. En segundo término, define una perspectiva de
desaparición de las naciones a través del siguiente proceso: el aislamiento
nacional y los antagonismos entre los pueblos desaparecen de día en día con el
desarrollo de la burguesía, la libertad de comercio y el mercado mundial, con
la uniformidad de la producción industrial y las condiciones de existencia que
le corresponden. La dominación del proletariado los hará desaparecer más
deprisa todavía. La acción común del proletariado, al menos el de los países
civilizados, es una de las primeras condiciones de su emancipación. En la misma
medida en que sea abolida la explotación de un individuo por otro, será abolida
la explotación de una nación por otra. Al mismo tiempo que el antagonismo de
las clases en el interior de las naciones, desaparecerá la hostilidad de las
naciones entre sí». Como vemos, las luchas de liberación nacional no son
mencionadas. Pero la revolución las pone inmediatamente en un primer plano. Y
el grupo de Marx toma posición.
En vísperas de la salida de la NGR Marx dirige la
carta que conocemos a L’Alba, el diario republicano de Florencia, asegurando
que la NGR defenderá «la causa de la independencia italiana» y hará lo posible
por favorecer «la unión y el entendimiento de nuestras dos grandes y libres
naciones». La misma actitud toma en relación con los polacos y los checos. Al
mes y medio de salir la NGR, Engels puede afirmar en sus páginas: «Pese a los
alaridos y las protestas patrióticas de toda la prensa alemana, la NGR ha tomado
partido desde el primer momento por los polacos en Posnania, por los italianos
en Italia, por los checos en Bohemia». Alemania no puede ser libre –proclama la
NGR– sin devolver su libertad a los pueblos vecinos. Al mismo tiempo, de
acuerdo con la necesidad planteada por El manifiesto de que el proletariado se
eleve a clase nacional, la
NGR pone en primer plano el objetivo nacional por
excelencia de la revolución alemana, la reivindicación que Marx ha inscrito a
la cabeza de las Reivindicaciones del «partido comunista de Alemania»: la
unificación nacional. Levanta la bandera de la guerra nacional alemana contra
Rusia, guerra nacional y revolucionaria. Y en el mismo espíritu apoya la guerra
contra Dinamarca[33]. En una palabra, la lucha de liberación nacional de los
pueblos europeos contra las potencias de la Santa Alianza va siendo integrada
cada vez más por Marx y Engels en su concepción estratégica del proceso
revolucionario como un factor de primer orden. Al mismo tiempo condenan como
contrarrevolucionarias otras luchas nacionales, concretamente las de los
eslavos del sur. El factor nacional se revela más complejo y contradictorio de
lo que podía deducirse de El manifiesto. Si el desarrollo de la burguesía, del
comercio, del mercado mundial y de la industria conducía efectivamente a la
liquidación del aislamiento nacional, no sucedía lo mismo en relación con los
antagonismos entre los pueblos. ¿Por quién optar cuando dos pueblos se
enfrentaban por intereses nacionales?
El criterio supremo que guía a Marx y Engels para
definir su actitud ante cada movimiento nacional es el papel que objetivamente
desempeña en el proceso revolucionario global. Y este papel es definido, a su
vez, por la posición de dicho movimiento respecto a las principales potencias
de la contrarrevolución, en particular respecto al zarismo y a las monarquías
absolutistas de Prusia y Austria. Los pueblos que luchan contra ellas –polacos,
húngaros, italianos– tienen toda la simpatía de Marx y Engels, aunque sus
objetivos nacionales no rebasen el horizonte burgués. Los eslavos del sur son
condenados sin paliativos porque en su intento de abrirse paso hacia la
existencia nacional independiente se prestan a ser utilizados por la monarquía
austriaca y por el zarismo contra los húngaros, italianos, polacos y
alemanes[34]. Pero la justificación de su posición no se rige solo por ese
criterio. Se basa también, como se desprende claramente de los textos reseñados
en los epígrafes indicados (véase supra, n. 31), en una serie de postulados más
o menos explícitos.
En primer lugar, la identificación del progreso con
el desarrollo de la burguesía y el proletariado, de la industria fabril y el
mercado mundial. Progreso en doble sentido: porque liquida el pasado feudal y
porque prepara el futuro comunista. Los pueblos que por unas u otras razones se
revelan incapaces de evolucionar en esa dirección están condenados, son pueblos
sin porvenir, sin vitalidad, que inevitablemente serán devorados por la marcha
ineluctable de la historia. En segundo lugar, la consideración de que ese
desarrollo exige como marco –y él mismo lo crea– la gran nación, el gran
Estado. En nombre de la «civilización» y
del «progreso», del «derecho del desarrollo
histórico», es legítimo –proclama Engels– que Alemania se apropie de Schleswig,
lo mismo que Francia se apropió de Flandes, de Alsacia y de Lorena, y antes o
después se apropiará de Bélgica, lo mismo que Estados Unidos se ha apropiado de
California y otros territorios mexicanos. Como se ve, no se trata solo de los
pueblos eslavos del sur u otros pueblos agrarios «detenidos» en el tiempo; se
trata, en general, del derecho prioritario de las grandes naciones y Estados
portadores del «desarrollo histórico». «Cuando se trata de la existencia, del
libre despliegue de todos los recursos de las grandes naciones, ¿cómo puede ser
decisiva la consideración sentimental de algunos alemanes o de algunos eslavos
dispersos?» –exclama Engels–. En tercer lugar, la idea de que el problema
nacional será resuelto, en definitiva, por ese mismo proceso, que deberá
conducir –como plantea El manifiesto– a la desaparición de los antagonismos
nacionales y, finalmente, a la desaparición de las naciones.
Estas concepciones no aparecen solo en los
artículos de Engels publicados en la NGR, marcados a veces por la pasión de la
lucha. Se reiteran en los artículos, más meditados, para el New York Daily
Tribune, escritos por Engels pero vistos y firmados por Marx, agrupados en
Revolución y contrarrevolución en Alemania, así como en otros textos y cartas
de los años siguientes[35]. La misma orientación preside los artículos de Marx
acerca de la colonización inglesa de la India y sobre otros temas del Oriente que
escribe en esos mismos años. Denunciando los «intereses abyectos» que motivan
la colonización inglesa y los «crímenes» que la jalonan, considera, al mismo
tiempo, que está provocando una «revolución social» en el Indostán. Y
cualquiera que sea «la pena que podamos sentir por el espectáculo del
hundimiento de un mundo antiguo», lo importante, dice Marx, «es saber si la
humanidad puede realizar sus destinos sin una revolución fundamental en el
estado social de Asia». Si no puede, «Inglaterra, cualesquiera que sean sus
crímenes, habrá sido un instrumento inconsciente de la historia provocando esa
revolución»[36]. Marx pensaba, sin duda, en la introducción de las fuerzas
productivas capitalistas, pero también en las explosiones revolucionarias que
esa tremenda transformación social no podía por menos de provocar. Hay que
tener presente que en esos años se inicia la revolución de los taipings en
China. Ya a principios de 1850, cuando se reciben en Europa las primeras
noticias, según las cuales también allí se «predicaba el socialismo», Marx
comenta: «Admitimos que el socialismo chino tenga tanto de común con el europeo
como la filosofía china con la hegeliana. No por eso deja de ser alentador que
el más antiguo y sólido imperio del mundo haya sido
llevado en ocho años, bajo el impacto de las pacas
de algodón de los burgueses ingleses, al umbral de una revolución social que
sea como sea ha de tener resultados para la civilización. Cuando en su próxima
huida de Europa nuestros reaccionarios lleguen finalmente ante la Muralla de
China, a las puertas que dan acceso a la ciudadela de la reacción y el
conservadurismo, quién sabe si no
leerán: REPUBLICA CHINA. LIBERTAD, IGUALDAD,
FRATERNIDAD»[37]. En 1853, casi al mismo tiempo que el artículo más arriba
citado sobre la India, Marx escribe otro sobre la revolución china, señalando
que una de sus consecuencias más importantes puede ser el cierre del gran
mercado chino, lo cual aceleraría la crisis económica en Inglaterra, abriendo
camino a una nueva revolución en Europa.
