© Libro N° 13057. A Bordo del Taymir. Salgari, Emilio. Emancipación.
Octubre 12 de 2024
Título original: ©
A Bordo del Taymir. Emilio Salgari
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Original: © A Bordo del
Taymir. Emilio Salgari
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© Edición,
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Emilio Salgari
A Bordo
del Taymir
Emilio
Salgari
Novela
Índice
CAPITULO
I. LOS CAZADORES DE NUTRIAS
CAPITULO
II. UN MONSTRUO MISTERIOSO
CAPITULO
III. UN TIRO
CAPITULO
IV. UNA EXTRAÑA PROPOSICIÓN
CAPITULO
V. EL BUQUE SUBMARINO
CAPITULO
VI. UNA CARRERA BAJO EL MAR
CAPITULO
VII. UNA EMIGRACIÓN DE ARENQUES
CAPITULO
VIII. EN EL OCÉANO ÁRTICO
CAPITULO
IX. EL ASALTO DE LOS OSOS BLANCOS
CAPITULO
X. EN MEDIO DE LOS HIELOS
CAPITULO
XI. UNA CAZA DE VACAS MARINAS
CAPITULO
XII. EN EL FONDO DEL MAR
CAPITULO
XIII. UN DRAMA POLAR
CAPITULO
XIV. LOS ESQUIMALES
CAPITULO
XV. DESPOJOS DE LA EXPEDICIÓN DE FRANKLIN
CAPITULO
XVI. EL POLO MAGNÉTICO
CAPITULO
XVII. LOS FURORES DEL OCÉANO ÁRTICO
CAPITULO
XVIII. UN BUQUE EMBESTIDO
CAPITULO
XIX. UNA CACERÍA DE OSOS
CAPITULO
XX. BAJO LOS GRANDES BANCOS DE HIELO
CAPITULO
XXI. HOMBRES A TRESCIENTAS MILLAS DEL POLO
CAPITULO
XXII. RESTOS DE ANIMALES ANTEDILUVIANOS
CAPITULO
XXIII. LOS PRIMEROS BUEYES ALMIZCLADOS
CAPITULO
XXIV. LA LUCHA CONTRA LOS HIELOS
CAPITULO
XXV. SITIADOS POR LOS OSOS
CAPITULO
XXVI. SALVADOS POR MILAGRO
CAPITULO
XXVII. LA LIBERACIÓN DEL TAYMIR
CAPITULO
XXVIII. LOS MISTERIOS DEL POLO
CAPITULO
XXIX. LA RETIRADA HACIA EL SUR
CAPITULO
XXX. UNA TREMENDA CATÁSTROFE
CAPITULO
XXXI. COMO SE MATA A UN OSO SIN ARMAS
CAPITULO
XXXII. LAS ULTIMAS VICTIMAS DE LAS REGIONES POLARES
CAPITULO
I. LOS CAZADORES DE NUTRIAS
—Sandoe,
¿la has visto?
—Si,
MacDoil; pero desapareció súbitamente.
—¿Dónde
la viste?
—Allí,
bajo aquella roca.
—¡No la
veo! La noche está tan oscura, que me serían necesarias las pupilas de un gato
para ver algo a diez pasos de la punta de mi nariz. ¿Era grande?
—¡Enorme,
MacDoil! Debe de ser la misma que vi esta mañana.
—¿Tenía
hermosa piel?
—Una de
las más hermosas. La compañía podría obtener de ella ochocientos rublos.
—¿Sabes
lo que he observado, Sandoe?
—¿Qué?
—Que
desde hace unos días estas condenadas nutrias parecen asustadas.
—Lo mismo
tengo observado, MacDoil. ¿Sabes desde cuándo?
—Desde la
noche que oímos aquel silbido misterioso.
—¡Lo has
adivinado!
—¿Quién
pudo haber lanzado aquella nota? Una ballena no pudo ser.
—Quizá un
mamífero de nueva especie.
—¡Hum!
—dijo el que se llamaba MacDoil, meneando la cabeza—. ¡No lo creo!…
—Pues
entonces…
—No sé
qué decir.
—Algo
debe de suceder en las costas septentrionales de esta isla. Si así no fuera,
las nutrias no se mostrarían tan desconfiadas, y el mismo «Camo» estaría más
tranquilo. Ayer mismo ladró muchas veces.
—Lo he
oído, Sandoe, y creo…
—¡Calla!
Un
murmullo extraño, pero potente, que parecía producido por un inmenso surtidor
de agua brotando en la superficie del mar, seguido poco después de un agudo
silbido, se oyó en lontananza hacia la costa septentrional de la isla.
Al oír
aquellos ruidos, un enorme can que estaba acostado junto a una peña saltó hacia
los dos hombres, y volviendo la cabeza al Norte, lanzó tres poderosos ladridos.
Era uno
de aquellos magníficos molosos tibetanos que se importan de Kamchatka a Alaska,
de cuerpo robusto, de mole extraordinaria, con la cola hirsuta siempre
enarcada, el pelo largo y negro y el hocico de aspecto feroz, pareciéndolo más
aún a causa de dos pliegues de la piel bastante acentuados y de los labios
colgantes.
Estos
mastines son, a no dudarlo, los canes más fuertes y valerosos, ya que en el
país natal se atreven a hacer frente a los búfalos y luchan ventajosamente con
los osos.
MacDoil y
su compañero se habían incorporado a un tiempo, diciendo:
—¡Calla,
«Camo»!
Después
se lanzaron a la playa, barrida a cada paso por las olas, mirando hacia el
norte de la isla con cierta ansiedad, como si en tal momento se olvidaran de la
nutria que trataban de coger.
Escucharon
unos cortos minutos con suma atención; pero el murmullo misterioso no volvió a
oírse: solamente el oleaje levantado por el viento norte, que soplaba a través
del istmo de Behring, se quebraba en la playa con sordo fragor.
—¿Qué te
parece, Sandoe? —preguntó MacDoil.
—Que
preferiría estar en la bahía de Cuscoquim o, mejor aún, en la factoría de la
Compañía de Kinagamute.
—Creo que
tienes razón. Nunca he tenido miedo; pero te digo que esos misteriosos rumores
me causan cierta impresión.
—¿Pero
estás seguro de que la isla se halla desierta?
—Segurísimo.
—¿Y de
que los aleutianos no vienen a ella?
—Nunca,
Sandoe.
—Entonces,
será algún cetáceo que retoza cerca de la costa.
—No lo
creo.
—¿No
oíste aquel murmullo?
—Sí; pero
ningún cetáceo puede producir ese ruido.
—Es un
misterio que quisiera descifrar.
—Lo
descifraremos, Sandoe. Dentro de una hora saldrá el sol, e iremos a explorar la
costa septentrional.
—¿Volvemos
a la cabaña? ¡A buen seguro que la nutria no volverá!
—Al
contrario; pienso capturarla.
—No
volverá a aparecer, MacDoil.
—Eres un
novato en estas cazas, mientras que yo llevo doce años en los bosques de Alaska
y en las orillas de las islas Aleutianas, y conozco a las nutrias. Cuando se
han mostrado dos veces cerca de estos cantiles, es señal de que en estos sitios
tienen su nido. ¡Mira, Sandoe! ¿No te dije que volvería? ¡No te muevas, porque
huirá!
Así
diciendo, MacDoil se ocultó tras de una roca que se erguía a treinta pasos de
la orilla; su compañero hizo lo mismo, y el mastín se acurrucó silenciosamente
en un matorral de tupidos líquenes y sauces microscópicos.
Ya
empezaban a disiparse las tinieblas, anunciándose el alba.
Hacia
oriente, el mar se teñía de reflejos color acero mate, que a poco habían de
cambiarse en tinte madreperla.
Cerca de
una escollera que avanzaba algunos pasos en el mar, describiendo una especie de
semicírculo, se mostraba una mancha negruzca, que de pronto se sumergió.
—¡El kalam viene!
—murmuró MacDoil al oído de Sandoe.
—¿Le
esperamos en tierra?
—Si,
Sandoe. ¡Helo aquí!
El punto
oscuro, que debía de ser la extremidad de la nariz de la nutria, había vuelto a
mostrarse cerca de la orilla. Tornó a sumergirse; pero, no pudiendo estos
animales permanecer en el agua más de un minuto, porque tienen necesidad de
respirar, poco después volvió a aparecer, y salió lentamente a la orilla.
Era una
nutria de las más grandes, supuesto que no pesaría menos de cuarenta kilos, y
tenía un metro veinte centímetros, incluyendo la cola, que, por lo general,
alcanza los treinta y cinco centímetros.
Tenía la
cabeza algo aplanada, el hocico adornado con tiesos bigotes, el cuello corto y
grueso, el cuerpo de forma cilíndrica, los remos anteriores cortos y provistos
de uñas, mientras los posteriores se parecían a los muñones de las focas.
Su pelaje
era largo, sedoso, pardo ceniciento, salpicado de blanco, con un vello lustroso
espléndido, que valdría muy bien 2000 pesetas.
Fuera del
agua la nutria se paró, y examinó atentamente las rocas vecinas con sus grandes
ojos redondos, que brillaban como los del gato; luego lanzó un sordo gruñido.
Sandoe
había apuntado la escopeta para enviarle una bala al cráneo, pero MacDoil se la
desvió rápidamente, diciéndole en voz queda:
—¡Espera!
¡No está sola!
Otra
nutria algo más pequeña que la anterior salía entonces del agua, seguida por
dos pequeñuelos del tamaño de dos conejos.
—¡La
hembra! —exclamó Sandoe.
—¡Toda
una familia! —respondió MacDoil—. Esperemos; quizá haya más.
Mientras
tanto, la pobre madre, ignorante del peligro, estaba en la superficie retozando
con su prole y con el macho.
Es
increíble el cariño que sienten estos animales por sus hijos, y el macho por la
hembra. Se acarician horas enteras, se alisan el pelo unos a otros, juegan
juntos como gatitos, se zambullen, luego vuelven a salir, se revuelcan en la
arena, y tornan a acariciarse con transportes que conmoverían a cualquiera que
no fuese un cazador de la Compañía ruso-americana, su eterno y mortal enemigo.
Hasta tal
punto se quieren, que la hembra se deja matar por salvar a los hijos; y si
pierde el macho, se apena tanto, que plañe días enteros como un niño, y en sólo
quince días el dolor la hace enflaquecer espantosamente.
—¡Me da
pena matarla! —dijo Sandoe, que seguía atentamente los movimientos de la
familia.
—Es
verdad —respondió MacDoil—; pero la Compañía no te ha mandado aquí para asistir
a los juegos de las nutrias.
Apuntó
lentamente la carabina, mirando al macho con atención, un poco arriba del ojo
derecho para no estropear la preciosa piel, mientras Sandoe apuntaba a la
hembra.
A punto
estaban de disparar, cuando el murmullo oído poco antes resonó de improviso,
seguido del misterioso silbido.
Asustada
la hembra, movió rápidamente las manos, aferró con la boca a los dos pequeños,
y se lanzó al agua, dando un gran salto.
Los dos
cazadores dispararon a un tiempo, produciendo una sola detonación; el macho
cayó fulminado; pero la hembra tuvo tiempo de sumergirse antes que le alcanzara
la bala.
—A la
primera luz del alba se la vio reaparecer a ciento cincuenta pasos de la
orilla, alzarse sobre el agua y ponerse las manos delante de los ojos con un
gesto entre gracioso y cómico, como si quisiera defenderse de los brillantes
reflejos del agua, y luego desapareció.
—¡Por
cien mil focas! —exclamó MacDoil—. ¡Otra vez el condenado silbido! ¡Un minuto
de retraso, y también se sumerge mi nutria!
—La mía
ya está lejos —dijo Sandoe, algo mortificado.
—Pero el
macho ha caído allí, y hemos aprovechado el día.
Levantóse
y se dirigió hacia el pobre macho, el cual yacía sobre una roca, todo encogido
y con las manos puestas sobre los ojos como si quisiera tapárselos.
—Le di en
el cráneo —dijo—. La piel está intacta y se pagará bien, porque es una de las
mejores que se han visto.
Sandoe
que le había seguido, se inclinó para recoger la presa; pero MacDoil le
contuvo.
—¡Despacio,
querido!… Las nutrias suelen hacerse las muertas para escapar así que los
cazadores vuelven los ojos, o para vengarse con un mordisco. Un día vi como un
auletiano perdió tres dedos.
Dio con
el pie al kalam, y viendo que no daba señales de vida, le cogió por
las patas delanteras y se lo echó a la espalda.
—¡Cinco
nutrias en siete días! —dijo—. Si esto sigue así, nos haremos de oro, Sandoe.
—Sí; como
el misterioso silbido no venga a estorbarlo.
—Veremos
si es algún ser diabólico. Hace ya dos noches que se deja oír, y es tiempo de
que calle, ¡por cien mil focas!
—Lo
descubriremos.
—Esperemos
a que se muestre, Sandoe. Vamos a la cabaña a tomar un bizcocho; y luego
recorreremos la costa norte.
Pusiéronse
en marcha, precedidos por el mastín y volviendo la espalda al mar.
La parte
de la isla que recorrían era de horrible aspecto. Unicamente se veían rocas
amontonadas confusamente, de origen volcánico al parecer, puesto que se veían
acá y acullá huellas de lava antigua.
Algunos
grupos de abetos crecían en la parte más elevada; pero mustios, como si no
encontraran tierra suficiente en aquellas rocas, blancas todavía por las
recientes y copiosas nevadas invernales. Doquiera se veían apuntar tímidamente
los amarillos ranúnculos, las saxífragas, rosas caninas y zarzamoras, que no
siempre prosperaban.
Algunos
pájaros, despertados por los primeros albores, revoloteaban en los aires y
lanzaban de cuando en cuando notas roncas y estridentes. Eran bandadas de
gaviotas, ánades salvajes, grajos, y entre ellos veíase nadar pesadamente, casi
con fatiga, algún cisne de albas alas, que lanzaba a intervalos un prolongado
silbido, parecido al que produce una trompeta.
Luego de
haber traspuesto algunos altozanos y de atravesar seis o siete barrancos
atestados de piedras musgosas y de líquenes, los dos cazadores llegaron ante
una choza de tablas adheridas, con dos aleros y adosada a una gran roca, que la
protegía de los vientos del Norte.
MacDoil
abrió de un puntapié la puerta, entró y echó al suelo su trofeo.
Aquel
escondrijo levantado en la isla desierta ofrecía comodidades muy problemáticas,
y estaba tan atestado de objetos, que no dejaba espacio para moverse.
Allí
había barriles, cajas, pieles de nutria saladas, pieles de zorra colgadas de la
pared para que se secaran, arpones, escopetas, hachas, cuchillos, una estufa
repleta de carbón fósil, dos grandes pieles de oso gris, que seguramente
servían de cama, y colgando de las vigas, pemiles ahumados, pedazos de tocino,
chaquetas puestas a secar, redes de varias dimensiones y, finalmente, una
lámpara de hierro.
MacDoil
maniobró en medio de aquel desorden, descolgó un pemil, cogió un cesto de
galletas, y de un rincón levantó una botella, vacía en sus tres cuartas partes.
—Confortémonos,
Sandoe —dijo—. Tomemos dos bocados, bebamos un vaso de este excelente gin,
y vamos después en busca de ese diabólico animal que se divierte en meter
miedo.
Sentáronse
en unos barriles, arrojaron unas galletas y un pedazo de pemil al enorme
mastín, que se había echado frente a la puerta, y comieron con el apetito de
hombres que han ayunado doce horas, refrescando el gaznate con el contenido de
la botella.
—Son las
siete —dijo MacDoil, después de haber encendido la pipa—; a las diez podemos
estar en la escollera septentrional.
—¿Quieres
que coja un arpón?
—Es un
arma buena contra los cetáceos, Sandoe.
—¡En
marcha!
Cerraron
la puerta, precaución necesaria en aquellas regiones, donde hay zorras de una
audacia extraordinaria, y se pusieron en marcha, mientras el sol, mostrándose
entre dos nubes, proyectaba sobre el océano sus tibios rayos.
En la
primavera de 1864, el deshielo fue prematuro en el mar de Behring. El sol había
hecho su primera aparición bastante pálido y descolorido; pero hacia mediados
de mayo tomó vigor, limpiándose de hielos la costa de las islas de
Andrejanouski y de Fucs, y de los golfos de Kotzebue, de Norton, de Cuscoquim,
de Bristol y del Príncipe Guillermo, que entran tan adentro de la llamada
América rusa, y ordinariamente no son accesibles a los buques hasta la primera
mitad de junio.
Aunque
había nieve sobre la tierra, acumulada por el largo invierno, fue derritiéndose
poco a poco, en tanto que los ríos se desprendían de la gruesa capa helada bajo
la cual estuvieron presos cinco meses.
Aquel
retorno de la buena estación, con tanta impaciencia deseada por los cazadores
de pieles de la Compañía ruso-americana, había atraído a la isla y al
Continente pájaros y animales que emigraban al Sur en busca de un clima un poco
más bonancible.
La
numerosa banda de grajos fue la primera en acudir a los grandes bosques de
abetos negros, de pinos y de abedules; siguieron el martin pescador, los ánades
y los cisnes, para solazarse en los tranquilos lagos y en el vasto estuario del
interior; después, al poco tiempo, volvieron a mostrarse los preciosos
castores, los lobos de blanco armiño, los hurones, las nutrias terrestre y
marina, el baribal u oso negro y el formidable grizzly u
oso gris, de piel demasiado tosca para ser cotizable, pero de carne sabrosa.
Los
establecimientos de la Compañía ruso-americana, diseminados en el Continente y
en las islas mayores Aleutianas, tras de un largo sueño invernal, despertaron
rápidamente.
Desde el
fuerte de Nulato, el más septentrional de aquella vasta posesión, perteneciente
a los Estados Unidos, a Sitka, la antigua capital rusa, bandas de audaces
cazadores se habían lanzada a orillas de los ríos, o sobre la inmensa pradera,
o bajo las gigantescas selvas, mientras de las islas de Unimak y de Unalaska
embarcaban en buques de la Compañía los más astutos cazadores o pescadores de
focas y de nutrias, repartiéndose en los innumerables islotes que se extienden
como gigantesca diadema hacia la pendiente asiática de Kamchatka.
El año
anterior fue poco productivo para la Compañía. Apenas diez mil pieles de foca,
mil de nutria marina, veinte mil entre pieles de zorras y nutrias terrestres,
doce mil de castor, seis mil de lobos y algunos centenares de osos fueron toda
la cosecha, y los muchos cazadores interesados en la exportación hicieron
escasos ingresos.
Convenía
rehacerse, doblar el número de pieles, batir los territorios más lejanos que
todavía no se habían explorado, y visitar las islas más occidentales, que era
fama abundaban en zorras y, sobre todo, en nutrias marinas, además de algún que
otro oso.
De ahí
que los más valientes hicieran a la Compañía la proposición de llegar hasta la
isla Nahe, la más próxima a la península de Kamchatka, y hasta entonces
inexplorada.
Entre los
más animosos que se preparaban a pasar a tantos centenares de millas de islas y
de costas habitadas; estaba MacDoil, el famoso cazador de nutrias, doce años
hacia al servicio de la Compañía, y su compañero Sandoe, un bisoño, pero que
había hecho con buen éxito sus primeras armas a orillas de la bahía de
Cuscoquim y en los bosques de Yukon.
La
propuesta de ambos fue aceptada en seguida, y he aquí el motivo de encontrarlos
en una isla desierta del Nahe, a unos 700 kilómetros de la costa de la Siberia
y a 60 de Attu, que es la tierra mayor de aquel archipiélago.
CAPITULO
II. UN MONSTRUO MISTERIOSO
Ambos
cazadores, resueltos a descubrir el misterioso animal que con sus formidables
murmullos y sus potentes silbidos asustaba a la nutria marítima, pusiéronse
animosamente en marcha para explorar la costa septentrional de la isla.
Ante
todo, examinemos a los dos personajes de esta relación. MacDoil no tenía en
aquella época mucho más de treinta y dos años. Era robusto y musculoso; tenía
los cabellos de un rubio oscuro; la piel bronceada por el soplo del viento y
los rayos del sol, casi ardiente en aquellas regiones durante la estación
estival, que es muy breve, por más que en el invierno pierda todo su calor.
Llevaba la barba muy desaliñada, pues casi siempre le faltaba tiempo para
afeitársela.
Su
compañero tendría de veinticuatro a veinticinco años. Era alto, enjuto como un
vasco, todo brazos y piernas, con una encarnadura rosa, ojos garzos, cabello
rubio pálido y bigote apenas naciente.
Ambos
vestían chaqueta de antílope, ceñida a la cintura por una larga tira de piel de
perro, que sostenía el cuchillo de caza, el frasco de pólvora y la alforja de
las balas; calzones de paño grueso azul con altas polainas de piel de foca, y
zapatones herrados. Cubrían la cabeza con una gorra de raccoon, con
la cola colgando sobre la espalda.
Con la
escopeta al hombro y encendida la pipa, los dos cazadores de nutrias, siempre
precedidos por el mastín, echaron a andar por el valle peñascoso que debía
conducirlos a la playa que deseaban visitar.
La isla
aquella, o mejor aquel islote, era uno de los más pequeños del grupo Nahe: con
todo, tenía una longitud de cuatro millas por una anchura de tres a tres y
media. Era el último hacia el Occidente, y también el más estéril, el más
escarpado, y por eso desdeñado por los pocos aleutianos que se han repartido
las mejores tierras de aquella vastísima faja de islas.
Era, como
las demás, un pico volcánico surgido de las ondas, a consecuencia quizá de
alguna espantosa convulsión del fondo marino, y lleno de grietas,
perforaciones, hundimientos, gargantas y torrentes casi intransitables que
fatigaban a nuestros cazadores, por muy acostumbrados que estuviesen a largas
caminatas en el interior y por la costa de Alaska.
Escasos
volátiles se mostraban en aquel valle, pues preferían la playa; pero no
escaseaban los pequeños animales de valiosa piel.
De cuando
en cuando las zorras, animales muy comunes en todas las Aleutianas (como que
por eso son llamadas estas islas de las zorras), se mostraban ante
los cazadores aunque sin arriesgarse, parándose a pocos pasos para mirarlos
curiosamente; a veces brincaban por las rocas bellísimas comadrejas largas de
medio metro, semejantes a la marta, con la cola crinada, el pelaje pardo, la cabeza
cenicienta o blanca, tan codiciadas por los cazadores de la Compañía, que no
matan menos de cincuenta mil de estos animales al año.
Otras
veces era una cebellina, animal pequeño, pero robusto, de cabeza puntiaguda,
cola larga y gruesa, espléndido pelaje negro, de reflejos azulados y flancos de
un amarillo rosado, cuya piel llega a valer de trescientas hasta quinientas
pesetas.
Sin
embargo, ambos cazadores no se cuidaban de aquellos animales, contando con
hacer más adelante una batida en regla. Era demasiada la curiosidad que los
llevaba a la costa septentrional para que se detuvieran a hacer un disparo.
Al cabo
de una hora de marcha, y después de haber pasado las alturas rocosas, llegaron
a la costa septentrional de la isla, allí donde oyeron producirse aquel
inexplicable rumor.
En aquel
sitio la isla describía una curva reentrante que formaba una especie de bahía
abierta a los vientos del Septentrión y del Oriente. No obstante, el agua
estaba mansa allí dentro, extendiéndose en torno de aquel semicírculo una doble
hilera de escolleras que quebraban el ímpetu de las olas.
Aquellas
orillas sólo estaban habituadas por algunas aves marinas que apenas parecieron
asustarse, pues revoloteaban tranquilamente, sumergiéndose a intervalos para
pescar pececillos y pequeños cangrejos.
—¿No ves
nada, Sandoe? —preguntó MacDoil después de lanzar una rápida ojeada a aquel
paraje—. ¡Que me coma un oso blanco si veo algo sospechoso!
—Nada veo
—respondió el joven—. Paseo la mirada por todas partes sin resultado.
—Quizá el
cetáceo, suponiendo que lo sea, habrá tomado las de Villadiego.
—Sería un
bien para nosotros.
—Y una
desgracia para las pobres nutrias, ¿no es verdad. Sandoe?
—Sí; y
pienso que…
Le
cortaron la palabra unos ladridos sonoros lanzados por «Camo».
Ambos
cazadores miraron hacia el mastín, y lo vieron sobre una roca cortada a pico
sobre el mar. El enorme perro, poco antes tan tranquilo, era presa de una viva
irritación.
Inclinado
sobre el mar, miraba atentamente al agua, que se rompía con sordo fragor al pie
de la roca, y poco a poco se le erizaba el pelo. Ladraba furiosamente, enseñaba
los formidables dientes y lanzaba amenazadores gruñidos.
—¿Habrá
descubierto «Camo» a nuestro cetáceo? —preguntó MacDoil—. Se necesita algo muy
serio para que el perro se muestre encolerizado.
—Vamos
allá arriba —dijo Sandoe—; tal vez consigamos descubrir algo.
—Y
podamos también lanzar el arpón.
