© Libro N° 13730. ¡Liberen A Ese Pez! Sands, Bob. Emancipación. Abril 19 de 2025
Título Original: © ¡Liberen A Ese Pez! Bob Sands
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Original: © ¡Liberen A Ese Pez!
Bob Sands
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Portada E.O.
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Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
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Bob
Sands
Bob Sands
¡LIBEREN A ESE PEZ!
Publicado en marzo
30, 2017
Este valiente
gigante de las profundidades, era un conmovedor cautivo de un parque marítimo.
Sin embargo, estábamos resueltos a devolverlo al mar.
Por Bob Sands.
Lo veíamos nadar en círculos interminables dentro del estanque de cuatro
metros de profundidad. ¿Sería acaso este desdichado rehén un mero gigante
diferente? Nuestro pez estaba lleno de vitalidad y con los ojos brillantes
gracias a su salud. Pero este del Parque Marino de Port Macquarie estaba
envejecido, gris, desaliñado y con su piel cortada y magullada. El
característico rasgado de su cola por el cual podíamos identificarlo, nos
convenció de que era el mero gigante que nosotros conocíamos.
Cuando lo examinó David Pollard, biólogo marino, nos advirtió que los ojos
del pez se hallaban tan lesionados que estaba casi ciego. Su oportunidad de
sobrevivir en el mar sólo era de un 50 por ciento. No obstante, Pollard ordenó
la libertad del gigante. "Colóquenlo otra vez donde le
corresponde", observó... y los que oímos su orden manifestamos a viva voz
nuestra alegría.
MI AMIGO Dave
Burton nos invitó, cierto día de abril de 1976, a Greg Pearce y a mí a una
pesquería submarina con lanza. Las aguas cálidas y transparentes del mar
aledaño a la costa Macleay, en el costado norte de Nueva Gales del Sur, tenían
algo mágico ese día, y cuando el barco de seis metros tomó rumbo hacia la Roca
Negra y las islas de granito a la sombra del cabo Smoky, el mar estaba
tranquilo, soplaba una suave brisa y el firmamento lucía azul y sin una sola
nube.
Lanzamos el ancla y nos zambullimos en el agua cristalina. Dave y Greg buscaban
pejerreyes y yo deseaba tomar fotografías de los peces y corales. De pronto,
Pearce, emocionado, nos hizo una señal. Burton y yo nos acercamos buceando;
recordábamos claramente al gran tiburón blanco (Chonrichthyes) que
habíamos visto allí en otra ocasión, ese mismo año. Pero Greg descubrió algo
mucho menos amenazador.
Cuatro metros debajo de él, suspendido en el agua clara se encontraba un pez
tan enorme que en un principio no podíamos dar fe a nuestros ojos. Calculé que
mediría unos 3,3 metros de largo y que pesaría más de 300 kilos. El gigante se
mantenía quieto en medio del agua como un pequeño submarino. Los rayos del Sol
danzaban sobre su amplio lomo, una nube de pececillos plateados se mecían
delicadamente en torno a su cabeza y muchas rémoras estaban prendidas a su
barriga. Miramos con asombro hacia abajo; el gigante nos devolvió la mirada. Me
sumergí para acercarme más y la descomunal criatura pacientemente me permitió
que le tomara varias fotos; sus ojos, como bolas de billar, giraban sin
perderme de vista. Entonces, con una leve sacudida de su cola comenzó a alejarse
seguido por su séquito de pececillos como si estuviera integrado por obedientes
servidores de algún exótico noble.
Nos habíamos topado con uno de los moradores más extraños de aquellas aguas: el
mero gigante de Queensland.* Me alegré de que mis compañeros, ambos entusiastas
de la pesquería con lanza, hubieran dejado con vida al pez. Cuando le pregunté
la razón, Dave exclamó espantado:
—¿Cómo se te ocurre? ¡Es demasiado hermoso!
Un mero gigante puede vivir el doble, o más que el hombre. (El nuestro, según
nos enteramos más tarde, tenía mi edad: 35 años.) La mayoría comienza su vida
como hembra, pero si cambia la estructura social de su hábitat —por ejemplo, si
desaparece el macho dominante de su colonia— una hembra puede cambiar de sexo
para remplazarlo. Debido a su gran tamaño, se ganaron una reputación tenebrosa
entre los pescadores de perlas; pero las investigaciones han demostrado que no
atacan al humano. En Nueva Gales del Sur, donde el mero gigante ha sido cazado
casi hasta la extinción, existe una ley estatal que prohibe matarlos o
capturarlos.