Este tipo de consideraciones es el que determinará
siempre en Marx y Engels su actitud ante las luchas de liberación nacional. En
ningún momento defenderán el derecho de autodeterminación de los pueblos por
razones de principio, sino por razones estratégicas o tácticas, cuando puede
favorecer la revolución proletaria, bien en el aspecto de preparar sus premisas
materiales en tal o cual región del globo, bien en el de favorecer la crisis
del capitalismo en sus centros vitales y la lucha revolucionaria del proletariado
occidental, considerado como el agente máximo de la revolución comunista a
escala mundial. Bajo esta óptica juzgarán siempre las luchas nacionales. En
1882, viviendo aún Marx, Engels escribe a Bernstein a propósito de una
sublevación en los Balcanes: «Nosotros debemos luchar por la liberación del
proletariado europeo occidental y a este objetivo subordinar todo lo demás. Por
muy interesantes que sean los eslavos balcánicos u otros, si sus aspiraciones
liberadoras entran en conflicto con los intereses del proletariado no podemos
hacerlas nuestras. También los alsacianos están oprimidos […], pero si en
vísperas de una revolución que se avecina claramente quisieran provocar una
guerra entre Francia y Alemania, encizañar de nuevo estos pueblos el uno contra
el otro, y con ello retardar la hora de la revolución, yo les diría: “¡Alto!
Vosotros podéis pacientar lo mismo que el proletariado europeo. Cuando él se
libere vosotros seréis libres también. Hasta entonces no toleraremos que os
crucéis en el camino del proletariado combatiente”. Lo mismo en relación con
los eslavos […]; si su insurrección amenaza con desencadenar una guerra mundial
que malograría toda situación revolucionaria, entonces, en interés del
proletariado europeo, hay que sacrificar sin lástima esos pueblos y sus
derechos […]»[38].
La expansión mundial del capitalismo, su paso al
estadio imperialista, se tradujeron, desde finales del siglo XIX y primeros
decenios del XX, en la
exacerbación de los antagonismos nacionales entre
los estados europeos – contrariamente a lo previsto en El manifiesto–, así como
de la lucha de las minorías nacionales de Occidente y de los pueblos coloniales
del Oriente por su emancipación. Enfrentadas con este problema, las diversas
corrientes del movimiento socialista interpretaron y utilizaron de modo muy
diverso las concepciones que hemos expuesto de Marx y Engels. La corriente
oportunista se sirvió espaciosamente de algunas para justificar posiciones de
esencia colonialista, Lenin las reinterpretó para propugnar el principio de
autodeterminación (con la reserva, siempre, del primado de los intereses
proletarios) y Rosa Luxemburgo se opuso a ese principio invocando también a
Marx[39].
[1] Circular
del Comité central de la Liga de los Comunistas, marzo 1850, OE, t. I, pp.
100-104. Engels dice que Marx y él fueron los redactores de la circular en su
Contribución a la historia de la Liga, OE, t. II, p. 367. Pero en este mismo
texto presenta el «eclipse» de la Liga no como la consecuencia de un error,
sino de que «cesaron las causas que habían hecho necesaria una Liga secreta», y
análoga explicación da Marx en 1860 (véase supra, capítulo VI). Nunca
desmintieron el testimonio de Röser.
[2] «Con la
creación de las sociedades conspirativas proletarias –se dice en este artículo,
publicado poco antes de la escisión de la Liga– apareció la necesidad de una
división del trabajo. Los conspiradores se dividieron en conspiradores
casuales, conspirateurs d’occasion, obreros que participaban en las
conspiraciones al mismo tiempo que trabajaban, limitándose a frecuentar las
reuniones y acudir al punto de concentración cuando lo ordenaba el jefe, y los
conspiradores profesionales, que vivían para la conspiración y le entregaban
todas sus energías, constituyendo una capa intermedia entre los obreros y los
jefes.» El artículo explica a continuación que la manera de vivir de estos
conspiradores profesionales determinaba sus características. Dada la precariedad
de sus medios de existencia tenían que recurrir frecuentemente a la caja de la
organización, o a realizar actos que lindaban con la delincuencia común. Vivían
acechados permanentemente por el peligro, y «la costumbre del peligro los hace
indiferentes en alto grado a la vida y la libertad». «Su rasgo principal es la
lucha contra la policía» y en el constante enfrentamiento con esta los
conspiradores profesionales «están a la caza de espías lo mismo que los espías
están a la caza de conspiradores. Espiar es una de sus principales
preocupaciones, por lo que no resulta sorprendente que se dé con tanta
frecuencia el pequeño salto de conspirador profesional a agente pagado de la
policía, cuando además la miseria, la cárcel y las amenazas presionan en la misma
dirección. Esto explica la desconfianza sin límites que reina en las sociedades
conspirativas, la cual ciega completamente a sus miembros, obligándoles a ver
espías en sus mejores hombres y sus mejores hombres en los verdaderos espías»
(Sochinenie, t. 7, pp. 286-289).
[3] Ibid.,
pp. 287-290.
[4] Engels
(Mánchester) a Weydemeyer (Nueva York) el 12 de abril de 1853, en
Correspondance, III, pp. 353-355. La cusriva es de Engels. Marx y Engels dejan
en la práctica de hacer vida de partido (en el sentido actual del término)
desde que se produce la escisión y la dirección de la fracción de la Liga que
comparte sus opiniones pasa al grupo de Colonia. En febrero de 1851 Marx le
escribe a Engels: «Este aislamiento auténtico, público, en que vivimos tú y yo
me agrada bastante. Responde plenamente a nuestra posición y a nuestros
principios. Todo ese sistema de concesiones recíprocas y de medias tintas que
se tolera en nombre de las conveniencias, el deber de asumir a los ojos del
público su parte de ridículo en el partido en compañía de todos esos asnos, todo
eso se ha acabado». Engels le responde: «Tenemos de nuevo la ocasión –por
primera vez desde hace mucho tiempo– de mostrar que
no tenemos necesidad de popularidad ni del sostén de un partido cualquiera en
un país cualquiera y que nuestra posición es totalmente independiente de esos
pequeños y mezquinos cálculos […]. ¿Cómo gentes como nosotros, que huyen como
la peste las posiciones oficiales pueden tener su lugar en un “partido”? […].
Tal es la posición que podemos y debemos adoptar en el próximo porvenir. No
solamente no aceptar ninguna posición oficial en el Estado, sino igualmente,
durante el mayor tiempo posible, no aceptar ninguna posición oficial en el
partido y […] criticar sin concesiones a todo el mundo […]» (Engels a Marx, 13
de febrero de 1851, en Correspondance, II, pp. 143-144).
[5] La cita
de la carta de Freiligrath se encuentra en el Karl Marx de Mehring, op. cit.,
p. 230. La carta de Marx a Freiligrath, del 29 de febrero de 1860, en
Sochinenie, t. 30, pp. 400-401 y 406. La Société des Saison, a que alude Marx
en esta cita, es la organización de Blanqui y Barbes en los años que preceden a
1848. Las cursivas son de Marx.
[6] Véase
Las luchas de clases en Francia, OE, t. I, p. 150. El mismo concepto de
proletariado conto partido encontramos de modo explícito en otros lugares de
este mismo texto: p. 174 («[…] el proletariado se desprendió como partido
político independiente del partido demócrata […]»), o de El 18 Brumario: pp.
239-240 («[…] a los verdaderos jefes del partido proletario […]»), p. 268
(«Durante las jornadas de junio, todas las clases y todos los partidos se
habían unido en un partido del orden frente a la clase proletaria, como partido
de la anarquía, del socialismo, del comunismo»), etc. En relación con esta
concepción de Marx, véase el ensayo de Rossana Rossanda Sobre el partido (de
Marx a Marx), en la recopilación de textos de Il Manifesto, Ed. Seuil, 1971,
pp. 281-297. «La lucha de clases –escribe R. R.– tiene sus raíces materiales en
el mecanismo mismo del sistema; y la revolución –es decir, el proceso llamado a
repasarla– es una actividad social que forja, a medida que se desarrolla, las
formas políticas que la clase necesita y que constituyen su organización: el
partido. Por eso, si en Marx partido y proletariado parecen a veces
intercambiables es solamente en el sentido de que el primero es la forma
política del segundo, constituye su modo de ser transitorio –participando de
las imperfecciones históricas de las instituciones políticas concretas–,
mientras que el proletariado permanece como el sujeto histórico permanente,
enraizado en la materialidad del mecanismo capitalista […]» (ibid., p. 285).
[7] Véanse
pp. 107 y 250.
[8] Citado
por Lenin en Dos tácticas (véase OE, t. I, p. 606).
[9] Lenin,
Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, en OE, t. I,
p. 607.
