© Libro N° 13066. A Lo Vivo. Pardo Bazán, Emilia. Emancipación.
Octubre 12 de 2024
Título original: ©
A Lo Vivo. Emilia Pardo Bazán
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Emilia Pardo Bazán
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Guillermo Molina Miranda
A LO VIVO
Emilia Pardo Bazán
A Lo Vivo
Emilia
Pardo Bazán
Era un pueblecito rayano, Ribamoura, vivero de contrabandistas, donde
esta profesión de riesgo y lucro hacía a la gente menos dormida de lo que
suelen ser los pueblerinos. Abundaban los mozos de cabeza caliente, y se
desdeñaba al que no era capaz de coger una escopeta y salir a la ganancia.
Las mujeres, vestidas y adornadas con lo que da de sí el contrabando,
lucían pendientes de ostentosa filigrana, patenas fastuosas, pañuelos de seda
de colorines; en las casas no faltaba ron jamaiqueño ni queso de Flandes, y los
hombres poseían armas inglesas, bolsas de piel y tabaco Virginia y Macuba. Al
través de Portugal, Inglaterra enviaba sus productos, y de España pasaban
otros, cruzando el caudaloso río.
Algunos días del año se interrumpía el tráfico y la industria de
Ribamoura. El pueblo entero se congregaba a celebrar las solemnidades
consuetudinarias, que servían de pretexto para solaces y holgorio. Tal ocurría
con el Carnaval, tal con la fiesta de la Patrona, tal con los días de la Semana
Santa. A pesar de ser éstos de penitencia y mortificación, para los de
Ribamoura tenían carácter de fiesta; en ellos se celebraba, en la iglesia
principal, espacioso edificio de la época herreriana, la representación de la
Pasión, con personajes de carne y hueso, y encargándose de los papeles gente
del pueblo mismo.
Venido de Oporto, un actor portugués, con el instinto dramático de la
raza, organizaba y dirigía la representación; pero sin tomar parte en ella.
Esto se hubiese considerado en Ribamoura irreverente. «Trabajaban» por devoción
y por respeto tradicional a los misterios redentores; pero nunca hubiesen
admitido a nadie mercenario, ni tolerado que hiciese los papeles nadie de mala
reputación. Gente honrada, aunque contrabandease; que eso no deshonra. Ni por
pecado lo daban en el confesionario los frailes.
Han corrido varios lustros desde la Semana Santa en que soliviantó a
Ribamoura cierto rumor, salido no se sabía de dónde, que cundió de oreja a
oreja y de silla a silla, bisbiseado y secreteado, pues nadie se resolvía a
decirlo en alta voz, y, además, nadie tenía certidumbres que añadir a
suposiciones, en ningún hecho concreto fundadas. Así, el runrún fue en parte
reprobado por calumnioso. Sin embargo, escandalizaba. Tratábase de Antonia, la
esposa del Nazario, «el Alerta», linda criatura que ya había desempeñado
durante cuatro años el papel de Magdalena en el auto sacro de la Pasión. Era
Nazario el más activo contrabandista, y por las festividades de Semana Santa
tenía durmiendo un considerable alijo, allá lejos, a la otra margen del río, en
casa de una confidente. Bronco y desapacible gesto, fiero y violento de
condición, contrastaba Nazario con su mitad, muñeca de alabastro teñida con
zumo de rosas. Cuando la mujer de Nazario hacía el papel de la de Magdala,
causaba admiración, no sólo su belleza, sino su mata de pelo rubio, destrenzada
sobre los hombros, ondeando hasta los pies.
El rumor insidioso atribuía a Antonia delito de amor, señalando como
cómplice a un mozo sin oficio ni beneficios, hijo de un prestamista; un Daniel
Pereira, de estirpe israelita, como tantos lo son en la frontera; un vago, que
no hacía sino recitar y componer versos. Su tipo físico, semejante al de las
efigies del Salvador, le señalaba principalísimo papel en el auto sacro. Los
que sostenían la hipótesis del delito, aseguraban que durante los ensayos y
representaciones fue cuando Antonia empezó a responder a las ojeadas de Daniel.
Los defensores de Antonia aseguraban que era materialmente imposible su
delincuencia. Vivía encerrada, vigilada, con su suegra y con una hermana de su
marido; jamás salía sola ni a la iglesia; y en tales condiciones era poco cristiano
suponer lo que constaba que no podía haber sucedido. Los malignos argüían que
el diablo siempre arregla ocasiones, y apoyaban sus malicias en ciertas
endechas que habían corrido manuscritas, obra de Daniel, en que se aludía a un
amor imposible, se renegaba de la fatalidad y se ensalzaba el oro de unos
cabellos. Los benignos contestaban que, justamente, si el amor se declaraba
imposible, es que Antonia, la de Nazario, no tenía nada que echarse en cara. No
cabía pensar en nadie más que en ella para el papel de la arrepentida pecadora.
Además, ¿dónde estaban otros cabellos así?
