© Libro N° 13060. ¿Qué Es Lo Que Quiere? Carver, Raymond. Emancipación.
Octubre 12 de 2024
Título original: ©
¿Qué Es Lo Que Quiere? Raymond Carver
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Original: © ¿Qué Es Lo
Que Quiere? Raymond Carver
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Portada
E.O.
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Raymond Carver
¿Qué Es
Lo Que Quiere?
Raymond
Carver
Raymond Carver
(Clatskanie, Oregon, 1938 - Port Angeles, Washington, 1988)
¿Qué Es Lo Que Quiere?
(“What Is It?”)
Originalmente publicado en Esquire Magazine (1972);
Will You Please Be Quiet, Please? (1976);
con su título iriginal “Are These Actual Miles?”, en Where I’m Calling
From (1988);
Collected Stories (2009)
El caso es que han de vender
el coche inmediatamente, y Leo le encarga a Toni que lo haga. Toni es
inteligente y tiene personalidad. Años atrás había vendido enciclopedias para
niños de puerta en puerta. Consiguió venderle una a Leo, y eso que Leo no tenía
hijos. Luego Leo le pidió que saliera con él un día, y aquella cita había
acabado en esto. La venta ha de ser en metálico, y esta misma noche. Mañana
alguien a quien deben dinero podría retener judicialmente el coche. El lunes se
presentarán ante el juez, y luego se irán a casa, libres (pero los cargos se
hicieron públicos ayer, cuando su abogado envió las cartas de intenciones). Por
la vista del lunes no había que preocuparse, había dicho su abogado. Les harían
algunas preguntas, tendrían que firmar algunos papeles, y eso es todo. Pero que
vendieran el descapotable, había dicho: hoy, esta misma noche. Se podrán quedar
con el coche pequeño, el de Leo, no importa. Pero si se presentaban ante el
juez con aquel enorme descapotable, el tribunal lo embargaría y punto, así de
sencillo.
Toni se viste. Son las
cuatro de la tarde. Leo teme que los locales cierren. Pero Toni se toma su
tiempo para vestirse y arreglarse. Se pone una blusa blanca nueva, con holgados
puños de encaje, el traje de chaqueta nuevo, zapatos de tacón también nuevos.
Saca las cosas del bolso de paja y las mete en el bolso nuevo de charol.
Examina la bolsita del maquillaje, de piel de lagarto, y la mete en el bolso.
Toni ha dedicado dos horas a peinarse y maquillarse. Leo está de pie en la
puerta del dormitorio, y se da golpecitos en los labios con los nudillos,
observándola.
—Me estás poniendo nerviosa
—dice Toni—. Me gustaría que no estuvieras ahí de pie como un pasmarote —dice—.
Dime qué te parezco.
—Estás muy bien —dice Leo—.
Estás fantástica. Yo te compraría cualquier coche sin pensarlo, de todas todas.
—Pero tú no tienes dinero
—dice ella, mirándose en el espejo. Se da unos toques en el pelo, frunce el
ceño—. Tu crédito está fatal. No eres nadie —dice—. Estoy bromeando —dice, y
mira a Leo en el espejo—. No te pongas serio —dice—. Tenemos que hacerlo, así
que lo haré yo. No te hagas ilusiones, tendrás suerte si sacamos trescientos o
cuatrocientos dólares. De sobra lo sabemos. Cariño, la mayor suerte de todas
sería que no tuvieras que pagarles a ellos. —Se da un toque final al pelo, se
pinta los labios, limpia la barra con un pañuelo de papel. Se retira del espejo
y coge el bolso—. Tendré que ir a cenar o algo así, ya te lo he dicho. Así es
como funcionan esos tipos, los conozco bien. Pero no te preocupes. Me las
arreglaré para escabullirme —dice—. Sé cómo manejar el asunto.
—Dios —dice Leo—. ¿Tenías
que mencionarlo?
Toni se queda mirándole
fijamente.
—Bien, deséame suerte
—dice.
—Suerte —dice Leo—. ¿Llevas
la nota de despido?
Toni asiente. Leo la sigue
por la casa; Toni es una mujer alta, de pecho menudo y erguido, de anchas
caderas y anchos muslos. Leo se rasca un grano del cuello.
—¿Estás segura? —dice—.
Cerciórate. Tienes que llevar la nota de despido.
—Llevo la nota de despido
—dice ella.
—Compruébalo.
Ella empieza a decir algo,
pero en lugar de seguir se mira en el cristal de la ventana y luego sacude la
cabeza.
—Llámame, al menos —dice
él—. Y me cuentas cómo va todo.