[10] La
alusión al congreso obrero que se preparaba en abril de 1849, y de cuya
comisión organizadora (en las provincias renanas) formaba parte Marx se
encuentra en supra, capítulo XI. En la circular de marzo se plantea que
«después del derrocamiento de los gobiernos existentes y a la primera
oportunidad el Comité central se trasladará a Alemania y convocará
inmediatamente un congreso ante el que propondrá las medidas necesarias para la
centralización de los clubs obreros bajo la dirección de un organismo establecido
en el centro principal del movimiento» (OE, t. I, p. 108).
[11] Marx a
Weydemeyer, el 29 de noviembre de 1864, en Sochinenie, t. 31, pp. 362-363. «Los
miembros ingleses (del Comité) –dice Marx en esta carta– son, en su mayor
parte, los jefazos de las trade unions, es decir, los verdaderos reyes obreros
de Londres […]» (ibid., p. 362).
[12] Véase, a
este propósito, el artículo del marxista inglés Monthy Johnstone, «Socialisme,
démocratie et systame de parti unique», en Politique Aujourd’hui, enero de
1971. En una carta del 18 de diciembre de 1889 al socialista danés Trier, que
había sido expulsado de la dirección del partido por sus posiciones de extrema
izquierda, Engels expresa su disconformidad con ese género de medidas y con
toda restricción de la discusión y la crítica dentro del partido: «A ninguno de
los actuales partidos socialistas se le ocurriría proceder con una oposición
surgida en sus filas según el modelo danés. La vida y el crecimiento de cada
partido se acompaña habitualmente del desarrollo y la lucha mutua, en su seno,
de una tendencia moderada y otra extrema, y aquel que sin más excluya a los de
la tendencia extrema solo consigue facilitar su crecimiento. El movimiento
obrero está basado en la crítica aguda de la sociedad existente; la crítica es
su elemento vital, ¿cómo puede él mismo esquivar la crítica, pretender prohibir
la discusión? ¿Acaso nosotros exigimos a los otros libertad de palabra solo
para suprimirla de nuevo en nuestras propias filas?»
(Sochinenie, t. 37, pp. 274-277). En 1850, como
vimos, Marx intenta salvar la unidad de la Liga con la original propuesta de
que las dos fracciones coexistieran en su seno, organizadas en grupos
separados, dependientes directamente de un Comité central aceptable para ambas
(véase supra, capítulo XIII).
[13] Lo mismo
sucede, evidentemente, con la utilización del término «partido» para designar
al proletariado «como partido». Hay que tener en cuenta, a este respecto, lo
que decimos en otro lugar sobre la imprecisión del término en aquel tiempo,
cuando era muy reciente su aparición en el vocabulario político.
[14] El tema
de la concepción del partido en Lenin y su deformación estaliniana lo trato en
La crisis del movimiento comunista (Ruedo Ibérico, 1970). En las ediciones
francesa, italiana e inglesa he introducido un pasaje que no figura en la
española sobre la concepción del partido en Marx y su diferencia con la de
Lenin (véase edición francesa, Masperó, 1972, t. 2, pp. 713-727).
Los autores soviéticos, obligados a ajustarse a la
tesis oficial de que no hay contradicción alguna entre la concepción del
partido de Marx y la de Lenin, siendo esta el «desarrollo creador» de aquella,
tropiezan con las formulaciones de El manifiesto y por lo general salen del
paso no citándolas más que parcialmente o dando una versión deformada. De una u
otra manera escamotean este pasaje: «Los comunistas no forman un partido
aparte, opuesto a los otros partidos obreros […]. No proclaman principios especiales
a los que quisieran amoldar el movimiento proletario». Véase, por ejemplo, la
Historia de la Liga de los Comunistas, de M. I. Mijailov, op. cit., p. 171.
[15] Cierto,
en 1885 Engels plantea que «el movimiento internacional del proletariado
europeo y americano es hoy tan fuerte que no solo su primera forma estrecha –la
de la Liga secreta–, sino su segunda forma, infinitamente más amplia –la
pública de la Asociación Internacional de Trabajadores–, se ha convertido en
una traba para él, pues hoy basta con el simple sentimiento de solidaridad,
nacido de la conciencia de la identidad de su situación de clase, para crear y
mantener unido entre los obreros de todos los países y lenguas un solo y único
partido: el gran partido del proletariado» (Contribución a la historia de la
Liga de los Comunistas, en OE, t. II, p. 376). Pero hay que tener en cuenta que
Engels escribe esto en plena ley de excepción contra los socialistas alemanes.
El partido socialista alemán había sido puesto en la ilegalidad pero conservaba
una serie de posibilidades legales de acción –electorales, sindicales– que se
esforzaba por aprovechar, lo cual requería la precaución de no aparecer públicamente
como tal partido. De todas maneras este texto muestra elocuentemente hasta qué
punto para Marx y Engels el agente principal de la lucha social es la clase y
no tal o cual forma transitoria de partido obrero o de partido comunista.
[16] El 18
Brumario, op. cit., p. 276.
[17] Carta de
Engels a J. Bloch, del 21 y 22 de noviembre de 1890, en OE, t. II, pp. 520-522.
[18] Carta de
Engels a Marx, del 13 de febrero de 1851, en Sochinenie, t. 27, p. 177; Marx,
El Spree y el Mincio, Das Volk, del 25 de junio de 1859, en Sochinenie, t. 13,
p. 407.
[19] Véase Las
luchas de clases en Francia, en OE, t. I, pp. 142, 192, 219. «Las revoluciones
son las locomotoras de la historia», dice Marx como colofón a la descripción de
la influencia que el proceso revolucionario tuvo en el despertar de los
pequeños campesinos franceses, impulsándolos a intervenir en la lucha política
y actuar como clase.
[20] El 18
Brumario, pp. 267, 289 y 352-357. También en Las luchas de clases, pp. 216-219.
En esas páginas de El 18 Brumario encontramos el siguiente pasaje: «En la
medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de
existencia que las distinguen por su modo de vivir, sus intereses y su cultura
de otras clases y las oponen a estas de un modo hostil, aquellas forman una
clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación
puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna
comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman
una clase» (El 18 Brumario, p. 352. La cursiva es nuestra). Esta aparente
contradicción ha dado lugar a innumerables controversias entre marxólogos. A
nuestro juicio Marx se refiere a los dos modos de existir la clase que enuncia
en Miseria de la filosofía: la clase en sí y la clase para sí. Pero ninguno de
estos dos modos significa que la clase exista sin lucha. ¿Qué otra cosa quiere
decir «[…] y las oponen a estas de un modo hostil? Pero hay lucha y lucha, lo
mismo en relación con los campesinos que con los obreros. Marx distingue entre
la lucha económica más o menos fragmentada y dispersa de individuos y grupos, y
la lucha colectiva de la clase que por sus propias implicaciones reviste un
carácter político. En la práctica,
ambos modos coexisten bajo combinaciones infinitas
en el desarrollo histórico de las clases. No son dos etapas históricas de la
misma –primero clase en sí y luego clase para sí–, sino formas que, en su
combinación, dependen de la coyuntura. Para Marx la clase obrera de París actúa
plenamente como clase para sí entre febrero y junio de 1848, pero
posteriormente, bajo los efectos de la derrota y del nuevo auge económico, este
modo de ser va desapareciendo en medida creciente, y Marx considera que está
«incapacitada para luchar durante muchos años» (véase supra, capítulo XV). Se
entiende: incapacitada para llevar el tipo de lucha política por el poder del
periodo febrero-junio. Es decir, queda reducida de nuevo al estado que Marx
designa con la expresión de clase en sí. Son fórmulas tomadas de Hegel pero
cuya significación conceptual es radicalmente distinta y expresan muy
gráficamente lo que quieren decir.
[21] El 18
Brumario, pp. 339-340.
[22] Véase
supra, capítulo IX.
[23] Lenin
califica este planteamiento de Marx como una «conclusión […]
extraordinariamente precisa, definida, prácticamente tangible: todas las
revoluciones anteriores perfeccionaron la máquina del Estado, y lo que hace
falta es romperla, destruirla» (El Estado y la revolución, OE, t. II, p. 324).
