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Libro N° 13071. Discurso Sobre El Colonialismo. Césaire, Aimé.

 


© Libro N° 13071. Discurso Sobre El Colonialismo. Césaire, Aimé. Emancipación. Octubre 12 de 2024

 

Título original: © Discurso Sobre El Colonialismo. Aimé Césaire

 

Versión Original: ©  Discurso Sobre El Colonialismo. Aimé Césaire

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DISCURSO SOBRE EL COLONIALISMO

Aimé Césaire

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Discurso Sobre El Colonialismo

Aimé Césaire

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aimé Césaire

 

DISCURSO SOBRE EL COLONIALISMO

 

(Discours sur le colonialisme)

 

 

 

 

Fuente:

 

Wikipedia

Discurso sobre el colonialismo

Adal Ediciones, Madrid, 2006

 

Versión digital

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DISCURSO

 

SOBRE EL COLONIALISMO

 

 

 

 

 

 

 

Discurso sobre el colonialismo (titulado original-mente en francés como Discours sur le colonia-lisme) es un ensayo escrito por el poeta y político martiniqueño Aimé Césaire.

 

Fue publicado por primera vez en 1950 en París por Éditions Réclame, una pequeña editorial aso-ciada con el Partido Comunista Francés (PCF). Cinco años después, lo editó y volvió a publicar con la editorial Présence africaine (París y Dakar).

 

El ensayo es considerado un texto de referencia dentro de la literatura antiimperialista, decolonial y antirracista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

- 3 -

 

 

1

 

 

Una civilización que se muestra incapaz de resolver los pro-blemas que suscita su funcionamiento es una civilización de-cadente.

 

Una civilización que escoge cerrar los ojos ante sus problemas más cruciales es una civilización herida.

 

Una civilización que le hace trampas a sus principios es una civilización moribunda. El hecho es que la civilización llamada “europea”, la civilización “occidental”, tal como ha sido mol-deada por dos siglos de régimen burgués, es incapaz de resol-ver los dos principales problemas que su existencia ha origi-nado: el problema del proletariado y el problema colonial. Esta Europa, citada ante el tribunal de la “razón” y ante el tribunal de la “conciencia”, no puede justificarse; y se refugia cada vez más en una hipocresía aún más odiosa porque tiene cada vez menos probabilidades de engañar.

 

Europa es indefendible.

 

Parece que ésta es la constatación que se confían en voz baja los estrategas estadounidenses.

 

Esto en sí no es grave.

 

Lo grave es que “Europa” es moral y espiritualmente indefen-dible.

 

Y hoy resulta que no son sólo las masas europeas quienes in-criminan, sino que el acta de acusación es, en el plano mundial, levantada por decenas y decenas de millones de hombres que desde el fondo de la esclavitud se erigen como jueces.

 

Se    puede matar en      Indochina,  torturar       en      Madagascar,

 

 

 

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encarcelar en el África negra, causar estragos en las Antillas. Los colonizados saben que, en lo sucesivo, poseen una ventaja sobre los colonialistas. Saben que sus “amos” provisionales mienten.

 

Y, por lo tanto, que sus “amos” son débiles.

 

Y como hoy se me pide que hable de la colonización y de la civilización, vayamos al fondo de la mentira principal a partir de la cual proliferan todas las demás.

 

¿Colonización y civilización?

 

La maldición más común en este asunto es ser la víctima de buena fe de una hipocresía colectiva, hábil en plantear mal los problemas para legitimar mejor las odiosas soluciones que se les ofrecen.

 

Eso significa que lo esencial aquí es ver claro y pensar claro, entender atrevidamente, responder claro a la inocente pregunta inicial: ¿qué es, en su principio, la colonización? Reconocer que ésta no es evangelización, ni empresa filantrópica, ni vo-luntad de hacer retroceder las fronteras de la ignorancia, de la enfermedad, de la tiranía; ni expansión de Dios, ni extensión del Derecho; admitir de una vez por todas, sin voluntad de chistar por las consecuencias, que en la colonización el gesto decisivo es el del aventurero y el del pirata, el del tendero a lo grande y el del armador, el del buscador de oro y el del comer-ciante, el del apetito y el de la fuerza, con la maléfica sombra proyectada desde atrás por una forma de civilización que en un momento de su historia se siente obligada, endógenamente, a extender la competencia de sus economías antagónicas a escala mundial.

 

Continuando con mi análisis, constato que la hipocresía es

 

 

 

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reciente; que ni Cortés al descubrir México desde lo alto del gran teocalli, ni Pizarro delante de Cuzco (menos todavía Marco Polo frente a Cambaluc) se reclaman los precursores de un orden superior; que ellos matan, saquean; que tienen cascos, lanzas, codicias; que los calumniadores llegaron más tarde; que la gran responsable en este ámbito es la pedantería cristiana por haber planteado ecuaciones deshonestas: cristianismo = ci-vilización; paganismo = salvajismo, de las cuales sólo podían resultar consecuencias colonialistas y racistas abominables, cuyas víctimas debían ser los indios, los amarillos, los negros.

 

Resuelto esto, admito que está bien poner en contacto civiliza-ciones diferentes entre sí; que unir mundos diferentes es exce-lente; que una civilización, cualquiera que sea su genio íntimo, se marchita al replegarse sobre ella misma; que el intercambio es el oxígeno, y que la gran suerte de Europa es haber sido un cruce de caminos; y que el haber sido el lugar geométrico de todas las ideas, el receptáculo de todas las filosofías, el lugar de acogida de todos los sentimientos, hizo de ella el mejor re-distribuidor de energía.

 

Pero entonces formulo la siguiente pregunta: ¿ha puesto en contacto verdaderamente la colonización europea?; o si se pre-fiere: de entre todas las formas para establecer contacto, ¿era ésta la mejor?

 

Yo respondo no.

 

Y digo que la distancia de la colonización a la civilización es infinita, que de todas las expediciones coloniales acumuladas, de todos los estatutos coloniales elaborados, de todas las circu-lares ministeriales expedidas, no se podría rescatar un solo va-lor humano.

 

 

 

 

 

- 6 -

 

 

2

 

 

Habría que estudiar en primer lugar cómo la colonización tra-baja para descivilizar al colonizador, para embrutecerlo en el sentido literal de la palabra, para degradarlo, para despertar sus recónditos instintos en pos de la codicia, la violencia, el odio racial, el relativismo moral; y habría que mostrar después que cada vez que en Vietnam se corta una cabeza y se revienta un ojo, y en Francia se acepta, que cada vez que se viola a una niña, y en Francia se acepta, que cada vez que se tortura a un malgache, y en Francia se acepta, habría que mostrar, digo, que cuando todo esto sucede, se está verificando una experiencia de la civilización que pesa por su peso muerto, se está produ-ciendo una regresión universal, se está instalando una gan-grena, se está extendiendo un foco infeccioso, y que después de todos estos tratados violados, de todas estas mentiras pro-pagadas, de todas estas expediciones punitivas toleradas, de to-dos estos prisioneros maniatados e “interrogados”, de todos es-tos patriotas torturados, después de este orgullo racial estimu-lado, de esta jactancia desplegada, lo que encontramos es el veneno instilado en las venas de Europa y el progreso lento pero seguro del ensalvajamiento del continente.

 

Y entonces, un buen día, la burguesía es despertada por un golpe formidable que le viene devuelto: la GESTAPO se afana, las prisiones se llenan, los torturadores inventan, sutilizan, dis-cuten en torno a los potros de tortura.

 

Nos asombramos, nos indignamos. Decimos: “¡Qué curioso! Pero, ¡bah!, es el nazismo, ¡ya pasará!”. Y esperamos, nos es-peranzamos; y nos callamos a nosotros mismos la verdad, que es una barbarie, pero la barbarie suprema, la que corona, la que

 

 

 

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resume la cotidianidad de las barbaries; que es el nazismo, sí, pero que antes de ser la víctima hemos sido su cómplice; que hemos apoyado este nazismo antes de padecerlo, lo hemos ab-suelto, hemos cerrado los ojos frente a él, lo hemos legitima-do, porque hasta entonces sólo se había aplicado a los pueblos no europeos; que este nazismo lo hemos cultivado, que somos responsables del mismo, y que él brota, penetra, gotea, antes de engullir en sus aguas enrojecidas a la civilización occidental y cristiana por todas las fisuras de ésta.

 

Sí, valdría la pena estudiar, clínicamente, con detalle, las for-mas de actuar de Hitler y del hitlerismo, y revelarle al muy distinguido, muy humanista, muy cristiano burgués del siglo XX, que lleva consigo un Hitler y que lo ignora, que Hitler lo habita, que Hitler es su demonio, que, si lo vitupera, es por falta de lógica, y que en el fondo lo que no le perdona a Hitler no es el crimen en sí, el crimen contra el hombre, no es la hu-millación del hombre en sí, sino el crimen contra el hombre blanco, es la humillación del hombre blanco, y haber aplicado en Europa procedimientos colonialistas que hasta ahora sólo concernían a los árabes de Argelia, a los coolies de la India y a los negros de África.

 

Y éste es el gran reproche que yo le hago al pseudo huma-nismo: haber socavado demasiado tiempo los derechos del hombre; haber tenido de ellos, y tener todavía, una concepción estrecha y parcelaria, incompleta y parcial; y, a fin de cuentas, sórdidamente racista.

 

He hablado mucho de Hitler. Lo merece: permite ver con am-plitud y captar que la sociedad capitalista, en su estadio actual, es incapaz de fundamentar un derecho de gentes, al igual que se muestra impotente para fundar una moral individual.

 

 

 

 

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Quiérase o no, al final del callejón sin salida de Europa, quiero decir de la Europa de Adenauer, de Schuman, de Bidault y de algunos otros, está Hitler. Al final del capitalismo, deseoso de perpetuarse, está Hitler. Al final del humanismo formal y de la renuncia filosófica, está Hitler.

 

Y, por consiguiente, una de sus frases se me impone:

 

Nosotros aspiramos no a la igualdad sino a la domina-ción. El país de raza extranjera deberá convertirse en un país de siervos, de jornaleros agrícolas o de trabajadores industriales. No se trata de suprimir las desigualdades entre los hombres, sino de ampliarlas y hacer de ellas una ley.

 

Esto suena claro, altivo, brutal, y nos instala en pleno salva-jismo vociferante. Pero descendamos un grado. ¿Quién habla? Me avergüenza decirlo: es el humanista occidental, el filósofo “idealista”. Que se llame Renan es un azar. Que se haya ex-traído de un libro titulado La Réforme intellectuelle et morale, que haya sido escrito en Francia después de una guerra que Francia había deseado como la del derecho contra la fuerza, esto dice mucho sobre las costumbres burguesas.

