© Libro N° 13732. El Triple
Diablo. Asimov, Isaac.
Emancipación. Abril 19 de 2025
Título Original: © El Triple Diablo. Isaac Asimov
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Original: © El Triple Diablo.
Isaac Asimov
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Guillermo Molina Miranda
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Isaac Asimov
Isaac Asimov
Isaac Asimov:
El triple diablo
Sinopsis: «El triple
diablo» (Triple Devil) es un cuento de Isaac Asimov, publicado en agosto de
1985 en la revista Ellery Queen’s Mystery Magazine. La historia
comienza en una cena del club de los Viudos Negros, donde el invitado de honor,
Benjamin Manfred, relata su ascenso desde la pobreza hasta convertirse en un
exitoso librero. A través de una conversación sobre los hombres que se han
hecho a sí mismos, Manfred despierta la curiosidad del grupo con una historia
de su pasado que involucra a un misterioso benefactor, una biblioteca repleta
de volúmenes valiosos y una pista enigmática relacionada con un libro oculto.
El Triple Diablo
Isaac Asimov
(Cuento completo)
No era sorprendente
que en este particular banquete de los Viudos Negros la conversación derivara
hacia el tema de los hombres que se han hecho a sí mismos.
Después de todo,
Mario Gonzalo, anfitrión de la noche, había traído como invitado al propietario
retirado, muy conocido, de una cadena de librerías, Benjamin Manfred. Era
también muy sabido que Manfred había vendido periódicos cuando era muchacho,
hacía más de medio siglo, y era hijo de padres pobres, pero honrados… Muy
honrados, y muy, muy pobres.
Y ahora él estaba
aquí, no como un Getty o un Onassis; pero muy bien situado. Y con cuatro hijos
y muchos nietos, todos ocupados en algún aspecto de la cadena. Él era el
fundador de la dinastía, nada menos.
Manfred había
telefoneado para decir, con muchas excusas, que se retrasaría un poco, pero que
seguro que estaría allí antes de que el banquete hubiera comenzado. Eso
significaba que el aperitivo tenía lugar sin su presencia, y la conversación se
desarrollaba con toda libertad, sin la inhibición lógica que se produce cuando
está delante quien es tema de la conversación.
Tampoco sorprendió
que fuera Emmanuel Rubin el que pontificara más alto.
—Ya no quedan
personas que se hayan hecho a sí mismas, ni hombres ni mujeres —dijo, con
pasión.
Y cuando Rubin
hablaba con pasión no había más remedio que escuchar. Si su metro sesenta de
altura le hacía ser el más bajo de los Viudos Negros, su voz era, sin lugar a
dudas, la más fuerte. Añadamos a eso la hirsutez de su barba gris y escasa y el
brillo de sus ojos a través de sus espesas gafas, que servían para
magnificarlos de modo casi amenazador, y resultaba imposible ignorarlo.
—Ben Manfred es
un self-made man —dijo Gonzalo a la defensiva.
—Quizá lo sea
—aceptó Rubin, reacio a hacer excepciones a cualquier generalización que
hubiera lanzado—. Pero él se hizo a sí mismo en los años veinte y treinta.
Estoy hablando de ahora, de la Norteamérica de después de la
Segunda Guerra Mundial, que es próspera y con la mentalidad del bienestar. Uno
siempre puede encontrar ayuda abriéndose camino a través de la escuela,
apoyándose en la protección del desempleo, consiguiendo beneficios de algún
tipo para poder empezar. Seguro que, si quieres, lo haces; pero no por ti
mismo, nunca por ti mismo. Existe todo un aparato gubernamental que te
respalda.
—Puede que tenga
algo de razón en lo que dice, Manny —admitió Geoffrey Avalon.
Bajó la vista con
aire de diversión algo distante. Su estatura de metro ochenta y cinco hacía de
él el más alto de los Viudos Negros.
—Sin embargo
—continuó—, ¿usted no se consideraría un self-made man? Nunca oí
que usted heredase o se casara con una mujer de fortuna y no le veo a usted, de
ningún modo, aceptando ayudas del Gobierno.
—Bien, yo no he
conseguido nada con facilidad —manifestó Rubin—. Pero uno no puede ser un self-made
man hasta que sus logros no sean totales. Aunque no tuve un padre rico
ni tengo una esposa rica, tampoco soy yo mismo rico, lo que se dice rico. Puedo
permitirme algunas de las cosas bonitas de la vida, pero rico no
soy. Lo que tenemos que hacer es definir al hombre autorrealizado. No es
suficiente que no se esté muriendo de hambre. No es suficiente que se halle en
mejor posición de lo que acostumbraba a estar. Un self-made man es
alguien que comienza siendo pobre, sin ningún dinero por encima de su nivel de
subsistencia. Luego, sin que le vengan grandes tajadas de dinero del exterior,
él se las arregla, por medio de un duro trabajo y de una aguda perspicacia para
los negocios, o con un enorme talento para convertirse en millonario.
