© Libro N° 13756. Rusia 1917.
Vertientes Y Afluentes. Casas, Aldo. Emancipación.
Abril 26 de 2025
Título Original: © RUSIA 1917. Vertientes Y
Afluentes. Aldo Casas
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Original: © RUSIA 1917.
Vertientes Y Afluentes. Aldo Casas
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Miranda
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Vertientes Y Afluentes
Aldo Casas
Rusia 1917
Vertientes Y
Afluentes
Aldo
Casas
Rusia 1917
Vertientes y afluentes
Aldo Casas nació en Córdoba, en 1944.
Antropólogo, ensayista, ac-tivista social y político desde 1961. Es uno de los
fundadores de Herra-mienta. Revista de debate y crítica marxista (en
1996) y colabora con los portales Contrahegemoniaweb y Darío
Vive. Autor de Karl Marx. Nues-tro Compañero (2017), Los
desafíos de la transición. Socialismo desde abajo y poder popular (2011,
reedi-tado en Brasil en 2020) y, muy ante-riormente, Después del
estalinismo. Los Estados burocráticos y la revolu-ción socialista (1995).
Prologó Marx Populi (2018) de Miguel Mazzeo. Tradujo La
lógica incomprendida de El Capital, de Alain Bihr (2019). Ha-biendo
ingresado en 1965 al Partido Revolucionario de los Trabajadores, militó
sucesivamente en el PRT-La Verdad, el Partido Socialista de los Trabajadores y
el Movimiento Al So-cialismo de Argentina. Durante más de tres décadas escribió
en diver-sas publicaciones del movimiento trotskista y estuvo como periodista e
internacionalista en Venezuela, Portugal, España, Francia y Polo-nia. Desde el
2002 participó en di-versos reagrupamientos militantes (Cimientos, Frente
Popular Darío Santillán, FPDS-Corriente Nacional). Integra el Equipo Pedagógico
de la Escuela de Formación Política Hugo Chávez.
ALDO CASAS
Rusia 1917 Vertientes y afluentes
Actualidad de la revolución
y socialismo
Volumen 1
Plan general de la obra
Rusia, 1917.
Vertientes y afluentes es el primer volumen de una obra más vasta
que lleva como título general Actuali-dad de la Revolución y
Socialismo. Futuras entregas aborda-rán los primeros años de la
República Soviética, el posterior reflujo de la revolución y burocratización
del Partido/Esta-do, el gran giro que desembocó en el régimen de Stalin, las
economías planificadas según el modelo de la URSS y la restauración del
capitalismo en el antiguo “campo socialis-ta”. Se trata de una reflexión
crítica y autocrítica apuntada a re-conocer la renovada actualidad de la
revolución y la transición socialista.
© 2020 Ediciones Herramienta
Buenos Aires, Argentina
Diseño de tapa: Ignacio Fernández Casas
Diseño general del libro: Jorge Vega, Gráfica del Parque
Revisión y
corrección final de la edición: Mercedes Casas y Martín Salinas
Coordinación de la edición: Chiche Vázquez
Ediciones Herramienta
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Edición digital, noviembre de 2020
ISBN: 978-987-1505-68-5
Todos los derechos reservados. Hecho
el depósito que marca la ley 11.723
www.herramienta.com.ar
Casas, Aldo
Rusia 1917 :
vertientes y afluentes : actualidad de la revolución y socialismo / Aldo Casas.
- 1a ed volumen combinado. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Herramienta,
2020.
Libro digital, PDF
Archivo Digital:
descarga y online
ISBN
978-987-1505-68-5
1. Revolución Rusa. I. Título. CDD
947.0841
Índice
Presentación. Por
Renán Vega Cantor........................................ 11
Prólogo del
autor......................................................................... 21
Siglo XX: La
actualidad de la revolución................................... 25
Los revolucionarios
rusos (antes de 1917).................................. 47
La Revolución Rusa
“a contrapelo”............................................ 77
Lenin y los
bolcheviques en 1917.............................................. 145
Referencias
bibliográficas.......................................................... 171
Posfacio a tres
voces.................................................................. 175
Una reflexión que
lleva por caminos innovadores
Antonio
Louçã....................................................................... 177
Tesis para los
nuevos tiempos
María Orlanda
Pinassi........................................................... 187
Socialismo para
salvar la reproducción de la vida en el planeta
Silvio
Schachter.................................................................... 193
Presentación
Por Renán Vega Cantor
El olvido, el
desprecio infundado y la ignorancia sobre la Revolución Rusa y sus
protagonistas hace parte del intento por generalizar la desmemoria que borra la
historia de re-sistencia y lucha de los obreros, campesinos y pueblos
colo-niales que es el reverso de la historia oficial.
Aldo Casas.
El compañero Aldo Casas me ha invitado a comentar el primer volumen de
su obra Actualidad de la Revolución y Socialismo, que versa sobre
la Revolución Rusa de 1917. Este libro se inscribe en el proyecto de largo
aliento que el autor ha comenzado a realizar y continuará con un amplio
conjunto de reflexiones que conduzcan a analizar la trayectoria de la
experiencia soviética, hasta la disolución de la URSS, y su proyección hasta el
mundo de hoy. Ese proyecto político inte-lectual desemboca en el análisis de la
crisis civilizatoria en que nos encontramos, la que torna urgente y necesario
repensar un proyecto anticapitalista, renovado y nutrido con la comprensión
crítica de la fallida experiencia del “socialismo realmente existente”.
Esta invitación me honra y a la misma quiero contribuir con unas breves
notas, con el objetivo de recalcar algunos aspectos de este libro que, a mi
parecer, representa una importante contribución a la cultura revolucionaria.
11
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Experiencia
Este es un libro
escrito por un militante revolucionario antica-pitalista de toda la vida, con
todas las letras y sin sonrojo. Esto es importante decirlo en estos tiempos, en
los cuales la doxa dominante condena cualquier compromiso
político contra el sistema hegemóni-co y sus miserias. Aldo Casas nos recuerda
en las primeras páginas de este escrito su trayectoria de militancia permanente
desde 1961, hace 60 años, que se proyecta hasta el día de hoy. Él se inscribe
en esa perspectiva que dibujaba Eduardo Galeano:
Sí, yo soy de izquierda, y a esta
altura de la vida ya no podría cambiar ni aunque quisiera. Si súbitamente
descubriera las virtudes de un sistema de poder que me parece enemigo de la
gente y de la naturaleza, ya nadie me creería.
Aldo Casas es un luchador convencido
del sentido de su acción, cuyas convicciones profundas se mantienen a pesar de
las derrotas. Di-cha práctica de militante anticapitalista desde diversas
trincheras puede catalogarse como una dilatada experiencia que
nos remite a uno de los múltiples sentidos de este término: la enseñanza
adquirida en la prácti-ca, en concreto el trasegar vital al calor de una
constante de lucha. Esta es una veta importante, pero insuficiente, máxime
cuando hablamos de la lucha anticapitalista, puesto que se reivindica la labor
intelectual en su sentido más profundo, como la necesidad de pensar esa
práctica con una reflexión sobre lo vivido o a la luz de lo vivido, que
contribuya a clarificar el camino de la lucha, tanto del propio individuo como
de aquellos y aquellas que se inscriben en ese horizonte emancipador. Eso se
materializa en la producción intelectual de artículos, libros, clases,
conferencias en las que Aldo Casas también ha incursionado, para con-tribuir a
pensar el ideario de lucha. Este libro es una continuación de esa lucha en el
plano de la teoría y la reflexión histórica y política.
En ese contexto se
inscribe el libro que comentamos, un produc-to de esa doble experiencia, que se
ata mediante la urdimbre de lo aprendido en la escuela cotidiana de la lucha
con lo pensado, como producto de esa lucha y como aporte para darle una dirección
y un
12
Presentación de Renán Vega Cantor n
sentido. Sobre el segundo tipo, la “experiencia experimentada”, se nutre
de una multitud de conocimientos acumulados durante seis dé-cadas referidos
a Octubre de 1917, de diversas lecturas y tradiciones
interpretativas sobre esa revolución, que se complementan con la producción
bibliográfica, también amplia y variada, que a raíz del pri-mer centenario de
la Revolución Rusa se produjo en varios idiomas.
El listado bibliográfico que aparece al final del libro es dema-siado
restringido para captar el verdadero acervo de conocimientos que tiene Aldo
Casas sobre la Revolución Rusa, que va más allá de la bibliografía académica y
universitaria y tiene, como eje medular, la producción intelectual que han
generado revolucionarios de diversas épocas sobre ese trascendental hecho
histórico, empezando por los dirigentes bolcheviques y revolucionarios de
diversas tendencias que escribieron múltiples obras en las primeras décadas del
siglo XX.
Subjetividad
La experiencia
condensa el devenir vital de un individuo y se en-garza, por lo tanto, con su
subjetividad. Desde este punto de vista, la historia que se escribe y se cuenta
es subjetiva, término que se usa para indicar que toda interpretación está
cargada del sentir experiencial de un individuo. Por eso, este es un libro
pleno de subjetividad en el mejor sentido de la palabra, porque los valores,
las creencias, las convicciones, las tradiciones revolucionarias lo atraviesan.
Eso no quiere decir que, por su carga subjetiva, deje de ser una obra seria,
rigurosa, coherente, documentada. Lo es y esto no riñe con su carácter
subjetivo, antes, por el contrario, lo refuerza y reafirma el compromiso de su
autor, que ha ido decantando a lo largo de 60 años sus apreciaciones sobre la
Revolu-ción Rusa y la actualidad de la revolución y el socialismo.
Que sea una obra subjetiva la engarza con la tradición del mar-xismo
cálido, de aquel que resalta el papel de los sujetos como prota-gonistas de
la historia real y de la que se escribe. Por eso a lo largo de estas páginas se
recalcan la importancia de la acción subjetiva, la pa-sión, la fuerza de la
voluntad de los miles de hombres y mujeres que hicieron posible la Revolución
Rusa, una potencia que se transmitió y
13
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
realimentó
mutuamente entre esos sectores plebeyos y los dirigen-tes de ese proceso
transformador. Esto no significa suponer que la historia es un resultado de las
fuerzas mentales o de las ideologías, puesto que estas se encuentran limitadas
por ciertas condiciones his-tóricas, como claramente lo dice el autor:
(…) es equivocado e inconducente tratar
de interpretar las acciones y los dichos de Lenin y los bolcheviques tomando en
consideración solamente sus autodefiniciones ideológi-cas y posturas políticas,
dejando de lado o asignando una mínima importancia al comportamiento de los
otros actores y las alternativas históricas determinadas en que debieron
intervenir. La historia no es un movimiento auto generado por ideologías y
concepciones políticas, a las que deben im-putarse incluso las distorsiones que
luego se constaten.
En el autor están
íntimamente ligados el sentir y el pensar en su dimensión colectiva, debido a
lo cual decimos que esta obra ha sido ge-nerada por un luchador sentipensante,
para utilizar una palabra que se originó en la costa caribe de Colombia y rescató
el sociólogo Orlando Fals Borda (otro pensador militante y luchador popular) y
luego Eduar-do Galeano dio a conocer fuera de las fronteras de Colombia. El
autor uruguayo ha dicho que la gente sentipensante “no separa la razón del
corazón”, porque “siente y piensa a la vez, sin divorciar la cabeza del cuerpo,
ni la emoción de la razón”. Ese sentipensar, justamente, es lo que se percibe
cuando se lee esta obra, que combina sencillez explica-tiva con profundidad, y
nos transporta a los sucesos de hace un siglo, relatados con pasión, enjundia y
una gran dosis de coherencia.
Historia a
contrapelo
Aldo Casas nos
precisa que no es un historiador, pero podríamos agregar que no es un
historiador con título, lo que no es óbice para que su trabajo se haga con el
rigor, la seriedad y la exhaustividad de un historiador que merezca ese nombre.
Estamos hablando del ejercicio de reconstruir con cuidado y detalle un momento
concreto del devenir
14
Presentación de Renán Vega Cantor n
de los seres humanos, intentando situarse en las condiciones de ese
momento y haciendo el esfuerzo de comprender lo que aconteció y develando las
razones que explican por qué las cosas sucedieron de la manera en que
acontecieron. Al “pasado” se le puede estudiar, para ser esquemáticos, de dos
maneras, lo que genera dos tipos de histo-riadores: de manera
superficial y apresurada, lo que implica que cier-tos historiadores apenas
arañan la epidermis de lo que estudian, sin comprender su fundamento; o de
manera profunda, juntando las fichas dispersas de las acciones humanas para
presentarnos una reconstruc-ción coherente que permite acercarse a la
complejidad de dichas accio-nes. Al respecto, es elocuente la imagen que emplea
José Saramago en su obra El Viaje del elefante, cuando sostiene:
El pasado es un inmenso pedregal que
a muchos les gusta-ría recorrer como si de una autopista se tratara, mientras
otros, pacientemente, van de piedra en piedra, y las levan-tan, porque
necesitan saber qué hay debajo de ellas.
Esta imagen, aplicada a la Revolución Rusa, significa que algunos pasan
de largo sobre el acontecimiento con una mirada superficial y plena de
prejuicios (exacerbados después de 1989) que en forma olímpica pretenden
descalificar ese extraordinario proceso con unos cuantos lugares comunes, que
se repiten hasta el cansancio (por ejemplo, que fue un golpe de estado, la
acción conspirativa de un pequeño grupo –los bolcheviques– desligada de la
acción colectiva, que la concepción leninista de partido conducía necesariamente
a la dictadura…). Aldo Casas indaga con atención y cuidado, levanta las piedras
del inmenso pedregal de ese país extraño que es el pasado, el gran 1917, y nos
presenta el cuadro panorámico que ahora pode-mos disfrutar y en el que se
reconstruyen los múltiples aspectos que hicieron posible la Revolución Rusa.
Otra característica de este libro, digna de destacar, se encuentra en la
empatía del autor con el tema que estudia, al que no se ve de lejos como si
fuera un espectador desinteresado, “neutral” y distante. Por el contrario, su
autor está compenetrado con la problemática de la revolución, de hoy y de ayer,
lo que le permite una comprensión de
15
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
las múltiples
fuerzas e intereses en juego, que son examinadas con lujo de detalles. Esa
empatía es posible por el vínculo apasionado y comprometido entre pasado,
presente y futuro, lo que implica que se mira el pasado como algo vivo, que se
proyecta hasta nuestros días, para examinar esa revolución y su
desenvolvimiento posterior a la luz de los problemas de nuestro tiempo, en
momentos en que se ha impuesto el mantra de que no existen alternativas ni
posibilidades de volver a pensar y, mucho menos organizar, una revolución
anticapita-lista. En la lógica de William Faulkner (“el pasado nunca está
muerto, no es ni siquiera pasado”), Aldo Casas nos dice:
(…) porque la historia
no es algo que fue allá lejos y hace tiem-po, la
historia es en tanto la pensamos e interpretamos desde el
mundo y el tiempo en que vivimos. Como escribiera un gran novelista argentino,
“la revolución es un sueño eterno”.
Es en este sentido
que se entiende su esfuerzo de pensar la Re-volución Rusa a contrapelo que, en
la perspectiva de Walter Benjamin, supondría considerar dos derivaciones: ir a
contracorriente de las ver-siones establecidas que hoy se han hecho dominantes,
oponiéndoles la tradición de lucha de los oprimidos; y, como demuestra su
recons-trucción, la revolución misma fue un resultado de luchar contra la
co-rriente, de ir en contra del “sentido de la historia”, como lo planteaban
antes de la Revolución Rusa los marxistas de la Segunda Internacional.
A contrapelo
tendría además otro significado, de extraordinaria actualidad: la catástrofe
como un método idóneo para pensar de una manera crítica los nexos entre el
pasado y el presente. La Revolución Rusa está inscrita en la catástrofe de la
Primera Guerra Mundial y la carnicería imperialista, constituyéndose en la
salida radical, desde abajo y con aire plebeyo, a esa catástrofe, hasta el
punto de que cam-bió al capitalismo y al mundo. En estos momentos, cuando
vivimos una catástrofe múltiple (económica, ambiental, climática, alimenticia,
sanitaria, educativa…) es perentorio buscar salidas que afronten esa crisis
multidimensional, que pone en peligro la propia existencia de la humanidad, un
costo cuya responsabilidad corre por obra y gracia del capitalismo realmente
existente.
16
Presentación de Renán Vega Cantor n
En esta situación
de catástrofe, la historia adquiere un sentido para nuestro presente, el mismo
que planteaba Walter Benjamin:
Que todo siga “así” es la
catástrofe. Esta no es lo inminente cada vez, sino que es lo cada vez ya dado.
[... ] el infierno no es nada que nos aceche aún, sino que es esta vida
aquí.
Nuestro Octubre de
1917
¿Por qué seguir
hablando de la Revolución Rusa, si se concibe hoy en forma dominante como un
experimento fallido y derrotado? ¿Será por mera curiosidad histórica? ¿Por qué
hablar de esa revolución si nos dicen que de ella no queda nada, solo
escombros, y que por eso debe-mos regresar a 1789 como referente revolucionario
y negar el siglo XX? ¿Hablar de la Revolución Rusa sería una labor de
nostálgicos, cuando los sucesos de 1989 enterraron definitivamente la
posibilidad de cual-quier revolución anticapitalista? Estas, entre muchas, son
algunas de las preguntas (que en sí mismas contienen las respuestas), cargadas
de un claro sentido político que resulta apologético del capitalismo real-mente
existente, que se hacen cuando se vuelve a mencionar los pro-cesos
revolucionarios del siglo XX, empezando por la Revolución Rusa.
Por supuesto, Aldo Casas se ubica en las antípodas de los meta-rrelatos
conservadores y procapitalistas hoy dominantes, e impues-tos desde hace 30 años
tras el “fin de la historia”, como un nuevo sentido común, claramente
negacionista, que nos llama a “pasar la página” y a olvidarnos de la Revolución
Rusa y de cualquier otra. Esa misma lógica negacionista de la Revolución se dio
primero en la pro-pia Rusia, tras la disolución de la URSS, como lo ha
estudiado Moshe Lewin en su obra El siglo soviético. Allí se
cita al filósofo político V. P. Mezhuev, quien en 1999 decía:
Pregúntense qué valoran del pasado,
qué debemos conti-nuar, qué debemos preservar. La respuesta a estas pregun-tas
les ayudará a enfrentarse al futuro... Si no hay nada po-sitivo en el pasado,
no hay futuro y no queda más remedio que “olvidarlo todo y dejarnos llevar por
la inercia”.
17
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
El destino histórico de Rusia no pasa
por un futuro sin pasado. Todo aquel que quiera borrar el siglo XX, un siglo de
catástrofes mayús-culas deberá despedirse también para siempre jamás de la gran
Rusia.
Esta afirmación puede proyectarse más
allá de las fronteras de Ru-sia y ser considerada en el contexto de lo que
representa la Revolución de 1917 para los anticapitalistas del mundo. En esa
perspectiva siem-pre hay que volver a ese acontecimiento, visto desde nuestro
presente, para examinar sus alcances, sus logros y, por supuesto, las razones
que explican su devenir durante el siglo XX. Tal es, en mi sentir, el espíritu
de este libro, en el cual se examinan con detalle las características de Octu-bre
de 1917, que el lector podrá apreciar por sí mismo. De la riqueza de esta
obra solamente quiero destacar algunos tópicos, que van contra el sin sentido
común que se ha hecho dominante en los últimos 30 años y que gravita sobre gran
parte de las izquierdas históricas.
La Revolución Rusa
fue una extraordinaria gesta transformado-ra de tinte plebeyo, en
la que participaron obreros, campesinos, sol-dados, marineros, mujeres pobres,
siendo el resultado de la acción combinada de un sujeto diverso y variopinto,
que no se redujo de manera exclusiva a los obreros industriales. Esta mirada
permite in-corporar la diversidad de fuerzas que hicieron posible la revolución
y sitúa en una perspectiva histórica el asunto, siempre candente y ne-cesario,
sobre el sujeto revolucionario de nuestro tiempo en los paí-ses de nuestra
América en tiempos de desindustrialización y una bru-tal transformación del
mundo del trabajo, junto con la importancia, dependiendo los países, de
campesinos, indígenas, mujeres pobres…
Desde el punto de
vista político, en la revolución confluyen una variedad de corrientes,
que no se reducen a los bolcheviques, sino que incluyen a los
mencheviques, populistas, socialistas revolucionarios, anarquistas… todos los
cuales aportaron su granito de arena en la lu-cha contra el régimen zarista
durante décadas, desde finales del siglo XIX. El aporte de todas estas fuerzas
confluye en 1917 y hacen posible la revolución, aunque hubieran sido los
bolcheviques quienes, enten-diendo las circunstancias, se situaran al frente de
los acontecimientos que culminaran con la toma del Palacio de Invierno.
No existe un abismo entre la
Revolución de Febrero y la de Octubre, como generalmente se plantea, sino que son parte de un proceso con-
18
Presentación de Renán Vega Cantor n
tinuo, caracterizado por la radicalidad revolucionaria de los sectores
plebeyos que con su accionar hicieron posible el fin del zarismo y en-frentaron
al gobierno burgués. Al respecto, es notable la manera en que se reconstruyen
esas acciones populares después de la Revolución de Febrero contra el régimen
zarista, las cuales estaban cargadas de violencia, producto de la rabia e
indignación contra el viejo orden, que no se negaba a morir y el nuevo, que se
estaba gestando, o sea, que no constituían aspectos exclusivos de una
revolución política, sino que eran los gérmenes de una revolución social. Como
lo precisa el autor:
Es falsa pues la idea recibida de que
Febrero habría sido una mera revolución política que dejó el poder en manos de
la burguesía. Por el contrario, y más allá de la maraña de con-fusión política
e infundadas ilusiones que mencheviques y SR alimentaban y/o sembraban,
aquellos millones de hom-bres y mujeres movilizados dieron al proceso el
carácter de una revolución social en acto, en el curso de la cual todas las
organizaciones que aspiraban a representarlas y/o dirigirlas se vieron
obligadas a revalidar y actualizar sus credenciales.
Los múltiples elementos, referidos a la desigualdad, la opresión, la
dominación y la injusticia que se pusieron en el tapete de la discu-sión a
nivel mundial, gracias al estallido emancipador que generó la revolución, cuyas
características y tensiones, que incidirán en su his-toria posterior, están
referidas a aspectos tales como el poder obrero, la revolución campesina, el
internacionalismo y la revolución socialista que se avizoraba (y nunca llegó)
en Europa, la revolución de las nacio-nalidades oprimidas y la lucha
anticolonial ante la opresión zarista y el imperialismo. La Revolución Rusa fue
la llave que abrió el acceso a un continente emancipador, el de la igualdad,
que hoy debe rescatarse en medio de la pavorosa desigualdad que predomina en el
mundo, y que suele contraponerse al de la libertad, como si fueran antagónicos.
De todo esto nos habla Aldo Casas, con una reivindicación de la importan-cia de
esos acontecimientos para el mundo de hoy.
Para concluir estas notas, resulta significativo decir que Octubre de
1917 forma parte de nuestras tradiciones, que no podemos lanzar
19
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
al basurero del olvido, sino que
debemos recuperar críticamente para nuestro presente y futuro, como bien lo
dice Ezequiel Adamovsky,
Muchos aspectos centrales de la
Revolución han quedado sepultados y ocultos bajo el peso de las visiones
míticas o condenatorias. Muchos de esos aspectos poco conocidos quizás puedan
ayudarnos todavía hoy a pensar una política emancipatoria o a analizar los
complejos vínculos entre los movimientos sociales radicales y el plano de la
política y sus organizaciones.
Debemos agradecer
que, con dedicación, esmero y esfuerzo, Aldo Casas recupere la Revolución Rusa
como un patrimonio del mo-vimiento revolucionario, con una mirada crítica que
señala las limi-taciones, errores, actos fallidos y contradicciones de los dirigentes
revolucionarios. Porque hay que decir que este no es un libro com-placiente ni
mítico, sino una historia a contrapelo que se basa en uno de los presupuestos
tan caros a Walter Benjamin, y por eso tiene
(…) el don de encender
en el pasado la chispa de la esperan-za [que] solo le es dado al historiador
perfectamente con-vencido de que ni siquiera los muertos estarán seguros si el
enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer.
Bogotá, septiembre 14 de 2020
Renán Vega Cantor (1958) es un
destacado marxista, historia-dor e investigador colombiano, profesor de la
Universidad Pedagógi-ca Nacional. Dirige la revista CEPA (Centro
Estratégico de Pensamien-to Alternativo), fundada por Orlando Fals Borda, e
integra el Consejo Asesor de Herramienta. Revista de debate y crítica
marxista. Recibió el Premio Libertador al Pensamiento Crítico en 2007 por
su obra Un mundo incierto, un mundo para aprender y enseñar. De sus
muchos libros, optamos por mencionar El Caos Planetario (1999),
por haber sido el primer título de Ediciones Herramienta, y, por su candente
actualidad, El capitaloceno (2019).
20
Prólogo del autor
Corresponde advertir desde el comienzo que estos ensayos no son obra de
un historiador. Están escritos por un militante que sintió la necesidad de
volver a reflexionar sobre la Revolución Rusa y la Unión de las Repúblicas
Soviéticas Socialistas (URSS), para que la reivindica-ción (crítica) del
proceso revolucionario que marcó el siglo XX fuese algo más que un acto de fe.
Estos textos intentan poner en diálogo los conocimientos y saberes que pude
adquirir en más de cincuenta años de intensa actividad política y social, con
una inmensa masa de do-cumentos y producciones historiográficas que en gran
medida desco-nocía. Son reflexiones basadas en una experiencia de lucha
individual y colectiva animada por la irrenunciable convicción de la necesidad
y actualidad de la revolución, para lo cual se requiere también reconocer
dolorosas derrotas y, sobre todo, asumir los muchos interrogantes que la praxis
revolucionaria no pudo resolver en el pasado y hoy se replan-tean en
condiciones, claro está, muy diferentes.
Para ello, debemos enfrentar la realidad sin anteojeras, con un marxismo
liberado del Diamat y las distorsiones con que fuera
pre-sentado como ideología de Estado en los tiempos del (mal) llamado
“socialismo realmente existente”. Como escribió no hace mucho un querido
compañero:
Queremos ayudar a reinventar el
marxismo en sus posibilida-des de acceder a la sociedad como totalidad en el
marco de un proceso popular emancipador. Queremos re-interiorizarlo y
recrearlo. […] Esto nos obliga a constituir nuestro marxismo como problema.
Parafraseando a Immanuel Wallerstein, po-
21
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
dríamos decir que nuestro intento nos
obliga a impensar el marxismo, esto es: a realizar un esfuerzo por detectar
todo aquello que, engendrado o alentado alguna vez por el mar-xismo, se ha
convertido en un límite para sus posibles desa-rrollos. También nos compromete
con una aproximación her-menéutica que es, posiblemente, el modo más adecuado
de recuperar el sentido revolucionario más recóndito de algunos viejos textos.
Se trata de un ejercicio eminentemente político (Mazzeo, 2018: 49).
He tratado de
entender lo que dijeron (o escribieron) y lo que efectivamente quisieron o
pudieron hacer aquellos revolucionarios: consciente o inconscientemente,
movidos por arraigadas y elabora-das convicciones, por conveniencias tácticas u
obligados por las cir-cunstancias. Y no me refiero solo a los líderes
“bolcheviques” (con toda su diversidad), sino también a quienes fueron sus
camaradas, compañeros de ruta y/o (en distintos momentos y circunstancias)
ad-versarios: mencheviques, eseristas, maximalistas, anarquistas,
sindi-calistas, espartaquistas, comunistas de izquierda, concejistas, etc. Y lo
que es más difícil aún, he tratado de dar visibilidad a las movilizacio-nes,
esperanzas, frustraciones y sufrimientos del pueblo trabajador, de aquellas
mujeres y hombres que, totalmente anónimos o casi des-conocidos, fueron los
protagonistas centrales de aquella gesta.
Para estudiar y
aprovechar siquiera en parte la inconmensura-ble cantidad de materiales que
pude consultar, debí también apren-der a des-aprender, poniendo en
cuestión lo que consideraba ya sa-bido, dando lugar a renovados
aprendizajes...Una actitud realmente imprescindible cuando se trata de
cuestiones que me han ocupado y preocupado mucho tiempo: más precisamente, toda
una vida.
Comencé a militar
allá por 1961. Primero, durante unos pocos pero intensos años, en la juventud
comunista. Luego y por varias dé-cadas, totalmente comprometido con el
movimiento trotskista. Des-de el 2002, he tratado de ayudar a renovar y
enraizar una izquierda con vocación de poder (hacer la revolución) a partir de
la recupera-ción de las ricas y potentes tradiciones y experiencias
emancipatorias de la América nuestra. Puedo decir entonces, sin exageración
alguna,
22
que la mayor parte de mi vida y formación política estuvieron signa-das
por la Revolución Rusa y sus secuelas. Y esto fue así debido a que, más allá de
las circunstancias familiares y personales que pudieron incidir en mi temprana
opción por el comunismo, viví un tiempo en el que la Revolución Rusa no
constituía solo un acontecimiento “his-tórico”. Quienes hacían política podían
estar a favor o en contra de la Revolución Rusa, admirar o criticar severamente
a la URSS y a sus diri-gentes, respaldar o combatir las grandes corrientes
políticas con ella referenciadas… pero en todos los casos la Revolución Rusa
operaba como un factor histórico y político presente. Incluso para los muchos
que pretendían mantenerse equidistantes de Washington y Moscú pregonando una
incierta “Tercera posición”. Y más aún cuando la Re-volución Cubana ratificó
que el horizonte emancipatorio de nuestros pueblos se inscribía en un ciclo
histórico iniciado en 1917.
Recordar el aire de
aquellos tiempos permite advertir y destacar que la situación actual es muy
diferente, por una suma de razones entre las que se destaca la restauración del
capitalismo en la antigua Unión Soviética, en Europa del Este y en la República
Popular China. Es verdad que desde 1989 y pasado el inicial triunfalismo de la
“Revo-lución Conservadora” a nadie se le ocurre vaticinar El fin de la
historia (lo ha reconocido el mismo Francis Fukuyama, autor de aquel
efímero best seller). Pero no es menos cierto que, con la
desaparición del cam-po socialista, llegó a su fin también toda una época del
movimiento obrero internacional, de los combates por la liberación nacional y
las iz-quierdas con ellos relacionadas. Aquellas revoluciones, la encarnizada
disputa entre socialdemócratas, comunistas, anarquistas, trotskistas, maoístas,
castristas y nacionalistas revolucionarios, las experiencias y debates de ese
complejo batallar emancipatorio tuvo el horizonte de sentido signado por la
constelación histórica, política, cultural e incluso geopolítica de la
Revolución Rusa. Ya no es así. Ni podrá volver a serlo.
Y sin embargo, el
terremoto organizativo, político y simbólico que “se llevó puesto” al campo
socialista fue seguido por réplicas que aún se dejan sentir. A pesar del tiempo
transcurrido desde que fuera derrum-bado el Muro de Berlín, las izquierdas
siguen deambulando entre los escombros de aquel cataclismo. No se ha terminado
de asimilar crítica-mente lo ocurrido y sigue siendo necesario ocuparse del
tema. Por eso,
23
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
al mismo tiempo que comprendemos y
asumimos que para las nuevas generaciones la Revolución Rusa resulta un hecho
histórico lejano y mal conocido, sostenemos que, como dijera Daniel Bensaïd, no
todos los pasados tendrán el mismo futuro, ni renunciamos al ejercicio
mili-tante de la memoria. Al igual que Renán Vega Cantor, “concebimos a la
memoria como una característica humana que no se reduce a recordar información
desechable, sino que es esencial para nuestra vida, porque nos permite
recordar, sentir, pensar, tener emociones y empatía”; como él luchamos por “la
recuperación de la memoria de los vencidos y de sus luchas, para iluminar el
tenebroso presente capitalista” (Vega Can-tor, 2013: 187). El olvido, el
desprecio infundado y la ignorancia sobre la Revolución Rusa y sus
protagonistas hace parte del intento por gene-ralizar la desmemoria que borra
la historia de resistencia y lucha de los obreros, campesinos y pueblos
coloniales que es el reverso de la historia oficial. La ofensiva neoliberal que
impone como ilusión real la provocati-va consigna lanzada por
Margaret Thatcher en la década de 1980: “The-re Is No Alternative”
(TINA), ha llevado a tal punto que, según observara Frederic
Jameson, resulte más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del
capitalismo. Cuando se ha hecho de la revolución un impensable, cuando la
pretensión de ir más allá del capital es descalificada como algo demencial,
parece oportuno y necesario desafiar el sentido común estatuido por el sistema.
A comienzos del siglo XX, a contramano de la arrogancia del capital
imperialista y del posibilismo en la izquierda, hubo quienes comenzaron por
redescubrir la actualidad de la revolución y el socialismo. Después llegarían
la oposición a la guerra interimperialista de 1914, la Revolución de 1917, el
poder de los soviets, la compleja ex-periencia del gobierno bolchevique, con
sus luces y sombras, la apuesta internacionalista que no logró impedir el
aislamiento de la revolución, el Termidor que desembocó en el stalinismo...Y,
como efectos retardados, la restauración del capitalismo y la actual crisis de
alternativa socialista.
De todo esto
tratarán los ensayos reunidos en este libro. Espero que el esfuerzo por ordenar
mis propias ideas y experiencias pueda ser una humilde contribución a la
impostergable tarea de re-conocer la actualidad de la revolución en el siglo
XXI.
Aldo Casas
24
Siglo XX: La actualidad
de la revolución
Al comenzar el año 1917, nadie imaginaba que se estaba en vís-peras del
acontecimiento revolucionario más significativo e influyen-te del siglo XX. En
el mes de enero, pocas semanas antes de la insu-rrección que derrocó al zar de
Rusia Nicolás II, en una conferencia a jóvenes socialistas de Suiza, el
exiliado Vladimir Lenin decía que en Europa parecía reinar un silencio
sepulcral, pero advertía:
(…)los años próximos traerán a
Europa, precisamente como consecuencia de esta guerra de pillaje,
insurreccio-nes populares dirigidas por el proletariado contra el poder del
capital financiero, contra los grandes bancos, contra los capitalistas. Y estas
conmociones no podrán terminar más que con la expropiación de la burguesía, con
el triunfo del socialismo. Nosotros, los viejos, quizá no lleguemos a ver las
batallas decisivas de esa revolución futura. No obstante, yo creo que puedo
expresar con plena seguridad la espe-ranza de que los jóvenes, que tan
magníficamente actúan en el movimiento socialista de Suiza y de todo el mundo,
no solo tendrán la dicha de luchar, sino también la de triunfar en la futura
revolución proletaria (Lenin, 1985, t. 30: 334).
25
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Esto suele
mencionarse para destacar que el estallido de la Re-volución Rusa sorprendió
incluso a quien llegó a ser su principal diri-gente. Pero la cita ilustra algo
mucho más importante: aun ignorando cuándo podría comenzar,
Lenin no remite “la futura revolución” a las calendas griegas1 sino todo lo
contrario: advierte sobre la actualidad de la revolución y llama a prepararse
para luchar y triunfar en la misma.
El objeto de este
ensayo es precisamente reivindicar a Lenin y aquella minoría irreductible de
“los viejos” que, a pesar de la guerra imperialista de 1914 y a contramano de
las desatadas pasiones chau-vinistas, fueron capaces de mantener una postura
revolucionaria. Su lucha venía desde bastante antes. Ya a finales del siglo XIX
y más aún después del “ensayo general” que fue la Revolución Rusa de 1905, hubo
socialistas (término que aquí se utiliza en un sentido amplio, incluyendo a
socialistas, socialdemócratas, anarquistas, sindicalistas revolucionarios,
etc.) que resistieron el curso reformista que por en-tonces se imponía en las
organizaciones políticas y sindicales de los trabajadores, proponiendo
tácticas, formas organizativas y métodos de lucha apuntados a terminar con la
explotación del capital para dar paso a la construcción de una sociedad sin
clases.
Ascenso y colapso
de la Segunda Internacional
A comienzos del
siglo XX el capitalismo estaba en plena expan-sión. Había superado la primera
gran crisis sistémica del capitalismo (que no fue como suele
creerse la de 1929, sino la que se había ini-ciado en 1870 y se prolongó
durante casi veinte años en lo que se llamó “Gran Depresión”, que, nuevamente,
no debe confundirse con la ocurrida en la década de 1930).
Se había ingresado
en la fase imperialista del capitalismo, una fase o estadio en
el que se exacerbaron las disputas entre las prin-cipales potencias del mundo
(y las que pugnaban por alcanzar ese estatus privilegiado, como era el caso de
los Estados Unidos de Nor-teamérica y Japón). Ellas intensificaban la
explotación del mundo pe-riférico (colonias y naciones dependientes) y se
disputaban el reparto del mundo a fin de asegurarse mercados, materias primas y
fuerzas
26
Siglo XX: La actualidad de la revolución n
de trabajo más baratas, en suma: ganancias extraordinarias. Con el
cambio de siglo se aceleró la expansión del mercado mundial, donde se enlazaban
y enfrentaban monopolios e intereses imperiales gene-rando tensiones
económicas, políticas y militares, que amenazaban la estabilidad del sistema
mundial de estados que lo sostenía e inten-taba regular.
Paralelamente, también el movimiento obrero y socialista in-ternacional
experimentó profundas transformaciones. Superado el trauma del sangriento
aplastamiento de la Comuna de París en 1871 y el consiguiente reflujo de las
luchas y organizaciones obreras, in-cluida la disolución de la Asociación
Internacional de Trabajadores (Primera Internacional), en la misma ciudad de
París se conformó en el año 1889 la Internacional de Partidos Socialistas y
Organizaciones Laboristas, conocida también como Segunda Internacional
o Interna-cional Socialista.2 La reorganización y fortalecimiento del
movimien-to obrero se desarrolló con ritmos y características diversas en los
distintos países y regiones del mundo. A despecho de esas desigual-dades,
tendió a predominar una especie de “división de tareas” o patrón dual: por un
lado, los sindicatos que procuraban agrupar al mayor número posible de
trabajadores para impulsar reivindicacio-nes económicas y laborales comunes
frente a las patronales; y por el otro, los partidos laboristas o socialistas,
que planteaban, en el te-rreno electoral y parlamentario, demandas políticas,
ante todo el de-recho al voto para todos los hombres mayores de edad y la
legaliza-ción de las organizaciones obreras y socialistas. Es significativo que
esta especie de “división de tareas” entre sindicatos (“de todos los
trabajadores”) y organizaciones político-programáticas (según “afini-dad
ideológica”) tendió a replicarse también en diversas organizacio-nes
anarquistas. Las ventajas inmediatas que esto pudo aparejar al movimiento
obrero, a más largo plazo lo debilitaron, pues se perdió de vista el
imprescindible espíritu de escisión ante el capitalismo; el sindicalismo hizo
un principio de la negociación en pro de mejoras parciales, lo mismo hicieron
los partidos con la búsqueda de votos y espacios institucionales, en ambos
casos pasaron a convertirse en pesadas maquinarias burocráticas con
funcionarios divorciados de la vida obrera.
27
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Claro está que el
peligro de especializarse en “avanzar por la línea de menor resis-tencia” no
resultaba por en-tonces tan evidente. No debe olvidarse que, en la mayor parte
del mundo, las activida-des sindicales y políticas se-guían siendo
completamente ilegales o, en el mejor de los casos, severamente reprimi-das. Un
caso extremo era el del imperio zarista, donde la implacable policía política (Ojrana)
desarticulaba siste-máticamente los intentos de organización obrera. Pero tanto
en Europa y, más aún, en otros puntos del mundo, las organizaciones obreras
debían librar duras batallas.
Sin embargo, la
relativa prosperidad que siguió a la Gran Depresión comenzó a posibilitar que
las burguesías imperialistas, siempre a regañadientes y en respuesta a las
luchas, hicieran concesiones “se-lectivas”. Algunas franjas de trabajadores,
con mayor organización y capacidad de presión, pudieron conquistar algunas
reivindicaciones (aumentos salariales, mejores condiciones de trabajo,
estabilidad, etc.) que los colocaban en una situación de relativo privilegio,
gene-rándose marcadas diferenciaciones en el seno de la clase obrera.
El nuevo contexto
alentó tendencias acomodaticias. En el afán de lograr y conservar mejoras
parciales y relativas, se fueron dejando de lado la acción directa, la
movilización de masas y el recurso ex-tremo de la huelga general. En el
ejemplar caso de Alemania, sobre todo, el sindicalismo concentraba sus
esfuerzos en la organización de efectivas campañas y acciones puntuales
destinadas a presionar y ne-gociar acuerdos con tal o cual sector de la
patronal, que se convertían
28
Siglo XX: La actualidad de la revolución n
en meta a perseguir por otros sectores del movimiento obrero. Los
partidos se construyeron como maquinarias electorales capaces de impulsar
campañas masivas en torno a las cuestiones que, en cada momento, permitieran
obtener más votos y diputados, ganando vi-sibilidad, prestigio “institucional”
y capacidad de negociación a nivel parlamentario y a nivel de las
administraciones locales… hasta que, en determinado momento, en Francia, un
importante sector del so-cialismo (el “Millerandismo”)3 consideró
admisible participar incluso en los gobiernos burgueses.
Revisionistas,
reformistas... y social-patriotas
A pesar de impedimentos legales, represiones a veces muy violentas y
furiosas campañas de desprestigio contra el “extremis-mo ateo” que llevaban
adelante los gobiernos, la Iglesia católica y las cámaras empresariales, la
Segunda Internacional se extendió y fortaleció. Los partidos socialistas y
socialdemócratas ganaron peso electoral, en varios países consiguieron fuertes
representaciones a nivel parlamentario y municipal, pasaron a contar con
decenas de mi-les de afiliados y millones de votantes. Los sindicatos se
convirtieron en organizaciones de masas, con millones de cotizantes y recursos
económicos que en algunos casos impulsaron también un pujante y redituable
movimiento cooperativista. Algunos se convirtieron en interlocutores que el
gran capital apreciaba por su previsibilidad y capacidad de control y
disciplinamiento de “la mano de obra”. Estas grandes organizaciones requerían
de aparatos y gran cantidad de funcionarios que, alejados del control,
necesidades y aspiraciones de los militantes y afiliados de base, servían de
instrumento y soporte para los dirigentes de partidos, sindicatos, bloques
parlamentarios, comisiones asesoras, etcétera.
La máxima expresión de esta tendencia y sus logros fue la compleja,
diversificada y poderosa red de organizaciones trabajosa-mente construida por
el Partido Obrero Social-Demócrata Alemán (SDAP),4 depositario directo del legado
de Karl Marx y Friedrich En-gels. Este partido había sido capaz de atravesar
los doce años de
29
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
proscripción y
persecuciones derivadas de las “leyes anti socialistas” impulsadas por el
canciller Bismarck (entre 1878 y 1890) y la conti-nua hostilidad de la
monarquía prusiana de Guillermo II, cuyo régi-men descansaba en un
“reagrupamiento” de fuerzas reaccionarias (conservadores, Junkers y
grandes industriales). Dado que este blo-que reaccionario (y militarista)
excluía a los socialistas, el SPD res-pondió erigiendo una virtual “contra
sociedad” obrera que, evitando enfrentar abiertamente el poder constituido o
desafiar su legalidad, aprendió a llevar adelante un trabajo de largo aliento
con campañas propagandísticas y movilizaciones masivas muy bien organizadas y
auto limitadas que lograron mejoras paulatinas en el nivel y condi-ciones de
vida de los trabajadores y, sobre todo, fortalecieron la au-toestima del
movimiento obrero organizado y su fe en que la fuerza y capacidad del partido
conduciría evolutiva pero inexorablemente al socialismo.
Con la
consolidación de las tendencias al oportunismo y la co-laboración de clases, la
revolución desapareció del “orden del día” en los partidos de la Segunda
Internacional y solo subsistía como un recurso retórico que podía agitarse “en
los días de fiesta”. La fase de relativa prosperidad y expansión económica
posterior a 1895 fue interpretada por los llamados revisionistas del
marxismo como prueba suficiente de que el capitalismo había ingresado en un
período histórico de sostenido desarrollo. Esta impresión llevó a postular que,
en las nuevas condiciones, el objetivo de abolir el capital pasaba a ser tan
irrealista como dañino; las organizaciones obreras debían concentrar todos sus
esfuerzos para conseguir re-formas económicas y ampliación de derechos democráticos.
Tales objetivos debían alcanzarse por medio de la acción concertada del
sindicato (en el terreno socio-económico) y del partido (a nivel
po-lítico-parlamentario), conquistando posiciones, construyendo una relación de
fuerzas más favorable y concertando alianzas con los elementos progresistas de
la burguesía. Eduard Bernstein, quien fuera amigo personal y albacea literario
de Engels, se convirtió en el principal impulsor de esta orientación con sus
artículos sobre “Pro-blemas del socialismo”, escritos a partir de 1987, y el
libro Las pre-misas del socialismo (1899).
30
Siglo XX: La actualidad de la revolución n
El Socialismo según
Eduard Bernstein
Tal como yo lo veo, hay que concluir
que el socialismo lle-ga, está en camino, pero no como desenlace de una colosal
batalla política decisiva, sino como fruto de toda una serie de victorias
económicas y políticas del movimiento obrero en sus distintos campos de
actuación; no como consecuencia de un aumento cada vez más considerable de la
opresión, de la miseria, de la humillación de los obreros, sino como efecto de
su creciente influjo social y de las relativas mejoras con-quistadas por ellos
de índole económica, política y ética. No es del caos de donde veo surgir la
sociedad socialista, sino de las realizaciones de tipo organizativo de los
obreros en el terreno de la economía libre, unidas a las instituciones y a los
logros a nivel estatal y comunal de la democracia militante. Tras todas las
convulsiones y todos los golpes de las fuerzas reaccionarias, a pesar de ellos,
descubro cómo la misma lu-cha de clases adopta formas más civilizadas; y
precisamente en ese ir civilizándose de las luchas políticas y económicas veo
la mejor garantía de realización del socialismo.
Was ist Sozialismus?, Verlag für
Sozialwissenschaft, Berlín, 1922.
Las premisas del
revisionismo fueron refutadas teóricamente por Karl Kautsky, considerado por
entonces el principal teórico marxista (una especie de “Papa Rojo” del
socialismo) y también, con notable elo-cuencia, por una joven y casi
desconocida Rosa Luxemburgo, militante judía polaca recién llegada a Alemania.
Después de sucesivos debates y muchas vacilaciones, las tesis del revisionismo
fueron formalmente rechazadas, tanto en los congresos del SPD5 como en los de la Segunda
Internacional. Bernstein fue derrotado porque Bebel y sus camaradas en la
dirección mantenían la convicción de que el fortalecimiento del partido pasaba
por ratificar su doctrinaria adhesión al marxismo e in-tervenir en las
elecciones levantando sus propias banderas, sin buscar alianzas con los
partidos burgueses, manteniendo en suma “la vieja
31
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
y probada táctica”
de luchas sindicales parciales y auto-controladas y campañas electorales en
torno a los ejes que en cada coyuntura permi-tiesen ganar más y más votos.