 

 

La regeneración de las razas inferiores o convertidas en bastardas por las razas superiores está en el orden pro-videncial de la humanidad. El hombre del pueblo es casi siempre, entre nosotros, un noble desclasado; su pesada mano está mejor hecha para manejar la espada que el instrumento servil. Más que trabajar, escoge luchar, es decir, regresa a su estado inicial. Regere imperio popu-los, he aquí nuestra vocación. Volcad esta devoradora

 

 

 

- 9 -

 

 

actividad sobre países que, como China, solicitan la conquista extranjera. Haced de los aventureros que per-turban la sociedad europea un ver sacrum, un enjambre, como aquellos de los francos, los lombardos, los nor-mandos; cada uno estará en su papel. La naturaleza ha conformado una raza de obreros, la raza china, con una destreza manual maravillosa, prácticamente desprovista de cualquier sentimiento de honor; gobernadla con jus-ticia, sacando de ella, para el bienestar de un tal go-bierno, una amplia dote en beneficio de la raza conquis-tadora, y estará satisfecha; una raza de trabajadores del campo, los negros; sed con ellos bondadosos y huma-nos, y todo estará en orden; una raza de amos y solda-dos, la raza europea. Reducid esta noble raza a trabajar en el ergástulo como negros y chinos, y ésta se rebelará. Todo rebelde es, más o menos, entre nosotros, un sol-dado que frustró su vocación, un ser hecho para la vida heroica, y que vosotros empleáis para una faena contra-ria a su raza, mal obrero, demasiado buen soldado. Ahora bien, la vida que subleva a nuestros trabajadores haría feliz a un chino, a un fellah, a seres que no son en absoluto militares. Que cada uno haga aquello para lo que está hecho y todo irá bien.

 

 

¿Hitler? ¿Rosenberg? No, Renan.

 

Pero bajemos un grado más. Y es el político locuaz. ¿Quién protesta? Nadie que yo sepa, cuando el señor Albert Sarraut, hablando a los alumnos de la Escuela Colonial, les enseña que sería pueril oponer a las empresas europeas de colonización “un pretendido derecho de ocupación y yo no sé qué otro de-recho feroz de aislamiento que eternizarían la vana posesión

 

 

 

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de riquezas sin uso en manos incapaces”.

 

¿Y quién se indigna al escuchar a un tal reverendo padre Barde asegurar que los bienes de este mundo, “si permanecieran in-definidamente repartidos, como lo estarían sin la colonización, no responderían ni a los designios de Dios, ni a las justas exi-gencias de la colectividad humana”?

 

Porque, como afirma su hermano en el cristianismo, el reve-rendo padre Müller,

 

“[ ...] la humanidad no debe, no puede tolerar que la in-capacidad, la desidia, la pereza de los pueblos salvajes dejen indefinidamente sin uso las riquezas que Dios les ha confiado con la misión de ponerlas al servicio del bien de todos”.

 

Nadie.

 

Quiero decir, ningún escritor autorizado, ningún académico, ningún predicador, ningún político, ningún cruzado del dere-cho y la religión, ningún “defensor del ser humano”.

 

Y sin embargo, por la boca de los Sarraut y de los Barde, de los Muller y de los Renan, por la boca de todos aquellos que juzgaban y juzgan lícito aplicar a los pueblos no europeos, y en beneficio de las naciones más fuertes y mejor equipadas, “una especie de expropiación por razones de utilidad pública”, ¡ya era Hitler quien hablaba!

 

¿Adónde quiero llegar? A esta idea: que nadie coloniza inocen-temente, que tampoco nadie coloniza impunemente; que una nación que coloniza, que una civilización que justifica la colo-nización y, por lo tanto, la fuerza, ya es una civilización en-ferma, moralmente herida, que irresistiblemente, de conse-cuencia en consecuencia, de negación en negación, llama a su

 

 

 

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Hitler, quiero decir, su castigo.

 

Colonización: cabeza de puente de la barbarie en una civiliza-ción, de la cual puede llegar en cualquier momento la pura y simple negación de la civilización.

 

He señalado en la historia de las expediciones coloniales cier-tos rasgos que he citado con todo detalle en otra sede.

 

Eso parece no haberle gustado a todo el mundo. Parece que esto es sacar viejos esqueletos del armario. ¡Ciertamente!

 

¿Acaso era inútil citar al coronel de Montagnac, uno de los conquistadores de Argelia?

 

Para expulsar las ideas que me asaltan algunas veces, hago cortar cabezas, no cabezas de alcachofas, sino realmente cabezas de hombres.

 

¿Acaso convenía negar el uso de la palabra al conde de Heris-son?

 

Es verdad que trajimos un barril lleno de orejas cose-chadas, par por par, de los prisioneros amigos o enemi-gos.

 

¿Era necesario rehusarle el derecho a hacer su profesión de fe bárbara a Saint- Arnaud?

 

Nosotros devastamos, quemamos, saqueamos, destrui-mos las casas y los árboles.

 

¿Había que impedirle al mariscal Bugeaud que sistematizara todo esto en una audaz teoría y reivindicara sus grandes

 

 

 

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ancestros?

 

Se necesita una gran invasión en África que se parezca a lo que hacían los francos, a lo que hacían los godos.

 

¿Era necesario, en fin, arrojar a las tinieblas del olvido el hecho militar memorable del comandante Gérard y callarse sobre la torna de Ambike, una ciudad que, a decir verdad, nunca soñó con defenderse?

 

Los tiradores no tenían orden de matar sino a los hom-bres, pero no se les retuvo; embriagados por el olor de la sangre, no dejaron ni una mujer ni un niño [...] al final de la tarde, bajo la acción del calor, se levantó una pe-queña bruma: era la sangre de cinco mil víctimas, la sombra de la ciudad, que se evaporaba al atardecer.

 

¿Son ciertos o no estos hechos? ¿Y las voluptuosidades sádicas y los inefables goces que le estremecen el caparazón a Loti cuando puede ver con sus gemelos una buena masacre de ana-mitas? ¿Cierto o falso? 1 Y si estos hechos son reales, puesto

 

 

1     Se trata del relato de la toma de Thouan-An publicado en Le Fi-garo en septiembre de 1883 y citado en el libro de N. Serban Loti, sa vie, son ouvre. «Entonces, la gran matanza había comenzado. iSe habían hecho dos tiros de salva! Y era un placer ver, bajo un mando metódico y seguro, estos haces de balas, tan fácilmente di-rigibles, abatirse sobre ellos dos veces por minuto [...) se veía gente totalmente enloquecida que se levantaba poseída por el vér-tigo de correr [...] avanzaban en zigzag a través de esta carrera de la muerte, y se arremangaban la ropa hasta los riñones de manera cómica [...] y después nos divertíamos contando los muertos [...]», etcétera.

 

 

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que nadie tiene el poder para negarlos, ¿se dirá, para minimizar lo ocurrido, que estos cadáveres no prueban nada?

 

Si por mi parte he recordado algunos detalles de estas horribles carnicerías, no es, de ninguna manera, por deleite sombrío, sino porque pienso que no nos desharemos tan fácilmente de estas cabezas de hombres, de estas cosechas de orejas, de estas casas quemadas, de estas invasiones godas, de esta sangre que humea, de estas ciudades que se evaporan al filo de la espada. Estos hechos prueban que la colonización, repito, deshumaniza al hombre incluso más civilizado; que la acción colonial, la empresa colonial, la conquista colonial, fundada sobre el des-precio del hombre nativo y justificada por este desprecio, tiende inevitablemente a modificar a aquel que la emprende; que el colonizador, al habituarse a ver en el otro a la bestia, al ejercitarse en tratarlo corno bestia, para calmar su conciencia, tiende objetivamente a transformarse él mismo en bestia. Esta acción, este golpe devuelto por la colonización, era importante señalarlo.

 

¿Parcialidad? No. Hubo un tiempo en que se sentía vanidad por estos mismos hechos y en el que, seguros del futuro, no se an-daba con rodeos al contarlos. Una última cita la torno de un tal Carl Siger, autor de un Essai sur la colonisation:2

 

Los países nuevos son un vasto campo abierto a las ac-tividades individuales, violentas, que en las metrópolis se enfrentarían con ciertos prejuicios, con una concep-ción sabia y regulada de la vida, y que pueden desarro-llarse más libremente en las colonias y, por lo tanto,

 

 

2     Carl SIGER, Essai sur la Colonisation, París, Société du Mercure de France, 1907.

 

 

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afirmar mejor su valor. Así, las colonias pueden servir hasta cierto punto de válvula de seguridad a la sociedad moderna. Esta utilidad, así fuera la única, es inmensa.

 

En verdad, existen taras que nadie puede reparar y que nunca terminan de expiarse.

 

Pero hablemos de los colonizados.

 

Veo claramente lo que la colonización ha destruido: las admi-rables civilizaciones de los aztecas y de los incas, de las que ni Deterding, ni 1a Royal Dutch, ni la Standard Oil me consolarán jamás.

 

Veo bien aquellas civilizaciones -condenadas a desaparecer-en las cuales la colonización ha introducido un principio de ruina: Oceanía, Nigeria, Nyassaland. Veo menos claramente lo que ella ha aportado.

 

¿Seguridad? ¿Cultura? ¿Juridicidad? Mientras tanto, miro y veo, en todos los lugares en donde hay colonizadores y coloni-zados cara a cara, la fuerza, la brutalidad, la crueldad, el sa-dismo, el golpe, y, como parodia, la formación cultural, la fa-bricación apresurada de algunos millares de funcionarios subalternos, de empleados domésticos, de artesanos, de em-pleados de comercio y de los intérpretes necesarios para el buen funcionamiento de los negocios.

 

He hablado de contacto.

 

Entre colonizador y colonizado sólo hay lugar para el trabajo forzoso, para la intimidación, para la presión, para la policía, para el tributo, para el robo, para la violación, para la cultura impuesta, para el desprecio, para la desconfianza, para la mor-gue, para la presunción, para la grosería, para las elites

 

 

 

-15-

 

 

descerebradas, para las masas envilecidas. Ningún contacto humano, sólo relaciones de dominación y de sumisión que transforman al hombre colonizador en vigilante, en suboficial, en cómitre, en fusta, y al hombre nativo en instrumento de pro-ducción.

 

Me toca ahora plantear una ecuación: colonización = cosifi-cación.

 

Oigo la tempestad. Me hablan de progreso, de “realizaciones”, de enfermedades curadas, de niveles de vida por encima de ellos mismos.

 

Yo, yo hablo de sociedades vaciadas de ellas mismas, de cul-turas pisoteadas, de instituciones minadas, de tierras confisca-das, de religiones asesinadas, de magnificencias artísticas ani-quiladas, de extraordinarias posibilidades suprimidas.

 

Me refutan con hechos, estadísticas, kilómetros de carreteras, de canales, de vías férreas.

 

Yo, yo hablo de millares de hombres sacrificados en la cons-trucción _de la línea férrea de Congo-Ocean. Hablo de aque-llos que, en el momento en que escribo, están cavando con sus manos el puerto de Abiyán. Hablo de millones de hombres des-arraigados de sus dioses, de su tierra, de sus costumbres, de su vida, de la vida, de la danza, de la sabiduría.

