© Libro N° 13063. A La Plata. Carrasquilla, Tomás. Emancipación.
Octubre 12 de 2024
Título original: ©
A La Plata. Tomás Carrasquilla
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Tomás Carrasquilla
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Tomás Carrasquilla
A La
Plata
Tomás
Carrasquilla
Aquel enjambre humano debía presentar a vuelo de pájaro el aspecto de un
basurero. Los sombreros mugrientos, los forros encarnados de las ruanas, los
pañolones oscuros y sebosos, los paraguas apabullados, tantos pañuelos y
trapajos retumbantes, eran el guardarropa de un Arlequín. Animadísima estaba la
feria: era primer domingo de mes y el vecindario todo había acudido a
renovación. Destellaba un sol de justicia; en las tasajeras de carne, de esa
carne que se acarroñaba al resistero, buscaban las moscas donde incubar sus
larvas; en los tendidos de cachivaches se agrupaban las muchachas campesinas,
sudorosas y sofocadas, atraídas por la baratija, mientras las magnatas sudaban
el quilo, a regateo limpio, entre los puestos de granos, legumbres y panela.
Ese olor de despensa, de carnicería, de transpiración de gentes, de guiñapos
sucios mezclado al olor del polvo y al de tanta plebe y negrería, formaban
sumados, la hediondez genuina, paladinamente manifestada, de la humanidad. Los
altercados, los diálogos, las carcajadas, el chillido, la rebatiña vertiginosa
de la venduta, componían, sumados también, el balandro de la bestia. Llenaba
todo el ámbito del lugarón.
Sonó la campana, y cátate al animal aplacado. Se oyó el silencio,
silencio que parecía un asueto, una frescura, que traía como ráfagas de
limpieza… hasta religioso sería ese silencio. Rompiólo el curita con su voz
gangosa; contestóle la muchedumbre, y, acabada la prez, reanudóse aquello. Pero
por un instante solamente, porque de pronto sintióse el pánico, y la palabra:
"¡Encierro!" vibró en el aire como preludio de juicio final. Encierro
era en toda regla. Los veinte soldados del piquete, que inopinada y repentinamente
acababan de invadir el pueblo, habíanse repartido por las cuatro esquinas de la
plaza, a bayoneta calada. Fué como un ciclón. Desencajados, trémulos,
abandonándolo todo, se dispararon los hombres y hasta hembras también, a los
zaguanes y a la iglesia. ¡Pobre gente! Todo en vano, porque, como la amada de
Lulio, "ni en la casa de Dios está segura".
De allí sacaron unas decenas. Cayó entre los casados el Caratejo Longas.
Lo que no lloró su mujer, la señá Rufa, llorólo a moco tendido María Eduvigis,
su hija. Fuese ésta con súplicas al alcalde. A buen puerto arrimaba: cabalmente
que al Caratejo no había riesgo de largarlo. ¡Figúrense! El mayordomo de
Perucho Arcila, el rojo más recalcitrante y más urdemales en cien lenguas a la
redonda: ¡un pícaro, un bandido! Antes no era tanto para todo lo rojo que era
el tal Arcila.
Ya desahuciado y en el cuartel, llamó el Caratejo a conferencia a su
mujer y a su hija, y habló así: "A lo hecho, pecho, Corazón con Dios, y
peganos del manto de María Santísima. A yo, lo que es matame, no me matan. Allá
verán que ni an mal me va. Ello más bien es maluco dejalas como dos ánimas;
pero ai les dejo maíz pa mucho tiempo. Pa desgusanar el ganao del patrón, y pa
mantener esas mangas bien limpias, vustedes los saben hacer mejor que yo. Sigan
con el balance de la güerta y de los quesitos, y métanle a estas placeñas y a
las amasadoras los güevos hasta las cachas, y allá verán cómo enredamos la
pita. Mirá, Rufa: si aquellos muchachos acaban de pagar la condena antes que yo
güelva, no los almitás en la casa, de mantenidos. Que se larguen a trabajar, o
a jalale a la vigüela y a las décimas si les da la gana. ¡Y no s'infusquen por
eso!… ultimadamente, el Gobierno siempre paga".
Y su voz selvática, encadenada en gruñidos, con inflexiones y finales
dejativos, ese acento característico de los campesinos de nuestra región
oriental, los acompañaba el orador con mil visajes y mímicas de convencimiento,
y un aire de socarronería y unos manoteos y paradas de dedo de una elocuencia
verdaderamente salvaje. Ayudábale el carate. Por aquella cara larga, y por
cuanto mostraba de aquel cuerpo langaruto y cartilaginoso, lucía el jaspe, con
vetas de carey, con placas esmeriladas y nacarinas. Pintoresco forro el de
aquella armazón.