[24] Véase La
ideología alemana, op. cit., pp. 27-28. En su principal obra sobre el Estado
Engels desarrolla la misma tesis en términos más concretos: «Así, pues, el
Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera a la sociedad;
tampoco es “la realidad de la idea moral”, “ni la imagen y la realidad de la
razón”, como afirma Hegel. Es más bien un producto de la sociedad cuando llega
a un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha
enredado en una irreconciliable contradicción consigo misma y está dividida por
antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de
que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna no se
devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace
necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a
amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del “orden”. Y ese poder,
nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella
más y más, es el Estado» (Engels, El origen de la familia, la propiedad privada
y el Estado, Lenguas Extranjeras, Moscú, p. 196).
[25] En El 18
Brumario Marx describe cómo la «masa extra-parlamentaria de la burguesía»
abandona a sus representantes parlamentarios que intentan aún mantener su poder
político frente a Bonaparte, y dice de ella que «en todo momento sacrificó su
interés general de clase, es decir, su interés político, al más mezquino y
sucio interés privado, exigiendo de sus representantes este mismo sacrificio»
(pp. 326-327); con su comportamiento «demostraba que la lucha por defender su
interés público, su propio interés de clase, su Poder político, no hacía más
que molestarle y disgustarle como una perturbación de su negocio privado» (p.
325). Véanse también supra, capítulo XI y n. 7 del mismo capítulo.
[26] En las
condiciones concretas de Francia después de la revolución de febrero Marx
consideraba que «la república parlamentaria era algo más que el terreno neutro
en el que podían convivir con derechos iguales las dos fracciones de la
burguesía francesa, los legitimistas y los orleanistas, la gran propiedad
territorial y la industria. Era la condición inevitable para su dominación en
común, la única forma de gobierno en que su interés general de clase podía
someter a la par las pretensiones de sus distintas fracciones y las de las
otras clases de la sociedad»; en la que «las especies burguesas desaparecían en
el burgués a secas, en el género burgués» (18 Brumario, pp. 296-297).
[27] En Las
luchas de clases y en el 18 Brumario Marx describe las diferentes combinaciones
de fracciones de clase en el poder que van produciéndose en Francia desde
febrero de 1848 al golpe de Bonaparte, y alude también a la Restauración y a la
Monarquía de Julio. Considera que bajo la primera, después del derrocamiento de
Napoleón, los grandes terratenientes (en los que Marx ve una fracción de la
clase burguesa) tuvieron el monopolio del poder (Luchas de clases, p. 175);
atribuye ese monopolio a la aristocracia financiera bajo la Monarquía
constitucional de Luis Felipe (ibid., p. 126), aunque en otros lugares habla de
su ejercicio por dos fracciones: la aristocracia financiera y los «grandes
industriales» (18 Brumario, p. 250); en la República parlamentaria participan
las tres fracciones: terratenientes, financieros e industriales (ibid.). Bajo
el bonapartismo todas las fracciones de la burguesía –o más exactamente: todas
las formaciones políticas que las representan– quedan excluidas del ejercicio
directo del poder. Puede decirse
que el bonapartismo es una forma extrema de
autonomía del Estado al servicio de las fracciones hegemónicas de la burguesía,
la forma que corresponde a un determinado equilibrio de la lucha de clases, no
solo entre proletariado y burguesía, sino entre las diversas fracciones de la
burguesía, incluida la incidencia que en ese equilibrio tienen también las
otras clases y capas sociales.
[28] El 18
Brumario, p. 338.
[29] Véase
supra, capítulo XV.
[30] Engels,
Anti-Dühring, Grijalbo, p. 173.
[31] Véanse
supra, capítulos VII, VIII, X y XV.
[32] El
manifiesto comunista, op. cit.; las cursivas son nuestras en este y en los
pasajes que siguen. Como señala justamente Maxime Rodinson, la frase «los
obreros no tienen patria» no significa, en el espíritu de Marx, una
proclamación antipatriótica, sino «la constatación de un hecho: la sociedad
burguesa les ha despojado de su participación en una patria dada» (Le marxisme
et la nation, L’Homme et la société, n. 7, 1968). Pero es plausible suponer que
esta frase refleja también la idea ilusoria que Engels expresaba en esta otra
frase de septiembre de 1845: «en su masa los proletarios, en virtud de su
propia naturaleza, están libres ya de los prejuicios nacionales, y todo su
movimiento y desarrollo espiritual es, en esencia, humanístico y antinacionalista»
(Sochinenie, t. 2, p. 590. Nos referimos a la afirmación que hemos destacado).
[33] Véanse
supra, capítulos VII y VIII.
[34] El
carácter de la lucha de los eslavos del sur contra los polacos y húngaros era
contradictorio. Políticamente, era manipulada por el zarismo y la monarquía
austriaca. Socialmente, era una lucha de clases entre campesinos siervos o
semisiervos (los campesinos eslavos) y sus opresores directos (los nobles
terratenientes polacos y húngaros). Engels no tiene en cuenta –al menos
explícitamente– este segundo aspecto del problema, pese a que en Revolución y
contrarrevolución en Alemania reconoce que los campesinos del Imperio austriaco
«destruyeron hasta los últimos vestigios del feudalismo», son los que
«realmente se han beneficiado de la revolución» (véase op. cit., p. 234).
[35] Véase
Revolución y contrarrevolución en Alemania, capítulos VIII y IX y p. 276. En
esta obra Engels extiende a los polacos la apreciación negativa que él y Marx
tenían de los eslavos del sur. Reconociendo como natural que los polacos
reclamaran el restablecimiento inmediato de su país en las fronteras de 1772,
pero se interroga: «Por otro lado, ¿debían cederse regiones enteras, habitadas
en su mayoría por alemanes; debían cederse grandes ciudades, habitadas
enteramente por alemanes, a un pueblo que no había demostrado jamás su
capacidad de progresar más allá de un estado de feudalismo basado en la
servidumbre agraria?». Estima que la cuestión es muy complicada y no ve más
salida que una guerra con Rusia, porque «adueñándose de grandes territorios al
Este los polacos serían más tratables al Oeste» (ibid., p. 247). En una carta a
Marx de unos meses antes, Engels expone la misma idea y sugiere que si «dos
rusos se ponen en movimiento» –es decir, si toman el camino de la revolución–
lo mejor será «aliarse con ellos y obligar a los polacos a ceder»
(Correspondance, II, p. 224).
[36] Marx, La
dominación británica en la India, New York Daily Tribune, 25 de junio de 1853,
en Sochinenie, t. 9, p. 136.
[37] Marx,
Primer análisis internacional, NGR(R), n. I, en Sochinenie, t. 7, p. 234.
[38] Carta de
Engels a Bernstein del 22 y 25 de febrero de 1882, en Sochinenie, t. 35, pp.
230, 232.
[39] Entre los
trabajos recientes más importantes sobte las concepciones de Marx y Engels en
relación con la cuestión nacional y su expresión ulterior en la
socialdemocracia y en el movimiento comunista, véase la presentación por
Georges Haup de Les marxistes et la question national, Maspero, 1974, y el
ensayo de Maxime Rodinson, «Le marxisme et la nation», en L’Homme et la société
7, 1968.
CRONOLOGÍA
1818
5 mayo Nacimiento
de Marx.
1820
28
Nacimiento de Engels.
noviembre
1845
Marx escribe las Tesis sobre Feuerbach, primera
formulación de su concepción materialista-dialéctica.
1845-1846
Marx y Engels escriben conjuntamente La ideología
alemana, donde «ajustan las cuentas» a su ideología anterior y exponen su
concepción materialista-dialéctica de la historia.
1846
Marx y Engels forman en Bruselas el Comité
comunista de correspondencia y entablan las primeras relaciones con los
dirigentes de la Liga de los Justos residentes en Londres.
Insurrección polaca en Cracovia (febrero).
Crisis de alimentación en Europa. Desórdenes con
este motivo.
Abolición en Inglaterra de las leyes
proteccionistas cerealistas.
1847
Comienzo de la crisis económica europea, que se
prolongará durante 1848, constituyendo uno de los factores principales de la
Revolución de 1848.
Enero
Abril-junio
Junio
Julio-diciembre
12
septiembre
10 octubre
21 octubre-
23
noviembre
Noviembre
Noviembre-diciembre
El Comité central de la Liga de los Justos envía
uno de sus miembros a Bruselas para discutir con Marx la posibilidad de un
entendimiento. Se llega a un acuerdo en principio.
Reunión de la Dieta Unida de Prusia en Berlín.
Conflicto entre el rey y la burguesía liberal.
Congreso de la Liga de los Justos en Londres, con
participación de Engels. Se decide su transformación en Liga de los Comunistas.