—¿Y dónde deja la
suerte? —gruñó Thomas Trumbull—. Supongamos que apuesta en las carreras y gana
un millón de dólares, o que está continuamente al lado de los ganadores en una
pista de carreras.
—Ustedes saben que
eso no cuenta —respondió Rubin—. En ese caso, se es una persona de suerte y
nada más. Eso ocurre si uno saca a un anciano de debajo de un coche de caballos
y él invoca la bendición del cielo sobre ti y te da un millón de dólares. Y tampoco
tengo en cuenta a aquellas personas que se hacen ricas por medio de una
actividad ilegal. Al Capone, partiendo de una base de cero, estaba haciendo
sesenta millones al año antes de haber cumplido los treinta años, en el tiempo
en que el dólar valía un dólar y no veintidós centavos. Por otra parte, tampoco
pagaba impuestos. Ustedes pueden llamarle self-made man; pero,
según mi definición, no lo era.
—El problema que
hay con usted, Manny —observó Roger Halsted—, es que quiere restringir el
término a la gente que usted aprueba moralmente. Andrew Carnegie era un self-made
man y fue un gran filántropo, después de que hubiera hecho sus
millones, y, por lo que sé, nunca le metieron en la cárcel. Sin embargo, en su
camino hacia arriba, apostaría a que se metió en actividades empresariales
cuestionables y que se las arregló para explotar a los pobres todo lo que pudo.
Rubin aclaró:
—Estar dentro de la
ley es todo lo que pido. No espero que nadie sea un santo.
Gonzalo preguntó
con un aire de inocencia nada convincente:
—¿Y qué pasa con su
amigo, Isaac Asimov, Mannie…?
Naturalmente, Rubin
picó el anzuelo en seguida.
—¿Mi amigo?
Sólo porque le presto unos pocos dólares de cuando en cuando para ayudarle a
pagar el alquiler, dinero que no espero volver a ver, él va diciendo por ahí
que es mi amigo.
—Vamos, Manny.
Nadie va a creerse esa calumnia. Él está en buena posición. Y, según su
autobiografía, comenzó sin nada. Trabajaba en la confitería de su padre y
también repartió periódicos. Es un self-made man.
—¿Es verdad eso?
—inquirió Rubin—. Bien, en tal caso, todo lo que puedo decir es que él adora a
su creador.
Rubin hubiera
seguido improvisando, de forma interminable, variaciones sobre el tema; pero en
ese momento llegó Benjamin Manfred y la conversación se detuvo en seguida,
mientras Gonzalo hacía las presentaciones.
Manfred era de
estatura media, muy delgado, con la cara arrugada pero agradable. Tenía el
cabello escaso y blanco; y vestía de una manera pulcra, pero pasada de moda.
Por ejemplo, llevaba un chaleco, y uno se sorprendía de que no llevara también
una cadena de reloj que cruzara de un lado al otro. En lugar de esto, llevaba
un reloj de pulsera, pero estaba tan anticuado que había que darle cuerda.
Recibió las
presentaciones con una agradable sonrisa y, cuando Rubin y él se dieron la
mano, dijo:
—Estoy muy
complacido de conocerle, Mr. Rubin. Leo con gran placer sus narraciones de
misterio.
—Gracias, señor
—contestó Rubin, esforzándose por ser modesto.
—En mis librerías
siempre puedo contar con buenas ventas de sus libros. Casi iguala a Asimov.
Se fue hacia otro
lado para saludar a James Drake, mientras Rubin, lentamente, se volvía de un
furioso color magenta y los otros cuatro Viudos Negros pasaban grandes apuros
en sus esfuerzos desesperados para no reír.
Henry, el camarero
perpetuo de los Viudos Negros, después de cerciorarse de que le habían servido
al anciano un generoso Martini seco, anunció que la cena estaba servida.
Drake apagó el
cigarrillo y miró con placer el pequeño montículo de caviar que había en su
plato. Se sirvió él mismo de los condimentos que iba pasando Henry. Dudó con la
cebolla picada y luego, con decisión, tomó dos porciones.
Después, susurró a
Gonzalo:
—¿Cómo puede
permitirse tomar caviar, Mario?
Mario le susurró a
su vez:
—El viejo Manfred
me paga muy bien por un retrato para el que está posando. Por eso lo conozco y
puedo, al mismo tiempo, proporcionarle un buen rato con su dinero.
—Es bonito conocer
a gente que todavía quiera que pinten retratos suyos.
—Algunas personas
todavía tienen buen gusto —contestó Gonzalo.
Drake sonrió.
—¿Le importaría
repetir eso en voz lo bastante alta como para que Manny lo oyese?
