© Libro N° 13735. Sobre El
Papel De La Contradicción En El Conocimiento. Iliénkov,
Evald. Emancipación. Abril 19 de 2025
Título Original: © Sobre El Papel De La
Contradicción En El Conocimiento. Evald Iliénkov
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Contradicción En El Conocimiento. Evald Iliénkov
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Guillermo Molina Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SOBRE EL PAPEL DE LA
CONTRADICCIÓN EN EL CONOCIMIENTO
Evald Iliénkov
Sobre El
Papel De La Contradicción En El Conocimiento
Evald
Iliénkov
Sobre El Papel De La Contradicción En El
Conocimiento
Evald Iliénkov
Estenograma de la ponencia y la intervención final de E. V. Iliénkov en
la conferencia «El problema de la contradicción a la luz de la ciencia y la
práctica contemporáneas» (Instituto de filosofía de la Academia de Ciencias de
la URSS, 21-25 de abril de 1958). «E. V. Iliénkov: personalidad y creatividad»,
Moscú, 1999, páginas 245-257.
Las dificultades ligadas al problema de la contradicción en el
conocimiento intervienen de una forma mucho más clara en la filosofía como una
cuestión acerca de la relación de la ley dialéctica de la unión de contrarios
que alcanza su identidad con la conocida exigencia lógico-formal de la «no
contradicción», con la ley de la «prohibición de la contradicción».
Precisamente así el problema de la contradicción en el conocimiento y en
el pensamiento se concretiza en el transcurso de las actuales discusiones,
precisamente así estas obligan a aquél a establecer las condiciones de la lucha
actual de pensamientos. Sobre esto ya ha hablado P. V. Kopnin. En el curso de
estas discusiones, las opiniones diversas gravitan cada vez más claramente en
torno a dos polos fundamentales, cada vez más claramente cristalizan dos
posiciones. ¿Por dónde transcurre la frontera entre dichas posiciones?
Me parece que P. V. Kopnin en su ponencia no ha terminado de esbozar del
todo esta frontera, tras describir ambas posiciones de manera que, según una,
cualquier contradicción en las determinaciones del objeto se expresa como un
«mal», y, según la otra, como una «bendición». Tras declarar a una y otra
posiciones igual de unilaterales, P. V. Kopnin ve la resolución concreta al
problema en la siguiente conclusión: unas contradicciones en las
determinaciones son resultado de la negligencia lógica y por ello inadmisibles,
y otras son expresiones legítimas y necesarias de las contradicciones objetivas
de la realidad material.
Estoy completamente de acuerdo con la última afirmación del camarada
Kopnin. Realmente, las contradicciones en las determinaciones son diferentes:
diferentes en cuanto a la fuente de su aparición y en cuanto a su relación con
el objeto. Hay contradicciones que derivan de la negligencia subjetiva, de una
inexactitud en los términos que conduce a la ambigüedad. Tales contradicciones
son inaceptables desde el punto de vista de cualquier lógica. Son esas mismas
«contradicciones lógicas» que «no debe haber» en una investigación teórica
seria, son contradicciones intolerables. Pero hay otro tipo de contradicción
que aparece en el conocimiento no como resultado de negligencias o errores,
sino como resultado del propio movimiento «correcto» del pensamiento según la
lógica del objeto. Prohibir estas contradicciones significa prohibir la
dialéctica, y no solo la dialéctica, sino también el propio desarrollo de la
ciencia, pues la ciencia siempre y en todas partes se ha desarrollado
justamente a través del descubrimiento de semejante tipo de contradicciones en
las definiciones. Así ha sido siempre y, si nos ceñimos a la dialéctica,
siempre será así.
De esta forma, P. V. Kopnin ha delineado, desde mi punto de vista, la
posición de la dialéctica bastante correcta y concretamente. Yo pienso igual
también. Y si P. V. Kopnin me ha atribuido la opinión de que cualquier
contradicción es una «bendición dialéctica», esto es solo un lamentable
malentendido del cual, si hay que culpar a alguien, ese es al redactor de
«Cuestiones de filosofía», el camarada Kammari, que tachó del texto de mi
artículo el párrafo en el que se decía esto claramente.
Creo que solo una persona extremadamente ingenua o un sofista
alborotador con malas intenciones pueden llamar «bendición» a cualquier
contradicción que se le venga a uno a la cabeza. Nadie defiende semejante
tontería, es más, a nadie se le ocurre tomar esta estupidez por la posición de
la dialéctica en la lógica.
