© Libro N° 13729. ¡Atrás, O La
Mato! Michelmore,
Peter. Emancipación. Abril 19 de 2025
Título Original: © ¡Atrás, O La Mato! Peter
Michelmore
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Original: © ¡Atrás, O La Mato!
Peter Michelmore
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Guillermo Molina Miranda
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Peter Michelmore
¡Atrás, O La
Mato!
Peter Michelmore
¡ATRÁS, O LA MATO!
Publicado en
octubre 19, 2013
Drama de la vida real
Ella comprendió
que, para sobrevivir, tenía que hacer exactamente lo que su secuestrador le
ordenara.
Por Peter Michelmore.
DE CAMINO A SU
TRABAJO, el 18 de diciembre de 1990, Angela Petsch iba haciendo una lista
mental de los regalos de Navidad que le faltaba comprar. La atractiva enfermera
de 26 años era responsable del turno de la noche en el Asilo Jefferson Oaks, de
la población de Festus, Missouri.
Después de estacionar su Dodge color castaño cerca de la puerta, entró aprisa
para recibir el informe acostumbrado que debía proporcionarle la enfermera
encargada del turno anterior. Luego empezaría a preparar los medicamentos que
debía administrar a los internos.
Poco antes de la medianoche llegó corriendo un empleado de la lavandería y
anunció:
—¡Tres individuos asaltaron el supermercado Nacional! ¡La policía los está
buscando por esta zona!
Angela sintió una punzada de alarma. El supermercado Nacional era visible desde
el asilo.
—¡Enciendan las luces del vestíbulo! —ordenó a sus ayudantes.
Luego cerró con llave la puerta de la entrada. A través de la ventana vio un
auto de la policía de Festus estacionado cerca. Entonces volvió a su trabajo,
más tranquila.
LOS TRES HOMBRES habían asaltado el supermercado media hora antes. Uno de ellos
se quedó vigilando mientras otro amagaba con una escopeta a los empleados y los
clientes. El tercero irrumpió en la oficina situada detrás de la caja
registradora y le exigió a una empleada que le entregara el dinero.
Cuando el ladrón estaba metiendo el botín en un saco, el guardia del
establecimiento se sorprendió al ver que había gente agazapada junto a la caja
registradora, por lo que extrajo su revólver de la funda y avanzó con sigilo.
—¡Quieto! —le gritó al asaltante que empuñaba la escopeta.
De inmediato, el hombre armado y el que vigilaba huyeron de la tienda. El
guardia abrió fuego, destrozando la puerta de vidrio. El estrépito hizo salir
de la oficina al tercer individuo, que rodeaba el cuello de la empleada con su
fuerte brazo.
—¡Abran paso! —rugió.
Con la mujer bien pegada a su pecho, el maleante se dirigió al estacionamiento.
Como no divisó a sus cómplices, soltó a la rehén y echó a correr en la
oscuridad.
ALREDEDOR de las 4 de la mañana, la ayudante de enfermera Carrie Hoff se sintió
mal, y Jackie Ward, otra ayudante, se ofreció para llevarla a un hospital
cercano. Angela las vio caminar hacia el auto de Jackie.
Carrie estaba abriendo la puerta del lado del pasajero cuando, de pronto, un
hombre saltó del asiento trasero y rugió:
—¡Entren!... ¡Alto!
Pero las dos mujeres ya huían hacia el asilo. Pasaron junto a Angela y
siguieron corriendo por el pasillo. Angela cerró la puerta de un golpe y se
precipitó al puesto de enfermeras para llamar a la policía.
—¡Deja el teléfono! —bramó alguien a sus espaldas.
Angela dio media vuelta con el corazón desbocado. A menos de tres metros de
ella estaba un individuo enorme, con el rostro y la ropa manchados de lodo.
Respiraba agitadamente, y llevaba un abultado saco en una mano. El hombre se
adelantó y la agarró por el brazo.
—¡Las llaves de tu auto! —dijo.
—¡No! —gritó ella.
Entonces el rufián envolvió su puño con el saco y le asestó un duro golpe en la
cara. Su alarido de dolor resonó por todo el asilo.
—¡Tengo una pistola en el saco! —advirtió el atacante—. ¡No me obligues a
usarla!
Temblando de pánico, Angela buscó su bolso y le entregó las llaves.
—Aquí están —susurró.
—¡Tú vendrás conmigo! —le ordenó el asaltante, y la arrastró afuera del
edificio, hasta su automóvil—. ¡Entra! ¡Conduce!
La obligó a sentarse ante el volante y acomodó su corpachón en el asiento
trasero. Sus dos manos atenazaban los hombros de la mujer.
—¡Llévame a Saint Louis! —dijo—. ¡Ahí te dejaré libre!
Mientras se dirigían a la autopista interestatal, Angela pensó en su hijo de
seis años, Tyler, y en su esposo, Tom. Las manos le temblaban sobre el
volante. Tranquilízate, se dijo. Tienes que encontrar la
manera de salir de esto.