 

Yo hablo de millones de hombres a quienes sabiamente se les ha inculcado el miedo, el complejo de inferioridad, el temblor, el ponerse de rodillas, la desesperación, el servilismo.

 

Me obnubilan con toneladas exportadas de algodón o cacao, con hectáreas plantadas de olivos o de viñas.

 

Yo, yo hablo de economías naturales, armoniosas y viables, economías a la medida del nativo, desorganizadas; hablo de

 

 

-16-

 

 

huertas destruidas, de subalimentación instalada, de desarrollo agrícola orientado en función del único beneficio de las metró-polis, de saqueos de productos, de saqueos de materias primas.

 

Se jactan de los abusos suprimidos.

 

Yo, yo también hablo de abusos, pero para decir que a los an-tiguos -tan reales- se les han superpuesto otros, igualmente de-testables. Me hablan de tiranos locales devueltos a la razón; pero yo constato que en general éstos hacen muy buenas migas con los nuevos tiranos y que, de éstos a los antiguos y vice-versa, se ha establecido, en detrimento de los pueblos, un cir-cuito de buenos servicios y de complicidad.

 

Me hablan de civilización, yo hablo de proletarización y de mistificación.

 

Por mi parte, yo hago la apología sistemática de las civiliza-ciones para europeas. Cada día que pasa, cada denegación de justicia, cada paliza policial, cada reivindicación obrera aho-gada en la sangre, cada escándalo sofocado, cada expedición punitiva, cada autocar de la Compañía Republicana de Seguri-dad, cada policía y cada miliciano, nos hacen sentir el precio de nuestras ancestrales sociedades.

 

Eran sociedades comunitarias, nunca de todos para algunos po-cos.

 

Eran sociedades no sólo antecapitalistas, como se ha dicho, sino también anti-capitalistas.

 

Eran sociedades democráticas, siempre.

 

Eran sociedades cooperativas, sociedades fraternales.

 

Yo hago la apología sistemática de las sociedades destruidas por el imperialismo. Ellas eran el hecho, ellas no tenían

 

 

 

-17-

 

 

ninguna pretensión de ser la idea; no eran, pese a sus defectos, ni detestables ni condenables. Se contentaban con ser. Ni la palabra derrota ni la palabra avatar tenían sentido frente a ellas. Conservaban, intacta, la esperanza.

 

A pesar de que éstas sean las únicas palabras que puedan apli-carse, con toda honestidad, a las empresas europeas fuera de Europa, mi único consuelo es que las colonizaciones pasan, que las naciones sólo dormitan un tiempo y que los pueblos permanecen. Al afirmar esto, parece que en algunos medios se finge descubrir en mí un “enemigo de Europa” y un profeta del retorno al pasado anteeuropeo.

 

Por mi parte, busco en vano dónde he podido sostener seme-jantes discursos; dónde me vieron subestimar la importancia de Europa en la historia del pensamiento humano; dónde me oyeron predicar un retorno cualquiera, dónde me vieron pre-tender que podía haber retorno.

 

La verdad es que yo he dicho algo totalmente distinto: saber que el gran drama histórico de África ha sido menos su con-tacto demasiado tardío con el resto del mundo que la forma en que éste se ha producido; que en el momento en que Europa cayó entre las manos de los financieros y de los capitanes de la industria más desprovistos de escrúpulo, Europa se “propagó”; que nuestro infortunio ha querido que haya sido esta Europa la que hayamos encontrado en nuestro camino y que Europa es responsable frente a la comunidad humana de la más alta tasa de cadáveres de la historia.

 

Por lo demás, juzgando la acción colonizadora, he dicho que Europa ha hecho muy buenas migas con todos los señores feu-dales nativos que aceptaban prestar sus servicios; ha urdido con ellos una viciosa complicidad; ha vuelto su tiranía más

 

 

 

-18-

 

 

efectiva y más eficaz, y su acción sólo ha tendido a prolongar artificialmente la supervivencia de los pasados locales en lo que éstos tenían de más pernicioso.

 

Yo he dicho -y esto es muy distinto-- que la Europa coloniza-dora ha injertado el abuso moderno en la antigua injusticia; el odioso racismo en la vieja desigualdad.

 

Que si se quieren juzgar mis intenciones, sostengo que la Eu-ropa colonizadora es desleal cuando legitima a posteriori la ac-ción colonizadora aduciendo los evidentes progresos materia-les realizados en ciertos dominios bajo el régimen colonial, porque el cambio brusco es siempre posible tanto en la historia como en cualquier otro ámbito; que nadie sabe a qué estadio de desarrollo material habrían llegado estos mismos países sin la intervención europea; que el equipamiento técnico, la reor-ganización administrativa, en una palabra, “la europeización” de África o de Asia, no estaban ligadas necesariamente -como lo prueba el ejemplo japonés- a la ocupación europea; que la europeización de los continentes no europeos podría haberse hecho de otro modo sin que fuera bajo la bota de Europa; que este movimiento de europeización estaba en marcha; que éste ha sido incluso frenado; que, en todo caso, ha sido falseado por el dominio de Europa.

 

La prueba es que hoy los nativos de África o de Asia reclaman escuelas y la Europa colonizadora se las niega; es el hombre africano quien solicita puertos y carreteras, y la Europa colo-nizadora se las escatima; es el colonizado quien quiere ir hacia delante, es el colonizador el que lo mantiene atrasado.

 

 

 

 

 

 

 

 

-19-

 

 

3

 

 

Yendo más lejos, de ninguna manera oculto que pienso que en el momento actual la barbarie de Europa occidental es increí-blemente grande, superada con creces por una sola, es verdad: la estadounidense.

 

Y no hablo de Hitler, ni del cómitre, ni del aventurero, sino del “buen hombre” de enfrente; ni del SS, ni del delincuente, sino del honesto burgués. El candor de León Bloy se indignaba an-taño porque timadores, perjuros, falsarios, ladrones, proxene-tas fuesen los encargados de “llevar el ejemplo de las virtudes cristianas a las Indias”.

 

El progreso consiste en que hoy el detentador de las “virtudes cristianas” es quien pretende -y se sale bastante bien con la suya- el honor de administrar en ultramar según los procedi-mientos de los falsarios y los torturadores.

 

Es el signo de que la crueldad, la mentira, la bajeza, la corrup-ción, han mordido maravillosamente el alma de la burguesía europea.

 

Repito que no hablo ni de Hitler, ni del SS, ni del pogromo, ni de la ejecución sumaria, sino de tal reacción sorprendida, de tal reflejo admitido, de tal cinismo tolerado. Y si se quieren testimonios de tal escena de histeria antropófaga, presento uno que me fue brindado al asistir a la Asamblea Nacional francesa.

 

Caramba, mis queridos colegas (como se dice), me quito el sombrero (mi sombrero de antropófago, por supuesto).

 

¡Pensad, pues! ¡Noventa mil muertos en Madagascar! ¡Indo-china pisoteada, desintegrada, asesinada, torturas rescatadas del fondo de la Edad Media! ¡Y qué espectáculo! ¡Este

 

 

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estremecimiento de gusto que revigoriza vuestras somnolen-cias!

 

¡Estos clamores salvajes! Bidault con su aspecto de hostia pro-fanada: la antropofagia camandulera y mosquita muerta; Teit-gen, hijo de liante endiablado, el asno del descerebramiento: la antropofagia de los pandectistas; Moutet, la antropofagia intri-gante, fruto del espantalobos rimbombante y con sesos blandi-tos. Coste-Floret, la antropofagia hecha persona grosera e inoportuna.

 

¡Inolvidable, señores! Con bellas frases solemnes y frías, como vendas de momia, maniatáis al malgache. Con algunas pala-bras convencionales, lo apuñaláis. Mientras mojáis el gaznate, lo destripáis. ¡Qué bello trabajo! ¡Ni una gota de sangre se per-derá! Aquellos que apuran el vaso de vino sin jamás diluirlo con agua. Aquellos que como Ramadier se embadurnan -a la manera de Sileno- la cara; Fonlup-Esperaber,3 que se almidona los bigotes al estilo del viejo galo cabecirredondo; el viejo Des-jardins inclinado recibiendo los efluvios de la cuba, como si se embriagara con un vino dulce. ¡Qué violencia aquella de los débiles! Significativo: por la cabeza no se pudren las civiliza-ciones. Lo harán, en primer lugar, por el corazón.

 

Confieso que para la buena salud de Europa y de la civiliza-ción, estos “¡mata! ¡mata!”, estos “que corra la sangre” profe-ridos por el viejo tembloroso y por el buen muchacho alumno de los buenos sacerdotes, me impresionan mucho más desagra-dablemente que los sensacionales atracos en la puerta de un banco parisiense.

 

 

 

 

3     No es una mala persona en el fondo, como se probará posterior-mente, pero estaba desatado ese día.

 

 

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Y esto, tenedlo en cuenta, no tiene nada de excepcional.

 

La regla, por el contrario, es la de la grosería burguesa. Esta grosería que rastreamos desde hace un siglo. La auscultamos, la sorprendemos, la percibimos, la seguimos, la perdemos, la reencontramos, la vigilamos, y ella se extiende cada día más nauseabunda. ¡Oh! El racismo de estos señores no me veja. No me indigna. Sólo me informo sobre él. Lo constato, y eso es todo. Le estoy casi agradecido por expresarse y aparecer a la luz del día, como signo de que la intrépida clase que antaño se lanzó al asalto de la Bastilla está desjarretada. Signo de que ella se siente que muere. Signo de que ella se siente cadáver. Y cuando el cadáver farfulla, produce cosas de este estilo:

 

 

No hubo sino un exceso de verdad en este primer movi-miento de los europeos que rehusaron, en el siglo de Colón, reconocer como semejantes a los hombres de-gradados que poblaban el Nuevo Mundo [...] No podían fijar por un instante sus miradas sobre el salvaje sin leer el anatema escrito, no digo únicamente en su alma, sino hasta en la forma externa de su cuerpo.

 

Y está firmado por Joseph de Maistre.

 

(Ésta es la molienda mística).

 

Y entonces eso produce todavía lo siguiente:

 

Desde el punto de vista de la selección, percibiría como vergonzoso el amplio desarrollo numérico de los ele-mentos amarillos y negros que serían de difícil elimina-ción. Si, no obstante, la sociedad futura se organiza so-bre una base dualista, con una clase dirigente dolicoru-bia y una clase de raza inferior confinada en la mano

 

 

 

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de obra más tosca, es posible que este último papel le incumba a los elementos amarillos y negros. En este caso, por lo demás, éstos no serían un estorbo sino una ventaja para los dolico-rubios [...] No hay que olvidar que [la esclavitud] no tiene nada más anormal que la domesticación del caballo o del buey. Es posible enton-ces que ésta reaparezca en el futuro bajo cualquier forma. Esto se producirá incluso probablemente de ma-nera inevitable, si la solución simplista no interviene: una sola raza superior, nivelada por selección.

