© Libro N° 13731. Popsy. King, Stephen.
Emancipación. Abril 19 de 2025
Título Original: © Popsy. Stephen King
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Original: © Popsy. Stephen King
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Guillermo Molina Miranda
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Stephen King
Popsy
Stephen King
Stephen King: Popsy
Sinopsis: «Popsy» es
un cuento de Stephen King, publicado por primera vez en 1987 en la
antología Masques II y luego incluido en la recopilación de
relatos Nightmares & Dreamscapes (1993). La historia sigue
a Sheridan, un hombre con cuantiosas deudas de juego que se dedica a secuestrar
niños que luego vende a un sujeto apodado «el Mago» para pagar a sus siniestros
acreedores. Una tarde, mientras merodea por un centro comercial, se cruza con
un niño perdido y vulnerable, al que decide raptar. Sin embargo, algo en el
chico le resulta inusual. Sheridan no tarda en descubrir que ha cometido un
terrible error.
Popsy
Stephen King
(Cuento completo)
Sheridan circulaba
despacio por el largo y vacío paseo del centro comercial cuando vio salir al
pequeño por la puerta principal, justo debajo del letrero luminoso de
COUSINTOWN. El niño tendría quizá unos tres años, aunque estaba bastante
desarrollado para esa edad, pero seguro que no pasaba de los cinco. Llevaba en
el rostro una expresión con la que Sheridan había llegado a armonizar
exquisitamente. El pequeño intentaba no echarse a llorar, aunque no tardaría
mucho en hacerlo.
Sheridan vaciló un
momento; sintió la suave y conocida oleada de desprecio por sí mismo… pero cada
vez que se llevaba un niño, esa sensación se hacía menos urgente. La primera
vez, había pasado una semana con insomnio. No dejaba de pensar en aquel enorme
y grasiento turco, que se hacía llamar señor Mago, y no cesaba de preguntarse
qué hacía con los niños.
—Van a pasear en
barco, señor Sheridan —le había respondido el turco.
Aunque aquello, a
sus oídos, sonó más bien a Ven a bassaar an berco, siño Sheridan.
El turco sonrió. Y si sabe lo que le conviene, no haga más preguntas,
le dijo aquella sonrisa, y luego lo hizo en voz alta y clara, sin acentos.
Sheridan no había
vuelto a preguntar más, aunque eso no significaba que no hubiera seguido
intrigado. Le daba vueltas y vueltas, con el deseo de poder volver atrás para
darle más y más vueltas, para alejarse de la tentación. La segunda vez lo había
pasado tan mal como la primera…; la tercera, ya un poco menos… y a la cuarta,
ya había dejado de formularse preguntas sobre el «basseo en berco» y qué
esperaba a los niños al final del recorrido.
Sheridan estacionó
la furgoneta en uno de los lugares señalizados para tal fin que había justo
delante del centro comercial; casi siempre aparecían vacíos porque estaban
reservados para los inválidos, eso impedía que los agentes de seguridad del
centro comercial sospecharan nada; además, esos estacionamientos resultaban muy
apropiados.
«Siempre finges que
no saldrás a buscar, pero luego robas una placa de inválido uno o dos días
antes».
¿Qué más daba toda
esa basura? Se encontraba en un aprieto y ese crío podía sacarle de él.
Se apeó de la
furgoneta y se dirigió hacia el niño, que miraba a su alrededor con un pánico
cada vez más azorado reflejado en el rostro. «Sí —pensó—, tiene cinco años,
quizá seis… aunque es un tanto delgaducho». Bajo el intenso brillo de los
fluorescentes que se filtraba por las puertas de cristal, el niño se veía
pálido y enfermizo. Quizá estuviera enfermo de verdad, pero Sheridan supuso que
sería a causa del susto.
El pequeño miraba,
esperanzado, a la gente que pasaba por su lado; personas que entraban en el
centro comercial, deseosas de comprar, y que salían cargadas de paquetes, con
rostro aturdido, como drogadas, y con un aspecto que tal vez consideraran como
de satisfacción.