Y, sin embargo, algunos representantes de la lógica formal se esfuerzan
por atribuir la defensa de semejante absurdo a sus oponentes. Según la opinión
de aquellos, claramente expresada en el curso de nuestra conferencia por el
profesor Kolman, la admisión de un solo caso siquiera en el que la violación de
la prohibición de la contradicción sea justificada conduce necesariamente al
anterior absurdo. El profesor lo ha expresado así: si consideráis que la
contradicción en las determinaciones es admisible, aunque sea en un solo caso,
entonces automáticamente declaráis justificado y admisible cualquier caso de
violación de la prohibición. La prohibición es absoluta o no es necesaria para
nada. Así, topamos con la pretensión de una norma lógica por
un significado absoluto y no limitado por nada, con una pretensión
tremendamente despótica.
Desde semejante punto de vista, la posición de Kopnin se mezcla con la
posición que el mismo P. V. Kopnin llamó «unilateral» y que por equivocación me
atribuyó a mí. Se disputa, en otras palabras, justamente la opinión de que hay
contradicciones y contradicciones, de que existen contradicciones «lógicas»
inaceptables, verbales, inventadas, pero que existen también tales expresiones
verbales que enuncian correctamente la contradicción objetiva del asunto.
El profesor Kolman, de esta forma, defiende la visión de que cualquier
declaración que contenga determinaciones contradictorias las unas a las otras
es fruto de la «falsedad» e indicador de la inexactitud del pensamiento.
Es justo esta tesis la que yo considero falsa. Yo creo que aceptarla
significa eliminar toda la dialéctica como tal, la dialéctica como lógica y
teoría del conocimiento. Significa destruir el mismísimo núcleo, el mismísimo
corazón de la lógica dialéctica.
Por ello, no es posible ponerse de acuerdo con semejante
posicionamiento. Por ello, precisamente, es necesario entrar en conflicto con
el profesor Kolman. Señalaremos inmediatamente que no intentamos para nada
refutar la «semilla racional», las «buenas intenciones» del principio de no
contradicción, sino solamente sus pretensiones desmedidas de rol de principio
supremo y sin limitaciones del «pensamiento correcto».
Demostré en mi artículo y sigo demostrando ahora no la tesis de que
«cualquier contradicción es una bendición», sino otra tesis, la de que no solo
puede haber, sino que hay ciertos casos (y no «un solo caso») en los que la
violación de la prohibición de la contradicción en su formulación clásica
(Aristóteles-estoicos o Leibniz-Kant) no es producto de la «falsedad» en el
movimiento del pensamiento, sino que necesariamente emana del propio movimiento
correcto del pensamiento según la lógica del objeto. En el artículo, bien que
mal, analicé el caso en el que la unión de las determinaciones contradictorias
solo permite «expresar» la naturaleza objetivamente contradictoria del objeto;
el caso en el que la violación de la prohibición de la contradicción en su forma
clásica resulta la forma de expresión «correcta» e imprescindible, y la
«prohibición» se transforma en una venda antidialéctica en los ojos del
investigador.
Me alegra mucho que P. V. Kopnin estuviese de acuerdo conmigo en esto.
Este sí es el contenido fundamental del artículo. Si he conseguido demostrar en
el material de la historia de la economía política el hecho de que la
prohibición de la contradicción, en sus formulaciones e interpretaciones que
históricamente han tenido lugar, se ha enfrentado y se enfrenta hostilmente a
la dialéctica, entonces esto es lo que había que demostrar.
P. V. Kopnin me ha reprochado que, refutando yo correctamente las
pretensiones absolutistas de la «prohibición» en sus formulaciones e
interpretaciones que han tenido lugar en la historia, hago sin embargo como si
refutase también la propia prohibición en general, es decir, en su forma e
interpretación racional, en su, como expresó Pavel Vasilievich, formulación
«correcta».
Yo realmente me refiero única y exclusivamente a las formulaciones e
interpretaciones que tienen o han tenido lugar en la literatura sobre lógica.
Todas ellas sin excepción resultan en realidad variantes de la fórmula
aristotélica o kantiana-leibniziana. No me refería ni me refiero a aquella
misteriosa fórmula o interpretación «correcta» en la que esta prohibición se
convertiría de enemigo a amigo de la dialéctica. Y esto no lo hago por la
simple razón de que, hasta ahora, ni a mí ni a nadie le es dado a conocer
semejante interpretación. Yo, como P. V., estaría muy contento si finalmente se
hallase y se promulgase dicha interpretación que pudiese enlazarse con la
dialéctica sin perjuicio para esta última. Pero de momento no existe.
Además, me considero con derecho a hablar solo sobre aquello que alguna
vez y en algún lugar «ha tenido lugar históricamente», y evito hablar sobre lo
que se halla únicamente en el plano de las buenas intenciones. Y todas las
fórmulas de la prohibición «que se han dado en la historia» sin excepción se
contraponen a la dialéctica. Esto es un hecho. La misma fórmula de la
«prohibición» a la que ha aducido P. V., tras considerarla como la «correcta»
que se buscaba, tampoco se salva de la crítica; esto intento demostrarlo más
abajo.
