© Libro N° 13782. Bandera Roja.
Historia Política Y Cultural Del Comunismo. Priestland,
David. Emancipación. Mayo 3 de 2025
Título Original: © Bandera Roja. Historia Política Y
Cultural Del Comunismo. David Priestland
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Original: © Bandera Roja.
Historia Política Y Cultural Del Comunismo. David Priestland
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN
RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
BANDERA ROJA
Historia Política Y
Cultural Del Comunismo
David Priestland
Bandera Roja
Historia
Política Y Cultural Del Comunismo
David Priestland
El comunismo ha sido uno de los más poderosos
movimientos políticos e intelectuales del mundo contemporáneo, capaz de
suscitar una amplia esperanza colectiva en la posibilidad de crear una sociedad
más justa.
Una vez transcurridos veinte años de su derrumbe,
ha llegado el momento de estudiarlo objetivamente, no solo en el contexto de la
guerra fría, sino en toda su historia y en su dimensión universal. Ello resulta
hoy posible gracias a la gran cantidad de documentación secreta que se ha
desclasificado en los últimos años, como la que Priestland ha podido utilizar
en los archivos de Moscú y de Beijing. Este es, además, el momento oportuno
para revisar sus conquistas y sus fracasos, cuando, en plena crisis de la economía
del capitalismo, no está claro que una parte de sus planteamientos hayan
perdido toda vigencia.
David Priestland nos ofrece un panorama fascinante,
que no se limita a la política, sino que utiliza el análisis de la cultura —
películas, novelas— para hacernos revivir las perspectivas e ilusiones de sus
protagonistas.
David Priestland
Bandera roja
Historia política y cultural del comunismo
ePub r1.0
Titivillus 12.11.2019
Título original: The Red Flag. Comunism and the
Making of the Modern World
David Priestland, 2009
Traducción: Juan María Madariaga
Retoque de cubierta: Titivillus
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
En recuerdo de mi madre
Agradecimientos
Escribir sobre historia general no deja de ser un
reto, a pesar de que he podido beneficiarme de la enorme cantidad de nuevas
publicaciones eruditas y excitantes publicadas en los últimos veinte años,
muchas de ellas basadas en fuentes de archivo recientemente accesibles. También
estoy extremadamente agradecido a un gran número de amigos y colegas que me
aconsejaron y me ayudaron a evitar errores. Tom Buchanan, Martin Conway, Mary
McAuley, Rory Macleod, Rana Mitter, Mark Pittaway y Stephen Whitefield leyeron
partes sustanciales del manuscrito; Steve Smith fue especialmente generoso con
su tiempo y lo leyó prácticamente por completo. Ron Suny me mostró la obra
inédita de Stalin, Steve Heder compartió material sobre el Jemer Rojo y
Laurence Whitehead me aconsejó sobre Cuba. El proyecto de la Cambridge History
of the Cold War, dirigido por Mel Leffler y Arne Westad, fue un grupo ideal en
el que debatir sobre el papel internacional del comunismo.
Los miembros del St Edmund Hall y la Facultad de
Historia de la Universidad de Oxford me han proporcionado un entorno de trabajo
estimulante y abierto, y me han garantizado períodos de estudio para trabajar
en el libro. También estoy agradecido a la Britsh Academy y a la Chinese
Academy of Social Sciences (ambos en Shanghai, así como al Instituto de
Pensamiento Marxista-Leninista y de Mazo Zedong, en Beijing) por conseguirme un
viaje de estudio fructífero a China; a Shio Yun Kan por sus brillantes enseñanzas
sobre la lengua china; y a los archivistas y bibliotecarios del Russian
State Archive for Socio-Political History en Moscú,
la Bodleian Library, Oxford, la British Library, y la Russian State Library en
Moscú.
Gill Coleridge fue un agente ideal, y adquirió un
papel relevante en el proyecto desde el principio; le estoy muy agradecido por
su ánimo y consejo. También he sido muy afortunado con mi editorial. Simon
Winder en Penguin fue un editor extremada e impresionantemente incisivo. Morgan
Entrekin de Grove Atlantic me dio también mucho apoyo. También Stuart Proffitt
en Penguin. Y ambos me proporcionaron comentarios valiosos sobre el texto.
También me gustaría dar las gracias a Jofie Ferrari-Adler y a Amy Hundley en
Grove Atlantic. Thomass Rathnow, en Siedler, y Alice Dawson, Richard Duguid y
Mari Yamazaki, en Penguin. Charlotte Ridings fue extremadamente efectiva y
paciente como editora técnia y el gran conocimiento de Amanda Russell sobre
fuentes visuales fue de gran ayuda con la parte de ilustraciones.
Mi mayor agradecimiento va para Maria Misra, que
hizo una enorme contribución al libro. Su conocimiento de la historia de Asia y
África me ayudó a avanzar de forma mucho más amplia de lo que de otro modo
hubiera conseguido alcanzar, y leyó el manuscrito por completo, ahorrando así
al corrector una no escasa dosis de tosquedad.
Introducción
1789-1889-1989
I
En noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín,
aquella muralla de hormigón cubierta de graffiti que simbolizaba la división
entre el Este comunista y el Oeste capitalista; manifestantes de ambos lados
saltaron y bailaron llenos de alegría celebrando el final de la guerra
ideológica en Europa. Siete meses antes se había producido otra gran protesta
contra los excesos antidemocráticos del comunismo en la plaza de Tiananmen de
Beijing, si bien en aquella ocasión fue brutalmente reprimida; y así,
exactamente un siglo después de que la creciente pujanza del marxismo quedara
marcada por la fundación de la Segunda Internacional y dos siglos después de
que el pueblo de París hubiera asaltado con éxito otro símbolo del orden
autoritario —la Bastilla—, volvía a surgir la revolución en las capitales de
Europa y Asia, aunque en esta ocasión no tuviera como objetivo demoler los
bastiones tradicionales de la riqueza y los privilegios aristocráticos, sino
estados supuestamente comprometidos con la causa de los pobres y los oprimidos.
La espectacular y en gran medida imprevista caída del comunismo soviético en
1989 era, pues, algo más que el colapso de un imperio: ponía fin a una época
que había durado dos siglos, durante la cual la política europea y luego la
mundial se vieron trastornadas por una
concepción visionaria de la sociedad moderna que
ofrecía a los condenados de la tierra la posibilidad de crear una sociedad
basada en la armonía y la igualdad.
Para muchos el comunismo podía ya quedar olvidado
en el «vertedero de la historia» del que hablaba Trotski como un desvío sin
esperanza, un callejón sin salida, un error imperdonable. Aunque la afirmación
del profesor estadounidense Francis Fukuyama de que la «historia», o si se
prefiere la lucha entre sistemas ideológicos antagónicos, había «finalizado»
con la victoria del capitalismo liberal, fue recibida con bastante
escepticismo, en el fondo muchos la creían acertada.[1] La democracia, no la
lucha de clases, era la única forma de resolver los conflictos sociales, y el
capitalismo era el único sistema económico que funcionaba realmente. Durante un
tiempo el mundo pareció perder el interés por el comunismo; parecía un conjunto
evanescente de actitudes tristemente fosilizadas que solo significaba algo para
una generación que pronto desaparecería arrastrada por los vientos de la
«reforma», un fenómeno que más valía dejar en manos de los estudiosos como una
antigua civilización al estilo de la de los antiguos persas, con sus propias
ruinas que solo servían para recordar pasadas desilusiones. A mediados de la
década de 1980, cuando comencé a investigar el comunismo en lo más álgido de la
nueva guerra fría, parecía un tema excitante, pero diez años después parecía
irrelevante en un mundo en el que había triunfado definitivamente el
capitalismo neoliberal.
Sin embargo, durante la última década dos
acontecimientos han traído de nuevo al comunismo al primer plano de la atención
pública. El primero —la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York el 11
de septiembre de 2001— no tenía ninguna relación directa con el comunismo. De
hecho, los terroristas islamistas responsables del atentado eran claramente
antimarxistas, si bien, al igual que los comunistas, constituían una red de
radicales encolerizados convencidos de estar luchando contra el «imperialismo occidental»
y pronto periodistas e historiadores apuntaron paralelismos políticos.
Aunque se usara más habitualmente el término
«islamofascismo» que el de «islamocomunismo», el islamismo se ha presentado
repetidamente como la última versión del «totalitarismo», esto es, de una
familia de ideologías fanáticas, violentas y antiliberales que incluye tanto el
fascismo como el comunismo. Para los neoconservadores estadounidenses aquella
amenaza exigía un combate ideológico y militar tan decidido como el que Ronald
Reagan llevó a cabo contra el comunismo en el Tercer Mundo.[2] En 2004 los partidos
de centro y derecha del Parlamento europeo trataron de condenar el comunismo
como un movimiento equivalente al fascismo, y en junio de 2007 el presidente
George W. Bush dedicó en Washington un monumento a sus víctimas.
Si los atentados del 11 de Septiembre mostraron que
el orden político posterior a 1989 no había resuelto los graves conflictos
existentes en Oriente Medio, la quiebra del banco estadounidense Lehman
Brothers el 15 de septiembre de 2008 y la crisis financiera que ha
desencadenado demuestran que el orden económico posterior a 1989 no ha
conseguido crear una prosperidad estable, sostenible y duradera. Sin embargo,
las lecciones extraídas de este último acontecimiento difieren de las de 2001.
Aunque nadie propone la restauración del rígido modelo económico soviético, la
crítica de Marx a la desigualdad y la inestabilidad creadas por el capital
global desregulado suena de nuevo como un presagio; las ventas de El capital,
su obra maestra, se han multiplicado en su país natal.
La historia del comunismo parece, pues, más
relevante para las preocupaciones de hoy día que a principios de la década de
1990. Sin embargo, parece difícil captar la naturaleza del comunismo, al menos
mucho más que otros aspectos de nuestra historia reciente; aunque muchos
supieron prever la agresividad nazi o la persecución de los judíos, muy pocos
predijeron la revolución bolchevique, el terror estalinista, la
«desestalinización» de Jruschov, la Revolución Cultural china, los «campos de
la muerte» de Pol Pot o el colapso de la URSS. Esto puede deberse en parte al
secretismo obsesivo de
los regímenes comunistas, pero más importante aún
ha sido la enorme distancia entre la perspectiva de los historiadores y
comentaristas occidentales y la visión del mundo de los comunistas en la época.
Explicar el comunismo exige entrar en un mundo mental muy diferente, el de
Lenin, Stalin, Mao, Ho Chi Minh, Guevara y Gorbachov, así como el de quienes
los apoyaron o toleraron.
II
Este libro es producto de muchos años de reflexión
sobre el comunismo. Eché mi primer vistazo al mundo comunista en el verano del
año orwelliano de 1984. Tenía entonces diecinueve años y había tomado el camino
más barato para llegar a Rusia, un curso de ruso en un lúgubre instituto de
ingeniería de Moscú, patrocinado por una de las muchas «Sociedades de Amistad
con la Unión Soviética» repartidas por toda Europa. Sabía muy poco de Rusia o
del comunismo, pero me parecía, como a mucha gente entonces, la cuestión más
importante de la época. Aquel año fue, visto en retrospectiva, inusitadamente
turbulento. Visitaba la capital del «imperio del mal» del que hablaba Reagan en
el momento álgido de lo que ahora se conoce como «segunda guerra fría», cuando
las relaciones entre el Este y el Oeste se deterioraron notablemente tras la
breve distensión de la década de 1970. Se abrió un intenso debate sobre la
decisión de la OTAN de desplegar misiles de crucero en Europa occidental, y
durante el otoño anterior se vivieron en la República Federal alemana las
mayores manifestaciones conocidas desde la segunda guerra mundial. Viajé a
Rusia, al menos en parte, para poder responderme algunas de las preguntas que
obsesionaban a la opinión pública occidental de la época: ¿qué era el
comunismo, y adónde trataba de llegar la dirección soviética? ¿Era la URSS
realmente un imperio del mal gobernado por fanáticos
leninistas, que después de haber desarticulado a su
propio pueblo pretendían ahora imponer a Occidente su sistema represivo? ¿O era
un régimen que, pese a sus muchas deficiencias, disfrutaba de un auténtico
apoyo popular?
Llegué a la siniestra penumbra del aeropuerto
internacional de Sheremetyevo cargado no solo con mis maletas sino con un
revoltijo de prejuicios e interrogantes mal planteados. Aunque desconfiaba de
la retórica de Reagan, también temía encontrarme con la espeluznante distopía
de Orwell o de las novelas de espionaje de John Le Carré. Desde la infancia
había sido consciente de las objeciones morales a las armas nucleares: mi madre
había participado en las manifestaciones de Aldermaston a principios de la década
de 1960. Pero al mismo tiempo me parecían lo bastante aterradoras las
triunfalistas exhibiciones de armamento militar en la Plaza Roja, mostradas con
orgullo en la televisión soviética, como para justificar una respuesta
defensiva.
Mi estancia en Moscú no hizo más que aumentar mi
confusión. En cierto sentido Orwell estaba acertado y se podía palpar el miedo.
Algunos de los rusos que conocí me llevaron a escondidas a su apartamento,
temerosos de que sus vecinos pudieran oír mi acento extranjero; el ambiente en
Moscú era muy apagado —más tarde, con la llegada de Gorbachov, se calificó a
aquellos años como «el período de estancamiento»— y también era evidente el
escepticismo con respecto al régimen y se oían críticas a su hipocresía y corrupción.
Sin embargo, en muchos otros sentidos aquella sociedad no podía ser más
diferente del mundo imaginado por Orwell: para la mayoría de la gente la vida
cotidiana era relativamente relajada, por desprovista que estuviera de
comodidades materiales. También aprecié un genuino orgullo nacionalista por la
fuerza de Rusia y sus logros bajo el comunismo, y un compromiso emocional real
con la paz mundial y la armonía global.
Aquella primera visita a Moscú no me permitió
responder a muchas de las dudas que me inquietaban, y a mi regreso a Gran
Bretaña leí cuanto pude sobre Rusia y el comunismo.
Pocos años después se me presentó lo que entendí como una oportunidad real de
comprender aquella sociedad enigmática como estudiante posgraduado en la
Universidad Lomonosov de Moscú durante el curso 1987-1988, estudiando (en
secreto) el acontecimiento más misterioso de la historia soviética, la Gran
Purga de cincuenta años antes, desde mi alojamiento en lo alto del enorme
rascacielos de la Universidad en las Colinas de Lenin que ordenó construir
Stalin. Vivía en el centro ideológico de una curiosa civilización: mis vecinos
provenían de todos los rincones del mundo comunista —Cuba, Afganistán, Alemania
oriental, Mozambique, Etiopía, Corea del Norte…— y habían llegado allí para
graduarse en ciencias o historia, pero también para estudiar el «comunismo
científico» y el «ateísmo» y mejorar su preparación para propagar la ideología
comunista en su propio país. Además, aquel era un período extraordinario de la
historia soviética. La glasnost («transparencia») de Gorbachov, aunque todavía
limitada, alentaba el debate y la expresión de un amplio abanico de opiniones.
Si hubo un momento adecuado para descubrir las actitudes que subyacían al
comunismo, al menos en su fase madura, parecía ser aquel. El sistema se estaba
abriendo y revelando sus secretos, sin haber dejado de ser comunista.
Lo que vi me dejó de nuevo confuso. Las reacciones
de los soviéticos al idealismo de Gorbachov y su política reformista de la
perestroika («reestructuración») eran múltiples. Algunos de mis amigos rusos
creían que el comunismo estaba fundamentalmente averiado y ardían en deseos de
unirse al mundo capitalista, pero otros no estaban en absoluto dispuestos a
adoptar una ideología ajena y se sentían optimistas, creyendo que Rusia había
encontrado por fin una vía hacia un «comunismo» reformado y una sociedad mejor
y más justa. El comunismo, según parecían creer, era una fuerza moralmente
positiva, aunque tristemente corrompida por los burócratas, que todavía podía
reformarse e incorporar, aunque no se sabía bien cómo, las ventajas de la
democracia parlamentaria.
Parecía, pues, que el ideal comunista había echado
verdaderamente raíces en la Unión Soviética.
Ahora el comunismo tradicional está prácticamente
muerto. Mao Zedong todavía sigue contemplando serenamente la plaza de
Tiananmen, pero el Partido Comunista Chino ha abandonado la mayoría de sus
principios marxistas y Vietnam y Laos han seguido su ejemplo. En cualquier
caso, el hundimiento repentino del comunismo soviético no ha hecho más que
aumentar el misterio. ¿Qué impresión del comunismo era la correcta? ¿La del
nacionalismo orgulloso que vi en 1984, la del idealismo socialista de 1987, o
la del autoritarismo conservador de una generación avejentada que cabía
observar en la menguante multitud de jubilados que veíamos manifestarse en
Moscú cada aniversario de la revolución de Octubre?
III
Se ha escrito mucho sobre el comunismo, analizando
esas y otras cuestiones, pero los esfuerzos por entenderlo se han visto a veces
obstaculizados por el carácter altamente politizado de la literatura al
respecto y el gran número de interpretaciones contradictorias que ha suscitado.
En mi opinión, no obstante, los distintos planteamientos pueden reducirse
fundamentalmente a tres:
El primero —derivado de los propios escritos de
Marx— se convirtió en el credo oficial de todos los regímenes comunistas: en un
país tras otro, se decía, los heroicos obreros y campesinos, dirigidos por
perspicaces pensadores marxistas, habían derrocado a la malvada y explotadora
burguesía y emprendido la vía hacia el «comunismo», un paraíso sobre la tierra
donde la humanidad no solo disfrutaría de abundancia material, sino que también
viviría en la democracia más perfecta, armoniosa, autorregulada y sin que nadie
quedara subordinado a otro. Era también un sistema racional,
al que se llegaría como resultado de las leyes del
desarrollo histórico. Esta presentación, pieza central de la ideología
marxista-leninista, estaba inscrita en el dogma de todos los estados comunistas
hasta su repentina implosión. En 1961, por ejemplo, el dirigente soviético
Nikita Jruschov predecía que la Unión Soviética alcanzaría la tierra prometida
del «comunismo» en 1980.[3]
Desde el comienzo de la guerra fría esa historia
convencía a muy pocos fuera del bloque o los partidos comunistas, y los
comentaristas occidentales preferían en su lugar una u otra de dos alternativas
enfrentadas. La primera, la más popular en el centro-izquierda, podría ser
denominada «la teoría de la modernización», según la cual los comunistas eran
no tanto liberadores heroicos sino modernizadores racionales técnicamente
instruidos, decididos a desarrollar sus países pobres y atrasados. Aunque se
comportaran de forma indudable y lamentablemente violenta en las primeras fases
(algo inevitable dada la resistencia que afrontaban y los enormes cambios
económicos y sociales que proponían), pronto renunciaron a la represión más
extrema. De hecho, la abjuración y denuncia por parte de Jruschov del terror
estalinista demostraba que el comunismo se podía reformar; y durante las
décadas de 1960 y 1970 algunos hablaban incluso de la «convergencia» entre el
Este comunista, ahora modernizado, y el Oeste socialdemocratizado, en torno a
un conjunto de valores basado en el estado del bienestar y el mercado
regulado.[4]
La segunda alternativa podría denominarse quizá «la
teoría de la represión» y es la más popular entre los críticos anticomunistas
occidentales,[5] para los que el comunismo no es más que una oscura historia de
terror caracterizada por su extrema violencia y la continua represión infligida
por una minoría nada representativa a la mayoría intimidada. Entre los
«teóricos de la represión» había desacuerdos sobre la naturaleza de la minoría
comunista. Para algunos eran esencialmente jerarcas políticos, no ideológicos,
que trataban de recrear una nueva versión de las antiguas burocracias y
tiranías conservadoras bajo el disfraz del comunismo «moderno».
La carnicería de Stalin entre sus oponentes en el
partido se ve por consiguiente, no tanto como la obra de un ideólogo marxista,
sino como la de un nuevo zar.[6] Una versión de esta teoría, desarrollada por
Trotski en La revolución traicionada y popularizada con mucho éxito en la
fábula de Orwell Rebelión en la granja,[7] se hizo especialmente popular en la
izquierda antiestalinista. Para otros, más hostiles al socialismo, los
comunistas no eran encarnaciones de los hombres fuertes del pasado, sino que estaban
realmente impulsados por la ideología marxista-leninista.[8] Imponían un orden
antinatural a sus poblaciones, tratando de adoctrinar a los «nuevos hombres y
mujeres socialistas» y de establecer un control totalitario. El resultado
inevitable de ese utopismo era la represión violenta de quienquiera que se
negara a someterse a él.[9]
La teoría de la modernización ha dejado de estar de
moda y ahora son muchos los que insisten en el papel de la ideología. Algunos
partidos comunistas trataron verdaderamente de desarrollar su país y en
ocasiones disfrutaron de un apoyo significativo; pero pocos pudieron obtener
una mayoría electoral y a menudo pretendían un control absoluto sobre su propio
país, recurriendo si lo consideraban necesario a una represión extrema para
alcanzar sus objetivos. Sin embargo, la ideología no lo explica todo; está claro
que muchos comunistas no eran los fríos tecnócratas de la teoría de la
modernización; los archivos muestran que algunos vivían y respiraban la
ideología marxista-leninista y que muchos de sus planes políticos más
desastrosos se vieron inducidos por un compromiso real y no por cálculos
pragmáticos; pero, como se verá, las ideas de Marx se podían utilizar para
justificar programas muy diferentes y los comunistas adaptaron el marxismo a
condiciones y culturas específicas muy diversas. También hay que entender el
contexto específico en que surgieron los distintos comunismos: la guerra, la
intensa competencia internacional y el surgimiento de estados-nación modernos
fueron especialmente importantes. Necesitamos por tanto un enfoque que abarque
a la vez el poder de
las ideas utópicas y el mundo violento y
estratificado en que vivían los comunistas.
Paradójicamente, quizá, la alegoría más útil para
entender el comunismo proviene de una tragedia clásica de la Antigüedad, en
concreto de la Atenas del siglo V a. de C. Las tragedias griegas mostraban en
forma dramatizada un conjunto de transiciones fundamentales en la sociedad
humana: del orden jerárquico patriarcal a una comunidad fraternal e
igualitaria; de una sociedad aristocrática de reyes guerreros a otra más
«democrática» en la que todos los ciudadanos varones participaban en la
política y luchaban como iguales en el ejército del pueblo; y de una sociedad
fragmentada de clanes y feudos, a otra más integrada bajo el imperio de la
ley.[10]
La trilogía sobre Prometeo tradicionalmente
atribuida a Esquilo ofrece una dramatización especialmente llamativa de la
transición del orden patriarcal al fraternal y del «retraso» al conocimiento.
Según el relato mitológico, Prometeo, uno de los viejos «titanes», robó a Zeus
y los nuevos dioses «olímpicos» el fuego para ofrecérselo como regalo a la
humanidad. Al hacerlo le aportó el conocimiento y el progreso, pero a costa de
encolerizar a Zeus, que pretendía mantener sometidos a los hombres y preservar
el viejo orden. Prometeo es duramente castigado por quebrantar la jerarquía
para ayudar a la humanidad: es encadenado a una roca en las montañas del
Cáucaso, donde diariamente un águila se alimenta de su hígado, que se regenera
eternamente. En Prometeo encadenado, la primera parte de la trilogía de
Esquilo, que es la única que se conserva íntegra, dominan la pieza cuatro
personajes: Cratos, personificación masculina del poder y la fuerza, y su
hermana la violenta Bía, sirvientes de Zeus, el tiránico padre de los dioses;
el mensajero Hermes (dios de las fronteras, de los oradores, literatos y
poetas, de los inventos y el comercio en general, y de los ladrones y
mentirosos); y Prometeo (literalmente «previsor»), que es mostrado
positivamente como un pensador racional al que la intransigencia de Zeus y la
cobardía de Hermes han transformado
en un rebelde colérico. Está decidido a resistir a
Zeus, aunque ello suponga una terrible violencia.
Así pues, que caiga sobre mí el doble rizado del
fuego, que el éter se erice con el trueno
y con la convulsión de los feroces vientos;
ojalá el viento agite la tierra desde sus
fundamentos; que las olas del mar, con su terrible estrépito, confundan los
cursos de los astros celestes;
por último, que lance mi cuerpo al tenebroso
Tártaro entre los firmes torbellinos de la necesidad. De ningún modo conseguirá
matarme.[11]
Prometeo y Zeus siguen todavía enfrentados cuando
termina la pieza, aunque en la última parte de la trilogía (que no se ha
conservado) Esquilo probablemente mostraba su desaprobación hacia la cólera de
Prometeo, quien quizá hacía las paces con Zeus admitiendo ambos sus excesos.
Así pues, en Prometeo encadenado tenemos una
brillante dramatización de las tensiones aparentemente insolubles entre la
jerarquía y la tradición, por un lado, y la igualdad y la modernidad por otro.
La pieza reconoce el atractivo y los peligros del mensaje prometeico,
especialmente para los intelectuales en un mundo represivo y arcaico; porque
aunque Prometeo desea ayudar a la humanidad, cuando algo se le opone su cólera
puede también «conmover la tierra hasta sus cimientos».
Se puede considerar a los comunistas herederos de
Prometeo, pero en ese legado hay varios elementos contrapuestos. El «comunismo»
significa literalmente un sistema político en el que todos cooperan libremente
y comparten en común los bienes, y originalmente fue un movimiento amplio y
diverso. Algunos comunistas daban más valor a la lucha prometeica por la
liberación; procedentes de una tradición marxista más «romántica», estaban más
interesados por la autenticidad y la creatividad humana que en tomar el poder
político y construir estados modernos. Sin embargo, esa perspectiva fue
quedando marginada y fue la hostilidad de Prometeo a la desigualdad y su
compromiso con la modernidad el
que llegó a caracterizar la corriente principal del
movimiento comunista.[12] En cualquier caso, había un aspecto del mito
prometeico que Esquilo no exploró: su ira contra los hombres y mujeres
ordinarios que rechazaban el «fuego» del conocimiento y la Ilustración. Los
comunistas podían ser tan iracundos —y violentos— con los campesinos
«atrasados» y religiosos que rechazaban su planteamiento como lo eran con los
señores feudales y los capitalistas.
No es de sorprender que el Prometeo heroico pero
colérico de Esquilo se convirtiera en figura simbólica clave de la emancipación
para los poetas-críticos de las monarquías europeas, desde Goethe hasta
Shelley; pero fue Karl Marx quien adoptó más plenamente la metáfora prometeica.
Para él, Prometeo era «el santo y mártir más eminente del calendario
filosófico». En el prefacio de su tesis doctoral[*] citaba a su héroe: «En
pocas palabras, odio a todos los dioses… Mejor estar encadenado a esta roca que
esclavizado al servicio de Zeus».[13] Marx siguió así forjando, a partir de la
fe de Prometeo en la razón, la libertad y la rebeldía, una poderosa y nueva
síntesis que sería a la vez «científica» y revolucionaria.
La propuesta prometeica de Marx atraía a muchos
críticos de la desigualdad, pero especialmente a los oponentes de antiguos
regímenes como el de la Rusia zarista. Aquel orden paternalista incluía no solo
desigualdades económicas sino también políticas y legales, garantizando
privilegios a la élite aristocrática y discriminando a las clases más bajas.
Era también ideológicamente conservador y enemigo de las ideas modernas.
Durante el siglo XIX se fue haciendo cada vez más evidente que una
estratificación tan rígida había debilitado y dividido a los estados que se
debatían por mantener su estatus en un mundo dominado por potencias más
unificadas, y para muchos críticos ilustrados del zarismo la síntesis
prometeica entre liberación, modernidad e igualdad auguraba resolver de una vez
todos los problemas: fomentaría la igualdad en el seno de la familia, acabando
con la subyugación patriarcal de las mujeres y los jóvenes; promovería la
igualdad social, creando
ciudadanos en lugar de señores y siervos; y
nivelaría la jerarquía internacional a medida que los regímenes resurgidos se
desarrollaran lo bastante como para mantener su propia influencia. Al mismo
tiempo, fortalecería el estado-nación aportándole los últimos descubrimientos
de la ciencia.
Las condiciones de Rusia, y especialmente la
represión política, contribuyeron también a crear la institución que llevaría
adelante el proyecto prometeico: el partido clandestino de vanguardia. Diseñado
para tomar el poder y forjar los «nuevos hombres y mujeres socialistas», su
cultura alentaba los elementos más represivos y violentos del viejo mito. El
deseo cuasi religioso del Partido Bolchevique de transformar a sus miembros y
su división maniquea del mundo en amigos y enemigos, combinados con las consecuencias
de la guerra, iba a dar lugar a una política muy diferente de la propuesta y
aplicada por Karl Marx.
Este proyecto, y los medios para realizarlo,
atrajeron a mucha gente durante el siglo XX, especialmente en el mundo
colonizado y semicolonizado, porque prometían poner fin a la subordinación
humillante al imperialismo europeo al tiempo que modernizaban las divididas
sociedades agrarias. Muchos comunistas creían que solo la revolución podía
derrotar a los imperialistas y sus colaboradores locales que mantenían atrasado
su país; la economía planificada lo impulsaría a la modernidad, dándole por fin
un lugar digno en la escena mundial.
Pero una vez que los comunistas llegaban al poder,
sus ambiciones románticas se veían pronto superadas por la tecnocracia y el
fervor revolucionario, aunque en la práctica incluso estos factores resultaban
difíciles de conciliar y solían tender a enfatizar uno de ellos por encima del
otro. El marxismo «modernista» era una ideología tecnocrática del desarrollo
económico basada en la pericia de los más expertos, el plan centralizado y la
disciplina, que ofrecía estímulos muy poderosos al cúmulo de técnicos y burócratas
educados en los nuevos institutos y universidades. El marxismo «radical», en
cambio, se basaba en la movilización de masas para
realizar rápidos «saltos adelante» a la modernidad,
el entusiasmo revolucionario, la «democracia» asamblearia de masas y una
igualdad plena; también podía hacer uso de una violencia extrema en su lucha
contra el «enemigo», ya fueran los capitalistas, los llamados kulaki
(«campesinos ricos»), los intelectuales o los «burócratas» del partido. El
marxismo radical y su estilo militar resultaban particularmente útiles en
períodos de guerra o dominados por el miedo a esta, como en el caso de las
milicias obreras del período revolucionario en Rusia o los partisanos y
guerrilleros del mundo posterior a la segunda guerra mundial.[14]
Cada forma de marxismo tenía sus particulares
ventajas y desventajas. El más radical podía propiciar el sacrificio
desinteresado o inspirar heroicas hazañas de productividad en ausencia de
incentivos salariales y de mercado. Sin embargo, al alentar la persecución de
los «enemigos de clase» podía suscitar la división, el caos y la violencia.
Alentaba la persecución de los más instruidos y expertos, y su compromiso ateo
con los valores de la «Ilustración» alejaba a quienes se regían por valores
religiosos y tradicionales, particularmente en el campo. El marxismo
modernista, en cambio, pretendía lograr la estabilidad necesaria para
embarcarse en una modernización económica «racional» y «planificada», pero
podía ser gris y aburrido, y lo más preocupante para un régimen supuestamente
revolucionario, creaba rígidas burocracias gobernadas por los expertos.
Ambos planteamientos de la política tenían sus
inconvenientes en las sociedades que pretendían transformar y era difícil
mantenerlos durante largos períodos de tiempo, por lo que los comunistas pronto
comenzaron a buscar compromisos con capas más amplias de la sociedad.[15]
Algunos se hicieron más pragmáticos, tratando de combinar la planificación
central con el mercado, abjurando de la violencia y promoviendo un mayor
aperturismo. Fue ese tipo del marxismo el que se hizo dominante en Europa
occidental a finales del siglo XIX, y a partir de la década de 1960 fue cada
vez más influyente en la Europa central y oriental
controlada por la Unión Soviética. Hubo quienes
adoptaron un socialismo más romántico y «humano», pero otros, en cambio,
particularmente en sociedades agrarias pobres, emprendieron una vía muy
diferente y adaptaron inadvertidamente el comunismo a la vieja cultura
patriarcal del pasado al tiempo que se servían de diversas versiones del
nacionalismo para movilizar a la población. Este tipo de comunismo,
desarrollado por Stalin a partir de mediados de la década de 1930, comenzó a
parecerse en cierta forma a los estados jerárquicos contra los que se habían
rebelado anteriormente los comunistas. Al disminuir las tensiones de la guerra
fría el sistema se hizo menos militarizado y se preocupó más por el bienestar
social, pero se mantenían su paternalismo y represión. Fue este sistema el que
trató de reformar Gorbachov, llevándolo en último término al colapso.
IV
Este libro recorre la historia del comunismo en sus
cuatro etapas principales, a medida que su influencia se desplazaba desde
Occidente hacia Oriente y el Sur: de Francia y Alemania a Rusia, luego más al
este a China y el sureste asiático tras la segunda guerra mundial, y por
último, durante las décadas de 1960 y 1970, al «Sur» global, esto es, a
Latinoamérica, África, Oriente Medio y el sur y el centro de Asia. Finalmente
el libro regresa a Europa para contar la historia de la perestroika y el
colapso del comunismo.
Se concentra en las ideas, actitudes y
comportamiento de los propios comunistas, aunque también explora la experiencia
de las poblaciones que han gobernado. Lo he organizado cronológicamente, aunque
no de forma estricta, ya que los distintos capítulos también están dedicados a
regiones concretas. También he dedicado más atención a algunos partidos y
regímenes que a otros, en parte debido a su influencia y en parte porque he
tratado
de establecer cierto equilibrio entre la amplitud y
la profundidad de la narración. El libro comienza con la Revolución Francesa,
porque es en ella donde podemos localizar, por primera vez, los principales
elementos de la política comunista, aunque todavía debían combinarse con éxito.
Fueron en cualquier caso Karl Marx y su amigo Friedrich Engels los que
mostraron el auténtico poder de una forma de socialismo que combinaba la
rebelión con la razón y la modernidad; también liberaron el socialismo de sus amarras
nacionalistas jacobinas, y un siglo después de la Revolución Francesa
anunciaron sus ambiciones globales con la creación de la Segunda Internacional
de partidos marxistas; aunque su congreso inaugural se celebró en París, la
verdadera capital del marxismo se había desplazado ya a Berlín y era en
Alemania donde había crecido el mayor partido de la Internacional, el Partido
Socialdemócrata Alemán.
La segunda etapa de la historia del comunismo —la
soviética— comenzó en 1917. Moscú, proclamada en otro tiempo «Tercera Roma» de
la cristiandad, se iba a convertir en la «Primera Roma» del nuevo mundo
comunista; pero a pesar de sus pretensiones universalistas, el comunismo
soviético adquirió, uncido a un proyecto específico de construcción del estado
y desarrollo económico, una complexión cada vez más nacionalista y
«patriótica», rasgos que lo hicieron atractivo para los pueblos colonizados al
venirse abajo los imperios occidentales. Fue durante ese período cuando se
hicieron más evidentes los objetivos totalitarios del comunismo soviético —la
transformación total de los individuos y las sociedades—, aunque aquel objetivo
no se alcanzara en absoluto.
En su tercera etapa el comunismo, ahora firmemente
aliado con el nacionalismo, se extendió fuera de Europa al hundirse los
imperios europeos y japonés tras la segunda guerra mundial, cuando Estados
Unidos trató de apuntalar a las élites prooccidentales. Entretanto, en Europa,
el comunismo se esclerotizó, convirtiéndose en el orden imperial estalinista.
Los
comunistas radicales de todo el mundo se rebelaron
pronto contra el estalinismo y contra Occidente. Los primeros fueron los
trotskistas, pero después de la guerra nuevas capitales comunistas comenzaron a
rivalizar con Moscú —Beijing con Mao y La Habana con Castro—, buscando
prosélitos en Asia, Latinoamérica y África durante las décadas de 1960 y 1970;
en cualquier caso, a mediados de los años setenta la rebelión guerrillera se
vio de nuevo eclipsada por un estalinismo mucho más urbano, especialmente en África.
Entretanto iba quedando claro que el comunismo
estaba entrando en su fase terminal, al perder terreno frente a otras formas de
radicalismo: el ultraliberalismo militante de Ronald Reagan y Margaret Thatcher
y el islam político. A mediados de la década de 1980 el Kremlin se vio obligado
a responder y Gorbachov trató de aportar una energía renovada al comunismo;
pero sus esfuerzos por resucitar el entusiasmo popular en favor del comunismo
llevaron a la disolución final del sistema.
El comunismo ha ido siguiendo ciclos, atravesando
períodos de «avance» revolucionario radical seguidos por otros de «repliegue»,
ya fuera hacia un modernismo tecnocrático o hacia un comunismo más patriarcal o
una acomodación pragmática y un compromiso con el liberalismo. El impulso
revolucionario se renovó por varias razones, pero la política seguida por
Occidente desempeñó también un papel apreciable. El capitalismo desbocado se ha
desacreditado frecuentemente al provocar crisis financieras y gran sufrimiento
económico, sobre todo tras el crash de Wall Street en 1929. Igualmente
importantes fueron las enormes desigualdades internacionales. El auge de la
extrema derecha impulsó los sanguinarios intentos de los gobiernos de Alemania
y Japón de crear su propio imperio racista; y el deseo de las potencias
occidentales de mantener sus imperios en el mundo subdesarrollado, antes y
después de la segunda guerra mundial, alimentó la cólera nacionalista en el
Tercer Mundo. El comunismo parecía una receta válida para obtener un rápido
desarrollo económico, estrechando la brecha entre el Sur pobre y el Occidente
rico, al tiempo que las tensiones sociales en cada
país — especialmente en el campo— creaban un suelo fértil para los partidos
revolucionarios.
El comunismo en su forma antigua ha quedado
desacreditado y no regresará como un movimiento poderoso; pero ahora que el
capitalismo globalizado ha entrado en crisis, es un momento ideal para revisar
sus esfuerzos por crear un sistema alternativo y las razones por las que
fracasó. Para entender los orígenes del comunismo tenemos que empezar no
obstante por el primer desafío prometeico al gobierno de Zeus de la era
moderna: la Revolución Francesa.
Prólogo
Crisol clásico
I
En agosto de 1793, al principio del período más
radical de la Revolución Francesa, Jacques-Louis David, el artista y
propagandista del nuevo régimen, diseñó uno de los muchos festivales políticos
que se organizaban en toda Francia. El Festival de la Unidad e Indivisibilidad
de la República celebraba el primer aniversario del final de la monarquía y
David diseñó cinco escenas alegóricas para representar las fases atravesadas
por la revolución hasta aquel momento, de las que la más espectacular era la
cuarta: una enorme figura del héroe griego Hércules a horcajadas sobre una
montaña postiza levantada en la Place des Invalides de París, portando en su
mano izquierda las fasces —haz de dardos que simbolizaba en Roma el poder y la
unidad—, y en la derecha un garrote con el que golpeaba a la Hidra, mostrada
como una criatura con cabeza de mujer y cola de serpiente. Aquella escena
pretendía ilustrar la alianza del pueblo francés militante con la facción
radical de los jacobinos —la Montaña— y su portavoz Maximilien Robespierre.[1]
Esquilo había visto a Hércules como protector de
los oprimidos y la interpretación de David no era diferente. Cuando propuso la
construcción de una estatua permanente de Hércules de quince m
de altura tras el festival, la describió como
alegoría «de la fuerza y la sencillez», encarnación del pueblo francés cuya
«energía liberadora» destruiría la «doble tiranía de los reyes y los curas».[2]
Sus virtudes, para que nadie pudiera dudarlo, estarían inscritas en su cuerpo:
«fuerza» y «valor» en sus brazos, «trabajo» en sus manos y «naturaleza» y
«verdad» en su torso. Representaría, pues, una parte muy concreta del pueblo
francés: el pueblo que trabajaba con sus manos, esto es, los sans-culottes, los
artesanos radicales «sin calzas» de la ciudad, que no se arredraban ante el uso
de la violencia para lograr sus fines. El director del diario Révolutions de
Paris, Louis-Marie Prudhomme, veía la estatua de David bajo la misma luz:
«Vemos al pueblo en pie, llevando la libertad que conquistó y con un garrote
para defenderla. Sin duda, entre los modelos que se presentaron al concurso,
preferiremos al que mejor represente el carácter de un sans-culotte como imagen
del pueblo».
Sin
embargo, Hércules no simbolizaba únicamente la fuerza popular, sino también la
razón, como mostraba la palabra «luz» que brillaba en su frente. David había
creado un símbolo que mezclaba el sans-culotte con el hombre ilustrado
encarnando una visión nueva y poderosa de la política.[4] Ya no bastaba
simplemente derrocar a los tiranos y acabar con su poder, como argumentaban los
liberales; el estado tenía que ser de un tipo fundamentalmente nuevo, a la vez
radical, enérgico e inteligente, capaz no solo de integrar al pueblo sino
también de movilizarlo contra sus enemigos.
Es en el Hércules de David y en su inspiración
intelectual subyacente —la visión espartana cuasi clásica de los jacobinos—
donde debemos buscar el origen de la política comunista moderna. Evidentemente,
el comunismo tenía, como idea, orígenes muy anteriores. Los habitantes de la
«república» ideal de Platón compartían sus propiedades y el cristianismo
primitivo ofrecía un modelo de fraternidad y reparto de la riqueza. Esta
tradición cristiana, combinada con el cultivo por las comunidades campesinas
tradicionales de las «tierras comunales», fue el fundamento de los experimentos
y utopías comunistas de principios de la era moderna,
ya fuera la del pensador inglés Thomas More en el
siglo XVI, o la comunidad establecida por el digger[*] Gerrard Winstanley en
las tierras comunales en Cobham (Surrey) durante la guerra civil inglesa en
1649-1950.
Todos esos proyectos se basaban en el deseo de
regresar a una «era dorada» agraria de igualdad económica, aunque los futuros
comunistas también proclamaban su intención de crear un estado moderno basado
en el principio de la igualdad política.[5] En los jacobinos podemos ver
también esta segunda ambición: no estaban por la redistribución de la propiedad
ni se oponían al mercado —de hecho persiguieron a quienes lo pretendían—, ni
tampoco propugnaban la «lucha de clases»; pero argumentaban, como más tarde los
comunistas, que solo un partido unido y fraternal de ciudadanos, sin
privilegios, jerarquías ni divisiones, podía crear una nación fuerte y digna,
capaz de ejercer influencia en el ancho mundo. El jacobinismo era, pues, en
algunos aspectos, el preludio del comunismo moderno, y en el crisol jacobino
aparecieron muchas de las tendencias elementales de la política y el
comportamiento comunistas en una forma pura y cruda. Tampoco es una casualidad
que el primer revolucionario comunista de la era moderna — François-Noël
(Gracchus) Babeuf— surgiera de las filas de los jacobinos.
El planteamiento jacobino de la política tuvo
cierto éxito durante un tiempo. Los franceses, tras años de derrotas,
comenzaron a ganar guerras y parecía como si hubieran superado finalmente la
debilidad del Ancien Régime de los Borbones; sin embargo, en el nuevo tipo de
política había tensiones que se irían haciendo muy familiares en los futuros
regímenes comunistas. La élite revolucionaría, que trataba de construir y
consolidar un estado eficaz, a menudo se encontraba con que sus relaciones con
las masas más radicales eran menos de fraternidad que de confrontación. Por
otra parte, los propios jacobinos se escindieron entre aquellos para los que lo
principal era el «valor» de Hércules o la revuelta emocional y los que
insistían en el orden, la razón y la
«luz». Al final, aquellos conflictos los iban a
sumergir en una vorágine de confusión y violencia.
II
Con el final del Antiguo Régimen en 1789 se hundió
un orden social basado en la jerarquía heredada y legalmente sacralizada. Se
abolió el sistema de órdenes sociales estancos y con él la idea de que los
hombres habían nacido en estratos perennes decididos por Dios. Los dos primeros
órdenes —el clero y la aristocracia— dejaron de estar situados por encima del
resto de la sociedad, esto es, el «tercer estado». Se declaró que todos los
hombres eran legalmente iguales, «ciudadanos» de una «nación» unida y coherente,
y no miembros de estamentos, corporaciones y gremios separados. Las
reivindicaciones de igualdad legal provenían en gran medida de la irritación
del tercer estado frente a la altanería de la aristocracia; la gente también
estaba resentida por tener que pagar impuestos de los que estaban exentos sus
«superiores». Pero el ataque al sistema estamental suponía también una crítica
mucho más profunda de la sociedad francesa. El poder del rey y las distinciones
sociales —se argumentaba— habían debilitado (e incluso afeminado) a Francia
frente a sus enemigos, y especialmente frente a su gran rival Gran Bretaña.[6]
«El “despotismo” y el “feudalismo” no solo creaban divisiones en el seno del
pueblo sino que también generaban un carácter servil y blandengue». Como
explicaba el abate Charles Chaisneau en 1792, los franceses eran por naturaleza
virtuosos, pero «el despotismo lo había arruinado todo con su impuro aliento;
ese monstruo infectó los sentimientos más auténticos en su propia fuente».[7]
No era pues de extrañar que los franceses se hubieran vuelto impotentes.
Todos los revolucionarios habían estado de acuerdo
al principio en que tenían que crear una cultura totalmente nueva y se
esforzaron en borrar todas las huellas del Antiguo
Régimen de la vida cotidiana; de hecho se requería nada menos que un «hombre
nuevo» libre de los hábitos del pasado. Como declaraba un revolucionario:
Una revolución nunca se hace a medias; o es total o
un aborto. Todas las revoluciones que la historia conserva en su memoria, así
como las que se han intentado en nuestra época, han fracasado porque la gente
quería conciliar las nuevas leyes con las viejas costumbres y que las nuevas
instituciones fueran gobernadas por hombres anticuados.[8]
En el centro de la nueva cultura estaban la
igualdad política y la «razón» o ruptura con la tradición. Las viejas
distinciones de vestimenta pasaron de moda y las costumbres se hicieron mucho
más sencillas. Los que querían proclamar sus simpatías revolucionarias portaban
escarapelas o gorros frigios rojos, como los que vestían en la antigua Grecia
los esclavos manumisos como símbolo de su libertad, y las tradiciones se iban
reemplazando por la «razón». Se «racionalizaron» los nombres de los días y los
meses del año: la «década» de diez días sustituyó a la semana de siete y los
nombres de los doce nuevos meses de tres décadas cada uno describían los
cambios estacionales; los meses de primavera, por ejemplo, se convirtieron en
«germinal», «floreal» y «pradial». Se diseñaron nuevos rituales, como el
festival de David de la Unidad e Indivisibilidad de la República, a fin de que
los ciudadanos dispusieran de nuevas ceremonias con las que sustituir las
viejas tradiciones cristianas.
Sin embargo, pronto surgieron diferencias entre los
revolucionarios sobre el contenido de la nueva cultura, y cabe distinguir dos
visiones enfrentadas. La primera, que prevaleció durante los dos primeros años
de la revolución, era fundamentalmente de tipo liberal-capitalista.[9] Los
privilegios del Antiguo Régimen, así como las protecciones tradicionales frente
al mercado garantizadas a los artesanos y campesinos, fueron barridas en favor
del derecho de propiedad individual y el libre comercio. Pero la segunda visión
promovía políticamente una idea
de la sociedad mucho más colectivista, buscando
retrospectivamente inspiración en el austero republicanismo clásico. Era esa
visión del mundo la que iba a servir de base para la ideología radical de los
jacobinos.
Un vívido retrato de esa visión clasicista se puede
contemplar en otra obra de David, su popular pintura El juramento de los
Horacios, completada en 1785. Muestra tres héroes romanos pronunciando un
juramento ante su padre antes de la batalla: si es necesario, morirán por su
patria; mientras, las mujeres de la familia asisten impotentes a la escena. La
escena, extraída del historiador romano Tito Livio a través del dramaturgo
francés Corneille, pretende celebrar el triunfo del patriotismo sobre los lazos
personales y familiares. Horacio y sus dos hermanos habían sido elegidos para
luchar por Roma contra tres guerreros de la ciudad vecina de Alba Longa. Solo
Horacio sale con vida y cuando su hermana lamenta la muerte de uno de los
enemigos, al que estaba prometida, Horacio, enfurecido, la mata, siendo
perdonado su crimen por el Senado. El drama ensalza las virtudes militares
masculinas, y el austero estilo neoclásico de David estaba destinado a reforzar
esos altos principios. Sus imágenes del «heroísmo» y las «virtudes cívicas»,
según esperaba, «electrificarían el alma» y «harían germinar en ella las
pasiones de la gloria y de la devoción al bienestar de la patria».
Su
deseo se hizo realidad; un observador alemán escribió: «En las fiestas, en los
cafés y en las calles… no se habla sino de David y del Juramento de los
Horacios. Ningún asunto de estado de la antigua Roma ni una elección papal en
la reciente han agitado con
mayor fuerza el sentimiento popular».[11]
El Juramento de los Horacios no hacía sino dar
forma gráfica a un conjunto de ideas ya bien establecidas, en gran medida
gracias al intelectual que más influyó sobre la generación revolucionaria,
Jean-Jacques Rousseau. Uno de los núcleos de su filosofía era la crítica de la
desigualdad. Condenaba el viejo patriarcado aristocrático y la servidumbre que
generaba, pero tampoco aprobaba la alternativa liberal, que en su opinión
conducía a la
codicia, el materialismo, la envidia y la
infelicidad. Para él la sociedad ideal debía estar regida por un benigno
paternalismo o, mejor aún, por el principio de fraternidad: una ciudadanía
modelada según el patrón de los sacrificados héroes clásicos representados tan
vívidamente por David. Así pues, el heroísmo, que antes era una cualidad
exclusivamente aristocrática, tenía que democratizarse; una república tenía que
tener «héroes como ciudadanos».[12]
Rousseau describió su comunidad ideal en su obra El
contrato social, de 1762, combinando los rasgos de su nativa Ginebra, tan
puritana, y de la antigua Esparta. Esparta atraía a Rousseau porque en un
momento de su historia había sido una ciudad-estado en la que todos parecían
subordinar sus deseos egoístas a los objetivos comunes y vivían una vida
austera de esfuerzo heroico. En la utopía de Rousseau, el pueblo entero se
reuniría regularmente en asambleas; abjurando del individualismo, todos
actuarían de acuerdo siguiendo la «voluntad general», una voluntad que
proscribía toda desigualdad y privilegio.[13] En esa sociedad cada ciudadano
debía prestar un servicio militar, porque su ideal era en el fondo un orden
marcial; no porque defendiera las guerras expansionistas, sino porque veía el
ejército como fusión ideal del servicio público y el sacrificio solidario.[14]
Sin embargo, las ambiciones de Rousseau iban mucho
más allá de la remodelación del orden político: urgía una transformación de
todas las relaciones humanas: sociales, personales y culturales. La disciplina
de la familia patriarcal tradicional tenía que dar paso a un benigno
paternalismo. Su obra más popular, Julie ou La Nouvelle Héloïse, contaba la
historia de una joven aristócrata que se enamora de su preceptor burgués,
Saint-Preux, ante el horror de su padre, insensible y obsesionado por el
estatus. En lugar de abandonar los lazos familiares y seguir sus pasiones
inmaduras, Julie se embarca en la creación de una nueva comunidad no despótica.
Se casa con una sabia figura paterna, el mousieur de Wolmar, y Saint-Preux se
les une viviendo los tres en una granja modelo un casto ménage à trois. Wolmar
aparece como guía y educador moral, que induce a
sus hijos, su mujer y sus sirvientes a hacer lo
correcto imponiéndoles el mismo «principio de necesidad» que la naturaleza
impone al hombre.[15]
La visión de Rousseau ofrece algunas semejanzas con
posteriores ideales marxistas. Sin embargo, había una disparidad importante: a
diferencia de la mayoría de los comunistas, Rousseau odiaba la modernidad, la
complejidad y la industria. Creía que la virtud florecería más fácilmente en
pequeñas comunidades agrarias.
Aun así, los revolucionarios franceses creían que
el ideal espartano de Rousseau tenía mucho que enseñar a un gran estado moderno
como Francia, porque mostraba cómo se podían restaurar su unidad y su fuerza.
Como escribía entusiasmado en 1770 Guillaume-Joseph Saige, uno de los
discípulos de Rousseau:
La constitución de Esparta me parece una obra
maestra del espíritu humano… La razón por la que nuestras instituciones
modernas son y seguirán siendo malas es que se basan en principios totalmente
opuestos a los Licurgo [antiguo legislador espartano], reuniendo un conjunto de
intereses discordantes y asociaciones particulares opuestas entre sí, y sería
necesario destruirlas totalmente a fin de recobrar aquella simplicidad que crea
la fuerza y la perdurabilidad del cuerpo social.[16]
El culto de Rousseau a Esparta y al heroísmo
clásico atrajo a muchos durante el período revolucionario, pero era
especialmente popular entre los radicales más sensibles a la suerte de los
pobres. Aunque no fuera enemigo de la propiedad, mantenía, a diferencia de la
mayoría de los philosophes de la época, que era más probable hallar la virtud
—«la ciencia sublime de las almas simples»— entre los pobres que entre los
ricos.[17] Uno de esos radicales era un joven abogado, Maximilien Marie Isidore
de Robespierre, el crítico más acerbo de la visión liberal. En su dedicatoria a
Rousseau, escrita en 1788-1789, declaraba: «Hombre divino, me has enseñado a
conocerme a mí mismo. Cuando era joven me enseñaste a apreciar la dignidad de
mi naturaleza y a reflexionar sobre los grandes principios del orden
social».[18] Fueron Robespierre y los jacobinos los que transformaron las ideas
románticas de
regeneración moral y pequeñas comunidades
autosuficientes de Rousseau en un proyecto político de transformación del
estado.
Robespierre fue elegido en Artois para participar
como representante del «tercer estado» en los États Generaux de 1789 y pronto
se incorporó al Club de los Jacobinos, formando parte desde el principio de su
ala más radical —la que en la Convention Nationale de 1792-1795 constituiría la
«Montagne»—, más enfrentada a la aristocracia y más inclinada a los pobres que
la mayoría moderada; y cuando la oposición interna a la revolución se
radicalizó desde finales de 1790, Robespierre se hizo también más radical, como
sucedió con muchos otros jacobinos. Temiendo las conspiraciones y ataques de
los monárquicos (ya fueran los aristócratas franceses o sus aliados
extranjeros), Robespierre y los jacobinos estaban cada vez más obsesionados por
el «enemigo» interno. Las sospechas sobre la lealtad de los oficiales de la
vieja aristocracia habían llevado a los revolucionarios a reclutar voluntarios
del tercer estado para constituir, junto al ejército regular, una Garde
Nationale que seguía estrechamente el modelo de las milicias ciudadanas
clásicas. Pero ahora, tras la proclamación de la República en septiembre de
1792, se vieron obligados a buscar una base militante más amplia que incluyera
a los sans-culottes. Como explicaba Robespierre, «internamente los peligros
provienen de los burgueses; a fin de convencerlos, es necesario recurrir al
pueblo».
Fueron,
pues, las necesidades de la guerra las que propiciaron una alianza más estrecha
con los sans-culottes, y el 2 de junio de 1793, tras la insurrección de los
girondinos en Lyon, los jacobinos decidieron movilizar a los 80 000 guardias
nacionales y expulsarlos de la Convención Nacional, lo que llevó al poder a
Robespierre y la fracción más radical de la Montaña.
III
En octubre de 1793 se estrenó en París una obra, Le
jugement dernier des rois, escrita por Sylvain Maréchal, un intelectual
jacobino radical y camarada del protocomunista François-Noël Babeuf. La pieza,
destinada a una amplia audiencia popular, combinaba el espectáculo con la
participación de la audiencia y mensajes políticos muy claros, por no decir
crudos. La acción tenía lugar en una isla desierta con un volcán en erupción.
Entre los personajes interpretados figuraban el papa y distintos reyes de Europa,
junto con varias figuras alegóricas: un grupo de primitivos rousseaunianos, que
simbolizan la felicidad humana antes de la llegada de la malvada civilización;
un viejo exiliado francés, que representaba a los disidentes del pasado; y
sans-culottes de toda Europa, el pueblo del futuro. Los sans-culottes
enumeraban en voz alta los crímenes cometidos por los monarcas, mientras que
estos se disputaban ávidamente el pan. El viejo exiliado, los sans-culottes y
los «primitivos» mostraban las posibilidades de cooperación del nuevo pueblo
para vivir con sencillez, tras lo cual se exhortaba enérgicamente a la
audiencia a renunciar para siempre a la monarquía.[20]
La pieza resumía, de forma bastante esquemática, el
planteamiento de los jacobinos: los sans-culottes practican un elevado código
moral y los «enemigos» a los que hay que derrotar son los monarcas (no los
ricos en general). Sin embargo, El Juicio Final de los reyes ofrecía un
contraste notorio con otras piezas del período, más sujetas al austero estilo
clásico que preferían los jacobinos; esta era una pantomima burlesca y
vocinglera, y aunque no la hubiera escrito un sans-culotte era mucho más afín a
su mundo cultural que los festivales y las piezas neoclásicas de David y sus
educados colegas. Sugería que aunque Robespierre y los jacobinos hubieran
alcanzado una alianza coyuntural con los sans-culottes, esta era bastante
frágil.
Los sans-culottes no eran una «clase obrera» en el
sentido marxista del término. Aunque la mayoría trabajaban o habían trabajado
con sus manos, eran un grupo mixto, que incluía gente
con un nivel de vida confortable junto a artesanos
muy pobres. Su política era radical y colectivista y se sentían constitutivos
del auténtico «pueblo», una entidad que excluía a los ricos. Las principales
reivindicaciones de sus sections (consejos) locales se referían a cuestiones
materiales, especialmente a la regulación estatal de la economía. Insistían en
el control sobre los precios de los artículos alimentarios de forma que
cualquiera, incluidos los pobres, pudiera sobrevivir; y aunque no pretendían acabar
con la propiedad privada, querían que la riqueza se distribuyera más
igualitariamente. Su visión de la sociedad era niveladora y se podría decir que
eran partidarios de la «lucha de clases» avant la lettre. Desde su punto de
vista, los ricos y los especuladores eran tan «vampiros de la patria» como los
aristócratas.
Los sans-culottes no desarrollaron de por sí una
filosofía política coherente, pero uno de sus simpatizantes más reflexivos,
François-Noël Babeuf, se encargó de hacerlo. Babeuf había trabajado como
pasante de un notario feudiste, esto es, dedicado a investigar los archivos
feudales con el fin de maximizar los ingresos de los nobles restaurando sus
antiguos derechos. Era ambicioso e incluso empleaba los últimos métodos
burocráticos para explotar mejor al campesinado, pero bastante antes de la
revolución de 1789 ya había tomado partido por los campesinos pobres, víctimas
de las cargas feudales y de la intensa competencia de los campesinos más ricos,
que se beneficiaban de un capitalismo en desarrollo. Como explicaba más tarde:
Bajo el Antiguo Régimen yo era feudiste, y quizá
por esa razón me convertí en el más formidable azote del feudalismo en el nuevo
régimen. Removiendo el polvo de los archivos señoriales descubrí los terribles
misterios de la violenta usurpación ejercida por la casta noble.[21]
Leyó cuanto pudo de la nueva literatura de la
Ilustración y estudió retrospectivamente el pasado clásico, rebautizándose
«Gracchus» por los dos hermanos romanos que, como tribunos de la plebe,
redistribuyeron a finales del siglo II a. de C. la tierra entre los pobres.
Puede que la revolución privara a Babeuf de su
antiguo empleo, pero le dio la oportunidad de poner en práctica sus ideales.
Ayudó a organizar la resistencia campesina a los impuestos, y a partir de 1791
se volcó en la «ley de reforma agraria», siguiendo el modelo de redistribución
de la tierra que los Gracos habían propugnado en la antigua Roma. Se unió a los
jacobinos, y en mayo de 1793 se convirtió en secretario de la Commission des
subsistances de París, encargándose de obtener provisiones para alimentar la
capital, poniendo en vigor el control de precios y castigando a los
especuladores. Juzgaba entusiásticamente su tarea, en términos visionarios, y
escribía sobre ella a su mujer:
Esto me excita hasta la locura. Los sans-culottes
quieren ser felices y no creo que sea imposible que en el plazo de un año, si
llevamos a cabo adecuadamente las medidas acordadas y actuamos con la debida
prudencia, consigamos asegurar la felicidad general sobre la tierra.[22]
Aunque trabajaba para la Montaña, su perspectiva
era más cercana al paraíso nivelador de los sans-culottes, y a finales de 1794
entró a formar parte de su «Club electoral»; su utopía era una sociedad en la
que nadie se viera privado de alimento y los ricos inmorales quedaran bajo un
control estricto.
El hecho de que los jacobinos emplearan a gente
como Babeuf mostraba lo mucho que se había radicalizado la política en París.
El ejército se veía particularmente afectado: se había democratizado la
autoridad y la dura disciplina del pasado se había sustituido por el juicio de
los iguales; los oficiales se nombraban atendiendo a su compromiso ideológico
más que a su pericia. El general Charles Dumouriez argumentaba que esa era la
mejor forma de motivar a las tropas: «Una nación tan espiritual como la nuestra
no debe ni puede reducirse a autómatas, especialmente cuando la libertad acaba
de incrementar todas sus facultades».[23] El Ministerio de la Guerra, bajo el
control del radical Jean-Baptiste Bouchotte desde abril de 1793 hasta abril de
1794, distribuía el periódico Le père Duchesne publicado por Jacques-René
Hébert, escrito con el crudo
vocabulario de los sans-culottes. Cientos de miles
de soldados lo conocían y lo leían en común.[*]
El conflicto entre los jacobinos y los
sans-culottes más radicales parecía inevitable. Mientras que Robespierre y sus
afines veían a Francia como una ciudad-estado clásica poblada por ciudadanos de
altas miras dispuestos al sacrificio, los sans-culottes deseaban un país regido
por el buen humor, incluso subido de tono, y una implacable venganza de clase;
pero los primeros necesitaban a los segundos para que lucharan por ellos y por
eso era necesario un compromiso. Los sans-culottes obtuvieron algunas de sus
reivindicaciones, como el control de precios y la pena de muerte para los
especuladores de grano. Se enviaron al campo «ejércitos revolucionarios» de
milicianos sans-culottes para requisar alimentos a los campesinos
recalcitrantes y poder abastecer las ciudades.[*] La nueva levée en masse
(«servicio militar obligatorio»), que incluía a todos los varones, de cualquier
origen y nivel social, también satisfacía el deseo de igualdad de los
sans-culottes.
Sin embargo, por dispuestos que estuvieran a hacer
concesiones, los jacobinos no tenían la menor intención de ser dirigidos por
las masas incultas. Su objetivo era movilizar y canalizar la energía de las
masas tras un estado cada vez más centralizado. Este era el significado real
del Festival de la Unidad e Indivisibilidad de la República celebrado en agosto
de 1793, cuando Hércules se convirtió en la figura alegórica dominante. Durante
los festivales se trajeron de muchas localidades picas —el arma elemental de
los sans-culottes—, con las que se confeccionó un gigantesco fasces. La gente
corriente podía participar activamente en el drama de la política, pero el
estado la iba a mantener unida y disciplinada. A ese fin, los jacobinos
limitaron los poderes de los Ejércitos Revolucionarios y de las sections
sans-culottes.
Los jacobinos también estaban empeñados en reducir
el poder de los sans-culottes porque estaban convencidos de que necesitaban
militares expertos que les ayudaran a dirigir la guerra contra sus enemigos
europeos. Lazare Nicolas Marguerite Carnot,
antiguo ingeniero, reorganizó el ejército siguiendo
líneas más profesionales. Protegió a los oficiales nobles dispuestos a cooperar
y que disponían de la pericia necesaria, y volvió a imponer parte de la antigua
disciplina del ejército del Antiguo Régimen. Ya no bastaba que los oficiales
fueran republicanos convencidos; tenían que saber leer y tener cierto
conocimiento de la ciencia militar.
Este enfoque tecnocrático se aplicó también a la
economía. Claude-Antoine Prieur-Duvernois y Gaspard Monge, aliados de Carnot,
fueron encargados de la Manufacture d'Armes de París, un enorme (para la época)
conglomerado de talleres de fabricación de armas construido por el estado en un
lapso de tiempo increíblemente corto. En la primavera de 1794 trabajaban en
talleres de 200-300 hombres alrededor de 5000 obreros —muchos de ellos alojados
en viejos monasterios o en las casas desocupadas de antiguos aristócratas—,
produciendo la mayor parte de las municiones a disposición del ejército
francés. Aquellos ingenieros y técnicos dirigidos por Carnot, Prieur-Duvernois
y Monge[*] recibieron el nombre de «tecnojacobinos».[24]
Los jacobinos trataron de combinar ese
planteamiento tecnocrático con el entusiasmo popular y hay abundantes pruebas
de que lo lograron. Los soldados eran conscientes de que estaban luchando en un
ejército mucho más democrático que cualquier otro de Europa; como decía una
canción de la época:
Sin frialdad, sin altanería,
el buen carácter propicia la felicidad.
Sí, sin fraternidad no hay alegría.
Comamos juntos en la misma mesa.[25]
El ejército de masas de los jacobinos obtuvo varias
victorias en el extranjero, al menos durante un tiempo. La derrota del ejército
prusiano frente al francés en la batalla de Valmy en septiembre de 1792 había
demostrado el poder de los ejércitos de ciudadanos y las desventajas del viejo
planteamiento aristocrático. Como declaró Goethe, presente en aquella batalla,
«desde este lugar y desde este
día comienza una nueva era en la historia del
mundo, y todos vosotros podéis decir que estuvisteis presentes en su
nacimiento».
A
finales de 1793 las reformas jacobinas habían reforzado aún más el ejército y
traído nuevas victorias. El régimen mantenía ahora un ejército de casi un
millón de soldados bien armados y alimentados, a los que instruía en sus
principios igualitarios. Pierre Cohin, que luchaba en el ejército del Norte,
enviaba cartas a su familia impregnadas del mensaje mesiánico jacobino del
internacionalismo revolucionario.
La guerra que estamos librando no es una guerra
entre rey y rey ni entre nación y nación; es una guerra de la libertad contra
el despotismo. No cabe duda de que saldremos victoriosos. Una nación justa y
libre es invencible.[27]
En mayo de 1794 los franceses ya no combatían en
una guerra defensiva sino extendiendo la revolución a sus vecinos. Europa se
vio desgarrada por un nuevo tipo de lucha ideológica, una versión temprana y
más caliente de la futura guerra fría.
IV
Pero las victorias en el extranjero no iban
acompañadas por una mayor estabilidad en el país, donde a los jacobinos los
resultaba mucho más difícil conciliar el entusiasmo revolucionario con la
disciplina. Los Ejércitos Revolucionarios encargados de recaudar los impuestos
y de reprimir a los enemigos de la revolución en las provincias constituían una
fuente particular de desorden.[28] Partidarios de los miembros más radicales de
la Convención Nacional, a menudo ejercían la violencia contra los campesinos ricos
y creaban el caos. En muchos lugares detenían a los notables locales,
confiscaban sus riquezas y demolían sus castillos, en grave detrimento de la
economía rural.
Robespierre y los jacobinos, preocupados porque los
«ultrarradicales» los enfrentaran con vastas franjas de la población,
especialmente en el campo, decidieron pronto restaurar el orden y poner freno a
los sans-culottes. A principios de 1794 el gobierno de la Convención abolió los
Ejércitos Revolucionarios y estableció un control más centralizado sobre las
regiones, pero Robespierre temía que sin los «ultrarradicales» la revolución
perdiera impulso. Desconfiaba del tecnócrata Carnot y de su aliado Danton, convencido
de que no eran auténticos revolucionarios sino que planeaban el regreso a una
forma suavizada del Antiguo Régimen.
En marzo de 1794, atrapado entre el deseo de
mantener el impulso de la revolución y el de marginar a los más radicales y
evitar la división de clase, Robespierre pretendió actuar a la vez contra la
izquierda y contra la derecha. Tanto el exagéré Hébert como el modéré Danton
fueron detenidos, juzgados y guillotinados. Tras proscribir a unos y a otros,
la base de apoyo de Robespierre se redujo enormemente. En sus esfuerzos por
proseguir la revolución sin apoyo de masas, recurrió a métodos que más tarde se
iban a reproducir en los regímenes comunistas: la persecución de los
sospechosos de ser «contrarrevolucionarios» y la propaganda, o en lenguaje
jacobino el «terror» y la promoción de la virtud. Como dijo el propio
Robespierre:
Si el principal instrumento del gobierno popular en
tiempos de paz es la virtud, en momentos de revolución deben ser a la vez la
virtud y el terror: la virtud, sin la cual el terror es funesto; el terror, sin
el cual la virtud es impotente. El terror no es otra cosa que la justicia
rápida, severa e inflexible; emana, por lo tanto, de la virtud; no es tanto un
principio específico como una consecuencia del principio general de la
democracia, aplicado a las necesidades más acuciantes de la patria.[29]
Robespierre se apresuró a establecer por la fuerza
su reinado de la virtud. Otorgó nuevos poderes al Comité de Instrucción Pública
con el fin de centralizar el control de toda la propaganda y la educación moral
bajo la dirección de Joseph-François de Payan, cuyo hermano Claude-François,
ejecutado junto a Robespierre, explicaba que
hasta entonces el estado solo había centralizado el
«gobierno físico, material», y que ahora se trataba de centralizar el «gobierno
moral».
También
quedó a su cargo la edición de canciones revolucionarias, la censura de las
obras teatrales y la organización de festivales políticos, así como uno de los
proyectos más ambiciosos de Robespierre: la fundación de una nueva religión de
estado no cristiana, el «Culto del Ser Supremo».
Robespierre también dedicó mucho tiempo a examinar
la pureza ideológica de los militares; los que mostraban «virtud patriótica»
eran ascendidos mientras que los «enemigos» —definidos muy vagamente— eran
destituidos y arrestados. El 22 Pradial (10 de junio) comenzó a aplicarse la
famosa ley que reorganizaba el Tribunal Revolucionario, iniciando lo que se
conoció como «Gran Terror»; la represión se dirigía ahora no solo contra los
conspiradores comprobados sino contra cualquiera que mostrara actitudes «contrarrevolucionarias».
Aquella ley establecía una nueva categoría penal que volvería a verse en el
futuro: la de «enemigo del pueblo». Cualquiera que pudiera amenazar la
revolución —ya fuera conspirando con extranjeros o comportándose inmoralmente—
podía ser detenido y condenado, lo que tuvo un efecto notable en el uso de la
represión política. Desde el 6 de abril de 1793 (fecha de su creación) hasta la
ley del 10 de junio de 1794 el Tribunal Revolucionario dictó 1251 sentencias de
muerte, mientras que en el período mucho más corto comprendido entre el 10 de
junio y la caída de Robespierre el 27 de julio fueron guillotinadas 1376
personas.[31]
Si bien Robespierre y otros miembros del Comité de
Salut Public más influyentes que él como Bertrand Barère de Vieuzac parecían
entender aquella purga moralista como un método permanente de gobierno, otros
jacobinos la veían únicamente como una medida provisional, que dejó de ser
necesaria al fortalecerse los ejércitos franceses y aumentar sus victorias, y
también se sentían preocupados a medida que Robespierre se arrogaba
arbitrariamente el monopolio del poder para discernir entre la virtud y el
vicio. Los
diputados de la Convención temían,
comprensiblemente, convertirse en sus siguientes víctimas y comenzaron a urdir
su deposición. Cuando finalmente fue arrestado por orden de la Convención el 9
Termidor (27 de julio), su apoyo se había reducido enormemente: al perseguir a
la izquierda extremista había facilitado la tarea de los moderados de la
Convención Nacional. Con su muerte sin juicio en la guillotina al día siguiente
también concluyó la fase más radical de la Revolución Francesa. El subsiguiente
régimen «termidoriano» puso fin a los arrestos por simples sospechas y muchos
de los antes denunciados como nobles y contrarrevolucionarios fueron
rehabilitados.
V
Contemplando los grabados de los complejos
festivales políticos de David, uno casi podría creer que se trataba de
propaganda en favor de un régimen conservador o incluso reaccionario, ya que su
estilo clásico y sus escenas alegóricas estáticas sugieren predilección por el
orden y la estabilidad; pero los acontecimientos que celebraban sus festivales
eran revolucionarios, llenos de heroísmo, conflicto social y arremetidas contra
la tradición. El contraste entre las imágenes de David y la realidad de la revolución
muestra lo poco preparados que estaban los jacobinos para la política que
practicaban.[32] Al principio habían planeado trasladar la unidad y simplicidad
arcaica de la antigua Esparta a la Francia del siglo XVIII: David incluso
diseñó varias túnicas pseudoclásicas para la nueva nación revolucionaria.[33]
Pero en cambio se vieron envueltos en la guerra y el conflicto de clases, y a
fin de combatir con eficacia trataron de construir un estado, un ejército y una
industria modernos. Tratando de reconciliar su ideal del republicanismo clásico
con las exigencias de la guerra moderna, ensamblaron
muchos de los elementos que iban a formar
finalmente la amalgama comunista.
Durante un tiempo las propias contradicciones del
proyecto jacobino supusieron una ventaja: podían utilizar el lenguaje
moralizante de la virtud clásica para movilizar a los sans-culottes, al tiempo
que empleaban métodos técnicamente eficientes en el ejército y en la industria.
Así pues, como estrategia para construir un ejército y un estado fuerte, la
combinación jacobina de la autoridad central con la participación de masas
tenía sus ventajas. De hecho, fue bajo su mandato cuando la Francia revolucionaria
recuperó su fuerza militar tras un largo declive. Los jacobinos mostraron lo
eficaz que podía ser la igualdad para levantar en armas toda una nación.
Pero en último término no consiguieron estabilizar
esas fuerzas en conflicto. No pudieron conciliar las reivindicaciones de los
sans-culottes con los intereses de los propietarios, ni casar la regla de la
virtud (o pureza ideológica) con el poder de los más instruidos y expertos.
Enfrentados a sus dificultades, se escindieron una y otra vez, hasta quedar con
una red desesperadamente pequeña de seguidores leales y de confianza. Su
solución fue la inculcación forzada de la «virtud» mediante el terror.
Como se verá, más adelante los comunistas iban a
tener que afrontar contradicciones parecidas: a menudo trataban de satisfacer o
explotar un igualitarismo populista y el odio hacia las clases dominantes, así
como el rencor del proletariado urbano contra el campesinado propietario, al
tiempo que buscaban la unidad y la estabilidad; igualmente trataban de
construir economías eficaces, modernas y tecnológicamente sofisticadas al
tiempo que impulsaban la movilización de masas mediante la inspiración emocional.
En ocasiones trataron de resolver esas contradicciones, igual que Robespierre,
imponiendo una estricta disciplina y el reinado de la virtud mediante la
propaganda y la violencia contra los recalcitrantes; pero su pugna
inmisericorde contra el derecho de propiedad les aseguraba, al menos durante un
tiempo, el apoyo de los más pobres. También contaban con la ventaja de conocer
la
historia del movimiento revolucionario y de la
propia Revolución Francesa, mientras que los jacobinos no tenían ninguna
experiencia pasada a la que referirse, salvo un pasado clásico muy lejano de
dudoso valor práctico.
Robespierre siguió sin ser apreciado durante algún
tiempo, rechazado tanto por la izquierda como por la derecha; hasta la década
de 1830, cuando las ideas socialistas se pusieron de moda, no comenzó su
rehabilitación. Pero las ideas y fuerzas que los jacobinos y él habían
desencadenado tuvieron una enorme influencia sobre el comunismo futuro. Durante
el siguiente medio siglo el ejemplo de la Revolución Francesa y de su fracaso
se cernió sobre la izquierda y los acontecimientos de 1793-1794 ejercieron una
atracción particular sobre la imaginación de un joven radical nacido en
Renania, ocupada hasta poco antes de su nacimiento por la Francia
revolucionaria. Para Karl Marx los jacobinos habían cometido serios errores,
pero la era jacobina era todavía «el faro de todas las épocas revolucionarias»
y mostraba la vía hacia el futuro.
Marx,
como muchos otros socialistas del siglo XIX, iba a construir su teoría de la
revolución estudiando las lecciones de los jacobinos y su trágica historia.
1
Un Prometeo alemán
I
En 1831 Eugène Delacroix presentó en el Salón de
París de la Academia de Bellas Artes su extraordinario cuadro El 28 de julio de
1830: la Libertad guiando al pueblo, en el que representaba el primer
levantamiento importante en Europa desde 1789 y que se convirtió en referencia
paradigmática de la revolución; de hecho muchos la creen equivocadamente una
imagen de aquella otra que la precedió en cuatro décadas, lo que no deja de ser
comprensible porque la pintura, en algunos aspectos, mostraba la revolución de
1830 —que derrocó al monarca absolutista Carlos X para sustituirlo por el «rey
burgués» Luis Felipe— como segunda versión de la de 1789. La figura femenina de
la Libertad, con el pecho desnudo y un gorro frigio, enarbolando la tricolor y
en la mano izquierda un fusil con bayoneta, es una figura semialegórica que
emula los héroes clásicos de finales del siglo XVIII. La pintura ponía también
de relieve la alianza entre burgueses y proletarios que se había dado en 1789:
la Libertad encabeza una multitud heteróclita de revolucionarios, desde el
joven intelectual burgués con chistera hasta el obrero descamisado y un niño de
la calle, avanzando sobre los cadáveres de los mártires revolucionarios.
Sin embargo, la pintura también mostraba cuánto
había cambiado la percepción de la revolución desde los días de David. Los
obreros y los pobres destacan más que los burgueses, y dado el temor que
aquellos suscitaban, no es de extrañar que los críticos hostiles se quejaran de
que abogados, médicos y comerciantes hubieran sido omitidos en favor de
«golfillos y obreros». Además, la figura de la Libertad no era totalmente
alegórica, sino claramente una mujer del pueblo; el Journal des Artistes la
encontraba sucia, fea e «innoble».[1] Tras la exposición el cuadro permaneció
oculto durante muchos años por temor a que incitara al desorden, y aunque
reapareció brevemente en 1848 y en 1855, no pasó a exponerse de forma
permanente en el Louvre hasta 1874. Para Delacroix los protagonistas de la
revolución no eran burgueses aseados sino obreros en harapos.
La pintura de Delacroix ilustra de forma
sobresaliente lo mucho que había cambiado la imagen de la revolución desde los
cuadros meticulosos y hieráticos de David. Puede que su Libertad mostrara
rasgos clásicos, pero su lienzo era resueltamente romántico. En las figuras hay
una energía desbocada y elemental, muy alejada de la contención clásica de
David. Aun así, Delacroix también incluyó en la multitud a un estudiante
uniformado de la École Polytechnique, la institución creada por Carnot y otros
rivales tecnojacobinos de Robespierre. El romanticismo de la revolución quedaba
así atenuado, aunque fuera débilmente, por el respeto a la ciencia.
Pero a Delacroix le duró poco el radicalismo
político que había despertado en él la revolución de 1830 y pronto se
desilusionó. De hecho, muchos han visto en su famosa pintura una actitud
ambivalente hacia la violencia revolucionaria: las figuras más cercanas al
espectador son cadáveres, y pese al título, por delante de la Libertad avanza
un niño que blande una pistola en cada mano. Karl Marx, en cambio, preconizaba
de forma mucho más incondicional la violencia revolucionaria, aunque como
Delacroix tratara de trasladar la experiencia de 1789 a una política nueva, el
socialismo. Desde principios de la década de 1840 estaba tan
obsesionado por el legado de 1789 como podía
estarlo cualquier intelectual francés, e incluso planeó escribir una historia
de la revolución.[2] Al igual que Delacroix, Marx pretendía poner al día la
tradición revolucionaria, despojándola de sus rasgos «clasicistas» y situando a
los obreros en primer plano. El fracaso de los jacobinos —insistía— se había
debido precisamente a su excesiva admiración por la ciudad-estado clásica; su
nostalgia de Esparta y Roma los había llevado a oponerse a los sans-culottes. La
igualdad política que propugnaban, dando a todos la ciudadanía plena, no era
suficiente; en una sociedad moderna la verdadera igualdad y armonía solo se
podría alcanzar con una igualdad económica plena, y al faltarles el apoyo
social las jacobinos se habían visto obligados a utilizar la violencia.[3] Por
otra parte, el romanticismo revolucionario de Marx estaba mucho más templado
que el de Delacroix por su apreciación de la ciencia y la modernidad económica.
Los jacobinos —argumentaba—, habían exagerado el poder de la moralidad y la
voluntad política para reformar la sociedad, subestimando la importancia de las
fuerzas económicas.
La originalidad de Marx reside precisamente en esa
readecuación de la tradición revolucionaria francesa. Así forjó una nueva
ideología de izquierdas en sintonía con la nueva sociedad industrial del siglo
XIX —caracterizada por el progreso tecnológico y el desarrollo de la clase
obrera industrial—, y con la agudización del conflicto social entre obreros y
patronos apoyados por el estado. Por otra parte, Marx trató de reubicar el
centro del socialismo, trasladándolo de la «atrasada» Francia de finales del
siglo XVIII a una nueva nación «atrasada», Alemania.
II
Tras la ejecución en la guillotina de Robespierre
en 1794, las cárceles de Francia se abrieron saliendo de ellas miles de presos
condenados por el régimen revolucionario, entre los
que se hallaban tres pensadores radicales: François-Noël Babeuf, el conde Henri
de Saint-Simon y Charles Fourier. Los tres habían quedado traumatizados por el
«Terror» y habían tratado de aprender de él, aunque sus conclusiones sobre lo
que había ido mal y cómo reanimar la tradición radical eran muy diferentes.
Babeuf, quien reprobaba a Robespierre su traición a los artesanos y campesinos
de Francia, se convirtió en líder de uno de los primeros movimientos
explícitamente comunistas. Saint-Simon, en cambio, era heredero de los
«tecnojacobinos»; para él la mayor culpa de Robespierre era su desprecio hacia
las necesidades de la producción y la modernidad. Fourier difería de ambos
preconizando un futuro en el que lo prioritario no sería la igualdad ni la
productividad, sino la creatividad y el placer. Cada uno de ellos encarnaba así
una corriente particular del socialismo —el comunismo igualitario, el
socialismo «científico» y un socialismo más romántico—, pero las tres iban a
ser incorporadas por Marx en una gran síntesis, aunque nunca fuera totalmente
coherente.
El «comunismo» de Babeuf se hizo más igualitario
durante su segunda estancia en prisión tras la caída de Robespierre, cuando
desarrolló una condena de la propiedad más radical que la que había expresado
bajo los jacobinos.[4] Ya no pensaba que bastaran una reforma agraria y el fin
de las formas más escandalosas de desigualdad; había que intentar una reforma
radical para lograr la «igualdad absoluta». En la nueva sociedad no existiría
el dinero; todos podrían enviar los frutos de su trabajo al «almacén común» y
recibirían como compensación una proporción igual del producto nacional. El
trabajo no sería enojoso porque todos lo realizarían por patriotismo y amor a
la comunidad. Esencialmente se trataba de una versión igualitaria de la utopía
sans-culotte de duro trabajo y justicia social estricta, que se pondría en
práctica recurriendo a una versión supereficiente de la administración
alimentaria jacobina.
Al salir de prisión en octubre de 1795 decidió
emprender la vía revolucionaria. Participó en la organización de un «Directorio
Secreto de Salvación Pública» que publicó un
«Manifiesto de los Iguales». Babeuf y sus camaradas planeaban una insurrección
para mayo de 1796, pero las autoridades descubrieron la conspiración y tanto él
como muchos otros fueron detenidos y ejecutados. Sin embargo, sus ideas
políticas revolucionarias y su igualitarismo puritano le sobrevivieron. Filippo
Buonarroti, que participó en la «Conspiración de los Iguales», escribió su
historia (Gracchus Babeuf et la conjuration des égaux) en 1828, una época mucho
más receptiva hacia aquellas ideas. Con ello aseguró que alcanzaran un público
amplio y se convirtieran en el núcleo de lo que se comenzó entonces a llamarse
«comunismo»: propiedad común, igualitarismo y redistribución a los pobres, y el
uso de tácticas revolucionarias militantes para tomar el poder.
Una de las figuras comunistas más conocidas de la
década de 1840, el sastre itinerante alemán Wilhelm Weitling, pertenecía a esa
corriente igualitaria revolucionaria. Era un autodidacta muy dotado, que
enseñaba latín y griego y podía citar de memoria no solo a Aristóteles y
Homero, sino también la Biblia, de la que extrajo gran parte de su teoría
social. Weitling llegó a París en 1835 y allí se incorporó a la Liga de los
Proscritos (Ligue des Bannis), de la que se escindió al año siguiente para
formar la Liga de los Justos (Bund der Gerechten), una sociedad semisecreta
republicana que seguía las enseñanzas de Babeuf y Buonarroti pero combinándolas
con una visión apocalíptica cristiana y a la que se incorporaron muchos
trabajadores alemanes que vivían en el exilio en Londres, Bruselas, París y
Ginebra. Para Weitling la sociedad ideal, que surgiría como resultado de una
revolución violenta, supondría un regreso a la comunidad cristiana de bienes.
Como para Babeuf, su principal preocupación era la igualdad (aunque estaba
dispuesto a conceder ciertos lujos a los que hicieran un trabajo
suplementario). Aunque le preocupaba el problema de la monotonía, su propuesta
principal era que los obreros aprendieran a disfrutar del trabajo realizando
tres años de servicio obligatorio en un ejército industrial casi militar. La
Liga de los Justos, que adoptó en su manifiesto oficial las ideas de
Weitling, intentó en 1839, junto a la Société des
saisons del jacobino radical Louis Auguste Blanqui, una insurrección en París;
tras su fracaso trasladó su sede a Londres, aunque Weitling huyó a Suiza.[*]
Pero no
todos los comunistas,
ni siquiera todos
los pertenecientes a la Liga de los Justos, sentían tanto entusiasmo por
el comunismo ascético
de Babeuf y
de Weitling. Uno
de los dirigentes huidos a
Londres, Karl Schapper, lo criticó como triste y despótico: «justo como
soldados en un cuartel … En el sistema de Weitling no hay libertad».[5] Los más
hostiles, en cualquier caso, eran los socialistas románticos o «utópicos» y su
representante más
excéntrico, François Marie Charles Fourier.
La expresión desdeñosa «socialismo utópico» fue
acuñada por Marx y Engels con la intención de ridiculizar las ideas de muchos
de sus rivales en comparación con su propio «socialismo científico», pese a lo
cual responde a una de las principales corrientes del socialismo a principios
del siglo XIX.[6] A diferencia de los comunistas, los «socialistas utópicos» no
eran en general trabajadores manuales ni siquiera tenían, al menos
inicialmente, gran relación con el movimiento obrero; tampoco les interesaba apoderarse
del estado, sino que concentraban sus esfuerzos en crear pequeñas comunidades
experimentales que ofrecían una visión de la sociedad ideal más atractiva para
muchos que el igualitarismo espartano de los seguidores de Babeuf; en lugar de
poner en vigor la moral cristiana como Weitling, ponían en cuestión la doctrina
opresiva del pecado original sobre la que se basaba el cristianismo. Los seres
humanos —argumentaban— eran de por sí naturalmente altruistas e inclinados a la
cooperación, y una educación adecuada permitiría que predominaran esas
cualidades. Eran particularmente hostiles a la ética del trabajo del nuevo
capitalismo industrial, muy relacionada con las ideas cristianas, en particular
protestantes, de la época. El sistema fabril y la división del trabajo
transformaban a las personas en máquinas y la vida en un triste fastidio sin
alegría. La sociedad debía organizarse de forma que cualquier miembro de la
comunidad pudiera desarrollar su
individualidad y creatividad. Predominaba, por
tanto, en ellos el espíritu romántico, aunque a diferencia de los jacobinos,
cuyo romanticismo exaltaba el heroísmo sacrificado del soldado, el suyo
ensalzaba la expresividad y autorrealización del artista.
Charles Fourier fue uno de los principales teóricos
de esa utopía del placer y la creatividad. Horrorizado por la experiencia del
jacobinismo, rechazaba cualquier forma de revolución violenta y de igualdad
económica y en su lugar partía de la idea de que la civilización moderna, que
reprimía el deseo natural de placer, era la responsable de la miseria humana y
proponía, como alternativa, la creación de comunidades modelo —«falansterios»—
en las que coexistirían la responsabilidad social y las pasiones.[7] Cada una
de esas comunidades estaría formada por 1620 personas; el trabajo sería
placentero y se distribuirían las tareas según el carácter de cada individuo.
La gente también necesitaba variedad y la jornada laboral se dividiría en
períodos de dos horas, en cada uno de los cuales se haría algo diferente.
Resolvió el problema de los trabajos desagradables con la singular propuesta de
que fueran los niños —«les petites hordes»—, que al parecer disfrutaban jugando
en el barro, los que realizaran tareas sucias como la limpieza de las letrinas.
Incluso insinuó la idea de que en el futuro aparecerían nuevos tipos de
animales domesticables como el «antileón» y la «antiballena», que servirían de
ayuda en trabajos penosos. Puede que algunas de sus sugerencias no fueran en
serio, pero no es sorprendente que el poeta y ensayista André Breton
considerara un siglo después a ese soñador un precursor del surrealismo. En
cualquier caso, con su deseo de reconciliar el trabajo con la autorrealización
de la humanidad y su esperanza de superar la estrechez impuesta por la moderna
división del trabajo, representaba sin duda el aspecto más romántico del
socialismo e influyó considerablemente sobre Marx y Engels.
Un adversario más influyente del comunismo de
Babeuf en el campo del socialismo fue Pierre-Joseph Proudhon, un tipógrafo de
Besançon que superó a Weitling en su formación autodidacta,
aprendiendo no solo latín y griego sino también
hebreo. En 1840 publicó su ensayo ¿Qué es la propiedad?, que con su llamativa
declaración de que «la propiedad es un robo» se convirtió en tema de
conversación en todos los salones de Francia. Sin embargo, Proudhon no quería
abolir la propiedad privada, sino solo que se distribuyera más equitativamente,
y objetaba la visión de Babeuf de una comunidad de iguales, por la «tortura
moral que inflige sobre la conciencia y la uniformidad piadosa y estúpida que impone».[8]
En su opinión, el socialismo tenía que permitir a la gente controlar su propia
vida. Preconizaba una forma de democracia industrial en la que los obreros
dejarían de ser esclavos de sus máquinas y gestionarían ellos mismos el lugar
de trabajo; su ideal era una sociedad muy descentralizada, algo así como una
federación de fábricas y comunidades dirigidas por los trabajadores; no en vano
fue el primer socialista en proclamarse anarquista y es considerado como uno de
los principales teóricos de ese movimiento.
Mucho más cercano a la tradición comunista era el
socialismo de Étienne Cabet, cuya utopía «Icaria», en la que todos los bienes
eran de propiedad común, contaba con un gobierno elegido por todos con un
control total sobre la economía; sus seguidores —abundantes entre los
trabajadores franceses— fueron de los primeros en ser llamados «comunistas».
Pero el más típico de los socialistas utópicos románticos fue el pensador
británico Robert Owen, cuyas ideas fueron tomadas en serio tanto por los
radicales como por figuras más próximas a la clase dirigente y cuyos planes de
cooperativas socialistas fueron puestos en práctica limitadamente. El padre de
Owen poseía una pequeña ferrería y él mismo se convirtió en empresario al
casarse con la heredera del propietario de una hilatura en New Lanark, en el
Clyde (Escocia). Al apreciar la falta de motivación de sus obreros pensó que
una forma de resolverla sería ofrecerles mejores condiciones de trabajo y
educación para sus hijos. Pero ¿cómo se podían conciliar trabajo y placer? La
solución de Owen tenía mucho en común con la de Fourier: la gente de entre
quince y veinte años trabajaría y con
ayuda de los niños podría producir todo lo que
necesitaba la comunidad; los de edad comprendida entre veinte y veinticinco
años supervisarían el trabajo; y entre los veinticinco y los treinta
organizarían el almacenamiento y distribución, pero solo durante dos horas al
día; el resto del tiempo lo dedicarían al «placer y la gratificación».[9]
Los socialistas utópicos ampliaron así los
objetivos del comunismo, de la mera igualdad al logro de la felicidad humana.
También desplazaron el espíritu romántico, del patriotismo y el heroísmo
militar a las virtudes propias de la era industrial, valorando la creatividad
personal en el trabajo; pero mostraban ciertas debilidades: sus planes a menudo
parecían excéntricos y absurdos; sus relaciones con el proletariado eran mucho
más endebles que las de los comunistas; y parecían más soñadores que estrategas:
no parecían saber muy bien cómo alcanzar la sociedad ideal que anhelaban; se
limitaban a exhortar la transformación moral de la humanidad, lo que aunque
fuera sin duda muy deseable era difícil de poner en vigor. Los seguidores de
Babeuf tenían al menos un programa político basado en la insurrección
revolucionaria proletaria, que dada la agitación obrera durante las décadas de
1830 y 1840 no parecía imposible.
Sin embargo, los comunistas compartían con los
socialistas utópicos una debilidad, y es que raramente explicaban de forma
convincente cómo podían resolver sus planes el problema de la productividad y
la seguridad económica, mientras que los pensadores liberales como Adam Smith y
más tarde Herbert Spencer parecían haber insertado el mercado en una teoría
económica sólida. Pero había una variedad del socialismo capaz de disputarles
ese terreno, el «socialismo científico» de Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon.
Claude-Henri de Saint-Simon, nacido en 1760, era un
aristócrata de una antigua familia ducal pero había recibido con satisfacción
la Revolución Francesa. Cayó en desgracia con Robespierre y lo encarcelaron,
pero su respuesta a aquella persecución difería
enormemente de la de Fourier o la de Babeuf:
recurrió a la ciencia para rescatar a Francia. Saint-Simon fue el profeta de la
planificación. Había que atender prioritariamente a la producción, ya que «la
producción de cosas útiles es el único objetivo razonable y positivo que se
pueden plantear las sociedades políticas».[10] En el poder debían estar, pues,
los científicos, los industriales o una combinación de unos y otros. La
democracia —el gobierno de las masas ignorantes— era peligroso y dañino, como había
ilustrado vívidamente la experiencia jacobina; de hecho, la política podía
prescindir totalmente de ella, en favor de una toma de decisiones racional.
Saint-Simon fue criticado por Marx y Engels como
«socialista utópico» porque no era lo bastante «científico» para ellos, pero
esa etiqueta es equívoca. De hecho fue el principal heredero de la tendencia
antirromántica del pensamiento ilustrado y sus ideas resultaron enormemente
atractivas para socialistas posteriores que trataban de reconciliar la igualdad
con la prosperidad económica; y esa combinación de sus ideas con las del
comunismo de Babeuf y (en menor medida) el socialismo «utópico» romántico iba a
ser la marca distintiva del sistema creado por Marx y Engels. Del mismo modo
que durante la década de 1990 la izquierda buscaba una «tercera vía» entre la
pretensión de justicia social y la «racionalidad» del mercado global, Marx y
Engels trataron de compaginar un modelo social mucho más radical, el comunismo,
con la prosperidad económica.
III
Karl Heinrich Marx había nacido en 1818 en la
ciudad alemana de Tréveris, en Renania. Durante la ocupación francesa, tras la
revolución, fue gobernada con las leyes napoleónicas, relativamente liberales,
lo que había beneficiado a su padre, respetado abogado e
hijo del principal rabino de la ciudad. Sin
embargo, la incorporación de la ciudad al estado mucho más jerarquizado y
conservador de Prusia fue un desastre para él; las leyes prusianas excluían a
los judíos de la administración civil a menos que disfrutaran de una dispensa
especial, por lo que se vio obligado a convertirse al protestantismo en 1817,
un año antes del nacimiento de su hijo Karl Heinrich.
Así pues, Marx creció en una región situada sobre
una grieta histórica y política: entre la Francia moderna y revolucionaria, con
sus principios de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, y la Prusia del
Antiguo Régimen, basada en la autocracia, la jerarquía y los privilegios
aristocráticos. No cabe, pues, sorprenderse de que Marx, cuya familia había
disfrutado brevemente de los rayos de la Ilustración antes de verse arrojada de
vuelta a la oscuridad del Antiguo Régimen, se interesara vivamente por la
posibilidad de acelerar las fuerzas de la historia para llevar una política
«progresista» a un país «atrasado». Durante su juventud estaba obsesionado,
como la generación revolucionaria francesa de las décadas de 1770 y 1780, por
el retraso de su país. Se quejaba de que la clase media alemana era débil y
sumisa a la aristocracia y de que, a diferencia de su homóloga francesa, no se
podía contar con ella para desafiar a los aristócratas prusianos.
Durante el siglo XIX Renania no solo estaba situada
sobre una grieta política entre el liberalismo francés y el conservadurismo
alemán, sino también sobre otra intelectual: entre la Ilustración francesa y el
Romanticismo alemán. El padre de Marx, según la hija de este, Eleanor, era un
hombre apegado a la Razón y la Ilustración, «un auténtico francés del siglo
XVIII que se sabía de memorial a Voltaire y Rousseau».[11] Pero Marx también
cayó bajo la influencia de un mentor rival, el barón Ludwig von Westphalen,
padre de su futura mujer Jenny, quien lo introdujo en la visión del mundo
romántico. Como escribió Eleanor, el que acabaría siendo su suegro «llenó a
Karl Marx de entusiasmo por la escuela romántica, y mientras que su padre le
leía a Voltaire y Racine, Von Westphalen le
leía a Homero y Shakespeare, quienes fueron sus
autores favoritos durante toda su vida».[12]
La tensión entre la devoción y la razón, el orden y
la ciencia de la Ilustración frente al desdén romántico hacia la rutina
entrelazado con la pasión por las luchas heroicas, era una fisura en el
pensamiento del propio Marx. Su personalidad tenía más en común con el
brillante y extraordinario genio romántico que con el hombre de ciencia mundano
y sociable al estilo de Voltaire. Una de las cartas que le escribió su padre a
la universidad capta la tensión entre el padre civilizado e ilustrado y el
romanticismo de su hijo:
¡Dios nos ayude! Desorden, superficialidad en todas
las materias … Paseando por ahí, con una indisciplina atroz, despeinado y en
bata … menospreciando todos los contactos sociales, todas los convenciones … tu
relación con el mundo limitada a tu sórdida habitación, donde quizá se ven
esparcidas en el clásico desorden las cartas de amor de una Jy [Jenny] y las
bienintencionadas exhortaciones empapadas en lágrimas de tu padre.[13]
A mediados de la década de 1830, durante sus
estudios en Bonn, Marx frecuentó las clases de filosofía del arte del famoso
teórico romántico August von Schlegel. También planeó publicar una obra sobre
el romanticismo y escribió poesías teñidas de ese espíritu. Sin embargo, su
visión del mundo estaba muy lejos del pensamiento prerromántico de Rousseau y
su elevado concepto de la virtud. El de Marx era un romanticismo maduro, cuyo
héroe era el artista rebelde. En un poema, «Vida humana», condenaba el deprimente
egoísmo —o «filisteísmo», como acostumbraba a llamarlo— de la vida cotidiana:
«La vida es muerte, / una muerte eterna; / la aflicción domina / los afanes
humanos /… / Esfuerzos codiciosos / y objetivos miserables. / Esa es su vida, /
el soplo de la brisa».[14] Marx, en cualquier caso, estaba decidido a no
someterse a la vida convencional. Se rebelaría. Como explicaba en su poema
«Sentimientos»:
Nunca puedo realizar en paz,
lo que ha captado mi alma tan intensamente,
nunca permanezco en calma, confortablemente, y me
agito sin descanso.[15]
Como se ve, se identificaba con el gran rebelde
Prometeo del antiguo mito en su combate contra el tirano Zeus.
Los sentimientos de Marx no cambiaron apenas con la
madurez. Apasionado, pugnaz y sensible, declaró que su idea de la felicidad era
la «lucha» y su idea de la miseria, la «sumisión». Creía que su principal
característica era la «obstinación» y esa cualidad lo situaba ciertamente por
encima de sus contemporáneos. Aunque era menos original que muchos otros
pensadores socialistas de la época, era infinitamente más enérgico y esforzado
en la síntesis de ideas para forjarlas en un todo coherente, y ponía todo aquel
rigor al servicio de la rebelión contra las fuerzas del orden.
Dada la imagen que tenía Marx de sí mismo como un
rebelde que desafiaba a la autoridad para traer la Ilustración a la humanidad,
resulta lógico que se interesara por las ideas radicales. Ese radicalismo se
manifestó inicialmente en debates filosóficos del grupo de los «jóvenes
hegelianos». El filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel había propuesto a
principios de siglo una teoría de la historia del mundo como desarrollo del
espíritu humano hacia una creciente libertad en un proceso «dialéctico», esto es,
mediante la confrontación entre ideas y sistemas sociales en competencia, en
las que el choque entre un principio («tesis») y su opuesto («antítesis») da
lugar a la «síntesis», que incorpora los aspectos positivos de ambos. El
cristianismo, la Reforma, la Revolución Francesa y la monarquía constitucional
moderna serían diversas síntesis, etapas en el movimiento de la humanidad hacia
la sociedad ideal. Tras la muerte de Hegel en 1831, los intelectuales
discrepaban sobre lo que debía constituir esa sociedad ideal. Los
Rechtshegelianer pensaban que la monarquía protestante prusiana de la época y
el orden que esta había establecido representaban ya el «fin de la historia».
Los «jóvenes hegelianos» (Linkshegelianer), en cambio, juzgaban aquella
monarquía reaccionaria y aspiraban a un sistema parlamentario que permitiera
libertad de prensa y de
religión, al tiempo que descreían del liberalismo
económico que, en su opinión, concedía un poder excesivo a la propiedad
privada.
Tras doctorarse en filosofía Marx contaba con
incorporarse a la Universidad de Bonn, pero las autoridades académicas no
deseaban ofrecer una plataforma a los «jóvenes hegelianos» y tuvo que
contentarse con trabajar para la revista liberal de Colonia Rhenische Zeitung,
recién fundada, de la que se convirtió en director en octubre de 1842. En sus
artículos Marx defendía enérgicamente el punto de vista de la izquierda, en
particular en cuestiones sociales como la propiedad de la tierra, protestando
en nombre de los campesinos que perdían sus viejos derechos a los prados y
bosques comunales, privatizados con justificaciones liberales. En 1843 las
autoridades cerraron la Rhenische Zeitung, lo que llevó a Marx a adoptar una
posición aún más radical. Sus esperanzas de que una prensa libre favorecería la
reforma se habían visto frustradas y ahora juzgaba que no bastaba un cambio
político; se necesitaba una transformación social y económica fundamental.
Además había perdido su fe en la clase media alemana, que se había mostrado muy
cobarde frente al asalto de la monarquía contra la libertad de prensa. A
diferencia de la burguesía francesa, que había encabezado la revolución de 1789
y había defendido las libertades en la revolución de 1830, la burguesía alemana
— argumentaba— estaba irremediablemente uncida a la aristocracia.
Marx y algunos de sus amigos radicales decidieron
abandonar Alemania, demasiado represiva, y emigrar a la atmósfera más abierta
de París. Allí fue donde desarrolló, en 1843-1844, el núcleo de sus futuras
tesis. Siempre le había interesado el socialismo francés, y durante ese período
lo estudió más a fondo y su hostilidad a la democracia constitucional se hizo
más evidente en sus escritos. También conoció las corrientes intelectuales
inglesas a través de Friedrich Engels, quien se iba a convertir en su colaborador
y amigo para toda la vida. Engels, hijo de un próspero empresario textil de
Barmen (Wuppertal, Renania septentrional-Westfalia), era también un joven
radical, aficionado a la poesía romántica y a la filosofía de
los «jóvenes hegelianos», que lo habían alejado del
pietismo radical de su padre; pero había también ciertas diferencias muy
notables entre ambos. La más marcada tenía que ver con su temperamento. Engels,
más sociable y menos combativo que Marx, se sentía menos incómodo en la
sociedad burguesa convencional. Practicaba la esgrima y la equitación,
disfrutaba de la música y de la compañía femenina, así como de los buenos
vinos; pero también era buen organizador y hombre de negocios, a diferencia del
caótico Marx, lo que fue una suerte para este ya que Engels pudo ayudarle en
sus frecuentes estrecheces. Quizá lo más importante es que aportó una
perspectiva inglesa al pensamiento de Marx. Su padre lo había enviado en 1842 a
completar su formación en la sucursal de Manchester de la empresa familiar, y
fue allí, en el punto más avanzado de la economía moderna, donde Engels cobró
conciencia de la naturaleza y mecanismos del capitalismo y de las críticas
socialistas.[*] Engels simpatizaba con Robert Owen y su movimiento
cooperativista, pese a sus posteriores críticas a su «utopismo», y en aquel
momento crucial del desarrollo del pensamiento de Marx fue para él decisiva la
información que le proporcionaba Engels, tanto la referida al cooperativismo de
Owen como al funcionamiento real del capitalismo moderno, del que Engels poseía
un conocimiento práctico de primera mano.[16]
Durante los siguientes años se construyeron así,
sobre la base de esa fructífera asociación, los fundamentos del marxismo en los
Manuscritos de París y otras obras. Puede parecer extraño, dada su evolución
posterior, que el interés primordial de Marx fuera la libertad, pero era la
«libertad» en un sentido rousseauniano, esto es, como liberación con respecto a
otras personas y cosas materiales.
En
la sociedad moderna —argumentaba Marx— el hombre estaba perdiendo su autonomía,
su capacidad para expresarse y para desarrollar su creatividad. En el lenguaje
filosófico hegeliano, estaba siendo controlado por fuerzas «alienantes» a las
que quedaba sometido. Las autocracias privaban de libertad al individuo, pero
la solución no era la democracia parlamentaria, que tan solo
permitía al pueblo votar periódicamente por un
gobierno sobre el que tenía muy escasa influencia. Solo cuando todos los
ciudadanos participaran permanentemente en la conducción del estado —como
sucedía en la antigua Atenas— acabaría esa «alienación» política, y lo mismo se
podía decir de la esfera económica: el hombre era por naturaleza naturalmente
un ser creativo, que desarrollaba todo su potencial colaborando con otros en el
trabajo con el que cambiaba el mundo a su alrededor; pero en las sociedades capitalistas
modernas el hombre había caído esclavo de fuerzas «ajenas»: el dinero, el
mercado y las cosas materiales que él mismo producía.[18] No trabajaba
creativamente, sino simplemente para comer, abrigarse y adquirir cosas
materiales; además trabajaba para otros, como pieza de una máquina obligada a
realizar repetitivamente tareas elementales, obedeciendo a la moderna división
del trabajo; además, estaba cada vez más «alienado» con respecto a los demás,
incapaz de establecer auténticas relaciones humanas.
Para Marx, la solución a ese triste estado de cosas
sería la abolición del mercado y de la propiedad privada, esto es, el
establecimiento del «comunismo». Todos gobernarían directamente el estado,
participando en él en lugar de elegir representantes. Lo que preconizaba no
era, pues, la democracia parlamentaria moderna, basada en el supuesto de que
siempre habrá conflictos de interés entre las clases; para Marx, una vez que se
hubiera superado la división de la sociedad en clases se podría alcanzar un consenso
total. Los derechos y libertades del liberalismo, con los que las minorías se
protegen frente a la mayoría, serían totalmente innecesarios. Esa crítica del
liberalismo iba a ser decisiva en la ideología comunista.
En el comunismo también se transformaría la vida
económica: la gente no trabajaría por dinero, el mercado quedaría abolido, el
trabajo se convertiría en una actividad creativa mediante la que se expresaría
la gente. Como decía Marx, «nuestros productos serán otros tantos espejos en
los que se reflejará nuestra esencia … Mi trabajo será la libre expresión de mi
vida, y por lo tanto un libre
disfrute de esta».[19] Aumentaría la prosperidad
económica, porque al disfrutar todos en el trabajo pondrían mucha más energía y
entusiasmo que sintiéndose oprimidos y explotados. Se pondría fin a la división
del trabajo y las personas serían «completas». En su visión extraordinariamente
utópica de la sociedad comunista, cada persona podría «hacer una cosa hoy y
otra mañana, cazar por la mañana, pescar por la tarde, recoger el ganado al
anochecer y debatir después de cenar, sin convertirse nunca en cazador,
pescador, pastor o conferenciante».[20]
En esos Manuscritos de París el «comunismo» de Marx
se parece, pues, muy poco al igualitarismo raso de Babeuf, el «comunismo
elemental» que consistía meramente en «la consumación de la envidia que se
constituye en poder».[21] Estaba mucho cerca de la concepción romántica de
Fourier, fundamentalmente artística, que señalaba como mal principal el
filisteísmo y materialismo de la cultura moderna. El poeta romántico Heinrich
Heine, con quien Marx solía pasear en París, pudo influirle a este respecto.
Heine defendía ardientemente una visión «sensualista» de la sociedad futura en
la que todos verían satisfechas sus aspiraciones, cualquiera que fuera su lugar
en la sociedad; consideraba enemigos a los socialistas puritanos, que «aplastan
despiadadamente las estatuas de mármol de la belleza».
[22]
Pero el comunismo de Marx se basaba también en
cierta medida en su visión de las sociedades precapitalistas y en su apego
rousseauniano a la antigua «completitud».[23] Marx explicaba que entre los
pueblos primitivos se daba muy poca división del trabajo, excepto en la
familia; se producía para uno mismo o para los parientes, no para los patronos
o el mercado; así pues, no estaban «alienados» y tenían un control pleno sobre
su vida económica, a diferencia de lo que sucedía bajo el capitalismo, en el
que la gente produce para el mercado; también controlaban su vida política,
dirigiendo sus propios asuntos en pequeñas comunidades.
Pero aun así Marx no deseaba un comunismo
«atrasado»; si en algunos aspectos debía parecerse a las sociedades
precapitalistas, se caracterizaría por el alto desarrollo económico. A
diferencia de la mayoría de los comunistas y socialistas utópicos, aceptaba que
el capitalismo y el mercado habían aportado beneficios que tenían que
mantenerse, no destruirse. Alababa que el capitalismo hubiera integrado el
mundo entero y destruido las instituciones «atrasadas» y las formas de vida
primitivas. Ahí vemos la influencia de Saint-Simon, un autor al que Marx había
admirado de muy joven y del que Engels escribió que casi todas las ideas de los
socialistas posteriores estaban contenidas en embrión en su teoría. En cambio,
sentía escasa simpatía por el utopismo descentralizado de Proudhon u Owen. De
hecho, se pueden leer algunos pasajes del Manifiesto comunista como un canto de
alabanza al capitalismo y la globalización, e incluso a su clase progenitora,
la burguesía, conceptuada como clase revolucionaria a la que había que admirar
en muchos sentidos. Había «realizado maravillas que superaban con mucho las
pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas»; al
«someter el campo al dominio de las ciudades», había «rescatado a una parte
considerable de la población de la estupidez de la vida rural»; al crear
«fuerzas productivas enormes, mayores que todas las generaciones precedentes
juntas» y al centralizar la producción en grandes fábricas estaba forjando
estados-nación centralizados a partir de comunidades fragmentadas; pero también
estaba sustituyendo el antiguo «aislamiento de las naciones autosuficientes»
por la «interdependencia universal de las naciones», proceso que beneficiaba al
proletariado porque, a diferencia de la burguesía, no tenía patria.[24] El
comunismo de Marx era, por tanto, inconfundiblemente modernista; sustituiría al
capitalismo, pero se construiría a partir de él. Marx y Engels insistían en
aquella época en que no podía surgir en un país atrasado dominado por una
aristocracia feudal y que careciera de una poderosa base industrial y un amplio
proletariado moderno. Una «revolución burguesa» contra
la aristocracia, como la Revolución Francesa, era,
pues, condición previa para la futura revolución proletaria. El desarrollo
social seguía una serie de etapas, del feudalismo al capitalismo y de este al
comunismo.
Pero si bien Marx y Engels alababan a la burguesía
por configurar estados-nación y un sistema económico global, también mantenían
que no podía controlar el mundo dinámico que había creado. De hecho, la
burguesía estaba creando involuntariamente el instrumento de su propia
destrucción. Utilizando el lenguaje romántico que tanto apreciaba, Marx la
describía «como el brujo incapaz de controlar los poderes del mundo subterráneo
que ha evocado mediante sus sortilegios».[25] La industrialización estaba
destruyendo la producción artesanal a pequeña escala y creando una enorme clase
obrera industrial, que en último término destruiría a la burguesía
convirtiéndose en su Némesis. Los proletarios — insistía Marx— eran mucho más
colectivistas y estaban mejor organizados que los artesanos, habiendo aprendido
a cooperar en su trabajo en las grandes fábricas. También se sentían cada vez
más insatisfechos, ya que la lógica del capitalismo llevaba inevitablemente a
una explotación cada vez mayor. La competencia entre los capitalistas les
obligaba a invertir cada vez más en nuevas maquinarias que les ahorraban mano
de obra, lo que a su vez reducía sus beneficios y les obligaba a explotar aún
más a los obreros; pero también les obligaba a producir cantidades excesivas
para el mercado, dando lugar a crisis económicas periódicas que llevaban a la
quiebra a muchos pequeños capitalistas y concentraban la propiedad en cada vez
menos manos. La inestabilidad e irracionalidad del capitalismo preparaba así el
terreno para el comunismo: el proletariado, una fuerza cada vez más
revolucionaria, estaría pronto en condiciones de tomar el control de un proceso
de producción mecanizado, idóneo para una gestión racional mediante la
planificación centralizada. El sistema socioeconómico caería así como un fruto
maduro en manos de los trabajadores. Como declaraba el Manifiesto, «el
proletariado utilizará
su supremacía política para arrebatar poco a poco
todo el capital a la burguesía, para centralizar todos los instrumentos de la
producción en manos del estado, esto es, del proletariado organizado como clase
dominante». El estado mejoraría la economía «de acuerdo con un plan común»,
movilizando a todos los trabajadores en «ejércitos industriales».[26]
¿Cómo se podía conciliar esta imagen de la
sociedad, caracterizada por la centralización y la planificación e incluso la
disciplina militar, con la visión del trabajo como gozosa creatividad? ¿Y cómo
podía conciliarse esta o cualquier otra forma de socialismo con la insurrección
y la violencia revolucionaria? Marx y Engels se esforzaron por resolver esas
tensiones, pero pese a sus esfuerzos se aprecian grietas en el edificio del
marxismo entre sus tres principales elementos constituyentes: el romanticismo utópico
de gente como Rousseau o Fourier, la revolución igualitaria de Babeuf y la
tecnocracia de Saint-Simon. En las obras posteriores de Marx y Engels se pueden
seguir apreciando esas tres visiones, bastante diferentes: una «romántica», en
la que la gente trabaja por gusto y se gobierna a sí misma, sin necesidad de
una autoridad impuesta desde arriba; una «radical», revolucionaria e
igualitaria, en la que la clase obrera se une heroicamente en las barricadas
para combatir a la burguesía y establecer un nuevo estado revolucionario; y una
«modernista», en la que la economía se gestiona mediante un plan central,
administrado, al menos en un primer momento, por cierto tipo de burocracia.
Estas tres visiones diferentes también afectaban a la respuesta de Marx y
Engels a otra cuestión: ¿cómo se alcanzaría el comunismo? Para el Marx más
radical, el proletariado estaba listo para la sociedad comunista. Del mismo
modo que se podía confiar en que trabajara diligentemente, sin una dirección
desde arriba, su heroísmo y sacrificio llevaría a una revolución comunista en
un futuro muy próximo; pero para el Marx modernista, la revolución solo
llegaría cuando estuvieran maduras las condiciones económicas, con una
industria altamente desarrollada y con el capitalismo al borde de una crisis a
menudo difícil de definir.
Los que confiaban simplemente en el heroísmo de la
clase obrera para llegar al comunismo y pretendían un fin inmediato del
capitalismo ignoraban la realidad económica y caían en el pecado mortal de
utopismo.[27]
Así y todo, el peso de esos tres elementos a partir
de 1848 era desigual. El romanticismo utópico seguía presente como fin último
del «comunismo», pero su importancia declinó. El marxismo se iba convirtiendo
progresivamente en una filosofía de la revolución y la ciencia, y la tensión
entre ambas suponía una grieta en el marxismo que ha persistido durante toda su
historia. Marx y Engels se esforzaron denodadamente por cerrarla, pero
paradójicamente no dejaba de tener ventajas. Aunque menoscababa su coherencia,
también les proporcionaba cierta flexibilidad, permitiéndoles inclinarse hacia
el radicalismo o el modernismo según fuera la situación. Este equilibrio se iba
a demostrar vital para la supervivencia del marxismo durante los violentos
levantamientos y cambios repentinos de orientación política durante el siglo
XIX en Europa occidental.
IV
Norbert Truquin, un obrero pobre frecuentemente
desempleado, llegó a París en 1848 en busca de trabajo y lo encontró dándole
vueltas a una rueda dentada por dos francos al día. Aunque conocía bien las
ideas socialistas, su juicio acerca de ellas era ambiguo. Su autobiografía
registra que se sentía «anticomunista» porque le parecía que «el comunismo
requería una disciplina de hierro, ante la cual toda voluntad individual sería
aniquilada», y además estorbaría su «deseo de conocer mundo». Sin embargo, también
veía las ventajas del comunismo: «Si los bienes fueran comunes, no tendríamos
que viajar tres leguas al día para conseguir trabajo … No nos veríamos
reducidos a no comer más que caldo y los niños
no se verían obligados a trabajar desde tan
pequeños».[28] Cuando en febrero de 1848 estalló la revolución, se unió a las
barricadas. Recordando aquel ambiente gozoso, en el que burgueses y proletarios
celebraban la proclamación de la Segunda República, también detectaba tensiones
bajo la superficie: «Observando la apariencia física de los burgueses se podía
decir que había algo falso en sus efusivos gestos teatrales y que
experimentaban una aversión mal disfrazada hacia sus camaradas de armas».[29]
Truquin presentía efectivamente el fin de la alianza entre obreros y burgueses
que había caracterizado aquel período de la historia francesa. En junio aquella
brecha se abrió definitivamente, haciéndose permanente.
De hecho los signos de la escisión habían surgido
mucho antes, a continuación de la revolución de 1830. Aquella revolución había
llevado al poder a un régimen favorable al laissez-faire y el gobierno de Luis
Felipe de Orleans no sentía ninguna simpatía por las reivindicaciones de los
artesanos y obreros que sufrían las consecuencias de la economía capitalista
emergente. A medida que crecían las ciudades se expandían los mercados y nuevas
tecnologías impulsaban la producción fabril a gran escala, sometiendo a una
enorme presión a los pequeños artesanos. Los antiguos gremios, allí donde
existían, se veían perjudicados por la producción en masa de artículos baratos
en las fábricas de los grandes empresarios capitalistas, a cargo de obreros
poco cualificados, los «proletarios» de Marx. La consecuencia fue la rebelión
generalizada, y el levantamiento de los trabajadores de la seda en Lyon en 1831
fue quizá su primer anuncio.[30] Hasta entonces las protestas obreras —como las
de los sans-culottes en 1793-1794— tenían más que ver con su calidad de
consumidores que de productores, pero ahora su eslogan, Vivre en travaillant ou
mourir en combattant! mostraba que los sublevados se veían a sí mismos como
trabajadores en lucha contra los propietarios. A diferencia de las revoluciones
de 1789 y 1830, cuando una alianza entre pequeños y medianos artesanos con
propietarios
relativamente acomodados protestaba contra el orden
aristocrático, ahora se trataba de obreros manuales en lucha contra un gobierno
liberal. De hecho, algunos se consideraban «proletarios» aunque no fueran
obreros industriales y poseyeran su propio taller o negocio. Los observadores
de la época captaban que estaba sucediendo algo nuevo. Fue entonces, en 1831,
cuando Pierre Leroux acuñó el término «socialismo» y la «cuestión social» se
convirtió en un tema de moda.
Un año después de la huelga de Lyon los obreros de
París trataron de seguir su ejemplo; Victor Hugo describió dramáticamente en
Les Misérables aquellos acontecimientos. Durante las décadas de 1830 y 1840
florecieron en Francia el movimiento y el pensamiento socialista, pero fue
sobre todo en Gran Bretaña, donde la industria moderna se estaba haciendo ya
dominante, donde los protestas obreras cobraron formas más espectaculares con
el desarrollo del movimiento cartista, en el que los antiguos artesanos se unieron
a los obreros industriales para reivindicar el derecho de voto y reformas
sociales. Los acontecimientos de la década de 1840 en Francia y Gran Bretaña
convencieron a muchos, tanto en la izquierda como en la derecha, de que la
revolución era una posibilidad real, y evidentemente alimentaron el optimismo
de Marx y Engels. Como escribía Marx a propósito de una reunión con los obreros
parisinos en 1843:
Cuando los artesanos comunistas forman
asociaciones, sus primeros objetivos son la enseñanza y la propaganda; pero su
propia asociación crea una nueva necesidad —la necesidad de la sociedad— y lo
que parecía ser un medio se convierte en un fin … La fraternidad entre los
hombres ya no es entonces una mera frase sino un hecho de la vida, y la nobleza
del hombre brilla sobre nosotros desde sus cuerpos endurecidos por el
trabajo.[31]
Sin embargo, como queda claro en esas
observaciones, su profesión de fe en el colectivismo y la energía
revolucionaria de los trabajadores se basaba en gran medida en la experiencia
de los artesanos y no de los obreros industriales que, en su opinión, serían
los artífices del comunismo. Aunque los artesanos
solían ser efectivamente muy radicales, lo que defendían contra el capitalismo
era principalmente su modo de vida tradicional, no el futuro industrial. Además
carecían del poder del número, la coherencia y la organización. La producción
en el continente era todavía en gran medida artesanal, y allí donde existía un
proletariado industrial amplio —en Gran Bretaña— no predominaban en él las
corrientes más radicales. Aun así, y aunque el Manifiesto comunista, publicado
en febrero de 1848, apenas fue leído más allá de un selecto círculo de
comunistas, resultó asombrosamente profético y la propagación de la revolución
por toda Europa reforzó la creencia de Marx en el inminente colapso del
capitalismo a manos del proletariado.
Los acontecimientos revolucionarios comenzaron en
Suiza en 1847 y a principios del año siguiente se extendieron a Sicilia,
Nápoles, París, Múnich, Viena, Budapest, Venecia, Cracovia, Milán y Berlín. A
la cabeza estaban ricos profesionales liberales que reclamaban libertad de
expresión y ampliación del derecho de voto; en algunos lugares, como en el
imperio austríaco, también exigían independencia nacional. Pronto se hizo
evidente la debilidad del Antiguo Régimen y los monarcas absolutistas fueron
derrocados u obligados a conceder ciertas libertades. Las nuevas autoridades
introdujeron reformas liberales moderadas, desmantelando el gobierno
autocrático y la servidumbre típicos del Antiguo Régimen, especialmente en
Alemania y Austria-Hungría.
Marx estaba muy esperanzado en aquellas
sublevaciones, viéndolas como un preludio de su revolución proletaria. En marzo
se trasladó junto con Engels y su familia a Colonia, donde creó un diario
radical, la Nueva Gaceta Renana (Neue Rhenische Zeitung), mientras seguía
trabajando como activista político. Su actitud hacia la revolución dependía de
la situación particular de cada país. En Francia creía que la revolución
seguiría la pauta de 1789: la revolución burguesa se radicalizaría
inevitablemente y entonces estallaría la lucha de clases entre el proletariado
y la burguesía. Alemania, en cambio, estaba, en su opinión, demasiado atrasada
para ese escenario: todavía no se había producido
allí una revolución burguesa. Aun así, a finales de 1848 creyó que la
perspectiva de una revolución comunista también era concebible en Alemania,
debido a su desarrollo desigual: aunque los estados alemanes eran gobernados
por la vieja aristocracia feudal, la revolución burguesa tendría lugar con la
ayuda de un «proletariado desarrollado», por lo que urgió a sus camaradas
comunistas a apoyar a la burguesía en la lucha por reformas políticas
democráticas, prosiguiendo a continuación la lucha en la revolución proletaria
que se produciría a continuación, cuando el proletariado aprovechara su
«supremacía política» para centralizar e incrementar la producción.[32] Aquella
fue la primera formulación, embrionaria, de la teoría de la «revolución
permanente» —la idea de que en un país atrasado el proletariado podía apoyar
una revolución burguesa preparándose para llevar a cabo inmediatamente una
segunda revolución, esta proletaria—; esa teoría, desarrollada posteriormente
por Leon Trotski, fue la utilizada para justificar la revolución bolchevique en
Rusia.
Para Marx y Engels el resultado de la revolución
proletaria debía ser una «dictadura del proletariado» temporal, pero bajo esa
expresión no entendían el gobierno de un partido revolucionario sobre la
mayoría, según el modelo jacobino o blanquista, sino más bien una democracia en
la que el proletariado gobernaría mediante asambleas populares y utilizaría
medidas de emergencia, violentas si fuera necesario, para destruir el viejo
estado.[33]
Durante el primer semestre de 1848 las predicciones
de Marx sobre la revolución en Francia no parecían descabelladas; aunque en
aquella revolución, como en las anteriores, la clase media y los trabajadores
actuaron unidos, estos últimos tenían bien aprendida la lección de 1830 y
estaban decididos a no permitir que les «robaran» su revolución.[34] El
gobierno de la derecha liberal de François Guizot, que pretendía preservar el
poder monárquico de Louis-Philippe, había perdido el apoyo de la clase media al
oponerse a cualquier reforma del sufragio censitario, muy restringido, además
de manipular las elecciones mientras ejercía una
represión muy dura contra los más pobres. Durante la noche del 22 de febrero
los descontentos levantaron más de un millón de adoquines del pavimento y
derribaron más de 4000 árboles, y a la mañana siguiente se habían levantado más
de 1500 barricadas. Las autoridades no pudieron persuadir a la Guardia Nacional
para que actuara contra los sublevados y al día siguiente Louis-Philippe
sustituyó a Guizot por Adolphe Thiers, sin saber que este formaba parte de una conspiración
para proclamar la República, como efectivamente sucedió el día 24; el rey
destronado huyó a Inglaterra, donde vivió tranquilamente hasta su muerte dos
años después.
El nuevo gobierno francés estaba dominado por
republicanos moderados, pero también incluía a gente más radical como el famoso
socialista Louis Blanc y un tal Alexandre Martin, conocido como «el obrero
Albert»; estos se vieron reforzados por la presión directa de una enorme
multitud de trabajadores que se reunió amenazadoramente en el exterior del
Hôtel de Ville. El gobierno provisional aprobó rápidamente muchas de sus
demandas: se declaró la República, se introdujo el sufragio universal para los
varones y se introdujeron reformas destinadas específicamente a ayudar a los
trabajadores en dificultades; se prohibió la subcontratación —método empleado
por los patronos para reducir los salarios— y se limitó la jornada de trabajo a
diez horas (fue la primera que un gobierno regulaba de esa forma el trabajo).
Sin embargo, la promesa del gobierno provisional,
bajo la presión de Louis Blanc, «de garantizar el trabajo a todos los
ciudadanos» provocó un importante conflicto con los miembros más conservadores
del gobierno. Se crearon «talleres nacionales» para emplear a los indigentes,
en particular en planes de obras públicas financiados con un impuesto sobre la
tierra que recaía principalmente sobre los pequeños granjeros; pero en las
elecciones celebradas el 23 de abril los conservadores del Parti de l'Ordre obtienen
la mayoría de los representantes en las provincias, mostrando el aislamiento de
los radicales parisinos con respecto al
campo. La Asamblea Nacional Constituyente nacida de
aquellas elecciones decidió el 21 de junio el cierre de los «talleres
nacionales» y más de 15 000 obreros de París respondieron volviendo a tomar las
calles y a levantar barricadas —esta vez menos efectivas— en una de las
insurrecciones obreras más impresionantes de la historia. Parte de los
insurgentes eran miembros de los talleres, pero en su mayoría eran artesanos
que protestaban contra la nueva economía fabril.[35] El 24 de junio la Asamblea
Nacional decretó el estado de sitio y confió todos los poderes al general
Cavaignac, quien hizo llegar de las provincias alrededor de 100 000 guardias
nacionales con los que aplastó la sublevación, aunque la lucha se prolongó
varios días. Miles de obreros murieron, fueron encarcelados o deportados a
Argelia. El proletariado no se había mostrado lo bastante numeroso o poderoso
como para imponer una solución socialista en Francia.
Si las predicciones de Marx sobre la revolución
proletaria no se habían materializado en Francia, era aún menos probable que lo
hicieran en Alemania, donde el movimiento obrero era más débil y estaba más
dividido y la clase media era más conservadora, pese al radicalismo de parte
del campesinado. El propio Marx propuso en un principio la lucha por objetivos
democrático-constitucionales más que socialistas; pero en septiembre, cuando
quedó claro que la clase media no iba a desempeñar un papel revolucionario,
Engels y él propugnaron una república «roja» que adoptara una política
socialista y se mostraron favorables a las insurrecciones revolucionarias allí
donde pudieran tener éxito, aunque insistían en que debían ser revoluciones de
masas —incluyendo tanto a los obreros industriales como a los campesinos— y no
conspiraciones «blanquistas».[36] El propio Engels participó personalmente en
los levantamientos que se produjeron en Elberfeld y en Renania-Palatinado en
mayo de 1849. En septiembre del año anterior escribió entusiasmado sobre las
insurrecciones armadas: «¿Hay algún centro revolucionario en el mundo donde la
bandera roja, emblema del proletariado militante de Europa, no haya ondeado en
las barricadas durante los últimos cinco
meses?».[37] Así pues, en 1848-1849 Marx y Engels promovieron la vía que debían
seguir en el futuro tantos comunistas revolucionarios, fomentando la revolución
popular en sociedades agrarias subdesarrolladas.[38]
En toda la Europa central y occidental los
artesanos se manifestaban contra el desempleo y la competencia, acompañados a
veces por campesinos encolerizados en los que la pérdida de las tierras
comunales despertaba una enorme irritación. Cabía, pues, entender la previsión
de radicales como Marx de que se podía repetir una revolución como la de 1789;
pero los moderados y conservadores también habían aprendido las lecciones de
1789 y estaban decididos a aplastar la rebeldía popular con todos los medios a
su alcance.[39] En noviembre de 1848 la revolución prusiana fue derrotada y
miles de trabajadores fueron deportados de Berlín y otras ciudades, mientras
que en Francia fue elegido presidente Louis-Napoléon Bonaparte, valiéndose de
su apellido y con el apoyo del Partido del Orden (Parti de l'Ordre)
contrarrevolucionario en el campo, pero también de obreros resentidos por la
violencia utilizada contra ellos por los republicanos liberales. Una vez en el
poder, la política de Napoleón III se hizo cada vez más conservadora, y a
mediados de 1849 sus tropas contribuyeron a derrotar a los últimos gobiernos
revolucionarios en Italia.
Aun así, durante algún tiempo Marx y Engels se
negaron a aceptar que todo estaba perdido y siguieron creyendo que estaba a
punto de estallar una revolución como las de 1789 o 1848. Sus esperanzas
revolucionarias aumentaban y disminuían según las circunstancias, pero a
finales de la década de 1850 estaba claro que no cabía esperar pronto otra
revolución.
Los socialistas, no obstante, pudieron recobrar
ánimos en un episodio revolucionario durante aquel período tan poco
revolucionario: la Comuna de París en 1871. París había sido rodeada por el
ejército prusiano en uno de los asedios más largos de la era moderna (dejando a
un lado el de Stalingrado) y cuando el
gobierno firmó un armisticio los parisinos se
sintieron humillados. Celebraron elecciones y alrededor de la tercera parte de
los diputados electos eran trabajadores, resultando el gobierno más obrero
surgido en Europa hasta entonces. Treinta y dos de los ochenta y un miembros
elegidos de la Comuna[*] pertenecían a la Primera Internacional (Asociación
Internacional de los Trabajadores, AIT) que Marx había contribuido a fundar en
1864, pero la mayoría no era marxista[40] y estaban más influidos por el anarquismo
descentralizado de Proudhon o por el jacobinismo insurreccional de Blanqui.[41]
En cualquier caso, la transcendencia real de la Comuna reside en su legado. Fue
el primer gobierno relacionado con Marx y por primera vez fue la bandera roja y
no la tricolor de la República la que ondeaba en la sede del gobierno, el Hôtel
de Ville; Marx y Engels la presentaron como modelo de su «dictadura del
proletariado».[42] Para ellos la Comuna había demostrado que la vieja
burocracia estatal podía ser aplastada y todas las áreas del gobierno
democratizadas. Los diputados electos gobernaban directamente como legisladores
y como ejecutivos y todos los funcionaros recibían el salario medio de un
obrero y podían ser revocados por el pueblo en cualquier momento.
V
En 1871 pocos lugares parecían más alejados de la
turbulencia revolucionaria del Hôtel de Ville de París que el callado esplendor
neoclásico de la biblioteca del British Museum de Londres. Allí era donde Karl
Marx, sentado en una confortable butaca tapizada de cuero ante el escritorio
G7, bajo la gran cúpula pintada de frío azul celeste salpicado de oro, se
sumergía en grandes volúmenes de economía y historia. Pese a su tranquilo
entorno, podía sentirse afligido; en un momento particularmente melancólico le
dijo a una de sus hijas que se había transformado en «una máquina condenada a
devorar libros para luego arrojarlos,
transformados, al basurero de la historia» (un sentimiento que muchos
investigadores reconocerán).
[43]
Marx había decidido cambiar la política por la
biblioteca y había trasladado el foco de su interés de las barricadas al
terreno de la teoría. Al ir perdiendo la fe en el heroísmo proletario, trataba
de mostrar que otra fuerza podía impulsar al mundo hacia el comunismo: la
economía. El resultado fue su monumental obra de síntesis, más vendida que
leída, El capital.
Como sugiere su título, El capital era
principalmente un análisis de los mecanismos, debilidades y previsible
decadencia del capitalismo, y hablaba poco del comunismo. Pero a medida que
Marx se iba interesando más por la realidad de la economía moderna, su visión
del comunismo y de cómo alcanzarlo comenzó a cambiar. Tanto él como Engels
insistían ahora en que una sociedad comunista tenía que ser económicamente más
racional que una basada en el capitalismo, incluyendo plenamente la realidad de
la sociedad industrial. Su idea anterior de que el trabajo podía ser de por sí
estimulante, creador y agradable dio paso a la opinión mucho más pesimista de
que tenía que ser dirigido desde arriba por técnicos y jefes. Las promesas de
control obrero sobre las fábricas fueron silenciosamente abandonadas y Marx
manifestó claramente que el heroísmo y la creatividad proletaria no eran
suficientes. Como explicaba en El capital, «todo trabajo … combinado a gran
escala requiere … una dirección».[44] La autorrealización y el desarrollo
individual solo podrían tener lugar tras el fin de la jornada laboral, durante
el tiempo de ocio.[45] Además, cada vez quedaba más claro que ya no creía en el
sueño romántico del hombre «completo», cazador por la mañana, pescador por la
tarde y tertuliano al anochecer; incluso bajo el comunismo —sugería—, la
división del trabajo moderna era la única forma eficiente de producción. Para
Marx, ahora, la principal ventaja del comunismo sobre el capitalismo estaba en
la eficiencia: la planificación racional y su capacidad para
acabar con la sucesión caótica de expansiones y
recesiones provocadas por el mercado libre.
Marx y Engels inclinaban así decisivamente su
doctrina en una dirección modernista. Su comunismo se parecía cada vez más a la
mecanizada y ordenada fábrica moderna y menos al sueño romántico de
autorrealización, al tiempo que el heroísmo de las barricadas quedaba
pospuesto. Dada esa visión del comunismo, no es sorprendente que Marx
insistiera en que solo se podía llegar a él cuando se dieran las debidas
condiciones económicas: industria a gran escala y un proletariado dominante.
Marx había dejado de considerar el heroísmo revolucionario del proletariado
como la principal fuerza impulsora de la historia, cediendo protagonismo a las
leyes objetivas y científicas del desarrollo socioeconómico y social; la gente
más adecuada para construir el comunismo no era por tanto proletarios
corrientes sino marxistas expertos que entendieran la «ciencia» de la
historia.[46] La revolución no podía ser prematura; el proletariado tendría que
esperar hasta que maduraran las condiciones y llegara su momento.
Este enfoque «científico» del marxismo era, al
menos en parte, una respuesta a las corrientes intelectuales de la década de
1860. Ahora estaban de moda los sociólogos darwinianos como Herbert Spencer y
se argumentaba que la humanidad estaba al borde de descubrir leyes generales
que se aplicarían tanto a la sociedad como al mundo natural. Marx y Engels se
mantenían al día de los últimos descubrimientos científicos. Como declaró
Engels en el funeral de Marx en 1883, «del mismo modo que Darwin descubrió la
ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del
desarrollo de la historia humana».[47] Era el más interesado en ganar para el
marxismo el estatus de ciencia y demostrar así la necesidad objetiva del
comunismo. Empleó mucho tiempo y esfuerzo en injertar las ideas hegelianas de
la pauta dialéctica de la historia en las ciencias naturales, dando lugar a un
conjunto de teorías un tanto excéntricas englobadas bajo el nombre de
«materialismo dialéctico»,[48] una de cuyas «leyes» era que el
mundo natural, como las sociedades humanas, pasaba
por períodos de evolución lenta a los que seguían «saltos» revolucionarios,
como cuando el agua aumenta gradualmente de temperatura hasta que de repente
sufre una transformación «revolucionaria» en vapor.[49] Como se verá más
adelante, los regímenes comunistas utilizaron esas teorías para justificar los
esfuerzos por llevar a cabo «saltos» económicos extraordinarios, a menudo con
resultados desastrosos. Pero el propio Engels no llevaba sus ideas en esa dirección
revolucionaria; su intento de convertir el marxismo en ciencia lo conducía
inexorablemente a conclusiones gradualistas: si las leyes de la naturaleza
aseguraban que el comunismo llegaría de todas formas, ¿por qué había que forzar
la historia?[50]
Esto no quiere decir que el radicalismo
revolucionario de 1848 y el romanticismo del joven Marx quedaran totalmente
arrumbados por el marxismo modernista, sino que el propio Marx trató de
reconciliar los tres elementos, esbozando un mapa de ruta que mostraba la vía
hacia el comunismo aunque sus elementos más igualitarios quedaran pospuestos
hasta un distante futuro. El mapa no era del todo coherente y Marx se resistía
notoriamente a especular sobre el futuro, de forma que sus seguidores tuvieron
que completarlo a partir de declaraciones —a veces contradictorias— suyas y de
Engels; pero los marxistas aceptaban en líneas generales que los partidos
comunistas debían organizar a la clase obrera y prepararla para la revolución
proletaria, aunque durante su fase inicial no se pudiera confiar únicamente en
el impulso de clase: los comunistas, «la fracción más avanzada y resuelta de
los partidos obreros», tendrían por tanto que asumir la dirección.[51] De forma
parecida, en la primera fase del comunismo, inmediatamente después de la
revolución, aunque el mercado y la propiedad privada quedaran abolidos,
seguiría existiendo el estado. Se establecería un nuevo estado, la «dictadura
del proletariado», que combatiría la oposición burguesa y «centralizaría
[gradualmente] todos los instrumentos de producción en manos del estado».[52]
Se iniciaría así una larga fase, la etapa «inferior» del comunismo (a la que
los
bolcheviques llamaron más tarde «socialismo»),
durante la cual los trabajadores —de los que todavía no cabía pensar que
trabajaran simplemente por amor al arte— recibirían un salario proporcional a
su trabajo. Solo más adelante, en una etapa posterior (a la que los
bolcheviques llamaban «comunismo»), predominaría el colectivismo y el espíritu
público hasta el punto de que no habría que recurrir a la disciplina coercitiva
o a sobornos monetarios, y solo entonces se gobernaría la sociedad según el
principio «de cada uno según sus capacidades y a cada uno según sus
necesidades»; solo entonces podría el pueblo gobernarse a sí mismo y el estado
acabaría «extinguiéndose».[53]
Ese mapa de ruta dominaba el pensamiento marxista y
todos estaban obligados a seguirlo; pero era evidente que se podía interpretar
de muchas formas diferentes, por ejemplo en cuanto a la velocidad o los plazos:
el trayecto hacia el comunismo podía recorrerse muy rápidamente o de forma
gradual, podía ir acompañado por la violencia revolucionaria o por un
desarrollo económico pacífico. Los marxistas discrepaban sobre si el puesto de
mando correspondería al conjunto de la clase obrera o a un grupo de sabios marxistas,
expertos en las leyes de la historia. También había diferentes opiniones sobre
el papel del estado y la velocidad con que sería sustituido por una democracia
del estilo de la Comuna de París.
Así pues, el marxismo conservaba sus componentes
romántico, radical y modernista, pero a partir de la década de 1860 y hasta la
primera guerra mundial se había establecido un nuevo equilibrio, con el centro
de gravedad decisivamente desplazado hacia el modernismo. Los principales
textos marxistas románticos de la década de 1840 no fueron publicados hasta
1930 y Engels, que se convirtió en el principal teórico tras la muerte de Marx
en 1883, se esforzó por popularizar el marxismo más modernista en obras como
Del socialismo utópico al socialismo científico. Según esa versión, la
transición al comunismo sería gradual, los trabajadores tendrían que esperar
hasta que estuvieran maduras las condiciones económicas
y el ideal comunista debía basarse en la industria
moderna y una poderosa burocracia (bajo el control de los trabajadores).
Entretanto los comunistas —o «socialdemócratas», como se llamaban ahora—,
debían constituir partidos políticos centralizados y bien organizados para
luchar por los intereses de los trabajadores en la medida en que se lo
permitiera el sistema político «burgués» existente, participar en las
elecciones y no impulsar revoluciones prematuras. Debían, eso sí, preservar su
independencia sin desplazarse demasiado a la derecha ni supeditarse a los
partidos burgueses; pero aquel marxismo estaba muy alejado del igualitarismo
revolucionario de las barricadas.
Tras un largo período durante la década de 1850, en
la que la represión hacía muy difícil la política socialista, Marx y Engels
volvieron al activismo político años después participando en 1864 en la
fundación de la «Primera Internacional», un agrupamiento de partidos
socialistas nacionales, con resultados diversos. No consiguieron inducir a los
pragmáticos sindicalistas británicos a romper con el Partido Liberal y la
influencia de la Internacional en Gran Bretaña nunca se recuperó de aquella
polémica; pero Marx y Engels se veían aún más amenazados desde la izquierda
anarquista representada principalmente por Proudhon y Mijail Bakunin, para
quienes el marxismo resultaba demasiado autoritario y preferían una forma
descentralizada de socialismo. Para Bakunin, hijo de un noble ruso, Marx era
«autoritario de la cabeza a los pies», y su socialismo «científico» estaba
destinado a entregar el poder a «una aristocracia numéricamente pequeña de
científicos genuinos o falsos».[54] Marx respondió en un tono parecido que
Bakunin era un «monstruo, totalmente estúpido, aspirante a dictador de los
obreros europeos».[55]
Lo cierto es que Bakunin gozaba de un gran apoyo en
la Internacional y el conflicto entre marxistas y bakuninistas iba a provocar
la destrucción de aquella organización, cuyo último congreso conjunto (el V)
tuvo lugar en La Haya en 1872. Marx, asociado para la opinión pública con la
Comuna de París del año
anterior, era ahora una figura notoria (el «Doctor
del Terror Rojo») y los delegados fueron seguidos desde la estación hasta su
hotel por una multitud, aunque, según un periodista, se advirtió a los niños de
que no salieran a la calle con objetos de valor por si la malvada Internacional
se los robaba.[56] Pero Marx no pudo valerse de aquella reputación a nivel de
calle como líder del socialismo en la sala del congreso; se ganó la inquina de
muchos de los delegados con su brusquedad hacia Bakunin y los sindicalistas
británicos. El congreso decidió expulsar a Bakunin[*] y desplazar el Consejo
General de Londres a Nueva York, a raíz de lo cual las federaciones italiana,
española y del Jura (suiza), más algunas secciones francesas y americanas,
constituyeron pocos días después en Saint-Imier, cerca de Berna, una
Internacional rival encabezada por Bakunin. El traslado a Estados Unidos no
sirvió de mucho y el congreso reunido en Filadelfia en julio de 1876 decidió la
disolución de la AIT.
Sin embargo, a largo plazo la versión modernista
del socialismo de Marx y Engels arraigó mejor en Europa occidental que su rival
anarquista. La llamada «segunda revolución industrial» de finales del siglo XIX
impulsó el desarrollo de la economía industrial moderna.
Las
fábricas crecieron a medida que se situaban en primer plano los sectores
metalúrgico y químico junto a la minería y el transporte; la maquinaria se hizo
cada vez más compleja y clara; la competencia internacional más intensa; y
surgieron las corporaciones modernas, con toda una jerarquía de directivos para
gestionar eficientemente los negocios y controlar a los trabajadores. Todo esto
tuvo un efecto enorme sobre el proletariado. La fuerza de trabajo urbana
aumentó y los patronos trataron de incrementar la productividad reduciendo los
salarios y empleando la maquinaria para «desespecializar» a los trabajadores,
pagándoles menos por realizar tareas rutinarias. Al mismo tiempo las economías
nacionales se integraban más y más y los trabajadores urbanos cobraban
conciencia de que sus intereses de clase no se oponían a los de los
trabajadores del campo.
Así pues, en el momento de su muerte en 1883 muchas
de las predicciones de Marx se habían cumplido, en particular la
desespecialización y la globalización de la economía. La clase obrera, muy
ampliada, iba cobrando confianza en los partidos marxistas; sin embargo, el
proletariado industrial no constituía más que una minoría de la población,
confinada en los sectores más modernos de la economía, y a menudo tenía poco en
común con la masa de obreros eventuales, menos organizados. Las reacciones a
los cambios económicos tampoco eran las mismas: la desespecialización podía
irritar a los trabajadores e incitarlos a la militancia, pero a menudo eran
menos radicales que en las primeras fases de la industrialización. La agitación
laboral de la primera industrialización se había alimentado de una ambivalencia
hacia la industria moderna y a veces un rechazo total; pero ahora muchos
trabajadores se habían integrado en el sistema fabril y habían aprendido a
trabajar en él. Los patronos solían tener mucho poder sobre ellos, lo que los
llevaba a aceptar la realidad del mundo industrial más que a que rebelarse
contra él.[58]
La evolución de la política europea también
contribuyó a esa combinación de conflicto y compromiso. Los sindicalistas
seguían siendo víctimas de la represión estatal en muchos países de Europa,
pero las violentas «guerras civiles» de las décadas de 1830 y 1840 se habían
atenuado mucho en la de 1860. Los estados iban aceptando las reformas
democráticas exigidas y negadas en 1848 y las iban ampliando gradualmente de
las clases medias a los trabajadores. El marxismo, por tanto, se beneficiaba de
parte de los cambios sociales y políticos de finales del siglo XIX, pero no de
otros. En el mundo occidental los más pobres tenían ante sí varias vías y no
todos preferían la marxista.
VI
Un año después de la muerte de Marx, en 1884, el
escritor francés Émile Zola comenzó su gran «novela socialista», decidido a
atraer la atención de la clase media a lo que consideraba la cuestión central
de su época: la inminencia de una revolución sangrienta:
El tema de la novela es la sublevación de los
obreros, la sacudida que supondrá para toda la sociedad, fracturada y al borde
del caos; en una palabra, la lucha entre capital y trabajo. Ahí está la
importancia del libro con el que quiero predecir el futuro, planteando la
cuestión que será la más importante del siglo XX.[59]
Inicialmente Zola planeaba llamar a la novela La
tormenta inminente, pero finalmente se decidió por el título Germinal, evocando
deliberadamente a los jacobinos, que habían dado ese nombre al primer mes de la
primavera. Zola creía que debía obligar a sus lectores a reconocer los
tambaleantes fundamentos del orden burgués mientras el capital y el trabajo
luchaban literalmente bajo sus pies. En la inmensa mina de carbón «Le Voreux»
(«una bestia voraz»), «crecía desde las profundidades un ejército, una futura cosecha
de ciudadanos, germinando como semillas que algún día romperían la corteza de
la tierra para aparecer a la luz del sol».[60]
Los protagonistas de Germinal representaban cuatro
versiones socialistas diferentes: Souvarine es un anarquista ruso emigrado;
Étienne Lantier una especie de marxista, colectivista intransigente,
autoritario, jacobino; Rasseneur, un socialista moderado o «posibilista»
(basado en Émile Basly, minero conocido de Zola que al año siguiente se iba a
convertir en diputado); y el abate Ranvier, un socialista cristiano. Étienne es
el héroe de la novela, pero como Rasseneur, también se muestra egoísta y
ambicioso; Souvarine, aunque idealista, es destructivo; y Ranvier ineficaz. En
último término Zola cree a los cuatro incapaces de controlar a las masas, una
fuerza de la naturaleza violenta, casi bestial; aterroriza a sus lectores con
el relato de huelgas y manifestaciones increíblemente violentas. Sus personajes
burgueses tenían ante sí
la visión roja de la revolución que se los llevaría
a todos por delante, inevitablemente, algún atardecer sangriento de este fin de
siglo … Sí, serían los mismos andrajos, el mismo trueno de grandes zuecos, la
misma horda terrible, sucia y de hálito nauseabundo, que barrería el viejo
mundo con su empuje desbordante de bárbaros.[61]
El propio Zola sentía poca simpatía por la política
revolucionaria, y al final Étienne, líder de una desastrosa huelga, parece
haber «superado su inmaduro resentimiento» en favor de un futuro en que los
obreros, sin necesidad de violencia, podrían reunirse tranquilamente, conocerse
y asociarse en sindicatos; quizá la legalidad, algún día, podría tener efectos
tremendos; ese día «el dios saciado y agazapado reventaría, aquel ídolo
monstruoso oculto en el fondo de su tabernáculo, en aquella profundidad lejana
donde se alimentaba de la carne de miserables que nunca lo habían visto».
[62]
La predicción de Zola de que la política de la
izquierda se haría menos revolucionaria y más respetuosa de la ley resultó
cierta para algunos países pero no para otros. En la medida en que los partidos
políticos «burgueses» aceptaban integrar al proletariado en el orden político y
conceder representación a los sindicatos, como sucedió en el caso del Partido
Liberal británico y su política «lib-lab», los obreros tendían a abandonar los
objetivos revolucionarios; ¿por qué enfrentarse al orden establecido si este
les concedía lo que reivindicaban?[63] En esas condiciones más democráticas a
los Lantier les iba mal y los Rasseneur prosperaban, pero no tanto en
sociedades más autoritarias. Allí donde el estado era más represivo y la
industria estaba poco desarrollada, como en Rusia, los Balcanes y gran parte de
Austria-Hungría, a los marxistas les resultaba difícil organizar partidos y
sindicatos. En Italia y la península Ibérica, en cambio, los Souvarine
anarquistas y marxistas radicales que propugnaban una revolución inmediata
parecían gozar de mayor atractivo. Allí era más fácil organizarse
políticamente, aunque el estado ejercía a menudo una represión muy severa
contra las reivindicaciones populares, como sucedió durante la violenta «Semana
Trágica» en Cataluña en 1909. A los anarquistas
también les iba bien allí donde los campesinos
pobres reivindicaban la redistribución de la tierra, mientras que los marxistas
a menudo los veían como «atrasados» y los campesinos a su vez eran hostiles a
los planes marxistas de centralización del estado. Francia era un caso mixto,
en el que Lantier, Souvarine, Rasseneur y Ranvier encontraban eco. Como se
mantenía una represión estatal esporádica, los partidos marxistas gozaban de
cierto éxito, pero los anarquistas seguían predominando entre los artesanos (que
constituían todavía un importante grupo económico), y las reformas de gobiernos
relativamente liberales servían como cebo irresistible para muchos reclutas
potenciales del marxismo. Las diversas confesiones cristianas eran también un
poderoso enemigo de los partidos marxistas, que a su vez, siguiendo a Marx,
consideraban al cristianismo una ideología reaccionaria que trataba de
justificar las desigualdades sociales; los cristianos solían responder con la
misma beligerancia. La Iglesia Católica era especialmente hostil al marxismo y
particularmente eficaz en oponerse a su influencia mediante diversos partidos
políticos y organizaciones sociales.
En Estados Unidos los marxistas y otros socialistas
se veían también ante la combinación de la represión con la democracia
parlamentaria, con menor éxito que en la mayoría de los países industrializados
de Europa en cuanto a propagar sus ideas y organizar a la clase obrera. Hasta
principios del siglo XX los sindicatos y movimientos socialistas gozaron de
cierto seguimiento: la organización de inspiración masónica de los Caballeros
del Trabajo (Noble and Holy Order of the Knights of Labor) contaba en 1886 con
unos 700 000 miembros, alrededor del 10 por 100 de la fuerza de trabajo no
agrícola; pero[*] su influencia declinó rápidamente, socavada por una
combinación de fuerzas: las divisiones étnicas, el predominio de la ideología
liberal, el sufragio universal (masculino) como vía alternativa para el cambio
y altos niveles de represión.
El lugar ideal para la gente como Étienne Lantier
se hallaba en Europa central y septentrional. El mayor partido marxista, y con
más
éxito, era el Partido Socialdemócrata Alemán
(Sozialdemokratische Partei Deutschlands, SPD), pero también lo tenían en
Escandinavia y en algunas zonas del imperio austro-húngaro. Es lógico que el
centro de las esperanzas marxistas se desplazara de Francia, donde se habían
situado a mediados del siglo, hacia el este; en Alemania había ahora una clase
obrera industrial muy numerosa y gran parte de ella se sentía atraída por la
prevalencia acordada por los marxistas a la industria pesada y su promesa de que
el proletariado heredaría la tierra, pero las condiciones políticas eran tan
importantes, si no más, que la estructura económica. En 1878, tras dos
atentados contra el káiser (de los que los socialistas no fueron responsables),
el canciller Bismarck presentó en el Reichstag la primera de las leyes
antisocialistas que proscribían el partido y las organizaciones obreras en
general. Aun así, mantuvieron una existencia clandestina y los socialdemócratas
podían llegar al Parlamento individualmente, actuando allí como portavoces de
la clase obrera; pero la discriminación prosiguió, incluso después de que las
leyes antisocialistas fueran derogadas en 1890. El SPD se veía sometido al
acoso policial y los patronos solían tratar con mucha dureza las huelgas; los
obreros solían ser tratados como ciudadanos de segunda clase, menospreciados
por la clase media y excluidos de sus clubes y asociaciones. Esta esquizofrenia
estatal que combinaba libertad y represión ayudó a prosperar al marxismo
modernista. La represión mantenía al partido fuera de la política establecida y
aseguraba que no se convirtiera en un partido reformista; una vez legalizado,
el SPD adoptó en Erfurt, en 1891, un programa marxista que prometía el
derrocamiento revolucionario del capitalismo en algún momento futuro; pero
mientras el SPD tenía diputados en el Parlamento y su representación y fuerza
fue creciendo desde 1890 ininterrumpidamente, permitiendo obtener muchas
reivindicaciones en el orden existente, de forma que la presión en favor de la
revolución se iba debilitando. Como resultado de aquellas complejas
circunstancias el SPD iba a encarnar el ideal que Marx y Engels pretendían en
la Primera Internacional: un
partido marxista independiente que combatía por los
intereses obreros trabajadores en el sistema existente sin colaborar con la
burguesía.
VII
Nikolaus Osterroth, nacido en el Palatinado en
1875, era un devoto católico que trabajaba como minero desde los trece años. A
su regreso del servicio militar en 1897 se encontró con los propietarios de las
minas que estaban decididos a reducir los salarios introduciendo el destajo
(esto es, pagando a los mineros según la cantidad de mineral que extraían). En
un primer momento recurrieron al párroco local, con escaso éxito: les dijo que
los patronos habían sido nombrados por Dios y que tenían que obedecer. Osterroth
recordaba en su autobografía décadas después, que aquel incidente había
provocado en él una «crisis de conciencia» tras la cual dejó la iglesia «con la
cabeza vacía y el corazón agonizante». En aquel deprimido estado de ánimo leyó
un panfleto socialdemócrata que le habían arrojado por la ventana un grupo de
«ciclistas rojos» que pasaban por el pueblo. «Aquel panfleto —recordaba— fue
como una revelación»:
De pronto vi el mundo desde el otro lado, desde un
lado que hasta entonces me era desconocido. Me llamó especialmente la atención
la crítica del sistema de tasas e impuestos indirectos. ¡Nunca antes había oído
ni una palabra al respecto! En los discursos del Partido del Centro [católico]
no se hablaba en absoluto de aquello. ¿Y por qué? ¿No era su silencio una
admisión de que cometían una injusticia, una clara señal de conciencia
culpable? No podía creer lo que leía: ¡Una tasa de seis céntimos por una libra
de sal! Me sentí poseído por un sentimiento de furia salvaje por la obvia
injusticia de un sistema impositivo que exoneraba a los que más podían pagar y
exprimía a los más miserables que ya desesperaban de la vida.[64]
Aquella revelación casi religiosa, seguida por la
«conversión» al socialismo, se puede encontrar igualmente en varias
autobiografías
socialistas del período. Los conflictos con los
patronos podían desencadenar un cuestionamiento más general del viejo sistema
de valores, especialmente en que los que habían sido creyentes cristianos. Una
vez que Osterroth comenzó a pensar en sus apuros económicos, percibió que había
a su disposición una visión del mundo alternativa, basada en la idea de que los
obreros tenían poder y dignidad:
¡Dios, qué claro y simple era todo! Este nuevo
mundo del pensamiento que daba a los obreros el arma de la conciencia de sí era
muy diferente del viejo mundo de la autoridad religiosa y económica, en el que
el trabajador que era simplemente objeto de dominación y explotación.[65]
Se convirtió en un activista socialdemócrata y más
tarde en representante parlamentario del SPD, sustituyendo al viejo Dios de
Moisés, «oscuro, vengativo y castigador» por una «nueva trinidad» que incluía a
un nuevo Dios caritativo junto con Fausto y Prometeo, «superhombres que
encarnan las ansias más profundas de nuestra especie».[66]
Los Ciclistas Rojos siguieron cortejando a
Osterroth, pasándole una copia de Programa de Erfurt para que la leyera, pero
como a muchos obreros alemanes lo que más le interesaba no eran los detalles de
la economía marxista, ni siquiera la idea del control obrero sobre la
producción, sino la posibilidad de mejorar su salario y sus condiciones de
trabajo y responder a la humillación que les infligían sus patronos. Algunos
sentían que eran tratados «como perros», injuriados y pisoteados; lo que más
les enojaba a otros era el control de los patronos sobre sus vidas.[67] El
fabricante de cigarros Felix Pauk, por ejemplo, comenzó a simpatizar con la
causa socialdemócrata cuando un amigo suyo fue despedido por sugerir a su jefe
que las ventas mejorarían si sustituía el retrato del káiser en los cigarros
por otro del dirigente marxista August Bebel.[68]
Por poco formados que estuvieran en la teoría
marxista, es probable que muchos miembros del partido, incluso a los niveles
más bajos, tuvieran al menos una idea rudimentaria de sus
principios fundamentales, aprendidos en folletos de
popularización, entre ellos la idea del marxismo como ciencia, la importancia
central de las fuerzas económicas en el desarrollo histórico, la lucha de
clases, el estatus del proletariado como clase progresista capaz de emancipar a
la totalidad de la humanidad y la crisis inevitable del capitalismo. Pero les
interesaban poco los detalles de la teoría marxista por mucho que les incitaran
a estudiarlos los intelectuales socialdemócratas. Un examen de las bibliotecas
obreras socialdemócratas entre 1906 y 1914 muestra que el 63,1 por 100 de los
libros prestados correspondían a la literatura de ficción y solo un 4,3 por 100
a ciencias sociales, incluidos los textos marxistas. Zola ocupaba el primer o
el segundo lugar en casi todas las listas, para irritación de los intelectuales
socialistas que lo consideraban un pesimista con poca fe en la razón
humana.[69]
Pero el SPD podía ofrecer mucho, más allá de la
teoría o incluso del radicalismo político: brindaba un mundo alternativo al de
la fábrica, en el que los obreros recobraban la dignidad y podían
perfeccionarse. Para Otto Krille, obrero no especializado de Dresde, ese era su
principal atractivo. Le desesperaba el «sopor general» en su fábrica y se
sentía «completamente aislado» entre el parroquialismo y los bromas soeces de
sus compañeros; para él la socialdemocracia representaba una vía de escape de
aquel mundo tétrico. Señalaba que «solo una minúscula fracción [de los miembros
del partido] son socialistas por convicción científica; la mayoría llegan al
socialismo desde un vasto páramo interno y externo, como el pueblo de Israel
del desierto. Tienen que creer para no desesperarse».[70] La actitud de Krille
era típica del miembro medio del SPD: un obrero joven, urbano, varón,
especializado y protestante, con ambición y ganas de mejorar.[71]
En lugar del «páramo» del que hablaba Krille, el
SPD ofrecía un mundo de cultura, instrucción y esparcimiento ordenado.[72] Las
sociedades educativas prometían una versión socialista de la Bildung
—formación, que era precisamente lo que daba a la burguesía su estatus en la
sociedad alemana— mediante clases y
conferencias, cuyos temas cubrían desde las
cuestiones «científicas» y «socialistas» como la economía y la higiene, hasta
la cultura «burguesa» más convencional: arte, literatura y música. Aún más
populares eran las sociedades de entretenimiento: bajo los auspicios del
partido se ofrecían toda una serie de actividades sociales, desde los clubes de
caza y ciclismo a las sociedades corales (que contaban con 200 000 miembros), e
incluso clubes de fumadores. El contenido ideológico de sus actividades era muy
variado. Algunas de aquellas sociedades tenían su propia jerga: desde finales
de la década de 1890 los miembros de los clubes de gimnasia utilizaban el
saludo «Frei Heil!» («¡Viva la libertad!»).
El aspecto más público de la cultura
socialdemócrata eran las manifestaciones pacíficas, en particular la del 1 de
mayo. Pese a la amenaza de acoso policial, decenas de miles de obreros acudían
a ellas para celebrar el socialismo y sus tradiciones. Parte de aquel
simbolismo se remontaba hasta el clasicismo de la Revolución Francesa. En el
Festival Coral socialdemócrata de Nuremberg en 1910 ocupó un lugar central la
«Diosa de la Libertad», una figura con túnica griega blanca, un gorro frigio
sobre la cabeza y una «bandera de la libertad» en la mano derecha, con un busto
de Marx a un lado y otro del dirigente socialista Lassalle al otro, y junto a
ella un león, símbolo del poder.[73] Otros festivales, no obstante, tenían un
estilo más marcial, con uniformes, bandas de música, pancartas y banderas.
Muchos de los himnos socialdemócratas revelan esa cultura:
¿Qué es lo que se mueve allá abajo por el valle?
¡Una tropa con uniformes blancos!
¡Qué audaz suena su himno vigoroso!
Conozco bien esa melodía.
Cantan a la libertad y a la patria.
Conozco esas tropas de uniforme blanco:
¡Viva la libertad! ¡Viva la libertad! ¡Viva la
libertad![74]
El atractivo de ese tipo militar de organización no
era por supuesto nuevo, y el propio Marx había empleado metáforas militares al
hablar del socialismo. De hecho el marxismo
proponía un estado socialista fuerte y disciplinado, a diferencia de los
anarquistas a su izquierda y los reformistas a su derecha; pero la concepción
de Marx y Engels era más que nada industrial y el estilo militar de la
socialdemocracia alemana probablemente se debía más a la cultura política del
Reich, por más que la ideología del partido fuera favorable al
internacionalismo.[75] Aunque el SPD —como los demás partidos socialdemócratas—
defendiera la igualdad de las mujeres, en la práctica los miembros del partido
frecuentemente las consideraban apolíticas y «atrasadas», y en él predominaba
una cultura muy masculina, en la que se otorgaba un gran valor a la disciplina
e incluso a la jerarquía. Se realizaban ejercicios gimnásticos reglamentados en
equipos organizados al estilo militar: un supervisor electo presidía cierto
número de jefes de escuadrón que a su vez organizaban los equipos. Como decía
el «código gimnástico»: «en cada equipo se deben respetar estrictamente los
rangos. Nadie puede abandonar el equipo sin un permiso especial».
[76]
Era esa disciplina y organización lo que fascinaba
a Otto Krille, un hombre educado en una escuela militar pero al que habían
expulsado como «no apto». Como él mismo recordaba:
Poco a poco me fui familiarizando con las ideas
socialdemócratas. Antes, la idea del estado me parecía cargada de connotaciones
medievales con sus cuarteles y prisiones. Aquella actitud fue cambiando
imperceptiblemente a medida que me iba viendo a mí mismo como ciudadano de ese
estado, y aunque oprimido por él me seguía interesando porque esperaba
apoderarme de él para mi propia clase. Y lo más extraño era … que yo, que
despreciaba la disciplina militar incondicional, me sometía voluntariamente a
la disciplina del partido. Por contradictorio que pueda parecer, la ideología
socialista me reconcilió en cierta medida con mi vida proletaria y me enseñó a
respetar el trabajo manual. Ya no me repugnaba la denominación de «obrero».[77]
Para Krille y muchos otros, el SPD suponía un
estado paralelo con el que los trabajadores podían conseguir cierta dignidad y
que
disponía de la organización necesaria para defender
a la clase obrera contra un imperio alemán fundamentalmente hostil.
La cultura socialdemócrata podía, pues, tener un
aspecto marcial, como captaba «La bandera roja», himno escrito en 1889 por el
periodista irlandés James Connell inspirado por una asamblea en Londres de la
federación socialdemócrata:
La bandera del pueblo es de un rojo intenso;
muchas veces sirvió de sudario para nuestros
mártires muertos con sus miembros rígidos y fríos:
la sangre de sus corazones tiñó de rojo cada
pliegue. Alcemos, pues, muy alto la bandera escarlata, viviremos y moriremos
bajo su protección,
aunque los cobardes se estremezcan y los traidores
se burlen, mantendremos ondeando la bandera roja.
La segunda estrofa de Connell pretendía subrayar el
internacionalismo de la bandera roja socialdemócrata:
Mira a tu alrededor, el francés ama su brillo,
el fornido alemán canta su alabanza,
bajo las bóvedas de Moscú se cantan sus himnos, y
en Chicago crece la multitud que la hace tremolar.
Aun así, la referencia al «fornido alemán» parecía
un tanto irónica, dado el peso del SPD en el movimiento. En 1914 siete partidos
socialdemócratas contaban con más de una cuarta parte del voto nacional: el
austríaco, el checo, el danés, el finlandés, el alemán, el noruego y el
sueco;[78] pero el SPD era de lejos el más vigoroso de todos ellos. En vísperas
de la primera guerra mundial tenía más de un millón de cotizantes y en las
elecciones de 1912 obtuvo 4,25 millones de votos, esto es, alrededor del 35 por
100 del electorado, aunque la ley electoral solo le otorgó 110 escaños de un
total de 397.[*] Los sindicatos asociados al SPD —Freie Gewerkschaften—
llegaron a contar con alrededor de 2,6 millones de afiliados. El SPD era el
mayor partido marxista del mundo y se convirtió en modelo para los socialistas
de toda Europa.
Pero la influencia socialdemócrata tenía ciertos
límites. Aunque algunos partidos, como la Section Française de l'Internationale
Ouvrière (SFIO) y el Socialdemokraterna sueco, forjaron alianzas con los
campesinos, el SPD mantenía rígidamente la opinión de que la agricultura
campesina era una forma de producción pasada de moda;[79] pero incluso en el
corazón proletario de Europa, las minas del Ruhr, el SPD solo obtenía un tercio
de los votos, en estrecha competencia con católicos y liberales.[80] Tampoco
consiguió implantarse entre los obreros polacos al este del Oder, lo que
revelaba la difícil relación de la socialdemocracia con el nacionalismo. El
SDAP austríaco tenía aún mayores problemas, al pretender preservar las
fronteras del Imperio Austrohúngaro. Su solución consistió en crear un partido
federal de los pueblos constituyentes del imperio, pero los socialdemócratas
checos y otros partidos más pequeños seguían quejándose de su prepotencia.[81]
El SPD tampoco se esforzaba demasiado por atraer a las mujeres, aunque
constituían el 16 por 100 de su afiliación y una de las alas más radicales.[82]
En cualquier caso, y pese a tales deficiencias, el
propósito del joven Marx de desplazar el centro de la política socialista desde
Francia a tierras alemanas se había conseguido; como declaraba el popular
dirigente del SPD August Bebel, «no es por casualidad que fueran los alemanes
los que descubrieron las leyes de la sociedad moderna … Tampoco es casualidad
que sean los pioneros en llevar la idea socialista a los trabajadores de los
distintos pueblos del mundo».[83]
VIII
La hegemonía alemana en el movimiento socialista
internacional estaba clara aunque rindiera pleitesía a la tradición
revolucionaria francesa. El 14 de julio de 1889, centenario del asalto a la
Bastilla,
se inició el congreso fundacional de la Segunda
Internacional en la Salle Petrelle de París. Sus perspectivas iniciales no
parecían demasiado buenas: un grupo de socialistas moderados —los
«posibilistas» franceses— mantenían un congreso rival en aquel mismo momento y
corrían rumores de que pretendían abordar a los delegados extranjeros en la
estación del ferrocarril para arrastrarlos a su congreso, pero aquellos temores
se demostraron infundados. La Salle Petrelle se quedó pequeña y los 392
delegados llegados de 23 países, incluido Estados Unidos, tuvieron que
trasladarse a las Fantasies Parisiennes en la vecina rue Rochechouart.[84]
Entre los representantes británicos estaban el poeta prerrafaelista William
Morris y el futuro parlamentario laborista independiente Keir Hardie.
La
mayor delegación era la francesa, como cabía esperar por el lugar de
celebración; los delegados extranjeros podían visitar la Torre Eiffel recién
inaugurada, monumento a la modernidad industrial, y la Exposición Universal
consagrada a la Revolución Francesa; por un momento París pareció el centro del
mundo progresista. Pero el grupo más coherente y dominante en el congreso fue
el del SPD alemán. Los congresos posteriores, al principio cada dos años y
luego cada cuatro, mostraban que en la Segunda Internacional, aun sin ser una
organización rígida o doctrinaria, dominaban la tradición marxista y el partido
más apegado a ella, el SPD.
Se podía atribuir a Engels gran parte de aquel
éxito. En el momento de la muerte de Marx eran escasos los países que contaban
con partidos obreros marxistas arraigados o numerosos. Engels estaba decidido a
poner remedio a esa debilidad y a convertir el marxismo en una poderosa fuerza
política, a diferencia de Marx, a quien le interesaba poco la organización
política real. El carácter afable de Engels, su sociabilidad y paciencia,
demostraron ser muy buenas bazas y actuó como mentor de los políticos socialistas
europeos, manteniendo una abundante correspondencia y escribiendo cientos de
cartas de consejos y críticas desde su base de Londres. Los marxistas de toda
Europa lo trataban a su vez
como la voz de la ortodoxia; pero Engels no solo
utilizaba las cartas para mantener unida a su comunidad virtual de marxistas;
también enviaba por Navidad pasteles cocinados en su propia casa, para
felicitar a los revolucionarios cada mes de diciembre, que llegaban incluso a
la distante Rusia; el socialista «populista» no marxista Piotr Lavrov era uno
de los que recibían regularmente aquel presente internacionalista.[86]
Pero si Engels puede ser considerado fundador de la
«iglesia» marxista, el primer «papa» del socialismo, como se le llamó en
aquella época, era sin duda Karl Kautsky. Había nacido en Praga en 1854 en una
familia de gente de teatro —su madre, «la roja Minna» era no solo actriz sino
también una conocida autora de novelas socialistas y feministas—, pero no era
nada «bohemio», como quizá cabía esperar, sino algo pedante.[87] Engels lo
consideraba un agradable compañero de copas pero también lo juzgaba «absolutamente
engreído» y con un planteamiento superficial y poco serio de la política, algo
empeorado por el hecho de que escribía mucho por dinero. Kautsky era de hecho
un autodidacta, pero sus amplios intereses y su inclinación a pronunciarse
osadamente sobre temas muy variados, eran cualidades ideales para la tarea que
se puso a sí mismo: crear y popularizar una versión «ortodoxa», sencilla y
coherente del marxismo, basada en su variante modernista. Los debates sobre
Kautsky se han planteado con frecuencia en términos eclesiales: era el «papa»
socialista, su comentario del Programa de Erfurt, La lucha de clases, era el
«catecismo de la socialdemocracia» y su versión del marxismo era la
«ortodoxia». Sin embargo, lo que más le interesaba intelectualmente era la ciencia,
en particular el darwinismo, que trató de asentar sobre el marxismo científico
moderno de Engels.
De hecho se demostró muy eficaz en la defensa del
marxismo modernista de Engels contra sus adversarios y en propagarlo en los
partidos de los Segunda Internacional. Tuvo éxito incluso en Rusia, donde cabía
esperar que el régimen opresivo del zarismo hubiera dado alas a un marxismo más
radical, y Gueorgui Plejánov, el
«padre del marxismo ruso», seguía en general la
línea de Kautsky, quien, con una fina distinción escolástica, afirmaba que el
SPD era un partido «revolucionario», pero no que deseara «hacer la revolución».
Los marxistas no debían participar en gobiernos burgueses y debían mantenerse
fuera de las estructuras de mando. Debían creer que algún día el sistema
capitalista sería destruido en una revolución, con lo que Kautsky quería decir
una toma consciente del poder por el proletariado, pero esta no tenía por qué
ser necesariamente violenta. Al mismo tiempo, en cualquier caso, los marxistas
debían presionar para obtener reformas que favorecieran a la clase obrera,
entre ellas la ampliación de los derechos democráticos, y organizar campañas
electorales. Esas dos posiciones se ensamblaban de forma un tanto complicada en
la política de la «espera revolucionaria»: la revolución solo tendría lugar
cuando se hubieran alcanzado determinadas condiciones económicas, y hasta
entonces los socialdemócratas debían esperar con paciencia. Pero incluso
después de que la revolución destruyera el Reich alemán, el objetivo del
partido sería el perfeccionamiento de la democracia parlamentaria, no un estado
al estilo de la Comuna de París.
Aunque el SPD nunca participó hasta después de la
primera guerra mundial en el gobierno, en la práctica estaba cada vez más
dispuesto a trabajar por las reformas en el sistema existente. Seguía siendo
acosado en diversos terrenos —en Prusia, en 1911, la policía llegó a prohibir
el uso del color rojo en las primeras letras de las pancartas en las
manifestaciones—, pero actuaba cada vez más como un partido reformista dentro
del sistema, controlando gobiernos locales y comarcales y proponiendo leyes en
el Reichstag para mejorar las condiciones y el nivel de vida de vida de los
obreros.[88] Ese esfuerzo reformista fue particularmente eficaz a partir de la
década de 1890, al fortalecerse el partido y los sindicatos. La organización
interna del partido se hizo cada vez más compleja y los funcionarios
profesionales solían ser políticamente cautos. El propio Kautsky se quejó de
esa esclerosis del partido en
1905: «El comité ejecutivo del partido era un
“colegio de ancianos … embebidos en la burocracia y el parlamentarismo”».[89]
Pero los socialdemócratas alemanes no eran los únicos atraídos por el discreto
encanto de la burguesía. En países más liberales, como en Francia, era cada vez
más difícil mantener la distancia de principio de la política burguesa, y el
jefe del grupo parlamentario de la SFIO, Jean Jaurès, estaba muy dispuesto a
colaborar con la Tercera República en ciertas cuestiones;[90] también en Italia
el Partido Socialista Italiano (PSI) cooperó con el gobierno liberal de
Giolitti durante un tiempo, aunque gran parte del partido estaba en contra.
[91]
La ortodoxia modernista de Kautsky era, por tanto,
difícil de mantener y se vio sometido a ataques cada vez más enérgicos del ala
reformista «de derechas» del partido, que pretendía el abandono terminante de
la idea de revolución, y de un ala radical «de izquierdas» que creía que la
socialdemocracia estaba sufriendo un proceso acelerado de aburguesamiento. A
partir de la década de 1890, aunque el marxismo parecía estar en la cumbre de
su desarrollo en Europa occidental, de hecho estaba cada vez más dividido,
tanto en la cúpula de los partidos como en la base. Aunque fueron la guerra y
la revolución bolchevique las que destruyeron en último término la unidad que
Engels y Kautsky habían forjado durante las dos últimas décadas del siglo XIX,
los conflictos se venían evidenciando desde bastante antes, y el equilibrio
entre derecha e izquierda era cada vez más difícil de mantener.[92]
El primer desafío importante a la ortodoxia
kautskiana provino de los reformistas. En 1899 Alexandre Millerand se convirtió
en el primer socialista que entraba a formar parte de un gobierno liberal, el
del primer ministro francés Pierre Waldeck-Rousseau. Aunque consiguió
importantes reformas sociales, su decisión de participar en el gobierno acabó
escindiendo el partido entre los reformistas, encabezados por Jean Jaurès, y
los revolucionarios que dirigía Jules Guesde. En Alemania el cuestionamiento de
la ortodoxia, más
fundamentado, provenía de una figura importante del
SPD, Eduard Bernstein.
La herejía de Bernstein supuso una tremenda
conmoción para los dirigentes más antiguos del partido, porque había mantenido
una estrecha relación con Engels e incluso se le consideraba su sucesor
natural. Hijo de un fontanero convertido en ferroviario, consiguió llegar a la
enseñanza superior a pesar de la precariedad familiar pero esta le obligó a
abandonar el Gymnasium y convertirse a los dieciséis años en empleado bancario;
pese a su origen semiproletario, su comportamiento y sus gustos eran muy burgueses.
Su primera actividad política tuvo que ver con la guerra franco-prusiana,
compartiendo el punto de vista nacionalista, pero esta le llevó a revisar su
actitud y vincularse a la corriente marxista más ortodoxa.[*] Tras la
promulgación de la primera ley antisocialista abandonó Alemania para exiliarse
en Suiza, desde donde dirigió la revista del partido Der Sozialdemokrat entre
1880 y 1890. Expulsado de Suiza en 1888 se fue a vivir a Londres, donde se vio
obligado a permanecer, por razones legales, hasta 1901.
Es muy probable que la perspectiva de Bernstein se
viera afectada por su estancia obligada en Inglaterra, donde el gobierno era
relativamente sensible a las demandas de la clase obrera, el movimiento
socialista era muy reformista y parecía difícil creer que fuera inminente una
crisis del capitalismo; a partir de 1896 comenzó a cuestionar el marxismo
ortodoxo en una serie de artículos para la revista teórica Neue Zeit. En ellos
exponía la opinión de que Marx había aceptado con demasiada ligereza la violencia
revolucionaria como vía para alcanzar el socialismo y que también estaba
equivocado al predecir la crisis del capitalismo y una creciente pobreza del
proletariado. Argumentaba, con cierta razón que ni una cosa ni otra estaba
sucediendo, afirmando: «Los campesinos no se hunden, la clase media no
desaparece, las crisis no se hacen cada vez más profundas, y la miseria y la
servidumbre no aumentan».[93]
La socialdemocracia, insistía, podía reformar
pacíficamente el capitalismo desde el Parlamento, y la propiedad pública
surgiría
gradualmente de la propiedad privada porque era más
racional. Es famosa su declaración de que el comunismo pleno le importaba menos
que las reformas sociales: «Confieso abiertamente mi escaso interés por lo que
se suele llamar “objetivo último del socialismo”. Esa meta, cualquiera que sea,
no significa nada para mí; el movimiento lo es todo».[94]
Los revisionistas bernsteinianos, yendo más allá
que el propio Bernstein, no solo argumentaban en favor de la integración plena
del proletariado en la nación «burguesa» y su estado, sino también de los
proyectos nacionalistas e imperialistas de este último.[95] Rechazaban el
postulado marxista de que «los obreros no tienen patria» e insistían en que
debían lealtad a su país; también estaban dispuestos a aceptar la política
imperialista, en tanto actuara como «fuerza civilizadora».
El revisionismo de Bernstein desató un torrente de
críticas de las principales figuras de la Segunda Internacional. Fue acusado,
con razón, de destruir la identidad del marxismo y transformarlo en una especie
de liberalismo de izquierdas; pero también tuvo importantes apoyos dentro del
movimiento socialdemócrata, como el del francés Jean Jaurès, el sueco Hjalmar
Branting o el italiano Francesco Merlino, y el de muchos socialistas de base si
bien es cierto que se daba una enorme diversidad regional. En Italia tanto el
revisionismo como el marxismo ortodoxo eran más populares en el norte que en
sur, más represivo, donde florecía una variante más revolucionaria; en
Alemania, de forma parecida, el reformismo gozaba de más apoyo en el suroeste
liberal, donde se popularizó entre los obreros ordinarios y especialmente entre
los sindicalistas. Como explicaba uno de ellos, «siempre habrá ricos y pobres;
no cabe soñar con alterar eso, pero queremos una organización mejor y más justa
en la fábrica y en el estado».[96]
Pese a esos apoyos, Bernstein y el revisionismo
fueron denunciados como heréticos en varios congresos socialdemócratas. En el
VI Congreso de la Internacional en Ámsterdam, en 1904, Kautsky y el SPD
obtuvieron la mayoría en favor de una moción que
se oponía a la participación en gobiernos
burgueses. Aun así, hubo muchos votos a favor de la línea revisionista,
principalmente de delegados procedentes de países donde la democracia
parlamentaria era fuerte y los socialistas tenían alguna posibilidad de entrar
en el gobierno, como Gran Bretaña, Francia, Escandinavia, Bélgica y Suiza,
mientras que los de países más autoritarios se oponían al revisionismo. Entre
ellos estaban el representante de Japón, el búlgaro —futuro bolchevique y
trotskista
— Christian Rakovsky y un joven radical ruso,
Vladimir Lenin; también se les unió la brillante polemista polaca Rosa
Luxemburg, integrada en el SPD.
La influencia de esos radicales presagiaba un nuevo
desafío a la ortodoxia de Kautsky desde el este autocrático. En enero de 1905
estalló en Rusia una revolución que parecía sugerir que la acción popular podía
impulsar la historia hacia el comunismo y que la estrategia kautskiana de la
«espera revolucionaria» estaba equivocada. El empleo por la clase obrera rusa
del arma de la huelga general en octubre de aquel mismo año también alentó en
Occidente el radicalismo obrero, atenuado durante algún tiempo.[97] Abundan las
pruebas de esa radicalización durante el decenio anterior a la primera guerra
mundial. La afiliación a los sindicatos aumentó notablemente en toda Europa y
las huelgas se multiplicaron durante ese período, especialmente entre 1910 y
1914, a medida que la inflación erosionaba el nivel de vida de los
trabajadores; pero esa renovada militancia obrera representaba en cierta forma
el renacimiento del viejo radicalismo artesanal entre los obreros fabriles
especializados. El cambio tecnológico estaba mecanizando áreas de la producción
donde anteriormente predominaban; en el sector metalúrgico, por ejemplo, la
utilización de tornos y perforadoras mecánicas más eficaces permitía a los
patronos sustituir a obreros especializados por otros más baratos, lo que
llevaba a los primeros, a menudo alfabetizados y politizados, a defenderse. El
sector metalúrgico se iba a convertir en uno de los más radicales durante las
siguientes décadas.
En un primer momento aquella militancia renovada
alentó el movimiento sindicalista que trataba de poner al día el anarquismo de
Proudhon y Bakunin. Desde la última década del siglo XIX los sindicalistas, en
particular los franceses, italianos y españoles, criticaban a los partidos
socialdemócratas por participar en las elecciones y los parlamentos y proponían
la acción directa de la clase obrera en huelgas de masas y actos de sabotaje.
Tampoco les agradaba la insistencia de los marxistas en la organización y la
centralización.
El anarcosindicalismo también floreció en Estados
Unidos, bajo la bandera de los «wobblies» —International Workers of the World
—. En Alemania ejercían muy poca influencia, aunque
sus opiniones no estaban muy alejadas de las del grupo de marxistas radicales
que rodeaban a Rosa Luxemburg. Esta, como Marx a mediados de siglo, confiaba en
la capacidad revolucionaria del proletariado y acusaba a Kautsky y a los demás
dirigentes del SPD de menospreciarla y concentrarse en reformas que solo
servían para apuntalar el sistema capitalista. Ansiosa de participar en la
revolución, en 1905 viajó con un pasaporte falsificado a Varsovia (que entonces
formaba parte del imperio ruso) y fue detenida y encarcelada durante varios
meses. A su regreso a Alemania propuso al SPD que siguiera el ejemplo ruso y
convocara huelgas de masas para movilizar a la clase obrera. Como cabía
esperar, Kautsky, que temía que la acción de masas amenazara su sacrosanta
organización partidaria, se opuso a esa idea.
Sin embargo fueron las cuestiones internacionales
las que acabaron destruyendo la unidad del marxismo bajo el creciente empuje
del imperialismo y el nacionalismo. Los marxistas se enorgullecían de su
internacionalismo y sus dirigentes formaban parte de una comunidad
transnacional. Las guerras, los imperios y los ejércitos de masas les eran
ajenos e insistían en la mayor importancia de la desigualdad en cada país entre
las clases. Algunos incluso trataron de explicar desde un punto de vista
marxista una nueva desigualdad internacional, la que se daba entre
Europa y el mundo colonizado. Teóricos marxistas
como Rudolf Hilferding y Rosa Luxemburg desarrollaron la teoría del capitalismo
«imperialista». Si hasta mediados de siglo las principales fuerzas de la
historia habían sido el capital y el trabajo, medio siglo después se les habían
unido el estado-nación y el imperio. El agresivo capital monopolista
—argumentaban—, había forjado una alianza con los estados y juntos impulsaban
guerras para dominar el mundo colonizado.
Los internacionalistas tenían cierto apoyo entre
los obreros industriales que no se identificaban con el estado-nación. La
comunidad obrera internacional, bajo el eslogan «proletarios de todos los
países, uníos», parecía un ámbito mucho más confortable para muchos
trabajadores que una «comunidad imaginaria», tal como ellos la veían, creada
por aristócratas, clases medias liberales y generales cargados de medallas.
El VII Congreso de la Internacional celebrado en
1907 en Stuttgart condenó el imperialismo y el nacionalismo, pero el
internacionalismo ortodoxo cayó bajo la presión de los revisionistas como el
británico Ramsay MacDonald, que veían las ventajas que suponía el imperio para
el empleo y creían que el apoyo a una política exterior imperialista era el
precio que tenía que pagar la clase obrera para integrarse en el estado-nación;
algunos incluso defendían la idea de que los imperios estaban llevando la civilización
al mundo colonial.
Pero ni siquiera a los marxistas ortodoxos la
resultaba fácil resistir las presiones para que apoyaran el esfuerzo de guerra
a partir de 1914, en parte por su actitud nacionalista implícita y en parte
porque temían cualquier alternativa.[98] Si se oponían a la guerra, siempre
existía el riesgo de proscripción de los sindicatos y los partidos marxistas en
nombre de la seguridad nacional. Por otra parte, los franceses temían al
régimen alemán, que podía ser más represivo, mientras que alemanes y austríacos
temían a los rusos, aún más reaccionarios; mientras que los socialistas
franceses veían en gran medida la guerra como defensiva frente a la agresión
alemana, los alemanes la entendían como resistencia
frente a la barbarie y la teocracia rusa. Como le dijo Hugo Haase, dirigente
del SPD, a un socialista francés: «Lo que la bota prusiana significa para
ustedes lo representa para nosotros el knut ruso».[99]
Cuando estalló la guerra en agosto de 1914 los
dirigentes marxistas no estaban preparados para ella; pero no fue una sorpresa
que todos los partidos socialistas menos dos decidieran votar a favor de los
créditos de guerra. Algunos dirigentes, entre ellos Kautsky, trataron de hacer
frente a la marea nacionalista, pero pronto sacrificaron los principios al
pragmatismo y el deseo de unidad. Victor Adler, dirigente del partido
austríaco, resumía así el dilema de la socialdemocracia internacional:
Sé que debíamos votar a favor [de los créditos de
guerra]. Lo que no sé es cómo abrir la boca para decirlo. Era incomprensible
que un alemán pudiera hacer otra cosa, pero también era incomprensible que lo
hiciera un socialdemócrata sin que lo atormentara el dolor, sin una dura lucha
consigo mismo y contra sus sentimientos más íntimos.[100]
Parecía como si la Internacional y el sueño del
Marx hubieran muerto. La mayoría de los marxistas europeos habían respaldado lo
que antes juzgaban como «nacionalismo burgués» e «imperialismo» y se habían
incorporado a un esfuerzo de guerra en alianza con las clases dominantes en su
país.
El marxismo, nacido de una amalgama de diversos
socialismos románticos, se convirtió en un movimiento revolucionario radical
para luego evolucionar a un marxismo modernista que se inclinó cada vez más
hacia un socialismo reformista pragmático; pero pronto iba a empezar un nuevo
ciclo, cuando los revolucionarios volvieron a tomar la iniciativa para crear un
nuevo movimiento comunista internacional. Aunque en 1914 parecía que las clases
dominantes y el capitalismo estaban en su apogeo, iban a resultar prácticamente
destruidas por la guerra y su nacionalismo desacreditado; tres años después
parecía como si la mayoría de los partidos marxistas hubiera tomado la opción
equivocada perdiendo con ella además su estatus moral.
Los beneficiarios de aquel error fueron los
partidos de la Internacional que se habían opuesto a la corriente nacionalista:
el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (tanto la fracción bolchevique como la
menchevique), y sus aliados, el pequeño partido serbio y el de los socialistas
italianos (PSI). Puede que Bernstein tuviera razón al afirmar, en contra de
Marx, que la clase obrera alemana sí tenía patria, pero la situación en Rusia
era muy diferente. Allí mucha gente se sentía muy alejada del proyecto imperial
y la guerra iba a deteriorar aún más sus relaciones con el estado, llevándolas
a la ruptura. Marx se había equivocado al pensar que podía trasladar la bandera
de la revolución de París a Berlín e instalarla firmemente allí. Berlín era
simplemente una etapa de un viaje más largo hacia el este, hasta San
Petersburgo.
2
Jinetes de bronce
I
En noviembre de 1927 los ciudadanos soviéticos
fueron invitados a ver varias películas realizadas para conmemorar el décimo
aniversario de la revolución de Octubre. En aquella época dorada de la
cinematografía los bolcheviques pudieron recurrir a varios directores de
talento para contar la historia de la revolución y explicar su significado,
entre ellos el ya famoso Sierguei Eisenstein; pero la película que tuvo mayor
éxito entre los dirigentes del partido fue El fin de San Petersburgo de
Vsévolod Pudovkin, que presentaba la revolución como una fuerza resueltamente
modernizadora, contándola a través de la vida de un campesino —«el chico»—,
obligado por la pobreza a emigrar del campo a San Petersburgo. La línea
argumental, que respondía al clásico «realismo socialista», presentaba su
progreso desde la ignorancia a la «conciencia» política. Encuentra trabajo
uniéndose a un grupo de esquiroles, pero pronto aprende a despreciar a la
policía secreta zarista y comprueba lo crueles que son los patronos con sus obreros.
Se rebela contra el régimen y lo encarcelan durante un breve período, tras el
que es puesto en libertad para combatir a los alemanes; en el ejército se
convierte en bolchevique y al final de la película se une al asalto al Palacio
de Invierno.[1]
Pudovkin trataba de mostrar así que también los
campesinos podían modernizarse y convertirse en revolucionarios bajo la
dirección bolchevique, mientras que los zares habían abandonado sus esfuerzos
ocasionales por modernizar Rusia. Para ello utilizaba como referencia la famosa
estatua ecuestre de Pedro I el Grande en San Petersburgo —fundada en 1703 con
la intención de convertirla en «ventana de Rusia hacia Occidente»— conocida
como «El jinete de bronce», que se había convertido en símbolo de esos esfuerzos
desde que Aleksandr Pushkin le dedicó un famoso poema en 1833. Pudovkin resumía
en su imagen la fuerza del estado pero también sus ambiciones modernizadoras,
intercalándola entre las escenas del asalto al Palacio de Invierno, rodeado por
estatuas clásicas que van cayendo destruidas por los cañonazos de los
bolcheviques. Sugería así que estos acabarían con la arrogancia zarista,
manteniendo al tiempo la modernidad aportada por Pedro el Grande. Las elegantes
estatuas clásicas se ven sustituidas por grandes grúas y un obrero anónimo alza
su mano en un gesto de mando que evoca el de El jinete de bronce. La revolución
proseguirá su obra, pero los nuevos jinetes de bronce que traerán la modernidad
serán los obreros, no sus antiguos señores.
La película de Pudovkin mostraba lo mucho que se
había modificado la imagen de la revolución desde los días de Delacroix y el
peso que había ganado el marxismo modernista. Aunque la revolución seguía
siendo violenta, ahora era mucho más moderna y científica que la de Delacroix:
las máquinas y el metal habían ocupado el lugar de las ropas en jirones y las
banderas manchadas de sangre. Pero en muchos sentidos la historia de Pudovkin
se apartaba del marxismo modernista convencional de Kautsky y la socialdemocracia
alemana. Su héroe no era un recio obrero sino un campesino recién incorporado a
filas del proletariado y su revolución no solo iba a traer la justicia social,
sino que heredaría de un régimen decadente un proyecto de construcción del
estado y llevaría la modernidad a un país campesino y pobre.
La película de Pudovkin fue bien recibida por los
dirigentes bolcheviques que asistieron a su primera proyección en el Teatro
Bolshoi, juzgando que había captado la esencial del pensamiento de Lenin.[2]
Este había tratado de forjar una nueva combinación entre el marxismo
revolucionario y el modernista, más ajustada a una sociedad que los marxistas
ortodoxos consideraban demasiado atrasada para el socialismo; pero como habían
comprobado los jacobinos franceses, eran precisamente los estados débiles y decadentes,
que solo sabían hacer uso de la represión frente a las reivindicaciones de los
campesinos, obreros e intelectuales amargados y encolerizados, los que ofrecían
un terreno más fértil para la revolución. Lenin pretendía fusionar el anhelo
popular de igualdad con un plan para superar el retraso, pero añadió un
ingrediente crucial a la tradición marxista: una organización específicamente
rusa, el partido de vanguardia «de nuevo tipo» se iba a convertir en el
portador de la revolución y la modernidad.
Retrospectivamente, sin embargo, la historia de
Pudovkin resulta poco convincente. La idea de que obreros y campesinos pasarían
rápidamente de un socialismo populista alimentado por las injusticias cometidas
por una clase dominante inicua, a convertirse en bolcheviques leales y
ciudadanos modelo en una economía planificada moderna era un tanto extraña.
Poco después de que los bolcheviques hubieran tomado el poder, Lenin captó
cuánto voluntarismo había habido en 1917. Como descubrieron los jacobinos, era
prácticamente imposible conjugar los deseos de igualdad del pueblo con el
intento de crear un estado poderoso. El caos de la revolución llevó a muchos
bolcheviques a abandonar su flirteo temporal con el marxismo más radical para
abrazar el más modernista, que obligaba a obreros y campesinos a someterse a
una estricta disciplina; y pronto cobraron conciencia de que ni siquiera ese
orden era sostenible y se replegaron aún más, del radicalismo revolucionario a
la fe modernista en la ciencia y a un pragmatismo que pretendía integrar a
otras capas de la población.
II
El 13 de mayo de 1896 se celebró, con
extraordinaria pompa, la coronación del zar Nicolás II; según un comentarista,
Moscú parecía «un Versalles redivivo». El zar entró en la ciudad montado sobre
un «pura sangre blanco», seguido por representantes de los pueblos sometidos,
vestidos con sus trajes nacionales. La procesión incluía asimismo delegados de
diversos grupos sociales y de los gobiernos locales (zemstva), así como
extranjeros.[3] Aquella profusión de grupos sociales y étnicos estaba
destinada, no obstante, a subrayar la unidad del imperio. El diario Moskovskie
Viedomosti declaraba:
Nadie vivía su propia vida personal; todos se
fusionaron en una sola alma, pulsante de vida, conscientes de que no eran sino
el pueblo ruso. Zar y pueblo realizaron una gran hazaña histórica, y mientras
exista esa unidad entre pueblo y zar, Rusia será grande e invencible, sin temor
a los enemigos externos o internos.[4]
Pero aquel periodista confundía la propaganda con
la realidad. Como parte de los intentos paternalistas del gobierno de implicar
al pueblo en la celebración de la coronación, se había dispuesto una «fiesta
popular» en Jodinskoie Polie, un campo abierto donde se habían levantado
escenarios y casetas de juegos para el entretenimiento de todos. Pero acudió
mucha más gente de la que se esperaba y los cosacos desplegados eran
insuficientes para controlar a la multitud; al amanecer del 18 de mayo esta
invadió el campo sin esperar la apertura oficial del festival y al caer algunos
por un terraplén sin protección se desató el pánico y murieron aplastadas entre
1350 y 2000 personas. La opinión pública, rusa e internacional, quedó
horrorizada ante los informes de prensa; estaba claro que, pese a sus
proclamaciones sobre la invencible Rusia, el gobierno del zar era un auténtico
desastre, y tampoco quedó bien parada la muy alabada unidad entre pueblo y zar.
Aunque este expresó su pesar por los acontecimientos, las fiestas no se
suspendieron y aquella misma noche acudió a un fastuoso baile
ofrecido por el embajador francés. Un observador
inglés escribió: «Nerón tocaba la lira mientras ardía Roma, y Nicolás II bailó
en la embajada francesa la misma noche de la hecatombe de Jodinskoie».[5] El
futuro autor bolchevique Semion Kanatchikov, que acudió al recinto de la fiesta
poco después de la catástrofe, comentó indignado la «irresponsabilidad» e
«impunidad» de las autoridades.
Lo
sucedido en Jodinskoie Polie era un mal presagio para Nicolás II: sus
grandiosas proclamaciones en la ceremonia de coronación habían quedado
desmentidas por lo sucedido de forma humillante y además había mostrado una
actitud arrogante inaceptable. No podía haber una muestra más clara de la
decadencia del despotismo zarista.
Como dejaron claro las ceremonias rituales de la
coronación, a finales del siglo XIX el imperio ruso se sentía orgulloso de su
Antiguo Régimen. De hecho, asumió conscientemente el modelo de la monarquía
francesa anterior a 1789 como encarnación de los principios reaccionarios.
Paradójicamente, empero, aquel Antiguo Régimen era relativamente reciente.
Justo cuando los filósofos de la Ilustración condenaban la jerarquización
pretendidamente inmutable de las relaciones sociales, los zares la
consolidaban, y tras la derrota de la Francia revolucionaria en las guerras
napoleónicas, el régimen zarista se convirtió deliberadamente en bastión de la
tradición autocrática contra la Ilustración y la revolución. Rusia seguiría
constituida por estamentos, grupos de estatus y nacionalidades desiguales, cada
uno de ellos con sus propios privilegios u obligaciones legales.[7] Los
campesinos estaban en notoria desventaja y hasta 1861 siguieron siendo los
últimos siervos de Europa.
Semejante sistema solo podía perdurar, como
descubrió la monarquía francesa en 1789, en la medida en que el estado no
exigiera demasiado de sus súbditos; pero si intentaba competir con estados
rivales —al oeste y al este— que podían movilizar grandes ejércitos bien
entrenados, recaudar un alto nivel de impuestos y fabricar armas modernas,
tenía que hacer lo mismo. Inevitablemente
los campesinos y más tarde los obreros industriales
y las minorías étnicas del imperio ruso, de las que se esperaba que realizaran
esos sacrificios, pedían algo a cambio. Si tenían que contribuir con sus
recursos o con su propia vida a la prosperidad del estado, querían a cambio ser
tratados con dignidad, como valiosos participantes en una empresa común, y no
como carne de cañón o vacas lecheras a las que ordeñar.
Una serie de derrotas militares —frente a los
imperios británico y otomano en la guerra de Crimea (1853-1856), frente a Japón
en la guerra ruso-japonesa (1904-1905) y frente a Alemania en la Gran Guerra—
llevaron a algunos funcionarios zaristas a reconocer que el Antiguo Régimen no
estaba funcionando; los reformadores cobraron conciencia de que el imperio
debía convertirse en algo así como un estado-nación unificado, con una
agricultura y una industria modernas. Había que superar las divisiones en el seno
de la sociedad y forjar un vínculo emocional entre pueblo y estado. Pero los
conservadores temían que la reforma socavara la monarquía y la jerarquía que le
servía de base. El resultado fue una serie de compromisos inestables, que solo
integraron a parte de la población en el sistema político y agravaron el
descontento popular. El zar Alejandro II introdujo una serie de reformas
durante las décadas de 1850 y 1860, la más importante de los cuales, la
emancipación de los siervos, liberó legalmente a los campesinos; pero su
estatus legal seguía siendo inferior y no recibían la tierra que reivindicaban.
Seguían ligados a la «comuna» campesina (obshchina) —una antigua institución de
autorregulación local— lo que permitía controlarlos y extraerles impuestos. La
irritación de los campesinos frente a aquel trato desigual, expresada como un
resentimiento populista o anarquista contra el estado, siguió aumentando hasta
que los bolcheviques decidieron el reparto de la tierra en 1917.[8]
Si el campesinado, como estamento específico,
seguía aislado y discriminado, la clase obrera industrial estaba totalmente
excluida de la estructura estatal, pese a su aumento de envergadura durante la
tardía industrialización de las últimas décadas del siglo XIX. El
«chico» de Pudovkin representaba típicamente a los
millones de rusos que abandonaban el campo, cada vez más superpoblado, para
emigrar a las ciudades. Durante el medio siglo anterior a 1917 la población
urbana de Rusia se cuadruplicó, pasando de 7 a 28 millones de personas; y
aunque la clase obrera industrial era todavía relativamente pequeña —unos 3,6
millones—, estaba muy concentrada en las ciudades políticamente más
importantes. Al llegar a la ciudad, los obreros se solían incorporar a las
comunidades informales llamadas «artel». Semion Kanatchikov recordaba su grupo
de quince hombres hacinados en un apartamento, que comían a diario sopa de col
de una olla común con cucharas de madera y celebraban la paga quincenal con
«salvajes borracheras»;[9] pero no les estaba permitido organizar sindicatos u
otras agrupaciones, al menos hasta 1905, y por eso la rica cultura de los
sindicatos alemanes y del SPD estaba completamente ausente, al tiempo que
crecía el resentimiento por las malas condiciones y el mal trato; de hecho, la
impotencia de los obreros no hacía más que alimentarlo. Otro obrero, A. I.
Shapovalov, recordaba en sus memorias la inquina que sentía hacia su patrón:
A la vista de su gorda tripa burguesa y su rostro
enrojecido, no solo no me quitaba la gorra sino que en mis ojos, contra mi
voluntad, aparecía una terrible llama de odio cuando lo veía. No hacía más que
pensar en agarrarlo por la garganta, arrojarlo al suelo y patearle la gorda
tripa.[10]
Al final Kanatchikov, Shapovalov y muchos otros
obreros «conscientes» decidieron, llevados por su encono, incorporarse a una
organización más amplia, y recurrieron en busca de liderazgo a los
intelectuales radicales, otro grupo excluido del sistema estamental, decidido a
superar las divisiones de Rusia y a acelerar su modernización.
III
Desde mediados de la década de 1860 las autoridades
rusas estaban muy preocupadas por una nueva moda entre los jóvenes de las
clases altas: las chicas escapaban de sus restrictivas familias para contraer
matrimonios ficticios y a continuación los recién casados se separaban después
de la boda, o vivían juntos sin consumar el matrimonio. La policía estaba
también preocupada por un fenómeno supuestamente relacionado: la popularidad
del ménage à trois. Creían que la raíz de aquel comportamiento subversivo estaba
en una novela extraordinariamente influyente, aunque bastante mal escrita,
publicada en 1863, ¿Qué hacer?, del intelectual socialista ruso Nikolai
Chernishevski.[11]
El efecto de esa novela entre los jóvenes rusos de
las clases altas podía compararse al de las novelas de Rousseau en Francia
antes de la revolución, lo que no era casual, ya que Chernishevski pretendía
crear una versión socialista y rusificada de La nouvelle Héloïse.[12] Contaba
la historia de una mujer, Vera Pavlovna, cuyos autoritarios padres, como los de
Julie d'Étanges, pretenden casarla con un extraño. Vera es rescatada por
Lopujov, un tutor del estilo de Saint-Preux, con el que vive un casto pseudomatrimonio,
y más tarde se enamora de su amigo Kirsanov. Tras un corto período durante el
que viven juntos como ménage à trois, Lopujov parte y regresa más tarde, casado
con otra, para vivir con Vera and Kirsanov en una armoniosa familia conjunta.
La novela también presenta varias utopías
socialistas. En una de ellas Vera y Lopujov crean un taller de costureras que
funciona como comuna o cooperativa. En otra, Vera sueña con una sociedad de
trabajo comunal racionalmente organizado, en al que hombres y mujeres viven en
un gran palacio de acero y cristal lleno de maravillas tecnológicas entre las
que se hallan, proféticamente, acondicionadores de aire y bombillas eléctricas;
sin duda Chernishevski se inspiró en el Palacio de Cristal inaugurado en Londres
una década antes. Sus personajes trabajan alegremente en el campo durante el
día, felices porque la mayor parte del trabajo la
hacen máquinas; y por las noches disfrutan de
espléndidos bailes, vestidos con túnicas griegas del «refinado período
ateniense».[13]
No sabemos hasta qué punto quería Chernishevski que
sus lectores se tomaran en serio aquellas ideas socialistas
revolucionarias,[14] ya que el estilo de la novela es deliberadamente oscuro
con el fin de eludir la censura; en cualquier caso ¿Qué hacer?, como las obras
de Rousseau, tuvo un efecto enorme sobre los y las jóvenes de su época, porque
mostraba una alternativa a su experiencia cotidiana caracterizada por la
jerarquía, la subordinación y la división social; del mismo modo que
Robespierre agradecía a Rousseau haberle revelado su dignidad innata, los
jóvenes rusos agradecían a Chernishevski que les hubiera mostrado cómo vivir
sus vidas como «un nuevo pueblo» en igualdad sin someterse a los altaneros
aristócratas, escapando de su fiscalizadora familia y dedicándose al bien
común. El atractivo del «hombre nuevo» se muestra en la historia protagonizada
por Lopujov, cuando se disputa en San Petersburgo la acera con un arrogante
dignatario. En lugar de cederle el paso, lo levanta por la fuerza y lo deposita
en medio de la calle, sin perder la sonrisa ni sus buenas maneras, aplaudido
por dos viandantes.
Chernishevski, como la mayoría de los socialistas
rusos de la época, era profundamente hostil al nacionalismo ruso; pero su
apreciación de que el Antiguo Régimen era un insulto para la dignidad de los
hombres y mujeres corrientes tenía un profundo eco en un período en que la
propia Rusia se veía humillada por sus rivales extranjeros, del mismo modo lo
tenían que las ideas de Rousseau en los jóvenes deseosos de resucitar el
poderío francés. Chernishevski estaba convencido de que Rusia era débil porque
su jerarquización hacía a los rusos serviles. Todos tenían que adoptar unos
modales obsequiosos y la solidaridad social era imposible. Aquellas «costumbres
asiáticas» (aziatchina) habían corrompido su personalidad y comportamiento.[15]
Chernishevski discrepaba empero de Rousseau al
insistir en que Rusia solo podía salir de la humillación haciéndose más moderna
y
más parecida a Occidente. Combinaba así el interés
rousseauniano por las utopías igualitarias con el interés marxiano por la
revolución y el socialismo modernista. Junto a Vera y su «nuevo pueblo» había
en ¿Qué hacer? una «persona especial» dedicada a la acción política, el
ascético revolucionario Rajmetov.
Cabe pensar que Chernishevski no se identificaba
plenamente con él, pero sus lectores lo encontraban muy excitante.[16] Rajmetov
proviene de una antigua familia aristocrática y es, significativamente, de
origen mitad oriental y mitad occidental —tártaro y ruso—; también posee las
virtudes del intelectual y del hombre del pueblo. Por un lado conoce bien la
literatura francesa y alemana, y por otro se ejercita físicamente. A los
diecisiete años decide fortalecer su cuerpo siguiendo una dieta de carne cruda
y trabaja como batelero en el Volga. Luego va a la universidad —allí conoce a
Kirsanov—, pero sigue llevando una vida austera, comiendo como la gente
corriente, manzanas más que albaricoques (aunque se permite naranjas en San
Petersburgo). Es abstemio e incluso se somete a torturas autoinfligidas,
durmiendo tumbándose sobre un lecho de clavos para conocer bien sus límites.
Dedica su vida a servir al pueblo. Solo lee libros útiles, rechazando obras
frívolas como la Historia de Inglaterra de Macaulay. Su utilitarismo se
extiende asimismo a las relaciones personales: solo habla con gente que tiene
autoridad sobre otros, alejándose con un desdeñoso «perdone, no tengo tiempo»
de quien carezca de ella.[17]
Rajmetov emplea esas resueltas cualidades para
fomentar la revolución en Rusia, y comprensiblemente muchos lectores
entendieron ¿Qué hacer? como un llamamiento a emularlo. «Grande es la masa de
los hombres buenos y honestos, pero los Rajmetov son raros —declara la novela—.
Son pocos en número, pero facilitan a los demás la respiración, a gente que sin
ellos se habría asfixiado».[18] Parece como si Chernishevski estuviera
proponiendo una organización elitista de gente racional y moderna, y al mismo
tiempo afín con el pueblo; solo ellos pueden derrocar el régimen de desigualdad
que corrompe a Rusia.
Los personajes de Chernishevski fueron cruelmente
satirizados en las Memorias del subsuelo de Dostoievski, publicada en 1864. Su
«hombre del subsuelo» pretende emular la manifestación de dignidad de Lopujov
negándose a ceder el paso a un oficial en la calle; pero después de planificar
durante días la hazaña, esta acaba con un fracaso cómico: cuando finalmente
pasa rozando al arrogante oficial, no queda claro si este ha notado siquiera su
gesto revolucionario.[19]
La sarcástica burla de Dostoievski no era sin
embargo el sentimiento habitual entre los jóvenes, y la obra de Chernishevski
se convirtió en un libro sagrado para generaciones de estudiantes rusos
radicales. Las reformas de Alejandro II liberalizaron y ampliaron las
universidades, abriendo la vía para que los jóvenes de origen plebeyo
ingresaran en ellas. El gobierno esperaba que se abrieran camino hasta las
filas de la burocracia imperial y le aportaran nueva savia, pero lo que surgió
en la práctica fue un nuevo estudiantado radical, implacable hacia el
oscurantismo del régimen zarista, entregado a la ciencia y decidido a liberar
al pueblo. Durante las décadas de 1860 y 1870 al radicalismo se convirtió en un
estilo de vida, como sucedió en las universidades occidentales en los años
sesenta y setenta del siglo XX. Los estudiantes desafiaban la autoridad
empleando un lenguaje soez o poco respetuoso y vistiendo ropas «pobres» y
raídas. Uno de ellos recordaba así que los estudiantes de medicina eran los más
politizados y rebeldes: «gafas azules, pelo largo, camisa roja no remetida sino
sujeta con un fajín: se trataba con seguridad de estudiantes de medicina». Las
estudiantes radicales, por su parte, vestían trajes negros puritanos y llevaban
el cabello corto. Aquel contrauniforme contribuía a forjar una comunidad moral
de «apóstoles del conocimiento», decididos a utilizar su educación privilegiada
para ayudar al pueblo ignorante.[20]
Sin embargo, entre los estudiantes surgieron agrios
desacuerdos sobre la mejor forma de gestar el socialismo. Uno recordaba las dos
líneas que se debatían entre ellos:
Es una deuda de honor con el pueblo al que queremos
servir que recibamos una educación sólida, científica, completa y seria; solo
entonces podremos asumir con una clara conciencia el liderazgo espiritual de la
revolución.
Otros gritaban: «¡Sigue estudiando!» [«Eso
significará»] apartarte de la causa revolucionaria … No es en la universidad o
en los libros donde puedes recibir los conocimientos útiles para la causa
revolucionaria, sino en la interacción inmediata con el pueblo y los
trabajadores.[21]
Chernishevski habría estado quizá de parte de la
primera argumentación, pero fue encarcelado, condenado a trabajos forzados
(1864-1872) y luego deportado a Siberia (1872-1883) por sus opiniones
políticas, y fue su heredero, el socialista agrario Piotr Lavrov, quien tomó se
relevo. Los estudiantes, según Lavrov, tenían que dominar la ciencia para
preparar el nuevo orden, y no dedicarse a una revolución destructiva. Aunque no
era marxista, era el socialista ruso que mantenía un contacto más estrecho con
los marxistas de Occidente y como tal recibía por Navidad uno de los pasteles
de Engels. Mijail Bakunin defendía por el contrario la segunda opinión: la
cultura occidental era burguesa y filistea y lo que debían hacer los
estudiantes era relacionarse con el campesinado, absorbiendo su cultura
intrínsecamente colectivista, encarnada en la «comuna» campesina
tradicional.[22] En último término, opinaba Bakunin, sería una revolución
campesina, enraizada en el bandidaje ruso, la que destruiría el estado Ruso
«germanizado», fundamentalmente extranjero:
El bandido es siempre el héroe, el defensor, el
vengador del pueblo, el enemigo irreconciliable de todo el régimen estatal,
tanto en sus aspectos civiles como en los sociales, combatiente a vida o muerte
contra nuestra civilización estatalista, aristocrática, clerical y
burocrática.[23]
El debate entre Lavrov y Bakunin reproducía el
conflicto entre el marxismo modernista y el radical; pero a diferencia de Marx,
ambos creían en el potencial revolucionario del campesinado, al que había que
dar gracias ya que todavía no había apenas proletariado industrial en Rusia.
Pero ni la estrategia de Lavrov ni la de Bakunin alteraban el conservadurismo
fundamental del régimen, y la
represión estatal alentaba un giro hacia la
violencia revolucionaria. Fue crucial el fracaso del movimiento Jozhdienie v
Narod («Acercarse al Pueblo») de 1874, cuando más de un millar de jóvenes
abandonaron la vida en las ciudades para irse a vivir con los campesinos.
Vestidos como estos, los hombres con blusas rojas y pantalones bombachos y las
mujeres con blusas blancas y amplias faldas, esperaban educarlos, ilustrarlos e
incitarlos a levantarse y exigir una redistribución de la tierra. Aquellos
jóvenes y los campesinos no tenían mucho en común, pero fue la represión
estatal, no la hostilidad campesina, la que provocó el fracaso de aquel
movimiento. Muchos de aquellos jóvenes idealistas fueron detenidos y condenados
en espectaculares juicios en 1877-1878.[24]
La lección parecía clara: el movimiento radical
tenía que organizarse más rigurosa y clandestinamente. En 1879 se creó así la
organización socialista revolucionaria Narodnaia Volia (la «Voluntad del
Pueblo») que iba a servir de modelo para todas las organizaciones terroristas
del mundo moderno: su estructura era piramidal y estaba formada por células
estancas, cada una de las cuales, por razones de seguridad, desconocía las
actividades de las demás. La Voluntad del Pueblo fue también la primera
organización que utilizó dinamita, el explosivo recientemente descubierto por
el ingeniero y empresario Alfred Nobel. Aquel mismo año dictó una sentencia de
muerte contra Alejandro II que fue llevada a la práctica en 1881 arrojando dos
granadas contra el carruaje del zar.
La dura represión que siguió al atentado solo
sirvió para reforzar a los terroristas y su teórico más destacado, Piotr
Tkachov. Nacido en una familia de la pequeña aristocracia provinciana,
argumentaba que solo la acción de una pequeña «minoría revolucionaria» traería
el socialismo al país. Durante la década de 1880 Rajmetov eclipsó a Vera y
Kirsanov como modelo para la juventud rusa. Vasili Osipanov, uno de los
miembros del grupo terrorista que pretendía atentar contra Alejando III en
1887, imitaba a su héroe durmiendo sobre clavos. ¿Qué hacer? era también el
libro favorito de otro de los miembros del grupo, Aleksandr Ulianov, como lo
fue tras su
ejecución de su hermano Vladimir, más tarde
conocido como «Lenin».
Los socialistas revolucionarios rusos prosiguieron
su actividad terrorista durante la última década del siglo XIX matando a miles
de funcionarios, incluidos varios ministros; un autor ha estimado que durante
los veinte años anteriores a 1917 murieron en aquellos atentados más de 17 000
personas.[25] Entretanto, la ojrana («policía secreta») respondía con la misma
violencia y bastante eficacia. En 1909 se descubrió que uno de los dirigentes
del Partido Socialista Revolucionario heredero de Narodnaia Volia, Ievno Azef,
era un agente de la ojrana infiltrado.
El ambiente político cambió, no obstante, con la
hambruna devastadora de 1891. El fracaso del estado zarista ante aquella crisis
alentó a la sociedad ilustrada de la época a asumir su lugar y organizar la
ayuda contra el hambre. Algunos creían imprescindible que los socialistas se
volcaran en una reforma pacífica, pero resultaba imposible regresar a la
política de Lavrov y a la década de 1870 porque Rusia se estaba
industrializando rápidamente y el hambre había destruido cualquier idealismo
que pudiera quedar sobre la comuna campesina. El antiguo consenso socialista
agrario de que esta era la aportación que Rusia podía hacer al socialismo
mundial y de que adecuadamente modernizada se convertiría en germen de la
sociedad ideal, estaba irreparablemente dañado; la agricultura y el campesinado
parecían ahora irremediablemente atrasados, encarnación de la aziatchina rusa,
y había que encontrar una nueva clase revolucionaria. Así se explica el
atractivo que cobró el marxismo, cuyos principios ofrecían no solo una alternativa
al zarismo, sino también una nueva vanguardia —el proletariado industrial— y
una vía para salir del atraso. Además parecía «científico» y occidental. Como
recordaba Nikolai Valentinov, un revolucionario amigo de Lenin:
Nos aferramos al marxismo porque nos atraía su
optimismo sociológico y económico, su confianza, apuntalada por los hechos y
las cifras, en que el desarrollo de la economía, el desarrollo del capitalismo,
al desmoralizar y erosionar los fundamentos de la vieja sociedad, creaba nuevas
fuerzas (incluidos nosotros) que barrerían el régimen autocrático junto con sus
abominaciones … también nos atraía su carácter europeo. El marxismo provenía de
Europa. No olía al viejo moho provinciano, sino que era nuevo, fresco y
excitante. El marxismo nos ofrecía la promesa de que no seguiríamos siendo un
país semiasiático, sino que nos incorporaríamos a Occidente, con su cultura,
sus instituciones y los atributos de un sistema político libre. Occidente era
la luz que nos guiaba.[26]
El «marxismo» adoptado por los socialistas rusos
era claramente del tipo modernista: Rusia, atrasada, tendría que pasar primero
por el desarrollo capitalista y el socialismo como tal quedaba todavía lejos.
Esto no era todavía evidente cuando Marx fue traducido por primera vez al ruso.
Un tal Skuratov, uno de los dos censores zaristas encargados de leer la mitad
de El capital en 1872, informó: «Cabe asegurar con certeza que muy poca gente
en Rusia lo leerá, y aún menos lo entenderá».[27] Concluía que podía publicarse,
lo que posiblemente fue el mayor error cometido por los censores tras el de
¿Qué hacer?, autorizado nueve años antes. La edición rusa del libro —la primera
traducción de su original alemán— fue un extraordinario éxito entre los
lectores rusos, superando claramente a la edición de Hamburgo. Pero Skuratov
estaba acertado en que no todos lo entenderían, al menos inicialmente. Tanto
los socialistas agrarios como los periódicos oficiales a favor del régimen le
dieron la bienvenida, como advertencia de la pesadilla capitalista del trabajo
infantil y las satánicas fábricas.[*] Pero si bien el propio Marx parecía creer
hacia 1880 que Rusia podía eludir el capitalismo y preservar la obshchina, el
mensaje de El capital era exactamente el contrario: el capitalismo era
inevitable; y en 1883 esta se convirtió en la doctrina de la primera
organización marxista en Rusia, La Emancipación del Trabajo (Osvobozhdienie
Truda), fundada por el revolucionario exiliado en Suiza Gueorgui Plejánov,
quien abandonó el viejo agrarismo socialista ruso y su fe en el campesinado y
declaró que Rusia no estaría lista para el socialismo hasta que
hubiera pasado por la experiencia transformadora
del capitalismo. La clase obrera, dirigida por los intelectuales del Partido
Socialdemócrata, protagonizaría la revolución contra la autocracia, pero para
sustituirla por una democracia parlamentaria y solo en una fase muy posterior
el socialismo. La doctrina de Plejánov se convirtió en ortodoxia entre los
marxistas rusos, como sucedió con el socialismo de Kautsky en la Segunda
Internacional.
Pero la relevancia del marxismo kautskiano para
Rusia era muy discutible. Se había desarrollado en sociedades industriales
maduras, semidemocráticas, en las que los trabajadores se iban integrando
gradualmente en el sistema político y donde la democracia parlamentaria,
adecuadamente ampliada, parecía favorecer los intereses de la clase obrera. En
Rusia, en cambio, la actitud mucho más represiva del estado contribuía a una
cultura muy diferente. Como el ex minero Nikolaus Osterroth, en torno al cambio
de siglo los estudiantes radicales rusos veían sus vidas como un paso de la
«oscuridad» a la «luz»; se estaban convirtiendo en gente «nueva», «consciente»,
que abrazaba a la vez el modernismo urbano y la identidad socialista; pero en
Rusia era una comunidad mucho más acosada por la policía, caracterizada por un
moralismo maniqueo que obligaba a los heroicos estudiantes «honorables» a
afrontar a los espías infiltrados. Se celebraban «juicios de honor» para
denunciar y «purgar» a los sospechosos y sus acusadores los juzgaban por su
vida pública y privada en prácticas bastantes semejantes a las que luego se
implantarían en el partido bolchevique. En aquellas condiciones tan
amenazadoras, no cabe sorprenderse de que predominara una visión de la política
más radical y sectaria que la kautskiana, más abierta y tolerante.[28]
IV
Vladimir Ulianov (Lenin) adaptó el socialismo de
Chernishevski al mundo moderno y el marxismo modernista de la Segunda
Internacional a las condiciones de Rusia. Tanto la formación de Lenin como su
carácter lo hacían idóneo para el papel de occidentalizador y modernizador.