—No, gracias
—repuso Gonzalo—. Yo soy el anfitrión y tengo la responsabilidad del decoro de
la mesa.
La mesa, tal como
estaba, no podía ser más decorosa. Rubin parecía dominado y dejó pasar una
docena de oportunidades de decirle a Manfred lo que iba mal en el negocio de la
venta de libros y cómo esto contribuía al empobrecimiento de autores jóvenes de
valor.
Aunque los Viudos
Negros estaban más sosegados al abstenerse Rubin de discutir, se sentían lo
suficientemente felices y, conforme pasaban los platos, iban expresando en voz
alta sus alabanzas: la sopa de tortuga, el pato asado con hojuelas de patatas y
lombarda, el alaska cocido al horno… Quizá les faltó un poco de tacto al
manifestar su sorpresa porque la cena dirigida por Gonzalo tuviera tales
refinamientos.
Gonzalo lo aceptó
con buen humor y, cuando llegó la hora de hacer sonar melodiosamente su vaso de
agua con la cuchara, realizó incluso un noble intento de apaciguar a Rubin.
—Manny, usted es la
persona que tiene idea de libros aquí, y todos estamos de acuerdo en que es el
mejor de la clase sin discusión. ¿Querría, por favor, hacernos el honor de
interrogar a Mr. Manfred?
Rubin resopló con
fuerza, y afirmó, sin aumentar su habitual caudal de malhumor:
—Puedo, desde
luego. Dudo de que haya ningún otro entre ustedes que sea lo bastante instruido
para ello.
Se volvió hacia
Manfred y preguntó:
—Mr. Manfred, ¿a
qué se dedica usted?
Manfred no pareció
sorprendido por la pregunta y contestó:
—Si existe una
persona que no deba tener ninguna dificultad en explicar lo que hace, es
alguien cuyo negocio consista en ser proveedor de libros. Los libros,
caballeros, contienen toda la sabiduría reunida de la Humanidad, el
conocimiento recogido de los pensadores del mundo, la diversión y la ilusión
construida por las imaginaciones de gente brillante. Los libros encierran
humor, belleza, ingenio, emoción, pensamiento y, en verdad, todo lo relativo a
la vida. La vida sin libros está vacía.
Halsted murmuró:
—En los tiempos
actuales existen el Cine y la Televisión.
Manfred escuchó y
dijo con una sonrisa:
—Miro la
televisión, también a veces deseo ver una película. Porque aprecie una comida
como la que acabamos de hacer, no significa que no pueda comer un perrito
caliente alguna vez que otra. Pero no confundo las dos cosas. Por muy
espléndidas que puedan parecer las películas y la televisión, son basura para
la mente, diversión para los analfabetos, un poco de entretenimiento para
aquellos que, de momento, no están de humor para nada más.
—Por desgracia
—observó Avalon con aire solemne—, Hollywood es el lugar donde está el dinero.
—Naturalmente
—convino Manfred—; pero, ¿qué es lo que eso significa? Sin duda, una cadena de
hamburgueserías harán más dinero que un restaurante de cuatro estrellas; sin
embargo, eso no convierte a la hamburguesa en pato de Pekín.
—No obstante
—intervino Rubin—, y puesto que estamos discutiendo sobre dinero, ¿puedo
preguntarle si usted se considera un self-made man?
Manfred levantó las
cejas.
—Es una frase
anticuada, ¿no?
—Cierto —reconoció
Rubin con un gesto de entusiasmo—. Yo mantuve exactamente eso mismo durante el
aperitivo. Mi opinión es que, en el día de hoy, es imposible que nadie sea un
auténtico self-made man. Existe demasiada ayuda rutinaria por parte
del Gobierno.
Manfred se movió
con una risa silenciosa.
—Antes del New Deal
no ocurría así. El Gobierno en aquellos días era un árbitro neutral y muy
moral. Si una gran sociedad tenía una discusión con un pequeño empleado, el
trabajo del Gobierno consistía en asegurarse de que las dos partes tuviesen
sólo la ayuda que pudieran permitirse. ¿Se puede ser más justo? Naturalmente,
los ricos siempre ganaban; pero eso era sólo una coincidencia, y si el pobre no
lo veía así, el Gobierno enviaba a la Guardia Nacional para explicarle las
cosas. Aquéllos eran días grandes.
—Sin embargo, el
caso es que usted era pobre de joven, ¿no?
—Muy pobre. Mis
padres llegaron a los Estados Unidos desde Alemania en mil novecientos siete, y
me trajeron con ellos. Tenía tres años en aquel momento. Mi padre estaba
empleado en una sastrería y, para empezar, ganaba cinco dólares a la semana. Yo
era entonces el único hijo; pero pueden imaginar cómo mejoró su posición
económica cuando más tarde tuvo tres hijas, una detrás de la otra. Él era
socialista y elocuente, y tan pronto como adquirió la ciudadanía, votó por
Eugene V. Debs. Esto hizo que algunas personas, cuyas opiniones sobre la
libertad de expresión estaban estrictamente limitadas a la libertad de su expresión,
creyeran que él debía ser deportado.