Dejaron
la playa y escalaron rápidamente la roca, sobre la cual el mastín seguía
ladrando y gruñendo. Llegados a la cima, se inclinaron; pero nada vieron que
pudiera justificar, siquiera por el momento, la irritación del perro.
—No veo
nada absolutamente —dijo MacDoil.
—Tampoco
yo —añadió Sandoe—. Sin embargo, algo debe de haber debajo de ese peñón.
—Así lo
sospecho también; pero el agua está turbia. Si cesara el viento, podría verse…
¡Oh! ¡Mira bien, Sandoe!
—¿Qué
ves?
—Burbujas
de aire que salen del fondo del mar y que se rompen en la superficie.
—¿De
veras, MacDoil?
—Lo cual
significa que el monstruo que lanzaba aquellos silbidos estaba escondido
debajo.
—Tal
creo; si no, «Camo» no estaría tan inquieto ni ladraría así.
—Me
gustaría poder verlo, Sandoe.
—¿Y nos
acometerá?
—Los
monstruos marinos no salen a tierra.
—Pudiera
ser un anfibio de nueva especie.
—Nuestras
piernas están listas; sobre todo las tuyas, que son tan largas.
—Entonces,
vamos a verlo.
—¿De qué
modo?
—Tenemos
el arpón, MacDoil.
—Es
verdad; dámelo.
MacDoil
empuñó el arma, especie de lanza larga de dos metros, con el hierro en forma de
una V. Se encorvó sobre la roca, en tanto que Sandoe hacía callar al perro, y
miró con atención esperando descubrir al misterioso monstruo marino; pero el
agua seguía turbia. Con todo, seguían saliendo del fondo burbujas de aire, las
cuales se sucedían sin tregua.
Alzó la
formidable arma que sirve a los balleneros para matar a la gigantesca ballena,
y la lanzó con toda la fuerza de su brazo.
El arpón
se sumergió rápidamente como una flecha, oyóse un golpe sordo, como metálico, y
volvió a flotar en la superficie el asta de madera.
—¡Por
cien mil focas! —rugió MacDoil en el colmo de la sorpresa—. ¡El arma ha herido
y ha subido a flote!
—Y con la
punta rota.
—¿Cómo
puede ser eso?
—Quizá el
arpón haya dado en una roca.
—No,
Sandoe. Oí un sonido extraño, como si la punta hubiera resbalado en una plancha
de metal.
—¿Si
estará acorazado el monstruo?
—¿No
oíste nunca hablar de monstruos marinos con escamas metálicas?
—Pueden
ser huesos.
—Sandoe,
empiezo a inquietarme.
—Y yo, a
tener miedo, MacDoil.
—Probemos
de herir al monstruo con un par de balas.
—Rebotarán
como el arpón.
—Lo
veremos, Sandoe.
Los
cazadores apuntaron las armas, y dispararon a un tiempo. Apenas apagado el
ruido de las detonaciones, vieron brotar de lo profundo del mar dos enormes
chorros de agua que, llegando a la cima de la roca, inundaron a Sandoe, a
MacDoil y también al perro.
No
esperaron más. Temiendo que el monstruo se dispusiera a subir a flote, y que
pudiese llegar a la roca, ambos cazadores y el perro mojados como unos pollos,
se precipitaron isla adentro corriendo a más y mejor.
No
pararon hasta cuatrocientos pasos de la playa, en lo alto de una colina rocosa,
desde cuya cima podía descubrirse lo que sucedía en la pequeña bahía.
—¡Al
diablo todos los monstruos! —exclamó MacDoil, que parecía más furioso que
asustado.
—¡Cuerno
de narval! ¡Qué chorro! —gritó Sandoe—. ¡Ni una bomba de vapor lo habría hecho
mejor!
—Me ha
arrancado de golpe de la roca, y por poco no me hace caer al mar.
—¿Habrá
sido una ballena, MacDoil?
—Tal vez;
pero de dimensiones colosales. He visto muchos cetáceos, mas ninguno con este
chorro: más bien lanzan una especie de vapor o de agua pulverizada, que
columnas de agua líquida.
—Entonces,
hicimos mal en huir.
—Así lo
creo también, porque las ballenas no salen a tierra.
—¿Volverías
tú?
—Ciertamente,
Sandoe. Quiero ver al monstruo.
—¡Calla!
Una nota
estridente como el sonido de gigantesca trompa estalló en el mar, repercutiendo
en la colina con un estrépito imposible de describir. Ambos cazadores se
miraron con cierta ansiedad.
—MacDoil,
tomemos el portante y dejemos en paz al monstruo —dijo Sandoe—. Me encuentro
más seguro en la costa meridional de la isla.
—¡No, por
cien mil focas! —gritó su compañero—. ¡Aunque haya de hacerme bailar en los
aires otro chorro de agua, iré a ver al monstruo!
—En ese
caso, te acompañaré; pero sé prudente.
—No lo
dudes; no sospechará de nosotros.
—«Camo»
ladrará.
—Lo
tendrás del collar. ¡Ven, Sandoe, ven!
Bajaron
la colina sosteniendo al perro para que no corriera adelante, y echáronse en
tierra apretados contra la roca.
Ante las
amenazas de Sandoe, el perro callaba, si bien de cuando en cuando gruñía
sordamente.
Junto a
la margen de la escollera asomaron la cabeza para mirar abajo. El agua, turbia
poco antes, a consecuencia quizá de algún coletazo del misterioso monstruo,
estaba entonces límpida a una profundidad de treinta o cuarenta brazas, y a
través del líquido verdoso, se divisaba la negra cima de muchas rocas
sumergidas.
Una sola
mirada bastó a los cazadores para descubrir vagamente una masa enorme, oscura,
de forma oblonga, y que parecía estar adherida a algunas rocas que cerraban la
pequeña ensenada.
Del
centro del coloso se escapaban multitud de burbujas de aire que salían en larga
fila hasta la superficie, donde se rompían instantáneamente.
—¿Le ves?
—exclamó MacDoil con voz alterada.
—¡Si!
—contestó Sandoe con ligero temblor de voz.
—¿Es una
ballena?
—No sé
qué decirte, porque no veo la cola ni la cabeza.
—Es
verdad, MacDoil. Me parece que más bien tiene la figura… ¡No sé cómo
explicarme!
—¿De un
habano grueso?
—Si, de
un habano.
—No
obstante, debe de ser un cetáceo. La piel tiene el mismo tinte oscuro con
reflejos metálicos.
—Pero ¿y
la cabeza? —insistió Sandoe con interés.
—No la
veo en ningún sitio.
—Entonces,
no es una ballena.
—¿Qué
quieres que sea? ¿Un cangrejo? ¿Un cocodrilo?
—¿Si será
una tortuga marina de enormes dimensiones?
—Pero ¿no
ves que es largo y delgado?
—¿Delgado?
Ese monstruo tiene una anchura de ocho metros.
—Pero de
largo tendrá unos treinta.
—Míralo
bien, MacDoil: ¿no te parece ver en el dorso como junturas que parecen escamas?
—Es
verdad, Sandoe. Veo, además, dos grandes bultos. ¡Es para volverse loco!
—Y para
tener miedo. ¿Qué hacemos?
—Estoy
resuelto a ver ese monstruo.
—¡Todavía!
Pero ¿no consideras que no se decide a salir fuera del agua?
—Le
obligaremos.
Ya estaba
cargando de nuevo la escopeta, cuando el monstruo, como si hubiera oído sus
palabras, comenzó a agitarse, formando espuma el agua en la parte donde debía
moverse la cola.
Pero
¡cosa rara!, el agua no se levantaba en ondas, como sucede cuando los cetáceos
ponen en movimiento sus aletas monstruosas, sino que salía vertiginosamente,
blanca como la leche, espumando, como si aquel cetáceo tuviera hélices.
En un
instante se le vió subir, como si tuviera intención de salir a flote; pero
súbitamente enfiló hacia la salida de la pequeña ensenada con prodigiosa
rapidez, dejando tras sí dos estelas blanquecinas que duraron algunos minutos.
—¡Huyó!
—gritó MacDoil.
—¡Sin que
hayamos podido verlo! —añadió Sandoe.
—¡Que el
diablo lo engulla!
—Con lo
cual saldremos ganando nosotros. Al menos, no se espantarán más las nutrias.
CAPITULO
III. UN TIRO
Pasaron
dos días desde la desaparición del cetáceo, o de la tortuga gigante, o lo que
fuese.
Ambos
cazadores, no oyendo ya los silbidos ni los murmullos misteriosos, habían
vuelto a sus batidas en el interior de la isla y a lo largo de la costa para
acumular pieles con destino a la Compañía.
Algunas
zorras, martas, linces polares, hurones y unas cuantas nutrias habían caído a
sus disparos asegurando así un buen número de dólares en poco tiempo.
Ya
empezaban a olvidar al monstruo marino, cuando a la tercera noche un suceso
inexplicable se lo evocó de nuevo, encolerizando a MacDoil y asustando un poco
a Sandoe.
Estaban
acechando a unas zorras que se habían mostrado en gran número en un pequeño
valle situado cerca de la costa occidental, y para ello se habían ocultado tras
una roca que se erguía en una altura.
Sandoe
había encendido su pipa y fumaba tranquilamente tendido sobre el musgo,
mientras MacDoil, apoyado en la roca con el fusil en la mano, miraba distraído
a la Luna, que parecía salir del mar entre un chisporroteo de plata.
Así
estaban hacia un cuarto de hora esperando la caza, cuando el mastín, que estaba
tendido junto a Sandoe, se levantó dando un prolongado gruñido y volviendo la
cabeza hacia el Sur.
—¿Las
zorras? —dijo Sandoe, incorporándose.
—No las
veo —repuso MacDoil, lanzando una mirada escrutadora al extremo del valle.
—«Camo»
debe de olfatearlas.
—No,
porqué está mirando al mar.
—¿Si
volverá ese condenado monstruo?
—¡Mira al
mar, Sandoe! ¡Oh! ¡Qué hermoso enigma!
—¡Cuerno
de narval! ¿Qué ves? —preguntó Sandoe, levantándose de una zancada.
—¡Mira!
Sandoe
miró en la dirección que le señalaba MacDoil, y vio, no sin alguna inquietud,
una luz que corría sobre el mar casi a flor de agua.
—¿Qué es
eso, MacDoil? —preguntó con ansiedad.
—No lo sé
—respondió el otro, no menos inquieto.
—Una
bodarquia aleutiana.
—No,
Sandoe; esa luz está a flor de agua.
—¿Quizá
un kayak?
—¿Viste
nunca una de estas pequeñas embarcaciones correr con tanta velocidad? En mi
juventud he sido grumete, y puedo decirte que ese punto luminoso corre más
veloz que un vapor de la Compañía del Alaska.
—¿Si será
la boca de algún pez? Me has dicho que hay algunos peces que de noche tienen la
boca fosforescente.
—Es
cierto; pero no puede ser un pez ni el farol de un buque. ¡Ah! ¡Por mil
millones de focas! ¡Sandoe, mira!
Aquella
luz rojiza, que parecía salir de un fanal provisto de un potente reflector, se
había eclipsado bruscamente, y en su lugar apareció un haz luminoso que se
proyectaba en la costa de la isla avanzando de Norte a Sur, como si los
desconocidos que lo proyectaban quisieran estudiar la configuración de aquellas
costas.
Aquella
luz blanca, casi azulada, pasó dos veces sobre la roca en que estaban los
cazadores, pero sin pararse; luego se extinguió, y no se oyó más que un silbido
seguido de un rumor parecido al que se oyó tres noches antes en la costa
septentrional.
MacDoil y
Sandoe, estupefactos, no se habían atrevido a moverse, fascinados por aquel
misterioso resplandor que parecía surgir de lo profundo del mar.
Cuando ya
no vieron nada ni oyeron ningún ruido, brotó de sus labios una sola frase:
—¡Conviene
salir, huir de aquí!
—¡Al
diablo las nutrias, las zorras y las martas! —añadió Sandoe—. ¡Esta isla está
embrujada, y yo no vuelvo más a ella!
—Ni yo
tampoco, amigo mío. Pasan aquí tales misterios, que son capaces de asustar a
los más valientes cazadores de la Compañía.
—¡Vámonos
en seguida, MacDoil!
—Si;
pero… ¿cómo abandonamos la isla? El buque de la Compañía no llegará hasta el
catorce de Junio, para traemos víveres y renovar las municiones; y hoy, si no
me engaño, estamos a doce de mayo.
—Construiremos
una balsa y trataremos de refugiamos en Attu.
—¿Y si
encontramos al monstruo?
—¡Cuerno
de narval! Pero ¿crees que aquella luz la proyectase el monstruo?
—¿No
oíste el silbido?
—Sí,
MacDoil; y también el murmullo.
—No
quiere resolverse a dejar las aguas de esta isla.
—¡Y
perderemos las nutrias!
—¡Y no
nos dejará pegar los ojos!
—¡MacDoil,
conviene que nos vayamos aprisa!
—Si, pero
en el vapor de la Compañía. Querido, dejemos que el condenado monstruo silbe a
su albedrío e ilumine la isla: contemos por nuestra cuenta las zorras, los
linces, las martas y las cebellinas, y el catorce de junio volveremos a la
bahía de Cuscoquim. Si los demás cazadores se ríen de nuestro miedo, les
rogaremos que vengan aquí, y veremos si se vuelven más que aprisa. Sandoe,
vamos a la choza: por esta noche, las zorras no aparecerán, después de haber
visto esa luz.
—Así lo
creo también. ¡Vamos, MacDoil!
Regresaron
por donde habían venido, no sin volver los ojos hacia el mar, esperando
vislumbrar aún aquel inexplicable resplandor; pero parecía que el cetáceo se
había sumergido, quizá para entregarse al sueño.
Cuando
llegaron a la choza eran las dos de la mañana, y la Luna se ponía.
Dejaron
al mastín fuera por si ocurría algún suceso extraordinario, y se tendieron en
sus pieles de oso, pensando visitar al día siguiente la costa oriental de la
Isla, para cazar las cebellinas que se habían mostrado en bastante número en
los pequeños bosques.
Por mas
que estaban cansados por haber cazado buena parte del día, no pudieron
conciliar el sueño.
Les
parecía oír a cada instante los murmullos y los silbidos; pero se engañaban sin
duda, pues el mastín no daba señales de estar inquieto.
Alguna
vez dejaban su cálido albergue para ver si aquella luz se proyectaba aún sobre
la Isla, pero sin resultado; parecía que el monstruo se había alejado o
adormecido.
Fatigados
de la víspera, acabaron por dormirse. Su sueño fue breve, pues hacia las seis,
cuando el sol empezaba a levantarse fueron bruscamente despertados por una
detonación.
MacDoil
se levantó prontamente, y cogió su carabina, que tenía siempre a mano, mientras
Sandoe exclamaba:
—¿Has
oído? ¡Un tiro!
—Si; de
escopeta, con carga gruesa.
—¿Sí será
el cetáceo?
—¿El que
dispara el tiro? ¿Estás loco Sandoe?
—¡Si la
isla está desierta!
—Será el
buque de la Compañía.
—O un
barco que da caza al monstruo.
—¡Fuera,
Sandoe, fuera!
Se
desembarazaron de las mantas, y salieron precipitadamente llevando las armas
consigo.
Afuera,
el mastín ladraba furiosamente, mirando al Norte. Parecía que se preparaba a
acometer a un enemigo invisible.
Ambos
cazadores miraron hacia el mar. En ninguna dirección descubrieron
embarcaciones, ni en el horizonte penacho alguno de humo que indicase la
presencia de un vapor, así como ninguna masa oscura revelaba la presencia de un
velero. Ni siquiera el monstruo marino aparecía por parte alguna.
MacDoil y
Sandoe, a quienes un vago miedo empezaba a inquietar, se miraron mutuamente con
estupor.
—Amigo
Sandoe —dijo el primero—, suceden aquí tales cosas, que hacen poner la piel de
gallina. Si tu…
La frase
quedó cortada por otra detonación que estalló a unos doscientos pasos de la
choza, detrás de una roca.
—¡Otro
tiro! —exclamó Sandoe.
—¡Alguien
está cazando allí! —dijo MacDoil en el colmo del asombro—. ¡No cabe duda; un
tiro de escopeta de grueso calibre!
—Si; mira
aquella nubecilla de humo que sale por el ángulo de aquella roca.
—¡Por
cien mil focas! ¡Quiero ver quién es el cazador caído del cielo o surgido del
mar!
—¡Yo
también, MacDoil!
—¡Pon el
collar a «Camo», y en marcha!
Cargaron
las armas por precaución y corrieron hacia la roca para ver al nuevo cazador
que nunca habían visto, por más veces que recorrieron la Isla de Norte a Sur y
de Este a Oeste.
El mastín
seguía ladrando y pugnaba por librarse de la mano de Sandoe para precipitarse
adelante; pero el cazador, sabiendo cuánta era la ferocidad del can, lo
mantenía sujeto.
En pocos
minutos atravesaron un pequeño valle que los separaba de la roca, y al dar la
vuelta a una colina se encontraron frente a frente con los desconocidos, que
estaban despellejando una zorra y un lince, victimas de dos tiros.
Uno de
los desconocidos tendría de treinta y seis o treinta y ocho años. Era un hombre
de alta estatura, con la cara cubierta por una espesa barba bien cuidada, ojos
azules y nariz algo arqueada, y vestía un traje de piel de foca muy aseado,
altos borceguíes de cuero y en la cabeza una gorra de piel de nutria.
El otro
era siete u ocho años más joven, más bajo, de aspecto más rudo, piel bronceada,
ojos castaños, barba rubia, pero descuidada, y con aire de marinero. Vestía
como su compañero, sólo que en la cabeza llevaba una gorra de grueso paño azul,
parecida en la forma a la que usan los grumetes.
Cerca de
ambos había dos espléndidas carabinas de doble cañón.
Al llegar
los dos cazadores, se levantaron y los miraron con viva curiosidad; luego, el
que parecía amo o comandante, dijo en inglés, con exquisita urbanidad:
—¡Buenos
días, señores!
MacDoil y
Sandoe estaban tan sorprendidos con la aparición de los desconocidos, que al
pronto no hallaron palabras para responder, hasta que por fin el primero lo
hizo con cierto embarazo.
El hombre
alto se acercó y dijo sonriendo:
—¿A lo
que parece, estáis sorprendidos de ver hombres en esta Isla?
—Así es,
caballeros —respondió MacDoil—. Hasta ayer la Isla estaba desierta.
—Lo creo,
pues hemos llegado esta mañana —repuso el desconocido, siempre sonriendo.
—Pero,
perdonad, caballero, ¿en qué buque habéis venido?
—En el
mío.
—¿Se
puede saber de dónde venís, señor?
—De Attu,
donde dejé mi buque.
—¡Buena
travesía, por cierto, si la habéis hecho en una embarcación!
—No digo
lo contrario.
—¿Y
habéis venido a cazar aquí?
—Me
dijeron que en esta isla abundaba la caza, y por eso he venido.
—¿Y
permaneceréis mucho tiempo?
—Algunos
días.
—Entonces,
podemos ofreceros hospitalidad en nuestra choza. No es una casa cómoda: todo lo
contrario; pero estaréis al abrigo del viento norte, que sopla frigidísimo de
noche.
—Es un
ofrecimiento que me apresuro a aceptar, señor…
—Harry
MacDoil.
—Señor
MacDoil.
Luego,
volviéndose hacia su compañero, que durante este coloquio no habla pronunciado
una sola silaba, le murmuró algunas palabras en una lengua que ni MacDoil ni
Sandoe hablan oído nunca.
El
marinero hizo un signo afirmativo con la cabeza y se alejó en dirección a la
playa, lejana de allí unos trescientos metros, y que sólo se descubría a medias
por estar resguardada por una alta escollera.
—Estoy
dispuesto a seguiros —dijo el desconocido, volviéndose a MacDoil.
—¿Queréis
venir a la choza, señor…?
—Orloff
—añadió el cazador extranjero, inclinándose ligeramente.
—Venid,
señor Orloff —continuó MacDoil—. Quizá tengáis hambre, habiendo pasado la noche
en el mar.
—¿Y
vuestro compañero? —repuso Sandoe.
—No
paséis cuidado: nos encontrará, sabiendo dónde está la choza.
El
extranjero recogió las dos pieles y siguió a los cazadores ágilmente, con el
contoneo particular de los marinos acostumbrados al vaivén de los barcos en
alta mar.
—Tenéis
un magnífico perro —dijo de pronto, mirando a «Camo», que saltaba delante de
Sandoe—. Ni siquiera debe de tener miedo a los osos blancos ni a los grises.
—No,
señor Orloff —contestó MacDoil—. Es capaz de hacer frente a un tigre.
—¡He aquí
un animal que seria precioso para las exploraciones polares!
—Lo creo.
—¿Lo
cederíais si alguien quisiera comprarlo?
—No,
señor. Es nuestro fiel compañero.
—¿Es
vuestro, señor MacDoil?
—Si; lo
compré hace tres años en Kamchatka.
Calló el
señor Orloff, si bien seguía mirando al mastín y a los dos cazadores con
particular atención, admirando tal vez la poderosa musculatura del uno y la
agilidad del otro.
Ya en la
choza, MacDoil le invitó a entrar, diciendo con fina cortesía:
—No
podemos ofrecer otra cosa mejor; pero encontraréis para descansar pieles
calientes, que gustosos os cederemos, y una hornilla, que bien pronto hará
hervir las ollas.
—¡Gracias!
—respondió el señor Orloff—. No dejaré de aprovechar vuestra hospitalidad.
—Os
advierto que la choza está atestada de objetos distintos.
—¡Estoy
acostumbrado a los camarotes de los barcos!
CAPITULO
IV. UNA EXTRAÑA PROPOSICIÓN
Pocos
minutos después, mientras el extranjero estaba acomodado en una piel de oso,
MacDoil y Sandoe se afanaban en torno de la marmita para hacer hervir su pedazo
de pemil ahumado y asar una hermosa nutria que mataron la víspera.
El
marinero había llegado con un gran canasto atestado de galletas, cajas de carne
en conserva, anchoas, frutas secas y botellas que parecían llenas de vino,
extendiendo al propio tiempo sobre una caja una servilleta blanca como si
acabara de salir de manos de una lavandera.
Los dos
cazadores, que repararon en las botellas y en aquel aparato insólito para
ellos, acostumbrados a los toscos y poco variados manjares a que se veían
reducidos en aquella isla desierta, se dieron tanta maña, que una hora después
estaban en disposición de brindarles con una sopa de pemmican, el
pemil y el asado.
—Señor
Orloff —dijo MacDoil con la mayor amabilidad—, os ruego que os preparéis a
aceptar lo que os ofrece nuestra pobre despensa.
—A fe mía
que no esperaba tanto bueno en esta isla desierta —respondió el extranjero
alegremente—; os aseguro que haré honor a vuestra cocina de cazadores, a
condición de que vosotros no hagáis ascos a estas viejas botellas de vino que
vienen de la lejana Europa.
—Con
mucho gusto, señor —dijo Sandoe—; mayormente en nuestra calidad de europeos.
—¡Ah!
¿Sois europeos? —exclamó Orloff—. Os creía americanos.
—No,
señor —dijo MacDoil—. Yo soy un isleño de las Hébridas, y mi compañero, del
Far-Oer.
—Sí; de
Ostero —añadió Sandoe.
—¿Un
escocés y un dinamarqués? —dijo el extranjero—. Me alegro de haber encontrado
unos compatriotas a medias.
—¿Sois
también europeo? —preguntó MacDoil.
—Sí.
Los
cazadores aguardaban oír de qué nación; pero el señor Orloff continuó
sonriendo, sin añadir una sílaba.
Los
cuatro hicieron los debidos honores a la comida, singularmente al asado de
nutria, que podía parangonarse con el de cordero; a las conservas, a las frutas
secas y a las botellas de un vino tan delicioso, que los dos cazadores no
recordaban haberlo bebido igual desde hacía muchos años.
—¡Exquisito!
—repetía MacDoil, ya de buen humor—. ¡En Alaska no se bebe tan bueno!
—Lo creo
—respondió evasivamente el extranjero.
—Decidme,
señor Orloff —dijo de pronto Sandoe, que también se había vuelto hablador—; en
vuestra travesía, ¿no habéis visto algún monstruo marino?
—¡Un
monstruo marino! —exclamó Orloff, cambiando una rápida mirada con el marinero—.
Ni siquiera he visto una foca.
—¿No
habéis oído silbidos? —añadió MacDoil.
—Nada.
—Es
extraño.
—¿Por
qué, señor MacDoil?
—Porque
hace unos días que recorre las aguas de esta isla un cetáceo misterioso que
asusta a las nutrias de tal modo, que es imposible cazarlas.
—¿Las
nutrias? ¿Y qué os importa a vosotros las nutrias?
—¡Es
verdad, señor Orloff! No os habíamos dicho que somos cazadores al servicio de
la Compañía de pieles ruso-americana.
—¡Ah!
¿Sois cazadores? ¿Por eso os encuentro en esta isla desierta?
—Sí,
señor Orloff.
—¿Y
recogéis las pieles para la Compañía?
—Sí.
—Me
parece que vuestra vida es poco brillante.
—Poco
envidiable, en verdad; pero hay que vivir.
