© Libro N° 13061. A Fuego. Andréiev, Leónidas. Emancipación.
Octubre 12 de 2024
Título original: ©
A Fuego. Leónidas Andréiev
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Original: © A Fuego.
Leónidas Andréiev
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Leónidas Andréiev
A Fuego
Leónidas
Andréiev
I
Durante aquel verano caluroso y terrible, todo ardía. Ardían ciudades
enteras, aldeas, haciendas. El bosque y los campos no servían ya de defensa; el
bosque mismo era fácilmente presa de las llamas, y el fuego se extendía, como
una gran sábana roja, por la superficie de las praderas secas.
Durante el día, el sol estaba medio oculto por el espeso humo; durante
la noche, reflejos rojizos y silenciosos aparecían en distintos puntos del
cielo, giraban en una danza fantástica y muda, y las sombras vagas de los
hombres y de los árboles se arrastraban por tierra como animales de una especie
desconocida. Los perros no turbaban la paz de la noche con su ladrido alegre,
llamando desde lejos a los viajeros y prometiéndoles abrigo y buena acogida;
lanzaban largos aullidos quejumbrosos o callaban sombríamente, ocultándose en
las cuevas.
Los hombres, igual que los perros, se miraban unos a otros con ojos
hoscos y espantados, hablaban de criminales misteriosos que prendían fuego en
todas partes. En una aldea asesinaron a un anciano que no supo decir adonde
caminaba. Después, los campesinos lloraban sobre su cadáver, apiadados al
contemplar su barba blanca manchada de sangre.
Aquel verano caluroso y terrible, yo vivía en la casa de campo de un
terrateniente, en la cual había muchas mujeres, jóvenes y viejas. De día
trabajábamos, charlábamos y casi no nos acordábamos de los incendios; pero
cuando llegaba la noche, el miedo se apoderaba de nosotros. El propietario, con
frecuencia, se iba a la ciudad, y cuando sucedía esto, no podíamos dormir en
toda la noche y vagábamos era torno a la fica, recelando la proximidad de
malhechores dispuestos a incendiarla. Nos estrechábamos unos contra otros y
hablábamos muy quedo. No se oía ningún ruido, y los edificios se alzaban en la
obscuridad de la noche sombríos y medrosos. Parecíannos desconocidos, como si
no los hubiéramos visto nunca, y muy frágiles, como si esperasen ya el fuego y
estuvieran dispuestos a arder.
Una noche, en una hendedura de la pared, advertimos algo luminoso. Era
el cielo, que se entreveía; pero nosotros nos figuramos que era el fuego. Las
mujeres se lanzaron hacia mí dando gritos de espanto y pidiendo mi protección,
aunque yo era aún un muchacho. Yo mismo experimenté tal terror que se me cortó
la respiración y me quedé inmóvil, como clavado en el suelo.
A veces, en medio de la noche, saltaba yo del lecho cálido, y por la
ventana bajaba al jardín, un viejo jardín, majestuosamente severo, que acogía
los más fuertes vientos con un murmullo sordo. En lo hondo reinaba un silencio
de muerte, como en el fondo de un abismo; en lo alto se oía un vago rumor, que
parecía el conversar de una remota multitud.
Ocultándome de alguien que, a lo que yo pensaba, me seguía paso a paso y
se esforzaba en deslizar su mirada sobre mis hombros, encaminábame al extremo
del jardín, donde sobre una alta colina había un vallado, tras el que, en la
anchura del valle, se extendían campos y bosques y dormían en las tinieblas
pequeñas aldeas. Los altos tilos silentes y severos se apartaban a mi paso.
Entre sus gruesos troncos negros, al través de las rendijas del vallado y por
entre las hojas de los árboles, yo veía algo extraño, extraordinario, que
llenaba de terror mi alma y hacía flojear mis piernas.
Veía el cielo; pero no el cielo obscuro y sereno de la noche, sino un
cielo rosa, de un matiz que yo no había visto hasta entonces, ni de noche ni de
día. Los tilos poderosos, erguidos, graves, mudos, juraría yo que, como seres
humanos, esperaban algo. El rosa del cielo iba siendo a cada momento más
intenso; de cuando en cuando atravesábanlo los reflejos lúgubres de la tierra,
que ardía abajo, y parecía sacudido por estremecimientos rojos. Se alzaban
lentamente columnas de humo. Mientras en la tierra todo estaba agitado,
permanecían graves, quietas; mientras en la tierra todo era movimiento febril,
estaban tranquilas, no salían de su inmovilidad, lo que yo juzgaba misterioso,
extranatural, como el color rosa del cielo.