Ensartando y ensartando dirigióse al fin a la hija, y, con un tono y un
gesto allá, que encerraban un embuchado de cosas, le dice, dándole una
palmadita en el hombro: "Y vos, no te metás de filática con el patrón: ¡es
muy abierto!".
¡Culebra brava la tal Eduvigis! Sazonado por el sol y el viento de la
montaña era aquel cuerpo, en que no intervinieron ni artificio ni deformación
civilizadores; obra premiada de naturaleza. Las caderas, el busto bien alto, la
proclamaban futura madre de la titanería laboradora. El cabello, negro, de un
negro profundo, se le alborotaba, indomable como una pasión; y en esos ojos
había unas promesas, unos rechazos y un misterio, que hicieron empalidecer a
más de un rostro masculino. Un toche habría picado aquellos labios como pulpa
de guayaba madura; de perro faldero eran los dientes, por entre los cuales
asomaba tal cual vez, como para lamer tanto almíbar, una puntita roja y
nerviosa. Por este asomo lingüístico de ingénito coquetismo, la regañaba el
cura a cada confesión, pero no le valía. Así y todo, mostrábase tan brava y
retrechera, que un cierto galancete hubo de llevarse, en alguna memorable
ocasión, un sopapo que ni un trancazo; fuera de que el Caratejo la celaba a su
modo. El tenía su idea. Tanto que, apenas separado de la muchacha se dijo,
hablado y todo y con parado de dedo: "Verán cómo el patrón le quebranta
agora los agallones".
Y pocos días después partió el Caratejo para la guerra.
Rufa, que se entregó en poco tiempo y por completo al vicio de la
separación, cuando los dos hijos partieron a presidio, bien podría ahora
arrostrar esta otra ausencia, por más que pareciera cosa de viudez. ¡Y tánto
como pudo! Ni las más leves nostalgias conyugales, ni asomos de temor por la
vida del marido, ni quebraderos de cabeza por que volara el tiempo y le tornase
el bien ausente, ni nada, vino a interrumpir aquel viento de cristiana
filosófica indolencia. A vela henchida, gallarda y serenísima, surcaba y
surcaba por esos mares de leche. Y eso que en la casa ocurrió algo, y aun
algos, por aquellos días. Pero no: sus altas atribuciones de vaquera labradora
y mayordoma de finca, en que dio rumbo a sus actividades y empleo a la potencia
judaica que hervía en su carácter, no le daban tiempo ni lugar para embelecos y
enredos de otro orden. ¡Lo que es tener oficio!…
Hembra de canela e inventora de dineros era la tal Rufa Chaverra. Arcila
declarólo luego espejo de administradoras. Ella se iba por esas mangas, y, a
güinchazo limpio, extirpaba cuanta malecilla o yerbajo intruso asomase la
cabeza. Con sapientísima oportunidad salaba y ponía el fierro a aquel ganado,
cuyo idioma parecía conocer, y a quien hacía los más expresivos reclamos, bien
fuese colectiva o individualmente, ya con bramido bronco igual que una vaca, si
era a res mayor, ahora melindroso, si se trataba de parvulillos; y siempre con
el nombre de pila, sin que la "Chapola" se le confundiese con la
"Cachipanda", ni el "Careperro" con el
"Mancoreto". Hasta medio albéitara resultaba, en ocasiones. Mano de
ángel poseía para desgusanar, hacer los untos y sobaduras y gran experiencia y
fortuna en aplicar menjurjes por dentro y por fuera. La vaca más descastada y
botacrías no se la jugaba a Rufa; que ella, juzgando por el volumen y otras
apariencias, de la proximidad del asunto, ponía a la taimada, en el corral, por
la noche; y, si alguna vez se necesitaba un poco de obstetricia, allí estaba
ella para el caso. En punto a echar argollas a los cerdos más bravíos, y de
hacer de un ternero algo menos ofensivo, allá se las habría con cualquier
itagüiseño del oficio. Iniciada estaba en los misterios del harem, y cuando al
rebuzno del pachá respondían eróticos relinchos, ella sabía si eran del caso o
no eran idilios a puerta cerrada, y cuál la odalisca que debía ir al tálamo.
Porque sí o porque no, nunca dejaba de apostrofar al progenitor aquél con algo
así: "¡Ah taita, como no tenés más oficio que jartar, siempre estás
dispuesto pa la vagamundería!".
Si tan facultativa y habilidosa era para manejar lo ajeno, cuánto y más
no sería para lo propio. Ni se diga de los gajes con la leche que le
correspondía, ni de los productos del gallinero, ni de esa huerta donde los
mafafales alternaban con la hachira, los repollos con las pepineras, las
vitorias con las auyamas.
