© Libro N° 13065. A Las Indias. De Pereda, José María. Emancipación.
Octubre 12 de 2024
Título original: ©
A Las Indias. José María De Pereda
Versión
Original: © A Las Indias.
José María De Pereda
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.textos.info/jose-maria-de-pereda/a-las-indias/ebook
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de
difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/564x/66/4e/e4/664ee443891499d89cccfdc58fe7567e.jpg
Portada
E.O.
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
José
María De Pereda
A Las
Indias
José
María De Pereda
Índice
A las Indias
I
II
III
IV
«Á las Indias van los hombres,
á las Indias por ganar:
las Indias aquí las tienen
si quisieran trabajar.»
(Canc. pop. de la Montaña.)
I
Madre, este carraclán está mal hecho.
—¡Jesús, qué condenao de chiquillo!… ¡Si le está, que ni pintao!
—¡Tisana, que me aprieta por todas partes, y los faldones se me suben al
pescuezo cada vez que me voy á quitar el sombrero!
—Di que eres un mocoso presumido, y no me rompas la cabeza.
—Diga usté que no sabe coser por lo fino…, ni esta tarascona de mi
hermana…. ¿Lo ve?… Lo mismo coge la aguja que las trentes. ¡Tisana, qué camisa
me está cosiendo!… ¡Á ver si das más cortas esas puntadas!…
—¡El demonio del renacuajo!… ¿Cuándo soñaste tú en gastar levita?
¡Después que me llevo mes y medio sin pegar el ojo por servirle á él!…
Madre, yo no coso más.
Y la censurada costurera, que es una mocetona como un castaño, arroja al
suelo la camisa que estaba cosiendo, y vuelve las espaldas con resuelto ademán
al escrupuloso elegante, rapaz de trece años, listo como una ardilla y tan
flaco como el mango de una paleta.
Su madre, mujer de cuarenta años, aunque las arrugas del rostro y la
curva de sus espaldas la hacen representar sesenta, después de comerse media
cuarta de hilo para hacerle punta y que pase por el ojo de la aguja que apenas
se ve entre sus callosos dedos, pone en orden á la susceptible costurera, se
acerca al muchacho, le hace girar tres veces sobre sí mismo, le estira con
fuerza la levita que lleva puesta y después de contemplar un instante su obra,
vuelve á sentarse, exclamando con acento de profunda convicción:
—Que la pinte mejor un sastre.
Pero antes de ir más lejos, y para mejor inteligencia de los lectores,
es justo que, como diría el inédito poeta don Pánfilo, expliquemos la
situación.
Que nuestros personajes son montañeses, debe haberse deducido del estilo
del diálogo anterior; y si éste no lo ha demostrado bastante, conste desde
ahora que lo son en efecto.—El lugar de la escena puede el lector colocarle en
el punto de esta provincia que más le conviniere, si bien su parte oriental es
preferible por ser en ella más frecuentes que en las demás, cuadros semejantes
al que voy á describir.—El escenario es aquí el ancho soportal, ó tejavana de
una casa pobre de aldea.—Ésta, como todas ó la mayor parte de las de su
categoría, tiene en la humilde fachada del portal tres huecos: la puerta
principal en el centro; la de la cuadra á la izquierda, y á la derecha la
ventana de la cocina. Sentadas en el alto batiente de la primera, cosen las dos
mujeres; la segunda está entreabierta, porque acaba de entrar por ella á
arreglar el ganado el bueno de tío Nardo; jefe de la familia, ó esposo y padre
respectivamente de los personajes de nuestro diálogo. Por lo que hace á la
ventana, aunque no la necesitamos para nada, diré, á fuer de verídico
historiador, que está cerrada, pues su destino, más que dar luz á la cocina, es
dejar que salga el humo de ella cuando hay fuego en el hogar, el cual está
ahora tan frío como la borona que en él se coció por la mañana para todo el
día…; y dicho se está con esto que la escena es por la tarde: conste también,
sin que este dato sea, como parecerá á primera vista, una minuciosidad inútil,
que corre el mes de septiembre. Ahora sólo nos resta consignar que el
pequeñuelo interlocutor, al dirigir tan graves cargos á su madre y á su
hermana, llegaba al portal, vestido con levita, pantalón y chaleco de mahón
gris; agarrotado su cuello entre los revueltos y atropellados pliegues de una
enorme corbata de percal con grandes cuadros rojos; medio oculta su diminuta é
inteligente cabeza bajo las anchas alas de un sombrero de paja con cinta verde,
y calzado, por último, con gruesos zapatos de Novales. El polvo que los cubre,
el arrebatado color de la cara del muchachuelo y el garrote que éste trae en
una mano, prueban bien á las claras que acaba de hacer una larga caminata. En
cuanto á las razones que tiene para quejarse de las tijeras de su madre y de la
aguja de su hermana, no dejan de parecer fundadas, si se mira su vestido con
alguna atención, pero también es cierto que las pobres mujeres nunca las vieron
más gordas, y que el intolerante rapaz se mete por primera vez bajo aquellos
faldones que le estorban. También debe constar que á pesar de lo que dijo al
presentarse en escena, hay en su fisonomía algo de risueño y placentero que
denota una satisfacción interior; su viaje debe haber tenido un éxito feliz….