Intensificación de la agitación social y política
en Francia. Campaña de los banquetes por la reforma del sistema electoral.
Asamblea de los demócratas alemanes en Offenburg
(Baden).
Asamblea de los liberales alemanes en Heppenheim
(Hesse-Darmstadt).
Guerra civil en Suiza. Derrota del Sunderbund (Liga
de los Cantones clericales).
Reactivación del movimiento cartista.
Segundo Congreso de la Liga de los Comunistas.
Encomienda a Marx la redacción de un manifiesto comunista.
1848
2-4 enero
12-17
enero
10 febrero
11 febrero
14 febrero
Motín de los cigarros en Milán. Enfrentamiento de
los patriotas con la oficialidad austriaca.
Insurrección de Palermo (Sicilia) contra la
monarquía absoluta de Fernando II (reino de Nápoles).
Fernando II cede a la insurrección. Introducción de
la Constitución.
Las autoridades austriacas decretan el estado de
sitio en Lombardía.
El papa Pío IX, soberano de los Estados papales,
crea una comisión para introducir reformas liberales.
17 febrero Introducción
de la Constitución en Florencia.
22-24
febrero
25 febrero
28 febrero
Finales de febrero
Primera quincena de marzo
1 marzo
2 marzo
4 marzo
5 marzo
Insurrección victoriosa en París. Derrocamiento de
la monarquía de Luis Felipe. Formación de un gobierno provisional con
participación de socialistas (Luis Blanc y Albert).
El proletariado y el pueblo de París imponen la
instauración de la República. El gobierno provisional proclama el «derecho al
trabajo».
El gobierno provisional francés acuerda crear los
Talleres nacionales para asegurar trabajo a los obreros y crear una Comisión
(llamada Comisión de Luxemburgo) para estudiar el problema obrero.
Se edita en Londres El manifiesto comunista (en
alemán). El Comité central de la Liga delega sus funciones en el Comité de
Bruselas.
Bajo la presión de los acontecimientos franceses y
de manifestaciones populares se forman gobiernos liberales en una serie de
estados alemanes (con exclusión de Prusia y Austria). Sublevaciones campesinas
en el sudoeste de Alemania.
Insurrección en Neuchâtel (Suiza).
Decreto del gobierno provisional francés reduciendo
la jornada de trabajo.
Marx es detenido por la policía belga y expulsado
del país. El gobierno provisional francés le autoriza a instalarse en París,
donde llega el 5 de marzo. El Comité de Bruselas de la Liga, en funciones de
Comité central, le encarga formar en París un nuevo Comité central.
Carlos Alberto, rey de Cerdeña (Piamonte) promulga
el Estatuto constitucional.
5-6 marzo
11 marzo
13-15
marzo
Liberales y demócratas alemanes se reúnen en
Heidelberg y deciden convocar un pre-parlamento alemán.
Desórdenes en Glasgow.
Asamblea popular en Praga.
Insurrección en Viena. Huida de Metternich.
14 marzo Introducción
de la Constitución en Roma.
15 marzo
Segunda quincena de marzo
Comienzo de la revolución húngara.
El nuevo Comité central de la Liga formado por Marx
en París, bajo su presidencia, se opone a la medida tomada por otros comunistas
y demócratas exiliados de organizar un cuerpo expedicionario armado para
penetrar en Alemania. Decide recomendar y organizar el regreso individual a
Alemania de los comunistas y obreros alemanes exiliados. El 21 de marzo Engels
llega a París y se incorpora a la actividad del Comité central. A finales de
marzo el Comité central elabora la plataforma de Reivindicaciones del partido
comunista de Alemania, que, junto con ejemplares de El manifiesto comunista,
son llevados a Alemania por los comunistas y obreros que regresan.
17-22
marzo
17 marzo
18-19
marzo
18-22
marzo
19 marzo
23 marzo
26 marzo
31 marzo-3
abril
4 abril
Hacia el 5 o 6 de abril
Insurrección en Venecia contra el yugo austriaco.
Proclamación de la república veneciana.
Manifestación de la extrema izquierda en París por
el aplazamiento de las elecciones a la Asamblea constituyente.
Insurrección en Berlín. El rey de Prusia se ve
obligado a formar un gobierno de liberales burgueses –el gobierno Camphausen– y
a prometer reformas.
Insurrección en Milán contra la ocupación
austriaca.
Abdicación de Luis I de Baviera. Asamblea de los
demócratas en Offenburg, que se pronuncia por la república.
Comienzo de la guerra de independencia nacional
italiana contra los austriacos, encabezada por el reino de Cerdeña.
Motín en Madrid.
Reunión del pre-parlamento en Fráncfort.
La tercera Convención nacional del cartismo se
reúne en Londres.
Marx y Engels entran en Alemania.
10 abril
11 abril
12-20 abril
16 abril
Abril-mayo
Concentración cartista en Londres. Entrega de una
nueva Petición al parlamento. Pero el plan cartista fracasa porque las medidas
militares tomadas por el gobierno impiden la marcha proyectada sobre el
parlamento. Comienzo del declive del movimiento cartista.
Marx y Engels llegan a Colonia.
Insurrección republicana en Baden. Es derrotada por
las tropas de este Estado alemán.
Nueva manifestación de la extrema izquierda en
París por el aplazamiento de las elecciones.
Una serie de militantes de la Liga comienza a
desempeñar un papel destacado en diversas asociaciones obreras y demócratas,
pero la organización de la Liga propiamente dicha apenas existe. En Colonia,
Marx y Engels concentran su esfuerzo en preparar la salida de la Nueva Gaceta
Renana.
23 abril
Abril-mayo
Mayo
Elección de la Asamblea constituyente francesa.
Fracaso de la extrema izquierda.
Insurrección de los polacos de Posnania contra la
dominación prusiana.
Contra la opinión de Schapper, Moll y otros
dirigentes veteranos de la Liga, Marx –apoyado por Engels y otros miembros del
Comité central de la Liga– decide interrumpir la actividad de la Liga como tal
en Alemania y actuar en el ala izquierda del partido demócrata.
1 mayo
4 mayo
7 mayo
13 mayo
15 mayo
15 mayo
Se promulga en Inglaterra la ley estableciendo la
jornada de diez horas para las mujeres y adolescentes en la industria textil.
Inicia sus trabajos la Asamblea constituyente
francesa.
Motín en Madrid.
Autonomía de la Voïvodie serbia.
Manifestación revolucionaria contra la
Constituyente en París, seguida de la represión contra Blanqui y otros líderes
revolucionarios.
Manifestación revolucionaria en Viena contra el
intento de la monarquía de otorgar una Constitución. Decreto democratizando el
sistema
15-16
mayo
18 mayo
22 mayo
1 junio
2 junio
12-17 junio
14 junio
14-17 junio
21-23 junio
Hacia el 23 de junio
electoral.
Aplastamiento de un levantamiento popular en
Nápoles. Se inicia la contrarrevolución en el reino de Fernando II.
Apertura en Fráncfort de la Asamblea nacional
alemana, elegida en Prusia, Austria y demás Estados alemanes por sufragio
universal indirecto.
Apertura en Berlín de la Asamblea nacional
prusiana, elegida por el mismo sistema, que se propone elaborar una
Constitución.
Salida en Colonia del primer número de la Nueva
Gaceta Renana, dirigida por Marx.
Apertura del Congreso eslavo en Praga.
Insurrección en Praga aplastada por las tropas
austriacas.
Manifestación insurreccional de los obreros y
demócratas radicales de Berlín. Asalto del arsenal.
Primer congreso de los demócratas alemanes en
Fráncfort.
Levantamiento en Valaquia.
El Comité de la Asociación democrática de Colonia
nombra a Marx entre sus representantes en la Comisión de las organizaciones
democráticas de Colonia, formada en cumplimiento de las decisiones del Congreso
de Fráncfort, a fin de realizar el reagrupamiento de las organizaciones
demócratas de Renania y Westfalia.
23-26 junio
26 junio-2
julio
28 junio
29 junio
Insurrección del proletariado de París. El general
Cavaignac, nombrado jefe del Poder ejecutivo, dirige la represión.
Serie de artículos en la NGR sobre la insurrección
del proletariado parisiense. El 29 se publica el artículo de Marx «La
revolución de junio».
Dispersión del Congreso eslavo de Praga por las
tropas austriacas.