 

Ésta es la molienda cientificista y está firmada por Lapouge. Y eso produce todavía lo siguiente (esta vez, molienda litera-ria):

 

Sé que debo creerme superior a los pobres bayas de Mambéré. Sé que debo sentirme orgulloso de mi san-gre. Cuando un hombre superior cesa de creerse supe-rior, cesa efectivamente de ser superior [...] Cuando una raza superior cesa de creerse una raza elegida, ella cesa efectivamente de ser una raza elegida.

 

 

Y está firmado por Psichari, soldado de África.

 

Al traducir esta molienda a la jerga periodística obtenemos lo que dice Faguet:

 

El bárbaro es, después de todo, de la misma raza que el romano y que el griego. Es un primo. El amarillo, el ne-gro, no son de ninguna manera nuestros primos. Aquí hay una verdadera diferencia, una verdadera distancia,

 

 

 

 

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y muy grande, etnológica. Después de todo, la civiliza-ción nunca fue hecha hasta el presente sino por blancos [...] Europa, convertida en amarilla, sería seguramente una regresión, un nuevo periodo de oscurantismo y con-fusión, es decir, una segunda Edad Media.

 

Y después, más abajo, siempre más abajo, hasta el fondo del foso, más abajo hasta que no podamos bajar la pala, el señor Jules Romains, de la Academia Francesa y de la Revue des Deux Mondes (poco importa, por supuesto, que el señor Fari-goule cambie de nombre una vez más y se haga llamar aquí Salsette por conveniencia). Lo esencial es que el señor Jules Romains llega a escribir lo siguiente:

 

Sólo acepto la discusión con personas que se muestren de acuerdo en aventurar la siguiente hipótesis: Francia con diez millones de negros sobre su territorio metro-politano, de los cuales, cinco o seis millones viven en el valle del Garona. ¿Acaso el prejuicio racial no habría rozado a nuestras valientes poblaciones del sudoeste? ¿Acaso no hubiera surgido ninguna inquietud si se hu-biera planteado devolver todos los poderes a estos ne-gros, hijos de esclavos?[...] Me ha sucedido al estar frente a una fila de negros puros [...] No reprocharé ni siquiera a nuestros negros y negras que mastiquen chi-cle. Observaré únicamente[...] que este gesto tiene por efecto poner de relieve los maxilares y que las evoca-ciones de vuestro espíritu os llevan más cerca de la selva ecuatorial que de la procesión de las Panateneas [.

 

..] La raza negra no ha dado todavía, ni dará nunca, un Einstein, un Stravinsky, un Gershwin.

 

 

 

 

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Comparación idiota por comparación idiota: puesto que el pro-feta de la Revue des Deux Mondes y otros lugares nos invita a las aproximaciones “distantes”, que permita que el negro que soy considere -sin ser nadie dueño de sus asociaciones de ideas- que su voz no tiene tanta relación con el roble o con los calderos de Dódona como con los rebuznos de los asnos de Misuri.

 

Una vez más, vuelvo a hacer la apología de nuestras ancestra-les civilizaciones negras: eran civilizaciones corteses.

 

Y entonces, me dirán, el verdadero problema es volver a ellas. No, lo repito. Nosotros no somos los hombres del “esto o aque-llo”. Para nosotros, el problema no es el de una utópica y estéril tentativa de reduplicación, sino el de una superación. No que-remos hacer revivir una sociedad muerta. Dejamos esto para los amantes del exotismo. Tampoco queremos prolongar la so-ciedad colonial actual, la más malvada que jamás se haya po-drido bajo el sol. Precisamos crear una sociedad nueva, con la ayuda de todos nuestros hermanos esclavos, enriquecida por toda la potencia productiva moderna, cálida por toda la frater-nidad antigua.

 

Que esto es posible, la Unión Soviética nos da algunos ejem-plos de ello... Pero volvamos al señor Jules Romains.

 

No se puede decir que el pequeño burgués no haya leído nada.

 

Él, por el contrario, ha leído todo, ha devorado todo.

 

Su cerebro funciona únicamente a la manera de algunos apara-tos digestivos de tipo elemental. Él filtra. Y el filtro no deja pasar sino lo que puede alimentar la torpeza de la buena con-ciencia burguesa.

 

Los vietnamitas, antes de la llegada de los franceses a su país,

 

 

 

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eran gentes de cultura ancestral, exquisita y refinada. Este re-cuerdo molesta al Banco de Indochina.

 

¡Haced funcionar la máquina del olvido!

 

¿Eran estos malgaches que se torturan hoy poetas, artistas, ad-ministradores, hace menos de un siglo? ¡Chitón! ¡La boca ce-rrada! ¡Y el silencio se hace tan profundo como el de una caja fuerte! Felizmente quedan los negros. ¡Ah! ¡Los negros!

 

¡Hablemos de los negros!

 

Y bien, sí, hablemos de ellos.

 

¿De los imperios sudaneses? ¿De los bronces de Benín? ¿De la escultura shongo? De acuerdo, esto nos permitirá hablar de otras cosas que no sean los tan sensacionales mamarrachos que adornan tantas capitales europeas. De la música africana. ¿Por qué no?

 

Y hablemos de lo que dijeron, de lo que vieron los primeros exploradores ... ¡No de los que comen en los pesebres de las compañías! ¡Sino de los d'Elbée, de los Marchais, de los Piga-fetta! ¡Y después de Frobénius! ¡Eh!, ¿sabéis quién es Frobé-nius? Y leemos juntos:

 

 

¡Civilizados hasta el tuétano! La idea del negro bárbaro es una invención europea.

 

El pequeño burgués no quiere escuchar nada más. De un batir de orejas, espanta la idea.

 

La idea, la mosca inoportuna.

 

 

 

 

 

 

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4

 

 

Así pues, camarada, serán tus enemigos -con altura, lucidez y de manera consecuente- no sólo gobernadores sádicos y pre-fectos torturadores, no sólo colonos flageladores y banqueros golosos, no sólo políticos lamecheques y magistrados vendi-dos, sino igualmente, y por la misma razón, periodistas acer-bos, académicos cotudos y acaudalados de estupideces, etnó-grafos metafísicos y expertos en los dogones, teólogos extra-vagantes y belgas, intelectuales parlanchines y hediondos que se creen descendientes de Nietzsche o hijos de los siete pares de Francia caídos de no sé qué Pléyade, los paternalistas, los besuqueadores, los corruptores, los que dan golpecitos en la espalda, los amantes del exotismo, los divisores, los sociólogos agrarios, los embaucadores, los mistificadores, los babosos, los líantes 4 y, de una manera general, todos aquellos que, desem-peñando su papel en la sórdida división del trabajo para la de-fensa de la sociedad occidental y burguesa, intentan de distinta manera, y por diversión infame, desagregar las fuerzas del pro-greso -con el riesgo de negar la posibilidad misma del

 

 

 

4     "Matagraboliseurs en el original; sobre esta palabra véase René HÉNNANE, Glossaire des tennes rares dans l'ouvre d'Aimé Cé-saire, París, Editions Jean Michel Place, 2004, p. 87: Arcaísmo. Palabra creada por Rabelais a partir de la raíz griega mataïos (vano, frívolo, loco) y de grabeler (rebuscar, examinar detallada-mente). Matagraboliser significa, pues, agitar una y otra vez la mente con pensamientos fútiles y vanos, rumiar en la cabeza, preo-cuparse inútilmente por las cosas. "Hace ocho días que quieres lia-mos [matagraboliser) con tus galimatías", (Víctor HUGO, Notre-Dame-de Paris, citado en el Grand Dictionnaire Universal La-rousse)». [N. del E.]

 

 

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progreso-, secuaces todos del capitalismo, representantes todos declarados o vergonzosos del colonialismo saqueador, respon-sables todos, detestables todos, negreros todos, deudores todos de ahora en adelante de la agresividad revolucionaria.

 

Y bárreme a todos los ofuscadores, todos los inventores de sub-terfugios, todos los charlatanes mistificadores, todos los mani-puladores de jerigonza. Y no trates de saber si estos señores obran personalmente de buena o de mala fe; si son personal-mente bien o mal intencionados; si son personalmente, es de-cir, en su conciencia íntima de Pedro o Pablo, colonialistas o no; lo esencial es que su aleatoria buena fe subjetiva no tiene nada que ver con el alcance objetivo y social del trabajo sucio que hacen como perros guardianes del colonialismo.

 

Y en este orden de ideas, cito a guisa de ejemplos (tomados a propósito en disciplinas muy diferentes):

 

-      De Gourou, su libro Los países tropicales, donde, en medio de perspectivas justas, se expresa la tesis fundamental, parcial, inadmisible, de que jamás existió una gran civilización tropi-cal, que nunca existió una gran civilización sino en climas tem-plados; de que en todo país tropical el germen de la civilización llega y sólo puede llegar de otro lugar extratropical y que sobre los países tropicales pesa, a falta de la maldición biológica de los racistas, por lo menos y por las mismas consecuencias, una no menos eficaz maldición geográfica.

 

-      Del reverendo padre Tempels, misionero y belga, su filosofía bantú cenagosa y mefítica a voluntad, pero descubierta de ma-nera muy oportuna, como para otros el hinduismo, para opo-nerse al “materialismo comunista”, que amenaza, parece, con convertir a los negros en “vagabundos morales”.

 

 

 

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-      De los historiadores o de los novelistas de la civilización (es lo mismo), no de tal o cual, de todos o casi, su falsa objetividad, su chovinismo, su racísmo solapado, su viciosa pasión por de-negar todo mérito a las razas no blancas, particular- mente a las razas con melanina, su monomanía para monopolizar toda gloria en provecho propio.

 

-      Los psicólogos, sociólogos, etcétera, sus puntos de vista so-bre el “primitivismo”, sus investigaciones dirigidas, sus gene-ralizaciones interesadas, sus especulaciones tendenciosas, su insistencia en el carácter marginal, el carácter “aparte” de los no blancos, su rechazo por exigencias de la causa -al mismo tiempo que cada uno de esos señores se reclama del raciona-lismo más firme para acusar desde más alto la incapacidad del pensamiento primitíver-, su rechazo bárbaro de la frase de Des-cartes, bitácora del universalismo, de que “la razón [...] está completamente en cada uno” y “que no hay más ni menos [ra-zón] sino en lo accidental y en ningún caso en las formas o naturalezas de los individuos de una misma especie”.