Pues resultó que todo estuvo a pique de perderse. Del huracán que ahora
corre, llegaron ráfagas hasta la montañesa. Supo que unas amigas y comadres
mazamorreaban orillas de La Cristalina, riachuelo que corre obra de dos millas
de la casa de Arcila. Lo mismo fué saber que embelecarse. So pretexto de buscar
un cerdo que dizque se le había remontado, fuése a las lavadoras de oro, y con
la labia y el disimulo del mundo, les sonsacó todas las mañas y
particularidades del oficio. Ese mismo día se hizo a batea, y viérais a la
rolliza campesina, con las sayas anudadas a guisa de bragas, zambullida hasta
el muslo, garridamente repechada, haciéndole bailar a la batea la danza del oro
con la siniestra mano, mientras que con la diestra iba chorreando el agua sobre
la fina arena, donde asomaban los ruedos oscuros de la jagua. Al domingo
siguiente cambió el oro, y cuál se le ensancharía el cuajo cuando tuvo
amarrados, a pico de pañuelo, treinta y seis reales de un boleo.
Dada a la minería pasara su vida entera, a no ser por un cólico que la
retuvo en cama varios días, y que le repitió más violento al volver al oficio.
Mas no cedió en su propósito; mandó entonces a la Eduvigis, a quien le sentaron
muy bien las aguas de La Cristalina. Mientras la hija pasaba de sol a sol en la
mazamorrería, la madre cargaba con todo el brete de la finca. ¡Y tan campantes
y satisfechas!…
Más rastro deja en un espejo la imagen reflejada, que en el ánimo de
Rufa las noticias sobre la guerra, que oía en el pueblo los domingos y los dos
días de semana en que iba a sus ventas. Lo que fué del Caratejo, no llegó a
preocuparse hasta el grado de indagar por el lugar de su paradero. Bien
confirmaba esta esposa que las ternuras y blandicies de alma son necesidades de
los blancos de la ciudad, y un lujo superfluo para el pobre campesino.
Envueltos en la niebla, arrebujados y borrosos, mostrábanse riscos y
praderas; la casa de la finca semejaba un esbozo de paisaje a dos tintas; a
trechos se percibían los vallados y chambas de la huerta, las aristas del
techo, el alto andamio del gallinero; sólo alcanzaban a destacarse con alguna
precisión los cuernos del ganado, rígidos y oscuros, rompiendo esas vaguedades,
cual la noción del diablo la bruma de una mente infantil. A la quejumbrosa
melodía de los recentales, acorralados y ateridos, contestaban desde afuera los
bajos profundos y cariñosos de las madres, mientras que Rufa y Eduvigis
renegaban, si Dios tenía qué, en las bregas y afanes del ordeño. Eduvigis, en
cuclillas, remangada hasta las axilas, cubierta la cabeza con enorme pañuelo de
pintajos, hacía saltar de una ubre al cuenco amarillento de la cuyabra, el
chorro humeante y cadencioso. Un hálito de vida, de salud se exhalaba de aquel
fondo espumoso. Casi colmaba la vasija, cuando un grito agudo, prolongado
adrede, rasgó la densidad de esa atmósfera. La moza se suspende; el grito se
repite más agudo todavía. "¡Mi taita!", exclama la Eduvigis, y sin
pensar en leches ni en ordeños, corre alebrestada chamba abajo.
No se engañaba. Buen amigo, que sí lo era en efecto, descolgóse a
saltos, lengua afuera, la cola en alboroto. Impasible, la señá Rufa permaneció
en su puesto. A poco llegóse el Caratejo con el perro, que quería encaramársele
a los hombros. Marido y mujer se avistaron. Nada de culto externo ni de
perrerías en aquel saludo. Dijérase que acababan de separarse.
—Y, ¿qué es lo que hay pal viejo? —dice Longas por toda efusión.
Y Rufa, plantificada, totuma en mano, con soberano desentendimiento,
contesta:
—Y eso, ¿qué contiene, pues?
—Pues que anoche llegamos al sitio, y que el fefe me dio licencia pa
venir a velas, porque mañana go esta tarde seguimos pa la Villa.
Facha peregrina la de este hijo de Marte. El sombrero hiperbólico de
caña abigarrada, el vestido mugriento de coleta, los golpes rojos y desteñidos
del cuello y de los puños, los pantalones holgados y caídos por las posas y que
más parecían de seminarista, dignos eran de cubrir aquel cuerpo largo y
desgavilado. Ni las escaseces, ni las intemperies, ni las fatigas de campaña,
habían alterado en lo mínimo al mayordomo de Arcila. Tan feo volvía y tan
Caratejo como se fue. Por morral llevaba una jícara algo más que preñada; por
faja una chuspa oculta y no vacía.
Rufa sigue ordeñando. Toma Lonjas la palabra.