Aunque su padre era formalmente un aristócrata —con derecho que lo trataran
como «su excelencia»— sería equivocado pensar en los Ulianov como una familia
con valores aristocráticos. El padre de Lenin era profesor de física y
matemáticas y se había ganado el título nobiliario (dvorianstvo) desde su
puesto como director general de las escuelas de la provincia de Simbirsk. Tanto
él como su mujer eran de origen étnico mixto, él de ascendencia mordoviana y de
calmucos del Volga y ella de padre judío convertido al cristianismo ortodoxo y
madre luterana germano-sueca; cabe, pues, considerarlos como advenedizos
deseosos de integrarse mediante los méritos profesionales e intelectuales en la
buena sociedad, y en esos valores educaron a sus hijos.[29] Entre los
funcionarios de la época era muy típica la aspiración a mejorar Rusia
manteniendo la lealtad al zar, y los Ulianov no tenían por qué ser muy
radicales aunque sí evidentemente progresistas e interesados en las ideas
ilustradas; por otra parte, el origen familiar y la afición a las lenguas de
María Aleksandrovna, la madre de Lenin, le daban a la familia un toque
occidentalizante del que Lenin parecía muy consciente, por ejemplo cuando
comparó desfavorablemente la pereza rusa con la diligencia judía y alemana.[30]
En muchos sentidos, pues, sus orígenes no eran muy diferentes de los de Marx:
una familia de profesionales en ascenso procedente de minorías étnicas, deseosa
de integrarse en la etnia dominante sin renunciar por ello a las ideas
ilustradas y a la voluntad de combatir el atraso y el oscurantismo. Como en
otros casos, eran los hijos de los asimilados de primera generación los que se
rebelaban, convencidos de que sus padres habían sido demasiado acomodaticios
con los poderes existentes.
Pero si el origen y la formación de Lenin guardaban
alguna semejanza con los de Marx, su carácter era muy diferente. Lenin no
fue nunca un socialista utópico o romántico, ni
tampoco un chico rebelde; sus relaciones con su padre eran buenas y era un
alumno modelo: en su informe final, el director de su escuela (nada menos que
Fiodor Kerenski, padre de quien más tarde fuera jefe del gobierno provisional
derrocado por los bolcheviques en octubre de 1917) decía que «los principios
rectores de su educación son la religión y una disciplina racional».[31]
Durante toda su vida Lenin observó esos principios prácticos de la «disciplina racional»
burguesa. Su mesa de trabajo estaba escrupulosamente limpia, era ahorrador
(aprovechaba incluso trozos de papel blanco de las cartas que recibía) y le
molestaba el desaliño de alguno de sus camaradas, por ejemplo en la redacción
de la revista Iskra («La Chispa»).[32]
Parece, pues, muy natural que a Lenin le agradara
la cultura germánica, y especialmente su servicio de correos. Según su mujer,
Nadiezhda Krupskaia, cuando vivía exiliado en Zúrich «no tenía sino elogios»
por la cultura suiza y sus carteros, que le llevaban siempre a tiempo los
libros que necesitaba para elaborar sus textos.[33] En 1917 mencionaba con
cierto humor el servicio postal alemán como modelo del futuro estado
socialista.[34]
Pero Lenin iba a poner su disciplina burguesa al
servicio de una revolución contra la burguesía. La ejecución en la horca de su
hermano Aleksandr en 1887, acusado de preparar un atentado contra el zar,
explica sin duda en parte su radicalización. Pocos meses después fue expulsado
de la universidad como miembro de una familia sospechosa, y Aleksandr no le
dejó solo su ejemplo sino también sus libros, entre ellos ¿Qué hacer? Lenin
declaró más tarde que esa obra lo había «marcado indeleblemente»: «es un libro que
lo cambia a uno para toda su vida».
Chernishevski no solo mostraba que quienquiera que
reflexione seriamente y sea realmente honesto debe ser un revolucionario, sino
también —y ese es su mayor mérito— cómo debe ser un revolucionario, cuáles
deben ser sus principios, cómo debe plantear sus objetivos y qué métodos debe
utilizar para alcanzarlos.[35]
Puede que el libro le ofreciera también el modelo
para el triángulo sentimental que formó en el exilio con su mujer, Nadiezhda
Krupskaia, y con la revolucionaria feminista Inessa Armand;[36] y hay mucho de
Rajmetov en el compromiso puritano de Lenin con la revolución y su rechazo
utilitario de cualquier cosa que pudiera distraerlo. Aunque no comía carne
cruda ni dormía sobre clavos (era un hombre de salud frágil), se mantenía en
forma haciendo gimnasia, algo que no era habitual entre sus camaradas del exilio.
Tras su expulsión de la universidad Lenin siguió
estudiando en privado y obtuvo en 1891 la licencia para trabajar como abogado.
Durante esos años se relacionó al parecer con grupos populistas agrarios, pero
le atraía más el marxismo modernista de Plejánov, y en 1893 se trasladó a San
Petersburgo con la intención de ampliar y profundizar su conocimiento del
marxismo. En los círculos revolucionarios de la época eran ya conocidas sus
críticas al populismo agrario, pero también lo distinguían de la mayoría de los
marxistas rusos otros aspectos: aun reconociendo las dificultades que suponían
para ellos las circunstancias peculiares de Rusia y su tardía incorporación al
capitalismo industrial, lo que supuestamente la condenaba a un trayecto muy
largo hasta el paraíso socialista durante el cual tendrían que tolerar a los
especuladores con chistera que se enriquecían en los «talleres satánicos», para
Ulianov esa perspectiva resultaba difícil de aceptar porque odiaba a la
burguesía como clase más visceralmente que muchos otros marxistas y era
especialmente hostil a ideas «burguesas» como la democracia parlamentaria y el
principio de legalidad. Según su mujer, su rencor hacia la burguesía liberal
venía de muy atrás, de cuando la buena sociedad local le hizo el vacío a su
madre tras el arresto de Aleksandr y nadie quiso acompañarla en su viaje para
visitarle en la cárcel.[37] Su experiencia personal no hizo más que reforzar la
opinión, común entre los marxistas rusos, de que la burguesía rusa se
comportaba de forma particularmente sumisa hacia la aristocracia y el estado
zarista. Lenin compartía, pues, la valoración expresada en el primer programa
del Partido Obrero
Socialdemócrata Ruso: «Cuanto más avanza uno hacia
el este de Europa, más débil, cobarde y mezquina en el sentido político se hace
la burguesía y mayores son las tareas culturales y políticas que recaen sobre
el proletariado».[38] Su odio al orden existente se vio sin duda reforzado por
su encarcelamiento en 1895 y la subsiguiente deportación a Siberia en 1897.
Lenin buscaba, pues, vías para acelerar el proceso
revolucionario, con mucha más impaciencia que la mayoría de sus camaradas
modernistas, felices de contemplar cómo avanzaba la hegemonía burguesa; pero su
juicio sobre las fuerzas capaces de imprimir a la historia esa «aceleración»
hacia el socialismo dependía de las circunstancias. A menudo parecía concederle
ese papel a una élite clandestina de modernizadores, al estilo de Chernishevski
o de Tkachev; pero aunque esa fuera su posición de partida, no siempre ponía su
fe en una élite revolucionaria. Su marxismo siempre era flexible y adaptable a
las condiciones de Rusia, con sus obreros y campesinos ocasionalmente
radicales. Cuando parecía que el pueblo se inclinaba por la insurrección, Lenin
podía ser mucho más populista y radical que otros marxistas y se inclinaba
hacia una línea marxista radical. A partir de 1902 también estaba más dispuesto
que sus camaradas rusos (y por supuesto que los marxistas alemanes) a
considerar al campesinado como una clase potencialmente revolucionaria, aunque
el bolchevismo seguiría siempre desconfiando del campesinado «atrasado».
Una vez concluida la pena de deportación a Siberia
en 1900, Lenin pensó que era demasiado arriesgado permanecer en Rusia y se
exilió durante varios años viviendo en Praga, Viena, Múnich, Londres y
finalmente en Zúrich; en todos esos lugares había pequeñas comunidades de
exiliados en las que se respiraba la política revolucionaria. Lenin seguía
creyendo en la inminencia de la revolución y así lo expuso en particular en su
folleto programático ¿Qué hacer? en 1902. Un grupo de marxistas rusos (los
llamados «economicistas») habían adoptado el revisionismo de Eduard Bernstein y
afirmaban que, dado que la revolución estaba lejos, lo
que debían hacer los marxistas era ayudar a los
obreros a mejorar su salario y sus condiciones de trabajo. Lenin reaccionó
irritado contra esa idea, insistiendo en que los marxistas debían ser más
ambiciosos e inspirar en los obreros el ideal comunista, ya que por sí mismos
solo desarrollarían una conciencia «sindical», esto es, el deseo de mejores
condiciones de vida y trabajo, y la conciencia «socialdemócrata» —el deseo de
auténtico cambio político— tenía que llegarles «desde fuera», infundida por intelectuales
revolucionarios versados en la teoría marxista; pero estos también debían ser
—y en esto su pensamiento difería sustancialmente del de Kautsky—[39]
revolucionarios «profesionales», ideológicamente «conscientes» y capaces de
actuar clandestinamente, aportando la eficacia occidental al radicalismo ruso
en una época caracterizada por la represión policial.[40] El partido,
argumentaba Lenin, tenía que funcionar centralizadamente, como una «gran
fábrica».[41] Sus revolucionarios, como el Rajmetov de Chernishevski, al que
rendía tributo en el propio título de la obra, debían ser a un tiempo modernos
y clandestinos.[42]
Al principio, la propuesta de Lenin de un partido
de vanguardia centralizado no despertó objeciones entre los marxistas rusos, y
en términos estrictamente ideológicos no era nada nuevo;[43] pero su idea del
partido era muy diferente de la de Kautsky (y también de la de Marx). El
planteamiento leninista de la política era militante, intransigente y reacio al
compromiso. Estaba convencido de que sus camaradas se negaban a prepararse
seriamente para la revolución que creía inminente, mientras que ellos, por el
contrario, lo consideraban excesivamente optimista sobre el fin del Antiguo
Régimen, autoritario y excesivamente hostil hacia la burguesía. El primer
enfrentamiento importante, que escindió el partido en su II Congreso en 1903,
se produjo en relación con las condiciones para pertenecer a él. Lenin exigía
que el partido estuviera formado únicamente por revolucionarios
«profesionales», mientras que Iuli «Martov» Zederbaum, con el que compartía la
redacción de Iskra, quería un partido más abierto. Lenin estaba en minoría,
pero como
algunos de sus oponentes abandonaron la sala antes
de la votación, la ganó y sus partidarios se convirtieron así en bolcheviques
(de la palabra rusa bol'shinstvo, «mayoría»), mientras que los del grupo de
Martov se quedaron con el nombre de mensaje mencheviques (de menshinstvo,
«minoría»). Lenin agravó el conflicto con su conducta arrogante y autoritaria,
aunque luego admitió que «se había comportado histéricamente llevado por la
irritación».[44] También disgustó a muchas de las principales figuras del marxismo
internacional como Plejánov, Kautsky y Rosa Luxemburg.
Pero Lenin resultó mejor profeta que sus rivales
mencheviques, ya que dos años después estalló efectivamente la revolución. La
caída de la base naval de Port Arthur (Lüshunkou) en el lejano oriente ruso
ante los japoneses en diciembre de 1904 fue aún más humillante para el régimen
zarista que su anterior derrota ante los británicos en Crimea, ya que por
primera vez una potencia europea era derrotada por otra asiática, e hizo que
afloraran las muchas tensiones subterráneas que se habían acumulado en Rusia. Un
clérigo ortodoxo, el pope Gapón, aprovechó la oportunidad para organizar una
manifestación destinada a presentar al zar una humilde petición redactada con
la retórica paternalista que este mismo acostumbraba a utilizar, pero que
contenía reivindicaciones «radicales» como el sufragio democrático y derechos
civiles para todos los ciudadanos así como la legalización de los sindicatos.
Aquel «domingo sangriento» se congregaron ante el Palacio de Invierno más de
cien mil personas portando iconos y cantando himnos religiosos y patrióticos
como «Dios salve al zar», pero los soldados, después de intimar a los
manifestantes a dispersarse, dispararon indiscriminadamente sobre la multitud
pacífica y desarmada causando centenares de muertos y millares de heridos.
Se dice que en medio de aquella carnicería, Gapón
gritó: «¡Ya no hay Dios! ¡Ya no hay zar!».[45] Evidentemente, aquella violencia
alevosa dañó irremisiblemente la imagen de Nicolás II como padre benevolente.
Había quedado absolutamente claro que su paternalismo no les iba a conceder a
los obreros y campesinos lo
que reivindicaban. El proletariado respondió
creando un nuevo tipo de institución al estilo de la Comuna de París, el soviet
(«consejo») de diputados obreros, para coordinar las huelgas. Como en el caso
de la Comuna se trataba de una organización basada en la democracia directa;
los representantes podían ser destituidos, al menos en teoría, en cualquier
momento. Parte de los elegidos eran socialistas —Lev Bronshtein, «Trotski», fue
elegido primero vicepresidente y luego presidente del Soviet de San Petersburgo—
y desde los soviets organizaron una huelga general que obligó al régimen a
otorgar el «Manifiesto de Octubre», una promesa de elecciones a una asamblea
legislativa y derechos civiles. En cualquier caso los socialdemócratas,
bolcheviques y mencheviques, compartían la dirección de los soviets con otros
partidos como el Socialista Revolucionario (PSR); por otra parte la revolución,
como las de 1830 y 1848, no era solo proletaria sino interclasista, y también
los liberales burgueses se unieron a la lucha contra la abyecta autocracia.
Lenin estaba entusiasmado con aquella revolución y
el Manifiesto de Octubre lo convenció de que sería conveniente regresar a
Rusia. Estaba aliado entonces con algunos de los marxistas más izquierdistas
del Partido Obrero Socialdemócrata (POSDR) como Aleksandr Bogdanov —quien en
1909 se iba a distanciar de Lenin para encabezar el grupo Vperiod
(«Adelante»)—, a los que distinguía su fe sin límites en la capacidad del
proletariado para construir el socialismo.[46] Pero ninguno iba tan lejos como
Trotski, quien desarrolló la tesis de que Rusia estaba lista para una
«revolución permanente» que conduciría rápidamente de la etapa
democrático-burguesa al socialismo.[47] Lenin proponía como agente de la
revolución burguesa una «dictadura democrática-revolucionaria del proletariado
y el campesinado», a diferencia de los mencheviques, más moderados, que
proponían una alianza entre los obreros y la clase media.[48]
En cualquier caso, la revolución de 1905 siguió en
líneas generales la trayectoria fallida de sus predecesoras europeas de
1848. Los liberales burgueses, satisfechos con las
concesiones de octubre y temiendo la radicalización de los obreros y
campesinos, abandonaron el barco mientras el régimen conseguía recomponerse y
traer tropas desde el Lejano Oriente para aplastar la agitación campesina. En
diciembre los obreros de Moscú intentaron resistir en el distrito de Presnia,
donde levantaron barricadas y establecieron un gobierno local obrero, pero no
pudieron hacer frente a la artillería zarista; se produjo otra carnicería y gran
parte del distrito quedó reducido a escombros.
Las perspectivas volvían a ensombrecerse para los
socialistas, y en diciembre de 1907 Lenin volvió a exiliarse en Suiza. Se
dedicó a leer y escribir, en primer lugar sobre filosofía, pero a medida que se
aproximaba la guerra se sumergió en las últimas obras sobre la relación entre
capitalismo e imperialismo de gente como Rosa Luxemburg, el joven marxista ruso
Nikolai Bujarin y especialmente el influyente marxista austríaco Rudolf
Hilferding, que lo convencieron de que la antigua competencia entre pequeños empresarios
había dado paso a una lucha encarnizada por los mercados entre los
estados-nación, que llevaba a la expansión imperialista y a la guerra entre los
grandes potencias.[49] La inmoralidad esencial del capitalismo había quedado al
descubierto. Los capitalistas ya no pretendían siquiera que se les tomara por
humanistas liberales; eran racistas declarados y darwinistas sociales, que
defendían sus intereses fomentando un nacionalismo abocado a la guerra. Al
mismo tiempo, por otra parte, la centralización del capitalismo moderno había
preparado el terreno para la planificación socialista.
Lenin, siempre atento a los indicios de una crisis
irreparable del capitalismo, acogió con interés el análisis de Hilferding. En
El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en 1915 y publicado en
1917, responsabilizaba empero de la guerra no solo a los capitalistas sino
también a los socialdemócratas como Kautsky que no se habían opuesto lo
bastante enérgicamente a ella.[50] También se apoyó en otros teóricos más
radicales del imperialismo para argumentar que, del mismo modo que se había globalizado
el
capitalismo, lo mismo sucedería con la revolución.
Dado que los estados imperialistas explotaban a los países de la periferia
colonial, la revolución socialista podría tener lugar incluso en países
semi-«atrasados». La lucha contra el capitalismo podía empezar en Rusia, aunque
aceptaba que tendría que contar con el apoyo de eventuales revoluciones
socialistas en otros países más avanzados. Lenin también argumentaba que los
marxistas de los países coloniales podían impulsar revoluciones por la
independencia política contra los imperialistas, aunque el capitalismo apenas
hubiera desarrollado en ellos y el socialismo quedara lejos. Aquel texto de
Lenin estableció los fundamentos para la fusión del marxismo con el
nacionalismo anticolonial. Como se verá, fue decisivo para extender el
comunismo al mundo no europeo.
Fueron muy pocos los rusos que leyeron El
imperialismo, fase superior del capitalismo, pero para Lenin su principal
función consistió en explicarse a sí mismo y a los revolucionarios de su época
por qué la historia estaba de su parte. Cuando en 1917 el régimen zarista se
vino abajo, los obreros y campesinos se comportaron como lo habían hecho en
1905, creando soviets, comités revolucionarios y otras formas de autogobierno.
Pero además Lenin y los bolcheviques estaban ahora en condiciones de ofrecer
una alternativa confiada y aparentemente coherente.
V
En 1913 el literato vanguardista Andrei Bely
(nacido en 1880) publicó su gran novela simbolista Petersburg. La ciudad ya
había ocupado un lugar protagonista en novelas anteriores, pero el Petersburgo
de Bely era un lugar muy diferente al que uno podía conocer en las novelas de
Chernishevski o de Dostoievski. Situada en 1905, era una ciudad en ebullición,
rodeada por un «anillo de fábricas con muchas chimeneas» desde las que se oía
el sonido
amenazador del proletariado revolucionario.[51] El
funcionario zarista de la novela, Apollon Ableujov, ya no es un aristócrata
reaccionario, sino la mismísima encarnación de la modernización racional (en el
imaginario nietzscheano de la época, Apolo era el dios de la razón), que
disfruta contemplando las líneas rectas y los cubos perfectos de las calles
planificadas de Petersburgo y se rodea de arte neoclásico (posee una pintura de
David); pero su dominio de la razón es insuficiente para controlar a su propio
hijo radicalizado y menos aún Rusia, y le aterrorizan las fuerzas
revolucionarias que lo rodean.[52] Las otras encarnaciones de la razón en la
novela son igualmente ineficaces, aunque más violentas. El revolucionario
Dudkin y su mentor Lippachenko imponen sus planes dogmáticos a los demás.
Dudkin recibe incluso la visita de El jinete de bronce, que vierte metal
fundido en sus venas y lo saluda como «mi hijo».[53] pero ni El jinete de
bronce ni el espíritu de la modernidad pueden resolver nada, abriendo simplemente
un ciclo de venganza y violencia.[54]
Para Bely, como para Pushkin, El jinete de bronce,
cuyo caballo asienta las patas traseras sobre suelo ruso y alza las delanteras,
era el símbolo de la división de Rusia en dos: las tradiciones autóctonas del
pueblo ruso y el racionalismo voluntarista de Pedro el Grande;
pero
Bely negaba que los funcionarios o los revolucionarios pudieran reconciliar
esas dos mitades. Para él solo el apocalipsis, que identificaba con las fuerzas
revolucionarias «orientales» del pueblo, permitiría a Rusia salir de su
terrible situación y «dar un
salto en la historia».[56] En último término Bely
estaba equivocado y la revolución no iba a recomponer la fragmentada sociedad
rusa, pero supo prever los acontecimientos de 1917. La fuerza del pueblo iba a
prevalecer sobre los jinetes de bronce, ya fueran zaristas, liberales o
bolcheviques.
El estallido de la guerra en 1914 trajo la tercera
y última crisis para el régimen zarista posterior a 1815. Como declaró un siglo
después A. I. Savenko, dirigente de la Unión de Nacionalistas Rusos, «la guerra
es un examen, un gran examen», sin duda más difícil que cualquier otro por el
que hubiera tenido que pasar el
régimen zarista en el pasado.[57] El principal
enemigo de Rusia, Alemania, pretendía una movilización «total» de todos los
recursos —hombres, alimentos, producción industrial— para la guerra; y Rusia,
un Ancien Régime apenas reformado, estaba en gran desventaja en aquella
confrontación. Al estado, que desconfiaba de toda la sociedad —tanto de las
clases altas como de las bajas—, le resultaba difícil obtener su apoyo para el
esfuerzo de guerra. Sus fábricas no producían suficientes municiones y no podía
reclutar las tropas que necesitaba. Aquella debilidad estructural, combinada
con la escasa tecnología bélica, dio lugar a enormes derrotas en Galitsia y
Polonia, y en agosto de 1915 más de 4 millones de soldados rusos habían muerto,
estaban heridos o habían sido capturados por el enemigo.
La crisis obligó al zar a ceder frente a los
Ableujov reformistas de su régimen y a conceder a ciertos elementos de la
«sociedad» — miembros de las capas educadas que deseaban una modernización
— un papel en el esfuerzo de guerra. En ciertos
aspectos tuvo éxito y a principios de 1917 Rusia había destruido el ejército
Habsburgo y
producía más municiones que Alemania;[58] pero los
intentos parciales de la monarquía rusa de dejar de ser un Antiguo Régimen para
convertirse en un estado-nación movilizado como el Reich alemán solo sirvieron
para apresurar su fin. Su intento de reformar el sistema de abastecimiento de
alimentos fue especialmente catastrófico. Una alianza peculiar de ministros y
expertos modernizadores, que incluía a un futuro planificador con los
bolcheviques, el economista menchevique V. Groman, trató de sustituir el mercado
del grano por la compra y distribución organizada por el estado; pero este no
podía afrontar el almacenamiento y transporte de suministros y el campesinado
se negó a vender el grano al bajo precio que se le ofrecía.[59]
Las capas ilustradas responsabilizaron al zar de
los desastres económicos y militares, y las acusaciones de ineficacia se
entremezclaron con otras más envenenadas de traición. Muchos creían que la
zarina Alexandra, de cultura inglesa pero alemana de
nacimiento, formaba parte de una conspiración
organizada en Berlín para sabotear el esfuerzo de guerra. Los zares, como parte
de la aristocracia internacional europea, carecían del carisma patriótico
necesario para unir a Rusia contra sus enemigos, y cuando el 23 de febrero de
1917 las protestas contra la escasez de pan de las mujeres de San Petersburgo
se convirtieron en una huelga general y sublevaciones de los soldados, pocos
estaban dispuestos a defender el régimen.
Durante un breve período los rusos se unieron en
favor de la «libertad» y la «democracia». Rusia parecía experimentar su 1789, y
todos eran conscientes del paralelismo. La «Marsellesa» (Marsiliuza) se
convirtió en el nuevo himno nacional, que se tocaba con cualquier pretexto, y
las fórmulas de cortesía basadas en la antigua jerarquía se abolieron en favor
de los términos grazhdanin («ciudadano») y grazhdanka («ciudadana»).[60]
Incluso se imitaron los festivales revolucionarios franceses, con planes para
un «grandioso espectáculo de carnaval» en los jardines de verano en Petersburgo
que incluían una reproducción en cartón piedra del París del siglo XVIII.[61] Y
aunque las organizaciones del POSDR desempeñaron un papel muy escaso en la
revolución de Febrero, los nuevos símbolos mostraban que era mucho más radical
que la francesa. Sobre el Palacio de Invierno ondeaba la bandera roja
socialista, no la tricolor rusa, y el hecho se convirtió en la bandera
nacional. Fue también entonces cuando aparecieron por primera vez los símbolos
de los trabajadores rurales y urbanos —la hoz y el martillo— a las puertas del
Palacio Marinski, sede del gobierno provisional.[62]
Pero pese a la aparente unidad, pronto se
evidenciaron las señales de división entre los grupos liberales por un lado y
los obreros y campesinos por otro. Junto a la palabra grazhdanin («ciudadano»)
se oía cada vez más el término socialista tovarich («camarada»), y en
competencia con la «Marsellesa» habitual, himno de alabanza a la unidad
nacional traducido al contexto ruso, había una «Marsellesa obrera», una versión
socialista que
exhortaba a la audiencia a «matar y destruir … a
los parásitos … los perros y … los ricos». Pero el himno que preferían los
partidos marxistas era la «Internacional», con letra escrita en 1871 por un
miembro de la Comuna de París para cantarla con la música de la «Marsellesa»,
pero para la que se había compuesto una nueva melodía en 1888.[63] Los
conflictos sobre símbolos e himnos manifestaban desde el principio de la
revolución de febrero la existencia de una «dualidad de poderes»
(dvoievlastie). El gobierno provisional formado por el Partido
Democrático-Constitucional que representaba a las clases propietarias y
profesionales, competía con el Soviet de Petrogrado (antes Petersburgo),
elegido por los obreros.
En el gobierno provisional solo participaba al
principio junto a los liberales Aleksandr Kerenski, del Partido Socialista
Revolucionario, como ministro de Justicia; pero a primeros de mayo se
incorporaron otros dos eseristas y dos mencheviques y en julio pasó a
presidirlo Kerenski. Pretendía mantener la democracia parlamentaria y el
principio de legalidad hasta que se celebraran elecciones por sufragio
universal para una Asamblea Constituyente; también pretendía proseguir la
guerra, aunque solo defensiva, contra los alemanes.
Pero al gobierno provisional le resultaba tan
difícil obtener el apoyo de los obreros y campesinos para su concepción de
Rusia como a los ministros reformistas del zar. El abismo político y cultural
entre las clases propietarias e ilustradas y la masa de la población era
demasiado grande. Trató de alcanzar un compromiso sobre la guerra, manteniendo
el frente pero abandonando los viejos objetivos expansionistas; pero tras el
fracaso de la ofensiva de Kerenski en junio no pudo mantener la disciplina en
el ejército y los comités elegidos por los soldados reivindicaban el derecho a
discutir si debían obedecer o no las órdenes de los oficiales.[64] En el campo
el gobierno provisional trató de acabar con la escasez de alimentos creando un
monopolio estatal del grano aún más estricto, pero los campesinos seguían
reacios a cultivarlo y vendérselo. Hizo un
pequeño intento de satisfacer su exigencia de
tierra, pero fue demasiado lento y cauto y pronto perdió el control cuando los
campesinos comenzaron a apoderarse de las propiedades de los terratenientes,
sin temer al castigo.
El gobierno provisional hizo asimismo concesiones a
los obreros sobre los salarios y las condiciones de trabajo, pero tampoco
fueron suficientes. Los conflictos entre los propietarios de las fábricas y los
trabajadores se hicieron cada vez más agrios. Los directivos que despedían
obreros eran acusados de «sabotaje» y los comités de fábrica exigían el derecho
a supervisar la gestión mediante el «control obrero» sobre las fábricas. En
septiembre comenzó una oleadas de huelgas en los distritos fabriles.[65]
Al llegar el verano de 1917 el lenguaje de la lucha
de clases había empapado la cultura popular. Se generalizó la exigencia de
gobierno de los trabajadores mediante los soviets y del derrocamiento del
gobierno provisional «burgués», que según se decía no era ni podía ser un
«gobierno del pueblo» representativo.
Una
resolución del comité de soldados del 92.º Batallón de Transporte declaraba en
septiembre:
¡Camaradas! ¡Ha llegado el momento de despertar! …
Es hora de sacudirse el dominio de la burguesía; es hora de deshacerse de él
como de una costra que supura, de manera que no pueda seguir dañando la
revolución … El pueblo solo puede confiar en sí mismo y no debe dar la mano al
odiado enemigo. Es hora de librarse de esos «salvadores de la revolución» que
se han pegado al cuerpo del país como sanguijuelas.[67]
Ese lenguaje reflejaba en muchos casos los anhelos
avivados por el socialismo y el marxismo. Anna Litveiko, obrera ucraniana que
pronto se iba a integrar en la Juventud Comunista (Komsomol), recordaba su
idealismo cuando era joven:
Creíamos que el comunismo comenzaría tan pronto
como los soviets asumieran el poder. El dinero ni siquiera se mencionaba; para
nosotros estaba claro que desaparecería inmediatamente … Sobre la ropa, en
cambio, nuestras opiniones estaban divididas: algunos rechazaban también esa
forma de propiedad; en cualquier caso, ¿cómo se vestirían los miembros de la
nueva sociedad? … No podía hacerme a la idea de tener que renunciar a mis
cintas o a mis trenzas. ¿Significaba eso que no era una verdadera bolchevique?
¡Pero si estaba dispuesta a dar mi vida por la revolución![68]
Pero la perspectiva más extendida y arraigada entre
los trabajadores no era la marxista sino la populista. El término burzhui
(«burgués») era un insulto corriente, pero lo que latía bajo el ardor
revolucionario era menos una crítica económica marxista de la explotación que
la indignación moral frente a los privilegios residuales del Ancien Régime. Un
oficial reconocía desde el frente el profundo resentimiento que mostraban sus
hombres hacia los socialmente privilegiados:
Cualquiera que sea su actitud personal hacía los
oficiales considerados individualmente, seguimos siendo a sus ojos los «amos» …
En su opinión, lo que ha tenido lugar no es una revolución política sino
social, en la que nosotros somos los perdedores y ellos los vencedores … Antes
dominábamos nosotros; ahora quieren hacerlo ellos. En esa animosidad resuenan
los agravios acumulados durante siglos. No podemos encontrar un lenguaje común.
Ese es el legado maldito del Antiguo Régimen.[69]
No cabe negar la pertinencia de esa observación. La
exigencia de dignidad, tan evidente entre los estudiantes y empleados de
Chernishevski durante la década de 1860, había pasado a los obreros desde
finales del siglo, y muchas de sus quejas y reivindicaciones en 1917 tenían que
ver con la rudeza de sus superiores. La primera decisión del Soviet de
Petrogrado, la Orden n.º 1 referida al ejército, incluía la exigencia de que
los oficiales se dirigiera a los soldados con el respetuoso vy («usted») en
lugar del desconsiderado ty («tú»).[70]
Así pues, los obreros reclamaban cada vez más que
las organizaciones populares como los soviets y los comités de fábrica,
de soldados y de distrito tomaran el poder,
excluyendo de la política a las clases superiores. Eso no significa que se
opusieran necesariamente al poder del estado. De hecho solían pedir que este
tomara medidas enérgicas en interés del pueblo contra sus «enemigos»; como
declaraban los delegados del Sexto Cuerpo de Ejército en octubre, «el país
necesita una autoridad firme y democrática basada en las masas populares y
responsable ante ellas».[71] En un momento de escasez de alimentos, caos de los
transportes y desorden generalizado, es comprensible que el pueblo deseara un
estado más fuerte y censurara al gobierno provisional por su debilidad.
Esa idea de que «el pueblo» debía lanzarse a una
dura batalla contra los privilegiados y construir un poderoso estado
centralizado propio, puede que no fuera de origen marxista pero parecía
coincidir, al menos durante un corto período a mediados de 1917, con las ideas
de Lenin, quien presentó con mucha claridad su proyecto político en la síntesis
El estado y la revolución, escrito durante su refugio durante unas semanas en
Finlandia. En esta obra crucial reconcilió el marxismo modernista de la
planificación y la centralización con el marxismo revolucionario de la
democracia proletaria y la lucha de clases. Primero utilizó las ideas de
Hilferding para explicar que en la guerra había convertido la economía en una
única máquina centralizada;[72] a continuación retomaba al Marx igualitario de
1848 y 1871, para asegurar que los obreros pronto serían capaces de dirigir por
sí mismos esa economía simplificada; con una frase famosa, cualquier cocinera
podría dirigir el estado. Ya no estaba justificado conceder privilegios a los
técnicos especializados. El sueño del Marx —la imbricación entre el trabajo
manual y el intelectual— pronto se haría realidad.
La perspectiva que ofrecía Lenin era por tanto la
de una igualdad absoluta, no solo económica y legal sino también social y
política. La democracia parlamentaria, en la que los ciudadanos eligen
representantes que a su vez controlan a los funcionarios, no era suficiente.
Estos últimos debían ser directamente elegidos por las
masas, como sucedía en la Comuna de París, el
modelo para el nuevo «estado-comuna» de Lenin. El estado comenzaría entonces a
fusionarse con el pueblo y todas las jerarquías empezarían a desaparecer.
Apenas se mencionaba al partido de vanguardia.
Lenin hablaba mucho de «democracia» en El estado y
la revolución, pero no se trataba de una democracia tal como la entendían los
liberales. La democracia para el proletariado era perfectamente compatible con
la represión violenta de sus enemigos. El estado-comuna de Lenin era más bien
como una patrulla de voluntarios: «el pueblo puede reprimir a los explotadores
con una “máquina” muy sencilla, casi sin “máquina”, sin aparato especial … con
la misma sencillez y facilidad con que un grupo cualquiera de personas
civilizadas … interviene para separar a los que se están peleando o impedir que
se maltrate a una mujer».[73] Lenin no tenía escrúpulos sobre la violencia y
describía a los bolcheviques como los «“jacobinos” del siglo XX»,[74] pero
negaba que fuera necesaria una represión generalizada: solo se requerirían unas
pocas detenciones. Por otra parte las patrullas de voluntarios, aunque
inicialmente pudieran ser una minoría, pronto se ampliarían a «una milicia que
abarcaría a todo el pueblo».[75] Esa versión del socialismo tenía, pues, un
estilo marcial, pero se remontaba a las barricadas de 1848 y 1871; tenía poco
que ver con los ejércitos convencionales de la primera guerra mundial.
¿Se tomaba verdaderamente en serio Lenin, un
revolucionario inflexible, la visión utópica de El estado y la revolución?
¿Creía realmente que para los trabajadores sería tan simple dirigir la economía
y el estado? Su lenguaje es ambiguo y sobre él planeaba quizá un resultado
menos igualitario; pero como ideólogo marxista, estaba convencido de que las
clases tenían intereses homogéneos; si el proletariado dirigía el estado, no
había ninguna razón para que no pudiera forjar un consenso que abarcara a todo el
pueblo trabajador.
Pero poco después de la revolución de Octubre quedó
claro que Lenin estaba equivocado y que eran inevitables los conflictos entre
el estado y la sociedad, dentro de esta y entre los
propios trabajadores; pero en la Rusia radicalizada de 1917 la idea de que
existía una «voluntad general» popular y revolucionaria que se podía
materializar mediante un estado a la vez «democrático» y centralizado, no era
exclusiva de Lenin; parecía tener sentido, no solo para él, sino para gran
parte de la clase obrera rusa.[76]
Lenin regresó a Rusia desde Suiza en abril de 1917,
decidido a imponer al partido su visión intransigente de la lucha de clases;
desde el momento de su llegada insistió, contra las dudas de muchos de sus
camaradas bolcheviques, en que el poder pasara del gobierno provisional a los
soviets. Las circunstancias no estaban todavía maduras para acabar con el
mercado, pero quienes tenían que dirigir y construir el «estado-comuna» eran
los obreros y campesinos, y no la burguesía; los soviets debían supervisar la producción
y distribución de bienes.
Así pues los bolcheviques, que constituían el único
partido importante fuera del gobierno, propugnaban la toma del poder por el
proletariado y el final de la guerra. La dirección menchevique seguía
argumentando que una revolución proletaria en un país atrasado como Rusia
fracasaría, e igual lo mismo pensaban Kautsky y la Segunda Internacional. En
julio, cuando el gobierno provisional decidió reprimir a los bolcheviques y
Lenin tuvo que buscar refugio en la vecina Finlandia, parecía como si hubiera
hecho un mal cálculo; pero las condiciones eran más parecidas a las de Francia
en 1789 que a las de 1848 o 1871, y las fuerzas burguesas no podían contar con
un ejército campesino para hacer frente a la revolución urbana. El comandante
en jefe del ejército, Lavr Kornilov, trató de restablecer el orden por la
fuerza,[*] creyendo que contaba con el apoyo de Kerenski, pero sus soldados se
negaron a obedecer la orden, y aunque Kerenski negó que estuviera implicado en
el golpe, aquel episodio acabó ensuciando a todo el gobierno provisional.
La popularidad de los bolcheviques, en cambio,
seguía aumentando. Aunque pocos conocieran en detalle la política del
partido, muchos creían que era la única fuerza que
podía salvar la revolución. Obtuvo la mayoría en los soviets de Moscú y de
Petrogrado, lo que Lenin utilizó como argumento para proponer la toma inmediata
del poder. El 25 de octubre (7 de noviembre según el calendario gregoriano) el
Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado, encabezado por Trotski
y otros bolcheviques, se apoderó fácilmente del Palacio de Invierno,
escasamente defendido. La famosa escena de la película Octubre de Eisenstein, en
la que miles de personas derriban las puertas e invaden el palacio es pura
ficción, pero la incapacidad del gobierno provisional para reunir fuerzas y la
facilidad con que los bolcheviques se apoderaron de las principales ciudades
muestran la gran sintonía del planteamiento bolchevique con el radicalismo de
gran parte de la población urbana. Los bolcheviques nunca ganaron unas
elecciones en toda Rusia — eran un partido urbano en un país predominantemente
campesino —; pero en las elecciones a la Asamblea Constituyente a finales de
1917 obtuvieron una mayoría de los votos obreros y el 42 por 100 de los
soldados, con un total de 10,9 millones de votos sobre un total de 48,4
millones y su programa era bastante parecido al de los vencedores en aquellas
elecciones, los socialistas revolucionarios (eseristas) de izquierda, así que
no cabe hablar propiamente de una «revolución bolchevique», sino de una
insurrección bolchevique en el seno de una revolución populista radical, cuyos
valores fueron respaldados durante un breve período de tiempo por los
bolcheviques. La alternativa liberal de la colaboración de clases y el
principio de legalidad, apoyada por la mayoría de los propietarios y
profesionales ilustrados de Rusia, tenía escasas posibilidades de victoria ya que
la población en general estaba demasiado ansiosa de una redistribución radical
de la propiedad y el poder. Lenin y los bolcheviques iban a renunciar pronto al
populismo para ejercer una política mucho más autoritaria, y en último término
solo pudieron mantener el poder mediante la fuerza de las armas en una guerra
civil. La victoria bolchevique no era por tanto inevitable, pero sí lo era,
probablemente, algún tipo de socialismo radical; en cualquier
caso, una vez los bolcheviques tomaron el poder,
por impopulares que pudieran hacerse, el deseo de un regreso al Antiguo Régimen
era bien escaso.
VI
En 1923 el escritor Isaak Babel publicó Caballería
Roja, una serie de relatos sobre sus experiencias como corresponsal de guerra
con la caballería cosaca de Budionni en la campaña contra Polonia de 1920. El
libro, instantáneamente aclamado, fue muy leído. En uno de los relatos,
titulado «La carta», Babel daba cuenta de las consecuencias de la guerra civil
en una familia campesina mediante una carta ficticia de un miembro de la
Caballería Roja, Vasili Kordiukov, a su madre. Babel trata de reproducir el limitado
lenguaje de aquel cosaco que se ciñe a contar los hechos intercalando banales
descripciones de los lugares que ha visto. Pero el tema de la carta es
pavoroso: la cruenta lucha entre Timofei Kordiukov, un antiguo sargento de
caballería zarista que combate con los blancos antibolcheviques del general
Denikin, y sus hijos Vasili, Fiodor y Semión, alistados con las bolcheviques.
Timofei, al encontrae a Fiodor entre los prisioneros de guerra rojos, lo golpea
hasta matarlo, para ser luego perseguido por los otros dos hijos que pretenden
vengar a su hermano. Finalmente lo encuentran y Semión les dice a los
presentes: «Yo creo que vosotros no os andaríais con miramientos conmigo si
cayera en vuestras manos. Así que, padrecito, vamos a terminar…», y procede a matarlo.
El relato concluye con la descripción de una fotografía de toda la familia que
Vasili muestra al narrador:
Allí se veía a Timofei Kurdiukov, un militar de
anchas espaldas, con gorra de uniforme y la barba cuidadosamente peinada, de
anchos pómulos, inmóvil, la mirada fija en ojos sin color ni expresión. Junto a
él aparecía sentada en un silloncito de mimbre una campesina diminuta con una
blusa que le caía sobre la falda y un semblante enfermizo, dulce y tímido. Y
cerca del muro, sobre el mísero fondo fotográfico provinciano con flores y
palomas, se erguían dos jóvenes muy altos, obtusos, de ancho rostro y ojos salientes,
tiesos como a la voz de «¡Firmes!». Eran los dos hermanos de Kurdiukov, Fiodor
y Semión.[77]
Muchos de los relatos de Babel tenían que ver con
la truculenta violencia de la que había sido testigo y en la que había
participado durante la guerra civil, que trataba de racionalizar. Como
intelectual judío rodeado de campesinos cosacos, le horrorizaba la insensible
brutalidad (y el antisemitismo) de gente como los hermanos Kurdiukov, pero
admiraba su bravura y en ocasiones se transparenta en el texto cierta
admiración nietzscheana por el poder. El resultado es desconcertante: un
informe deliberadamente distanciado de sus crueles héroes y el firme rechazo a
juzgarlos.[78] No puede entenderlos; son opacos, con «ojos vacíos sin color ni
expresión», como en una fotografía. Son fuerzas de la naturaleza, furias de
Esquilo, que buscan venganza por agravios del pasado.
Aquel no era, por supuesto, el mundo que Lenin
esperaba heredar. Aunque no era en modo alguno un nietzscheano al que
complaciera la violencia, tampoco la rechazaba y siempre aprobó la venganza de
clase; pero pronto le resultó difícil controlarla; insistía en que las «masas»
tenían que ser a la vez revolucionarias y disciplinadas. Desde el primer
momento quedó claro que la transición a la «dictadura del proletariado» no iba
a transcurrir tan plácidamente como Lenin esperaba.
La primera dificultad provino de los socialistas
moderados que objetaban el poder de clase soviético enfrentado a la democracia
parlamentaria. Los diputados elegidos a la Asamblea Constituyente, el 85 por
100 de los cuales eran socialistas, insistían en que representaban al pueblo
ruso, pero Lenin reprobó su «parlamentarismo burgués». Por la mañana del 5 de
enero de 1918 los guardias rojos dispersaron a los manifestantes congregados
ante
el Palacio de Táuride de Petrogrado, donde se debía
reunir por la tarde la Asamblea —era la primera vez desde las jornadas de julio
que se disparaba contra gente desarmada— y a las cuatro de la madrugada,
después de ratificar la ley de reforma agraria y aprobar la reforma federalista
del estado, esta se suspendió. Al día siguiente el Comité Ejecutivo Central de
los Soviets aprobó un decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo (SovNarKom)
dándola por disuelta. Los eseristas de izquierda se mantuvieron en el Consejo,
con cuatro comisarios, hasta marzo de 1918, pero la firma del tratado de
Brest-Litovsk a sus espaldas puso fin a aquella coalición de gobierno, con lo
que todo el poder quedó en manos de los bolcheviques.
Lenin había proclamado que el poder debía pasar en
su totalidad a los soviets, pero nunca mostró mucho respeto por el pluralismo y
no cabía extrañarse de su renuencia a trabajar con partidos rivales. Sin
embargo, parece que se tomaba en serio su promesa de algún tipo de «democracia»
para la clase obrera y durante los primeros meses de 1918 parecía creer en la
posibilidad de mantener los ambiciosos planes de El estado y la revolución, que
permitirían la coexistencia de la iniciativa popular y la centralización; quizá
estaba simplemente prometiendo a los trabajadores lo que estos querían oír
mientras el partido se iba fortaleciendo. Siguió hablando de la «democracia
obrera», sabiendo lo popular que ese mensaje era en las fábricas, y en
noviembre de 1917 se promulgó un decreto sobre el control obrero que daba
poderes considerables a los comités elegidos en ellas. El ejército también
siguió siendo dirigido de forma «democrática», al estilo de una «milicia de los
ciudadanos» en la que los soldados elegían a los oficiales. En cuanto al
campesinado, también se cedió a las demandas de las masas: en lugar de crear
granjas colectivas a gran escala, como dictaba la teoría marxista (y el
planteamiento bolchevique hasta aquel momento), el Decreto sobre la Tierra
permitía a los campesinos mantener pequeñas parcelas y practicar la agricultura
de subsistencia.
Como observaba Isaak Babel, para mucha gente el
reverso de la «democracia» o poder de las masas era la «lucha de clases» o
venganza contra la «burguesía», como en el caso de los sans-culottes en
Francia. Durante los primeros meses de la revolución Lenin aceptaba y aun
alentaba aquel terror «popular». El eslogan del momento era «saquear a los
saqueadores», y en diciembre de 1917 Lenin declaró una «guerra a muerte contra
los ricos, los holgazanes y los parásitos».[79] Sin embargo, prefería dejar la
dirección de aquella lucha a los organismos elegidos en las comunidades
locales. Cada ciudad o pueblo tenía que decidir cómo «limpiar» Rusia de
aquellas «alimañas»: podían encarcelarlos, ponerlos a limpiar letrinas, darles
documentos especiales u obligarles a llevar un «distintivo amarillo», de forma
que todo el mundo pudiera vigilarlos (trato tradicionalmente aplicado a las
prostitutas), o fusilar a uno de cada diez.[80]
Los principios leninistas fueron entusiásticamente
acogidos por los activistas del partido en todas las regiones de Rusia. Los
bolcheviques se apoderaban de los bienes de los ricos, les imponían tasas
especiales o tomaban como rehenes a miembros de la clase «burguesa» a la que
llamaban «gente antigua». Anna Litveiko formó parte de uno de esos
destacamentos para expropiar a los ricos:
La consigna era: «¡Paz a las cabañas, guerra a los
palacios!». Era importante demostrar al pueblo inmediatamente lo que la
revolución traería a los más pobres…
Entrábamos en los apartamentos [de los ricos] y
decíamos: «Este edificio ha sido nacionalizado. Tienen veinticuatro horas para
desalojarlo». Algunos obedecían inmediatamente pero otros nos maldecían, ya
fuera a los bolcheviques en general o al gobierno de los soviets.[81]
Aristócratas y burgueses, incluso los que no fueron
detenidos o maltratados físicamente, pasaron momentos traumáticos. La princesa
Sofia Volkonskaia recordaba que las autoridades la obligaron a aceptar
inquilinos en su piso:
La pareja que nos obligaron a alojar —un joven y su
mujer— parecían muy agradables, pero … eran comunistas … [y] nada podía ser más
desagradable que vivir en estrecho contacto (teniendo de cocinar en el mismo
horno, utilizar el baño sin agua caliente, etc.) con gente que se consideraba a
priori y en principio nuestros enemigos … «Ten cuidado», «cierra la puerta»,
«no hables tan alto; los comunistas pueden oírte». ¿Nimiedades? Sí, por
supuesto; pero en aquella vida de pesadilla cada nimiedad adoptaba las proporciones
de una gran tragedia.[82]
Durante los primeros meses la lucha de clases
penetró en todos los aspectos de la vida, incluido el mundo simbólico, y los
bolcheviques, como sus predecesores jacobinos, estaban decididos a crear una
nueva cultura y a propagar sus valores. En Petrogrado, en particular, se
celebraron varios acontecimientos teatrales de masas, al estilo de los
festivales del París en 1793. Uno de ellos, «El misterio del trabajo liberado»
se representó el 1 de mayo de 1920. Frente al edificio de la Bolsa del antiguo
San Petersburgo, un grupo de reyes y capitalistas depravados se lanzaban a una
delirante orgía, mientras los proletarios esclavizados se retorcían entre
«gemidos, maldiciones, lamentos y arrastrar de cadenas». Oleadas de
revolucionarios, desde Espartaco y sus esclavos hasta los sans-culottes con sus
gorros frigios, trataban vanamente de asaltar la mesa del banquete de los
potentados, siendo rechazados una y otra vez, hasta que surgía por el este la
estrella del Ejército Rojo. Finalmente se abrían las puertas del Reino de la
Paz, la Libertad y el Trabajo Jubiloso, en cuyo jardín se alzaba el Árbol de la
Libertad, alrededor del cual danzaba el pueblo como en un lienzo de David. En
aquel espectáculo participó un número enorme de personas — cuatro mil actores,
obreros y soldados—, que se mezclaban al final con los más de 35 000
espectadores.[83]
Lenin, no obstante, se interesaba muy poco por
aquel teatro carnavalesco de la lucha de clases, y como habría predicho Bely,
su concepción de la nueva cultura se parecía mucho más a la de Apollon
Ableujov. Moscú, la nueva capital de la revolución, se llenaba de efigies de
los nuevos héroes revolucionarios y de placas en las que se leían los
principios del marxismo. Sin embargo, aquel
estilo neoclásico conservador muy del gusto de
Lenin y de gran parte de la población de Moscú, chocaba con el modernismo de
algunos escultores. Una estatua cubista-futurista de Bakunin tuvo que ser
ocultada con planchas de madera por miedo a la desaprobación popular; cuando
estas fueron robadas para utilizarlas como combustible y la estatua quedó al
descubierto, las autoridades, temiendo los disturbios, tuvieron que derribarla.
El proyecto de embellecimiento de la capital sufría además de escasez de material.
Al final se erigieron varias estatuas temporales de yeso y cemento, muchas de
las cuales fueron desbaratadas por la lluvia.
Una
estatua de Robespierre corrió una suerte diferente: la destrucción por una
bomba terrorista. Paradójicamente, una de las pocas que han subsistido hasta el
presente fue levantada por el Antiguo Régimen: un obelisco de mármol situado en
el exterior del Kremlin para conmemorar en 1913 el tercer centenario de la
dinastía Romanov, cuya placa fue sustituida por una lista notablemente
ecléctica de los «padres fundadores» del bolchevismo, entre los cuales
figuraban los nombres de Tomás Moro, Gerard Winstanley,
Fourier, Saint-Simon, Chernishevski y Marx.[85]
Dado el amor de Lenin por el orden, era quizá
previsible que acabaría abandonando su breve flirteo con el marxismo más
radical o revolucionario; pero fue la situación próxima al colapso del régimen
a principios de 1918 la que forzó aquel cambio. Los bolcheviques esperaban que
la revolución en Rusia sería seguida inmediatamente por una revolución mundial
y que el proletariado alemán ayudaría a los atrasados rusos a alcanzar el
socialismo; pero los militaristas alemanes seguían en el poder, pretendiendo imponer
condiciones de paz humillantes. Lenin cobró conciencia de lo débil que era el
su nuevo estado y aconsejó transigir, pero resultó derrotado en una votación en
el Comité Central. Mientras los alemanes avanzaban en Ucrania, los dirigentes
del partido seguían discutiendo. En el último minuto Trotski cambió de opinión
y el tratado de Brest-Litovsk evitó la inminente caída del régimen. La
esperanza de que la revolución rusa recibiera ayuda
de una revolución en Alemania era claramente un sueño.
Fue en aquel momento cuando Lenin percibió que las
promesas de 1917 eran incompatibles con la preservación del nuevo régimen.
Permitir a los obreros y campesinos controlar sus fábricas y campos y alentar
la campaña antiburguesa solo significaba propiciar el caos económico. El
abastecimiento de alimentos se veía perjudicado por la expropiación de las
tierras de los nobles y la división de las grandes haciendas, al tiempo que los
comités de fábrica aprovechaban el «control obrero» para beneficiar cada uno a
la suya, más que al conjunto de la economía, y acosaban a los odiados
directivos e ingenieros. La disciplina en el trabajo se venía abajo, problema
que solo venía a empeorar la escasez de alimentos. El número de desempleados
crecía rápidamente y en la misma medida lo hacía la oposición a los
bolcheviques en los soviets.
A principios de 1918 había quedado claro, como
sucedió en Francia a finales de 1793, que los objetivos de la revolución
popular y los de la élite dirigente divergían; la síntesis marxista de Lenin se
estaba desintegrando. Pero en lugar de seguir el ejemplo de Robespierre y
emprender una reforma moral para alcanzar el reinado de la virtud, recuperó el
marxismo modernista o tecnocrático abandonando el más revolucionario que había
seguido durante un breve período. En marzo-abril de 1918 anunció el repliegue
del modelo de socialismo basado en el «estado-comuna» y la milicia de los
ciudadanos. Declaró que su anterior optimismo sobre la clase obrera estaba
equivocado. El obrero ruso era un «mal trabajador comparado con los de los
países avanzados» y no se podía confiar en la democracia obrera. Su propuesta
consistía en la creación de un máquina económica «armoniosa», dirigida por
expertos — burgueses si era necesario— y basada en la última tecnología. Si los
obreros se demostraban lo bastante «maduros», eso solo equivaldría a la «suave
conducción de un director de orquesta»; si
no, los directivos y expertos tendrían que ejercer
un «poder dictatorial».[86]
Lenin había aprendido la lección de Brest-Litovsk.
Como escribió entonces, «La guerra nos enseñó mucho … que los que tienen la
mejor tecnología, organización, disciplina y máquinas son los que salen
triunfantes … Es necesario dominar la mejor tecnología si no se quiere ser
aplastado».[87] Del modelo de la Comuna de París pasó así al sistema de
«gestión científica» expuesto por el teórico estadounidense Frederick W. Taylor
y que se estaba aplicando ya en las fábricas de automóviles de Henry Ford en
Estados Unidos. Taylor dividió, empleando cronómetros, las tareas de los
trabajadores en movimientos precisos, midiéndolos al segundo y calculando su
salario según lo que habían producido. Anteriormente Lenin había censurado ese
sistema juzgándolo típico de un capitalismo embrutecedor, pero ya no había
margen para ideas tan radicales; el entusiasmo y la creatividad de los
trabajadores no iban a resucitar la economía. Había que estimularlos con la
vieja disyuntiva de la zanahoria —el salario— y el palo: la disciplina en el
trabajo.[88] Habría que devolver a los odiados expertos burgueses su poder y
sus elevados salarios y recuperar para el ejército a los viejos oficiales
imperiales disolviendo los comités de soldados. Según declaró Lenin, había que
poner fin al asalto de la «guardia roja» contra la burguesía.
Lenin justificó ese «repliegue» con respecto a las
promesas de 1917 recurriendo a la teoría marxista. Los bolcheviques, afirmó
ahora, habían exagerado su ambición de establecer la democracia obrera,
especialmente al retrasarse la revolución mundial; todavía no estaban maduras
las condiciones para la extinción del estado, que solo llegaría con el
comunismo pleno.[89] La nueva concepción de Lenin de un estado moderno con
poderes sobre la economía se parece quizá más a la «primera fase» de la
sociedad comunista de la que habla Marx y a la que él llama «socialismo» para
distinguirla de una «fase superior» plenamente comunista;[90] pero modificó
también la concepción de Marx[*] de una forma crucial: la
modernidad sería obra de una élite, el partido de
vanguardia, que ahora tenía que dedicar su atención a la construcción del
estado.[91] A partir de entonces el partido iba a concentrar el poder en sus
propias manos, castrando o destruyendo los soviets y comités elegidos que
habían protagonizado la revolución.
La modernidad que preconizaban los bolcheviques no
se limitaba a la industria pesada y la eficiencia en el trabajo. Incluía la
promoción de la educación de masas, la protección social, la desaparición de la
religión y la emancipación femenina, aunque los avances en este programa se
quedaron por debajo de las expectativas, en particular en lo que se refiere a
la igualdad de oportunidades para las mujeres;[92] pero el progresismo
tecnocrático del bolchevismo era innegable, y algunos lo llevaron al extremo.
Aleksei Gastev, hasta 1917 obrero metalúrgico y poeta, el «Ovidio de los
ingenieros, mineros y metalúrgicos», fue uno de los propagandistas más
entusiastas del taylorismo. En su poema más popular, My rastiom iz zheleza
(«Crecemos del hierro»), publicado en 1914, describía a un obrero que se
agigantaba fusionándose con su fábrica al tiempo que fluía por sus venas «nueva
sangre ferruginosa»; pero después de la revolución trató de combinar hombre y
máquina de una forma más práctica.[93] En 1921 fundó, con el apoyo de Lenin y
Trotski, el Instituto Central del Trabajo[94] — una institución de control que
trataba de poner al descubierto la pereza y la pérdida de tiempo en las
fábricas y en las oficinas—, desde el que promovía un nuevo mundo en el que los
trabajadores se convertirían en piezas anónimas, lo que «permitiría la
clasificación de cada unidad proletaria como A, B, C, o 325, 0,075, 0, etc.»;
Las «máquinas pasarán de ser manejadas a convertirse en gestoras, y el
movimiento obrero de los obreros acabaría siendo
similar al movimiento de las cosas, en el que ya no
hay rostros individuales sino pasos uniformes y regulares y rostros
desprovistos de expresión, de alma, de lirismo o de emociones, impulsados no
por un grito o una sonrisa sino por el regulador de presión y velocidad.[95]
Esta horrible utopía fue satirizada por el escritor
Ievgeni Zamiatin en su distopía We («Nosotros»), escrita en 1920-1921 y
publicada por primera vez, en inglés, en 1924;[*] George Orwell reconoció que
le había servido como modelo para su 1984.[96] Pero pese a Lenin no era la
versión marxista-modernista del socialismo la que prevalecía, sino más bien la
combinación de Marx con Marte, un sistema que los detractores de los
bolcheviques denominaban «comunismo cuartelero» y que ellos mismos llamaron
«comunismo de guerra», y que iba a tener una perdurable influencia sobre el
modelo soviético. El pura sangre blanco de Nicolás II fue sustituido por la
Caballería Roja de Babel, no por los jinetes de bronce de Lenin.
Tras el breve respiro que permitió la paz de
Brest-Litovsk en marzo de 1918, una alianza de hecho de fuerzas
antibolcheviques que iba desde los eseristas hasta los antiguos generales del
ejército zarista (los «blancos»), apoyada por fuerzas militares británicas,
checoslovacas, francesas, estadounidenses, polacas y de otros países,
desencadenó una guerra civil abierta en todo el territorio del antiguo imperio
ruso, a la que los bolcheviques respondieron, como habían hecho los jacobinos,
convirtiendo la milicia civil descentralizada en una organización militar mucho
más convencional, el Ejército Rojo. Trotski, comisario del Pueblo para la
Guerra, decidió disolver los comités de soldados, suprimir la elección de los
oficiales y nombrar como «expertos militares» (voienspetsy) a antiguos
oficiales zaristas. Al concluir la guerra civil, tres cuartas partes de los
altos mandos del Ejército Rojo provenían del antiguo cuerpo de oficiales.[*]
También había vuelto la estricta disciplina, tan impopular en tiempos del Antiguo
Régimen.[97]
También volvieron muchas otras prácticas del tiempo
de guerra, reforzadas por la idea marxista de la lucha de clases, una de las
cuales era la vigilancia individualizada y el control de la opinión pública.
Durante y después de la primera guerra mundial muchos gobiernos europeos,
incluidos el gobierno provisional ruso y más tarde las autoridades del Ejército
Blanco, se preocuparon por conocer el estado de ánimo de la población e influir
sobre él,
creando departamentos de propaganda y nombrando
funcionarios para controlar su eficacia. Los bolcheviques hicieron lo mismo
pero a diferencia de las potencias occidentales mantuvieron esos servicios de
defensa del estado aun después de que terminara la guerra, considerándolos
esenciales para transformar la sociedad y crear el «nuevo pueblo socialista».
Hasta 1922, cuando se transformó en GPU, la policía secreta se conocía
popularmente por su acrónimo cheka; creada en diciembre de 1917 «para combatir
la contrarrevolución y el sabotaje», pronto se convirtió en uno de los
departamentos mejor dotados del nuevo estado; en 1920 contaba con 10 000
personas dedicadas a censurar la correspondencia y escribir informes al
respecto.[98]
Los bolcheviques también recuperaron métodos
utilizados durante la guerra para controlar la economía, aunque su marxismo los
hacía aún más hostiles al mercado que sus predecesores. Impusieron altas cuotas
de grano en el campo y trataron de impedir el comercio privado. La cheka
detenía a los «contrabandistas» que trataban de transportar alimentos
ilegalmente para venderlos en las ciudades, donde las autoridades racionaron
muchos de ellos. La inflación y le penuria habían quitado valor al dinero, lo
que algunos saludaron como el logro de un objetivo marxista: el fin del mercado
y del dinero y el control del estado sobre toda la economía. Trotski pretendió
mostrar que esa manifestación extrema del poder del estado era compatible con
su progresiva extinción:
Del mismo modo que una lámpara, antes de apagarse,
brilla intensamente, el estado, antes de desaparecer, asume como dictadura del
proletariado su forma más rigurosa, que abarca con su autoridad todos los
aspectos de la vida de los ciudadanos.[99]
Pero el «comunismo de guerra» no consistía
simplemente en disciplina y para sus seguidores los bolcheviques podían ser más
populistas. El Ejército Rojo de Trotski no era una mera copia de los ejércitos
occidentales convencionales y que trataba de combinar la disciplina con ciertos
rasgos del espíritu populista que caracterizó el principio de la revolución. En
1919 se habían comenzado a resolver
los problemas del reclutamiento militar que habían
aquejado a sus predecesores zaristas y liberales mediante la concesión de
incentivos a los campesinos, desde las raciones garantizadas para sus familias
hasta la educación y tierras para ellos mismos y para sus hijos. El mensaje de
la lucha de clases también resultaba atractivo para muchos soldados y se creó
un complejo departamento de propaganda y educación para llevar a todo el mundo
la visión marxista del mundo,[100] traduciendo sus abstracciones en términos
comprensibles para los campesinos: por ejemplo, un dibujo en la revista
Biednost («Pobreza») mostraba a un joven campesino cubierto de arañas y
sanguijuelas con los letreros «terrateniente», «pope» e
«intervencionista».[101] A los soldados se les aleccionaba en un maniqueísmo
que tenía como centro la lucha y el conflicto. Incluso sus lecciones de
biología incluían un debate sobre los «animales amigos de los humanos y
animales enemigos de los humanos».[102]
En 1921 el Ejército Rojo contaba, incluidos los
reservistas, con 5 millones de soldados. Se convirtió en bastión del nuevo
régimen, el germen de una nueva sociedad dentro de la antigua. El partido
bolchevique, casi exclusivamente urbano cuando llegó al poder y muy suspicaz
hacia el campo, había conseguido una nueva base de poder entre los reclutas
campesinos del ejército, muchos de ellos jóvenes en el escalón más bajo de la
jerarquía patriarcal de la aldea.
Tras
la guerra civil muchos de aquellos veteranos se convirtieron en burócratas del
partido y del estado. La experiencia de la guerra y la cultura militarizada que
esta produjo iban a configurar durante décadas el comunismo soviético y la
política que proyectó en todo el mundo.
Fue Trotski (y también, como se verá más adelante,
Stalin), más que en Lenin, quien propulsó realmente esa cultura militar. Lenin
esperaba pasar de la venganza de clase a una sociedad de obreros conscientes
que habían internacionalizado la «cultura burguesa real» instilada en ellos por
un partido comunista moderno e ilustrado;[104] pero en una época de conflicto
fratricida era
improbable que esto sucediera y la propia retórica
bolchevique estaba todavía llena de violencia revolucionaria. Desde el verano
de 1918 Lenin, como Robespierre a finales de 1793, trató de poner freno al
terror, canalizándolo contra los enemigos políticos de los bolcheviques y
desaconsejando su uso contra toda la burguesía «como clase»; pero las
autoridades locales mantenían una persecución indiscriminada.[105] Se ha
estimado que durante la guerra civil fueron ejecutadas por la cheka y las
tropas de seguridad unas 280 000 personas, calificadas muchas de ellas como
«campesinos rebeldes».[106]
Aunque muchos soldados del Ejército Rojo
compartieran entusiasmados el mensaje bolchevique, también había sectores
profundamente hostiles, en particular entre los campesinos, cuya principal
preocupación era la autonomía local y que sentían como una depredación las
requisas bolcheviques;[107] pero por brutales que estos fueran, podían
proclamar con cierta razón que simplemente estaban combatiendo el fuego con
fuego, ya que los blancos también llevaban a cabo violentas campañas de
venganza contra los judíos, los sospechosos de simpatizar con los rojos y
simples campesinos que se negaban a enrolarse en su ejército. Los blancos se
mostraban como poco ambiguos en la cuestión de la tierra y los campesinos
estaban convencidos de que si vencían ellos perderían lo que habían ganado con
la revolución, la distribución de las haciendas de los nobles, así que aunque
muchos estuvieran convencidos de que los bolcheviques habían traicionado los
ideales de 1917, también los veían como el principal bastión contra el regreso
de la aristocracia y el zar.[108] Como advertía un famoso himno del Ejército
Rojo:
Ejército blanco, barón negro,
prepara de nuevo para nosotros el trono zarista.
Pero desde la taiga hasta los mares británicos, el Ejército Rojo es el más
fuerte.[109]
Así pues, mientras que los blancos eran una amenaza
letal, los rojos parecían un mal menor. El menchevique Mártov constató esa
ambivalencia cuando trataba de convencer a los obreros para su causa a
principios de 1920: «En tanto denunciábamos el bolchevismo, nos aplaudían; pero
tan pronto como comenzábamos a decir que se necesitaba un cambio de régimen
para luchar con éxito contra Denikin, la audiencia nos volvía la espalda o se
mostraba incluso hostil».[110]
La auténtica crisis para los bolcheviques llegó
cuando los blancos fueron finalmente derrotados en la primavera de 1920; aunque
ya no parecían justificados los métodos militares, Trotski, lejos de renunciar
a su planteamiento, argumentó que los métodos militares debían extenderse a
toda la sociedad en tiempo de paz. Puso a trabajar en determinados proyectos a
los soldados desmovilizados, tratando de aplicar la disciplina militar en la
construcción de vías férreas. Pretendía convertir el «frente laboral» en otra
campaña militar, movilizando a toda la población en brigadas de trabajo.
Hombres y mujeres trabajarían «al son de himnos y canciones socialistas».[111]
Al mismo tiempo proponía que toda la economía quedara sometida a un único
«plan» racional.
Trotski fue muy criticado desde la izquierda por el
ala marxista radical del partido bolchevique, que veía con disgusto su
promoción de oficiales zaristas y que prefería un modelo de sociedad más
igualitario. Diversas tendencias de izquierda —como los «Comunistas de
Izquierda» y la «Oposición Obrera»— criticaron a la dirección del partido por
traicionar sus promesas de «democracia obrera» y lucha contra la burguesía.
Entretanto Bogdanov y sus amigos —más interesados por las ideas
utópico-románticas de la cooperación y la creatividad obrera que por el poder
político— se embarcaron en el proyecto conocido como Proletkult («cultura
proletaria»), con el que pretendían fomentar la psicología naturalmente
colectivista del proletariado.[112] Lenin y Trotski se opusieron enérgicamente
al proyecto, considerándolo un estorbo
para la modernización, y quedó políticamente
marginado, pero siguió siendo una espina clavada en el costado de Lenin.
Pero incluso Lenin se resistió a los proyectos más
ambiciosos de Trotski, y su escepticismo estaba bien fundado. El estado Ruso no
era más capaz ahora de organizar una estructura económica eficiente de lo que
lo había sido antes de la revolución de Octubre, e incluso lo era probablemente
menos todavía. Al asumir todas las áreas de la actividad económica y social, se
convirtió en una hidra de organismos que proliferaban, se solapaban y competían
entre sí, al tiempo que los funcionarios utilizaban su poder acrecentado para
negocios privados y la corrupción manchaba la reputación del régimen. Todos
deploraban el problema de los burócratas arribistas, inmorales e
incontrolables. La cheka de Saratov describía al comité del partido como una
«banda de borrachos y tahúres», y Timofei Sapronov, bolchevique de izquierdas,
se quejaba de que «en muchos lugares la palabra “comunista” es sinónimo de
aprovechado» y de que los funcionarios vivían rodados por un lujo
«burgués».[113]
La hipocresía de los funcionarios bolcheviques que
vivían regaladamente no hizo más que aumentar la insatisfacción popular con el
estado. La cosecha de 1920 fue muy pobre y a principios de 1921 gran parte de
la Rusia rural pasaba hambre. Como en 1905 y en 1917, la escasez de alimentos
incitaba a una rebeldía potencialmente revolucionaria. Los campesinos
boicotearon las requisas estatales de grano en toda la región del Volga, en los
Urales y en Siberia. El levantamiento más serio tuvo lugar en Tambov, donde se
propuso la supresión del control del partido sobre los soviets. Los rebeldes se
unieron tras una serie de eslóganes bastante confusos: «¡Viva Lenin, abajo
Trotski!» y «¡Vivan los bolcheviques, muerte a los comunistas!».[114]
La agitación se extendió pronto a las ciudades y en
particular a la base naval de Kronstadt, situada en una isla en las
inmediaciones de Petrogrado, lo que suponía una amenaza mucho más seria. Los
marineros de Kronstadt habían formado parte durante mucho tiempo
del ala más radical de la revolución. Hasta el
verano de 1918 el mando de la base había estado en manos de un comité en el que
participaban todos los partidos de izquierda y ahora exigían una nueva elección
mediante voto secreto y libertad de expresión y propaganda. No pretendían el
derrocamiento del gobierno, sino el fin del «comunismo de guerra» y del
taylorismo en las fábricas, y el regreso a los ideales de octubre de 1917.[115]
A primeros de marzo eligieron un Comité Revolucionario Provisional y durante
dos semanas mantuvieron el control de la base, convertida en un estado-comuna
en miniatura. Parecía como si estuviera en marcha una «tercera revolución»
social-populista, de la que los bolcheviques podían ser las víctimas y no los
beneficiarios.[116] Precisamente en aquel momento estaba teniendo lugar en
Moscú el X Congreso del partido y Lenin tenía que afrontar el desafío de la
Oposición Obrera y otras tendencias de izquierda.
Lenin tenía ante sí una difícil alternativa. Estaba
claro que el modelo del «comunismo de guerra», basado en el poder estatal y la
coerción, había fracasado. La idea de que los obreros rusos trabajarían como
piezas de una eficiente máquina era una fantasía, como lo era el sueño de
Trotski del entusiasmo de todos y cada uno de los soldados. La fase inferior
«socialista» del comunismo — control centralizado del estado y desaparición del
mercado—, que era a lo que más se parecía el comunismo de guerra, no parecía
funcionar bien en Rusia en 1921, y esto suponía un dilema para los
bolcheviques. Podían intentar volver al «estado-comuna» de 1917 —un «avance»
hacia el comunismo en términos marxistas— impulsando la movilización de la
clase obrera, o bien podían «replegarse» al capitalismo. La opción de Lenin
nunca estuvo en duda. El estado-comuna solo serviría para apresurar la
desintegración y el caos, y era incompatible con sus ambiciones modernizadoras;
tampoco resolvería la principal dificultad económica, la escasez de alimentos.
Había quedado claro que solo los incentivos de mercado inducirían a los
campesinos a cultivar más grano. Lenin, muy a su pesar, se vio obligado a
aceptar las
demandas de los campesinos de venderlo libremente.
En el X Congreso del partido anunció la «Nueva Política Económica» (NEP) y
pocos días después las tropas del Ejército Rojo aplastaron la rebelión de
Kronstadt; el congreso adoptó también una resolución que prohibía las
«fracciones» en el partido y la dirección ordenó la primera chistka («purga» o
«limpieza») de los miembros poco fiables políticamente o de origen de clase
«impuro». En 1918 la dirección bolchevique habían respondido al inminente
colapso del régimen concentrando el poder en manos del partido; en 1921
reaccionaron frente a una segunda crisis disciplinando al propio partido.
Lenin admitía que se había «replegado» con respecto
a sus ambiciones económicas de 1919: «Cometimos un error al pensar que se podía
eliminar el mercado y avanzar rápidamente hacia el comunismo»; los bolcheviques
tenían que optar ahora por el «capitalismo de estado».[117] Le preocupaba la
reacción del partido e insistió en que no se trataba de restaurar plenamente el
capitalismo; la industria pesada, en el puesto de mando de la economía,
seguiría nacionalizada. Pero el libre mercado para el grano tuvo una cascada de
efectos en todo de economía:[118] había que consentir los negocios de los
comerciantes privados —nepmany
— para abastecer de grano a las ciudades; las
fábricas que producían bienes de consumo, como las textiles, tendrían que ser
desnacionalizadas para que los campesinos pudieran comprar esos artículos a
cambio de su grano. Había que reducir las subvenciones a las industrias
nacionalizadas para controlar la inflación, algo vital si se quería que los
campesinos confiaran en la moneda. Como consecuencia, había que reducir los
salarios, endurecer la disciplina en el trabajo y reforzar el poder de los
directivos y los especialistas burgueses. La situación de los trabajadores se
deterioró aún más y el desempleo seguía creciendo. Para muchos obreros y
algunos bolcheviques, aquello se parecía demasiado al viejo orden capitalista.
La NEP se había convertido en la «Nueva Explotación del Proletariado». ¿En qué
había quedado el socialismo?
La NEP salvó el comunismo al apaciguar al
campesinado. El partido bolchevique, una pequeña minoría de la intelectualidad
revolucionaria, había tomado el poder cabalgando a lomos de una revolución
popular, pero pronto comprobó que la construcción de un estado según sus
principios marxistas era algo mucho más difícil. Sus anteriores métodos
revolucionarios eran demasiado perturbadores, la visión modernista era poco
práctica y la política militarizada de la guerra civil suscitaba demasiada
oposición. Su apoyo principal se hallaba ahora no tanto en la clase obrera
urbana como en los jóvenes campesinos que componían el Ejército Rojo; pero era
una base demasiado angosta y de hecho la política económica del comunismo de
guerra era insostenible. Al reconocer la necesidad de un mayor apoyo social,
los bolcheviques moderaron su anterior intransigencia e hicieron concesiones a
la gran mayoría rural de la población. Puede que evitaran así convertirse en
víctimas de una nueva revolución socialista, pero al aparecer aquella crisis
repercutió sensiblemente sobre la salud de Lenin. Desde 1920-1921 su
agotamiento era evidente. En mayo de 1922 tuvo su primera apoplejía y
permaneció gravemente enfermo hasta su muerte en enero de 1924. Cabe quizá
vincular el deterioro de su salud con el fracaso de sus esperanzas
revolucionarias. La gran contribución de Lenin al marxismo en 1917 consistió en
combinar una voluntad inflexible de modernización con una furiosa impaciencia
revolucionaria. En marzo de 1921 aquel proyecto estaba en ruinas. Lenin se vio
obligado a aceptar que el semicapitalismo de la NEP duraría algún tiempo. El
socialismo solo sería factible una vez que la clase obrera hubieran
experimentado una «revolución cultural», expresión con la que parecía aludir a
la educación y la incorporación de la ética del trabajo que él mismo había
aprendido de sus padres.
Nunca
admitió la acusación de la Segunda Internacional y los mencheviques de que la
revolución había sido prematura, pero en la práctica había vuelto a un marxismo
que se parecía bastante a la «espera revolucionaria» de Kautsky.
En 1920 el pintor y escultor Vladimir Tatlin
recibió el encargo de diseñar un edificio para la Tercera Internacional
(«Comintern»), fundada el año anterior como rival de la Segunda Internacional
de los partidos socialdemócratas. Tatlin, un artista «productivista», que
pretendía combinar las formas geométricas y las fórmulas matemáticas con la
utilidad social, hizo un buen trabajo en cuanto a presentar la versión
jerárquica y tecnocrática del marxismo modernista. Su monumento pretendía ser
el sucesor comunista de la Torre Eiffel: demostraría que la capital de la
revolución mundial se había desplazado de París a Moscú. Era una combinación de
helicoide y pirámide, con tres pisos superpuestos que debían girar a diferente
velocidad. El mayor, en la base, para las asambleas legislativas, debía
completar su rotación en un año; el siguiente piso, destinado a las
instituciones y cuerpos ejecutivos, lo haría en un mes; y el más pequeño, en lo
alto, tendría un período de rotación de un día y estaría «reservado para centros
de carácter informativo: una oficina de información, un periódico y la
publicación de declaraciones, llamamientos y manifiestos» mediante la
radio.[120]
Aquel proyecto se convirtió en un clásico del
diseño moderno, que representaba la creatividad soviética ante la
intelectualidad de vanguardia occidental. En aquella época de escasez y pobreza
era un proyecto claramente utópico. El modelo tuvo que hacerse de madera, no de
vidrio y metal como se pretendía para el edificio real, y en lugar de la
maquinaria prevista un joven manipulaba los resortes y poleas que hacían girar
los pisos. El poeta vanguardista Maiakovski lo saludó como alternativa a los
bustos pomposos que proliferaban en Moscú —«el primer monumento sin barba»—,
pero es dudoso que Lenin lo aprobara.[121] Aun así, su estado mecanizado tenía
mucho en común con la torre de Tatlin: estaba hueco y destartalado, pero
proporcionaba un símbolo de un sistema moderno, no capitalista, controlado por
un «partido de vanguardia» disciplinado, que emitía «declaraciones,
llamamientos y
manifiestos» para los obreros del mundo entero. Ese
partido iba a atraer a miles de futuros comunistas, deseosos de hallar una
fuerza prometeica capaz de fomentar la revolución y de forjar la modernidad. En
una época en que el viejo orden de cosas estaba en crisis, eran muchos los que
veían la torre de Tatlin como un faro que señalaba el camino hacia el futuro.
3
La percepción desde Occidente
I
En febrero de 1919 uno de los intelectuales
comunistas más destacados de la época de entreguerras, el autor teatral Bertolt
Brecht, escribió una pieza, Spartakus,[*] en la que un soldado, Andreas
Kragler, regresa de la guerra y encuentra Alemania quebrantada por la venalidad
y la corrupción. Su antigua novia Anna, alentada por sus codiciosos padres,
está a punto de casarse con un boyante estraperlista del que espera un hijo.
Kragler, desesperado, pretende unirse, junto con los parroquianos de la Taberna
de Glubb, a los insurgentes «espartaquistas», pero al recuperar a Anna desiste,
diciendo: «Soy un cerdo, y el cerdo se va a casa».[1]
Brecht escribió Spartakus durante la tercera
conflagración revolucionaria —la más radical— que afectó en mayor o menor
medida a toda Europa, tras las de 1789 y 1848; pero desde aquellas otras
revoluciones era mucho lo que había cambiado: ahora, para un ala radical
estruendosa, gobernar sin la burguesía parecía no solo posible sino necesario;
en Rusia los bolcheviques habían creado de hecho un gobierno «proletario»
viable; y el imperialismo y chovinismo de las clases dominantes europeas
—aristocracia y burguesía— habían llevado a la muerte a millones de personas.
Muchos creían que el viejo orden había perdido su
derecho a gobernar.
Intelectuales, escritores y artistas estaban en
primera línea de la revolución y Brecht era uno de ellos, pero su actitud podía
calificarse de ambigua; en Spartakus mostraba cierto escepticismo hacia la idea
de sacrificio heroico y el protagonista, tras derrotar a su rival burgués en la
porfía por Anna, antepone la comodidad de la vida privada a la azarosa lucha
por un gobierno obrero revolucionario. El presagio de Brecht resultó
premonitorio. Los espartaquistas no tomaron el poder en 1919 en Alemania y en 1921
estaba claro que la marea revolucionaria en Europa estaba en retroceso. Los
partidos comunistas nacidos al amparo de la revolución rusa no consiguieron
ganarse a la mayoría de la clase obrera o el campesinado europeo, y a mediados
de la década de 1920 las clases dominantes habían restaurado el orden y con él
el edificio de la autoridad y la propiedad.
Aun así, el rencor generado por la guerra y la
revolución no se había desvanecido del todo y los comunistas seguían siendo una
fuerza significativa, aunque minoritaria, en varios países, por más que se
vieran obligados a modificar su estilo y planteamiento. El «repliegue»
propuesto por Lenin, del radicalismo revolucionario a un marxismo de disciplina
y jerarquía, se transmitió a todo el movimiento comunista internacional. Aquel
realismo forzado era mucho más acorde con la sensibilidad de Brecht. Su machismo
de chaqueta de cuero, odio al sentimentalismo, gusto por lo moderno y desdén
hacia los sueños románticos, reflejaban el sectarismo rígido de los comunistas
en Europa occidental durante la década de 1920. El contraste con el idealismo
de 1918-1919 no podía ser mayor.
II
En 1915, mientras Europa ardía en la hoguera
bélica, la neutral Suiza albergaba dos grupos de intelectuales profundamente
asqueados del derramamiento de sangre. El primero era el de los
socialdemócratas antibelicistas, que se reunieron en el pueblecito de
vacaciones de Zimmerwald en septiembre de 1915 y de nuevo en Kiental en abril
de 1916. La asistencia fue escasa. La mayoría de los 38 delegados representaban
a agrupaciones de Europa oriental, como los rusos Lenin y Trotski, aunque los
socialistas italianos (PSI) y los socialdemócratas suizos también constituían
una presencia importante. Los grandes partidos socialdemócratas de Europa
occidental apoyaban la guerra y estaban por tanto ausentes. Trotski recordaba
amargamente que medio siglo después de la fundación de la Primera
Internacional, los internacionalistas europeos podían trasladarse
confortablemente en un par de vagones.[2] En aquellas circunstancias tan poco
propicias se sentaron las bases para la fundación del movimiento comunista
internacional.
Un par de meses antes de la reunión de Kiental, en
un ambiente muy diferente —el recién abierto Cabaret Voltaire, de Zúrich— otro
grupúsculo intelectual expresaba su horror ante la guerra: el movimiento
artístico primitivista Dadá. Hans Arp recordaba así cómo pensaban él y sus
rebeldes amigos:
En Zúrich, en 1915, tratando de olvidar las
carnicerías de la guerra mundial, nos volcamos en el arte. Mientras los
cañonazos de la artillería tronaban en la distancia, nosotros nos reuníamos
para recitar versos, escribíamos, cantábamos con toda nuestra fuerza.
Buscábamos un arte elemental que salvara —pensábamos— a la humanidad de la
furia enloquecida de aquellos tiempos.[3]
Los dadaístas diferían, pues, de los marxistas en
su alejamiento de la política, al menos al principio; pero en otros aspectos
tenían mucho en común con ellos: querían afrentar a la burguesía y sus
espectáculos en el Cabaret Voltaire tendían directamente a provocar la
violencia y duros enfrentamientos con la policía.
En 1915 tanto los socialdemócratas radicales como
los dadaístas parecían predicar en el desierto. El derramamiento de sangre
proseguía. Lenin no consiguió ni siquiera persuadir
a otras corrientes marxistas antibelicistas de que se escindieran de la Segunda
Internacional; pero al cabo de un año todo había cambiado: al prolongarse la
guerra, la izquierda se sentía cada vez más desengañada. En 1916 el Comité
Ejecutivo de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) se vio
seriamente dividido con respecto a la votación de los créditos de guerra y al
cabo de poco tiempo se escindió el propio Partido Socialdemócrata Alemán. La
mayoría seguía apoyando la guerra, pero ahora figuras muy significativas como
Kautsky y Bernstein se oponían a ella; al mismo tiempo surgió un ala izquierda
más radical, dirigida por Rosa Luxemburg y el abogado Karl Liebknecht, que
llamaron a su fracción Spartakusbund («Liga Espartaco») en recuerdo del
dirigente de la rebelión de los esclavos romanos. En abril de 1917 el partido
se escindió, dando lugar a la fundación por la minoría del Partido
Socialdemócrata Independiente (Unabhängige Sozialdemokratische Partei
Deutschlands, USPD).
En 1916 bolcheviques y dadaístas no habrían sentido
más que desprecio mutuo; Lenin habría calificado de románticos utópicos a los
dadaístas. Pero en 1918 algunos de ellos, en particular los alemanes, abrazaron
la política marxista radical y se formó —con un nombre algo incongruente— el
«Comité Central Revolucionario de Dadá»; uno de los más famosos, el pintor
George Grosz, introdujo los graffiti, dibujos infantiles y otras formas de arte
popular en corrosivas caricaturas de militares arrogantes y capitalistas
codiciosos. Grosz se iba a convertir en un miembro muy destacado del movimiento
revolucionario y del Partido Comunista Alemán (Kommunistische Partei
Deutschlands, KPD) de 1919 a 1922.[4]
La guerra también minó la fe de mucha gente
corriente en las viejas élites. Los gobiernos pedían enormes sacrificios en
nombre del patriotismo y al prolongarse la guerra aumentó el resentimiento. Los
mismos sacrificios no parecían merecer la misma compensación. En el frente
interno el nivel de vida y las condiciones de trabajo se deterioraban y la
escasez de alimentos era endémica,
mientras en el frente proseguía lo que muchos
consideraban una carnicería inútil.
A diferencia del régimen zarista, la mayoría de los
gobiernos en guerra estaban dispuestos a incluir en sus alianzas a los
socialistas no revolucionarios. Los socialdemócratas alemanes apoyaban los
créditos de guerra y la Sección Francesa de la Internacional Obrera se
incorporó al gobierno de la «unión sagrada» (Union Sacrée) asumiendo la gestión
del Ministerio de Obras Públicas y más tarde la del Ministerio de Armamento.
Sin embargo, al prolongarse la guerra los socialistas de la Segunda
Internacional se veían cada vez más comprometidos por su cooperación con las
clases dominantes. Muchos trabajadores corrientes los veían como poco más que
rehenes del sistema; las condiciones de trabajo en las fábricas empeoraban
mientras que la disciplina se endurecía. Pronto se ahondaron las diferencias
entre los trabajadores de base, por un lado, y los socialistas y sindicalistas
moderados por otro. El control de estos últimos sobre la clase obrera se vio
además debilitado por la incorporación de nuevas capas al proletariado:
mujeres, inmigrantes del campo, y en el caso de Alemania, reclutas extranjeros
de los países ocupados,[5] sin apenas lazos con los sindicatos y los partidos
socialistas tradicionales; aquellos obreros no especializados, que inundaban en
masa las nuevas fábricas e industrias de guerra, constituían la base de apoyo
de las revoluciones de posguerra.[6]
Entre 1918 y 1925 las huelgas y el número de
participantes en ellas se multiplicaron.[7] En Alemania, en 1917, más de
quinientas huelgas afectaron a un millón y medio de obreros;[8] en Gran Bretaña
se mantuvo un nivel muy alto de actividad huelguística durante toda la guerra,
especialmente en algunas áreas más radicales como el «Clydeside Rojo» en torno
a Glasgow. Las huelgas se fueron politizando también cada vez más, y los que
participaban en ellas subrayaban obsesivamente la diferencia en los sacrificios
que suponía para las distintas clases el esfuerzo de guerra. En noviembre de
1916 las mujeres de los ferroviarios de la
ciudad de Knittelfeld, en Austria, se quejaron de
que les estaban restringiendo el azúcar para que los burgueses y militares
pudieran pasar su tiempo de ocio en los cafés.[9] Durante la primavera y el
verano de 1917 protestas masivas barrieron Europa y los obreros comenzaron
también a exigir el fin de la guerra.
Así pues, antes incluso de los acontecimientos de
San Petersburgo iba fermentando una reacción popular contra la guerra; pero el
ejemplo de la revolución bolchevique reforzó aún más la izquierda radical y en
enero de 1918 huelgas y manifestaciones masivas sacudieron Alemania y el
Imperio Austrohúngaro; en cualquier caso, el factor crucial en el
desencadenamiento de la revolución fue la derrota en la guerra, cuando pareció
que todos los sacrificios habían sido vanos. Para sus críticos radicales, las
élites —aristócratas, burgueses y socialistas moderados— habían llevado a sus
respectivos países a una agresión desastrosa e inútil. Como declaraba el pintor
de la corriente Jugendstil, Heinrich Vogeler: «La guerra ha hecho de mí un
comunista. Tras mi experiencia en la guerra, ya no podía seguir perteneciendo a
una clase que había llevado a la muerte a millones de personas».[10] No cabe
sorprenderse de que en octubre y noviembre de 1918 el viejo régimen se viniera
abajo por el empuje de una revolución popular y en cierto sentido nacionalista.
A primera vista, el panorama político alemán
parecía sorprendentemente similar al de Rusia después de febrero de 1917. Se
crearon consejos de obreros y soldados al tiempo que se constituía un nuevo
gobierno provisional formado por liberales de izquierda, socialistas moderados
(el SPD) y una minoría más radical (el USPD), bajo la presidencia del
socialdemócrata Friedrich Ebert. Rosa Luxemburg y el pequeño grupo de los
espartaquistas proponían una revolución al estilo soviético y el fin de la
democracia parlamentaria, pero a diferencia de lo sucedido en Rusia, la mayoría
de los consejos no propugnaban una república soviética y seguían confiando en
el orden parlamentario; los radicales no eran más que una pequeña minoría.[11]
En Alemania no existía el terrible abismo
entre «pueblo» y régimen que se daba en Rusia, lo
que tampoco era de extrañar dadas las profundas diferencias en su configuración
política antes de la guerra; pero Ebert estaba convencido de la amenaza de una
nueva revolución bolchevique y estaba decidido a no convertirse en otro
Kerenski, por lo que actuó con mayor resolución que su predecesor ruso,
creyendo que solo una alianza con el ejército y las viejas élites imperiales
podría evitar el peligro revolucionario y garantizar la democracia parlamentaria.
La disposición de Ebert y su gobierno a aliarse con
la derecha contra los consejos obreros ha sido siempre muy discutida y cabría
juzgarla como una reacción excesiva que contribuyó a la terrible polarización
de la política alemana entre las dos guerras mundiales;
pero
en aquella época la perspectiva de nuevas revoluciones bolcheviques en Europa
no le parecía una exageración ni a la derecha ni a la izquierda, y los propios
bolcheviques estaban llenos de optimismo.
En marzo de 1919 la fundación de la Tercera
Internacional «comunista» (Comintern) formalizó la escisión del marxismo entre
comunistas y socialdemócratas y estrechó los lazos entre los partidos
prosoviéticos más radicales. Se declararon repúblicas soviéticas en Hungría (en
marzo), en Baviera (en abril) y en Eslovaquia (en junio), y parecía existir una
posibilidad real de que el bolchevismo se extendiera, aunque el gobierno
húngaro del periodista Béla Kun fue el único régimen comunista que llegó a
establecerse plenamente durante un breve período. Las huelgas y las protestas
radicales se prolongaron hasta 1921. En las elecciones de junio de 1920 en
Alemania la izquierda radical obtuvo resultados muy parejos a los de los
socialistas moderados (20,3 por 100 de los votos, frente al 21,6 por 100 para
el SPD). La ola roja también afectó al sur de Europa, dando lugar a la
denominación trienio bolchevista para los años 1918-1920 en España y al biennio
rosso en Italia (1919-1920). En el norte de Italia pareció durante esos años
que el movimiento de los consejos de fábrica y las «ocupaciones» iba a dar
lugar realmente a una revolución comunista. La agitación obrera en
Estados Unidos, inspirada por los wobblies y otros
izquierdistas, también fue muy amplia, y en 1919-1920 se produjo la oleada de
huelgas más poderosa de la historia estadounidense, generalizándose las
reivindicaciones obreras de mejoras en las condiciones de vida y trabajo y más
democracia en la fábrica.
Los partidos comunistas se vieron favorecidos por
aquel radicalismo de base. Sus miembros eran en general jóvenes y en buena
parte obreros no especializados o semiespecializados; la mayoría de los
participantes en el II Congreso de la Comintern en julio de 1920 tenía menos de
cuarenta años y pocos habían desempeñado un papel importante en el movimiento
socialdemócrata antes de la guerra.[13] Muchos habían surgido de los consejos
de obreros y soldados que se formaron en las postrimerías o a raíz de la guerra,
más que de partidos organizados o de los sindicatos, en reacción contra lo que
consideraban una fatigada cultura socialdemócrata de gente de mediana edad y
demasiado complaciente.[14]
Los comunistas se sentían en parte impulsados por
razones económicas, pero muchos se radicalizaron también por su experiencia en
los ejércitos alemanes y austrohúngaros, con su rígida jerarquía y su dura
disciplina. Walter Ulbricht era uno de aquellos activistas comunistas. Nacido
en Leipzig, su padre era sastre y su madre costurera, ambos socialdemócratas,
por lo que se educó en la cultura omnímoda del socialismo marxista del partido
de Kautsky; pero fue el estallido de la guerra lo que lo llevó a optar por el
socialismo izquierdista más militante. Su experiencia en el ejército alemán le
hizo odiar durante toda su vida «el espíritu militarista prusiano». Pasó cuatro
años muy difíciles, sufriendo enfermedad (contrajo la malaria) y castigos por
distribuir folletos espartaquistas. Finalmente escapó de una prisión militar y
regresó a Leipzig, participando activamente en la política del KPD. Ascendió
rápidamente en la jerarquía del partido, convirtiéndose en uno de sus
principales dirigentes en Sajonia, y en 1921 participó como delegado en el IV
Congreso de la Comintern en Moscú, donde
conoció a Lenin.[15] Fue aquella generación de
comunistas — nacidos en la cultura proletaria marxista de la Alemania imperial
y radicalizados por la guerra— la que iba a dominar el régimen comunista
establecido en Alemania oriental tras la segunda guerra mundial; el propio
Ulbricht ocupó el puesto de secretario general o primer secretario del Partido
Socialista Unificado (Sozialistische Einheitspartei Deutschlands, SED) entre
1950 y 1971.
La experiencia de la guerra y la derrota llevó a
algunos intelectuales al marxismo revolucionario. Muchas de las razones de esta
evolución residían en su desprecio a la «burguesía», aunque los burgueses
contra los que luchaban fueran de un tipo muy particular, no como los estrechos
e inflexibles Gradgrind dickensianos de El capital, sino quizá mejor
representados por Diederich Hessling, el antihéroe de Heinrich Mann en su
popular novela El patriotero (Der Untertan).[*] Se trata de un burgués
«feudalizado» tan servil hacia el káiser Guillermo como Hermes con Zeus,
fundamentalmente un oportunista cínico que ha aprendido a venerar la jerarquía
en la escuela y en la universidad. Intenta patéticamente congraciarse con la
aristocracia, participando en duelos rituales y adoptando incluso un mostacho
guillermino que complementa su simpatía por el militarismo e imperialismo
entonces de moda, mientras explota a los obreros de su fábrica.[16]
El patriotero corroboraba literariamente la teoría
del imperialismo de marxistas como Rosa Luxemburg, para los que existía un
«vínculo de hierro» entre el capitalismo y el imperialismo militarista, y la
vieja tesis liberal del capitalismo como portador de libertad y paz ya no
parecía creíble. Aquel análisis resultaba convincente para muchos, aunque no
fueran marxistas convencidos. Karl Kraus, editor de la revista satírica vienesa
Die Fackel («La Antorcha») y crítico del nacionalismo (aunque no fuera en absoluto
marxista), captó el atractivo del comunismo para los intelectuales airados. En
noviembre de 1920 explicaba:
El comunismo no es en realidad más que la antítesis
de una ideología particular totalmente dañina y corrosiva. Agradezcamos a Dios
que el comunismo brote de un ideal limpio y claro y que preserve su propósito
idealista aunque, como antídoto, pueda excederse en su vehemencia. Al diablo su
importancia práctica; pero quiera Dios preservárnoslo al menos como amenaza
imperecedera para quienes poseen grandes propiedades y que para seguir gozando
de ellas están dispuestos a enviar a la humanidad a la guerra o entregarla al
hambre en nombre del honor de la patria. Que Dios preserve el comunismo de
forma que evite que la malvada estirpe de sus enemigos actúe de forma aún más
descarada y que los desaprensivos chupasangres … se vean al menos acosados por
pesadillas que presagian su ruina.[17]
Aunque Kraus tuviera sus dudas sobre la
«vehemencia» del comunismo, para otros ahora parecía normal; había que combatir
el fuego con fuego. Antes de la guerra muchos intelectuales de vanguardia
despreciaban la vida burguesa «filistea» y su sometimiento al dinero y la
tecnología, anhelando una política más espiritual y enardecedora. Aquellos
anticapitalistas románticos a veces daban la bienvenida a la guerra como una
oportunidad para aplastar la complacencia burguesa y crear un hombre nuevo,
lleno de renovado vigor y espíritu.[18] Pero la guerra afectó a esos radicales
de forma diferente. Para algunos, como el futurista Marinetti, que acabó en la
derecha fascista, mostraba la necesidad de un nacionalismo aún más intenso y
mesiánico; pero la respuesta más común era una profunda desilusión del
nacionalismo. Muchos de los intelectuales de izquierda del período de Weimar
habían interiorizado el horror de las batallas en el frente.
Pero por mucho que la guerra hubiera desacreditado
el militarismo nacionalista, no sucedió lo mismo con el romanticismo del tiempo
de guerra. Artistas e intelectuales estaban más decididos que nunca a crear al
hombre nuevo, libre de las limitaciones de la sociedad burguesa, pero ahora el
modelo para ese hombre nuevo sería el obrero ideal y no un guerrero
nacionalista. Muchos de los artistas partícipes del expresionismo —un
movimiento que daba primacía a la intensidad del sentimiento y la riqueza de la
imaginación— se desplazaron hacia la izquierda. El autor teatral
Ernst Toller, por ejemplo, fue uno de los
dirigentes de la breve república soviética de Baviera en abril de 1919.[19]
Dado el ambiente exaltado de la época, es
comprensible que los principales teóricos marxistas de aquella generación se
identificaran con la tendencia romántica y se sintieran más próximos a
Aleksandr Bogdanov y la izquierda bolchevique que a Lenin. György Lukács, por
ejemplo, intelectual nacido en una rica familia judía de Budapest, había sido
un crítico romántico del capitalismo antes de la guerra, cuyos intereses se
situaban más en formas utópicas de misticismo que en la izquierda socialista;
el socialismo, para él, no tenía «pujanza religiosa suficiente como para llenar
toda el alma»;[20] pero la guerra y la subsiguiente revolución bolchevique lo
convencieron de que el comunismo era la mejor forma de crear una nueva
sociedad, libre de la racionalidad asfixiante de la burguesía. Su amigo Paul
Levy le atribuía la siguiente opinión de los bolcheviques:
La revolución rusa … solo está dando los primeros
pasos para llevar a la humanidad más allá del orden social burgués de la
mecanización y la burocratización, el militarismo y el imperialismo, hacia un
mundo libre en el que el Espíritu volverá a dominar de nuevo y el Alma
dispondrá por fin de holgura para vivir.[21]
A Lukács le llevó algún tiempo superar su
desconfianza de la violencia ejercida por los comunistas, y hasta diciembre de
1918 no lo convenció finalmente Béla Kun. Cuando este formó el gobierno
revolucionario de la República Consejista Húngara (Magyarországi
Tanácsköztársaság) en marzo de 1919, Lukács ocupó el puesto de vicecomisario
del Pueblo de Enseñanza Pública durante los 133 días que duró aquel régimen,
organizando representaciones de George Bernard Shaw, Gogol e Ibsen para los
obreros de Budapest. En los últimos días del gobierno consejista aquel
intelectual tan cerebral se convirtió en comisario político de una división del
Ejército Rojo húngaro, recorriendo las trincheras y desafiando el fuego
enemigo.[22] Su marxismo fue siempre más izquierdista y radical que el de Lenin
e incluso sugirió que el Partido Comunista debía disolverse una vez que hubiera
tomado el poder.[23] Se hizo más
ortodoxo durante los años de su exilio en Viena,
pero su Historia y conciencia de clase de 1923 se convirtió en uno de los
textos más importantes del «marxismo occidental», un tipo de marxismo que
insistía en la preeminencia de la cultura y el factor subjetivo sobre la
ciencia y las leyes de la historia.[24] Fue satirizado de manera muy hiriente e
injusta por Thomas Mann en su novela de 1924 La montaña mágica, donde aparece
bajo el nombre de Leo Naphta como una extraña combinación de judío, jesuita y
comunista. En uno de los largos debates en la novela, declaraba:
El proletariado ha asumido la tarea de san Gregorio
Magno, cuyo celo religioso ha heredado, y como él a duras penas puede
abstenerse de derramar sangre. Su tarea es infundir terror en el mundo para
salvarlo, a fin de que el hombre pueda alcanzar el último objetivo de la
redención y retornar a su estado original como hijo de Dios, libre de leyes y
sin diferencias de clases.[25]
La preocupación por la primacía de la cultura sobre
la economía fue también un rasgo característico del marxismo del influyente
teórico italiano Antonio Gramsci, aunque su origen familiar fuera muy diferente
al del acomodado Lukács. Hijo de un humilde funcionario del gobierno de
Cerdeña, donde todavía dominaba la aristocracia terrateniente, de salud
delicada, Gramsci admitía haber sentido desde muy pequeño «un instinto de
rebelión contra los ricos».[26] Su socialismo era, pues, quizá más natural que
el de Lukács, y desde su ingreso en la Universidad de Turín —una ciudad
industrial con un fuerte movimiento sindical— se lanzó a la política más
izquierdista. Sin embargo, compartía el deseo de Lukács de reconciliar el
marxismo con la transformación cultural del espíritu. Los intelectuales
comunistas no tenían por qué ser científicos, agrónomos y economistas
kautskianos. Como los sacerdotes de la Iglesia Católica medieval, tenían que
captar y entender las pasiones de las masas.
Gramsci, influido por la proletkult rusa, esperaba
que el movimiento de los consejos de fábrica generara una nueva cultura
proletaria igualitaria, ya que el socialismo era «una visión integral de
la vida» con «una filosofía, una mística y una
moralidad».[27] Siempre permaneció fiel a esa tradición democrática radical
asentada en las organizaciones construidas por los propios trabajadores, más
que en un partido centralizado.[28] Aun así, en la compleja política fraccional
de la época, a finales de 1923 fue reconocido por Moscú como dirigente del
Partido Comunista Italiano.
El interés de Lukács y Gramsci por los aspectos
culturales y subjetivos del marxismo era compartido por muchos otros
intelectuales occidentales de su generación. El Instituto de Investigación
Social (Institut für Sozialforschung) o «escuela de Frankfurt», fundado en
Alemania en 1923 (y que se trasladó a Nueva York en 1934 cuando Hitler llegó al
poder), incluía figuras con pocos lazos con la política práctica como los
críticos culturales marxistas Walter Benjamin, Herbert Marcuse y Theodor
Adorno, cuya influencia durante el período de entreguerras fue quizá menor que
durante el siguiente florecimiento del marxismo romántico en Occidente en la
década de 1960.[29] Aunque eran todavía muy jóvenes, fue entonces cuando
escribieron sus trabajos más influyentes (Gramsci mientras permanecía
encarcelado en una prisión fascista), en los que cabe apreciar un rechazo
patente del marxismo «modernista» objetivista, igualmente manifiesto en los
escritos de una importante teórica que al mismo tiempo era una política comunista
activa: Rosa «roja» Luxemburg, marxista radical y defensora de la democracia
revolucionaria, que criticaba el «gradualismo» modernista y una dirección
socialdemócrata que consideraba estólida y carente de imaginación. Sus gustos
eran muy opuestos a los de Lenin. Odiaba lo que llamaba «mentalidad alemana»
por su rutina y rigidez, admirando en cambio el brío revolucionario ruso.[30]
Si Lenin creía que su tarea consistía en occidentalizar Rusia, Luxemburg
pensaba que la suya era rusificar Alemania; pero en otros aspectos estaba muy
cerca de Lenin: marxista, nacida en el imperio ruso en 1871 —un año después que
Lenin—, educada en el marxismo ortodoxo, que aunque insistía en
la revolución aseguraba que el capitalismo estaba a
punto de hundirse de todas formas. También compartía el interés de Lenin por la
economía y su principal obra teórica, La acumulación del capital (1913),
trataba de mostrar, como El capital de Marx, que el capitalismo estaba
condenado por sus propias contradicciones económicas internas; como en el caso
de Lenin, la monotonía burguesa personal de su vida cotidiana contrastaba
drásticamente con su implacable crítica de la burguesía.
Luxemburg también compartía los criterios de Lenin
con respecto a la estrategia revolucionaria en 1918. Su compromiso como
activista militante la llevó a propugnar el establecimiento inmediato del
socialismo en Alemania y su Liga Espartaco (Spartakusbund) se convirtió en el
núcleo del KPD, el Partido Comunista Alemán creado el 30 de diciembre de 1918.
Siempre fue una demócrata radical que criticó el terror y el autoritarismo de
los bolcheviques; aun así, Lenin mantuvo el afecto que sentía por ella y tras
su muerte recordó en público una fábula rusa: «Un águila puede en ocasiones
descender más bajo que una gallina, pero una gallina jamás podrá ascender tan
alto como un águila. Rosa Luxemburg se equivocó en la cuestión de la
independencia de Polonia; se equivocó en 1903 en su juicio del menchevismo …
pero nunca dejó de ser un águila, capaz de elevarse a las cumbres más altas del
pensamiento marxista».[31]
A finales de 1918 y principios de 1919 el propio
Lenin parecía propugnar en Occidente el radicalismo revolucionario que había
comenzado a cuestionar en Rusia. Los obreros occidentales, en su opinión,
estaban más maduros que los atrasados rusos, por lo que su revolución podría
«desarrollarse con menos dificultades» y llegar al poder de formas diversas,
sin la necesidad de la disciplina de hierro de un partido de vanguardia. Así,
aunque insistía en la necesidad de crear una Tercera Internacional —la Comintern,
o Internacional Comunista— para rivalizar con la Segunda —la socialdemócrata—,
no creía que fuera preciso imponer en ella un control centralizado. El I
Congreso de la Comintern se inició en una glacial sala del Kremlin un frío
domingo de marzo de 1919, y fue
bastante caótico. Llegaron muy pocos de los
delegados extranjeros esperados, y los que lo hicieron tuvieron que sentarse en
«endebles sillas en torno a desvencijadas mesas traídas de algún café»,
mientras «trataban en vano de compensar con alfombras el mal funcionamiento de
las estufas, que en lugar de calentar arrojaban terribles ráfagas de aire
helado sobre los delegados».[32] Pero la baja temperatura de la sala se vio
pronto contrarrestada por el calor de la retórica. Muchos delegados estaban
convencidos de que la revolución mundial era inminente y de que los consejos
obreros serían las semillas del nuevo estado. De hecho, el «Manifiesto al
proletariado del mundo entero» de Trotski ni siquiera mencionaba la cuestión de
la vanguardia, el Partido Comunista; el modelo del nuevo orden era el esbozado
en El estado y la revolución.[33]
III
Durante un tiempo la teoría marxista y el
movimiento popular parecían moverse al unísono y el marxismo revolucionario se
difundía entre las corrientes más militantes del movimiento obrero. A los
partidos comunistas les iba mejor en algunos países que en otros, pero en
cualquier caso la pauta seguida no era la predicha por el marxismo ortodoxo: en
los más industrializados la clase obrera, por concentrada y amplia que fuera,
no daba lugar a un potente movimiento comunista, sino que más bien daba su
apoyo a los socialistas y sindicalistas moderados, que aprovechaban el poder de
las movilizaciones obreras para obtener concesiones de las clases dominantes; a
los comunistas, paradójicamente, parecía irles mejor en países agrícolas
subdesarrollados donde la industrialización era tardía y endeble y la clase
obrera estaba poco organizada. En esos países los campesinos solían sentir
mucho odio hacia los restos del Antiguo Régimen y la nobleza terrateniente y
los socialistas moderados eran débiles.[34] A los comunistas también les ayudó
la
derrota en la guerra, que desacreditó a la
aristocracia y a los socialistas que habían cooperado con ella.
Evidentemente Rusia era la que cumplía mejor esas
condiciones, pero Hungría también se adecuaba en parte al modelo. A diferencia
de Rusia no existía allí una fuerte tradición de política marxista
revolucionaria, sino que se trataba de una sociedad predominantemente agraria
gobernada por un régimen aristocrático conservador de base muy estrecha, que
había perdido la guerra y se había negado a hacer concesiones a otras clases y
a sus minorías nacionales. El descrédito de la élite y la amenaza de desintegración
territorial dieron lugar a una notable agitación rural, y en octubre de 1918
una revolución incruenta de los obreros de Budapest llevó al poder al conde
Mihály Károlyi como presidente de un gobierno provisional de liberales y
socialistas moderados. Aunque se suponía que debía preparar las elecciones para
una Asamblea Constituyente, estas fueron repetidamente pospuestas, alegando que
no podían tener lugar mientras las tropas aliadas ocuparan Hungría. El gobierno
se vio también paralizado por las discrepancias entre liberales y socialistas
con respecto a la reforma agraria. El resultado fue una creciente presión de
los obreros, campesinos y soldados desmovilizados, cada vez más radicalizados.
Hungría parecía seguir una trayectoria similar a la
de Rusia año y medio antes. También allí había un partido de extrema izquierda
(muy influido por el partido bolchevique ruso) que aprovechó la situación
revolucionaria. Sin embargo, aquel partido se había gestado en el extranjero
—en Rusia— y no en el país. Al estallar la revolución de Febrero había en Rusia
medio millón de prisioneros de guerra húngaros, muchos de los cuales
simpatizaban con los bolcheviques. Uno de ellos, el carismático periodista Béla
Kun, participó activamente en la creación y desarrollo de los soviets y se
trasladó a Petrogrado, donde organizó un grupo de ex prisioneros de guerra
húngaros. Aquel fue uno de los primeros intentos de los bolcheviques de
exportar la revolución. Creían que, tras Alemania,
Hungría era el «eslabón más débil» de la cadena
capitalista. Se crearon escuelas revolucionarias en Moscú y en Omsk para
entrenar a los ex prisioneros húngaros y a continuación los devolvieron a su
país. En noviembre de 1918 se creó formalmente el Partido Comunista Húngaro
(Kommunisták Magyarországi Pártja, KMP) en el hotel Dresde de Moscú, y desde
allí partió en dirección a Hungría Béla Kun al frente de un grupo de comunistas
para convertir la «Kerenskiada húngara» en el «Octubre húngaro».
Kun era un propagandista eficaz y un orador
convincente, como admitían incluso sus enemigos. Uno de ellos, socialista,
describía así uno de sus discursos:
Ayer oí hablar a Kun … Fue un discurso audaz,
entusiasta y lleno de odio. Es un hombre de aspecto firme, con cabeza de toro,
cabello espeso y bigote; esas características, no tanto judías como campesinas,
son las que mejor describirían su rostro … Conoce a su audiencia y la domina …
Los obreros distanciados desde hace mucho de los dirigentes del Partido
Socialdemócrata, jóvenes intelectuales, profesores, doctores, abogados,
funcionarios y oficinistas reunidos en aquella sala … conocieron allí a la vez
a Kun y el marxismo.[35]
Aquella energía, combinada con ayuda financiera
soviética, fue muy eficaz, pero los comunistas también se beneficiaron de la
radicalización de los consejos obreros y las amenazas a la integridad
territorial húngara.[36] El gobierno del conde Károlyi se enfrentaba al apoyo
aliado a las demandas rumanas, checoslovacas y yugoslavas de partes del
territorio húngaro, mientras los comunistas argumentaban que una alianza con la
República Soviética rusa permitiría hacer frente a los pérfidos aliados. En
marzo el Partido Socialista se fusionó con el Comunista para crear un gobierno
conjunto y así nació la República Consejista Húngara.
Los húngaros fueron así los primeros comunistas en
combinar el nacionalismo con el fervor revolucionario, y al principio tuvieron
cierto éxito evitando que los aliados impusieran sus condiciones. Parecía como
si al rechazar la ortodoxia internacionalista de Lenin pudieran unir a un gran
número de húngaros tras la bandera del comunismo; pero en otros aspectos Kun y
los comunistas húngaros
eran mucho menos pragmáticos que Lenin. Sus ideas
económicas procedían del marxismo radical de El estado y la revolución y su
modelo de «democracia proletaria», tan relevante en la retórica bolchevique de
1917-1918.[37] Para Kun los húngaros eran superiores a los rusos, y por tanto
más capaces de una rápida transición al comunismo que estos últimos. Se abolió
el pago a los obreros según su rendimiento —salario a destajo o por pieza—, se
aumentaron los salarios y se redujeron los alquileres de los obreros; también
se proyectaba nacionalizar las fábricas y someter toda economía a un control
central. Además, el ejército quedó convertido en una institución puramente
proletaria, proscribiendo el reclutamiento obligatorio, y todos los soldados no
obreros fueron licenciados. Al mismo tiempo, un «Escuadrón de Terror del
Consejo Revolucionario Gobernante», entre cuyos componentes, apodados «los
chicos de Lenin», había muchos jóvenes bravucones con chaqueta de cuero,
perseguía a los ricos amparados por el Antiguo Régimen.
Muchos de esos experimentos de los comunistas
húngaros provocaron el caos y tuvieron que ser abrogados por la presión
socialista, pero el gobierno no consiguió restaurar el orden en la economía
urbana y además solo atendía a los intereses del proletariado, lo que le llevó
a ordenar la nacionalización y colectivización de la tierra. Lenin aconsejó a
los comunistas húngaros que no intentaran llevar a la práctica aquella decisión
insensatamente ambiciosa, pero la obstinación de Kun estaba teñida de orgullo
nacional: «Llevemos la revolución también al campo. Deberíamos ser capaces de
hacerlo mejor que los rusos…».[38] Las requisas forzadas para alimentar al
ejército y la campaña antirreligiosa convencieron no obstante a los campesinos
de que aquel nuevo régimen les había declarado la guerra.
El gobierno de los consejos húngaros perdió así
buena parte del apoyo popular que tenía: los campesinos eran particularmente
hostiles, pero también los obreros industriales se sentían perjudicados por la
escasez y la depreciación de la moneda debida
a la inflación; en cualquier caso, lo que realmente
socavó el régimen fue su fracaso en cuanto a defender la nación frente a la
agresión extranjera: a finales de la primavera de 1919 el Ejército Rojo húngaro
respondió a una incursión checa y penetró profundamente en Eslovaquia,
estableciendo allí en junio una república a su imagen y semejanza; Kun planeaba
incluso un golpe en Viena, fácilmente frustrado. Sin embargo, cuando el primer
ministro francés Clemenceau y los aliados exigieron la retirada húngara, Kun la
aceptó, lo que provocó un colapso de la moral del ejército y alentó a los
vecinos de Hungría a contraatacar. En sus últimas semanas el régimen
desencadenó el «terror rojo» contra los «enemigos» internos intentando
consolidarse; en él murieron 587 personas. Kun pidió desesperadamente a Lenin
ayuda militar, pero fue en vano: la situación de los bolcheviques en la propia
Rusia no se lo permitía; el 1 de agosto el Consejo Revolucionario Gobernante
decidió entregar el poder a los sindicatos, y huyó a Austria. La República
Consejista Húngara fue víctima de la presión exterior más que de un
levantamiento popular, pero Kun percibió que su régimen no había conseguido
ganarse el apoyo de la totalidad de los obreros húngaros, y menos aún del resto
de la población.
Los comunistas húngaros fueron víctimas de su
propio dogmatismo y de su incapacidad para cumplir sus promesas nacionalistas
en un momento en que el país luchaba por su supervivencia. En comparación, las
condiciones para los comunistas parecían más favorables en Italia. El Partido
Socialista Italiano (PSI) tenía una larga historia de organización eficaz y
oposición a la guerra; el norte de Italia, industrializado tarde y
desigualmente como Rusia, tenía una clase obrera muy concentrada en el
triángulo Turín-Génova-Milán, con un campesinado radical en el cercano valle
del Po; y los marxistas italianos estaban aún más dispuestos que los húngaros a
encabezar a los campesinos. En octubre de 1919 el PSI declaró que las reformas
liberales no eran suficientes y que había llegado el momento para la creación
de un nuevo tipo de estado socialista. La izquierda radical obtuvo un gran
triunfo electoral en las
elecciones de noviembre[*] y durante la primavera y
otoño de 1920 las huelgas y boicots se vieron reforzados por la ocupación de
fábricas. Para Gramsci, los consejos de fábrica elegidos en aquellas luchas
durante el llamado Biennio Rosso (1919-1920) podían ser los fundamentos del
nuevo estado.[39]
Pero al igual que en Rusia, a la izquierda radical
italiana le resultaba difícil conciliar la democracia de los consejos de
fábrica con una coordinación económica eficaz. Cada consejo de fábrica atendía
primordialmente a sus propios intereses, lo que daba lugar a problemas de
abastecimiento e interrupciones gravosas.[40] La coordinación del movimiento
revolucionario también planteaba dificultades. Los socialistas radicales
controlaban algunas regiones, pero el ejército y los partidos «burgueses»
tradicionales seguían siendo dueños del estado y gran parte de la población,
especialmente en el campo, seguía bajo el influjo del conservadurismo católico.
Por otra parte, entre los propios socialistas había profundas discrepancias.
Parte de los miembros y de la dirección del PSI desconfiaban del radicalismo
revolucionario y en septiembre de 1920 un referéndum en los sindicatos rechazó
la propuesta de que los consejos de fábrica se convirtieran en la base de un
estado revolucionario alternativo, aunque la diferencia no fue muy grande, de
591 245 votos frente a 409 569. Gramsci y otros dirigentes del PSI, que habían
puesto sus esperanzas en el movimiento de los consejos de fábrica, aceptaron
pronto la necesidad de un partido leninista centralizado para dirigir la revolución,
pero la corriente «maximalista», aun manifestándose a favor de la revolución,
se opuso a la expulsión de la corriente reformista exigida por la Comintern, lo
que provocó la escisión del partido en su congreso de Livorno, celebrado en
enero de 1921.[*] La izquierda dividida ya no era capaz de hacer frente en pie
de igualdad a la derecha paramilitar. Desde 1919 diversos grupos — algunos de
ellos procedentes de la izquierda, como los propios fascistas dirigidos por
Mussolini, ultranacionalistas, somatenes organizados por los terratenientes en
el campo y muchos jóvenes de
la clase media urbana, empobrecida y
desestructurada por la guerra
— combatían la Marea Roja que a su juicio estaba
destruyendo la unidad y el prestigio de Italia; en noviembre de 1921
confluyeron en el Partito Nazionale Fascista, desencadenaron una terrible
violencia contra la izquierda y en último término se alzaron con el poder tras
la Marcha sobre Roma en octubre de 1922. En 1926 el propio Gramsci fue detenido
y encarcelado.
Si bien Moscú albergaba grandes esperanzas con
respecto a la revolución en Italia, su principal ambición se concentraba en
Alemania; sin embargo, el primer intento de los comunistas de conquistar el
poder fue un fracaso. Desde finales de 1918 el gobierno del socialdemócrata
Ebert comenzó a purgar los enclaves de influencia radical y el 4 de enero de
1919 destituyó al jefe de policía de Berlín, Emil Eichhorn, por su connivencia
con los izquierdistas. Inesperadamente se produjeron grandes manifestaciones en
su defensa, y aunque Rosa Luxemburg juzgaba con escepticismo aquel desafío al
gobierno, la dirección del recientemente formado Partido Comunista (KPD) de la
que formaba parte decidió en último término apoyar el levantamiento de masas,
junto con el Partido Socialdemócrata Independiente (USPD). El gobierno Ebert
respondió dando vía libre al Freikorps, escuadrones paramilitares de extrema
derecha financiados por la Liga Antibolchevique creada para oponerse a la
revolución, y el 11 de enero asaltaron la sede del diario socialdemócrata
Vorwärts, que había sido ocupada por los revolucionarios, matando a un centenar
de ellos. El 15 de enero el levantamiento había sido aplastado y los dirigentes
comunistas trataron de ocultarse. El Freikorps descubrió a Rosa Luxemburg y
Karl Liebknecht en casa de un amigo y a continuación los asesinó con la
aprobación tácita o explícita del gobierno socialdemócrata.
Aquellos asesinatos provocaron una profunda
conmoción y el «martirio» de Luxemburg y Liebknecht los transformó en símbolos
icónicos para el joven Partido Comunista. Los festivales «LLL»
(Lenin-Luxemburg-Liebknecht) fueron decisivos para la cultura
comunista durante todo el período de la República
de Weimar;[41] pero la represión fue eficaz, al menos durante un tiempo. Como
sugería Brecht en Trommeln in der Nacht, la mayoría parecía preferir la paz y
el orden a la revolución, y en las subsiguientes elecciones a la Asamblea
Constituyente del 19 de enero el Partido Socialdemócrata obtuvo el 37,9 por 100
de los votos, mientras que el USPD —el único partido legal de extrema
izquierda— solo obtuvo el 7,6 por 100.
Pero aquella pacificación a punta de bayoneta era
más aparente que real, y la represión del gobierno socialdemócrata y sus
aliados militares fue contraproducente: el fallido golpe de extrema derecha de
Wolfgang Kapp convenció a muchos obreros de que no se podía confiar en los
socialdemócratas para evitar el regreso de las viejas élites aristocráticas. El
movimiento de los consejos de fábrica cobró nueva vida, en varias regiones se
alejó al ejército y al Freikorps, y en las elecciones legislativas de junio de
1920 la izquierda radical alcanzó un porcentaje muy alto de votos —el 17,8 por
100 el USPD y el 2,1 por 100 el KPD—, frente al 21,6 por 100 para el SPD, con
lo que se restablecía el equilibrio en la izquierda entre «reformistas» y
«revolucionarios». En las regiones industriales de Alemania prosiguieron las
huelgas y la agitación, y el partido resultante de la unificación de la mayoría
del USPD con el KPD mantenía su fuerza.
En julio de 1920 se reunió el II Congreso de la
Comintern, en un ambiente de enorme optimismo. El movimiento de los consejos de
fábrica en Italia parecía a punto de alzarse con la victoria, el Ejército Rojo
avanzaba sobre Varsovia, llevando el comunismo hacia el oeste, o así lo creían
al menos los bolcheviques; pero en otoño los revolucionarios estaban en
retirada en todos los frentes. La persecución de los wobblies y otros radicales
estadounidenses iniciada durante la guerra alcanzó su culminación durante la
campaña contra el «Peligro Rojo» en 1919-1920. Miles de ellos fueron detenidos
y muchos de ellos deportados.[42] En Europa el fracaso del movimiento de los
consejos de fábrica en Italia a finales de 1920 y la retirada del Ejército Rojo
de Varsovia a partir de agosto,
tras su derrota frente al nuevo ejército polaco,
marcaron el comienzo del fin. Pero el acontecimiento que marcó el fin de aquel
período revolucionario fue el catastrófico fracaso de la llamada «Acción de
marzo» de los comunistas alemanes en 1921, cuando frente al despliegue de la
policía y el ejército para aplastar las huelgas en Sajonia, Béla Kun viajó a
Berlín como dirigente de la Comintern y animó al KPD a organizar como respuesta
una revolución proletaria. Los comunistas estaban en minoría y los obreros
socialdemócratas ayudaron a reprimir las huelgas y a derrotarlos; hubo
alrededor de 34 700 encarcelados y 145 muertos.
El presagio de Brecht había resultado acertado y
puede que su análisis también lo estuviera: la gente estaba cansada de luchar.
Aunque muchos hubieran perdido cualquier esperanza de regeneración del Antiguo
Régimen y de su tozuda belicosidad, la mayoría no quería que la horrible
conflagración internacional se viera seguida por la lucha a muerte entre
clases; había además otras razones para el fracaso de aquellas revoluciones.
Algunos comunistas eran demasiado sectarios y ambiciosos, como en Hungría; otros
se vieron desacreditados por su falta de realismo, incapaces de explicar cómo
los consejos de fábrica descentralizados podrían organizar una economía
industrial moderna. La represión desde la izquierda moderada y la extrema
derecha coaligadas fue también eficaz; pero también lo fueron las promesas de
reformas democráticas y de protección social. En varios países de Europa
occidental los estados ampliaron el derecho de voto y las prestaciones sociales
para los trabajadores, especialmente en la República de Weimar, en la que el
SPD alemán tenía una influencia decisiva. La esperanza de una mejora pacífica,
combinada con el final de la situación expansiva de posguerra que había dado
cierto poder económico a los trabajadores, debilitó pronto la insurgencia comunista.
Pero eso no quiere decir que los conflictos
sociales del pasado se hubieran resuelto. Los gobiernos y la clase media
querían que se volviera al sistema económico del laissez-faire anterior a 1914
y al
patrón oro, lo que inevitablemente limitaría el
crecimiento; pero eso era difícil de conciliar con las promesas realizadas al
acabar la guerra de mejorar el bienestar, y en definitiva el nivel de vida
quedaba clavado a la «Cruz de Oro», esto es, a la necesidad de mantener estable
la moneda. Con frecuencia estallaban protestas obreras contra los bajos
salarios y el alto desempleo, como cuando Winston Churchill devolvió la libra
esterlina al patrón oro en 1925 y el Consejo General de los sindicatos británicos
convocó una huelga general en mayo del año siguiente contra el consiguiente
recorte de salarios y el alargamiento de la jornada laboral. A finales de la
década de 1920 hubo cierta expansión económica, pero se mostró muy frágil. Los
salarios seguían bajos mientras los beneficios aumentaban espectacularmente, y
en Estados Unidos el capital se volcaba en la Bolsa y en la especulación más
que en la producción para un mercado en expansión; en Europa central la
prosperidad coyuntural dependía del alto nivel de créditos a corto plazo de los
bancos estadounidenses. Como pronto iba a quedar claro, el mundo desarrollado
no había conseguido forjar un capitalismo sostenible que asegurara a la vez la
prosperidad y la armonía social.
Así pues, aunque el sistema capitalista se había
«estabilizado» provisionalmente, como admitían los propios dirigentes de la
Comintern, la marea revolucionaria dejó al retirarse amplios depósitos de
radicalismo y el comunismo contaba con el respaldo de muchas comunidades de
obreros y desempleados de toda Europa. Sin embargo, su bastión más sólido era
Alemania, donde el Partido Comunista seguía obteniendo más del 10 por 100 de
los votos.[*] La vieja patria de Marx y Engels seguía siendo el centro del comunismo
fuera de la URSS.
IV
En diciembre de 1930 Brecht, después de estudiar a
fondo el marxismo e incorporarse al KPD, estrenó su obra quizá más
controvertida: Die Maßnahme («Las medidas tomadas»), en la que cuatro
agitadores comunistas enviados a China en una misión secreta para fomentar la
revolución, debían responder a su vuelta ante un «coro de control» (a imagen
del coro griego), compuesto por un gran número de obreros, de las decisiones
allí tomadas. Al llegar a China les esperaba un joven guía al que explicaban
que debían mantener su identidad del secreto porque si las autoridades los
descubrían, no solo los matarían sino que todo el movimiento comunista estaría
en peligro. Todos ellos se ponían máscaras, pero el guía, emocional y poco
disciplinado, se sentía tan indignado por los sufrimientos del pueblo chino que
trataba de ayudarle, quitándose la máscara y revelando su identidad. Las
autoridades perseguían al joven guía y los agitadores comunistas se daban
cuenta de que se había convertido en un peligro para ellos. No podían abandonarlo
ni tampoco llevárselo consigo, así que deciden matarlo y arrojar su cadáver a
un pozo de cal para borrar todas las huellas de su identidad, y él mismo
admitía que aquella era la única solución. El coro declara entonces fríamente
que los camaradas han tomado la decisión correcta y que sus «medidas» eran
necesarias para salvar la revolución.[43]
La pieza suscitó un gran debate en el seno de la
izquierda. Ruth Fischer, hermana del colaborador de Brecht Hanns Eisler,
expulsada en 1926 del KPD por «izquierdista», le acusó más tarde de justificar
la brutalidad soviética como «libretista de la GPU [la policía secreta
soviética]».[44] Brecht respondió que solo estaba alentando a su audiencia a
estudiar el problema de la táctica revolucionaria y la necesidad de
sacrificarse en un momento en que los comunistas sufrían los ataques del
fascismo. Aun así, aquella obra perjudicó su prestigio. Durante la «caza de
brujas» contra los comunistas que más tarde se conocería como macartismo el
Comité de Actividades Antiamericanas entendió Die Maßnahme como prueba de que
Brecht alentaba la violencia revolucionaria, y su inclusión en la «lista
negra» precipitó su regreso a Europa al día
siguiente de su declaración ante el Comité, el 31 de octubre de 1947; un año
después se hizo cargo de la dirección del Berliner Elsemble en la República
Democrática Alemana.
Por discutible y ambiguo que fuera el mensaje de
Brecht sobre la violencia, la pieza capta el carácter austero del comunismo
europeo fuera de la Unión Soviética durante las décadas de 1920 y 1930. El
escepticismo de Brecht sobre el radicalismo revolucionario, ya evidente en
1919, se había generalizado; las intensas emociones del arte y la literatura
expresionistas habían dado paso a una sobria «nueva objetividad» (Neue
Sachlichkeit). El fracaso de las revoluciones al acabar la primera guerra
mundial y el crecimiento de una extrema derecha anticomunista alimentaban la
cultura sectaria y antisentimental que Brecht exponía en Die Maßnahme. La
revolución seguía siendo el objetivo, pero las emociones debían sustituirse por
la disciplina. Los comunistas europeos dependían cada vez más de la Unión
Soviética e iban interiorizando un nuevo código autoritario, muy alejado de la
democracia consejista de 1919. También quedaron más aislados, como miembros de
una secta perseguida.
Las primeras señales de aquellos cambios en el
movimiento comunista internacional llegaron en el verano de 1919 como
consecuencia de ciertas derrotas. Si el humillante tratado de Brest-Litovsk en
marzo de 1918 desencadenó el fin de la «democracia proletaria» en Rusia, el
hundimiento de la República Consejista Húngara en agosto de 1919 convenció a
Lenin de que el partido bolchevique debía revisar radicalmente su enfoque de la
revolución mundial. Ahora creía que su anterior esperanza de que las revoluciones
en Occidente pudieran ser más democráticas que en Rusia estaba equivocada, y
también que Béla Kun era el principal responsable del fracaso comunista en
Hungría, al fusionar precipitadamente al Partido Comunista con el Socialista
sin prestar la debida atención a la consolidación política de la vanguardia y
al enfrentarse sin necesidad con el campesinado.[45] Como explicaba
en su influyente folleto El izquierdismo,
enfermedad infantil del comunismo, de abril de 1920, la experiencia
internacional mostraba que «la absoluta centralización y la rigurosa disciplina
en el proletariado» eran esenciales en una «larga, tenaz y desesperada lucha a
vida o muerte» contra la burguesía.[46]
En el II Congreso de la Comintern, en el verano de
1920, Lenin y los bolcheviques se pusieron seriamente a la tarea de centralizar
el comunismo internacional bajo su estrecho control. El congreso decidió que
todos los partidos miembros de la Internacional debían cumplir «veintiuna
condiciones», la más importante de las cuales era la absoluta separación de los
comunistas con respecto a los partidos socialdemócratas; además, solo podían
pertenecer al partido «comunistas probados»; había que expulsar a los «reformistas»
y «oportunistas». Los principios conspirativos bolcheviques del partido de
vanguardia se aplicaban ahora al movimiento internacional. Hubo algunas
objeciones a ese purismo comunista, especialmente de los socialdemócratas
independientes alemanes, pero Grigori Zinoviev, por aquel entonces presidente
del Comité Ejecutivo de la Comintern, se mostró inflexible. Los que se oponían
a la creación de partidos comunistas separados, dijo burlonamente, «piensan en
la Internacional Comunista como una animada taberna donde los representantes de
diversos países cantan la “Internacional” y se halagan mutuamente; luego se van
cada uno por su lado y se mantienen las mismas prácticas de siempre. Así es
como funcionaba la Segunda Internacional, pero los comunistas no toleraremos
esos hábitos».[47] Todos los partidos miembros de la Comintern debían
reconstruirse como «partidos comunistas», quedando subordinados a un Comité
Ejecutivo dominado por el partido bolchevique.
Así fue como se constituyeron partidos puramente
comunistas, muy diferentes de los partidos de izquierda más desdibujados de la
Europa de preguerra. La división del partido ruso en 1903 entre los
bolcheviques revolucionarios y los mencheviques gradualistas se reproducía así
a escala internacional. En algunos países los
comunistas se beneficiaron de la escisión
resultante: en Alemania el minúsculo Partido Comunista nacido de la Liga
Espartaco consiguió atraer a su redil a la mayoría de los socialdemócratas
independientes, convirtiéndose en un partido de masas con 350 000 miembros, y
en Francia el Partido Comunista (PCF) se quedó con la mayoría de los miembros
de la Sección Francesa de la Internacional Obrera; pero en Italia la escisión
del viejo Partido Socialista (PSI) dejó al Partito Comunista d'Italia con solo
el 4,6 por 100 de los votos en las elecciones parlamentarias del 15 de mayo de
1921, mientras que el PSI conservaba el 25 por 100. También en Bulgaria,
Checoslovaquia y Finlandia surgieron fuertes partidos comunistas, pero en otros
lugares como la península Ibérica, los Países Bajos, Gran Bretaña, Irlanda,
Estados Unidos, Dinamarca, Suecia, Suiza y algunos países de Europa oriental,
los partidos comunistas eran minúsculos. Aparte de Alemania y Finlandia, rara
vez obtenían más del 5 por 100 de los votos populares, y el Partido Comunista
de Gran Bretaña solo entre el 0,1 y el 0,4 por 100 de los votos (aunque obtuvo
un parlamentario en 1922).[48] El partido comunista más grande y poderoso al
oeste del Dniéper era sin duda el alemán.
Estaba claro que la marea revolucionaria retrocedía
y en marzo de 1921 la nueva situación hizo reflexionar a los dirigentes
bolcheviques: la Acción de Marzo en Alemania había fracasado; el colapso
económico y la guerra civil habían obligado al gobierno soviético a poner en
marcha la Nueva Política Económica, e iba quedando claro que la economía
soviética solo se podía construir exportando materias primas (especialmente
grano) al mundo exterior. Aquel mismo mes el gobierno soviético firmó su primer
tratado comercial con un país capitalista, Gran Bretaña. El socialismo pleno se
había convertido en un horizonte muy distante; como explicó Trotski en junio de
1921, «ahora vemos que nuestra meta, la conquista del poder a escala mundial,
no está tan cerca … En 1919 pensábamos que era cuestión de meses, pero ahora
vemos que quizá nos lleve años».[49] El resultado fue una nueva política: los
partidos comunistas dejaron de agitar en pro de una
revolución inmediata, aunque debían prepararla a
largo plazo; en su lugar había que forjar «frentes unidos» con los miembros
—pero no con los dirigentes— de los partidos socialistas reformistas. Cuando
las relaciones entre la República Soviética y Occidente se descongelaron
ligeramente (en 1922 se firmó el tratado de Rapallo con Alemania y el gobierno
laborista británico reconoció diplomáticamente a la Unión Soviética en 1924),
aquella nueva política parecía justificada.
En algunos lugares la nueva línea tuvo algunos
efectos reales, en particular en China con la colaboración entre el PCCh y el
partido nacionalista Guomindang, y en Gran Bretaña, donde el Partido Comunista
estableció nuevos vínculos con los sindicatos a través del Comité anglo-ruso.
Muchos comunistas, especialmente en los partidos más pequeños y marginales,
dieron la bienvenida a la oportunidad de desempeñar un papel en la izquierda
más amplia; pero en muchos otros lugares los comunistas siguieron aislados. La
política de «frente unido» era desconcertantemente contradictoria, al prohibir
el contacto con la dirección de los partidos socialdemócratas mientras que
pedía la colaboración con los sindicatos reformistas. Si bien muchos comunistas
eran reacios a esa colaboración — especialmente en Alemania, donde seguía muy
vivo el odio a los socialdemócratas—, no cabe duda de que esa hostilidad era
mutua.
Los frecuentes virajes de la política de Moscú
aumentaban la dificultad de forjar lazos con la izquierda moderada y aislaban
aún más a los comunistas. En 1923 se produjo un importante punto de inflexión
con el humillante fracaso de otro intento revolucionario, el «octubre alemán».
Tras la ocupación franco-belga del Ruhr en enero, la izquierda del Partido
Comunista alemán, apoyada en Moscú por Trotski y Zinoviev, propuso tantear la
posibilidad de llegar a una alianza con los nacionalistas, esperando convertirlos
en una fuerza revolucionaria. Moscú proporcionó una financiación sustancial
para la insurrección, pero los comunistas habían exagerado enormemente el apoyo
que cabía esperar de la clase obrera y hubo que renunciar precipitadamente a
los preparativos
tras la declaración del estado de emergencia por el
gobierno de coalición de Gustav Stresemann.[50]
Aquel fracaso coincidió con los últimos meses de
vida de Lenin y la subsiguiente lucha por el poder en el seno de la dirección
del partido. Los rivales de Trotski, incluido Stalin, aprovecharon aquel
desastre y la humillación sufrida como excusa para tomar las riendas del poder
y frenar eventuales radicalismos. En 1924 el Kremlin lanzó una campaña de
«bolchevización» de la Comintern, lo que quería decir que los partidos miembros
tenían que funcionar como parte de un «partido bolchevique mundial homogéneo empapado
en las ideas del leninismo».[51] En la práctica, eso significaba la conversión
progresiva de los partidos comunistas en instrumentos de la política exterior
soviética. Stalin no pretendía otra cosa: «un internacionalista es aquel que
está dispuesto a defender la URSS sin reservas, sin vacilaciones,
incondicionalmente; ya que la URSS es la base del movimiento revolucionario
mundial, y ese movimiento revolucionario no se puede alentar y promover sin
defender la URSS».[52]
El grado y efecto real de la intervención de Moscú
en los diversos partidos comunistas nacionales es una cuestión compleja y
controvertida.[53] La Comintern, una organización relativamente pequeña, no
podía conocer y controlar las actividades de todos los partidos comunistas a
todos los niveles, y en varios lugares surgieron subculturas comunistas basadas
en las tradiciones locales de la izquierda radical, que tenían poco que ver con
las rusas.[54] En cualquier caso, la Comintern trató de establecer un control
más estricto sobre la dirección de los diversos partidos, para lo que contaba
con distintos medios: enviar agentes a los partidos «hermanos», apoyando
determinadas fracciones contra sus oponentes, o expulsar a los recalcitrantes,
llegando a disolver el partido como sucedió con el polaco (Komunistyczna Partia
Polski, KPP) en 1938. La ayuda financiera también desempeñaba un papel
importante.[55] Sin embargo, uno de los principales pilares en los que se
apoyaba el poder de Moscú era el prestigio de la URSS entre
los comunistas y la debilidad de los partidos
nacionales. Pese al resentimiento por la arrogancia de Moscú, los partidos
occidentales tenían que aceptar que los bolcheviques habían llegado al poder y
ellos no, y las derrotas convencieron a muchos de que la estricta disciplina
impuesta desde Moscú era aún más decisiva que en el pasado.[56]
Una de las vías de los dirigentes bolcheviques para
controlar la Comintern era convocar a los dirigentes nacionales a Moscú, y así
se formó una estrecha red en torno al inapropiadamente llamado Hotel Lux,[57]
un gran edificio fin-de-siècle en la calle Tverskaia (más tarde Gorki) en el
centro de Moscú, que había dejado atrás su época más gloriosa y ahora no era
más que un hostal notoriamente decrépito y espartano. En él se iban a alojar
temporalmente muchos dirigentes comunistas, como el búlgaro Dimitrov, el
vietnamita Ho Chi Minh, el alemán Ulbricht o el italiano Togliatti, y fue en
sus frías duchas, en circunstancias muy poco prometedoras, donde el yugoslavo
Tito conoció al dirigente del partido estadounidense Earl Browder.[58]
La Escuela Internacional Lenin para los comunistas
occidentales, fundada en Moscú en 1926, era otro instrumento de la influencia
del Kremlin. Entre las dos guerras mundiales estudiaron allí miles de
comunistas, la mayoría de ellos jóvenes, varones y obreros. Los cursos
obligatorios incluían clases académicas de marxismo e «historia del movimiento
obrero», así como el estudio de la táctica política y de la organización de
huelgas e insurrecciones, incluido el texto clásico De la guerra del teórico
militar alemán Clausewitz. Los estudiantes también visitaban fábricas, práctica
un tanto arriesgada para las autoridades de la Comintern, ya que algunos
visitantes se sorprendían al constatar el bajo nivel de vida de los obreros
rusos comparado con los de los países capitalistas y hacían preguntas
incómodas;[59] pero lo más importante para la Comintern, especialmente tras el
ascenso de Stalin al poder, era la inculcación de la disciplina «conspirativa»
del partido bolchevique, tal como la había expuesto Brecht. Los estudiantes
recibían un «nombre de
guerra» y se les prohibía contar a sus amigos o a
su familia dónde estaban. Un minero galés tuvo que hacer una «autocrítica» por
olvidar esos principios. Sus relaciones con el Partido Laborista — admitía— le
habían dejado «residuos socialdemócratas que he traído conmigo. Acabé
cometiendo esa grave transgresión de la disciplina, inadmisible en un partido
de nuevo tipo como el nuestro».
[60]
La vida para los estudiantes de la Comintern era
dura e intensa. Wolfgang Leonhard, comunista alemán interno en aquella escuela
cuando estalló la segunda guerra mundial y fue evacuado a la ciudad de Ufa, en
los Urales, recordaba sus rigurosas lecciones sobre la ideología nazi y cómo
refutarla. Pasó tanto tiempo estudiando el nazismo que cuando regresó a
Alemania después de la guerra y conoció auténticos nazis comprobó que estaba
más versado en sus creencias y normas de comportamiento que ellos mismos.[61] El
resto del tiempo lo pasaban haciendo gimnasia o trabajos manuales; los
estudiantes tenían que mantener su vínculo con la clase obrera:
Nuestro horario de trabajo era tan intenso que el
único tiempo libre que teníamos era los sábados por la tarde y los domingos.
Durante los fines de semana nos permitían hacer lo que quisiéramos, excepto
beber, enamorarnos, salir del recinto de la escuela, confesar nuestros nombres
reales, contar nada de nuestra vida anterior o escribir cualquier cosa sobre
nuestra vida actual en nuestras cartas.[62]
La diversión era escasa y consistía en buena parte
en el canto de tonadas folclóricas. Algunos estudiantes, como un hijo de Tito
que se enamoró de una «encantadora chica española», se negaron a someterse a la
disciplina que prohibía aquel tipo de distracciones y fueron expulsados.[63]
Pero la mayoría lo superaron y se convirtieron en leninistas o estalinistas
convencidos, futuros dirigentes de los partidos comunistas europeos.[64] La
Comintern se esforzaba así por «forjar» a los partidos jóvenes, radicales y
caóticos del anterior período revolucionario y acomodarlos al nuevo patrón
elaborado en Moscú.
Pero si bien la Comintern solía convencer a los
partidos nacionales para que siguieran su línea en sus frecuentes virajes, no
siempre era fácil, ya que los comunistas de otros países tenían su propia
agenda y podían ofrecer una resistencia pasiva o incluso activa. Como hemos
visto, el KPD se opuso al frente unido con los socialistas a mediados de los
años veinte, y más tarde, cuando Stalin giró a la izquierda, fue la derecha del
partido la que opuso resistencia. La dirección británica también se opuso al Kremlin
desde la derecha. En octubre de 1927 Harry Pollitt, que dos años después se iba
a convertir en secretario general de los comunistas británicos, se opuso en un
principio a la exigencia de la Comintern de enfrentarse al Partido Laborista,
anticipando lo impopular que podría ser; hasta 1929 no aceptó la dirección del
partido británico la nueva línea.[65]
La bolchevización dificultó, pues, la vida a los
partidos comunistas nacionales, en parte porque la línea de Moscú podía ser
impopular y en parte porque la cultura de la Comintern podía resultar ajena.
Los miembros del partido no solo tenían que aprender la pesada jerga marxista
(al principio en alemán, la lengua oficial de la Comintern), sino también el
nuevo argot bolchevique («agitprop», o «célula del partido»). La propaganda del
partido se redactaba a menudo en Moscú, sin consultar a la dirección local, y a
los comunistas no siempre les resultaba fácil hacer que sus ásperos eslóganes
sonaran atractivos.[66] Aun a pesar de la bolchevización, los partidos
nacionales trataban de combinar la cultura local y la de la Comintern y tenían
distintas características. En Alemania se mantenía la cultura militante
fomentada por Rosa Luxemburg y la izquierda socialdemócrata antes de 1914,
mientras que en Gran Bretaña y otros lugares la moralidad puritana del
comunismo era fácilmente asumida por gente educada en una cultura socialista
cristiana frugal y austera,[67] si bien el dirigente del CPGB —de padre
bengalí— Rajani Palme Dutt, educado en Oxford y Cambridge, seguía refiriéndose
a los miembros más jóvenes del
partido como freshers («novatos»), término
utilizado en la universidad para los estudiantes de primer año.[68]
Durante la década de 1920 los partidos comunistas
vieron en general descender el número de sus militantes; en el partido francés,
por ejemplo, la militancia cayó continuamente entre 1921 (109 391) y 1933 (28
000). A ello contribuyó sin duda la torpeza del Kremlin: en países como Francia
o Gran Bretaña, donde los partidos socialistas moderados estaban muy
arraigados, el sectarismo de la Comintern era claramente contraproducente. Pero
muchos activistas del partido, sometidos a acosos y privaciones tras el fracaso
de la revolución, recibían con gusto la «disciplina» y el apoyo bolchevique.
Para ellos la «Unión Soviética» representaba el ideal por el que estaban
luchando, una tierra de leche y miel. Annie Kriegel, en su Essai d'ethnographie
politique del comunismo francés, describía así su pensamiento:
Al joven que se les aproximaba con las manos
vacías, pretendiendo unirse al movimiento, [los comunistas] le respondían
dándole un montón de panfletos y diciéndole: «Ahí tienes, camarada». Poco
después, perseguido por la policía, con su nombre inscrito en las listas negras
patronales, el neófito se veía en el paro, y a partir de aquel momento tenía
mucho tiempo: para pasar hambre, pero también para difundir la buena nueva
(cuando podía comer gracias al dinero que conseguía vendiendo los panfletos) …
Sabía con certeza que había un país en el mundo donde los obreros habían hecho
una revolución y se habían convertido en dueños del estado, jefes de las
fábricas y generales del Ejército Rojo.[69]
Por toda Europa surgieron pequeñas y acosadas
localidades comunistas, aun allí donde los partidos nacionales eran minúsculos.
En Gran Bretaña había «pequeños Moscú» en Fife, Stepney (en el este de Londres)
y en las minas de carbón del sur de Gales: comunidades obreras homogéneas donde
los comunistas no solo defendían los puestos de trabajo y los derechos
sindicales, sino que también organizaban actividades de ocio y culturales.[70]
Los activistas explicaban a Moscú en un informe por qué los mineros del
sur de Gales eran tan receptivos al comunismo
militante e intransigente:
Sus condiciones de vida son malas, muy malas. Están
en gran medida libres de la influencia de las ciudades. Su tiempo no está tan
ocupado, como sucede con los obreros de las grandes ciudades, por los largos
trayectos a cubrir y las abundantes diversiones que ofrecen las grandes
ciudades … Su mente es más sencilla. La explotación les resulta muy evidente …
[los] pozos ofrecen oportunidades para un contacto inmediato y para el
desarrollo de la solidaridad mutua.[71]
El partido en el que estaban más arraigadas la
cultura de la lucha intransigente y la lealtad a la URSS era el alemán, cuya
afiliación y porcentaje de votos en las elecciones se mantuvieron notablemente
altos durante todo el período de Weimar. Con cierta frecuencia surgían en él
discrepancias sobre la estrategia a seguir y su conducta también variaba según
las regiones, pero con Ernst Thälmann, presidente del partido desde 1925, se
fue habituando a combinar el activismo revolucionario con el respeto a la jerarquía
y la lealtad al Kremlin. Pronto se convirtió en el hermano menor favorito del
partido bolchevique, a pesar de mantener desde el intento revolucionario de
1918-1919 y su subsiguiente represión su hostilidad intransigente a cualquier
compromiso con la socialdemocracia, que en cualquier caso no era absoluta;
hasta 1928 comunistas y socialdemócratas compartían los mismos sindicatos y a
veces organizaban conjuntamente las fiestas obreras;
tanto
unos como otros utilizaban el término kamerad y desfilaban con la bandera roja.
Aun así, el protagonismo del SPD en la represión de los comunistas y su
identificación con el statu quo político había dejado heridas muy profundas: en
algunas fábricas de la región de Halle-Merseburg el odio mutuo era tan grande
que los obreros socialdemócratas y los comunistas iban al trabajo en diferentes
vagones del tren y comían en salas separadas del
comedor de la empresa.[73] Los comunistas solían
considerar a los socialdemócratas lacayos de la patronal, y en cualquier caso
era cierto que estos tenían más arraigo entre las capas más
«respetables» de la clase obrera, mientras que el
KPD lo tenía entre los obreros menos especializados y peor pagados y pronto se
convirtió en un partido de desempleados: en las sucesivas crisis de la década
de 1920 eran ellos los primeros despedidos y en 1932 solo el 11 por 100 de los
comunistas alemanes tenían un empleo fijo.[74]
Pero esas adversidades solo sirvieron para reforzar
la actitud militante y combativa del KPD, cuyo lenguaje solía ser muy agresivo:
uno de sus periódicos se llamaba Rote Peitsche («Látigo rojo»).[75] Su
propaganda estaba llena de puños proletarios, manifestantes con chaqueta de
cuero y banderas rojas ondeando al viento. Sus mítines tenían un estilo muy
parecido al de sus enemigos de la extrema derecha y los uniformes y botas altas
hacían difícil distinguirlos de los paramilitares del Stahlhelm o de los nazis.
La prensa del partido llamaba a Thälmann unser Führer («nuestro guía»), a
imagen y semejanza del autoritarismo nazi. En diversas ocasiones, como en 1923
y 1930, el KPD utilizó un lenguaje nacionalista para restarle apoyo a los nazis
y otros partidos de derechas, aunque evidentemente había diferencias
fundamentales: lo que lo definía fundamentalmente era la lucha de clases, no el
renacimiento nacional, y los propios nazis consideraban normalmente a los
comunistas su peor enemigo.[76]
La belicosidad del KPD no se limitaba a la
propaganda; contaba con un brazo armado, la Rote Frontkämpferbund («Liga de
combatientes del frente rojo»), que fue disuelto en 1929 pero que siguió
existiendo en la clandestinidad, con uno u otro nombre. Muchos comunistas
tenían armas, guardadas desde la guerra, y a veces hacían uso de ellas. En 1921
los obreros de la fábrica Leuna construyeron un tanque con el que hicieron
frente a la policía. Los comunistas alemanes, una vez excluidos en su mayoría
de las fábricas, se convirtieron en un partido de la calle, y especialmente
hacia el final de la década eran frecuentes sus reyertas a tiros con la
policía;[77] no cabe, pues, sorprenderse de que el partido estuviera compuesto
mayoritariamente por varones (un 70 por 100), a pesar
de tener uno de los programas más feministas de la
República de Weimar; aun así, a mediados de la década de 1920, en una época en
que la economía se iba recuperando en general y la coalición entre el SPD, el
Zentrumspartei (católico) y el Deutsche Demokratische Partei (liberal) gozaba
de la confianza de la mayoría de la población, el KPD era demasiado pequeño y
estaba demasiado aislado para amenazar la estabilidad del estado. Como había
quedado claro en Rusia en 1921, la intransigencia de los partidos comunistas
solo les permitía arrastrar tras de sí a una minoría de la población; pero esto
solo se aplicaba en períodos normales, y todo iba a cambiar mucho con la
llegada de la crisis y la depresión económica.
V
El 13 de mayo de 1928 el New York Times publicó un
artículo titulado «La “nueva” civilización americana» que informaba de una
conferencia pronunciada en París por el académico francés André Siegfried, en
la que había argumentado que «la mayor contribución de Estados Unidos al mundo
civilizado es “la conquista de la dignidad material de la vida”», mediante las
técnicas de producción en masa y la consiguiente prosperidad. Si bien el
corresponsal destacaba ese elogio de Siegfried, el editorialista del New York
Times creía que la «contribución [de Estados Unidos] al ideal democrático» y su
difusión de «un sistema social libre de castas» eran de mayor importancia
incluso que sus logros económicos.[78]
Tanto Siegfried como el New York Times expresaban
la creencia generalizada en que el predominio económico de Estados Unidos y el
modelo democrático de libre comercio que encarnaba habían conseguido superar
las divisiones sociales del período revolucionario de 1917-1919, pero al cabo
de muy pocos meses aquella fe se iba demostrar equivocada. Durante el verano de
1928
la Reserva Federal elevó los tipos de interés para
contener una burbuja bursátil alimentada por los bancos, escasamente regulados,
y el crédito estadounidense al resto del mundo se vino abajo. La consecuencia
inmediata fue una restricción catastrófica del crédito en gran parte de Europa
y Latinoamérica; Alemania, muy endeudada, se vio particularmente afectada.[79]
Las economías del mundo subdesarrollado (incluida la soviética) venían
sufriendo desde hace algún tiempo el bajo precio de los artículos que producían,
pero la crisis económica empeoró cuando el hundimiento de Wall Street en
octubre de 1929 puso fin a la frágil expansión en los propios Estados Unidos.
Esto trajo consigo una agravación de los conflictos sociales e internacionales
en un ambiente frenético de sauve qui peut. Las tensiones sociales se
intensificaron cuando los obreros y las clases medias trataron de proteger su
parte de la tarta económica nacional al tiempo que esta se contraía y la
colaboración internacional se debilitaba como consecuencia del intento de cada
estado de salvar su propia economía mediante el proteccionismo y otras medidas
autárquicas. La capacidad del capitalismo para integrar a los pobres y menos
privilegiados —ya fueran obreros industriales, campesinos o países subdesarrollados—
en un orden liberal de libre mercado se desvanecía. Los comunistas, ya fueran
occidentales o soviéticos, se sentían cada vez menos compelidos a colaborar con
el capitalismo liberal y el comunismo entró en una nueva fase radical.
En cualquier caso, la crisis de 1928-1929 solo
supuso la culminación de las tensiones entre el mundo capitalista y el
comunista que llevaban fermentando algunos años. La huelga general de 1926 en
Gran Bretaña deterioró las relaciones entre el gobierno conservador y Moscú, y
en mayo de 1927 se rompieron las relaciones diplomáticas entre ambos. Por otra
parte, el ataque del Guomindang contra los comunistas chinos aquel mismo mes de
abril supuso una derrota embarazosa para la política de «frente unido» y un golpe
importante para las esperanzas comunistas en Asia. El proletariado alemán se
radicalizaba y en julio un fallido
levantamiento obrero en Viena reforzó la creencia
de Moscú de que la revolución estaba madurando en Occidente. Desde la primavera
de 1927 la Comintern comenzó a cambiar su línea al convencerse la dirección
soviética de que su seguridad se vería mejor servida por una política exterior
más combativa. Moscú comenzó a tratar a los socialdemócratas —especialmente a
los que, como los alemanes, mantenían una política exterior probritánica— como
enemigos burgueses, y en 1928 la Comintern declaró que había comenzado un nuevo
período en la política revolucionaria, el llamado «tercer período» (tras el
«primer» período revolucionario inmediatamente posterior a la guerra mundial y
el «segundo» período, de estabilización relativa). El capitalismo —se
argumentaba— se estaba tambaleando; había que trazar líneas de separación muy
claras entre los revolucionarios y los reformistas; y los socialdemócratas se
habían convertido en «socialfascistas». El nuevo principio de la política en
cada país era «clase contra clase». Entretanto el Kremlin se iba convenciendo
de que no podía construir una nueva economía basándose únicamente en el
comercio con Occidente y que tendría que depender durante mucho tiempo de los
propios recursos de la URSS. Quedaba así dispuesto el escenario para una nueva
versión del comunismo, a la vez revolucionaria y nacionalista, que iba a ser
liderada por un dirigente bolchevique con una cultura y un estilo muy
diferentes de los de Lenin, Iosiv Stalin.
4
Hombres de acero
I
Los dirigentes bolcheviques tuvieron que esperar
hasta marzo de 1928 para ver Octubre: diez días que estremecieron al mundo, la
dramatización fílmica realizada por Sierguei Eisenstein de los acontecimientos
de 1917.[1] A diferencia de su colega y rival, el puntual Pudovkin, Eisenstein
no solo no consiguió presentar a tiempo su obra maestra (posiblemente debido a
la intervención de la censura), sino que su enfoque de la revolución se alejó
del marxismo modernista. Mientras que Pudovkin presentaba en El fin de San
Petersburgo un «muchacho» corriente lleno de sentimientos «espontáneos» que
daban paso a una conciencia socialista disciplinada y racional, la película de
Eisenstein estaba llena de romanticismo revolucionario. Declaró que su objetivo
era:
Devolver sensualidad a la ciencia.
Devolver al proceso intelectual su fuego y pasión.
Sumergir el proceso reflexivo abstracto en el
fervor de la acción práctica.
[2]
Su película es una brillante exposición del talante
marxista radical. Su presentación de los acontecimientos de 1917 contraponía a
la inercia y decadencia del gobierno provisional la vibrante energía del
pueblo; y como dejó claro el propio Eisenstein, ese
heroísmo no era individual sino colectivo. Estaban ausentes los «dirigentes»
convencionales de las películas de Hollywood o incluso de El fin de San
Petersburgo; el papel del Lenin era bastante reducido. La famosa escena del
asalto al Palacio de Invierno, cuando las masas rompían las puertas e irrumpían
en la sede del poder, se basaba, no en la propia revolución, sino en los
festivales cuidadosamente coreografiados del período de la guerra civil, como el
propio «Asalto al Palacio de Invierno» de 1920, en el que habían participado
más de 10 000 personas. Eisenstein dispuso para su filmación de alrededor de
5000 extras, armamento real y una extraordinaria tolerancia de las autoridades.
Pudovkin relata las diferencias entre su propia exposición del asalto y la de
Eisenstein:
Yo bombardeé el Palacio de Invierno desde el
(navío) Aurora, mientras que Eisenstein lo bombardeó desde la fortaleza de
Pedro y Pablo. Una noche yo derribé parte de la balaustrada del tejado y temí
que eso pudiera causarme problemas, pero afortunadamente aquella misma noche
Sergio Mijailovich [Eisenstein] rompió doscientas ventanas de dormitorios
privados.[3]
El ayudante de Eisenstein alardeaba jocosamente de
que en el asalto filmado resultó herida más gente (muchos como consecuencia de
la torpe utilización de las bayonetas) que en el asalto real de los
bolcheviques diez años antes. El resultado fue una película de extraordinaria
capacidad propagandística que contribuyó en gran medida a crear el mito de
Octubre de 1917.[4] Las imágenes de Eisenstein arraigaron en la cultura popular
del mundo entero; de hecho, hace muy poco se utilizaron en una campaña publicitaria
de una marca de vodka en Occidente.
Pero hoy día no parece tener tanto aliciente el
auténtico mensaje marxista radical de la película: la lucha de clases. En una
de las escenas más electrizantes de la película, un obrero huye de los soldados
que reprimen las manifestaciones de las jornadas de julio. Un oficial y su
novia, que toman el sol en un bote cercano, lo descubren intentando ocultarse y
llaman la atención de los atildados
paseantes para que les ayuden a detener a aquel
joven «bolchevique», al que acaba linchando la violenta y encolerizada «turba»
burguesa; las elegantes damas se muestran particularmente agresivas, clavándole
con sadismo sus sombrillas; como suele suceder en las películas de Eisenstein,
esas imágenes están cargadas de machismo misógino. En su opinión, había que
introducir el conflicto en el propio arte cinematográfico, que debía ser
marxista y «dialéctico». Su técnica de «montaje» yuxtaponía imágenes discordantes
y paradójicas para crear una nueva «síntesis» en la audiencia, en agudo
contraste con el método de «enlace» más suave y convencional de Pudovkin.[5]
La película de Eisenstein no fue tan bien recibida
en la URSS como la de Pudovkin; se consideraba demasiado difícil e incluso
«ininteligible» para la gente corriente, y su exigua presentación de Lenin se
juzgaba una afrenta a su dignidad. Sin embargo, su radicalismo, si no su
tratamiento, era mucho más acorde con el orden político que se iba
desarrollando bajo Stalin que el de Pudovkin. Oktiabr y su celebración de la
energía de la revolución se completó justo en el momento en que Stalin
consolidaba su poder e iniciaba su «segunda revolución», y a las pocas semanas
de estrenarse se iniciaba el juicio contra los «especialistas burgueses» de la
cuenca hullera del Donets/Donbas. Aquel «caso Shajty», como Oktiabr, era puro
teatro político destinado a movilizar a las masas contra la contumaz oposición
de la burguesía.
La infancia y adolescencia de Eisenstein, hijo de
un arquitecto modernista de origen judeo-alemán que entonces dirigía el
Departamento de Construcción de la ciudad báltica de Riga, no podía haber sido
más diferente de la de Stalin, hijo de un zapatero georgiano; pero ambos
objetaban el marxismo más pragmático al que Lenin se había «replegado» en 1921
y que parecía haber llegado a un callejón sin salida en 1927-1928. Ambos
trataban de dar un nuevo aliento a la revolución y la lucha de clases de la
guerra civil, resucitando el entusiasmo popular que el régimen creía estar
perdiendo.
Stalin, como cabía esperar, abandonó pronto la
lucha de clases radical, juzgando que era demasiado conflictiva, y el mensaje
de Oktiabr quedó pasado de moda; pero su empleo de la movilización de masas y
la manipulación de sus emociones se mantuvo, pese a los virajes políticos del
partido. Eisenstein se esforzó por adaptarse a esos virajes y, por extraño que
parezca, dadas sus difíciles relaciones con la dirección del partido, es
contemplando la evolución de sus películas —desde el radicalismo revolucionario
de Oktiabr (1928) a la búsqueda paranoica de pureza de su Iván Grozny (1944 y
1946), pasando por el patriotismo de ánimo más amplio de Aleksandr Nievski
(1938)— como mejor se pueden apreciar los cambios en la política del Partido
Comunista (bolchevique) y en las ideas del propio Stalin.
Evidentemente, Stalin no creó por sí solo el
comunismo estalinista y no debemos exagerar el papel de su personalidad o su
origen. Las semillas del estalinismo estaban insertas en una multiplicidad de
tendencias, que incluían la propia cultura bolchevique, la guerra civil y las
crisis que sacudieron Rusia a finales de la década de 1920, el temor a la
amenaza militar desde el extranjero y la desilusión con respecto a la NEP de
Lenin; pero Stalin supo aprovechar esas crisis más eficazmente que ninguno de sus
rivales, y entender el porqué requiere un examen de su planteamiento de la
política y visitar la región donde pasó los primeros veintiséis años de su
vida, ya que a diferencia de Lenin, vástago de una minoría cosmopolita
profesional asimilada en el imperio ruso, Stalin provenía de un auténtico
crisol de resentimientos nacionalistas y de clase: la Georgia (Sakartvelo)
anexionada por Rusia a principios del siglo XIX.
II
En el centro de Gori, una ciudad provinciana a 86
km de Tiflis (Tbilisi), la capital de Georgia, hay una fortaleza romántica en
lo alto de una colina. Gorki la describía como un lugar «pintorescamente
salvaje». En el patio central hay una piedra esférica, desde la que se dice que
Amiran —una especie de Prometeo georgiano— arrojó su espada antes de ser
encadenado como castigo por desafiar a los dioses (o en la leyenda georgiana, a
Jesucristo). Cada Jueves Santo los herreros de Gori martillean sus yunques como
símbolo de la renovación de sus cadenas para evitar que intente vengarse de sus
opresores.[6]
Ioseb Yugashvili, más conocido como Stalin, nació
en 1878 a la sombra de aquel castillo. Su padre, Beso (Visarión) Yugashvili,
trabajaba como zapatero, y su madre era hija de un siervo. En la sociedad
georgiana abundaban los relatos de rebelión y venganza prometeica, lo que no
sorprende dada su historia: un país montañoso, encerrado entre imperios, que
había sido invadido muchas veces hasta ser finalmente conquistado por Rusia, en
cuyo imperio había quedado incluido a principios del siglo XIX. Había intentado
repetidamente liberarse del yugo extranjero adquiriendo así una larga tradición
guerrera, idealizada, el estilo de Walter Scott, por diversos autores
nacionalistas románticos.
Ioseb creció en una época particularmente tensa
entre colonizadores y colonizados, cuando el zar Alejandro III trató de imponer
la cultura rusa sobre la local. Cuando ingresó en la escuela religiosa de Gori,
en ella se enseñaba todavía en georgiano, pero al cabo de dos años los maestros
georgianos fueron sustituidos por rusos; la lengua georgiana solo se enseñaba
dos horas a la semana.[7] De allí pasó al seminario de Tiflis, la única
institución de enseñanza superior en el país, que era dirigido con gran severidad
por popes rusos muy reaccionarios: cualquier pensamiento progresista era
censurado y los seminaristas georgianos eran considerados inferiores. Stalin
los recordaba «husmeando, espiando, escudriñando el alma de uno,
humillándolo».[8] Aquel régimen clerical se convirtió en caldo de cultivo ideal
para los
revolucionarios georgianos. Como comentaba otro
alumno bolchevique, «ninguna escuela laica, ningún otro tipo de escuela,
produjo tantos ateos … como el seminario de Tiflis».[9] El seminario era
también muy eficaz en cuanto al fomento del nacionalismo georgiano, que prendió
con fuerza en el joven Yugashvili. A la edad de dieciséis años había publicado
varios poemas nacionalistas románticos en la revista nacionalista Iberia, y
cuando esta fue cerrada por las autoridades pasó a publicarlos en otra más izquierdista.
Pero Georgia no era solo una tierra de
nacionalistas resentidos en pugna con los opresores rusos; era también una de
las regiones étnicamente más complejas del imperio, donde mercaderes armenios y
judíos, nobles, campesinos y artesanos georgianos y trabajadores georgianos,
rusos, azeríes y turcos se mezclaban con funcionarios y soldados rusos. Estaba
además atravesada por tensiones de clase y de estatus. La empobrecida nobleza
georgiana se había opuesto ferozmente a la emancipación de los siervos y nadie
estaba satisfecho con el resultado.[10] Ioseb vivía por tanto en una sociedad
muy estratificada en la que sufría muchas humillaciones. En julio de 1891, por
ejemplo, no se le permitió matricularse porque su familia no podía pagar las
tasas; solo la caridad de los odiados popes le permitió proseguir su educación.
Era también muy consciente de la frustración social de su padre, del que
hablaba con cierto desprecio. Aunque Beso era claramente ambicioso y había
elevado el estatus de la familia al trasladarse del campo a la ciudad, su
alcoholismo lo había llevado a la bancarrota y a tener que trabajar como obrero
no especializado en un pequeño taller de Tiflis. Murió en una pelea entre
borrachos cuando Ioseb tenía solo once años.[11]
No es, pues, sorprendente que su temprano
nacionalismo estuviera mezclado con un profundo resentimiento hacia las clases
altas, como sugiere su predilección por Koba, el héroe-bandido de la leyenda
georgiana. Como a muchos nacionalistas georgianos, le fascinaban la épica
medieval georgiana con sus heroicos caballeros
y las novelas románticas basadas en ella, en
particular Parricidio, del ahidalgado Aleksandr Qazbegui, cuyo protagonista,
Koba, según un amigo, se convirtió en «un dios para él». Ioseb «quería
convertirse en otro Koba, en un héroe y combatiente tan famoso como él», y más
tarde adoptó como nom de guerre el de su modelo.
Qazbegui
tenía algo en común con Bakunin —un aristócrata que idealizaba al campesinado—
e incluso abandonó durante un tiempo el hogar para irse a vivir como pastor con
los montaraces georgianos. En Parricidio, Koba se une a una comunidad fraternal
de bandidos que vengan a los pobres pero virtuosos montañeses derrotando a los
brutales oficiales rusos y a los nobles georgianos colaboracionistas que los
oprimen. Para Ioseb, Koba era un modelo adecuado por varias razones. Sentía
poco respeto por su débil padre y prefería confiar en las «hermandades»
masculinas tan
importantes en el Cáucaso;[13] también era un joven
dominante y seguro de sí mismo, que tenía que ser el jefe en cualquier cofradía
de la que formara parte. El bandidismo, además, no era algo de lo que solo se
pudiera disfrutar leyendo antiguos romances caballerescos, sino que estaba muy
vivo en la Georgia rural. El comportamiento de Stalin como adulto hace difícil
evitar la conclusión de que era inusitadamente vengativo, suspicaz y dispuesto
a la violencia; por otra parte, creció en un ambiente en el que la rebeldía y
la violencia eran muy habituales.
Pese a ese origen vehemente y pintoresco, no
conviene exagerar la imagen de Stalin como un «rey bandido» desenfrenado y
temerario. Tenía una faceta calculadora y cauta y no era en absoluto el más
radical de los estudiantes del seminario. Por otra parte, admiraba la
modernidad y el marxismo se convirtió para él, como para otros marxistas
georgianos, en una forma de transformar un exasperado sentimiento de injusticia
en una estrategia para alcanzar esa modernidad; y en el contexto georgiano,
modernidad significaba Rusia, porque si bien la intelectualidad georgiana
radical odiaba el imperialismo ruso, consideraba su cultura superior a la
propia y encarnaba una modernidad que los radicales georgianos
envidiaban. El futuro de Georgia residía para ellos
en olvidar un pasado de nobles guerreros y clanes enfrentados y conseguir un
estado unificado dentro de una Rusia socialista. Para aquellos radicales el
marxismo internacionalista era infinitamente preferible a un nacionalismo
chovinista que, en el contexto georgiano, podía propiciar la guerra civil y la
invasión desde el sur.[14] El georgiano Stalin siempre tuvo una atinada
comprensión de las lecciones de la subordinación colonial. Como miembro de una
sociedad estratificada «atrasada» enfrentada a un imperio extranjero mucho más
poderoso, iba a insistir en la importancia del espíritu y la unidad nacional,
solo que transfirió su lealtad de Georgia a Rusia.
Pese a su currículo como alumno destacado,
excelente en lógica y en el canto eclesiástico eslavónico, Ioseb seguía siendo
un rebelde y ardía en deseos de dejar el seminario.[15] Su ambiente natural era
el de los grupos clandestinos marxistas, pero pronto le pareció que sus
camaradas del POSDR, que se inclinaban en su mayoría por la tendencia
menchevique, desatendían los conflictos sociales y eran demasiado
transigentes,[16] mientras que los bolcheviques de Lenin se adecuaban mejor a
su temperamento, ofreciéndole una nueva hermandad ideal. Eran más radicales y
combativos que los mencheviques, especialmente la izquierda bolchevique de
Bogdanov con la que Stalin se alineó en 1905,[17] y también más rusos que los
mencheviques, en su mayoría georgianos y judíos. Stalin pronto se incorporó a
la cultura más «moderna» y desde 1907 no volvió a publicar nada en georgiano.
En muy pocos años el ambicioso muchacho de la Gori provinciana habría realizado
el enorme salto cultural que le llevó primero a Tiflis y de allí a San
Petersburgo, convirtiéndose de Ioseb en Iosiv.
Tras la revolución de 1905 Stalin se mantuvo
estrechamente ligado a Lenin, haciendo valer su influencia entre los obreros
georgianos y azeríes, aunque su crispado egocentrismo lo hizo impopular para
muchos de sus camaradas.[18] Era eficaz y se ganó cierta fama como experto del
partido en las nacionalidades minoritarias. También estaba dispuesto a seguir
las audaces
iniciativas de Lenin. Por mucho que su actividad en
Georgia durante aquellos años, organizando «expropiaciones» o robos a mano
armada para financiar el funcionamiento del partido, se pareciera más a la del
bandido Koba que a la del propagandista marxista, lo hacía por cuenta de Lenin.
En 1912 fue recompensado con la incorporación por cooptación al Comité Central
del partido y al regresar a Rusia fue detenido y deportado a Siberia, volviendo
a ocupar su puesto en la dirección en 1917. Tras la toma del poder fue nombrado
comisario del Pueblo para las Nacionalidades.
Se ha vertido mucha tinta sobre las diferencias
entre Lenin y Stalin —«hombre de acero»— y aunque algunos hayan negado que
estas fueran profundas, otros han visto en Lenin una persona menos
dogmática.[19] La diferencia más marcada, señalada primeramente por Trotski,
situaba a Lenin como intelectual revolucionario frente a Stalin como burócrata
obtuso pero astuto. Las imágenes de ambos cambiaron, evidentemente, con el
tiempo, pero algunas diferencias son evidentes, menos en cuanto a su ideología
que a su perspectiva política y cultural. Uno y otro eran fervientes
revolucionarios, ambos veían el partido como una organización de vanguardia
conspirativa y ambos estaban dispuestos a utilizar la violencia para lograr sus
objetivos, aunque Stalin fuera indudablemente más despiadado. Pero este último,
aunque aceptara la perspectiva bolchevique de una sociedad industrial
disciplinada, tendía a poner de relieve la capacidad potencial del compromiso
ideológico o emocional, mientras que para Lenin, más modernista, la «organización»
constituía un factor más decisivo.[20] Stalin se sentía por tanto más cómodo
que Lenin en el uso de los métodos de lucha de la izquierda radical, y también
estaba más dispuesto que Lenin a explotar la poderosa fuerza del nacionalismo,
una fuerza que entendía bien como antiguo nacionalista georgiano.[21] A finales
de los años veinte también había aumentado su hostilidad a cualquier indicio de
divergencia ideológica mucho más allá de la que nunca hubiera sentido Lenin.
La imagen que se hacía Stalin de la sociedad futura
también difería de la de Lenin. Cuando este trataba de describir el partido o
el futuro socialista solía tomar como modelo la fábrica o la máquina, mientras
que Stalin era mucho más belicoso y sus metáforas políticas favoritas eran
militares, religiosas u orgánicas.[22] Su visión del partido combinaba de forma
algo extraña el Manifiesto comunista y las novelas de caballerías. Ya en 1905
propuso que el partido se convirtiera en un «ejército proletario», en el que
cada miembro debía cultivar la fe en el programa del partido. Debía ser una
«fortaleza … vigilante contra las ideas ajenas». Sus puertas solo debían estar
abiertas para los verdaderos fieles, los que habían sido «comprobados»; aceptar
a gente con escaso compromiso equivalía a «profanar el sancta sanctorum del
partido».[23] El partido de Stalin era de monjes guerreros y en 1921 lo comparó
con la orden cruzada de los «Hermanos de la Espada» (Schwertbruder), fundada
por el príncipe-obispo de Livonia en Riga en 1202 para convertir al catolicismo
a los eslavos.[24]
Durante la guerra civil el planteamiento de Stalin
para el partido se trasladó al campo de la geopolítica.[25] Si el partido era
sede de la pureza ideológica, su sancta sanctorum, el resto del mundo quedaba
dispuesto en torno a él como en los círculos concéntricos de Dante, en los que
la virtud disminuía con la distancia — geográfica, ideológica y social— al
centro. Rusia estaba cerca del centro divino, avanzada, cohesionada y en el
lado correcto de la historia; la periferia de la URSS —Ucrania, el Cáucaso,
Asia central
— estaba en el purgatorio, más atrasada,
nacionalista y campesina; y más allá del purgatorio estaba el infierno, la
tierra del mal, la burguesía extranjera. El principal objetivo del partido
—aquella hueste fraternal de caballeros cruzados— era purificarse, embeberse
del espíritu militante y transformador del marxismo y luego difundirlo por toda
la URSS, antes de aventurarse en el extranjero en algún momento futuro.
Entretanto, lo prioritario era la autodefensa frente a las perniciosas
influencias extranjeras y burguesas que atravesaban sus inestables fronteras.
Stalin sentía un interés particular por la
geopolítica y las fronteras de Rusia, pero su visión del mundo tenía más en
común con la cultura del partido surgida de la guerra civil. Su creencia en la
importancia decisiva de las ideas y el compromiso ideológico era fácilmente
asumida por los bolcheviques del Ejército Rojo, que entendían la importancia
vital de la moral en la guerra. Cualquier grieta en la unidad ideológica podría
conducir a la derrota.
Aceptó, pues, con gusto la guerra cuando llegó;
aunque su misión consistía simplemente en asegurar el abastecimiento de
alimentos desde la Rusia meridional, pronto se transformó en comisario
político-militar, cambiando de atuendo y vistiendo una guerrera marcial de
cuello alto, pantalones de montar y botas altas, un conjunto con el que se le
solía ver a partir de entonces.[26] Su comportamiento era desconsiderado y
cruel, y en cierta forma su estilo político militarista se parecía al de
Trotski.[27] Esto pudo ser uno de los motivos de su aborrecimiento mutuo, pero
había otros: era profundamente hostil a la incorporación al Ejército Rojo de
los aristocráticos oficiales zaristas promovida por Trotski (y de hecho también
por Lenin).
Stalin aceptó el repliegue de la NEP, pero los
contemporáneos no debieron de sorprenderse mucho cuando finalmente se convirtió
en su destructor. La decepción con sus resultados se había extendido por todo
el partido y Stalin estaba situado en el lugar idóneo para proponer y dirigir
una vía alternativa con su respaldo; esa nueva vía equivalía nada menos que a
una segunda revolución bolchevique.
III
En la novela soviética clásica Cemento, escrita
entre 1922 y 1924, el escritor proletario Fiodor Gladkov cuenta la historia de
Gleb Chumalov, un héroe de la guerra civil que al regresar a casa
desmovilizado se encuentra con que su amada fábrica
de cemento está inactiva y se está cayendo a pedazos. Los habitantes del lugar
la utilizan como aprisco para sus cabras y como mercadillo para vender
encendedores (actividades típicamente pequeño-burguesas en el imaginario
bolchevique). Gleb trata de volver a poner en funcionamiento la fábrica
aplicando a la reconstrucción económica el heroísmo radical interiorizado
durante la guerra. Uno de sus camaradas, antinepista utópico, recuerda los
tiempos de la guerra: «Si supieras cuánto echo de menos el ejército… Aquellos
fueron los años más inolvidables de mi vida, como las jornadas de octubre en
Moscú. ¿Heroísmo? Es el fuego de la revolución». A lo que Gleb responde:
Así es … Pero aquí, en el frente industrial,
también debemos luchar con heroísmo … La montaña ha caído, aplastando al hombre
como a una rana. Ahora, mediante un gran esfuerzo y arrimando el hombro, hay
que devolver a la montaña a su lugar. ¿Imposible? Eso es precisamente. El
heroísmo significa hacer lo imposible.[28]
Pero Gleb encuentra todo tipo de obstáculos.
Primero es un ataque de los rebeldes cosacos y los blancos, que se ven
rechazados. Kleist, el viejo ingeniero alemán, ha colaborado con los blancos y
se muestra inicialmente escéptico con respecto a los planes de Gleb, pero este,
en una escena que recuerda deliberadamente el Petersburg de Bely, reproduce el
papel de un Jinete de bronce resucitado poniendo sus manos sobre los hombros de
Kleist e infundiéndole valor para contribuir al esfuerzo industrial. Pronto descubre,
empero, que sus enemigos más peligrosos no son los expertos extranjeros, sino
los burócratas crecidos en casa. Shramm, experto economista del Consejo del
Pueblo, aunque teóricamente comunista, tiene el «rostro fofo de un eunuco»,
lleva unas «lentes de pinza doradas sobre una nariz afeminada» y está lleno de
afectación burguesa. Ama el lujo y consume manjares delicados adquiridos de
estraperlo a sus decadentes compinches. Acusa a Gleb de ser un soñador culpable
de «entusiasmos desorganizadores», mientras que él es un tecnócrata
desapasionado como indica su monótona
voz mecánica.[29] Pero Gleb no desiste y se empeña
en movilizar a los obreros para reconstruir la fábrica. Es a la vez una dínamo
humana y un descendiente del caballero medieval (bogatyr), héroe de la antigua
épica rusa. Shramm es descubierto como saboteador y detenido, y en la escena
final la fábrica vuelve a abrirse frente a una bandera rojo-sangre, declarando:
Hemos vencido en el frente de la guerra civil.
Venceremos igualmente en el frente económico.[30]
Pocos leerían hoy Cemento por gusto, pero a
diferencia de otras novelas «proletarias» no era únicamente un editorial de
Pravda disfrazado de literatura. Pese a su título poco atractivo, no carecía de
valores literarios, estaba escrita en un estilo muy emocional y con una prosa
atildada, y se hizo enormemente popular. Los dirigentes del partido la alababan
y el propio Stalin se convirtió en su principal promotor. Y aunque Gladkov hace
que Gleb respalde formalmente la NEP, la novela se distingue principalmente por
captar la decepción que cunde entre los miembros del partido, y como ilustra el
eslogan de partida de la novela, describe los nuevos problemas que encuentra el
régimen y sugiere una forma de resolverlos. Tras derrotar a los «enemigos
burgueses» internos afrontaba ahora (o creía afrontar) los externos; y tras
haber logrado cierta estabilidad económica tras el caos de la guerra civil,
ahora tenía que pensar en el crecimiento económico y la competencia
internacional. La solución de Gleb era retomar los métodos de la guerra civil,
cuando los miembros más audaces del partido habían supuestamente movilizado a
las «masas» en una «lucha de clases»; y a finales de la década de 1920 muchos
comunistas estaban de acuerdo en esa reflexión.
Cemento también ponía de manifiesto las profundas
contradicciones que acompañaban a la NEP. Aunque Lenin y Nikolai Bujarin, su
gran propagandista e impulsor, les decían a los comunistas que debían «aprender
de la burguesía» para poder competir con ella, el régimen se definía como
«dictadura del
proletariado» y estaba basado en el dominio de esa
clase. Los «enemigos de clase» —la aristocracia y la burguesía— y la «gente
antigua» —popes ortodoxos y otros seguidores del Antiguo Régimen
— fueron privados del voto (7,7 por 100 de la
población urbana en 1927-1928), y les resultaba difícil entrar a la
universidad. Y aunque todos estaban de acuerdo en que la NEP era temporal,
había profundos desacuerdos sobre cuánto debía durar. Los radicales como Gleb
(y Gladkov), podían haberla aceptado formalmente, pero estaban en profundo
desacuerdo con sus principios, mientras que comunistas más tecnocráticos —como
Shramm— estaban convencidos de la necesidad de una gestión racional y de una
reconciliación entre las clases.
En el seno de la dirección colectiva del partido
que se formó durante los últimos meses de vida de Lenin coexistían ambas
posturas. La mayoría apoyaba el mantenimiento de la NEP, pero entre ellos solo
Nikolai Bujarin, intelectualmente dotado pero políticamente inepto, lo hacía
decididamente. Otros dirigentes comenzaron a pasarse poco a poco a la oposición
de izquierda, más radical. El primero fue Trotski, en 1923, aunque aquella
conversión pareciera difícil de creer dada su defensa de la dura disciplina y de
los oficiales zaristas durante la guerra civil. Liev Kámenev y Zinóviev
formaron su propia oposición en 1925, y en 1926 los tres confluyeron en una
«Oposición Unida» que censuraba a Stalin, Bujarin, Rykov y Tomski su empeño en
mantener la NEP, despreciando la «lucha de clases», la «democracia» igualitaria
y la revolución internacional.
Aquella división entre tecnócratas modernistas más
gradualistas y radicales de izquierda más impacientes se agravó por la
estructura peculiar del nuevo sistema soviético, que se extendió luego a todos
los regímenes comunistas posteriores. Aunque el pequeño círculo de dirigentes
del Buró Político (Politburó) del partido decidía todas las cuestiones
importantes, por debajo de él la estructura de poder estaba dividida en dos
jerarquías paralelas: el partido y el estado. La tarea del estado consistía en
administrar el país y tendía a adoptar
un enfoque de gestión práctica. En general quedaba
a cargo de miembros del partido con una inclinación modernista —como Shramm—
con la colaboración de especialistas burgueses no pertenecientes al partido.
Este, en cambio, actuaba como núcleo ideológico del estado, supervisaba la
política y aseguraba que el régimen mantuviera sus convicciones.[31] En la
práctica, evidentemente, sus papeles se solapaban a menudo y ambos bandos, cada
uno con su propio sistema de valores y su cultura, competían por la influencia,
a veces muy acremente.
La NEP era, por tanto, un orden inestable. Aunque
algunos funcionarios pasaban agradablemente su tiempo tratando de hacer
funcionar el «capitalismo de estado», otros se sentían muy desgraciados por los
compromisos de clase que tenían que hacer. Odiaban la apertura relativa del
régimen, su tolerancia hacia los comerciantes, mercados callejeros y consumo de
lujo. Como explicaba un comentarista académico:
Durante el comunismo de guerra únicamente
reconocíamos una categoría social dentro de nuestro campo: los «buenos». El
«mal» quedaba estrictamente en el campo enemigo. Pero luego vino la NEP,
introduciendo el mal en el bien … y trastocándolo todo. Ya no es una guerra
abierta de unos contra otros, ahora el bien y el mal coexisten en el mismo
colectivo.[32]
El «mal» al que se refería no era solo político,
sino también moral y cultural e incluso psicológico. Como demostraba Cemento,
para muchos miembros del partido la virtud estaba íntimamente ligada al origen
de clase. Se consideraba a la burguesía egoísta, afeminada y amante del lujo, y
al proletariado colectivista, varonil y dispuesto a sacrificarse. Para muchos
bolcheviques solo podrían construir la sociedad comunista «hombres nuevos»
virtuosos, dispuestos a sacrificarse por el bien común. El peligro real era que
el mercado, y con él la influencia burguesa, corrompieran a los trabajadores,
contaminándolos con egoísmo, filisteísmo engreído y hedonismo superficial. Así
pues, pese a las proclamaciones de Marx y de algunos bolcheviques de que la
moralidad era un fenómeno
totalmente burgués que desaparecería con el
socialismo, la mayoría de los bolcheviques (como muchos otros marxistas) eran
muy moralistas. El comportamiento femenino era especialmente contemplado como
índice de virtud. Un supuesto experto opinaba en el periódico Komsomol'skaia
Pravda («La Verdad de la Juventud Comunista»): «Las modas femeninas
contemporáneas son reflejos condicionados para despertar emociones inflamadas.
Por eso es esencial combatir por la expulsión de nuestras vidas de las “modas
parisinas” y por la creación de una vestimenta higiénica, simple y
confortable».[33]
Así pues, mientras los dirigentes del partido y los
gestores económicos predicaban la colaboración con la burguesía, el partido
como organización estaba obsesionado por su pureza ideológica en aquel momento
de «repliegue» tanto como lo estaba en Europa occidental. Como hemos visto, los
partidos socialdemócratas habían compartido durante mucho tiempo algunos rasgos
de las sectas religiosas. La idea de la «conversión» al marxismo era muy
corriente, como lo era la concepción de la vida del miembro del partido como un
tránsito de la «espontaneidad» revolucionaria desorganizada a una «conciencia»
disciplinada.[34] Y una vez que el partido había conquistado el poder, estaba
decidido a asegurar que todos sus miembros tuvieran la misma experiencia.
Quienes pretendían incorporarse al partido tenían que presentar un informe
sobre su vida anterior, a menudo una autobiografía por escrito. Se esperaba que
admitieran sus anteriores «pecados» políticos y que mostraran que se habían
convertido verdaderamente. Un estudiante de nombre Shumilov exponía que
mientras permanecía en un campo alemán de prisioneros de guerra había leído
literatura marxista ilegal, a raíz de lo cual había «experimentado un
renacimiento espiritual … la revelación de la esencia del Ser», renunciando al
cristianismo y abrazando al marxismo.[35]
Tras incorporarse al partido, los comunistas se
veían sometidos a toda una serie de controles destinados a mantenerlos puros y
a extirpar las influencias ideológicas «ajenas». El más importante de
esos métodos era la chistka («purga» o «limpieza»).
Hasta la segunda mitad de la década de 1930, la chistka no estaba
automáticamente relacionada con la detención y encarcelamiento; sus víctimas
eran expulsadas del partido o bien rebajadas a un estatus inferior (por
ejemplo, de la categoría de miembro de pleno derecho a la de «simpatizante»).
Comenzó a aplicarse por primera vez en el partido en 1921 y más tarde se
extendió a otras instituciones como un proceso regular, destinado a comprobar
que los miembros del partido eran moralmente puros, aunque por supuesto los
dirigentes podían utilizarlo para deshacerse de sus adversarios. A los
militantes del partido se les preguntaba sobre sus convicciones, su pasado y su
conocimiento del marxismo ante una comisión de tres miembros que actuaban como
jueces. Se rellenaban cuestionarios y los examinandos debían informar sobre sus
pensamientos y su comportamiento pasado. En 1922 y 1923 la Universidad Sverdlov
de Moscú sustituyó los exámenes de fin de año por chistkas en las que se
juzgaba el rendimiento académico a la vez que la «adhesión al partido» y las
«desviaciones» políticas o morales.[36] En 1924 se extendieron esas purgas a
todas las universidades y los malos resultados académicos o los errores
políticos podían llevar a la expulsión del partido.
Se puede apreciar otra forma de indagar el
compromiso revolucionario en los seminarios académicos de las universidades
comunistas. Los profesores recibían una «zurra» siendo sometidos a agresivos
interrogatorios en asambleas públicas; si se descubría que estaban en un error,
tenían que confesar sus pecados. Así nacieron las campañas de «crítica y
autocrítica» del período estalinista que, aprendidas por los estudiantes chinos
de la Universidad Comunista de los Trabajadores de Oriente (KUTV) creada en Moscú
en 1921, se extendieron más tarde a las «sesiones de lucha» empleadas en el
Partido Comunista Chino.[37] Esos métodos de confrontación e interrogatorio
tenían también mucho en común con los «juicios de agitación» —una forma de
propaganda teatral realizada en el Ejército Rojo mediante
espectáculos en los que los soldados participaban
en el «juicio» de actores que representaban a los capitalistas y a los
blancos—, que iban a dar lugar a las farsas judiciales estalinistas.[38]
Sin embargo, junto con detalladas investigaciones
de los individuos y de sus opiniones, las purgas se basaban principalmente en
el criterio del origen de clase, ya que se suponía que los proletarios eran más
colectivistas y virtuosos que los burgueses; pero la definición de clase no era
tan fácil como parecía. ¿Había que privilegiar a los obreros de las fábricas
grandes porque eran «más puros» que los de pequeños talleres? ¿Era decisiva la
clase a la que pertenecían los padres, o podía uno superar un mal origen de
clase trabajando en una fábrica o incorporándose al Ejército Rojo? Los miembros
de las clases «explotadoras» tenían que repudiar a sus padres si querían
ingresar en la universidad, publicando un anuncio en un periódico: «Yo, tal y
tal, anuncio aquí que rechazo a mis padres, tal y tal, como personas ajenas, y
declaro que no tengo nada que ver con ellos». Pero no estaba garantizado que
esto sirviera siempre. Inevitablemente, los que pretendían incorporarse al
partido o a la universidad inventaban orígenes proletarios y proliferaban las
denuncias por falsear el origen de clase.[39]
Pero pese a las dificultades prácticas de la
«proletarización», las instituciones del partido se obsesionaron cada vez más
por la clase y la pureza ideológica. Mientras todavía vivía Lenin ya se había
pretendido una unidad absoluta, pero a finales de la década de 1920 cualquier
divergencia se veía como un auténtico mal, un peligro para el partido, que
había que extirpar.[40] Los comunistas llevaban cada vez peor la influencia de
los especialistas burgueses en la administración estatal. Tras la llamada «promoción
Lenin» de 1924, con la que se duplicó en pocos meses el número de miembros del
partido, sus células en las fábricas eran a menudo de composición casi
exclusivamente proletaria y podían ser muy hostiles a los especialistas
burgueses y los gestores administrativos que trabajaban con ellos; pero la capa
más radical era la de los nuevos intelectuales «proletarios», irritados por la
prolongada influencia de
los viejos intelectuales burgueses o «compañeros de
viaje», como los denominó Trotski. Comparada con la década de 1930, la NEP fue
un período de relativo aperturismo cultural, en el que grandes poetas como Osip
Mandelstam o Anna Ajmatova, calificados como «compañeros de viaje», podían
publicar sus escritos; pero esto molestaba a muchos de los nuevos intelectuales
«proletarios» del partido.
La cultura combativa de lucha de clases durante la
guerra civil se había replegado de la sociedad en general al interior del
partido desde 1921, y lo mismo había sucedido en Europa occidental. La
diferencia, por supuesto, era que en la Unión Soviética el partido bolchevique
estaba en el poder. La brecha entre la ideología oficial y la realidad
caracterizada por la prosperidad de los NEPmany y el desempleo de muchos era
por tanto profunda. La NEP no hizo sino revigorizar el odio de clase de los
socialistas más radicales.
Los principales protagonistas de esa línea radical
en la dirección del partido eran los miembros de la Oposición Unida, que
sometían a críticas muy duras la política de los demás dirigentes; pero entre
julio y octubre de 1926 perdieron su puesto en el Politburó y a finales de 1927
Stalin y Bujarin consiguieron expulsarlos del partido: en octubre fueron
expulsados del Comité Central Trotski y Zinoviev, y en el XV Congreso del
partido, celebrado en diciembre, se decidió la expulsión de toda la Oposición Unida.
Trotski fue deportado a Almaty (Kazajstán) en enero de 1928 y expulsado de la
URSS un año después, iniciando una larga trayectoria que lo llevaría desde
Turquía a Francia, Noruega y finalmente México.
Pero por paradójico que pueda parecer, la derrota
de la Oposición Unida coincidió con la victoria de gran parte de su programa.
Ahora que Stalin se había deshecho de su principal adversario, Trotski, pudo
robarle las ideas de izquierda, aunque les dio un colorido más nacionalista. El
deterioro de la situación internacional desde 1926 fue decisivo en sus
cálculos. La estrategia de la NEP parecía más convincente a mediados de la
década de 1920, en una época de paz relativa con Occidente, porque prometía
el desarrollo mediante el comercio exterior; pero
el empeoramiento de las relaciones diplomáticas reforzó a quienes preferían una
política económica más autárquica. En 1926-1927 muchos dirigentes bolcheviques
estaban convencidos de que británicos y franceses planeaban una invasión con la
ayuda de alguno o algunos países de Europa oriental. Aunque no era así y
retrospectivamente aquellos temores parecen enormemente exagerados, Stalin,
siempre temeroso de la «burguesía» extranjera y viendo el mundo con los ojos de
un antiguo georgiano colonizado, estaba al parecer verdaderamente asustado. Si
la Unión Soviética quería «evitar el destino de la India» y no convertirse en
una colonia de Occidente, advirtió, tenía que construir pronto una gran
industria pesada y aumentar su presupuesto militar.[41]
En aquellas circunstancias Stalin hizo suyas muchas
de las críticas de la izquierda a la NEP y concluyó que la planificación no
estaba proporcionando el desarrollo industrial que la URSS requería. La
estrategia de la NEP era fundamentalmente lenta y gradual: el campesinado
podría obtener beneficios de la producción de alimentos y los utilizaría para
comprar artículos industriales — como tejidos y herramientas—; su creciente
prosperidad, según se argumentaba, beneficiaría así a la industria. Al mismo
tiempo el gobierno podría exportar mayores cantidades de grano a cambio de
maquinaria importada, muy necesaria. Sin embargo, aunque la producción de grano
aumentó y la industrial recuperó el nivel de antes de la guerra, aquella
estrategia no iba a permitir una rápida industrialización, especialmente en una
época en que el precio internacional del grano era muy bajo.
En 1927 una pobre cosecha y la escasez de alimentos
situaron a la dirección ante un dilema: mantener el precio que se pagaba a los
campesinos por el grano a expensas de la industrialización, o insistir en los
ambiciosos objetivos de inversión y utilizar el poder estatal (y en último
término la fuerza) para extraer el excedente al campesinado, poniendo así fin
en la práctica al mercado del grano y a la propia NEP. Stalin optó por esta
última decisión. Reproduciendo
su modus operandi como comisario encargado del
abastecimiento de provisiones en el sur durante la guerra civil, realizó una
visita muy publicitada a Siberia para «encontrar» grano, aunque en realidad ya
había decidido dónde estaba: en los graneros de los kulaki acumuladores y
egoístas. El partido, declaró, tenía que emprender la lucha de clases contra
los kulaki; había que movilizar a los campesinos pobres contra los propietarios
ricos para quitarles los alimentos que habían ocultado, contribuyendo así a la
industrialización y la defensa de la URSS.
La revolución de Stalin no se limitaba a la
agricultura. Se trataba de una gran campaña ideológica, una oportunidad para
poner fin al repliegue de 1921 y realizar un «salto adelante» al socialismo en
todos los frentes, precisamente como proponía la Oposición Unida. El mercado
quedaría proscrito y con él todas las formas de desigualdad entre intelectuales
y obreros y entre los propios trabajadores. Al mismo tiempo la URSS saldría de
su situación atrasada y entraría en una modernidad socialista avanzada. Se hablaba
de una época de «revolución cultural». Había que eliminar la religión y la
«superstición» campesina y las culturas étnicas «atrasadas» debían elevarse al
nivel de la rusa, más avanzada. El partido se revigorizaría con celo mesiánico
de forma que pudiera movilizar a las masas para conseguir proezas milagrosas de
desarrollo.
Stalin encontró al principio una fuerte resistencia
por parte de Bujarin y sus aliados Rykov y Tomski, que disponían de una mayoría
en el Politburó. Les acusó de «desviacionismo de derechas» y emprendió lo que
iba a llamar la «Gran Ruptura» con el pasado. Prometeo había sido de nuevo
desencadenado, a la vez como modernizador y como rebelde.
IV
En sus memorias Elegí la libertad (escritas en 1947
tras desertar a Estados Unidos), Viktor Kravchenko recordaba cuando era un
técnico de veintitrés años y activista de la Juventud Comunista (Komsomol) en
una fábrica metalúrgica ucraniana durante el año 1929:
Yo era … uno de los jóvenes entusiastas, impulsado
por las elevadas ideas y planes de aquel período … Estábamos tan enfervorecidos
por el trabajo que a veces parecía puro delirio … La industrialización a
cualquier precio para sacar a la nación de su retraso nos parecía el objetivo
más noble que cabía concebir. Por eso debo evitar la tentación de juzgar los
acontecimientos de aquellos años a la luz de mis sentimientos actuales … El
refunfuño de los «liberales pasados de moda», que solo sabían criticar manteniéndose
al margen del esfuerzo general, me parecía muy cargante.[42]
Kravchenko reconocía que eran solo una minoría. Era
un activista típico del nuevo orden estalinista. De origen obrero (su padre
había participado en la revolución de 1905) y educado bajo el nuevo régimen,
estaba decidido a llevar su país a la modernidad. Era precisamente del tipo de
personas que Stalin pretendía que estuvieran a la vanguardia de su nueva
revolución. Stalin concebía el socialismo como algo que se difundiría desde los
«elementos avanzados» hacia los «atrasados» mediante una presión decidida, casi
militar; pero el socialismo posrevolucionario estaba también íntimamente ligado
a la industrialización. Con su lema «no hay fortaleza en el mundo que los
trabajadores, los bolcheviques, no puedan conquistar», trasladó deliberadamente
el comunismo radical de la revolución al frente industrial.[43] La
industrialización fue una campaña semimilitar, destinada a defender la URSS
frente a los agresivos imperialistas. Como declaraba previsoramente Stalin en
1931: «Estamos entre cincuenta y cien años por detrás de los países avanzados.
Debemos cerrar esa brecha en diez años. O lo conseguimos, o nos
machacarán».[44]
El primer plan quinquenal (piatiletka) se inició en
1928 y señaló el principio del fin de la economía de mercado; pero el término
«plan», con sus connotaciones científicas, es equívoco. Aunque
ciertamente estaba lleno de cifras y objetivos, a
menudo eran castillos en el aire del propio Stalin, demasiado ambiciosos y poco
prácticos.[45] Hay que entenderlos más bien como llamamientos a un esfuerzo
heroico. Stalin se vio alentado en sus ambiciones por ciertos economistas
marxistas, que aplicaban curiosas nociones de materialismo dialéctico a la
economía: aquellos planes, por utópicos que parecieran —proclamaban—, eran
absolutamente factibles, porque el marxismo había demostrado que los «saltos» revolucionarios
constituían un fenómeno natural verificable y que por tanto se podían dar
igualmente en la economía.[46] La antigua ciencia «burguesa» —insistían— había
quedado desacreditada e iba a ser sustituida por una nueva ciencia «proletaria»
que tendría en cuenta la fuerza de voluntad de las masas. Se trataba, pues, de
una economía «de mando» militarizada, basada en deseos piadosos más que
genuinamente planificada.
El primer objetivo estalinista era convertir el
partido y el estado en instrumentos adecuados para su ofensiva socialista. Los
funcionarios tenían que ser leales y auténticos creyentes; cualquier
«derechista» escéptico debía ser apartado. En la práctica, eso significaba
purgas que atendían principalmente al origen de clase. El juicio de Shajty de
los ingenieros «saboteadores» en 1928 estaba destinado a mostrar lo peligrosos
que eran los especialistas burgueses, y muchos de ellos fueron despedidos o
encarcelados.
En cualquier caso, los estalinistas creían que su
«revolución» sería popular y que la siguiente fase sería la movilización de la
clase obrera y los campesinos pobres por un partido purgado y con nuevas
energías. Se desechó la sobria disciplina burguesa que Lenin pretendía
implantar con la NEP para volver al militarismo populista de la guerra civil.
El trabajo regular fue sustituido por las carreras en el último minuto
(shturmovshchina) para cumplir los planes. El partido organizaba brigadas de
«choque» en las que los obreros hacían «votos revolucionarios» de alcanzar
récords de producción. La paga —en parte porque había muy poco dinero, y en
parte porque violaba los principios ideológicos— no era apenas un
incentivo. En muchas fábricas se crearon «comunas»
de producción en las que todos los salarios eran iguales, como en los antiguos
artiely. El sacrificio solidario y el logro del socialismo serían suficiente
recompensa.[47]
Pero a los obreros se les ofrecían ciertos
incentivos, aunque no fueran directamente materiales: estatus más alto,
movilidad hacia arriba y la oportunidad de descargar su furia contra jefes
impopulares. Stalin declaró explícitamente que su «Gran Ruptura» no sería tan
solo solamente una revolución económica, sino también social. El partido alentó
la denuncia de los especialistas burgueses y se enviaron destacamentos de
obreros fiables desde las fábricas para erradicar las actitudes burguesas y
burocráticas del gobierno. Los más obedientes e inteligentes (con tal que
fueran «obreros») tenían mucho que ganar de aquellas purgas, ya que el régimen
estaba decidido a sustituir a la burguesía por una nueva intelectualidad
proletaria «roja». De hecho era una época de gran movilidad social.[48] Muchos
de los comunistas que llegaron a gobernar la Unión Soviética al llegar a la
senectud, la llamada «generación de Brezhniev», mantenían una lealtad
inquebrantable al régimen precisamente porque se habían beneficiado mucho de la
educación y promoción que se les brindó durante la década de 1930.
Al régimen no le bastaban sin embargo como blanco
los especialistas burgueses; también tenía bajo sospecha a los gestores
comunistas supuestamente «burocráticos» —los Shramm de Gladkov— de los que
creía que se habían acercado demasiado a los especialistas. Stalin emprendió en
todo el país una campaña de «autocrítica» y «democracia» que obligaba a los
jefes a someterse a la crítica popular. Aquello estaba destinado en parte a
presionar a los especialistas y gestores escépticos para cumplir los ambiciosos
objetivos del estado, pero también había otro motivo: si los trabajadores
«sentían que eran los amos» del país, como decía Stalin, se sentirían más
ligados al régimen revolucionario y, por tanto, a su trabajo.[49] No se trataba
de volver al control obrero de
1917, pero aun así algunos obreros, organizados por
la «célula» local del partido, obtenían mayor influencia sobre el proceso de
producción, al tiempo que los jefes y especialistas eran blanco de las críticas
y podían ser fácilmente víctimas de acusaciones de «sabotaje». Como recordaba
Kravchenko, quien dirigía en aquella época un periódico de fábrica, la
«autocrítica» estaba ciertamente manipulada, pero no era mera retórica:
Dentro de los límites de la línea del partido, en
el periódico de la fábrica disfrutábamos de bastante libertad de expresión … No
se podía imprimir nada que arrojara una sombra de duda sobre la
industrialización o sobre la política del partido; pero sí estaban permitidos
los ataques a la administración de la fábrica, a los funcionarios sindicales y
a los jefes del partido acusados de faltas específicas en la producción o en la
gestión, y eso creaba la ilusión de que el periódico expresaba la opinión pública.[50]
Aquella estrategia de movilización tuvo cierto
éxito. Había quienes se integraban con entusiasmo en las brigadas de choque,
aprobaban la retórica revolucionaria del partido, odiaban a los viejos gestores
y especialistas y quizá esperaban privilegios y favores del régimen. John
Scott, un estadounidense de veinte años que fue a trabajar en el enorme
complejo metalúrgico de Magnitogorsk, en los Urales, en 1931, recordaba la
atmósfera beligerante y el espíritu de sacrificio que reinaba allí:
En 1940 Winston Churchill les dijo a los británicos
que solo podían esperar sangre, sudor y lágrimas. El país estaba en guerra. El
pueblo británico no se sentía complacido, pero la mayoría lo aceptaron. Del
mismo modo, desde 1931 poco más o menos, la Unión Soviética se sentía en guerra
… en Magnitogorsk me vi de repente en plena batalla
Decenas
de miles de personas sufrían grandes privaciones construyendo altos hornos y
muchos de ellos lo hacían voluntariamente, con un entusiasmo sin límites, que
me contagió desde que llegué allí.[51]
Muchos otros, no obstante, veían las campañas como
un intento de obligar a la gente a trabajar más por menos salario.[52] Stalin
esperaba financiar la industrialización exprimiendo al campesinado, pero en
realidad eran los obreros industriales los que pagaban un precio más alto,
porque el otro aspecto de la «Gran Ruptura» —la
colectivización de la agricultura— fue
catastrófico. Los obreros trabajaban efectivamente mucho más por mucho menos
dinero: entre 1928 y 1933 su salario real cayó más de un 50 por 100.[53]
Si la vanguardia bolchevique tuvo cierto éxito en
movilizar las fábricas, sus intentos de transformar el campo se encontraron con
una oposición generalizada, lo que tampoco podía sorprender a nadie, ya que la
colectivización equivalía a un asalto general contra los valores y el modo de
vida tradicional del campesinado. Desde hacía mucho la doctrina marxista
afirmaba que los campesinos eran «pequeños burgueses» y que las granjas debían
ser dirigidas y gestionadas en último término como fábricas socialistas. Casi
todo el mundo creía que cuanto mayor, mejor, y que las granjas colectivas
(koljozy y sovjozy) serían más eficientes gracias a la mecanización; pero la
colectivización también estaba relacionada con la necesidad de resolver la
crisis del grano. Las granjas colectivas, controladas por el partido, permitían
al régimen imponer su poder en el campo y obligar a los campesinos renuentes a
producir y entregar su cosecha para abastecer las ciudades.
La colectivización supuso arrebatar la tierra a los
kulaki, pero esta categoría se amplió rápidamente para incluir a cualquiera que
se resistiera a ella. El destino de los kulaki fue diverso: algunos quedaron a
disposición de la recién creada Dirección General de Campos de Trabajo (GULAG:
Glavnoie Upravlienie Ispravitiel'no-Trudovij Laguieriei i koloni); a otros se
les dieron tierras baldías; otros fueron deportados a las ciudades para
trabajar en fábricas o en la construcción de distintos proyectos; muchos
murieron durante el viaje a los campos de trabajo. Como cabía esperar, el
proceso de colectivización se convirtió pronto en una nueva guerra civil, esta
vez entre el partido y el campesinado. Algunos campesinos, los más jóvenes, más
pobres o ex soldados del Ejército Rojo, apoyaban con entusiasmo la campaña,
pero la gran mayoría se oponía; y cuando los organismos locales del partido y
la Komsomol comenzaron a resquebrajarse a finales de 1929, el régimen se vio
obligado a enviar a decenas de miles de obreros urbanos para activar la
campaña, decisión que recordaba las expediciones
del ejército revolucionario jacobino para requisar las cosechas. Aquellos
obreros voluntarios estaban sin duda convencidos de estar en el lado correcto
de la historia, llevando la modernidad a las masas ignorantes. Liev Kopelev,
miembro de un destacamento, recordaba aquella certeza:
Estaba convencido de que combatíamos en un frente
invisible contra el sabotaje de los kulaki y por el grano que necesitaban el
país y el plan quinquenal. Sobre todo por el grano, pero también por las almas
de aquellos campesinos atrapados en la falta de conciencia política, en la
ignorancia, que sucumbían a la agitación del enemigo y que no entendían la gran
verdad del comunismo.[54]
Las campañas contra la religión constituían una
parte decisiva de aquella «guerra» por las «almas» de los campesinos. Tras un
período de dura persecución durante la guerra civil, el régimen había alcanzado
un incómodo modus vivendi con la Iglesia Ortodoxa a mediados de la década de
1920, pero con la «Gran Ruptura» llegó una nueva ofensiva. En 1929 se
prohibieron todas las actividades eclesiásticas —desde las obras de caridad a
las procesiones— aparte de los servicios religiosos; pero también se producían
a veces ataques más violentos. Jóvenes entusiastas de la Komsomol y activistas
de la Liga de Ateos Militantes realizaban actos iconoclastas y vandálicos, al
tiempo que fundían las campanas de las iglesias y confiscaban sus bienes.[55]
Aquellas campañas reforzaron la convicción de la mayoría de los campesinos de
que la colectivización era un ataque satánico al modo de vida cristiano. En
1929 circuló en el norte del Cáucaso una predicción apocalíptica del futuro que
cabía esperar bajo el sistema de las granjas colectivas:
En las granjas colectivas … cerrarán todas las
iglesias, no permitirán la oración, incinerarán a los muertos, prohibirán el
bautismo de los niños, matarán a los inválidos y a los ancianos, ya no habrá
maridos o mujeres y todos dormirán bajo una manta de un centenar de metros. Se
llevarán a los hombres y mujeres hermosas a un lugar escondido para producir
gente hermosa … La granja colectiva son los animales en un solo rebaño y la
gente en un único barracón.[56]
Se generalizaron las revueltas y a menudo eran las
mujeres las que estaban en primera línea, convencidas de que no se las trataría
con la misma dureza que a sus hombres. Así, en enero de 1930 en Bilogolovi, un
pueblecito de Ucrania cercano a la frontera con Polonia, ocho activistas
llegaron a la iglesia con la intención de llevarse la campana y fueron atacados
por un grupo de mujeres de la localidad, que les dieron una paliza y les
impidieron proseguir su trabajo.[57]
El partido se vio obligado a ganar la guerra de la
colectivización por la fuerza, pero perdió la paz al arraigar un profundo
resentimiento hacia el sistema de granjas colectivas. Los campesinos,
acostumbrados a realizar el trabajo por sí mismos y a distribuir periódicamente
la tierra desde un consejo de cabezas de familia, se veían ahora obligados a
obedecer las órdenes de los funcionarios del estado. Aunque en principio se les
pagaba proporcionalmente a su trabajo, en la práctica solo les quedaba una pequeña
parte después de saldar sus deudas con el estado. Sin dinero ni autonomía como
incentivo para trabajar, respondían a las exigencias de sus jefes con un
resentido boicot pasivo. Kravchenko, entonces miembro de un destacamento de
obtención de grano, se vio sorprendido por el «desastroso estado de negligencia
y confusión» de una granja que visitaba, y ordenó al presidente de esta que
reuniera a la junta:
Al cabo de media hora los hombres y mujeres
teóricamente a cargo del koljóz estaban en el patio. El aspecto de sus rostros
no era alentador. Parecían decir: «Aquí tenemos otro entrometido … ¿Qué podemos
hacer sino escuchar?».
«Bueno, ¿cómo va, camaradas koljozniki?», comencé,
deseando mostrarme cordial.
«Así, así … todavía vivos, como ves», dijo uno de
ellos con una voz segura.
«Aquí no hay ricos ni pobres, solo indigentes»,
añadió otro. Fingí no haber oído su ironía.[58]
Pero la respuesta de Stalin fue la venganza.
Decidido a mantener la industrialización, para lo que había que exportar grano
y alimentar a
los obreros urbanos, ordenó niveles
extraordinariamente altos para las cosechas de 1931 y 1932, pese al mal tiempo.
En 1932-1933 lanzó un brutal ataque contra los campesinos supuestamente
«enemigos» que habían emprendido una «guerra silenciosa contra el poder
soviético». Durante toda aquella conmoción Stalin insistía en requisar las
cosechas e incluso las semillas para el año siguiente, y las familias que
ocultaban alimentos eran castigadas severamente. El resultado fue una horrible
hambruna (Golodomor). Una carta de un campesino de la región del Volga a las
autoridades en 1932 mostraba la devastación y desesperación que se vivía en el
campo:
En el otoño de 1930 se labró la tierra y en
primavera se sembró, recogiendo una buena cosecha sin complicaciones … pero
cuando llegó el momento de entregarlo al estado se lo llevaron todo … y ahora
los koljozniki con niños pequeños están muriendo de hambre. A veces no comen
durante una semana y no ven ni un mendrugo de pan durante días y días. La gente
ha empezado a engordar de hambre … y todos los varones se han ido, pese a que
queda muy poco tiempo para la siembra de primavera.[59]
El insensible empeño de Stalin en la
industrialización por alto que fuera el precio a pagar provocó una hambruna
devastadora, en la que se estima que murieron entre 4 y 5 millones de
personas.[60] Fue uno de los acontecimientos más destructivos de la historia
soviética y uno de los primeros de los muchos desastres provocados por la
dogmática política agraria de los regímenes comunistas.
El régimen afrontaba una severa crisis. En las
ciudades faltaban alimentos y estallaban huelgas. La dura explotación del
campesinado era en parte responsable de la escasez, pero también lo era el
despilfarro del nuevo sistema de mando en su conjunto.
Durante los primeros años de la era estalinista un
grupo de periodistas que trabajaban para Krokodil («El cocodrilo») —una revista
satírica oficialmente permitida— imaginó un ingenioso fraude. Tras obtener la
debida autorización de la policía secreta (la OGPU [Ob'edinennoie
Gosudarstvennoi Politicheskoie Upravlenie], que sucedió a la cheka) y del
edecán económico de Stalin, Lazar
Kaganovich, crearon una organización industrial
ficticia a la que llamaron «Trust de Toda la Unión para la Explotación de
Meteoritos» y dotaron de artículos esenciales: engañaron a la Empresa de Sellos
de Caucho del Estado para que les proporcionara un sello y encargaron sobres y
cartas con un membrete espectacularmente impreso, confeccionando también una
lista falsa de directivos con nombres de personajes cómicos de la literatura
rusa. Se enviaron cartas debidamente selladas a varias organizaciones industriales
planteándoles la excitante perspectiva de una nueva fuente de metales
especiales de alta calidad, los meteoritos. El Trust de Toda la Unión para la
Explotación de Meteoritos, según aseguraba la carta, había deducido
científicamente que pronto caerían meteoritos en varios lugares de Asia
central. Sabían con precisión, según aseguraban, cuándo y dónde caerían y
podían proporcionar los materiales obtenidos a sus socios preferentes en la
industria soviética. Funcionarios industriales de toda la URSS se tragaron el
anzuelo y llegaron muchas cartas interesándose por el asunto. El Trust
Mobiliario ofrecía renovación de las oficinas a cambio de los metales
preciosos; el Trust Fonográfico del Estado ofrecía fonógrafos y discos para
entretener a los expedicionarios mientras viajaban por los desiertos de Asia
central para recuperar el material de los meteoritos. Provistos de esas ofertas
y otras más sustanciales, obtuvieron un gran crédito del Banco Estatal, pero
fueron demasiado lejos cuando acudieron al vicecomisario de Industria Pesada
pidiéndole ayuda para construir una fábrica donde procesar los metales. El
vicecomisario, menos crédulo que la mayoría, sospechó y los encerró en su
oficina. Finalmente llamaron a la OGPU, que avisada con anterioridad de la broma
montó un espectáculo aparentando detener a los empresarios de los meteoritos;
pero para desdicha de estos, el sentido del humor de Kaganovich no llegaba
hasta el punto de permitirles publicar la historia porque habría sido demasiado
humillante para la élite industrial de la Unión Soviética; el castigo de los
funcionarios se limitó al ridículo sufrido en los pasillos del poder.[61]
Esta historia, relatada por un dibujante de
Krokodil a Zara Witkin, un ingeniero estadounidense que trabajaba en Moscú en
aquella época, revela un aspecto notable del sistema económico creado durante
el primer período estalinista, que ponía al mando a un «estado hambriento» cuya
avidez de recursos, ya fueran materias primas, mano de obra o artículos
industriales, no tenía límites.[62] La lógica de aquel sistema explica por qué
los responsables de la industria, pesada o ligera, eran tan fáciles de engañar:
encargados de cumplir planes de producción muy ambiciosos, no les preocupaba su
coste porque simplemente no podían fallar; los balances de ganancias y pérdidas
constituían un capítulo irrelevante de sus cálculos. Mientras hubiera alguna
probabilidad de que los metales obtenidos de los meteoritos fueran tan buenos
como se prometía, tenían pocas razones para abstenerse del intento. La voraz
economía industrial se tragaba todo lo que se ponía a su alcance; no es, pues,
extraño que a los directivos se les hiciera la boca agua ante la perspectiva de
explotar los meteoritos.
Durante el primer plan quinquenal, de 1928 a 1933,
se construyeron algunos de los grandes colosos industriales de la economía
soviética como las plantas metalúrgicas de Magnitogorsk en los Urales y de
Stalinsk en Siberia.[*] Según las cifras oficiales la producción se duplicó en
muchos sectores de la industria pesada, aunque aquello supusiera un coste
enorme: los objetivos poco realistas, los métodos de trabajo «a la carrera» y
los traslados continuos de obreros semiespecializados e ingenieros creaban escasez,
despilfarro y caos. La «autocrítica» y la «lucha de clases» eran también
prácticas perjudiciales que pronto escaparon al control del partido. En
Leningrado (antes San Petersburgo/Petrogrado) más del 61 por 100 de las
brigadas de choque elegían a sus capataces y los jefes se quejaban de que los
obreros se negaban a obedecerles.
Al
cabo de cuatro años se dio el plan por cumplido, pero en realidad el 40 por 100
de sus objetivos no se alcanzaron.[64]
El caos y el escaso rendimiento económico obligaron
a Stalin a replegarse, y ya en junio de 1931 se apreciaron las primeras
vacilaciones cuando declaró que la lucha de clases
contra los especialistas burgueses había acabado; se restableció la autoridad
de los directivos y se puso freno al activismo del partido y de la policía
secreta. Como declaró Kaganovich, a partir de aquel momento el suelo tenía que
temblar cada vez que un directivo soviético entrara en la fábrica. Stalin se
vio también obligado a abandonar su utopismo económico. El segundo plan
quinquenal, de 1933 a 1937, aunque seguía siendo ambicioso, era más modesto y
pragmático.
Lo más significativo era quizá el progresivo
aumento de las desigualdades que marcó el estalinismo maduro. Stalin redujo
significativamente su anterior entusiasmo por los logros del «heroísmo
laboral». Los obreros tenían que recibir un salario proporcional a su trabajo;
todavía no estaban preparados —declaró
— para la igualdad salarial y el sacrificio
solidario, que al parecer solo se alcanzarían en el comunismo pleno, y no en la
fase inferior «socialista» en la que se hallaba entonces la URSS.[65] A finales
de la década de 1920 se habían repartido cartillas de racionamiento especiales
a los altos funcionarios, cuyos privilegios se extendieron ahora, a partir de
1932, a otros funcionarios, ingenieros y miembros de la «intelligentsia
socialista». Los salarios también se hicieron más diferenciados, aunque los de los
ingenieros y técnicos no llegaban
todavía a duplicar (1,8 veces) el salario medio de
un obrero.[66]
En la industria podía reinar la paz entre las
clases, pero tendrían que pasar todavía dos años antes de que esta llegara al
campo. Solo la hambruna de 1932-1933 y la agitación urbana obligaron a Stalin a
una retirada en mayo de 1933. Los funcionarios del partido recibieron la orden
de reducir la presión en el campo y en 1935 el régimen comenzó a establecer
ciertos compromisos. Los campesinos podrían ahora vender parte de su producción
en el mercado local y se incrementaron los incentivos salariales en los koljozy
y sovjozy.[67] Aunque algunos hablaron de una «neo-NEP», no se trataba de una
restauración del mercado de los años veinte: la distribución de la mayoría de
los artículos producidos estaba ahora
en manos de los burócratas estatales y así
permaneció hasta el fin de la URSS; los campesinos seguían desconfiando del
régimen y como consecuencia la agricultura siguió siendo un serio lastre para
la economía soviética, como lo fue en todos los lugares donde se intentó la
colectivización forzosa. Los campesinos solo trabajaban con cierto vigor en sus
parcelas privadas, a las que en 1950 correspondía casi la mitad de la carne
producida aunque constituyeran una minúscula proporción de la tierra.
El vínculo entre la revolución igualitaria radical
y el desarrollo económico en busca de un «gran salto» al comunismo había
fracasado. El partido de vanguardia, lejos de movilizar a toda la población en
apoyo al régimen, había provocado el caos y la división. El descontento también
alcanzó a los dirigentes del partido, y puede que algunos jefes regionales
trataran de persuadir a principios de 1934 al dirigente máximo de Leningrado,
Sierguei Kirov, para que encabezara una candidatura alternativa en el XVII Congreso.[*]
En ciertos aspectos aquella experiencia fue semejante a la de Lenin en 1921:
como este último, Stalin tuvo que replegarse y abandonar una política de
enfrentamiento y lucha de clases para impulsar otra capaz de abarcar a la
mayoría de la población. Aun así, y a diferencia de Lenin, Stalin no optó por
el socialismo tecnocrático, sino que siguió manipulando las emociones de las
masas por otros medios.
