© Libro N° 13062. A La Medida. Robsy, Arturo. Emancipación.
Octubre 12 de 2024
Título original: ©
A La Medida. Arturo Robsy
Versión
Original: © A La Medida.
Arturo Robsy
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.textos.info/arturo-robsy/a-la-medida/ebook
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de
difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/564x/66/4e/e4/664ee443891499d89cccfdc58fe7567e.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://strategamagazine.com/wp-content/uploads/2017/12/intelisis.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Arturo Robsy
A La
Medida
Arturo
Robsy
Desde Pirandello nadie se extraña de que los personajes de una supuesta
ficción tengan vida propia. Desde Pirandello —repito— estamos acostumbrados a
verlos vagar de escenario en escenario, a tropezárnoslos en las colas del cine
o el autobús y a mezclar con los suyos nuestros problemas de hombres reales
(por más irreal, demencial y absurda que sea nuestra existencia).
Mas antiguamente sucedía esto también, pero la gente no estaba dispuesta
a admitirlo. Nadie tan vivo, tan de todos los días, como Hamlet (hijo de
Shakespeare), como Sancho (de Cervantes), como Segismundo (de Calderón), como
el doctor Fausto (de Goethe) sólo que Hamlet y Sancho, Segismundo y Fausto
están vivos aún; todavía se les encuentra uno en las calles... Mientras que
Shakespeare y Cervantes y Calderón y Goethe murieron hace mucho.
Que la obra sobrevive a su autor es cosa demostrada: viven las pirámides
y no los faraones. Vive el Partenón y no Fidias. Vive el Moisés y no Miguel
Ángel...
Con este prólogo por delante nadie quedará sorprendido por la historia
que sigue, y mucho menos si está acostumbrado a las fantásticas noticias, a los
monolíticos camelo que prensa, radio y televisión sirven, bien cocinaditos y
sazonados, al público en general.
Allá por 1971, cuando todavía escribía por escribir (y no como ahora,
que lo hago para enriquecerme), parí una historia que dejé inconclusa por una u
otra razón. El cuento en sí quizá se merecía este tratamiento.
Tras los cuatro primeros folios perdí interés por el tema y lo abandoné
sin preocuparme más. Preferí cambiarlo por un buen libro de Dino Buzzatti
(maestro de cuentistas) y olvidarlo a continuación.
El argumento, hasta donde llegué, venía a ser el siguiente: en un
dormitorio de muebles de castaño despiertan un hombre y una mujer.. Primero uno
y luego otro, para dar tiempo a que el escritor los retrate con todo lujo de
detalles.
Hombre y mujer se aman a intervalos y a intervalos se odian. En esta
ocasión se aman desde la noche anterior y probablemente no empezarán a odiarse
hasta después del desayuno.
Él está de vacaciones y ella en consecuencia trabaja el doble. El está
de mal humor a causa de su inactividad que, pasada la primera semana de ocio,
le retuerce las entrañas. Ella también sufre de ira, pero por lo contrario:
tanta faena le saca de sus casillas; y más todavía cuando mira a su marido,
tumbado a la bartola en la terraza nada más comer, tapándose la cara con un
periódico para enmascarar la siesta furtiva, mientras a ella aún le queda
levantar la mesa y fregar los platos.
Esta mañana, al despertar, los dos han tomado ya una decisión. Él, en
lugar de vaguear por la casa, se pondrá el bañador nada más desayunar y se irá
a pescar a las rocas del extremo de la playa. Ella, por el contrario,
recuperará su libertad: apenas si llenará un maletín con lo indispensable (la
tarjeta de crédito, el cepillo de dientes, un rollo de celulosa y productos de
tocador) y se echará al mundo para descubrir de nuevo la emoción de los
amaneceres, el zumbido de la soledad, el aliento de la brisa, y las demás cosas
que todos, tarde o temprano, sentimos la necesidad de volver a encontrar,
conscientes de la desactualización de nuestros recuerdos.