El defecto principal de las fórmulas de la prohibición que se han dado
no es que establezcan obstáculos para las inaceptables contradicciones
«lógicas», sino que, como poco, se esfuerzan en establecerlos. Su desgracia es
que ellas, en virtud de su extrema abstracción, junto con las contradicciones
«lógicas» prohíben cualquier contradicción en las determinaciones, incluida la
dialéctica.
La fórmula que ha dado P. V. Kopnin en su exposición, a primera vista,
no contiene en sí este defecto. Pero, sin embargo, ella peca clara y
directamente del defecto opuesto. Más concretamente: está formulada con la
intención de permitir las enunciaciones que expresen la unidad dialécticamente
justificada de las determinaciones opuestas. Pero ¿a qué precio se paga esto?
Al más alto: ella al mismo tiempo permite también cualquier absurda
contradicción «lógica».
Realmente, la prohibición en esta fórmula correcta, como supone P. V.,
me permite expresar tales «juicios» como, por ejemplo, «un gato en el tejado
maúlla y no maúlla a la vez». Pero, sin embargo, ella me prohíbe rechazar esta
expresión estúpida «dentro de los límites del sistema de expresiones dentro del
cual ella se considera verdadera».
No pienso que esta fórmula se pueda considerar «correcta». Me parece que
se puede hacer una conclusión: si las formulaciones de la «prohibición»
aristotélica y leibniziana-kantiana prohíben automáticamente las
contradicciones lógicas (inaceptables) en las determinaciones junto con las
expresiones en las que se expresa la unidad dialéctica de los contrarios,
entonces la fórmula de P. V. Kopnin permite las contradicciones dialécticas
junto con las inadmisibles, las «lógicas». Qué es mejor o qué es peor, no voy a
ponerme a juzgarlo. Surge una pregunta: ¿es posible en general, en principio,
una fórmula de la prohibición que suponga un impedimento para las
contradicciones lógicas pero que no obstaculice la expresión de las
contradicciones dialécticas?
En otras palabras, ¿es posible una fórmula que permita inmediatamente,
antes y fuera de cualquier análisis del conocimiento en su contenido material
real, diferenciar la contradicción puramente verbal de la expresión verbal de
la contradicción real?
Yo pienso que dicha fórmula es imposible. Esto lo formulo como tesis
fundamental de mi exposición: son infructuosos e irrealizables por su propio
principio los intentos por crear semejante fórmula mágica que, como una prueba
de fuego, permita antes y fuera del análisis del conocimiento en su contenido
concreto diferenciar inmediatamente las contradicciones verbales (esto es,
«lógicas») de la correcta expresión verbal de la unión objetiva de los
contrarios en el conocimiento.
La imposibilidad de esta empresa se fundamenta en que, debido a su forma
externa, es decir, sintáctico-verbal, la conocida como contradicción «lógica»
es indistinguible de la contradicción dialéctica expresada en el habla.
El análisis del conocimiento según su contenido material completamente
concreto sí es capaz de diferenciar la una de la otra. Esta es la posición de
la lógica dialéctica. Esta es la posición que desde hace algún tiempo rebate el
profesor Kolman. Desde su punto de vista, son igual de «incorrectas» las dos
siguientes enunciaciones: [1] El gato al mismo tiempo tiene y no tiene rabo, y
[2] La flecha en vuelo se encuentra y no se encuentra a la vez en el mismo
lugar.
Si se expresa lo «común» que se tiene en estas dos «expresiones», en
forma de formulación abstracta, entonces esto «común» sonará así: «A es a la
vez B y no-B». Creo innecesario demostrar que estas dos expresiones son
indiferenciables por su forma sintáctico-verbal, que poseen fuentes de
procedencia completamente diferentes.
La primera es o una negligencia, o la premeditación de la arbitrariedad
sofística. La segunda es la tesis que ya desde hace dos mil años ocupa las
mentes de filósofos y lógicos.
En cualquier caso, ni Aristóteles, ni Hegel, ni Engels, ni Lenin han
considerado jamás que esto se trate simplemente del lamentable producto de un
malentendido verbal. Incluso B. Russell ve en dicha tesis una determinada
dificultad completamente en vigor: la circunstancia de que en la teoría de
Zenón de forma clara se viola el principio de no contradicción en la misma
manera en la que el profesor Kolman asume este principio y mediante el cual se
ha esforzado en interpretar la paradoja de la flecha de forma que pueda ser
reconciliada con la prohibición.