 

Pero no vayamos demasiado rápido. Vale la pena seguir a al-gunos de estos señores. No me extenderé sobre los historiado-res ni sobre los historiadores de la colonización, ni acerca de los egiptólogos, pues es demasiado obvio el caso de los prime-ros, y respecto a los segundos, el mecanismo de su mistifica-ción ha sido definitivamente desmontado por Cheikh Anta Diop, en su libro Nations negres et Culture: lo más audaz que un negro haya escrito hasta ahora y que contará, sin ninguna duda, para el despertar de África.5

 

 

 

5     Cfr. Cheikh ANTA DIOP, Nations negres et Culture, París, Pré-sence Africaine, 1955. Habiendo afirmado Heróclow que los

 

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Volvamos atrás, volvamos a A. M. Gourou más exactamente.

 

¿Tengo necesidad de decir que desde muy alto el eminente sa-bio mira de arriba abajo a las poblaciones nativas que “no han participado” en el desarrollo de la ciencia moderna? Y que no es del esfuerzo de estas poblaciones, de su lucha liberadora, de su combate concreto por la vida, la libertad y la cultura, de los que él espera la salvación de los países tropicales, sino del buen colonizador; porque la ley es formal, a saber, “que son

 

 

egipcios no eran primitivamente sino una colonia de los etíopes y habiendo repetido Diodoro de Sicilia la misma cosa y fortalecido su argumento al ofrecer un retrato de los etíopes de tal forma que no pudiera haber confusión (Plerique omnes -para citar la traduc-ción latina- nigro sum colore, facíe sima, crispís capilís, libro III,

 

§     8), era importante en grado sumo rebatirlos. Admitido esto, y habiéndose fijado casi todos los sabios occidentales por meta arre-batar Egipto a África, con el peligro de ya no poder explicarla, existían muchos medios para lograrlo: el método Gustave Le Bon, afirmación brutal, desvergonzada: «Los egipcios son camitas, es decir, blancos como los lidios, los gétulos, los moros, los númidas, los beréberes»; el método Maspero, que consiste en asociar, contra toda verosimilitud, la lengua egipcia a las lenguas semíticas, más especialmente al tipo hebreo-arameo, de donde saca la conclusión de que los egipcios no podían ser originalmente sino semitas; el método Weigall, geográfico, según el cual la civilización egipcia no pudo nacer sino en el bajo Egipto y que de allí ésta pasó al alto Egipto, remontando el río [...] suponiendo que no pudiera descen-der (sic). Se habrá comprendido que la razón secreta para esta im-posibilidad es que el bajo Egipto está próximo al Mediterráneo y, por lo tanto, a las poblaciones blancas, mientras que el alto Egipto está próximo al país de los negros.

 

Al respecto, y para oponerlas a la tesis de Wigall, no deja de ser interesante recordar las opiniones de Scheinfurth (Au coeur de l'Afrique, t. I) sobre el origen de la flora y la fauna de Egipto, que éste sitúa «a centenares de millas río arriba».

 

 

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elementos culturales preparados en regiones extratropicales los que aseguran y asegurarán el progreso de las regiones tropica-les hacia una población más numerosa y una civilización supe-rior”.

 

He dicho que hay puntos de vista justos en el libro del señor Gourou: “El medio tropical y las sociedades nativas -escribe él, haciendo el balance de la colonización- han sufrido por la introducción de técnicas mal adaptadas, por las prestaciones obligatorias, por el trabajo de los porteadores, por el trabajo forzado, por la esclavitud, por el traslado de trabajadores de una región a otra, por los cambios súbitos del medio biológico, por la aparición de nuevas condiciones especiales y menos fa-vorables”.

 

¡Qué perla! ¡Qué cara la del rector! ¡Qué cara la del ministro cuando lee esto! Nuestro Gourou está desatado; ya está; va a decirlo todo; comienza: “Los países calientes típicos se en-cuentran ante el siguiente dilema: estancamiento económico y salvaguarda de los nativos o desarrollo económico provisional

 

y     regresión de los nativos”. “¡Señor Gourou, esto es muy grave! Le advierto solemnemente que con este juego lo que está en juego es su carrera.” Entonces, nuestro Gourou escoge no replicar y omite precisar que si el dilema existe, sólo existe en el marco del régimen existente; que si esta antinomia cons-tituye una ley inexorable, es la ley inexorable del capitalismo colonialista, la de una sociedad, por lo tanto, no sólo perece-dera, sino ya amenazada de extinción.

 

¡Geografía impura y qué secular!

 

Si hay algo mejor, es del reverendo padre Tempels. Que se sa-quee, que se torture en el Congo, que el colonizador belga se apodere de toda riqueza, que se mate toda libertad, que se

 

 

 

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oprima todo orgullo: que vaya en paz el reverendo padre Tem-pels que allí consiente todo esto. ¡Pero cuidado! ¿Vais al Congo? Respetad, no digo la propiedad nativa (las grandes compañías belgas podrían confundirlas con una piedra arro-jada a su tejado), no digo la libertad de los nativos (los colonos belgas podrían ver en ello propósitos subversivos), no digo la patria congoleña (arriesgándonos a que el gobierno belga tome muy mal la cosa), digo: ¡Vosotros que vais al Congo, respetad la filosofía bantú!

 

¡Sería verdaderamente inusitado --escribe el reverendo padre Tempels- que el educador blanco se obstinase en matar en el hombre negro su espíritu humano propio, esta única realidad que nos impide considerarlo como un ser inferior! Sería un crimen de lesa humanidad por parte del colonizador, emancipar a las razas primitivas de lo que es valioso, de lo que constituye un núcleo de verdad en su pensamiento tradicional, etcétera.

 

¡Qué generosidad, padre mío! ¡Y qué celo!

 

Ahora bien, aprended, por lo tanto, que el pensamiento bantú es esencialmente ontológico; que la ontología bantú está fun-dada en las nociones verdaderamente esenciales de fuerza vital y de jerarquía de las fuerzas vitales; que para el bantú, final-mente, el orden ontológico que define el mundo viene de Dios6 y, decreto divino, debe respetarse...

 

¡Admirable! Todo el mundo gana: las grandes compañías, los

 

 

 

6     Es evidente que aquí no la tomamos contra la filosofía bantú, sino contra la utilización que con un objetivo político algunos preten-den hacer de ella.

 

 

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colonos, el gobierno, todos excepto el bantú, naturalmente.

 

Al ser ontológico el pensamiento de los bantúes, éstos sólo pi-den satisfacción de orden ontológico. ¡Salarios decentes! ¡Vi-viendas confortables! ¡Comida! Estos bantúes son puro espí-ritu, os lo digo:

 

Lo que ellos desean ante todo y por encima de todo no es el mejoramiento de su situación económica o mate-rial, sino el reconocimiento del blanco y el respeto por éste de su dignidad humana, de su pleno valor humano.

 

En suma, nos quitamos el sombrero ante la fuerza vital bantú, un guiño para el alma inmortal bantú. ¡Y usted queda en paz! ¡Confiese que es a buen precio!

 

En cuanto al gobierno, ¿de qué se quejaría éste? Porque, como anota el reverendo padre Tempels, con una evidente satisfac-ción, “los bantúes nos han considerado a nosotros los blancos, y esto, desde el primer contacto, desde su punto de vista posi-ble, el de su filosofía bantú” y “nos han integrado, en su jerar-quía de seres-fuerzas, en un escalón muy elevado”.

 

Dicho de otra manera, conseguid que a la cabeza de la jerarquía de las fuerzas vitales bantúes se ponga el blanco, y particular-mente el belga, y más exactamente todavía Alberto o Leo-poldo, y la jugada está hecha. Obtendremos esta maravilla: el dios bantú será garante del orden colonialista belga y será sa-crílego todo bantú que ose ponerle la mano encima.

 

Respecto al señor Mannoni, sus consideraciones sobre el alma malgache y su libro merecen que le otorguemos una gran im-portancia.

 

Sigámosle paso a paso en los ires y venires de sus pequeños

 

 

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juegos de manos y él os demostrará, claro como el agua, que la colonización está fundada en la psicología; que en el mundo existen grupos de hombres atacados, no se sabe cómo, por un complejo, que bien podría llamarse complejo de dependencia; que estos grupos están hechos psicológicamente para ser de-pendientes; que necesitan la dependencia; que la postulan, la reclaman, la exigen; que éste es el caso de la mayoría de los pueblos colonizados, en particular de los malgaches.

 

¡Maldito racismo! ¡Maldito colonialismo! Huele demasiado mal su barbarie. El señor Mannoni tiene algo mejor: el psicoa-nálisis. Adornado de existencialismo, los resultados son sor-prendentes: los lugares comunes más desgastados reparados para vosotros y dejados como nuevos; los prejuicios más ab-surdos son explicados y legitimados; y mágicamente, la velo-cidad se convierte en tocino.

 

Mejor, escuchémoslo:

 

El destino del occidental se encuentra en la obligación de obedecer el mandamiento: dejarás a tu padre y a tu madre. Esta obligación es incomprensible para el malgache. Todo europeo, en un momento de su desarrollo, descubre en él el deseo (...] de romper con sus lazos de dependencia, de igua-lar a su padre. ¡El malgache, nunca! Él ignora la rivalidad con la autoridad paterna, la “protesta viril”, la inferioridad adleriana, pruebas por las cuales debe pasar el europeo y que son como las formas civilizadas [...) de los ritos de iniciación a través de los cuales se logra la virilidad [...).

 

¡Que las sutilezas del vocabulario, que las nuevas terminolo-gías no os asusten! Vosotros conocéis el estribillo: “Los negros son niños grandes”. Lo toman, lo disfrazan, lo enredan. El

 

 

 

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producto es un Mannoni. ¡Una vez más, calmaos! A la salida les puede parecer un poco molesto, pero a la llegada, van a ver, encontrarán su equipaje intacto. Nada les faltará, ni siquiera la célebre carga del hombre blanco. Escuchad, por lo tanto:

 

A través de estas pruebas (reservadas al occidental [A.C.]), se supera el miedo infantil al abandono y se adquiere libertad y autonomía, bienes supremos, pero también cargas del oc-cidental.

 

¿Y el malgache?, os preguntaréis. Raza servil y mentirosa, di-ría Kipling. El señor Mannoni diagnostica: “El malgache ni si-quiera intenta imaginar semejante situación de abandono [...] Él no desea ni autonomía personal ni líbre responsabilidad”. (Veamos, vosotros lo sabéis bien. Estos negros ni siquiera ima-ginan lo que es la libertad. Ellos no la desean, no la reivindican. Son los instigadores blancos quienes les meten eso en la ca-beza. Y si se la concedieran, no sabrían qué hacer con ella.)

 

Si se le hace caer en la cuenta al señor Mannoni que los mal-gaches se han rebelado, sin embargo, en numerosas ocasiones después de la ocupación francesa, y que la última vez ha sido en 1947, el señor Mannoni, fiel a sus premisas, os explicará que en este caso se trata de un comportamiento puramente neu-rótico, de una locura colectiva, de un comportamiento de amok; que, por lo demás, en este caso no se trataba para los malgaches de encaminarse hacia la conquista de bienes reales, sino de una “seguridad imaginaria”, lo cual evidentemente im-plica que la opresión de la cual se quejan es imaginaria. Tan claramente, tan demencialmente imaginaria, que podemos ha-blar de monstruosa ingratitud, como en el ejemplo clásico del fiyiano que quema el secadero del capitán que le había curado

 

 

 

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sus heridas.