El Partido
Sodialdemócrata Alemán
Entre 1905 y 1911 su número de
militantes se había du-plicado; en 1914 superaba con mucho el millón de
afiliados, 175.000 de los cuales eran mujeres. Poseía 89 periódicos, así como
varias revistas teóricas y culturales, que empleaban a 11.000 trabajadores y
contaban con cerca de un millón y medio de abonados: el más importante de los
periódicos, el Vorwarts! (¡Adelante!) (…) tenía 165.000
lectores; la Gleichheit (Igualdad), destinada al público
femenino 125.000; y Wahre Jacob (El Verdadero Jacob) periódico
humorístico, 366.000. A partir de 1912 el partido tenía 110
diputados en el Reichstag, 220 representantes en los
diferentes Landtags provinciales y 12.000 consejeros
municipales [...] Mucho más que una máqui-na de combate, la socialdemocracia
era una “contra-sociedad” ya constituida y dispuesta a sustituir a la sociedad
establecida el día en que el capitalismo cediese el turno al socialismo. [...]
Se ha hablado de una “integración negativa” de la clase obre-ra, consistente en
una mejora material indiscutible y en un progresivo aburguesamiento de sus
miembros y más aún de sus militantes, sin que a cambio de eso fuesen suprimidas
las medidas discriminatorias y opresivas contra ella: situación que por su
propia naturaleza no hacía posible recurrir a una prue-ba de fuerza entre dos
clases antagónicas pero que en cambio dejaba subsistir un alto grado de
desconfianza e incompren-sión recíprocas (Jacques Droz, 1985-224: 91-95).
Como se acaba de
señalar, el partido alemán y la Segunda In-ternacional rechazaron las tesis del
revisionismo, pero el oportu-nismo y el reformismo se mantuvieron y reforzaron
aún más en la Realpolitik de sus principales dirigentes
sindicales y políticos. La
32
Siglo XX: La actualidad de la revolución n
práctica y el horizonte político de la socialdemocracia dejó de lado el
carácter revolucionario del marxismo para adoptar un doctrina-rismo teórico
funcional al conservadurismo organizativo y al opor-tunismo político.
El marxismo se
convierte de ciencia de la revolución en doctrina “científica”…
Marx y Engels no dejaron nunca en lo
personal de ser revolucionarios; la socialdemocracia se olvidó, en cambio,
gradualmente de tomar en cuenta la revolución como po-sibilidad política
realista. Fue ilustrativa, a este propósito, la actitud abierta y confiada de
Marx y Engels, en 1882, en el movimiento revolucionario popular ruso, de cuyos
límites históricos se daban cuenta perfectamente, pero que se inser-taba
también en el marco del movimiento democrático re-volucionario. Los
socialdemócratas alemanes, en cambio, no lograban “comprender” que una
revolución podía partir de la Rusia “atrasada”. Esa misma ceguera se repetiría
en 1905 y de una manera más trágica en 1917. Se creaba de este modo un círculo
vicioso a causa del cual la mayor conciencia de la clase obrera aumentaba su
aislamiento político y cultural en relación con los demás estratos populares,
campesinos y pequeño burgueses, perdiéndose así la unidad del pueblo que es la
columna vertebral del movimiento revolucionario. El radicalismo verbal cubría una
actitud meramente reactiva, defensiva del estrato profesional obrero que
llenaba de con-tenidos políticos sustancialmente liberales, a despecho de la
retórica antiburguesa. El marxismo se convierte de ciencia de la revolución en
doctrina “científica” con una función utópi-ca-compensatoria (Rusconi, 1981:
20).
El curso de la Segunda Internacional lejos estuvo de ser un proce-so
degenerativo lineal dictado por los cálculos políticos y justificaciones
ideológicas de algunos dirigentes. El ciclo de implantación y fortaleci-miento
de la Internacional y sus partidos incrementó realmente las fuer-
33
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
zas y capacidad de movilización de la
clase obrera. Las organizaciones de los trabajadores conquistaron un
reconocimiento social y fuerza que los capitalistas no pudieron ignorar.
Simultánea y contradictoriamente, la creciente institucionalización (y moderación)
de los socialistas alimentó la burocratización de sindicatos y partidos, y
atrajo a intelectuales y pro-fesionales de clase media que ganaron creciente
importancia (tanto en la dirección de los partidos como en las bancadas
parlamentarias y mu-nicipales) atraídos por la posibilidad de “hacer carrera”
política o sindical.
El socialismo evolucionista se
identificó con las engañosas ilusio-nes de que la “modernidad”, el “progreso”,
el “curso de la historia” y las “leyes de acero de la economía” eran vectores
que preparaban y/o con-ducían al socialismo o a sociedades modernas y
democráticas en las que no solo la miseria sino el antagonismo social tenderían
a desapa-recer. Se trató de un espejismo que invisibilizó las contradicciones
del modo de producción y el sistema mundial de estados capitalista. Karl
Kautsky estuvo ubicado en el ala izquierda del partido alemán cuan-do la lucha
contra el revisionismo y formuló análisis y aportes valiosos en los debates
internacionales que siguieron a la Revolución Rusa de 1905. Pero a partir de
1910 y sobre todo de 1912, cuando se abrió en Alemania una coyuntura de huelgas
y crisis política y sectores de iz-quierda de la socialdemocracia rescataron la
olvidada posibilidad de la huelga general, Kautsky comenzó por adoptar una
postura centrista y luego acompañó sin reparos la deriva
derechista de los cuadros que reemplazaron en la dirección a “la vieja guardia”
que había corporiza-do Bebel. Contribuyó decisivamente a la difusión del marxismo
vulgar que condiciona mecánicamente el cambio social al desarrollo de
las fuerzas productivas, la consolidación de las instituciones democráticas, y
las “leyes de hierro” de la economía y/o la “necesidad histórica”. La
resultante política de ese “meta relato” aportaba a la extraña idea de que los
socialistas eran revolucionarios organizados en un partido que no se planteaba
la tarea de hacer la revolución, a la espera de que ma-durasen las condiciones
para que les permitieran “llegar” al gobierno.
Kautsky no solo
morigeró sus iniciales pronunciamientos antico-lonialistas sino que llegó a
sostener que el imperialismo no era más que una forma peculiar
de expansión capitalista cuya extrema violencia afectaría los verdaderos
intereses de la burguesía. Se sugería de ese
34
Siglo XX: La actualidad de la revolución n
modo que los
socialistas debían tratar de alejar a la burguesía de las “camarillas”
belicistas (la industria pesada y el bloque agrario). La con-fianza en un
capitalismo “pacífico”, en la democratización de los estados y en que la fuerza
moral de la Segunda Internacional permitiría resolver los conflictos
interestatales por medio del arbitraje quedó brutalmente desmentida con el
estallido de la guerra y el colapso de la Internacional.
En el Congreso Socialista Internacional de Stuttgart (1907) se ha-bía
votado que, en caso de guerra, el deber de la socialdemocracia se-ría
“intervenir para hacerla cesar inmediatamente” y utilizar “la crisis económica
y política creada por la guerra para hacer agitación [con todas sus fuerzas]
entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación
imperialista” (Kriegel, 1985-225: 783). Des-pués, el Congreso de Copenhague, en
1910, reiteró que “las guerras son producto del capitalismo y sobre todo de la
competencia interna-cional de los estados capitalistas en el mercado mundial”.6 Pero el 4 de
agosto de 1914, la bancada parlamentaria de la socialdemocracia en el Reichtag votó
los créditos de guerra reclamados por Guillermo II y, de un día
para el otro, la inmensa mayoría de los dirigentes socialistas de toda Europa
capituló a los respectivos gobiernos y se convirtieron en social-patriotas.
En cada uno de los países involucrados por el conflicto, los socialistas fueron
arrastrados por el chauvinismo y el patrioterismo bélico. La colaboración de
clases para la defensa nacional y el esfuerzo de guerra pasaron a enaltecerse
como Unión Sagrada. Solo en Rusia y Serbia la mayoría de los
dirigentes socialistas se pronunciaron (inicial-
35
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
mente) en contra de
la guerra (todos los diputados socialdemócratas en la Duma votaron en contra de
los créditos de guerra, e incluso los “trudoviques” se retiraron de la sesión),
el Partido Socialista Italiano se manifestó neutral y el ILP (Partido Laborista
Independiente) optó por el pacifismo, pero el Partido Socialista Británico
apoyó la guerra. Las direcciones sindicales se sumaron casi sin fisuras al
“patriotismo”, in-cluyendo a la CGT de Francia que confluyó en este caso con la
SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera) arrastrando a notorios
izquierdistas como Lafuelle, Hervé y muchos anarquistas. Similar con-ducta
adoptaron el Tradeunionismo británico, muchos sindicalistas
re-volucionarios e incluso venerados anarquistas como James Guillaume
(superviviente dirigente de la AIT [Asociación Internacional de Trabaja-dores])
o el ruso Piotr Kropotkin (el más notable mentor intelectual del anarquismo) se
pronunciaron en favor del defensismo.
Los que no
capitularon
El Buró
Internacional Socialista, a cargo por entonces del belga Huysmans y el
austríaco Adler, quedó paralizado de un día para el otro y la súbita bancarrota
tuvo un impacto desmoralizador que dejó inclu-so anonadados a los minoritarios
y dispersos enemigos de la guerra imperialista: “luxemburguistas” en Alemania,
“tribunistas” en Holanda, “estrechos” en Bulgaria, seguidores de Tranmael en
Noruega, socialis-tas pacifistas de Italia o Suiza, bolcheviques, mencheviques
internacio-nalistas, algunos eseristas rusos, los socialdemócratas de Serbia.
Ni ellos ni los sindicalistas revolucionarios y anarquistas, que se
mantu-vieron al margen de la Unión Sagrada, estaban preparados para se-mejante
catástrofe. Por lo tanto, no fue un trámite rápido ni sencillo sobreponerse a
la derrota, restablecer contactos a despecho de dife-rencias, desconfianzas y
difíciles condiciones derivadas de la guerra, para terminar de cortar los lazos
con la vieja Internacional y debatir ba-ses y ritmos para un reagrupamiento
dispuesto a luchar con métodos y perspectivas revolucionarias contra la guerra
imperialista.
En las conferencias
de Zimmerwald7 (septiembre de 1915) y Kien-thal (abril de 1916) algunas decenas
de dirigentes, tan minoritarios
36
Siglo XX: La actualidad de la revolución n
como heterogéneos,
intentaron esbozar una perspectiva común en oposición a la Unión Sagrada y la
guerra imperialista. Fueron intentos de corto alcance y la idea de una nueva
internacional solo llegó a cobrar visibilidad e influencia después de
la Revolución Rusa y la fundación (en 1919) de la Internacional
Comunista. Sería equivocado, sin embargo, su-poner que la recreación del
marxismo revolucionario fue una creación ex nihilo de los
bolcheviques. Por el contrario, incluso para comprender cabalmente
la originalidad, límites y contradicciones de la corriente que luego se
llamaría comunista, es imprescindible tener presente y prestar
atención críticamente al aporte que a lo largo de muchos años y en orden
disperso hicieron todos los revolucionarios que combatieron la degeneración de
la socialdemocracia. Semejante investigación excede los objetivos y límites de
este ensayo, pero no podemos dejar de re-cordar que existieron ricas polémicas
teórico-políticas sobre la huelga general, la acción sindical y la lucha política,
la espontaneidad y el rol del partido, las lecciones a desprender de la
Revolución Rusa de 1905. Más en general, se trató de un sostenido y trabajoso
esfuerzo tendien-te a comprender y asumir la actualidad de la
revolución, considerando las contradicciones del capitalismo
como totalidad y recuperando la ol-vidada conexión entre socialismo
y revolución. Se avanzó en el estudio y comprensión del imperialismo y
el capital financiero, los monopolios y el Estado moderno, el desarrollo
desigual y combinado, la expansión mundial del capital y su articulación con
anteriores modos de produc-ción en formaciones económico-sociales determinadas,
etcétera.
También batallaron por mantener una perspectiva internaciona-lista y
anticapitalista organizaciones y dirigentes que no fueron parte de la Segunda
Internacional pero aportaron a la lucha de clases y el internacionalismo: los
Industrial Workers of the World (IWW), fuertes en los Estados
Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelandia, con diri-gentes de la talla de Bill
Haywood, Lucy Parsons o James Connolly; los anarco-sindicalistas y
sindicalistas revolucionarios como V. Griffuel-hes, P. Monatte, A. Rosmer,
Hubert Lagardelle (y durante algún tiem-po Sorel); el sindicalismo asambleario
y de base que se desarrolló en Gran Bretaña; poderosas organizaciones
anarquistas, como la CNT/ FAI de España, la Federación Obrera de la Región
Argentina, el partido de los hermanos Flores Magón en México.
37
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Rosa, Lenin,
Trotsky...
Rosa Luxemburgo escribió ¿Reforma
o Revolución? (1900), Proble-mas organizativos de la
socialdemocracia [rusa] (1904), Huelga de ma-sas, partido y
sindicatos (1906), La acumulación del capital (1913),
y La crisis de la socialdemocracia alemana (1916). De la
inmensa cantidad de libros y artículos escritos durante ese período por
Vladimir Ilitch Ulianov, alias Lenin, optamos por destacar El
desarrollo del capitalis-mo en Rusia (1898), ¿Qué Hacer? (1902), Un
paso adelante, dos pasos atrás. La crisis en el seno de nuestro partido (1904), Dos
tácticas de la so-cialdemocracia en la revolución democrática (1905), Las
divergencias en el movimiento obrero europeo (1910), El
Socialismo y la Guerra (1914), El imperialismo fase superior
del capitalismo (1916). De León Trotsky, recordamos Nuestras
tareas políticas (1904), 1905: Resultados y pers-pectivas (1906)
y La guerra y la Internacional (1914). Karl Liebknecht
escribió Militarismo y antimilitarismo (1907). Nicolai Bujarin
publicó La economía mundial y el imperialismo (1916). Antón
Pannekoek, Teoría marxista y táctica revolucionaria (1909), Acción
de masas y Revolución (1912). El también holandés Hermann
Gorter, El Materialismo Histórico
(1913) y El
Imperialismo, la Guerra Mundial y la Socialdemocracia (1914).
Khristian Rakovsky, de origen búlgaro pero también dirigente de la
socialdemocracia revolucionaria en Rumania y Rusia, escribió Los
so-cialistas y la guerra (1915). A simple título de homenaje e
ilustración, este ensayo termina con tres recuadros o anexos que
nos acercan al rigor teórico y la pasión política de Luxemburgo, Trotsky y
Lenin.
38
Siglo XX: La actualidad de la
revolución n
Rosa Luxemburgo
La crisis de la
socialdemocracia alemana (“Folleto Junius”)
El socialismo es el primer movimiento
popular del mundo que se ha impuesto una meta y ha puesto en la vida social del
hombre un pensamiento consciente, un plan elaborado, la libre voluntad de la
humanidad. Por eso Federico Engels llama a la victoria final del proletariado
socialista el salto de la humanidad del reino ani-mal al reino de la libertad.
Este paso también está ligado por leyes históricas inalterables a los miles de
peldaños de la escalera del pasado, con su avance lento y tortuoso. Pero jamás
se logrará si la chispa de la voluntad consciente de las masas no surge de las
circunstancias materiales que son fruto del desarrollo anterior. El socialismo
no caerá como maná del cielo. Solo se lo ganará en una larga cadena de
poderosas luchas en las que el proletariado, dirigido por la socialdemocracia,
aprenderá a manejar el timón de la sociedad para convertirse de víctima
impotente de la historia en su guía consciente.
Federico Engels
dijo una vez: “La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al
socialismo o regresión a la barbarie”. ¿Qué significa «regresión a la barbarie»
en la etapa actual de la civi-lización europea? Hemos leído y citado estas
palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. En este
momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la
regre-sión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una
regresión a la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce a la destrucción
de la cultura, esporádicamente si se trata de una guerra moderna, para siempre
si el periodo de guerras mundiales que se acaba de iniciar puede seguir su
maldito curso hasta las últimas consecuencias. Así nos encontramos hoy, tal
como lo pro-fetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o
triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda cultura y, como en la
antigua Roma, la despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio;
o triunfa el socialismo, es decir, la lucha consciente del proletariado
internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras. Tal es el
dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza temblando
en el punto de equi-librio, aguardando la decisión del proletariado. De ella
depende el
39
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
futuro de la cultura y la humanidad.
En esta guerra ha triunfado el imperialismo. Su espada brutal y asesina ha
precipitado la balanza, con sobrecogedora brutalidad, a las profundidades del
abismo de la vergüenza y la miseria. Si el proletariado aprende a partir de
esta guerra y en esta guerra a esforzarse, a sacudir el yugo de las clases
dominantes, a convertirse en dueño de su destino, la vergüenza y la miseria no
habrán sido en vano.
La clase obrera moderna debe pagar un
alto precio por cada avance en su misión histórica. El camino al Gólgota de su
liberación de clase está plagado de sacrificios espantosos. Los combatientes de
junio, las víctimas de la Comuna, los mártires de la Revolución Rusa: una lista
interminable de fantasmas sangrantes. Han caído en el campo del honor, como
dijo Marx refiriéndose a los héroes de la Comuna, para ocupar para siempre su
lugar en el gran corazón de la clase obrera. Ahora millones de proletarios están
cayendo en el campo del deshonor, del fratricidio, de la autodestrucción, con
la canción del esclavo en sus labios. Ni eso se nos ha perdonado. So-mos como
los judíos que Moisés llevó por el desierto. Pero no es-tamos perdidos y la
victoria será nuestra si no nos hemos olvidado cómo se aprende. Y si los
dirigentes modernos del proletariado no saben cómo se aprende, caerán para
“dejar lugar para los que sean más capaces de enfrentar los problemas del mundo
nuevo” [...]
El verdadero problema que la guerra
mundial les ha planteado a los partidos socialistas, de cuya solución depende
el futuro del movimiento obrero, es la disposición de las masas proletarias
para luchar contra el imperialismo. El proletariado internacional no ado-lece
de falta de postulados, programas y consignas, sino de falta de hechos, de
resistencia efectiva, del poder de atacar al imperialismo en el momento
decisivo, es decir, de guerra. No ha podido poner en práctica su vieja consigna
de guerra contra la guerra. He aquí el nudo gordiano del movimiento proletario
y de su futuro.
El imperialismo, con su política de
fuerza bruta, con la cadena incesante de catástrofes sociales que provoca es,
por cierto, una necesidad histórica de las clases dominantes del mundo
contem-poráneo. Sin embargo, nada podría ir en mayor detrimento del proletariado,
que el que este arribara a la menor ilusión, a partir de la guerra actual, de
que es posible un desarrollo idílico y pacífico del capitalismo. Hay una sola
conclusión que el proletariado puede extraer de la necesidad histórica del
imperialismo. Capitular ante
40
Siglo XX: La actualidad de la
revolución n
el imperialismo significará vivir
para siempre a su sombra, alimen-tándose de las migajas que caigan de las mesas
de sus victorias.
La historia avanza por medio de
contradicciones, y por cada necesidad que trae al mundo, trae también su
opuesto. La socie-dad capitalista es, sin duda, una necesidad histórica, pero
tam-bién lo es la rebelión de la clase obrera en su contra. (...) Nuestra
necesidad es el socialismo. Nuestra necesidad recibe su justifica-ción en el
momento en que la clase capitalista deja de ser la por-tadora del progreso
histórico, cuando se convierte en un freno, en un peligro para el desarrollo
futuro de la sociedad. La guerra mundial demuestra que el capitalismo ha
alcanzado esa etapa.
(Luxemburgo, 1976, tomo 2: 63 y 127).
Trotsky
La guerra y la
revolución
Cuando el capitalismo pasa del
estadio nacional al estadio im-perialista y mundial, la industria de cada país,
y al mismo tiempo la lucha del proletariado, pasan a quedar bajo la dependencia
di-recta de las fluctuaciones del mercado mundial, que se desarrolla y
garantiza con las marinas de guerra. Dicho de otra manera: en contradicción con
el interés de clase de los trabajadores, aumen-tan los intereses de diversas
capas del proletariado cada vez más dependientes de la política exterior del
gobierno. […] Negar las tendencias imperialistas en el seno de la Internacional
y el inmen-so rol que tuvieron en la conducta de los partidos socialistas, es
cerrar los ojos ante lo evidente. Son hechos perturbadores. ¡Pero en ellos
reside lo inexorable de la crisis revolucionaria! (…) Desde que el poder
capitalista pasa a ser mundial, es decir imperialista, el proletariado no puede
hacerle frente con un programa (llama-do “mínimo”) basado en la coexistencia de
trabajadores y un go-bierno nacional. […] La derrota de la II Internacional es
ante todo la bancarrota de su sistema táctico. Los métodos empleados en la
oposición parlamentaria no solo son objetivamente infructuosos, sino que
pierden todo valor ante los ojos de los trabajadores, que ven claramente el
perfil del imperialismo por detrás de sus par-lamentarios y constatan que son
cada vez más dependientes de
41
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
los éxitos del imperialismo en el
mercado mundial. Cualquier so-cialista que piense se da cuenta de que el pasaje
del posibilismo a la revolución no puede ocurrir sin convulsiones históricas.
¡Pero que estas hicieran desmoronar a la Internacional, en cambio, es algo que
nadie pudo prever! (…) ¡La historia agarró la escoba, ba-rrió a la
Internacional de los epígonos y arrojó a millones de seres humanos al campo de
batalla, donde la sangre se derrama con sus últimas ilusiones! ¡Terrible
experiencia! De su desenlace de-penderá, posiblemente, el destino de la cultura
europea. […]
El proletariado,
tras haber pasado por la escuela de la guerra, ante el primer choque advertirá
la fuerza de hablar con lenguaje enérgico. “La necesidad hace la ley”, le
responderá a quienes preten-dan hablarle de legalidad. Esa cruel necesidad que
reina soberana durante y después de la guerra, será capaz de rebelar a las
masas.
El proletariado será quien sienta más
vivamente el debilitamien-to total en que se hundirá Europa. Los recursos
materiales estarán agotados por la guerra y la posibilidad de satisfacer las
exigencias de las masas será muy limitada. Esto conducirá inexorablemente a
graves conflictos políticos que, ampliándose y profundizándose, pueden asumir
el carácter de una revolución social cuyo curso y desenlace son, evidentemente,
actualmente imprevisibles.
Por otra parte, la guerra, con sus
inmensos ejércitos y sus diabó-licas armas de destrucción, puede agotar no
solamente los recur-sos materiales de la comunidad, sino también las fuerzas
morales de los proletarios. […] Si no encontrara resistencias internas, puede
durar muchos años con éxitos provisorios de uno u otro campo, hasta el total
agotamiento de los principales beligerantes. Toda la energía combativa del
proletariado puede agotarse en este terrible trabajo de autodestrucción. ¡La
resultante puede ser que nuestra cultura sea arrojada hacia atrás durante
varias generaciones! […]
Reunir las fuerzas del proletariado
en la batalla por la paz, es atacar al imperialismo en todos los frentes. […]
La campaña por la paz debe ser llevada adelante simultáneamente y por todos los
medios de los que dispone la socialdemocracia. Los ejes son: 1) liberar a los
pueblos de la hipnosis del nacionalismo, y 2) depurar a fondo los actuales
partidos oficiales del proletariado. Los nacio-nal-revisionistas y los
social-patriotas que aprovecharon las con-quistas del socialismo y utilizaron
su influencia sobre las masas trabajadoras para sus objetivos
nacional-militaristas, deben ser
42
Siglo XX: La actualidad de la
revolución n
rechazados al campo de los enemigos
de clase del proletariado. La socialdemocracia revolucionaria no teme quedar
aislada. […]
Los marxistas revolucionarios no
tenemos razón alguna para perder la esperanza. La época en que entramos será
nuestra épo-ca. El marxismo no está vencido. Por el contrario: si el estruendo
de la artillería en todos los campos de batalla europea significa la
ban-carrota de las organizaciones históricas del proletariado, proclama también
la victoria teórica del marxismo. ¿Qué queda actualmente del desarrollo
“pacífico”, de la desaparición de las contradicciones capitalistas, del
crecimiento mesurado y progresivo del socialismo? Los reformistas, que
esperaban “llegar” por medio de la colabora-ción de la socialdemocracia con los
partidos burgueses, se reducen ahora a desear la victoria de los ejércitos
nacionales. […]
La desorganización del orden mundial
acarreará la del orden co-lonial. Las colonias perderán su carácter “colonial”.
Sea cual sea la salida del conflicto, la resultante solo puede ser el
estrechamiento de la base del capitalismo europeo. La guerra no resuelve la
cues-tión del proletariado; por el contrario, la agudiza. Y el mundo
capita-lista queda entonces ante dos posibilidades: guerra permanente o
revolución del proletariado. Si la guerra “pasó por encima” de la ca-beza de la
II Internacional, sus consecuencias inmediatas van a pa-sar por encima de las
cabezas de la burguesía mundial. ¡Nosotros no nos dejamos llevar por la
desesperación ante el naufragio de la Internacional, esa vieja forma ideológica
barrida por la Historia! La era revolucionaria se creará a partir de las
fuentes inagotables del proletariado que se elevarán a la altura de los nuevos
problemas.
(Trotsky, 1974: 135)
Lenin
El Socialismo y la
Guerra
Durante la existencia de la II
Internacional se libró sin cesar una lucha en el seno de todos los partidos
socialdemócratas en-tre el ala revolucionaria y el ala oportunista. En varios
países (In-glaterra, Italia, Holanda y Bulgaria) se llegó, con este motivo, a
la escisión. Ningún marxista dudaba de que el oportunismo expre-saba la
política burguesa en el movimiento obrero, los intereses
43
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
de la pequeña burguesía y de la
alianza de una ínfima parte de obreros aburguesados con “su” burguesía, contra
los intereses de las masas proletarias, oprimidas.
Las condiciones objetivas de fines
del siglo XIX reforzaron es-pecialmente el oportunismo, transformando la
utilización de la legalidad burguesa en servilismo ante ella, creando una
pequeña capa burocrática y aristocrática de la clase obrera e incorporando a
las filas de los partidos socialdemócratas a muchos “compañe-ros de ruta”
pequeñoburgueses.
La guerra vino a acelerar este
desarrollo, convirtiendo el opor-tunismo en social chovinismo, y la alianza
secreta de los oportu-nistas con la burguesía en una alianza abierta. Además,
las au-toridades militares han declarado en todas partes el estado de guerra y
amordazado a las masas obreras, cuyos viejos jefes se han pasado, casi en su
totalidad, al campo de la burguesía.
La base económica del oportunismo y
del social chovinismo es la misma: los intereses de una capa ínfima de obreros
privilegia-dos y de la pequeña burguesía, que defienden su situación
excep-cional y su “derecho” a recibir unas migajas de los beneficios que
obtiene “su” burguesía nacional del saqueo de otras naciones, de las ventajas
que le da su situación de gran potencia, etcétera.
El contenido ideológico y político
del oportunismo y del social chovinismo es el mismo: la colaboración de las
clases en vez de la lucha entre ellas, la renuncia a los medios revolucionarios
de lucha y la ayuda a “sus” gobiernos en su difícil situación, en lugar de
aprovechar sus dificultades en favor de la revolución. Si consi-deramos todos
los países europeos en su conjunto, sin detener-nos en tales o cuales
personalidades (aunque se trate de las más prestigiosas), veremos que
precisamente la corriente oportunista ha sido el principal sostén del social
chovinismo, y que del campo revolucionario se alza, casi en todas partes, una
protesta más o menos consecuente contra esa corriente. Y si examinamos, por
ejemplo, la manera como se agruparon las diversas corrientes en el Congreso
Socialista Internacional de Stuttgart, en 1907, vere-mos que el marxismo
internacional se pronunció contra el impe-rialismo, mientras que el oportunismo
internacional se manifestó ya entonces en su favor.
En el pasado, antes de la guerra, el
oportunismo era consi-derado como una “desviación”, como una posición
“extremista”,
44
Siglo XX: La actualidad de la
revolución n
pero, no obstante, se le concedía el
derecho de ser una parte in-tegrante del partido socialdemócrata. La guerra ha
demostrado que esto ya no será posible en el futuro. (...) Hoy, la unidad con
los oportunistas, siendo como es la escisión del proletariado re-volucionario
de todos los países, significa de hecho la subordina-ción de la clase obrera a
“su” burguesía nacional y la alianza con ella para oprimir a otras naciones y
luchar por los privilegios de toda gran potencia. [...] La clase obrera no puede
cumplir su mi-sión histórica sin librar una lucha implacable contra esa actitud
de renegados, contra esa falta de principios, contra esa actitud servil hacia
el oportunismo y contra ese increíble envilecimiento teórico del marxismo. El
kautskismo no es fruto del azar, sino el producto social de las contradicciones
de la II Internacional, de la combinación de fidelidad verbal al marxismo con
la sumisión, de hecho, al oportunismo.[…]
Los socialistas no pueden alcanzar su
elevado objetivo sin lu-char contra toda opresión de las naciones. Por ello
deben exigir absolutamente que los partidos socialdemócratas de los países
opresores (sobre todo de las llamadas “grandes” potencias) re-conozcan y
defienda el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación, y
justamente en el sentido político de esta palabra, es decir, el derecho a la
separación política. El socialista de una gran potencia o de una nación
poseedora de colonias que no defiende este derecho, es un chovinista. (…) A su
vez, los so-cialistas de las naciones oprimidas deben luchar absolutamente por
la unidad plena (incluida la unidad orgánica) de los obreros de las naciones
oprimidas y de las naciones opresoras. La idea de una separación jurídica de
las naciones (la llamada “autonomía nacional y cultural” propugnada por Bauer y
Renner) es una idea reaccionaria.
La época del imperialismo es la época
de la opresión creciente de las naciones del mundo entero por un puñado de
“grandes” potencias, razón por la cual la lucha por la revolución socialista
internacional contra el imperialismo es imposible sin el reconoci-miento del
derecho de las naciones a la autodeterminación. “Un pueblo que oprime a otros
pueblos no puede ser libre” (Marx y Engels). Un proletariado que acepte que su
nación ejerza la me-nor violencia sobre otras naciones no es socialista.
(Lenin, 1960, t. 21: 312 y 319)
45
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Notas
1. Expresión utilizada
para indicar que algo no se realizará nunca, ya que en Grecia no existían
las calendas, que era una división del mes romano.
2. En la nueva
organización inicialmente participó también el anarquismo, pero las
organizaciones anarquistas fueron separadas en 1883 y definitivamente excluidas
en 1896. Una de las pocas voces que se alzó en contra esa expulsión fue la de
Pannekoek,
socialista de izquierda de Holanda. La gran mayoría de la socialde-mocracia
alemana fue muy hostil al anarquismo y tendía a descalificar cualquier crítica
de izquierda considerándola expresión de “anarquismo y espontaneísmo
pequeñoburgués”.
3. En 1899, tras la
crisis producida por el movimiento del general Boulanger y el caso Dreyfus, el
gobierno Waldeck-Rousseau nombró ministro de comercio e industria al dirigente
socialista Millerand. El caso mereció condenas y encendidos debates, pero en definitiva
sentó el principio de que en la búsqueda de ocupar espacios institucionales era
admisible participar en los gobiernos de la burguesía.
4. El Partido
Socialista Obrero de Alemania (Sozialistische Arbeiterpartei Deutschlands,
SADP) fue fundado en 1875, con la unión de la Asociación General de
Trabajadores de Alemania (ADAV, impulsada por Lasalle) y el marxista Partido
Socialdemócrata Obrero de Alemania (SDAP). En 1891 adoptó el nombre de Partido
Socialdemócra-ta Alemán (SPD).
5. En los congresos de
Hannover (1989), Lübeck (1901) y Dresde (1903), en el cual Be-bel en persona
batalló para que se rechazara (por 228 votos contra 11) esa táctica “tendiente
a cambiar nuestra línea de actuación probada y gloriosa, basada en la lucha de
clases, y a reemplazar la conquista del poder político y la implacable lucha
contra la burguesía por una política de concesiones al orden establecido” (cit.
en Droz, 1985-224: 64).
6. Incluso se presentó
una enmienda que recomendaba enfrentar ese peligro con la preparación de “la
huelga general obrera” y “la acción y agitación populares en sus formas más
activas”, pero su votación fue postergada para el posterior congreso...
que la guerra
impidió.
7. Se reunieron
treinta y ocho delegados socialistas de once países, doce provenien-tes del
Imperio ruso (Martov, Axelrod, Trotsky, Lenin y Zinoviev, los eseristas
Cher-nov y Natanson…), el holandés Gorter, el rumano Rakovsky, algunos
diputados alemanes (Rosa Luxemburgo estaba en la cárcel), algunos sindicalistas
franceses y socialistas italianos, polacos y suizos.
46
Los revolucionarios rusos (antes de 1917)
Los revolucionarios rusos tuvieron una activa participación en la
Segunda Internacional (en los congresos socialistas internaciona-les y las
publicaciones de sus secciones), desarrollaron relaciones estrechas con sus
partidos más importantes (como los de Alemania, Austria y Francia, entre otros)
y se involucraron en las polémicas, en-frentamientos y realineamientos de la
socialdemocracia occidental. Para organizaciones relativamente débiles y muy
perseguidas, esas relaciones y colaboraciones eran de extrema importancia.
Además, muchos de sus dirigentes1 vivieron largos años de obligado exilio en
Londres, París, Berlín, Bruselas, Viena, Zurich, Ginebra, Roma o Nueva York y
establecieron contactos con los más destacados referentes de la
socialdemocracia internacional. Siendo así, lo dicho en otro ensayo dedicado al
ciclo de ascenso y crisis de la Internacional Socialista vale también, en
cierta medida, para los socialistas de Rusia. Sin embargo, más allá de esa
experiencia compartida con el conjunto de la social-democracia, existen
evidentes particularidades en las diversas tradi-
47
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
ciones y enconados
conflictos de los revolucionarios de Rusia, cuyas organizaciones debieron
forjarse bajo las duras condiciones impues-tas por la autocracia y el imperio
zarista y actuaron en sociedades muy distintas a las del resto de Europa; no
solo por la represión, sino por la historia y formación económica-social de
Rusia, el Estado abso-lutista modelado por la dinastía de los Romanov y su rol
en la peculiar inserción de Rusia (poderosa y al mismo tiempo menesterosa) en
el sistema-mundo capitalista.
Rusia, cárcel de
pueblos e imperio periférico
Al comenzar el siglo XX, Rusia era un
“imperio periférico” (…) El territorio comandado por el zar Nicolás II ocupaba
vastas re-giones con poblaciones diversas (…) Distintas victorias militares le
habían permitido ganar un lugar dentro del coro de los gran-des países
europeos. Sin embargo, su condición de potencia se vería debilitada por el
lugar en el que se encontraba en el siste-ma-mundo [...] A pesar de ser
soberana y de dominar amplios territorios, Rusia combinaba rasgos del centro
con los de la pe-riferia. El centro económico europeo extraía de ella materias
primas y su desarrollo industrial era relativamente pobre.
Consciente de esta situación, y
preocupada por su fracaso militar en la guerra de Crimea (1853-1856), la elite
rusa intentó diversas propuestas modernizadoras, que incluyeron la
libe-ralización de los campesinos siervos en 1861 y proyectos para industrializar
la economía [...] Gran parte de la inversión para el desarrollo de esta
modernización provino, sin embargo, del ex-tranjero. Capitales entonces
disponibles de Inglaterra, Francia, Alemania y Bélgica, entre otros, invadieron
la tierra rusa en bus-ca de ingentes ganancias [...] Hacia 1902, más de 90
compañías extranjeras estaban establecidas en el país y el capital europeo
tenía predominio, todo en el sector financiero. No obstante, Ru-sia seguía
dependiendo del campo, y entre 1890 y 1913 fue, gra-cias al trigo y el centeno,
el principal exportador de granos del mundo. [...] Esta forma de
industrialización, típica de los países periféricos, contó con una deliberada
intervención de la noble-za rusa. Esta última, junto con la familia del zar,
era la verdadera
48
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
clase dominante del país y facilitó
los requerimientos del capital extranjero. En el largo plazo, una de las
consecuencias de esta dinámica fue que el zar se vio obligado a solicitar
créditos en el exterior, lo que elevó el nivel de la deuda. Esto su vez generó
un aumento constante de la presión fiscal sobre el campesi-nado, que conformaba
la amplia mayoría de la población [...] De este modo, los sucesos que iba a
experimentar Rusia en las primeras décadas del siglo XX no solo estuvieron
vinculados a las propias tensiones internas, sino que tuvieron estrecha
re-lación con la expansión del capital europeo y con la dinámica desplegada por
el sistema mundo. [...] En el caso de la revolución en el siglo XX, esta fue
concomitante con la crisis que en Europa se generó por la competencia de las
potencias imperialistas, la cual desembocaría en la Primera Guerra Mundial
(Baña & Ste-fanoni, 2017: 15-21).
Marx y el legado
del Narodichestvo
Para ir más allá de las ideas recibidas sobre el marxismo en Ru-sia y su
asimilación por los socialismos que se desarrollaron en esta vasta región, hay
que remontarse a lo que escribió “el último Marx”. Y recordar, de paso, que la
obra de Karl Marx fue conocida y valorada en Rusia mucho antes de que Plejanov
se hiciera marxista, cuando aún no existían allí partidos obreros, pero sí
revolucionarios.
De hecho, Marx fue introducido y difundido por revolucionarios que no
eran marxistas: una primera versión al ruso del Manifiesto co-munista fue
obra del anarquista Mijail Bakunin, y El capital fue
tradu-cido por el populista Nikolai Danielson [Nikolai-on]. En una fecha
tan temprana como 1872 se publicó en Rusia (tal vez porque los censores pueden
haber considerado que ese voluminoso texto era incompren-sible) la obra capital
de Marx. El libro no solo circuló en Rusia antes que en Francia o Inglaterra, sino
que se vendió más y más rápido que en la misma Alemania.
Marx mantuvo una copiosa correspondencia con Danielson, pues el interés
que el prusiano rojo puso en Rusia nada tuvo de su-
49
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
perficial. Leyó o
consultó unos 200 libros en ruso tratando de com-prender aquella realidad,
tanto en lo que guardaba relación con sus investigaciones sobre la propiedad de
la tierra y la renta agraria, y por interés político en el desarrollo del
movimiento revolucionario en Rusia.
Marx y los Narodnikis
(...) Marx aprendió ruso a partir de
1870, leyendo dos veces (primero en inglés, luego en ruso), la obra de Nikolai
Gabrilovich Chernishevsky (1828-1899) […] Marx venía siguiendo de cerca el
proceso de emancipación de los siervos en Rusia, el desarrollo de la comuna
rural, así como la lucha de los narodnikis (popu-listas
radicales), con quienes simpatizaba sin ambigüedades. Existen al respecto
numerosas pruebas en su correspondencia y escritos. […]. Marx mantuvo
correspondencia con el Comité Ejecutivo de la organización que atentó contra el
zar [Alejandro II] e incluso tuvo trato personal con los representantes de este
comité que vivían en el extranjero. Hasta tal punto Marx esta-ba interesado y
simpatizaba con las actividades de esta orga-nización, que existe un ejemplar,
procedente de su biblioteca, del programa de miembros proletarios del Narodnaia
Volia (La Voluntad del Pueblo). Ese ejemplar contiene abundantes notas
y subrayados de Marx, testimonio del estudio a fondo aquel do-cumento histórico
(Kohan, 2018: 55).
El libro de Marx
despertó curiosidad e interés, y también intensos debates teóricos y políticos,
referidos tanto a la penetración y carac-terísticas del capitalismo en Rusia
así como a las polémicas instaladas por los Narodnikis (populistas)
en torno a las características y poten-cialidades de la comuna rural. Lo
distintivo de esta corriente era su preocupación por la situación de la inmensa
masa campesina de Rusia, parcialmente liberada de la servidumbre desde 1861,
pero desprovis-ta de bienes y cargada de deudas. El populismo era una corriente
ex-tremadamente heterogénea, con tendencias enfrentadas: eslavófilas
50
Los revolucionarios
rusos (antes de 1917) n
y reaccionarias algunas, pacifistas y liberales otras y una importante
corriente con posiciones socializantes y “terroristas”. Con el telón de fondo
histórico de las grandes revueltas agrarias del pasado (como la de Pugachev,
entre 1773 y 1775), el populismo había llegado a ser la principal expresión del
movimiento socialista o proto socialista entre 1860 y 1890, había recibido el
aporte de la sección rusa de la Primera Internacional y Bakunin, de aventureros
como Netchaev y también de intelectuales de fuste como Aleksander Herzen y
Chernishevsky.
Herzen fue el primero que calificó a
la obschina de célula socialista y al campesino ruso como
socialista innato, capaz de crear con sus propias fuerzas el socialismo en
Rusia. [...] Fue también el primero en lanzar la consigna “Tierra y Liber-tad”
[...] Después de Herzen, N. Chernishevsky se pronuncia en favor de la obschina.
Piensa que la obschina podría ser la base para el desarrollo
socialista en el campo ruso, a con-dición de abolir la posesión señorial de las
tierras e instalar una república democrática [...] y consideraba que
apoyán-dose en la obschina, Rusia podía escapar a la fase
capitalista e ir directamente hacia el socialismo (Ida Mett, 1968: 5).
Nikolai Chernishevsky (1828-1889), revolucionario, filósofo y es-critor,
estudioso de Feuerbach y Fourier, fue quien sentó las bases del populismo
revolucionario, su-
friendo por ello 19
años de cárcel y destierro (en prisión escribió la novela ¿Qué hacer? cuyo
título reto-maría Lenin en su famoso libro de 1902). En 1860 impulsó la
organiza-ción de la sociedad secreta Tierra y Libertad [Zemliá i Volia]
desarticula-da por la policía dos años después. En 1874, el movimiento Ir hacia
el pueblo [Khozhdenie v narod] llevó a miles de estudiantes y miembros
de la intelligentsia hacia las aldeas (sobre las que tenían
una visión
51
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
idealizada y
romántica), pero se estrellaron con la incomprensión del campesinado, las
provocaciones policíacas y la represión del Estado...
En 1876 una segunda
Tierra y libertad más rigurosamente clandesti-na se lanzó a golpear y
desestabilizar al régimen, tratando simultá-neamente de implantar en el campo
“colonias revolucionarias”, nue-vamente sin éxito.
Para entonces, intelectuales como el
ya mencionado Danielson, N. Mijailov, V. Vorontozov (y también Plejanov) ya
estudiaban y debatían sobre la penetración del capitalismo en Rusia, adaptando
y/o rechazan-do lo que conocían de Marx. Tierra y Libertad se disolvió en 1879,
y algunos de sus seguidores se reagruparon en La Voluntad del Pueblo [Narodnaia
Volia] que se lanzó decididamente al terrorismo y en 1884 ejecutó al zar
Alejandro II. Al magnicidio siguió un fortalecimiento del régimen, que
perfeccionó e incrementó la represión y alentó una ola de progromos,
especialmente en Ucrania. De la disolución de 1879 sur-gió también la
organización Reparto Negro [Cherni Peredel] que intentó reorientar su
actividad hacia el medio obrero, aunque también ellos se disolvieron y debieron
exilarse. Allí, Plejanov fundó en 1883 el Grupo para la Emancipación del
Trabajo, primera organización declaradamen-te marxista de Rusia. Pero
antes de ello, en febrero de 1881, la legenda-ria populista Vera Zasulich2 (que con Plejanov se estaba
aproximando al marxismo) decidió pedir la opinión del mismo Marx sobre la
discusión con los populistas. Marx consideró tan importante la consulta que,
para responder, escribió cinco textos3: tres esbozos preparatorios relativa-mente
extensos, un borrador y la breve esquela de respuesta que fi-nalmente envió el
8 de marzo, desautorizando a los vulgarizadores de sus ideas que pretendían
además que todo lo que ocurría en el mundo quedaba explicado por esa vulgata.
Marx precisa que El capital analiza el cambio en la propiedad
de la tierra en base a los estudios sobre lo que había ocurrido en Inglaterra y
Europa occidental, y que
[e]l análisis de El capital,
por tanto, no aporta razones ni en pro ni en contra de la vitalidad de la
comuna rusa. Sin em-bargo, el estudio especial que he hecho sobre ella, que
in-cluye una búsqueda de material original, me ha convencido de que la comuna
es el punto de apoyo para la regeneración
52
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
social de Rusia. Pero, para que pueda
funcionar como tal, las influencias dañinas que la asaltan por todos lados
deben ser primero eliminadas y luego se le deben garantizar las condiciones
normales para su desarrollo espontáneo.
La respuesta de Marx a Vera Zasulich recién fue publicada en 1924, vale
decir que hasta ese momento fue prácticamente ignorado el hecho de que sobre la
base de sus propios estudios Marx llegó a formular una hipótesis fuerte sobre
la obschina y su posible evolu-ción, sosteniendo que en
determinadas condiciones y circunstancias históricas podría ser “el punto de
apoyo para la regeneración social de Rusia”. Y eso no es todo, pues en el
prólogo para una nueva edi-ción en Rusia del Manifiesto comunista que
escribió en 1882, sostuvo que “Rusia constituye la vanguardia de la acción
revolucionaria en Eu-ropa” y reiteró su heterodoxa hipótesis con estas
palabras:
[...] en Rusia, frente al vértigo
capitalista en raudo flore-cimiento, y la propiedad de la tierra burguesa que
recién empieza a desarrollarse, encontramos que más de la mi-tad del suelo es
propiedad común de los campesinos. Cabe preguntar: ¿puede la obshchina rusa
–aunque es una forma intensamente socavada de la propiedad común originaria de
la tierra– pasar inmediatamente a la forma superior de la propiedad común
comunista? ¿O, inversamente, debe recorrer el mismo proceso de disolución que
constituye la evolución histórica de Occidente?
La única respuesta hoy posible a esta
pregunta es la siguien-te: si la revolución rusa es la señal de una revolución
prole-taria en Occidente, de modo que ambas se complementen entre sí, entonces
la actual propiedad común de la tierra en Rusia puede servir de punto de
partida para una evolución comunista (Marx-Engels, 2008: 79).
Es sorprendente que tan original y audaz indicación haya sido dejada de
lado, casi sin discusión, por todos los dirigentes
socialde-mócratas de Rusia (tal vez por el enconado enfrentamiento que des-de
sus orígenes mantuvo el POSDR con el Partido Socialista Revolu-cionario, que se
consideraba heredero del populismo).
53
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
El anarquismo
Hasta la década de
1880, los anarquistas en Rusia se confundían con los populistas y/o los
primeros núcleos marxistas. Después, ya excluidos de la Segunda Internacional,
desde los primeros años del siglo XX debieron enfrentar polémica y
organizativamente la confor-mación (casi simultánea) del POSDR y el PSR.
Ganaron para su causa a muchos militantes del Bund y se
implantaron en el oeste y el sur de Rusia, gracias al prestigio de Bakunin y el
príncipe Kropotkin y la difu-sión del periódico Jleb i Vólia [Pan
y Libertad] introducido desde Polo-nia u Odesa. Participaron en las luchas de
1905-1907 en las ciudades industriales del Oeste, en Moscú, Petrogrado... y en
la Flota. Desde entonces, sin llegar a fusionarse, mantuvieron estrechas
colabora-ción con los maximalistas (grupo escindido de los eserista en 1907,
partidario de una revolución socialista concebida según el modelo de la Comuna
de París).