—Pues, pa que lo viás. Ya lo ves que nada me sucedió. Los que no
murieron de bala, se templaron de tanta plaga y de tanta mortecina de
cristiano, y yo… ai con mi carate: ¡la cáscara guarda el palo!
Y aquí siguió un relato bélico autobiográfico, con algo más de largas
que de cortas, como es usanzas en tales casos. Rufa parecía un tanto cohibida y
preocupada.
—¿Y ontá la Eduvigis? — dice de pronto el marido, cortando la narración.
—Pes ella… pes ella… puai cogió chamba abajo, izque porque la vas a
matar.
—¿A matala? ¿Y por qué gracia?
—¿Pes… ella… no salió, pues, con un embeleco de muchacho?…
—¿De muchacho? —prorrumpe el conscripto, abriendo tamaños ojos, ojos
donde pareció asomar un fulgor de triunfo—. ¿Conque, muchacho? ¿Y pu'eso
s'esconde esa pendeja? ¿Y ontá el muchacho?
—¿Ai no'stá, pues en la maca?
—Andá llámame a esa boba.
Y, tirando corredor adentro, se coló al cuartucho. Debajo de la cama
pendiente de unos rejos, oscilaba la batea. Envuelto en pingajos de colores
verdosos y alterados, dormía el angelito. No pudo resistir el abuelo a la
fuerza de la sangre, ni menos al empuje de un orgullo repentino que le borbotó
en las entrañas. Sacó de la batea la criatura, que al despertar y ver aquella
cara tan fea y tan extraña, puso el grito en el cielo. Era José Dolores Longas
un rollete de manteca, mofletudo y cariacontecido; las manos unas manoplas; las
muñecas, como estranguladas con cuerda, a modo de morcilla; las piernas,
tronchas y exuberantes, más huevos de arracacha que carne humana: una figura
eclesiástica, casi episcopal. Iba a quebrarse con los berríos que lanzaba:
¡cuidado si había pulmones! El soldado lo cogió en los brazos, haciéndole
zarandeos, por vía de arrullo. Abrazaba su fortuna: en aquel vástago veía el
Caratejo horizontes azules y rosados, de dicha y prosperidad: el predio
cercano, su sueño dorado, era suyo; suyas unas decenas de vacas; suyo el par de
muletos y los aparejos de la arriería: y ¿quién sabe si la casa, esa casa tan
amplia y espaciosa, no sería suya pasado corto tiempo? ¡El patrón era tan
abierto!… Calmóse un tanto el monigote. Escrutólo el Caratejo de una ojeada, y
se dijo: "¡Igualito al taita!".
Entre tanto Rufa gritaba desde la manga: "¡Que vengás a tu taita
que no está nada bravo! ¡Que no sias caraja! ¡Subí, Eduvigis, que siempre lo
habís de ver!".
La muchacha, más muerta que viva, a pesar de la promesa, subía por la
chamba, minutos después. Pálida por el susto, parecía más hermosa y escultural.
Levantó la mirada hacia la casa, y vió a su padre en el corredor, con el niño
en brazos. A paso receloso llégase a él; arrodíllase a las plantas y murmura:
—¡Sacramento del altar, taita!
Y con la diestra carateja, le rayó la bendición el padre, no sin sus
miajas de unción y de solemnidad. Mandóla luego la madre a la cocina a preparar
el agasajo para el viajero, y Rufa que ya en ese momento había terminado sus
faenas perentorias, tomó al nieto en su regazo y se preparó al interrogatorio
que se le venía encima.
—Bueno —principia el marido—, y el patrón siempre le habrá dejao a la
muchacha… por lo menos sus tres vacas, y le habrá dao mucha plata pa los
gastos?
—¡Eh! —replica Rufa—. ¿Usté por qué ha determinao que fué don Perucho?
—¿Que no fué el patrón? —salta el Caratejo desfigurándose.
—¡Si fue Simplicio, el hijo de la dijunta Jerónima!…
—¡Ese tuntuniento!… —vocifera el deshonrado padre—. ¡Un muerto dihambre
que no tiene un Cristo en qué morir!… Y vos, so almártaga, ¿pa qué consentites
esos enredos?
La cara se le desencajó; le temblaban los labios como si tuviera
tercianas. "Yo mato a esa arrastrada, a esa sinvergüenza". Y,
atontado y frenético, se lanza a la cocina, agarra una astilla de leña, y cada
golpe escupe sobre la hija un insulto, una desvergüenza, una bajeza. Cuando la
infeliz yacía por tierra, convulsa y sollozante, arrimóle Longas formidable
puntapié, y exclamó tartajoso: "¡Te largás… ahora mismo… con tu muchacho…
que yo no voy a mantener aquí vagamundas!".
Y salió disparado, camino del pueblo, como huyendo de su propia
deshonra.

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