YA EN LA AUTOPISTA, Angela trató de concentrarse en la conducción del vehículo,
pero experimentaba comezón en el cuero cabelludo cada vez que su secuestrador
se movía. Para entonces, la voz de este había perdido el tono de desesperación,
y eso le daba cierta esperanza. Pensó que, si conservaba la calma, quizá el
hombre bajara del auto y la dejara marchar. Ocurra lo que ocurra, no
dejes el coche, se dijo a sí misma.
Cuando pasaron por la pequeña ciudad de Pevely, Angela no advirtió que un auto
policial empezaba a seguirlos por la autopista. El oficial Jeff McCreary había
escuchado el informe sobre el secuestro y la descripción del vehículo radiados
por la policía. Manipuló su radio de banda civil y solicitó la ayuda de los
camioneros, quienes de inmediato localizaron el Dodge.
McCreary se acercó hasta que pudo leer la matrícula: PETSCH.
—¡Encontré el coche! —anunció por la radio, y dio su ubicación exacta.
Más adelante, un policía del pueblo de Arnold se unió a la persecución. Un
ligero estremecimiento recorrió a Angela cuando lo vio por el espejo retrovisor
lateral. Al punto desvió la mirada, pero ya era demasiado tarde. Percibió que
el asaltante se volvía.
—¡Un coche patrulla! ¡No te detengas! —exclamó.
En ese momento, el oficial de Arnold encendió las luces y la sirena de su
vehículo y se emparejó con ellos. Otro auto de la policía de Arnold entró en el
camino a toda velocidad y se colocó enfrente. Ahora estaban rodeados por tres
flancos: por delante, por detrás y por un lado.
Desde el asiento trasero llegó una orden:
—¡Embístelo! ¡Choca con él!
La mujer protestó, pero el maleante le apretó el cuello con ambas manos. Podía
estrangularla en cuestión de segundos. Entonces pisó el acelerador hasta el
fondo. Se oyó un impacto metálico, y el auto patrulla se desvió.
Angela vio que la aguja del velocímetro llegaba a los 110 kilómetros por hora,
y luego a los 120.
—¡Más rápido! ¡Ve más rápido! —gritaba el hombre.
¡No puedo creerlo!, pensó ella. ¡Estoy conduciendo como una
demente!
Cuando el bólido llegó a la cima de una colina, Angela sintió el corazón en la
garganta, pues más adelante la carretera de cuatro carriles estaba obstruida
por vehículos particulares, y poco más allá había dos automóviles de la
policía, colocados defensa contra defensa.
—¡Tengo que detenerme! —dijo por encima del hombro.
Y pensó: ¡Por fin! ¡Esto se acabó! Sin embargo, el
secuestrador le clavó los dedos en la carne.
—¡Sigue adelante! —vociferó—. ¡Rompe la barrera!
Entrecerrando los ojos, Angela distinguió a través de las deslumbrantes luces
de la policía un estrecho espacio entre los automóviles. Acometió con el
vehículo, pasó y prosiguió en su frenética huida. Dejó atrás un anuncio
colocado a la orilla de la autopista que decía: "Límite de la
ciudad".
Como ya se encontraban fuera de su distrito, los dos oficiales de Arnold
abandonaron la caza a regañadientes. En muchos departamentos de policía de
Missouri está prohibida la persecución de delincuentes en jurisdicciones
ajenas.
McCreary siguió al Dodge hasta que lo relevaron dos vehículos policiales de
Saint Louis, Missouri. Entonces abandonó la autopista, pero mantuvo la oreja
pegada a la radio durante el camino de vuelta.
"El vehículo sospechoso está tomando el puente que conduce a
Illinois", crepitó una voz. "Suspendemos la persecución".
McCreary experimentó un doloroso sentimiento de impotencia.
OBEDECIENDO INSTRUCCIONES, Angela había continuado por la autopista y había
cruzado el río Mississippi en dirección a Illinois.
—Dirígete a East Saint Louis —exigió el secuestrador—. Ahí me quedaré.
En la tercera salida después del puente, sin ningún auto policial a la vista,
Angela abandonó la autopista y descendió hasta las calles de esa ciudad de
Illinois asolada por el crimen.
Tan pronto como este tipo deje el coche, iré a una estación de servicio y
llamaré a la policía. pensó.
Al igual que otros elementos de la policía de Illinois, el oficial Mike Terrell
había permanecido al tanto de los informes procedentes de Missouri. Y tuvo una
corazonada acerca del rumbo que el vehículo debía de estar siguiendo. Desde el
norte, se encaminó hacia East Saint Louis y condujo por una de sus avenidas
principales. En una bocacalle vio las luces de un automóvil que se acercaba y
que de pronto se detuvo, dio una rápida vuelta en U y se alejó hacia el este.
Terrell maniobró su enorme coche patrulla blanco y comenzó a perseguirlo.
—¡He encontrado el vehículo sospechoso! —anunció por la frecuencia de urgencias
de la radio, y precisó su localización.
A unos cinco kilómetros al sur, el oficial John Parisi recibió el aviso y se
dirigió a toda velocidad hacia el lugar señalado.