—¿Y
ganáis mucho?
—Hay años
en que abundan los animales y la estación es tan propicia, que podemos
embolsamos mil dólares limpios de gastos.
—Mientras
la Compañía, con vuestras pieles gana cinco o seis mil. No hay compensación
para vuestros peligros y privaciones.
—Lo sé,
señor Orloff. Si de mí dependiese, me dedicaría a traficar en pieles como mi
padre; pero ahora estoy ligado a la Compañía por un buen número de años.
El señor
Orloff permaneció silencioso algunos instantes, mirando a los cazadores, hasta
que dijo de repente:
—Si
alguien os ofreciese una buena suma, así como unos diez mil dólares, ¿os
resolveríais a tomar parte en una expedición dificultosa al país de los hielos
eternos?
—¡Por
cien mil focas! —exclamó MacDoil—; ¿quién es el hombre que me ofrece diez mil
dólares?
—¡Quisiera
verlo —añadió Sandoe—, y mandaría al diablo a la Compañía y sus pieles!
—No sé
quién es; pero volveremos a hablar —dijo Orloff con misteriosa sonrisa—. ¡Eh,
Kustoff; otra botella!
El
marinero sacó, no una, sino dos botellas del cesto, y las destapó, poniendo una
ante el patrón y la otra ante los cazadores.
El
marinero, en lugar de sentarse a la mesa improvisada, se divertía en echar al
perro galletas pequeñas que sacaba del fondo del canasto. Debían de ser
excelentes, porque «Camo» las comía con avidez, lamiendo hasta las migajas.
Entretanto,
MacDoil y Sandoe seguían charlando y bebiendo; parecían estar ebrios, y
bostezaban como dos osos que no hubieran dormido en un mes. Contaban al señor
Orloff la historia del monstruo marino; pero su lengua se volvía torpe,
divagaban y cerraban involuntariamente los ojos, mientras el extranjero
callaba, limitándose a sonreír.
«Camo»
parecía también atacado de un sueño irresistible, pues se había echado sobre
una piel de oso y roncaba estrepitosamente.
En un
momento, Sandoe perdió el equilibrio y cayó en brazos del taciturno marinero,
que se había colocado detrás de él como presintiendo la caída.
MacDoil
luchaba con el sueño, hasta que poco a poco las fuerzas le abandonaron y acabó,
como su compañero, por caer en brazos del marino, que lo tendió en el suelo.
El señor
Orloff se levantó.
—¡El
narcótico ha hecho su efecto! —dijo—. Espero que no despertarán antes de
veinticuatro horas y que aceptarán su voluntaria prisión.
Avanzó
hacia la puerta de la choza e hizo al aire dos disparos de pistola.
Poco
después, hacia la costa oriental de la isla, se vieron surgir del mar dos
inmensos chorros de agua, seguidos de aquel rumor y de aquel silbido que tanto
inquietaron a los cazadores.
—Están
para venir —dijo Orloff al marinero.
—Vamos a
encontrarlos.
Cuando
MacDoil, aún medio adormecido y aturdido por la embriaguez, abrió los ojos, se
encontró, con gran estupor suyo, tendido en una cómoda hamaca que oscilaba
lentamente como si estuviese colgada en el puente de un barco.
Creyendo
soñar o estar embriagado, se incorporó para sentarse, buscando con la mano su
piel de oso; pero en su lugar encontró una gruesa y tupida cubierta de lana.
Miró
alrededor, maravillado, y se dio cuenta en seguida de que no estaba en su
choza.
—¿Dónde
estoy? —gritó—. ¿Si estaré soñando? ¡Hola! ¿Qué ruido es éste? Parece como si
estuviese en un buque de vapor, o que yo…
Se
interrumpió, volviendo a mirar en torno con la mayor ansiedad y presa de alguna
inquietud.
Se
encontraba en una estancia cerrada, de tres metros de larga por algo menos de
ancho, y dos de alto, alumbrada por la lámpara contenida en un globo de vidrio,
la cual proyectaba una luz ligeramente azulada, pero intensa.
Bajo su
hamaca había un rollo de pieles, las que había secado y salado en su choza; las
dos cajas que contenían su vestido y el de Sandoe y enroscado en un grueso
tapete de fieltro estaba «Camo», que seguía roncando.
En la
parte opuesta, colgada de dos anillos, pendía otra hamaca, la cual parecía
ocupada por alguien, porque se oían ronquidos.
—¡Diantre!
—exclamó el hebridense pellizcándose furiosamente los brazos—. ¿Sueño o estoy
despierto? ¿Dónde estoy? ¿Qué ha sucedido desde el banquete con Orloff? ¿Si me
habré vuelto loco, o aquel delicioso gin me habrá turbado la vista de modo que
vea las cosas cambiadas?
Se
deslizó de la hamaca, y le pareció como si el pavimento resonase metálicamente.
Aguzó el
oído y oyó distintamente golpes sordos parecidos a los que producen los émbolos
de una máquina de vapor, si bien no sentía el olor que esparce el carbón, ni la
grasa que se emplea para lubricar las diversas piezas de la maquinaria.
Al mismo
tiempo notó que todo aquello oscilaba, de derecha a izquierda.
—¡Esto es
balanceo! ¡Un antiguo grumete no puede engañarse!
Se volvió
al mastín y le sacudió rudamente llamándole por su nombre; pero «Camo» parecía
embriagado por aquel gin traidor, pues continuaba durmiendo y
no se despertaba por nada.
—¡Por mil
ballenas! —exclamó MacDoil—. No saco nada en limpio, y temo que aquella
condenada isla estuviera embrujada. ¡Ea! Allí hay alguien que ronca en la
hamaca. ¡Aunque sea el diablo en persona, le cogeré de la nariz, y le obligaré
a que me explique estos misterios!
Cogió la
hamaca y la meció tan bruscamente, que hubiera podido despertar a un muerto. Un
grito de sorpresa y de alegría se le escapó.
—¡Sandoe!
Le tiró
de la nariz fuertemente, gritando:
—¡Eh,
amigo, despierta! ¡Por mil focas!
El danés
dio señales de vida con un pavoroso estornudo, seguido de un formidable voto:
—¡Cuerno
de narval!
—¡De
narval o de rinoceronte, salta al suelo! —bufó MacDoil—; y te juro que se te
erizarán los pelos cuando sepas lo que sucede aquí.
—¿Lo
dices de veras, MacDoil?
—¡Vaya
que si! Baja y…
Un agudo
silbido, que repercutió en el camarote con fuerte eco, le heló la palabra en la
boca; en seguida resonó aquel murmullo que oyeron en la costa de la isla.
—¡Rayos y
truenos! ¿Dónde estamos?
—¿Dónde?
¡En el vientre del monstruo!
Sandoe se
había precipitado ya de la hamaca con los cabellos erizados y el semblante
transfigurado por inexplicable terror, y se lanzó adelante, como si quisiera
huir; pero fue a topar contra la pared opuesta.
—¿Quieres
romperte la nariz? —gritó MacDoil.
—¿Dónde
estamos? ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está el señor Orloff y su marinero?
—No lo
sé; los dos han desaparecido.
—¿Si
serán dos diablos?
—Nunca
creí en diablos; pero ahora empiezo a creer que aquel caballero lo era. ¡Ah, el
silbido! ¿Dónde estamos?
En aquel
instante se abrió bruscamente una puerta, desde la cual pronunciaron en inglés
estas extrañas palabras, con entonación calmosa:
—Señor
MacDoil, aquí estamos a doscientas cincuenta millas del Estrecho de Behring y a
doce metros de profundidad. ¿Estáis satisfecho?
Al oír
aquella voz, los cazadores se volvieron rápidamente, y viéronse ante un hombre
de estatura mediana, de robustas formas, de mirada limpia y osada, de cabellos
rubios ligeramente rizados, con una barba corta partida en dos en la barbilla,
y de piel blanca rosada. Podría tener treinta y cinco años lo mismo que
cuarenta y cinco, aunque más probable era que tuviera menos que más a juzgar
por la frescura de su tez, si bien los cabellos que se escapaban de su gorra de
piel de nutria empezaban a encanecer.
Vestía un
traje completo de piel de foca, y llevaba polainas como las que usan los
cazadores de la Compañía de la Bahía de Hudson.
MacDoil
se había lanzado a él, exclamando con voz alterada:
—Decís,
señor…
—Que nos
encontramos a doscientas cincuenta millas del Estrecho de Behring —respondió el
desconocido con voz tranquila.
—Y…
—A doce
metros bajo la superficie del mar.
Al oír
esto, Sandoe se había apoyado en la pared como si las fuerzas le abandonaran de
pronto, mientras MacDoil dio dos pasos atrás con el terror pintado en el
semblante. ¡Era para espantarse! Encontrarse a doce metros bajo el mar quería
decir, a lo menos para los dos cazadores, que estaban a pique de ser engullidos
por las aguas del Estrecho.
El
desconocido advirtió, sin duda, lo que pasaba por las mentes de los cazadores,
pues añadió sonriendo:
—No os
asustéis, MacDoil; ni vos tampoco Sandoe. Si bien navegamos a doce metros de
profundidad y se ha dado orden de bajar otros cincuenta metros, no corréis
ningún peligro; os doy mi palabra.
—¿Otros
cincuenta metros? —exclamó MacDoil—. ¡Nos ahogaremos todos, caballero! Si
queréis hacer compañía a los peces, nosotros no, ahora por lo menos.
—¿Queréis
volver a subir?
—Sí,
señor.
—Sí, sí
—repitió Sandoe—. ¡Me parece que tengo el agua al cuello y que estoy lleno como
un pellejo que va a reventar!
El
desconocido se acercó a la pared opuesta, apretó un botón en el que no se
habían fijado los dos cazadores, y dijo:
—Ya está;
dentro de pocos instantes veréis el sol.
—¡El sol,
MacDoil! ¡Creo volverme loco o estar soñando!
—Ni lo
uno ni lo otro —respondió el desconocido—. ¡Seguidme!
Abrió la
puerta y empezó a subir una escalera de hierro tan estrecha, que apenas dejaba
paso a un hombre delgado.
MacDoil y
Sandoe, llevados de irresistible curiosidad, se precipitaron tras el individuo.
Una
límpida luz, que no se parecía a la que alumbraba el camarote, bajaba desde una
abertura que estaba encima de la escalera: era la luz del sol.
Ambos
cazadores, cada vez más aturdidos, se precipitaron adelante, y se encontraron
en una especie de plataforma rodeada de una fuerte barandilla de hierro, en
tomo de la cual se quebraban las olas.
—¡He aquí
el sol! —dijo el misterioso personaje, señalando al astro diurno, que brillaba
en el cielo sin nubes.
MacDoil y
Sandoe dieron un grito al unisono.
—Estamos…
—En un
buque submarino —concluyó el desconocido.
El
hebridense y su compañero quedaron anonadados de sorpresa.
Pegados
el uno al otro, miraban, ora la plataforma, que salía del agua apenas un metro
y parecía formada de planchas de acero imbricadas, ora hacia el mar,
completamente desierto, y cuyas ondas iban a morir en la extremidad inferior de
la balaustrada, o bien a aquel extraño personaje, que con los brazos cruzados
sobre el pecho los miraba tranquilamente.
Sin duda
se preguntaban a qué extraordinarios sucesos debían el encontrarse, después de
aquella botella de gin, a bordo de aquel submarino que hasta
entonces habían tomado por un monstruo, y trataban de inquirir cómo fueron allí
transportados.
—¡A bordo
de un buque submarino! —exclamó MacDoil.
—¡Hablad!
—dijo el desconocido, viendo la pausa del hebridense.
—Quisiera
preguntaros si sois un pirata. ¿Quién os ha inducido para sacamos de la isla?
—Vosotros.
Al oír
esta inesperada respuesta, MacDoil miró de hito en hito a Sandoe.
—¡Nosotros!
—exclamó—. O sigo con el cerebro perturbado por el gin, o…
—¡Continuad!
—añadió el desconocido—. ¿Queréis decir acaso que no os acordáis de lo que
habéis dicho?
—¡Oh!
¡Aún tengo buena memoria, caballero!
—No lo
parece; yo soy el hombre que aceptó vuestros servicios pagándoos diez mil
dólares.
—¡Zambomba!
¡Sois así el hombre de los diez mil dólares! ¡Pues sed bien venido!
El
desconocido sonrió, diciendo:
—Veo que
os mostráis razonables, y eso me place.
—¿Es por
eso por lo que nos habéis traído aquí? —preguntó MacDoil.
—Sí.
—No era
necesario, pues os aseguro, caballero, que para ganar esa suma os hubiéramos
seguido hasta el fin del mundo.
—Pero no
quizá en un barco submarino.
—Es
verdad —dijo Sandoe riendo—. Teníamos la manía de que esto era un monstruo
espantoso, y no sé si os hubiéramos seguido.
—Ya veis
cómo Orloff hizo bien en embriagaros y daros un narcótico.
—¿El
señor Orloff? —exclamaron los cazadores—. ¿Dónde está?
—¡Aquí
estoy! —repuso una alegre y bien timbrada voz.
Orloff,
que aparecía en aquel momento en lo alto de la escalera, saltó ágilmente sobre
la plataforma.
—Espero
que me habréis perdonado la jugarreta que os hice —dijo estrechando las manos a
los cazadores.
—Si, a
condición de que nos deis a probar otra vez aquel delicioso gin,
pero sin el narcótico —respondió MacDoil riendo.
—En la
comida os ofreceremos otro. ¿No os reís, señor Nikirka?
—Sí
—contestó el aludido por este nombre.
Luego,
después de echar una mirada al mar, añadió:
—Señor
Orloff, os dejo con estos buenos europeos.
Saludó a
los cazadores y entró en el buque, mientras éste, que estaba inmóvil, se ponía
en marcha, dejando a popa dos estelas espumantes y blancas.
—¿Marchamos?
—preguntaron el hebridense y Sandoe, cogiéndose a la plataforma para mantenerse
en equilibrio.
—Queremos
llegar al estrecho de Behring —dijo Orloff.
—Señor
Orloff, espero que nos daréis explicaciones. Diez mil dólares son una bonita
cantidad, y soy feliz en ganarlos; pero quisiera saber al menos adónde voy, y
otras cosas más.
—Estoy a
vuestra disposición, MacDoil; hablad.
—Ante
todo, ¿adónde vamos?
—Hacia el
Norte.
—¿Por qué
motivo?
—Yo mismo
lo ignoro. El comandante del buque es el ingeniero Olaf Nikirka, y yo no soy
más que el segundo; esto es, el hombre que dirige el Taymir,
conforme a las órdenes que recibe.
—Lo mismo
nos da ir a una parte que a otra; ¿no es cierto, Sandoe? Lo que quisiéramos
saber es la duración de nuestro enganche.
—Seis
meses, o acaso menos. Si por circunstancias independientes de la voluntad del
comandante hubiera de prolongarse vuestro enganche, tendréis paga doble.
—El señor
Nikirka debe de ser muy rico para regalar así miles de dólares.
—Podéis
figurároslo por este maravilloso barco, que le cuesta no menos de ciento
cincuenta mil dólares.
—Esperamos
que podremos visitar este buque.
—Cuando
queráis.
—Una
pregunta, señor Orloff. ¿Sois americano?
—No;
finlandés, como el comandante.
—¡Oh!
¡Rusos!… Otra cosa deseaba saber. ¿Es vuestro buque el que rondaba nuestra
isla?
—Sí,
MacDoil. Había sufrido una avería en la máquina, y teníamos que repararla.
—¿Y
fuisteis vos el que alumbró la isla con un reflector?
—Sí;
queríamos ver qué habitantes había.
—¿Y nos
visteis?
—Perfectamente
—repuso Orloff—. Nikirka y yo estábamos en la plataforma provistos de
excelentes catalejos.
—¿Os
éramos necesarios?
—Nos
figuramos que seríais los cazadores de la Compañía ruso-americana. Nos habíais
descubierto el día que nos soltasteis un arponazo y dos tiros, y sabiendo que
la Compañía sólo contrata valientes tiradores, creímos que nos seríais
utilísimos en los hielos. He aquí el motivo de traeros a bordo del Taymir.
—Creo que
hicisteis bien. Ahora que sabemos que el formidable monstruo es un buque
submarino, no nos pesa hacer un viaje a las regiones polares con tan buena
compañía; tanto más cuanto que ganamos una buena suma. ¿No es así, Sandoe?
—Sí,
MacDoil.
—¿Queréis
visitar el buque? —preguntó Orloff.
—Estamos
a vuestras órdenes.
—Seguidme
entonces.
CAPITULO
V. EL BUQUE SUBMARINO
Orloff no
les había mentido al llamarle «buque maravilloso». Era, en realidad, una de las
más espléndidas y perfectas embarcaciones submarinas que el hombre haya podido
imaginar. Los dos cazadores no pudieron menos de maravillarse ante aquella obra
maestra, ideada por el ingeniero finlandés y construida bajo su dirección en
uno de los mejores astilleros del Báltico, como les dijo el segundo de a bordo.
Era un
verdadero coloso en comparación con el otro varado en 1859 en Newcastle, y que
suscitó tantas polémicas en la Prensa europea, creyendo haberse resuelto el
difícil problema de la navegación submarina, pues de proa a popa medía cuarenta
y dos metros, o sea treinta y dos más, mientras su mayor anchura alcanzaba
otros nueve.
La forma
era de un huso perfecto. Estaba dividido en diez compartimientos casi iguales,
seis destinados a alojamiento y a cocina, dos a la maquinaria y los otros dos a
almacenes; mientras las dos extremidades servían para el lastre de agua
necesaria para la inmersión del buque.
El
ingeniero Nikirka debió de haberse inspirado en el buque varado en Newcastle,
el mejor tipo que ha servido de modelo, salvo algunas modificaciones, a los
últimamente construidos en Francia, en Italia y en España, pues adoptó su
configuración y sus medios de inmersión, de subir a flote y de dirigirlo con
seguridad. No obstante, había introducido en la locomoción grandes mejoras, que
hacían del Taymir el más rápido, el más poderoso y también el
más seguro de todos los de su tipo. Construido enteramente de acero, podía
soportar las presiones más extraordinarias, si bien el ingeniero previó el caso
de que las planchas metálicas, por una causa cualquiera, un choque violento o
una varadura, cediesen y abriesen una vía de agua, ahogando irremisiblemente a
los que los tripulaban.
Para
evitar los peligros que amagaban al buque que iba a emprender el misterioso
viaje al océano polar, tan abundante en hielos flotantes, que con sus puntas
producen grandes averías, el finlandés, precediendo a los modernos
constructores, había guarnecido completamente las planchas de acero, en su
parte interna, con una espesa capa de aquella materia celulosa, hace muchos
años descubierta por el almirante de la Barriére, que puede hacer insumergible
cualquier buque, aunque sea de guerra.
Esa
materia, que se extrae de la fibra de la nuez de grana, goza de la propiedad
maravillosa de estar dotada de tal elasticidad, que al ser atravesada por un
proyectil o agujereada por la punta de una roca, se cierra por si misma,
impidiendo así la inmersión.
Siendo su
densidad Ínfima, pues no pesa más de ciento veinte o ciento treinta kilogramos
el metro cúbico, pudo el ingeniero embutir, por decirlo así, su buque en los
espacios comprendidos entre las planchas metálicas y la armadura interna, sin
aumentar notablemente el peso y sin ocupar demasiado espacio.
No se
limitó a este doble reparo, que debía volver insumergible al Taymir,
pues además le proveyó de doce compartimientos, que, en caso de un desastre,
podían servir de tanques, con dobles puertas de hierro que se ensamblaban
exactamente y con los bordes revestidos de caucho.
Alejado
el peligro de una invasión de agua en el interior, el valiente finlandés dedicó
todo su ingenio a la locomoción de aquel gigantesco huso de acero y a los
medios de gobernarlo libremente encima y debajo del agua.
En esto
superó al buque inglés, descartando la electricidad, insuficiente todavía en
aquella época para obtener una rápida locomoción, y limitándose a adoptarla
sólo para el alumbrado interior.
No
pudiendo, por razones fáciles de comprender, utilizar la máquina de vapor, que
habría obligado al buque a mantenerse siempre a flote para dar salida al humo,
y que hubiera ocupado un gran espacio para el depósito de carbón, el ingeniero
empleó una nueva fuerza, más potente, valiéndose de los últimos descubrimientos
de la ciencia, o sea, del hidrógeno liquido.
Como es
sabido, este gas, en estado líquido, ocupa un espacio infinitamente pequeño,
mientras al contacto del aire, tomando su estado gaseoso, se dilata
enormemente, con más fuerza y más amplitud que el vapor.
El
ingeniero Nikirka había encontrado el medio de utilizar aquella fuerza,
adaptándola al mecanismo de su invención, el cual maniobraba perfectamente como
una máquina de vapor. Provisto de una reserva considerable de hidrógeno
líquido, aprisionado en tubos de acero de gran potencia, para impedir
explosiones, que producirían fatales consecuencias, podía navegar largarmente y
obtener una velocidad extraordinaria, proporcionada a la tremenda fuerza
expansiva del gas.
La
máquina, movida por la fuerza de aquel gas, que funcionaba como el agua
transformada en vapor, era suficiente para imprimir al buque una velocidad de
quince y aun de dieciocho nudos por hora en caso necesario, superando a los más
rápidos steamers construidos en aquel decenio.
Para
hacerlo más manejable, dotó al huso de dos hélices, situadas a popa entre dos
conchas lo bastante amplias para la libertad de sus movimientos, pero que al
mismo tiempo las protegía contra cualquier choque de los hielos o de otros
obstáculos, y de un ancho timón en figura de triángulo.
Para la
inmersión había inventado un nuevo sistema, que veinte años después debía
servir al señor Nordenfeld, el célebre inventor de los cañones y ametralladoras
de ese nombre, para la construcción de su buque submarino, el tipo más perfecto
de los construidos en el decenio 1880-1890.
No
pudiendo contar absolutamente con el lastre liquido de las extremidades del
huso, que podía sufrir mermas e impedirle llegar a considerables profundidades,
hizo construir a los flancos del buque dos hélices de grandes dimensiones, que
funcionando en sentido vertical, debían necesariamente hundirlo hasta el limite
deseado.
Para
mantenerlo en el descenso en su posición normal, le dotó de dos timones en
balanza, fijos en la misma tabla y mantenidos en horizontalidad constante
mediante un peso considerable.
Obvio es
decir que también estas hélices, lo mismo que las de popa, estaban resguardadas
por dos conchas o tambores.
La
cuestión del alumbrado fue asimismo acertadamente resuelta por el ingeniero
finlandés. La prodigiosa fuerza desarrollada por el hidrógeno era aprovechada
por una pequeña dínamo que le suministraba la luz eléctrica necesaria para
alumbrar, no sólo el interior del buque, sino también el exterior, durante la
navegación nocturna o a una profundidad adonde no llegara la luz solar.
Un
potente foco de 3000 bujías, emplazado en una especie de torrecilla a popa,
pertrechado con vidrios de un espesor suficiente para soportar las más fuertes
presiones, proyectaba ante el buque un haz de luz en forma de abanico, que
permitía al timonel, colocado en otro recinto de vidrio a popa, ver cualquier
obstáculo a distancia de cincuenta metros o más.
De día,
la luz que entraba por la boca de la plataforma, situado el buque en la
superficie, o por los dos jaulones de vidrio y por las lentes de cincuenta
centímetros de diámetro situadas a los costados del huso, en caso de sumergirse
a pequeña profundidad, era ya suficiente para alumbrar el interior. Tampoco se
había olvidado el problema de la respiración en aquella prisión metálica, que
podía convertirse en tumba en el caso de que, por una avería de la máquina o
por otro motivo, el buque se viese obligado a permanecer sumergido hasta
agotarse la provisión de aire.
Para
evitar este inconveniente peligrosísimo, el ingeniero había hecho construir dos
tubos de goma de doscientos metros, uno a proa y el otro a popa, provistos al
extremo opuesto de flotadores de corcho, de modo que subieran instantáneamente
a la superficie, y de dos válvulas automáticas que debían abrirse al primer
contacto con el aire. Estos tubos estaban sostenidos por unas tenazas que
comunicaban con el interior del buque, de modo que se podían soltar con toda
libertad. De esta suerte, aunque la nave se encontrase a doscientos metros de
profundidad, podía recibir la provisión de aire necesaria para su tripulación.
—¡Por
cien mil focas! —exclamó MacDoil, que acababa de oír las explicaciones dadas
por el señor Orloff durante la visita del buque maravilloso—. ¡Nunca he visto
cosa parecida, ni hubiera creído que los hombres encontraran medio de navegar
bajo el agua en competencia con los peces!
—MacDoil
—decía Sandoe—, si no estuviera seguro de hallarme despierto, diría que todo lo
que ha sucedido de cinco días a esta parte es un sueño.
—Lo creo
—respondió el hebridense—. Pero decidme, señor Orloff: ¿Estamos solos en el
buque? No nos habéis enseñado el último camarote, y me pareció oír roncar a
alguien al pasar ante la puerta.
—Hay
otros tres marineros, encargados del manejo de la máquina, de la limpieza y de
la cocina. A uno ya le conocéis.