—Te llamaré —dice ella—.
Dame un beso. Aquí —dice, y le indica una comisura de los labios—. Con cuidado
—dice.
Leo abre la puerta y deja
pasar a Toni.
—¿Dónde vas a intentarlo
primero? —dice. Toni sale al porche.
Ernest Williams está
mirando desde el otro lado de la calle. En bermudas, con la panza saliente y
caída, mira a Leo y Toni mientras riega sus begonias. El invierno pasado,
durante las vacaciones, cuando Toni y los niños pasaban unos días en casa de la
madre de Leo, éste había traído una mujer a casa. A las nueve de la mañana del
día siguiente —un sábado frío y neblinoso—. Leo acompañó a la mujer hasta el
coche y se topó en la acera con Ernest Williams, que llevaba un periódico en la
mano. La niebla se desplazaba mansamente, y Ernest Williams se quedó mirándoles
con fijeza, y al cabo se golpeó la pierna con el periódico. Con fuerza.
Leo recuerda aquel golpe,
se hunde de hombros le dice a Toni:
—¿Has pensado empezar por
algún sitio en especial?
—Voy a ir a todos los de la
zona —dice ella—. Entraré en el primer local, y luego uno detrás de otro.
—De entrada pide
novecientos —dice Leo—. Y luego vete bajando. Novecientos es una tasación baja,
hasta para una venta al contado.
—Sé por cuánto empezar
—dice ella.
Ernest Williams desplaza la
manguera y se pone a regar en dirección a Leo y Toni. Les observa a través del
chorro de agua pulverizada. Leo siente el impulso de hacer una confesión.
—Sólo te lo recordaba
—dice.
—Muy bien, muy bien —dice
ella—. Me voy.
Es su coche, se refieren a
él como «el coche de Toni», y eso empeora las cosas. Lo compraron nuevo tres
años atrás, en verano. Toni, cuando los niños empezaron a ir al colegio, quiso
ocuparse en algo, así que volvió a la venta. Leo trabajaba seis días a la
semana en una fábrica de fibra de vidrio. Durante un tiempo no supieron qué
hacer con el dinero que ganaban. Dieron mil dólares de entrada para el
descapotable, y luego duplicaron y triplicaron los pagos hasta que acabaron de
pagarlo en el primer año. Antes, mientras Toni se vestía, Leo había sacado del
maletero el gato y la rueda de repuesto, y había vaciado la guantera de
lápices, cajas de cerillas y cupones. Luego había limpiado y aspirado el
interior. La capota roja y los parachoques resplandecían.
—Buena suerte —dice, y le
pone la mano en el codo.
Ella asiente con un gesto.
Leo imagina que Toni ya se ha ido, que ya está en tratos con los posibles
compradores.
—¡Las cosas van a cambiar!
—exclama cuando la ve llegar a la entrada—. El lunes empezaremos de cero. En
serio.
Ernest Williams les mira y
vuelve la cabeza y escupe en el suelo. Toni sube al coche y enciende un
cigarrillo.
—¡La semana que viene todo
esto será agua pasada! —vuelve a gritar Leo.
Toni le dice adiós con la
mano cuando sale marcha atrás a la calle. Mete la primera y arranca. Acelera y
los neumáticos rechinan.
En la cocina Leo se sirve
un escocés y sale con el vaso al patio trasero. Los niños están en casa de su
madre. Tres días atrás había llegado una carta con su nombre escrito a lápiz en
el sobre sucio, la única carta en todo el verano que no exigía algún pago en su
integridad. Nos estamos divirtiendo mucho, decía la carta. Nos gusta la abuela.
Tenemos un perro nuevo que se llama Mister Six. Es muy bueno. Lo queremos
mucho. Adiós.
Entra a servirse otra copa.
Pone hielo en el vaso, y ve que le tiembla la mano. Extiende la mano sobre la
pila. Se la mira unos instantes, deja el vaso, extiende la otra mano. Luego
coge el vaso y vuelve a salir y se sienta en los escalones. Recuerda que de
niño su padre señaló en cierta ocasión una bonita casa, una casa alta y blanca
rodeada de manzanos, con una valla alta y pintada de blanco.
—Ahí tenéis la casa de
Finch —había dicho con admiración—. Ha estado en la bancarrota como mínimo un
par de veces, y fijaos en su casa.