Hasta aquí el cuento: él salía de pesca y ella echaba las hebillas de la
maleta. Nada más. No sentí interés por el resto de la trama. Supe de antemano
que sería un historia vulgar, fría, de aventuras extraconyugales, insatisfechas
necesidades y perdones lacrimosos por encima de la palabra FIN.
No pensé más en aquel aborto de cuento mediocre y escribí otros
igualmente mediocres que, al menos, supieron mantenerme el interés hasta el
final. Sin embargo —y esto lo supe más tarde—, había dejado algo por resolver:
un terrible problema para dos seres que estaban dispuestos a separarse.
Existe una especie de justicia poética encargada de dar su merecido al
autor que maltrata a sus personajes. Zola, por ejemplo, tuvo que refugiarse en
Inglaterra al final de su vida. Zweig se suicidó en compañía de su esposa.
Maupassant se suicidó en el manicomio y Sade murió después de haber pasado
encerrado en cárceles más de un tercio de su vida.
Mi castigo no fue tan violento, por supuesto. La justicia poética se
limitó a hacerme fracasar en un par de asuntos emprendidos con ilusión y a
facilitarme los medios para que, entre tanto, me rompiera la pierna izquierda.
Nada serio.
Por fin, hace unos meses, llamaron a la puerta de mi casa. Se trataba de
una mujer ligeramente mayor que yo; indudablemente guapa, culibaja, decidida y
con los ojos rebosando decepciones.
—¿Me recuerdas? —preguntó.
—No. —nada de ella me era familiar, nada, quizá, a excepción de sus ojos
que eran iguales a los que pinto en mis cuadros.
—Soy Clara —dijo, esperando sin duda, que su nombre me devolvería la
memorias.
¿Clara?
Si hay algo seguro en este universo movedizo e inquietante es que yo
jamás he dicho dos palabras seguidas a ninguna Clara. La mujer, sin embargo, me
trataba con toda la desenvoltura propia de una larga amistad y miraba por
encima de mi hombro hacia el interior de la casa.
—¿Quieres pasar, Clara? —pregunté con una cortesía que estaba bien lejos
de mí.
Y ella resueltamente atravesó el pasillo, penetró en mi gabinete de
trabajo y se sentó en el sillón más cómodo, al lado mismo de la estufa.
—Veo —dijo por fin— que no me recuerdas.
Puse cara de arrepentimiento y le ofrecí de beber y de fumar.
—En este momento... Tan de repente...
Clara agitó sus manos ante mis narices como quitándole importancia al
asunto:
—Es mejor así —explicó—. Yo... yo soy tu hija.
Menudo el bote que pegué. Y no es para menos, porque emociona y espanta
encontrarse, de buenas a primeras, con una hija cuya existencia se ignora y
cuya edad es, por lo menos, dos años superior a la mía propia.
—Mira, Clara —empecé—... guárdate los bromazos para el carnaval.
Ella me miró con sus terribles ojos (ojos, ya lo saben, cargados de
decepciones) y suspiró lentamente.
—En junio de 1971, el día 9, para ser exactos, escribiste un cuento que
dejaste a la mitad. ¿Es cierto?
—¡Yo qué sé!
—Pues lo escribiste.
Rebusqué en las carpetas viejas. Me manché de polvo las manos y la
camisa. Descubrí que en 1971 había escrito "El vaivén de la burbuja",
"Al gusto europeo", "Las primeras mañanas" y otros
cuentecillos por el estilo. En las últimas páginas de un cuaderno cuadriculado
hallé, por fin, lo que pergeñé en la noche del 9 de junio de 1971.
—Léelo —dijo ella—. Así me ahorrarás muchas palabras.
Y lo escrito era lo que ustedes ya saben. Ella, la mujer, se llamaba
efectivamente Clara. Él, Francisco.
La miré con los ojos secos, con una de esas miradas de
"a-mí-qué-me-cuentas", y volví a dejar la carpeta en su lugar.