La amplia pero
difusa presencia del anarquismo no se tradujo en una más efectiva influencia
política debido a una suma de factores: un intransigente rechazo a la lucha
política en algunos (eso hizo que fueran excluidos del Soviet de San
Petersburgo en 1905), la prolifera-ción de grupos que actuaban sin coordinación
alguna y orientaciones divergentes (desde el terrorismo individual hasta el
anarco-sindica-lismo). También sufrieron el impacto de que, ante la guerra de
1914, su referente más conocido y respetado (el príncipe Kropotkin) se
pro-nunciara en favor de los aliados. En cualquier caso, no cabe ignorar que
fueron también protagonistas de la revolución iniciada en 1917, ocupando en
ocasiones posiciones de máxima importancia (como Néstor Makhno, en Ucrania).
La socialdemocracia
en Rusia (y en el exilio)
Georgy Plejanov,
considerado “el padre del marxismo ruso”, ha-bía comenzado su actividad
política con los Narodnikis, pero luego con Axelrod y Vera Zasulich fundaron el
Grupo para la Emancipación del Trabajo en 1883. Declarándose marxista, entabló
una dura polémica
54
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
con los populistas y sintetizó sus críticas hacia ellos en el
libro Nuestras diferencias (1884), con una frase que llegó a
ser célebre: “en Rusia su-frimos no solo desarrollo del capitalismo, sino
también la insuficiencia de ese desarrollo”. A juicio de Plejanov, El
capital demostraba la nece-saria e inevitable transformación
capitalista del campo ruso, sostenía que la obschina y
el mir eran instituciones arcaicas y reaccionarias, que antes
de que llegara el momento de luchar por el socialismo deberían desarrollarse el
capitalismo y la clase obrera, etcétera. Este enfoque, sustancialmente
diferente del que propusiera Marx,4 estuvo desde el principio
presente en el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) fundado en 1889
(punto de partida simbólico, pues la organización fue inmediatamente
desarticulada por la Ojrana). Plejanov participó con Lenin, Martov
y la Krupskaya en el lanzamiento de Iskra [La Chispa] en
diciembre de 1901.
El “padre del marxismo ruso” consideraba necesaria una revolu-ción que
terminase con la autocracia, conquistara libertades políticas y facilitara el
inexorable y necesario desarrollo capitalista, una revolu-ción burguesa que
permitiría a la clase obrera organizada en un parti-do independiente luchar por
la democracia y defender sus reivindica-ciones económicas hasta que “madurasen”
las condiciones para una revolución socialista. Desarrolló una vasta obra
teórico-política que lo erigió como uno de los teóricos más importantes en la
Segunda Internacional y en su propia tierra. “Plejanov educó, él solo, a toda
una generación de marxistas rusos”, supo decir Lenin, un elogio que Trotsky
morigera: “Fue el propagandista y el polemista del marxismo, pero no el político
revolucionario del proletariado”.
Plejanov se opuso a Bernstein y los revisionistas europeos, y fue quien
introdujo en el programa del POSDR el objetivo de “la dictadura del
proletariado”, pero en los interminables enfrentamientos fraccio-nales del
POSDR se posicionó casi siempre en el ala derecha de los mencheviques. Ante la
Guerra asumió una firme postura “social-pa-triota”, en 1917 su grupo estuvo a
la derecha de los mencheviques de derecha y se mantuvo como enemigo de la
Revolución de Octubre hasta su fallecimiento en 1918.
Vladimir I. Ulianov reivindicaba la tradición revolucionaria de
Chernishevsky y los populistas, y muchos consideran que algunas
55
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
de sus convicciones
(el carácter conspirativo de la organización, los revolucionarios
profesionales, el repudio a los filisteos y el oportu-nismo, etc.) guardan
relación con aquella tradición. Sin embargo, la ejecución de su hermano mayor,
el aplastamiento de Narodnaia Volia y su aproximación al
marxismo hicieron que quien llegaría a ser Lenin encontrara otra vía para la
lucha por la democracia y el socialismo. Se volcó a la militancia
revolucionaria en la clase obrera y lo hizo en el preciso momento en que esta
crecía tanto numéricamente como en combatividad. Con Iuri Martov y con quien
luego sería su esposa, Nadiejda Krupskaia, fundaron la Unión de Lucha Para la
Emancipa-ción de la Clase Obrera. En diciembre de 1985 fue preso y confinado a
Siberia. Como todos los socialdemócratas, abogaba por la moderni-zación de
Rusia y el fin de la autocracia, pero entendía que eso reque-ría comprender y
dar respuesta revolucionaria también a las nuevas contradicciones que generaba
el desarrollo del capitalismo en Rusia.
Polemizó con los análisis y la
política agraria de los populistas: A propósito del llamado “problema
de los mercados” (1893), ¿Quiénes son los “amigos del pueblo”
y cómo luchan contra los socialdemócratas? (1894) y El
desarrollo del capitalismo en Rusia (1899). También enfrentó al
llamado “Marxismo legal” de Piotr Struve y M. I. Tugan-Baranowsky, tendencia
que pasó rápida y abiertamente al campo burgués. En el exilio fue el principal
impulsor de Iskra y enfrentó políticamente a los
“economicistas” de Rabóchaia Misl [El Pensamiento
Obrero], Rabócheie Dielo [La Causa Obrera] y “El Credo”
(versiones rusas del revisionismo).
Lenin y Martov
En ¿Qué hacer? (1902) propone una orientación tendiente
a transformar los dispersos e inestables grupos socialdemócratas en un
verdadero partido, centralizado en torno al periódico como organiza-dor
colectivo sostenido y animado por la actividad conspirativa de “profesio-nales
de la revolución”,
56
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
organizadores
prácticos [practiki] capaces de organizar círculos esta-bleciendo lazos
con la clase a fin de apoyar y elevar a un nivel político socialista la lucha
del proletariado, destinado a liderar a las más am-plias masas populares en el
camino de la revolución. Suele encontrarse (elogiosa o críticamente) en este
libro el “modelo leninista” de organi-zación, pero el mismo Lenin afirmó
reiteradamente que su modelo de partido era el SPD alemán y que su libro
respondía a un momento de severa ilegalidad y completa desarticulación de los
núcleos socialde-mócratas en Rusia. Y es un hecho que el bolchevismo adoptó
formas organizativas muy diversas: si una invariante leninista existió, fue el
irrenunciable empeño en construir (y controlar) una organización que hiciera
posible “la fusión del socialismo científico con la clase obrera” (fórmula erfurtiana de
Kautsky que no cabe analizar acá) y pudiera ga-nar incidencia efectiva en la
lucha de clases asegurando la dirección del proletariado en la revolución. En
1903 se realizó el II Congreso del POSDR (comenzó en Bruselas, pero los
delegados debieron trasladarse a Londres para evadir el control policial) con
un resultado decepcio-nante: desde ese momento, el POSDR se caracterizó por la
continua división y enfrentamiento de bolcheviques (“mayoritarios”) y
menche-viques (“minoritarios”), en torno a los cuales orbitaron múltiples
rea-grupamientos menores (a veces fugaces) y personalidades tan diversas como
Aleksander Bogdanov, Máximo Gorki, Anatoly Lunatcharsky, Ale-ksandra Kollontay,
León Trotsky, David Riazanov, Karl Radek...
El Partido
Social-Revolucionario
Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuatro o cinco nú-cleos
herederos del populismo fundaron el Partido Socialista Revolu-cionario, con el
liderazgo de un joven Viktor Chernov (que por enton-ces se declaraba marxista),
y el periódico Revolutsionnaia Rossia [Rusia Revolucionaria].
Según Anweiler:
Al igual que los marxistas, ellos
distinguían dos fases en la revolución –la primera conduciría al derrocamiento
del za-rismo, la segunda tendría como resultado la transformación
57
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
socialista de la
sociedad–, pero tenían la esperanza de com-pletar la transición del primero al
segundo estadio tan rápida y directamente como fuera posible. Hacia 1903, su
periódico Revolutsionnaia Rossia adelantó a veces literalmente
lo que posteriormente sería la teoría de la “revolución permanente”
de Trotsky y las alusiones de Lenin al tema (Anweiler, 1974: 92).
Los SR
intervinieron en la revolución de 1905 y en diciembre de ese año celebraron su
I Congreso. Según el programa, “el pueblo trabajador” (el campesinado y la
clase obrera), con el aporte de la in-telligentsia, debía
constituir el bloque de fuerzas impulsor de la revo-lución. Priorizaban la
intervención en el seno del campesinado, pero ganaron también influencia en el
movimiento obrero y sobre todo entre los estudiantes, y un gran respaldo en las
regiones periféricas de Rusia (tenían una concepción “federalista” de la
organización). En su laxa estructura coexistían militantes revolucionarios muy
radica-les, junto a los que consideraban imprescindible la colaboración de la
burguesía liberal con posturas muy próximas a los mencheviques...
y el “aparato
militar” de su Organización de Combate, incontrolado e incontrolable (pero
permeable a la infiltración: en determinado mo-mento, su máximo jefe fue un
agente de la Ojrana, encargado de los atentados contra personeros
del régimen y de las “expropiaciones” para obtener recursos financieros.
Divididos inicialmente ante la gue-rra de 1914, la mayoría de la dirección
derivó a posiciones defensistas.
El “ensayo general”
en 1905
Cuando el siglo XX
apenas había comenzado y los dirigentes de la Segunda Internacional ya no
pensaban en la revolución, los socia-listas rusos debieron participar en una
verdadera revolución de ma-sas y a escala de un imperio, un “ensayo general” de
la Revolución Rusa de 1917:
Los acontecimientos de 1905 fueron el
prólogo de las dos revoluciones de 1917: la de febrero y la de octubre [...] La
guerra ruso-japonesa hizo tambalearse al zarismo. La bur-
58
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
guesía liberal se valió del
movimiento de las masas para in-fundir un poco de miedo desde la oposición a la
monarquía. Pero los obreros se emanciparon de la burguesía, organi-zándose
aparte de ella y frente a ella en los soviets, creados entonces por vez
primera. Los campesinos se levantaron, al grito de “¡Tierra!”, en toda la
gigantesca extensión del país. Los elementos revolucionarios del ejército se
sentían atraí-dos, tanto como los campesinos, por los soviets, que, en el
momento álgido de la revolución, disputaron abiertamente el poder a la
monarquía. Fue entonces cuando actuaron por primera vez en la historia de Rusia
todas las fuerzas revolu-cionarias: carecían de experiencia y les faltaba la
confianza en sí mismas. Los liberales retrocedieron ostentosamente ante la
revolución en el preciso momento en que se demos-traba que no bastaba con
hostilizar al zarismo, sino que era preciso derribarlo. La brusca ruptura de la
burguesía con el pueblo, que hizo que ya entonces se desprendiese de aque-lla
una parte considerable de la intelectualidad democráti-ca, facilitó a la
monarquía la obra de selección dentro del ejército, le permitió seleccionar las
fuerzas fieles al régimen y organizar una sangrienta represión contra los
obreros y campesinos (Trotsky, 2016: 21).
De la experiencia no todos sacaron similares conclusiones. En el ala
derecha, Plejanov formuló un juicio negativo sobre lo ocurri-do, porque se
había atemorizado y alejado a la burguesía y también porque el recurso de los
trabajadores a la violencia y a las armas constituía un grave error. La mayoría
de los mencheviques, que ha-bían participado en los soviets, sin compartir el
balance de Plejanov, siguieron insistiendo en que el carácter burgués de la
revolución imponía que en ella debían participar “todas las fuerzas vivas de la
sociedad” (entiéndase: la burguesía liberal y la intelligentsia).
En la iz-quierda, las conclusiones que Trotsky resumió en unas pocas frases
fueron muy distintas:
El populismo, como el eslavofilismo,
provenía de ilusiones de que el curso de desarrollo de Rusia habría de ser algo
único, fuera del capitalismo y de la república burguesa.
59
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
El marxismo de Plejanov se concentró
en probar la identi-dad de principios del curso histórico de Rusia con el
Occi-dente. El programa que se derivó de eso no tuvo en cuenta las
peculiaridades verdaderamente reales y nada místicas de la estructura social y
el desarrollo revolucionario de Ru-sia. La idea menchevique de la revolución,
despojada de sus episódicas estratificaciones y desviaciones individuales,
equivalía a lo siguiente: la victoria de la revolución burguesa en Rusia solo
era posible bajo la dirección de la burguesía liberal y debe dar a esta última
el poder. Después, el ré-gimen democrático elevaría al proletariado ruso, con
éxito mucho mayor que hasta entonces, al nivel de sus hermanos mayores
occidentales, por el camino de la lucha hacia el so-cialismo.
La perspectiva de Lenin puede
expresarse brevemente por las siguientes palabras: La atrasada burguesía rusa
es inca-paz de realizar su propia revolución. La victoria completa de la
revolución, por mediación de la “dictadura democrática del proletariado y los
campesinos”, desterraría del país el medievalismo, imprimiría al capitalismo
ruso el ritmo del americano, fortalecería al proletariado en la ciudad y en el
campo y haría posible efectivamente la lucha por el socialis-mo. En cambio, el
triunfo de la revolución rusa daría enor-me impulso a la revolución socialista
en el Oeste, y ésta no solo protegería a Rusia contra los riesgos de la
restauración, sino que permitiría al proletariado ruso ir a la conquista del
poder en un período histórico relativamente breve.
La perspectiva de la revolución
permanente puede resumir-se así: la victoria completa de la revolución
democrática en Rusia solo se concibe en forma de dictadura del proletaria-do,
secundado por los campesinos. La dictadura del prole-tariado, que inevitablemente
pondría sobre la mesa no solo tareas democráticas, sino también socialistas,
daría al mis-mo tiempo un impulso vigoroso a la revolución socialista
internacional. Solo la victoria del proletariado de Occidente podría proteger a
Rusia de la restauración burguesa, dán-dole la seguridad de completar la
implantación del socialis-mo (Trotsky, s/f: 378).
60
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
Lenin destacó
también que para asegurar el triunfo de la revolu-ción sería posible y
necesario preparar la insurrección y estar dispues-tos a enfrentar con las
armas la inevitable violencia de la contrarrevolu-ción. En los debates
posteriores a 1905 hubo también muy importantes aportes de Rosa Luxemburgo y de
Karl Kautsky, quien escribió un ensa-yo que respaldaron tanto Trotsky como
Lenin, por cuanto avanzaba la hipótesis de que el liderazgo del proletariado y
la socialdemocracia po-dría hacer de la Revolución Rusa un “proceso combinado”:
derribando a la autocracia y llevando adelante las tareas democrático-burguesas
que los liberales no se atrevían a asumir, la clase obrera y su partido
avanzarían también sus propias reivindicaciones…
Después de 1905…
[...] se acentúa todavía más la
contradicción entre el zarismo y las exigencias de la historia. La burguesía se
fortificó econó-micamente, pero ya hemos visto que su fuerza se basaba en la
intensa concentración de la industria y en la importancia cre-ciente del
capital extranjero. Adoctrinada por las enseñanzas de 1905, la burguesía se
hizo aún más conservadora y suspicaz. El peso específico dentro del país de la
pequeña burguesía y de la clase media, que ya antes era insignificante,
disminuyó más aún. La intelectualidad democrática no disponía del me-nor punto
consistente de apoyo social. Podía gozar de una in-fluencia política transitoria,
pero nunca desempeñar un papel propio: hallábase cada vez más mediatizada por
el liberalismo burgués. En estas condiciones, no había más que un partido que
pudiera brindar un programa, una bandera y una dirección a los campesinos: el
proletariado. La misión grandiosa que le estaba reservada engendró la necesidad
inaplazable de crear una organización revolucionaria propia, capaz de reclutar
a las masas del pueblo y ponerlas al servicio de la revolución, bajo la
iniciativa de los obreros (Trotsky, 2016: 22).
61
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Queda la impresión
de que aquellos “balances” no prestaron la debida atención a la mezcla
explosiva de descontento nacional y social que se verificaba en las fronteras
del imperio. De hecho, en algunos casos, la influencia de los marxistas pareció
ser mayor en la periferia que en el centro, y pudo verificarse también que a
los bolcheviques les resultaba difícil ganar base social más allá de los rusos
étnicos, y especialmente entre los campesinos, cuyo potencial revolucionario
era sin embargo innegable. Eso explica tal vez que la influencia de los
socialdemócratas de Georgia y Letonia durante la revolución en el campo fuese
mayor que la de los SR, o que los bolcheviques tuvieran muy poca influencia
entre los campesinos e incluso los trabajadores agrícolas antes de 1917. A
pesar del empeño en construir un partido que representara y organizara a todo
el proletariado de la Rusia im-perial, las raíces de los bolcheviques entre los
no-rusos y su política hacia ellos eran frágiles en vísperas de 1917.
Sobreviviendo a la
reacción y la guerra
El “ensayo general”
de 1905 fue contenido y luego derrotado con una combinación de limitadas
concesiones y dura represión mi-litar contra los insurrectos obreros en Moscú y
contra las rebeliones
62
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
campesinas que estallaron y se prolongaron a lo largo de todo 1906.
Hacia 1907, quedó claro que se había iniciado una etapa reaccionaria (Lenin
recién lo reconoció un año después), con un profundo reflujo del movimiento de
masas y el desplazamiento hacia la derecha de gran parte de la intelligentsia.
Esto afectó a los revolucionarios rusos de diversas maneras y a todos
los niveles. Agravó las disputas fraccionales entre los exiliados y golpeó
duramente la actividad e influencia de todas las organizacio-nes en el
interior. La situación comenzó a cambiar en 1910 y en 1911 fue evidente un
nuevo y fuerte ascenso de las luchas obreras. Lenin consideró imprescindible un
viraje que asegurase la eficaz interven-ción del POSDR como partido en los
futuros acontecimientos revo-lucionarios y, para ello, los bolcheviques
asumieron (prácticamente en soledad) la preparación del Congreso que se reunió
en Praga en enero de 1912. Se expulsó a los “liquidadores” que amenazaban el
carácter conspirativo de la organización pero al mismo tiempo se votó
constituir “núcleos socialdemócratas ilegales rodeados de una red tan extensa
como sea posible de asociaciones obreras legales”. Con esta orientación, en
abril lanzaron legalmente el diario Pravda [La verdad] –que no
debe confundirse con la publicación del mismo nombre editado por Trotsky en
Viena–. La influencia de los bolchevi-ques aumentó significativamente y
llegaron a convertirse en dirigen-tes del poderoso movimiento huelguista que
solo fue interrumpido por el estallido de la guerra. Como bien señala un
documentado his-toriador conservador:
En los dos años siguientes a 1912,
hubo un espectacular au-mento tanto del número de huelgas en la industria como
de su nivel de militancia, que culminó en julio de 1914 con una huelga general
en San Petersburgo […] los trabajadores de las capitales […] se alejaron de
todos los partidos demo-cráticos (incluyendo los mencheviques) que abogaban por
la adopción de métodos constitucionales o graduales y se acercaron a los
bolcheviques, que defendían la acción direc-ta de los trabajadores en la lucha
violenta contra el régimen (Figes, 2017: 277).
63
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Otro historiador (en este caso
trotskista) presenta un sintético cuadro del accidentado recorrido del POSDR
con estas palabras:
Luchando políticamente, Lenin logró
ser reconocido desde 1905 como representante ruso (junto con Plejanov) en el
Buró Socialista Internacional (BSI), cargo que mantuvo has-ta la explosión de
la Primera Guerra Mundial. En ese marco, se produjo el “Congreso de Unidad” del
POSDR, en 1906. En 1907, en el Congreso Internacional de Stuttgart, la mo-ción
sobre la actitud y el deber de los socialistas en caso de guerra (“utilizar la
crisis provocada por la guerra para precipitar la caída de la burguesía”), fue presentada
con-juntamente por Lenin, Rosa Luxemburgo y el menchevique Martov. Cuando en
enero de 1912 la Conferencia (bolchevi-que) de Praga consumó la escisión con
los mencheviques, Lenin no la presentó como una ruptura entre reformistas y
revolucionarios, sino entre los defensores del “verdadero partido obrero”
contra los “liquidacionistas” (partidarios de un partido “legal”); y en defensa
de “el único partido exis-tente, el partido ilegal” a través de Kamenev, en
represen-tación de Lenin, en el BSI de noviembre de 1913. En 1912, los
bolcheviques habían luchado para imponerse como úni-cos representantes del
POSDR en el Congreso Socialista de Basilea. En 1914, debido al aislamiento
internacional de los bolcheviques (incluso del ala izquierda de la Internacional
Socialista, cuya dirigente Rosa Luxemburgo se aliara con los mencheviques
“internacionalistas” de Martov y el “Bloque de Agosto” liderado por Trotsky),
los bolcheviques admitie-ron una nueva y nunca realizada “Conferencia de
Unifica-ción” del socialismo ruso (Coggiola, 2017: 174-175).
La mayoría de los
historiadores considera que el POSDR quedó formalmente dividido en dos partidos
independientes desde que el Congreso de 1912 eligió un Comité Central con
mayoría bolchevique que fue desconocido por el resto de los socialdemócratas
(pero el Comité de Organización que intentaron oponerles fracasó
comple-tamente). Es discutible si el bolchevismo decidió constituirse como
partido independiente en 19125 o si esa situación se les impuso inde-
64
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
pendientemente de su voluntad hasta que en agosto de 1917 ese par-tido,
cuantitativa y cualitativamente renovado, adoptó formalmente la denominación de
POSDR (bolchevique). Lo que no admite discu-sión es que entre 1903 y 1912,
cuando bolcheviques y mencheviques eran realmente parte del mismo POSDR,
siempre funcionaron como fracciones dura y agresivamente enfrentadas: con
distintos periódi-cos y revistas, distintas estrategias aplicadas por separado,
distintos bloques en la Duma, distintas conferencias o congresos de fracción,
distintas finanzas, distintos órganos de dirección, etc. Los violentos
enfrentamientos fraccionales jamás fueron superados, pese a las presiones en
tal sentido de la Internacional y los repetidos intentos de reunificación. La
prolongada crisis de la socialdemocracia rusa fue confusa y “desprolija”, alimentada
por discrepancias organizativas, metodológicas y políticas, mezcladas con
choques de personalidades que el exilio, las dificultades materiales y las
peleas por el manejo del dinero del partido exacerbaron. Sobre el tema se ha
dicho y es-crito muchísimo, sin agotar una cuestión sobre la cual en algunas de
sus primeras obras fijaron posición los protagonistas más conocidos: Un
paso adelante, dos pasos atrás de Lenin (1904); Nuestras
Tareas, de León Trotsky (1904); Problemas de
organización de la socialdemocracia rusa de Rosa Luxemburgo (1904).
Sería tan equivocado considerar que Lenin fue el único culpable del
fraccionalismo como eximirlo de toda responsabilidad. Su batalla por construir
la dirección del partido de arriba hacia abajo, desde el exterior y con un
centralismo que en definitiva pesaba más que la democracia, tal vez haya sido
inevitable y debe reconocerse que tuvo un buen resultado en términos prácticos.
Esto no significa que los medios utilizados para lograrlo deban ser
justificados ni erigidos en modelo a seguir. El mismo Lenin intentó en más de
una oportunidad corregir los efectos no deseados de esos métodos, polemizando
en 1905 con “los hombres de comité” [Komitetchiki] o reclamando que en
momentos de ascenso revolucionario se abrieran las puertas del par-tido a la
plena y directa participación de los obreros. El bolchevismo de 1917 llegó a
ser un verdadero partido revolucionario de masas en el que era posible la libre
discusión de posiciones y el Comité funcio-nó como dirección colectiva en la
que Lenin estuvo muchas veces en
65
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
minoría. No es
evidente, sin embargo, que los posteriores “leninistas” tomaran debida nota de
esto.
El impacto de la
guerra
Ninguno de los
agrupamientos socialistas en Rusia fue inmune al impacto desorganizador de la
guerra y el chauvinismo. La fracción de los mencheviques se dividió entre una
mayoría partidaria de la “defensa de la patria” (defensistas), encabezada por
Plejanov, que apoyaba el esfuerzo de guerra del zar, aduciendo que Rusia tenía
de-recho a defenderse contra un agresor extranjero, y la minoría
inter-nacionalista, dirigida por Martov, que consideraba que se trataba de una
guerra imperialista y era partidario de impulsar una campaña en favor de “una
paz democrática y sin anexiones”. El PSR también se di-vidió entre los
defensistas, para quienes la victoria militar de los alia-dos era previa y más
importante que la revolución, y los internaciona-listas, partidarios de la
revolución para terminar con lo que, también ellos, consideraban una guerra
imperialista. Los bolcheviques fueron el único partido que en general se
mantuvo unido oponiendo a la guerra una radical estrategia internacionalista y
revolucionaria: con-vocar a que los trabajadores del mundo vuelvan las armas
contra sus propios gobiernos, a fin de terminar con la carnicería, la rapiña
impe-rialista y el sometimiento de las naciones oprimidas. Su perspectiva era
transformar la guerra en una ola de guerras civiles o revoluciones contra el
capitalismo, episodios diversos de una misma revolución socialista
internacional.
66
Los revolucionarios rusos (antes de
1917) n
La situación al
comienzo de la guerra
Por esas fechas, la situación en
Rusia es enormemente confu-sa. En general, los bolcheviques ocupan las mejores
posiciones; sin embargo, sigue existiendo un ferviente deseo de unidad. En
determinadas ciudades, coexisten grupos bolcheviques y men-cheviques que
despliegan, tanto unos como otros, actividades legales e ilegales, en directa
dependencia del Comité Central o bien unidos con unos vínculos menos fuertes al
Comité de Organización. No obstante, en la práctica, todo se encuentra en plena
evolución. En algunos lugares, se avecina la escisión y en otros la unificación.
La guerra pondrá fin a este cuadro de conjunto. Muchos grupos locales
subsistirán como grupos socialdemócratas, sin unirse a ninguna de las dos
grandes frac-ciones y contando entre sus miembros, a partidarios de ambas.
Además y, a pesar de la escisión de 1913, los diputados bolche-viques y
mencheviques de la Duma se unirán, con el nombre de fracción socialdemócrata,
para votar contra los créditos de guerra.
Los bolcheviques permanecen 16 meses
sin dirección efec-tiva. Centenares de militantes son detenidos, encarcelados o
deportados; otros se encuentran en el ejército (éste es el caso de los obreros
a los que se moviliza en sus propias fábricas). Se inicia un nuevo período de
reacción en el que el militante queda reducido a la calidad de individuo
aislado. Cuando, a partir de 1916, los obreros empiezan a integrarse de nuevo
en la lucha, la fracción bolchevique cuenta, como máximo, con 5.000 miem-bros
dentro de una organización que poco a poco se ha recons-truido. Solo posee un
puñado de cuadros; esos pocos hombres que, durante la ante-guerra han aprendido
a organizar y agru-par a los obreros, a dirigir sus luchas y a eludir las
fuerzas repre-sivas, constituyen, en definitiva, los elementos de la vanguardia
revolucionaria que Lenin había tratado de formar a lo largo de toda la
complicada historia del partido obrero socialdemócrata ruso y de su fracción
bolchevique (Broué, 2005: 34).
67
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
En las fronteras
del Imperio
El movimiento
revolucionario en Rusia no estuvo animado ex-clusivamente por las
organizaciones y dirigentes hasta aquí mencio-nados, con especial relieve del
POSDR y sus fracciones. Es preciso completar el panorama llamando la atención
sobre el significativo aporte de los marxistas de la periferia del Imperio.6 Es
ampliamen-te desconocida la existencia e importancia que tuvieron los partidos
socialistas de algunas de las nacionalidades no-rusas incorporadas por la
fuerza en la “cárcel de pueblos” que fue el Imperio. Antes de la guerra, los
rusos étnicos no llegaban a ser el 50 % de la población del imperio, y la
mayoría de los socialdemócratas no estaba encuadrada en el POSDR, sino en los
diversos partidos socialistas “nacionales”, vale decir, no-rusos existentes:
mencheviques y bolcheviques sumados ha-brían sido, aproximadamente, solo el
22%.
Principales
organizaciones marxistas en el imperio zarista (1890-1914)7
|
Organización |
Año de fun- |
Pico de |
|
|
dación |
afiliados |
||
|
|
|||
|
Partido
Socialista Polaco |
1892 |
55.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Socialdemocracia
del Reino de Polonia |
1893 |
40.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Socialdemocracia
georgiana Mesame Dasi |
1893 |
20.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Partido Social
Demócrata de Lituania |
1896 |
3.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Bund en Rusia y
Polonia |
1897 |
40.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Partido Social
Demócrata de Finlandia |
1899 |
107.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Partido
Revolucionario de Ucrania |
1900 |
3.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Unión Social
Demócrata de Letonia |
1903 |
1.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Org.
Socialdemócrata del Trabajo Armenia Específicos |
1903 |
2.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Fracción
Bolchevique del POSDR |
1903 |
58.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Fracción
Menchevique del POSDR |
1903 |
27.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Partido Obrero
Socialdemócrata letón |
1904 |
23.800 |
|
|
|
|
|
|
|
Partido
Socialdemócrata musulmán Hummet |
1904 |
1.000 |
|
|
|
|
|
|
|
Unión Social
Demócrata ucraniana Spilka |
1904 |
10.000 |
|
|
|
|
|
68
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
La concepción predominante entre los socialdemócratas ru-sos era que el
POSDR era el partido de la clase obrera de toda Rusia para luchar en contra de
la autocracia y su Estado imperial, y no se admitían en su seno organizaciones
“nacionales”. En la fracción bol-chevique se mantuvo a rajatabla el criterio de
un partido pan-ruso, centralizado, opuesto por principio a criterios de tipo
federativo, a despecho de la tensión que esto generaba con arraigados
sentimien-tos nacionales presentes en los trabajadores. Poca atención se prestó
al hecho de que el Estado de los zares era el de un imperio, y no un
Estado-nación como cualquier otro. Tampoco se analizaban las razo-nes por las
cuales la fuerza y dinamismo de algunas organizaciones socialistas eran mayores
en la periferia que en el centro, al menos hasta la revolución de 1905.
La “cuestión nacional” planteaba problemas que iban mucho más allá del
tipo de partido que mejor podía asumirla. El “derecho de las naciones a la
autodeterminación” había sido formalmente re-conocido y adoptado por la Segunda
Internacional ya desde el Con-greso de Londres (1896), pero su significado y
alcance era impreci-so. Casi todos los socialistas en el imperio zarista –con
la notable excepción de Rosa Luxemburgo y su Partido Socialista de Polonia y
Lituania– apoyaban el principio de la autodeterminación nacional, pero la
traducción del concepto en términos políticos y programáti-cos no era sencilla
ni lineal. Para Lenin, por ejemplo, era necesaria y suficiente la defensa en
general de esa consigna, pero la mayoría de los socialdemócratas en las nacionalidades
no-rusas consideraba que debía proyectarse en concretas reivindicaciones de
autonomía, federalismo o independencia nacional, según los casos. La falta de
claridad en este terreno se reflejó en duras y nunca completamente saldadas
discusiones teóricas y políticas, pero también tuvo conse-cuencias para el
mejor desarrollo de la revolución en 1917 y aún más cuando el poder soviético
debió pasar a la institucionalización de la URSS.
69
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Lenin, la guerra y
la revolución
Ruptura con la
Segunda Internacional y el “kautskismo”
Al comenzar el
siglo XX, las concepciones predominantes en la socialdemocracia occidental
habían dejado de ser revolucionarias. Adaptándose y adoptando un criterio
crudamente evolucionista, la Segunda Internacional había
llegado a considerar que la Moderni-dad, el Progreso, y las leyes de acero del
desarrollo económico eran los vectores que preparaban y conducían al
socialismo. Descono-cían o minimizaban las contradicciones del capitalismo y
cerraban los ojos al peligro de que la guerra arrastrase a la humanidad hacia
la barbarie.
Kautsky, el más
destacado teórico de la Segunda Internacional, contribuyó desde ese pedestal a
la vulgarización de un marxismo me-canicista, que “ataba” las posibilidades de
cambio social al desarrollo de las fuerzas productivas y el perfeccionamiento
de las instituciones democráticas que, con mirada puramente eurocéntrica,
asociaba a la modernidad. El prestigio de los grandes partidos socialistas y la
capacidad de encuadramiento de los sindicatos de masas educaban y sujetaban al
proletariado a la idea de que nada era más importante y necesario que acumular
fuerzas, organización y disciplina, hasta que madurasen las
condiciones que permitieran que el socialismo “llega-ra” al gobierno. Las
ilusiones en que era posible un capitalismo “pací-fico” y la confianza en que
la democratización de los estados y la fuer-za moral de la Segunda
Internacional permitirían zanjar los conflictos interestatales por medios
arbitrales duraron... hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial.
El 4 de agosto de
1914, sin previo aviso, la bancada parlamenta-ria (¡en su conjunto!) del
poderoso Partido Socialdemócrata Alemán votó los créditos reclamados por
Guillermo II para ir a la guerra. Y de un día para el otro, la inmensa mayoría
de los dirigentes socialistas de toda Europa fueron capitulando a cada uno a
sus respectivos go-biernos. Los oportunistas revelaron ser social-patriotas. Kautsky
pre-tendió “explicar” la catástrofe diciendo que la Segunda Internacional
estaba preparada para la paz pero no para tiempos de guerra, con lo que en
realidad reconoció que era completamente inútil.
70
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
Incluso los socialistas que se oponían a la guerra, los interna-cionalistas,
minoritarios y dispersos,8 quedaron anonadados. No fue rápido ni sencillo superar
tan inesperada como catastrófica derro-ta, restablecer contactos, superar
antiguas diferencias y arraigadas desconfianzas, atreverse a cortar los lazos
con la vieja Internacional, acordar un tempo compartido para
construir un reagrupamiento dis-puesto a luchar con métodos y perspectivas
revolucionarias contra la guerra y, en perspectiva, una nueva Internacional.
Hubo diversos aportes, y fueron muy importantes los de Rosa Luxemburgo, León
Trotsky y Nicolai Bujarin, entre otros, pero aquí me ceñiré a los de Vladimir
I. Ulianov, Lenin.
El dirigente de los bolcheviques escribió por aquellos años El
so-cialismo y la guerra (en 1914), El imperialismo y la
escisión del socialismo y El imperialismo fase superior del
capitalismo (ambos en 1916) para mencionar solo tres de particular
significación entre la inmensa can-tidad de cartas, artículos periodísticos y
folletos producidos en este período.
Sin dar la espalda
a los debates más generales sobre la naturale-za y dinámica de la crisis del
capitalismo, las mutaciones en el sistema mundial de estados y las
incertidumbres que planteaba la guerra mun-dial, los textos de Lenin se
distinguen por una machacona insistencia en
71
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
la necesidad de
luchar (teórica, política y prácticamente) por el derroca-miento del
capitalismo. Todo el énfasis estaba puesto en la importancia del
factor activo y consciente en la revolución. Para ello, y para enfren-tar los
nuevos desafíos que planteaba la guerra, apeló más que nunca (en lo que algunos
llaman “giro hegeliano”) al método y la dialéctica de
Marx. Reflexionando sobre la situación mundial en cuanto totalidad,
pudo denunciar la gravedad de la catástrofe (conflicto bélico mundial,
desmoronamiento de la Internacional, millones de obreros matándose entre sí),
advirtiendo también que se abría una posibilidad histórica de
derrocar al capitalismo, porque tamaños desequilibrios y sufrimientos
incitarían a la revolución en Europa y que, en el caso de Rusia (por ser el
“eslabón más débil” del sistema) la guerra conduciría casi directa-mente a la
revolución y a la liquidación del zarismo.
Entiéndase que
Lenin no “proclamaba” el advenimiento de la re-volución, ni escribía textos
agitativos para reanimar el golpeado ánimo de los militantes. Planteaba la
sobria pero tajante caracterización de que la prolongación del conflicto, la
inestabilidad de gobiernos y es-tados, y el creciente descontento de millones
de proletarios armados para que se despanzurraran entre sí, implicaba un
bárbaro retroceso civilizatorio pero generaba también “una situación
revolucionaria” con la posibilidad de “saltos” en la subjetividad de individuos
y masas. Y todo su discurso apuntaba a ese desarrollo de la conciencia. Su
con-vicción era que atreverse a explicar que “transformar la actual guerra
imperialista en guerra civil es la única bandera proletaria correcta” era ya
parte del desarrollo de la revolución en el plano subjetivo.
La conferencia del
puñado de internacionalistas que se reunieron en septiembre de
1915 en la pequeña localidad Suiza de Zimerwald9 fue un primer paso hacia el
reagrupamiento. Allí los bolcheviques lo-graron que la carnicería bélica fuese
definida como guerra imperialis-ta, pero la estrategia que
proponían para enfrentarla fue rechazada, y no solo por la
mayoría centrista de los concurrentes, sino también por
los espartaquistas alemanes, por Racovsky y Trotsky. Hubo
ásperas discusiones10 hasta llegar a una declaración consensuada que Lenin y sus
compañeros aceptaron con reservas.
Otros participantes
en las reuniones de Zimerwald y Kienthal criticaron la intransigencia,
ultimatismo y “espíritu de capilla” de los
72
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
bolcheviques, cuyos métodos polémicos rayaban a veces lo injurio-so.
Pero justo es reconocer que, en lo esencial, Lenin tenía razón: los
revolucionarios debían dirigirse directamente a las masas (y muy es-pecialmente
a los obreros y campesinos uniformados y armados) y explicar que, para poner
fin a la carnicería, la rapiña y la opresión imperialista a otras naciones,
deberían levantarse en contra de sus propios gobiernos y transformar el
interminable conflicto fratricida en una ola de guerras civiles y revoluciones,
una revolución socialis-ta internacional. Ahora bien: preparar e
intervenir en esa revolución socialista requería una
perspectiva estratégica y un nuevo marco or-ganizativo, y eso, a juicio de
Lenin, exigía una tajante delimitación de la socialdemocracia y también de
los “centristas”. Tal vez porque él, más que otros, había idealizado a la
socialdemocracia alemana y, asu-miéndola como modelo, era en esto
intransigente:
La clase obrera no puede desempeñar
su papel revolu-cionario en el mundo de no llevar una guerra implacable contra
esa apostasía, contra esa falta de principios, contra esa actitud servil ante
el oportunismo, contra ese envileci-miento teórico sin igual del marxismo. El
kautskismo no es fortuito, sino un producto social de las contradicciones de la
II Internacional, de la combinación de la fidelidad
verbal al marxismo con la subordinación, de hecho, al oportunismo
(Lenin, vol. 26: 344).
Ya desde 1915 Lenin planteó la necesidad de construir una Ter-cera
Internacional, y comenzó a ajustar a la nueva situación sus ideas previas sobre
la revolución en Rusia, a fin de preparar a su partido para que fuese capaz de
asumir una nueva combinación de tareas. Escribió en septiembre de ese año:
(...) la guerra abarca ahora a toda
Europa, a todos los países adelantados, en los que existe un poderoso
movimiento so-cialista de masas. La guerra imperialista ha vinculado la crisis
revolucionaria en Rusia, crisis que ha surgido sobre el terre-no de la
revolución democrática burguesa, a la crisis crecien-te de la revolución
proletaria, socialista, en Occidente. Este
73
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
vínculo es tan directo que ya es
absolutamente imposible ejecutar por separado las tareas revolucionarias en uno
u otro país: la revolución democrática burguesa en Rusia es ahora no solo el
prólogo, sino también una parte inte-grante inalienable de la revolución
socialista en Occidente (Lenin, 27: 28).
Se advierte acá el
germen de las ideas que dos años después, para escándalo de muchos “viejos
bolcheviques”, Lenin expresó en las Tesis de Abril. Pero también
cabe suponer que cuando formulaba tales previsiones estaba aplicando algo que
ya había aprendido con el “ensayo general” que fuera la revolución de 1905.
Aquella experien-cia le había enseñado (o confirmado) que para preparar la
revolución es necesario preverla y, recíprocamente, que prever la
revolución es también prepararla. Esto indica que las previsiones de Lenin,
basadas en una rigurosa y concreta consideración de hechos y circunstancias,
incluyen también un elemento volitivo: se formulaban para
esclarecer y motivar al proletariado y hacían parte de la gestación de esa
situa-ción revolucionaria. Si alguna previsión revelaba ser equivocada, o el
desarrollo de los acontecimientos tomaba un rumbo inesperado, se la modificaba.
En Lenin, la elaboración teórica es indisociable del esfuerzo práctico-político
dirigido a fomentar una voluntad colectiva dispuesta a llevar la revolución
“hasta el fin”.
Lenin descalificaba
duramente las posiciones políticas carentes de realismo y efectividad y
consideraba que el diletantismo era indig-no de dirigentes revolucionarios,
pero lo hacía desde una concepción que estaba en las antípodas de la Realpolitik a
la que se aferraba la so-cialdemocracia. Lenin actuaba con un voluntarismo
revolucionario que (al menos en el período de la guerra y la
revolución en 1917) resultó ser mucho más realista que la miopía posibilista,
porque deliberada-mente articulaba una firme decisión estratégica y una máxima
flexi-bilidad táctica, tratando de partir siempre de “el análisis concreto de
la situación concreta” y ateniéndose a la “práctica social como criterio de
verdad”. Utilizando esos mismos criterios podemos seguir apren-diendo con sus
aciertos y sus errores.
74
Los revolucionarios rusos (antes de 1917) n
Notas
1. Podemos mencionar sin ningún orden a Georgui Plejanov, Pavel Axelrod,
Vera Zassulich, Vladimir I. Ulianov (Lenin), Nadiejda Krupskaia, Iuli Mártov,
León Trots-ky, Grígory Zinoviev, Alexander Bogdánov, Inessa Armand, Alexander
Chliapnikov, Félix Dzerjinsky, Liev Kámenev, Nikolai Bujarin, Alexandra
Kollontai, Anatoli Lunat-charsky, Karl Radek, Christian Rakovsky, David
Riazanov, Boris Savinkov, Nicolai
Sujánov, Víctor Chernov, Moises Urítski, entre otras y otros
socialdemócratas y eseristas (como se llamaba a los integrantes del Partido
Socialista Revolucionario) que pasaron parte del exilio en Europa.
2. Zasulich había
atentado contra el general Trepov, gobernador de San Petersburgo, que había
hecho azotar a un preso político (Kohan, 2019: 56).
3. Cf. Marx &
Engels, Obras Escogidas en tres tomos (Editorial Progreso,
Moscú, 1974), t. III. [Marxists Internet Archive, Julio de 2001].
4. Marx y Engels no respaldaron la cruzada contra el populismo de Plejanov
y evita-ron identificarse con quien por momentos parecía, más que
revolucionario, admi-rador del capitalismo. En cierta ocasión, Engels le
respondió a Plejanov que no po-día tomar posición sobre una cuestión que éste
le planteara diciendo que carecía de elementos, pero –con algo de malicia–
agregaba: “los amigos de Narodnaia Volia me dicen otra cosa”.
5. Algunos investigadores destacan que existió un genuino esfuerzo de los
bolchevi-ques para que el congreso contara con la participación de
organizaciones socialde-mócratas sin alineamiento fraccional y, muy
especialmente, de los “mencheviques de partido” que respondían a Plejanov.
Cierto es que se eligió un Comité Central con clara mayoría bolchevique, pero
también lo es que fueron electos no-bolchevi-ques, con una representación muy
superior a su fuerza real.
6. Debo reconocer que prácticamente todo lo que en este punto expongo está
inspi-rando en el artículo de Eric Blanc, “Liberación nacional y bolchevismo:
la aportación de los marxistas de la periferia del Imperio zarista”, publicado
en www.sinpermiso. info el 1/6/2014.
7. Aclara Blanc que la cantidad de miembros de los partidos clandestinos en
la Rusia zarista es notoriamente poco fiable, dada la inexistencia de listas de
afiliados y la tendencia de todos los grupos a exagerar su tamaño. El número de
mencheviques que se consigna no incluye a los SD georgianos o la Spilka
ucraniana, dado que ac-tuaban como partidos independientes, a pesar de su
afiliación formal a la fracción menchevique (de la que constituían,
respectivamente, alrededor del 30% y el 10% de los miembros totales). Omitimos
la extensa lista de fuentes utilizadas por Blanc para compilar la tabla.
8. “Luxemburguistas” en Alemania, “tribunistas” en Holanda, “estrechos” en
Bulgaria, se-guidores de Tranmael en Noruega, socialistas pacifistas en Italia
y Suiza, socialdemó-cratas de Servia. En Rusia, casi todos los bolcheviques,
los mencheviques alineados
75
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
con Martov, el grupo que acompañaba a
Trotsky en la Pravda de Viena, e inicialmen-te algunos eseristas rusos
como Chernov (que luego derivó al “defensismo”).
9. Los zimerwaldianos realizaron
una segunda conferencia en Kienthal, en abril de 1916, pero las diferencias no
fueron zanjadas. “La izquierda de Zimerwald” (o sea, la minoría que coincidía
con Lenin) consideraba imprescindible una total ruptura con los
social-patriotas y caracterizaba como “centristas” a quienes, por una u otra
razón, no lo hicieran. En sus Tesis de Abril de 1917 Lenin planteó la urgente
nece-sidad de fundar una nueva Internacional. Esto comenzaría a concretarse en
el con-greso realizado en Moscú entre el 2 y el 6 de marzo de 1919, en el que
se fundó la Tercera Internacional (a pesar de la oposición del Partido
Comunista Alemán-Liga Espartaco).
10. Se dice que una
discusión entre Rakovsky y Lenin llegó a tal extremo que fue nece-saria la
intervención de terceros para que no terminaran a los puñetazos.
76
La Revolución Rusa
“a contrapelo”
El 23 de febrero de 1917 (según el calendario Juliano, 8 de mar-zo en el
Gregoriano) comenzó en la ciudad de Petrogrado una insu-rrección que, en poco
más de una semana, puso fin a los tres siglos del reinado autocrático de la
dinastía Romanov e inició la gran Revo-lución Rusa. El hecho es muy conocido,
pero su verdadera naturaleza y alcances siguen siendo objeto de investigaciones
y polémicas, por-que la historia no es algo que fue allá lejos
y hace tiempo, la historia siempre es en tanto la pensamos e
interpretamos desde el mundo y el tiempo en que vivimos. Como escribiera un
gran novelista ar-gentino, “la revolución es un sueño eterno”. Y más cuando se
trata del impar proceso revolucionario que trastocó el antiguo
orden de todo un Imperio (Rusia, Ucrania, Polonia, Finlandia, Estonia,
Lituania, Georgia, Armenia, pueblos del Cáucaso, etcétera) y condujo a la otra
insurrección, que ocho meses después, instituyó la República Sovié-tica con el
Concejo de Comisarios del Pueblo como órgano ejecutivo. La Revolución Rusa debe
ser considerada también desde el punto de vista de la revolución
mundial por ser indisociable del ciclo revo-lucionario que conmovió a
Alemania y otros países europeos, para
77
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
luego extenderse
hacia Oriente y otros puntos del mundo, y tuvo expresiones
político-organizativas como la Internacional Comunista (o Tercera
Internacional), concebida como partido mundial de la re-volución socialista.