El niño, que vestía
unos tejanos lavados a la piedra y una camiseta con el anagrama de los Penguins
de Pittsburgh, buscaba ayuda; buscaba a alguien que se fijara en él y notara
que algo iba mal; buscaba a cualquier persona que le formulara la pregunta adecuada:
«¿Has perdido a tu papá, hijo?», por ejemplo; buscaba un amigo.
«Aquí estoy —pensó
Sheridan mientras se acercaba a él—. Aquí estoy, hijito. Yo seré tu amigo».
Estaba a punto de
abordar al niño cuando vio que, por el vestíbulo, un guardia de seguridad del
centro comercial se dirigía despacio hacia las puertas. El hombre buscaba algo
en el bolsillo, quizá un paquete de cigarrillos. El tipo saldría, vería al niño
y le arruinaría el negocio a Sheridan.
«¡Mierda!», pensó
Sheridan, pero, al menos, cuando el policía saliera no lo pescaría hablando con
el niño. Hubiera sido peor.
Sheridan retrocedió
un poco y se dedicó a buscar en sus propios bolsillos, en un intento de fingir
que se aseguraba de tener las llaves. Su mirada pasó rápidamente del niño al
guardia de seguridad y de éste al niño de nuevo, el cual había comenzado a llorar.
No lo hacía a gritos, aún no, pero los lagrimones, que parecían rojizos bajo el
resplandor del letrero del CENTRO COMERCIAL COUSINTOWN, le resbalaban
por las suaves mejillas.
La joven del
mostrador de «información» le hizo una seña al guardia y le dijo algo. Era
guapa, morena, de unos veinticinco años; el agente tenía el pelo de un color
arena y lucía bigote. Cuando se acodó en el mostrador y sonrió a la chica, a
Sheridan se le ocurrió pensar que se parecían a aquellos anuncios de
cigarrillos que salían en las contraportadas de las revistas. «El espíritu de
Salem». «Enciende mi Lucky». Él se moría ahí fuera y ellos, dentro, de charla.
En ese momento, la chica hacía una caída de ojos. Qué monada.
De repente,
Sheridan decidió arriesgarse. El pecho del niño comenzaba a agitarse, y tan
pronto como se pusiera a llorar a gritos, alguien repararía en él. No le hacía
gracia actuar con un guardia a menos de doce metros de distancia; pero si
dentro de las veinticuatro horas siguientes no cancelaba los pagarés que
firmara en Reggie’s, un par de tipos muy fornidos irían a visitarle, y le
harían una operación de cirugía improvisada en los brazos, para agregarle
varios centímetros en cada uno.
Se dirigió hacia el
niño. Sólo era un hombre corriente, vestido con una vulgar camisa Van Heusen y
pantalones caqui: un hombre con un rostro ancho y normal que, a primera vista,
daba sensación de amabilidad. Se inclinó sobre el pequeño, con las manos apoyadas
justo encima de las rodillas, y el chiquillo volvió su pálido y asustado rostro
hacia el de Sheridan. Sus ojos eran verdes como las esmeraldas, y las lágrimas
que los bañaban acentuaban su color.
—¿Has perdido a tu
papá, hijo? —le preguntó, amable Sheridan.
—A mi Popsy —repuso
el crío, al tiempo que se enjugaba las lágrimas—. ¡Mi papá no está aquí, y no…
no puedo encontrar a mi Po… a mi Pooopsy!
Rompió a llorar de
nuevo, y una mujer que se disponía a entrar, se volvió a mirarle, con una vaga
preocupación reflejada en su rostro.
—No pasa nada —le
dijo Sheridan.
La mujer prosiguió
su camino.
Para
tranquilizarle. Sheridan rodeó los hombros del niño con un brazo y lo condujo
despacio hacia la derecha, en dirección a donde tenía la furgoneta. Luego, echó
una mirada hacia el centro comercial.
El guardia de
seguridad tenía el rostro casi pegado al de la joven de información. Parecía
como si hubiera algo bastante ardiente entre ellos…; de no ser así, pronto lo
habría. Sheridan se relajó. Tal y como estaban las cosas, si atracaran el Banco
del vestíbulo, el poli no se enteraría de nada. Aquello empezaba a parecerle
pan comido.
—¡Quiero ir con
mi Popsy! —lloró el niño.