Como si recordasen algo de pronto, los altos tilos, todos a la vez,
empezaban a secretear, inclinando sus copas unos hacia otros, y, del mismo modo
inesperado, enmudecían nuevamente y sumíanse en una expectación sombría. En
torno, el silencio era profundo como el fondo de un abismo. A mi espalda, la
casa, llena de gentes asustadas, parecía en acecho; a mi alrededor callaban los
tilos, como escuchando algo, y ante mí se agitaba en silencio el cielo rojo y
rosa, que no había yo visto nunca ni de día ni de noche.
Y como yo no lo había visto todo entero, sino a pedazos, por entre las
hojas de los árboles, me parecía aún más terrible, más incomprensible.
Era media noche. Yo dormía con un sueño inquieto cuando un sonido denso
y breve, que parecía provenir de lo hondo de la tierra, hirió mi oído y se
petrificó en mi cerebro, se convirtió en algo a manera de una piedra redonda.
Le siguieron otros sonidos igualmente breves y densos. La cabeza se me puso
pesada. Experimentaba la sensación de que me vertían en la nuca plomo derretido
y de que las gotas de plomo horadaban mis sesos y me los quemaban. A cada
momento eran más numerosas, y no tardó en llenar mi cabeza una espesa lluvia de
sonidos densos y breves.
—¡Bam, bam, bam!—lanzaba desde lejos y desde lo alto una voz poderosa,
impaciente.
Abrí los ojos y comprendí en seguida que las campanas de la próxima
aldea de Slobodichi tocaban a fuego y que la aldea estaba ardiendo.
A pesar de estar la habitación obscura, con la ventana cerrada, parecía
que toda entera, con sus muebles, sus cuadros y sus flores, se había salido a
la calle, atraída por las llamas lúgubres, y se diría que no había paredes ni
techo.
No recuerdo cómo me vestí. No sé, tampoco, por qué corrí a la calle solo
y no en compañía de los demás. Quizá ellos me olvidaran o yo no me acordase de
que ellos existían. Las campanas llamaban insistentes, con una voz sorda que
hacía pensar que los sonidos, en vez de atravesar el aire transparente,
horadaban espesas capas de tierra. Y acudí al llamamiento.
Las estrellas se habían apagado en el fulgor rosa del cielo. El jardín
estaba iluminado como no lo había estado nunca, ni en los días de sol ni en las
maravillosas noches de luna. Cuando me aproximé al vallado, vi con sobresalto,
al través de las rendijas, algo rojo-escarlata, tempestuoso, terriblemente
inquieto. Los altos tilos, como si los bañase un rocío de sangre, agitaban
estremecidos sus hojas redondas, que volvían medrosas la cara, pero no se oía
su ruido, ahogado por las campanadas breves y potentes. Los sonidos, a la
sazón, eran limpios, precisos, y corrían con una celeridad vertiginosa,
semejantes, en su carrera por el aire, a piedras hechas ascua. No volaban como
palomas, al modo de las dulces campanadas del Angelus; no dilataban su sonido
en hondas acariciadoras, al modo de las campanadas de las fiestas. Corrían
rectas, como heraldos de la desgracia que no tuvieran tiempo de mirar atrás y
que llevasen el terror pintado en los ojos.
—¡Bam, bam, bam!
Corrían, corrían con una impetuosidad arrolladora. Los fuertes
alcanzaban a los débiles, y todos a la vez se arrastraban por tierra y
horadaban el cielo.
Apresurado como ellas, corrí a través de un vasto campo labrado, que
iluminaban resplandores color de sangre. Sobre mi cabeza, a una altura
terrible, fulguraban chispas aisladas. Ante mí, el incendio devoraba la aldea,
que parecía un brasero enorme, en el que se consumían casas, animales y
hombres.
Tras la línea irregular de árboles negros, unos de copa esférica, otros
agudos como lanzas, se alzaba una llama deslumbrante. Como un caballo
enfurecido, enderezaba orgullosamente el cuello, saltaba, esparcía chispas en
torno y, rapazmente, bajaba a veces la cabeza, buscando nuevas presas. Yo
estaba aturdido por la carrera rápida; mi corazón latía con fuerza; las
campanadas sin concierto me herían a la vez en la cabeza y en el pecho,
ahogando los latidos de mi corazón. Había tal desesperación en ellas, que no
parecían venir de una campana inanimada, sino más bien ser los latidos del
doliente corazón de la tierra agitándose en la agonía.