EL SECUESTRADOR estaba sumido en una tormenta de rabia y confusión. Angela
comprendió que, si quería volver a ver a su esposo y a su hijo, tenía que hacer
exactamente lo que le mandara. Viró a la izquierda con brusquedad, se lanzó por
el camino particular de una escuela y, tras rodear el edificio, volvió a salir
a la calle.
El coche de Parisi se acercaba en sentido opuesto.
—¡Van derecho hacia ti! —le advirtió Terrell por la radio.
Parisi atravesó su auto en la calle. El Dodge se desvió, subió a la acera y
pasó por ahí. Sin perder tiempo, Parisi se lanzó a la carrera detrás de
Terrell. El auto fugitivo iba tan aprisa sobre el maltratado pavimento que
saltaban chispas de su parte inferior.
Después de serpentear de una calle a otra, Angela tomó la avenida Broadway a
gran velocidad.
—¡Se están metiendo en un callejón sin salida! —radió el oficial Terrell—.
¡Tendrán que abandonar el auto!
Angela vio una cerca metálica que se levantaba a su derecha, y detrás de ella
un complejo industrial. Dio vuelta, pasó por una entrada abierta y condujo por
el terreno de la fábrica. Luego describió un círculo y enfiló hacia una salida
que estaba cerrada.
—¡Derriba la puerta! —aulló el secuestrador.
Con una mano en el volante y la otra sobre el rostro, embistió el obstáculo con
tal fuerza que este voló por los aires. Terrell y Parisi la siguieron por el
boquete.
A escasos metros de distancia, los faros del Dodge alumbraron un pronunciado
repecho en el camino, coronado por unas vías de tren. Dio vuelta al volante
para esquivarlo, y fue a dar a un lugar lleno de maleza y grava. La llanta
derecha se reventó, y el auto derrapó y se detuvo.
Los policías salieron de sus vehículos como rayo, pistola en mano. El
secuestrador abrió la puerta, sacó a la mujer a tirones y la sujetó por el
cuello.
—¡Atrás, o la mato! —bramó.
Por la posición de su otra mano, los oficiales supusieron que empuñaba un arma.
Terrell se acercó unos pasos, buscando una buena posición de tiro. Su coche
patrulla, con la puerta abierta y el motor encendido, estaba a tres metros del
Dodge.
Escudándose con el cuerpo deAngela, el ladrón la arrastró hasta el automóvil de
Terrell y trató de meterla a empujones. Ella se resistió, pataleando y dando
manotazos.
—¡Suélteme! —gritaba.
Con un poderoso empellón, el hombre la arrojó sobre el asiento delantero y de
inmediato subió tras ella. Luego cerró la puerta y tiró de la mujer para
hacerla pasar bajo su propio cuerpo, a fin de que quedara ante el volante.
—¡Conduce! —vociferó.
—¡No! —respondió ella.
Entonces, el hombre tomó un objeto del tablero y lo oprimió contra su cuello:
—¡Te voy a degollar!
Al no percibir filo alguno, Angela siguió debatiéndose. Sintiendo que perdía
terreno, el hombre le hincó los dientes en el antebrazo con toda su fuerza,
como un perro rabioso. Un acceso de furia se apoderó de ella, y lanzó sus manos
hacia la cara del maleante, tratando de arañarle los ojos.
Cada vez llegaban más coches patrulla, y Parisi seguía aproximándose, hasta que
por fin vio su oportunidad. Se situó junto a la ventana cerrada del lado del
pasajero, afirmó las piernas, elevó ambas manos y disparó a través del vidrio.
Angela se quedó petrificada. Sintió la vibración de la bala cuando esta penetró
en el hombro del secuestrador. Parisi .disparó cinco veces antes de que el
hombre se desplomara hacia adelante.
Agotada por el forcejeo y por la salvaje carrera, que había durado 54 minutos,
Angela salió del auto, dio unos pasos y hundió el rostro en la chaqueta de un
policía.
Una vez que se serenó, Mike Terrell le pasó un teléfono portátil.
—¿Angie?
Era Tom, que había acudido a toda prisa al Departamento de Policía de De Soto
en cuanto se enteró del secuestro.
—¡Ay, Tom! —le dijo—. ¡El coche está destrozado!
EL SECUESTRADOR de Angela, Jerry Buck, falleció en un hospital de East Saint
Louis menos de dos horas después del tiroteo. En el auto patrulla se encontró
un saco con 11,959 dólares, producto del asalto en el supermercado. Sus
cómplices fueron detenidos antes de dos semanas. Todos tenían antecedentes
penales. El propio Buck había cumplido una sentencia por robo a mano armada, y
se le buscaba por la violación del régimen de libertad condicional en el que se
hallaba.
Dos días después, Angela llamó por teléfono a John Parisi.
—¡Usted me salvó la vida! —le dijo, con gratitud.
Parisi recordó la increíble forma en que aquella mujer había conducido su auto,
y su espíritu combativo.
—No, Angela —respondió—Usted salvó su vida.
ILUSTRACIONE: BILL
DODGE

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