—¿Aquel
bribón que compuso la famosa botella y que vimos ante la máquina?
—Si; el
mismo, MacDoil.
—Es una
tripulación muy reducida.
—Pero
suficiente, pues la máquina no necesita servicios tan fatigosos como la de
vapor. Los dos marineros duermen ahora, pues han velado toda la noche, durante
nuestro arribo a vuestra isla; pero los veréis pronto.
—Señor
Orloff —dijo Sandoe rascándose la cabeza, como si le atormentase alguna idea—,
quisiera pediros una explicación.
—Hablad,
amigo.
—He
observado a proa del barco, encima de la sentina del agua, una especie de canal
oscuro cerrado por un grueso vidrio. ¿Querríais decirme para qué sirve?
—Es un
tubo para lanzar torpedos.
—¡Torpedos!
¿Se trata de un buque de guerra?
—Nada de
eso. ¿Queréis que vayamos a declarar la guerra a los osos blancos?
—Entonces,
¿para qué sirven esos instrumentos de destrucción?
—No lo
sé; acaso para los hielos.
—Decidme,
señor Orloff —preguntó MacDoil—, ¿no hay peligro de que el buque se deshaga
bajo la presión del agua bajando a considerable profundidad?
—No lo
temáis. Os diré, ante todo, que está formado por planchas de acero de un
espesor de cinco centímetros en el centro y de dos en los lados, lo cual le da
una resistencia excepcional.
—Está
bien; pero si hubiera de bajar a quinientos, ochocientos o mil pies de
profundidad, no podría resistir la presión.
—Viejas
teorías corren por ahí, pero que el señor Nikirka y yo hemos averiguado que son
enteramente falsas. Se ha creído hasta ahora, y acaso se seguirá creyendo por
mucho tiempo, que el agua, comprimiéndose por su propio peso, debía alcanzar a
cierta profundidad una densidad igual a la de los metales más pesados,
impidiendo tocar fondo a los mayores buques. ¡Locura, MacDoil, locura! Que a
mayor profundidad el agua sea más densa, es verdad; pero que llegue a la
densidad de los metales, no. El agua es apenas compresible. Si así no fuese,
¿cómo podrían vivir a quinientos y seiscientos metros de profundidad las
estrellas marinas y las concháceas? Necesitarían estar blindadas. No os
inquietéis, pues, acerca de la resistencia del Taymir. Bajará al
fondo del Océano sin que se hunda ninguna de sus gruesas planchas metálicas.
—Señor
Orloff —dijo Sandoe—, ¿podremos ver los peces?
—Si; por
más que los océanos polares son escasos en habitantes acuáticos. Basta
colocarse ante una de las lentes.
—¿No se
rompen?
—Son
gruesas, como para desafiar una bala de fusil. ¡Eh! La campana nos llama a
comer. Seguidme; es mediodía.
CAPITULO
VI. UNA CARRERA BAJO EL MAR
El
departamento destinado a comedor estaba situado a popa, precisamente bajo el
foco de luz eléctrica que servía de lucerna de día, cuando el buque navegaba en
la superficie o a poca profundidad.
Era un
hermoso y cómodo camarote de seis metros cuadrados, con las paredes forradas de
madera, el pavimento cubierto de un espeso tapiz, y amueblado con perfecta
elegancia; armarios con vitrinas, divanes que en caso necesario podían
transformarse en camas, sillones de terciopelo rojo, y en el medio, una mesa ya
servida y alumbrada por una lámpara eléctrica.
Había
además, una estufa, tan necesaria para quienes habían de afrontar los fríos
polares, provista de un tubo suficientemente curvado para retardar la
dispersión del calor, pero que debía usarse solamente cuando el buque navegaba
en la superficie, pues a poca profundidad la temperatura del agua hace
innecesaria la calefacción.
El
comandante estaba ya sentado, y parecía esperar únicamente al segundo y a los
dos cazadores para dar el asalto a las viandas.
—¿Habéis
terminado vuestra visita? —preguntó al verlos entrar—. ¿Os ha gustado?
—Sí,
señor —respondió MacDoil—; y he de deciros que aún estoy asombrado de cuanto he
visto, y que lo estaré por mucho tiempo. ¡Vuestro buque es mía maravilla!
—De ello
me congratulo —contestó el ingeniero—; pero vuestra sorpresa aumentará cuando
veáis a mi Taymir maniobrar bajo las olas. Tomad asiento y
comed a vuestras anchas. Habéis dormido treinta y dos horas sin interrupción y
debéis tener gana.
—A decir
verdad, paréceme tener el estómago enteramente vacío —repuso MacDoil.
La
comida, contra lo que esperaban los cazadores, fue abundante: señal evidente de
que el propietario del buque era aficionado a la buena mesa. Componíase de
anchoas, atún, merluza fresca, que parecía recién cogida, de un apetitoso
pedazo de delfín joven asado, y que les supo a ternera, de una sopa de pemmican con
verdura de conserva, de caviar de Rusia y de excelente vino tinto de una cuba
de dimensiones no comunes, situada en un ángulo del comedor bajo un toldo.
Acabada
la colación, servida por un marinero —un mocetón rubio que debía de tener la
robustez de un toro—, el comandante ofreció a los cazadores pipas y tabaco, y
después de echar una mirada a la brújula suspendida en el ángulo de una mesa,
dijo:
—Preparémonos
a bajar. Fumando podréis contemplar escenas que ya quisieran muchos presenciar.
Acercóse
a un tubo de bronce que comunicaba con la máquina, y dijo:
—¡A cien
metros!
—¡Caramba!
—balbució Sandoe, palideciendo.
—¿Te
tiemblan las carnes? —le preguntó el hebridense.
—Confieso
que sí, MacDoil.
—Tampoco
yo las tengo todas conmigo; pero tengo confianza en este buque y en su
comandante.
Casi en
el mismo instante oyeron sobre su cabeza un ruido semejante al que produce una
plancha de metal arrastrada por un camino enlosado.
—¿Qué es
eso? —preguntó Sandoe.
—Que se
ha cerrado la plataforma —repuso Orloff.
En
seguida oyeron a popa y a proa agudos murmullos, y golpes sordos en los
costados del buque.
—Es el
agua que entra en los depósitos, mientras las hélices verticales funcionan
—dijo el segundo anticipándose a la pregunta de los cazadores.
El Taymir empezaba
a sumergirse lentamente con un perceptible balanceo, mientras la luz que
despedía el fanal eléctrico se iba atenuando, volviéndose primeramente verdosa
y luego azulada opaca, pero no tanto que no permitiese ver los muebles y los
más pequeños objetos del comedor.
MacDoil y
Sandoe, agarrados a la mesa, algo pálidos y con el pulso acelerado, miraban al
ingeniero, el cual tenía la mirada fija en el dinamómetro, cuya manecilla
avanzaba lentamente de metro en metro a medida que el buque descendía. Estaban
ambos vivamente impresionados, pensando que iban hundiéndose en los abismos del
mar.
De pronto
cesó el vaivén del buque y dejó de oírse el ruido de las hélices laterales,
sucediéndose el rápido aleteo de las hélices de popa.
—¡Cien
metros! —dijo el ingeniero.
Orloff se
acercó primero a la pared de estribor, luego a la de babor; hizo resbalar dos
gruesas planchas de acero, y en seguida una luz tétrica, muy opaca, pero que a
intervalos tomaba extraños reflejos casi perlados, se difundió por el comedor.
—Mirad al
mar —dijo el segundo, empujando delante a los cazadores.
Estaban
descubiertas dos de las grandes lentes engastadas en los flancos del buque, a
través de cuyos gruesos vidrios aparecía el mar, de color azul cobrizo
perfectamente visible, brillando por encima en todo su esplendor el astro
diurno, cuyos rasgos se reflejaban, si bien algo amortiguados, hasta aquellas
profundidades.
MacDoil y
Sandoe, movidos por la más viva curiosidad, se habían precipitado hacia la
lente de babor, y acercaron los ojos a los vidrios. El agua del mar parecía
huir ante ellos en rápidas ondulaciones, que se alejaban cambiando a cada paso
de coloración. Tan pronto aparecía estriada de verde esmeralda, tan pronto de
azul intenso. A veces, una oleada de blanca espuma pasaba rápidamente ante el
vidrio, producida por el agudo espolón del buque, e iba a perderse a popa.
—¡El mar!
—exclamó MacDoil rompiendo el silencio que reinaba en la estancia—. ¡Y estamos
a cien metros debajo de su superficie! ¡Por cien mil focas! ¿Cómo es posible
ver a tal profundidad?
—¿Creíais
acaso que a cien metros fuera de noche? —preguntó Orloff—. Aquí se ve mucho más
abajo aún, querido cazador.
—Habrá
oído decir a personas que gozaban fama de ilustradas que bajo el agua no se
veía, pasados los treinta o cuarenta metros.
—¡Oh!
¡Hay tantos que aún no lo creen así! —repuso el ingeniero—. Hoy día se admite
aún que los rayos solares no pueden llegar a una profundidad relativamente
corta. Yo os mostraré algún día como aun a seiscientos metros de profundidad
hay bastante luz para poder ver sin necesidad de encender las lámparas
eléctricas. Lo singular es que tales creencias subsistan, siendo así que los
navegantes tienen pruebas palpables de que en el fondo del Océano viven seres
provistos de ojos, como los peces que nadan en la superficie. ¿Acaso la
Naturaleza iba a proveerlos de aquellos órganos por mero capricho?
—Es
verdad, señor Nikirka —respondió Orloff—, pero se fundaban en un hecho.
—¿Cuál?
—Que
entre los ejemplares pescados a gran profundidad se habían encontrado algunos
privados de vista.
—¿De
vista? ¿Podían así asegurar tal cosa? Si hubiesen examinado mejor a los
supuestos seres ciegos, les hubieran encontrado ojos o algún órgano semejante
oculto bajo la dermis y sensible a la luz. Los mismos topos tienen ojos, poco
visibles, pero los tienen; los gusanos empleados en la pesca parecen privados
de ojos; pero se ha observado que acercando algunos de estos insectos a la luz,
la esquivan rápidamente: de modo que pueden distinguir a la luz por medio de
algún órgano sensible que funciona como los ojos.
—¿Creéis
que se vea también a mil o dos mil metros de profundidad? —preguntó MacDoil,
que escuchaba atentamente a los dos interlocutores.
—Hasta
mil, si; más allá reina casi una completa oscuridad —respondió el ingeniero—.
Pero lo que a nuestros ojos parece oscuridad puede ser una especie de
crepúsculo para algunos habitantes submarinos.
—¡Peces!
—gritó en este instante Sandoe—. ¡Mira, MacDoil; mira cuántos peces!
El
hebridense precipitóse al vidrio. El buque, que corría con una velocidad de
quince a dieciséis nudos por hora, bogaba en medio de un banco de merluzas.
Estos
peces voracísimos, sorprendidos en su correría por la aparición del gigantesco
huso, y asustados por las hélices que mordían el agua, se desbandaban en todas
direcciones, y algunos, locos de terror, iban a topar contra el vidrio,
creyendo quizá que era un paso libre.
Por un
momento mostraban su cuerpo esbelto, su grueso hocico provisto en la parte
inferior de papilas carnosas de forma cónica y de escamas relucientes; luego
desaparecían rápidamente, sumergiéndose, o bien saliendo precipitadamente a la
superficie.
Bien
pronto el buque pasó a la gruesa bandada, la cual se dirigía tal vez a algún
golfo de la costa americana, y se encontró en aguas libres, navegando hacia el
estrecho de Bhering.
A cada
paso se veían aparecer otros peces cerca del vidrio, atraídos por la curiosidad
de conocer de cerca aquel monstruo de nueva especie; pero eran pocos, en razón
de ser aquellos mares fríos muy escasos de habitantes.
Otras
veces eran grupos de medusas en forma de quitasoles más o menos grandes,
pertrechadas interiormente de tentáculos y que navegaban entre dos aguas, de
matices delicados que variaban del blanco transparente al azul pálido; o
bandadas de delfines de la especie de los neomeris metas, largos
poco más de un metro, hocico corto, cabeza esferoidal y piel negruzca; o
manojos de cefalópodos mastrephes, que se encuentran en gran número
en los mares septentrionales de China y del Japón, muy buscados por el enorme
consumo que de ellos se hace en estos países; o festolarios de
bella coloración roja viva, y algún isitus fulgido, pez largo
apenas de treinta centímetros, que de noche despide una luz verdosa de
bellísimo efecto.
También
aparecía por breves instantes alguna foca entre los copos de la espuma
levantada a proa, para sumergirse en seguida, después de lanzar una mirada
asustada a través del vidrio de la escotilla. Era uno de aquellos anfibios
llamados por los habitantes del Norte kassigiah, y también túpalo,
largo de un metro, con la cabeza oval, el hocico corto, los ojos grandes,
oscuros, inteligentes, los labios adornados con bigotes espesos, y el pelaje
gris amarillento con manchas irregulares pardo-oscuras.
MacDoil y
Sandoe, cada vez más asombrados, no perdían de vista uno solo de aquellos
habitantes del mar de Behring, y prorrumpían en gritos de admiración, que bien
pronto se trocaron en gritos de sorpresa cuando el buque penetró en medio de un
numeroso rebaño de nutrias marinas.
Eran
sobre unas treinta, que competían en hermosura, nadando en medio de un banco de
algas, donde buscaban ávidamente su sustento. Desaparecieron súbitamente,
remontándose a la superficie; pero los dos cazadores habían tenido tiempo de
verlas e instintivamente hicieron un movimiento como si buscaran sus escopetas.
—¡Qué
espléndida manada! —exclamó MacDoil—. ¡He aquí siete u ocho mil dólares
perdidos!
—Y que
irán a parar a los bolsillos de otros —añadió Sandoe.
—¡Me
sorprende el encuentro de un número tan crecido de nutrias! —dijo el
ingeniero—. Dícese que no viven en grupos.
—Es
verdad, señor —respondió MacDoil—, ni yo me lo explico. Quizá en la superficie
estén dando una batida a estos animales.
—¿Cómo?
—Con
barcos, señor Nikirka. Averiguando el sitio donde se reúnen las nutrias a
pastar en las algas, varios buques rodean el lugar, echan redes de seis metros
de largo con las mallas muy anchas, y poco a poco estrechan el circulo. Las
nutrias, asustadas, se juntan hasta que caen en las redes, sin ocurrirseles
siquiera pasar por debajo, maniobra que tampoco las salvaría, pues hay en los
barcos buenos cazadores. Por lo general, estos anfibios se cazan así cuando el
mar está borrascoso. Entonces, las nutrias buscan refugio en los bajos fondos,
cerca de los escollos, por lo cual no es raro que naufraguen muchas
embarcaciones pesqueras.
—He aquí
una advertencia oportuna —repuso el ingeniero.
—¿Por
qué?
—Porque
si están pescando los cazadores, señal es que estamos sobre un bajo fondo. Ya
me lo habían dado a sospechar las algas, si bien a veces estos vegetales
marinos cubren millas y millas enteras.
Acercóse
al tubo de bronce, y gritó:
—¡A flor
de agua!
Luego,
volviéndose a los dos cazadores, indicó:
—¡Tened
cuidado con el cañón!
En
seguida oyeron silbidos repetidos, producidos, sin duda, por las bombas que
lanzaban el agua acumulada en las sentinas de proa y de popa, y el Taymir subió
rápidamente. Se oyó un sordo mugido, que parecía producido por la calda de la
punta del huso primeramente surgida, y la luz volvió a aparecer límpida en el
salón a través del fanal eléctrico.
—Estamos
a flote —dijo el ingeniero—. Si queréis respirar una bocanada de aire fresco,
podéis salir a la plataforma.
—¡Seguidme!
—dijo Orloff.
Se había
abierto súbitamente la escotilla, y los dos cazadores, acompañados por el
segundo, se habían dispuesto a asomarse. El buque navegaba a flor de agua,
mostrando solamente la plataforma y los dos tambores, en uno de los cuales, a
través de la gruesa lente, se veía al timonel en pie ante la rueda.
El mar
estaba tranquilo, y el sol, que declinaba hacia las lejanas costas de Asia,
iluminándolo de soslayo, lo teñía de reflejos cárdenos.
Hacia el
Este, se diseñaba en el horizonte una costa alta, cortada caprichosamente por
profundas hendiduras; hacia el Sur, puntos negros, apenas visibles, parecían
inmóviles, indicando ser un grupo de barcas, acaso de bodarkies,
ocupadas en cazar las nutrias poco antes vistas por los dos cazadores; al Norte
y al Oeste no se veía tierra ninguna. Solamente, a gran distancia, aparecían a
intervalos puntos blanquecinos, acaso las velas de algún ballenero en ruta para
el estrecho de Behring.
En los
aires, algunos pájaros revoloteaban en torno del buque; volátiles de aquellos
mares, que se encontraban a gran distancia de la costa.
—¿Dónde
estamos? —preguntó MacDoil a Orloff, el cual tenía enfilado su catalejo hacia
la costa.
—Frente a
la bahía de Norton —respondió aquél.
—¿Lejos
del estrecho de Behring?
—Muy
poco, MacDoil. Mañana navegaremos en el océano Ártico.
—¿Y
después?
—Saldremos
al Norte.
—¿Y
volveremos a bajar en el agua?
—¿Os
place?
—Empiezo
a tomar gusto a ello, señor Orloff.
—¿Conque
ya no tenéis miedo? Volveremos a sumergimos varías veces, ¡y quiera Dios que no
sean fatales!
—¿Qué
queréis decir, señor Orloff?
El
segundo no respondió; se sonrió misteriosamente, balanceando la cabeza varias
veces.
CAPITULO
VII. UNA EMIGRACIÓN DE ARENQUES
Al día
siguiente, el Taymir, que había navegado durante toda la noche,
manteniéndose siempre a flor de agua, llegaba frente al estrecho de Behring.
Este
brazo de mar, que separa el Asia de la América septentrional, mide unos
83 000 kilómetros del cabo occidental asiático al de Gales, americano, y
tiene una profundidad media de apenas 19 metros. Casi en el medio surgen las
Diómedes, visitadas por los esquimales durante la buena estación, y que
permanecen desiertas en invierno. La mayor del grupo es Ratmanoff, que mide
siete kilómetros; Kotzebue sólo tiene cuatro, y la tercera es un simple
escollo.
El
descubrimiento de este estrecho importantísimo pertenece al siglo XVIII, a
pesar de las activas pesquisas de muchos navegantes anteriores, cupiendo aquel
honor al dinamarqués Vito Behring, quien realizó el paso en 1741 con una nave
rusa armada por Catalina II; buque que cuarenta y cuatro días después había de
naufragar en una isla de la costa siberiana, llamada más tarde de Behring, en
la cual murió el desventurado marino.
En el
momento en que el Taymir, lanzado a toda velocidad, y favorecido
por la corriente que se dirige al Norte, pasaba entre las puntas extremas de
los dos grandes continentes, a babor de las islas Diómedes, no se veía ninguna
embarcación en el estrecho. Apenas entrado en el Océano Ártico, tomó el
Nordeste, como si su comandante tuviera intención de refugiarse en la profunda
y vasta bahía de Kotzebue, que se abre en la costa americana, al otro lado del
cabo de Gales; pero luego cambió de ruta, dirigiéndose al cabo de Buena
Esperanza.
MacDoil y
Sandoe, acompañados del perro, que ya se había acostumbrado a aquella especie
de prisión, habían salido a la plataforma, con la esperanza de descubrir algún
buque o encontrar alguna de las embarcaciones de la Compañía ruso-americana que
hacen el tráfico de pieles también en aquella costa; pero pronto se
desengañaron.
El océano
estaba desierto. Aún no había empezado la gran pesca de cetáceos, la única que
congrega los buques al otro lado del estrecho de Behring, porque en las costas
norteamericanas sólo hay escasos habitantes y no existe un puerto que ofrezca
carga alguna.
Faltaban
también los peces, abundando, en cambio, las aves marinas, especialmente los
albatros. Estos volátiles, que se encuentran en todos los mares y en todos los
climas, son grandes voladores, y tan robustos que pueden desafiar impunemente
los vientos más formidables, no siento raro verlos a algunos a miles de
kilómetros de la costa echándose al agua para dormir o descansar. Todo son
plumas, pues aunque parecen grandísimos, su peso pocas veces pasa de diez
kilos; pero la longitud de sus alas llega a tres metros y medio.
Era un
hermoso espectáculo ver aquellos volátiles inmóviles, dejándose llevar por el
viento, ni más ni menos que un buque de vela.
A veces
se acercaban al buque y miraban curiosamente a los dos cazadores y al perro,
sin manifestar en manera alguna miedo; luego se levantaban, emitiendo una
especie de gruñido parecido al de los cerdos.
Viéndolos
tan mansos, MacDoil y Sandoe quisieron aprovecharse para regalarse con un
asado, si bien no ignoraban que la carne de estos volátiles es algo coriácea.
Armados de escopetas, dispararon algunos tiros certeros, haciendo caer en la
plataforma del buque dos albatros, que el can se apresuró a estrangular sin
cuidarse de sus gruñidos ni de su formidable aspecto. Lograron matar, asimismo,
algunos pájaros bobos, aves acuáticas que son hábiles pescadoras, pero que se
dejan matar estúpidamente, y aun coger vivas cuando se posan en los buques, en
cualidad de lo cual les viene el nombre con que se las ha bautizado.
A la
tarde, mientras el Taymir se hallaba a sesenta millas al norte
del cabo Lisbome, en camino hacia el cabo del Hielo, y el sol estaba para
ponerse, ya dadas las once, MacDoil y Sandoe, que habían salido a la plataforma
para admirar los reflejos del sol proyectados en la lámpara del tambor de popa,
descubrieron hacia la costa americana un vivo resplandor que parecía mantenerse
sobre las aguas.
—¿Qué
será, MacDoil? —preguntó Sandoe.
—Alguna
fosforescencia marina —respondió el hebridense meneando la cabeza—. Pero me
asombra ver aquí tal fenómeno, sólo observado en los mares ecuatoriales y
tropicales.
—¿No será
algún incendio?
—¿Quieres
que el agua del mar arda como si fuese petróleo?
En aquel
momento se asomaron el ingeniero y el segundo, acaso prevenidos por el timonel,
que desde su tambor pudo haber divisado aquel resplandor que cada vez se hacía
más intenso.
—Haced
echar las redes, señor Orloff —dijo Nikirka, luego que hubo mirado bien aquella
luz—. Esta noche haremos una buena pesca.
—¿Son
peces? —preguntó MacDoil.
—Un banco
inmenso de arenques —respondió el ingeniero—; os haré presenciar una hermosa
pesca.
—Y
aquella luz, ¿de qué procede, señor?
—De una
materia grasa de aquellos peces, la cual de noche se convierte en
fosforescente, de tal modo, que delata la presencia de estos habitantes del
agua.
—¿Serán
muchos estos arenques?
—Millones;
hasta el punto de que sus escuadrones detienen el paso de las chalupas.
—¡Diantre!
¡Tal pesca es una fortuna!
—Si, si
tuviéramos las redes que emplean los holandeses, que son los mejores pescadores
de arenques.
—Serán
redes inmensas.
—Tienen
ciento cincuenta pies, y están sostenidas por gran número de barricas y de
corchos sujetos con piedras o grandes plomadas.
—¡Pescarán
infinidad de arenques, señor Nikirka!
—Algunas
embarcaciones han logrado coger ciento veinte mil, y aun ciento treinta mil en
sólo dos horas.
—¡Vaya
una redada!
—He
conocido pescadores que se han hecho ricos en una sola campaña piscatoria —dijo
Orloff, vuelto a la plataforma con dos marineros que llevaban un montón de
redes.
—Lo creo
—contestó el ingeniero—, porque me consta que sólo los pescadores de un puerto,
el de Yarmouth, uno de los menos populosos de Inglaterra, pescan anualmente
arenques por valor de dieciséis y dieciocho millones.
—¡Cuerno
de narval! —exclamó Sandoe—. ¡Si lo hubiera sabido antes, me hubiera alistado
entre los pescadores de arenques en vez de hacerme cazador de la Compañía
ruso-americana!
—¿Serán
muchos los barcos que toman parte en esta pesca? —preguntó MacDoil.
—Para
formaros una idea, básteos saber que nuestros compatriotas de Escocia envían
todos los años al mar del Norte cuarenta mil barcos, tripulados por cincuenta
mil pescadores y ochenta mil saladores, y Holanda envía otras mil embarcaciones
mayores —respondió el ingeniero.
—¿De modo
que esta pesca es de más importancia que la de la ballena?
—Es la
más productiva de todas; acaso más aún que la de la merluza. Holanda debe su
riqueza y prosperidad a los arenques. Sin estos modestos pescados, aquel Estado
apenas hubiera podido mantenerse libre de la rapacidad de los ingleses,
alemanes y españoles.
—¿Y por
qué? —preguntó MacDoil asombrado.
—Porque
estos pescados fueron los que proporcionaron a los holandeses el dinero
necesario para armar las poderosas flotas que mantuvieron en jaque a las de las
otras naciones. Holanda fue la primera en explotar los inmensos bancos de estos
peces, cuyo monopolio tuvo por espacio de algunos siglos, compitiendo con ella,
en pequeñas proporciones, dinamarqueses, ingleses, noruegos y los pescadores de
las ciudades anseáticas.