—Por supuesto,
seguro que sí —dijo Sheridan—. Y vamos a buscarlo ahora mismo. No te preocupes.
Condujo al niño un
poco más hacia la derecha.
El pequeño lo miró
desde su escasa altura con un asomo de repentina esperanza.
—¿Y podrás
encontrarle?
—¡Claro que sí!
—exclamó Sheridan con una sonrisa—. Se podría decir que buscar Popsies perdidos
es una de mis especialidades.
—¿De verdad?
El niño esbozó una
ligera sonrisa, aunque sus ojos continuaron estando llorosos.
—De verdad
—respondió Sheridan.
Se volvió a mirar
de reojo al interior del centro comercial para asegurarse de que el guardia, al
que apenas lograba ver (y quien apenas lograría ver a Sheridan y al niño si
levantaba la vista), seguía subyugado. Y así era.
—¿Cómo iba vestido
tu Popsy, hijo?
—Llevaba el traje
—respondió el niño—. Casi siempre lleva su traje. Sólo una vez lo vi con
tejanos.
Hablaba como si
Sheridan tuviera la obligación de saberlo todo sobre su Popsy.
—Apuesto a que el
traje es negro —aventuró Sheridan.
Los ojos infantiles
se iluminaron y lanzaron unos rojos destellos bajo el luminoso del
establecimiento, como si sus lágrimas se hubieran convertido en sangre.
—¡Lo has visto!
¿Dónde?
Olvidadas las
lágrimas, el niño, ansioso, se dirigió hacia las puertas de entrada, y Sheridan
tuvo que hacer un gran esfuerzo para no agarrarle allí mismo. De nada le
serviría. No podía montar un número. Debía evitar cualquier acción que la gente
recordara más tarde. Tenía que meterlo en la furgoneta. Todos los cristales de
ésta eran ahumados excepto el del parabrisas: incluso a un palmo de distancia,
resultaba poco menos que imposible ver lo que iba en su interior.
Lo primero era
meterle en la furgoneta.
Tocó al niño en el
brazo.
—Hijo, no lo he
visto ahí dentro —dijo—. Sino por allá.
Señaló hacia el
enorme estacionamiento con sus interminables grupos de coches. En el extremo
opuesto había un camino de acceso, y, más allá, podían verse los dobles arcos
amarillos de McDonald’s.
—¿Y para qué
iría Popsy hacia allá? —inquirió el niño, como si Sheridan
o Popsy, o quizá ambos, se hubieran vuelto completamente locos.
—No lo sé
—respondió Sheridan.
Su mente funcionaba
a toda velocidad; avanzaba como un tren expreso, lo que hacía siempre que
necesitaba llegar al punto en que debía dejarse de rodeos y zambullirse en la
piscina con decisión o cagarla con toda honra. Popsy. Nada de papá,
ni de papi, sino Popsy. El niño mismo le había corregido a él.
Sheridan llegó a la conclusión de que Popsy sería el abuelo
del pequeño.
—Pero estoy seguro
de que se trataba de él. Un hombre mayor, con un traje negro, cabello blanco…,
corbata verde…
—Popsy lleva
la corbata azul —le contradijo el niño—. Sabe que es la que más me gusta.
—Ya, puede que
fuera azul —dijo Sheridan—. Con estas luces, nunca se sabe. Anda, sube a la
furgoneta que te llevaré con él.
—¿Estás seguro de
que era Popsy? No entiendo para qué iría Popsy a
un sitio donde…
Sheridan se encogió
de hombros.
—Mira, niño —dijo—,
si estás seguro de que no era él, será preferible que lo busques tú solo. A lo
mejor lo encuentras cuando menos te esperas.
Y se alejó de
repente en dirección a la furgoneta.
El niño no lo
siguió. Sheridan pensó en regresar y volver a intentarlo, pero el asunto se
había alargado demasiado; o mantenía al mínimo las posibilidades de llamar la
atención o tal vez consiguiera veinte años en Hammerton Bay. Era mejor que se
marchara a otro centro comercial. A Scoterville, quizá. O a…
—¡Eh, señor,
espérame!
Se trataba del
pequeño. En su voz se traslucía el pánico. Se oyó el sonido sordo de las
zapatillas.