Mas para saber lo que hay sobre esto y otras cosas que nos proponemos referir,
volvamos á tomar el asunto donde le dejamos para hacer esta digresión.
Mientras la madre pronunciaba las palabras que dejamos escritas, hecho
el examen de la levita de su hijo, éste se sentó en el poyo del portal, entre
las dos puertas; y limpiándose luego con el pañuelo del bolsillo el polvo de
sus zapatos, replicó vivamente:
—Eso lo dice usted aquí porque no hay comparanza; pero si me viera al
lado de don Damián como yo acabo de verme…. ¡Tisana, qué levita!…; ¡aquéllas sí
que son costuras!… Ni siquiera se conocen…. ¡Y qué corte! Da gloria de Dios el
verla. Y no estos costurones … ¡más mal asentaos!
—Pero, condenao, ¿cómo quieres tú comparar aquel paño tan fino con este
mahón de á tres reales?
—¡Qué mahón ni que ocho cuartos! En las manos consiste toa la cencia….
Si me hubiera hecho la ropa un sastre de Santander, como yo quería…. Lo mismo
que el chaleco … y los calzones: por un lado me sobra media fanega, y por otro
no me puedo revolver adentro…. ¡Y estos zapatos!… Yo no sé en qué consiste que
cuanto más tocino les doy, más peor se ponen. ¡Qué zapatos los de don Damián,
tisana! Relumbran como el sol de mediodía.
—Pero, hijo mío, ¿no ves que don Damián es un señor muy rico?…
—También tú te vestirás así el día de mañana, ¿verdá, madre?
—¡Anda, anda!; ya te estás relambiendo con los vestidos que te he de
regalar…. ¡Como no pongas otros!…
—Ni falta que me hacen, para que lo sepas; probe nací, y con saya de
estameña y tirando de la azada me han de querer….
—Calla, tonta, que lo dije por oirte: ¡miá tú qué me importará á mí el
día de mañana vestirte como una señora prencipal!… ¿eh, madre?
Á la buena mujer, mientras sus dos hijos comenzaban á contender en este
terreno, se le iban enrojeciendo los ojos, fenómeno que, en idénticas
circunstancias, había observado de algunos días á aquella parte el tío Nardo
con no poca sorpresa; y sabiendo por la experiencia que si no combatía la
emoción á tiempo no podría disimularla, dió al diálogo otro giro diverso,
preguntando al muchacho:
—¿Te dió la carta don Damián?
El interrogado que por otra parte, parecía estar deseando que se le
hiciera semejante pregunta, llevó la diestra al bolsillo interior de su levita;
después á uno de los del chaleco; ocultó entre sus dedos una moneda, y
sonriendo con expresión de triunfo, exclamó, alzando progresivamente la voz:
—Aquí está la carta … y aquí esto…; ¿lo ven bien? Esto … ¿qué dirán que
es esto?… ¡Tisana!, que no lo aciertan…. Pues esto es … ¡media onza!…
—¡Media onza!…
—¡Media onza!
—¡Media onza!—añadió el tío Nardo asomando la cabeza por la puerta de la
cuadra;—¡media onza!—repitió mientras descubría el tronco;—¡media
onza!—exclamó, en fin, trasladándose de un brinco junto al grupo que formaba su
familia admirando la moneda que Andrés (y ya es hora de decir como se llamaba
el rapaz) mostraba como una reliquia.
—¡Media onza, sí!—recalcaba este último girando en todas
direcciones;—¡media onza más maja que el sol!… Aquí está; don Damián me la dió
para mí solo…. ¡Viva don Damián!
Después que hubo pasado la moneda de mano en mano por todas las del
grupo, y que todas las personas que le componían la hubieron mirado y remirado
y hecho sonar contra las piedras, Andrés se volvió á apoderar de ella, y
reclamando la atención de toda su familia, desdobló la carta que también le dió
don Damián, y leyó en ella, con mucha seguridad, aunque con bien poco sentido
gramatical, lo que sigue:
«Señor don Frutos Mascabado y Caracolillo.