Si la posición del profesor Kolman se basa en que no hay y no puede
haber ni un solo caso donde la violación de la prohibición de la contradicción
se dé con absoluta necesidad a partir del propio movimiento «correcto» del
pensamiento, entonces la flecha es justo «ese» caso (aunque ni de lejos el
único, de lo que hablaremos después).
¿Ha refutado el profesor Kolman este «caso»? En mi opinión, ha
demostrado precisamente lo contrario a lo que pretendía demostrar. Únicamente
ha evidenciado de forma clara la bancarrota de un intento más de la lógica
formal por hacer frente a una dificultad que no tiene carácter formal en
absoluto. Para salvar al principio de no contradicción, el profesor Kolman se
ve obligado a violarlo dos veces. Fíjense atentamente: él considera que la
antinomia desaparece en cuanto el «indeterminado» término «se encuentra» se
sustituye por dos términos «definidos», «yace» y «pasa». Tras esta operación,
la paradoja de Zenón queda como la composición de las dos siguientes
expresiones:
1. «La flecha en vuelo yace». – Clara violación de la prohibición de la
contradicción en nombre de su salvación.
2. «La flecha en vuelo pasa». – Segunda violación, pues este juicio es
incompatible con el primero según aquella prohibición.
Así, la prohibición es violada dos veces. ¿Y qué es esto? Nada.
Simplemente toda la dificultad es trasladada de un término a otro, de las
palabras «se encuentra» a la palabra «pasa». Pues «pasa» significa de nuevo que
la flecha se encuentra y no se encuentra en el mismo sitio…
Si esta «resolución» se considera el tránsito de la metafísica a la
dialéctica en este traicionero punto en el que el propio Engels pecó de
hegeliano, entonces, ¿¡qué consideramos como el medio semántico-verbal de
resolución de contradicciones?!
No será de ayuda la otra astucia verbal a la que ha recurrido el
profesor Kolman, la adición de la palabrita «relativamente» («La flecha en
vuelo relativamente yace en el mismo sitio y relativamente pasa a otro»). Con
este disfraz verbal la paradoja de Zenón solo se enmascara, su agudeza se
embota mediante una engorrosa expresión verbal y nada más. La antinomia se
conserva, pero deja de ser evidente, echa a perder el ingenio que le dio Zenón
a la expresión, y en vez de una auténtica solución se ofrece una ilusión, la
apariencia de una solución.
Creo que la paradoja de Zenón no se soluciona verbalmente, por medio de
la sustitución de ciertas palabritas por otras. Creo que la auténtica solución
de esta contradicción dialéctica en las determinaciones será hallada algún día
el física teórica y experimental, dentro del estudio sobre el tiempo y el
espacio.
Así se encontrará la solución concreta. De momento, la dificultad se
expresa en forma de antinomia. Y la antinomia (precisamente gracias al ingenio
que el profesor Kolman se esfuerza por embotar) le demuestra al físico que aquí
existe una auténtica dificultad que espera su resolución real y no verbal.
Pongamos la siguiente pregunta: ¿qué sentido real tienen nuestras
discusiones? ¿Es posible que todo esto se trate únicamente de ejercicios
escolásticos?
¿O tras la discusión sobre la flecha se esconde otro debate mucho más
importante?
Creo que la verdadera controversia se encuentra más al fondo. El asunto
es que la cuestión de la contradicción y de la prohibición de la contradicción
en la lógica aparece solo porque el conocimiento real constantemente, durante
todos los siglos hasta nuestros días (y, si nos fiamos de la dialéctica, así
será en adelante) se desarrolla mediante una continua reproducción y resolución
de contradicciones en las determinaciones.
Ni que decir tiene que lo que aquí se trata no son esas contradicciones
simplemente verbales que siempre se dan y se van a dar en tanto que el ser
humano no está vacunado contra los pecados de la negligencia y la imprecisión
en la utilización de los términos. Aquí hablamos de las contradicciones en las
determinaciones que necesariamente aparecen del movimiento más «correcto» que
pueda haber del pensamiento a partir de la lógica del objeto.
Si se tienen a la vista estas contradicciones y no las verbales,
entonces hay que responder de esta forma a la pregunta que se encuentra en la
cabecera de mi exposición: la contradicción en las determinaciones siempre ha
sido, es y será la fuerza motriz del desarrollo teórico, la forma en la que
siempre se reconoce el problema irresuelto. En este sentido, la contradicción
es el «motor de desarrollo» de la teoría. Prohibirla significa prohibir el
propio avance de la teoría. Por fortuna, esto no depende ni del profesor Kolman
ni del posicionamiento que comparten con él algunos lógicos.
Se puede constatar como un hecho, explicado solo por la dialéctica
(hegeliana, y después marxista-leninista) que cualquier problema
científico-teórico serio y no inventado siempre se reconoce como contradicción
en las determinaciones teóricas, en forma de contradicción dentro del sistema
existente de conceptos.