—¡Espera! Yo le
había dicho que tenía sed. Supongo que iría hasta allí para buscarme algo de
beber. ¡Espera!
Sheridan se volvió,
todo sonrisas.
—Lo cierto es que
no iba a abandonarte, hijo.
Condujo al niño
hasta la furgoneta, que tenía cuatro años y estaba pintada de un azul
indefinido. Abrió la puerta y le sonrió; el niño lo miró, dubitativo, con
aquellos ojos verdes nadándole en su pálida carita.
—Entra en mi reino
—dijo Sheridan.
No tenía problema con las tías, y tampoco con la bebida, porque sabía
prescindir de ambas cosas cuando quería. Su problema lo constituían los naipes;
cualquier clase de naipes, con tal de que fueran del tipo que te permite entrar
en juego cambiando billetes por fichas. Había perdido empleos, tarjetas de
crédito, la casa que su madre le había dejado… Jamás había estado en la cárcel,
al menos hasta ese momento: pero la primera vez que tuvo problemas con el señor
Reggie, llegó a pensar que la cárcel, comparada con aquello, sería como una
cura de reposo.
Aquella noche había
perdido un poco la razón. Llegó a la conclusión de que lo mejor era perder al
comenzar la partida. Porque si perdía de entrada, se desanimaba y se marchaba a
su casa, veía un rato a Carson en la televisión y, después, se acostaba. Pero
cuando ganaba un poco al principio, seguía jugando. Esa noche, Sheridan había
insistido, y acabado con una deuda de diecisiete mil dólares. Ni él mismo podía
creérselo; volvió a su casa aturdido, casi azorado por la enormidad de la
cifra. En el coche, no cesaba de repetirse que al señor Reggie no le debía
setecientos ni siete mil, sino ¡diecisiete mil dólares! Cada vez que ese
pensamiento volvía a su mente, se echaba a reír a lo tonto y subía el volumen
de la radio.
Sin embargo, a la
noche siguiente, no se echó a reír a lo tonto cuando los dos gorilas (los que
le retorcerían los brazos de mil maneras, nuevas y curiosas, si no pagaba) lo
llevaron al despacho del señor Reggie.
—Pagaré —balbuceó
Sheridan de inmediato—. Escúcheme, pagaré mi deuda, no hay problema; sólo es
cuestión de un par de días; una semana o dos a lo sumo.
—Me aburres,
Sheridan —dijo el señor Reggie.
—Yo…
—Cierra la boca. Si
te diese una semana, ¿crees que no me sé yo lo que harías? Le darías el sablazo
a algún amigo y conseguirías unos doscientos dólares, si es que tienes algún
amigo a quien recurrir. Si no logras encontrar un amigo, atracarás una tienda
de bebidas… si es que tienes agallas para hacerlo, cosa que dudo, aunque todo
es posible. —El señor Reggie se inclinó hacia adelante, apoyó la barbilla en
las manos y sonrió. Olía a colonia Ted Lapidus—. Y si lograras conseguir
doscientos dólares, ¿qué harías?
—Dárselos a usted
—había farfullado Sheridan, que a esas alturas estaba a punto de mearse en los
pantalones—. ¡Se los entregaría de inmediato!
—De eso nada
—repuso el señor Reggie—. Te irías al hipódromo y tratarías de aumentar esa
cifra. Y lo que me darías sería un montón de disculpas de mierda. Amigo mío,
esta vez estás enterrado hasta las orejas. Más arriba de las orejas.
Sheridan comenzó a
lloriquear.
—Estos muchachos
podrían mandarte al hospital una buena temporada —dijo el señor Reggie en tono
reflexivo—. Allí, te pondrían una sonda en cada brazo y otra en la nariz.
Sheridan comenzó a
lloriquear con más fuerza.
—Voy a hacerte un
favor —dijo el señor Reggie, y deslizó una hoja de papel doblada por encima del
escritorio hacia Sheridan—, quizá llegues a entenderte con este tipo. Se hace
llamar señor Mago, pero es una mierda igual que tú. Y ahora, ¡fuera de aquí!
