© Libro N° 13733. Veinte Años
Después. Henry, O.
Emancipación. Abril 19 de 2025
Título Original: © Veinte Años Después. O. Henry
Versión
Original: © Veinte Años Después.
O. Henry
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Guillermo Molina Miranda
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O. Henry
Veinte Años
Después
O. Henry
O. Henry:
Veinte Años Después
Sinopsis: «Veinte años
después» es un cuento de O. Henry (seudónimo de William Sydney Porter),
publicado en 1906 en la colección The Four Million. Ambientado en
una fría noche neoyorquina, la historia comienza con un policía que patrulla
las calles casi desiertas hasta encontrarse con un hombre que espera a un viejo
amigo. Hace dos décadas, ambos hicieron una promesa: reencontrarse en ese mismo
lugar y a la misma hora, sin importar cómo hubiese cambiado sus vidas. El
diálogo entre el policía y el desconocido revela detalles de esa antigua
amistad, marcando el tono nostálgico y expectante del relato.
Veinte Años Después
O. Henry
(Cuento completo)
El policía
efectuaba su ronda por la avenida con un aspecto imponente. Esa imponencia no
era exhibicionismo, sino lo habitual en él, pues los espectadores escaseaban.
Aunque apenas eran las 10 de la noche, las heladas ráfagas de viento, con
regusto a lluvia, habían despoblado las calles, o poco menos.
El agente probaba
puertas al pasar, haciendo girar su porra con movimientos artísticos e
intrincados; de vez en vez se volvía para recorrer el distrito con una mirada
alerta. Con su silueta robusta y su leve contoneo, representaba dignamente a
los guardianes de la paz. El vecindario era de los que se ponen en movimiento a
hora temprana. Aquí y allá se veían las luces de alguna cigarrería o de un bar
abierto durante toda la noche, pero la mayoría de las puertas correspondían a
locales comerciales que llevaban unas cuantas horas cerrados.
Hacia la mitad de
cierta cuadra, el policía aminoró súbitamente el paso. En el portal de una
ferretería oscura había un hombre, apoyado contra la pared y con un cigarro sin
encender en la boca. Al acercarse él, el hombre se apresuró a decirle,
tranquilizador:
—No hay problema,
agente. Estoy esperando a un amigo, nada más. Se trata de una cita convenida
hace 20 años. A usted le parecerá extraño, ¿no? Bueno, se lo voy a explicar,
para hacerle ver que no hay nada malo en esto. Hace más o menos ese tiempo, en
este lugar había un restaurante, el Big Joe Brady.
—Sí, lo derribaron
hace cinco años —dijo el policía.
El hombre del
portal encendió un fósforo y lo acercó a su cigarro. La llama reveló un rostro
pálido, de mandíbula cuadrada y ojos perspicaces, con una pequeña cicatriz
blanca junto a la ceja derecha. El alfiler de corbata era un gran diamante,
engarzado de un modo extraño.
—Esta noche se
cumplen 20 años del día en que cené aquí, en el Big Joe Brady, con Jimmy Wells,
mi mejor amigo, la persona más buena del mundo. Él y yo nos criamos aquí, en
Nueva York, como si fuéramos hermanos. Él tenía 20 años y yo, 18. A la mañana
siguiente me iba al Oeste para hacer fortuna. A Jimmy no se le podía arrancar
de Nueva York; para él no había otro lugar en la tierra. Bueno, esa noche
acordamos encontrarnos nuevamente aquí, a 20 años exactos de esa fecha y esa
hora, cualquiera fuese nuestra condición y la distancia a recorrer para llegar.
Suponíamos que, después de 20 años, cada uno tendría ya la vida hecha y la
fortuna conseguida.
—Parece muy
interesante —dijo el agente—. Pero se me ocurre que es mucho tiempo entre una
cita y otra. ¿No ha sabido nada de su amigo desde que se fue?
—Bueno, sí. Nos
escribimos por un tiempo —respondió el otro—. Pero al cabo de un año o dos nos
perdimos la pista. Usted sabe, el Oeste es muy grande y yo vivía mudándome de
un lado a otro. Pero estoy seguro de que Jimmy, si está con vida, vendrá a la
cita; siempre fue el tipo más recto y digno de confianza del mundo, y no se va
a olvidar. Ya viajé mil quinientos kilómetros para venir a este sitio, pero
habrá valido la pena si él aparece.
El hombre sacó un
hermoso reloj, con pequeños diamantes incrustados en las tapas.
—Faltan tres
minutos —anunció—. Cuando nos separamos, a la puerta del restaurante, eran las
10 en punto.