Un ejemplo: la crisis de la física en la frontera de los siglos XIX-XX.
Cuando los hechos, siendo expresados a través del sistema existente de
determinaciones teóricas, de repente adquieren un aspecto paradójico, entonces
este sistema se encuentra frente a un problema que exige una solución concreta
en una nueva y más elevada teoría.
Precisamente aquí, en este punto, es determinante la diferencia entre la
lógica metafísica y dialéctica.
La cosa reside en que la metafísica y la dialéctica en este punto
ofrecen dos métodos de resolución de contradicciones totalmente contrapuestos.
La metafísica, enfrentada con este hecho, siempre intenta demostrar que
la contradicción en la que se obstina el pensamiento es producto de la
negligencia subjetiva, resultado de una incorrecta utilización de términos,
nombres, expresiones, etcétera.
Si el pensamiento se ha encallado en una contradicción, no se puede
seguir adelante. Hay que volver «atrás», hay que analizar el movimiento
precedente del pensamiento y encontrar el error que ha dado como resultado la
contradicción. Hasta que este «error» no sea revelado y corregido mediante el
puro análisis formal, no se puede seguir «adelante». La contradicción se
interpreta como una barrera a través de la cual el pensamiento no tiene derecho
a dar un solo paso.
¿Cómo exige actuar la lógica dialéctica en este caso?
Exige sobre todo llevar la contradicción surgida a su completa, precisa
y clara expresión, a su límite antinómico.
Para la dialéctica, la contradicción en las determinaciones no es una
barrera infranqueable, sino al contrario, es el trampolín desde el cual el
pensamiento debe realizar un salto hacia adelante en la investigación teórica y
experimental concreta del objeto. La contradicción en las determinaciones es la
propia forma lógica en la que se constituye el problema, la cuestión sujeta a
la resolución en los hechos.
(Haremos notar entre paréntesis que la dialéctica nunca prohíbe, al
encontrarse con una contradicción, volver «atrás» y analizar el paso precedente
de la reflexión con el objetivo de comprobar si acaso no nos hemos topado con
una contradicción verbal. Volver «atrás» y comprobar el curso del pensamiento
nunca es perjudicial. Lo perjudicial es la imagen de que esta comprobación debe
disipar, liquidar y eliminar la contradicción del pensamiento cueste lo que
cueste).
Cuando la contradicción es conducida a la tensión clara y completa,
entonces la lógica dialéctica recomienda seguir adelante, avanzar, investigar
más y más a fondo el objeto con la meta de encontrar el medio material real y
concreto con el que la contradicción aparecida se resuelva mediante un
auténtico movimiento del objeto.
Precisamente así procede en «El Capital» K. Marx. He intentado hablar
acerca de esto en mi artículo de «Cuestiones de filosofía», en el mismo
artículo con el que el profesor Kolman ha polemizado.
El profesor Kolman aconseja proceder justo al contrario. Más
concretamente, una vez que nos hemos chocado con una contradicción en las
determinaciones, estamos obligados a volver «atrás», a descubrir a toda costa
el eslabón incorrecto en los juicios precedentes y después liquidarlo a través
de la sustitución de los términos y expresiones «indefinidos» por otros
«definidos». El posicionamiento del profesor Kolman no permite seguir adelante,
por el camino de la investigación teórica y experimental ulterior, mientras que
la contradicción siga establecida.
En verdad (y el profesor Kolman ha demostrado brillantemente esta
circunstancia con su análisis de la «flecha»), de esta forma la contradicción
no se soluciona en absoluto, y mucho menos «se liquida». Ella, en el mejor de
los casos, se disimula, se disfraza mediante un diseño verbal artificial. Bajo
este camuflaje verbal, ella por lo menos se conserva en toda su tensión, pero
para la persona inexperta deja de ser evidente. Se construye solo la apariencia
de que ya no hay contradicción y por lo tanto ya no hay nada de lo que
preocuparse. Y esto es justo lo que Hegel acertadamente denominó como «dulzura
filistea con las cosas».
Marx, Engels y Lenin en este punto siguen tras Hegel: la contradicción,
una vez identificada, exige un reconocimiento claro y preciso, y después una
solución igual de clara y precisa por medio de un posterior análisis de los
hechos y de los datos en la práctica, en la experimentación; hechos que
demuestren el método material-sensible para la resolución de dicha
contradicción.
Entre otras cosas, el profesor Kolman se consuela a sí mismo con aquello
de que la «flecha» es el «único precedente», la «excepción hegeliana» de las
reglas de la lógica formal que fue admitida por error por Engels.