Durante varios meses, el gran pez que habíamos descubierto fue tan amigable con
los pescadores del área al sur de la Roca Negra que estos le daban como
alimento peces pequeños que tenían para carnada. Pero el primero de marzo de
1979 The Macleay Argus publicó la trágica noticia: nuestro
mero gigante estaba en exhibición dentro de un estanque en el Parque King
Neptune de Fort Macquarie, 40 kilómetros al sur de Kempsey. Fue un pescador
profesional quien atrapó en su red al gran pez y lo obsequió al parque marino.
El propietario del establecimiento le había puesto el nombre de "El
Viejo Joh", por Joh Bjelke-Petersen, primer ministro de Queensland.
Patricia Riggs, directora del Argus comenzó a buscar apoyo
para su campaña de "¡Libertad para Joh!" "Este pez que
podría nadar libremente en los mares durante 200 años quizá, terminará sus días
en un estanque porque el propietario ha visto en él un negocio", escribió
en un editorial. El dueño del parque marino protestó que no había pensado
quedarse con Joh, que sólo tenía el propósito de regresarlo a su hábitat
natural después de un tiempo.
Joh se veía abatido y trataba de ocultarse cubriéndose con la sombra que daba
contra la pared del tanque. Aunque le ofrecían muchos cangrejos vivos de agua
dulce, no había comido durante tres semanas. El cronista del diario Chris Horn
quedó impresionado cuando lo vio en el parque. "Nunca pensé que
pudiera compadecerme de un pez, pero este sí me conmueve", comentó.
A las oficinas del Argus llegaban infinidad de cartas de
protesta. El teléfono rara vez dejaba de sonar. Pat Riggs
observó: "Todos exigen la libertad de Joh, y no cejaremos en nuestro
empeño hasta haberla logrado".
Neville Fowler, inspector mayor de Pesquerías del Estado había informado sobre
la captura de este ejemplar de vida marina protegida, pero el Gobierno no hizo
nada, y en Kempsey ya nos estábamos impacientando. Sabíamos que el mero gigante
necesitaba ayuda inmediata para poder sobrevivir.
Dos semanas más tarde, el 15 de marzo, John Morrisey, entonces jefe de
inspectores de las Pesquerías del Estado, anunció que se habían impartido
órdenes para la protección de Joh. Al día siguiente el investigador científico
de más alto rango, David Pollard, voló a Port Macquarie para realizar una
inspección ocular de Joh; igual cosa hicimos Chris Horn, otros interesados de
Kempsey y yo.
Tras el examen practicado por Pollard, me preguntaba si estaríamos haciendo lo
debido. ¿Sería capaz de alimentarse un pez casi ciego? ¿Cómo evitaría a los
tiburones? Pollard nos tranquilizó: "Sendas filas de sacos llenos de
fluido que lleva a cada costado le permitirán sentir la presencia de otros
animales, buscar el alimento y, si la suerte lo favorece, eludir a los
enemigos. Es mejor que corra el riesgo en el mar que exponerlo a una muerte
segura y lenta en el tanque".
El transporte de Joh era un problema difícil de resolver, pero mucha gente
acudió en nuestra ayuda. Neil Travers, gerente del almacén de artículos de
buceo en Kempsey, acomodó todos los aparejos. Una lechería prestó una cuba de
acero inoxidable, de las de transportar quesos, en la cual cabía Joh; una
gasolinera aportó un camión y el combustible; los cirujanos y médicos
veterinarios proporcionaron drogas y anestésicos.
Cuando intentamos mover a Joh, nos dimos cuenta de la fuerza y valor que aún le
quedaban. Tres bajamos al agua para acorralarlo mientras un ayudante intentaba
anestesiarlo. A pesar de las grandes zonas de carne viva, donde se le habían
limado las escamas y la piel; y de los huesos que sobresalían de su cola y
aletas, Joh logró evadirnos. El ayudante vació una segunda jeringa de
anestésico y trajo una tercera. "Este líquido vale una fortuna",
explicó "y ni siquiera lo ha mareado".