Pero dentro de una semana te haré volver y tendré tus pagarés sobre este
escritorio. Cuando ese momento haya llegado, o me los cancelas o haré que mis
amigos hagan contigo un buen trabajito. Y como Booker T. dice, una vez puestos,
no paran hasta que se sienten satisfechos.
En la hoja de papel
aparecía escrito el verdadero nombre del Turco. Sheridan fue a visitarle, y se
enteró de lo de los niños y los bassaos en berco. El señor Mago
puso también una cifra que era bastante más elevada que la suma a la que
ascendían los pagarés en poder del señor Reggie. Entonces fue cuando Sheridan
empezó a moverse por los centros comerciales.
Salió del estacionamiento principal del Centro Comercial Cousintown, comprobó
que no pasaran coches, y se metió en el camino de entrada al McDonald’s. El
niño iba sentado en el borde del asiento del acompañante, con las manos sobre
las rodillas del tejano lavado, y los ojos agónicamente alertas. Sheridan
enfiló hacia el edificio, hizo un giro muy abierto para evitar el carril de
desvío y pasó de largo.
—¿Por qué vas a la
parte de atrás? —preguntó el pequeño.
—Para ver las demás
puertas —contestó Sheridan—. Quédate tranquilo, chico. Creo haberle visto ahí
dentro.
—¿De veras? ¿Lo
dices en serio?
—Estoy casi seguro.
Una oleada de
sublime alivio inundó el rostro del niño y, por un momento, Sheridan sintió
compasión del pequeño: por el amor de Dios, que él no se consideraba ni un
monstruo ni un maníaco. Pero esos pagarés habían ido aumentando de precio cada
vez y el hijoputa del señor Reggie no sentiría el menor remordimiento si
Sheridan decidía ahorcarse. Porque esta vez ya no eran diecisiete, ni veinte,
ni siquiera veinticinco mil dólares. Esta vez tendría que conseguir treinta y
cinco de los grandes si para el sábado siguiente no quería encontrarse con unos
cuantos codos nuevos en los brazos.
Se detuvo en la
parte trasera, junto al depósito de la basura. No había nadie estacionado.
Bien. En la parte interior de la puerta de la furgoneta llevaba una bolsa de
plástico para guardar mapas u otros objetos. Sheridan metió la mano izquierda
en él y sacó un par de esposas Koch de acero azulado. Estaban abiertas.
—Oiga, ¿por qué
vamos a parar en este sitio? —inquirió el niño.
Lo preguntó con un
tono de voz en el que se reflejaba otro tipo de miedo; esa voz decía que tal
vez haber perdido a Popsy en un centro comercial atestado de
gente no era lo peor que podía ocurrirle.
—En realidad no
pararemos aquí —respondió Sheridan con cierta seguridad.
La segunda vez que
había hecho aquello aprendió en su propia carne que no es conveniente
subestimar ni tan siquiera a un niño de seis años cuando le entra el pánico. El
segundo crío le había encajado una patada en los cojones y a punto había estado
de escapársele.
—Es que me he dado
cuenta de que no me he puesto las gafas para conducir. Podrían quitarme el
permiso. Están en esa funda que hay en el suelo. Se ve que se han escurrido
hasta ahí. ¿Quieres dármelas, por favor?
El niño se agachó
para recoger con la mano derecha la funda, que estaba vacía. Sheridan se
inclinó y, con una limpieza de película, logró colocarle una de las anillas en
la otra mano. Y ahí comenzaron los problemas. ¿Acaso no acababa de recordar que
constituía un grave error subestimar incluso a un crío de seis años? El niño
luchó como un gato montés; se retorció con una musculosidad de anguila que
Sheridan jamás hubiera creído posible en una bolsa de huesecitos como aquélla.
Se retorció, luchó y se abalanzó hacia la puerta, entre resoplidos y extraños
grititos, como de pájaro. Aferró el tirador. La portezuela se abrió de par en
par, pero la luz del habitáculo no se encendió porque Sheridan, después de su
segunda incursión, la había quitado.
Agarró al niño por
el cuello de la camiseta de los Penguins y tiró de él hacia dentro. Intentó
enganchar la otra anilla de las esposas en el asa especial que había junto al
asiento del acompañante, pero falló. El niño le mordió dos veces e hizo que le
sangrara. Diablos, sus dientes parecían cuchillas. El dolor le llegó hondo y le
recorrió el brazo con sus aceradas punzadas. Le propinó un puñetazo en la boca.