»Habana.
»Mi querido amigo y antiguo compañero: El dador de ésta lo será, Dios
mediante, el joven Andrés de la Peña, que saldrá de Santander, al primer
tiempo, en la fragata Panchita con rumbo á esa ciudad, en la cual se propone
probar fortuna. Al efecto, me tomo la libertad de suplicar á usted le auxilie
en todo lo que esté de su parte, tratando por de pronto de proporcionarle
acomodo conveniente á sus circunstancias. Dicho Andrés es muchacho listo y de
buena conducta, tiene excelente pluma y sabe de cuentas hasta la de compañías
inclusive.
»Contando con la buena amistad de usted, me atrevo á anticiparle las
gracias por lo que en obsequio de mi recomendado haga, que será, desde luego,
uno de los buenos servicios entre los muchos que ya le debe su afectísimo amigo
y seguro servidor
Q.S.M.B.
Damián de la Fuente.»
Después de esta carta, parécenos excusado decir á nuestros lectores lo
que significan la levita de Andrés y el inusitado movimiento de toda su familia
alrededor de su equipaje.
II
Por regla general, á los niños, apenas dejan los juguetes, les acomete
el afán, sobre todas sus otras aspiraciones, de hombrear, de tener mucha fuerza
y de levantar medio palmo sobre la talla. Pero cuando los niños son de estas
montañas, por un privilegio especial de su naturaleza, su único anhelo es la
independencia con un Don y mucho dinero. Y, según ellos, no hay más camino para
conseguirlo que irse «á las Indias»…. Los abismos del mar, los estragos de un
clima ardiente, los azares de una fortuna ilusoria, el abandono, la soledad en
medio de un país tan remoto … nada les intimida; al contrario, todo estos
obstáculos parece que les excitan más y más el deseo de atropellarlos. ¿No es
cierto que en América es de plata la moneda más pequeña de cuantas usualmente
circulan? Pues un montañés no necesita saber más que esto para lanzarse á esa
tierra feliz; la vida que en la empresa arriesga le parece poco, y otras ciento
jugara impávido, si otras ciento tuviera.
¿Hay quien lo duda? Ofrezca un pasaje gratis desde Santander á la Isla
de Cuba, ó una garantía de pago al plazo de un año, y verá los aspirantes que á
él acuden. Y no se apure porque el pasaje no sea en primera cámara: un montañés
de pura raza atraviesa en el tope el Océano, si necesario fuese.
Díganle «á las Indias vamos», y con tan admirable fe se embarca en una
cáscara de limón, como en un navío de tres puentes. Este heroísmo suele ir más
allá aún. Un indiano de semejante barro ve transcurrir los mejores años de su
juventud de desengaño en desengaño, y no desmaya. No hay trabajo que le
arredre, ni contrariedad que apague su fe: la fortuna está sonriéndole detrás
de sus desdichas, y la ve tan clara y tan palpable entonces, como la vió de
niño, cuando, soñando sus ricos dones, se columpiaba en las altas ramas del
nogal que asombraba su paterna choza.
De lo cual se deduce que la honradez, la constancia y laboriosidad de un
montañés, son tan grandes como su ambición.
Nadie, en buena justicia, podrá quitar á esta noble raza un timbre que
tanto la honra.
Nuestro Andresillo, pues, vástago legítimo de ella, no bien supo hablar,
ya dijo á su madre que él sería indiano. Creció en edad, y la idea de irse á
América fué el tema de todas sus ilusiones; y tanto y tanto insistió en su
proyecto, que su familia comenzó á deliberar sobre él muy seriamente.
Un día fueron tío Nardo y su mujer á consultarlo con don Damián, indiano
muy rico de aquellas inmediaciones, y de quien ya hemos oído hablar. Don Damián
había hecho, es cierto, un gran caudal: esto es lo que veía toda la población
de la comarca y lo que excitaba más y más en los jóvenes el deseo de emigrar;
pero en lo que se fijaban muy pocos, si es que alguno pensó en ello, era en que
don Damián se hizo rico á costa de veinte años de un trabajo constante; que en
todo ese tiempo no dejó un sólo día, una sola hora, de ser hombre de bien, ni
de cumplir, por consiguiente, con todos los deberes que se le imponían en las
dificilísimas circunstancias por que atravesó. Además, don Damián había ido á
América muy bien recomendado y con una educación bastante más esmerada que la
que llevan ordinariamente á aquellas envidiadas regiones los pobres montañeses.