La Revolución Rusa
devino factor activo (ideal y materialmen-te) de la historia contemporánea
durante un período que la agudeza y oficio de algunos historiadores denominó
“el corto Siglo XX” (Eric Hobsbawn) o “el siglo soviético” (Moshe Lewin).
Denominaciones úti-les en tanto no se olvide que las periodizaciones, siempre
opinables y relativas, lo son aún más referidas a una revolución que encontró
tanto su institucionalización como su negación en la Unión de Repú-blicas
Soviéticas Socialistas (URSS). Un proceso en que múltiples mo-vimientos
histórico-sociales se superpusieron como capas tectónicas, con dinámicas y
orientaciones diversas:
Las consecuencias del periodo 1914-21
y los efectos com-binados de la década de 1920 y los primeros años de la
si-guiente fueron, para usar la afortunada definición de Moshe Lewin “una
suerte de cohete de tres etapas, cada una de las cuales brinda una durable
fuerza de propulsión, pero que produce también nuevos equilibrios y elementos
de crisis que se suman a los heredados del pasado”. La combinación de estos
tres elementos es indispensable para una explica-ción, sea del decenio que
sigue a la Revolución de Octubre, sea para el período stalinista, o sea para lo
que sucedió tras su desenlace (Agosti, 2017: 2).
Acá se
re-examinarán algunos momentos y/o interpretaciones del período que fue de
febrero a octubre de 1917, intentando dejar de lado visiones maniqueas, relatos
mitológicos, afeites y prejuicios que, deliberada o inadvertidamente, enemigos
y amigos de la revo-lución fueron agregando a lo largo de más de cien años.
Repasar “a contrapelo” esa historia puede servir para rescatar voces y puntos
de vista de los hombre y mujeres “de a pie” que fueron protagonistas de aquella
gesta.
78
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
Hace algunos años
Ezequiel Adamovsky escribió…
(...) la Revolución Rusa es uno de
los acontecimientos más conocidos de la historia: todo el mundo sabe al menos
algo, tie-ne alguna referencia respecto de ella. Pero es, probablemente, uno de
los acontecimientos peor conocidos. (...). Tanto liberales como comunistas han
difundido durante décadas sus propias interpretaciones de la revolución,
motivadas por intereses ideo-lógicos. Los liberales necesitaban condenar
cualquier intento de establecer un sistema no capitalista, por lo cual
tendieron a presentar historias de la revolución centradas en la figura de
Lenin y el Partido Bolchevique, para tratar de establecer una vinculación clara
entre ellos y el stalinismo. De esta manera, toda la experiencia revolucionaria
aparecía reducida y simpli-ficada, además de aparecer condenada por ser el
antecedente directo de los horrores de Stalin. (...) Aunque su mirada sobre la
revolución era por supuesto positiva, los fundadores del Es-tado soviético y
del movimiento comunista internacional tam-bién contribuyeron a empobrecer y a
hacer unidimensional el acontecimiento de la revolución. También a ellos les
convenía que todo el proceso histórico quedara reducido al accionar de Lenin y
los bolcheviques. Al convertirlos en protagonistas casi únicos de la
revolución, los gobernantes de la URSS se legiti-maban a ellos mismos como sus
herederos. Por su parte, los comunistas de otras partes del mundo podían dar
autoridad a sus argumentos y a su línea estratégica presentando a la
Revo-lución Rusa como un ejemplo exitoso (...) la revolución aparecía como la
epopeya de la clase obrera conducida por su partido de vanguardia en su camino
al socialismo. El movimiento comunis-ta internacional, incluyendo a su rama
trotskista, difundió esta imagen durante décadas y aún sigue haciéndolo. (...)
Muchos aspectos centrales de la
revolución han quedado se-pultados y ocultos bajo el peso de las visiones
míticas o con-denatorias. Muchos de esos aspectos poco conocidos quizás puedan
ayudarnos todavía hoy a pensar una política emancipa-toria o a analizar los
complejos vínculos entre los movimientos sociales radicales y el plano de la
política y sus organizaciones (Adamovsky, 2007: 14).
79
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
En vísperas del
incendio
Ya en 1916, después
de tres años de guerra, la situación de Rusia era desesperante. Habían muerto
en las trincheras 1.800.000 soldados, otros 2.000.000 eran prisioneros de
guerra y de 1.000.000 más no se sabía nada... Pese a lo cual la Stavka (Cuartel
General de las Fuerzas Armadas del Imperio Ruso) reiteraba operaciones que
terminaban en desastres y nuevas pérdidas.
A la soberbia e incompetencia del zar
Nicolás II, se sumaban los es-cándalos e intrigas en la Corte y un completo
desorden gubernamental:
(…) desde septiembre de
1915 a febrero de 1917, Rusia tuvo cuatro primeros ministros, cinco ministros
del Interior, tres ministros de Asuntos Exteriores, tres ministros de la
Guerra, tres ministros de Transportes y cuatro ministros de Agricul-tura. Este
“juego de la pídola ministerial”, como llegó a ser conocido, no solo apartó a
hombres competentes del poder, sino que también desorganizó la labor del
gobierno, puesto que nadie permanecía suficiente tiempo en el cargo para
fa-miliarizarse con sus responsabilidades. La anarquía burocrá-tica se
desarrolló con las cadenas de mando que competían entre sí: algunos ministros
eran responsables ante la zarina o Rasputin, mientras que otros seguían siendo
leales al zar o al menos a lo que ellos pensaban que era el zar, aunque cuando
se llegaba al punto central nunca parecían saber a fa-vor de lo que estaban y,
en cualquier caso, nunca se atrevían realmente a oponerse a su esposa (Figes,
2017: 429).
La nobleza, los
grandes capitalistas y los gobiernos de Inglaterra y Francia advertían el
riesgo de catástrofe, sin que Nicolás II y la zarina prestaran la menor
atención. Las intrigas palaciegas y las combinacio-nes políticas en la Duma
eran un laberinto sin salida. Buscando ma-yor protagonismo, los diputados octubristas (monárquicos)
y los del partido Democrático Constitucional o kadetes (liberales)
conformaron el llamado Bloque Progresista y también constituyeron los comités
de la Industria de Guerra. Nada de eso lograba modificar el curso de los
acontecimientos.
80
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
El movimiento
obrero durante la guerra
Durante el invierno 1916-1917, los
obreros sintieron cada vez más las consecuencias de la guerra y la crisis
económica: interrupciones de la producción por falta de combustible y materias
primas; caída del nivel de vida a causa de la inflación galopante, pero también
por las sanciones contra las huelgas; penuria de bienes de consumo que generaba
largas filas de es-pera en panaderías y almacenes. También se habían agravado
las condiciones de trabajo. […] Las patronales, prácticamente sin restricciones
legales y con el apoyo directo del aparato re-presivo del Estado, respondían a
los reclamos obreros con la muy real amenaza del envío al frente, a la prisión
o el exilio. La prensa obrera, los sindicatos y la mayor parte de las distintas
organizaciones obreras estaban proscriptas casi desde el co-mienzo de la
guerra. Los diputados bolcheviques de la Duma habían sido enviados al exilio en
Siberia por su agitación contra la guerra. La represión era tan eficaz que se
calculaba que, en promedio, bastaban tres meses para que un militante obrero
fuese detectado y detenido. [...]
En 1916, la mitad de los 196.039 días
de paro tuvieron moti-vos políticos. El 9 enero de 1916, 100.000 obrero pararon
en Pe-trogrado con motivo del aniversario del “Domingo Sangriento”. Al mes
siguiente, los obreros de la fábrica Putilov iniciaron una huelga económica, a
la que rápidamente sumaron las reivindi-caciones del programa mínimo de la
socialdemocracia: Repú-blica democrática, jornada laboral de ocho horas,
confiscación y entrega de las tierras de la aristocracia a los campesinos. Más
de 100.000 obreros se solidarizaron con ellos.
El movimiento huelguista siguió
acelerándose durante el otoño de 1916 (…). Culminó con un paro de 120.000
obreros protestando contra la condena por una corte marcial a marine-ros de la
Flota Báltica acusados de adherir a una organización bolchevique clandestina.
La patronal reaccionó disponiendo un lock-out al que los obreros respondieron
con otra huelga. Final-mente, la mayor huelga de la guerra, antes del estallido
de la revolución, se produjo en el aniversario del Domingo Sangriento
81
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
en enero de 1917: de 200.000 a
300.000 participantes. (…) En seis meses, desde septiembre de 1916 hasta el
desencadena-miento de la revolución de febrero, más de un millón de días de
trabajo se perdieron en Petrogrado por acciones colectivas, en su mayoría
políticas.
(Mandel, 2017: 88-90).
Reaparecieron, a pesar de la
represión, las huelgas y una creciente agitación en las fábricas y barrios
populares, especialmente en Petro-grado. El Partido Obrero Social-Demócrata de
Rusia (menchevique), que conservaba algunos diputados en la Duma,se oponía al
zarismo pero apoyaba el esfuerzo de guerra de Rusia y sus aliados1 y era decidido par-tidario de
la alianza con la burguesía. El Grupo Obrero Central liderado por el
menchevique Kuzma Guozdev impulsó la elección de delegados fabriles para que
eligieran en una segunda votación quienes debían ocu-par los lugares asignados
a los obreros en esos Comités de la Industria de Guerra. También los
bolcheviques y los mencheviques internaciona-listas impulsaron la elección de
delegados, aunque oponiéndose a la participación en esos Comités.2 La tendencia a organizarse se
expresa-ba también en la promoción de obreros con antigüedad (starost)
como representantes ante la patronal y discusiones sobre la posibilidad y/o
conveniencia de impulsar formas de coordinación más generales.
Así se llegó a principios de 1917. A
la carestía y la inflación se suma-ron la falta de harina, pan y carbón en un
invierno extraordinariamente riguroso. El 26 de enero fueron detenidos los
dirigentes del Grupo Obrero Central cuando intentaban organizar una
manifestación por la democra-tización del país. La Ojrana también
metió presos a varios bolcheviques. El 13 y 14 de febrero hubo pequeñas
manifestaciones con banderas rojas y cantando La Marsellesa. El 18
de febrero entraron en huelga los obreros de la Putilov, la mayor fábrica
metalúrgica de Petrogrado...
La insurrección
En el clima
enrarecido antes descripto, las obreras de Petrogrado (constituían el 47% de la
fuerza laboral y su sector menos organizado
82
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
y politizado) decidieron conmemorar el Día Internacional de la Mujer (23
de febrero / 8 de marzo) protestando por la falta de alimentos y la carestía3 . La mañana
del 23 comenzó con asambleas y manifestacio-nes en las zonas fabriles, pero
después del mediodía las textiles del populoso y combativo barrio de Viborg
arrancaron en manifestación hacia el centro de la ciudad, arrastrando a los
metalúrgicos y sacando a la calle a los operarios de otras fábricas.4 “Queremos
pan” era el cántico más generalizado.
El 24 por la mañana las obreras en asamblea decidieron conti-nuar con la
huelga y las manifestaciones, que se extendieron y masi-ficaron hasta ser ya
unos 200.000 provenientes de todos los barrios. Los enfrentamientos con la
policía se hicieron más violentos, pero los cosacos evitaban reprimir y la
protesta llegó hasta el centro y a las inmediaciones de la Duma.
Al día siguiente comenzó la Huelga General, se sumaron a las mar-chas
la intelligentsia, los empleados y artesanos. La violenta represión
policial no logró impedir la ocupación de la Perspectiva Nevsky y hubo casos en
los que cosacos y soldados intervinieron para contener la brutalidad policíaca.
La proliferación de banderas rojas indicaba ya la participación e influencia de
los socialistas y pasaron a primer plano las consignas “Abajo la guerra” y
“Abajo el gobierno”. Esa noche el zar dio la orden para que ejército pusiera
fin a los disturbios trasladando de ser necesario tropas desde el frente.
83
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
El domingo 26, la
multitud que ocupaba el espacio público re-clamaba con audacia creciente el
apoyo de los soldados. Cuando los efectivos de una compañía acataron la orden
de disparar provocando muertos y muchos heridos, el pueblo se concentró ante
los cuarteles y éstos (incluido el que había ocasionado la masacre) comenzaron
a amotinarse. Ocurrió lo mismo en la base naval de Kronstadt y en la Escuadra
del Báltico.
El 27 de febrero la
masiva participación de los soldados y mari-neros marcó un giro decisivo en lo
que era ya una revolución. Gene-ralizada la sublevación de la guarnición, los
insurrectos ocuparon los puntos estratégicos de la ciudad y comenzaron a combatir
a la policía y los francotiradores que desde los edificios altos ametrallaban a
la multitud. Fueron asaltadas las comisarías, liberados los presos políti-cos y
se distribuyeron armas entre los manifestantes. Hasta aquí, un resumen de lo
que narra con mucho detalle y documentadamente un investigador de izquierda
(Mandel, 2017: 90-93). No es sustancialmen-te diferente el panorama que
describe un historiador conservador:
(..) el motín de la
guarnición de Petrogrado convirtió los dis-turbios de los cuatro días
anteriores en una revolución a gran escala. Las autoridades zaristas se vieron
prácticamente pri-vadas de poder militar en la capital. (…) Además, la salida
de los soldados a las calles aportó fortaleza militar y organiza-ción a las masas
revolucionarias. En lugar de la protesta vaga y sin propósito fijo, se
centraron en la captura de objetivos estratégicos y la lucha armada contra el
régimen. Soldados y trabajadores lucharon juntos para capturar el arsenal,
donde se armaron con cuarenta mil fusiles y treinta mil revólveres, seguido de
las principales fábricas de armas, donde por lo menos otros cien mil fusiles
cayeron en sus manos. Ocuparon el departamento de artillería, la central
telefónica y algunas (aunque no todas) las estaciones de ferrocarril.
Extendieron el motín a los restantes cuarteles (…) muchos de los soldados
también se mantuvieron ocupados con la tarea de atacar, a veces aporreándolos o
incluso asesinándolos, a sus coman-dantes. Era una revolución en las filas.
Pero la atención de los insurgentes estaba centrada principalmente en la
sangrienta guerra callejera contra la policía (Figes, 2017: 364).
84
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
Las mujeres que el 23 de febrero hicieron punta gritando “Paz, Pan y
Libertad”, “Abajo la carestía” y luego “Basta de guerra” y “Aba-jo el zar”
seguramente ignoraban que había existido un periódico subversivo llamado Iskra5 (La Chispa)
cuya bajada de título antici-paba: “de la chispa nacerá la llama”. Fueron
ellas sin embargo esa chispa que encendió la llama de la revolución. Ningún
partido las dirigió, los militantes más experimentados les habían recomenda-do
cautela... pero por encima de cálculos tácticos, el hartazgo y la indignación
las impulsó a la acción. Lo demás llegó por añadidura, con y en la
auto-actividad de las masas: entrando a las fábricas para arengar a
los trabajadores remisos, poniendo el pecho a los caballos de los cosacos y a
los fusiles de la policía, fusionando espontaneidad y organización, experiencia
y audacia, reivindicaciones económicas y exigencias políticas... El ejemplo de
dignidad y determinación que dieron las trabajadoras de Petrogrado, maltratadas
por partida tri-ple (por la autocracia, la patronal y el patriarcado imperante)
fue en sí mismo una revolución. Parafraseando a Marx: no sabían que la hacían,
pero la hicieron.
El poder dual (dvoevlastie)
El 27 de febrero, con la Duma –que el zar había declarado en receso–
rodeada por manifestantes que exigían el fin de la auto-cracia, su presidente
M. V. Rodzianko facilitó una sala para que los mencheviques Guozdev, Chjeidze y
Skobelev se reunieran con otros grupos socialistas (social-demócratas
independientes, bolchevi-ques, grupo interdistrital, socialistas
revolucionarios, laboristas, so-cialistas populares, Bund Judío, socialistas
letones, etc.). De allí sur-gió el llamado a la inmediata conformación del
Soviet de diputados obreros y soldados y un Comité Ejecutivo provisional con
mayoría de “socialistas moderados”.6 Los diputados comenzaron a ser
desig-nados a mano alzada en improvisadas y tumultuosas asambleas en fábricas,
barrios obreros y cuarteles y esa misma noche comenza-ron a sesionar7 sin protocolo
alguno en el salón Catalina del Palacio Táuride.
85
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
El Soviet de
Petrogrado
El Comité Ejecutivo Provisional
desplegó una actividad febril. Aún existía el peligro de una derrota de la
revolución por tro-pas fieles al gobierno mandadas desde afuera a Petrogrado.
Por ello organizó un equipo militar integrado por soldados y oficiales
revolucionarios, el cual desplegó y ocupó con fuerzas revolucionarias los
puntos estratégicos más importantes de la capital. En la primera reunión del
soviet, se decidió enviar a las distintas zonas de la ciudad comisarios que
debían fundar co-mités revolucionarios de barrios y milicias obreras armadas.
Al mismo tiempo el Comité Ejecutivo se agrandó con miembros de los partidos
socialistas. Se repartieron las tareas en varias comi-siones, entre otras las
de aprovisionamiento, la de literatura y la de finanzas. En la mañana del 28 de
febrero apareció el primer número de Izvestia (Noticias del
soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado) con un manifiesto
dirigido a la pobla-ción de Petrogrado y toda Rusia, en el que entre otras
cosas se dice: “Para culminar exitosamente la lucha por la democracia, el
pueblo debe organizar su poder. Ayer, el 27 de febrero, se ha fundado en la
capital el Soviet de Diputados Obreros de la capi-tal, constituido por
representantes elegidos en las fábricas, en las unidades militares y por los
grupos y partidos democráticos y socialistas. El Soviet de Diputados Obreros
(...) considera que sus tareas deben ser: la organización de las fuerzas
populares en la lucha por la libertad política y la soberanía popular en Ru-sia
(...) Debemos luchar, todos juntos, por la aniquilación del viejo régimen y por
la convocatoria de una asamblea nacional constituyente, que debe ser elegida
por medio del sufragio uni-versal, imparcial, directo y secreto” (Anweiler,
1975: 111-112).
La cuarta Duma8 no se había
atrevido a desacatar el receso or-denado por el zar, pero ante el evidente
desmoronamiento de su autoridad el Bloque Progresista formó una “Comisión
Provisoria de miembros de la Duma para restaurar el orden y mantener contactos
con personas e instituciones” (obsérvese lo extenso y cauteloso del
86
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
nombre adoptado) que solicitó la abdicación del zar –que ocurrió el 2 de
marzo– y desde el ala derecha del Palacio Táurida inició con los dirigentes del
Soviet negociaciones apuradas9 para constituir un Go-bierno Provisional:
En la noche del 28 febrero al 1de
marzo, estos dos grupos, uno en nombre de la “democracia revolucionaria” (las
clases populares), el otro en nombre de la Rusia censitaria, acor-daron la
formación de un gobierno provisorio, constituido exclusivamente por diputados
de las clases poseedoras en la Duma. La Comisión de la Duma, por su lado,
aceptó el programa del Soviet (...) El 2 marzo, el plenario del Soviet aprobó
el acuerdo por amplia mayoría, aunque condicionó el apoyo al gobierno
provisorio a la concienzuda ejecución del programa del Soviet. El plenario
decidió también formar un “Comité de vigilancia” (kontrolivat’s) para
controlar las ac-tividades del gobierno (Mandel, 2017: 94).
Los soviets, producto directo de la revolución, expresaban lo que en
Rusia se llamaba democracia revolucionaria y, por añadidura,
tenían fuerza militar, al menos en la capital10 y otros centros impor-tantes.
Pero la mayoría del Ejecutivo del Soviet no quiso conformar un gobierno
revolucionario y dejó en manos del Bloque Progresista la designación de un
gobierno provisional (burgués). Los dirigentes del Soviet no quisieron asumir
cargos en el mismo11: menchevi-ques, SR e incluso algunos bolcheviques (antes del regreso a
Ru-sia de Lenin) sostenían que, tratándose de una revolución burguesa para
democratizar y modernizar Rusia, debía gobernar la burguesía y los socialistas
no debían ser parte de tal gobierno (un mes des-pués cambiaron de posición).
También decían que solo la burguesía contaba con los necesarios conocimientos y
experiencia de gestión. Pero el argumento decisivo era que los obreros eran una
pequeña minoría y en la inmensa Rusia nada podría conseguirse sin el impul-so
conjunto de “todas las fuerzas vivas de la sociedad”, concediendo el primer
lugar a la burguesía y la intelligentsia. Desde un ángulo más
pragmático, se dijo también que “desde afuera se puede controlar mejor…”
87
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Pero las exigencias
que el gobierno se comprometió a satisfa-cer eran imprecisas: no se ponía plazo
para la Constituyente, ni se establecía nada cierto sobre las cuestiones más
importantes e ina-plazables: el fin de la guerra que exigían los soldados, la
jornada la-boral de 8 horas que reclamaban los obreros y la entrega de tierras
que demandaba el campesinado. Al frente del Gobierno Provisional estaba el
príncipe Georgy Lvov (dirigente de la Asociación Nacional de Zemstvos)
y los hombres fuertes del gabinete eran el ministro de Relaciones Exteriores
Pavel Milyukov (historiador y líder del partido kadete) y el de Guerra,
Aleksander Guchkov, gran industrial octubris-ta. Sus prioridades
eran impedir la desintegración de la disciplina y jerarquía militar, garantizar
que la guerra continuara y poner fin a la agitación política y social, pero no
podía hacer nada sin la ayuda del Comité Ejecutivo del Soviet,12 que estaba
comprometido ante su base a buscar una “paz sin anexiones” y controlar que el
gobierno cum-pliera con lo acordado. Alguien resumió la situación
con la famosa expresión postol’ku poskol’ku, algo así como
“Apoyamos al Gobierno Provisional en tanto y en cuanto cumpla
con la plataforma planteada por el Soviet”. El gobierno carecía de legitimidad
de origen y sobre todo de autoridad, y lo sabía:
88
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
El Gobierno Provisional no tiene
poder real de ninguna cla-se, y sus órdenes se aplican solo en la medida en que
lo permite el Soviet de diputados de trabajadores y soldados. Este último
controla las fuerzas más esenciales del poder, pues las tropas, los
ferrocarriles y los servicios postales y telegráficos están en sus manos. Se
puede afirmar con fran-queza que el Gobierno Provisional existe solo en la
medida en que se lo permite el Soviet (Carta del ministro Guchkov al general
Alexeev, citada en Figes, 2017: 407).
El Soviet tenía de hecho más poder (vlast) que el
gobierno formal. Había avalado la liberación de los presos
políticos y el libre accionar de las organizaciones de izquierda y los
sindicatos, se había hecho car-go de controlar el transporte y abastecimiento
de la ciudad, editaba un diario, había llamado a extender la organización
soviética a toda Rusia... Y el 1 de marzo había impartido la famosa Orden
1 (Prikaz I) disponiendo que
(...) se eligieran comités de
soldados en todas las unidades militares a partir del nivel de compañía, la
subordinación al soviet de todas las unidades militares en cuestiones
políti-cas y finalmente libertades cívicas para todos los soldados. Las órdenes
de la comisión militar organizada por el Comité de la Duma para comandar la
guarnición, solo debían ser obedecidas cuando no fuesen contradictorias con los
de-cretos y resoluciones del Soviet. Con esto el Soviet de Dipu-tados Obreros y
Soldados de Petrogrado asumió de hecho el poder sobre la guarnición (Anweiler,
1974: 106).
Esta equívoca e inestable arquitectura institucional fue
deno-minada Diarquia o, más popularmente, “doble poder” (dvoevlatie).
Se trataba de un acuerdo cojo por ambos lados. El gobierno burgués no podía
sostenerse sin el respaldo de los socialistas “moderados” que estaban al frente
del órgano nacido de la revolución. Por el otro lado, la dinámica expansiva y
radical de los soviets escapaba al control del Comité Ejecutivo (Ispolkom)
de Petrogrado y a fortiori del Comité Eje-cutivo Central
Panruso de los Soviets (Vserossiiski Tsentralni Ispolnitelni Komitet o VTsIK)13 o CEC.
89
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
El proceso
revolucionario
Entre febrero y
octubre la revolución avanzó, se estancó, retro-cedió y nuevamente avanzó,
siempre “a saltos”. Ese breve lapso de tiempo bastó para evidenciar el completo
fracaso del Gobierno Pro-visional burgués (y sus diversos gabinetes). También
las estrategias, tácticas y alianzas de los distintos partidos fueron sometidas
a dura prueba. Y, sobre todo, se fue modelando la experiencia y determi-nación
de las clases en lisa. Esa multitud –hasta entonces explotada, subyugada y
despreciada– pasó súbitamente a ser partícipes de una intensa disputa política.
El “proletariado consciente” de Petrogrado, Moscú y otros grandes centros
industriales que por primera vez, po-día expresarse y organizarse con entera
libertad; también los jóvenes campesinos incorporados al ejército (algunos,
escolarizados, promo-vidos a suboficiales), que fueron decisivos en la
organización de los soviets y comités de soldados y más tarde impulsando la
revolución en el campo. Las grandes masas tradicionalmente alejadas de la
po-lítica que pasaron a movilizarse a escala jamás vista, estaban impul-sadas por
una visceral hostilidad hacia la élite: los tsenzoviki (la
gen-te censada, con propiedades) la nobleza y la antigua
burocracia, los pomeshchiki (latifundistas) y los burzhooi (burgueses).
Un conservador lo dice mejor que muchos izquierdistas:
La idea de que los días de febrero
fueron una “revolución sin sangre”, y que la violencia de las masas realmente
no empezó hasta octubre, fue un mito liberal (...) la multitud mató a muchas
más personas en febrero que las que mu-rieron en el golpe de octubre de los
bolcheviques. La Revo-lución de febrero fue especialmente violenta en
Helsingfors y Kronstadt, donde cientos de oficiales de la Marina fueron
horriblemente asesinados por los marineros. Según las ci-fras oficiales del
Gobierno Provisional, mil cuatrocientas cuarenta y tres personas fueron
asesinadas o heridas solo en Petrogrado.[...] La violencia de la muchedumbre en
los días de febrero no fue dirigida por ningún partido revolu-cionario o
movimiento. Fue, en su mayor parte, una reac-ción espontánea a las represiones
sangrientas del día 26, y
90
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
fue una expresión del odio que el
pueblo había sentido du-rante largo tiempo hacia el antiguo régimen. Los
símbolos del antiguo poder estatal fueron destruidos. Las estatuas zaristas
fueron destrozadas o decapitadas. (...) Las comisa-rías de policía, los
edificios judiciales y las prisiones fueron atacados. La multitud exigió una
venganza violenta contra los oficiales del antiguo régimen. Los policías fueron
per-seguidos, linchados y asesinados brutalmente (Figes, 2017: 480-482).
Comenzaron siendo decenas de miles pero llegaron a ser millo-nes esos
imprevistos protagonistas, mal vestidos y peor alimentados, que, sacudiéndose
el hábito secular de mirar hacia abajo y callar ante “los de arriba”, ocuparon
ruidosamente los espacios públicos y co-menzaron a tomar decisiones sobre todo
tipo de cuestiones: desde el precio y suministro de pan a las condiciones de
trabajo y vivienda, desde el trato respetuoso que los soldados impusieron a los
oficia-les nobles hasta el curso de la guerra y la lucha de clases a escala
internacional, desde la prohibición de la compra-venta especulativa de tierras
hasta la requisa de las propiedades de los terratenientes. Definiendo,
discursiva y prácticamente, los objetivos, prioridades e instituciones de la revolución.
Medio millón de trabajadores (solo en Petrogrado) hicieron huelgas entre
mediados de abril y principios de julio, imponiendo de hecho, en muchas
empresas, la jornada de 8 ho-ras; después, el descalabro económico, la falta de
combustible y ma-terias primas, el sabotaje de las patronales, el intento de
deslocalizar las fábricas hicieron que soviets y comités de fábrica dispusieran
di-versos tipos de control obrero y, se hicieran cargo de empresas aban-donadas
por sus dueños. Lo que primero hicieron los soldados luego de ajustar cuentas
con los oficiales más odiados fue obligar a que se los tratase con respeto y se
los respetara como ciudadanos con dere-cho a organizarse y expresarse
políticamente, incluso en el frente, y suspender de hecho las hostilidades,
“clavando en tierra las bayone-tas” para intentar confraternizar con los
alemanes o austríacos que estaban en las trincheras de enfrente. Una densa red
de organizacio-nes cubrió toda Rusia. Soviets de obreros, soldados y barrios,
que se-
91
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
sionaban
conjuntamente o por separado, comités agrarios y soviets campesinos, sindicatos
y comités de fábrica, organizaciones juveniles y pujantes organizaciones
culturales y educativas proletarias.14 Las noticias e impacto de todo
esto demoraron un poco más hasta llegar a la Rusia profunda, pero una vez
iniciada, la revolución campesina se tornó imparable:
En la Rusia de 1917 la gente
ordinaria del campo tomó ac-ción directa para cambiar su mundo (...) los
campesinos cambiaron las reglas del juego. Ellos definieron las res-puestas de
los políticos a los retos nacionales; producían, controlaban y dictaban el
suministro de alimentos; campe-sinos armados y uniformados sirvieron de
soldados, ha-ciendo y quebrando el poder político; y, como mayoría de la
población urbana de Rusia, desempeñaron papeles cla-ves en los levantamientos
urbanos. Sin embargo, cuando hablamos de revoluciones campesinas generalmente
nos referimos a batallas rurales por el uso y la posesión de la tierra. Y,
aunque más del 80 % de la población de Rusia en 1917 vivía en áreas no-urbanas,
los estudiosos a menudo marginan las experiencias y la participación de los
cam-pesinos en la revolución rusa, fijándose más bien en los trabajadores
urbanos y en la intelligentsia. La diversidad y complejidad de los
alzamientos rurales disipan cualquier presunción que podamos tener acerca de la
naturaleza de la acción campesina. También revelan la extraordinaria
creatividad y la naturaleza transformativa de la revolución (Badcock, 2017).
Es falsa pues la
idea recibida de que la de febrero habría sido una mera revolución política que
dejó el poder en manos de la bur-guesía. Por el contrario, y más allá de la
maraña de confusión política e infundadas ilusiones que mencheviques y SR
alimentaban y/o sem-braban, aquellos millones de hombres y mujeres movilizados
dieron al proceso el carácter de una revolución social en acto, en
el curso de la cual todas las organizaciones que aspiraban a
representarlas y/o dirigirlas se vieron obligadas a revalidar y actualizar sus
credenciales.
92
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
Los soviets de 1917
Los soviets retomaron el nombre y tradición de la formidable
organización de lucha que las masas habían “inventado” en 1905, pero con
significativos rasgos distintivos. Oskar Anweiler, autor de la más completa y
documentada obra sobre el tema, señala correc-tamente que “la diferencia más
importante con 1905 es que en 1917 fue un soviet de obreros y soldados. El
prominente rol de las tropas rebeldes en el triunfo de la revolución fue
reconocido incorporando a los soldados en el recién formado soviet” (1974: 106).
El dato no es menor, ni arbitrario, pues en la insurrección fue decisivo el rol
de los suboficiales, que en un 60% provenían del campo, tenían esco-laridad
elemental y apenas pasaban los 20 años de edad: “Esta fue la cohorte militar
radical (...) que dirigiría el motín de febrero, los comités de soldados
revolucionarios y finalmente el impulso hacia el poder soviético durante 1917”
(Figes, 2017: 311). Podría agregarse que fueron soviets recreados por hombres y
mujeres que tenían la confianza y el orgullo de haber derrumbado, en menos de
una semana, una autocracia considerada eterna. Nacieron pues con una abrumadora
legitimidad político-social y una confianza multiplicada
93
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
por la efectiva
fuerza material que aportaban obreros y soldados armados.
Anweiler señala,
críticamente, que en 1917 la iniciativa de con-formar el soviet partió de un
grupo de dirigentes socialistas y con-sidera que por eso “desde el principio
la intelligentsia socialista in-fluenció decisivamente a los
diputados obreros y soldados; de los 42 miembros del Comité Ejecutivo a fines
de marzo, solo 7 eran obreros” (1974: 106). En igual sentido algunos
trotskistas escribieron sobre el soviet de 1917:
No es una representación directa y
democrática de los obreros en lucha sino un frente de partidos y
organizacio-nes pequeño burguesas y obreras, una “multisectorial” inte-grada
por las cúpulas de las organizaciones sociales y polí-ticas, que llama a los obreros
y a los soldados (campesinos) a elegir delegados al soviet. (…) Mientras el
soviet de 1905 fue un fenomenal factor de impulso a la revolución, el de
febrero de 1917 debuta como un factor de contención re-volucionaria y de
expropiación política de los trabajadores (Altamira, 2017: 68-69).
No parece haber
sido así. El mismo libro de Anweiler demues-tra que esa influencia que podía
ser “decisiva” a nivel del CEC, deja-ba de serlo e incluso desaparecía a medida
que las organizaciones soviéticas se aproximaban a la base, allí donde se
hacían oír las vo-ces y exigencias de los soldados que se amotinaban o
desertaban, de las obreras y obreros que hacían huelga, ocupaban empresas y se
dirigían en ruidosas manifestaciones a presentar sus exigencias al Comité
Ejecutivo. Tanto en los barrios populares de los grandes centros urbanos, como
en muchas ciudades pequeñas, la única au-toridad presente solían ser los
soviets, y mucho cuando llegaron a la Rusia profunda, a las aldeas donde vivía
el campesinado (el 80% de la población).
Por otra parte, en
esta revolución más que en cualquier otra, la influencia de las organizaciones
no se derivaba de las ideas e in-fluencia de sus intelectuales, sino de la
actividad de los militantes. Estos eran reclutados entre los “obreros
conscientes”, la franja rela-
94
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
tivamente reducida pero experimentada y activa forjada en años de lucha
política clandestina y bajo la influencia de las fracciones del Par-tido Obrero
Social Demócrata, del Partido Socialista Revolucionario, del Bund, de
maximalistas y anarquistas, aunque a veces se definie-ran como “sin partido”.
Ellos fueron los que asumieron casi “natural-mente” un lugar en la primera
línea de la insurrección. Pero inme-diatamente se sumaron decenas de miles de
nuevos luchadores con escasa o nula formación política anterior. De tal mezcla
se destaca-ron millares de “dirigentes de base”, capaces de traducir en
iniciativas prácticas y acciones lo discutido en asambleas a veces
interminables, dispuestos también a hacer escuchar su propia voz cuando
adver-tían que los líderes dudaban o parecían confundidos. Trotsky narra en
su Historia de la Revolución que tanto él como otros
encumbrados dirigentes fueron interrumpidos e increpados en más de una ocasión
por los trabajadores o soldados a los que se dirigían, confirmando que, en una
revolución, los militantes suelen empujar a los dirigentes y los partidos
pueden ser impulsados hacia adelante o hundidos en el descrédito por la
radicalización de las masas.
La difusión de los
soviets
Después de la Revolución de febrero
de 1917, los soviets se convierten en un fenómeno de masas. Surgieron
espon-táneamente por todas partes, sin preparación teórica, impul-sados solo
por las necesidades prácticas de la revolución. (...) Los obreros en las
ciudades y los soldados en los regimientos y el frente sintieron
instintivamente la necesidad de una orga-nización independiente acorde a su
fuerza numérica y capaz de expresar sus energías revolucionarias. El
antagonismo de los obreros con la burocracia, los patronos y la burguesía, así
como la desconfianza de los soldados hacia los antiguos oficiales, crea-ron las
condiciones socio psicológicas para la excepcional di-fusión de los soviets.
[...] La marcha triunfal de la revolución a través de toda Rusia, que en pocos
días condujo al derrumbe del gobierno zarista y de la antigua maquinaria
administrativa, estuvo acompañada por una ola de organización revolucionaria a
95
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
todos los niveles de la sociedad que
tuvo su mayor expresión en la formación de soviets en todas las ciudades del
Imperio, desde Finlandia hasta el océano Pacífico. El ejemplo dado por la
capital fue decisivo para este desarrollo. Así como el triunfo de la revolución
en Petrogrado pudo arrastrar al resto del país, también la formación del Soviet
de Obreros y Soldados de Pe-trogrado impulsó la formación de soviets en las
provincias. El movimiento soviético que surgió de Petersburgo ganó primero las
grandes ciudades, las zonas industriales con una clase obre-ra consolidada y
las ciudades con grandes regimientos. […] En la Conferencia de Soviets de la
región de Moscú celebrada del 25 al 27 de marzo estuvieron representados 70
soviets obreros y 38 de soldados. En la conferencia de la cuenca del Donetz a
mediados de marzo se registraron 48 soviets. En abril se reunie-ron
representantes de 70 soviets en la conferencia de la región de Kiev. Nunca se
determinó con exactitud la cantidad total de soviets de obreros, soldados y
campesinos que llegó a haber en 1917, pero se ha estimado que fueron 400 en
mayo, en agosto 600 y en octubre 900. [...] A diferencia de los comités
rurales, que fueron reconocidos como instituciones oficiales, los soviets
campesinos comenzaron desarrollándose muy lentamente. El primer impulso lo
dieron los “campesinos con uniforme”, los soldados. (...) Hacia fin de julio
había soviets campesinos en 52 de las 78 provincias y en 371 de los 813
distritos [...] La primera Conferencia de Soviets de Obreros y Soldados sesionó
desde el 29 de marzo hasta el 3 de abril de 1917. Concebida como una reunión de
los 5 mayores Soviets, terminó acreditando 480 delegados, provenientes del
Soviet de Petrogrado, de 138 so-viets locales de obreros y soldados, de 7 ejércitos,
13 unidades militares y 26 unidades del frente. […]Finalmente se incorpo-raron
10 delegados de todo el país y 6 del ejército al Comité Ejecutivo del Soviet de
Petrogrado, que pasó a ser Panruso. […] El I Congreso Panruso de Soviets de
Diputados Obreros y Sol-dados que se inició en Petrogrado el 3 de junio y
sesionó hasta el 24, era con toda seguridad el organismo más representativo y
democrático de Rusia. Los 1.090 delegados representaban 305 soviets de obreros
y de soldados locales, 53 órganos so-viéticos regionales y 21 organizaciones
militares, 822 con de-
96
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
recho a voto pleno. Existió un
marcado predominio político de socialistas revolucionarios (con 285 delegados)
y mencheviques (248 delegados), contra 105 de bolcheviques y otros pequeños
grupos socialistas y 73 delegados independientes. La superiori-dad de los dos
partidos socialistas moderados en el congreso se debía principalmente a su
predominio en los soviets de las provincias y las organizaciones del frente. En
ese momento los bolcheviques tenían ya muchos más seguidores en Petrogra-do. En
el congreso, sin embargo, la mayoría socialista pudo imponerse sin dificultad
en todas las resoluciones (...) los de-legados eligieron un Comité Central
Ejecutivo Panruso (VTsIK) (...) de 250 integrantes (...): 104 mencheviques, 100
socialistas revolucionarios, 35 bolcheviques y 18 miembros de otros parti-dos
socialistas. Éste designó un Presidium de 9 miembros en-cabezado por Chjeidze y
un Buró de 50 integrantes con igual proporcionalidad (Anweiler, 1974: 113-124).
Fracaso del Gobierno Provisional (y
los gabinetes de coalición)
El 23 de marzo la ciudad de Petrogrado rindió honores a los caí-dos en
la revolución con un inmenso, esperanzado y unitario acto de 800.000 personas
reclamando solidaridad internacional y paz. Carac-terísticas similares tuvo la
concentración del 18 de abril (1 de mayo): el día internacional de los
trabajadores se conmemoró “como fies-ta nacional de la revolución”. Esta fue,
sin embargo, “la última gran manifestación pública marcada por un sentimiento
de unidad nacio-nal” (Mandel, 2017: 161). Las tensiones habían comenzado el 7
de abril, cuando el gobierno declaró que haría todo lo necesario “para
proseguir la guerra hasta la victoria” y respetaría todos los tratados y
compromisos con los aliados. Lo mismo repitió días después Mi-liukov, agregando
que Rusia necesitaba “una victoria decisiva”. Tales declaraciones provocaron
indignación en un pueblo harto de la gue-rra. El Ejecutivo del soviet emitió
una declaración en favor de la paz y reclamó al gobierno una rectificación que,
cuando llegó, era una
97
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
burla: comenzaba
pronunciándose en contra de “las anexiones” para terminar afirmando que “la
revolución reforzó la voluntad popular de sostener la guerra hasta la
victoria”. El 20 y el 21 de abril hubo gran-des manifestaciones reclamando la
dimisión de Miliukov y Guchkov (aparecieron también algunas pancartas con la
consigna “¡Abajo el Go-bierno!”) y se produjeron choques con los kadetes y
las Centurias Ne-gras,15 que atacaron a los manifestantes buscando tal vez la interven-ción
del ejército.16 El Ejecutivo del soviet prohibió las manifestaciones por dos días17 y “exigió” al
gobierno una política militar “democrática” y “puramente defensiva” (¿?). Los
políticos burgueses parecieron ce-der, pero reclamaron el fortalecimiento del
gobierno con el ingreso al mismo de los dirigentes del Soviet; el 5 de mayo se
llegó a un quid pro quo: Guchkov y Miliukov dieron un paso al
costado, Kerensky asu-mió la cartera de Guerra y se incorporaron seis ministros
socialistas “moderados” (dos mencheviques, dos eseristas, dos trudoviques, que
seguían respondiendo ante el soviet). La diarquía se mantuvo
bajo una forma más engañosa pero igualmente ineficiente.
Lenin regresó a
Rusia el 3 de abril. Logró que su partido adoptara una política de
intransigente oposición al gobierno burgués y de sis-temática denuncia del
Ejecutivo del soviet por apoyarlo. Derrocado el zarismo, se trataba ahora de
terminar con la guerra (que seguía siendo imperialista) y “llevar la revolución
has-ta el fin”. Sus Tesis de Abril reconocían la excepcional
posibilidad de sostener una batalla política revolucionaria con métodos
pacíficos y reclamaban la in-mediata convocatoria a elecciones para la Asamblea
Constituyente, pero hacía eje en la lucha por fortalecer y extender la
democracia revolucionaria de obre-ros y campesinos hasta imponer una “República
de los soviets de diputados obreros, braceros y campesinos”, la
“nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los
soviets locales”, “la implantación inmediata del
98
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
control de la
producción social y de la distribución de los productos por los soviets (…) y
Banco Nacional único, sometido al control de los soviets” (Obras Completas,
tomo 31: 120-125). Dado que los bolcheviques eran una pequeña minoría en el
soviet, deberían “explicar pacientemente” esa orientación para ayudar a que la
mayoría, a través de su propia ex-periencia, diese la espalda a los dirigentes
defensistas partidarios de la colaboración de clases. Es de señalar que Lenin
buscó y encontró apoyo en el ala izquierda del partido para enfrentar y
derrotar la orientación sostenida por los camaradas posicionados en el centro o
la derecha (algunos de estos últimos terminaron yéndose), pero no vaciló en
criti-car duramente a los que el 21 de abril pretendieron colocarse “más a la
izquierda” lanzando la consigna “Abajo el Gobierno”.
Lenin tenía la convicción de que la revolución iniciada en Rusia era un
eslabón en la cadena de revoluciones proletarias y socialistas que la guerra
generaría en Europa y especialmente en Alemania, por lo que se estaba ya en una
suerte de transición:
La revolución socialista, que se
desarrolla en Occidente, en Rusia no está directamente al orden del día, pero
ya hemos entrado en el estado de transición a la misma. Los soviets de
diputados obreros, soldados, etc., son la organización del poder con la que
tendrá que operar la revolución socialista
(…) de aquí que nuestra tarea consista en
fortalecerlos. [….] El camarada Rikov dice que el socialismo tiene que venir de
otros países de industria más desarrollada. Esto no es cierto. No puede decirse
quién comenzará ni quién acabará lo co-menzado (…) ha dicho también que no hay
fase de transición entre el capitalismo y el socialismo. Esto no es marxismo,
sino una parodia de marxismo (Ibíd.: 388-380).
Las Jornadas de Abril y el ingreso de los “defensistas” al gabinete de
coalición en el momento mismo en que comenzaban las protestas en contra del
gobierno burgués y la reorientación de los bolchevi-ques tuvieron repercusiones
contradictorias. La mayoría de los traba-jadores mantuvo la
confianza en el Ipsolkom porque esperaban que la participación
en el gobierno de coalición haría “que los dirigentes mencheviques y SR del
soviet reforzaran su ‘control’ sobre el gobierno
99
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
provisorio, para
asegurar que se respetase el programa del soviet” (Mandel, 2017: 173), pero
incluso ellos compartían la desconfianza hacia la burguesía y sus maniobras que
era un patrimonio adquirido de la inmensa mayoría de los trabajadores.
Simultáneamente, la opo-sición al gobierno burgués de una franja minoritaria
pero significativa cobró mayor impulso y se tradujo en la organización
de los Guardias Rojos (armados) a nivel de los soviets locales aunque no en
toda la capital debido a la oposición del Comité Ejecutivo. También se
multi-plicó la llegada e impacto de la prensa bolchevique.18
El 2 mayo, un
artículo de Lenin reprodujo por primera vez en letras de molde la
consigna “Visa Vlast’ Sovetam!” (Todo el poder a los soviets)
que había sido vista entre las pancartas de las manifestacio-nes de abril, y el
7 de mayo la consigna fue levantada en un docu-mento “oficial” del partido. En
el común de los trabajadores, la euforia de las primeras semanas fue siendo
reemplazada por una creciente sensación de bloqueo político, crisis económica y
polarización social, y comenzaron a surgir diversas formas de “control obrero”
casi siem-pre con propósitos defensivos del salario y la
fuente o condiciones de trabajo. El cambio en el estado de ánimo social en los
meses de mayo y junio se reflejó en el éxito que tuvo la campaña en pro de la
renovación de los diputados obreros en los soviets haciendo nuevas elecciones
en las fábricas. Los bolcheviques y otros socialdemócratas revolucionarios (Mezrayonka,
mencheviques de izquierda) obtuvieron creciente respaldo presentando
candidaturas y campañas unificadas. Los mencheviques perdieron el respaldo con
el que contaban entre los obreros más calificados, y la competencia pasó a
darse entre bol-cheviques y eseristas, que conservaban el respaldo de lxs
trabajador-xs menos calificadxs, con vínculos familiares en el campo e
identifica-dos con la consigna “Tierra y Libertad”.
La polarización se
reflejó en las elecciones municipales (realiza-das a fines de mayo) y en la
Conferencia de Comités de Fábrica de Petrogrado (se reunió entre el 30 de mayo
y el 3 de junio) donde la mo-ción reclamando “Todo el poder a los soviets”
obtuvo 297 votos, con-tra 85 en favor de los socialistas moderados y 44 de los
anarquistas.