La
Asamblea nacional de
Fráncfort designa vicario
del Imperio al
Julio
6 julio
15 julio-18
agosto
20 julio-20
septiembre
21 julio
22 julio
23-25 julio
Julio-
agosto
3 agosto
9 agosto
11 agosto
13-14
agosto
archiduque Juan.
Garibaldi organiza su Cuerpo de Voluntarios para
luchar contra los austriacos.
Moll, miembro del antiguo Comité central de la Liga
de los Comunistas es elegido presidente de la Asociación Obrera de Colonia.
Se reúne en Fráncfort el congreso de maestros
artesanos de toda Alemania.
Se reúne en Fráncfort el congreso de oficiales
artesanos.
Marx es elegido por la Asamblea de la Asociación
democrática de Colonia para representarla en el Comité de las tres asociaciones
democráticas de Colonia (una de ellas es la Asociación Obrera).
Apertura en Viena del Reichstag (parlamento del
Imperio austriaco).
Derrota de los italianos en Custozza.
Fracaso de un intento de insurrección irlandesa.
Marx es informado de que las autoridades renanas le
niegan la calidad de súbdito prusiano y le consideran extranjero.
Armisticio entre austriacos y piamonteses.
Reunión de la Asociación democrática de Colonia
bajo la presidencia de Marx. Se adopta una protesta contra la incorporación de
Posnania a la Confederación germánica –acordada por la Asamblea nacional de
Fráncfort–. Se elige una delegación para exigir de las autoridades de Colonia
que anulen las medidas policiacas contra Marx y Schapper.
Marx y Engels participan en el primer congreso de
demócratas renanos que se celebra en Colonia, con asistencia de delegados de
diecisiete organizaciones demócratas de la provincia. El Congreso ratifica el
Comité central de las tres asociaciones democráticas de Colonia (del que es
miembro Marx) como Comité regional democrático renano.
23 agosto Manifestación
insurreccional obrera en Viena.
23 agosto-
11 Viaje de Marx a Berlín y Viena a fin de allegar
fondos para la NGR y septiembre establecer relaciones con los dirigentes
demócratas de ambas capitales. (aprox.)
23 agosto- Tiene
lugar en Berlín un congreso de asociaciones obreras de diferentes
3 Estados alemanes. El congreso es dirigido por
Born y crea la Fraternidad septiembre Obrera.
25-26 Paso
de Marx por Berlín. Se entrevista con varios dirigentes demócratas,
agosto entre
los cuales d’Ester, Jung y Julius.
26 agosto Armisticio
de Malmoe entre Dinamarca y Prusia.
Estancia de
Marx en Viena. Participa en una discusión de la Asociación
28 agosto- democrática, donde se discute sobre la
situación después de
la
manifestación obrera del 23
de agosto. Marx
establece una cierta
6
similitud con la situación de junio en París. El 30
de agosto Marx habla
septiembre
en la Asociación obrera de Viena. El 2 de
septiembre hace en la misma Asociación un largo informe sobre «trabajo
asalariado y capital».
Finales de agosto
Septiembre
Ruptura austro-húngara.
Expedición de Fernando II contra Sicilia, último
baluarte del movimiento revolucionario en el reino de Nápoles.
7 Abolición del
régimen señorial en los «Estados
hereditarios» de la
septiembre corona
austriaca.
10
septiembre
11
septiembre
Asamblea de masas en Colonia organizada por la
Asociación demócrata y la NGR. Se acuerda una resolución dirigida a la Asamblea
nacional de Fráncfort pidiéndole que no ratifique el armisticio entre Dinamarca
y Prusia.
De acuerdo con el gobierno de Viena, las tropas
croatas atacan Hungría.
Marx regresa a Colonia.
En la serie de artículos «La crisis y la
contrarrevolución» Marx analiza
12-16 la
crisis política creada con motivo del armisticio y formula la tesis de
septiembre que el
gobierno provisional salido
de una revolución
debe ser
necesariamente
una dictadura revolucionaria.
La redacción
de la NGR,
la Asociación obrera
y la Asociación
13 democrática
de Colonia organizan una concentración popular en la que
participan
unas seis mil personas; crea un Comité de salud pública de
septiembre treinta,
entre los que figuran Marx y Engels. Se dirige un mensaje a la
Asamblea
nacional prusiana requiriéndola a resistir a todo intento de
disolución.
16 La
Asamblea nacional de Fráncfort ratifica el armisticio de Malmoe.
septiembre
17 Nueva concentración
de masas en las proximidades
de Colonia,
septiembre actuando
Engels de secretario.
18 Insurrección
popular en Fráncfort contra la ratificación del armisticio.
septiembre
20 Asamblea popular
en Colonia, organizada
por el Comité
de salud
pública y
las asociaciones democráticas y obreras, de protesta contra la
septiembre ratificación del
armisticio y en
solidaridad con los
insurrectos de
Fráncfort.
22 Se crea
en Hungría el Comité de defensa de la patria, encabezado por
septiembre Kossuth.
21-24 Fracaso
de la intentona republicana en Baden, dirigida por Struve.
septiembre
Orden de
proceder contra Engels y otros redactores de la NGR por
25 complot contra
el orden establecido.
Instrucción judicial contra
el
Comité de
salud pública, la Asociación democrática y la Asociación
septiembre obrera
de Colonia. Detención de algunos de sus dirigentes (entre ellos
Schapper).
Intervención de Marx en una asamblea de la Asociación
obrera
poniendo en guardia contra una insurrección prematura.
Declaración del
estado de sitio
en Colonia. Suspensión
por las
26 autoridades militares
de la NGR y otros
diarios democráticos. Días
septiembre después
Engels tiene que abandonar Colonia para evitar la detención.
Marcha a
Bruselas.
28
septiembre
Comienzos de octubre
5 octubre
6 octubre 12
octubre
16 octubre
Es muerto en Pest el conde Lamberg, representante
del gobierno imperial austriaco en Hungría. El hecho sirve de pretexto para la
intervención austriaca.
Victoria del ejército revolucionario húngaro sobre
los austriacos y croatas.
Engels llega a París después de haber sido detenido
en Bruselas y expulsado de Bélgica. A los pocos días marcha a Suiza.
Revolución popular en Viena. Resiste hasta el 31 de
octubre a las tropas austriacas y croatas que cercan la ciudad.
Reaparición de la NGR.
En la sesión del Comité de la Asociación obrera de
Colonia Marx acepta la propuesta de desempeñar provisionalmente la presidencia
de la Asociación. (Moll había tenido que salir de Colonia para no ser
detenido.) La asamblea de la Asociación obrera del 22 de octubre confirma el
nombramiento de Marx.
26-30
octubre
Finales de octubre
31 octubre
1
noviembre
4
noviembre
15-16 noviembre
Segunda
quincena
de
noviembre
Se celebra en Berlín el segundo congreso de
demócratas de Alemania.
Se forma en Florencia un gobierno demócrata.
Gran manifestación en Berlín en solidaridad con el
pueblo de Viena.
Las tropas austro-croatas entran en Viena y llevan
a cabo una represión sangrienta.
La Asamblea constituyente francesa aprueba la
Constitución de la república.
Triunfo de la insurrección republicana en Roma.
Conflicto entre la Asamblea nacional prusiana y el
gobierno instrumento del monarca. Movilización de las asociaciones demócratas y
obreras en apoyo de la Asamblea.
14
noviembre
17
noviembre
18
noviembre
El Comité regional de demócratas renanos lanza un
llamamiento a la población para que exprese su solidaridad con la Asamblea de
Berlín negándose a pagar los impuestos. El llamamiento se publica en la NGR.
Suplemento extraordinario de la NGR dedicado a la
movilización. Desde el 19 de noviembre hasta el 17 de diciembre todos los
números de la NGR llevan el llamamiento: ¡No más impuestos!
Nuevo llamamiento del Comité regional de demócratas
renanos requiriendo a la población a resistir al cobro por la fuerza de los
impuestos, a crear una milicia armada y a formar Comités de salud pública que
asuman el poder allí donde las autoridades no acaten a la Asamblea nacional de
Berlín.
20
noviembre
21
noviembre
23
noviembre
27
noviembre
2 diciembre
5 diciembre 10
Marx y otros miembros del Comité regional de
demócratas son convocados por el juez de instrucción acusados de «incitación a
la rebelión».
Llamamiento del Comité regional de demócratas
poniendo en guardia a la población contra acciones prematuras. Se debe esperar
a que Berlín empiece.
Segundo congreso de demócratas renanos en Colonia.