Todas estas circunstancias que obraron como base principal de la riqueza de don
Damián, le obligaban á exponérselas á cuantos iban á pedirle cartas de
recomendación para la Habana, y á consultarle sobre la conveniencia de salir á
probar fortuna. Cuando semejantes consideraciones no bastaban á desencantar á
los ilusos, daba la carta que se le pedía, y á las veces su firma garantizando
el pago del pasaje desde Santander á la Habana.
Los padres de Andrés oyeron del generoso indiano las reflexiones más
prudentes y los más sanos consejos, cuando á pedírselos fueron en vista de las
reiteradas insinuaciones de aquél. En obsequio á la verdad, la mujer del tío
Nardo no necesitaba de tantas ni tan buenas razones para oponerse á los
proyectos de su hijo: era su madre, y con los ojos de su amor veía á través de
los mares nubes y tempestades que obscurecían las risueñas ilusiones del
ofuscado niño; pero el tío Nardo, menos aprensivo que ella y más confiado en
sus buenos deseos, apoyaba ciegamente á Andrés; y entre el padre y el hijo, si
no convencían, dominaban á la pobre mujer, que, por otra parte, respetaba mucho
las corazonadas, y jamás se oponía á lo que pudiera ser permisión del Señor. El
párroco del lugar le había dicho en muchas ocasiones que Dios hablaba, á veces,
por boca de los niños; y por si á Andrés le había inspirado el cielo su
proyecto, se decidió á respetarle en cuanto le pareciese deber hacerlo así.
Sobreponiéndose, pues, á las reflexiones del indiano la fuerza de
voluntad de Andresillo y la buena fe de su padre, el primero prometió su
protección al segundo; y desde aquel día no se pensó más en la casita que
conocemos que en arreglar el viaje lo más pronto posible.
Los preparativos al efecto eran bien sencillos: sacar el pasaporte y
hacer el equipaje.
Éste se componía:
De tres camisas de estopilla;
Un vestido completo de mahón, de día de fiesta;
Otro ídem íd. íd., para diario;
Una colchoneta y una manta, y
Un arca de pino, pintada de almagre, para guardar, durante el viaje, la
ropa que Andrés no llevase puesta.
Del pago del pasaje se encargó don Damián hasta que Andrés supiera
ganarlo.
El producto de la única vaca que tenía el tío Nardo, vendida de prisa y
al desbarate, dió justamente para los gastos de equipo del futuro indiano y
para el pequeño fondo de reserva que debía llevar consigo, fondo que se aumentó
con medio duro que el señor cura le regaló el mismo día que le confesó; con
seis reales del maestro que le dió últimamente lecciones especiales de
escritura y cuentas, y con la media onza de que tiene noticia el lector. Y no
se arruinó completamente la pobre familia para «echar de casa» á Andrés,
gracias al generoso anticipo del indiano; de otro modo, hubiera vendido gustosa
hasta la cama y el hogar. Los ejemplos de esta especie abundan,
desgraciadamente, en la Montaña.
El día en que presentamos la escena á nuestros lectores era el último
que Andrés debía pasar bajo el techo paterno: le había destinado á despedidas,
y ya tuvimos el gusto de ver el resultado que le dió la de don Damián; día que,
dicho sea inter nos, había costado muchas lágrimas á la pobre madre, á
escondidas de su familia, pues no podía resignarse con calma á ver aquel pedazo
de sus entrañas arrojado tan joven á merced de la suerte, y tan lejos de su
protección.
Pero las horas volaban, y era preciso decidirse. Cuando Andrés acabó de
leer la carta, su único amparo al dejar su patria, y á vueltas de algunos
halagüeños comentarios que se hicieron sobre aquélla, la pobre mujer, á quien
ahogaba el llanto, mandó entrar en casa á su hijo para que su hermana le
limpiara la ropa que llevaba puesta y se la guardara, mientras ella daba las
últimas puntadas á una camisa.
Andrés, entonando un aire del país, obedeció, saltando de un brinco
sobre el umbral de la puerta; pero su madre, al ver aquella expansiva
jovialidad en momentos tan supremos, fijos en él sus turbios ojos mientras
atravesaba el angosto pasadizo, abandonó insensiblemente la aguja, y dos
arroyos de lágrimas corrieron por sus tostadas mejillas.
—¡Pobre hijo del alma!—murmuró con voz trémula y apagada.
Tío Nardo, más optimista, por no decir menos cariñoso que su mujer, no
comprendiendo aquel trance tan angustioso, hacía los mayores esfuerzos por
atraerla á su terreno.