Atontado, el pequeño cayó sobre el asiento; la sangre de Sheridan, que le había
manchado la boca y la barbilla, le goteaba sobre el cuello ribeteado de la
camiseta. Sheridan cerró la otra esposa en el asa del asiento y luego se
desplomó en el suyo, chupándose el dorso de la mano derecha.
Le dolía mucho.
Apartó la mano de la boca y se la miró bajo la débil luz del tablero de
instrumentos. Dos cortes irregulares y poco profundos, de unos cinco
centímetros de largo, partían desde encima de los nudillos en dirección a la
muñeca. La sangre manaba en débiles hilos. No obstante, no sintió el impulso de
volver a zurrar al niño, y aquello no tenía nada que ver con dañar la mercancía
del Turco, a pesar del modo quisquilloso en que éste le había advertido que no
lo hiciera: «astrobea la marcancía y astrobearás el brecio», le había dicho el
Turco con su acento aflautado.
No, no culpaba al
chico por luchar; él, en su lugar, habría hecho lo mismo. Tendría que
desinfectarse la herida lo antes posible, en una de ésas, hasta necesitaría que
lo vacunaran: había leído en alguna parte que las mordeduras de los humanos
eran las peores; aunque, en cierto modo, admiraba el coraje del pequeño.
Metió la primera,
rodeó el edificio de ladrillos, dejando atrás la ventanilla vacía de la
entrada, y regresó al camino de acceso. Giró a la izquierda. El Turco tenía una
enorme casa estilo rancho en Taluda Heights, en las afueras de la ciudad.
Sheridan iría hacia allí a través de caminos secundarios, por si acaso.
Cuarenta y cinco kilómetros. Tres cuartos de hora… una quizá.
Dejó atrás un
cartel que decía: GRACIAS POR COMPRAR EN EL
PRECIOSO CENTRO COMERCIAL COUSINTOWN, giró a la izquierda, y
puso la furgoneta a la velocidad perfectamente legal de sesenta kilómetros por
hora. Sacó un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón, se envolvió en él la
mano derecha y se concentró en seguir las luces de los faros en dirección a los
cuarenta billetes de mil dólares que el Turco le había prometido.
—Te arrepentirás —dijo el niño.
Impaciente,
Sheridan se volvió a mirarle; acababan de despertarlo de un sueño en el que
había logrado veinte puntos seguidos y tenía al señor Reggie postrado a sus
pies, con el culo a rastras, y le suplicaba que se detuviera; ¿qué pretendía?,
¿acaso quería arruinarle?
El niño lloraba de
nuevo, y sus lágrimas seguían ofreciendo aquella extraña tonalidad rojiza. Por
primera vez, Sheridan se preguntó si el crío no estaría enfermo…, si no tendría
algo contagioso. A él tanto le daba, con tal de que no se le pegara y que el
señor Mago le pagase antes de darse cuenta.
—Cuando mi Popsy se
entere, te aseguro que te arrepentirás —sentenció el chiquillo.
—Ya —repuso
Sheridan y encendió un cigarrillo.
Salió de la
Carretera Estatal Veintiocho y se metió por un camino alquitranado de dos
carriles, sin señalizar. A la izquierda se extendía una amplia zona pantanosa,
y a la derecha, unos bosques sin fin.
El niño tiró de las
esposas y sollozó.
—Deja de llorar. No
te servirá de nada.
No obstante, el
pequeño volvió a dar otro tirón. Esa vez, el sonido que emitió fue una especie
de gruñido de protesta que a Sheridan no le gustó ni un ápice. Se volvió a
mirar y se quedó atónito al comprobar que el asa metálica que había al lado del
asiento, un puntal que él mismo había soldado, estaba completamente doblado.
«¡Mierda! —pensó—. Tiene dientes como cuchillas y ahora voy y descubro que el
chaval, además, es fuerte como un buey».
Se detuvo junto al
borde del camino y le gritó:
—¡Para de una vez!
—gritó.
