© Libro N° 13064. A La Sombra De Un Chaparro.
Reyes, Arturo. Emancipación. Octubre 12 de 2024
Título original: ©
A La Sombra De Un Chaparro. Arturo Reyes
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Original: © A La Sombra
De Un Chaparro. Arturo Reyes
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Arturo Reyes
A La
Sombra De Un Chaparro
Arturo
Reyes
El sol caía á plomo sobre la desierta carretera; lucía el cielo su más
deslumbrante azul; la montaña, los tonos más brillantes y más rojizos de sus
laderas, el verde más lozano de sus viñedos y el obscuro más intenso de sus
retorcidos olivares; ora medío escondidos entre los repliegues del monte, ora
sobre sus bien soleadas cumbres, destacábanse acá y acullá, los blancos
caseríos sombreados por copudos algarrobos...
El pobre jamelgo enganchado á la polvorienta diabla manotea con todos
los músculos en desesperada tensión y el pescuezo estirado, por dominar uno de
los repechos, mientras que con el látigo en una mano y con la otra aferrada á
uno de los rayos de las ruedas pugna el Bellotero por ayudar al pobre animal en
su desesperado esfuerzo.
—Riá, riaaá, Poderosa, riaá, riaá, niña de mis ojos, riaá, riaaá, prenda
mía!—grita el Bellotero, sin que su voz logre prestar al pobre penco los
vigores que necesita.
—Esto no puée ser, hombre exclama saltando del vehículo un mozo bien
plantado, de rostro curtido, ojos relampagueantes y luciendo rico traje de los
más típicos de Andalucía.
—Y qué le jago yo! riaá, riaaá, Poderosa
—Deja á la Poderosa que tome resuello ú dale una miajita de somatose,
camará que es lo que le está jaciendo muchísima falta; no ves que la pobre, si
la sigues achuchando, va á morir sin testar, entre tus brazos.
—Pero si es que yo no sé lo que hoy le pasa á este bicho; si este animal
tira más que la «yunta de las ánimas»l
—Pos déjala que escanse una miaja y tan y mientras jecharemos un
cigarro!
—Pos lo jecharemos.
Y mientras el Bellotero colocaba á la sombra que proyectaba sobre el
camino una cortadura del monte, al animal, el desconocido sentábase al pie de
uno de los árboles que brindan, acá y acullá, en el empinado camino, un
sombroso refugio al caminante.
Y sentado, momentos después, á su lado, el Bellotero, preguntábale
mientras vaciábase en la palma de la mano tabaco en cantidad suficiente, no ya
para hacer un cigarro de grueso calibre, sino para rendir al fumador más
empedernido:
—Y se puée saber, amigo, y usté isimule la curiosiá, á qué va su mercé á
jacer en Triquitraque?
—Pos en busca de corcho que voy—repúsole en tono de zumba el
desconocido.
—Ah, entonces es que su mercé trafica en corcho?
—Sí, señó, que aquí aonde usté me vé, tengo en Sivilla una fábrica de
tapones.
El Bellotero miró al desconocido con expresión incrédula; aquello de la
fábrica de tapones habíale sonado á quéa, y rascándose sin necesidad la cabeza,
exclamó con acento lleno de ironía:
—Pos mié usté, pa mi que ló que es corcho no farta en estos manchones y
menos en Ttiquilraque.
—Y apropósito de Triquitraque; cómo andan los Ventolinas?
—Er señó Paco superior... como que jace ya la mar de tiempo que no dice
esta boca es mía.
—Pero qué, murió el pobre señor Paco?
—Pos sa menester venir de la luna pa preguntarlo! ¡Pos no jace ya fecha
que agüecó el ala y se fué á la otra vera der rio!
—Y la señá Frasquita?
—Esa entoavía parpaguea, pero jechita la mar de dobleces; como que está
que cabe en un canutero!
—Y Rosario, qué ha sio de ella?
—¿De quién? de Rosario? Esa si que está que jierve de guena moza
¡camará! como que no se le puée mirar un rato seguío porque se le jace á uno la
lengua estopa y la saliva goma laca: ¡es mucha jembra la Rosario!