—Yo escribí esto —le dije—. Pero de eso a pretender que soy tu padre hay
un abismo.
No quiso ella discutir este punto y comenzó a hablar de su vida.
—Casi han pasado dos años desde aquel día. Te contaré lo que ha sucedido
en este tiempo.
Cuando Paco salió a pescar hice de prisa el equipaje y me fui. ¿Por qué?
Me pareció saberlo muy bien entonces, pero ahora ya no es así. Paco era un
déspota, a veces brutal y a veces tierno. Nos habíamos casado por amor, sólo
que ese amor era el de la costumbre larga de tres años de noviazgo y no me
parecía suficiente. No sabía que amor es eso precisamente, hábito; algo así
como fumar, que cuando más se nota es al dejar de hacerlo.
En cualquier caso me fui a vivir mi vida a solas. Me fui a hacer algo,
cualquier cosa y pasé algún tiempo en una pensión, aguantando gracias al dinero
que tenía en el banco.
La pensión no era ni más ni menos que las otras. Estaba en la Gran
Ciudad y era grande, con los techos altos y las antiguas habitaciones divididas
en dos o tres por tabiques recientes.
Al principio, patrón y patrona me miraron sospechando que yo fuera
"una de esas". Luego, al comprobar que me comportaba discretamente,
me hablaron más a menudo y hasta me facilitaron un flexo para la mesilla de
noche sin que yo se lo pidiera.
Los huéspedes nos encontrábamos en el comedor tres veces por día. Éramos
gente a la que faltaban las referencias de una casa, unas costumbres
particulares y unas amistades. Había dos o tres estudiantes. Un dependiente de
grandes almacenes. Un jovencito, mecánico él, que había llegado a la Gran
Ciudad en busca de éxito, dinero, mujeres. Un viejales, que vivía de las pocas
perras de una renta y que, según me confesó, encontraba la pensión más
confortable que un asilo. Un matrimonio de paso con un niño de meses y un
pueblerino que acudía una vez por año a gastarse los duros en la capital y a
ver de cerca a las coristas de revista.
Todo seguía igual al cabo de un mes, y al cabo de dos... El paleto se
había ido rumbo al pueblo. El matrimonio de paso fue substituido por otro. Los
estudiantes tocaban a veces una guitarra al atardecer, antes de irse de chatos
por ahí. El dependiente dejaba sus periódicos leídos al lado del teléfono
trabado con un candado. El viejo atufaba el aire con una pipa renegrida y yo
iba y venía de la calle a la pensión en busca de alguna aventura que realmente
lo fuera.
Pero me faltaba el autor. Tú te habías olvidado de mi existencia y de
esta forma nada importante podía sucederme. Uno de los estudiantes me invitó a
salir con él por la tarde y me convidó a un platito de gambas y a una jarra de
cerveza. Después, creyéndome ya pagada, intentó manosearme, al regresa, en el
hueco de la escalera.
El patrón se me hacía el encontradizo por los pasillos y no se apartaba
un ápice con la esperanza de que yo tropezara en alguna de las baldosas sueltas
y cayera en sus brazos. El viejales me llevaba a su habitación a enseñarme
álbumes amarillentos y despojos de su vida guardados entre papeles en aquel
invernadero de la pensión.
El único que no me prestó atención fue el dependiente y, por la ley de
las compensaciones, en él me fui a fijar. Poco después de las primeras citas en
las cafeterías del centro, decididos que nos cambiaríamos de pensión,
"sólo hasta que encontremos un pisito donde vivir a solas" —dijimos.
Con esta ilusión me puse a trabajar. Él me facilitó un puesto en los
grandes almacenes, pues faltaba una chica atractiva para sonreír y hacer
cucamonas detrás del mostrador de los artículos de piel... Por un momento me
consideré en el camino de la felicidad. ¡Ya, ya!
Al poco, mi enamorado me prohibió saludarle en el interior de la tienda,
donde, según sus palabras, era preciso mostrarse discretos y guardar las
distancias.