Marx participa.
Se discute la marcha de la campaña contra los
impuestos.
Declaración austriaca sobre la «unidad estatal» del
Imperio, que significa crear una dificultad insuperable a la creación de una
unidad estatal alemana que incluya la Austria alemana.
Los líderes demócratas alemanes forman la
Asociación central de marzo que se propone reagrupar para la dirección del
grupo parlamentario de la Asamblea nacional de Fráncfort al conjunto de las
organizaciones demócratas de Alemania. Marx critica duramente a esta
Asociación.
Abdicación de Fernando I y proclamación de
Francisco José emperador de Austria.
Federico Guillermo IV disuelve la Asamblea nacional
prusiana con un destacamento del ejército y otorga una Constitución
confeccionada por sus servicios.
Luis Bonaparte es elegido por sufragio universal,
obteniendo una gran
diciembre
10-31 diciembre
1 enero
5 enero
15 enero
mayoría de votos, presidente de la Segunda
República francesa.
Se publican en la NGR los cuatro artículos de Marx,
La burguesía y la contrarrevolución, donde analiza el proceso revolucionario
alemán hasta ese momento.
1849
Se publica en la NGR el artículo de Marx El
movimiento revolucionario, donde analiza el conjunto del proceso revolucionario
europeo.
Las tropas austro-croatas ocupan Pest, capital de
Hungría.
Reunión del Comité de la Asociación obrera de
Colonia, en la que Marx defiende la táctica de sostener los candidatos
demócratas en las próximas elecciones a la Asamblea nacional prusiana
convocadas en el marco de la Constitución otorgada por Federico Guillermo IV.
Mediados de enero
26 enero
28 enero
Finales de enero-comienzos de febrero
Febrero
7-8 febrero
Engels regresa a Colonia desde Suiza.
Derrota de los húngaros en Kapolna.
La Asamblea nacional alemana de Fráncfort somete a
los gobiernos alemanes el proyecto de Constitución del Reich.
Entrevista en Colonia entre Marx y Born, dirigente
de la Fraternidad Obrera.
Reunión en Colonia de Marx, Engels y otros
comunistas con Moll, enviado por el nuevo Comité central de la Liga de los
Comunistas, formado en Londres, para reorganizar la Liga en Alemania. Marx y
Engels mantienen su posición contraria a la reorganización de la Liga.
Procesos contra Marx, Engels y otros comunistas y
demócratas. El del día 7, por artículos publicanos en la NGR. El del día 8, por
el llamamiento del 18 de noviembre de 1848 del Comité regional de demócratas
renanos. Marx y Engels hacen de su defensa un requisitorio contra la monarquía.
Todos los acusados son absueltos.
Proclamación de la república en Florencia, capital del ducado de
8 febrero
9 febrero 15
febrero
17 febrero
Febrero-abril
7 marzo
20-23
marzo
Segunda quincena de marzo
28 marzo
5-11 abril
5 abril 14
abril
Toscana.
Proclamación de la república en Roma.
Se forma en la Asamblea nacional de Fráncfort el
grupo de los «gran-alemanes», partidarios de la inclusión de Austria en la
unidad alemana.
Se forma en la Asamblea nacional de Fráncfort del
grupo de los «pequeño-alemanes», que propugna la unificación de Alemania sin
Austria en torno a Prusia.
Contraofensiva victoriosa del ejército
revolucionario húngaro.
El emperador austriaco disuelve el Reichstag y
promulga una Constitución otorgada que refuerza la centralización del Imperio.
Carlos Alberto reanuda las hostilidades contra los
austriacos y es aplastado en Novara. Abdica en Victor Emmanuel II.
Restauración de los viejos poderes en los pequeños
Estados italianos de Parma, Modena y Florencia.
La Asamblea nacional de Fráncfort adopta la
Constitución del Reich y ofrece la corona imperial a Federico Guillermo IV.
Nueva Gaceta Renana publica el trabajo de Marx
Trabajo asalariado y capital. El 11 de abril el Comité de la Asociación Obrera
decide discutir en sus filiales la cuestión del trabajo asalariado utilizando
como base el trabajo de Marx.
Los austriacos ocupan Florencia.
Proclamación de la independencia de Hungría en
Debrezin.
Marx y otros comunistas se retiran del Comité
regional de los demócratas renanos, declarando que van a consagrarse a la tarea
de agrupar y cohesionar las asociaciones obreras de la provincia. El acto
significa, de hecho, la salida del partido demócrata y el comienzo de creación
del partido obrero.
14 abril-9
mayo
16 abril
24 abril
26 abril
28 abril
3 mayo-23
julio
9 mayo
9 mayo
11 mayo
Mediados de mayo
19 mayo
27 mayo
30 mayo
Segunda quincena
Viaje de Marx por el noroeste de Alemania.
Establece contactos con comunistas y demócratas y trata de allegar fondos para
la NGR.
La Asociación Obrera de Colonia decide abandonar el
partido demócrata y afiliarse a la Fraternidad Obrera. Decide convocar un
congreso de todas las asociaciones obreras de Renania y Westfalia. Marx es
designado para la Comisión encargada de preparar este congreso.
Comienza la intervención francesa contra la
república romana.
Federico Guillermo IV disuelve la Asamblea nacional
prusiana elegida en febrero porque toma partido a favor de la Constitución del
Reich.
Federico Guillermo IV rechaza la corona imperial
que le ofrece la Asamblea nacional de Fráncfort.
Insurrección en Sajonia, Baden y el Palatinado, con
algunos focos en Renania y otros lugares de Alemania, a favor de la
Constitución del Reich adoptada por la Asamblea nacional de Fráncfort. El
ejército prusiano acude en ayuda de los gobiernos de estos Estados. En Baden y
el Palatinado se forman gobiernos revolucionarios.
Aplastamiento de la insurrección de Sajonia, cuyo
centro era Dresde.
Sublevación en Elberfeld (Renania), rápidamente
sofocada. Engels participa del 11 al 14 de mayo.
Derrota final del movimiento revolucionario
siciliano. Restauración de la monarquía absoluta en todo el reino de Nápoles.
Marx es expulsado de Prusia y Engels es objeto de
una orden de detención. Lo mismo sucede con otros redactores de la NGR.
Deja de salir la NGR.
Comienza la intervención del ejército zarista
contra Hungría.
La Asamblea nacional alemana abandona Fráncfort y
se refugia en el Estado de Wurtemberg.
Marx y Engels se dirigen a Baden y el Palatinado,
donde los dirigentes demócratas de la insurrección les ofrecen participar en la
dirección. Se niegan, considerando que los objetivos del movimiento no son los
de los
de mayo comunistas.
Hacia el 2 Marx
marcha a París llevando una credencial del Comité central de los
demócratas alemanes
acreditándole como representante de
los
de junio revolucionarios
alemanes ante el partido socialista-democrático francés.
Engels queda
en el Palatinado.
4 junio El
gobierno de Kossuth se instala en Pest.
13 junio Fracaso
del intento de levantamiento organizado en París por el partido
socialista-democrático.
Se desencadena la represión contra el partido.
Los
principales líderes emigran.
15 junio Insurrección
obrera en Lyon ligada a la intentona del 13 de junio en
París. Es
aplastada.
16 junio El
gobierno de Wurtemberg dispersa los restos de la Asamblea nacional
de
Fráncfort.
1 julio Capitulación de
la república romana
ante el cuerpo
expedicionario
francés.
7-11 julio Derrota
del ejército húngaro en Komarno.
13 agosto Capitulación
del ejército húngaro en Villagos.
22 agosto Capitulación
de la república de Venecia.
24 agosto Marx,
expulsado de París por el gobierno francés, marcha a Londres,
donde
permanecerá el resto de su vida.
Noviembre Engels,
que después de la derrota del movimiento revolucionario del
Palatinado
había pasado a Suiza, residiendo allí hasta octubre, llega a
Londres.
Últimos En
fecha y en condiciones que no se conocen exactamente Marx y
meses de Engels
entran a formar parte de nuevo del Comité central de la Liga de
1849 los
Comunistas, reorganizado en Londres.
1850
Primeros El
Comité central de la Liga de los Comunistas inicia la reorganización
meses de de
la Liga. Con independencia de este Comité central Marx y Engels
1850 preparan
la edición de una revista.
Aparición del
primer número de
Nueva Gaceta Renana
(revista
Marzo económico-política) editada
en Hamburgo, dirigida
por Marx desde
Londres.