—Actualmente,
Holanda lo va perdiendo —dijo Orloff.
—Es
verdad —repuso el ingeniero—. Su pesca ha perdido mucho de su primer impulso.
En 1858 Holanda no importó más que sesenta y siete mil toneladas de arenques;
en 1859 descendió a veintitrés mil; al siguiente aumentó hasta veintisiete mil,
recaudando un millón doscientas mil pesetas, mientras que los pescadores
noruegos importaron seiscientas mil toneladas, con un valor de cerca de doce
millones de francos.
—¡Buena
ganancia para los marineros! —exclamó MacDoil.
—Se
calcula que tocaron a unos doce mil francos por embarcación, que es una buena
cifra.
—¿Y
adónde van a pescar?
—A las
Oreadas y Shetland, en junio y julio, y al mar del Norte, en noviembre y
diciembre, pues los arenques tienen la costumbre de juntarse en esos parajes.
—Y estos
que se ven, ¿dónde creéis que van a recogerse? —preguntó Sandoe, señalando a la
bandada emigrante, que iba acercándose rápidamente.
—A las
profundas bahías de Baranow y del Príncipe de Gales —respondió Orloff—. En
tales sitios se pescan muchos si bien no se reúnen grandes flotas, sino
pequeños buques sueltos. Ya estamos: ¡ojo al encuentro!
El buque,
que no se había parado, tocaba ya la masa fosforescente, que se extendía en
algunas millas, con una anchura de un kilómetro, como una gigantesca mancha de
mercurio.
Súbitamente,
encontró los primeros escuadrones de peces emigrantes, y entró por en medio de
ellos. En seguida, la superficie del mar, hasta entonces tranquila, se agitó
con un hervor precipitado, cortándose la mancha luminosa en cien mil pedazos.
Ante
aquel obstáculo, los arenques saltaban en todas direcciones. Los que iban a
vanguardia se precipitaban confusamente atrás: se les veía moverse sobre la
superficie luminosa, mostrando sus cuerpos plateados y dorados.
Eran
millones y millones de individuos, y tan espesos los cardúmenes, que MacDoil y
Sandoe, con sólo meter la mano en el agua, los cogían con suma facilidad.
Las redes
que se habían echado a popa debían de haberse llenado muy pronto, pues por
aquel lado se veía el agua bullir furiosamente.
—Son
tantos —dijo MacDoil—, que si me echara al agua no podría nadar, ¡Qué desgracia
no haber aquí quince o veinte barcas y un millar de redes holandesas!
—Cuidad
de no dejaros vencer por el deseo de caer en medio de los arenques, porque os
quedaríais sin piernas —dijo Orloff—. Tras ellos navegan muchos tiburones.
—No
quiero tan mal a mis piernas para regalárselas a esos glotones insaciables.
En gran
banco de los emigrantes seguía desfilando por las bandas del buque, tan
rápidamente, sin que pareciese menguar su número, y eso que el Taymir avanzaba
siempre con una velocidad de catorce nudos por hora, hendiendo rumorosamente
aquel espléndido manto plateado, que a veces tenía reflejos de bronce
derretido.
Hacia las
tres de la mañana se vió la extremidad de la superficie luminosa, y, en
seguida, la enorme bandada de tiburones que seguían ávidamente a los
emigrantes, devorando las últimas filas en competencia con las aves marinas,
que de día se cernían a millares sobre los pobres arenques, haciendo en ellos
estragos considerables.
Bien
pronto todo aquel revuelo se perdió hacia el Oeste, en dirección al estrecho de
Behring, mientras el sor volvía a alzarse en el horizonte después de haber
estado oculto apenas cuatro horas.
Tan
llenas estaban las redes, que para recogerlas hubieron de ayudar también los
cazadores. Había seis o siete mil arenques, cuya mayor parte se salaron en
seguida, metiéndolos en barricas para conservarlos más tiempo.
Al otro
día, el Taymir, que seguía a la misma velocidad, remontaba el Cabo
de Hielo, áspero promontorio de considerable altura, aún rodeado de pequeños
bancos de hielo, que no habían de derretirse hasta mediados de junio.
Detúvose
el buque en la proximidad de un banco a fin de aprovisionarse del hielo para
conservar parte de los arenques; luego prosiguió hasta el Cabo de Barrow, que
es el más septentrional de aquella vasta región, que pertenece a los Estados
Unidos desde que Rusia la cedió por la modesta suma de treinta y ocho millones
de francos.
La costa
americana aparecía claramente a menos de diez millas, y era poco atractiva: una
continuación de rocas más o menos altas, aún cubiertas de nieve y flanqueadas
por colinas, en las cuales descollaban algunos abetos y pinos negros.
Todas
aquellas playas que desde el estrecho de Behring se extienden hasta el grado
treinta y nueve meridiano, que limita la posesión norteamericana, están casi
desiertas. Solamente algunas tribus de Innuit, o sea, de esquimales, en
continua guerra con la numerosa tribu de los Tananas, que habitan las orillas
del Yukon, el río más grande de la región, lo recorren y viven del producto de
la pesca.
No se
encuentra ningún blanco, pues nadie ha pensado establecer una factoría de
pieles o alguna colonia, si bien se tiene noticia de que en aquellos países
helados abundan las minas de oro.
También
el mar seguía mostrándose desierto; no se veía ninguna vela ni pequeña
embarcación o kayak esquimal. Hasta los peces se ocultaban:
los tripulantes del Taymir no veían aparecer uno a sus lados.
Cerca de la Punta Barrow, hacia las cuatro de la tarde, mientras los dos
cazadores y el segundo estaban en la plataforma fumando y charlando, se vio de
improviso surgir una masa enorme del agua entre una efervescencia de espumas.
Al
pronto, creyeron que sería el casco de alguna nave naufragada, puesta a flote
por alguna causa misteriosa; pero luego cayeron en la cuenta de que era un
colosal cetáceo; mas no una ballena de las comunes en aquellos mares, sino de
las llamadas de dos espinas, que son más raras y distintas de las otras.
Aquel
gigante tenía diecinueve metros, y su peso debía de ser, por lo menos, de
sesenta mil kilogramos.
Estos
monstruos tienen el hocico largo y obtuso, la mandíbula inferior más saliente
que la superior, con setecientas ballenas y dos espinas dorsales bien
desarrolladas, separadas una de otra, rectas y de forma triangular. Su piel no
es luciente, sino de color gris verdoso, mientras que sus flancos son
blanco-plateados.
—¡Qué
corpachón! —exclamó MacDoil, haciendo un movimiento instintivo para apartarse—,
¡Si viene a toparnos se estrella!
—No se
atreverá —respondió Orloff—. Llevamos un espolón capaz de cortarla en dos, y
aun de partirle el cráneo.
—Aun
sabiendo eso, infunde verdadero respeto.
—Lo creo,
MacDoil.
Sin
embargo, el coloso parecía no haber visto el buque. Nadaba ligeramente,
levantando y bajando la cola y abriendo su enorme boca, que por lo menos medía
dos metros y medio, absorbiendo el agua, poblada tal vez de unos cangrejos
minúsculos, de dos milímetros de diámetro, que constituyen la llamada sopa de
las ballenas, y se denomina botee.
De
improviso notó la presencia del buque. Se paró de golpe, mirándole con sus ojos
pequeños e inteligentes, lanzó al aire un chorro de vapor algo denso, y agitó
el lomo y la cola, manifestando cierta inquietud. Vencida, al parecer, por la
curiosidad, se lanzó adelante, levantando una gran oleada; luego se paró en
seco y se sumergió, formando en la superficie un remolino.
—¡Buen
viaje! —gimió MacDoil, satisfecho de verla desaparecer—. ¡A semejantes colosos,
lo mejor es tenerlos lejos!
CAPITULO
VIII. EN EL OCÉANO ÁRTICO
El 19 de
mayo, a las tres de la tarde, frente a la Punta Barrow, el Taymir encontraba
los primeros hielos flotantes. El deshielo debía de haber empezado en la Tierra
de Bank y en las islas del Príncipe Patrik y Tierra de Kennan, bajando los
hielos hacia el Sur empujados por los vientos del Norte, que durante la
estación estival soplan siempre en aquellas latitudes.
No eran
todavía las grandes montañas flotantes o icebergs, sino pequeños
bancos de pocos metros de extensión, unos cuarenta lo más, los cuales formaban
una larga e interminable hilera ondulante.
En
algunos de ellos estaban posadas diversas aves marinas, que gritaban
estrepitosamente, pero en cuya carne no valía la pena de gastar pólvora.
El
ingeniero, prevenido por el timonel de la presencia de los hielos, apareció
pronto en la plataforma para verlos, siguiéndole de cerca el segundo.
—¡Buena
señal! —dijo el primero a Orloff—. Esto indica que este año el deshielo es
temprano, lo cual nos será útil.
—Lo creo
—repuso Orloff—. En mayo no es fácil encontrar hielos flotantes, ni aun en esta
latitud. Más adelante, en junio, vense allá, a los sesenta grados de latitud,
si bien su límite está fijado en los sesenta grados.
—Y a los
sesenta grados los grandes bancos, ¿no es verdad, señor Orloff?
—Sí,
señor Nikirka.
—Tenemos
tiempo antes de encontrarlos.
—Quizá
los encontremos antes, si vamos directamente al Norte.
—Perderemos
tiempo en las costas de la isla del Rey Guillermo y ante la estrechura del río
de los Grandes Peces. Ya sabéis que no dejaré estos parajes sin haber
descifrado el misterio que hace diecisiete años agita a los geógrafos y a los
marinos de los mares de Europa y América.
—Lo sé,
señor Nikirka, y espero que vuestro Taymir podrá descubrir
algo.
—Sí,
porque estoy resuelto a investigar el fondo del mar hasta la isla del Príncipe
de Gales.
—Señores
—dijo a esto MacDoil—, veo allá abajo una gran bandada de peces que vienen
hacia aquí.
—Dejadlos
que se acerquen —respondió el ingeniero—. Nada pueden contra nuestro buque.
—Veamos
qué son —repuso Orloff, apuntando el anteojo en dirección a la costa americana,
por la cual se veían muchas masas que se agitaban en el agua.
—¿Serán
morsas? —preguntó el ingeniero.
—No
—respondió Orloff—; es una banda de narvales, que avanzan creyendo tal vez que
el buque es una ballena.
—Se
romperán inútilmente los cuernos en su intento.
—Y nos
comeremos alguno —añadió MacDoil.
—Ea,
Sandoe, anda por las escopetas.
Mientras
el cazador bajaba aprisa para tomar las armas, acercábanse los narvales con
gran rapidez, prontos a dar batalla al supuesto cetáceo.
Esos
habitantes de los mares árticos son agilísimos, largos de dos metros, a veces
más, y aun así logran eludir el asalto de nadadores más rápidos, como los
delfines gladiadores.
Poseen un
arma que puede convertirse en formidable y peligrosa, aun para los pescadores
que tripulan frágiles barcas. Es un verdadero cuerno, de metro y medio de
largo, acanalado en espiral, bastante agudo al extremo y compuesto de un marfil
mejor que el del elefante, porque es más compacto, más duro y más susceptible
de pulimento.
Tal
cuerno dio origen antiguamente a extrañas creencias. Se suponía que tenía
muchas virtudes, especialmente las de hacer perder su eficacia a los venenos;
así se cuenta que Carlos IX de Francia, temiendo ser envenenado por los
hugonotes, tan ferozmente perseguidos por él, llevaba siempre consigo un pedazo
para meterlo en los líquidos que bebía.
En pocos
momentos, los narvales estuvieron a corta distancia del buque, por más que éste
navegaba al Oeste, a una velocidad de dieciséis nudos por hora.
Eran una
veintena, casi todos grandes, y avanzaban mostrando amenazadores sus
formidables armas, mientras por los respiraderos lanzaban chorros de agua.
MacDoil y
Sandoe estaban apostados detrás de la barandilla de la plataforma para
recibirlos con una descarga; pero el ingeniero les hizo señal de que esperasen.
Los
narvales habían rodeado la popa del buque, y dando coletazos se mantenían a una
distancia de treinta o cuarenta pasos. Parecía como si antes de decidirse al
asalto quisieran darse cuenta del enemigo con quien iban a habérselas.
Probablemente estaban sorprendidos de no ver la cola batir en el agua.
De cuando
en cuando, alguno se adelantaba con brusco ímpetu, para reunirse en seguida con
sus compañeros que parecían esperarle.
De
improviso, uno de los mayores, cuyo cuerno medía metro y medio, se precipitó
hacia estribor con fulminante rapidez. Oyóse un golpe seco, y el arma, rota por
la base, cayó en el mar, mientras el pobre animal, mortificado por aquella
resistencia inesperada, se zambullía precipitadamente después de un instante de
sorpresa.
—¡He aquí
uno que no atormentará más a las pobres ballenas! —dijo MacDoil.
—¡Y que
morirá, de seguro! —añadió el ingeniero.
—¡Cuerno
de narval!… —exclamó Sandoe.
—¡Sin
cuerno, ahora! —añadió el hebridense, entre risas.
Otro
enorme macho se lanzó contra el buque, y cupiéndole igual suerte, huyó
avergonzado de haber perdido su arma.
Los
otros, exasperados por la resistencia de aquel monstruo acorazado, se
precipitaron en tropel contra el Taymir, haciendo espumar el agua
en torno y embistiéndole con ciego encarnizamiento.
El
ingeniero los dejó por un momento desahogarse a su gusto; pero temiendo que la
hélice pudiera resentirse por efecto de algún golpe, hizo señal a los cazadores
para que dispararan.
MacDoil y
Sandoe habían escogido ya el más grande, y lo fulminaron de dos balazos en el
cráneo. Al oír los dos tiros, los demás narvales se alejaron precipitadamente,
dirigiéndose hacia la Punta de Barrow y dejando al herido, que después de dar
tres o cuatro tumbos, se volvió panza arriba.
El buque
hizo alto y se acercó a la presa, que no sin fatiga fue izada a la plataforma.
Media dos metros y ochenta centímetros, y su cuerno, un metro treinta; de modo
que era uno de los más grandes.
—Esperemos
que su carne sea buena para comer —dijo MacDoil.
—Aunque
no tan buena, es parecida a la del atún —respondió Orloff.
—Pues he
oído decir al guía que es malsana.
—Los
irlandeses dicen que es venenosa; pero no es verdad, supuesto que los
esquimales la comen. Mañana haréis la prueba, y os aseguro que repetiréis la
ración.
En el
resto del día no ocurrieron más incidentes. El Taymir siguió
avanzando con su acostumbrada velocidad, sin perder de vista la costa
americana, como si su dueño tuviera intención de visitar las hondonadas del
Mackenzie antes de subir hacia la Tierra de Bank. A intervalos encontraba más
hielos flotantes, streams de forma circular y hummoks,
o sea, pequeños montículos que, por ser pocos, no dificultaban la marcha.
Ya de
noche, rebasaba la bahía de Hudson, y poco después la boca del Colville, río de
largo curso, donde, según parece, desagua un lago situado muy adentro, en
aquella vasta región de las nieves y de los hielos.
El 20 de
mayo, el Taymir encontraba los primeros icebergs o
montañas de hielo.
Eran
siete u ocho de grandes dimensiones, y navegaban al Sur, impelidos por un
fresco viento Nordeste. Aquellos colosos refulgían espléndidamente a los rayos
del sol, irisándolos con variados matices: algunos eran rosados, como si fueran
ígneos; otros, azulados, verdes esmeralda o violáceos.
Millares
de aves marinas los tripulaban y producían atroz griterío: garzas marinas,
ocas, phoebetela fuliginosa, las más pequeñas de las diomedas, y
albatros, que gruñían como si en aquella masa de hielo se hubiera juntado una
numerosa manada de puercos.
Al
divisar el barco, y tomándolo probablemente por la osamenta de una ballena,
todos aquellos volátiles se precipitaron encima, de tal modo que MacDoil y
Sandoe tuvieron que rechazarlos a bastonazos.
El 21, el
buque estaba en aguas del Mackenzie, uno de los mayores ríos, si no el mayor,
de cuantos desaguan en el Océano Ártico. Esta grande arteria, que atraviesa un
inmenso trecho de las posiciones inglesas de la América del Norte, y que sirve
de desaguadero a dos grandes lagos, el de los Esclavos y el Oso Grande, era
desconocida en el siglo XVIII, si bien los indios hablaban de él muchas veces,
aunque de un modo misterioso. José Frobisher intentó la exploración con éxito
desgraciado; pero en 1789, Alejandro Mackenzie, uno de los más atrevidos
viajeros, que había salido del fuerte de Chipeways, acompañado de algunos
canadienses e indios, logró bajar hasta la desembocadura a través de muchos
obstáculos y peligros.
El Taymir,
en vez de enredarse entre las islas que se extienden ante el delta, y que aún
estaban cubiertas de hielo, costeó la isla Richard, luego la de la Sociedad
Geográfica, y se lanzó resueltamente hacia el Este, en dirección de la vasta
bahía de Liverpool.
¿Adónde
iba? En vano Sandoe y especialmente MacDoil, que tenía cierto conocimiento de
las regiones polares, se torturaban el cerebro para averiguar la ruta precisa
del buque o para estudiar los misteriosos proyectos del ingeniero, y en vano
también interrogaban a Orloff, el cual se limitaba casi siempre a responder:
—Por
ahora, a la Tierra de Bank.
El Taymir no
se decidía, sin embargo, a tomar el largo, y continuaba a la vista de la costa
americana, aunque a mucha distancia, para no abrirse camino a través de los
muchos hielos.
No
obstante, el 22, al frente de la bahía de Franklin, después de haber rebasado
la pequeña península de Parry, cambió bruscamente de ruta, enfilando la proa al
Nordeste.
—Señor
Orloff —dijo MacDoil, interrogando al segundo en el salón, así que aquél volvió
de tomar la altura del mediodía—, ¿cambiamos de camino?
—Sí
—respondió sonriendo el interpelado.
—¿De modo
que vamos a ver esa famosa Tierra de Bank, que desde hace seis días oigo
nombrar a todas horas? Debe de ser una región encantadora, que desearía ver.
—Sí; una
región que hace tiritar. Veréis hielos y nieve en abundancia.
—¿Y
habitantes?
—Acaso
osos blancos.
—Dicen
que son excelentes las costillas asadas del oso.
—Si;
cuando se puede matar al poseedor de esas chuletas.
—¡Oh! ¡De
eso me encargo yo! Pero decidme de una vez: ¿Qué vamos a hacer en la Tierra de
Bank?
—¿Habéis
oído hablar de MacClure?
—Si no me
engaño, es un explorador polar.
—Pues
bien, MacDoil, vamos a averiguar, por ahora, si además del famoso paso del
Noroeste, descubierto por MacClure, existe otro que sea practicable para los
buques.
—¿Nos lo
permitirán los hielos?
—¿Qué nos
importa? ¿Acaso el Taymir no va provisto de un espolón de
robustez excepcional?
—Lo sé,
¡por cien mil focas! —repuso MacDoil—. Pero ¿y si se encuentra ante montañas de
hielo de dimensiones enormes?
—Tenemos
torpedos.
—Tampoco
pueden destruir un banco que tenga miles de metros de longitud.
—En ese
caso, el Taymir se sumerge y pasa por debajo.
—¡Diantre!
¡No había pensado en ello!
—Pues ya
lo sabéis.
—Con
vuestro buque podríais ir hasta el Polo si quisierais. ¡Qué hermoso proyecto!
—¿Lo
creéis así, MacDoil? —repuso Orloff, mirándole, mientras misteriosa sonrisa
apuntaba en sus gruesos labios.
—Sí, a fe
mía.
—¡Mejor
para vos!
—¿Por qué
decís eso? —preguntó el hebridense, asombrado.
Orloff no
respondió. Abrió la puerta de su camarote y se fue silbando el yankee
dodle americano.
CAPITULO
IX. EL ASALTO DE LOS OSOS BLANCOS
El 24 de
mayo, el Taymir avistaba las costas meridionales de la Tierra
de Bank, cerca de la Punta Nelson. Esta tierra es una de las menos conocidas de
cuantas se encuentran al Norte del Continente americano, pues ha sido poco
visitada por los navegantes, que se han limitado a recorrer el litoral.
Unicamente
MacClure se atrevió a internarse, y pudo averiguar que toda ella es una llanura
cubierta con un eterno manto de nieve y de hielo, y casi privada de vegetación,
salvo algunos musgos y líquenes.
Tiene una
longitud de cuatrocientos kilómetros por una anchura de doscientos treinta a
doscientos cincuenta; pero no se conoce toda su extensión, que debe de ser muy
considerable.
Sábese
que hacia el Norte hay algunas bahías capaces de albergar cómodamente varios
buques, y otra bahía vastísima en la costa occidental, llamada de Bumett; pero
sólo son accesibles durante pocas semanas al año, por estar siempre atestadas
de hielo.
Pasada la
Punta Nelson, el Taymir se lanzó atrevidamente por el estrecho
del Príncipe de Gales, explorado quince años antes por MacClure, abierto entre
la Tierra de Bank y la del Príncipe Alberto, otra de las más grandes y de las
menos conocidas, por no estar exploradas sus costas orientales, que se suponen
bañadas por el mar de Melville.
El vasto
canal estaba atestado de hielos de todas formas y dimensiones, capaces de
detener a otro buque que no fuese el del ingeniero Nikirka.
Se veían
ondular en todas direcciones enormes montañas de hielo desprendidas de los
glaciares de la costa, algunas bastante altas y de agudas puntas, otras
semitruncadas, y a punto de deshacerse, de volverse; luego se descubrían bancos
de enormes dimensiones, que la corriente polar llevaba a través del Estrecho, y
hielos más pequeños, palks, streams y hummoks, que
se rompían al tropezar estruendosamente unos con otros.
De cuando
en cuando encontrábanse dos colosos que, perdido el equilibrio, precipitábanse
uno contra otro, con tal estrépito, que parecía el estallido de una mina o el
retumbar de muchos cañones. Otras veces, las montañas, minadas en la base por
el agua, que debía de estar menos fría que el aire, se desplomaban bruscamente,
haciendo huir a las aves marinas que anidaban en sus cimas, abismándose entre
ondas monstruosas, y volviendo a surgir de un gran salto, y mostrando otras
puntas y ángulos rebosantes de agua.
A pesar
de tan abundantes obstáculos, el Taymir avanzaba rápidamente
en el ancho canal, sin moderar su velocidad, que llegaba a los dieciocho nudos.
Se deslizaba, por decirlo así, entre las montañas, y cuando se encontraba
frente a los bancos, los acometía a espolonazos, sin retroceder un paso. Era,
en verdad, un poderoso ariete, sólido como un bloque de granito, capaz de
demoler y abrirse paso en un campo de hielo de grandes dimensiones y de notable
espesor.
MacDoil y
Sandoe, que se divertían presenciando aquella lucha formidable entre los
colosos de las regiones árticas, permanecían en la plataforma, con la esperanza
también de sorprender alguna pieza de caza.
Empero se
desengañaron, porque al parecer, las orillas de la Tierra del Príncipe Alberto,
que el Taymir costeaba entonces, estaban desiertas. Habíanse
visto unas focas, pero a tanta distancia, que era imposible capturarlas.
De noche
se acercó el buque a un banco de hielo que se destacaba en la playa de la
Tierra del Príncipe Alberto, y por vez primera se paró.
Temía el
ingeniero chocar con algún iceberg inestable, por más que el
buque disponía de un potente reflector eléctrico, o bien que el canal se
cerrara bruscamente, o acaso lo uno y lo otro.
MacDoil y
Sandoe se aprovecharon para estirar las piernas y hacer algunos disparos a las
aves marinas, que en gran número andaban en las orillas.
Habían
matado ya algunas piezas y se disponían a regresar a bordo, cuando «Camo», que
los acompañaba, manifestó de repente viva inquietud.
Olfateaba
en dirección de las pequeñas colinas que surgían a pocos centenares de metros
de la costa, contraía la nariz como si recogiera lejanas emanaciones, y gruñía
amenazadoramente.
—¿Habrá
alguna foca ahí cerca? —preguntó MacDoil mirando cuidadosamente alrededor—. Por
más que estos anfibios no dan más que aceite y buena piel, no me desagradaría
llevar alguno a bordo.
—A estas
horas no se dejarán coger tan fácilmente. El sol está para ponerse, y las focas
se ocultan en sus agujeros para volver al agua —repuso Sandoe.
—Las
cazaremos mañana temprano, si el buque sigue parado. Vamos a descansar, Sandoe.
Miraron
por última vez aquella desolada costa, cuyas nieves y hielos reflejaban
extraños matices violáceos a los postreros rayos del sol poniente, y volvieron
al buque, que estaba cerca de la costa amarrado a una roca.
Parecía
que todos estaban acostados, porque un silencio absoluto reinaba a bordo. La
misma luz eléctrica estaba apagada, quizá para no llamar la atención de los
animales peligrosos. Los dos cazadores llegaron a sus camarotes y se subieron a
las hamacas, bien forradas de pieles, preparándose a echar un buen sueño.