V
En 1938, diez años después de Oktiabr, Eisenstein
completó Aleksandr Nievski, la historia del príncipe medieval Alexander
Iaroslavich (sic) de Nóvgorod, que dirigió la resistencia frente a las
invasiones sueca y de la Orden Teutónica en 1240-1942.[68] El tema de la
película era muy simple: los ciudadanos de Nóvgorod, atacados por los fanáticos
católicos, debaten qué hacer. Clérigos,
comerciantes y boyardos aconsejan la capitulación,
pero uno de ellos, Domash, se opone y la ciudad confía su defensa al príncipe
Alexander. Este juzga que los habitantes de Nóvgorod no pueden defenderla por
sí solos y que deben llamar en su ayuda a los campesinos. Ignat, el maestro
armero, contribuye con entusiasmo al esfuerzo de guerra. Los caballeros
teutónicos acaban cayendo en una pinza y son derrotados finalmente en el lago
Peipus. En una de las escenas más recordadas de la historia del cine, «La batalla
sobre el hielo», el peso de la armadura de los caballeros provoca que este se
rompa. El valor y la astucia (y la meteorología rusa) permiten así a los
sencillos eslavos derrotar a los orgullosos teutones, pese a su tecnología más
avanzada.
Aleksandr Nievski, como Oktiabr, era un drama
histórico encargado por el partido con el fin de fortalecer el ánimo de los
soviéticos frente a la creciente amenaza alemana; pero en otros aspectos las
dos películas no podían ser más diferentes. Estilísticamente Aleksandr Nievski
era mucho más convencional, con un guión al estilo de Hollywood y un uso mínimo
del montaje; su héroe era un individuo, no las masas; su escenario y personajes
eran medievales, no modernos; y su tema era la unidad patriótica, no la lucha
de clases; el título que se había pensado inicialmente para ella era Rus, el
nombre del antiguo estado con capital en Kiev.
La película reflejaba cinematográficamente los
cambios ideológicos fundamentales que Stalin y su círculo habían impulsado
durante la década de 1930. Al igual que el príncipe Alexander, Stalin estaba
decidido a resistir el asalto alemán; nunca se hizo ilusiones sobre los
objetivos de los nazis y el ascenso de Hitler al poder en 1933 reforzó su
convicción de que no se podía repetir la división de la Gran Ruptura; y así
como Alexander creía que la población urbana no podía derrotar por sí sola a
los teutones, Stalin moderó su antigua convicción durante la guerra civil de
que bastaba la vanguardia organizada en el partido para asentar el socialismo.
Desde mediados de la década de 1930 la ideología comunista se vio gradualmente
modificada para atraer a una base más amplia que
incluyera al campesinado y los obreros
especializados (el armero de Eisenstein). Esto suponía, evidentemente,
reemplazar un mensaje de clase muy cerrado por otro más abierto. Stalin quería
poner fin a la discriminación basada en el origen de clase, y en 1935 declaró
que «un hijo no responde por su padre» y promovió el regreso de los hijos de
los kulaki a las granjas colectivas.[69] En 1936 la nueva Constitución anunció
que en la URSS se había alcanzado el «socialismo», lo que significaba que la
vieja burguesía había sido derrotada y se podía devolver el derecho de voto a
las «antiguas clases» que se habían visto privadas de él. Los especialistas y
científicos, antes sospechosos, recuperaron parte de su viejo poder y estatus.
Aunque Stalin nunca declaró formalmente que hubiera acabado la «lucha de
clases» (no fue hasta la muerte de Stalin cuando la dirección soviética declaró
que había llegado la paz social) y el partido seguía siendo la «vanguardia», se
daba a entender inconfundiblemente que el enemigo de clase interno había sido
derrotado y que la inmensa mayoría del pueblo soviético podía unirse contra el
enemigo extranjero.
Aun así, Stalin no estaba dispuesto a adoptar las
recetas de Lenin para la paz entre las clases, ni a considerar la sociedad como
una máquina bien engrasada, ni a restaurar las desigualdades de mercado de la
NEP. La planificación seguía en pie y la Unión Soviética seguiría siendo un
país de héroes revolucionarios y no de mercaderes filisteos,[70] cuyo futuro
estaría marcado por los rasgos presentados en Aleksandr Nievski: ciudadanos
orgullosos de defender su país contra las amenazas extranjeras, con la ayuda de
expertos pero organizados jerárquicamente bajo el mando de líderes con un
estilo militar casi aristocrático. El modelo de ejército del socialismo también
se iba modificando, de la banda fraternal de auténticos creyentes de finales de
la década de 1920 a una milicia más convencional y masiva.
La URSS se transformó así, dejando de ser —o
pretendiéndolo
— una sociedad de clases enfrentadas tras completar
la revolución contra la aristocracia y la burguesía (representada en Oktiabr)
para
convertirse en otra fraternal, en la que los
hermanos mayores en edad, dignidad y gobierno guiaban a los más pequeños. Si
bien la sociedad estaba jerarquizada, también era fluida y el lugar de cada uno
en ella dependía de la «virtud» política más que de su nacimiento. Los hermanos
mayores dirigían a los menores hacia el futuro brillante del comunismo; los más
«conscientes» políticamente —la «vanguardia», generalmente de origen no
burgués, organizada en el partido— «educaban» a los menos conscientes; una nueva
«intelectualidad» soviética (el término ruso intelliguentsia abarcaba ahora a
todos los que habían recibido educación superior) dirigía a los obreros y
campesinos; y entre estos iba surgiendo un nuevo tipo de héroes, los
«estajanovistas» que emulaban al extraordinario minero Alexéi Stajánov.
Se trataba, pues, de una versión más meritocrática
—o quizá «virtutocráctica»— de la antigua «aristocracia de servicio» zarista,
cuando el estado otorgaba estatus y prebendas a quienes mejor le servían. La
élite del partido y otros privilegiados, como algunos estajanovistas, gozaban
de apartamentos confortables y del acceso a artículos de consumo y alimenticios
especiales. A mediados de la década de 1930 se introdujo también un nuevo
símbolo de la jerarquía que recordaba la época zarista: hasta 1917 los funcionarios
civiles tenían rango y uniforme, que fueron abolidos como símbolos del Antiguo
Régimen, como lo fueron los viejos grados militares; pero en 1935 se
introdujeron de nuevo estos en el Ejército Rojo, marcados con galones y otros
emblemas, y también se les dieron uniformes especiales a los trabajadores en
diversas áreas, de los canales a los ferrocarriles, al tiempo que se creaba una
plétora de medallas, órdenes y premios que se concedían a gente de todos los
niveles de la jerarquía, desde el premio Stalin, equivalente al Nobel, hasta el
título de «héroe del trabajo socialista» para los estajanovistas y otros
obreros.[71] El sistema de valores socialista se iba así combinando con otro
aristocrático: la «nueva persona socialista» era ahora alguien con «honor»,
obtenido mediante el servicio y el sacrificio heroico.[72] Sin embargo, a
diferencia de la Rusia zarista, ese ideal heroico y
aristocrático estaba supuestamente al alcance de todos. Todos, en teoría, se
podían convertir en personas «honorables», ya fueran o no miembros del partido,
aunque algunos eran más honorables que otros.
La actitud del partido hacia el nacionalismo
mostraba la misma ambivalencia de aperturismo y jerarquía. Stalin sabía cuánta
importancia tenía como fuerza social, pero tenía que encontrar un conjunto de
ideas y símbolos atractivos para todos: una tarea difícil ya que la URSS era de
hecho un «imperio» más que un estado-nación, e incluía un gran número de grupos
étnicos: rusos, ucranianos, tayikos, uzbekos, tártaros, georgianos… La solución
de Stalin fue recuperar en cierta medida del pasado zarista el nacionalismo
ruso, purgándolo cuanto se podía de chovinismo. Sus ideólogos fabricaron así un
«patriotismo soviético» que, aunque tenía como núcleo la identidad rusa, la
había depurado de elementos ideológicamente inaceptables como el cristianismo
ortodoxo y el supremacismo racista eslavo. Los espectadores de Aleksandr
Nievski no tenían por tanto que recordar que había sido canonizado por la
Iglesia Ortodoxa rusa; de hecho la principal figura eclesiástica en la
película, el monje Anani, era un cobarde vendido al enemigo.
Según el nuevo patriotismo soviético, Rusia era la
«primera entre iguales» en una unión ligada por la «amistad entre los pueblos».
Durante la década de 1920 los bolcheviques habían evitado la rusificación y
habían tratado de obtener el apoyo de los no rusos alentando el desarrollo de
las culturas y lenguas minoritarias con medidas de discriminación positiva;
pero desde principios de la década siguiente Stalin comenzó a alterar aquel
equilibrio en beneficio de los rusos, sin que todavía se pudiera hablar empero
de rusificación.[73] Se siguieron promocionando las lenguas no rusas y se
incorporaron al núcleo ruso ciertas tradiciones no rusas. Durante la segunda
guerra mundial se hicieron películas basadas en las hazañas de héroes
nacionales de las principales minorías, como
Bogdan Jmelnitski para los ucranianos, Guiorgui
Saakadze para los georgianos y David Bek para los armenios.[74] Se iba creando
así una nueva historia «soviética» en la que los fraternales y benevolentes
rusos dirigían a sus «hermanos menores» hacia la modernidad y la grandeza. A
diferencia del nacionalismo de los nazis, que insistía en la innata
superioridad racial y cultural aria, el nacionalismo soviético concebía la
historia —al menos en teoría— como un ascensor: todas las naciones podían
alcanzar la cumbre del desarrollo histórico si seguían el ejemplo ruso
Los ideólogos del partido fueron elaborando
cuidadosamente una versión selectiva del nacionalismo, una especie de
«bolchevismo nacional».[75] Se escudriñó la historia en busca de héroes que
pudieran acomodarse, aunque fuera con calzador, en una versión progresista de
la modernización y construcción del estado al estilo ruso; Stalin, aunque poco
fiable como historiador, siempre meditaba cuidadosamente la mejor manera de
movilizar a la población. Muy consciente de que un panteón de héroes históricos
políticamente aceptable atraería a una parte más amplia de la población que la
vieja propaganda sectaria basada en la clase, en marzo de 1934 convocó una
conferencia de historiadores para debatir la enseñanza de la historia en las
escuelas, en la que censuró los viejos manuales y su seco estructuralismo:
Esos manuales no sirven para nada … ¿Qué … diablos
es «la época feudal», «la época del capitalismo industrial», «la época de las
formaciones»? Todo son épocas, sin hechos, sin acontecimientos, sin gente, sin
información concreta, ni un solo nombre, ni un título y ningún contenido … La
historia tiene que ser historia.[76]
El nuevo «bolchevismo nacional» tuvo al parecer
cierto éxito en ampliar el apoyo al régimen más allá de la estrecha secta
partidaria, y más aún a partir del estallido de la guerra. Aleksandr Nievski,
el único gran éxito de taquilla de Eisenstein, se hizo especialmente popular.
Retirada poco después de su estreno tras la firma del pacto nazi-soviético, fue
proyectada de nuevo a raíz de la invasión alemana y los espectadores recibieron
con entusiasmo su mensaje
patriótico. Como explicaba a un periodista un
ingeniero moscovita después de ver la película: «Los actuales “caballeros
teutones” deberían recordar el trágico y vergonzoso papel desempeñado por sus
antepasados cruzados».[77] Puede que entre los no rusos el mensaje fuera menos
eficaz, pero la guerra facilitó la identificación del «pueblo soviético» frente
al enemigo externo.
Los valores fomentados por el régimen eran ahora
mucho menos igualitarios que a principios de la década de 1930 y algunos se
mostraban preocupados por la nueva imaginería medieval y aristocrática, pero la
ideología era todavía —en teoría— abierta y moderna. Entre las virtudes de la
«nueva persona socialista» figuraban destacadamente la «cultura» y la
«ilustración», junto con la fiabilidad política y una mentalidad colectivista.
El concepto de «cultura» estaba indisolublemente ligado a la idea de que la humanidad
iba ascendiendo por una vía empinada desde el «atraso» —pobreza, suciedad,
ignorancia y grosería— hacia una brillante modernidad de confort, limpieza,
educación y cortesía (aunque esta última no siempre era una virtud muy
apreciada en el partido).
La nueva idea de «progreso cultural» —que incluía
más que rechazaba un modo de vida semiburgués— era especialmente notoria en el
nuevo «consumismo» socialista de la época. Marx no era precisamente un asceta y
había prometido que el comunismo vendría acompañado de la abundancia; pero
había otras razones más inmediatas para que la dirección comenzara a promover
el consumo. La agitación urbana provocada por la escasez de alimentos en
1932-1933 obligó a los dirigentes a aceptar la idea de que tenían que procurar
a la gente un nivel de vida decente, y la institucionalización del salario
según el trabajo realizado exigía que los obreros tuvieran en qué gastar el
dinero ganado tan duramente. Los estajanovistas eran el modelo de la nueva
«cultura», héroes del trabajo que luchaban por el socialismo y eran
recompensados con «honores», medallas y las obras escogidas de Lenin y Stalin;
pero también ganaban salarios más altos que la media y podían
permitirse un estilo de vida más confortable. Como
explicaba un compañero de Stajánov, «ahora que hemos comenzado a ganar salarios
decentes, queremos llevar una vida culta. Queremos bicicletas, pianos,
fonógrafos, discos, aparatos de radio y muchos otros artículos culturales».[78]
El aliento al consumismo se hizo oficial con el
eslogan repetido constantemente por Stalin en 1935: «La vida ha mejorado,
camaradas, ahora es más alegre».[79] Aun así, la economía seguía
abrumadoramente orientada hacia la industria pesada y muchos artículos de
consumo solo estaban a disposición de parte de la élite gestora o
estajanovista; pero se hicieron esfuerzos para que capas más amplias
disfrutaran de un poco de «buena vida»; pero si bien esta suponía elevar el
consumo a imagen de los países capitalistas, conciliando al menos en parte la
producción en masa y la posibilidad de elegir, el objetivo del partido no era
en modo alguno una sociedad «consumista» en el sentido que le damos actualmente
a esa palabra, esto es, en la que la gente evalúa su estatus por los bienes de
consumo que adquiere y compite enardecidamente para comprar más y mejor. Los
artículos de consumo eran, como la educación, cosas que permitirían al pueblo
soviético disfrutar de una vida «culta» digna de héroes; ahora solo estaban al
alcance de unos pocos, pero pronto serían para todos. Además, y esto es aún más
importante, esos artículos de consumo reflejaban una jerarquía de estatus
basada en la política y la ideología, y no en la riqueza como en las sociedades
capitalistas. El ideal de Stalin era una sociedad en la que la gente se
sintiera motivada y recompensada según su sacrificio heroico y no con dinero.
Como él mismo explicaba, «el pueblo soviético ha aprendido una nueva forma de
valorar, no en rublos o en dólares … [sino] según sus hechos heroicos. Después
de todo, ¿qué es el dólar? ¡Una bagatela!».[80]
Pero era el estado el que debía juzgar los logros
del pueblo y su recompensa, y bajo la sociedad ideal de Stalin subyacía una
idea fundamentalmente paternalista: el estado era como un padre que premiaba a
sus hijos según cómo se hubieran portado. El
paternalismo era absolutamente decisivo en la
propaganda estalinista y en su aspecto más visible, el culto a la personalidad
de Stalin. El «estado del bienestar» soviético, las escuelas, hospitales y la
protección social, que muchos consideraban las principales ventajas del nuevo
orden, eran habitualmente presentadas como donaciones del padrecito Stalin a
sus hijos agradecidos, más que como derechos de una ciudadanía que trabajaba
duramente. Como declaraba Komsomol'skaia Pravda, «el pueblo soviético sabe a quién
debe sus grandes logros, quién lo ha llevado a una vida feliz, rica, plena y
alegre … Hoy envían su cálido agradecimiento a su querido amigo, maestro y
padre». Los niños cantaban en la escuela: «¡Gracias, camarada Stalin, por una
feliz infancia!». La sugerencia llegaba a todo el mundo y la costumbre de la
era zarista de enviar peticiones de ayuda a las autoridades volvió a
generalizarse.
Las primeras señales del culto a la personalidad de
Stalin eran ya evidentes en 1929 cuando emprendió la batalla contra Bujarin y
el ala «derecha» del partido, pero realmente eclosionó en 1933 cuando, tras el
fracaso de la «Gran Ruptura», lo promovió para consolidar su poder. Estaba en
gran medida dirigido a los obreros y campesinos más humildes y no tanto a los
trabajadores de cuello blanco, a los que cabía suponer demasiado refinados para
caer en él. Aunque Stalin podía sentirse embarazado por aquella incoherencia en
una sociedad que se decía socialista, también percibía su eficacia; en una
entrevista —a la que se dio mucha publicidad— con el «compañero de viaje»
judío-alemán Lion Feuchtwanger, admitía que era «vulgar y de mal gusto» y
bromeaba sobre la proliferación de retratos suyos en todas partes, pero
explicaba que tenía que tolerarlo porque los obreros y campesinos no habían
alcanzado la madurez necesaria para el «buen gusto». El partido trató de
desalentar algunas de las manifestaciones más extremas de paternalismo que
recordaban al Antiguo Régimen, y si bien las cartas de los ciudadanos a menudo
lo llamaban diadia («tío») y batiushka («padrecito») como antes hacían con los
zares, esos epítetos nunca se incorporaron al lenguaje oficial. El culto
oficial lo presentaba como un híbrido de
intelectual marxista y mago carismático: «gran conductor de la locomotora de la
historia» o «genio del comunismo», pero esas imágenes tenían mucho menos
arraigo que la idea popular de Stalin como padre de la patria.
Pero no hay que buscar una contradicción entre la
idea paternalista de que Stalin velaba por el país y la creencia en la
movilidad social. Praskovia «Pasha» Anguelina, la primera dirigente de una
brigada de tractores y famosa estajanovista, conciliaba ambas en un poema
(chastushka) recitado en una conferencia regional en 1936:
¡Oh, gracias, querido Lenin!
¡Oh, gracias, querido Stalin!
¡Oh, gracias y gracias de nuevo
por el poder soviético!
Téjeme, mamaíta
un vestido de fino calicó rojo.
Saldré con un estajanovista,
con un reaccionario no quiero.[81]
De acuerdo con el mensaje oficial, Pasha agradecía
al padrecito Stalin por ayudar a la gente joven y ambiciosa que se ayudaba a sí
misma, gente como ella. El estado, como forma idealizada de la «aristocracia de
servicio» zarista, concedía privilegios y recompensas a cambio de los
servicios; pero había solo un paso de un mundo en el que el Padre presidía una
jerarquía fluida de virtudes a una pirámide inmutable de padres dirigentes e
hijos subordinados.
Esa transformación se hizo cada vez más evidente en
la política étnica: Rusia parecía cada vez más la nación dirigente que dominaba
una jerarquía étnica escalonada, y aunque la URSS no era la prolongación del
imperio zarista por otros medios, resurgieron varias características del
Antiguo Régimen, si bien en forma diluida. A partir de 1932 todos los
ciudadanos llevaban escrito en su pasaporte su clase y estatus étnico, y esto
afectaba a la forma en que los trataba el estado. Los campesinos, en teoría, no
podían abandonar el campo sin permiso (un eco de las restricciones que
ataban a sus antepasados siervos); el origen de
clase seguía condicionando las oportunidades educativas y de carrera; y los
jefes del partido comenzaron a convertirse en una capa «proletaria»
privilegiada. La nomenklatura, como se la llamaba, disfrutaba de viviendas,
tiendas y alimentos especiales y se estaba convirtiendo en un nuevo grupo de
estatus privilegiado, con reminiscencias de otros tiempos.[82]
En la cultura estalinista la «familia soviética»
también se iba pareciendo cada vez más al modelo paterno-filial tradicional
abandonando el fraternal alabado durante años. Los héroes soviéticos que
poblaban el discurso oficial diferían de los de la década de 1920: a diferencia
del Gleb de Gladkov, nunca alcanzaban la madurez plena como líderes soviéticos;
eran figuras impulsivas y espontáneas que siempre necesitaban la orientación
paternal de los mentores del partido, como Pavel Korchaguin, el héroe de la novela
semiautobiográfica de Nikolai Ostrovski Así se templó el acero, de 1932-1934.
La novela, ambientada en Ucrania durante la guerra civil, cuenta la
extraordinaria fuerza de voluntad de Korchaguin, que se enfrenta a todo tipo de
contrariedades evitando por poco la muerte en varias ocasiones y sigue luchando
por la causa común aun después de quedar paralizado. Aunque su carácter, como
el acero, se ve finalmente «templado», sigue siendo inmaduro durante toda su
vida: es poco aplicado en la escuela; si acaba poniendo la clase por encima del
amor y rompiendo con la pequeñoburguesa Tonia, solo es después de muchas
vacilaciones; y aunque sigue consagrado a la causa comunista, atraviesa un
período de depresión suicida. En el curso de su heroica carrera lo guían varios
mentores del partido, pero él nunca se convierte en uno de ellos ni llega a
dominar el marxismo-leninismo.[83] En cualquier caso, era solo uno de los
muchos héroes inmaduros que poblaban la cultura estalinista de la década de
1930, tanto en la literatura como fuera de ella. Tanto los pilotos exploradores
del Ártico («los polluelos de Stalin») como los heroicos obreros estajanovistas
eran mostrados como miembros valiosos, pero subordinados, de la gran
familia soviética, presidida por héroes del pasado
como Alexander Nevski, Pedro el Grande y otras figuras históricas ahora
revalorizadas, pero que también conocían su lugar como modestos precursores del
Padrecito de los Pueblos.
Pero Stalin no era la única figura paternal en el
partido. La URSS se convirtió en una sociedad de matrioshkas («muñecas rusas»)
en la que aparecían continuamente padres «menores» en una jerarquía
aparentemente infinita. Muchos jefes locales, que habían alcanzado su estatus
por sus servicios durante la guerra civil, se comportaban como «pequeños
Stalin» con sus propias redes de patrocinio —las llamadas «colas»— que
arrastraban tras de sí cuando se trasladaban de un puesto a otro. Alentaban su
propio culto copiando al gran vozhd («jefe»);[84] como él, reclamaban el
reconocimiento de cada logro que se producía en su región. A veces esos cultos
se agigantaban en la conciencia popular superando al del propio Stalin. En 1937
un trabajador de una granja colectiva, a la pregunta: «¿Quién es el jefe ahora
en Rusia?», respondía: «Ilin», refiriéndose al presidente del soviet local; al
parecer nunca había oído hablar del vozhd supremo.[85]
Los intentos de Stalin de democratizar el atractivo
aristocrático del heroísmo militar potenciaban de hecho una cultura política
cada vez más paternalista. Los nobles guerreros de Aleksandr Nievski eran
poderosos modelos; pero sería exagerado sugerir que la Rusia estalinista había
vuelto simplemente al Antiguo Régimen. Se esperaba que los miembros del partido
interiorizaran no solo los valores militares heroicos, sino el sobrio ideal
ascético, casi protestante, de Lenin, y que siguieran un código moral estricto.
También se esperaba que, a diferencia de los nobles de Pedro el Grande,
dominaran la ciencia, aunque se tratara de la variedad «burguesa» convencional
y no de la utopista marxista; la dirección ponía un enorme énfasis en la
creación de una red de «expertos rojos», adoctrinados en el mensaje ideológico
que controlaba estrictamente el partido.
El apareamiento de figuras patriarcales casi
aristocráticas y científicos casi burgueses estaba muy claro en las élites
regionales y locales de la URSS. Tras el caos de principios de la década de
1930, Stalin insistía ahora en la obediencia estricta en todos los sectores de
la economía. Los ingenieros y directivos adquirieron un alto estatus y se
esperaba que los funcionarios del partido, que antes debían mantener hacia
ellos una actitud suspicaz y «vigilante», ahora les ayudaran. El partido fue
parcialmente «desmovilizado», mientras que sus dirigentes y gestores se
convirtieron en una élite administrativa más cohesionada. Viktor Kravchenko,
ahora ingeniero en la nueva planta metalúrgica de Nikopol, en Ucrania, desde
1934, describe así su incorporación a la nueva élite y sus tensas relaciones
con los obreros:
Me alojaba en una cómoda casa de cinco habitaciones
a menos de 2 km de la fábrica. Era una de las ocho casas para uso de los
funcionarios más importantes … con un automóvil en el garaje y un par de
hermosos caballos a mi disposición; eran propiedad de la fábrica, por supuesto,
pero tan míos mientras ocupara el puesto como si fueran de mi propiedad. Además
de la casa disponía de un chófer y un mozo de cuadra, así como de una hosca
campesina que hacía la limpieza y la comida…
Deseaba sinceramente establecer relaciones
amistosas y abiertas con los obreros … pero para un ingeniero en mi posición,
mezclarse con ellos podía ofender su orgullo; podía incluso parecer un gesto
prepotente; además, los jefes no verían con buenos ojos esa fraternización,
considerándola dañina para la disciplina. En teoría nosotros representábamos
«el poder obrero», pero en la práctica éramos una clase aparte.[86]
La observación de Kravchenko de que en la URSS
estaba surgiendo una «nueva clase» —los apparatchiki, con gustos burgueses— era
muy corriente entre los críticos del estalinismo y una de las principales
recriminaciones en los análisis trotskistas (aunque el propio Trotski nunca
llegó a afirmar que el Partido Comunista se hubiera convertido en una nueva
burguesía). De lo que no cabe duda es de que durante la década de 1930 surgió y
se consolidó un nuevo y poderoso grupo social, algo de lo que era en parte responsable
la propia política de Stalin al reforzar deliberadamente
el control, tras el caos de principios de la
década, de una nueva jerarquía encabezada por los jefes del partido y
especialistas comunistas, casi siempre de origen ruso, ya fuera proletario o
campesino. Las actitudes inconscientemente paternalistas heredadas de la época
zarista pudieron desempeñar también un papel, pero lo más importante era la
ausencia de una autoridad genuinamente independiente del aparato de
estado-partido, cada vez más unificado, ya fuera un aparato judicial autónomo o
una clase propietaria. Al abolir el mercado el régimen concedió un enorme poder
a los jefes del partido y funcionarios del estado a todos los niveles del
sistema; ejercían una desmesurada influencia tanto en la vida económica como en
la política. Moscú intentó controlar ese poder burocrático en ascenso con una
amplia variedad de «comisiones de control» para investigar la corrupción;
además, se suponía que cada ciudadano debía vigilar a los demás: los jefes del
partido a los funcionarios del estado, la policía secreta (rebautizada en 1934
como Directorio Principal de Seguridad del Estado [Glavnoie Upravlenie
Gosudarstvennoi Bezopasnosti, GUGB] del Comisariado del Pueblo para Asuntos
Internos [Narodnyy Komissariat Vnutrennij Del, NKVD]) al partido, y el partido
a sí mismo mediante purgas, campañas de «autocrítica» y elecciones; pero en
realidad el funcionariado era muy difícil de controlar; las camarillas locales
se protegían mutuamente, persiguiendo a los críticos.
La «retirada» y abandono de la fraternidad
militante de principios de la década de 1930 había dado lugar por tanto a un
sistema muy contradictorio, en el que seguía presente la retórica igualitaria
pero predominaba un nuevo sistema de valores caracterizado por la recompensa
según los logros; en la práctica se iban consolidando jerarquías casi tan fijas
como en el Antiguo Régimen zarista. Ese sistema era probablemente más estable
que el tenso equilibrio del período de la NEP o el febril entusiasmo radical de
finales de la década de 1920, al asentarse en lo más alto una capa de
funcionarios de cuello blanco comprometidos con los objetivos del
régimen; pero también creó tensiones a medida que,
tanto los dirigentes del partido por arriba como la gente corriente por abajo,
se sentían, por diferentes razones, cada vez más distanciados de la «nueva
clase» y de la esclerotización de la sociedad soviética bajo su mando.
VI
En el verano de 1935 un ambicioso estudiante de
veintidós años del Instituto de Ingenieros de Minas de Sverdlovsk (ahora de
nuevo Iekaterinburg), Leonid Potemkin, trató de demostrar su eficacia como
líder estudiantil organizando unas vacaciones colectivas en la costa del mar
Negro. Sin embargo, tras consultar con la Sociedad Voluntaria de Turismo
Proletario y Excursiones de Toda la Unión, descubrió que el proyecto era
demasiado caro para la mayoría de sus compañeros, por lo que propuso al
director del Instituto la organización de una «competición socialista» mediante
la cual los estudiantes que obtuvieran mejores resultados en su entrenamiento
militar anual recibirían una subvención para las vacaciones; era una buena idea
que le daba al Instituto cobertura ideológica para ayudar a sus estudiantes. El
director expresó su acuerdo y tal como registró Potemkin en su diario
(privado), se puso a la tarea con gran entusiasmo:
Estoy muy contento con el curso de entrenamiento.
Aquí estoy yo, un mando de grado medio del ejército proletario revolucionario.
Mi corazón salta de alegría. Ardo de impaciencia por trabajar con mi pelotón …
Motivo a la gente con mi estado de ánimo … Sin gritos ni maldiciones, con un
rigor estricto indisoluble del respeto mutuo, pero que tampoco se subordina en
absoluto a él … Pero si tengo un defecto, es que no soy todavía lo bastante
alegre y confiado. Debo desarrollar mi papel y mi misión y elevarlos a la luz
de la conciencia.[87]
Potemkin era el ciudadano «medio» ideal de Stalin;
había asumido la nueva moral de la virtud competitiva y su idea del liderazgo,
mezcla de trato estricto y entusiasmo movilizador.
También tenía una «misión» que cumplir en la sociedad. Estaba decidido a
convertirse en una Nueva Persona Soviética, en parte porque veía las ventajas
que le podía suponer —como mostraba su hábil maniobra con respecto a las
vacaciones estudiantiles—, pero también porque quería rehacerse a sí mismo y a
la sociedad. Era de procedencia humilde (aunque no formalmente «proletario»; su
padre era empleado de correos), y había tenido que dejar la escuela para ganarse
la vida. Recordaba que antes era «de voluntad débil, enfermizo, físicamente feo
y sucio … me parecía ser la persona más baja e insignificante».[88] Pero el
nuevo sistema le permitió acceder a la educación superior pese a sus malas
notas y estaba decidido a mejorar al tiempo que mejoraba su entorno. Su diario
era un instrumento esencial para esa transformación: en él podía reflexionar
sobre sus errores y éxitos y prepararse para hacerlo mejor la próxima vez.
No podemos saber cuántos Potemkin había; era un
producto inusitadamente afortunado del sistema y se convirtió en un buen
ingeniero de minas, acabando como viceministro de Geología entre 1965 y 1975;
pero su actitud no debía de ser inhabitual entre la nueva intelliguentsia de
cuello blanco. Sus miembros disfrutaban de ventajas específicas: desde
principios de la década de 1930 muchos trabajadores de origen humilde se
beneficiaron de la enorme expansión de los puestos de cuello blanco y de las
purgas de finales de la década. Se les confirió un nuevo estatus como «personal
de mando» del régimen que debía dirigir la transformación de la URSS, al tiempo
que se transformaban ellos mismos en gente «consciente», «avanzada»,
protagonista de la historia con una «misión» mesiánica. Como veremos, algunos
tenían dudas y las ocultaban; otros tenían grandes incentivos para deshacerse
de ellas, sumergidos como estaban en un sistema de valores muy poderoso.
Algunos aceptaban incluso la idea de que cualquier pensamiento crítico revelaba
la influencia del enemigo de clase y había que eliminarlo mediante la
autocrítica interna, a menudo practicada
mediante la escritura de un diario.[89] La actitud
ante el régimen era por tanto compleja y variada, y a menudo es difícil
distinguir únicamente entre el «apoyo» y la «oposición».
Un estudio de un grupo de ciudadanos soviéticos que
abandonaron la URSS durante y después de la segunda guerra mundial,
entrevistados en Harvard en 1950-1951, ofrece ciertas pruebas que sugieren que
la actitud de Potemkin debía de ser frecuente entre los que gozaban de su
posición social.[90] Por muchas quejas que tuvieran sobre cuestiones concretas
como el bajo nivel de vida, la mayoría de ellos aprobaban la industrialización
y la considerable implicación del estado en la industria y la protección social,
aunque algunos prefirieran la economía mixta de la NEP en lugar del control
absoluto del estado impuesto por Stalin; pero los más jóvenes y mejor formados
eran más colectivistas que los obreros y campesinos. El régimen obtuvo un claro
éxito en la integración en el sistema de esa capa tan influyente.[91]
Las entrevistas de Harvard sugieren también que el
régimen tenía menos éxito en la integración en el nuevo orden de todo el
proletariado, lo que quizá no sea de extrañar dado que en 1937 los salarios,
aunque más altos que en los años de crisis de 1932-1933, solo alcanzaban el 60
por 100 de su nivel de 1928. El panorama, sin embargo, era muy complejo. Pese
al final de la discriminación de clase en favor del proletariado industrial a
mediados de la década de 1930, la retórica del régimen todavía le concedía un
alto estatus como protagonista de la historia. A los obreros se les decía que
aquel era «su» régimen y John Scott comprobó que, pese a las quejas por la mala
alimentación y otras escaseces, los obreros de Magnitogorsk seguían pensando
que sus sacrificios eran necesarios para construir un sistema superior al
capitalismo en crisis.[92] Había, pues, razones para convertirse en «obreros
soviéticos» ejemplares, siguiendo las reglas y aprendiendo a utilizar el
lenguaje oficial del partido.[93] Un premio particularmente atractivo era la
elevación al estatus de estajanovista, al menos durante los primeros años del
movimiento, cuando los salarios y complementos eran altos.
El proletariado también disponía de nuevas
oportunidades educativas. Scott comprobó que veinticuatro hombres y mujeres de
su barracón acudían a algún tipo de curso, desde aprender a conducir a la
planificación. Los más ambiciosos y políticamente leales podían incorporarse al
Instituto de Enseñanza Superior Comunista (Komvuz) para prepararse para una
carrera como funcionario, aunque la calidad de aquella formación era dudosa.
Scott, que asistió al Komvuz de Magnitogorsk, comprobó que el nivel de formación
de los estudiantes era bastante bajo y que aprendían una versión
particularmente dogmática del marxismo-leninismo:
Recuerdo una discusión sobre la ley marxista del
empobrecimiento de los trabajadores en los países capitalistas. Según esa ley,
tal como la interpretaban los estudiantes del Komvuz de Magnitogorsk, en
Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos la clase obrera … se había ido
empobreciendo inexorablemente desde comienzos de la revolución industrial en el
siglo XVIII. Fui a ver al profesor después de la clase y le dije que yo había
estado en Gran Bretaña, por ejemplo, y que me parecía que la situación de los trabajadores
era incuestionablemente mejor que durante la época de Charles Dickens … El
profesor no quiso saber nada de lo que le decía: «Estudie el libro, camarada
—me dijo—, ahí lo tiene escrito» … El partido no cometía errores.[94]
Aun así, había muchos motivos para la
insatisfacción y era muy habitual la desgana en el trabajo. A algunos obreros
también les irritaban las nuevas jerarquías, especialmente porque los ascensos
dependían de los capataces y gestores, que a menudo los decidían
arbitrariamente. El estajanovismo agudizó las tensiones entre obreros y
directivos y entre los propios trabajadores: la administración de la fábrica
decidía qué obreros serían nombrados estajanovistas y su parcialidad podía
suscitar descontentos y envidias que acababan en represalias contra los
gestores o contra determinados estajanovistas. Muchos obreros se sentían
agraviados por el fin del igualitarismo a principios de la década de 1930. Si
ya les irritaban los privilegios de los miembros del partido, les encolerizaba
aún más la aceptación oficial de las desigualdades,
que parecía tener poco que ver con la moral
socialista. Un obrero de
Leningrado declaraba en 1934:
¿Cómo podemos liquidar las clases, si aquí se han
desarrollado nuevas clases, con la única diferencia de que ahora no se les
llama clases? Sigue habiendo los mismos parásitos que viven a expensas de los
demás. El obrero produce y al mismo tiempo trabaja para mucha gente que vive a
su costa … Hay muchos administrativos que viajan en coche y ganan tres o cuatro
veces más que los obreros.[95]
Así pues, muchas de las críticas de los obreros al
régimen provenían de la «izquierda» y quizá lo más preocupante para el partido
era que la terminología empleada se parecía demasiado a menudo al lenguaje
revolucionario de 1917. Se percibían grandes diferencias entre los de arriba
(vierjnie) y los de abajo (nizhnie), y las objeciones eran tanto morales y
culturales como económicas: los de arriba eran «aristócratas» que «insultaban»
a los obreros y los trataban como «perros». Al igual que durante la revolución
de 1917, las divisiones sociales se veían a veces menos como tensiones «de
clase» en el sentido marxista, basadas en diferencias económicas, que como
conflictos culturales entre estamentos al estilo del Antiguo Régimen.
Pero esto no quiere decir que la situación fuera
prerrevolucionaria. A principios de la década de 1930 se produjeron varias
huelgas importantes —especialmente durante la hambruna de 1932-1933— y los
obreros expresaban pasivamente su descontento mediante el «trabajo lento», pero
muchos aceptaban el sistema y hacían cuanto podían; por otra parte, la
vigilancia y la represión suprimían con eficacia cualquier oposición real.
La jerarquización de mediados de la década de 1930
tuvo un efecto más matizado sobre las mujeres. El estado, en parte porque
quería alentar los nacimientos y el aumento de la población, abandonó sus
anteriores denuncias del «patriarcado burgués» y recuperó los valores de la
familia tradicional. El divorcio comenzó a estar mal visto y las familias
gozaban de incentivos para tener niños, tal como sucedía en Europa occidental
durante aquel período.
También se reforzó la autoridad de los padres.
Desapareció el culto a Pavlik Morozov, un niño que denunció a las autoridades a
sus padres kulaki. Puede que esta rehabilitación de la familia fuera bien
recibida por muchas mujeres, pero seguro que no lo fue tanto la prohibición del
aborto en 1936.[96] En cualquier caso, y pese a la retórica sobre los valores
de la familia, el estado estalinista seguía decidido a promover el trabajo
fuera de casa de las mujeres, que se veían sometidas a una «doble carga», teniendo
que asumir el papel tradicional en el hogar al tiempo que realizaban largas
jornadas en las fábricas y en las granjas.
Los campesinos estaban mucho menos integrados en el
orden soviético y mucho menos satisfechos. Aunque el nivel de vida había subido
desde la práctica guerra civil de principios de la década de 1930 y la
consolidación de las granjas colectivas permitió la mejora de instalaciones
como escuelas y hospitales, muchos campesinos estaban descontentos y amargados.
Puede que aceptaran la consolidación de las granjas colectivas, pero muchos se
sentían ciudadanos de segunda clase. El nivel de vida en el campo era mucho más
bajo que en las ciudades y los campesinos no recibían los complementos de que
disfrutaban los obreros industriales. Arvo Tuominen, un comunista finlandés
miembro de una brigada de adquisición de grano en 1934, constató que los
campesinos eran extremadamente hostiles al régimen: «Mi primera impresión, que
permaneció durante mucho tiempo, fue que todos los campesinos eran
contrarrevolucionarios sublevados contra Moscú y contra Stalin».[97]
Andrei Arzhilovskii, que antes había sido un
campesino «medio» (y lo bastante viejo como para recordar la Rusia
prerrevolucionaria), era uno de los desilusionados, algo muy comprensible ya
que había pasado siete años en un campo de trabajo acusado de oponerse a la
colectivización. Tras su puesta en libertad inició un diario en el que
manifestaba su desafecto al sistema y a la gente que lo rodeaba:
Ayer la ciudad celebró la ratificación de la
Constitución de Stalin … Evidentemente, hay más necedad y comportamiento
ovejuno que entusiasmo. Se cantan una y otra vez las nuevas canciones como …
«No conozco ningún otro lugar donde un hombre pueda respirar tan
libremente.»[98] Pero se plantea otra cuestión: ¿puede ser que con otro régimen
la gente no cante o respire? Supongo que la vida es aún más feliz en Varsovia o
en Berlín; pero también puede ser que todo sea producto de mi resentimiento. En
cualquier caso, al menos el señalamiento con el dedo (esto es, la campaña
anti-kulak) ha terminado.
[99]
Una queja muy corriente entre los campesinos era la
referida al abuso de poder de los dirigentes de las granjas colectivas. Una
investigación de la policía secreta en 1936 ofrecía, por ejemplo, un largo
informe sobre el «comportamiento obsceno, desvergonzado, criminal y antisocial»
del presidente de una granja colectiva en el sur de Rusia, Veshchunov, que
acosaba continuamente a las trabajadoras de la granja. Cuando una de ellas se
casó con un cierto Mryjin, se necesitaba el permiso del presidente para que él
se incorporara a la granja, lo que suponía una trampa porque tenía antecedentes
policiales. Veshchunov aceptó admitirlo si ella se acostaba con él antes, y
ella le preguntó a su marido: «¿Qué debo hacer, irme a la cama con él y
salvarte, o permitir que te envíen a los Urales?». Mryjin aceptó que no había
otra posibilidad, pero al final se denunció el caso a las autoridades locales y
Veshchunov fue llevado a juicio, aunque fue absuelto; se recurrió la sentencia
y se confirmó la acusación, pero Veshchunov seguía en su puesto. Los
funcionarios tenían mucha influencia y era muy difícil destituirlos.
[100]
En cualquier caso los más enfrentados con el
régimen eran sin duda los prisioneros del gulag, el enorme complejo de campos
de trabajos forzados, supuestamente destinados a «reeducar» a los
recalcitrantes. En 1929 el Sovnarkom decidió sustituir el cumplimiento de
largas penas en instituciones penitenciarias por la deportación a campos de
trabajo en Siberia y otras áreas remotas de la URSS, donde era difícil atraer
mano de obra libre. Los campos de trabajo del gulag pronto se ampliaron
considerablemente con las
campañas de colectivización, en las que fueron
condenados cientos de miles de kulaki, popes y otros «enemigos». Al principio
de la segunda guerra mundial el gulag se había convertido en un enorme estado
esclavista con más de un millón y medio de prisioneros, que constituía una
parte decisiva de la economía soviética.[101] Los prisioneros se veían
obligados a realizar pesados trabajos en un clima muy duro y a menudo solo
recibían la ración completa de comida si cumplían el plan de trabajo
establecido; los que no lo hacían solían caer enfermos y eran aún menos capaces
de cumplir las obligaciones impuestas. Muchos murieron en los campos. Uno de
los prisioneros, durante el primer y peor período del gulag, envió una queja a
la Cruz Roja (naturalmente interceptada por la policía) sobre el trato cruel al
que se veían sometidos:
Pronto comenzaron a obligar a la gente a trabajar
en el bosque, sin excepciones para las madres y niños enfermos. Tampoco había
cuidados médicos para los adultos gravemente enfermos … Todos tenían que
trabajar, incluidos los niños de diez o doce años. Nuestra paga cada cuatro
días eran dos libras y media de pan … A partir del 30 de marzo los niños fueron
enviados a recoger leña … Aquello fue desastroso: heridas, hernias, escupidas
de sangre, etcétera.[102]
Dado el diferente trato recibido por los distintos
grupos de la población soviética, era inevitable que la actitud hacia el
régimen fuera enormemente diversa; pero de las pruebas de las que disponemos,
recogidas por el propio partido y por la policía secreta, se desprende
claramente como conclusión el resentimiento hacia los altos funcionarios más
privilegiados.[103] El propio Stalin era muy consciente de ello, ya que recibía
regularmente informes de la policía secreta y del partido sobre el estado de la
opinión pública. Evidentemente no tenía nada que objetar a la dura y estricta
disciplina y estaba dispuesto a aceptar un alto grado de violencia, pero
esperaba que sus funcionarios movilizaran a la ciudadanía, no que la
enfrentaran al régimen.[104]
No era solo la altivez de los «pequeños Stalin» la
que lo encolerizaba, ya que su capacidad para eludir el control central tenía
graves consecuencias prácticas para la economía.
Del mismo modo que el príncipe Grigori Potemkin hizo construir falsos «pueblos»
a lo largo del río Dniéper para convencer a Catalina la Grande del valor de sus
conquistas en Crimea, los jefes locales del partido exageraban sus logros
económicos y mentían sobre el cumplimiento del plan en sus informes a Moscú.
Los funcionarios se protegían mutuamente y los denunciantes o cualquiera que se
fuera de la lengua pagaba un alto precio. La exigencia del Kremlin de que los
funcionarios del partido apoyaran a los directivos había llevado a la colusión
para ocultar los errores y todos, funcionarios del partido y gestores
económicos, se estaban volviendo presuntuosos y perdiendo impulso.[105]
Por eso varios miembros de la dirección del
partido, incluido Stalin, concluyeron que el «repliegue» de principios de la
década de 1930 y la consiguiente «desmovilización de las filas» del partido,
como él mismo dijo en 1934, estaban causando graves trastornos.
Se
fueron convenciendo de que el partido estaba en peligro de hacerse «impuro»,
como durante la NEP, y estaba perdiendo su capacidad transformadora; pero esta
vez el peligro provenía de enemigos y espías dentro del propio partido y este
debía purificarse, recuperar su papel mesiánico y rearmarse ideológicamente
para preparar la inminente guerra.
VII
En mayo de 1936, dos meses antes de que el Comité
Central del partido enviara a todas sus organizaciones una «carta secreta» en
la que detallaba las supuestas actividades de los «enemigos del pueblo»
iniciando así la «Gran Purga», se estrenó en los cines soviéticos otro
melodrama político: Carnet del partido, de Iván Pyriev,[107] que contaba la
historia de una de las «chicas» virtuosas pero simples de la era estalinista,
la rubia Anna Kupikova, víctima de
un malvado enemigo, Pável Kuganov, cuya verdadera
naturaleza, a diferencia de la de los enemigos a finales de la década de 1920 —
los kulaki y los especialistas obviamente burgueses—, permanece oculta. Llega a
Moscú con una destartalada maleta de madera, auténtica imagen del humilde pero
ambicioso «hombre nuevo» soviético. Es apuesto (aunque significativamente
bastante moreno), trabaja duro y pronto se hace popular en la fábrica; entonces
se casa con Anna, una buena chica proletaria, derrotando a su rival en el amor,
el buen comunista (rubio) Iasha. Pero pronto queda claro que Kuganov no es lo
que parece. Una antigua novia revela que su padre era un kulak, detalle que él
había ocultado cuidadosamente aparentando ser un buen comunista. Su perfidia
aumenta cuando roba a Anna su carnet del partido para dárselo a un espía
extranjero. Tras recuperar el carnet, el partido juzga a Anna por negligencia,
ya que, como se afirma en la película, el carnet es «un símbolo de honor,
orgullo y lucha de cada bolchevique» y todos los miembros del partido tienen el
deber sagrado de defenderlo con su propia vida; finalmente Anna descubre el
carácter malvado de Pasha y entiende que el partido le ha dado una lección y
que no debería haber puesto su amor romántico por encima de su deber hacia el
socialismo; armada con una pistola, entrega a su marido a la policía secreta.
Para un espectador actual la película puede parecer
extraña, con su obsesión por el carnet del partido, al que se le da una
importancia casi sagrada pese a su apariencia trivial. Igualmente extraña es la
idea de que la URSS se veía amenazada por miríadas de espías extranjeros
armados con esos documentos robados. Ya en aquella época algunos encontraron la
película increíble. Los estudios Mosfilm, que la calificaron como «fallida,
falsa y distorsionadora de la realidad soviética» se negó a distribuirla.[108] Solo
la intervención de Stalin aseguró su estreno, y su apreciación del gusto
popular era evidentemente más acertada. Carnet del partido tuvo una gran
resonancia en parte de su audiencia, que expresaba su disgusto hacia la
sentimental y poco fiable Anna. La
prensa se llenó de discusiones sobre la película y
el gran cineasta Fridrij Ermler explicaba a un amigo lo mucho que le había
afectado, socavando incluso su confianza en su esposa: «Ya ves, vi esa película
y ahora temo más que nunca por mi carnet del partido. ¿Qué pasaría si alguien
me lo roba? No lo creerás, pero por la noche miro bajo la almohada de mi mujer
para ver si lo tiene allí».
Para
entender la política de la época, y en particular uno de los acontecimientos
más traumáticos y misteriosos de la historia del partido y del estalinismo, la
«Gran Purga», no hay nada mejor que ver esa extraña y siniestra película,
Carnet del partido.
El Terror de 1936-1938 todavía les resulta
enigmático a los historiadores por su irracionalidad, y entre los
investigadores sigue habiendo profundos desacuerdos sobre su origen y su
naturaleza.
Parece
inexplicable que Stalin ordenara el encarcelamiento y ejecución de cientos de
miles de personas, la mayoría de ellas miembros del partido absolutamente
leales al poder soviético, y en particular de los expertos técnicos y
experimentados oficiales que necesitaba para la guerra que se aproximaba.
Evidentemente, las peculiaridades psicológicas de
Stalin desempeñaron un enorme papel. Era profundamente suspicaz y al parecer
daba por sentadas algunas de las extraordinarias conspiraciones de las que
acusaba a sus camaradas de partido, aunque falsificó deliberadamente otras. Fue
él quien ordenó las ejecuciones y siempre será difícil imaginar lo que pensaba,
pero fueron muchos los que participaron, a todos los niveles del partido y de
la sociedad, en la Gran Purga, y aquellos complejos acontecimientos cobran más
sentido a la luz de los aspectos mesiánicos radicales de la cultura bolchevique
y su respuesta a la amenaza de guerra. Como a finales de la década de 1920, la
dirección proclamaba que la mejor forma de contrarrestar la amenaza extranjera
era purificar el partido, apartar de él a los «enemigos infiltrados» y a los
«vacilantes», para que pudiera «volver a movilizar» a la sociedad contra esa
amenaza; pero el temor a los enemigos internos era mucho mayor que antes y el
terror mucho más controlado, menos «generalizado»
que la «Gran Ruptura» de finales de la década de 1920. Los dirigentes
estalinistas querían movilizar a «las masas» contra «los enemigos», pero quien
llevó a la práctica el terror, en una serie organizada de detenciones y
ejecuciones en secreto, fue el NKVD.
El primer aviso de la búsqueda de «enemigos» dentro
del partido se produjo tras el asesinato de su máximo dirigente en Leningrado,
Sierguei Kírov, el 1 de diciembre de 1934. Hay quien dice que el propio Stalin
estaba implicado en la trama, pero fuera quien fuera el responsable, lo cierto
es que Stalin encargó la investigación al entonces presidente de la Comisión de
Control del partido, Nikolai Iezhov, con la intención de incriminar al jefe
local del NKVD o al anterior jefe del partido en Leningrado, Grigori Zinóviev.
Tras ser exculpados por falta de pruebas el 20 de diciembre, Zinóviev, Liev
Kámenev y el resto de detenidos fueron juzgados en enero de 1935 y obligados a
admitir «complicidad moral» en el asesinato de Kírov. Zinóviev fue condenado a
diez años de prisión y los demás acusados a penas de distinta duración. Pero
Iezhov —en parte por sus propias ambiciones en el NKVD— seguía advirtiendo del
peligro que suponían los antiguos opositores, y a principios de 1936 Stalin le
permitió reabrir el caso del asesinato de Kírov.[111] En julio de 1936 el
Comité Central del partido envió a todas sus organizaciones una «carta secreta»
en la que explicaba que se había descubierto una gran conspiración entre
Trotski, Kámenev y Zinóviev; con aquella carta y la farsa judicial celebrada en
agosto se inició la primera fase de la Gran Purga.
No se sabe con certeza por qué Stalin dejó a Iezhov
actuar cuando y como lo hizo. Puede que simplemente quisiera deshacerse de
antiguos opositores, o que creyera realmente en la existencia de una
conspiración. Lo cierto es que los estalinistas solían argumentar que cualquier
duda ideológica ayudaba «objetivamente» al enemigo y que por tanto equivalía a
un crimen real. Como declaró Stalin en noviembre de 1937, cualquiera que «con
sus hechos o con sus pensamientos —sí, también con sus pensamientos— ataque la
unidad del estado socialista será destruido sin
contemplaciones»;
pero
cualesquiera que fueran sus intenciones, la búsqueda de «enemigos» se presentó
como parte de una campaña más amplia para purificar y movilizar al partido, y
así es como la entendieron sus
organizaciones;[113] la dirección pretendía
especialmente que ese nuevo activismo del partido revigorizara la economía,
dada la mayor probabilidad de guerra desde que Hitler había llegado al poder en
Alemania.
La primera señal del intento de galvanizar la
economía llegó en agosto de 1935, cuando Aleksei Stajanov, un minero del
Donbas, extrajo en una sola jornada 102 toneladas de carbón, catorce veces la
media. Ya antes se habían escenificado proezas de ese tipo, pero fue la
respuesta de Stalin la que le dio su enorme importancia. Stalin saludó la
hazaña de Stajanov como una señal de que había vuelto la época de la
movilización. Los obreros volvían a ser capaces de grandes proezas, y lo único
que los frenaba era el conservadurismo de los técnicos y burócratas. Como cabía
esperar, el «movimiento estajanovista» adquirió pronto un carácter fuertemente
antielitista: mientras que se incentivaba a los obreros para que se
incorporaran a las brigadas estajanovistas, la campaña era muy impopular entre
los gestores y técnicos, que tenían que redistribuir los recursos de forma que
estas pudieran lograr sus espectaculares récords mientras en el resto de la
fábrica se mantenía la producción normal. Naturalmente se convirtieron en los
primeros chivos expiatorios cuando las cosas comenzaron a ir mal, especialmente
ahora que el partido y la policía secreta volvían a estar en primera fila. Como
decía Kravchenko, encargado de escenificar uno de aquellos acontecimientos
estajanovistas:
Los ingenieros y administradores como clase eran
denunciados, día tras día, por su supuesto «conservadurismo», por «frenar» a
los que marcaban el ritmo … Nuestra autoridad seguía menguando y prevalecía la
política, enarbolando la bandera de la eficiencia. Los funcionarios del partido
y de la policía tenían la última palabra contra el ingeniero y el directivo,
incluso sobre cuestiones puramente técnicas.[114]
No cabe tampoco extrañarse de que la búsqueda de
«enemigos» dentro del partido llevara pronto a acusar a los gestores económicos
de «sabotaje», especialmente dado que algunos de ellos habían estado
estrechamente relacionados con Trotski en el pasado. Los Shramm censurados por
Gladkov en los años veinte volvían a ser atacados de nuevo; pero no eran los
únicos. Se acicateaba al partido a investigar a cualquiera que mostrara signos
de corrupción «burguesa» o no fuera lo bastante activista y políticamente entusiasta.
Se acusaba de «mente estrecha» y «pragmatismo» a quienes obedecían «mecánica y
ciegamente» las órdenes venidas de arriba, como dijo Stalin en 1938, y a los
funcionarios del partido, como a Anna Kupikova, por falta de «vigilancia».
Dada la amplia definición del «enemigo», era muy
probable que la purga se extendiera a todo el partido. Las denuncias
proliferaban y prácticamente cualquier desfallecimiento podía ser interpretado
como un signo hostil, a lo que seguía la expulsión del partido y luego, en
muchos casos, la detención por el NKVD, el encarcelamiento e incluso la
ejecución.
Las respuestas a la bolshaia chistka («gran
limpieza») desde dentro del partido también eran muy variadas. Ievguenia
Guinzburg, profesora universitaria, historiadora y escritora, casada con el
jefe regional del partido en Kazán, simplemente no podía entender aquella
histeria. Se vio perjudicada por su relación académica con otro historiador, N.
Iel'vov, y fue acusada de cometer errores «trotskistas» en un artículo sobre la
revolución de 1905. Tras su expulsión del partido fue convocada a la oficina de
un capitán del NKVD que la trató como a un enemigo. «¿Estaba bromeando? —
recordaba Guinzburg—. No podía pensar realmente tales cosas, pero lo parecía.
Enfadándose cada vez más, gritaba por toda la sala, lanzándome insultos.»[115]
La reacción del autor teatral Aleksandr Afinoguenov, fue en cambio muy
diferente. Como ha mostrado el historiador Jochen Hellbeck, cuando Afinoguenov
fue expulsado del partido trató de entenderlo, y pese a sus dudas vio su
expulsión como una oportunidad para destruir la parte negativa y
burguesa de su personalidad y para transformarse en
un buen miembro del partido: «Maté al yo que había dentro de mí, y entonces
sucedió un milagro … Comprendí y de repente vi el comienzo de algo totalmente
nuevo, un nuevo “yo”, muy alejado de mis anteriores problemas y de mi
vanidad».[116] Inesperadamente salió con bien de la detención y fue readmitido
en el partido, convencido de su inocencia. Puede que su actitud no fuera la más
extendida entre los miembros del partido, pero muchos otros creían también que
la purga era un instrumento esencial para purificarlo, aunque en ciertos casos
se cometieran «errores».
También tenía sentido para otros, más abajo en la
escala social. Había en ella un aspecto populista innegable, y la dirección
trató de avivar el antagonismo contra la élite. Stalin anunció que, por primera
vez en muchos años, se celebrarían elecciones para los comités del partido con
distintos candidatos, en las que la base podría criticar a sus jefes. Sin duda
esperaba que la crítica «desde abajo» revelara lo que estaba sucediendo
realmente en las camarillas regionales, pero también serviría para reemplazar a
dirigentes con escaso rendimiento por entusiastas leales; probablemente pensaba
que podría mejorar el prestigio del régimen entre la gente corriente, hostil a
los funcionarios privilegiados.
Stalin volvía así a la estrategia de finales de la
década de 1920, azuzando el profundo resentimiento que mucha gente sentía hacía
las élites locales, como recordaba John Scott:
…en la fábrica reinaba el caos. Un capataz podría
llegar al trabajo por la mañana y decir a sus hombres: «Hoy tenemos que hacer
esto y aquello». Los obreros le miraban y decían: «Adelante. Tú mismo eres un
saboteador. Mañana vendrán y te detendrán. Todos los ingenieros y técnicos sois
saboteadores».[117]
Sin embargo, la dirección estaba decidida a que no
se reprodujera la «Gran Ruptura». Procuró asegurar que cualquier «autocrítica»
permaneciera bajo un estricto control, aunque aquello resultara difícil en la
práctica.
Durante la primavera de 1937 la chistka entró en su
segunda fase y comenzaron las detenciones de los jefes del partido y sus
patrocinados. Puede que Stalin lo tuviera planeado todo, pero el NKVD también
respondía a la evidencia, a menudo como consecuencia de alguna denuncia, de que
los «pequeños Stalin» no estaban cumpliendo los objetivos económicos.[118]
Aquella primavera Stalin podía también estar convencido, posiblemente por la
desinformación proporcionada por el Servicio de Inteligencia nazi, de que el mariscal
Tujachevski y todo el Alto Mando soviético conspiraban con los alemanes, por lo
que, pese a la amenaza de guerra, la mayor parte de los mandos del Ejército
Rojo[*] fueron juzgados y condenados. Desde principios del verano Stalin envió
a sus colaboradores más leales a las capitales regionales para dirigir y
controlar el arresto y sustitución de la mayoría de los jefes regionales del
partido.
Pero esos mismos jefes estaban en su mayoría
implicados en el terror. Presionados para descubrir opositores (y desesperados
por salvarse a sí mismos), insistían en la amenaza de los «enemigos de clase» y
de gente con un pasado «poco limpio», especialmente los antiguos kulaki, y
Stalin aceptaba sus demandas en favor de una represión generalizada de esa
gente (también temía probablemente que se formara una «quinta columna» de
kulaki antisoviéticos dispuestos a colaborar con los nazis si se producía una
invasión).
En
el verano de 1937 se inició la tercera fase de la bolshaia chistka, la de las
«operaciones masivas». Stalin y el Politburó transmitieron a los jefes
regionales cuotas obligatorias secretas de detenciones y ejecuciones, basadas
en el origen de clase, político y étnico. Buena parte de las víctimas fueron
antiguos kulaki, popes y oficiales zaristas, pero también había vagabundos y
otros grupos «indeseables». Las minorías étnicas «poco fiables» de las que se
sospechaba que podían aliarse con enemigos extranjeros —como los alemanes,
polacos y coreanos— también se vieron perseguidas. En aquellas operaciones en
masa se produjo el mayor número de detenciones y ejecuciones del período; según
los archivos soviéticos
desclasificados, cuyas cifras probablemente
minimizan la realidad, en 1937-1938 el NKVD detuvo a 1 575 259 personas, de las
que fueron ejecutadas 681 692 (lo que supone una media de mil ejecuciones al
día), muchas de ellas, aunque no todas, por delitos políticos.[120][*]
El resultado fue el caos social y una crisis
económica, al caer víctimas de los arrestos los gestores y funcionarios. La
disciplina en el trabajo se vino abajo y los directivos se abstenían de imponer
su autoridad por temor a ser criticados. El primer intento serio de frenar la
chistka ideológica en el partido llegó en enero de 1938, pero las farsas
judiciales prosiguieron y en marzo se celebró el Tercer Juicio de Moscú tras el
que fueron ejecutados Bujarin, el ex presidente del Sovnarkom, Rykov, el ex comisario
del Interior, Iagoda y otros dirigentes. Las operaciones masivas contra los
kulaki y las minorías étnicas se mantuvieron hasta noviembre, cuando el
Sovnarkom y el
del
partido emitieron un decreto poniéndoles fin, aunque se mantuvieron otras a
menor escala. Nikolai Iezhov fue sustituido al frente del NKVD por Lavrenti
Beria y poco después fue detenido, acusado de «excesos ultraizquierdistas» y
ejecutado. Según Beria, minutos antes aseguró que «moriría con el nombre de
Stalin en los labios».
VIII
La respuesta de Eisenstein a la iezovschina fue
naturalmente mucho más ambigua y sofisticada que la de los auténticos creyentes
como el propio Iezhov, tratando aquella difícil y peligrosa cuestión en su
última obra sobre Iván Grozny («El Terrible»). La primera parte, filmada entre
1942 y 1944, fue estrenada a finales de año y obtuvo un premio Stalin; la
segunda, La conjura de los Boyardos, filmada en 1946, no se estrenó hasta 1958,
ya que fue prohibida por la censura; y una tercera parte que se comenzó a filmar
en 1946 fue
confiscada al morir Eisenstein en 1948 y
probablemente destruida en su mayor parte.[121] Durante la década de 1930 se
había rehabilitado la reputación del zar Iván IV (siglo XVI) como un gobernante
que había derrotado a los enemigos de Rusia y había unificado el país. La
creación de una guardia personal en los territorios privativos del zar, la
opríchnina, con la que impuso un reinado del terror a la desleal nobleza
boyarda, pasó a ser considerada un acontecimiento «progresista» en la
construcción del estado Ruso. Evidentemente, los paralelismos entre Iván y
Stalin, entre los oprichniki y el NKVD, eran obvios para los intelectuales y
para los dirigentes del partido.
Eisenstein trataba de justificar a Iván/Stalin,
pero al mismo tiempo quería dar cierta complejidad trágica al personaje. En la
primera parte duda sobre la violencia que ejercía incluso contra su propia
familia, pero esas dudas desaparecen pronto y se convence fácilmente de que
debe sacrificar sus sentimientos personales a la grandeza de Rusia. El ambiente
de la segunda parte es muy diferente. Iván se muestra ahora como un personaje
obsesionado por el poder, sumergido en un mundo expresionista de interiores claustrofóbicos,
intrigas siniestras y emoción extrema. En la tercera parte debía aparecer
incluso golpeándose la cabeza contra el suelo atenazado por el remordimiento,
bajo un fresco del Día del Juicio, mientras su confesor y sus secuaces le leían
la lista de sus víctimas.
Los amigos de Eisenstein estaban asombrados de su
osadía. ¿Cómo podía asumir tales riesgos? Como cabía esperar, Stalin, que había
recibido con agrado la primera parte, se sintió ultrajado por la segunda y el
proyecto recién iniciado de la tercera. Acusó a la película de presentar a los
opríchniki como una especie de «Ku Klux Klan» y a Iván como un Hamlet
vacilante. Pero Eisenstein no había juzgado tan equivocadamente al vozhd. Tras
una autocrítica se le permitió rehacer las películas, pero murió antes de poder
completar el proyecto.[122]
Si bien es cierto que Eisenstein no conocía a fondo
la psique de Stalin, quien no se sentía en absoluto culpable por la violencia
que
había desencadenado, La conjura de los Boyardos
capta algunos aspectos del ambiente que había dado lugar al terror. Las
emociones simples de lucha de clases y venganza mostradas en Oktiabr habían
dado paso a una política mucho menos confiada, en la que había que escudriñar
los pensamientos de la gente en busca de dudas y herejías ocultas.
Stalin siguió utilizando las farsas judiciales y
las purgas hasta su muerte en 1953, pero nunca iba a reproducir el terror a tal
escala. Durante la década de 1930 el régimen había oscilado entre el deseo
militante de transformar la sociedad y la disposición a aceptar esta tal como
era, y aquella tensión se mantenía. Una vez concluida la segunda guerra mundial
volvieron a organizarse campañas ideológicas, pero la bolshaia chistka fue el
último intento de imponer mediante una violencia generalizada la unidad ideológica
en el partido y en el conjunto de la sociedad. El Terror también supuso el fin
de los ataques populistas al funcionariado, tan evidentes a finales de la
década de 1920 y más atenuados al final de la siguiente. En 1938 y 1940 se
restablecieron las leyes sobre la disciplina en el trabajo y se restauró el
poder de los directivos y técnicos, y el régimen comenzó a poner los principios
etno-nacionales por encima de los de clase. De la violencia tumultuosa de los
años treinta iba emergiendo el sistema conocido como «estalinismo maduro» —muy
represivo, xenófobo y jerarquizado—, que pronto cobraría protagonismo a escala
mundial.
El terror siguió siendo una mancha sobre la
reputación del comunismo soviético hasta su desaparición. Jruschov, al admitir
su iniquidad en su Discurso secreto de 1956, perjudicó seriamente el prestigio
y la legitimidad del modelo soviético de socialismo, pero en su momento no tuvo
un efecto tan considerable sobre la opinión que merecía el régimen estalinista,
ya fuera dentro o fuera de la URSS, como se podía esperar. Los ya hostiles —en
particular la izquierda trotskista— denunciaron el baño de sangre, pero en el
centro-izquierda europeo había serios motivos para no convertirlo en una
cuestión primordial; durante un período la URSS era el único aliado
posible contra la extrema derecha. La lucha contra
el nazifascismo le iba a dar así al comunismo soviético otra oportunidad.
5
Frentes populares
I
En mayo de 1937, mientras Stalin y Hitler medían
sus fuerzas librando una guerra por poderes en España, en París se celebraba la
Exposición Internacional «Arts et Techniques dans la Vie moderne», destinada a
promover la paz y la reconciliación. En los Jardines del Trocadero se erigió un
«monumento a la paz» y a ambos lados de la gran «Avenida de la Paz» que llevaba
desde el Palacio de Chaillot construido para la ocasión hasta la Torre Eiffel
se enfrentaban los pabellones de la Alemania nazi y la Unión Soviética. A la
derecha, el pabellón soviético diseñado por Boris Iofan mostraba en lo alto la
gigantesca escultura (25 m) de Vera Mujina El obrero y la koljosiana, que
avanzaban juntos blandiendo un martillo y una hoz. A la izquierda se alzaba la
enorme torre neoclásica de Albert Speer, coronada por un águila imperial que
agarraba una esvástica. Speer, que al parecer contaba con una copia subrepticia
de los planos soviéticos, diseñó deliberadamente su edificio como respuesta al
pabellón de Iofan.
Hubo quien vio ambos pabellones como
manifestaciones del «arte totalitario» e indudablemente su monumentalidad podía
tildarse de pretenciosa; ambos exhibían una estética populista bastante
convencional, y la exhibición nazi mostraba una obsesión
por el trabajo y el heroísmo tan intensa como la
soviética;[1] pero pese a las semejanzas, las diferencias también eran muy
notorias.[2] El águila nazi, un símbolo del imperio y la sociedad que se
mostraba en el pabellón, era claramente estática y jerarquizada. La gran
pintura mural Bauhütte («Constructores de catedrales») de Rudolf Hengstenberg
podía sugerir cierto paralelismo con el colectivismo soviético, pero en ella
los obreros aparecían claramente subordinados a un arquitecto dominante en un
arcaico marco gremial. El pabellón soviético, en cambio, aunque también
destacara la figura del gran dirigente Stalin, pretendía presentar, con su
exaltación de las máquinas y esforzados obreros, una sociedad más dinámica.
Había también sutiles diferencias en la simbología con la que se aludía a la
razón y el progreso en ambos pabellones: el soviético estaba atestado de
valiosas muestras didácticas que ensalzaban el desarrollo económico y el cambio
social; el pabellón nazi, por más que abundara la última tecnología alemana,
adoptaba una puesta en escena mística y religiosa: el propio edificio era una
extraña mezcla de templo clásico, iglesia cristiana y mausoleo. De hecho, la
estética dominante en uno y otro pabellón recreaba agudas diferencias de
valores. Mientras que el nazi era deliberadamente conservador, evocando con sus
esculturas y arquitectura neoclásicas, así como sus interiores, el pesado
estilo burgués del siglo XIX, el soviético mezclaba el neoclasicismo con toques
modernistas; su arquitectura sugería un rascacielos estadounidense más que un
templo clásico, aunque dentro los fotomontajes modernos se combinaran con
pinturas del realismo socialista más convencional.[3]
El pabellón soviético presentaba al mundo exterior
ciertos rasgos cruciales de la ideología estalinista. El bolchevismo era la
fuerza del Progreso, que traía al mundo la Ilustración (por muy idolátricas que
fueran las imágenes de Stalin). La sociedad ideal se caracterizaba por el
colectivismo, el trabajo y la producción, y su epítome —la clase obrera
industrial— era el héroe de la historia. En aquella visión predominaba la
economía y poco quedaba, si es que quedaba algo,
del anterior sueño utópico de liberación. Todos
estos temas eran retomados en el Curso breve de historia del partido (1938),
escrito en su mayor parte por el propio Stalin y difundido por todo el mundo
comunista. Allí se hallaba resumida en forma cruda y dogmática la versión
oficial del marxismo: la historia seguía inexorablemente un curso bien
determinado, la Unión Soviética había alcanzado el «socialismo», identificado
con la «fase inferior» del comunismo marxiano, y el resto del mundo seguiría
ese mismo camino. En el «sistema socialista» seguía habiendo desigualdades
salariales y el estado era todopoderoso; los proyectos para su extinción o
desmantelamiento quedaban pospuestos para un futuro muy distante.
Los pabellones nazi y soviético eran mucho mayores
y más grandiosos que los de los demás países; los visitantes se quejaban de
«los malos modos, el exceso de orgullo y vanas pretensiones» que exhibían.[4]
En agudo contraste con ambos estaba el pabellón de la República española, que
adoptaba un enfoque bastante diferente de las luchas ideológicas de la época.
De escala mucho más modesta, estaba construido en un estilo netamente
modernista. Como el pabellón soviético, utilizaba los fotomontajes para mostrar
a sus visitantes los meritorios programas sociales del gobierno;[5] pero a
diferencia de aquel destacaba sobre todo la vanguardia artística, exhibiendo
trabajos de los principales artistas españoles de la época, y en particular el
Guernica de Pablo Picasso. Aunque este no ingresó en el partido hasta 1944, ya
entonces era una figura muy comprometida de la izquierda y había pintado aquel
cuadro como condena de la agresión fascista, mostrando los sufrimientos de la
ciudad vasca destruida por el bombardeo de la aviación alemana tan solo un mes
antes de que se inaugurara la Exposición.
El gobierno de la República española que organizó
aquel pabellón había nacido del triunfo electoral en febrero de 1936 de un
Frente Popular, una alianza entre socialistas, comunistas y republicanos de
izquierda que trataban de enterrar sus diferencias para resistir el asalto de
las «fuerzas nacionales» del general Franco
y sus aliados nazi-fascistas, aunque desde mediados
de la década de 1930 —cuando la Comintern, sobresaltada por el ascenso de la
extrema derecha en Europa, abandonó su anterior línea antisocialdemócrata de
1928— se habían creado muchos otros frentes populares. El pabellón español era
una buena muestra de aquella actitud unitaria: obtuvo el apoyo de algunos de
los intelectuales y artistas más destacados de la época, gente de las más
diversas escuelas políticas y estéticas, ya fueran vanguardistas o populistas;
desde los liberales de izquierda «burgueses» hasta los comunistas, pasando por
los socialdemócratas.
Había, no obstante, una interpretación bastante
menos radical del Frente Popular, encarnada en la Exposición por la
representación francesa —el gobierno francés estaba encabezado entonces por el
socialista Léon Blum con el apoyo de radicales y comunistas—; aunque no contaba
con un pabellón propio, varias galerías y museos organizaron diversas
exposiciones, entre ellas una gran muestra del arte francés desde el período
galorromano.[6] El mensaje del Frente Popular francés, respaldado notoriamente
por los comunistas, era descaradamente patriótico. A Moscú, al parecer, le
satisfacía que los comunistas no solo adoptaran una vía pragmática y
gradualista al socialismo, sino también y junto a ella la retórica
nacionalista.
Los gobiernos frentepopulistas —antes de la segunda
guerra mundial hubo otro, en Chile, además del español y el francés— fueron de
corta vida, pero durante la segunda guerra mundial resucitaron los frentes
populares antifascistas de la izquierda y siguieron siendo fuertes hasta el
inicio de la guerra fría en 1946-1947. Su popularidad era consecuencia de la
una fase mucho más violenta del conflicto social en Europa. La crisis económica
de la década de 1930 radicalizó a la izquierda y a la derecha desatándose una
encarnizada lucha sobre quién debía soportar la carga de la Depresión. Los
nacionalistas radicales de derechas argumentaban que las organizaciones obreras
estaban aprovechando la democracia para socavar el estado y proponían
una nueva política autoritaria para imponer la
jerarquía social y racial, objetivo que alcanzaron en Alemania con la victoria
nazi en 1933. En aquellas condiciones una versión más modernista y al parecer
más abierta del comunismo cobró atractivo para muchos simpatizantes de la
izquierda, convencidos de que solo la disciplina comunista era capaz de hacer
frente a una derecha tan poderosa; Moscú no se mostraba ahora tan sectario y la
disciplina comunista podía aprovecharse para defender la democracia y los valores
de la Ilustración.
Así pues, durante el período comprendido entre 1934
y 1947 el comunismo de inspiración soviética obtuvo considerables éxitos en
Occidente —especialmente en Francia e Italia— y en algunos países de
Latinoamérica. Durante aquella época el comunismo, y con él la Unión Soviética,
se pusieron de moda entre los intelectuales europeos y americanos; pero pese a
aquel entusiasmo, los frentes populares fueron siempre edificios con cimientos
frágiles, propensos a escindirse en varias fracciones, como ilustraban las notorias
diferencias entre los distintos pabellones de la Exposición de París. El ánimo
vanguardista de la representación española coexistía incómodamente con la
agitprop del realismo socialista de estilo soviético, mostrando en el terreno
estético las profundas tensiones entre el comunismo disciplinario estalinista y
una izquierda más utópica y radical. Por otro lado, las esperanzas francesas de
que la Exposición diera lugar a una alianza a escala europea entre el centro
liberal y la izquierda se vieron frustradas cuando una oleada de huelgas
interrumpió el trabajo; el día de la inauguración varios de los pabellones
seguían en obras cubiertos de andamios, en una muestra ominosa de las tensiones
sociales que comenzaban a desintegrar el propio Frente Popular francés.
Pese a esas dificultades, los frentes populares
siguieron contando con el apoyo de mucha gente. Siendo como era la extrema
derecha la principal amenaza, gran parte de la izquierda liberal estaba
dispuesta a pasar por alto el autoritarismo bolchevique y a la cínica política
exterior de Stalin. Pero a partir de 1946-1947 se
agudizaron las tensiones culturales entre el
bolchevismo estalinista y la izquierda no comunista. Tras la derrota de los
nazis, el comportamiento agresivo de la Unión Soviética y los comunistas
locales en Europa central y oriental, y el aparente surgimiento en Occidente de
una nueva forma de capitalismo, más dispuesto a hacer concesiones a los
trabajadores, el comunismo no parecía ni tan necesario ni tan atractivo. No es,
pues, sorprendente que los frentes populares no sobrevivieran mucho tiempo a la
guerra mundial.
II
La sectaria política de «clase contra clase» puesta
en práctica por la Comintern entre sus Congresos VI y VII (de 1928 a 1935) se
basaba en una evaluación profundamente errónea de la situación política en
Occidente, donde al parecer de su Comité Ejecutivo los obreros se estaban
haciendo cada vez más revolucionarios, el capitalismo estaba a punto de
naufragar y el fascismo no era más que el último coletazo de una burguesía
agonizante, un fenómeno pasajero que pronto se hundiría junto con el
capitalismo. A partir de ese análisis erróneo, para el Ejecutivo de la
Comintern era lógico urgir a los comunistas la intensificación de la lucha
contra la burguesía, incluida la socialdemocracia, con el fin de apresurar la
desaparición de los regímenes parlamentarios. Así, en una época en que la
extrema derecha y en particular el Partido Nazi alemán obtenían cada vez más
victorias y se iban reforzando, el fuego de los comunistas, sorprendentemente
para muchos, se dirigía principalmente contra la izquierda moderada, no contra
la derecha.
Pero ya en aquella época algunos dirigentes
comunistas, especialmente los de pequeños partidos que necesitaban alianzas más
amplias, desconfiaban de aquella política. Los representantes del Partido
Comunista Estadounidense (CPUSA) amenazaron en
1929 con ignorar las instrucciones de Moscú, pero
chocaron con la intransigencia de Stalin.[7] El partido fue pronto purgado y
los «derechistas» expulsados, como lo fueron en otros países todos los
comunistas que se oponían a la nueva línea. En varios de ellos aquel viraje
político fue otro desastre para el Partido Comunista. En Checoslovaquia casi la
mitad de los miembros de los «sindicatos rojos» los abandonaron para pasarse a
los socialdemócratas;[8] en Gran Bretaña el número de miembros del partido se desplomó,
pasando de 10 800 en 1926 a 2555 en 1930. La nueva línea basada en fomentar la
revolución y alentar las huelgas salvajes solo servía para facilitar el despido
de los comunistas de sus puestos de trabajo.
Sin embargo, la nueva política tenía apoyos entre
los comunistas que deseaban creer que los tiempos estaban maduros para la
revolución; en Alemania, por ejemplo, la política de confrontación del «tercer
período» era particularmente popular en el KPD, como lo era la denuncia de los
socialdemócratas como «socialfascistas». El número de miembros del partido
aumentó de 130 000 en 1928 a 360 000 a finales de 1932, cuando recibió más de 5
millones de votos, casi el 17 por 100 del electorado.[*] Los terribles conflictos
entre socialdemócratas y comunistas no hicieron más que reforzar la opinión de
estos últimos de que la política de la Comintern estaba acertada. El 1 de mayo
de 1929 los comunistas ignoraron la prohibición de manifestarse en la calle
impuesta por el jefe de policía de Berlín, el socialdemócrata Karl Friedrich
Zörgiebel, y como consecuencia de la represión murieron 32 manifestantes y se
produjeron 1228 detenciones. Para los comunistas estaba claro que la
socialdemocracia no era más que la cara «amable» del nazismo.
Los enfrentamientos callejeros entre los comunistas
y las autoridades se intensificaron a finales de la década de 1920 y principios
de la de 1930. El joven Erich Honecker —más tarde dirigente supremo de la
República Democrática Alemana— creció en aquel ambiente de violencia. Nacido en
1912 en una pequeña ciudad del Sarre, muy cerca de la frontera con Francia,
Honecker
provenía de una familia socialdemócrata radical; su
padre, minero, se incorporó muy pronto al KPD y él mismo fue comunista
prácticamente desde la cuna. De niño ya recogía dinero para los huelguistas e
iba al frente de sus manifestaciones, ya que se creía que la policía no
dispararía contra mujeres y niños. En su juventud fue miembro de un club de
gimnasia obrero y tocaba en una banda de viento del partido. Aunque empezó a
trabajar como tejador con un tío suyo, como a muchos otras jóvenes comunistas
le resultaba imposible encontrar un empleo fijo; su vida era la política. Con
tan solo dieciocho años lo enviaron a la Escuela Internacional Lenin de Moscú,
donde obtuvo calificaciones llenas de alabanzas: «camarada muy diligente y con
mucho talento … entiende muy bien cómo relacionar la teoría con la lucha de
clases en Alemania». Honecker regresó al Sarre convertido en un auténtico
marxista-leninista, convirtiéndose en dirigente de distrito de la liga juvenil
comunista en 1932.[9]
La fe de Honecker —y de Stalin— en la lucha de
clases y en la inminencia de la revolución se vio reforzada por la represión
que siguió a la crisis de 1928-1929. En Alemania la producción industrial cayó
un catastrófico 46 por 100; en Francia, un 28 por 100. La mayoría de los
gobiernos empeoraron aún más el problema siguiendo la ortodoxia librecambista
de la época y disminuyendo el gasto público. Se redujeron las ayudas sociales y
el gasto en bienestar, aumentando el número de los pobres y restringiendo aún más
la actividad económica. La solución keynesiana (adoptada después de la segunda
guerra mundial) de aumentar el gasto público para compensar el descenso de la
inversión privada todavía no era ampliamente aceptada y pocos la defendían con
convicción. Por otra parte, los intentos internacionales de coordinar una
respuesta también fracasaron cuando los dirigentes estatales cayeron en el
pánico adoptando agendas estrechamente nacionalistas. Aunque el colapso del
patrón-oro a principios de la década de 1930 contribuyó en cierta medida a la
recuperación de la
economía europea, los efectos de la Depresión
siguieron siendo patentes durante toda la década.
No cabe, pues, sorprenderse de que muchos llegaran
a creer que el capitalismo liberal no tenía respuestas para los problemas de la
época. El sistema parecía incapaz de proporcionar empleo a las masas de
trabajadores de Europa y América. El estado de ánimo de la mayoría de los
intelectuales se vino abajo y el optimismo liberal de la década de 1920 se
evaporó. Para muchos votantes de centro-izquierda parecía que la Unión
Soviética con sus tasas de crecimiento (oficiales) del 22 por 100 anual tenía
algo que enseñar a Occidente (todavía no se conocían ampliamente los
extraordinarios niveles de despilfarro y el bajo nivel de vida de los
trabajadores). Hasta las élites liberales estaban impresionadas por los éxitos
soviéticos. En 1931 el embajador británico en Berlín escribió que todos
hablaban de «la amenaza representada por los progresos hechos por la Unión
Soviética en su primer plan quinquenal y la necesidad de que los países
europeos realicen un serio esfuerzo para poner su casa en orden antes de que la
presión económica soviética se haga demasiado fuerte».[10]
La respuesta de la extrema derecha a la crisis del
capitalismo liberal era lógicamente muy diferente. Para ella el liberalismo y
el comunismo eran los responsables de la fragmentación de la nación y amenazaba
sus legítimas ambiciones imperiales: los liberales eran responsables del
conflicto político y la crisis económica, mientras que los comunistas
predicaban una lucha de clases que dividía al país. La solución para los nazis,
los fascistas italianos y sus imitadores en Europa oriental y otros lugares,
era una nación militarizada, masculinizada y movilizada. Ese modelo tenía
evidentemente mucho en común con el estalinista; la diferencia estaba en que,
para la derecha, el derecho de propiedad, así como las jerarquías sociales y
profesionales, tenían que permanecer fundamentalmente intactos. Los fascistas y
los nazis «de izquierda» también esperaban un serio ataque al capitalismo
liberal y su práctica social basada en el mercado, pero en general eran
ignorados y más pronto o más tarde fueron purgados.
La extrema derecha obtuvo cierto apoyo de la clase obrera, pero allí donde
llegaba al poder su régimen favorecía en general a los patronos y no a los
trabajadores; los sindicatos independientes eran prohibidos y los salarios
permanecían bajos.
Al intensificarse la crisis económica aumentó el
apoyo a los comunistas y a la extrema derecha, especialmente en Alemania. La
política se estaba convirtiendo en un juego de suma cero: la izquierda insistía
en que se mantuvieran las ayudas sociales y la derecha creía que el movimiento
obrero estaba destruyendo el país al resistirse a la necesaria reconversión. El
compromiso era cada vez más difícil. El Partido Socialdemócrata apoyó
tácitamente al canciller Brüning, del Partido del Centro católico (Deutsche Zentrumspartei)
desde septiembre de 1930, por miedo a la convocatoria de elecciones que podrían
incrementar la representación del Partido Nazi; pero aquella alianza exasperaba
a los seguidores de ambos extremos del espectro político. El apoyo al KPD aumentó
entre los obreros, llegando casi a igualar al del SPD en las elecciones de
noviembre de 1932, mientras que las clases dominantes comenzaban a buscar
soluciones autoritarias a la creciente agitación. En julio de 1932 el canciller
Von Papen, sucesor de Brüning, dio un golpe contra el gobierno socialdemócrata
elegido en Prusia, pretextando que no era capaz de mantener el orden, con lo
que la democracia parlamentaria parecía condenada. Quizá en aquel momento una
izquierda unida podría haber salvado la situación, como parecía temer Von Papen
que sucediera; pero el Partido Socialdemócrata estaba demasiado desmoralizado y
comprometido con la legalidad, y el comunista, mejor armado, no estaba
dispuesto a apoyar a quienes lo habían reprimido duramente; tampoco es seguro
que un frente unido de la izquierda hubiera podido prevalecer frente al
ejército.[11] La vía quedaba así abierta para el nombramiento por el presidente
Von Hindenburg en enero de 1933 de Adolf Hitler como canciller. Stalin y la
política de «clase contra clase» de la Comintern desempeñaron ciertamente un
papel
en aquel desastroso resultado, pero fue solo un
factor entre otros muchos.
El NSDAP actuó rápidamente para destruir el
Parlamento y los derechos civiles, proscribiendo a los comunistas y
socialdemócratas y encarcelando a miles de ellos. La toma del poder por los
nazis fue solo uno de los muchos asaltos autoritarios de la extrema derecha
durante el período de entreguerras: los fascistas italianos habían prohibido a
la izquierda socialista ya en 1924; Hungría, Albania, Polonia, Lituania,
Yugoslavia, Portugal y España habían sido gobernadas por la derecha autoritaria
antes de la Depresión, y después del triunfo nazi la democracia parlamentaria
fue abandonada en Austria, Estonia, Letonia, Bulgaria, Grecia, y (de nuevo) en
España; pero el ataque contra la izquierda alemana fue particularmente
devastador, destruyendo de un golpe al mayor partido comunista fuera de la
Unión Soviética y al partido socialdemócrata más influyente de Europa.
Los acontecimientos en Alemania llevaron
inevitablemente a muchos comunistas a cuestionarse la línea de «clase contra
clase» de la Comintern. Ahora era ya evidente que el principal enemigo era la
derecha nazi-fascista y no los socialdemócratas. Al mismo tiempo estos últimos
se desilusionaron de sus aliados centristas liberales. La decisión de la clase
dirigente alemana de dar la bienvenida a los nazis fue solo un ejemplo de la
política liberal de «apaciguamiento» de la extrema derecha. Al mismo tiempo que
los comunistas repensaban su estrategia, los socialistas se desplazaban hacia
la izquierda. Las circunstancias parecían maduras para un acercamiento entre
camaradas y hermanos separados.
III
En 1936 la industria cinematográfica soviética
produjo uno de sus mayores éxitos: Circo.[12] Con un guión escrito por un
equipo de
eminentes autores, entre ellos Isaak Babel, y
dirigida por Grigori Aleksandrov, uno de los colaboradores de Eisenstein en
Octubre, era un buen ejemplo de injerto en el «realismo socialista» de la
comedia musical hollywoodense. Contaba la historia de una cantante y bailarina
estadounidense, «Marion Dixon» (una combinación entre Marlene Dietrich y Ginger
Rogers a cargo de la actriz rusa más popular de la época, Liubov Orlova),
proscrita en Estados Unidos por los residentes racistas de «Sunnyville» por tener
un hijo con un afroamericano. Era rescatada por un empresario alemán, Von
Kneischitz, cuyas intenciones son no obstante explotadoras, no caritativas: la
ve como fuente segura de dinero en una gira circense por la Unión Soviética.
Dixon eleva el circo a la cumbre de la popularidad, se enamora del acróbata
Martinov y decide permanecer en la URSS. Von Kneischitz, alter ego de Hitler,
preocupado por la posibilidad de perder a su estrella principal, hace cuanto
puede por retenerla. En el momento culminante de la película, una danza
espectacular en la que aparecen cohetes, hombres del espacio y atractivas
bailarinas, muestra al público al hijo de Marion, esperando que la audiencia
soviética, escandalizada, la expulse de la Unión Soviética; pero, para su
consternación, el público acoge con aplausos la aparición del niño. El color de
la piel —nos dice el presentador del circo— ya sea negro, blanco o verde, no
tiene importancia en la tierra de los soviets. Representantes de las distintas
nacionalidades de la URSS, vestidos con su traje regional tradicional, se pasan
al sonriente crío de uno a otro, cantando cada uno de ellos un verso de una
nana en su propia lengua; lo más señalado, dada la política nazi de la época,
es la presencia del escritor judío Solomon Mijoels cantando un verso en
yiddish. El film acaba con la sorpresiva aparición de Marion Dixon y los demás
artistas del circo en medio de un mitin en la Plaza Roja enarbolando banderas y
retratos de los miembros del Buró Político y llevando en volandas al niño negro,
mientras desfilan frente a Stalin ante el mausoleo de Lenin. Mientras avanzan
cantan «La canción de
la patria», una exaltación de la igualdad étnica
tan popular que casi se convirtió en himno oficioso de la URSS.
Buena parte de la película seguía esquemas propios
de Hollywood, ya fueran las bufonadas chaplinescas o los números de baile al
estilo de Busby Berkeley, pero intercalaba hábilmente un mensaje político: los
nazis —racistas y capitalistas— y los soviéticos —humanistas y socialistas—
compiten por el alma de la ingenua occidental Marlon Dixon, que tras un período
de esclavitud bajo la bota del «fascismo» de Von Kneischitz, se convence de que
la vida es mejor en el socialismo soviético. Circo, programada para celebrar la
Constitución soviética de 1936, mostraba la URSS como un país unificado, libre
de conflictos étnicos y de clase y portador de los valores de la Ilustración.
Era una sociedad libre y feliz, en la que le gustaría vivir a cualquier
occidental de mente abierta, procediera del medio social del que procediera:
hasta los artistas de circo pequeño-burgueses eran bien recibidos. La URSS
estaba dispuesta a aliarse con todas las fuerzas «progresistas», de todas las
clases. Sus únicos enemigos eran un pequeño grupo de reaccionarios y fascistas
racistas, representados por el aristócrata Von Kneischitz (kniaz significa en
ruso «príncipe»).
Circo estaba destinada principalmente a la
audiencia soviética y se convirtió en el éxito del año; pero también se vio en
Europa oriental y occidental —más aún después de la guerra— y articuló la nueva
línea frentepopulista convertida en ortodoxia en 1935; aun así llevó algún
tiempo hasta que la toma del poder por los nazis en 1933 mitigara las
diferencias entre la Segunda Internacional y la Comintern; los emponzoñados
conflictos del pasado no eran fáciles de olvidar.
A nivel de cada país, no obstante, las ventajas de
una alianza antifascista parecían claras. La izquierda francesa era la más
entusiasta a este respecto. A raíz de la Depresión la política se polarizó aún
más y el 6 de febrero de 1934 una violenta manifestación de la extrema derecha
obligó a dimitir al primer ministro Édouard Daladier, del Partido
Radical-Socialista de centro-
izquierda. Seis días después los sindicatos,
socialistas y comunistas, convocaron una huelga general contra la derecha y en
defensa de la democracia, temiendo una repetición de lo sucedido en Alemania.
Aquella unidad de acción impresionó al dirigente búlgaro de la Comintern,
Georgi Dimitrov, quien mantuvo varias reuniones con Stalin para convencerle de
la necesidad de una nueva línea.[13]
Stalin seguía desconfiando de la socialdemocracia,
y al parecer aceptó la propuesta de Dimitrov de muy mala gana.[14] Su enfoque
de la política exterior era similar al de la política interna: la URSS tenía
que seguir siendo el «baluarte de la revolución»;[15] tenía que preservar su
pureza ideológica y estar dispuesta a extender el socialismo cuando las
condiciones fueran propicias en algún momento futuro.[16] De hecho, en 1927
Stalin comparó explícitamente la Unión Soviética con la Francia jacobina: del
mismo modo que «el pueblo danzó al son de la Revolución Francesa del siglo
XVIII, aplicando sus tradiciones y ampliando su sistema», ahora la gente
«danzará al son de la revolución de Octubre».[17] La conciliación entre las
clases y la condescendencia no podían, pues, ir demasiado lejos. Sin embargo,
dada la debilidad de la URSS, lo único que se podía intentar era el «socialismo
en un solo país», forjando alianzas con fuerzas burguesas a fin de preservarlo.
Stalin creía que la guerra entre los campos socialista y capitalista era en
último término inevitable, pero que debía posponerse hasta que la Unión
Soviética estuviera dispuesta para la batalla.[18] Estaba convencido de que
finalmente llegaría la revolución mundial, pero lo más probable a su juicio era
que eso sucediera en un momento de guerra, preferiblemente entre las potencias
«imperialistas».[19] Entretanto era improbable que se produjeran nuevas
revoluciones, especialmente en Europa occidental, donde las masas se habían
dejado embaucar por la «democracia burguesa».[20]
Finalmente Dimitrov y otros dirigentes de la
Comintern, entre ellos el dirigente del partido italiano Palmiro Togliatti,
convencieron a Stalin valiéndose del giro en la política exterior soviética,
que ahora
buscaba una alianza con Francia y Gran Bretaña
contra Alemania. Al final de aquel año Stalin accedió a la nueva línea, que fue
finalmente respaldada por la Comintern en su VII Congreso celebrado durante el
verano de 1935.[21]
Según las decisiones de la Comintern en aquel
congreso, los partidos comunistas occidentales solo podían aliarse con partidos
que tuvieran un programa radical, anticapitalista, como preludio para la
revolución;[22] pero en la práctica la política frentepopulista les permitía
participar en gobiernos socialistas moderados y defender la democracia
parlamentaria contra el fascismo. Desistieron, pues, de la agitación por una
revolución proletaria y comunista, al menos en el futuro inmediato, apelando en
su lugar al nacionalismo local para ganar apoyo.
Los partidos comunistas de todo Occidente dieron,
pues, primacía a partir de entonces a la reconciliación y la unidad nacional,
en consonancia con el nuevo énfasis en el patriotismo adoptado por el PCUS. El
comunismo ganó así mucha respetabilidad, incluso en Estados Unidos. Aunque el
CPUSA estaba estrechamente controlado por la Comintern, proclamaba haber
heredado «las tradiciones de Jefferson, Paine, Jackson y Lincoln» y colaboraba
con un amplio abanico de organizaciones sindicales, iglesias y grupos por los
derechos civiles.[23] La actitud militante de los frentes populares hacia las
cuestiones raciales atrajo también a muchos obreros inmigrantes de segunda
generación que habían sufrido la Depresión y se reconocían como «clase obrera».
El partido que siguió con más éxito la línea del
Frente Popular fue el francés, bajo el liderazgo de Maurice Thorez, nacido en
1900 en el departamento de Pas-de-Calais y educado en una familia de mineros
socialistas del ala más izquierdista (guesdista). Aunque tuvo que trabajar
desde muy pequeño en la mina, su puesto como asistente de un oficial durante su
servicio militar, poco después de la primera guerra mundial, le permitió
dedicar parte del tiempo a la lectura y a las discusiones políticas. Después
tuvo varios empleos de corta duración,[24] pero su capacidad oratoria le
permitió escalar
rápidamente en la jerarquía del Partido Comunista,
observando y obedeciendo escrupulosamente las disposiciones de Moscú. Sus
adversarios en el partido lo consideraban blando, sumiso y dócil, con escaso
carisma; pero su trato suave y su sonrisa beatífica resultaban ideales para
ganarse a los socialistas y liberales más escépticos. No era el combatiente
rabioso de las pesadillas conservadoras; su imagen no provocaba la alarma
burguesa despertada por el dirigente socialista Léon Blum, aparentemente más
amenazador y además judío.
La imagen de Thorez también llamaba la atención por
el fajín tricolor que vestía bajo la chaqueta en las asambleas y ceremonias
públicas, con lo que enfatizaba sus raíces francesas; los comunistas se
presentaban ahora como los sucesores legítimos de los patriotas jacobinos,
emparentando en cambio a los fascistas con los émigrés de la antigua
aristocracia, coaligados con los reaccionarios extranjeros. En junio de 1939
celebraron incluso el 150.º aniversario de la Revolución Francesa con un gran
festival robespierrista, en el que seiscientos niños con gorros frigios
plantaron otros tantos árboles de la libertad;[25] también utilizaban un
lenguaje populista jacobino, hablando de la «lucha de los más humildes contra
los grandes propietarios» y señalando como enemigo a una pequeña aristocracia
de «doscientas familias», no a toda la burguesía.[26]
La nueva imagen del Partido Comunista le permitió
desempeñar un importante papel en la política francesa durante algún tiempo
como partido de izquierdas no revolucionario;[27] sin embargo, su verdadera
naturaleza no cambió. Como los demás partidos comunistas aspiraba a ser para
sus miembros una institución «total», al estilo, en cierta forma, de una secta
religiosa.[28] Como en la URSS, estos debían estudiar la doctrina del partido,
escribir autobiografías describiendo su historia política y personal y someterse
a la autocrítica ideológica.[29] Se esperaba que guardaran los secretos del
partido y contemplaran el mundo exterior, fuente potencial de contaminación,
con «vigilancia» y sospecha. Su vida social y familiar estaba a menudo
enteramente ligada al partido.
Debían seguir siendo la vanguardia, dispuesta a
realizar la revolución cuando llegara el momento propicio, aunque los niveles
de participación variaban dependiendo de la posición de cada uno en el partido.
Pero si bien se esperaba que mantuvieran su pureza,
los comunistas franceses debían ahora cooperar con otras fuerzas y así lo
hicieron, justo cuando los trabajadores se estaban radicalizando debido a la
Depresión. El resultado fue la incorporación de miles de nuevos miembros,
creciendo desde los 40 000 que tenía en 1934 hasta 328 647 en 1937. El PCF
reemplazó así al KPD como principal organización de la Comintern fuera de la
Unión Soviética. En mayo de 1936 el Frente Popular formado por socialistas, comunistas
y radicales obtuvo la mayoría en las elecciones y Léon Blum se convirtió en
primer ministro, apoyado por los comunistas desde fuera del gobierno.
Sin embargo fue el Frente Popular español el que
más contribuyó, al menos durante un tiempo, al creciente prestigio del
comunismo internacional. Allí la política estaba aún más polarizada que en
Francia; de hecho, algunas regiones tenían mucho en común con los viejos países
agrícolas donde el comunismo había tenido tanto éxito en los años posteriores a
la primera guerra mundial, ya que, como en ellos, seguía sin resolver la
cuestión de la reforma agraria. Los campesinos sin tierra, especialmente en el
sur, se sentían atraídos por un socialismo radical descentralizador, mientras
que el ala izquierda del Partido Socialista, los anarcosindicalistas y el
Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), con una línea casi trotskista,
tenían mucho apoyo; pero también lo tenía la derecha, muy arraigada entre los
pequeños campesinos del norte y del centro de la península. Cuando una lábil
alianza de izquierdas de republicanos, socialistas, anarcosindicalistas y
comunistas ganó las elecciones en febrero de 1936, en muchas zonas rurales y
urbanas estalló inmediatamente una revolución social. La victoria electoral de
la izquierda provocó a su vez un golpe militar dirigido por el general
reaccionario Francisco Franco. Las agudas tensiones
sociales en España precipitaron así una guerra
civil; y al cabo de una semana del golpe militar del 18 de julio el conflicto
se había convertido en internacional, cuando Mussolini y Hitler enviaron ayuda
militar a los rebeldes de Franco.
Stalin se vio ante un dilema. Los republicanos
españoles carecían de amigos extranjeros: el Frente Popular francés tenía mucho
miedo a enfrentarse a la Alemania nazi, y el gobierno conservador de Baldwin en
Gran Bretaña no tenía la menor intención de ayudar a un gobierno tan
«izquierdista» como el español. Solo la URSS podía detener a Franco en España y
evitar así que el equilibrio de poder en Europa se desplazara a favor de los
fascistas; sin embargo, el apoyo soviético a los republicanos españoles podría preocupar
a las clases dominantes en Francia y Gran Bretaña y frustrar cualquier
posibilidad de un tratado de seguridad colectiva contra Hitler.[30] Stalin dudó
durante algún tiempo, pero al final decidió enviar armas y comisarios,
insistiendo en que el Frente Popular no pretendiera el socialismo; escribió al
primer ministro socialista Largo Caballero, arguyendo que la «vía
parlamentaria» se adecuaba mejor a las condiciones españolas que el modelo
bolchevique, pidiéndole que tuviera en cuenta los intereses de la clase media
rural y urbana y aconsejándole que reforzara los vínculos con la izquierda
republicana. Para la Unión Soviética, ganar la guerra y mantener los aliados
burgueses tenía prioridad por encima de la revolución socialista.
Esto llevó al Partido Comunista de España a adoptar
una política más pragmática y gradualista que otros componentes del Frente
Popular, incluido en ocasiones el propio Largo Caballero; pero a finales de
1936 parecía que la estrategia comunista había tenido éxito. El Partido
Comunista amplió enormemente sus filas[31] y su enfoque centralizado y
militarizado de la política parecía más eficaz que el de las divididas y
caóticas fuerzas radicales y socialistas, por más que estas fueran más
democráticas. El Comintern reclutó a unos 30 000 voluntarios, en su mayoría
comunistas y obreros, de cincuenta nacionalidades distintas que constituyeron
las famosas
«Brigadas Internacionales». En noviembre de 1936,
cuando las tropas franquistas se acercaban a Madrid, el gobierno de Largo
Caballero abandonó la capital y se trasladó a Valencia, dejando la ciudad al
mando de una Junta encabezada por el general Miaja. Las Brigadas
Internacionales y el PCE fueron vitales en la defensa de Madrid, que resistió
el cerco de los nacionales. Las armas soviéticas, aunque escasas al principio,
y la organización y disciplina comunistas, defendieron la democracia frente al
fascismo.
IV
1936 fue quizá el momento culminante del prestigio
en Occidente de la Internacional Comunista, cuyas secciones francesa o
británica, a diferencia de la SFIO y del Partido Laborista, parecían la única
fuerza dispuesta a actuar decisivamente contra la reacción de extrema derecha.
Además, desde mediados de la década de 1930 los intelectuales occidentales se
habían enamorado de la planificación. Los comunistas tenían ahora una imagen
disciplinada y racional como herederos de la Ilustración. Ya no eran los revolucionarios
del período posterior a la primera guerra mundial, ni los militantes sectarios
de la década anterior. Su marxismo era mucho más modernista y racionalista.
Eric Hobsbawm, historiador de origen austríaco y
uno de los cronistas más incisivos de aquel período, captó espléndidamente
aquel ambiente circunspecto. Siendo aún adolescente había participado en
manifestaciones del KPD en Berlín en 1932-1933, pero el comunismo del partido
británico, al que se incorporó en 1936, al ingresar en el King's College de
Cambridge, era muy diferente:
Los partidos comunistas no eran para gente
romántica y lo que predominaba en ellos, por el contrario, era la organización
y la rutina … El secreto del partido leninista no residía en soñar con las
barricadas, ni siquiera en la teoría marxista; se puede resumir en dos frases:
«las decisiones deben verificarse» y la «disciplina de partido». Su atractivo
estaba en que conseguía que las cosas se hicieran allí donde otros vacilaban o
fracasaban. La vida en el partido era casi visceralmente antirretórica, lo que pudo
contribuir a producir aquella cultura de aburrimiento infinito y casi agresivo
… «informes» absolutamente ilegibles que los demás partidos copiaban de la
práctica soviética … El «partido de vanguardia» leninista era una combinación
de disciplina, eficiencia administrativa, enorme identificación emocional y una
sensación de dedicación absoluta.[32]
Muchos intelectuales de izquierda no comunistas se
sentían atraídos por aquella lúcida disciplina estatalista que podía
contrarrestar el irracionalismo fascista y sacar al mundo de la Depresión, y
también fueron muchos los que visitaron la Unión Soviética para verificar con
sus propios ojos el «gran experimento». En 1932 Kingsley Martin, director de la
revista británica de izquierdas New Statesman, declaró que «todos los
intelectuales británicos han viajado a Moscú este verano».[33] El afán
soviético por dar la bienvenida e impresionar a los visitantes con viajes de
propaganda bien pensados alimentó aún más aquel entusiasmo. Se publicaron
cientos de guías y crónicas de aquellos viajes; en 1935 más de doscientos
intelectuales franceses visitaron la URSS y el filósofo comunista Paul Nizan
realizó una gira de conferencias por toda Francia, describiendo las maravillas
de las que había sido testigo.[34]
La «Unión Soviética» que veían los visitantes
combinaba sus propios prejuicios utópicos con el socialismo de
«pueblo-Potemkin» presentado por sus guías. Contemplaban con entusiasmo las
medidas de protección social, la educación de masas y la organización racional
del ocio. Envidiaban la alta consideración que disfrutaban en la URSS los
intelectuales (al menos los más obedientes); pero lo que más les gustaba era la
planificación. El régimen soviético era, en su opinión, un paraíso sansimoniano
donde la ciencia y la eficiencia daban forma a una
visión moral de la transformación social.
Los socialistas británicos Beatrice y Sidney Webb
fueron el ejemplo más notorio de ese entusiasmo. Tecnócratas y elitistas,
defendían un socialismo racional y modernizador; pero no les gustaban las
revoluciones, que consideraban violentas, anárquicas e irracionales. Durante la
década anterior se habían mostrado muy críticos hacia la URSS, pero el primer
plan quinquenal de Stalin les encantaba y en 1932, ya septuagenarios, hicieron
una gira por la Unión Soviética. El resultado de sus investigaciones fue una obra
prolija y pormenorizada de más de un millar de páginas, El comunismo soviético:
¿una nueva civilización?, publicado en 1935.
Cuando se publicó la segunda edición en 1937 los
editores quitaron las interrogaciones. La «nueva civilización» del matrimonio
Webb era una tierra de comités, conferencias y consultas; casi podía parecer
que escribían sobre el Consejo Municipal de Londres, al que Sidney Webb había
dedicado gran parte de su carrera. Leyeron resmas y resmas de documentos
oficiales, incluida la Constitución estalinista de 1936, y aseguraron a sus
lectores que en ella se disponía con detalle la celebración de elecciones, la
democracia y la rendición de cuentas de los cargos públicos; sería por tanto
totalmente equivocado llamar «dictadura» a la Unión Soviética, decían.[35]
Autores como los Webb estaban dispuestos a aceptar
las declaraciones de las autoridades soviéticas por razones políticas; otros
sucumbieron a una manipulación más descarada. El caso del paisajista francés
Albert Marquet resultó mucho más elemental para la Sociedad para Relaciones
Culturales con Países Extranjeros de Toda la Unión (VOKS), la institución que
acogía a los visitantes extranjeros. No le interesaba la política y no era en
modo alguno comunista; sus guías informaban que era irritable y no se mostraba
impresionado; pero las cosas cambiaron cuando visitó el Museo de Arte
Occidental Contemporáneo en Leningrado, sintiéndose complacido al comprobar que
sus propias pinturas formaban una
parte destacada de la exhibición permanente, junto
a obras de Matisse y Cézanne. Lo que no le dijeron es que la VOKS había
dispuesto sacarlas de un almacén expresamente para su visita. Marquet asistió a
varios encuentros amañados con jóvenes artistas que le aseguraban que lo
consideraban su mentor y que gozaron de una amplia cobertura de prensa. Al
regresar a Francia, su actitud había cambiado por completo: «Me gustó la URSS …
Imaginen un país enorme en el que el dinero no determina la vida de la gente»,
declaraba. En un escueto informe, la VOKS se felicitaba por el éxito de sus
complejos esfuerzos: «La comunidad artística soviética se implicó activamente
en esta tarea (la visita de Marquet). Todo funcionó según lo planeado».[36]
Pero para algunos de los «compañeros de viaje» no
fue la manipulación o la credibilidad lo que los llevó a pasar por alto la
represión y la violencia política; simplemente la consideraban necesaria e
inevitable. El cantante afroamericano Paul Robeson declaró en 1937: «Por lo que
he visto del funcionamiento del gobierno soviético, solo puedo decir que a
quien levante su mano contra él deberían matarlo». De forma parecida, el
corresponsal del New York Times, Walter Duranty, que negaba en particular la
hambruna de 1932-1933, creía que la violencia era inevitable en un país tan
atrasado como la URSS, aunque también le interesaba congraciarse con sus
anfitriones para impulsar su propia carrera.[37] Otros ocultaban
deliberadamente los aspectos negativos de la experiencia soviética porque no
querían socavar el frente antifascista. El escritor francés André Malraux, que
como revolucionario romántico sentía poca simpatía por la cultura disciplinaria
de la Comintern, podía ser muy crítico con la URSS en privado pero en público
se mostraba como un ferviente admirador.
El
historiador británico Richard Cobb, que vivía en París por aquella época,
explicaba las difíciles opciones políticas ante las que se veía la izquierda
liberal:
Lo primero que vi al llegar a Francia fue a un
grupo de mozalbetes arrogantes de la Action Française [agrupación de extrema
derecha] golpeando a un estudiante judío; y eso sucedía todos los días. Es
difícil expresar el odio que cualquier persona decente sentía por aquellos
cobardes señoritingos … Francia vivía en una guerra civil moral y mental
Uno
tenía que elegir entre los fascistas y los comunistas como compañero de
viaje.[39]
El poeta chileno Pablo Neruda utilizaba un lenguaje
parecido de alternativas insoslayables, aunque él, a diferencia de Cobb, se
comprometió más con la causa comunista. En sus memorias recordaba que su
estancia en España lo convenció de que debía apoyarles:
Los comunistas eran el único grupo organizado y
habían organizado un ejército para enfrentarse a los italianos, alemanes, moros
y falangistas. Eran también la fuerza moral que mantenía en funcionamiento la
resistencia y la lucha antifascista. Llegué a la conclusión de que había que
elegir. Eso es lo que hice, y nunca he tenido razones para lamentar aquella
elección entre la oscuridad y la esperanza en aquella época trágica.[40]
Neruda no era el único en aquella disyuntiva
apremiante, y la guerra civil española fue decisiva en la recobrada popularidad
del comunismo en Latinoamérica, debido a sus estrechos lazos culturales con
España; muchos latinoamericanos acudieron a combatir en la guerra civil y los
exiliados españoles también desempeñaron un importante papel en el impulso a
los partidos comunistas latinoamericanos tras años de fracasos.
Tras la revolución de 1917 se habían fundado en
toda Latinoamérica partidos comunistas que atrajeron a muchos intelectuales,
pero al igual que en muchos otros países fuera del mundo desarrollado, durante
la década de 1920 sus avances fueron escasos. La extrema represión de los
estados autoritarios, respaldados por la influyente Iglesia Católica, explica
en gran medida esa debilidad, pero también se debía a la rígida obsesión de la
Comintern por el proletariado industrial —que en la mayoría de los países de Latinoamérica
era minúsculo—, por lo que le resultaba difícil competir con partidos
populistas más amplios y aprovechar el
radicalismo del campesinado. El marxista peruano
José Carlos Mariátegui, fundador y secretario general del Partido Socialista
que poco después se convertiría en PCP, trató de impulsar un frente amplio de
obreros, intelectuales y campesinos indígenas, pero la Comintern condenó
enérgicamente su supuesto populismo, aunque sí apoyó dos levantamientos en El
Salvador en 1932 y en Nicaragua a finales de la década de 1920 y principios de
1930 protagonizados principalmente por los campesinos. Ninguno de ellos triunfó
y la Comintern desempeñó un papel muy limitado en la rebelión antiimperialista
del nicaragüense Augusto César Sandino.
Las perspectivas de los partidos comunistas
latinoamericanos mejoraron tras la adopción por la Comintern de la política
frentepopulista, especialmente allí donde había una industria significativa y
un potente movimiento obrero. En México un Partido Comunista relativamente
débil forjó una alianza informal con el presidente reformista Lázaro Cárdenas y
en Chile el Frente Popular del que formaba parte el Partido Comunista consiguió
llevar a la presidencia del país al radical Pedro Aguirre Cerda en las elecciones
de 1938. Tanto en Chile como en México los comunistas se beneficiaron
enormemente de su participación en la guerra civil española.[41]
V
Sin embargo, no toda la izquierda consideraba lo
sucedido en España como una validación de la estrategia de la Comintern, y de
hecho exacerbó la mayor escisión producida hasta entonces en el comunismo
internacional, la que se dio entre estalinistas y trotskistas. Trotski,
exiliado primero a Turquía y luego a Francia, Noruega y México, se convirtió en
uno de los principales críticos marxistas de Stalin. Le enfurecía la
popularidad de la URSS entre los intelectuales de Occidente: «Aparentando un
reconocimiento
tardío de la revolución de Octubre, los
intelectuales “de izquierda” occidentales se arrodillan ante la burocracia
soviética».[42] Pero cuando escribió esto, en 1938, el flechazo entre los
intelectuales occidentales de izquierda y el comunismo soviético ya estaba
comenzando a agriarse. Las farsas judiciales de Moscú en 1936-1938 y las purgas
de dirigentes de la Comintern tuvieron un efecto acumulativo y trastornaron
profundamente a muchos comunistas y compañeros de viaje, aunque, por ejemplo,
Paul Nizan se negó a hablar de ellas incluso con sus amigos Jean-Paul Sartre y
Simone de Beauvoir.[43]
Sin embargo, la causa principal de desilusión fue
el fracaso de la política frentepopulista, en particular en España. El Frente
Popular era un compromiso precario. Los comunistas habían abandonado sus viejos
objetivos revolucionarios, al menos por un tiempo, para atraer a los
socialdemócratas y reformistas burgueses, pero no por eso habían dejado de ser
antiliberales y trataban de conservar el apoyo de la clase obrera. Esta era la
esencia del comunismo soviético y para los estalinistas la disciplina de hierro
del partido era lo que le daba a este su ventaja en la lucha contra el
fascismo. Aquel equilibrio doloso era, en último término, imposible de
mantener.
Fue el «realismo» y moderación de los comunistas lo
que suscitó los primeros problemas de la Comintern cuando se vio teniendo que
hacer frente a una erupción de radicalismo popular. En Francia, el gobierno de
Léon Blum llegó al poder entre huelgas masivas y ocupaciones de fábrica; los
grupos trotskistas integrados en el Partido Socialista argumentaban incluso que
las condiciones estaban maduras para la revolución. El Frente Popular acordó
importantes concesiones a los trabajadores en los acuerdos de Matignon, como la
semana de cuarenta horas y las vacaciones pagadas, pero las huelgas
continuaban. Maurice Thorez apoyó a Blum: ahora que los obreros habían obtenido
tanto, debían «saber cómo acabar una huelga»; pero los comunistas, temiendo
verse desbordados por la izquierda, comenzaron pronto a apoyar las
reivindicaciones obreras y las relaciones con los
radicales y socialistas se tensaron. Por otra parte, la decisión de Blum de no
intervenir en favor del bando republicano español por temor a desencadenar una
guerra europea provocó nuevos conflictos. Los socialistas comenzaron a temer la
fuerza del PCF (como también sucedió en Chile, donde los socialistas temían que
los comunistas aprovecharan en su contra el radicalismo popular);[44] pero
fueron los radicales burgueses los que, creyendo que los obreros habían
obtenido demasiado, retiraron en abril de 1938 su apoyo a Blum, que se vio
obligado a dimitir como jefe del gobierno, y pusieron fin a la experiencia del
Frente Popular.
En España los comunistas estaban menos dispuestos a
los compromisos con la izquierda más radical, porque lo que estaba en cuestión
allí era la seguridad de la Unión Soviética. La victoria de la izquierda en las
elecciones de 1936 se vio acompañada en algunas regiones por una revolución
social: los anarcosindicalistas de la CNT impulsaron a los obreros a tomar las
fábricas y expulsar a sus propietarios; los campesinos se apoderaban de las
fincas y creaban granjas colectivas y cooperativas. Del mismo modo que Lenin
había rechazado los consejos de fábrica en 1918, el PCE estaba convencido de
que los experimentos igualitarios solo servían para socavar el esfuerzo de
guerra. La victoria exigía centralización y eficiencia económica. Argumentaba
que las condiciones solo estaban maduras para un régimen socialista de mercado
(del tipo «NEP»), gobernado por una coalición de «fuerzas progresistas» que
debía incluir a los partidos republicanos burgueses y respetar la propiedad
privada. Al mismo tiempo eran virulentamente hostiles al POUM, un partido
comunista de izquierdas dirigido por el viejo amigo de Trotski, Andreu Nin. El
PCE y su aliado, el primer ministro tecnócrata-republicano Juan Negrín,
obtuvieron así el apoyo de los grupos de clase media preocupados por el poder
de los obreros y anarquistas.[45] En mayo de 1937 el gobierno republicano,
acicateado por el PCE, dio un golpe en Barcelona contra los anarquistas y
poumistas, cuya resistencia fue rápidamente
aplastada. El servicio secreto soviético, que
contaba con un importante contingente en España dirigido por el general Orlov,
se encargó de asesinar a Nin y desmantelar el POUM, encarcelando o asesinando a
muchos otros de sus militantes.[46]
George Orwell, como muchos otros intelectuales de
su generación, ansiaba ayudar a la República española; pero a diferencia de la
mayoría de ellos acabó integrándose en el POUM, más por casualidad que por
convicción ideológica. Estaba en Barcelona durante las jornadas de mayo de 1937
y su informe Homage to Catalonia, publicado en 1938, resultó una de las
denuncias más enérgicas e influyentes de la época del comunismo de estilo
soviético. En un primer momento no estaba de acuerdo con la hostilidad de sus camaradas
del POUM hacia el PCE; en su opinión, este «estaba llevando adelante la guerra,
mientras que nosotros [el POUM] y los anarquistas permanecíamos estancados».
Pero tras experimentar la represión del PCE y los republicanos en Barcelona
cambió de opinión, declarando que el PCE había desactivado el radicalismo
popular: «Quizá el lema del POUM y los anarquistas, “la guerra y la revolución
son inseparables”, era menos visionario de lo que parecía».[47] Razonaba que el
conservadurismo social del PCE lo había alejado de la clase obrera de los
países vecinos, que de otro modo habría presionado a sus gobiernos para que
apoyara a la República española, al tiempo que sofocaba cualquier aspiración
revolucionaria en el territorio ocupado por los franquistas.
El debate sobre «cómo se perdió la guerra civil
española» sigue aún vigente.[48] La obsesión de la policía secreta soviética
por purgar a sus enemigos de izquierdas socavó sin duda el apoyo a la
República; pero probablemente tuvo mayor peso en la derrota de esta la escasa
ayuda desde el exterior y la fuerza de los aliados alemanes e italianos de
Franco. Stalin, según se dice, siguió auxiliando a la República española hasta
el final, pero tenía que administrar sus recursos para la defensa de la Unión
Soviética
contra Alemania y contra Japón, que había invadido
de nuevo China en julio de 1937.[49]
Trotski fue uno de los beneficiarios inesperados de
la derrota del Frente Popular en España. El comportamiento en la guerra de los
soviéticos, añadido a las farsas judiciales, acrecentó la decepción de la
izquierda, y Trotski atrajo disidentes comunistas a su causa. Los asesinatos de
Nin y otros trotskistas, reales o supuestos, le dieron al movimiento sus
mártires, aunque el más relevante fue el propio Trotski, asesinado con un
picahielos por un agente de Stalin en agosto de 1940. En 1938 Trotski había fundado
una nueva organización de la izquierda mundial, la Cuarta Internacional, que
debía rivalizar con la Segunda —que entonces llevaba el nombre de Internacional
Obrera y Socialista— y con la Tercera, la Comintern.
El trotskismo era una variante izquierdista radical
del bolchevismo y sus ideas eran las típicas de las diversas oposiciones de
izquierda que habían existido en el partido soviético desde 1917. Propugnaba un
resurgimiento de la «democracia socialista» y denunciaba al estalinismo por su
autoritarismo; pero eso no significa que defendiera una democracia
parlamentaria liberal y seguía manteniendo el principio marxista-leninista del
partido único de vanguardia, aunque la política y la economía debían gobernarse
de forma participativa. Trotski también era reacio a criticar con demasiada
dureza el sistema estalinista: argumentaba que con Stalin había emergido una
«casta burocrática», pero insistía en que no era una «nueva clase»; la URSS no
se había convertido en un sistema de «capitalismo de estado» sino que era
todavía un «estado obrero» aunque hubiera «degenerado». En la esfera
internacional los trotskistas eran más optimistas y revolucionarios que los
estalinistas y profundamente hostiles al nacionalismo que subyacía bajo la
política de Frente Popular. Sus teorías de la «revolución permanente» y del
«desarrollo desigual y combinado» justificaban una política revolucionaria en
los países subdesarrollados. A diferencia de los estalinistas, que mantenían
más rígidamente la idea supuestamente marxista de las fases sucesivas de
desarrollo,
los trotskistas creían que en las sociedades
agrarias subdesarrolladas se podían quemar etapas y realizar saltos
revolucionarios rápidos al socialismo. Aun así, siempre insistían en que la
vanguardia del movimiento debía ser el proletariado, al frente de la burguesía
nacional y los campesinos en su «revolución permanente».[50]
La Cuarta Internacional era muy pequeña —las cifras
oficiales más optimistas situaban el número de sus miembros en 5395— y casi la
mitad de ellos eran miembros del Partido Socialista Obrero estadounidense
(Socialist Workers' Party, SWP). El marxismo radical de Trotski y su defensa de
la democracia de los consejos obreros era, como cabía esperar, más atractiva en
la cultura estadounidense libertaria, donde las Internacionales Segunda y
Tercera, obsesionadas por la disciplina, ejercían escasa influencia; el trotskismo
prendió con cierta fuerza entre los intelectuales estadounidenses,
especialmente en el «grupo de Nueva York». Saul Bellow, Irving Howe, Norman
Mailer, Mary McCarthy y Edmund Wilson mantuvieron en un momento u otro
relaciones con el SWP.
[51]
Sin embargo, muchos trotskistas estadounidenses
pensaban que Trotski era demasiado indulgente con el estalinismo y en 1939-1940
el SWP se vio sacudido por un agrio debate sobre la naturaleza de la URSS. El
partido se escindió y Max Schachtman creó un nuevo «partido obrero» (Workers'
Party, WP), más hostil al estalinismo que los trotskistas ortodoxos. Tanto él
como otros ex trotskistas estadounidenses se iban a situar durante la guerra
fría en el campo antisoviético y durante la década de 1960 algunos de ellos
iban a constituir el núcleo de un influyente grupo de ultraliberales, los
«neoconservadores». En otros países el trotskismo no iba a cobrar fuerza hasta
las décadas de 1960 y 1970, a medida que perdía atractivo la URSS. Aun así, si
el movimiento trotskista se ha caracterizado por algo ha sido por sus
interminables disputas y repetidas escisiones.
Los trotskistas fueron los primeros defensores
serios de la idea de que cabía comparar el comunismo estalinista con el nazismo
y que ambos eran regímenes «totalitarios»; su análisis pareció confirmarse
cuando el 23 de agosto de 1939 los gobiernos de Berlín y Moscú firmaron un
pacto de No Agresión. De hecho aquel tratado no era el producto de una afinidad
real, sino de la valoración de Stalin de que no tenía otra alternativa.[52] El
gobierno británico no parecía interesado en una alianza militar formal contra
Hitler y Stalin no se podía arriesgar a una guerra en solitario contra
Alemania; pero tampoco le remordía la conciencia por aquella alianza, y como en
el pasado, esperaba que el socialismo sacara ventaja de una guerra entre las
potencias «imperialistas». Hablando con Dimitrov se mostraba entusiasmado de
que Hitler estuviera «llevando al caos al sistema capitalista … el pacto de No
Agresión ayuda a Alemania en cierta medida; lo que debemos hacer a continuación
es ayudar al otro bando».[53] Como contrapartida la Comintern decretó el fin de
los frentes populares. Stalin no planeaba revoluciones inminentes, pero creía
que la guerra podía provocarlas en el futuro y la línea de la Comintern se hizo
radicalmente antiburguesa,[54] al tiempo que el Ejército Rojo se disponía a
extender por la fuerza el régimen soviético a los países bálticos, Polonia y
otros países del este de Europa. Los dirigentes de la Comintern declararon
ahora anatema la línea frentepopulista; se denunciaron las maldades del
imperialismo anglofrancés y se silenció la propaganda antifascista.
No cabe sorprenderse de que aquel Pacto provocara
una crisis en los partidos comunistas. Harry Pollitt, secretario general del
partido británico, aprobó la declaración de guerra del gobierno de Su Majestad
George VI al Tercer Reich tras la invasión de Polonia y se vio obligado a
dimitir, siendo sustituido durante dos años por Rajani Palme Dutt.[55] En
Francia una tercera parte de los representantes parlamentarios del PCF
abandonaron su puesto; Paul Nizan fue uno de los que dejaron el partido
asqueado. En cualquier caso, con mayores o menores reservas, los partidos
comunistas[*] se plegaron ante las exigencias de la política exterior
soviética. Sin embargo, la
avenencia entre Moscú y Berlín iba a durar bien
poco, pese a la convicción de Stalin de que podía evitar la guerra hasta que
las potencias imperialistas se hubieran debilitado mutuamente, y tras el ataque
sorpresa de los ejércitos hitlerianos contra la URSS el 22 de junio de 1941, la
Comintern realizó otro volte face: volvió al antifascismo al tiempo que la
Unión Soviética se aliaba a Gran Bretaña —y luego a Estados Unidos— contra el
Tercer Reich; y de nuevo, pese al desastre del pacto nazi-soviético, gran parte
de la izquierda occidental veía a la Unión Soviética y su estilo de comunismo
como el único posible salvador del mundo frente a una extrema derecha
autoritaria y agresiva. La segunda guerra mundial iba a ser el momento de mayor
auge de los frentes populares.
VI
Si el zar Nicolás II fue depuesto al suspender el
«examen» planteado por la Gran Guerra, sus sucesores afrontaron un desafío aún
más difícil en 1941, un «examen general [de] nuestras fuerzas materiales y
espirituales», como dijo Stalin; al terminar la segunda guerra mundial no tenía
ninguna duda de que tanto él como el sistema que presidía habían aprobado con
muy buena nota: «La guerra nos ha mostrado que la estructura soviética no es
solo únicamente la mejor forma de organización … en tiempos de desarrollo
pacífico, sino también la mejor forma de movilización de todas las fuerzas del
pueblo para vencer al enemigo en período de guerra»;[56] y no solo eso, sino
que la URSS había salvado la civilización y a Occidente del dominio nazi.
La argumentación de Stalin no era del todo
descabellada. En 1914 Rusia era un país pobre y fundamentalmente agrícola y no
podía movilizar hombres y material suficiente para derrotar a sus invasores; en
1941 era todavía mucho más agrícola y pobre que su enemigo, pero pese a sufrir
tribulaciones mucho mayores y muchas
más bajas que durante la primera guerra mundial, su
economía no se vino abajo. La URSS perdió alrededor de 27 millones de personas
en total, entre ellas unos 10 millones de soldados, frente a tan solo 350 000
Gran Bretaña y 300 000 Estados Unidos. La tesis de que la Unión Soviética ganó
la segunda guerra mundial prácticamente sin ayuda es, por supuesto, falsa:
todos los esfuerzos de la guerra estaban interrelacionados; los soviéticos
recibieron una ayuda importante, directa e indirecta, de sus aliados; y las
potencias del Eje estaban condenadas a la derrota frente a una coalición que
disponía de los recursos combinados de Estados Unidos, el imperio británico y
la Unión Soviética. Aun así, como Stalin no se cansó de señalar, el Tercer
Reich alemán tuvo que invertir muchos más recursos en el frente del Este que en
otros campos de batalla.
Más difícil de evaluar resulta, empero, la
contribución del sistema soviético a la victoria. Durante la guerra este mostró
todas sus ventajas, pero también sus debilidades. La estricta centralización
del poder en manos de Stalin contribuyó a un juicio erróneo catastrófico en
1941, cuando se negó a aceptar que el estado mayor alemán planeaba atacar la
URSS pese a las muchas pruebas de que disponía.[57] La Operación Barbarossa
ordenada por Hitler cogió a los soviéticos por sorpresa y fue un golpe más que contundente
que llevó al ejército alemán en pocos meses a las puertas de Moscú.
Además de los problemas derivados de la extrema
centralización estaba la persistente desconfianza del partido en las élites
profesionales. El alto estado mayor del Ejército Rojo carecía de la experiencia
de la Wehrmacht, en la década de 1930 no quedaban apenas oficiales zaristas y
la mayoría de los mandos solo habían pasado por la experiencia de la guerra
civil. Las purgas de 1937-1938 habían debilitado aún más el Ejército Rojo: de
142 000 oficiales fueron detenidos y encarcelados más de 20 000.[*] La ineptitud
de Kliment Voroshilov, uno de los militares más próximos a Stalin y al que este
había impuesto como comisario de Defensa, también contribuyó a las desastrosas
derrotas al principio de la guerra. Por último, la propia dureza del régimen
soviético tuvo un
serio efecto desmoralizador, especialmente en las
áreas rurales no rusas. Durante el primer año de guerra el Ejército Rojo sufrió
deserciones en masa y entre un millón y un millón y medio de su reclutas se
unieron a las fuerzas alemanas.[58]
Sin embargo, ciertas características del comunismo
soviético, por desagradables que fueran, demostraron su eficacia durante la
guerra. La industrialización a marchas forzadas de la década de 1930 no era
quizá estrictamente «necesaria» —había otras alternativas—, pero a finales de
la década la tasa de producción soviética superaba a la alemana; la URSS era ya
probablemente el mayor productor de armas del mundo y superaba en todos los
terrenos a la Alemania nazi excepto en fuerza aérea.[59] El sistema administrativo
centralizado también tenía ventajas. A diferencia de su predecesor zarista, el
gobierno soviético pudo controlar y dirigir la distribución de alimentos y
artículos industriales durante toda la guerra, evitando así las hambrunas
civiles al tiempo que mantenía la producción de material militar. El régimen
consiguió organizar el transporte de enormes plantas industriales hacia el
este, lejos de las líneas enemigas. Parece, además, que la propia rudeza del
régimen y la eficacia de su sistema policial contribuyeron a evitar el colapso
del orden público. Los «destacamentos de bloqueo» mataron a miles de
desertores; en el transcurso de la guerra fueron juzgados por tribunales
militares 999 000 soldados y 158 000 de ellos condenados a muerte.[60]
La colaboración con los nazis fue muy elevada,
especialmente entre los no rusos; pero también lo fue el apoyo al régimen
soviético, algo que ni los dirigentes nazis ni los soldados de la Wehrmacht
esperaban. Su trato a las poblaciones eslavas sometidas como razas inferiores
que podían y debían ser explotadas de forma inmisericorde reforzó la adhesión a
la ideología soviética. El comunismo parecía la última trinchera contra la ley
de la jungla, lo único que podía establecer algún equilibrio entre poder y derecho.
El panorama queda algo oscurecido, no obstante, por los virajes ideológicos del
período. El «comunismo» de entonces no era el
mismo que el de la década de 1930. La guerra obligó
al partido a adoptar una política más abierta, llegando incluso más allá que a
mediados de la década de 1930. El sectarismo y el purismo ideológico
bolchevique, tan pronunciados durante las purgas de 1936-1938, eran ahora mucho
menos evidentes. El régimen comenzó a practicar una política menos hostil hacia
grupos que anteriormente había estigmatizado —especialmente campesinos
acomodados y popes— tratando de impulsar una lucha nacional en la que todos podían
y debían participar, fuera cual fuera su origen de clase, por lo que se llegó a
liberar a kulaki de los campos de prisioneros para que se incorporaran al
Ejército Rojo, con lo que podían ganarse su reintegración a la sociedad
soviética. Sorprendentemente, en su primer discurso tras el estallido de la
guerra Stalin se dirigió a su pueblo, no solo como «camaradas» y «ciudadanos»,
sino como «hermanos y hermanas». Como explicaba el escritor Ilia Ehrenburg en
un artículo publicado en 1941 en Krasnaia Zvezda («Estrella Roja», el periódico
del Ejército Rojo], «han quedado obsoletas todas las distinciones entre
bolcheviques y gente no afiliada al partido, entre creyentes y marxistas».[61]
El conjunto de hermanos (y hermanas) de Koba era ahora mucho mayor y más abierta.
Stalin intuyó que necesitaba movilizar el
sentimiento nacionalista ruso más aún que en el pasado. El nuevo grito de
guerra era Za Rodinu! Za Stalina! («¡Por la patria! ¡Por Stalin!»), y el
«enemigo» ya no era el petulante capitalista con sombrero de copa, sino el
chillón y diabólico parásito alemán. En 1941 se contuvo la persecución estatal
de la Iglesia Ortodoxa rusa y en 1943 se restauró el patriarcado, con la
esperanza de obtener apoyo entre los ortodoxos de Europa oriental. La jerarquía
ortodoxa se convirtió así en parte de la nomenklatura; a los tres patriarcas
más distinguidos se les asignaron automóviles con chófer.[62] Ante la invasión
alemana de la patria rusa, muchos estaban dispuestos a unirse en su defensa
bajo la bandera del comunismo.
El marxismo-leninismo de aquel período no solo
adoptó el patriotismo nacionalista sino también unos toques de liberalismo. Se
relajaron las restricciones sobre las parcelas privadas y a los campesinos se
les permitió vender en el mercado sus productos. La política cultural también
se hizo más indulgente; se aceptó plenamente el jazz de las big-bands y en el
frente se tocaban melodías estadounidenses.[63] El Ejército Rojo se iba
pareciendo cada vez más a los ejércitos convencionales y los oficiales gozaban
de mayor poder; pero la decisión más transcendental alejándose del comunismo
revolucionario fue la disolución de la Comintern en 1943. Aquel gesto estaba
destinado a apaciguar a los aliados, demostrando que la URSS no deseaba
extender la revolución a Occidente; pero posiblemente influyó también en ella
el interés cada vez menor de Stalin por el comunismo internacional.[64] Desde
1941 veía mayor potencial en el Comité Paneslavo que había tenido ciertos
éxitos en Europa oriental, centro de sus ambiciones de posguerra.
Aquella línea política más abierta se mostró capaz
de ganarse el apoyo de los que anteriormente habían quedado marginados por la
«lucha de clases». Como recordaba más tarde el popular novelista Victor
Nekrasov: «Le perdonamos a Stalin todo: la colectivización, 1937, su venganza
contra sus camaradas … Con el corazón abierto nos incorporamos al partido de
Lenin y Stalin».[65] Pero si la guerra había alentado a los hijos pródigos a
regresar a la familia soviética, también produjo nuevas ovejas negras.[66] El partido
seguía exigiendo uniformidad ideológica y prosiguieron las purgas
purificadoras, aunque el «enemigo» se definía ahora en términos más étnicos que
de clase, apuntando especialmente a los pueblos acusados de colaborar con los
nazis. Pueblos enteros, como los alemanes del Volga, chechenos, ingusetios,
tártaros de Crimea, calmucos y karachais fueron deportados; otros sufrieron
purgas más limitadas pero también traumáticas como sucedió en los países
bálticos y en la Ucrania occidental. Muchas de aquellas operaciones se llevaron
a cabo brutalmente y el odio resultante fue profundo y de
larga duración. De hecho, las rebeliones de
bálticos y ucranianos
occidentales contribuyeron muy destacadamente al
desmantelamiento de la URSS en 1991, y Chechenia e Ingusetia siguen siendo
espinas clavadas en el costado de Rusia.
En cualquier caso, tuvo que pasar algún tiempo
hasta que se materializara el contraataque soviético y entretanto, al oeste del
Tercer Reich, los frentes populares obtenían apoyo «comunistizando» la
política. La experiencia del nazismo radicalizó a las poblaciones sometidas a
su yugo. El «nuevo orden» nazi era un proyecto ideológico de largo alcance que
trataba de crear un imperio europeo de jerarquías raciales. Hitler, seducido
por el ejemplo del imperio británico, explicó que Ucrania sería para Alemania
lo que la India era para Gran Bretaña.[67] También conviene tener en cuenta que
el apoyo a los nazis de colaboracionistas locales provenía sustancialmente de
las capas más conservadoras.
Todas esas circunstancias —una potencia imperial
que imponía su dominio por la fuerza y que recurría a colaboracionistas de las
viejas clases dominantes— eran evidentemente propicias para los comunistas, que
eran combativos y estaban bien organizados y acostumbrados a la actividad
política clandestina; además, en las caóticas condiciones de la guerra,
liberados de la intrusión de Moscú y de la Comintern, pudieron adaptar mejor su
mensaje a las condiciones locales. En muchos lugares eran los elementos más activos
y comprometidos de la resistencia contra el nazismo, y en algunos constituían
de hecho la única fuerza política preparada para hacer frente a los ocupantes.
La respuesta de los partidos socialdemócratas a la ocupación nazi dependía de
circunstancias particulares y no eran tan coherentemente antifascistas como los
comunistas; en Dinamarca colaboraron con los nazis, y en Francia la mayoría de
los socialistas simpatizaban con el anticomunismo del mariscal Petain. Los
comunistas estuvieron en la primera línea de la resistencia en países donde
luego se convirtieron en una fuerza
destacada, especialmente en Italia, Francia,
Grecia, Checoslovaquia, Albania y Yugoslavia.
Aun así, pese a su preeminencia, los partidos
comunistas de Europa occidental, con el acuerdo pleno de Moscú, estaban
decididos a mantener una alianza frentepopulista, tanto para ganar la guerra
como —quizá sobre todo— para ganar la paz, por lo que tenían que desalentar las
expectativas revolucionarias de sus seguidores. En 1941 el PCF llevó a cabo una
campaña de atentados que provocó sangrientas represalias de los ocupantes y la
consiguiente pérdida de apoyo de la población; pronto decidieron adoptar tácticas
menos militantes y en 1943 se unieron al gobierno provisional interclasista de
De Gaulle.
El adalid más resuelto de la línea frentepopulista
era el dirigente del PCI Palmiro Togliatti. De hecho, su carácter —a la vez
político astuto y cauto e intelectual muy leído con amplios intereses
culturales— lo convertía en la figura ideal para moverse tanto en el peligroso
mundo del alto mando de la Comintern como en el terreno más pluralista de la
política italiana, donde el comunismo no había sido nunca mayoritario. Nacido
en Génova en 1893, hijo de un modesto funcionario estatal, trabó amistad con Antonio
Gramsci en la Universidad de Turín y tras la primera guerra mundial fundó con
él y otros amigos el semanario de izquierda radical L'Ordine Nuovo.[68] Tras el
encarcelamiento de Gramsci y otros dirigentes se convirtió en Secretario del
PCI, aunque siguió viviendo en el exilio en Moscú. Pronto escaló en la
jerarquía de la Comintern, convirtiéndose en uno de sus principales dirigentes,
y fue su representante en España durante la guerra civil; pero combinaba su
lealtad a Stalin con una clara voluntad de examinar seriamente las razones de
los descalabros comunistas en Europa occidental. Su análisis se basaba
parcialmente en una interpretación de los Quaderni del carcere de Gramsci, un
nuevo texto sagrado para su partido que solo él había conocido en Moscú tras la
muerte de su autor en 1937.
[69]
Gramsci, analizando los fracasos de principios de
la década de 1920, argumentaba que los partidos comunistas de Europa occidental
tenían que abandonar la estrategia bolchevique porque las circunstancias eran
allí muy diferentes. En Rusia el estado lo era todo, por lo que era esencial
una toma del poder o «guerra de movimientos» leninista; en Occidente la
sociedad civil estaba mucho más estructurada y la revolución solo podría llegar
tras una larga «guerra de posiciones». Esa «guerra» exigía que los comunistas y
la clase obrera se esforzaran por ganar, no solo el liderazgo social, sino
también el cultural. Togliatti llevó las ideas de Gramsci a un PCI que había
conquistado un amplio apoyo durante la resistencia y estaba por tanto bien
situado para convertirse en el principal partido nacional. Su estrategia
consistía en alcanzar la «hegemonía» social a todos los niveles —la familia, el
campo, las fábricas y las artes— y no solo en el estado. Togliatti, sin
embargo, era un comunista mucho menos radical que Gramsci. Este nunca abandonó
la perspectiva revolucionaria y no habría aprobado las alianzas del PCI con
toda una serie de grupos burgueses; no solo la clase media y los campesinos,
sino incluso con la Democracia Cristiana al más alto nivel. Como sus camaradas
franceses, los comunistas italianos trataban de situarse en la tradición del
nacionalismo de izquierdas: la tricolor, Garibaldi y el Risorgimento. Las
transformaciones sociales fundamentales tendrían que esperar a un distante
futuro; los parlamentos y el capitalismo tenían aún una larga vida por delante.
El PCI no era más democrático que el PCF, y
Togliatti era casi tan leal a Stalin como Thorez; pero la actitud política de
los comunistas italianos gozaba de la ventaja de la novedad. Mientras que el
partido francés seguía siendo la organización sectaria de la década de 1930,
orientada casi exclusivamente hacia los obreros industriales, Togliatti, en
cambio, aprovechó la destrucción por Mussolini del viejo PCI y fue capaz de
refundarlo. Reunió en torno a sí a un grupo de dirigentes comunistas con sólida
formación intelectual, que no habían crecido en la cultura bolchevique y que
aportaron al PCI un aura de finezza, modernidad y
cosmopolitismo.
[70]
La estrategia de Togliatti tuvo mucho éxito; se
ganó a toda una generación de intelectuales de izquierdas, encolerizados por la
colaboración de la alta burguesía con el fascismo; el prestigio ganado por los
partigiani comunisti en la resistencia era impresionante, y además había un
vacío en el centro-izquierda. El número de miembros del PCI aumentó de unos
5000 a mediados de 1943 a 1 771 000 a finales de 1945, la mayoría de los cuales
eran obreros y campesinos; además la Confederazione Generale Italiana del
Lavoro dominada por los comunistas contaba con más de 5 millones de afiliados a
los sindicatos. Aun así, el PCI no pudo obtener la mayoría en las elecciones, y
permaneció en la oposición (en alianza con los socialistas).
Otro partido comunista que tuvo éxito con la
política frentepopulista fue el checoslovaco (Komunistická strana
Československa, KSČ). Como los partidos francés e italiano, era ya una fuerza
política importante antes de la guerra. Al concluir esta y regresar del exilio
el presidente Edvard Beneš —al que Stalin había prometido su respaldo con tal
que proscribiera a las fuerzas políticas colaboracionistas—, el KSČ se
incorporó al gobierno provisional.
Entre 1944 y 1945, Stalin defendió con firmeza los
frentes populares. De hecho, parecía favorecer aún más que durante la segunda
mitad de la década de 1930 la participación de los comunistas en gobiernos
burgueses, especialmente en Francia e Italia, donde pretendía que se opusieran
a cualquier interferencia británica o estadounidense. Seguía creyendo que la
toma del poder en Occidente llevaría aún bastante tiempo e insistía en que los
comunistas evitaran asustar a la población hablando de la revolución mundial.
Para él, en 1945 como en 1935, lo más importante era la seguridad de la Unión
Soviética y, pese a la derrota de la Alemania nazi, parecía pensar que no
convenía descuidarse. La economía soviética había quedado semidestruida por la
guerra; se estima que perdió alrededor del 23 por 100 de su
capital físico.[71] A Stalin le aterrorizaba la
posibilidad de que Alemania pudiera renacer de sus cenizas; pero sobre todo
tenía que hacer frente a un nuevo rival, más rico y empeñado en configurar el
orden de posguerra: Estados Unidos. En 1945, no obstante, todavía creía que la
paz, e incluso la colaboración, entre Oriente y Occidente sería posible durante
algún tiempo.
El gran prestigio obtenido por la Unión Soviética
durante la guerra se reforzó con el nuevo consenso de centro-izquierda surgido
en gran parte de Europa. La experiencia nazi había desacreditado a la extrema
derecha, pero se trataba de entender las razones de su auge y se responsabilizó
a la economía liberal de la década de 1920 de la extrema radicalización de la
política durante la siguiente. El consenso emergente de posguerra valoraba más
positivamente los mercados atemperados por la regulación y la planificación;
los estados debían también dedicar parte de su presupuesto a programas de
bienestar social. Esas modificaciones ideológicas beneficiaron a los partidos
comunistas más moderados y frentepopulistas, que atrajeron a una proporción
sustancial del electorado incluso en países donde antes eran muy débiles: el
10,6 por 100 en Holanda y el 12,5 por 100 en Dinamarca.
Pero donde eran más fuertes era en los países de
Europa central y occidental donde había habido importantes movimientos de
resistencia frente al nazi-fascismo. En Francia e Italia (y durante un breve
período, de 1958 a 1966, también en Finlandia) el Partido Comunista se situó
por encima del socialista como principal partido de la izquierda y lo siguió
siendo durante varias décadas. En 1946 el PCF obtuvo el 28,6 por 100 de los
votos, el PCI el 19 por 100 y la alianza de izquierdas encabezada por los comunistas
finlandeses (Suomen Kansan Demokraattinen Liitto, SKDL) el 23,5 por 100.[*]
Esos tres partidos participaron tras la guerra en gobiernos frentepopulistas
que reflejaban, en parte, cierto ánimo conciliador en Occidente hacia el «tío
Pepe».
También se incrementaron las relaciones culturales
e ideológicas. Durante las décadas de 1920 y 1930 los ciudadanos
soviéticos tenían muy escasos contactos con el
mundo exterior, pero durante la guerra y después de ella millones de soldados
vieron con sus propios ojos el mundo del capitalismo y se asombraron. La
diferencia de nivel de vida era enorme. El escritor soviético Konstantin
Simonov describía el encuentro como una «conmoción emocional y psicológica»[72]
que podía generar irritación —los alemanes, aun derrotados, seguían viviendo
mejor que los soviéticos victoriosos— pero también exponía a los soldados a los
atractivos de un modo de vida menos austero. Las películas confiscadas a los
alemanes como reparaciones o «trofeos» de guerra, ampliamente vistas en la
URSS, también mostraban la cultura, música y moda occidental. La juventud
soviética — despectivamente tildada de «estilosa» (stiliagui) por los
dirigentes del partido— estaba particularmente fascinada.
En 1945-1946 parecía como si la «segunda» oleada de
frentes populares fuera a tener más éxito que su frustrada predecesora. Quizá
valga la pena imaginar cómo habría sido una Exposición Universal en París
después de la guerra si Francia, semidestruida, hubiera tenido recursos y
confianza suficiente para organizarla. Los pabellones se habrían construido y
dispuesto de forma muy diferente que en 1937. La torre alemana habría estado en
ruinas; Italia, Francia y Checoslovaquia habrían construido edificios siguiendo
la línea patriótica de la izquierda francesa en 1937; y cerca de ellas se
habría remodelado el pabellón soviético. Habría parecido como si los frentes
populares hubieran vencido; pero otros dos pabellones habrían presentado una
historia muy diferente. El viejo pabellón español, que mostraba tan
espectacularmente las tensiones entre el izquierdismo radical y el comunismo
soviético autoritario, habría sobrevivido, pero ahora a cargo de un nuevo
régimen comunista en Europa suroccidental, la Yugoslavia de Tito; y un nuevo e
inmenso edificio estadounidense habría sustituido al antiguo pabellón alemán
como rival principal del soviético. Ese competidor iba a tener mucho más éxito
que el Tercer Reich en la
destrucción del proyecto frentepopulista y con él
de la influencia soviética en Europa occidental.
VII
En 1944 Stalin tenía tanta fe en el modelo
frentepopulista que decidió convertirlo en pieza central de su política para
Europa oriental. Como en el pasado, la seguridad era su principal preocupación.
Quería una zona intermedia que sirviera de parachoques para proteger a la Unión
Soviética, y los avances del Ejército Rojo en 1944-1945 se la proporcionaron.
Estados Unidos y Gran Bretaña aceptaron la creación de una esfera de influencia
soviética en Europa y en octubre de 1944 Stalin y Churchill llegaron a un acuerdo
secreto de reparto que concedía a la Unión Soviética el dominio sobre Bulgaria,
Rumanía y Hungría, a cambio del poder británico en Grecia. También se aceptaba,
implícitamente, que la URSS dominaría Polonia, mientras que Francia e Italia
quedarían en la zona de influencia anglo-americana. En cualquier caso Stalin,
deseoso de mantener las buenas relaciones con sus aliados, también acordó en la
conferencia de Yalta, en 1945, la celebración de elecciones libres en los
países ocupados por el Ejército Rojo.
¿Cómo podían conciliarse aquellas perspectivas tan
diferentes? Stalin pensaba que la respuesta residía en la creación de gobiernos
de izquierda prosoviéticos en lo que se llamaron «democracias populares». Al
igual que el gobierno republicano español en 1936-1939, serían amplias
coaliciones de fuerzas antifascistas, con el respaldo de las urnas; no
tratarían de establecer un socialismo radical, limitándose a la redistribución
de las grandes haciendas de los terratenientes, mientras que el control de la seguridad
interna y la inteligencia aseguraría que su política exterior respondiera a los
intereses de la URSS; para Stalin, las Democracias Populares hegemonizadas por
la Unión Soviética parecían mucho más
factibles en Europa central y oriental que en
España. La idea de la unidad paneslava podía conciliar el nacionalismo local
con los intereses soviéticos; la URSS, por ejemplo, apoyó la creación de
estados étnicamente homogéneos y la expulsión de los alemanes de Checoslovaquia
y Polonia. Por otra parte, la experiencia del fascismo había desplazado a los
liberales hacia la izquierda. Como decía el propio Stalin en una conversación
en su dacha con Dimitrov en enero de 1945:
La crisis del capitalismo se evidencia en la
división de los capitalistas en dos facciones, una fascista y la otra
democrática. Nuestra alianza con el ala democrática se produjo porque esta
última pretendía evitar el dominio de Hitler y que aquel estado brutal empujara
a la clase obrera al extremismo y a destruir el propio capitalismo.[73]
¿Esperaba realmente Stalin que los frentes
populares perduraran, o planeaba una rápida sovietización de Europa oriental?
En último término esperaba que las Democracias Populares se convirtieran en
estados plenamente socialistas, pero creía que en los países ocupados por el
Ejército Rojo ese proceso sería pacífico y no necesariamente revolucionario;
los partidos comunistas tomarían el poder gradualmente, aunque quedaba poco
claro cuánto tiempo les llevaría. Como le dijo a Dimitrov, los comunistas
búlgaros solo debían aplicar un «programa mínimo» que les daría una «amplia
base» de apoyo y sería una «máscara adecuada para el actual período», pero más
tarde se podría aplicar el «programa máximo».
[74]
En 1945 la perspectiva para los partidos comunistas
en la esfera de influencia soviética en Europa parecía optimista, especialmente
en tres países: Yugoslavia, Checoslovaquia y Bulgaria. Es muy posible que de
haberse celebrado unas elecciones en Yugoslavia los comunistas las hubieran
ganado, y se ha estimado que el Partido Comunista Búlgaro contaba con el apoyo
de entre un cuarto y una tercera parte de la población (aunque ganaron las
elecciones gracias a la intimidación); en las elecciones de mayo de 1946 el KSČ
obtuvo en Checoslovaquia un 37,9 por 100 de los votos (y un
porcentaje aún mayor en las regiones checas); su
secretario general, Klement Gottwald, se convirtió así en Primer Ministro.
Incluso en países menos propicios, como Hungría, los partidos comunistas tenían
mucha fuerza; el Magyar Kommunista Párt (MKP) obtuvo en Hungría en noviembre de
1945 el 17 por 100 de los votos. La guerra había desplazado, pues, hacia la
izquierda a Europa oriental, como había sucedido en la mitad occidental del
continente al desacreditar el imperialismo nazi y la política liberal de contemporización
con el Tercer Reich. Además, durante el período de entreguerras los regímenes
de Europa central y oriental no habían tenido mucho éxito en cuanto al
desarrollo económico: ni las políticas más liberales de la década de 1920 ni el
nacionalismo económico de la siguiente habían ayudado la región a ponerse a la
altura de Occidente. El énfasis de los comunistas en la acción estatal, la
planificación y el bienestar parecían por tanto muy atractivos.
Pero también había serios obstáculos para el
establecimiento de regímenes frentepopulistas en Europa oriental. La mayoría de
aquellos países desconfiaban de las intenciones de la URSS desde mucho antes de
1945: los gobiernos de Rumanía, Hungría y Bulgaria se habían puesto de parte de
la Alemania nazi durante la guerra y Polonia tenía una larga historia de
relaciones envenenadas con Rusia; en todos ellos, además, los partidos de
centro-derecha eran reacios a colaborar con los comunistas. A estos, a su vez,
tampoco les complacía la idea de compartir el poder, lo que dificultaba el
proceso de construcción de coaliciones. El comunista alemán Gerhard Eisler, por
ejemplo, ironizaba así sobre la democracia: «¿Elecciones libres? ¿Para que los
alemanes puedan volver a elegir a Hitler?».[75] Los comunistas locales a menudo
veían la Democracia Popular como una breve fase de transición en el camino
hacia un socialismo inminente, y naturalmente trataban de persuadir a los
soviéticos de las ventajas de un gobierno exclusivamente comunista.
Aun así, los propios soviéticos tuvieron una gran
responsabilidad en el fracaso de los frentes populares. Al igual que durante la
década de 1930, su empeño en dar una prioridad absoluta a los intereses de la
URSS convirtió en enemigos a muchos posibles simpatizantes. Para empezar, la
decisión soviética de hacer pagar a Alemania reparaciones de guerra
desmantelando fábricas del sector oriental y trasladándolas a la Unión
Soviética era profundamente impopular. En la zona alemana ocupada por los
soviéticos, los administradores situaban siempre la explotación económica por
encima de las aspiraciones de los propios alemanes. En una ocasión los soldados
del Ejército Rojo llegaron a interrumpir una proyección de Circo, obligando a
los espectadores obreros a acudir a desmantelar una fábrica alemana para
enviarla a la URSS.[76] Además, los abundantes violaciones no castigadas
cometidas por soldados soviéticos suscitaron un profundo rencor hacia los
ocupantes, especialmente en Alemania. Al mismo tiempo (como había sucedido ya
antes en España), los servicios de seguridad controlados por comunistas
organizaron purgas, no solo contra los colaboracionistas, sino cada vez más
contra cualquier oponente.
Los rusos comenzaron incluso a perder buenos
amigos: el dirigente comunista polaco Jakub Berman —uno de los instructores de
Wolfgang Leonhard en la Escuela de la Comintern durante la guerra—, encontraba
irritante la altanería soviética, pero trataba de explicarla así a un escéptico
entrevistador a principios de la década de 1980:
Si los soviéticos se comportaban así, con cierta
inmodestia en sus consejos, era solo porque les preocupábamos y querían que
nuestra revolución en Polonia cobrara la forma con la que estaban
familiarizados, que en su opinión era la mejor porque había triunfado. Después
de todo, no podían cambiar de mentalidad y adoptar la nuestra. Estoy
profundamente convencido de ello y desearía que ustedes pudieran apreciar su
forma de pensar, aunque sé que no es fácil.[77]
Otros comunistas eran menos comprensivos y veían a
los soviéticos pura y simplemente como imperialistas. Para Milovan Djilas,
dirigente comunista yugoslavo, su respuesta a las
quejas sobre el comportamiento de los soldados del Ejército Rojo mostraba «una
arrogancia y un menosprecio típicos de un gran estado hacia otro más pequeño,
de los fuertes hacia los débiles».[78]
Así y todo, en 1945 no era en absoluto evidente que
los frentes populares fueran a durar tan poco. Su desarrollo dependía de las
circunstancias locales. En Polonia estaba claro antes de que terminara la
guerra que Stalin estaba decidido a imponer una influencia decisiva.
Desconfiando del gobierno polaco en el exilio establecido en Londres, adjuntó
al Ejército Rojo unidades de comunistas polacos que establecieron un gobierno
en Lublin, reconocido inmediatamente por la URSS, y a continuación reprimieron
sistemáticamente a las fuerzas no comunistas de la resistencia.[79] Aun así, el
control comunista no significaba la imposición del sistema soviético: planes,
colectivización y la desaparición de todo tipo de organizaciones
independientes. Esto no sucedió en la mayor parte de Europa central y oriental
hasta 1947-1949.
En Alemania oriental, de forma parecida, el papel
decisivo del Ejército Rojo impidió la creación de un verdadero Frente Popular.
Los comunistas dirigidos por Walter Ulbricht, entre otros, llegaron allí
directamente desde el Hotel Lux de Moscú con el encargo de establecer una
alianza con el Partido Socialdemócrata (SPD). Sin embargo, en la zona de
ocupación soviética la principal autoridad era el Ejército Rojo, y al ver que
el KPD resucitado no conseguía cobrar fuerza forzó una «fusión» entre ambos
partidos que dio lugar al Partido Socialista Unificado (Sozialistische
Einheitspartei Deutschlands, SED) dominado por los comunistas; en realidad
estos eran considerados en general como simples marionetas de las autoridades
ocupantes.
En Rumanía los soviéticos esperaban que su política
social moderada y su disposición a cooperar con las fuerzas que habían
derrocado al dictador Antonescu se ganarían el apoyo de la opinión pública;
pero los liberales y monárquicos se resistían a las
demandas soviéticas y eran reacios a trabajar con
los comunistas, parte de los cuales impulsaban una reforma agraria radical. El
Frente Nacional Democrático del que formaban parte socialdemócratas y
agraristas no funcionaba bien y cada bando trataba de asegurarse el apoyo de
las grandes potencias: los comunistas denunciaron a los soviéticos la
intervención occidental en apoyo de los liberales, que a su juicio saboteaba
los acuerdos de Yalta, y estos alegaban que los soviéticos estaban
comunistizando Rumanía. En febrero de 1945 se interrumpieron las negociaciones
y el emisario soviético, el antiguo protagonista de las farsas judiciales
Andréi Vishinski, impuso al rey Mihai I la destitución del general Rădescu y su
sustitución como Primer Ministro por Petru Groza, dirigente del partido agrario
Frontul Plugarilor («Frente de Labradores») aliado a los comunistas. Cuentan
que al salir de la reunión dio un portazo tan enérgico que hizo saltar el yeso
de la
pared.[80][*]
Los frentes populares húngaro y checoslovaco tenían
bases más firmes. Los comunistas húngaros, parte de un gobierno de izquierdas,
se presentaban como nacionalistas y no agitaban en pro de cambios sociales
radicales, y en Checoslovaquia el KSČ era el partido comunista más fuerte de la
región. La traición de las potencias occidentales en los acuerdos de Múnich que
permitieron al Tercer Reich la anexión de los Sudetes y la victoria del
Ejército Rojo sobre los nazis les dieron a los checos razones adicionales para
simpatizar con el comunismo, y también se veía con interés el proyecto
nacionalista paneslavo tras el racismo imperial de los nazis.[81] Como
explicaba Zdeněk Mlynář contando cómo se había hecho comunista en 1946, a los
dieciséis años:
Durante la ocupación alemana … viví en un estado de
terror inconsciente. Sabía que los nazis consideraban al pueblo checo como una
raza inferior y que si Hitler salía victorioso mi destino podía ser el mismo
que el de mis compañeros de clase judíos … El principal vencedor en la guerra
había sido Stalin; los que estaban en el poder en la Unión Soviética eran
comunistas … En aquella época yo juzgaba automáticamente aquel sistema mejor,
más justo y más fuerte que aquel bajo el que había vivido hasta entonces. Tenía
una sensación muy vaga, pero de la que no podía liberarme, de que lo más
probable era que aquel fuera el modelo para el futuro.[82]
Pero los frentes populares perdieron apoyo frente
al acoso desde la derecha y desde la izquierda. Los obreros y campesinos pobres
querían cambios más radicales, mientras que la parte más acomodada de la
población temía la redistribución comunista. En Hungría el partido conservador
de los Pequeños Propietarios ganó las elecciones en 1945 con el 57 por 100 de
los votos, frente a un 17 por 100 de los comunistas y un 17,4 por 100 de los
socialdemócratas.[83] En Checoslovaquia el KSČ, que había obtenido en mayo de
1946 el apoyo del 38 por 100 del electorado, se vio al cabo de un año
enfrentado a una crisis en el gobierno del Frente Nacional. En otros países los
soviéticos y sus aliados comunistas recurrieron a amañar las elecciones y a la
intimidación tratando de consolidar el poder del Frente Popular.
La principal amenaza para el modelo frentepopulista
venía desde el centro y la derecha, tanto en Europa central y oriental como en
la occidental, donde la situación al finalizar la guerra de 1939-1945 era muy
diferentes a la de 1918. Mientras que entonces los obreros y campesinos
movilizados en grandes ejércitos exigían compensaciones una vez finalizada la
guerra, en 1945 las organizaciones obreras, ya debilitadas por la depresión y
los regímenes de extrema derecha, habían quedado prácticamente destruidas por
la ocupación nazi; y mientras que la primera guerra mundial había desacreditado
a las fracasadas élites aristocráticas, el caos de la segunda guerra mundial
había dado a los notables locales un nuevo papel en la defensa de su país, al
tiempo que creaba una nueva capa de funcionarios y burócratas.[84] Además la
violencia, que había afectado tanto a los civiles
como a los soldados, había mostrado de forma devastadora las consecuencias del
conflicto social que se arrastraba desde 1918. La mayoría de la población
quería paz y tranquilidad; podía no disgustarle la planificación y la
protección social, pero los deseos de una transformación radical de la sociedad
eran escasos. Figuras como Togliatti y Thorez lo entendían así e hicieron
cuanto pudieron por mantener el consenso político general.
Pero el Frente Popular también se veía desafiado
desde la izquierda por un comunismo más radical, sobre todo en el sureste de
Europa, donde los comunistas habían dirigido la resistencia de los partisanos
contra los nazis, habían movilizado a los campesinos con la promesa de una
reforma agraria y deseaban una solución social más radical. Allí la situación
se parecía más a la de Europa central en 1917-1919 que en otros lugares: las
viejas y estrechas clases dominantes se habían visto seriamente desacreditadas
y solo los comunistas parecían intachables. Aquel mundo no favorecía estrategas
de la «guerra de posiciones» como Togliatti, sino combatientes como Aris
Velouchiotis, dirigente del Ejército de Liberación Popular Griego (Ellinikos
Laïkos Apeleftherotikos Stratos, ELAS) creado por el Partido Comunista
(Kommounistikó Kómma Elládas, KKE) y enfrentado tras la Liberación a los grupos
monárquicos respaldados por Gran Bretaña. Aquel conflicto desembocó en una
horrible guerra civil; Stalin se negó a ayudar a los comunistas griegos,
ateniéndose a los acuerdos de Yalta, y los combates se prolongaron hasta 1949.
El Partido Comunista Búlgaro tuvo más éxito que el
griego: aunque de menor envergadura, también había estado activamente implicado
en la resistencia. Stalin trató de imponerle un acuerdo frentepopulista con su
principal rival, el partido agrario;[*] aunque su margen de maniobra era muy
limitado debido a la presencia del ejército soviético, tras la constitución de
la República Popular en septiembre de 1946 los comunistas impusieron sus
propios criterios, en particular en cuanto a la planificación de la economía.[85]
El
Partido Comunista Yugoslavo dirigido por Josip Broz
(Tito), en cambio, había liberado el país por sí solo y se hallaba en mejor
situación para desechar el frentepopulismo, así como para desafiar el modelo de
comunismo autoritario y no revolucionario de Stalin.
El amigo de Tito convertido en enemigo, Milovan
Djilas, comenzaba su biografía de este último con la frase: «Tito era un
rebelde desde que nació».[86] Procedía de una familia relativamente acomodada,
aunque cargada de deudas, de campesinos croatas, y estaba orgulloso de su
historia de rebeliones contra la nobleza húngara.[87] Era un hombre
carismático, de rápida inteligencia y presumida elegancia; de niño quería ser
sastre, pero empezó a trabajar como aprendiz de cerrajero. De joven viajó por
Europa buscando empleo y acabó en una fábrica del Daimler-Benz al sur de Viena,
donde perdió un dedo en un accidente con el que recordaba su origen obrero. Sin
embargo, como a tantos otros comunistas de su generación, fueron la Gran Guerra
y la revolución bolchevique lo que lo radicalizaron. Como a Béla Kun lo
alistaron en el ejército austrohúngaro, fue hecho prisionero por los rusos y se
unió a la Guardia Roja durante la revolución. Luego regresó a Yugoslavia, donde
se incorporó al Partido Comunista, fue detenido y torturado en 1928,
encarcelado durante cinco años y a su salida de prisión pasó a la
clandestinidad y se convirtió en organizador de la Comintern en los Balcanes.
Pasó algún tiempo en Moscú viviendo en el Hotel Lux y dio clases sobre
sindicalismo en la Escuela Lenin. Una de sus tareas fue organizar el traslado
(ilegal) de voluntarios para las Brigadas Internacionales que combatían en
España desde París, adonde llegaban los aspirantes a brigadistas tras obtener
un visado con el pretexto de visitar la Exposición Universal de 1937. Más
tarde, aquel mismo año, se benefició de la purga estalinista de la Comintern y
fue nombrado secretario general del Partido Comunista Yugoslavo, puesto desde
el que dirigió la resistencia contra la ocupación nazi.
Según Djilas, que no era precisamente un observador
neutral, Tito «no gozaba de ningún talento particular excepto el político»;[88]
pero estaba dispuesto a conceder que ese único
talento era sobresaliente. Tito no era un pensador profundo; pese a haber leído
los textos básicos del marxismo en prisión y haber asistido a la Escuela de la
Comintern en Moscú, era débil en cuestiones ideológicas y le avergonzaba su
escasa formación. Tampoco era un hábil orador; pero su fuerza residía en la
confianza en sí mismo, su energía y su carisma. Se identificaba plenamente con
la causa comunista, en parte porque había hecho carrera en la Comintern. Como
recordaba Djilas con cierto desdén, «sus discursos estaban plagados de clichés
y conceptos heredados del marxismo y la sabiduría popular»;[89] pero Tito
también veía el comunismo como un sistema que permitía progresar a los más
ambiciosos: ayudaba a las personas humildes como él mismo a progresar
socialmente.
En el mesiánico papel histórico de la clase obrera,
Tito encontraba un significado social personal y expiatorio … Cuando hablaba de
«la clase obrera», «los trabajadores», «el pueblo trabajador», sonaba como si
estuviera hablando de sí mismo, sobre las aspiraciones de los situados en el
escalón más bajo de la sociedad a participar de las delicias del gobierno y el
éxtasis del poder.[90]
La confianza en sí mismo de Tito y su instinto
político le ayudaron a establecer un régimen comunista independiente, libre del
dominio soviético. A diferencia de los grupos de la resistencia rivales, los
comunistas insistían en la armonía multiétnica, lo que daba a su mensaje mucho
gancho tras los terribles conflictos entre serbios y croatas durante la guerra.
Además Tito consiguió asegurarse en 1945 el apoyo internacional tanto de
Churchill como de Stalin, y el hecho de llegar al poder gracias a los esfuerzos
yugoslavos y no a la ayuda soviética le permitió seguir una línea
independiente, más radical, que otros regímenes de Europa oriental. Los
«frentes populares» en Yugoslavia y su satélite Albania fueron totalmente
ficticios desde el principio, pese a la insistencia de Stalin en ampliarlos.
Tito machacó a las fuerzas adversarias y comenzó a poner en práctica una
ambiciosa planificación de tipo estalinista y
reformas radicales en el campo. También prestó
ayuda a los comunistas insurgentes en Grecia.
Las tensiones entre la Unión Soviética y Yugoslavia
se debieron en parte a un choque de culturas, entre un comunismo joven en su
fase puritana radical y un comunismo maduro, más inclinado a las componendas
con tal de mantener el apoyo de la población. Una cena, organizada por el
mariscal Koniev para los comunistas yugoslavos que visitaban el frente de
Ucrania, resumía las diferencias entre ambos. Djilas cuenta lo mucho que
disfrutaron los oficiales soviéticos del aparatoso festín de caviar, cerdo
asado y pasteles «de 30 cm de grueso», regado todo ello con abundante vodka.
Los yugoslavos, en cambio, «acudieron como a una gran prueba; tenían que beber,
pese a que aquello no estuviera de acuerdo con su “moral comunista”».[91] Aun
así, Stalin esperaba que la unidad paneslava atrajera a los yugoslavos al redil
soviético; como le dijo a Djilas, «por Dios, no hay ninguna duda de que somos
el mismo pueblo».[92]
A Stalin le preocupaba menos el radicalismo de Tito
en Yugoslavia que su amenaza al dominio internacional soviético. La ayuda
yugoslava a los griegos amenazaba sabotear el acuerdo con Churchill, dando a
los aliados una excusa para intervenir en Bulgaria y Rumanía. También le
irritaban en extremo las ambiciones de Tito en los Balcanes: su intromisión en
Albania desplegando allí tropas yugoslavas, su acuerdo con el gobierno búlgaro
de Dimitrov en 1947 sin consultar a Moscú y sus reclamaciones de Trieste y Carintia,
territorios en disputa con Italia y Austria. A principios de 1948 Stalin
convocó a Moscú a dos de los principales ideólogos del régimen yugoslavo,
Milovan Djilas y Edvard Kardelj, presentándoles un ultimátum. En una carta,
entregada por el embajador soviético, se les advertía: «Pensamos que la
trayectoria política de Trotski es suficientemente instructiva».[93] Aun así,
Tito se negó a ceder a la presión soviética y el Partido Comunista Yugoslavo
fue expulsado de la Cominform —el organismo internacional que sustituyó a la
Comintern— el 28 de junio, aniversario del atentado contra el
archiduque Franz Ferdinand en Sarajevo. En
realidad, ninguno de los dos bandos quería la escisión; para Tito fue un
«amargo golpe psicológico e intelectual» que, según creía, le provocó la
inflamación de la vesícula biliar que lo martirizó durante el resto de su
vida;[94] pero también dañó la autoridad de Stalin en Europa central y
oriental: un dirigente comunista le había hecho frente y había sobrevivido.
Los casos griego y yugoslavo no suponían realmente
una amenaza mortal para la estrategia frentepopulista: solo eran reductos de
comunismo radical en el sureste de Europa. Aunque en el PCI también existía una
importante ala izquierda, era bastante minoritaria y el resto de los partidos
de Europa occidental estaban firmemente comprometidos en la moderación. Aun
así, aquel radicalismo de izquierda contribuyó a hacer temer que la moderación
frentepopulista en Europa occidental fuera un engaño, lo que contribuyó
notablemente a la transición de la política conciliadora de la inmediata
posguerra a la guerra fría y la liquidación de los frentes populares.
VIII
Todavía se siguen debatiendo las causas de la
guerra fría, aquel enfrentamiento que hizo época entre el liberalismo y el
comunismo, y no es este el lugar para una discusión detallada. La opinión
predominante en Occidente la achacaba al milenarismo comunista o al
paneslavismo de Stalin, impulsado por la pretensión de una dominación global,
mientras que el «revisionismo» de la década de 1960 la atribuía a la codicia de
un capitalismo desesperado por el control del mercado mundial; pero ni una ni
otra valoración explica una realidad más compleja.[95] Ninguno de los dos
bandos deseaba el conflicto, pero dada la desconfianza entre ambos, que no se
había disipado durante la guerra, no cabe sorprenderse de que
prevaleciera. El comportamiento de Stalin fue
probablemente muy desestabilizador, porque aunque deseaba que la paz con
Occidente durara algún tiempo, nunca abandonó su convicción ideológica de que
el capitalismo y el socialismo entrarían finalmente en conflicto, dando lugar a
la victoria de este último; tampoco dudó en ampliar su esfera de influencia
cuando las circunstancias le eran francamente favorables.[96] Por otra parte,
las decisiones de los gobiernos estadounidense y británico no podían dejar de
incrementar la suspicacia de Stalin.
La obsesión de este por la supuesta debilidad de
las fronteras soviéticas le llevó a intentar asegurarse un glacis en torno a la
URSS. Hacia el oeste, el parapeto estaría constituido por los estados «amigos»
de Europa oriental, incluida, según esperaba, una Alemania unida prosoviética;
hacia el este, territorios perdidos antes a manos japonesas y ahora reclamados
en Manchuria y las Kuriles; y posiblemente al sur un enclave en el norte de
Irán, una influencia predominante en Turquía y el Bósforo e incluso la
administración de las antiguas colonias italianas en el norte de África. Este
era el programa máximo, y Stalin era consciente de que para conseguirlo habría
que esforzase mucho, pero probablemente confiaba en alcanzar un gran pacto de
reparto con los aliados.[97] Estados Unidos dominaría el hemisferio occidental
y el Pacífico, mientras que Gran Bretaña y la Unión Soviética llegarían a un
acuerdo basado, como dijo en noviembre de 1944 el ex ministro de Asuntos
Exteriores, Maxim Litvinov, en una «amigable separación de esferas de seguridad
en Europa según el principio de proximidad geográfica».[98]
Pero el poder y las ambiciones de Estados Unidos
eran mucho mayores. El gobierno estadounidense estaba decidido a impedir una
repetición de lo sucedido en los años treinta evitando que cualquier potencia
dominara la totalidad de Eurasia; el aislamiento, como había demostrado la
guerra, solo servía para que los enemigos acumularan recursos y, en último
término, amenazaran la seguridad estadounidense. Estados Unidos construyó en
todo el mundo una
enorme red de bases militares y mostró su
superioridad tecnológica y militar con el uso de la bomba atómica. Estaba
dispuesto a aceptar el dominio soviético del área que ocupaba el Ejército Rojo
en Europa oriental, pero nada más. Si los soviéticos llegaban a controlar
Europa occidental y Japón, podrían utilizar sus recursos para desafiar a
Estados Unidos de la misma forma que lo habían hecho los nazis.[99]
Los conflictos debidos a las exigencias soviéticas
tensaron las relaciones entre Estados Unidos y la URSS durante 1945, pero sus
intereses geopolíticos inmediatos no eran necesariamente incompatibles. A
juzgar por las apariencias, la división informal de Europa en 1945 podría haber
tenido éxito; Stalin obtuvo algunas de sus reivindicaciones y perdió otras. El
juicio de Truman sobre Stalin en Potsdam —«Me gusta Stalin. Es un hombre
franco. Sabe lo que quiere y acepta un compromiso cuando no puede obtenerlo»—[100]
se confirmaba. Stalin estaba efectivamente dispuesto a hacer concesiones,
retirando sus tropas de Manchuria y Checoslovaquia.
Pero en 1946 las relaciones comenzaron a
deteriorarse más seriamente, debido en parte a la incoherencia y oportunismo de
Stalin.[101] Al intentar extender la influencia soviética a Irán y Turquía,
alimentó las sospechas sobre sus motivos y sus intenciones parecían difíciles
de predecir; la percepción soviética de que Estados Unidos no le iba a conceder
ayudas sin imponer también condiciones políticas contribuyó asimismo a las
tensiones; otro aspecto importante de aquel cambio en las relaciones era la naturaleza
ideológica del conflicto y la obsesión de ambos bandos por lo que se podría
llamar «seguridad ideológica», una preocupación que hacía muy improbable la
paz.
Stalin, como hemos dicho, llevaba obsesionado por
esa cuestión muchos años y parecía preocuparle especialmente después de la
guerra, porque la relajación de los controles ideológicos y el mayor contacto
con Occidente había generado expectativas de una mayor democratización como
recompensa por los sacrificios durante la guerra; pero Stalin, que ahora temía
un posible enfrentamiento con
Estados Unidos, no iba a permitirla. En su opinión,
eso abriría la URSS a la influencia de Occidente, algo que solo una población
ideológicamente firme podía resistir. El 9 de febrero de 1946 advirtió sobre la
posibilidad de un nuevo conflicto bélico. Era un discurso defensivo, dirigido a
la audiencia interna, pero los observadores estadounidenses lo interpretaron
como un gesto agresivo, que desencadenó a su vez la preocupación por la
subversión soviética y la estabilidad interna de Estados Unidos.[102] El vicejefe
de la embajada estadounidense en Moscú, George Kennan, escribió su
trascendental «telegrama largo» menos de dos semanas después del discurso,
argumentando que Stalin planeaba «aplastar» la influencia estadounidense
mediante la subversión comunista en Occidente. Stalin —sugería— podía no ser un
fanático ideológico, pero estaba obsesionado por la seguridad; tenía una
«visión neurótica de los asuntos mundiales», alimentada por la sensación de
acoso tradicional e instintiva en Rusia, intensificada por la ideología
comunista y el gusto oriental «por el secreto y la conspiración». La URSS iba a
mantener sin duda una campaña prolongada para desestabilizar Occidente, y su
arma principal era una red de colaboradores en los partidos comunistas
occidentales:
Se esforzarán … por desestabilizar la confianza
nacional, por obstaculizar las medidas de defensa nacional, por incrementar la
agitación social y política, por estimular toda forma de disgregación …
enfrentando a los pobres contra los ricos, a los negros contra los blancos, a
los jóvenes contra los viejos, a los inmigrantes recién llegados contra los
residentes establecidos, etcétera.[103]
Estados Unidos debía responder «conteniendo» el
poder soviético en sus fronteras de la época, al tiempo que preservaba su
unidad ideológica y la confianza de su población. Aquel análisis de Kennan, a
principios de 1946, del pensamiento de Stalin, exageraba sin duda las
ambiciones de Moscú en Europa occidental.
Stalin y los partidos comunistas occidentales
seguían empeñados en la línea frentepopulista a pesar del deterioro de las
relaciones entre ambos bloques. La Unión Soviética no apoyaba a
los radicales de izquierda en Grecia y le
disgustaban las pretensiones yugoslavas; pero las preocupaciones
estadounidenses eran comprensibles. Desde su punto de vista el comunismo estaba
avanzando en todo el mundo, en particular en Europa y Asia. Aunque no pudieran
hacer nada con respecto a Europa oriental, había que «contener» a la URSS
dentro de su esfera de influencia; y mientras Europa central sufría el colapso
económico tras la guerra, el gobierno de Truman se sentía cada vez más
preocupado por la seguridad ideológica de Occidente.[104] La situación en el
invierno de 1946-1947 era mala (aunque no catastrófica), y los funcionarios del
Departamento de Estado advirtieron que a menos que Estados Unidos proporcionara
ayuda y apoyo, los comunistas aprovecharían la ocasión. Según la Agencia
Central de Inteligencia (CIA), fundada en septiembre de 1947, «el mayor peligro
potencial para la seguridad de Estados Unidos» residía en la «posibilidad de un
colapso económico en Europa occidental y el consiguiente acceso al poder de
elementos sometidos al Kremlin».[105] En Italia, por ejemplo, el Partido
Comunista era particularmente fuerte. Si llegaba al poder, se temía, utilizaría
tácticas de intimidación tan poco escrupulosas como en Europa oriental. Lo que
los soviéticos no habían conseguido por la fuerza de las armas lo podrían
obtener mediante la subversión interna.
La actitud estadounidense reforzó aún más la línea
dura de la dirección soviética, incluido Stalin.[106] Sus sospechas parecían
confirmarse cuando Truman comenzó a arremeter contra los comunistas en la
esfera de influencia occidental desde principios de 1947 y en particular en el
sur de Europa mediante la intervención militar. Pidió al Congreso ayuda para
Grecia y Turquía y la «doctrina Truman» prometía ayuda estadounidense a todos
los «pueblos libres» del mundo, «que están resistiendo el intento de sublevación
por minorías armadas o presiones desde el exterior».[107] En 1948 se hicieron
también planes para una intervención militar en Italia si el Frente Popular
ganaba las elecciones: grupos paramilitares secretos debían recibir apoyo y
ocupar Cerdeña y Sicilia.[108] Pero
en general el gobierno estadounidense recurría más
a la zanahoria que al palo. En 1946 el propio Kennan había descrito el
comunismo como «un parásito maligno que solo se alimenta de tejido enfermo» y
que puede vencerse mejor mediante «medidas valientes e incisivas» para
«resolver los problemas internos».[109] Este era el principio que subyacía al
programa de recuperación europea, más conocido como Plan Marshall, anunciado en
junio de 1947.
Los autores del Plan Marshall habían aprendido las
lecciones de los fracasos del mercado libre durante la década de 1920 y del
proteccionismo nacionalista durante la siguiente. Para evitar un nuevo nazismo,
los gobernantes de Washington creían que eran esenciales la cooperación
internacional y el libre comercio. Por otra parte, la prosperidad de Estados
Unidos dependía del mercado europeo y especialmente del alemán. Así pues, había
que restaurar esas economías mediante inyecciones masivas de ayuda y resistirse
al proteccionismo; pero al mismo tiempo pretendían reconstruir Europa
occidental con una línea más social, convencidos de que el capitalismo puro de
libre mercado solo serviría para llevar a los trabajadores a los brazos de los
comunistas. La clase obrera, que había permanecido tan marginada e insegura
durante la década de 1920, debía integrarse en el sistema político, dándole un
nivel de vida más alto. El objetivo del Plan Marshall era una economía de
mercado en funcionamiento, que en opinión de sus autores solo se podría crear
mediante la regulación estatal y la colaboración entre trabajadores y
empresarios; por eso implicaron a los sindicatos y a las organizaciones
patronales en la planificación; si el capital y el trabajo se comprometían con
el crecimiento y un nivel de vida alto para todos —argumentaban—, se podrían
superar las viejas luchas de clases del pasado.[110]
El Plan Marshall formaba parte de un impulso
general hacia un sistema económico más regulado e igualitario, y en su propio
país Truman parecía decidido a ampliar las ayudas al bienestar del New Deal, al
tiempo que mejoraba la preparación militar de Estados Unidos. El resultado fue
un nuevo «estado militar y del bienestar»
muy ampliado.[111] Internacionalmente también
debían operar los principios estatalistas en un nuevo sistema financiero creado
en la conferencia de Bretton Woods de 1944, con el que se pretendía volver al
mercado global de la época anterior a la primera guerra mundial, pero con una
mayor regulación del capitalismo y sin las trabas del desacreditado patrón-oro,
que había impuesto tantas restricciones a los salarios y al crecimiento
económico durante la década de 1920. Estados Unidos impulsó un sistema de tipos
de cambio fijos centrado en el dólar, al tiempo que se creaba una institución
supervisora —el Fondo Monetario Internacional (FMI)— a la que podían recurrir
los estados con dificultades financieras coyunturales. Era, por tanto, un
sistema muy controlado que daba primacía a los estados sobre los bancos
privados, que si bien sirvió para promover la reanimación de la economía en
«Occidente» (incluido Japón), se basaba en un pacto implícito: Estados Unidos
se aseguraba importantes aliados en su guerra contra el comunismo, a cambio de
ayudarles a reconstruir su industria nacional y de facilitarles la competencia
en el mercado mundial. A largo plazo fueron los competidores de Estados Unidos
— especialmente sus antiguos enemigos, Alemania y Japón— los más beneficiados,
a expensas de la superpotencia; pero inmediatamente después de la guerra esta,
inmensamente más rica que el resto del mundo, podía permitírselo. Estados
Unidos construyó así una gran red de alianzas con los países del llamado «mundo
libre», lo bastante fuerte y rica como para resistir al comunismo.
La ayuda del Plan Marshall no era tan grande
económicamente como proclamaban sus voceros, ni la situación económica en
Europa tan terrible como pensaban los estadounidenses; pero aun así el plan
tuvo un profundo impacto político. Obligó a los europeos occidentales a elegir
entre capitalismo y comunismo dando a entender que aquel había cambiado y que
efectivamente pretendía acabar con el conflicto social en Europa realizando
importantes concesiones a la clase obrera. Los liberales ofrecían ahora una
alternativa atractiva al Frente Popular: una
coalición que incluía a los socialdemócratas reformistas excluyendo a los
comunistas.
El Plan Marshall puso a estos a la defensiva, y en
particular a la Unión Soviética. Sabían que no era desinteresado y Moscú lo
veía acertadamente como un cebo destinado a atraer a Europa central y oriental
a la esfera de influencia estadounidense. En un primer momento se ofreció la
participación a todo el mundo, incluidos los países europeos del este y la
Unión Soviética, y Molotov llegó a pensar que se podría neutralizar desligando
la ayuda del liderazgo estadounidense. Pero cuando descubrió que eso era imposible,
Stalin y él concluyeron que Estados Unidos estaba decidido destruir la
influencia soviética en Europa oriental.[112] La entusiasta recepción del Plan
por el gobierno frentepopulista checoslovaco no hizo más que confirmar sus
sospechas. El primer ministro Klement Gottwald, secretario general del KSČ, fue
llamado a Moscú y conminado a denunciar el Plan Marshall, como lo fueron todos
los partidos comunistas y los gobiernos de los demás países bajo control
soviético (excepto el de Karl Renner en Austria, donde se mantenía la
ocupación).
El Plan Marshall fue algo decisivo para Stalin, y
le convenció de que la consolidación de dos bloques enfrentados era
inevitable.[113] Estados Unidos, concluyó, estaba tratando de resucitar el
poderío industrial alemán y de utilizarlo para construir una coalición
antisoviética en Europa. Como respuesta decidió que la seguridad de la Unión
Soviética requería la sovietización de Europa central y oriental. Azuzó a los
partidos comunistas y los frentes populares desaparecieron uno por uno; la
decisión más espectacular fue el «golpe de Praga» de febrero de 1948, cuando el
KSČ obligó sin muchos miramientos a Beneš a aceptar un gobierno prácticamente
monocolor. A los comunistas locales no les importaba mucho abandonar la
democracia. Jakub Berman justificaba décadas después el comportamiento poco
democrático de los comunistas, cuando ellos mismos se vieron desafiados por el
sindicato polaco Solidarność:
También nos podéis acusar de que éramos
minoritarios; pues bien, lo éramos. ¿Y qué? … ¡Eso no significa nada! ¿Qué es
lo que nos enseña el desarrollo de la humanidad? Nos enseña antes que nada que
siempre fue una minoría, la vanguardia, la que salvó a la mayoría, a menudo
contra su voluntad … Admitámoslo honestamente: ¿Quién organizó los
levantamientos [del siglo XIX] en Polonia? Un puñado de personas. Así es,
simplemente, como se hace la historia.[114]
Como dejaba claro Berman, muchos de los dirigentes
estalinistas eran auténticos creyentes, convencidos de que lo mejor para su
país era el sistema soviético. Deseaban una transición rápida al socialismo. La
mayoría de los nuevos dirigentes, los «Stalincitos» del nuevo orden, habían
pasado mucho tiempo en el Hotel Lux y otros establecimientos de la Comintern:
el polaco Bołeslaw Bierut, el checo Klement Gottwald, el húngaro Mátyás Rákosi
y el búlgaro Vulko Chervenkov —cuñado de Dimitrov— habían pasado todos ellos
largos períodos en el exilio en Moscú. Solo dos habían permanecido en su país
durante la guerra: el rumano Gheorghe Gheorghiu-Dej —electricista de la red de
ferrocarriles, jefe de la «fracción encarcelada» del partido durante la guerra—
y el albanés Enver Hoxha, profesor educado en la Montpellier, París y Bruselas,
obligado a convertirse en estanquero tras ser despedido de su puesto por las
fuerzas de ocupación italianas.
A este grupo de dirigentes comunistas se unió en
octubre de 1949 Walter Ulbricht, otro antiguo huésped del Hotel Lux, secretario
general del SED que dirigía el nuevo estado creado en Alemania oriental, la
República Democrática Alemana (RDA). Al concluir la guerra Alemania y Austria
habían sido divididas entre los Aliados y en junio de 1948 estadounidenses,
británicos y franceses precipitaron la división formal de Alemania al unir sus
zonas de ocupación y anunciar planes para crear un estado separado en Alemania
occidental (Bundesrepublik Deutschland) con una nueva moneda. La Unión
Soviética respondió aislando Berlín —situada en la zona de ocupación soviética
pero administrada conjuntamente— en un intento de obligar a los Aliados a
retroceder. Entre aquel momento y mayo del año siguiente los Aliados
organizaron un
gigantesco puente aéreo para evitar el hambre en
Berlín occidental; pero Stalin no estaba dispuesto a ir más allá y su táctica
de presión fracasó. Alemania, centro de la lucha de clases durante la década de
1920, se había convertido a finales de la década de 1940 en avanzadilla de la
lucha entre bloques.
Stalin estaba decidido a movilizar su nuevo imperio
para contrarrestar la amenaza occidental, reconstruyendo las economías de
Europa central y oriental según el modelo soviético de finales de los años
veinte y principios de los treinta, dando primacía a la industria pesada,
colectivizando la agricultura y restringiendo el consumo. La moderación
frentepopulista se había acabado. Los gobiernos de todos los «países satélites»
de la Unión Soviética elaboraron planes quinquenales a partir de 1949-1950, y
al igual que en la Unión Soviética esa política se combinaba con la «lucha de
clases» contra los campesinos ricos y la burguesía.
El final de los frentes populares y la creación de
un imperio soviético en Europa central y oriental se confirmó en la conferencia
fundacional de la Cominform en la ciudad polaca de Szklarska Poręba en
septiembre de 1947, aunque según decía solo tenía como propósito compartir la
información entre los partidos comunistas y desde luego no pretendía suceder a
la Comintern ni fomentar la revolución mundial; en primer lugar solo incluía a
los partidos de Europa oriental más el francés y el italiano, estratégicamente
importantes, e iba a estar sometida a los dictados de la política exterior
soviética.[115] Stalin se había convencido de que debía poner fin a la
supervisión relativamente laxa de los partidos comunistas europeos. Sabía que
sus exigencias no serían bien recibidas por algunos de ellos y mantuvo en
secreto el propósito de la reunión. El dirigente polaco Gomułka dejó claras sus
objeciones pero con escaso éxito. Los partidos comunistas europeos iban a
quedar sometidos a una supervisión estricta y debían movilizarse contra la
amenaza estadounidense. La estrategia frentepopulista estaba muerta y en su
lugar surgió una nueva
doctrina de lucha internacional entre «dos campos»:
el capitalista y el socialista.[116]
En Europa oriental el Plan Marshall perjudicó
indudablemente a los partidos comunistas, pero podían recurrir a la fuerza para
mantenerse en el poder. En la occidental, en cambio, solo iban a poder capear
el temporal en circunstancias muy adversas. Aunque hasta principios de 1947 el
PCF y el PCI eran fuerzas políticas poderosas, el inicio de la guerra fría
socavó considerablemente su posición. En mayo de 1947 fueron expulsados de los
gobiernos de coalición y desde Moscú se les exigió entonces adoptar una línea
más combativa, no para fomentar la revolución sino para movilizar a la opinión
contra la influencia estadounidense.[117] Tras los primeros intentos de
organizar huelgas generales, Stalin les propuso en 1948 la creación de amplias
coaliciones «de paz» contra Estados Unidos, iniciativa que tuvo muy poco éxito.
La dirección del PCI, que esperaba obtener muy buenos resultados en las
elecciones de 1948, trató de ablandar la oposición soviética al Plan Marshall,
pero Stalin se mantuvo inflexible.[118] Como bien entendía el PCI, el Plan
Marshall y la alianza con Estados Unidos iban a desempeñar un papel central en
la campaña electoral de la Democrazia Cristiana. El propio general Marshall
amenazó con retirar toda ayuda en caso de victoria comunista y la Iglesia
Católica movilizó a los italoamericanos en una campaña en la que enviaron más
de un millón de cartas a sus familiares y amigos, advirtiéndoles de la amenaza
comunista. El «golpe de Praga» fue la gota que desbordó el vaso del pánico al
comunismo y la Democrazia Cristiana obtuvo el 48,5 por 100 de los votos,
derrotando con mucha ventaja al Fronte Democratico Popolare (31 por 100)
vertebrado por el PCI. Este siguió siendo el partido más fuerte de la
izquierda, pero al igual que el PCF iba a quedar apartado del poder durante
varias décadas. El SKDL finlandés iba a ser el último en abandonar el gobierno,
en el verano de 1948.
IX
El 1 de mayo de 1950 un grupo de hombres vestidos
con atuendo casi militar y brazaletes adornados con estrellas rojas se hicieron
con el control de Mosinee, un pueblecito agrícola de Wisconsin. Bloquearon las
carreteras y detuvieron al alcalde de la ciudad, sacándolo de la cama a punta
de pistola sin más que un pijama de lunares y bata de casa. El alcalde aceptó
su derrota y urgió a sus conciudadanos a rendirse, hablando desde una
plataforma levantada en la que se rebautizó como «Plaza Roja», adornada con el
eslogan «El estado debe prevalecer sobre el individuo». El jefe de los
invasores, un tipo con bombín que se hacía llamar Comisario Kornfeder, declaró
a continuación a Mosinee parte de los «USSA» (Estados Unidos Socialistas de
América) y promulgó un decreto nacionalizando la industria, aboliendo todos los
partidos políticos excepto el comunista y prohibiendo todas las organizaciones
cívicas y religiosas.[119]
Aquel era el comunismo al estilo estadounidense,
aunque los encargados de ponerlo en escena pertenecían a una organización
ultraconservadora de veteranos, la ferozmente antisoviética Legión Americana, y
no al CPUSA. Los habitantes de Mosinee solo tuvieron que sufrir los tormentos
del comunismo durante un día, convirtiéndose en protagonistas involuntarios de
una de las muchas farsas políticas de la época, organizada para evidenciar los
peligros de la amenaza comunista. Los legionarios venidos de fuera, vestidos
como comunistas y deliberadamente «extraños» para los habitantes del pueblo,
les hicieron oír un discurso en el que su líder declaró: «¡Contamos las horas
que faltan para que los obreros pobres y oprimidos se alcen y derroquen el
podrido régimen de Estados Unidos!» e inmediatamente comenzaron su campaña de
represión. Los recalcitrantes —incluidas tres monjas— fueron enviados a «campos
de concentración»; se expurgaron las bibliotecas y se prohibió una película que
se estaba proyectando en
el cine local, Culpable de traición, sobre el
juicio-farsa del cardenal húngaro Mindszenty. También se alteraron otros
aspectos más comunes del estilo de vida americano: se «confiscaron» los campos
de deportes, los restaurantes solo servían pan negro y sopa de patatas y los
precios de la ropa y el café se quintuplicaron. Se puso en vigor el
racionamiento y el Milwaukee Journal mostraba a un niño de seis años que miraba
incrédulo y entristecido un letrero en el que se leía «Caramelos solo para los
miembros de la juventud comunista».
La ocupación de Mosinee fue organizada por la
Legión Americana, pero en ella desempeñaron también un papel protagonista
algunos ex comunistas. Joseph Kornfeder era un sastre inmigrante de origen
eslovaco, que había sido comunista entre 1919 y 1934 y había participado en los
cursos de la Escuela Lenin. Se le unió en la representación Ben Gitlow, un
antiguo Secretario Ejecutivo del CPUSA, purgado durante las campañas
antiderechistas de Stalin de finales de los años veinte. El alcalde
Kronenwetter, demócrata, estaba al principio en contra de lo que juzgaba «una
idea republicana», pero finalmente aceptó seguir adelante con el plan.
Un mes después se vivió un drama sorprendentemente
parecido pero esta vez en las salas de cine de la URSS. La película
Conspiración de condenados de Mijail Kalatozov se situaba en un país genérico
de Europa oriental gobernado por un Frente Popular multipartidista[120] y tenía
como tema una conspiración organizada en el extranjero para llevar a cabo un
golpe de estado; pero esta vez los malvados eran los estadounidenses. MacHill,
el aparentemente encantador pero cínico embajador estadounidense, dirigía una siniestra
conspiración destinada a expulsar a los comunistas del gobierno y obligar al
país a unirse al Plan Marshall. Entre sus colaboradores estaban los
socialdemócratas (MacHill proclamaba orgullosamente: «He derrocado tantos
gobiernos con ayuda de los socialdemócratas…»); el Vaticano y el cardenal
Birnch (que tenía como modelo a Mindszenty); la traidora Cristina, a la cabeza
del
partido de derecha Unidad Cristiana; el poco fiable
embajador de Tito; y una vampiresa estadounidense, la periodista de Chicago
Kira Reichel. Urden varios planes ruines: asesinar a la heroína de la película,
la viceprimera ministra comunista Hanna Likhta; sobornar a la población con
baratijas de la cultura estadounidense (como una banda de jazz que llega en un
«tren de la paz» cubierto de anuncios de los cigarrillos Lucky Strike); y
promover una escasez alimentaria para asegurar una dependencia absoluta de Occidente.
Pero los comunistas desmontan el golpe, movilizando a las masas contra el
insidioso dólar y en defensa de la virtud moral y la independencia nacional.
Asaltan el Parlamento y expulsan a MacHill junto con los partidos
reaccionarios, gritando: «¡El Plan Marshall es nuestra muerte! ¡No queremos que
nos pongan el collar y la cadena estadounidense!».
La fingida ocupación de Mosinee y Conspiración de
condenados muestran los temas y el ambiente de la nueva época de la guerra
fría, tanto en el este como en el oeste. Los frentes populares han quedado
claramente atrás y los antiguos aliados se han convertido ahora en enemigos
mortales: en Estados Unidos el comunismo se equipara al fascismo, mientras que
en la URSS la socialdemocracia se ha convertido de nuevo en «socialfascismo». A
un lado y otro el estado impone una unidad basada en una combinación de nacionalismo
y principios ideológicos universales: «americanismo» y «valores soviéticos».
Cualquier amenaza a este orden es altamente peligrosa. En Occidente hay que
erradicar la simpatía con la izquierda radical y en la Unión Soviética y Europa
oriental la inclinación al liberalismo, ya que podrían servir de caldo de
cultivo para siniestras conspiraciones organizadas por la superpotencia rival.
La obsesión por la seguridad ideológica explica la proliferación de historias
de espías y conspiraciones, y el resultado de aquella obsesión fue un largo
interludio en la «guerra civil» europea, durante el cual la lucha de clases se
reconfiguró como un conflicto entre bloques geopolíticos antagónicos.
Así pues, ambos bandos trataron de disciplinar a la
sociedad y movilizarla para la nueva guerra ideológica;[121] pero el efecto de
aquella movilización fue mucho mayor en el bloque soviético que en Occidente, y
la relación entre represión y persuasión tampoco era la misma. Como veremos en
el capítulo 7, la represión era mucho más intensa en el bloque soviético,
mientras que en el bando occidental se concentraba sobre todo en la Europa
meridional. Los monárquicos griegos —respaldados por Gran Bretaña y Estados
Unidos— y el régimen fascista de Franco en España utilizaron una violencia
extrema para suprimir a los comunistas, y también en Italia, a finales de la
década de 1940, la izquierda se vio duramente reprimida por la policía.[122]
En los propios Estados Unidos los comunistas se
vieron discriminados e incluso reprimidos, y entre diez y doce mil comunistas,
reales o supuestos, perdieron su empleo.[123] Tres meses antes de la invasión
de Mosinee el propio senador de Wisconsin, el católico de origen irlandés Joe
McCarthy, había pronunciado su primer discurso famoso asegurando que sabía que
en el Departamento de Estado había al menos cincuenta y siete comunistas.[124]
Pronto se convirtió en el símbolo del «Pánico Rojo» que dominó la política
estadounidense, pero no era más que uno entre los muchos individuos y
organizaciones poderosas que se lanzaron a la purga de comunistas. El
presidente Truman estableció pruebas de lealtad para su administración en 1947,
aunque desaprobaba a McCarthy; los patronos y sindicatos anticomunistas
purgaron a los activistas sospechosos de relación con el comunismo; la Oficina
Federal de Investigación (FBI) de Edgar Hoover puso a 3500 personas a
investigar a dos millones de empleados federales; entre 1945 y 1955 el Comité
de Actividades Antiamericanas del Congreso instruyó 135 investigaciones, entre
las que la más famosa fue indudablemente la que afectó a Hollywood.
La Unión Soviética tenía efectivamente una red de
espías en Estados Unidos, algunos de ellos a altos niveles de la
administración, y controlaba las actividades del (minúsculo) CPUSA,
pero el desmesurado temor al comunismo de la época
tenía más que ver con la seguridad ideológica y su empleo por diversas fuerzas
políticas que con el daño causado por el espionaje. El macartismo tenía
precedentes en el Pánico Rojo de 1919-1920, pero la guerra fría situó la
cuestión del comunismo prácticamente en el centro de la política
estadounidense,[125] de forma que aunque al principio se reforzara la economía
de estilo New Deal, acabó debilitando a la izquierda estadounidense. En 1942
las encuestas mostraban que el 25 por 100 de los estadounidenses se sentían
atraídos por el socialismo y el 35 por 100 le tenían cierta simpatía; en 1949
solo el 15 por 100 lo apoyaban, mientras que el 61 por 100 lo rechazaban
terminantemente.[126]
En Europa occidental la cruzada anticomunista fue
más matizada; no hubo una caza de brujas anticomunista al estilo de Estados
Unidos y el macartismo solo sirvió para deteriorar su imagen. La gira en 1953
por las capitales europeas de los agentes de McCarthy Roy Cohn y David Schine,
expurgando las bibliotecas de las embajadas estadounidenses y otras
instituciones gubernamentales de obras «peligrosamente» izquierdistas como el
clásico Walden de Henry David Thoreau, fueron especialmente dañinas;[127] pero la
política se vio muy afectada por la guerra fría: los comunistas fueron
expulsados del gobierno y la socialdemocracia volvió al anticomunismo radical
posterior a la primera guerra mundial. Algunos partidos socialistas de Europa
occidental seguían empleando el vocabulario marxista de la lucha de clases en
su programa, pero en realidad se estaban convirtiendo en fuerzas profundamente
liberales.
El liberalismo de la guerra fría tuvo un notable
éxito en cuanto a sus principales objetivos: desmantelar los frentes populares,
presentar el comunismo como enemigo y ofrecer una alternativa atractiva para
gran parte de la población, con lo que se demostró un poderoso motor de
integración social. En Europa occidental y Estados Unidos la mayoría de los
obreros se vio finalmente integrado en la comunidad económica y política. En
Estados Unidos
grupos étnicos excluidos, especialmente los
afroamericanos, católicos y judíos, comprobaron que la cruzada anticomunista
les ayudaba a obtener aceptación en una comunidad política dominada por los
protestantes.[128] Tanto católicos como judíos simpatizaban con las víctimas
del estalinismo tardío: los judíos, que en otra época habían constituido el
grupo étnico más procomunista, se convirtieron comprensiblemente en los más
hostiles cuando sus correligionarios pasaron a ser blanco del
«anticosmopolitismo» de posguerra de Stalin.[129] El Vaticano siempre había
sido, por supuesto, radicalmente anticomunista, pero ahora los católicos tenían
como acicate el sufrimiento y discriminación de sus hermanos y hermanas de
Europa oriental.
El liberalismo estadounidense de la guerra fría
consiguió así mantener su atractivo ideológico en Europa occidental y cada vez
más en la oriental. Estados Unidos estableció un imperio informal, pero su
riqueza y su ideología liberal le permitieron evitar los excesos explotadores
de los imperios europeos del siglo XIX. Era un «imperio por invitación»,
extendido tanto por la clase dominante como por las organizaciones obreras
estadounidenses,[130] que en gran parte de Europa y Japón podía presentarse
como genuino portador de valores universalistas deseoso de ayudar a cuantos se
hallaban bajo su protección a alcanzar la modernidad. Al este del «telón de
acero» el planteamiento de Stalin era muy diferente. Como se verá, el relativo
aperturismo del período de guerra fue pronto sustituido por una nueva forma de
estalinismo que exageraba los elementos paternalistas, estatalistas y
chovinistas del de los años treinta.
El conflicto ideológico entre la Unión Soviética y
Occidente se reconfiguró, pasando de ser un conflicto social dentro de cada
bloque a una lucha geopolítica entre ambos. La «guerra fría» entre las
superpotencias iba acompañada por una «paz fría» dentro de cada una de ellas.
La política se estabilizó y la lucha de clases se atenuó. El lago, antes rizado
por las olas, se había congelado. El hielo era más grueso en la parte
noroccidental de Europa, Estados
Unidos y la URSS, y más delgado en Europa central y
oriental, así como en la Europa meridional. La guerra civil en Grecia había
mostrado la debilidad del poderío británico y estadounidense, y la
consolidación del titismo en Yugoslavia la de la URSS.
Pero esto se aplicaba sobre todo al «Norte» global,
mientras que en el «Sur» —y especialmente en Asia— la situación era muy
diferente. Allí los conflictos internos seguían siendo violentos y las
desigualdades muy grandes. Los nacionalistas hacían frente a los imperios
europeos, mientras que la desigualdad y división que reinaban en las sociedades
agrarias daban lugar a demandas de un cambio social fundamental.
Ni al bloque estadounidense ni al soviético les
resultaba fácil integrar esa parte del mundo tan turbulenta, pero al terminar
la guerra mundial parecía que Estados Unidos estaba en mejores condiciones para
competir por la hegemonía. Era inmensamente más rico y tenía la capacidad de
proyectar fuerza militar a cualquier lugar; también podía atraer a los
nacionalistas, al rechazar, al menos en principio, el imperialismo de sus
aliados europeos: como explicaba el Consejo de Seguridad Nacional
estadounidense, el «imperialismo del siglo XIX» ya no era aceptable porque era
«un caldo de cultivo ideal para el virus comunista».[131]
La Unión Soviética, en cambio, se hallaba al
terminar la guerra en muy mala situación para ampliar su influencia en aquel
mundo radicalizado. La estrategia de la Comintern desde 1917 se había
concentrado principalmente en Europa: el Frente Popular se había diseñado para
atraer a los liberales de izquierda europeos y en la Cominform solo había
partidos europeos. Por otra parte, el enfoque de Stalin del mundo
subdesarrollado se basaba en una combinación de realpolitik y escepticismo
sobre la capacidad de las sociedades agrarias no europeas para alcanzar el
socialismo en un próximo futuro. No quería alentar a los comunistas del Tercer
Mundo en sus ambiciones revolucionarias, en parte porque podían desafiar la
preeminencia de Moscú y en parte porque podían enojar a las potencias
occidentales y socavar los acuerdos alcanzados al final de
la guerra sobre la división de Europa; por eso se
negó a ayudar a los comunistas griegos o vietnamitas y también era reacio a
reconocer los avances del Ejército Popular de Liberación dirigido por Mao
Zedong (aunque a principios de 1948 se mostró más optimista sobre las
posibilidades de la revolución en China).[132] Su traición a los comunistas
indígenas fue más llamativa —y contraproducente— en Irán, donde el Partido de
las Masas (Tudeh) dirigido por comunistas (el mayor partido del país, y según
el ex embajador británico Reader Bullard, el único consolidado) estaba
dispuesto a tomar el poder. Stalin no tenía ningún interés en una revolución en
Irán e insistió en que era prematura; su objetivo era un estado iraní «burgués»
aliado de la URSS y dispuesto a ofrecerle concesiones petrolíferas. Se negó a
retirar las tropas soviéticas de los territorios ocupados en el norte desde
1941 y promovió la creación de repúblicas autónomas en las provincias iraníes
de Azerbaiyán y Kurdistán, amenazando además a primeros de marzo de 1946
marchar sobre Teherán si el gobierno de Ghavam Sultaneh, del que formaba parte
el Tudeh, no se avenía a sus exigencias petrolíferas. Pero aquella iniciativa
de Stalin acabó en un fracaso espectacular que además destruyó las perspectivas
de predominio comunista. Truman amenazó con una intervención militar
estadounidense y Stalin decidió retirar sus tropas; poco después el Shah
incorporó Irán a la órbita estadounidense y el Tudeh, muy debilitado por su
actitud prosoviética durante aquella crisis, fue ilegalizado en 1949.
En el este y sureste de Asia, en cambio, Stalin
tenía menos poder directo, mientras que los comunistas locales tenían más
confianza en sí mismos. Allí los partidos comunistas habían combinado la
tradición soviética con ideas autóctonas, poniendo el acento en los elementos
antiimperialistas legados por la Comintern, y aquella síntesis iba a dar al
comunismo una nueva vida. En Occidente el comunismo había encontrado un suelo
fértil en la lucha entre clases sociales. En Rusia se había beneficiado tanto
de la lucha entre clases como del poderoso deseo de mejorar el estatus de un
país «atrasado»; pero en Asia, que pronto se iba a convertir
en centro del comunismo global, este había surgido
en un contexto muy diferente: el conflicto entre los imperios de Occidente y
las colonias; y para entender esas nuevas versiones del comunismo tenemos que
volver al período posterior a la primera guerra mundial, ya que aquella guerra
catastrófica había provocado no solo la crisis de las clases dominante
europeas, sino también la de sus imperios en ultramar.
6
El Oriente es rojo
I
En junio de 1919 un joven indochino de veintinueve
años, Nguyen Tat Thanh,[*] acudió al Palacio de Versalles. Hay quien cree
recordar que iba formalmente vestido, pero en todo caso se trataría de un traje
alquilado. Todavía era un personaje insignificante, que se ganaba la vida
retocando fotografías y falsificando antigüedades chinas. Pretendía presentar
una petición al presidente Wilson y sus colegas en las negociaciones de paz; se
trataba de un documento relativamente moderado, firmado con el pseudónimo Nguyen
Ai Quoc (Nguyen «el patriota») y titulado «Las reivindicaciones del pueblo
annamita [vietnamita]», que pedía autonomía política (no la independencia) para
los vietnamitas y derechos iguales a los de sus administradores imperialistas
franceses.[1] Nguyen esperaba que fuera incluido en la agenda de la conferencia
y tenía algunas razones para su optimismo: hacia el final de la guerra Wilson
había proclamado el principio de autodeterminación de los pueblos oprimidos, y
aunque no mencionaba explícitamente a los no europeos, los nacionalistas de las
colonias esperaban que también se les aplicara a ellos. Pero lo único que
recibió fue una educada carta del principal asesor de Wilson, en la que le
prometía llamar su atención sobre el asunto. Probablemente Wilson no llegó
nunca a
leerla, pero aunque lo hubiera hecho su efecto
habría sido muy escaso. Versalles amparaba la autodeterminación de los súbditos
europeos de los viejos imperios, pero no de sus súbditos coloniales.
[2]
La respuesta de Nguyen Tat Thanh a aquel rechazo
fue transferir sus esperanzas de Wilson a Lenin. Se incorporó al partido
socialista francés (SFIO) y en diciembre de 1920 participó en el Congreso de
Tours en el que este se convirtió en Section Française de l'Internationale
Communiste. Desde París viajó en 1923 a Moscú, donde participó en el V Congreso
de la Comintern y puede que acudiera a la Universidad Comunista de los
Trabajadores de Oriente (KUTV), institución paralela a la Escuela Lenin para
los cuadros comunistas europeos.[3] Desde Moscú se trasladó a Cantón/Guangzhou,
en el sur de China, por encargo de la Comintern, de la que al cabo de unos años
se había convertido en una importante figura adoptando un nuevo nombre de
guerra, Ho Chi Minh («Voluntad Esclarecedora»).
Ho Chi Minh no era el único intelectual asiático
desengañado de Wilson. El chino Chen Duxiu, dirigente del Movimiento del 4 de
Mayo, le había llamado en 1919 «el mejor hombre del mundo», pero también a él
la decepción le había llevado a fundar y dirigir el Partido Comunista Chino
(Gongchandang).[4] Al joven Mao Zedong, activista político en la provincia de
Hunan, le conmocionó la traición de Versalles y aquel mismo mes de julio fundó
la Revista del Río Xiang, en la que dio a conocer sus reflexiones al respecto.
Mao urgía a sus lectores a estudiar el ejemplo del «partido extremista ruso»,
que a su entender estaba extendiendo la revolución por todo el sur de Asia y
Corea; aquella era su primera referencia al bolchevismo.[5]
Pero en realidad cualquier eventual acercamiento
entre Wilson y Ho Chi Minh estaba condenado al fracaso. Wilson estaba sin duda
dispuesto a mantener controlado el imperialismo europeo, pero le interesaban
muy poco los pueblos colonizados y sus derechos. Los consideraba «pueblos
subdesarrollados» que avanzarían muy
lentamente hacia la independencia, bajo la égida
benevolente de Occidente; admiraba en particular los métodos del imperialismo
británico y era incondicionalmente anglófilo. No podía simpatizar con las
tumultuosas revoluciones nacionalistas; además, como sureño, compartía muchos
de los supuestos racistas de su entorno. No es, pues, sorprendente que
accediera a las demandas de sus aliados europeos y japoneses; aceptó que
conservaran sus imperios, y aunque a regañadientes aceptó que el enclave de
Qingdao, en la provincia china de Shandong, pasara de los derrotados alemanes a
los victoriosos japoneses.[6]
Además, si Wilson no era un demócrata radical,
tampoco Ho Chi Minh era un liberal. Hijo de un funcionario del gobierno en
desgracia, abandonó Vietnam en 1911 y viajó por todo el mundo trabajando como
pinche de cocina en un barco. Durante aquel «gran crucero» visitó el mundo
colonial y pasó largos períodos en Estados Unidos, Londres y París. Si ya antes
estaba resentido por la presencia imperial francesa en Vietnam, sus
experiencias le permitieron generalizar su crítica del imperialismo y al
constatar las humillaciones de los afroamericanos en Estados Unidos y de los
africanos y asiáticos en los imperios europeos se agudizó su conciencia del
racismo blanco. Cuando llegó a Londres ya era considerado un radical. El gran
chef Auguste Escoffier se fijó en él en las cocinas del Hotel Carlton y le
ofreció su patrocinio si abandonaba sus ideas revolucionarias; aceptó aprender
el arte de la pastelería, pero rechazó el consejo político de Escoffier: se
adhirió a una organización que pretendía mejorar las condiciones de los
trabajadores chinos y se manifestó en favor de la independencia de Irlanda.[7]
Al concluir la Gran Guerra se instaló en París, donde participó activamente en
los círculos obreros y socialistas. Era una persona reservada, al menos entre
los franceses. El socialista francés Léo Poldès hablaba con cierta
condescendencia de su «aura chaplinesca … a la vez cómico y triste … Era très
sympathique, reservado pero no tímido, intenso pero no fanático y
extraordinariamente inteligente»;[8] pero uno de sus paisanos
nacionalistas lo describía como un «orgulloso
semental».[9] Ya en 1921 había concluido —en parte, según proclamaba, a raíz de
su lectura de El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin— que su
pueblo solo podría liberarse mediante la violencia y el socialismo.[10]
Ho Chi Minh estaba en París en un momento en que el
viejo orden se tambaleaba, tanto en la periferia colonial como en Europa. En
parte del imperio británico la Gran Guerra tuvo un efecto similar al que tuvo
en Europa. En su ejército habían combatido casi un millón de soldados indios,
al tiempo que decenas de miles de chinos llegaban a Europa para trabajar en el
frente interno. Indios y chinos, como la clase obrera europea, creían ahora que
se les debía cierta compensación por su sacrificio. Por otra parte, para muchos
nacionalistas asiáticos estaba claro que Europa había salido muy debilitada de
la guerra y que el equilibrio de poder internacional estaba cambiando. El
propio Ho Chi Minh había escrito premonitoriamente en 1914: «Creo que durante
los tres o cuatro meses próximos el destino de Asia cambiará espectacularmente.
Tanto peor para los que luchan y combaten. Tenemos que mantener la calma».[11]
Como percibía Ho Chi Minh, la guerra había
debilitado las viejas jerarquías en todo el mundo. En Europa esto cobró la
forma de revoluciones sociales y fuera de ella de rebeliones anticoloniales. A
lo largo de 1919 se produjeron levantamientos contra los británicos en Egipto,
Afganistán y Waziristan (en el Pakistán actual), la campaña de desobediencia
civil de Gandhi en la India y la proclamación de la República en Irlanda por la
primera Dáil Éireann. Más hacia el este, el Movimiento del 1 de Marzo en Corea y
el Movimiento del 4 de Mayo en China protestaban contra el resurgente
imperialismo japonés.
El comunismo era en cierto sentido un instrumento
útil para los movimientos anticoloniales frustrados. Los imperios europeos
operaban en general mediante élites colaboracionistas locales y la aseveración
comunista de que las desigualdades internas estaban
estrechamente relacionadas con la injusticia
internacional tenía mucho eco. La clase obrera industrial era minúscula, por
supuesto, pero Lenin había justificado la revolución en la atrasada Rusia
arguyendo que era una semicolonia de Europa. Stalin era también un hombre de la
periferia colonial y era muy consciente de la importancia del imperialismo en
el ascenso bolchevique al poder. Por eso la Internacional Comunista ofreció
pronto su apoyo a los movimientos antiimperialistas.
Sin embargo, a los comunistas asiáticos les resultó
difícil desde un principio competir con movimientos nacionalistas que podían
enarbolar mensajes patrióticos y combinar de forma más convincente la cultura
política local con la construcción de un estado moderno. Tampoco les favorecía
el sectarismo y exclusivismo de la Comintern. Moscú estaba convencido todavía
de que había mejores perspectivas revolucionarias en Europa y en la clase
obrera industrial. El mundo colonial, a su juicio, tendría que esperar algún
tiempo para alcanzar el socialismo y por el momento debía concentrarse en la
lucha antiimperialista, en alianza con los nacionalistas burgueses si era
preciso, con el objetivo de establecer «repúblicas democráticas»
independientes.
El primer congreso de la Comintern en marzo de 1919
tenía poco que decir sobre los levantamientos en las colonias; la esperanza de
la revolución en Europa occidental era todavía muy alta. Pero al año siguiente,
en cambio, esa esperanza se iba diluyendo y como contrapartida los bolcheviques
esperaban que los movimientos nacionalistas, especialmente en el Asia central
bajo control soviético, podía proporcionar aliados vitales en un momento tan
crítico para su propio régimen. El II Congreso de la Comintern en el verano de
1920 dedicó por ello gran parte del tiempo a la cuestión colonial y se invitó a
muchos más delegados no europeos. Sus conclusiones se vieron reforzadas por
otro congreso, dedicado específicamente a la cuestión colonial, celebrado en
septiembre en la ciudad azerí de Bakú: el I Congreso de los Pueblos de Oriente,
al que acudieron diversos comunistas, radicales y nacionalistas que
representaban treinta y siete nacionalidades, la
mayoría de ellas de los antiguos imperios ruso y otomano.[12]
En Bakú afloraron notables divergencias entre los
soviéticos, eurocéntricos, y los asiáticos más radicales. Lenin, que se oponía
tan enérgicamente en Europa a las alianzas interclasistas, las consideraba sin
embargo muy adecuadas para los países «atrasados» de Asia. Los comunistas, en
su opinión, debían forjar alianzas con los nacionalistas burgueses y los
campesinos radicales para luchar por la libertad; el socialismo propiamente
dicho se demoraría hasta un distante futuro. Pero aquella valoración fue vigorosamente
criticada por el indio Narendra Nath Bhattacharya (alias M. N. Roy). Antes y
durante la primera guerra mundial Roy había formado parte de una organización
terrorista antibritánica bengalí, por cuenta de la cual realizó varios viajes
para comprar armas que lo llevaron hasta Estados Unidos. Desde allí, acosado
por los agentes británicos, huyó a México, donde participó en la transformación
del Partido Socialista Obrero en sección mexicana de la Comintern en 1919. Allí
conoció también a Mijail Borodin, quien más tarde iba a desempeñar la función
de enlace entre la Comintern y el Guomindang chino. En su breve estancia en
Berlín, adonde había viajado esperando contemplar «el colapso de la Europa
capitalista y el ascenso del proletariado revolucionario, como un Prometeo
liberado, para construir un nuevo mundo a partir de las ruinas del
antiguo»,[13] Roy se encontró en cambio con el fracaso de la revolución
espartaquista y columbró que el futuro del comunismo estaba en el mundo
colonial, y no en Europa. Como recordaba él mismo:
Habiendo experimentado personalmente la derrota de
la revolución alemana, no podía compartir la suposición optimista de que el
proletariado conquistaría el poder en varios países en cuanto el Congreso
Mundial reunido en Moscú tocara a rebato … el proletariado no triunfaría en su
heroico intento de conquistar el poder a menos que el imperialismo hubiera
quedado debilitado por la rebelión de los pueblos coloniales.[14]
Desde aquel momento Roy decidió abrir «el segundo
frente de la revolución mundial» en el mundo colonial.[15]
En su opinión, los comunistas no debían confiar en
los nacionalistas burgueses, quienes —argumentaba— estaban demasiado
estrechamente comprometidos con el orden «feudal», sino que debían movilizar a
una clase obrera potencialmente radical, que Roy insistía que se estaba
desarrollando en Asia. La discusión entre Lenin y Roy llegó a su punto
culminante con respecto a su evaluación del líder nacionalista indio Mohandas
Gandhi. Lenin lo consideraba un revolucionario, mientras que Roy insistía, con
cierta razón, en que era un «predicador religioso y cultural [que]
necesariamente acabaría comportándose de forma reaccionaria en el terreno
social, por muy revolucionario que pudiera parecer políticamente».[16]
Lenin comenzó entonces a revisar sus viejas
opiniones sobre Asia. Se manifestó en contra de avalar una única estrategia y
animó a Roy a escribir sus propias tesis, que el II Congreso de la Comintern
aprobó a continuación junto con las suyas. Durante los ocho años siguientes los
partidos comunistas de Asia siguieron un difícil curso híbrido combinando las
propuestas de Lenin y de Roy. Se buscaban alianzas con los nacionalistas
burgueses, pero al mismo tiempo se privilegiaban los obreros urbanos más que los
campesinos. Pero si bien es cierto que un curso mixto iba a resultar
fructífero, no sería aquel. De hecho, hasta que no se atenuó el control de la
Comintern no lograron dirigentes anticoloniales autóctonos, como Mao Zedong y
Ho Chi Minh, crear un nuevo modelo exitoso de comunismo en Asia. Como el
comunismo que Stalin forjó en la URSS durante las décadas de 1930 y 1940,
combinaba el comunismo con el nacionalismo. Pero a diferencia del modelo
estalinista, con su jerarquización heredada del estado aristocrático zarista,
desarrollaron un radicalismo más igualitario y más cercano al campesinado.