—¡Bam, bam, bam!—tronaba el incendio.
Y era inverosímil que aquellos sonidos desesperados e imperiosos
proviniesen de la campana, pequeña, débil y tranquila como una niñita con un
traje color de rosa.
Yo, en mi loca carrera, perdía a menudo el equilibrio y caía, apoyando
las manos en los grumos de tierra. Me levantaba presuroso y seguía corriendo.
Corrían a mi encuentro el fuego y las campanadas furiosas. Llegaban ya a mis
oídos el crujir de la madera de las casas, presa de las llamas, y los gritos
confusos de la gente aterrorizada. Cuando el silbido serpentino de las llamas
cesaba un instante, oíase claro y distinto el largo alarido gemebundo de las
mujeres, enloquecidas de terror, y del ganado, lleno de espanto.
No tardé en meterme en una marisma cubierta de hierbas putrefactas, y,
queriéndola atravesar, entré en el agua hasta las rodillas, hasta el pecho.
Viéndome ya a punto de hundirme, me apresuré a salir.
Frente a mí, muy cerca, el incendio lanzaba al cielo nubes de chispas
áureas, semejantes a las hojas inflamadas de un árbol gigantesco. Alumbrada por
sus reflejos, en el marco negro de las cañas y de los árboles, la marisma
parecía cubierta de pedazos de hielo.
La campana seguía lanzando sus llamadas alarmantes, de una angustia
mortal:
—¡Pronto! ¡Pronto!
II
Yo corría por la ribera, y mi negra sombra corría en pos de mi. Al
inclinarme sobre el agua, queriendo medir con la vista su profundidad, vi en el
negro abismo un espectro humano de fuego, y, sin reconocer mi rostro en aquella
terrible faz crispada, que coronaba una inquietante cabellera en desorden,
grité desesperadamente, tendiendo los brazos hacia ella:
—¡Dios mío! ¡Dios mío!
La campana seguía llamando. Ya no suplicaba: gritaba como un ser humano,
gemía, jadeaba. Las campanadas se atropellaban unas a otras, morían en seguida,
sin dejar un eco; nacían de nuevo y tornaban a morir al punto.
Me incliné otra vez sobre el agua, y, al lado de mi propia imagen, vi
otro espectro humano de fuego, alto, erguido.
—¿Quién es?—exclamé volviéndome.
Hallábase junto a mí un hombre, que miraba silencioso el incendio. En la
palidez de su rostro había una mancha de sangre todavía fresca. Su traje era de
campesino. Acaso hubiera llegado antes que yo a aquel sitio, y, como yo, se
hubiera visto atajado por la marisma. Acaso hubiera llegado después que yo;
pero yo no lo había advertido. No le conocía.
—¡Arde!—dijo sin apartar los ojos del incendio.
El fuego se reflejaba en ellos, y parecían unos ojos enormes de cristal.
—¿Quién eres? ¿De dónde vienes?—le pregunté—. Tienes sangre en la cara.
Se tocó con los dedos flacos la mejilla, se los miró después y volvió a
clavar los ojos en el fuego.
—¡Arde!—repitió sin hacerme caso—. Arde sin cesar.
—¿Sabes cómo se puede pasar por ahí?—pregunté, apartándome un poco.
Había comprendido que aquel hombre era un loco de los que aquel verano
terrible abundaban tanto en la comarca.
—¡Arde!—volvió a decir por toda respuesta—. ¡Caramba, cómo arde!
Y se echó a reír alegremente, dirigiéndome una mirada afectuosa y
balanceando la cabeza. La campana calló de pronto, y el silbido de las llamas
se hizo más sonoro. El fuego se movía como si fuera un ser viviente, y tendía,
lánguido, sus largos brazos hacia el campanario, mudo a la sazón. Al mirarlo de
cerca, el campanario me pareció más alto. En vez de un traje color rosa, tenía
un traje rojo. Arriba, junto a las campanas, surgió una llamita tranquila y
tímida, como la de una vela, y su pálida luz se reflejó en las curvas
superficiales de bronce. La campana mayor se puso de nuevo en movimiento,
lanzando sus últi mos gritos, locamente desesperados. Yo eché a correr por la
orilla de la marisma, seguido de mi sombra negra.
—¡Ya voy! ¡Ya voy!—respondí a alguien que me llamaba.
El hombre alto se sentó tranquilamente, y, con las rodillas abrazadas,
se puso a cantar a voz en cuello, como si acompañase a las campanas:
—¡Bam, bam, bam!