En junio,
presionado por Francia y Gran Bretaña, fue Kerensky quien dio la orden de
lanzar una ofensiva militar en el frente del Este
100
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
que terminó en desastre: Rusia sufrió 200.000 bajas y los alemanes
iniciaron un contraataque que se mantuvo hasta el otoño. Las deser-ciones
masivas aumentaron, incentivadas también por las noticias que comenzaban a
llegar de tomas de tierra. La orden de trasladar armas y efectivos desde
Petrogrado al frente provocó una situación explosiva en la guarnición. Antes
incluso de que comenzara la fracasada ofensiva de primavera, algunas unidades
de la capital y los marineros de Krons-tadt, impulsados por la Organización
Militar bolchevique (y también, aunque en menor medida, por los anarquistas de
Beckerman y eseris-tas de izquierda) habían hecho una demostración de fuerza
reuniendo el 4 de junio varios millares de efectivos armados en un “homenaje a
los caídos” que tenía el objetivo implícito de presionar y “abrir una brecha”
en el I Congreso Panruso de los Soviets de Obreros y Solda-dos (que comenzaba
el día 3). Pero el bloque menchevique-SR logró que el congreso ratificara el
apoyo al gobierno y el defensismo y prohi-bieron el acto que los bolcheviques
habían convocado argumentando que era divisionista y servía a la
contrarrevolución, llamando a la vez a una gran manifestación “en defensa de la
unidad de la democracia revolucionaria y respaldo a los soviets” para una
semana después. A fin de evitar un choque frontal y la posible expulsión de los
soviets, los bolcheviques levantaron su acto horas antes del momento en que
debía realizarse, y se lanzaron a transformar ese tropiezo en un triunfo
político. Y lo consiguieron.
La manifestación de los “moderados”
que fue un triunfo de los bolcheviques
Para la manifestación del 18 de junio
los bolcheviques hicie-ron una campaña política muy inteligente, en un país
donde las campañas políticas de masas era un arte relativamente desco-nocido.
Libres del peso de la colaboración con la coalición de gobierno, los
bolcheviques podían hacer las críticas y promesas que quisieran. Sus llamados
eran sentidos. A la guarnición le de-cían: “Si no quieres ir a morir al frente,
si no quieres que vuelvan a imponerte la disciplina zarista, si quieres mejores
condiciones de vida y la redistribución de las tierras, acompáñanos”. Para
101
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
atraer a los obreros reclamaban,
entre otras cosas, aumento de salarios, jornada de 8 horas, control obrero en
las fábricas, terminar con la inflación. Y ante todo, los agitadores
bolchevi-ques esgrimían el temible espectro de la contrarrevolución. [...] La
inmensa manifestación (que se prolongó hasta muy tarde) se convirtió en una
clara muestra de la atracción del programa bolchevique y la efectividad de sus
tácticas. Distrito por distri-to, fábrica por fábrica, pasaron unos 400.000
manifestantes, y todos los diarios coincidieron en que el mar de banderas y
pancartas bolcheviques solo ocasionalmente era roto por las consignas del
Congreso. Desde todos los barrios, la mayoría de las fábricas y muchas unidades
militares (1er. Regimiento de Ametralladoras, Pavlovsky, Granaderos, Moskovsky,
Finlandia, Izmailovsky, Egersky, el 1ro. y 171 de Reserva, el 6° Regimien-to de
Ingenieros...) marchaban con las consignas y pancartas propuestas por los
bolcheviques. “De tanto en tanto –recuer-da Sujanov– la cadena de banderas y
columnas bolcheviques era interrumpida por algunas consignas propias de los SR
y el Soviet. Pero quedaban sumergidas en la masa; parecían ser excepciones que
venían a confirmar la regla. Una y otra vez, como inalterable expresión de lo
más profundo de la capital revolucionaria, como si fuese el destino (...),
avanzando hacia nosotros: ‘Todo el poder a los Soviets! Abajo los 10 ministros
capitalistas!’ ” (Rabinowitch, 1991: 117-119).
La tensión siguió
creciendo. La contrarrevolución levantaba ca-beza, reunía fuerzas, presionaba
sobre el gobierno y lanzaba ataques contra las masas. La izquierda
revolucionaria se fortalecía por abajo. Se preparaban confrontaciones de
creciente violencia y las noticias que daban cuenta del total fracaso de la
ofensiva y la descomposición de los ejércitos en el frente precipitaron una
nueva crisis. Por dere-cha, el 2 de julio los kadetes se retiraron del gobierno
y 5 días después renunció Lvov. Kerensky quedó a cargo del ministerio de Guerra
y la presidencia con un interino “gobierno de salvación” suspendido en el aire.
Por izquierda, el proletariado de Petrogrado perdía la paciencia y se inclinaba
hacia los bolcheviques:
102
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
(...) El 1 de julio, V. Volodarski,
un dirigente bolchevique de Petrogrado, aseguró ante la conferencia del partido
que éste ya tenía mayoría en la Sección Obrera del Soviet. Dos días más tarde,
vale decir menos de dos meses después que la moción de Trotsky (oponiéndose a
la formación del gobierno de coalición) hubiera reunido 20 ó 30 votos, la
ma-yoría de los delegados obreros reclamó que el poder pasara a los soviets
(Mandel, 2017: 177-178).
La situación era aún más explosiva entre los soldados. El recha-zo al
traslado de efectivos y al endurecimiento de las sanciones disci-plinarias
generó un estado de ánimo revolucionario en la guarnición de Petrogrado. La
consigna que Lenin diera a la Organización Militar bolchevique fue mantenerse
“atentos y prudentes para evitar provo-caciones”19, pero los soldados-aktivisti del
partido (nuevamente con el concurso de anarquistas y eseristas de izquierda)
precipitaron un choque. Después de algunas reuniones reservadas y agitación en
las unidades más radicalizadas de Petrogrado y Kronstadt, una tumultuo-sa
asamblea de varios miles de soldados el 3 de julio decidió llamar a
concentrarse frente al Palacio Táuride para hacerse escuchar por el CEC. Desde
el 1er. Regimiento de Ametralladoras (asentado en el proletario barrio Viborg)
partieron emisarios (en vehículos artillados) hacia los cuarteles y las grandes
fábricas. La mayor parte de los regi-mientos y las masivas asambleas obreras
decidieron por aclamación marchar hacia el centro; donde los “cuadros medios”
bolcheviques, tomados por sorpresa, trataron de oponerse, fueron desbordados y
arrastrados por la masa. Casi de inmediato el Comité de Petrogrado consideró
que era imposible “levantar” lo que se había convertido ya en una movilización
revolucionaria de masas, ante lo cual el partido debía participar y tratar de
imprimirle una dirección correcta. En su comunicado dijo:
La actual crisis de gobierno no podrá
resolverse de manera favorable a los intereses del pueblo si el proletariado
revo-lucionario y la guarnición no declaran inmediatamente, con fuerza y
decisión, que están a favor de la transferencia del poder al Soviet de
Diputados Obreros, Soldados y Campe-
103
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
sinos. Teniendo en mente este
objetivo, es necesario que los obreros y soldados salgan a la calle de
inmediato para demostrar su voluntad (Rabinowich, 1991: 177).
También la Sección
Obrera del soviet afirmó que “[e]n vista de la crisis gubernamental, la Sección
Obrera insiste en que considera necesario que el Congreso Panruso del Soviet de
Diputados Obreros, Soldados y Campesino tome el poder en sus manos” (Rabinowich,
1991: 183). Desde las primeras horas de la tarde la rutina del centro y las
principales avenidas de la capital fue quebrada por el desplaza-miento de
vehículos militares y columnas de soldados y obreros que marchaban hacia la
sede del soviet. Siguieron llegando hasta muy tarde y pasada la medianoche eran
60 ó 70.000 los manifestantes, muchos de ellos armados, que se apiñaban en
torno al edificio donde el CEC sesionaba a puertas cerradas.
El 4 de julio por
la mañana llegaron 10.000 marineros de Krons-tadt que, con armas y banda
musical al frente, marcharon hasta la sede del partido bolchevique y luego al
Palacio Táuride. Hubo cho-ques e incidentes aún más violentos que el día
anterior con junkers y cosacos así como desordenados tiroteos
con francotiradores em-boscados. Se movilizó medio millón de personas: la
inmensa mayo-ría de los obreros de la capital... pero en esta jornada solo
salió a la calle la mitad de los soldados que se habían hecho
presentes el día anterior.20 Hubo momentos de pánico, en alguno de los cuales los manifestantes
arrollaron la custodia y entraron al Palacio. Cuando Chernov, dirigente
histórico de los SR salió a pedir calma, uno de los manifestantes le gritó en
la cara: “¡Hijo de puta, toma el poder que te estamos dando!”, y hubo quienes
quisieron retenerlo, pero fue resca-tado por Trotsky sin que sufriera daño
alguno.
Los dirigentes del
CEC mantuvieron una absoluta intransigencia. Pese a que la exigencia de la
multitud era el traspaso del poder al soviet que ellos dirigían, se
aferraron al gobierno en descomposición y pidieron el envío de tropas para
sofocar el “intento bolchevique de tomar el poder a punta de bayonetas”. No
escuchaban a la gente, ni al reclamo de los mencheviques internacionalistas
(Martov), eseristas de izquierda (Spiridonova) y socialdemócratas “sin partido”
que pro-
104
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
pusieron la inmediata conformación de un gobierno de los partidos
socialistas. Todo fue inútil. Recién a la noche recibieron a una reduci-da
delegación de las fábricas y aparentaron escuchar sus exigencias, pero lo que
en realidad esperaban era contar con las tropas que ha-bían reclamado para
“restablecer el orden”, como efectivamente lo hicieron en la madrugada del 6 de
julio. Anticipándose a la represión, los bolcheviques habían llamado a
desconcentrarse y organizaron el repliegue evitando un choque frontal, pero a
ellos se culpó por las 400 bajas que se produjeron en las dos jornadas.
Esgrimiendo como pruebas de cargo documentos falsificados por el ministro de
Justicia, el gobierno ordenó la detención y procesamiento “por alta traición”
de Lenin y Zinoviev.21 Una descomunal campaña de intoxicación de la opinión pública
generó un clima de “linchamiento” patriotero y contrarrevolucionario durante el
cual fueron asaltados locales e im-prentas, detenidos y procesados muchos
militantes, se ordenó des-membrar las unidades militares rebeldes y desarmar a
los Guardias Rojos. Durante algunos días la contrarrevolución se hizo dueña de
las calles del centro de la ciudad y los excesos represivos de las fuerzas
gubernamentales y las Centurias Negras fueron tan graves que el CEC debió
protestar.
Sin embargo, la orgía reaccionaria no hizo mucho más fuerte al gobierno.
La desarticulación de los regimientos insurgentes terminó en la mayoría de los
casos a mitad de camino o en nada, los Guar-
105
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
dias Rojos
escondieron sus armas, la prensa bolchevique reapareció bajo nuevo nombre... El
17 julio la Conferencia interdistrital de soviets condenó la ofensiva
contrarrevolucionaria y dos semanas después (entre los últimos días de julio y
los primeros de agosto) los bolchevi-ques hicieron en condiciones de semi
clandestinidad su VI Congreso (Lenin y Zinoviev estaban prófugos, Kamenev y
Trotsky22 en la cár-cel). Considerando cerrada la posibilidad del desarrollo
pacífico de la revolución, Lenin planteó que los soviets habían sido
convertidos en instrumentos de la contrarrevolución, posición que Stalin
transmitió y (no sin resistencia) el Congreso votó dejar de lado la consigna
“todo el poder a los soviets”.23 Junto al objetivo de “liquidación total de la
burguesía contrarrevolucionaria” se planteó la defensa de las orga-nizaciones
de masas (¡incluidos los soviets!) ante los ataques de la contrarrevolución. La
orientación anticapitalista y socializante defini-da en abril fue ratificada,
pero el cómo y el cuándo de la lucha por el poder siguió siendo un tema
controvertido.
Los bolcheviques y los soviets
después de las Jornadas de Julio
Con la excepción parcial de los
trabajadores gráficos, la reac-ción anti bolchevique tras las jornadas de julio
rápidamente dio paso a un cambio de actitud en su favor, cambio que
paralela-mente se produjo en Moscú y las provincias.
En cuanto a la mayoría de los obreros
de Petrogrado, que habían participado en las Jornadas de Julio para presionar
en favor del poder a los soviets, estuvieron obligados a repensar su
estrategia, puesto que los dirigentes mencheviques y SR, a la cabeza del VTsIK y
la mayoría de los soviet locales, se habían vuelto en su contra y,
conscientemente o no, se habían puesto del lado de la contrarrevolución. Sin
embargo, la generalidad de los obreros no veía posible abandonar los soviets.
Esto hubiera significado romper con los obreros, los soldados y los campesi-nos
del resto de Rusia, que seguían apoyando a los socialistas moderados, con el
peligro de provocar una guerra civil en el seno de la democracia
revolucionaria.
106
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
La mayoría de los obreros no apoyó la
nueva consigna que Lenin propuso a su partido en las semanas posteriores a las
Jor-nadas de Julio: dictadura del proletariado y de los campesinos pobres, sin
mencionar a los soviets. No consideraban que eso fuese una solución. Les
parecía que la situación política estaba en un impase. La ocasión de avanzar
recién se presentaría ha-cia el fin del verano, cuando los soviets del resto de
Rusia asu-mieron el objetivo de poder a los soviets. E incluso entonces, la
experiencia traumatizante de las Jornadas de Julio siguió pe-sando en la moral
de los obreros, limitando el espíritu de inicia-tiva política que habían
evidenciado durante los seis primeros meses de la revolución. Porque en
febrero, en abril y durante las Jornadas de Julio, la iniciativa claramente
vino “desde abajo”, y el partido bolchevique la siguió. Después de las Jornadas
de Julio, por el contrario, el partido debió tomar la iniciativa y los obreros
lo siguieron. En definitiva, el partido representaba la franja más decidida y
más audaz de la clase obrera.
Pero, a diferencia de lo que ocurría
a nivel político, la base mantuvo su iniciativa en las fábricas. Y a pesar de
que los mili-tantes de los comités de fábrica –gran parte de los cuales eran
bolcheviques o simpatizantes de los bolcheviques– seguían afir-mando que el
control obrero no era el socialismo, sino solo una escuela de socialismo, y que
no podían asumir la responsabili-dad de hacerse cargo de las fábricas, sus
bases y la dinámica misma de la situación los empujó, cada vez más, a abandonar
la inicial concepción de una revolución democrático-burguesa (Mandel, 2017:
253).
La situación de doble poder revelaba ser insostenible. Poco an-tes de
las Jornadas de Julio el periódico del grupo Interdistritos había advertido:
A los métodos de las clases
propietarias y de su apéndi-ce menchevique-SR, ya sea sobre el problema del
abaste-cimiento, la industria, la agricultura o la guerra, debemos oponer los
métodos del proletariado. Únicamente de esta forma se puede aislar al liberalismo
y asegurar el liderazgo
107
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
y la influencia del proletariado
revolucionario sobre las ma-sas urbanas y rurales. Junto a la inevitable caída
del presen-te gobierno vendrá la caída de los actuales líderes del soviet de
Delegados Obreros y Campesinos. La actual minoría del soviet tiene ahora la
posibilidad de preservar la autoridad del soviet como representante de la
revolución, y asegurar la continuación de sus funciones como poder central.
Esto se volverá más claro cada día. La época de la “doble impo-tencia”, con un
gobierno que no puede y un soviet que no se atreve, debe inevitablemente
culminar en una crisis de una gravedad sin precedentes. Es nuestro deber tensar
to-das nuestras energías previendo esta crisis, de modo que la cuestión del
poder pueda ser abordada en todas sus di-mensiones (Trotsky, 2007: 97).
También la gran burguesía,
envalentonada tras la crisis de julio, se preparaba para nuevas y más duras
confrontaciones:
El espectro de la contrarrevolución
comenzó por primera vez a tomar los contornos más concretos de una dictadu-ra
militar (…) Miliukov, jefe del partido kadete, fue notable-mente claro: “(…) es
absolutamente necesario que el mi-nistro-presidente [Kerensky] ceda su lugar o,
en todo caso, recurra a la ayuda de militares con autoridad y que estos
militares con autoridad actúen con la independencia e ini-ciativa necesarias”
(Mandel, 2017: 257).
El 22 de julio
Kerensky designó al general Kornilov jefe pleni-potenciario del ejército y dos
días después los kadetes regresaron al gobierno. Esta segunda coalición no
asumió ningún compromiso: los liberales explícitamente rechazaban la tutela del
Soviet y el minis-tro-presidente quería mostrar que su autoridad estaba por
encima de todo(s). Anunció que gobernaría con “mano dura” y convocó a una
Conferencia de Estado en Moscú el 12 agosto para establecer una “tregua entre
el capital y el trabajo”. Allí presentó a Kornilov como “primer soldado de la
revolución”… ¡pero la burguesía puesta de pie recibió al jefe del ejército como
líder de la contrarrevolución! En cuan-
108
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
to a los sindicatos y comités de fábrica de Moscú, en lugar de dispo-ner
una tregua, hicieron un paro general. No hubo tregua, ni podía haberla, porque
las “sesiones privadas” de la Duma y el Consejo de Estado (remanentes del
zarismo) operaban como activos foros de la contrarrevolución, el “Comité de la
industria unida” articulaba las me-didas anti obreras del capital y los kadetes
conspiraban con la extre-ma derecha.24 Los trabajadores respondían
endureciendo el control obrero sobre las empresas, en el campo se generalizaban
las ocu-paciones de tierras y crecía el respaldo a los bolcheviques, aunque
éstos se orientaban con dificultad en las nuevas condiciones. Lenin seguía
considerando que los soviets estaban perdidos para la revolu-ción y los
exhortaba desde la clandestinidad: “Ahora la tarea consiste en tomar el
poder nosotros mismos y declararnos gobierno el nombre de la paz, de
la tierra para los campesinos y de la convocatoria de la Asamblea
Constituyente” (Lenin, tomo 34: 82), pero no lograba con-vencer ni al Comité
Central, y ni al conjunto del partido…
El 27 de agosto se produjo otro brusco viraje político. Hasta en-tonces
Kerensky y Kornilov coincidían en la necesidad de un régimen autoritario y
juntos tramaban traer tropas desde el frente para impo-nerlo, pero cada uno se
consideraba predestinado a ocupar el lugar de Bonaparte. Alentado por Milukov,
los grandes capitalistas y los conspiradores que pululaban entre la oficialidad
y la extrema dere-cha el militar quiso ocupar el primer lugar, pero advirtiendo
el riesgo Kerensky dejó de lado el acuerdo con los kadetes y relevó a Kornilov,
quien respondió diciendo que, dado que el gobierno y Petrogrado habían caído en
manos de “los extremistas”, él ocuparía la capital y tomaría el poder a fin de
impedir la destrucción de Rusia y ahorcar de ser necesario a los dirigentes del
soviet.
Kerensky debió pedir auxilio a los soviets y en la madrugada del día 28,
con las tropas del Tercer Cuerpo de Ejército próximas a la ciu-dad, el CEC
propuso formar un “Comité de lucha contra la Contrarre-volución” con
mencheviques, SR y bolcheviques. Estos se negaban a entrar en bloques políticos
o acuerdos orgánicos con los partidos que un mes y medio antes se habían
colocado en el campo de la contra-rrevolución y mantenían en la cárcel a sus
dirigentes, pero eran los más interesados en derrotar a Kornilov y se volcaron
decididamente
109
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
a los comités de
lucha que brotaron como hongos. El Soviet de Petro-grado, los soviets
Interdistritales y de Reval, Helsingford y Kronstadt, impulsaron innumerables
comités para movilizar y organizar al pueblo, conseguir armas y municiones,
pro-teger servicios esenciales, en sínte-sis: dirigir y coordinar la defensa de
Kornilov la revolución. El
Comité de Lucha central quedó finalmente integrado por tres representantes de
cada uno de los principales partidos (menchevique, SR y bolchevique), cin-co de
cada uno de los CEC, dos de los sindicatos, dos del Soviet de Petrogrado y uno
de la conferencia Interdistrital, pero casi no tuvo oportunidad ni necesidad de
actuar, pues
(…) todas las organizaciones políticas a
la izquierda de los kadetes, cada organización obrera de alguna importancia,
los comités de soldados y marineros de todo nivel salieron a luchar contra
Kornilov. Sería difícil encontrar, en historia reciente, un despliegue tan
efectivo, poderoso y en gran medida espontáneo de acción política masiva y
unitaria. Y la iniciativa energía y autoridad de la conferencia Interdistrital
de Soviets de Petrogrado durante los días de Kornilov está ampliamente
documentada (Rabinowitch, 1976:175).
Los bolcheviques
encabezaron la lucha que derrotó la Kornilov-china . Desde los
soviets organizaron una formidable movilización que detuvo el
avance de las tropas lanzadas contra Petrogrado, logró que cambiaran de bando y
arrestaran al general golpista. Fueron apresa-dos algunos de los que estaban
complotados y acumulado armas en la capital, y algunas decenas de oficiales
comprometidos fueron su-mariamente ajusticiados por soldados y marineros. De
manera que
(…) el golpe de Estado
sirve fundamentalmente para invertir por completo la situación a favor de los
bolcheviques que, en lo sucesivo, se beneficiarán de la aureola de prestigio
que
110
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
les da su victoria
sobre Kornilov. El día 31 agosto, el Soviet de Petrogrado vota una resolución
presentada por la fracción bolchevique, que reclama todo el poder para los
soviets. El espíritu de esta votación se ve solemnemente confirmado el día 9
septiembre por la condena terminante de la política de coalición con los
representantes de la burguesía en los gobiernos provisionales; (…) uno tras
otro, los soviets de las grandes ciudades –el de Moscú el día 5 septiembre y
más tarde los de Kiev, Saratov y Neivano-Voznessensk– alinean su postura con la
del soviet de la capital que, el 23 septiembre, eleva a Trotsky a la
presidencia (Broué, 1973:126).
Luego de todo esto, nadie quería acuerdo alguno con los kade-tes, ni
confiaba ya en Kerensky. El descredito golpeó de lleno también al CEC y a la
dirección del PSR, cuyos militantes comenzaron a des-bandarse:
(...) algunos se
volcaron hacia el ala izquierda del partido que, al igual que los
mencheviques-internacionalistas, se oponía a la coalición sin llegar a reclamar
todo el poder a los soviets. Pero muchos se inclinaron hacia los bolcheviques,
cuya po-sición les parecía más coherente y estaba libre de compro-misos
organizativos con los “conciliadores” (...) la organiza-ción del PSR sufrió
masivas deserciones. En una reunión del Comité de Petrogrado el 23 agosto, los
informes de todos los distritos indicaban que la influencia del partido entre
los obreros caía en todas partes. Los militantes de base se queja-ban de las
políticas derechistas del partido y se unían en gran cantidad al partido
bolchevique (Mandel, 2017: 265 y 270).
Para mantenerse en el gobierno Kerensky designó un Directo-rio de cinco
miembros, declaró que Rusia era ya una República (¿?) y esperó que la
Conferencia Democrática convocada por el CEC para discutir la cuestión del
gobierno le permitiera encontrar alguna ma-nera de liquidar a los soviets. Pero
la Conferencia terminó sin resolver nada, mencheviques y eseristas aceptaron
sumarse a otro gabinete de coalición con los kadetes, con lo que liquidaron el
poco crédito que conservaban.
111
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
“El fracaso de la
Conferencia Democrática fue una confesión pública de la bancarrota política de
los dirigentes del soviet”
(…) el 14 de septiembre, cuando la
cuestión del poder tenía que verse resuelta, Lenin apoyó los esfuerzos de
Kamenev para persuadir a los mencheviques y a los eseristas de que rompieran
con la coalición y se unieran a los bolcheviques en un gobierno socialista
basado en los soviets. Si los dirigentes del soviet aceptaban asumir el poder,
los bolcheviques re-nunciarían a su campaña en favor de un alzamiento armado y
competirían por el poder en el seno del movimiento de los soviets. Pero la
implicación de Lenin seguía siendo clara: si los dirigentes de los soviets se
negaban a hacerlo, el partido debería prepararse para la conquista del poder.
[…] Después de cuatro días de debate, la conferencia había terminado sin una
opinión sobre la cuestión vital para la que se había con-vocado. (…) Una
delegación extraordinaria de los miembros de la conferencia fue convocada
apresuradamente para resolver la crisis de gobierno. Estaba dominada por los
dirigentes ese-ristas y mencheviques favorables a una coalición, que en con-tra
del claro voto de la conferencia, inmediatamente abrieron negociaciones con los
kadetes. El 24 de septiembre se llegó a un acuerdo, y al día siguiente Kerensky
nombró a su gabinete. En esencia era el mismo compromiso político que la
segunda coalición de julio, con los socialistas moderados manteniendo
técnicamente una mayoría de las carteras y los kadetes con-trolando los puestos
clave. Clave. Pero la tercera coalición no tenía nada del talento ministerial,
por poco que hubiera sido, de su antecesora. Estaba formada por kadetes de
segunda fila y oscuros trudoviki provinciales sin ninguna experiencia real de
gobierno a escala nacional. Los socialistas hubieran deseado que fuera
responsable ante el Pre Parlamento, un organismo ficticio y en última instancia
impotente nombrado por la Confe-rencia Democrática con la vana esperanza de
proporcionar a la república alguna forma de legitimidad hasta la convocatoria
de la Asamblea Constituyente (Plejanov la denominó “la casita de
112
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
las patas de pollo”). Pero los
kadetes los habían obligado a re-nunciar a esta exigencia como precio por su
participación en la coalición. El Gobierno Provisional iba a seguir siendo
de iure el poder soberano hasta que se reuniera la Asamblea.
Pero ¿este nuevo Gabinete de opereta llegaría a durar tanto? Sin el poder de
facto, se manifestó incapaz de aprobar una legislación signi-ficativa y solo
esperó a mantenerse en el cargo hasta las elec-ciones de noviembre.
Supervivencia durante seis semanas, ése era el resumen de sus minúsculas
ambiciones, y, sin embargo, solo duró cuatro. El fracaso de la Conferencia
Democrática fue una confesión pública de la bancarrota política de los
dirigentes del Soviet (Figes, 2017: 656-659).
La descomposición del bloque menchevique-SR creció geomé-tricamente
cuando nombraron un Preparlamento sin facultad algu-na, puramente discursivo,
en momentos en que los obreros, solda-dos y campesinos al borde de la
desesperación reclamaban hechos. Incluso los bolcheviques vacilaban
y, con idas y vueltas, dejaban pasar los días… Finalmente la presión combinada
de Lenin, Trotsky y los cuadros partidarios más sensibles al estado de ánimo de
las masas, impuso la decisión de “patear el tablero”.25 El 7 de
octubre, día de la inauguración, Trotsky pronunció un vibrante discurso
denuncian-do que ese preparlamento fraudulento y maniobrero era incapaz de
enfrentar y derrotar a la contrarrevolución y terminó diciendo: “¡La revolución
está en peligro! ¡Todo el poder a los soviets!” y, sin más pa-labras, los 58
delegados bolcheviques se retiraron del recinto. Años después, en sus memorias,
Miliukov reconocería: “Hablaban y obra-ban como hombres que se sentían apoyados
por la fuerza y sabían que el día de mañana les pertenecía”.
La insurrección de
Octubre
Historiadores derechistas, liberales, socialdemócratas, anar-quistas y
comunistas anti bolcheviques han escrito miles de páginas diciendo, con
distintos e incongruentes argumentos, que Octubre fue
113
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
el golpe de Estado
con que se impuso la dictadura de Lenin y los bol-cheviques. A estos relatos se
opone, en primer lugar, la victoria de la insurrección, un hecho que no debe
ignorarse o minimizarse, porque la historia y el buen sentido enseñan que las aventuras
izquierdistas siempre fracasan, antes incluso de intentarse.
También Kerensky
creía que se enfrentaba a un grupo de fanáti-cos golpistas, y en las primeras
semanas de octubre decía a quien qui-siera escucharlo que rezaba para que los
bolcheviques intentaran algo para aplastarlos y extirparlos quirúrgicamente. Y
si ello no ocurrió, se debe a que, como indican sobradas evidencias, existía
una masiva convicción de que era urgente poner fin a las imposturas y maniobras
contrarrevolucionarias del gobierno burgués:
En octubre, todas las condiciones se
habían reunido y a la luz del día se organizó el levantamiento. Los soldados
de-cían: “¿Hasta cuándo va a durar esta situación insostenible? Si no
encontráis una salida vendremos nosotros mismos a echar de aquí a nuestros
enemigos, y lo haremos a bayo-netazos” (Víctor Serge, El año I de la
Revolución Rusa). Los obreros protestaban: “¿Qué han hecho para que
tengamos paciencia? ¿Nos ha dado Kerensky más para comer que el zar? Nos dio
más palabras y más promesas, ¡pero no nos dio más comida! Hacemos cola toda la
noche para obtener algo de carne, pan, zapatos, mientras escribimos como
idio-tas ‘Libertad’ en nuestras banderas. La única libertad que tenemos es la
de ser esclavos y morir de hambre” (Albert Rhys Williams, Through The
Russian Revolution). Los campe-sinos tomaban sus propias decisiones: “La
violencia y las ocupaciones de tierras son cada vez más frecuentes […], los
campesinos se apoderan arbitrariamente de los pastos y de las tierras, impiden
las labores, fijan a su voluntad los arriendos y expulsan a los mayorales y a
los gerentes”. Las condiciones de vida eran inaguantables. John Reed escribió:
“La ración diaria de pan descendió sucesivamente de una libra y media a una
libra, después a tres cuartos de libra, y finalmente a 250 y 125 gramos. Al
final, hubo una sema-na entera sin pan. Se tenía derecho a dos libras de azúcar
mensuales, pero era casi imposible encontrarla. Solo había
114
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
leche para menos de la mitad de los
niños de la ciudad. […] ”. No, no fue una minoría, ni un golpe de azar, sino el
resulta-do de condiciones políticas y sociales determinadas (Salas, 2017:
45-46).
Recordemos que la consigna “todo el poder a los soviets” había aparecido
en una pancarta agitada en las Jornadas de Abril, fue levan-tada por los
bolcheviques en mayo, respaldada por centenares de mi-les de soldados y obreros
de Petrogrado en las Jornadas de Junio y de Julio, tras lo cual pareció
desaparecer de la escena, para reaparecer con empuje irresistible tras la
derrota de la Kornilovchina. Y si se im-puso en octubre no fue
por obra y gracia de la maquiavélica conjura de Lenin y Trotsky, sino porque la
inmensa mayoría de los trabajado-res que hasta semanas antes seguía a los
eseristas26 había llegado a la conclusión de que la burguesía quería terminar
con la revolución y con los soviets, apelando a “la fría y esquelética mano del
hambre”,27 a la dictadura militar o, incluso permitiendo que el ejército
alemán aplastara el bastión revolucionario que era Petrogrado. También el
campesinado había hecho su experiencia. Dado que ni el gobierno, ni el PSR les
hicieron caso, se lanzaron a tomar por sí mismos las pro-piedades de los
terratenientes, y dado que los bolcheviques los apo-yaban, la contrarrevolución
ya no pudo lanzar a las masas del campo en contra de Lenin y los soviets.
Es claro que la insurrección de octubre fue decidida en dos reuniones
sucesivas del Comité Central bolchevique, pero su éxito estuvo asentado en el
previo y el generalizado rechazo de los soviets de Petrogrado, Moscú,
Kronstadt, Finlandia, la Flota del Báltico y otros muchos al gobierno de
Kerensky, que insistía en mandar al frente a las dos terceras partes de la
guarnición, dejando indefensa a la capital cuando la Operación Albión de la
marina alemana ocupaba el golfo de Riga y amenazaba con avanzar sobre Petrogrado.
El 31 de agosto el Soviet de Petrogrado había reclamado el tras-paso de
todo el poder a los soviets y el 9 de septiembre condenó explícitamente la
política de coalición con la burguesía que mantenía el CEC. Mientras tanto,
Lenin desde su refugio en Finlandia clamaba: “Los bolcheviques pueden y deben
tomar el poder”, advirtiendo al
115
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Comité Central que
las condiciones estaban más que maduras. Pero Zinoviev y Kamenev (y con ellos
la mayoría de la dirección) se oponía a la insurrección, sostenían que llevaría
a que Petrogrado y los bol-cheviques quedasen aislados del resto de Rusia y luego
aplastados y proponían esperar la siempre incierta reunión de la Asamblea
Cons-tituyente. Trotsky era también partidario de la insurrección, pero
consideraba que debía prepararse con formulaciones defensivas, al amparo de la
legalidad soviética, y ejecutarse en coincidencia con la reunión del II
Congreso Panruso de Soviets de Obreros y Campesinos, el magno evento que
concitaba la atención y expectativa de obreros y campesinos. Los cuadros de
Petrogrado y la Organización Militar, casi siempre alineados con el ala
izquierda, advertían que las masas no “empujaban” al partido como ocurriera en
junio y julio: existía una tensa expectativa a la espera de signos claros y
convincentes que in-dicaran llegado el momento de una acción decisiva.28
Finalmente,
alarmado e indignado por las dilaciones y ambiguos procedimientos de la mayoría
del Comité Central, Lenin dejó Finlan-dia por su cuenta y riesgo y se instaló
(siempre clandestinamente) en un suburbio de Petrogrado, exigiendo una reunión
del CC que se realizó el 10 de octubre, donde, tras horas de discusión, su
posición fue respaldada.
116
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
La insurrección “al
orden del día”
En una hoja arrancada de un cuaderno
infantil, Lenin gara-bateó una resolución. “El CC reconoce que la situación
interna-cional de la revolución Rusa… así como la situación militar… y el hecho
de que el partido proletario haya obtenido la mayoría en los soviets; todo
ello, unido al levantamiento campesino y al cambio de tornas de la confianza
popular en beneficio de nues-tro partido (las elecciones de Moscú), y, por
último, la evidente preparación de una segunda Kornilovshchina… pone a la orden
del día la insurrección armada… Al considerar por lo tanto que es inevitable la
insurrección armada y que la situación para ello está plenamente madura, el CC
ordena a todas las organiza-ciones del partido guiarse conforme a ello y
discutir y resolver, desde este punto de vista, todos los problemas prácticos.”
Fi-nalmente, después de un prolongado y apasionado debate, votaron. Por diez
votos contra dos –Zinóviev y Kámenev, por supuesto–, la resolución fue
aprobada. Era ambigua en sus de-talles, pero se había cruzado un Rubicón. La
insurrección esta-ba ahora a la “orden del día” (Mieville, 2017: 186).
Dado que los preparativos siguieron demorándose, fue preci-so que el 16
de octubre una reunión ampliada del CC ratificara (y precisara) la fecha de la
insurrección. De manera independiente pero convergente, el 9 de octubre el
Soviet de Petrogrado (única autoridad reconocida por la guarnición de la
capital) había dispuesto la confor-mación de un Comité Militar Revolucionario.29 Éste designó
delega-dos en todas las unidades, asegurando el control de las mismas. Las
fuerzas con las que contaba no eran abrumadoras, pero sí decisivas: el casi
total respaldo de la guarnición de la ciudad y de los barrios obreros de
Petrogrado.
En las primeras horas del 24 de octubre, fue Kerensky quien in-tentó un
golpe de mano: declaró el estado de sitio, impidió la publica-ción de Pravda,
reclamó el envío de tropas desde el frente, y movilizó al Batallón de Mujeres y
a los junkers. El CMR respondió pasando a la
117
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
ofensiva con el
plan insurreccional fijado para esa misma noche (pre-via a la reunión del II
Congreso). Reabrió Pravda, dispuso la detención de los oficiales
que no reconocían la autoridad del CMR y la ocupación de comisarías, imprentas,
puentes, edificios oficiales, banco estatal, estaciones ferroviarias y las
centrales telefónica y eléctrica. En trece horas Petrogrado quedó en manos de
soldados y obreros revolucio-narios a las órdenes del Soviet. En la
insurrección tomaron parte ac-tiva unos treinta mil hombres. No fue necesario
recurrir a la huelga general, movilizar los barrios obreros, ni atacar
cuarteles militares, pues ya estaban ganados antes de la
insurrección.
¡A LOS CIUDADANOS
DE RUSIA!
El Gobierno Provisional ha sido
depuesto. El poder del Esta-do ha pasado a manos del Comité Militar
Revolucionario, que es un órgano del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de
Petrogrado y se encuentra al frente del proletariado y de la guarnición de la
capital. Los objetivos por los que ha luchado el pueblo –la propuesta inmediata
de una paz democrática, la supresión de la propiedad agraria de los
terratenientes, el con-trol obrero de la producción y la constitución de un
gobierno soviético– están asegurados. ¡Viva la revolución de los obreros,
soldados y campesinos!
(Comunicado difundido a las 10 de la
mañana en Rabochi y Soldat n° 8, 25 de octubre [7 de
noviembre] de 1917).
A media mañana el
gobierno solo controlaba su sede, en la que permaneció recluido hasta ser
detenido30 (una sumatoria de impe-ricia e imprevistos demoró la toma del
Palacio de Invierno hasta la madrugada del 26 de octubre). Entre el 28 de
octubre y el 2 de no-viembre la insurrección obrera triunfó también en Moscú, y
tras dos o tres semanas se había extendido prácticamente a toda Rusia. El
derrocamiento del gobierno burgués en la capital fue prácticamente incruento.
118
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
Tal como estaba previsto, el 25 octubre 1917 (que pasaría a ser el 7
noviembre con el nuevo calendario) pudo reunirse en el Pala-cio Smolny el II
Congreso Panruso de Soviets de Obreros y Soldados. Desde las primeras horas de
la mañana, los diputados de los diversos partidos comenzaron a reunirse por
separado en el Palacio Smolny. Tras interminables cabildeos, en nombre del CEC
saliente Fiodor Dan dio por iniciada reunión a las 22:45 horas. De los 670
diputados pre-sentes, 300 eran bolcheviques, los que en alianza con los
eseristas de izquierda,31 algunos mencheviques internacionalistas y delega-dos “sin partido”
constituían una sólida mayoría favorable al poder soviético. Los bolcheviques
propusieron que la mesa para dirigir el congreso fuese integrada
proporcionalmente, pero el bloque men-chevique-SR rechazó integrarla y el grupo
de Martov se abstuvo, por lo que la mesa quedó compuesta por doce bolcheviques
y siete ese-ristas de izquierda. Martov hizo una moción en favor de buscar un
acuerdo entre los partidos socialistas, lo que fue aprobado casi por
unanimidad. Pero poco después, so pretexto de que había combates en torno al
Palacio de Invierno, los SR y los mencheviques anunciaron que se retiraban del
Congreso. Martov insistió en que debía lograrse un acuerdo con quienes acababan
de intentar romper el congreso, lo que mereció una dura respuesta de Trotsky,
tras lo cual también parte de los mencheviques internacionalistas32 se fue de la
sesión. Kamkov, vocero de los eseristas de izquierda, anunció que sus dipu-tados
se mantendrían en el congreso y pidió otro cuarto intermedio para insistir en
la búsqueda de un frente de los partidos socialistas soviéticos. El cuarto
intermedio se aprobó pero no se logró avance alguno. A las dos de la madrugada
se anunció que había sido toma-do el Palacio de Invierno, que estaban
provisoriamente detenidos los integrantes del gobierno derrocado y que los
ejércitos del frente respaldaban lo actuado por la guarnición de Petrogrado y
el Comité Militar Revolucionario, a pesar de que el prófugo Kerensky intentaba
organizar un contra-ataque. Poco después
Lunacharski encuentra por fin la
posibilidad de leer en voz alta un llamamiento a los obreros, soldados y
campesinos. Pero no es un simple llamamiento: por la sola exposición
119
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
de lo que ha sucedido y de lo que se
prevé, el documento, redactado a toda prisa, presupone el comienzo de un nuevo
régimen estatal. “Los plenos poderes del Comité Ejecutivo Central conciliador
han expirado. El gobierno provisional ha sido depuesto. El Congreso toma el
poder en sus manos”. El gobierno soviético propondrá una paz inmediata,
entregará la tierra a los campesinos, dará un estatuto democrático al ejército,
establecerá un control de la producción, convocará en el momento oportuno la
Asamblea constituyente, ase-gurará el derecho de las naciones de Rusia a
disponer de sí mismas. “El Congreso decide que todo el poder, en todas las
localidades, es entregado a los soviets”. Cada frase leí-da provoca una salva
de aplausos. “¡Soldados, manteneos en vuestros puestos de guardia!
¡Ferroviarios, detened to-dos los convoyes dirigidos por Kerenski a
Petrogrado!… ¡En vuestras manos están la suerte de la revolución y la de la paz
democrática!” (Trotsky, 2016: 1024-25).
El llamamiento fue
recibido con entusiasmo, pero la votación debió demorarse debido a sucesivas
mociones que insistían en la ne-cesidad de alcanzar algún tipo de frente único
revolucionario o go-bierno compartido de los partidos socialistas (otros mencheviques
de izquierda, el Partido Socialista Polaco, el Bund...). Finalmente el
llamamiento fue aprobado casi por unanimidad (2 votos en contra y 12
abstenciones) y a las seis de la mañana se levantó la sesión, que se
reiniciaría a las nueve de la noche de ese 26 de octubre. Tras en-caminar la
resolución de cuestiones secundarias, Kamenev cedió la palabra a Lenin:
Su aparición en la tribuna provoca
aplausos interminables. Los delegados de las trincheras no se hartan de mirar
al hombre misterioso que les han enseñado a detestar y que han aprendido, sin
conocerlo, a amar. “Apoyado firmemen-te en el borde del pupitre y contemplando
a la multitud con sus ojos pequeños, Lenin esperaba sin interesarse
aparente-mente por las ovaciones incesantes que duraron varios mi-nutos. Cuando
los aplausos terminaron, dijo simplemente: ‘Ahora vamos a dedicarnos a edificar
el orden socialista‘ ”.
120
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
No ha quedado acta del congreso. Las
taquígrafas (...) ha-bían abandonado el Smolni [...]. La frase de introducción
que John Reed pone en labios de Lenin no se encuentra en ninguna crónica de los
periódicos. Pero coincide con el espíritu del orador. Reed no podía inventarla.
Es así, preci-samente, como Lenin debía empezar su intervención en el congreso
de los soviets, sencillamente, sin pathos, con una seguridad
irresistible: “Ahora vamos a dedicarnos a edificar el orden socialista”
(Trotsky, 2016: 1029-30).
Tras aprobar los
decretos sobre la paz y sobre la tierra, corres-pondía designar al órgano
gubernamental del régimen soviético:
(…) en lo que hacía al
poder central, indudablemente la con-secuencia lógica era que el lugar del
viejo gobierno provi-sional sería tomado por el comité central ejecutivo
perma-nente de los soviets, elegido por el congreso y que incluía a
representantes de distintos partidos políticos. Pero esto no fue así: para
sorpresa de muchos delegados, se anunció que las funciones del gobierno central
serían asumidas por un nuevo Consejo de Comisarios del Pueblo cuyo patrón
ente-ramente bolchevique fue leído al Congreso el 26 octubre por un portavoz
del partido bolchevique. La cabeza del nuevo gobierno era Lenin, y Trotsky era
comisario del Pueblo (mi-nistro) de Relaciones Exteriores (Fitzpatrick, 2015:
87).
Hay quienes sostienen que los bolcheviques estaban predis-puestos a la
conformación de un gobierno con mayoría bolchevique y composición pluralista,33 pero no es lo
que ocurrió. A la proclama contrarrevolucionaria del “Comité Panruso de
Salvación del País y la Revolución” (SR-mencheviques y kadetes), a la deserción
de Martov y a las reticencias de los eseristas de izquierda, se respondió
con-formando un gobierno “homogéneo”, puramente bolchevique. Esto sentó un
alarmante precedente y preparó una crisis que pudo haber-se evitado.34 El Comité
Ejecutivo Central del Soviet de Obreros y Sol-dados quedó conformado por 62
bolcheviques, 29 SR de izquierda y otros 10 socialistas (entre ellos 6
socialdemócratas internacionalistas próximos a las posiciones del diario de
Gorky [Novaja Zizn]).
121
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
El Consejo de Comisarios del
Pueblo (Sovnarkom) presidido por Lenin debió lanzarse a una
acti-vidad frenética. Durante las dos primeras semanas se debieron enfrentar el
asalto de Kerensky y el general Krasnov intentando retomar Petrogrado, que
estuvo acompañado por una sublevación de eseristas y kadetes, tratando al mismo
tiempo de asegurar la vic-toria militar del Soviet en Moscú, donde la lucha fue
particularmen-te dura y sangrienta. Una de sus primeras decisiones fue disponer
un alto el fuego inmediato en los frentes de guerra con las Poten-cias
Centrales; Trotsky, Comisario
de Asuntos
Exteriores, llevó el peso de las negociaciones con Alemania y el 2 de diciembre
se firmó el armisticio. Paralelamente, se decretó la con-fiscación de los
latifundios y la entrega de las tierras a los soviets campe-sinos, el control
obrero de la industria y la nacionalización de la banca. Se reconocieron los
derechos de las nacionalidades, incluyendo el derecho a la autodeterminación y
la libertad de separarse.
Los primeros pasos
del nuevo gobierno
Lenin anunció el programa del
gobierno soviético: propues-ta de paz inmediata a todas las naciones; reparto
de la tierra a los campesinos; control obrero de la producción y distribución
de mercancías; control nacional de la banca. [...] En los días si-guientes se
abolieron todas las desigualdades basadas en la cla-se, el sexo, la
nacionalidad y la religión, fueron nacionalizados los bancos, los
ferrocarriles, el comercio exterior y algunas grandes industrias. En lo
relativo a la cuestión agraria, los bolcheviques se adelantaron y rebasaron a
sus más formidables oponentes, los
122
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
social-revolucionarios,
el partido campesino. […] En los primeros días de existencia del gobierno
soviético se aprobaron numero-sas leyes de gran alcance, dentro de un proceso
general de edu-cación, pero con escasas posibilidades de ser aplicadas de mane-ra
efectiva. [...] Estas leyes ponían de manifiesto, de todas formas, la intención
del gobierno de dar amplio margen a la iniciativa y a la actividad autónoma de
los soviets locales. […] En los primeros tiempos, diría Lenin después, el
gobierno había manifestado, en efecto: “¡Aquí está la ley! Así es como nos
gustaría que fuese admi-nistrado el Estado. ¡Intentadlo!”. “No tenemos miedo de
recono-cer todo lo que la aplicación de nuestras leyes saque a la
superfi-cie... tenemos que modificarlas continuamente.” En diciembre de 1917,
Lenin presentó para su discusión una ley de nacionalización de todos los bancos
y sociedades anónimas, el repudio de toda la deuda pública interior y exterior,
la introducción del servicio obligatorio del trabajo, de sociedades de consumidores
y de li-bros de contabilidad y de control para las clases poseedoras, a las que
solo se les permitiría recibir sus raciones alimentarias. […] Hacia esa época,
aproximadamente, dos organismos soviéticos entraron en conflicto a propósito de
una diferente interpretación de la ley sobre el control obrero de la industria.
Uno de esos orga-nismos pidió a Lenin que respaldase legalmente su criterio e
ins-trucciones concretas al respecto y desautorizara a sus oponentes. Tras
examinar atentamente sus argumentos, Lenin contestó: “Si de verdad queréis
poner enseguida en práctica el control obrero, hacéis mal en querer apoyaros en
una autoridad legal y formal. Tenéis que actuar, tenéis que agitar, echar mano
del mejor méto-do que encontréis para llevar vuestra idea a las masas. Si esa
idea es vital y revolucionaria se abrirá camino por sí misma, al margen de
cualquier instrucción e interpretación amorfa y sin vida, por muy legalizada
que esté”. Detrás de los actos más revoluciona-rios de Lenin hubo siempre este
sólido sentido común. “La vida dirá la última palabra”, era una de sus frases
favoritas; entretanto, prefería que los principios gozasen de libertad antes
que compro-meterse él personalmente a dar interpretaciones de detalle. Esto
vendría después. Lo primordial era que los principios empezasen a ponerse en
práctica (Christopher Hill, 2017: 121-127).