He aquí un ejemplo del mismo tipo: «Constituye una contradicción que un
cuerpo caiga constantemente sobre otro y que con igual constancia se distancie
del mismo. La elipsis es una de las formas de movimiento en que esta
contradicción se realiza y al mismo tiempo se resuelve».
Este ya no es Engels, sino Marx. Este es «un» precedente más, aunque
tampoco el último, de la «violación» de la prohibición de la contradicción
lógico-formal.
Se puede añadir, además: «El proceso en que se intercambian las
mercancías implica relaciones contradictorias, recíprocamente excluyentes. El
desarrollo de la mercancía no suprime esas contradicciones, mas engendra la
forma en que pueden moverse. Es éste, en general, el método por el cual se
resuelven las contradicciones reales». Dejemos que el profesor Kolman, como
especialista en cuestiones filosóficas de física y matemáticas, se apañe no
solo con la «flecha», sino también con la elipsis. Según la contradicción
lógico-formal, la definición teórico-material de la elipsis (como forma
descrita como un cuerpo que al mismo tiempo cae y se aleja en relación a otro
cuerpo, esto es, «en una y la misma relación») es un sinsentido.
Según la dialéctica, este «sinsentido» se realiza hoy en día en el
movimiento de un satélite artificial. Este «sinsentido» lo puede captar a
simple vista cualquier defensor de la lógica formal que busque el sentido
absoluto de la norma lógica universal.
Aquí también se puede decir, por supuesto, que Marx (así como Engels)
«va a la zaga de Hegel», «coquetea con el método hegeliano de expresión», etc.
Pero entonces los representantes del posicionamiento que encarna el profesor
Kolman deberían ajustar cuentas con el propio Hegel si realmente en él ven la
fuente y el origen de todos los males.
En verdad, lo que repetidamente se ha venido atestiguando por parte de
los clásicos, especialmente por Lenin en sus «Cuadernos filosóficos», es que el
marxismo en el problema de la contradicción y su rol en el desarrollo tanto
real como lógico directa e inmediatamente remite a Hegel, desarrollando en base
al materialismo las semillas racionales de su lógica.
Los representantes de la posición que encarna el profesor Kolman no se
han molestado en resolver sus puntos críticos con la dialéctica hegeliana,
prefieren simplemente denigrar a Hegel. Y, como resultado, no solamente no
avanzan desde Hegel hacia Marx, sino que se quedan en posiciones prehegelianas;
más exactamente, kantianas.
Precisamente para Kant la contradicción es sinónimo de disparate, es la
«falsedad» en el proceso de enlace entre conceptos y juicios, es la forma que
destruye al conocimiento. Precisamente Kant conoce y admite un método de
resolución de contradicciones: el método de separación de tesis contrarias «en
dos relaciones diferentes». Esta posición clásica de la metafísica en la
cuestión sobre la contradicción a día de hoy la siguen reproduciendo numerosos
manuales de lógica formal. Estos toman la formulación de la prohibición en una
de sus redacciones (aristotélica o leibniziana-kantiana) y pretenden enlazarla
artificialmente con frases materialistas.
Únicamente con frases. Porque enlazar la «prohibición» con los
principios de la dialéctica materialista y de esa forma revelar su «semilla
racional» solo es posible por el camino del análisis crítico de los principios
en cuya base dicha prohibición en general fue desarrollada como tal.
Por ello solo surge la discusión de que los compañeros que intentan
encontrar la «semilla racional» de la prohibición de la contradicción todavía
no han saldado seriamente las cuentas con las premisas filosóficas bajo las que
la «no contradicción» resulta la norma incondicional del «pensamiento
correcto».
Un ejemplo brillante de que la contradicción en las determinaciones
aparece no como resultado de «errores», sino como resultado del mismísimo
movimiento «correcto» del pensamiento, y que por ello encuentra su solución en
la investigación posterior de los hechos materiales y práctico-sensibles dados,
es «El Capital» de Marx. Esto es algo más serio que la «flecha», aunque ya esta
flecha golpea directamente en el corazón del posicionamiento del profesor
Kolman.
Marx, como ya se sabe, somete a análisis la esfera de la circulación
monetario-mercantil como esfera que aparece como premisa tanto histórica como
«lógica» de la aparición de la plusvalía. Este análisis conduce a una
contradicción, y, además, a una contradicción «al mismo tiempo y en una y la
misma relación». El problema, como es sabido, es formulado por Marx así: ¿cómo
es posible la aparición de plusvalía en base a la ley del valor, si la
plusvalía contiene en sí una determinación que contradice directamente a la ley
del valor?
¿Cómo de una realidad nace su propia contradicción?