Durante las décadas de 1930 y 1940 ese nacionalismo comunista radical resultó
enormemente atractivo para las generaciones que se rebelaban contra la herencia
confuciana. En 1919 China experimentó lo que se
puede entender como una revolución cultural, tan trascendental como la de
Rousseau en el siglo XVIII y la de Chernishevski en el XIX, y al cabo de tres
décadas se iba a convertir en el mayor polo de influencia comunista en Oriente,
extendiendo su revolución a gran parte del mundo confuciano y más allá.
II
Una de las obras más famosas de la literatura china
moderna es un cuento corto del escritor (y futuro simpatizante comunista) Lu
Xun. En el «Diario de un loco» (Kuángrén Rìjì), publicado en abril de 1918, el
narrador cuenta su percepción gradual de que todos sus compatriotas son de
hecho caníbales: «Acabo de darme cuenta de que he estado viviendo todos estos
años en un lugar en el que desde hace cuatro milenios vienen comiendo carne
humana». «Cuando tenía cuatro o cinco años —recuerda— mi hermano me dijo que si
los padres de una persona están enfermos, debía cortar un trozo de su carne y
hervirla para ellos si quería ser considerado un buen hijo…» Decidido a
investigar el asunto, comienza a leer historias de China, en las que ve que los
caracteres «virtud y moralidad» se transforman en la orden: «¡Come carne
humana!». Al final del cuento el loco confía desesperadamente en que no todo
esté perdido: «Quizá haya todavía niños que no hayan comido carne humana.
Salvemos a los niños…».[17]
El «Diario de un loco» es un ataque mordaz e
implacable contra el confucianismo, el sistema de valores en el que se habían
basado la cultura y la política chinas durante más de dos mil años y en el que
primaban el orden, la jerarquía y códigos morales estrictos. Su núcleo era un
modelo de sociedad basado en la familia patriarcal: los súbditos tenían que
obedecer a los gobernantes, los niños a sus padres y las mujeres a los hombres.
En esa jerarquía todos tenían
que comportarse «moralmente», esto es, de acuerdo
con su situación; la educación, enormemente importante en el pensamiento
confuciano, estaba destinada principalmente a perfeccionar el comportamiento.
En la cumbre de la jerarquía social y política estaba el emperador, que
gobernaba a través de burócratas-nobles que habían pasado por exhaustivos
exámenes en literatura clásica y principios confucianos. Su dominio de esos
textos les daba, según se creía, la legitimidad moral para gobernar.
La respuesta de Lu Xun a aquella ideología era la
típica de los intelectuales de su generación: una irritación rebelde que
enfrentaba a los excluidos con una sociedad dominada por la crueldad y la
hipocresía.[18] En el universo de Lu Xun cada individuo aparece como un eslabón
de una cadena rígida, obligado a ser opresor o víctima. Como escribió su
colega, quince años más joven, Fu Sinian: «¡Ay! ¡La carga de la familia! ¡Su
peso ha aplastado a innumerables héroes! … Te obliga a someterte a los demás y
a perder tu identidad».[19] Pero Lu Xun y sus contemporáneos creían que el
confucianismo no solo condenaba a la miseria a los jóvenes chinos con
ambiciones, sino que debilitaba a la propia China al fomentar el conformismo y
la sumisión. Como explicaba otro joven rebelde, Wu Yuzhang, el sistema familiar
confuciano convertía a cuatrocientos millones de personas vivas en «esclavos de
las generaciones pasadas, y por tanto incapaces de rebelarse».[20] La única
respuesta con esperanza de éxito era una revolución cultural total.
Esa exasperada crítica cultural y política recuerda
intensamente la planteada por Chernishevski y en algunos aspectos la de
Rousseau. Para Lu Xun, como para ellos, la crueldad de la familia y del Antiguo
Régimen hipócrita y represivo estaba íntimamente ligada a la debilidad de la
nación. Como la Francia de Rousseau o la Rusia de Chernishevski, China había
sido en otro tiempo un gran imperio, ahora humillado por sus rivales. El estado
Chino, relativamente a salvo de sus vecinos durante siglos, no había necesitado
desarrollar las estructuras políticas y el sistema de recaudación preciso para
mantener un poderoso ejército, por lo que cuando los estados
europeos, mucho mejor preparados para la guerra,
llegaron en el siglo XIX, los chinos se vieron obligados a aceptar la
colonización extranjera. Los británicos, franceses y alemanes se aseguraron
enclaves en el país —especialmente en Shanghai— donde gozaban de privilegios de
los que carecían los chinos. Entretanto Japón, «modernizado» reciente y
espectacularmente, se había convertido también en una potencia imperial,
ocupando militarmente el sur de Manchuria y el antiguo estado vasallo de Corea.
Aquellas derrotas provocaron una revolución contra la dinastía Qing y el
imperio chino se hundió en 1911; pero la revolución Xinhai (Xinhài Gémìng)
había acelerado, no detenido, el declive de China. Sun Yat-sen, fundador del
partido nacionalista Guomindang, fue pronto sustituido como presidente de la
República por el general conservador Yuan Shìkai, y tras la muerte de este en
1916 el gobierno central se descompuso, degenerando en una multitud de
regímenes locales gobernados por los señores de la guerra que ya no era un
imperio. En este estado dividido y debilitado afrontó las negociaciones de paz
de Versalles. El 4 de mayo de 1919 la noticia de que se habían cedido a Japón
las excolonias alemanas incitó a miles de estudiantes a congregarse en la plaza
de Tiananmen de Beijing e iniciar una protesta destructiva en el barrio
diplomático. Las consecuencias del tratado de Paz de Versalles despertaron en
la mente de los estudiantes e intelectuales chinos la necesidad de resucitar su
país; poco después se iban a convertir en los fundadores del comunismo chino.
El Movimiento del 4 de Mayo por la Ciencia y la Democracia (y más en general el
Movimiento Nueva Cultura [xin wen hua yun dong] desde mediados de la década)
proponía soluciones principalmente culturales para el desastre de China: el
confucianismo debía ser sustituido de una vez y para siempre por una «Nueva
Cultura». De forma bastante parecida a los narodniki de Chernishevski, los
nuevos chinos tenían que escapar de las cadenas de la familia tradicional para
entrar en un mundo de libertad y amor romántico y su comportamiento tenía que
modernizarse. Y del mismo modo que Chernishevski había lamentado los «valores
asiáticos» de los rusos,
los intelectuales del Movimiento del 4 de Mayo
deploraban lo que a sus ojos (como a los de los occidentales) era un arraigado
servilismo chino. Chen Duxiu, nacido en 1879, hijo de un modesto funcionario y
que tras superar los exámenes confucianos había llegado a decano de la Facultad
de Letras de la Universidad de Beijing y se había convertido en un influyente
líder del Movimiento Nueva Cultura, urgió a los jóvenes chinos a «ser
independientes, no serviles [y] agresivos, no pusilánimes».[21]
¿Pero dónde se podían encontrar esos modelos de
comportamiento? Para Chen y muchos otros, la respuesta estaba en la cultura
occidental, aprendiendo «ciencia y democracia» y rechazando de plano la antigua
cultura china. Pero otros, como Li Dazhao (nacido en 1888), bibliotecario de la
Universidad de Beijing y cofundador junto a Chen del Partido Comunista Chino,
sentía menos simpatía por la democracia y la ciencia occidentales. Su origen
era bastante más humilde —campesino— y no había tenido que pasar por los viejos
exámenes confucianos, abolidos cuando todavía era muy joven, por lo que quizá
sentía menos rechazo emocional hacia el pasado y pretendía más bien adaptar la
cultura china y no repudiarla totalmente, poniendo el énfasis en la «voluntad
del pueblo» más que en el capitalismo liberal o en la política constitucional.
De hecho, fue uno de los primeros en dar la bienvenida a la revolución rusa
como modelo para China. Así pues, aunque Chen y Li iban a ser los primeros
dirigentes del Partido Comunista Chino, en cierto modo representaban tendencias
diferentes; el comunismo de Chen era más próximo al socialismo modernista y
centralizado de Lenin, mientras que el de Li era un socialismo más radical,
basado en la fe en el poder de la «voluntad del pueblo» para transformar la
sociedad.[22] China, muy atrasada, podía no estar preparada económicamente para
el socialismo, pero como «nación proletaria» oprimida poseía indudablemente
energía suficiente para la revolución. La versión «populista» del marxismo de
Li tuvo una enorme influencia sobre un joven bibliotecario adjunto
que también provenía de una familia campesina
relativamente acomodada, en su caso de Hunan: se trataba de Mao Zedong.
El interés por el socialismo y la vía rusa se
intensificó tras la patente traición de Occidente en Versalles. Los propios
soviéticos se ganaron además una ventajosa reputación en China al renunciar en
1920 a todas las reivindicaciones rusas de territorio chino, aunque es muy
probable que los intelectuales del Movimiento del 4 de Mayo encontraran el
bolchevismo más atractivo que el parloteo liberal sobre constituciones y
derechos, ya que por más críticos que fueran con el confucianismo, eran
productos de la cultura confunciana y admiraban el compromiso socialista hacia
el sacrificio y la solidaridad social.[23] Como recientes ex confucianos,
apreciaban la pretensión marxista de ofrecer una comprensión global del mundo y
la sociedad y también su noble censura del comercio; y por supuesto, también
recibían con agrado el importante papel que otorgaba a la élite intelectual: la
vanguardia socialista no parecía muy distante de los gobernantes-letrados
confucianos, que difundían la virtud mediante la educación y el ejemplo moral.
El comunismo floreció también entre los
intelectuales de otros países del mundo confuciano. A finales de la década de
1920 los comunistas estaban a la cabeza del movimiento nacionalista antijaponés
en Corea, aunque pronto fueron reprimidos por las autoridades coloniales.[24]
La fusión entre Confucio y Marx era aún más evidente en Vietnam, otro país de
la esfera cultural confuciana. Como en China, la nueva generación cuestionaba
el sistema de valores de sus padres. Habiendo estudiado en instituciones regidas
por el modelo francés, y no en las escuelas tradicionales confucianas,
comenzaron a criticar los viejos moldes y a culpar a su cultura de la
manifiesta debilidad frente a la opresión francesa; en 1925-1926 se produjo en
las ciudades vietnamitas una oleada de manifestaciones estudiantiles radicales
contra el dominio francés. Ho Chi Minh, en Guangzhou desde noviembre de 1924,
aprovechó esta insatisfacción, pero también entendió la importancia de
conciliar el comunismo con la cultura confuciana. En 1925 creó allí, con
ayuda de la Comintern, la Liga de la Juventud
Revolucionaria Vietnamita (Viet Nam Thanh Nien Kach Menh Hoy), que agrupaba a
gente de diversos partidos y primaba los objetivos nacionalistas, no el
comunismo (aunque también constituyó en su interior una especie de fracción
secreta comprometida con la victoria del marxismo-leninismo a largo plazo). El
marxismo de Ho Chi Minh tenía un fuerte sabor confuciano e incluso intentó, sin
mucho éxito, reconciliar a los dos grandes sabios, Confucio y Lenin:
Si Confucio viviera en nuestros días y mantuviera
sus opiniones [monárquicas] sería un contrarrevolucionario. Pero es posible que
aquel superhombre se plegara a las circunstancias y se convirtiera rápidamente
en un valioso seguidor de Lenin.
En cuanto a nosotros, los vietnamitas,
perfeccionémonos intelectualmente leyendo las obras de Confucio, y
revolucionariamente leyendo las obras de Lenin.[25]
Su Camino a la revolución dedicaba todo un capítulo
al comportamiento moral ideal de los comunistas. Lenin no habría utilizado
nunca un lenguaje tan explícitamente moralizador, ya que para él la moral debía
estar siempre subordinada a las necesidades de la revolución. El propio Ho
pretendía que lo vieran como a un «hombre superior» confuciano, con todas sus
cualidades,[26] y su estilo de liderazgo contrastaba vivamente con el de Mao,
más próximo al campesinado rebelde.
En otros lugares de Asia resultó más difícil
insertar el marxismo en la cultura local. Japón, aunque formaba parte del
universo cultural confuciano, había desarrollado una cultura política más
militarista que su vecina China; el ideal de un mundo gobernado por burócratas
ilustrados que habían estudiado las leyes de la historia era bastante menos
atractivo para su belicosa élite. Los comunistas también comprobaron que en
Japón, a diferencia de China, Vietnam y Corea, resultaba imposible fusionar el
marxismo con el nacionalismo. Allí ya florecía un poderoso y arraigado
nacionalismo, fomentado por las élites políticas y militares, y Japón tenía su
propio imperio. La Comintern era implacablemente hostil al culto al
emperador, rasgo central del nacionalismo japonés,
y aunque los comunistas japoneses le pidieron que relajara su línea fue en
vano, lo que permitía presentarlos como agentes del extranjero y facilitaba su
represión.[27]
A los comunistas indios les resultó igualmente
difícil adaptarse a la cultura local. Algunos, como Roy, se enardecían en el
rechazo de tradiciones hindúes como la segmentación en castas, lo que daba
lugar a acusaciones de intrusismo y ultraje desde el exterior, teniendo además
en su contra a una administración imperial británica relativamente liberal,
experta en dividir a sus enemigos, y al Congreso Nacional, un partido
nacionalista que con Mohandas Gandhi se convirtió en fuerza política hegemónica
en la India. Gandhi elaboró una curiosa mezcla de socialismo suavemente
progresista —opuesto al socialismo modernista—, con las tradiciones hindúes.
Consiguió forjar una poderosa coalición entre el campesinado y la clase media
urbana al tiempo que mantenía un alto nivel moral con su retórica en favor de
los pobres y el rechazo a la violencia (ahimsa). Los intelectuales que sentían
cierta simpatía hacia la Unión Soviética y el marxismo modernista de la
planificación, como el futuro primer ministro Jawaharlal Nehru, acabaron
convencidos de la conveniencia de permanecer en el Partido del Congreso y
mantener una concepción fundamentalmente liberal de la política.
A principios de la década de 1920 Japón, como país
más industrializado de Asia, había sido considerado por la Comintern como el
lugar donde más fácilmente se podía producir una revolución proletaria; pero a
mediados de la década la atención de la Comintern se había desplazado a China.
¿Cómo pudo un grupo tan pequeño de estudiantes y profesores, anhelosos de
transformar la cultura china, tener semejante efecto sobre una sociedad tan
difusa? Su estrategia inicial fue notablemente similar a la de los populistas
(narodniki) rusos durante las décadas de 1860 y 1870. Trataron de poner en
práctica sus ideales creando «sociedades de trabajo y estudio» que a menudo
incluían la vida en común en el
campo; también trataron de inducir a los obreros y
campesinos a boicotear los artículos importados de Japón y a reformar el modelo
de familia confuciano.[28]
Pronto descubrieron que la mayoría de la gente no
se interesaba mucho por esas cuestiones y las sociedades de estudio y trabajo
tuvieron corta vida. Para muchos, el Movimiento del 4 de Mayo parecía haber
fracasado. La cultura y la educación no iban a cambiar nada. China permanecía
débil y dividida; su población ignorante y servil, y sus gobernantes corruptos
y egoístas. El emotivo cuento «La verdadera historia de A Q» (A Q Zhengzhuan)
de Lu Xun, publicado por capítulos entre diciembre de 1921 y febrero de 1922,
expresaba la desesperación de su generación. Es la historia de un ladronzuelo
en un pueblecito durante los últimos años del imperio Qing. Es un tipo
patético, frecuentemente maltratado por sus vecinos, que mantiene su autoestima
amedrentando a otros más débiles. Tras enojar a los notables del pueblo se
traslada a la ciudad vecina, donde se une a una banda de ladrones y oye hablar
de la revolución republicana de 1911. Al regresar al pueblo a vender los
artículos robados, trata de asustar a los terratenientes locales pretendiendo
que él también es un revolucionario, pero poco después llegan auténticos
funcionarios del nuevo régimen que se ponen de parte de los terratenientes y lo
detienen por un robo que no ha cometido. La historia concluye con la ejecución
del pobre A Q, que representa a China sometida a sus vecinos más poderosos y
también al chino inculto, patéticamente ignorante de su humillante posición en
una jerarquía social rígidamente asentada.[29]
Fue esa conciencia de la enorme dificultad de
transformar China la que llevó a muchos miembros de la generación del 4 de Mayo
del anarquismo o el socialismo romántico al bolchevismo. Al principio se
ignoraba casi totalmente su ideología. Cuando Li Dazhao escribió uno de los
primeros artículos al respecto en noviembre de 1918, el tema le era tan ajeno
al impresor que transliteró la palabra «bolchevismo» con los caracteres chinos
con los que se escribía
«Hohenzollern».[30] Aun así, lo poco que se conocía
del marxismo parecía extraordinariamente atractivo en aquella época de crisis:
pretendía unir a una nación desorganizada y en descomposición; no rechazaba el
uso de la violencia; y a diferencia del nacionalismo basado en el modelo
europeo del siglo XIX, señalaba a las egoístas clases superiores como el
principal obstáculo para el renacimiento nacional. El 1 de julio de 1921 Chen
Duxiu se hacía eco del pesimismo de Lu Xun sobre el pueblo chino y su frustración
prometeica por su supuesta pasividad. Era «un pueblo en parte dividido y en
parte estúpido, presa de un individualismo estrecho y sin conciencia pública, a
menudo ladrones y traidores y durante mucho tiempo incapaces de ningún
patriotismo». La democracia no era práctica; en su lugar «sería mejor sufrir
una dictadura de clase comunista al estilo ruso, ya que para salvar la nación,
generalizar el conocimiento, desarrollar la industria y no caer bajo la
deshonra capitalista, la única vía era el método ruso».[31]
Dada su admiración por el ejemplo soviético, es
natural que los comunistas chinos recurrieran a Moscú y a la Comintern en busca
de ayuda. De hecho, el Partido Comunista Chino (Zhongguo Gongchandang) era
esencialmente al principio una empresa conjunta chino-soviética, creada en
común por Chen Duxiu y el representante ruso de la Comintern, Grigori
Voitinski. Fundado formalmente en Shanghai en julio de 1921,[*] trató de
absorber a los grupos de estudio existentes en diversas ciudades de China y de
someterlos a la disciplina bolchevique; pero desde el principio hubo tensiones
entre los chinos y Moscú. Si bien el proceso de «bolchevización» fue complicado
en todas partes, en un primer momento fue más fácil en China que en Occidente
porque los comunistas chinos recibían con agrado la disciplina que pensaban que
les faltaba; pero las diferencias culturales entre rusos y chinos eran
probablemente mayores y la influencia de las costumbres locales, el linaje y
las redes personales eran más fuertes en China que en otros lugares. Además,
Moscú imponía una estrategia mucho más gradualista en Asia que en Europa, de
forma que
también era mayor la distancia entre sus objetivos
y los de los comunistas chinos. El conflicto entre la estrategia de alianzas de
Lenin y el radicalismo proletario de Ray, lejos de resolverse, siguió dominando
la política del PCCh durante toda la década de 1920.
III
En 1923 un joven ruso enviado a China, Sierguei
Dalin, contó sus experiencias allí en el periódico Komsomolskaia Pravda: «Las
cuestiones se discuten sin que haya un presidente o secretario y todos hablan
siempre que lo creen necesario». Las discusiones eran interminables y a los
chinos les costaba llegar a una decisión. Cuando, durante un debate, Dalin
sugirió que cada parte resumiera su posición en cinco minutos y a continuación
se decidiera el asunto mediante una votación,
quedaron en silencio, abriendo mucho los ojos, por
lo que me miré en el pequeño espejo que colgaba de la pared para ver si es que
tenía algo en la cara. De repente, todos se echaron a reír … Evidentemente,
nadie había hecho una propuesta semejante en miles de años de historia china.
Más tarde supe que los chinos evitan tomar una decisión hasta que todos están
de acuerdo.[32]
Las quejas de Dalin eran típicas y pese a los
esfuerzos de la Comintern por crear un partido de estilo bolchevique, chocaba
con la oposición de Chen y otros, decididos a que en el partido siguiera
habiendo cierta libertad de debate y posiciones diversas. La Comintern no
utilizó siempre sus mejores técnicas para conseguir sus objetivos: algunos
funcionarios, como Voitinski, eran más abiertos y populares; otros, como el
holandés Hendricus Sneevliet, que había trabajado políticamente entre 1913 y
1918 en las Indias Holandesas (Indonesia), eran más autoritarios. Un comunista
chino que trabajó con él recordaba: «A algunos les daba la impresión de
que había adquirido los hábitos y actitudes de los
holandeses que vivían como amos coloniales en las Indias Orientales».[33]
Uno de los procedimientos para inculcar los métodos
y actitudes bolcheviques era enviar a los comunistas chinos a Moscú para
participar en cursos de formación. En su momento de apogeo había habitualmente
entre 1500 y 2000 estudiantes en la Universidad Comunista de los Trabajadores
de Oriente (KUTV). Su programa era muy similar al de la Escuela Lenin para los
comunistas occidentales, aunque los problemas de idioma complicaban las cosas y
los estudiantes tenían que dedicar mucho tiempo al aprendizaje del ruso.
También estaba cuajado de dificultades el aprendizaje de nuevas formas de
comportamiento. Se esperaba que los estudiantes allí, como en otras
instituciones del partido, ejercieran la «autocrítica» o «estudio crítico».
Debían criticar a sus colegas y recibir sus críticas; aquella «lucha
desapasionada» les ayudaría a eliminar los malos pensamientos. Durante la
década de 1930 aquellas sesiones de «lucha» se exportaron a la propia China y
se convirtieron en parte obligatoria de la práctica del PCCh; pero al principio
eran muy impopulares, ya que contravenían el hábito tradicional de «salvar la
cara» y el consenso de grupo.[34]
Pero las relaciones chino-soviéticas no se vieron
perjudicadas únicamente por las disensiones en cuanto a la centralización, sino
por una cuestión política más fundamental, la relación entre comunismo y
nacionalismo. Los intelectuales chinos se habían acercado al comunismo porque
se podía engarzar con la causa nacionalista; parecía una forma de resucitar una
China debilitada. ¿Pero cómo se podía conciliar la lucha de clases con la
unidad nacional?
La Comintern respondió a esa cuestión con su línea
gradualista: lo primero que había que hacer era unir China mediante una
revolución «nacional burguesa» interclasista, por lo que en 1923 la Comintern
decidió apoyar no solo a los comunistas sino también al Guomindang, que andaba
muy necesitado de aliados extranjeros. Le envió como asesor a Mijail Borodin, a
quien acompañaba como
ayudante e intérprete Ho Chi Minh, y oficiales del
Ejército Rojo instruían a los soldados comunistas y nacionalistas en la
Academia Militar de Huangpu, en la isla de Changzhou frente a Guangzhou/Cantón;
la KUTV de Moscú se rebautizó en 1925 como Universidad Sun Yat-sen y a ella
acudían no solo estudiantes comunistas sino también nacionalistas.[35] La
Comintern indujo al Guomindang y al PCCh a formar un «frente unido», en el que
los comunistas funcionarían como un «bloque interno» con la esperanza de ganarse,
en el futuro, a todo el partido.
El Guomindang recibió con alborozo la ayuda y
asesoría militar soviética e incluso reorganizó el partido adoptando la
centralización bolchevique, con lo que subrayaba el atractivo del modelo
organizativo soviético para toda Asia; pero no por ello dejaba de estar
dividido entre un ala izquierda, favorable a la alianza con los comunistas, y
una derecha más próxima a los poderes tradicionales chinos. A la muerte de Sun
Yat-sen en 1925 parecía como si hubiese ganado el centro y fue Chiang Kaishek,
director de la academia militar de Huangpu, quien tomó el control. Chiang era
al principio un gran admirador de la Unión Soviética, que había visitado en
1924, y su hijo era miembro de la Komsomol; pero nunca apoyó la revolución
social y pronto entró en conflicto con los asesores soviéticos y la izquierda
del Guomindang, que temía que conspiraran contra él.[36]
Chen Duxiu y el PCCh eran al principio renuentes a
seguir el consejo de la Comintern y formar un frente unido con el Guomindang, y
aunque acabaron aceptando aquella política, cuando el Guomindang se desplazó
hacia la derecha y los notables locales comenzaron a ofrecer resistencia a las
reformas sociales, se reprodujeron sus dudas al constatar la hostilidad de
todas las clases «egoístas», tanto terratenientes como burgueses. China solo
volvería a ser fuerte y estar unida cuando estas fueran derrotadas por el
proletariado.
El momento decisivo para la izquierda llegó el 30
de mayo de 1925. Una huelga en una fábrica de propiedad japonesa fue
aplastada por la fuerza por la policía de Shanghai,
controlada por los británicos. Murieron doce trabajadores y el subsiguiente
«Movimiento del 30 de Mayo» —con manifestaciones y boicot de los artículos
extranjeros— se extendió a varias ciudades chinas. Aquellos acontecimientos
parecían sacados de un manual marxista-leninista; los lazos entre el
imperialismo y la opresión de clase aparecían claros como el cristal. El PCCh
ganó adeptos entre los escritores e intelectuales y el número de afiliados al
partido aumentó hasta 60 000; estaba a punto de convertirse en un partido de
masas. Los comunistas también tuvieron cierto éxito en la organización de
sindicatos en las ciudades y comenzaron a realizar avances reales en el campo.
Cuando el ejército nacionalista se hizo con el control de vastas regiones, las
asociaciones de campesinos aprovecharon la oportunidad para desafiar a los
terratenientes, lo que preocupó a los notables del Guomindang. Los comunistas,
como es natural, impulsaban enérgicamente aquel movimiento.
Los nacionalistas pronto se cobraron venganza. En
1926 Chiang Kaishek lanzó su «Expedición al norte», una campaña militar para
unir China y derrotar a los señores de la guerra. Su Ejército Nacional
Revolucionario (Guomin geming jun), entrenado y financiado por los soviéticos,
avanzó a lo largo de la costa, derrotando a veces, pero más a menudo
integrando, a los señores de la guerra. Una consecuencia importante fue el
incremento de la dependencia del Guomindang con respecto a los terratenientes y
los militares, y en consecuencia de su hostilidad a las reformas sociales.
Cuando Chiang se aproximaba a Shanghai el PCCh organizó el 3 de marzo de 1927,
bajo la dirección de Zhou Enlai, un levantamiento preventivo con más de 200 000
obreros en huelga, arrebatando el poder al señor de la guerra local; pero el 12
de abril los soldados de Chiang, con la ayuda de las «fuerzas vivas» de la
ciudad —lo que incluía a las autoridades extranjeras de la Concesión
Internacional y a la Banda Verde, que controlaba el tráfico de opio, el juego y
la prostitución—, desencadenaron una sangrienta ofensiva contra los obreros
insurgentes, desarmándolos, matando a miles de ellos y
conquistando Shanghai. Así concluyó definitivamente
el frente unido.
La masacre del Shanghai puso un fin catastrófico a
los intentos de la Comintern de manipular la política china y dio lugar a
muchas recriminaciones, tanto en China como en Moscú. Chen Duxiu se convirtió
en chivo expiatorio y fue destituido, pero la derrota del PCCh demostró en
realidad el fracaso de las ideas tanto de Lenin como de Roy. La Comintern,
tozudamente empeñada en el frente unido con la «burguesía nacional», había
proporcionado financiación y entrenamiento al mismo ejército que iba a masacrar
al partido; pero los comunistas chinos también habían incurrido
irreflexivamente en el radicalismo proletario de Roy al organizar una
insurrección obrera urbana sin pararse a pensar en la escasa envergadura del
proletariado chino y sin percibir que los obreros solían sentir mayor lealtad
hacia las sociedades secretas y los clanes que a su «clase». Por otra parte,
aun careciendo de una fuerza militar propia, creían que podrían hacer frente a
sus enemigos con la ayuda de la Comintern. El fracaso de las insurrecciones
intentadas también en Indonesia en 1926-1927 acabó convenciendo a la Comintern
de que las revoluciones urbanas eran prematuras en Asia.
Tras la matanza de Shanghai el «terror blanco» se
extendió a otras zonas del país. Los comunistas fueron expulsados del
Guomindang y los supervivientes huyeron a las montañas, donde establecieron
«áreas» de resistencia. Había más de una docena de ellas, pero muy alejadas de
los centros de poder. Los errores garrafales de la Comintern parecían haber
destruido las perspectivas que tan solo dos años antes parecían tan halagüeñas.
Pero la derrota y la retirada obligada al campo,
lejos de la influencia de la Comintern, benefició en último término a los
comunistas chinos. Expulsados de las ciudades y perseguidos por el Guomindang,
se vieron obligados a repensar su estrategia.
IV
En el invierno de 1918 un joven de veinticinco años
de la provincia de Hunan asistió un día en un aula atestada de la Universidad
de Beijing, que en aquel momento era el centro de la extraordinaria agitación
intelectual y cultural del período, a una conferencia de Hu Shi, uno de los
líderes más occidentalizantes del Movimiento de la Nueva Cultura. Al final de
la conferencia, excitado por lo que había oído, se acercó a Hu para hacerle una
pregunta. Al oír su fuerte acento xiang le preguntó si era verdaderamente un
estudiante, y al saber que solo era ayudante de biblioteca en la universidad lo
rechazó altivamente.[37] Aquel joven bibliotecario era Mao Zedong, que había
llegado a Beijing hacía pocos meses, antes de que la enfermedad de su madre lo
obligara a regresar a casa. Mao era uno de los muchos jóvenes idealistas
chinos, ansiosos de participar en el renacimiento de su país y de aprender
nuevas ideas llegadas del extranjero, y a pesar de aquel trato humillante eran
de hecho sus orígenes provincianos los que lo hacían idóneo para adaptar
aquellas ideas al suelo chino, mucho mejor que otros estudiantes más educados y
sofisticados.
Los paralelismos entre Mao y Stalin son llamativos.
Ambos eran de origen humilde, con escasa o nula relación con Europa occidental,
y tuvieron que competir con camaradas mucho más cosmopolitas y con una
formación más amplia; ambos eran suspicaces y desconfiaban de los intelectuales
(aunque la hostilidad de Mao era mucho más acentuada); ambos pasaron su
adolescencia en la periferia de grandes imperios en declive, en un ambiente de
encono nacionalista y llegaron por una ruta tortuosa hasta el centro imperial;
ambos se interesaron por las cuestiones militares desde muy jóvenes y se
consolidaron como líderes durante guerras civiles; ambos eran políticamente
astutos y calculadores; ambos eran inteligentes, pero su formación escolar se
había producido en un marco muy tradicional que insistía sobre todo en la
importancia de la moralidad y la ideología, ya
fuera ortodoxa o confuciana; y ambos creían en el poder de las ideas en
política y en su juventud se encuadraron en el ala más radical del movimiento
marxista.
Ambos eran tozudos y rebeldes y sentían un profundo
desprecio por sus padres. Mao veía al suyo como un tirano avaricioso de mente
estrecha, que explotaba a los pobres; se negó a vivir con la mujer que le había
elegido y más tarde proclamaba que había aprendido la importancia de la
rebelión en sus relaciones con su padre. El interés de Mao por los rebeldes es
evidente en su predilección por «Al borde del agua» («Shuihu Zhuan») (también
conocida como «Todos los hombres son hermanos»), un cuento clásico chino que
habla de 108 bandidos-«hermanos» que combatían por los pobres contra
funcionarios injustos; la historia recuerda la novela sobre el bandido Koba que
tanto le gustaba de joven a Stalin. En una entrevista Mao le dijo al periodista
Edgar Snow que lo prefería con mucho a los textos confucianos y que a menudo lo
leía en clase, oculto en un clásico, mientras el profesor paseaba por el
aula.[38] También Mao, como Stalin, había oído hablar de bandidos campesinos en
los alrededores. Durante la decadencia del imperio Qing, Hunan, como Georgia,
tenía sus propias hermandades secretas que combatían a los terratenientes.
Pero no deberíamos llevar demasiado lejos los
paralelismos. Georgia en la década de 1880 y Hunan en la de 1890 eran lugares
muy diferentes. Mao, a diferencia de Stalin, participó fervorosamente en una
movilización cultural contra el confucianismo jerárquico —el Movimiento del 4
de Mayo— y su actitud hacia muchas cuestiones —familia, sociedad, cultura— eran
mucho más igualitarias y radicales que las de Stalin.
Aunque Mao compartía el sarcástico sentido del
humor de Stalin y el uso de palabras groseras, era más discreto entre sus
colegas. La gente que lo conoció veía en él a una persona intensa, reservada.
Como escribía la escritora estadounidense y
corresponsal del Manchester Guardian, Agnes
Smedley, sobre su primer encuentro con él en los años treinta:
Su oscuro e inescrutable rostro era despejado, la
frente amplia y alta, la boca femenina. Entre la muchas otras cosa que pudiera
ser, era indudablemente un esteta … En la misma medida que [el jefe militar]
Zhu [De] era amado, Mao era respetado. Los pocos que lo conocían bien sentían
afecto por él, pero su espíritu introspectivo lo aislaba. En él no se apreciaba
la humildad de Zhu. Pese a sus rasgos delicados, que casi cabría llamar
femeninos, era tozudo como una mula y toda su naturaleza parecía albergar una
viga de acero de orgullo y resolución. Tuve la impresión de que estaba
dispuesto a esperar cuanto fuera preciso, pero que finalmente conseguiría su
objetivo.[39]
Con solo dieciocho años Mao tuvo la oportunidad de
emular a sus héroes guerreros alistándose en el ejército republicano en
Changsha, la capital de Hunan, para defender la revolución de 1911. No
participó en los combates, pero aun así tuvo que afrontar considerables riesgos
y dificultades. Al cabo de seis meses fue desmovilizado y tuvo que decidir qué
haría con su vida. Pensó en ingresar en una escuela de policía, se registró
como experto fabricante de jabón e ingresó en una escuela comercial, que abandonó
cuando supo que todos los cursos se daban en inglés. Aprobó los exámenes para
una prestigiosa escuela media especializada en historia y literatura chinas,
pero su régimen le pareció demasiado restrictivo y disciplinario; finalmente
acabó estudiando en una escuela de formación del profesorado en la que se
graduó en 1918.
Aprovechó sus años en aquella institución de
enseñanza para ampliar sus lecturas. En aquella época de gran fermentación
intelectual y política era muy corriente que los estudiantes nacionalistas
buscaran formas de revitalizar China. Como los miembros del Movimiento Nueva
Cultura, creía que los chinos tenían que liberarse de su mentalidad servil. Las
respuestas serían la tenacidad y la fuerza de voluntad; pero las soluciones de
Mao tenían también un claro colorido militar y seguía viendo el mundo
con los ojos de un joven soldado y lector de
novelas heroicas. En su primer artículo, escrito en 1917, escribió:
A nuestra nación le falta fuerza: no se alienta el
espíritu militar. El estado físico del pueblo se deteriora diariamente … Si
nuestros cuerpos no son fuertes, temblarán a la vista de los soldados
[enemigos]. ¿Cómo podemos alcanzar así nuestros objetivos o ejercer una gran
influencia?
[40]
La disciplina del ejercicio físico —que el propio
Mao practicaba cada día— reforzaría la energía y la fuerza de voluntad de los
chinos, y combinadas con una adecuada perspectiva moral les daría fuerza para
alzarse contra sus opresores imperialistas. A diferencia del «hombre superior»
confuciano, cuyo comportamiento era «cultivado y agradable», el ejercicio debía
ser «salvaje y rudo».[41] Mao estaba quizá justificando su propio carácter, más
bien rústico; pero también estaba combinando el interés confuciano por la ética
con el darwinismo social de moda importado de Occidente. El remedio de Mao para
el declive nacional era muy parecido al de sus antecesores franceses y rusos:
destruir la antigua cultura elitista y forjar al pueblo en una fraternidad casi
militar.
Como para muchos de sus contemporáneos, la
trayectoria política de Mao comenzó por un vago anarquismo, pero no es de
extrañar que fuera uno de los primeros en concluir que el «partido extremista»
ruso, como él lo llamaba, tuviera la mejor respuesta. Su observación de los
notables corruptos y egoístas que veía en Hunan lo convenció de que cualquier
reforma que dependiera de ellos estaba condenada.[42] En 1921 repasó las
opciones que tenía a su disposición China y argumentó que todos los modelos
sociales — desde el reformismo social hasta el comunismo moderado— fracasarían
y no conseguirían cambiarla. Solo el «comunismo extremo» con sus «métodos de
dictadura de clase … podía dar algún resultado».[43]
Mao se convirtió pronto en un destacado organizador
del partido en Hunan. Aceptó la estrategia del frente unido y trabajó para el
Guomindang como jefe de su departamento central de propaganda;
pero tras la crisis de 1927, cuando los comunistas
se vieron obligados a abandonar las ciudades y echarse al monte, Mao estaba
preparado para aprovechar las nuevas condiciones. Su atención volvió a
concentrarse en los aspectos bélicos y pronto urgió a su partido a construir
una fuerza militar para enfrentarse al Guomindang. Como declaró en una frase
que se hizo famosa, «debemos ser conscientes de que el poder político brota del
cañón del fusil».[44]
Mao también estaba muy interesado por el campo y
sus tensiones sociales. No añoraba la vida rural, pero, como recordaba su
médico, «Mao era un campesino y tenía gustos simples».[45] Como otros
campesinos del sur de China nunca se cepillaba los dientes y solo se enjuagaba
la boca con té (a edad avanzada sus dientes estaban completamente estropeados y
negros). Los visitantes extranjeros quedaban a veces desconcertados cuando se
quitaba la ropa a media conversación en busca de piojos.[46] A partir de 1925 Mao
se fue convenciendo cada vez más de que el campesinado tenía que desempeñar un
papel decisivo en la revolución. Nunca rechazó la doctrina marxista sobre la
primacía de la clase obrera ni la aspiración a un socialismo moderno e
industrial;
pero
argumentaba que la estrategia del partido debía concentrarse en el campo,
porque la «clase terrateniente feudal» era el baluarte principal de los señores
de la guerra y los imperialistas extranjeros.[48]
Al principio Moscú insistió dogmáticamente en la
línea marxista-leninista tradicional, oponiéndose a la propuesta de Mao de
conceder prioridad a los campesinos; pero a finales de 1927, cuando quedó claro
el desastre de su política de frente unido, aceptó la nueva estrategia. El
propio Mao estableció una base en las montañas de Jinggang, desde donde se vio
obligado a desplazarse hacia el sureste (sic), cerca de la ciudad de Ruijin. El
7 de noviembre de 1931, aniversario de la revolución bolchevique, se celebró la
creación del primer estado comunista en China: la «República Soviética de
Jiangxi». La ceremonia tuvo lugar en un
templo clánico en las afueras de Ruijin, cuartel
general del régimen. Se realizó un desfile que incluía una representación
simbólica de un «imperialista británico» con dos prisioneros encadenados: India
e Irlanda. Mao, que presidía el desfile sobre un pódium al estilo soviético,
rodeado por banderas rojas con hoces y martillos, fue declarado presidente de
la nueva república.[49]
Fue por aquel entonces cuando el partido desarrolló
la idea de la «guerra popular» de guerrillas que iba a demostrarse tan
importante en la adaptación del comunismo a los conflictos del Tercer Mundo. El
Comité Central del PCCh difundió en mayo de 1928 una «Perspectiva general para
el trabajo militar» que explicaba en detalle esa estrategia: el Ejército Rojo
(Hongjun) debía encuadrar a los campesinos locales en Destacamentos de Defensa
Rojos para combatir contra las milicias de los terratenientes locales y el
Ejército Nacional Revolucionario, al tiempo que confiscaban sus tierras y la
distribuían entre los pobres. El partido esperaba así cobrar protagonismo y
realizar «agitación y propaganda» entre los soldados; las relaciones entre
oficiales y soldados debían ser igualitarias y se intentaría excluir a la
pequeña burguesía del ejército. Las bases de Jiangxi-Fujian debían ser el
germen de un estado comunista, abasteciendo al Ejército Rojo y resistiendo las
incursiones del ENR.[50]
Así pues, se trataba de un modelo de organización
militar muy diferente del convencional en Europa y también del que enseñaban
los soviéticos en la academia militar de Huangpu. Paradójicamente, Chiang
Kaishek y el Guomindang parecían más impresionados por las ideas soviéticas que
los propios comunistas y trataron de crear una estructura nacional jerárquica
capaz de movilizar a toda la población para el servicio militar y laboral.
Según el sistema baojia, todos los hogares debían integrarse en una compleja organización
burocrática, supervisada por una combinación de emisarios del centro y
autoridades locales.
Los esfuerzos del Guomindang tuvieron cierto éxito
y no estaban en principio condenados al fracaso;[51] pero dados el caos
político
de la época, la proliferación de bandas armadas y
la debilidad del gobierno central, su planteamiento jerárquico era
excesivamente ambicioso y podía ser frustrado fácilmente por funcionarios
locales desobedientes, mientras que la estrategia comunista, en cambio, era más
local que nacional y tenía más probabilidades de éxito en un período de extrema
descomposición política; al tiempo que recomponía una sociedad pulverizada por
la guerra, conjuntaba grupos militares diversos en una fuerza coherente.[52]
Mao era solo uno de los muchos jefes militares
comunistas, pero tuvo un éxito particular en su empeño en la «guerra popular»
de guerrillas. Se había coaligado con Zhu De, antiguo militar nacionalista que
se había aficionado al opio al quedar viudo y luego había viajado a Alemania
para estudiar en la Universidad de Gotinga, donde conoció a Zhou Enlai; en 1925
se trasladó a la Unión Soviética y de allí regresó a China convertido en
comunista clandestino para entrenar a los oficiales del ENR. Mao aprendió de él
tácticas militares y juntos formaron el «Cuarto Ejército Rojo», que se
convirtió en una eficaz fuerza guerrillera. En lugar de enfrentarse a un
enemigo más fuerte en batallas convencionales, su estrategia consistía en
retirarse, atraer al enemigo a su propio territorio y atacarlo entonces, cuando
se había alejado considerablemente de sus líneas de abastecimiento.
Mao se dedicó también por aquel entonces a realizar
un profundo y detallado análisis sociológico del campesinado. Lo consideraba un
«mar» de amparo y aprovisionamiento, esencial para que el «pez» comunista
pudiera nadar libremente, y percibió que la esquemática clasificación marxista
entre campesinos «ricos», «medios» y «pobres» no le servía de mucho y podía
incluso hacerle perder el apoyo de la población rural, por lo que en 1930 llevó
a cabo un gigantesco y exhaustivo examen del campesinado de varias regiones,
entre ellas Xunwu;[53] contó el número de tiendas y los 131 bienes de consumo
disponibles en ellas, así como las profesiones y actitudes políticas de los
habitantes. Pronto concluyó que los campesinos ricos eran una minoría diminuta
y aislada; el
partido podía por tanto «adelgazar a los gordos
para engordar a los flacos», esto es, redistribuir la tierra de los ricos a los
pobres, sin enojar a la mayoría.[54] Por otra parte, Mao no tenía reparos en
utilizar la violencia y organizó «brigadas rojas de ejecución» para matar
terratenientes y otros «contrarrevolucionarios».
El poder comunista podía por tanto ser violento e
incluso caótico. Las milicias comunistas que llegaron a Jiangxi y otras áreas
eran una mezcla heteróclita de intelectuales, desertores del ENR, bandidos,
criminales, obreros y campesinos, que pretendían imponer su control en un
panorama político fracturado al tiempo que resistían los frecuentes ataques del
ENR. Durante mucho tiempo sociedades secretas, cofradías clánicas, pueblos
rivales y una plétora de milicias nacionalistas y comunistas se disputaron el poder.
La propia dirección del PCCh estaba muy dividida,
como solía suceder. Pese a los éxitos militares de Mao, Moscú y los comunistas
de Shanghai lo consideraban demasiado revolucionario e indisciplinado. En 1929
la Comintern trató de imponer su control sobre el PCCh enviando a Wang Ming y
sus «28 bolcheviques», los llamados «estudiantes retornados» de la Universidad
Sun Yat-sen de Moscú, para dirigir el partido y someter a aquel tozudo
disidente. Les disgustaba la preferencia de Mao por la guerra de guerrillas en
el medio rural, a la que preferían una acción militar más convencional sobre
las ciudades. El nombramiento de Mao como presidente del soviet de Jiangxi fue
de hecho un intento de apartarlo del camino por la vía de la patada hacia
arriba.[55]
En 1934 Mao había quedado efectivamente marginado
por el grupo llegado de Moscú. Paradójicamente, no obstante, fue Chiang Kaishek
quien vino en su ayuda. Su quinta campaña contra la República de Jiangxi tuvo
éxito y los comunistas se vieron obligados a huir. La búsqueda tortuosa de una
nueva base de operaciones, que les llevó desde la región suroriental (sic) de
Jiangxi a la septentrional de Shaanxi y la ciudad de Yan'an en lo que acabó
conociéndose como la Larga Marcha, permitió a Mao mostrar de
nuevo su capacidad como líder militar y el éxito de
sus métodos guerrilleros, restableciéndose rápidamente como aspirante a la
dirección única.
Más tarde Mao iba a transformar hábilmente la Larga
Marcha en el momento transcendental de la mitología comunista china. Se
convirtió en una especie de Moisés que condujo al pueblo elegido a tierra
prometida, sufriendo terribles penalidades por el camino.[56] De hecho, Mao y
los demás dirigentes realizaron un viaje bastante más confortable que la
mayoría, ya que los transportaban en literas (aunque trabajaban en asuntos de
estrategia e inteligencia por la noche; Mao, como Stalin, era un noctámbulo
impenitente). En cualquier caso, la Larga Marcha fue una hazaña extraordinaria.
Se cubrieron más de 10 000 km en un año, esto es, alrededor de 30 km al día,
por un terreno a menudo muy difícil. Eran perseguidos por el Guomindang y
resultaban especialmente vulnerables al cruzar los ríos. De los 86 000 que
iniciaron la marcha solo llegaron a Yan'an unos 30 000.
Mientras los comunistas huían del ejército de
Chiang, otros enemigos más peligrosos reunían sus fuerzas. Japón, cuya economía
había sido muy perjudicada por la Gran Depresión, buscaba mercados cautivos en
China. Entretanto, el nazismo en ascenso había obligado a la Comintern a
cambiar de línea. Moscú presionaba ahora a Mao y al gobierno de Yan'an a crear
un Frente Popular con el Guomindang para hacer frente a los japoneses. Mao,
como cabía esperar, era hostil a esa idea, y aunque en 1937 cedió a la presión de
la Comintern participando en campañas contra los japoneses, se resistió a los
continuos intentos de Moscú de obligarlo a una estrecha alianza con los
nacionalistas. Insistió en mantener la independencia del PCCh y ampliar sus
bases, siguiendo su bien comprobada táctica guerrillera.
La Larga Marcha había reforzado el prestigio de
Mao, pero todavía formaba parte de una dirección colectiva y la Comintern
seguía tratando de ejercer su autoridad. Stalin volvió a enviar a finales de
1937 a Wang Ming para restablecer la cadena de mando
de Moscú y obligar a Mao a aceptar la línea
frentepopulista. Durante un tiempo estuvo bajo una seria amenaza; puede que en
1938 Stalin planeara implicarlo en un juicio contra los «derechistas» de la
Comintern;[57] pero lo salvaron las nuevas tensiones entre Chiang y la
dirección del PCCh y la ocupación por los japoneses de Wuhan, la base de
operaciones de Wang, con lo que quedó justificada la estrategia de Mao de
refugiarse en la distante Yan'an. A finales de 1938 Mao se había asegurado el
apoyo de Moscú como dirigente del partido, aunque hasta 1943 no quedó
totalmente segura su preeminencia. Y fue durante este período, relativamente
protegido en Yan'an, cuando Mao mejoró su posición en el partido y comenzó a
forjar una nueva concepción comunista radical.
La región de Yan'an había sido la cuna de la
civilización china, pero se había convertido en una de sus regiones más
aisladas y más pobres. Era un territorio escarpado, de paisaje amarillo. El
periodista estadounidense Edgar Snow trató de transmitir a sus distantes
lectores la sensación que le producía, utilizando las referencias habituales de
la cultura modernista europea:
Hay pocas montañas verdaderamente altas, solo
innumerables colinas desmochadas, tan interminables como una frase de James
Joyce y aún más tediosas; pero su efecto es a menudo sorprendentemente
picassiano debido a los ángulos que forman sus sombras y a un colorido que
cambia milagrosamente a lo largo del día. Al atardecer el paisaje se convierte
en un mar majestuoso de cumbres púrpura con oscuros pliegues aterciopelados que
caen como los frunces de la túnica de un mandarín hacia barrancos
insondables.[58]
La ciudad de Yan'an, por otra parte, era una
antigua fortaleza con sólidas murallas almenadas, carente de la sofisticación
de las ciudades costeras del este y dominada por una pagoda blanca sobre una
colina; pero precisamente era su lejanía de la civilización cosmopolita lo que
la hacía ideal para el colectivo comunista de Mao. Este siempre había
desconfiado de las grandes ciudades y se sentía mucho más a gusto en aquel
reducto provinciano.
Yan'an era también un lugar ideal para que Mao
pudiera convertirse en profeta de un nuevo marxismo «chinizado».[59] Sus
continuos problemas con los comunistas educados en
Moscú lo habían convencido de que necesitaba ofrecer una justificación teórica
de su línea independiente; no bastaba ser un caudillo militar experto en
movilizar al campesinado, y durante los siguientes años trató de dejar
establecida una historia del partido consensuada que justificara sus supuestas
«desviaciones». Escribió también varias obras de filosofía marxista, que se
iban a convertir en la base del «pensamiento Mao Zedong».
El marxismo espontáneo de Mao era muy peculiar y no
se atenía al lenguaje rígido y dogmático que se enseñaba en Moscú. Agnes
Smedley comentaba sobre su estilo;
Mao era conocido como el teórico, pero sus teorías
estaban enraizadas en la historia china y en la experiencia en el campo de
batalla. La mayoría de los comunistas chinos se remitían a Marx, Engels, Lenin
y Stalin, y algunos se sentían orgullosos de su capacidad para citar capítulos
y versículos o dar conferencias sobre ellos durante tres o cuatro horas. Mao
también podía hacerlo pero raramente lo intentaba. Sus conferencias … eran como
sus conversaciones, basadas en la vida y la historia china. Cientos de estudiantes
que acudían a Yan'an se habían acostumbrado a nutrirse de los textos llegados
de la Unión Soviética o de unos cuantos autores alemanes o de otros países.
Mao, en cambio, les hablaba de su propio país y de su gente … Citaba novelas
como El sueño del pabellón rojo o Al borde del agua … Su poesía tenía la
calidad de los viejos maestros, pero a través de ella corría una clara
corriente de especulación social y personal.[60]
Traducir los conceptos marxistas al chino era una
empresa extremadamente difícil: palabras como «burgués» o «feudal» tenían que
contextualizarse para extraer su significado de la ganga europea. La palabra
«proletariado», por ejemplo, la transcribía en caracteres chinos como «clase
sin propiedades» (wuchan jieji), desdibujando la distinción entre pobres
rurales y urbanos y haciendo más fácil tratar al campesinado a la par con los
obreros industriales; pero fue más allá y empleó deliberadamente términos tradicionales
chinos para traducir las ideas marxistas. Por ejemplo, utilizaba el viejo
término para «autocracia» (ducai) como equivalente de la «dictadura [del
proletariado]»;[61] también utilizaba el concepto
confuciano de «gran armonía» (datong) como sinónimo
de «comunismo», combinando la teoría marxista de la historia con la idea
tradicional china de una futura era dorada.[62] Las obras de filosofía marxista
que escribió durante aquel período estaban también llenas de conceptos chinos.
Su presentación de la dialéctica y del conflicto entre contrarios, ideas
decisivas en una versión del marxismo tan concentrada en la lucha, recordaba
también la teoría taoísta sobre la coexistencia de opuestos, yin y yang, en todas
las cosas.[63] Mao leyó cuidadosamente los manuales soviéticos al respecto,
pero sus anotaciones muestran que quería relacionar las abstracciones generales
con las circunstancias concretas chinas.[64]
Sin embargo, el «marxismo chinizado» de Mao era
menos específicamente chino de lo que a veces se piensa.[65] Se trataba, de
hecho, de una versión del comunismo igualitario radical, adaptada a una fuerza
guerrillera que precisaba el apoyo de los campesinos. Daba mucha importancia al
poder de la voluntad humana y la inspiración ideológica, y no solo a las
fuerzas económicas;[66] argumentaba que los campesinos podían ser una fuerza
tan revolucionaria como los obreros urbanos (aunque nunca negó que la clase obrera
industrial acabaría heredando la tierra); e incorporaba el principio de la
«línea de masas», esto es, la idea de que el partido tenía que practicar la
«democracia» socialista y «aprender de» las masas (aunque, evidentemente, no se
trataba ni por asomo de la democracia liberal; los elementos más libertarios de
la tradición marxista estaban ausentes del pensamiento de Mao y del pensamiento
marxista chino en general).[67]
En la práctica, el comunismo que prevalecía entre
Yan'an combinaba idealismo y pragmatismo. Era un sistema estrictamente
igualitario: se esperaba que todos, incluidos los dirigentes, realizaran algún
tipo de trabajo manual y vivieran en inhóspitas cuevas fuera de la ciudad. Los
recién llegados eran alojados de ocho en ocho en aquellas cuevas y la vida
consistía en el trabajo productivo, el entrenamiento militar, espectáculos
teatrales y, quizá lo más importante, largas e intensas discusiones políticas en
sesiones de estudio. Había también ciertas
desigualdades: la cueva de Mao era mayor que la mayoría y tenía vistas
excelentes, y también había diferencias salariales.[68] Esa hipocresía suscitó
las críticas de algunos de los intelectuales urbanos más idealistas que habían
llegado a Yan'an esperando encontrar la igualdad radical que reivindicaban
desde el Movimiento del 4 de Mayo. Algunos se quejaban de la ausencia de
principios y pasión política entre los dirigentes de Yan'an, otros —en
concreto, por ejemplo, el escritor Ding Ling— protestaban por su actitud hacia
las mujeres: pese a las proclamaciones en contrario, estas no eran tratadas
como iguales.
Aunque
Ding Ling no lo decía tan abiertamente, Mao, que era muy promiscuo, era de los
más machistas. Sin embargo, comparada con su equivalente soviética de finales
de la década de 1930, la conducta social prevaleciente en Yan'an era puritana e
igualitaria, como se veía, por ejemplo en su atuendo: hombres y mujeres vestían
uniformes militares o trajes de estilo Sun Yat-sen, un conjunto basado en el
uniforme estudiantil japonés, muy popular entre los jefes comunistas y del
Guomindang (y que más tarde se conocería como «traje Mao» en Occidente).
Pero los comunistas de Yan'an, aunque puritanos, no
eran sectarios, porque precisaban el apoyo del conjunto del campesinado y
procuraban evitar la enemistad de las fuerzas vivas locales. El sistema de
gobierno de los «tres tercios» permitía a los jefes tradicionales mantener
cierta influencia, dando los comunistas solo un tercio de los puestos en los
consejos locales, reservando el segundo tercio a los «progresistas» no
comunistas y dejando el último abierto a todos, exceptuando, claro está, a los
colaboracionistas con los japoneses. También se permitía a la mayoría de los
campesinos ricos mantener sus tierras. Los más pobres, en cambio, se
beneficiaban de arriendos e impuestos bajos, y al parecer recibían con agrado a
los guerrilleros enviados a vivir y trabajar con ellos porque eso mejoraba la
economía local. La combinación de flexibilidad ideológica y activismo de Yan'an
se ganó
así el apoyo tanto de los campesinos pobres como de
los acomodados.[70]
En un primer momento el ambiente entre los
comunistas de Yan'an era, pues, relativamente tolerante; pero tras la nueva
invasión japonesa en 1937 y la llegada de nuevos reclutas con orígenes muy
diversos, Mao insistió en reforzar la unidad ideológica, mostrándose
especialmente suspicaz hacia el «individualismo» burgués de los intelectuales
procedentes de las regiones dominadas por el Guomindang. A partir de 1939
siguió el ejemplo de Stalin utilizando como instrumento determinados textos
para unificar ideológicamente a los dirigentes del partido, ordenando la
traducción del Curso breve de historia del partido de Stalin y escribiendo sus
propios apéndices sobre la experiencia china. Aunque en un principio solo
pretendía que los dirigentes de nivel más alto leyeran y aprendieran esos
manuales, en 1942 Mao decidió que todo el partido debía ser reeducado para
«rectificar» su pensamiento. Solo si los comunistas interiorizaban realmente su
ideología dispondrían de la convicción necesaria para ganar la guerra y establecer
el comunismo.
La «rectificación» (zhengfeng) era una variante
china de la «purga» (chistka) soviética, aunque mucho más elaborada, lo que
reflejaba probablemente la importancia acordada por el confucianismo a la
educación moral y el pensamiento correcto.[71] Los miembros del partido debían
estudiar veintidós manuales de ideología e historia del partido, la mayoría de
ellos escritos por el propio Mao, que debían relacionar con su propia
experiencia personal. También debían rellenar cuestionarios en los que se les
pedía que proporcionaran informes sobre cualquier caso que conocieran de
«dogmatismo», «formalismo» y «sectarismo» y expusieran sus planes de reforma, y
se esperaba asimismo que denunciaran los errores de sus camaradas en las
llamadas «sesiones cortas». Esos documentos eran luego examinados por los
dirigentes y el grupo mantenía una sesión en la que los miembros del partido
eran públicamente criticados y debían confesar sus
culpas, tras lo cual volvían a ser acogidos en el
redil con el pensamiento supuestamente rectificado.
Al igual que en la Unión Soviética, muchos
aceptaban que la «rectificación» era necesaria para corregir su pensamiento.
Dou Shangchu, jefe de un regimiento del Ejército Rojo, admitía que la
rectificación le había obligado a cambiar su actitud anticuada con respecto al
matrimonio; sus futura esposa debía ser políticamente fiable y alguien a quien
amara, y no solo un ama de casa obediente.
Pero
para otros resultaba muy enojoso. Como recordaba un veterano de Yan'an: «Tenías
que escribir lo que había dicho este o aquel, así como lo que tú mismo hubieras
dicho que quizá no fuera muy conveniente. Tenías que escudriñar tu memoria y
escribir sin
parar. Era muy desagradable».[73]
La campaña de rectificación pronto se convirtió en
represión abierta,[74] en parte debido a la presión militar creciente del ENR,
tras el deterioro de relaciones con el Guomindang y el cese de hecho de la
alianza antijaponesa en 1941, que había incrementado la sensación de peligro.
Pero también fueron responsables Mao y su propio Iezhov, Kang Sheng. Este
siniestro personaje —la «pistola» de Mao, como se le llamaba a veces— era de
origen acomodado y un hombre culto: poeta, calígrafo, conocedor de la literatura
erótica y de la cerámica de la dinastía Song. Había vivido en el Hotel Lux
durante gran parte de la década de 1930 y había colaborado con la policía
secreta soviética en la vigilancia de los chinos presentes en Moscú. Era uno de
los «estudiantes retornados» de la Universidad Sun Yat-sen que llegaron a
Yan'an con Wang Ming, y tenía un aspecto inusitadamente cosmopolita, con bigote
y chaqueta de cuero negro al estilo soviético que solía acompañar de botas
altas de cuero negro y una fusta. También le gustaban los perros pequineses
negros y tenía a su servicio al cocinero que había deleitado con sus platos al
último emperador.[75] Pero pese a sus relaciones con los soviéticos y su
atuendo de villano de ópera bufa, disfrutaba de una estrecha relación con Mao,
a quien ayudaba en sus ejercicios de poesía y caligrafía. Pronto se convirtió
en jefe del
servicio de seguridad de Yan'an eufemísticamente
llamado «Departamento de Asuntos Sociales». Proclamaba que la campaña de
rectificación había revelado la presencia de espías en las filas del partido, y
con el apoyo de Mao lanzó una campaña de «rescate de los caídos» en la que se
empleaba la tortura, interrogatorios continuos y aterradores asambleas de
«lucha» para forzar confesiones. No era una mera reproducción del terror
estalinista — hubo relativamente pocas ejecuciones—, pero la campaña, que Mao
había prometido que sería educativa y no represiva, provocó una profunda
ansiedad entre algunos dirigentes. Al parecer Mao acabó avergonzándose y pidió
perdón por los «excesos» cometidos.
La campaña de «rescate» pudo hacerle más daño que
bien a Mao, pero en 1943 su poder estaba asegurado. Tras años de experta
manipulación política había salido triunfante y había establecido una nueva
forma carismática de liderazgo, convirtiéndose en el primer dirigente del PCCh
a un nivel parecido al de Lenin y Stalin.[76] Se proclamó como ideología del
partido el «pensamiento Mao Zedong» y a partir de una antigua canción de amor
se compuso el famoso himno «El Oriente es rojo»:
El Oriente es rojo, el sol se levanta.
En China ha nacido Mao Zedong.
Desea la felicidad del pueblo.
Es el gran salvador del pueblo.[77]
Es importante recordar, no obstante, que pese a sus
pretensiones Mao no era el único dirigente del PCCh ni del hongjun durante
aquel período, y que Yan'an no era la única base comunista. El comunismo chino
era un movimiento policéntrico y la Larga Marcha dejó tras de sí varios
ejércitos menores dispersos por toda China meridional y central que hicieron
frente y derrotaron en muchas ocasiones a las fuerzas de Chiang Kaishek. Su
experiencia era muy diferente a la de Yan'an y se vieron obligados a adoptar tácticas
diferentes, recurriendo, a falta de movilización campesina, a las redes
tradicionales clánicas y «feudales».[78]
Fue sin embargo la experiencia de Yan'an la que en
último término iba a influir más decisivamente sobre el PCCh. Más adelante Mao
iba a intentar resucitar su espíritu, en particular durante la Revolución
Cultural, pero a corto plazo le dio al partido la cohesión necesaria para
aprovechar el caos de la guerra; quizá fue la invasión japonesa de China en
1937 el factor más decisivo en la victoria final de los comunistas, que
pudieron presentarse ante los campesinos como defensores del pueblo contra los
invasores.[79] Obtuvieron así el apoyo de muchos chinos a las acciones
guerrilleras, evitando las confrontaciones militares directas, mientras que la
maquinaria militar más convencional del ENR resultaba destrozada por las
fuerzas japonesas, muy superiores en ese terreno.[80]
Los comunistas aprovecharon la guerra contra los
japoneses para expandir las zonas bajo su control, pero cuando los japoneses
fueron derrotados en 1945 su situación era todavía relativamente débil,
limitada en gran medida a la periferia noroccidental de China. El Guomindang
controlaba la mayor parte del país —en particular los centros urbanos—, tenía
el apoyo de Estados Unidos y era reconocido por la Unión Soviética, que trató
de obligar al PCCh a establecer otro frente unido con los nacionalistas. Cuando
el ejército soviético se retiró de Manchuria en la primavera de 1946 estalló la
lucha por su control entre el PCCh y el Guomindang, iniciándose una nueva
guerra civil. Los comunistas jugaron muy bien sus cartas: se beneficiaron de la
ayuda soviética, pero también tuvieron cierto éxito en la movilización de los
campesinos contra los terratenientes con la promesa de reducción de los
arriendos, aunque les llevó algún tiempo convencerlos para que rompieran con la
tradición de obediencia y sumisión.[81]
Desde 1946 Mao insistió en una redistribución
radical de la tierra en las áreas dominadas por los comunistas y esto ayudó
indudablemente al Ejército Popular de Liberación (hongguo Renmin Jiefang Jun,
que era el nuevo nombre adoptado por el Ejército Rojo, Hong Jun) a obtener
apoyo y reclutas en algunas regiones,
especialmente en el norte. Los «equipos de trabajo»
comunistas llegaban a los pueblos y creaban asociaciones de los campesinos
pobres, con cuya ayuda trataban de determinar la clase de cada uno. A
continuación animaban a los campesinos pobres y medios a participar en
«asambleas de lucha», en las que «expresaban su amargura» y a menudo atacaban
físicamente a los terratenientes. En un pueblo en la provincia septentrional de
Shanxi el blanco principal de su ira fue Sheng Jinghe, el hombre más rico de la
comarca, que se había hecho rico prestando dinero y quedándose con parte de las
donaciones a los templos locales:
Cuando comenzó la lucha final Jinghe tuvo que
afrontar no solo aquellos cientos de acusaciones sino muchas más. Ancianas que
nunca habían hablado en público antes se pusieron en pie para acusarlo. Hasta
la mujer de Li Mao —una mujer tan humilde que difícilmente se habría atrevido a
mirar a nadie a la cara— sacudió el puño ante su nariz y gritó: «Una vez fui a
recoger trigo en tus tierras; pero me insultaste y me echaste de allí…». Jinghe
no supo qué responderle. Se mantuvo allí en pie con la cabeza inclinada.
Aquella noche todo el mundo se dirigió a la
hacienda de Jinghe para apoderarse de sus propiedades … Todos decían que debía
tener un montón de yuanes de plata … así que comenzamos a golpearle. Finalmente
dijo: «Tengo 40 yuanes de plata bajó el kang [cama de ladrillo]». Fuimos allí y
escarbamos. El dinero nos excitó a todos … Le golpeamos de nuevo y varios
milicianos comenzaron a calentar una barra de hierro en uno de los fuegos.
Entonces admitió que tenía 110 yuanes de plata … En total conseguimos aquella
noche yuanes de plata de Jinghe.
Todos dijeron: «En el pasado nunca vivimos un Año
Nuevo feliz porque siempre nos exigía la renta y el interés y dejaba vacías
nuestras casas. Esta vez comeremos lo que queramos»; todos comimos hasta
hartarnos y ni siquiera notamos el frío.[82]
Como muestra este episodio, viejos resentimientos
podían dar lugar a una cólera violenta y los campesinos se comportaban a veces
de forma más radical de lo que pretendían los comunistas.[83] En las zonas
ocupadas por estos, los campesinos ricos eran a menudo muy influyentes y los
comunistas no se podían permitir perderlos. En el sur de China, donde los
comunistas eran más débiles, hubo muchos menos conflictos entre ricos y pobres.
Otros dirigentes del
partido —especialmente el número dos de Mao, Liu
Shaoqi— presionaron con éxito por un planteamiento menos agresivo.[84] Liu
había nacido cerca del pueblo natal de Mao y se conocían desde jóvenes; pero su
formación era más dilatada y era más cosmopolita; había estudiado en la KUTV de
Moscú a principios de los años veinte y aunque, como Mao, había tenido sus
tiranteces con los soviéticos más tarde, siempre se situó en el ala marxista
más modernista. Veía como modelo para la nueva China el estado racional y burocrático
que había visto construir a Lenin y no el ejército guerrillero de Mao. A
finales de 1947 el propio Mao aceptó que había que moderar la lucha de clases
en favor del consenso nacional; la reducción de los arrendamientos podía ser
más eficaz para apartar al campesinado del Guomindang.[85]
El campesinado era difícil de movilizar y la
propaganda del partido, que mostraba columnas de campesinos que marchaban hacia
el poder enarbolando banderas rojas, estaba lejos de la verdad. La mayoría de
los campesinos eran más espectadores que participantes en la revolución, y
muchos obedecían a los comunistas por temor al castigo.[86] Mucho más
importante en la victoria de Mao fueron los propios combatientes comunistas.
Era la juventud, más que la pobreza, la que determinaba la disposición de los
campesinos de unirse a ellos, aunque el propio partido discriminaba a los más
ricos y al final de la guerra civil estaba compuesto en gran medida por
campesinos pobres.[87]
El estudio de la época más sistemático de la
guerrilla maoísta fue el que llevó a cabo el antropólogo estadounidense Lucien
Pye, que entrevistó a sesenta antiguos combatientes chinos, la mayoría de ellos
miembros y mandos de bajo nivel del partido, en la Malasia británica a
principios de la década de 1950.[88] Según explicaba, eran «un grupo
extraordinariamente despierto de gente con mente muy activa».[89] La mayoría de
ellos eran de origen muy humilde, aunque no de los más pobres. Tenían un nivel
de formación mayor que la media (aunque sin llegar a la enseñanza superior) y
estaban deseosos de mejorar, aunque sus perspectivas eran limitadas. En su
mayoría eran obreros especializados, muchos de
ellos en plantaciones de caucho propiedad de extranjeros y tenían pocas
posibilidades de ascenso.[90] Estaban insatisfechos con su estatus y con el
trato que les daban sus superiores y trataban de alcanzar sus ambiciones en un
mundo rápidamente cambiante, lo que los llevó, como a la generación del 4 de
Mayo de intelectuales urbanos, a cuestionar los valores confucianos de sus
padres. Estaban convencidos de que aquel mundo de piedad filial y rituales los
condenaba a un bajo nivel de vida y de estatus; querían modernizarse y se
fiaban más de la gente de su edad que de los ancianos. Para ellos eran muy
importantes los amigos y la camaradería masculina y a menudo tenían cierto
carisma, convirtiéndose en líderes informales de su grupo.
Vivían en un mundo caótico en el que la política
tenía mucha importancia. Con la invasión japonesa la vida de la gente corriente
se vio clara y directamente afectada por la alta política. Muchos de ellos
habían perdido a miembros de su familia durante la ocupación y creyeron que
debían implicarse en la política, tanto para protegerse como para progresar.
Una opción era unirse a alguna de las muchas asociaciones existentes:
sociedades secretas, organizaciones de clan y comerciales; pero el Partido
Comunista les ofrecía algo diferente. Se consideraba más fiable que las
asociaciones tradicionales en cuanto a la ayuda a sus miembros; parecía dar
sentido a la política de la época y tenía una estrategia clara. Era moderno,
pero no occidental e imperialista; su ámbito era el de la gente corriente
—gente como ellos mismos—;[91] estaba bien organizado y era poderoso, y
prometía ayudar a los chinos a hacerse valer. Como decía uno de ellos: «Me
pareció que su propaganda decía que si me unía a ellos, sería como quienes iban
a gobernar China. Sabía que los comunistas eran muy poderosos y que nadie se
atrevía a oponerse a ellos». El comunismo y la revolución de Octubre habían
mostrado que una nación pobre y débil podría convertirse de pronto en una de
las grandes potencias; como otro explicaba, «hasta que los chinos supieron de
la
revolución rusa, no éramos buenos en la política y
nos poníamos en ridículo. Ahora, en cambio, los comunistas chinos han aprendido
de los rusos cómo hacer una revolución y nadie se ríe ya de la revolución
china».[92]
Una vez que se unían al partido, los comunistas
sentían que tenían peso en el mundo: «Era como si me hubiera subido al lomo de
un tigre —declaraba uno de ellos—, era muy excitante y tenía el poder del
tigre; avanzaba cuando él avanzaba». En principio no objetaban prácticas del
partido como la rectificación: su deseo de mejorar les hacía agradecer que el
partido les corrigiera, aunque pronto les preocupó que las críticas pudieran
conllevar una pérdida de estatus dentro del partido. De hecho, para aquellos comunistas
educados en una cultura confuciana, uno de los principales atractivos del
partido era la educación moral que ofrecía: «El comisario político me dijo que
me ayudaría a aprender marxismo-leninismo, de manera que pudiera liberarme de
mis malos hábitos», recordaba uno de ellos.[93]
El marxismo-leninismo maoísta tenía otras funciones
para los guerrilleros. Podía ser una fuente de sostén emocional en la batalla.
El comisario político daba con frecuencia largas conferencias antes de una
batalla y cada soldado daba un paso adelante con el puño cerrado, prometiendo
sacrificar su vida por la causa marxista-leninista. Según un soldado, «cuando
todos habíamos acabado de pronunciar nuestros discursos diciendo que no
temíamos morir como verdaderos revolucionarios, no nos asustaba la posibilidad
de que todos muriéramos. Así de osado es el marxismo-leninismo». La ideología
servía también para otros fines, como un conocimiento especial, esotérico, que
mostraba cómo funcionaba la historia y cómo vencer en la lucha política. Los
guerrilleros malayos estaban particularmente agradecidos a los comunistas por
compartir con ellos ese valioso conocimiento, a diferencia de los arrogantes
occidentales que guardaban para sí el secreto de su éxito:
El marxismo-leninismo le enseña a uno cómo llevar a
cabo una revolución y cómo será la historia. Los comunistas tienen libros que
dicen cómo vencer políticamente y les hacen a todos leerlos, de forma que si
quieres ayudarles sabrás qué hacer. Las democracias lo mantienen todo en
secreto y no le dicen a nadie cuáles son sus planes. ¿Quién sabe cuál es la
estrategia y la táctica de Wall Street? Si yo hubiera querido trabajar para las
democracias contra los comunistas, ¿cómo habría podido saber qué hacer?[94]
En la propia China el PCCh solo era una entre
varias fuerzas — regionales, liberales, estudiantiles y sociedades secretas—
opuestas a un Guomindang dividido y desacreditado por la corrupción de sus
dirigentes.[95] La colaboración de los chinos más ricos y poderosos con los
japoneses durante la guerra dividió a los seguidores del Guomindang, que salió
muy debilitado de la guerra de liberación, al terminar la cual los
administradores nacionalistas eran considerados codiciosos —por su impopular
exacción de altos impuestos— e incapaces de satisfacer los deseos de justicia
social, tan comunes en Asia como en Europa. Los nacionalistas optaron por
reprimir las manifestaciones estudiantiles y revueltas rurales, mientras que
los intentos de Chiang de reforzar la autoridad estatal lo enfrentaban a los
caciques regionales.
El PCCh tenía mucho apoyo campesino e incluso
urbano, pero quizá su principal ventaja era su coherencia. En último término su
victoria fue militar y no era en absoluto un resultado asegurado de antemano.
Ambos bandos cometieron errores estratégicos, pero los de Chiang Kaishek fueron
más graves.[96] Al final se vio obligado a retirarse a Taiwán, donde el
Guomindang gobernó durante muchas décadas. Durante la primavera de 1949 Mao
viajó desde el pueblo de Xibaipo, en la provincia de Hebei —cuartel general comunista
desde 1947— a la antigua capital imperial de Beijing. Estaba claramente
nervioso. Bromeó que aquel viaje se parecía bastante al que hacían los
candidatos al mandarinato para los exámenes imperiales,[97] porque aunque era
relativamente corto geográficamente, en términos culturales equivalía a la
Larga Marcha. De hecho Mao tuvo que transformarse del líder guerrillero
que era entonces en dirigente de uno de los mayores
estados del globo.
V
El 1 de octubre de 1949 Mao Zedong llegó a
Tiananmen, la Puerta de la Paz Celestial de la vieja Ciudad Prohibida en el
centro de Beijing, y se dirigió a una multitud de unas 30 000 personas que
agitaban la nueva bandera china (roja con cuatro pequeñas estrellas amarillas
que rodean por la derecha a otra mayor en el ángulo superior izquierdo)
declarando: «¡El pueblo chino se ha puesto en pie!». Con su aguda voz anunció
la fundación de la República Popular China (Zhonghua Renmin Gongheguo) y a
continuación desfilaron miles de soldados y civiles, algunos de ellos llevando
retratos de los líderes y otros tocando tambores y danzando el tradicional
yangge del norte de China.
La ceremonia había sido cuidadosamente planificada
y había una razón para cada elemento.[98] Debía mucho a los desfiles soviéticos
en la Plaza Roja en el aniversario de la revolución de Octubre, pero a
diferencia de ellos tenía también un fuerte componente folclórico-campesino.
Por otra parte, el simbolismo del desfile combinaba cuidadosamente el comunismo
soviético y el nacionalismo chino. En octubre se conmemoraba también la
revolución de 1911 contra la dinastía Qing y el rojo de la bandera se refería
tanto al movimiento obrero como a la tierra roja de China. Las estrellas
también mostraban el compromiso del PCCh con la unidad nacional, representando
las cuatro clases del «pueblo»: la burguesía nacional, la pequeña burguesía,
los obreros y los campesinos, rodeando al gran partido comunista, todos ellos
como parte de la «Nueva Democracia». Se mostraba así que el nuevo régimen era
comunista, explícitamente nacionalista y favorable a los campesinos.
Octubre de 1949 marcó la culminación del
enrojecimiento de posguerra en Asia. Como en Europa, el final del poder del Eje
dio un gran impulso a los comunistas por su antiimperialismo al tiempo que
hacía pagar a las viejas clases dominantes su colaboracionismo con los
japoneses. A China se unieron otros dos estados —Corea del Norte y Vietnam—
como parte de la nueva hermandad comunista asiática. Los tres regímenes tenían
semejanzas muy estrechas y diferían notablemente de sus cofrades del este de
Europa. Habían sido creados por partidos campesinos que operaban en sociedades
confucianas y habían emprendido una guerra de guerrillas contra las potencias
imperialistas; pero cada uno de ellos había nacido en circunstancias bastante
diferentes: si China era la Yugoslavia de Asia —un estado comunista nacido de
una guerra de guerrillas antiimperialista—, Corea del Norte se parecía más a
Alemania oriental: un régimen creado en gran medida por la realpolitik y la
partición decidida por las grandes potencias. La revolución vietnamita, en
cambio, tenía un fuerte elemento urbano y mayores semejanzas con su predecesora
rusa.
El régimen norcoreano se creó bajo la égida de las
tropas soviéticas: en vísperas de la rendición japonesa en agosto de 1945, el
gobierno estadounidense propuso que Corea quedará dividida por el paralelo 38,
concediendo la parte septentrional (fronteriza con la URSS) a los soviéticos y
quedándose con el sur. El norte siguió luego una trayectoria semejante a la de
los países del este de Europa: un Frente Popular seguido por la
comunistización. En febrero de 1946 se estableció un gobierno dominado por los
comunistas y presidido por Kim Il-sung («conviértete en el sol»). Sin embargo,
no hay que llevar demasiado lejos el paralelismo con la Repúplica Democrática
Alemana, ya que el régimen coreano se aseguró pronto un alto grado de
autonomía.
Kim Song-ju (adoptó su nombre de guerra en 1935)
había nacido en 1912 en un pueblecito cerca de Pyongyang, en una familia
cristiana. Su padre era miembro de una organización nacionalista coreana, y al
parecer fue detenido por los japoneses que ocupaban
el país. Al ser liberado hacia 1920, la familia
emigró a Manchuria uniéndose a una gran comunidad coreana de emigrados. La
formación cultural de Kim era por tanto multinacional: había nacido en Corea,
ocupada entonces por los japoneses; fue educado en escuelas chinas en mandarín,
pero regresó a Corea por dos años cuando tenía once para asistir a una escuela
cristiana; de hecho fue durante un tiempo maestro de la escuela dominical,
hecho que no registra su biografía oficial.[99] Siguió a su padre en la política
nacionalista, uniéndose a un grupo marxista en 1929, y tras un breve período en
prisión, en 1931 se unió a un grupo guerrillero del PCCh que operaba en
Manchuria contra la reciente ocupación japonesa. Fue ascendiendo en sus filas y
se convirtió en comandante regional del ejército guerrillero.
Así pues, pasó la mayor parte de su juventud fuera
de Corea, pero sería un error considerarlo un «forastero». Como muchos de sus
camaradas guerrilleros, se consideraba un nacionalista coreano, aunque luchara
por el comunismo internacional bajo el liderazgo de la URSS. Entre la Manchuria
oriental y las regiones fronterizas difíciles de controlar de Corea del Norte
había lazos muy estrechos y los coreanos organizaron una guerra de guerrillas
contra los japoneses en toda la región. Fue en aquel inclemente ambiente
guerrillero, luchando contra un enemigo mucho mejor armado y organizado, donde
se forjó el pensamiento político de Kim.
En 1940, empero, los japoneses iban ganando y Kim,
como muchos otros combatientes, se vio obligado a buscar refugio al otro lado
de la frontera con la Unión Soviética. Durante sus cinco años de estancia allí
Kim ascendió en la jerarquía y abrazó con gusto la vida soviética; parecía
preferir la disciplina del Ejército Rojo a su antigua anterior vida
guerrillera. Recibió entrenamiento en la escuela de oficiales de infantería de
Javarovsk y se convirtió en capitán del Ejército Rojo. Durante aquel período tuvo
dos hijos y una hija a los que dio nombres rusos; su hijo mayor, a quien más
tarde se conocería como Kim Jong-il, llevó durante los primeros años de su vida
el nombre de Yuri Irsenovich (Il-sung-ovich).
Al parecer deseaba proseguir su carrera en el
Ejército Rojo, pero tras la derrota de los japoneses los soviéticos tenían para
él ideas distintas. Habían comenzado a desconfiar de los nacionalistas coreanos
con los que colaboraban y decidieron imponer una dirección comunista más
fiable; Kim, que entonces tenía treinta y tres años, era un candidato ideal,
aunque al principio no le entusiasmara la idea.[100] Fue presentado en público
en octubre de 1945, en una ceremonia en honor del Ejército Rojo. Lo habían anunciado
como un heroico y venerable líder guerrillero y muchos lo confundían con un
combatiente semimitológico del estilo de Robin Hood; cuando lo vieron se
sintieron, como es lógico, profundamente decepcionados:
[era] un joven de poco más de treinta años que se
aproximó al micrófono con un papel en la mano … su tez era ligeramente oscura y
llevaba cortado el pelo como un camarero chino: le caía sobre la frente dos o
tres centímetros, recordando a un campeón de boxeo del peso ligero. «¡Es un
fraude!» La gente reunida en el campo de deportes sintió un relámpago de
desconfianza, decepción, descontento e irritación.
Ajeno al repentino cambio en el estado de ánimo de
la audiencia, Kim siguió alabando con su monótona voz de pato la heroica lucha
del Ejército Rojo … En particular elogió y ofreció las más exageradas palabras
de gratitud y gloria a la Unión Soviética y al mariscal Stalin, aquel buen
amigo de todos los pueblos oprimidos del mundo.[101]
Kim era, pues, una «marioneta» soviética; pero los
soviéticos no estaban interesados en la gestión cotidiana de los pequeños
asuntos administrativos, que dejaban en manos de los coreanos.
Pese
a los malos augurios de su presentación en público, Kim se demostró capaz de
gestionar las discrepancias en el partido entre sus propios «manchúes», los
«coreanos» que habían permanecido allí bajo la ocupación japonesa, los coreanos
«soviéticos» que habían vivido en la URSS, y los comunistas «de Yan'an»
vinculados al PCCh.[103] Como veremos, también estableció los cimientos de un
régimen que logró un gran apoyo fusionando el comunismo con el nacionalismo
coreano.
En el mismo momento en que Corea quedaba dividida
por el paralelo 38, en Vietnam surgía otro régimen comunista de las cenizas de
la ocupación japonesa; pero a diferencia de los comunistas coreanos, los
vietnamitas llegaron al poder en una auténtica revolución nacional, que
combinaba la guerra de guerrillas china con la revolución urbana
bolchevique.[104] Ho Chi Minh se había situado siempre en el ala más radical de
la Comintern, por ejemplo de parte de Roy en el debate con Lenin (aunque Roy no
simpatizaba con él), pero estaba cada vez más insatisfecho con la obsesión
soviética por la clase obrera urbana. Con el éxito de Mao desde mediados de los
años treinta, Ho Chi Minh aprendió de la experiencia china, distanciándose del
viejo modelo de Moscú. En 1938 visitó Yan'an (aunque no se encontró con Mao), y
poco después se le unieron en China dos jóvenes miembros del partido, Vo Nguyen
Giap y Pham Van Dong.[105]
Los comunistas vietnamitas pronto comenzaron a
seguir el modelo chino. Establecieron una «base» en la región fronteriza del
norte, donde crearon una fuerza guerrillera, y en 1941 una organización
nacionalista interclasista (que incluía terratenientes y funcionarios) llamada
Liga por la Independencia de Vietnam —el «Vietminh»— con una extensa
implantación en el campo. Comenzaron a planear un levantamiento campesino
contra la administración francesa, a las órdenes de Vichy, que cooperaba con
los japoneses. Se les dijo a los comunistas que se mezclaran con los
campesinos, se vistieran como ellos y tradujeran los manifiestos del Vietminh a
los dialectos regionales. Aprovecharon el resentimiento campesino por los
perjuicios causados a la agricultura tradicional, primero por la explotación
colonial francesa y luego por las brutales exacciones japonesas. Pero lo que
más ayudó a los comunistas en su estrategia fue la hambruna de 1944-1945,
agravada por las requisas japonesas a las que no se oponían los franceses, juzgados
como principales culpables.[106] En marzo de 1945 el control central del país
se debilitó aún más cuando los japoneses, ante la inminencia de la invasión
aliada, dieron un golpe
de fuerza contra la administración colonial
francesa y establecieron un gobierno títere manteniendo formalmente al
emperador Bao Dai. Cuando el emperador japonés Hirohito anunció por radio la
rendición de su país el 14 de agosto, el Vietminh, que se había lanzado a una
ofensiva general desde cuatro días antes, se hallaba en una situación ideal en
el norte, con fuerte apoyo tanto en Hanoi como en el campo, mientras los
comerciantes y empleados permanecían en sus puestos. El 19 las tropas japonesas
se rindieron al Vietminh, que organizó una manifestación de masas el 22 en
Saigón, y el día 25 abdicó Bao Dai entregándole los emblemas imperiales. Aunque
en el sur el Vietminh no era tan fuerte, también se hizo con el control de la
situación en alianza con otros partidos nacionalistas.
El 2 de septiembre de 1945, Ho Chi Minh, vestido
con un humilde traje caqui y zapatos azules de lona, proclamó en la plaza Ba
Dinh de Hanoi la independencia de Vietnam en nombre del gobierno provisional de
la República Democrática del Vietnam que él mismo presidía. Su discurso citaba
tanto la Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776 como la
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1791.[107] Ho todavía
esperaba obtener el apoyo estadounidense y declaró que estaba dispuesto a apoyar
un gobierno amplio no monocolor a medio plazo; Stalin todavía no había ofrecido
a los comunistas vietnamitas ningún reconocimiento o ayuda. Sin embargo, cuando
los franceses regresaron con ayuda británica poco después de la declaración de
independencia, algunos grupos nacionalistas comenzaron a retirar su apoyo al
Vietminh. Los comunistas, aunque contaban con la mayoría de la población en el
norte, se vieron sin embargo pronto a la defensiva en el sur, y desde finales
de 1946 el Vietminh tuvo que afrontar una nueva guerra anticolonial contra la
República francesa y pronto contra Estados Unidos.
La subsiguiente restauración del dominio colonial
europeo tras la derrota japonesa encolerizó y dio ánimo a los comunistas de
toda Asia. En muchos lugares aprovecharon el caos económico en el
campo provocado por la guerra y la inicua
explotación japonesa; pero aparte de China, Vietnam y Corea, en general fueron
incapaces de fusionar el comunismo con un nacionalismo atractivo. El Partido
Comunista Indonesio participó en la lucha contra los holandeses, pero con poco
éxito. El líder nacionalista Sukarno, que pretendía combinar un socialismo no
marxista con el islam, fue mucho más capaz que los comunistas de aglutinar un
archipiélago tan diverso. En 1948 una facción radical del Partido Comunista que
rechazaba una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU relativa a una
tregua con los holandeses se negó a entregar las armas e intentó organizar una
insurrección en Madiun, en el este de Java, pero fue aplastada, y aunque el PKI
no fue prohibido decenas de miles de sus militantes fueron encarcelados; el
partido tuvo que recomponerse, con una línea más conciliadora, a partir de
1950.
Más seria fue en cambio la insurgencia comunista en
las colonias británicas y en Filipinas —sometida a una administración
semicolonial estadounidense—, pero en último término fracasó debido a su
limitado arraigo en sectores particulares de la población. Estados Unidos
concedió la independencia a las Filipinas en julio de 1946, entregando el poder
a una rica clase terrateniente americanizada. Sus intentos de disolver el
Ejército Popular Antijaponés (Hukbalahap, Hukbo ng Bayan Laban sa mga Hapon),
brazo armado del Partido Komunista ng Pilipinas, precipitaron una rebelión
campesina en la isla de Luzón; pero era relativamente exigua y los
estadounidenses, pensando que la mejor forma de combatir el comunismo era
resolver los problemas sociales, persuadieron al gobierno de Manila de que una
reforma agraria podía contrarrestar las arengas comunistas. La revolución quedó
pronto sofocada mediante una hábil combinación de represión y reformas.[108]
El levantamiento comunista en Malasia fracasó por
razones parecidas. El maoísmo y la guerra de guerrillas ganaron prestigio entre
los chinos de Malasia —que como los propios malayos constituían alrededor del
40 por 100 de la población— tras la
invasión japonesa de China en 1937; fue entonces,
con trece años, cuando Chin Peng, futuro líder del Parti Komunis Malaya,
comenzó a interesarse por el comunismo,[109] aunque hasta enero de 1940 no
ingresó en el partido. Durante la segunda guerra mundial este organizó un
Ejército Popular Antijaponés e incluso recibió apoyo británico; pero al
terminar la guerra los británicos, que habían prometido derechos políticos
plenos a la comunidad china, olvidaron aquella promesa bajo la presión de los
malayos, con lo que se ganaron su enemistad. En junio de 1948 la administración
colonial británica decretó el estado de emergencia tras el asesinato de tres
plantadores europeos y el PKM, que había asumido la causa etnonacionalista
china, fue prohibido en julio, pero se retiró a las áreas rurales bajo la
dirección de Chin Peng, constituyó el Ejército de Liberación Nacional Malayo e
inició una guerra de guerrillas contra los británicos;[110] a diferencia del
Vietminh, no obstante, su apoyo se limitaba en gran medida a los chino-malayos,
especialmente los campesinos más pobres, sin derecho a la tierra. El general
Harold Briggs, Director de Operaciones del ejército británico en Malasia,
desarrolló una estrategia contrainsurgente basada en el confinamiento de medio
millón de campesinos en «nuevas aldeas» muy defendidas, privando de apoyo a la
guerrilla. Por otra parte los británicos, como los estadounidenses en
Filipinas, adoptaron una línea más conciliadora que los franceses en Vietnam y
los holandeses en Indonesia; trataron de ganarse «corazones y mentes»[111] de
los potenciales comunistas ofreciendo ayuda alimentaria y médica a los
campesinos y declararon su intención de conceder la independencia a Malasia,
como efectivamente sucedió en agosto de 1957.
Pese a esos contratiempos, hacia 1950 los partidos
comunistas habían establecido firmes posiciones en prácticamente todo el este y
sureste de Asia. Al parecer se habían beneficiado de las mismas fuerzas que
habían favorecido a los comunistas en Europa durante la década de 1940, al
situarse en primera línea de combate contra los ocupantes imperialistas y sus
colaboradores locales; también
emplearon estrategias guerrilleras o partisanas
parecidas, retirándose de las ciudades al campo y acosando desde este a sus
enemigos, mejor armados; pero los resultados fueron muy diferentes, dependiendo
del papel del ejército soviético. En Occidente los partidos comunistas fueron
derrotados electoralmente y regresaron al aislamiento político; en Europa
central y oriental emprendieron la construcción de un socialismo al estilo
soviético; y en el sureste de Europa y Asia surgieron partidos comunistas más
independientes y radicales.
El «bloque» comunista era por tanto muy diverso,
mucho más de lo que muchos occidentales pensaban en aquella época. Aun así,
desde 1949 los regímenes comunistas, la mayoría de ellos estrechamente aliados
con Moscú, cubrían una tercera parte de la superficie terrestre. Pocos habrían
predicho un resultado tan extraordinario tan solo ocho años antes, cuando los
nazis estaban a las puertas de Moscú y el comunismo parecía al borde del
colapso.
7
Imperio
I
Como el Ozymandias de Shelley, todos los grandes
emperadores han ordenado erigir monumentos para celebrar su poder, desde los
acueductos y arcos triunfales romanos a los grandes edificios y estaciones
ferroviarias neogóticas del imperio británico. El imperio soviético no fue una
excepción. Pese a la retirada de la mayoría de las estatuas de Marx y Lenin que
adornaban (o deslucían) las ciudades del antiguo bloque soviético, siguen
todavía en pie monumentos muy destacados, en particular los «grandes edificios»
estalinistas planificados entre 1948 y 1953; de haber vivido más Stalin
seguramente su número se habría incrementado. Para Moscú se planearon ocho,
aunque solo se llegaron a construir siete (a finales de 2003 Vladimir Putin
inauguró el lujoso edificio de apartamentos «Palacio del Triunfo», un
nostálgico pastiche del octavo). El más colosal es el gigantesco edificio de la
Universidad estatal Lomonosov de Moscú, con 5000 salas, construido en las
colinas de Lenin.[*]
En las capitales de los países satélites se
planearon otros edificios parecidos, «regalos del camarada Stalin», pero solo
se completó uno, el Palacio de la Cultura y la Ciencia en Varsovia (construido
para que trabajaran en él 12 000 personas, ahora
alberga, además de museos y salas de conciertos,
una gran bolera); pero existen muchas otras versiones más pequeñas, desde el
Hotel Internacional de Praga hasta los edificios de la Amistad Soviética en
Beijing y Shanghai o la Casa Scînteii en Bucarest; con un estilo similar se
construyeron los grandes edificios de la Avenida Stalin (hoy día
Karl-Marx-Allee) en Berlín.[1] Esos símbolos de poder marcaban la esfera de
influencia soviética en su momento de mayor amplitud, cuando abarcaba gran
parte de Eurasia, desde el Báltico hasta el Nan Hai (mar del Sur) chino,
durante el período comprendido entre la victoria de Mao en 1949 y la escisión
chino-soviética a finales de la década de 1950.
Esos grandes edificios también nos presentan varios
rasgos sustanciales del estalinismo de posguerra. Híbridos enormes y ampulosos
de los rascacielos de Manhattan con las grandes construcciones neoclásicas y
neogóticas del siglo XIX, engalanados con ornamentos del pasado medieval
moscovita, combinaban la modernidad, el imperio y el nacionalismo,[2] pero
también subrayaban una línea política que insistía cada vez más en la cultura
eslava por encima del internacionalismo y el universalismo.[3] Los grandes edificios
estalinistas trataban de incorporar en cada país ciertos aspectos «nacionales»,
ya fueran características bizantinas en Rumanía o renacentistas en Polonia y
Checoslovaquia, y estaban destinados de forma evidente a reforzar el prestigio
y el poder de la élite y no a proporcionar alojamiento a las masas hacinadas en
cuchitriles tras la devastación de la guerra.
Todas aquellas estructuras masivas materializaban
en piedra y ladrillo el «estalinismo maduro» de posguerra, una versión ampliada
del orden paternalista y tecnocrático que se empezó a gestar a mediados de la
década de 1930. Los restos de marxismo radical, antiburocrático, todavía
evidentes durante la Gran Purga, habían desaparecido casi por completo y el
modelo jerárquico se transmitía a la totalidad del bloque soviético como en un
imperio. Evidentemente, la URSS nunca se consideró a sí misma un imperio y era
radicalmente hostil al «imperialismo» que, en frase de Lenin,
seguía considerándose «fase superior del
capitalismo». A diferencia de muchos imperios no justificaba la jerarquía por
razones étnicas, sino como reflejo del diferente nivel alcanzado en la
edificación socialista. Los rusos estaban en lo más alto en razón de su
progresismo, no porque fueran racial o culturalmente superiores. Aun así, en la
práctica las relaciones de la URSS con sus satélites de Europa oriental eran
típicamente imperiales y lo mismo se puede decir de su política y su cultura.
Una jerarquía de poder, centrada en Moscú, se extendía a todos los países del
bloque soviético; el estatus de los rusos era incontestablemente superior al de
otros pueblos; y las sociedades socialistas se iban estratificando cada vez
más, con los miembros del partido más leales (o al menos políticamente fiables)
en la cumbre. En algunos países del bloque se requería un alto nivel de
coerción e intimidación para mantener en pie tal sistema.
La preocupación por mantener el control sobre una
Unión Soviética y una Europa oriental arrasadas por la guerra y las lecciones
aprendidas durante las purgas intensificaban el afán de la dirección soviética
por establecer una cultura fija y ordenada. Al mismo tiempo, el temor a
eventuales invasiones extranjeras y el deseo de alcanzar cierto estatus
internacional reforzaban las desigualdades en el interior. Jruschov recordaba
irónicamente la preocupación de Stalin por el menosprecio occidental, cuando decía:
«¿Qué sucederá si [los visitantes extranjeros] no ven rascacielos al pasear por
Moscú? Pueden hacer comparaciones desfavorables con las ciudades
capitalistas».[4]
Así pues, según la visión de posguerra estalinista,
los altos funcionarios debían vivir y trabajar por encima de la gente
corriente, como una aristocracia de servicio de técnicos expertos y arúspices
ideológicos, guiando la máquina estatal hacia un glorioso futuro, si bien se
esperaba combinar la disciplina con el dinamismo. Los gobiernos del bloque
soviético hicieron construir, además de los grandes edificios, grandes plazas
donde realizar enormes desfiles y concentraciones de masas supuestamente entusiasmadas.
Aquellas
concentraciones populares, o de tanta gente como
fuera posible, en complejos festivales y desfiles estatales, recordaban por
supuesto la Francia jacobina; pero las ceremonias de finales de la era
estalinista adquirieron un colorido particularmente soviético. El modelo
original era el mausoleo de Lenin en la Plaza Roja —donde descansaba el cadáver
momificado del gran líder—, que servía como tribuna desde la que los
gobernantes veían pasar y recibían el aplauso de las masas. Bulgaria fue la que
siguió más de cerca el ejemplo soviético, con la construcción del mausoleo de
Dimitrov en 1949 y frente a él la plaza ceremonial del 9 de Septiembre. También
se construyeron tribunas y plazas similares en Budapest, Bucarest y Berlín
Este; solo Praga, relativamente incólume tras la guerra, escapó a la
generosidad de Stalin.[5] Los chinos construyeron por su cuenta, aunque con
ayuda soviética, sus propias ágoras estalinistas, en particular el vasto
espacio frente a la Puerta de la Paz Celestial —lo que ahora es la plaza de
Tiananmen— destruyendo innumerables edificios y muros antiguos.
Pero ¿cómo se podía generar el entusiasmo de las
masas con una jerarquía política tan rígida? Donde era más evidente la
contradicción era en Varsovia, donde la base del enorme Palacio de la Cultura y
la Ciencia servía como podio para los gobernantes durante las concentraciones
de masas. Aquel edificio era muy impopular porque simbolizaba no solo el
dominio ruso sino también el del partido y los privilegios burocráticos, y
difícilmente podría generar emociones positivas entre los obreros que
desfilaban ante él cada 1 de mayo. Durante la década de 1930 Stalin había
afrontado el problema de la movilización de las masas al tiempo que las sometía
a la disciplina, recurriendo como solución al sentimiento patriótico más que a
la pertenencia de clase; y lo mismo trataron de hacer los regímenes
estalinistas, fusionando el nacionalismo local con el comunismo soviético, pero
la tarea era evidentemente muy difícil.
Los gobernantes estalinistas se veían así con un
problema: el desarrollo económico exigía altos niveles de heroísmo y sacrificio
de
los obreros y campesinos, pero el sistema se basaba
en la represión y dura disciplina ejercida por trabajadores de cuello blanco y
funcionarios. El sistema soviético de posguerra parecía así operar, aún más que
la URSS durante la década de 1930, en interés de la «intelligentsia socialista»
más que de los obreros y campesinos. Esto tenía sus ventajas, al atraer a la
esfera del gobierno a personas jóvenes y ambiciosas deseosas de hacer carrera y
de desarrollar su país, pero generaba al mismo tiempo mucha irritación, sobre
todo entre los miembros de la clase media no comunistas. El socialismo que
Stalin exportó a todo su imperio parecía, por tanto, como sus grandes
edificios, monumental, pero tras la impresionante fachada había en él serias
grietas.
El equilibrio entre represión y movilización, así
como el nivel de apoyo, difería empero notablemente de un país a otro. El
régimen más disciplinario y rígido era el de la propia URSS, mientras que en
Europa oriental, en cambio, los partidos comunistas eran más dinámicos al estar
transformando sus sociedades y «construyendo el socialismo» desde cero; pero la
represión, inevitablemente, enojaba a muchos y a los patriarcas cargados de
medallas les resultaba cada vez más difícil ganarse la benevolencia general. A
medida que el esperado dinamismo se iba estancando, el socialismo soviético se
parecía cada vez menos al progreso universal y más al imperialismo ruso. El
modelo tardío de estalinismo era más atractivo en China —cuando todavía formaba
parte del imperio «informal» soviético—, porque se consideraba más eficaz en la
construcción de un estado moderno que el socialismo «guerrillero», más
igualitario, vigente durante la guerra civil; pero también allí aparecieron
pronto abundantes inconvenientes que propiciaban el brusco rechazo del modelo
estalinista.
II
En 1951 cierto Mischenko, de la academia militar
Molotov de la ciudad de Kalinin (antiguamente y ahora de nuevo Tver) informaba
de la notoria pobreza en el centro de la ciudad:
Si los secretarios de los … comités del partido se
dieran un paseo por las calles … verían en casi cada esquina algún mendigo. Da
la impresión de que tienen tomado el centro de Kalinin. En la academia Molotov
estudian ciudadanos de todas las democracias populares; cerca de la oficina de
correos hay un indigente que inevitablemente se acerca a ellos y les pide
limosna. Cuando vuelvan a casa dirán que la ciudad de Kalinin está llena de
mendigos.[6]
Las preocupaciones de Mischenko eran típicas de la
élite del estalinismo tardío. La pobreza y la desigualdad tenían menos
importancia que el estatus internacional y tras la primera guerra mundial
Stalin sacrificó el nivel de vida de los ciudadanos soviéticos a las
necesidades de la paralizante carrera de armamentos de la guerra fría. La Unión
Soviética había salido vencedora en 1945, pero su victoria se podía considerar
pírrica, ya que al final de la guerra había aumentado su desventaja con
respecto a Estados Unidos: con nada menos que un 25 por 100 de su riqueza
destruida y 27 millones de vidas perdidas, afrontaba la reconstrucción de un
país devastado.[7] La escasez de mano de obra era especialmente perjudicial en
el campo y contribuyó —junto con la sequía y las grandes requisas estatales de
grano— a la hambruna de 1946-1947, en la que murieron entre un millón y millón
y medio de personas. Al terminar la guerra el estado soviético apenas era capaz
de poner freno al caos, el desorden, la pobreza y la criminalidad; y al mismo
tiempo afrontaba la tarea, no solo de reconstruir sino de crear un complejo
militar tecnológicamente avanzado prácticamente nuevo. A finales de la década
de 1930 la URSS había superado, o casi, la diferencia tecnológica con Alemania,
pero ahora, a mediados de la década de 1940, cuando Estados Unidos se había
convertido en una potencia nuclear, el desafío era mucho mayor.
La URSS afrontaba todas aquellas tareas en un
momento en que la «preparación ideológica» de la población, como decía la jerga
oficial, se había deteriorado mucho. Las
experiencias durante la guerra de muchos soldados soviéticos representaban un
importante desafío a los valores del régimen. Algunos habían combatido en
unidades guerrilleras, donde se habían acostumbrado a cierto grado de igualdad
y autonomía; y lo que es más importante, millones de soldados habían visto con
sus propios ojos parte de Europa central y estaban en condiciones de cuestionar
la propaganda oficial. Un comisario político, encargado de repatriar ciudadanos
soviéticos que habían buscado protección en la neutral Suecia, informaba:
«Después de ver la vida apacible [en Suecia], algunos de nuestros [ciudadanos]
repatriados sacan la conclusión incorrecta de que Suecia es un país rico y de
que la gente vive muy bien allí».[8] Algunos incluso aseguraban que los habían
tratado mejor como prisioneros de guerra en los campos alemanes que en el
propio Ejército Rojo. Como cabía esperar, Stalin sospechaba que todos los
prisioneros de guerra albergaban sentimientos antisoviéticos y al llegar a casa
muchos de ellos fueron enviados directamente a los campos del Gulag.
Los dirigentes estalinistas, ante el deterioro de
las relaciones con Occidente y el malestar en su propio país, impusieron un
régimen que reforzaba los aspectos más represivos del orden de preguerra,
aunque ahora se enfatizaran más los argumentos patrióticos que los de clase. El
discurso que George Kennan entendió como un ataque a Occidente señaló en la
primavera de 1946 el final del relativo aperturismo durante la guerra. Todo el
país debía movilizarse para reconstruir la economía. Los problemas de escasez
de mano de obra se resolvieron aumentando el nivel de trabajo obligatorio más
allá de lo que ya se había visto antes de la guerra. Alrededor de 4 millones de
estudiantes de entre 14 y 17 años, principalmente del campo, fueron reclutados
por la fuerza para trabajar en las fábricas, donde solo se les retribuía con la
manutención y el alojamiento.[9] Una de las mayores contribuciones era la del
vasto archipiélago de campos de trabajo del Gulag, la mayoría de ellos en la
remota Siberia. El trabajo en las prisiones también había desempeñado un
importante papel económico durante la década de
1930, pero ahora se amplió considerablemente con el antes comisario y ahora
ministro de Asuntos Internos, Lavrenti Beria. El sistema penitenciario, que se
estima que comprendía unos 5 millones de presos en 1947, proporcionaba
alrededor del 20 por 100 de la mano de obra industrial y más del 10 por 100 de
la producción industrial de la URSS;[10] pero la firme creencia de Stalin en la
importancia económica de los campos estaba equivocada: suponían un enorme despilfarro
improductivo, algo inevitable dadas las pésimas condiciones de vida y de
trabajo y el trato despiadado a los prisioneros. Cierto es que, en comparación
con los años treinta, el Gulag estaba ahora organizado más tecnocráticamente,
pero difícilmente se puede considerar una forma racional de dirigir una
economía. Ievgenia Guinzburg, que trabajó en una granja estatal de Siberia
durante la guerra, ilustraba vívidamente en su retrato de Kaldimov, director
del campo, la crueldad extraordinaria a la que daba lugar la combinación de la
tecnocracia con la fe en la jerarquía estalinista. Kaldimov, hijo de
campesinos, se había beneficiado de la movilidad social durante el período de
entreguerras y se había convertido en profesor de materialismo dialéctico antes
de que un embarazoso escándalo familiar le hiciera trasladarse a Siberia. Sin
embargo, a ojos de sus jefes era un buen director:
A juzgar por el cumplimiento del plan, hacía un
buen trabajo dirigiendo aquella granja estatal en la taiga con mano de obra
convicta… Acostumbraba a aplicar criterios basados en la intensidad del trabajo
esclavo, al tener garantizado un rápido reemplazo de los «contingentes». Era
totalmente inconsciente de su propia crueldad… Consideremos por ejemplo su
diálogo con Orlov, nuestro veterinario, tal como lo oyó una de las trabajadoras
encargadas de sacar el estiércol del establo:
—«¿Qué pasa con ese edificio? ¿Por qué lo han
dejado vacío?» — inquirió Kaldimov.
—«Teníamos ahí los toros —respondió Orlov— pero
hemos tenido que llevarlos a otro lugar. El tejado tiene goteras y los aleros
se han congelado, por lo que no es seguro para guardar el ganado. Haremos la
reparación adecuada a su debido tiempo.»
—«No vale la pena gastar dinero en ese montón de
leña vieja. Lo mejor sería utilizarlo como alojamiento para las mujeres.»
—«¿Qué dice usted, camarada director? ¡Pero si
hasta los toros estaban comenzando a caer enfermos!»
—«¡Sí, pero eran toros! ¡Evidentemente, no se puede
poner en peligro a los toros!»
No era una broma ni una ocurrencia, ni siquiera una
burla sádica; era simplemente la profunda convicción de un buen granjero de que
los toros eran la base económica del sovjoz y de que solo por un extraordinario
despiste podía haberlos equiparado Orlov con las prisioneras.
Con su canallesco tesón, su fe en la solidez e
infalibilidad de los dogmas y citas que había aprendido de memoria, Kaldimov se
habría sorprendido, supongo, si alguien le hubiera llamado a la cara déspota o
negrero. La escala de Jacob que llevaba desde los prisioneros en sus más bajos
escalones hasta el Líder Grande y Sabio en lo más alto, con los funcionarios
intermedios como el director de un sovjoz hacia la mitad, le parecía
irreversible y sempiterna. En cada una de sus palabras y de sus gestos podía verse
su firme convicción en la inmutabilidad de este mundo, con su jerarquía y sus
rituales consagrados.[11]
Dada aquella actitud hacia los prisioneros, no es
de sorprender que millones de ellos murieran de hambre y exceso de trabajo. Las
cifras exactas son dudosas y la que se basa en los archivos oficiales —de 2,75
millones durante toda la era estalinista— es probablemente demasiado baja.[12]
Las condiciones en las fábricas ordinarias, aunque
no tan duras, eran muy severas, y los obreros eran mucho más pobres que antes
de la guerra. En septiembre de 1946 subieron los precios y las raciones
disminuyeron. En muchos aspectos al régimen volvía a la estrategia de finales
de los años veinte y primeros treinta, obligando
a los obreros a financiar la industrialización
mediante un bajo nivel de vida, pero con métodos diferentes: ahora se evitaban
los llamamientos populistas a la movilización por temor a socavar el prestigio
de los directivos y aunque se mantenía el estajanovismo, la dirección recurría
en buena medida a la coerción. Los directivos tenían más poderes sobre la mano
de obra que en la década de 1930 y la disciplina en el trabajo era muy dura.
Los obreros ya no podían cambiar libremente de empleo y cualquiera que lo
intentara podía ser castigado por «deserción del puesto de trabajo». Sin
embargo, el sistema era menos draconiano en la práctica de lo que sugería la
legislación. Los directivos no siempre utilizaban todos sus poderes y
procuraban ganarse cierta cooperación de la mano de obra. Además, había muy
poca agitación laboral; aunque a los obreros y campesinos les disgustara sin
duda el orden jerárquico de posguerra, su protesta era sorda y trataban de
eludir los controles trabajando de mala gana o abandonando el puesto de
trabajo.[13] Una carta de queja enviada a Moscú ofrece una impresión de las
duras condiciones y desigualdades en la ciudad de Vodsk:
Desde primera hora de la mañana toda la gente se
esfuerza por encontrar agua, las bombas no funcionan y la tenemos que sacarla
de los registros abiertos en el sistema de conducción donde quiera que estén…
Disponemos de una sola casa de baños que funcione para 50 000 personas… Hay que
hacer una larga cola para acceder a ella y todo por culpa de los condenados
directores de la ciudad…[14]
Como sugiere esa queja, a principios de la década
de 1950 les iba mucho mejor a los jefes. Los esfuerzos de la policía por
controlarlos eran desalentados y proliferaba la corrupción.
A partir de 1946 Stalin lanzó campañas ideológicas
de purificación contra las «desviaciones» entre la «intelligentsia socialista»,
pero más que contra la élite, eran de contenido nacionalista y xenófobo. Las
primeras víctimas de las campañas ideológicas de posguerra fueron dos revistas
literarias —Leningrad y Zvedza («Estrella»)— y dos escritores: la poeta Anna
Ajmatova y el autor de cuentos humorísticos Mijhail Zoschenko. En agosto de
1946 el supervisor ideológico del régimen Andrei
Zhdanov describía a Ajmatova en un importante decreto sobre el patriotismo en
la literatura como «una mezcla de monja y puta… una aristócrata enloquecida que
vaga sin decidirse entre el lupanar y la capilla»; Zoschenko fue denunciado
como «pequeño-burgués vulgar y trivial», que «destilaba veneno antisoviético».
Pero la principal acusación era que tanto ellos como otras figuras literarias,
se habían «ido deslizando hacia la degradación y el servilismo ante la literatura
filistea extranjera».[15] En cualquier caso, fue tras el comienzo de la guerra
fría a principios de 1947 cuando se organizaron campañas patrióticas a gran
escala. En oficinas y despachos se establecieron comisiones de purga, a las que
ahora se dio el nombre claramente retrógrado de «tribunales de honor» (como los
tribunales militares en la era zarista), para «eliminar el servilismo frente a
Occidente».
[16]
Este nuevo chovinismo cultural asoló diversas áreas
de la vida intelectual y afectó en particular a la genética, convertida en coto
particular del notorio pseudobiólogo Trofim Lisenko. Este procedía de una
familia campesina y carecía de formación científica, pero aseguraba que su
conocimiento práctico como campesino compensaba su falta de estudios. Desde
finales de la década de 1920 se había beneficiado de la idea marxista radical
de que los científicos ideológicamente inspirados en «el pueblo» eran superiores
a los especialistas formados académicamente. Su principal invención fue la
«vernalización», consistente en empapar y enfriar el trigo de invierno para que
creciera en primavera. Los resultados fueron muy mediocres, pero Lysenko
aprovechó hábilmente el ambiente político de la época y presentó una
justificación ideológica de su nuevo planteamiento: se podía mejorar el
rendimiento de las plantas mediante el condicionamiento de su entorno, más que
con alteraciones genéticas, doctrina que parecía acomodarse a la idea marxistas
sobre la primacía del medio ambiente sobre la herencia (la genética se juzgaba
asociada a la eugenesia practicada por los nazis). Durante toda la década de
1930 Lisenko llevó a cabo una larga batalla contra
los genetistas de la Academia de Ciencias, pero no disponía de un apoyo
político seguro; Stalin no estaba dispuesto todavía a poner en peligro el
desarrollo económico subordinando la investigación científica a la especulación
marxista. Sin embargo, en el verano de 1948, en plena crisis de Berlín, parecía
más dispuesto a sacrificar la ciencia al patriotismo. En aquel momento
pretendía establecer una clara diferencia entre una ciencia soviética
«progresista» y una ciencia burguesa «reaccionaria»,[17] a raíz de lo cual el
lisenkismo se convirtió en la nueva ortodoxia, arruinando la biología soviética
durante dos décadas.
Stalin se mostró, en cambio, mucho más prudente en
cuanto al sometimiento de la física a fraudes ideológicos similares, porque no
quería arriesgar el proyecto atómico nuclear. Aun así, la ciencia se fue
vinculando cada vez más con el orgullo nacional. La Gran Enciclopedia Soviética
informaba a sus lectores que el primer aeroplano lo había construido Aleksandr
Mozhaiski y no los hermanos Wright, el teléfono lo había inventado Grigori
Ignatiev, la radio A. S. Popov, la penicilina V. A. Manassein y A. G. Polotebnov,
y la bombilla eléctrica P. N. Iablochkov y A. N. Lodygin.
Stalin y sus propagandistas empezaban así a
recolectar los primeros frutos del nacionalismo que habían plantado algún
tiempo antes, a mediados de la década de 1930. No era nacionalismo ruso puro y
simple, sino una amalgama ruso-soviética que pretendía integrar todas las
nacionalidades oficiales soviéticas en una única totalidad armoniosa; pero el
componente ruso de la mezcla creció mucho después de la guerra y en un aspecto
se parecía considerablemente al nacionalismo de estado del zar Nicolás II: en
su antisemitismo.
Los judíos no habían sido maltratados como grupo
étnico por el régimen soviético antes de la primera guerra mundial ni
constituyeron un blanco especial de la Gran Purga de 1936-1938. De hecho, como
hemos visto, constituían uno de los pueblos más procomunistas de la URSS y del
mundo. Como grupo urbano con un
alto nivel de formación, también estaban
sobrerrepresentados en los escalones más altos de la vida profesional y
cultural. Sin embargo, Stalin manifestó frecuentemente sus prejuicios sobre
muchos grupos étnicos, incluidos los judíos. Jruschov, que no era precisamente
un modelo de corrección política, hablaba de su «actitud hostil hacia el pueblo
judío», recordando cómo imitaba su acento «de la misma forma que lo hacen los
reaccionarios de cabeza hueca que desprecian a los judíos»;[18] pero no se
trataba de un racismo ideológico al estilo nazi. Había judíos entre sus
colaboradores más estrechos (y no toleraba prejuicios antijudíos cuando podía
estar cerca el judío Kaganovich). Según dijo en 1931, el antisemitismo era «una
forma extrema de chovinismo racial… que cabía emparentar con el antiguo
canibalismo»;[19] durante la guerra la dirección soviética creó el Comité Judío
Antifascista, una organización de estilo frentepopulista presidida por Solomon
Mijoels destinada a recabar en todo el mundo el apoyo judío al esfuerzo de
guerra soviético. Aun así, la guerra tensó las relaciones entre los judíos y
las nacionalidades eslavas y el sufrimiento de los judíos a manos de los nazis
—y sus colaboradores— intensificó su sentido étnico diferenciado, al tiempo que
la resurrección del mensaje nacionalista ruso alentaba el antisemitismo
popular.[20]
Al principio la dirección soviética no hizo más que
consentir ese antisemitismo tradicional, pero Stalin tomó medidas más duras
cuando entró de por medio la política internacional. La URSS había apoyado la
fundación de Israel en 1948, ya que los sionistas, después de todo, eran
socialistas y muchos de ellos habían nacido en el imperio ruso; Stalin esperaba
que Israel se convirtiera en una cabeza de puente para la influencia soviética
en Oriente Medio; pero también le preocupaba que pudiera restarle la lealtad de
los judíos soviéticos. La llegada a Moscú como primera embajadora israelí en la
URSS de Golda Meyerson (más tarde Meir) —nacida en Kiev pero educada en
Milwaukee, Wisconsin, a tres horas de automóvil de Mosinee— provocó una
preocupación particular debido a las manifestaciones espontáneas de apoyo; y
cuando en 1949 quedó
claro que Israel se había situado en la órbita
estadounidense, los judíos soviéticos se transformaron, de la noche a la
mañana, en quintacolumnistas potenciales, viéndose discriminados e incluso
reprimidos. Como los soviéticos de origen alemán, polaco o coreano a finales de
la década de 1930, eran considerados transmisores de la influencia extranjera,
en este caso israelí, y por tanto estadounidense. Según Stalin, «los
nacionalistas judíos creen que su pueblo se ha salvado gracias a Estados Unidos
(allí se pueden hacer ricos, burgueses, etc.)».[21]
Muchos cayeron víctimas de aquella caza de brujas.
El Comité Antifascista fue clausurado y Mijoels asesinado por la policía
secreta; cuando se reestrenó la película Circo se censuraron los versos de la
nana en yiddish que cantaba. Los judíos que reivindicaban la cultura yiddish
eran ahora «nacionalistas burgueses» y los más asimilados «cosmopolitas
desarraigados». Se descubrieron varias «conspiraciones» y se detuvo a varias
figuras destacadas, entre ellas la mujer de Molotov, que era judía; muchos más
perdieron su empleo o no pudieron continuar sus estudios. Lo más amenazador
para los judíos soviéticos fue el «descubrimiento» de un supuesto complot de un
«grupo de espionaje formado por médicos asesinos». Aquellos «monstruos con
forma humana» — todos ellos judíos— habían supuestamente asesinado a varios
líderes soviéticos, incluido Zhdanov (que había muerto de un ataque al corazón
en 1948). La «conspiración de los médicos» se hizo pública a principios de
1953, pocos meses antes de la muerte de Stalin; por suerte para los judíos
soviéticos, la campaña antisemita no le sobrevivió.
Algunos juzgaron aquellos acontecimientos como una
reproducción de las purgas de los años treinta, pero si bien tenían puntos en
común con limpiezas étnicas del período anterior, eran muy diferentes de la
represión basada en la «lucha de clases». El enemigo que había que batir era
mucho más circunscrito y había muchas menos víctimas, y por otra parte el
mensaje que se difundía ahora era el de la unidad patriótica, no el
enfrentamiento entre
clases. Aquellas purgas no amenazaban por tanto a
la gran mayoría de los jefes del partido, técnicos expertos y otras élites
anteriormente sospechosas; Stalin había aprendido las lecciones del terror de
la década de 1930: nunca volvería a permitir las «críticas desde abajo» ni a
tratar de movilizar a la población con campañas de purificación ideológica. La
zanahoria de los salarios desiguales y el garrote de los directivos iban
sustituyendo a los llamamientos al heroísmo obrero.
El nuevo equilibrio de poder entre dirigentes y
masas se reflejaba en el continuo aburguesamiento de la cultura. La pintura se
entretenía amorosamente en elaboradas pantallas y cortinas y el rosa suave
sustituía al rojo como color dominante. Los héroes de las novelas no eran ya
azotes puritanos de la burocracia, sino pragmáticos francos pero relajados. Si
la aparición de un piano en una novela de los años veinte era una señal
inequívoca de que su propietario era un enemigo de clase, en los cuarenta y cincuenta
el piano volvía a ser apreciado como signo de cultura y educación. Hasta
«Pasha» Anguelina, la famosa tractorista estajanovista de la década de 1930,
había volcado su anterior entusiasmo por el cultivo del trigo en el cultivo del
virtuosismo pianístico de sus hijas. En 1948 escribió un artículo para una
revista en el que contaba que su hija más pequeña, a la que llamaban
deliciosamente Stalinka, quería seguir los pasos de su hermana:
«Mamá, mamá, cuando crezca como Svetlana, ¿yo
también tocaré el piano?» «Por supuesto que lo harás.» Oía a Stalinka excitada
y feliz. Mi infancia fue muy diferente: ni siquiera podía pensar en la
música.[22]
Sería equivocado entender el estalinismo tardío
como una restauración del Antiguo Régimen zarista protagonizada por una nueva
clase dirigente; era una sociedad mucho más moderna — integrada, socialmente
fluida y preocupada por el bienestar— que la Rusia zarista; pero después de la
guerra Stalin fue mucho más allá que otros dirigentes comunistas en el abandono
de los restos de igualitarismo radical y el afianzamiento de la jerarquización,
apuntalado por los aderezos y símbolos del Antiguo
Régimen; era aquel modelo el que se exportaba, al menos en principio, a todo el
imperio soviético y su esfera de influencia. Sin embargo, las circunstancias en
Europa oriental eran bastante diferentes. Los comunistas de Europa oriental
estaban creando un sistema político y social totalmente nuevo e inevitablemente
aplicaban una política más revolucionaria, que suscitaba mucha oposición pero
también cierto entusiasmo por el nuevo orden, al menos durante un tiempo.
III
La novela Žert («La broma») del escritor checo
Milan Kundera — publicada en 1967— narra la historia de Ludvik, un estudiante
brillante y popular, cuya vida se ve arruinada por un una leve falta durante el
período estalinista en Checoslovaquia. Ludvik es miembro convencido del
partido, un verdadero creyente, aunque sus motivos sean diversos:
La embriaguez que experimentábamos se conoce
habitualmente como embriaguez del poder, pero (con un poco de buena voluntad)
podría elegir palabras menos severas: estábamos embrujados por la historia y
ebrios con la idea de saltar sobre su espalda y sentirla bajo nosotros; cierto
es que en la mayoría de los casos el resultado era una desagradable ansia de
poder, pero (como todos los asuntos humanos son ambiguos) había también (y
especialmente quizá entre nosotros, los más jóvenes) una ilusión totalmente idealista
de que estábamos inaugurando una época en la que el hombre (todos los hombres)
dejaría de estar fuera de la historia o bajo su bota, y que por el contrario la
crearía y dirigiría.[23]
Pero lejos de convertirse en amo de la historia,
Ludvik se convierte en su víctima cuando se abre una «diminuta grieta… entre la
persona que antes había sido y la que (siguiendo el espíritu de los tiempos)
debía y trataba de ser».[24] Aunque en las reuniones del partido se comporte de
forma seria y responsable, adopta una personalidad burlona y algo cínica cuando
flirtea con su compañera
de universidad, Marketa, que es un tipo muy
diferente de auténtico creyente, una entusiasta nada sofisticada y carente de
humor que durante unas vacaciones le envía una postal alabando la «saludable
atmósfera» de ejercicios, discusiones y canciones que la rodea. Molesto porque
Marketa prefiera la compañía del partido a la suya, Ludvik le envía una
respuesta en broma: «¡El optimismo es el opio del pueblo! ¡Una atmósfera
saludable hiede a estupidez! ¡Viva Trotski! Ludvik». Pero para el partido esas
palabras no son ninguna broma y es denunciado como trotskista cínico, cuya
actitud nihilista sabotea el socialismo. Expulsado del partido y de la
universidad, lo envían a una brigada de trabajo en las minas. En un primer
momento trata de rehabilitarse, pero al final cae en un acerbo desprecio por el
nacionalismo superficial y folclórico que difunde ahora el partido. La amargura
que lo domina sienta las bases para otra serie de bromas desastrosas.
La novela de Kundera se basaba vagamente en su
propia experiencia. Hijo de un famoso pianista, se incorporó al partido en
1948, con diecinueve años, como un verdadero creyente —incluso se le ha acusado
de informar sobre un espía occidental—, pero fue expulsado en 1950 por un
comentario políticamente incorrecto. Estaba por tanto situado en el lugar ideal
para captar el ambiente entre la juventud universitaria durante los años
revolucionarios de principios de la década de 1950, ya que mientras que la vieja
generación de líderes frentepopulistas se adecuaba a la línea de Moscú o sufría
purgas y farsas judiciales, entraba en escena un grupo más joven de comunistas
entusiastas. Esto era típico en parte del giro a la izquierda en muchos países
entre la juventud antinazi de posguerra, tanto en la Europa oriental como en la
occidental; pero la situación de su país, fronterizo con una Europa occidental
más afortunada, también explica sus decisiones. El modelo estalinista podría
ser atractivo para la gente joven e instruida de Europa central porque,
cualesquiera que fueran sus defectos, parecía ofrecer una receta para ponerse
al día. Los condes y generales conservadores y los profesionales liberales que
habían
gobernado la mayor parte de la región durante el
período de entreguerras habían tenido muy poco éxito en mejorar su economía.
Tras los desastres de aquel período, en el que los países de la región, pobres,
débiles y divididos, quedaron a merced de la agresiva Alemania nazi, la pérdida
de libertad parecía, para algunos, un precio que valía la pena pagar por el
desarrollo y la protección soviética.
Además, el comunismo prometía educación gratuita y
la ampliación del estado, creando un gran número de puestos para profesionales,
precisamente lo que los miembros más ambiciosos de la clase media pretendían
tras las privaciones de la Depresión y la guerra. Cierto es que algunos de
ellos sufrieron discriminación bajo el estalinismo tardío, cuando se aplicaron
cuotas de clase en la enseñanza —el autor teatral y futuro disidente y
presidente de la República Checa Václav Havel fue una de las víctimas de esa discriminación—;
pero otros sufrieron deportaciones y otras persecuciones más graves: en 1951,
por ejemplo, miles de burgueses fueron deportados de Budapest para dejar
espacio a los obreros de las nuevas plantas industriales.[25] Pero el
estalinismo maduro nunca permitió que la lucha de clases amenazara la
productividad económica. La gente con formación especializada mantuvo en
general su elevado estatus, con tal de no oponerse activamente al régimen; y
excepto en Polonia (donde más del 70 por 100 de la clase profesional y
empresarial había muerto durante la guerra) y en Alemania oriental (donde
muchos huyeron a la occidental), las viejas clases medias tuvieron un notable
éxito en cuanto a mantener su posición dominante. En Checoslovaquia la
discriminación antiburguesa fue relativamente leve. En Hungría fue algo más
intensa, pero en 1956 entre el 60 y el 70 por 100 de los profesionales
provenían de las viejas clases media y alta. El régimen, ansioso de cubrir los
empleos técnicos, hacía a menudo la vista gorda a la adulteración de las
biografías. A una chica, excluida de la enseñanza secundaria tras haber sido
clasificada como miembro de la capa más peligrosa de la burguesía —la «clase
x»,
como se denominaba informalmente— se le dijo que si
trabajaba como jornalera durante un tiempo podía compensar su origen de clase y
volver al instituto.[26]
En El pensamiento cautivo, el disidente polaco
Czesław Miłosz analizaba las diversas razones de los intelectuales para esa
colaboración con el régimen: la sensación de que la historia estaba de parte
del comunismo, un compromiso moral con el desarrollo nacional y la
autopromoción. Describía así, por ejemplo, la actitud de «Alfa», un escritor
muy conocido:
Alfa no culpaba a los rusos. ¿De qué iba a servir?
Eran la fuerza de la historia. Los comunistas combatían a los fascistas, y los
polacos, con su código ético basado únicamente en la lealtad, habían conseguido
introducirse entre esas dos fuerzas … Un moralista actual —razonaba Alfa— debía
dirigir su atención a los objetivos y resultados sociales … El país estaba
arrasado. El nuevo gobierno se volcó enérgicamente en la reconstrucción,
poniendo en funcionamiento minas y fábricas y dividiendo los latifundios entre
los campesinos. El escritor afrontaba nuevas responsabilidades. Sus libros eran
ávidamente esperados por un hormiguero humano, sacudido de su letargo y agitado
por el gran garrote de la guerra y las reformas sociales. No es, pues, de
extrañar que Alfa, como la mayoría de sus colegas, declarara inmediatamente su
deseo de servir a la nueva Polonia que resurgía de sus cenizas.[27]
Así pues, para gente como Alfa y Marketa el régimen
parecía anunciar, no solo la modernidad, sino también una nueva moralidad. El
modelo social estalinista valoraba por encima de todo el trabajo solidario. El
centro de la vida debía ser la producción, y no el consumo egoísta; y como para
demostrarlo, el número de tiendas disminuyó y los anuncios prácticamente
desaparecieron; las propias tiendas se convirtieron en escaparates del régimen.
En las de la Avenida Marszałowska en Varsovia se podía ver en 1952 una enorme
escultura narrativa que recordaba a los heroicos obreros que habían construido
el complejo; no había en cambio ninguna representación de los productos que se
vendían en ellas.[28] La producción también se situaba en el centro de las
grandes nuevas ciudades socialistas de la época, como Nowa Huta junto a
Cracovia en Polonia o Sztálinváros (actualmente Dunaújváros) en el centro de
Hungría, ambas dotadas de enormes acerías.[29] En
esta última toda la ciudad se dispuso en torno a los polos gemelos del poder
político y productivo: en un extremo de la calle principal estaba la sede del
partido y el ayuntamiento, y en el otro la gran acería. El ideal de la gran
fábrica colectivista se llevó también al campo mediante la colectivización.
Como en la URSS, aquellas campañas se vieron acompañadas por la represión de
los kulaki y fueron también muy impopulares entre los campesinos propietarios de
tierras, ahora integrados en granjas colectivas y obligados a proporcionar más
alimentos al estado por un precio más bajo.
De hecho, pese a su valoración como «propietarios»
del estado, los obreros y campesinos solían ser los grupos más desilusionados
con el comunismo, ya que eran ellos quienes desde 1949 en adelante llevaban el
mayor peso de la «revolución desde arriba» emprendida en Europa oriental, una
revolución aún más rápida y radical que la de la URSS durante la década de 1930
y que probablemente redujo aún más que esta el nivel de vida del conjunto de la
población (aunque la renta per cápita fuera más alta). Excepto en Checoslovaquia,
más desarrollada, la inversión en el plan industrial se situaba entre el 20 y
el 27 por 100 de la renta nacional, cuando antes estaba comprendida entre el 9
y el 10 por 100.[30] Los bienes de consumo ya no eran una prioridad y la
colectivización en el campo contribuyó a la escasez de alimentos.
Para los dirigentes comunistas aquel sufrimiento
era el precio inevitable del desarrollo; sin ayuda extranjera no había otra
alternativa que reducir el consumo para financiar la inversión. El jefe de la
Oficina de Seguridad del Estado polaco, Jakub Berman, explicaba:
Teníamos que verlo con realismo y tenerlo todo en
cuenta para resolver el rompecabezas de si construir a costa del consumo, lo
que podía conllevar el riesgo de agitación social como de hecho sucedió en
1956, o no construir y resignarnos a una situación sin perspectiva, sin
futuro.[31]
Otros, en cambio, no aceptaban el razonamiento de
Berman. Para los críticos, los planes quinquenales eran pura y simplemente
proyectos imperialistas, destinados a extraer
recursos para el esfuerzo militar soviético. Las enormes sumas impuestas por la
URSS como reparaciones de guerra reforzaban esa opinión: entre 14 000 y 20 000
millones de dólares (así pues, posiblemente más que los 16 000 millones
concedidos por Estados Unidos a Europa occidental con el Plan Marshall).[32] La
mayor parte de esas reparaciones de guerra provenía de Alemania oriental, pero
todas las economías de los países satélites se vieron afectadas. El llamado Consejo
de Ayuda Mutua Económica (CAME), fundado en enero de 1949, estaba también
diseñado de tal forma que la cooperación económica primaba los intereses
soviéticos.
La percepción de que la URSS se comportaba como una
potencia imperialista, sangrando económicamente a sus colonias en Europa
oriental, dañó considerablemente a los partidos comunistas de la región. El
comunismo había tenido más éxito allí donde podía combinarse con el
nacionalismo local y los regímenes estalinistas trataron de presentarse como
autóctonos; pero sus intentos de envolverse en los colores nacionales eran a
menudo poco convincentes y pronto, como mostraba Kundera, hasta en los
comunistas más leales creció un amargo resentimiento hacia los rusos. Como
escribió Czesław Miłosz, muchos intelectuales albergaban en privado «un
desprecio sin límites hacia Rusia como un país bárbaro». Su actitud era:
«socialismo, sí; Rusia, no».[33] Como Béla Kun en 1919, creían que Europa
oriental era mucho más capaz de alcanzar el socialismo que Rusia, porque estaba
más civilizada y sus habitantes eran más inteligentes y estaban mejor
organizados; pero como no podían decirlo abiertamente, alababan hipócritamente
a cada paso la literatura, las canciones y los actores rusos.
Los estrictos controles políticos podían ser
especialmente desagradables y humillantes para las élites comunistas del este
de Europa. Las farsas judiciales y las purgas se dirigieron inicialmente contra
los rivales anticomunistas: el caso más notorio fue el juicio en 1947 del
dirigente del partido agrario búlgaro Nikola Petkov, cuya
«confesión» tuvo que ser publicada póstumamente
porque se negó a cooperar ante el tribunal. Pero la defección del yugoslavo
Tito del bloque soviético en 1948 desencadenó una oleada de represión y farsas
judiciales contra miembros de los propios partidos comunistas. El delito de
lesa majestad de Tito era un serio desafío al control soviético y existía una
posibilidad real de que se reprodujera en otros países. Wolfgang Leonhard, por
ejemplo, escapó de Berlín a Belgrado tras un severo ataque de «dolor de tripa
político», como lo llamó él mismo. Decidió que el comunismo estalinista, con
sus tiendas y viviendas especiales para los miembros del partido, era
insoportablemente hipócrita.[34]
Moscú respondió desencadenando agresivas campañas
para erradicar las potenciales influencias «titistas» en todos los partidos
comunistas de Europa oriental. Los comunistas que no habían pasado algún tiempo
en el exilio en Moscú eran los que corrían mayor riesgo. Se enviaron a los
estados satélites expertos del MGB[*] en el montaje de farsas judiciales para
impartir su experiencia en la represión. Los juicios y purgas de supuestos
titistas fueron particularmente intensos en los países limítrofes con Yugoslavia:
Hungría, Bulgaria, Rumanía y Albania. En Polonia fue acusado también de titismo
en 1951 Władisław Gomułka, porque había objetado la extrema centralización de
la Comintern y había propuesto una vía nacional al socialismo, pero la cosa no
llegó en su caso a la ejecución.
Junto con el antitismo, los expertos del MGB
llevaron consigo la variante soviética del antisemitismo, y varios regímenes de
Europa oriental se sentían aliviados por el apoyo popular que podían obtener al
señalar como chivos expiatorios a los comunistas judíos: las campañas
antisemitas fueron especialmente intensas en Polonia, Alemania oriental,
Rumanía y Checoslovaquia. En esta última el secretario general del partido,
Rudolf Slánský, fue acusado a la vez de trotskismo, titismo y sionismo. Su
juicio en noviembre de 1952 fue meticulosamente preparado y de hecho se realizó
un
ensayo con trajes y todo para el caso en que alguno
de los acusados se retractara de su confesión.[35][a3]
La represión era, no obstante, difícil de dirigir y
controlar. Como en 1936-1938, Moscú estaba interesado en las biografías
políticas y ordenó a los partidos de Europa oriental que investigaran el pasado
de los comunistas susceptibles de pasarse al titismo o que habían tenido algún
vínculo con Occidente; pero el resultado de tales investigaciones podía ser
reconfigurado en el propio país por quienes querían ajustar cuentas personales
o favorecer a sus amigos, como había sucedido durante la Gran Purga de 1936-1938.
En Europa oriental las purgas tenían por tanto una lógica propia, pero también
parecían impredecibles y arbitrarias, creando confusión y miedo. En la
República Democrática Alemana, por ejemplo, varios comunistas cayeron bajo
sospecha porque se habían exiliado a Occidente durante el período nazi; quizá —
argumentaban sus acusadores— habían sido «convertidos» por espías occidentales.
Los prisioneros en campos de concentración fueron también investigados; algunos
fueron acusados de cobardía y otros de temeridad; y era en ese tipo de casos en
los que la política local podría desempeñar un papel. Erich Honecker, el futuro
secretario general del SED y presidente del Consejo de Estado de la RDA,
recibió una reprimenda del partido por escapar de una prisión nazi sin el
permiso del partido, aunque sin mayores consecuencias; Franz Dahlem, en cambio,
un serio rival de Walter Ulbricht, se vio despojado de todos sus cargos y
amenazado con un juicio tras ser acusado de haber tratado de impedir un
levantamiento en el campo de concentración de Mauthausen.[36] En Albania y
Rumanía Enver Hoxha y Gheorghe Gheorghiu-Dej aprovecharon la oportunidad que
les brindaba Stalin para reforzar sus propias redes clientelares a expensas de
los comunistas locales leales a «Moscú».
Los gobernantes comunistas del este de Europa veían
así cumplido su deseo. Stalin había renunciado a la política frentepopulista,
los había llevado al poder y les había permitido emprender una sovietización
plena; pero tuvieron que pagar un alto
precio. Tenían un considerable poder sobre su
propio país, pero este derivaba en último término de Moscú; era, como comentó
Gomułka, «un brillo reflejado, una luz prestada».[37] Comprobaron incluso que
debían modificar su vida cotidiana para sincronizarla con la excéntrica rutina
diaria de Stalin. Jakub Berman recordaba que tenía que ir a trabajar a las 8 de
la mañana, regresar a casa a mediodía para comer con su mujer y su hija entre
las 3 y las 4 de la tarde, y luego volver al Comité Central para proseguir su
trabajo hasta medianoche o la 1 de la madrugada, ya que Stalin permanecía en su
despacho hasta muy tarde y sus subordinados tenían que estar en su puesto por
si se le ocurría telefonearles. Todos los altos funcionarios tenían que seguir
el mismo horario.[38]
En Moscú los dirigentes de los partidos de Europa
oriental eran tratados como subordinados en una corte imperial más que como
Jefes de Estado por propio derecho. Una de las experiencias más incómodas era
la invitación a cenar en la dacha de Stalin en Kuntsevo, cerca de Moscú.
Aquellas veladas duraban toda la noche y los invitados principales a menudo
comprobaban que eran ellos el entretenimiento esperado. Según uno de ellos,
Stalin trataba de emborracharlos para sonsacarles sus secretos. También los sometía
a bromas prácticas, por ejemplo haciendo que colocaran tomates maduros sobre
sus sillas, de forma que «cuando la víctima se sentaba encima todos estallaban
en carcajadas».[39] En cierta ocasión Beria escribió la palabra «gilipollas» en
un trozo de papel y se lo pegó al abrigo de Jruschov;[40] cuando, a punto de
despedirse, se puso el abrigo, se desató la hilaridad; Jruschov, crispado,
parecía menos divertido. Durante aquellas largas veladas también se proyectaban
películas y se bailaba. Berman, que mantuvo su puesto al frente del servicio de
seguridad polaco pese a ser judío, las juzgaba con indulgencia y le parecían
incluso útiles:
Berman: «Una vez, creo que fue en 1948, tuve que
bailar con Molotov» [ríe].
Entrevistador: «¿Quiere usted decir con la señora
Molotova?».
Berman: «No, ella no estaba allí, estaba en un
campo de trabajo. Bailé
con Molotov; debió de ser un vals, o en cualquier
caso algo muy simple,
porque yo no sé bailar en absoluto, así que lo
único que hacía era mover
los pies siguiendo el ritmo».
Entrevistador: «¿Como mujer?».
Berman: «Sí, Molotov me llevaba; yo no habría
sabido cómo hacerlo. De hecho, él no era un mal bailarín. Yo trataba de
seguirle el paso, pero lo que yo hacía se parecía más a una payasada que a un
baile». Entrevistador: «¿Y qué hacía Stalin, con quién bailaba?».
Berman: «Oh, no, Stalin no bailaba; él se ocupaba
de poner discos en el
gramófono, considerándolo su deber como anfitrión.
Nunca lo dejaba.
Solo ponía discos y observaba…».
Entrevistador: «¿Así que se divertían ustedes?».
Berman: «Sí, era divertido, pero con cierta
tensión».
Entrevistador: «¿Se divertían realmente?».
Berman: «Bueno, Stalin sí que se divertía. Para
nosotros aquellas sesiones de baile eran una buena oportunidad para susurrarnos
cosas que no se podían decir en voz alta. Así fue como Molotov me advirtió de
la infiltración de varias organizaciones hostiles».[41]
No todos los comunistas eran tan tolerantes como
Berman. La viuda del ministro checo Rudolf Margolius, ejecutado junto a
Slánský, recordaba: «Nuestra vida, llena de inseguridad, se hacía
desesperadamente penosa». El presidente checoslovaco Klement Gottwald se dio
incluso a la bebida pretendiendo ahogar su mala conciencia, por lo menos así
decían las murmuraciones.[42] Cuando se hizo evidente la realidad del orden
estalinista tardío, muchos antiguos entusiastas se desilusionaron.
IV
La guerra fría y el comportamiento de los
soviéticos en Europa oriental también perjudicaron a los partidos comunistas de
Europa occidental. Estos seguían siendo una fuerza importante tan solo en tres
países: Francia, Italia y, en menor medida, Finlandia. Establecieron una triple
alianza de obreros industriales, intelectuales
y un campesinado tradicional decidido a no ser
absorbido por el mercado libre.[43] En otros lugares no se daban esas
condiciones y los partidos comunistas pronto quedaron reducidos a pequeños
grupos testimoniales, especialmente en el norte de Europa, donde los
socialdemócratas tenían mucha fuerza.
Los partidos francés e italiano —los mayores de
Europa occidental— también sufrieron cierta pérdida de militantes a partir de
1948. En Francia el número de afiliados cayó de unos 800 000 a menos de la
mitad entre 1952 y 1972; aun así, el PCF se beneficiaba de su estatus
«marginal», desde el que era capaz de desafiar a la clase política parisiense;
en las elecciones de 1951 obtuvo el 26,6 por 100 de los votos y en 1956 el 55
por 100 de los obreros de París le dieron su voto.[44] El estalinismo tardío en
la URSS no le perjudicó mucho, ya que su antiintelectualismo, su
conservadurismo social, su estricta disciplina y su visión maniquea del mundo
eran muy próximas a las del propio Stalin. Se dedicó a crear una contracultura
libre de la influencia de Estados Unidos y del consumismo. Su moralidad era
estricta y puritana y politizaba cada aspecto de la vida. Para los miembros del
partido, este seguía siendo el centro de una intensa implicación emocional. La
escritora Domenique Desanti encontraba la vida en el partido absorbente; ella y
sus camaradas se sentían casi totalmente aislados del mundo exterior.[45] El
partido tenía su propia sociedad paralela: sus organizaciones juveniles y de
deporte, sus campos de vacaciones para niños, etc., con el fin de mantener permanentemente
en el redil a sus miembros.
Pese a su cultura cerrada y dogmática el partido
tenía apoyos más allá de la propia militancia. Algunos de los intelectuales
franceses más famosos se convirtieron en simpatizantes o compañeros de viaje,
incluyendo paradójicamente a existencialistas como Jean-Paul Sartre cuya
filosofía exaltaba la responsabilidad individual. Había varias razones para
esta aparente contradicción. La resistencia de los comunistas durante la guerra
había sido muy importante, como lo era su influencia entre el virtuoso proletariado
y
curiosamente su antiintelectualismo.[46] Su fobia a
Estados Unidos y el rechazo de la Coca-Cola y otros antojos de la nueva cultura
consumista también ocupaban un lugar destacado; pero lo más importante era el
antiimperialismo. El estado Francés, apoyado por Estados Unidos, estaba
luchando contra los nacionalistas en Vietnam, y el PCF era la única fuerza
interna que se oponía a aquella guerra. Fue aquella cuestión la que más
contribuyó a acercar a Sartre al Partido Comunista entre 1952 y 1956; experimentó
una «conversión» y creció en él el «odio» a la burguesía.[47] El estalinismo
tardío se beneficiaba, paradójicamente, del odio al imperialismo occidental; la
indignación moral se transfería de las desigualdades en su propio país a las
desigualdades en el extranjero. Como iba a escribir más tarde el propio Sartre
en un prefacio a la polémica obra antiimperialista de Franz Fanon Les damnés de
la terre, Europa era un «continente gordo y pálido», y el Tercer Mundo era el
futuro.[48]
En definitiva, la izquierda progresista estaba a
menudo dispuesta a ignorar la represión en el bloque oriental en la lucha
contra lo que percibía como una represión más brutal en el Tercer Mundo. El
caso más notorio fue la controversia sobre las memorias de Viktor Kravchenko,
Yo elegí la libertad, con su detallado informe sobre las purgas y el Gulag.
Cuando fueron publicadas en francés, la revista dirigida por Louis Aragon Les
Lettres Françaises acusó a Kravchenko de formar parte de una conspiración de la
CIA para desacreditar a la URSS. Kravchenko presentó una querella en 1948 y un
cúmulo de intelectuales no comunistas se pronunciaron en defensa del PCF y de
la URSS. Aunque Kravchenko ganó el juicio, los daños para el PCF fueron escasos
y se atribuyó la victoria moral, manteniendo su servil línea prosoviética[49] y
defendiendo a Lisenko, el realismo socialista y el chovinismo ruso. El SKP
finlandés era muy parecido. Tras su derrota en las elecciones de 1948, en las
que «solo» obtuvo el 20 por 100 de los votos, se retiró a su propio mundo,
fomentando una cultura política obrerista. Siguió obteniendo notables éxitos en
las elecciones parlamentarias, llegando en 1958
al 23,3 por 100 de los votos, con lo que su grupo
parlamentario se convirtió en el mayor del Eduskunta.[50]
Pero si los dirigentes franceses y finlandeses se
adaptaron sin dificultad al cambio de línea de Moscú, sus camaradas italianos
estaban mucho menos satisfechos con él. La vieja estrategia de alianzas
interclasistas de Palmiro Togliatti era ahora anatema y se vio obligado a
inclinarse ante el Kremlin, temiendo quedar marginado por su rival Pietro
Secchia, más ortodoxo. Seguía siendo el dirigente máximo del partido, pero el
estalinismo estaba en ascenso en la organización y en sus despachos se podían
ver muchos más retratos de Stalin que de Gramsci.[51] Sin embargo, en muchos
aspectos el planteamiento maniqueo de la política desde la Cominform se
adecuaba a la época. La Iglesia Católica, la Democrazia Cristiana y la
organización «civil» Azione Cattolica se convirtieron en el centro de la
oposición militante al comunismo, y en julio de 1949 el papa Pío XII excomulgó
a todos los comunistas. La iglesia seguía presentando las elecciones como una
opción entre «Cristo y el Anticristo» más que entre partidos políticos
convencionales, y los comunistas temían a su vez el surgimiento de un régimen
fascista católico parecido al de Franco en España.[52] Comunistas y católicos
se enfrentaban, pues, como rivales antagónicos en mundos sociopolíticos
cerrados y excluyentes;[53] en aquel ambiente de confrontación quizá no era tan
sorprendente la gran popularidad de Stalin.
Así pues, los dos mayores partidos comunistas de
Occidente sobrevivieron a la crisis de 1947-1948 como importantes fuerzas
políticas. Perdieron apoyo, pero la política estaba lo bastante polarizada como
para mantenerlos firmes en sus respectivos búnqueres. La visión estalinista del
mundo dividido en «dos campos» enfrentados todavía tenía sentido para muchos,
aunque su comportamiento hiciera más difícil admirar a la URSS. Entretanto, en
el otro extremo de la esfera de influencia soviética, en China, a los comunistas
también le resultaba difícil de tragar la altivez de la realpolitik soviética;
pero allí el modelo soviético era mucho más
atractivo porque prometía una alternativa al
«retraso», la división y la ocupación extranjera.
V
En diciembre de 1949 Mao subió a un tren en el que
iba a hacer su primer viaje al extranjero. Su destino era Moscú. El viaje, que
duró diez días, se mantuvo en secreto hasta su llegada guardando la seguridad
más estricta. El tren iba escoltado por otros dos, ocupados enteramente por
soldados, delante y detrás; también se apostaron guardias a lo largo de todo el
camino. Mao iba acompañado tan solo por una pequeña delegación y llevaba
consigo una variada selección de regalos para Stalin, desde coles blancas y
rábanos de Shandong hasta bordados y cojines de Hunan; no sabemos si Stalin
llegó a comer y le gustaron o no las coles.[54]
El nuevo dirigente supremo de China, que acababa de
cumplir cincuenta y seis años, se iba a reunir por primera vez con el gran
vozhd del comunismo mundial con ocasión de su septuagésimo cumpleaños. Mao
esperaba obtener ayuda, reconocimiento y un nuevo tratado chino-soviético que
sustituyera al firmado con Chiang Kaishek, aprobado por estadounidenses y
británicos en Yalta en 1945. Pero a pesar de su importancia aquel viaje no se
ajustó a las relaciones públicas habituales en las actuales visitas de estado.
De hecho fue uno de los encuentros más extraños de la inmediata posguerra y
ambos protagonistas danzaron un tenso pas de deux durante dos meses. Los
problemas empezaron en la estación de ferrocarril, a la que Stalin no acudió
para dar la bienvenida a Mao en persona, contraviniendo el protocolo usual. Los
dos gobernantes hablaron más tarde aquel mismo día, pero Stalin dejó clara su
renuencia a firmar un nuevo tratado. Estaba dispuesto a conceder más ayuda a
China, pero no quería contravenir los acuerdos de Yalta y dar a Estados Unidos
una excusa para romperlos. Por otra
parte, desconfiaba de Mao. Había pasado poco más de
un año dede la escisión yugoslava y le preocupaba que el líder guerrillero que
había causado tantas preocupaciones a Moscú durante años pudiera convertirse en
otro nuevo Tito desleal, ahora en Asia. Mao fue trasladado a una dacha del
estado llena de micrófonos y cámaras para que Stalin pudiera observarlo y
preparar sus encuentros. En una ocasión envió a Molotov para examinar «qué
clase de tipo es». Molotov, condescendiente, informó a su vuelta que le parecía
un astuto líder campesino bastante parecido al rebelde ruso del siglo XVIII
Pugachov. Evidentemente no era un auténtico marxista y ni siquiera había leído
El capital; aun así, la impresión de Molotov era en general positiva.
Mao, al que dejaron «cocerse en su propio jugo»
como decía su guardaespaldas ruso, se sentía cada vez más irritado.
Acostumbrado a las privaciones del ejército guerrillero, odiaba los avíos de la
comodidad occidental, se quejaba del retrete europeo subido a un pedestal y
ordenó que su blando colchón fuera sustituido por duras planchas. Trató
repetidamente de obtener otra reunión con Stalin, pero en vano. «¿He venido
aquí solo para comer, cargar y dormir?», se quejó. Incluso les dijo a sus
camaradas que se sentía bajo arresto domiciliario y que podrían no dejarle
regresar a China.
A pesar de todo Stalin lo presentó con gran
alharaca en la celebración de su cumpleaños en el Teatro Bolshoi. Lo situaron a
la derecha de Stalin y fue el primer dirigente extranjero en hablar. Stalin
percibía claramente que tenía mucho que ganar de una alianza con un hombre que
había llevado a la quinta parte de la población mundial al comunismo.
Finalmente, temiendo (innecesariamente) que Mao pudiera llegar a un acuerdo con
Estados Unidos, aceptó la firma del nuevo tratado. Mao se vio obligado a hacer concesiones,
aceptando una República Popular Mongola independiente, pero había conseguido lo
que quería, el envío a China de ayudantes y asesores técnicos, a cambio de su
reconocimiento de los soviéticos como «hermanos mayores».
Aun así la tensión se prolongó. Mao había decidido
reconocer al gobierno de Ho Chi Minh en Vietnam y Stalin comprendió que tenía
que hacer lo mismo, aunque no quería enfrentarse a Francia. También seguía
temiendo que Mao llegara a un acuerdo con el gobierno estadounidense. Tras un
gélido encuentro, Stalin invitó a Mao y a varios miembros del Politburó
soviético a su dacha para una de sus extravagantes veladas. Trató de romper el
hielo de la forma acostumbrada, poniendo en marcha el gramófono y esperando que
todos los presentes —solo varones— se pusieran a bailar; pero Mao no estaba de
humor para la fiesta y, como recordaba su traductor, «aunque tres o cuatro
jerarcas intentaron por turno sacar al presidente Mao a bailar, no lo
consiguieron… Todo aquello terminó de forma nauseabunda».[55] Un par de semanas
después se agravó la tensión cuando la delegación china recibió una invitación
para acudir a una representación del ballet de Reinhold Glière La amapola roja,
de 1927, sobre la China revolucionaria. Cuenta la historia de un marinero
soviético que conoce a una prostituta en Shanghai y la convierte al
marxismo-leninismo. Mao, al oír la trama y el dudoso título (para unos oídos
chinos parecía que asociaba el comunismo con el opio), no acudió, pero casi fue
mejor que no lo hiciera. Su secretario, que acudió en su lugar, se sintió
profundamente ofendido al ver el rostro pintado de amarillo de los bailarines
rusos que representaban a los personajes chinos, que en su opinión aparecían
retratados como monstruos.
En aquella tirante visita podemos ver la gran
diferencia entre el comunismo envejecido de Stalin y el más joven y radical de
Mao. Había, evidentemente, fuertes razones para que la URSS pretendiera
estrechar sus relaciones con China, pese a los persistentes roces entre Stalin
y Mao. El comunismo en Asia le daba a Stalin nuevas oportunidades. Ya tenía un
estrecho aliado en Corea del Norte; en Vietnam, Ho se había distanciado de
Moscú para acercarse a Beijing, pero Stalin creía que podría influir sobre él a
través de China. Y aunque Mao era difícil de manejar, reconocía la autoridad de
Stalin sobre el movimiento comunista mundial.
Además, por irritante que encontrara la actitud de
superioridad de los soviéticos, todavía los veía como modelo mágico para
transformar China. El Curso breve de historia del partido de Stalin seguía
siendo un texto enormemente importante para él: en Yan'an su insistencia en la
unidad y uniformidad ideológica había sido decisiva; ahora resultaba igualmente
valioso como mapa de ruta para el desarrollo. En 1945 el Curso breve era uno de
los cinco libros «obligatorios» que debían aprender los comunistas chinos para
iniciar la transición al socialismo.[56] La URSS, se creía comúnmente, era en
el fondo muy parecida a China, solo que treinta años por delante; como decía el
eslogan de mediados de la década de 1950, «la Unión Soviética de hoy es nuestro
mañana». La historia soviética que contaba el Curso breve podría aplicarse
sustancialmente a China: también allí había habido una revolución y una guerra
civil, y ahora era el momento para un período de tipo NEP; más adelante
vendrían la «industrialización socialista» (1926-1929 según la peculiar
cronología del Curso breve), la «colectivización» (1930-1934), y finalmente la
«lucha para completar la construcción de la sociedad socialista» (1935-1937).
China, según se creía, seguiría las mismas etapas, aunque resultaba más dudosa
su duración.
En 1949 las direcciones china y soviética parecían
estar de acuerdo en que los tiempos no estaban todavía maduros para la
construcción socialista. China, según creían Mao y sus colegas, era todavía
vulnerable y podía sufrir una invasión extranjera, y su ejército, que todavía
no había conquistado el Tíbet ni Taiwán, no estaba en condiciones de afrontar
un grave conflicto interno. Los funcionarios del viejo régimen del Guomindang
seguían en sus puestos y también se trataba con deferencia a los intelectuales
liberales, que poseían una pericia valiosa. Se mantuvo la propiedad privada, y
aunque se expropiaron las grandes fincas a los terratenientes, el objetivo no
era la igualdad sino la mejora de la productividad repartiendo la tierra en
granjas de un tamaño uniforme. Era lo que se definía como «Nueva Democracia»,
en la
que el estado era una «dictadura democrática del
pueblo» bajo la guía del proletariado pero sin excluir a la burguesía. Las
purgas se limitaron a los anticomunistas declarados.
Al igual que en la URSS durante la década de 1920,
había diferentes opiniones sobre la velocidad con que China llegaría al
socialismo (aunque esta vez Stalin era partidario de una reforma gradual). Los
dirigentes chinos que tenían relaciones más estrechas con Moscú —Liu Shaoqi y
su aliado y paisano de Hunan, Ren Bishi, formado en Moscú, y Zhou Enlai (un
dirigente con un fuerte vínculo con la Unión Soviética desde los años veinte)—
pensaban que la «Nueva Democracia» duraría entre diez y quince años y que durante
ese período se podrían construir un estado y una economía siguiendo el modelo
estalinista.[57] La opinión de Liu era especialmente importante. Había viajado
a Moscú en junio de 1949, antes que Mao, y había visitado docenas de
ministerios e instituciones para saber cómo funcionaban. Regresó a China con
unos 220 asesores soviéticos dispuestos a establecer las instituciones chinas a
imagen y semejanza de las soviéticas. Sin embargo, bastante más influyentes que
el número relativamente modesto de asesores fueron las traducciones de muchos
libros técnicos soviéticos.[58] Fue en esos manuales socialistas donde los
chinos aprendieron a dirigir las fábricas e instituciones. Los textos eran
mucho más eficaces que los tanques en la exportación del modelo soviético de
modernidad.
La visita de Liu a Moscú resultó mucho más fácil
que la de Mao, ya que su afinidad con Stalin era mucho mayor. Mao, en cambio,
con su nostalgia por el socialismo guerrillero de Yan'an, seguía prefiriendo
las soluciones radicales. Estaba impaciente por impulsar la historia hacia la
industrialización y el socialismo.
Al igual que en la URSS a finales de la década de
1920, la amenaza de guerra contribuyó a la radicalización de la política china.
En abril de 1950 Stalin aceptó, contra su voluntad, apoyar la invasión ordenada
por Kim Il-sung de Corea del Sur, y cuando, tras los primeros éxitos iniciales
de los norcoreanos, el VIII Ejército
estadounidense (al frente de una fuerza de las
Naciones Unidas) desembarcó en la península y los hizo retroceder, el gobierno
chino aceptó, de mala gana,[59] intervenir en una guerra que se prolongó
durante dos años y que supuso una enorme carga para la República Popular China.
Se trataba de una guerra convencional entre ejércitos enormes, planificada y en
parte financiada por Moscú, pero en la que los que combatían eran soldados
chinos, más de dos millones, de los que murieron entre cien y cuatrocientos mil
—según atienda uno a las estimaciones chinas o estadounidenses—, entre ellos el
hijo mayor de Mao, Anying. La República Popular China gastó durante la guerra
entre el 20 y el 25 por 100 de su presupuesto en la campaña militar, lo que
provocó enormes dificultades en la propia China, por no hablar de los
sacrificios en el frente.
La guerra de Corea tuvo el efecto de favorecer los
llamamientos en favor de una rápida industrialización y Mao planteó la
necesidad de un plan quinquenal ya en febrero de 1951; pero la guerra legitimó
más en general todo tipo de radicalismo y reforzó a quienes propugnaban una
«lucha de clases» sin cuartel. Por ejemplo, la reforma agraria de 1949-1950
había comenzado a perder fuelle a medida que a los jefes locales del partido
les resultaba cada vez más difícil llevar a cabo la redistribución frente a la
oposición de los terratenientes, los clanes y los templos; la guerra les brindó
una oportunidad para acusar a la burguesía de colusión con los enemigos
extranjeros. La reforma agraria se convirtió pronto en una encarnizada lucha de
clases, en la que se generalizaron las «asambleas para formular agravios», las
humillaciones públicas y agresiones más directas, no siempre respaldadas por
las autoridades. En total, el 40 por 100 de la tierra se redistribuyó entre el
60 por 100 de la población. Aunque esto reforzó sin duda el apoyo al nuevo
régimen, también supuso un enorme coste humano: se ha estimado que en aquella
reforma agraria murieron entre uno y dos millones de personas.
El PCCh no imponía todavía granjas colectivas a la
población rural, pero en algunos aspectos era aún más radical que los
bolcheviques a principios de la década de 1930: decidido a erradicar las viejas
identidades de clase, clan y región, hizo un enorme esfuerzo por clasificar a
la población rural según la clase, y la etiqueta resultante —terrateniente,
campesino rico o campesino pobre— resultaba decisiva en la vida de cada
individuo a partir de entonces. Entre 1951 y 1953 el PCCh extendió la «lucha de
clases» a las ciudades con la «campaña para suprimir a los
contrarrevolucionarios», la campaña de los «tres antis» contra los funcionarios
corruptos, la de los «cinco antis» contra la «gran burguesía nacional» y una
campaña de reforma cultural contra los intelectuales. En esas campañas se daban
a veces casos de extrema violencia.[60] La campaña de supresión de los
contrarrevolucionarios supuso por sí sola entre 800 000 y 2 millones de
víctimas, y muchos más fueron sometidos a juicios públicos de masas. Como en el
campo, el partido consiguió movilizar a la mayoría pobre de la población contra
la minoría rica; entre el 40 y el 55 por 100 de los obreros de Shanghai
enviaron a las autoridades denuncias contra los «contrarrevolucionarios». Según
un informe, a una asamblea en Beijing dirigida contra los «cinco principales
tiranos» —un grupo de caciques locales— acudieron más de 30 000 personas. Como
habían hecho en el campo, los comunistas movilizaron a los ancianos más
respetados para denunciar a sus «enemigos».
Cuando entraron los criminales, las masas
estallaron de repente en maldiciones y gritos que sacudían el cielo y la
tierra. Algunos escupieron a los criminales, a otros se les saltaron las
lágrimas… Una anciana de ochenta años se adelantó con su bastón, dirigiéndose a
los acusados: «¡Nunca pensasteis que os veríais así algún día! ¡Ah! Tampoco yo
puedo creérmelo. ¡El sistema judicial anterior os pertenecía, pero ahora el
presidente Mao nos permitirá cobrar nuestra deuda de sangre!».[61]
En septiembre de 1952 Mao anunció a sus colegas que
la época de la reconstrucción de estilo NEP estaba llegando a su fin y que los
tiempos habían madurado para que en China se
empezara a construir el socialismo. El primer plan quinquenal, en el que el
sector socialista de la economía comenzaría a exprimir a los capitalistas,
comenzó en 1953. Poco después, en 1955, se inició la colectivización en el
campo.
Una vez que hubo decidido un plan quinquenal a gran
escala, Mao no tenía reparo en aceptar la necesidad de un giro hacia el modelo
estalinista maduro. En febrero de 1953 declaró que «tiene que aumentar en todo
el país el esfuerzo por aprender de la Unión Soviética para reconstruir nuestro
país».[62] Se introdujeron en toda la economía las jerarquías y grados de la
aristocracia de servicio soviética; los ingenieros eran los nuevos gerifaltes
de las fábricas, mientras que la organización del partido quedó marginada. Se
comenzaron a construir enormes plantas industriales con ayuda soviética, pero
lo más llamativo eran los cambios en el Ejército Popular de Liberación, donde
los grados e insignias al estilo soviético sustituyeron al viejo estilo
igualitario de la guerra civil.
Aun así, el modelo estalinista no se siguió al pie
de la letra. El PCCh, muy dependiente del apoyo con que contaba entre los
campesinos, no estaba dispuesto a explotarlos tan duramente en beneficio de la
industria pesada, por mucho que se aceptara en general el modelo soviético y el
entusiasmo por todos sus aspectos penetrara pronto más allá de la élite del
partido. En las áreas urbanas, especialmente entre los más instruidos, el
estalinismo maduro de Moscú, que privilegiaba a los intelectuales, se demostró
mucho más atractivo que el socialismo campesino de Yan'an. Todos leían
traducciones al chino de novelas rusas y en todo el país se proyectaban
películas soviéticas. El libro más vendido era Así se templó el acero y su
héroe, Pavel Korchaguin, se convirtió en un ejemplo que todos querían emular. A
partir de 1952 muchas escuelas establecieron las «clases Pavel» como parte de
la campaña «leer buenos libros, aprender de Pavel» y en 1957 la película
soviética del año anterior basada en la novela se proyectó en toda China
—naturalmente, doblada— para celebrar el
cuadragésimo aniversario de la revolución de
Octubre. Abundan las pruebas de que el libro de Ostrovski resultaba muy
atractivo para los jóvenes, en parte porque Korchaguin era un héroe con muchos
defectos; sus malas calificaciones en la escuela y su impulsividad lo hacían
más simpático que el remoto e improbable «hombre nuevo socialista». Korchaguin
representaba el romanticismo revolucionario, templado con cierto realismo.[63]
El cine se convirtió en un importante canal para
introducir en China las ideas soviéticas; en 1957 se habían doblado y
proyectado 468 películas soviéticas, que habían visto casi 1400 millones de
espectadores. Esas películas difundían varios mensajes. El heroísmo del hombre
corriente —gente como Korchaguin— era uno de ellos, pero aquellas películas
popularizaron también ideas «modernas» como la igualdad de género.[64] Así se
templó el acero, como muchas otras películas soviéticas, mostraba mujeres que
luchaban y trabajaban junto a los hombres. La primera tractorista china, Liang
Jun, proclamaba que la película la animó a buscar trabajo. La URSS, tal como se
veía en las películas, parecía la cumbre de la modernidad. Como recuerda el
historiador Wu Hung:
Contemplando retrospectivamente los primeros años
de la década de 1950, parece como si todo lo nuevo y excitante proviniera de la
Unión Soviética y que todo lo que procedía de allí era nuevo y excitante. En
las escuelas, en los parques y en las calles se repetía una y otra vez el
eslogan: «El presente de la Unión Soviética es nuestro futuro». Era a la vez
estimulante y extraño ver nuestro propio futuro escrito en el rostro de algún
otro, especialmente cuando ese «otro» tenía el pelo rubio y la tez rosada… Mi
madre y sus compañeras de la Academia Dramática Central se hicieron
inmediatamente la permanente para que sus rizos se parecieran a los de las
robustas heroínas rusas… En mi memoria se une el recuerdo del peinado de mi
madre durante aquel período con un tipo de vestido que la gente llamaba bulayi
(deformación fonética de la palabra rusa plat'ie [vestido]). Se componía de
guantes cortos abombados, una blusa con cuello abotonado y una falda amplia
flotante, y siempre estaba hecho de un tejido de vivos colores con estampados
alegres, que se asociaba con el «espíritu revolucionario» de la Unión
Soviética.[65]
Sin embargo, como ilustra Wu Hung, la «modernidad»
soviética transmitida a China era de un tipo muy particular. En la moda, como
en muchos otros aspectos, la adopción oficial del «modelo soviético» desde 1953
marcaba una transición bastante similar a la que experimentó la URSS a mediados
de la década de 1930: del socialismo guerrillero, más igualitario, a una
sociedad más «alegre» y con más aspiraciones. A finales de los años cuarenta se
había hecho popular entre las mujeres revolucionarias el «traje Lenin» — una
versión femenina del Sun Yat-sen, basado en el uniforme del ejército
soviético—, y a principios de los cincuenta se había generalizado en las
ciudades. Pero en 1955, siguiendo el ejemplo soviético y hartos de la
austeridad de Yan'an, varias figuras culturales destacadas, entre ellas el
poeta Ai Qing, emprendieron una campaña de reforma vestimentaria. Para Ai Qing
los trajes Sun Yat-sen y Lenin «no armonizaban en absoluto con… el estilo
alegre de vida». «En la Unión Soviética —explicaba—, si pasean seis o siete
chicas juntas, cada una de ellas lleva un tipo de vestido diferente», mientras
que los niños chinos «se visten como pequeños ancianos».[66]
Pese a la una gran cobertura de prensa en 1956, la
campaña de reforma vestimentaria no tuvo demasiado éxito y muchas mujeres
seguían aferradas a sus trajes Lenin. La razón era en parte económica: las
faldas amplias exigían más tela; pero el gasto no era la única razón; los
valores populares no eran todavía acordes con ese distanciamiento del
socialismo guerrillero de Yan'an. Uno de los impulsores de la reforma
vestimentaria explicaba así la prolongada popularidad del traje Lenin entre las
mujeres:
Han vinculado los trajes de los cuadros con el
pensamiento progresista, la simplicidad del estilo de vida y la frugalidad…
Aunque todo esto es erróneo, no se puede negar que expresa el deseo de progreso
e igualdad de las mujeres con los hombres en la vida y en el trabajo, así como
la consideración de la simplicidad y la sobriedad como elementos centrales de
la estética china.[67]
Los conflictos sobre la moda revolucionaria
reflejaban las prolongadas tensiones en el interior de la política china. Mao
deseó durante un tiempo asumir el modelo soviético, pero nunca abandonó sus
valores guerrilleros y al cabo de poco tiempo volvería a hacer frente a la
marea procedente de Moscú.
En Corea del Norte se podía observar una mezcla
diferente del estilo tradicional de la guerrilla campesina china con la
jerarquización soviética. El propio Kim Il-sung conocía de primera mano ambas
culturas, pero las tradiciones políticas coreanas determinaban más
decisivamente aquel tipo tan específico de comunismo.[68]
El «Partido de los Trabajadores de Corea», al igual
que el PCCh, estaba compuesto principalmente por campesinos y había obtenido un
apoyo considerable del campesinado pobre con su reforma agraria de 1946 (muy
semejante a la llevada a cabo por los comunistas chinos en Manchuria durante la
guerra civil). Su parecido con el partido chino era también evidente en el
enorme énfasis que ponía en la «autocrítica» y la «unidad de pensamiento». La
cultura confuciana de Corea contribuía a esa primacía acordada a las ideas,
pero también pudieron influir los esfuerzos de la administración colonial
japonesa por obtener una «conversión» ideológica, algo que muchos comunistas
experimentaron en prisión.
[69]
Al mismo tiempo, no obstante, Kim encontraba muy
atractivo el modelo del estalinismo tardío. Los japoneses habían establecido en
el norte los fundamentos de una industria pesada y el régimen los aprovechó
para emprender un programa de industrialización típicamente estalinista,
ayudado por expertos soviéticos y fomentando la formación técnica. Esto iba
acompañado de la integración de Corea en el imperio económico soviético desde
finales de la década de 1940, exportando materias primas a cambio de artículos
manufacturados.[70]
El culto a la personalidad de Kim también se
parecía a los de Stalin y Mao, aunque su extravagancia e intensidad fueran de
un
orden diferente, en el que probablemente tenían
mucho peso tradiciones anteriores.[71] En él estaban presentes, ciertamente,
imágenes y expresiones estalinistas y maoístas —al igual que en el caso de Mao,
se comparaba a Kim con el sol (aunque esto podía derivar en parte del culto
japonés al emperador)— pero también podían detectarse imágenes familiares
confucianas. Se alababa su «linaje revolucionario» y se presentaba como «padre»
del pueblo coreano, aunque a veces, recogiendo elementos del chamanismo tradicional
coreano, también se hablara de él como «madre» de la nación, con un control
mágico sobre el tiempo y las cosechas. En otro orden de cosas, era ensalzado
como rey-filósofo reformador que ofrecía «orientaciones sobre el terreno»,
explicando a los obreros cómo utilizar los tornos y a los campesinos cómo
mejorar sus cosechas. Corea del Norte está todavía cubierta de miles de placas
conmemorativas de sus visitas (incluidas peligrosas pilastras en las
autopistas, que señalan los muchos lugares donde Kim ofreció su «orientación
sobre el terreno» relativa a la construcción de carreteras). Finalmente,
también había en el culto elementos cristianos: su biógrafo escribió que su
ascenso al liderazgo se vio marcado por la aparición de una brillante estrella
y que había vertido su «preciosa sangre» para salvar al país.
En el orden social también era evidente una curiosa
mezcla del estalinismo tardío con las tradiciones coreanas. Se adoptó el modelo
estalinista de relaciones laborales de la posguerra, incluyendo el
estajanovismo y grandes diferencias salariales, pero las desigualdades y
distinciones sociales iban a resultar mucho más rígidas que en la URSS o en
China. Puede que eso se debiera en parte a la propia cultura coreana. La
dinastía Chosŏn (que gobernó Corea desde 1392 hasta la invasión japonesa en
1910), aunque influida por el confucianismo, había preservado una élite
aristocrática hereditaria a diferencia de China, donde las ideas confucianas de
educación y mérito estaban mucho más arraigadas.
La
rígida jerarquía comunista de «clase principal», «clases oscilantes» y «clases
hostiles» recordaba la división tripartita de la
sociedad durante la dinastía Chosŏn en yangban
(aristocracia letrada y militar), gente común y marginados o esclavos, y la
pertenencia a una u otra clase seguía determinando las posibilidades de cada
uno en la vida.[73] Como veremos más adelante, esa jerarquía hereditaria había
surgido también en China, pero Mao estaba decidido a acabar con ella. Kim, en
cambio, la apuntaló y su perspectiva jerárquica se reflejaba en el uso de dos
palabras diferentes para «camarada»: tongmu para los iguales y tongji para los
superiores (en el PCCh solo se utilizaba una palabra: tongji).
Kim y los demás dirigentes coreanos crearon así una
forma de comunismo con fuertes raíces locales que se iba a demostrar
notablemente resistente, convirtiéndose en uno de los regímenes comunistas más
parecidos al Ancien Régime, con una estructura social inusitadamente rígida;
pero durante el período estalinista tardío había igualmente en todos los países
comunistas elementos jerarquizantes que socavaban inexorablemente la esperanza
de muchos seguidores potenciales en una nueva era de justicia y relaciones sociales
modernas.
VI
A los diecisiete años Edmund Chmieliński dejó su
pueblo natal en el centro de Polonia para unirse a una brigada juvenil y
trabajar en la nueva «ciudad socialista» de Nowa Huta, junto a Cracovia. Estaba
traumatizado por la guerra: su padre había sido asesinado y con once años había
sido internado en un campo de trabajo como esclavo por los nazis. A su regreso
a su pueblo las perspectivas no eran nada buenas: se hallaba en lo más profundo
de la jerarquía social y tanto sus profesores como el cura local lo trataban
mal. Su tío, un organizador de la juventud comunista, le ofreció una vía de
escape, aunque su madre trató de retenerlo en el pueblo:
Nada ni nadie podía cambiar mi decisión. Quería
vivir y trabajar como un ser humano, ser tratado como un igual por los demás y
no como un animal… No había fuerza que pudiera mantenerme en aquel pueblo que
odiaba tanto y que me había humillado durante toda mi infancia.[74]
Cuando llegó a Nowa Huta le entregaron un uniforme
caqui nuevo junto con una gorra y una corbata roja. «A veces me miraba
furtivamente en el espejo y no podía creer lo diferente que me veía». Ahora era
igual a los demás, parte de un nuevo ejército de trabajo. Para cenar repartían
raciones iguales para todos y «todos éramos iguales». Por primera vez se
quedaba dormido «completamente feliz». Aunque el trabajo era duro y le
sorprendió la directriz de empezar a construir una planta enorme con
herramientas muy rudimentarias, se convirtió en un estajanovista entusiasta,
volcado en una «competición socialista» heroica para reconstruir el país tras
la guerra:
Estaba convencido de que mediante el esfuerzo común
construiríamos en unos años una ciudad espléndida en la que yo podría vivir y
trabajar… No contaba las horas de trabajo. Trabajaba como si estuviera
construyendo mi propia casa. Creía que lo hacía por mí mismo y por mis futuros
hijos.[75]
Sin embargo, su historia terminó en tragedia.
Obtuvo una beca para estudiar en una escuela de formación profesional, pero no
le bastaba para pagar todas las tasas. Tuvo una crisis nerviosa, acusó a los
jefes del sindicato y del partido de la injusticia sufrida y acabó como un
alcohólico sin techo. Se alegró cuando los disturbios del verano de 1956
culminaron en la remoción de los viejos mandos estalinistas y el nombramiento
de Gomułka como secretario general del Partido Obrero Unificado Polaco (PZPR).
Las memorias de Chmieliński, escritas en 1958 tras
el fin del período estalinista aunque el PZPR siguiera monopolizando al poder,
se vieron indudablemente influidas por el ambiente ideológico de la época, pero
su informe sobre el entusiasmo de gran parte de la juventud polaca ha sido
corroborado por otros testimonios y de hecho tiene sentido. Chmieliński creía
en las promesas de un nuevo
sistema, de una sociedad «guerrillera» igualitaria,
en la que todos se esforzarían por el bien común y que traería formación
personal y avance, y es natural que compartiera esa visión. Pero como muchos
otros comprobó que el nuevo orden era mucho más estratificado, injusto y duro
con los pobres de lo que esperaba. Los sueños de muchos jóvenes comunistas como
Chmieliński se desvanecieron al verse confrontados con la realidad del estado
«hambriento de recursos» y su «nueva clase» dirigente.
Los jóvenes ambiciosos como Chmieliński,
desesperados por escapar del agujero rural, eran precisamente el tipo de gente
que quería convertirse en el nuevo pueblo socialista, tal como había sucedido
en la URSS de la década de 1930, y en el conformismo hallaban beneficios
reales. En la Europa oriental de posguerra, especialmente en Polonia y en la
RDA, había por ocupar un gran número de puestos técnicos y de gestión y el
nivel de movilidad social en aquel período era mucho más alto incluso que en
Occidente (donde se estaba viviendo también una época dorada de movilidad).
Chmieliński comprobó a su costa que la movilidad tenía sus límites, pero muchos
otros pudieron permitirse una formación superior y unirse a las filas de los
directivos intermedios.
Los obreros más antiguos, en cambio, tenían menores
incentivos para incorporarse al nuevo ejército laboral del régimen. Seguían
fieles a la vieja cultura de la clase obrera que los partidos comunistas
estaban tratando de alterar.[76] En la industria el estalinismo tardío era aún
más autoritario y menos igualitario que en la URSS a mediados de la década de
1930. Se basaba en una jerarquía muy rígida: los planes y objetivos de trabajo
(normas) eran decididos por el ministerio correspondiente en el centro y a continuación
transmitidos por la línea de mando para ser puestos en práctica por los
directivos y capataces. A cada trabajador se le asignaba un miniplán que debía
cumplir y se le pagaba según lo que producía. Los jefes tenían por tanto un
poder aún mayor que en el sistema capitalista. En la práctica, la escasez de
mano de obra y la necesidad de los directivos de asegurarse la cooperación de
los
trabajadores les impedía pasarse de la raya, pero
estos últimos se dolían de su poder, especialmente en lo que se refería a la
distribución de puestos de trabajo, en la que solían ser poco imparciales. El
salario de un obrero, por ejemplo, dependía mucho de si su norma era fácil de
cumplir o no, y la escasez de material podía hacer imposible que un trabajador,
por heroico que fuera, obtuviera un salario razonable.
La desigualdad salarial también generaba
resentimiento. Lo más habitual era el sistema salarial a destajo o por piezas,
y esto concedía poder a los capataces y jefes, que podían decidir a quién le
daban los trabajos fáciles y a quién los difíciles; y al tiempo que los
técnicos y jefes recibían mayores salarios y privilegios (como las tiendas
especiales), las escalas salariales más antiguas y más igualitarias quedaban
arrumbadas. Esto era particularmente criticado en la RDA, donde muchos de los
especialistas técnicos eran antiguos nazis, despedidos en 1945 y vueltos a
contratar más tarde. Según un informe del partido, sus miembros eran
profundamente hostiles a esa política: «la intelligentsia debe ser llamada al
orden de una vez y para siempre. El trato preferente que recibe es inaceptable.
Hay que acabar con las tiendas especiales donde solo ellos tienen derecho a
comprar».[77]
Especialmente impopulares eran los estajanovistas
que cooperaban con los directivos para producir muy por encima de la norma; al
igual que en la URSS en los años treinta, esto suponía, más que un estímulo,
una presión sobre todos los trabajadores. Un obrero de la gran fábrica de
aparatos eléctricos del norte de Budapest, János Sztankovits, había sido
deportado a la URSS después de 1945 y allí había trabajado en una fábrica
soviética, donde se convirtió en estajanovista. A su regreso a Hungría en 1949
se resistía a trabajar allí también como estajanovista, diciéndoles a los
agitadores del partido que «Stalin podía meterse toda aquella mierda en el
culo, trabajé gratis para él dos años y ni siquiera me daban ropa adecuada; una
vez que me han liberado, ¿por qué debería trabajar para él de nuevo?». Los
jefes de la fábrica le
amenazaron y no tuvo otra opción que someterse y
trabajar como estajanovista, pero entonces sus compañeros, molestos por su
rendimiento más alto, acabaron diciéndole: «Si tanto te gustan los métodos
soviéticos, ¿por qué no te largas allí de nuevo?».[78]
Los miembros del partido podían evidentemente
justificar aquella desigualdad apelando a las propias palabras de Marx: en la
fase inferior del socialismo debía aplicarse el principio «a cada cual según su
trabajo»; pero, comprensiblemente, muchos veían el nuevo orden como una
traición a los valores socialistas que el partido proclamaba tan
orgullosamente, y el marxismo les daba un lenguaje ya elaborado con el que
formular sus protestas. En una carta anónima de enero de 1949 un obrero le
decía a Hilary Minc, el ministro de Industria polaco, firmando «un seguidor de
las enseñanzas de Marx y Engels»:
Proclama usted que las fábricas en las que
trabajamos son de nuestra propiedad exclusiva, solo nuestras, pero resulta que
solo somos siervos miserables con un salario más bajo que en las fábricas
privadas. Después de todo, si son de nuestra propiedad, los beneficios que da
la fábrica deberían dividirse entre los obreros y pagaríamos un impuesto como
las fábricas privadas. ¿No le gusta la idea, verdad? Porque entonces no habría
dinero para construir sus palacios, en los que hay docenas de metros cuadrados
de espacio para cada burócrata…[79]
Había no obstante un sector de la vida cotidiana en
el que el régimen era demasiado igualitario para el gusto de muchos
trabajadores: la situación de las mujeres. El partido presionaba para que se
las empleara en todos los puestos, incluso en los que tradicionalmente eran
asignados a hombres. Algunas mujeres se convirtieron en activistas del partido
y «heroínas» del trabajo, pese a enormes obstáculos. Los trabajadores varones a
menudo se oponían con éxito a la promoción de mujeres y estas solían quedar confinadas
en puestos tradicionalmente femeninos, ganando en ellos menos que los hombres,
mientras que por otro lado el horario de trabajo del obrero-héroe, que cubría
varios turnos para superar la norma asignada, era difícil de conciliar con la
vida familiar.[80]
Aquella no fue la única concesión que el régimen
tuvo que hacer a los obreros del este de Europa. En muchos lugares la cultura
socialista preexistente les daba a los obreros confianza para oponerse a las
directrices del partido; en la RDA, por ejemplo, los viejos obreros
socialdemócratas estaban en la vanguardia de las quejas.[81] En algunos casos
el ideal de crear «un nuevo hombre socialista», lleno de entusiasmo por la
ideología comunista, fue más o menos abandonado. La socióloga polaca Hanna
Świda-Ziemba señalaba que en tanto los obreros trabajaran, la incorrección
ideológica era permisible:
En mis contactos con los obreros de la época me
sorprendió su libertad de expresión, su actitud agresiva hacia sus superiores y
el sistema de la época, mostrada a veces muy abiertamente en asambleas públicas
… No era una cuestión de valor personal, sino el resultado de la ideología
dominante y también la práctica social del sistema estalinista.
A diferencia de los intelectuales, de los que se
esperaba que siguieran la línea del partido, «el deber de los obreros era
esencialmente trabajar y cumplir el plan sexenal. Las opiniones se podían
expresar sin castigo, pero la menor indicación de un rechazo real a trabajar
podía castigarse de muy diversas formas…[82]».
Pero si en los países de Europa oriental, en los
que ya existía antes una fuerza de trabajo industrial, el régimen tenía que
llegar a compromisos con la clase obrera, los comunistas chinos disponían de un
margen de maniobra mucho mayor. En 1949 la industria se concentraba
principalmente en pequeños talleres. Fueron los propios comunistas los que
crearon la industria a gran escala — siguiendo una trayectoria muy parecida a
la de los soviéticos en la década de 1930— y sus grandes fábricas y plantas
tenían como modelo las que aparecían en los manuales soviéticos. Esto facilitó
mucho al régimen la configuración de la fuerza de trabajo. Además, como la
diferencia entre la economía rural y la urbana era aún mayor que en Europa
oriental y en la URSS, la economía china disfrutaba de un enorme excedente de
mano de obra. Evidentemente el régimen no podía proporcionar empleo industrial
a
todos los recién llegados del campo, pero los que
encontraban trabajo, con salarios y complementos relativamente altos, pronto
ascendieron hasta lo más alto de la jerarquía laboral. Por debajo de ellos
había una capa de obreros menos privilegiados y protegidos en fábricas más
pequeñas y abajo del todo la gran masa de los campesinos, que a partir de 1955
se vieron de nuevo atados a la tierra. La clase obrera urbana, percibiendo sus
privilegios, se mostró mucho más receptiva al intenso esfuerzo de propaganda del
partido.
Pese a todo, muchos aspectos del estalinismo tardío
se hicieron muy impopulares en las fábricas chinas. El sistema salarial por
piezas introducido entre 1952 y 1956 no solo era difícil de organizar en
circunstancias en que los gestores especializados al tanto de sus complejidades
eran escasos, sino que también provocaba una intensa hostilidad entre los
obreros acostumbrados a regímenes salariales más igualitarios. La rígida escala
soviética con ocho escalones que se aplicó en varias regiones de China era muy
criticada por su arbitrariedad. Los esfuerzos por escalonar la fuerza de
trabajo según los ocho grados llegaban a extremos absurdos: los gestores de
unos grandes almacenes de Shanghai trataron de determinar el «nivel de
habilidad» de los vendedores sometiéndoles a un «examen práctico a ciegas» con
el que pretendían evaluar su juicio sobre toda una variedad de tabacos, pero
los no fumadores se sintieron naturalmente discriminados.[83] Entretanto los
poderes concedidos a los directivos alimentaban el resentimiento, especialmente
en el caso de firmas que anteriormente formaban parte del sector privado, en
las que el viejo propietario «capitalista» era oficialmente nombrado directivo
«socialista». Esos diversos agravios iban acumulando un polvorín de rencor que
iba a estallar en cuanto Mao comenzó a cuestionar la jerarquización del llamado
«modelo soviético» de gestión a finales de la década de 1950.
Ese tipo de crisis se produjo mucho antes en Europa
oriental, cuando los gobiernos incrementaron la presión sobre los obreros
mientras que los salarios reales caían. En Hungría, por ejemplo, el salario
real disminuyó, según estimaciones, alrededor del 16,6 por
100 entre 1949 y 1953. Los obreros solían expresar
su insatisfacción indirectamente, por ejemplo mediante el absentismo laboral,
el trabajo lento o cambiando frecuentemente de empleo; pero de vez en cuando
estallaban auténticas huelgas salvajes, para las que no había otra solución que
la represión; el 31,6 por 100 de los presos en las cárceles checoslovacas por
«delitos políticos» eran obreros.[84] A principios de la década de 1950 había
quedado claro que los intentos de los comunistas de movilizar a la clase obrera
e incorporarla a su nuevo ejército laboral había fracasado. Y si había tenido
tan poco éxito el llamamiento a la supuesta vanguardia obrera, era muy poco
probable que el campesinado «atrasado» se incorporara más fácilmente al
proyecto comunista.
VII
En abril de 1952 llegó de visita a la Unión
Soviética un viajero chino mucho más humilde que Mao o Liu, Geng Changsuo, al
frente de una delegación de campesinos del pueblo de Wugong (a unos 200 km al
sur de Beijing). Llegaron primero a Moscú, donde celebraron con entusiasmo el 1
de mayo en la Plaza Roja, y luego se trasladaron a Ucrania, donde
inspeccionaron varias granjas colectivas y en particular la granja modelo
Victoria de Octubre. Geng y sus paisanos quedaron impresionados por las
riquezas que les mostraron: agua, electricidad, abundante comida y alojamientos
sólidos y limpios equipados con teléfono. Se sintieron aún más impresionados
por el artefacto que se les presentó como origen de aquella riqueza, el
milagroso tractor que conseguía lo que a 150 campesinos con 150 animales de
tiro y 150 arados les sería difícil alcanzar.[85]
Geng era un miembro convencido del partido,
decidido a ayudar no solo a su propia familia y su clan, sino a todo el pueblo.
No fumaba ni bebía ni jugaba, y con su baja voz confiada y sus modales
humildes era el líder pueblerino ideal. Durante la
guerra había organizado una cooperativa voluntaria de familias campesinas
pobres que unieron sus recursos y pudieron dedicar parte del tiempo a la
producción de cuerdas que luego vendían en los mercados locales. La cooperativa
prosperó a principios de la década de 1950 cuando se unieron a ella más
familias, y Geng atrajo pronto la atención de la dirección regional del
partido. Desde 1951 Mao venía tratando de inducir a los campesinos chinos a
adoptar una agricultura plenamente socializada y Geng regresó de su viaje de
estudios a la URSS patrocinado por el estado convertido en un verdadero
creyente, no solo en el colectivismo soviético, sino más en general de la
versión soviética de la modernidad. Como muestra de su pasión por las cosas
«modernas», se afeitó la barba y el bigote, se vistió al estilo occidental y
aprendió a leer y escribir. Pronto emprendió una misión de proselitismo,
explicando cómo la colectivización y la mecanización —y especialmente el «tractor»,
transliterado como tuolaji, una palabra que los campesinos de Wugong no habían
oído nunca antes— habían llevado la prosperidad a la URSS, y exhortando a sus
paisanos a unirse a una cooperativa ampliada que abarcara a todo el pueblo.[86]
Cuando en el verano de 1955 Mao presionó en favor
de una colectivización plena al estilo soviético (la fusión de pequeñas granjas
en grandes explotaciones de propiedad colectiva), Geng se convirtió en uno de
los primeros presidentes de tales granjas. Sin embargo, el plan era quizá
demasiado ambicioso para Geng y sus paisanos, y la granja colectiva resultó ser
una propuesta muy diferente de la cooperativa campesina. Los ingresos que los
campesinos obtenían hasta entonces vendiendo sus productos, venían ahora en
forma de salarios por el trabajo que realizaban en la granja colectiva. Con el
nuevo sistema solo unas pocas familias con muchos miembros asalariados podían
ganar tanto como antes. Además, la dirección china aplicó directamente el
modelo soviético, aprovechando la colectivización para extraer cada vez más
recursos del campo destinándolos a la inversión industrial. El nivel de vida de
los campesinos sufrió por ello un notable descenso.
Aun así, Geng y sus paisanos, ansiosos de mantener su estatus como pueblo
modelo, prohibieron todas las parcelas privadas y presionaron en favor de la
colectivización plena.
Pero el impacto político de la colectivización fue
incluso más revolucionario que sus consecuencias económicas. El poder de Geng y
otros como él sobre la vida de los campesinos (que ya era considerable) se
amplió aún más. Los jefes del pueblo ejercían un control exclusivo sobre toda
la tierra; distribuían los empleos a los campesinos y tenían un acceso
privilegiado a los recursos del estado. Una canción popular captaba claramente
la nueva relación entre estatus y recursos:
La gente de primer rango
recibe cosas a sus puertas.
La gente de segundo rango
depende de otros.
La gente de tercer rango
solo tiene preocupaciones.[87]
Geng era un funcionario honrado y altruista y se
esforzó mucho, no solo por persuadir a los campesinos de las ventajas de la
granja colectiva sino también por hacer que el sistema funcionara. La educación
se amplió, y a diferencia de muchos otros pueblos en Wugong se estableció, por
primera vez, un rudimentario sistema de bienestar y protección social. Sin
embargo, incluso el virtuoso Geng cayó en la trampa del ornato que suele
acompañar a la jefatura local, y junto con las escuelas y el bienestar Wugong
podía ahora presumir de su propio aparato de seguridad local. La nueva fuerza
de policía era dirigida por el temido «feroz Zhang», un antiguo campesino pobre
que reclutó un montón de matones locales para mantener el orden. Cuando por
ejemplo un grupo de campesinos arrancaron mil quinientas plantas de algodón
como protesta por el bajo precio que se les ofrecía por su producción, aquella
fuerza de seguridad empleó la tortura para descubrir a los culpables. En otros
pueblos los abusos de los funcionarios podían ser aún peores. Los
poderes de los líderes locales se fusionaron con la
actitud patriarcal tradicional en un nuevo código casi feudal, que podía
incluir un derecho de pernada informal sobre las jóvenes más pobres. Se
multiplicaron las violaciones: dos de los antiguos guardaespaldas de Mao, por
ejemplo, recompensados con altos puestos en Tianjin, utilizaron su poder para
aterrorizar a las mujeres de la ciudad. Acabaron siendo ejecutados por sus
crímenes, pero muchos otros escaparon a la justicia.[88]
La historia de Geng Changsuo y del pueblo de Wugong
resume muchas de las esperanzas y desilusiones de lo que se llamó «modelo
soviético» en China. Algunos aspectos de la colectivización podían resultar
atractivos para los campesinos: los tractores y la agricultura a gran escala
prometían la abundancia que la agricultura a pequeña escala no podía
proporcionar, mientras que la educación y la protección social prometían
integración y oportunidades en toda la comunidad nacional; pero la
colectivización pronto creó una nueva jerarquía: una poderosa capa de
privilegiados que a menudo se comportaban arbitraria y explotadoramente. El
campesinado en su conjunto permanecía en lo más bajo de la jerarquía social,
aislado del resto de China y ligado a la tierra, sobre la que ejercía menos
control incluso que antes. Entretanto, los recursos rurales extraídos de la
agricultura se dedicaban a la industria pesada, mientras que el sistema de
incentivos perjudicaba la productividad y propiciaba futuras crisis
alimentarias.
La Europa oriental sovietizada había experimentado
la colectivización de una forma similar, aunque aún más traumática. China
escapó a los rigores de la «deskulakización»; el PCCh consiguió persuadir (o
presionar) a los campesinos para que se incorporaran a las granjas colectivas
sin una violenta campaña de lucha de clases (muy probablemente esto se debió a
que la resistencia de los campesinos acomodados se había desvertebrado antes,
durante las agresivas campañas de reforma agraria). En Europa oriental, en cambio,
siguiendo más de cerca el modelo
soviético de los años treinta, la colectivización y
la deskulakización fueron de la mano.
La presión sobre los campesinos para que se
incorporaran a las granjas colectivas fue a menudo intensa y en algunas áreas
la coerción fue explícita, aunque en otras fue menos directa: los campesinos
comprobaban que solo podían comprar artículos no agrícolas en comercios del
estado si eran miembros de las granjas colectivas. Como decía un campesino
búlgaro: «Por supuesto, no tenías por qué unirte a la cooperativa, a menos que
quisieras zapatos para tus pies y una camisa para ponerte».[89] Aun así, como en
la URSS durante la década de 1930, hubo bastante resistencia. Los campesinos
desconfiaban de los destacamentos de funcionarios enviados desde las ciudades
para imponer la colectivización y se negaban a dar información a los
inspectores sobre qué campos eran propiedad de quién. Además, no era fácil
inducirlos a denunciar a sus vecinos más ricos e influyentes: en el pueblo
rumano de Hârseni de la provincia de Braşov, en el extremo sureste de
Transilvania, por ejemplo, los funcionarios del partido trataron de persuadir
al campesino Nicolae R. de que denunciara a su vecino el chiabur (kulak) Iosiv
Oltean, que le había prometido 20 kilos de lana y 10 de queso por su trabajo
pero solo le había entregado una cantidad minúscula de lana de poca calidad. A
pesar de todo, Nicolae defendía a su vecino: «Oltean era un buen hombre que nos
ayudaba a los pobres, aunque le dominara la codicia».[90]
Muchos campesinos estaban encolerizados por la
pérdida de sus tierras. La nueva ideología marxista-leninista, que consideraba
el trabajo como virtud primordial, era diametralmente opuesta a su economía
moral, que primaba la propiedad de tierras y la independencia económica como
nivel de estatus; pero las altas cuotas de productos agrícolas exigidas por el
estado para alimentar a los obreros urbanos y financiar la industrialización
eran aún más impopulares que la deskulakización o la colectivización. Una campesina
del pueblo húngaro de Sárosd, al suroeste de Budapest, recordaba su esperanza
defraudada de poder pagar los impuestos
al estado cultivando 1,7 ha de girasoles: «Volvía a
casa sin un céntimo. Todo se me iba en impuestos y no me quedaba ni para
comprar un delantal».[91] En cuanto a las granjas colectivas, el salario era
bajo y las condiciones duras. Un campesino del pueblo búlgaro de Zamfirovo,
cerca de la frontera con Serbia, recordaba:
Era terrible. Recuerdo que un día casi me desmayo
en el campo durante la cosecha del trigo. Trabajábamos todo el día con un calor
insoportable, haciéndolo todo a mano como antes… El trabajo era duro y el
salario muy bajo, solo 80 stotinki al día y cualquier pago en especie había que
deducirlo. Las cosas habían ido a peor. Hasta los más pobres que se habían
unido a la cooperativa con pocas tierras se sentían peor que antes. Recuerdo
que un verano alguien vino al campo a vender cerveza y gaseosa y aunque estábamos
muriéndonos de sed nadie pudo permitírselas.[92]
Al igual que en China, las escasas limitaciones
impuestas a las nuevas autoridades locales y los consiguientes abusos de estas
atizaban la cólera de los campesinos. Las cuotas dependían del capricho de los
jefes de las granjas colectivas y los campesinos veían que quien ocupaba un
puesto más alto en la jerarquía política recibía mayor retribución por su
trabajo en la granja colectiva que los demás. La vida se politizó intensamente,
al depender el futuro de cada campesino de sus relaciones con los nuevos jefes.
En algunos lugares el descontento por las
condiciones impuestas dio lugar a revueltas y manifestaciones de protesta. Una
de las más violentas tuvo lugar en la región bosnia de Bihać en mayo de 1950,
aunque en otros lugares raramente suponían una amenaza real para las
autoridades. Una forma más habitual de resistirse a la colectivización
consistió simplemente en abandonar la agricultura, algo que no veían mal
algunos gobiernos de Europa oriental, ávidos de mano de obra industrial.
La resistencia y el rencor frenaron el ritmo de la
colectivización y en el momento de la muerte de Stalin había avanzado
sorprendentemente poco. En Checoslovaquia, por ejemplo, solo el 43 por 100 de
la población rural estaba integrada en algún tipo de granjas colectivas,
mientras que Polonia el porcentaje era solo del
17 por 100. De hecho, hasta principios de la década
de 1960 no se completó la colectivización, después de realizar notables
concesiones al campesinado, permitiéndole la explotación de parcelas privadas y
concediéndole el derecho a organizar a su antojo el uso de la mano de obra. En
Polonia y Yugoslavia la colectivización fue simplemente abandonada y el campo
volvió a dividirse en pequeñas explotaciones privadas.
En 1949 la organización del Partido Socialista
Unificado en la ciudad de Plauen, en Sajonia, elaboró uno de sus informes
regulares sobre la opinión pública. Concluía que aunque los obreros muy
calificados y los técnicos superiores estaban razonablemente contentos, las
«amplias masas» de la población —obreros y campesinos— no lo estaban,[93] y hay
muchas pruebas de que en 1953 esa distribución de la satisfacción popular era
muy parecida en gran parte de Europa oriental. Los esfuerzos por remozar las
tradiciones campesinas chocaron con gran resistencia. Entretanto el sistema
estalinista tardío, en el que una «nueva clase» de burócratas se situaba por
encima de las clases trabajadoras como extractores y administradores oficiales
de recursos para un estado insaciable, no podía mantenerse indefinidamente,
especialmente en países con tradiciones socialistas propias anteriores a la
presencia soviética.
Durante los últimos años del estalinismo tardío los
regímenes satélites de la Unión Soviética dependían cada vez más de la pura
coerción para aplicar una política económica impopular. En 1952 en Polonia y en
1952-1953 en Rumanía, Bulgaria y Checoslovaquia, las respectivas reformas
monetarias confiscaron de hecho los ahorros del pueblo y en Checoslovaquia
provocaron una oleada de protestas.[94] En junio de 1953, se ha estimado que
entre el 6 y el 8 por 100 de los varones adultos de la Europa oriental sovietizada
estaban en prisión. No cabe pues sorprenderse de que el sistema estalinista
tardío no sobreviviera mucho tras la defunción del «padrecito de los pueblos».
8
Parricidio
I
Un luminoso día de verano en junio de 1962, Nikita
Jruschov, de muy buen humor, depositó un pececillo de colores en un estanque de
reciente construcción a la sombra del monumental edificio de la Universidad de
Moscú. A continuación, un niño recibió una llave gigante en nombre de todos los
Pioneros: la «Llave del País de los Románticos», dijo la prensa. Ambas
ceremonias formaban parte de la inauguración del nuevo Palacio de los Pioneros
—un centro de esparcimiento para la organización infantil del partido— en las
Colinas de Lenin. El enorme parque de 56 hectáreas y el espacioso y aireado
edificio debían convertirse en un País de las Maravillas, una «República de los
Niños» donde estos serían «los dueños» y la disciplina adulta tan leve como
fuera posible. Los creadores del proyecto proclamaban que los niños se
enseñarían allí mutuamente, empleando la presión entre iguales para mantener la
disciplina.[1]
Había pasado mucho tiempo, casi un decenio, desde
la muerte de Stalin. A este le gustaba ser fotografiado dando palmaditas en la
cabeza a los niños, pero manosear pececillos de colores en público habría
estado por debajo de su dignidad. El propio edificio estaba también en agudo
contraste con su entorno estalinista; adoptando el «estilo internacional»
modernista de los años veinte, estaba
adornado con esculturas y relieves de aspecto naïf,
infantil, y no con las viejas figuras neoclásicas de musculosos obreros. Era un
edificio de poca altura y deliberadamente «democrático», con grandes ventanales
de cristal y puertas que daban a todos lados, abiertas a los alborozados niños
que entraban corriendo desde el parque circundante.
El Palacio de los Pioneros era pura ideología
convertida en hormigón; mostraba el tipo de comunismo que Jruschov quería que
sustituyera al estalinismo tardío: moderno e internacionalista; libre del
arcaico nacionalismo de principios de la década de 1950;[2] pero también
romántico, lleno de posibilidades para la creatividad humana. Según los
periodistas de Komsomolskaia Pravda, había sido construido «por gente
romántica, y ese estilo de vida romántico de los pioneros se hace patente en
las paredes del Palacio».[3] Se enfocaba hacia el bienestar del pueblo más que
hacia el poder del estado, y lo que es más importante, era un edificio
concebido para el disfrute de los niños, libres de restricciones paternales.
Encarnaba los valores de igualdad y fraternidad y en él los niños se
organizarían autónomamente. A Jruschov le disgustaba el viejo estilo
«aristocrático» estalinista, obsesionado por el estatus; decía que el edificio
de la Universidad Lomonosov de Moscú se parecía a una iglesia: «una masa fea e
informe».[4]
Jruschov no era el único dirigente comunista que
pretendía una alternativa a la rudeza y jerarquización del estalinismo. Una vez
muerto el viejo patriarca, sus herederos percibieron que había que cambiar el
viejo sistema. La coerción ya no daba resultado y la creciente desigualdad y
los privilegios provocaban irritación. Al mismo tiempo, el legado de violencia
y la prolongada «lucha» del partido contra sus «enemigos» reducían la base de
apoyo del régimen, que debía necesariamente abrirse. Además, muchos criticaban
abierta y enérgicamente el determinismo económico estalinista, esto es, la
opinión de que todo, incluidos los valores, la moralidad y las vidas humanas,
debía sacrificarse a la construcción de una sociedad industrial moderna. El
viejo y cruel dogmatismo —
argumentaban— debía ser sustituido por un
socialismo más «humano».
Pero ¿qué significaba esto en la práctica? Algunos
proponían un comunismo más pragmático con derechos individuales y mercados
limitados. Esto resultaba especialmente atractivo en Europa oriental, pero la
mayoría de los dirigentes de los partidos comunistas no estaban dispuestos a
ese compromiso, ya que socavaría el poder del partido y amenazaría su «papel
dirigente» en la política, poniendo además en peligro la economía planificada
desde el centro. Otros pretendían un modelo más tecnocrático y modernista. Otra
respuesta, más atractiva para los dirigentes, era tratar de ampliar la base del
régimen y de restaurar su dinamismo revolucionario. Había que reagrupar la
banda rebelde fraternal y reavivar el espíritu de voluntad colectiva. Los
grandes innovadores ideológicos de la década de 1950 —Tito, Jruschov y Mao—
emprendieron así un «gran salto atrás», volviendo al Lenin radical de 1917 o
incluso al Marx romántico de la década de 1840.
Sin embargo, las fotografías de la ceremonia
inaugural del Palacio de los Pioneros ofrecían una imagen muy diferente de la
relajada autodisciplina evocada en Komsomolskaia Pravda. Hoy día aquel ambiente
de uniformes, filas ordenadas, banderas y tambores nos parece claramente
militarista; y ahí está la dificultad que afrontaban los herederos de Stalin:
aunque el ideal al que aspiraban fuera el del trabajo creador, en el que
primaría la cooperación en un agradable espíritu de paz y armonía, esperaban
conseguirlo mediante la construcción de estados poderosos y economías
eficientes. En ausencia de incentivos de mercado, el recurso a la movilización
semimilitar seguía siendo todavía convincente. Así lo veía Mao, basando su
estrategia en un comunismo guerrillero acompañado de la correspondiente «lucha
de clases». Jruschov estaba decidido a evitar la violencia, pero ni siquiera a
él le resultaba posible pretender un comunismo radical renunciando a la cultura
partidaria de intimidación de su juventud; solo Tito se alejó
genuinamente de ella, pero a costa de restaurar el
mercado y caer bajo la influencia occidental.
No es, pues, sorprendente que la muerte de Stalin
no trajera la paz, sino un «deshielo» que exponía algunas de las tensiones
«congeladas» en el bloque soviético, al tiempo que fragmentaba su vasto
imperio. De hecho, los quince años posteriores a la muerte de Stalin fueron
quizá los más turbulentos de la historia del comunismo y los más peligrosos de
la guerra fría, cuando el mundo estuvo cerca de la conflagración nuclear. El
primer desafío a la ortodoxia estalinista, no obstante, con Stalin todavía vivo,
fue la ruptura protagonizada por los comunistas yugoslavos en 1948.
II
Milovan Djilas recuerda en sus memorias:
Un día —debió de ser en la primavera de 1950— se me
ocurrió que ya estábamos en condiciones de establecer la asociación libre de
productores de la que hablaba Marx. Las fábricas quedarían en manos de los
obreros, con la única condición de pagar un impuesto para las necesidades
militares y de otro tipo de los estados, «que seguían siendo esenciales».
A continuación le explicó esa idea al ideólogo
Edvard Kardelj y al director-jefe de la economía, Boris Kidrič, «sentados en un
automóvil frente a la villa donde yo vivía»; Kidrić era escéptico, pero
finalmente fueron a decírselo al jefe:
Tito paseaba de un lado a otro, como si estuviera
totalmente sumergido en sus propios pensamientos. De pronto se detuvo y
exclamó: «¡Las fábricas en poder de los trabajadores! ¡Algo que nunca se ha
conseguido todavía!». Con aquellas palabras, las teorías elaboradas por Kardelj
y yo mismo parecían liberarse de sus complicaciones y mejoraba la perspectiva
de poner el proyecto en marcha. Pocos meses después Tito presentó en la
Asamblea Federal Yugoslava el proyecto de ley de Autogestión Obrera.[5]
Djilas describía así el primero de los muchos
«retornos a Marx» de los años cincuenta, cuando los comunistas trataron de
encontrar una alternativa al estalinismo. Su relato sobre aquel momento de
euforia, las enfebrecidas discusiones sobre marxismo en el interior de un
automóvil y las repentinas decisiones en las villas del partido nos dan mucho a
conocer sobre la naturaleza cerrada del liderazgo de Tito; pero su crónica del
origen del nuevo modelo yugoslavo de comunismo no resulta enteramente convincente;
Tito y los demás dirigentes llevaban algún tiempo buscando nuevos modelos antes
de la ruptura con la URSS, y lo que es más importante, la retórica de la
«autogestión» era muy equívoca. Djilas y sus amigos eran sin duda sinceros en
su búsqueda de un marxismo democrático y sus ideas suscitaron un enorme interés
entre los socialistas occidentales; pero en la práctica la autogestión
yugoslava tenía poco que ver con la idea que se hacía Marx de la participación
democrática en la gestión ni con el control obrero del que hablaba Lenin en El
estado y la revolución. Con aquellas reformas comenzó de hecho el viraje de
Tito hacia el «socialismo de mercado», y el modelo yugoslavo mostró lo difícil
que era volver a radicalizar el marxismo en Europa después de Stalin.
Al igual que en China, hay que buscar las raíces
del comunismo yugoslavo tanto en la experiencia de la guerra de guerrillas como
en Moscú y la Comintern; pero en Yugoslavia, con su diversidad étnica y
económica, al acabar la guerra surgieron dos modelos alternativos de
socialismo: en Eslovenia, relativamente pacífica y próspera (donde los combates
habían prácticamente acabado con el colapso del fascismo italiano en 1943), era
moderado y pragmático; las asambleas locales eran relativamente democráticas, la
reforma agraria limitada, y el estado incentivaba la producción con ayudas a
los particulares. En Bosnia-Herzegovina y Macedonia, mucho más pobres y
destruidas por la guerra, era más radical e igualitario. Allí la escasez y la
hiperinflación habían desvalorizado el dinero. Los comunistas recurrieron al
racionamiento, al entusiasmo ideológico y
la movilización de equipos de trabajo para mantener
en marcha la economía.[6]
El objetivo de Tito durante sus primeros años de
gobierno era combinar el modelo pragmático esloveno y el radical bosnio y
aplicarlos al resto de Yugoslavia. Muchos de los programas de aquellos primeros
años se hacían eco de la NEP de Lenin. Tito, que no quería enfrentarse con los
campesinos ni perder su apoyo, eludió la colectivización forzosa, y el plan
quinquenal de 1947 (un enorme rimero de documentos que pesaba tonelada y media)
no tenía como modelo el de Stalin: combinaba cientos de planes locales; para
impulsarlo el centro empleaba incentivos financieros, no órdenes
administrativas, y se esperaba equilibrar el presupuesto. Al mismo tiempo, no
obstante, Tito quería un rápido desarrollo de su país, pobre y vulnerable; algo
que una política moderada de estilo NEP no podía conseguir. Por eso el Partido
Comunista decidió recurrir a las «brigadas de choque» para impulsar la economía
mediante el trabajo voluntario y no pagado. La Liga Juvenil fue particularmente
activa y aportó 62 000 jóvenes a la construcción del ferrocarril
Brčko-Banovići. Muchos jóvenes idealistas de todo el mundo se incorporaron a
las brigadas de trabajo, tal como habían hecho sus predecesores acudiendo
masivamente a España para integrarse en las Brigadas Internacionales; uno de
ellos era el futuro dirigente comunista camboyano Pol Pot, que en aquella época
estudiaba en Francia. Para los yugoslavos, sin embargo, la participación no
siempre era voluntaria y las circunstancias eran adversas. Aun así, el
entusiasmo se mantuvo durante algún tiempo; como declaraba un obrero, «aunque
estemos cansados, juntos y cantando es más fácil».[7] Pero aquel tipo de
movilización tenía sus desventajas para Tito: en su entusiasmo por la
transformación social, la Liga Juvenil alentó en repetidas ocasiones la persecución
de los «enemigos de clase», algo que los dirigentes no deseaban.
Aquella disociación identitaria que alternaba dos
planteamientos tan diferentes se mantuvo hasta 1947, cuando Tito comprendió su
vulnerabilidad. Maniobrando astutamente a derecha e izquierda
había conseguido ayuda exterior, tanto de Estados
Unidos como de la URSS, después de 1945, pero al iniciarse la guerra fría la
ayuda occidental se interrumpió y tras la ruptura con Moscú en 1948 Yugoslavia
se veía sin amigos y amenazada de un posible golpe estalinista.
Paradójicamente, Tito hizo frente a Stalin recurriendo a una estrategia
militarista mucho más centralizada. Durante aquellos años se acentuó la
represión, incluida la purga de «cominternistas» y otros adversarios del
régimen, confinados en el campo de prisioneros de la «Isla Baldía» (Goli Otok).
El antiguo idealismo se vio sometido a una severa tensión. Djilas comentaba
amargamente al ministro del Interior, Aleksandar Rankoviƒ: «Ahora estamos
tratando a los seguidores de Stalin como antes tratábamos a sus enemigos», a lo
que Rankoviƒ respondió turbado: «¡No digas eso! ¡Ni se te ocurra hablar de
ello!».[8] Aun así, la represión iba acompañada de medidas favorables al
proletariado bastante parecidas a las de Stalin a principios de los años treinta.
El partido alentaba a los obreros a criticar a los directivos y expertos,
aunque aquello conllevaba una pérdida de control sobre la mano de obra.
Aquellos años fueron muy difíciles para Tito y su
círculo, que constantemente temían un atentado, la invasión soviética o el
colapso económico; pero en 1950 llegó la salvación en forma de ayuda
estadounidense. Estados Unidos, ansioso de ganarse un aliado y de resquebrajar
el bloque comunista, decidió «mantener a flote a Tito» y a través del Fondo
Monetario Internacional y el Banco Mundial le hizo llegar créditos, que por
supuesto tenían que devolverse, lo que implicaba mantener cierto equilibrio del
presupuesto y con ello obstaculizaba experimentos socialistas más radicales. La
movilización de estilo militar debía dar paso a la responsabilidad y la
eficiencia. El régimen descentralizó el poder y transfirió oficialmente todas
las propiedades del estado a los llamados «consejos obreros», al tiempo que el
Partido Comunista se rebautizaba, haciendo un guiño a la sensibilidad
democrática, como «Liga de los Comunistas de Yugoslavia»; pero seguía siendo un
estado con un solo partido y la «autogestión obrera»
(samoupravljanje) no era en absoluto gestión de los
trabajadores. En la práctica, directivos y funcionarios mantenían el control y
tenían que respetar el presupuesto dictado desde el centro. Aquella
democratización tan alabada del lugar de trabajo fue de hecho un retroceso al
modelo esloveno del período de guerra, y lejos de ser un retorno a Marx quienes
llevaban la voz cantante eran los directivos y las instituciones financieras.
A partir de 1950 la economía yugoslava no era ni
una economía centralmente planificada ni una economía de mercado sino algo
intermedio; el estado gestionaba la economía regulando los precios y
concediendo créditos más que mediante el diktat político. En algunos aspectos
seguía comportándose como un estado estalinista típico: el régimen invertía
sobre todo en la industria pesada y empleaba la redistribución para suavizar
las desigualdades, especialmente entre Croacia y Eslovenia, más ricas, y
Macedonia y Montenegro, más pobres; pero había descartado la colectivización
forzosa en el campo y era, a todos los efectos, parte del mundo económico
occidental. Durante un tiempo aquella combinación de mercado, socialismo y
ayuda estadounidense tuvo un notable éxito y durante la década de 1950
Yugoslavia ostentó la mayor tasa de crecimiento de toda Europa oriental.
También era el país más abierto y tolerante de toda la región, visitado por
turistas occidentales al tiempo que muchos yugoslavos trabajaban en el extranjero,
llevando de vuelta a casa la influencia occidental. Por otra parte, la tensión
entre las repúblicas se mantuvo atenuada por el recuerdo de las sangrientas
batallas del período de guerra y por el propio Tito. Este, de padre croata,
madre eslovena pero asentado en Serbia, encarnaba el «yugoslavismo» y su estilo
casi monárquico resultaba atractivo para muchos, aunque fuera repulsivo para
otros. Djilas, intelectual y puritano, censuraba la vanidad de Tito y su gusto
por el lujo, sus treinta y dos palacios, sus espléndidos banquetes y
recepciones, su bronceado artificial, su pelo teñido y su falsa dentadura;[9]
pero concedía que tenía sus razones:
Al establecer su residencia en palacios, al
gobernar desde ellos, se vinculaba a la tradición monárquica y a la idea
tradicional del poder… La pompa era indispensable para él; satisfacía sus
instintos de nuevo rico y compensaba su deficiencia ideológica y su
insuficiente instrucción.[10]
Djilas, expulsado del Comité Central en 1954 por
sus escrúpulos democráticos, reconocía que el estilo monárquico de Tito
complacía a una población rural acostumbrada a las formas tradicionales de
autoridad. Su régimen, atrapado como estaba entre Europa oriental y occidental,
lo rural y lo urbano, ofrecía al mundo un conjunto notablemente diverso de
facetas. Para la intelectualidad urbana, los idealistas del partido y la
izquierda occidental, representaba el auténtico marxismo democrático; para los
capitalistas estadounidenses y europeos, había reconciliado el socialismo con
el mercado; y para los campesinos era un gobierno de héroes. Los poetas
folclóricos celebraban la ruptura con el bloque soviético (y con el dirigente
comunista húngaro Rákosi) en versos pseudoépicos:
Oh, Rákosi, ¿dónde estabas
cuando Tito vertió su sangre?
Seguías oculto en la frialdad de Moscú,
mientras Tito combatía en la guerra.
¡Y pretendes ahora ser un demócrata!
Si vuelve a haber guerra,
se repetirá la vieja historia:
nuestro Tito será el líder,
y tú volverás a ocultarte de nuevo.[11]
Como se verá, bajo la aparente prosperidad y el
aplomo desafiante de Tito no todo iba tan bien como se decía. Aun así, en 1956
podía darse por satisfecho. Desde los peligrosos y sombríos años de 1948-1949
había consolidado la independencia y la economía yugoslavas e incluso había
ganado prestigio internacional con su variedad peculiar de marxismo. En 1961 se
convirtió en secretario general del Movimiento de Países No Alineados que
agrupaba a la mayor parte del Tercer Mundo al margen de los bloques soviético y
occidental, y ya en 1956 había visitado la URSS acercando
posiciones con Jruschov. El abandono del modelo
estalinista iba a ser bastante más traumático en otros países de Europa
oriental.
III
Por la mañana del 1 de marzo de 1953, tras una
ajetreada velada de cena, licores y cine que duró hasta las cuatro de la
madrugada, Stalin fue descubierto en el suelo de su dormitorio; había sufrido
un ataque al corazón. Los miembros del círculo más íntimo del partido
—Malenkov, Beria, Jruschov y el jefe del ejército Nikolai Bulganin— fueron
convocados junto a su lecho, pero pasó algún tiempo antes de que llamaran a los
médicos, lo que pudo ser deliberado. Estaban cada vez más preocupados por la
imprevisibilidad de Stalin y su carácter vengativo en sus últimos años; pero es
más probable aún que estuvieran demasiado asustados para actuar.[12] En la
envenenada atmósfera del liderazgo soviético, la prepotencia y la ambición
descarada podían dar lugar a un severo castigo. Puede muy bien que la extrema
centralización del poder que Stalin había ido perfeccionando durante toda su
vida le resultara fatal en aquel instante.
La muerte de Stalin supuso una gran conmoción para
amigos y enemigos, ya que no se trataba únicamente de la máxima autoridad
política, sino que era la encarnación de todo el sistema: ideológico, cultural,
político y económico. Fiodor Burlatski, quien más tarde iba a ser uno de los
principales asesores de Jruschov y que en privado no admiraba precisamente a
Stalin, trató de resumir así sus encontrados sentimientos:
Su muerte conmocionó a todos los habitantes de la
Unión Soviética hasta lo más íntimo, aunque las emociones que despertó fueran
variadas. Algo que parecía inconmovible, eterno e inmortal se había
desvanecido. El simple pensamiento de que aquel hombre hubiera muerto y su
cuerpo tuviera que ser enterrado difícilmente le entraba a nadie en la cabeza.
La institución máxima del poder, que constituía el fundamento mismo de nuestra
sociedad, había fenecido. ¿Cómo sería la vida ahora, qué nos podía suceder a nosotros
y al país?[13]
Las reflexiones de Burlatski eran probablemente
compartidas por muchos de los dirigentes de mediana edad del comunismo mundial
que acudieron al funeral, incluidos Togliatti, Thorez y Zhou Enlai, así como
por la cúpula del poder soviético. Todos eran muy conscientes de la difícil
situación de la URSS. El nivel de vida era muy bajo, había muy pocos
alojamientos nuevos y los bienes de consumo eran escasos. La agricultura era un
desastre —las cosechas eran menores que antes de la primera guerra mundial— y gran
parte de los alimentos que consumía el país se producían fuera de las granjas
colectivas, en la minúscula porción de la tierra distribuida en parcelas
individuales. El sistema penitenciario era enorme y Beria, encargado de
ejecutar su presupuesto, se desesperaba por los costes de gestión del cuerpo de
300 000 carceleros del Gulag y la baja productividad del trabajo en las
prisiones.[14] Los disturbios y protestas en los campos eran frecuentes: en
mayo-junio de 1954 los penados de la prisión de Kenguir, en Kazajstán, se
sublevaron y se apoderaron del campo durante cuarenta días antes de ser
finalmente sometidos con tanques y bombardeos aéreos.[*] Las relaciones con
Occidente también eran tensas, obligando al régimen a gastar sus escasos
recursos en cañones y no en mantequilla, por ejemplo en la guerra de Corea —que
no concluyó hasta julio de 1953—; así y todo, la URSS seguía por detrás de
Estados Unidos en fuerza aérea y capacidad nuclear. Por otra parte, el
levantamiento del 17 de junio en Berlín mostraba la necesidad de mantener la
represión en Europa oriental. Los sucesores de Stalin estaban de acuerdo en que
su obsesión por la seguridad no había
hecho más que provocar miedo y resentimiento en el
extranjero y que en último término había socavado la propia seguridad
soviética.
Pero no estaban de acuerdo en lo que debía
sustituir, y cómo, al viejo orden estalinista. Del Presidium o dirección
colectiva que asumió el poder —Beria, Bulganin, Voroshilov, Kaganovich,
Malenkov, Mikoyan, Molotov, Pervujin, Saburov y Jruschov— Beria y Malenkov eran
los que más tenían en común. Pertenecían al ala modernista del partido y creían
que la represión y las persecuciones, especialmente de los intelectuales y
expertos, eran contraproducentes, tanto económica como políticamente. A la
muerte de Stalin probablemente colaboraron para instalar a Malenkov como jefe
del gobierno y dirigente principal del partido.
