© Libro N° 13740. Un Marxismo
Por Imaginar: La Herencia De Carlos Pereyra. Ortega, Jaime.
Emancipación. Abril 19 de 2025
Título Original: © Un Marxismo Por Imaginar: La
Herencia De Carlos Pereyra. Jaime Ortega
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Original: © Un Marxismo Por
Imaginar: La Herencia De Carlos Pereyra. Jaime Ortega
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Guillermo Molina Miranda
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La Herencia De Carlos Pereyra
Jaime Ortega
Un Marxismo
Por Imaginar:
La Herencia De Carlos
Pereyra
Jaime Ortega
Un Marxismo Por
Imaginar: La Herencia De Carlos Pereyra
Jaime Ortega
Ya son 30 años los
que nos separan de la muerte de Carlos Pereyra, uno de los teóricos políticos
más importante de México. Su temprana desaparición —apenas a los 48 años—, así
como las coordenadas ideológicas y teóricas de los que le siguieron de cerca, colocaron
su herencia intelectual en una situación ambigua. Por un lado, el de quedar en
la memoria como un reconocido marxista y militante de la izquierda; por el
otro, el de un pensador insistente en la problemática democrática, prontamente
monopolizada por un liberalismo menos preocupado por la cuestión social y más
por la dimensión procedimental.
Vale la pena
preguntarse por su legado teórico y político, por los aportes y los límites de
uno de los pensadores más respetados entre los círculos de la intelectualidad
liberal y poco conocido entre las jóvenes generaciones de izquierda, que, desde
mi punto de vista, aún no se han apropiado de una obra que les aportaría una
gran riqueza.
Su producción,
localizada en el periodo más álgido de la lucha política en contra de las
estructuras antidemocráticas del régimen nacido de la revolución, captó la
novedad que implicaba el resurgir democrático en el seno de la sociedad
mexicana. Su obra, sin embargo, se encuentra llena de pliegues, aperturas y
posibilidades productivas. Parte en su reflexión de la obra de Karl Marx, pero
la trasciende; sus intervenciones se ubican en un conjunto de coyunturas
específicas, al final de su vida, además, planteó posibilidades aún no
exploradas a profundidad por la teoría crítica producida en México.
Un marxismo más
allá de Marx
Es muy conocida la
adscripción “althusseriana” de Pereyra. Su trabajo, es quizá la mejor
referencia de lo que lo significó la emergencia de la obra del filósofo
francés: un momento de profundo y sensato cuestionamiento de las certezas más
firmes que circulaban entre la izquierda marxista, aún en ciertas posiciones
que se asumían como críticas. Pereyra ejerce el “althusserianismo” de la mejor
forma posible: hace crítica de los humanismos abstractos, del “intencionalismo”
de la “filosofía de la praxis”, asume el carácter condicionante de la
estructura por sobre las dimensiones subjetivas que apelan a la voluntad, niega
cualquier carácter trascendental del sujeto político y coloca a este en el
vértice de las prácticas efectivas siempre en proceso de constitución. Si en
estos anudamientos se colocó en correspondencia con el francés, pronto ejercitó
la operación de desmontaje de la propia obra de Althusser. Así, se aparta
rápidamente de la concepción de los “Aparatos ideológicos de Estado”, noción de
la cual realiza una severa crítica, pues en ella se encuentra anulada la
dimensión de disputa en el terreno de la política. Ello le lleva a optar por
Antonio Gramsci como el teórico de lo político más adecuado para plantear la
cuestión socialista, al centrar el problema de la hegemonía y de la
participación masiva de la sociedad en la construcción de la democracia.