Tampoco quiso que anduviésemos abrazados por la calle porque podía
vernos cualquier tipo de la plantilla de los almacenes y estaban prohibidos los
romances (así lo llamaba él) entre el personal.
Hacíamos manitas en las cafeterías y, aún allí, a escondidas, mientras
él vigilaba con un ojo las idas y venidas del camarero. "No por nada
—decía— pero es impropio".
En la pensión, enrojecía si le besaba en el pasillo desierto, y hasta me
obligaba a salir separada de él. Bajaba el primero y a los cinco, diez o quince
minutos lo hacía yo y le iba a buscar entre los libros de una librería de lance
que estaba a dos manzanas de distancia. Era, en fin, el colmo de la discreción
y del aburrimiento...
—¿Y en qué acabó? —le pregunté.
—En nada. Me fui cuando estuve harta y empecé a pensar y a pensar hasta
que comprendí que era un ser de ficción y decidí venir a verte.
Sonreía porque me imaginaba ya qué me pediría Clara de un momento a
otro.
—Supongo —dije— que quieres que termine el cuento y que te haga regresar
felizmente a casa, con tu marido, como si nada hubiera sucedido. Que te haga
una vida divertida y plena, a la medida.
Ella se echó a reír con frialdad.
—A unos les gusta vivir así —explicó— y a otros no tanto. Yo he
descubierto algo que tú ignoras aún: nada está tan lejos de la felicidad como
la vida. Para vivir es preciso amoldarse, aburrirse a solas o en compañía;
someterse a horarios y costumbres; repetirse diariamente en posturas,
decisiones y conceptos. Para ser feliz debes innovarte, salir de ti a cada
momento... No se pueden conciliar las dos ideas...
—¿Y bien?
—¿Sabes? A mí me ha costado mucho dar contigo. Me ha sido muy difícil
llegar al convencimiento de que soy un personaje ficticio, hijo tuyo desde el
momento en que me inventaste. Sobre todo, porque yo creía recordar muy bien mi
vida desde la infancia y resulta que tengo solamente dos años...
—¿Sí?
—Sí. Supón que yo, en estos dos años, hubiera creado a otro personaje...
Y ése, a otro, y así, sucesivamente... ¿Qué te parece?
—Una barbaridad.
—Sí, claro... Una barbaridad porque, a lo mejor, tú también eres
ficticio, y hasta tu autor está en las mismas.
—¿Y qué? ¿Te devuelvo o no con tu marido? —gruñí con el bolígrafo y el
papel a punto—. ¿Qué es lo que quieres?
—Que quemes el cuento.
—¿Por qué? —dije perplejo.
—No sé. Odio lo falso y yo soy falsa. Si todos buscásemos a nuestro
autor y le obligásemos a quemar nuestra historia, nos ahorraríamos muchas
artísticas penalidades.
—¿Y tú? ¿Qué será de ti?
—No te preocupes por mí.
Y cogí el cuaderno y fui a quemarlo en la cocina, sobre los fogones.
Cuando regresé Clara no estaba allí. El sillón, sin embargo, conservaba las
huellas de su peso y el calor de sus rotundas nalgas.
Y, sentado, me puse a pensar; un poquito solo, porque no me atrevía a
hacerlo del todo: me mareaba la cadena: un escritor que escribe a otro escritor
que escribe a otro escritor y sucesivamente... ¿Qué de real quedaba entonces?
Me puse delante del espejo: "¿Quién soy yo?" y el espejo me
respondió: "¡Cualquiera sabe!". Me siento como enfermo desde
entonces, como ávido de verdad, como desprendido de mí y de mis historias.
Y ando buscando a mi autor yo también. Cuando lo encuentre, quizá...
¿Imagina lo que nos pasaría a miles y miles de hombres si toda una biblioteca
ardiese?
____________________________________
Publicado en el Diario Menorca el 23 de octubre de 1973.

No hay comentarios:
Publicar un comentario