»Mi madre ayudaba
con un trabajo a tiempo parcial entre hijo e hijo. Desde la edad de nueve años,
yo repartía periódicos por la mañana antes del colegio y tenía trabajos sueltos
después de las clases. De algún modo, mi padre consiguió ahorrar lo suficiente
para comprar al contado una pequeña sastrería y yo trabajaba con él después de
la escuela. Cuando tuve dieciséis años, ya no tuve que permanecer en la
escuela, así que la abandoné en seguida para trabajar en la tienda todo el
tiempo. Nunca terminé el bachillerato.
Rubin comentó:
—Usted no parece
una persona sin instrucción.
—Depende de cómo
defina usted la instrucción. Si está dispuesto a estimar la clase de
instrucción que uno pesca por sí mismo en los libros, entonces yo soy
instruido, gracias al viejo Mr. Lineweaver.
—¿Ese Mr.
Lineweaver le dio libros a usted?
—En realidad, sólo
uno. Pero hizo que me interesara por los libros. De hecho, yo le debo casi
todo. Sin él, no habría conseguido despegar; así que quizá no sea un self-made
man; sin embargo, no es que me diera nada. Tuve que hacérmelo todo por mí
mismo, así que acaso soy en realidad un self-made man. Bueno…, no
estoy seguro.
Drake intervino:
—Usted hace que me
sienta confundido, Mr. Manfred. ¿Lo que ocurrió es que tuvo que trabajar por sí
mismo? ¿Un enigma de alguna clase?
—En cierto modo.
—¿Existe algún
episodio de su vida que sea bien sabido?
—Hubo alguna
mención en los periódicos de la época —repuso Manfred—, pero fue hace mucho
tiempo y ya está olvidado. A veces, sin embargo, me sorprendo de lo bonito que
fue todo. ¿Le saqué provecho? Yo fui acusado de influencia indebida y de Dios
sabe qué. Pero gané.
Rubin añadió:
—Me temo, Mr.
Manfred, que debo pedirle que nos cuente la historia con detalle. Cualquier
cosa que usted diga será considerada confidencial, y nadie la comentará fuera
de aquí.
Manfred comentó:
—Así me lo explicó
Mr. Gonzalo, señor, y lo acepto.
Por un momento, los
ojos de Manfred se posaron en Henry, el cual permanecía en el mostrador con su
aire acostumbrado de atención respetuosa.
Trumbull captó la
mirada y aclaró:
—Nuestro camarero,
que se llama Henry, es miembro del club.
—En ese caso
—continuó Manfred—, les relataré la historia y, si ustedes la encuentran
pesada, no tienen más que quejarse.
—Espere
—interrumpió Gonzalo con cierta autoridad—. Si hay en ello cualquier enigma o
misterio, me imagino que usted lo resolvió. ¿Es verdad?
—Oh, sí. No hay
ningún misterio que espere ser esclarecido. —Hizo un gesto con las manos como
de borrar—. No existe ningún enigma.
—En ese caso —pidió
Gonzalo—, cuando hable de la historia de Mr. Lineweaver, no nos cuente la
solución del enigma. Deje que la adivinemos.
Manfred se rio.
—Ustedes no la
adivinarán. Al menos de forma correcta.
—Bien —dijo Rubin—;
por favor, continúe con el relato e intentaremos no interrumpir.
Manfred explicó:
—La narración
comienza cuando yo aún no tenía quince años, justo después del final de la
guerra…, la Primera Guerra Mundial. Era sábado, no había escuela; pero todavía
tenía periódicos que repartir y la última parada de la ruta era una vieja
mansión. Yo dejaba el periódico en un pequeño gancho que estaba al lado de la
puerta y, una vez a la semana, tocaba el timbre, salía un sirviente, pagaba los
periódicos y me daba un cuarto de dólar como propina. El pago normal era diez
centavos, así que me sentía siempre agradecido a ese lugar singular.
»El sábado era el
día de cobro, así que pulsé el timbre, y en esta ocasión, por primera vez que
recordase, salió el viejo Mr. Lineweaver. Quizás ocurrió simplemente que él
estaba cerca de la puerta cuando toqué el timbre. Tenía unos setenta años y me
creí que era otro sirviente… Ya he dicho que yo nunca lo había visto hasta
entonces.
»Era un día de
enero intensamente frío. Estábamos en 1919. Yo iba vestido de un modo
inadecuado. Llevaba el único abrigo que tenía, y era bastante fino. Mis manos y
mi cara estaban de color azul, y temblaba. Yo no sentía una particular pena por
mí, dado que había repartido periódicos en muchos días de frío y la cosas iba
como iba, eso era todo. ¿Qué podía hacérsele?