Inscrito en el
legado de Marx, Pereyra entendió bien el problema de la democracia, es decir,
el sentido profundamente radical que esta aguardaba, negando que ella estuviera
comprometida definitivamente con el despliegue del capitalismo. Fue ello lo que
le permitió dirigir numerosas críticas a la idea del partido-vanguardia, en
tanto instancia superior de organización que realizaba un supuesto telos de
la historia. Con ello asumía que el problema de la hegemonía no se encontraba
principalmente en la existencia de la organización política en cuanto tal, sino
en las dimensiones conflictivas de la sociedad que en sus distintos pliegues
mostraba la potencialidad de la construcción de otro orden social. Ello lo
llevó a repensar el tema de la revolución, clausurando definitivamente la idea
de que esta era un golpe de fuerza por parte de una minoría ilustrada o
profesional, para concebirla como un proceso acumulativo de experiencias (no
lineal y lleno de retrocesos) que acontecen en y desde la
sociedad. Revolución y democracia eran dos variables de una ecuación en la que
lo significativo se encuentra en la ardua tarea de auto organización y
autodeterminación en manos de la propia sociedad. El marxismo de Pereyra es uno
que coloca la centralidad no en un sujeto situado en las entrañas de la
producción, sino en las posibilidades políticas de los seres humanos, en
quienes descansa una dimensión práctica de transformación de la realidad.
Acontece el privilegio de la política, entendida como espacio de disputa por la
determinación y no de una férrea necesidad.
Colocarse en la
coyuntura
Una de las
dimensiones que distingue su obra es la capacidad de articular la producción
teórica con la intervención política. Se trata del privilegio de la coyuntura,
como espacio de reflexión, acción y discusión y momento del devenir de la
articulación de fuerzas, proyectos, reclamos y movilización. Es esta la marca
distintiva de sus textos compilados en Sobre la democracia. En
ellos se expresa en gran medida la capacidad analítica de situarse no desde una
exterioridad pura del análisis, sino dentro del conflicto mismo.
Pereyra acompañó de
manera particular la explosión del sindicalismo democrático y ello no es
casual. Si a la generación previa el impacto principal fue el del ascenso y
derrota del movimiento ferrocarrilero de 58-59 (piénsese en la obra de José
Revueltas o en las transformaciones del Partido Comunista desde 1960), a la que
pertenece Pereyra es la insurgencia sindical de los años setenta la que marca
el ritmo de la movilización de la imaginación política. Desde la revista Solidaridad –cuyos
textos han sido poco trabajados aún– interviene política y teóricamente sobre
el que le parece el movimiento más importante de un proceso democratizante de
la realidad mexicana. Con la sobriedad que distingue su escritura señala: “Si
alguna cofradía devota de tal o cual culto tiene la ocurrencia de
autodenominarse “vanguardia proletaria” o emplear cualquier otro membrete
semejante, ello apenas indica la subjetiva e irrelevante voluntad de unos
cuantos, pero si la expresión más madura del movimiento obrero mexicano se define
como “tendencia democrática”, ello sí revela la dinámica profunda que emerge
del suelo mismo de la sociedad”.1 La importancia de aquel periodo
marcado por la insurgencia sindical, es que ella expresaba en el epíteto de
“tendencia democrática” la clave crítica a la presencia asfixiante del
autoritarismo: la puesta en cuestión del corporativismo como corazón del
régimen político. Podemos entender entonces que la democracia no es sólo un
dispositivo en cuya fisonomía se juega lo exclusivamente electoral o
procedimental, sino que ella expresa una propensión de la sociedad en la que la
auto organización de las clases subalternas es posible y necesaria.
Los combates de
Pereyra
Múltiples fueron
los combates que pueden ser rastreados en su obra. En El sujeto de la
historia debatió con la filosofía de la historia, con el marxismo
tradicional y la “filosofía de la praxis”; en Política y violencia,
su primer libro, lo hace con la caracterización reduccionista del Estado y de
lo político que observa en los grupos ultra izquierdistas. Sin embargo, el tema
menos conocido y que aún aguarda posibilidades productivas para el discurso
crítico es el conjunto de debates emprendidos en la última parte de su vida.
Teniendo como escenarios La Jornada y Nexos,
apropósito de la aparición de un libro de Bolívar Echeverría y del Congreso
Nacional de Filosofía realizado en Toluca, Pereyra asume a plenitud las
consecuencias más radicales de la “crisis del marxismo”, una discusión que
había atravesado al “marxismo occidental” durante los años precedentes. Sin
temor alguno por las consecuencias de la posición crítica que ensaya, aporta
elementos para la reconfiguración del discurso crítico producido en México.