Pero «la bancarrota»
significaba la quiebra total de una empresa, ejecutivos cortándose las venas de
las muñecas y arrojándose por la ventana, millares de empleados en la calle…
Leo y Toni aún tenían
muebles. Leo y Toni tenían muebles, y Toni y los niños tenían ropa. Esas cosas
quedaban exentas. ¿Y qué más? Las bicicletas de los niños, pero las había
mandado a casa de su madre para mantenerlas a salvo. El acondicionador de aire
portátil, los electrodomésticos, la lavadora y secadora nuevas…, todo se lo
habían llevado en camiones semanas atrás. ¿Qué más poseían? Cuatro fruslerías,
nada, cosas demasiado usadas o que llevaban tiempo cayéndose a pedazos. Pero en
su haber figuraban las grandes fiestas y viajes del pasado. A Reno y a Tahoe, a
ciento treinta kilómetros por hora por la autopista, con la capota bajada y la
radio a todo trapo. Y la comida. La comida había sido una de las grandes
partidas. Se daban grandes banquetes. Leo calcula miles de dólares sólo en
exquisiteces. Toni iba a la tienda y compraba todo lo que veía.
—Yo tuve que pasarme sin
ello de niña —decía—. Mis hijos no van a pasarse sin ello. —Y lo decía como si
Leo hubiera insistido en que se privaran de esas cosas.
Se inscribía en todos los
clubs del libro.
—De niña nunca tuve libros
—decía rasgando el papel de los grandes paquetes.
Se habían inscrito también
en los clubs de discos: necesitaban música para el nuevo tocadiscos
estereofónico. Lo compraban todo a plazos. Hasta una terrier con pedigree a la
que llamaron Ginger. Leo pagó por ella doscientos dólares, y una semana después
la encontró muerta, atropellada por un coche. Compraban lo que les venía en
gana. Si no podían pagarlo, lo compraban a plazos. Firmaban.
Tiene la camiseta mojada.
Siente que el sudor de las axilas se le desliza por los costados. Está sentado
sobre el escalón con el vaso vacío en la mano, y contempla cómo las sombras
invaden el patio. Se estira, se seca el sudor de la cara. Escucha el rumor del
tráfico de la autopista, y considera la posibilidad de bajar al sótano, ponerse
de pie sobre la pila y colgarse por el cuello con el cinturón. Cae en la cuenta
de que lo que desea es estar muerto.
Entra en casa y se sirve un
generoso trago y enciende el televisor y se prepara algo de comer. Se sienta a
la mesa con unos chiles y unas galletas saladas y se pone a ver en la
televisión algo sobre un detective ciego. Recoge la mesa. Friega la sartén y el
bol, los seca y los pone en su sitio, y luego se pone a mirar el reloj de la
pared.
Son más de las nueve. Toni
lleva fuera casi cinco horas.
Se sirve whisky escocés,
añade agua y se va con el vaso a la sala. Se sienta en el sofá, pero se da
cuenta de que tiene los hombros tan rígidos que no puede recostarse. Fija la
mirada en la pantalla del televisor y bebe el whisky a sorbos, pero pronto
apura el vaso y va a servirse otro trago. Vuelve a sentarse. Comienza un
noticiario —son las diez—, y se dice: «Dios…, en el nombre de Dios, ¿qué es lo
que ha ido mal?». Y va de nuevo a la cocina y vuelve con más whisky. Se sienta,
cierra los ojos, los abre al oír el timbre del teléfono.
—Me apetecía llamarte —dice
Toni.
—¿Dónde estás? —dice él.
Oye música de piano y el corazón le da un vuelco.
—No lo sé —dice ella—. En
un sitio. Estamos tomando una copa, y luego vamos a irnos a un restaurante a
cenar. Estoy con el jefe de ventas. Es un tipo ordinario, pero buena persona.
Me ha comprado el coche. Tengo que irme. Iba al tocador y al pasar he visto el
teléfono.
—¿Te han comprado el coche?
—dice Leo. Mira por la ventana hacia el espacio de la entrada donde aparca
siempre Toni.
—Ya te lo he dicho —dice
ella—. Ahora tengo que irme.
—Espera, espera un segundo,
por el amor de Dios —dice Leo—. ¿Te han comprado el coche o no?
—Ha sacado el talonario
justo antes de que me levantara —dice ella—. Tengo que irme. Tengo que ir al
aseo.
—¡Espera! —grita Leo. La
línea se corta. Se queda escuchando la señal de marcar—. Santo Cristo —se dice,
y sigue allí con el auricular en la mano.
Se pasea por la cocina y
vuelve a la sala. Se sienta. Se levanta. Va al cuarto de baño y se limpia los
dientes con meticulosidad. Luego utiliza hilo dental. Se lava la cara y vuelve
a la cocina. Mira el reloj y coge un vaso limpio de un juego: todos ellos
llevan una mano de cartas pintada en un lado. Llena de hielo el vaso. Fija los
ojos en el vaso que antes ha dejado en la pila.