 

Que criticáis al colonialismo que acorrala hasta la desespera-ción a las poblaciones más pacíficas, el señor Mannoni os ex-plicará que después de todo el responsable no es el blanco co-lonialista, sino los malgaches colonizados. ¡Qué diablos! ¡To-maban a los blancos por dioses y esperaban de ellos todo lo que se espera de la divinidad!

 

Que encontráis que el trato aplicado a la neurosis malgache ha sido un poco rudo, el señor Mannoni, que tiene respuesta para todo, os probará que las famosas brutalidades de las cuales se habla han sido muy ampliamente exageradas, que allí estamos en plena ficción... neurótica, que las torturas eran torturas ima-ginarias, aplicadas por “verdugos imaginarios”. En cuanto al gobierno francés, éste se habría mostrado particularmente mo-derado, puesto que se contentó con arrestar a los diputados malgaches, mientras habría debido sacrificarlos, si hubiese querido res- petar las leyes de una sana psicología.

 

No exagero nada. Es el señor Mannoni quien habla:

 

Siguiendo caminos en verdad clásicos, estos malgaches transformaban sus santos en mártires, sus salvadores en chi-vos expiatorios; ellos querían lavar sus pecados imaginarios en la sangre de sus propios dioses. Estaban listos, incluso a este precio, o mejor, a este precio únicamente, a cambiar una vez más su actitud. Un rasgo de esta psicología dependiente parecería ser que, dado que nadie puede tener dos amos, con-viene que uno de los dos sea sacrificado ante el otro. El sec-tor más perturbado de los colonialistas de Antananarivo comprendía de forma muy confusa lo esencial de esta psico-logía del sacrificio, y reclamaba sus víctimas. Ellos asedia-ban el alto comisariado, asegurando que si se les concedía la sangre de algunos inocentes, “todo el mundo estaría

 

 

 

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satisfecho”. Esta actitud, humanamente deshonrosa, estaba fundada sobre una percepción bastante justa en términos generales de las perturbaciones emocionales que afectaban a la población de las altiplanicies.

 

De allí a absolver a los colonialistas sedientos de sangre, sólo hay evidentemente un paso. ¡La “psicología” del señor Man-noni es tan “desinteresada” y tan “libre” como la geografía del señor Gourou o la teología misionera del reverendo padre Tempels!

 

Y he aquí la pasmosa unidad de todo esto, la perseverante ten-tativa burguesa de reducir los problemas más humanos a no-ciones confortables y vacías: la idea del complejo de depen-dencia en Mannoni, la idea ontológica en el reverendo padre Tempels, la idea de “tropicalidad” en Gourou. ¿Qué sucede con el Banco de Indochina en todo esto? ¿Y con el Banco de Madagascar? ¿Y con el chicote? ¿Y con el impuesto? ¿Y con el puñado de arroz para el malgache o para el nhaque 7? ¿Y con estos mártires? ¿Y con estos inocentes asesinados? ¿Y con esta fortuna sangrienta que se amasa en sus arcas, señores? ¡Vola-tilizados! Desaparecidos, confundidos, irreconocibles en el reino de los pálidos raciocinios.

 

Pero existe una desgracia para estos señores. Y es que el en-tendimiento burgués se muestra cada vez más reticente a la su-tileza y que sus dueños están cada vez más condenados a ale-jarse de ellos, para aplaudir a otros menos sutiles y más bruta-les. Precisamente esto le da una oportunidad al señor Yves Flo-renne. Y en efecto, he aquí, en la tribuna del periódico Le Monde, sus pequeñas ofertas de servicio, juiciosamente

 

 

7     Denominación empleada por los franceses para referirse a los pueblos de Indochina. [N. del E.]

 

 

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ordenadas. Ninguna sorpresa posible. Con todo garantizado, con eficacia probada, con todos los experimentos realizados y concluyentes, de lo que se trata aquí es de un racismo, de un racismo francés todavía debilucho, ciertamente, pero promete-dor. Escuchen mejor:

 

 

Nuestra lectora [...] [una señora profesora que tuvo la auda-cia de contradecir al irascible señor Florenne] experimenta, contemplando a dos jóvenes mestizas, sus alumnas, la emo-tión del orgullo que le produce el sentimiento de una cre-ciente integración en nuestra familia francesa [...] ¿Sería igual su emoción, si ella viera a Francia, a la inversa, inte-grarse en la familia negra (o amarilla, o roja, poco importa), es decir, diluirse, desaparecer?

 

Está claro, para el señor Yves Florenne, que es la sangre la que hace a Francia y que las bases de la nación son biológicas:

 

Su pueblo, su carácter, están hechos de un equilibrio mile-nario, vigoroso y delicado a la vez, y [... ] ciertas rupturas inquietantes para este equilibrio coinciden con la infusión masiva y a menudo azarosa de sangre extranjera que ha de-bido soportar desde hace unos treinta años.

 

 

En suma, el mestizaje, he aquí el enemigo. ¡No más crisis so-cial! ¡No más crisis económica! ¡No hay más que crisis racia-les! Por supuesto, el humanismo no pierde sus derechos de nin-gún modo (estamos en Occidente), pero entendámonos:

 

Francia no será universal si se pierde en el universo humano con su sangre y su espíritu, sino si sigue siendo ella misma.

 

¡He aquí adónde ha llegado la burguesía francesa cinco años

 

 

 

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después de la derrota de Hitler! Y en esto, precisamente, con-siste su castigo histórico: en estar condenada a volver a rumiar, como por vicio, la vomitona de Hitler.

 

Porque, en fin, el señor Yves Florenne todavía estaba dando el último toque a las novelas campesinas, a los “dramas de la tie-rra”, a las historias del mal de ojo, cuando Hitler, con el ojo perverso en forma distinta a la de un agreste héroe de malefi-cio, anunciaba:

 

 

El fin supremo del Estado-pueblo es conservar los elementos originales de la raza que, esparciendo la cultura, crean la be-lleza y la dignidad de una humanidad superior.

 

El señor Yves Florenne conocía esta filiación.

 

Y no tuvo cuidado de molestarse por ella.

 

Muy bien. Está en su derecho.

 

Como nosotros estamos en nuestro derecho de indignarnos.

 

Porque, a la postre, hay que tomar partido y decir de una vez por todas que la burguesía está condenada a ser cada día más huraña, más abiertamente feroz, más despojada de pudor, más sumariamente bárbara; que es una ley implacable, que toda clase decadente se ve transformada en el receptáculo en el que confluyen todas las aguas sucias de la historia; que es una ley universal que toda clase antes de desaparecer debe deshonrarse por completo, omnilateralmente, y que es con la cabeza escon-dida debajo del estiércol como las sociedades moribundas en-tonan su canto del cisne.

 

 

 

 

 

 

 

 

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5

 

 

Por cierto, el expediente es abrumador.

 

Recuérdese que históricamente fue bajo la forma del arquetipo feroz de un rudo animal que por el elemental ejercicio de su vitalidad esparce la sangre y siembra la muerte, como se reveló la sociedad capitalista a la conciencia y al espíritu de los me-jores.

 

Desde entonces, el animal se ha debilitado, su pelaje ha esca-seado, su piel se ha ajado, pero la ferocidad ha permanecido justamente mezclada con el sadismo. Hitler tiene anchas las espaldas. Rosenberg tiene anchas las espaldas. Anchas las es-paldas, Jünger y los otros. El SS tiene anchas las espaldas.

 

Pero esto:

 

Todo en este mundo suda el crimen: el periódico, la muralla y el rostro del hombre.

 

¡Esto es Baudelaire, y Hitler no había nacido! Prueba de que el mal viene de más lejos.

 

¡E Isídore Ducasse, conde de Lautréamont!

 

Al respecto ya es tiempo de disipar la atmósfera de escándalo que ha sido creada en torno a Los cantos de Maldoror.

 

¿Monstruosidad? ¿Aerolito literario? ¿Delirio de una imagi-nación enferma?

 

¡Vamos! ¡Pero qué cómodo!

 

La verdad es que Lautréamont sólo tuvo que mirar a los ojos al hombre de hierro forjado por la sociedad capitalista para

 

 

 

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aprehender al monstruo, al monstruo cotidiano, a su héroe.

 

Nadie niega la veracidad de Balzac.

 

Pero cuidado: haced que Vautrín regrese de los países cálidos, dadle las alas del arcángel y los escalofríos del paludismo, ha-ced que le acompañen por las calles de París una escolta de vampiros uruguayos y de hormigas tambochas, y tendréis a Maldoror.

 

Distinto decorado, pero se trata del mismo mundo, del mismo hombre duro, inflexible, sin escrúpulos, amante corno ninguno de la “carne de los demás”.

 

Para abrir aquí un paréntesis en mi paréntesis, creo que llegará un día en el que, con todos los elementos reunidos, con todas las fuentes examinadas, con todas las circunstancias de la obra dilucidadas, será posible dar una interpretación materialista e histórica de Los cantos de Maldoror que hará aparecer un as-pecto demasiado desconocido de esta furiosa epopeya, el de una implacable denuncia de una forma muy precisa de socie-dad, que no podía escapar a la más aguda de las miradas, hacia 1865. Antes habrá sido necesario, por supuesto, desbrozar el camino de los comentarios oscurantistas y metafísicos que ofuscan tal interpretación; volver a darles importancia a algu-nas estrofas desatendidas: aquella por ejemplo, extraña entre todas, de la mina de piojos, en la que sólo aceptaremos ver, ni más ni menos, la denuncia del poder maléfico del oro y de la acumulación de riquezas; restituir su verdadero lugar al admi-rable episodio del ómnibus, y consentir en encontrar allí muy llanamente lo que allí está, la pintura apenas alegórica de una sociedad en la cual los privilegiados, confortablemente senta-dos, rehúsan apretarse para hacerle lugar al recién llegado, y - dicho sea de paso- ¿quién recoge al niño duramente rechazado?

 

 

 

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¡El pueblo! Representado aquí por el trapero. El trapero de

 

Baudelaire:

 

Et sans prendre souci des mouchards, ses sujets Epanche tout son cceur en glorieux projet.

 

Il prete des serments, dicte des lois sublimes, Terrasse les méchants, releve les victimes.8

 

Entonces, ¿no es cierto?, se comprenderá que el enemigo del cual Lautréarnont hizo el enemigo, el “creador” antropófago y embrutecedor, el sádico “encaramado en un trono formado por excrementos humanos y oro”, el hipócrita, el libertino, el hara-gán que se “come el pan de los demás” y que de vez en cuando se encuentra borracho perdido “como una chinche que ha chu-pado durante la noche tres toneladas de sangre”, se compren-derá que a este creador, ¡no tenemos que ido a buscar detrás de las nubes, porque tenemos más probabilidades de encontrarlo en el directorio Desfossés y en algún confortable consejo de administración!