Fue Lavrenti Beria quien tomó la iniciativa en los
días posteriores al funeral y lanzó inmediatamente un radical programa de
cambio. A primera vista Beria no parecía precisamente un reformador. Como
sucesor de Iezhov al frente del NKVD, estaba directamente implicado en la
tortura; pero era un administrador de talento y en gran medida responsable del
éxito del proyecto nuclear soviético. También sentía un profundo desprecio
hacia el aparato del partido, lleno de «charlatanes» y «parásitos»
inútiles.[15] El poder, y no la agitprop, era lo que debía hacer grande a la
URSS.
Beria no sentía remordimientos de conciencia por la
represión, pero se daba cuenta de lo irracional que era desde el punto de vista
económico. A la muerte de Stalin comenzó a revisar los datos del sistema
penitenciario. Les dijo a sus colegas del Presidium que en los campos del Gulag
languidecían más de dos millones y medio de personas que no representaban
ninguna amenaza para el estado y propuso la liberación de más de un millón de
penados no políticos. Los trabajos forzados, argumentó, eran menos eficientes
que el trabajo libre; había que reducir drásticamente el Gulag.[16] Al mismo
tiempo, desafió el chovinismo imperialista gran-ruso del estalinismo tardío
condenando la discriminación en favor del personal y el idioma ruso, algo que
le dolía mucho como georgiano que era.[17]
Lo más problemático y controvertido eran, empero,
sus propuestas en política exterior. Malenkov y él estaban convencidos de que
la salud de la economía exigía serias concesiones a Occidente y tuvieron cierto
éxito en convencer a sus colegas. Poco después de la muerte de Stalin la URSS
contribuyó a poner fin a la guerra de Corea y restauró las relaciones con la
Yugoslavia de Tito. Más espinosas, no obstante, fueron sus propuestas sobre el
futuro de la RDA, donde seguía la agitación y miles de personas la abandonaban
a diario huyendo a Occidente como respuesta a la severa política de Ulbricht.
Al parecer Beria propuso, con el fin de reducir pérdidas, que la Unión
Soviética abandonara el intento de implantar allí el socialismo: «¿Por qué hay
que construir el socialismo en la RDA? Basta que sea un país pacífico. Eso es
suficiente para nuestros propósitos».[18]
Probablemente Malenkov simpatizaba con las ideas de
Beria, pero el viejo estalinista Molotov se oponía enérgicamente a ellas y lo
mismo sucedía con Jruschov. Beria era vulnerable, en parte por razones
ideológicas pero sobre todo porque sus colegas no confiaban en él, y tenían
buenas razones para ello. Aspiraba claramente al puesto más alto y bien podría
haberlos mandado ejecutar si lo hubiera conseguido. Una vez que Malenkov y
Jruschov llegaron a esa conclusión, comenzaron a conspirar contra él, obteniendo
el apoyo del ejército y también de los miembros de la vieja guardia Molotov y
Kaganovich. Beria, bajo la típica acusación estalinista de ser un espía
británico, fue detenido el 26 de junio de 1953 y ejecutado el 23 de diciembre
como enemigo del pueblo.
Los principales aspirantes a la jefatura máxima se
habían reducido así a dos, Jruschov y Malenkov, que iban a mantener un
duunvirato de hecho durante casi dos años. Malenkov provenía de una vieja
familia de oficiales y tenía una larga lista de éxitos académicos. Según su
hijo, se veía a sí mismo como un autócrata ilustrado, líder de la «tecnocracia»
soviética.[19] El embajador británico William Hayter lo consideraba un hombre
sofisticado e inteligente, y aunque «había algo mórbido en su aspecto, como el
de un eunuco», era «muy rápido, inteligente y
sutil» y un «vecino de mesa extraordinariamente agradable».[20]
El punto de vista de Malenkov era en general
tecnocrático, modernista. La planificación seguiría en pie, pero el régimen
induciría al pueblo a trabajar ofreciéndole un nivel de vida más alto e
incentivos financieros, no mediante la represión; en su opinión, la inversión
debía redistribuirse, favoreciendo la producción de bienes de consumo aun en
detrimento de la industria pesada y la defensa. Para que la industria fuera más
eficiente debían reducirse las interferencias del partido en la economía y este
debía ser más tolerante con los intelectuales. Malenkov alentó a los
científicos a exponer sus quejas, lo que como cabía esperar provocó un diluvio
de ataques a Lysenko y la ciencia ideologizada de Stalin.
Malenkov también defendía una política exterior
menos agresiva y pretendía una auténtica distensión con Occidente, aunque quizá
no compartiera las controvertidas propuestas de Beria con respecto a la RDA.
Aprovechó el primer ensayo de bomba termonuclear soviética en agosto de 1953
para argumentar que la URSS era ahora lo bastante fuerte para acordar la paz y
que había que superar la confrontación Este-Oeste. En marzo de 1954 declaró que
una guerra entre Estados Unidos y la URSS significaría una conflagración
nuclear y «la destrucción de la civilización mundial». Con aquella afirmación
Malenkov estaba contraviniendo implícitamente la ortodoxia marxista-leninista:
proponía atenerse al pragmatismo y que Estados Unidos y la URSS emprendieran
una «coexistencia y competencia pacífica a largo plazo» entre los dos sistemas,
en lugar de la «lucha de clases» internacional entre dos campos
antagónicos.[21]
La breve preeminencia de Malenkov tras la muerte de
Stalin representó pues, para Occidente una oportunidad real para reducir las
tensiones de la guerra fría, pero la perdió, como reconocía Charles Bohlen,
embajador estadounidense en Moscú en aquella época.[22] El respetado general de
la segunda guerra mundial Dwight Eisenhower había sido elegido presidente de
Estados
Unidos en 1952 en un ambiente muy caldeado de
recriminaciones a Truman por la supuesta «pérdida» de China y la obtención por
la Unión Soviética de la bomba atómica en 1949, por lo que prometió emprender
una lucha más vigorosa —sin aumentar su coste— contra el comunismo. Eisenhower,
antiguo testigo de Jehová convertido a la Iglesia Presbiteriana doce días antes
de tomar posesión como presidente, veía la guerra fría en términos muy
ideológicos, como una guerra en la que «las fuerzas del bien y del mal se congregan
y arman para enfrentarse como rara vez antes en la historia», tal como declaró
en su discurso de toma de posesión.
Su
secretario de Estado, John Foster Dulles, tenía una opinión similar o quizá aún
más radical, por el temor que sentía al poder del comunismo en el Tercer Mundo.
El tiempo de la contención — argumentaba en 1952— había pasado. Estados Unidos
tenía que «aplastar» el comunismo.
Así pues, el gobierno de Washington estaba decidido
desde un principio a aprovechar la muerte de Stalin y las tensiones existentes
en el Kremlin para debilitar a la URSS. Aunque Eisenhower hizo algunas
propuestas para reducir el riesgo de guerra nuclear, fueron escasos los
esfuerzos verdaderamente serios en pro de la distensión. Puede que esta fuera
imposible porque había demasiados dirigentes en ambos bandos que veían el
conflicto en términos absolutamente ideológicos y sospechaban de los motivos
de la superpotencia rival;[24] el propio Malenkov
desconfiaba profundamente del Occidente capitalista. Pero si Eisenhower hubiera
seguido el consejo de Churchill en mayo de 1953 y aquel mismo año hubiera
mantenido conversaciones con él sin condiciones previas, puede que los
partidarios más intransigentes de la guerra fría en el Kremlin hubieran perdido
influencia.
En cualquier caso, Malenkov se veía sometido a una
creciente presión por parte del ambicioso Jruschov y en enero de 1955 fue
destituido como primer ministro, acusado de «derechismo» y criticado
severamente por descuidar la lucha contra la burguesía internacional. Occidente
tendría que tratar ahora con un dirigente
mucho más correoso —Nikita Jruschov—, cuya
concepción de la «competencia pacífica» era ideológicamente más hostil y
conllevaba mayor confrontación.
La primera impresión que tuvo sir William Hayter de
Jruschov en una cena ofrecida en honor del ex primer ministro y líder laborista
británico Clement Attlee fue, como cabía esperar, menos elogiosa que la de
Malenkov. No lo encontró «vocinglero, impulsivo, charlatán e irreflexivo». En
una hábil aunque desdeñosa reseña enviada a sus jefes de Londres, describía a
Jruschov como la combinación de un campesino de una novela rusa del siglo XIX
—taimado y lleno de inquina hacia su señor (barin), transfigurado ahora en las
potencias capitalistas de Occidente— con «un líder sindical británico del viejo
estilo, dominado por el resentimiento».[25] Las observaciones de Hayter eran
indudablemente altaneras, como correspondía a aquel vástago de la aristocracia
británica, pero captaban mejor que las de muchos otros la importancia de la
jerarquía y la desigualdad, tanto en la URSS como en el terreno internacional.
De entre todos los dirigentes soviéticos, la
formación de Jruschov era una de las más deficientes. Había nacido en una
familia campesina analfabeta en la provincia de Kursk en abril de 1894 y
durante gran parte de su juventud vivió en una extremada pobreza. En 1908 la
familia emigró a la ciudad de Iúzovka —el nombre le venía del empresario galés
John Hughes; más tarde se llamó Stalino y actualmente Donetsk—, en el Donbas,
donde su padre trabajaba como minero, su madre lavaba ropa en casa y él se
introducía dentro de enormes calderas para limpiarlas de hollín. Aquel traslado
fue para él, en cualquier caso, de gran transcendencia, al pasar de un ambiente
campesino a otro plenamente industrial. Jruschov estaba dispuesto a convertirse
en una persona moderna, y a los quince años entró a trabajar en un taller como
aprendiz de ajustador. Como muchos otros adquirió entonces un entusiasmo por
las innovaciones mecánicas que le acompañó toda su vida;[26] construyó incluso
su propia motocicleta con piezas que iba encontrando en los vertederos.[27]
Tras
completar su aprendizaje pasó a trabajar en una
fábrica vinculada a las minas en la que prevalecía el radicalismo obrero y
pronto se implicó en actividades sindicales ilegales. Era el tipo de persona
que podría convertirse fácilmente en un dirigente comunista, como lo eran
Stalin y Tito: sociable, con dotes de liderazgo, diligente y deseoso de
mejorar.
Jruschov era un político de corte acentuadamente
populista. Se incorporó al partido bolchevique en 1918 (más tarde de lo que
quizá habría cabido esperar), se convirtió en comisario político en el Ejército
Rojo, y tras la guerra civil regresó a Iúzovka como subdirector de «asuntos
políticos» en la mina de Rutchenkovo. Tenía el clásico estilo «democrático» tan
valorado en aquella época, mostrándose dispuesto a abandonar la oficina y la
redacción de informes para remangarse y echar una mano a los mineros; eso explica
que en 1923 se uniera, durante un breve período, a la oposición trotskista que
reclamaba más democracia en el partido, algo que le podría haber costado muy
caro. Aunque ya había encontrado un puesto como activista del partido, quería
compensar su falta de formación y pretendía convertirse en ingeniero. Hizo dos
intentos de retomar los estudios: en 1924 se inscribió en una «facultad obrera»
(rabfak) con la intención de prepararse para el ingreso en el Instituto
Politécnico del Donets, y en 1929 volvió a intentarlo en la Academia Industrial
de Moscú. En ambas ocasiones las exigencias académicas fueron excesivas para él
y regresó al trabajo en el partido a tiempo completo. El impulso izquierdista
de finales de la década de 1920 era especialmente atractivo para él y apoyó con
gran entusiasmo la «Gran Ruptura» de Stalin. Lazar Kaganovich, su padrino en
Ucrania, se lo llevó consigo en 1929 a Moscú, donde ascendió rápidamente; en
1932 dirigía la organización moscovita del partido, solo por debajo de Kaganovich,
al que reemplazó en 1934. Una de sus principales tareas desde aquel puesto fue
la supervisión de las obras de las dos primeras líneas del Metro de Moscú, con
sus estaciones de estilo Palacio del Pueblo llenas de estatuas y lámparas de
araña. Era el jefe ideal de
partido en aquel período inicial del estalinismo:
entusiasta, movilizador, recorriendo los túneles día y noche, impulsando
extraordinarias hazañas de sus obreros pese a la dureza del trabajo y los
numerosos accidentes.[*] También estaba dispuesto a aplicar la represión
estalinista y se benefició de ella sustituyendo en 1938 al jefe del partido en
Ucrania, víctima de la purga. Como a muchos otros miembros del partido, no
obstante, le disgustaba, al parecer, ver cómo se acusaba y ejecutaba a gente
que sabía que era inocente. Según un amigo de aquella época, ya entonces tenía
la intención de «ajustarle las cuentas a ese Mudakshvili cuando pueda»
(combinando el calificativo mudak [«gilipollas»] con el apellido de
Stalin).[28]
La actitud de Jruschov hacia el legado de Stalin
era, por tanto, más compleja y ambigua que la de sus colegas. Beria y Malenkov
consideraban irracional la represión de Stalin y no les preocupaba cortar
amarras con el Jefe, una vez muerto; la reacción de Jruschov, en cambio, era
más emocional: Burlatski recordaba que le conmovía el destino de los individuos
y que con frecuencia se sumergía en largos monólogos cargados de culpa por las
víctimas del terror.[29] Estaba tan decidido como sus colegas a sustituir el
dogmatismo y la xenofobia de Stalin por un nuevo mundo de ciencia y modernidad,
pero se había forjado en el partido durante las décadas de 1920 y 1930. Era un
auténtico creyente en los ideales del comunismo romántico de estilo castrense,
el socialismo que se podía alcanzar colectivamente a base de fuerza de
voluntad; así que aunque estaba decidido a abandonar la violencia, trató de
resucitar la movilización de masas que la había generado tantas veces.
Las diferencias entre los programas de reforma de
Malenkov y de Jruschov pronto se hicieron evidentes. Mientras que Malenkov
estaba dispuesto a sacrificar los cañones por mantequilla, Jruschov insistía en
que era perfectamente posible tener ambos. Para cuadrar el círculo recurrió a
los métodos de movilización de masas de los años treinta en Moscú, proponiendo
una enorme ampliación del área dedicada al cultivo de trigo, maíz y otros
cereales, especialmente en
Siberia occidental y Kazajstán, la llamada «Campaña
de las Tierras Vírgenes» de 1954. Era una solución típicamente jruschoviana,
enormemente ambiciosa, con la que pretendía resolver de una vez el problema del
suministro alimentario gracias al sacrificio de más de 300 000 jóvenes
«voluntarios», enviados a aquellas regiones remotas en trenes especialmente
dispuestos al efecto. Durante un breve período el Programa pareció tener un
enorme éxito: la cosecha de 1958 estuvo casi un 70 por 100 por encima de la media
de 1949-1953.[*]
Las soluciones de Jruschov pudieron parecer a
muchos ingenuamente optimistas, pero de hecho eran más acordes con la cultura
del partido que las de Malenkov, que apelaban principalmente a los directivos y
gestores urbanos. Su popularidad era fácil de explicar: no proponía a la URSS
una retirada ante un Occidente más poderoso, corriendo el riesgo de un
«aplastamiento» del comunismo, ni tampoco desafiaba los intereses muy
enraizados del ejército y la industria pesada; además concedía el papel
principal al PCUS y a su Comité Central. A partir de 1945 el desinterés de
Stalin por las grandes campañas ideológicas había llevado a un declive de la
influencia del partido en relación con las instituciones administrativas del
estado, mientras que Jruschov prometía volver a ponerlo en el centro de la
política soviética. No cabe, pues, sorprenderse de que se ganara al Comité
Central del partido y obtuviera la destitución de Malenkov.
Jruschov disponía ahora del poder necesario para
imponer sus ideas, y lo hizo mediante un parricidio memorable: su denuncia de
Stalin en el XX Congreso del PCUS en febrero de 1956. Como comentó con justeza
Mao, Jruschov no solo criticó a Stalin, lo «mató». Había varias razones para
aquel paso audaz, aunque temerario: por un lado, de autoprotección: aunque
Jruschov había participado en el Terror, sus rivales Molotov y Kaganovich
estaban mucho más implicados y cualquier crítica de Stalin era de hecho una censura
contra ellos. Pero había sobre todo un motivo idealista en su discurso:
Jruschov estaba convencido de que el prestigio moral
del partido era decisivo para su éxito y de que la
única forma de restaurarlo era admitir los errores del pasado y empezar de
nuevo.
El 25 de febrero, tras varios días de discursos
agotadores en el congreso, se pidió a los delegados que no se retiraran, ya que
se iba a celebrar una reunión extraordinaria a puerta cerrada. El discurso que
Jruschov pronunció en aquella sesión «secreta» fue probablemente el más
extraordinario de la historia del PCUS. Su implacable denuncia del vozhd duró
cuatro horas. En ella detalló la responsabilidad de Stalin en la tortura y
asesinato de «comunistas honrados e inocentes»; su cruel deportación de pueblos
enteros; su imprudente petulancia durante la guerra; y su traición a los
principios leninistas. Pronunció aquel discurso en un tono altamente emocional,
llegando en determinado momento a amonestar a los viejos amigos de Stalin:
«¡Eh, tú, Klim! —dirigiéndose displicentemente a Kliment Voroshilov—, ¿cuándo
vas a dejar de mentir? Deberías haberlo hecho hace tiempo. Ahora no eres más
que un anciano decrépito. ¿Tienes siquiera el valor y la conciencia suficiente
para decir la verdad sobre lo que viste con tus propios ojos?».[30] Pero pese a
ese lenguaje destemplado, el ataque de Jruschov era algo controlado y
calculado: la única responsabilidad del Terror recaía sobre Stalin y su «culto
a la personalidad»; se había echado a perder a mediados de la década de 1930,
cuando los fundamentos del sistema ya estaban consolidados; el partido había
sido su víctima y ahora que Stalin había desaparecido el partido recuperaría su
pureza.[31] Era evidente que ni el partido, ni la planificación, ni las granjas
colectivas se veían amenazadas por la denuncia de Jruschov.
Los asistentes al congreso se quedaron de piedra.
Acostumbrados a discursos pesados e inanes cargados de clichés ideológicos, no
podían creer lo que oían. Los jefes más ancianos del partido, percibiendo su
impacto incendiario, buscaron sus píldoras para el corazón; pero el discurso
era también, por supuesto,
fundamentalmente inconsecuente, ya que resultaba
extremadamente difícil condenar lo que había hecho Stalin a partir
de 1934 sin desacreditar todo el sistema
construido. Además, como bien sabía Jruschov, el discurso «secreto» no podía
quedar confinado en el aparato del PCUS y acabaría siendo ampliamente conocido.
Pronto hubo toda una carrera de discursos «demagógicos» y se derribaron
estatuas de Stalin, mientras que en Georgia se producían manifestaciones en
defensa de su compatriota deshonrado;[32] pero el mayor impacto, como cabía
esperar, se produjo en la región donde la impronta del comunismo soviético era
más débil: en Europa central y oriental.
IV
En 1953 una compañía teatral rusa presentó en
Budapest una producción de Hamlet. Aunque pocos podían entender el texto en
ruso, se trataba de una importante ocasión ceremonial, en la que el poder
imperial iba a demostrar su generosidad y su prestigio cultural a la élite de
la sociedad húngara; el principal ideólogo del Partido Comunista Húngaro,
József Révai, estaba entre los espectadores. Aquella vez, no obstante, se pudo
apreciar una importante diferencia con el pasado. Aunque los viejos dirigentes
comunistas estaban todavía en el poder, Stalin había muerto. Un periodista,
enviado a cubrir la representación, recordaba:
Todos sabían que muy pocos iban a entender lo que
se decía, pero aun así el teatro estaba lleno a rebosar y a mí me encargaron
retransmitir por radio el acontecimiento. Estábamos detrás del palco de Révai y
el ambiente empezó a caldearse cuando el fantasma hablaba a Hamlet; el actor no
hacía más que repetir «Gamlet, Gamlet» (con la pronunciación rusa) y de repente
comenzó a propagarse un increíble murmullo: «Gamlet, Gamlet, idi siuda, davai
chasy!» («Hamlet, Hamlet. ¡Ven aquí! ¡Dame tu reloj!»)… Los espectadores
parecían creer que eran los únicos que murmuraban aquella frase estúpida, y de
pronto el actor también dijo: «Gamlet, Gamlet, idi siuda, davai chasy!». Era lo
que decían los rusos en el 45: «Idi siuda, davai chasy!». Nunca olvidaré el
rostro de Révai, cómo se alargó y palideció. Y toda la audiencia susurraba:
«Gamlet, Gamlet, idi siuda, davai chasy!».[33]
Puede que fuera una revolución minúscula, pero en
cualquier caso era una revolución. Los intelectuales húngaros les decían a los
soviéticos lo que pensaban de ellos: no eran los desinteresados misioneros de
una civilización superior que aseguraban ser; eran descarados imperialistas, en
nada diferentes a los ocupantes del Ejército Rojo que en 1945 se apoderaban de
los bienes de los húngaros —incluidos sus relojes— como botín de guerra.
En Hungría, en particular, aquel runrún
antiimperialista de la clase media tras la muerte de Stalin era previsible.
Junto con Polonia, representaba la oposición más extendida a Moscú. Todas las
clases sociales compartían un profundo sentimiento nacionalista y se sentían
agraviadas por la prepotencia rusa. En otros lugares la sociedad estaba más
dividida: en Alemania oriental —donde gran parte de la vieja élite había muerto
o había huido a la parte occidental—, y en Checoslovaquia —donde el comunismo
autóctono todavía tenía gran prestigio— la clase media se mantenía más queda;
allí fueron los obreros los que encabezaron la rebelión. Paradójicamente no
fueron en general los estalinistas de la línea dura los que la provocaron, sino
más bien los reformistas designados por Malenkov, ya que las reformas
liberalizadoras de Moscú favorecían a menudo a la clase media y a los
campesinos más que a los obreros. Estos últimos podían sentirse discriminados
bajo el estalinismo tardío, pero las reformas de mercado no les favorecían
precisamente.
La muerte de Stalin sometió a una fuerte presión a
todos los «Stalincitos» de la periferia. Beria y Malenkov disponían de una
amplia red de informadores y sabían lo frágil que era el dominio soviético en
Europa oriental. La reforma se consideraba esencial para apuntalar un imperio
en dificultades. Los dirigentes de Europa oriental se vieron obligados a
adoptar el «Nuevo Curso», una combinación de reformas tecnocráticas y
descentralizadoras. La RDA, la mayor preocupación para Moscú, fue la primera en
adoptarlo. El rígido Ulbricht —al que hasta el muy conservador Molotov
consideraba «algo torpe y falto de flexibilidad»— fue
convocado el 2 de junio de 1953 al Kremlin para
hacerle saber su «grave preocupación sobre la situación en la RDA»,[34] a raíz
de lo cual introdujo —contra su voluntad— reformas que favorecían a las
empresas pequeñas y medianas, mitigaban las medidas contra la burguesía y
relajaban los controles en el campo, pero sin mejorar los salarios de la clase
obrera ni reducir los objetivos del plan. El 16 de aquel mismo mes los obreros
que construían la monumental Stalinallee (rebautizada en 1961 como Karl-Marx-Allee)
iniciaron una huelga de protesta que se extendió al día siguiente a todo Berlín
oriental y otras ciudades, con el asalto a edificios oficiales y
enfrentamientos con la Volkspolizei. El gobierno recurrió a las tropas
soviéticas de ocupación y solo así se pudo salvar el régimen.[*] Ulbricht
ordenó una rápida retirada e hizo concesiones a los trabajadores, pero aquel
acontecimiento fue muy embarazoso para el supuesto estado obrero.
En Checoslovaquia se produjo una situación similar
aquel mismo mes y por razones muy parecidas. Klement Gottwald, presidente del
Partido Comunista, había muerto cinco días después de asistir a los funerales
de Stalin (de un infarto probablemente agravado por su alcoholismo), creándose
una nueva dirección colectiva. El veterano sindicalista Antonín Zápotocký,
primer ministro desde 1948 y protegido de Malenkov, le sucedió en la
presidencia de la República y Antonín Novotný, más cercano a Jruschov, se convirtió
en primer secretario del partido. Los campesinos se vieron favorecidos por el
fin de la colectivización forzosa, pero la simultánea reforma monetaria
perjudicó el nivel de vida de la clase obrera. El resultado fue una gran
agitación iniciada en la fábrica de automóviles Škoda de Pilsen (desde 1951 a
1953 se llamó Lenin), con la quema de banderas soviéticas y la demanda de
elecciones libres. La represión fue rápida y brutal, pero también allí las
reivindicaciones obreras fueron hasta cierto punto satisfechas, con una notable
subida de salario.
Todos los dirigentes del bloque oriental se vieron
obligados a plegarse a los vientos de cambio que llegaban de Moscú. La
colectivización de la agricultura se relajó y en
algunos países una dirección colectiva sustituyó al Stalincito de turno. Aun
así, en Rumanía, Bulgaria, Albania y Polonia seguía en pie el viejo régimen
estalinista y las reformas fueron muy limitadas.
A finales de 1954 parecía que los regímenes de
Europa oriental habían conseguido capear el temporal de la desaparición de
Stalin combinando concesiones y represión. Hubo una única excepción notable
—Hungría—, donde el problema fue la indecisión de Moscú. Como en el caso de
Ulbricht, el dirigente húngaro Rákosi fue convocado a Moscú y obligado a dejar
la presidencia del consejo de ministros en manos de Imre Nagy, aliado de
Malenkov. Pese a su apariencia burguesa, solo deslucida por un poblado mostacho
al estilo de Stalin, se trataba de un veterano funcionario de la Comintern,
convertido como Béla Kun al bolchevismo mientras permanecían prisioneros en
Rusia durante la primera guerra mundial; como Kun, residió en Moscú durante la
década de 1930 y como él iba a tener un final trágico; pero su marxismo era más
pragmático y con ocasión del Gran Debate se puso de parte de Bujarin y de los
campesinos.[35] Desde el momento de su nombramiento se estableció un pulso
entre Nagy y Rákosi, en el que el primero trataba de impulsar el «Nuevo Curso»
y el segundo, apoyado por gran parte de la burocracia, trataba de sabotearlo.
El conflicto concluyó en 1955 con la caída de Malenkov y también de Nagy,
privado de sus funciones y expulsado del partido. Pero la obvia inestabilidad
en la cumbre se extendió rápidamente a todas las clases, creciendo el
descontento popular. Los intelectuales húngaros, hasta entonces relativamente
pasivos y acomodados en sus puestos oficiales, parecían ahora dispuestos a
unirse a los trabajadores. El joven poeta Sándor Csoóri expresó su sentimiento
de culpa, admitiendo que había vivido «en las cumbres más altas» ignorando la
«dura realidad» de su pueblo, estupefacto «entre resultados sobreabundantes» y
objetivos «milagrosos» de la planificación.[36]
La aparente estabilización de los regímenes de
Europa oriental tras la muerte de Stalin era por tanto bastante frágil. Aun
así, Jruschov trató de sustituir la relación paternalista entre la URSS y sus
satélites por otra más fraternal, tanto por razones morales como económicas. En
abril de 1956 abolió el instrumento de control de Stalin, la Cominform, y trató
de mejorar las relaciones con Yugoslavia. Desde 1955 cortejó asiduamente a
Tito, confiando en que su odio común a Stalin fuera razón suficiente para que
Tito se reincorporara al bloque soviético. Esperaba sinceramente que el
Discurso secreto supusiera un borrón y cuenta nueva, reunificar el bloque y
legitimar a una nueva promoción de dirigentes en Europa oriental, comprometidos
con el Nuevo Curso.
Pero era difícil curar las heridas infligidas por
el imperialismo estalinista. Tito dio la bienvenida al acercamiento
diplomático, pero se negó a renunciar a su independencia ideológica y siguió
promoviendo el modelo yugoslavo como alternativa al soviético. Entretanto, en
el resto de Europa oriental la política más abierta de Moscú amenazaba
desestabilizar el comunismo y el control soviético.
La primera crisis se produjo en Polonia. El
Discurso secreto había matado no solo la reputación de Stalin, sino también al
secretario general del partido polaco Bolesław Bierut, que al leer el texto
tras la sesión se sintió tan trastornado por el delito de lèse-majesté de
Jruschov que sufrió un ataque al corazón y murió. El nuevo secretario Edward
Ochab, partidario de Malenkov, puso en práctica reformas moderadas pero no
consiguió evitar la rebelión popular.
Como en Berlín oriental y en Pilsen, fueron los
obreros los que iniciaron las protestas, esta vez en Poznań. El bajo nivel de
vida era la causa principal del descontento, y como tantas otras veces en los
países comunistas, los obreros atacaban al partido desde la «izquierda» por
explotarlos como antes habían hecho los capitalistas. Como se quejaba un viejo
obrero:
He sido esclavo toda mi vida. Dicen que antes de la
guerra eran los capitalistas los que se aprovechaban de mi trabajo. ¿Quién se
aprovecha ahora?… Es un lujo que mis hijos puedan untar los domingos
mantequilla en el pan. Antes de la guerra nunca estuvimos tan mal.[37]
Muchos creían que eran los rusos, no los comunistas
polacos, los que se aprovechaban realmente del sistema de explotación. La
mantequilla, decían, se enviaba al este; «¡Vivan nuestros ferroviarios!
—bromeaban los polacos—. Si no fuera por ellos, tendríamos que llevar el carbón
a Rusia a la espalda».[38]
Los disturbios de junio de 1956 en Poznań fueron
sofocados en pocos días, pero en el partido se desataron las hostilidades entre
los estalinistas y los reformistas encabezados por Gomułka, recientemente
rehabilitado tras su estancia en prisión. El Partido Obrero Unificado Polaco
(Polska Zjednoczona Partia Robotnicza, PZPR), presionado por una opinión
pública cada vez más encolerizada, decidió ofrecer a Gomułka la Secretaría del
partido y destituir al ministro de Defensa impuesto por los soviéticos, el mariscal
Rokossowski. Los dirigentes soviéticos parecían muy preocupados. Consideraban a
Gomułka antisoviético y temían incluso que «Polonia pueda romper con nosotros
en cualquier momento». La mañana del 19 de octubre, día en que se debía
celebrar una reunión decisiva del Comité Central del PZPR, una delegación de la
que formaban parte Jruschov, Mikoian, Molotov, Kaganovich y el mariscal Koniev
(comandante en jefe del recientemente creado pacto de Varsovia), voló a
Varsovia en un intento espectacular de frenar la iniciativa reformista, al
tiempo que se desplazaban tropas soviéticas hasta la frontera. Las
conversaciones entre rusos y polacos se prolongaron hasta bien avanzada la
noche. Jruschov estaba furioso por la tenaz resistencia de los polacos; de
hecho estaba tan irritado que a su llegada a Varsovia le había gritado a Ochab,
amenazándole con el puño, a la vista del personal del aeropuerto.[39] Sin
embargo, pese a su aparente debilidad, Gomułka prevaleció. Puede que no contara
con gran poderío militar, pero tenía consigo al partido, los servicios
secretos y gran parte de la nación. Insistió,
además, en que no tenía intención de acabar con el control del partido ni de
sacar a Polonia del bloque soviético. Las reformas se limitarían a la
descolectivización, cierta liberalización de la economía, libertades para la
influyente Iglesia Católica y una «democratización» limitada. Los huéspedes a
los que nadie había invitado regresaron a Moscú, aparentemente tranquilizados,
pero al día siguiente Jruschov volvió a enfurecerse y ordenó el envío de
tropas. Mikoian, dándose cuenta de que podía lamentarlo, consiguió retrasar la
decisión final y Jruschov volvió a cambiar de opinión.[40] La invasión se evitó
por muy poco.
Hungría fue menos afortunada porque su partido
estaba más dividido. Los partidarios de la línea dura eran más influyentes,
convencidos por el fracaso de 1919 de que solo métodos enérgicos de tipo
estalinista podrían aplastar a las clases reaccionarias. Los reformistas, a
diferencia de sus camaradas polacos, no tenían por tanto poder suficiente para
desactivar el descontento popular. Jruschov obligó a Rákosi a abandonar la
Secretaría General del MKP en julio de 1956, pero quien ocupó su lugar, Ernö
Gerö, era otro dirigente de la línea dura. La agitación continuó y el 23 de
octubre una manifestación obrera derribó la estatua de Stalin erigida cerca del
centro de Budapest, irrumpió en la emisora de Radio Budapest y acabó asaltando
los arsenales de la defensa civil y distribuyendo armas entre la población.
Gerö cayó en el pánico y llamó a las tropas soviéticas, lo que incrementó la
cólera popular. La estructura de poder, muy fragmentada, se desintegró en cosa
de días; comités revolucionarios y consejos obreros llenaron el vacío. Gerö
trató de salvar la situación nombrando a Nagy primer ministro, pero era
demasiado tarde. Tampoco él podía controlar la furia desatada; para permanecer
en la cresta de la ola revolucionaria tendría que haber adoptado medidas más
radicales.
Delacroix habría reconocido sin duda aquella
insurrección en Budapest en octubre de 1956. Como dejó escrito Miklós Molnár,
miembro del Partido Comunista y participante en el levantamiento
húngaro, fue «quizá la última revolución del siglo
XIX. Probablemente Europa no volverá a ver nunca esa imagen familiar y
romántica de los rebeldes, fusil en mano, con gritos de libertad en los labios,
luchando por algo».[41] La revolución húngara fue genuinamente espontánea e
interclasista; en ella participaron muchas corrientes políticas diferentes,
desde la izquierda radical a la extrema derecha. No había tiempo para
desarrollar un programa coherente. Al principio los rebeldes no tenían planes
de destruir la estructura de mando de un solo partido sino solo de modificarla;
transformar un socialismo riguroso, inflexible e imperial en otro más humano y
nacional. El primer manifiesto de los rebeldes, del 23 de octubre, adoptaba
incluso la retórica leninista para condenar al régimen. Béla Kovács, antiguo
presidente del viejo Partido Campesino de los Pequeños Propietarios, pidió que
se preservaran los cambios de 1945-1948: «Nadie debe soñar con el Antiguo
Régimen. El mundo de los condes, banqueros y capitalistas desapareció para
siempre; cualquiera que vea las cosas ahora como si estuviera en 1939 o en 1945
no es un auténtico pequeño propietario».[42] Sin duda, si los insurgentes
hubieran formado efectivamente un gobierno, las tensiones entre socialistas
democráticos y nacionalistas se habrían evidenciado rápidamente.
Los acontecimientos de Hungría no podían ser más
dolorosos para Jruschov: «Budapest era como un clavo en mi cabeza»,
recordaba.[43] Empeñado en transformar el imperio de Stalin en una fraternidad
de naciones, ahora tenía que optar entre una intervención imperialista brutal y
una retirada humillante. La elección era tanto más embarazosa cuanto que al
mismo tiempo las viejas potencias coloniales, Gran Bretaña y Francia, estaban
ayudando en secreto a Israel contra Nasser en Egipto, en un intento de restaurar
el dominio imperial en Oriente Medio. El 30 de octubre el Presidium del PCUS
adoptó una decisión extraordinaria: aceptar que Hungría siguiera su propio
camino, descartando la fuerza, retirando las tropas y negociando.[44] Pero
aquella decisión idealista no duró más que un día. Mientras se reunía el
Presidium, la violencia de ambos
bandos en Hungría iba aumentando. Nagy no podía
contener el resentimiento popular con sus reformas y tuvo que inclinarse ante
la presión popular, anunciando la retirada de Hungría del pacto de Varsovia y
la creación de un gobierno multipartidista. Desde el punto de vista de Moscú
había un auténtico riesgo de contagio revolucionario. Se produjeron disturbios
en toda la región y Rumanía cerró su frontera con Hungría cuando los
estudiantes de la minoría húngara se manifestaron en Transilvania. Jruschov temía
que Occidente interviniera; todo su proyecto reformista se vendría abajo y se
habría demostrado que los estalinistas de la línea dura llevaban razón. Según
un testigo, le comentó a Tito que la gente diría: «Cuando Stalin estaba al
mando todos obedecían y no había grandes trastornos, pero ahora, desde que
ellos han llegado al poder… Rusia ha sufrido una derrota y la pérdida de
Hungría».[45]
El 31 de octubre Jruschov se echó atrás de su
anterior decisión. János Kádár, un reformista encarcelado de 1951 a 1953 por
Rákosi que había sido elegido una semana antes secretario general del nuevo
Partido Socialista Obrero Húngaro (Magyar Szocialista Munkáspárt, MSZMP) que
sustituyó al MKP, fue llamado a Moscú y persuadido para regresar a Hungría con
los tanques soviéticos, con la condición de que no se volvería al viejo orden
una vez sofocada la rebelión. El 4 de noviembre las fuerzas del pacto de Varsovia
entraron en Hungría y Nagy se refugió en la embajada yugoslava. A pesar de la
feroz resistencia, el 7 de noviembre —39.º aniversario de la revolución de
Octubre— el gobierno de Kádár se había consolidado dejando un saldo de 2700
muertos en los combates callejeros. La represión posterior también fue muy
dura: 22 000 personas fueron juzgadas, 13 000 encarceladas y alrededor de 350
ejecutadas, la mayoría jóvenes obreros. Unas 200 000 personas huyeron a
Occidente.[46] Nagy no tuvo tanta suerte: fue detenido cuando abandonaba con un
salvoconducto la embajada yugoslava y tras dos años de prisión fue ejecutado en
la horca en junio de 1958.
Los acontecimientos de 1956 dañaron la reputación
del comunismo soviético en Europa oriental; la represión de los
consejos obreros y los comités revolucionarios
parecía más una contrarrevolución que otra cosa. Para muchos europeos
orientales, la Unión Soviética y sus regímenes satélites eran como una
reencarnación de la Santa Alianza reaccionaria posnapoleónica.
V
Los sucesos de 1956 perjudicaron también a los
partidos comunistas de Europa occidental. Jruschov parecía un anticuado
imperialista, no muy diferente del primer ministro socialista francés Guy
Mollet o de su colega conservador británico Anthony Eden, que habían invadido
Egipto conjuntamente con Israel en octubre. La invasión de Hungría provocó
abandonos en masa en todos los partidos. El PCI perdió la décima parte de sus
miembros y Eric Hobsbawm, aunque no abandonó el CPGB, recordaba lo difícil que
era después de 1956 asumir la realidad de la violencia soviética pasada y
presente. Él y sus camaradas del partido «vivían al borde del equivalente
político a una crisis nerviosa colectiva»:
Resulta difícil reconstruir, no solo el estado de
ánimo, sino también el recuerdo de aquel año traumático… Aunque ha pasado medio
siglo, se me cierra la garganta al recordar las tensiones casi intolerables
bajo las que vivíamos, un mes tras otro, los interminables momentos de
indecisión sobre lo que había que decir o qué hacer, de lo que parecía depender
nuestra vida futura; los amigos que ahora cerrábamos filas o nos mirábamos
mutuamente con amargura como adversarios…[47]
Pero el partido que pasó por mayores dificultades
fue el que más se identificaba con el estalinismo tardío, esto es, el PCF.
Maurice Thorez hizo cuanto pudo por limitar los efectos del Discurso secreto.
De hecho, lo conocía antes de que Jruschov lo pronunciara pero mantuvo en
secreto su contenido; cuando fue publicado cinco meses después incluso denegó
su autenticidad. El PCF se vio finalmente obligado a aceptar que Stalin había
cometido errores, pero insistió en que también habían sido muchos y muy grandes
sus
éxitos. Se abandonó la expresión «el partido de
Maurice Thorez» que recordaba el culto a la personalidad de Stalin, pero sus
dirigentes apoyaron la invasión de Hungría, precipitando el abandono de Sartre
y otros intelectuales. El PCF siguió siendo un partido obrerista, leal a la
URSS y relativamente cerrado, aunque hizo algunas concesiones, aceptando la
posibilidad de una «transición pacífica al socialismo». Maurice Thorez incluso
buscó algún tipo de alianza con los socialistas, y a su muerte, en 1964, Waldeck
Rochet estableció un estilo de dirección mucho más consensual. En 1968 la
afiliación al partido volvía a crecer lentamente, llegando a los 350 000
inscritos.
En Italia Togliatti, como cabía esperar, ofreció
una respuesta muy diferente a la desestalinización. Dio la bienvenida al
discurso de Jruschov, y de hecho fue más allá en su crítica (aunque también
apoyó la invasión de Hungría). Según declaró, el modelo soviético había dejado
de ser obligatorio; el mundo comunista debía ser «policéntrico», esto es,
admitir diversos planteamientos del comunismo. La denuncia de Stalin en 1956
debilitó la línea dura, pero Togliatti tenía que mantener el equilibrio entre
los reformistas organizados en torno a Giorgio Amendola, que proponían una
alianza con los socialistas, y el ala izquierda encabezada por Pietro Ingrao,
partidaria de una política más populista y radical. Ambos bandos pedían un
partido más abierto, pero la tensión entre una vía parlamentaria más pragmática
y un marxismo más radical y participativo iba a dividir el partido durante
algún tiempo.
El PCI seguía siendo un partido de masas con una
cultura vibrante y relativamente abierta a nivel local. Una de sus principales
actividades era la Festa de l'Unità, concebida originalmente para financiar el
periódico del partido, L'Unità, siguiendo el modelo de las feste de la iglesia
y en competencia con ellas, como dejaba claro un jactancioso panfleto del PCI
de la región Emilia-Romagna:
¿Qué es lo que molesta a los curas?
— 276 fiestas comarcales
— 1500 fiestas de célula
— una Festa de l'Unità sin precedentes
— 28 millones [de liras] de aportaciones.[48]
Aquellos festivales del PCI eran una mezcla de lazo
afectivo comunitario, entretenimiento y política, en ese orden. Comenzaban con
un desfile en el que la gente llevaba banderas rojas y pancartas en lugar de
imágenes de la Virgen, hasta llegar al parque donde se celebraba la fiesta,
lleno de puestos de propaganda y carteles sobre la lucha por la justicia, tanto
en Italia como en el mundo; como centro tenía largas mesas cargadas de comida y
bebidas locales, todo cocinado por los camaradas (mujeres y hombres).
Acentuando la atmósfera igualitaria, los jefes del partido servían a los
camaradas de base sentados a la mesa.[49]
La fiesta reforzaba los vínculos comunitarios y el
PCI era experto en ocupar el centro del mundo obrero y campesino. En algunas
regiones, como en la Emilia-Romagna en el centro de Italia, una proporción muy
alta de la población adulta pertenecía al partido, que no seguía el modelo
leninista de vanguardia muy ideologizada dedicada a la revolución. La gente se
incorporaba a él para subrayar sus valores socialistas y porque los amigos y
vecinos también lo habían hecho. El PCI se ocupaba también de cuestiones de
alojamiento y bienestar social y se iba pareciendo cada vez más al Partido
Socialdemócrata Alemán del siglo XIX: excluido del poder en la cumbre (aunque
no de los ayuntamientos locales), abandonó los objetivos revolucionarios y creó
su propio mundo cultural.
Aun así, desde la década de 1950 el cambio de
modelo económico comenzó a erosionar la base de apoyo del partido, hasta
entonces muy concentrada en capas asalariadas tradicionales como los jornaleros
del centro de Italia.[50] Su cultura también se vio erosionada por el creciente
consumismo y no siempre supo responder al desafío. Togliatti se había esforzado
en obtener un gran prestigio cultural y ganarse a los intelectuales y el PCI
estaba menos dispuesto a hacer concesiones a la cultura popular que la Democrazia
Cristiana. Así, aunque organizaba anualmente un concurso de belleza para el
codiciado título de «Miss Vie Nuove»,
era mucho menos popular que el de la iglesia. Los
intelectuales comunistas no podían ocultar su desdén frente al consumismo y la
música popular, manifestándose por ejemplo contra la música de Elvis Presley y
la «histeria y paroxismo» que supuestamente provocaba.[51]
Pese a los acontecimientos de 1956, los partidos
comunistas francés e italiano siguieron siendo fuerzas políticas poderosas. En
Francia la inmensa mayoría de los miembros no parecían alterarse por lo que
había pasado en Hungría, y en Italia el número de afiliados permaneció por
encima de los 2 millones durante la mayor parte de la guerra fría, mientras que
la organización juvenil contaba con unos 400 000. En el bloque oriental, si la
violencia de aquel año sirvió para algo fue para estabilizar la política e
inducir un modus vivendi más viable entre el régimen y la sociedad durante la
década siguiente. La mayoría de los gobiernos de Europa oriental establecieron
una forma de comunismo más tolerante y menos rigurosa desde finales de la
década de 1950, y tras un período de represión la propia Hungría se iba a
convertir en uno de los países más abiertos del bloque. Por otra parte, los
potenciales rebeldes percibían que tenían que aprovechar cuanto pudieran la
situación. Las acciones encubiertas estadounidenses hasta 1956 habían hecho
pensar a parte de ellos que intervendrían en caso de crisis, pero su negativa a
hacerlo aquel año mostró que el supuesto plan para «aplastar» el comunismo era
pura palabrería. El lago se había vuelto a congelar y las grietas se habían
cerrado, aunque el hielo nunca volvería a ser tan grueso.
Europa oriental fue la primera región
«estabilizada» tras el período revolucionario que siguió a la muerte de Stalin,
pero pasó algún tiempo antes de que concluyera la turbulencia en la propia
URSS. Las fuerzas que había desatado Jruschov en Europa oriental eran tan
poderosas que tuvo que recurrir a la violencia armada para aplastarlas, pero
apenas había comenzado su proyecto de transformación de la Unión Soviética.
VI
El 13 de mayo de 1957 Jruschov asistió a un largo
debate de la Unión de Escritores Soviéticos, lo que indicaba lo seriamente que
se tomaba el partido la cuestión de la literatura. En 1956 varias novelas,
entre ellas No solo de pan vive el hombre de Vladimir Dudintsev, habían
suscitado feroces ataques de influyentes estalinistas. Los escritores esperaban
ansiosos, sin saber hacia dónde se inclinaría la balanza, pero se iban a ver
decepcionados.
Jruschov pronunció un típico discurso laberíntico
durante dos horas, que se convirtió en farsa cuando un anciano escritor armenio
le interrumpió para quejarse de la escasez de carne en su país, pero el mensaje
del discurso estaba claro: Dudintsev y otros autores habían llevado demasiado
lejos su crítica a Stalin. Era evidente que Jruschov no había leído el libro,
pero le habían informado asesores conservadores. Mikoian trató de convencerle
de que Dudintsev estaba de hecho de su parte, pero fracasó. Se atuvo a la
opinión de que la novela difamaba el sistema soviético, pero al cabo de dos
años había cambiado de opinión; aunque todavía seguía recelando de la novela,
ahora declaró que a pesar de todo era ideológicamente aceptable.[52]
No es de extrañar que Jruschov dedicara tanta
atención a No solo de pan vive el hombre. Era una novela extraordinariamente
popular: «En todas partes, en el metro, el tranvía, el trolebús… jóvenes,
adultos y personas mayores» la leían. La policía, temiendo la agitación,
aparecía en las reuniones organizadas por los lectores para hablar de ella. Las
revistas se vean inundadas de cartas que pedían una purga de los burócratas a
los que criticaba el libro. Algunos empleaban un lenguaje que recordaba mucho
el Terror de 1937. Un albañil de Tashkent escribía que la novela mostraba la
necesidad de luchar contra «enemigos ocultos, residuos del capitalismo en el
pensamiento del pueblo y en la mente de cada uno de nosotros».[53]
A Jruschov y sus asesores les resultaba difícil
valorar No solo de pan vive el hombre, ya que era una novela de tesis (bastante
rudimentaria, por cierto) que congeniaba con las ideas casi románticas de
Jruschov pero al mismo tiempo explicaba por qué estaban condenadas a fracasar.
Contaba la historia de un joven e idealista profesor de física, Dimitri
Lopatkin, que a finales de la década de 1940 diseña una máquina para la
fabricación de tubos de desagüe; aunque la máquina es excelente, es rechazada
una y otra vez por los burócratas estalinistas. El principal malvado es el
ambicioso burócrata Drozdov, un típico estalinista en la imaginería posterior.
Pretende hacer carrera sin esforzarse, le encanta el lujo y se niega a
mezclarse con la gente humilde; también es un tecnócrata filisteo, una de cuyas
lecturas favoritas es el capítulo sobre materialismo dialéctico del Curso breve
de historia del partido de Stalin. Describe así su filosofía: «Soy uno de los
productores de valores materiales. El principal valor espiritual de nuestra
época es la capacidad de crear la mayor cantidad posible de cosas necesarias…
Cuanto más refuerzo la base [económica de la sociedad], más firme será nuestro
estado».[54] Para Lopatkin esa es una forma extrema de «marxismo vulgar». La gente
necesita ideales; no puede vivir «solo de pan»; pero se encuentra en
desventaja: burócratas cínicos lo acosan y roban sus ideas, y finalmente
consiguen que sea deportado a un campo de prisioneros. Mientras está allí, su
amigo el profesor Galitski construye su máquina y demuestra que funciona; pero
tras ser puesto en libertad y rehabilitado, obteniendo un puesto de prestigio,
el corrupto círculo de burócratas —un «imperio oculto», como lo llama
Dudintsev— que sigue en el poder, tan materialista y cínico como siempre, lo
acusa de individualismo egoísta. Ahora que tiene éxito, ¿por qué no se
reincorpora al «colectivo soviético» de los buenos chicos y se compra un
automóvil y una dacha?[55] Al final de la novela Lopatkin deja la industria
para dedicarse a la política, jurando combatir a los burócratas.
No solo de pan vive el hombre era una novela típica
de su época. Condenaba la tecnocracia insensible que Dudintsev consideraba
típica del estalinismo tardío y reclamaba un nuevo marxismo utopista
caracterizado por la creatividad, los sentimientos y la democracia. Ese era
también el mensaje de El deshielo de Ilia Ehrenburg (1954), título que sirvió
para caracterizar todo el período. El tema de la novela se hacía eco de la
opinión de Jruschov de que todos poseían una creatividad innata. Bastaba que
los funcionarios la alentaran para que floreciera dando lugar a milagros
económicos. En cierto sentido ese mensaje utopista era similar al de las
campañas de Stalin contra la burocracia a finales de los años veinte; pero
Dudintsev, como Jruschov, se negaba a retomar la vieja retórica de la lucha de
clases de la década siguiente. Como en el pasado, los malvados eran los
burócratas, pero el héroe era ahora un técnico experto y no un obrero manual.
Aun así, si Jruschov no podía avalar la novela era porque su mensaje global,
profundamente perturbador, era que la élite del partido no podía reformarse; lo
único que podía salvar el sistema era la creatividad individual; la codicia y
el egoísmo habían corrompido al «colectivo» soviético.
El escepticismo de Dudintsev resultó más realista
que el utopismo de Jruschov. Este esperaba resucitar las campañas idealistas de
los años veinte y treinta, despojándolas del conflicto de clase y la
exclusividad obrerista al tiempo que las purgaba de la rigidez estalinista;
pero él y sus aliados se vieron enfrentados a una burocracia empeñada en
preservar su poder; una población más interesada en el pan que en el utopismo
marxista; y una intelectualidad desafecta, a menudo idealista pero que poco a
poco iba perdiendo su fe en las virtudes del espíritu colectivo.
Jruschov expuso su versión renovada del comunismo
en un largo discurso en el XXII Congreso del PCUS en 1961. Al igual que Tito,
apelaba al marxismo radical con ciertos elementos de utopismo romántico, y
resulta notable que por primera vez aparecieran ediciones en ruso de los
primeros escritos de Marx. Para Jruschov, Lenin y Stalin habían pospuesto de
hecho el comunismo para un
futuro distante; el «socialismo», con sus
desigualdades de ingreso, su empleo del dinero para incentivar el trabajo y su
estado todopoderoso se mantendrían durante algún tiempo. Pero Jruschov estaba
impaciente y creía que el pueblo soviético había esperado demasiado. En 1959
creó una comisión para estudiar cómo podía acelerar la URSS el tránsito al
comunismo, y en el XXII Congreso presentó un nuevo programa del partido, que
predecía que este habría construido el comunismo «en sus rasgos fundamentales»
para 1980. Jruschov esperaba que el programa respondiera a todos las deseos de
Marx, incluida la extinción del estado, pero prevalecieron cabezas más
cautelosas y todo el capítulo a ese respecto se eliminó. En la URSS de 1961
«comunismo» significaba una combinación de colectivismo, progresiva conversión
del trabajo en «auténtica creatividad» y consumo (una traducción bastante laxa
de la «abundancia» material de la que hablaba Marx). Aun así, era un eco lejano
del pensamiento romántico de la década de 1840. La sociedad se mantendría
disciplinada, pero «esa disciplina no dependerá de ningún medio coercitivo,
sino del sentimiento del deber hacia las obligaciones de cada uno».[56] Esa
idea iba a persistir durante los siguientes veinte años, pero Jruschov insistía
en que en las condiciones estaban maduras para poner fin inmediatamente a la
represión. De hecho, se declaró formalmente acabada la «lucha de clases» y
abolida la «dictadura del proletariado» fundada por Lenin; la Unión Soviética,
declarada «estado de todo el pueblo», incluía ahora a todas las clases; el
proletariado y su vanguardia, el partido, ya no prevalecían sobre las demás.
¿Cómo podía no obstante Jruschov conciliar las
promesas del trabajo creativo y de superar el nivel de vida de Occidente? El
comunismo de Marx prometía, en efecto, abundancia material: «de cada uno según
sus capacidades, a cada uno según sus necesidades»; pero el consumismo
occidental tenía más que ver con los deseos que con la necesidad, y su cultura
—centrada en el hogar, la familia nuclear y el individuo— era difícilmente
conciliable
con el colectivismo comunista. El checo Zdeněk
Mlynář entendía lo peligroso que era para el sistema soviético el nuevo
objetivo consumista de Jruschov:
Stalin nunca permitió comparar el socialismo o el
comunismo con la realidad capitalista, argumentando que aquí se estaba
construyendo un mundo enteramente nuevo que no se podía comparar con ningún
sistema precedente. Jruschov, con su eslogan «alcanzar y sobrepasar a Estados
Unidos», cambió de raíz esa situación para el ciudadano soviético medio… Con
aquella comparación… quería reforzar la fe del pueblo en el sistema soviético,
pero de hecho la comparación práctica con Occidente tenía el efecto contrario y
debilitaba constantemente aquella fe.[57]
La magnitud de la tarea que afrontaba Jruschov se
hizo evidente en el espectacular «debate de la cocina» entre Jruschov y el
vicepresidente estadounidense Richard Nixon en 1959. Como parte de la nueva
«competencia pacífica» de Jruschov entre ideologías, se permitió a Estados
Unidos montar una exhibición en el parque Sokolniki de Moscú, que incluía una
casa modelo de seis habitaciones, con la cocina provista de las últimas
maravillas de la técnica. Cuando ambos políticos, igualmente irritables y
beligerantes, se enfrentaron dialécticamente, Jruschov se sintió desafiado al
oír que un obrero metalúrgico estadounidense podía comprar aquella casa con 14
000 dólares y saltó como un resorte con una respuesta que no convenció a nadie:
«Usted piensa que los rusos se quedarán estupefactos ante esta exhibición; pero
el hecho es que casi todas las casas rusas recién construidas cuentan con este
equipo. En Estados Unidos se necesitan dólares para comprar esta casa, pero
aquí lo único necesario es haber nacido como ciudadano».[58]
Jruschov hizo cuanto pudo por convertir en verdad
aquella proclamación. Los signos más visibles del cambio fueron los miles de
nuevos edificios de apartamentos construidos en la Unión Soviética. Eran
pequeños y baratos y pronto se ganaron el apelativo de jrushchoby, fusionando
«Jruschov» con la palabra trushchoby («chabolas»); pero representaban un enorme
avance con respecto a
la política de vivienda estalinista, que había
dedicado los mayores recursos a unos pocos rascacielos de prestigio, haciendo
vivir a la gente corriente en apartamentos comunales atestados en los que
tenían que compartir cocina y baño. El objetivo de Jruschov era dar a cada
familia (a menudo multigeneracional) su propio apartamento, pero insistía en
que el mayor nivel de consumo no debía generar individualismo pequeñoburgués.
Las autoridades alentaban los comedores públicos, comités de barrio, periódicos
murales en los bloques de apartamentos y «días de puertas abiertas» en los que
las familias invitaban a cualquiera del edificio a entrar y disfrutar de una
sana sociabilidad. Coser y tejer eran desaconsejados como actividades
peligrosamente individualistas.[59]
Los propios edificios modernistas constituían una
crítica implícita del estalinismo tardío. La URSS recuperaba con ellos el
modernismo de los años veinte y treinta, momento cumbre del comunismo
internacional. La competición ideológica con Occidente la obligaba a presentar
una imagen más moderna y cosmopolita.[60] El estilo barroco del estalinismo
tardío era considerado «pequeñoburgués» y kitsch, el tipo de arte que le podía
gustar al hortera Drizdov y sus vulgares compinches. Incluso se iniciaron
campañas para persuadir a la gente de que se deshiciera de sus conjuntos de
elefantes blancos en miniatura, un ornamento tan popular en los hogares
soviéticos como los patos de porcelana que poblaban las salas de estar
occidentales a mediados de los años sesenta.[61]
El mayor símbolo de modernidad del proyecto
jruschoviano, no obstante, no estaba en los apartamentos casi idénticos que
proliferaban en las metrópolis de Europa oriental, sino en los satélites
artificiales del programa Sputnik que orbitaban en torno a la Tierra. El
proyecto espacial soviético tenía su origen en un temprano utopismo científico
y especialmente en los trabajos del teórico pionero de los viajes espaciales
Konstantin Tsiolkovski y su Sociedad para el Estudio de los Viajes
Interplanetarios, fundada en 1924. En la década de 1930 el mariscal Tujachevski
impulsó la
investigación relacionada con los cohetes, pero con
su caída en desgracia en 1937 muchos de los científicos embarcados en aquel
proyecto fueron encarcelados y algunos incluso ejecutados. A principios de la
década de 1940 el mando del proyecto espacial pasó a Malenkov, quien reclutó a
muchos científicos —algunos anteriormente purgados como «enemigos del pueblo»—
para el proyecto atómico. Durante la década de 1950 todo aquel programa, que se
había beneficiado enormemente de la tecnología y pericia desarrolladas por los
nazis, gozó de la protección de Jruschov, que esperaba transformar las Fuerzas
Armadas soviéticas y que su ventaja no dependiera del número de soldados y
tanques. El mundo cobró conciencia del primer éxito espacial soviético el 4 de
octubre de 1957, cuando las emisoras de radio retransmitieron los pitidos del
primer satélite Sputnik. Luego vendrían más triunfos: casi inmediatamente el
primer viaje al espacio de un animal (la perra «Laika») y tres años y medio
después, el 12 de abril de 1961, algo mucho más impresionante, el primer viaje
espacial tripulado por un ser humano, el piloto Iuri Gagarin.
Jruschov celebró el viaje orbital de Gagarin con la
ceremonia pública más fastuosa desde 1945, durante la cual no pudo reprimir las
lágrimas. Para él, el éxito de la misión «Vostok-1» («Este-1») era la
demostración de que la URSS se había convertido en un país moderno. Los
estadounidenses estaban atónitos. En 1957 el senador demócrata Henry «Scoop»
Jackson, apasionado paladín de la guerra fría, había declarado que el
lanzamiento del primer Sputnik era un «golpe devastador» para el poderío
estadounidense y pidió al presidente Eisenhower que acaudillara una «semana de
vergüenza y peligro». Jackson, y sus aliados, convencidos de que había una
enorme «desproporción de personal» entre las instituciones científicas
soviéticas y las estadounidenses, persuadieron al presidente para que aprobara
una Ley de Educación y Defensa Nacional que permitió duplicar el gasto federal
en enseñanza, incluyendo fondos gigantescos para la ciencia y el estudio del
mundo comunista y el subdesarrollado, con lo que se establecieron
las bases para la preeminencia estadounidense en la
enseñanza superior y la investigación avanzada.
El programa espacial podía haber inducido a sus
enemigos a considerar la URSS como un país de ciudadanos ilustrados y amantes
de la razón, pero la materialización real de aquella imagen era un reto mucho
mayor. Tras un período de relativa tolerancia durante la guerra y los últimos
años de vida de Stalin, Jruschov volvió al ateísmo de los años veinte y
treinta, cerrando iglesias e introduciendo nuevos cursos de «ateísmo
científico» en las universidades. Los propagandistas del partido, en sus
esfuerzos por expandir el ateísmo, enarbolaban el viaje de Gagarin como
demostración de la inexistencia de Dios.
La Unión Soviética reclamó con sus éxitos
espaciales su anterior estatus como vanguardia de la modernidad tras la «edad
oscura» de posguerra; pero ¿cómo se iba a pagar la modernización, tanto militar
como en el nivel de vida? La solución de Jruschov residía en su nueva forma de
movilización, más abierta y no violenta. Estaba convencido de que con ella
conseguiría mucho más que Stalin con el terror estatal o el capital con los
incentivos individuales. Relajó el régimen disciplinario en las fábricas dando
a los obreros más libertades, con la esperanza de que trabajarían más y mejor;
también estaba decidido a sacudir la modorra de la burocracia, pero su énfasis
en la apertura y la participación no equivalía a acabar con la posición
privilegiada del partido. De hecho, esperaba que este asumiera un papel
dirigente en la movilización de masas. Una de sus primeras iniciativas fue
adelgazar los ministerios económicos — donde se habían aposentado, tal como él
lo veía, los arrogantes Drozdov— y dar mayor poder a los jefes locales del
partido en los consejos económicos regionales. Esperaba que los miembros del
partido, llenos de ardor ideológico, fueran mucho más capaces de entusiasmar a
las masas que los burócratas estatales. Retomaba así el viejo estilo de las
campañas de los años veinte y treinta; pero los mandos del partido, deseosos de
hacer carrera, prometían milagros económicos imposibles; Lysenko, relativamente
apartado,
recobró preeminencia con Jruschov, que creía en sus
promesas de aumentar espectacularmente la producción de trigo.
Como cabía esperar, la fe de Jruschov en los
rápidos «saltos» estaba tristemente equivocada. Su primera campaña —el programa
de aumento de la producción de grano en las Tierras Vírgenes— había fracasado
ya en 1963, debido a la sequedad que solía reinar en aquellas tierras y a que
eran menos fértiles que la media. Las promesas de enormes aumentos de la
producción se demostraron fallidas. El dirigente máximo del partido en la
región de Riazán, que había prometido triplicar la producción de carne, fue
nombrado Héroe del Trabajo Socialista gracias a sus planes utópicos, pero luego
se demostró que estaba comprando carne en las regiones vecinas haciéndola pasar
como propia. Cuando fue descubierto se suicidó para evitar la vergüenza.
Tampoco tuvieron éxito los intentos de Jruschov de
modificar las relaciones entre funcionarios y obreros. Sustituyó la represión
estalinista y el «salario a destajo o por pieza» individual por incentivos
colectivos (que vinculaban el salario al resultado general de la fábrica), pero
sin mucho éxito: los obreros no se sentían inclinados a trabajar más duro dado
su escaso control sobre el rendimiento global de la fábrica.[62] Jruschov
descubrió que los jefes del partido no infundían más heroísmo en la gente corriente
que los burócratas del estado. Desilusionado —como antes Stalin en la década de
1930 y más tarde Gorbachov en la de 1980—, pasó de ver a los mandos del partido
como aliados contra una burocracia estatal recalcitrante, a acusarlos de los
fracasos de sus grandes proyectos. Se quejaba de que eran tan conservadores
como los Drozdov del viejo aparato económico y pensó que la solución estaba en
una infusión de sangre nueva. Ordenó que una determinada proporción de los
mandos fueran sustituidos obligatoriamente cada vez que se celebraran
elecciones en el partido y dividió su aparato en dos ramas, una a cargo de la
agricultura y otra de la industria. Ambas reformas fueron muy impopulares entre
los mandos del
partido, que comprensiblemente las vieron como una
amenaza a su estatus.
La popularidad inicial de Jruschov también
declinaba en la medida en que no conseguía cumplir sus promesas económicas. El
aumento del precio de los alimentos en 1962, destinado a mejorar los incentivos
y el nivel de vida de los campesinos, perjudicó al proletariado urbano,
provocando huelgas y agitación en muchas ciudades soviéticas. La más seria fue
una huelga en la planta de locomotoras eléctricas Budionni en la ciudad de
Novocherkassk, junto al Cáucaso. Los obreros se quejaron de que no podían
permitirse comprar carne o salchichas y un funcionario les dijo, adaptando el
consejo de María Antonieta, que se contentaran con pasteles de hígado, que eran
más baratos; los obreros respondieron con el eslogan «Hagamos salchichas de
Jruschov».[63] Los huelguistas, reproduciendo el Domingo Sangriento de 1905,
marcharon hasta el centro de la ciudad llevando lealmente retratos de Marx,
Engels y Lenin, pero allí se vieron frente a los soldados, que comenzaron a
disparar cuando se negaron a dispersarse; murieron veintitrés de ellos.
Jruschov temía que la agitación se extendiera si no se le ponía coto.[64]
La huelga de Novocherkassk mostró palmariamente lo
condicional que era el apoyo de los obreros. Entre los intelectuales y
profesionales —sus más fervientes seguidores al principio— también se enfrió
poco a poco el amor por Jruschov. Ludmila Alekseieva, a cargo del departamento
de arqueología y etnografía en la editorial Naúka («Ciencia») y que más tarde
se iba a convertir en una destacada disidente emigrada a Estados Unidos,
recordaba el círculo de amigos de su juventud, su kompanyia. Se consideraban descendientes
de los intelectuales de la época de Chernishevski, con la diferencia de que «no
nos sentíamos culpables ante la gente corriente, ya que éramos tan pobres y
estábamos tan privados de derechos como nuestros compatriotas que no habían
alcanzado nuestro nivel de formación». Alekseieva señalaba la distancia
creciente entre la clase media urbana educada y el partido.
Recordaba que sus amigos estaban divididos en dos
grupos: por un lado los «físicos», descendientes de los marxistas modernistas,
pero ahora profundamente escépticos con respecto a cualquier ideología: «Todo
ese parloteo sobre la justicia social, la democracia, la igualdad, “el pueblo”,
proletarios de todos los países, uníos. Mirad adónde nos ha llevado: no hay
nada que comer. Estamos hasta el cuello de mierda, y vosotros seguís de
cháchara».[65] Por otro lado estaban los «líricos», ajenos a aquella obsesión
por los átomos y los neutrones, que querían conocer el significado de la vida y
«cómo vivir». En ese grupo todavía había algunos marxistas convencidos, aunque
el suyo era un marxismo ecléctico alejado del oficial, una mezcla heteróclita
de Karl Kautsky, Rosa Luxemburg y Herbert Marcuse.
Tanto los físicos como los líricos de Alekseieva se
entusiasmaron mucho al principio con la desestalinización de Jruschov, pero
pronto se sintieron desilusionados. Jruschov, como Beria y Malenkov, juzgaba
que el rígido dogmatismo de la era estalinista había sido destructivo y que el
régimen debía mostrar una actitud más abierta hacia intelectuales y técnicos.
Permitió que se publicaran trabajos que nunca habrían visto la luz poco antes,
como el tétrico relato de Solzhenitsyn Un día en la vida de Iván Denisovich,
sobre la vida de un prisionero del Gulag; pero la rehabilitación de Lysenko y
las críticas a Dudintsev decepcionaron a sus antiguos seguidores. En sus
memorias Jruschov lamentaba no haber favorecido más a los intelectuales, pero
el problema era en parte cultural y generacional: los mandos del partido
escasamente formados de los años veinte y treinta tenían poco en común con los
sofisticados profesionales urbanos de los sesenta. Aquel choque de culturas
queda bien ilustrado por su discurso en una exposición de arte moderno en
Moscú:
Eres un chico con buen aspecto, pero ¿cómo puedes
pintar algo así? Deberíamos bajarte los pantalones y darte unos azotes hasta
que comprendas tus errores. Deberías avergonzarte. ¿Eres un maricón o un hombre
normal?… Tenemos derecho a enviarte a cortar árboles hasta que hayas devuelto
el dinero que el estado ha gastado en ti. El pueblo y el gobierno se han
preocupado mucho por ti y les pagas con esta mierda.[66]
Pero para Jruschov, más que en los intelectuales
relativamente aquiescentes, el peligro estaba en sus colegas del partido, para
los que resultaban muy amenazadores sus ambiciosos objetivos, su fervor
ideológico y su comportamiento impulsivo. Este último, en particular en el
terreno de la política exterior, era especialmente intranquilizador y
embarazoso. Jruschov había prometido convertir la confrontación militar entre
Oriente y Occidente en una competición ideológica pacífica, pero presidió el
período más tenso y peligroso de la guerra fría, marcado por una serie de
crisis: Hungría en 1956; el intento de expulsar a los occidentales de Berlín en
1958, que culminó en la construcción de uno de los mayores símbolos de la
confrontación de la guerra fría, el Muro de Berlín, en 1961; y lo más
alarmante, la crisis de los misiles en Cuba en 1962.
No sería justo achacar a Jruschov todo el
calentamiento de la guerra fría; el mundo de principios de la década de 1960
estaba mucho más cargado ideológicamente que una década antes. Mao, un creyente
auténtico, se había vuelto contra él, y la revolución cubana de Fidel Castro en
1959 anunciaba la llegada de una nueva generación de comunistas en el Tercer
Mundo. Por otra parte, aunque el presidente John F. Kennedy, elegido en 1960,
parecía anunciar una mayor flexibilidad, también él estaba decidido a negociar
desde una posición de fuerza: infundió nueva energía a la lucha contra el
comunismo en el Tercer Mundo y estaba dispuesto a amparar acciones militares
encubiertas. Jruschov, decidido a mantener el liderazgo ideológico del
comunismo mundial, respondió a esos retos impulsivamente, sin la cauta astucia
de Stalin.
Jruschov también intentó impulsar una ambiciosa
política exterior sin mucho gasto, reacio como era a reducir el nivel de vida;
esperaba reducir el gasto militar convencional
compensándolo con las armas atómicas, pero el plan no le salió bien. Los mandos
del ejército no estaban nada satisfechos con la propuesta de reducir el
contingente militar y la fabricación de misiles balísticos intercontinentales
de largo alcance resultó mucho más cara y difícil de lo que esperaba. En 1962
—un año de rendimiento económico decepcionante, subida de precios y agitación
social— Jruschov tenía que encontrar una forma rápida y barata de mejorar el equilibrio
estratégico, en un momento en que Estados Unidos estaba instalando misiles en
Italia y Turquía, y pensó en meter «uno de nuestros erizos en los pantalones de
Estados Unidos», como él mismo dijo expresivamente: situar misiles de alcance
medio en Cuba.[67] Pero la superioridad tecnológica estadounidense desbarató el
plan de Jruschov. Los aviones espía U-2 revelaron el 14 de octubre el montaje
de los misiles, y buques de guerra estadounidenses y aliados bloquearon la isla
para impedir la llegada del material soviético. Las superpotencias se
enfrentaron «cara a cara» en el Caribe, como dijo Dean Rusk, y el mundo estuvo
más cerca que nunca de la catástrofe nuclear. El 28 de octubre Jruschov se echó
atrás y los buques soviéticos se retiraron, a cambio de ciertas concesiones del
gobierno estadounidense, que prometió retirar los misiles de Turquía y no
volver a intentar otra invasión de Cuba; pero Kennedy insistió en que el
acuerdo no fuera hecho público hasta pasados seis meses, por lo que Jruschov no
pudo desvirtuar las críticas que lo responsabilizaban de la aparente
humillación de la URSS, avergonzándolo ante los soviéticos, estadounidenses y
chinos, al tiempo que había provocado la irritación de los cubanos.
La crisis de los misiles en Cuba supuso un punto de
inflexión en la guerra fría: no podían seguir ignorándose las advertencias
sobre los peligros de las armas nucleares realizadas por Malenkov y otros a
mediados de la década de 1950. Jruschov y los demás dirigentes soviéticos se
vieron profundamente afectados y al cabo de dos años se produjo su destitución.
Pero no fueron sus fracasos en política
exterior su única flaqueza; sus conflictos con los
mandos del partido también tuvieron su importancia. Jruschov creía que su
política no funcionaba porque estaba siendo socavada por funcionarios egoístas;
sus colegas sospechaban, probablemente con razón, que estaba planeando una
purga en el partido organizando elecciones a las que tendrían que someterse.
El 12 de octubre de 1964, mientras se hallaba de
vacaciones en el Cáucaso, fue convocado con urgencia para una reunión al día
siguiente en el Kremlin, en la que sus colegas del Presidium del PCUS lo
criticaron por su voluntarismo y poca fiabilidad y pidieron su dimisión.
Jruschov no plantó cara e incluso aceptó entre lágrimas parte de las críticas.
Se le concedió «el retiro por su avanzada edad y el deterioro de su estado de
salud» y se eligió a Leonid Brézhniev como nuevo primer secretario del partido y
a Aleksei Kosyguin como Presidente del Consejo de Ministros; Anastás Mikoian,
que desde julio ocupaba la presidencia del Presidium del Soviet Supremo, fue
sustituido en diciembre de 1965 por Nikolai Podgorni, con lo que se completó la
troika que iba a regir los destinos de la URSS durante década y media. Desde el
primer momento imprimieron un notable giro: se abandonaron las promesas de un
comunismo inminente y la definición jruschoviana de la URSS como «estado de
todo el pueblo» y su populismo dio paso al poder de los funcionarios, a los que
Brezhniev devolvió la seguridad del empleo vitalicio. La versión jruschoviana
no violenta del radicalismo de los años veinte y treinta había fracasado; había
vuelto el «imperio oculto» de Dudintsev.
Cuando en 1962 abrió sus puertas el Palacio de los
Pioneros en las Colinas de Lenin, ya estaba claro que la versión pacífica del
marxismo radical que expresaba estaba fracasando. El PCUS no era capaz de
entusiasmar al pueblo ni de impulsarlo a trabajar más duramente. Ya no era la
organización mesiánica de finales de la década de 1920, y la declaración de paz
entre las clases en la URSS y en el extranjero hacía aún más difícil despertar
el entusiasmo popular. El pueblo, confrontado a un enemigo —interior o exterior—
suele estar dispuesto a hacer sacrificios, pero Jruschov
no quería una lucha de clases violenta y Occidente
no era una amenaza inmediata. Jruschov se veía obligado cada vez más a
comportarse como un Papá Noel soviético, prometiendo regalos y consumo
abundante, y no como un Moisés marxista que conducía su pueblo a una tierra de
justicia e igualdad. Los primeros años de la década de 1960 fueron todavía una
época de optimismo y fe en el socialismo, pero al arrojar el guante (de goma) a
Nixon en el «debate de la cocina» y apostar explícitamente a superar a Occidente
en el nivel de vida, Jruschov no hizo sino sembrar la semilla de la decadencia
ideológica.
Jruschov siempre se consideró un radical y sus
disgustados colegas del Comité Central coincidían en esa valoración; pero para
los comunistas que estaban forjando una nueva oleada de revoluciones en el
Tercer Mundo, Jruschov parecía haber perdido su impulso revolucionario. Se
había echado atrás en Cuba, y al rechazar la lucha de clases había privado al
comunismo de su energía moral y emocional. El crítico más enérgico del
«revisionismo» de Jruschov fue Mao, porque el partido chino todavía creía que
estaba construyendo el socialismo y que para ello se requerían medidas
rigurosas. Por otra parte, China no había sufrido nada tan traumático como la
«Gran Ruptura» soviética o el Terror de los años treinta, y la lucha de clases
todavía parecía virtuosa y necesaria; sin embargo, pronto iba a compensar
aquella falta de experiencia. Durante la siguiente década iba a sufrir una
conmoción sin precedentes en el mundo comunista.
VII
En 1959 se completó, como parte del utópico «Gran
Salto Adelante» de China a la modernidad, un gran proyecto arquitectónico: los
«Diez Grandes Edificios» de Beijing. Cuatro de ellos eran museos y salas de
exposiciones; tres eran hoteles y alojamientos para los
invitados del gobierno; y los restantes, un gran
estadio, la nueva estación de ferrocarril y el Gran Palacio del Pueblo. Aunque
habían pasado cinco años desde la muerte de Stalin y el bloque soviético había
recuperado el estilo modernista, el adoptado en Beijing era inequívocamente
estalinista, por más que se aliviara con rasgos chinos como los tejados de
pagoda. Aun así, tampoco eran los recargados edificios semejantes a tartas de
boda del estalinismo de los años cincuenta, sino más parecidos a la arquitectura
soviética más austera de mediados de la década de 1930, como el pabellón de la
Exposición de 1937 en París.[68] Y lo mismo que en la arquitectura sucedía en
la política: los comunistas chinos rechazaban la rígida jerarquía del estilo
estalinista tardío y se identificaban más con el marxismo radical del los años
veinte y treinta.
La actitud de Mao con respecto al acto parricida de
Jruschov era ambigua: por un lado, le disgustaba la cultura paternalista del
estalinismo tardío tanto como a Jruschov. Mao se quejaba de que las relaciones
entre la Unión Soviética y China se parecían a las de «padre e hijo, gato y
ratón»;[69] Stalin se había comportado como un «mandarín» confuciano al viejo
estilo y el Discurso secreto de Jruschov era como un «movimiento de
liberación». A Mao le gustó al principio el estilo llano y directo de Jruschov,
reconociendo en él a un camarada marxista de provincias, tosco pero eficaz. Era
bueno, afirmaba Mao, que los camaradas de provincias reemplazaran a los del
centro, porque «a escala local la lucha de clases es más intensa, más cercana a
la lucha natural, más próxima a las masas».[70] Sin embargo, como revelaba
aquella observación, Mao no había entendido bien a Jruschov. Puede que este
fuera un radical, pero había renunciado a la lucha de clases y Mao
evidentemente no lo había hecho. La opinión de Mao sobre Stalin, aunque
critica, no fue nunca tan dura como la de la dirección soviética. En febrero de
1957 Mao formuló una evaluación más favorable —y notablemente precisa— de
Stalin: era en un 70 por 100 marxista y en un 30 por 100 no marxista. Además,
no le gustaba que Jruschov se hubiera
lanzado a aquel parricidio en solitario, sin
consultar a los partidos hermanos, y concluía que el propio Jruschov estaba
adoptando la arrogante actitud imperial del viejo patriarca.
A mediados de la década de 1950 el PCCh parecía
tener prácticamente todo a su favor. Aunque seguía teniendo enemigos, contaba
con un amplio apoyo popular como fuerza justiciera y desarrollista. La
situación política era estable; la ayuda soviética, relativamente modesta con
Stalin, había aumentado, y en 1959 equivalía nada menos que al 7 por 100 de la
renta nacional soviética.[71] Mao mostró su vigor personal en junio de 1956
cruzando a nado tres veces en días consecutivos el río Yangtsé.[*]
Aun así Mao, que había analizado atentamente los
levantamientos que habían tenido lugar en Europa oriental entre 1953 y 1956,
estaba decidido a que no sucediera nada parecido en China y para evitarlo creía
necesario combatir la jerarquización inherente al estalinismo tardío. Desde
hacía tiempo se sentía molesto, como otros comunistas radicales chinos, con el
surgimiento de desigualdades y privilegios. La transformación del ejército
guerrillero en un ejército profesional le resultaba particularmente mortificante.
Los oficiales de carrera se comportaban como pequeños señores feudales,
utilizando a sus soldados como sirvientes e incluso ejerciendo el derecho de
pernada sobre las mujeres de los alrededores. La solución de Mao fue acercar a
los soldados a las comunidades campesinas, donando por ejemplo sus excrementos
a las aldeas como fertilizante o ayudándoles en los esfuerzos de erradicación
de las plagas. Como es natural, a los oficiales profesionales técnicamente
formados, aquella interferencia política y el desdén hacia las prioridades
militares les parecía profundamente irritante.
El planteamiento general de Mao, no obstante, era
más cercano al de Jruschov o incluso al de Malenkov, al menos inicialmente. El
partido —pensaba— debía ser «rectificado», pero no mediante una lucha de clases
al viejo estilo, porque eso podía perjudicar el ritmo del desarrollo económico,
sino más bien mediante una confrontación
«ideológica», en la que los intelectuales —no tanto
las clases «rojas», obreros, campesinos y activistas del partido— discutirían
sobre los problemas prácticos del país en sesiones «tan suaves como una brisa o
una lluvia fina», para ofrecer propuestas sobre reformas institucionales o
incluso artísticas. Mao creía que así se podría promover el socialismo, ya que
se demostraría su «supremacía implícita» sobre el capitalismo incluso entre los
chinos no comunistas y los miembros de las «clases sociales derrotadas» en la
guerra civil. Después de haber convencido a la gente ideológicamente, sería más
fácil implementar las reformas sociales necesarias. Los funcionarios serían
reeducados, pero evitando la resurrección del puritanismo y el dogmatismo como
había sucedido con la Campaña de Rectificación de Yan'an en 1943. Se pretendía
que en la cultura florecieran «cien flores» y en la ciencia «cien escuelas de
pensamiento».[72]
Al principio, durante los primeros meses de 1957,
los intelectuales se mantuvieron ostensiblemente silenciosos. Temían la
venganza de los mandos del partido si hablaban abiertamente. Pero Mao les
convenció finalmente de que iba en serio y durante unas semanas a partir del 1
de mayo llegaron millones de cartas respondiendo a la petición de Mao de una
crítica franca y abierta, al tiempo que se pegaban dazibaos (carteles murales)
en las universidades y en las calles. Como cabía esperar, los dirigentes del PCCh
consideraron excesivas las críticas contra la corrupción, las elecciones
amañadas y la arrogancia del partido, pero más graves eran las dirigidas contra
la colectivización, el monopolio del poder por el partido y la emulación servil
de la Unión Soviética. Mao pronto percibió que había perdido el control de
aquella movilización, que socavaba la legitimidad del propio partido. A
mediados de julio ordenó poner fin a la campaña y desencadenó un brutal ataque
contra los «derechistas». Más de 300 000 intelectuales fueron víctimas de la
censura, que puso fin a su carrera.
Mao nunca iba a volver a seguir la estrategia de
Jruschov de apertura controlada; de hecho, esta solo se repetiría después de su
muerte. A partir de entonces, por lo que respecta a
Mao, los intelectuales serían juzgados como irremediablemente anticomunistas.
Sin embargo, siguió buscando una alternativa al orden estalinista que a su
juicio se iba implantando en China. Trató de volver al socialismo guerrillero
de Yan'an y la lucha de clases radical.
Los inconvenientes del viejo modelo estalinista
eran particularmente evidentes en la economía. ¿Cómo podría superar China su
retraso con respecto a Occidente e incluso con respecto a la URSS? En su
segundo viaje allí en noviembre de 1957 Mao se había sentido muy impresionado
por el edificio de la Universidad de Moscú, pero le parecía improbable que los
métodos estalinistas permitieran a China alcanzar aquellas cumbres de riqueza y
cultura.
La
estrategia de Stalin había supuesto explotar al sector rural (y a los obreros
industriales) y dedicar esos recursos a la industria pesada; pero había un
problema en aplicar ese método en China. La agricultura china era mucho más
pobre y menos productiva que la de la URSS en 1928, cuando Stalin comenzó su
transformación económica. En realidad no había mucho excedente que extraer.
¿Cómo iba a financiar el estado la industrialización?
La solución propuesta por Mao en 1958 fue el «Gran
Salto Adelante». Aquella campaña fue aún más utópica que la «Gran Ruptura» de
Stalin, aunque tenía cierta lógica. El único recurso abundante en China era la
mano de obra campesina y Mao estaba decidido a aprovecharlo hasta donde se
pudiera. La teoría del Gran Salto Adelante era que el campesinado obtendría
enormes mejoras en la productividad agrícola, construyendo por ejemplo sistemas
de regadío, al mismo tiempo que desarrollaba la industria. A diferencia de la
mayoría de los modelos de desarrollo, la industrialización iba a tener lugar,
no en las ciudades, sino en el campo. Los campesinos realizarían esa ambiciosa
hazaña como parte de un ejército revolucionario dirigido por activistas del
partido. Se pretendía recuperar el espíritu de sacrificio de la guerra
revolucionaria y transferirlo a la economía. Al mismo tiempo el uso de brigadas
de
trabajo al estilo de las guerrillas disolvería las
desigualdades políticas del «feudalismo» y el estalinismo. Como explicaba el
propio Mao:
Nuestras revoluciones se siguen una a otra
ininterrumpidamente… tras cada victoria debemos emprender inmediatamente una
nueva tarea. De esa forma los cuadros y las masas estarán siempre llenos de
fervor revolucionario, en lugar de engreimiento. De hecho, no tendrán tiempo
para engreírse aunque les gustara hacerlo.[74]
Esta retórica era inquietantemente familiar; de
hecho se hacía eco de la empleada por Stalin a finales de los años veinte: con
fuerza de voluntad, adecuadamente movilizada, se podía conseguir lo que se
quisiera; no había fortaleza que los bolcheviques no pudieran tomar por asalto.
Pero las ambiciones de Mao estaban muy por encima de cualquier cosa que Stalin
pudiera haber imaginado. Se anunció que la economía china superaría a la
británica en quince años, y a medida que aumentaba el entusiasmo ese plazo iba
disminuyendo. En septiembre de 1958 Mao proclamó que China alcanzaría a Gran
Bretaña al año siguiente.[75] Además —aseguraba—, China estaba en el umbral del
comunismo pleno.
En las ciudades el Gran Salto Adelante se convirtió
en una versión más utópica y participativa del primer Plan Quinquenal de
Stalin. Era una época de «democracia»: los activistas del partido alentaban
vivamente las críticas a los directivos y especialistas. Ya no se atendía a la
pericia; cualquiera, desde el campesino más humilde hasta el académico más
respetado, podía ser un especialista, o con el famoso eslogan del régimen, al
mismo tiempo «rojo» y «experto». Pero el centro real del Gran Salto Adelante era
el campo. Las «comunas populares», creadas a partir de grupos de aldeas, se
encargaban de organizar a los campesinos para las grandes tareas que Mao les
había propuesto. Más de cien millones de hombres y mujeres fueron movilizados
en unidades cuasimilitares para trabajar en proyectos de irrigación,
reforestación y contra las inundaciones, a menudo lejos de casa. También se
animó a los campesinos a construir industrias en el campo, en
particular pequeños hornos de fundición. Bu Yulong,
un funcionario rural de la provincia de Henan, que se presentó voluntario para
construir esos hornos a cierta distancia al sur de su pueblo, recordaba aquella
atmósfera marcial:
Nos dividieron en compañías de 180 personas, como
si estuviéramos en el ejército. De hecho, todo era una copia del sistema
militar. Luego nos dieron uniformes verdes y el ritmo de la vida cotidiana
también se militarizó. Cada mañana sonaba una corneta para despertarnos a
todos.
[76]
Se esperaba que participaran en los trabajos todas
las personas hábiles, y esto suscitó la cuestión de quién iba a cuidar de los
niños, cocinar y llevar a cabo las tareas domésticas. Ahí también las comunas
dieron un salto adelante. Se crearon jardines de infancia y escuelas suponiendo
que el esperado aumento de productividad permitiría pagarlos. La comida era
gratis y todos comían en comedores públicos. Los salarios eran iguales para
todos y ya no estaban ligados a la productividad; lo que debía motivar al
heroico pueblo chino era la solidaridad y no la avidez de dinero. El Gran Salto
Adelante era no solo económico, sino también cultural. Proliferaron los teatros
para la representación de óperas regionales y millones de hombres y mujeres
fueron alentados a escribir poemas y romper así la preeminencia cultural de la
vieja élite; funcionarios del estado viajaban por todo el país para reunir
aquella nueva literatura del pueblo.
Al principio el Gran Salto Adelante contaba con
bastante apoyo popular en el campo. Un campesino del pueblo de Zengbu, en la
provincia meridional de Guangdong, recordaba así el altruismo de la época:
La conciencia del pueblo era tan alta al principio
del Gran Salto Adelante que queríamos hacerlo todo de forma colectiva. Ni
siquiera se necesitaban dependientes en las tiendas, porque se podía confiar en
que la gente dejara la cantidad exacta de dinero por los artículos que se
llevaban.[77]
A Bu Yulong también le parecía muy estimulante el
colectivismo de la época:
Nunca olvidaré la excitación que se apoderó de mí
cuando vi mi primer horno de fundición… Nuestra producción no era muy grande,
pero aun así se organizó una celebración en Zhugou con fuegos artificiales y
tambores. Algunos leyeron sus poemas:
Nuestro espíritu sube más alto que los cohetes;
nuestra voluntad es más fuerte que el hierro y el acero;
contamos los días que faltan para superar a Gran
Bretaña y Estados Unidos.[78]
Pero la desilusión llegó pronto. Como había mucha
gente trabajando en los proyectos de irrigación y en la producción de acero, no
había personal suficiente para recoger la cosecha; por otra parte, la gratuidad
de la comida en los comedores comunales contribuía a la escasez de alimentos,
los hornos de fundición a pequeña escala en el patio trasero producían un acero
de mala calidad, y para cumplir los objetivos planeados había que confiscar las
ollas y las palas y fundirlas. Aquel era solo un síntoma del efecto que estaba
teniendo el desbordado voluntarismo de Mao. La presión sobre los mandos del
partido les había llevado a prometer el paraíso, a mentir sobre sus logros y a
encubrir los fracasos. Al parecer Mao no era consciente de toda aquella
actividad fraudulenta. Su médico, Li Zhisui, recordaba que ambos tomaron un
tren para ir a la provincia de Hebei y se maravillaron ante lo que veían allí.
Campesinas con vestidos de colores cuidaban de cultivos exuberantes y por todas
partes se veían hornos de fundición iluminando el cielo; pero el doctor Li
pronto percibió que se trataba de un gigantesco «pueblo-Potemkin»: los hornos
se habían construido especialmente a lo largo del camino y el arroz se había
traído de campos distantes, replantándolo temporalmente para dar la impresión
de abundancia. Los arrozales estaban tan sobrecargados que se habían instalado
ventiladores eléctricos para mover el aire través del arroz y evitar que se
pudriera. Como comentaba amargamente Li, «toda China se
había convertido en un escenario en el que el
pueblo representaba un gran espectáculo para Mao».[79]
La mayoría de los camaradas de Mao asumieron el
Gran Salto Adelante, convencidos por los éxitos muy exagerados que transmitían
los funcionarios locales; pero a principios de 1959 surgieron dudas y hasta Mao
se sentía preocupado. Cuando visitó Shaoshan, su pueblo natal, le entristeció
descubrir que el templo budista local —muy frecuentado por su madre— había sido
destruido y se habían llevado los ladrillos para construir un horno de
fundición, empleando la madera como combustible.[80] Se realizaron ciertos ajustes
en mayo; los comedores comunales, por ejemplo, dejaron de ser obligatorios. Sin
embargo, el Gran Salto Adelante se mantuvo y cuando el jefe supremo del
ejército, el mariscal Peng Dehuai, propuso una reconsideración en la
Conferencia de Lushan en julio de 1959, Mao, sorprendido por la crítica,
insistió en radicalizarlo aún más. Peng cayó en desgracia, acusado de
«derechismo», y se presionó a los mandos intermedios para que abrieran de nuevo
los comedores comunales. Al tiempo que continuaba el despilfarro, los
campesinos se veían obligados a pagar impuestos calculados sobre la base de
cifras de producción infladas artificialmente.[81] Así se extrajeron enormes
recursos de la agricultura: la inversión industrial subió del 38 por 100 en
1956 a nada menos que el 56 por 100 en 1958, en gran medida a expensas del
campesinado. El resultado fue una hambruna catastrófica: según algunas
estimaciones, entre 1958 y 1961 murieron entre 20 y 30 millones de personas, en
una de las hambrunas más devastadoras de la historia moderna.[82]
En 1960 la dirección del partido, incluido Mao,
aceptó que el Gran Salto Adelante había sido un fracaso desastroso; la
subsiguiente ruptura con la URSS (y con ella la retirada de la ayuda financiera
y técnica soviéticas) supuso un nuevo golpe para el prestigio de Mao, cuyo
radicalismo guerrillero hacía parecer a Jruschov un archirreaccionario,
especialmente en política exterior. Mao criticó a Jruschov por su doctrina de
«coexistencia pacífica»
con Occidente y por su disposición a aliarse con
líderes no comunistas del Tercer Mundo como el indio Nehru. Las fuerzas chinas
bombardearon la isla de Quemoy, ocupada por los nacionalistas de Chiang
Kaishek, y Mao llegó a declarar que una guerra nuclear a gran escala no tenía
por qué ser tan desastrosa, ya que el socialismo renacería de las ruinas; las
bombas estadounidenses no eran más que un «tigre de papel». Jruschov, alarmado
por la temeridad de Mao, le negó ayuda en el programa de fabricación de armas
nucleares. En 1961 el bloque comunista había quedado irreparablemente
escindido.
La situación de Mao tras el final del «Gran Salto
Adelante» en 1960-1961 se parecía a la de Stalin tras la «Gran Ruptura» en
1931-1933. Comprendió que su jactanciosa ambición y su populismo habían
provocado el caos. También aceptó la necesidad de un «repliegue» y de dar paso
a una forma de comunismo más tecnocrática. Se abandonó el Gran Salto Adelante,
la mayoría de los hornos de fundición en el campo fueron desmantelados y se
devolvió a los campesinos el 6 por 100 de la tierra para que la cultivaran en
parcelas privadas. Liu Shaoqi, Deng Xiaoping y Zhou Enlai —marxistas más
modernistas— tomaron el control, mientras que Mao perdía prestigio e
influencia. El principal objetivo de la nueva dirección colectiva era restaurar
el orden tras el caos del Salto. Se abandonaron las campañas por la democracia;
volvió el trabajo a destajo (salario por pieza); se valoraba de nuevo la
pericia, y en el campo se restablecieron las viejas jerarquías. Volvían a
prevalecer las desigualdades que Mao había censurado tan enérgicamente.
Los mandos locales reafirmaron su autoridad tal
como lo habían hecho sus predecesores soviéticos a mediados de la década de
1930, con la policía y los papeles: pasaportes, tarjetas de identidad y
expedientes recogían información detallada sobre cada individuo, incluidas
circunstancias tan esenciales como la clase y formación política. Desde la
revolución, la gente quedaba clasificada en los «cinco tipos rojos» (obreros,
campesinos pobres y medios, cuadros,
soldados y familiares de los mártires
revolucionarios) o los «cinco
tipos negros» (terratenientes, campesinos ricos,
contrarrevolucionarios, elementos antisociales y derechistas; una categoría
implícita era la de los intelectuales no comunistas). Cuando, desde mediados de
los años sesenta, las estructuras locales del partido comenzaron a ejercer
mayor control sobre la economía, esas categorías resultaban cada vez más
importantes. Una formación universitaria, un buen empleo industrial o el riesgo
de ser «enviado de vuelta» de la ciudad al campo para trabajar como campesino, dependían
de la categoría a la que uno estuviera adscrito. La dirección del PCCh estaba
recreando inadvertidamente el antiguo régimen, en el que todos y cada uno
poseían un estatus inamovible, solo que ahora aparecía el «proletariado» a la
cabeza y los «elementos negros» quedaban abajo, en lo más profundo, al menos en
las ciudades.
En todo el bloque comunista se produjo cierta
discriminación de clase, sobre todo en las primeras fases del régimen, pero en
China fue más sistemática que en la Unión Soviética y Europa oriental, porque
las circunstancias sociales también eran diferentes. La familia, el clan y las
redes de patrocinio tenían mayor peso en China que en la URSS y los dirigentes
comunistas, muchos de ellos antiguos miembros del Movimiento del 4 de Mayo,
creían que el retraso de China se debía fundamentalmente a esas tradiciones,
por lo que emplearon la adscripción de clase, rigurosamente controlada, para
quebrar el viejo orden; pero una vez que se hicieron con el poder surgieron los
clanes «rojos» que utilizaban las etiquetas de clase para afianzar sus
privilegios.
Pero como solía pasar en los antiguos regímenes,
las jerarquías de estatus heredado y fijo alimentaban el resentimiento. Todos
los excluidos de la élite «roja», ya fueran gente con un origen de clase
indeseable o los trabajadores recién emigrados a las ciudades, que carecían de
empleo fijo y de la protección social con que contaban los obreros más
antiguos, tenían razones para sentirse irritados con un sistema rígido que no
podían cambiar. El PCCh estaba
generando paradójicamente una nueva alianza de
clases agraviadas que tenían muchas razones para hacer una revolución contra la
nueva «clase comunista»; y el líder de esa revolución no iba a ser otro que el
propio Mao.
A mediados de la década de 1960 Mao se sentía
profundamente disgustado con la política de Liu Shaoqi, Deng Xiaoping y Zhou
Enlai, que según creía estaban fomentando nuevas desigualdades basadas en el
origen de clase, las diferencias salariales y los méritos educativos, mientras
que él, en cambio, nunca abandonó su socialismo guerrillero y su creencia de
que China solo podía renacer mediante el altruismo y el sacrificio.
Identificaba su legado con la igualdad en China y con la edad se fue haciendo
más radical. Le inquietaba qué sucedería tras su muerte. ¿Quedaría secuestrado
el partido que había creado por los «revisionistas» de derecha, como había
sucedido en Alemania en la década de 1890 o en la URSS después de Stalin? Como
le dijo a Ho Chi Minh en 1966, «ambos tenemos más de setenta años y algún día
nos llamará Marx (moriremos). No sabemos quiénes serán nuestros sucesores, si
Bernstein, Kautsky o Jruschov; pero todavía hay tiempo para prevenirlo».[83]
Los retos internacionales, cuando la guerra de
Vietnam amenazaba extenderse a China, también convencieron a Mao de la
necesidad de volver al comunismo guerrillero. Decidió que tenía que extirpar
las fuerzas de «derecha», en parte purgando a los funcionarios del vértice,
pero sobre todo cambiando la actitud de toda la sociedad. La jerarquía
patriarcal, la dominación de clanes, la tecnocracia y la codicia debían dar
paso al reinado de la virtud, en el que el pueblo trabajaría de forma altruista
por el bien común. Tales eran los objetivos de la campaña más caótica de Mao:
su «Gran Revolución Cultural Proletaria». Como decía el primero de los
«Dieciséis puntos» aprobados por el Comité Central del PCCh con que se inició
oficialmente la campaña en agosto de 1966:
Aunque la burguesía haya sido derrocada, todavía
trata de valerse de la vieja cultura, ideas, tradiciones y costumbres de las
clases explotadoras para corromper a las masas, apoderarse de su mente y
preparar su regreso. El proletariado debe… cambiar el panorama mental de toda
la sociedad.[84]
Así pues, en cierta forma Mao estaba siguiendo
(inconscientemente) la trayectoria de Stalin en los años treinta. Tras haber
impulsado «saltos» económicos desastrosos, ambos se habían visto obligados a
restaurar el orden, lo que a su vez fortaleció a los «grandes» mandos locales
del partido. Ambos se convencieron entonces de que los burócratas estaban
enfriando el fervor revolucionario y su voluntarismo les llevó a intentar
impulsar de nuevo a toda la sociedad purgando a los jefes «burgueses» y
«derechistas» de la burocracia, Stalin con la Gran Purga y Mao con la
Revolución Cultural Proletaria. Ambas campañas se desbordaron pronto, pero Mao
fue mucho más radical en sus métodos y objetivos. Stalin preservó la jerarquía
y recurrió a la policía secreta; Mao regresó al socialismo guerrillero de
Yan'an y movilizó a las masas con la esperanza de crear al nuevo hombre
socialista. No estaba simplemente imponiendo su voluntad al partido; estaba
fomentando, tal como lo veía, una revolución comunista en un país que decía
serlo, una revolución que de hecho se convirtió en una guerra civil dentro del
PCCh y del conjunto de la población.
Como solía suceder en la política china, aquella
devastadora revolución desde arriba comenzó de una forma bastante sutil y
oblicua el 10 de noviembre de 1965. Una pieza teatral, la Destitución de Hai
Tui, sobre un virtuoso funcionario despedido por un emperador tiránico de la
dinastía Ming, se convirtió en objeto de una campaña de críticas de prensa
orquestada por Mao y su mujer Jiang Qing, que la consideraban una alegoría de
la destitución del mariscal Peng Dehuai. A continuación utilizaron el caso para
acusar de «revisionismo de derechas» a un grupo de dirigentes, entre ellos Peng
Zhen, alcalde de Beijing aliado de Liu Shaoqi, y Lu Dingyi, jefe de propaganda
del partido. En marzo de 1966 Mao utilizó en un discurso el expresivo lenguaje
de un antiguo mito:
El departamento central de propaganda del partido
es el palacio donde se oculta el Príncipe de las Tinieblas. Es necesario
derrocar su palacio y liberar al Diablillo… En las áreas locales deben surgir
más [Reyes Mono] para sacudir vigorosamente el palacio del Rey de los
Cielos.[85]
Mao empezó pronto a utilizar un lenguaje más
radical y a alzar críticas más fundamentales contra los «revisionistas» dentro
del partido. El 16 de mayo la que cabe considerar primera circular de la
Revolución Cultural —emitida por el Politburó del partido— los describía como
«representantes de la burguesía» y «gente del estilo de Jruschov que todavía
anida entre nosotros» y reclamaba una campaña de masas contra ellos.
Los mandos intermedios del partido, preocupados
como cabía esperar, trataron de obstruir la campaña con el apoyo de Liu Shaoqi,
lo que solo sirvió para que Mao y los radicales elevaran la apuesta. Pocos días
después aparecieron los primeros dazibaos firmados por «guardias rojos» (Hong
wei bing) y Mao ordenó que su manifiesto fuera publicado en el Diario del
Pueblo, a raíz de lo cual se multiplicaron aquellos grupos —formados en su
mayoría por estudiantes— con el propósito de combatir el revisionismo en el partido
y más en general las «cuatro antiguallas» en el conjunto de la sociedad:
«viejas ideas, vieja cultura, viejas costumbres y viejas tradiciones de las
clases explotadoras». A primeros de agosto el propio Mao los respaldó con una
nota publicada en el Diario del Pueblo, «¡Fuego sobre el Cuartel General!».
Tras la aprobación en el Comité Central de los «Dieciséis puntos» se organizó a
mediados de mes en la plaza de Tiananmen de Beijing la primera de ocho
descomunales asambleas de masas, en la que una estudiante le ciñó el brazalete
de los guardias rojos. En total se estima que unos 13 millones de jóvenes de
todo el país acudieron a aquellos mítines blandiendo el «pequeño libro rojo» de
citas de Mao.
En toda China jóvenes guardias rojos —a menudo
escolares— recorrían las calles. Exigían una moralidad puritana, obligando a
las mujeres a cortarse el pelo y a dejar de llevar joyas; cambiaron los rótulos
de las tiendas y los nombres de las calles (la embajada
británica estaba ahora en la «Avenida del
antiimperialismo» y la embajada soviética en la «Avenida del
antirrevisionismo»); entraban en las casas «burguesas» y rompían o robaban sus
pertenencias. Gao Yuan, hijo en edad escolar de un funcionario provincial,
recordaba:
Nos encaminamos al centro de la ciudad con una
bandera roja en la que se leía «Guardia Roja» ondeando a la cabeza de nuestra
columna. La mayoría de nosotros llevábamos el pequeño libro rojo tal como
habíamos visto hacer, en las fotografías publicadas en los periódicos, a los
guardias rojos de Beijing… Mientras caminábamos íbamos cantando el nuevo «Himno
de los guardias rojos»:
Somos los guardias rojos del presidente Mao,
forjándonos en grandes tempestades;
armados con el pensamiento Mao Zedong
erradicaremos todas las plagas y alimañas.
…llegamos a tres arcos de mármol labrado que
cruzaban la calle. El triple arco [de la era Qing] llevaba allí doscientos
años… Aunque guardaba un buen recuerdo de mis juegos de niño bajo su sombra, no
sentí ningún remordimiento al destruirlo. De las veinticuatro dinastías
feudales chinas, la Qing era la que más me disgustaba… fue bajo esa dinastía
cuando las potencias occidentales comenzaron a conquistar China con opio y
cañoneras… Mientras gritábamos «¡Aplastemos las cuatro antiguallas!» la
resplandeciente estructura se vino abajo y se convirtió en un montón de piedras
rotas.[86]
La Revolución Cultural de Mao mostraba, pues,
semejanzas muy llamativas con la «Revolución Cultural» soviética de finales de
la década de 1920, que también combinó un ataque populista contra los
«nostálgicos del capitalismo» del partido con un rápido «salto» a la
modernidad. Sus efectos culturales fueron devastadores, como lo fue el cierre y
demolición de iglesias en Rusia a finales de los años veinte, pero determinadas
figuras de la vida pública, y muy en particular Jiang Qing, la mujer de Mao,
también hicieron serios esfuerzos por crear una nueva cultura china. La ópera
tradicional fue uno de los primeros blancos de su campaña de modernización
cultural. Jiang se quejaba de que aquella ópera, una forma de arte muy popular,
estaba llena de «fantasmas, demonios y espíritus de serpientes» y defendía
valores como la «capitulación» frente a los
poderes «feudales». Alentó a los escritores
comunistas a escribir nuevas obras, en las que «emperadores, ministros,
mandarines y doncellas» fueran reemplazados por obreros, campesinos y soldados
heroicos.[87] Esas óperas revolucionarias, aunque muy influidas por el
romanticismo revolucionario soviético, estaban también llenas de modelos
antiguos estilizados, especialmente en la música que las acompañaba. En 1966
Kang Sheng especificó las «ocho representaciones modelo» de la nueva China
—cinco óperas «modernizadas», dos ballets y una sinfonía—, que a partir de
entonces fueron mostradas una y otra vez a la audiencia china tanto en el
teatro como en el cine. Al principio aquellas óperas fueron muy populares; pero
al ser tan pocas la audiencia pronto se aburrió de ellas. Como se decía
entonces jocosamente, la Revolución Cultural equivalía a «ochocientos millones
de personas contemplando ocho espectáculos».[88]
La «nueva» cultura revolucionaria, aunque
deliberadamente moderna, también evocaba el socialismo guerrillero de Yan'an.
Siete de las ocho obras modelo se referían a la experiencia revolucionaria
china, y parte al menos de sus héroes y heroínas eran soldados vestidos con los
uniformes de la época revolucionaria. De hecho, de pronto se pusieron de moda
los uniformes militares, especialmente entre los jóvenes. Como recordaba uno de
ellos que vivió aquel período, «los auténticos uniformes del ejército eran escasos…
yo tenía diez años en aquella época y no dejaba de pedirle a mi madre un
uniforme. Todo lo que pudo hacer fue comprar tela de envolver (un tejido basto
que se utilizaba para envolver paquetes postales y cuya compra no requería
cupones de algodón), y teñirla y coserla ella misma para mis hermanos y para
mí».[89]
El socialismo guerrillero de la Revolución Cultural
era, pues, un fenómeno muy alejado del estalinismo. La sociedad debía
reordenarse de arriba abajo, situando en la cumbre a los más virtuosos, no a
los más doctos ni a los mejor relacionados. El prestigio basado en la formación
fue uno de los primeros blancos. Ahora no solo las jerarquías «feudales», sino
también la
«meritocracia», tenían que dar paso a una especie
de «virtutocracia».[90] El ideal era ahora el altruismo extremo, e incluso el
héroe ficticio de Así se templó el acero, antes tan alabado, era ahora
censurado por los críticos chinos por su romanticismo autoindulgente y sus
dolientes quejas.
El nuevo orden afectó particularmente a los
institutos de enseñanza y universidades. Siguiendo el pensamiento de Mao de que
el mérito, tal como lo evaluaban los exámenes, solo servía para reforzar las
divisiones de clase en la sociedad, se trataba ahora de valorar más el
activismo político y menos la aplicación en el estudio, lo que para los
estudiantes suponía replantearse los incentivos para obtener como recompensa un
empleo urbano prestigioso.
Los estudiantes eran al principio los seguidores
más entusiastas de la Revolución Cultural; pero hacia final de año la atención
oficial se desplazó a los obreros industriales, a los que se alentó ahora a
desarrollar campañas contra sus jefes. Liu Guokai, miembro de un grupo rebelde
(zaofanpai), en una fábrica de Guangzhou, relataba que los obreros «a los que
les iba peor» (a menudo eventuales con escasa paga y complementos) respondían
fogosamente a las indicaciones de Mao rebelándose contra «los que les iba bien»
(los obreros con empleo seguro y sus aliados, los directivos). El 25 de
diciembre de 1966 los manifestantes obligaron a cerrar el ministerio de Trabajo
en Beijing y al día siguiente Jiang Qing les apoyó, censurando al viceministro
por tratarlos como cenicientas de la clase obrera:
Le dijo: «El ministerio de Trabajo es simplemente
el ministerio de los Señores. Aunque el país lleve liberado tantos años, los
obreros todavía sufren mucho; es increíble. ¿Lo sabe tu ministerio de Trabajo o
no lo sabe? ¿Piensas que los obreros eventuales no tienen madre sino madrastra?
Tú también deberías trabajar como eventual». Al decir esto, a Jiang se le
saltaron las lágrimas.[91]
Al oír que la Revolución Cultural ahora amparaba su
causa, los obreros eventuales de todo el país se alzaron exigiendo el final de
su subordinación. También pedían, en general, un trato menos
altanero, más «camaraderil» y digno por parte de
los funcionarios.
[92]
La Revolución Cultural llegó más tarde al campo,
aunque los habitantes de algunos pueblos habían experimentado la
«remoralización» de la política ya desde mediados de 1965. Cuando el pueblo de
Chen, en la provincia de Guangdong, fue visitado por «equipos de trabajo»
enviados por el partido para difundir el mensaje radical de Mao, el salario por
piezas individual dio paso a un sistema de puntos destinado a alentar el
trabajo y retribución colectivos. Igualmente se vieron sacudidas las
estructuras políticas locales, basadas en las redes de parentesco y el
nepotismo. Una de esas redes era la de Chen Qingfa, apodado «Salsa Picante» por
su carácter y su inclinación a recurrir a la violencia física. Sin embargo, las
estructuras rurales del poder no cambiaron realmente hasta la fase más radical
de la Revolución Cultural, en 1967. En el pueblo de Chen el rival de Qingfa,
Chen Longyong, con la ayuda de estudiantes urbanos radicales enviados al campo,
se hizo con el control e impuso un reinado de la virtud aterrador. Longyong, a
quien llamaban «Viejo Cacarañado», provenía de una familia más modesta que la
de Qingfa y contaba con el apoyo de los campesinos más pobres excluidos de la
política. También era más puritano en su modo de vida y su moral. Censuró el
amiguismo, organizó meticulosamente el trabajo colectivo y era más respetado
que Qingfa, amante del lujo; pero la Revolución Cultural le permitió ejercer un
terror moralista contra la gente «mala», incluido no solo Qingfa sino también
algunos de los estudiantes radicales, y pronto perdió la confianza de muchos de
sus paisanos. Puede que los abusos de Qingfa les parecieran semejantes a los de
los viejos notables, pero también más «humanos» que el comportamiento cruel y
vengativo de Longyong.[93]
A Mao y sus aliados, en cualquier caso, no siempre
les resultaba fácil sustituir a los Qingfa por los Longyong. Los jefes locales
se protegían mutuamente desviando las campañas de la Revolución Cultural hacia
los «enemigos de clase», como habían hecho sus
predecesores soviéticos en 1937. Los ataques de Mao
contra la «burguesía» fueron deliberadamente confundidos e interpretados como
una campaña contra las clases burguesas «negras» —que llevaban ya bastante
tiempo discriminadas— más que contra su propia clase de nuevos burgueses
«rojos». Así, por ejemplo, los jefes locales amenazados crearon sus propia
guardia roja, compuesta por estudiantes «rojos» (esto es, con «buen» origen de
clase, como Gao Yuan), para perseguir a la vieja burguesía «negra» y sus descendientes.
Así prosiguieron fanáticamente las campañas de discriminación de clase. Los
clientes de los restaurantes se veían obligados a rellenar cuestionarios sobre
su origen de clase y los cirujanos burgueses temían operar a proletarios por si
la operación salía mal y eran acusados de «venganza de clase».[94]
Los funcionarios del partido justificaban aquellas
distorsiones interesadas de los llamamientos de Mao reinterpretando sus
advertencias sobre la decadencia revolucionaria con ayuda de la «teoría de la
buena sangre», según la cual la virtud no dependía únicamente de la clase, sino
que también era una característica heredada. Las clases «rojas» y sus
descendientes eran genéticamente buenos, mientras que las clases «negras»
estaban manchadas para siempre a lo largo de las generaciones. La clase se
interpretaba como algo parecido a la casta o la raza. Aquella teoría se resumía
en unos versos:
Si el anciano es un héroe, el hijo es un buen tipo;
si el anciano es un reaccionario, el hijo está
podrido.[95]
Pero esto era, por supuesto, justo lo contrario de
lo que pensaba Mao. Tanto él como sus seguidores radicales condenaban la
«teoría de la buena sangre» como «feudal», y afirmaban que la clase era una
cuestión de actitud, no genética. Era muy posible, insistía Mao, que los
descendientes de clases «negras» fueran más virtuosos y «proletarios» que los
de clases «rojas», que de hecho, argumentaba, se estaban convirtiendo
rápidamente en una nueva clase privilegiada, parecida a la vieja burguesía. Sin
embargo Mao
—como Trotski— nunca declaró categóricamente que la
dirección del partido se hubiera convertido en una nueva clase burguesa, porque
eso habría equivalido a proponer una revolución absoluta contra el Partido
Comunista, poniendo en peligro todo el régimen.[96] Mao hablaba siempre, por
tanto, de forma deliberadamente ambigua; aunque alentaba a las clases «negras»
nunca desautorizaba totalmente a las «rojas».
Ese confusionismo contribuyó notablemente a la
caótica guerra civil que se desató, en la que ambos bandos proclamaban ser los
verdaderos seguidores de la voluntad del presidente Mao. La antigua burguesía,
aliada con los trabajadores menos privilegiados y otros «negros»
estigmatizados, proclamaba su aspiración a la virtud revolucionaria formando
sus propios guardias rojos «rebeldes». An Wenjiang, hijo de un humilde marino
que estudiaba en la Universidad Fudan de Shanghai, decidió unirse a uno de los
grupos de guardias rojos rebeldes para contrarrestar la violencia de los
guardias rojos privilegiados, conocidos como «guardias escarlata»:
Antes del movimiento yo era callado, obediente,
casi tímido en clase, pero solo porque había reprimido mi naturaleza libre y
osada. Ante aquella oportunidad me convertí en radical, atrevido y entusiasta…
No puedo negar que en mi conversión en líder rebelde hubiera un elemento
egoísta, un deseo de reconocimiento público, pero era sobre todo la convicción
de que el hijo de un obrero estaba obligado a participar en la revolución.[97]
El 24 de agosto de 1966 los guardias rojos de An se
quedaron atónitos cuando apareció en el campus la declaración de Mao «¡Fuego
sobre el cuartel general!». An recordaba que «lo veíamos como una victoria de
nuestros grupos rebeldes», ya que era un llamamiento a atacar a la dirección, y
«cerca de medianoche mil cuatrocientos de nosotros nos dirigimos entusiasmados
a invadir la Academia Teatral de Shanghai invitados por su minoría rebelde».
Dos días después, no obstante, los guardias escarlatas organizaron una enorme
asamblea de 40 000 personas, asegurando que Mao les apoyaba. An decidió ir a
Beijing en tren «para ver al presidente
Mao y entender la situación real». Los guardias
rojos de la Universidad de Beijing le aseguraron que el presidente estaba
efectivamente de parte de los rebeldes y regresó a Shanghai lleno de
orgullo.[98]
Aquella dinámica de guerra civil se extendió por
toda China con la lucha por la supremacía entre unidades rivales de la guardia
roja. En la mayoría de las instituciones y lugares de trabajo —escuelas,
universidades y fábricas— había distintas facciones enfrentadas. Como recordaba
más tarde Mao: «En todas partes la gente reñía, dividiéndose en dos bandos;
había dos bandos en cada fábrica, en cada escuela, en cada provincia, en cada
distrito… Hubo un levantamiento masivo en el país».[99] Los jóvenes eran los más
activos, evidentemente, pero al final gran parte de la población urbana se vio
envuelta en las disputas entre bandos. A finales de 1966 parecían ir ganando
los «rebeldes», pero los «tradicionales» seguían defendiéndose.
Mao comprendió que la Revolución Cultural estaba
generando mucha violencia y que el partido estaba perdiendo el control en
Beijing y en todo el país. Aun así no quería echarse atrás, decidido como
estaba a alentar una revolución real desde abajo contra la burocracia del
partido, y no solo una purga desde arriba. Abandonando por una vez la
ambigüedad, el 26 de diciembre de 1966, en su fiesta de cumpleaños, pronunció
este brindis ante sus invitados: «¡Por la guerra civil a todos los niveles en
todo el país!» (Quanguo quanmian neizhan!).[100] Aquella serenidad despiadada
era también evidente en la justificación de Mao para el caos y la violencia que
se extendió por toda China: «Es lamentable que gente buena golpee a gente
buena, pero puede servir para aclarar algunos malentendidos, ya que si no quizá
no se habrían conocido mutuamente».[101] Para Mao la agitación social era menos
peligrosa que permitir que la vieja élite siguiera ejerciendo el poder.
La señal más evidente del vuelco a favor de los
«rebeldes» más radicales fue la «Tormenta de enero» de 1967 en Shanghai. Allí,
insólitamente, los rebeldes no eran estudiantes como An Wenjiang,
sino sobre todo obreros desfavorecidos. El 6 de
noviembre de 1966 los representantes de diecisiete fábricas constituyeron el
«Cuartel General de los Rebeldes Revolucionarios» y eligieron como portavoz a
Wang Hongwen. La organización local del partido pretendió hacerles frente con
su guardia escarlata, pero los 800 000 miembros que aseguraba tener no pudieron
derrotarlos. El 30 de diciembre de 1966 unos 100 000 rebeldes rodearon a 20 000
miembros de la guardia escarlata que protegían la sede del partido y tras
cuatro horas de lucha se alzaron con la victoria. Desde los medios de
comunicación se pidió la restauración del orden, pero el 6 de enero se
volvieron a reunir alrededor de 100 000 rebeldes en la Plaza del Pueblo del
Shanghai exigiendo la dimisión del alcalde y otras autoridades. El 9 de enero,
informado de los detalles, Mao afirmó que las decisiones y acciones de los
rebeldes habían sido correctas y que «en toda China, el partido, el gobierno,
las fuerzas armadas y el pueblo debían aprender de la experiencia de Shanghai»,
y el 16 de enero aprobó la destitución de la dirección local del partido y el
nombramiento como nuevas autoridades de sus aliados Zhang Chunqiao y Yao
Wenyuan. El 19 de enero Zhang, Yao y Wang acordaron proponer a la asamblea de
delegados de la Guardia Roja el establecimiento de una nueva institución a
cargo del poder, la Comuna del Pueblo de Shanghai (shanghai renmin gongshe),
tomando como modelo la Comuna de París de 1871, y así se aprobó en una nueva
asamblea de masas celebrada en la Plaza del Pueblo el 5 de febrero.[*]
La Tormenta de Enero sacudió a todo el país. El
joven Gao Yuan, hijo de un miembro destacado del partido, se convirtió en
víctima de la violencia que antes había ejercido sobre otros. Cuando se
despertó una mañana y salió a comprar comida, se asombró al ver anuncios en el
centro de la ciudad que declaraban que «ha llegado el momento de arrebatar el
poder a los contrarrevolucionarios del comité del partido y del gobierno», lo
que incluía a su padre. El grupo de la guardia roja «rebelde» —los llamados «guardias
rojos del pensamiento Mao Zedong»— irrumpieron en su casa y sacaron
de allí a su padre en la dolorosa posición del
«avión», esto es, arrodillado, con los brazos en cruz y el pie de un guardia
rojo en la espalda, en la que lo mantuvieron durante dos horas. Luego lo
«coronaron» ceremonialmente con el gorro de un funcionario feudal al viejo
estilo, como el que se ponían los actores en las óperas tradicionales, para
simbolizar su destitución.[102] Por todo el país las facciones políticas
sometían a sus enemigos a humillaciones públicas parecidas, que en algunos
casos llegaban a la tortura y la muerte. Entretanto en Beijing una comisión de
investigación creada por iniciativa de Mao, el Grupo Central de Exámenes,
investigaba y purgaba a los supuestos enemigos de la Revolución Cultural. Liu
Shaoqi y Deng Xiaoping, en particular, fueron denunciados como «los Jruschov de
China».
La culminación del radicalismo de Mao llegó en el
verano de 1967 cuando, al percibir que los conservadores iban ganando, ordenó a
las autoridades militares locales «armar a la izquierda». El resultado era
predecible: hubo miles de muertos en batallas locales entre conservadores y
radicales. A finales de agosto Mao comenzó a aceptar que el «gran caos» que se
había generado era demasiado peligroso y lanzó una nueva campaña para «apoyar a
los militares y cuidar al pueblo», utilizando al ejército, que antes había dado
rienda suelta a los radicales, para restaurar el control. Realizó una gira por
toda China creando nuevos comités revolucionarios y restaurando la organización
del partido, pero fue un largo proceso, en el que había que recomponer
fracturas y disolver los grupos de guardias rojos más radicales. El ejército
llevó a cabo una campaña de «pacificación» mediante detenciones y asesinatos
bastante más encarnizada que la «antirrevisionista» de los guardias rojos.
Aquel fue el período más sangriento y brutal de la Revolución Cultural. En
septiembre de 1968 se puso en pie el último de los comités revolucionarios
estabilizadores.
Junto a la centralización política se produjo una
restauración del orden cultural, especialmente en lo que se refería a la
espinosa cuestión del culto a Mao. Como solía suceder en los regímenes
comunistas, este había cobrado fuerza durante los
períodos de crisis, cuando la dirección necesitaba consolidar su poder: en
Yan'an a principios de la década de 1940 o durante la crisis derivada del
fracaso del Gran Salto Adelante. Sin embargo, con la Revolución Cultural la
dirección comenzó a perder el control de un culto que se iba haciendo cada vez
más exagerado, sobrepasando con mucho al de Stalin.[103] A medida que el poder
político se iba hundiendo, los guardias rojos rivalizaban en sus muestras de lealtad
al presidente Mao, y aquella competición llevó el culto a niveles
insospechados. En algunos lugares la vida estaba dominada por expresiones de
lealtad al presidente: se hacían sesiones de «gimnasia de citas» en las que los
participantes competían recitando frases del presidente Mao y muchas reuniones
comenzaban con una «danza de la lealtad». Algunas expresiones rurales de
devoción tenían incluso tonos más explícitamente rituales o religiosos, como la
construcción de «pagodas de las citas» que albergaban «cuadros de
instrucciones», tratando las palabras de Mao como si se tratara de sutras
budistas. La dirección de la Revolución Cultural desaprobaba el uso
incontrolado del culto, reconociendo que los jefes locales lo estaban
utilizando en realidad para promover sus propios intereses, y en definitiva
para debilitar al propio Mao. Como explicaba Kang Sheng:
Ahora se baila en todas partes la danza de la
lealtad. Dicen ser leales [al] presidente Mao, pero en realidad se oponen a él…
Además se pretende asegurar «lealtad» a esto, «lealtad» a lo otro,
despilfarrando la riqueza de la nación. Eso es ser leal [a] uno mismo, acumular
capital político.[104]
El ejército se esforzó por controlar el culto a la
personalidad de Mao, imponiendo códigos rígidos y dando instrucciones sobre su
uso, con lo que lo privó de espontaneidad. La campaña de las «tres lealtades y
cuatro amores sin límite» prescribía a los comités revolucionarios una liturgia
estricta, estableciendo con precisión cómo debían mostrar los ciudadanos su
devoción a Mao. La iniciativa más llamativa fue la de las autoridades de la
ciudad de Shijiazhuang, en
la provincia de Habei, detallando el ritual que
debía seguir el personal de venta en las tiendas. Antes de abrir por la mañana
debían «buscar inspiración» en las obras del presidente Mao y al cerrar por la
tarde debían «reflexionar» sobre los acontecimientos del día ante un retrato
suyo. También recibían un folleto con citas de Mao, señalando las más adecuadas
para las conversaciones entre vendedor y comprador. Al recibir a un cliente, el
empleado podía decir por ejemplo: «¡Empeñarse en la revolución!», a lo que el
cliente respondería: «¡Promover enérgicamente la producción!», completando así
la cita; a una persona anciana había que saludarla diciendo: «¡Deseemos larga
vida al presidente Mao!», a lo que se esperaba que respondiera: «¡Larga vida al
presidente Mao! ¡Larga vida, larga vida!». Naturalmente, esos rituales causaron
gran preocupación, ya que los eventuales errores podían acarrear severos
castigos. Un maestro del distrito de Fucheng, también en Hebei, fue condenado a
nueve años de prisión porque en su diario había escrito inicialmente que una
cita de Mao le había dado una «energía sin límites» y luego corrigió la frase
cambiándola por «mucha energía».
La campaña de las «tres lealtades y cuatro amores
sin límite» acabó en junio de 1969, cuando lo peor de la violencia había
pasado, pero muchos permanecieron en prisión o deportados al campo hasta el
final oficial de la Revolución Cultural con la muerte de Mao en 1976. Las
estimaciones sugieren que durante la Revolución Cultural hubo centenares de
miles de víctimas y que millones de personas sufrieron malos tratos y
humillaciones. La vida y las expectativas de otras tantas quedaron arruinadas,
al verse privada de formación toda una generación de jóvenes. Feng Jicai, hijo
de un antiguo banquero, insistía en el perdurable daño psicológico causado por
las persecuciones:
La mayor tragedia de la Revolución Cultural fue la
tortura del alma de la gente… Mi padre sufrió mucho… En los años setenta, tras
innumerables sesiones de lucha, desarrolló un extraño problema. Por la noche se
despertaba de sus pesadillas y comenzaba a gritar. Vivíamos en un sitio pequeño
y cuando gritaba nadie podía dormir. Así siguió hasta 1989.[105]
En cualquier caso, la Revolución Cultural no había
resuelto absolutamente nada. Mao, como Stalin, esperaba movilizar al país para
construir una nueva sociedad, pero solo había provocado el caos. La dirección
política del partido seguía siendo débil y la economía estaba en ruinas. Aunque
la Revolución Cultural se mantuvo oficialmente hasta 1976, en 1968 estaba ya
claro que la lucha de clases contra la burocracia no había traído más que
desastres a China y a su pueblo.
La reputación internacional y la confianza de los
regímenes comunistas alcanzó su cénit con el lanzamiento del Sputnik en octubre
de 1957. Como en el estudio sobre magia y religión La rama dorada de James
Frazer, parecía como si el sacrificio de Stalin, el rey mítico, hubiera
permitido una revitalización del sistema. La utilización de la tecnología
coheteril en la conquista del espacio para toda la humanidad sugería que los
comunistas habían dedicado realmente su energía al servicio de la paz y la
humanidad más que a la guerra y la división. Pero a finales de la década de
1960 estaba claro que los esfuerzos yugoslavos, soviéticos y chinos por ampliar
el atractivo del régimen más allá del rígido partido estalinista y por alcanzar
grandes éxitos económicos mediante nuevas formas de movilización radical,
habían fracasado. Tito había abandonado a todos los efectos la movilización y
había comenzado su viraje hacia el mercado y Occidente; Jruschov no había
podido apenas escapar a los crudos métodos militarizados de la década de 1930;
y el extremismo de Mao había demostrado lo temible y destructivo que podía ser
un comunismo radicalmente igualitario; pero si bien a esos tres regímenes les
resultaba difícil transformar su propia sociedad, no es menos cierto que hallaron
nuevas oportunidades en Latinoamérica y África, sumidas en la agonía de la
descolonización; y en la lucha por los «corazones y mentes» del Tercer Mundo se
les unió un nuevo adalid comunista: Cuba.
9
Guerrilleros
I
A principios de 1954 un joven argentino ofrecía a
la venta en el centro de la ciudad de Guatemala imágenes iluminadas con
bombillitas del «Cristo Negro de Esquipulas»; como esa figura es
particularmente apreciada por los cuantiosos indios pobres de la ciudad, el
negocio resultaba sorprendentemente lucrativo. La idea de confeccionar las
imágenes provenía originalmente de Antonio «Ñico» López, un exiliado cubano que
había participado en el asalto fallido al cuartel Moncada organizado por Fidel
Castro en 1953; pero era el argentino Ernesto Guevara (a quien llamaban «Che»
por su frecuente uso de ese término coloquial, quizá de origen guaraní, que
viene a querer decir algo así como «eh, tú») quien las vendía. Aunque Guevara
había obtenido el título de doctor en medicina y cirugía, no había podido
conseguir un empleo y se veía forzado a ganarse la vida como podía. En una
carta a su casa, describía así su ocupación: «Por ahora vendo en las calles una
preciosa imagen del Señor de Esquipulas, un Cristo negro que hace cada milagro
bárbaro… Ya tengo un riquísimo anecdotario de milagros del Cristo y
constantemente lo aumento; entre broma y broma me le mando algún pechacito “per
si cola”».[1]
Guevara y López formaban parte de un numeroso grupo
de izquierdistas latinoamericanos —socialdemócratas venezolanos, comunistas
nicaragüenses, argentinos adversarios del presidente Juan Domingo Perón,
cubanos antagonistas del dictador cubano Fulgencio Batista y un largo etcétera—
que habían acudido a conocer de cerca la nueva República de Guatemala. Como los
europeos que habían acudido en ayuda de la España republicana dieciocho años
antes, muchos izquierdistas y progresistas latinoamericanos consideraban el
gobierno recientemente elegido del socialista Jacobo Arbenz la gran esperanza
del continente. El propio Guevara, que entonces solo contaba veinticinco años,
era una figura carismática, valiente o temerario según la perspectiva de cada
uno, pero también valoraba la disciplina; respaldaba el uso de la violencia,
que juzgaba legítimo, y algunos se sentían molestos por sus maneras bruscas y
moralistas. Su austero comportamiento se veía no obstante mitigado por un gran
sentido del humor incluso con respecto a sí mismo: uno de sus personajes
literarios preferidos era Don Quijote, el estrafalario caballero errante que
combatía por causas desesperadamente perdidas.[2]
Ernesto Guevara, nacido en una familia de clase
alta pero empobrecida, fue un niño enfermizo cuya grave asma le había inclinado
por los libros: a menudo se retiraba a leer en el cuarto de baño para escapar a
su entorno caótico. Aunque físicamente frágil, estaba decidido a superar su
debilidad física mediante la fuerza de voluntad y el poder de su cerebro, y con
poco más de veinte años inició sus famosos viajes en motocicleta por todo el
continente latinoamericano, comprobando por sí mismo las enormes desigualdades
entre los indios autóctonos y los criollos blancos.
Para el Che, sin embargo, esas desigualdades no
eran solo cuestión de raza, ni siquiera de clase. Como muchos intelectuales
latinoamericanos, las veía como consecuencias del imperialismo y el
colonialismo y del poder de Estados Unidos sobre el continente, que suponía la
explotación capitalista por parte de sus empresas de los recursos naturales
latinoamericanos con la ayuda de dictadores
locales impuestos por la fuerza de las armas. Pablo
Neruda, miembro del Partido Comunista de Chile y el poeta favorito del Che,
captó esa cólera en su poema de 1950 «La United Fruit Co.», en el que pintaba a
los tiranos como un enjambre de moscas que se alimentaban del fruto podrido del
imperialismo y la corrupción.[3]
El intento de Arbenz de nacionalizar las vastas
plantaciones del pulpo (la United Fruit) atrajo a Guatemala a muchos radicales,
incluido Guevara:
Tuve la oportunidad de pasar por los dominios de la
United Fruit convenciéndome una vez más de lo terrible[s] que son estos pulpos
capitalistas. He jurado ante una estampa del viejo y llorado camarada Stalin no
descansar hasta ver aniquilados estos pulpos capitalistas. En Guatemala me
perfeccionaré y lograré lo que me falta para ser un revolucionario
auténtico.[4]
Pero el pulpo se demostró muy resistente y el que
acabó capitulando fue Arbenz. Los conservadores guatemaltecos dieron un golpe
de estado ayudados por la CIA estadounidense, que dirigió durante todo un año
una campaña de subversión política y militar contra el gobierno legítimo.
Guevara estaba decidido a quedarse allí y defender la «revolución guatemalteca»
frente al bombardeo aéreo de Ciudad de Guatemala del mismo modo que los
comunistas habían defendido Madrid; pero Arbenz se negó a combatir y abandonó
el país. El propio Guevara, oculto en la embajada argentina, escapó por muy
poco del encarcelamiento a instancias del secretario de Estado John Foster
Dulles, que estaba decidido a impedir que los revolucionarios se reagruparan en
ningún lugar. En septiembre de 1954 huyó a México.
La caída de Arbenz galvanizó a la izquierda
latinoamericana, del mismo modo que la había radicalizado la caída de la
República española a finales de la década de 1930, y los comunistas
aprovecharon la ocasión. Como en los años treinta, Moscú les permitió aliarse
con otras fuerzas «burguesas» ante las que argumentaban que su combinación de
modernidad y disciplina podía ser el instrumento más valioso para liberarse del
imperialismo
extranjero. Para Guevara era un argumento
convincente y criticó a Arbenz por su falta de firmeza y por no aplicar los
principios organizativos propios del estalinismo. Su planteamiento
intransigente era comprensible dada su educación; su padre había participado en
campañas de apoyo a la República española y de niño había llamado a la perrita
de la familia «Negrina» en recuerdo del presidente del gobierno español Juan
Negrín.[5]
Aun así, había enormes diferencias entre
Latinoamérica en los años cincuenta —con su larga historia de intervenciones
militares estadounidenses— y Europa en los treinta, como las había entre los
comunismos de uno y otro período; el comunismo se había convertido en un
movimiento mucho más diversificado y su éxito en Asia ofrecía un modelo
alternativo de guerrilla rural para la revolución en el Tercer Mundo. Desde
mediados de la década de 1950 Moscú comenzó a perder el control del comunismo
internacional frente a capitales rivales y tras la revolución cubana de Castro
y el Che en 1959 La Habana era una de ellas. Che Guevara, que en una ocasión
había firmado una carta juvenil a su tía como «Stalin II», se fue decepcionando
gradualmente de la tradición soviética y su nombre de guerra sugería
ciertamente un estilo revolucionario distinto. «Eh, tú» no era el «hombre de
acero», sino un marxista mucho más radical e incluso romántico.
El Che se convirtió en una figura paradigmática y
durante un tiempo Cuba fue uno de los modelos más atractivos para los
nacionalistas radicales, pero no era el único: los regímenes postestalinistas
«parricidas» de Tito y Mao competían ferozmente por atraer a los nuevos líderes
nacionalistas del Tercer Mundo. Por otra parte, con Jruschov los propios
soviéticos presentaban un rostro más idealista; también abandonaron su viejo
sectarismo estalinista y adoptaron una estrategia más abierta, forjando
alianzas con grupos no marxistas-leninistas. Era una época fluida en la que
soviéticos, chinos y cubanos apoyaban un amplio abanico de grupos de extrema
izquierda: guerrillas marxistas radicales, modernizadores de estilo soviético,
comunistas moderados dispuestos a colaborar
con nacionalistas no marxistas, etc. Tras un largo
período de menosprecio estalinista, el comunismo se dirigía ahora a todo el
Tercer Mundo en una época en que Occidente también se esforzaba por presentar
una faz más atractiva bajo el liderazgo de Kennedy. Sin embargo, el comunismo
guerrillero de Cuba no tuvo más éxito en mantenerse que otros comunismos
románticos de la década de 1960, al tiempo que su activismo en el Tercer Mundo
provocaba inestabilidad y asustaba a sus enemigos, provocando una serie de golpes
de estado que dieron lugar a una derrota tras otra de los grupos comunistas. La
era de optimismo a ambos lados de la grieta ideológica no iba a durar mucho.
II
Casi un año después del derrocamiento violento de
Arbenz, el 18 abril de 1955, veintinueve delegados de países asiáticos y
africanos se reunieron en la ciudad javanesa de Bandung para oír el tronante
discurso de bienvenida del presidente Sukarno a la Primera Conferencia de
Países No Alineados:
Sí, se ha producido una «Tormenta sobre Asia» y
también sobre África… Naciones y estados han despertado de un letargo de
siglos. La pasividad de los pueblos ha desaparecido y la tranquilidad aparente
ha dado paso a la lucha y la actividad… Huracanes de desentumecimiento nacional
han barrido la tierra, sacudiéndola, alterándola, cambiándola para mejor.
[6]
La «Tormenta sobre Asia» de Sukarno era una
referencia a la película de 1928 de Pudovkin con ese mismo nombre, un drama
sobre un descendiente de Genghis Khan que en 1918 se pasa del bando de los
imperialistas británicos al de los revolucionarios bolcheviques.[7] Así pues,
en Bandung se oyeron ecos de la vieja Comintern, y al igual que en la
conferencia de los «Pueblos del Este» en Bakú en 1920, se pretendía unir al
«Sur» global en la lucha
contra el imperialismo. Pero no era en absoluto un
congreso comunista. La República Popular de Mongolia no había sido invitada, ni
tampoco lo habían sido otros países juzgados demasiado vinculados a la Unión
Soviética, ya fueran las repúblicas soviéticas de Asia o Corea del Norte. De
entre los regímenes comunistas solo estaban allí la República Popular China y
la República Democrática de Vietnam; y aunque algunos de los principales
organizadores eran socialistas —como Jawaharlal Nehru, de la India (quien sentía
mucha simpatía por la planificación de estilo soviético), y Ahmed Sukarno, de
Indonesia—, eran sobre todo nacionalistas, decididos a combinar el socialismo
con las tradiciones políticas de sus propios países, y no marxistas-leninistas.
Eso les llevaba a no identificarse demasiado estrechamente con ningún bloque,
ya fuera el oriental o el occidental. De hecho, algunos delegados eran muy
anticomunistas: seis de los veintinueve se habían alineado recientemente en la
ONU con Estados Unidos y Gran Bretaña. Carlos Rómulo, representante del régimen
filipino que acababa de aplastar la rebelión comunista del Hukbalahap, dijo:
«Los imperios de ayer de los que se solía decir que no se ponía nunca el sol
están abandonando Asia uno por uno. Lo que tememos ahora es el nuevo imperio
del comunismo sobre el cual sabemos que el sol nunca se levanta».[8]
Los representantes de la República Popular China se
negaron a aceptar que sus aliados soviéticos hubieran establecido un imperio en
Europa oriental y la Conferencia se tensó cuando los delegados comenzaron a
discutir sobre su actitud hacia las superpotencias; pero Zhou Enlai realizó una
intervención magnífica con la que encantó a la mayoría de los delegados,
presentando a China como un amigo moderado y tolerante de los desamparados de
la tierra. Reconoció que el marxismo-leninismo era una rareza en el nuevo mundo
descolonizado y que se requerían compromisos para que China tuviera alguna
influencia. Rómulo se quejó de que se parecía «estar leyendo una página del
libro de Dale Carnegie Cómo ganar amigos e influir sobre la gente»;[9] pero
Zhou Enlai tenía una
formación teórica más respetable para su ofensiva
de fascinación; los comunistas chinos estaban en su fase ideológica moderada de
«Nueva Democracia» y propugnaban ardorosamente las alianzas con los
nacionalistas burgueses.
La Conferencia de Bandung vio nacer al «Tercer
Mundo» como una nueva entidad independiente del «Primero» occidental y del
«Segundo» oriental. Se acordó la necesidad de eludir la dependencia económica
del Primer Mundo —descrita por Sukarno como colonialismo disfrazado con un
traje más moderno— mediante la cooperación económica. También se decidió
combatir el riesgo de guerra nuclear. En su enardecedor discurso ante la
Conferencia, Sukarno urgió a África y al sur de Asia a desplegar la «violencia
moral de las naciones en favor de la paz», haciendo frente al militarismo de
los dos bloques de la guerra fría.[10]
La entrada en la escena de la política mundial de
un «Sur» bien definido también mostraba la capacidad movilizadora del
antiimperialismo. Aunque los viejos imperios se estaban desvaneciendo, algunas
potencias imperiales seguían decididas, si no a mantenerlos, al menos a ejercer
una influencia determinante sobre las nuevos estados configurando su política
después de la descolonización. A principios de la década de 1960 solo quedaban
unos pocos países bajo el control de los blancos, principalmente en África: las
colonias portuguesas, Sudáfrica y Rhodesia. Aun así, muchos dirigentes del
Tercer Mundo todavía consideraban el imperialismo como una fuerza poderosa y se
debatió mucho la idea del «neocolonialismo» y los imperios informales,
especialmente en relación con Estados Unidos y su destacado papel como nuevo
apoyo de los viejos colaboracionistas prooccidentales.
Sin embargo, los debates en Bandung también
subrayaron lo muy cargado que estaba el comunismo de Stalin de afanes
imperialistas, abriendo la vía para que chinos y yugoslavos desafiaran a la
URSS como auténtico y legítimo líder del comunismo mundial. Para los
gobernantes soviéticos fue aún más preocupante la reunión al año siguiente en
la isla yugoslava de Veliki Brijun entre
Tito, Nasser y Nehru, en la que se hicieron planes
para formalizar la constitución de un bloque de países del Tercer Mundo que
actuara coordinadamente en la política internacional como una «plaga en
vuestras casas», refiriéndose a ambas superpotencias. El resultado fue la
fundación del «Movimiento de Países No Alineados» en 1961 en Belgrado.[11]
Jruschov respondió rápidamente al desafío. Él y sus
ideólogos estaban convencidos de que la descolonización ofrecía enormes
oportunidades al socialismo soviético. Creían que la URSS podía ofrecer un
modelo atractivo a los nacionalistas del Tercer Mundo combinando su larga
oposición al imperialismo, su compromiso con la justicia social y el progreso
tecnológico simbolizado por el proyecto de las Tierras Vírgenes y el Sputnik.
Argumentaban que los nacionalistas burgueses «progresistas» podían ir incorporándose
gradualmente con apoyo soviético al campo socialista; entretanto, a medida que
sus economías se desarrollaran y su clase obrera se fortaleciera, el
antiimperialismo se iría convirtiendo en anticapitalismo. Esa transición,
insistía Jruschov, podía ser pacífica; no tenía por qué ser violenta ni
revolucionaria, con partidos de vanguardia y lucha de clases. El Tercer Mundo
progresista debía ser una «zona de paz».[12]
Así pues, poco después de la Conferencia de Bandung
Jruschov organizó apresuradamente una serie de visitas de estado a Yugoslavia,
la India y Birmania, destinadas a restaurar la imagen de la Unión Soviética
entre la izquierda antiimperialista; también envió un emisario personal a
Egipto con la intención de estrechar lazos con Nasser. Esto supuso un giro
espectacular con respecto a la visión del estalinismo tardío de los líderes no
alineados como potenciales enemigos[13] y exigió un importante cambio de la doctrina
soviética, ya que desde la finalización de la política frentepopulista en 1947
la URSS había considerado el mundo dividido en «dos campos» irreconciliables.
Jruschov anunció ese viraje en el XX Congreso del PCUS en 1956 y en 1960
proclamó que la URSS se sentía complacida de ver el nacimiento de «estados
democráticos nacionales», en los que los comunistas
podrían establecer alianzas con nacionalistas «burgueses» de izquierda.[14]
Aquella era, de hecho, una nueva versión de la
vieja política de «frente unido» en la que los gobiernos nacionalistas
«burgueses» ocupaban el lugar de los partidos nacionalistas. Esa nueva política
supuso el aumento de la ayuda a la India de Nehru, la Ghana de Nkrumah, la
Indonesia de Sukarno y la Argelia de Ben Bella. Pero desde el punto de vista de
la propaganda, la intervención más eficaz de Jruschov fue en el antiguo Congo
belga (de 1965 a 1971 República Democrática del Congo y más tarde Zaire). El reino
de Bélgica, tras concederle a regañadientes la independencia el 30 de junio de
1960, intervino militarmente con el respaldo estadounidense en apoyo de la
secesión de Katanga y la insurgencia iniciada contra el gobierno nacionalista
de izquierda de Patrice Lumumba. Su captura y entrega a los gendarmes
katangueses bajo el mando de oficiales belgas y su inmediata tortura y
asesinato en enero de 1961 fue un contratiempo para la política soviética, pero
Lumumba se convirtió en un mártir de la causa del antiimperialismo respaldado
por la Unión Soviética y su muerte resonó en toda África.
Tras la confrontación chino-soviética a finales de
los años cincuenta, la República Popular China se convirtió en un competidor
muy serio de la Unión Soviética en la búsqueda de influencia en el Tercer
Mundo. A principios de la década de 1960 Zhou Enlai y Liu Shaoqi viajaron por
toda África y Asia y visitaron a muchos de los presidentes no alineados, entre
ellos los de Birmania, Egipto, Argelia y Etiopía. La RPCh se presentaba ahora
como una alternativa radical a la URSS criticando duramente la política de «coexistencia
pacífica» con Occidente. En 1965 el ministro de Defensa Lin Biao argumentó que,
según la experiencia china, la guerra de guerrillas era mucho más adecuada para
la lucha por la liberación nacional en sociedades agrarias que el modelo
soviético. Su vieja estrategia de «rodear las ciudades liberando primero el
campo» se podía aplicar al mundo entero: Occidente constituía las «ciudades del
mundo», mientras que Latinoamérica, África y Asia eran el «campo del
mundo».[15] Había, pues, que organizar guerras
populares contra el feudalismo y el imperialismo.
El mensaje chino era muy atractivo para muchos de
los comunistas del Tercer Mundo. El presidente del poderoso y arraigado Partido
Comunista de Indonesia (PKI), Dipa Nusantara Aidit, le dijo a una delegación de
comunistas extranjeros que regímenes como el soviético se convertirían
inevitablemente «en “gatos gordos y ricos” a expensas de los países atrasados y
perderían su espíritu revolucionario». Le había molestado especialmente el
hecho de haber tenido que pagar mucho más por una camisa en Moscú que en Nueva
York, a pesar de ser de una calidad notablemente inferior, lo que suponía una
prueba evidente de que los soviéticos eran mucho más codiciosos que los
estadounidenses.[16] El PKI era en esa época uno de los principales aliados del
PCCh, pero Beijing también proporcionó ayuda financiera a los vietnamitas y a
varios regímenes no comunistas y movimientos independentistas de África y
Oriente Medio.
El «frente unido» entre comunistas y nacionalistas
de izquierda en el Tercer Mundo durante la década de 1960, como su predecesor
de los años veinte, era muy inestable, ya que el renovado prestigio del
marxismo internacional incrementaba el apoyo a los primeros en muchos países de
independencia reciente, lo que inevitablemente amenazaba a los líderes
nacionalistas. Nasser, tras la unificación con Siria en 1958, ilegalizó los
partidos comunistas de ambos países y encarceló a la mayoría de sus dirigentes.
En Iraq Abd al-Karim Qassim, un líder nacionalista de izquierda que llegó al
poder aquel mismo año mediante un golpe de estado apoyado por los comunistas,
pronto comenzó a lamentar la alianza, ya que aunque los miembros del partido
eran solo 25 000, las organizaciones de masas vinculadas con él reunían cerca
de un millón de miembros, casi la quinta parte de la población.[17] Uno de los
ejemplos más sobresalientes de las tensiones entre los nacionalistas de
izquierda y los comunistas fue la que se produjo en la India, donde en las
elecciones generales de 1957 el CPI consolidó su posición como
segundo grupo más representado en el Lok Sabha tras
el Partido del Congreso y además ganó las elecciones en el estado suroccidental
de Kerala, en parte gracias al apoyo de las castas más bajas. Con el apoyo de
Moscú desarrolló desde el gobierno una política reformista; de hecho, su plan
de reforma agraria se parecía enormemente al de Nehru. Sin embargo, pronto
encontró una encarnizada oposición de los grupos conservadores y especialmente
de la poderosa Iglesia Católica, que se oponía a su política educativa. Los
católicos formaron una milicia «liberacionista» y los comunistas respondieron
con otra. En 1959 la amenaza de un golpe de estado católico obligó al jefe del
gobierno comunista Elamkulam Namboodiripad a pedir ayuda a Nueva Delhi y Nehru
aprovechó la ocasión para disolver el gobierno keralí.[18]
Los esfuerzos de Jruschov por mejorar la imagen de
la URSS entre los dirigentes del Tercer Mundo se beneficiaron enormemente de la
profunda desconfianza de los gobernantes estadounidenses hacia el nacionalismo
del Tercer Mundo en los años posteriores a la segunda guerra mundial. Si bien
entendían que el comportamiento de los imperialistas europeos y las clases
dominantes conservadoras locales alimentaba el radicalismo popular, temían que
los nacionalistas —muchos de los cuales exigían la redistribución de las
tierras y otras reformas sociales— se pudieran aliar con Moscú. Al principio
mantuvieron en general su posición antiimperialista; en 1949, por ejemplo, el
secretario de Estado Dean Acheson advirtió a los Países Bajos que se verían
privados de la participación en el Plan Marshall y de ayuda militar si
utilizaban la fuerza para volver a imponer su dominio en Indonesia, que pronto
obtuvo así la independencia.
Sin embargo, la «pérdida» de China en 1949 tuvo un
efecto sobrecogedor en la política estadounidense; fue un trauma devastador que
condicionó la política exterior estadounidense durante muchos años. La creencia
de Washington en que podría «contener» la expansión del comunismo en el mundo
se vio sacudida y los políticos pasaron rápidamente del idealismo a la
realpolitik; de la creencia optimista de que los
países del Tercer Mundo podrían pasar a una democracia parlamentaria de estilo
americano a la convicción pesimista de que quien no apoyara plenamente la
propiedad privada, el mercado libre y la alianza con Washington podía pasarse
fácilmente al campo de Moscú. El resultado fue una tendencia a exagerar la
amenaza comunista y a considerar todos los nacionalismos socialmente radicales
como potencialmente peligrosos; esta actitud llevó a su vez a una estrategia de
apoyo a los imperios europeos o a élites conservadoras con base muy estrecha,
lo que naturalmente alimentó el temor del Tercer Mundo al «neocolonialismo»;
parecía que los vetustos imperios europeos habían sido simplemente sustituidos
por un nuevo modelo estadounidense. No cabe sorprenderse, pues, de que esta
aparente continuidad entre los imperios europeos y la hegemonía estadounidense
ayudara a Moscú y Beijing a aumentar su influencia entre los nacionalistas del
Tercer Mundo.
Quizá el resultado más duradero de este cambio en
Washington fue abandonar cualquier esfuerzo serio por disminuir las
desigualdades económicas entre el Primer y el Tercer Mundo. Aunque no hubo
nunca ninguna probabilidad seria de un Plan Marshall para el Sur, el economista
liberal británico John Maynard Keynes había persuadido a la Conferencia de
Bretton Woods en 1944 de la conveniencia de ampliar las ventajas del nuevo
sistema financiero en esa dirección creando una Organización Mundial del
Comercio con capacidad para estabilizar los precios de las materias primas de
las que tanto dependían los países pobres. Sin embargo, la ratificación del
plan de Keynes por el Congreso estadounidense se vio aplazada una y otra vez, y
a partir de 1949 las sospechas de los gobernantes estadounidenses hacia las
organizaciones internacionales eran tan grandes que nunca llegó a aprobarse. Su
sustituto, el Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles (GATT) no ofrecía
sostén a los precios de las materias primas. El resultado fue una creciente
desigualdad económica entre el Norte industrial y
el Sur agrario, a medida que la mejora de la
tecnología deprimía los precios agrícolas mientras que los industriales
aumentaban. Las economías del Sur crecieron, es cierto, durante los años
cincuenta y sesenta, pero mucho más lentamente que las del Norte
industrializado.[19] Muchos países pobres se veían atrapados, incapaces de
ascender la pendiente del desarrollo.
Aún más importante de inmediato fue, sin embargo,
el viraje en la política exterior estadounidense. En 1953, mientras la URSS
comenzaba a distanciarse del maniqueísmo de Stalin, el nuevo gobierno del
presidente Eisenhower optó por la realpolitik, al menos en lo que se refería al
Tercer Mundo. La administración percibió que el sentimiento antioccidental
estaba creciendo como resultado de «sentimientos raciales, anticolonialismo,
creciente nacionalismo, reivindicaciones populares de un rápido progreso social
y económico» y otras causas profundamente arraigadas.[20] A veces se reconocía
que Estados Unidos tenía que ganarse corazones y mentes para apartar a los
nacionalistas del comunismo, pero con el gobierno de Eisenhower predominó por
encima del «poder blando» el uso de la fuerza, a menudo en forma de ayuda
militar a los dictadores. El secretario de Estado John Foster Dulles estaba
convencido de que el comunismo era una «conspiración internacional, no un
movimiento indígena» (aunque en Latinoamérica la intromisión soviética fuera
todavía muy escasa) y se inclinaba por una acción anticomunista enérgica.[21]
Una de las principales características de la
estrategia de guerra fría en el Tercer Mundo diseñada por el gobierno de
Eisenhower fue por tanto el uso de golpes de estado organizados por la CIA
contra gobiernos nacionalistas considerados demasiado cercanos al comunismo. El
primer ataque contra un gobierno elegido limpiamente en las urnas fue contra el
iraní, presidido por el nacionalista Mohammed Mosaddeq. Temiendo que facilitara
el suministro de petróleo a la Unión Soviética, la CIA organizó un golpe de estado
contra él en agosto de 1953, la «Operación Áyax».
Pero aquel golpe contra Mosaddeq solo fue el
primero. Estados Unidos tenía ante sí toda una serie de líderes populares
nacionalistas en Oriente Medio, decididos a deshacerse de la influencia europea
y dispuestos a establecer alianzas tácticas con la URSS. A veces Estados Unidos
intervenía con éxito, por ejemplo en la Crisis del Líbano en 1958: tras la
invasión de Egipto en noviembre de 1956 por británicos, franceses e israelíes a
raíz de la nacionalización del canal de Suez, obligados a retirarse por el apremio
estadounidense, la comunidad musulmana libanesa inició una presión cada vez más
intensa sobre el presidente cristiano Camille Chamoun, que se había negado a
alinearse junto a Egipto; al verse amenazado por lo que parecía el inicio de
una auténtica guerra civil, en julio de 1958 Chamoun pidió ayuda a Estados
Unidos,[*] que consiguió salvar el régimen constitucional, aunque Chamoun tuvo
que dimitir.
Durante la década de 1950 Estados Unidos se fue
acercando cada vez más al gobierno considerado por los nacionalistas del Tercer
Mundo como el ejemplo más descarado de imperialismo y racismo: el de la Unión
Sudafricana. Pese a las advertencias de la CIA sobre la creciente oposición
africana al apartheid, Washington decidió atender prioritariamente a las
ventajas estratégicas y económicas e intensificó durante aquellos años sus
relaciones con el régimen racista blanco.
Pero el ejemplo más insigne de la asunción por
Estados Unidos de la herencia de los viejos imperios europeos fue el de
Vietnam. A finales de la segunda guerra mundial el presidente Roosevelt se
había mostrado hostil a la prolongación del dominio francés, pero en 1950
Truman realizó un espectacular viraje: temiendo que la victoria del Vietminh
pudiera inducir un colapso en serie de los regímenes prooccidentales en todo el
sureste asiático, el gobierno estadounidense renunció a sus principios
antiimperialistas y reconoció al régimen vietnamita del emperador Bao Dai
respaldado por la República Francesa. En 1953 Eisenhower fue más allá y aprobó
la financiación de la campaña militar francesa contra el
Vietminh, pero ni siquiera así pudo impedir la
derrota francesa en Dien Bien Phu en 1954 y su retirada de Vietnam. Ni
soviéticos ni chinos querían una prolongación de la guerra, ahora contra
Estados Unidos, y presionaron a Ho Chi Minh para que aceptara en la Conferencia
de Ginebra una partición provisional de Vietnam por el paralelo 17 a la espera
de unas elecciones (que nunca se celebraron). El Partido de los Trabajadores de
Vietnam seguiría controlando la República Democrática al norte, mientras que la
República de Vietnam creada en el sur bajo la presidencia de Ngo Dinh Diem,
respaldado por Estados Unidos, rechazó los acuerdos de Ginebra y el referéndum
previsto para 1956.
Durante algún tiempo pareció como si la estrategia
estadounidense hubiera tenido éxito. Ngo Dinh Diem contaba con buenas
credenciales anticoloniales y con el apoyo de la Iglesia Católica y tuvo
algunos éxitos iniciales en cuanto a la consolidación de su gobierno;[22] por
otra parte, ni Moscú ni Beijing deseaban una reanudación de la guerra y los
norvietnamitas estaban muy ocupados en una reforma agraria de estilo chino
cuyos violentos excesos se hicieron muy impopulares en el partido;[23] pero el
gobierno de Hanoi estaba cada vez más preocupado por la posibilidad de que la
división del país pudiera hacerse permanente y los comunistas del sur,
obligados a la clandestinidad, crearon en 1960 el Frente Nacional de Liberación
(FNL, al que más tarde los estadounidenses llamarían «vietcong») aprovechando
el descontento generado por la corrupción y la política catolizante y represiva
de Ngo Dinh Diem. La presión del FNL indujo finalmente al gobierno de la
República Democrática de Vietnam a reanudar la guerra.
Aunque Estados Unidos consiguiera distanciarse del
imperialismo europeo en su respaldo al régimen temporalmente estable de Ngo
Dinh Diem, en 1954 parecía como si Washington estuviera siguiendo un manual
marxista-leninista sobre el capitalismo imperialista, esto es, promoviendo el
imperialismo como fase superior del capitalismo. La amenaza de Jacobo Arbenz a
los
intereses de la United Fruit provocaron la reacción
de Washington, ya que los tentácu-los de la empresa llegaban a través del
despacho de abogados de Sullivan & Cromwell en Nueva York hasta John Foster
Dulles y su hermano Allen Welsh Dulles, el director de la CIA. Para la Casa
Blanca era más preocupante, empero, la disposición de Arbenz a aceptar la
colaboración del Partido Comunista Guatemalteco, y pese a que la Unión
Soviética no tuviera prácticamente ninguna relación con Arbenz, el gobierno
estadounidense estaba convencido de que Guatemala amenazaba convertirse en una
plataforma de lanzamiento del comunismo en todo el continente. La campaña
encubierta de subversión de la CIA, la «Operación Éxito», consiguió derrocar a
Arbenz en julio de 1954[24] y puede que la operación hiciera honor a su nombre
a corto plazo, pero a largo plazo tuvo un efecto profundamente dañino sobre la
imagen de Estados Unidos en Latinoamérica, donde contribuyó a empujar a parte
de la generación de Bandung al radicalismo. La primera señal de este proceso
fue evidente a solo 150 km de la costa de Estados Unidos, en Cuba.
III
Como temían los Dulles, después de la caída de
Arbenz sus seguidores más radicales huyeron del país y prosiguieron su lucha en
otros lugares. Ernesto Guevara, su amigo cubano Ñico López y otros radicales
consiguieron escapar a Ciudad de México, donde vivían otros revolucionarios
como Fidel Castro y su hermano Raúl, que desde el exilio planeaban su regreso a
Cuba. El Che, a diferencia de Fidel, era ya un marxista convencido, pero no
puso condiciones para unirse al movimiento de liberación de Fidel. Como recordaba
Castro:
Al grupito nuestro que estaba en México le caía
bien… Él sabía que en nuestro movimiento había pequeña burguesía; que íbamos a
una revolución de liberación nacional, una revolución antiimperialista, no se
vislumbraba todavía una revolución socialista; pero esto no fue obstáculo, se
suma rápido, se enrola de inmediato.[25]
Fidel Castro, hijo natural de un inmigrante gallego
que había arrendado una parcela a la United Fruit para plantar caña de azúcar
con la que consiguió salir adelante y prosperar, era por tanto de origen
pequeño-burgués, relativamente acomodado pero no aristocrático ni muy bien
relacionado. De niño era ya rebelde y su visión del mundo era muy diferente de
la de su padre, que simpatizaba con Franco. Sin embargo, apreciaba el «espíritu
militar» del internado jesuita en el que transcurrió su adolescencia y disfrutaba
del tipo de vida sana y austera que vivió en aquellos colegios.[26] Mientras
estudiaba Derecho en La Habana se implicó en la política radical, aunque tenía
poco en común con el Partido Socialista Popular (comunista) —que en 1940 había
apoyado la candidatura presidencial de Fulgencio Batista introduciendo dos
ministros en su gobierno—, y se incorporó al Partido Ortodoxo, enraizado en el
nacionalismo radical del poeta y revolucionario José Martí.
Los intelectuales cubanos detestaban
particularmente el neo-imperialismo y el capitalismo estadounidense. Tras el
final del dominio español en 1898, Cuba estuvo ocupada durante cuatro años por
el ejército estadounidense, e incluso después de la independencia formal seguía
sometida a su vecino del norte. De hecho, su economía estaba casi totalmente
integrada en la de Estados Unidos, dependiendo de los ingresos procedentes de
las exportaciones de azúcar (cuya cuota dependía de la buena voluntad del
Congreso estadounidense), y buen número de plantaciones eran de propiedad
extranjera. La Habana era una ciudad cosmopolita llena de expatriados
estadounidenses, acusados por los moralizadores nacionalistas de transformar la
ciudad en un centro del crimen organizado, el juego y la prostitución. A muchos
cubanos ilustrados les parecía que su país estaba atrapado por el azúcar y
Estados Unidos en una situación de subordinación
permanente y que solo un cambio radical podía restaurar su autoestima.
El objetivo inmediato de los nacionalistas era no
obstante el derrocamiento del corrupto dictador Batista, respaldado por Estados
Unidos. El Partido Ortodoxo —que reivindicaba una reforma social y agraria— se
convirtió pronto en su principal adversario. Castro se demostró un
revolucionario incansable: tras el fracaso del asalto al cuartel Moncada en
1953 reunió en el exilio una pequeña fuerza, ahora denominada «Movimiento 26 de
Julio», que regresó de México a Cuba en 1956 en el Granma («Abuela»), un pequeño
yate motorizado bastante deteriorado. El desembarco fue un desastre y solo
veintidós de los ochenta y dos revolucionarios embarcados consiguieron
reagruparse, estableciendo finalmente una base en Sierra Maestra, una zona de
difícil acceso en el oriente cubano con una larga tradición de rebeliones
campesinas. Desde allí Fidel y su grupo emprendieron una guerra de guerrillas,
mientras que al mismo tiempo los rebeldes urbanos —el llano— llevaban a cabo
una campaña de huelgas, sabotajes y atentados en las ciudades.[27] Sin embargo,
el fracaso de la huelga general en la primavera de 1958 debilitó al llano e
incrementó el poder de Castro y los barbudos de la sierra. Batista respondió a
los ataques guerrilleros con más violencia y el apoyo a su persona se desvaneció,
no solo en Cuba sino también en Washington. La víspera de Año Nuevo de 1959
Batista, apreciando correctamente el sentido en que se movía la historia, huyó
de Cuba; las columnas del Ejército Rebelde mandadas por el Che y Camilo
Cienfuegos entraron en La Habana el 2 de enero y Castro llegó una semana
después.
Comparada con las revoluciones vietnamita y china,
la cubana fue notablemente rápida y fácil. La base de apoyo de Batista era
débil, mientras que la oposición incluía una amplia clase media urbana, muy
descontenta, y los vínculos entre el proletariado rural y el urbano eran más
estrechos que en otros países latinoamericanos. Castro gozaba de un enorme
apoyo popular en su empeño de poner fin a la dictadura de Batista y declaró
repetidamente que la suya era
una revolución nacionalista, no comunista. De
hecho, en el discurso pronunciado el 1 de enero en Santiago de Cuba situó su
revolución en la tradición de los anteriores levantamientos nacionalistas:
Esta vez, por fortuna para Cuba, la revolución
llegará de verdad a su término; no será como en el 95, que vinieron los
americanos y se hicieron dueños de esto… ¡Ni ladrones, ni traidores, ni
intervencionistas, esta vez sí que es una revolución![28]
Castro proclamó un gobierno democrático encabezado
por el juez Manuel Urrutia y declaró que su régimen sería «humanista», no
capitalista ni comunista. A diferencia de Raúl y el Che, Fidel no era
comunista, y de hecho el Che escribió en 1957: «Consideré siempre a Fidel como
un auténtico líder de la burguesía de izquierda».[29] Todavía en mayo de 1959,
Castro declaraba que «el capitalismo puede matar al hombre con hambre, pero el
comunismo lo mata destruyendo su libertad».[30] De hecho, el programa económico
del Movimiento 26 de Julio no era en principio nada radical: proponía una
reforma agraria relativamente modesta y el desarrollo de industrias de
«sustitución de importaciones» en el país para salir del monocultivo del
azúcar.[31] En opinión de Castro los capitalistas nacionales —excluidos los
grandes terratenientes y los dependientes de empresas extranjeras— tenían un
lugar en la revolución, y efectivamente muchos de ellos veían grandes
oportunidades en los planes de industrialización del nuevo régimen.
Aun así, la revolución de 1959 era mucho más
radical que el intento fallido de 1953. El Che Guevara —radical por
temperamento y convencido marxista— influyó notablemente en su desarrollo y
muchas de sus opiniones eran compartidas por Raúl Castro; pero la dura vida
guerrillera de Sierra Maestra, donde los barbudos vivían por primera vez cerca
de los campesinos más pobres, también tuvo su efecto: forjó una cultura
revolucionaria igualitaria.[32] Fue allí donde los guerrilleros se dejaron
crecer la barba que los distinguía como «seña de identidad» y que se convirtió
en parte esencial de la imagen revolucionaria durante los años sesenta y
setenta.[33]
Así pues, a diferencia de 1953, en 1959 los
rebeldes no solo enarbolaban las banderas del nacionalismo y la
industrialización, sino también del interés de las «clases populares» frente a
las «clases económicas».[34] No era una sorpresa la gran esperanza que habían
depositado en ellos los más pobres, alentados por las formas de movilización
guerrillera que habían surgido en Sierra Maestra. Reivindicaban reformas más
radicales y el Ejército Rebelde de Castro, que tenía mucho poder sobre el
terreno, simpatizaba con ellos.[35] También hubo al parecer bastante apoyo
popular a los juicios y ejecuciones sumarias de cientos de torturadores y
«chivatos» de Batista, presididos por el propio Guevara. Algunos de los viejos
amigos argentinos del Che se sintieron desilusionados por su transformación de
sanador de enfermos en ejecutor de la justicia revolucionaria, pero no se
sentía culpable; cómo le dijo a uno de ellos: «Mira, en este problema, si no
matas primero te matan a ti».[36]
Era inevitable que aquel radicalismo distanciara de
la revolución a muchos, en particular a los liberales, los propietarios y el
gobierno de Washington, que aunque temía desde el principio la posibilidad de
que anduvieran por medio los comunistas, tranquilizado por las declaraciones de
Castro reconoció inmediatamente al nuevo gobierno. Sin embargo, la actitud
firmemente nacionalista de este en el terreno económico y la reforma agraria
suscitaron inevitablemente un conflicto con las empresas de propiedad estadounidense
basadas en Cuba. Los juicios y ejecuciones de los verdugos de Batista y la
cancelación de las elecciones acabaron convenciendo a Washington de que Castro
se había entregado al comunismo y no se podía recuperar. Las relaciones con
Estados Unidos se fueron deteriorando y en marzo de 1960 Eisenhower pidió a la
CIA que organizara un golpe con ayuda de los emigrados anticastristas.[37]
Estaba decidido a que Castro compartiera el destino de Arbenz cinco años antes.
En 1959 los dirigentes cubanos y los soviéticos
apenas se conocían mutuamente, pero en febrero de 1960 Castro, convencido
de que Estados Unidos estaba a punto de invadir la
isla, mantuvo una transcendental reunión con el muy experimentado y cosmopolita
Anastás Mikoian, enviado a Cuba por Jruschov. En cuanto Mikoian llegó a La
Habana los dirigentes cubanos congeniaron con él y le dijeron que veían a la
URSS como una fuente de ayuda económica y militar; el Presidium del PCUS no
podía esperar nada mejor: la revolución cubana le ofrecía una oportunidad para
ampliar su influencia y para infundir cierto espíritu juvenil en el cuerpo
avejentado del comunismo soviético.[38] Mikoian describió acertadamente a
Castro como «un genuino revolucionario, exactamente igual que nosotros. Sentí
como si hubiera vuelto a la infancia».[39] Los soviéticos acordaron enviar
armas y petróleo a cambio de azúcar y enviaron un grupo de comunistas españoles
que vivían exiliados en Moscú desde que acabó la guerra civil española para
reorganizar el ejército cubano.[40]
Castro estaba acertado al temer las intenciones
estadounidenses, ya que Eisenhower y Dulles estaban efectivamente planeando una
invasión militar a gran escala de cubanos exiliados con cobertura aérea
estadounidense, pero le favoreció el cambio de gobierno en Washington. Con la
elección de Kennedy la política exterior estadounidense iba a estar de nuevo
más sincronizada con la de la URSS. Kennedy llegó al poder —en gran medida como
Jruschov— prometiendo una nueva forma de confrontación con la superpotencia rival,
a la vez más idealista y más inteligente. Conmocionado por la «pérdida» de
Cuba, la mayor derrota estadounidense desde la «pérdida» de China una década
antes, estaba decidido a abandonar los métodos militares más crudos del
gobierno de Eisenhower y a distanciarse del imperialismo europeo y de sus
epígonos en la Sudáfrica del apartheid. Tal como explicó, Estados Unidos tenía
que estar «del lado de los derechos humanos para gobernarse a sí mismo… porque
la victoria final del nacionalismo es inevitable».[41]
Con Kennedy en la presidencia estadounidense,
Washington comenzó a reconocer más plenamente que el comunismo podía ser
el producto de desigualdades económicas y
políticas. Su respuesta fue la teoría de la modernización, desarrollada por
pensadores como su asesor Walt Rostow. Rostow y sus seguidores mantenían que
todas las sociedades seguían una vía similar de «modernización» hacia la
democracia parlamentaria, pero que en la etapa de transición, hasta alcanzar la
madurez plena, podían atrapar la enfermedad del comunismo. La mejor solución
era acelerar el proceso de modernización y los intereses del mundo quedarían
mejor servidos tratando de promover un rápido desarrollo mediante la ayuda
financiera y la promoción de la democracia.[42] En 1961 Kennedy movilizó a
miles de jóvenes para difundir la modernización estadounidense por todo el
mundo mediante el «Cuerpo de Paz» y sus programas de «desarrollo comunitario».
El poder duro —la opción militar— seguía vigente, pero tenía que practicarse
mediante inteligentes campañas de contrainsurgencia, templadas con llamamientos
a los corazones y las mentes, esto es, el poder blando.
En lo que refería a Cuba, Kennedy tenía grandes
dudas sobre la invasión planeada por Eisenhower y temía que si salía mal
pudiera dañar la reputación estadounidense. Aun así, estaba tan dispuesto como
su predecesor a erradicar la influencia comunista del patio trasero
estadounidense y decidió seguir adelante, aunque bajo la forma de una operación
más encubierta al estilo guerrillero y sin cobertura aérea. Se esperaba que el
desembarco estratégico de exiliados armados incitara a levantamientos
espontáneos a su favor entre los cubanos. El resultado, el desembarco en «Bahía
de Cochinos» en abril de 1961, fue un fiasco completo. Los levantamientos
esperados no llegaron a materializarse y las tropas del ejército regular,
apoyadas por más de cien mil miembros de las Milicias Nacionales
Revolucionarias, se mostraron muy eficaces. La mayoría de los invasores fue
capturada y la imagen de Estados Unidos en el Tercer Mundo quedó muy dañada. La
invasión de Bahía de Cochinos fue además contraproducente, en el sentido de que
solo sirvió para empujar a Cuba a una alianza más estrecha con
la Unión Soviética. Castro estaba convencido de que
otra invasión era inminente (y de hecho en Washington se estaban elaborando
nuevos planes). Entretanto, la CIA organizó una larga serie de intentos de
asesinar a Castro —desde cigarros explosivos hasta un traje de buceo infectado
con hongos— e incluso pretendió ridiculizar la supuesta fuente de su carisma,
su barba; Castro asegura que desde entonces los emigrados cubanos y la CIA han
intentado más de seiscientas veces atentar contra su vida.[43]
La consolidación de la alianza con la Unión
Soviética se vio acompañada por un giro hacia un estilo de gobierno más
disciplinado en la propia Cuba, al convencerse el régimen de que la
participación informal en el Ejército Rebelde no bastaba para la defensa
nacional y la construcción del estado. En julio de 1961 se agruparon en un
frente común las Organizaciones Revolucionarias Integradas, las fuerzas
políticas que vertebraban el gobierno, y en marzo de 1962 se fusionaron en un
solo partido, el Partido Unido de la Revolución Socialista, que en octubre de
1965 se iba a convertir en Partido Comunista de Cuba; Castro aprovechó así la
experiencia organizativa del PSP para la construir la infraestructura
administrativa del nuevo estado.
La culminación de la alianza con la Unión Soviética
fue la oferta de Jruschov de estacionar armas nucleares en suelo cubano. Castro
aprovechó la oportunidad, creyendo que el paraguas nuclear soviético
garantizaría finalmente la estabilidad de su revolución frente a un eventual
ataque estadounidense, pero la subsiguiente capitulación soviética durante la
crisis de los misiles de octubre de 1962 (sin consultar al gobierno cubano) fue
muy decepcionante para Castro; y aunque Kennedy ofreció una promesa verbal de
no intentar de nuevo una invasión, no confiaba en Estados Unidos. La
demostración práctica de que tampoco podía confiar demasiado en la Unión
Soviética llevó a Castro a efectuar un viraje. La fundación del PURS ya había
supuesto una depuración de viejos cuadros comunistas y ahora, junto con Che
Guevara, dejó claro que el marxismo tecnocrático que subyacía al modelo
estalinista no era
bien recibido en Cuba. La alternativa sería lo que
el Che llamaba «marxismo humanista», que no era sino una versión del marxismo
romántico, aunque no temía utilizar explícitamente un lenguaje moralizante. El
Che definía su marxismo refiriéndose explícitamente al joven Marx, cuyas obras
había estudiado con detalle:
El socialismo económico sin la moral comunista no
me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo luchamos contra
la alienación. Uno de los objetivos fundamentales del marxismo es hacer
desaparecer el interés, el factor «interés individual» y provecho, de las
motivaciones psicológicas. Marx se preocupaba tanto de los hechos económicos
como de su traducción en la mente. Él llamaba eso un «hecho de conciencia». Si
el comunismo descuida los hechos de conciencia puede ser un método de repartición,
pero deja de ser una moral revolucionaria.[44]
En la práctica el régimen cubano trató de combinar
la lucha contra la pobreza y la debilidad del estado con la participación de
las masas, como habían hecho todos los comunistas radicales en el pasado:
mediante el comunismo guerrillero (denominado en Cuba guerrillerismo). Cada
ciudadano, el «nuevo hombre» solidario, debía formar parte de un ejército
fraternal e igualitario de trabajo, dándolo todo para que Cuba pudiera alcanzar
niveles extraordinarios de desarrollo. Se trataba pues de un comunismo ascético.
Los cubanos se movilizaban para el trabajo por su patria por una escasa
recompensa individual, pero la recompensa colectiva era una cuestión diferente
y se hicieron grandes esfuerzos para mejorar la educación y la sanidad para
toda la población, especialmente en el campo, siendo los campesinos los
principales beneficiarios del nuevo régimen. La campaña de alfabetización de
1961 se convirtió en una de las movilizaciones más espectaculares de la época.
Unos 250 000 estudiantes de los institutos y universidades fueron entrenados y
movilizados en «brigadas de alfabetización» y enviados a vivir durante seis
meses con los campesinos, enseñando —y «revolucionando»— a los analfabetos.
Como ha sucedido tantas veces en la historia del comunismo, campañas como aquella,
que apelaban al idealismo juvenil, despertaron un gran entusiasmo
popular, transformando a la vez la vida de los
hasta entonces analfabetos.[45] Un visitante estadounidense recordaba el
ambiente de celebración cuando los estudiantes regresaban a La Habana para una
semana de juegos, actividades culturales y desfiles:
Vestidos con los restos de sus uniformes, a menudo
llevando sombreros de paja y abalorios, y con sus mochilas y linternas a la
espalda, los brigadistas inundaron la capital, cantando y riendo e
intercambiando historias de sus experiencias. El parecido entre el alegre
regreso del ejército de alfabetización y la entrada triunfal de las tropas
guerrilleras tan solo tres años antes no le pasó inadvertido a la
población.[46]
Las manifestaciones públicas de alegría eran por
supuesto muy importantes en todos los regímenes comunistas, como había mostrado
Milan Kundera, pero no cabe extrañarse de que Cuba resultara especialmente
atractiva para la izquierda del mundo entero en aquella época. El comunismo
cubano era tan puritano y militarista como cualquier otra forma de comunismo
guerrillero y la disconformidad y la disidencia estaban castigados, en
particular en los campos de trabajo establecidos entre 1965 y 1969, pero en los
primeros años de revolución los cubanos tuvieron más éxito que muchos otros
regímenes comunistas en despertar el entusiasmo y el espíritu heroico aportado
por el militarismo, haciendo olvidar sus rasgos más desagradables: la violencia
y la represión. Era en parte cuestión de liderazgo y de la cultura peculiar del
partido: Castro y el Che trataron de presentar su marxismo como algo que
recurría genuinamente a la persuasión y la «conciencia», y a diferencia de Mao
y los dirigentes chinos no habían sido educados en una cultura partidaria de
tipo soviético con autocríticas y purgas institucionalizadas; pero también se
debía a la relativa facilidad con que los revolucionarios tomaron el poder,
gracias a la debilidad de la oposición interna. Los campesinos de la región
meridional de Escambray mantuvieron durante seis años una rebelión que tuvo que
ser aplastada por la fuerza, pero muchos opositores simplemente abandonaron la
isla. Después de la revolución, sobre todo entre 1965 y 1971, gran parte de la
clase media emigró a
Estados Unidos, con la anuencia de ambos gobiernos.
Los cubanos evitaron así la «lucha de clases» sistemática o la intensa
persecución de la burguesía que se había visto en tantos otros regímenes
comunistas.[47] Por otra parte, la sensación de ser un David acosado por el
agresivo Goliat estadounidense apuntalaba la legitimidad del régimen a ojos de
quienes se quedaron en la isla, al menos durante un tiempo.
Pero eso no significa que el comunismo cubano
quedara libre de otra gran desventaja del marxismo radical: el trauma económico
y la dislocación que tendía a provocar. La dirección de la política económica
quedó muy clara desde muy pronto, cuando el Che apareció no solo como principal
estratega de la reforma agraria, sino también ministro de Industrias (sic) y
director del Banco Nacional Cubano. El Che disfrutó de la incongruencia de este
último nombramiento y comentó con humor que había conseguido el empleo por
accidente: en la reunión del gobierno que debía decidir sobre el puesto, Castro
pidió un voluntario que fuera buen «economista», y quedó sorprendido cuando el
Che levantó la mano, exclamando: «¡Pero Che, no sabía que eras economista!», a
lo que Guevara replicó: «Ah, pensé que dijiste que querías un buen
comunista».[48] El Che siguió un curso acelerado de economía, pero el comunista
prevaleció sobre el economista. Como otros voluntaristas antes que ellos,
Castro y el Che insistían en que la fuerza de voluntad popular permitiría a
Cuba saltar de la pobreza agraria a la abundancia industrial y el régimen
emprendió una política muy ambiciosa de industrialización rápida. Como cabía
predecir, el resultado fueron los efectos combinados de una planificación central
caótica, las sanciones estadounidenses y la pérdida de los expertos de la clase
media que optaron por el exilio. El propio Che admitió más tarde que «no nos
basamos en la estadística ni en la experiencia histórica, tratamos
subjetivamente la naturaleza como si hablando con ella se la pudiera
convencer».[49]
De ahí se derivó una crisis económica en 1963 y el
propio Che se vio metido en una batalla perdida de antemano contra los
tecnócratas de inspiración soviética que preferían
un enfoque más modernista y menos ambicioso. Guevara, que no estaba en absoluto
acostumbrado a las cuestiones prácticas de la gestión económica, se decepcionó
pronto; según uno de sus amigos su ánimo parecía «sofocado bajo la montaña de
estadísticas y métodos de producción».[50] Fue durante aquellos debates sobre
los planes económicos cuando comenzó una reconsideración fundamental de la
Unión Soviética. Guevara recordó a otro amigo cómo se había convertido al
marxismo en Guatemala y México leyendo las obras de Stalin: lo habían
convencido de que «en la Unión Soviética está la solución a la vida, creyendo
que lo que se había aplicado allí era lo que había leído»; pero cuando trabajó
de hecho efectivamente con los soviéticos «comprendió que lo habían engañado»;
el resultado fue una «violenta reacción» contra el estalinismo en
1963-1964.[51]
Castro, en cambio, adoptó un punto de vista más
pragmático y simpatizaba más con los soviéticos. A partir de 1964 se dio cuenta
de que las recetas propuestas por el Che eran demasiado ambiciosas y de que no
bastaba el entusiasmo de los trabajadores para convertir a Cuba en una potencia
industrial autosuficiente; durante algún tiempo serían precisos los incentivos
materiales de estilo soviético y su mercado para el azúcar cubano. El Che,
derrotado, renunció a sus esfuerzos de aplicar el comunismo guerrillero a la
economía y decidió emplearlo en un terreno más apropiado: extendiendo el modelo
cubano de revolución al resto de Latinoamérica y África. Renunció a todos sus
puestos e incluso a la ciudadanía cubana y se pasó el resto de su corta vida
como un nómada revolucionario; pero la reconciliación entre Cuba y la Unión
Soviética iba a durar poco tiempo. Tras la confrontación chino-soviética y la
caída de Jruschov en 1964, la URSS parecía un protector cada vez menos fiable,
y a partir de 1965 Castro emprendió de nuevo una política radical de
movilización de masas para desarrollar la economía cubana. Tras zigzaguear
entre el marxismo radical y el modernista, los cubanos iban a mantener su
modelo guerrillero de desarrollo económico hasta el
final de la década, pero ahora lo iban a hacer bajo los auspicios de un partido
de vanguardia disciplinado —el Partido Comunista de Cuba, fundado en octubre de
1965—, con lo que concluyeron los tempranos experimentos de democracia
participativa de 1959-1960. Aun así, la dirección cubana evitó durante algún
tiempo seguir el modelo soviético más tecnocrático; creía que su revolución era
la más democrática y adecuada al mundo subdesarrollado, y estaba decidida a
exportarla.
IV
Poco después de que los revolucionarios tomaran el
poder, el Che Guevara dictó sus pensamientos sobre sus experiencias, publicados
en mayo de 1960 con el título La guerra de guerrillas. Se trataba en parte de
un manual del tipo «hágalo usted mismo». Los guerrilleros podían aprender en él
desde cómo utilizar los cócteles molotov hasta la mejor forma de impulsar la
reforma social en el campo. Se daban consejos sobre lo que había que llevar
consigo: una hamaca, un trozo de jabón y un cuaderno de notas y lápiz (para
escribir mensajes a otros guerrilleros). Pero el Che también defendía la
estrategia de guerrilla rural como modelo para todos los revolucionarios del
Sur, sin tener en cuenta las peculiaridades de la revolución cubana e ignorando
la importancia de la insurgencia urbana en Cuba. Situándose en la tradición
guerrillera que iba desde Mao en Yan'an hasta la guerra de liberación
vietnamita contra franceses y estadounidenses y distanciándose explícitamente
de la tradición soviética (e incluso de los partisanos antinazis de la segunda
guerra mundial), el Che argumentaba que mediante un foco —una pequeña banda
guerrillera de vanguardia— se podía prender la llama que provocara un incendio
revolucionario en todo el Tercer Mundo.[52]
El libro estaba dedicado en particular a los
revolucionarios latinoamericanos; por un lado, Castro y Guevara consideraban su
deber ayudar a los oprimidos de todo el continente; pero había también razones
prácticas para fomentar la revolución en otros países. Como explicaba Castro,
Estados Unidos «no podrá golpearnos si toda Latinoamérica está en llamas».[53]
Apuntaba que abandonaría su apoyo a la revolución en otros países a cambio de
una coexistencia pacífica con Estados Unidos, aunque no está claro que estuviera
dispuesto a mantener su promesa; pero fuera en serio o no, su insinuación no
dio resultado. Kennedy siguió apoyando a las fuerzas anticastristas, y su
sucesor desde 1963, Lyndon Johnson, estaba aún menos dispuesto a los
compromisos.
Los esfuerzos por extender la revolución fueron
dirigidos por el «Comandante» Che Guevara. En Cuba se entrenaron más de 1500
revolucionarios del continente, pero aún más importante que la ayuda práctica
fue el ejemplo galvanizador de la propia revolución cubana. Como recordaba un
dirigente del Partido Comunista Venezolano, esta fue como un «detonador».[54]
La facilidad con que los barbudos habían tomado el poder suscitó un
extraordinario optimismo: parecía que la estrategia del foco podía facilitar
una rápida toma del poder en todas partes. Un guerrillero venezolano recordaba
que subió al monte creyendo que «nuestra guerra iba a ser como la cubana»;
«pensábamos que en el plazo de dos o tres años resolveríamos todos nuestros
problemas».[55]
El ejemplo cubano incitó a numerosos grupos
guerrilleros a tomar las armas en todo el continente, ya fueran castristas,
maoístas, comunistas prosoviéticos o trotskistas; sin embargo, la mayoría de
esos grupos eran muy pequeños y con escaso apoyo popular; solo tuvieron una
repercusión real en Venezuela, Guatemala y Colombia, donde a breves períodos de
éxito de las izquierdas les había seguido la victoria de la derecha.[56] En
Guatemala, tras el gobierno de Jacobo Arbenz, se sucedieron una serie de dictaduras
militares, y tras el aplastamiento de una sublevación militar de izquierda en
1960, dos oficiales crearon un
grupo guerrillero, aliado primero con los
comunistas prosoviéticos y luego con los trotskistas. En Colombia el Partido
Comunista controló zonas campesinas durante algunos años, y cuando los
militares consiguieron erradicarlas en 1964-1965, surgieron como respuesta las
Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC). Entretanto los guerrilleros
venezolanos, apoyados por el Partido Comunista pese al disgusto de Moscú, se
beneficiaron de su participación activa en el derrocamiento de la dictadura de
Pérez Jiménez en 1958 y a partir de entonces del resentimiento popular por la
austeridad económica impuesta por el nuevo presidente salido de las elecciones
de diciembre de ese mismo año, Rómulo Betancourt, del partido socialdemócrata
Acción Democrática.
En cualquier caso, prácticamente en ningún lugar
supuso la guerrilla una auténtica amenaza para los regímenes en el poder. En
Venezuela la combinación de la democracia parlamentaria con la represión le
perjudicó gravemente, y en otros países las fuerzas guerrilleras no tenían
apenas fuerza frente al ejército gubernamental. Kennedy y sus sucesores estaban
decididos a frustrar los planes revolucionarios cubanos y a proporcionar
asesoramiento y ayuda financiera a los ejércitos locales aunque eso significara
dejar de lado los planes más ambiciosos de modernización y democracia. Entre
1962 y 1966 se produjeron en Latinoamérica nueve golpes militares, de los que
ocho tenían como fin derrocar gobiernos que se consideraban demasiado
izquierdistas o proclives a una alianza con los comunistas.[57]
Las discrepancias entre distintas corrientes
comunistas también desempeñaron un importante papel en el fracaso de la
estrategia del foco. Al principio los soviéticos toleraron las iniciativas
cubanas en Latinoamérica, pero pronto decidieron que les estaban saliendo
demasiado caras, que sus planes eran poco realistas y que estaban perjudicando
las relaciones con Estados Unidos en una época en que Moscú pretendía una
distensión. Los partidos comunistas de otros países latinoamericanos también se
sentían a disgusto con las ambiciones poco realistas de La Habana. La mayoría
seguían la
línea gradualista de Moscú: comunistas y obreros
tenían que unirse con los campesinos y la burguesía nacional evitando un salto
repentino al estilo cubano del «feudalismo» al «socialismo». El PCCh tampoco
ayudó a los insurgentes pese a su propio origen guerrillero. Sus relaciones con
Cuba no eran buenas, y aunque surgieron grupos maoístas —habitualmente de
extrema izquierda— obtuvieron poco apoyo práctico de Beijing.[58]
A mediados de la década de 1960 estaba claro que
las guerrillas rurales surgidas en el continente estaban fracasando una detrás
de otra y los dirigentes cubanos decidieron que debían replegarse; pero habían
encontrado ya otro lugar para sus energías revolucionarias: África. Sus lazos
con el continente eran notables: alrededor de la tercera parte de la población
cubana tenía allí su origen, a través de antepasados llevados a la isla como
esclavos. La revolución abolió formalmente toda discriminación racial en Cuba y
sus líderes creyeron que debían hacer lo mismo en otros lugares; pero para
ellos África era también un continente en el que Estados Unidos parecía
vulnerable, una potencia situada en el lado equivocado de la historia justo
cuando el continente se había liberado, al menos formalmente, del imperialismo
europeo.
V
En diciembre de 1964 el Che emprendió una gira
durante tres meses por los estados nacionalistas radicales de África y en enero
de 1965 llegó a Brazzaville, la capital del Congo ex francés. En agosto de 1963
una insurrección popular había derrocado allí al corrupto presidente Fulbert
Youlou, que pretendía concentrar en sus manos todos los poderes, constituyendo
el primer régimen declaradamente marxista de África; el nuevo presidente,
Alphone Massemba-Débat, se sentía feliz de dar amparo al Movimento Popular de
Libertação de Angola (MPLA), que luchaba contra el
dominio portugués en aquella colonia del suroeste
de África. La reunión del Che con los dirigentes del MPLA[*] fue un tanto
tensa. El MPLA quería ayuda cubana, pero el Che estaba decidido a volcar todos
sus recursos en la guerra que tenía lugar en el vecino Congo-Léopoldville,
donde los simbas [«leones»] —seguidores izquierdistas del asesinado Patrice
Lumumba— habían emprendido con notable éxito una rebelión contra el régimen
respaldado por Estados Unidos y Bélgica. El Che propuso que el MPLA enviara allí
a sus combatientes para que los cubanos pudieran entrenarlos sobre el terreno;
aunque al Dr. Agostinho Neto no le gustaba nada la idea de combatir en una
guerra y pese a sus diferencias, la reunión acabó en un buen ambiente ya que el
MPLA era al fin y al cabo un grupo marxista y tenía mucho en común con el
Che.[59] Como recordaba uno de los líderes del MPLA que participó en aquella
reunión:
Queríamos instructores cubanos debido al prestigio
de su revolución y porque su teoría de la guerra de guerrillas era muy parecida
a la nuestra. También estábamos impresionados por las tácticas guerrilleras de
los chinos, pero Beijing quedaba demasiado lejos y queríamos instructores que
se pudieran adaptar a nuestro modo de vida.[60]
Al Che no le fascinaba únicamente el marxismo de
los angoleños, sino también su fuerza aparente. Envió a uno de sus compañeros a
un campo de entrenamiento del MPLA, donde vio una fuerza guerrillera
impresionante sin percibir que lo que desfilaba ante él era un bucle continuo
de los mismos hombres, pese a que podría haber sospechado porque los cubanos
habían hecho exactamente lo mismo cuando desfilaron ante los periodistas del
New York Times en Sierra Maestra.[61] En cualquier caso el Che se tragó el anzuelo
y cedió, aceptando enviar instructores al MPLA a través de la República del
Congo.
En febrero el Che tuvo un encuentro mucho menos
afortunado con otros combatientes africanos en Dar-es-Salaam, la capital de
Tanzania, a la que el presidente socialista Julius Nyerere había convertido en
centro de acogida para los combatientes exiliados de la lucha antiimperialista
en los países vecinos. El Che «pensaba
hacerlo en reuniones separadas, conversando
amigablemente con ellos, pero debido a un error del personal de la embajada, se
realizó una reunión “tumultuaria” en la cual participaron cincuenta o más
personas, representantes de movimientos de diez o más países, cada uno dividido
en dos o más tendencias». Su propuesta de que «el entrenamiento no se realizara
en nuestra lejana Cuba, sino en el Congo cercano» obtuvo una «reacción más que
fría», como él mismo recordaba. Sus interlocutores objetaron que su deber era
defender su propia tierra y no ayudar a otros movimientos de liberación, y
aunque Guevara insistió en que todos ellos tenían un enemigo común —el
imperialismo— y que una derrota de este en el Congo les favorecería a todos, se
vio obligado a admitir que «nadie lo veía así». Eduardo Mondlane, ex
funcionario de las Naciones Unidas y líder del Frente de Libertação de
Moçambique (FRELIMO) —el movimiento guerrillero que luchaba contra los
portugueses en ese país— fue especialmente vehemente. Al final de la reunión,
«las despedidas fueron frías y corteses», y el Che concluyó: «quedó claro en
nosotros la impresión de lo mucho que tiene que caminar el África antes de
alcanzar una verdadera madurez revolucionaria, pero nos quedaba siempre la
alegría de haber encontrado gentes dispuestas a seguir la lucha hasta el
final».[62]
Los esfuerzos del Che por persuadir a su audiencia
de la participación en la guerra del Congo fueron en balde, como lo fue la
expedición de cubanos negros enviados para ayudar a los simbas, derrotados en
1965; pero sus encuentros le habían dado una idea bastante precisa del estado
de la izquierda en África, desde el gobierno «marxista» de Brazzaville hasta el
estado socialista de Tanzania y desde los insurgentes marxistas en Angola hasta
los guerrilleros más nacionalistas de Mozambique. Su juicio —que el nacionalismo
en África era radicalmente antiimperialista pero no lo bastante «maduro» (con
lo que quería decir «marxista»)— era en líneas generales bastante acertado.
Nyerere era un líder nacionalista de un tipo muy
habitual en los países recién independizados de África a principios de la
década de
1960: un socialista no marxista de la generación de
Bandung. Los socialistas africanos tenían mucho en común con los socialistas
agrarios rusos del siglo XIX. Del mismo modo que estos veían el campo ruso como
un edén comunitario, Nyerere y otros socialistas africanos creían que la
sociedad africana era de por sí colectivista. Nyerere aseguraba que «la idea de
“clase” o “casta” no existía en la sociedad africana» y que su concepto de
ujamaa («comunidad familiar amplia») ayudaría al continente a desarrollar una
forma específica de socialismo.[63] Ese punto de vista era indudablemente
atractivo para líderes que habían heredado de los imperios europeos países
desgarrados por las divisiones étnicas. Para ellos el marxismo, con su énfasis
en la lucha de clases, era una doctrina demasiado agresiva para sus frágiles
estados recién nacidos, y tampoco el pequeño partido de vanguardia parecía muy
adecuado para países tan divididos por barreras étnicas; el «partido de masas»
abierto a todos fue durante un tiempo mucho más sugestivo.
Algunos líderes africanos adoptaron un enfoque
político más próximo al marxismo, pensando que solo así podrían promover el
desarrollo económico de su país y evitar la prolongación del sometimiento
neocolonial. Las intervenciones europeas y estadounidenses también empujaron a
los socialistas africanos hacia la izquierda, y el asesinato de Lumumba
desempeñó en África un papel equivalente al derrocamiento de Arbenz en
Latinoamérica. Sékou Touré en Guinea, Kwame Nkrumah en Ghana, Ahmed Ben Bella
en Argelia y Modibo Kéïta en Mali evolucionaron así hacia una política más
radical, casi marxista. Estaban convencidos de que la debilidad de África solo
se podía resolver mediante un estado más decidido y centralizado. Como
explicaba Nkrumah, «el socialismo no es espontáneo; no surge por sí mismo».[64]
En 1961 creó un «instituto ideológico» para adoctrinar a los mandos del partido
gobernante y en 1964 inició un plan de industrialización de siete años. Sin
embargo, Ghana mantuvo una economía mixta y acogía sin reparos el capital
extranjero, y en general aquellos líderes,
aunque cuestionaran el socialismo africano más
indigenista y recibieran con agrado la ayuda soviética, china y cubana, no
estaban dispuestos a adoptar un marxismo radicalmente internacionalista. La
influencia marxista era todavía muy débil en África y solo florecía en
condiciones muy particulares. En el Congo-Brazzaville la población urbana y la
proporción de funcionarios y estudiantes eran desacostumbradamente grandes y
eran muy receptivos a las ideas occidentales y muy sensibles a los
acontecimientos que tenían lugar en el vecino Congo-Léopoldville; las fuerzas
políticas también reflejaban el modelo francés y al igual que en Francia los
comunistas tenían una influencia preponderante en los sindicatos. Para esa
población urbana alfabetizada el marxismo de estilo francés prometía la
modernidad y la independencia. El presidente Massemba-Débat era relativamente
moderado, pero otros miembros de su gobierno y sobre todo de las juventudes de
su partido, el Mouvement National de la Révolution, eran marxistas más radicales
y pronto ganaron influencia cuando el régimen trató de consolidar su poder. A
mediados de 1964 el MNR se había convertido en un partido único de tipo
marxista-leninista y también se reforzó ideológicamente el «ejército popular»;
además, tras el fracaso del intento del Che en el Congo-Léopoldville en 1965,
parte de los cubanos pasaron al Congo-Brazzaville ejerciendo un efecto
radicalizador sobre el régimen.[65]
La influencia del marxismo es quizá menos
sorprendente en los grupos guerrilleros que hacían frente al ejército portugués
en Angola, Mozambique y la Guinea portuguesa (rebautizada como Guinea-Bissau
tras la independencia). El Estado Novo portugués, presidido de hecho por el
dictador Antonio de Oliveira Salazar, estaba decidido a mantener su imperio y
aquella larga lucha radicalizó inevitablemente la política; pero había otras
razones por las que el marxismo pudo afianzarse en las condiciones específicas
de las colonias portuguesas en África.
VI
A los guerrilleros de Mayombe,
que se atrevieron a desafiar a los dioses abriendo
un camino a través de la oscura selva, les voy a contar el cuento de Ogún, el
Prometeo africano.[66]
Así comenzaba la novela Mayombe, escrita a
principios de la década de 1970 por un combatiente angoleño blanco del MPLA,
Artur Carlos Maurício Pestana dos Santos, más conocido por su nombre de guerra
«Pepetela». Como deja clara la dedicatoria, la novela trata de la modernidad
prometeica y la guerra, ya que Ogún es un dios guerrero africano. Mayombe
cuenta la historia de un grupo de guerrilleros que combaten contra los
portugueses en la densa selva de ese nombre; gran parte de ella trata de su
vida cotidiana, pero también incluye monólogos de los personajes que revelan
las continuas tensiones del grupo guerrillero. Uno de los principales temas de
la novela es el esfuerzo por forjar un pueblo angoleño moderno y acabar con las
divisiones tribales y el pasado racista colonial. La novela muestra cómo
consiguen los guerrilleros superar esas diferencias, pero al lector le quedan
muy claras las huellas del tribalismo y los prejuicios raciales entre los
combatientes. Como explica al principio de la novela Teoría —un antiguo
profesor medio portugués y medio angoleño— con un nombre de guerra muy
ideológico:
En un universo de sí o no, blanco o negro, yo
represento el quizá… ¿Es culpa mía si los hombres insisten en la pureza y
rechazan las mezclas?… Frente a este problema esencial, la gente se divide en
mi opinión en dos categorías: los maniqueos y los demás. Vale la pena señalar
que estos últimos son raros; casi todo el mundo es maniqueo.[67]
Pero pese a las quejas de Teoría sobre las
deficiencias del marxismo que practicaban los guerrilleros del MPLA, la teoría
marxista se hizo enormemente atractiva para los mestiços y assimilados —el
pequeño grupo de africanos e indios educados en
Portugal como personal administrativo para las
colonias— porque daba preeminencia a la clase por encima de la raza.[68] Para
gente situada en una rígida jerarquía racial a medio camino entre los
civilizados portugueses y los indígenas africanos, el marxismo ofrecía una
oportunidad para tejer lazos con los obreros y campesinos negros; también
prometía crear un estado integrado moderno, capaz de situarse a un alto nivel
en el mundo. Además, una vez finalizada la guerra de liberación nacional, los
mestiços y assimilados tenían razones particulares para estar enojados, ya que
tenían que competir por el empleo con los inmigrantes llegados de Portugal.
Al principio, los principales intereses de los
nacionalistas eran sobre todo culturales: «desportugalizar» y «reafricanizar»
la cultura angoleña; pero al mismo tiempo eran modernizadores muy conscientes
que trataban de crear grandes estados al estilo europeo a partir de numerosos
grupos tribales, por lo que no cabe sorprenderse de que adoptaran un marxismo
modernista influido por la Unión Soviética, especialmente cuando una de las
pocas fuerzas que se opusieron al régimen de Salazar en la metrópoli fue el Partido
Comunista clandestino, que creó un partido hermano angoleño en 1954; y aunque
—al igual que el Partido Comunista Francés— no condenó radicalmente el
imperialismo portugués ni defendió la independencia de las colonias hasta 1960,
muchos nacionalistas modernizadores entraron en su órbita.[69]
El marxismo influyó especialmente sobre los
africanos que acudían a estudiar a Lisboa, como sucedió en el caso de un grupo
de amigos que se reunían regularmente para debatir los asuntos africanos del
que formaban parte Agostinho Neto, el futuro líder del MPLA, y el estudiante de
agronomía de Cabo Verde Amílcar Cabral, futuro líder del Partido Africano para
a Independência da Guiné e Cabo Verde (PAIGC). Sin embargo, su adhesión al
marxismo era muy diversa: Neto ingresó en el Partido Comunista Portugués y siguió
siendo un marxista prosoviético ortodoxo durante toda su
vida, mientras que el marxismo de Cabral era mucho
más flexible.
[70]
A su regreso a África percibieron cada vez más
claramente que los portugueses no iban a renunciar a sus colonias sin lucha. En
1961 un grupo de jóvenes activistas trató de liberar en la capital de Angola,
Luanda, a los presos políticos de la prisión de São Paulo; fracasaron, y la
policía se mantuvo al margen mientras los colonos portugueses ejercían una
venganza extremadamente sangrienta. Los nacionalistas se convencieron entonces
de que no tenían otra opción que retirarse al campo y recurrir a las armas.
Además de los socialistas modernizadores surgieron
muchos otros movimientos nacionalistas, algunos de los cuales trataban de crear
un África supuestamente «tradicional» de jefes y «tribus» y otros que promovían
los intereses de algún grupo étnico particular. En Guinea-Bissau el pragmático
Amílcar Cabral consiguió reunir a todos los combatientes anticoloniales en su
PAIGC, abierto y pujante. En Mozambique, de forma parecida, el nacionalista
modernizador Eduardo Mondlane, mucho menos influido por el marxismo que Neto o
Cabral y más próximo al socialismo africano de Nyerere, impulsó con éxito el
FRELIMO, una coalición de tres organizaciones nacionalistas en la que Mondlane
empleó sus considerables habilidades diplomáticas para superar los conflictos
ideológicos y étnicos. El MPLA, el más marxista y prosoviético de todos, fue el
que tuvo menos éxito en consolidarse como único partido nacionalista angoleño y
tuvo que hacer frente a rivales anticomunistas muy serios: el nacionalista
étnico Frente Nacional de Libertação de Angola (FMLN), que representaba
principalmente a la etnia bakongo, y la União Nacional para a Independência
Total de Angola (UNITA) de Jonas Savimbi.[71]
A lo largo de la década de 1960 los tres partidos
modernizadores —el angoleño MPLA, el guineano PAIGC y el mozambiqueño FRELIMO—
se fueron radicalizando, marginando a los grupos tradicionalistas al tiempo que
emprendían su propia versión de la guerra de guerrillas maoísta. El MPLA se
desplazó hacia la
izquierda en 1963 y en 1964 Cabral derrotó a los
tradicionalistas del PAIGC, si bien su marxismo era relativamente poco
dogmático; el FRELIMO no se incorporó plenamente al campo marxista hasta
principios de la década de 1970.
También en Sudáfrica los comunistas desarrollaron
un marxismo flexible para facilitar la colaboración con los nacionalistas
africanos en la lucha contra el apartheid. El Partido Comunista de Sudáfrica
(CPSA) llevaba mucho tiempo funcionando y en la década de 1920 había obtenido
un notable éxito al atraer a sudafricanos negros,[72] pero en la de 1940
comprobó que su ideología proletaria tenía poco eco entre los obreros emigrados
a las ciudades desde el campo.[73] La creciente militancia del Congreso Nacional
Africano (ANC) y la prohibición por el gobierno del CPSA en 1950 le llevaron a
repensar su doctrina. El nuevo partido clandestino, el Partido Comunista
Sudafricano (SACP) constituido en 1953, declaraba que Sudáfrica sufría un
«colonialismo de un tipo especial»: dado que no había una burguesía negra,
tenía la posibilidad teórica de aliarse, sin traicionar su carácter
«proletario», con nacionalistas no comunistas,[74] en particular con el ANC de
Nelson Mandela; de hecho, ambos partidos tenían miembros en común y decidieron
formar una organización guerrillera conjunta, Umkhonto we Sizwe («Lanza de la
Nación»), que comenzó una campaña de sabotajes en 1961. El SACP consiguió así,
pese a su pequeña envergadura, ejercer una considerable influencia en la lucha
contra el apartheid.
VII
A mediados de la década de 1960 el comunismo
guerrillero promovido por Mao, Ho Chi Minh y el Che había obtenido, pues, una
base en África —principalmente en las colonias portuguesas— pero en otros
lugares se debatía por la supervivencia y no parecía ya la fuerza predominante
del futuro como a finales de la década anterior.
En aquella época eran mucho más fuertes en el
Tercer Mundo los partidos comunistas más moderados dispuestos a colaborar con
los nacionalistas de izquierda en un «frente unido»: el partido sudanés era el
segundo del país, beneficiándose de su historial en la lucha por la
independencia y con gran apoyo de estudiantes, campesinos y obreros
(especialmente los ferroviarios).[75] A continuación venía el iraquí. Pero el
mayor de todos era el Partido Comunista Indonesio dirigido por Dipa Aidit, que
se había recuperado de la debacle javanesa de 1948 adoptando una política más
moderada. Estableció una alianza con Sukarno y en 1965 tenía nada menos que
tres millones y medio de miembros, a los que hay que sumar otros diecisiete
millones, poco más o menos, de afiliados a los sindicatos y otras
organizaciones de masas (de una población de 110 millones de habitantes).[76]
Parecía, pues, que las grandes potencias podían
sentirse satisfechas: el «Estado nacional democrático» soviético y la «Nueva
Democracia» china obtenían dividendos en forma de apoyo de masas, mientras que
Estados Unidos no tenía que preocuparse por una poderosa corriente
revolucionaria. En realidad, sin embargo, las tres potencias estaban muy
preocupadas por los «frentes unidos» del Tercer Mundo, porque su influencia
global dependía en gran medida de líderes nacionalistas sobre los que no tenían
un control directo y que podían pasarse al otro bando en cualquier momento.
Estados Unidos era el más descontento, lo que es
comprensible dada la abierta simpatía de muchos líderes nacionalistas del
Tercer Mundo por el bloque comunista, y desde finales de 1963, con Lyndon
Johnson como presidente, Washington estaba absolutamente decidido a modificar
el statu quo; varios miembros del gobierno habían concluido que el aliento de
Kennedy a la «modernización» y la democracia parlamentaria habían sido
contraproducentes y solo había servido para favorecer a la izquierda,
especialmente en Latinoamérica.[77] Parecía como si el comunismo estuviera
avanzando poco a poco en el Tercer Mundo y Washington no podía arriesgarse a
contemporizar; pero
probablemente fue la personalidad peculiar de
Johnson la que lo llevó a adoptar soluciones militares con más frecuencia que
Kennedy; aunque sin duda estaba decidido a mejorar sus relaciones con la Unión
Soviética, se sentía muy preocupado por el eventual menoscabo de Estados Unidos
y por su propio prestigio personal. Uno de sus mayores temores era sufrir otra
humillación como la «pérdida» de China o Cuba,[78] y por eso respondió muy
duramente a cualquier indicación de avance nacionalista de izquierdas.
Cualesquiera que fueran las razones para el cambio
de política, durante la presidencia de Johnson se produjo una ofensiva
estadounidense contra los gobiernos nacionalistas radicales en todo el Sur del
planeta. Estados Unidos alentó los golpes de estado en Brasil (1964) y Ghana
(1966), y en 1965 invadió la República Dominicana, ayudó a su cliente protegido
Mobutu Sese Seko a derrotar a las insurgentes lumumbistas en el
Congo-Léopoldville y recibió con agrado la deposición de Ben Bella en Argelia.
Aquel mismo año Johnson respondió al deterioro de la situación de Ngo Dinh Diem
en Vietnam del Sur enviando fuerzas terrestres e intensificando la campaña de
bombardeos sobre el norte.
Pero el ataque más claro y más violento contra los
«frentes unidos» en los que participaban los comunistas fue el que tuvo lugar
en Indonesia. En 1963 Sukarno giró hacia la izquierda como respuesta al
descontento popular por el hambre y el colapso económico, y molesto por el
reconocimiento estadounidense de la independencia de Malasia. Reforzó su
alianza con China en el exterior y con el PKI de Dipa Aidit —que desde
principios de la década se había decantado por Beijing— en el interior. El PKI
aprovechó su aumento de poder para iniciar una campaña de reducción de los
arrendamientos a los campesinos, lo que a su vez suscitó una violenta reacción
de los terratenientes y de las organizaciones musulmanas anticomunistas.[79] El
PKI, que no contaba con una fuerza militar propia, se vio obligado a moderar
aquella campaña y temía cada vez más la posibilidad de un golpe militar contra
Sukarno, por lo que cuando un grupo de jóvenes
oficiales del ejército organizó su propio golpe
contra los generales, el PKI probablemente les prestó ayuda, aunque los hechos
permanecen todavía sin aclarar.[80] Los oficiales rebeldes fracasaron y el jefe
máximo de la reserva estratégica del ejército, el general Suharto, se hizo con
el control y emprendió una campaña de exterminio de los comunistas. Envió
comandos para asesinar a los miembros y simpatizantes más conocidos del
partido, aprovechando las tensiones sociales generadas por su campaña de reducción
de los arrendamientos. Fueron destruidos pueblos enteros, y las estimaciones
más serias de los investigadores sobre el número de víctimas oscilan entre
doscientos mil y un millón de muertos.[81]
Los gobernantes estadounidenses contemplaron
complacidos el final de Sukarno y apoyaron al general Suharto en su sanguinaria
campaña contra el PKI, mientras que para el bloque comunista —y especialmente
para la República Popular China— la destrucción del poderoso partido indonesio
fue un desastre. Aquellos acontecimientos recordaban la masacre llevada a cabo
por el Guomindang contra los comunistas chinos en Shangai en 1927, y del mismo
modo que aquella catástrofe había llevado a Stalin a reconsiderar su estrategia
de alianzas de «frente unido» con los nacionalistas «burgueses», los
acontecimientos de Indonesia sembraron dudas sobre la colaboración impulsada
por Zhou Enlai y Jruschov desde mediados de la década de 1950. Los dirigentes
soviéticos habían puesto ya en duda desde hacía algún tiempo aquella
estrategia: la idea optimista de Jruschov de que el apoyo a los dirigentes
nacionalistas de izquierda posibilitaría una transición gradual al socialismo
de estilo soviético era claramente falsa; la Unión Soviética había malgastado
tiempo y recursos preciosos en su apoyo a líderes como Nasser, que más tarde se
habían vuelto contra sus benefactores. Hasta su relación con Castro se había
enfriado y las sucesivas derrotas en Argelia, Indonesia y Ghana no hicieron más
que reforzar la convicción de los dirigentes soviéticos de que tenían que
cambiar de planteamiento. También los dirigentes chinos, que tenían relaciones
particularmente estrechas con los
comunistas argelinos e indonesios, se sintieron
parecidamente decepcionados.
La respuesta de las dos grandes potencias
comunistas fue retirarse del Tercer Mundo durante un breve período, pero por
diferentes razones. El PCCh se vio cada vez más absorbido en la política
interna y en su propia Revolución Cultural, como consecuencia de la cual su
política exterior se hizo estridente, intransigente e ineficaz, mientras que en
la URSS la caída de Jruschov había desacreditado las aventuras en el Tercer
Mundo y Leonid Brezhniev sentía poco interés por ellas. Cuando a finales de la
década de 1960 la Unión Soviética reanudó su ataque contra la «burguesía»
global, lo hizo abandonando la fe de Jruschov en las alianzas de estilo «frente
unido» en favor del marxismo-leninismo ortodoxo.
VIII
Tras su fracaso en el Congo el Che Guevara abandonó
África, buscando nuevas oportunidades revolucionarias en Latinoamérica. Regresó
a Bolivia, por donde había viajado cuando era joven, y trató de aplicar allí su
teoría foquista de la guerra de guerrillas, pero el resultado fue, como cabía
esperar, un rotundo fracaso: en octubre de 1967 fue localizado, atrapado y
asesinado por el ejército boliviano con la ayuda de la CIA. Su cadáver fue
mostrado a los periodistas en un último intento de demostrar que tanto él como
el comunismo guerrillero que tanto temían los estadounidenses estaban realmente
muertos. Walt Rostow escribió una triunfante carta a Johnson en la que decía
que la muerte del Che «culmina la desaparición de otros revolucionarios
románticos y agresivos como Sukarno, Nkrumah, Ben Bella… Muestra la fiabilidad
de nuestra “medicina preventiva” suministrada a los países que afrontan una
insurgencia incipiente».[82]
Pero el Che iba a seguir siendo después de muerto
tan poderoso como vivo, si no más. Muchos señalaban el parecido entre la
fotografía que le tomó Freddy Alborta en Vallegrande, con su cabello y su barba
enmarañados, su tez pálida y su rostro demacrado, y el Cristo muerto de
Mantegna; y en una extraña reedición de su pequeño negocio juvenil con la
imagen del Cristo Negro de Esquipulas, también de él se guardaron reliquias:
las mujeres del lugar cortaban rizos de su pelo y las atesoraban como
encantamiento. El régimen cubano aprovechó el culto del nuevo mártir
revolucionario y la imagen del Che —especialmente la famosa fotografía de
Alberto Korda en 1960 en la que el Che mira decidido hacia lo lejos— se
convirtió en un pujante símbolo durante las revueltas estudiantiles de finales
de los años sesenta y principios de los setenta. La canción de 1965 con ocasión
de la partida del Che de Cuba, «Hasta siempre, comandante», cantada entre otros
por la folclorista estadounidense Joan Báez, también se convirtió en un himno
popular de la izquierda radical.
El idealismo de finales de los años cincuenta y
principios de los sesenta, representado por el Che, iba a seguir siendo una
poderosa fuerza durante las rebeliones de finales de la década de 1960, como se
verá en el capítulo 11; pero en cierta forma Rostow tenía razón: la muerte del
Che indicaba que la época romántica estaba llegando a su fin, al menos en las
capitales de las superpotencias. Por diferente que fuera su política, Jruschov,
Mao, Tito, el Che e incluso Kennedy creían que estaban llevando a cabo un
combate ideológico por los corazones y las mentes, pero desde mediados de la
década de 1960 los hombres de estado en Moscú y Washington habían concluido que
se hallaban en una época mucho más peligrosa que exigía, no cuerpos de paz o
focos guerrilleros, sino ejércitos tradicionales y partidos de vanguardia. Y en
Moscú ese pensamiento conservador se vio reforzado por un desafío
revolucionario dentro del propio bloque comunista: la «Primavera de Praga» de
1968.
10
Zastoi («Estancamiento»)
I
El 21 de agosto de 1968, mientras los tanques
soviéticos y de otros países del pacto de Varsovia invadían Checoslovaquia, el
líder rumano Nicolae Ceauşescu se dirigió a una multitud de 100 000 personas
desde la balconada del edificio del Comité Central del partido en Bucarest. La
Unión Soviética —declaró— había cometido una agresión y Rumanía no enviaría sus
tropas junto a las de sus aliados del pacto de Varsovia. Su anuncio fue
recibido con gritos de aprobación y su actitud parecía muy audaz, ya que parecía
arriesgarse a que la invasión soviética se ampliara a Rumanía. Ceauşescu y
Alexander Dubček dirigían los regímenes comunistas más populares de Europa
oriental. Sin embargo, su coincidencia resultaba bastante extraña en términos
ideológicos, ya que mientras que los comunistas de la «Primavera de Praga»
parecían haber optado por una forma de comunismo más liberal, tan solo un año
antes Ceauşescu había abandonado un paquete de reformas mucho más moderado y al
cabo de pocos años iba a presidir uno de los regímenes más autoritarios de
Europa oriental. Los aplausos y alabanzas de que disfrutaba no se debían, pues,
a una relajación del régimen sino al reconocimiento de su valor patriótico al
hacer frente desde la pequeña Rumanía al gran vecino soviético.
El drama de agosto de 1968 ponía al descubierto la
crisis del bloque comunista tras los sucesivos fracasos de Tito, Jruschov y Mao
en sus intentos de revitalizar el comunismo mediante diversas formas marxistas
de «democracia» que combinaban en distinta proporción el radicalismo militante
con la movilización dirigida por el partido. ¿Cuál era el camino a seguir? El
bloque se fragmentó: algunos países, como Rumanía, se aferraron a una versión
más o menos dura del estalinismo tardío, junto con la movilización y una severa
austeridad, envuelta, eso sí, en los colores nacionales. En el otro extremo,
comunistas como Dubček buscaban un marxismo más pragmático e incluso liberal,
con concesiones al mercado y el pluralismo. A mediados de la década de 1960 la
Unión Soviética también trató de liberalizar en cierta medida su economía; pero
aquel experimento duró poco y la Primavera de Praga se lo llevó por delante. Al
finalizar la década, la naturaleza del bloque soviético quedaba reflejada en la
imagen de los tanques entrando en Praga. El sistema había perdido el dinamismo
que tuvo en otro tiempo y ahora dedicaba sus energías a estabilizarse a
cualquier precio.
II
En 1974 un crítico literario rumano, Edgar Papu,
escribió un artículo en la revista Secolul 20 («Siglo XX») en el que presentaba
una teoría un tanto extravagante que denominaba «protocronismo rumano», según
la cual a lo largo de la historia los movimientos y estilos literarios que
comúnmente se creían de origen occidental —el Barroco, el Romanticismo o las
ideas estilísticas de Flaubert o Ibsen
— se habían dado previamente en la literatura
rumana. El protocronismo se hizo enormemente popular en la cultura rumana
durante las décadas de 1970 y 1980 y fue respaldado por el propio Ceauşescu.[1]
En la Unión Soviética se había dado un fenómeno
similar con las proclamaciones, a finales de la década de 1940, de que los
auténticos inventores del teléfono y la bombilla eléctrica eran rusos, y su
reaparición en Rumanía no era casual, ya que la versión del estalinismo tardío
puesta en práctica por Ceauşescu conllevaba los mismos elementos: la
jerarquización y disciplina se insertaba en la combinación de la
industrialización económica con una ideología nacionalista. Esa misma
estrategia se siguió en Albania, otro país no eslavo al otro lado de los
Balcanes, que también era hasta entonces fundamentalmente agrario; tanto
Albania como Rumanía quedaban alejadas de Europa central y las dificultades y
escasa rentabilidad de una eventual invasión soviética les daban cierto margen
de maniobra; los partidos gobernantes en ambos países veían la Unión Soviética
de Briezhniev como una nueva potencia imperialista y una amenaza para su
autonomía nacional.
¿De dónde provenía aquella opinión tan extraña y
contraria al sentido común? ¿No era Stalin más imperialista que Jruschov o
Briezhniev? De hecho, Jruschov se había esforzado por infundir un nuevo
espíritu de fraternidad en el imperio estalinista, dando mayor libertad a los
partidos comunistas locales, mientras que Stalin trataba a sus dirigentes como
vasallos de una corte patrimonial cuyas visitas a Moscú, a las que raramente se
daba publicidad, eran casi asuntos privados. Ahora la relación era mucho más igualitaria,
se les trataba como auténticos Jefes de Estado y se les ahorraban las
humillaciones y sesiones de danza tras los banquetes de la corte estalinista.
Jruschov también abolió los horarios nocturnos de Stalin. Cierto es que los
soviéticos seguían ejerciendo un control directo sobre los ejércitos y los
servicios de seguridad de sus satélites y les habían dejado claro que había
límites que no se podían cruzar: el capitalismo y un sistema multipartidista
estaban fuera de cuestión. Pero la reconciliación de Jruschov con Tito en 1956
marcó una importante hito. Los soviéticos ahora aceptaban que las ambiciones
estalinistas de un bloque monolítico eran cosa del pasado. Como
declaraban ahora, «las vías del desarrollo
socialista varían según el país y las condiciones que prevalecen en él».[2]
La lógica económica del bloque también se había
modificado con Jruschov en una dirección menos imperialista. La antigua
explotación dio paso a las subvenciones.[3] A finales de la década de 1950 era
la URSS la que transfería riqueza a sus satélites y no al contrario, muy en
particular cuando Jruschov concedió a János Kádár una ayuda de 860 millones de
rublos para evitar el hundimiento del régimen húngaro durante la oleada de
huelgas de 1956-1957. Esas subvenciones aumentaron con el tiempo y durante las décadas
de 1970 y 1980 se convirtieron en un serio lastre para la economía soviética.
Al mismo tiempo, sin embargo, Jruschov comenzó a
tomarse más en serio la economía del bloque soviético. No estaba satisfecho con
el colchón o glacis vagamente articulado de estados satélites militarizados de
Stalin; inspirado por el ejemplo de la Comunidad Económica Europea fundada con
el tratado de Roma de 1957, Jruschov trató de crear algo más ambicioso,
introduciendo a principios de la década de 1960 en el Consejo de Ayuda Mutua
Económica (CAME) el principio de la «división socialista del trabajo», con el
que se alentaba a las distintas economías nacionales a concentrarse en áreas en
las que disfrutaran de una ventaja comparativa; pero a los países más pobres
esa idea les parecía imperialista. Puede que Stalin hubiera practicado un
saqueo imperialista en los países más desarrollados de Europa central, pero
para los países agrarios del sureste de Europa la economía planificada había
supuesto el inicio de una vía hacia la riqueza y la independencia. Desde su
punto de vista, la propuesta de Jruschov de que se limitaran a producir
alimentos y materias primas para las necesidades de la economía soviética
parecía condenarlos para siempre a una dependencia agraria empobrecida y una
inferioridad permanente, suministrando alimentos al norte más rico.