—¡Estás loco!—le grité.
Pero él seguía cantando, con voz a cada instante más sonora y alegre:
—¡Bam, bam, bam!
—¡Cállate!
Sonreía y cantaba sin cesar, balanceando la cabeza. Sus ojos de cristal
reflejaban el fuego. Era más terrible que el fuego. Yo, espantado, seguí
corriendo. Pero no tardé en verle a mi lado. Corría, como yo, a grandes
zancadas, sin cansarse. Nuestras sombras negras corrían en pos de nosotros a
través de los campos labrados.
La campana jadeaba, como en la agonía, y gritaba como quien no espera ya
socorro y ha perdido toda esperanza.
Silenciosos, corríamos ambos en las tinieblas, y detrás de nosotros
saltaban nuestras sombras negras, como haciéndonos burla.
Leónidas
Andréiev
Leonid
Nikoláievich Andréyev (ruso Леонид Николаевич Андреев; Oriol, 9 de agosto de
1871 - Mustamäki, Finlandia, hoy en la óblast de Leningrado, 12 de septiembre
de 1919) fue un escritor y dramaturgo ruso que lideró el movimiento del
Expresionismo en la literatura de su país. Estuvo activo en la época entre la
Revolución de 1905 y la Revolución de Octubre de 1917 que finalmente destronó
al gobierno zarista.
Nacido en Oriol (Rusia), Andréyev originalmente estudió Derecho en Moscú y San
Petersburgo, pero abandonó su poco remuneradora práctica para seguir la carrera
literaria. Fue reportero para un periódico moscovita, cubriendo la actividad
judicial, función que cumplió rutinariamente sin llamar la atención desde el
punto de vista literario. Su primer relato publicado fue sobre un estudiante
pobre, una narración basada en sus propias experiencias. Sin embargo, hasta que
Máximo Gorki lo descubrió por unos relatos aparecidos en el Mensajero de Moscú
(Moskovski véstnik) y en otras publicaciones, empezó realmente la carrera de
Andréyev.
Desde entonces hasta su muerte, fue uno de los más prolíficos escritores rusos,
produciendo cuentos, bosquejos, dramas, etc., de forma constante. Su primera
colección de relatos apareció en 1901 y vendió un cuarto de millón de
ejemplares en poco tiempo. Fue aclamado como una nueva estrella en Rusia, donde
su nombre pronto se hizo famoso. Publicó su narración corta, "En la
niebla" en 1902. Aunque empezó dentro de la tradición rusa, pronto
sorprendió a sus lectores por sus excentricidades, las cuales crecieron aún más
que su fama. Sus dos historias más conocidas son probablemente "Risa
roja" (1904) y "Los siete ahorcados" (1908). Entre sus obras más
conocidas de temática religiosa figuran los dramas simbolistas "El que
recibe las bofetadas" y "Anatema".
Idealista y rebelde, Andréyev pasó sus últimos años en la pobreza, y su muerte
prematura por una enfermedad cardíaca pudo haber sido favorecida por su
angustia a causa de los resultados de la Revolución Bolchevique. A diferencia
de su amigo Máximo Gorki, Andréyev no consiguió adaptarse al nuevo orden
político. Desde su casa en Finlandia, donde se exilió, dirigió al mundo
manifiestos contrarios a los excesos bolcheviques.
Aparte de sus escritos de carácter político, Andréyev publicó poco a partir de
1914. Un drama, "Las tristezas de Bélgica", fue escrito al inicio de
la guerra para celebrar el heroísmo de los belgas contra el ejército invasor
alemán. Se estrenó en los Estados Unidos, al igual que "La vida del
hombre" (1917), "El rapto de las sabinas" (1922), "El que
recibe las bofetadas" (1922) y "Anatema" (1923).
"Pobre asesino", una adaptación de su relato "El
pensamiento" escrita por Pavel Kohout, se estrenó en Broadway en 1976. En
cine, el argentino Boris H. Hardy dirigió una cuidada versión cinematográfica
de "El que recibe las bofetadas", con Narciso Ibáñez Menta en el
papel protagónico, estrenada en 1947.
Estuvo casado con la condesa Wielhorska, sobrina nieta de Tarás Shevchenko. Su
hijo fue Daniil Andréyev, poeta y místico, autor de Roza Mira.
La nieta de Leonid Andréyev, la escritora estadounidense Olga Andrejew
Carlisle, publicó una colección de sus cuentos, Visiones, en 1987.
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Fuente:
https://www.textos.info/leonidas-andreiev

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