»Mr. Lineweaver,
sin embargo, parecía alterado y me dijo:
»—Entra, muchacho.
Te pagaré en un lugar que esté caliente.
»Su aire
autoritario hizo que me diera cuenta de que él era el propietario de la casa, y
eso me asustó.
»Luego, cuando me
pagó, me dio un dólar como propina. Nunca había oído hablar de una propina de
un dólar. A continuación, me llevó a su biblioteca…, una gran habitación con
estantes desde el suelo hasta el techo en todas las paredes y una galería con
libros adicionales. Hizo que un sirviente me trajera un chocolate caliente y me
tuvo allí durante casi una hora, haciéndome preguntas.
»Yo intenté ser muy
educado, pero, finalmente, le dije que tenía que irme a casa porque mis padres
pensarían que me había ocurrido algo. No podía llamarles para tranquilizarlos;
porque, en 1919, muy poca gente tenía teléfono.
»Cuando llegué a mi
casa mis padres estaban muy impresionados, en especial con la propina de un
dólar, que mi padre cogió y se llevó. No fue crueldad por su parte; era
simplemente que había un cofre común para las ganancias de toda la familia y
ninguno de nosotros podía sacar nada de él para sí mismo. Mi sueldo de la
semana era exactamente cero.
»Al sábado
siguiente, el viejo Mr. Lineweaver me estaba esperando. No hacía tanto frío
como la semana anterior; pero volvió a invitarme a un chocolate caliente.
Cuando me ofreció otro dólar, yo seguí las instrucciones de mi padre y le dije
que era demasiado y que un cuarto de dólar era suficiente. Mi padre, me temo,
había aprendido de la vida a desconfiar de la generosidad inexplicable. Mr.
Lineweaver se rio y dijo que no tenía nada más pequeño y que debía tomarlo.
»Sospecho que él se
dio cuenta de las miradas curiosas que estaba dirigiendo a los libros, porque
preguntó si yo tenía libros en casa. Le respondí que mi padre tenía un par de
ellos, pero que estaban en alemán. Me preguntó si iba a la escuela y, naturalmente,
le dije que sí; pero que, en cuanto tuviera dieciséis años, tendría que
dejarla. Quiso saber si iba a la biblioteca pública y yo le contesté que a
veces, pero que, con el reparto de periódicos y la sastrería, la verdad era
que, no tenía demasiadas oportunidades para hacerlo.
»—¿Te gustaría
echar una mirada a estos libros?, preguntó, haciendo un gesto con la mano hacia
las paredes.
»—Podría
ensuciarlos, Mr. Lineweaver, respondí, con timidez, mirándome las manos que
estaban negras de la tinta de los periódicos.
»Él replicó:
»—Te explicaré lo
que hay que hacer. Los domingos, cuando no tengas colegio y la sastrería esté
cerrada, vienes aquí después de que hayas repartido los diarios y puedes
lavarte las manos y quedarte en la biblioteca todo el tiempo que quieras y leer
algunos libros. ¿Te gustaría eso?
»—Oh, sí —respondí.
»—Bien —continuó—,
entonces explica a tus padres que estarás pasando el tiempo aquí.
»Yo lo hice y,
durante diez años, estuve allí fielmente todos los domingos, excepto cuando me
hallaba enfermo o él se encontraba ausente. Cuando me hice mayor, yo iba los
sábados por la tarde e incluso alguna que otra noche entre semana.
»Él tenía una
variedad de libros maravillosamente amplia para poder escoger y una gran
proporción de novela inglesa. Leí a Thackeray y a Trollope y pensé mucho
sobre Tristram Shandy. Recuerdo haberme sentido fascinado por Ten
Thousand a Year de Warren. Era una mezcla de humor y política
reaccionaria increíble. El antihéroe era Tittlebat Titmouse y había un villano
muy efectivo llamado Oily Gammon. Gracias a mis lecturas, acabé aprendiendo
que gammon era un término slang equivalente a
nuestro término slang actual de boloney (tontería).
»Leí a Pope, Byron,
Shelley, Keats, Tennyson, Coleridge… Por alguna razón, no me gustaba Wordsworth
ni Browning. Había muchas obras de Shakespeare, como es natural. No me atraía
mucho lo que no fuera narrativa; pero recuerdo haber intentado leer el Origen
de las especies de Darwin y no haber llegado demasiado lejos. Había un
libro reciente, Perfil de la Historia de H. G. Wells, que me
fascinaba. Leí también a algunos escritores norteamericanos. Mark Twain y
Hawthorne; pero no pude estarme mucho con Moby Dick. Leí algo de
Walter Scott. Todo esto se fue desarrollando a costa de algunos años, desde
luego.
Trumbull se movió
en su silla y comentó:
—Mr. Manfred,
supongo que este Lineweaver era un hombre rico.