123
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Reflexiones post
festum
¿Dos revoluciones o
un proceso revolucionario?
La revolución
comenzó con la insurrección de febrero que derri-bó al zarismo y abrió paso al
Gobierno Provisional (burgués) y a los soviets de obreros y soldados; apenas
ocho meses después, en octu-bre, otra insurrección derrocó al gobierno burgués,
traspasó todo el poder a los soviets y se conformó un gobierno obrero y
campesino. Existe amplia coincidencia en que la insurrección de
febrero fue fun-damentalmente espontánea, con la irrupción de amplias masas con
nula o escasa preparación política y una vertiginosa radicalización. Se logró,
en un mismo movimiento, enfrentar y neutralizar a la Policía, subvertir la
disciplina y orden jerárquico del ejército, voltear al zar y construir en la
capital del imperio un soviet… Pero la revolución dejó en manos de políticos
burgueses la conformación del gobierno pro-visional. La de octubre, en cambio,
fue una insurrección concebida y dirigida por los bolcheviques (con fuertes
discusiones dentro y fuera del partido), “técnicamente” preparada y ejecutada
por Trotsky y el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado. El
derroca-miento casi incruento del Gobierno Provisional en la capital (no así en
Moscú) aseguró que el 25 de octubre pudiera sesionar el II Congreso Panruso de
los soviets que por mayoría decidió el traspaso de todo el poder a los soviets,
anunció medidas revolucionarias de inmediata aplicación y designó al gobierno
obrero y campesino que se denomi-nó Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom).
Desde entonces, en
la discusión sobre la Revolución de Febre-ro” y la Revolución de Octubre la
mayoría de los historiadores e investigadores han concentrado su atención en la
especificidad de cada uno de esos acontecimientos y todo lo que los diferenciaría.
Existe pues la idea recibida de que en la Rusia de 1917 hubo dos re-voluciones
y, por añadidura, dos revoluciones de distinta naturaleza: democrático-burguesa la
de febrero, obrera y socialista la de octubre. De
esa idea de las dos revoluciones se derivó una especie de grilla
in-terpretativa que desde los tiempos de la Tercera Internacional suele
utilizarse para “caracterizar” el desarrollo de cualquier revolución con
arreglo al “calendario” ruso, aunque eso de “amoldar” revoluciones
124
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
harto diferentes al modelo y calendario ruso puede llegar a analo-gías
disparatadas. Dejando de lado esas exageraciones heurísticas, cabe preguntar:
¿Es acertado y útil insistir en que hubo dos revolu-ciones, diferentes y de
diversa naturaleza? ¿No existen acaso fuertes elementos de continuidad que dan
un carácter procesual a la revo-lución en 1917?
Es posible que el relato de “las dos revoluciones” dificulte la
comprensión de lo ocurrido porque violenta la unidad dialéctica del proceso y
de algún modo reintroduce una concepción etapista de la revolución,
el canon evolucionista de la Segunda Internacional35 que había
sido desafiado por quienes afirmaban que la revolución rusa podría asumir el
carácter de revolución ininterrumpida (al decir de Lenin) o
de revolución permanente (según la formulación de Trotsky),
progreso teórico muy distante de la manía clasificatoria empeñada en etiquetar
“revoluciones de febrero” y “revoluciones de octubre” urbi et orbi.
Cierto es que la Revolución de Febrero se auto-limitó por el oportunismo
de dirigentes mencheviques y eseristas y las confusas ilusiones de obreros y
soldados en la colaboración de clases, y dejan-do así el gobierno en manos de
la burguesía, con el aval del Soviet. Pero ese fue el comienzo y
no el fin de la revolución. ¿Qué significó y cómo ocurrió la coexistencia entre
el gobierno burgués y los soviets de obreros y soldados revolucionarios? No
basta con reconocer que esa diarquía fue algo así como un gobierno con dos
cabezas: más importante es destacar que, al margen del gobierno formal, la
exis-tencia y desarrollo de los soviets estableció una normatividad, una
especie de “carta magna” no escrita pero socialmente reconocida según
la cual eran los soviets de obreros, soldados y campesinos quienes retenían la
“decisión en última instancia” en lo referido a la suerte de la revolución y la
democracia que de ella debía derivarse. De he-cho, las contiendas sociales y
políticas que se desarrollaron en 1917, incluyendo la insurrección de octubre36 (e incluso la
tardía e intem-pestiva Asamblea Constituyente de enero de 1918) se inscribieron
en esa informal convención. Existió pues una accidentada continuidad entre
febrero y octubre. Como señala en un reciente libro Tamas Krausz:
125
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
La Revolución de Febrero no tiene
historia independien-te porque los acontecimientos en Rusia no adoptaron un
rumbo democrático-burgués [y apoyándose en una extensa nómina de autores rusos
y occidentales contemporáneos agrega:] Considerando las distintas razones de
cada punto de vista, la historiografía reciente tiende a interpretar que la
revolución de febrero habría señalado el comienzo de un nuevo proceso
revolucionario, un proceso que no podría ser interrumpido “artificialmente”.
(…) La literatura moder-na sobre Lenin también es sensible al hecho de que lo
que está en juego aquí es un proceso unificado. El Estado y la
Revolución documenta que Lenin abandonó su anterior con-cepto de una
revolución de “múltiples fases” en virtud de este proceso (Ibíd., 275-276).
En lo referido a la Revolución de
Octubre como creación de los bolcheviques, el mismo autor puntualiza:
Es una verdad trivial que la
Revolución de Octubre fue resul-tado de un movimiento de masas mucho más amplio
que el bolchevismo. Puede incluso afirmarse que la Revolución de Octubre no fue
ciertamente un revolución bolchevique, en cuanto a sus fuerzas motrices –al
contrario del mensaje que transmite el título del volumen de E. H. Carr–. Se
convirtió en “revolución bolchevique” en el transcurso de las luchas políticas
cuando, por razones prácticas, Lenin y los bolche-viques comenzaron a
apropiarse de la ideología y organiza-ción de la revolución misma.
Sus anteriores aliados, que habían
sufrido derrotas y a con-secuencia de ellas estaban en proceso de
fragmentación, en general los ayudaron a hacerlo. No fueron simplemente
“eyectados” por los bolcheviques de la historia de la revolu-ción, dado que
luego ellos mismos se declararon categóri-cos opositores de la Revolución de
Octubre. Además, des-de el punto de vista de los adversarios de los
bolcheviques, –por múltiples razones y argumentos– la misma revolución había
sido el punto de partida de toda esa violencia (Krausz, 2017: 274).
126
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
Fuerzas motrices y
contenido social
El proceso revolucionario de 1917 estuvo política y simbólica-mente
dominado por el protagonismo de la clase obrera y partidos y la disputa entre
grupos políticos que se reivindicaban socialistas, maximalistas o anarquistas.
Sin embargo, la clásica caracterización de revolución obrera y
socialista resulta, a la luz de todo lo que hoy se sabe, excesivamente
sumaria. Una definición alternativa deliberada-mente descriptiva podría señalar
que fue una revolución de obreros y campesinos, plurinacional (por el aporte de
quienes lucharon contra la cárcel de pueblos que era el imperio) e
internacionalista (dada la solidaridad y comunidad de intereses construida con
quienes lucha-ban en contra la guerra y en pro de la emancipación social en
Ale-mania y Europa). Una revolución hecha por el Narod, en el
sentido etimológico-político que el término ganó en la Rusia desde 1905:
pue-blo trabajador (obreros, campesinos, plebe urbana) enfrentado a la nobleza,
terratenientes y burgueses. Este concepto de lo plebeyo que es también de clase
y admite la influencias tanto de las fracciones del POSDR como del Partido
Socialista Revolucionario, ayuda a compren-der que la revolución chocó tan
radical y violentamente con los inte-reses sociales y comportamientos políticos
de “los de arriba” porque fue, precisamente, de honda raigambre plebeya. Como
escribiera con sencilla profundidad Moshe Lewin:
Porque estaba orientada al
campesinado pobre, a los sol-dados y a los obreros, esta revolución que no
podía ser so-cialista sí podía emparentarse, no obstante, y aunque fuera de un
modo lejano, con esa ideología y convertirse en una revolución “plebeya”. Y ésa
fue la clave de su triunfo: los bol-cheviques lograron movilizar a un ejército
sensacional for-mado por las clases populares (Lewin, 2018: 320-321)
Fue pues una revolución plebeya, con cuatro tumultuosos afluentes que se
potenciaron mutuamente, aunque en determina-dos momentos y circunstancias
también se enfrentaron violenta-mente.
127
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Las fuerzas
insurgentes en Octubre
En 1917, la comprensión de Lenin
acerca del desarrollo inter-no de las fases de la revolución rusa evolucionó.
Su idea de que las “etapas” burguesa y socialista de la revolución crecerían
por separado en su desarrollo, no demostró ser verdadero –y no podía serlo–.
Incluso en el inicio de la primavera de 1917, cuan-do la radicalización de las
masas sociales que modelaron los acontecimientos estaba en pleno desarrollo,
hubo una inaudita proliferación de organizaciones revolucionarias. Lenin fue
en-tendiendo de a poco su importancia práctica e intrínseca. Ellas
desempeñarían un papel importante en octubre, por ejemplo: los comités de
fábrica integraron los poderes administrativos locales; se restablecieron los
antiguos sindicatos de los trabaja-dores; emergió espontáneamente, y asumió el
poder, un órga-no soviético, el Comité Militar Revolucionario; emergió también
una red de comités revolucionarios.
Como el gobierno provisorio no había
sido capaz de resolver la cuestión agraria –que era una cuestión de vida y
muerte para decenas de millones–, ni de retirarse de la guerra mundial des-de
marzo de 1917, el mes de octubre fue testigo del simultáneo levantamiento de
una gran diversidad de fuerzas insurgentes, que constituyeron un campo
revolucionario compuesto por va-rios estratos sociales.
El primero lo constituían los
trabajadores industriales de Moscú y San Petersburgo. Habían sido,
funcionalmente, pro-ducto de la coexistencia de condiciones arcaicas y
modernas, habían preservado incontables elementos de su pasado en la comunidad
aldeana en lo referido a orígenes, condiciones de vida y modo de pensar. Su
rebelión se expresó en el funciona-miento independiente y en la estructura
interna de los soviets y los consejos obreros establecidos espontáneamente y
los lle-vó a integrarse con el más moderno y mejor organizado movi-miento
obrero socialdemócrata.
El segundo estrato del campo
revolucionario estaba com-puesto por el campesinado anticapitalista “vinculado
al pa-sado”, esencialmente conservador. Las obschinas pretendían
128
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
garantizar la tenencia de las tierras
prohibiendo su venta, a fin de impedir la pobreza futura. Sus metas rebeldes se
reflejaron en los famosos decretos agrarios de la revolución de octubre.
Aquellos dos estratos se conectaron
aún más por medio del tercer “estrato social” de la revolución, una masa de
soldados armados que sumaba millones, en su mayoría de ascendencia campesina,
pero que habían “conocido el mundo”. En términos históricos, los problemas
prácticos del periodo posterior a la re-volución de octubre poco tuvieron en
común con la teoría del so-cialismo; tuvieron más que ver con todo lo que había
sido dicho en las Tesis de abril y con la concepción y
práctica post-octubre que fue –empleando una expresión moderna– de “economía de
mercado mixta” al comienzo de 1918 (Krauz, 2017: 277-278).
Revolución obrera. Fue impulsada por el proletariado de las
grandes ciudades y principales centros industriales y mineros, que era
numéricamente reducido pero combativo y concentrado en in-mensas fábricas,
capaz de concertar rápidas y efectivas acciones co-lectivas. Carecía de la
disciplina y complejas tradiciones sindicales y políticas del movimiento obrero
europeo, pero atesoraba una formi-dable experiencia de lucha legal e ilegal y
las lecciones relativamente próximas de la revolución de 1905. La cuestión
irresuelta del poder quedó planteada desde la conformación misma de los
soviets, pues el “doble poder” pronto se tradujo como “doble impotencia”.
Exigie-ron desde marzo inmediatas mejoras en las condiciones de vida y de
trabajo: jornada de ocho horas, salario mínimo, agua caliente en las cantinas,
supresión del trabajo infantil, regulación de los salarios semanales... La
adhesión a los “moderados” mencheviques y SR fue socavada por una acelerada
polarización y radicalización de la lucha de clases. Para enfrentar el lock-out y
sabotaje de las patronales, los trabajadores crearon comités de fábrica,
exigieron acceder a los re-gistros contables para conocer la real situación de
las empresas y, en última instancia, debieron asumir el control de algunas. No
era sin embargo un proletariado homogéneo. Muchos de los obreros con
ex-periencia militante habían sido incorporados al ejército y había nue-
129
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
vos contingentes de
trabajadores provenientes del campo, así como un masivo ingreso de las mujeres
al mundo fabril. Existían también clivajes según oficio, nivel de calificación,
el tamaño de las empresas y la relación de estas con la industria bélica y el
Estado, etcétera. Si bien gran parte de los trabajadores llegados desde el
campo care-cía de tradiciones sindicales, diversos estudiosos coinciden en que
el carácter asambleario de los comités de fábrica y los soviets, lejos de
alejarlos, pudo parecerles un símil urbano de las discusiones en el Mir. La
industrialización databa de finales del siglo XIX, el mundo obrero incorporaba
rasgos del igualitarismo agrario y muchos de los recién llegados no vendían su
fuerza de trabajo de manera individual sino como miembros de grupos de trabajo
(artel).
La revolución campesina fue decisiva, pues la
abrumadora ma-
yoría (el 80%) de la población vivía en las aldeas. El campo ruso con-
jugaba atraso, muy baja productividad y miseria extrema, con una
antigua tradición de rebeliones agrarias abonadas por la prédica de
populistas y eseristas. Y a la
sorda resistencia que ofrecía
la obschina (comuna rural) a
la mercantilización de la tierra
y el desarrollo del capitalismo
agrario, se sumó el impacto de
la guerra. Los soldados, cam-
pesinos con uniforme, contri-
buyeron de manera directa al
triunfo de la insurrección en
febrero y fueron ellos los que
dictaron el Prikaz 1 asestando
un golpe demoledor al ordena-
miento jerárquico militar y los
regimientos receptaron ávida-
mente las ideas revoluciona-
rias. Incluso en la Rusia pro-
funda el campesinado se alejó
del gobierno burgués y del PSR
cuando advirtió que estos que-
130
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
rían continuar con la guerra y postergar sine die la
distribución de la tierra. Desde junio se lanzaron a ocupar tierras y su
simpatía política comenzó a desplazarse hacia los eseristas de izquierda y los
bolchevi-ques, y estos, que siempre habían propagandizado la unidad obrero y
campesina (smitchka), terminaron adoptando el programa agrario de los
eseristas.37 Como bien señala un estudioso colombiano, la re-volución campesina
fue:
(...) una rebelión espontánea, que
careció de un centro de coordinación de sus acciones con la particularidad de
ex-tenderse cual llamarada por todo el territorio del imperio. (...). A esta
furia campesina le correspondió un importante papel en la recreación de la
situación revolucionaria –en-lazando los sucesos de febrero, revolución que
depuso al zar, con los de octubre del 17–, debido a que con sus ac-tuaciones
emprendidas durante el proceso de apropiación de la tierra desarticuló por
completo los resortes políticos y militares del poder estatal en la campiña y
redujo a cero las capacidades de actuaciones de quienes deseaban preser-var
el statu quo. Por último, la rebelión agraria dio origen al
surgimiento de una inmensa red de soviets campesinos elegidos por las asambleas
aldeanas o comunales en susti-tución de la vieja institucionalidad, lo cual
reforzó la autori-dad y la legitimidad de las acciones campesinas. Entre los
elementos específicos, particulares a esta experiencia rusa, se encuentra la
inmediata reconstitución de las obschinas (...) En este
sentido, la revolución agraria tuvo como corola-rio la modificación del
carácter social del campesinado en su conjunto, en dirección hacia un mayor
igualitarismo, pro-duciendo una seredniakizatsia (seredniak alude
al campesino medio en Rusia) del campo, es decir, una homogenización de la
estructura social (Fazio Vengoa, 2017: 31-33).
Revolución de las nacionalidades oprimidas. La Revolución
Rusa no fue protagonizada solo por los rusos. Con el derrocamiento del zarismo,
el viejo Estado fue sacudido por una constelación de levan-tamientos nacionales
tendientes a demoler la “cárcel de pueblos” que era el imperio zarista (Polonia,
Finlandia, los países bálticos, Georgia,
131
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Ucrania, Armenia,
los pueblos musulmanes…). Se multiplicaron las exigencias de autodeterminación
o independencia y aparecieron (es-pecialmente en el flanco occidental del
inmenso territorio) poderes e instituciones representativas que desafiaban la
autoridad del Gobier-no Provisional y del CEC, sin que eso necesariamente los
aproximara a los soviets y los bolcheviques. La revolución (y esto se
acentuaría con la guerra civil) se desarrolló sobre un inmenso mosaico
compuesto por múltiples espacios organizacionales políticos e institucionales,
nacio-nales y supranacionales, en un contexto bélico de generalizado
desgo-bierno. La historia de la Revolución Rusa resulta incompleta si no
inte-gra la historia de la revolución en y de las
naciones no rusas, pero eso excede los límites de este ensayo (y mis
conocimientos sobre el tema).
La revolución
socialista internacional. Finalmente, pero no en im-portancia, es
preciso insistir en que la Revolución Rusa fue simultá-neamente resultante e
impulsora de la actualidad de la revolución mundial. La ruptura de lo que era
un eslabón débil en el sistema mundial de estados ya desarticulado por la
guerra marcó también el desigual inicio de la revolución socialista en Europa. Desde
febrero Lenin sostuvo que la Revolución Rusa era “un eslabón en la cadena de
revoluciones proletarias socialistas suscitadas por la guerra mundial” (1985,
tomo 33: 4) y veía en los soviets de obreros y campesinos la prefiguración del
tipo de estado-comuna que requería el socialismo. Por eso decía que la
revolución en Rusia tenía ya un carácter transicio-nal aunque,
dialécticamente, propusiera una agenda económica in-mediata relativamente
prudente (tal y como hizo después de Octubre y hasta el comienzo de la guerra
civil). Como ha escrito Antonio Louçã, Lenin reivindicaba como objetivo el
socialismo, sin precisar empero las características y ritmos de dicha
transición:
Cuán lejos podrá
avanzar, y cuánto tendrá en común con las aspiraciones socialistas del
proletariado europeo, depende, principalmente, de que también se inicie un
proceso revolu-cionario en las más modernas potencias industriales. Lenin no
hace del atraso ruso una ley de bronce que impide que el país marche por la vía
socialista. Si –pero éste es un gran “si”– el estallido de la
revolución rusa es seguido por un efecto dominó en las potencias europeas,
Rusia no quedará fuera
132
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
del proceso internacional de
construcción del socialismo. […] En verdad, las referencias de Lenin a la
revolución rusa como “socialista” no se basaban tanto en el radicalismo con que
era cuestionada la propiedad privada, como en las expectativas puestas en los
diversos procesos revolucionarios que esta-ban en curso más allá de la
frontera, sobre todo el futuro de Alemania, aún por definir” (Louçã, 2017: 20).
No existía en realidad una concepción acabada y mucho me-nos compartida
sobre las transformaciones que implicaba el carác-ter procesual de la
revolución socialista o, dicho en otros términos, de la transición desde el
capitalismo al socialismo o el comunismo. Había acuerdo en que era
imprescindible liquidar el poder político de la burguesía y el viejo Estado
zarista, así como expropiar sectores estratégicos de la economía (muchos de los
cuales estaban en manos de capitales extranjeros) y extender el control obrero,
considerando todo esto como pasos hacia el socialismo, pero cuánto y cómo se
po-dría tomar y gestionar quedaba por verse.
En torno a la
dictadura del proletariado
Hay que observar que “dictadura” no
significaba hasta bien entrado el siglo XX lo mismo que ahora. En la tradición
clásica romana, una “dictadura” era una institución republicana, merced a la
cual, en períodos extremos de guerra civil, el “pueblo” –es de-cir, el Senado–
comisionaba y encargaba todo el poder ejecutivo a un dictator por un período
limitado de tiempo (normalmente, seis meses), terminado el cual estaba obligado
a rendir cuentas ante sus comitentes de lo que había hecho o dejado de hacer
durante ese periodo excepcional de plenos poderes. Es decir, la “dictadura” en
el sentido clásico del término era una institución fideicomisaria, no un
despotismo “soberano” como han sido, o tendido a ser, de maneras muy distintas,
las dictaduras que ha conocido el siglo XX: Stalin, Mussolini, Hitler, Franco,
etc. […]
Huelga decir que la
noción marxiana y engelsiana de la “dictadura del proletariado” se correspondía
con la concepción fideicomisaria
133
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
clásica de la
dictadura como institución republicana en condiciones de guerra civil.
Precisamente en su crítica del proyecto del Progra-ma de Erfurt del SPD (1981),
en plena Era de la Seguridad, Engels había sentido la necesidad de recordar a
la dirección de la social-democracia lo que era la “dictadura del
proletariado”, lo que era la república democrática y las lecciones de la
Revolución Francesa: “Si algo está claro, es que nuestro partido y la clase
obrera solo podrán llegar al poder bajo la forma de la república democrática,
que es la forma específica de la dictadura del proletariado como ya enseña la
gran Revolución Francesa.” […] Con lo que llegamos a la crítica mar-xista
coetánea más ecuánime y profunda del experimento bolche-vique, la de Rosa Luxemburgo
(…): “El fallo capital de la teoría de Le-nin y Trotsky es precisamente el de
contraponer, exactamente igual que Kautsky, dictadura a democracia. ‘Dictadura
o democracia’, así plantean el problema tanto los bolcheviques como Kautsky.
Éste se decide naturalmente por la democracia, desde luego la democracia
burguesa, puesto que la ve precisamente como una alternativa a la
transformación revolucionaria socialista. Lenin-Trotsky, al revés, se deciden
por la dictadura en contraposición a la democracia y, así, por la dictadura de
un puñado de personas, es decir, por la dictadu-ra conforme al modelo burgués.”
Lo que, así pues, está diciendo en
este párrafo Rosa es que Kautsky se ha olvidado de la república democrática
como dicta-dura fideicomisaria del proletariado y sus aliados populares (en el
sentido de Engels y de Marx) y, más importante aún, que Lenin y Trotsky están
en vías de introducir una novedad radical particular-mente desagradable, y es a
saber: una dictadura no fideicomisa-ria, es decir, una dictadura que se cree
dispensada de responder ante sus comitentes (el “pueblo”, el “proletariado”, la
“alianza de obreros, campesinos y soldados”, o lo que fuere). Es decir, que
Lenin y Trotsky, sin advertirlo, estarían en vías de engendrar un monstruo
característico del siglo XX, una dictadura soberana (Do-menech, 2017: 95-100).
Tampoco existían
opiniones comunes sobre qué significaban el “capitalismo de Estado” del que
solía hablar Lenin, ni de los mecanis-mos que el poder soviético debería
emplear para la eficaz gestión/re-
134
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
construcción del aparato productivo. La incertidumbre era aún mayor en
la referido a las políticas hacia el campo: los principales dirigentes
bolcheviques tenían marcadas diferencias entre sí, y todos cambiaron
de posición más de una vez. Similar o mayor confusión existía sobre el régimen
soviético y las relaciones entre el gobierno obrero y cam-pesino, la dictadura
del proletariado38 y el rol de los partidos políticos. Como bien señala un socialista
estadounidense contemporáneo:
A la vista de estas zonas grises
conceptuales, no sorprende que las posiciones políticas y los debates de los
bolchevi-ques se centraran generalmente en cuestiones concretas, políticas y
económicas. En estos debates, se invocaban dife-rentes categorías para
describir la revolución, pero no eran el punto de partida analítico. En otras
palabras, la evolución de la meta-categorización bolchevique de la revolución
ten-día a reflejar de forma confusa posiciones y debates políti-cos muchos más
sustanciales (Blanc, 2017a).
Es verdad que estas cuestiones fueron abordadas en el libro El
Estado y la revolución (escrito entre agosto y septiembre de 1917 y publicado
al año siguiente). Uno de sus más serios biógrafos nos dice que acá Lenin
“reconstruye los escritos más importantes de Marx y Engels” sobre el Estado
“para movilizar la tradición con la finalidad de realizar el
Estado comunal”, de tal modo que “la revolución se presen-ta a través del
objetivo inmediato (la toma del poder) y de la meta fi-nal (asociación
voluntaria de comunidades libres) y se muestra a la re-volución política como
impulso inicial de la revolución social” (Krausz, 2017: 249). Efectivamente,
Lenin escribe en este libro que “el Estado de este período debe ser
inevitablemente un Estado democrático de manera nueva (para
los proletarios y los desposeídos en general) y dictatorial de
manera nueva (contra la burguesía)” (Lenin, 1985, tomo
33: 36). Lenin pone en evidencia que los estados burgueses pueden adoptar
formas extraordinariamente variadas, pero que todas (inclui-da la democracia
burguesa) imponen la “dictadura de la burguesía”, para concluir en que la
liberación de la clase oprimida será imposible sin una genuina “revolución
popular” que destruya “la máquina del
135
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
poder estatal” o
“la máquina burocrático-militar del Estado”. Retoma la convicción ya enunciada
por Marx de que la finalidad del comunismo es también el fin del Estado,
precisando: “La sustitución del Estado bur-gués por el Estado proletario es
imposible sin una revolución violenta. La supresión del Estado proletario, es
decir, la supresión de todo Esta-do, solo es posible mediante un proceso de
‘extinción’ ” (Lenin, 1985, tomo 33: 22-23). Dice Lenin que la “dictadura del
proletariado” deberá ser una especie de “semi Estado” del tipo de la Comuna (o
los soviets), necesaria para quebrar el poder y la violencia de la
contrarrevolución y, también, para poner en manos de los obreros y campesinos
las tareas legislativas y ejecutivas unificadas eliminando o reduciendo al
mínimo los costos y privilegios de la burocracia. Advierte mi amigo Antonio
Louçã que el libro “reflexiona extensamente sobre la experiencia de la Comuna
de París y postula para el Estado soviético un camino de auto-disolución
gradual que solo tiene sentido en tanto se esté en camino a socialismo” (Louçã,
2017: 24), pero
(…) la verdad es que El Estado y
la revolución –para muchos un paréntesis “anarquista” en la obra de
Lenin– fue, en tan-to profecía, un fracaso. Pocos meses después, con la guerra
civil extendiéndose como mancha de aceite por toda Rusia, el Estado soviético
seguía ya un camino diametralmente opuesto al que indicara El Estado y
larRevolución: más coac-ción, más aparato militar y más represión policial
contra las fuerzas de la restauración (Ibíd.).
Y sin embargo, en las discusiones que
siguieron al fin de la gue-rra civil, Lenin advierte que ese Estado que él
encabeza
(…) no es realmente “obrero”–sino, como
mucho, “obrero y campesino”, con el agravante de una acentuada deforma-ción
burocrática. Las concepciones de El Estado y la Revo-lución, pese a
no ser directamente invocadas, dan pruebas de vitalidad en medio de
la polémica. No se trataba, final-mente, de una aberración “anarquista”, ni de
un desvarío “utopista” de Lenin, ni tampoco, como sostiene Carrere d’Encausse,
un cínico camuflaje para preparar la toma del
136
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
poder, sino de una brújula para
establecer en qué punto se encuentra la revolución y hacia dónde se dirige.
Si el Estado no camina hacia su
autodisolución, la sociedad no está entonces caminando hacia el socialismo. Y,
dado que ni la más enérgica dictadura proletaria puede imponer el socialismo
por decreto, es forzoso constatar que la NEP constituye un retroceso que
consiste por un lado en conce-siones al campesinado y, por otro, al capitalismo
de Estado (Louçã, 2017: 26).
Los planteos de El Estado y la revolución tuvieron, y
en gran me-dida conservan, una formidable fuerza política, pero contienen
tam-bién afirmaciones hoy insostenibles, como las siguientes:
La cultura capitalista ha creado la
gran producción, las fá-bricas, los ferrocarriles, el correo, el teléfono,
etc., y, sobre esta base, la inmensa mayoría de las funciones del antiguo
“poder estatal” se han simplificado tanto y pueden reducir-se a operaciones tan
sencillas de registro, contabilidad y control que son totalmente asequibles a
cuantos saben leer y escribir, pueden ejecutarse por el corriente “salario” de
un obrero, pueden (y deben) ser despojadas de toda sombra de algo privilegiado
y “jerárquico”.
La completa
elegibilidad y movilidad de todos los funciona-rios en cualquier momento y la
reducción de su sueldo al ni-vel del corriente “salario de un obrero” (…) unen
por comple-to los intereses de los obreros y de la inmensa mayoría de los
campesinos y, al mismo tiempo, sirven de puente que condu-ce del capitalismo al
socialismo. Estas medidas atañen a la re-organización estatal, puramente
política, de la sociedad; pero es evidente que adquieren su pleno sentido e
importancia solo en conexión con la “expropiación de los expropiadores”, ya en
realización o en preparación, es decir, con la transfor-mación de la propiedad
privada capitalista de los medios de producción en propiedad social” (Lenin,
Ibíd.: 45-46).
Aquí no solo se
exagera y presenta de manera unilateral el pro-greso aportado por “la cultura
capitalista”. Se afirma equivocadamente
137
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
que las actividades
de “registro, contabilidad y control” serían “sencillas operaciones técnicas”.
Y este error se torna más grave porque se igno-ra o no se le da ninguna
importancia a un hecho en realidad decisivo: la expropiación de los
capitalistas de ninguna manera elimina la división social jerárquica del
trabajo, la subordinación de cada operario y del “trabajador colectivo” a quien
tiene el comando de la empresa, la alie-nación en suma del trabajo asalariado.
Semejante omisión permite hi-postasiar “la reorganización estatal, puramente
política, de la sociedad” como si ella pudiera asegurar la comunidad de
intereses de obreros y campesinos y ser el puente hacia la socialización,
etcétera.
Lo que se instaló
en realidad fue una explosiva tensión: la nece-saria violencia en defensa de la
revolución (y los derechos del pueblo trabajador) pasó a ser utilizada también
para poner límites a la demo-cracia soviética y a la acción política de las masas
y los partidos sovié-ticos. El gobierno surgido de Octubre nació apostando a la
iniciativa y autoactividad de las masas, pero al mismo tiempo y
contradictoria-mente el partido bolchevique fue movilizado para asegurar desde
el Estado orden, disciplina y eficiencia. Ambas orientaciones se desarro-llaron
como tendencias contrapuestas teórica y prácticamente.
Lenin insistió en
la importancia de las formas directas de gobier-no obrero en oposición a la
república burguesa, criticó la tradición lassalleana del
socialismo de Estado –vale decir, de la “introducción del
socialismo” por intermedio del poder del Estado– y a la centrali-zación
impuesta desde arriba que había sido postulada entre otros por Bernstein llegó
a oponer la posibilidad y ventajas de una “centra-lización desde abajo. Y sin
embargo…
Sobre las
contradicciones del “leninismo”
No es preciso tener la profesión de
historiador o politólo-go para saber que, después de 1917, el curso seguido por
los acontecimientos no se corresponde con las premisas de Lenin. A esta altura,
ya no podemos conformarnos con reconocer este hecho histórico, que ha pasado a
ser una constatación banal (ver E. H. Carr, La revolución bolchevique).
¿Qué significa ese en-cadenamiento de hechos y acontecimientos?: la guerra
civil y
138
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
la intervención extranjera; el país
en ruinas; una sociedad a tal punto disgregada que solo el partido bolchevique
se mantuvo como fuerza social y política, lo que le permitió recoger los
res-tos y construir sobre las ruinas; el fracaso del Ejército Rojo en la
ofensiva hacia Alemania a través de Polonia, vale decir el fra-caso de la
extensión de la revolución a la Europa industrial. ¿La Nueva Política
Económica? un empirismo fuertemente teñido de maquiavelismo sustituyó al
análisis pretendidamente cientí-fico ligado al manejo de las categorías del
conocimiento econó-mico, pues muy rápidamente el maquiavelismo vino a
suplan-tar, con Stalin, el pragmatismo de los últimos años de Lenin.
[…]. En 1917 Lenin tenía en la cabeza un
proyecto grandioso: destruir al Estado existente, construir un Estado en vías
de des-aparición. Resultado: lo contrario, un Estado fuerte. Y mucho más: un
paso capital en el camino de consolidación y mundia-lización del Estado.
Después del Estado de Bonaparte y el de Bismarck, por esta ruta triunfal se
llega al Estado de Stalin, en-frentado al de Hitler, nacidos ambos de una misma
tempestad y destinados a chocar. ¿Lenin en 1917 no habría hecho más que publicar
un escrito circunstancial? ¿Habría traicionado y aban-donado su propio enfoque,
una vez que fracasó? ¿Qué es lo que falla en el leninismo? ¿O acaso es “la
historia” la que traicionó a Lenin y al leninismo? Ninguna de estas hipótesis
puede explicar el conjunto de los acontecimientos y el encadenamiento de los
hechos. […] . Una de las contradicciones internas del leninismo puede
formularse de la siguiente manera. Se proyecta un Esta-do en vías de
desaparición, pero, al mismo tiempo, se concibe un partido revolucionario,
destinado a conducir hasta el puerto esa obra; se lo concibe como partido
llamado a devenir institu-ción, aparato de Estado y por tanto a instituirse y
constituirse como estatal. Este partido, que debía llevar a la clase obrera,
desde afuera y desde arriba, el saber, le lleva en cambio algo muy distinto.
Concebido como superior a la clase revoluciona-ria, a la que hipotéticamente
debía simplemente organizar y orientar en situaciones cambiantes, no pudo dejar
de conjugar saber y poder (Lefebvre, 1977: 264-266).
139
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Dígase, para
terminar, que es equivocado e inconducente tratar de interpretar las acciones y
los dichos de Lenin y los bolcheviques tomando en consideración solamente sus
autodefiniciones ideológi-cas y posturas políticas, dejando de lado o asignando
una mínima importancia al comportamiento de los otros actores y las
alternativas históricas determinadas en que debieron intervenir. La historia no
es un movimiento autogenerado por ideologías y concepciones políti-cas, a las
que deben imputarse incluso las distorsiones que luego se constaten. Carece de
asidero suponer que los eventos y encrucijadas de la revolución hubieran sido
enteramente previsibles y que si la revolución adoptó en algún momento un
camino “errado” ello debe achacarse a la voluntad de Lenin. Pienso que no se
equivocaba Rosa Luxemburgo cuando en 1918 y desde la cárcel escribió:
En el momento actual, cuando nos
esperan luchas decisi-vas en todo el mundo, la cuestión del socialismo fue y
sigue siendo el problema más candente de la época. No se trata de tal o cual
cuestión táctica secundaria, sino de la capaci-dad de acción del proletariado,
de su fuerza para actuar, de la voluntad de tomar el poder del socialismo como
tal. En esto, Lenin, Trotsky y sus amigos fueron los primeros, los que fueron a
la cabeza como ejemplo para el proletariado mundial […] suyo es el inmortal
galardón de haber encabe-zado al proletariado internacional en la conquista del
poder político y la ubicación práctica del problema de la realiza-ción del
socialismo, de haber dado un gran paso adelante en la pugna mundial entre el
capital y el trabajo. En Rusia solamente podía plantearse el problema. No podía
resol-verse. Y en este sentido, el futuro en todas partes pertenece al
“bolchevismo” (Luxemburgo, 1976: 202).
Notas
1. Gran Bretaña,
Francia y Rusia, a los que se sumó Serbia.
2. El enfrentamiento
entre ambas posturas hizo que las asambleas convocadas para decidir terminaran
rompiéndose prácticamente por la mitad.
140
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
3. El desabastecimiento llevaba a que, sumándose a las agotadoras jornadas
labo-rales, las obreras debieran hacer horas de cola (a veces infructuosamente)
para comprar el pan.
4. Según un informe
policial encontrado en los archivos de la Ojrana, habrían sido
85.000 manifestantes de unas cincuenta fábricas.
5. Iskra había sido el
órgano central del POSDR, publicado por primera vez en diciem-bre de 1900.
6. El Comité Ejecutivo (Ipsolkom) de ocho miembros quedó
presidido por N. S. Tchjei-dzé con A. F. Kerensky y M. I. Skobelev como
vicepresidentes. También lo integraba el obrero metalúrgico y dirigente
bolchevique A. G. Chliápnikov.
7. Completada la elección, los plenarios del Soviet de Petrogrado llegaron
a reunir tres mil diputados, de los cuales dos mil fueron electos por los
soldados. Para tratar cues-tiones específicas, las Secciones de obreros y
soldados sesionaban por separado.
8. Organismo pseudo
parlamentario, sin facultades legislativas, que el zar convocaba o disolvía
según su arbitrio.
9. El apuro se entiende: si la Comisión de la Duma y la mayoría del Soviet
no pre-sentaban rápidamente un gobierno, existía el peligro de que la calle
impusiera un gobierno revolucionario (Ver Figes, 2017: 382-383).
10. La guarnición de Petrogrado concentraba 16 regimientos de guardias de
infantería de entre 4.500 y 7.500 efectivos cada uno, y 6 ejércitos de reserva
de infantería con 10.000 y 19.000 hombres cada uno). A lo que se sumaba la Base
Naval de Kronsta-dt y la Flota del Báltico.
11. El abogado Kerensky que era el único “izquierdista” de la Comisión
Provisoria y también integraba el Ejecutivo del soviet, decidió por su cuenta
ingresar al gobier-no como ministro de Justicia. Después, el Soviet aceptó “por
aclamación” el hecho consumado. El vedetismo de Kerensky siempre generó
desconfianza y roces: con los kadetes, en el Ejecutivo del Soviet y, una vez
que ingresó al PSR, en su mismo partido, a tal punto que en el congreso
realizado el 1 de junio quedó fuera del Co-mité Central (por 136 votos contra
135).
12. La Huelga General,
por ejemplo, recién se levantó el 5 de marzo, a pedido del So-viet.
13. El VTsIK (Comité Ejecutivo Central) fue electo en el I
Congreso Panruso de Soviets de Obreros y Soldados, que sesionó entre el 3 y el
24 de junio presidido por Chjeidze. Luego se sumaron los dirigentes electos por
el Congreso Panruso de Soviets Cam-pesinos (Chernov, Nikolai Avksentiev y
Catherine Breshkovsky, entre otros, todos eseristas).
14. Una primera conferencia de estos grupos se celebró en Petrogrado del 16
al 19 de octubre de 1917. Asistieron 208 delegados en representación de los
sindicatos de Petrogrado, comités de fábrica, grupos juveniles y del ejército,
dumas, y repre-sentantes de los comités de Petrogrado de los partidos
bolchevique y SR. Fue un anticipo de lo que sería el movimiento masivo Proletkult.
141
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
15. Movimiento
ultrarreaccionario y antisemita alentado y financiado por el régimen
autocrático. Se fundaron prometiendo devoción a la iglesia, al zar y a la madre
patria, con el lema “Ortodoxia, Autocracia y Nacionalismo”.
16. En acuerdo con
Milukov, el 21 de abril el general Kornilov (que meses después dio un golpe
militar que fue derrotado) alistó efectivos para ametrallar a la izquierda,
intento que fracasó porque el Soviet lo desautorizó.
17. Decisión acatada
por los bolcheviques, aunque fue resistida y muy criticada por una parte de los
obreros.
18. Especialmente
notable fue el éxito y repercusión del diario Soldatskaia pravda que
la Organización Militar bolchevique comenzó a publicar a mediados de abril y
llegó a tener tiradas que oscilaban entre los 50 y 75.000 ejemplares.
19. Lenin había
presentado un informe político ante la conferencia Panrusa de la Or-ganización
Militar el 20 de junio.
20. El gobierno y el
bloque menchevique-SR logró hacer cambiar de posición a algunos regimientos
exhibiendo “pruebas” (evidentemente falsificadas) de que el golpe del
contrarrevolucionario Lenin tenía el propósito de facilitar la victoria el
ejército ale-mán.
21. Considerando que la
vida de Lenin corría peligro, los bolcheviques decidieron que tanto él como
Zinoviev pasaran a la clandestinidad y se ocultaran en Finlandia.
22. Trotsky y sus
compañeros de la Mezrayonka ingresaron al partido bolchevique des-pués de
las Jornadas de Julio y cuando el primero estaba en la cárcel.
23. “El llamamiento a
abandonar la lucha por ‘Todo el poder a los soviets’ fue bási-camente ignorado
a todos los niveles; según todos los testimonios, los comités bolcheviques
siguieron usando esta consigna y luchando por que los socialistas moderados
rompieran con los liberales. Así fue no solo en las principales ciuda-des de
provincia y de las fronteras, sino también en Moscú y Petrogrado” (Blanc,
2017a).
24. Entre otros la
“Unión de los 12 ejércitos cosacos”, la “Liga de los Caballeros de San Jorge”,
la “Conferencia de Personalidades Públicas”, oficiales zaristas retirados y en
actividad, etcétera.
25. Kamenev y la
mayoría de los representantes enviados por los bolcheviques a la Conferencia
querían permanecer en el Pre Parlamento, pero en una “reunión am-pliada” la
airada presión de los militantes con más relaciones y autoridad en los frentes
de masas respaldó e impuso la posición de retirarse defendida por Lenin y
Trotsky.
26. La base obrera de
los mencheviques se había “derretido” mucho más rápidamente.
27. La amenazante frase
había sido pronunciada por un gran industrial de Petrogrado.
28. Lenin rebatió los
argumentos de quienes consideraban que “no estaban maduras” las condiciones
para la insurrección y proponían esperar la Asamblea Constituyen-te, señalando
que el arte de la insurrección consistía en identificar el momento preciso en
que mayor es la actividad de la vanguardia del pueblo y mayores las va-
142
La Revolución Rusa “a contrapelo” n
cilaciones en las filas de los enemigos y en las filas de los indecisos.
También Trots-ky dice que quienes vacilaban en aquel momento se colocaban a la
retaguardia de la masa revolucionaria. En lo esencial tenían razón Lenin y
Trotsky, pero también acertaban los cuadros de Viborg, de la Putilov o de la
Organización Militar cuando advertían que la masa de los trabajadores y
soldados esperaba y reclamaba de sus dirigentes la seguridad de que se
asestaría un golpe político decisivo contra las clases poseedoras instaurando
el poder soviético, pero que esa seguridad solo podría darla la acción conjunta
del partido y los soviets, y no solo la acción directa de los bolcheviques.
29. Este fue el organismo que de hecho asumió la preparación “técnica” de la
insurrec-ción. Estuvo integrado por cinco eseristas de
izquierda, cinco anarquistas y seis bol-cheviques. Tuvo en sus manos el poder
efectivo desde la disolución del gobierno de coalición hasta que el Consejo de
Comisarios del Pueblo pudo efectivamente entrar en funciones. Fue conducido por
Trotsky, Vladimir Antonov-Ovseenko y el marinero Pável Dybenko.
30. Kerensky huyó a Pskov y desde allí intentó retomar el poder con las
tropas cosacas del general Krasnov, pero éstas fueron repelidas por los
bolcheviques en las coli-nas de Púlkovo. El 31 de octubre, temiendo ser
entregado por sus propios solda-dos, debió escapar nuevamente y semanas después
abandonó el país.
31. La dirección del PSR resolvió retirarse el Congreso, no así el ala
izquierda del par-tido que lideraba la legendaria Mariya Spiridonova. Así surge
como organización diferenciada el PSR de izquierda que, antes de que terminara
el año, celebraría su I Congreso del que surgió su nuevo Comité Central.
32. A posteriori,
muchos de ellos consideraron que eso constituyó un error político irreversible,
que dejó la suerte de los soviets en manos de los bolcheviques.
33. Dice China Mieville: “Pocas horas antes se había acordado (incluso con
Trotsky) que el gobierno debería ser genéricamente socialista, o sea no
compuesto exclu-sivamente por bolcheviques. Esto es muy importante. Lo sabían
los periodistas, testigos oculares. Es un momento angustiante, porque la
dinámica pudo ser muy diferente. A pesar incluso de la retirada de los
socialista de derecha” (Ver Blanc, 2017b).
34. Semejante postura resultó ser insostenible y casi de inmediato entró en
crisis: “Once miembros del gobierno y cinco del Comité Central del partido,
entre ellos Kamenev y Zinoviev, protestaron en contra de ‘mantener un gobierno
puramente bolchevique por medio del terror’ y apoyaron las iniciativas de los
SR de izquierda y de una fracción de los militantes obreros bolcheviques
partidarios de la formación de un gobierno socialista de unidad. Lenin trató de
minimizar el asunto, pero cedió al menos parcialmente y el 26 de noviembre
entraron al gobierno 3 SR de izquier-da” (Dullin, 1994: 13).
35. Años después, la
“teoría” de la revolución por etapas sería retomada e impuesta a los partidos
comunistas de todo el mundo por el stalinismo.
143
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
36. Es lo que reconoce
un lúcido crítico del bolchevismo cuando escribe que Octubre fue “una prueba de
fuerza entre un Estado sin gobierno –el conjunto de las institu-ciones
soviéticas–, y un gobierno sin Estado, el de Kerenski”. Y agrega: “La mayoría
de las unidades militares, la mayoría de las fábricas, la mayoría de los
soviets de barrio, la mayoría de los comités que reinan en la sociedad se
adhirieron al poder de los soviets. Sin duda se trató de un error –como
demostrará la historia–. De todos modos, octubre es obra de las masas” (Ferro,
1995: 32).
37. Pese a ello, los
bolcheviques nunca reconocieron que la comuna rural conservaba arraigo e
ignoraban la lógica de esa economía agraria de unidades productivas familiares
que no eran propietarios privados de la tierra que trabajaban y volcaban al
mercado solo parte de su producción.
38. Aunque esta
expresión deba utilizarse hoy “con beneficio de inventario”, vale re-cordar que
no fue un “invento” de Lenin: fue utilizada muchas veces por Marx y
Engels (con el
alcance y sentido que bien ha rescatado Domenech) y, lo que es mucho más
significativo, la utilizaban todos los socialdemócratas rusos porque era parte
del programa histórico del POSDR, en el que fuera incorporado por moción de…
Plejanov.