—Yo no sé, Nisca—le dijo cuando estuvieron solos,—qué demonches de mosca
te ha picao de un tiempo acá, que no haces más que gimotear. Pues al muchacho
no soy yo quien le echa de casa, que allá nos anduvimos al efeuto de
embarcarle…; y por Dios que no lo afeaste nunca bastante, ni te opusiste de
veras.
—Y ¿qué había de hacer yo? Tampoco hoy me opongo, aunque cuanto más se
acerca la hora de despedirme de él…. ¡Pobre hijo mío!… Dícenme que puede
hacerse rico…; ¡y nosotros somos tan pobres! ¡Ofrecen tan poco para un hombre
estos cuatro terrones que el Señor nos ha dado!… ¡Ay, si Él quisiera
favorecerle!…
—Pues ¿qué ha de hacer, tocha? ¡No, que no!…; ahí tienes á don
Damián….
—¡Siempre habéis de salirme con don Damián!
—Y con muchísima razón. ¿Qué mejor ejemplo? Un señor que vino al pueblo
cargado de talegas; que á todos sus parientes ha puesto hechos unos señores;
que no bien sabe que hay un vecino necesitao, ya está él socorriéndole; que
alza él solo casi todas las cargas del lugar; que corta todos los pleitos para
que no se coma la Justicia la razón del que la tiene y el haber de la otra
parte, y que no quiere por tanto beneficio más que la bendición de los hombres
de bien. ¿Qué más satisfacción para nosotros que ver á nuestro hijo en el día
de mañana bendecido como don Damián?
—¡Ay, Nardo!; en primer lugar, don Damián fué siempre muy honrado….
—No viene Andrés de casta de pícaros.
—Después, Dios le ayudó para que hiciera suerte.
—Y ¿por qué no ha de ayudar á Andrés?
—Don Damián fué un señor desde sus principios, y cuando salió de aquí
llevaba muchos estudios y sabía tratar con personas decentes…; y había heredado
la levita, que esto vale mucho para bandearse fuera de los bardales del lugar.
—¡Bah, bah!…; ríete de cuentos, Nisca, que todos los hombres nacimos de
la tierra y tenemos cinco dedos en cada mano.
—Valiera más, Nardo, que en lugar de fijarnos en ejemplos como el de ese
buen señor para echar de casa á nuestros hijos, volviéramos los ojos á otros
más desgraciados. ¡Cuántas lágrimas se ahorrarían así!… Sin ir más lejos, ahí
está nuestra vecina que no halla consuelo hace un mes, llorando al hijo de su
alma que se le murió en un hospital al poco tiempo de llegar á la Habana.
—Sí; pero ese muchacho….
—Era tan sano y tan robusto como Andrés, y como él era joven y llevaba
buenas recomendaciones. También las llevó el del tío Pedro, y murió pobre y
desamparado en lo más lejos de aquellas tierras…. Bien colocado estaba el
sobrino del señor alcalde, y malas compañías le llevaron á perecer en una
cárcel; y Dios parece que lo dispuso así, porque cuentan que si sale de ella
hubiera sido para ir á peor paraje. Veinte años bregó con la fortuna su primo
Antón, y, por no morirse de hambre, anda hoy de triste marinero ganando un
pedazo de pan por esos mares de Dios. Bien cerca de tu casa tienes al pobre
hijo de Pedro Gómez esperando á que se le acabe la poca salud que trajo de las
Indias al cabo de quince años de buscarse en ellas la fortuna, para que Dios le
lleve á descansar á su lado; pues ya, pobre y enfermo, ni vale para apoyo de su
familia, ni para el pueblo, ni para sí mismo, que es lo peor…; y bien reniega
de la hora en que salió de su casa….
—¡Anda, anda!…; ¡echa por esa boca desventuras y lástimas! ¿Por qué no
te acuerdas del hijo del Manco y de el del alguacil, que dicen que gastan coche
en la Habana y que están tan ricos que no saben lo que tienen?
—¡Mal año para ellos, que dejan morir de miseria á sus familias que se
arruinaron por embarcarlos, y ni siquiera se acuerdan de la tierra en que
vieron el sol! … mucho quiero á ese pobre hijo que se va á ir por ese mundo;
pero antes que verle mañana sin religión, olvidado de su familia y de su tierra
(Dios me perdone si en ello le ofendo), quisiera la noticia de que se había
muerto.
—Vaya, Nisca, que hoy te da el naipe para sermones de ánimas….
Todavía me has de hacer ver el asunto por el lado triste.
—¡Dichoso de ti, Nardo, que no le has visto ya!
—No seas tonta, que yo no puedo ver esas cosas como tú las ves….
Porque este lugar haya sido poco afortunado para los indianos….