Se sienta en el sofá con la
espalda apoyada sobre uno de los extremos, y pone los pies encima del otro.
Mira la pantalla, pero se da cuenta de que no entiende lo que están diciendo.
Hace girar el vaso vacío en su mano y considera la posibilidad de arrancar el
borde con los dientes. Durante un momento siente escalofríos y piensa en irse a
la cama, pese a que sabe que va a soñar con una mujer corpulenta de pelo gris.
En el sueño él siempre está agachado atándose los cordones de los zapatos.
Cuando se endereza ella le mira y él vuelve a agacharse para atarse de nuevo
los zapatos. Se mira la mano. Y mientras mira cierra el puño. El teléfono está
sonando.
—¿Dónde estás, cariño?
—dice despacio, con voz suave.
—En un restaurante —dice
ella con voz sonora, vibrante.
—Cariño, ¿qué restaurante?
—dice él. Se lleva la base de la palma a los ojos y aprieta.
—En el centro, no lo sé
exactamente —dice ella—. Creo que se llama New Jimmy’s. Perdone —le dice a
alguien apartando la boca del teléfono—, ¿esto es New Jimmy’s? Sí, es New
Jimmy’s, Leo —le dice a Leo—. Todo marcha bien, casi hemos acabado. Luego va a
llevarme a casa.
—¿Cariño? —dice Leo. Se
aprieta el auricular contra el oído y se balancea a derecha e izquierda, con
los ojos cerrados—. ¿Cariño?
—Tengo que dejarte —dice
ella—. Me apetecía llamarte. Bien, ¿sabes cuánto?
—Cariño —dice Leo.
—Seiscientos veinticinco
—dice ella—. Los tengo en el bolso. Me ha dicho que los descapotables se venden
mal. Hemos nacido de pie —dice, y se echa a reír—. Se lo conté todo. Me sentí
obligada.
—Cariño —dice Leo.
—¿Qué? —dice ella.
—Por favor, cariño —dice
Leo.
—Dice que lamenta nuestra
situación —dice ella—. Algo tenía que decir. —Se echó a reír otra vez—. Dice
que personalmente preferiría que lo catalogaran de atracador o de violador
antes que de tipo insolvente. Pero es bastante agradable —dice.
—Ven a casa —dice Leo—.
Coge un taxi y ven a casa.
—No puedo —dice ella—.
Estamos a mitad de la cena, ya te lo he dicho.
—Iré a buscarte —dice Leo.
—No —dice ella—. Te digo
que estamos acabando. Ya te lo he dicho, es parte del trato. Están a ver lo que
sacan. Pero no te preocupes, estamos a punto de irnos. Estaré en casa en
seguida —dice. Y cuelga.
Al poco Leo llama a New
Jimmy’s. Contesta un hombre.
—New Jimmy’s ha cerrado ya
—dice el hombre.
—Quisiera hablar con mi
mujer —dice Leo.
—¿Trabaja aquí? —pregunta
el hombre—. ¿Quién es?
—Una cliente —dice Leo—.
Está con alguien. Con un hombre de negocios.
—¿La conozco quizás? ¿A su
mujer? —dice el hombre—. ¿Puede decirme su nombre?
—No creo que la conozca
—dice Leo.
Y luego:
—Está bien, está bien —dice
Leo—. No se preocupe, aquí llega.
—Gracias por llamar a New
Jimmy’s —dice el hombre.
Leo se precipita hacia la
ventana. Un coche que no conoce aminora la marcha al llegar ante la casa, pero
luego acelera y pasa de largo. Leo sigue esperando. Dos, tres horas después
vuelve a sonar el teléfono. Cuando levanta el auricular no hay nadie al otro
lado de la línea. Oye tan sólo la señal de marcar.
—¡Estoy aquí! —grita Leo
con los labios pegados al teléfono.
Casi está amaneciendo
cuando oye unos pasos en el porche. Se levanta del sofá. El televisor emite
como un zumbido, la pantalla centellea. Abre la puerta. Toni se da contra la
pared al entrar. Sonríe. Tiene la cara abotargada, como si hubiera estado
durmiendo bajo los efectos de un sedante. Mueve, se humedece los labios, se
agacha pesadamente para esquivar y se tambalea al esgrimir él el puño.
—Adelante —dice con boca
pastosa. Sigue allí en pie, tambaleándose. Hace un ruido, arremete contra él,
le agarra la camisa, se la desgarra por el pecho.
—¡Estás en la bancarrota!