¿Sospechó «El Alerta»? Siempre fuera del pueblo y por caminos y veredas
los más de los días, no debía cuidarse de comadreos y chismes. Pero,
defendiendo el hogar, la madre, vieja todavía fuerte, a pesar de los setenta y
cinco, y la hermana, instintivamente celosa del oro de la cabellera, algo
debieron percibir y algo susurrarían, en forma velada, con reticencias y
repulgos femeniles. Al menos, esto se supuso. De positivo, no se llegó a saber.
Hacíanse en la vasta iglesia los preparativos, y se alzaba un tablado,
alrededor del cual, colgaduras de rojo damasco formaban un telón de fondo
anacrónico, pero solemne y de vistoso efecto. Se erigían tres cruces de madera
obscura, sobre el montículo del Calvario. La longitud de la nave se destinaba a
los espectadores.
La tarde del Viernes Santo fue llenándose la iglesia de un gentío
ansioso de la emoción que se preparaba. No se cabía en el ancho recinto; la
mayor parte de la concurrencia se quedaría sin ver. Hasta de Portugal, de los
pueblecitos fronterizos, había venido gente. Hormigueaba la multitud,
empujándose, como en prensa, y había sofocadas exclamaciones, suspiros de
congoja, discusiones tan pronto iniciadas como terminadas por los murmullos
desaprobadores del concurso, que quería anticipado silencio para oír las
octavas y décimas del auto, los maternales quejidos de la Virgen, las frases
doloridas de San Juan y la Magdalena, al pie de la cruz. Aún no empezaba el
espectáculo; inmenso cortinón de tela negra cubría el escenario. Al fin, manos
invisibles lo descorrieron, y el cuadro apareció, un artista hubiese censurado
el tipo de San Juan, que personificaba un mozuelo afeminado, con peluquilla de
rizos, y aun hubiese quedado descontento de la Virgen madre, que no sabía
manejar el manto azul que envolvía su cuerpo de cuarentona, su ajada hermosura,
rota y vulgar. En cambio, la figura del Redentor y la de la Magdalena eran
dignas de pincel.
Antonia vestía una antigua túnica de brocado verde, rameada de oro, con
cinturón de topacios, y caía por sus espaldas el espléndido desate de la
cabellera, en ondas simétricas, como en las efigies bizantinas. Estaba pálida;
al vestirse, al salir de casa, había notado algo singular en los ojos de las
mujeres, algo extraño en el acento, siempre áspero, del esposo. De nada la
acusaba su conciencia: los que la consideraban sin culpa tenían razón. Sólo de
lo íntimo había salido, involuntario, algún reflejo a los ojos. La mirada, a
pesar suyo, la había vendido. Y la había vendido cada año más, en aquella
representación dramática, en que por fuerza tenía que alzar la vista hacia el
que pendía del suplicio. Y ahora, son poderlo evitar, comprendiendo que se
perdía, que cometía impiedad, que Dios debía castigarla, también miraba
intensamente al que había escrito aquellos versos tan exaltados, al que tenía
dulzuras y mieles, distintas de las rudezas de su hogar, una magia de poesía,
ignorada, irrazonada, la atraía hacia el mozo, y sentía deseos de llorar
verdaderas lágrimas ante su rostro fino, su barba ahorquillada, su pelo, que se
había dejado crecer en bucles y que rebosaba bajo la corona de espinas
inofensiva. El mirar descubría el corazón. Fácil era observarlo, y alguien lo
observaba. Detrás del tablado, oculto, Nazario ya no podía dudar. La
indignación estremecía su cuerpo, un desprecio furioso le sacudía, en temblores
de odio. Por aquel judío, aquel cómico, con los dedos manchados de tinta,
ofender a un hombre de temple, que se juega la vida a cada paso para traer a la
malvada brincos y joyas, cruces y cadenas de oro de Oporto, piezas de lienzo,
cortes de traje de seda. La desnudez a que obligaba a Daniel su papel en el
auto, añadía al furor del esposo cruel mordedura de materiales celos. Su
imaginación se poblaba de sombras, de ideas cínicas e injustas… «El Alerta» se
deslizó por la esquina, detrás del tablado, y, cruzando una puertecilla de
escape, pasó a la sacristía. No llevaba intención alguna: sólo huir de aquel
cambio de miradas.
En la sacristía refrescaban con queso, bizcochos y tinto, José de
Arimatea, Nicodemo, Longinos: los secundarios, que saldrían a escena después.
Le ofrecieron un vaso y, ceñudo, lo trasegó. Contra la pared estaba apoyada la
lanza de Longinos —una auténtica lanza de los tiempos de las guerras
fronterizas—, con la cual haría el simulacro de traspasar el costado del Señor.
La asió, sin que nadie reparase. Volvió a escurrirse, y, subiendo la
escalerilla trasera que al tablado conducía, y apartando las colgaduras de
damasco rojo, blandió el lanzón y ensartó, de un bote, al actor, mientras un
alarido de espanto de la multitud atronaba la bóveda…

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