«Por vueltas y revueltas que le demos, el resultado es el mismo. Si se
intercambian equivalentes, no se origina plusvalor alguno, y si se intercambian
no equivalentes, tampoco surge ningún plusvalor» (El Capital, libro primero,
capítulo 4).
Y, sin embargo, la plusvalía aparece…
Dos hechos se contraponen el uno al otro. Naturalmente, las definiciones
teóricas de estos dos hechos también se contraponen. El mismo profesor Kolman
admite que dos hechos pueden contradecirse, pero sus definiciones teóricas de
ninguna manera pueden hacerlo.
¿Cómo procede en este caso Marx? ¿Dónde busca la solución de la
contradicción surgida? No en la corrección de «errores» pasados por alto
durante el análisis de la esfera monetario-mercantil, sino en la ulterior
investigación concreta del objeto, del método mediante el que el propio objeto
en su desarrollo permite y realiza esta contradicción.
Marx dice que la contradicción será resuelta si en los límites de la
propia esfera monetario-mercantil podemos descubrir la mercancía cuyo valor de
uso consista en incrementar el valor; la mercancía cuyo consumo sea idéntico a
la producción del nuevo valor. ¿Existe esta mercancía? ¿Existe esta realidad
que concuerde con una determinación que contiene en sí una contradicción? Si
existe, el problema está resuelto.
Así, la contradicción orienta al pensamiento a la búsqueda, establece
ante él un problema que realmente sí puede resolver. Y el problema formulado en
forma de contradicción se resuelve no mediante métodos formales, no por medio
de la sustitución de los «términos indefinidos» por «definidos», sino por medio
del hallazgo en la realidad empírica del hecho determinado con la ayuda del
cual el desarrollo real produce y permite la contradicción que ha revelado
previamente el pensamiento.
La contradicción hace avanzar a la lógica dialéctica por medio del
movimiento ulterior del pensamiento de lo abstracto a lo concreto.
La contradicción hace volver a la lógica formal atrás, a la comprobación
y recomprobación de las abstracciones que ya se tienen. Este camino no lleva a
lo concreto, lleva únicamente a la modificación verbal de todas esas
abstracciones.
Justamente aquí se encuentra toda la diferencia. Y esta no es una
discusión escolástica.
Para demostrar que la posición del profesor Kolman no es solo una
posición puramente lógica, una posición que atañe solo a las discusiones dentro
de la lógica, merece la pena recordar un curioso hecho.
El año pasado, el profesor Kolman intentó servirse de sus principios
lógicos para el análisis de un importante debate en ciencias naturales. El
asunto iba sobre el choque entre dos cosmologías. Una posición parte de la
tesis acerca de la infinitud del universo; la otra reside en la representación
de que el universo es finito.
La infinitud, como le es ya sabido desde hace tiempo a la filosofía,
incluye en sí una contradicción. La contradicción real contenida en la
infinitud, naturalmente, se expresa también en sus definiciones teóricas. Por
esto, la cosmología constantemente se choca con contradicciones cuya resolución
es su tarea. El profesor Kolman aconsejó a los cosmólogos deshacerse de las
contradicciones de una vez por todas tras excluir el concepto de infinitud. Su
justificación era más que original: el materialismo dialéctico no tiene que ver
con el reconocimiento de la infinitud del universo.
Es perfectamente posible pensar que el universo es finito.
Por ello, ambas concepciones (tanto la que parte de la tesis de la
infinitud como la que considera al universo finito), según la opinión del
profesor Kolman, son igualmente legítimas y con el mismo derecho a juicio de la
filosofía dialéctico-materialista. Que existan y se desarrollen las dos.
Siempre van a partir de principios incompatibles entre sí, y el desarrollo de
la cosmología está condenado para siempre al dualismo, al movimiento por dos
líneas paralelas pero que nunca se tocan. El debate entre ellas nunca puede ser
resuelto definitivamente porque es esencialmente irresoluble.
Esto es realmente muy parecido a la resolución del problema cosmológico que se
puede leer en la «Crítica de la razón pura». Siempre va a existir una teoría
que tome los límites de la divisibilidad y siempre junto a ella estará la
contraria, la que asume que no existe límite a la divisibilidad. Y esto será
siempre así porque la razón siempre puede elegir entre dos puntos de vista
mutuamente excluyentes, aunque igual de legítimos. Pero esto es solo el «punto
de vista» del sujeto y nada más.
Por ello analizar el objeto desde el punto de vista del propio objeto ya
es una pretensión trascendental de la razón acrítica…[i]
En Kant esto está orgánicamente ligado a su comprensión de la
contradicción en el conocimiento. El profesor Kolman, lo quiera o no, acaba
obligado a someterse a esta misma lógica. Pero esta no es la lógica del
marxismo.