Serían
las dos cuando fueron bruscamente despertados por unos ladridos de «Camo», que
retumbaban sonoramente en el interior del buque. No parecía sino que el enorme
mastín se las había con alguien, pues ladraba con furia, como si se dispusiera
a hacer presa con los dientes.
—¿Qué
será? —preguntó el hebridense, levantándose prestamente, muy a pesar suyo.
—¡Parece
que «Camo» está irritado! —repuso Sandoe.
—¡Pero
mucho! —añadió MacDoil.
En aquel
instante se oyó al mastín lanzar un alarido como de dolor.
Los dos
cazadores no vacilaron más. Persuadidos de que algo grave acontecía fuera, se
descolgaron de las hamacas y abrieron la puerta; pero a los pocos pasos se
detuvieron.
—¡Rayos y
truenos! —exclamó MacDoil.
A la
incierta claridad del alba que entraba por la escotilla, entonces abierta,
habían visto una masa enorme y blanquecina que bajaba la escalera de la
plataforma. Ambos cazadores vieron lo que era.
—¡Un oso!
—dijo MacDoil, que iba delante—. ¡A las armas, Sandoe!
Retiráronse
en un santiamén y cerraron la puerta con cerrojo, sabiendo con qué adversario
se las habían. Buscaban a tientas las escopetas, cuando se dejó oír la voz de
un marinero que gritaba:
—¿Quién
vive?
—¡No
salgáis! —tronó MacDoil—. ¡Ahí fuera hay osos blancos!
—¡Luz,
luz! ¡Encended el reflector! —gritaba Sandoe, que no podía dar con sus armas ni
con las municiones.
—¡Hola!
¿Qué sucede? —gritó el ingeniero desde el camarote contiguo al de los
cazadores.
—¡Si
estimáis vuestra vida, no abráis! —gritó MacDoil—. ¡El buque está invadido por
osos blancos!
—¿Son
muchos?
—Sólo he
visto uno; pero oigo a mi perro ladrar en la plataforma, y temo que haya más.
—¡A la
máquina! —gritó el ingeniero—. ¡Encended la lámpara eléctrica!
Los
marineros debían de estar recluidos en la popa, porque un instante después se
encendió la lámpara, en tanto que se oía a la hélice ponerse en movimiento.
Los dos
cazadores habían encontrado sus armas y sus cuchillos. Se acercaron a la puerta
para comprobar si el animal visto estaba aún al pie de la escalera; pero «Camo»
ladraba de tal modo que no dejaba oír nada.
—¡Salgamos!…
—dijo MacDoil—. ¡Tengamos calma y no disparemos sino a quemarropa!
Corrieron
el cerrojo, pero antes que pudieran retroceder para abrir la puerta, ésta fue
violentamente empujada y un oso se precipitó en la estancia, lanzando un sordo
rugido.
Aquel
feroz habitante del país de los hielos medía por lo menos dos metros de
longitud, y debía de pesar ochocientos kilogramos, a juzgar por su corpulencia.
Era, por consiguiente, un adversario verdaderamente formidable, que poseía,
además de sus robustos dientes y afiladas uñas, una fuerza realmente
prodigiosa.
Al
precipitarse en el camarote pareció sorprenderse ante los dos hombres, pero su
estupor duró un instante, porque de un salto tremendo que no podía esperarse de
un animal tan corpulento, se abalanzó sobre Sandoe con tal furia, que le
derribó antes que el cazador tuviera tiempo para apuntarle.
Pero
MacDoil, avezado a habérselas con los gigantes de la región americana, y que ya
había derribado no pocos osos grises, que son más grandes que los blancos, no
había perdido en absoluto su sangre fría.
Rápidamente
dio un paso atrás y descargó sobre la cara de la fiera las dos balas de su
escopeta.
Las
heridas debieron de ser mortales, porque los dos proyectiles le rompieron los
huesos del cuello; pero el oso no cayó al pronto, sino que, poniéndose sobre
las patas traseras y emitiendo un grito extraño, abandonó a Sandoe y salió del
camarote, esperando tal vez llegar a la plataforma y saltar al agua.
Pero al
pie de la escalera se encontró con otro terrible adversario: el mastín del
Thibet, que al oír disparar la escopeta, y suponiendo a su amo en peligro,
corría en su ayuda.
El enorme
can se abalanzó con furor inaudito a la espalda del oso, haciéndole crujir los
huesos.
El
herido, que iba perdiendo sangre a borbotones por la herida, se dejó caer sobre
las patas anteriores, esperando aplastar al perro; pero éste, de un salto, se
libró de la carga, rugiendo como un tigre.
La lucha
fue tan rápida, que antes que Sandoe se hubiese incorporado, escopeta en mano,
el oso yacía en tierra destrozado y agonizante.
—¡Bravo,
«Camo»! —gritó MacDoil, que había vuelto apresuradamente a cargar su arma.
En aquel
momento, el ingeniero y Orloff, armados también con carabinas, se lanzaban
fuera de sus camarotes, mientras el buque, desatada la maroma que le tenía
amarrado a la costa, se ponía en marcha a toda velocidad.
—¿Muerto?
—preguntó Nikirka.
—Sí,
señor —respondió MacDoil—. Le disparé dos tiros; pero estos animales tienen la
piel tan dura, que aún vivía y a no ser por este perro… Sandoe, ¿estás herido?
—No; pero
si tardáis un poco más, el bribón me aplasta el cráneo como un bizcocho.
—¡Eh!
—exclamó en aquel instante Orloff—. ¡Paréceme oír gruñidos en la plataforma!
—¿Si
serán otros osos? —dijo el ingeniero.
—¡Vamos a
verlo! —dijo el hebridense.
A una
señal suya, dos marinos, que habían acudido armados de hachas, hicieron ademán
de lanzarse a la escalinata; pero «Camo» se les adelantó.
En tres
brincos saltó las gradas y llegó a la plataforma.
—¡Diantre!…
—exclamó Sandoe—. ¡Hemos embarcado una tropa de osos!
—¡Se
divierten en hacer un viaje sin pagar el transporte! —repuso MacDoil—. ¡Veamos
de echar al agua a esos intrusos!
—¡Calma,
amigos míos! —dijo el ingeniero—. Pueden ser muchos y son animales peligrosos.
—Lo sé;
pero si no se los arroja de la plataforma, bajarán aquí. ¡Vamos, Sandoe, que
pueden estropearme el perro!
Lanzáronse
ambos a la escalera, seguidos de Orloff, de Nikirka y de dos marineros, y
llegaron a la plataforma.
Tres osos
reunidos a proa trataban de herir al perro, refugiado en un rincón de la
cancela. Las tres fieras parecían inquietas notando que el buque andaba y
viendo el agua correr espumante a su alrededor; pero no se decidían a echarse
al mar, aunque estos animales son excelentes nadadores.
Pero al
ver aparecer a los hombres armados trotaron hasta la extremidad de la
plataforma y se precipitaron al agua, acompañados de una descarga cerrada.
Uno de
los osos, herido en el cráneo, se fue pronto a pique como una masa de plomo;
los otros dos volvieron a la superficie, a doscientos metros de popa, nadando
vigorosamente hacia la costa, distante unos cuatro kilómetros.
—¡Buen
viaje! —gritó MacDoil—. ¡Ya sé que sois buenos nadadores y que llegaréis a la
playa!
—Aunque
distara cincuenta millas conseguirían alcanzarla —dijo el ingeniero.
—Para
otra vez, tengamos cuidado en no dejar abierta la escotilla —repuso Orloff.
—Muy
hambrientos estarían, porque por lo regular huyen del hombre.
—Yo creo
que tomaron al buque por el cuerpo de una ballena.
—Es muy
probable, señor Orloff.
—De todos
modos, nuestra despensa se ha enriquecido con carne fresca —dijo MacDoil—. La
carne de oso blanco es sabrosa.
—Es
verdad —respondió Orloff.
—Salvo el
hígado, que dicen que es venenoso.
—No
siempre, MacDoil. Algunos marineros lo han comido impunemente, otros han
enfermado y otros han muerto, atacados de agudos dolores y de terribles
diarreas. Ello es que los esquimales se lo dan a los perros, y nosotros haremos
bien en tirarlo.
—Decidme:
¿habéis matado otros osos blancos? —preguntó el ingeniero a MacDoil y Sandoe.
—Nunca
—respondieron los dos cazadores.
—Pues me
consta que la Compañía de las Pieles envía a Europa de mil a mil doscientas
pieles al año.
—Es
cierto —dijo MacDoil—. Son los cazadores de las costas septentrionales. En
nuestro distrito sólo se matan osos negros y grises.
—¿Y
coméis su carne?
—¡Ya lo
creo!
—Entonces,
os conferimos el encargo de preparamos para la mesa una ración de oso.
—¡Con mil
amores! ¡Me pinto solo para hacer un asado! ¿Verdad, Sandoe?
CAPITULO
X. EN MEDIO DE LOS HIELOS
Veinticuatro
horas después, el Taymir salía del estrecho del Príncipe de
Gales, confirmando así la suposición de MacClure; esto es, que el canal
desembocaba libremente en el de Melville.
Contra lo
que esperaban los dos cazadores, el buque, en vez de seguir al Norte, tomó
bruscamente al Sudeste, como si el ingeniero tuviera el propósito de bajar a la
costa americana a través del estrecho de MacKintosh.
¿Quería
ver la costa oriental del Príncipe Alberto, inexplorada aún, y visitar la
Tierra Victoria, terminando el viaje polar en el paralelo 79? Nadie lo sabía,
pues el mismo Orloff, interrogado por los cazadores, se encerró en una reserva
absoluta.
La
navegación del Taymir era cada vez más difícil, pues no
parecía sino que en el mar de Melville se hubieran congregado todos los hielos
destacados de la costa de la Tierra del Príncipe Alberto y de Bank, de la isla
de Melville, del Príncipe de Gales, del Rey Guillermo, de Bathurst y de la
península de Boothia.
Era una
sucesión continua de icebergs de enormes dimensiones, que
avanzaban cabeceando con gran peligro y amenazando a cada paso caer sobre el
buque y romperlo a pesar de su robusta coraza de acero. Eran packs,
hummoks, streams y wackes, con oquedades en su interior.
Hacia el Sudeste y el Noroeste veíanse bancos con una circunferencia de quince
a veinte millas, verdaderos packs, que no debían de tardar en
convertirse en icefields.
Los
reflejos que aquellos hielos despedían a la luz solar eran tan intensos, que
cegaban. En medio de las masas que la corriente de los estrechos de Barrow, de
Franklin, de Bank y de MacKintosh arrastraba al mar de Melville, acumulándolas
en este vasto depósito, se veían muchos anfibios calentándose a los tibios
rayos del sol.
En su
mayoría eran focas, llamadas comúnmente de Groenlandia, kadolik por
los esquimales, poco más largas de un metro de pelo espeso y corto, color gris
y cabos negros, y en la espalda una señal en forma de herradura muy oscura.
Se veían
muchas hembras, fáciles de distinguir por su tamaño inferior al de los machos y
por la coloración azul de la herradura mencionada. Algunas de ellas se
entretenían con sus crías, de color blanco, jugueteando y retozando en la
playa.
Tales
focas son las más abundantes de todas, por más que son tenazmente perseguidas
por los esquimales del Continente, de las islas de la Groenlandia y por los
cazadores de la Bahía de Hudson. Se calcula que se matan al año cien mil, sin
que esta carnicería parezca disminuir la especie.
Sin estos
anfibios, probablemente las tribus esquimales habrían mermado, pues ofrecen mil
recursos a los míseros habitantes de las regiones polares.
No menos
abundantes eran las aves marinas y terrestres.
El Taymir seguía
avanzando penosamente a velocidad moderada, procurando mantenerse a distancia
de los icebergs, que podían averiarlo y aun destrozarlo.
Espoloneaba
furiosamente los hielos menores cortándolos como una navaja de filo colosal;
atacaba los bancos, disgregándolos con golpe atronador, lanzábase contra ellos
moviendo furiosamente las hélices, y se dejaba caer en medio de aquellos
obstáculos, desmenuzándolos o cortándolos con el espolón.
Orloff
estaba en el timón guiando el coloso de acero. En sus manos, el gigantesco huso
parecía un juguete, y lo lanzaba a derecha, a izquierda y al frente con
precisión y seguridad maravillosa.
El
ingeniero y los dos cazadores asistían desde la plataforma a aquella lucha
monstruosa entre la fuerza mecánica y la resistencia inerte, pero siempre
formidable, de aquellos albos y enormes colosos polares.
Una
sonrisa de triunfo se dibujaba en los labios del valiente finlandés viendo a su
monstruo acorazado asaltar y demoler aquellos hielos que por tantos siglos
detuvieron a los buques de los más intrépidos marinos de ambos mundos. MacDoil
y Sandoe, no pudiendo reprimir su entusiasmo, lanzaban a porrillo enérgicos
«¡Cuerno de narval!» y «¡Por cien mil focas!».
Pero
aquella lucha no podía durar mucho, porque los grandes bancos no estaban lejos,
y el buque, por sólido que fuera, no podría perforar aquella extensión inmensa
de hielo compacto y de tanto espesor.
Orloff
seguía haciendo trabajar al espolón como si quisiera probar la potencia del
buque, y no cesaba de empujar a éste contra los hielos con una tenacidad rayana
en la locura. Hasta había momentos en que osaba atacar los pequeños icebergs,
a riesgo de derribarlos bruscamente sobre la proa.
En tan
terribles choques, la máquina de acero retumbaba como si en su centro reventara
una mina; pero ninguna de sus planchas vibraba: parecía formar una masa
compacta.
Ya la
lucha duraba media hora, cuando el ingeniero dio orden de parar la máquina.
El Taymir se encontraba entonces a unos trescientos pasos de
un banco que tendría una circunferencia de doce millas.
—Bajad
—dijo Nikirka a los dos cazadores—. Vamos a descender media hora.
Los
cazadores bajaron con el ingeniero y se cerró la escotilla, en tanto que las
hélices se ponían en movimiento a pequeña velocidad. Los tambores laterales
quedaron abiertos para que entrara la luz en los camarotes y en el salón; pero,
con gran sorpresa de los cazadores, no se encendieron las lámparas eléctricas.
—Debajo
de este banco no puede pasar la luz solar —dijo MacDoil—. Supongo que no iremos
a ciegas, a riesgo de tropezar contra algún obstáculo.
—¡A
doscientos metros! —se oyó gritar con toda energía en aquel instante al
ingeniero.
—¡Oh, oh!
—exclamó Sandoe—. ¡Bajamos más que la otra vez!
—No
tengas cuidado; el buque es de confianza.
—Lo sé,
MacDoil; pero quisiera saber adonde nos llevan estos hombres. ¿Sabes que es
enojoso andar por estos lugares sin saber positivamente adónde vamos?
—Son
mudos como peces, y no hay medio de sacar nada en limpio. Como quiera que sea,
pagan bien y los seguiremos adonde manden.
—¿Al Polo
también?
—¡También!
¡He tomado gusto a los osos blancos! ¡Ah! ¡Ya funcionan las hélices y nos
hundimos! ¡Vamos a ver si hay peces!
En aquel
momento el buque se sumergía lentamente para pasar el gran banco.
A
doscientos metros de profundidad contuvo su descenso, y siguió adelante a la
moderada velocidad de unos diez nudos.
Si bien
había descendido más que la vez anterior, se veía bien en el salón, donde
estaban juntos el ingeniero y los dos cazadores. Era una luz tenue, ligeramente
verdosa, que de cuando en cuando se hacía más clara, como si el buque fuera
encontrando lámparas eléctricas en el trayecto.
—¿De qué
provienen estos extraños resplandores? —preguntó Sandoe al ingeniero, el cual
no apartaba los ojos de una brújula puesta sobre una mesa en el comedor.
—Es el
reflejo de los hielos.
—¡Cosa
extraña! —exclamó MacDoil—. Yo creía que no se veía debajo de los hielos.
—¿Por
qué?
—Lo había
oído decir así.
—¿Cómo os
explicáis, entonces, que encima de los hielos se descubra aquella irradiación
blanquecina que los navegantes polares llaman Iceblink, y que no
consiguen sofocar las nieblas mismas? ¿Por qué los hielos no habían de
transmitir por debajo una parte de esa luz? En esa confianza navego por debajo
de este pack que estorbaba el paso, comprobando de una vez la
luz que algunos ponían en duda, Ya podéis verla.
En aquel
instante la luz de la estancia se hizo más diáfana, y hasta el agua que corría
por los flancos del buque tenía reflejos perlados, como si a trechos recogiese
los rayos luminosos.
Es cierto
que a veces se oscurecía, a causa tal vez de algunas capas de nieve acumulada
en el banco y que interceptaba la luz solar; pero los hielos proyectaban
siempre el iceblink lo bastante para ver los pocos peces que
se divisaban por los tambores.
Poco a
poco el buque aceleró su marcha. Orloff, que lo guiaba desde proa, seguro ya de
no encontrar obstáculos debajo del pack a aquella profundidad
de 200 metros, había mandado seguir a 15 nudos.
A través
de los gruesos vidrios de babor los dos cazadores espiaban con curiosidad a los
raros habitantes de aquel mar: algún tropel de arenques, algún delfín, o los
narvales que rozaban los vidrios con su cuerno.
—Señor
Nikirka —dijo de pronto MacDoil después de echar una ojeada a un termómetro
allí colgado—, observo algo que no me explico. La temperatura ha subido. Antes
que el Taymir se sumergiese, el termómetro señalaba ocho
grados, y ahora marca cuatro más, y tiende a subir. De modo que hace más frío
encima de los hielos que debajo.
—¿Os
sorprende eso?
—Mucho,
porque creía que el agua estaría más fría, especialmente a una profundidad tan
grande como la en que estamos.
—Es
verdad que a cada metro que se baje se encuentra el agua más fría; pero la
temperatura no siempre es menor que la de la superficie. En estas altas
latitudes se ha observado que bajo los hielos hace mucho menos frío, mientras
que en los otros mares, en los ecuatoriales y tropicales, sucede todo lo
contrario; es decir, que el agua es muy caliente en la superficie, pero a
cierta profundidad… ¡Hola! ¡Hemos pasado el banco! ¡Ved la luz del sol!
—¡Ya veo
caza! —dijo Sandoe.
—¡Salgamos!
—repuso el ingeniero.
Oyendo
hablar de caza, MacDoil dio un salto hacia el objetivo de cristal,
descubriendo, efectivamente, unos cuerpos de enormes dimensiones que se
agitaban a los lados del buque, que andaba despacio.
—¡Son
vacas marinas! —exclamó—. ¡Es carne fresca! —añadió, volviéndose al ingeniero.
—Mejor es
el aceite que de ellas se recoge —repuso éste.
—¡Las
escopetas, Sandoe!
—¿Qué
intentáis hacer? —preguntó el ingeniero.
—Matar
vacas.
—¿Para
verlas hundirse en seguida? En esta caza es preferible usar el arpón esquimal,
que es la mejor arma. Dejad hacer a mis marineros: ya veréis cómo cogen algunos
de estos colosos.
Oprimió
un botón eléctrico, y funcionaron las bombas expelentes; a poco subió a flote
el Taymir.
MacDoil y
Sandoe se lanzaron a la escalera en el preciso momento en que dos marineros
abrían la escotilla.
Casi
súbitamente oyóse fuera un concierto ensordecedor de mugidos, como si el buque
se encontrara en medio de una dehesa llena de toros encelados.
CAPITULO
XI. UNA CAZA DE VACAS MARINAS
Un
extraño espectáculo esperaba a los dos cazadores.
Una
manada compuesta de un centenar o más de animales de volumen extraordinario
tenían cercado al buque, el cual se había detenido, mientras los anfibios
mugían a más y mejor. Eran vacas marinas llamadas awak por los
esquimales.
Estos
anfibios de los mares polares miden generalmente cuatro metros, con una
circunferencia de tres o cuatro. Tales monstruos, que por su configuración se
parecen a las focas, tienen cabeza pequeña, hocico corto y obtuso, bigotes
erizados como los de los gatos, y piel rugosa y llena de protuberancias
producidas por las heridas recibidas en sus sangrientas luchas con sus
congéneres.
Acostumbran
a vivir, formando manadas numerosas, en las inmediaciones de la costa, a la
cual se retiran para descansar o calentarse a los rayos del sol, sin que por
eso se dejen sorprender, pues tienen centinelas apostados para advertirles de
cualquier peligro.
La manada
que había rodeado al Taymir debía de proceder de Tierra
Victoria, cuyas costas se entreveían tras las montañas de hielo que le
bloqueaban, o quizá estaban en aquel mar buscando moluscos, algas o peces, que
constituyen la principal alimentación de estos enormes anfibios. Llevados de la
curiosidad como todos los viajeros árticos, habían acudido a ver aquella
especie de cetáceo, creyendo tal vez que sería una ballena.
Al ver a
los cazadores, se apartaron algunos metros, pero sin dejar de mirarlos con sus
ojuelos brillantes, ni de rugir. Algunos machos viejos trataban de morder el
acero del buque con sus enormes caninos, que miden ochenta y noventa
centímetros, y pesan hasta cinco kilogramos.
—¡Qué
animalitos! —exclamó MacDoil—. ¡Alguno hay que pesará una tonelada!
—Y más
—repuso Orloff, que se había reunido con ellos.
—¿Es
buena su carne? Tengo entendido que la comen los esquimales.
—Así es;
pero es dura y tiene un sabor aceitoso que no me place. Lo que si es apetitoso
es la lengua, que he gustado muchas veces.
—He oído
decir que los cazan encarnizadamente.
—Sí,
aunque con menos provecho que los osos blancos. Se calcula que de una vaca
marina se sacan, entre las grasas, los colmillos, que son de buen marfil, y la
piel, cerca de dieciocho dólares (noventa pesetas).
—¡No vale
la pena matarlas!
—Pues los
cazadores de vacas hacen buen negocio matando muchos de estos animales y sin
correr riesgo alguno, por más que estos anfibios son muy vengativos y se
defienden ferozmente en el agua. Básteos saber que se mandan anualmente a los
mercados europeos de veinticinco a treinta mil kilos de su marfil.
—¿A cómo
se pagan sus colmillos?
—A ocho
francos el kilo, los grandes, y a seis los más pequeños.
—No es
mala ganancia, añadida a la de la piel y del aceite. Los cazadores deben de
hacer estragos.
—Hasta el
punto de que las vacas disminuyen, y acabarán por desaparecer en tiempo no
lejano.
Durante
esta conversación salieron dos marineros a la plataforma con arpones atados a
sólidas cuerdas, a fin de acechar el momento oportuno para dar un buen golpe.
No
tuvieron que aguardar mucho. Las vacas parecían atacadas de creciente
curiosidad, y habían vuelto a rodear al buque y trataron de subir por los
esferoides de proa y popa. Dos arpones tirados por brazos vigorosos hirieron a
un grueso macho armado de largos dientes. Al sentirse herido se sumergió, dando
un prolongado mugido; pero arrastrado por las cuerdas, reapareció en la
superficie, tiñendo el agua de encamado.
Los dos
cazadores ayudaron a los marineros, temerosos de que la presa se soltara; pero
dejaron las cuerdas para aferrar los arpones que el ingeniero les presentaba.
Las demás
vacas, viendo herido a un compañero, se arrojaron sobre el buque, mugiendo
terriblemente y resueltas a vengar al moribundo.
Machos y
hembras se apiñaban confusamente en torno de la plataforma, batiendo
furiosamente el agua con las colas, enseñando los dientes y haciendo locos
esfuerzos para atacar a sus enemigos, sin hacer caso de los ladridos de «Camo».
La horda
daba miedo, y mal lo hubieran pasado los cazadores si montasen una chalupa en
vez de un buque de acero.
Algunos
machos habían conseguido asaltar la popa del Taymir, y se
arrastraban sobre las planchas metálicas, que mordían rabiosamente creyendo
hacer mella en ellas, en tanto que otros lograban encaramarse a la balaustrada
de la plataforma.
MacDoil y
Sandoe, empuñando los arpones, se disponían a hacer una matanza de aquellos
pobres animales; pero el ingeniero los contuvo, diciendo:
—Es
inútil matarlos, para perderlos, bastante enemigos tienen, para que los
rematemos sin necesidad. Limitémonos a rechazar a los que puedan causar daño en
la balaustrada.
Dos
marineros, ayudados por Orloff, trataban en tanto de remolcar al viejo macho,
pero éste se defendía poderosamente, no obstante haber perdido tanta sangre,
que el agua estaba teñida enteramente de rojo.
No
sobrevivió mucho, porque los dos arpones le habían herido gravemente. Cuando el
ingeniero le vio izado, mandó seguir la marcha para desembarazarse de aquella
multitud de adversarios. Las vacas, viendo al buque marchar velozmente, se
aprestaron a abandonarlo, si bien siguieron mugiendo temerosamente y batiendo
el agua con furia.