Era muy lógico que los comunistas rumanos
recurrieran al nacionalismo, porque sus raíces políticas eran mucho menos
profundas que en otros países.[4] La mayoría de sus
dirigentes durante el período de entreguerras provenía de las minorías étnicas
de Rumanía (muchos de ellos eran judíos), y cuando llegaron al poder sentían
una intensa necesidad de conseguir cierto apoyo de la mayoría de la población.
Al final, en 1952, se hizo con la dirección suprema el antiguo ferroviario y
hábil manipulador Georghiu-Dej, étnicamente rumano, desplazando y purgando a la
facción «promoscovita» de la dirigente judía Ana Pauker. Hasta la muerte de
Stalin, Georghiu-Dej siguió una línea servilmente prosoviética, pero la
denuncia de Jruschov en 1956 lo debilitó y recurrió entonces al nacionalismo
para apuntalar su régimen. El Partidul Muncitoresc Român (Partido Obrero
Rumano), que carecía de una capa intermedia sólida de dirigentes, dependía cada
vez más de funcionarios nacionalistas. La historia reciente de Rumanía era muy
traumática: había sido duramente bombardeada, muchos de sus ciudadanos judíos
habían muerto, así como cientos de miles de rumanos luchando junto a los
alemanes, y había perdido para siempre una parte sustancial de su territorio,
Besarabia — incorporada a la URSS como RSS de Moldavia—, lo que dio lugar a
importantes traslados de población. No es, pues, de extrañar que las cuestiones
de estatus e integridad nacional fueran decisivas hasta para los comunistas.
Georghiu-Dej comenzó a distanciar gradualmente a
Rumanía de la Unión Soviética, negociando en 1958 la retirada del ejército
soviético y negándose a tomar partido en la disputa chino-soviética. La ruptura
final llegó en 1962 cuando Jruschov trató de impulsar su nueva división del
trabajo en el CAME. El gobierno rumano respondió haciendo pública en 1964 una
«declaración de autonomía» y comenzó a desarrollar una política exterior
independiente (aunque sin salirse del pacto de Varsovia) estableciendo vínculos
con Yugoslavia, Francia e incluso con Estados Unidos. A la muerte de
Georghiu-Dej al año siguiente, su sucesor Ceauşescu mantuvo su línea
nacionalista, justificándola con una ideología cada vez más chovinista.
Ceauşescu, nacido en 1918, provenía de una familia
de campesinos pobres étnicamente rumanos y había empezado a trabajar como
aprendiz de zapatero a la edad de once años, por lo que su formación era
escasa, pero a los quince años entró a formar parte del Partido Comunista y del
Comité Antifascista que este dirigía, fue encarcelado varias veces y en prisión
recibió cierta formación marxista y se integró en la facción de Georghiu-Dej.
Al convertirse en 1965 en secretario general del partido, rebautizado como Partidul
Comunist Român, parecía que podía combinar el nacionalismo prevaleciente con
cierta liberalización cultural y económica, y de hecho trató de obtener el
apoyo de los intelectuales mediante una limitada relajación cultural; pero no
duró mucho tiempo. Estaba muy decidido a promover el desarrollo de la industria
pesada y recordaba las palabras del historiador del siglo XIX A. D. Xenopol
—«dedicarse únicamente a la agricultura es… convertirnos para siempre en
esclavos del extranjero»—, con las que muchos estaban de acuerdo.[5] Por otra
parte, la Primavera de Praga convenció a Ceauşescu de los peligros de las
reformas políticas liberales y la popularidad de su oposición a la invasión
soviética demostraba el arraigo del nacionalismo rumano.
El X Congreso del partido en 1969, en el que
Ceauşescu pronunció un discurso maratoniano de cinco horas y media (cada media
hora un camarero con chaquetilla blanca le traía un vaso de agua), marcó el
comienzo de su control total del partido y el inicio de un culto a su
personalidad excepcionalmente extravagante.[6] En 1974 se le comparaba con
Julio César, Alejandro Magno, Pericles, Pedro el Grande y Napoleón.[7] En
muchos sentidos era solo una versión más extremada del culto dual a Tito, que
lo convertía en un revolucionario ascético para los miembros del partido y un
nuevo rey para el campesinado. La principal diferencia era la promoción de
varios de sus parientes para ocupar altos puestos y el de su mujer Elena al más
alto rango, en un gesto típicamente monárquico; como decía un chiste de la
época, si Stalin había creado el socialismo en un solo país, Ceauşescu había
establecido el socialismo en una sola
familia. Las virtudes de Elena Ceauşescu, de
soltera Petrescu, no eran solo matrimoniales sino también científicas. Hizo
carrera como investigadora química y desde la década de 1970 la «Académica
Doctora Ingeniera Elena Ceauşescu» (a la que los impertinentes se referían
simplemente con el acrónimo «Adie»)[8] era descrita como «eminente personaje de
la ciencia rumana e internacional»; también se le atribuía el descubrimiento de
un importante polímero, aunque cuando se le pedía que hablara en público de sus
investigaciones se quedaba misteriosamente silente.
Al igual que otros líderes comunistas de los países
balcánicos, Ceauşescu emitía, pues, una mezcla ecléctica de mensajes políticos:
monárquico, científico y comunista. Hasta flirteó durante un breve período con
el maoísmo, visitando China en 1971, aunque su principal objetivo al hacerlo
era dejar bien sentada su independencia de Moscú; pero por encima de todos esos
atributos contradictorios de la ideología comunista rumana estaba el
nacionalismo étnico. En la década de 1970 Ceauşescu propuso la creación de un
estado étnicamente homogéneo y alentó a los judíos a emigrar, e igualmente a
los alemanes (el precio lo pagaba el gobierno de la RFA), al tiempo que se
intentaba asimilar a los resentidos húngaros. El chovinismo de Ceauşescu era
evidentemente difícil de conciliar con el marxismo, aunque los rumanos hicieron
cuanto pudieron al respecto, recurriendo a algunas oscuras notas de Marx que
parecían respaldar la reclamación rumana de Besarabia;[9] pero al parecer era
muy popular y el régimen tuvo un notable éxito en cuanto a atraer a los
intelectuales a su causa.
Al otro lado de los Balcanes, los comunistas
albaneses no eran partidarios de un nacionalismo étnico tan primario y se
interesaban poco, por ejemplo, por los derechos de la minoría albanesa kosovar
en Yugoslavia; pero, al igual que los rumanos, recurrían con gusto al modelo
estalinista como forma de reforzar la cohesión nacional.
Su líder Enver Hoxha, nacido en 1908, diez años
antes que Ceauşescu, era hijo de un pequeño comerciante del sur de Albania pero
al parecer ejerció más influencia sobre él su tío Hysen, un viejo
patriota albanés que le inculcó una fe ardiente en
el «albanismo». En 1930 obtuvo una beca del gobierno para estudiar ciencias en
la Universidad de Montpellier, de la que pasó a la Sorbona para estudiar
filosofía y luego a la de Bruselas. Fue uno de los muchos líderes del mundo
subdesarrollado —como Ho Chi Minh, Zhou Enlai o Pol Pot— introducidos por el
PCF en la cultura comunista, que le llevó a ver el estalinismo como una
solución para el retraso de Albania. Cuando regresó a su país en 1936 enseñó
francés durante un breve período, pero se negó a unirse al partido fascista
durante la ocupación italiana y fue despedido, por lo que abrió un pequeño
comercio de tabaco que en realidad funcionaba como cobertura de actividades
políticas ilegales.
Hoxha tenía facilidad de palabra y gran confianza
en sí mismo, y al igual que a Tito le gustaba vestir bien; de hecho, la
competencia en ese terreno desempeñó al parecer cierto papel en su conflicto
con el igualmente presumido Tito: cuando lo visitó en junio de 1946 lo
afrentaron su arrogancia y su actitud «altanera» y seguramente envidió su
extravagancia, sus residencias palaciegas y su uniforme blanco y oro. Tanto él
como sus compatriotas albaneses se sintieron humillados y menospreciados, así
que mientras Tito se quejaba del trato imperialista soviético, Hoxha lo veía
como el auténtico imperialista. Los intentos yugoslavos de dominar la región
deterioraron aún más la relación y Albania entera se sintió complacida cuando
se produjo la ruptura entre Stalin y Tito en 1948; también, inevitablemente, el
acercamiento soviético-yugoslavo de 1955 enfrió las relaciones albanesas con la
Unión Soviética y Hoxha se indignó con el intento de Jruschov, tal como él lo
veía, de condenar a Albania a un estatus agrícola subalterno dentro del CAME.
La ruptura formal se produjo en 1961, cuando Hoxha denunció a Jruschov, con un
lenguaje muy insultante, como «el mayor charlatán y payaso
contrarrevolucionario que el mundo ha conocido nunca».[10] Aquel mismo año se
inició en Albania un programa intensivo de industrialización con el Tercer Plan
Quinquenal y la producción industrial aumentó del
18,2 por 100 de la renta nacional en 1960 a un impresionante 43,3 por 100 en
1985.
Hoxha añadió varios elementos a su estalinismo
ortodoxo: el primero era la política étnica y de clanes; el partido favorecía
sistemáticamente a los toskos del Sur, hasta entonces discriminados, frente a
los guegos del Norte. Pero Hoxha estaba también estrechamente vinculado con un
grupo muy cerrado de clanes: de los 61 miembros del Comité Central en 1961, 10
eran parejas (incluidos Hoxha y su mujer), y otros 20 estaban relacionados con
ellos como yernos o primos.[11] En evidente contraste con esta política «tribal»
estaba la adhesión al maoísmo manifestada durante la década de 1960, cuando
Albania y China establecieron una de las alianzas políticas más curiosas de la
época, si bien el «maoísmo» de Hoxha estaba más próximo en espíritu al
estalinismo tardío que al radicalismo de Mao, cuyas obras utilizaba
principalmente para justificar sus purgas, si bien compartía su talento y gusto
por las invectivas vitriólicas. Sus campañas eran, no obstante, mucho más
controladas, sin apenas asomos del populismo de Mao.
Pero el más firme en su estalinismo era sin duda
Kim Il-sung. Tras el final de la guerra de Corea y la muerte de Stalin la
influencia soviética directa sobre Corea del Norte declinó, pero su dirección
siguió utilizando los métodos estalinistas, combinados con tradiciones
japonesas e indígenas en cuanto a los objetivos nacionalistas. La guerra de
Corea había dejado una profunda herida no cicatrizada, la frontera que separaba
el norte y el sur, y Kim Il-sung afrontaba la amenaza que suponía para su país
el Sur respaldado por Estados Unidos y no renunciaba a la reunificación bajo su
mandato. Tras el fin de la guerra surgió en la dirección coreana una «derecha»
tecnocrática que proponía una economía más equilibrada y orientada hacia el
consumo, pero fue pronto derrotada y purgada. Kim Il-sung insistía en la
acumulación industrial y militar bajo el eslogan «¡Las armas en una mano y la
hoz y el martillo en la otra!».[12] No estaba claro cómo se podían manejar
con una sola mano a la vez una hoz y un martillo,
pero en 1958 —el año del Gran Salto Adelante en China— Kim creía que una
movilización del estilo de la «Gran Ruptura» podía superar todos los
obstáculos. La llamó la campaña «Chollima», con el nombre de un caballo alado
mágico de la mitología coreana que podía cubrir distancias extraordinarias a
gran velocidad.
Kim Il-sung estaba preocupado no solo por las
amenazas del sur capitalista sino también por el eventual deterioro de sus
relaciones con sus vecinos comunistas del norte —la Unión Soviética y China —,
por lo que durante los turbulentos años de finales de la década de 1950 y
principios de la de 1960, cuando las críticas de Jruschov a Stalin lo dejaron
peligrosamente expuesto, estaba decidido a reforzar sus defensas. Tratando de
independizarse de los virajes políticos en el bloque comunista, en 1955 comenzó
a relativizar el marxismo-leninismo, convirtiendo en nueva ideología del
régimen su filosofía autárquica juche (lo que se suele traducir como
«autosuficiencia»). Juche, de hecho, significa basarse en las propias fuerzas,
y su principal enemigo es el «flunkeyismo» (literalmente «actitud servil ante
el poderoso»), esto es, la prosternación ante los extranjeros y su cultura.
Reproducía así la concepción estalinista del crimen de «servilismo hacia
Occidente», pero esta vez el blanco eran los propios rusos. Kim criticó a «los
poetas que adoran a Pushkin y los músicos que idolatran a Chaikovski»; según
él, «el flunkeyismo estaba tan en boga que algunos artistas pintaban paisajes
extranjeros en lugar de nuestras bellas montañas y ríos»; se sintió
particularmente ultrajado al encontrar un retrato de un oso siberiano en un
hospital local.[13] Sus antiguas relaciones con los soviéticos y el Ejército
Rojo quedaron prácticamente borradas y se modificó la biografía oficial de Kim
Jong-il, diciendo ahora que había nacido en Corea y no en la Unión Soviética.
Al parecer Yuri Irsenovich Kim no había existido nunca.
Kim Il-sung desarrolló la idea juche durante las
tensiones con la Unión Soviética a principios de la década de 1960; pero más
tarde, durante la Revolución Cultural, la amenaza más seria parecía
provenir de China. En 1967 los guardias rojos
radicales, que veían en Corea del Norte el comunismo «feudal» que estaban tan
ansiosos por extirpar, comenzaron a criticar a Kim por no ser lo bastante
antisoviético y a condenar su régimen como «revisionista» y corrupto, mientras
en la frontera chino-coreana amenazaba estallar un conflicto.
Kim respondió emulando ciertos aspectos del culto
maoísta a la personalidad. Se esperaba que los norcoreanos mostraran la misma
apasionada adhesión emocional al «gran líder» que los guardias rojos a Mao. Sin
embargo, King nunca copió las movilizaciones populistas caóticas de la China
maoísta. De hecho en Corea del Norte se ha mantenido un estricto orden
jerárquico: según una mordaz ocurrencia coreana, la población se divide en
«tomates», rojos hasta la médula; «manzanas», rojas solo a la vista pero susceptibles
de mejora ideológica, y «uvas» sin posibilidad de redención. El origen de clase
(songbun) sigue desempeñando un gran papel en la sociedad coreana: la «clase
central» más alta está formada principalmente por vástagos de los obreros y
campesinos comunistas de las décadas de 1940 y 1950, con buenos empleos; los
miembros de la «clase titubeante» tienen oportunidades para obtener un ascenso,
por ejemplo a través del ejército; mientras que los de las «clases hostiles» se
ven muy marginados, con empleos mal pagados. Sin embargo, los observadores
extranjeros no se ponen de acuerdo sobre la influencia del songbun y la
capacidad del pueblo para esquivarlo, como sucede con muchos otros aspectos de
aquella sociedad misteriosa y aislada.[14]
La jerarquización social se ha visto reforzada por
los controles ideológicos y la población sigue siendo tratada como un ejército
laboral. La vida era y sigue siendo dura. En general los norcoreanos tienen que
salir de casa a las 7 de la mañana, acudir a sesiones de estudio y reuniones
entre las 8 y las 9, trabajar durante ocho horas con un período de descanso de
tres horas a mediodía, y luego acudir a más sesiones de estudio y autocrítica
hasta las 10 de la noche (excepto las madres con hijos pequeños, que están
exentas)
regresando a casa entre las 10 y las 11 de la
noche. El modelo militar se extiende a todos los aspectos de la vida cotidiana.
Cada año, con ocasión del cumpleaños de Kim, todos reciben ropa nueva en
consonancia con su trabajo y su posición, y aunque hay sutiles diferencias de
calidad según el rango, los estilos son todos muy similares, lo que crea una
extraordinaria uniformidad. También son de calidad mediocre, muchos de ellos
hechos con «vinalón» o «fibra juche», una fibra sintética fabricada en el país
a partir de antracita y caliza. Ciertos alimentos siguen racionados y las
sequías, junto con la mala gestión agrícola y las exportaciones de grano para
obtener moneda extranjera, han provocado frecuentes escaseces e incluso
hambrunas.[15]
Aun así, y pese a esos inconvenientes, el régimen
ha sobrevivido. Tras la Revolución Cultural las relaciones con la República
Popular China mejoraron y la República Popular Democrática de Corea obtuvo
cierto reconocimiento internacional, manteniéndose su régimen notablemente
estable. Los desertores hablan de insatisfacción, especialmente entre los
grupos sociales menos favorecidos por sistema songbun, pero existe un
significativo grupo privilegiado que se beneficia del régimen. Las credenciales
nacionalistas de este, su voluntad de preservar su aislamiento del resto del
mundo, la omnipresencia del estado y el poder del culto al líder —ahora Kim
Jong-il— han contribuido a su supervivencia, pese a un severo deterioro del
nivel de vida.
Esos tres regímenes periféricos del continente
euroasiático comprobaron que podían utilizar sus propias versiones del
estalinismo tardío como salvaguardia de su derrotero nacionalista; pero la
mayoría de los países del centro y este de Europa se desplazaba justo en la
dirección opuesta. Mientras las relaciones entre Oriente y Occidente mejoraban
gradualmente a partir de la década de 1960, los fracasos del comunismo
romántico de Jruschov lo dejaron expuesto a la influencia del mercado y el
mundo capitalista.
III
La segunda parte de la novela La broma de Milan
Kundera transcurre durante los años sesenta. Tras cumplir su condena en el
batallón minero de trabajos forzados, Ludvik se ha convertido en un científico
de éxito en un instituto de investigación. Llega una periodista para
entrevistarlo sobre su trabajo y resulta ser Helena, casada con su antiguo
amigo Pavel Zemanek, el jefe del partido que más empeño había puesto en su
expulsión. Ludvik, todavía amargado, decide vengarse seduciendo a Helena y
destruyendo su matrimonio; pero si bien consigue su primer propósito, no hiere
con ello a Pavel, que tiene una amante y contempla complacido la partida de
Helena. Ludvik también descubre que Pavel se ha convertido en un reformista muy
popular. Su broma cruel contra él acaba perjudicándole de nuevo. En un último
encuentro con su viejo amigo Jaroslav, entusiasta del folclore, comprueba en un
festival distorsionado —la «cabalgata del rey»— que la tradición folclórica
eslava, ahora incautada por el régimen, ha quedado vacía de sentido; se ha
convertido en un vulgar entretenimiento kitsch que observan boquiabiertos unos
adolescentes que no entienden nada. Aunque a Ludvik y Jaroslav les alivie
temporalmente la música que tanto aman, su breve solaz concluye con la muerte
del segundo de un ataque al corazón.
Ludvik vuelve a ser víctima de su incomprensión del
mundo que lo rodea y más en general de la incapacidad de la humanidad para
controlar la evolución de los acontecimientos. Su primera «burla» fracasó
porque no entendía el puritanismo de finales de la década de 1940, mientras que
la segunda fracasa porque no capta cuánto han decaído esos ideales veinte años
después. El matrimonio entre Helena y Pavel, que comenzó como una unión
comunista ideal, es una farsa. La tradición folclórica ha sido profundamente
corrompida por el estado. Ludvik descubre que un mundo sin valores es tan
aborrecible como el goce intolerante de las masas.
Kundera captó así, a mediados de la década de 1960,
los cambios que se habían producido en Europa oriental desde la muerte de
Stalin. En la mayoría de los países del bloque, el entusiasmo aterradoramente
idealista de finales de la década de 1940 había dado paso a una época menos
represiva pero más cínica. Los levantamientos de mediados de la década
siguiente habían obligado a varios regímenes socialistas a abandonar el
estalinismo duro y con ello habían conseguido cierta estabilidad. Sin embargo,
ahora que habían renunciado a sus antiguas ambiciones, existía el peligro de
que se convirtieran simplemente en versiones más deprimentes y menos exitosas
de sus homólogos occidentales.
Inmediatamente después de la convulsión de 1956
parecía como si el bloque oriental pudiera verse sometido a nuevas campañas de
depuración revolucionaria. Jruschov era sensible a las críticas chinas y la
Conferencia de los partidos comunistas en Moscú en 1957 lanzó un nuevo impulso
colectivista en el campo tras la breve pausa que sucedió a la muerte de Stalin.
Excepto en Polonia, donde Gomułka se las apañó para desecharla totalmente, en
la mayoría de los países de Europa oriental la colectivización prosiguió hasta
principios de la década de 1960. Sin embargo aquella iba a ser la última
bocanada de optimismo ideológico en la región. Nunca se volvería a ver tal
avance concertado en la ruta hacia el comunismo.
El relajamiento de las riendas imperiales aportó
mucha mayor diversidad a Europa oriental a finales de la década de 1950 y
durante la de 1960. Mientras que Yugoslavia, Rumanía y Albania habían escapado
al control soviético, incluso dentro de su esfera de influencia las diferencias
eran amplias, abarcando un espectro que iba desde el relativo liberalismo de
Hungría hasta el anquilosamiento de Bulgaria. Pero bajo la superficie todas las
variantes se parecían en un aspecto: los partidos comunistas de toda la región
estaban en retirada y se veían obligados a convertirse en algo diferente. Las
milicias o guerrillas igualitarias del primer plan quinquenal soviético y del
Gran Salto Adelante en China no habían sido nunca un modelo a seguir en Europa
oriental, pero ni siquiera parecían ya adecuados
los ejércitos más disciplinados del estalinismo
tardío. Un funcionario húngaro del partido, entrevistado en 1988, planteaba
claramente el problema:
Heredamos aquella estructura cuando volver a poner
en pie este país era realmente un objetivo parecido al de una guerra, que
requería una gran concentración de voluntad y fuerza por parte del partido y
solo era posible si este funcionaba con puntualidad y disciplina militar. Ahora
su mayor problema es la paz, no otras tareas. Pero resulta que somos tropas de
combate y no hay guerra que librar… de forma que para los problemas actuales el
partido es como un elefante en una cacharrería. Se mueve en todas direcciones y
lo derriba todo, empeñado en batallar aunque los problemas son muy distintos
desde hace tiempo.[16]
Los restantes elementos radicales del estalinismo
tardío fueron abandonados en favor de la tecnocracia y el mercado rampante. La
mayoría de los miembros del partido eran ahora profesionales y gestores más que
obreros. En 1946 solo el 10,3 por 100 de los comunistas yugoslavos eran
trabajadores de cuello blanco; en 1968 la proporción se había más que
cuadruplicado, hasta llegar al 43,8 por 100.[17] La policía secreta seguía en
pie, pero actuaba de forma menos ostensible.
Las autoridades comunistas también comenzaron a
relajar sus esfuerzos por remodelar a la población y crear el nuevo hombre
socialista, tratando más bien de establecer un modus vivendi razonable con el
resto de la sociedad. La primera renegociación afectó a la clase obrera
industrial, la fuerza más rebelde y amenazadora. Se abandonó el empeño
estalinista en amedrentarla para aumentar la productividad, y la influyente
capa de los obreros varones especializados de la industria pesada fue sobornada
con ingresos que se aproximaban a los de los empleados de cuello blanco. Así
pues, la retórica obrerista de esos regímenes, tan evidentemente hipócrita
durante el período estalinista, comenzó rápidamente a cobrar sentido; pero como
veremos, esas concesiones tuvieron su contrapartida negativa. Las fábricas eran
cada vez menos productivas y la oposición a las reformas de mercado más
resistente. Las concesiones también alimentaron el
resentimiento de los profesionales, a quienes les
parecía que no se reconocían suficientemente sus estudios.
Los partidos comunistas también se replegaron ante
la resistencia de los campesinos propietarios. En Yugoslavia y Polonia se
abandonó para siempre la colectivización agraria, pero incluso donde esta se
mantuvo, se intentó acomodarla con las explotaciones campesinas tradicionales.
Las parcelas privadas aumentaron y pronto contribuyeron de forma importante al
abastecimiento de alimentos.
También volvió a florecer la religión. Las iglesias
(y las mezquitas en Bosnia) ya no eran tratadas como intrínsecamente
anticomunistas. La Iglesia Católica polaca salió particularmente bien parada de
la crisis de 1956 y se convirtió en una fuerza importante con un alto grado de
autonomía. En 1958 el gobierno de la RDA trató de llegar a un acuerdo con las
influyentes iglesias protestantes, y en Hungría Kádár lo alcanzó con el
Vaticano en 1964. Sin embargo, los comunistas nunca hicieron totalmente las paces
con Dios. Las relaciones con las iglesias eran siempre tensas y estas estaban
plagadas de espías e informadores infiltrados. Solo en Rumanía siguió
Georghiu-Dej la estrategia aplicada por Stalin durante la guerra de incorporar
al régimen a la Iglesia Ortodoxa; en 1971 su sucesor Ceauşescu incluyó imágenes
medievales del protomártir cristiano san Esteban en los sellos de correo
rumanos.
[18]
Pero quizá los mayores beneficiarios del repliegue
—al menos durante un tiempo— fueron las clases medias urbanas; la primera mitad
de la década de 1960 fue uno de los períodos más aperturistas de la era
comunista. La segunda denuncia de Stalin por parte de Jruschov, aún más
directa, en el XXII Congreso del PCUS en octubre de 1961 resonó en toda la
esfera de influencia soviética. Hasta en la apenas desestalinizada Bulgaria se
podía leer —por poco tiempo— a Solzhenitsin o a Kafka. Solo en Polonia se invirtió
la tendencia: tras un breve período de aperturismo en 1956-1957, en el que
Gomułka permitió incluso la competencia entre candidatos
diversos en las elecciones parlamentarias, el
partido se endureció, atrincherándose en el antiintelectualismo y el
antisemitismo.
Pero si los partidos comunistas se replegaban y ya
no se tomaban en serio la creación de un comunismo pleno, ¿qué diablos
pretendían sus miembros? ¿Cómo podían justificar su monopolio del poder ante la
población o ante sí mismos? El nacionalismo formaba parte del repertorio
comunista desde hacía tiempo y el régimen polaco lo abrazó todavía más
estrechamente a partir de 1956; pero también el nacionalismo podría ser
peligroso. El polaco, por ejemplo, estaba fuertemente ligado al catolicismo
anticomunista y al sentimiento antirruso; el húngaro era difícil de desvincular
de antiguas reclamaciones irredentistas de los territorios perdidos en la
primera guerra mundial —reclamaciones evidentemente inaceptables para sus
nuevos vecinos socialistas—; y en la RDA el nacionalismo estaba
irremediablemente contaminado por el nazismo. En los países multiétnicos como
Yugoslavia y Checoslovaquia (y la propia Unión Soviética), lejos de reforzar la
cohesión, el nacionalismo podía ser peligrosamente corrosivo. Los eslovenos y
croatas veían cada vez más la República Federal Popular (a partir de 1963,
Socialista) de Yugoslavia como un proyecto serbio y durante la década de 1960
optaron cada vez más claramente por la liberalización, mientras que los
eslovacos descontentos por el predominio checo contribuyeron poderosamente a la
eclosión de la Primavera de Praga en 1968.
Pero en la mayor parte del bloque soviético la
alternativa real a la movilización radical/romántica del pasado fue la promesa
de promover el consumo. Los gobernantes, abandonando el proyecto utópico de
construcción del paraíso comunista con el que pretendían justificar el
sacrificio y la austeridad, proclamaban ahora que eran la gente más capaz para
elevar el nivel de vida y distribuirlo equitativamente. El «comunismo» que
Jruschov había prometido que se alcanzaría en 1980 se reinterpretaba ahora como
una sociedad de plenitud material más que como un edén marxista de creatividad.
Los esfuerzos para complacer al consumidor
comenzaron durante la década de 1950; fue entonces cuando en algunos países del
este de Europa comenzaron a aparecer supermercados y autoservicios, propagados
antes de la guerra en Estados Unidos y exportados a Europa occidental junto con
el Plan Marshall. En Varsovia se crearon a partir de 1959, sustituyendo en
parte a las grandes tiendas estalinistas neoclásicas, grandes almacenes con
autoservicio del tipo modernista estadounidense, los «Supersam». Tal como pretendían
los inventores del supermercado en Estados Unidos durante la Gran Depresión,
aportaron liberación y autonomía. El comprador podía ahora pasearse por la
tienda eligiendo lo que quería, sin tener que discutir con hoscos dependientes
o hacer largas colas ante la máquina registradora. Sin embargo, como recordará
cualquier residente o visitante al viejo bloque del Este, allí nunca llegó a
florecer con el mismo vigor la cultura consumista estadounidense y los
supermercados de autoservicio siguieron siendo una excepción a la regla.
Pero el símbolo más relevante de la aspiración de
satisfacer a los consumidores fueron los automóviles socialistas. La RDA,
sometida a una mayor presión competitiva de Occidente, fue el primer país del
bloque que afrontó seriamente la fabricación de automóviles para el mercado
privado. En 1958 apareció el Trabant («satélite», nombre que se le dio tras el
lanzamiento del Sputnik soviético), con su carrocería de fenoplast (resina
fenólica) y sin bomba hidráulica ni de aceite ni circuito de lubricación. En la
década de 1980 casi el 40 por 100 de las familias disponían de un automóvil,
porcentaje más alto que en cualquier otro país del bloque, pero no tan alto
como en la RFA. La Unión Soviética siguió su ejemplo a finales de la década de
1960 con su enorme contrato de 900 millones de dólares con la Fiat en 1966 para
construir una fábrica en la ciudad de Togliatti, a orillas del Volga, y
producir el Zhiguli o Lada (este nombre se le daba al principio solo a los
modelos exportados), una versión soviética del Fiat 124.[19] Hasta entonces
solo se producían para la población ordinaria unos 65 000
automóviles al año, cifra que se decuplicó pronto y
en la década de 1980 el 10 por 100 de las familias disponían de un automóvil.
Sin embargo, si los dirigentes comunistas esperaban
que el automóvil utilitario se convirtiera en un signo de la capacidad del
bloque para ofrecer un nivel de vida semejante al de Occidente, de hecho se
convirtió en un símbolo de su fracaso: en junio de 1989 la Stasi (policía
secreta de la RDA) informaba de que «muchos ciudadanos ven la solución del
“problema del automóvil” como criterio del éxito de la política económica de la
RDA».[20] Los automóviles eran caros y las listas de espera muy largas: en 1989
los clientes recibían Trabis que habían encargado en 1976,[21] lo que
significaba demorar demasiado la gratificación prometida. Los regímenes
comunistas habían creado expectativas que no eran capaces de satisfacer.
¿Por qué les resultaba tan difícil a las economías
socialistas satisfacer la demanda de los consumidores, a pesar de que sus
dirigentes estuvieran tan dispuestos a hacerlo? Una historia contada por
Michael Burawoy, un sociólogo marxista de origen británico que trabaja en la
Universidad de California en Berkeley desde 1976[*] y que entre 1985 y 1988
trabajó como obrero en tres ocasiones (en total, casi un año) en la Brigada
Socialista Revolución de Octubre de la enorme acería Lenin en Miskolc, Hungría,
ayudará a entenderlo. En febrero de 1985 se anunció una visita del primer
ministro György Lázár y la producción se interrumpió durante días mientras
Burawoy y sus colegas limpiaban y pintaban la fábrica. «Aparecieron hordas de
jóvenes de las cooperativas vecinas» y soldados para espalar la nieve. «Parecía
como si todo el país se hubiera movilizado para la visita del primer ministro».
Se suponía que Burawoy debía pintar de verde y amarillo una de las máquinas —un
rascador de escoria—, pero no había suficientes brochas limpias y pasaba el
tiempo inútilmente pintando palas con el único instrumento disponible: una
brocha cargada de pintura negra. Los obreros se mostraban muy escépticos con
respecto a todo aquel ejercicio, viéndolo como un ejemplo típico del despilfarro
del sistema: «Al ver a unos obreros
fundiendo el hielo con un soplete, Gyuri [un
colega] sacudía la cabeza con desaliento: “El dinero no importa, porque viene
el primer ministro”».[22]
Gyuri tenía razón: en las economías socialistas
—incluso en aquellas en las que se habían introducido más mecanismos de
mercado, como en Hungría durante la década de 1980— la política importaba más
que el dinero y el beneficio. El éxito de los gestores se medía por la
expansión de su imperio (siempre que, además, cumpliera el plan previsto), y
eso significaba complacer a los mandamases políticos que controlaban la
financiación, por lo que era esencial montar un buen espectáculo para el primer
ministro, por mucho que se gastara.
En aquella competencia por los recursos llevaban
ventaja los que gozaban de influencia política, especialmente la industria
pesada y la de defensa. Por eso, aun después de la muerte de Stalin, cuando ya
no se fustigaba a los directivos y a los obreros para que lograran materializar
planes heroicos, el estado seguía menospreciando al consumidor; y al no verse
obligados a contener su voracidad por el temor a una bancarrota, los viejos
intereses
industriales seguían incontrolablemente
«hambrientos», succionando todos los recursos y creando escasez en el resto de
la economía, desde las brochas hasta los automóviles Trabant.[23]
Así pues, el lastre principal de las economías
comunistas no era necesariamente la igualdad y los escasos incentivos para los
trabajadores, como se suele pensar (en algunas economías, como la soviética y
la de la RDA desde la década de 1970, los incentivos eran efectivamente
raquíticos, pero en otras, como la húngara, eran mayores). Uno de los
principales problemas del sistema residía en la distribución de capital, esto
es, si se destinaba a áreas productivas o improductivas. La ausencia de
democracia, combinada con la centralización del poder económico en manos de los
planificadores, permitía a los grupos de interés más afianzados llevarse la
parte del león. Así lo veía al menos, básicamente, el
economista austroliberal Friedrich von Hayek,
implacable crítico del comunismo.
Esa rigidez paralizó, como no podía ser de otra
manera, la capacidad innovadora de los regímenes comunistas. Los intereses
creados aseguraban una distribución desequilibrada de los recursos, privando de
financiación a nuevas empresas vitales para la economía. Durante la década de
1980 entre el 20 y el 30 por 100 del presupuesto nacional de la Unión Soviética
se gastaba en defensa, mientras que el sector informático se iba quedando atrás
en todo el bloque soviético. En la década anterior la URSS disponía de una
cuarta parte de los científicos, una tercera parte de los físicos y la mitad de
los ingenieros del mundo, pero la alta tecnología requiere algo más que
personal. En el bloque soviético se desarrolló un buen sistema de ordenadores
—los RIAD—, copiados del modelo 370 de IBM, pero se dedicaba mucha más energía
a producirlos que a formar usuarios en la industria.[24] En la década de 1980
el número de ordenadores en la Unión Soviética era menos de la centésima parte
que en Estados Unidos: 200 000 frente a 25 millones.[25]
Otro obstáculo importante para la economía de
consumo —al menos en los países donde la reforma había sido más limitada— era
la planificación centralizada, que típicamente establecía los objetivos como
cantidades, por lo que las fábricas tomaban el camino más fácil, produciendo
grandes cantidades de bienes de consumo de escasa calidad que nadie quería
comprar. El resultado era la acumulación de artículos caros que envejecían en
las estanterías de las tiendas, mientras la gente competía en el mercado negro
por artículos importados de mayor calidad. Como explicaba en 1987 el economista
ruso Nikolai Shmelev:
Producimos más zapatos que ningún otro país del
mundo, pero no son tan buenos y por eso nadie los quiere. Producimos dos veces
más acero que Estados Unidos… La burocracia y la tiranía administrativa son los
responsables de este caos. Impiden que los productores se preocupen por la
calidad de lo que producen y por comercializarlo adecuadamente.
[26]
Aunque durante las décadas de 1970 y 1980 se
hicieron esfuerzos para mejorar el sector de bienes de consumo, las fábricas
seguían respondiendo a los objetivos de los planificadores más que a las
necesidades de los consumidores. Los funcionarios del partido trataban de
decidir qué vender, pero aquellos burócratas puritanos no eran precisamente la
gente más apropiada para predecir las tendencias del consumo en el futuro. Un
miembro de la administración regional de Dresde, en la RDA, era muy consciente
de sus limitaciones pero le tocó, absurdamente, tener que adivinar los deseos
de los ciudadanos en cuanto a la moda del vestido:
Quieras que no siempre acabas topando con la
pregunta: ¿qué es lo que está o estará realmente de moda? Durante la última
reunión entre vendedores y fabricantes en Dresde, algunos de los minoristas
eran de la opinión de que la selección era demasiado estilosa y había pocos
artículos estándar. ¿Era esa opinión acertada o subjetiva? Por supuesto no
podemos responder definitivamente a esta cuestión [… pero] la relación entre
artículos refinados y corrientes debería estar en torno al 50/50.[27]
A mediados de la década de 1960 iba quedando claro,
no solo que las economías de tipo soviético pretendían satisfacer al
consumidor, sino también que su alta tasa de crecimiento estaba en general
declinando. Entre 1950 y 1958 la tasa de crecimiento soviético por unidad de
recursos era del 3,7 por 100 anual, mientras que entre 1959 y 1996 cayó al 2
por 100. ¿Qué se podía hacer? Los economistas pensaban cada vez más en combinar
el plan con el mercado y la caída de Jruschov les ayudó. Jruschov había diferido
las reformas de mercado y no las había introducido —de forma muy limitada—
hasta 1964, ya que en el fondo era un auténtico creyente en la economía
colectivista y desconfiaba de los incentivos individualistas de mercado. A
Briezhniev, en cambio, aunque no era ningún liberal, le preocupaba mucho menos
la ideología. Parecía como si la torpe combinación de radicalismo y tecnocracia
de Jruschov fuera a dar paso a una nueva era de pragmatismo.
IV
Los últimos años setenta y primeros ochenta fueron
de los más deprimentes en la historia del bloque soviético, pero precisamente
por esa razón fueron la edad de oro de los chistes políticos y las chanzas
sobre los dirigentes. He aquí dos, sobre Leonid Briezhniev, que se hicieron muy
populares a principios de los años ochenta:
Briezhniev comienza su discurso oficial en los
Juegos Olímpicos de Moscú en 1980: «¡Oh!» (aplausos atronadores); «¡Oh!»
(aplausos atronadores); «¡Oh!» (aplausos atronadores)… Su ayudante le
interrumpe y le susurra: «El discurso comienza un poco más abajo, Leonid Ilich;
ese es el símbolo olímpico». —Leonid Ilich está en el quirófano.
—¿De nuevo algún problema de corazón?
—No, le están expandiendo el pecho, porque se ha
concedido otra Orden de Lenin.
En aquellos años ninguna cena en Moscú estaba
completa sin aquellas bromas sobre su estupidez y su vanidad y cada uno tenía
su propia imitación, en la que no podía faltar su estropajoso acento ucraniano.
El Ludvik de Kundera no habría tenido problemas en la URSS de los años setenta.
Ni siquiera a Briezhniev le preocupaban; cuando le contaron el chiste de la
expansión del pecho, dijo: «Si hacen bromas sobre mí, eso significa que me
quieren».[28] Pero muchos de sus antiguos colegas decían que fue a principios
de la década de 1970 cuando se convirtió en un perezoso mediocre que no
soportaba una crítica, en parte como consecuencia de la mala salud que lo
afligía desde 1968. Hasta entonces tanto él como el primer ministro Aleksei
Kosygrin parecían reformadores enérgicos y pragmáticos, que deseaban alejarse
de la brusquedad y el pensamiento ideologizado de Jruschov. Como recordaba el
reformista checo Zdeněk Mlynář, pocos de sus amigos en el partido soviético
echaban de menos a Jruschov y casi todos dieron la
bienvenida a Briezhniev como un dirigente interino
que podía presidir una «línea racional basada en la experiencia».[29]
Leonid Briezhniev había nacido en 1906 en una
familia obrera en Kamenskoie (Ucrania) (desde 1936 Dnieprodzerzhinsk en honor
de Felix Dzerzhinski, el fundador de la cheka), al borde del Dniéper. Sus
padres pretendían darle una buena educación y lo enviaron a un buen colegio;
aunque la revolución y la guerra civil interrumpieron su formación, también le
abrieron nuevas oportunidades; de no haber sido por ellas seguramente habría
acabado trabajando como su padre en una acería. Se incorporó a la Komsomol, trabajó
en varias fábricas y adquirió una educación técnica, graduándose finalmente
como ingeniero metalúrgico. En 1936 fue elegido para el consejo municipal de
Dnieprodzerzhinsk y se dedicó a organizar la producción metalúrgica para las
industrias de defensa de Ucrania. Fue entonces cuando se unió a la «cola» del
nuevo secretario del partido en Ucrania, Nikita Jruschov. Durante la guerra
siguió poniendo su habilidad técnica y administrativa al servicio del partido
en el desmantelamiento de las fábricas situadas cerca de la frontera occidental
para trasladarlas al este. También se convirtió en comisario político,
encargado de inspirar moral y disciplina a las tropas.
Al final Jruschov se lo llevó consigo al Kremlin,
pero el estilo de Briezhniev no podía ser más diferente del de su patrón. Había
trabajado como técnico antes de convertirse en activista del partido y su
nombramiento como comisario se produjo durante el período ideológicamente más
nacionalista y menos marxista de la historia del partido. Además, era mucho más
proclive al consenso que Jruschov. Era sin duda un funcionario típico de su
generación, que debía su extraordinario ascenso social al partido. Como al
Drozdov de Dudintsev, no le interesaban las ideas, no disfrutaba de las
películas y tampoco le gustaba leer; sus acólitos tenían incluso que leerle los
papeles oficiales. Sus entretenimientos eran muy simples: jugar al dominó con
sus guardaespaldas y contemplar partidos de fútbol en la televisión; pero las
chanzas sobre él tenían algo de
verdad: era muy engreído, le gustaba el ceremonial
y no era nada puritano. Había acumulado más premios estatales que todos sus
predecesores juntos; de hecho tenía más medallas militares que el mariscal
Zhukov, el vencedor de Berlín.[30] Otras de sus debilidades eran los
automóviles veloces y el deporte soviético postestalinista de la caza de osos
(Stalin no permitía a sus subordinados disparar). Y aunque no gozaba del lujo
que disfrutan los actuales potentados y jerarcas rusos (o los occidentales de
la época), su estilo de vida era muy diferente del de la mayoría del pueblo
soviético, lo que generaba inevitablemente resentimiento y sorna. En uno de los
chascarrillos a su costa, la madre de Briezhniev visita a su hijo en su lujosa
dacha; «Esta es mi casa —se ufana—, estos son mis coches y esta es mi piscina».
Su madre suspira maravillada y orgullosa, con un poco de ansiedad: «Vives muy
bien, Lionechka; pero ¿qué pasará si vuelven los bolcheviques?». Como se verá,
aquella broma resultó un presagio, ya que efectivamente iban a regresar un
cierto tipo de bolcheviques y el corrupto legado de Briezhniev iba a ser uno de
sus primeros blancos.
La indiferencia de Briezhniev por los matices
ideológicos y su carácter acomodaticio lo convirtieron en un negociador
internacional ideal; en una ocasión confesó que «la afabilidad te puede llevar
muy lejos en política», y se oponía resueltamente a los que denominaba «chinos
soviéticos», esto es, los ideólogos antioccidentales de estilo Mao dentro del
partido. Tras el errático y destemplado Jruschov, Briezhniev fue bien recibido
por los dirigentes occidentales y sus grandes logros fueron las conversaciones de
paz con Estados Unidos, el control de las armas nucleares y otros tratados de
principios de la década de 1970.
La flexibilidad ideológica de Briezhniev, junto con
su propio interés por la buena vida, también propiciaron una mayor disposición
a tolerar las reformas económicas en el bloque soviético, y aunque en la propia
URSS no fueron muy lejos, durante la segunda mitad de la década de 1960 se
produjeron algunos de los experimentos económicos más audaces en la región:
tres partidos comunistas —el
alemán, el húngaro y el checoslovaco— emprendieron
serios programas de liberalización económica, como lo había hecho Yugoslavia
fuera del bloque. El primer reformador, por extraño que parezca, fue Walter
Ulbricht. Pocos esperaban que aquel rígido estalinista, forjado en el sectario
KPD de los años veinte, pudiera cambiar siendo ya septuagenario; pero bajo su
dirección la RDA se situó en la vanguardia de la competencia económica con el
mundo capitalista: antes de la construcción del Muro de Berlín en 1961, la
única posibilidad que tenía la gente insatisfecha era emigrar a la Alemania
occidental, como hizo alrededor de una sexta parte de la población (cerca de
dos millones de personas). Como le dijo Ulbricht a Jruschov en 1960, «no
tenemos otra alternativa que competir con la Alemania occidental».[31] En 1970
Ulbricht creía sinceramente que la RDA podía superar a su hermana occidental en
determinadas áreas de la alta tecnología como la electrónica y la máquina
herramienta aunque no pudiera hacerlo en toda la economía, y de ahí el
surrealista eslogan del partido «Überholen ohne einzuholen» («Adelantar sin
alcanzar»).
El Nuevo Sistema Económico de Ulbricht era un
programa reformista típico de la época, parcialmente inspirado en los trabajos
teóricos del economista soviético Ievsei Liberman, que proponían la
introducción de ciertos mecanismos de mercado en la planificación, esto es, sin
rendirse ante el mercado libre. Se trataba principalmente de someter las
empresas a estímulos de mercado, en particular a la respuesta de los
consumidores, para mejorar su productividad, juzgándolas —y financiándolas—
según su rentabilidad y no solo según la cantidad producida y dándoles más
autonomía sobre los salarios y complementos. Ulbricht también desafió a los
jefes tradicionales del partido promoviendo «expertos» instruidos y
técnicamente capaces, en lugar de los «rojos» menos formados. Pero sus reformas
pronto se vieron ante el mismo tipo de dificultades que frustraron todos los
intentos de introducir mecanismos de mercado en el bloque soviético: la
dificultad objetiva de pasar del viejo sistema a otro, la renuencia política y
el temor al
malestar obrero. Los burócratas económicos se
quejaban de que se seguía esperando que cumplieran los planes, aun cuando
tenían menos poderes para hacerlo; las empresas dedicaban una parte sustancial
de su presupuesto al pago de salarios para apaciguar a los obreros y la
productividad disminuía; el régimen no se atrevía a subir los precios (algo
vital si los productores debían responder al mercado); y aunque Ulbricht
hablaba de la necesidad de cerrar las fábricas no rentables, era políticamente
imposible hacerlo, ya que contaban con poderosas influencias en el partido.
También descubrió que la descentralización le privaba de los poderes que
necesitaba para llevar adelante sus ambiciosos proyectos de alta tecnología y
comenzó a echar el freno en sus reformas. Pronto surgió una poderosa oposición
en el partido, dirigida por Eric Honecker, mientras que la obsesión de Ulbricht
por las industrias de alta tecnología comenzó a provocar escaseces y cuellos de
botella en otras áreas de la producción. Una combinación de crisis económica,
descontento de masas y el disgusto de Briezhniev por la distensión no
autorizada de Ulbricht con la Alemania occidental, condujeron a su sustitución
por Honecker en 1971 y al final del Nuevo Sistema Económico.[32]
Las reformas, al menos las más serias, habían
terminado mucho antes en la URSS. En 1965 Kosyguin introdujo una versión
limitada de las propuestas de Liberman, pero pronto se diluyeron. Briezhniev
defendía a ultranza los intereses burocráticos creados, y los sectores más
«voraces» de la economía —especialmente la industria pesada y militar— se
opusieron a cualquier reducción de sus recursos.
El partido húngaro introdujo las reformas liberales
más duraderas, algo que pocos podían predecir tras la brutal represión de
1956-1957. Una vez que Kádár recuperó el control del estado, trató de seguir
una vía intermedia entre la línea dura y el aperturismo y comenzó a buscar
apoyo para su gobierno. El Nuevo Mecanismo Económico (Új Gazdasági Mechanizmus)
de 1966-1968 redujo a un mínimo los objetivos del plan y el control de precios,
eliminando gradualmente los controles económicos
hasta que en la década de 1980 la economía húngara era una de las más libres
del bloque. Surgió así una economía dual, como en la Unión Soviética durante la
vigencia de la NEP, en la que las cooperativas y un sector privado legal
(relativamente pequeño) podían competir con la economía de propiedad estatal.
La reforma dio a los consumidores —al menos a los que disponían de cierta
capacidad de compra— un poder real. El viejo dilema socialista de pocos bienes
y mucho dinero se invirtió y volvió el modelo capitalista: poco dinero y mucho
que comprar. También aumentaron las diferencias salariales, lo que provocó
inevitablemente cierto descontento. Los húngaros habían creado así su propio
«comunismo gulash»;[*] comparado con los estándares del bloque era un paraíso
de consumo y el rendimiento industrial también mejoró. Aun así, aquello no era
el capitalismo; la disciplina de mercado era débil y las empresas con pérdidas
no se cerraban; el estado, además, seguía conservando en sus manos las palancas
fundamentales del poder económico.
El Kremlin toleraba esas reformas en la medida en
que prometían mejorar el estado de ánimo de la gente sin desafiar el dominio
del partido; pero había peligros reales. Tras las crisis de mediados de la
década de 1950, los regímenes comunistas parecían haber decidido sobornar a los
obreros rebeldes a expensas de la eficiencia económica. La liberalización
contaba con el apoyo de los trabajadores de cuello blanco y los campesinos,
pero perjudicaba a los de cuello azul y a las regiones más pobres. Tras la invasión
rusa el partido húngaro había cerrado filas y se había disciplinado, de forma
que podía afrontar aquellas tensiones, pero la mayoría de los estados del
bloque no era tan sólida y se mostró incapaz de superar las tensiones que la
liberalización traía consigo. Yugoslavia y Checoslovaquia —ambas con una
tradición comunista más arraigada que Hungría, pero cuarteadas por las
diferencias étnicas— mostraron lo peligroso que podía ser el mercado para el
dominio comunista.
A mediados de la década de 1960 esos peligros eran
muy evidentes en Yugoslavia, donde se habían abandonado los anteriores intentos
de conciliar el marxismo romántico de los consejos y la autogestión con el
mercado y en su lugar se había forjado un pacto fáustico aceptando préstamos
del Occidente capitalista para financiar la construcción del socialismo. El
trato era desesperadamente desigual y Yugoslavia se vio cada vez más absorbida
por el mundo capitalista. Obligada a exportar cada vez más para pagar su deuda,
se hacían inevitables la mejora de la eficiencia y la reducción de costes, y
con ellos un mayor desempleo. En 1968 casi el 10 por 100 de la población estaba
en paro, lo que constituía una situación única en un país comunista. Estallaron
conflictos entre los «conservadores», que pedían más planificación y
centralización, y los «liberales», y lo que era más peligroso, esos conflictos
se entrelazaron con las tensiones entre las repúblicas yugoslavas. Croacia y
Eslovenia, más ricas, se negaban a subsidiar a Montenegro, Macedonia y
Bosnia-Herzegovina, más pobres, especialmente en un momento de dificultades
económicas, y pedían más liberalización y descentralización. Belgrado estaba
comenzando a perder el control. En 1963 las repúblicas de la Federación obtuvieron
mayores poderes; en 1965 el control del estado central sobre la economía se
redujo aún más; y en 1966 cayó en desgracia el principal defensor del viejo
sistema centralizado, el jefe de los servicios de seguridad Alexandar Rankoviƒ;
pero el control estatal no se sustituyó por la disciplina de mercado. La
presión de los jefes regionales y locales del partido hacía difícil cerrar las
empresas con pérdidas, mientras que los directivos podían subir los salarios y
endeudarse. La consecuencia fue el aumento en espiral de la deuda y la
inflación. Al llegar la década de 1970 Yugoslavia estaba en crisis:
ineficiente, endeudada y en peligro de desintegración.
Las dificultades de Yugoslavia podrían quizá haber
advertido a Briezhniev de los peligros del mercado y de abrir las economías de
Europa oriental a la influencia de Occidente, pero las economías del
bloque soviético no estaban endeudadas —todavía— y
los problemas de Tito solo causaban schadenfreude en Moscú. Pero lo que
Briezhniev no podía pasar por alto era la evolución de la crisis en
Checoslovaquia. El partido checoslovaco estaba gobernado por Antonín Novotný,
un viejo jerarca de formación fundamentalmente estalinista, del que Mlynář
decía que combinaba una «auténtica fe en la corrección de la doctrina comunista
y sus ventajas para los trabajadores con un talento especial para la
manipulación política y las intrigas burocráticas». Había estado implicado en
las farsas judiciales estalinistas de principios de la década de 1950 y carecía
de sentimientos hasta el punto de dormir plácidamente entre las sábanas de
Vladimir Clementis, uno de los dirigentes del KSČ ejecutado en 1952 (las
pertenencias de los condenados se vendían a menudo muy baratas a los
funcionarios del partido).[33] Sin embargo, estrechó lazos con Jruschov y
aceptó la introducción de reformas limitadas como respuesta al fracaso económico
(la tasa de crecimiento anual descendió de un impresionante 11,7 por 100 en
1960 al 6,2 por 100 en 1962 y a cero en 1963). Permitió más libertades
culturales y rehabilitó al economista Ota ik, que proponía varias reformas
liberalizadoras; pero se echó atrás en cuanto a su puesta en práctica
argumentando el descontento de los obreros, inevitablemente perjudicados por la
reforma.[34] A medida que la economía iba deteriorándose y los intelectuales se
impacientaban, aparecieron una serie de novelas que condenaban a los malvados
apparatchiki en términos muy duros. El partido comenzó a escindirse
profundizándose las grietas ideológicas y étnicas. Los eslovacos, más pobres,
que se sentían socios menores en Checoslovaquia y cuya economía iba
particularmente mal, pedían liberalización (aunque en la práctica les habría
perjudicado); pero fueron los estudiantes de Praga los que iniciaron la crisis,
protestando en diciembre de 1967 contra el mal estado de sus alojamientos. La
policía reprimió duramente las protestas y Moscú comenzó a preocuparse
seriamente.
Briezhniev voló a Praga para una visita de cuarenta
y ocho horas. En un principio no planeaba cambiar la dirección sino solo
ejercer presión sobre el partido checoslovaco, pero pronto se dio cuenta de que
no podía convencer a Novotný, que parecía no percibir la gravedad de la
situación y no sabía «cómo manejar a la gente». Briezhniev les dijo a los
dirigentes del partido que tenían que resolver la situación por sí mismos: «es
asunto vuestro»;[35] pero su negativa a ofrecer un respaldo inequívoco a Novotný
fue fatal para el viejo régimen. El líder eslovaco Alexander Dubček lo
sustituyó en enero de 1968 y encargó a un grupo de marxistas reformistas que
formularan un «programa de acción».
A diferencia de los reformadores húngaros de 1956,
los checoslovacos no tenían ninguna intención de desmantelar el
«estado-partido» ni de abandonar el bloque soviético. Dubček había pasado buena
parte de su infancia en la Unión Soviética y se sentía muy vinculado a sus
hermanos mayores rusos. Zdeněk Mlynář, uno de sus principales asesores,
escribió en 1980: «Yo era un comunista reformista, no un demócrata
anticomunista. No traté de ocultarlo entonces y no hay ninguna razón por la que
deba hacerlo ahora».[36] Creía que la democracia multipartidista solo
provocaría una reacción conservadora y pondría en peligro las reformas; pero
los reformadores tenían que hacer frente al viejo dilema: cómo reconciliar una
democracia genuina con el papel dirigente del partido.
La solución marxista romántica de Jruschov había
sido un programa de renovación moral, a fin de revigorizar la burocracia
oficial mediante purgas y elecciones controladas en el partido; los
funcionarios estarían así en mejores condiciones para movilizar a la gente
corriente. Pero los reformadores checoslovacos rechazaban esa concepción
verticalista, y aunque coincidían con Jruschov en la posibilidad de reformar la
élite comunista, creían que esto debía producirse mediante una presión
democrática directa desde abajo. El partido tenía que volver a ganarse su
«papel dirigente» teniendo en cuenta la opinión pública.
Justificaban su socialismo democrático remontándose
a un marxismo no estalinista, tanto al romántico como al revisionista. El
deshielo postestalinista había dado a los intelectuales una visión del marxismo
muy diferente de la ortodoxia establecida desde mediados de los años treinta.
Mlynář, perteneciente a una de las primeras promociones formadas en el nuevo
edificio de la Universidad Lomonosov en las Colinas de Lenin, recordaba lo
estrecho y distorsionado que era el marxismo que estudió allí: «Hasta finales
de la década de 1950 no estudié finalmente lo que cada universidad de
orientación marxista debería enseñar a sus estudiantes de ciencia política».
Después de leer al joven Marx y a Gramsci, así como a Kautsky y Bernstein, «mi
antiguo arquetipo de la ideología marxista había quedado destruido».[37]
Lo más influyente quizá fueron los escritos del
joven Marx, al que, según argumentaba la nueva generación, le interesaba la
creatividad humana; pero desde finales del siglo XIX el marxismo se había
desviado en una dirección equivocada con Engels, su visión tecnocrática del
mundo y su fe en las leyes inexorables de la historia. Los sentimientos y la
creatividad se habían sacrificado en nombre de la modernidad y la racionalidad.
Stalin —argumentaban
— no había hecho más que seguir por esa vía: para
él resultaba tolerable cualquier sufrimiento humano con tal de construir la
modernidad. Había llegado el momento para que floreciera un «socialismo con
rostro humano» que permitiera a la gente dedicarse
a la «praxis» o actividad creadora.[38]
Todo esto recordaba evidentemente el marxismo
romántico clásico, pero es significativo que las memorias de Mlynář no vean
ninguna contradicción entre el joven Marx romántico y los pragmáticos Kautsky y
Bernstein. Como en Yugoslavia a principios de la década de 1950, no se veían
con mucha claridad las contradicciones entre diferentes tipos de comunismos
«reformistas». Algunas de las propuestas checas —como la autogestión obrera—
eran de inspiración romántica y por supuesto eran bastante difíciles de conciliar
con las reformas de mercado con las que se pretendía
dar mayor poder a los gestores y directivos. Otros
se inspiraban en un marxismo pragmático, con una adhesión casi liberal a las
reformas de mercado y la política pluralista. Los reformadores pedían
elecciones con varias listas de candidatos como única forma de atraer a la
opinión pública y negaban que quisieran expulsar a los comunistas. Las
elecciones con candidatos alternativos también tenían un amplio respaldo
público, pero ¿no socavarían el sistema? Las encuestas de opinión mostraban que
no tenía por qué ser así y que una mayoría abrumadora de la población rechazaba
cualquier cambio fundamental; solo el 6 por 100 creía que debían aceptarse
también partidos políticos opuestos al sistema. Aun así, aquello no significaba
un respaldo sin condiciones al régimen checoslovaco. Cuando se les preguntaba a
quién votarían en caso de elecciones libres, el Partido Comunista aparecía en
cabeza con el 39 por 100, pero el 11 por 100 se inclinaban por algún nuevo
partido no especificado y el 30 por 100 no quería o no sabía qué responder. Y
cuando solo se tenían en cuenta a los que no eran miembros del KSČ, solo lo
apoyaban el 24 por 100.[39]
Aun así, los reformadores creían que habían
encontrado finalmente la piedra filosofal: una forma de unir a todo el pueblo
tras el Partido Comunista. Dubček recordaba su profunda emoción al contemplar
el desfile del 1.º de mayo desde su tribuna, ahora mucho más baja y
democrática:
Nunca olvidaré la celebración del 1 de mayo en
Praga en 1968… Tras años de espectáculos artificiosos, aquello era un
«happening» voluntario, en el que nadie se ocupaba de ordenar al pueblo en
columnas para que desfilaran tras pancartas con consignas postizas decididas
desde el centro. Esta vez la gente llegó por su propia voluntad, llevando sus
propias pancartas con sus propios eslóganes, algunos alborozados, otros
críticos y otros simplemente humorísticos. El ambiente era relajado y alegre…
Me sentía abrumado por la espontánea expresión de simpatía y apoyo de la
multitud cuando pasaba ante la baja plataforma donde los demás dirigentes y yo
esperábamos de pie.[40]
La mayoría de los dirigentes del bloque soviético,
en cambio, se sentían muy preocupados; aunque en mayo todo parecía ir bien, se
preguntaban qué sucedería en septiembre, cuando el
Plan de Acción preveía elecciones libres. Dubček parecía estar aplicando una
receta para el colapso del dominio comunista. Gomułka preguntó: «¿Por qué no se
extraen conclusiones de lo que sucedió en Hungría? Todo aquello comenzó de una
forma parecida».[41] Briezhniev, siempre deseoso de consenso, pretendía evitar
la intervención soviética y respaldó de mala gana el Plan de Acción, pero a
medida que pasaba el tiempo en Moscú iba prevaleciendo la idea de que llevaban
razón Gomułka y los partidarios de la línea dura. El pluralismo de Dubček
parecía estar desencadenando una oleada de críticas. Para el Kremlin resultó
especialmente preocupante el manifiesto de las «Dos Mil Palabras» firmado por
los principales intelectuales, del que se desprendía que el partido, lleno de
«individuos sedientos de poder» e inmorales nunca se podría transformar en una
fuerza humanista.
El temor de que el partido pudiera de repente
venirse abajo, como en Hungría en 1956, era exagerado, pero la presión en favor
de algún tipo de intervención soviética se hizo abrumadora cuando los grandes
jerarcas comenzaron a advertir del peligro de contagio; el dirigente ucraniano
Petro Shelest le dijo a Briezhniev que la Primavera de Praga estaba
desestabilizando su propia república, y Briezhniev temía que se produjera una
especie de efecto dominó.[42] No hacía más que darle vueltas al asunto y aquella
crisis supuso el comienzo de su larga batalla contra la enfermedad, el insomnio
y la adicción a tranquilizantes y somníferos. Finalmente tomó la decisión
fatal. En agosto las fuerzas «fraternales» de la URSS, Polonia, Hungría,
Bulgaria y la República Democrática Alemana «rescataron» a sus hermanos
indefensos de los males de la contrarrevolución. Hubo algunas manifestaciones
de protesta, pero no una resistencia seria. Como en Hungría, se produjo a
continuación una brutal represión. El nuevo primer secretario (desde 1971
secretario general) del KSČ, Gustav Husák, quien como Kádár había sido
encarcelado a raíz de las purgas estalinistas, aceptó convertirse en títere de
los soviéticos. Miles de checoslovacos
huyeron a Occidente, fueron encarcelados o se les
destinó como castigo a empleos menores. El propio Dubček se convirtió en
interventor de una explotación forestal en Eslovaquia. A diferencia de Hungría,
sin embargo, la represión inmediata no fue seguida por una relajación
posterior. El KSČ mantuvo un fuerte control de la sociedad hasta el hundimiento
del estado en 1989.
Retrospectivamente podemos ver los acontecimientos
de Praga en 1968 como la profecía interpretada por Daniel para todo el bloque
soviético, y quizá para el socialismo de viejo estilo en toda Europa. Lo
sucedido en Hungría en 1956, como el movimiento polaco «Solidaridad» en
1980-1981, amenazaba también el sistema soviético, pero en ambos casos se
trataba de rebeliones anti-imperialistas atizadas por el resentimiento
nacionalista e ideológico que unía a gran parte de la sociedad y siempre cabía
la posibilidad de sobornar a los obreros y encarcelar o intimidar a los
opositores. La Primavera de Praga, en cambio, exponía la debilidad real del
bloque soviético, porque era un movimiento que se había desarrollado en el seno
del propio Partido Comunista y de su cultura, a diferencia de las rebeliones
húngara y polaca, más nacionalistas, que habían germinado fundamentalmente
fuera de él. Fue fomentada por auténticos creyentes comunistas que pretendían
sobre todo restaurar, mediante la reforma, el derecho moral del partido a
gobernar; y aunque conservara un núcleo marxista, se estaba desplazando
rápidamente hacia el liberalismo, a diferencia de las protestas más radicales
en Occidente en 1968, con las que se ha comparado frecuentemente. Como ha
escrito Kundera, uno de los participantes, «lo que sucedió en París en mayo de
1968 fue una explosión de lirismo revolucionario, mientras que la Primavera de
Praga fue una explosión de escepticismo posrevolucionario».[43] Aquellos
reformistas, a diferencia de los nacionalistas y disidentes, sabían cómo
hacerse con el poder y cómo utilizarlo; y fueron reformistas como aquellos, y
no rebeldes nacionalistas, los que acabaron destruyendo el comunismo soviético.
Había también una relación más personal y directa
que conectaba la crisis checoslovaca con el colapso final del comunismo en el
bloque soviético. Uno de los mejores amigos de Zdeněk Mlynář en la Universidad
de Moscú a principios de la década de 1950 era un estudiante de derecho llamado
Mijail Gorbachov; ambos formaban parte de una generación estudiantil
comprometida con el marxismo no estalinista, y en 1967 Mlynář había visitado a
Gorbachov en Stavropol, donde trabajaba ahora, y había comprobado que su viejo
amigo simpatizaba en líneas generales con el derecho a la reforma en
Checoslovaquia, aunque sus ideas no fueran en absoluto tan radicales. Gorbachov
también visitó Praga en 1969 y vio con sus propios ojos el odio que sentían los
checos hacia las fuerzas de ocupación. Las autoridades soviéticas eran muy
sensibles al peligro potencial de los contactos checos de Gorbachov. En 1968 el
KGB interrogó a sus amigos y antiguos compañeros en la universidad sobre
aquella amistad, pero no pudo encontrar ninguna prueba concreta de herejía. Dos
años después se convirtió en secretario del partido en la región de Stavropol,
sin que los órganos de la seguridad del estado pudieran impedirlo.[44] Resulta
tentador imaginar lo que podría haber sucedido si hubieran actuado sobre la
base de sus sospechas, pero al igual que los censores zaristas que no
impidieron la publicación de El capital, dejaron deslizarse entre sus manos al
principal responsable de la destrucción del sistema que estaban encargados de
defender.
También a corto plazo la invasión de Checoslovaquia
tuvo graves consecuencias para el bloque soviético, más incluso que en 1956.
Marcó el final del deshielo de los años cincuenta y sesenta y la reversión por
parte de Moscú de su anterior tolerancia hacia las diversas vías nacionales al
socialismo. En noviembre de 1968 Briezhniev anunció por primera vez formalmente
el principio de que la URSS tenía derecho a intervenir militarmente si los
partidos comunistas nacionales se apartaban de los «principios del marxismo-leninismo
y el socialismo», la llamada «doctrina Briezhniev».
La Primavera de Praga señaló asimismo el final de
la reforma económica y el aperturismo cultural en todo el bloque soviético.
Briezhniev presidía ahora un orden cada vez más conservador. El hielo no era
tan grueso como antes de 1953, pero las cabrillas habían cesado y volvía a
reinar la acinesia. La represión de 1956 fue, por supuesto, perjudicial para
los reputación del bloque soviético, pero muchos comunistas creían todavía que
el sistema mantenía su dinamismo y se podía reformar. Entre 1945 y 1968 se habían
ensayado tres formas diferentes de comunismo: el estalinismo tardío, la
movilización radical/romántica de Jruschov y el comunismo tecnocrático con
reformas de mercado de la década de 1960. Los tres habían fracasado o habían
sido proscritos, excepto en Hungría donde se mantenía el gulyáskommunizmus.
¿Qué otra posibilidad quedaba ahora?
El sistema emergente fue descrito por Briezhniev
como «socialismo desarrollado» y por Honecker como «el socialismo realmente
existente»; tras esas anodinas frases acechaba un mensaje profundamente
conservador: el socialismo era algo ya «desarrollado» y no «en desarrollo»; era
«real» y «existente» y por eso no necesitaba mejora. El ensueño de Jruschov de
alcanzar un comunismo igualitario en 1980 había quedado en el olvido. Quizá la
mejor forma de describir el sistema soviético durante este período sea como «socialismo
paternalista», una variante del estalinismo tardío que incluía la
jerarquización política aunque mitigara las desigualdades económicas. En
cualquier caso, el partido era mucho menos sectario y violento que durante la
vigencia plena del estalinismo: había abandonado su activismo y renunciado a la
movilización de la población para incrementar la producción. La Unión Soviética
seguía teniendo grandes ambiciones militares, pero por el momento sus
dirigentes pretendían satisfacer la reivindicación de un mayor nivel de vida.
V
En 1979 Leonid Briezhniev recibió otra medalla, el
premio Lenin, que era el galardón literario soviético más prestigioso. El mundo
no había visto nunca una combinación semejante de hombre de estado, dirigente
militar y literato. Recibió el premio por las memorias en tres volúmenes,
escritas por algún «negro», sobre sus hazañas durante la Gran Guerra Patriótica
en la batalla de Malaia Zemlia («Tierra Pequeña»), cerca del mar de Azov. Fue
una batalla menor, en la que Briezhniev solo era un comisario político sin
importancia, pero su papel y el de la batalla se exageraron enormemente y se
convirtió en un capítulo importante de la historia oficial de la guerra. Los
niños entonaban cantos de alabanza sobre aquel hecho heroico y se organizaban
excursiones para que los miembros del partido pudieran conocer el nuevo
complejo conmemorativo erigido en el lugar.
Como es lógico, el culto de Malaia Zemlia era
recibido con hilaridad y dio lugar a todo un subgénero de chistes al respecto,
pero también nos dice mucho sobre el carácter del gobierno soviético en sus
postrimerías. La obsesión por las medallas era típica de la cultura jerárquica
de la era Briezhniev y la Gran Guerra Patriótica se convirtió en parte central
de la propaganda del régimen. Hubo toda una fiebre de construcción de
monumentos conmemorativos, entre ellos la enorme escultura de titanio (62 m) a la
Madre Patria en Kiev. Por todo el bloque soviético proliferaron los monumentos
relacionados con la guerra y muchos siguen en pie, pese a los repetidos
esfuerzos de los nacionalistas antirrusos por hacerlos desaparecer.
El propio Briezhniev admiraba a Stalin como
dirigente militar, y aunque no lo rehabilitó dejaron de formularse críticas
contra él. El terror de la Gran Purga simplemente no se mencionaba. Briezhniev
adoptó además ciertos aspectos del estilo de Stalin, en particular su título
como «secretario general» del partido, y a finales de los años setenta volvía a
hablarse de él como el vozhd. Sus pretensiones literarias también se hacían eco
de las de Stalin como gran filósofo marxista, teórico lingüista y «corifeo de
la ciencia».
Briezhniev fue quizá el dirigente soviético más
parecido a Stalin, en sus últimos años, en su amor por la jerarquía. Tras los
caóticos intentos de Jruschov de «nivelar» la sociedad, Briezhniev estaba
decidido a restaurar la línea de mando e igualmente la jerarquía étnica vigente
durante la época de Stalin. Al igual que durante y después de la segunda guerra
mundial, el partido se servía de una versión peculiar del nacionalismo ruso
como sustituto del postergado marxismo-leninismo. La vocinglera intelectualidad
chovinista rusa era tratada con indulgencia, en el Comité Central aumentó la
proporción de rusos y el antisemitismo se fue asentando en la práctica oficial.
Los principales beneficiarios del sistema
briezhnieviano eran los «cuadros» que formaban la aristocracia de servicio
socialista. En 1965 János Kádár le dijo a Briezhniev que le parecía inaceptable
la consolidación del viejo principio soviético «hoy héroe, mañana holgazán»,
pero predicaba en el desierto.[45] El propio Briezhniev bendijo la «estabilidad
de los cuadros» protegiéndolos frente a las amenazadoras campañas
democratizadoras de Jruschov, y en la RDA se desvaneció el desafío tecnocrático
a su posición. El resultado fue el afianzamiento de una élite política cada vez
más vetusta y conservadora: en la URSS la edad media de los miembros de pleno
derecho del Politburó aumentó de cincuenta y ocho años en 1966 a setenta en
1981.
A diferencia de principios de la década de 1950, no
obstante, el robustecimiento de la jerarquización política se combinaba con una
mayor igualdad económica y una disposición muy poco estalinista a aplacar el
descontento obrero mediante el soborno. El padre severo de la era estalinista
se vio así sustituido por un estado paternalista preocupado por el bienestar
económico de sus ciudadanos. Los salarios de los obreros aumentaron en todo el
bloque soviético y disminuyó la diferencia salarial entre los obreros de cuello
blanco y los de cuello azul: en la URSS, por ejemplo, la relación media entre
el salario de un ingeniero y el de un obrero cayó de 2,15 en 1940 a 1,11 en
1984. Las protestas obreras en Polonia en 1970 al aumentar
los precios de los alimentos —que hicieron caer a
Gomułka y obligaron a su sustitución al frente del PZPR por Edvard Gierek— se
inscribieron en la mente de todos los dirigentes. En la RDA las subvenciones a
los bienes básicos como los alimentos y la ropa de niño aumentaron de 8
millardos de marcos anuales en 1970 a nada menos que 56 millardos en 1988.[46]
Durante la década de 1970 el nivel de vida aumentó en la mayoría de los países
del bloque, lo que explica la nostalgia que todavía se siente por aquella época.
Pero ¿cómo se podían financiar esas mejoras cuando
la productividad disminuía? La respuesta residía en dos factores bastante
inesperados: el precio del petróleo y los créditos bancarios. La subida
espectacular del precio del petróleo en 1973 proporcionó a la URSS, gran
productor petrolífero, ganancias enormes con las que podía permitirse un mayor
nivel de vida y una ambiciosa política exterior aunque, según algunas
estimaciones, durante la segunda mitad de la década de 1970 su tasa de
crecimiento anual se redujo a un escaso 1 por 100. Para Europa oriental,
obligada a importar petróleo, el aumento de su precio supuso en cambio un
desastre. La URSS comprobó que estaba perdiendo la oportunidad de aumentar sus
ganancias de las exportaciones enviando materias primas subsidiadas,
especialmente petróleo, a Europa oriental; se ha calculado que en 1980 los
términos de intercambio en el CAME supusieron una transferencia de 42 800
millones de dólares (en precios de 2007) de la URSS a sus satélites de Europa
oriental.[47] Pero el petróleo ofreció otra tabla de salvación, ya que inundó
el mundo de petrodólares árabes, canalizados en busca de inversión a través de
los bancos comerciales occidentales. Con los petrodólares nació el mercado
financiero global que ha dominado el mundo hasta hace bien poco imponiendo el
desmantelamiento gradual de la regulación nacida en la década de 1930.
Hayek y sus seguidores argumentaban que los bancos
privados liberados de la regulación estatal, mucho más eficientes que los
planificadores burocráticos, eran las instituciones idóneas para decidir sobre
la distribución racional de capital. Los banqueros,
impulsados por el deseo de beneficio, invertirían
seguramente en los proyectos más productivos en el mundo entero, premiando a
los innovadores y más trabajadores y castigando a los estúpidos y perezosos.
Sin embargo, el comportamiento anterior de esos nuevos caciques del capital
global debería haber advertido al mundo de que Wall Street podía ser tan
descuidado con su capital como el Gosplan: la escala temporal de los banqueros
suele ser corta, y en lugar de optar por los mejores proyectos a largo plazo
invertían en las economías planificadas de la Europa oriental sovietizada.
Los bancos recibieron aliento de los gobiernos
occidentales, deseosos de ayudar a sus industrias golpeadas por la recesión a
exportar diversos artículos a Europa oriental, mientras que los dirigentes
comunistas abandonaban cualquier prejuicio ideológico que les quedara para
solicitar créditos con los que financiar un mejor nivel de vida para su
población descontenta al tiempo que satisfacían el voraz apetito de los estados
hambrientos de inversión industrial. Tras agotar sus recursos domésticos,
encontraron un fuente nueva de capital en el extranjero. Polonia era uno de los
estados más voraces y utilizó los préstamos para construir acerías y plantas de
fabricación de automóviles con licencia occidental — como el Polski Fiat 125—
que esperaba exportar a todo el bloque soviético. En 1975 la inversión había
alcanzado un enorme 29 por 100 del PIB, en gran parte debido a que el partido
no controlaba la demanda industrial de nuevo capital extranjero.[48] Ceauşescu
también fomentó proyectos grandiosos, concebidos por economistas poco solventes
y por sus propios hijos. Se endeudó con la esperanza de crear una economía
moderna pero al mismo tiempo planificada, exportando productos petroquímicos al
mercado occidental. Como ha señalado un observador, los fines podían ser los de
Adam Smith pero los medios eran los de Stalin. El gobierno rumano pretendía, a
pesar de su sistema económico ineficiente, competir en el mercado mundial como
lo hacía Yugoslavia. Hacia el final de la década gran parte del mundo comunista
—no solo Europa oriental, sino también Corea del Norte, Cuba y los países
comunistas de África— estaba tan endeudado con los
bancos occidentales como la mayor parte del Tercer Mundo. La deuda de Europa
oriental era especialmente grande, y entre 1974 y 1979 la polaca se triplicó,
mientras que la húngara se duplicó. En la década siguiente esa enorme deuda
exterior iba a provocar una importante crisis, pero hasta entonces contribuyó a
financiar el socialismo paternalista de los regímenes comunistas maduros.
A finales de la década de 1960 estaba claro que el
comunismo ya no era una fuerza radicalmente transformadora, al menos en Europa.
Muchos comunistas y ciudadanos corrientes de algunos países estaban todavía
convencidos de que su sistema era superior al capitalismo, pero ya no esperaban
que diera lugar a unas relaciones sociales radicalmente igualitarias ni a una
nueva economía más dinámica capaz de competir con el capitalismo: tanto la
igualdad radical como el dinamismo económico eran simplemente demasiado difíciles
de conciliar con la dictadura del partido y la economía centralmente
planificada. Las ambiciones se hicieron por tanto más realistas: el objetivo de
los comunistas era ahora un sistema estable de justicia y bienestar económico.
Una tendencia similar se puede observar en China; aunque la RPCh seguiría
siendo mucho más igualitaria que el bloque soviético hasta la muerte de Mao en
1976, ya en 1968 este veía que el radicalismo de la Revolución Cultural era
insostenible, y a medida que la dirección iba abandonando el radicalismo el
sistema evolucionaba hacia una versión china del paternalismo socialista. En
muchos países del mundo comunista el sistema encontró cierto tipo de
equilibrio, al aprender los regímenes comunistas a vivir en paz al menos con la
mayor parte de su propio pueblo.
VI
En el otoño de 1988 un par de sociólogos húngaros,
Ágnes Horváth y Árpád Szakolczai, ambos adversos al régimen comunista,
recibieron por fin permiso para iniciar un proyecto que la mayoría consideraba
inviable: un análisis científico independiente de la actitud, los valores y el
perfil psicológico de los funcionarios del partido en las organizaciones
distritales de Budapest, aunque el tradicional secretismo comunista casi abortó
la investigación antes de empezar.[49] Los dirigentes comunistas se preguntaban
cómo podía confiarse aquella investigación a gente que no pertenecía al
partido. Finalmente, no obstante, se abrió una minúscula ventana: la
liberalización había alcanzado un punto en que el partido estaba dispuesto a
ser examinado desde fuera, aunque de hecho solo faltaban pocos meses para que
concluyera su monopolio del poder. Aun así, Horváth y Szakolczai enviaron los
resultados a varios conocidos académicos húngaros en cuanto tuvieron un primer
borrador, temerosos de que su trabajo fuera confiscado y destruido.
El resultado de sus investigaciones les sorprendió.
Cuando les preguntaron a un grupo de «instructores» del partido —funcionarios
de nivel medio y bajo a tiempo completo— qué es lo que los hacía apropiados
para la política, las respuestas eran notablemente parecidas. Uno respondió:
«Me resultan fáciles las relaciones personales en todas las áreas. Me gusta
tratar los problemas de la gente»; otro decía: «Planeé este empleo como un
servicio temporal. Me parecía que podía hacer fácilmente contactos con la gente;
tengo empatía» (cursiva añadida). Aunque, por supuesto, esas respuestas no
deban darse por buenas sin más, son notablemente coherentes con las respuestas
a los cuestionarios que rellenaron sobre su personalidad y sus valores. Los
investigadores esperaban que se tratara más bien de líderes políticos típicos:
solucionadores de problemas seguros de sí mismos, racionales, decididos e
independientes, pero más bien se veían a sí mismos como gente particularmente
flexible, emotiva y simpática. Además, cuando se les preguntó por sus valores,
solían dar más importancia que otra gente instruida a la responsabilidad
individual, el trabajo duro, la
tolerancia y la imaginación, y menos a las reglas y
obligaciones, ya fueran internas (como el autocontrol y la honradez) o externas
(como la obediencia y la cortesía).
Aquellos instructores húngaros más parecían
asistentes sociales o psicoterapeutas que los militantes con chaqueta de cuero
del pasado, lo que da una idea de lo mucho que habían cambiado los regímenes
comunistas del bloque soviético desde principios de la década de 1950 (y en
China desde mediados de la de 1970). El partido —a diferencia de otras
organizaciones estatales más tecnocráticas— había valorado siempre la habilidad
emocional y la capacidad de conectar con «las masas»; se trataba, después de
todo, de cualidades esenciales para persuadirlas y movilizarlas; pero ahora que
la época heroica había pasado, el partido se veía a sí mismo cada vez más como
una organización dedicada a procurar el bienestar de los ciudadanos, aunque por
supuesto su visión del bienestar era muy particular: moralista, paternalista,
económicamente igualitaria y socialmente conservadora. Los valores asumidos por
aquellos funcionarios húngaros eran útiles en ese tipo de organización. Querían
ayudar a la gente, apreciaban las relaciones personales, rechazaban las reglas
abstractas e impersonales y se sentían felices al discernir méritos y deméritos
que hacían a unos más dignos de recompensa que otros. A diferencia del pasado,
los funcionarios del partido durante la década de 1980 poseían en general una
buena formación, presentándose cada vez más como profesionales técnicamente
expertos, aunque no fueran lo que Max Weber llamaba burócratas racionales; de
hecho, desaprobaban enérgicamente los métodos formales o rutinarios. Como decía
uno de ellos, «considero que lo más importante… es hablar. [La información]
escrita apesta a papel».[50]
Así pues, dejando a un lado la periferia
neoestalinista, los partidos comunistas ya no trataban a la población como un
ejército guerrillero ni esperaban que los ciudadanos fueran «héroes del
trabajo»; tampoco pretendían imponer relaciones sociales y de género
igualitarias, ni les preocupaba tanto transformar las
creencias íntimas de sus ciudadanos, aunque algunos
regímenes, como el chino y el alemán oriental, prestaran más atención a la
uniformidad ideológica que otros como el húngaro y el soviético. El
estado-partido paternalista cuidaba de la población y utilizaba la coerción
para asegurarse del mantenimiento del orden; como ha dicho un investigador,
eran «dictaduras del bienestar».[51] También distribuían favores según los
«servicios» de la gente al estado y la sociedad, en una versión civil de la
«aristocracia de servicio» zarista y estalinista que ahora se había extendido a
toda la sociedad. En algunos países también recordaba el «estado policial bien
ordenado» importado a Rusia desde Europa central durante los siglos XVII y
XVIII, en el que la «policía» (ahora el partido) no solo era responsable de la
ley y el orden, sino también de asegurar que la ciudadanía se comportaba de
forma a la vez decente y productiva.
[52]
Pero aquella estructura paternalista tenía sus
puntos débiles. Era muy difícil, si no imposible, asegurar que las recompensas
se distribuyeran de una forma que todos consideraran justa. Los funcionarios
encargados de esa tarea favorecían a menudo a sus familiares y amigos; y aunque
hubieran sido más altruistas (en algunos partidos, como el alemán, eran menos
corruptos que en otros), un sistema basado explícitamente en las decisiones
oficiales sobre quién es o deja de ser virtuoso siempre es susceptible de crítica.
El capitalismo, paradójicamente, es menos vulnerable, porque sus desigualdades
se pueden justificar, en cierta forma, como una fenómeno «natural» impersonal,
producto de la ley de hierro del mercado.
El estilo y grado de paternalismo variaba de un
país a otro, dependiendo de la cultura política local y de las condiciones
sociales. El acoso más generalizado se daba en China, donde la enorme reserva
de mano de obra rural daba al régimen mucho más poder sobre los trabajadores
que en el bloque soviético, donde a los directivos les resultaba difícil
impedir que cambiaran de empleo; también influían, sin duda, las viejas
prácticas del Guomindang y
una cultura paternalista confuciana. Los comités de
vecinos desempeñaban un papel mucho mayor en todos los aspectos de la vida de
la gente que las instituciones municipales en el bloque soviético, y se
parecían más a la policía de barrio japonesa (que conoce detalladamente las
peculiaridades de cada vecino) que a los consejos locales soviéticos. El
escalón más bajo de la jerarquía política correspondía al grupo a cargo de la
pequeña unidad de residentes, que abarcaba entre quince y cuarenta familias y transmitía
las órdenes venidas de arriba al tiempo que organizaba la atención social y
vigilaba el comportamiento de los ciudadanos. En el lugar de trabajo el danwei
(«unidad de trabajo»), como el kollektiv soviético, distribuía alojamientos,
atención sanitaria, cuidado de los niños y comedores para los trabajadores,
pero tenía mayor poder e incluso funcionarios de fábrica de bajo nivel podían
asignar apartamentos, cupones para bicicletas y otros artículos racionados.
Para
recibir esos «favores» los trabajadores debían comportarse de forma adecuada.
Hasta sus vidas privadas eran cuidadosamente estudiadas. Como explicaba un
obrero entrevistado por el sociólogo Andrew G. Walder:
Los obreros pueden ser castigados por robar, por
holgazanería en el trabajo, por llegar tarde, por absentismo no justificado y
por tener relaciones sexuales [fuera del matrimonio]. No hay castigos
establecidos para cosas diferentes. Las relaciones sexuales se suelen tratar
muy seriamente, al menos con una amonestación formal…[54]
Cabe señalar que el bajo rendimiento en el trabajo
era castigado menos estrictamente, aunque dependía mucho de la actitud y el
origen de clase del obrero. Como explicaba uno de ellos, «si la persona en
cuestión admite su culpa y realiza una autocrítica, normalmente el grupo
recomendará clemencia y le dará a esa persona “ayuda” o educación. Normalmente
basta con eso, porque es algo muy vergonzoso para cualquiera».[55]
En el bloque soviético, en cambio, solo los
miembros del partido sufrían una inspección tan exhaustiva. Los consejos
locales eran demasiado remotos como para ejercer un control muy estricto sobre
los ciudadanos y las fábricas tampoco estaban en
condiciones de ejercerlo sobre su mano de obra. Además, aunque el sistema
soviético posterior a 1964 era muy paternalista, el paternalismo socialista no
era el mismo que el del estado policial bien ordenado del siglo XVIII. En
principio no solo se esperaba que los ciudadanos fueran leales al jefe del
partido, director de la fábrica o presidente de la granja colectiva, sino
también que se comportara de forma socialista, esto es, que trabajara mucho,
fuera virtuoso y participara en las actividades colectivas o «trabajo social»,
tal como se le denominaba. Para los obreros eso suponía realizar un trabajo no
pagado por alguna causa bienhechora o participar en un comité sindical. Para
los profesores y profesionales podía significar dar conferencias nocturnas a
los trabajadores: el «trabajo social» encargado a Aleksandr Zinoviev, lógico,
sociólogo y comentarista disidente de la sociedad soviética en los años
setenta,[*] consistía en dibujar caricaturas para los «periódicos murales»
públicos y viajar con una brigada de agitprop por el campo dando
conferencias.[56]
Pero no todos tenían que hacer ese tipo de «trabajo
social». Como sucedía en general con la cultura del partido, penetraba en los
escalones superiores de la sociedad en mucha mayor medida que los inferiores:
en la URSS, durante las décadas de 1960 y 1970, era obligatorio para los
miembros del partido, tuvieran el puesto que tuvieran, mientras que solo el
70-80 por 100 de los trabajadores de cuello blanco participaba en ellos, frente
a un 40-50 por 100 de los obreros industriales y el 30-40 por 100 de los agrícolas.[57]
Los motivos eran variados. Muchos creían que el trabajo social — especialmente
las reuniones de comités— eran irrelevantes y solo participaban en ellas porque
se veían presionados a hacerlo o porque esperaban sacar de ello algún provecho.
Como explicaba Zinoviev: «Si alguien elude el trabajo social, entonces se anota
el hecho y se toman medidas; y las hay de varios tipos, desde las que afectan a
los aumentos de salario y los ascensos a la solución de problemas de
alojamiento, la posibilidad de viajar al extranjero o la de que le publiquen a
uno una obra».[58]
Aun así, Zinoviev negaba que el «trabajo social»
fuera siempre una formalidad vacía que la gente se veía obligada o inducida a
hacer. Insistía en que a menudo se tomaba en serio: mucha gente lo hacía porque
era bueno por sí mismo y porque elevaba la reputación de todo el colectivo.
También podía ser una actividad distraída. Los informes académicos señalaban
que los científicos que habían perdido el interés por su propia investigación
solían ser más aficionados al trabajo social que sus colegas más jóvenes.[59]
Así pues, al igual que los antiguos «aristócratas
de servicio», alguna gente se esforzaba tanto por la recompensa como por un
ideal solidario. Para algunos, aquella era la esencia del socialismo maduro.
Alguien que de joven, a principios de la década de 1980, había sido organizador
de la Komsomol, insistía recientemente en una entrevista con el etnólogo Alexei
Yurchak, a pesar de sus críticas a las reuniones aburridas y carentes de
interés:
Básicamente, a mi entender, la política del
gobierno era correcta. Consistía simplemente en cuidar de la gente, sanidad
gratuita y buena educación. Mi padre era un ejemplo de aquella política. Era el
médico principal de nuestra región y trabajó mucho para mejorar los servicios
médicos; y mi madre también trabajaba mucho como médico. Teníamos un buen
apartamento proporcionado por el estado.[60]
Pero no todos estaban tan convencidos de la
ecuanimidad del sistema. La señora Hildegard B. de Magdeburg, en la RDA, por
ejemplo, recibió en 1975, tras una larga espera, una pequeña parcela que había
solicitado, pero por un precio bastante más alto del que esperaba. Furiosa,
protestó a las autoridades que merecía un mejor trato por lo mucho que había
servido al estado presidiendo el comité ejecutivo del sindicato de fábrica. El
presidente de distrito de la Asociación de Pequeños Jardineros, Colonos y Criadores
de Animales le respondió negándole que hubiera sido tratada injustamente: todos
los que estaban por encima de ella habían sido virtuosos «activistas» y
merecían sus privilegios. Al final, sin embargo, llegó a un compromiso y le
ofreció una parcela más barata en otro lugar.[61]
La prolija respuesta oficial demuestra la
preocupación del régimen por que vieran que actuaba equitativamente. Cualquier
sospecha de que los privilegios no se debían a los méritos contraídos podía
erosionar la placidez general y la disposición a obedecer las reglas. Sin
embargo, cuanto más abandonaba el estado sus ambiciones de transformar la
sociedad, más difícil le resultaba asegurar un vínculo directo entre recompensa
y servicio. Se trataba cada vez más del paternalismo del jefe ambicioso con sus
clientes, no el del padre amoroso con sus hijos. Por otra parte, los
subordinados percibían que se les premiaba más por su lealtad sin fisuras y su
adulación que por una virtud socialista más abstracta, porque aunque ya no
aspiraban a movilizar a sus obreros para construir la utopía socialista, los
jefes todavía tenían poder sobre las comodidades de la vida cotidiana.
Cuando en 1984 el sociólogo Michael Burawoy
consiguió un permiso para trabajar en la planta Bánki de fabricación de
vehículos pesados en Hungría, le sorprendieron las grandes diferencias, en
particular en cuanto a las relaciones entre directivos y obreros, con la planta
Allied de Chicago donde había trabajado una década antes. En Estados Unidos el
empleo no era seguro, pero sí lo era el salario; sindicatos independientes
aseguraban a los obreros el 100 por 100 de su salario, produjeran lo que
produjeran. En Hungría sucedía lo contrario: era muy difícil despedir a la
gente, pero el salario que cobraba un obrero dependía estrictamente de lo que
producía; si solo llegaba al 50 por 100 de su «norma», se le pagaba el 50 por
100 de su salario. El sistema daba a los directivos y capataces mucho poder,
porque podían establecer las normas de trabajo y pagar según su cumplimiento y
podían asignar a sus favoritos las mejores máquinas y los trabajos más fáciles.
Burawoy, a quien como intruso extranjero se le asignó un viejo taladro radial
que nadie usaba, solo obtenía el 82 por 100 de su norma y ganaba 3600 florines,
mientras que un colega más favorecido ganaba 8480 florines.[62] Miklós
Haraszti, escritor y periodista disidente de izquierdas convertido más tarde en
admirador de Margaret Thatcher,
castigado a principios de la década 1970 a trabajar
durante un año en la fábrica de tractores Vörös Csillag («Estrella Roja»),
describía así el papel de los capataces:
El capataz no solo organiza nuestro trabajo: en
primer lugar y sobre todo nos organiza a nosotros. Los capataces deciden
nuestra paga, nuestro trabajo, nuestro tiempo libre, nuestros complementos y
las deducciones por rechazos excesivos [esto es, artículos de baja calidad].
Deciden dónde debemos pasar las vacaciones; escriben informes sobre nosotros
para cualquier departamento del estado que lo solicite.[63]
El poder de los directivos era muy diverso según el
país del bloque soviético del que se tratara. En el caso de China las fábricas
controlaban los suministros alimentarios y el alojamiento, de forma que los
trabajadores se veían obligados a mantener buenas relaciones con sus jefes.
Durante la década de 1970 proseguían los enfrentamientos de la Revolución
Cultural, trasladados ahora del terreno de la ideología al de las relaciones
personales. En Hungría, durante la década de 1970, los directivos tenían menos
poder sobre cuestiones como el alojamiento, pero más sobre los salarios. En la
RDA, en cambio, el sistema del salario por piezas estaba mucho menos difundido
pero los directivos empleaban los incentivos para dividir a la fuerza de
trabajo en diferentes turnos y brigadas, de forma que aunque se produjeran
protestas, solían ser aisladas y raramente llegaban al nivel de huelgas en toda
la fábrica.
Sin embargo, sería equivocado concluir que los
jefes eran todopoderosos. Como en otras sociedades paternalistas, los «padres»
y los «hijos» estaban ligados en una red de reglas, costumbres y reciprocidades
informales, lo que impedía a los directivos hacer su santa voluntad. Un obrero
presentaba una imagen bastante extraordinaria, en la que los directivos estaban
totalmente a merced de las relaciones personales:
El poder real de cada uno dependía de ese tipo de
relaciones. Un vicedirector trasladado a nuestra fábrica tenía dificultades en
conseguir que sus órdenes se cumplieran porque no tenía relaciones. Le llevó
mucho tiempo construirlas antes de que la gente atendiera sus órdenes. La
amistad facilitaba el cumplimiento de las órdenes, como una forma de ayudar a
tus amigos cumpliendo sus peticiones.[64]
También había otras razones, más fundamentales,
para la debilidad de los directivos en las sociedades socialistas tardías.
Aunque tuvieran un control total sobre los salarios y complementos, en el
bloque soviético no había suficientes trabajadores y a los descontentos no les
resultaba demasiado difícil dejar su empleo y encontrar otro, así que los
directivos dependían de la cooperación y la buena voluntad de sus obreros para
disponer de cierto margen de maniobra en una economía caracterizada por suministros
y escaseces caóticas. Si los obreros no cooperaban, la fábrica no podría
cumplir el plan y sus directivos pagarían las consecuencias. Los presidentes de
las granjas colectivas se hallaban en una situación parecida. Un jefe de una
granja colectiva en Rumanía explicaba lo difícil que era conseguir que los
campesinos trabajaran para él cuando había otras oportunidades en la industria
local y podían cultivar sus parcelas privadas. Era especialmente difícil
encontrar gente para ocupar puestos de responsabilidad:
La parte más dura de mi trabajo es conseguir gente
para esos puestos. Nunca hay bastantes jefes de equipo, así que tengo que ir
buscando de casa en casa, haciendo promesas para conseguir gente. Este necesita
bombonas de gas, aquel otro quiere carne… No puedo satisfacerlos a todos, pero
necesitamos jefes de equipo.[65]
Esa imagen —directivos con poderes limitados,
obligados a llegar a compromisos con sus subordinados— queda reforzada por la
devastadora sátira del sistema soviético Ziiaiuschie Vysoty[*] publicada por
Aleksandr Zinoviev en 1976. Para él la institución dominante en la sociedad
soviética no era el Kremlin sino el kollektiv, ya fuera la fábrica, el koljóz,
el instituto académico o el bloque de apartamentos. Los directivos y
funcionarios, aunque se les nombrara oficialmente desde arriba, tendían a
identificarse con
el kollektiv, no con sus jefes. Y aunque los
directivos trataran constantemente de exceder su autoridad y abusar de su
poder, estaban limitados por el hecho de que sus perspectivas de carrera
dependían de lo bien que trabajaran sus subordinados y por la vigilancia de la
célula del partido y «los ciudadanos de a pie que escribían quejas y cartas
anónimas a todo tipo de organismos». El poder de los directivos solía así
quedar restringido a cuidar su propio nido y el de sus «secuaces» y
«pelotilleros». Era prácticamente imposible cambiar la organización de la
empresa: «La más mínima iniciativa les cuesta a los directivos inmensos
esfuerzos y muy a menudo el resultado es un ataque al corazón».[66]
La exposición de Zinoviev debe valorarse con cierta
precaución, ya que la vida de la élite académica estaba muy alejada de la de
los obreros y campesinos corrientes. Aun así, ayuda a explicar la paradoja del
sistema socialista maduro: aunque su legitimidad se veía constantemente
socavada por un sinfín de quejas populares que denunciaban las injusticias e
hipocresías, era notablemente estable (salvo en unos pocos casos como el de
Polonia).
Una de las razones era la sensación de seguridad y
confianza generada por el kollektiv, porque era muy difícil despedir a los
trabajadores. Además, Zinoviev podía hablar con razón de la «simplicidad de la
vida» comparada con lo que sucedía en Occidente, ya que, paradójicamente, en
aquellas sociedades supuestamente burocráticas la gente se sentía en general
mucho menos abrumada por el papeleo y los formularios que en el capitalismo
actual. Todo quedaba a cargo del lugar de trabajo, eliminando la necesidad de
tratar con toda una serie de instituciones privadas distintas (como bancos,
compañías de seguros o de servicios). Aunque la adquisición de artículos
deseables llevara mucho tiempo y energía, en la mayoría de los lugares y casi
todo el tiempo se podía contar con un nivel de vida básico. Además, en general
la gente no tenía que trabajar demasiado (aunque allí donde se creó una
economía sumergida sí se trabajaba mucho). Por otra parte, el kollektiv no era
estancado y estático, carente de
competitividad. El trabajo duro y la ambición
declarada podían no ser rentables, pero había muchas oportunidades de ascenso
politiqueando y cuidando las relaciones con los jefes.[67]
El carácter relativamente poco exigente del trabajo
le permitía a la gente dedicar su tiempo a las relaciones personales. Como
comentaban Horváth y Szakolczai en 1992, aunque el partido «desanimara con
éxito a muchos en cuanto a tomar sus propias decisiones, expresar sus opiniones
y debatir las cuestiones públicas y sus intereses de una forma civilizada», su
fracaso en imbuir en la gente una ética del trabajo le dejaba tiempo y lugar
para sí mismos y sus relaciones personales:
Los expertos occidentales decían: «Aquí no trabaja
nadie». Pero fue precisamente ese distanciamiento [de una ética del trabajo
interna] el que posibilitó a la gente durante mucho tiempo, hasta la década de
1970, preservar en su vida cotidiana, en lo que quedaba relativamente fuera del
mundo oficial, sus relaciones personales, la confianza mutua, la inmediatez, la
armonía y autonomía interna, la capacidad de vivir y sentir. La «lucha de todos
contra todos» que prevalece hoy día en todos los estratos de la sociedad
quedaba restringida antes a los grupos muy cercanos a los conflictos de poder
internos.[68]
Así pues, junto al kollektiv oficial estaba el
oficioso: amigos y familiares. De hecho, la vigilancia exhaustiva de los
regímenes comunistas y su ambición de convertir la amistad en una «camaradería»
políticamente aceptable no hacía más que aumentar la importancia de los amigos
como refugio. Los amigos eran gente en la que podías confiar, que no informaría
a los activistas del partido de algo que habías dicho o hecho. Eso era lo más
importante durante los períodos de radicalismo como la Revolución Cultural.
Como recordaban los chinos sobre su período escolar durante aquel período,
podías confiar en que los amigos no te traicionarían si en las sesiones de
autocrítica solo mencionabas «pequeñas cosas» y «faltas menores».[69] Incluso
en tiempos más normales, la amistad era probablemente más importante en las
sociedades socialistas que en otras. Cuando se les preguntaba en 1985 qué
instituciones tenían mayor importancia en su vida, el 23
por 100 de los 3500 jóvenes bielorrusos y estonios
encuestados mencionaban el kollektiv, el 33 por 100 los amigos y el 41 por 100
la familia. Al parecer la amistad en la URSS se tomaba mucho más en serio que
en Occidente, y de hecho se le dedicaba mucho más tiempo: el 16 por 100 de los
encuestados se encontraban con sus amigos cada día, el 32 por 100 más de una
vez a la semana y el 31 por 100 varias veces al mes. Los solteros
estadounidenses, en cambio, solo se encuentran con sus amigos, como promedio, cuatro
veces al mes.[70]
Pero si bien uno podía crear su propio «colectivo»
informal fuera del sistema, el colectivo oficial tenía su importancia y había
una clara tensión entre la justicia e igualitarismo que supuestamente debía
reinar en él y la jerarquía gestora y del partido en la que frecuentemente
predominaba el favoritismo. Los obreros, en especial, solían considerar injusto
el poder y las ventajas de los directivos. Según Miklós Haraszti, se
distinguían muy claramente de ese estrato privilegiado, tal como sucedía en la URSS
en los años treinta:
Ellos, para ellos, lo suyo…; no creo que nadie que
haya trabajado en una fábrica o haya mantenido una discusión con obreros, por
superficial que fuera, pueda dudar de lo que significan esas palabras… la
dirección, los que dan órdenes y toman las decisiones, dan empleo a la mano de
obra y pagan los salarios, así como sus agentes y encargados, y que permanecen
inaccesibles incluso cuando se cruzan en nuestro campo de visión.[71]
Como admitía Haraszti, aunque todos los obreros se
sentían muy distanciados de los directivos, no les eran necesariamente
hostiles. Algunos aceptaban que eran necesarios como técnicos y especialistas,
pero en todos los lugares de trabajo era habitual encontrar la opinión marxista
radical de que los directivos, especialmente los que carecían de una pericia
obvia, no eran más que parásitos que se nutrían del excedente producido por los
trabajadores. Un joven obrero se hacía eco de la afirmación de Lenin en El
estado y la revolución de que cualquier obrero
alfabetizado podía hacer el trabajo administrativo
y lo haría mejor porque sería justo y equitativo:
Todo lo que hacen, quiero decir lo que realmente
hacen, lo podría hacer igualmente un obrero no especializado sin necesidad de
ayuda… si alguien le enseñara a contar. Cada mañana podría examinar la lista de
tareas pendientes y distribuirlas equitativamente entre las máquinas…[72]
Los obreros industriales y agrícolas no eran los
únicos en creer que otros se estaban beneficiando de un privilegio injusto. Los
trabajadores de cuello blanco se sentían cada vez peor tratados, especialmente
cuando a partir de los años setenta disminuyó la diferencia entre su salario y
el de los trabajadores de cuello azul. Como decía Friedrich Jung, profesor en
la RDA, «quien no tenía ni dinero ni relaciones lo pasaba mal»; para él los
obreros industriales de las grandes plantas se hallaban en una situación
particularmente buena porque ganaban más que los profesores y su alimentación y
alojamiento estaban subvencionados.[73]
Así pues, aunque los ingresos se iban igualando, se
mantenía el resentimiento por los privilegios económicos injustos, como
revelaron las pocas encuestas de opinión independientes realizadas durante las
décadas de 1970 y 1980. Una encuesta realizada en Polonia en 1981 mostraba que
el 86 por 100 de la población veía «flagrantes» diferencias de ingresos, y en
Hungría la mayoría de la población creía que el partido actuaba «en gran
medida» en interés de sus dirigentes más altos y de los apparatchiki.[74] De hecho,
parece que a medida que se iban igualando los ingresos, la gente pensaba que
aumentaban los privilegios injustos. Las encuestas de opinión pública en la
Unión Soviética durante la era Briezhniev mostraban que las generaciones
jóvenes juzgaban aquella época como la más injusta.[75]
En opinión de Michael Burawoy la irritación por las
desigualdades era mucho mayor entre los obreros de los países comunistas que en
los capitalistas. Tanto los obreros de la Acería Lenin en Miskolc como los de
la planta Allied de Chicago se
quejaban por el cierre de los viejos hornos de
fundición, pero los obreros estadounidenses, aunque corrían el peligro de
quedarse sin empleo, «no le echaban la culpa al capitalismo», mientras que
«paradójicamente, los que trabajaban en la Brigada Socialista Revolución de
Octubre, aislados hasta cierto punto del mercado mundial y protegidos frente a
sus ataques, por lo que quizá no podían comprender lo que significaba quedarse
sin empleo, sabían muy bien sin embargo cómo criticar su sistema» y pasaban mucho
tiempo despotricando de las hipocresías del socialismo.[76] La solución a esta
paradoja se encuentra en otra: pese al hermetismo político y a la propaganda
distorsionadora prevalecientes en los regímenes comunistas, el sistema era de
hecho mucho más transparente que el capitalismo. Zola caracterizaba con razón
el capital como un dios misterioso, oculto en un tabernáculo, raramente
cuestionado o ni siquiera percibido por la gente corriente. En los regímenes
comunistas, en cambio, los obreros recordaban constantemente los principios del
socialismo a través de la propaganda, la competencia socialista, el trabajo
social «voluntario» y las campañas de producción, que podían contrastar
continuamente con la realidad; también entendían bien los mecanismos económicos
del socialismo: el estado invertía en una fábrica y ellos producían un
«excedente» recogido por el estado, que aseguraba distribuirlo con justicia en
beneficio de la sociedad. Así, cuando los obreros veían a sus jefes concederse
entre sí privilegios no siempre merecidos, se encolerizaban y se sentían
explotados. Bajo el capitalismo es mucho más difícil ver adónde va el excedente
o cómo se justifica su distribución; no es sorprendente que los obreros
criticaran normalmente el sistema socialista por no serlo suficientemente.
Pero al igual que en el pasado, la práctica
paternalista de los comunistas no solo contradecía su supuesto compromiso con
la igualdad, sino también los valores «modernos» que el régimen aseguraba
promover. Si las sociedades «tradicionales» suponen típicamente relaciones
sociales jerarquizadas y no igualitarias de
dependencia, deferencia y acinesia, mientras que en
las sociedades «modernas» se supone que los individuos son independientes y
juzgados de acuerdo con sus logros, podemos ver bajo el comunismo «realmente
existente» elementos de un orden «tradicional». La gente dependía a menudo de
los jefes y los colectivos se regían por relaciones paternalistas; en algunos
países socialistas la gente se veía atrapada en ellos (como en China tras el
Gran Salto Adelante o en la URSS, donde los pasaportes internos dificultaban
viajar de un lugar a otro); por otra parte, las mujeres seguían siendo
discriminadas, pese a la retórica oficial. El partido mesiánico militante podía
creer en su papel cuando estaba construyendo el socialismo y combatiendo contra
la clase enemiga, pero ahora que esa tarea parecía acabada su función estaba
menos clara. Cada vez se parecía más a un grupo de estatus tradicional, menos
capaz de dirigir el país que los auténticos expertos.
Aun así, en los países comunistas se habían
construido sociedades que sí eran «modernas» en otros aspectos: la
urbanización, la educación de masas y el estado del bienestar. Los regímenes
socialistas también alentaban una actitud «moderna» hacia la vida, que hacía a
los individuos y las familias esforzarse por mejorar como parte de una
comunidad nacional más amplia. Como ha argumentado el antropólogo David
Kideckel, los campesinos de la región rumana de Oltenia desarrollaron redes
mucho más amplias y diversas, que cubrían una área geográfica mayor que antes
de la guerra, y eran muy conscientes de la importancia de progresar. El
concepto de pregătire («preparación») —la necesidad de lograr buenos resultados
en la escuela y conocer el trabajo propio— se hizo mucho más importante bajo el
socialismo que antes. Como explicaba un obrero, «en el pasado los gobernantes
tenían pregătire y los obreros y campesinos no la tenían. Ahora sucede al
contrario».
La
vieja aspiración casi feudal a convertirse en un domn («señor») —persona
elegante, generosa y carismática que no trabajaba— no había desaparecido, pero
coexistía con nuevos modelos de comportamiento. Los campesinos también
adoptaron
una actitud mucho más pragmática y utilitaria hacia
el trabajo. La antropóloga Martha Lampland constató que durante el período de
entreguerras los campesinos húngaros de Sárosd, al suroeste de Budapest, se
interesaban poco por el mercado; el estatus provenía de la independencia
personal, y el ideal de los campesinos era adquirir tierras suficientes como
para asegurarla, un objetivo que la mayoría era demasiado pobre para alcanzar.
El socialismo, por tanto, era impopular entre los campesinos con tierras porque
los hacía depender de los funcionarios, pero también ayudó a transformar su
actitud. Ahora que el trabajo se medía y retribuía lo veían de forma mucho más
comercial. En la década de 1980 los pueblos húngaros se habían convertido en un
lugar de «creciente economismo y utilitarismo».[78]
Los gobernantes comunistas se sentían,
evidentemente, muy felices con aquella actitud, con tal que los campesinos
situaran lo colectivo por encima de lo individual. Resultaba innegable su éxito
en el empeño en crear un nuevo tipo de individuo moderno: racional, libre de
los lazos sociales del pasado y colectivista. En muchos casos, los ciudadanos
del bloque soviético parecían bastante más colectivistas que sus contemporáneos
occidentales, y como se verá en el capítulo 12, sus opiniones eran mucho más igualitarias.[79]
Sin embargo, en aquel colectivismo e igualitarismo se podían detectar también
ciertas tensiones. Las encuestas de opinión en Polonia mostraban que entre 1966
y 1977 fue disminuyendo de importancia el principio del sacrificio solidario
(aunque cobró más importancia el de igualdad).[80] El compromiso con el
colectivo se veía también amenazado por un nuevo enemigo: el consumismo. Las
sociedades comunistas estaban muy lejos del consumismo de Occidente, pero había
quienes comenzaban a estimar su estatus por los bienes que adquirían y
disfrutaban más que por su servicio al estado.
VII
En 1984 se estrenó en la URSS una comedia romántica
de Vladimir Bortko auténticamente divertida, Blondinka za uglom («La rubia de
al lado»), aunque también propusiera un profundo mensaje ideológico. Contaba la
historia del romance entre Nikolai, un astrofísico que entra a trabajar como
vigilante en unos grandes almacenes de Moscú, y la despampanante dependienta
Nadia —la auténtica protagonista de la película—, una ventajista sin escrúpulos
capaz de obtener cualquier cosa en el mercado negro.[81] Su vida y sus
relaciones se basan en su habilidad para conseguir artículos «deficitarios»;
cuando presenta a sus amigos a Nikolai, no lo hace por su nombre, sino por lo
que le pueden proporcionar: uno es «entradas para el teatro», otro «vacaciones
en el mar Negro», etc. En este universo paralelo consumista y materialista el
jefe supremo es Nadia, no el secretario general del partido. Tiene tanta
confianza en sí misma que intenta obtener el premio Nobel para Nikolai
sobornando a los miembros del comité con caviar y otras exquisiteces. La
comedia termina con una seria moraleja: Nikolai, al principio cautivado por ese
nuevo mundo, abandona a la monstruosa Nadia la víspera de su boda, y con ella
los placeres egoístas y superficiales del consumismo.
La rubia de al lado mostraba la gran preocupación
de los comunistas por el consumismo: era un universo rival, con su propia
jerarquía y valores antitéticos a los suyos. En la década de 1970 había un
floreciente mercado negro en todos los países del bloque soviético; en algunos,
como la URSS, Polonia y Hungría, era en gran medida tolerado; en otros, como la
RDA, era más perseguido, pero aun así prosperaba. Aquella economía paralela
significaba una porción significativa de la actividad económica: los informes
mostraban que en la URSS de la década de 1980, el 60 por 100 de las
reparaciones de automóviles, el 50 por 100 de las de zapatos y el 40 por 100 de
las renovaciones de apartamentos se hacían en el mercado negro, muchas de ellas
por gente que tenía además un empleo regular.[82] Pero los estados socialistas
también legitimaron esa corrosiva cultura consumista creando tiendas especiales
donde
se podían comprar artículos de lujo. Por ejemplo,
las tiendas Exquisit y Delikat de la RDA vendían tales artículos a precios
mucho más altos que los de las tiendas normales, y en los almacenes Intershop
solo se podía comprar con moneda occidental, recibida como regalo de los
parientes emigrados.
El consumismo generó un mundo distinto. La gente
empleaba mucho tiempo en la búsqueda de artículos «deficitarios» para sus
apartamentos o ropa de moda, naturalmente occidental. No cabe, pues, extrañarse
de que durante las décadas de 1970 y 1980 los empleos que daban acceso a esos
artículos de consumo se hicieran mucho más populares. Los sociólogos
comprobaron que empleos de vendedor como el de Nadia, que gozaban de poca
estima social a principios de los años sesenta, eran ahora mucho más cotizados,
mientras que la educación superior, en cambio, era menos apreciada. Los
trabajadores de cuello blanco ganaban todavía, en general, más que los de
cuello azul, y algunos grupos, como el ejército y los escalones superiores del
partido, tenían unos ingresos relativamente altos en dinero y complementos.
Pero una nueva jerarquía de estatus, basada en el acceso a los artículos de
consumo, comenzó a rivalizar con el antiguo orden paternalista basado en el
servicio. Un estudio de los adolescentes soviéticos en 1987 mostraba que
consideraban el mercado negro como el trabajo más lucrativo en la sociedad
soviética, seguido por el ejército, la reparación de automóviles y el reciclado
de botellas; en lo más hondo estaban los pilotos, actores y profesores de
universidad.[83] En la RDA, donde los envíos de moneda extranjera de los
parientes emigrados eran tan apreciados, corría el chiste de que el socialismo
alemán había alcanzado una nueva fase en el esquema marxista: «De cada cual
según sus capacidades, y a cada cual según donde viva su tía».[84]
Como mostraba La rubia de al lado, aquel desafío al
viejo orden era contemplado con rencor por quienes no tenían acceso a los
artículos de consumo más preciados. En Polonia, donde los propios apparatchiki
del partido estaban implicados en el mercado negro,
perjudicaba su prestigio. En otros lugares era más
difícil para los funcionarios intermedios del partido mantener contactos con
extranjeros, y el consumismo contrariaba a los que no tenían la oportunidad o
no deseaban participar en la economía paralela; mientras que en la antigua
jerarquía tenían un estatus muy alto, en la nueva era muy bajo.
Era quizá inevitable que los artículos de consumo
cobraran tanta importancia en la vida de la gente cuando se hicieron más
accesibles. En la mayoría de las sociedades la mayoría de la gente trata de
mejorar su estatus; pero ese estatus solo quedó asociado al consumo en el
bloque soviético cuando las jerarquías socialistas oficiales perdieron
importancia y —lo que es decisivo— esos bienes se pusieron al alcance de la
gente corriente. La gente compite con sus iguales; cuando solo era la élite más
elevada, alejada de la mayoría de la gente, la que disponía de ellos, resultaba
menos importante tenerlos; pero desde finales de la década de 1950 los
regímenes comunistas crearon las condiciones ideales para una obsesión por los
artículos de consumo: hicieron mayores esfuerzos para difundirlos a su
alrededor, pero no produjeron lo suficiente para satisfacer la demanda.
La fascinación por los artículos de consumo
mostraba claramente que muchos ciudadanos soviéticos se estaban desplazando
ideológicamente a la órbita occidental. Las preocupaciones de los jóvenes
giraban en torno a la ropa y la música occidental; aunque los países
socialistas producían la misma ropa (a veces con marcas occidentales como
Marlboro o Levi-Strauss), solo se cotizaba la fabricada en el extranjero.
Sin embargo, no deberíamos exagerar el poder social
del consumismo: si el comunismo se vino abajo no lo derribó el vaquero de
Marlboro. Un estudio de las profesiones con mayor prestigio social en Hungría
—el país socialista donde más desarrollada estaba la economía de mercado—
mostraba que los empleos más apreciados eran los asociados con el conocimiento
(como el de
médico), mientras que el comercio o los elevados
ingresos lo eran mucho menos.[85]
Así pues, el interés por los bienes de consumo no
conllevaba necesariamente una actitud anticomunista. Los implicados activamente
en el mercado negro eran una minoría —se estima que rondaba el 15 por 100 en la
URSS— y generalmente se les consideraba un grupo peculiar, más materialista que
la gente corriente.[86] Y aunque la propaganda oficial criticaba sin descanso a
los jóvenes obsesionados por la ropa occidental, llamándolos holgazanes cuando
no cosas peores, los propios jóvenes no veían el mundo de forma tan maniquea,
en términos de blanco o negro. Los activistas más entusiastas de la Komsomol
también compraban vaqueros en el mercado negro, igual que los disidentes.
Lo mismo se puede decir de otro artículo importado
de Occidente, la música rock, aunque en este caso los comunistas tenían quizá
más motivos para preocuparse, ya que el rock estaba muy vinculado a las
rebeliones juveniles de la década de 1960 y sus canciones estaban a menudo
imbuidas de un romanticismo hedonista, tan hostil a los principios del
socialismo estatalista como al capitalismo tecnocrático. En algunos países el
rock se convirtió en un atributo abiertamente de oposición. El grupo Perfect
proporcionó la música de campaña para el movimiento polaco Solidarność a
principios de la década de 1980, y tras la invasión de Checoslovaquia el grupo
The Plastic People of the Universe era explícitamente disidente. Una de sus
canciones de 1973 incluía los siguientes versos:
¡Ten en cuenta tu kilo de paranoia!
¡Derroquemos la horrible dictadura!
¡Pronto! ¡Bebe, vive, vomita!
¡La botella, el golpe [Beat]!
Mierda en tu mano.[87]
Algunos miembros del grupo fueron detenidos y
juzgados, acusados de «extrema vulgaridad con un efecto antisocialista y
antisocial y enaltecimiento del nihilismo, la decadencia y el clericalismo».
Durante el juicio la defensa no negó su vulgaridad,
pero argumentó ingeniosamente que no hacían más que seguir el ejemplo de los
bolcheviques y de Lenin, citando su supuesta máxima de 1922: «la burocracia es
una mierda».[88] Aun así, no consiguió convencer al juez; los músicos fueron
encarcelados y su caso se hizo célebre y atrajo la atención internacional;
también condujo a la creación de la Charta 77, un grupo disidente decidido a
obligar al régimen a observar la ley y la Constitución, y cuyo miembro más famoso
era el autor teatral Václav Havel.
Pero la mayor parte de la música pop y rock no era
tan explícitamente anticomunista, y durante la década de 1970 la mayoría de los
regímenes del bloque soviético estaba dispuesta a tolerarla, aunque solo fuera
por la enorme cantidad de gente que escuchaba las emisoras de radio
occidentales. El Partido Socialista Unificado de Alemania oriental patrocinó el
«rock realista socialista», mientras que los soviéticos tenían sus propios
grupos políticamente correctos y anodinos como los Viesiolie Riebiata («Chicos Felices»),
cuyo nombre provenía de una comedia musical de 1934 de Grigori Aleksandrov. La
Komsomol confeccionó largas listas de grupos prohibidos. El grupo de heavy
metal Black Sabbath fue acusado de promover la «violencia» y el «oscurantismo
religioso», y Julio Iglesias fue calificado de «promotor del neofascismo».[89]
Sin embargo, lo que se podía deducir es que los demás grupos eran aceptables y
la propia Komsomol organizaba conciertos de rock. Alexei Yurchak cuenta que
Aleksandr, antiguo secretario de la Komsomol en una escuela y luego estudiante
en la Universidad de Novosibirsk, muy entregado al ideal comunista y al mismo
tiempo seguidor apasionado del rock progresivo pero también del grupo británico
de heavy metal Uriah Heep, escribió, como dándose importancia, a un amigo cuyo
profesor de filosofía había censurado el rock:
Dile a tu profesor de estética que uno no puede
contemplar el mundo circundante desde una posición prehistórica… The Beatles
constituyen un fenómeno sin precedentes cuyo impacto sobre la mente humana es
quizá comparable con el de los vuelos espaciales y la física nuclear.[90]
No había por tanto, necesariamente, una
contradicción entre el comunismo y la cultura popular moderna, pero los
partidos comunistas seguían reaccionando de una forma «prehistórica». Jruschov
y su generación habían llevado el comunismo al espacio y la era nuclear, pero
la modernidad se había movido y los envejecidos dirigentes comunistas parecían
«prehistóricos» en la misma medida que su política parecía conservadora.
VIII
«Me gusta la gente de derechas.» Así le dijo el nec
plus ultra del radicalismo comunista, Mao Zedong, al presidente estadounidense
Richard Nixon, notorio anticomunista, durante su cumbre en Beijing el 21 de
febrero de 1972. Nixon, de quien no se conoce ningún interés por la teoría,
proclamó a su vez su deseo de discutir «problemas filosóficos [sic]» con
Mao.[91] Dos años antes pocos habrían predicho aquel extraordinario
acercamiento entre el dirigente más radical del mundo comunista y el
«trastornado cacique del imperialismo estadounidense», como había llamado la
prensa china a Nixon.
Tan solo tres meses después, del 22 al 29 de mayo,
Nixon visitó Moscú para reunirse con el otro gran dirigente del mundo
comunista, Leonid Briezhniev. El día 26 ambos firmaron en un ambiente muy poco
revolucionario —la sala Iekaterina del Kremlin, una orgía arquitectónica de oro
y cristal— el tratado de Limitación de Misiles Anti-Balísticos (ABM) con el que
culminaba la primera serie de Conversaciones sobre Limitación de Armas
Estratégicas (Strategic Arms Limitation Talks, SALT) y un documento que esbozaba
unas nuevas bases para las relaciones soviético-estadounidenses.
La disposición de Briezhniev a firmar la paz estaba
en consonancia con su carácter y con los cambios que se habían producido en el
pensamiento soviético desde la crisis de los misiles en Cuba. Con aquella
distensión se alcanzó en 1972 gran parte de lo que pretendía Stalin en 1945: el
mundo quedaba formalmente dividido en esferas de influencia de las
superpotencias. Ahora que el Este y el Oeste estaban más igualados —al menos en
términos militares y geopolíticos—, Briezhniev había conseguido asegurar el reconocimiento
del imperio soviético en Europa oriental que Estados Unidos le había negado
durante tanto tiempo.
La reencarnación de Mao como pacificador era por
supuesto menos esperable; pero las vulnerabilidades estratégicas que afrontaban
él y Briezhniev eran similares, debilitados como estaban por los estallidos
revolucionarios de la segunda mitad de la década de 1960. Mientras que
Briezhniev trataba de estabilizar su bloque tras la Primavera de Praga de 1968,
Mao intentaba todavía restaurar el orden en China tras la Revolución Cultural y
se sentía preocupado por la amenaza militar de la URSS y de la India; tenía por
tanto buenas razones para «virar a la derecha».
Pero era Nixon el que tenía más razones para el
compromiso, ya que después de su aparente éxito en aplastar las revoluciones en
el Tercer Mundo desde mediados de los años sesenta, el poder estadounidenses se
veía desafiado por la resistencia en Vietnam. Como en 1945 —al igual que en
1919—, los hombres de estado que negociaban en grandes residencias y salas
palaciegas no podían imponer su voluntad al turbulento Sur; y para Washington
era aún más preocupante que sus enemigos en el Tercer Mundo hubieran encontrado
aliados en los propios campus universitarios y ciudades de Occidente. En 1968,
desde Washington a Estambul y desde París hasta Ciudad de México, los políticos
contemplaban con preocupación cómo una nueva generación de revolucionarios
tomaba las calles.
11
Marea alta
I
En marzo de 1968 se celebró en el Palacio Ras
Makonnen, cedido por el emperador Haile Selassie a la universidad que todavía
llevaba su nombre[*] un desfile de modas benéfico que suscitó gran tensión.
Había
sido organizado por Linda Thistle, una voluntaria del Cuerpo de Paz
estadounidense que realizaba actividades extracurriculares en la residencia de
chicas; un año antes se había celebrado otro desfile cuando una empresa
californiana les había donado creaciones del «Salon Exquisite» y «La
Merveilleuse», incluidas minifaldas que entonces estaban de moda. El desfile de
1967 había generado artículos críticos en la prensa estudiantil etíope; la
minifalda era un asunto especialmente controvertido. Aunque algunos de los
argumentos eran nacionalistas o africanistas —los desfiles de modas eran
«contrarios a las costumbres etíopes», un ««opio que ha contaminado Europa»—,
en aquellas denuncias también se podía apreciar un tono específicamente
marxista. De hecho, aquella retórica se había difundido mucho en los círculos
estudiantiles de la época. «El desfile de modas no es sino [… un] instrumento
del neocolonialismo… a fin de crear un mercado para los artículos de lujo
[occidentales]», tronaba un artículo.[2] Thistle
respondió a las críticas excluyendo las minifaldas
y transformando el acontecimiento en el primer desfile de moda africana del
continente, en el que solo se verían «tejidos africanos». Pero los estudiantes
radicales no se apaciguaron tan fácilmente. Algunos argumentaban que ningún
desfile de modas, por nacionalista que fuera, estaría justificado en un país
tan pobre; pero también se discutían cuestiones de género y de relaciones de
poder entre hombres y mujeres. Los varones veían el desfile como la demostración
de que las mujeres etíopes, seducidas por las costumbres y el modo de vida
decadente de Occidente, dejaban de lado cuestiones más serias como el debate y
el activismo político. Como explicaba uno de ellos, Wellelign Makonnen,
«nuestras hermanas se han lavado la cabeza con champú occidental… La filosofía
de la vida estadounidense no lleva a ningún sitio».[3]
La disputa desembocó finalmente en una pequeña pero
violenta manifestación. Alrededor de cincuenta encolerizados estudiantes
varones se reunieron en el exterior del palacio, insultando y abofeteando a las
mujeres, hostigando a los visitantes extranjeros, arrojándoles huevos podridos
y sacando a algunos de ellos a rastras de sus automóviles. Pronto llegó la
policía, los enfrentamientos se enconaron y la policía detuvo a varios
estudiantes radicales, incluido el director del periódico estudiantil Lucha. Las
autoridades universitarias —con el vicerrector de la American University en
Addis Abeba al frente— decidieron cerrar la institución. El marxismo y el
antiamericanismo se habían propagado palpablemente entre los estudiantes
etíopes desde hacía algún tiempo. Estados Unidos aparecía asociado con el
régimen cada vez más impopular de Haile Selassie, y un par de meses antes del
desfile de modas una ruidosa manifestación contra la guerra de Vietnam había
impedido al vicepresidente estadounidense Hubert Humphrey pronunciar una
conferencia ante los estudiantes.[4] Pero los acontecimientos de aquel día
señalaron la ruptura final entre el movimiento estudiantil y el régimen
imperial; muchos de aquellos estudiantes iban a desempeñar un papel central en
la revolución etíope de 1974.
Un par de semanas antes, en Nueva York, una joven
graduada de Berkeley, Dona Fowler, dio a conocer una declaración con sesenta y
seis firmas que defendía la minifalda y amenazaba montar piquetes ante los
grandes almacenes con pancartas en las que se exigiría «¡Abajo la Maxi!». Pero
aunque las conocidas de Thistle y de Fowler estuvieran tan encolerizados contra
la guerra de Vietnam y el «imperialismo estadounidense» como sus colegas
etíopes (y de hecho también utilizaban eslóganes marxistas), sus preocupaciones
inmediatas y su visión general de la política no podría haber sido más
diferente, ya que para Fowler y sus amigas la minifalda simbolizaba una
liberación personal y de género, un rechazo de la cultura disciplinada y
masculina que había prevalecido en Estados Unidos desde siempre y en particular
desde la segunda guerra mundial. Para Wellelign Makonnen, en cambio, esa prenda
potenciaba la actitud decadente que mantenía atrasada a Etiopía; lo que se
necesitaba era una disciplina rigurosa y no una liberación frívola. Unos y
otros jóvenes gritaban eslóganes marxistas, pero los de los etíopes, que se
remontaba al marxismo radical de finales de la década de 1920 en Rusia,
contrastaba notoriamente con el marxismo romántico más democrático de las y los
estadounidenses.
Durante el año 1968 salieron a flote toda una serie
de viejos resentimientos anunciando una nueva marea alta revolucionaria en todo
el mundo. Nunca antes había estado tan de moda —ni volvería a estarlo hasta
ahora— el vocabulario marxista, cuando activistas del Tercer Mundo se unieron a
los de Occidente para luchar contra el «imperialismo», el «racismo» y el
«paternalismo». El número de regímenes marxistas se multiplicó y el mapa del
comunismo mundial era más rojo que nunca. Pero bajo aquella aparente unidad, el
comunismo nunca había sido tan diverso ni había estado tan desunido. Durante un
decenio a partir de 1968 surgieron todo tipo de variedades, como si toda la
historia del movimiento se hubiera condensado en aquel decenio febril: desde el
estalinismo de finales de los años veinte renacido en África hasta el
radicalismo extremo de la Revolución Cultural china en Camboya; desde el
frentepopulismo con Allende en Chile hasta el
romanticismo marxista de los soixante-huitards; y desde un eurocomunismo casi
socialdemócrata en Italia y Francia hasta la guerra de guerrillas inspirada por
el Che Guevara en Nicaragua.
Pero la sensación de liberación romántica y
democracia radical despertada por 1968 se demostró efímera. Aunque la derrota
de la superpotencia estadounidense en Vietnam potenció toda una serie de
fuerzas políticas y sociales radicales, Estados Unidos y sus aliados
reaccionaron pronto y mientras los movimientos y regímenes comunistas se veían
inmersos en la rivalidad entre las grandes potencias y la nueva guerra fría, la
política de las manifestaciones de protesta, los grupos de discusión y las
comunas hippies daba paso a las ametralladoras, bombas y granadas. La «zona de
paz» en el Tercer Mundo de la que hablaba Jruschov se convirtió en un campo de
batalla sangriento.
II
Durante el verano de 1964, alrededor de un millar
de estudiantes estadounidenses de las universidades del Norte —la mayoría de
ellos blancos— viajaron al estado sureño de Mississippi respondiendo a la
campaña del Comité de Coordinación de Estudiantes No-Violentos (SNCC) contra la
segregación racial todavía prevaleciente. Durante el «Verano de Mississippi»
aquellos estudiantes vivieron en comunas —«Casas de la Libertad»— o con
familias negras, registraron votantes y dieron clases en las «Escuelas de la Libertad».[5]
Aquella actividad tan ferviente recordaba el movimiento «Acercarse al Pueblo»
de los jóvenes idealistas rusos en 1874; pero a diferencia de los populistas
agrarios rusos, aquellos estudiantes estadounidenses se unían a un movimiento
de base ya arraigado y sus relaciones con los afroamericanos de los lugares que
visitaban eran buenas. Sin
embargo, al igual que a sus antecesores rusos les
esperaba la represión. Diez días después de llegar, tres de aquellos
estudiantes fueron golpeados a muerte por los segregacionistas (ayudados por la
policía local) y muchos más recibieron palizas y malos tratos.[6]
El Verano de Mississippi fue una experiencia
radicalizadora para todos los que participaron en ella; por eso un grupo de
estudiantes de Berkeley reaccionó encolerizado al descubrir a su regreso que
las autoridades universitarias habían prohibido que siguieran utilizando el
terreno donde antes ponían sus tenderetes y distribuían sus panfletos. Cuando
llegó la policía para hacer respetar la prohibición, un estudiante, Mario
Savio, inició una «sentada» ante el automóvil policial, técnica utilizada en
las manifestaciones del Sur por los derechos humanos. Los intentos de las
autoridades de castigar a Savio provocaron que el recientemente constituido
«Movimiento por la Libertad de Expresión» (Free Speech Movement, FSM)
organizara sentadas y manifestaciones masivas en las que participaron más de 10
000 de los 27 000 estudiantes de la universidad. Aquellos notables
acontecimientos se convirtieron en un modelo rápidamente imitado en otras
protestas estudiantiles, convirtiéndose Berkeley, en cierto sentido, en foco de
una serie de rebeliones (o incluso «revoluciones») que se extendió a toda
América del Norte y Europa e incluso más allá, a la que se conoce genéricamente
como «1968».
El movimiento estudiantil de Berkeley, como sus
predecesores ruso y chino, impugnaba la desigualdad legalmente instituida —en
este caso étnica— y las estructuras de poder paternalistas, y en particular la
universitaria. Savio vinculaba explícitamente los derechos civiles y la
política universitaria en un discurso pronunciado en 1965:
En Mississippi impera una minoría autocrática y
poderosa mediante la violencia organizada con la que reprime a la gran mayoría
prácticamente impotente. En California la minoría privilegiada manipula la
burocracia universitaria para impedir que los estudiantes se expresen
políticamente. Esa burocracia «respetable» es el eficiente enemigo en un nuevo
«Mundo Feliz».[7]
El lenguaje de Savio era llamativamente radical,
pero hasta la manifestación de 1964 no se le conocía como una persona
especialmente politizada. Como italo-americano —uno de los grupos étnicos tan
eficazmente movilizados en la cruzada anticomunista— gozaba de los beneficios
del estado del bienestar presidido por Truman y Eisenhower. También estaba
inscrito en una universidad (o «multiversidad», como prefería que se la
conociera) dedicada a la investigación tecnológica —en parte militar— y que
abogaba por la movilidad social, al menos para los estadounidenses blancos.
Berkeley era por tanto un ejemplo típico de las muchas universidades,
especialmente en el mundo occidental, que se habían expandido rápidamente y
ahora muchos de sus estudiantes provenían de familias bastante modestas sin
acceso anteriormente a la enseñanza superior; y como los estudiantes de primera
generación en Rusia durante las décadas de 1860 y 1870, no siempre les gustaban
las normas educativas jerárquicas y a veces alienantes que en ella encontraban.
Como recordaba un estudiante, «realmente veíamos a Berkeley como una fábrica.
Las aulas eran inmensas y parecía imposible acercarse a los profesores, tan
distantes desde su tarima».[8]
Últimamente es frecuente considerar ingenuas y
autocomplacientes las rebeliones estudiantiles de los años sesenta, pero sea
cual sea nuestra opinión sobre sus objetivos no debemos subestimar su
importancia histórica, ya que al igual que sus predecesores románticos,
aquellos estudiantes expresaban un cambio fundamental en la concepción del
mundo. Los estudiantes occidentales de los años sesenta y setenta se rebelaban
contra todos los «padres», ya fuera en el hogar, en el universidad o en el
estado. Desde las comunidades esencialmente fraternales en que se desarrollaba
la vida estudiantil, los jóvenes cuestionaban las jerarquías y la autoridad
tradicional, desafiando las actitudes prevalecientes hacia las mujeres y los
gays y experimentando nuevas formas de vida doméstica en las comunas
hippies,[9] al tiempo que los movimientos feministas y homosexuales desafiaban
la actitud patriarcal tradicional. Su propuesta
tenía como centro una forma participativa de democracia. Buena parte de aquella
rebelión era consecuencia de un cambio fundamental en la situación de los
jóvenes desde la década de 1950. Su mejor situación económica y la autonomía
que les prometía la educación superior les hacía sentirse más independientes y
seguros de sí mismos que en el pasado.
Además, como ilustraba la comparación de la
universidad con una «fábrica», la crítica de la discriminación de género,
étnica y generacional podía convertirse pronto en un ataque más general a lo
que algunos llamaban «estado del bienestar y de guerra» (warfare-welfare
state), juzgando que los estados occidentales, aunque no tan reglamentados como
sus homólogos de la esfera soviética, exigían un nivel intolerable de
disciplina social. Las fábricas estaban gobernadas por la producción «fordista»
y las empresas se habían agigantado y jerarquizado convirtiéndose en
monstruosas productoras de alienación. En la inmediata posguerra, cuando muchos
temían la subversión estalinista y aceptaban la necesidad de reconstruir
rápidamente las economías y sociedades semidestruidas por la guerra, esa
disciplina había parecido defendible; pero al igual que en el bloque soviético,
una vez que la amenaza real de guerra se había mitigado, los jóvenes estaban
menos dispuestos a someterse a aquella coerción, para la que la compensación
del bienestar y los artículos de consumo parecía insuficiente. Como escribía
Barbara Garson, directora del periódico del FSM: «Mucha gente comenzaba a
pensar: “Quiero hacer algo con mi vida. No quiero ser un instrumento dócil al
servicio de los beneficios empresariales”».[10]
Así pues, en determinados aspectos decisivos, el
movimiento estudiantil occidental difería de sus predecesores ruso y chino:
desconfiaba de la propia tecnología, maquinaria y modernidad organizativa que
aquellos tanto admiraban. De hecho se oponían a un aspecto fundamental del
proyecto prometeico, algo quizá no tan sorprendente, dado que no juzgaban
«atrasada» su sociedad y no
les interesaba la competencia internacional. En
cierta forma las protestas de mediados de la década de 1960, con sus ataques a
los padres «imperialistas» y «militaristas» por parte de sus hijos e hijas
rebeldes, estaban más cerca de los dadaístas y su ridiculización de las
convenciones en la época de la primera guerra mundial que de Chernishevski y Lu
Xun. Los situacionistas europeos de los años cincuenta y sesenta reconocían
aquella deuda. Convencidos de que en el fondo los hombres y mujeres occidentales
estaban «alienados» por una sociedad de consumo filistea, creían que la
provocación los sacaría de su complacencia aletargada ante el «espectáculo» que
vaciaba de todo contenido la sociedad.[11][*] El principal teórico de la
Internacional Situacionista, Guy Débord, insistía en que las «revoluciones
proletarias» tenían que ser «fiestas» basadas en el «juego» y la aceptación del
«deseo sin límites».[12] El libro de Débord La Societé du spectacle, publicado
a finales de 1967, se convirtió en uno de los evangelios de los estudiantes
revolucionarios europeos.
Pero tal como había sucedido durante la primera
guerra mundial, la frustración esencialmente estética por el filisteísmo
burgués se convirtió en un romanticismo más político, que incluía poderosas
influencias marxistas. De hecho dio lugar a la resurrección del marxismo de
Lukács y la escuela de Frankfurt. Herbert Marcuse, una de sus lumbreras antes
de la guerra, emigrado de Alemania a Estados Unidos en 1934, se iba a convertir
en fanal filosófico de la rebelión estudiantil de 1968. Con su One-Dimensional
Man, publicado en 1964, pretendía restablecer la visión del mundo marxista
romántica, combinada ahora insólitamente con la freudiana. Marcuse argumentaba
que el capitalismo moderno rebosaba de una racionalidad tecnocrática que había
fusionado el «estado del bienestar» con el «estado de guerra» para dar lugar a
una «sociedad de movilización total». El consumismo e instituciones jerárquicas
como las grandes corporaciones, los ejércitos y los partidos políticos habían
generado una «mecánica de la conformidad» que alienaba a la gente y suprimía su
autonomía al
tiempo que los aspectos genuinamente placenteros,
creativos y eróticos de la vida habían quedado proscritos.[13] En el rechazo
marcusiano del marxismo modernista de la planificación y la racionalidad se
constata un renacimiento de los falansterios de Fourier y del «joven Marx»
romántico.[*] Y dado su rechazo de la síntesis soviética entre modernidad y
revolución, no cabe extrañarse de que Marcuse condenara el comunismo soviético
tan enérgicamente como el capitalismo. Para él ambos eran herederos del nazismo
en cuanto órdenes «totalitarios» gobernados por despiadadas élites
tecnocráticas.
La profunda desconfianza de Marcuse en la
tecnología y la ciencia y su visión del nazismo, el capitalismo industrial y el
comunismo soviético como manifestaciones de un mismo síndrome «totalitario»
caracterizaron la política y la cultura de la izquierda romántica de los años
sesenta. Los padres dominantes, los nazis y la bomba atómica aparecían
entrelazados vívidamente en la poesía de la estadounidense Sylvia Plath, y
estaban igualmente presentes en las películas de Stanley Kubrick. La figura del
Dr. Strangelove — interpretado magistralmente por Peter Sellers— en su película
satírica de 1964 «How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb» («¿Teléfono
rojo? Volamos hacia Moscú») englobaba en un solo personaje todos esos temas: un
científico de origen alemán cuyo brazo mecánico se alza constantemente en un
involuntario saludo nazi, se ha convertido en asesor nuclear del presidente
estadounidense.[14] En 2001: A Space Odyssey, estrenada en 1968, el progreso
tecnológico se muestra como una fuerza siniestra que conduce a la violencia
bajo la forma del ciclópeo ordenador asesino HAL 9000.[15] El más famoso
discurso de Mario Savio en las asambleas de Berkeley estaba imbuido de esa
retórica romántica:
Llega un momento en que el funcionamiento de la
máquina se te hace tan odioso, te angustia tanto, que no puedes seguir formando
parte de ella, ni siquiera tácitamente, y tienes que echar lo que tengas a mano
sobre los engranajes, sobre las ruedas, sobre las palancas, sobre todo el
aparato, para conseguir frenarlo.[16]
Pero Marcuse solo era el más destacado de los
pensadores de la «Nueva Izquierda» —un grupo heterogéneo, entre los que cabe
destacar el sociólogo estadounidense C. Wright Mills, el historiador británico
E. P. Thompson y el intelectual ex trotskista griego Cornelius Castoriadis.[*]
Al adoptar la etiqueta de «Nueva Izquierda», se posicionaban deliberada y
conscientemente contra la «vieja» izquierda, tanto socialdemócrata como
comunista soviética, a la que objetaban su obsesión por la jerarquía y la
organización del partido, defendiendo en su lugar la discusión libre y la
democracia participativa; pero el conflicto entre Vieja y Nueva Izquierda se
refería fundamentalmente a las cuestiones de igualdad y poder, ya que para los
pensadores de los años sesenta no bastaba con la igualdad económica (como para
la vieja izquierda), sino que era más importante aún un cambio de las
relaciones de autoridad, una revolución cultural y el final de toda forma de
jerarquía. Como explicaba Gregory Calvert, presidente en 1966-1967 de la
organización estadounidense de la nueva izquierda Estudiantes por una Sociedad
Democrática (SDS), «el movimiento de masas revolucionario no se construye sobre
el deseo de adquisición de bienes materiales… Los movimientos revolucionarios
son luchas por la libertad nacidas de la percepción de las contradicciones
entre la potencialidad humana y la realidad opresiva».[17]
Esta oposición al marxismo «economicista» estaba
estrechamente relacionada con la desilusión con respecto a la clase obrera
industrial, que los radicales creían que se había dejado comprar (al menos en
Europa occidental y septentrional y en Estados Unidos) por el «estado del
bienestar y de guerra». Los nuevos revolucionarios tenían que construir una
alianza de los grupos que sufrían discriminación legal, política o racial en un
mundo dominado por el imperialismo estadounidense: una alianza de estudiantes,
afroamericanos, revolucionarios del Tercer Mundo, mujeres y homosexuales. Como
escribía Wright Mills en su «Carta a la nueva izquierda» de 1960:
Olvidad el marxismo victoriano [esto es,
kautskiano], excepto cuando lo necesitéis; y leed a Lenin de nuevo (con
cuidado), y también a Rosa Luxemburg…
Sea lo que sea, no es [utópico]. Decídselo a los
estudiantes japoneses. Decídselo a las sentadas de los negros. Decídselo a los
revolucionarios cubanos. Decídselo a la gente del bloque de naciones
hambrientas.[18]
A principios de la década de 1960 algunos
intelectuales y activistas estadounidenses veían cierta relación entre la lucha
por los derechos civiles de los afroamericanos en su país y las luchas de
liberación antiimperialistas en el Tercer Mundo. Pero con la escalada de la
guerra de Vietnam en 1965 esa conexión se hizo obvia. Al duplicarse el
reclutamiento obligatorio, los estudiantes se radicalizaron, como no podía ser
de otra manera. Aunque la incorporación a filas se podía demorar, evitarla
indefinidamente resultaba a menudo difícil. Las protestas comenzaron en las
universidades en 1965, y los profesores más radicales comenzaron a cancelar las
clases normales y a organizar «teach-ins» del estilo de las Escuelas de la
Libertad de Mississippi, esto es, seminarios sobre la guerra que duraban todo
un día. Un miembro del SDS recordaba lo influyente que llegó a ser la
concepción de la nueva izquierda de una alianza entre estudiantes, negros y
vietnamitas:
1965 fue para mí el año en que se puso de
manifiesto la relación entre toda aquella retórica de los valores
estadounidenses y lo que realmente estábamos haciendo, esto es, la conexión
entre los derechos civiles y la guerra de Vietnam. Mantener sometida a una gran
minoría en el país y bombardear hasta hacerla retroceder a la edad de piedra a
una población campesina de otra raza y otra cultura en el extranjero.[19]
El vocabulario antiimperialista radical se fue
haciendo cada vez más dominante en el SDS. Como recordaba otra activista del
SDS, Cathy Wilkerson, quien más tarde se incorporaría a la organización
terrorista de los Hombres del Tiempo (Weather Underground Organization, WUO),
fue en aquel momento cuando la guerra de Vietnam y una percepción de la
persistente desigualdad económica la llevaron de la fe en la democracia a la
idea de que «podríamos barrer nosotros mismos el viejo gobierno», y de que «ese
“barrido”
no se podría llevar a cabo sin lucha, dada la
naturaleza violenta de nuestro gobierno».[20] En 1967 la dirección del SDS
—aunque no siempre los miembros de base— optó por el marxismo revolucionario,
ya que, como explicaba Carl Oglesby, «no había —ni hay— ninguna otra filosofía
coherente, integradora y explícita de la revolución».[21]
En el movimiento por los derechos civiles se estaba
produciendo una radicalización parecida. La guerra de Vietnam provocaba un
doble resentimiento, al desviar los recursos de los programas sociales a la
guerra, al tiempo que una proporción mucho más alta de negros que de blancos
tenía que incorporarse a filas. La estrategia no violenta de Martin Luther
King, que tan buenos resultados estaba dando en el Sur, no tenía eco entre los
jóvenes radicales de las ciudades del Norte, donde estallaron violentos disturbios
en el verano de 1967.[22] Una nueva generación de políticos del Black Power
(«Poder Negro») recurría a la retórica de los guerrilleros comunistas y en
particular al exaltado tercermundismo del revolucionario de origen martiniqués
Franz Fanon. Uno de los portavoces más carismáticos del Poder Negro, Stokely
Carmichael, hablando en Londres en 1967, citó a Fanon y al Che Guevara en un
canto de alabanza a la violencia revolucionaria, añadiendo que:
Pretendemos incrementar la conciencia
revolucionaria del pueblo negro de Estados Unidos para que se una con el Tercer
Mundo. Que se utilice o no la violencia no es algo que decidamos nosotros, sino
el Occidente blanco… No vamos a volver a inclinar la cabeza ante ningún blanco.
Quien agreda a un negro en Estados Unidos va a tener que enfrentarse a todos
los negros de Estados Unidos.[23]
La rebelión también se extendió al «imperio por
invitación» estadounidense en Europa occidental. La rabia por los bombardeos
estadounidenses en Vietnam era algo determinante en todas las manifestaciones y
protestas estudiantiles, sobre todo desde el momento en que las pantallas de
televisión comenzaron a llenarse de imágenes de la violencia aerotransportada.
La oposición a la
guerra aumentó rápidamente en los países cuyo
gobierno apoyaba los bombardeos, como el de Gran Bretaña. Un estudiante
británico recordaba: «Estaba el bombardeo y su implacabilidad… Creo que ahora
la gente probablemente no comprende aquello, pero era terrible. Todo el
progreso alcanzado se estaba utilizando para destruir… Mis sentimientos eran
tan intensos que temí que se desencadenara mi propia violencia».[24] Los
gobernantes europeos comenzaron a cuestionarse su apoyo a Estados Unidos. De
Gaulle se negó a contribuir a las operaciones de la OTAN y el gobierno
británico declaró que las dificultades financieras le obligarían a reducir su
contingente de tropas en Europa.
En Estados Unidos nunca se produjo, por supuesto,
una revolución marxista, pero 1968 le dio una idea de lo que podía llegar a
ser. Tanto dentro como fuera, oleadas de rebelión inspiradas en parte en el
nacionalismo étnico y en parte en diversas variantes del marxismo, amenazaban
el imperium estadounidense. El presidente Johnson, enfrentado a los
«guerrilleros» no solo en Vietnam sino también en las propias ciudades
estadounidenses, estaba decidido a mantener el bienestar (welfare) en el país y
la guerra (warfare) en Vietnam, pero como en tantos otros imperios del pasado,
la combinación de la agitación interna, las derrotas en el extranjero y la
codicia financiera provocaron una crisis.
La derrota (parcial) que se produjo en Vietnam tuvo
gran importancia simbólica. Johnson, convencido de que la reunificación del
país bajo la potestad comunista socavaría la credibilidad estadounidense y
alentaría a los aliados de Moscú y Beijing en todo el mundo, decidió a mediados
de 1964 incrementar sustancialmente los bombardeos sobre Vietnam del Norte y la
presencia de tropas estadounidenses sobre el terreno. En cierto modo tenía
razón: la guerra de Vietnam era decisiva para la evolución de los conflictos de
la guerra fría, y el éxito estadounidense en 1954-1955 al imponer a su peón Ngo
Dinh Diem en Vietnam del Sur[*] y mantener la división del país había
efectivamente frenado el avance de los partidarios de Moscú y Beijing en el
Tercer Mundo durante algún tiempo. Sin
embargo, como argumentaban sus críticos, al
«americanizar» el conflicto Johnson había elevado peligrosamente la apuesta. La
predicción del subsecretario de Estado George Ball de que una derrota militar
tendría consecuencias mucho peores para la credibilidad estadounidense que un
compromiso de paz, se demostró profética.[25] Moscú y Beijing, aunque al
principio parecían pesimistas con respecto a las posibilidades de los
comunistas vietnamitas, decidieron hacer frente a la ofensiva militar
estadounidense y volcaron dinero y armas en el conflicto. El resultado fue un
equilibrio inestable, si bien los bombardeos y la destrucción de los bosques
con defoliantes químicos no hacía más que empujar a más survietnamitas en
brazos del Vietcong.
En enero de 1968, en lo que se conoció como la
«ofensiva del Tet» por el nombre vietnamita de la festividad del Año Nuevo, 67
000 soldados del Frente Nacional de Liberación (FNL) y del ejército de Vietnam
del Norte atacaron las principales ciudades del sur. Fue de hecho una misión
suicida en masa, y aunque finalmente fueron derrotados, las imágenes
transmitidas por los medios de los combatientes comunistas atacando la embajada
estadounidense en Saigón fueron profundamente humillantes para Washington y envalentonaron
a los radicales de izquierda del mundo entero. Como recordaba un estudiante de
Berlín occidental:
Aquel acontecimiento que sacudió el mundo me
permitió imaginar lo que podía haber sido la revolución rusa para la gente con
ideales socialistas. Allí, junto a la embajada estadounidense en Saigón, se
luchaba casa por casa, mientras que en Hue se enarbolaba la bandera del FNL. Se
decía que eran los estudiantes los que se habían apoderado de la ciudad. No
cabía duda: estaba amaneciendo la revolución mundial.[26]
El gobierno de Johnson estaba atónito. El
secretario de Defensa, Clark Clifford, recordaba que «se produjo, durante un
breve momento, algo que se parecía a la parálisis, y se palpaba que los
acontecimientos estaban escapando al control de los dirigentes de la
nación».[27] En el gobierno se abrió una grieta: los militares pedían más
tropas mientras que Clifford y otros querían salir de allí
cuanto antes. Más importante aún fue que los
inversores comenzaron a perder su fe en la capacidad de Washington para
financiar la guerra y que en marzo el dólar sufrió una fuerte caída al
producirse una huida en masa. El sistema de Bretton Woods que encadenaba el
dólar al oro se veía amenazado.
Johnson se vio obligado a un repliegue parcial. La
guerra siguió, pero el 31 de marzo anunció que se había acabado la escalada:
redujo la frecuencia y alcance de los bombardeos, rechazó la sugerencia del
general Westmoreland de enviar otros 200 000 soldados y en mayo se iniciaron
conversaciones de paz en París. Por otra parte, se vio obligado aceptar que el
sistema de Bretton Woods, y con él en la hegemonía económica de la que Estados
Unidos había disfrutado desde 1945, era insostenible. El deterioro de la preeminencia
del dólar trajo consigo el de la legitimidad del poder global estadounidense,
tanto en el interior como en el exterior. Durante la primavera y el verano de
1968 aumentaron notablemente el número y la virulencia de las protestas
antiestadounidenses en todo el mundo al percibir su debilidad; en los propios
Estados Unidos el asesinato de Martin Luther King en marzo provocó disturbios
en 126 ciudades, y en agosto la manifestación estudiantil ante la Convención
del Partido Demócrata en Chicago fue reprimida brutalmente por la policía.
Fuera de Estados Unidos, en su esfera de influencia
occidental, la guerra de Vietnam y el «imperialismo estadounidense» (junto a
cuestiones más convencionales sobre el funcionamiento de la universidad) se
convirtieron en los principales motivos de las manifestaciones estudiantiles.
Los estudiantes hacían frente a la policía en París, Roma, Tokio, Berlín
occidental, Ciudad de México… Pero aquellas sublevaciones también planteaban
cuestiones nacionales específicas. En países con un pasado nazi o fascista — Alemania
e Italia— los estudiantes exigían una investigación sobre los crímenes de la
anterior generación, que en su opinión se habían encubierto. En el sur de
Europa los obreros desempeñaron un papel decisivo en las revueltas.[28] En
otros lugares, la retórica de los
derechos civiles se combinó con el marxismo radical
para alimentar las protestas nacionalistas. En Bélgica los estudiantes
protestaban contra el predominio del francés en las universidades flamencas. En
Irlanda del Norte una amplia alianza de republicanos liberales, católicos y
marxistas desafió el dominio británico protestante, tomando como ejemplo la
lucha por los derechos civiles en Estados Unidos; se fue haciendo más radical a
medida que se intensificaba la represión, y en 1969 los marxistas republicanos
se hicieron con la dirección del movimiento por los derechos civiles,
convirtiéndolo en una lucha contra el imperialismo.
Pero en todas partes, fueran cuales fueran las
especificidades locales, las movilizaciones se inspiraban en un marxismo
participativo y romántico explícitamente opuesto al marxismo soviético
(especialmente cuando había pasado tan poco tiempo desde la invasión soviética
de Checoslovaquia). Al Che Guevara se le unía ahora Ho Chi Minh en el empíreo
de los héroes de la izquierda, aunque su principal mérito fuera su desafío a
Estados Unidos y la gente supiera bien poco de su pensamiento político. Stalin,
en cambio, había quedado definitivamente excluido.
La consecuencia inmediata de la revolución cultural
de 1968 y de la ofensiva vietnamita fue el arrinconamiento de varios gobiernos
y políticos occidentales: Lyndon Johnson anunció que no presentaría su
candidatura para un nuevo período presidencial; el gobierno belga cayó en
febrero; y en Francia una huelga general durante dos semanas amenazó seriamente
al presente De Gaulle y obligó al primer ministro Pompidou a acordar con los
sindicatos un aumento del 35 por 100 del salario mínimo. Pero las repercusiones
a largo plazo de aquella serie de revueltas fueron más profundas: señalaron el
rechazo de la juventud occidental al control del Sur global, al tiempo que
dieron lugar a una apreciable subida salarial que socavó el orden económico
establecido en Bretton Woods. La revolución de los soixante-huitards señalaba
de hecho el comienzo del fin del orden establecido tras la segunda guerra
mundial.[29]
Sin embargo, en ningún país consiguieron las
movilizaciones de 1968 una alteración sustancial de las relaciones de poder,
debido en gran medida a la heterogeneidad de sus objetivos. Entre los
estudiantes —preocupados por democratizar la vida cotidiana— y los obreros —a
menudo más preocupados por sus reivindicaciones económicas— no resultaba fácil
forjar alianzas duraderas, a lo que se añadía la desconfianza inherente a la
nueva izquierda hacia los políticos «burocráticos» convencionales; al repudiar
el instrumento organizativo tradicional —el partido de vanguardia—, no
consiguió desarrollar programas coherentes ni mantener sus victorias políticas.
A corto plazo, las convulsiones de 1968 propiciaron
victorias electorales de la derecha. Las elecciones en Francia supusieron una
abrumadora victoria para De Gaulle, y en Estados Unidos el republicano
ultraconservador Richard Nixon obtuvo la presidencia prometiendo combatir la
«lucha revolucionaria para apoderarse de las universidades de este país».[30]
Occidente había experimentado una crisis revolucionaria parecida a las
revoluciones fracasadas de 1789-1815, 1848 y 1918-1919; y tal como entonces se
produjo a continuación un pronunciado giro a la derecha; pero todavía tenía que
pasar cierto tiempo antes de que se pudiera dar por restaurado el orden
anterior.
En la izquierda radical, las derrotas posteriores
al verano de 1968 motivaron una reconsideración del proyecto revolucionario.
Algunos decidieron que la nueva izquierda era demasiado democrática en tiempos
tan violentos y surgieron partidos más radicales de extrema izquierda,
principalmente maoístas y trotskistas,[31] cuyas características variaban de un
lugar a otro. Algunos, como la Gauche Prolétarienne (Izquierda Proletaria)
maoísta, entre cuyos simpatizantes se encontraba parte de la crema de la intelectualidad
francesa, como Jean-Paul Sartre, el filósofo Michel Foucault o el cineasta
Jean-Luc Godard, eran relativamente descentralizados.[32] Daniel Singer, judío
polaco instalado en
Francia desde 1958 y que pudo observar de cerca los
événements parisienses de 1968, describía así el atractivo de los maoístas:
En los jóvenes maoístas hay algo de los narodniki
rusos [populistas agrarios de la década de 1870]. Aquellos predicaban entre los
campesinos; estos de ahora se dirigen a los obreros a fin de Servir le Peuple,
por citar el nombre de su periódico.[*] Las citas del pequeño libro rojo y el
culto a Mao no eran los medios ideales para atraer a los estudiantes críticos,
pero estos se veían atraídos por la Revolución Cultural china, su mensaje
antiburocrático y sus llamamientos a la juventud. Su entusiasmo ideológico y
abnegación personal permitieron a los jóvenes maoístas arraigar entre los
estudiantes universitarios y de los institutos.[33]
Sin embargo, los maoístas solían apreciar la
organización y la disciplina aún más que los trotskistas. Aquella obsesión
marxista radical por la coherencia y la unidad ideológica dio lugar a infinitas
escisiones y disputas —excepcionalmente satirizadas por Monty Python en The
Life of Brian (1979) con la absurda rivalidad entre el Frente Popular Judío, el
Frente Popular de Judea, el Frente Popular del Pueblo de Judea y el Frente
Popular Judaico, con un solo militante.[34] Pero si bien proliferaron los grupúsculos
diminutos, la extrema izquierda era sorprendentemente popular en algunos
países. En Italia había casi cien mil activistas y en Alemania las encuestas
mostraban que el 30 por 100 de los estudiantes de enseñanza secundaria y
universitarios simpatizaban con ideologías comunistas, sobre todo de la
variedad de la Nueva Izquierda o la extrema izquierda.[35]
La misma convicción de que la democracia
participativa de la Nueva Izquierda había fracasado propició la transición a
una política más radicalizada de clandestinidad y terrorismo. Si los
vietnamitas habían obtenido sus victorias mediante un partido marxista-leninista
disciplinado y la fuerza militar, ¿no sería esa la estrategia adecuada también
en Occidente? Así pensaban al menos los Weathermen (Hombres del Tiempo), cuyo
nombre provenía de una canción de Bob Dylan («no hay que ser meteorólogo para
saber en qué dirección sopla el viento») y que se escindieron del SDS en 1969.
Cathy Wilkerson recordaba el razonamiento que los
acercó al marxismo-leninismo más radical, y era que «la democracia popular
puede ser un lujo que tenemos que olvidar hasta que el mundo se convierta en un
lugar más pacífico».[36] Los Weathermen se entrenaban en artes marciales y se
sometían a sesiones de autocrítica del tipo maoísta. El «americong», como ellos
mismos se llamaban, pretendía «traer la guerra a casa» con violentos disturbios
y bombas.
Pero aquellos extremistas eran muy pocos,
especialmente en Estados Unidos, aunque tuvieron más éxito en otros lugares. En
Irlanda del Norte el Ejército Republicano Irlandés «Provisional» se escindió
del ala «Oficial», más inclinada a la construcción de un partido marxista
tradicional, decidiendo que había llegado el momento de lanzarse a la lucha
armada por una Irlanda unida; en Francia la Izquierda Proletaria también
constituyó un pequeño brazo armado. Pero el suelo más fértil para el terrorismo
estaba en Alemania occidental e Italia, donde contaba con el argumento de que
el aparato estatal estaba plagado de antiguos nazis y fascistas.
En
ambos países los terroristas provenían en gran medida de la clase media
instruida y entre ellos había una alta proporción de mujeres. El grupo alemán
más destacado fue la Rote Armee Fraktion (Fracción del Ejército Rojo, RAF),
comúnmente llamada «banda Baader-Meinhof» por el carismático y agresivo Andreas
Baader y la muy conocida periodista de izquierdas Ulrike Meinhof. Esta última,
que provenía de una familia antinazi, se había incorporado previamente, en
1958, al ilegal KPD, alineado con la República Democrática Alemana, creyendo
que era el que mejor encarnaba la tradición antifascista, antes de optar
finalmente por la nueva izquierda.[38]
Pero la cuestión más acuciante no era la
persistencia real o supuesta del nazismo en Alemania occidental sino la actitud
de los gobernantes de la República Federal hacia los regímenes apoyados por
Estados Unidos en el Tercer Mundo; y cuando en junio de 1967 el estudiante
Benno Ohnesorg fue asesinado por la policía durante
una manifestación contra la visita del Shah de Irán
ambos temas convergieron. A partir de 1970 la RAF inició una campaña de
terrorismo urbano que prosiguió hasta la detención de la mayor parte de sus
miembros en junio de 1972. Aun así, desde la prisión de Stammheim los miembros
de la RAF consiguieron reclutar y organizar una Segunda Generación que cometió
diversos atentados entre 1975 y 1979. A pesar de su escaso número, la RAF
gozaba de un apoyo público notable, casi de la cuarta parte de los alemanes occidentales
de menos de treinta en 1971, y el 14 por 100 se manifestaban dispuestos a
ayudarles activamente.[39]
Los grupos terroristas italianos eran más
numerosos, amplios y arraigados en la sociedad. Al igual que los alemanes,
creían que no hacían más que reanudar la resistencia de los partisanos durante
la guerra contra un estado semifascista. Se cree que el atentado con bomba en
la Piazza Fontana de Milán, el 12 de diciembre de 1969, en el que murieron
diecisiete personas, fue la respuesta de la extrema derecha al autunno caldo
(«otoño caliente») que sacudió todo el norte de Italia, y que su autor fue
algún grupo neofascista integrado en la red Gladio organizada por la CIA para
justificar un golpe de estado; aquella masacre sirvió de pretexto para una dura
represión contra los círculos radicales, pero también, en palabras de la ex
terrorista Susanna Ronconi, «supuso para mí un giro decisivo al cerrar el
círculo (que hasta entonces me había parecido abierto) entre las instituciones,
el estado y la [extrema] derecha».[40]
La agitación obrera, que en la Europa meridional se
integró mucho más en «1968» que en la septentrional o en Estados Unidos, le
dio, pues, una oportunidad a la extrema izquierda italiana. En Italia la oleada
de huelgas que culminó con el autunno caldo duró dos años. No se trataba
únicamente de reivindicaciones salariales, sino también de participación
igualitaria y autogestión; los jóvenes obreros emulaban a los estudiantes en la
exigencia de una democracia participativa y obtuvieron importantes concesiones
de la patronal, principalmente la elección de consejos de fábrica. A partir de
aquella radicalización obrera y de las provocaciones neofascistas
nacieron en 1970 las Brigate Rosse («Brigadas
Rojas», BR) y otros grupos terroristas italianos;[41] y aunque la represión a
mediados de la década los obligó a una clandestinidad estricta, también se
hicieron más violentos y más eficaces en la desestabilización del estado.
Italia estaba sufriendo un declive económico, pero
no era la única en cuanto al serio deterioro de las relaciones laborales y la
agitación obrera. Los disturbios de 1968 en Francia tuvieron tanta repercusión
porque los obreros se unieron a los estudiantes en una huelga general que duró
dos semanas. La menor autoridad de los gobiernos a partir de entonces
envalentonó a los obreros de toda Europa y de Estados Unidos, pero había otras
razones para su combatividad. El pleno empleo en algunos países y la inflación
posterior a 1968 les dio poder, pero además estaba llegando a la madurez una
nueva generación obrera, más radical. En toda la Europa occidental las empresas
habían invertido en nuevas fábricas durante las décadas de 1940 y 1950,
aprovechando el bajo precio de la mano de obra inmigrante, ya viniera del sur
de Europa en el caso de los países del noroeste, o del campo en el caso de la
propia Europa meridional. Pero como suele suceder en esos casos, los
inmigrantes de segunda generación estaban menos dispuestos que sus padres a
soportar penalidades. En países como Italia, donde los inmigrantes no venían de
extranjero sino del propio país, el radicalismo obrero era más intenso al
vincularse las disputas laborales con reivindicaciones más generales de igualdad
y reconocimiento.[42]
Así pues, la guerra de Vietnam suscitó y radicalizó
una cascada de agravios preexistentes entre los estudiantes, las minorías
étnicas y los obreros, pero aunque la retórica marxista-leninista se puso de
moda, los sublevados rechazaban más o menos explícitamente el marxismo
prosoviético ortodoxo de la modernidad y el pragmatismo político. 1968 —tanto
las rebeliones estudiantiles y obreras en el oeste como la Primavera de Praga
en el este— supuso un importante desafío para los partidos comunistas ortodoxos,
temerosos de verse desbordados por una nueva
izquierda radical. Durante unos meses el PCF condenó la invasión soviética de
Checoslovaquia, pero bajo la presión soviética aceptó pronto la «normalización»
de Husák; también se negó a aceptar que Francia estuviera atravesando una
situación auténticamente revolucionaria y acusó a los estudiantes de ser
«típicos radicales pequeño-burgueses».[43] Las rebeliones internas y tras ellas
la Primavera de Praga dieron lugar a importantes escisiones en el partido, aunque
mantuvo su 21,5 por 100 de votos en las elecciones de 1969. El PCI, en cambio,
mantuvo sus críticas a la Unión Soviética (sin romper no obstante con ella), y
consiguió atraer a parte de la izquierda estudiantil y obrera radical. Aun así,
esta no estaba del todo domesticada y los comunistas se vieron obligados a
enfrentarse a ella más adelante.
En Latinoamérica se experimentó a finales de los
años sesenta una serie parecida de rebeliones estudiantiles y urbanas bajo la
bandera de un marxismo romántico parecidamente ecléctico. Los fracasos de la
guerrilla a mediados de la década habían socavado la fe de la izquierda radical
en el modelo cubano de los focos rurales y la guerrilla se trasladó a las
ciudades. La guerra de guerrillas del Che cedió su preeminencia al Mini-manual
do guerrilheiro urbano (1969) de Carlos Marighella, antiguo dirigente del Partido
Comunista Brasileiro y fundador en 1967 de la organización armada Ação
Libertadora Nacional, quien decía:
La acusación de «violencia» o «terrorismo» ya no
tiene el significado negativo que solía tener… Hoy día, la calificación de
«violento» o «terrorista» ennoblece a cualquier persona honorable, porque se
trata de un revolucionario dedicado a la lucha armada contra la vergonzosa
dictadura militar [brasileña] y sus atrocidades.[44]
La guerrilla urbana cobró más fuerza en Uruguay y
Argentina, donde la izquierda sufría la represión de dictaduras militares muy
sangrientas. Algunos de los grupos terroristas eran marxistas (como el
trotskista Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en Argentina), pero en
otros (como los Montoneros argentinos y los Tupamaros
uruguayos) predominaba una mezcla de nacionalismo
populista con ideas de izquierda. Los Montoneros y el ERP se beneficiaron de la
amplia militancia obrera en Argentina y lo mismo sucedió, en menor grado, en
otros países latinoamericanos durante aquel período.[45]
La política de izquierdas abarcaba ahora un curioso
conjunto de especies, algunas de ellas bastante sorprendentes. En Perú era el
ejército, que tomó el poder en 1968 enarbolando la teoría marxista y una
retórica tercermundista, además del apoyo del Partido Comunista Peruano. Otros
marxistas inesperados eran los sacerdotes católicos de la «teología de la
liberación», entre los cuales se hallaba el colombiano Camilo Torres, a quien
algunos llamaban «el Che con sotana». Para él los principios cristianos, en particular
el «amor al prójimo», «coincidían en la acción y en la práctica con algunos
métodos y objetivos marxistas-leninistas».[46] Torres, que decidió a mediados
de los años sesenta unirse al Ejército de Liberación Nacional colombiano y
murió en febrero de 1966 en una emboscada, no era precisamente un cura típico.
Sin embargo, la Iglesia Católica estaba tan preocupada por el atractivo del
marxismo que en agosto de 1968 la Conferencia del Episcopado Latinoamericano
reunida en la ciudad colombiana de Medellín decidió respaldar un cristianismo
«socialmente responsable» y combatir las «injustas consecuencias de las
excesivas desigualdades entre pobres y ricos, débiles y poderosos».[47] No es
que las autoridades eclesiásticas se estuvieran convirtiendo al marxismo, pero
muchos de los sacerdotes de la «teología de la liberación» creían que había que
complementar las enseñanzas de Jesucristo con las de Karl Marx.
Frente a esos competidores, los partidos comunistas
prosoviéticos ortodoxos de Latinoamérica, concentrados en la clase obrera,
parecían muy poco atractivos, especialmente por no saber adaptarse a las nuevas
realidades y menospreciar la «subclase» rápidamente creciente de chabolistas
urbanos. Su único éxito lo obtuvieron en Chile, con su participación en la
Unidad Popular que llevó a la presidencia en septiembre de 1970 al socialista
Salvador
Allende, quien ya había sido ministro con Pedro
Aguirre Cerda en el gobierno frentepopulista —inspirado en el español— entre
1939 y 1942.
Los cubanos también estaban perdiendo atractivo en
el continente, especialmente cuando los fracasos económicos y la preocupación
por la elección de Nixon les indujeron a volver a la órbita de Moscú. Castro se
negó a condenar la invasión de Checoslovaquia y pronto se sometió a la presión
soviética abandonando la ambiciosa política económica basada en la movilización
que los soviéticos desaprobaban. El «trabajo voluntario» y la movilización de
masas emprendidos desde mediados de la década habían producido agotamiento y
escepticismo, y en 1970 Castro se vio obligado a aceptar un régimen económico
de estilo soviético más modernista, con disciplina laboral e incentivos
salariales.[48] En 1972 la idea de un socialismo cubano distinto del soviético
recibió un nuevo golpe cuando Cuba se convirtió en miembro del CAME. Pero esto
no supuso, sin embargo, el final del activismo cubano en su política exterior.
Cuando su revolución comenzaba a perder lustre en Latinoamérica, encontraron
—junto con sus aliados soviéticos— nuevos discípulos en África.
III
En enero de 1966 el líder del movimiento
guerrillero guineano Amílcar Cabral ofreció una evaluación optimista del estado
de la revolución mundial, al tiempo que condenaba la vieja idea jruschoviana de
que el Tercer Mundo podía ser «una zona de paz»:
La situación actual de las luchas de liberación
nacional en el mundo (especialmente en Vietnam, el Congo y Zimbabue) así como
la situación de permanente violencia… en ciertos países que han obtenido su
independencia por la vía llamada pacífica, nos muestran… que los compromisos
con el imperialismo no funcionan… y que la forma normal de liberación nacional
es la lucha armada.[49]
El carismático Cabral hablaba en La Habana, en la I
Conferencia Tricontinental que daría lugar a la Organización de Solidaridad de
los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL) con la que Castro quería
sustituir el Movimiento de Países No Alineados surgido de Bandung, proclamando
que el viejo «socialismo autóctono» del Tercer Mundo había muerto para
reencarnarse en un marxismo más militante. Tras los muchos reveses de mediados
de los años sesenta y pocas semanas después de que los comunistas hubieran sido
masacrados en Indonesia, no todos estaban muy convencidos de que fuera el
momento más apropiado para aquellas declaraciones; pero Fidel Castro estaba de
acuerdo con Cabral: el ejército estadounidense estaba perdiendo terreno en
Vietnam y era el momento oportuno para intensificar la lucha armada en todo el
mundo.[50]
Sin embargo, no fue solo el nuevo equilibrio de
poder internacional el que radicalizó a los dirigentes del Tercer Mundo a
finales de los años sesenta y primeros de los setenta. Las ideas marxistas
venidas de Occidente desempeñaron también cierto papel, ya llegaran mediante
los vínculos con los partidos comunistas portugués, francés e italiano, o a
través de los estudiantes que estudiaban en el extranjero, como fue el caso de
Etiopía.[51] También tenía su importancia el cambio generacional. Muchos creían
que la generación de Bandung no había cumplido su promesa de que una forma
moderada de socialismo proporcionaría desarrollo económico y prestigio
internacional. Al negarse a desalojar a los jefes «tribales» locales
—argumentaban los críticos —, los socialistas africanos habían permitido que
mantuviera las riendas una poderosa clase de colaboracionistas neocoloniales
que protegían los intereses de las viejas potencias imperiales. Como
explicaba Cabral en su largo y denso discurso
teórico a sus camaradas revolucionarios, «la sumisión de la clase “gobernante”
local a la del país dominante constreñía el desarrollo de las fuerzas
productivas».[52]
Cabral no fue nunca un marxista-leninista
dogmático, pero su fluida sintaxis muestra lo extendido que estaba el
pensamiento marxista entre gran parte de la élite africana a finales de los
años sesenta.[53] Además, la variedad de «marxismo-leninismo» que iba a cobrar
fuerza allí recordaba en muchos aspectos el estalinismo radical de la década de
1930, que combinaba el nacionalismo antiimperialista, un modelo de desarrollo
que situaba la «modernidad» y la ciudad sobre la «tradición» y el campo, y un
predisposición a emplear la violencia.[54] Los marxistas-leninistas africanos
aceptaban por supuesto que su «proletariado» era minúsculo, pero aun así se
aferraban a la creencia de que, siempre que utilizaran una política correcta,
podrían construir rápidamente una «dictadura del proletariado». Una coalición
de diversas clases progresistas tomaría el poder y construiría una industria
pesada y con ella un proletariado revolucionario. Aquellos marxistas-leninistas
aseguraban tener la solución para el subdesarrollo de la que carecían los
socialistas africanos. Solo un partido de vanguardia — argumentaban— tendría la
voluntad y energía necesarias para desalojar a las élites locales, tan egoístas
que no les importaba el atraso de su país; su trabazón con la «lucha de clases»
les permitiría utilizar la violencia tan necesaria para resistir a los
imperialistas y desalojar a sus aliados burgueses internos; y su
internacionalismo marxista les merecería la financiación de la URSS en un
momento en que esta parecía avanzar en una dirección más «estalinista».
A este último respecto, al menos, los
afrocomunistas tenían razón. Desde finales de los años sesenta los ideólogos
del Departamento Internacional del Comité Central (entre ellos Karen Brutents,
y los futuros consejeros de Gorbachov, Gueorgui Shajnazarov y Vadim Zagladin)
comenzaron a desarrollar un análisis
de las razones de las derrotas comunistas a
mediados de la década. Concluyeron que la política de «frente unido» de
Jruschov y la esperanza en una transición pacífica del socialismo africano al
comunismo habían sido demasiado optimistas. Las frecuentes intervenciones
militares estadounidenses les habían convencido de que solo partidos de
vanguardia marxistas-leninistas podían hacer avanzar a la izquierda en el
Tercer Mundo; pero sin caer en el pesimismo, argumentaban por el contrario que
las perspectivas para el comunismo eran brillantes. Las dificultades de Estados
Unidos en Vietnam debilitarían el prestigio de Occidente, mientras que la
prolongada intromisión occidental también reforzaría el del socialismo. Los
nacionalistas «burgueses» —argumentaban— a los que el Occidente neocolonial
negaba una auténtica independencia, tendrían que forjar alianzas con la clase
obrera, todavía pequeña pero creciente, y con el movimiento campesino. Los
nacionalistas progresistas, guiados por un partido de vanguardia, combatirían a
los nacionalistas reaccionarios y a continuación se iniciaría la transición al
socialismo, incluso en aquellas sociedades campesinas «atrasadas».[55] En
cierta forma, pues, la respuesta soviética a los reveses de 1964-1966 en el
Tercer Mundo constituían una versión suavizada de la reacción de Stalin frente
a los fracasos del «frente unido» en 1927-1928: los comunistas tenían que ser
más intransigentes y coherentes; fuera del Norte global, en el mundo prevalecía
la «lucha» entre los mundos capitalista y comunista, no la coexistencia
pacífica; y en los países agrarios del Tercer Mundo también se podía dar un
rápido avance hacia una economía socialista, tal como había sucedido en la
Unión Soviética cuarenta años antes.
Una de las primeras regiones en experimentar toda
la fuerza de la rebelión marxista-leninista contra la generación de Bandung fue
Oriente Medio. La victoria de Israel sobre Siria y Egipto en la guerra de los
Seis Días de 1967 humilló al socialismo árabe en toda la región, ya fuera el
del Baaz en Siria o el más personalista de Nasser en Egipto. Tras aquella
guerra la Liga de Estados Árabes perdió
influencia sobre el movimiento nacionalista
palestino que había tratado de controlar mediante la creación en 1964 de la
Organización de Liberación de Palestina (OLP). El grupo más radicalmente
nacionalista Fatah («Victoria») dirigido por Yasser Arafat, comenzó a desplazar
a sus rivales propugnando una guerra de guerrillas inspirada en los escritos de
Franz Fanon y el ejemplo vietnamita.[56] En 1967 se incorporó a la OLP y lo
mismo hizo en 1968 el Frente Popular para la Liberación de Palestina de George Habash,
que se declaró partido marxista-leninista en 1969 y recibió apoyo soviético
desde 1970.[57] Para ellos el conflicto con Israel, y por tanto con Estados
Unidos, era algo más que un asunto árabe: formaba parte de la lucha global
contra el imperialismo.
La derrota de Nasser también contribuyó a la
fundación del primer régimen marxista-leninista en la región, el de la
República Democrática Popular del Yemen o Yemen del Sur. El Frente Nacional de
Liberación respaldado por Nasser, una de las principales organizaciones
guerrilleras en la lucha por la independencia contra los británicos, había
perdido la fe en él en 1965 cuando comenzó a retirarle su apoyo. El FNL se
consideraba un partido de izquierdas que también luchaba por los derechos de
los pequeños campesinos contra los grandes terratenientes, y cuando los
británicos se retiraron en noviembre de 1967, se hizo con el poder y proclamó
la República Popular de Yemen del Sur; tras prolongadas querellas intestinas el
ala más radical (marxista) desplazó a la nasserista y el 1 de diciembre de 1970
añadió el calificativo «Democrática» al nombre de la República y ella misma se
convirtió en Partido Socialista Yemení como partido único.[58]
El ejemplo vietnamita alentó a otros movimientos
guerrilleros de base campesina en muchas otras regiones del mundo. En Bengala
occidental la sublevación rural contra los terratenientes iniciada en 1967 en
la región de Naxalbari, fronteriza con Nepal, atrajo a estudiantes marxistas de
Calcuta, acicateados por el radicalismo de la Revolución Cultural china. El
Partido Comunista de la India (marxista), escindido del CPI a finales de 1964 a
raíz del conflicto
chino-soviético, que acababa de llegar al gobierno
en Bengala occidental como parte de un «Frente Unido»,[*] respaldó la represión
de los rebeldes, y en 1969 Charu Majumdar y Kanu Sanyal, dirigentes de aquella
revuelta, promovieron la fundación del Partido Comunista de la India
(marxista-leninista), declaradamente maoísta, conocido comúnmente como
«naxalita».[59]
También en las colonias portuguesas en África el
marxismo se hizo más presente en los movimientos de liberación: el FRELIMO,
bajo la dirección ahora de Samora Machel y Marcelino dos Santos,[*] se declaró
explícitamente socialista en mayo de 1970. Machel, que había trabajado en su
juventud como enfermero y provenía de una familia con larga tradición
anticolonial, no era un marxista-leninista doctrinario del tipo de Agostinho
Neto, y para él el marxismo no era más que el lenguaje idóneo para expresar una
crítica fundamentalmente moral hacia los portugueses;[60] como los demás
movimientos anticoloniales del África portuguesa, el FRELIMO desarrollaba una
«guerra popular» de tipo maoísta, cuya estrategia se basaba en ganarse a los
campesinos creando una red de hospitales y escuelas rurales e insertarlos en
una «democracia» del estilo de la «línea de masas» maoísta.[61] Más radicales
eran los esfuerzos en las áreas liberadas por la guerrilla de desmantelar las
antiguas jerarquías «tribales» de género y edad y promover a las mujeres y a
los jóvenes en sus organizaciones políticas y grupos guerrilleros.[62]
Es discutible hasta qué punto consiguieron
realmente esas iniciativas movilizar a los campesinos, cuya cultura política
podía estar muy alejada de la que fomentaban los comunistas. Al igual que en
las «áreas liberadas» en China durante las décadas de 1930 y 1940, algunos
campesinos se beneficiaban del nuevo orden y lo apoyaban, pero para muchos
otros era una imposición a la que simplemente se adaptaban.[63] Los
guerrilleros mozambiqueños emplearon cierta violencia para controlar sus áreas,
pero al parecer esta fue más amplia e intensa en la parte oriental de Angola,
donde el MPLA juzgaba y ejecutaba a los supuestos traidores (también
perseguía a los hechiceros, en consonancia con la
hostilidad marxista a la superstición).[64] El MPLA angoleño era el menos
exitoso militarmente, pero tampoco en Mozambique se veían los portugueses
seriamente amenazados de sufrir una victoria militar abrumadora del
FRELIMO.[65] Solo en Guinea-Bissau, mucho más pequeña y menos dividida, se
convirtió el PAIGC en un gobierno en la sombra que en 1972 controlaba tres
cuartas partes del territorio. En las tres colonias, en cualquier caso, los
rebeldes contaban con el profundo resentimiento provocado por el dominio
portugués. El crecimiento económico ahondaba las divisiones entre los que se
habían beneficiado de él y los que no, y la brutal represión ejercida por los
portugueses tampoco les favorecía.[66] Por otra parte a Portugal —un país
pequeño y relativamente pobre— le resultaba cada vez más difícil mantener
aquellas guerras coloniales, que en 1968 consumían el 40 por 100 del
presupuesto estatal.
A finales de los años sesenta el movimiento
guerrillero contra el apartheid sudafricano Umkhonto we Sizwe (Lanza de la
Nación), organizado conjuntamente por el Congreso Nacional Africano y el
Partido Comunista Sudafricano —dirigidos entonces, respectivamente, por Oliver
Tambo y Moses Kotane— con la ayuda de la Unión Soviética (más sustancial al
primero que al segundo, al que consideraba demasiado independiente y demasiado
blanco), se hallaba en mucha peor situación que sus homólogos mozambiqueño y
angoleño, por lo que recibió con especial alborozo el renovado interés
soviético por el continente.
La debilidad de Estados Unidos en aquel momento le
dificultaba responder a ese auge de la izquierda en el África meridional y a la
decisión soviética y cubana de aprovecharse de ella. Nixon y su secretario de
Estado, Henry Kissinger, se habían opuesto enérgicamente a las iniciativas de
estilo kennedyano de extender la democracia, convencidos de que no serviría de
nada. Ambos despreciaban el Sur tercermundista, atrasado, ignorante e
incorregiblemente autoritario que la historia había dejado de lado. Kissinger
informó a un estupefacto ministro de Asuntos Exteriores
chileno que «del Sur no puede venir nada
importante… el eje de la historia empieza en Moscú, llega hasta Bonn, cruza [el
Atlántico] hasta Washington, y de allí vuelve a Tokio».[67] Así pues, la
principal preocupación de los gobernantes estadounidenses consistía simplemente
en bloquear la influencia soviética y cubana tan eficazmente como fuera
posible, sin repetir el error de Johnson de intervenir directamente. Su
solución consistía en financiar la lucha contra el comunismo en el Tercer Mundo
a través de una serie de «gendarmes» leales de diverso color político —desde
las dictaduras del Shah en Irán, Somoza en Nicaragua, Suharto en Indonesia o
Garrastazu Médici en Brasil, o el apartheid en Sudáfrica y las democracias
«formales» en Israel y Turquía—, cuya adhesión al «mundo libre» era
generosamente recompensada por Washington. También se hicieron esfuerzos para
«vietnamizar» el conflicto del sureste asiático, retirando tropas
estadounidenses y creando un régimen favorable que pudiera sobrevivir por sí
mismo. Finalmente, Nixon esperaba que el proceso de distensión aliviaría la
presión sobre Estados Unidos y disuadiría a Moscú de intervenir en el Tercer
Mundo.
Nixon y Kissinger, aunque indudablemente enérgicos,
no contaban con buenas cartas; sus maquinaciones no solo no consiguieron frenar
a los soviéticos sino que encolerizaron a muchos intelectuales del Tercer
Mundo, más dispuestos que nunca a considerar soluciones marxistas. En cuanto a
Moscú, no veía por qué la distensión con Estados Unidos debía impedirle
promover el comunismo fuera de Europa, especialmente cuando Estados Unidos
seguía interviniendo para estrangularlo (como en Chile en 1973). Además, las
autoridades soviéticas, presionadas por los comunistas vietnamitas, cubanos,
europeos e incluso chinos (muy debilitados), estaban aún más decididas a
mantener su preeminencia socialista internacional. Los intelectuales del Comité
Central del partido veían oportunidades para volver a encender la llama del
internacionalismo proletario en un momento en que su régimen había perdido
tanto atractivo ideológico entre los propios soviéticos, y los militares, más
obsesionados por la realpolitik geoestratégica,
consideraban la nueva rebatiña por África como una forma de mantener su pulso
con Estados Unidos en la pugna entre las superpotencias.[68]
La estrategia estadounidense de instituir gendarmes
locales presentaba serias deficiencias. La alianza establecida con el régimen
sudafricano del apartheid era especialmente perjudicial, ya que socavaba su
pretensión de presentarse como portador de valores morales en África y hacía
muy difícil a los nacionalistas africanos sentir simpatía por Estados Unidos.
Entre tanto, en Vietnam, los esfuerzos de Washington por fortalecer la figura
del presidente Nguyen Van Thieu fracasaron debido a su corrupción y a que su
base de apoyo era demasiado estrecha. Su régimen se vino abajo en abril de
1975, dos años después de los acuerdos de paz de París y del inicio de la
retirada de las tropas estadounidenses, con lo que la totalidad del país,
reunificado como República Socialista de Vietnam, quedó bajo la égida del
Partido Comunista.
Por otra parte, no siempre se podía esperar que los
gendarmes se ajustaran a la línea decidida en Washington allí donde los
estadounidenses creían que se estaba extendiendo el comunismo. Kissinger veía
en el Chile de Allende un comunismo peligrosamente atractivo y estaba decidido
a derrocar el régimen, pero no podía contar con aliados locales, por lo que
utilizó las sanciones económicas y el apoyo encubierto a la oposición. Allende
les dio a sus enemigos una excusa para intervenir cuando su política económica
radical de nacionalizaciones y redistribución de las tierras encrespó a la
clase media y provocó el sabotaje económico de una parte del empresariado; el
11 de septiembre de 1973 el general Pinochet dio un golpe de estado, asegurando
que estaba rescatando a Chile de la crisis económica.[69] Procedió a prohibir
los partidos de izquierda, alrededor de 3200 de sus militantes fueron
asesinados y unos 30 000 torturados; cientos de miles de chilenos abandonaron
el país. El papel exacto de Estados Unidos en el golpe no está del todo claro,
pero cualquiera que fuera el nivel de su participación, el derrocamiento por la
fuerza militar, con respaldo
extranjero, de un gobierno democráticamente
elegido, recordaba demasiado lo que había sucedido en España hacia finales de
los años treinta. El prestigio de Washington en el Tercer Mundo no salió
precisamente beneficiado.[70]
Había, sin embargo, una región donde la política de
gendarmes interpuestos parecía estar dando resultado, al menos a primera vista:
Oriente Medio. Cuando en octubre de 1973 los ejércitos árabes que atacaron
Israel se vieron rechazados gracias a la ayuda estadounidense, la Unión
Soviética olvidó sus amenazas de enviar ayuda a Egipto. Estados Unidos y su
gendarme israelí se habían demostrado amos de la región, pero su gozo por la
victoria iba a ser efímero y pronto iba a dar lugar a una segunda derrota de
Occidente, tan importante como la de Vietnam, si no más. Los países árabes
productores de petróleo tomaron represalias elevando sus precios un 70 por 100
e imponiendo un embargo a los aliados de Israel, entre ellos Estados Unidos.
Aquella conmoción, que demostró los inconvenientes de apoyar gendarmes
regionales impopulares, dio lugar a una significativa redistribución de los
recursos del mundo, de los consumidores de petróleo a los productores; de
hecho, constituyó el soporte financiero para las aventuras de la Unión
Soviética en África.[71] Por otra parte, las economías occidentales se vieron
duramente golpeadas y la inflación de finales de la década de 1960 se agravó,
potenciando la militancia obrera con la que los trabajadores trataban de
preservar sus mejoras salariales. Parecía que el propio sistema capitalista
estaba en crisis. En los países del Tercer Mundo importadores de petróleo las
consecuencias fueron aún más graves y apuntalaron la opinión marxista de que
los tiempos estaban maduros para un cambio económico radical.
Una de las primeras víctimas de la crisis del
petróleo fue la dictadura de Marcelo Caetano en Portugal, y con ella del
imperio portugués en África. Caetano había hecho algunos intentos de
liberalizar su régimen, chocando con la resistencia de grupos aún más
conservadores, y el 25 de abril de 1974, debilitado por la crisis
económica, fue depuesto por un grupo políticamente
heterogéneo de jóvenes oficiales, exasperados por las guerras coloniales en
África. Aquel golpe incruento se conoció como «revolución de los Claveles» por
los que llevaban los rebeldes en el cañón de sus fusiles para mostrar sus
intenciones pacíficas; lejos de señalar el comienzo de la revolución con
banderas o clarines, los líderes de la rebelión les dijeron a sus seguidores
que esperaran la emisión en Rádio Renascença de la canción Grândola, Vila Morena,
prohibida por la dictadura; también se utilizó la canción que representó a
Portugal en el Festival de Eurovisión aquel año, E depois do adeus.
El poder pasó a manos de un gobierno provisional de
amplia coalición en el que estaban representados desde los demócratas liberales
hasta los comunistas,[72] controlado estrechamente por el Movimento das Forças
Armadas. Pero Grândola, Vila Morena iba a dar paso a otros sones más marciales.
Los chabolistas tomaron las calles, ocupando los edificios y exigiendo
alojamientos a cargo del estado, mientras que los campesinos sin tierra pedían
la distribución de los grandes latifundios.[73] El MFA, la extrema izquierda y
los comunistas —mucho más radicales que sus camaradas españoles e italianos—
iniciaron la reforma agraria ratificando las ocupaciones. En el norte se
produjeron choques violentos cuando grupos paramilitares de extrema derecha,
con apoyo de los pequeños propietarios, atacaron las sedes de los partidos de
izquierda. Portugal recordaba así, en 1975, lo que había sucedido en España en
1936, y Kissinger estimaba que había un 50 por 100 de probabilidades de que
Portugal se uniera al bloque soviético.[74]
Sin embargo, los radicales se vieron debilitados
por sus escasos resultados en las elecciones a la Assembleia Constituinte un
año después y por la victoria de los socialistas moderados. Estaba claro que la
mayoría de los pobres habían conseguido lo que querían — derechos básicos de
propiedad que consideraban legítimamente suyos— y no deseaban una
transformación revolucionaria de la sociedad. Los comunistas intentaron
movilizar a los pobres contra el PS, pero el ala moderada del ejército se
reagrupó y la amenaza de
revolución quedó descartada. La última revolución
de inspiración comunista en Europa había fracasado.
Pero cuando la era comunista revolucionaria llegaba
a su fin en Europa, no hacía más que comenzar en África. En 1975 el gobierno
provisional portugués concedió a sus colonias la independencia; el PAIGC se
convirtió en el partido gobernante en Guinea-Bissau y el FRELIMO en Mozambique.
La independencia de Angola resultó ser un proceso bastante más complicado, al
enfrentarse en una guerra civil tres fracciones: el MPLA, respaldado por la
Unión Soviética y Cuba, el Frente Nacional de Libertação de Angola (FNLA) de
Holden Roberto, apoyado por Estados Unidos, Israel, la República Sudafricana y
Zaire, y la União Nacional para a Independência Total de Angola (UNITA) de
Jonas Savimbi, escindida del anterior en 1966, apoyada primeramente por China y
más tarde por Estados Unidos y la República Sudafricana. Cuando parecía clara
la victoria del MPLA, el ejército sudafricano invadió Angola con el respaldo de
Washington; y aunque los soviéticos no sentían al principio demasiado
entusiasmo, Fidel Castro envió en la «Operación Carlota» 35 000 voluntarios
cubanos que cruzaron el mundo para ayudar al MPLA y le permitieron mantener el
control de la mayor parte del territorio, al menos por el momento. Pero tanto
en Angola como en Mozambique se desarrollaron a partir de entonces prolongadas
guerras civiles, consideradas por la mayoría de los observadores como
confrontaciones por delegación entre las superpotencias, que no impidieron,
empero, a sus gobernantes iniciar la construcción del socialismo.
IV
En su cuento «O Secreto namoro de Deolinda» («El
amor secreto de Deolinda»), que forma parte de su recopilación Cronicando
publicada en 1988, el escritor mozambiqueño Mia Couto nos habla
de una joven de Maputo que trabaja vendiendo
anacardos. Su vida, no obstante, no carece de emociones y un día regresa a casa
llevando una insignia en la que se ve «el rostro de un Karl Marx todavía
fotogénico, como si no hubieran pasado los años». Su padre no lo ve con gusto;
de hecho, sin reconocer a Marx como el renombrado teórico del siglo XIX, supone
que es alguien con quien Deolinda se ha encontrado recientemente, «uno de esos
extranjeros que comienzan como internacionalistas y luego se convierten en miembros
de una ONG». Le dice a su hija: «No quiero volver a ver la cara de ese tipo
olisqueando tu sostén». Deolinda obedece dócilmente y se quita el objeto del
pecho metiéndolo en una caja bajo su cama; pero cada noche, antes de caer
dormida, saca el medallón y «besa la poblada barba del pensador».[75]
Couto, muy crítico hacia el marxismo mozambiqueño
(o «marxianismo», como lo llama, «por respeto a Marx»), lo veía como una
variedad del culto fetichista a las maravillas de los blancos, un símbolo opaco
de la modernidad occidental, a la vez venerado y malentendido. El tipo de
marxismo importado por los marxistas afroportugueses era efectivamente el
modernista y occidentalizador, lo que parece algo sorprendente; dada la
historia del FRELIMO cabía esperar que sus dirigentes adoptaran un
planteamiento más radical, «maoísta», aplicando la experiencia de la guerra por
la independencia al gobierno de su país. Pero finalmente optaron por un
marxismo de estilo soviético.[76] Esto se debía en parte a la ayuda de la URSS,
pero como se ha visto era también una respuesta al fracaso de las distintas
variantes del «socialismo africano». Como había concluido el propio Mao a
principios de los años cincuenta, para incorporarse al mundo moderno de las
ciudades y la industria podía convenir una versión nacionalista del estalinismo.
Si aquello había funcionado, al parecer, en otros lugares, ¿por qué no también
en África?
Pero a los africanos les resultó aún más difícil
que a los chinos desarrollar su proyecto; sus países eran aún más débiles y
estaban más fragmentados por el linaje, la etnicidad y la herencia colonial.
Como dejaba claro el cuento de Couto, aunque el
proyecto marxista-leninista tenía un gran atractivo emocional para algunos, en
África era un sueño aún más irreal que en Eurasia.
Las condiciones para trasplantar el
marxismo-leninismo a Angola y Mozambique eran, hay que reconocerlo,
especialmente desfavorables. A diferencia de los imperios coloniales francés y
británico, que habían dejado en sus colonias al menos un sistema jurídico y
administrativo en funcionamiento, la repentina partida de miles de colonos
portugueses dejó a los nuevos regímenes con muy poca gente instruida y un
diminuto aparato de estado, por lo que se vieron obligados a nacionalizar gran
parte de la industria y la tierra simplemente para llenar el vacío dejado por
sus propietarios portugueses huidos. Pero el líder angoleño Neto, integrado en
el movimiento comunista desde los años cincuenta, fue más cauto en sus
esfuerzos por reformar la economía que el neófito Machel en Mozambique, para
quien la independencia ofrecía una posibilidad única para que Mozambique se
hiciera verdaderamente moderna y saliera del atraso debido a la explotación
portuguesa. Como proclamó en 1981: «La victoria del socialismo es una victoria
de la ciencia, está preparada y organizada científicamente. El plan es el
instrumento de organización científica de esta victoria… Todo debe estar
organizado, todo debe ser planeado, todo debe ser programado».[77] Los
mozambiqueños también tenían que modernizarse. La ciencia debía reemplazar a
los médiums espiritistas y las ceremonias para impetrar la lluvia.
El FRELIMO llevó la planificación a un país aún
menos preparado para ella que la Unión Soviética de los años treinta, ya que
Mozambique, como muchos países africanos, carecía de un aparato estatal eficaz.
Los planificadores expertos soviéticos y de la RDA le ayudaron, pero la pericia
disponible en la oficina central en Maputo no podía compensar la desesperada
escasez de administradores experimentados a todos los demás niveles del sistema
económico. Hasta las mayores empresas estatales quedaron estranguladas:
Petromoc, la empresa petrolífera estatal,
no produjo balances de cuentas durante siete
años.[78] Entretanto, se despilfarraban grandes cantidades de dinero en grandes
proyectos como los fracasados intentos de crear una gran industria
siderometalúrgica. Los planes agrícolas del FRELIMO eran aún más ambiciosos. El
régimen creó descomunales granjas estatales, que aunque aumentaron la
producción absorbían enormes recursos. El régimen también trató de realojar a
los campesinos en nuevos pueblos comunales con buenos servicios sanitarios,
educación y casas limpias en filas ordenadas. Los funcionarios del FRELIMO
estaban convencidos de que así mejorarían la vida de los campesinos, dándoles
mejores servicios estatales al tiempo que quebrantaban la autoridad de los
jefes tribales y creaban un nuevo pueblo socialista y moderno. Aquellos
proyectos recordaban otros programas comunistas europeos —ya fueran las
«agrociudades» planeadas por Jruschov o la «sistematización» de los pueblos de
Ceauşescu, pero también estaban influidos por la moda general de las transformaciones
grandiosas emprendidas por regímenes de muy diverso matiz ideológico, como el
programa de «pueblización» del «socialista africano» Nyerere en Tanzania.
Aunque aquellos planes contribuyeron indudablemente a la mejora de la educación
y la sanidad en Mozambique, en términos económicos no eran rentables y eran
extremadamente impopulares entre los campesinos, obligados a menudo por la
fuerza a vivir y trabajar en los nuevos pueblos.[79] A finales de la década de
1970 la situación económica era mala para todos los países subdesarrollados,
pero el rígido utopismo del marxismo modernista ortodoxo explica en gran medida
los pobres resultados obtenidos en Mozambique.
El sistema político marxista-leninista tampoco
ayudó a acelerar el desarrollo. Como habían predicho los socialistas africanos,
el partido de vanguardia intransigente resultaba particularmente poco apropiado
para las condiciones africanas. Los cuadros del FRELIMO podían estar bien
entrenados para impulsar programas radicales, pero tuvieron mucho menos éxito
en conseguir la adhesión general de la población a aquellos proyectos. El
conflicto resultante tomaba
cada vez más un colorido étnico. Angola se hallaba
ya antes dividida por rivalidades regionales de base étnica heredadas del
régimen colonial, pero el autoritarismo del MPLA (en cuya dirección todavía
predominaban blancos y mestizos) no hizo más que exacerbarlas. En mayo de 1977
el ministro del Interior, Nito Alves, un destacado comandante negro durante la
guerra de liberación que había movilizado a los chabolistas de Luanda exigiendo
un giro a la izquierda, intentó un golpe de estado. El gobierno de Neto se
salvó gracias a los soldados cubanos presentes en Luanda, pero a partir de
entonces decidió imponer el marxismo-leninismo en el MPLA mediante violentas
purgas de tipo estalinista y una policía secreta despiadada.[80]
A finales de la década de 1970 las guerras civiles
en Angola y Mozambique parecían acabadas, pero pronto se iban a reiniciar al
reanudar su ofensiva Sudáfrica y Estados Unidos. En Mozambique la Resistência
Nacional Moçambicana (RENAMO), patrocinada por el gobierno racista rodesiano de
Ian Smith con ayuda de exiliados portugueses, tuvo al principio poco eco, pero
tras el final del dominio blanco en Rodesia (rebautizada Zimbabue) en 1979,
Sudáfrica comenzó a reprimir con mucha mayor dureza al Congreso Nacional
Africano, que lanzaba sus ataques desde Mozambique. El gobierno sudafricano
dedicó ingentes recursos a financiar el RENAMO, que desarrolló una exitosa
campaña de desestabilización y sabotaje. También en Angola, tras una breve
estabilización, el grupo terrorista UNITA respaldado por Estados Unidos reanudó
la guerra contra el MPLA, y esta se prolongó durante toda la década de 1980,
atizada por el aliciente del petróleo angoleño, la competencia entre las
superpotencias y el conflicto ideológico entre el marxismo y el apartheid
sudafricano.
Angola y Mozambique se unieron a otros regímenes
autodenominados marxistas-leninistas de África. En 1980 siete de los cincuenta
países africanos se proclamaban marxistas-leninistas (Angola, Benín, la
República del Congo, Etiopía, Madagascar, Mozambique y Somalia), mientras que
otros nueve profesaban
alguna forma de socialismo (Argelia, Cabo Verde,
Guinea, Guinea-Bissau, Libia, São Tomé e Príncipe, las islas Seychelles,
Tanzania y Zambia). En total, cerca de una cuarta parte de la población del
continente vivía en esos países. Los regímenes de Angola, Mozambique y
Guinea-Bissau, no obstante, eran un tanto anómalos al haberse establecido como
resultado de guerras de liberación anticoloniales y tenían serias ambiciones de
transformar la sociedad. Todos los demás gobernantes marxistas-leninistas eran
militares y (salvo en el caso etíope) sus ambiciones eran bastante más
modestas. Aun así, pertenecían en general a la tradición marxista modernista,
extrayendo recursos del campo para financiar el desarrollo urbano, favoreciendo
a la población urbana sobre la rural y financiando cierta forma de protección
social, lo que, junto con su intensa preocupación por la educación superior más
que la de masas, solía beneficiar a los más acomodados.
Pero si en la mayoría de esos nuevos estados
militares marxistas el socialismo parecía en gran medida retórico, en uno de
esos casos no era así. Etiopía iba a experimentar una de las últimas
revoluciones «clásicas», haciéndose eco de sus predecesoras francesa y rusa en
1789 y 1917. Por última vez iba a venirse abajo un Ancien Régime abriendo la
vía a un régimen marxista muy marcado por el bolchevismo.
V
En su cuento satírico «El caso del saboteador
analfabeto» (1993), el escritor etíope Hama Tuma describía así el tribunal en
el que se celebraba una serie de juicios políticos absurdos:
Por encima de la silla del juez colgaba la foto del
Gran Presidente de nuestro país. Corre el rumor de que algunos mandos
supercelosos que tuvieron el atrevimiento de sugerir que se colgaran junto al
del Presidente retratos de Marx, Engels y Lenin fueron ejecutados por el crimen
de internacionalismo descaminado y atrofia del nacionalismo revolucionario.
Pero también se dice que el Sabio Presidente, para aplacar a los rusos (que
como todos saben tienen un oído muy fino), hizo erigir monumentos en memoria de
Lenin y Marx (¡el pobre Engels todavía espera el suyo!).[81]
El caso etíope no era insólito entre los regímenes
afrocomunistas que se valían del marxismo-leninismo para sus propios fines
nacionalistas, ni tampoco en cuanto a tratar de complacer a los soviéticos.
Pero había una afinidad especial entre Etiopía y Rusia que los marxistas de la
época observaron, y es que los revolucionarios etíopes vivían en un país muy
diferente del de otros marxistas africanos, que se habían politizado a través
de la lucha de liberación nacional. Como los rusos de principios del siglo XX,
vivían en un imperio cristiano ortodoxo con un Ancien Régime muy estratificado
en decadencia y les parecía que se iban quedando atrás con respecto a sus
vecinos. La historia de Rusia era por tanto un ejemplo a seguir, y para algunos
era como si simplemente estuvieran viviendo la experiencia bolchevique, solo
que a mayor velocidad.
En 1957 el editorial de un periódico estudiantil
declaraba: «Tanto los etíopes como los extranjeros nos miran como la generación
sobre la que recae la gran responsabilidad de situar a Etiopía a la par con el
resto del mundo civilizado».[82] En aquella época algunos creían que podían
colaborar con el emperador Haile Selassie. Este, que llevaba gobernando desde
1930 —aparte de un breve interregno de 1936 a 1941 durante la ocupación
italiana—, había sido en otro tiempo un autócrata modernizador. Cuando llegó al
poder, Etiopía era un país agrario dominado por aristócratas terratenientes
exentos de impuestos que explotaban a sus siervos y esclavos, sobre todo en las
regiones meridionales de Oromia y Ogaden/Somalia, en las que predominaba el
islam, conquistadas en el siglo XIX por los amhara y tigray cristianos del
norte. Haile
Selassie trató de reformar el régimen desarrollando
la economía y alentando la industria, que siguió siendo no obstante minúscula.
También trató de centralizar el estado y de someter a la aristocracia creando
una clase de funcionarios instruidos y un ejército moderno, y la población
estudiantil aumentó de 71 en 1950 a alrededor de 10 000 en 1973, sin contar los
que estudiaban en el extranjero (en Estados Unidos había unos 700 en 1970).[83]
Era una estrategia arriesgada, ya que suponía que los nuevos profesionales
modernos estarían dispuestos a servir a un autócrata que se proclamaba
descendiente del rey Salomón y la reina de Saba. A medida que su régimen se iba
haciendo más conservador y represivo, construyendo su propia aristocracia de
servicio al tiempo que la vieja nobleza hereditaria conservaba muchos de sus
poderes, los oficiales modernizadores comenzaron a criticar que Etiopía quedara
por detrás de los países recién independizados de África. En 1960 intentaron un
golpe de estado, que aun fracasado mostró la profundidad del desencanto de la
élite. Como en el caso de Rusia, la autocracia se veía cada vez más acosada por
la censura de los modernizadores instruidos, rebeliones campesinas e
insurrecciones étnicas, de las que la más seria era la que tenía lugar en
Eritrea.
Así pues, en Etiopía parecía muy procedente la
caracterización marxista ortodoxa del «feudalismo» y muchos estudiantes de
origen relativamente humilde sentían simpatía por el campesinado pobre y
culpabilidad por sus privilegios, como en Rusia un siglo antes. Pero fue de
Occidente, más que de la Unión Soviética, de donde llegó el marxismo a Etiopía,
cuyo régimen estaba totalmente alineado con Estados Unidos; los estudiantes
formados en los campus estadounidenses en los que se había puesto de moda el
marxismo regresaban a su país con ese bagaje, que también llevaban en su
mochila algunos voluntarios del Cuerpo de Paz creado por Kennedy.
En 1965 los estudiantes de Addis Abeba iniciaron
una campaña en favor de los derechos de los aparceros y para poner fin al
trabajo obligatorio, con los eslóganes «la tierra para el que la trabaja» y
«abajo la servidumbre», y en 1968, como se ha visto, el movimiento
estudiantil había vinculado sus propias
reivindicaciones con la lucha contra los bombardeos estadounidenses en Vietnam
y el apartheid racista en Sudáfrica.[84] En 1971 los diez candidatos en unas
elecciones del Sindicato de Estudiantes Universitarios convinieron en que el
marxismo-leninismo era la única ideología adecuada para Etiopía;[85] como
recordaba un observador adverso: «Se suponía que el marxismo era una verdad
incontrovertible… Todos los elementos del descontento juvenil se definían en
términos marxistas. Muchos no habían leído nada al respecto, pero no era esa la
cuestión. Les tenía obsesionados».[86]
Al final fue una crisis económica la que provocó la
caída del «rey de reyes»: la hambruna de 1973-1974 —a la que el régimen
respondió de forma incompetente—, y la subida del precio del petróleo. La
revolución comenzó en febrero de 1974 con un motín de los oficiales de bajo
rango del ejército, resentidos por las malas condiciones en los cuarteles y la
forma altanera en que los trataban sus mandos. Sus protestas fueron seguidas
por huelgas y manifestaciones, y pese a las promesas del primer ministro Endalkachew
Makonnen de iniciar una reforma constitucional, la agitación prosiguió hasta
que el Comité de Coordinación de los oficiales descontentos, el llamado Derg
(«Consejo»), tomó el poder el 22 de julio, deponiendo al emperador el 12 de
septiembre.
Al principio la mayoría del Derg parecía inclinarse
por una variante del «socialismo africano» del estilo de la de Nyerere
—«socialismo etíope»—, pero algunos de sus miembros, entre ellos el
vicepresidente Haile Mariam Mengistu, prestaba más atención a la ruidosa y
respetada izquierda universitaria marxista. Al parecer su padre era un ex
esclavo liberto del sur del país,[87] y según él mismo confesaba, desde su
niñez se había sentido inferior por su color notoriamente más «oscuro» que el
común de los habitantes de la altiplanicie etíope; lo cierto es que la mayoría
de los amharas lo consideraban, como a otros de su condición, un «esclavo
negro».
Mengistu era muy consciente de su origen humilde,
pero también de su capacidad política. Era un experto en evaluar la situación y
en
ocultar sus intenciones reales.[88] Para el
periodista francés René Lefort su humilde origen era una ventaja en el
complicado tablero de la política africana de los años setenta:
En la cabeza de cualquier campesino del sur o de un
«pobre» de la capital… encarna la venganza que justifica el asalto al poder; lo
ven como una especie de Robin Hood ascendido al trono, como aquellos
usurpadores del pasado que se apoderaban de la corona para traer por fin al
pueblo el reinado de la justicia.[89]
Pero Mengistu, aunque proclamaba defender a los
pobres, no era un populista romántico. Puede que su estatus fuera bajo y su
educación muy limitada, pero se esforzó por incorporarse a la élite y disponía
de habilidad oratoria con la que expresar un apasionado nacionalismo etíope. En
cierto modo se parecía en eso a Stalin: se sentía menospreciado como miembro de
una nación meridional conquistada por un imperio multiétnico y deseaba
incorporarse a la cultura «superior» más moderna y así llegar hasta el centro del
poder.[90]
La actitud política de Mengistu estaba
estrechamente relacionada con su origen. Al igual que Stalin, comprendía muy
bien el poder de la movilización popular, pero también estaba decidido a
establecer una modernidad «avanzada» mediante una autoridad muy centralizada y
la represión que hiciera falta, aunque insistía en que la revolución etíope
podía evitar la violencia (a diferencia de la revolución Gloriosa en Inglaterra
en 1688, que según aseguraba había ocasionado la muerte de centenares de miles
de personas).
Aunque
al principio apenas sabía nada del marxismo, tanto él como otros miembros
radicales del Derg deseaban asegurarse el apoyo de los estudiantes marxistas.
La primera prueba significativa del radicalismo del
Derg fue su decisión en marzo de 1975 de nacionalizar la tierra y repartirla
entre quienes la trabajaban. Ese plan, concebido por un grupo de funcionarios
radicales del anterior régimen (muchos de ellos educados en Estados Unidos),
obedecía al deseo de los marxistas
etíopes de abolir el «feudalismo», ignorando las
advertencias liberales de que podía desatar la violencia.
Del mismo modo que había hecho Stalin a finales de
la década de 1920, el Derg movilizó a los estudiantes urbanos para llevar la
revolución al campo, proyecto que uno y otros veían de forma muy parecida: como
campañas de estilo militar para ilustrar a unos campesinos atrasados y
supersticiosos, uniendo así a la nación. La palabra zemecha («campaña») que
aparecía en el título del «Desarrollo mediante la Cooperación. Campaña de
Ilustración y Trabajo» se había utilizado también en la cruzada cristiana de conquista
del sur en el siglo XIX, y pese a su ateísmo los estudiantes mostraban ahora la
misma arrogancia que sus antepasados. «Durante siglos —declaraba el Derg— el
pueblo en general y los gobernantes en particular han vivido con creencias
anticuadas… esas ideas divisoras se oponían al progreso y la Ilustración».[92]
Los estudiantes etíopes parecían tan entusiasmados
como sus predecesores rusos, pero a diferencia de ellos contaban con mucho
apoyo de los propios campesinos del sur, desesperados por liberarse del dominio
de los neftenya («hombres de armas») del norte, que los habían sometido a un
régimen muy explotador. La llegada de los estudiantes podía por tanto alentar,
al calor de la agitación revolucionaria, el separatismo étnico, con el que
además aquellos a menudo simpatizaban. Pero eso era precisamente lo que el Derg,
decidido a mantener la integridad de Etiopía, no quería, y el resultado fue en
muchas ocasiones el uso de la fuerza y la decepción de los estudiantes. Y
aunque estos podían unirse a los campesinos contra los señores del norte,
también podrían chocar con ellos cuando trataban de imponer la «ilustración»,
como les había sucedido a sus antecesores rusos; esos choques se podían ver
agravados además por las diferencias étnico-culturales entre los «ilustradores»
estudiantiles y los campesinos. En una ocasión los estudiantes trataron de
socavar el poder de un jefe local, con tanto peso religioso como político;
según un informe estadounidense:
En un acto de calculada insolencia, el semidivino y
normalmente enclaustrado geramanja se vio obligado sin más ceremonia a desfilar
por las calles del pueblo… Los estudiantes profanaron deliberadamente sus
cubiertos sagrados y después sentaron a un manjo de baja casta sobre su caballo
bendito. Los ultrajados seguidores del geramanja esperaron hasta que los
estudiantes se reunieron en una escuela que se construía en las proximidades.
El edificio fue rodeado e incendiado con todos los estudiantes dentro.[93]
Oficialmente el Derg pretendía un «socialismo
etíope» pero se trataba más bien de marxismo-leninismo, y los estudiantes
marxistas aplaudieron la reforma agraria. Desde septiembre de 1975 el Derg
comenzó a decantarse por el marxismo-leninismo y trató de establecer una
alianza más formal con los partidos marxistas, pero estos estaban muy
enfrentados: por un lado estaba el marxismo modernizador estalinista del
Movimiento Socialista Panetíope (MEISON), más arraigado en el sur, y por otro
el «maoísmo» del Partido Revolucionario del Pueblo Etíope (PRPE), cuyos
miembros eran mayoritariamente del norte. No cabe sorprenderse de que Mengistu
prefiriera la alianza con el primero, y a finales de 1976 el PRPE inició una
campaña de atentados contra edificios públicos y asesinatos de miembros del
Derg, lo que llevó a este a desencadenar desde principios de 1977 una campaña
de «terror rojo» que duró más de un año. La violencia del conflicto era extrema
y en ciertas ocasiones llegaba a las calles, en particular con las masacres que
siguieron al intento del PRPE de disolver por la fuerza la manifestación del 1
de mayo de 1977 en Addis Abeba.
El extremismo de Mengistu, proclamado presidente
del Derg el 3 de febrero de 1977, intensificó los movimientos separatistas —
marxistas en Eritrea, «maoístas» en Tigray y rebeldes varios en otras regiones—
y la oposición de otros miembros del Derg, pero sobre todo dio lugar al boicot
de Estados Unidos, que hasta entonces, aplicando la realpolitik de Kissinger,
seguía financiando al régimen. Al llegar Jimmy Carter a la presidencia retiró
inmediatamente la ayuda alimentaria y sanitaria a Etiopía y se volcó en favor
de su enemigo principal, el régimen formalmente marxista
de Somalia, mientras que la Unión Soviética, que
hasta entonces había apoyado a este último, optó por el Derg como aliado más
seguro. El gobierno somalí, apreciando la debilidad del Derg, acosado interna y
externamente, decidió el 13 de julio invadir la región de Ogadén, de población
étnicamente somalí. Sin embargo la guerra de Ogadén, lejos de perjudicar al
Derg, solo sirvió para consolidar su régimen, del mismo modo que la segunda
guerra mundial había revigorizado a Stalin. Mengistu pudo presentarse como defensor
de la nación y rememorando a Stalin recurrió a la Iglesia Ortodoxa etíope para
unir al país contra el extranjero. En otros aspectos adoptó también la
ideología del estalinismo tardío. Estaba decidido a utilizar la fuerza para
preservar el estado multiétnico etíope y la preeminencia jerárquica de los
amhara y para subrayarlo adoptó un estilo cada vez más monárquico, ocupando un
trono dorado tapizado de terciopelo rojo mientras desfilaban ante él las
tropas.[94]
En marzo de 1978, con ayuda militar soviética y
cubana y el apoyo de los campesinos del sur enrolados en su ejército, Mengistu
pudo poner fin a la guerra de Ogadén. Sus enemigos internos habían sido
aplastados y los separatistas insurgentes contenidos. Tras la victoria reanudó
su transformación de la economía, estableciendo grandes exigencias para la
agricultura con el fin de invertir en la industria, siguiendo una estrategia
estalinista. El resultado fue la resistencia pasiva de los campesinos y la erosión
del suelo, lo que contribuyó, junto con la guerra de Tigray y la sequía, a una
hambruna devastadora en 1984.[95] El régimen, que minusvaloró el desastre, se
vio obligado a intervenir por la indignación internacional (acicateada por la
retransmisión televisiva del concierto de rock «Live Aid» en julio de 1985),
pero su iniciativa de realojar a los campesinos mediante un programa
obligatorio de «pueblización» provocó aún más traumas y aumentó el apoyo a la
insurgencia guerrillera contra el régimen.
Mengistu fue uno de los discípulos más fieles de
Stalin y el mundo recordaba con él los devastadores efectos de la violencia
política. Una vez más los odios creados por un
Ancien Régime en declive habían despertado a un iracundo y destructivo Prometeo
modernizador. Pero el rigor de su régimen quedaba muy atenuado en comparación
con la crueldad de otro que llegó al poder pocas semanas después de que el Derg
iniciara su reforma agraria. El 17 de abril de 1975 el Partido Comunista de
Kampuchea (bautizado por Norodom Sihanouk como «Jemer Rojo») ocupó Phnom Penh.
Su «comunismo» era muy diferente del afrocomunismo estalinista pro-urbano de
Etiopía. Era un marxismo maoísta que pretendía alcanzar la modernidad y la
grandeza nacional basándose en el campesinado y no en una vanguardia urbana. El
«Jemer Rojo» iba a llevar a Camboya (o Kampuchea) a una pesadilla mucho peor
que la Revolución Cultural, y su extrema violencia acabaría destruyendo la
modernidad que trataba de crear.
VI
En 1971 François Bizot, un antropólogo francés que
llevaba varios años en el país estudiando el budismo camboyano, fue capturado
por los guerrilleros de la Angkar Padevat («Organización Revolucionaria») que
combatía contra el régimen de Lon Nol, quien con respaldo estadounidense había
dado un golpe de estado en marzo de 1970 y había depuesto al rey Sihanouk.
Bizot, sospechoso de espiar para la CIA, fue internado en el campo M13, junto a
la frontera con Tailandia, y sus fascinantes memorias de su cautividad incluyen
una estremecedora recopilación de sus conversaciones con Kang Kek Leu, el
«camarada Duch», ex profesor de matemáticas que más tarde se iba a convertir en
director de la tristemente famosa prisión y centro de tortura de Tuol Sleng
(S-21) en Phnom Penh.[96] Pese a las circunstancias, Bizot y Duch establecieron
una extraña camaradería e iniciaron un extraordinario debate sobre el comunismo
camboyano. Bizot, enamorado de la cultura camboyana
tradicional, presentó a Duch una devastadora
crítica del proyecto prometeico del Jemer Rojo, en concreto de su sometimiento
a ideas occidentales, su desprecio por los campesinos «atrasados» y su
disposición a sacrificar a la gente en el altar de la grandeza nacional: «Si
destruís las estructuras de la sociedad campesina, si imponéis un nuevo modelo
racional, ¿no os arriesgáis a humillarlos más aún que vuestros enemigos?». Pero
Duch se negaba a aceptar que el campesinado se fuera a oponer a la modernidad e
insistía en que la recibiría con los brazos abiertos.