—Calcula tú cómo andarán los demás … cuando en este rincón solo hay
tanta lástima. ¡Ay, Nardo!; aunque yo no lo tocara con mis manos ni lo viera
con mis ojos, los consejos de don Damián, con la experiencia que tiene, serían
de sobra para que yo llorara al echar, sola por el mundo, á esa pobre criatura.
La salida de Andrés interrumpió este diálogo. Traía puesto su traje de
camino, nuevo también, pero de corte más humilde que el que se había quitado
para que su hermana se le guardase.
Tía Nisca se enjugó apresuradamente los ojos al ver á su hijo, y plegó
con esmero sobre sus rodillas la camisa que había concluído.
Toda aquella tarde se invirtió en arreglar el equipaje de Andrés, y al
anochecer se rezó el rosario con más devoción que nunca, pidiendo todos á la
Virgen, con esa fe profunda y consoladora de un corazón cristiano, amparo para
el que se iba, y, para los que se quedaban, resignación y vida hasta volver á
verle.
III
Ahora, si el lector lo consiente, que sí lo consentirá, pues no le
cuesta dinero ni cosa que lo valga, vamos á trasladarnos con la escena á otra
parte.
Estamos en el magnífico Muelle de Santander.
Como de ordinario, multitud de carros, bultos de mercancías, básculas,
corredores, dependientes, comerciantes, marineros, pescadores, vagos y curiosos
forasteros, en el más agitado y bullicioso desorden, le hacen intransitable
desde la Ribera al café Suizo. Fijémonos un momento en este último punto, como
el más despejado. Frente á la puerta pasan tres personas que nos son muy
conocidas, y siguen, sin detenerse un segundo ante las vidrieras del
establecimiento para ver sus espejos y divanes, hacia la punta del Muelle.
Estos personajes son Andrés, su padre y su madre. El primero en medio de los
otros dos, metidas las manos en los bolsillos de sus anchos pantalones, tiradas
hacia la espalda las solapas de la levita consabida, y el hongo muy calado
sobre el cogote. El tío Nardo á la derecha, con su vestido nuevo de paño pardo,
y su mujer al otro lado, con muselina blanca á la cabeza, la saya morada de los
domingos colgada al hombro, y terciado en el brazo opuesto un gran paraguas
envuelto en funda de percal rayado. Los tres caminan sin decirse una palabra:
tío Nardo con las más visibles muestras de indiferencia; su mujer abismada como
siempre en su pena, y mirando al través de sus lágrimas el barco fatal que
espera á su hijo, meciéndose sobre las aguas á una milla del Muelle. En cuanto
á Andrés, á juzgar por su resuelto continente y por su sonrisa desdeñosa, puede
asegurarse que acaricia la ilusión de construir por su cuenta, á su vuelta de
América, un barrio tan elegante y monumental como el que va recorriendo.
Tres días hace que llegaron del pueblo. Despachados los papeles y demás
diligencias indispensables á todo pasajero, sólo se pensó ya en complacer á
Andrés y en proporcionarle cuantas distracciones estuvieran al alcance de sus
recursos. Tuvo éste á su disposición dos días y cerca de veinte duros. De modo
que á la hora en que le volvemos á encontrar, no cuenta un solo deseo que no
haya visto satisfecho; es decir, se ha bebido, vaso á vaso, más de media
cántara de agua de limón «fría como la nieve»; ha comido, de seis en seis, más
de un ciento de merengues; ha convidado á cuantos paisanos y conocidos hallaba
al paso; ha comprado una sinfonía en una tienda de alemanes, y ha oído una misa
mayor en la Catedral. Total de gastos, con hospedaje y alimentos de las tres
personas en el Cuartelillo, cinco napoleones. Nada, pues, le quedaba ya que
ver, como él decía, cuando le avisaron que era preciso embarcarse, porque
estaba la fragata lista para darse á la vela.
Esta noticia, que no le sorprendió lo más mínimo, acabó de anonadar á su
madre y sacó, por un instante, de su habitual atolondramiento á tío Nardo.
Sigámosles ahora por el Muelle. En la última rampa se embarcan en un
bote que se dirige en seguida á la fragata que aún no ha contemplado Andrés más
que de lejos, sin que por ello la haya perdido de vista un solo día desde su
llegada á Santander; por consiguiente, no ha podido formarse todavía una idea
exacta de lo que ella es.