El Comité
central de la Liga de los Comunistas envía una circular a sus
organizaciones
(la «circular de marzo») exponiendo la política y las
tareas de la
Liga en relación con la nueva revolución que considera
inminente.
12 abril El
papa se reinstala en Roma.
31 mayo Ley
restringiendo el sufragio universal en Francia.
Julio Comienzo
de la insurrección taiping en China.
Septiembre Escisión
de la Liga de los Comunistas.
Noviembre Bajo
la presión de Austria, Federico Guillermo renuncia a la creación de
la «pequeña
Alemania» en torno a Prusia.
1851
1 mayo Se
inaugura en Londres la primera Exposición Universal.
2 diciembre Golpe
de Estado de Luis Bonaparte.
1852
4 octubre-
12 Proceso
de los comunistas en Colonia.
noviembre
17 Disolución
de la Liga de los Comunistas.
noviembre
BIBLIOGRAFÍA[1]
MARX Y ENGELS
Obras, en particular: t. 4 (mayo 1846-marzo 1848);
t. 5 (marzo-noviembre 1848); t. 6 (noviembre 1848-julio 1849); t. 7 (agosto
1849-junio 1851); t. 8 (agosto 1851-marzo 1853). Hemos utilizado la edición en
dos tomos de Obras Escogidas, Madrid, Akal, 2016.
En caso de existir, hemos utilizado ediciones
españolas o francesas. En particular:
Circular del Comité Central de la Liga de los
comunistas de marzo de 1850, en OE, op. cit., t. I (Esta versión utiliza el
término de «Mensaje» en lugar de «Circular».)
Engels, F., La campagne pour la constitution du
Reich, Révolution et contre-révolution en Allemagne, La guerre des paysans,
agrupadas bajo el título general La révolution démocratique bourgeoise en
Allemagne, Editions Sociales, París, 1951.
—, Principios del comunismo (conocido también por
Catecismo comunista), Progreso, Moscú, 1972.
—, Marx y la Nueva Gaceta Renana, en OE, op. cit.,
t. II.
—, Contribución a la historia de la Liga de los
comunistas, ibid.
La Nouvelle Gazette Rhenane, t. I, II y III,
Editions Sociales, París, 1963-1971.
Marx, K., El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en OE,
op. cit., t. I.
—, Las luchas de clases en Francia, en OE, op.
cit., t. I.
—, Miseria de la filosofía, Lenguas Extranjeras,
Moscú.
Marx, K. y Engels, F., Correspondance, t. I, II y
III (1835-1853), Edition Sociales, París, 1971-1972.
—, La ideología alemana, Madrid, Akal, 2014.
—, El manifiesto comunista, Madrid, Akal, 2004.
OTROS AUTORES
Andler, Ch., Le Manifeste Communiste, 1901, Rieder,
París.
Bakounine, Confession (1857), Rieder, 1932.
Berlin, I., Karl Marx, Gallimard, 1962 [ed. cast.:
Karl Marx, Madrid, Alizanza, 2018].
Andreas, B., Manifeste du Parti Communiste, Aubier,
1971.
—, La Ligue des Communistes (1847) (Documents
constitutifs), Aubier, 1972.
Blanc, L., Histoire de la Révolution de 1848, Ed.
1880.
Blanqui, L. A., Textes choisis, Editions Sociales,
1955.
Bottigelli, E., Genèse du socialisme scientifique,
Editions Sociales, 1967. Cornu, A., Karl Marx et Friedrich Engels, t. I-IV,
Presses Universitaires de
France, París.
—, Karl Marx et la révolution de 1848, Presses
Universitaires de France, 1948.
Dolléans, E., Proudhon, Gallimard, 1948.
—, Le chartisme (1831-1848), 2.a ed. Rivière.
Dommanget, M., La révolution de 1848 et le Drapeau
Rouge, Spartacus.
Droz, J., Les révolutions allemandes de 1848,
Presses Universitaires de France, 1957.
—, L’influence de Marx en Allemagne pendant la
révolution de 1848, en Nouvelle Critique 68, 1955.
Dautry, J., 1848 et la Deuxième Republique,
Editions Sociales, 1957.
Fejtö, F., 1848 dans le monde. Le Printetnps des
peoples. Introduction, conclusion et 1848 en Hongrie, Minuit, 1948.
Hobsbawm, E. J., L’ère des révolutions, Fayard,
1969 (trad. del inglés) [ed. cast.:
La era de la revolución, Madrid, Crítica, 2011].
Haup, G., Les marxistes face a la question
nationale: l’histoire de probleme, en Les marxistas et la question nationale
(1848-1914), Maspero, 1974.
Labrousse, E., Le mouvement ouvrier et les idées
sociales en France de 1815 a la fin du XIXe siècle, «Les cours de la Sorbone»,
Centre de Documentation Universitaire, 1948.
Löwy, M., La teoría de la revolución en el joven
Marx, Siglo XXI de España, 1972 (trad. del francés).
Langer, W. L., Political and Social Upheaval
1832-1852, Nueva York, 1969. Lenin. En Lenin hay numerosas referencias a 1848,
pero dispersas a lo largo de
su obra. Véase, en particular, el capítulo II de El
Estado y la revolución; el Informe sobre la participación de la
socialdemocracia en un gobierno revolucionario provisional, abril 1905 (t. 8,
pp. 353-358, 4.a ed. rusa). El punto
III del
epílogo en Dos tácticas; el apartado 7, ¿Marxismo o proudhonismo?, del artículo
Balance de la discusión sobre la autodeterminación (tomo 22, pp.
325-328) y la recopilación Marx, Engels y el
marxismo.
Mehring, F., Carlos Marx, Claridad, Buenos Aires,
2.a ed., 1965.
Nikolaevski, N. y Maenchen-Helfen, O., La vie de
Marx, Gallimard, 1937.
Procraci, G., Histoire des Italiens, Fayard, 1970.
Riazanov, D., Marx et Engels (Conferences de 1922),
Anthropos, París, 1967.
Rodinson, M., «Le marxisme et la nation», en
L’homme et la société, n. 7, 1968.
Rubel, M., Karl Marx devant le bonapartisme, Mouton, 1960; «Le parti
prolétarien», en Marx critique du marxistne, Payot,
1974.
Sigmann, J., 1848: Les révolutions romantiques et
démocratiques de l’Europe, Ed. Calmann-Levy, 1970.
Tate, G. y Morton, A. L., Historia del movimiento
obrero inglés, Fundamentos, 1971 (trad. del inglés).
EN RUSO
Kandel, E. P., Marx y Engels organizadores de la
Liga de los comunistas, Moscú, 1955 (en la recopilación De la historia de la
lucha de Marx y Engels por el partido proletario); Marx y los problemas de la
historia de la Liga de los comunistas, Moscú, 1968 (en la recopilación Marx,
historiador).
Mijailov, M. I., Historia de la Liga de los
comunistas, Nauka, Moscú, 1968. Oisennan, T. I., El desarrollo dc la teoría
marxista sobre la base de la
experiencia de la revolución de 1848, Ed. Política
Estatal, 1955.
Potemkin, F. V. y Molok, A. I., La revolución de
1848-1849, Moscú, 1952, 2 tomos.
Selección de documentos de la Liga de los
comunistas, Ed. Misl, Moscú, 1964.
* * *
Nuestro desconocimiento del alemán nos ha impedido
consultar algunos trabajos sobre este tema que no están traducidos. Pero la
importante obra del historiador germanista francés Jacques Droz –Les
révolutions allemandes de 1848–, que hemos utilizado ampliamente, está basada
en las más importantes fuentes alemanas. Lo mismo puede decirse de la historia
de las revoluciones de 1848 de los historiadores soviéticos F. V. Potemkin y A.
I. Molok. Los documentos existentes relativos a la historia de la Liga de los Comunistas
están recogidos en la Selección rusa de 1964, en la reciente historia escrita
por M. I.
Mijailov y –los últimos descubiertos– en la
recopilación presentada por Bert Andreas. Esto, en cuanto a la historia general
de la revolución. En cuanto a la acción política y teórica de Marx y Engels
–objeto concreto de nuestro estudio–, la mejor y casi exclusiva fuente alemana
son los propios trabajos y la correspondencia de Marx y Engels. Este ha sido el
material básico de nuestro trabajo.
[1] La
presente bibliografía fue elaborada por Fernando Claudín en 1975.

No hay comentarios:
Publicar un comentario