—¡No quiero!
El crío se volvió a
tirar de las esposas y Sheridan pudo advertir que el puntal metálico se doblaba
un poco más. Dios santo, ¿cómo podía un niño hacer algo semejante?
«Es el miedo —se
contestó él mismo—. Por eso ha podido hacerlo».
Pero ninguno de los
otros había sido capaz de aquello, y a esas alturas, muchos habían estado en
peores condiciones que ese crío.
Abrió la guantera,
que se hallaba en el centro del panel de instrumentos, y sacó una jeringuilla
hipodérmica. El Turco se la había dado, y le había advertido que no debía hacer
uso de ella a menos que fuera absolutamente necesario. Las drogas, le había dicho
el Turco (había pronunciado drocas), podrían estropear la
mercancía.
—¿Ves esto?
El niño asintió.
—¿Quieres que la
use?
El niño meneó la
cabeza y lo miró con los aterrados ojos desorbitadamente abiertos.
—Eres listo. Muy
listo. Porque te dejaría fuera de combate. —Hizo una pausa. No quería decirlo…,
maldición, de verdad que él era un buen tío cuando no tenía el agua al cuello…,
pero era preciso—. Incluso podría matarte.
El niño se lo quedó
mirando con fijeza, con los labios temblorosos y el rostro blanco como cenizas
de papel de diario.
—Si dejas de tirar
de las esposas, yo no usaré la aguja. ¿De acuerdo?
—De acuerdo
—susurró el niño.
—¿Me lo prometes?
—Sí.
El pequeño levantó
el labio superior, lo que dejó a la vista sus blancos dientes. Uno de ellos
estaba manchado con la sangre de Sheridan.
—¿Lo juras por tu
madre?
—Nunca he tenido
madre.
—¡Mierda! —exclamó
Sheridan, disgustado.
Volvió a poner la
furgoneta en marcha. Avanzaba a mayor velocidad ahora, y no sólo porque por fin
hubiera podido salir del camino principal. El niño le daba miedo. Sheridan
quería entregárselo al Turco, cobrar su dinero y largarse.
—Mi Popsy es
muy fuerte.
—¿De veras?
—preguntó Sheridan.
Y pensó para sí:
«Apuesto a que lo es, chico. El único tipo del asilo de ancianos que puede
plancharse el braguero, ¿eh?».
—Me encontrará.
—Ajá.
—Puede olerme.
Sheridan tuvo la
certeza de que le decía la verdad. Y tanto que podría oler al niño. Que el
miedo tenía olor era algo que él mismo había aprendido en sus expediciones
anteriores, pero éste era algo irreal: el niño olía a una mezcla de sudor,
barro y ácido de batería en lenta ebullición.
Sheridan abrió la
ventanilla un poco. A la izquierda, el pantano no tenía fin. Unas lonchas rotas
de luz de luna brillaban sobre el agua estancada.
—Popsy sabe
volar.
—Seguro —repuso
Sheridan—; y apuesto a que vuela mucho mejor después de un par de botellas de
licor.
—Popsy…
—Cállate, niño,
¿vale?
El chiquillo guardó
silencio.
Seis kilómetros más adelante, el pantano se ensanchaba hasta formar una amplia
laguna vacía. En aquel punto, Sheridan giró a la izquierda y se internó por un
camino de tierra batida. A ocho kilómetros al oeste de allí giraría hacia la
derecha rumbo a la Autopista 41, y desde allí, Taluda Heights estaba a un tiro
de piedra.
Miró de reojo hacia
la laguna: una sábana plateada bajo la luz lunar… y, en ese momento, la luna
desapareció. Borrada.
Un sonido, parecido
al que harían unas sábanas enormes al agitarse en el tendedero, le llegó de
arriba.
—¡Popsy!
—gritó el niño.
—Cállate. Era un
pájaro.
Pero, de pronto, le
entró el pánico, un pánico inmenso. Miró al niño. El pequeño había vuelto a
levantar el labio y tenía los dientes al descubierto. Eran unos dientes muy
blancos, muy grandes.
No…, grandes, no.
Grandes no era el adjetivo correcto.