—Estaba en muy
buena posición, sí.
—¿Tenía hijos?
—Dos hijos ya
mayores. Una hija, también mayor.
—¿Nietos?
—Varios.
—¿Por qué,
entonces, le convirtió a usted en un substituto de su hijo?
Manfred meditó un
momento.
—No lo sé. La casa
estaba vacía con excepción de los sirvientes. Él era viudo. Sus hijos y nietos
rara vez iban a visitarle. Estaba solo, supongo, y le gustaba tener a un joven
en la casa, de cuando en cuando. Tengo la impresión de que él pensaba que yo era
brillante, y se veía que disfrutaba con mi afición por los libros. En algunas
ocasiones, se sentaba y hablaba conmigo acerca de ellos, me preguntaba lo que
pensaba de éste o de aquél, y me sugería algunos que podía leer.
—¿Alguna vez le dio
algo de dinero? —preguntó Trumbull.
—Solamente aquel
dólar a la semana que me entregaba sin falta cada sábado. Finalmente, abandoné
la ruta de los periódicos; pero él no lo supo. Yo seguí llevándole el diario
cada día. Yo mismo lo compraba y lo entregaba.
—¿Le daba de comer?
—El chocolate
caliente. Cuando me quedaba a la hora de la comida, un sirviente me traía un
bocadillo de jamón y leche o algo así.
—¿Le dio libros?
Manfred meneó la
cabeza lentamente.
—Mientras vivió,
no. Nunca. No me dio ninguno ni me prestó ninguno. Yo podía leer lo que
quisiera; pero sólo mientras permaneciera en la biblioteca. Tenía que lavarme
las manos antes de entrar en ella, y debía volver a colocar cada libro en el
estante en el lugar de donde lo había sacado, antes de tomar otro.
Avalon intervino:
—Me imagino que los
hijos de Mr. Lineweaver estarían disgustados con usted.
—Creo que lo
estaban —reconoció Manfred—. Pero nunca los vi en vida del anciano. Una vez, él
me dijo con una risita: «Uno de mis hijos ha dicho que debo vigilarte o te
llevarás algunos de mis libros.» Debí parecer horrorizado ante el insulto a mis
padres. ¿Sería ésa la clase de hijo que ellos educaron? Él se rio, me revolvió
el cabello y concluyó: «Yo le he dicho que no sabía de qué estaba hablando.»
Rubin preguntó:
—¿Eran valiosos
esos libros?
—En aquel tiempo,
nunca se me ocurrió que pudieran serlo. No tenía idea de lo que costaban los
libros, o de que algunos pudieran tener más valor que otros. Aunque, al final
lo averigüé. Él estaba orgulloso de ellos, ya ven. Me contó que cada uno de
aquellos volúmenes lo había comprado él mismo. Le comenté que algunos de ellos
parecían tan viejos que debía haberlos comprado cuando era un muchachito.
»Se rio y observó:
»—No, he comprado
muchos de ellos en librerías de segunda mano. Eran viejos cuando los compré, ya
ves. Si haces eso, a veces puedes pescar algunos libros valiosos por casi nada.
Un triple diablo; dijo. Un triple diablo.
»Yo pensé que se
estaba refiriendo a sí mismo y a lo listo que era para encontrar esos libros
valiosos. Naturalmente, yo no sabía distinguir cuáles podían ser los libros de
valor.
»A medida que
pasaron los años, desarrollé una ambición. Lo que yo quería era poseer una
librería algún día. Quería estar rodeado de libros y venderlos hasta que
hubiera ganado el suficiente dinero para formar una biblioteca propia, una
colección de libros que no tuviera que vender y que pudiera leer para contento
de mi corazón.
»Se lo expliqué una
vez a Mr. Lineweaver, cuando él me preguntó. Le dije que iba a trabajar en la
sastrería y a ahorrar cada centavo hasta que tuviera suficiente para comprar
una librería o quizás un almacén vacío y luego adquirir los libros.
»Lineweaver meneó
la cabeza:
»—Necesitarás mucho
tiempo para eso, Bennie. El problema es que tengo hijos propios, aunque son muy
egoístas. Sin embargo, no hay ninguna razón para que no pueda ayudarte de
alguna manera solapada en la cual ellos no puedan hacer nada. Simplemente,
recuerda que tengo un libro muy valioso.
»Yo le dije:
»—Espero que esté
escondido, Mr. Lineweaver.
»—En el mejor lugar
del mundo —contestó—. ¿Recuerdas tu Chesterton? ¿Cuál es el mejor lugar para
esconder un guijarro?
»Yo reí. Las
historias del Padre Brown eran nuevas entonces y me gustaban mucho.
»—En la playa
—respondí—; y el mejor sitio para esconder una hoja es el bosque.