¡Todo lo contrario! —exclamó— Es porque… sabemos
que los campesinos son la fuente del auténtico conocimiento por lo que queremos
liberarlos de la opresión y el abuso. No son como los perezosos monjes
[budistas] que ni siquiera saben cultivar arroz. Ellos saben cómo hacerse
dueños de su destino… Esta sociedad conservará lo mejor de sí misma y se
liberará de todos los restos contaminados del actual período de declive… ¡Más
vale una Camboya escasamente poblada que un país lleno de incompetentes![97]
Al mismo tiempo, no obstante, declaraba su deseo de
ayudar a los campesinos dispuestos a asumir sus responsabilidades: «Mi deber es
llevarlos de nuevo a una vida de placeres simples. ¿Qué más puede querer uno en
la vida que una bicicleta, un reloj y una radio de transistores?».[98]
Duch criticaba la hipocresía de Bizot y su olvido
de que la nación francesa se había creado mediante una revolución sangrienta,
del mismo modo que los gigantescos templos de Angkor habían supuesto enormes
sacrificios:
Para ser francés, te veo muy timorato. ¿No
hicisteis vosotros una revolución y ejecutasteis a cientos y cientos de
personas? No me irás a decir que el recuerdo de esas víctimas os ha impedido
glorificar en vuestros libros de historia a los hombres que fundaron así una
nueva nación. Lo mismo sucede con los monumentos de Angkor Wat, cuya
arquitectura y majestad todos admiran… ¿Quién piensa ahora en su precio, en los
innumerables individuos que murieron durante siglos en su construcción? Importa
poco la magnitud del sacrificio; lo que cuenta es la grandeza del objetivo que
eliges.[99]
Bizot se sentía trastornado por la insensibilidad
de Duch, pero sus sentimientos eran confusos:
Hasta aquel momento me había dejado llevar por la
tranquilizadora imagen de un verdugo cruel. Ahora se me aparecía de repente, en
su inmensa soledad, un hombre lleno de fe en cuya expresión se mezclaban la
melancolía y la amargura. Justo cuando mostraba tanta crueldad, me sorprendí
sintiendo cierta simpatía por él… Mientras le miraba me vinieron lágrimas a los
ojos, como si estuviera tratando con un depredador peligroso que no supiera
cómo odiar… Su inteligencia se había afilado como los dientes del lobo o del
tiburón, pero su psicología humana había quedado cuidadosamente preservada. Así
dispuesto, sus amos lo empleaban como engranaje de un vasto mecanismo que iba
mucho más allá de su comprensión.[100]
Llevara o no razón Bizot en su apreciación de las
motivaciones de Duch y en su convencimiento de que este no era más que una
víctima de unos jefes inhumanos, sus reflexiones nos ayudan a entender por qué
los mandos intermedios como Duch estaban dispuestos a ejercer tanta violencia.
El lenguaje de Duch — especialmente su alabanza de los logros de la antigua
civilización de Angkor— era más explícitamente nacionalista que el de la
mayoría de los comunistas, y evidentemente la guerra y el nacionalismo camboyano
son decisivos para cualquier explicación de aquellos acontecimientos; sus
palabras se hacen eco de las que hemos visto en el pensamiento voluntarista
radical de Stalin y de Mao, esto es, que la grandeza nacional y el éxito
económico solo se pueden alcanzar en la medida en que el pueblo esté dispuesto
a sacrificarse heroicamente y que los menos heroicos o poco fiables tienen que
ser eliminados. En cualquier caso, el Jemer Rojo era más maoísta que
estalinista en cuanto a su fe en las virtudes del campesinado, al menos en
abstracto; no sentía el desprecio por su cultura o la
admiración por la urbana que sentían los
estalinistas. A pesar de eso, el «estado comunista número 1», como llamaron a
su régimen, fue aún más lejos que Mao en la valoración del aspecto radical de
la síntesis prometeica por encima del modernizador y en sus esfuerzos por
movilizar a la nación como un ejército guerrillero campesino en tiempo de
guerra, y aprovechó el enorme resentimiento del campo contra las ciudades para
impulsar una política genocida y destructiva a escala masiva.
El dirigente máximo del Partido Comunista Camboyano
Saloth Sar (más conocido por su pseudónimo «Pol Pot») llegó a su versión
extremista del marxismo en el transcurso de una vida muy similar en algún
aspectos a la de otros dirigentes comunistas asiáticos. Provenía de una familia
campesina acomodada (como otros dirigentes comunistas del Tercer Mundo);
estudió en el extranjero, donde conoció el comunismo, y luego regresó a un país
sacudido por las guerras anticoloniales y poscoloniales. Pero su visión del mundo
se vio también condicionada por las peculiares jerarquías étnicas y sociales de
su patria. Camboya era una parte particularmente agraria del imperio francés en
Indochina y los nativos eran en su gran mayoría campesinos y budistas. Los
franceses consideraban a los camboyanos menos desarrollados que los vientamitas
confucianos, que ocupaban muchos de los puestos administrativos en el país,
mientras que los nacionalistas camboyanos sentían cada vez más rencor por su
bajo estatus frente a los vietnamitas y chinos. De niño, en los años treinta,
Saloth Sar conoció de cerca los aspectos más tradicionales de la cultura
camboyana: pasó algunos meses como novicio en un monasterio budista, donde le
dieron una educación muy disciplinaria y tradicional. Su familia tenía ciertas
relaciones con la corte: una prima suya —miembro del ballet real—, y su propia
hermana adolescente fueron concubinas del provecto rey Sisowath Monivong, lo
que le dio acceso al palacio. No sabemos lo que pensaba de la corte en aquella
época, pero sus posteriores denuncias de la monarquía y de su decadencia eran
muy duras.[101] Y si no era consciente de ello
antes, seguro que advirtió el lugar que
correspondía a los camboyanos en la jerarquía étnica cuando fue a estudiar a un
liceo francés en la capital, dominada por franceses, vietnamitas y chinos.
Puede que todo esto le llevara a pensar que la única forma de elevar el estatus
de Camboya y los camboyanos era eliminar su cultura tradicional.
Saloth Sar, nacido en 1928, alcanzó la edad adulta
en una época de fermentación nacionalista, cuando los franceses habían vuelto a
imponer su control sobre el país tras la segunda guerra mundial pero toleraban
una monarquía constitucional presidida por el príncipe Norodom Sihanouk. Aunque
era un estudiante mediocre, en 1949 consiguió una beca para estudiar en la
Escuela Francesa de Radioelectricidad en París, pero le interesaba poco el
asunto y mucho más la historia de Francia y la política nacionalista; Rousseau
era uno de sus autores favoritos. En una época en la que el PCF tenía tanto
peso político, no es de extrañar que entrara en su órbita.
Asistió a grupos de discusión marxistas y pronto se
incorporó al PCF. Uno de sus camaradas de entonces recordaba su aprecio por la
idea estalinista del partido de vanguardia clandestino y por el propio Stalin;
de hecho colgó un retrato de este en su habitación.
Cuando
regresó a Camboya a principios de 1953, los comunistas vietnamitas habían
extendido la guerra de liberación contra los franceses al otro lado de la
frontera y controlaban alrededor de la sexta parte del territorio camboyano.
Saloth Sar se unió al Partido Revolucionario del Pueblo Khmer creado por los
vietnamitas y participó en un grupo guerrillero durante un tiempo, aunque
probablemente no llegó a combatir. Cuando Francia concedió la independencia a
Camboya en 1954 a raíz de los acuerdos de Ginebra, regresó a Phnom Penh y se
convirtió en activista clandestino del partido al tiempo que trabajaba como
profesor de francés. Era popular y uno de sus alumnos recuerda su estilo afable
y suave:
Todavía recuerdo su acento en francés, gentil y
musical. Estaba claramente enamorado de la literatura francesa en general y de
su poesía en particular… Muchos años después, en París, lo vi hablando
camboyano en la televisión… Hablaba arrebatadamente, sin pausas, como tanteando
un poco pero sin detenerse nunca, con los ojos medio cerrados, arrastrado por
su propio lirismo.[103]
Su estilo de enseñanza monástico le ayudó también
en el reclutamiento de monjes, profesores y estudiantes para el partido en una
época en que Sihanouk, un modernizador autoritario, trataba de ampliar la
educación. Cuando en julio de 1962 el secretario general del partido, Tou
Samouth, desapareció en misteriosas circunstancias,[*] Saloth Sar ocupó de
hecho su puesto y fue ratificado poco después como secretario general, pero
tras los disturbios estudiantiles de 1963 y la aparición de su nombre en una
lista policial de sospechosos se vio obligado a huir a las zonas liberadas por
la guerrilla en el este y noreste del país. Seguía así el camino emprendido por
Mao y los comunistas chinos tras la masacre de 1927, de la ciudad al campo.
Desde principios de los años sesenta Sihanouk había
tratado de mantener a Camboya fuera de la guerra de Vietnam y de preservar su
neutralidad, lo que le llevó a distanciarse de Estados Unidos, y en 1965 llegó
a un pacto con China y Vietnam del Norte por el que permitía a los combatientes
vietnamitas atravesar su territorio. La dirección vietnamita no estaba por
tanto dispuesta a permitir que los comunistas camboyanos atacaran al régimen de
Sihanouk, mensaje que le comunicaron claramente a Saloth Sar cuando visitó
Hanoi en 1965. Había ido allí en busca de apoyo para su guerrilla y le molestó
la negativa vietnamita, pero encontró una acogida mucho más cálida en Beijing
cuando visitó China a finales de aquel mismo año. Aunque en realidad los chinos
tampoco querían ayudarle contra Sihanouk, al menos fueron más corteses y se
sintió estimulado por el ambiente radical que constató allí. El Movimiento por
la Educación Socialista estaba en pleno auge y faltaban pocos meses para el
comienzo de la Revolución Cultural. Aquella visita a China en 1965 y otra
posterior en 1970 iban a tener un efecto enorme sobre su
pensamiento y le iban a proporcionar una nueva
visión. A su regreso en 1966 se cambió el nombre del partido, que hasta
entonces era Partido Revolucionario del Pueblo Khmer, por el de Partido
Comunista de Kampuchea, abandonando las áreas de influencia vietnamita para
concentrarse en un lugar más alejado en el norte, del tipo de Yan'an, habitado
por minorías «tribales». Desde allí se inició la preparación para la lucha
armada, aunque esta no comenzó en realidad hasta 1968.[104]
Las perspectivas para los comunistas camboyanos
radicalizados eran mucho más brillantes en 1969-1970, en parte como
consecuencia de la estrategia estadounidense en Vietnam. El 18 de marzo de 1969
Nixon dio la orden de comenzar a bombardear las bases vietnamitas en
Camboya,[*] demostrando así la inutilidad de los esfuerzos de Sihanouk por
evitar la guerra. La CIA también comenzó a mover los hilos para derrocarlo,
como efectivamente sucedió exactamente un año después, el 18 de marzo de 1970.
Los partidos comunistas vietnamita y camboyano se unieron ahora a Sihanouk
contra el régimen de Lon Nol respaldado por Washington, y en 1972 el Jemer Rojo
contaba con 35 000 hombres y controlaba casi la mitad del territorio camboyano.
La mayoría de sus miembros eran jóvenes campesinos pobres, dirigidos por
maestros y profesionales urbanos, y se utilizaban los métodos maoístas clásicos
de la autocrítica, las sesiones de estudio y el trabajo manual para forjar una
fuerza coherente. Fue entonces cuando comenzó su campaña contra el «feudalismo»
en las «áreas liberadas», erradicando el budismo e imponiendo un igualitarismo
y colectivismo extremo, simbolizado por la exigencia de que todos los
campesinos llevaran una especie de pijamas negros idénticos.
En 1973 aquella constelación de fuerzas volvió a
modificarse de nuevo cuando el gobierno vietnamita acordó con el estadounidense
retirarse de Camboya y el Jemer Rojo se quedó solo, irritado con Hanoi pero
decidido a prolongar la guerra. Los bombardeos estadounidenses se
intensificaron, pero probablemente aquello no sirvió más que para aumentar el
apoyo popular a la guerrilla. El 17
de abril de 1975 los residentes de Phnom Penh
asistían preocupados a la entrada en la capital de los victoriosos jóvenes
campesinos del Jemer Rojo, tal como les había sucedido a los de Beijing en
1949. Pronto se hizo evidente que había razones más que suficientes para
aquella preocupación.
El partido que se hizo con el control de Camboya
parecía tan insólito que algunos han dudado si se le podía considerar
verdaderamente marxista, apuntan por ejemplo la influencia del budismo
theravada, su colectivismo y su fatalismo, y esa era la explicación de François
Bizot para aquel anómalo movimiento.[105] Tal como le preguntó al exasperado
Duch:
¿No proponéis una nueva religión? He seguido
vuestras sesiones educativas. No son muy diferentes de los cursos de doctrina
budista: renunciar a las posesiones materiales y a los lazos familiares, que os
debilitan y os impiden dedicaros enteramente a la Angkar [«Organización»];
dejar a vuestros padres e hijos para servir a la revolución; someteros a la
disciplina y confesar vuestras faltas.[106]
Los reclutas campesinos del Jemer Rojo recibían sus
enseñanzas sin referencia ninguna a Marx o a Lenin y hasta 1977 incluso se les
ocultó que se trataba de un partido comunista, exigiéndoles lealtad a la Angkar
Padevat («Organización Revolucionaria»). Esto se debía en parte a razones
nacionalistas: el PCK era muy chovinista y no quería reconocer ningún vínculo
extranjero, especialmente con los odiados vietnamitas. Como declaraba Pol Pot
en su discurso de la victoria: «Hemos obtenido una victoria total, definitiva y
clara, lo que significa que hemos vencido sin ninguna relación o intervención
extranjera».[107] Pero también había otras razones para ese secretismo: estaban
convencidos de que tenían muy poco tiempo para desarrollar su revolución antes
de que se produjera un contraataque, por lo que siguieron comportándose como en
una guerra revolucionaria. El gobierno de la nueva «Kampuchea Democrática» se
formó en secreto y los dirigentes tenían nombres codificados: el «hermano n.º
1» (Pol Pot), el «hermano n.º 2», etc. Fue entonces cuando Saloth Sar adoptó el
nombre de guerra de Pol
Pot, presentándose como un «trabajador de una
plantación de caucho», y así figuraba en las «elecciones» de abril de
1976;[108] los mandos del Jemer Rojo les decían a los extranjeros que Saloth
Sar había muerto.
La guerra y un nacionalismo extremo y rencoroso
contribuyeron indudablemente a ese secretismo y xenofobia del PCK, pero también
lo hizo el ejemplo de su anterior patrocinador vietnamita. El Vietminh también
se presentaba como un frente nacionalista amplio y evitaba cualquier referencia
al marxismo-leninismo.[109] En otros aspectos seguía la tradición maoísta de
presentar al campesinado como clase revolucionaria, aunque en ese terreno fue
mucho más lejos: por mucho que Mao ensalzara las virtudes del campesinado,
siempre mantuvo la supremacía en último término del proletariado urbano
industrial, mientras que el Jemer Rojo veía al campesinado pobre como «clase
obrera» y discriminaba a los habitantes de las ciudades. Una de sus primeras
decisiones fue ordenar la evacuación de Phnom Penh y las demás ciudades, cuyos
habitantes —más de dos millones de personas— fueron enviados al campo a
trabajar obligatoriamente en granjas colectivas.
No está claro cuál fue la motivación precisa de esa
desurbanización:[110] en parte parecía una venganza del campesinado contra las
ciudades, más ricas y cosmopolitas. Como explicaba el partido a sus miembros
cuando comenzó la evacuación de las ciudades, «esa gente ha llevado una vida
muy cómoda, mientras que el campesinado ha llevado una vida muy difícil… Con
Lon Nol la moralidad de las ciudades no era pura y limpia, como en las áreas
liberadas».[111] Pero también recordaba las persecuciones de otros regímenes
comunistas mezclando la ideología y la seguridad. Se consideraba a los
residentes urbanos potenciales oponentes e ideológicamente corrosivos porque
habían crecido en la «basura de la cultura imperialista y colonialista».[112]
En otros aspectos, en cambio, la política del PCK
era una versión extremada del maoísmo igualitario del Gran Salto Adelante. Se
abolió el dinero y todos, incluidos los deportados, se convirtieron
en labradores en las granjas colectivas. Se
destruyó la vida urbana, se vaciaron las ciudades y se cerraron las escuelas.
El país se convirtió en un gran campo de trabajo agrícola en el que todos
dedicaban su vida al trabajo y la educación política. El régimen trató de
erradicar las antiguas jerarquías. Se ordenó a los niños llamar a sus
progenitores «camarada padre» y «camarada madre» y se prohibió el uso del
término «señor».[113] Solo se permitían los matrimonios aprobados por el
partido. Pol Pot llegó a declarar que «las madres no debían querer demasiado a
sus hijos», y se introdujeron comedores comunales para debilitar los lazos
familiares.[114] Al mismo tiempo, no obstante, se creaban nuevas divisiones
sociales según la clase y la ideología: los deportados de las ciudades (el
«pueblo nuevo») eran tratados como ciudadanos de segunda clase, mientras que el
«pueblo antiguo» se dividió en dos grupos: los campesinos pobres leales
(«miembros de pleno derecho») y los que no eran del todo fiables (los «candidatos»).
Las raciones y privilegios dependían del estatus de cada uno en la nueva
jerarquía, aunque en teoría se podía ascender mediante el trabajo duro y la
dedicación política.[115]
Pol Pot también siguió a Mao y la tradición
marxista-leninista radical en su deseo de organizar un «Gran Salto Adelante»
hacia la abundancia agrícola y, en último término, la industrialización. En
1976, al tiempo que se realizaban incursiones fronterizas en Vietnam y se
intensificaba el conflicto con su vecino, Pol Pot anunció su «Plan Cuatrienal
para Construir el Socialismo en Todos los Terrenos», como parte de su
estrategia para defender la nación. Aquel «plan» era uno de los menos
científicos confeccionados nunca en el mundo comunista. Sin detalles,
desordenado y enormemente ambicioso, dejaba a las claras la falta de interés de
la dirección del Jemer Rojo por la ciencia económica y ponía el énfasis sobre
todo en la fuerza de voluntad. «Cuando un pueblo se despierta gracias a su
conciencia política —declaraba un funcionario
— puede hacer cualquier cosa… Nuestros ingenieros
no pueden hacer lo que el pueblo hace».[116] El engreído Pol Pot estaba
convencido de que la «Kampuchea Democrática» no
solo alcanzaría a sus vecinos, sino que se convertiría en un faro para todos
los demás países comunistas. Sería verdaderamente el «estado comunista número
1».
Los proyectos de industrialización no dieron apenas
resultados, pero los planes para aumentar la cosecha de arroz enviaron
alrededor de un millón de trabajadores —muchos de ellos del «pueblo nuevo»
urbano— a crear nuevos campos agrícolas de la nada. Decenas de miles de
aquellos enemigos de clase murieron de hambre y enfermedades y el Jemer Rojo
los trataba despiadadamente, llegando a declarar: «Mantenerlos no supone ningún
beneficio ni destruirlos ninguna pérdida».[117] Eran considerados ciudadanos de
segunda clase a los que se podía matar por faltas menores; pero todos los
campesinos, ya fueran «antiguos» o «nuevos», estaban obligados a entregar una
elevada cosecha de arroz, ateniéndose si no a las consecuencias.
Sin embargo, también había aspectos más
estalinistas en el pensamiento del Jemer Rojo, como cabía esperar dada la
formación en el PCF de muchos de sus dirigentes y los estrechos contactos que
se mantenían con Corea del Norte.[118] No hubo ninguna movilización del estilo
de la Revolución Cultural y la actitud hacia los «enemigos» también se hacía
eco de la de Stalin a finales de los años treinta: iban a ser ejecutados, no
reeducados. Al igual que Stalin, Pol Pot argumentaba que el éxito en la guerra
requería campañas contra los «enemigos» internos ocultos y acusaba de los
fracasos económicos a la mala voluntad del «pueblo nuevo» y a los «microbios»
enemigos que «proliferan en cada rincón del partido» con capacidad potencial
para hacer un «daño real». En un llamativo eco del lenguaje de Stalin, declaró:
«¿Hay todavía traidores ocultos dentro del partido, o han desaparecido todos?
Según nuestras observaciones durante los últimos diez años, está claro que
todavía no han desaparecido todos… algunos son verdaderamente leales, pero
otros titubean. Los enemigos pueden infiltrarse fácilmente».[119] La represión
afectó a un amplio abanico de personas, algunas de
ellas miembros leales al partido. Por la prisión de
Tuol Sleng (S-21) dirigida por el «camarada Duch» pasaron alrededor de 14 000
personas, la mayoría de las cuales, obligada por la tortura a confesar extrañas
conspiraciones, fue luego ejecutada. El régimen emprendió asimismo la
persecución de varios grupos, tanto «enemigos de clase» como minorías étnicas.
El grado de violencia fue variando con el tiempo y
el número de muertos era más alto en algunas áreas que en otras; pero la cifra
total de muertos, asesinados o por hambre, es horrible: las estimaciones
oscilan entre uno y medio y dos millones, la cuarta parte de la población.[120]
Evidentemente, el régimen contaba con seguidores para imponer el terror, cuyas
motivaciones personales podían ser muy diferentes. La mayoría eran jóvenes
campesinos, al principio entusiasmados por la reforma agraria, a los que el PCK
podía convencer fácilmente de la necesidad de ejercer la violencia contra los
«enemigos» de la revolución. «Dejar de lado todo sentimiento» hacia ellos,
aunque fueran parientes, era considerado una virtud, y matarlos era una forma
de alcanzar «honorabilidad» en la nueva sociedad. Un miembro del «nuevo pueblo»
recordaba que su jefe creía que «si eliminaba a bastantes enemigos, satisfaría
su conciencia; habría cumplido con su deber hacia la Angkar;[121] otros se
veían obligados a someterse, temiendo que si no mataban bastantes enemigos
ellos mismos serian sospechosos de serlo».
Aquella pesadilla de la «Kampuchea Democrática»
llegó a su fin a principios de 1979 con la invasión vietnamita respaldada por
la Unión Soviética. El Ejército Revolucionario de Kampuchea, escasamente
preparado, no pudo hacer frente a sus vecinos bien armados y endurecidos en la
batalla; pero aun así mantuvo, rebautizado como Ejército Nacional de la
Kampuchea Democrática y con el respaldo de Sihanouk y de la República Popular
China, una guerra de guerrillas durante toda la década de 1980, hasta que los
vietnamitas, tras la Conferencia Internacional sobre Camboya celebrada en París
en agosto de 1989, en la que China se
comprometió a retirar su ayuda al ENKD, retiraron
sus fuerzas del país.[*]
VII
La experiencia de Kampuchea y Etiopía iba a
perjudicar seriamente la reputación del comunismo del Tercer Mundo incluso
entre los propios soviéticos y chinos, que veían cuánto se parecían aquellos
regímenes a su propio pasado militante que ahora preferían olvidar.
La República Popular China siguió apoyando
militarmente al Jemer Rojo aunque a la muerte de Mao se distanció de su
radicalismo, porque deseaba el apoyo de los camboyanos contra los vietnamitas.
Pero los dirigentes soviéticos se sentían muy decepcionados de algunos de sus
protegidos. Los que al principio habían mostrado más entusiasmo por las
aventuras en África, como Brutents, Shakhnazarov y Zagladin, comprobaron que
Mengistu y otros se negaban a seguir sus consejos y a moderar sus ambiciones.
Al conocer los detalles de las purgas y el baño de sangre se preguntaron si
algunos de aquellos partidos de vanguardia supuestamente marxistas-leninstas no
representarían en realidad a élites egoístas cuyo verdadero interés no era la
construcción del socialismo en beneficio de toda la sociedad o cuyos objetivos
eran demasiado ambiciosos, dado su nivel de desarrollo económico.
La evolución de los acontecimientos en Afganistán,
fronterizo con la Unión Soviética, parecía confirmar esos sombríos pronósticos.
El modernizador autoritario Mohammed Daud, presidente del país desde 1973, se
estaba enemistando tanto con la izquierda urbana como con la derecha tribal
islámica. Como consecuencia, en abril de 1978 y al parecer sin inducción
soviética, la facción izquierdista «Jalq» («Masas») del Partido Democrático del
Pueblo de Afganistán (comunista) tomó el poder en un golpe dirigido
por Nur Muhammad Taraki y Hafizullah Amin. Aquellos
misioneros urbanos de la modernidad, muchos de ellos maestros de escuela, que
se llamaban a sí mismos «los hijos de la historia», trataban de alfabetizar y
llevar el progreso al campo, pero su intransigencia les llevaba a recurrir cada
vez más a la fuerza.[122] La Unión Soviética, para la que Afganistán era de
gran importancia estratégica, apoyó al nuevo régimen, pero trató en vano de
moderar su comportamiento. Cuando en marzo de 1979 estalló una rebelión en la
provincia occidental de Herat, encabezada por guerrilleros islamistas, Moscú
decidió intervenir y acordó con el presidente Taraki relevar a Amin del puesto
de primer ministro, pero las cosas salieron al revés y fue Amin el que eliminó
a Taraki, convirtiéndose el 16 de septiembre en presidente e iniciando una
purga en el PDPA. A mediados de diciembre Leonid Briezhniev tomó la fatal
decisión de enviar allí los tanques soviéticos.[123]
Pero la invasión soviética de Afganistán era más
una confesión de debilidad que una demostración de fuerza, como muchos creyeron
en aquel momento en Occidente. El optimismo de mediados de los años setenta,
cuando el Kremlin creía poder atraer a su bloque a la mayor parte del Tercer
Mundo, se había desvanecido. Entre los comunistas occidentales, por otro lado,
la eventual confrontación militar entre los bloques había causado profunda
preocupación durante algún tiempo, especialmente en el PCI, encabezado desde
1972 por el reservado aristócrata sardo Enrico Berlinguer. Italia, como gran
parte de Europa occidental, sufría una grave crisis económica y agudas
tensiones sociales, pero la agitación obrera era especialmente seria y en el
país operaban los grupos terroristas más activos de Europa, principalmente de
extrema izquierda pero también de extrema derecha: entre 1969 y 1980 se
produjeron 7622 atentados y acciones violentas, que causaron 362 muertos y 172
heridos graves. Berlinguer estaba preocupado por ambas cuestiones. El
derrocamiento del presidente chileno Allende en 1973 le convenció de que a
medida que los comunistas se hacían electoralmente más fuertes se hacía más
probable la amenaza de un golpe. El PCE, dirigido
por Santiago Carrillo, veía las cosas de una forma similar tras el caos
revolucionario que se había vivido en Portugal.
Berlinguer estaba convencido de que el comunismo
solo podía triunfar si el conflicto entre los bloques y en el interior de cada
país se mitigaba. Su propuesta consistió en la conformación de una tercera vía
entre la socialdemocracia y el comunismo soviético, un movimiento que se llegó
a conocer como «eurocomunismo». Debía asumir plenamente la distensión, en
particular los acuerdos sobre los derechos humanos aprobados en la Conferencia
sobre Seguridad y Cooperación celebrada en Helsinki en julio-agosto de 1975,
que la Unión Soviética también había firmado, tuviera o no la intención de
aplicarlos; rechazaría todos los aspectos de la guerra fría, incluidas las
intervenciones soviéticas; y aceptaría explícitamente la democracia
multipartidista y el «pluralismo socialista». El PCI contaba de entrada con el
apoyo del PCE, pero también obtuvo la aprobación del PCF, y en junio de 1976,
en la Conferencia Paneuropea de partidos comunistas celebrada en Berlín este,
los tres partidos proclamaron su independencia política de Moscú y criticaron
el uso de la fuerza para extender el comunismo. En el documento de compromiso,
firmado por todos los participantes, había desaparecido toda mención de la
«dictadura del proletariado» y el término «marxismo-leninismo» fue sustituido
por «las grandes ideas de Marx, Engels y Lenin». Tampoco se mencionaba la OTAN
en deferencia al PCI, que ya no se oponía a la pertenencia de Italia a la
alianza militar occidental; y en abril de 1978 el PCE se convirtió en el primer
partido comunista que renunció formalmente al adjetivo «marxista-leninista»
sustituyéndolo por «marxista, democrático y revolucionario».
Tanto el PCI como el PCF lograron establecer
alianzas con los partidos socialistas de sus respectivos países. Berlinguer
propuso a la Democrazia Cristiana un compromesso storico contra la amenaza del
fascismo y para sacar a Italia de la crisis. También en Francia los comunistas
acordaron en junio de 1972 con el PS de François
Mitterrand y el Movimiento de los Radicales de
Izquierda un Programme commun bastante alejado del programa comunista ortodoxo.
Por primera vez desde los años cuarenta uno y otro parecían en condiciones de
llegar al gobierno.
Sin embargo, Berlinguer no consiguió que su
propuesta se extendiera más allá, y menos que fuera generalmente aceptada. Los
dirigentes soviéticos se mostraron extremadamente hostiles, temiendo que se
creara un centro comunista rival que pudiera amenazar sus intereses tanto en la
Europa oriental como en la occidental. Pravda declaró: «Es impensable combatir
el leninismo en nombre del marxismo… Nada podría ser más absurdo». Los
políticos estadounidenses también desconfiaban y seguían considerando a los eurocomunistas
una amenaza para Occidente. En cualquier caso, el PCI asumió el eurocomunismo
con mucho más entusiasmo que el PCF, cuya actitud y cultura política seguían
siendo más sectarias y prosoviéticas.
La estrategia frentepopulista de esos partidos
también chocaba con dificultades internas. En Francia el principal beneficiario
del Programme commun fue el Partido Socialista, ya que la vieja política
obrerista del PCF parecía cada vez más estancada. En septiembre de 1977, tras
haber sido muy superado en las elecciones municipales de marzo por el PS,
prefirió romper la Union de la gauche y distanciarse de su anterior compromiso
con los principios eurocomunistas. De 1981 a 1984, tras la elección de Mitterrand
como presidente de la República, participó en los gobiernos de Pierre Mauroy,
pero su declive parecía ya inexorable.
El PCI tuvo en un principio más éxito; con el 34,4
por 100 del voto en las elecciones de 1976, aunque su grupo parlamentario no
era el mayor de la Cámara había conseguido por primera vez después de la guerra
privar a la coalición democristiana de una mayoría absoluta. Y aunque no obtuvo
ministerios en el gobierno, monopolizado por la Democracia Cristiana hasta
1979, lo apoyó desde fuera y ganó una influencia considerable. Pero eran
tiempos de dificultades económicas. Sus propuestas no diferían
esencialmente de la política aplicada por los
gobiernos socialdemócratas de otros países de Europa occidental en aquella
época, tratando de aumentar la productividad mediante el compromiso de clases.
El PCI pidió a los sindicatos que limitaran sus reivindicaciones salariales,
mientras el estado les prometía a cambio una distribución más justa de los
impuestos y reorientar la economía hacia áreas más productivas. Al principio
los sindicatos cooperaron y la inflación disminuyó; pero en conjunto aquellas reformas
económicas fueron ineficaces, en parte porque la confianza entre las clases
sociales era escasa, y en parte porque la Democracia Cristiana no estaba
realmente decidida a respetar sus compromisos.
Aquel breve período de apoyo del PCI a la
Democrazia Cristiana decepcionó a sus seguidores. Los jóvenes radicales eran
especialmente hostiles al apoyo de los comunistas a la represiva legislación
antiterrorista: el PCI, para su desengaño, se había convertido en el defensor
más ardiente del estado Italiano. Se multiplicaron las manifestaciones
estudiantiles y los atentados terroristas y el PCI, falto de espíritu y de
unidad, puso fin al «compromiso histórico» a principios de 1979. El voto a los
comunistas disminuyó, y aunque su apoyo seguía siendo relativamente alto, se
fue debilitando hasta la caída del telón de acero.[*]
Sin embargo, lo que más perjudicó al eurocomunismo
fue quizá el deterioro de las relaciones entre los bloques a finales de la
década de 1970. Las revoluciones del Tercer Mundo y las intervenciones
soviéticas convencieron a la clase política estadounidense de que la URSS
estaba aprovechando la distensión para extender el comunismo. Hasta el
presidente Jimmy Carter, decidido a mejorar las relaciones con la URSS y a
aplicar en el Tercer Mundo una política basada en el respeto a los derechos
humanos y no solo en la seguridad, estaba preocupado por el comportamiento
soviético. Su Consejero de Seguridad Nacional, el porfiado «halcón» Zbigniew
Brzezinski, desconfiaba particularmente
de las intenciones de Moscú, y la invasión de
Afganistán reforzó su posición frente a las «palomas» de Washington. En Moscú,
entretanto, no entendían hasta qué punto sus intromisiones en el Tercer Mundo
estaban perjudicando la distensión y proseguían inflexiblemente una política de
suma cero.
Al tensarse las relaciones entre las
superpotencias, «terceras vías» como el eurocomunismo resultaban muy difíciles
de mantener. Las relaciones entre Berlinguer y los dirigentes soviéticos se
deterioraron y el golpe final llegó con la invasión de Afganistán;[124]
mientras que el PCI la condenó, el PCF volvió al redil soviético. Tras la
imposición de la ley marcial en Polonia en diciembre de 1981, Berlinguer
realizó una última y devastadora crítica del comunismo soviético. La fase del
socialismo iniciada por la revolución de Octubre, declaró, había «agotado su
fuerza progresista».
La agravación de las tensiones internacionales iba
a extenuar también otro régimen del estilo «tercera vía», el de los sandinistas
que habían llegado al poder en Nicaragua tras la revolución de 1979. El Frente
Sandinista de Liberación Nacional, cuyo nombre provenía del líder guerrillero
que encabezó la rebelión contra la ocupación estadounidense del país durante
los años veinte, Augusto César Sandino, era una coalición de diversas fuerzas
de izquierda que propugnaba la independencia frente al «imperialismo» y la
mejora de la situación de los pobres. Gracias a la gran impopularidad del
corrupto dictador Anastasio Somoza Debayle,[*] el FSLN contaba en un primer
momento con la simpatía de gran parte de la población. En él había tres
tendencias: la «Guerra Popular Prolongada», guevarista, de base campesina; la
«Proletaria», de base urbana, y la «Insurreccional» o «Tercerista», en la que
había democristianos, «teólogos de la liberación», marxistas y
socialdemócratas; entre los miembros de esta última estaban los hermanos
Ortega, Daniel y Humberto, marxistas no especialmente doctrinarios. En algunos
aspectos los sandinistas seguían la vía cubana, proponiendo la nacionalización,
la reforma agraria y una
mejora de la asistencia social y la educación; pero
a diferencia de los cubanos admitían el pluralismo político y una economía
mixta.
Como cabía prever, la nacionalización de la banca y
el comercio exterior, aparte de los bienes de la familia Somoza y sus
colaboradores, encrespó a la clase media y las relaciones con Estados Unidos se
tensaron. Los sandinistas estaban principalmente interesados en desarrollar su
país, pero mantenían estrechas relaciones con Cuba, de la que recibían ayuda, y
seguían empeñados en mantener el apoyo a los grupos guerrilleros de El Salvador
y otros países cercanos. Aunque al principio el gobierno de Carter se mantuvo
expectante, la intensificación de la guerra fría tras la victoria de Reagan en
las elecciones presidenciales de 1980 dio lugar a la organización y
financiación desde Washington de la «contra» (contrarrevolución), que emprendió
una guerra de guerrillas contra el régimen sandinista desde sus bases en
Honduras y Costa Rica; Daniel Ortega,[*] por su parte, pidió ayuda a Moscú.
Así pues, en 1979 la Unión Soviética comenzaba a
sentirse cada vez más decepcionada de los resultados de sus esfuerzos por
extender el comunismo en el Tercer Mundo, mientras que sus intervenciones
militares —junto con el violento estalinismo de algunos de sus patrocinados—
reforzaba la convicción de otros de sus aliados de que el marxismo-leninismo
era demasiado rígido y de que había que combinar el marxismo con el pluralismo.
Pero pese al creciente desaliento de los dirigentes comunistas, muchos occidentales,
aterrorizados por el comportamiento soviético, estaban convencidos de que la
expansión comunista iba a proseguir hasta dominar el mundo. A finales de 1978
el semanario liberal de derechas británico The Economist ofreció un pronóstico
alarmante para los siguientes «siete años singularmente peligrosos». Tras
describir el alto nivel de «voluntad político-militar» de los soviéticos,
cubanos, alemanes orientales y vietnamitas de extender el comunismo por todo el
mundo, el editorial declaraba: «No es posible impedir a la Unión Soviética
expandir su poder militar [… pero] es
esencial impedir que esa expansión soviética llegue
al punto en que controlen los puestos de mando, ya sean nucleares o no
nucleares». The Economist lo consideraba posible, pero se preguntaba con
pesimismo si «Estados Unidos podría encontrar en sus aliados —o en sí mismo—
siquiera una fracción de la voluntad esencial para impedir que la expansión
soviética llegue hasta ese punto».[125]
12
Revoluciones gemelas
I
El 11 de octubre de 1986 el secretario general del
PCUS, Mijail Gorbachov, se reunió por segunda vez con el presidente Reagan,
ahora en Reikiavik. El estilo de Reagan era bastante comedido comparado con la
vehemente locuacidad de Gorbachov, pero tenían mucho en común. Ambos líderes
eran un tanto efectistas y conocedores del arte dramático: Reagan había actuado
durante casi dos décadas en películas de serie B, y Gorbachov, veinte años más
joven, también había hecho sus pinitos como actor y algunos de sus colegas
comentaban su habilidad dramática.[1] También eran, cada uno a su manera,
auténticos creyentes idealistas en el propio sistema: Reagan cristiano y
acendrado defensor del capitalismo liberal, y Gorbachov ateo y comunista
convencido. Pese a sus profundas diferencias ideológicas había paradójicamente
cierta afinidad entre aquellos dos grandes actores en la escena internacional.
Reagan estaba convencido incluso de que Gorbachov podía ser creyente, y así se
lo dijo a su ayudante Michael Deaver: «No sé, Mike, pero honestamente pienso
que cree en un poder más alto».[2]
Al principio la intensidad de sus respectivas
convicciones ideológicas hacía difícil el acuerdo. Por la mañana del segundo
día
de la cumbre, por ejemplo, se produjo un agrio
enfrentamiento cuando Reagan acusó a los comunistas de pretender la dominación
mundial y Gorbachov respondió igualmente enfadado recordándole el amparo
soviético a ciertos derechos humanos pisoteados en el capitalismo.[3] Pero
aquella misma tarde el ambiente entre ambos se suavizó. Gorbachov propuso una
reducción sustancial del arsenal nuclear y tras cierta controversia sobre lo
que significaba o dejaba de significar aquello, Reagan realizó una extraordinaria
declaración: «Me parecería bien que elimináramos todas las armas nucleares». La
respuesta de Gorbachov fue: «Podemos hacerlo. Podemos eliminarlas».[4] A
continuación acordaron encargar a sus ayudantes el borrador de un tratado. Para
gran decepción de ambos, el acuerdo se les escapó de entre los dedos debido a
la objeción soviética al desarrollo por Estados Unidos de su Iniciativa de
Defensa Estratégica (IDE) más conocida como «guerra de las galaxias». Pero el
acuerdo de principio, que sorprendió a muchos de los asesores de Reagan, mostró
lo mucho que habían cambiado las cosas desde la década de 1970. El tono de
aquellos debates era muy diferente de las tirantes conversaciones entre Nixon y
Briezhniev. Ambos gobernantes se tomaban las cosas en serio y eran esforzados
combatientes en la lucha ideológica; pero también estaban de acuerdo en algo
fundamental: tenían que abandonar la vieja realpolitik que había traído consigo
el enorme aumento de sus arsenales nucleares y que amenazaba el propio futuro
de la humanidad.
Dos años y medio después, el 15 de mayo de 1989,
cuando Gorbachov fue a entrevistarse con el dirigente chino Deng Xiaoping, el
ambiente fue muy diferente. Era la primera visita de un gobernante soviético a
Beijing desde el conflicto chino-soviético, y aunque Gorbachov y Deng acabaron
firmando un tratado, a diferencia de lo sucedido en Reikiavik, no parecían
entenderse bien. La atmósfera era tensa. En la plaza de Tiananmen había miles
de estudiantes manifestándose por la democracia que pretendían el apoyo de
Gorbachov. El tecnócrata Deng, además, representaba un
comunismo muy distinto del de Gorbachov. Aunque la
reunión transcurrió afablemente, apenas hubo compromisos reales. Gorbachov
registró así en sus memorias su impresión de Deng: «Creo que la clave de su
gran influencia… reside en su enorme experiencia y en su sano pragmatismo».[5]
Aquellos dos encuentros tan diferentes ilustran lo
mucho que habían cambiado los tres bloques —soviético, chino y estadounidense—
desde la última ronda de cumbres en 1971-1972. Entonces, como en 1989, el
gobernante estadounidense y el soviético tenían más en común: Nixon y
Briezhniev eran archipragmáticos, mientras que Mao, que seguía siendo un
idealista a pesar de sus muchos años, se había visto obligado a regañadientes a
un repliegue pragmático por los desastres de la Revolución Cultural. A mediados
de los años ochenta los nuevos dirigentes de las tres potencias habían recusado
a sus predecesores: las reacciones contra la cínica realpolitik desarrollada
por Estados Unidos y la URSS habían llevado al poder a dos idealistas, Reagan y
Gorbachov, mientras que en China el cauto Deng representaba exactamente la
antítesis del destructivo idealismo de Mao. Al tiempo que China estaba
perdiendo su impulso revolucionario, Estados Unidos y la Unión Soviética
estaban recuperando el suyo.
Reagan y Gorbachov encarnaban las dos revoluciones
que iban a cambiar el mundo a lo largo de la década de 1980: la capitalista
neoliberal y la comunista romántica. Aunque el segundo fue en gran medida
responsable del colapso final del comunismo en su meollo soviético, mientras
que el primero ganó en último término la contienda por la preeminencia global,
cada uno de ellos aprendió algo del otro. Los halcones estadounidenses
adoptaron algunas tácticas (e incluso el vocabulario) de los
marxistas-leninistas, mientras que los reformistas soviéticos se veían cada vez
más atraídos por las ideas liberales.
La presidencia de Reagan marcó el comienzo de una
nueva preeminencia ideológica liberal en Occidente. Durante la década de
1980 parecía como si fuera a imponerse en el mundo
entero, incluyendo también a China; pero el empuje liberal que asaltó con éxito
la ciudadela del Kremlin no consiguió en último término penetrar en
Zhongnanhai, el barrio de Beijing junto a la Ciudad Prohibida que alberga los
principales centros de poder chinos. Sus pragmáticos líderes no querían ni oír
hablar de revolución, ya fuera maoísta o liberal. China tenía otro modelo de
desarrollo al que recurrir: el capitalismo autoritario de los llamados «tigres asiáticos».
Desde la muerte de Stalin las placas tectónicas del mundo geopolítico se habían
venido desplazando gradualmente. La brecha entre Occidente y el bloque
soviético se había ido cerrando, al tiempo que China se había ido alejando de
ambos. Si bien Gorbachov y Deng firmaron un nuevo acuerdo chino-soviético, en
realidad 1989 representaba un alejamiento y no un acercamiento entre ambas
potencias.
II
A finales de los años setenta surgió en China un
nuevo género periodístico, el «reportaje», a menudo muy crítico hacia el
Partido Comunista y la Revolución Cultural. Una de las muestras más
controvertidas, «¿Pueblo o monstruos?», publicado en 1979, era un informe
ferozmente satírico de un notorio caso de corrupción en la provincia
septentrional de Heilongjiang, cuya protagonista, la desvergonzada Wang
Shouxin, había comenzado como humilde cajera de la empresa local de carbón.
Cuando llegó la Revolución Cultural «se despertaron inesperadamente en ella
afanes políticos que habían permanecido dormidos muchos años». Tras decidir
aprovechar aquellos cambios transcendentales en su propio beneficio, se asoció
con un «antiguo bandido», Zhang Feng, y creó una nueva unidad de la Guardia
Roja, la «Fuerza de Combate Aplastar-el-Nido-Negro». A continuación lanzó su
propia Revolución
Cultural contra el principal obstáculo para su
ascenso, el planificador y contable de la empresa, Liu Changchun, miembro del
«Cuerpo Rebelde Rojo» que dominaba la comarca. Wang se congració con un alto
responsable del partido, quien aprobó un «debate» entre los dos; ella acusó a
Liu de favorecer a los «poderosos» y de poner la producción por encima de la
revolución. Las autoridades se pusieron de su parte y Liu fue públicamente
humillado y a continuación encarcelado, con lo que Wang tenía vía libre para
convertirse en directora y secretaria del partido en la empresa. Creó su propia
red de corrupción aprovechando su control del abastecimiento local de carbón
para sobornar funcionarios y abrirse camino hacia la riqueza y el poder. Astuta
como era, consiguió sobrevivir a la muerte de Mao, pero finalmente fue víctima
de la decisión del partido de permitir las críticas a la Revolución Cultural a
finales de los años setenta.[6][*]
La Revolución Cultural había provocado muchos
padecimientos, tanto físicos como emocionales; pero uno de sus efectos más
duraderos fue la decepción. El régimen había utilizado los ideales de la virtud
y el sacrificio solidario para movilizar a la población y muchos se lo habían
tomado en serio. Cuando comprobaron que algunos cínicos como Wang Shouxin se
habían aprovechado de su idealismo se sintieron estafados. A mediados de la
década de 1970 el marxismo-leninismo romántico había quedado muy desacreditado.
Los comunistas chinos no volverían nunca a la lucha de clases maoísta. De
hecho, el final de la Revolución Cultural iba a señalar el comienzo de una
larga y sinuosa transición del comunismo al capitalismo.
El terror ejercido por Stalin en 1936-1938 provocó
una desilusión parecida, pero la guerra contra los nazis había restaurado la
raison d'être del régimen comunista. Stalin pudo pedir de nuevo sacrificios al
pueblo en interés de las supervivencia nacional, y desde aquel momento el
comunismo soviético quedó indisolublemente ligado a la victoria sobre los
nazis; pero aquella redención no era posible en China en los años setenta. Una
opción, por supuesto, era retornar al
marxismo modernista reglamentado de la década de
1950, pero desde entonces habían cambiado muchas cosas: el modelo soviético
parecía muy deteriorado, y aunque China había progresado a pesar de las luchas
internas, sus vecinos y rivales le habían tomado la delantera. Taiwán y Corea
del Sur, los primeros «tigres asiáticos», habían conseguido de hecho, con su
combinación peculiar de autoritarismo, capitalismo y crecimiento basado en las
exportaciones, «grandes saltos adelante» con los que habían dejado muy atrás a
China. Los comunistas —especialmente los que más habían sufrido durante la
Revolución Cultural— comenzaron a cuestionarse el propio modelo soviético.
Las primeras señales de cambio se pudieron percibir
incluso antes de la muerte de Mao. Oficialmente la Revolución Cultural
prosiguió hasta aquel suceso y sus principios eran enérgicamente defendidos por
la llamada «Banda de los Cuatro», de los que formaba parte la propia mujer de
Mao, Jiang Qing. Pero el ejército, bajo el mando del mariscal Lin Biao, había
puesto el fin a la fase ultrarrevolucionaria en 1969, y tras el extraño
accidente aéreo en el que este perdió la vida en septiembre de 1971, la política
china entró en un período de calma inestable. La visita de Nixon a Mao en
febrero de 1972 y los acontecimientos posteriores mostraron el cambio de
estrategia, que se vio confirmado por la rehabilitación del pragmático Deng
Xiaoping en 1973 y su nombramiento como vicepresidente del PCCh y de la RPCh en
enero de 1975.
Hasta la muerte de Mao el cambio no avanzó mucho, y
de hecho a finales de 1975 los seguidores radicales de la «Banda de los Cuatro»
lanzaron un exitoso ataque contra Deng acusándole de «revisionista» y «seguidor
de la vía capitalista». Mao, que ya estaba muy enfermo, eligió como sucesor al
incoloro Hua Guofeng, líder de la fracción llamada «Cualquier Cosa» por haber
declarado públicamente que «cualquier cosa» que dijera Mao era acertada. Hua
todavía se aferraba a la política económica de las décadas de 1950 y 1960, pero
la reacción contra la Revolución Cultural era demasiado intensa y menos de un
mes después de la muerte de
Mao hizo detener a Jiang Qing y los demás miembros
de la «Banda de los Cuatro» (Zhang Chunqiao, Wang Hongwen y Yao Wenyuan).
En
1977 permitió a Deng retomar el puesto de vicepresidente, y este se valió de la
presión popular para rehabilitar a las víctimas de las purgas y derrotar a Hua
y los «cualquiercosistas» en el plazo de dos años.
Hacia 1979-1980 Deng Xiaoping se hallaba en la
misma situación que Jruschov en 1956. Para justificar el cambio político tenía
que criticar el pasado, pero sabía que si iba demasiado lejos podía destruir
todo el régimen. Durante la lucha por el poder en la cumbre, los estudiantes
pegaron en el muro oeste de la plaza de Tiananmen (el llamado «muro de la
democracia») dazibaos que criticaban a los «cualquiercosistas» y a la Banda de
los Cuatro, con los que Deng se sentía sin duda muy satisfecho —muchos de aquellos
carteles lo alababan desaforadamente—, pero advirtió a los estudiantes que no
atacaran al propio Mao; al hacerse más radicales las críticas ordenó su
represión en 1979. Con ello estableció límites al cambio y dejó muy claro que
no era un político liberal.
La trabazón que estableció Deng entre las reformas
de mercado y el control político estricto se ha mantenido esencialmente hasta
hoy. Sus «cuatro modernizaciones» (agrícola, industrial, científico-técnica y
militar) constituían una puesta al día de la NEP marxista pragmática de Lenin a
principios de los años veinte, que contrastaba notoriamente con el reformismo
comunista romántico que nació con Jruschov y alcanzó su culminación con
Gorbachov. La dirección china mantenía un ojo atento al éxito de los tigres
capitalistas asiáticos, y el otro a las lecciones de la Revolución Cultural,
pensando que Mao, al acosar a la burocracia y agitar la democracia de masas
desde abajo, había estado a punto de provocar una guerra civil. Deng estaba
decidido a no repetir aquel error. Procuró dejar en paz a los burócratas de la
industria pesada y el partido, ganándoselos mediante la persuasión y no
derrotándolos en una confrontación violenta.
La pieza central del programa de Deng era
desarrollar una economía dual: la industria pesada seguiría bajo el control del
estado; el partido no iba a tratar de disolver la vieja jerarquía planificadora
con el ácido de la democracia o el mercado, sino que plantó la semilla del
mercado fuera del inflexible e ineficiente sector estatal. Se abolieron los
colectivos y se restauró la agricultura privada basada en la familia, al tiempo
que se autorizaba la creación de pequeñas empresas privadas —tiendas, pequeños talleres
y fábricas— con bajos impuestos y libertad para contratar y despedir. El sector
de la empresa privada creció aceleradamente y a finales de la década de 1980
menos del 40 por 100 de la renta nacional provenía del sector estatal, un nivel
similar al de Francia o Italia. Los burócratas que gestionaban las empresas
estatales veían preocupados la competencia que les hacían las privadas; pero no
trataron de sabotear las reformas como habría cabido esperar, porque Deng les
hizo una concesión crucial: se les permitió crear empresas privadas anejas e
invertir en ellas parte de los beneficios, con lo que se les ofrecía un
incentivo personal para mejorar el rendimiento de las empresas estatales que
gestionaban.[8] Al mismo tiempo se abrieron varias «zonas económicas
especiales» que ofrecían a los inversores extranjeros un trato privilegiado en
cuanto a impuestos y aranceles. El mercado, que aparecía como socio menor del
estado, comenzó así a ganarle la partida.
A finales de la década de 1980 China se había
transformado. Las ciudades se habían convertido en lugares bulliciosos y
brillantes; las vallas publicitarias habían sustituido a las antiguas pancartas
del partido con eslóganes políticos. En lugar del obrerismo y la austeridad
maoísta se acrecentaba el entusiasmo por el dinero y los negocios. Un
periodista y antropólogo que reunía material para una crónica de la vida en
China, comprobó cuánto habían cambiado los valores tradicionales cuando
entrevistó a una locuaz campesina de Tianjin y a su, más cauteloso, marido:
MUJER:…realmente nos ha ido bien. Los de la ciudad
no valen para nada. Nosotros, los campesinos pobres y medios, vamos por
delante: hemos dejado atrás a la clase obrera. Ellos se estuvieron
enriqueciendo durante treinta años, pero ahora nosotros les hemos adelantado
con nuestra carreta de bueyes.
MARIDO: No sabe lo que dice. Una vez que comienza a
hablar no para.
Los obreros son la clase dirigente.
MUJER: ¿Dirigente? Seguro. Pero ¿tú trabajarías
como obrero si alguien te lo pidiera?… ¿De qué te ríes? Somos realmente ricos…
¿Para qué sirve el Partido Comunista, si no es para salvar a los pobres de sus
penalidades?
MARIDO (con una sonrisa): Ya basta. Sí sigues
hablando así vas a empezar a cantar XX (una de las nuevas óperas de la
Revolución Cultural).[9]
Las reformas tuvieron efectivamente un efecto
espectacular en el campo, en particular en cuanto a la mejora de la
productividad. Song Liying, un ex funcionario del partido de Dazhai, en la
provincia de Anhui —un «pueblo modelo» durante el período de la Revolución
Cultural— reconocía que la vida había mejorado mucho para los campesinos desde
la reforma de principios de los años ochenta:
Antes de la reforma… no se nos permitía criar ni
cultivar nada en nuestro patio trasero, ni producir nada para vender… Como
cuadro político del pueblo, yo mismo habría tenido que intervenir si sabía que
alguien se atrevía a violar las reglas. Ahora puedes hacer lo que quieras,
criar cerdos para comer o vender, hacer tigres de tela… En 1984, con el dinero
extra que teníamos, compramos un pequeño televisor en blanco y negro. Todavía
recuerdo que era de la marca Panda. A todos nos parecía mágica aquella caja eléctrica
con sus sonidos e imágenes… Ahora la gente sabe cómo aprovechar el tiempo.
Antes, si llegabas a nuestro pueblo veías a la gente dando vueltas por ahí,
charlando o jugando a las cartas o al mahjong. Ahora no ves a nadie perdiendo
el tiempo. ¡Todos están trabajando![10]
Junto a las reformas económicas de 1976-1989 hubo
una apertura intelectual, especialmente hacia Occidente, que se iba a conocer
como la «fiebre cultural» que permitió a los intelectuales chinos debatir los
méritos y deméritos de toda una serie de ideas anteriormente reprimidas, desde
el neoconfucianismo al liberalismo; pero sobre todo se trataba de una fiebre
tecnocrática, lo que puede parecer sorprendente, ya que cabía esperar que la
violencia de la
Revolución Cultural hubiera generado un anhelo de
un «socialismo con rostro humano» que no sacrificara lo individual a un bien
superior; así fue efectivamente para algunos, como el grupo de marxistas
humanistas en torno a Wang Ruoshi que combinaba al joven Marx con las
traducciones de las críticas desde Europa oriental al estalinismo tardío. Sin
embargo, el romanticismo exacerbado de Mao había desacreditado incluso esas
actitudes modestamente idealistas, y lo que estaba en auge era el marxismo
tecnocrático. Además, tras el pernicioso menosprecio de Mao hacia la formación
y la pericia, el nuevo eslogan de moda era «respetar el conocimiento, respetar
el talento». Por otra parte, más influyente que el joven Marx fue el futurólogo
estadounidense Alvin Toffler, cuyo libro La tercera ola, publicado en China en
1983 fue un éxito; en 2006 el Renmin Ribao («Diario del Pueblo») lo situaba
entre los «cincuenta extranjeros que han conformado el desarrollo de la China
moderna».[11] Su atractivo residía en su afirmación de que la «segunda ola» de
la sociedad industrial había pasado y que el mundo estaba entrando en una nueva
era —la «sociedad del conocimiento»— en la que la tecnología de la información
vertebraría una economía radicalmente descentralizada caracterizada por la
diversidad y el poder del consumidor. Para los lectores chinos aquello sonaba a
promesa de un nuevo futuro, desembarazado del antiguo modelo industrial
soviético. China podría saltar directamente de la «primera ola» de la sociedad
agraria a la tercera dominando esa nueva tecnología.
Había también, evidentemente, ciertas tensiones. El
mercado producía perdedores y ganadores y a los gobernantes de Beijing les
resultaba difícil mantener el control sobre los jefes locales convertidos en
hombres de negocios mientras proliferaba la corrupción. Los conservadores
estaban naturalmente descontentos y los «zigs» de la liberalización se veían
interrumpidos ocasionalmente por los «zags» de las campañas al viejo estilo
contra la «contaminación espiritual» y el «liberalismo burgués». Los obreros,
en particular, sufrían el descenso del nivel de vida, la
desaparición del tie fan wan (literalmente, «cuenco
de arroz de hierro»; seguridad en el empleo y salario mínimo), y
desmantelamiento del viejo estado asistencial. Pero los dirigentes del partido,
temiendo eventuales desórdenes, avanzaban muy cautelosamente y hasta finales de
la década de 1980 no comenzaron a desaparecer de hecho las redes de protección
social. La agitación obrera desempeñó un papel importante en los disturbios de
1989 y casi hicieron descarrilar la reforma, aunque para entonces ya se había
consolidado la coalición reformadora entre los nuevos empresarios y los jefes
del partido. Veinte años después de la Revolución Cultural, China había
cambiado decisivamente de trayectoria. A un visitante de 1968 le habría
resultado prácticamente imposible reconocer la China de 1988.
Los observadores occidentales estaban sorprendidos
por los cambios, pero retrospectivamente cabe afirmar que no tenían por qué
estarlo. Pese a la significativa oposición a las reformas de mercado, la
experiencia de la Revolución Cultural había sido tan traumática que la
«derecha» democrática y liberalizadora estaba en buena situación para ganar
batallas políticas. Los regímenes del bloque soviético, en cambio, estaban
siguiendo una trayectoria muy distinta, porque habían extraído una lección
diferente de lo sucedido a finales de los años sesenta: las reformas de mercado
que habían intentado habían acabado en la Primavera de Praga. Por eso, a
diferencia del gobierno chino, que ofrecía a los jefes locales del PCCh
incentivos para apoyar las reformas de mercado, los gobernantes del bloque
soviético optaban por el paternalismo sobornando a los obreros y campesinos con
la oferta incrementada de bienes de consumo y asistencia social. Esa estrategia
se iba a demostrar desestabilizadora porque irritaba a los trabajadores de
cuello blanco, más instruidos, que eran los que contaban con mayor confianza en
sí mismos y con poder para enfrentarse al sistema. Aquellos regímenes
prepararon así las condiciones para una contrarrevolución desde dentro del
partido contra el propio comunismo.
III
A principios de los años ochenta la sección de la
Komsomol de una biblioteca soviética convocó una reunión para decidir si uno de
los bibliotecarios, que tenía como segundo empleo el de profesor de latín en un
seminario, cómo debía ser expulsado. Aunque la observancia religiosa no era
ilegal y la gente podía ir cuando quisiera a la iglesia, el problema se
presentaba con respecto a los miembros del partido o de la Komsomol, que
supuestamente seguían siendo la vanguardia ideológica del país. De hecho era motivo
suficiente para expulsarlo, pero eran tiempos de pragmatismo y el comité no
estaba muy seguro de lo que debía hacer. Como le dijo uno de los participantes
en aquella reunión a Alexei Yurchak:
Al principio nuestro comité estaba en contra de la
expulsión de aquel chico… Considerando su formación, era obvio que enseñar
latín era mucho más apropiado e interesante para él que el tedioso trabajo en
la biblioteca. Sin embargo, el problema era… su arrogancia y falta de respeto,
llegando a manifestar que no le importaba lo más mínimo lo que decidiéramos. De
pronto, varios miembros del comité comenzaron a acusarle de «traidor a la
patria». Un miembro del comité llegó a decir: «¿Y qué harías si te ofrecieran
un empleo en la CIA?». Era una forma ridícula de decirlo, por supuesto, pero en
aquel momento todos empezamos a atacar a aquel pobre muchacho. No fuimos nada
amables con él.[12]
Ese episodio es muy revelador. Allí estaba un grupo
de gente instruida, con una actitud abierta e incluso escéptica hacia la
ideología; daban mucho valor a la realización personal en el trabajo y no tanto
como generaciones anteriores al deber social puritano. Aun así, su moralidad se
adecuaba bastante al colectivismo del sistema y lo veían como «suyo». Irritados
por un colega que parecía desafiar de forma tan arrogante las reglas de su
pequeño colectivo, se veían, para su sorpresa, invocando los estrictos dogmas
de generaciones anteriores de comunistas.
Pese a su menor dinamismo ideológico, muchos
ciudadanos soviéticos seguían considerando el socialismo esencialmente justo.
Aunque los miembros del partido y de la Komsomol podían encontrar la vida del
partido aburrida e inane, de eso no se deducía que fueran escépticos con
respecto al comunismo. De hecho, en muchos de ellos quedaba un idealismo
residual. Un organizador de la Komsomol de la ciudad de Sovietsk (antigua
Tilsit), nacido en 1960, describía así la tediosa rutina de las reuniones:
Sabía muy bien, y creo que todos lo sabíamos, que
las decisiones se tomaban de antemano; pero aun así había que quedarse hasta el
final… No podías hablar mucho, así que lo mejor era dedicarse a leer. Todo el
mundo leía. Todo el mundo. En cuanto comenzaba la reunión, todas las cabezas se
inclinaban y todos empezaban a leer. Algunos hasta se quedaban dormidos. Pero
cuando había que votar, todos levantaban la cabeza, como si hubiera sonado un
despertador: «¿Quién está a favor?», y levantabas automáticamente la mano.[13]
Pero el mismo tiempo, no obstante, aquel joven
creía en el comunismo y en la Komsomol: «Quería pertenecer a ella porque quería
estar de entre la vanguardia juvenil que se esforzaría por mejorar la vida…
Creía que si seguías las normas —escuela, instituto, trabajo— todo te iría bien
en la vida».[14]
A principios de los años ochenta muchos ciudadanos
soviéticos seguían juzgando su sistema superior al de Occidente; de lo poco que
sabían de este, muy influido por la propaganda oficial, deducían que aunque el
nivel de vida en la URSS fuera más bajo, era superior en justicia social,
bienestar, estabilidad, moralidad y educación.
Los ciudadanos soviéticos tenían por supuesto la
ventaja de vivir en una potencia imperial. El comunismo era «su» sistema y les
daba un estatus internacional (con excepción de algunas nacionalidades
desafectas, como los pueblos bálticos). Pero en todo el bloque (salvo quizá en
Polonia), el apoyo a los valores socialistas, si no revolucionarios, seguía
siendo predominante hasta finales de la década. En Hungría, en 1983, se les
presentó a los escolares entre diez y catorce años una lista de palabras preguntándoles
cuáles eran las que más les «gustaban» o «disgustaban». Entre las más
populares estaban «bandera nacional» (que les
gustaba al 98 por 100), «bandera roja» (81 por 100), y «dinero» (70 por 100);
entre las manos menos populares, «secretario del partido» (40 por 100),
«revolución» (38 por 100), y «capitalismo» (11 por 100).[15]
Evidentemente, los niños podían estar muy influidos
por la propaganda escolar, pero algunas encuestas mostraban que los adultos
compartían en general esas opiniones: los húngaros estaban abrumadoramente a
favor de la igualdad socialista; la asistencia social a cargo del estado; las
granjas colectivas; y el principio de que «todos deben subordinar sus intereses
a los de la sociedad». Por otro lado, también había mayoría a favor de una
mayor libertad política («la gente debe ser libre para decir lo que piensa») y
reformas de mercado más profundas.[16] Las encuestas realizadas a los emigrados
de la década de 1970 mostraban que su apoyo a esa combinación de socialismo del
bienestar y reformas de mercado también predominaba en la URSS.[17]
Hungría tenía sus peculiaridades. János Kádár era
bastante popular (el 87,7 por 100 estaba total o parcialmente satisfecho con
él) por haber defendido los intereses húngaros frente a la URSS, algo que quizá
distorsionaba un tanto las respuestas. El aprecio al partido o a los
gobernantes en otros países del bloque variaba de uno a otro. El régimen de
Husák en Checoslovaquia promovía el consumismo y un nivel de vida más alto,
pero encuestas oficiales — no publicadas— realizadas en 1986 mostraban una
notable insatisfacción con la ideología y la política del régimen. Las
opiniones en la RDA eran mucho menos favorables al sistema socialista que en
Hungría y en la URSS, pero la opinión polaca parecía ocupar una categoría
propia. Encuestas independientes realizadas entre 1981 y 1986 mostraban que el
apoyo a la dirección del estado-partido era solo de un 25 por 100 y que el 50
por 100 estaba muy descontento del sistema pero no se atrevía a enfrentarse a
él. Aun así, e incluso entre los anticomunistas, las encuestas de opinión
mostraban un apoyo general a los valores socialistas. En un estudio de 1980,
esto es, antes de la ilegalización
de Solidarność en octubre de 1982, la «igualdad» se
consideraba el segundo valor más importante, después de la «familia», y casi
todos defendían que los ingresos de todos los ciudadanos fueran aproximadamente
iguales.[18] La democracia se consideraba valiosa, pero no tanto como la
igualdad. Puede que los regímenes comunistas no hubieran creado un «nuevo
pueblo socialista», pero sí hombres y mujeres con muchos ideales socialistas
que les podían valer para criticar el comunismo realmente existente.
En todo el bloque había disidentes que criticaban
el régimen desde distintas perspectivas: populistas, nacionalistas, demócratas
liberales y socialistas radicales. La firma en 1975 de los acuerdos de Helsinki
(que incluían el respeto a los derechos humanos) por los gobiernos del bloque
soviético reforzó en particular a los grupos liberal-demócratas, aunque para
otros lo más importante era la protección del medio ambiente.
La respuesta oficial a la disidencia era variable.
La represión era mayor en Albania y Rumanía; Polonia y sobre todo Hungría, así
como Yugoslavia, eran mucho más abiertas. La policía secreta era
extraordinariamente activa en la RDA y en Checoslovaquia, y en la URSS el KGB
dedicaba mucha energía a perseguir un movimiento disidente minúsculo pero cada
vez más audible. La farsa judicial en la que se condenó a trabajos forzados a
los escritores Siniavs-ki y Daniel en 1966 puso fin al deshielo de Jruschov, y
posteriormente otros intelectuales fueron detenidos o deportados; pero en el
partido pocos pretendían volver a los días de Stalin. En parte se trataba de
una opción pragmática: las purgas podían salirse de madre y amenazar a los
propios dirigentes, además de perjudicar las relaciones con Occidente. Por eso
el KGB trataba de atenerse a la «legalidad socialista» y seguir alguna forma de
proceso legal, lo que también podía ser embarazoso e impredecible; normalmente
se prefería recurrir a los «consejos» o «trabajos explicativos», tal como decía
la jerga oficial. Si el disidente ignoraba el «consejo» podía ser expulsado de
la URSS, como ocurrió en el caso del escritor nacionalista conservador
Aleksandr Solzhenitsyn, deportado en
1974 a Alemania, o en el del físico Andrei
Sakharov, defensor de los derechos civiles, enviado a un exilio interno en la
ciudad de Gorki (ahora de nuevo Nizhny Nóvgorod). Otra solución aplicada de vez
en cuando era recurrir a un psiquiatra que diagnosticara una «esquizofrenia
lentamente progresiva», enfermedad conocida únicamente en el bloque soviético
entre cuyos síntomas estaban las «ilusiones reformistas». El disidente era
entonces enviado a un «hospital psiquiátrico especial» y sometido a dolorosos «tratamientos»
punitivos.[19]
La policía secreta de la RDA, la temida «Stasi»
(Staatssicherheitsdienst, Servicio de Seguridad del Estado), era quizá la mayor
y mejor organizada de todo el bloque. Era una organización —proporcionalmente
mucho más amplia que el KGB —, que contaba con 91 000 personas para controlar a
una población de 16,4 millones de habitantes (la Gestapo solo tenía unos 7000,
cuando en su época la población de toda Alemania era de 66 millones). Además,
la Stasi renovaba continuamente su red de informantes, especialmente infiltrados
en los grupos disidentes; en los dieciséis años de la era Honecker, unas 500
000 personas informaron sobre sus vecinos, colegas y parientes en algún momento
de su vida.[20] Los motivos para informar a la Stasi eran variados; para
algunos se debía a la coerción (aunque, según las cifras de la propia Stasi,
esos solo constituían una pequeña minoría del 7,7 por 100); otros recibían
recompensas; muchos querían simplemente complacer a las autoridades, o
esperaban algún tipo de promoción en su carrera. Pero a los funcionarios de la
Stasi se les instruía para emplear, en la medida en que fuera posible,
argumentos ideológicamente correctos con los que suscitar la cooperación de los
informantes y en muchas ocasiones esto daba buen resultado.[21] A un informante,
«Rolf» —un idealista que apoyaba la existencia de la RDA pero no estaba
contento con la política oficial hacia el medio ambiente— le dijo la Stasi que
si les ayudaba estaría contribuyendo a la paz mundial combatiendo el
espionaje. También le prometieron que atenderían
cualquier queja sobre el medio ambiente que pudiera hacer. Tal como recordaba:
Por aquella época solía leer el Weltbühne [«Escena
mundial»] y una vez leí allí un artículo que decía —por raro que pueda sonar
ahora— que en aquel momento era importante hacer algo más que llevar tu vida
cotidiana, que debías hacer algo más que levantarte e ir al trabajo si querías
asegurar la paz…
En una palabra, se aprovechaban de mi —¿cómo
decirlo?—, mi deseo de paz, quizá suene un poco melodramático, mi preocupación
por el mundo, y decían: «Puedes ayudarnos a combatir esto juntos». Sí, y
entonces yo me dije: «No tengo nada contra esto».[22]
Una vez que «Rolf» se dio cuenta de que lo estaban
manipulando rompió todo contacto con la Stasi, pero eso no era lo habitual. Lo
más corriente era que la propia Stasi abandonara a sus informantes porque no le
proporcionaban ninguna información útil.
El efecto de tales informes era con frecuencia
devastador. La vida y la carrera de muchos quedaba arruinada; a veces la
persecución llevaba incluso a la muerte. Pero la mayor víctima era la confianza
mutua. Como explicaba alguien que había formado parte de los círculos
disidentes: «Aquellos chivatos determinaron mi vida, cambiaron mi vida durante
aquellos diez años de una forma u otra, porque nos envenenaron con la
desconfianza. Me hacían daño simplemente porque sospechaba que entre mis
vecinos o colegas podía haber informadores».[23] Cuando se abrieron los
archivos a partir de 1992, muchos descubrieron que sus amigos o incluso sus
cónyuges les habían estado espiando durante años.
A excepción de Polonia, el enorme gasto y esfuerzo
dedicado a la investigación de las vidas privadas de los ciudadanos en gran
parte del bloque soviético parece exagerado, ya que el número de disidentes era
minúsculo y lo mismo se puede decir de su influencia sobre el conjunto de la
sociedad;[24] pero si bien la población en general, en la mayoría de los
países, no estaba dispuesta a enfrentarse al sistema e incluso apoyaba muchos
de sus aspectos, en la sociedad estaban surgiendo grandes diferencias, no entre
rojos y blancos sino entre trabajadores de cuello blanco y de cuello
azul. Una comparación entre la opinión de los
exiliados soviéticos de la época de Stalin y los de las décadas de 1970 y 1980,
muestra que aunque tanto unos como otros estaban mayoritariamente a favor de la
industrialización, de una economía mixta del estilo de la NEP, de una amplia
cobertura social y de menos represión y controles políticos, también había
notables diferencias. En la época de Stalin los jóvenes y personas más
instruidas eran más partidarios en general que los obreros y campesinos del control
estatal y el bienestar social; durante las décadas de 1970 y 1980 era justo al
revés. Además, las divisiones entre los que habían pasado por la universidad u
otro tipo de enseñanza superior y los que no, se traducían en diferencias
ideológicas coherentes entre los más individualistas y los más colectivistas.
Durante la época de Stalin los obreros y campesinos eran económicamente menos
estatalistas que los instruidos, pero la gente de todos los grupos sociales
estaba más o menos igualmente distribuida con respecto al control de la prensa
y la libertad de expresión. Durante la época de Briezhniev y Gorbachov, en
cambio, los jóvenes instruidos eran más liberales que los menos instruidos, no
solo económicamente sino también políticamente. Así, por ejemplo, en la época
de Stalin el 55,1 por 100 de los que tenían educación superior apoyaba el
estricto control existente sobre la prensa, frente al 47 por 100 de los que
solo tenían educación secundaria; durante la época de Gorbachov, en cambio, el
55,7 por 100 de los primeros consideraba adecuado prohibir ciertos libros,
frente a un abrumador 86,8 por 100 de los segundos.
[25]
Las encuestas realizadas en Hungría en 1983-1984
muestran una división ideológica parecida basada en la formación. Los
sociólogos comprobaron que el 49 por 100 de los que tenían educación superior
estaba a favor de un «socialismo democrático» liberalizador, frente a solo el 4
por 100 de los que no habían pasado de la enseñanza secundaria. La gran mayoría
de estos últimos apoyaba también otras posiciones ideológicas fundamentalmente
antirreformistas.[26]
La creciente diferencia entre la gente con títulos
universitarios y los ciudadanos menos instruidos y el distanciamiento del
régimen de los primeros no eran muy sorprendentes, dado el estilo de
paternalismo socialista que había prevalecido desde la década de 1960. Desde la
muerte de Stalin el partido había respondido al descontento de obreros y
campesinos mejorando su nivel de vida, y eso había tendido a socavar la
posición privilegiada de la que disfrutaban con Stalin los más instruidos.
Al mismo tiempo, el paternalismo había socavado el
prestigio del partido entre los intelectuales y profesionales. En todo el
bloque soviético los jefes del partido a todos los niveles eran todavía en su
mayoría gente con más habilidad política que técnica, como los funcionarios de
Budapest a los que habían entrevistado Horváth y Szakolczai en 1988.[27]
También tenían en general menos formación que los directivos de las empresas; y
cuando la economía comenzó a experimentar dificultades, los profesionales más
instruidos denunciaban el amateurismo de los políticos y les molestaba tener
que obedecer a gente menos formada que ellos mismos. Aun así, los vínculos
entre los intelectuales y los partidos comunistas seguía en pie, especialmente
en la cumbre, y a través de esos canales penetraban en la estructura de poder
las ideas reformistas liberales. Puede que los intelectuales y profesionales se
hubieran desilusionado del comunismo, pero el fin de este no iba a llegar
mediante una revolución de amplia base de la clase media; fue un asunto mucho
más elitista. Para entender las razones del final del comunismo soviético
tenemos que atender al propio partido.
IV
Cuando en 1986 el filósofo y «blanco» encubierto
Aleksandr Tsipko visitó por primera vez el edificio del Comité Central del PCUS
en la Staraia Ploschad («plaza Antigua») de Moscú como asesor en
Asuntos Exteriores recientemente nombrado, le
sorprendió descubrir un ambiente muy anticomunista en el propio corazón del
Partido Comunista:
Los periodistas franceses que escribían al comienzo
de la perestroika que el nido de la contrarrevolución en la URSS era el propio
cuartel general del comunismo, el Comité Central del PCUS, tenían razón. Yo,
que trabajaba en aquella época como asesor del departamento internacional del
Comité Central del PCUS, descubrí para mi sorpresa que la opinión prevaleciente
entre los grandes jerarcas de aquella organización no difería en absoluto de la
que uno podía percibir en la Academia de Ciencias o en los institutos de
humanidades… Estaba claro que solo un gran hipócrita podía creer en la
supremacía del socialismo sobre el capitalismo. También estaba claro que el
experimento socialista había fracasado.[28]
Tsipko, antiguo marxista, observaba cuánto habían
cambiado las cosas desde los años previos a la Primavera de Praga, cuando
trabajaba en el Comité Central de la Komsomol. Entonces reinaba el optimismo
sobre el futuro y la mayoría de sus colegas eran nacionalistas y comunistas
convencidos, o «eslavófilos rojos», como él prefería llamarlos.[29] Durante la
década de 1970, en cambio, la opinión general de los intelectuales se había
hecho mucho más liberal y prooccidental y muchos habían evolucionado hacia la
socialdemocracia. Aquellas ideas habían afectado también a los intelectuales
que trabajaban en el cuartel general del partido, y de hecho en todo el bloque
(y también en China) los «intelectuales del partido» estaban a menudo en
primera línea del pensamiento reformista. Formaban parte de la intelectualidad
genérica y compartían sus valores más liberales, pero también tenían relaciones
mucho más estrechas con los extranjeros que la mayoría de la gente,
especialmente en la URSS. Tenían una perspectiva cosmopolita y eran por tanto
mucho más sensibles que la mayoría a la visión de la URSS desde fuera; y un
grupo que iba a ejercer una influencia creciente era el de los que trabajaban
en los departamentos del Comité Central relacionados con el extranjero, algo
así como los sucesores de la Comintern. Gente como Gueorgui Shajnazarov y Vadim
Zagladin —ambos futuros consejeros de
Gorbachov— percibían que la URSS estaba perdiendo
su preeminencia moral en el mundo.[30] Trataban de mejorar el estatus
internacional de la URSS, pero creían que eso solo se podía lograr si cambiaba
y se convertía en líder de un movimiento comunista más abierto y progresista.
Al concentrarse excesivamente en el poder militar, la URSS estaba perdiendo su
prestigio incluso entre los partidos comunistas occidentales. Aquellos
reformadores, que al principio apoyaban de corazón el intervencionismo
soviético en África, se desilusionaron al constatar la militarización del apoyo
soviético a los regímenes revolucionarios del Tercer Mundo. Veían al achacoso
Briezhniev como la generación anterior había visto al vetusto Stalin: como una
figura reaccionaría que había alejado a la URSS de la causa del «progreso».
Un buen ejemplo de este tipo de intelectual del
partido era el futuro ideólogo jefe de Mijail Gorbachov, Aleksandr Iakovlev.
Nacido en 1923 en una familia campesina, había estudiado en las instituciones
académicas del partido, había ido ascendiendo en él y en abril de 1960 había
entrado a formar parte del Departamento de Propaganda del Comité Central, del
que se convirtió en director adjunto en 1965. Pero en 1972 publicó en la
Literaturnaia Gazeta un artículo en el que criticaba todo tipo de nacionalismo,
incluido el «chovinismo de gran potencia» ruso y el antisemitismo. A
Briezhniev, como cabía esperar, le sentó mal, y lo envió a Ottawa como
embajador en Canadá.
Aquella aparente desgracia, sin embargo, se
convirtió de hecho en un gran éxito. En 1983, cuando Mijail Gorbachov —quien
llevaba solo tres años como miembro de pleno derecho del Politburó— visitó
Canadá, fue Iakovlev quien se encargó de organizar el viaje. Se cayeron bien y
cuando Gorbachov se quejó del zastoi («estancamiento») que reinaba en la URSS,
Iakovlev le explicó «lo primitiva y vergonzosa que parecía la política
soviética desde allí, desde el otro lado del planeta».[31] Cuando Gorbachov
llegó al poder dos años después, Iakovlev se iba a convertir en uno de sus
principales mentores. Aquella reunión en Canadá marcó el
comienzo de una alianza entre los intelectuales
liberales del partido y los reformadores marxistas que iba a acabar destruyendo
el comunismo soviético.
En último término, pues, fue aquella pequeña
alianza de «vanguardia» entre políticos e intelectuales del Partido Comunista
la que dirigió la revolución contra el comunismo del mismo modo que pequeños
grupos de intelectuales revolucionarios habían llevado el comunismo al poder.
Pero ni unos ni otros operaban en el vacío. A principios de la década de 1980
el futuro del comunismo en el bloque soviético parecía cada vez más sombrío. La
mayoría de los países de Europa oriental podían parecer estables —y como hemos
visto, el apoyo social al paternalismo socialista de aquellos regímenes era
todavía mayoritario—, pero había en ellos serias fisuras, especialmente en
Polonia (por no hablar de los países sovietizados del Tercer Mundo). Y cuando
desde finales de la década de 1970 la situación económica internacional se
agravó y Occidente comenzó a contraatacar, el bloque como tal era
extremadamente vulnerable. En aquellas condiciones, una dirección
fundamentalmente conservadora estaba dispuesta a prestar oído a los reformistas.
V
En 1980, cuando el Partido Obrero Unificado Polaco
(PZPR) quedó paralizado ante el asalto del sindicato independiente Solidarność,
el director de cine Andrzej Wajda rodó una crónica estremecedora de aquel
levantamiento, Człowiek z żelaza («El hombre de hierro»). Aunque utilizó
escenas documentales rodadas in situ, era también una película convencional
centrada en la relación entre el viejo obrero Mateusz Birkut y su hijo Maciej,
que lleva el apellido de su madre, Tomczyk. Birkut es un obrero polaco con conciencia
de clase, desilusionado del partido pero que simpatiza poco con la
rebelión estudiantil de 1968 y la participación de
Maciej en ella. Esa desconfianza de los obreros hacia los estudiantes tiene su
reflejo especular en 1970, cuando los estudiantes se niegan a apoyar la huelga
en los astilleros del Báltico. Cuando Mateusz resulta muerto por un disparo de
la policía, Maciej cobra conciencia de la necesidad de una alianza entre
obreros e intelectuales y se convierte en activista en Gdańsk. Tras muchos
esfuerzos, ese objetivo se consigue durante las huelgas de Solidarność en 1980,
con la ayuda de la Iglesia Católica: Maciej planta una cruz allí donde cayó su
padre y se casa en una iglesia; el padrino de boda que le entrega a su mujer es
el bigotudo electricista líder de Solidarność Lech Wałesa (representado por él
mismo).
La película de Wajda reflejaba la importancia
crucial de las relaciones entre los trabajadores de cuello blanco y los de
cuello azul. Las divisiones entre unos y otros eran uno de los principales
pilares de la estabilidad de los regímenes comunistas: la sociedad estaba
demasiado dividida para desafiar realmente el statu quo. Muchos obreros
polacos, como en otros países del bloque soviético, compartían en general los
valores socialistas y se beneficiaban de la mejora del nivel de vida, un tema
explorado en la película anterior de Wajda Człowiek z marmuru («El hombre de
mármol»). Pero en Polonia la estrategia paternalista de los comunistas no
consiguió obtener la estabilidad que pretendía, en gran medida porque el
nacionalismo antirruso y el extraordinario poder de la Iglesia Católica
contribuyeron a reconciliar a los trabajadores de cuello azul con los de cuello
blanco.
Polonia había sido, evidentemente, el talón de
Aquiles del bloque durante décadas, y el repliegue del partido polaco tras la
crisis de 1956 —sobre las cuestiones de la colectivización agraria, la religión
y el sector privado— fue más acentuado que en otros países. Aun así, tras un
período de paz relativa, el conflicto entre el partido y sectores sociales
descontentos se reanudó después de 1968. Aquel año la represión de la
disidencia estudiantil ordenada por el gobierno de Józef Cyrankiewicz con el
respaldo de Gomułka
disgustó a los intelectuales y en 1970 fueron los
obreros los perjudicados por la subida de precios los que iniciaron una oleada
de huelgas, en particular en los astilleros del Báltico. Aquellas huelgas
fueron aplastadas violentamente por la policía, pero Gomułka, que había
sobrevivido a tantas vicisitudes, se vio obligado a dimitir. Fue sustituido al
frente del PZPR por Edward Gierek, de origen obrero, quien quiso acabar con el
descontento obrero con uno de los programas más caros de paternalismo socialista
de todo el bloque, financiado con créditos occidentales. Aquella estrategia
funcionó durante un tiempo. El nivel de vida aumentó un 40 por 100 y también
aumentó en consonancia la estima pública hacia los jefes del partido: en 1975,
cuando se preguntaba a la gente si tenía confianza en sus dirigentes
nacionales, el 84,8 por 100 respondía «sí» o «bastante».[32] Pero en ausencia
de una sustancial reestructuración económica, las enormes inversiones
industriales no proporcionaron el rendimiento esperado y la dirección se vio
obligada a realizar enormes recortes en la inversión y las subvenciones a los
alimentos. El subsiguiente aumento del 60 por 100 en el precio de los alimentos
en 1976 mostró lo superficial y condicional que era el apoyo al régimen.
Comenzaron de nuevo a multiplicarse las huelgas obreras y las manifestaciones
violentas, y otra vez fueron duramente reprimidas. Pero esta vez el uso de la
represión perjudicó más al régimen. Pese a la apreciación de El hombre de
hierro, fue más bien en 1976, y no en 1970, cuando se produjo la alianza entre
obreros e intelectuales; aquel año un grupo de trece intelectuales fundaron el
Komitet Obrony Robotników («Comité para la Defensa de los Trabajadores, KOR») a
fin de proporcionar ayuda legal y de otro tipo a los huelguistas, ofreciendo
así además un modelo para muchos otros grupos de oposición de toda Polonia. En
1980 los polacos contaban con una vasta red de grupos de oposición democrática.
Para aquella alianza fue decisiva la actuación de
la Iglesia Católica, que hacía a Polonia muy diferente. En el resto del bloque
los trabajadores de cuello azul y de cuello blanco tenían opiniones
políticas muy divergentes: los obreros eran mucho
más favorables a la igualdad que los técnicos y profesionales, y muchos de los
disidentes intelectuales, con formación marxista, desconfiaban de las
iglesias.[33] En Polonia, en cambio, la Iglesia Católica se situó con éxito a
la cabeza del renacimiento nacionalista anticomunista. Su campaña durante nueve
años para celebrar la «Gran Novena del Milenio», en conmemoración de la llegada
del cristianismo a Polonia, dio lugar a la movilización de enormes multitudes
tras la Czarna Madonna («Virgen Negra») de Częstochowa y el águila coronada
polaca. Así pues, a mediados de la década de 1970, los intelectuales disidentes
comenzaban a acercarse a la iglesia (tras las reformas del Concilio Vaticano
II). Cuando en 1978 la elección como papa del arzobispo de Cracovia Karol
Wojtyła —que en su juventud había trabajado en una fábrica como obrero—, le dio
a la Iglesia Católica mayores credenciales nacionalistas, el PZPR tuvo que
afrontar un amplio movimiento social unido por una ideología alternativa
coherente y una organización muy eficaz de alcance internacional.[34] El
disidente Adam Michnik y el periodista Jacek Žakowski recordaban la influencia
de ese nacionalismo religioso entre los trabajadores:
El 16 de octubre de 1978 iba yo en un taxi cuando
de pronto se interrumpió el programa que transmitían por la radio. El locutor,
con voz seca y nerviosa, leyó el comunicado de prensa oficial que decía que el
cardenal de Cracovia, Karol Wojtyła, había sido elegido papa. El conductor del
taxi lo aparcó a un lado. No podía llevarme más allá porque las manos le
temblaban de emoción… En el Rynek Główny [«Mercado Central»] de Cracovia, Piotr
Skrzynecki [un conocido director de cine y de teatro] gritó: «¡Por fin un
obrero polaco sirve para algo!».[35]
Como dejaba claro el comentario de Skrzynecki, los
intelectuales y los obreros polacos se sentían ahora unidos por la Iglesia
Católica, y el régimen tuvo que afrontar un gran desafío a su autoridad. Aun
así, los apuros del PZPR solo eran un caso extremo de los zarandeos que
sacudían todos los estados del bloque soviético desde mediados de la década de
1970. Todos ellos, excepto la propia URSS, habían aprovechado la apertura a
Occidente para
solicitar créditos a los bancos occidentales, y
todos ellos iban comprobando que la producción de sus ineficientes industrias
no bastaba para pagar aquellas deudas a pesar de haber aumentado sus
exportaciones.
En realidad estaban sufriendo, quizá más
agudamente, una situación que afectaba a todo el mundo industrializado. El
exceso global de productos de la industria pesada, las nuevas tecnologías de la
información y la gran subida del precio del petróleo exigían cambios radicales
en un proyecto económico elaborado durante las décadas de 1940 y 1950. Al mismo
tiempo había aumentado el poder de las organizaciones obreras gracias al alto
nivel de empleo y como consecuencia de las revueltas de 1988. El salario real medio
aumentó mientras que la productividad y la rentabilidad caían, por lo que los
empresarios, al disminuir sus expectativas de ganancia, se retraían a la hora
de invertir. Las cotizaciones bursátiles, síntoma del nivel de optimismo de la
economía, cayeron en dos tercios entre principios de los años sesenta y
mediados de los setenta.[36] Era evidente que el mundo industrializado
necesitaba un nuevo modelo económico, capaz de dirigir la inversión hacia áreas
de alta tecnología más rentables.
A los regímenes comunistas les resultaba
particularmente difícil afrontar esos desafíos, porque pese a su imagen de
poder y unidad monolítica eran políticamente débiles. Estaban presos de los
poderosos intereses de la industria pesada y de defensa y no se podían
arriesgar a un nuevo conflicto social con los trabajadores. Pero también al
oeste del telón de acero a los gobiernos, especialmente a los de izquierda, les
resultaba difícil promover reformas que pudieran irritar a los trabajadores.
Entretanto, el empresariado y la derecha conservadora se movilizaban para
reducir el poder sindical en cada país, coincidiendo con el gigantesco programa
de rearme estadounidense; y aquella contrarrevolución no era solo militar sino
también ideológica. Del mismo modo que Kennedy había tratado de competir con la
URSS insistiendo en un nuevo modelo capitalista para el desarrollo del
Tercer Mundo, el gobierno de Reagan adoptó parte
del optimismo revolucionario del comunismo tercermundista durante los años
setenta, en interés del liberalismo de derechas. Tras una época de realpolitik
de las superpotencias, las ideas volvían a ocupar el centro de la escena.
VI
En 1940, cuando toda la izquierda debatía con
vehemencia las razones y consecuencias del pacto nazi-soviético, un joven a
punto de graduarse en el City College de Nueva York nacido en Brooklyn, Irving
Kristol, solía pasar horas en la cafetería devorando los últimos números de las
revistas trotskizantes Partisan Review y New Internationalist, en la que
escribía entre otros un marxista nacido en Trinidad recién llegado a Estados
Unidos, C. L. R. James;[*] los estalinistas del City College solían sentarse alrededor
de una mesa próxima. Como muchos intelectuales neoyorquinos, uno y otros
estaban inmersos en las luchas ideológicas europeas y así siguieron durante
mucho tiempo.[37] Pero Kristol cambió de bando muy pronto, y a finales de los
años setenta era uno de los principales intelectuales «neoconservadores»,
muchos de ellos procedentes de la izquierda marxista, que afilaban los
cuchillos intelectuales para una contrarrevolución contra el igualitarismo
socialista y tercermundista.
¿Eran aquellos neoconservadores la venganza
materializada de Trotski contra la URSS? Puede parecer una exageración buscar
raíces marxistas en el neoconservadurismo, pero una proporción sorprendente de
los autores que publicaban en The Public Interest, la revista neoconservadora
fundada por Kristol y su amigo Daniel Bell en 1965, habían estado en algún
momento cerca del trotskismo. Ahora aplaudían con fervor el capitalismo,
habiéndose convertido en una variedad más del nacionalismo estadounidense
(aunque
pretendían promover valores estadounidenses
«universales» y no chovinistas). En cualquier caso, compartían algunas
actitudes trotskistas: el internacionalismo, la fe en la lucha, la idea utópica
de una sociedad pura al «final de la historia», el odio a la realpolitik
estalinista, y lo más importante, la confianza romántica en el poder de las
ideas y la moralidad para cambiar el mundo. Las revistas trotskistas que
Kristol leía tan ávidamente a principios de la década de 1940 condenaban el
estalinismo desde una perspectiva romántica —por ignorar el papel de las masas
y su entusiasmo en el socialismo—, y los neoconservadores, de forma parecida,
creían en el poder de la entrega ideológica; pero allí donde los trotskistas
esperaban movilizar al proletariado con ideas colectivistas, los
neoconservadores trataban de ganarse a la opinión pública con una mezcla de
moralidad burguesa y ardoroso patriotismo. Aunque, al igual que la vieja
izquierda marxista, los neoconservadores mantenían vínculos con las organizaciones
obreras, les había encolerizado la ofensiva de los estudiantes contra las
autoridades académicas en 1968 y les indignaba el apoyo de la Nueva Izquierda a
los guerrilleros comunistas en Vietnam.
Kristol y su grupo eran, por tanto, el equivalente
capitalista a los marxistas románticos en cuanto a su exigencia de un rearme
moral y de una movilización contra la amenaza comunista. Pero del mismo modo
que el comunismo era más eficaz cuando combinaba el romanticismo del joven Marx
con el tecnocratismo del Marx maduro, la contrarrevolución capitalista
precisaba bases racionales y no solo morales, y las halló en el
«neoliberalismo» promovido muy eficazmente por otro vecino de Brooklyn, ocho
años mayor que Kristol, el economista Milton Friedman. Este, antiguo partidario
del New Deal, era un ferviente adversario de la economía mixta fomentada tras
la segunda guerra mundial. Popularizó una visión elegante y coherente de la
economía basada en el laissez-faire propuesta por gente como su colega de
Chicago el profesor Friedrich Hayek: los estados, insistía Friedman, eran
depredadores, corruptos e ineficientes y asfixiaban el crecimiento y la
creatividad.
Había que destruir su poder y permitir que
prosperaran las fuerzas naturales del mercado. Aquella ideología también era
muy tecnocrática: Friedman incluso argumentaba que la política monetaria —y con
ella toda la política económica— podía quedar a cargo de un ordenador, que
libre de la presión política podía acabar con la inflación; pero también era un
revolucionario. Como recordaba uno de sus alumnos: «Lo que era particularmente
excitante en él eran las mismas cualidades que hacían el marxismo tan atractivo
para muchos otros jóvenes de la época: la simplicidad junto con la aparente
coherencia lógica; el idealismo combinado con el radicalismo».[38]
Los dos colegas de Brooklyn no se conocían apenas,
y de hecho había importantes diferencias intelectuales entre ellos. Aunque
ambos eran visionarios y confiaban en un vigoroso ataque contra el comunismo,
los neoconservadores de Kristol ofrecían una perspectiva más militarista,
moralista y apocalíptica y veían con mejores ojos el papel del estado y las
organizaciones obreras que los neoliberales. Sin embargo, tras la conmoción de
1968 se unieron en la lucha contra el comunismo, convencidos, como los viejos leninistas,
de que era preciso que una vanguardia de intelectuales asaltara el viejo estado
corrupto y lo sustituyera por algo nuevo. Los neoliberales y los
neoconservadores se unieron con un programa de liberalismo revolucionario que
utilizaba los métodos militantes y movilizadores de los marxistas-leninistas
para combatirlos, y encontraron su adalid en otro antiguo partidario del New
Deal y ahora ardiente anticomunista, Ronald Reagan.
La prolongada erosión del poder estadounidense y la
evidencia de los éxitos revolucionarios en el Tercer Mundo reforzaron la
credibilidad de los neoconservadores. Estaban convencidos de que el presidente
Carter, al obligar a los gendarmes de Estados Unidos a respetar los derechos
humanos, los había debilitado, y con ellos al propio poder estadounidense. La
profesora neoconservadora Jean Kirkpatrick (más tarde embajadora estadounidense
en las Naciones Unidas) presentó en 1979 uno de los argumentos más influyentes
para la militancia anticomunista estableciendo una
neta distinción entre el «totalitarismo» y el «autoritarismo», ya que, según
ella, a diferencia de los regímenes «autoritarios», que evolucionarían hacia la
democracia liberal a medida que se fueran modernizando, los «totalitarios»
nunca lo harían. Por eso, si Estados Unidos quería promover la democracia,
tenía que apoyar a los dictadores autoritarios frente a los comunistas
totalitarios, por antipáticos que fueran aquellos.[39]
1979 fue un año clave, que marcó un punto de
inflexión decisivo. La política estadounidense se vio sacudida por una serie de
desastres: la revolución sandinista, el derrocamiento del Shah en Irán por los
islamistas y la invasión soviética de Afganistán. Todos ellos parecían apoyar
el análisis neoconservador de la agresividad soviética y al año siguiente los
estadounidenses respondieron votando abrumadora por una contraofensiva, al
elegir en noviembre a Ronald Reagan como presidente.
Pero la crisis del sistema económico regido por
Estados Unidos era más urgente y requería una respuesta inmediata. Los
esfuerzos de Washington por mantener el gasto en defensa y bienestar
imprimiendo papel moneda tuvieron éxito durante algún tiempo, pero los golpes
al prestigio estadounidense en Irán y Afganistán y la subsiguiente «segunda»
crisis del petróleo fueron la gota que desbordó el vaso y muchos inversores
abandonaron precipitadamente el dólar, que comenzó a perder sus estatus
privilegiado como divisa mundial. El 14 de octubre de 1979 el presidente de la
Reserva Federal, Paul Volcker, puso en vigor las medidas anti-inflacionistas
propuestas por Friedman y decidió dar a los financieros lo que querían: una
gran subida de los tipos de interés y un reforzamiento del dólar.[*] Al mismo
tiempo la llamada «revolución económica por el lado de la oferta» aumentó la
rentabilidad del capital al reducir los impuestos a las empresas y las ayudas
al bienestar, al tiempo que aumentaba el desempleo y se debilitaba el
movimiento obrero organizado.[40] Pero en general, aquello supuso el final del
orden económico establecido en Bretton
Woods en 1944. La derrota en Vietnam había mostrado
a Washington que no podía mantener su hegemonía global haciendo pagar a sus
ciudadanos más impuestos y reclutándolos para el ejército, pero hasta 1979 no
encontró, casi accidentalmente, una alternativa viable. La financiarización del
capital se iba a convertir en el nuevo motor del poderío estadounidense, y fue
aquella alianza entre Estados Unidos y las finanzas globales la que le dio la
capacidad de emprender un nuevo asalto contra el comunismo en lo que se ha
llamado «segunda guerra fría», consolidando una nueva constelación de fuerzas
que iba a regir el mundo durante casi tres décadas, hasta que se produjo la
espectacular implosión de septiembre de 2008.
Así pues, la lucha final de Estados Unidos contra
el comunismo fue financiada en gran medida con créditos extranjeros,
principalmente japoneses.[41] Washington pudo así volver a imponer su
supremacía global sin exigir sacrificios a su población. Sin embargo, su primer
objetivo —el rearme— tuvo menos efectos sobre el poder estadounidense que sus
consecuencias imprevistas. Para financiar su enorme gasto, Estados Unidos
utilizó altos tipos de interés con los que atraer una buena proporción del
capital mundial, lo que a su vez provocó una catástrofe financiera en el
Segundo y el Tercer Mundo: los 46 800 millones de dólares de déficit de los
países industrializados del G-7 en la década de 1970 se convirtieron en un
superávit de 347 000 millones de dólares en la de 1980.[42] La consiguiente
escasez de capital golpeó duramente a los países más endeudados, especialmente
a los del bloque soviético.
No todos los países comunistas se vieron igualmente
afectados: China y otros países de Asia oriental tenían pocas deudas y se
beneficiaron de un nuevo régimen comercial más liberal. Pudieron exportar
productos industriales baratos a Estados Unidos y desde principios del nuevo
milenio China iba a ocupar el lugar de Japón como principal fuente de capital
para Estados Unidos; pero los satélites de la Unión Soviética en Europa
oriental y sus aliados en el sur tuvieron menos suerte. No había demanda para
sus productos
industriales y además eran los países más
endeudados. En 1979 el servicio de la deuda polaco llegaba al 92 por 100, y el
de la RDA, del 54 por 100 —frente al 55 por 100 de México y el 31 por 100 de
Brasil—, era mucho más alto que la tasa establecida como prudente del 25 por
100.[43] Ahora tenían que afrontar unos paralizantes tipos de interés y la
retirada de préstamos. Como había anticipado Stalin cuando rechazó la ayuda del
Plan Marshall, sucumbir al señuelo del crédito occidental era muy peligroso. Los
comunistas del este de Europa iban a maldecir el día en que aceptaron los
créditos occidentales.
Polonia y Rumanía tuvieron que suspender pagos, y
sufrieron la humillación de tener que pedir a sus acreedores capitalistas una
renegociación de su deuda; los problemas de Hungría y la RDA no eran tan graves
y sobrevivieron con una financiación temporal. Pero todos tuvieron que reducir
el nivel de vida, en particular el de la clase obrera industrial, algo que
resultó muy doloroso. Los estados comunistas eran débiles y tenían escasa
legitimación. La crisis de la deuda los iba a corroer aún más.
Como cabía prever, el estalinismo no reformado era
el más capacitado para imponer la austeridad. Cuando Rumanía suspendió el pago
de su deuda en 1981 y se vio obligada a pedir una renegociación, se impuso el
racionamiento del pan; solo se disponía de energía de forma intermitente y se
prohibió el uso de frigoríficos y aspiradoras. Se intensificó el trabajo y se
extendió a los domingos y días de fiesta. Cuando comenzó a escasear la
gasolina, aquel gobierno, supuesto heraldo de la modernidad, se vio obligado a
proponer un regreso al transporte en coches y carros tirados por caballos. La
Securitate, que disponía como la Stasi de una red de informantes para mantener
la disciplina, se entrometió aún más en la vida privada, incluidas las
inspecciones obligatorias de las mujeres para impedir los abortos y poner freno
a la caída de la tasa de nacimientos.
En Yugoslavia, más liberal y descentralizada, el
programa de austeridad de las autoridades federales no hizo más que acelerar la
desintegración política. Como el estado estaba muy
endeudado, se vio obligado en 1982 a solicitar humildemente un crédito al FMI,
que le impuso estrictas condiciones; si antes había favorecido la
descentralización, ahora declaraba, comprensiblemente, que para que funcionaran
las medidas de austeridad había que privar a las repúblicas de sus poderes
autónomos para endeudarse y crear dinero. Las repúblicas más ricas
—especialmente Eslovenia y Croacia— pusieron objeciones y las luchas entre
ellas y sus vecinas más pobres se prolongaron durante toda la década de 1980,
creando las condiciones para la apocalíptica desintegración de la década
siguiente.[44] Los dirigentes comunistas actuaban cada vez más como jefes de
sus repúblicas y no como políticos de toda Yugoslavia, y los nacionalismos
locales sustituyeron al yugoslavismo marxista. La muerte de Tito en 1980 había
aflojado los lazos que mantenían unido el país, pero las consecuencias de la
deuda exterior y la intervención del FMI hicieron el resto y acabaron de
desintegrar la República Federal Yugoslava.
En Polonia la crisis de la deuda trajo consigo un
colapso casi total del gobierno comunista. Cuando en 1980 este se vio obligado
a imponer medidas de austeridad y a reducir la venta de productos cárnicos, se
multiplicaron las huelgas. La de los Astilleros Lenin en el puerto báltico de
Gdańsk fue una de las mejor organizadas y los obreros pronto pasaron de las
reivindicaciones económicas a las políticas. Erigieron una cruz de madera a las
puertas del astillero en memoria de los cuatro obreros asesinados en 1970 y
organizaron un movimiento más amplio, el sindicato Solidarność («Solidaridad»).
Las huelgas, a las que se unió gente de todo el espectro social, paralizaron la
economía y el gobierno no tuvo otra opción que firmar en agosto un acuerdo en
el que se reconocía a Solidarność como sindicato legal, libre del control del
partido. Por primera vez desde el final de los frentes populares de los años
cuarenta una organización no comunista tenía un poder real en Polonia. Durante
los siguientes dieciséis meses Solidarność y el PZPR, dirigido desde septiembre
por el antiguo partisano Stanisław Kania,
mantuvieron un tenso equilibrio.
Pero aquello no podía durar eternamente. La actitud
de Solidarność era cada vez más beligerante y una huelga planeada para
diciembre de 1981 despertó el miedo soviético a la sublevación. El Kremlin
ejerció presión sobre Kania, pero este —de quien se dice que simpatizaba con
Solidarność—,[45] no quiso asumir la responsabilidad de una represión
necesariamente generalizada y optó por dimitir. El general Wojciech Jaruzelski,
ministro de Defensa desde 1969 y primer ministro desde febrero, se convirtió el
18 de octubre de 1981 en el nuevo secretario general del PZPR y el 13 de
diciembre declaró la ley marcial e impuso un gobierno militar, plegándose al
diktat de Moscú.
El golpe de Jaruzelski y su Consejo Militar de
Salvación Nacional (Wojskowa Rada Ocalenia Narodowego; el acrónimo WRONA, que
significa «cuervo» en polaco, no podía dejar de suscitar infinitos sarcasmos)
trajo consigo la muerte de un centenar de personas y la detención de miles de
activistas de Solidarność. Aunque se restauró la estabilidad, la imposición de
la ley marcial, como había predicho Jaruzelski, acabó con cualquier legitimidad
que el régimen poseyera todavía; el general Jaruzelski, con sus gafas oscuras,
parecía más una versión austera de un dictador latinoamericano que un dirigente
comunista; ya no gobernaba el PZPR, sino el estado y el ejército.[46] Lo más
importante, en cualquier caso, es que aquel acontecimiento parecía dejar claro
que el apoyo soviético a los gobiernos de Europa oriental estaba llegando a un
límite, y estos (aunque quizá no el resto del mundo) tuvieron que darse por
enterados de que la doctrina Briezhniev y la promesa de apoyo militar a sus
regímenes había muerto.[47] Y aunque la URSS se vio obligada a conceder enormes
créditos a Polonia en 1981-1982, la paciencia soviética con sus inestables
patrocinados de Europa oriental se estaba acabando, en parte porque su propio
superávit había disminuido mucho; aunque el precio del petróleo todavía estaba
alto, venía cayendo desde 1981. Como respuesta a las amenazas de los
gobernantes
de la RDA de que tendrían que pedir prestado más
dinero a Occidente a menos que lo recibieran de la URSS, el jefe del Gosplan
(Comité de Planificación Estatal), Nikolai Baibakov, les dijo que tendrían que
reducir la inversión:
¡Tengo que pensar en la República Popular Polaca!
Si reduzco el petróleo en Polonia (voy allí la semana que viene), eso sería
insoportable para el socialismo… y en Vietnam están pasando hambre. Tenemos que
ayudarles. ¿Deberíamos renunciar al sureste de Asia? Angola, Mozambique,
Etiopía, Yemen… Les ayudamos a todos ellos. Y nuestro propio nivel de vida es
extraordinariamente bajo. Realmente tenemos que mejorarlo.[48]
Los comunistas de Europa oriental no eran los
únicos que sufrían las consecuencias del nuevo orden económico internacional.
Muchos países del Tercer Mundo, de todas los ideologías, se veían golpeados por
el aumento de los tipos de interés y la recesión mundial, al caer los precios
de las materias primas y tener que pagar los intereses de la deuda. Pero
algunos regímenes comunistas del Tercer Mundo eran especialmente vulnerables,
porque eran los más empeñados en una política de desarrollo económico y bienestar.
El problema de la deuda les afectaba, por tanto, especialmente a ellos.
La necesidad en que se veían los regímenes
comunistas de tratar con el FMI y el Banco Mundial, ahora muy estrictos,
exacerbaba la crisis económica y de la deuda. A diferencia de la década de los
años setenta, cuando esas instituciones aconsejaban el desarrollo dirigido por
el estado, Estados Unidos las empleaba ahora para imponer su visión neoliberal
del mundo. En febrero de 1980 Robert McNamara, presidente del Banco Mundial,
dio a conocer el programa de «Préstamos de Ajuste Estructural» a largo plazo para
los países con problemas económicos. Ese programa, junto con los del FMI, se
convirtió en una de las armas más eficaces del neoliberalismo en el Segundo y
Tercer Mundo. Bajo el eslogan «estabilizar, privatizar y liberalizar» ahora
solo se prestaba dinero si
se reducía la intervención económica del estado, se
privatizaba la economía y se dejaban manos libres al mercado.
Los comunistas del Tercer Mundo tenían ahora
poderosos incentivos para abandonar su modelo económico; pero la presión que
les llegaba del mundo comunista también les influyó, en particular la adopción
china del mercado en 1978. La defección del régimen que antes representaba la
línea más dura del purismo comunista en el Tercer Mundo, influido por los
éxitos de los Tigres Asiáticos, fue un golpe importante para los
marxistas-leninistas. El fracaso de la planificación socialista también
desempeñó un papel notable. A mediados de los años ochenta varios estados
prosoviéticos del Tercer Mundo introdujeron reformas de mercado. En 1984
Guinea-Bissau aceptó las condiciones del FMI, como lo hizo Mozambique en 1987,
un año después de la muerte de Samora Machel en un accidente de aviación. Hasta
el gobierno angoleño, todavía en guerra civil con los aliados de Estados Unidos
y por tanto excluido de la ayuda del FMI, introdujo reformas de mercado en
1985. A mediados de la década la deuda y la crisis financiera habían debilitado
al comunismo y habían tenido un efecto devastador sobre los regímenes
procomunistas del sur, aunque no tanto sobre la Unión Soviética y Europa
oriental. De hecho, el ala conservadora del PCUS, hostil a la reforma
económica, apuntó a la deuda como demostración de los peligros del capitalismo
y de la colaboración con Occidente. El resultado de la revolución
neoconservadora de Reagan en la política exterior estadounidense fue parecido:
sus resultados se dejaron notar sobre todo en el sur y mucho menos en la URSS y
Europa oriental.
A mediados de los años ochenta había mucho miedo a
la guerra a ambos lados del telón de acero, y en Estados Unidos se estrenaron
varias películas y series de televisión muy populares sobre el tema de las
invasiones soviéticas. Una de las más exageradas —y violentas— era Amanecer
rojo (1984),[49] en la que los pérfidos europeos —salvo la leal Albión— se han
declarado neutrales traicionando a Washington, un régimen revolucionario
controla México y los soviéticos y sus aliados
cubanos y nicaragüenses ocupan Alaska y vastas zonas del sur de Estados Unidos.
Al igual que los habitantes de Mosinee en 1950, los estadounidenses se ven
sometidos a la propaganda soviética y se les alecciona a ir al cine a ver una y
otra vez Aleksandr Nievsky. Sin embargo, muchos estadounidenses colaboran con
los invasores, que van poco a poco afianzando sus posiciones; pero hay algo que
los rojos no prevén: «El ejército invasor lo había planeado todo, excepto ocho
jóvenes llamados “los glotones” (wolverines), casi todos ellos miembros del
equipo de fútbol juvenil de Calumet (Colorado), que emprenden una guerra de
guerrillas contra las fuerzas de ocupación en nombre de la libertad y se
convierten en una seria amenaza para los soviéticos. Finalmente son derrotados,
pero cuando Estados Unidos es finalmente liberado sus nombres quedan inscritos
en la “Peña de los Partisanos”».
La película fue financiada por el propio Hollywood
y no patrocinada por el gobierno, pero captaba la nueva imagen que se hacían de
sí mismos los estadounidenses durante la segunda guerra fría. Estados Unidos ya
no era el policía el policía global de los tiempos de Nixon que mantenía el
orden contra los revolucionarios comunistas mediante una red de gendarmes
regionales. Era el héroe abandonado y desvalido que combatía por la libertad
como guerrillero contra el monolito totalitario; y aunque el achacoso Reagan
difícilmente podía aparecer como un Che Guevara capitalista, estaba decidido a
incorporar el idealismo y la militancia, hasta entonces monopolizados por los
guerrilleros comunistas, a la causa estadounidense.
Reagan, hijo de un humilde vendedor de zapatos de
Illinois, no era un neoconservador convencional. Sus contemporáneos lo
encontraban indescriptible y sigue siendo hasta hoy día un enigma. Poseía una
disposición idealista y optimista heredada de su madre, cristiana evangélica,
que lo hizo muy popular entre los votantes estadounidenses; y sin embargo era
también un liberal militante, decidido a hacer frente a los peligros que para
el «mundo libre»
suponía el «imperio del mal» comunista. Su
optimismo básico lo acercaba a los neoliberales: estaba convencido de que el
comunismo acabaría siendo derrotado porque era económicamente irracional, y
aunque era partidario del desarme nuclear, compartía en gran medida la
beligerancia de los neoconservadores, especialmente durante sus primeros años
en la presidencia. Era un anticomunista furibundo y durante su presidencia se
produjo el mayor rearme de la historia de Estados Unidos en tiempo de paz: el
gasto en defensa absorbió el 30 por 100 del presupuesto federal entre 1980 y
1985. En su gobierno predominaban los halcones neoconservadores como Paul
Wolfowitz (aunque también había algunas «palomas»), y su lenguaje con
inflexiones marxistas reflejaba especularmente el de los comunistas. Como dijo
ante el Parlamento británico en 1982:
Paradójicamente, parece como si hubiera que dar la
razón a Karl Marx. Estamos asistiendo a una gran crisis revolucionaria, una
crisis en la que las demandas de orden económico están en conflicto con el
orden político. Pero esa crisis está sucediendo en… el hogar del
marxismo-leninismo… es la Unión Soviética la que va contra la marea de la
historia.[50]
En el Tercer Mundo también había razones prácticas
muy serias para la adopción por Reagan de un idealismo contrarrevolucionario.
Los gendarmes de Nixon no habían conseguido frenar la oleada de éxitos
comunistas, como tampoco lo habían hecho los esfuerzos de Jimmy Carter de
obligarles a respetar los derechos humanos. Reagan estaba decidido a utilizar
la fuerza militar para aplastar el comunismo, especialmente en Centroamérica.
Se negó a aceptar que el comunismo fuera una respuesta a las injusticias locales;
los guerrilleros eran «personal militar» entrenado por la Unión Soviética.
Sin
embargo, todavía pesaba mucho el recuerdo de Vietnam y el apoyo público a una
guerra generalizada en el Tercer Mundo era escaso. Reagan pudo ordenar
invasiones convencionales allí donde la victoria era fácil —como en la diminuta
isla de Grenada en 1983— pero no abundaban tales casos. El uso de la estrategia
guerrillera
desarrollada por los comunistas era en, cambio, una
solución excelente. Permitía que los movimientos proestadounidenses parecieran
indígenas; era barata; y podía prepararse e incluso llevarse a cabo en secreto,
sin supervisión del Congreso. La nueva política emprendida en Nicaragua,
Filipinas, Afganistán, Angola, Etiopía y El Salvador, denominada de «conflictos
de baja intensidad», como restándoles importancia, debía mucho a las tácticas
del maoísmo y a la tradición guerrillera.[52] En lugar de apoyar dictaduras
militares, Estados Unidos iba a apoyar grupos insurgentes locales. La guerra
debía ser asunto de los «civiles» — como la «guerra popular» maoísta— y las
psyops («operaciones psicológicas»), reflejo especular de la agitprop
comunista, resultaban decisivas para la nueva estrategia. Los regímenes
izquierdistas y comunistas se iban a ver acosados por sabotajes y asesinatos,
pero también se hicieron esfuerzos para ganar apoyo político mediante la
financiación de «terceras vías» que aparecían enfrentadas tanto a los
comunistas como a los viejos dictadores. Se movilizó a las clases medias
urbanas anticomunistas y a las iglesias conservadoras, y a veces se dejó caer a
viejos aliados autoritarios como Ferdinand Marcos en Filipinas. En 1985 la
«doctrina Reagan» de los «conflictos de baja intensidad» se justificaba
ideológicamente como una política de «revolución anticomunista» destinada a
traer la democracia al mundo.[53]
Reagan inició su contraofensiva militar contra el
comunismo en Centroamérica y la estrategia del conflicto de baja intensidad se
desarrolló de forma muy coherente en Nicaragua. El gobierno estadounidense
apoyaba a varios grupos de oposición, entre ellos una «tercera fuerza, ni
somocista ni sandinista» de liberales y conservadores coaligados, pero sobre
todo a la «contra» insurgente. Muchos de los contras habían estado vinculados
al dictador Somoza, pero asesores estadounidense encubiertos los remodelaron y convirtieron
en una fuerza guerrillera moderna. Algunos funcionarios de la CIA les pasaron
en secreto en 1983 un manual, Psychological Operations in Guerrilla Warfare,
del que
algunas páginas podrían haber sido escritas por Mao
o Che Guevara. El folleto comenzaba con la sentencia «La guerra de guerrillas
es esencialmente una guerra política» y proseguía explicando cómo debían los
contras politizar a sus propias fuerzas para poder desarrollar una campaña de
subversión contra el régimen. Los «cuadros políticos» debían organizar a la
base, asegurándose de su motivación mediante la «autocrítica» y las
«discusiones de grupo» que «elevarían la moral y fortalecerían la unidad de pensamiento».
Los guerrilleros desarrollarían a continuación «propaganda armada»,
secuestrando y asesinando a funcionarios del gobierno como «enemigos del
pueblo». Al mismo tiempo le darían a la población campesina «formación y
entrenamiento ideológico» combinados con «canciones folclóricas» en las que
debían subrayar el carácter imperialista ruso-cubano del régimen
sandinista.[54]
En la práctica, sin embargo, la contra se dedicaba
mucho más al terrorismo, la intimidación y el sabotaje económico que a ganarse
los corazones y mentes del pueblo. En 1988 los sandinistas estaban derrotando
militarmente a la contra, pero la guerra y el embargo estadounidense habían
destruido la economía y algunas actuaciones de los propios sandinistas habían
creado resquemores. Cuando en 1990 se celebraron nuevas elecciones, la mayoría
de los votantes (un 54 por 100), hartos de la guerra y creyendo que la única
forma de ponerle fin era apartar a los sandinistas del poder, y otros irritados
por sus programas de reforma demasiado ambiciosos y su hostilidad a la crítica,
optaron por la candidata neoliberal proestadounidense Violeta Barrios de
Chamorro. En otros países centroamericanos los grupos paramilitares de las
dictaduras locales, asesorados por la CIA, ejercieron una violencia sin límite
para suprimir a los insurgentes marxistas. En Guatemala los escuadrones de la
muerte con nombres como Ojo por Ojo mataron a decenas de miles de personas,
principalmente indios, y la guerra civil en El Salvador fue particularmente
brutal.[55] A finales de los años ochenta el número de muertos en las guerras
centroamericanas era enorme;
en la nicaragüense, por ejemplo, murió casi el 1
por 100 de la población.[56]
Las perspectivas de futuro de la guerrilla
anticomunista eran aún más halagüeñas en otras regiones en las que durante la
década anterior los comunistas habían ganado terreno. El gobierno
estadounidense, con la ayuda inapreciable del régimen sudafricano del
apartheid, mantenía mediante la UNITA una guerra de desgaste en Angola en la
que murieron unas 800 000 personas y casi una tercera parte de la población de
10 millones de habitantes fue desplazada;[57] el régimen mozambiqueño estuvo al
borde de la derrota a manos del ejército sudafricano y el RENAMO, con el que
tuvo que firmar una tregua en 1984. Pero el centro de la estrategia guerrillera
estadounidense estaba en la lucha contra los soviéticos en Afganistán. Ya antes
de la invasión de 1979 los comunistas afganos tuvieron que hacer frente a una
pujante insurgencia de los muyahidines. El gobierno de Carter les había hecho
llegar una ayuda militar limitada, complementando el apoyo saudí y paquistaní,
pero el de Reagan la incrementó sustancialmente en 1983. Jóvenes de todo el
mundo musulmán —entre ellos un tal Osama bin Laden, hijo de un rico constructor
y financiero saudí— acudieron a Afganistán a combatir en la yihad («guerra
santa»), como lo habían hecho décadas antes los jóvenes de izquierdas en la
guerra civil española. Para Reagan apoyar a los muyahidines afganos era algo
totalmente coherente con su estrategia anticomunista, ya que a diferencia de
los islamistas iraníes, en los que apreciaba cierto tinte socialista, eran
socialmente conservadores. Por otra parte constituían un genuino movimiento
antiimperialista con mucho apoyo popular, solo que en esta ocasión el imperio,
que había que derrotar era la URSS. Como decía entusiasmado William Casey,
director de la CIA de 1981 a 1987: «Ahí está la belleza de la operación afgana.
Normalmente parece como si los malvados estadounidenses abusaran de los
nativos, pero en Afganistán es justo al revés: son los rusos los que maltratan
a los pequeñajos».[58] Estados Unidos iba a lamentar evidentemente su apoyo a
los
muyahidines en la década siguiente, cuando se
revolvieron contra su antiguo patrón; pero según la doctrina Kirkpatrick
importaba poco su fanatismo antidemocrático con tal que hicieran frente al
totalitarismo comunista.
La confrontación militar debilitó, pues, mucho al
comunismo en el Sur, pero la esperanza neoconservadora de que acabara postrando
a la propia URSS era quimérica. De hecho, puede que el nuevo halconismo de
Occidente fuera contraproducente, ya que reafirmó la actitud soviética y
reforzó a los partidarios de la línea dura. Las relaciones entre las
superpotencias estaban en su peor momento desde hacía años y en noviembre de
1983 el mundo estuvo más cerca de una guerra nuclear que en ningún otro momento
desde la crisis de los misiles en Cuba cuando los soviéticos malinterpretaron
un ejercicio de la OTAN creyendo que se trataba de un verdadero ataque y faltó
muy poco para que respondieran debidamente.[59] En Moscú aumentaba la nostalgia
del estalinismo: el más que nonagenario Viacheslav Molotov fue readmitido en el
partido (corría la broma de que le estaban poniendo al día para sustituir a
Chernienko) e incluso se hablaba del regreso de la vieja táctica estalinista de
movilización de los trabajadores. Cuando murió Briezhniev en noviembre de 1982
quien asumió el mando fue Iuri Andropov, un representante de la línea dura que
llevaba dirigiendo el KGB desde 1967. Y aunque no trató de volver a los años
cuarenta, muchas de sus ideas eran las de aquella época: pretendía reanimar la
economía, no mediante reformas de mercado y liberalización, sino mediante una
mayor disciplina obrera y purgando a los funcionarios corruptos.
Cuando murió Andropov en febrero de 1984, la
reanudación de la guerra fría emprendida por Reagan no había hecho más que
consolidar a los partidarios de la línea dura y fue el anciano conservador
Konstantin Chernienko quien lo sustituyó a la cabeza del partido y del estado;
aunque al parecer Andropov había indicado su preferencia por Gorbachov, su fama
de reformista todavía suscitaba suspicacias. Pero cuando Chernienko falleció
trece meses
después, estaba claro que el Politburó no podía
seguir eligiendo para el puesto a hombres ancianos y enfermos que difícilmente
vivirían mucho tiempo. Lo peor de la crisis de la deuda en los países de Europa
oriental había pasado (aunque todavía seguía siendo grave en Polonia), pero
estaban estancados, incapaces de atraer la inversión de nuevos capitales. Una
nueva generación debía tomar el relevo y Gorbachov, el miembro más joven del
Politburó, era el único candidato creíble.
Al cabo de cuatro años de la elección de Gorbachov
el Muro de Berlín había caído, y al cabo de seis ya no existía la URSS. En 1985
prácticamente nadie podía predecir esos acontecimientos extraordinarios.
Todavía resultan enigmáticos y los historiadores discuten ardorosamente sobre
ellos. Algunos sugieren que fue el rearme de Reagan, y en particular su
Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) más conocida como «guerra de las
galaxias» lo que destruyó el comunismo soviético. La política de Reagan ejerció
indudablemente una fuerte presión económica y psicológica sobre la URSS y la
IDE era una señal preocupante de que la URSS no estaba al día (aunque no todos
los dirigentes del PCUS se la tomaban en serio).[60] Pero por muy pesada que
fuera la carga militar, no estaba generando una crisis económica ni agitación
social. Como ironizaba un académico muy bien informado cuando lo entrevistaron
a finales de los años noventa:
Imaginemos que Briezhniev siguiera con vida.
Estaríamos viviendo todavía en el viejo régimen; no habría cambiado nada. Quizá
las cosas habrían ido un poco a peor, pero el país estaría bajo control.
Todavía tendríamos el mismo sistema totalitario; todavía acudiríamos a las
reuniones del partido y a las manifestaciones con las mismas banderas
rojas.[61]
El hombre que destruyó el PCUS no vivía en la Casa
Blanca sino en el Kremlin. En cuanto a la motivación de Gorbachov,
probablemente no era tanto el temor al poderío militar estadounidense como su
deseo de revigorizar el sistema y de hacerlo más abierto. Al principio, como en
el caso de Jruschov, esperaba conseguirlo
transformando el propio partido comunista, pero
cuando esto fracasó, terminó por saltar por encima de sus obstáculos. La
implosión del sistema soviético no se debió a la presión exterior, sino que fue
el resultado de una revolución interna no violenta, organizada por la propia
dirección del PCUS.
VII
La película Monanieba («Arrepentimiento») del
director georgiano Tenguiz Abuladze debe de ser una de las más complejas y
cultas que se haya convertido nunca en un éxito de taquilla. Realizada en 1984,
aunque no llegó a estrenarse hasta 1986[*] gracias a la nueva política de
glasnost («transparencia») de Gorbachov, es una película de zombis surrealista.
Comienza con el entierro de Varlam Aravidze, alcalde de un pueblo de Georgia,
cuyo cadáver reaparece misteriosamente desenterrado por muchas veces que lo entierren.
La autora de las exhumaciones —Ketevan— es una mujer trastornada por la muerte
de su madre —asesinada por Varlam cuando trataba de evitar la destrucción de
una iglesia—, que ha decidido recordar al mundo el terror ejercido en vida por
el alcalde y que efectivamente consigue exponer los horrores del pasado, pese a
los intentos de los vecinos de mantenerlos ocultos; al final Abel Aravidze,
hijo de Varlam, acosado por el remordimiento, desentierra por última vez el
cuerpo de su padre y lo arroja por un acantilado. Aun así, la película concluye
con una nota pesimista: Ketevan está en su casa, viviendo todavía en la «calle
Varlam», en un barrio desprovisto de valores espirituales.
El estreno de Arrepentimiento exigió una ardua
lucha política. Aleksandr Iakovlev era uno de sus principales defensores, pero
chocó con la resistencia de sus colegas y solo consiguió convencerlos
argumentando que era demasiado compleja para la gente corriente y
prometiéndoles que solo se proyectaría en unas
pocas ciudades. Cuando dispuso una distribución más
amplia, varios jefes locales del partido se enfurecieron y la prohibieron.[62]
Aun así, Arrepentimiento fue un gran éxito y capta sustancialmente el ambiente
que se vivía al principio de la perestroika («reestructuración»). Como durante
el deshielo de Jruschov, el alcalde estalinista es una figura burocrática y
«racional» que desprecia la moral y los valores espirituales, mientras que los
protagonistas son gente idealista; pero la película también alude a la era
Briezhniev y sus intentos de «reintroducir» a Stalin, que llevó a un
enfrentamiento de los reformadores, deseosos de dejar atrás la burocracia
estalinista, con los conservadores breznevianos, empeñados en mantener el viejo
sistema.
La película permite adivinar el pensamiento de
muchos soviéticos durante el período de la glasnost y no solo el de Gorbachov,
que vio con interés la película.[63] Todavía no ha quedado establecida una
valoración definitiva de aquel atractivo e inteligente gobernante. ¿Por qué se
comportó de forma tan irracional, al menos aparentemente, y acabó destruyendo
el sistema que pretendía reforzar? Arrepentimiento ofrece algunas claves.
Gorbachov no tenía, evidentemente, la sensibilidad religiosa de Abuladze, pero
como muchos de los que llegaron a la madurez durante la desestalinización de
Jruschov, compartía su odio por los «burócratas» del partido, un sentimiento
que también podía apreciarse en el juico de Iakovlev: «En mi familia todos nos
sentíamos igualmente sorprendidos por aquella película, tan inteligente,
honesta y desacostumbrada, implacable y convincente. Aplastaba a mazazos todo
un sistema de mentiras, hipocresía y violencia».[64]
Gorbachov no fue sino el último de una larga lista
de dirigentes que creían que el comunismo se podía revigorizar atacando a los
«burócratas» conservadores obsesionados por el estatus, una tradición que iba
desde Stalin a finales de los años veinte hasta Mao y su Revolución Cultural,
pasando por Jruschov a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Su
estrategia era parecida a la
de este último, esperando desburocratizar el
sistema abriendo el partido a la influencia de toda la sociedad; pero a
diferencia de todos sus predecesores llegó a la conclusión de que había que
reducir el poder del partido como institución. También había aprendido la
lección de la caída de Jruschov en 1964 y del trágico final de la Primavera de
Praga. Dando la vuelta a la alegoría de Arrepentimiento, estaba decidido a no
permitir que los burócratas volvieran a resucitar como zombis de entre los
muertos, y eso le llevó a combatir las raíces mismas de su poder, quizá sin
percibir que con ello propiciaba la destrucción del propio sistema.
En definitiva, la animadversión de Gorbachov a los
burócratas era probablemente mayor que su desconfianza de Occidente. Además,
justo cuando la era de compromiso de clase iniciada en Occidente tras la
segunda guerra mundial había entrado en crisis, los comunistas soviéticos
comenzaban a apreciar sus virtudes. Gorbachov, cada vez más deseoso de hacer
aceptable la URSS haciéndola evolucionar hacia la socialdemocracia, promovió no
solo reformas de mercado sino también unas elecciones democráticas al
estilo occidental, ayudado por los intelectuales
«contrarrevolucionarios» que Tsipko había descubierto en el Comité Central del
partido en 1986, por el FMI neoliberal y por gran parte de la opinión pública
occidental.
Cuando los líderes occidentales se vieron por
primera vez con Mijail Gorbachov, se sintieron tan sorprendidos como
desarmados. ¿Cómo podía ser comunista una persona tan cordial, abierta y
encantadora? Hasta la impenitente anticomunista Margaret Thatcher se deshizo en
elogios. Pero lo estaban comparando con los adustos y coriáceos apparatchiki de
los años sesenta y setenta. De hecho, Gorbachov no era más que una versión de
grueso calibre del militante medio del partido. Nacido en el sur de Rusia en
1931 de padres campesinos, su abuelo materno había sido miembro del partido y
presidente de una granja colectiva, que lo habían detenido en 1937 (como a su
abuelo paterno). Se convirtió en un ambicioso y trabajador miembro de la
Komsomol y su capacidad académica,
junto con sus actividades en el partido (le
concedieron la prestigiosa Orden de la Bandera Roja por su brioso trabajo en la
cosecha de 1948) le permitió dar el gran salto de la provincia a la Facultad de
Derecho de la Universidad de Moscú. Pronto descubrió que tenía madera para
convertirse en cuadro del partido: le gustaban los grandes principios
generales; de hecho, parece que era un auténtico idealista. A diferencia de
Briezhniev, su planteamiento de la administración no era nada tecnocrático y al
parecer no entendía apenas nada de economía, lo que incomodaba a algunos de sus
asesores.[65] Era una persona del pueblo, con energía y entusiasmo y una fe
inconmovible en su propia capacidad persuasiva. Anatoli Cherniaev, quien más
tarde se iba a convertir en uno de sus principales consejeros, recordaba que
viajando con él por Europa occidental durante los años setenta «me agarraba por
el codo y “demostraba”, “demostraba”, “demostraba”, lo importante que era hacer
esto o aquello en Stavropol».[66] En eso se parecía mucho a Jruschov y también
compartía el entusiasmo y el optimismo de su apasionado predecesor. Pero tenía
mejor formación y era políticamente más astuto, y en consecuencia tenía mucha
más confianza en sí mismo, lo que no es de extrañar porque era un político
experto en conseguir que otros hicieran cosas para él. Tampoco es de extrañar,
pues, la «gorbimanía» que se extendió por Europa occidental y oriental.
Pero esas características indudablemente positivas
tenían sus contrapartidas. Por muy seguro que estuviera de sí mismo no siempre
era consciente de las dificultades que conllevaban sus planes, aunque quizá
esto mismo, combinado con la capacidad para convencer o vencer a sus oponentes,
explica que pudiera llevar adelante su ambicioso pero incoherente programa.
En 1985 eran pocos los dirigentes soviéticos, si es
que había alguno, que creyeran que el sistema estaba en crisis y precisaba un
cambio radical. Como recordaba el propio Gorbachov, «ni yo ni mis colegas
considerábamos en aquella época que la situación general fuera de crisis del
sistema»;[67] cuando Iakovlev le presentó un
proyecto extremadamente radical, proponiendo que el
Partido Comunista se dividiera en dos que compitieran entre sí, lo consideró
«prematuro».[68] Durante sus dos primeros años como secretario general,
Gorbachov no se apartó de la política económica disciplinaria seguida por
Andropov; pero su política exterior sí era muy diferente. Pretendía reducir la
tensión con Occidente y así poder ahorrar recursos preciosos para las reformas
económicas internas. Cuando el precio internacional del petróleo se desplomó a partir
de agosto de 1985, esto se hizo aún más necesario. Pero tanto él como sus
asesores liberales —especialmente Iakovlev— estaban también convencidos de que
se podía y debía acabar con el prolongado pulso entre los dos bloques, que a su
juicio no era más que una prolongación de la vieja doctrina estalinista de la
lucha de clases internacional que había quedado anticuada.
Así pues, Gorbachov asedió al gobierno
estadounidense con insistentes propuestas de control de armas nucleares, por
más que Reagan y los halcones neoconservadores se mostraran al principio, como
cabía esperar, muy suspicaces. En su primer encuentro en Ginebra, Gorbachov
apenas podía creer lo primitivo y «cavernícola» que se mostraba Reagan con
respecto a la guerra fría, en particular en el Tercer Mundo. Para Reagan el
comunismo era siempre resultado de la conspiración y la interferencia
soviética; para Gorbachov, del enfrentamiento entre el pueblo anti-imperialista
y las clases dominantes reaccionarias, por lo que estaba decidido a defender a
sus aliados y a ganar la guerra en Afganistán.
Pese a esas diferencias, la visión de la URSS que
manejaba el gobierno de Reagan se había modificado desde 1984. El pánico
nuclear de noviembre de 1983 había al parecer sobresaltado al propio
presidente, y la estrategia preconizada por los halcones no había dado
prácticamente resultados, aparte de amenazar al mundo con el apocalipsis. El
desasosiego europeo y las consideraciones electorales llevaron así a un cambio
fundamental en la actitud de Washington que culminó en la sugerencia de Reagan
en Reikiavik en 1986 de un posible desmantelamiento de todas las armas
nucleares.[69] Al final todo aquello quedó en nada,
porque Reagan no estaba dispuesto a renunciar a su Iniciativa de Defensa
Estratégica, pero a partir de entonces Gorbachov creyó que el desarme era una
posibilidad real y eso le dio la confianza suficiente para emprender la reforma
interna que pretendía. Aunque el rearme de Reagan había ejercido una notable
presión sobre la dirección soviética, su disposición a llegar a un acuerdo con
la URSS (a pesar de las frecuentes quejas de los neoconservadores) contribuyó
en buena medida a facilitar el programa reformista de Gorbachov, y con él el
colapso definitivo del comunismo soviético.
A lo largo de 1986 las opiniones de Gorbachov se
habían radicalizado en el curso de las discusiones con Iakovlev y otros
asesores liberales del Comité Central. Los encuentros con dirigentes
occidentales —entre ellos Ms. Thatcher, quien según sus propias declaraciones
le explicó los fundamentos de la democracia en 1987
— también tuvieron su efecto.[70] Gorbachov llegó a
envidiar a los socialdemócratas occidentales, a los que tanto él como sus
asesores admiraban por su estado del bienestar. Pero la política
socialdemócrata en Europa occidental se había basado desde la década de 1940 en
un compromiso entre el mercado libre y el estado intervencionista. El problema
era cómo alcanzar ese objetivo, ya que en el centro del estado soviético estaba
el PCUS y cualquier intento de socavar su poder corría el riesgo de destruir la
capacidad de Moscú de controlar el país.
La visión del mundo de Gorbachov durante los
primeros años de su gobierno no era en el fondo nada liberal. El pueblo
soviético, en su opinión, había elegido en 1917 una «opción socialista» y era
fundamentalmente unitario y colectivista. Pero, entonces, ¿por qué no
funcionaba el sistema? Gorbachov concluyó que el problema residía en la asfixia
de la creatividad innata de las masas. Desplegando una retórica en la que se
mezclaban el joven Marx y un idealismo casi liberal, explicó que los burócratas
y su «sistema autoritario… suprimen la iniciativa del pueblo, lo distancian de
todas las esferas de la actividad social y menosprecian la dignidad del
individuo». La solución a este problema residía en
una nueva forma de «democracia», que aun suponiendo una discusión abierta no
tenía por qué adoptar el pluralismo de estilo occidental. Esa «democracia»
cambiaría la psicología del pueblo, infundiendo en él entusiasmo, o como decía
la jerga de la época, «activando el factor humano»; también socavaría (y
llegaría a eliminar) la «burocracia» que reprimía la energía popular.[71] Una
visión tan romántica puede parecer una base inadecuada para un programa práctico
de reformas, pero se adecuaba a la tradición marxista como en el caso de
Jruschov. De hecho, los reformadores veían sus planes en ese contexto. Como
explicaba Iakovlev a un escéptico entrevistador occidental, «en el plano
teórico, nunca hemos afirmado que la revolución iniciada en 1917 en nuestro
país haya concluido… la perestroika no es sino la prolongación de la
revolución».[72]
Desde principios de 1987 había quedado claro que la
disciplina y los pequeños ajustes en la economía habían servido de poco y
Gorbachev optó por un programa de liberalización económica y democratización
política más radical. Imitando las reformas liberalizadoras que habían tenido
lugar en Hungría y Yugoslavia, dio a los directores de fábrica más
independencia del centro. Como cabía esperar, a los planificadores no les sentó
nada bien y la respuesta de Gorbachov fue lanzar un ataque contra los
«burócratas» que, según declaró, eran una fuerza fundamentalmente conservadora,
un «mecanismo de freno» y un obstáculo al cambio.
En un primer momento —igual que Jruschov— Gorbachov
esperaba que el partido dirigiera a la sociedad hacia la reforma, pero pronto
perdió la fe en él al ver que los cuadros se resistían a sus medidas, por lo
que buscó nuevas alianzas en la clase media desencantada relajando la censura y
permitiendo la organización de grupos de discusión «informales» fuera del
partido. Algo bastante más serio fue la abolición del poderoso secretariado del
partido en 1988 y la decisión de instituir un nuevo Congreso de Diputados del
Pueblo elegidos por votación popular. Las elecciones se celebraron
en marzo de 1989, y aunque muchos jefes del PCUS
ganaron su escaño, otros muy notorios fueron derrotados. Gorbachov empezaba así
a desplazar el centro del poder del PCUS a una autoridad estatal elegida por el
pueblo.
El liberalismo de Gorbachov tenía sus límites y
siempre insistió en que había que controlar la democracia. El PCUS y la
Konsomol tenían garantizados cada uno 100 escaños de los 2250 que componían el
Congreso de Diputados del Pueblo;[*] el «pluralismo de opiniones» estaba bien,
pero todas ellas tenían que ser «socialistas» y las críticas tenían que
respetar los «principios» y no ser «irresponsables». Pero a Gorbachov le
resultó muy difícil preservar esos hilos rojos en la medida en que el partido
se veía sometido a un asalto ideológico sin precedentes, alentado por el propio
Kremlin. Se reabrió la cuestión de Stalin, nombrando en septiembre de 1987 una
comisión para investigar la represión estalinista, y las «páginas en blanco» de
la historia soviética se discutían mucho más libremente que nunca. Si para
Jruschov el declive del socialismo había comenzado en 1934, después de la
industrialización y la colectivización en el campo, para Gorbachov había
comenzado con la victoria de Stalin sobre Bujarin en 1928, y la auténtica voz
del socialismo marxista era el Lenin supuestamente «liberal» de la NEP. Ya en
1986 el asesor ideológico de Gorbachov, Gueorgui Smirnov, le explicaba así a
Tsipko sus opiniones:
No creas que [Gorbachov] no se da cuenta de la
gravedad de la situación. Se han perdido en balde sesenta años. Al apartarse de
la NEP, el partido perdió su última oportunidad. La gente sufrió en vano. Se
sacrificó al país en nombre de concepciones escolásticas del comunismo que no
tenían nada que ver con la vida real.[73]
Gorbachov esperaba poder preservar la reputación de
1917 y relanzar el proyecto soviético en nombre del «leninismo»; pero no era
fácil establecer una línea de demarcación clara entre Lenin y Stalin y los
intelectuales del partido comenzaron a perder la fe en todo el proyecto
marxista. Tsipko recuerda que ya en 1986 Iakovlev encargó una «investigación
sobre los errores fundamentales del
socialismo soviético» que incluía el propio
marxismo, y a finales de 1988 él mismo publicó el primer artículo importante
que argumentaba que las raíces del «socialismo cuartelario» estalinista estaban
en el marxismo-leninismo.[74] Al año siguiente se publicó legalmente por
primera vez en la URSS el Archipiélago Gulag en el que Solzhenitsin denunciaba
a Lenin como fundador del sistema concentracionario soviético. Para entonces
los sectores liberales de la prensa se habían vuelto notoriamente antisoviéticos
y prooccidentales, llenos de críticas del pasado y del sistema represivo que
los bolcheviques habían creado.
Gorbachov e Iakovlev, apparatchiki del partido
desde hacía mucho tiempo, entendían bien el poder de la ideología y creían que
la revisión de la historia era una parte esencial de su proyecto de perestroika
como campaña moral y cultural para transformar la vieja mentalidad
«estalinista» y «burocrática»; pero era una estrategia muy arriesgada. El PCUS
basaba su legitimidad en argumentos morales: el nivel de vida podía ser más
bajo que en Occidente y podía haber algunas injusticias y privilegios
ilegítimos, pero el sistema era fundamentalmente justo y superior al
capitalismo. Si los dirigentes e intelectuales decían ahora que el partido
había llevado al pueblo por una vía equivocada durante sesenta años,
imponiéndole sacrificios para nada, ¿cómo podía esperar el régimen conservar su
lealtad? Una carta al semanario Argumenti i fakti de un cierto N. R. Zarafshan
mostraba que el reexamen de la historia podía reforzar una vaga sensación de
injusticia y llevar a una crisis ideológica —y emocional— traumática:
Soy un miembro del partido con un buen historial y
todo el mundo dice que yo era un trabajador consciente que me esforzaba en el
trabajo social. Pero me hice viejo y mi fervor desapareció; he visto muchas
injusticias en mi vida y al saber la verdad sobre el pasado quedé destrozado.
todo
esto me afecta mucho: si sigo en el partido seré deshonesto y si lo dejo seré
desgraciado, porque soy una persona disciplinada y no puedo faltar a las
reuniones del partido o ignorar mis deberes.[75]
Gorbachov estaba destruyendo inadvertidamente las
bases ideológicas del sistema soviético y la opinión cambió muy rápidamente
entre 1987 y 1991. Mucha gente se volvió más hostil hacia el partido y más
favorable a Occidente, y lo mismo sucedió en los países de Europa oriental, a
pesar de conocerlo más de cerca: en Hungría el número de los que creían que en
Occidente las «oportunidades educativas y de mejora cultural» estaban
plenamente realizadas saltó del 22,8 por 100 en 1985 al 51,1 por 100 en
1989.[76] Esto no quiere decir, sin embargo, que una mayoría de los ciudadanos
del bloque soviético prefirieran una economía de mercado de tipo occidental:
cuando se les preguntaba qué habría que hacer para salir de la crisis
económica, cada vez más seria, solo el 18 por 100 de los ciudadanos soviéticos
quería más empresa privada; el 50 por 100 quería más disciplina y orden.[77]
Del mismo modo, en 1989 el 72 por 100 de los checoslovacos se oponía a la
privatización de la industria y el 83 por 100 era hostil a la de las granjas
colectivas.[78]
El auténtico beneficiario de la crisis ideológica
fue el nacionalismo y las primeras señales del colapso político se observaron
en los países bálticos, donde la hostilidad nacionalista a la dominación
soviética se había generalizado desde hacía tiempo. Los frentes populares en
favor de la perestroika, creados por el KGB para canalizar la democracia en la
dirección adecuada, escaparon pronto al control central. Se realizaron
manifestaciones que exigían el final de la supeditación a la URSS, la
independencia absoluta y la restauración de la propiedad privada.
Gorbachev se vio pronto arrastrado por una vorágine
política que amenazaba transformarse en caos. Al atacar la vieja ideología y el
sistema político estaba cortando los tendones del poder antes de haber puesto
en pie una nueva estructura; y lo mismo se podía decir de la economía: el poder
del estado había quedado socavado sin preparar antes el terreno para que lo
sustituyera el mercado. Gorbachov tenía ante sí dos alternativas coherentes:
por un lado el modelo chino, que suponía un desplazamiento gradual hacia el
mercado, dirigido por un partido todopoderoso que
seguía reprimiendo a los disidentes; y por otro la «terapia de choque»
neoliberal, aconsejada por muchos economistas occidentales y el FMI.
Comprensiblemente, Gorbachov rechazaba enérgicamente la primera de esas
alternativas: contradecía sus planes de democracia política y según creía solo
serviría para afianzar el poder de los burócratas que tanto odiaba. Pero
también rechazaba la terapia de choque, ya que habría destruido la burocracia
económica de golpe y la habría sustituido por el mercado, la privatización y
duras medidas contra la inflación, dando lugar a una brusca subida de precios,
una profunda recesión y un desempleo masivo. Aun si esto hubiera sido
conveniente, Gorbachov nunca lo habría aceptado porque estaba decidido a tener
al mismo tiempo la democracia y el mercado, manteniendo su propio poder. La
irrupción súbita del mercado habría perjudicado inevitablemente a mucha gente y
la democracia habría dado a los millones de «perdedores» un arma poderosa
contra el gobierno. Gorbachov respondió a la presión popular preservando el
nivel de vida mediante los créditos de Occidente, lo que dio lugar a un aumento
descomunal de la deuda exterior.
En lugar de la terapia de choque neoliberal o la
reforma dirigida desde el estado al estilo chino, Gorbachov optó por un
compromiso muy deficiente. El ataque a la burocracia destruyó el viejo sistema
de distribución que canalizaba los recursos de una fábrica a otra, mientras que
los directores de empresa contaban con mayor autonomía: ahora estaban libres de
cualquier presión —ya fuera del mercado o política— para producir de forma
eficiente y barata. La consecuencia inevitable fue una importante subida de precios,
el desabastecimiento de los comercios y la multiplicación de las colas.
Mientras el pacificador «Gorbi» era aclamado en Occidente, su popularidad en la
URSS caía en picado.
En aquel momento hubo quienes propusieron a
Gorbachov que copiara el modelo estatalista chino, y el debate sobre la
idoneidad de esa eventual alternativa continúa.[79] Cierto es que las
circunstancias chinas eran muy diferentes de las de la URSS. En la
Unión Soviética la agricultura se había visto más
perjudicada por la colectivización y los viejos apparatchiki industriales eran
mucho más poderosos y capaces de bloquear la reforma económica. Aun así, muchos
argumentan que alguna variante de las Cuatro Modernizaciones de Deng con los
incentivos adecuados habría posibilitado una mejora sustancial de la economía.
Pero quizá sea inútil especular sobre posibles
alternativas. Dadas la actitud democrática y antiburocrática de Gorbachov y los
reformistas y el predominio de las ideas neoliberales en Occidente, el modelo
chino tenía pocas probabilidades de materializarse en la URSS; e incluso si
hubiera dado lugar a un mejor resultado económico, habría sido a expensas de la
libertad política y probablemente de la paz mundial. El PCUS habría seguido en
el poder y es más que probable que la vieja guardia hubiera podido resistir el
repliegue de 1989 en Europa oriental.
Las decisiones que tomó Gorbachov, fueran cuales
fueran sus ventajas políticas, tuvieron un resultado económico desastroso: el
colapso de hecho del estado y el «robo» de la economía por los directivos y
funcionarios. Cuando en 1989 el titubeante Gorbachov nombró finalmente al
liberal Nikolai Petrakov como consejero económico y un año después dejó claro
que no había que descartar la posibilidad de la privatización de las empresas,
sus directivos comenzaron a «privatizarlas» por su cuenta, vendiendo el equipo
y embolsándose el pago, mientras los mandos del partido y los funcionarios del
estado aprovechaban el ataque de Gorbachov contra la jerarquía central para
apoderarse de los bienes de las organizaciones para las que trabajaban. Los
burócratas estaban «apropiándose del estado».[80] Ese hurto semilegal fue el
origen de la riqueza de muchos de los «oligarcas» de la década siguiente.
Gorbachov, empeñado en destruir la «burocracia», le había dado de hecho la
oportunidad de enriquecerse, y su idealismo había puesto en marcha la década de
colapso político y económico que desquició Rusia tras el desmantelamiento del
comunismo, que a su vez
alimentó la reacción antiliberal que le siguió con
el presidente Vladimir Putin.
Así pues, desde el otoño de 1989 estaban quedando
claros los efectos de la paulatina revolución de Gorbachov contra el PCUS: los
cimientos del poder soviético se iban hundiendo y no cabía sorprenderse de que
la cadena comenzara a romperse por su eslabón más débil: Europa oriental.
VIII
Pocos días antes del septuagésimo aniversario de la
revolución de Octubre que debía celebrarse el 7 de noviembre de 1987, los
ciudadanos de Wroclaw tuvieron noticia de los planes para una conmemoración
insólita de la fundación del estado soviético:
¡¡¡Camaradas!!!
El día de la Gran Revolución Proletaria de Octubre
es el de un Gran Acontecimiento… ¡Camaradas, es hora de acabar con la pasividad
de las masas populares!… Reunámonos el viernes 6 de noviembre a las 4 de la
tarde en la calle Świdnicka bajo el «reloj de la historia». Camaradas, vestíos
festivamente de rojo. Poneos zapatos rojos, un sombrero rojo o una bufanda
roja… A falta de otra cosa, si no tenéis una bandera roja, pintaos las uñas de
rojo.
Aquella satírica celebración de la historia
revolucionaria era solo uno de los acontecimientos organizados por la
Pomaranczowa Alternatywa («Alternativa Anaranjada») polaca, un grupo de
protesta surrealista, parodiando los festivales políticos bolcheviques como el
Asalto al Palacio de Invierno de 1920, para el que confeccionaron una réplica
del acorazado revolucionario Aurora, incluyendo cosacos con los legendarios
gorros de la Caballería Roja de Budionny y pancartas con eslóganes como «Borsch
[sopa de remolacha] Rojo». Uno de los organizadores describía así la escena:
«Gritos de “RE-VO-LU-CIÓN”. El proletariado [esto es, obreros de las fábricas
cercanas] bajan del autobús; en sus camisetas se lee “trabajaré
más” y “mañana será mejor”». Pronto apareció gran
número de policías, pero se vieron ante la humillante opción de tener que
detener a cualquiera que llevara una prenda roja o que estuviera bebiendo
provocativamente un zumo de tomate.[81]
La Alternativa Anaranjada, insólita en muchos
sentidos, captaba no obstante la actitud de muchos disidentes en Europa
oriental a finales de la década de 1980, al menos en el área del antiguo
Imperio Austrohúngaro (incluida la Ucrania occidental). Estaba surgiendo una
nueva generación de disidentes, menos interesados por las grandes protestas y
manifestaciones contra el régimen que en crear una «sociedad civil» alternativa
y contracultural, libre del control del estado. Su estilo era «carnavalesco»,
como lo ha llamado Padraic Kenney, más que militante o batallador, y debía
mucho a los situacionistas y a la cultura joven occidental de los años sesenta.
De hecho, el espíritu de 1989 era una adaptación no violenta del de 1968. Como
mostraba el happening de Wrocław, su planteamiento no podía ser más diferente
del viejo modelo comunista de la movilización de masas; pero los objetivos de
muchos grupos (a diferencia de la Alternativa Anaranjada) eran a menudo muy
concretos y aparentemente apolíticos: por ejemplo, campañas ecologistas o
pacifistas,[82] algo quizá comprensible tras la persecución contra Solidarność.
El régimen había perdido aún más prestigio, pero estaba claro que la oposición
abierta desencadenaría la represión, y aparte de Polonia a los intelectuales
les resultaba en general difícil movilizar a los obreros. Se requería por tanto
un estilo nuevo menos belicoso.
Aunque el activismo social —y la sátira—
desempeñaron un papel importante en el final del comunismo en Europa oriental,
lo más importante eran las señales que enviaba Moscú a los partidos comunistas.
Gorbachov les había dicho a sus dirigentes en privado, ya en 1985, que no
podían contar con ayuda del ejército soviético, aunque esperaba que
permanecieran en el bloque. Todavía optimista, creía que dirigentes más
populares le devolverían al comunismo su legitimidad. Pero del mismo modo que
el Discurso
secreto de Jruschov en 1956 había hecho tambalearse
a los «pequeños Stalin» alentando a los reformadores y resquebrajando los
partidos, la perestroika soviética sacudía los fundamentos de los regímenes de
Europa oriental. Los partidarios de una reforma liberal cobraron fuerza en los
partidos y en algunos casos sus dirigentes se dieron cuenta de que ya no podían
recurrir a la represión sino que tenían que ampliar su base social. Los
opositores al régimen también percibieron que ahora tenían menos que temer; cuando
durante el invierno de 1987-1988 el historiador polaco Wacław Felczak fue a dar
unas conferencias en Budapest y alguien en la audiencia le preguntó cuáles eran
para él las lecciones de Solidarność, respondió: «Fundad un partido…
Probablemente os encerrarán por eso, pero todas las señales sugieren que no
estaréis en la cárcel mucho tiempo».[83]
Hungría fue el primer país del bloque en responder
a las señales que llegaban de Moscú. Tras celebrar unas elecciones con
candidatos diversos en las que la vieja guardia obtuvo peores resultados de los
que esperaba, un grupo reformista de líderes más jóvenes, incluido el
socialdemócrata Imre Pozsgay, consiguieron en mayo de 1988 obligar al
envejecido János Kádár a dejar la secretaría general del MSZMP. El partido se
escindió; se formó una oposición democrática fuera del partido y en febrero de
1989 los reformistas del régimen admitieron las elecciones multipartidistas. La
aceptación por Moscú de aquel cambio dejó claro como el cristal que la Unión
Soviética no iba a seguir sosteniendo el viejo orden en Europa oriental.
En Polonia, como en Hungría, las señales que
llegaban desde Moscú fueron atendidas desde el primer momento. El general
Jaruzelski, uno de los dirigentes estatales más próximos a Gorbachov, inició
una reforma liberalizadora en septiembre de 1986, pero en agosto de 1988 la
agitación obrera contra las medidas de austeridad volvieron a sacudir el
dominio del partido. En febrero de 1989 el gobierno, bajo la presión de
Gorbachov, aceptó una mesa redonda de debates con la oposición y en junio de
1989 se
celebraron unas elecciones que Solidarność se llevó
de calle. El 24 de agosto Tadeusz Mazowiecki se convirtió en el primer jefe de
gobierno no comunista en cuarenta años.
Los regímenes de línea más dura parecían decididos
a resistir, pero pronto se vieron también forzados a atender la profecía
escrita en el muro, esta vez literalmente, en el de Berlín. El comienzo del fin
llegó en mayo de 1989, cuando las autoridades húngaras redujeron los controles
en la frontera con Austria. Los ciudadanos de la RDA comenzaron a organizar
«excursiones» a Hungría con el fin de aprovechar la oportunidad que se les
abría para cruzar el telón de acero, aunque se suponía que la relajación de los
controles fronterizos solo afectaba a los húngaros. El 19 de agosto, en la
ciudad fronteriza de Sopron, la oposición húngara, con el apoyo de un extraño
dúo —el ministro Imre Poszgay y Otto von Habsburg, el heredero del Imperio
Austrohúngaro— organizó un «picnic paneuropeo» durante el cual se había
acordado la apertura durante tres horas de la frontera para que los alemanes
orientales la cruzaran, como efectivamente lo hicieron alrededor de
seiscientos; tres semanas más tarde el gobierno húngaro levantó todas las
restricciones. La RDA respondió cerrando la frontera con Hungría, pero esa
nueva medida represiva no hizo más que reforzar a la oposición. Se organizaron
manifestaciones de protesta en toda la RDA y el Partido Socialista Unificado
comenzó a perder el control. El rígido régimen de Honecker se vio aún más
afectado cuando Gorbachov visitó Berlín el 6-7 de octubre para celebrar el
cuadragésimo aniversario de la fundación de la RDA. Fue recibido
entusiásticamente por la multitud, no apoyó públicamente a Honecker y se dice
que declaró: «La vida castiga a los que se quedan atrás».[84] Poco después (en
un golpe de palacio el 17-18 de octubre) Honecker fue sustituido por Egon
Krenz.
Krenz pronto cobró conciencia de que para mantener
el control tenía que hacer algunas concesiones. Tras una manifestación de medio
millón de personas en Berlín oriental el 4 de noviembre, decidió suavizar las
restricciones para viajar, pero en la conferencia
de prensa convocada cinco días después para
anunciar la medida el portavoz del gobierno se embarulló, en uno de los
«lapsus» más memorables de la historia, y los confusos guardias fronterizos,
sin saber muy bien qué hacer, acabaron levantando las barreras y permitiendo a
la gente, que más que otra cosa andaba curioseando, cruzar pacíficamente.[85]
Aquella madrugada y al día siguiente, 10 de noviembre, unos 50 000 alemanes
pasaron del Berlín oriental al occidental, gritando: Wir sind ein Volk!
(«¡Somos un pueblo!»). Fue a la vez una fiesta masiva y una revolución, la
culminación de las manifestaciones «carnavalescas» y los «picnics» realizados
por la oposición en Europa oriental durante toda la década de 1980. La caída
del Muro de Berlín se convirtió con razón en el símbolo de 1989. La visión que
tenía la oposición de la revolución —no violenta, alegre e incluso hedonista—
parecía mucho más atractiva y moderna que el anticuado ideal comunista de la
movilización obrera y la lucha contra «el enemigo». Con el muro cayó igualmente
la voluntad del Partido Socialista Unificado de seguir gobernando la RDA.
El castillo de naipes siguió viniéndose abajo y lo
sucedido en la RDA alentó la resistencia en otros países con un régimen de
línea dura. Las manifestaciones a principios de noviembre ayudaron a los
reformadores del partido a apartar a Todor Zhivkov del poder en Bulgaria y
precipitaron un acuerdo entre los grupos de oposición para hacer frente al
partido. En Checoslovaquia, donde Milouš Jakeš había sucedido a Gustav Husák
sin cambiar sustancialmente su línea, venían multiplicándose la agitación y las
manifestaciones desde el año anterior, pero el régimen parecía decidido a no
entrar por la senda reformista; incluso se puso en circulación un nuevo billete
de 100 coronas con el retrato del viejo dirigente estalinista Klement Gottwald,
lo que muchos entendieron como una provocación descarada. Pero tras la caída
del Muro de Berlín los acontecimientos se precipitaron y aunque la
manifestación estudiantil del 17 de noviembre en Praga —convocada en recuerdo
de la oposición a la invasión y toma del poder por los nazis en 1939
— transcurría sin incidentes, el número de
manifestantes era enorme y la policía cayó en el pánico y optó por disolverla;
su brutalidad aquel día dio lugar a una nueva manifestación, esta vez de medio
millón de personas, tres días después y una huelga general de dos horas el día
27. Al día siguiente el KSC inició negociaciones con la oposición.[*]
Pese a algunos enfrentamientos (en Checoslovaquia y
en otros lugares), la transición en Europa central y oriental fue notablemente
rápida e incruenta. En parte esto se debía a que el movimiento de oposición era
pacífico, pero también reflejaba la debilidad de los regímenes del bloque una
vez que la URSS cambió de actitud con respecto a la represión. Los partidos
comunistas estaban divididos y normalmente había reformistas a la espera,
dispuestos a negociar con la oposición, lo que facilitó esa transición «de
terciopelo» relativamente sosegada.
Como cabía esperar, dada su autonomía de la URSS y
su carácter más represivo, los regímenes de Rumanía y Albania fueron los
últimos en venirse abajo. La extraordinaria austeridad impuesta por el
dirigente rumano Ceauşescu durante toda la década dañó considerablemente su
credibilidad; el 15 de noviembre de 1987 los obreros de Braşov, un importante
centro industrial, se declararon en huelga y ocuparon la sede del partido; la
Securitate realizó más de 300 detenciones e Ion Iliescu, excluido del Comité
Central en 1984, lanzó una velada crítica. En cualquier caso, Rumanía no podía
quedar aislada de lo que estaba sucediendo en todo el bloque soviético. El 16
de diciembre de 1989 una manifestación en Timişoara de la minoría húngara fue
violentamente reprimida por la policía, lo que provocó nuevas protestas y
enfrentamientos durante cuatro días, que se extendieron a Bucarest cuando el
gobierno convocó para el día 21 una concentración en apoyo de Ceauşescu; este
habló desde la balconada del edificio del Comité Central, esperando que se
repitiera la aclamación que había recibido en 1968, pero había juzgado mal el
estado de ánimo de la multitud: en lugar de aplaudirle, la gente comenzó a
abuchear al dictador en una
sorprendente muestra de lesa majestad. Las cámaras
de la televisión oficial captaron y retransmitieron los primeros instantes de
aquel acontecimiento inesperado, lo que hizo acudir a más gente gritando: «Noi
suntem poporul, jos cu dictatorul!» («¡Nosotros somos el pueblo, abajo el
dictador!»), tras lo cual unidades antiterroristas especiales dispararon contra
los manifestantes; pero al día siguiente los principales mandos del ejército se
negaron a aplicar la ley marcial decretada por el gobierno y este perdió el
control. Los Ceauşescu huyeron de Bucarest en un helicóptero que logró posarse
en la terraza de la Casa Republicii,[*] cercada por miles de manifestantes,
pero aquel mismo día fueron capturados y el 25 fueron ejecutados sumariamente.
El poder quedó en manos de Ion Iliescu, a la cabeza del recientemente formado
Frente de Salvación Nacional.
Albania fue el último de los regímenes comunistas
de Europa oriental en caer. Ramiz Alia, quien había sucedido a Enver Hoxha en
1985, emprendió una serie de reformas limitadas, pero las manifestaciones
estudiantiles de 1990 le obligaron a convocar elecciones multipartidistas en
marzo del año siguiente; aunque el Partia e Punës e Shqipërisë (Partido del
Trabajo de Albania) fue el más votado (obtuvo 162 escaños sobre 250), se vio
obligado a formar un gobierno de coalición y en junio se convirtió en Partia
Socialiste e Shqipërisë (Partido Socialista de Albania) bajo la dirección de
Fatos Nano. Al año siguiente la coalición se deshizo y en unas nuevas
elecciones venció la derecha conservadora del Partia Demokratike e Shqipërisë.
Las movilizaciones y mutaciones de 1989 permiten
situarlo junto a los años revolucionarios de 1848, 1917-1919 y 1968, pero ¿en
qué se parecían a aquellas conmociones anteriores? Algunas de las transiciones
del comunismo al capitalismo fueron claramente más revolucionarias que otras.
Aunque la decisión de Gorbachov de renunciar al imperio soviético fue decisiva
en todas ellas, las características peculiares de los diversos regímenes
comunistas dieron lugar a notorias diferencias. En Hungría y Polonia la larga
tradición reformista asentada en sus partidos
comunistas dio lugar a transiciones pacíficas y negociadas, mientras que en
Checoslovaquia y en la RDA, una dirección más unida y conservadora resistió los
primeros embates de la oposición y fueron precisas movilizaciones populares de
masas durante un corto período. La transición en Rumanía fue la más violenta y
«revolucionaria», aunque el cambio de régimen —con la victoria del antiguo
apparatchik Iliescu— fue uno de los menos radicales. Atendiendo a la participación
popular, vemos un patrón ligeramente diferente. En Polonia y Checoslovaquia, en
las que dominaba el sentimiento nacional humillado por la opresión soviética, y
en cierta medida en Rumanía, se parecía más al patrón de 1917 en cuanto que
abarcaba a todas las clases, incluido naturalmente el proletariado industrial.
En Hungría y en la RDA, donde los comunistas habían mitigado con mayor eficacia
el descontento de la clase obrera mediante el soborno, la oposición era en
mucho mayor medida un asunto de los intelectuales y de los trabajadores de
cuello blanco.[86]
Se pueden constatar diferencias parecidas en el
final del dominio comunista en el imperio informal soviético fuera de Europa.
Gorbachov, una vez decidido a competir con Estados Unidos fuera de Europa, veía
cada vez más a sus aliados del Tercer Mundo como un lastre. Sus asesores habían
perdido de hecho la fe en la posibilidad del comunismo en el Tercer Mundo desde
hacía tiempo. Estaban convencidos de que las ambiciones comunistas eran
demasiado radicales, dado el nivel de desarrollo de sus sociedades; pero la
contrarrevolución de Reagan y las crisis económicas de principios de los años
ochenta llevaron a la URSS a una situación cada vez más difícil. Había ahora en
el mundo muchos regímenes marxistas y todos ellos pedían ayuda en un momento en
que los propios ciudadanos soviéticos estaban sufriendo penalidades. Además, la
creciente presión económica dio lugar a mayores discrepancias en aquellos
regímenes entre los liberalizadores y los radicales, y —a diferencia de Europa—
estos últimos tenían a
menudo mucho apoyo, lo que incrementaba el
desasosiego entre los dirigentes soviéticos que habían perdido la fe en una
transformación social fundamental. En Grenada Maurice Bishop, que había buscado
un acercamiento con Estados Unidos, fue derrocado por su viceprimer ministro
Bernard Coard (que había estudiado sociología en la Universidad Brandeis de
Massachussetts y economía política en la de Sussex y había trabajado como
profesor para la izquierdista Inner London Education Authority), lo que
precipitó la «Operación Urgent Fury» ordenada por Reagan en octubre de 1983, a
pesar de la oposición de Margaret Thatcher. De forma parecida, en Yemen del
Sur, el presidente reformista — formado en la Unión Soviética— Ali Nasir
Muhammed fue violentamente derrocado en enero de 1986 por el ala más radical de
su propio partido. Gorbachov habría estado de acuerdo con el comentario de
Honecker: «Al igual que en Grenada, lo sucedido en Yemen muestra a lo que puede
llevar el infantilismo izquierdista».[87]
El etíope Mengistu era igualmente impopular en
Moscú. La hambruna en Etiopía había perjudicado la reputación del marxismo
tercermundista, especialmente entre los eurocomunistas, y a Gorbachov le
gustaba muy poco aquel régimen. En 1988 le dijo a Mengistu que la ayuda
soviética dependería de la liberalización y la solución pacífica de las guerras
en Eritrea y Tigray, y poco después el partido etíope se escindió entre
reformistas y partidarios de la línea dura, mientras los separatistas de
Eritrea y Tigray se unían en una ofensiva contra el régimen de Mengistu. En
1990 este renunció formalmente al marxismo-leninismo y en 1991 se vio obligado
a abandonar el país para exiliarse en Zimbabue. A continuación la enorme
estatua de bronce de Lenin en Addis Abeba fue derribada sin más ceremonia.
Aun así, Gorbachov era reacio a suprimir la ayuda a
sus aliados, en parte porque todavía creía en algunos de ellos, y en parte
porque Estados Unidos seguía fomentando la insurgencia anticomunista. En
Afganistán los soviéticos impusieron en mayo de 1986 la sustitución del
intransigente Babrak Karmal al frente del PDPA por el más
pragmático Mohammad Najibullah, quien también se
hizo cargo de la presidencia del país en noviembre e intentó forjar una amplia
alianza contra los islamistas. El gobierno soviético deseaba retirar sus
tropas, pero Reagan se mostró y se negó a hacer un trato. La prolongación de la
guerra se fue haciendo cada vez más impopular en la URSS y Gorbachov anunció en
febrero de 1989 su retirada definitiva. El régimen de Najibullah sobrevivió
hasta abril de 1992, cuando Kabul cayó en manos de los muyahidines y él se refugió
en el edificio de las Naciones Unidas.[*] Con su derrota quedaba el camino
abierto para una sucesión de regímenes islamistas, que culminó con la victoria
del puritano talibán, el más radical de todos ellos.
La guerra civil en Angola también se prolongó hasta
la caída de la URSS. Tras la derrota del ejército sudafricano en la batalla de
Cuito Cuanavale en marzo de 1988, Reagan y Gorbachov acordaron en la cumbre
mantenida en Moscú a finales de mayo la retirada de las tropas cubanas a cambio
de la independencia de Namibia. El MPLA abandonó el marxismo-leninismo en 1990,
pero Estados Unidos siguió financiando a la UNITA hasta 1992, cuando el MPLA
ganó las elecciones y pocos meses después Bill Clinton, recién elegido
presidente, decidió cambiar de bando. Aun así la guerra civil se prolongó hasta
2002, cuando Jonas Savimbi murió en un enfrentamiento armado con las tropas del
gobierno.
En 1985 Gorbachov no pretendía privar a la URSS de
sus aliados del Tercer Mundo ni de sus satélites en Europa oriental, pero en
1989 asistió pasivamente a la desintegración del bloque soviético. Aunque
hubiera querido intervenir no habría podido hacer apenas nada, dado el embrollo
de la reforma en la propia Unión Soviética y el mal estado de sus finanzas.
Pero no podía ignorar las fuerzas que empujaban a Europa oriental hacia
Occidente, porque también actuaban sobre la propia URSS. Las fuerzas nacionalistas
estaban corroyendo la Unión Soviética. Había sido el PCUS el que la mantenía
unida, y una vez que comenzó su declive y se permitieron elecciones libres para
los parlamentos de las repúblicas,
los separatistas obtuvieron una poderosa plataforma
política. En marzo de 1990 el Parlamento lituano decidió separarse de la URSS y
a continuación Estonia y Letonia también anunciaron su voluntad de obtener la
independencia. En junio fue la república rusa la que proclamó su soberanía,
anunciando que sus leyes prevalecerían sobre las de la URSS. Otras repúblicas
buscaron rápidamente la independencia. Dice mucho del extraordinario
radicalismo de Gorbachov que no moderara su velocidad sino que por el contrario
diera rienda libre a las reformas. Propuso un nuevo tratado de la Unión para
sustituir el de 1922 y respaldó el plan de terapia de choque neoliberal de
Petrakov, que preveía la mercantilización y privatización total en un plazo de
500 días, uno de cuyos efectos habría sido destruir la capacidad de recaudar
impuestos de la URSS.[88]
En septiembre de 1990 Gorbachov reconsideró la
situación e intentó recentralizar el poder. Al año siguiente se le vio vacilar,
acelerando y frenando alternativamente. Deseaba preservar la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas sin recurrir a la violencia, pero se veía
desbordado por los radicales promercado encabezados por el impulsivo Boris
Ieltsin, ex jefe del partido en Moscú y ahora presidente de la Federación Rusa
desde mayo de 1990. Desde ese puesto desafió los poderes de Gorbachov; después
de declarar en junio su «independencia» con respecto a la URSS, en julio
abandonó el PCUS y poco después convocó elecciones presidenciales, celebradas
en junio de 1991, en las que obtuvo el 57 por 100 de los casi 80 millones de
votos que se recogieron en las urnas. Gorbachov, seriamente debilitado en el
plano político, se vio obligado a acordar un nuevo tratado de la Unión que daba
más poder a las repúblicas; pero dos días antes de que se firmara intervinieron
las fuerzas de la reacción sobre las que Gorbachov venía advirtiendo. Un grupo
de líderes conservadores conocido más tarde como «Banda de los Ocho», del que
formaban parte al vicepresidente Guennadi Ianaiev y el jefe del KGB Vladimir
Kriuchkov, hizo un último intento por salvar la Unión y el PCUS. El
domingo 18 de agosto enviaron una delegación a
visitar a Gorbachov a su dacha de Crimea para exigirle que impusiera la ley
marcial o cediera el poder a Ianaiev. Se negó y lo retuvieron allí. Al día
siguiente, a las 7 de la mañana, se emitió un comunicado proclamando la
asunción de todos los poderes por un «Comité Estatal de Emergencia» mientras
Gorbachov se recuperaba de una «enfermedad».
Aquel 19 de agosto de 1991 los moscovitas se
despertaron viendo los tanques rodando por las avenidas, dejando profundas
marcas en el asfalto caliente. ¿Se trataba de una repetición de la destitución
de Jruschov, o del aplastamiento de la Primavera de Praga? Se parecía más a la
primera, pero los golpistas no contaban con muchos argumentos; una vez
descartada la adhesión de Gorbachov, titubeaban sobre las medidas a aplicar. En
su conferencia de prensa a las 5 de la tarde ante las cámaras de televisión, tras
declarar el estado de emergencia en Moscú, Ianaiev apareció confuso y
tembloroso, como si hubiera bebido. La «Banda de los Ocho» no había conseguido
el apoyo de la mayoría de la policía ni evitar que a las 9 de la mañana Ieltsin
llegara a la Casa Blanca, sede del Parlamento ruso, desde donde declaró que se
estaba llevando a cabo un golpe de estado reaccionario e inconstitucional. Más
tarde trepó a uno de los tanques que rodeaban el Parlamento y desde allí se
dirigió a la multitud, episodio que fue transmitido inesperadamente al día
siguiente por la televisión estatal. La tensión se prolongaba y unos y otros
mantenían sus posiciones sin que se produjeran enfrentamientos graves, pero los
golpistas decidieron finalmente utilizar la fuerza y a última hora de la tarde
del 20 de agosto ordenaron un ataque contra el Parlamento. Ante la negativa de
los mandos militares a obedecer, los golpistas se desmoralizaron y enviaron
otra delegación a Crimea a negociar con Gorbachov, quien se negó a hablar con
ellos. Una vez restauradas las comunicaciones con la dacha, declaró nulas todas
las decisiones del «Comité Estatal de Emergencia» y destituyó a todos sus
miembros. El golpe de 1991 acabó pareciéndose al de
Kornilov en 1917. Como entonces, los conspiradores
no pudieron obtener el apoyo de los oficiales de rango medio y un golpe
destinado a salvar el anterior régimen no hizo más que apresurar su fin.[89]
Gorbachov trató de retomar las riendas, pero todo
había cambiado. Tanto la URSS como el PCUS habían quedado desacreditados.
Ieltsin tomó pronto la iniciativa para sacar provecho de la situación,
prohibiendo el PCUS en Rusia y nacionalizando todas sus propiedades. En 1990
pocos, ni siquiera Ieltsin, planeaban destruir la URSS; en 1991 las viejas
élites soviéticas la veían desintegrarse y se apresuraban a restaurar su poder
sobre nuevas bases: las antiguas repúblicas de la URSS. Los defensores de la
Unión —tanto Gorbachov como la «Banda de los Ocho»— no habían sido
suficientemente implacables para mantenerla en pie. El 25 de diciembre de 1991
Gorbachov renunció a la presidencia de la URSS. La bandera roja con la hoz y el
martillo que ondeaba sobre el Kremlin fue arriada por última vez. Al cabo de
setenta y cuatro años el experimento comunista en la URSS había concluido.
En 1985 el bloque soviético se enfrentaba a un
Occidente hostil y ambos bandos disponían de suficientes armas nucleares como
para destruir el mundo. Seis años más tarde el sistema imperial soviético había
colapsado sin apenas una escaramuza. Su hundimiento dio lugar a algunos
enfrentamientos violentos durante la década de 1990 y las tensiones se
prolongan hasta hoy, en particular en Georgia; pero pocos imperios multiétnicos
tan poderosos han desaparecido tan pacíficamente. Gorbachov merece que se le
reconozca el mérito de este resultado, aunque también su responsabilidad en el
colapso económico y político de la década de 1990. En cualquier caso, aunque
pueda parecer una figura extraordinaria, en realidad no era sino la encarnación
de tendencias muy profundas: la impronta del marxismo romántico en el PCUS y la
atracción del neoliberalismo de Occidente. La principal contribución de
Gorbachov fue su extraordinaria confianza en sí mismo y su habilidad política.
Estaba dispuesto a poner en práctica un programa
profundamente contradictorio, aunque acabara
destruyendo el sistema que trataba esforzadamente de salvar.
IX
Pero podría haber sido mucho peor, tal como sucedió
en otro país europeo gobernado por un régimen comunista independiente, esto es,
en Yugoslavia. El país estaba aquejado por muchos problemas parecidos a los de
la URSS: un estado central débil al que le faltaba la voluntad o la capacidad
para reformar la economía; diversos grupos étnicos enfrentados con el centro; y
la presión del FMI neoliberal. Pero en Yugoslavia todo aquello estaba presente
en un grado extremo: hacía mucho más tiempo que Belgrado era más débil y que
los nacionalistas se venían organizando, y el FMI tenía un poder mucho mayor
sobre la economía yugoslava. Durante toda la década de 1980 había tratado de
convencer al débil gobierno de Belgrado de que debía imponer su autoridad a un
país fragmentado y eso no había hecho más que intensificar los rencores y
rivalidades entre las repúblicas, dividiéndolas y enfrentándolas. Los
comunistas de cada una de ellas, para conservar cierto apoyo, apelaban al
nacionalismo; este hacía furor en Eslovenia, Croacia y Serbia, pero sin duda el
dirigente más hábil y dispuesto a excitar el populismo de la calle era el
presidente serbio Slobodan Milošević.
Hasta la primavera de 1990 prevalecía no obstante
el deseo de preservar la unidad de la federación yugoslava, cuyo primer
ministro, Ante Marković, era el político más popular del país, más que
Milošević o que el nacionalista croata Franjo Tudjman. Pero aquello no duró
mucho, ya que bajo la presión del FMI, en el momento cumbre de la revolución
neoliberal, Marković decidió poner en práctica un programa de «terapia de
choque» coincidiendo con las primeras elecciones multipartidistas en las
repúblicas,[*] lo que hizo aparecer a la única fuerza política decididamente
federalista
vinculada con un programa económico muy
impopular.[90] Los partidos nacionalistas que se oponían a la terapia de
choque, vencedores en Croacia y Eslovenia, emprendieron inmediatamente un plan
para independizarse de Yugoslavia.
La repentina desintegración de la federación, sin
protección para las minorías étnicas de cada república, no podía sino traer la
guerra. Salvo Eslovenia todas las repúblicas eran étnicamente mixtas, y las
minorías se sentían cada vez más amenazadas. En Croacia el 12,2 por 100 de la
población era étnicamente serbia y temía a Tudjman, un historiador revisionista
que no ocultaba su nostalgia de los brutales racistas ustaše que habían
gobernado en 1941-1945 el Nezavisna Država Hrvatska (Estado Independiente Croata),
títere del Tercer Reich. Milošević se valió de esos temores para ganar a
finales de 1990 las elecciones en Serbia, prometiendo defender a los serbios de
toda Yugoslavia, mientras eslovenos y croatas avanzaban hacia la independencia
alentados por el apoyo internacional y el reconocimiento de Alemania, Austria y
El Vaticano, entre otros.
Cuando Croacia y Eslovenia se declararon
independientes en junio de 1991, el ejército yugoslavo, dirigido por Milošević,
trató de impedirlo. En Eslovenia se alcanzó un acuerdo, pero en Croacia estalló
una sangrienta guerra civil entre los croatas y la minoría serbia apoyada por
el ejército yugoslavo. La guerra concluyó en enero de 1992, pero para entonces
la federación yugoslava estaba muerta. Milošević pretendía ahora crear una Gran
Serbia étnicamente pura y alentó la rebelión de los serbios en Bosnia-Herzegovina,
étnicamente mixta. La cruenta guerra de Bosnia comenzó en abril de 1992 y duró
más de dos años. Occidente era reacio a intervenir, pero al final las horribles
imágenes de la limpieza étnica y los campos de concentración le indujeron a
actuar y Milošević, paralizado económicamente, se vio obligado a negociar. El
resultado fue el inestable acuerdo de Dayton de noviembre de 1995. Tres años
después se reinició el proceso de fragmentación cuando los albano-kosovares se
rebelaron contra un debilitado
Milošević. En 1999 los bombardeos de la OTAN le
obligaron a aceptar la administración de las Naciones Unidas en Kosovo, lo que
dañó irreparablemente su situación política. Al año siguiente las
manifestaciones populares —en las que los estudiantes desempeñaron un
importante papel— tras las controvertidas elecciones de septiembre de 2000, le
hicieron dimitir el 5 de octubre. Sin embargo, el reconocimiento por Occidente
de la independencia de Kosovo en 2008 sigue alimentando el resentimiento
serbio.
Yugoslavia fue el único país en el que la
transición del comunismo al capitalismo se llevó a cabo bajo la influencia de
los gobiernos occidentales y del FMI, implicados en ella desde el principio, y
la verdad es que su actuación no merece mucho aplauso. Las reformas
neoliberales radicales desestabilizaron Yugoslavia y la intervención militar
posterior a la inactividad durante la guerra de Bosnia fue, por decirlo
suavemente, inadecuada. El problema residía en la percepción del comunismo y de
su herencia. A finales de la década de 1980 Occidente se hallaba todavía en su
fase ardientemente neoliberal y neoconservadora, empeñada en una guerra
justiciera contra el comunismo. Estaba decidido a imponer el mercado y en
derrotar a comunistas como Marković sin atender a las posibles consecuencias.
Pero durante la década siguiente los políticos occidentales creían que la vieja
contienda ideológica estaba superada y les irritaba que los yugoslavos
siguieran todavía luchando. El conflicto de Yugoslavia se presentaba increíblemente
como resultado de «antiguos odios tribales» artificialmente reprimidos por el
comunismo, por lo que era bien poco lo que podía hacer Occidente. En realidad,
las sucesivas guerras en Yugoslavia eran una forma extrema de los conflictos
que afectaron a todos los países comunistas multiétnicos. La comprensión, el
tacto político y una gestión más cuidadosa podrían haber evitado, en parte al
menos, los peores enfrentamientos que se vivieron en Europa desde la segunda
guerra mundial.
Pero quizá esta valoración sea demasiado optimista.
Hubo un lugar donde los comunistas rechazaron explícitamente los consejos
de Occidente e ignoraron la moraleja de las
revoluciones gemelas, China; pero también allí se desató la violencia.
X
El 15 de mayo de 1989 Gorbachov llegó de visita a
Beijing. El Partido Comunista Chino, como sus homólogos de Europa oriental,
sentía cierta aprensión. Recibir a Gorbachov en 1989 era como encontrarse con
la Muerte por la escalera con capa, capucha y guadaña: un aviso de defunción
política inminente. El momento no podía ser peor para el PCCh: desde mediados
de abril los estudiantes se habían venido manifestando en toda China, y en el
septuagésimo aniversario del Movimiento del 4 de Mayo los de la Universidad de
Beijing desbordaron los cordones policiales y avanzaron hasta la plaza de
Tiananmen. La dirección del partido estaba dividida sobre lo que debía hacer.
El reformista Zhao Ziyang, secretario general del PCCh, quería dialogar; el
presidente del Consejo de Estado, Li Peng, de la línea dura, estaba a favor de
la represión. La inminente llegada de Gorbachov —del que los estudiantes
esperaban apoyo— parecía echar por tierra la propuesta de Zhao Ziyang.[91] Los
manifestantes decidieron intensificar el conflicto ocupando la plaza el 13 de
mayo e iniciando una huelga de hambre que debía coincidir con la visita del
dirigente soviético. Al principio había un millar de ellos, cantando la
«Internacional» y canciones de la guerra contra los japoneses, al tiempo que levantaban
banderas y pancartas en las que se leía: «El país no tendrá paz mientras dure
la dictadura» y «La corrupción es la causa de los disturbios».[92] Por la tarde
del día 14 se les habían unido cerca de cien mil espectadores.
A Beijing habían llegado periodistas de todo el
mundo para cubrir la visita. Deng, furioso, les dijo a sus colegas: «Cuando
llegue Gorbachov tenemos que tener Tiananmen en orden. Nuestra
imagen internacional depende de ello. ¿Qué imagen
ofreceremos si la plaza está llena de manifestantes?».[93] El 17 de mayo,
cuando Gorbachov todavía se encontraba en China, Deng se puso de parte de Li
Peng y aprobó el uso de la fuerza. La bienvenida a Gorbachov había tenido que
realizarse atropelladamente en el aeropuerto, desviando luego el recorrido que
debía hacer en automóvil para que no pasara por Tiananmen. No intervino en
favor de los estudiantes y su visita transcurrió sin incidentes. De hecho, sus memorias
sugieren paradójicamente que sentía más simpatía por sus anfitriones que por
los manifestantes,[94] pero su presencia amenazaba extender su revolución a
China; como le dijo el intelectual Yan Jiaqi, asesor de Zhao, al diario francés
Libération, no había otra forma de resistir el viento de la democratización que
soplaba desde Moscú.[95]
La visita de Gorbachov fue recibida con tanto
entusiasmo por los disidentes porque entre los intelectuales chinos habían
germinado desde mediados de los años ochenta sus propias ideas reformistas,
bastante similares y a menudo debatidas con otros reformistas de Europa
oriental. La insatisfacción por el autoritarismo de mercado de Deng era
general. La liberalización económica estaba generando grandes desigualdades:
mientras que los jefes empresariales del partido y los campesinos prosperaban,
los estudiantes y los obreros urbanos mal pagados sufrían las consecuencias. Se
había extendido la corrupción y se multiplicaban las manifestaciones y huelgas,
pero los estudiantes no pretendían ahora un regreso al pasado maoísta, ni
tampoco eran demócratas liberales al estilo occidental que pidieran elecciones
libres y una constitución democrática, sino que sus sentimientos parecían más
cercanos al comunismo romántico de la perestroika de Gorbachov: pedían una
democracia que comunicara energía al «pueblo» unido y patriótico, la
destitución de los burócratas corruptos y represores, y como Gorbachov (y más
aún su sucesor Ieltsin) veían Occidente como una sociedad moderna y dinámica.
Incluso apoyaban el mercado, aunque muchos de ellos estuvieran sufriendo sus
consecuencias.
Veían el partido comunista de Deng como Gorbachov
veía el de Briezhniev: anticuado, represivo y chovinista.
Su visión del mundo fue muy bien captada por una
serie documental para la televisión, poética pero muy polémica, realizada en
1988, He Shang («Elegía del río»). Aquellas seis películas —un conjunto
cuidadosamente seleccionado de poderosas imágenes con una didáctica voz en off—
constituían un asalto frontal contra tres enemigos, representado cada uno de
ellos por un emblema bien conocido de la identidad China: su cultura
tradicional, simbolizada por el río Amarillo; el autoritarismo político,
simbolizado por un dragón; y el aislamiento de Occidente, simbolizado por la
Gran Muralla. Como decía solemnemente la voz en off al final del primer
capítulo:
Oh, vosotros, herederos del dragón… El Huang He
[«río Amarillo»] no puede hacer renacer de nuevo la civilización que crearon
nuestros antepasados. Ahora tenemos que crear una nueva civilización. No puede
surgir de nuevo del Huang He. Los sedimentos de la vieja civilización son como
la arena y el fango acumulados en el Huang He; han cegado los vasos sanguíneos
de nuestro pueblo. Necesitamos que una gran marea los desatasque. Esa gran
marea ha llegado ya: ¡Es la civilización industrial que nos llama!
Estaba claro que esa gran marea procedía de
Occidente, que a diferencia de China era como un ancho océano azul, un lugar
romántico de grandes emociones, pensamiento abierto y dinamismo. En el último
episodio, la voz en off predecía la fusión que debía producirse entre China y
Occidente: «El Huang He está condenado a atravesar la meseta amarilla, pero
también a desembocar finalmente en el océano azul».[96]
Aquella serie documental se emitió dos veces en la
televisión china antes de ser prohibida y fue uno de los documentales más
vistos en la historia de la televisión mundial. El apogeo de aquel idealismo
prooccidental se produjo en la plaza de Tiananmen el 30 de mayo de 1989, cuando
los estudiantes erigieron una estatua de poliestireno de casi 10 m de altura,
la «Diosa de la Democracia», a
imagen de la Estatua de la Libertad estadounidense,
frente al enorme retrato de Mao.
Durante los días anteriores parecía como si las
manifestaciones estuvieran perdiendo impulso y se pudiera evitar la violencia;
pero aquella efigie demostraba la determinación de los estudiantes, decididos a
seguir adelante. Cuando los obreros comenzaron también a protestar y algunos
miembros del partido se unieron a los rebeldes, Deng y los restantes dirigentes
temieron una repetición del colapso polaco de 1980. El éxito aparente del golpe
militar de Jaruzelski en aquella ocasión los envalentonó y decidieron actuar.
El 3 de junio se enviaron tropas para despejar la plaza, que al encontrarse con
que los manifestantes les cerraban el camino dispararon contra la multitud. A
primera hora del 4 de junio los tanques llegaron a Tiananmen y aplastaron la
Diosa de la Democracia. Las estimaciones del número de muertos varían entre 600
y 1200 civiles y unos 50 soldados, y las del número de heridos entre 6000 y 10
000.[97]
La masacre de la plaza de Tiananmen fue una grave
humillación para Deng y sus repercusiones duran hasta hoy. De entrada, puso en
cuestión su proyecto de reforma; parecía deducirse obviamente que solo el
conservadurismo podía salvar al estado y que China iba a entrar en una fase
semejante al estancamiento de Brezhnev. Pero aquella percepción iba a cambiar
de nuevo con el fracaso del golpe de la «Banda de los Ocho» y el colapso de la
URSS en 1991; la marea de historia parecía ahora favorecer al capitalismo. Para
los mandos de Zhongnanhai —el centro de poder del PCCh— las lecciones de
1989-1991 apuntaban en una sola dirección: China tenía que rechazar las dos
revoluciones gemelas de la década de 1980, tanto la democrática liberal como la
perestroika. Debía resistir la atracción de Occidente y seguir su propia vía no
revolucionaria, entrelazando la fuerza del estado con la del mercado.
Epílogo
Rojo, naranja, verde… ¿y de nuevo rojo?
I
En 2002 se les preguntaba en una encuesta a los
estudiantes de Beijing a quién preferían entre el empresario estadounidense
Bill Gates y el combatiente bolchevique de la guerra civil Pavel Korchaguin.
Hubo empate: ambos recibieron el 45 por 100 de los votos. Pero cuando se les
preguntó cuál de los dos elegirían como modelo a seguir, el 44 por 100
prefirieron a Bill Gates, el 27 por 100 a ambos y solo el 13 por 100 a
Korchaguin.[1] Probablemente ese resultado exageraba bastante el aprecio de los
valores socialistas o del sacrificio solidario en la China del siglo XXI, ya
que el «Korchaguin» del que se hablaba no era el imaginado por el escritor
soviético Nikolai Ostrovski; el que tenían en mente los estudiantes chinos era
el protagonista de una reciente adaptación en veinte capítulos para la
televisión de Así se templó el acero que había tenido mucho éxito. Aquella
serie televisiva era el producto de una fusión típicamente posmoderna de
culturas: a partir del texto clásico del realismo socialista soviético, se
había realizado en la Ucrania ex comunista con actores ucranianos, la había
financiado una empresa inmobiliaria privada de Shenzhen y la había emitido una
cadena de televisión china supuestamente comunista. Su Korchaguin era bastante
diferente del protagonista de la novela de mediados de los
años treinta y de las anteriores adaptaciones
cinematográficas soviéticas de 1942 y 1956: desaprueba la violencia del
Ejército Rojo y se casa con su amada Tonia, aunque en la novela su origen de
clase burgués le lleva a distanciarse de ella. Como decía el director de la
serie: «Hemos rebajado su conciencia de clase y lo hemos convertido en un
personaje defensor de los derechos humanos con el que se puede identificar todo
el mundo».
Los revolucionarios neoliberales, tan marginales a
principios de la década de 1970, aparecían ahora triunfantes en todos los
terrenos, ya fuera ideológico, cultural o político. Cuando el público chino vio
Así se templó el acero en el momento de mayor rusofilia de la década de 1950,
no podía dudar de que el espíritu de sacrificio de Korchaguin era muy superior
a la codicia capitalista; cincuenta años después era a Bill Gates, figura
emblemática del empresariado milmillonario, a quien todos admiraban. En los foros
en Internet se constataba cierta nostalgia de los valores de Pavel entre la
vieja generación, pero entre la gente de mediana edad predominaba el
resentimiento por haber seguido en vano su ejemplo y entre los más jóvenes el
desinterés.
En la figura de Bill Gates se podía apreciar
también una porfía romántica, pero era la de la competencia empresarial y no la
violenta militancia del comunista revolucionario; parecía como si para gran
parte del mundo la guerra civil global mantenida durante dos siglos hubiera
concluido. Aunque el régimen neoliberal hubiera incrementado enormemente las
desigualdades (en particular en China, que se convirtió en la segunda sociedad
más desigual de Asia después del Nepal monárquico hindú,[*] no había apenas presión
en favor de la revolución social. China, que en otro tiempo había sido el
adversario más radical de Estados Unidos, se había convertido en uno de sus
principales socios comerciales, enriqueciéndose gracias a la exportación de sus
productos a Occidente. Tanto en China como en gran parte del resto del mundo,
el neoliberalismo ofrecía una promesa de riqueza y desarrollo sin necesidad de
lucha de clases o de guerra, que permitía a cualquiera
convertirse en Bill Gates sin más que aplicar
suficiente esfuerzo y habilidad. La afirmación de Francis Fukuyama de que había
llegado el fin de la historia parecía muy creíble un decenio después de 1989.
La moraleja de la caída del comunismo desempeñaba
un papel central en la victoria ideológica neoliberal. Si el papel de los
comunistas en la derrota del nazismo contribuyó a la aceptación general de la
economía mixta después de 1945, la implosión del bloque soviético en 1989 se
consideraba una demostración de que Friedman, Reagan y Thatcher llevaban razón
y de que el estado debía apartarse de la economía. La planificación
centralizada de la economía soviética no parecía muy diferente de la economía
mixta de posguerra, sino simplemente una versión más estatalista. Como decían
en 1998 los periodistas Daniel Yergin y Joseph Stanislaw en su popular
obituario del socialismo The Commanding Heights: The Battle for the World
Economy,[*] la caída del Muro de Berlín trajo consigo «un descrédito general de
la planificación central y de la intervención y la propiedad estatal».[2] Aquel
fracaso del comunismo era utilizado por los partidarios de la globalización
neoliberal, la flexibilización del mercado laboral, el libre comercio y la
moneda estable como réplica inapelable a sus adversarios; en 2000 el columnista
del New York Times Thomas Friedman finalizaba una crítica a los manifestantes
contra la globalización de Seattle con esta desdeñosa leción de historia:
Demasiados sindicalistas y activistas quieren un
rápido apaño de la globalización: bastaría elevar algunos muros [esto es,
barreras comerciales] y explicarle a los demás cómo deben vivir. Hubo un país
que lo intentó: garantizaba a todos su empleo, mantenía un mercado protegido y
les decía a todos cómo vivir. Se llamaba la Unión Soviética. No funcionó muy
bien que digamos.[3]
Los partidarios del capitalismo neoliberal de los
años noventa no solo esgrimían la experiencia del comunismo para argumentar que
el libre mercado era económicamente necesario; también insistían en que era
moralmente superior. Fukuyama, en The End of History and the Last Man
(1992),[*] era quien lo argumentaba con mayor
energía; según él, todos los hombres y mujeres
necesitaban dignidad y reconocimiento individual (el thymus platónico), y solo
la democracia liberal podrían garantizárselo a todos en igual medida, a
diferencia de los estados comunistas y otros estados «totalitarios», que ponían
por encima de todo la ideología y el colectivo. Fukuyama ofrecía así una
alternativa liberal romántica al romanticismo marxista. La gente no era más
feliz cuando participaba en un trabajo colectivo creativo, libre de las trabas
del mercado, sino cuando podía expresarse y obtener el reconocimiento de los
demás.[4]
Su tesis resumía el espíritu de la época. El
capitalismo, según se creía ahora, no solo era inevitable sino moralmente
bueno. Había heredado el cetro revolucionario de un comunismo desacreditado,
resolviendo los problemas de la igualdad y acabando con la guerra civil global.
Un nuevo capitalismo de alta tecnología, emancipado de la antigua cadena de
producción jerárquica, estaba creando una sociedad cultural y políticamente
«más pareja». Podía dar lugar a desigualdades económicas, pero eso importaba
poco, ya que la mayor riqueza beneficiaría a todos. Los auténticos enemigos de
la igualdad no eran los rollizos plutócratas sino los enjutos burócratas que
pretendían situarse de forma arrogante por encima de la gente corriente.
La ideología del nuevo capitalismo, con su amor por
la igualdad cultural, más que económica, resultaba atractiva para la generación
romántica de 1968 que ahora ocupaba posiciones de poder. El lenguaje de Tom
Freston —directivo del canal de música estadounidense MTV—, en una entrevista
concedida en 2000, mostraba lo lejos que se situaba el nuevo capitalismo del
viejo comunismo:
Hemos tratado de evitar el tipo de empresa de
mando, con culto a la personalidad, que tanto abunda en el sector del
entretenimiento… Si se quiere tener una compañía creativa de vanguardia… las
ideas deben fuir de abajo arriba… Estamos descentralizados… Muchas de las
empresas de entretenimiento de hoy día, en particular los grandes conglomerados
multimedia, se han convertido en auténticas fábricas… Yo no era un chico de los
sesenta en el sentido clásico… No era un hippie ni tampoco radical,
políticamente hablando. Pero estaba allí… y los 60 fueron en cierta forma un
preludio para el sector [de la cultura pop]. En la década de 1960 tenías la
impresión de que eran posibles cosas nuevas. Tenías la sensación de que el
inconformismo no era algo que hubiera que temer, sino algo digno de estima.[5]
Freston criticaba las sociedades disciplinadas de
Occidente de la década de 1950 tanto como el comunismo; al final de la guerra
fría se disolvió la vieja alianza revolucionaria liberal con el triunfo de los
neoliberales y el fin de los neoconservadores, al menos temporalmente. Por un
lado, el neoconservadurismo era demasiado caro. La combinación puesta en
práctica por los gobiernos de Reagan del rearme militar con las reducciones de
impuestos había llevado a un enorme déficit estatal, que amenazaba con una seria
crisis.[6] Por otro lado, el electorado se sentía complacido al ver desaparecer
la militancia de la guerra fría y con ella el moralismo de los
neoconservadores, y dio la bienvenida a la nueva generación de los sesenta.
La revolución neoliberal, ahora divorciada de su
pareja neoconservadora, tenía, pues, al frente, no a la derecha
ultranacionalista, sino un centro-izquierda cosmopolita. Bill Clinton en
Estados Unidos, Gerhard Schröder en Alemania y Tony Blair en Gran Bretaña,
todos ellos producto de los deslizamientos contraculturales de los años
sesenta, anunciaron su descubrimiento de una «Tercera Vía» a medio camino entre
la justicia social y el mercado, aunque al final resultó que se desviaba más en
la dirección del mercado. El capitalismo de libre mercado tenía ahora un equipo
de gerifaltes más atractivos: la relajada izquierda en vaqueros de los años
sesenta, en lugar de la rígida derecha encorbatada de los cuarenta y cincuenta.
Hacia el final de la década los partidos de la Segunda Internacional gobernaban
prácticamente
en todos los países de Europa occidental, aunque
habían perdido casi cualquier vínculo ideológico con la organización fundada en
París en 1889.
Más allá del mundo desarrollado, en el Tercer
Mundo, el neoliberalismo era una fuerza mucho más revolucionaria encabezada por
el FMI y el Banco Mundial, respaldados por su patrón financiero, Estados
Unidos. Europa oriental se vio particularmente afectada, aunque no todos los
países ex comunistas aceptaron la receta del FMI. El resultado de aquel asalto
revolucionario era predecible: la exposición a la intemperie de la ineficiente
industria planificada, sometida de la noche a la mañana a los rigores del mercado,
trajo severas recesiones, elevado desempleo y bolsas de extrema pobreza y
desigualdad. La economía se contrajo bruscamente en todo el antiguo bloque
soviético, un 17 por 100 en promedio en 1992, y no se empezó a recuperar hasta
pasados tres años. En 1997 en todos los países de Europa oriental salvo Polonia
el producto interior bruto todavía era menor que en 1990.[7]
Pero las diferencias entre ellos eran muy notables.
En los países que contaban con un aparato estatal relativamente sólido y donde
las capas más altas habían comenzado a distanciarse del comunismo en los años
ochenta, como Polonia, Hungría, Eslovenia y las ahora escindidas Chequia y
Eslovaquia, la «terapia de choque» neoliberal puesta en práctica tuvo cierto
éxito en cuanto a restaurar el crecimiento, aunque al precio que había que
pagar fuera la pobreza para una parte considerable de la población. La promesa
de la incorporación a la Unión Europea —con la prevalencia del principio de
legalidad— también les ayudó a salir de la depresión a principios del nuevo
milenio. Pero en la mayor parte del antiguo bloque soviético los estados eran
ya muy débiles y el asalto neoliberal no hizo sino debilitarlos aún más. Los
gobiernos carecían del poder y la autoridad suficientes para llevar a cabo las
reformas de mercado, y en su lugar surgieron economías cleptocráticas corruptas
como desgraciada estación a medio camino entre el
control del estado y el del mercado. Los ex
funcionarios convertidos en hombres de negocios «se apoderaron» de esos estados
en dificultades, sobornando a las autoridades para que les dieran un trato
preferencial; se dejaron de recaudar impuestos, los extranjeros se negaban a
invertir, y el capital, más que fluir, fue a parar directamente a cuentas
ocultas en paraísos fiscales.[8]
El mayor fracaso de los experimentos neoliberales
tuvo lugar en la propia Rusia. En 2000 su economía se había contraído a menos
de dos tercios de su nivel en 1989, lo que suponía una recesión más devastadora
que la de la Gran Depresión en Estados Unidos.[9] El colapso del estado
Soviético y el expolio de su economía habían comenzado ya con Gorbachov, pero
la política neoliberal aplicada por el gobierno poscomunista de Ieltsin agravó
el problema.[10] La rápida privatización supuso en realidad la incautación de
las empresas estatales por los compinches capitalistas del gobierno, y la
ausencia de ley desanimaba la inversión y alentaba la fuga de capitales. El
problema estaba, como en otros casos, en la debilidad del estado y en su
incapacidad para recaudar impuestos, imponer normas y contratos legales o
combatir el crimen organizado y el latrocinio generalizado de los ex burócratas
convertidos en capitalistas. El colapso final se produjo tras la nueva caída
del precio del petróleo en 1998. Los inversores extranjeros que financiaban la
enorme deuda exterior rusa perdieron la confianza en el estado y este se vio
obligado a suspender pagos, lo que además de suponer una humillación para su
principal asesor, el FMI, sentó las bases para un contraataque contra Occidente
y la democracia liberal durante la primera década del nuevo milenio. El
presidente Vladimir Putin —nieto del cocinero personal de Lenin y Stalin y
antiguo oficial del KGB—, combinó la economía capitalista con una política cada
vez más autoritaria, al tiempo que rehabilitaba algunos de los símbolos del
pasado estalinista; una de sus primeras decisiones fue restaurar la música
(aunque no la letra) del himno nacional soviético de 1944, suprimido por
Ieltsin en 1990.
Pero si el final del comunismo soviético supuso uno
de los mayores fracasos económicos del siglo XX, el final del comunismo chino
fue uno de los mayores éxitos económicos de la historia. El régimen chino,
cualesquiera que sean sus defectos, sacó a más gente de la pobreza y más
rápidamente que cualquier otro gobierno de la era moderna, con la ayuda de la
nueva economía globalizada que le permitió exportar a Occidente. Tras una breve
pausa como consecuencia de la masacre de Tiananmen, Deng Xiaoping aceleró desde
principios de la década de 1990 las reformas de mercado y en 1993 se abandonó
finalmente la típica planificación central. Pero en China, a diferencia del
bloque soviético, la introducción del mercado no supuso una relajación del
estado, sino que, por el contrario, el PCCh lo reforzó. Tanto su propia
experiencia durante la década de 1980 como la de la anterior URSS con Ieltsin
lo convencieron de que, paradójicamente, para que prosperara el mercado se
necesitaba un estado fuerte controlado por un partido potente.[11] La
corrupción seguía inserta en el sistema y la desigualdad había crecido, pero el
nuevo estado-mercado sentó las bases para el extraordinario despegue que hizo
de la economía china la más dinámica del mundo durante la primera década del
siglo XXI, al tiempo que sigue en pie el antiguo aparato represivo del estado
comunista, que incluye el viejo sistema penal de la «reforma mediante el
trabajo» (Laodong Gaizao, conocido resumidamente como laogai).[12]
II
La revolución neoliberal global de las dos últimas
décadas fue naturalmente traumática para los comunistas, que emprendieron
diversas adaptaciones, unos abrazando el mercado y otros capeando el temporal y
resistiéndose a los embates de la globalización. Allí donde el neoliberalismo
tuvo un éxito razonable y
se evitó el colapso político, los comunistas
abandonaron tranquilamente el marxismo radical y se apuntaron al mercado. En
Europa central y oriental renunciaron al rojo sustituyéndolo por el rosa y se
reconvirtieron en socialdemócratas procapitalistas. Aunque criticaban la
terapia de choque y prometieron suavizar los efectos de la liberalización
económica, cuando volvieron al poder a mediados de la década de los años
noventa (en Hungría, Polonia y Bulgaria) hicieron poco por cambiar el sistema.
El punto más alto de la revancha rosa llegó con las elecciones presidenciales
polacas de 1995, cuando el poscomunista Aleksander Kwaśniewski derrotó al
anticomunista Lech Wałesa. El partido comunista que tuvo más éxito en su
metamorfosis en socialdemócrata fue, como cabía esperar, el italiano,
reconvertido en febrero de 1991 (a costa de una pequeña escisión, Rifondazione
Comunista) en Partito Democratico della Sinistra y en febrero de 1998 en
Democratici di Sinistra, bajo cuyas denominaciones dominó las coaliciones de gobierno
de 1996 a 2001 y de 2006 a 2008.[*] Los viejos símbolos del trabajo —la hoz y
el martillo— fueron primero arrinconados en el emblema y luego sustituidos por
la rosa socialdemócrata, bajo una imagen del arraigo claramente conservadora:
un roble.
También en Asia el capitalismo triunfante
reconcilió a los comunistas chinos, vietnamitas y laosianos con el mercado,
aunque no con la democracia liberal; los gobiernos comunistas elegidos en los
estados indios de Kerala y Bengala occidental promovían asimismo la economía de
libre mercado. El cuerpo momificado de Mao todavía ocupa el mausoleo de la
plaza de Tiananmen y su rostro sigue presidiendo los billetes de banco, pero su
influencia ideológica se ha reducido prácticamente a cero. Cierto es que la ideología
oficial se sigue denominando «marxismo-leninismo-pensamiento Mao Zedong» y que
en Beijing hay un instituto académico dedicado a su estudio, pero se trata de
un marxismo tecnocrático, despojado de cualquier compromiso radical con el
igualitarismo. La línea oficial viene a decir que una vez que China se haya
enriquecido llegará el momento de pensar en el comunismo,
pero nadie se atreve a predecir qué sucederá
entonces. Entretanto, los esfuerzos por infundir mayor vigor ideológico al
partido han fracasado. En 2005 el presidente Hu Jintao lanzó una campaña al
estilo de Mao, pidiendo que todos sus miembros pasaran las tardes de los jueves
y los sábados estudiando la historia del partido y haciendo autocrítica, pero
quedó desconcertado al comprobar que prácticamente nadie se lo tomaba en serio
y que las páginas comerciales de Internet hacían un gran negocio vendiendo autocríticas
preescritas. Se introdujo una nueva regla que exigía que lo fueran a mano, pero
todo el mundo está de acuerdo en que aquella campaña fue un fracaso.[13]
El vacío ideológico resultante se ha llenado con un
pujante nacionalismo y con la curiosa reaparición del confucianismo oficial.
Tras décadas tratando erradicar esa vetusta ideología de patriarcado,
obediencia y orden, el partido la está asumiendo ahora progresivamente. En 2004
el gobierno chino inauguró el primero de un centenar o así de Institutos
Confucio planeados para promover la lengua y la cultura china en el extranjero,
como un lejano eco de la propagación por Mao del marxismo internacional en los
años sesenta.[14]
Aun así, los dirigentes del PCCh no las tienen
todas consigo; que un partido comunista ampare un capitalismo desenfrenado es,
por supuesto, bastante difícil de justificar. Los niveles de desigualdad en
China (entre los hogares rurales y urbanos y entre diferentes regiones) son
ligeramente mayores que en Estados Unidos.[*] La opción tomada en los años
setenta, tras la muerte de Mao, de realizar las reformas de mercado con el
apoyo de los burócratas, evitó un colapso como el soviético, pero dejó en manos
de los funcionarios locales un enorme poder económico. Los jefes y sus hijos
—los nuevos «principitos» comunistas— han empleado su influencia política para
asegurarse grandes privilegios. Evidentemente mucha gente está desilusionada,
especialmente en las áreas rurales más pobres, y la mayoría de los campesinos
tienen una opinión muy negativa de sus gobernantes locales.[15]
Las interferencias políticas pueden tener también
un efecto dañino sobre la economía. La presión de los jefes del partido sobre
los bancos para que ayuden a los empresarios amigos da lugar a que las
decisiones de inversión se hagan a menudo sobre bases políticas y no
económicas. El dilema del PCCh es muy simple: ¿cómo puede una élite política,
por experta que sea, controlar y dirigir una economía cuando no existe ninguna
autoridad —ejecutiva o judicial— independiente del partido que pueda poner
freno a la codicia de los funcionarios? Las campañas contra la corrupción
pueden funcionar durante un tiempo, pero pronto pierden fuerza.
En el resto del antiguo bloque soviético, los
partidos comunistas se negaron a adaptarse a la revolución neoliberal y su
respuesta combinaba el rencor y la nostalgia. En la Alemania reunificada los
comunistas del SED reconvertidos en Partei des Demokratischen Sozialismus
(PDS),[*] con gran apoyo en los Länder de la antigua RDA, mantenían una actitud
ambigua con respecto al mercado. En muchos de los países independientes nacidos
de la desintegración de la URSS también predomina una fuerte hostilidad al capitalismo.
El Partido Comunista de la Federación Rusa dirigido por Guennadi Ziuganov
adoptó una versión muy nacionalista del estalinismo tardío; su combinación de
la nostalgia de la URSS como imperio ruso, igualitarismo social, odio a
Occidente y resentimiento hacia los oligarcas saqueadores es un cóctel
mareante. A mediados de los años noventa la desilusión con respecto a Occidente
y el colapso económico alimentaron el apoyo popular y en las elecciones
generales de 1995 obtuvo el 22,3 por 100 de los votos, convirtiéndose en el
mayor grupo en la Duma («Parlamento»); en las de 1999 su representación
disminuyó pese a obtener el 24,3 por 100 de los votos, y a partir de entonces
ese porcentaje se redujo a la mitad. En la primera vuelta de las elecciones
presidenciales de 1996 Ieltsin derrotó por un estrecho margen a Ziuganov (35,3
frente al 32 por 100), aunque en circunstancias un tanto dudosas. De hecho, el
comunista a la antigua había sido derrotado por un ex comunista que presidía un
estado corrupto, semidemocrático y
semiautoritario, y que contaba con el respaldo de
los nuevos hombres de negocios.
Ese fue el patrón dominante en la antigua URSS: los
antiguos gobernantes comunistas trataron de reconstruir su poder sin el
partido; muchos adoptaron una mezcla de capitalismo pandillero, nacionalismo y
autoritarismo. Pero desde finales de la década de 1990 hasta mediados de la
siguiente, una segunda ola de democratización barrió la región. Primero en
Bulgaria y Rumanía, y luego en Eslovaquia, Croacia y Serbia-Montenegro, la
protestas masivas por el fraude electoral y la corrupción obligaron a celebrar nuevas
elecciones y depusieron a los gobernantes poscomunistas.
Con
la ayuda de los servicios de inteligencia estadounidenses, aquellas
revoluciones democráticas se propagaron por toda la región. La Otpor!
(«Resistencia») serbia contra Milošević en 2000 sirvió como modelo de
organización en una época posmoderna, irónica y movida por los medios;
utilizando una combinación de música rock, ardides publicitarios del estilo de
la Alternativa Anaranjada polaca de los años ochenta y eslóganes irreverentes
como Gotov je! («¡Está acabado!»), acabaron movilizando a cientos de miles de
personas el 5 de octubre y obligando a Milošević a dimitir dos días después. A
continuación se aplicó en las antiguas repúblicas de la URSS, primero en
Georgia con el movimiento Kmara! («¡Ya está bien!») —cuyo emblema era
significativamente idéntico al de Otpor!— en la «revolución rosa» de 2003 que
obligó a dimitir al presidente Eduard Shevardnadze, antiguo ministro de Asuntos
Exteriores de Gorbachov; a continuación en Ucrania en 2004 con Pora! («¡Ya es
hora!»), protagonista de la «revolución naranja» que impidió la proclamación
del candidato a la presidencia fraudulentamente elegido Viktor Ianukovich; y
poco después en Kirguistán en 2005 con KelKel («Renacimiento»), cuya
«revolución de los tulipanes» hizo huir del país al presidente Askar Akaiev. Todas
esas «revoluciones de colores» contaban sin duda con gran apoyo popular, pero
también con el de Estados Unidos, deseoso de reducir la influencia rusa en la
región, que a través de diversas
fundaciones financió esas organizaciones no
gubernamentales y otras. Aunque así se consiguió apartar del poder en varios
países a los poscomunistas, resultó mucho más difícil sustituir el nexo entre
burócratas y capitalistas pandilleros por una auténtica democracia
parlamentaria; los nuevos gobernantes seguían dependiendo de la antigua
estructura de poder.
Los gobernantes ex comunistas se han mostrado mucho
más correosos en las ex repúblicas soviéticas de Asia central, donde al
faltarles el instrumento del partido han recurrido cada vez más a los clanes
tradicionales.[17] Solo Askar Akaiev trató seriamente de liberalizar su régimen
en Kirguistán a principios de los años noventa, pero al final los notables
locales acabaron volviendo al poder. En Kazajistán, país muy rico en minerales,
gas y petróleo, Nursultan Nazarbaiev[*] estableció desde muy pronto un régimen
autoritario basado en los clanes; algo parecido hizo en Turkmenistán el
excéntrico ex primer secretario del Partido Comunista, Saparmurat Niyazov,
quien en 1991 apoyó el golpe contra Gorbachov de la «Banda de los Ocho»; tras
el fracaso de este y la desintegración de la URSS, en octubre de 1993 se
autoproclamó Turkmenbashi («Líder de todos los turcomanos») y compensó el débil
apoyo de los clanes promoviendo un desorbitado culto a su personalidad. Su
Ruhnama («Libro del alma») —una especie de autobiografía que mezcla principios
morales, sufismo y dudosa historia nacionalista— se convirtió en lectura
obligada en todas las escuelas. En la capital, Asjabad, hizo construir un
modelo mecánico gigante que se abre cada día a las ocho de la mañana; también
se emiten regularmente citas del libro, imitando la llamada musulmana a la
plegaria.[*] Imitando a los jacobinos, rebautizó los días de la semana y los
meses, aunque la nueva nomenclatura era más narcisista que racionalista:
septiembre se convirtió en Ruhnama y abril en Gurbansoltan, el nombre de su
madre. A su muerte en diciembre de 2006, su sucesor y antiguo dentista
personal, Gurbanguly Berdimuhammedov, ha tratado de mantener el viejo régimen
aunque moderando sus características más peculiares y sobre todo el culto
a la personalidad de Niyazov. A todos esos
poscomunistas les resultaban esenciales los mecanismos estalinistas para
mantener a flote sus regímenes, aunque hubieran abandonado desde hace mucho
tiempo su ideología.
Dos antiguos aliados de la URSS, particularmente
vulnerables, han mantenido no solo los instrumentos sino también gran parte de
la ideología marxista-leninista: la República Popular Democrática de Corea y
Cuba. Ambos fueron severamente golpeados por el colapso de la URSS: no solo
perdieron una sustancial ayuda económica, sino que también se vieron
internacional e ideológicamente aislados. Aun así, han mantenido la fuerza de
voluntad necesaria para sobrevivir, mostrándose como David frente a Goliat.
Ambos han utilizado una mezcla de represión y nacionalismo para evitar el
colapso.
En el caso de Corea del Norte, Kim Il-sung legó la
vieja mentalidad guerrillera a su hijo y sucesor desde 1994 Kim Jong-il; la
crisis económica tras el final del apoyo soviético y el éxito simultáneo de
Corea del Sur solo sirvieron para convencer a los Kim de que no debían hacer
ninguna concesión. Desde mediados de los años noventa la alternancia de
inundaciones y sequía y la rígida política agraria provocaron hambrunas y la
muerte de entre dos y tres millones de personas.[18] La RPDC ha podido sin embargo
después obtener ayuda internacional, en parte mediante una especie de chantaje:
el temor a sus armas nucleares y al caos que provocaría su colapso económico
han llevado a algunos gobiernos e instituciones a abrir su libreta de cheques.
La economía sigue deprimida, pero no hay señales de que el régimen esté
perdiendo el control.
La caída de la URSS fue un golpe todavía más
doloroso para Cuba, porque dependía mucho del comercio con el bloque del Este.
Desde 1991 el régimen se ha visto acosado pero ha seguido resistiendo. La
prolongada hostilidad estadounidense y el bloqueo económico, ampliado por el
presidente Clinton en 1999,[*] han ayudado al régimen a explotar el
resentimiento nacionalista contra
las tácticas agresivas de su gran vecino del norte.
Sin embargo, la estrategia económica cubana ha sido muy diferente de la
coreana: al permitir a los ciudadanos privados participar en la economía
internacional —recibiendo dinero de los parientes o amigos en el extranjeros o
de los turistas que visitan el país—, el régimen ha obtenido valiosas divisas
con las que se ha podido mantener a flote, aunque a expensas de perder el
control sobre una parte sustancial de la economía. Las desigualdades,
especialmente entre blancos y negros, han aumentado; el sector estatal está
perdiendo gente de talento que se pasa al sector privado o al mercado negro y
el escepticismo ha crecido a medida que aumenta la distancia entre los ideales
y la realidad.[19]
En febrero de 2008 Fidel Castro renunció a la
presidencia, asumida por su hermano Raúl; la liberalización económica ha
proseguido, aunque la crisis ha obligado a imponer nuevas medidas de
austeridad. Durante la celebración del quincuagésimo aniversario de la entrada
de Castro en La Habana, el estado de ánimo en la isla era más bien pesimista;
pero el cambio de régimen en Washington puede tener un mayor efecto y
provocarlo también en La Habana si el presidente Obama restaura las relaciones
con Cuba.
Así pues, comunistas y ex comunistas rigen algunas
de las economías más y menos prósperas del mundo; pero tanto en un caso como en
otro el marxismo radical ha desaparecido. Solo en sociedades agrarias pobres,
donde a las desigualdades económicas se añadían las de casta o raza, podía
tener todavía atractivo el marxismo revolucionario.
III
En abril de 1980 Abimael Guzmán, un profesor de
filosofía en la remota ciudad peruana de Ayacucho, también conocida como
Huamanga, realizó un enardecido llamamiento:
Camaradas, somos los iniciadores… con decisión y
firmeza iniciaremos la lucha armada… crecerán las llamas invencibles de la
revolución convirtiéndose en plomo, en acero, y del fragor de las batallas con
su fuego inextinguible saldrá la luz, de la negrura la luminosidad y habrá un
nuevo mundo … seremos protagonistas de la historia, conscientes, organizados,
armados y así habrá la gran ruptura y seremos hacedores del amanecer
definitivo.[20]
Con esta declaración Guzmán —más conocido como el
«presidente Gonzalo»— dio a conocer al mundo al Partido Comunista del
Perú-Sendero Luminoso. Su lenguaje vibrante y apocalíptico estaba muy lejos de
la retórica soviética o maoísta ortodoxa, y de hecho pretendía estar creando un
nuevo marxismo destinado a atraer a los indios peruanos. Como sigue diciendo
todavía el Movimiento Popular Perú en mayo de 2009: «Nos reafirmamos en nuestra
grandiosa tarea de enarbolar, defender y aplicar el marxismo-leninismo-maoísmo-Pensamiento
Gonzalo, principalmente el Pensamiento Gonzalo». Sin embargo, en la práctica,
el Pensamiento Gonzalo difería bien poco del maoísmo y Guzmán había visitado
China al menos tres veces durante la Revolución Cultural. La principal
diferencia en todo caso era su exaltación de la violencia, glorificada como una
fuerza casi redentora. Una tonada de 1969 popularizada por Sendero Luminoso, La
flor de la retama, contenía estos versos: «La sangre del pueblo tiene / rico
perfume, / huele a jazmín, violeta / geranios y margarita, / a pólvora y
dinamita. / ¡CARAJO! / a pólvora y dinamita».[21]
La violencia de Sendero Luminoso obedecía a una
lógica que podían entender muy bien sus seguidores, los campesinos indígenas
golpeados por la pobreza de las tierras altas del sur de Perú, los pobres
urbanos y los estudiantes de clase media. La discriminación racial contra los
indios tenía una larga historia, y tras el gobierno populista de Velasco
Alvarado en 1968-1975 las fuerzas armadas habían empleado la violencia para
defender un sistema agrario muy desigual. La cruel represión militar del
gobierno de Belaúnde Terry durante la primera mitad de la década de 1980, a la
que se añadió durante la segunda mitad la hiperinflación y una
grave crisis económica debidas principalmente a la
deuda externa, alentaron la rebelión y en su momento culminante, hacia 1991,
Sendero Luminoso contaba con unos 23 000 militantes armados y su campaña de
violencia rural y urbana amenazaba derrocar el gobierno.[22] Pero el PCP,
obsesionado por unificar ideológicamente a sus militantes campesinos, empleaba
tanto tiempo en aterrorizar a los campesinos y comerciantes acomodados de la
Sierra como en atacar a sus enemigos. Los mercados campesinos tradicionales fueron
proscritos y se estableció una subordinación total a la organización. Los jefes
de Sendero Luminoso, criollos urbanos, tenían una cultura muy distinta a la de
sus seguidores campesinos, obligados a pintar eslóganes como «¡Muerte al
traidor Deng Xiaoping!» en los muros de remotos pueblecitos de los Andes aunque
eso no significara nada para los habitantes locales.[23] El gobierno peruano
aprovechó esa distancia cultural difundiendo un vídeo que mostraba a Guzmán y
sus colegas bailando medio borrachos el sirtaki de Zorba el Griego en un
escondrijo en Lima.[24] Cuando Guzmán y gran parte de la dirección del PCP
fueron detenidos en 1992 la insurgencia se vino abajo, aunque sobreviven restos
hasta hoy día. La historia de Sendero Luminoso se convirtió en una llamada de
atención para los maoístas de todo el mundo, desacreditando el uso de una
violencia tan extremada.