Á medida que se aproximaban los tres al buque, éste va desarrollando á
sus ojos sus gigantescas proporciones; su negra mole parece que surge del agua,
y tía Nisca, aunque jamás se forja ilusiones ni las toma en cuenta para nada,
lo cree como el Evangelio. Y cree más: para ella, aquel volumen enorme tiene
una fisonomía, fisonomía satánica, imponente, que la mira siempre y con un
gesto terrible que hiela la sangre en sus venas. Los gritos de adentro y el
sinnúmero de caras que asoman sobre la borda mirando á los del bote que llega,
le parecen el alma diabólica y multiforme de aquel monstruoso cuerpo en cuyos
antros va á desaparecer quizá para siempre, el hijo de su amor. El atezado
rostro de tía Nisca se vuelve lívido.
Andrés, por el contrario, se entusiasma más y más según que se acerca á
la fragata. La magnitud de su casco, la elevación de sus palos, el laberinto de
su jarcia, todo le enamora y hasta le enorgullece. ¿Qué vale la pobre choza de
su aldea junto á aquel flotante palacio que va á habitar durante mes y medio?
En cuanto á tío Nardo, si hemos de ser justos, desde que pudo apreciar
la magnitud real y efectiva del barco hasta que llegó á su costado, no pensó
más que en calcular cómo no se iría á pique un cuerpo tan pesado, siendo el
cuerpo tan duro y tan blando el elemento que le sostenía; cuestión que trató
con sus vecinos más de una vez, á su vuelta á la aldea.
Otro cuadro más raro tienen que contemplar nuestros tres conocidos al
llegar sobre cubierta: montones de jarcia, cajas de provisiones, una res
acabada de desollar, enormes jaulas conteniendo vacas, cerdos y carneros, y
otras menores con gallinas; grupos de marineros acá izando una verga, allá
bajando pesados bultos á la bodega; y por último, revueltos y deslizándose
entre tanto obstáculo, más de un centenar de muchachuelos del corte de nuestro
aspirante á indiano. Todo esto junto produce un ruido infernal. Tío Nardo se
marea, su mujer solloza y Andrés observa impávido.
De aquella turba de niños, algunos lloran, otros meditan tristemente
reclinados contra la borda, otros miran atónitos cuanto les rodea…, ¡muy pocos
ríen! Todos, como Andrés, van á América buscando la fortuna; todos van, como
él, poco más que á merced de la casualidad…. Seamos exactos: muchos de ellos no
llevan ni siquiera una carta como la de don Damián.
De todos los que acompañan á Andrés, acaso no encuentre uno solo lo que
va buscando; quizá todos ellos contemplen por la última vez de su vida la
tierra sobre que han nacido.
Tía Nisca logra ver el sitio que se destina á su hijo en la fragata.
Sobre la carga que ésta lleva en sus bodegas, se han tendido unas tablas
de pino; entre estas tablas y la cubierta, espacio mucho más bajo que la talla
de un hombre, se han colocado en fila tantas colchonetas como son los
pasajeros: una de ellas es la de Andrés. Este departamento es el que se conoce
con el nombre de sollado. La pobre madre se estremece al ver la mezquindad del
sitio destinado al reposo de su hijo. Aquello es insano, no tiene bastante
ventilación…; ¡si Andrés se pusiera enfermo!…
No corre, vuela en busca del capitán…. Quiere gratificarle…, comprar un
poco de comodidad para aquella inocente criatura. Se palpa los bolsillos,
rebusca los de su marido; pero sólo puede reunir … ¡medio duro! ¡Y el capitán
es un señor tan elegante! ¿Con qué cara le ha de ofrecer ella diez reales? Pero
nota, en su defecto, que tiene la mirada muy noble. Se decide á hablarle, y
entre lágrimas y sollozos,
—Señor—le dice,—el hijo mío que va á la Habana es Andrés, aquel muchacho
tan guapo y tan listo que está mirando hacia acá. Créame usted, señor: no va en
primera cámara porque ni aun vendiendo la camisa hubiéramos podido reunir tanto
dinero si habíamos de dejarle algo al pobre muchacho por lo que pudiera
sucederle fuera de su casa. Le juro á usted que es la pura verdad lo que le
digo. Pero yo no sabía que el sitio donde tenía que ir era tan angosto, que si
no, ¡ay, Dios mío! … mire usted señor, somos unos pobres; pero si al mi Andrés
le atendieran algo por el camino…. No es esto decir que yo desconfíe de usted,
¡ave María Purísima! Usted es hombre honrado, y no hay más que mirarle para …
voy al decir, que…. ¡Hijo mió de mi alma!…; yo no sé ya lo que digo ni lo que
he de hacer porque lo pase más á gusto.
Las lágrimas ahogan á la pobre mujer, y el dolor perturba su razón.
El capitán, respetándole en todo lo que vale, promete á la afligida
madre un sitio en primera cámara para su hijo en cuanto se hagan á la mar y
trata de consolarla con cariñosas aunque breves palabras.