144
Lenin y los bolcheviques en 1917
Cuando estalló en Petrogrado la insurrección que derrocó a Ni-colás II,
Lenin estaba exiliado en Suiza. Pese a la lejanía del lugar en que se
desarrollaban los acontecimientos y lo fragmentario de las noticias que
recibía, supo hacer una rápida composición de lugar y apenas dos semanas
después fijó una orientación que transmitió en términos telegráficos a sus
camaradas del Partido Obrero Social De-mócrata de Rusia:
Nuestra táctica: desconfianza
absoluta, ningún apoyo al nue-vo gobierno; sospechamos especialmente de
Kerenski; la úni-ca garantía es armar al proletariado; elecciones inmediatas
para Duma Petrogrado; ningún acercamiento a otros parti-dos. Telegrafíen esto a
Petrogrado (Lenin, 1985, tomo 31: 8).1
145
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Llamamiento del
Soviet de Petrogrado (fragmento)
(…) Para culminar exitosamente la lucha
por la democracia, el pueblo debe organizar su poder. Ayer, el 27 de febrero,
se ha fundado en la capital el Soviet de Diputados Obreros de la capital,
constituido por representantes elegidos en las fá-bricas, en las unidades
militares y por los grupos y partidos democráticos y socialistas. El Soviet de
Diputados Obreros (...) considera que sus tareas deben ser: la organización de
las fuerzas populares en la lucha por la libertad política y la so-beranía
popular en Rusia (...) Debemos luchar, todos juntos, por la aniquilación del
viejo régimen y por la convocatoria de una asamblea nacional constituyente, que
debe ser elegida por medio del sufragio universal, imparcial, directo y secreto
(Anweiler, 1974: 105).
El ritmo de los
acontecimientos en Rusia era vertiginoso. 23 de febrero, comienzo de la
insurrección; 27 de febrero, el zar disuelve la Duma y ordena al ejército
reprimir, surge el Soviet de Petrogra-do;2 28 de febrero, el Comité de la
Duma intenta evitar un vacío de poder; 2 de marzo, abdica Nicolás II, se
constituye el Gobierno Provisional encabezado por el príncipe Georgy Lvov, con
el respal-do condicionado del Soviet3 que, el mismo día, imparte una
Orden (Prikaz 1)4 que priva de poder efectivo a la autoridad
que se acababa de reconocer.
El POSDR
bolchevique,5 intentando reorganizarse y desorienta-do, corría por detrás de los
hechos6 y obtuvo muy reducida repre-sentación en el Soviet: sobre 3.000
diputados (2.000 electos por los soldados y 1.000 por los obreros) la fracción
bolchevique reunía unos 40 (Cf. Anweiler, 1974: 110). Pocos meses después, la
situación se había invertido por completo: los partidarios de Lenin ganaron en
septiembre la dirección de los soviets más importantes, en octubre condujeron
la insurrección que puso fin al gobierno burgués y fue-ron hegemónicos en el II
Congreso Panruso de Soviets de Obreros y
146
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
Soldados. ¿Cómo pudo producirse semejante viraje político-social en tan
poco tiempo?
Indudablemente, el acelerador fue la insoportable presión de Guerra
Mundial y, en ese dramático contexto, el combate de los bol-cheviques fue una
marcha a paso forzado con tropiezos, errores, rectificaciones, retrocesos,
“saltos adelante” y permanentes debates. En esta carrera contra-reloj, la
intervención de Lenin, su partido y la auto-actividad revolucionaria de las
masas se potenciaron, corrigie-ron y enriquecieron mutuamente. Es lo que tratan
de presentar los siguientes 5 episodios.
1. El “rearme” del
partido
Como ya se dijo, los primeros pasos de los bolcheviques fueron
vacilantes. Lanzaron un volante denunciando al Gobierno Provisional de
“capitalistas y grandes terratenientes”, pero casi de inmediato asumieron una
posición muy parecida al apoyo condi-cionado de los mencheviques y eseristas.
La confusión aumentó a mediados de marzo cuando Nikolái Murálov, Liev Kamenev y
Joseph Stalin7 asumieron la conducción del partido. Pravda publicó
artículos proclives al “defensismo revolucionario”, la Conferencia realizada el
1 de abril adoptó la táctica de “exigencias” al gobierno y se entabla-ron
negociaciones con los mencheviques para la unificación de los socialdemócratas.
Mientras tanto, Lenin, en sus “Cartas desde lejos”, rechazaba cualquier
forma de apoyo al gobierno burgués y de acercamien-to con los “defensistas
revolucionarios”, de los que se apartó sin ninguna diplomacia cuando llegó a la
Estación Finlandia de Petro-grado, el 3 de abril. Esa misma noche, Lenin8 advirtió a
sus compa-ñeros que no denunciar claramente al defensismo revolucionario era un
grave error y que depositar “alguna confianza en el gobierno (...) es la muerte
del socialismo”. Su planteo fue tajante: “Ustedes, camaradas, tienen confianza
en el gobierno. Si esto es así, nuestros caminos son distintos. Prefiero quedar
en minoría” (Lenin, 1985, tomo 31: 113).
147
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Las Tesis
de Abril
Reconociendo que existía en Rusia
la excepcional posibilidad de impulsar y llevar al triunfo la
revolución con métodos pa-cíficos, sin dejar de reclamar la inmediata
convocatoria de la Asamblea Constituyente, las Tesis proponen
como orientación estratégica fortalecer y extender la democracia revolucionaria
de obreros y campesinos para conquistar una “república de los soviets de
diputados obreros, braceros y campesinos”. Repiten: “No una república
parlamentaria –volver a ella desde los soviets de diputados obreros sería dar
un paso atrás–, sino una repú-blica de los soviets de diputados obreros,
braceros y campesi-nos en todo el país, de abajo arriba”.
Para hacer frente a la catástrofe
económica, se precisa: “No ‘implantación’ del socialismo como nuestra
tarea inmediata [la bastardilla es de Lenin], sino pasar
únicamente a la instaura-ción inmediata del control de la producción social y
de la dis-tribución de los productos por los soviets” ¨ y “Banco Nacional
único, sometido al control de los soviets”.
En relación al campo,
“Nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los
soviets locales “y “Hacer de cada gran finca (...) una hacienda modelo bajo el
control del so-viet de diputados braceros y sobre bases colectivas”.
Se considera necesario que un próximo
congreso modifique algunos aspectos del programa y aborde en profundidad la
cuestión del “Estado-Comuna”. Terminan proponiendo adoptar el nombre de Partido
Comunista e impulsar la construcción de una Internacional revolucionaria
excluyendo a social-chauvinis-tas y centristas.9
Lenin tenía
prestigio y autoridad política pero no seguidores obsecuentes y encontró mucha
resistencia. Fue criticado en el Buró del Comité Central (6 de abril) tanto por
derecha como por izquierda. Cuando Pravda publicó las Tesis
de Abril (que Lenin presentó “a título personal”) Kamenev subrayó que
ni la redacción del diario, ni el Buró
148
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
del CC estaban de acuerdo con ese “esquema general”: “Nos parece
inaceptable, por cuanto su punto de partida es considerar consuma-da la
revolución democrático-burguesa y prevé la inmediata transfor-mación de esta
revolución en revolución socialista”. En el Comité de Petrogrado reunido el 8
de abril, la resistencia a las Tesis se expresó en múltiples
enmiendas y se decidió llevar la discusión a la Conferen-cia de la ciudad.
Mientras se daba esta discusión, se produjeron las Jornadas de Abril10: el 20 y el 21
hubo masivas manifestaciones exigiendo “Fuera Miliukov y Guchkov” con graves
incidentes11 que desembocaron en la renuncia de los ministros cuestionados y la
reestructuración del gobierno: el 5 de mayo Kerensky asumió la cartera de
Guerra e ingre-saron al gabinete seis representantes del Soviet (mencheviques,
ese-ristas y trudoviques) … Ya para entonces Lenin había logrado el res-paldo
de la conferencia de Petrogrado (37 votos contra 3) y lo mismo ocurrió en la
Conferencia Panrusa del partido, en la última semana de abril. Se impuso casi
por unanimidad en puntos fundamentales: la caracterización del Gobierno
Provisional como “órgano de domi-nación de los terratenientes y la burguesía”,
que la intervención de Rusia en la guerra seguía siendo imperialista y que era
inadmisible cualquier unidad con partidos o grupos partidarios del “defensismo
revolucionario”. También se adoptó la orientación de “iniciar un tra-bajo
prolongado” con el fin de “transferir a los soviets el poder del Estado”. Pero
la resolución presentada por Lenin “Sobre la situación actual” que hacía
referencia a la dinámica socialista de la revolución obtuvo 71 votos a favor,
39 en contra y 8 abstenciones. Y la moción de adoptar el nombre de Partido
Comunista solo obtuvo 1 voto: el de Lenin. Comenta Pierre Broué: “A pesar de
los viejos bolcheviques, afe-rrados a antiguos análisis, Lenin ha conseguido
‘enderezar’ al partido; su victoria empero dista mucho de ser total”, pues de
los 8 miembros del Comité Central electo, solo 4 compartían claramente sus
puntos de vista” (Broué, 1973: 117-118). Otro historiador destaca:
Durante aquellas semanas, Lenin
insistió en que los bol-cheviques solo podrían ganar la mayoría en los soviets
a través de pacientes esfuerzos de explicación y persuasión,
149
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
y actuando con un máxima de prudencia
y discreción. Mu-chos de los bolcheviques que en abril apoyaron las tesis de
Lenin podían pensar que el derrocamiento del Gobierno Provisional y con él de
la burguesía, era una cuestión a largo plazo que no implicaba riesgos
inmediatos para el partido, y confiar además en que el mismo Lenin llega-ría a
comprender las tremendas dificultades del asunto. Cuando pocos meses después
vieron que Lenin ponía el derrocamiento del Gobierno Provisional en el orden
del día, como tarea inmediata, de nuevo intentaron frenarlo. Y otra vez, en las
semanas previas a la insurrección de Oc-tubre, el fundador del partido tuvo que
volver a ganarlos (Liebman, 1975: 134).
En las manos de Lenin, el partido se
convirtió en un instru-mento histórico insuperable. Las decenas de miles de
militan-tes ilegales que, tras las jornadas revolucionarias de febrero de 1917,
volvían a tomar contacto, estaban a punto de constituir una organización que
las amplias masas obreras y, en menor medida, las campesinas, considerarían
como propia. Tal orga-nización iba a dirigir su lucha contra el Gobierno
Provisional, conquistar el poder y conservarlo. Por tanto, a pesar de la lu-cha
entre fracciones y de la represión, Lenin y sus compañe-ros triunfaron allí
donde otros marxistas que, en un principio, gozaban de condiciones más
favorables, habían fracasado: por primera vez en toda la existencia de los
partidos socialistas, uno de ellos iba a vencer (Broué, 1973: 64).
La intervención de
Lenin ayudó a que los bolcheviques salieran fortalecidos. En las Jornadas de
Abril impulsaron decididamente la movilización en contra del gobierno burgués
que quería continuar la guerra, se diferenciaron de los social-defensistas… y
evitaron errores “vanguardistas”. Porque así como se apoyó en el ala izquierda
en con-tra de las posiciones del centro y la derecha, Lenin criticó duramente
al Comité de Petrogrado por haber lanzado la consigna “Abajo el go-
150
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
bierno”, explicando que era indigno de revolucionarios serios querer
distinguirse ubicándose “un poco más a la izquierda”.
De este debate pueden extraerse valiosas enseñanzas teóricas y
metodológicas. Los “viejos bolcheviques” argumentaban que sus po-siciones eran
las que Lenin había defendido en 1905, se aferraban a la idea del carácter
necesariamente burgués de la revolución y esgri-mían la fórmula de “dictadura
democrática de obreros y campesinos” pensando en posibles alianzas con
mencheviques y eseristas. Lenin les respondió que ese tipo de argumentos debía
ser enviado “al archivo de antigüedades bolcheviques prerrevolucionarias”. Y
sin perder tiempo en buscar apoyo en viejos textos, o en escribir algún largo
documento con citas de autoridad, presentó unas sintéticas Tesis escritas
a las apu-radas. No tenía el menor interés en “ganar una discusión”. Su
propósito era apartar al partido del pantano al que los defensistas querían
arras-trarlo y definir una orientación que permitiera intervenir con eficacia
en la lucha política que en esos mismos días de abril se agudizaba,
man-teniendo como norte estratégico el objetivo del poder soviético para
“llevar la revolución hasta el fin”. A su juicio, quienes pretendían discutir y
definir la orientación política a partir de las antiguas definiciones de la
fracción bolchevique incurrían en un grave error metodológico. La orientación
general, las tácticas y las consignas ante la nueva situación abierta por la
revolución no podían ni debían elaborarse a partir de abs-tracciones, sino del
análisis concreto de la situación general y de las re-laciones de fuerza entre
las distintas clases y partidos.
Después de la conferencia de abril se alejaron unos pocos diri-gentes
identificados con el defensismo y se aceleró la incorporación de mencheviques
internacionalistas, grupos socialdemócratas autó-nomos y decenas de miles de
nuevos militantes identificados con el reclamo “Vsya Vlast’ Sovetam” (¡Todo
el Poder a los Soviets!), la consigna más famosa y discutida de la historia.
Lenin había regresado a Ru-sia con la convicción de que la Revolución Rusa
sería el detonante de la revolución socialista en Alemania y Europa, que la
suerte de estos procesos era indisociable12 y se estaba ya en una suerte de
transición. Otros no terminaban de aceptar esa concepción de la revolución (y
de sus instituciones) que chocaba con la antigua idea de revolución en
dos etapas, muy arraigada en la socialdemocracia rusa.
151
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
La revolución socialista, que se
desarrolla en Occidente, en Rusia no está directamente al orden del día, pero
ya hemos en-trado en el estado de transición a la misma. Los soviets de
dipu-tados obreros, soldados, etc., son la organización del poder con la que
tendrá que operar la revolución socialista. (...) De aquí que nuestra tarea
consista en fortalecerlos (Lenin, 1985, tomo 31: 377 y 380).
Estrategia y praxis
revolucionaria. Los méritos de Lenin como estratega han sido ampliamente
destacados por diversos autores, simpatizantes o críticos de Ilitch. Igualmente
meritoria (pero menos apreciada) es su capacidad para corregir imprecisiones o
errores apoyándose en la praxis revolucionaria. No está de más dar algunos
ejemplos.
En los artículos e
intervenciones iniciales Lenin se refería con insistencia a los “soviets
obreros” y casi no mencionaba a los soldados que, sin embargo, habían cobrado
inmensa importancia. Esta omi-sión se correspondía con la escasa inserción de
los bolcheviques en-tre ellos, pero rápidamente se advirtió que esto debía ser
corregido y antes de que terminara el mes se conformó la Organización Militar
del partido que con el diario Soldatskaia pravda penetró en
todos los regimientos y después, en relación directa con el Comité Central,
ex-tendió su radio de actividad a todo el país con notable eficacia.
Otra cuestión
sensible, controvertida y más compleja era la ca-racterización del campesinado,
las políticas adecuadas para lograr la smytchka de obreros y
campesinos y los objetivos que debía fijarse la revolución en el campo. Lenin
se había distinguido tempranamente por considerar que la participación del
campesinado era posible y necesaria para el triunfo de la revolución en Rusia.13 Pero tenía
tam-bién la convicción, mucho más discutible, de que la penetración del
capitalismo en el campo había quitado toda relevancia a la tradicio-nal comuna
rural (Obschina o Mir), que la masa campesina era una
inmensa y oscilante capa pequeñoburguesa y que el proletariado ur-bano debía
buscar sus aliados entre braceros y los campesinos po-
152
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
bres para
neutralizar la influencia de los Kulaks.14 A los fines
de este artículo, basta con señalar que Lenin siguió con mucha atención la
evolución del estado de ánimo y los reclamos del campesinado especialmente
desde que (a par-tir de junio) comenzó a tomar las tierras de la nobleza. Tomó
nota de lo que ocurría y por eso el “De-creto sobre la tierra” que redac-tó en
octubre de 1917, como la “Declaración de los derechos del pueblo trabajador y
explotado”
de enero de 1918 estuvieron mucho más cerca del programa de los
eseristas que de sus propias opiniones... ¿Oportunismo, empirismo, pragmatismo?
Todos esos “atributos” (y otros cuantos más) han sido adjudicados a Lenin. Más
sensato y objetivo sería reconocer que era un político que despreciaba la Realpolitik socialdemócrata,
pero prac-ticaba un realismo revolucionario enraizado en
la praxis del partido y de las masas. Sin afectación, actuaba
según la máxima de Goethe que también reivindicara Marx:
“Gris, querido amigo, es toda teoría / y verde el árbol dorado de la
vida.”
El partido de la revolución / La revolución en el partido. La
reorientación del bolchevismo fue potenciada por el cambio radical en el
partido. En pocas semanas se incorporaron muchas decenas de miles de
militantes que, con el empuje y dinamismo de la revolución en curso, pudieron
aprovechar la experiencia acumulada en la or-ganización de Lenin15 sin el fardo
de prejuicios y rencores de viejas luchas fraccionales. Los bolcheviques
pudieron dirigir la revolución, porque se atrevieron a que esta revolucionara
el partido.
El vertiginoso crecimiento (más de 10.000 nuevos militantes cada mes)
rompió rutinas teóricas y habitus organizativos, pues no se
153
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
trataba de meros
afiliados sino de activistas, líderes políticos de la cla-se “formados” en la
intervención consciente en el proceso revolucio-nario de las masas y en los
debates duros y enconados que se daban mes a mes. El partido así recargado fue
una organización excepcional que, empujada en las más diversas direcciones por
el vendaval de la revolución, encontró su rumbo aplicando de manera efectiva,
concre-ta y flexible la trillada y ambigua fórmula del “centralismo
democrá-tico”.16 Pudieron hacerlo por méritos propios, pero gracias también a la
creativa auto-actividad del Narod que defendió a los soviets
“contra viento y marea” como marco general de referencia institucional, so-cial
y política impuesto a los partidos de la llamada “democracia re-volucionaria” a
pesar de los dirigentes conciliadores y de la virulencia de los combates
políticos que se libraron dentro y fuera de ellos. Las masas hicieron de los
soviets el marco organizativo que, además, les permitía discrepar y llegado el
caso enfrentar y desplazar a los par-tidos que ellas mismas habían elevado a la
dirección de los soviets.
2. Acompañar a las
masas, saber retroceder
En mayo y junio el
descalabro económico, la falta de combusti-ble y materias primas, el sabotaje
patronal y el intento de deslocalizar las industrias de Petrogrado fueron
enfrentadas por los trabajadores con diversas modalidades de control obrero y,
en casos extremos, ha-ciéndose cargo de empresas abandonadas por sus dueños.
También por entonces la revolución llegó efectivamente al campo y el
campe-sinado comenzó, masivamente, a apoderarse de las propiedades de los
terratenientes. Cobró impulso la organización y armamento de Guardias Rojos a
nivel de los soviets locales,17 se multiplicó la influen-cia de la
Organización Militar bolchevique y comenzó a cambiar la composición de los
soviets a medida que los diputados “moderados” eran reemplazados por otros más
radicales.18 Sin que su composición reflejara estos cambios, el I Congreso
Panruso de los Soviets de Obre-ros y Soldados se reunió cuando el gobierno se
disponía a relanzar la guerra con la “Ofensiva de primavera”, a pesar de la
decidida oposi-ción de los soldados de Petrogrado.
154
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
Bajo una fuerte presión de las bases y buscando canalizar un descontento
que de otro modo podía expresarse violenta e irreflexi-vamente, los
bolcheviques convocaron a un acto de masas en contra del gobierno el 10 de
junio. El mayoritario bloque menchevique-SR logró que el Congreso19 prohibiera
ese acto y llamara a manifestar una semana después “en defensa de la unidad de
la democracia re-volucionaria y respaldo a los soviets”. Temiendo ser
expulsados, los bolcheviques acataron la prohibición, pero lanzaron una
ofensiva po-lítica tan intensa y efectiva que la marcha llamada por los
partidarios de la colaboración de clases fue convertida en una inmensa y
comba-tiva manifestación en la que decenas de miles de obreros y soldados
impusieron las consignas más radicales: “¡Abajo los 10 ministros ca-pitalistas!
¡Todo el poder a los soviets!” (Rabinowitch, 1991: 117-119).
Los acontecimientos de junio
provocaron discusiones y rea-lineamientos en la Organización Militar, el Comité
Ejecutivo de Petersburgo y el Comité Central bolchevique, con posturas
en-frentadas y matices varios. Lenin apoyó la posición de quienes querían ganar
la calle: “Es la voluntad de los soldados y el pro-letariado. Sus consignas son
las nuestras. Abajo los ministros capitalistas (...) Transferir el poder al
Soviet para que éste in-mediatamente proponga la paz” y destacaba que era
urgente oponerse al reinicio de las hostilidades (lo apoyaron Sverdlov y
Stalin). Krupskaya y otros acordaban con la movilización pero sin armas, cosa
que la OM descartaba. Zinoviev y Kamenev se oponían porque pondría en peligro
el fortalecimiento del par-tido. El 8 de junio una “reunión ampliada” resolvió
(131 a favor, 6 en contra, 22 abstenciones) convocar al acto en contra del
gobierno el 10 de junio… Pero cuando el Congreso de los So-viets lo prohibió,
la misma fracción bolchevique en el congreso exigió fuera suspendido. El Comité
Central en una reunión de emergencia y con la presencia de solo 5 miembros
resolvió por 3 votos (Lenin y Sverdlov se abstuvieron) levantar el acto…
Si-milares discrepancias se presentaron, mutatis mutandi, cuando
las Jornadas de Julio y aún después, cuando la cuestión de la in-surrección fue
puesta en el orden del día. A juicio de Alexander
155
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Rabinowitch, este funcionamiento
colectivo desordenado y por momentos inorgánico, con divergencias, discusiones
y realinea-mientos, lejos de ser una debilidad reflejaba la estrecha rela-ción
del partido y sus cuadros con el movimiento de masas y lo convertía en una
organización dinámica, sensible a los cambios de situación y, en definitiva,
sumamente efectiva.
El enfrentamiento
que los bolcheviques pudieron evitar en ju-nio se produjo tres semanas después,
cuando la “Ofensiva de Prima-vera” había derivado ya en una desordenada
retirada de los ejércitos rusos y una crisis de gobierno. En la primera semana
de julio los kadetes se retiraron, renunció Lvov, Kerensky quedó suspendido en
el aire… Y Petrogrado vivió una cuasi insurrección a la que siguió una cruel
represión.
El 3 de julio,
después de un tenso enfrentamiento con la Comi-sión militar del gobierno, una
asamblea de varios miles de soldados en el regimiento de ametralladoristas
resolvió llevar sus exigencias al Soviet. La acción no fue enteramente
espontánea (había sido dis-cutida por la OM, los eseristas de izquierda de
Kronstadt y los anar-quistas de Beckerman) pero de ninguna manera debe ser
conside-rada un intento para apoderarse del poder20. Tomada la decisión, este regimiento
envió emisarios (en vehículos artillados) a todas las unidades militares y
grandes fábricas llamando a concentrarse fren-te al Palacio Táurida. Tanto en
los cuarteles y como en las asambleas obreras la adhesión se votó por
aclamación. Los cuadros bolchevi-ques que, tomados por sorpresa, intentaron
“frenar” fueron desbor-dados y arrastrados por la masa. Poco después, el Comité
de Petro-grado consideró que siendo imposible “levantar” una movilización
revolucionaria de masas, era obligación del partido acompañarlas y tratar de
evitar una aventura. Por la noche el Comité Central lanzó una proclama
reclamando que la movilización del día siguiente fue-se “pacífica y
organizada”. El 4 de julio, más de medio millón de obre-ros, soldados y
marineros de Kronstadt marcharon por las calles de Petrogrado. Es verdad que
muchos de ellos estaban armados, que hubo incidentes y choques (con junkers,
cosacos o francotiradores)
156
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
que ocasionaron bajas, pero más cierto aún es que la multitud que rodeó
durante largas horas la sede donde sesionaban los comités ejecutivos centrales
de los soviets hubiera podido ocuparla sin di-ficultad alguna de haberlo
querido, y no lo hizo. Los manifestantes exigían ruptura con el gobierno
burgués y traspaso del poder a los soviets, a lo que el bloque menchevique-SR
respondió ratificando su apoyo al cuasi inexistente gobierno y pidiendo al
general Kaledin el envío de tropas para reprimir lo que denominaron “golpe
bolchevi-que instigado por agentes de Alemania”… Anticipándose al desalojo
represivo que comenzaría en las primeras horas del día 5, los bol-cheviques
dieron por concluida la movilización y organizaron el re-pliegue, pero el
gobierno no solo los hizo responsables de las bajas producidas durante los
incidentes, sino que falsificó “pruebas” para ordenar la detención de Lenin y
Zinoviev alimentando un clima de linchamiento patriótico-contrarrevolucionario21 y represión
genera-lizada. Fueron asaltados locales y diarios bolcheviques, se metió en la
cárcel a los involucrados en la presunta insurrección, se anunció el
desmembramiento de las unidades “sublevadas“ y el desarme de los Guardias Rojos22 y bandas de
contrarrevolucionarios salieron a golpear a cualquiera con aspecto de
izquierdista. Las masas y el par-tido bolcheviques sufrieron un rudo golpe,
pero el gobierno siguió siendo débil e inestable. Eso explica que la
desarticulación de los regimientos “insurgentes” quedó a mitad de camino o
en nada, los Guardias Rojos escondieron sus armas, la prensa bolchevique
rea-pareció bajo nuevos nombres…
3. El VI Congreso y
el fin de la vía pacífica
Entre los últimos días de julio y los primeros de agosto el POS-DR
(bolchevique) realizó, casi clandestinamente y con sus principales dirigentes
presos o escondidos, su VI Congreso, autodenominado “Congreso de Unificación”.
A pesar del golpe, la organización había sido reforzada con el aporte de
mencheviques de izquierda, muchos grupos socialdemócratas “independientes” y de
la Mezrayonka en la que militaban León Trotsky y sus
colaboradores más cercanos. Con-
157
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
taba con 170.000
militantes, 40.000 de los cuales concentrados en
Petrogrado. Escribe
Pierre Broué:
(...) la fuerza del partido unificado
viene de la fusión total de las diferentes corrientes, al menos en tan gran
medi-da como la diversidad de itinerarios que les han llevado, a través de una
serie de años de lucha ideológica, a la lucha común en pro de la revolución
proletaria. La dirección ele-gida en agosto es fiel reflejo de la relación de
fuerzas. […]. El partido bolchevique protagonista de octubre, que para el mundo
entero habrá de ser “el partido de Lenin y Trotsky”, acaba de nacer: como lo
afirma Robert V. Daniels, “la nueva dirección lo era todo salvo un grupo de
disciplinados papa-natas” (Broué, 1973: 121-122).
Más que eso: llegó
a ser y comportarse como una magnífica di-rección colectiva, en la
que se potenciaron las capacidades individua-les y la independencia de
criterios con que cada uno de ellos actuaba y se posicionaba (en la derecha, el
centro o la izquierda, según las discusiones), teniendo como eje a Lenin con su
autoridad política y modo de ejercerla. Basta con leer las actas de las
reuniones del Comi-té Central23 para advertir que la leyenda negra sobre el
“monolitismo” del bolchevismo y la “dictadura personal” de Lenin no tiene nada
que ver con el bolchevismo de 1917.
158
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
Con respecto al contenido mismo de las discusiones, además de la crítica
y autocrítica sobre el desempeño y responsabilidades de los diversos organismos
del partido durante las jornadas de julio, el con-greso debió asumir que la
revolución ingresaba en una nueva fase, que Lenin presentó crudamente:
Todas las esperanzas de un desarrollo
pacífico de la revolu-ción rusa se han desvanecido para siempre. La situación
ob-jetiva es esta: o la victoria completa de la dictadura militar o el triunfo
de la insurrección armada de los obreros, triunfo que solo es posible si
coincide con un alzamiento decidido de las masas contra el gobierno y contra la
burguesía, origi-nado por la ruina económica y la prolongación de la guerra
(Lenin, 1985 tomo 34: 3).
Mucho más discutida fue la afirmación de que la consigna “¡Todo el poder
a los soviets!” había dejado de ser justa debido a que el poder efectivo ya
había pasado a manos de la dictadura militar y se había consumado “la traición
total y evidente de los eseristas y men-cheviques a la revolución” (Ibíd.: 5).
Semanas después pudo verse que el régimen de la “doble impotencia” no se había
transformado aún en dictadura militar y que el intento de
imponerla generaría nuevas y mayores convulsiones. Pero más allá de énfasis
discutibles, la pers-pectiva de Lenin era planteada en términos dialécticos y
sujetos a la prueba de la lucha de clases:
El poder en manos del proletariado,
apoyado por los cam-pesinos pobres o los semiproletarios: tal es la única
salida, y ya hemos dicho cuáles son las circunstancias que pueden contribuir a
acelerarla de manera extraordinaria. En esta nueva revolución podrán y deberán
surgir los soviets, pero no serán los soviets actuales, no
serán órganos de concilia-ción con la burguesía, sino órganos de lucha
revolucionaria contra ella. Cierto que también entonces propugnaremos la
organización de todo el Estado según el tipo de los soviets. No se trata de los
soviets en general, sino de la lucha frente a la contrarrevolución actual y
frente a la traición de los so-viets actuales (Ibíd.: 19).
159
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
El congreso
ratificó la orientación de llevar la revolución hasta el fin, la reivindicación
de un Estado de tipo soviético y el horizonte del socialismo, pero el cómo y el
cuándo quedaban sujetos a la discusión y a la prueba de la lucha de clases. No
ocurrió exactamente según lo previsto en abril, ni en julio… pues la situación
cambió nuevamente con el brusco viraje que se produjo en agosto-septiembre
hasta des-embocar en la insurrección y el II Congreso de los Soviets, en
octubre.
4. La derrota de
la Kornilovchina
La burguesía
contrarrevolucionaria reclamaba abiertamente un gobierno fuerte, capaz de
actuar manu militari. El 22 de julio Ke-rensky designó al
general Kornilov jefe plenipotenciario del ejército y dos días después los
kadetes reingresaron al gobierno. Kerensky y Kornilov coincidían en que era
necesario un régimen autoritario y juntos tramaban imponerlo trayendo tropas
desde el frente… pero era inevitable que chocaran, porque en el sillón de
Bonaparte solo entraba uno.
En el campo de la
revolución, superado el trauma de julio, el movimiento obrero trataba de
controlar las empresas, en el campo se generalizaba la ocupación de tierras y
crecía el respaldo a los bol-cheviques que, sin embargo, se orientaban con
dificultad en las nue-vas condiciones. “Ahora la tarea consiste en tomar
el poder nosotros mismos y declararnos gobierno en nombre de la paz,
de la tierra para los campesinos y de la convocatoria de la Asamblea
Constituyente” (Lenin, 1985 tomo 34: 82), apuraba un Lenin que, desde lejos, no
lo-graba convencer al Comité Central, ni llegar al conjunto del partido.
Así las cosas, el
27 de agosto un brusco viraje nuevamente puso a prueba la capacidad de reacción
de los bolcheviques. Advirtiendo el peligro de que Kornilov (alentado por
Miliukov y otros) lo despla-zara, Kerensky lo destituyó, el general denunció
entonces que el go-bierno había caído en manos de los extremistas y decidió
avanzar sobre Petrogrado para salvar a la Rusia y “ahorcar de ser necesario a los
dirigentes del Soviet”. En la madrugada del día 28, con las tropas del Tercer
Cuerpo de Ejército próximas a la ciudad, el Comité Ejecu-
160
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
tivo Central del Soviet llamó a los bolcheviques para conformar un
“Comité de Lucha Frente a la Contrarrevolución”. Los bolcheviques no podían
apoyar a Kerensky ni comprometerse en acuerdos con los partidos comprometidos
con la represión del 5 de julio, pero sabían que era necesario aplastar a
Kornilov y que eso era lo que por enci-ma de cualquier otra cosa querían los
trabajadores. De modo que se volcaron a los comités de lucha que brotaron como
hongos, para mo-vilizar y organizar al pueblo, conseguir armas y municiones…
Como escribiera Lenin:
¿En qué consiste el cambio de nuestra
táctica después de la sublevación de Kornílov? En que cambiamos la
forma de nuestra lucha contra Kerenski. Sin debilitar un ápice
nues-tra hostilidad contra él, sin retirar una sola palabra dicha en su contra,
sin renunciar al objetivo de derribar a Kerenski, decimos: hay que tomar
en cuenta el momento; no vamos a derrocar a Kerenski en seguida; ahora
encararemos de otra manera la tarea de luchar contra él, a saber: explicando al
pueblo (que lucha contra Kornilov) la debilidad y las vacila-ciones de
Kerenski. También antes se hacía esto. Pero ahora pasa a ser lo
fundamental; en esto consiste el cambio (Lenin, 1985 tomo 34: 124).
(…) todos los agitadores del partido
fueron movilizados para actuar al día siguiente en los distritos obreros. Más
importan-te aún, muchos bolcheviques fueron elegidos para coordinar la
preparación de la defensa por las principales organizacio-nes de masas de la
capital. En síntesis, con plena conciencia de las diferencias entre sus propios
objetivos y los de Kerensky, y desconfiando de una estrecha colaboración con
los socialistas moderados, los militantes del Comité de Petersburgo sumaron sus
esfuerzos a los de otros grupos de izquierda y dirigieron su gran capacidad
organizativa, recursos y energía a la lucha con-tra Kornilov (Rabinowitch,
1976: 173).
161
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
El Comité Central
precisó por telegrama dirigido a los comités de toda Rusia el 29 de agosto:
“Con el fin de rechazar a la contrarre-volución, estamos trabajando en
colaboración con el Soviet a nivel técnico e informativo, siempre manteniendo
nuestra posición política independiente” (Rabinowitch, 1976: 175). Los
bolcheviques (algunos, como Trotsky fueron liberados de la cárcel para hacerlo)
se pusieron al frente de la lucha contra la Kornilovchina y
desde los soviets orga-nizaron una formidable movilización aplastó el intento
golpista. No solo terminó preso Kornilov, sino que algunas decenas de oficiales
comprometidos con el golpe fueron sumariamente ajusticiados por soldados y
marineros. El prestigio y autoridad política de los bolche-viques creció en flecha.
El 31 de agosto el Soviet de Petrogrado vota una resolución reclamando el
traspaso del poder a los soviets, el 9 de septiembre condena la coalición con
la burguesía en el Gobierno Provisional y el 23 Trotsky es designado al frente
del Soviet de Petro-grado. Los mencheviques perdieron el control de los soviets
en las ciudades más importantes, y también comenzó el desbande hacia la
izquierda en la organización de los socialistas revolucionarios.
Ahora se ha producido en la
revolución rusa un viraje tan brusco y original que, como partido, podemos
proponer un compromiso voluntario (…) a nuestros adversarios más próxi-mos, a
los partidos “dirigentes” de la democracia pequeño-bur-guesa: los eseristas y
los mencheviques.
Como una mera excepción, únicamente
forzados por una si-tuación especial que, al parecer, se mantendrá solo
poquísimo tiempo, podemos proponer un compromiso a esos partidos y, a mi
juicio, debemos hacerlo.
Es un compromiso, por nuestra parte,
retornar a la reivindi-cación de antes de julio: todo el poder a los soviets,
formación de un gobierno de eseristas y mencheviques responsable ante los
soviets.
Ahora, solo ahora, y quizás apenas
durante unos pocos días o por una o dos semanas, un gobierno de ese
tipo podría for-marse y afianzarse de un modo completamente pacífico (Lenin,
1985 tomo 34: 139).
162
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
Mientras Kerensky conformaba un “Directorio” sin kadetes, todas las
expectativas estaban puestas en la Conferencia Democrática (con-vocada por el
CEC) a fin de abordar la cuestión del gobierno. Kamenev y los bolcheviques
moderados hicieron ingentes esfuerzos para que mencheviques-SR optaran por
conformar un gobierno de los partidos socialistas basado en los soviets para
llegar a la Constituyente, y el mis-mo Lenin manifestó que si los mencheviques
y eseristas mantenían el anunciado propósito de no colaborar con un gobierno en
que parti-ciparan los kadetes, los bolcheviques podían estar dispuestos a dejar
de lado la perspectiva insurreccional y competir pacíficamente por el poder en
los soviets. Pero la conferencia terminó sin resolver nada pre-ciso, y el 25 de
septiembre los dirigentes mencheviques-SR volvieron a unirse con Kerensky y
kadetes en un deslucido gabinete de coalición. La capitulación quiso
disimularse con un “Pre Parlamento” carente de facultades y la mayoría del CC y
de los delegados bolcheviques en la Conferencia estuvo a punto de caer en la
trampa, proponiendo man-tenerse en el preparlamento “para no quedar aislados”…
Pero después de una furibunda presión de Lenin y el ala más radicalizada los
bolche-viques decidieron “patear el tablero”24 y el 7 de octubre, día de la
inau-guración, Trotsky denunció la inutilidad del Pre Parlamento terminando su
discurso con estas palabras: “¡La revolución está en peligro! ¡Todo el poder a
los soviets!” tras lo cual los bolcheviques dejaron el recinto para fusionarse
con los de abajo. Como recordó años después Miliukov, el jefe de los kadetes:
“Hablaban y obraban como hombres que se sentían apoyados por la fuerza y sabían
que el día de mañana les pertenecía”.
5. El cuándo y cómo
de la insurrección
Se suele decir que la Revolución de Octubre fue un golpe urdido por un
hombre y ejecutado a espaldas del pueblo por una minoría fa-natizada. La
acusación no resiste la menor confrontación con lo ocu-rrido. Desde su refugio
en Finlandia, hacia mediados de septiembre Lenin comenzó a machacar con la
idea de que “los bolcheviques pue-den y deben tomar el poder
del Estado”, entre otras razones por el pe-ligro cierto de que Petrogrado
cayera en manos del ejército alemán:
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n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
No se trata del “día” de la
insurrección, de su “momento”, en el sentido estrecho de la palabra. Eso lo
decidirá única-mente la voluntad común de los que tienen contacto con
los obreros y los soldados, con las masas. Se trata de que nuestro
partido tiene ahora, de hecho, en la Conferencia Democrática su congreso,
y este congreso debe (quiéralo o no, pero debe) decidir
el destino de la revolución. Se trata de conseguir que esta tarea sea
clara para el partido: plan-tear al orden del día la insurrección
armada en Petrogrado y Moscú (comprendida la región), conquistar el
poder, de-rribar el gobierno. Hay que pensar en cómo hacer
agitación en pro de esta tarea, sin expresarse así en la prensa. Re-cuerden y
reflexionen sobre las palabras de Marx respecto a la insurrección: “La
insurrección es un arte”, etc.` (Lenin, 1985 tomo 34: 249)
Una vez más, Lenin
estaba en completa minoría: Kamenev y la mayoría del Comité Central se oponía a
la insurrección, Trotsky es-taba a favor, pero consideraba que la insurrección
debía prepararse con formulaciones defensivas y en el marco de la legalidad
soviética, otros vacilaban. Lenin alertaba que dejar pasar el momento opor-tuno
arruinaría todo, sería un crimen político. A quienes alegaban que existía
pasividad en las masas, o proponían esperar, respondía: “ya contamos con el
apoyo de la clase revolucionaria en todas las ciudades importantes, es ‘Ahora o
nunca’ ”. Es verdad que las vacila-ciones de algunos dirigentes los colocaba a
la retaguardia de las ma-sas, pero también era cierto que muchos de los mejores
militantes (decididos y probados cuadros proletarios de Petrogrado, marineros
de Kronstadt y la Flota del Báltico, artífices de la Organización Militar)
advertían que, a diferencia de momentos anteriores, los trabajado-res y
soldados esperaban hechos, indicaciones prácticas de que si se los
convocaba sería para una batalla decisiva. Y señalaban también
que en tal caso la masa esperaba ser convocada por los órganos
sovié-ticos, y no solo o directamente por el partido bolchevique. El
desa-rrollo de los acontecimientos mostró que esas opiniones no estaban
desencaminadas, y que de una u otra manera Lenin y Trotsky las tuvieron en
cuenta.
164
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
Para terminar con dilaciones y malos entendidos, Lenin decidió, por su
cuenta y riesgo, regresar e instalarse clandestinamente en Pe-trogrado. Exigió
que se reuniera la dirección y con su participación per-sonal el CC aprobó (10
votos contra 2) preparar la insurrección. Aun así, fue necesario que una nueva
reunión del Comité Central, ahora ampliado, el 16 de octubre para insistir en
que esa era la tarea in-mediata de todo el partido. De manera convergente, la
preparación política y “técnica” de la insurrección fue encarada desde un
órgano del Soviet de Petrogrado. Trotsky había logrado que la guarnición
de-cidiera obedecer solo órdenes emanadas del Soviet y este aprobó el 9 de
octubre la conformación de un Comité Militar Revolucionario para asegurar la
defensa de la capital y la realización del II Congreso de los Soviets, en el
que estaban depositadas todas las miradas y esperanzas del proletariado. El
órgano encargado de conjurar la amenaza de la contrarrevolución y/o la entrega
de la ciudad al ejército alemán (que ya se había apoderado de Riga) sería
también el de la insurrección. Estu-vo integrado por cinco eseristas de
izquierda, cinco anarquistas y seis bolcheviques y fue conducido por Trotsky,
Vladimir Antonov-Ovseenko y el marinero Pável Dybenko (SR de izquierda). El 22
y 23 de octubre el CMR instaló delegados en todas las unidades militares…
Recién en-tonces reaccionó Kerensky, que había sobreestimado su autoridad y
fuerza militar y esperaba que algún paso en falso de los bolcheviques le
permitiría literalmente aplastarlos. Reclamó a la Stavka tropas
del frente que no llegaron y en la mañana del 24 intentó un golpe de efecto
clausurando el local e imprenta del diario bolchevique, ordenó detener
nuevamente a los dirigentes procesados por las Jornadas de Julio (casi todos
liberados para enfrentar la Korniloviada), movilizó a los cadetes
de la academia militar y al Batallón de Mujeres.
Inmediatamente, el CMR reabrió Pravda, distribuyó armas a
los Guardias Rojos, convocó efectivos de Kronstadt y la Flota del Báltico y,
dando ya un paso ofensivo, dispuso la ocupación de los puntos estra-tégicos de
la ciudad y el arresto de los miembros del gobierno, pero debido a imprevisiones
y errores técnicos el Palacio de Invierno fue tomado muchas horas después. De
todas maneras, ya al promediar la mañana del 25 de octubre, se anunció que el
gobierno burgués había sido depuesto.
165
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Así, en la fecha
fijada, el II Congreso Panruso de los Soviets de Obreros y Soldados pudo
reunirse, asumir el poder y comenzar a sentar las bases políticas e
institucionales del régimen soviético. Fue un paso no exento de tropiezos y
contradicciones, a las que ya nos hemos referido (y probablemente volveremos a
hacerlo) en otros tra-bajos. Nos limitaremos entonces a destacar la importancia
histórica del manifiesto “A todos los soldados y campesinos” aprobado cuando
finalizaba la larga noche del 25 de octubre, así como también de las
intervenciones con que Lenin presentó, al día siguiente, los célebres decretos
“Sobre la paz” y “Sobre la tierra”. Todo esto ha sido narrado con insuperable
elocuencia en Diez días que conmovieron el mundo por John Reed
o en la Historia de la Revolución Rusa, por León Trotsky. El
congreso terminó eligiendo como órgano ejecutivo del flamante ré-gimen un
Concejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom) íntegramen-te bolchevique25 y un nuevo
Comité Ejecutivo Central del Soviet de Obreros y Soldados, este sí pluralista:
62 bolcheviques, 29 socialistas revolucionarios de izquierda y 10
socialdemócratas internacionalistas de imprecisa filiación partidaria.
Notas
1. El breve comunicado
estaba suscripto por “los miembros del Comité Central en el exterior”, que no
eran otros que Gregory Zinoviev y el mismo Lenin.
2. Los mencheviques
Guozdev, Chkheidzé y Skobelev, socialdemócratas indepen-dientes y
representantes de todos los grupos socialistas (trudovikes, eseristas,
bolcheviques, grupo interdistrital, bundistas...), unos 40 en total,
constituyeron el Comité Ejecutivo Provisional del Soviet, con amplia mayoría de
“socialistas mode-rados”.
3. Era un documento
impreciso que eludía las cuestiones sustantivas: no fijaba plazos para la
convocatoria a la Asamblea Constituyente, ni decía nada sobre lo que para la
mayoría de la población resultaba inaplazable: el fin de la guerra que exigían
los soldados, la jornada laboral de 8 horas que reclamaban los obreros y la
entrega de tierras que demandaba el campesinado.
4. La orden disponía
la elección de comités de soldados en las unidades, aseguraba el pleno
ejercicio de libertades cívicas a la tropa incluso en los frentes de guerra y
establecía que en cualquier asunto de índole política los soldados solo
cumplirían órdenes avaladas por el Soviet.
166
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
5. En 1912 se había realizado un congreso del POSDR (desconocido por los
menche-viques). A partir de ese momento los socialdemócratas bolcheviques no se
con-sideraban ya una fracción sino partido, con un Comité Central (en el que
inicial-mente participaron también los llamados “mencheviques de partido”,
opuestos al “liquidacionismo”). El Comité de Organización que intentaron
oponerle Trotsky y los mencheviques fracasó por completo.
6. Los bolcheviques habían dirigido el movimiento huelguista de 1912-1913
ganado un respaldo mucho mayor que el de mencheviques y eseristas. Sin embargo,
du-rante la guerra, los diputados bolcheviques fueron encarcelados, el Comité
Cen-tral interior desarticulado y la organización clandestina
dañada. “Los bolcheviques permanecen 16 meses sin dirección efectiva.
Centenares de militantes son deteni-dos, encarcelados o deportados, otros se
encuentran en el ejército (…) Cuando, a partir de 1916, los obreros empiezan a
integrarse de nuevo en la lucha, la fracción bolchevique cuenta, como máximo,
con 5.000 miembros en una organización que poco a poco se ha reconstruido”
(Broué, 2005: 34).
7. Los tres estaban
deportados en Siberia y fueron liberados por la revolución.
8. En una reunión con
los delegados que bolcheviques y mencheviques habían envia-do a la conferencia
de los soviets reunida en esos días.
9. Este congreso se realizaría a fin de julio y comienzo de agosto de 1917,
pero el nombre de Partido Comunista de Rusia (bolchevique) recién
se adoptó en el congre-so de marzo de 1918.
10. La crisis fue
provocada por declaraciones en las que el gobierno prometía a los Aliados
“proseguir la guerra hasta la victoria”.
11. No fueron solo escaramuzas con exaltados de derecha, pues el general
Kornilov y Miliukov habían concentrado tropas para lanzarlas en contra de la
izquierda. El intento represivo quedó en la nada pues fue desautorizado por el
Comité Ejecutivo del Soviet.
12. Solo modificará este punto de vista en 1923, después de que la derrota
del proleta-riado alemán alejó por tiempo indefinido la posibilidad de que
nuevas victorias de la revolución en Europa quebrasen el aislamiento de la
República Soviética.
13. Sobre esto había
polemizado en 1903 en contra de posturas de la socialdemocra-cia alemana y
Kautsky.
14. El asunto merece un repaso crítico y autocrítico de largo aliento,
revisitando las tempranas caracterizaciones sociales y políticas que sobre el
campesinado ruso hicieron los socialdemócratas en general y las de Lenin en
particular, sus difíciles relaciones con los eseristas de izquierda, los
errores y excesos cometidos por el Partido/Estado cuando intentó “llevar la
lucha de clases a la aldea”, las rectifica-ciones intentadas con la NEP y las
últimas e inacabadas reflexiones de Lenin en
1922-1923.