Uno de los grupos maoístas que aprendió esa lección
fue el Partido Comunista de Nepal (Maoísta).[25] Nepal, como Perú, era una
sociedad muy estratificada por diferencias de etnia y casta. Los maoístas del
PCN(M), dirigidos por Pushpa Kamal Dahal (más conocido como camarada Prachanda
[Fiero]), lanzaron en 1996 una «guerra popular» que se intensificó cuando el
rey Gyanendra,[*] alentado por el gobierno nacionalista hindú de la India y el
estadounidense, pretendió erradicar la guerrilla a partir de 2002. Cuando en
febrero de 2005 el rey se arrogó todos los poderes el PCN(M) estuvo a punto de
tomar el país por la fuerza, pero prefirió no hacerlo —quizá creyó que no era
lo bastante fuerte, o había aprendido algo del fracaso de Sendero Luminoso en
Perú— y
convocar una huelga general que obligó a Gyanendra
a restaurar el Parlamento en abril de 2006. Las movilizaciones prosiguieron
hasta su abdicación en mayo de 2008, tras la elección de una Asamblea
Constituyente en la que el PCN(M) era el grupo más representado con el 38 por
100 de los escaños, y el camarada Prachanda se convirtió en jefe del gobierno
en agosto de 2008.[*] Está por ver si los líderes guerrilleros locales se
adaptan a las reglas de la democracia parlamentaria.
La victoria de los maoístas en Nepal ha animado a
los naxalitas de la vecina India, cuya insurgencia se ha extendido a los
estados de Bihar, Jharjand y Andhra Pradesh. También allí la rebelión se debe
al descontento de los campesinos pobres mientras que los más ricos se
benefician del cambio económico, aumentando la desigualdad económica y la
miseria. Se trata en general de movimientos locales enfrentados a la policía y
a los ejércitos privados de los terratenientes, cuyo grado de violencia difiere
de unos a otros.[26] Un periodista indio relativamente simpatizante del
movimiento, que en 1998 pasó unas semanas con los guerrilleros en el estado de
Maharashtra, describía así a uno de sus líderes:
Vishwanath conoce bien el marxismo y el maoísmo,
pero no en el sentido mundialista de esos términos. Su mundo es pequeño y sus
opiniones se adecúan a él. Lucha por una sociedad sin clases, sí, pero hasta
cierto punto. Quiere desarrollo, quiere acabar con la explotación, y quiere
poner fin a la «represión policial» que ve «por todas partes».[27]
A finales de la primera década del siglo XXI el
comunismo guerrillero radical parece arraigado principalmente en Nepal y en la
India. En Latinoamérica, en cambio, los movimientos socialistas de tinte
populista —como el de Hugo Chávez en Venezuela— han tenido más éxito que los
marxistas radicales. El ejército guerrillero colombiano —las FARC— se ha
alejado del marxismo-leninismo y ha optado por un socialismo «bolivariano» más
ecléctico, aunque sigue empleando métodos violentos. A mediados de la década de
1990 surgió otro movimiento guerrillero marxista en Latinoamérica y fue el
último en obtener un eco internacional significativo, el de los
zapatistas mexicanos; pero su historia muestra lo
mucho que ha evolucionado el marxismo del Tercer Mundo desde la década de 1960.
La víspera del día de Año Nuevo de 1994 apareció en
San Cristóbal de las Casas, capital del estado mexicano de Chiapas, un grupo de
guerrilleros enmascarados. Mantuvieron unas pocas escaramuzas con las fuerzas
armadas y luego se volvieron a la selva Lacandona; más significativo que los
combates fue el subsiguiente torrente de palabras. El «subcomandante Marcos» —
Rafael Sebastián Guillén Vicente, según el gobierno mexicano, al igual que
Abimael Guzmán profesor de filosofía— pretendía, al frente del Ejército
Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), defender los derechos del campesinado
indio, buscando inspiración en una variada colección de figuras que incluía a
Marx, al socialista revolucionario mexicano Emiliano Zapata y a los
revolucionarios sandinistas; pero la influencia primordial era sin duda la del
«comandante Che Guevara», cuya imagen adoptaba el «subcomandante» con su pipa,
su barba (bajo el pasamontañas), su gorra, su amor por Don Quijote y su irónica
prosa burlonamente heroica.[28] Pero a diferencia del Che no pretendía extender
la revolución desde un foco e insistía en su «humanismo marxista». De hecho, en
1995 el ejército mexicano tenía cercado al EZLN y la política mexicana de esos
años era mucho más liberal que la de la gran mayoría de los países
latinoamericanos durante la década anterior, por lo que la cultura y la
propaganda eran más importantes para los zapatistas que la acción militar. Una
recopilación de escritos de Marcos, publicada en 2001, llevaba por título
Nuestra arma es nuestra palabra e intentaba presentar la posibilidad de un
comunismo no violento. Como explicaba él mismo, «nuestro ejército es un
ejército muy otro porque lo que se está proponiendo es dejar de ser ejército.
El militar es una persona absurda que tiene que recurrir a las armas para poder
convencer al otro de que su razón es la razón que debe proceder, y en ese
sentido el movimiento no tiene
futuro si su futuro es el militar. Si el EZLN se
perpetúa como una estructura armada militar, va al fracaso».[29]
Su planteamiento —democrático y participativo—
estaba de hecho más próximo al de la izquierda occidental en 1968 y al de la
Alternativa Anaranjada polaca que al de la vieja izquierda marxista del mundo
subdesarrollado. Sus cuentos políticos atribuidos a Don Durito de la Lacandona,
un tozudo escarabajo zapatista, así como su dominio de Internet, nos dan a
conocer a un autor irónico e incluso caprichoso, ideal para estos tiempos menos
belicosos. Por eso no es extraño que Marcos se convirtiera en héroe del movimiento
antiglobalización surgido en la década de 1990 como respuesta a las
desigualdades generadas por el orden neoliberal. La tradición del Che, renovada
por Marcos, era la única corriente del comunismo que mantenía algún atractivo
para la izquierda tras el naufragio de 1989, y en 1997, en el trigésimo
aniversario de la muerte del Che, una nueva versión tecnopop de «Hasta siempre,
comandante» cantada por la glamurosa Nathalie Cardone, llegó al segundo puesto
en la lista de éxitos francesa y obtuvo un «disco de platino». El vídeo
promocional mostraba a Cardone ante el cadáver del Che, antes de encabezar una
revolución de los pobres latinoamericanos con un AK-47 a la espalda y un bebé
en brazos, aunque solo ejercita su puntería contra una fila de botellas, sin
derramar ni una gota de sangre.
Queda, pues, potencial para una política socialista
radical allí donde se pueden vincular las grandes desigualdades sociales a una
crítica de la intervención extranjera y el «imperialismo», aunque el final de
la guerra fría ha mitigado esos resentimientos. Las intervenciones
estadounidenses y soviéticas contribuyeron a intensificar los conflictos
sociales y étnicos, ya que en gran parte del mundo Estados Unidos había ocupado
el vacío dejado por los viejos imperios europeos apuntalando a élites conservadoras
para hacer frente a la amenaza comunista. Con la conclusión de la guerra fría,
el gobierno estadounidense ha limitado mucho su uso de la fuerza para apoyar a
castas impopulares. Desde principios de esta última
década gran parte de Latinoamérica se ha desplazado
hacia una izquierda populista como reacción contra las reformas neoliberales,
pero Estados Unidos ha tolerado en gran medida ese radicalismo, por mucho que
le disguste.
Así pues, al iniciarse el nuevo milenio los viejos
conflictos que abarcaban los planos geopolítico, social e ideológico habían
concluido en la mayor parte de las regiones del mundo excepto en una: Oriente
Medio; y es que allí las fuerzas revolucionarios más poderosas de las dos
últimas décadas no se agrupaban en torno a la bandera roja del comunismo sino
de la bandera verde del islam. También los islamistas radicales creían estar
combatiendo en dos frentes: contra el «imperialismo» occidental y contra el tradicionalismo
que hacía del islam un pensamiento «impuro» y «supersticioso». A diferencia de
los comunistas aceptaban como naturales las jerarquías sociales y de género,
pero como ellos trataban de unir y movilizar a toda la sociedad contra el
enemigo. Pero cuando lanzaron los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra
Estados Unidos provocaron un resurgimiento del neoconservadurismo militante,
como había sucedido con los avances de la Unión Soviética en el Tercer Mundo
durante la década de 1970. La alianza entre neoliberales y neoconservadores que
se convirtió en pilar de la presidencia de Reagan volvió a cobrar fuerza con
George W. Bush y dominó la política estadounidense durante sus dos términos
presidenciales.
Pero ha sido un breve intervalo. Durante el verano
y otoño de 2008 el orden económico mundial que había prevalecido desde
1979-1980 se vino abajo. La quiebra del Banco Lehman Brothers en septiembre
—provocada en gran medida por la financiarización de la economía y un
planteamiento extremo del laissez-faire— marcó el fin de la época neoliberal.
Casi simultáneamente, la derrota frente a Rusia en agosto del gobierno de
Georgia encabezado por Mijeíl Saakashvili, protagonista cinco años antes de la
«revolución rosa», en su ofensiva apoyada por Estados Unidos contra las
regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjasia, demostraba que los
esfuerzos neoconservadores por extender la
democracia liberal, ya debilitados por el fracaso de la invasión de Iraq en
2003, habían alcanzado sus límites. Ahora que el orden mundial poscomunista
parece asentado, ¿deberíamos revaluar el comunismo?
IV
En un poema de 1938, «An die Nachgeborenen» («A los
que todavía no han nacido»), Bertolt Brecht explicaba a las generaciones
futuras su opción por el comunismo. Aceptaba que «el odio, incluso contra la
vileza, desfigura el rostro», pero aun así pedía Nachsicht («indulgencia»);
aquellos tiempos en los que él vivía eran «sombríos» y «una conversación sobre
árboles es casi un crimen, porque significa callar tantas fechorías»; frente a
la injusticia no había otra alternativa que el rigor. «Nosotros, que queríamos
preparar el terreno para la amabilidad, no pudimos ser amables. Pero vosotros,
cuando lleguen los tiempos en que una persona sea para otra una ayuda, pensad
en nosotros con indulgencia».[30]
¿Deberíamos ser indulgentes? El propósito de este
libro no es afirmarlo ni negarlo. Hay que juzgar moralmente los crímenes
históricos, pero también necesitamos explicaciones. Así pues, una cosa es ser
indulgente con Brecht, y otra cosa muy distinta serlo con Stalin o Pol Pot.
En cualquier caso, el poema de Brecht nos ayuda a
entender el atractivo del comunismo soviético, incluso para alguien tan opuesto
al idealismo y al romanticismo como era él. El comunismo trataba de conseguir
la «amabilidad» universal con métodos muy poco amables. Su objetivo era acabar
con la desigualdad y traer la modernidad, pero se basaba en la idea de que esto
solo se podía conseguir con métodos radicales, y en último término mediante la
revolución.
El deseo marxista de unir la modernidad con la
igualdad se iba a demostrar especialmente sugestivo para los estudiantes
patrióticos y las élites instruidas que veían su país sumido en el «atraso»:
hombres y mujeres que seguían los pasos de los jacobinos, de Chernishevski y de
Lu Xun en su afán, no solo de desafiar el viejo poder patriarcal, sino también
de competir con las naciones más «avanzadas». Aun así, el auge del comunismo no
era el resultado inevitable del retraso y la desigualdad. De no haber sido por
el caos que prevalecía en Rusia en 1917 o por la invasión japonesa de China,
los dos grandes países en los que prendió su llama convirtiéndolos en
inspiración para otros quizá nunca habrían enarbolado la bandera roja. Pero si
el comunismo solía prender en amplias franjas del pueblo más allá de los
activistas —aunque raramente en una mayoría abrumadora—, era su forma menos
romántica y más antiliberal, el marxismo-leninismo, la que solía triunfar. Ese
híbrido ponía el acento en una minoría disciplinada, clandestina y militante,
el partido de vanguardia.
El «partido de nuevo tipo» leninista surgió de la
experiencia conspirativa de la política y la guerra civil en Rusia. Desarrolló
una combinación peculiar de cultura militar y casi religiosa y casi se
convirtió en una secta, muy preocupada por convertir y transformar a sus
miembros en adeptos de la auténtica causa socialista; y una vez que consolidó
su poder con Stalin su energía se volcó en otra tarea «heroica»: la
industrialización del país. El partido se veía a sí mismo como un motor de
desarrollo que trataba de arrastrar al campesinado y otros grupos «atrasados»
hacia la modernidad. Fue esa promesa de energía dinámica pero disciplinada la
que atrajo a los intelectuales de tantos países subdesarrollados y colonizados,
y su impulso organizativo el que atrajo a la izquierda antifascista situando a
los comunistas en el centro de la resistencia real en los países ocupados por
los nuevos imperios alemán o japonés.
De hecho, los comunistas solían mostrar más
confianza en sí mismos cuando formaban parte de un movimiento revolucionario
que se oponía a la burocracia y el imperialismo, en particular en
situación de guerra, mientras que el ejercicio real
del gobierno les resultaba más difícil. Cuando un partido comunista llegaba al
poder, durante sus primeros años de gobierno solía pretender una transformación
radical, destinada a impulsar a la sociedad hacia el comunismo, a menudo
utilizando métodos marciales. Como admitía el Che al poeta Pablo Neruda: «La
guerra… La guerra… Siempre estamos contra la guerra, pero cuando la hemos hecho
no podemos vivir sin la guerra. En todo instante queremos volver a ella».[31]
El radicalismo también parecía más necesario debido a la guerra y a las
amenazas exteriores. El marxismo más tecnocrático o pragmático parecía mucho
menos relevante en esas condiciones. La guerra o la amenaza de guerra llevaba a
menudo a los comunistas radicales al poder, como en el caso de Stalin en 1928 o
de Mao en 1943.
Las movilizaciones de masas, los «saltos»
económicos adelante, la reforma agraria y las campañas de colectivización
semejaban todas ellas campañas militares y a menudo inspiraban el sacrificio
solidario de los comunistas y de sus seguidores, especialmente de los más
jóvenes; pero sus métodos rigurosos generaban inevitablemente víctimas.
Aquellos comunistas, convencidos de que estaban combatiendo por una causa
justa, a menudo reprimían brutalmente la cultura campesina tradicional, la
religión y a los que juzgaban «burgueses», ahora considerados enemigos del
progreso y del pueblo.
Evidentemente, muchos regímenes comunistas no
recurrieron a la violencia de masas. Sin embargo, era en las fases más
ambiciosas y radicales del comunismo cuando se producían más víctimas, en
particular cuando el régimen trataba de estabilizarse. El grado de violencia
difería, dependiendo de los dirigentes y las circunstancias. El más extremo fue
el de la Kampuchea de los jemeres rojos y el más mitigado el de los «marxistas
humanistas» de Cuba. La movilización para la guerra también podía dar lugar a
matanzas en masa, como durante las grandes purgas de Stalin en la década de
1930. Muchas de las víctimas de los regímenes
comunistas se suponía que eran «enemigos de clase»,
pero la mayoría de ellas se debieron al hambre ocasionada por una política
agraria empecinadamente dogmática.
Los métodos radicales no se podían utilizar durante
mucho tiempo ya que dañaban la economía y provocaban el caos. La autoridad de
los expertos y directivos que tenían que gestionar el sistema planificado se
veía socavada, los «saltos» superambiciosos generaban desorden y los métodos
ultraigualitarios fracasaban. Un reducido grupo de militantes no podía
transformar una sociedad amplia y compleja sin un apoyo más amplio. Finalmente
el régimen cobraba conciencia de que tenía que «replegarse» y sentar unas bases
más sólidas. En la URSS, después de la segunda guerra mundial, un planteamiento
más tecnocrático se fusionó con la insistencia en la unidad «patriótica» en
lugar de la división sectaria; pero Stalin todavía trataba de mantener la
militancia del sistema y seguía utilizando métodos muy represivos contra los
«enemigos del pueblo» antipatriotas.
A la muerte de Stalin muchos comunistas comenzaron
a poner en cuestión la vigencia del viejo modelo y a presionar en favor de un
movimiento más abierto y «democrático». Sin embargo, era difícil llegar a un
consenso sobre la forma de ponerlo en práctica. Hubo quienes intentaron
soluciones tecnocráticas, pero chocaron con la oposición de los dirigentes
políticos y del pueblo; otros, como Mao y Che Guevara, volvieron a recurrir a
un tipo más radical de comunismo y el resultado inevitable fue el desorden y el
caos, cuando no la guerra civil; hubo también otra corriente que combinaba un
socialismo más ético y romántico de liberación humanista con elementos
pragmáticos del mercado y la democracia pluralista, en particular durante la
Primavera de Praga; pero el partido no estaba dispuesto a renunciar a su
monopolio del poder o a diluir el viejo sistema planificado, y esto precipitó
una reacción conservadora en el bloque soviético durante los años setenta que,
a su vez, reforzó la resolución de Gorbachov y sus reformistas de
emprender una «revolución» contra el partido que
acabó destruyendo el propio sistema.
Los regímenes comunistas no siempre habían parecido
tan reaccionarios. Su empeño en el bienestar, la educación y la movilidad
social contrastaba a menudo notoriamente con las prioridades de los gobernantes
anteriores y podían ser muy populares. También hicieron mucho por modernizar
sus respectivos países, promoviendo la integración nacional, la movilidad
social y el bienestar. Había, sin embargo, límites muy severos a sus logros, en
particular en lo que se refiere a la economía. La planificación central daba
lugar al despilfarro y daños al medio ambiente; y para los ciudadanos de Europa
oriental que conocían en alguna medida la sociedad de consumo occidental la
brecha era muy obvia. Parecía que el comunismo propiciaba el estancamiento en
la austeridad de la inmediata posguerra, no una dinámica modernidad.
Pero quizá más perjudicial que la esclerosis
económica fue la distancia creciente entre el ideal del comunismo y su
realidad. En la década de 1970 en la URSS eran ya muy pocos los que creían que
el partido estuviera tratando seriamente de crear una sociedad nueva, dinámica
e igualitaria. El partido que había llegado al poder como una élite idealista y
militante parecía ahora haber perdido ese impulso y haberse convertido en una
organización dedicada únicamente a conservar su poder y sus privilegios. Tras
haber dejado atrás un sistema de desigualdades muy arraigadas parecía estar
creando uno nuevo. Los intelectuales y profesionales urbanos se sentían
especialmente molestos por su exclusión del poder y su falta de libertad, y
mientras el mundo capitalista —en parte como respuesta a la amenaza comunista
tras la segunda guerra mundial
— se hacía más abierto e igualitario, el comunista
parecía ahora más elitista y menos moderno que su rival.
El comunismo estaba también cada vez más
desacreditado por su propio legado de violencia, ya fuera por el comportamiento
de los nuevos regímenes del Tercer Mundo subdesarrollado o por la memoria de
los crímenes estalinistas y maoístas. El Gran Salto
Adelante, la Revolución Cultural, el terror en
Camboya y la represión en Etiopía, pretendidamente justificados como esenciales
para llegar al comunismo, ponían en cuestión todo el proyecto marxista. La
represión cotidiana también ponía de relieve el vínculo entre marxismo y
deshumanización, y esto suscitó un debate sobre la propia responsabilidad de
Marx en la tendencia aparentemente intrínseca del comunismo a la violencia.
Algunas de las ideas de Marx o a él atribuidas —especialmente su rechazo del
liberalismo y de los derechos democráticos universales y su suposición de que
en el futuro se podría llegar a un consenso popular total— se utilizaron para
justificar proyectos de movilización y control estatal absoluto, aunque no
fuera eso lo que él pretendía. La alabanza de Marx y Engels a las tácticas
revolucionarias en distintos momentos se utilizó también para legitimar la
violencia. Ahora bien, como señalaban sus partidarios, el propio Marx se opuso
al tipo de política elitista que más tarde desarrollarían los partidos
marxistas-leninistas y no habría aprobado los regímenes que estos crearon.
V
En octubre de 2008 una profesora alemana de
Karlsruhe, de nombre Müller, vio que uno de sus alumnos llevaba una chupa de
deporte en la que se veían las letras «USA» y le dijo que se pusiera en pie.
«Frente a la clase —ordenó—. ¿Cómo te atreves a venir a la escuela con esa
prenda occidental? Esto no es un desfile de modas para el enemigo de clase;
enviaremos una carta al colectivo de tus padres.» Por supuesto, no se envió
ninguna carta. Profesora y alumnos estaban representando una parodia destinada
a mostrar a los jóvenes alemanes los males del sistema comunista. Les daban a
aquellos adolescentes pañuelos de los jóvenes pioneros y les hacían cantar
himnos comunistas; también se les ordenaba denunciar a sus compañeros
«disidentes» y al parecer les
complacía hacerlo. Como se quejaba la organizadora
del proyecto, «creo deliberadamente una atmósfera totalitaria y todavía me
sorprende ver lo rápida y fácilmente que la gente se adecúa a ella».
Más
en general, Frau Müller temía la nostalgia de los estudiantes por la RDA:
«Algunos piensan que era como vivir en un paraíso social».
Como sugiere este episodio, en algunas sociedades
ex comunistas la crisis económica generaba probablemente una mayor nostalgia
del comunismo, que garantizaba el pleno empleo y protección social. En
cualquier caso, es poco probable el regreso al «socialismo realmente
existente»; el recuerdo de sus excesos y fracasos es demasiado reciente. Pero
la actual irritación por la extrema desigualdad de riqueza ha alimentado en
algunos países un potente populismo de izquierdas, aunque la historia muestra
que las desigualdades económicas extremas, aun siendo una condición necesaria,
raramente es suficiente para el triunfo de la extrema izquierda; también se
requieren normalmente la dominación imperialista y una estratificación social
muy rígida. Si esos tres elementos (o algo que se les parezca) vuelven a
combinarse como consecuencia de la actual crisis económica, entonces puede
ciertamente desarrollarse un nuevo tipo de extrema izquierda.
También es posible que la tradición romántica
participativa del comunismo —que se vio por última vez en las barricadas de
1968— vuelva a cobrar importancia. De hecho, los movimientos ecologistas y
contra la globalización comparten esa forma de política. A medida que se
desarrolla la crisis del capitalismo globalizado, los ideales marxistas
románticos de autenticidad y participación democrática pueden hacerse por tanto
más atractivos. Pero sigue en pie el problema que planteó el propio Marx: ¿cómo
se puede combinar una sociedad descentralizada con la prosperidad económica?
¿Solo son compatibles con una reducción del nivel de vida y un estrechamiento
de los horizontes, como creía el propio Marx? Si es así, parece difícil que ese
tipo de política pueda obtener un gran apoyo de masas.
Con la caída del comunismo se hicieron evidentes la
destrucción provocada por los esfuerzos de transformar la sociedad y la
humanidad de forma radicalmente utópica, así como su desprecio hacia la ética y
los derechos humanos universales. También era inevitable que el intento
prometeico de los comunistas de combinar los proyectos en conflicto de la
ciencia moderna, la igualdad y la libertad quedara desacreditado; pero no
deberíamos ignorar totalmente a Prometeo. La necesidad de resolver las
cuestiones que plantea ese mito parece hoy más necesaria que nunca, si queremos
descubrir nuevas vías hacia un orden social y ecológico más igualitario y
sostenible.
Ilustraciones
Revolución
en París. El 28 de julio de 1830: La Libertad guiando al pueblo, de Eugène
Delacroix, representación clásica de aquella revolución y de la tradición
revolucionaria francesa en general. Fue a partir de entonces cuando comenzó a
utilizarse el término «socialismo».
Marxismo
en Berlín. Cartel en el que se celebraban los resultados electorales del 16 de
junio de 1898 que convirtieron al Partido Socialdemócrata Alemán en el segundo
partido en el Reichstag. Los cuatro jinetes del Apocalipsis, tocados con gorros
frigios, ahogan a los partidos tradicionales bajo un diluvio de votos
socialdemócratas.
Marxismo-leninismo
en Moscú. Lenin habla en la inauguración del monumento erigido en memoria de
Marx y Engels en la plaza Voskresenskaia de Moscú; noviembre de 1918.
Diez
días que estremecieron al mundo. La mítica «reconstrucción» rodada por Sierguei
Eisenstein del asalto al Palacio de Invierno en 1917 para su película Oktiabr
de 1928.
Caballería
Roja. «¡A caballo, proletarios!»: Cartel de la guerra civil rusa, 1919.
Hambre
en 1921 en Rusia, provocada en parte por las requisas de grano decididas por el
gobierno bolchevique.
La
revolución se extiende hacia el oeste. Bajo Lenin, que apunta a Occidente, se
lee la frase inicial del Manifiesto comunista de Marx y Engels: «Un fantasma
recorre Europa, el fantasma del comunismo».
Muerte
al imperialismo mundial, de Dmitri Orlov («Moor»), 1919. Obreros y soldados se
esfuerzan por derrotar al monstruo imperialista que asfixia la economía
mundial.
Una
utopía moderna. Bosquejo de Vladimir Tatlin para el edificio que se quería
construir como sede para la Tercera Internacional («Comintern»), 1920. Nunca
llegó a edificarse y probablemente habría resultado imposible, pero aun así se
convirtió en enseña de la arquitectura constructivista.
Comunistas
del Tercer Mundo en Francia. Ho Chi Minh habla el 25 de diciembre de 1920 en la
sesión inaugural del Congreso de Tours en el que se fundó el Partido Comunista
Francés. Muchos otros jóvenes procedentes de las colonias que residían por
aquella época en Francia se unieron también al PCF.
Cartel
del «Socorro Rojo Internacional», en el que se condenaba el «terror
imperialista» y se pedía el envío de una «delegación obrera Indochina» para
investigar lo que estaba sucediendo en aquella colonia francesa.
Guerrilleros
en Asia. Mao, muy joven, habla ante sus soldados.
En
esta imagen y la siguiente se observa cómo va cambiando la relación de Stalin
con el pueblo soviético. En este cartel de 1931 camina con los obreros, a su
misma altura. El eslogan dice: «La realidad de nuestro programa: así es la vida
de la gente, nosotros con vosotros».
En
1935 la figura de Stalin es mucho mayor que la de los demás, y el mensaje
resulta mucho más elitista: «Los cuadros lo deciden todo». Los ahora
glorificados eran los mandos y algunos obreros heroicos.
En
1952 Stalin está solo en el cartel, y al fondo se ve uno de sus «grandes
edificios». Abajo a la izquierda se lee: «Gloria al gran Stalin, arquitecto del
comunismo».
«Crítica
y autocrítica». Este cartel soviético de 1931 alentaba a los obreros a
denunciar a sus jefes. Cuenta la historia de un obrero cuyas herramientas se
estropean y que comprueba que no hay piezas de repuesto. La escasez se atribuye
a un burócrata, asesorado por un siniestro especialista burgués con bigote.
El
Gulag. Campo de trabajo en el canal del mar Blanco al Báltico, el primer
proyecto importante en el que se empleó trabajo forzado. En la construcción del
canal, de 1931 a 1933, murieron cerca de 11 000 personas.
Las
granjas colectivas. Fotografía de propaganda en la que se ve a los campesinos
marchar al trabajo, descalzos pero felices.
El
hermano menor favorito de Moscú. Un soldado del Ejército Rojo estrecha la mano
a un obrero alemán en este cartel del KPD, en el que se lee: «Unión Soviética.
Diez años» (1928).
Guerra
civil española. Miembros de la Brigada Internacional inglesa «Tom Mann»
organizada en Barcelona en el verano de 1936, posan ante su bandera, que parece
más bien una pancarta.
La
guerra de las ideologías. Los pabellones alemán y soviético en la Exposición
Internacional de París de 1937, uno frente al otro a ambos lados de la «Avenida
de la Paz» que llevaba desde el Palacio de Chaillot hasta la Torre Eiffel.
Comunistas
contra el fascismo. Un cartel del PCF de 1946 presenta a los hombres de
negocios como colaboradores de los nazis y pide la nacionalización de sus
empresas. El texto dice: «Los hombres de los trusts vendieron Francia a
Hitler».
Italia.
Simpatizantes comunistas en una fábrica en Turín durante la campaña electoral
de 1948. Las esperanzas del PCI se vieron frustradas al obtener solo el 31 por
100 de los votos.
Ocupación
soviética de parte de Alemania. Una policía rusa dirige el tráfico frente a la
Puerta de Brandemburgo poco después de la entrada de las tropas del Ejército
Rojo en Berlín en 1945.
Aprendiendo
del hermano mayor. Un ingeniero soviético instruye a su colega chino (1953). El
texto del cartel dice: «Aprendamos los métodos de producción avanzados de la
Unión Soviética. Luchemos por la industrialización de nuestro país».
Enemigos.
Un obrero soviético descubre a un saboteador sobornado con dinero
estadounidense. El texto del cartel (de 1953, poco antes de la muerte de Stalin
y en el momento más intenso de sus campañas chovinistas) dice: «La vigilancia
es nuestra arma».
Puritanismo
comunista. Los virtuosos obreros que reconstruyen Polonia después de la guerra,
miran con cara de reproche a una mujer que representa el consumismo de
Occidente. Se trata de una pintura de 1950 de Wojciech Fangor que lleva el
título Postaci («Figuras»). El vestido de la mujer está cubierto de letreros
que aluden a Occidente, como «Coca Cola» y «Wall Street».
Consumismo.
Richard Nixon muestra a un adusto Jruschov el 24 de julio de 1959 las ventajas
del modo de vida americano durante su «debate de la cocina» en la exposición
organizada en el Parque Sokolniki de Moscú.
El
«Gran Salto Adelante». Campesinos chinos ponen en marcha los hornos de
fundición recién construidos en el campo; junio de 1958.
La
Gran Revolución Cultural Proletaria. Soldados chinos en un grupo de estudio
político en
1966. En el cartel que se ve tras ellos se lee:
«¡Abrid fuego sobre la línea negra antipartido y antisocialista!».
Ejecución
de un «enemigo» durante la Revolución Cultural.
Símbolo
de la revolución. Versión pop-art de la famosa fotografía del Che Guevara
tomada por Alberto Díaz Gutiérrez («Korda») en 1960. «Hasta la victoria
siempre» fueron las últimas palabras escritas por el Che a Fidel Castro.
«Cristo
guerrillero». Cartel de Alfredo Rostgaard de 1969 que funde cristianismo y
marxismo en la «teología de la liberación».
Hijos
de la revolución. Un pequeño soldado del Movimiento Popular de Liberación de
Angola (MPLA) bajo un retrato de su líder, Agostinho Neto. Huambo, Angola,
febrero de 1976.
Rebelión.
Los habitantes de Budapest queman retratos de Stalin en octubre de 1956.
Confinamiento.
Construcción del Muro de Berlín cerca de la Puerta de Brandemburgo en 1961.
1968:
dos facetas del comunismo. Arriba: estudiantes parisinos se manifiestan con
banderas vietnamitas y retratos de Mao (mayo). Abajo: los tanques soviéticos
aplastan la Primavera de Praga (agosto).
El
«hermano número 1» Pol Pot dirige un grupo de guerrilleros tras su desalojo del
poder en 1979.
«Campos
de la muerte». Un chico ante los restos de víctimas del Jemer Rojo acumulados
en una escuela abandonada al sur de Phnom Penh, 1996.
Afroestalinismo.
Un cartel con la figura del dictador etíope Mengistu preside una plaza de Addis
Abeba al estilo soviético.
«¡Camaradas,
se acabó!» (en ruso). Cartel de 1989 del Foro Democrático Húngaro, despidiendo
a los soviéticos obligados a abandonar Europa oriental.
Caída
del Muro de Berlín en noviembre de 1989.
Pervivencia
del comunismo. Un gran retrato de Mao en la plaza de Tiananmen en Beijing
preside la celebración de la llegada de la antorcha olímpica el
de
marzo de 2008.
Imagen
perdurable. Un chico cubano alza un retrato del Che Guevara en la concentración
con la que se conmemoró el 75.º aniversario de su nacimiento, el 14 de junio de
2003.
El
camarada Prachanda (Fiero), dirigente de los maoístas nepalíes, se dirige a sus
seguidores reunidos en septiembre de 2006.
Lista de ilustraciones
Eugène
Delacroix, July 28: Liberty Leading the People, 1830, Musée du Louvre, París
(copyright © akg-images/Erich Lessing)
Cartel
de las elecciones alemanas de 1898, en Der Wahre Jacob, 7 de junio de 1898
(copyright © akg-images/Coll. Archiv f.Kunst & Geschichte)
Vladimir
Lenin habla en la inauguración del monumento a Marx y Engels, 7 de noviembre de
1918 (copyright © RIA Novosti/TopFoto)
Un
fotograma de Oktiabr de Sierguei Eisenstein (Ronald Grant Archive, Londres)
Cartel
de la guerra civil rusa, 1919 (Museé d'Histoire Contemporaine, París)
Hambre
en Rusia, 1921 (copyright © Mary Evans Picture Library/Rue des Archives)
«A
Spectre Haunts Europe, the Spectre of Communism»; litografía publicada por
Mospoligraf, 1917-1924 (The Hoover Institution Archives, Stanford University
RU/SU 524)
D.
S. Moor, Death to World Imperialism, 1919 (colección privada)
Vladimir
Tatlin, modelo del monumento a la Tercera Internacional, 1920, Museum of Modern
Art (MoMA), Nueva York (PA76. Digital image copyright © 2009 The Museum of
Modern Art, Nueva York/Scala, Florencia)
Ho
Chi Minh en el discurso de la sesión inaugural del congreso socialista
celebrado en Francia, 25 de diciembre de 1920 (copyright © Mary Evans Picture
Library/Rue des Archives)
Cartel
del «Socorro Rojo Internacional», década de 1930 (copyright © Mary Evans
Picture Library/Rue des Archives)
Mao
Zedong joven, finales de la década de 1920 (copyright © Mary Evans Picture
Library/Rue des Archives)
Stalin
en un cartel de Gustav Klutsis, The Reality of Our Program, 1931 (copyright ©
Posters Please, Nueva York)
Stalin
en un cartel de Gustav Klutsis, Cadres Decide Everything, 1935 (copyright ©
Plakat)
Stalin
en un cartel de K. Ivanov y N. Petrov, Glory to the Great Stalin, Architect of
Communism (copyright © Plakat)
Un
cartel de V. Koslinszky, 1931 (colección privada)
17.
Prisioneros soviéticos construyendo el canal mar Blanco-mar Báltico, 1931-1933
(copyright © Mary Evans Picture Library/Rue des Archives)
Campesinos
soviéticos tomando posesión de las tierras asignadas en las granjas
colectivizadas, 1935 (copyright © Mary Evans Picture Library/Rue des Archives)
Soldado
del Ejército Rojo y proletario dándose la mano, cartel, 1928 (copyright ©
akg-images)
Miembros
de la Brigada inglesa Tom Mann, Barcelona, 1936 (copyright © AP/Press
Association Images)
Pabellones
de Alemania y la URSS en la exposición de París de 1937 (copyright © lapi/Roger
Viollet/Getty Images)
Cartel
francés del Partido Comunista, 1946 (copyright © Mary Evans Picture Library/Rue
des Archives)
Simpatizantes
comunistas en la fábrica de Fiat en Turín, 14 de junio de 1948 (copyright ©
Dabid Seymour/Magnum Photos)
Mujer
policía rusa dirigiendo el tráfico delante de la Puerta de Brandenburgo,
Berlín, 5 de julio de 1945 (copyright © Mary Evans Picture Library/Rue des
Archives)
Cartel
chino mostrando a un ingeniero soviético instruyendo a sus colegas chinos
(International Institute of Social History, The Netherlands)
V.
Ivanov, Vigilance is Our Weapon (cartel), 1953 (copyright © Plakat)
Wojciech
Fangor, Figures, 1950, Muzeum Sztuki, Lodz (fotografía: Piotr Tomczyk)
Nikita
Jruschov y el vicepresidente de Estados Unidos Richard Nixon en la exposición
de Estados Unidos en el Sokolniki Park de Moscú, 24 de julio de 1959 (copyright
© AP/Press Association Images)
Campesinos
chinos trabajando en los altos hornos durante el Gran Salto Adelante, 14 de
junio de 1958 (copyright © Henri-Cartier Bresson/Magnum Photos)
Soldados
del Ejército de Liberación Popular durante la Revolución Cultural, 1966
(copyright © Mary Evans Picture Library/Rue des Archives)
Ejecución
durante la Revolución Cultural, 1966-1968 (copyright © Mary Evans Picture
Library/Rue des Archives)
Alfredo
Rostgaard, Che, 167 (ICAIC)
Alfredo
Rostgaard, Christ Guerrilla, 1969 (International Institute of Social History,
The Netherlands)
Un
joven soldado de la MPLA en Huambo, Angola, 23 de febrero de 1976 (copyright ©
AFP/Getty Images)
Manifestación
fuera de una tienda cultural soviética, Budapest, 14 de junio de 1956
(copyright © Erich Lessing/Magnum Photos)
Alemanes
del este reforzando el Muro de Berlín (copyright © Mary Evans Picture
Library/Rue des Archives)
a)
Una manifestación comunista en París, mayo de 1968 (copyright © Mary Evans
Picture Library/Rue des Archives);
b) invasión de Praga por las tropas del pacto de
Varsovia, Praga, agosto de 1968 (copyright © Joseph Kouldelka/Magnum Photos)
Pol
Pot conduciendo una columna de sus hombres (copyright © AP Photo/Kyodo News)
Campo
de exterminio al sur de Phnom Penh, 1996 (copyright © Bruno Barbey/Magnum
Photos)
Valla
publicitaria del coronel Mengistu, Addis Abeba, Etiopía, 1984 (copyright © Rex
Features)
Istvan
Orosz, Comrades, It's Over! (cartel), Hungría, 1990 (copyright © Istvan Orosz)
La
caída del Muro de Berlín, 11 de noviembre de 1989 (copyright © Raymond
Depardon/Magnum Photos)
Ceremonia
de celebración de la llegada de la llama olímpica a la plaza de Tiananmen en
Beijing, 31 de marzo de 2008 (copyright © Diego Azubel/epa/Corbis)
Muchacho
cubano sosteniendo un retrato del Che Guevara durante un mítin político en
Santa Clara, Cuba, 14 de junio de 2003 (copyright © Reuters/Corbis)
Prachanda,
dirigente rebelde maoísta dando un mítin en la ciudad de Chapagaun, Nepal, 3 de
septiembre de 2006 (copyright © Narendra Shrestha/epa/Corbis)
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DAVID PRIESTLAND. Historiador inglés, Priestland
ejerce como docente en la Universidad de Oxford, donde imparte clases de
Historia Moderna.
En la labor de investigación, Priestland ha
destacado por su trabajo sobre la Rusia Soviética y el comunismo contemporáneo.
Notas
INTRODUCCIÓN
F.
Fukuyama, «The End of History», The National Interest 16, 1989, pp. 3-18. F.
Fukuyama, The End of History and the Last Man, Londres, 1992. <<
Para
un estado de la cuestión, véase N. Podhoretz, World War IV. The Long Struggle
against Islamofascism, Nueva York, 2007. <<
Sobre
los antecedentes de estas reivindicaciones, véase W. Taubman, Khrushcev. The
Man and His Era, Londres, 2002, p. 511.
<<
Esta
opinión fue expresada con más coherencia por E. H. Carr en sus historias de la
Unión Soviética. Véase E. H. Carr, The Russian Revolution: From Lenin to Stalin
(1917-1929), Londres, 1979. Sobre ideas de «convergencia», véase Talcott
Parsons, The System of Modern Societies, Englewood Cliffs, 1971, cap. 6; D.
Engerman, Modernization from the Other Shore: American Intellectuals and the
Romance of Economic Development, Cambridge, Mass., 2003. <<
Para
una opinion más desarrollada al respecto, véase S. Courtois, «Introduction», en
S. Courtois et al., The Black Book of Communism. Crimers, Terror, Repression,
Cambridge, Mass., 1999, pp. 1-31. <<
Sobre
la teoría de que Stalin seguía tímidamente las tradiciones de los zares, véase,
por ejemplo, R. Tucker, Stalin in Power. The Revolution from Above, 1928-1941,
Nueva York, 1990, pp. 60-64. <<
Trotski
sostenía que el estalinismo era fundamentalmente un régimen conservador regido
por una burocracia corrupta y costumbres burguesas. L. Trotski, The Revolution
Betrayed. What is the Soviet Union and Where is It Going?, Nueva York, 1970,
pp. 101-104. Sobre los análisis trotskistas, véase B. Knei-Paz, The Social and
Political Thought of Leon Trotsky, Oxford, 1975, pp. 380-410. <<
Véase,
por ejemplo, M. Malia, The Soviet Tragedy, Nueva York, 1994. <<
Véase,
por ejemplo, Courtois, «Introduction», p. 16. <<
Simon
Goldhill cree que las tragedias griegas exploran los problemas inherentes en la
«sociedad civil» que emerge en las ciudades-estado griegas, más «modernos», en
lugar de los ideales «democráticos» del antiguo ethos aristocrático de Homero.
S. Goldhill, Reading Greek Tragedy, Cambridge, 1986, pp. 77-78, 155-156, caps.
3-4. <<
Esquilo,
Prometheus Bound, traducido y editado por A. Podliecki, Oxford, 2005, pp.
1041-1053. <<
«Diferencias
entre filosofía natural de Demócrito y Epicuro.» (N. del T.) <<
R.
Berki destaca cuatro puntos dentro del socialismo: igualitarismo, moralismo,
racionalismo y liberalismo. Argumenta que el marxismo incluye los cuatro, pero
que el liberalismo era el más débil. R. Berki, Socialism, Londres, 1975.
<<
K.
Marx y F. Engels, Collected Works, Londres, 1976, col. I, p.
31. Sobre la influencia del mito de Prometeo en
Marx, véase L. P. Wessel, Prometheus Bound. The Mythic Structure of Karl Marx's
Scientific Thinking, Baton Rouge, 1984. <<
Las
diferentes formas del comunismo, «romántico», «radical», «modernista» y
«pragmático», son, por supuesto, «tipos ideales». Estos tipos difícilmente se
daban en sus formas puras, y a menudo coincidían en parte. Los elementos
románticos del marxismo parecen más contundentes en los primeros escritos de
Marx, eran más «libertarios», en palabras de Berki, menos relacionados con el
poder político y más interesados en vencer la alienación humana y alentar la
creatividad. Estos temas resurgieron en el «marxismo occidental» de las décadas
de 1950 y 1960, como veremos en el capítulo 11. <<
Para
ver las diferencias entre grupos sectarios e «inclusión» en los regímenes
comunistas, véase K. Jowitt, New World Disorder. The Leninist Extinction,
Berkeley, 1992, cap. 3. <<
PRÓLOGO
Sobre
este festival, véase M. Ozouf, Festivals and the French Revolution, trad. A.
Sheridan, Cambridge, Mass., 1988; Warren Roberts, Jacques Louis David,
Revolutionary Artist: Art, Politics and the French Revolution, Chapel Hill,
1989, pp. 292-293. <<
Citado
en L. Hunt, Politics, Culture, and Class in the French Revolution, Londres,
1986, p. 99. <<
Ibid,
p. 107. <<
Sobre
el simbolismo de Hércules, véase Hunt, Politics, pp. 94-113; James A. Leith,
Space and Revolution. Projects for Monuments, Squares and Public Buildings in
France, 1789-1799, Montreal, 1991, pp. 130-134. <<
Los
«diggers» [cavadores] o «true levellers», por contraposición a los «levellers»
[niveladores], eran una facción republicana radical de inspiración cristiana.
(N. del T.) <<
Esto
no sirve para sostener que los bolcheviques estaban muy influenciados por los
jacobinos, como algunos han afirmado. Véase J. Talmon, The Origins of
Totalitarism Democracy, Harmondsworth, 1986. Sobre las diferencias entre
bolcheviques y jacobinos, véase P. Higgonet, Goodness Beyond Virtue. Jacobins
during the French Revolution, Cambridge, Mass., 1998, p. 330. Para
comparaciones entre los jacobinos y el «patriotismo revolucionario» de Stalin,
véase E. Van Ree, The Political Thought of Joseph Stalin. A Study in
Twentieth-Century Revolutionary Patriotism, Londres, 2002. <<
Véase
David Bell, The Cult of the Nation in France. Investing Nationalism, 1680-1800,
Cambridge, Mass., 2001, pp. 146-154. Véase también la condena de Sièye de la
débil burguesía «oriental», W. Sewell, A Rhetoric of Bougeois Revolution. The
Abbé Sièyes and What is the Third Estate?, Durham, NC, 1994, p. 62. <<
Citado
en Bell, The Cult of the Nation, p. 151. <<
Marat-Mauger,
citado en Hunt, Politics, p. 27. Sobre el concepto «nuevo hombre», véase M.
Ozouf, «La Révolution Française et l'idée de l'homme nouveau», en C. Lucas
(ed.), The French Revolution Française and the Creation of Modern Political
Culture. Vol. 2: The Political Culture of the French Revolution, Oxford, 1988.
<<
Véase,
por ejemplo, los puntos de vista de Sièyes: E.-J. Sièyes, Qu'est-ce que le
tiers état?, París, 1988; Sewell, Rhetoric, pp. 103-104. <<
Citado
en N. Parker, Portrayals of Revolution. Images, Debates and Patterns of Thought
on the French Revolution, Carbondale, Ill., 1990, pp. 83-87. <<
Citado en
F. Hemmings, Culture
and Society in
France
1789-1848, Londres, 1987, p. 25; Roberts,
Jacques-Louis David, pp. 16-29. <<
J.
J. Rousseau, «Considerations on the Government of Poland and on Its Projected
Reformatuin», en The Social Contract and Other Later Political Writings, trad.
y ed. V. Gourevitch, Cambridge, 1997, p. 227. Sobre la «heroísmo» de los
«revolucionarios», véase A. L. Saint-Just, Oeuvres complètes, ed. C. Vellay,
París, 1908, vol. II, p. 327. Sobre héroes y sacrificios, véase Higgonet,
Goodness, p. 1. <<
J.-J.
Rousseau, The Social Contract, trad. M. Cranston, Harmondsworth, 1968, libro 2.
<<
J.
Shklar, Men and Citizens: a Study of Rousseasu's Social Theory, Cambridge,
1969, p. 206. <<
J.-J.
Rousseau, Julie ou La Nouvelle Héloïse, trad. B. Thompson, París, 1966. Sobre
el paternalismo de Wolmar, y la distinción entre las ideas jerárquicas de la
familia de Rousseau y los puntos de vista más democráticos del estado, véase N.
Fermon, Domesticating Passions. Rousseau, Woman and the Nation, Hanover, NH,
1997. Véase también Shklar, Men and Citizens, pp. 150-154. <<
Citado
en K. Baker, Investing the French Revolution: Essays on French Political
Culture in the Eighteenth Century, Cambridge, 1990, p. 135. <<
D.
Jordan, The Revolutionary Career of Maximilien Robespierre, Londres, 1985, p.
160. <<
M.
Robespierre, Oeuvres completes, ed. E. Hamel, 10 volúmenes, París, 1903-1968,
vol. I, p. 211. <<
Citado
en Jordan, Revolutionary Career, p. 142. <<
S.
Maréchal, Le jugement dernier des rois, en L. Moland, Théâtre de la revolution:
ou, Choix de pièces de théâtre qui ont fait sensation pendant la période
révolutionnaire, París, 1877. <<
Citado
en R. Rose, Gracchus Babeuf: the First Revolutionary Communist, Satanford,
1978, p. 11. <<
Ibid,
p. 140. <<
Citado
en J. Lynn, «French Opinion and the Military Resurrection of the Pike,
1792-1794», Military Affairs, 1977, p. 3. <<
El
Ministerio de la Guerra contrató en septiembre de 1793 una suscripción de 12
000 ejemplares. (N. del T.) <<
Según
Richard Cobb, se crearon 56 de esos «ejércitos», con unos efectivos totales de
30 000 hombres, que llevaron a cabo operaciones en dos tercios de los
departamentos. (N. del T.) <<
Fundadores
en 1794 de la famosa École Polytechnique, en un primer momento École centrale
des travaux publics. (N. del T.) <<
K.
Alder, Engineering the Revolution. Arms and Enlightenment in France, 1763-1815,
Princeton, 1997, pp. 264-265, 255. <<
Citado
en J. Lynn, The Bayonets of the Republic: Motivation and Tactics in the Army of
Revolutionary France, 1791-1794, Urbana, Ill., 1984, p. 173. <<
Citado
en D. Bell, The First Total War: Napoleon's Europe and the Birth of Modern
Warfare, Londres, 2007, p. 131. <<
Citado
en A. Forrest, The Soldiers of the French Revolution, Durham, NC, 1990, p. 160.
<<
Sobre
su radicalismo y la hostilidad que causó, véase especialmente C. Lucas, The
Structure of the Terror: the Example of Javogues and the Loir, Oxford, 1973.
<<
Robespierre,
Oeuvres, vol. X, p. 357. <<
Citado
en J. Hardman, Robespierre, Londres, 1999, p. 137. <<
Ibid,
p. 127. <<
Véase
Higgonet, Goodness, pp. 118-120. <<
Hunt,
Politics, pp. 76-77. <<
K.
Marx y F. Engels, Selected Works, Moscú, 1962, vol. I, p. 247.
<<
UN
PROMETEO ALEMÁN
H.
Adhémar, «La liberté sur les barricadas de Delacroix, étudiée d'après des
documents inédits», Gazette des Beaux Arts 43, 1954, p. 88. Véase también T.
Clark, The Absolute Bourgeois. Artists and Politics in France 1848-1851,
Londres, 1999, pp. 18-20; B. Joubert, Delacroix, Princeton, 1998. <<
Véase
F. Furet, Marx and the French Revolution, trad. D. Furet, Chicago, 1988.
<<
Ibid,
p. 21. <<
P.
Buonarroti, Conspiration pour l'égalité dite de Babeuf: suivie du procès auquel
elle donna lieu, et des pièces justificatives, Bruselas, 1828, vol. II, pp.
132-138; R. Rose, Gracchus Babeuf: the First Revolutionary Communist, Stanford,
1978, p. 213. <<
La
Liga de los Justos se convirtió en 1847, a propuesta de Marx y Engels, en Liga
de los Comunistas. (N. del T.) <<
Citado
en R. Hunt, The Political Ideas of Marx and Engels, 2 vols., Londres, 1984,
vol. I, pp. 155-156. Véase también C. Lattek, Revolutionary Refugees. German
Socialism in Britain, 1840-1860, Londres, 2006, cap. 2. <<
Sobre
el uso de este término, y la distinción entre comunistas utópicos y comunistas
igualitarios, véase G. Stedman Jones, «Introducción», K. Marx y F. Engels, The
Communist Manifesto, Londres, 2002, pp. 66, 69. <<
C.
Fournier, The Theory of the Four Movements, eds. G. Stedman Jones e I.
Patterson, Cambridge, 1996. <<
P.-J.
Proudhon, What is Property?, eds. D. Kelley y B. Smith, Cambridge, 1994, p.
196. <<
R.
Owen, Selected Works, vol. 3, The Book of the New Moral World, ed. G. Claeys,
Londres, 1993, p. 292. <<
Keith
Taylor (ed.), Henri Saint-Simon (1760-1825): Selected Writings on Science,
Industry and Social Organisation, Londres, 1975, pp. 166-168. <<
Reminiscences
of Marx and Engels, Moscú, n.d., p. 130. <<
David
McLellan, Karl Marx: a Biography, Londres, 1995, p. 12.
<<
Citado
en S. Barer, The Doctors of Revolution, Londres, 2000, pp. 548-549. <<
Citado
en L. P. Wessel, Prometheus Bound. The Mythic Structure of Karl Marx's
Scientific Thinking, Baton Rouge, 1984, p. 118. <<
Ibid,
p. 119. <<
En
esa toma de conciencia le ayudaron sin duda no solo sus camaradas de la Liga de
los Justos, a la que se incorporó en 1843, sino sus dos ex empleadas irlandesas
Mary y Lizzie Burns, con las que estuvo vinculado sentimentalmente hasta la
muerte de una y otra, en 1863 y 1878. (N. del T.) <<
Para
una comparación entre ambos, véase especialmente Stedman Jones, «Introduction»,
Marx y Engels, Communist Manifesto, pp. 50-71. Véase también McLellan, Karl
Marx, pp. 112 y ss. <<
Sobre
la interpretación de esta idea de Marx, véase A. Walicki, Marxism and the Leap
to the Kingdom of Freedom, Stanford, 1995, p. 41. <<
Para
una interpretación de estas ideas, véase B. Yack, The Longing for Total
Revolution. Philosophic Sources of Social Discontent from Rousseau to Marx and
Nietzsche, Berkeley, 1992, pp. 256 y ss. <<
K.
Marx, «On James Mill», en K. Marx, The Early Texts, ed. D. McLellan, Oxford,
1970, p. 202. <<
K.
Marx y F. Engels, Collected Works [MECW], Nueva York, 1975, vol. V, p. 47.
<<
K.
Marx, «Economic and Philosophical Manuscripts of 1844», en Marx, Early Texts,
pp. 146-147. <<
Citado
en Barer, Doctors, p. 351. <<
Sobre
este análisis, véase Walicki, Marxism, pp. 82-83. <<
Marx
y Engels, Communist Manifesto, pp. 222-223. <<
Ibid,
p. 225. <<
Ibid,
pp. 243-244. <<
Para
una interpretación más detallada de la tensión entre los marxismos, véase D.
Priestland, Stalinism and the Politics of Mobilization. Ideas, Power and Terror
in Inter-War Russia, Oxford, 2007, pp. 21-34. Otros han comentado las
contradicciones del pensamiento de Marx, dibujando aspectos ligeramente
diferentes. Véase A. Gouldner, The Two Marxisms. Contradictions and Anomalies
in the Development of Theory, Londres, 1980, p. 32; S. Hanson, Time and
Revolution. Marxism and the Design of Soviet Institutions, Chapel Hill, 1997,
pp. 37-55. <<
«Diary
of Norbert Truquin», en M. Traugott (ed.), The French Worker. Autobiographies
from the Early Industrial Era, Berkeley, 1993, p. 276. <<
Ibid,
p. 285. <<
W.
Sewell, Work and Revolution in France: the Language of Labor from the Old
Regime to 1848, Cambridge, 1980, cap. 9; sobre el levantamiento de 1831, véase
R. Bezucha, The Lyon Uprising of 1834: Social and Political Conflict in the
Early July Monarchy, Cambridge, Mass., 1974, cap. 2. <<
MECW,
vol. III, p. 313. <<
Marx
y Engels, Communist Manifesto, p. 258. Véase también A. Gilbert, Marx's
Politics. Communists and Citizens, Oxford, 1981, pp. 197, 217-219. <<
Hay
un debate enorme sobre la «dictadura del proletariado». Este sigue el punto de
vista de D. Lovell, From Marx to Lenin. An Evalutation of Marx's Responsability
for Soviet Authoritarianism, Cambridge, 1984. Para los que defienden que la
«dictadura del proletariado» simplemente significa democracia radical, y no
supone una dictadura real sobre las otras clases, véase Hunt, Political Ideas,
pp. 284-336; H. Draper, Karl Marx's Theory of Revolution, vol. III: The
Dictatorship of the Proletariat, Nueva York, 1986. <<
Para
una explicación detallada, véase G. Duveau, 1848. The Making of a Revolution,
trad. A. Carter, Londres, 1967. Sobre las motivaciones laborales, véase R.
Bezucha, «The French Revolution of 1848 and the Social History of Work», Theory
and Society, n.º 12 (1983), pp. 469-484; M. Traugott, «The Crowd in the French
Revolution of February 1848», American Historical Review, n.º 93 (1988), pp.
638-652. <<
Sobre
los artesanos y la revolución de junio, véase R. Gould, Insurgent Identities:
Class, Communities and Protest from 1848 to the Commune, Chicago, 1995.
<<
Sobre
el radicalismo revolucionario en Alemania de Marx y Engels, véase Gilbert,
Marx's Politics, cap. 10. <<
K.
Marx y F. Engels, The Revolution of 1848-1849. Articles from the Neue Rhenische
Zeitung, trad. S. Ryazanskaya, ed. B. Isaacs, Nueva York, 1972, p. 136.
<<
Sobre
esta polémica, véase Gilbert, Marx's Politics. <<
J.
Sperber, The European Revolutions, 1848-1851, Cambridge, 1994, p. 247. <<
J.
Rougerie, «Sur l'histoire de la Première Internationale», Mouvement Social, n.º
51 (1965), pp. 23-46. <<
Lista
completa en fr.wikipedia.org. (N. del T.) <<
J.
Rougerie, Le Procès des Communards, París, 1971, pp. 155-156. Sobre el poder de
las ideas «asociativas» en la Comuna de París, que defiende las cooperativas de
productores y consumidores y la democracia directa, véase M. Johnson, The
Paradise of Association. Political Culture and Popular Organization in the
Paris Commune of 1871, Ann Arbor, 1996. <<
MECW,
vol. II, p. 189. <<
Citado
en Y. Kapp, Eleanor Marx, Londres, 1972, vol. I, p. 88. <<
Karl
Marx, Capital, 3 vols., Nueva York, 1967, vol. I, pp. 330, 337.
<<
Marx,
Capital, vol. III, p. 820. Véase también A. Rattansi, Marx and the Division of
Labour, Londres, 1982. <<
Sobre
la noción de las leyes científicas en la historia, véase K. Marx, Preface and
Introduction to a Contribution to the Critique of Political Economy, Beijing,
1976, pp. 3-4. <<
Citado
en W. Henderson, A Life of Friedrich Engels, Londres, 1976, vol. II, p. 569.
<<
F.
Engels, Dialectics of Nature, trad. C. Dutt, Londres, 1940, cap. 2. <<
F.
Engels, Anti-Dühring. Herr Eugen Dühring's Revolution in Science, Moscú, 1959,
p. 82. <<
Véase
especialmente la introducción de Engels a la edición de 1895 de «Las luchas de
clases en Francia» de Marx, MECW, vol. I, pp. 187-204. <<
Marx
y Engels, Communist Manifesto, p. 234. Véase también D. Lovell, Marx's
Proletariat: the Making of a Myth, Londres, 1988, p. 177. <<
Marx
y Engels, Communist Manifesto, p. 243. Aunque el punto de vista de Marx sobre
el proletariado y el estado era contradictorio, y en 1871 sostuvo que el
proletariado debía golpear a la máquina del estado como hizo la Comuna de
París. <<
K.
Marx, Critique of the Gotha Programme, Beijing, 1974, pp. 15-
21. Sobre ese mapa de ruta, véase Walicki, Marxism,
p. 96. <<
Sobre
esta acusación, véase D. Lovell, From Marx to Lenin. An Evaluation of Mar's
Responsability for Soviet Authoritarianism, Cambridge, 1984, pp. 61-64.
<<
K.
Marx y F. Engels, Gespräche mit Marx und Engels, ed. H. Enzensberger,
Frankfurt, 1973, vol. II, pp. 709-710. <<
McLellan,
Karl Marx, p. 371. <<
Acusado
de mantener una estructura clandestina paralela, la Alianza Internacional de la
Democracia Socialista. (N. del T.) <<
Para
un resumen y análisis de estos hechos en los trabajadores, véase M. Mann,
Sources of Social Power, vol. 2: The Rise of Classes and Welfare States,
1760-1914, Cambridge, 1993, pp. 597-601. <<
Sobre
las diferencias entre protestas más tempranas y las posteriores, véase D.
Geary, European Labour Protest, 1848-1939, Londres, 1981, pp. 35-37. Hay cierto
debate sobre el radicalismo político de los obreros en este período. Este
análisis debe mucho a Mann, Sources of Power, vol. II, pp. 597-601, 680-682.
Geary hace hincapié en el radicalismo continuo, véase Geary, European Labour
Protest, pp. 107-126. <<
Citado
en D. Baguley, «Germinal: The Gathering Storm», en B. Nelson (ed.), Cambridge
Companion to Zola, Cambridge, 2007, p. 139. <<
E.
Zola, Germinal, trad. P. Collier, Oxford, 1993, p. 288. <<
Ibid,
p. 349. <<
Ibid,
p. 523. <<
Sobre
este análisis, véase Mann, Sources of Power, vol. II, caps. 17-18; G. Eley,
Forging Democracy. The History of the Left in Europe, 1850-2000, Nueva York,
2002, pp. 64-65, 79. <<
A
partir de la revuelta de Haymarket en Chicago a primeros de mayo de aquel año y
sus consecuencias. (N. del T.) <<
«The
Diary of Nikolaus Osterroth», en The German Worker. Working-Class
Autobiographies from the Age of Industrialization, trad. y ed. A. Kelly,
Berkeley, 1987, pp. 170-171. <<
Ibid,
p. 172. <<
Ibid,
p. 187. <<
E.
Weisz, Creating German Communism 1890-1990: From Popular Protests to Socialist
State, Princeton, 1997, p. 51. <<
Citado
en The German Worker, p. 409. <<
V.
Lidtke, The Alternative Culture: Socialist Labor in Imperial Germany, Nueva
York, 1985, pp. 186-187. <<
«The
Diary of Otto Krille», en The German Worker, p. 276. <<
Sobre
este punto, véase S. Berger, «Germany», en The Forceo f Labour, eds. S. Berger
y D. Broughton, Oxford, 1995, p. 73. <<
Lidtke,
Alternative Culture; B. Emig, Die Veredelung des Arbeiters. Socialdemokratie
als Kulturbewegung, Frankfurt, 1980. <<
Lidtke,
Alternative Culture, p. 88. <<
Ibid,
pp. 107-108; véase también A. Körner, Das Lied von einer anderen Welt.
Kulturelle Praxis im französischen und deutschen Arbeitermilieu 1840-1890,
Frankfurt, 1997, p. 117. <<
Weitz,
Creating German Communism, p. 50. <<
Lidtke,
Alternative Culture, p. 52. <<
«Diary
of Otto Krille», en The German Worker, pp. 267-268. <<
Eley,
Forging Democracy, p. 79. <<
Mientras
que el Zentrumspartei católico, con algo menos de 2 millones de votos, obtenía
91 escaños. (N. del T.) <<
K.
Kautsky, Selected Political Writings, trad. y ed. P. Goode, Londres, 1983, pp.
11-12. <<
S.
Hickey, Workers in Imperial Germany: the Miners of the Ruhr, Oxford, 1985.
<<
J.
Rupnik, «The Czech Socialists and the Nation (1848-1918)», en E. Cahm y V.
Fišera (eds.), Socialism and Nationalism in Contemporary Europe (1848-1945),
vol. II, Nottingham, 1979. <<
R.
Evans, Proletarians and Politics. Socialism, Protest and the Working Class in
Germany before the First World War, Nueva York, 1990, p. 93. <<
August
Bebel, Die Frau und der Sozialismus, citado en S. Berger, Social Democracy and
the Working Class in Nineteenth and Twentieth Century Germany, Harlow, 2000, p.
89. <<
Austria,
Bélgica, Bulgaria, las tierras checas, Dinamarca, Francia, Alemania, Gran
Bretaña, Hungría, Italia, los Países Bajos, Noruega, Polonia, Rumanía, Rusia,
Serbia, España, Suecia, Suiza y Estados Unidos. <<
Sobre
este episodio, véase James Joll, The Second International, Londres, 1968, p.
33. <<
Ibid,
p. 45. <<
Citado
en G. Steenson, Karl Kautsky, 1854-1938: Marxism in the Classical Years,
Pittsburgh, 1991, p. 47. <<
G.
Steenson, «Not One Man! Not One Penny!» German Social Democracy, 1863-1914,
Pittsburgh, 1981, pp. 120-121. <<
Citado
en Steenson, Karl Kautsky, pp. 120-121. <<
H.
Golsberg, Life of Jean Jaurès, Madison, 1962, cap. 11. <<
J.
Miller, From Elite to Mass Politics. Italian Socialism in the Giolittian Era,
1900-1914, Kent, Ohio, 1990, pp. 25-29. <<
Para
un punto de vista anterior, que argumenta que el conflicto se estableció antes
de 1914, véase C. Schorske, German Social Democracy. The Development of the
Great Schism, Cambridge, Mass., 1955; para una combinación de los distintos
puntos de vista y la teoría de que la escisión precipitó la guerra, véase W.
Kruse, Krieg und nationale Integration. Eine Neuinterpretation des
sozialdemokratischen Burgfriedensschlusses, 1914-1915, Essen, 1993. <<
En
1872 se incorporó al Sozialdemokratische Arbeiterpartei Deutschlands de
Liebknecht y Bebel, desde el que participó en 1875 en Gotha en el Congreso de
Unificación con los lassalleanos en el que se constituyó el Partido Socialista
Obrero [Sozialistischen Arbeiterpartei Deutschlands, SAPD] que más tarde se
convertiría en SPD. (N. del T.) <<
Citado
en P. Gay, The Dilemma of Democratic Socialism. Eduard Bernstein's Challenge to
Marx, Nueva York, 1952, p. 296. <<
Sobre
Bernstein y el revisionismo, véase M. Steger, The Quest for Evolutionary
Socialism. Eduard Bernstein and Social Democracy, Cambridge, 1997. <<
Sobre
la socialdemocracia y el imperialismo, véase R. Fletcher, Revisionism and
Empire. Socialist Imperialism in Germany, 1897-1914, Londres, 1984. <<
Citado
en H. Mitchell y P. Stearns, Workers and Protest: the European Labor Movement,
the Working Classes and the Origins of Social Democracy, 1890-1914, Itasca,
Ill., 1971, p. 211. <<
Sobre
la revolución de 1905, véase capítulo 2, pp. 77-79. <<
Sobre
la aceptación de la doctrina de «defensa nacional» del SPD, véase N. Stargardt,
The German Idea of Militarism, Cambridge, 1994, p. 148. <<
Haase
a Rappoport, citado en G. Haupt, Socialism and the Great War. The Collapse of
the Second International, Oxford, 1972, p. 208.
<<
Citado
en Joll, The Second International, p. 178. <<
2. JINETES DE BRONCE
Konets
Peterburga, 1927, dir., V. Pudovkin. Sobre los temas de la película, véase A.
Sargeant, Vsevolod Pudovkin. Classic Films of the Soviet Avant-Garde, Londres,
2000, pp. 94-95. <<
Sobre
esta película y su acogida, véase V. Kepley, The End of St Petersburg: The Film
Companion, Londres, 2003. <<
R.
Wortman, Scenarios of Power: Myth and Ceremony in Russian Monarchy, vol. 2:
From Alexander II to the Abdication of Nicholas II, Princeton, 2000, pp.
351-358. <<
Citado
en Wortman, Scenarios of Power, p. 354. <<
Citado
en ibid, p. 362. Sobre el incidente véase pp. 358-364. <<
S.
Kanatchikov, A Radical Worker in Tsarist Russia: the Autobiography of Semen
Ivanovich Kanatchikov, trad. y ed. R. Zelnik, Stanford, 1986, p. 45. <<
G.
Freeze, «The Soslovie (Estate) Paradigm and Russian Social History», American
Historial Review, n.º 91 (1986), pp. 11-36. <<
Sobre
las actitudes de los campesinos, véase O. Figes, A People's Tragedy. The
Russian Revolution, 1891-1924, Londres, 1996, pp. 98-102. <<
Kanatchikov,
Radical Worker, pp. 9-10. <<
Citado
en T. McDaniel, Autocracy, Capitalism and Revolution in Russia, Berkeley, 1988,
p. 172. <<
Sobre
la acogida de What is to be Done? sobre la inteligencia rusa, véase I. Paperno,
Chernyshevsky and the Age of Realism: a Study in the Semiotics of Behavior,
Stanford, 1988, pp. 30-32. <<
J.
Scalan, «Chernyshevsky and Rousseau», en A Mikotin (ed.), Western Philosophical
Systems in Russian Literature: a Collection of Critical Studies, Los Ángeles,
1979, pp. 103-106. <<
N.
Chernishevski, What is to be Done? Tales about New People, trad. B. Tucker,
ampliado por C. Porter, Londres, 1982, pp. 320-326.
<<
Para
los que defienden que Chernishevski era demasiado crítico con sus personajes, y
aunque sus lectores no lo hubieran hecho, véase A. Drozd, Chernisheuski's What
is to be Done? A Reevaluation, Evanston, 2001. <<
Sobre
la crítica de aziatchina, véase C. Ingerflom, Le Citoyen impossible. Les
Racines russes du leninisme, París, 1988, pp. 60-61. <<
Drozd,
Chernyshevskii What is to be Done? <<
Chernishevski,
What is to be Done?, pp. 228-260. <<
Ibid,
p. 242. <<
Ibid,
pp. 228-260. <<
Veáse
S. Morrisey, Heralds of Revolution: Russian Students and the Mythologies of
Radicalism, Nueva York, 1998, p. 19. <<
Ibid,
p. 25. <<
Sobre
el debate, véase F. Venturi, Roots of Revolution. A History of the Socialist
and Populist Movements in Nineteenth Century Russia, trad. F. Haskell, Nueva
York, 1966, pp. 429-468. <<
Citado
en A. Gleason, Young Russia. The Genesis of Russian Radicalism in the 1860s,
Chicago, 1980, p. 356. <<
Daniel
Field, «Peasants and Propagandists in the Russian Movement to the People of
1874», Journal of Modern History, n.º 59 (1987), pp. 415-438. <<
A.
Geifman, Thou Shalt Kill. Revolutionary Terrorism in Russia, 1894-1917,
Princeton, 1993, pp. 20-21. <<
N.
Valentinov, Encounters with Lenin, trad. Paul Rosta y Brian Pearce, Oxford,
1968, p. 23. <<
A
Resis, «Das Kapital Comes to Russia», Slavic Review, n.º 29 (1970), p. 121.
<<
Se
trata de una referencia al poema de William Blake «Jerusalem» donde habla de
«molinos satánicos» («And did the Countenance Divine, / Shine forth upon our
clouded hills? / And was Jerusalem builded here, / Among these dark Satanic
Mills?»). La expresión, transformada en «fábricas satánicas», ha hecho fortuna
en la historiografía sobre la revolución industrial. (N. del E.) <<
Esta
version está tomada de Morrissey, Heralds, pp. 75-80. <<
R.
Service, Lenin. A Biography, Basingstoke, 2005, pp. 21-29; C. Read, Lenin. A
Revolutionary Life, Londres, 2005, p. 7. <<
Service,
Lenin, pp. 21-29; Read, Lenin, pp. 4-9. <<
Citado
en Read, Lenin, p. 9. <<
Service,
Lenin, p. 9. <<
N.
Krupskaya, Memories of Lenin, trad. E. Verney, Londres, 1970, pp. 264-265.
<<
V.
Lenin, Selected Works [SW], Moscú, 1977, vol. II, p. 304. <<
Valentinov,
Encounters, pp. 67-68. <<
Service,
Lenin, p. 115. <<
Krupskaya,
Memories, p. 17. <<
Citado
en R. Pipes, Struve: Liberal on the Left, Cambridge, Mass., 1970, p. 195.
<<
A.
Walicki, Marxism and the Leap to the Kingdom of Freedom, Stanford, 1995, pp.
298-299. <<
V.
Lenin, Polnoe Sobranie Sochinenii [PSS], Moscú, 1965-1968, 5.ª ed., vol. VI,
pp. 99-100, 171. <<
Lenin,
PSS, vol. VIII, p. 379. <<
Sobre
la influencia de Chernishevski en Lenin, véase Ingerflom, Citoyen impossible,
cap. 11. <<
Sobre
este punto, véase L. Lih, «How a Founding Document was Found, or One Hundred
Years of Lenin's What is to be Done?», Kritika, n.º 4 (2003), pp. 5-49.
<<
V.
Lenin, Collected Works, 47 vols., Moscú, 1960-1970, vol. XXXIV, p. 64. <<
A.
Ascher, 1905, vol. I: Russia in Disarray, Stanford, 1988, p. 91.
<<
Trestyi
s''ezd RSDRP. Protokoly, Moscú, 1959, p. 262. <<
L.
Trotski, 1905, Moscú. <<
N.
Harding, Lenin's Political Thought. Theory and Practice in the Democratic
Revolutions, Londres, 1983, libro I, pp. 213-248, aunque algunos defendían que
Lenin y Trotski estaban menos unidos de lo que parecía. Véase M. Donald,
Marxism and Revolution. Karl KAutsky and the Russian Marxists, New Haven, 1993,
pp. 87-93. <<
R.
Hilferding, Finance Capital: a Study of the Latest Phase of Capitalist
Development, trad. y ed. M. Watnick y Gordon, Londres, 1981. <<
V.
Lenin, Imperialism, the Highest Stage of Capitalism, Moscú, 1982. <<
A
Bely, Petersburg, trad. R. Maguire y J. Malmstad, Harmondsworth, 1983, pp.
51-52. <<
Ibid,
p. 14. <<
Ibid,
p. 214. <<
Sobre
el papel del Jinete de bronce en Petersburg, véase R. Maguire y J. Malmstad,
«Petersburg», en J. Malmstad (ed.), Andrey Bely. Spirit of Symbolism, Ithaca,
1987, pp. 133-134. <<
Bely,
Petersburg, p. 64. <<
Ibid,
p. 65. <<
Citado
en J. Sanborn, Drafting the Russian Nation. Military Conscription, Total War,
and Mass Politics, 1905-1925, Delkalb, Ill., 2003, p. 33. <<
L.
Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization in Russia, 1914-1917: a
Study of the War Industries Committees, Londres, 1983, cap. 3. <<
P.
Holquist, Making War Forging Revolution: Russia's Continuum of Crisis,
1914-1921, Cambridge, Mass., 2002, pp. 26-36. <<
O.
Figes y B. Kolonitskii, Interpreting the Russian Revolution: the Language and
Symbols of 1917, New Haven, 1999, p. 31. <<
J.
von Geldern, Bolshevik Festivals 1917-1920, Berkeley, 1993, p. 23. <<
Figes
y Kolonitskii, Interpreting the Russian Revolution, pp. 70,
62. <<
Ibid,
pp. 40, 62-64. <<
Sobre
los comités de soldados, véase A. Wildman, The End of the Russian Imperial
Army, Princeton, 1980, vol. I, pp. 228-245. <<
Véase,
por ejemplo, la resolución de los trabajadores de la fábrica de Putilov, San
Petersburgo, 9 de septiembre de 1917, en V. Cherniaev et al. (eds.), Piterskie
rabochie i ‘Diktatura proletariara‘, oktiabr' 1917-1929: ekonomischeskie
konflikty i politicheskii protest: shornik dokumentov, San Peterburgo, 2000, p.
292. <<
Resolución
de los trabajadores de la planta Nobel, 4 de abril de 1917, Cherniaev et al.,
Piterskie, p. 334. <<
Resolución
transcrita en M. D. Steinberg, Voices of Revolution, 1917, New Haven, 2001, pp.
221-222. <<
In
the Shadow of Revolution: Life Stories of Russian Women from 1917 to the Second
World War, trad. Y. Slezkine, eds. S. Fitzpatrick y Y. Slezkine, Princeton,
2000. <<
«Iz
ofitserskikh pisem s fronta v 1917 g.», citado en Steinberg, Voices of
Revolution, p. 21. <<
Wildman,
End of the Russian Imperial Army, vol. I., p. 188. <<
«Instruction,
18 October 1917», en Steinberg, Voices of Revolution, p. 232. <<
Sobre
la influencia de Hilferding, véase Harding, Lenin's Political Thought, libro 2,
p. 53. <<
Lenin,
PSS, vol. XXXIII, p. 91. <<
Pravda,
7 de junio de 1917. <<
Lenin,
PSS, vol. XXXIV, p. 316. <<
Este
era el punto de vista de muchos miembros de los comités de las fábricas de
1917. Véase S. Smith, Red Petrograd. Revolution in the Factories, 1917-1918,
Cambridge, 1983, p. 198. <<
Sus
palabras fueron: «Lenin y sus espías alemanes deben ser ejecutados, los soviets
erradicados, la disciplina militar restaurada y el gobierno provisional
reestructurado». (N. del T.) <<
«A
Letter», en The Complete Works of Isaac Badel, Ithaca y Londres, 1972,
especialmente la p. 93. <<
Véase
Patricia Carden, The Art of Issac Babel, Ithaca y Londres, 1972, p. 93.
<<
Lenin,
PSS, vol. XXXV, pp. 195-202. <<
Sobre
la participación del pueblo en las persecuciones, véase Figes, People's
Tragedy, pp. 520-536. <<
Anna
Litveiko, en In the Shadow of Revolution. <<
Sofia
Volkonskaia, «The Way of Bitterness», en In the Shadow of Revolution, p. 156.
<<
R.
Fuelop-Miller, The Mind and Face of Bolshevism, Nueva York, 1965, pp. 142-144;
Von Geldern, Bolshevik Festivals, pp. 156-160; R. Stites, Revolutionary Dreams.
Utopian Vision and Experimental Life in the Russian Revolution, Nueva York,
1989, pp. 94-95. <<
B.
Taylor, Art and Literature under the Bolsheviks, Vol. I: The Crisis of Renewal,
1917-1924, Londres, 1991, pp. 56-60. <<
Stites,
Revolutionary Dreams, pp. 88-90. <<
Lenin,
PSS, vol. XXXVI, pp. 189-200. <<
K.
Bailes, Technology and Society under Lenin and Stalin. Origins of the Soviet
Technical Intelligentsia, 1917-1941, Princeton, 1978, p. 49. <<
Para
el debate sobre el taylorismo, véase K. Bailes, «Alexei Gactev and the Soviet
Controversy over Taylorism, 1918-1924», Soviet Studies, n.º 29 (1977), pp.
373-394; S. Smith, «Taylorism Rules OK?», Radical Science Journal, n.º 13
(1983), pp. 3-27. <<
Lenin,
PSS, vol. XXXVI, p. 293. <<
Aunque
en la primavera de 1918, Lenin solo dijo que el «estado capitalista» no era más
que un estado controlado por la economía. La nacionalización se produciría
gradualmente. <<
En
la Crítica del Programa de Gotha. (N. del T.) <<
Lenin,
PSS, vol. XLII, p. 157. <<
N.
Bukharin y E. Preobrzhensky, The ABC of Communism, Harmondsworth, 1969, p. 444.
<<
A.
Gastev, Poeziia rabochego udara, Moscú, 1971, p. 19. <<
Stites,
Revolutionary Dreams, pp. 156-157. <<
A.
Gastev, O tendentsiiakh proletarskoi kul'tury, citado en Bailes, «Alexei Gastev
and the Soviet Controversy over Taylorism», pp. 377-378. <<
Le
cupo el dudoso honor de ser la primera obra de ficción prohibida por el
GlavLit, la oficina de censura creada en 1922. En la URSS no se publicó hasta
1988. (N. del T.) <<
E.
Zamiatin, We, trad. C. Brown, Londres, 1993. <<
El
porcentaje de «especialistas» en el conjunto de la oficialidad fue
disminuyendo, del 75 por 100 en 1919 al 42 por 100 en 1920 y el 34 por 100 en
1921. (N. del T.) <<
Sobre
estos acontecimientos, véase M. von Hagen, Soldiers in the Proletarian
Dictatorship: the Red Army and the Soviet Socialist State, 1917-1930, Ithaca,
1990, cap. 1. <<
Holquist,
Makinf War, pp. 232-240. <<
L.
Trotski, Terrorism and Communism, Ann Arbor, 1971, p. 170.
<<
Von
Hagen, Soldiers, pp. 89-114. <<
Ibid,
p. 107. <<
Sanborn,
Drafting the Russian Nation, p. 178. <<
O.
Figes, «Village and Volost Sovier Elections of 1919», Soviet Studies, n.º 40
(1988), p. 43. <<
Lenin,
PSS, vol. XLV, p. 389. <<
Véase,
por ejemplo, D. Raleigh, Experiencing Russia's Civil
War: Politics, Society and Revolutionary Culture in
Saratov, 1917-1922, Princeton, 2002, pp. 248-251. <<
Figes,
People's Tragedy, p. 649. <<
O.
Figes, Peasant Russia, Civil War: The Volga Countryside in Revolution,
1917-1921, Oxford, 1989, pp. 91 y ss. <<
Sobre
esta polémica, véase ibid, p. 314. <<
«Belaia
armiia, chernyi baron» (1920), letra de P. Grigoriev. El «barón negro» era el
barón Wrangel, comandante de los blancos.
<<
Citado
en S. Smith, The Russian Revolution. A Very Short Introduction, Oxford, 2002,
p. 95. <<
Citado
en I. Deutscher, The Prophet Armed. Trostky 1879-1940, Nueva York, 1965, p.
495. <<
Sobre
las ideas de Borganov, véase Z. Sochor, Revolution and Culture. The
Bogdanov-Lenin Controversy, Ithaca, 1988, pp. 28-35.
<<
T.
Sapronov, Deviataia konferentsiia RKP (b), sentiabr' 1920 goda. Protokoly,
Moscú, 1972, p. 161. <<
Figes,
Peasant Russia, pp. 329-331, 334, 339, 344. <<
P.
Avrich, Kronstadt, 1921, Princeton, 1970, cap. 5. <<
I.
Getzler, Kronstadt, 1917-1921. The Fate of a Soviet Democracy, Cambridge, 1983,
pp. 233-234. <<
Lenin,
PSS, vol. XLIV, pp. 157-158. <<
E.
H. Carr, The Bolshevik Revolution, 1917-1923, 3 vols., Londres, 1966-1971, vol.
II, pp. 302-309. <<
Sobre
la visión de la «revolución cultural» de Lenin, véase C. Claudin Urondo, Lenin
the Cultural Revolution, trad. D. Dean, Brighton, 1977, pp. 79-83. <<
R.
Williams, Artists in Revolution. Portraits of the Russian Avant-Garde,
1905-1925, Londres, 1978, pp. 158-159. <<
Taylor,
Art and Literature, p. 69. <<
LA
PERCEPCIÓN DESDE OCCIDENTE
Estrenada
con el título Trommeln in der Nacht («Tambores en la noche») el 23 de
septiembre de 1922 en Múnich y el 20 de diciembre en Berlín, le valió a Brecht
el prestigioso premio Kleist de aquel año, tras lo cual fue representada en
toda Alemania. (N. del T.) <<
B.
Brecht, Drums in the Night, en Collected Plays, trad. y ed. J. Willett y R.
Mannheim, Londres, 1970, vol. I, pp. 63-115. <<
L.
Trotski, Moia zhizn'. Oput autobiografii, Berlín, 1930, vol. I, p. 285.
<<
Hans
Arp, On My Way. Poetry and Essays, 1912-1947, Nueva York, 1948, p. 39. <<
El
informe autocrítico acerca de su conversión al comunismo puede encontrarse en
G. Grosz, The Autobiography of George Grosz: A Small Yes and a Big No, trad.
Arnold J. Promerans, Londres, 1982, pp. 91-92. <<
Sobre
estos acontecimientos, véase G. Eley, Forging Democracy. A History of the Left
in Europe, 1850-2000, Oxford, 2002, pp. 132-134. <<
G.
Feldman, «Socio-Economic Structures in the Industrial Sector and Revolutionary
Potentialities, 1917-1922», en C. Bertrand (ed.), Revolutionary Situations in
Europe, 1917-1922: Germany, Italy, Austria-Hungary, Montreal, 1977. <<
Véase,
por ejemplo, H. Lagrange, «Strikes and the War», en L. Haimson y C. Tilly
(eds.), Strikes, Wars and Revolutions in an International Perspective. Strike
Waves in the Late Nineteenth and Early Twentieth Centuries, Cambridge, 1989; B.
Bezza, «Social Characteristics, Attitudes and Patterns of the Metalworkers in
Italy during the First World War», en Haimson y Tilly, Strikes; E. Tobin, «War
and the Working Class: The Case of Düsseldorf, 1914-1918», Central European
History, n.º 13 (1985), pp. 257-298. <<
Sobre
esto, véase D. Balckbourn, History of Germany, 1780-1918. The Long Nineteenth
Century, Oxford, 1997, p. 366. <<
D.
Kirby, War, Peace and Revolution. International Socialism at the Crossroads
1914-1918, Nueva York, 1986, p. 57. <<
U.
Schneede (ed.), George Grosz: His Life and Work, trad. Susanne Flatauer,
Londres, 1979, p. 160. <<
Véase
P. von Oertzen, Betriebsräte in der Novemberrevolution, Bonn, 1976; E. Kolb,
Die Arbeiterräte in der deutschen Innenpolitik 1918 bis 1919, Düsseldorf, 1962.
<<
Sobre
esto, véase S. Berger, Social Democracy and the Working Class in Nineteenth and
Twentieth Century Germany, Harlow, 2000, p. 96. <<
J.
Riddell (ed.), Workers of the World and Oppressed Peoples, Unite! Proceedings
and Documents of the Second Congress, 1920, Nueva York, 1991, vol. I, p. 8.
<<
K.
McDermott y J. Agnew, The Comintern. A History of International Communism from
Lenin to Stalin, Basingstoke, 1996, pp. 20-21. <<
C.
Epstein, The Last Revolutionaries. The German Communists and their Century,
Cambridge, Mass., 2003, pp. 20-22. <<
Aunque
Mann la completó, según sus propias palabras, «en julio de 1914», esto es, días
antes del estallido de la primera guerra mundial, no se publicó hasta 1918. (N.
del T.) <<
H.
Mann, Man of Straw, Harmondsworth, 1984. <<
Karl
Kraus en Die Fackel, noviembre de 1920, citado en J. Nettl, Rosa Luxemburg,
Londres, 1966, vol. I, p. XVIII. <<
Sobre
el «anticapitalismo romántico» entre el marxismo y el nacionalismo de derechas,
véase Z. Sternhell, The Birth of Fascist Ideology. From Cultural Rebellion to
Political Revolution, Princeton, 1994, especialmente el cap. 1 de George Sorel.
Sobre la influencia de Sorel y el «sindicalismo» en los marxistas, véase R.
Williams, The Other Bolsheviks. Lenin and his Critics, 1904-1914, Bloomington,
1986. Sobre la influencia de Nietzsche en el marxismo, véase B. Rosenthal, New
Myth, New World. From Nietzsche to Stalinism, University Park, Pa, 2002, pp.
68-93. <<
Véase
M. Kane, Weimar Germany and the Limits of Political Art: a Study of the Work of
George Grosz and Ernst Toller, Tayport, 1987. <<
M.
Löwy, Georg Lukács: From Romanticism to Bolshevism, trad. P. Camiller, Londres,
1979, p. 93. Véase también A. Arato y P. Breines, The Young Lukács and the
Origins of Western Marxism, Nueva York, 1979; M. Gluck, Georg Lukács and his
Generation, 1900-1918, Cambridge, Mass., 1985. <<
Citado
en Löwy, Lukács, p. 123. <<
Según
una novela autobiográfica de József Lengyel, citado en Löwy, Lukács, p. 152.
<<
B.
Kovrig, Communism in Hungary. From Kun to Kádár, Stanford, 1979, p. 77.
<<
Véase
G. Lukács, History and Class Consciousness, trad. R. Livingstone, Londres,
1971, pp. 173, 313. <<
T.
Mann, The Magic Mountain, trad. H. Lowe-Porter, Harmondsworth, 1960, p. 478.
<<
Citado
en J. Cammett, Antonio Gramsci and the Origins of Italian Communism, Stanford,
1967, p. 7. <<
Avanti,
18 de diciembre de 1917, citado en A. Gramsci, Selections from Cultural
Writings, eds. D. Forgacs y G. Novell-Smith, Londres, 1985, pp. 20-23. <<
A.
Gramsci, «Workers' Democracy», en L'Ordine Nuovo, 21 de junio de 1919, en
Gramsci, Selections from Political Writings, 1913-1920, trad. J. Mathews, ed.
Q. Hoare, Londres, 1977, pp. 65-68. <<
M.
Jay, The Dialectical Imagination: a History of the Frankfurt School and the
Institute of Social Research, 1923-1950, Londres, 1973. <<
Nettl,
Rosa Luxemburg, vol. I, pp. 512-513. <<
Citado
en ibid, pp. 792-793. <<
J.
Riddell (ed.), Founding the Communist International: Proceedings and Documents
of the First Congress, marzo de 1919, Nueva York, 1987, pp. 19-20. <<
«Manifesto
of the Communist International», en ibid, pp. 222-232. <<
En
términos generales, estas son las conclusiones de Stefano Bartolini, en
Bartolini, The Political Mobilization of the European Left, 1860-1980: the
Class Cleavage, Cambridge, 2000, pp. 537-545. <<
Lajos
Kassák, citado en R. Tokés, Béla Kun and the Hungarian Soviet Republic: the
Origins and Roles of the Communist Party of Hungary in the Revolutions of
1918-1919, Nueva York, 1967. <<
G.
Peteri, Effects of World War I: War Communism in Hungary, Nueva York, 1984,
cap. 1. <<
T.
Hadju, The Hungarian Soviet Republic, trad. E. De Láczay y R. Fischer,
Budapest, 1979. <<
Tokés,
Béla Kun, p. 185. <<
El
32,3 por 100 de los votantes, seguido por el Partido Popular con el 20,5 por
100. (N. del t.) <<
A.
Gramsci, «Unions and Councils», L'Oridne Nuovo, 25 de octubre de 1919, en
Gramsci, Selections, pp. 98-108. <<
Véase
R. Bellamy y D. Schecter, Gramsci and the Italian State, Manchester, 1993, p.
24. <<
En
aquel congreso, el XVII del partido, tras una larga y agria discusión, los
«massimalisti unitari» de Serrati recogieron 89 028 votos, los «comunisti puri»
de Gramsci y Bordiga 58 783, y los «riformisti concentrazionisti» de Turati 14
695. (N. del T.) <<
E.
Weitz, Creating German Communism, 1890-1990: From Popular Protests to Socialist
State, Princeton, 1997, pp. 179-180. <<
W.
Preston, Aliens and Dissenters. Federal Suppression of Radicals, 1903-1933,
Cambridge, Mass., 1963, pp. 118-150. <<
El
12,6 por 100 en las elecciones legislativas del 4 de mayo de 1924, frente al
20,5 por 100 para el SPD, y el 10,6 por 100 en las del 20 de mayo de 1928,
frente al 29,8 por 100 para el SPD. El porcentaje de votos obtenidos por el PCF
en las elecciones legislativas francesas de esos mismos años, 1924 y 1928,
también rondaba el 10 por 100, y el de la SFIO el 20 por 100. (N. del T.)
<<
B.
Brecht, «The Decision», en Collected Plays, trad. y ed. John Willett, Londres,
1997, vol. III, pp. 61-91. <<
R.
Fischer, Stalin and German Communism: a Study in the Origins of the State
Party, Cambridge, Mass., 1948, p. 615. <<
M.
Molnár, From Béla Kun to János Kádár. Seventy Years of Hungarian Communism,
trad. A. J. Pomerans, Nueva York, 1990, pp. 20-21. <<
V.
Lenin, Selected Works [SW], Moscú, 1977, vol. III, p. 293. <<
Riddell,
Workers of the World, vol. I, pp. 299-300. <<
Véase
Bartolini, Political Mobilization, pp. 107, 112-113. <<
Citado
en F. Claudin, The Communist Movement. From Comintern to Cominform,
Harmondsworth, 1975, p. 63. <<
Sobre
el papel de Moscú, véase L. Babichenko, «Komintern i sobytiia v Germanii v 1923
g. Novye arkhivnye materialy», Novaia i noveishaia istoriia 2, 1994, pp.
125-157. <<
J.
Degas (ed.), The Communist International, 1919-1943. Documents, vol. 2,
Londres, 1971, p. 154. <<
I.
Stalin, Sochineniia, Moscú, 1946-1951, vol. X, p. 51. <<
La
literatura es enorme. Para los puntos de vista, basados en las investigaciones
archivísticas, que hacen hincapié en el control del centro, véase por ejemplo,
A. Vatlin, Komintern: Pervye desiat' let: istoricheskie ocherki, Moscú, 1993;
para los que enfatizan el papel de las políticas locales más que el de Moscú,
véase A. Thorpe, The British Communist Party and Moscow between the Wars,
Manchester, 2000. Para un estudio historiográfico útil, véase Labour History
Review, n.º 61, 2003. <<
En
K.-M. Mallmann, Kommunisten in der Weimarer Republik. Sozialgeschichte einer
revolutionären Bewegung, Darmstadt, 1996.
<<
Sobre
estas subvenciones, véase H. Klehr, J. Haynes y F. Firsov (eds.), The Secret
World of American Communism, New Haven, 1995, pp. 23-25; K. McDermott, «The
View from the Centre», en T. Rees y A. Thorpe (eds.), International Communism
and the Communist International, 1919-1943, Manchester, 1998, p. 33. Se ha
estimado que el Partido Comunista Británico recibió una subvención inicial de
algo más de 61 000 euros (o algo más de un millón de euros de 1995), F. Becket,
Enemy Within. The Rise and Fall of the Bristish Communist Party, Londres, 1995,
p. 12. <<
Sobre
el argumento de que algunos comunistas europeos agradecieron el control
soviético, véase McDermott y Agnew, The Comintern, pp. 24-25. <<
Sobre
esta institución, véase R. von Mayenburg, Hotel Lux, Múnich, 1978. <<
V.
Dedijer, Tito, Nueva York, 1972, p. 98. <<
B.
Lazitch, «Les Écoles de Cadres du Comintern», en J. Freymond, Contributions à
l'histoire de Comintern, Génova, 1965, pp. 237-241, 246-251; Weitz, Creating
German Communism, pp. 234-235. Véase también L. Babischenko, «Die Kaderschulung
der Komintern», en H. Weber (ed.), Hjahrbuch für historische
Kommunismusforschung, Berlín, 1993. <<
Citado
en J. McIlroy, A. Campbell, B. McLoughlin y J. Halstead, «Forging the Faithful.
The British at the International Lenin School», Labour History Review, n.º 68
(2003), p. 110. Véase también L. Babischenko, «Die Kaderschulung der
komintern». <<
W.
Leonhard, Child of the Revolution, trad. C. M. Woodhouse, Londres, 1979, p.
185. <<
Ibid,
pp. 194-195. <<
Ibid.
<<
McIlroy
et al., «Forging the Faithful», pp. 112-116. <<
McDermott
y Agnew, The Comintern, pp. 73-74. <<
A.
Thorpe, «Comintern “Control” of the Communist Party of Great Britain,
1920-1943», English Historical Review, n.º 113 (1998), p. 652. <<
Weitz
analiza la influencia del antiguo radicalismo de Luxemburg en Creating German
Communism. Sobre el puritanismo en Gran Bretaña, véase K. Morgan, G. Cohen y A.
Flinn, Communists and British Society 1920-1991, Londres, 2003, pp. 123-129.
<<
Ibid,
p. 235. <<
A.
Kriegel, The French Communists: Profile of a People, trad. E. Halperin,
Chicago, 1972, p. 107. <<
Sobre
este fenómeno, véase S. Macintyre, Little Moscows. Comunism and Working-Class
Militancy in Inter-War Britain, Londres, 1980. E. Rosenchaft, «Communists and
Communities: Britain and German between the Wars», Historical Journal, n.º 26
(1983), pp. 221-236. Sobre cultura, véase A. Howkins, «“Class against Class”.
The Political Culture of the Communist Party of Great Britain, 1930-1935», en
F. Gloversmith (ed.), Class, Culture and Social Change. A New View of the
1930s, Brighton, 1980. <<
Informe
sobre los obreros, 1925, citado en Morgan et al., Communist and British
Society, p. 63. <<
S.
Berger, Social Democracy and the Working Class in Nineteenth and Twentieth
Century Germany, Harlow, 2000, pp. 104-105; K. Schönhoven, Reformismus und
Radikalismus. Gespaltene Arbeiterbewegung im Weimarer Sozialstaat, Múnich,
1989. <<
Weitz,
Creating German Communism, pp. 270-271. <<
E.
Weitz, Popular Communism: Political Strategies and Social Histories in the
Formation of the German, French, and Italian Communist Parties, 1919-1948,
Ithaca, 1992, p. 11. <<
Sobre
estos temas, véase Weitz, Creating German Communism, cap. 6. <<
Ibid,
p. 249. Para otro punto de vista que hace hincapié en las coincidencias entre
el mensaje de los comunistas y los nazis, véase Conan Fischer, The German
Communist and the Rise of Nazism, Nueva York, 1991. <<
E.
Rosenhaft, «Working-Class Life and Working-Class Politics: Communists, Nazis
and the State in the Battle for the Streets, Berlin, 1928-1932», en R. Bessel y
E. Feuchwanger (eds.), Social Change and Political Development in Weimar
Germany, Londres, 1981; E. Rosenhaft, Beating the Fascists? The German
Communists and Political Violence, Cambridge, 1983. <<
«America's
“New” Civilization», New York Times, 13 de mayo de 1928. <<
D.
Aldcroft, From Versailles to Wall Street, 1919-1929, Londres, 1977, p. 263.
<<
HOMBRES
DE ACERO
Oktiabr,
1928, dir. S. Eisenstein. <<
S.
Eisenstein, «Perspectives», 1929, en Film Essays, ed. Jay Leyda, Londres, 1968,
p. 44. <<
Citado
en Y. Barna, Eisenstein, Londres, 1973, p. 119. <<
R.
Bergman, Sergei Eisenstein. A Life in Conflict, Londres, 1997, p. 131. <<
D.
Bordwell, The Cinema of Eisenstein, Cambridge, Mass., 1993, pp. 79-96. <<
A.
Rieber, «Stalin as Georgian», en S. Davies y J. Harris (eds.), Stalin. A New
History, Cambridge, 2005, pp. 25-26. Sobre la leyenda de Prometeo en Georgia,
véase D. M. Lang y G. M. Meredith-Owens, «Amiran-Darejaniani: A Georgian
Romance and its English Rendering», Bulletin of the School of Oriental and
African Studies, n.º 22 (1959), pp. 463-464. <<
R.
Suny, «Stalin and the Making of the Soviet Union», manuscrito inédito, cap. 1,
p. 16. Mi agradecimiento a Ron Suny por mostrarme el borrador de este texto.
<<
I.
Stalin, Sochimenia, Moscú, 1946-1951, vol. XIII, pp. 113-114. <<
P.
Makharadze, citado en S. Jones, Socialism in Georgian Colours. The European
Road to Social Democracy, 1883-1917, Cambridge, Mass., 2005, p. 51. <<
Jones,
Socialism, pp. 22-28. <<
Suny,
«Stalin», pp. 11-13. <<
R.
Tucker, Stalin as Revolutionary, 1879-1929: a Study in History and Personality,
Londres, 1974, pp. 80-81. <<
Sobre
este punto, véase Suny, «Stalin», pp. 22-23. <<
Jones,
Socialism, cap. 2. <<
M.
Kun, Stalin. An Unknown Portrait, Nueva York, 2003, pp. 31-
32. <<
A.
Rieber, «Stalin, Man of the Borderlans», American Historical Review, n.º 106
(2001), pp. 1674-1676. <<
E.
Van Ree, «Stalin's Bolshevism: the First Decade», International Review of
Social History, n.º 39 (1994), pp. 361-381. <<
R.
Service, Stalin. A Biography, Londres, 2004, p. 112. <<
Véase,
por ejemplo, R. Pipes (ed.), The Unknown Lenin. From the Secret Archive, New
Haven, 1998. Sobre la teoría de que Lenin era casi liberal, véase M. Lewin,
Political Undercurrents in Soviet Economic Debates, Londres, 1975, pp. 46-47,
96. <<
Sobre
la importancia para Lenin de la organización, véase A. Walicki, Marxism and the
Leap to the Kingdom of Freedom, Stanford, 1995, p. 300. Lenin comparaba el
partido con un ejército, pues admiraba la organización de los ejércitos. Véase
V. Lenin, Collected Works (47 vols.), Moscú, 1960-1970, vol. XXI, pp. 252-253.
<<
Sobre
Stalin y el nacionalismo, véase E. Van Ree, The Polotical Thought of Joseph
Stalin. A Study in Twentieth Century Revolutionary Patriotism, Londres, 2002.
<<
Sobre
las metáforas orgánicas, véase ibid, cap. 10. <<
Stalin,
Sochimenia, vol. I, pp. 64-67. <<
Ibid,
vol. V, p. 71. <<
Sobre
las posturas geopolíticas de Stalin, véase Rieber, «Stalin», pp. 1651-1691.
Véase también Stalin, Sochimenia, vol. IV, pp. 286-287. <<
Service,
Stalin, p. 167. <<
Sobre
las similitudes entre los dos métodos, véase A. Graziosi, «At the Roots of
Soviet Industrial Relations and Practice. Piatakov's Donbass in 1921», Cahiers
du monde russe et soviétique, n.º 36 (1995), pp. 130-132. <<
F.
Gladkov, Cement, Londres, 1929, p. 55. <<
Ibid,
pp. 98-99. <<
Ibid,
p. 302. <<
Sobre
la noción de partido y de estado en este período, véase D. Priestland,
Stalinism and the Politics of Mobilization. Ideas, Power and Terror in
Inter-War Russia, Oxford, 2007, pp. 226-228. <<
G.
Vinokur, citado en I. Halfin, Terror in My Soul: Communist Autobiographies on
Trial, Cambridge, Mass., 2003, p. 237. <<
I.
Kallistov, citado en E. Naiman, Sex in Public. The Incarnation of Early Soviet
Ideology, Princeton, 1997, p. 183. <<
Para
un debate, véase S. Morrisey, Heralds of Heralds of Revolution: Russian
Students and the Mythologies of Radicalism, Nueva York, 1998, pp. 3-8. <<
Citado
en Halfin, Terror in My Soul, p. 57. Para un debate sobre este tema en las
autobiografías, véase cap. 2. <<
M.
David-Fox, Revolution of the Mind: Higher Learning among the Bolsheviks,
1918-1929, Ithaca, 1997, p. 127. <<
Ibid,
p. 177; Jane Price, Cadres, Commanders and Commissars: The Training of the
Chinese Communist Leadership, 1920-1945, Boulder, Colo., 1976, p. 36. <<
J.
Cassiday, The Enemy on Trial: Early Societ Courts on Stage and Screen, Dekalb,
Ill., 2000. <<
Halfin,
Terror in My Soul, pp. 260, 283-315. <<
Ibid,
p. 32; Van Ree, Political Thought, p. 131. <<
Stalin,
Sochimenia, vol. VIII, p. 121. <<
V.
Kravchenko, I Chose Freedom. The Personal and Political Life of a Soviet
Official, Londres, 1947, p. 51. <<
Stalin,
Sochimenia, vol. IX, p. 58. <<
Ibid,
vol xiii, pp. 29-42. <<
Paul
Gregory, The Political Economy of Stalinism. Evidence from the Soviet Archives,
Cambridge, 2004, pp. 111-112. <<
Véase, por
ejemplo, S. Strumilin,
Na Planovom Fronte,
1920-1930 gg, Moscú, 1958, pp. 395-405. Sobre la
escuela «teológica» marxista en economía, véase E. H. Carr y R. W. Davies,
Foundations of the Planet Economy 1926-1929, Londres, 1971, vol. I, segunda
parte, cap. 32. <<
L.
Siegelbaum, «Production Collectives and Communes and the “Imperatives” of
Soviet Industrialization», Slavic Review, n.º 45 (1986), pp. 65-84; H.
Kuromiya, Stalin's Industrial Revolution. Politics and Workers, 1928-1932,
Cambridge, 1988, pp. 115-135. <<
Sobre
este tema, véase S. Fitzpatrick, Education and Social Mobility in the Soviet
Union, 1921-1934, Cambridge, 1979. <<
Stalin,
Sochimenia, vol. XI, p. 37. Sobre el significado de «democracia» en este
contexto, véase Priestland, Stalinism, pp. 200-210. <<
Kravchenlo,
I Chose Freedom, p. 56. <<
I.
Scott, Behind the Urals. An American Worker in Russia's City of Steel,
Bloomington, 1973, pp. 5-6. <<
Sobre
la postura de los obreros, véase J. Rossman, Worker Resistance under Stalin:
Class and Revolution on the Shop Floor, Cambridge, Mass., 2005, pp. 127-133.
<<
N.
Jasny, The Soviet 1956 Statistical Handbook. A Commentary, East Lansing, Mich.,
1957, p. 41. <<
L.
Kopelev, The Education of a True Believer, trad. Gary Kern, Londres, 1981, p.
226. <<
D.
Peris, Storming the Heavens: The Societ League of the Militant Godless, Ithaca,
1998. <<
Citado
en L. Viola, Peasant Rebels under Stalin. Collectivization and the Culture of
Peasant Resistance, Nueva York, 1996, p. 59. <<
Sobre
el papel de las mujeres en la revuelta, véase Viola, Peasant Rebels, cap. 6.
<<
Kravchenko,
I Chose Freedom, pp. 99-100. <<
A.
P. Nikishin a VTsIK, 1932. En L. Siegelbaum y A. Sokolov (eds.), Stalinism as a
Way of Life, New Haven, 2000, p. 67. <<
N.
Ivnitskii, Kollektivizatsiia i Raskulachivanie. Nachalo 30-Kh godov, Moscú,
1996, pp. 203-225. <<
Esta
historia se cuenta en An American Engineer in Stalin's Russia. The Memoirs of
Zara Witkin, 1932-1934, ed. Michael Gelb, Berkeley, 1991, pp. 211-212. <<
Para
un análisis que haga hincapié en estos problemas en las economías tipo
soviéticas, véase J. Kornai, The Economics of Shortage, Ámsterdam, 1980.
<<
Stalinsk
a partir de 1961 fue rebautizada como Novokuznetsk. (N. del T.) <<
Kuromiya,
Stalin's Industrial Revolution, p. 180. <<
Gregory,
Political Economy, p. 118. <<
Stalin,
Sochimenia, vol. XIII, p. 57. <<
S.
Davies, Popular Opinion in Stalin's Russia. Terror, Propaganda and Dissent,
1934-1941, Cambridge, 1997, p. 24. <<
Sobre
el cambio en la política, véase S. Fitzpatrick, Stalin's Peasants. Resistance
and Survival in the Russian Village after Collectivization, Oxford, 1994, pp.
121-122. <<
Al
parecer los resultados de la votación para elegir al nuevo Comité Central
fueron amañados por Kaganovich. En cualquier caso, las consecuencias de aquel
«Congreso de los Condenados» fueron trágicas: de los 1996 delegados presentes,
1108 fueron detenidos durante la Gran Purga y alrededor de dos terceras partes
ejecutados. La lista de miembros del nuevo Comité Central y la fecha de su
muerte aparece (en ruso) en el correspondiente vínculo de
http://en.wikipedia.org/wiki/17th_Congress_of_the_VKP(b). (N. del T.) <<
Aleksander
Nevskii, 1938, dir. S. Eisenstein. <<
Aunque
estas cuestiones resultan controvertidas, y había oposición dentro del partido.
Véase Fitzpatrick, Stalin's Peasants, pp. 240-241. <<
E.
Van Ree, «Heroes and Merchants. Stalin's Understanding of National Character»,
Kritika, n.º 8 (2007), pp. 41-65. <<
S.
Fitzpatrick, Everyday Stalinism: Ordinary Life in Extraordinary Times: Soviet
Russi in the 1930s, Oxford, 1999, pp. 106-109. <<
J.
Brooks, Thank you, Comrade Stalin! Soviet Public Culture from Revolution to
Cold War, Princeton, 2000, pp. 126-127. <<
Este
es el argumento de T. Martin, The Affirmative Action Empire: Nations and
Nationalism in the Soviet Union, 1923-1939, Ithaca, 2001. <<
P.
Kenez, Cinema and Soviet Society, 1917-1953, Cambridge, 1992, pp. 202-204.
<<
Sobre
este período, véase D. Brandenberger, National Bolshevism: Stalinist Mass
Culture and the Formation of Modern Russian National Identity, 1931-1956,
Cambridge, Mass., 2002. <<
Citado
en ibid, p. 24. <<
Citado
en ibid, pp. 101-103. <<
L.
Siegelbaum, Stakhanovism and the Politics of Productivity in the USSR,
1935-1941, Cambridge, 1988, p. 228. <<
Pravda,
15 de noviembre de 1935. <<
Rossiiskii
Gosudarstvennyi Arkhiv Sotsial'no-Politicheskoi Istorii [RGASPI], 558/11/1121,
27 (17 de marzo de 1938). <<
Siegelbaum,
Stakhanovism, pp. 230-231. <<
Véase
S. Fitzpatrick, «Ascribing Class: the Construction of Social Identity in Soviet
Russia», en Fitzpatrick, Stalinism. New Directions, Londres, 2000, pp. 20-46;
T. Martin, «Modernization or Neo-traditionalism? Ascribed Nationality and
Soviet Primordialism», en Fitzpatrick, Stalinism, pp. 348-367. <<
Nicholas
Ostrovski, The Making of a Hero, trad. A. Brown, Londres, 1937. <<
J.
Baberowski, Der rote Terror: die Geschichte des Stalinismus, Múnich, 2003, p.
162. <<
Citado
en Davies, Popular Opinion, p. 169. <<
Kravchenko,
I Chose Freedom, p. 101. <<
«Diary
of L. Potemkin», en V. Garros, N. Korenevskaya y T. Lahusen (eds.), Intimacy
and Terror. Soviet Diaries of the 1930s, trad. C. Flath, Nueva York, 1995, pp.
274-275. Sobre este diario, véase J. Hellbeck, Revolution on mY Mind: Writing a
Diary under Stalin, Cambridge, Mass., 2006, cap. 6. <<
«Diary
of Potemkin», p. 277. <<
Véase,
por ejemplo, Stepan Podliubnyi, en Hellbeck, Revolution, cap. 5. <<
A.
Inkeles y R. Bauer, The Soviet Citizen. Daily Life in a Totalitarian Society,
Cambridge, Mass., 1959. <<
A.
Rossi, generational Differences in the Soviet Union, Nueva York, 1980, pp.
295-297. Véase también D. Bahry, «Society Transformed? Rethinking the Social
Roots of Perestroika», Slavic Review, n.º 52 (1993), pp. 512-515. <<
Scott,
Behind the Urals, p. 43. <<
Sobre
la integración de los trabajadores de Magnitogorsk en el sistema, véase S.
Kotkin, Magnetic Mountain. Stalinism as a Civilization, Berkeley, 1995, cap. 5.
<<
Scott,
Behind the Urals, pp. 47, 46. <<
Davies,
Popular Opinion, p. 139. <<
Fitzpatrick,
Everyday Stalinism. <<
Fitzpatrick,
Stalin's Peasants, p. 288. <<
La
famosa canción de la película Circus (1936). <<
«The
Diary of Arzhilovsky», en Garros et al., Intimacy and Terror, p. 131. <<
Fitzpatrick,
Stalin's Peasants, p. 323. <<
O.
Khlevniuk, The History of the Gulag. From Collectivization to the Great Terror,
New Haven, 2004, p. 328. <<
Queja
enviada a la Cruz Roja por uno de los prisioneros, antes del 8 de agosto de
1930. Citado en Khlevniuk, History of the Gulag, pp. 15-16. <<
Sarah
Davies hace hincapié en la diferencia entre «nosotros» y «ellos». Davies,
Popular Opinion, cap. 8. <<
RGASPI
558/11/1118, 101-102. <<
J.
Harris, The Great Urals. Regionalism and the Evolution of the Soviet System,
Ithaca, 1999, cap. 5. <<
Stalin,
Sochimenia, vol. XIII, p. 232. <<
Partiinyi
billet (1936), dir. I. Py'rev. <<
Kenez,
Cinema and Soviet Society, p. 145. <<
L.
Kaganovsky, «Visual Pleasure in Stalinist Cinema. Ivan Py'rev Party Card», en
C. Klaier y E. Naiman, Everyday Life in Early Soviet Russia. Taking the
Revolution Inside, Bloomington, 2006, pp. 35-36, 53-54. <<
Para
constatar dos interpretaciones mus distintas, véase J. Getty y O. Naumov, The
Road to Terror: Stalin and the Self-destruction of the Bolsheviks, 1923-1939,
New Haven, 1999; O. Khlevniuk, Master of the House, Stalin and his Inner
Circle, New Haven, 2009. Para un estudio que nos aproxime a esto, véase
Priestland, Stalinism, cap. 5. <<
Sobre
el papel de Iezhov, véase J. Getty y O. Naumov, Yezhov, The Rise of Stalin's
«Iron Fist», New Haven, 2008, cap. 8. <<
Citado
en Van Ree, Political Thought, p. 134. <<
Sobre
este punto, véase Kotkin, Magnetic Mountain. <<
Kravchenko,
I Chose Freedom, pp. 318-319. <<
E.
Ginsburg, Into the Whirlwind, trad. P. Stevenson y M. Harari, Londres, 1967, p.
44. <<
Hellbeck,
Revolution, pp. 318-319. <<
Scott,
Behind the Urals, p. 195. <<
Los
historiadores no se ponen de acuerdo sobre los planes de Stalin, y nosotros
carecemos de evidencias. Khlevniuk defiende que Stalin planeaba la destrucción
de los dirigentes de la región desde la segunda mitad de 1936. Véase O.
Khlevniuk, «The First Generation of Stalinist: “Party Generals”», en E. Rees
(ed.), Centre-Local Relations in the Stalinist State, 1928-1941, Basingstoke,
2001, pp. 59-60; Getty y Naumov argumentan que él no planeó esto. Véase Getty y
Naumov, The Road of Terror. Sobre los aspectos económicos, véase Harris, The
Great Urals, pp. 182-185. <<
En
total, 3 de los 5 mariscales, 13 de los 15 comandantes de ejército, 8 de los 9
almirantes, 50 de los 57 generales de cuerpo de ejército, 154 de los 186
generales de división, todos los comisarios de ejército y 25 de los 28
comisarios de cuerpo de ejército. (N. del T.) <<
Molotov,
entre otros, argumenta esto. Sto sorok besed s Molotvym. Iz dnevnika F Chueva,
Moscú, 1991, p. 390. <<
De
los 15 miembros del primer Consejo de Comisarios del Pueblo fueron ejecutados
8, uno murió en prisión y Trotski fue asesinado en 1940. De los 7 miembros del
Politburó del partido en 1917 solo sobrevivió Stalin. (N. del T.) <<
Para
un debate sobre estos aspectos, véase Getty y Naumov, The Road to Terror, pp.
587-294. <<
Ivan
Groznyi, partes I y II (1944 y 1946), dir. S. Eisenstein. <<
Sobre
esta película, véase Bordwell, The Cinema of Eisenstein, pp. 223-253; M.
Perrie, The Cult of Ivan the Terrible in Stalin's Russia, Basingstoke, 2001,
cap. 7. <<
FRENTES
POPULARES
Golomstock,
Totalitarian Art in the Soviet Union, the Third Reich, Fascist Italy and the
People's Republic of China, trad. R. Chandler, Londres, 1990. <<
Para
constrastar, véase C. Lindey, Art in the Cold War. From Vladivostok to
Kalamazoo, 1945-1962, Londres, 1990, p. 25. <<
Véase
D. Ades, «Paris 1937. Art and the Power of Nations», en D. Ades et al. (eds.),
Art and Power. Europe under the Dictators, 1930-1945, Londres, 1995, pp. 58-62;
K. Fiss, «In Hitler's Salon. The German Pavillion at the 1937 Paris Exposition
Internationale», en R. Etlin (ed.), Art, Culture, and Media under the Third
Reich, Chicago, 2002, pp. 316-342; S. Wilson, «The Soviet Pavilion in Paris»,
en M. Cullerne Bown y B. Taylor (eds.), Art of the Soviets. Painting, Sculpture
and Architecture in a One-party State, 1917-1992, Machester, 1993, pp. 106-120.
<<
Citado
en James Herbert, Paris 1937. Worlds on Exhibition, Ithaca, 1998, p. 36.
<<
Véase
M. Daniel, «Spain: Culture at War», en Ades et al., Art and Power, pp. 64-67.
<<
Herbert,
Paris 1937, cap. 3. <<
T.
Draper, American Communism and Soviet Russia. The Formative Period, Nueva York,
1986, p. 419. <<
K.
McDermott y J. Agnew, The Comintern. A History of International Communism from
Lenin to Stalin, Basingstoke, 1996, p. 105. <<
El
SPD obtuvo en aquellas elecciones el 20,4 por 100 de los votos, mientras que el
NSDAP bajó del 37,3 al 33,1 por 100. (N. del T.) <<
C.
Epstein, The Last Revolutionaries. The German Communists and their Century,
Cambridge, Mass., 2003, pp. 40-41. <<
Citado
en R. Boyce, British Capitalism at the Crossroads. 1919-1932: A Study in
Politics, Economics and International Relations, Cambridge, 1987, pp. 115-116.
<<
Sobre
este punto, véase R. Evans, The Coming of the Third Reich, Londres, 1987, p.
286. <<
Tsirk
(1936), dir. G. Aleksandrov. <<
McDermott
y Agnew, The Commintern, pp. 125-126. <<
Véase
A. Dallin y F. Firsov (eds.), Dimitrov and Stalin 1934-1943. Letters from the
Soviet Archives, New Havem, 2000, pp. 13-14. <<
I.
Stalin, Sochineniia, Moscú, 1946-1951, vol. XII, p. 255. <<
Ibid.
<<
Ibid,
vol. X, p. 169. Para la comparación, véase E. Van Ree, The Political Thought of
Joseph Stalin. A. Study in Twentieth Century Revolutionary Patriotism, Londres,
2002, pp. 18-24. <<
Para
una investigación sobre este tema, véase S. Pons, Stalin and the Inevitable War
1936-1941, Londres, 2002. <<
Stalin,
Sochineniia, vol. VII, pp. 26-27. <<
K.
Denchev y M. Meshcheriakov, «Dnevnikovye zapisi G. Dimitrova», Novaia i
noveishaia istoriia, n.º 4 (1991), pp. 67-68. <<
Para
el debate y las decisiones, véase McDermott y Agnew, The Commintern, pp.
121-130. Sobre las ideas socialistas, véase G. R. Horn, European Socialist
Respond to Fascism. Ideology, Activism and Contingency in the 1930s, Nueva
York, 1996, cap. 6. <<
J.
Degras (ed.), The Communist International, 1919-1943. vol. III, Londres, 1971,
pp. 361-365. <<
M.
Denning, The Cultural Front. The Labouring of American Culture in the Twentieth
Century, Londres, 1996, pp. 7-11; I. Katznelson, «Was the Great Society a Lost
Opportunity», en S. Fraser y G. Gerstle, The Rise and Fall of the New Deal
Order, 1930-1980, Princeton, 1989, p. 186. <<
Maurice
Thorez, Fils du peuple, París, 1949, pp. 27-28. <<
J.
Jackson, The Popular Front in France: Defending Democracy, 1934-1938,
Cambridge, 1988, p. 120. <<
M.
Torigian, Every Factory a Fortress. The French Labor Movement in the Age of
Ford and Hitler, Athens, Ohio, 1999, p. 86.
<<
S.
Bartolini, The Political Mobilization of the European Left, 1860-1980: the
Class Cleavage, Cambridge, 2000, pp. 429-431. <<
C.
Pennetier y B. Pudal, «Du parti bolchevik au parti stalinien», en M. Dreyfus et
al., Le Siècle des communismes, París, 2000, pp. 338-329. <<
Sobre
autobiografías, véase C. Pennetier y B. Pudal (eds.), Autobiographies,
autocritiques, aveux dans le monde communiste, París, 2002. <<
J.
Haslam, The Soviet Union and the Struggle for Collection Security in Europe,
1933-1938, Londres, 1984, pp. 107-115. <<
Sobre
el apoyo de los comunistas, véase H. Graham, The Spanish Republic at War,
1936-1939, Cambridge, 2002, pp. 182-185. <<
E.
Hobsbawm, Interesting Times. A Twentieth-Century Life, Londres, 2002, p. 133.
<<
L.
Stern, Western Intellectuals and the Soviet Union, 1920-1940: From Red Square
to the Left Bank, Londres, 2007, p. 17. <<
Ibid.
<<
B.
Webb y S. Webb, Soviet Communism: A New Civilization, Londres, 1937, p. 429.
<<
Ludmila
Stern narra el viaje sobre la base de los archivos de la VOKS. Véase Stern,
Western Intellectuals, pp. 146-149. <<
S.
Taylor, Stalin's Apologist: Walter Duranty, the New York Time's Man in Moscow,
Oxford, 1990. <<
Stern,
Western Intellectuals, pp. 31, 24-25. <<
Citado
en D. Caute, Fellow Travellers. A Postscript to the Enlightenment, Londres,
1973, p. 165. <<
P.
Neruda, Memoirs, trad. H. St. Martin, Londres, 2004, p. 132.
<<
P.
Drake, «Chile», en M. Falcoff y F. Pike (eds.), The Spanish Civil War,
1936-1939. American Hemispheric Perspectives, Lincoln, Nebr., 1982. <<
I.
Deutscher, The Prophet Outcast: Trotsky, 1929-1940, Londres, 1963, p. 434.
<<
Stern,
Western Intellectuals, p. 32. <<
Jackson,
Popular Front in France, pp. 239-243. <<
Graham,
Spanish Republic, pp. 264-265. <<
S.
Payne, The Spanich Civil War, the Soviet Union, and Communism, New Haven, 2004,
pp. 228-229. <<
G.
Orwell, Homage to Catalonia, Londres, 1986, p. 213. <<
Para
un punto de vista que culpa al comunismo y a la URSS, véase R. Radosh, M.
Habeck y G. Sevostianov (eds.), Spain Betrayed: the Soviet Union in the Spanish
Civil War, New Haven, 2001. Para una interpretación más amable con los
comunistas, véase Graham, Spanich Republic. <<
Véase
Payne, The Spanich Civil War, pp. 240, 275-278. <<
Sobre
la ideología del movimiento trotskista, véase especialmente Robert Alexander,
International Trotskyism, 1929-1985. A Documental Analysis of the Movement,
Durham, NC, 1991, pp. 1-20; A. Callinicos, Trotskyism, Milton Keynes, 1990, pp.
6-16. <<
A.
M. Wald, The New York Intellectuals, Chapel Hill, 1987, caps. 6-9. <<
La
política exterior soviética en este período estaba sujeta a la controversia.
Para los que sostienen que Stalin veía positivamente la alianza con los nazis,
véase R. Tucker, Stalin in Power: the Revolution from Above, 1928-1941, Nueva
York, 1990, caps. 10, 21. Para un punto de vista muy diferente, véase T.
Uldricks, «Soviet Security Policy in the 1930s», en G. Gorodetsky (ed.), Soviet
Foreign Policy, 1917-1991. A Retrospective, Londres, 1994; y Pons, Stalin; Van
Ree, Political Thought, cap. 15. <<
F.
Firsov, «Arkhivy Kominterna I vneshnaia politika SSSR v 1939-1941 gg.», Novaia
i noveishaia istoriia, n.º 6 (1992), pp. 18-19.
<<
Ibid.
<<
M.
Johnstone, «Introduction», en F. King y G. Matthews, about Turn. The British
Communist Party and the Seconf War, the Verbatim Record of the Central
Committee meetings of 25 September and 2-3 October 1939, Londres, 1990, pp.
13-49. <<
A
excepción del polaco, disuelto el 16 de agosto de 1938 después de que sus
principales dirigentes hubieran sido ejecutados en la «Gran Purga». (N. del T.)
<<
Citado
en E. Mawdsley, Thunder in the East: the Nazi-Soviet War 1941-1945, Londres,
2005, p. 49. <<
G.
Gorodetsky, Grand Delusion. Stalin and the German Invasion of Russia, New
Haven, 1999, esp. pp. 279-280, 296-297. <<
En
septiembre de 1938 Kliment Voroshilov informaba que un total de 37 761
oficiales y comisarios habían sido expulsados del ejército, 10 868 detenidos y
7211 condenados por «crímenes antisoviéticos». (N. del T.) <<
Mawdsley,
Thunder, p. 229. <<
M.
Harrison, «The Soviet Union: the Defeated Victor», en M. Harrison (ed.), The
Economics of World War II. Six Great Powers in Comparison, Cambridgw, 1998, p.
271; Mawdsley, Thunder, pp. 26-27. <<
Mawdsley,
Thunder, p. 215. <<
I.
Ehrenburg y K. Simonov, In One Newspaper. A Chronicle of Unforgettable Years,
trad. A. Kagan, Nueva York, 1987, p. 70. <<
G.
Hosking, Rulers and Victims. The Russians in the Soviet Union, Cambridge,
Mass., 2006, p. 201. <<
R.
Stites, «Frontline Entertaintment», en R. Stites (ed.), Culture and
Entertainment in Wartime Russia, Bloomington, 1995, pp. 133-134. <<
McDermott
y Agnew, The Commintern, p. 207. <<
Literaturnaia
Gazeta, 12 de septiembre de 1990. <<
Véase,
A. Weiner, Making Sense of War, Princeton, 2001, pp.
138-154. <<
W.
Lower, Nazi Empire-Building and the Holocaust in the Ukraine, Chapel Hill,
2005, p. 24. <<
A.
Agosti, Palmiro Togliatti, Turín, 1996, pp. 15-26. <<
S.
Gundle, «The Legacy of the Prison Notebooks: Gramsci, the PCI and Italian
Culture in the Cold War Period», en C. Duggan y C. Wagstaff (eds.), Italy in
the Cold War. Politics, Culture and Society 1948-1958, Oxford, 1995, pp.
131-147. <<
S.
Gundle, I Communisti italiani tra Hollywood e Mosca: la sfida della cultura di
massa (1943-1991), Florencia, 1995, pp. 19-28. <<
M.
Harrison, Accounting for War: Soviet Production, Employment, and the Defence
Burden, 1940-1945, Cambridge, 1996, p. 163. <<
El
SKDL mantuvo un porcentaje superior al 20 por 100 hasta las elecciones de 1970,
mientras que el Partido Socialdemócrata Finlandés, Suomen Sosialidemokraattinen
Puolue, rondaba el 25 por 100. (N. del t.) <<
Elena
Zubkova, Russia after the War. Hopes, Illusions, and Disappointments,
1945-1957, Nueva York, 1998, pp. 16-18. <<
G.
Dimitrov, Dnevnik (9 mart 1933-6 fevruari 1949), Sofía, 1997, p. 464. <<
Citado
en Van Ree, Political Thought, p. 244. <<
G.
Eisler, según su viuda. Citado en Epstein, The Last Revolutionaries, p. 123.
<<
N.
Naimark, The Russians in Germany: a History of the Soviet Zone of Occupation,
1945-1949, Cambridge, Mass., 1995, p. 180.
<<
T.
Toranska, Oni: Stalin's Polish Puppets, trad. A. Kolakowska, Londres, 1987, p.
246. <<
M.
Djilas, Conversations with Stalin, trad. M. Petrovich, Londres, 1962, p. 84.
<<
K.
Kersten, The Establishment of Communist Rule in Poland, 1943-1948, Berkeley,
1991, pp. 111-113. <<
En
noviembre de 1946 se celebraron elecciones, según muchos amañadas, en las que
el Bloque de Partidos Democráticos obtuvo el 68,7 por 100 de los votos, y un
año después el rey Mihai I se vio obligado a abdicar. (N. del T.) <<
A.
Rieber, «The Crack in the Plaster: Crisis in Romania and the Origins of the
Cold War», Journal of Modern History 76 (2004), pp. 62-106. <<
N.
Abrams, The Struggle for the Soul of the Nation. Czech Culture and the Rise of
Communism, Lanham, 2004, p. 164. <<
M.
Gorbachev y Z. Mlynář, On Perestroika, the Prague Spring, and the Crossroads of
Socialism, Nueva York, 2002, pp. 13-14. <<
M.
Pittaway, Eastern Europe 1939-2000, Londres, 2000, pp. 46-
47. <<
Sobre
estos argumentos, véase M. Conway, «Democracy in Postwar Western Europe: the
Triumph of a Political Model», European History Quarterly, n.º 32 (2002), pp.
70-76. <<
Ambos
habían obtenido el mismo número de escaños, 94, y el mismo porcentaje de votos,
el 34 por 100, en las elecciones de noviembre de 1945. (N. del T.) <<
V.
Dimitrov, «Communism in Bulgaria», en M. Leffler y D. Painter, The Origins of
the Cold War: an International History, Londres, 2005, pp. 191-204. <<
M.
Djilas, Tito. The Story from Inside, Londres, 1981, p. 16. <<
V.
Dedijer, Tito Speaks. His Self-Portrait and Struggle with Stalin, Londres,
1953, pp. 4-7. <<
Djilas,
Tito, p. 7. <<
Ibid,
p. 46. <<
Ibid,
p. 20. <<
Djilas,
Conversations, pp. 50-51. <<
Ibid,
p. 76. <<
Dedijer,
Tito Speaks, p. 343. <<
Djilas,
Tito, p. 31. <<
Este,
por supuesto, no es lugar para resolver este asunto tan complejo, y la
literatura al respecto es enorme. Para los puntos de vista tradicionales que
enfatizan el papel de la ideología, véase H. Feis, From Trust to Terror: the
Onset of the Cold War, 1945-1950, Nueva York, 1970. Haciendo hincapié en los
intereses nacionales de Rusia, véase H. Morgenthau, In Defense of National
Interest. A Critical Examination of American Foreign Policy, Nueva York, 1951.
Para uno de los trabajos revisionistas clásicos, véase G. Kolko, The Politics
of War. Allied Diplomacy and the World Crisis of 1943-1945, Londres, 1969.
Sobre el papel del estado en el debate, véase O. Westad (ed.), Reviewing the
Cold War, Londres, 2000. <<
Defendido
de forma muy convincente por Van Ree, Political Thought, caps. 15-16. <<
V.
Pechatnov, «The Soviet Union and the Outside World», p. 2, de próxima aparición
en Cambridge History of the Cold War, vol I.
<<
Citado
en ibid, p. 3. <<
Esta
es la teoría de Leffler, véase M. Leffler, A Preponderance of Power: National
Security, the Truman Administration, and the Cold War, Stanford, 1992. <<
Citado
en M. Leffler, Fort the Soul of All Mankind. The United States, the Soviet
Union and the Cold War, Nueva York, 2007, p. 43.
<<
Véase
especialmente N. Naimark, «Stalin and Europe in the Post-War Period, 1945-1953.
Issues and Problems», Journal of Modern History, n.º 2 (2004), pp. 25-56.
<<
Pechatnov,
«Soviet Union», p. 13. <<
G.
Kennan, Memoirs 1925-1950, Boston, 1967, pp. 549-551, 557, 555. <<
H.
Treuman, 1946-1952. Years of Trial and Hope, Nueva York, 1965, vol. II, p. 125.
<<
Citado
en Leffler, Preponderance, p. 190. <<
Pechatnov,
«Soviet Union», p. 13. <<
Truman,
Years of Trial, vol. II, p. 129. <<
P.
Ginsborg, A History of Contemporary Italy: Society and Politics, 1943-1988,
Harmondsworth, 1990, p. 116. <<
Kennan,
Memoirs, p. 559. <<
M.
Hogan, The Marshall Plan. America, Britain, and the Reconstruction of Western
Europe, 1947-1952, Cambridge, 1987, pp. 427-430. <<
Véase
M. Hogan, A Cross of Iron. Harry S. Truman and the Origins of the National
Security State, 1945-1954, Cambridge, 1998, pp. 312-314. <<
V.
Pechatnov, Ot soiuza — k kholodnoi voine. Sovetsko-amerikanskie otnosheniia v
1945-1947 gg, Moscú, 2006, pp. 158-159. <<
V.
Zubok y C. Pleshakov, Inside the Kremlin's Cold War: from Stalins to
Khrushchev, Cambridge, Mass., 1996, pp. 50-53. <<
Toranska,
Oni, p. 257. <<
Véase
L. Gibianskii, «Kak voznik Kominform. Po novym arkhivnym materialam», Novaia i
noveishaia istoriia 4 (1993), pp. 131-152; Zukok y Plashakov, Inside the
Kremlin, pp. 125-133. <<
P.
Spriano, Stalin and the European Communists, Londres, 1985, pp. 292 y ss.
<<
Van
Ree, Political Thought, pp. 252-253. <<
S.
Pons, «Stalin and the Italian Communists», en Leffler y Painter (eds.),
Origins, p. 213. <<
New
York Times, de mayo de 1950; para un estudio completo de estas «ocupaciones»,
véase Richard Fried, The Russians ara Coming! The Russians ara Coming!
Pageantry and Patriotism in Cold-War America, Oxford, 1998, cap. 3. <<
Zagovor
obrechennykh (1950), dir. M. Kalatozov. <<
Sobre
el lado soviético, véase el capítulo 7. Sobre la movilización americana y la
guerra fría, véase L. McEnaney, «Cold War Mobilization and Domestic Politics»,
de próxima aparición en Cambridge History of the Cold War, vol. I.; L.
McEnaney, Civil Defense Begins at Home: Militarization Meets Everyday Life in
the Fifties, Princeton, 2000. <<
Ginsborg,
A History of Contemporary Italy, p. 187. <<
Varios
cientos fueron encarcelados y dos, los Rosenbergs, fueron ejecutados. Véase E.
Schrecker, Many are the Crimes: McCarthyism in America, Boston, 1998, p. xiii.
<<
Sobre
los diversos grupos que tomaron parte en las campañas anti-Comintern, véase
ibid, pp. x y ss. <<
Nunca
fue totalemente dominante. Véase R. Fried, «Voting against the Hammer and
Stickle: Communism as an Issue in American Politics», en W. Chafe (ed.), The
Achievement of American Liberalism: The New Deal and Its Legacies, Nueva York,
2003, pp. 99-127. <<
G.
Gerstle, American Crucible. Race and Nation in the Twentieth Century,
Princeton, 2001, pp. 245-246. <<
D.
Caute, The Dancer Defects: The Struggle for Cultural Supremacy during the Cold
War, Oxford, 2003, pp. 26-27. <<
Gerstle,
American Crucible, pp. 249-256. <<
Sobre
la brecha entre los judíos y los comunistas, véase Y. Slezkine, The Jewish
Century, Princeton, 2004, pp. 313-315. <<
G.
Lundestad, «Empire by Invitation? The United States and Western Europe,
1945-1952», Journal of Peace Research, n.º 3 (1986), pp. 263-277. <<
NSC
51, 1 de julio de 1949. Declassified Documents Reference System. <<
Djilas,
Conversations, p. 141. <<
EL
ORIENTE ES ROJO
Nacido
Nguyen Sinh Cung; siguiendo la costumbre confuciana, al cumplir los diez años
su padre le cambió en nombre por el de Tat Thanh, «dotado para triunfar». (N.
del T.) <<
Ho
Chi Minh, On Revolution. Selected Writings 1920-1966, Londres, 1967, p. 5.
<<
Sobre
este episodio, véase W. Duiker, Ho Chi Minh: a Life, Nueva York, 2000, pp.
57-62. <<
Brocheux
es escéptico sobre esto. Véase P. Brocheux, Ho Chi Minh. A Biography, trad. C.
Duiker, Nueva York, 2007, p. 26. <<
E.
Manela, The Wilsonian Moment: Self-determination and the International Origins
of Anticolonial Nationalism, Oxford, 2007, p. 107. <<
Mao
Zedong, «Study the Extremist Party», 14 de julio de 1919, en Mao's Road to
Power. Revolutionary Writings, 1912-1949 [MRPRW], ed. S. Schram, Armonk, NY,
1992, vol. I, p. 332. <<
Manela,
Wilsonian Moment, pp. 23-30. <<
Duiker,
Ho, pp. 46-55. <<
Citado
en Brocheux, Ho, p. 21. <<
Citado
en Duiker, Ho, p. 82. <<
Ho,
On Revolution, p. 5. <<
Ho
Chi Minh, Textes, 1914-1969, ed. A. Ruscio, París, 1990, p. 21, trad. de
Brocheux, Ho, p. 12. <<
Pervyi
s''ezd narodov vostoka. Stenograficheskie otchety, Petrograd, 1920, p. 5.
<<
M.
Roy, Memoirs, Bombay, 1964, p. 225. <<
Ibid,
p. 306. <<
Ibid.
<<
Ibid,
p. 379. <<
Lu
Xun, «A Madman's Diary», en Lu Hsun, Selected Stories, Nueva York, 2003, pp. 8,
18. <<
L.
Ou-Fan Lee, «Literary Trends: The Quest for Modernity, 1895-1927», en M.
Goldman y L. Ou-Fan Lee, An Intellectual History of Modern China, Cambridge,
2002, p. 188. <<
Citado
en V. Schwarcz, The Chinese Enlightenment: Intellectuals and the Legacy of the
May Fourth Movement of 1919, Barkeley, 1986, p. 110. <<
Citado
en ibid, p. 109. <<
L.
Feigon, Chen Duxiu: Founder of the Chinese Marxism, Nueva York, 1970, p. 34.
<<
M.
Meisner, Li Ta-Chao and the Origins of Chinese Marxism, Nueva York, 1970, p.
34. <<
Sobre
este punto, véase Feigon, Chen, p. 145. <<
D.-S.
Suh, The Korean Communist Movement, 1918-1948, Princeton, 1967, p. 132.
<<
Thanh
nien, 20 de febrero de 1927, citado en Hu'yKim Khánh, Vietnamese Communism,
1925-1945, Ithaca, 1982, p. 80. <<
W.
Duiker, The Communist Road to Power in Vietnam, Boulder, 1995, pp. 27-28.
<<
S.
Wilson, «The Commintern and the Japanese Communist Party», en T. Rees y A.
Thorpe (eds.), International Communism and the Communist International,
1919-1943, Manchester, 1998, pp. 285-307. <<
Schwarcz,
Chinese Enlightenment, pp. 128-136. <<
«The
True Story of Ah Q'», en Lu Hsun, Selected Stories, pp. 65-112. <<
P.
Short, Mao: a Life, Londres, 1999, p. 86. <<
Citado
en Feigon, Chen, pp. 152-153. <<
Al
congreso fundacional asistieron doce delegados que representaban a 57 miembros.
(N. del T.) <<
Véase
S. Smith, A Road is Made: Communism in Shanghai 1920-1927, Honolulu, 2000, pp.
59-60. <<
Zhang
Guotao, Thr Rise of the Chinese Communist Party. The Autobiography of Chang
Kuo-t'ao, Lawrence, Kans., 1971, vol. I, p. 139. <<
J.
Price, Cadres, Commanders and Commisars. The Training of the Chinese Communist
Leadership, Folkestone, 1976, pp. 31-38.
<<
Ibid,
pp. 90-93. <<
Yu
Miin-Ling, «Chiang Kaishek and the Policy of Alliance», en R. Felber, M.
Titarenko y A. Grigoriev, The Chinese Revolution in the 1920s. Between Triumph
and Disaster, Londres 2002, pp. 98-124.
<<
S.
Schram, Mao Tse-tung, Harmondsworth, 1966, p. 48. <<
E.
Snow, Red Star over China, Harmondsworth, 1972, pp. 153-156. <<
A.
Smedley, China Correspondent, Londres, 1984, pp. 121-122.
<<
Mao
Zedong, 1 de abril de 1917, MRPRW, vol. I, p. 113. <<
Ibid,
p. 124. <<
S.
Schram, The Thought of Mao Tse-Tung, Cambridge, 1989, p.
27. <<
H.
Van de Ven, From Friend to Conrade: the Founding of the Chinese Communist
Party, 1920-1927, Berkeley, 1991, p. 45. <<
Schram,
Thought of Mao, p. 46. <<
Li
Zhisui, The Private Life of Chairman Mao: the Memoirs of Mao's Personal
Physician, trad. Tai Hung-chao, Londres, 1996, pp. 77, 103. <<
Snow,
Red Star, pp. 112-113. <<
N.
Knight, Rethinking Mao. Explorations in Mao Zedong's Thought, Lantham, 2007,
cap. 4. <<
Schram,
Thought of Mao, p. 39. <<
Sobre
este episodio, véase J. Chang y J. Halliday, Mao: the Unknown Story, Londres,
2006, p. 125. <<
H.
Van de Ven, «New States of War. Communist and Nationalist Warfare and State
Building, 1928-1934», en Van de Ven (ed.), Warfare in Chinese History, Leiden,
2000, p. 335. <<
Ibid,
p. 361. <<
Para
una comparación entre los dos modelos militares, véase ibid, p. 323. <<
Mao
Zedong, mayo de 1930, MRPWW, vol. III, pp. 296-418. Véase también Short, Mao,
pp. 304-306. <<
Mao
Zedong, junio de 1930, MRPWW, vol. III, p. 445. <<
Short,
Mao, p. 286. <<
Sobre
el mito de la Larga Marcha, véase D. Apter y T. Saich, Revolutionary Discourse
in Mao's Republic, Cambridge, Mass., 1994, p. 85 y passim. <<
Este
es el argumento de Chang y Halliday, Mao, pp. 254-255. <<
Snow,
Red Star, p. 64. <<
Sobre
la definición que hace Mao de «significado», véase Selected Works of Mao
Tse-tung [SWMT], Beijing, 1961, vol. II, p. 209. <<
Smedley,
China Correspondent, p. 122. <<
Sobre
este punto, véase Schram, Thought of Mao, p. 92. Sobre el datong véase SWMT,
vol. II, pp. 148-149. <<
Knight,
Rethinking Mao, pp. 129-130. <<
Aunque
esto puede ser una exageración. Mao entró en el reino de la filosofía marxista
en primer lugar mediante algunas lecturas sobre el materialismo dialéctico en
Yenan que se basaban en investigaciones soviéticas: MRPRW, vol. IV, pp.
573-670. <<
Véanse,
por ejemplo, sus notas sobre A Course in Dialectical Materialism de M. Shirokov
et al., noviembre de 1936-abril de 1937, MRPRW, vol. IV, pp. 674-675. <<
Sobre
las complejas relaciones entre marxismo e ideas chinas en el pensamiento de
Mao, véase Knight, Rethinking Mao, caps. 5, 7. <<
La
postura de Mao sobre esta cuestión es controvertida. Schram hace hincapié en el
«voluntarismo» de Mao, más que en la economía, en S. Schram, «The Marxist», en
D. Wilson (ed.), Mao Tse-tung in the Scales of History, Cambridge, 1977, pp.
35-69. Sobre el marxismo ortodoxo de Marx, véase A. Walder, «Marxism, Maoism
and Social Change», Modern China I (1977), pp. 101-118. Nick Knight defiende
que Mao era firme dentro de la ambigüedad de la tradición marxista. Knight,
Rethinking Mao, cap. 6, esp. p. 189. <<
Knight,
Rethinking Mao, cap. 6, esp. p. 141. <<
M.
Selden, China Revolution. The Yenan Way Revisited, Armonk, NY, 1995, p. 121.
<<
G.
Benton, «The Yenan “Literary Opposition”», New Left Review, n.º 92 (1975), pp.
102-105; Dai Qing, Wang Shiwei and «Wild Lilies». Rectification and Purges in
the Chinese Communist Party, 1942-1944, eds. D. Apter y T. Cheek, Armonk, NY,
1994. <<
Selden,
China; Apter y Saich, Revolutionary Discourse, pp. 211-213. <<
Para
una rectificación, véase Apter y Saich, Revolutionary Discourse, pp. 279-288.
<<
Ibid,
p. 285. <<
Chang
y Halliday, Mao, p. 300. <<
Chen
Yung-fa, «Suspect History and the Mass Line. Another “Yan'an Way”», en G.
Hershatter et al., (eds.), Remapping China. Fissures in Historical Terrain,
Stanford, 1996, pp. 242-260. <<
J.
Byron y R. Pack, The Claws of the Dragon. Kang Sheng — The Evil Genius behind
Mao — and his Legacy of Terror in People's China, Nueva York, 1992, p. 139.
<<
F.
Teiwes y W. Sun, «From a Leninist to a Charismatic Party; The CCP's Changing
Leadership, 1937-1945», en T. Saich y H. Van de Ven (eds.), New Perspectives on
the Chinese Communist Revolution, Armonk, NY, 1995, p. 378. <<
Citado
en Short, Mao, p. 392. <<
G.
Benton, Mountain Fires. The Red Army's Three-Year War in South China,
1934-1938, Berkeley, 1994; G. Benton, «Under Arms and Umbrellas. Perspectives
on Chinese Communism in Defeat», en Saich y Van de Ven (eds.), New
Perspectives, pp. 116-143. <<
Aunque
la defensa de los japoneses podía implicar la oposición de todos los demás,
incluidos los comunistas. <<
H.
Van der Ven, War and Nationalism in China, 1925-1945, Londres, 2003. <<
Sobre
este argumento, véase Chen Yung-fa, Making Revolution. The Communist Movement
in East and Central China, 1937-1945, Berkeley, 1986, esp. cap. 3. Para un
resumen de la literatura que existe sobre este debate, véase L. Bianco,
«Responses to CCP Mobilizaion Policies», en Saich y Van de Ven (eds.), New
Perspectives, cap. 7. <<
W.
Hinton, Fansben. A Documentary of Revolution in a Chinese Village, Nueva York,
1966, pp. 137-138. <<
Chen,
Making Revolution, pp. 187-188. <<
O. Westad,
Decisive Encounters: the
Chinese Civil War,
1946-1950, Stanford, 2003, pp. 115-118. <<
R.
Thaxton, Salt of the Earth. The Political Origins of Peasant Protest and
Communist Revolution in China, Berkeley, 1997, cap. 9.
<<
K.
Hartford, «Represion and Communist Success: The Case of Jin-Cha-JI, 1938-1943»,
en K. Hartford y S. Goldstein (eds.), Single Sparks. China's Rural Revolutions,
Armonk, NY, 1989, p. 27. <<
Bianco,
«Responses», pp. 181-182. <<
El
Partido Comunista Malasio y el CCP de Mao no pueden compararse directamente, el
chino en Malasia era una minoría en desventaja dentro de la colonia británica,
a diferencia de lo que ocurría en la China continental. Aun así, al igual que
los comunistas chinos, eran las guerrillas comunistas de la cultura confuciana
de China, que lucharon contra los japoneses y contra las fuerzas
anticomunistas. Pye realizó las entrevistas cuando las guerrillas comunistas
habían capitulado ante los británicos y habían acordado cooperar a cambio de
recibir un buen trato, excepto aquellos comunistas (supuestamente más
comprometidos) que se negaron y fueron a juicio. Su material todavía es
revelador. Véase L. Pye, Guerrilla Communism in Malaysa. Its Social and
Political Meaning, Princeton, 1956. Para un debate sobre las investigaciones,
véase N. Gilman, Mandarins of the Future. Modernization Theory in Postwar
America, Baltimore, 2003, pp. 167-171. <<
Pye,
Guerrilla Communism, p. 124. <<
Ibid,
p. 211. <<
A
pesar de lo que defiende Pye, esta era una motivación menor.
<<
Pye,
Guerrilla Communism, pp. 228, 229. <<
Ibid,
pp. 248, 296. <<
Ibid,
pp. 297, 301. <<
Westad,
Decisive Encounters, cap. 4. Sobre la corrupción y la legitimidad de
Guomindang, véase S. Pepper, Civil War in China. The Political Struggle,
1944-1949, Lanham, 1999, pp. 155-160. <<
Véase
Westad, Decisive Encounters, p. 10. <<
Ibid,
p. 259. <<
Chang-lai
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n.º 190 (2007), p. 415. <<
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n.º 26 (1986), pp. 1082-1091. <<
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Lankov, From Stalin to Kim Il Sung: the Formation of North Korea, 1945-1960,
Londres, 2002, pp. 17-19. <<
O
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Movement, Berkeley, 1972, pp. 324-325. <<
C.
Armstrong, The North Korean Revolution, 1945-1950, Ithaca, 2003, pp. 68-70.
<<
Lankov,
From Stalin to Kim, cap. 3. <<
Duiker,
Communist Road, p. 105. <<
Duiker,
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D.
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106. <<
Ho
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Cheah
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Malaya, 1945-1948, Singapur, 1979. <<
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7. IMPERIO
Con
240 m, fue el edificio más alto de Europa hasta 1990. (N. del T.) <<
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N.
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en K. Boterbloem, Life and Death under Stalin. Kalinin Province, 1945-1953,
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Ibid,
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Totalitarian System, trads. C. Flath, Armonk, NY, 2000, p. 116; A. Applebaum,
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<<
Filtzer,
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C.
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<<
Citado
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A.
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Citado
en Gorlizki y Khlevniuk, Cold Peace, p. 156. <<
V.
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1976, p. 92. <<
M.
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Ibid,
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J.
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Hungary», Historical Journal, n.º 48, 2 (2005), pp. 502-507. <<
C.
Miłosz, The Captive Mind, trad. J. Zielomko, Nueva York, 1990, pp. 98-99.
<<
D.
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(eds.), Style and Socialism, Oxford, 2000, p. 36.
<<
Pittaway,
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A.
Janos, East Central Europe in the Modern World. The Politics of the Borderlands
from pre- to post-Communism, Stanford, 2000, pp. 247-248. <<
T.
Toranska, Oni: Stalin's Polish Puppets, trad. A Kolakowska, Londres, 1987, p.
298. <<
Janos,
East Central Europe, p. 247. <<
Miłosz,
The Captive Mind, pp. 61-62. <<
W.
Leonhard, Die Revolution entlässt ihre Kinder, Colonia, 1957, pp. 487, 493-497.
<<
Ministerio
de Seguridad del Estado (Ministerstvo Gosudarstviennoi Biezopasnosti) que había
heredado del NKVD las tareas de contraespionaje; en 1953 se unificó
efímeramente con el Ministerio de Asuntos Internos (Ministerstvo Vnutrennij
Diel, MVD) y en 1954 volvió a separarse de él como Comité de Seguridad del
Estado (Komitet Gosudarstviennoi Biezopasnosti, KGB). (N. del T.) <<
Slánský
fue ahorcado en la prisión de Pankrác el 3 de diciembre. Su cuerpo fue
incinerado y sus cenizas esparcidas en una carretera helada cerca de Praga. En
mayo de 1968 fue rehabilitado y exonerado de sus supuestas culpas. (N. del T.)
<<
G.
Hodos, Show Trials. Stalinist Trials in Eastern Europe, 1948-1954, Londres,
1987, cap. 7. <<
C.
Epstein, The Last Revolutionaries. The German Communists and their Century,
Cambridge, Mass., 2003, pp. 136-137, 144. <<
Citado
en C. Jones, Soviet Influence in Eastern Europe: Political Autonomy and the
Warsaw Pact, Nueva York, 1981, p. 7. <<
Toranska,
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S.
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W.
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Toranska,
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S.
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Class Cleavage, Cambridge, 2000, pp. 542-543. <<
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Integration, 1945-1962, Westport, Conn., 1983, p. 125. <<
D.
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<<
Véase,
T. Judt, Postwar. A History of Europe since1945, Londres, 2007, pp. 212-213.
<<
M.
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10. <<
F.
Fanon, The Wretched of the Earth, prefacio de Jean-Paul Sartre, trad. C.
Farrington, Harmondsworth, 1967. <<
Sobre
este caso, véase G. Kern, The Kravchenko Case: One Man's War on Stalin, Nueva
York, 2007. <<
M.
Hyvarinene y J. Paastela, «Failed Attempts at Modernization. The Finnish
Communist Party», en M. Waller, Communist Parties in Western Europe: Decline or
Adaptations?, Oxford, 1988, p. 115. <<
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the Cold War. Politics, Culture and Society 1948-1958, Oxford, 1995, p. 139.
<<
D.
Kertzer, Comrades and Christians. Religion and Political Struggle in Communist
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Legacy of Fascism», in Duggan and Wagstaff, Italy in the Cold War, p. 20.
<<
Sobre
este tema, véase Duggan, «Italy in the Cold War Years», pp. 1-24. <<
Sobre
la visita, véase D. Heinzig, The Soviet Union and Communist China, 1945-1950.
The Arduous Road to the Alliance, Armonk, NY, 2004, pp. 263-384. <<
Shi
Zhe, citado en J. Chang y J. Halliday, Mao: the Unknown Story, Londres, 2006,
p. 431. <<
Hua-Yu
Li, «Stalin's Short Course and Mao's Socialist Transformation in the Early
1950s», Russian History/Histoire Russe, n.º 29 (2002), p. 363. <<
Sobre
su papel, véase O. Westad, Decisive Encounters: the Chinese Civil War,
1946-1950, Stanford, 2003, pp. 260-261, 267-269. <<
Véase
D. Kaple, The Dream of a Red Factory. The Legacy of High Stalinism in Russia,
Nueva York, 1994. <<
W.
Stueck, Rethinking the Korean War. A New Diplomatic and Strategic History,
Princeton, 2002, pp. 73-74. <<
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and Regime Consolidation in the People's Republic of China, 1950-1953»,
Comparative History in Society and History, n.º 44 (2002), pp. 80-105. <<
Citado
en ibid, p. 97. <<
Mao
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Post-revolutionary Writings, Garden City, NY, 1972, p. 102. <<
Yu
Miin-Ling, «A Soviet Hero, Pavel Korchagin, comes to China», Russian
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Tina
Mai Chen, «Internationalism and Cultural Experience. Sovier Films and Popular
Chinese Understanding of the Future in the 1950s», Cultural Critique, n.º 58
(2004), p. 96. <<
Wu
Hung, Remaking Beijing: Tiananmen Square and the Creation of a Political Space,
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Citado
en A. Finnane, Changing Clothes in China. Fashion, History, Nation, Londres,
2007, p. 209. <<
Citado
en ibid, p. 224. <<
Véase Charles
Armstrong, The North
Korean Revolution,
1945-1950, Ithaca, 2003. <<
Ibid,
p. 167. <<
B.
Cummings, The Origins of the Korean War, vol. 2, The Roaring of the Cataract,
1947-1950, Princeton, 1990, p. 341. <<
Armstrong,
North Korean Revolution, pp. 222-229. <<
J.
Palais, «Confucianism and the Aristocratic/Bureaucratic Balance in Korea»,
Harvard Journal of Asiatic Studies, n.º 44 (1984), pp. 427-468. <<
Sobre
esto véase Armstrong, North Korean Revolution, p. 73. <<
Citado
en K. Lebow, «Public Works, Private Lives. Youth Brigades in Nowa Huta in the
1950s», Contemporary European History 10, 2 (2001), p. 205. <<
Ibid,
p. 208. <<
Argumento
defendido en el caso húngaro por M. Pittaway, «The Reproduction of Hierarchy:
Skill, Working-Class Culture, and the State in Early Socialist Hungary»,
Journal of Modern History, n.º 74 (2002), pp. 737-769. Sobre la desilusión de
los obreros polacos, véase P. Kenney, Rebuilding Poland: Workers and
Communists, 1945-1950, Ithaca, 1997, p. 292. <<
G.
Pritchard, The Making of the DGR, 1945-1953. From Antifascism to Stalinism,
Manchester, 2004, p. 196. <<
M.
Pittaway, «Workers in Hungary», en E. Breuning, J. Lewis y G. Pritchard, Power
and the People. A Social of Central European Politics, 1945-1956, Manchester,
2005, pp. 68-69. <<
Citado
en Kenney, Rebuilding Poland, p. 234. <<
Pittaway,
Eastern Europe, pp. 92-93. <<
Pritchard,
The Making of the GDR, p. 122. <<
Hanna
Świda-Ziemba, «Stalinizm i Spoleczeństwo Polskie», en J. Kurczewski (ed.),
Stalinizm, Varsovia, 1989, p. 49. <<
Mark
Frazier, The Making of the Chinese Industrial Workplace: State, Revolution, and
Labour Management, Cambridge, 2002, p. 146. <<
J.
Pelikan, The Czechoslovak Political Trials, 1950-1954. The Suppressed Report of
the Dubcek Government's Commission of Enquiry, 1968, Londres, 1971, p. 56.
<<
E.
Friedman, P. Pickowicz y M. Selden, Chinese Village, Socialist State, New
Haven, 1991, p. 130. <<
Ibid.
<<
Ibid,
p. 190. <<
Ibid,
pp. 188, 196. <<
G.
Creed, Domesticating Revolution. From Socialist Reform to Ambivalent Transition
in a Bulgarian Village, University Park, Pa, 1998, p. 61. <<
D.
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M.
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1995, p. 155. <<
Creed,
Domesticating Revolution, p. 70. <<
Pritchard,
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Pittaway,
Eastern Europe, p. 60. <<
PARRICIDIO
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1962, Carl Beck Papers in Russian and East European Studies, n.º 1606, pp. 1-5,
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S.
Reid, «The Exhibition Art of Socialist Countries, Moscow 1958-1959, and the
Contemporary Style of Painting», en S. Reid y D. Crowley (eds.), Style and
Socialism. Modernity and Material Culture in Post-War Eastern Europe, Oxford,
2000, p. 103. <<
Reid,
Khrushchev, p. 2 <<
N.
Khrushchev, Khrushchev Remembers. The Last Testament, trad. y ed. S. Talbott,
Londres, 1974, pp. 98-101. <<
M.
Djilas, Memoirs of a Revolutionary, trad. D. Willen, Nueva York, 1973, pp.
220-223. <<
Véase
S. Woodward, Socialist Unemployment: the Political Economy of Yugoslavia,
1945-1990, Princeton, 1995, pp. 58-60. <<
C.
Lilly, Power and Persuasion: Ideology and Rethoric in Communist Yugoslavia,
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M.
Djilas, Tito: The Story from Inside, trad. V. Kojic y R. Hayes, Londres, 1981,
pp. 83-84. <<
S.
Pavlowitch, Tito. A Reassessment, Londres, 1992, p. 81. <<
Djilas,
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M.
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R.
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F.
Burlatski, Khrushchev and the First Russian Spring, Londres, 1991, p. 5.
<<
Y.
Gorlizki y O. Khlevniuk, Cold Peace: Stalin and the Soviet Ruling Circle,
1945-1953, Nueva York, 2004, pp. 124-131. <<
A
finales de julio de 1953 hubo otro levantamiento en el campo de prisioneros de
Vorkuta, al norte de Rusia, en cuyo aplastamiento murieron al menos una
cincuentena de penados. (N. del T.) <<
V.
Zubok y C. Pleshakov, Inside the Kremlin's Cold War, Cambridge, Mass., 1996, p.
142. <<
Gorlizki
y Khlevniuk, Cold Peace, pp. 132-133. <<
A.
Knight, Beria. Stalin's First Lieutenant, Princeton, 1993, p. 190. <<
V.
Molotov, Molotov Remembers: Inside Kremlin Politics. Conversations with Felix
Chuev, ed. Albert Resis, Chicago, 1993, p. 334. <<
A.
Malenkov, O moem otse, Moscú, 1992, p. 103; Zubok y Pleshakov, Inside the
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W.
Hayter, The Kremlin and the Embassy, Londres, 1966, pp.
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Véase
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C.
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Citado
en M. Leffler, For the Soul of All Mankind. The United States, the Soviet Union
and the Col War, Nueva York, 2007, p. 98.
<<
Sobre
el continuado papel del dogmatismo ideológico en ambos bandos, véase Leffler,
For the Soul, pp. 147-150. <<
Hayter,
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W.
Thompson, Khrushchev: a Political Life, Basingstoke, 1995, p. 8. <<
N.
Khrushchev, Khrushchev Remembers: the Glasnost Tapes, trad. y ed. J. Schecter y
V. Luchkov, Boston, 1990, p. 6. <<
Aquella
dedicación le valió la Orden de Lenin en 1935. (N. del T.)
<<
Citado
en W. Taubman, Khrushchev. The Man and His Era, Londres, 2003, p. 122. <<
Burlatski,
Khrushchev, pp. 65-66. <<
La
producción de trigo per cápita fue aproximadamente el doble de la habitual en
Occidente. (N. del T.) <<
Citado
en W. Taubman, Khrushchev, p. 274. Sobre el discurso, véase ibid, cap. 11.
<<
Sobre
el discurso, véase Rech' Khrushcheva na zakryton zasedanii xx s''ezda KPSS:
24-25 fevralia 1956 g., Múnich, 1956. <<
P.
Jones, «Real and Ideal Responses to Destalinization», en P. Jones (ed.),
TheDilemmas of Destalinization Negotiating Cultural and Social Change in the
Khrushchev Era, Londres, 2006, pp. 41-62. <<
Mihály,
entrevistado por James Mark, en J. Mark, «Society, Resistance and Revolution:
The Budapest Middle Class and the Hungarian Communist State 1948-1956», English
Historical Review, n.º 488 (2005), pp. 975-976. <<
Molotov,
Molotov Remembers, p. 334. <<
Bertolt
Brecht escribió un poema al respecto, «Die Lösung» («La solución»), que
finalizaba: «Wäre es da / Nicht doch einfacher, die Regierung / Löste das Volk
auf und / Wählte ein anderes?» («¿No sería más sencillo que el gobierno
disolviera al pueblo y eligiera otro?»). (N. del T.) <<
R.
János, «The Development of Imre Nagy as a Politician and a Thinker», en G.
Péteri (ed.), Intellectual Life and the Crisis of State Socialism in East
Central Europe, 1953-1956, Trondheim, 2001, pp. 16-30. <<
S.
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1956. Reform, Revolt and Repression, 1953-1963, Londres, 1996, p. 29. <<
F.
Lewis, The Polish Volcano. A Case History of Hope, Londres, 1959, p. 146.
<<
Ibid,
p. 155. <<
Para
una explicación de este episodio, véase Taubman, Khrushchev, p. 293. <<
M.
Kramer, «New Evidence on Soviet Decision-Making and the 1956 Polish and
Hungarian Crises», Cold War International History Project [CWIHP], 8-9
(1996-1997), p. 53. <<
M.
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Citado
en Litván, Hungarian Revolution, p. 127. <<
S.
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2000, p. 188. <<
M.
Kramer, «The “Malin Notes” on the Crises in Hungary and Poland, 1956», CWIHP,
8-9 (1996-1997), pp. 392 y ss. <<
V.
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<<
Litván,
Hungarian Revolution, pp. 143-144. <<
E.
Hobsbawm, Interesting Times. A Twentieth-Century Life, Londres, 2002, p. 205.
<<
Citado
en D. Kertzer, Comrades and Christians. Religion and Political Struggle in
Communist Italy, Cambridge, 1980, p. 148. <<
Ibid,
pp. 146-157. <<
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V.
Dudintsev, Not by Bread Alone, trad. E. Bone, Londres, 1957, p. 246. <<
Ibid,
p. 438. <<
Citado
en Thompson, Khrushchev, p. 238. <<
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Brothers in Arms. The Rise and Fall of the Sino-Soviet Alliance 1945-1963,
Stanford, 1998, p. 160. <<
Más
tarde volvería a hacerlo en 1958 y 1966, en un acto muy publicitado, cuando ya
contaba setenta y tres años. (N. del T.) <<
Communist
China. Policy Documents with Analysis, Cambridge, Mass., 1962, pp. 151-163.
<<
Li
Zhisui, The Private Life of Chairman Mao, Londres, 1994, p. 222. <<
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Ch'en, Mao Papers: Anthology and Bibliography, Nueva York, 1970, pp. 62-63.
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S.
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Zhang
y Macleod (eds.), China Remembers, p. 78. <<
Li,
Private Life, pp. 277-278. <<
Ibid,
p. 302. <<
Para
un debate sobre las causa de la hambruna, véase Yang, Calamity, pp. 55-67. Yang
enfatiza el papel derrochador de los comedores comunales. <<
Para
la estimación de 30 millones de muertes (incluidos los abortos), véase J.
Banister, China's Changing Population, Stanford, 1987, p. 85. Chang y Halliday
dan estimaciones más elevadas, de 38 millones de muertos: J. Chang y J.
Halliday, Mao: the Unknown Story, Londres, 2006, p. 534. <<
Citado
en H. Harding, «The Chinese State of Crisis», en R. Macfarquhar (ed.), The
Politics of China. The Eras of Mao and Deng, 2.ª ed., Cambridge, 1993, p. 234.
<<
Decision
of the Central Committee of the Chinese Communist Party Concerning the Great
Proletarian Cultural Revolution, Beijing, 1966, p. 1. <<
Citado
en Harding, «Chinese State», p. 169. <<
Gao
Yuan, Born Red: a Chronicle of the Cultural Revolution, Stanford, 1987, pp. 86,
89-90. <<
Citado
en P. Clark, The Chinese Cultural Revolution. A History, Cambridge, 2008, p.
61. <<
Ibid,
p. 2. <<
A
Finnane, Changing Clothes in China. Fashion, History, Nation, Londres, 2007, p.
237. <<
Sobre
el concepto «virtuocracia», véase S. Shirk, «The Decline of Virtuocracy in
China», en J. Watson (ed.), Class and Social Stratification in post-Revolution
China, Cambridge, 1984. <<
Liu
Guokai, A Brief Analysis of the Cultural Revolution, trad. A. Chan, Armonk, NY,
1987, p. 47. <<
J.
Sheehan, Chinese Workers: A New History, Londres, 1998, pp. 123-124. <<
R.
Madsen, Morality and Power in a Chinese Village, Berkeley y Los Ángeles, 1984,
pp. 180-198. <<
G.
White, The Politics of Class ans Class Origin: The Case of the Cultural
Revolution, Contemporary China Papers, 9, Canberra, 1976, p. 46. <<
Citado
en ibid, p. 37. <<
Véase
R. Kraus, Class Conflict in Chinese Socialism, Nueva York, 1981, pp. 164-166.
<<
Zhang
y Macleod (eds.), China Remembers, p. 120. <<
Ibid,
pp. 120-121. <<
Citado
en R. Macfarquhar y M. Shoenhals, Mao's Last Revolution, Cambridge, Mass.,
2006, p. 199. <<
Ibid,
p. 155. <<
Ibid,
pp. 162-163. <<
Zhang
Chunqiao, Yao Wenyuan, Wang Hongwen y la mujer de Mao, Jiang Qing, la «banda de
los cuatro», fueron detenidos el 6 de octubre de 1976, un mes después de la
muerte de Mao, y juzgados en 1981, declarándolos culpables de «los excesos
cometidos durante la Revolución Cultural». (N. del T.) <<
Gao
Yuan, Born Red, pp. 179 y ss. <<
Para
estos ejemplos, véase D. Communicative Space», Totalitarian Religions, n.º 8
(2007), pp. 632-634. <<
Leese, «The Mao Cult as
Movements and Political
Citado
en ibid, pp. 633-634. <<
Zhang
y Macleod (eds.), China Remembers, p. 140. <<
9. GUERRILLEROS
Citado
en J. L. Anderson, Che Guevara. A Revolutionary Life, Londres, 1997, p. 130.
<<
Ernesto
«Che» Guevara, The Bolivian Diary of Ernesto Che Guevara, 2.ª ed., Nueva York,
1996, p. 316. <<
P.
Neruda, «La United Fruit Co.» (1950), en P. Neruda, Canto General, trad. J.
Schmitt, Berkeley, 1991. <<
Citado
en Anderson, Che Guevara, p. 126. <<
Anderson,
Che Guevara, pp. 23, 163. <<
Citado
en G. M. Kahin, The Asian-African Conference. Bandung, Indonesia, April 1955,
Port Washington, NY, 1972, p. 42. <<
La
película se tituló originalmente Potomok Chingiz-Khana (The Heir to Genghis
Khan). <<
C.
Rómulo, The Meaning of Bandung, Chapel Hill, 1956, p. 91. <<
Ibid,
p. 11. <<
Kahin,
The Asian-African Conference, p. 46 <<
The
Conference of Heads of State or Government of Non-Aligned Countries, Belgrado,
1961. <<
W.
Shinn, «The “National Democratic State”: a Communist program for Less-Developed
Areas», World Politics 15, 3 (1963), pp. 177-189. <<
V.
Zubok, A Failed Empire. The Soviet Union in the Cold War from Stalin to
Gorbachev, Chapel Hill, 2007, pp. 109-110. <<
Shinn,
«The “National Democratic State”». <<
Esta
idea fue desarrollada en primer lugar por la indonesia Dipa Adit. Véase C.
Jian, China and the Cold War, Chapel Hill, 2001, p. 212. <<
J.
Edgar Hoover a W. Jenkins, informe del FBI, 7 de abril de 1964, 6. Declassified
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cap. 6. <<
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United States, 1952-1954, Washington, DC, 1979-2003, vol. II, p. 587. <<
S.
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<<
Eisenhower
decidió lanzar la «Operación Murciélago Azul» consistente en el desembarco de
14 000 soldados y la ocupación del puerto y el aeropuerto de Beirut, con el
apoyo de las Falanges Libanesas (Al Kataeb). (N. del T.) <<
W.
Duiker, The Communist Road to Power in Vietnam, Boulder, 1996, pp. 180-182.Para
una visión más escéptica, véase J. Carter, Inventing Vietnam. The United States
and State Buildings, 1954-1968, Cambridge, 2008, pp. 79-81. <<
E.
Moise, Land Reform in China and North Vietnam, Chapel Hill, 1983, pp. 201-206.
<<
S.
Schlesinger y S. Kinzer, Bitter Fruit. The Story of the American Coup in
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Fidel
Castro, My life, ed. I. Ramet, Londres, 2007, p. 173. <<
Ibid,
p. 67. <<
Véase
J. Sweig, Inside the Cuban Revolution. Fidel Castro and the Urban Underground,
Cambridge, Mass., 2002. <<
Castro,
1 de enero de 1959, citado en M. Pérez-Stable, The Cuban Revolution. Origins,
Course and Legacy, Nueva York, 1999, p. 61. <<
Che
Guevara a Jean Daniel, 14 de diciembre de 1957, en C. Franqui, Diary of the
Cuban Revolution, Nueva York, 1980, p. 269.
<<
Citado
en H. Matthews, Castro. A Political Biography, Londres, 1969, p. 141. <<
H.
Thomas, Cuba. The Pursuit of Freedom, Nueva York, 1971, pp. 1215-1218. <<
A.
Kapcia, Cuba. Island of Dreams, Oxford, 2000, pp. 103-104.
<<
Castro,
My life, p. 195. <<
Pérez-Stable,
The Cuban Revolution, pp. 7-9. <<
Ibid,
p. 69. <<
Citado
en Anderson, Che Guevara, pp. 388-390. <<
T.
Sluzc, Fidel. A Critical Portrait, Londres, 1987, p. 416. <<
P.
Gleijeses, Conflicting Missions. Havana, Washington and Africa, 1959-1976,
Chapel Hill, 2002, p. 18. <<
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1958-1964, Nueva York, 1997, p. 39. <<
Gleijeses,
Conflicting Missions, p. 18. <<
Libre
Belgique, 14 de octubre de 1960, citado en S. Weissman, American Foreign Policy
in the Congo, 1960-1964, Ithaca, 1974, p. 116. <<
Véase
Michael E. Latham, Modernization as Ideology: American Social Science and
Nation Building in the Kennedy Era, Chapel Hill, 2000. <<
Revolution,
20 de noviembre de 1959, en S. Balfour, Castro, Londres, 1990, p. 80. <<
Entrevista
con Jean Daniel, 25 de julio de 1963, citado en M. Löwy, The Marxism of Che
Guevara. Philosophy, Economics and Revolutionary Warfare, 2.ª ed., Lanham,
2007, p. 59. <<
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<<
A.
Kapcia, Cuba in Revolution. A History since the Fifties, Londres, 2008, cap. 6.
<<
Anderson,
Che Guevara, p. 453. <<
Citado
en C. Brundenius, Economic Growth, Basic Needs and Income Distribution in
Revolutionary Cuba, Lund, 1981, p. 71. <<
Ricardo
Rojo, citado en Anderson, Che Guevara, p. 565. <<
Alberto
Granado, citado en ibid. <<
Che
Guevara, Guerrilla Warfare, Londres, 2003, pp. 10-11. <<
Citado
en Fursenko y Nafrali, «One Hell of a Gamble», p. 21. <<
Alfredo
Maneiro, citado en Gleijeses, Conflicting Missions, p. 22.
<<
Luben
Perkoff, citado en Richard Gott, Guerrilla Movements in Latin America, Oxford,
2008, p. 111. <<
Véase
T. Wickham-Crowley, «Winners, Losers and Also-Rans: Toward a Comparative
Sociology of Latin American Guerrilla Movements», en S. Eckstein (ed.), Power
and Popular Protest. Latin American Social Movements, Berkeley, 2001, pp.
138-141; T. Wickham-Crowley, Guerrillas and Revolution in Latin America. A
Comparative Study of Insurgents and Regimes since 1956, Princeton, 1992.
<<
A.
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<<
Agostinho
Neto (presidente), Lúcio Lara (secretario de Organización) y Luís de Azevedo
(secretario de Relaciones Exteriores). (N. del T.) <<
Gleijeses,
Conflicting Missions, pp. 81-84. <<
Lúcio
Lara, citado en ibid, p. 83. <<
Gleijeses,
Conflicting Missions, p. 84. <<
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1989, pp. 159, 164-168. <<
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p. 2. <<
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M.
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the Cold War, Nueva York, 2007, p. 211. Sobre esta obsesión por la humillación
personal, véase F. Logevall, Choosing War. The Lost Chance for Peace and the
Escalation of War in Vietnam, Berkeley, 1999, p. 393. <<
Mortimer,
Indonesian Communism, cap. 7. <<
Todavía
hay desacuerdo en el papel de los comunistas en el golpe. Véase H. Crouch, The
Army and Politics in Indonesia, 2.ª ed., Ithaca, 1988, cap. 4; J. M. Van der
Kroef, «Origins of the 1965 Coup in Indonesia: Probabilities and Alternatives»,
Journal of Southeast Asian Studies, n.º 3 (1972), pp. 277-298; Mortimer,
Indonesian Communism, pp. 413-441. <<
Para
una interpretación de las causas de la violencia, véase R. Cribb, «Unresolved
Problems in the Indonesian Killings of 1965-1966», Asian Survey, n.º 42, 4
(2002), pp. 550-563. Sobre los números, véase ibid, pp. 558-559. <<
Rostow
a Johnson, 11 de octubre de 1967, citado en O. A. Westad, The Global Cold War:
Third World Interventions and the Making of Our Times, Cambridge, 2005, p. 178.
<<
ZASTOI
(«ESTANCAMIENTO»)
K.
Verdery, National Ideology under Socialism: Identity and Cultural Politics in
Ceausescu's Romania, Berkeley, 1991, pp. 174-176. <<
Sobre
este cambio ideológico, véase François Fejtö, A History of the People's
Democracies: Eastern Europe since Stalin, trad. D. Weissbort, Londres, 1971,
pp. 75 y ss. <<
R.
Stone, Satellites and Commissars. Strategy and Conflict in the Politics of
Soviet-Bloc Trade, Princeton, 1996, pp. 30-31. <<
Vladimir
Tismaneanu, Stalinism for All Seasons: a Political History of Romanian
Communism, Berkeley, 2003, cap. 1. <<
Citado
en M. Fischer, Nicolae Ceauşescu. A Study in Political Leadership, Londres,
1989, p. 85. <<
Fisher,
Ceauşescu, p. 151, cap. 7. <<
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2000, p. 18. <<
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1999, p. 59. <<
Kim
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3. <<
Para
un punto de vista que enfatice la estratificación, véase H.-L. Hunter, Kim
Il-Song's North Korea, Westport, 1999, cap. 1. Para un punto de vista que
enfatice la inclusión, véase B. Cummings, «The Last Hermit», New Left Review,
n.º 6 (2000). <<
Para
conocer detalles de la vida cotidiana, véase Hunter, Kim Il-Song, pp. 173-174.
<<
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n.º 24, Trondheim, 2008, p. 1. <<
Citado
en J. Zatlin, «The Vehicle of Desire: The Trabant, the Wartburg, and the End of
the GDR», German History 15, 3 (1997), p. 358. <<
Ibid,
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es el argumento principal del economista húngaro Janos Kornai, Economics of
Shortage, Ámsterdam, 1980. <<
S.
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Politics, n.º 31 (1979), p. 567. <<
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Gorbachev's Reformers, Nueva York, 1989, p. 149. <<
J.
Kopstein, The Politics of Economic Decline in East Germany, 1945-1989, Chapel
Hill, 1997, p. 190. <<
P.
Shelest, «On umel vesti apparatnye igry, a stranu zabrosil…», en Iu Aksiutin,
Brezhnev: Materialy k Biografii, Moscú, 1991, p. 218.
<<
Z.
Mlynář, Night Frost in Prague: the End of Humane Socialism, trad. P. Wilson,
Londres, 1980, p. 86. <<
Kotkin,
Armageddon Averted, p. 50. <<
Citado
en Kopstein, Politics, p. 43. <<
Véase
ibid, cap. 2. <<
Denominación
referida al plato típico húngaro, caracterizado por la combinación de diversos
elementos. (N. del T.) <<
Mlynář,
Night Frost, p. 66. <<
G.
Golan, Reform Rule in Czecholovakia: the Dubček Era, 1968-1969, Cambridge,
1973, pp. 230-231. <<
Jaromír
Navrátil, The Prague Spring 1968: A National Security Archive Documents Reader,
trad. M. Kramer et al., Budapest, 1998, pp. 20-22. <<
Mlynář,
Night Frost, pp. 82-86. <<
Ibid,
p. 44. <<
J.
Satterwhite, «Marxist Critique and Czechoslovak Reform», en R. Taras (ed.), The
Road to Disillusion. From Critical Marxism to Postcommunism in Eastern Europe,
Armonk, NY, 1992, pp. 115-134.
<<
J. Piekalkiewicz, Public
Opinion Polling in
Czecholovakia,
1968-1969: Results and Analysis of Surveys
Conducted during the Dubcek Era, Nueva York, 1972. <<
A.
Dubcek, Hope Dies Last. The Autobiography of Alexander Dubcek, trad. J.
Hochman, Londres, 1993, p. 150. <<
Navrátil,
The Prague Spring, p. 67. <<
M.
Kramer, «The Czechoslovak Crisis and the Brezhnev Doctrine», en C. Fink, P.
Gassert y D. Junker (eds.), 1968: The World Transformed, Cambridge, 1998, pp.
121-145. <<
M.
Kundera, «Preface», en J. Skvorecky, Mirakl, París, 1978, p. 4. <<
A.
Brown, The Gorbachev Factor, Oxford, 1996, pp. 30-31, 41.
<<
Citado
en R. Tökés, Hungary's Negotiated Revolution: Economic Reform, Social Change,
and Political Sucession, 1957-1990, Cambridge, 1996, p. 72. <<
Kopstein,
Politics, p. 81. <<
V.
Bunce, «The Empire Strikes Back: The Evolution of the Eastern Bloc from a
Soviet Asset to a Soviet Liability», International Organization, n.º 39 (1985),
p. 20. <<
K.
Poznanski, «Economic Adjustment and Political Forces: Poland since 1970»,
International Organization, n.º 40 (1986), p. 457. <<
Horváth
y Szakolczai, The Dissolution of Communist Power. <<
Ibid,
p. 110. <<
K.
Jaraush, «Care and Coercion. The GDR as Welfare Dictatorship», en K. Jarausch
(ed.), Dictatorship as Experience. Towards a Socio-Cultural History of the GDR,
Nueva York, 1999, cap. 3. <<
M.
Raeff, The Well-ordered Police State: Social and Institutional Change through
Law in the Germanies and Russia, 1600-1800, New Haven, 1983. Este paralelismo
ha sido trazado por Horváth y Szakolczai. <<
Xiaobo
Lü y Elizabeth Perry, Danwei. The Changing Chinese Workplace in Historical and
Comparative Perspective, Armonk, NY, 1997, pp. 169-194. <<
Entrevistas
de Andrew Walder en A. Walder, Communist Neo-Traditionalism. Work and Authority
in Chinese Industry, Berkeley, 1986, p. 140. <<
Ibid,
pp. 141-142. <<
Aunque
después del colapso del «socialismo real» cambió radicalmente de postura,
convirtiéndose en crítico, como él decía en La Grande Rupture (Lausana, L'Âge
d'Homme, 1999), del «totalitarismo democrático, o si se prefiere de la
democracia totalitaria». (N. del T.) <<
A.
Zinoviev, The Reality of Communism, Londres, 1985, p. 139.
<<
V.
Shlapentokh, Public and Private Life of the Soviet People: Changing Values in
post-Stalin Russia, Nueva York, 1989, p. 117. <<
Zinoviev,
Reality, p. 139. <<
Shlapentokh,
Public and Private, p. 118. <<
Entrevista
citada en A. Yurchak, Everything was Forever, unitl It was No More. The Last
Soviet Generation, Princeton, 2006, pp. 96-97. <<
Este
caso está descrito en M. Fulbrook, The People's State: East German Society from
Hitler to Honecker, New Haven, 2005, p. 239.
<<
Burawoy
y Lukács, Radiant Past, pp. 40-42. <<
M.
Haraszti, A Worker in a Worker's State: Piece-rates in Hungary, trad. M.
Wright, Harmondsworth, 1977, pp. 88-89. <<
Entrevista
en Walder, Communist Neo-Traditionalism, p. 176. <<
D.
Kideckel, The Solitude of Collectivism: Romanian Villagers to the Revolution
and Beyond, Ithaca, 1993, p. 130. <<
«Cumbres
abismales»; Siiaiuschie Vysoty significa en ruso «Cumbres luminosas», como en
Siiaiuschi Put, «Sendero luminoso». (N. del T.) <<
A.
Zinoviev, The Yawning Heights, trad. G. Clough, Londres, 1979, pp. 186-188.
<<
Zinoviev,
Reality, pp. 127, 65. <<
Horváth
y Szakolczai, The Dissolution of Communist Power, p.
55. <<
S.
Shirk, Competitive Comrades: Career Incentives and Student Strategies in China,
Berkeley, 1982, p. 150. <<
Shlapentokh,
Public and Private, pp. 165, 171; V. Shlapentokh, Love, Marriage, and
Friendship in the Soviet Union: Ideals and Practices, Nueva York, 1984.
<<
Haraszti,
A Worker in a Worker's State, pp. 88-89. <<
Ibid.
<<
Citado
en A. Port, Conflict and Stability in the German Democratic Republic,
Cambridge, 2007, p. 245. <<
D.
Mason, Public Opinion and Political Change in Poland, Cambridge, 1985, p. 86.
<<
D.
Bahry, «Sociery Transformed? Rethinking the Social Roots of Perestroika»,
Slavic Review, n.º 52 (1993), p. 537. <<
Burawoy
y Lukács, Radiant Past, p. 123. <<
Citado
en Kideckel, Solitude of Collectivism, p. 183. <<
M.
Lampland, The Object of Labor: Commodification in Socialist Hungary, Chicago,
1995, pp. 335-336. <<
Véase
un estudio en R. Tökés, Murmur and Whispers: Public Opinion and Legitimacy
Crisis in Hungary, 1972-1989, Pittsburgh, 1997, p. 14. <<
Mason,
Public Opinion, p. 63. <<
Blondinka
za uglom (1983), dir. V. Bortko. <<
Shlapentokh,
Public and Private, p. 192. <<
Ibid,
pp. 80-81. <<
Fulbrook,
The People's State, pp. 230-231. <<
Tökés,
Hungary's Negotiated Revolution, p. 139. <<
Yurchak,
Everything was Forever, p. 201. <<
T.
Ryback, Rock around the Bloc: a History of Rock Music in Eastern Europe and the
Soviet Union, Nueva York, 1990, p. 129. <<
Ibid,
p. 146. <<
Yurchak,
Everything was Forever, p. 215. <<
Citado
en ibid, p. 234. <<
W.
Burr (ed.), The Kissinger Transcripts, Nueva York, 1998, pp. 59-66. <<
MAREA
ALTA
En
1974 se convirtió en Universidad de Addis Abeba. Antes de su cesión a la
universidad el palacio llevaba el nombre Gueunete Leul [Paraíso de la
Princesa], y el «Ras» Makonnen no era otro que el padre del emperador. (N. del
T.) <<
R.
Balsvik, Haile Selassie's Students. The Intellectual and Social Backgroung to
Revolution, 1952-1977, Lansing, Mich., 1985, pp. 213-223. <<
«The
Philosophy of the Fashion Show in the Era of Nationalism», propaganda, marzo de
1968, citado en Balsvik, Students, p. 214. <<
Sobre
este episodio, véase Balsvik, Students, p. 216. <<
Ibid,
p. 202. <<
Véase
D. McAdam, Freedom Summer, Oxford, 1988. <<
Ibid,
p. 4. <<
Citado
en M. Rothschild, A Case of Black and White. Northern Volunteers and the
Southern Freedom Summers, 1964-1965, Westport, 1982, p. 181. <<
Citado
en R. Fraser, 1968: A Student Generation in Revolt, Nueva York, 1987, p. 79.
<<
A.
Marwick, The Sixties. Cultural Revolution in Britain, France, Italy and the
United States, c. 1958-1974, Oxford, 1998, pp. 486-489. <<
Citado
en Fraser, 1968, p. 80. <<
«Le
spectacle est une guerre de l'opium permanente pour faire accepter
l'identification des biens aux marchandises et de la satisfaction à la survie
augmentant selon ses propres lois». Guy Débord, La Societé du spectacle. (N.
del T.) <<
T.
Hecken y A. Grzenia, «Situationism», en M. Klimke y J. Scharloth (eds.), 1968
in Europe. A History of Protest and Activism, 1956-1977, Nueva York, 2008, pp.
23-32. <<
Dark
Star (ed.), Beneath the Paving Stones. Situationists and the Beach, May 1968,
Edimburgo, 2001, pp. 23-24. <<
H.
Marcuse, One-Dimensional Man, Londres, 1991, pp. 21, xx.
<<
Marcuse
publicó en 1933 su primer trabajo importante, un estudio de los
Ökonomisch-philosophische Manuskripte aus dem Jahre 1844 de Marx, en los que
ocupa un lugar central el concepto hegeliano de Entfremdung («alienación»),
resituado en el marco del materialismo histórico. (N. del T.) <<
Dr.
Strangelove. Or How I Learned to Stop Worrying and lOve the Bomb (1964), dir.
Stanley Kubrick. <<
2001.
A Space Odyssey (1968), dir. Stanley Kubrick. HAL, con su siniestro «ojo» rojo,
recuerda al monstruo con un solo ojo que aparece en la Odisea de Homero, el
Cíclope. <<
Mario
Savio, en A. Bloom y W. Breines (eds.), Takin' It to the Streets. A Sixties
Reader, Nueva York, 1995, pp. 111-112. <<
Dirigente
del grupo Socialisme ou Barbarie de 1949 a 1967. (N. del T.) <<
Gregory
Calvert, en Bloom y Breines, Takin' It to the Streets, p. 126. <<
Wright
Mills, en Bloom and Breines, Takin' It to the Streets. <<
Rayna
Rapp (SDS, Universidad de Michigan), citado en Fraser, 1968, p. 88. <<
C.
Wilkerson, Flying Close to the Sun, Nueva York, 2007, pp.
115-116. <<
Citado
en K. Sale, SDS, Nueva York, 1973, p. 391. <<
M.
Berg, «1968: A Turning Point in American Race Relations?», en C. Fink, P.
Gassert y D. Junker (eds.), 1968: The World Transformed, Cambridge, 1998, p.
407. <<
S.
Carmichael, Stokely Speaks. From Black Power to Pan-Africanism, Chicago, 2007,
p. 93. <<
Anthony
Barnettt, citado en Fraser, 1968, p. 88. <<
Ngo
Dinh Diem y su hermano Ngo Dinh Nhu, odiados por sus torturas y su represión
contra los budistas, fueron asesinados por orden de su jefe de Estado Mayor
Duong Van Minh en noviembre de 1963. (N. del T.) <<
George
Ball, citado en F. Logevall, Choosing War: The Lost Chance for Peace and the
Escalation of the War in Vietnam, Berkeley, 1999, p. 291. <<
Peter
Tautfest, citado en Fraser, 1968, p. 88. <<
Citado
en G. Herring, «Tet and the Crisis of Hegemony», en Fink et al., 1968, p. 48.
<<
G.
R. Horn, The Spirit of '68: Rebellion in Western Europe and North America,
1956-1976, Oxford, 2007, pp. 228-231. <<
A.
Glyn, Capitalism Unleashed: Finance, Globalization and Welfare, Oxford, 2007,
p. 10. <<
Citado
en M. H. Little, America's Uncivil Wars, Nueva York, 2006, p. 254. <<
Horn,
Spirit of '68, pp. 158-160; A. Belden Fields, Trotskyism and Maoism. Theory and
Practice in France and the United States, Nueva York, 1988, cap. 3. <<
J.
Bourg, From Revolution to Ethics. May 1968 and Contemporary Thought, Montreal,
2007, p. 51. <<
El 1
de mayo de 1968 se convirtió en La Cause du Peuple. (N. del T.) <<
D.
Singer, Prelude to Revolution. France in May 1968, Londres, 1970, p. 57.
<<
Monty
Python's Life of Brian (1979), dir. Terry Jones. <<
Horn,
Spirit of '68, pp. 162-163. <<
Wilkerson,
Flying Close to the Sun, p. 257. <<
M.
Klimke y J. Sharloth, «Terrorism», en Klimke y Scharloth, 1968 in Europe, pp.
270-271. <<
S.
Aut, The Baader-Meinhof Group: The Inside Story of a Phenomenon, Londres, 1987,
p. 38. <<
D.
Hauser, «Terrorism in Europe», en Klimke y Scharloth, 1968 in Europe, p. 272.
<<
Susanna
Ronconi, citado por D. Novelli y N. Tranfaglia, Vite Sospese: le generazioni
del terrorismo, Milán, 1988, p. 114. Véase también A. Jamieson, «Identity and
Morality in the Italian Red Brigades», en Terrorism and Political Violence 2, 4
(1990), p. 511. <<
A.
Jamieson, «Entry, Discipline and Exit in the Italian Red Brigades», Terrorism
and Political Violence 2, I (1990), p. 2. <<
B.
Silver, Forces of Labour Workers' Movements and Globalization since 1870,
Cambridge, 2005, pp. 52-53. <<
L'Humanité,
9 de julio de 1968. <<
C.
Marighella, Manual of the Urban Guerrilla, trad. G. Hanrahan, Chapel Hill,
1985, p. 1. <<
Véase
R. Gott, Guerrilla Movements in Latin America, Oxford, 2008, pp. 494-495; D.
James, Resistencia and Integration. Peronism and the Argentine Working Class,
1946-1976, Cambridge, 1976; A. Labrousse, The Tupamaros, Harmondsworth, 1973.
<<
S.
B. Liss, Marxist Thought in Latin America, Berkeley, 1984, p. 159. <<
The
Church in the Present Day Transformation of Latin America in the Light of the
Council, vol. 2, Washington, DC, 1979. <<
M.
Pérez-Stable, The Cuban Revolution. Origins, Course and Legacy, Nueva York,
1999, pp. 116-120. <<
A.
Cabral, Revolution in Guinea. An African People's Struggle, Londres, 1974, p.
87. <<
First
Solidarity Conference of the Peoples of Africa, Asia and Latin America.
Proceedings, La Habana, 1966, p. 166. <<
Sobre
los vínculos entre los partidos comunistas europeos, véase D. Ottaway y M.
Ottaway, Afrocommunism, Nueva York, 1984, pp. 30-35. Sobre estudiantes y
relaciones con el oeste en Etiopía, véase R. Balsvik, «The Ethiopian Student
Movement in the 1960s: Challenges and Responses», Proceedings of the Seventh
International Conference of Ethiopian Studies, Lund, 1982, pp. 491-509.
<<
Cabral,
Revolutions in Guinea, p. 82. <<
P.
Chabal, Amílcar Cabral: Revolutionary Leadership and People's War, Cambridge,
1983, pp. 167-172. <<
Véase
Ottaway y Ottaway, Afrocommunism, pp. 25-30. <<
Sobre
estas ideas, véase O. A. Westad, The global Cold War, Cambridge, 2005, pp.
204-206; K. Brutents, Sovremennye natsional'no-osvoboditel'nye revoliutsii
(Nekotorye voprosy teorii), Moscú, 1974. <<
H.
Cobban, The Palestinian Liberation Organization: People, Power and Politics,
Cambridge, 1984, cap. 3. <<
C.
Andrew y V. Mitrokhin, The Mitrokhin Archive. The KGB in Europe and the West,
Londres, 1999, pp. 143-144. <<
F.
Halliday, «The People's Democratic Republic of Yemen: The “Cuban” Path in
Arabia», en G. White, R. Murray y C. White (eds.), Revolutionary Socialist
Development in the Third World, Brighton, 1983, pp. 37-42. <<
En
las elecciones el CPI(M) obtuvo el 18 por 100 de los votos. (N. del T.)
<<
M.
Ram, Maoism in India, Nueva York, 1971, cap. 2. <<
Tras
el asesinato de Eduardo Mondlane en febrero de 1969 mediante un libro-bomba
enviado por Aginter Press, la rama portuguesa de la red Gladio. (N. del T.)
<<
A.
Isaacman y B. Isaacman, Mozambique: From Colonialism to Revolution, 1900-1982,
Boulder, 1983, pp. 98-99; M. Hall y T. Young, Confronting Leviathan. Mozambique
since Independence, Londres, 1997, pp. 62-68. <<
Para
ver las semejanzas y las diferencias con la guerra popular maoista, véase T.
Henriksen, «People's War in Angola, Mozambique, and Guinea-Bissau», Journal of
Modern African Studies, n.º 14 (1976), pp. 377-399. <<
Ibid,
pp. 382-383. <<
Sobre
Guinea, a favor del PAIGC, véase Lars Rudebeck, Guinea-Bissau. A Study of
Political Mobilization, Uppsala, 1974. En contra del PAIGC, véase M. Dhada,
Warriors at Work. How Guinea Really was Set Free, NiWot. Colo., 1993. <<
I.
Brickman, «War, Witches and Traitors: Cases from the MPLA's Eastern Front in
Angola (1966-1975)», Journal of African History, n.º 44 (2003), pp. 303-325.
<<
Isaacman
e Isaacman, Mozambique, p. 86. <<
M.
Anne Pitcher, Transforming Mozambique. The Politics of Privatization,
1975-2000, Nueva York, 2002, pp. 28-37. <<
Recogido
en R. Dallek, Nixon and Kissinger. Partners in Power, Londres, 2007, p. 228.
<<
Sobre
las ideas del partido, véase Westad, Global Cold War, pp.
202-203; sobre las ideas de los militares y el
Ministerio de Asuntos Exteriores, véase V. M. Zubok, A Failed Empire: The
Soviet Union on the Cold War from Stalin to Gorbachev, Chapel Hill, 2007, p.
249.
<<
P.
Sigmund, The Overthrow of Allende and the Politics of Chile, 1964-1976,
Pittsburgh, 1977, cap. 13. <<
J.
Haslam, The Nixon Administration and the Death of Allende's Chile: a Case of
Assisted Suicide, Londres, 2005, cap. 7; P. Kornbluh, The Pinochet File: A
Declassified Dossier on Atrocity and Accountability, Nueva York, 2003. <<
Zubok,
Failed Empire, p. 249. <<
Sobre
el ejército, véase D. Porch, The Portuguese Armed Forces and the Revolution,
Londres, 1977. <<
P.
Pinto, «Urban Social Movements and the Transition to Democracy in Portugal,
1974-1976», Historical Journal, n.º 51 (2008), pp. 1025-1046; Nancy G. Bermeo,
The Revolution within the Revolution: Worker's Control in Rural Portugal,
Princeton, 1986. <<
Pinto,
«Urban Social Movements», p. 1025. <<
M.
Couto, «The Secrte Love of Deolinda», en Couto, Everyman is a Race, trad. D.
Brookshaw, Portsmouth, NH, 1994, p. 112. <<
Para
una comparación entre marxismo soviético y marxismo africano, véase M. Ottaway,
«Soviet Marxism and African Socialism», Journal of Modern African Studies 16, 3
(1978), pp. 477-485. <<
Machel,
18 de noviembre de 1976, citado en Hall y Young, Confronting Leviathan, pp. 76,
67. <<
Hall
y Young, Confronting Leviathan, p. 102. <<
J.
Coelho, «State Resettlement Policies in post-Colonial Rural Mozambique: The
Impact of the Communal Village Programme on Tete Province, 1977-1982», Journal
of Southern African Studies, n.º 24 (1988), pp. 61-91. <<
D.
Birmingham, «Angola», en P. Chabal (ed.), A History of Lusophone Africa,
Londres, 2002, pp. 152-153. <<
H.
Tuma, The Case of the Socialist Witchdoctor and Other Stories, Oxford, 1993, p.
8. <<
Balsvik,
Students, p. 133. <<
B.
Zewde, A History of Modern Ethiopia, 1855-1991, Oxford, 2001, p. 222. <<
Ibid,
pp. 149-150. <<
Balsvik,
Students, p. 294. <<
Citado
en Dawit Wolde Giorgis, Red Tears. War, Famine and Revolution in Ethiopia,
Trenton, NJ, 1989, p. 11. <<
R.
Lefort, Ethiopia: An Heretical Revolution?, trad. A. Berret, Londres, 1983, p.
276. <<
Zewde,
Modern Ethiopia, p. 249. <<
Lefort,
Ethiopia, p. 278. <<
Sobre
este punto de vista de Mengistu, véase D. Donham, Marxist Modern. An
Ethnographic History of the Ethiopian Revolution, Berkeley, 1999, pp. 129-130;
Dawit, Red Tears, pp. 30-31. <<
A.
Tiruneh, The Ethiopian Revolution, 1974-1987, Cambridge, 1993, p. 79. <<
Donham,
Marxist Modern, p. 29. <<
Informe
de la misión de la USAID en Etiopía, 1976. <<
Lefort,
Ethiopia, p. 278.. <<
Véase
M. Ezra, Ecological Degradation, Rural Poverty, and Migration in Ethiopia. A
Contextual Analysis, Nueva York, 2001. <<
F.
Bizto, The Gate, trad. E. Cameron, Londres, 2004. <<
Ibid,
p. 119. <<
Ibid,
p. 116. <<
Ibid,
p. 117. <<
Ibid,
p. 115. <<
D.
P. Chandler, Brother Number One: A Political Biography of Pol Pot, ed. rev.,
Boulder, 1999, pp. 8-9, 37. <<
F.
Debré, Cambodge: La Révolution de la forêt, París, 1976, p. 82. <<
Entrevista
con Soth Polin, citado en Chandler, Brother Number One, p. 52. <<
La
mayoría de los investigadores cree que fue detenido y asesinado por la policía
de Sihanouk, pero hay también quien atribuye el hecho a Pol Pot. (N. del T.)
<<
Pol
Pot, «Abbreviated History Lesson on the History of the Kampuchean Revolutionary
Movement Led by the Communist Party of Kampuchea» (a principios de 1977), en D.
Chandler, B. Kierman y C. Boua (eds.), Pol Pot Plans the Future, New Haven,
1988, pp. 218-219. <<
En
lo que se llamó la «Operación Breakfast», a la que iban a seguir durante los
siguientes catorce meses las operaciones Lunch, Snack, Dinner, Dessert y
Supper. En total se lanzaron sobre Camboya durante la «Operación Menu» más de
100 000 toneladas de bombas, y el número estimado de víctimas civiles oscila
entre cien y seiscientas mil. (N. del T.) <<
Véase,
por ejemplo, F. Ponchaud, «Social Change in the Vortex of Revolution», en K.
Jackson (ed.), Cambodia 1975-1978: Rendezvous with Death, Princeton, 1989, pp.
170 y ss. <<
Bizot,
The Gate, p. 110. <<
B.
Kiernan, «Enver Pasha and Pol Pot: A Comparison between the Armenian and
Cambodian Genocides», en Proceedings of the International Conference on the
«Problems of Genocide», Cambridge, Mass., 1997. <<
P.
Short, Pol Pot: The History of a Nightmare, Londres, 2004, p.
337. <<
J.-L
Margolin, «Cambodia. The Country of Disconcerting Crimes», en S. Courtois et
al., The Black Book of Communism: Crimes, Terror, Repression, Cambridge, Mass.,
1999, p. 626. <<
Para
diferentes puntos de vista, véase K. Jackson, «Introduction», en Jackson (ed.),
Cambodia, pp. 9, 11; M. Vickery, «Democratic Kampuchea: Themes and Variations»,
en D. Chandler y B. Kiernan (eds.), Revolution and Its Aftermath in Kampuchea:
Eight Essays, New Haven, 1983, p. 131. <<
Citado
en B. Kiernan, The Pol Pot Regime: Race, Power and Genocide in Cambodia under
the Khmer Rouge, 1975-1979, New Haven, 1996, p. 62. <<
Véase
Short, Pol Pot, p. 287. <<
A.
Hinton, «Why Did You Kill? The Cambodian Genocide and the Dark Side of Face and
Honor», The Journal of Asian Studies, n.º 57 (1998), p. 110. <<
Chandler
et al., Pol Pot Plans the Future, p. 158. <<
S.
Heder, Kampuchean Occupation and Resistance, Bangkok, 1980, p. 6. <<
Citado
en Chandler, Brother Number One, p. 115. <<
D.
Pran, Children of Cambodia's Killing Fields. Memoirs of Survivors, New Haven,
1997, p. 131. <<
Margolin,
«Cambodia», p. 626. <<
Chandler
et al., Pol Pot Plans the Future, p. 183. <<
Para
estimaciones más elevadas, véase M. Sliwinsky, Le Génocide Khmer Rouge: une
analyse démographique, París, 1995. Sobre el número de muertes, véase Margolin,
«Cambodia», pp. 588-591. <<
Hinton,
«Why Did You Kill?», pp. 113, 118. <<
Sihanouk
regresó en noviembre de 1991 siendo repuesto como rey en septiembre de 1993.
(N. del T.) <<
A.
Hyman, Afghanistan under Soviet Domination, 1964-1991, Londres, 1992, pp.
92-98. <<
Sobre
las ideas soviéticas, H. Bradsher, Afghan Communism and Soviet Intervention,
Oxford, 2000, cap. 3; Westad, Global Cold War, pp. 299-326. <<
El
porcentaje de votos obtenidos en las elecciones legislativas de 1979 fue el
30,5 por 100; en 1983 el 29,9 por 100; y en 1987 el 26,6 por 100. (N. del T.)
<<
Silvio
Pons, «Meetings between the Italian Communist Party and the Communist Party of
the Soviet Union, Moscow and Rome, 1978-80», Cold War History, n.º 3 (2002),
pp. 157-166. <<
Hijo
del Anastasio Somoza que organizó en febrero de 1934 el asesinato de Sandino.
(N. del T.) <<
Elegido
presidente del país en noviembre de 1984 con el 67 por 100 de los votos. (N.
del T.) <<
The
Economist, 20 de diciembre de 1978. <<
REVOLUCIONES
GEMELAS
D.
Remnick, Lenin's Tomb. The Last Days of the Soviet Empire, Londres, 1994, p.
156. <<
Citado
en M. Leffler, For the Soul of All Mankind. The United States, the Soviet Union
and the Cold War, Nueva York, 2007, p. 385. <<
Ibid,
p. 394. <<
D.
Reynolds, Summits. Six Meetings That Shaped the Twentieth Century, Londres,
2007, p. 360. <<
M.
Gorbachev, Memoirs, Londres, 1997, p. 489. <<
Durante
la llamada Primavera de Beijing de 1977-1978 impulsada por Deng Xiaoping. (N.
del T.) <<
Liu
Binyan, People or Monsters? And Other Stories and Reportage from China after
Mao, ed. P. Link, Bloomington, 1983, pp. 11-68. <<
R.
Baum, Birying Mao: Chinese Politics in the Age of Deng Xiaoping, Princeton,
1994, p. 8. <<
S.
Shirk, The Political Logic of Economic Reform in China, Berkeley, 1993, cap.
10. <<
W.
Jenner y D. Davin (eds.), Chinese Lives, Londres, 1986, pp. 8-9, 13. <<
L.
Zhang y C. Macleod (eds.), China Remembers, Oxford, 1999, p. 5. <<
People's
Daily, 3 de agosto de 2006. <<
A.
Yurchak, Everything was Forever, until It was No More. The Last Soviet
Generation, Princeton, 2006, p. 113. <<
Ibid,
pp. 96-97. <<
Ibid.
<<
R.
Töikés, Mumur and Whispers: Public Opinion and Legitimacy Crisis in Hungary,
1972-1989, Pittsburgh, 1997, pp. 37-39. <<
Ibid,
p. 56. <<
D.
Bahry, «Society Transformed? Rethinking the Social Roots of Perestroika»,
Slavic Review, n.º 52 (1993), pp. 516-517. <<
D.
Mason, Public Opinion and Political Change in Poland, Cambridge, 1985, pp.
63-64. <<
H.
Merskey y B. Shafran, «Political Hazards in the Diagnosis of “Sluggish
Schizophrenia”», British Journal of Psychiatry, n.º 148 (1986), p. 253.
<<
M.
Fulbrook, The People's State: East German Society from Hitler to Honecker, New
Haven, 2005, pp. 241-242. <<
En
B. Miller, Narratives of Guilt and Compliance in Unified Germany: Stasi
Informers and Their Impact on Society, Londres, 1999, pp. 67-68. <<
Citado
en Miller, Narratives of Guilt, pp. 43-44. <<
Citado
en ibid, p. 101. <<
Véase
Yurchak, Everything was Forever, pp. 107-108. <<
Bahry,
«Society Transformed?», p. 539. <<
Tökés,
Murmur and Whispers, p. 56. <<
Véase,
por ejemplo, J. Kopstein, The Politics of Economic Decline in Easr Germany,
1945-1989, Chapel Hill, 1997, pp. 122-129. <<
A.
Tsipko citado en M. Ouimet, The Rise and Fall of the Brezhnev Doctrine in
Soviet Foreign Policy, Chapel Hill, 2003, pp. 252-253. <<
M.
Ellman y V. Kontorovich (eds.), The Detruction of the Soviet Economic System:
an Insider's History, Armonk, NY, 1998, p. 173.
<<
Sobre
la disolución de este grupo, véase O. Wstad, «How the Cold War Crumbled», en S.
Pons y F. Romero (eds.), Reinterpreting the End of the Cold War: Issues,
Interpretations, Periodizations, Londres, 2005, p. 6. Véase también A. Brown,
Seven Years That Changed the World: Perestroika in Perspective, Oxford, 2007,
pp. 172-173. <<
A.
Iakovlev, Sumerki, Moscú, 2003, p. 354. <<
Mason,
Public Opinion, p. 45. <<
Ibid,
p. 82. <<
Este
razonamiento, que hace hincapié en el papel de la iglesia, más que en el de la
clase trabajadora o en el de la sociedad civil, es de M. Osa, Solidarity and
Contention: Networks of Polish Opposition, Minneapolis, 2003. <<
Citado
en ibid, p. 136. <<
A.
Glyn, Capitalism Unleashed: Finance, Globalization, and Welfare, Oxford, 2007,
p. 22. <<
Famoso
ya entonces por su estudio The Black Jacobins sobre la revolución haitiana. Fue
expulsado de Estados Unidos en 1953. (N. del T.) <<
Véase
P. Buhle, Marxism in the United States: Remapping the History of the American
Left, Londres, 1987, pp. 206-210. <<
D.
Patinikin, Essays on and in the Chicago Tradition, Durham, NC, 1981, p. 4.
<<
J.
Kirkpatrick, Dictatorships and Double Standards: Rationalism and Reason in
Politics, Washington, DC, 1982. <<
El
tipo de interés de los fondos federales subió del 11,2 por 100 hasta un 20 por
100 en junio de 1981. (N. del T.) <<
R.
Brenner, The Boom and the Bubble: the US in the World Economy, Londres, 2002,
p. 35. <<
G.
Arrighi, «The World Economy and the Cold War, 1970-1990», de próxima aparición
en The Cambridge History of the Cold War, p. 22. <<
Ibid,
p. 16. <<
I.
Zloch-Christy, Debt Problems of Eastern Europe, Cambridge, 1987, p. 38.
<<
S.
Woodward, Balkan Tragedy: Chaos and Dissolution after the Cold War, Washington,
DC, 1995, cap. 3. <<
Véase
C. Andrew y V. Mitrokhin, The Mitrokhin Archive. The KGB in Europe and the
West, Londres, 1999, p. 686. <<
G.
Ekiert, The State against Society: Political Crises and Their Aftermath in East
Central Europe, Princeton, 1996, pp. 243-244, 247. <<
Ouimet,
Rise and Fall, pp. 249-250. <<
Baibakov
a Shürer, citado en Kopstein, Politics of Economic Decline, pp. 93-94. <<
Red
Dawn (1984), dir John Milius. <<
R.
Reagan, dirigiéndose al Parlamento, 8 de junio de 1982.
http://www.reagan.utexas.edu/search/speeches/speech_srch.ht ml. <<
R.
Reagan, Question and Answer Session with High-School
Students, 25 de marzo de 1983,
http://www.reagan.utexas.edu/archives/speeches/1983/32583c.h tml. <<
Véase
I. Molloy, Rolling Back Revolution: The Emergence of Low Intensity Conflict,
Londres, 2001, p. 20. <<
C.
Krauthammer, «The Poverty of Realism», The New Republic,
17 de febrero de 1986, p. 15. <<
Psychological
Operations in Guerrilla Warfare (1983),
http://www.freewebs.com/moeial/CIA'a%20Psychological%20Op
erations%20in%20Guerrilla%20Warefare.pdf. <<
E.
Wood, Insurgent Collective Action and Civil War in El Salvador, Cambridge,
1993. <<
T.
Walker, Nicaragua. Living in the Shadow of the Eagle, Boulder, 2003, p. 56.
<<
J.
Ciment, Angola and Mozambique: Postcolonial Wars in Southern Africa, Nueva
York, 1997, p. 87. <<
Citado
en J. Persico, Casey. From the OSS to the CIA, Nueva York, 1990, p. 226.
<<
B.
Fischer, «The Soviet-American War Scare of the 1980's», International Journal
of Intelligence, otoño de 2006, pp. 480-517. <<
Para
conocer diferentes puntos de vista sobre la importancia del IDE, véase Ellman y
Kontorovich, Destruction, pp. 54-64. <<
M.
I. Gerasev, citado en ibid, p. 65. <<
En
1987 obtuvo el primer premio Nika de Unión de Cineastas soviéticos y el Gran
Premio del Jurado en Cannes y fue nominada para el Oscar como mejor película
extranjera. Tras su emisión en la Segunda Cadena alemana en octubre, fue
condenada duramente por la prensa de la RDA. (N. del T.) <<
Iakovlev,
Sumerki, pp. 394-395. <<
Ibid,
p. 395. <<
Ibid,
p. 394. <<
Ellman
y Jontotovich, Destruction, pp. 269-270; V. Boldin, Ten Years That Shook the
World: The Gorbachev Era as Witnessed by His Chief of Staff, trad. E. Rossier,
Nueva York, 1994, p. 114. <<
A.
Cherniaev, Shest' let s Gorbachevym: po dnevnikovym zapisiam, Moscú, 1993, p.
8. <<
M.
Gorbachev, Zhizn' I reformy, Moscú, 1995, vol. I, p. 208. <<
A.
Iakovlev, Gorkaia chaska, Yaroslavl', 1994, pp. 205-212. <<
B.
A. Fischer, The Reagan Reversal: Foreign Policy and the End of the Cold War,
Colombia, 1997, pp. 102-143. <<
A.
Brown, The Gorbachev Factor, Oxford, 1996, pp. 115-117. <<
M.
Gorbachev, «Report to CpSU Central Committee plenum, January 6 1989», Current
Digest of the Soviet Press, n.º 41 (1989), p. 1. <<
Aleksandr
Iakovlev, en S. Cohen y K. Van den Heuvel, Voices of Glasnost. Interviews with
Gorbachev's Reformers, Nueva York, 1989, p. 39. <<
750
+ 750 debían elegirse según el sistema empleado para elegir el Soviet de la
Unión y el Soviet de las Nacionalidades en 1936-1989; los restantes 750
correspondían a «organizaciones públicas» como el PCUS, la Konsomol y los
sindicatos. (N. del T.) <<
Tsipo,
en Ellman y Kontorovich, Destruction, p. 181. <<
A.
Tsipo, «Istoki stalinizma», Nauka I zhizn 11-12 (1988), 1-2 (1989). <<
N.
Zarafshan, en R. MaKay, Letters to Gorbachev: Life in Russia through the
Postbag of Argumenty i Fakty, Londres, 1991, p. 173. <<
Tökés,
Murmurs and Whispers, p. 48. <<
Ellman
y Kontorovich, Destruction, p. 38. <<
D.
Slejška, J. Herzmann a Kolktiv, Sondy do veřejného mínění (Jaro 1968, Podzim
1989), Praga, 1990, p. 54. <<
Para
una defensa del modelo chino, véase, por ejemplo, P. Nolan, China's Rise,
Russia's Fall, Basingstoke, 1995. <<
S.
Solnick, Stealing the State: Control and Collapse in Soviet Institutions,
Cambridge, Mass., 1998. <<
P.
Kenney, A Carnival of Revolution: Central Europe 1989, Princeton, 2002, pp.
161-162. <<
Ibid,
pp. 12-13. <<
Citado
en ibid, p. 141. <<
C.
Maier, Dissolution. The Crisis of Communism and the End of East Germany,
Princeton, 1997, p. 156. <<
M. Fulbrook,
Anatomy of a
Dictatorship. Inside the
GDR,
1949-1989, Oxford, 1995, pp. 259-260. <<
El
29 de diciembre la Asamblea Federal eligió como nuevo presidente de
Checoslovaquia al opositor Václav Havel en lo que se dio en llamar Sametová
revoluce («revolución de terciopelo»). (N. del T.) <<
Más
conocida entonces como Casa Poporului, y ahora Palatul Parlamentului, es el
segundo mayor edificio gubernamental del mundo, solo superado por el Pentágono
estadounidense. (N. del T.)
<<
Sobre
la gran participación de los trabajadores en Polonia en comparación con la GDR,
véase L. Fuller, Where was the Working Class? Revolution in East Germany,
Urbana, Ill., 1999. <<
Citado
en O. A. Westad, The Global Cold War, Cambridge, 2005, p. 382. <<
Allí
permaneció hasta septiembre de 1996, cuando un comando talibán lo secuestró,
torturó y ejecutó en la horca, después de cortarle el pene y metérselo en la
boca. (N. del T.) <<
J.
Hough, The Logic of Economic Reform in Russia, Washington, DC, 2001, p. 366.
<<
A.
Knight, Spies without Clocks: The KGB's Successors, Princeton, 1996, pp. 12-37.
<<
Esas
elecciones tuvieron lugar entre mayo y noviembre en Eslovenia, Croacia,
Bosnia-Herzegovina y Macedonia, y el 9 de diciembre en Serbia. (N. del T.)
<<
Woodward,
Balkan Tragedy, pp. 127-128. <<
A.
Nathan y P. Link (eds.), The Tiananmen Papers, Londres, 2001, pp. xxx-vii.
<<
Ibid,
p. 163. <<
Ibid,
p. 143. <<
Gorbachev,
Memoirs, p. 490. <<
Nathan
y Link, Tiananmen Papers, p. 173. <<
Su
Xiaokang y Wang Luxiang, Deathsong of the River: a Reader's Guide to the
Chinese TV Series, trad. R. Bodman, Ithaca, 1991, p. 221. <<
R.
Baum, Reform and Reaction in post-Mao China: the Road to Tiananmen, Nueva York,
1991, p. 456. <<
EPÍLOGO
[1] Lin Jinhui, 28 de septiembre de 2002,
http://www.china.org.cn/english/2002/Sep/44589.htm.
Véase también K. Louie, Theorizing Chinese Masculinity, Cambridge, 2002, p. 58.
<<
En
2005, según las estimaciones de la ONU y de la CIA, el índice de Gini de China
era de 46,9, exactamente igual al de Estados Unidos, mientras que el de Nepal
era 47,2. (N. del T.) <<
Publicado
en castellano como Pioneros y líderes de la globalización, Buenos Aires, 1999.
(N. del T.) <<
D.
Yergin y J. Stanislaw, The Commanding Heights: the New Reality of Economic
Power, Nueva York, 1998, p. 137. <<
T.
Friedman, «Senseless in Seattle II», New York Times, 8 de diciembre de 1999.
Para otros ejemplos, véase Frank, One Market under God, pp. 61-68. <<
Publicado
en castellano como El fin de la historia y el último hombre, Planeta, 1992. (N.
del T.) <<
F.
Fukuyama, The End of History and the Last Man, Londres, 1992, pp. 161-169,
206-207. <<
Wall
Street Journal, 26 de mayo de 2000. Véase T. Frank, One Market under God.
Extreme Capitalism, Market Populism, and the End of Economic Democracy,
Londres, 2000, cap. 1. <<
R.
Brenner, The Boom and the Bubble: the US in the World Economy, Londres, 2002,
p. 43. <<
J.
Hellman, «Winners Take All: The Politics of Partial Reform in Postcommunist
Transitions», World Politics 50 (1998), p. 209. <<
Ibid,
pp. 223-224. <<
J.
Stiglitz, Globalization and Its Discontents, Londres, 2002, p. 157. <<
Véase
P. Reddaway y D. Glinski, The Tragedy of Market Reforms. Market Bolshevism
against Democracy, Washington, DC, 2001, pp. 252-255. <<
S.
Shirk, The political Logic of Economic Reform in China, Berkeley, 1993, cap. 3.
<<
H.
Wu, Laogai. The Chinese Gulag, Boulder, 1992. <<
La
suma de los votos obtenidos en las elecciones parlamentarias de abril de 1996
por la coalición L'Ulivo que encabezaba el PDS y otros partidos de izquierda
representaba el 45,37 por 100; en abril de 2006 se presentaron juntos como
L'Unione, obteniendo el 49,81 por 100 de los votos. (N. del T.) <<
S.
Shirk, China. Fragile Superpower, Oxford, 2007, p. 48. <<
D.
Bell, China's New Confucianism. Politics and Everyday Life in a Changing
Society, Princeton, 2008, cap. 1. <<
Según
el World Factbook de la CIA, el índice Gini de China en 2007 era de 47
(ocupando el puesto 36 en la tabla invertida), mientras que el de Estados
Unidos era de 45 (puesto 44). (N. del T.)
<<
Minxin
Pei, China's Trapped Transition: The Limits of Developmental Autocracy,
Cambridge, Mass., 2006, pp. 191-196. <<
Fusionado
en junio de 2007 con una escisión de izquierda del SPD para dar lugar a Die
Linke (La Izquierda). (N. del T.) <<
V.
Bunde y S. Wolchik, «International Diffusion and Postcommunist Electoral
Revolutions», Communist and Postcommunist Studies, n.º 39 (2006), pp. 283-284;
M. Beissinger, «Structure and Example in Modular Political Phenomena: The
Diffusion of Bulldozer/Rose/Orange/Tulip Revolutions», Perspectives on
Politics, n.º 5 (junio de 2007), pp. 259-276. <<
K.
Collins, «The Logic of Clan Politics. Evidence from the Central Asian
Trajectories», World Politics, n.º 56 (2004), pp. 224-261. <<
Nombrado
presidente vitalicio en mayo de 2007. (N. del T.) <<
Numerosas
estatuas de Niyazov adornan el país, entre ellas una, recubierta de oro, en la
cumbre del monumento más alto de Asgabat, el Arco de la Neutralidad; posee un
mecanismo de relojería que la mantiene girando para que siempre esté orientada
hacia el sol. (N. del T.) <<
A.
Buzo, The Guerrilla Dynasty: Politics and Leadership in North Korea, Londres,
1999, p. 206. <<
Recientemente
prorrogado por el presidente Obama en septiembre de 2009. (N. del T.) <<
S.
Eckstein, Back from the Future under Castro, Princeton, 1994, pp. 233-237.
<<
Citado
en O. Starn, «Maoism in the Andes. The Communist Party of Peru-Shining Path,
and the Refusal of History», Journal of Latin American Studies, n.º 27 (1991),
p. 399. <<
Ibid,
p. 409. <<
J.
Nochlin, Vanguard Revolutionaries in Latin America, Boulder, 2003, p. 63.
<<
C.
McClintock, «Peru's Sendero Luminoso Rebellion. Origins and Trajectory», en S.
Eckstein (ed.), Power and Popular Protest. Latin American Social Movements,
Berkeley, 2001, p. 83. <<
Starn,
«Maoism», p. 416. <<
A.
Vanaik, «The New Himalayan Republic», New Left Review,, n.º 49 (2008), p. 63.
<<
Llegado
al trono en junio de 2001 tras la muerte de casi toda su familia en la masacre
del Palacio Real de Narayanhity, atribuida al príncipe heredero Dipendra. (N.
del T.) <<
Dimitió
el 4 de mayo de 2009 al no conseguir la destitución del jefe supremo del
ejército, siendo sustituido por Madhav Kumar Nepal, del PCN(Marxista-Leninista
Unificado). (N. del T.) <<
M.
Mohanty, «Challenges of Revolutionary Violence. The Naxalite Movement in
Perspective», Economic and Political Weekly, 22 de julio de 2006. <<
[27] C. Sreedharan, «Karl and the Kalashnikov»,
http://www.rediff.com/news/1998/aug/25pwg.htm, 25 de agosto de 1998. <<
Sobre
este punto, véase N. Henck, Subcommander Marcos. The Man and the Mask, Durham,
NC, 2007, pp. 365-366. <<
Entrevista
con G. Márquez y R. Pombo, «The Punch Card and the Hour Glass», New Left
Review, mayo-junio de 2002, p. 70. <<
B.
Brecht, «To Those Born Later», trad. J. Willett, R. Mannheim y E. Fried, en P.
Forbes, Scanning the Century. The Penguin Book of the Twentieth Century in
Poetry, Londres, 2000, pp. 55-57. <<
P.
Neruda, Memoirs, Londres, 1976, pp. 332-333. <<
T.
Paterson, «A Harsh Lesson for Germany, Courtesy of Its Socialist Past»,
Independent, 22 de octubre de 2008. <<
Índice de contenido
Cubierta
Bandera roja
Agradecimientos
Introducción
I
II
III
IV
Prólogo. Crisol clásico
I
II
III
IV
V
Un
Prometeo alemán
I II III IV V VI VII VIII
Jinetes
de bronce
I
II
III
IV
V
VI
La
percepción desde Occidente
I II III IV V
Hombres
de acero
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
Frentes
populares
I II III IV V VI VII VIII IX
El
Oriente es rojo
I II III IV V
Imperio
I II III IV V VI VII
Parricidio
I II III IV V VI VII
Guerrilleros
I II III IV V VI VII VIII
Zastoi
(«Estancamiento»)
I II III IV V VI VII VIII
Marea
alta
I II III IV V VI VII
Revoluciones
gemelas
I II III IV V VI VII VIII IX X
Epílogo. Rojo, naranja, verde… ¿y de nuevo rojo?
I
II
III
IV
V
Ilustraciones
Lista de ilustraciones
Bibliografía
Introducción
Prólogo
Un Prometeo alemán
Jinetes de bronce
La percepción desde occidente
Hombres de acero
Frentes populares
El oriente es rojo
Imperio
Parricidio
Guerrilleros
«Zastoi» (Estancamiento)
Marea alta
Revoluciones gemelas
Epílogo
Sobre el autor
Notas

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