—Y se mantiene sortera?
Y esto lo preguntó el forastero como se pregunta algo que se teme saber.
—No, señó, que está casá desde jace mu poquito: tres ú cuatro meses hará
que se subió á la bolina. Como que ya tenían brotes las cepas!
—¡Ah, conque se ha casao!—exclamó el desconocido con voz sorda,
arrugando entre sus dedos el cordobés que mantenía sobre sus rodillas mientras
una ráfaga tempestuosa resbalaba por sus negrísimos ojos.
—Vaya!—continuó el Bellotero sin parar mientes en lo que á su compañero
le ocurría—y con un mozo que, mejorando lo presente, nunca le podrá pagar á
Dios lo que Dios le dió á manos llenas; güeñas rentas, güen corazón, güen
tronco, y mejores ramas; pero si usté lo conocerá; si con quien se ha casao ha
sío con Currito, el hijo de los Tramoyas, los de Echevarria.
—No, no lo conozco; pero la Rosarito, no tenía un novio?
—Sí que lo tenía, y por mó de ese novio ha pasao la probe más fatigas
que un asmático; porque como cuando su novio, un zagalete más vivo que un rayo,
sigún dicen, tomó el portante y se largó en busca de fortuna á Chile ú al Perú,
ella le prometió esperarlo diez años largos é talle... pos velay usté... cuando
se le arrimó Currito, pos le dijo á Currito que perdonara por Dios; pero como
Currito tiée para comer y pa que le cante un ciego y del novio que se le había
dío no tenían noticias ningunas, y ya se les había muerto el señor Paco, y se
habían quedao diciendo aquello de «hoy ayuno y mañana no me esayuno»... pos
velay usté; la señá Frasquita empezó á apretar más que un tornillo pa que la
Rosario apechugara con Currito, y Rosarillo le contestó que de casarse con
arguien se casaría con él, pero que no lo jacía hasta que pasasen los diez años
que había prometío esperar al otro; y Curro se conformó, y ná, que pasaron los
diez años, y como el que se había dío ar Perú no ha dicho pío tan siquiera...
pos velay usté... la Rosario ya hoy es toica entera del hijo de los Tramoyas,
Currito el Abulaguero.
Al desconocido, á medida que el Bellotero hablaba, habíasele ido
poniendo lívido e semblante, y cuando aquel hubo dado fin á su pintoresca
plática, exclamó con acento en que había puesto sus más roncas inflexiones la
pena:
—Jízo bien! pero y si el zagalete, su novio primero, no la hubiera
olvidao y hubiera agenciao pa compartirlos con ella cuatro maraveíses y ahora
vorviera del Perú;¿qué es lo que harías tú en lugar del zagalete?
—Pos míe usté; si á mi me pasara eso, pos agüecaría el ala y me iría en
busca de otra paloma, porque Rosario ha cumplió como guena aguantando diez años
de carencias y pesaumbres, y si ahora la probe está tranquila, no sería yo, en
el pellejo del zagal, el que le quitara el vivir á gusto con su marío entre sus
cuatro paeres!
—Y eso, eso mismo haría fijamente el zagal si volviera alguna vez de las
Indias... Pero mira tú, sabes que ya no tengo más ganas de seguir pechos
arriba?; conque vámonos pa abajo, que ya vorveré otro día.
—Pero si la Poerosa en descansando una miaja es capaz de llevarnos al
pico del Tenerife.
—No, eja ya hoy al animal y vámonos ya pa abajol que ya se me ha quitao
la gana de dir á Triquitraque.
Y cinco minutos después...
—Riá, riaaá, Poerosa—gritaba el Bellotero á la vez que crugía hábilmente
el látigo; el eaballo desherrábase galopando por las pendientes más suaves y el
desconocido, graves y sombríos los negrísimos ojos, arrojaba sobre los rojizos
montes una de esas miradas con que solemos despedirnos de una alegría quese va
ó de una esperanza que muere.

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