Esta misma táctica ha seguido siempre con todas las madres de los
pasajeros que han ido á su cuidado, porque es de advertir que todas ellas han
solicitado para sus hijos lo mismo que la tía Nisca para Andrés. Convengamos en
que, en la imposibilidad de complacerlas, es muy recomendable esta manera de
engañarlas á todas.
Tía Nisca vuelve más animada adonde está su hijo, á quien refiere entre
bendiciones, la buena acogida que le dispensó el capitán. Después, abrazándole
estrechamente, le recomienda de nuevo mucha devoción al escapulario bendito de
la Virgen del Carmen que lleva sobre su pecho; que sea bueno y sumiso; que huya
de las malas compañías; que piense siempre en su pobre choza y en su patria…,
en fin, cuanto es de necesidad que recomiende una madre cariñosa á un hijo
querido en el instante supremo de una larga ó tal vez eterna separación.
Pero el sonido metálico y vibrante del molinete se oye: comienzan á
levar anclas, y es preciso separarse.
La desdichada madre siente que hasta la voz le falta para decir el
último «adiós». Andrés comprende por primera vez lo que es perder de vista su
hogar y su patria, y lanzarse niño y solo á los desiertos del mundo, y también
por primera vez llora, y acaso se arrepiente de su empresa; tío Nardo mira
hacia el Muelle y procura no hablar para que no se vean las lágrimas que al
cabo vierte, ni descubra su voz la pena que hay en su pecho; y deseando
abreviar aquella escena por afligir menos á su hijo, estréchale en silencio
entre sus brazos, coge por otro bruscamente á su mujer y desciende con ella al
bote, imponiéndose la dura penitencia de no mirar á la fragata hasta que llegue
al Muelle.
Cuando en él desembarcan, tía Nisca se deja caer en el umbral de la
primera puerta que hallan al paso. Con los codos sobre sus rodillas, la cabeza
entre las manos, los ojos fijos en la fragata y la cara inundada en llanto,
espera inmóvil, como una estatua del dolor, á que el buque desaparezca. Tío
Nardo de pie á su lado, pero algo más tranquilo, respeta la situación de su
mujer y no se atreve á separarla de allí.
Transcurre media hora.
La fragata despliega al viento su blanco velamen; hunde la proa en las
aguas, como si dirigiera un galante saludo de despedida al puerto, y,
deslizando rápidamente su quilla, desaparece en breve detrás de San Martín.
Al perderla de vista no cayó la pobre aldeana exánime sobre las losas
del Muelle, porque Dios ha dado á estas criaturas una fuerza y una fe tan
grandes como sus infortunios….
IV
Aquella misma tarde, á la caída del sol, atravesaban tío Nardo y su
mujer la extensa sierra que conduce á su lugar. Mustios iban los dos y
cabizbajos, el uno en pos del otro. Pensaban en Andrés. Pero tía Nisca, de
imaginación más activa que su marido, examinaba interiormente el cuadro de sus
pesares, ¡y no le faltaban causas con que justificar toda la amargura de los
dolores que sentía! Por eso no pudo menos de dirigir un duro apóstrofe á la
tierra que pisaba, viéndola poblada de ásperos escajos, y cuya aparente
esterilidad alejaba de ella á sus hijos para buscar en país remoto lo que la
madre patria no podía darles. ¡Cargo injusto, por cierto, y que, perpetuamente
en boca de tantos ignorantes, sostiene en esta provincia la plaga de emigración
que la despuebla!…
Pero antes que de la pluma se me escapen ciertas reflexiones, más
propias del periodista que del pintor, volvamos á nuestros personajes, aunque
no sea más que para despedirnos de ellos.
Es ya inútil: pasada la sierra, han desaparecido por una extrecha y
larga calleja formada por dos frondosas seturas, verde y pintoresco toldo cuyas
paredes no pueden atravesar los débiles rayos del sol que va á ocultarse:
tampoco se columbra un alma en la campiña; y sólo turba el silencio de aquella
soledad la voz de una mujer que, desde el fondo de la calleja, canta á grito
pelado:
«Á las Indias van los hombres,
á las Indias por ganar:
las Indias aquí las tienen
si quisieran trabajar.»
Esta mujer ha debido de encontrar, yendo á la fuente, á tía Nisca y á su
marido. Quizás al verlos caminar silenciosa y tristemente hacia su casa, ha
recordado esa estrofa que, por otra parte viene como de molde para dar fin á
este cuadro, porque precisamente es la síntesis de él.

No hay comentarios:
Publicar un comentario