Alejado
el peligro, los marineros y los dos cazadores se apoderaron de la presa, que
pesaba más de mil kilos. MacDoil apartó la lengua para salarla, se recogió la
grasa cuidadosamente para lubricar las piezas de la máquina, y la piel fue
reservada a «Camo», por no poder utilizarla de momento, ya que la operación les
hubiese entretenido.
Durante
esta faena, el Taymir continuaba rápidamente al Sudeste,
guiado por Orloff, que había vuelto a su puesto. Como los hielos seguían siendo
abundantes, iban dejando canales bastante anchos para el paso del buque,
circunstancia que aprovechaba Orloff para guiarlo con sin igual pericia.
En
aquella jornada, el Taymir hubo de descender otras dos veces
para pasar debajo de dos vastos campos de hielo que se dirigían al Sur, como si
se hubieran desprendido de la isla del Príncipe de Gales.
De noche
siguió su ruta sin amenguar la marcha. En las tres horas que el sol se mantuvo
en el horizonte, el potente reflector de popa fulguró en los hielos sus haces
luminosos, arrancándoles destellos diamantinos.
Al
parecer, el ingeniero tenía prisa en arribar al sitio prefijado, y no quería
detenerse ni siquiera de noche, por más peligros que amenazaran al buque.
En la
mañana del 27 de mayo, el Taymir avistaba la costa oriental de
la Tierra de Victoria y seguía hacia la del Rey Guillermo, isla de considerable
extensión entre la larga península de Boothia al Este, la península Adelaida al
Sur, y el estrecho Victoria al Oeste.
Algo
había de suceder en breve que diera a los dos cazadores una explicación acerca
de la ruta inexplicable hacia las costas sepentrionales del continente
americano, porque el ingeniero y Orloff daban muestras de cierta agitación. Con
frecuencia se asomaban a la plataforma, apuntaban los catalejos al Este, y
examinando con atención los mapas geográficos, hablaban muy animadamente.
Al
mediodía salieron de nuevo para tomar la altura con el mayor cuidado, mientras
el buque seguía con una velocidad de dieciocho nudos por hora, rapidez nueva
hasta entonces.
—¡Algo va
a suceder! —gruñó MacDoil a Sandoe, que seguía atentamente las diversas
maniobras de los comandantes.
—¿Si
estará por terminar el viaje?
—¡O por
empezar! ¡No se regalan diez mil dólares por un simple paseo por los hielos!
—¿Qué
vendrán a buscar aquí?
—Confío
en que lo sabremos dentro de poco.
—¿Ves
algo extraordinario?
—No veo
más que una costa cubierta de hielos.
—¿Si
buscarán algún hombre?
—¿En
estos parajes? ¡Si no hay más que osos blancos!
—¡Silencio!
El
segundo de a bordo, después de tomar la altura, decía al ingeniero:
—¡Ya
estamos!
—¿De
veras?
—Estamos
a sesenta y nueve grados cinco minutos de latitud, y noventa y ocho grados
veintitrés minutos de longitud, meridiano de Greenwich.
—La
corriente los ha arrastrado durante veinte meses.
—Pero en
tan largo tiempo sólo han corrido veinte millas, conforme decía el documento
hallado en los dos «caim» erigidos en la costa del Rey Guillermo por el
teniente Gore y el señor Veaux.
—En ese
caso, podemos encontrarlos investigando el fondo marino. ¿Habéis hecho tirar la
sonda?
—Hace
media hora. Ha dado mil ochenta metros.
—No creía
yo que este canal tuviera tanta profundidad.
—Ya
sabéis que el Taymir puede descender más aún.
—Lo hemos
probado, y sabemos cuál en su resistencia, señor Orloff; pero habrá poca
claridad.
—La luz
eléctrica reemplazará la del sol, señor Nikirka.
—¿Cuántas
horas necesitamos para llegar a la boca del Pez Grande?
—Podemos
llegar en treinta. ¿Queréis explorar aquel delta?
—Desearía
encontrar algunos esquimales.
—Los
encontraremos, sin duda, pues ha empezado la temporada de la pesca.
—Espero
encontrar algún recuerdo y poder hacer alguna luz sobre el triste fin de los
últimos compañeros de aquel desventurado. ¿Quién puede afirmar que hayan muerto
todos?
—Ya han
transcurrido diecinueve años.
—Alguno
pudo quedar prisionero o desesperado de poder atravesar solo los inmensos
territorios que le separan de los colonos europeos; se habrá quedado en
definitiva haciéndose adoptar por alguna tribu.
—Cabe en
lo posible. ¿Doy orden de sumergimos?
—Bajad
—dijo Orloff a los cazadores—. Vamos a visitar el fondo marino.
—¿Y
podremos verlo?
—Nadie os
impide verlo a vuestro antojo.
—¡Vamos,
Sandoe! ¡Creo que semejante espectáculo está vedado a todo el mundo!
Bajaron
al salón y se pusieron tras los vidrios de los tambores, ya abiertos, mientras
los marineros se aprestaban a cerrar la escotilla.
—¿Has
oído, MacDoil? —preguntó Sandoe.
—¿Sabes
de qué se trata?
—Todavía
no; pero me parece que de buscar algo en el fondo del mar. He oído hablar de
muertos.
—Y yo de
vivos desaparecidos hace ya diecinueve años. ¿Qué historia será ésa? No lo
adivino; pero ojos tenemos, y veremos de qué se trata. No tardaremos en
saberlo.
En esto
las hélices laterales empezaron a funcionar, imprimiendo al buque un leve
balanceo, y el ingeniero y Orloff se presentaron en el salón juntándose con los
cazadores.
CAPITULO
XII. EN EL FONDO DEL MAR
Bajaba
el Taymir lentamente el báratro del Océano Ártico,
manteniéndose ligeramente inclinado hasta popa. La luz se cernía gradualmente
en el salón, y el agua del mar se volvía poco a poco de color azul más oscuro,
cortado por estrías más o menos claras, producidas, al parecer, por el reflejo
de las masas de hielo o por la refracción de los rayos solares a través de
los icebergs flotantes en la superficie.
Algún pez
grande aparecía, si bien confusamente, desapareciendo antes que los dos
cazadores pudieran darse cuenta de la especie a que pertenecía; pero bien
pronto dejaron de ver seres vivientes, que parecían temerosos de los abismos
marinos.
El Taymir continuaba
sumergiéndose, conservando siempre su inclinación de popa, mientras las dos
hélices funcionaban con mayor velocidad para vencer la fuerte resistencia del
agua, que tendía a subir al colosal cilindro lleno de aire.
El
ingeniero, con los ojos clavados en el dinamómetro, contaba:
—Doscientos
metros, trescientos, cuatrocientos…
—¡Diablo!…
—murmuró MacDoil, oyendo este cuatrocientos—. ¿Adónde vamos a parar?
La
inmersión del buque iba siendo cada vez más lenta y fatigosa, no obstante el
furioso aleteo de las dos hélices, cuyos broncos golpes se oían en el salón.
Las máquinas debían de funcionar febrilmente, porque el golpe de los émbolos
hacia temblar la armazón del buque, que soportaba una presión enorme, aunque no
la que se calculaba antes a tanta profundidad.
La luz,
en tanto, se amortiguaba, pero permitía ver confusamente a través de los
vidrios.
A
quinientos metros era tan débil, que parecía la luz crepuscular. A aquella
considerable profundidad, la luz solar era absorbida por la enorme capa de
agua, aunque no tanto que la extinguiese por completo.
De pronto
MacDoil, que miraba ansiosamente a través de la gran lente de cristal, se
volvió al ingeniero y dijo:
—¡Mirad!
A favor
de la débil claridad veíase surgir de la profundidad del Océano Ártico como
inmensas serpientes dentelladas de color oscuro, rígidas, como si fueran de
metal, pero que se contraían y enroscaban como si sobre ellas pasase una rápida
e impetuosa corriente de agua.
—Son
algas —dijo el ingeniero.
—¿A tanta
profundidad?
—Ya os
dije que en estos mares el agua del fondo es menos fría que en la superficie, y
permite el desarrollo de la vegetación mejor que fuera.
—Esas
algas deben de ser enormes.
—No me
sorprenderla que tuvieran de ochocientos a mil pies —repuso el ingeniero.
El cual,
volviéndose a Orloff, continuó diciendo:
—¿No os
parece que estas algas son parecidas a las que forman el kelp de
los mares australes?
—Sí
—contestó Orloff—; y me sorprende que en estos mares no se vean aquellos
sargazos flotantes que circundan el continente polar austral.
—La
explicación es fácil, señor Orloff. Aquí es mayor la profundidad, y las algas
no pueden tener mil metros de extensión; pero son las mismas. ¿No estropearán
la hélice?
—Son poco
espesas, y, además, me parecen muy frágiles.
Orloff
decía bien. Aquellas algas enormes no crecían tan unidas como las macrocystis
pyrifere que se extienden alrededor del continente polar austral
formando praderas flotantes que los marinos ingleses apellidan kelp;
debían de pertenecer, como dijo el ingeniero, a la misma especie, pues estaban
igualmente provistas de pequeñas vejigas y de ramificaciones en la cima en
forma de láminas dentelladas.
El Taymir,
que se sumergió en medio de ellas, las apartaba violentamente, haciéndolas
ondular en todos sentidos como si estuvieran animadas, y algunas, arrancadas
por las paletas de la hélice subían rápidamente a la lejana superficie del mar
a impulsos de sus vejigas flotantes.
A
seiscientos metros de profundidad se paró el buque un instante, como si no
lograra vencer la resistencia del agua y sufrió alguna oscilación; pero luego
volvió a descender, levantando ante las lentes olas de espuma que despedían
extraeos fulgores. De pronto las algas desaparecieron en un instante, y a
estribor del buque se vislumbró confusamente una masa oscura que parecía bajar
como cortada a pico en las profundidades del mar.
Era una
costa que parecía extenderse en dirección de la isla del Rey Guillermo,
formando el margen de un profundo valle submarino, en el que entraba entonces
el Taymir. Así se lo indicó Orloff al ingeniero, el cual se limitó
a asentir dos veces con la cabeza.
La
muralla rocosa, que probablemente servía de base a la isla del Rey Guillermo,
si bien no era visible a la luz crepuscular, permitía distinguir grandes
hendiduras, puntas agudas y cierta vegetación que no parecía de algas. Sería,
tal vez, aquella especie de limo blando y viscoso que se encuentra en las
cascos de muchos buques, y que se recoge en las inmensas llanuras submarinas
del Atlántico y del Pacífico, a las profundidades de cuatro y cinco mil metros,
desmintiendo la vieja aserción de que a quinientos metros bajo el mar la
vegetación es nula o poco menos.
Entre
aquellos vegetales, que se entrelazaban confusamente, brillaban misteriosas
vislumbres; ora rayos de luz verdosa, ora puntos luminosos azulados que se
movían rápidamente, ora como nimbos de chispas que parecían producidas por una
porción de montículos fosforescentes.
¿Qué
misteriosos habitantes del fondo marino se agitaban en aquella extraña pradera
a setecientos metros de profundidad?
MacDoil y
Sandoe, con los ojos en el vidrio de la lente, miraban mudos, si bien su rostro
expresaba una viva emoción. Parecían sorprendidos, inquietos, casi aterrados de
bajar al fondo de aquel báratro y de sentir que pesaban sobre su cabeza
centenares de metros cúbicos de agua.
Mientras
tanto, el Taymir parecía que iba bajando al reino de las
tinieblas eternas, a un mundo nuevo y pavoroso.
—¡Mil
metros! —exclamó el ingeniero, rompiendo el silencio que reinaba en el salón.
—¡Mil
metros! —repitieron atemorizados los dos cazadores—. Pero ¿hasta dónde bajamos?
—preguntó MacDoil, apartándose de la lente.
Nikirka
no respondió: parecía prestar toda su atención a las poderosas pulsaciones de
la máquina, cada vez más febril, que hacían vibrar extrañamente la coraza de
acero del buque.
—Señor
—repitió el hebridense con voz alterada—, ¿y si no pudiéramos subir?
El
ingeniero miró al cazador, y le dijo:
—¿Tenéis
miedo?
—No;
pero…
—Mi buque
es seguro, y me sorprende que vos, que habéis afrontado tan valerosamente a los
osos blancos, os impresionéis ahora.
—Lo
confieso.
—¡El
fondo! —dijo a esto Orloff.
Al oír
estas palabras, MacDoil se precipitó nuevamente al vidrio. Una extensión
inmensa, oscura, indefinida, con luz casi imperceptible, parecía volar al
encuentro del buque saliendo de la superficie de la tierra y despidiendo
chispas multicolores. En vez de hallarse en el fondo del mar, parecía estar
el Taymir en medio de una nube del color de la pez, pero a
través de la cual se vieran centellear algunos astros.
¿De qué
provenían aquellas luces? ¿Qué peces desconocidos, qué crustáceos, qué
monstruos de forma inconcebible vivían y se multiplicaban allá abajo?
El buque
descendía siempre en aquellas aguas tenebrosas, jamás iluminadas por un rayo de
sol, y que ningún ojo humano había contemplado hasta entonces; pero las luces
crecían y se multiplicaban. Ora consistían en simples puntos luminosos, ora en
chispazos fugaces, ora en ondas que parecían producidas por chorros de metal
fundido.
MacDoil,
Sandoe, el ingeniero y Orloff, pegados al vidrio, miraban casi sin respirar.
Los
primeros campeones de aquel mundo submarino empezaban a aparecer en torno del
buque, subiendo del fondo. ¿Qué extraños y medrosos seres se agitaban ante el
vidrio? La luz eléctrica, bruscamente encendida en el salón, y que hacía
brillar las dos grandes lentes, permitía verlos con claridad.
Eran
peces que parecían anguilas, de un metro de longitud, con los órganos de la
locomoción casi rudimentarios o con boca enorme y deforme, semejante a
los macruros; eran peces cilíndricos, con tentáculos en la cabeza y
ojos fosforescentes, serpiente de mar o parecidas a ellas y delgadas como
cintas; eran peces de forma aplanada, formados por una materia transparente
como los lectocephalus, o ciertas extrañas medusas en forma de
globos luminosos, con tentáculos plumosos y larguísimos.
En el
fondo aparecían otros extraños seres, ofreciendo una visión multicolor. Ya
espléndidas brisingues o estrellas gigantescas, muellemente
tendidas en el fondo, tapizado de una vegetación no conocida aún, despidiendo
rayos de luz sanguínea, violácea o amarilla, como si sus puntas estuviesen
adornadas de piedras preciosas; ya anélidos filamentosos con brillo de
esmeralda, de amatista o de granate; luego los espongiarios, de formas variadas
y elegantes, abriendo y cerrando sus inmensas, fúlgidas corolas, y moluscos que
se arrastraban esparciendo una luz azulada o de matiz rosa pálido, como zafiros
o rubíes vivientes, y miríadas de larvas de crustáceos de ojos fosforescentes.
De golpe
desapareció aquella oscuridad casi completa, rota solamente por aquel foco de
variadas luces, pero que no llegaba a iluminar el resto del agua, y un inmenso
haz de luz intensa, blanca, se difundió y pareció correr ante el buque,
iluminando como en pleno día aquel valle submarino.
El Taymir se
había puesto en movimiento, las hélices de popa funcionaban, y el gigantesco
huso maniobraba entre aquellas profundas aguas, mientras el potente reflector
eléctrico de popa proyectaba sus rayos luminosos.
Los
habitantes submarinos, deslumbrados por aquella luz que iluminaba el fondo del
valle, o acaso asustados, no habiendo visto nunca un rayo luminoso bajar hasta
allí, se agitaban y huían en todas direcciones. Saltaban, se contraían o se
ocultaban entre la vegetación submarina, buscando un refugio bajo las arenas y
el légamo.
El buque
deslumbrante avanzaba por el fondo marino, mostrando a los asombrados cazadores
nuevas maravillas, nuevos seres, sorpresas nuevas. Tan pronto atravesaba
llanuras por las cuales se arrastraban millares de crustáceos de todas formas;
ora bordeaba una cima en la que se descubrían largas filas incrustadas de
grandes concháceas con reflejos de madreperla o con los colores del iris, y que
parecían pertenecer a la especie de los haliotes gigantes, tan
abundantes en los mares septentrionales de la China y del Japón; o bien
rastreaba por vallados de paredes cortadas a pico, que a la luz eléctrica
mostraba gigantescas tridaenes de un metro de diámetro, o
rosadas gorgoritos, cuyas hojas reticulares se distendían como
abanicos, o centenares de grandes actineos en forma de masas
cilíndricas con tentáculos cónicos parecidos a grandes flores azules. A veces
el Taymir, con su agudo espolón, hendía montones de medusas que
notaban libremente, o bien se mantenían aferradas a las cimas de ciertos
extraños espongiarios.
A
intervalos se descubrían otros peces en el fondo del Océano Ártico: esqueletos
de vacas marinas sembrados de crustáceos que se disputaban la última carroña, o
de focas, o de narvales que mostraban aún amenazadores su larga defensa de
marfil.
Veíase
también el esqueleto de una ballena enorme engastado entre dos rocas. Las
gigantescas costillas, las inmensas quijadas, entonces desnudas de carne, y la
potente cola estaban cubiertas de larvas de crustáceos, de cangrejos armados
con robustas pinzas, de serpientes de mar y de concháceas.
¡Quién
sabe desde cuánto tiempo yacía allí aquel gigante del mar! Quizá desde muchos
lustros, desde siglos, y pasarían otros tantos antes que la enorme osamenta
fuera destruida por las sales marinas o pulverizada por los habitantes del
fondo marino.
En su
marcha, el buque cortó con el espolón un kayak esquimal
flotante entre dos aguas. El ligero esquife de piel se rompió a medias, y los
dos cazadores vieron salir de él un esqueleto humano. El misero despojo volteó
un instante en el agua y fue a sepultarse en el fondo, donde le asaltó
súbitamente una miríada de cangrejos famélicos y distintos peces.
El
ingeniero y Orloff cambiaron una mirada, mientras Sandoe y el hebridense se
separaban del vidrio dando un paso atrás. Aquella masa tenía una forma
demasiado conocida de los cuatro para que pudieran engañarse.
—¡Uno de
los buques, tal vez! —murmuró el ingeniero—, ¡Quiero verlo! ¿Dónde estamos?
—A
veinticuatro millas de la costa, si mis cálculos son exactos —contestó Orloff.
El buque
moderó su andar y viró lentamente de modo que el reflector pudiera iluminar
aquella masa. Los cuatro hombres se acercaron al vidrio de estribor, poseídos
de viva emoción.
—¿Un
barco? —preguntó al fin MacDoil con voz ahogada.
Ni el
ingeniero ni Orloff respondieron: seguían mirando, y parecía que toda su
atención estaba concentrada en aquel objeto. Con pocas bordadas, el Taymir se
puso a su lado. Si; aquella masa negra era el casco de un buque grande,
reclinado por estribor, pero sin mástiles ni obra muerta. Tenía rotas las
amuras, como si hubiera soportado una enorme presión, y por las hendiduras se
veían cajas y barriles en desordenado montón imposibles de apreciar.
A popa de
aquel barco, colgado de un asta, se veía un paño rojizo, restos de una bandera.
El Taymir siguió
virando, describiendo un círculo alrededor de la nave náufraga y proyectando el
resplandor de su lámpara eléctrica.
De
pronto, al pasar frente a la popa de aquel barco, el ingeniero cogió de un
brazo a Orloff y le mostró las letras que se veían distintamente, diciéndole
con voz emocionada:
—¡Mirad!
—¡Terror!
—leyó Orloff.
CAPITULO
XIII. UN DRAMA POLAR
¡El Terror!
MacDoil no era científico ni había navegado nunca por los mares árticos, pero
aquel nombre fue para él una revelación.
¡El Terrór!
El nombre de aquella nave era sobradamente conocido en todas las regiones de la
América Septentrional, y el cazador lo había oído pronunciar muchas veces en
las costas de Alaska, juntamente con el de otro buque y un apellido célebre que
recordaba una de las más tremendas catástrofes ocurridas en aquellas regiones
glaciales.
Al oír
pronunciarlo a Orloff volvióse hacia el ingeniero, el cual no separaba los ojos
de aquellos restos, que poco a poco se iban pudriendo en el valle submarino.
—¡El Terror!
—exclamó—. Uno de los barcos de Franklin tal vez. ¡Hablad, señor Nikirka!
Este hizo
con la cabeza una señal afirmativa.
—¿Y
el Erebus?
—No
estará lejos.
—¿Lo
veremos?
—Así lo
espero.
—¿Seguimos?
—preguntó Orloff.
—Sí
—contestó el ingeniero.
Orloff
tocó en un botón eléctrico que comunicaba con el asiento del timonel.
El Taymir había
descrito media virada a estribor, y continuó la marcha hacia el Norte,
siguiendo siempre el valle.
La masa
del Terror iba desapareciendo a medida que el Taymir se
alejaba; pero el ingeniero seguía mirándola cada vez más emocionado.
Un
suspiro se le escapó de los labios, y MacDoil le oyó murmurar repetidas veces:
—¡Desgraciados!
¡He aquí a lo que los condujo la fascinación del Polo!
El Taymir andaba
moderadamente y describía muchas vueltas, explorando el fondo del valle.
De cuando
en cuando, en medio de los crustáceos que pululaban en las rocas y entre las
grietas, aparecían objetos que debían de haber pertenecido al buque. Anclas
amarradas aún a sus cadenas; algún bote desfondado; jarcias que se mantenían
rígidas, como si tendieran a subir a flote; fragmentos de tablas, planchas de
cobre, y detrás de una roca dos pedazos de mástiles, pero sin penóles ni
entenas.
—¡Helo
aquí! —dijo el ingeniero.
—Sí
—contestó Orloff.
El Taymir maniobraba
lentamente, virando alrededor de la roca. No bien la hubo pasado apareció un
segundo buque, deshecho y descuartizado como el otro, pero con el puente
intacto y abiertas las escotillas.
Cuando la
luz le dio de lleno viose salir de aquellas aberturas legiones de monstruos
marinos, peces de nueva especie, calamares monstruosos, crustáceos de extrañas
formas. Asustados por el resplandor que penetraba a través de las hendiduras
del casco, iluminando el interior de la estiba, se apresuraron a salir de su
tenebroso escondite, donde largos años habían disfrutado de tranquilidad
completa.
El Taymir pasó
al largo para evitar las rocas en que estaba acostada la pobre nave, y se
detuvo ante la popa, en la cual se veían unas letras que conservaban su color
dorado.
—¡El Erebus!
—dijo Orloff.
—Sí; ¡el
segundo buque! —repuso el ingeniero—. ¡He aquí el sitio donde se desarrolló el
drama polar que ha costado a Inglaterra uno de sus más valientes almirantes!
—¿Murió
aquí mismo? —preguntó MacDoil.
—No
—contestó el ingeniero.
—¿Eran
éstos los buques que buscabais?
—Si.
—¿Pero
con qué objeto?
—Para
reconstruir la dramática historia de aquella desgraciada expedición. ¿La
conocéis?
—He oído
hablar muy vagamente de ella en Alaska. Se hablaba de expediciones organizadas
en gran escala para encontrar a los supervivientes perdidos en el mar Polar.
—Oídme,
pues, y sabréis datos que acaso se ignoran en Europa, por más que treinta y dos
buques ingleses y ocho americanos, mandados por los más intrépidos exploradores
polares, como Austen en los buques Risoluze, Intrepid, Assistance y
Pionneer; Penny con Lady Franklin y la Sofie;
Kallet con Resolute y el Intrepid; Collinson,
MacClintock y otros, hayan investigado estas regiones paso a paso para
dilucidar la misteriosa desaparición de ciento treinta hombres. Fue la
expedición más numerosa y mejor organizada que salió de los puertos ingleses, y
el hombre que la dirigía, el más intrépido marino de que podría envanecerse
Inglaterra en aquella época. El nombre de John Franklin era popular en Europa y
en América. Soldado valeroso, había tomado parte en combates navales, y joven
aún en la batalla de Trafalgar; y como explorador audaz había ya hecho no pocos
descubrimientos en las costas de la América Septentrional y en otras regiones.
»La
ciencia contaba con el triunfo; no dudaba ver descubierto el famoso paso del
Noroeste, y tal vez el misterioso Polo Ártico.
»El 26 de
mayo de 1864, el Erebus y el Terror zarpaban
de las costas inglesas seguidos por los augurios de todas las naciones de
Europa; ciento treinta hombres escogidos entre los mejores oficiales y marinos
los tripulaban. El 26 de julio, la expedición fue vista por los balleneros de
la bahía de Baffin, y luego nadie volvió a verla. Empezaron a despertarse
temores, fueron perdiéndose las esperanzas, y corrió la voz de que había
ocurrido una tremenda catástrofe.
»Inglaterra
y los Estados Unidos alistaron las primeras expediciones, que no dieron
resultado; siguió el misterio en las tinieblas. Lady Franklin,
la animosa mujer del almirante, no desesperaba, y armó otras expediciones. En
1851 alistó el Prince Albert y lo envió a las regiones
polares; pero los expedicionarios sólo descubrieron una tienda vacía erigida en
la punta Walter y que había pertenecido a los buques de Franklin.
»En 1853
armó el Fénix, sin conseguir mejores resultados. El desventurado
Renato Bellot, que lo mandaba, quedó en una grieta de los hielos que estaba
explorando.