—grita. Se retuerce, suelta, le agarra la camiseta y la desgarra por el
cuello—. Hijo de perra… —dice, mientras lanza zarpazo tras zarpazo.
Leo le estruja las muñecas,
luego la suelta, recula unos pasos en busca de algo pesado. Ella tropieza
camino del dormitorio. «Estás en la ruina», dice entre dientes. Leo oye cómo
Toni se desploma sobre la cama y gime.
Leo espera un rato; luego
se refresca la cara con agua y entra en el dormitorio. Enciende la luz, mira a
Toni y empieza a quitarle la ropa. Tira de ella y la empuja y la voltea de lado
a lado de la cama, desnudándola. Toni dice algo dormida y mueve la mano. Leo le
quita las bragas, las mira detenidamente bajo la luz y las arroja a un rincón.
Aparta las mantas y la envuelve en ellas, desnuda. Luego abre su bolso. Está
examinando el cheque cuando oye el coche que sube por el camino de entrada.
Mira a través de la cortina
y ve el descapotable, con los faros encendidos y el motor al ralentí, y cierra
los ojos y vuelve a abrirlos. Ve a un hombre alto que pasa por delante del
coche y sube hacia el porche. El hombre deja algo en el porche y se vuelve
hacia el coche. Lleva un traje blanco de lino.
Leo enciende la luz del
porche y abre la puerta con cautela. Ve la pequeña bolsa de maquillaje de Toni
sobre el escalón de arriba. El hombre mira a Leo desde el morro del coche, y
sube y se pone al volante y suelta el freno de mano.
—¡Espere! —le grita Leo, y
empieza a bajar los escalones del porche. El hombre pisa el freno mientras Leo
avanza hacia los faros. El coche chirría al frenarse. Leo trata de cerrarse los
dos lados de la camisa, trata de apelotonar los faldones y metérselos por los
pantalones.
—¿Qué es lo que quiere?
—dice el hombre—. Mire —dice el hombre—, tengo que irme. No se ofenda. Compro y
vendo coches, ¿estamos? La señora se dejó el maquillaje. Es una dama, de veras,
refinada. ¿Qué es lo que quiere?
Leo se apoya contra la
portezuela y mira al hombre. El hombre retira las manos del volante y las
vuelve a poner. Hace marcha atrás y el coche comienza a retroceder un poco.
—Tengo que decirle… —dice
Leo, y se humedece los labios.
Se enciende la luz del
dormitorio de Ernest Williams. La persiana sube despacio.
Leo sacude la cabeza,
vuelve a meterse la camisa en los pantalones. Se aparta del coche unos pasos.
—El lunes —dice.
—El lunes —dice el hombre,
atento a cualquier súbito movimiento.
Leo asiente con la cabeza,
despacio.
—Bien, buenas noches —dice
el hombre, y tose—. Tómeselo con calma, ¿quiere? El lunes, muy bien. De
acuerdo, entonces. —Levanta el pie del freno; el coche retrocede un par de
metros y el hombre vuelve a pisarlo—. ¿Eh? Una pregunta. Dígame, entre amigos,
¿el cuentakilómetros marca lo que debe marcar? —El hombre aguarda, y luego se
aclara la garganta—. Bueno, mire, da igual si no —dice—. Tengo que irme.
Tómeselo con calma.
El descapotable retrocede
hasta la calle, sale con rapidez hacia adelante, y en la esquina tuerce sin
detenerse.
Leo trata de nuevo de
meterse la camisa en los pantalones y vuelve hacia la casa. Cierra con llave la
puerta principal y se cerciora de que ha quedado bien cerrada. Luego entra en
el dormitorio, cierra la puerta y aparta las mantas de la cama. Mira a Toni
antes de apagar la luz. Se quita la ropa, la dobla con cuidado y la deja en el
suelo, se mete en la cama junto a Toni. Permanece echado boca arriba durante un
rato, se tira del vello del vientre, reflexiona. Mira la puerta del dormitorio,
cuyo contorno ahora se perfila a la tenue luz del exterior. En este momento
extiende la mano y toca a Toni en la cadera. Toni no se mueve. Leo se vuelve
hasta quedar de costado y le pone una mano en la cadera. Le desliza los dedos
por la cadera y siente el tacto de las marcas del elástico. Son como sendas, y
él las sigue por la carne con las yemas. Pasa los dedos por encima, de arriba
abajo, las recorre una tras otra. Surcan su carne por doquier, son docenas,
quizá cientos… Se acuerda de cuando se despertó a la mañana siguiente de haber
comprado el descapotable; de que lo vio allí aparcado, al sol, resplandeciente.

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