15. La invalorable
experiencia de los cuadros obreros forjados en la Revolución de
1905, de los
“revolucionarios profesionales” que en años de paciente y gris trabajo
167
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
conspirativo fueron
capaces de tejer lazos con las luchas y lo mejor del activismo, del audaz
aprovechamiento de las oportunidades de militancia legal o semi-legal que
abriera el ascenso de 1912-1914.
16. A diferencia de
tantísimas organizaciones “leninistas” en las que esa misma ex-presión concede
peso estatutario al método de “ordeno y mando” de secretarios generales,
comités centrales y otros “cuerpos orgánicos”.
17. Aunque no en toda
la capital, debido a la oposición del Comité Ejecutivo.
18. Para esto los
bolcheviques comenzaron a unificar campañas y candidaturas con otros grupos de
la izquierda socialdemócrata. Los mencheviques perdieron rápi-damente el apoyo
que tenían entre los obreros calificados, pero los eseristas con-servaban su
liderazgo entre los menos calificados, con vínculos familiares en el campo e
identificados con la consigna “Tierra y Libertad”.
19. “El Congreso (...)
era con toda seguridad el organismo más representativo y demo-crática de Rusia.
Los 1.090 delegados representaban 305 soviets de obreros y de soldados locales,
53 órganos soviéticos regionales y 21 organizaciones militares,
822 con derecho a
voto pleno. Políticamente existió un marcado predominio de los socialistas
revolucionarios con 285 miembros y los mencheviques con 248 delega-dos, contra
105 bolcheviques y otros miembros de pequeños grupos socialistas y 73 delegados
independientes. La superioridad de los dos partidos socialistas mo-derados en
el congreso se debía principalmente a su predominio en los soviets de las
provincias y en las organizaciones del frente. En Petrogrado los bolcheviques
ya tenían en ese momento muchos más seguidores. Pero en el congreso, sin
em-bargo, la mayoría socialista no tuvo inconvenientes para imponerse en todas
las decisiones políticas (Anweiler, 1974: 124).
20. Los anarquistas sí
hablaban de “derrocar al Gobierno Provisional, no para pasar el poder al Soviet
´burgués´, sino para tomarlo en nuestras propias manos” y con-formaron un
“Comité Militar Revolucionario” que no tuvo rol algún. Pero no era la
orientación de la OM y menos aún la del Comité de Petrogrado que solo se sumó a
la acción cuando comprendió que no podía detenerla ¡y mucho menos la de Lenin,
que estaba en Finlandia y regresó a Petersburgo el 4 al mediodía!
21. Plejanov y la
prensa de extrema derecha lanzaron la campaña de que Lenin había sido un
provocador, un espía y un agente pago al servicio de Alemania, y sobre esa base
el gobierno falsificó “pruebas” completamente inverosímiles.
22. Para no ser
asesinados, Lenin y Zinoviev debieron pasar a la clandestinidad y ocul-tarse en
Finlandia.
23. Ver Los
Bolcheviques y la Revolución de Octubre. Actas del CC del POSDR (bolchevique).
Córdoba: Pasado y Presente, 1972.
24. Kamenev y la
mayoría de la fracción bolchevique en la conferencia eran partidarios de
permanecer en el Pre Parlamento, pero en una “reunión ampliada” con la
enérgi-ca presión de los cuadros más ligados al movimiento de masas se impuso
la posición defendida por Lenin y Trotsky: boicotear y retirarse del pseudo
Parlamento.
168
Lenin y los bolcheviques en 1917 n
25. Inicialmente se había previsto un gobierno de composición pluralista con
mayoría bolchevique, pero la deserción de los mencheviques internacionalistas
de Martov, la reticencia de los eseristas de izquierda y, sobre todo, la
proclamación del “Co-mité Pan ruso de Salvación del País y la Revolución”
(mencheviques, SR y kadetes) desconociendo el Congreso de los Soviets, llevó a
designar un gobierno puramente bolchevique. Fue un paso que en las semanas
siguientes detonó una crisis: “11 miembros del gobierno y 5 del Comité Central
del partido, entre los cuales Kame-nev y Zinoviev, protestaron, manifetándose
en contra de ‘mantener un gobierno puramente bolchevique por medio del terror’
y apoyaron las iniciativas de los SR de izquierda y de una fracción de los militantes
obreros bolcheviques partidarios de la formación de un gobierno socialista de
unidad. Lenin trató de minimizar el asunto, pero cedió al menos parcialmente y
el 26 de noviembre entraron al gobierno 3 SR de izquierda.” (Dullin, 1994: 13).
169
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173
Posfacio a tres
voces
Para cerrar este volumen, hemos apelado al comentario de com-pañeras/ros
que alentaron con observaciones y sugerencias la gesta-ción del libro. Antonio
Louçã, María Orlanda Pinassi y Silvio Schachter, con énfasis y acentos
diversos, llaman la atención sobre distintos aspectos de estos ensayos y
coinciden en señalar que esta reflexión histórica es indisociable de los
debates y combates del presente.
175
Una reflexión que lleva por caminos innovadores
Antonio Louçã
Ya desde la primera línea del prólogo, Aldo Casas nos advierte que los
ensayos contenidos en este tomo no están escritos por un historiador sino por
un militante. Concluida la lectura, queda claro que la advertencia no apuntaba
a liberarse de los deberes del rigor histórico. Habiendo compulsado el autor,
de manera amplia y siste-mática, la literatura que en los últimos años se
produjo sobre la Revo-lución Rusa, tales deberes fueron sobradamente cumplidos.
A lo largo del texto, no encontramos hechos inéditos, aunque sí algunos
que surgen de investigaciones recientes. Encontramos, sobre todo, una reflexión
que lleva por caminos innovadores. No se trata, en modo alguno, de proclamar
algún corte epistemológico con tono sensacionalista. Los caminos verdaderamente
innovadores se hacen con los pies sobre la tierra, y no con destellos
efectistas o modas de efímera popularidad.
El bolchevismo dirigió el proceso revolucionario por haber asu-mido,
desde la aprobación de las Tesis de Abril, la estrategia de “todo
el poder a los soviets”. Es una vieja verdad, conocida e inmune a cual-quier
sofística revisionista. Pero no es una verdad que pueda ser leí-da de manera
lineal y simplista. Reclamar el poder para organismos que no lo querían, era
desde el inicio una apuesta riesgosa. Incluso Lenin, el más enérgico promotor
de la estrategia soviética, tuvo en cierto momento sus dudas. Después de la ola
represiva que siguió a las Jornadas de Julio, fueron más que dudas: llegó al
convencimiento
177
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
de que era
necesario un cambio de rumbo, batalló por eso y, durante un breve lapso,
consiguió que su partido desplazara la atención hacia los comités de fábrica
como organismos decisivos de la revolución.
Parecía así
esbozarse un regreso a los soviets de 1905, organis-mos del proletariado, que
nunca llegaron a extenderse ampliamente desde los centros industriales hacia el
campo o las filas del ejército. En febrero de 1917, en un contexto de colapso
de la autocracia, el prestigio que los soviets conservaban en la memoria
colectiva ha-bía contribuido a hacerlos brotar por todas partes. Y,
naturalmente, lo que se ganaba en cantidad y en extensión parecía,
inicialmente, perderse en madurez y firmeza política. Las tradiciones de lucha
del proletariado se diluían en un océano de ingenuidad de los campesi-nos, con
y sin uniforme. Los partidos partidarios de la guerra tuvieron amplia
preponderancia y rápidamente invocarían esa mayoría en los soviets para
reprimir a la vanguardia proletaria.
Lenin, que a lo
largo de su vida con frecuencia debió combatir el celo de discípulos demasiado
esquemáticos, también ahora desmitifi-có cierto fetichismo de la forma
soviética. La función hace al órgano: si eseristas y mencheviques se mantenían
a la cabeza de los soviets y allí imponían una política belicista, la esencia
misma de los organismos cambiaría, a punto tal que pronto se encontrarían del
otro lado de la barricada, combatiendo a la revolución que los había creado. El
mismo Lenin que, en las Tesis de Abril, preconizara el pasaje de
todo el poder a manos de los soviets, aparecía cuatro meses después recordando
al partido que, en tiempos de revolución, todo cambia rápidamente, que los
soviets no son una vaca sagrada y que podrían ya haber cambiado demasiado como
para que siguieran siendo una alternativa de poder.
Todo esto sería una
brillante ilustración del hiperempirismo dia-léctico de Lenin, según la famosa
expresión de Gurvitch, si la Historia no hubiese, en definitiva, seguido otros
caminos. Lenin sacó conclu-siones precipitadas del viraje de julio, los soviets
no estaban perdidos para la revolución y no tardarían en recuperar un papel
central en los siguientes desarrollos. Ahora bien: si Lenin tuvo buenas razones
y altamente dialécticas para cuestionar la validez de los soviets pero a pesar
de ello se equivocó ¿cuáles habrán sido las malas razones que lo condujeron al
error?
178
El foco del trabajo de Aldo Casas no está dirigido a responder esa
cuestión, pero los elementos que aporta para una respuesta son un ejemplo de su
principal contribución para la comprensión de la Revolución Rusa un siglo
después. Lenin tenía sobre el campesinado una visión mucho más realista que la
de la socialdemocracia alema-na, con su soberbia obrerista. También sobre el
potencial revolucio-nario del campesinado, tenía una visión mucho más aguda que
la de Plejanov, y no consideraba que debiera esperarse a que el capitalis-mo
proletarizara a la masa campesina para que la revolución fuese posible. A
diferencia de Rosa Luxemburgo, entendía que la entrega de la tierra a los
campesinos, aunque fuese una herejía programática, era un riesgo que debía
correrse.
En julio de 1917, la comprensión de Lenin sobre la cuestión cam-pesina
era ampliamente superior a la de sus contemporáneos social-demócratas, de
izquierda o derecha, y no sólo por la atención que pu-siera en el tema, sino
también porque podía sintetizar la sensibilidad colectiva del partido. El
bolchevismo se construyó pacientemente du-rante largos años; creció y maduró
después, audazmente, de los pocos meses posteriores a la revolución de febrero.
Como señala Aldo Casas,
(…) en pocas semanas se incorporaron
muchas decenas de miles de militantes que, con el empuje y dinamismo de la
revolución en curso, pudieron aprovechar la experiencia acumulada en la
organización de Lenin sin el fardo de pre-juicios y rencores de viejas luchas
fraccionales. Los bolche-viques pudieron dirigir la revolución porque se
atrevieron a que esta revolucionara al partido.
De ese modo, agrega
también nuestro autor, el bolchevismo
(…) llegó a ser y a comportarse como una
magnífica direc-ción colectiva, en la que se potenciaron las capacidades
in-dividuales y la independencia de criterio con que cada uno de ellos actuaba
y se posicionaba.
Pero, a pesar de
todo ello, el bolchevismo seguía prisionero de un dilema característico de la
socialdemocracia del siglo XIX. Una de las
179
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
posibilidades
entonces admitidas era que el campesinado desempeña-ra un papel retrógrado y
conservador, aferrándose a las instituciones comunitarias de la aldea –el mir y
la obschina–, en contra de la moder-nización del campo. La otra
posibilidad era que la mayoría del campe-sinado renunciara a esas instituciones
tradicionales y luchase por la tie-rra para poder desarrollar una agricultura
capitalista (según el modelo americano, opuesto al modelo prusiano). En este
segundo escenario, los campesinos podrían participar activamente en la
revolución, pero existiría siempre un conflicto al menos latente entre la
ambición de enriquecerse, de kulakizarse, y el rumbo socialista
deseado por la van-guardia proletaria.
Una tercera
variante hubiera consistido en ver que el apego de los campesinos a la comuna
rural era una forma de resistencia a la devastación social que se agravaba,
especialmente desde las reformas de Stolypin. Las diversas corrientes marxistas
que discutían las dos pri-meras posibilidades, tendían a rechazar la tercera
variante considerán-dola un producto de los preconceptos románticos y
eslavófilos del po-pulismo. Los populistas habían fracasado con la estrategia
terrorista, y sus descendientes eseristas fracasaron después capitulando al
belicis-mo: todo lo que dijeran parecía desacreditado por el solo hecho de que
lo dijeran ellos... Pero incluso un reloj que no funciona marca la hora
correcta alguna vez. El caso es que polemizando con el populismo en el viraje
de siglo, las distintas corrientes marxistas perdieron de vista datos
importantes para abarcar la cuestión campesina en su totalidad.
Todo eso tenía
inevitablemente implicaciones para la política que se debía impulsar en los
soviets. Si los campesinos solo podrían ser una reacción oscurantista y
precapitalista, o una pequeño burguesía ávida por acumular riqueza, su amplia
representación en los soviets constituiría seguramente un factor reaccionario.
Y no sorprende que fueran vistos como la base social de la radicalización
contrarrevolu-cionaria de quienes tenían la mayoría en los soviets, en julio y
agosto, así como tampoco es sorprendente la nostalgia por los soviets
prole-tarios de 1905, que por entonces ocasionalmente resonaba en algún
discurso bolchevique.
En verdad, sin
embargo, la proliferación de soviets que comenzó en febrero no venía a
contaminar la revolución proletaria con el virus de
180
clases intermedias
y vacilantes. Sacaba a la superficie, en cambio, la na-turaleza profunda de la
revolución, plebeya, como la define Aldo Casas:
(…) una revolución hecha por el narod,
en el sentido etimo-lógico-político que el término ganó en la Rusia desde 1905:
pueblo trabajador (obreros, campesinos, plebe urbana) en-frentado a la nobleza
terratenientes y burgueses.
Y esta alianza de clases amplia permitía augurar a la revolución de 1917
más posibilidades de victoria que la de 1905, y permitía espe-rar que llegara
más lejos, como efectivamente llegó.
Si el bolchevismo supo dar marcha atrás después de haber prácticamente
decretado que los soviets habían muerto para la re-volución, se debió a varios
factores. Por un lado, como dice Aldo Ca-sas, la misma vanguardia proletaria de
Petrogrado, a pesar de su ya irreconciliable antagonismo con la mayoría del
soviet, “no veía posi-ble abandonar los soviets. Esto hubiera significado
romper con los obreros, soldados y campesinos del resto de Rusia”. Por otro
lado, el bolchevismo supo escuchar y cambiar su juego. Escuchó no solo a la
vanguardia proletaria, sino también las señales de una realidad en que ya
la jacquerie campesina se extendía por todo el país y los
sol-dados seguían poniendo límites a la libertad de conspiración de los
oficiales. Pronto la respuesta popular a la Korniloviada confirmaría
el papel central de los soviets en la revolución.
De todas maneras, la verdad es que fueron razones inmediatis-tas, de
pragmatismo y buen sentido, las que hicieron que el bolche-vismo rectificara el
paréntesis ultraizquierdista que tuvo en el “vera-no caliente” de 1917. Entre
los factores de esa rectificación no hubo ninguna revaloración de fondo en
cuanto al papel del campesinado en la revolución. El mismo Lenin, que muy
tempranamente se había destacado por valorar ese papel, mantenía, según nuestro
autor,
(…) la convicción, mucho más discutible,
de que la penetra-ción del capitalismo en el campo había quitado toda
rele-vancia a la tradicional comuna rural (obschina o mir),
que la masa campesina era una inmensa y oscilante capa pe-queñoburguesa y que
el proletariado urbano debía buscar
181
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
sus aliados entre braceros y los campesinos pobres para neutralizar la
influencia de los Kulaks.
Habiendo sido
coyunturales los motivos que llevaron a “rehabili-tar” los soviets, tenía que
llegar después, desde arriba, una y otra vez, la crispación del poder
bolchevique en relación al campesinado. De allí surgiría la idea de “llevar la
lucha de clases a la aldea”, fabricando ex nihilo comités de
campesinos pobres, incluso antes de la guerra civil, disputando
terreno, ya entonces, a los soviets campesinos real-mente existentes. Y si
durante la guerra civil las requisas podían ex-plicarse por un estado de
necesidad militar, también es cierto que la visión reduccionista del papel del
campesinado no ayudaba a limitar los daños que el poder soviético estaba
causando, a mediano plazo, a las perspectivas de la alianza obrero y campesina.
El bloque social
que en la difícil primera fase de la guerra per-mitió imponerse a los ejércitos
blancos y las catorce potencias inva-soras, rápidamente se desgastó debido a la
política de requisas. Du-rante la segunda fase, a pesar de la superioridad militar
que mientras tanto había obtenido, el Ejército Rojo tuvo muchas dificultades
para dominar las fuerzas campesinas de Makhno y Antonov. El desgaste de la
alianza obrero y campesina también puso en riesgo el abasteci-miento de las
ciudades, condujo a una ola de huelgas en Petrogrado y, finalmente, a la
sangrienta represión de Kronstadt.
Una vez más el
bolchevismo supo corregir el juego, yendo al en-cuentro de los campesinos con
la política de la NEP. Y otra vez la rec-tificación fue inspirada por la
convicción de que los campesinos solo habían adherido a la revolución porque
querían, en último análisis, la modernización capitalista del campo. La
revolución quería otra cosa, pero estaba obligada a hacer concesiones. Algunos
de los bolchevi-ques considerarían esas concesiones como algo de largo aliento
y prolongada duración (recuérdese el famoso llamado de Bujarin: “Ku-lacs,
enriquecéos”), otros como un paréntesis necesariamente breve, hasta que
nuevamente el proletariado pudiera cargar sobre los cam-pesinos el peso mayor
de la crisis económica (recordar los análisis de Preobrazhensky, en ese tiempo
cercano a Trotsky, proponiendo una “acumulación socialista primitiva”).
182
En la cuestión campesina, el realismo bolchevique continuaba siendo, en
todo caso y en cualquiera de sus variantes, un realismo de concesiones al
capitalismo. En el fondo, las concesiones alimentaban el equívoco, que acabaría
disipándose, brutalmente, con la colectivi-zación forzada de la era
estalinista. Un realismo distinto, orientado a rescatar lo que pudiese haber de
revolucionario, transformador y potencialmente socialista en las viejas formas
de auto-organización del campo, parecía patrimonio exclusivo del populismo y no
mereció atención, a no ser polémica, del mismo Lenin.
Esto no significa que no debiera haber merecido una atención más
escrupulosa, que en realidad ya antes había merecido por par-te de Marx mismo.
Menos condicionado por la política inmediata, menos presionado por la necesidad
de disputar el terreno a par-tidos rusos competidores, Marx había entablado un
diálogo con la corriente populista en los últimos años de su vida, estudió el
tema de las instituciones comunitarias y acabó por emitir un juicio
con-dicional sobre el destino de ellas, admitiendo incluso que, en un marco
general de transformación socialista del continente europeo, podrían constituir
“el punto de apoyo para la regeneración social de Rusia”. Pero lo cierto es que
la correspondencia de Marx con Vera Zasulich solo fue publicada en 1924, y
Lenin, que murió ese año, no llegó por sí mismo a hipótesis tan audaces como
las de Marx sobre la comuna rural rusa.
El estudio que antes había publicado Aldo Casas sobre Karl Marx lo
capacitaba especialmente para comprender el impacto que tuvo en la revolución
rusa ese déficit teórico de la socialdemocracia en la cuestión de la comuna
rural. Que la resistencia de los campesinos a la reforma de Stolypin no tenía
un significado meramente retrógrado, como pretendía Plejanov, sino de hecho
anticapitalista y potencial-mente revolucionario. Y que llegaría a entroncar en
la lucha por la tierra, porque, según las palabras de Aldo Casas,
(…) las obschinas pretendían
garantizar la tenencia de las tierras prohibiendo su venta, a fin de impedir la
pobreza futura. Sus metas rebeldes se reflejaron en los famosos de-cretos
agrarios de la revolución de octubre.
183
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
O sea: los
campesinos entendieron el significado revolucionario de los decretos agrarios,
aunque el bolchevismo mantenía el escepti-cismo sobre el potencial socialista
de las metas campesinas.
No hay acá una
recuperación del populismo. Los campesinos bien podían tomar la iniciativa de
ocupar las tierras o los soldados la de “clavar las bayonetas en el suelo”;
todo eso bien podía ocurrir mientras la vanguardia obrera de Petrogrado todavía
se limitaba a ejercer el control de la producción y vacilaba en asumir la
gestión de las fábricas abandonadas por la patronal. Y nada de eso implicaba
que proletariado industrial pudiera ser sustituido como columna ver-tebral del
proceso revolucionario. Pero, al mismo tiempo, la madu-ración de su papel
dirigente debía implicar un conocimiento preciso de la realidad del campo.
Hacía falta empatía con el campesinado, sustentada en la comprensión de lo que
realmente lo movilizaba.
Considerar al
campesinado como un aliado con fuertes motivos para adherir a la revolución
hubiera sido un poderoso factor para el ejercicio de la democracia soviética.
Por el contrario, si el campesinado era considerado un efímero compagnon
de rute, la relación con la gran mayoría de la población tendería
forzosamente a convertirse en ins-trumental y manipuladora. Habría de
prevalecer la idea de conducir al socialismo a esa mayoría, lesionando algunos
de sus intereses funda-mentales e incluso violentando su voluntad. La
revolución tendría que desarrollarse sobre una base social coja y tendría que
compensar con voluntarismo de tipo jacobino el apoyo que le faltaba. El
bolchevismo tendría que mitificar Octubre como un momento mágico o catártico,
negando lo que Aldo Casas describe como “accidentada continuidad entre febrero
y octubre”, el carácter de la revolución como proceso.
Claro que no se
trata de invocar un argumento de autoridad de Marx contra Lenin y de imaginar
el rumbo democrático que la revolu-ción podría haber seguido si las reflexiones
de Marx sobre la comuna rural rusa hubieran tenido algún peso en el universo
intelectual y pro-gramático del bolchevismo. Al comienzo del siglo XX, el
movimiento obrero estaba todavía marcado por el culto positivista de la ciencia
y del progreso tecnológico. Cayendo en ese suelo adverso, los escritos de Marx
difícilmente podrían dar frutos inmediatos.
El trabajo de Aldo Casas sobre la
revolución rusa no es tanto un re-
184
proche hacia los
marxistas revolucionarios por haber ignorado escritos visionarios -demasiado
visionarios- de Marx, sino sobre todo la inclusión de experiencias de un siglo
de luchas en el modo de encarar esa revo-lución fundacional. Hace ya mucho que
la obschina y el mir no pasan de memorias
difusas, con mero interés arqueológico. Pero el modo en que los mejores
revolucionarios de 1917 lidiaron con la comuna rural sigue teniendo un interés
candente desde el punto de vista metodológico.
Si hoy puede proponerse una reflexión innovadora sobre esa realidad
desaparecida, es porque toda la historia posterior pone en cuestión el
entusiasmo ciego por el progreso científico y tecnológico. A lo largo del siglo
XX, los escritos perdidos y luego encontrados del Marx tardío fueron
elocuentemente confirmados por la defensa de las culturas indígenas que
asumieran Mariátegui o el zapatismo, entre otros, contra el engañoso avance
civilizatorio que el imperialismo decía traerles. Más recientemente, la piromanía
del gobierno Bolsonaro en la Amazonia esgrimió razones de desarrollo económico
pero terminó fi-nalmente ilustrando la estrecha imbricación entre ecocidio y
etnocidio.
Defender la
humanidad y defender el planeta contra la aplana-dora de la ganancia
capitalista: estos mandatos defensivos, enérgica-mente aplicados por
movimientos como Black Lives Matter o los Viernes por
el Clima, confirman retroactivamente la intuición de los campesinos rusos
apegados a sus instituciones comunales, y reafirman los escritos de Marx a
contramano de la cultura positivista de la socialdemocra-cia. Aldo Casas no
llamó la atención sobre esos escritos ni revisitó la Revolución Rusa por pasión
arqueológica. Lo hizo porque los grandes movimientos defensivos pueden ser la
palanca más poderosa para transformar un mundo que el capitalismo conduce a la
barbarie.
Lisboa, septiembre
de 2020.
Antonio Louçã
comenzó su vida política militando en la Revolución Portu-guesa de 1974.
Historiador y periodista, director de Versus (1983-1987),
autor de la biografía Varela Gomes “Que outros triunfem onde nós fomos
vencidos” (2016), y de innumerables artículos sobre Rosa Luxemburgo,
la Revolución Alemana y la Revolución Rusa. Es colaborador y miembro del
Consejo Asesor de la Revista Herramienta.
185
Tesis para
los nuevos tiempos
María Orlanda Pinassi
Ninguna otra insurrección -entre las muchas que estallaron en poco más
de 100 años- llegó a superar la grandeza de los años inicia-les de la
Revolución Rusa. En ese inigualado momento de la historia, la realidad
miserable de las mujeres y los hombres en el campo y en las ciudades ocupó el
primer plano de la escena no ya para some-terlos, sino para liberarlos. En el
odio y la esperanza germinaron las urgencias sociales acumuladas en siglos de
tremenda opresión. Ex-plotó, por fin, la voluntad insoslayable de destruir algo
que, durante demasiado tiempo, había parecido eterno e imposible de romper. Sin
organización, sin conciencia de la acción y rumbo que debía seguirse, la masa
sufriente, hambrienta y desamparada abrió de par en par las puertas de la
historia para transformar, renacer y seguir adelante. Se hicieron sujetos y
sujetas de la emancipación.
En los tiempos que siguieron, sin embargo, la derrota de la re-volución
en Alemania y la frustración del avance del socialismo hacia el Occidente
fueron algunos de los argumentos usados para justificar las equivocaciones
cometidas en nombre del “socialismo en un solo país” y la restauración de un
nacionalismo propio del siglo diecinueve. Toda aquella energía vital liberada
terminó sometida a orientaciones no siempre sensibles a la existencia real del
pueblo. O sea, progra-mas muy avanzados y bien intencionados, sobre todo los
dirigidos a la liberación de las mujeres y a la educación de sus niños
descalzos, fueron derrotados por los límites de un Estado fallido frente al
ham-
187
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
bre, la falta de
abrigo y el frío sufrido por los supuestos beneficiarios de las políticas
emancipatorias. En definitiva, teoría revolucionaria y realidad social
siguieron desacompasadas.
Desde el frente y
desde los disueltos soviets, las y los comba-tientes volvieron a las amarguras
del trabajo alienado en las fábricas y sus cotidianeidades difíciles. Para las
mujeres se amplió la esfera de la explotación. A las responsabilidades domésticas
se agregó el trabajo a cambio de salarios bajos, pero esenciales en la renta
fami-liar. Todo bajo el estricto control de un Estado que, lejos de ser
pau-latinamente desmontado hasta su extinción, se hacía cada vez más gigantesco
y burocrático.
La escena
posrevolucionaria se revela como forma de recons-truir jerarquías sobre nuevas
bases de dominación. La política, al ser institucionalizada en la forma de un
Estado de tipo autocrático, deja de ser vector de la confrontación y se pone a
neutralizarla, sea mediante ideologías apologéticas, sea por medio de
mecanismos policiales represivos. Eso ocurre porque el “socialismo realmente
inexistente”, según la atinada denominación de Aldo Casas, abolió la
personificación del capital –la burguesía privada– y amplió los pode-res
estatales que, por medio del taylorismo posible y adoptado del capitalismo,
mejoró la productividad exigida y pasó a ser agente de extracción de plusvalor.
Aquella formación postcapitalista (Mészáros) que eternizó una revolución social
con alma política, que mantuvo la explotación de los y las trabajadoras, no
podía terminar bien.1
En el final de la
Presentación de este libro, Aldo Casas dice:
El olvido, el desprecio infundado y
la ignorancia sobre la Re-volución Rusa y sus protagonistas hacen parte del
intento por generalizar la desmemoria que borra la historia de re-sistencia y
lucha de los obreros, campesinos y pueblos colo-niales que es el reverso de la
historia oficial.
Sentí fuerte
empatía con esas palabras del autor. Y así seguí las páginas de este vigoroso
trabajo de crítica y de autocrítica permanen-tes de la más
importante insurrección popular desde el siglo XX hasta hoy en día. Entonces
reconocí la grandeza de este gesto, raro entre militantes históricos que tienen
tantas afinidades con la experiencia
188
de 1917 como él, pero que, en nombre de la memoria del evento, prefieren
atenerse a las verdades impenitentes y los mitos de su poco dialéctico proceso.
En estas páginas el lector no encuentra ciertamente una des-cripción
inerte de hechos y relatos heroicos, sino una narrativa viva, enriquecida con
mucha documentación, mucho conocimiento acu-mulado y, sobre todo, mucha
disposición para aprender el nexo cau-sal de una revolución radical que ocurrió
justo donde menos se la esperaba, en el “eslabón débil” de Europa. Sin embargo,
si el último Marx hubiera estado presente en la concepción revolucionaria para
aquel lugar y con ese pueblo, sus dirigentes hubieran comprendido que Rusia
misma guardaba el tesoro del éxito.
En correspondencia intercambiada con Marx, Vera Zassulich ar-gumenta en
esta dirección:
Una de dos: o bien esta comuna rural,
libre de las exigen-cias desmesuradas del fisco, de los pagos a los señores de
la administración arbitraria, es capaz de desarrollarse en la vía socialista, o
sea de organizar poco a poco su producción y su distribución de los productos
sobre las bases colectivis-tas, en cuyo caso el socialismo revolucionario debe
sacrifi-car todas sus fuerzas a la manumisión de la comuna y a su desarrollo. O
si, por el contrario, la comuna está destinada a perecer, no queda al socialista,
como tal, sino ponerse a hacer cálculos, más o menos mal fundados, para
averiguar dentro de cuántos decenios pasará la tierra del campesino ruso de las
manos de éste a las de la burguesía y dentro de cuántos siglos, quizá, tendrá
el capitalismo en Rusia un desarrollo semejante al de Europa occidental.
Entonces de-berán hacer su propaganda tan sólo entre los trabajadores de las
ciudades, quienes continuamente se verán anegados en la masa de los campesinos
que, a consecuencia de la di-solución de la comuna, se encontrarán en la calle,
en las grandes ciudades, buscando un salario (Ver en Marx, Escri-tos
sobre la Comunidad Ancestral. La Paz: Vicepresidencia del Estado
Plurinacional Presidencia de la Asamblea Legislativa Plurinacional, 2015, pp.
175-176).
189
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
Al contestarle,
Marx escribe:
Respondo: porque en Rusia, gracias a
una excepcional com-binación de circunstancias, la comuna rural, establecida
to-davía en escala nacional, puede irse desprendiendo de sus caracteres
primitivos y desarrollando directamente como elemento de la producción
colectiva en escala nacional (Ibíd., p. 178).
Apoyándome en tres
importantes y valientes inventarios del pe-ríodo, pongo énfasis al señalar que
tres circunstancias especialmen-te problemáticas impidieron que el socialismo
naciente desplegara toda su alma social. La primera fueron las condiciones concretas
de existencia impuestas por la pobreza extrema de los y sobre todo las
luchadoras y sus niños. Wendy Goldman, en Estado y revolución, deja
claro que las necesidades más inmediatas para la supervivencia fue-ron el motor
impulsor de la lucha, pero que agravadas por las con-secuencias de la I Guerra
Mundial, los procesos revolucionarios y la guerra civil (1919 -21),2 terminaron
congelando la lucha.
La segunda remite a
la aplicación de la NEP (Nueva Política Eco-nómica) de 1921 que, so pretexto de
combatir el atraso y la pobre-za, adopta una política desarrollista en el molde
de un proceso con-trolado por el capital, que condujo a la reproducción de
formas de explotación típicas de esa forma social. Concebida para revitalizar
la economía mediante la reconstrucción del mercado, incentivando a la pequeña
producción industrial, comercial y agraria, tuvo un impacto negativo sobre toda
la clase trabajadora, con reducción de los sala-rios y raciones de
supervivencia, y fue peor aún para las mujeres y sus hijos. Según István
Mészáros, en Más allá del capital, al mantenerse la explotación del
trabajo en la URSS se bloqueó toda pretensión ver-daderamente socialista, en el
sentido dado por Marx a la transición.
La tercera
circunstancia, que pudo haber sido la gran salida para la erradicación de la
miseria evitando al mismo tiempo los tentáculos del capital en aquella
experiencia, está referida a la enorme equivo-cación cometida por los
dirigentes al optar, no por erradicar las de-formaciones para atender al
socialismo de hecho, sino por la trágica destrucción de las comunas rurales
tradicionales en Rusia. Aquí entra
190
el rico análisis propuesto por Aldo Casas que, a mi juicio, constituye
el gran aporte del libro.
Al enfocar sus argumentaciones en esta importante dimensión de la
Revolución Rusa, Aldo Casas no solo presta atención a aque-llas circunstancias,
sino que contribuye decisivamente a pensar en el actual marco de crisis
estructural del capital, en los aspectos in-tensamente destructivos de su
proceso de expansión y acumulación, agravado sustancialmente por crisis
epidemiológicas. El sistema de reproducción social del capital pone en riesgo
acelerado el futuro del planeta, y la humanidad está siendo cada vez más
instada a recrear mecanismos de lucha y de supervivencia que sean, de hecho,
las antí-podas del insustentable desarrollismo del capitalismo. Las comunas,
productoras de alimentos orgánicos, desvinculadas de la lógica del mercado, sin
explotación del trabajo, así como habrían sido la solu-ción en la época de la
Revolución Rusa, constituyen cada vez más la salida de la pobreza y el hambre.
Si bien comprendí las intenciones de esta obra de Aldo Casas, su sentido
principal está anclado en el ajuste de cuentas con el (propio) pasado, pero,
ante todo, en las luces que los avances y retrocesos de la historia de las
luchas sociales pueden arrojar sobre el potencial re-volucionario de este mismo
tiempo y de la realidad latinoamericana.
Ubatuba, octubre
2020.
María Orlanda
Pinassi es activista social, profesora de sociología (jubilada) UNESP, en San
Pablo, profesora colaboradora Escuela Nacional Florestan Fernandes y miembro
del Consejo Asesor de la Revista Herramienta.
Notas
1. “Pero tan redundante o absurda como
es una revolución social con alma política, es de razonable una revolución
política con alma social. La revolución en general –derribar el poder
constituido y disolver la anterior situación– es un acto político. Ahora bien,
sin revolución el socialismo es irrealizable. En tanto y en cuanto el
socialismo necesita destrucción y disolución, este acto político le es
imprescindi-ble. Pero allí donde comienza su acción organizadora, donde se abre
paso su fin
191
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
inmanente, su alma, el socialismo se
deshace de su envoltorio político” (Karl Marx, Glosas críticas marginales al
artículo “El rey de Prusia y la reforma social”).
2. Los éxitos de la
Revolución de Octubre no encontraron un escenario económico favorable sino una
realidad de extrema miseria y muerte. Sólo en la I Guerra, Ru-sia perdió 2,5
millones de hombres; en la guerra civil, un millón de vidas fueron
desperdiciadas. Otros millones perecieron de hambre, frío y epidemias como
tifus, cólera, escarlatina. Las condiciones climáticas no ayudaron a la
recuperación del colapso social. El invierno de 1916-17 provocó el
desabastecimiento de las ciuda-des y un drástico aumento de precios. En 1921,
una severa sequía en la región del Volga exterminó entre el 90 o 95% de los
niños menores de 3 años y casi una tercera parte de los que tenían 3 años o
más.
192
Socialismo para salvar la reproducción de la vida en el planeta
Silvio Schachter
En ocasión de su 100 aniversario, la Revolución Rusa fue presen-tada
como un tema de historiadores, un acontecimiento congelado en el tiempo. Desde
el prólogo, Aldo Casas nos advierte que estos ensayos no son obra de un
historiador: aunque tienen la debida ri-gurosidad, son el resultado de un acto
militante. Escritos con espíritu militante, demuestran que la primera
revolución anticapitalista, que desencadenó tanta energía social y enorme
experimentación en el terreno político, cultural y social, tiene mucho que
decir a los luchado-res del presente y que es imposible comprender el mundo
contem-poráneo haciendo abstracción de la Revolución de Octubre.
El libro toma el desafío de responder a quienes, a partir de 1989, con
la caída del muro de Berlín y luego la desaparición de la URSS, in-tentan hacer
creer que las grandes revoluciones no han sido más que accidentes
desafortunados, que los pueblos que las han hecho se han metido en un callejón
sin salida y a contracorriente de la historia.
El texto, sin estridencias ni relatos apologistas, derriba cada
la-drillo del muro de falsedades que se construye sobre el mito de la
revolución como un golpe de Estado. Para ello recorre el camino de bucear en
las experiencias, las obras y los actos de los protagonistas principales, pero
no se detiene allí, sale de esa ruta para transitar por los lugares menos
conocidos, por esos senderos donde los pro-
193
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
tagonistas son las
masas de trabajadores, del campo y la ciudad, los soldados y las mujeres.
Confronta a quienes sostienen la idea de que solo fue una sumatoria de hechos
fortuitos, lo hace con una profunda lectura de las organizaciones políticas y
sociales que protagonizaron luchas esenciales en los períodos previos, en un
proceso sinérgico, no lineal y muchas veces diacrónico, de acumulación de
experiencias, a partir de derrotas que luego devinieron en triunfos.
No cede a la
tentación de una mirada indulgente y acrítica, pero es terminante en la
valoración del giro copernicano que significó para la humanidad, tras una
historia de guerras y tragedias, colectivas e individuales y de inenarrables
sacrificios, la revolución más creativa, profunda y trascendente de la
historia. Descarta el ritual celebrato-rio, no tiene pretensión de copia,
tampoco se apoltrona en la nostal-gia de los vencidos.
El texto demuestra
que, en contra de lo que esperaban sus pro-tagonistas, la Revolución de
Octubre, como otras revoluciones, cons-tituyó una excepción en la historia y no
regla inevitable, sus caminos son irrepetibles y no solo porque las condiciones
sean específicas y los contextos diferentes.
El estudio de la
radicalización de los pueblos de Rusia y sus orga-nizaciones examina su
particularidad, pero se abre a la necesidad de adentrarse en los significados
del imaginario de larga duración que produjeron.
En esa dirección,
Aldo va tejiendo una urdimbre, alejada de toda adjetivación, donde las palabras
y los hechos se entrelazan paso a paso para entender los sucesos que cambiaron
el mundo, pero tam-bién los límites y dificultades que debió enfrentar una gesta
que se propuso por primera vez, en un verdadero salto a lo desconocido, la
construcción del socialismo, una sociedad que hiciera realidad la emancipación
de la humanidad y la abolición de las desigualdades entre individuos y pueblos,
que pusiera fin a la explotación y la alie-nación del trabajo.
Aldo la describe
minuciosamente, como un gigantesco experi-mento de masas, como si fuera un
taxonomista social, demuestra que las fórmulas teóricas fueron sometidas a la
prueba y el error y múltiples fueron las variables, las previstas y las
aleatorias, que atra-
194
vesaron a los revolucionarios en circunstancias donde nada estaba
preestablecido.
Entre sus múltiples aciertos, el libro recorre las distintas vertien-tes
que alimentaron la gesta revolucionaria; allí se encuentran, entre otras, la
descripción de los primeros en ser llamados populistas, la amplia presencia e
influencia del anarquismo, incluidos quienes des-esperadamente apelaban al
terrorismo individual.
Destaca el análisis de las discusiones políticas y teóricas dentro del
Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), donde podemos hallar interesantes
reverberancias con debates que nos atraviesan en la actualidad. La referencia a
las obras que expresan esas diferencias que llevaron a la ruptura, Un
paso adelante, dos pasos atrás, de Lenin (1904), Nuestras Tareas,
de León Trotsky (1904), Problemas de organi-zación de la
socialdemocracia rusa, de Rosa Luxemburgo (1904), dan cuenta de tensiones
frente a lo cual Aldo no esquiva el compromiso de señalar que “[s]ería tan
equivocado considerar que Lenin fue el único culpable del fraccionalismo como
eximirlo de toda responsabi-lidad. Su batalla por construir la dirección del
partido de arriba hacia abajo, desde el exterior y con un centralismo que en
definitiva pesaba más que la democracia, tal vez haya sido inevitable y debe
reconocer-se que tuvo un buen resultado efectivo en términos prácticos. Esto no
significa que los medios utilizados para lograrlo deban ser justifi-cados ni
erigidos en modelo a seguir”.
Las reflexiones, tanto de Lenin como de Trotsky, sobre los
acon-tecimientos de 1905, “el ensayo general”, son contrapunteadas con las de
Plejanov, el ala derecha del partido, y grafican cómo se pue-den sacar
distintas y contradictorias conclusiones frente un mismo acontecimiento y las
diversas interpretaciones que se puede hacer del marxismo y su aplicación a la
política concreta, debates que se extendieron durante la mayor parte del siglo.
En su descripción de los acontecimientos de febrero y octubre, no se
remite a un relato basado en la cronología conocida, arries-ga opiniones donde
contradice certidumbres manifiestas y nos dice: “Por otra parte, en esta
revolución más que en cualquier otra, la in-fluencia de las organizaciones no
se derivaba de las ideas e influencia de sus intelectuales, sino de la
actividad de los militantes”.
195
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
La polémica con
quienes equiparan la revolución con un golpe de Estado es la parte más fértil y
contundente del libro: “A estos relatos se opone, en primer lugar, la victoria
de la insurrección, un hecho que no debe ignorarse o minimizarse, porque la historia
y el buen sentido en-señan que las aventuras izquierdistas siempre fracasan,
antes incluso de intentarse”; y en otro párrafo definitorio agrega: “En la
insurrección tomaron parte activa unos treinta mil hombres. No fue necesario
re-currir a la huelga general, movilizar los barrios obreros, ni atacar
cuar-teles militares, pues ya estaban ganados antes de la insurrección”. Allí
reivindica la inmensa claridad política de Lenin, ante las dudas de los otros
miembros de la dirección bolchevique, en el análisis de las condi-ciones y la
necesidad de concretar la insurrección.
Pone en cuestión la
idea de que hubo dos revoluciones, propo-niendo pensar febrero y octubre como
“una continuidad que da un carácter procesual a la revolución en 1917”.
Enfrenta de este modo la concepción etapista de la revolución, el canon
evolucionista de la Segunda Internacional que fue desafiado tanto por Lenin
como por Trotsky. Etapismo que signa hasta nuestros días las discusiones en la
izquierda.
Finalmente nos
recuerda que fue una “revolución plebeya, con cuatro tumultuosos afluentes que
se influenciaron y potenciaron mu-tuamente”, fue obrera, campesina, de las
nacionalidades oprimidas y recibió el aporte de quienes luchaban por la
revolución socialista mundial.
Todo el texto del
libro reafirma la dimensión extraordinaria de la Revolución de Octubre, que no
solo debe medirse por ser la respues-ta a la crisis política y social de la
Rusia zarista, sino por ser la portado-ra de un proyecto transformador de
dimensión universal, que estuvo por delante de las exigencias inmediatas de su
tiempo.
Quienes celebran la
restauración del capitalismo en su versión globalizada quieren sepultar la
posibilidad del socialismo, desacredi-tando y vilipendiando a todas las gestas
revolucionarias. Si el desafío frente a lo desconocido tuvo carácter heroico en
1917, como lo de-muestra el libro de Aldo, hoy resulta más imperioso, porque el
socia-lismo es la única esperanza para superar la barbarie que nos impone el
capital globalizado.
196
Sin duda es un desafío ciclópeo, porque el ideario del socialis-mo ha
sufrido una profunda derrota cultural, una derrota que pesó, en primer lugar,
sobre millones de militantes que vieron la caída de la URSS no como una
apertura hacia otro socialismo, sino que ob-servaron cómo, a través de un
simple golpe de Estado, se desmoro-nó sin resistencia el autodefinido
socialismo real, triste final de un proyecto social trunco, inconcluso y
frustrado, que tuvo un comienzo tan glorioso como la Revolución de Octubre.
“Cuando la pretensión de ir más allá del capital es descalificada como algo
demencial, pare-ce oportuno y necesario desafiar el sentido común estatuido por
el sistema”, expresa Aldo en el prólogo. La campaña de lapidación de las
revoluciones del siglo XX tuvo efectos contundentes en un amplio sector de la
izquierda, que asume una actitud vergonzante ante la historia revolucionaria,
aceptando los códigos interpretativos de los triunfadores, cultivando la
resignación ante lo dado como un todo in-modificable; su horizonte tiene como
límite la búsqueda infructuosa de algunos resquicios por donde filtrar la
posibilidad de un capitalis-mo humano. A pesar del pesimismo que invade las
conciencias, no hay ninguna evidencia de que el socialismo como horizonte sea
una opción errónea, sino todo lo contrario, cada vez es más evidente que el
capitalismo como sistema social es insostenible a largo plazo.
En estos confusos, opacos ydesesperanzados años del siglo XXI, con más
incertidumbres que certezas, compartí con Aldo fecundos debates, numerosos
materiales y valiosos proyectos en el marco del colectivo Herramienta;
como parte de esafraterna relación, tuve la po-sibilidad de recibir los
borradores de sus ensayos que generosamen-te me hacía llegar para conocer mi
opinión. Elinterés que me desper-tó la lectura de cada envío me llevó a
instarlo a seguir escribiendo. Ahora, después de releer el libro, celebro su
voluntad de concluirlo y darlo a conocer.
Espero que Aldo tenga la energía necesaria para enfrentar y de-moler el
otro mito contrarrevolucionario difundido en estos tiempos, destinado a
desacreditar y degradar toda idea de cambio radical, la leyenda negra que
señala que el estalinismo y la fase termidoriana de octubre y, por extensión,
el síndrome que padecen todas las revolu-ciones, es una consecuencia
inevitable, atribuida al carácter autorita-
197
n Rusia H 1917 - Vertientes y afluentes
rio y violento, que
estaba inmanente en su origen, una matriz propia de la metodología política de
los bolcheviques y particularmente de sus dirigentes.
La honestidad de
Aldo al asumir interrogantes y dudas escri-biendo que “[e]sto nos obliga a
constituir nuestro marxismo como problema. A realizar un esfuerzo por detectar
todo aquello que, en-gendrado o alentado alguna vez por el marxismo, se ha
convertido en un límite para sus posibles desarrollos” y la audacia de caminar
a contrapelo desafiando el facilismo complaciente, se jerarquiza ante la grave
involución que se ha dado en los ámbitos intelectuales, que rápidamente se
acomodaron, cediendo toda voluntad de pensamien-to crítico, y alimentando con
su conducta a toda una generación de jóvenes, que han quedado atrapados en la
lógica de un presentismo consumista, dando lugar al oxímoron de una izquierda
conservado-ra, que descree de la transformación revolucionaria de la sociedad.
El libro es un buen
antídoto para resistir a los conversos que sufrieron amnesia ideológica y
política y ante una intelectualidad in-tegrada al sistema que reproduce y
regurgita la letra escrita en los centros de poder.
La revolución es un
sueño eterno, escribió Andrés Rivera. Aldo reivindica la actualidad de la revolución
y nos dice que el socialismo no es solo el sueño irrealizable, prometeico o
quimérico de un mundo mejor, es la única opción para salvar la reproducción de
la vida en el planeta.
_______________
Silvio Schachter es arquitecto,
urbanista, ensayista y periodista, militante po-lítico y social. Miembro del
Consejo de Redacción de la Revista Herramienta.

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