 

Pero dejemos esto.

 

Los moralistas no pueden remediarlo.

 

La burguesía, como clase, está condenada, lo quiera o no, a cargar con toda la barbarie de la historia, con las torturas de la Edad Media y con la Inquisición, con la razón de Estado y con el belicismo, con el racismo y con el esclavismo, en resumen, con todo aquello contra lo cual protestó, y en términos inolvi-dables, en la época en que, como clase al ataque, ella encarnaba

 

 

 

 

8     Charles BAUDELAIRE, «Le vin de chiffonniers», Les fleurs du mal, París, 1857. [N. del E.]

 

 

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el progreso humano.

 

Los moralistas no pueden remediarlo. Existe una ley de deshu-manización progresiva en virtud de la cual en el orden del día de la burguesía sólo hay de ahora en adelante, sólo puede haber ahora, violencia, corrupción y barbarie.

 

Iba a olvidar el odio, la mentira y la suficiencia. Iba a olvidar al señor Roger Caillois.9

 

Ahora, sin embargo, el señor Caillois, a quien le fue otorgada para toda la eternidad la misión de enseñar a un siglo laxo y desaliñado el rigor del pensamiento y la compostura del estilo, ahora el señor Caillois acaba de experimentar una gran cólera.

 

¿El motivo?

 

La gran traición de la etnografía occidental que, después de algún tiempo, con un deplorable deterioro del sentido de sus responsabilidades, se las ingenia para poner en duda la supe-rioridad omnilateral de la civilización occidental sobre las ci-vilizaciones exóticas.

 

De repente, el señor Caillois entra en campaña.

 

Es virtud de Europa suscitar de esta forma heroísmos salvado-res en el momento más crítico.

 

Es imperdonable que no recordemos al señor Massis, cruzado en torno a 1927 de la defensa de Occidente.

 

Quisiéramos asegurarnos de que una mejor suerte le será reser-vada al señor Caillois, quien, para defender la misma causa sa-grada, transforma su pluma en buena daga de Toledo.

 

 

 

9     Cfr. Roger CAILLOIS, «Illusions a rebours», I.n Nauvelle Rewue Française (diciembre-enero de 1955).

 

 

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¿Qué decía el señor Massis? Él deploraba que “el destino de la civilización de Occidente, el destino del hombre a secas”, es-tuviese hoy amenazado; que en todas partes se percibiera el esfuerzo “de convocar nuestras angustias, de discutir los títu-los de nuestra cultura y de cuestionar lo esencial de nuestro haber”, y el señor Masis juraba partir a la guerra contra estos “desastrosos profetas”.

 

El señor Caillois no identifica de manera distinta al enemigo. Son estos “intelectuales europeos” quienes, por “una decep-ción y un rencor excepcionalmente agudos”, se encarnizan desde hace una cincuentena de años en "renegar de los diver-sos ideales de su cultura” y quienes, por esta razón, mantienen, “particularmente en Europa, un malestar tenaz”.

 

A este malestar, a esta inquietud, pretende poner fin el señor Caillois.10

 

 

10   Es significativo que en el momento mismo en el que el señor Caillois emprendía su cruzada, una revista colonialista belga de inspiración gubernamental (Europa-África 6 [enero de 19551) protagonizara una agresión absolutamente idéntica contra la etno-grafía; “Anteriormente, el colonizador concebía fundamental-mente su relación con el colonizado como la de un hombre civili-zado con un hombre salvaje. La colonización descansaba de esta forma en una jerarquía, tosca seguramente, pero vigorosa y clara”.

 

Ésta es la relación jerárquica que el autor del artículo, un tal señor Piron, reprocha a la etnografía destruir. Como el señor Caillois, les echa la culpa a Michel Leiris y a Claude Levi-Strauss. Al pri-mero le reprocha haber escrito en su folleto La questión raciale devant la science moderne: “Es pueril querer jerarquizar la cul-tura. Al segundo, adherirse al “falso evolucionismo”, en tanto que éste “intenta suprimir la diversidad de las culturas, considerándo-las como estadios de un desarrollo único que, partiendo de un mismo punto, debe hacerlas converger hacia una misma meca”.

 

 

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Y de hecho, nunca, desde el inglés de la época victoriana, un personaje se paseó a lo largo de la historia con una buena con-ciencia más serena y menos ensombrecida por la duda.

 

¿Su doctrina? Tiene el mérito de ser sencilla.

 

Que Occidente inventó la ciencia. Que sólo Occidente sabe pensar; que en los límites del mundo occidental comienza el tenebroso reino del pensamiento primitivo, el cual, dominado por la noción de participación, incapaz de lógica, es el proto-tipo mismo del falso pensamiento.

 

En este punto nos sobresaltamos. Objetamos al señor Caillois que la famosa ley de participación inventada por Lévy-Bruhl fue repudiada por el propio Lévy-Bruhl, quien al final de su vida proclamó frente al mundo haberse equivocado “al querer definir un carácter propio a la mentalidad primitiva concebida como una lógica”; que había, por el contrario, adquirido la con-vicción de que “estas mentes no difieren en nada de las nues-tras desde el punto de vista lógico[...) Por lo tanto, no sopor-tan, como nosotros, una contradicción formal[...] Por lo tanto, rechazan, como nosotros, por una especie de reflejo mental, lo

 

 

Un interés particular se le asigna a Mircea Eliade, por haber osado escribir la siguiente frase: “Frente a él, el euro- peo tiene ahora, ya no nativos, sino interlocutores. Es importante que se sepa cómo iniciar el diálogo; es indispensable reconocer que ya no existe so-lución de continuidad entre el mundo primitivo (entre comillas) o atrasado (idem) y el Occidente moderno”.

 

Finalmente, por una vez, es un exceso de igualitarismo el que se le reprocha al pensamiento estadounidense: Otto Klinebecg, pro-fesor de psicología en la Universidad de Columbia, ha afirma- do: “Es un error capital considerar las demás culturas inferiores a la nuestra, simplemente porque son diferentes”.

 

Decididamente el señor Caillois está en buena compañía.

 

 

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que es lógicamente imposible”.11

 

jNo vale la pena! El señor Caillois considera la rectificación nula y sin valor. Para el señor Caillois, el verdadero Lévy-Brulh sólo puede ser el Lévy-Brulh en el que el primitivo haga extravagancias.

 

Quedan, por supuesto, algunos hechos menores que oponen re-sistencia, a saber: la invención de la aritmética y la geometría por los egipcios; el descubrimiento de la astronomía por los asirios; el nacimiento de la química entre los árabes; la apari-ción del racionalismo en el seno del islam en una época en la que el pensamiento occidental tenía una apariencia furiosa-mente prelógica. Pero esos detalles impertinentes, el señor Caillois los despacha rápidamente con severidad y es el prin-cipio formal de “que un descubrimiento que no forma parte de un conjunto” no es, precisamente, sino un detalle, es decir, una fruslería sin importancia.

 

Es obvio que, así impulsado, el señor Caillois no se detiene en tan bello camino. Después de haber vinculado la ciencia, helo aquí reivindicando la moral.

 

¡Tenedlo en cuenta! ¡El señor Caillois nunca se ha comido a nadie! ¡El señor Caillois nunca ha imaginado acabar con un inválido! ¡Al señor Caillois nunca se le ha pasado por la cabeza la idea de acortar los días de sus viejos padres! Y bien, he aquí, la superioridad de Occidente: “Esta disciplina de vida que se esfuerza por lograr que la persona sea suficientemente respe-tada como para que no se encuentre normal suprimir a los an-cianos y a los inválidos”.

 

 

 

11   L. LÉVY-BRUHL, Les Carnets de Lucíen Lévy-Bruhl, Presses Universitaires de France, 1949.

 

 

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La conclusión se impone: frente a los antropófagos, a los des-cuartizadores y a otros comprachicos, Europa y Occidente en-carnan el respeto de la dignidad humana.

 

Pero pasemos de largo e insistamos, por miedo a que nuestro pensamiento no se extravíe hacia Argelia, Marruecos y otros lugares en los que, en el momento mismo en que escribo esto, tantos valientes hijos de Occidente prodigan a sus hermanos inferiores de África, con tan incansables cuidados, en el cla-roscuro de los calabozos, estas auténticas señales de respeto de la dignidad humana que se llaman en términos técnicos, “la bañera”, “la electricidad”, “el cuello de botella”.

 

Insistamos: el señor Caillois no ha llegado todavía al final de su historial. Después de la superioridad científica y la superio-ridad moral, la superioridad religiosa. Aquí, el señor Caillois no toma precauciones para no dejarse engañar por el vano pres-tigio de Oriente. Asia quizá sea la madre de los dioses. En todo caso, Europa es la dueña de los ritos. Y ved la maravilla: por un lado, fuera de Europa, ceremonias de tipo vudú con todo lo que implican de “mascarada burlesca, de frenesí colectivo, de alcoholismo desaliñado, de tosca explotación de un ingenuo fervor”, y por el otro -del lado europeo-, estos valores auténti-cos que ya celebraba Chateaubriand en El genio del cristia-nismo: “Los dogmas y los misterios de la religión católica, su liturgia, e] simbolismo de sus escultores y la gloria del canto llano”.

 

Finalmente, un último motivo de satisfacción. Gobineau decía: “Sólo hay historia blanca”. El señor Caillois, por su parte, constata: “Sólo hay etnografía blanca”. Es Occidente el que hace la etnografía de los otros, y no los otros los que hacen la etnografía de Occidente.

 

 

 

 

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Intenso motivo de júbilo, ¿no es verdad?

 

Y ni por un minuto se le pasa por la cabeza al señor Caillois que habría valido más, mirándolo bien, no haber tenido nece-sidad de abrir los museos de los cuales se jacta; que Europa habría hecho mejor tolerando a su lado a las civilizaciones ex-traeuropeas, realmente vitales, dinámicas y prósperas, enteras y no mutiladas; que habría valido más dejarlas desarrollarse y realizarse, que damos para admirar, debidamente etiquetados, sus miembros dispersos, sus miembros muertos; que, a fin de cuentas, el museo no es nada por sí mismo; que no quiere decir nada, que no puede decir nada, allí donde la plácida satisfac-ción de sí mismo pudre los ojos, allí donde el oculto desprecio de los demás deseca los corazones, allí donde el racismo, con-fesado o no, acaba con la simpatía; que no quiere decir nada si no está destinado a alimentar las delicias del amor propio; que, después de todo, el honesto contemporáneo de san Luis, que combatía al islam pero lo respetaba, tenía mayores posibilida-des de conocerlo que nuestros con- temporáneos, que aun bar-nizados de literatura etnográfica lo desprecian.

 

No, en la balanza del conocimiento, el peso de todos los mu-seos del mundo nunca pesará tanto como un destello de simpa-tía humana.