»—Exactamente
—convino Mr. Lineweaver—; y mi libro está escondido en la biblioteca.
»Yo miré alrededor
con curiosidad.
»—¿Cuál es?
—pregunté, e inmediatamente lo sentí, porque él podía haber pensado que quería
cogerlo.
»Mr. Lineweaver
meneó la cabeza:
»—No te lo diré.
»¡El triple diablo!
De nuevo creí que se estaba refiriendo a su propia astucia para no revelar el
secreto.
»A principios de
1929, casi diez años después del día que yo lo había visto por primera vez, él
murió y yo recibí una llamada de los abogados para asistir a la lectura del
testamento. Eso me sorprendió; pero mi madre estaba en el séptimo cielo. Ella
creyó que yo heredaría mucho dinero. Mi padre frunció el ceño y se preocupó
porque el dinero pertenecía a la familia y yo podía ser un ladrón al quedarme
con lo que era de ellos. Él era de esa clase de personas.
»Asistí, vestido
con mi mejor traje, y me sentí increíblemente incómodo y fuera de lugar. Estaba
rodeado por la familia, los hijos y los nietos. Nunca los había visto hasta ese
día, y las miradas que me dirigieron eran todo lo contrario de amables. Creo que
ellos también pensaban que yo recibiría mucho dinero.
»Pero no tuvieron
que preocuparse. Me dejó un libro, uno, de su biblioteca. Un libro
cualquiera que desease yo. Tenía que ser a mi libre elección. Sabía que él
quería que yo tuviera el valioso, pero nunca me dijo cuál era.
»El legado no
satisfizo a la familia. Ustedes pensarán que ellos podían prescindir de un
libro de entre quizá diez mil; pero, al parecer, les disgustaba el hecho de que
yo fuera mencionado en el testamento. El abogado me dijo que podía hacer mi
elección tan pronto como fuera oficial el testamento.
»Yo pregunté si
podía ir a la biblioteca y estudiar los libros con objeto de hacer esa
elección. El abogado pareció pensar que era razonable, pero fue objetado en
seguida por la familia, quienes señalaron que el testamento no decía nada
acerca de que yo fuera a la biblioteca.
»—Tú has estado
allí con la frecuencia y el tiempo suficientes —dijo el mayor—. Simplemente haz
tu elección y puedes tenerlo cuando sea oficial el testamento.
»El abogado no se
sintió demasiado complacido por ello y afirmó que precintaría la biblioteca
hasta la ejecución del testamento y que nadie podía entrar. Eso me hizo sentir
mejor, porque yo pensaba que quizá la familia sabía qué libro era el valioso y
lo sacarían ellos mismos.
»Requería tiempo el
que el testamento se hiciera oficial; así que rehusé la elección de inmediato.
La familia gruñó ante eso; pero el abogado triunfó con su opinión. Estuve
pensando mucho. ¿Me había dicho el anciano Mr. Lineweaver alguna cosa especial
que pudiera haber tenido como intención dar una pista? Yo no podía pensar en
nada sino en el «triple diablo» que él acostumbraba a llamarse a sí mismo
cuando quería alabar su propia astucia… Pero él solamente decía eso cuando
hablaba del libro valioso. ¿Podía la frase referirse al libro y no a sí mismo?
»Yo tenía ya
veinticuatro años y estaba lejos de ser el niño inocente de diez años antes.
Poseía una amplia variedad de información en las puntas de los dedos, gracias a
la lectura y, cuando llegó el momento de hacer mi elección, no tuve que entrar
en la biblioteca. Di el nombre del libro que quería y expliqué con toda
exactitud en qué estante y lugar estaba, porque lo había leído, naturalmente,
aunque nunca sospeché que fuera valioso.
»El mismo abogado
entró y lo cogió para dármelo, y fue el adecuado. Como comerciante de libros,
sé ahora por qué era valioso; pero eso no importa. El asunto es que yo hice que
el abogado, un buen hombre, se ocupara de valorarlo y luego venderlo en subasta
pública. El libro consiguió setenta mil dólares, una verdadera fortuna en
aquellos días. Si fuera ofrecido ahora en subasta, conseguiría un cuarto de
millón; pero yo necesitaba el dinero entonces.
»La familia se puso
furiosa, naturalmente, pero no pudieron hacer nada. Apelaron; pero el hecho de
que no me hubieran dejado entrar en la biblioteca y estudiar los libros les
hizo perder muchas simpatías. El caso es que, después de que se terminara la batalla
legal, compré una librería, logré pagarla gracias a la Depresión, cuando los
libros eran una forma de diversión relativamente barata, y puse las cosas en el
lugar que están ahora… Así que…, ¿puede decirse que soy un self-made
man?