—A usted le fue
bastante bien en el Oeste, ¿no? —preguntó el policía.
—¡A no dudarlo!
Espero que Jimmy haya tenido la mitad de mi suerte. Bueno, muy inteligente no
era; trabajador sí, y muy buen tipo. Yo he tenido que vérmelas con gente muy
avispada para llenarme el bolsillo. Aquí, en Nueva York, la gente se estanca.
Hay que ir al Oeste para ponerse en forma.
El policía balanceó
la porra y dio un paso o dos.
—Tengo que seguir
la ronda —dijo—. Espero que su amigo no le falle. ¿No piensa darle unos minutos
de tolerancia?
—¡Por supuesto!
—afirmó el otro—. Le daré cuanto menos media hora. Por entonces Jimmy tendrá
que estar aquí, si está con vida. Hasta luego, agente.
—Buenas noches,
señor —saludó el policía.
Y prosiguió su
ronda, probando los picaportes al pasar.
Había empezado a
caer una llovizna helada; las ráfagas inciertas se transformaron en un viento
constante. Los pocos peatones se apresuraban, incómodos y silenciosos, con los
cuellos vueltos hacia arriba y las manos en los bolsillos. Y en la puerta de la
ferretería, el hombre que había viajado mil quinientos kilómetros para cumplir
con una cita, insegura hasta lo absurdo, con su amigo de la juventud, fumaba su
cigarro y seguía esperando.
Esperó unos 20
minutos. Al cabo, un hombre alto, de sobretodo largo y cuello subido hasta las
orejas, cruzó apresuradamente desde la vereda opuesta para acercarse al hombre
que esperaba.
—¿Eres tú, Bob?
—preguntó, vacilando.
—¿Jimmy Wells?
—gritó el hombre de la puerta.
—¡Bendito sea Dios!
—exclamó el recién llegado, aferrando al otro por los dos brazos—. ¡Claro que
eres Bob, qué duda cabe! Estaba seguro de encontrarte aquí, si vivías. Bueno,
bueno, bueno… Veinte años es mucho tiempo. El viejo restaurante ya no existe, Bob;
ojalá no lo hubieran derribado, así habríamos podido cenar otra vez aquí. Y
dime, viejo, ¿cómo te ha tratado el Oeste?
—Fantásticamente.
Me dio todo lo que le pedí. Pero has cambiado muchísimo, Jimmy. Te hacía cinco
o seis centímetros más bajo.
—Bueno, crecí un
poco después de los 20 años.
—¿Te va bien en
Nueva York, Jimmy?
—Más o menos. Tengo
un puesto en uno de los departamentos de la Municipalidad. Vamos, Bob; iremos a
un sitio que conozco para charlar largo y tendido sobre los viejos tiempos.
Los dos echaron a
andar por la calle, del brazo. El hombre del Oeste, aumentado su egotismo por
el éxito, empezó a esbozar un relato de su carrera. El otro, inmerso en su
sobretodo, escuchaba con interés.
Cuando llegaron a
la esquina, donde las luces eléctricas de una farmacia iluminaban la calle,
cada uno de ellos se volvió para mirar la cara de su compañero.
El hombre del Oeste
se detuvo bruscamente, apartando el brazo.
—Usted no es Jimmy
Wells —masculló—. Veinte años son mucho tiempo, pero no tanto como para que a
uno le cambie la nariz de recta a respingada.
—A veces es
bastante para transformar a un hombre bueno en malo —dijo el desconocido—.
Estás arrestado desde hace diez minutos, Bob, alias “Sedoso”. A los de Chicago
se les ocurrió que podías andar por aquí y enviaron un cable diciendo que
querían charlar contigo. No te vas a resistir, ¿verdad? Así me gusta. Ahora
bien, antes de llevarte a la comisaría te daré esta nota que me entregaron para
ti. La puedes leer aquí, en la vidriera. Es del agente Wells.
El hombre del Oeste
desplegó el pedacito de papel que acababa de recibir. Cuando empezó a leer su
mano estaba serena, pero al terminar le temblaba un poquito. La nota era
bastante breve.
Bob: Llegué a
nuestra cita a la hora justa. Cuando encendiste el fósforo te reconocí como el
hombre que buscaban en Chicago. Como no pude hacerlo personalmente, fui en
busca de un agente de civil para que se hiciera cargo.
Jimmy
FIN
·
Autor: O. Henry (William Sydney
Porter)
·
Título: Veinte años después
·
Título Original: After Twenty Years
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Publicado en: The Four Million, 1906
·
Traducción: Sin datos

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