Si en su vertiente
“althusseriana” Pereyra compartía la crítica de las categorías de la
“antropología filosófica” tan en boga después de la segunda gran guerra
europea, tales como “enajenación” o “esencia humana”; al final de su vida
dirige las baterías contra la denominada crítica de la economía
política y con ello también realiza una operación de asedio al
conjunto de la obra de Marx en sus ausencias y silencios. Sin concesiones,
plantea que el discurso de la crítica de la economía política legado
por Marx en El Capital es el examen profundo y detallado de la
lógica mercantil, pero que de ninguna manera la totalidad de las dimensiones de
la sociedad pueden ser capturadas por ella. En la reseña del libro El
discurso crítico de Marx2 discute con su amigo y colega
Bolívar Echeverría, demarcando las señas de identidad de un marxismo que
podríamos señalar como imaginado, en tanto que asume sus propios dilemas.
Así, Pereyra
establece que el nombre Marx no es el de un individuo cuya biografía se
inscribe en las vicisitudes del siglo XIX, sino representa la creación de
un espacio teórico de producción. En dicho espacio, el
marxista, se puede continuar la senda aún negando lo escrito por el individuo
Marx. Ese espacio sólo puede ser enriquecido a partir de la respuesta a
situaciones específicas, como por ejemplo, la dimensión nacional, tan central
para la historia en América Latina y en donde la obra del filósofo alemán
aporta poco. Podríamos decir qué en la disyuntiva entre pensar América
Latina desde Marx o Marx desde América Latina,3 Pereyra asume la segunda vía, pues
ella permite no la repetición de los argumentos ni el establecimiento de “tipos
ideales” y mucho menos la fidelidad como criterio, sino la necesidad de
entender las condiciones reales a partir de ciertos horizontes. Junto a ello,
Pereyra critica la noción que circulaba en la época sobre una clase obrera que
habría perdido cierta capacidad revolucionaria, señalando que ninguna clase
tiene asignada una función a priori y sólo los procesos
prácticos de politización pueden designar tal estatuto.
El asedio crítico a
la tradición en la que él se inscribía, trasladado a las páginas de nexos en
donde escribe el texto “Señas de identidad” y que recibe la respuesta de
Echeverría en las páginas de la misma revista con el título “Todos somos
marxistas”, muestra la tensión que genera el cuestionamiento de certezas y el
encare de los problemas que se presentan para ese espacio teórico en
busca de opciones. Pereyra señala —adoptando el lenguaje de Echeverría— que la
crítica de la modernidad capitalista no tiene en el marxismo a su único
discurso increpador y que este, el marxismo, convive con muchos otros con los
cuales debe dialogarse. Así mismo, denota una gran preocupación por la
totalización de la crítica a lo mercantil como forma de clausura otras dinámicas
en la sociedad. En particular, considera que existe en ese espacio
teórico inaugurado por Marx un silencio importante y determinante con
respecto a los asuntos de la política y por tanto también los de la democracia.
Y que aquella falla constitutiva era menester de ser corregida con prontitud,
si es que el marxismo aspiraba a decir algo sobre la dinámica de la sociedad
contemporánea.
Así, la herencia de
Pereyra permite pensar la reactualización de cierta discursividad crítica,
aquella colocada en las contradicciones y complejidades de la expansión
mercantil, pero que encuentra en la actividad política los elementos para su
continua subversión. Es en esta última dimensión práctica de la vida de los
seres humanos en la sociedad, que es posible aspirar a una multiplicidad de
formas, sin ánimos esencialistas o reduccionistas, sino con la firmeza de que
la siempre inacabada construcción del orden social permite espacios de creación
y reactualización de proyectos emancipadores, ellos mismos necesitados del
oxígeno de una imaginación teórica que se encuentre atento a la multiplicidad
de lógicas y problemas novedosos de la sociedad, irreductibles a un centro
explicativo único. Así, es el primado de la política, es decir de la libertad
comunitaria que construye el orden social y no de la “economía” como necesidad,
lo que distingue la radicalidad del planteamiento de Pereyra y su principal
herencia.
Fuente: Nexos

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