Rubin manifestó:
—En mi opinión, eso
no entra en el concepto de suerte. Usted tenía que pescar un libro de entre
diez mil sobre la base de una pista pequeña y oscura, y lo hizo. Eso es ingenio
y, por tanto, usted se ganó el dinero. Simplemente, por curiosidad, ¿cuál era el
libro?
—¡Eh! —advirtió
Gonzalo con enfado.
Manfred recordó:
—Mr. Gonzalo me
pidió que no les diera la solución. Dijo que ustedes podían querer averiguarla
por sí mismos.
El humo del
cigarrillo de Drake dio vueltas hacia el techo. Con su voz ligeramente ronca,
dijo:
—Uno de entre diez
mil sobre la base del «triple diablo». Nosotros nunca vimos la biblioteca y
usted sí la vio. Usted sabía qué libros había allí y nosotros no. No es una
prueba equitativa.
—Lo admito
—contestó Manfred—; así que se lo diré si lo desean.
—No —se opuso
Gonzalo—. Hemos de disponer de una oportunidad. El libro debía tener la palabra
«diablo» en el título. Podía haber sido El diablo y Daniel Webster,
por ejemplo.
—Eso es un relato
corto de Stephen Vincent Benét —explicó Manfred—. Y no fue publicado hasta mil
novecientos treinta y siete.
Halsted intervino:
—La imagen usual
del diablo, con cuernos, pezuñas y rabo está sacada, en realidad, del dios
griego de la Naturaleza, Pan. ¿Se trataba de un libro de Pan o con la palabra
«Pan» en el título?
—En realidad
—contestó Manfred—, no puedo pensar en ninguno.
Avalon continuó:
—La diosa ocultista
Hécate es considerada a menudo como triple: virgen, matrona y vieja arrugada,
porque también era una diosa de la Luna, y ésas eran las fases: cuarto
creciente, llena, y cuarto menguante. Como diosa bruja, podía ser considerada
un triple diablo. Las Memorias del Condado de Hécate fueron
publicadas demasiado tarde para ser la solución; pero…, ¿hay algo anterior con
Hécate en el título?
—No, que yo sepa
—contestó Manfred.
Hubo un silencio en
la mesa y Rubin dijo:
—No tenemos
suficiente información. Creo que el relato ha sido interesante en sí mismo y
que Mr. Manfred puede explicarnos ahora la solución.
Gonzalo objetó:
—Henry no ha tenido
su oportunidad. Henry…, ¿tiene alguna idea de cuál puede ser el libro?
El camarero sonrió.
—Tengo una pequeña
noción.
Manfred sonrió
también.
—No creo que sea
correcta.
Henry añadió:
—Quizá no. En
cualquier caso, la gente a menudo siente temor de mencionar al diablo por su
nombre por miedo de evocarlo al hacerlo, así que usan numerosos apodos o
eufemismos para él. Es muy frecuente que usen el diminutivo de algún nombre
corriente masculino, como una especie de gesto amistoso que pudiera servir para
aplacarle. Me viene a la mente «Old Nick».
Manfred medio se
levantó del asiento; pero Henry no le prestó atención.
—Una vez se cae en
eso, es sencillo pasar a pensar en Nicholas Nickleby; el cual, por
decirlo de alguna manera, es el «Old Nick» dos veces y por tanto el «doble
diablo».
—Pero nosotros
queremos el «triple diablo», Henry —apuntó Gonzalo.
—El diminutivo de
Richard nos da «dickens», un eufemismo muy conocido para el diablo como
en What the dickens! (¡qué demonios!) y el autor de Nicholas
Nickleby es, naturalmente, Charles Dickens, y aquí tenemos el «triple
diablo». ¿Tengo razón, Mr. Manfred?
Manfred asintió.
—Tiene toda la
razón, Henry. Me temo que yo no fui tan ingenioso como he creído durante
cincuenta y cinco años. Usted lo ha hecho en mucho menos tiempo que yo y sin
siquiera ver la biblioteca.
Henry replicó:
—No, Mr. Manfred.
Yo tengo mucho menos mérito que usted. Ya ve, usted dio la solución al relatar
los acontecimientos.
—¿Cuándo? —preguntó
Manfred frunciendo el ceño—. He tenido cuidado de no decir nada en absoluto que
pudiera darles a ustedes un indicio.
—Exactamente,
señor. Usted mencionó muchos autores y ni siquiera una vez nombró el novelista
preeminente del siglo XIX y probablemente de cualquier otro siglo,
quizás incluso de cualquier lengua. El hecho de que dejara de mencionarlo me
hizo pensar en seguida que había una significación particular en el nombre de
Charles Dickens y el «triple diablo». Entonces, no representó ningún misterio
para mí.
FIN
·
Autor: Isaac Asimov
·
Título: El triple diablo
·
Título Original: Triple Devil
·
Publicado en: Ellery Queen’s Mystery
Magazine, agosto de 1985
·
Traducción: María José Buxó – Dulce
Montesinos

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