«Largos» resultaba
más apropiado. En especial los dos de arriba, a los lados. Los… ¿cómo se
llamaban…? Los colmillos.
De pronto, su mente
volvió a levantar el vuelo, frenética, como si algo la estuviera acelerando.
Le dije que tenía
sed.
¿No entiendo para qué iría Popsy a un sitio donde…?
«¿Comen? ¿Iba a
decir comen?».
Me encontrará.
Puede olerme. Popsy sabe volar.
Yo le había dicho que tenía sed y fue a buscarme algo de beber, fue a buscarme
ALGUIEN para bebérmelo, fue a…
Algo aterrizó sobre
el techo de la furgoneta con un ruido amortiguado, torpe y pesado.
—¡Popsy! —volvió
a gritar el niño, casi delirante de dicha.
Y, de pronto,
Sheridan ya no pudo ver el camino: una enorme ala membranosa, recorrida por
infinidad de pequeñas venas, cubrió el parabrisas de lado a lado.
Mi Popsy sabe
volar.
Sheridan lanzó un
chillido y pisó el freno a fondo con la esperanza de que la cosa que había
caído sobre el techo saliera despedida hacia adelante. A su derecha, volvió a
oír el gruñido de protesta del metal sometido a un gran esfuerzo, seguido otra
vez de un breve y seco chasquido. Un instante después, el niño le enterraba los
dedos en el rostro y le hacía un corte en la mejilla.
—¡Me ha
raptado, Popsy! —aullaba el pequeño hacia el techo de la furgoneta
con aquella voz de pajarito—. ¡Me ha raptado, me ha raptado, este hombre malo
me ha raptado!
«No entiendo nada,
niño —pensó Sheridan. Tanteó desmañadamente y encontró la jeringuilla—. No soy
un mal tipo, la cuestión es que yo estaba metido en un lío… Joder, en otras
circunstancias más adecuadas, yo podría ser tu abuelo…».
Pero cuando la mano
de Popsy, más parecida a una garra que a una mano de verdad,
destrozó el cristal de la ventanilla y le arrebató la hipodérmica a Sheridan,
junto con un par de dedos, comprendió que aquello no era cierto.
Un momento más
tarde. Popsy arrancó de cuajo la portezuela del lado del
conductor y dejó las bisagras convertidas en dos trozos brillantes de metal
retorcido. Sheridan vio una capa hinchada por el viento, una especie de
pendiente y la corbata… sí, era azul.
Popsy arrancó a
Sheridan de la furgoneta y le clavó sus garras en los hombros, traspasándole la
chaqueta y la camisa. De repente, los ojos verdes de Popsy se
tornaron rojos como rosas de sangre.
—Sólo fuimos al
centro comercial porque mi nieto quería unas figuritas de los Transformers
—murmuró Popsy, que despidió un aliento a carne podrida—. Los que
anuncian por la televisión. A todos los niños les gustan. Debió dejarle en paz.
Debió dejarnos en paz… ¡a los dos!
Sheridan se sintió
sacudido igual que si fuera una muñeca de trapo. Chilló y volvieron a
sacudirle. Oyó como Popsy, solícito, le preguntaba al niño si
seguía teniendo sed; y al niño que le contestaba que tenía mucha sed, que el
hombre malo le había asustado tanto que tenía la garganta demasiado reseca…
Durante un segundo escaso, Sheridan vio la uña del pulgar de Popsy antes
de que ésta desapareciera bajo el pliegue de su propia mandíbula: era una uña
áspera, gruesa y brutal. Con esa uña le cortaron el cuello antes de que pudiera
darse cuenta de nada, y lo último que vio, antes de que todo se tornase negro,
fue al niño con las manos juntas formando cuenco para recoger el chorro (del
mismo modo en que Sheridan, cuando era niño, había formado un cuenco con sus
manos juntas bajo el grifo del patio trasero para beber agua una calurosa tarde
de verano), y a Popsy, que acariciaba suavemente el cabello del
pequeño con un cariño enorme en sus gestos.
FIN
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Autor: Stephen King
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Título: Popsy
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Título Original: Popsy
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Publicado en: Masques II (1987)
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Aparece en: Nightmares & Dreamscapes
(1993)
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Traducción: Celia Filipetto

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