Por fin el mero gigante se calmó y una grúa lo llevó hasta la cuba, en la que
apenas había agua suficiente para mantenerlo húmedo durante el viaje de dos
horas hasta Hat Head, un punto al sur de Roca Negra, donde lo libertaríamos.
Los peatones y automovilistas se asomaban al paso de nuestro extraño convoy,
integrado por autos de la Commonwealth, un grupo de camarógrafos de televisión,
Greg Pearce y yo vestidos con trajes para buceo y echando cubos de agua sobre
un pez aparentemente muerto. Cuando al fin nuestro destino estuvo a la vista,
temí que Joh hubiese muerto. Pero fue entonces cuando Joe pisó por accidente al
pez quien se estremeció con fuerza. ¡Estaba vivo!
En Hat Head, no menos de cien personas se agolpaban sobre la playa y otras
corrían a unírseles. Por entonces ya Joh mostraba claras señas de vida. Le
administramos una cuarta dosis de anestésico para evitar que se lastimara al
levantarlo, y organizamos a los curiosos para formar un grupo de camilleros.
Con sumo cuidado levantaron a Joh y lo depositaron en una quebrada de agua
salada que llevaba al mar abierto.
Pollard le inyectó ocho veces la dosis normal de penicilina que se administra
al ser humano... con la esperanza de curar la infección en los ojos y las
magulladuras. Al retirar la aguja Joh revivió con ímpetu y, zafándose de
nuestros brazos, se deslizó a través de la quebrada. Pero, al hacerle efecto el
anestésico, desapareció bajo la superficie. Los observadores, que ya eran unos
300 se quedaron mudos.
Poniéndome las aletas de pie y la mascarilla, fui buceando lo más rápido que
pude a través de la quebrada. Sobre el fondo arenoso, Joh, atrapado por la
marea, se bamboleaba de un lado a otro como una hoja. Me esforcé por empujarlo
hacia la parte más llana. Otros vinieron a ayudar. "Pongámoslo contra
la corriente", urgía Pollard mientras le apalancaba la boca, del tamaño de
un barril de cerveza, mientras Dave Burton, Greg Pearce y
yo "paseábamos" a Joh de arriba abajo de la quebrada para
oxigenarle las branquias.
Los habitantes del pueblo, veraneantes y hasta comerciantes que se apartaban
por un rato de sus ocupaciones, miraban nuestra labor en silencio. De cuando en
cuando alguien nos gritaba algunas palabras de aliento. Seguíamos en la faena;
de arriba abajo por la quebrada, con sed, adoloridos y cada vez con menos
esperanza.
Pasó una hora y Joh continuaba desfallecido en nuestros brazos.
—¿Cuánto tiempo más? —pregunté a Pollard.
—Otra hora por lo menos. No podemos darnos por vencidos aún.
Ya eran más de las 2 de la tarde. Cuando los brazos se nos entumecían,
cambiábamos de lugar. Sin darse cuenta, Greg le abrió la boca de un tropezón y
luego se la cerró subiéndole la mandíbula inferior. Yo enrosqué mis dedos
alrededor de la branquia y percibí algún movimiento. "Abrele la boca
otra vez", le dije. "Tal vez le haga bien".
Diez minutos más tarde, se iluminó el rostro de Dave. "Se movió;
deveras que sí", gritó. De pronto la aleta pectoral de Joh, tan grande
como una raqueta de tenis, cobró vida. Nuestra resucitación de "mano
a boca" estaba surtiendo efecto.
Joh resoplando fuertemente con las branquias, fue sumergiéndose lentamente
hasta posarse sobre el fondo. Su situación cambió, tornándose más segura.
Saliendo del fondo se dirigió derecho hacia el mar. Lo seguí, renuente a
separarme de él. Un banco de pescadillas lo rodeó cual súbditos dando la
bienvenida a su amo y señor. Entonces el majestuoso gigante desapareció rumbo a
las profundidades.
En diciembre de 1980, un buzo de Newcastle que examinaba el brillante coral
de la caverna Fish Rock se vio frente a frente con un mero gigantesco. Por la
descripción que proporcionó de las cicatrices y del rasgado inconfundible de la
cola, supimos que se trataba de Joh, con sus heridas ya sanas y su espíritu
libre.
—N. DE LA R.
*Conocido en otras
partes como róbalo gigante o cherma gigante.

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