Los partidarios del punto de vista del profesor Kolman apelan, como
norma, a la práctica contemporánea de la fabricación de instrumentos, a los
principios de las máquinas de computación, a la teoría de la cibernética, que
no puede dar un solo paso sin respetar el principio de «no contradicción». Todo
este campo de la técnica contemporánea será imposible si en la base de su
lógica se coloca la resolución de contradicciones en las definiciones y no su
prohibición.
No vamos a discutir con ellos en este punto, plantearemos solamente una
pregunta: ¿y por qué no suponer que el cerebro humano vivo con su pensamiento
se diferencia del modelo mecánico precisamente en que no solo «soporta» la
tensión de la contradicción interna, sino que halla en ella el estímulo de su
desarrollo, el movimiento según la lógica concreta del objeto concreto del que
la máquina más perfeccionada no es capaz?
El profesor Kolman, en mi opinión, debería despedirse de la ilusión de
que esa «lógica» que yace en el fundamento de las operaciones computacionales
es la «lógica» correspondiente al desarrollo vivo del conocimiento humano. Como
disciplina técnica particular, dicha «lógica» es legítima y necesaria. Pero no
hay que dejarse llevar, no hay que convertir sus principios en los principios
de la lógica dialéctica. Precisamente estas desmedidas pretensiones hacen
chocar a la lógica formal en sus más nuevas variantes con la dialéctica. Y esto
la dialéctica no lo puede permitir.
Intervención final
No quiero refutar las objeciones que han sido hechas con motivo de mi
exposición por parte del camarada Zinoviev. Hasta donde yo entiendo, el
camarada Zinoviev habla de otras cosas, pues refutaciones a mis tesis no he
encontrado.
Quiero hablar de otra cosa y desembrollar un malentendido en el que, me
temo, ha caído no solo el camarada Kvachajia, sino también otros. El tema es
que el camarada Kvachajia ha unido mi posición y la de Kopnin en una fórmula en
la que dicho posicionamiento mío se reconcilia con el suyo. Y yo creo que tras
esto se oculta una profunda mentira.
El camarada Kvachajia ve la necesidad de la aparición de contradicciones
en el conocimiento en la siguiente circunstancia: el conocimiento es en todo
momento limitado, y el objeto infinito. Por ello, la contradicción señaliza
siempre la falta de unión del conocimiento con el objeto y no la convergencia.
En esta interpretación, la contradicción al menos permanece como indicador de
falsedad del conocimiento, de su divergencia (aunque históricamente
condicionada) con el objeto.
Hablando de forma rigurosa, esto es precisamente lo que dice Kant en la
«Crítica de la razón pura». Su punto de partida es la inconmensurabilidad de
cualquier experiencia posible con la cosa-en-sí, con el ideal del conocimiento.
Así, por ejemplo, nunca debemos esperar alcanzar el límite de la división de
las cosas, «lo indivisible». En todo momento resulta que este límite yace más
adelante. Pero, como «principio regulativo», debemos admitir la representación
de la «indivisibilidad», porque si no, nos privamos del ideal y de la meta en
cuya dirección va eternamente el conocimiento.
Así, son admitidas la «divisibilidad» y la «indivisibilidad». La primera
se corresponde con cualquier experiencia posible, y la segunda con el «ideal»
inalcanzable y jamás alcanzado.
Esta es la típica manera de solucionar una antinomia por medio de la
separación de la tesis y la antítesis «en dos relaciones diferentes». Pero esto
tampoco es dialéctica. Esto ya lo ha demostrado correctamente V. F. Asmus en el
libro «La dialéctica de Kant».
Según Marx, la contradicción aparece no en virtud de la
inconmensurabilidad esencial del conocimiento y del objeto, sino como resultado
del propio movimiento riguroso y correcto del pensamiento en base a la lógica
del objeto. Por ello la contradicción es el correcto reflejo en el concepto de
la contradicción objetiva, y no un indicador de «divergencia» del conocimiento
con el objeto, como resulta en Kant. Y entonces la contradicción ya no se
resuelve a cuenta de «relaciones diferentes». Aquí se exige otro medio, y no el
que ha recomendado el camarada Kvachajia.
Si el propio camarada Kvachajia ha inventado este medio de conocimiento
de antinomias que ha expuesto, entonces hemos de ser justos con él: ha
descubierto lo que ya descubrió Kant. Si ha podido hacer esto, entonces,
esperemos, podrá con el tiempo pasar de esta posición a otra más elevada, a la
hegeliana, y al final del todo llegará incluso a Marx.
No se puede enmarañar la doctrina de Kant con la doctrina de Marx. Son
cosas distintas.
Traducido al castellano por Álvaro Peraleda.
[i] Se entiende que la enunciación de Iliénkov aquí es irónica.

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