 

¿La conclusión de todo esto?

 

Seamos justos; el señor Caillois es moderado.

 

Habiendo establecido la superioridad de Occidente en todos los dominios, habiendo restablecido así una sana y preciosa je-rarquía, el señor Caillois brinda una inmediata prueba de esta superioridad y concluye afirmando que no exterminará a nadie. Con él los negros están seguros de no ser linchados, los judíos de no alimentar nuevas hogueras. Pero tengamos cuidado; es

 

 

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importante que se comprenda bien que esta tolerancia, negros, judíos, australianos, la deben, no a sus méritos respectivos, sino a la magnanimidad del señor Caillois; no a un dictado de la ciencia, que no sabría ofrecer sino verdades efímeras, sino a un decreto de la conciencia del señor Caillois, la cual sólo po-dría ser absoluta; que esta tolerancia no está condicionada por nada, garantizada por nada, sino por lo que el señor Caillois se debe a sí mismo.

 

Quizá la conciencia determine un día liberar la ruta de la hu-manidad de estos vehículos pesados, de estos impedimentos que constituyen las culturas atrasadas y los pueblos rezagados, pero estamos seguros de que, en el instante fatal, la conciencia del señor Caillois, que de conciencia limpia se transforma en-seguida en bella conciencia, detendrá el brazo asesino y pro-nunciará el Salvus sis.

 

Esto nos propicia la siguiente nota suculenta:

 

 

Para mí, la cuestión de la igualdad de las razas, de los pue-blos o de las culturas, únicamente tiene sentido si se trata de una igualdad de derecho, no de una igualdad de hecho. En idéntico sentido, un ciego, un mutilado, un enfermo, un idiota, un ignorante, un pobre (no se podría ser más conside-rado con los no occidentales) no son respectivamente igua-les, en el sentido material del término, a un hombre fuerte, clarividente, completo, saludable, inteligente, cultivado o rico. Éste tiene mayores capacidades que, por lo demás, no le otorgan más derechos sino únicamente más deberes [...] Igualmente, en la actualidad existen diferencias de nivel, de potencia y de valor entre las diferentes culturas, ya sean sus causas biológicas o históricas. Éstas acarrean una desigual-dad de hecho. No justifican de ninguna manera una desigual-dad de derechos a favor de los pueblos llamados superiores, como lo desearía el racismo. Les confieren sobre todo cargas

 

 

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suplementarias y una responsabilidad acrecentada.

 

¿Responsabilidad acrecentada? ¿Cuál, entonces, sino la de di-rigir el mundo? ¿Carga acrecentada? ¿Cuál, entonces, sino la carga del mundo?

 

Y Caillois-Atlas se afianza filantrópicamente en el polvo y se echa sobre sus robustos hombros la inevitable carga del hom-bre blanco.

 

Me excusaréis por haber hablado tan prolijamente del señor Caillois. No es que yo sobreestime de algún modo el valor in-trínseco de su “filosofía” (habréis podido juzgar la seriedad de un pensamiento que, reivindicando un espíritu riguroso, cede muy complacientemente a los prejuicios y farfulla en el lugar común con una tal voluptuosidad), pero ésta merecía ser seña-lada porque es significativa.

 

¿De qué?

 

De que jamás estuvo Occidente, en el momento mismo en que se engolosina más que nunca con la palabra, más alejado de poder asumir las exigencias de un verdadero humanismo, de poder vivir el humanismo verdadero, el humanismo a la me-dida del mundo.

 

 

6

 

 

Valores inventados antaño por la burguesía y que ésta lanzó a los cuatro vientos: uno es el del hombre y el humanismo -y hemos visto en lo que se convirtió-, el otro es el de la nación.

 

Es un hecho: la nación es un fenómeno burgués...

 

 

 

 

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Pero precisamente si yo aparto los ojos del hombre para mirar las naciones, constato que todavía aquí el peligro es grande; que la empresa colonial es al mundo moderno lo que el impe-rialismo romano fue al mundo antiguo: preparador del desastre y precursor de la catástrofe. ¿Y qué? Los indios masacrados, el mundo musulmán vaciado de sí mismo, el mundo chino mancillado y desnaturalizado durante todo un siglo; el mundo negro desacreditado; voces inmensas apagadas para siempre; hogares esparcidos al viento; toda esta chapucería, todo este despilfarro, la humanidad reducida al monólogo, ¿y creen us-tedes que todo esto no se paga? La verdad es que en esta polí-tica está inscrita la pérdida de Europa misma, y que Europa, si no toma precauciones, perecerá por el vacío que creó alre-dedor de ella.

 

Se ha creído que sólo se abatían indios o hindúes o melanesios o africanos. De hecho se derribaron, una tras otra, las murallas más acá de las cuales podía desarrollarse libremente la civili-zación europea.

 

Sé todo lo que hay de falaz en los paralelismos históricos y particularmente en el que voy a esbozar a continuación. Sin embargo, que se me permita aquí volver a copiar una página de Quinet por la parte no despreciable de verdad que contiene y sobre la cual merece la pena meditar. Hela aquí:

 

Nos preguntamos por qué la barbarie irrumpió de golpe en la civilización antigua. Creo poder responder a ello. Es sor-prendente que una causa tan sencilla no salte a la vista de todos. El sistema de la civilización antigua se componía de un cierto número de nacionalidades, de patrias, que, aunque parecieran enemigas, y aunque se ignoraran, se protegían, se sostenían, se cuidaban las unas a las otras. Cuando al crecer, e1 Imperio romano emprendió la conquista y la destrucción de este cuerpo de naciones, los sofistas deslumbrados creye-ron ver al final de este camino la humanidad triunfante en Roma. Se habló de la unidad del espíritu humano; esto sólo fue un sueño. De hecho, estas nacionalidades eran al mismo tiempo avenidas que protegían a la propia Roma [...] Enton-ces, pues, cuando Roma, en esta pretendida marcha triunfal hacia la civilización antigua, hubo destruido, uno después de otro, Cartago, Egipto, Grecia, Judea, Persia, Dacia, las Ga-lias, resultó que ella misma había devorado los diques que la protegían del océano humano bajo el cual debía perecer. El magnánimo César, al aplastar las Galias, lo único que hizo fue abrirles la ruta a los germanos. Tantas sociedades, tantas lenguas apagadas, ciudades, derechos, hogares reducidos a la nada crearon el vacío alrededor de Roma, y allí donde los bárbaros no llegaban, la barbarie nacía por sí misma. Los galos destruidos se convertían en bagaudas. Así, la caída violenta, la extirpación progresiva de cada ciudad, generó el derrumbamiento de la civilización antigua. Este edificio so-cial estaba sostenido por las nacionalidades al modo de co-lumnas diferentes de mármol o de pórfido.

 

Cuando se destruyó, con el aplauso de los sabios de la época, cada una de estas columnas vivas, el edificio cayó por tierra y los sabios de nuestros días buscan todavía entender ¡cómo pudieron crearse en un momento ruinas tan enormes!

 

 

Y entonces, me pregunto: ¿qué otra cosa ha hecho la Europa burguesa? Ella ha socavado las civilizaciones, destruido las pa-trias, arruinado las nacionalidades, extirpado “la raíz de la di-versidad”. Ya no hay más dique. Ya no hay más avenida. Llegó la hora del bárbaro. Del bárbaro moderno. La hora estadouni-dense. Violencia, desmesura, despilfarro, mercantilismo, exa-geración, gregarismo, la idiotez, la vulgaridad, el desorden.

 

En 1913, Page le escribía a Wilson:

 

El porvenir del mundo es nuestro. ¿Qué vamos a hacer ahora cuando pronto va a caer en nuestras manos la do-minación del mundo?

 

Y en 1914 le decía:

 

¿Qué haremos próximamente de esta Inglaterra y de este imperio, cuando las fuerzas económicas hayan puesto en nuestras manos la dirección de la raza?

 

Este imperio... Y los otros...

 

Y de hecho, ¿no veis con qué ostentación acaban de desplegar estos señores el estandarte de anticolonialismo?

 

“Ayuda para los países desheredados”, dice Truman. “Ya pasó el tiempo del viejo colonialismo.” Esto también lo dice Tru-man.

 

Oíd que las grandes finanzas estadounidenses juzgan llegada la hora de saquear todas las colonias del mundo. Entonces, queridos amigos, ¡atención por este lado! Sé que muchos de entre vosotros, decepcionados de Europa, del gran asco que no escogisteis presenciar, os volvéis -lo sé, en pequeño número-hacia Estados Unidos, y os acostumbráis a ver en este país a un posible liberador.

 

“¡Una ganga!”, piensan quienes opinan así.

 

“¡Los buldózeres! ¡Las inversiones masivas de capitales! ¡Las carreteras! ¡Los puertos!

 

-      ¡¿Pero y el racismo estadounidense?!

 

-      ¡Bah! ¡El racismo europeo en las colonias nos ha aguerrido!”

 

Y henos aquí listos para correr el gran riesgo yanqui. Entonces, una vez más, ¡cuidado!

 

De la única dominación de la cual ya no se escapa más es de la estadounidense.

 

Quiero decir de la única de la cual no se escapa completamente indemne.

 

Puesto que habláis de fábricas y de industrias, ¿acaso no veis, histérica, en pleno corazón de nuestros bosques y nuestras sel-vas, escupiendo sus carbonillas, la fábrica formidable pero ser-vil, la prodigiosa mecanización, pero del hombre, la gigantesca violación de lo que nuestra humanidad de expoliados todavía ha sabido preservar de íntimo, de intacto, de no mancillado, la máquina sí, nunca vista, la máquina, pero de aplastar, de moler y de embrutecer a los pueblos?

 

Así que el peligro es inmenso...

 

De forma que si Europa occidental no toma ella misma la ini-ciativa de una política de las nacionalidades, la iniciativa de una política nueva fundada en el respeto de los pueblos y de las culturas, en África, en Oceanía, en Madagascar, es decir, a las puertas de África del Sur, en las Antillas, es decir, a las puertas de Estados Unidos; si Europa, digo, no galvaniza las culturas moribundas o no suscita nuevas culturas; si no se con-vierte en estímulo de patrias y civilizaciones, dicho esto sin tener en cuenta la admirable resistencia de los pueblos colonia-les, simbolizados actualmente de forma clamorosa por Viet-nam, pero también por el África de la República Democrática de Argelia, Europa habrá perdido ella misma su última opor-tunidad y se habrá cubierto, con sus propias manos, con la sá-bana de las tinieblas mortales.

 

Lo que quiere decir, en resumen, que la salvación de Europa no radica en una revolución de los métodos, sino en la Revolu-ción; la cual sustituirá, mientras esperamos una sociedad sin clases, la férrea tiranía de una burguesía deshumanizada por la preponderancia de la única clase que todavía tiene una misión universal, porque sufre en su propia carne todos los males de la historia, todos los males universales: el proletariado. ■

 

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