»La
esperanza de encontrar los dos buques y a sus tripulantes se fue perdiendo poco
a poco, a medida que pasaban los años, pero sin dejar de sucederse las
expediciones. Se quería a todo trance conocer la suerte que había cabido a los
ciento treinta hombres perdidos en los hielos del Polo.
»En 1859,
MacClintock, movido por lady Franklin, intentó por tercera vez
una nueva expedición y fue a investigar con el Tose el
estrecho que lleva su nombre en la costa de la isla del Rey Guillermo. Sus
pesquisas fueron coronadas por el éxito, y al cabo de trece años pudo encontrar
las huellas de las tripulaciones del Erebus y del Terror y
conocer la triste suerte que les cupo.
»En las
costas del Rey Guillermo se recogieron los primeros vestigios de la expedición:
azadas, utensilios de cocina, cordaje, velas y un sextante que llevaba grabado
el nombre de Franklin Homby, seguido de una R y una N, iniciales de los objetos
pertenecientes a la Marina real inglesa.
»Entre
tanto, el 6 de mayo, el teniente Gosbome, a las once y cuarto, y a cuatro
millas del punto donde acampara con sus hombres, descubría un cairn,
o sea una pirámide de piedra, dentro de la cual había una caja de hojalata con
el relato de la expedición de Franklin, acompañado de estos párrafos:
«Quienquiera que encuentre estos papeles sírvase enviarlos al Secretario del
Almirantazgo en Londres o al Cónsul inglés más próximo, si le es más cómodo.
»Más
tarde se descubría otra pirámide más pequeña, con la siguientes indicaciones:
“Esta piedra ha sido erigida por las tripulaciones de los buques Erebus y Terror en
Victory Point, isla del Rey Guillermo, donde desembarcaron el 22 de 1846,
abandonando los buques y de donde partieron el 26 en dirección meridional”.
Alrededor de los dos cairn se encontraron muchos restos de los
dos buques, ropas y utensilios, que fueron recogidos por MacClintock.
»Por
último, este mismo, a los 69° 27' de longitud, cerca de las bocas del Gran Pez,
o de Banks, se encontraban un bote perteneciente a los buques hundidos, puesto
sobre un rodillo de encina, con un esqueleto humano oculto en un montón de
ropa, y poco después otro esqueleto medio devorado, dos escopetas de dos
cañones, cargadas aún; libros de rezo, algunos relojes de bolsillo, cucharas y
tenedores de plata, municiones, cuarenta libras de chocolate, un pote con té y
algunos paquetes de tabaco.
»Sólo
entonces pudo reconstruirse el viaje de las dos naves y conocerse las diversas
fases del desastre. Así pudo saberse que la expedición había llegado a los 77
grados de latitud, saliendo del canal de Washington, y que allí se volvió al
oeste de la isla de Cornualles, estando bloqueada por los hielos cerca de la
isla Beckey. Al año siguiente, la expedición estuvo detenida a 69° 05’ de
latitud y 98° 23’ de longitud, a unas quince millas de la costa noroeste del
Rey Guillermo.
»La
segunda invernada hubo de ser fatal. Durante veinte meses, las dos
embarcaciones fueron arrastradas por el estrecho de MacClintock, hasta que las
tripulaciones, perdidas ya toda esperanza de verlas libres, las abandonaron. De
ciento treinta que habían sido, el 11 de Junio de 1847 quedaban ciento cinco,
habiendo perecido nueve oficiales y quince marineros, y también el almirante.
Los desgraciados, guiados por Crozier, comandante del Terror, y por
Fitz James, comandante del Erebus, acercáronse a la isla del Rey
Guillermo el 22 de abril de 1848, emprendiendo la marcha el 25 hacia el Sur.
»Su
proyecto era llegar al río del Gran Pez; pero las largas invernadas y el
escorbuto los habían debilitado, haciéndolos incapaces para tan largo viaje. Lo
que después sucedió se ignora, aunque se supone. Sábese que la caravana,
diezmada por el hambre y los sufrimientos, fue encontrada por algunos
esquimales cerca de la bahía de Washington, y que pronto fue abandonada.
Algunos trataron de pasar el estrecho de Simpson; pero llegaron tarde ya para
intentar la travesía en los hielos. Allí invernaron, sin duda, en número de
diez, llevándose consigo los libros de a bordo, los diarios e instrumentos.
»¿Qué les
ocurrió? Probablemente estos últimos supervivientes de la expedición fueron a
morir de hambre cerca de Starvation Cove, mientras sus otros compañeros morían
en la costa o eran sepultados por los hielos del Océano.
»¿Quién
puede decir las horribles escenas que pasarían entre aquellos desventurados?
Los restos encontrados en un caldero entre los hielos no dejan duda sobre lo
que pasó. Las escenas de antropofagia de la Medusa, que
horrorizaron a Europa, se repitieron también entre los hielos y las nieves de
la región polar.
Calló el
ingeniero, mientras MacDoil y Sandoe seguían mirándole como si aún hablara.
Una
brusca sacudida los sacó de su inmovilidad.
—Subimos
—dijo Orloff.
Efectivamente;
el Taymir dejaba el fondo del mar y subía a toda máquina,
inclinado a popa. Su espolón hendía las aguas con gran ímpetu, haciendo vibrar
las planchas metálicas, mientras a lo largo de las lentes corrían oleadas de
blanca espuma.
La luz
del día volvió a entrar por el tambor de popa, y apagaron la eléctrica; el buzo
gigante en un minuto atravesó la enorme masa de agua, se encabritó como un
corcel sobre la superficie de las ondas, volvió a caer con sordo ruido,
levantando así dos montañas de agua, y el Taymir se lanzó
hacia el Sur, abandonando aquellos tristes parajes.
CAPITULO
XIV. LOS ESQUIMALES
El buque
seguía en dirección al Sur, con una velocidad de dieciocho nudos, con rumbo a
la península de Adelaida, que forma parte de la costa septentrional de América,
y se extiende entre el estrecho de Victoria y la gran península de Boothia.
Al
parecer, el ingeniero tenía prisa por descubrir la costa americana, pues el
buque avanzaba con ímpetu irresistible a través de los hielos que estorbaban el
paso, sin desviarse una línea.
Aquella
masa de acero obraba como un ariete de incalculable potencia, destrozando
los streams, palks y hummoks, atreviéndose hasta
contra los bancos, por entre los cuales se abría paso con su espolón.
¿Adónde
lo guiaba Orloff, que era el que empuñaba el timón? MacDoil y Sandoe se lo
preguntaban, sin poder adivinar la nueva ruta del buque, y el ingeniero seguía
silencioso.
El día 28
de mayo el Taymir avistaba las costas septentrionales de
Adelaida; pero en vez de continuar hacia tierra, se desvió al Este, como si
tuviera intención de dirigirse a la bahía de Elliot.
La misma
noche cambiaba otra vez de ruta y navegaba hacia el Sur, internándose en aquel
profundo golfo que se forma en las bocas del Oran Pez, y al día siguiente se
detenía cerca de una costa desierta, en la cual se veían algunas canoas de
huesos de ballena que usan las tribus esquimales para la caza de la foca o de
la morsa, y para la pesca de narvales.
El
ingeniero y Orloff salieron a la plataforma, y los dos cazadores, ávidos de
noticias, corrieron tras ellos.
—¿Creéis
encontrar sus huellas? —preguntaba Orloff.
—Difícil
será, habiendo transcurrido tantos años; pero algunos objetos que pertenecieron
a aquellos desgraciados, espero encontrarlos en manos de los esquimales. ¡Ah!
¡Fortuna sería poder recobrar los diarios de a bordo!
—Me
parece que la costa está desierta.
—Estos kayaks indican
que sus dueños no estarán muy lejos.
—Es
probable. ¿Desembarcamos?
—Sí.
—Id a
buscar nuestras escopetas —dijo Orloff a los cazadores—. Nos acompañaréis.
Poco
después, los cuatro, seguidos del mastín, desembarcaban en un banco de hielo y
se dirigían a la costa, que surgía a un kilómetro de distancia con una
elevación de cien metros.
Sobre la
nieve, reblandecida por el sol, se descubrían algunas huellas de pasos,
pertenecientes, sin duda, a los dueños de las canoas, y que parecían recientes.
Algunas aves revoloteaban; entre ellas iban los pequeños plectrophanse
nivales y el minúsculo auks, que cazan los esquimales con
unas redes parecidas a nuestras mangas de coger mariposas. Veíanse también
algunas martas, llamadas de Charsa, con una cola de cuarenta centímetros y
comadrejas cuya piel llegaba a valer 80 francos.
En cuanto
las vio, el perro se apresuró a embestirlas; pero llegaba siempre tarde, porque
los animalitos corrían a esconderse en sus madrigueras.
Ya en la
costa, se encontró de improviso con un soberbio lince polar. Antes que los
cazadores pudieran echarse a la cara las escopetas, el perro lo había
estrangulado, a pesar de las garras de ese habitante de las nieves. Estos
linces polares son los más grandes de su especie, altos de medio metro, y uno
de largo, sin contar la cola, que mide veinte centímetros. Su piel es
bellísima; su hocico se parece al de los leones jóvenes; adorna su cabeza una
pequeña crin de color gris, y sus orejas, unos penachos blanquecinos y
eréctiles.
En toda
la costa septentrional de América estos animales son tenazmente perseguidos,
pagándose sus pieles de cuatro a seis dólares, además de que su carne es
apetitosa. Calcúlanse en unos veinte mil linces los que se cazan todos los
años.
Mientras
MacDoil se aprestaba a cargar con la pieza, con intención de regalársela al
cocinero de a bordo para que hiciera con ella un buen asado, el ingeniero se
subió a una roca cubierta de hielo, desde cuya cima se podía descubrir una
vasta extensión.
—¡Humo!
—exclamó.
—¿Lejos?
—preguntó Orloff.
—A menos
de un kilómetro. Lo veo alzarse detrás de una curva de la costa.
—Y yo veo
a un hombre que viene hacia nosotros —repuso Sandoe—. Diríase que es un pequeño
oso blanco; pero debe de ser un esquimal.
—¡Bueno!
—dijo Orloff—. ¡Así nos ahorramos una marcha!
Todas las
miradas se dirigieron hacia el sitio que indicaba el cazador. Un hombre que
hasta entonces debía de haber estado oculto en algún repliegue del camino se
acercaba.
Era un
individuo de estatura menos que mediana, bastante grueso, a causa, sin duda, de
su vestido de piel de oso y de otras pieles que llevaría debajo. Un capuchón,
que parecía de piel de perro, le cubría la cabeza, y en la mano llevaba un
arpón cuya punta estaba formada por un pedazo de cuerno de narval.
El
ingeniero le salió resueltamente al encuentro, extendiendo los brazos en señal
de paz, y se detuvo a diez pasos de él.
Aquel
esquimal parecía bastante joven; quizá no llegaba a los treinta años. Tenía la
cara larga y las mandíbulas salientes, como todos los de su raza; la frente
estrecha y baja, la nariz chata, los ojos algo oblicuos, como los de los
mogoles, vivos e inteligentes; los cabellos largos y negros, mientras su piel
era aceitunada y untada de grasa. Miró a los extranjeros algunos instantes con
curiosidad, y les dijo:
—¡Nalegah
tima!
En vez de
responder a estas palabras, que significan «cabeza, salud», el ingeniero le
preguntó en inglés quién era y dónde estaba su tribu.
Con gran
sorpresa de todos, el esquimal le respondió en la misma lengua, si bien
involucrando algunos vocablos, que debían de ser esquimales, o tal vez daneses.
—Yo me
llamo Kalutunak —dijo—. Mi tribu reside detrás de aquella montaña de hielo que
se levanta en la playa; allí donde sale una columna de humo. ¿Y tú, de dónde
vienes?
—De los
lejanos mares de Occidente.
—¿En uno
de aquellos grandes cajones flotantes?
—Si, pero
que se parece a una ballena.
—Quisiera
verla. Hace muchos años que no se presenta ninguna en esta costa y muchos
también que no veo hombres de piel blanca.
Luego,
mirando al lince polar que MacDoil llevaba al hombro, añadió:
—¿Me lo
regalas? Kalutunak no tiene carne marina en su cabaña, y las focas no han
acudido aún a estas costas.
—Kalutunak
se llevará a su choza el lince polar, y se lo comerá, si me dice de quién ha
aprendido la lengua de los hombres blancos.
—La he
aprendido de un hombre llegado de los mares del Norte hace muchos años y a
quien mi padre recogió medio muerto de hambre en nuestras costas.
—¿Cuándo?
—preguntó el ingeniero con emoción.
El
esquimal se miró los dedos como si contara, y dijo:
—Han
transcurrido trece inviernos.
—¿Iba
solo aquel hombre?
—Si,
porque sus compañeros murieron de hambre y de fatiga.
—¿Dónde
murieron?
—En una
costa desierta, a una hora de trineo de aquí.
—¿Vive
aún el hombre blanco?
—No;
murió poco tiempo después.
—¿Ha
dejado objetos a tu tribu?
—Si;
instrumentos que no conocemos, y que el amgekok conserva
todavía.
—¿Puedes
llevarme a la playa donde murieron los compañeros del hombre blanco?
—Sí, si
lo queréis.
—Si así
lo haces, te regalo una escopeta.
Los ojos
del esquimal brillaron de contento.
—¿Y me
enseñaréis a usarla?
—Si.
—¿Y me
daréis pólvora?
—Te la
daremos.
—Así
tendremos dos.
—¿Por qué
dos?
—Porque
mi padre posee la del hombre blanco; pero falta la pólvora y no dispara.
—Llévame
a tu tribu.
—Sígueme.
Los
cuatro europeos y el esquimal emprendieron la marcha siguiendo la costa,
cortada por altas rocas revestidas aún de su manto invernal, si bien el sol
empezaba ya a derretir las nieves y los hielos.
El
algunos pequeños espacios descubiertos brotaban tímidamente las primeras
plantas primaverales: pequeños ranúnculos, saxífragas, graciosas lichynis de
coral purpúreo que desafían las nieves, y pequeños monties de
blancos pétalos. En algunas hendiduras resguardadas de los fríos vientos del
Septentrión y se veían adormideras de pétalos dorados y algún grupito de sauces
enanos, de ocho a diez centímetros de altura.
A la
media hora la comitiva llegaba al campamento esquimal, situado en el fondo de
una especie de fiordo resguardado por altas rocas cortadas a pico. Se componía
de una media docena de chozas de hielo de forma circular, con pequeñas ventanas
y una galería baja y estrecha, apenas suficiente para dejar pasar a un hombre a
rastras, y que servía de entrada, impidiendo así la dispersión del calor
interior. La pequeña tribu, compuesta de ocho hombres, de cinco o seis mujeres,
de algunos niños y de una numerosa jauría de perros, avisada por Kalutunak, se
apresuró a salir al encuentro de los europeos con el angekok al
frente; personaje importante que resume las funciones de médico, de hechicero,
de consejero general y a veces de jefe, cuando la tribu es poco numerosa.
Todos
ellos eran de pequeña estatura, membrudos y robustos; vestían abrigos de pieles
de garza o de foca y calzones de piel de oso blanco; los de las mujeres, no sin
cierta elegancia, eran blancos con algunas tintas rosadas, y cosidos
estrechamente con nervio de animales.
El angekok,
que como distintivo de su alto cargo llevaba una cadena de pedacitos de hueso
de ballena, invitó cortésmente a los europeos a que entrasen en su choza.
Aunque el
ingeniero hubiera querido permanecer fuera, previendo el tufo del interior, se
vio obligado a aceptar la invitación.
Entraron
los cinco en un estrecho corredor deslizándose uno tras otro como serpientes, y
llegaron a la habitación del brujo no sin sentirse MacDoil acometido de
estornudos y golpes de tos, pues la galería estaba llena de humo acre y
apestaba a pescado rancio. La choza era bastante pequeña, pues no mediría más
de quince pies de diámetro por seis de altura, y sucia como una porqueriza.
En medio,
colgada del techo, pendía una extraña lámpara o kotluk formada
por un pedazo de piedra excavada, en la cual oscilaba una llama fuliginosa
alimentada por aceite de foca; en las paredes se veían pieles que formaban el
llamado kolopsut, y que debían de servir de vasijas, amén de
algunos sacos de pieles con pedazos de foca o de vaca marina asados y
conservados con grasa de ballena, gruesos pedazos de sangre helada (plato
delicioso entre los esquimales), arpones, cuchillos, cuernos de narval, y en
los rincones, osamentas de todas clases y pieles de pescados.
—¡Al
diablo el brujo y su choza! —dijo MacDoil parándose al extremo del corredor—.
¡Sandoe, amigo mío, vámonos, o si no, nos asfixiamos en este chamizo!
—¡Soy de
tu opinión, MacDoil! ¡Prefiero helarme fuera!
Tampoco
el ingeniero y Orloff estaban a su gusto entre aquellos hedores nauseabundos,
por lo cual, pretextando que no podían aguantar el calor, se apresuraron a
salir, dejando al brujo avergonzado por aquella súbita retirada.
—No sé
cómo pueden vivir en esta cueva de osos —dijo MacDoil a Orloff una vez fuera y
respirando a bocanadas el aire.
—Están
acostumbrados, MacDoil.
—¿Es que
no tienen olfato los esquimales?
—Mejor
que el nuestro; pero están a gusto en sus chozas, y también en estos desiertos
de nieve.
—Si
probaran nuestras casas europeas y nuestro clima, estoy convencido de que no
volverían más a estos países de frío.
—Pues
estáis equivocado. Muchos navegantes árticos han llevado a Inglaterra
esquimales; y, ¿lo creeréis?, al cabo de algún tiempo se encontraban mal en
medio de la civilización; suspiraban por su vida libre y miserable; y acababan
por enfermar de una nostalgia tan aguda, que obligaba a llevarlos a su país de
hielos para que no se muriesen.
—También
he oído hablar de eso en otras ocasiones, y no podía creerlo.
—Los
hombres salvajes no pueden adaptarse a nuestra civilización, querido MacDoil.
Parece que aquí hay algo nuevo y que el señor Nikirka ha podido obtener lo que
deseaba.
—¿Qué?
—¡Silencio!
Después lo sabréis.
CAPITULO
XV. DESPOJOS DE LA EXPEDICIÓN DE FRANKLIN
Durante
este coloquio, el ingeniero había hablado largamente con el brujo de la tribu y
con Kalutunak, que era el único que hablaba inglés. La entrevista debió de dar
buenos resultados, pues a poco el angekok presentó al
ingeniero una escopeta de marca inglesa con un grabado en que se leía: Fitz
James, el nombre del comandante del Erebus, uno de los dos buques
de la expedición de Franklin; un cronómetro con las iniciales N y R;
un viejo reloj de plata, y una Biblia que debía de haber pertenecido al
teniente Gore, pues su nombre estaba escrito en la cubierta del pergamino; pero
faltaban los diarios de a bordo, por haber gastado los papeles para cargar la
escopeta cuando faltaron las cápsulas.
Aquellos
objetos, ya no cabía duda, habían pertenecido a las tripulaciones de la
desgraciada expedición, y probaban claramente que el último superviviente había
logrado llegar a la costa del continente americano, dando así fin a las
infinitas suposiciones hechas en Inglaterra y en América, acerca de la suerte
que había cabido a los últimos marineros de Franklin. Como el brujo de la tribu
aseguraba que a unas millas más al Norte, en una playa desierta, habían
encontrado cadáveres y algunos objetos, el ingeniero, que se había propuesto
esclarecer el drama que conmoviera al mundo, decidió trasladarse allí,
prometiendo a la pequeña tribu cuchillos y algunas botellas de aguardiente.
La
promesa era demasiado tentadora para que el angekok y su tribu
no se decidieran a acompañarle; pero, estando ya los hielos en condiciones
favorables, se resolvió trasladarse allá en trineos.
Cuatro de
estos ligeros vehículos, construidos con huesos de ballena y con correas de
piel de foca, fueron sacados de una choza de hielo que servía de almacén a la
pequeña tribu, y a cada uno fueron enganchados diez perros dispuestos en un
solo tiro, pero con una trailla de veinte pies para que estuvieran distantes de
los patines.
Los
cuatro europeos se acomodaron en ellos acompañados del angekok, de
Kalutunak y de dos jóvenes esquimales armados de un rebenque de mango corto y
una correa larga de siete u ocho metros, de piel de foca sin curtir, más ancha
en la extremidad anterior que en la posterior, rematada por un pedazo de nervio
endurecido; instrumento terrible en manos de aquellos aurigas, porque con un
solo golpe son capaces de arrancar un pedazo de piel al perro desobediente.
A un
silbido de los conductores, los perros partieron al galope ladrando
desaforadamente, moviéndose con cierto desorden al principio y tirando cada uno
por su lado y a su capricho, hasta que algunos golpes de fusta les hicieron
conocer lo que amenazaba a sus espaldas, y entonces corrieron a marcha regular
y tan rápida, que hacían diez kilómetros por hora.
Estos
animales, tan útiles a los habitantes de las regiones polares, que sin ellos
quizá no podrían vivir, son de buena alzada: de unos setenta centímetros.
Tienen las orejas tiesas, el pelo espeso y lanoso, cola vellosa y rastrera,
ojos oblicuos y astutos, como de lobo, animal con el cual tienen bastante
parecido.
Mucho se
ha encomiado a estos perros; pero en lo que se ha dicho y escrito sobre ellos
hay mucho de erróneo. Están muy distantes de parecerse a los nuestros. Prestan
preciosos servicios, es verdad, pues entre diez son capaces de arrastrar un
trineo cargado con cuatrocientos kilogramos, y ayudan eficazmente a sus amos en
la caza; pero no son de suyo muy afectuosos, y sólo obedecen por miedo al
látigo.
Son
rateros sagaces, malos, cuando pueden serlo sin correctivo, y se vuelven
fácilmente salvajes. Buscan todos los medios para volcar el trineo que
arrastran o llevarlo en medio de obstáculos para desasosegar a sus amos; y si
no temieran a la fusta, serían capaces de destrozarlo, ni más ni menos que como
hacen los lobos.
El
ingeniero y sus compañeros tuvieron pronto experiencia de la pésima índole de
aquellos perros. A pesar de los gritos de los conductores y de los amenazadores
chasquidos del látigo, se enredaban a menudo con la trailla y procuraban
arrastrar el trineo hacia las rocas, o perseguían a las zorras y comadrejas que
veían ante su paso, ya qué estos perros son excelentes cazadores, más bien por
cuenta propia que por la de sus amos.
Por
fortuna, allí se encontraba «Camo», que estaba acostumbrado a poner orden entre
los perros de Kamchatka, peores que los esquimales, lanzando roncos ladridos,
acompañados de oportunos mordiscos, que obligaban a los díscolos a reportarse.
Al cabo
de una hora de marcha más o menos desordenada, pero siempre veloz, los cuatro
trineos llegaron a una playa que formaba una pequeña bahía, invadida en parte
por los hielos y amparada por rocas cortadas a tajo.
En una
pequeña llanura aún cubierta de nieve, el ingeniero vio en seguida una cruz
medio hundida, construida con dos maderos de un buque y plantada sobre un
túmulo de vastas proporciones.
—Allí
descansan los compañeros del hombre blanco —dijo Kalutunak.
—¿Quién
les dio sepultura?
—El
hombre blanco, ayudado por mi padre.
—¿Cuántos
eran?
—No lo
sé, porque sólo encontraron restos de esqueletos. Los osos blancos habían dado
cuenta de ellos.
El
ingeniero y sus compañeros bajaron de los trineos y se acercaron al túmulo,
descubriéndose la cabeza. Alrededor de la tumba, medio tapada por la nieve, en
parte derretida por el sol, se veían restos de un trineo, la popa medio
destrozada de una pequeña ballenera, pedazos de vidrio negro y algunos
andrajos.
Los dos
cazadores y Orloff, por orden del ingeniero, excavaron la nieve de la tumba,
con la esperanza de descubrir algunos objetos de la pertenencia de las
víctimas, pero sin resultado. Quizá el último superviviente o los esquimales se
quedaron con todo.
Unicamente
excavando más adelante y descubriendo el interior de la sepultura se hubiera
descubierto algo; pero el ingeniero no se atrevió. Por lo demás, sabía ya lo
bastante acerca del miserable fin de aquella expedición, y un nuevo hallazgo no
hubiera dado más luz sobre el epilogo del Erebus y del Terror.
—Regresemos
—dijo—. Este lugar es demasiado triste.
Volvieron
a los trineos y regresaron al campo esquimal, donde el señor Nikirka tuvo el
último coloquio con el angekok y con Kalutunak, y por la noche
los cuatro europeos se volvieron al buque. Llevándose la escopeta, el
cronómetro, el hacha y la Biblia pertenecientes a la expedición de Franklin.
—¡Cuerno
de narval!… —exclamó Sandoe así que se vio solo a John MacDoil—. ¡Veremos lo
que resulta de todo esto! ¿Si habrá terminado nuestro viaje?
—No sé
qué decirte, ¡por cien mil ballenas! —repuso el hebridense—. El ingeniero tenía
vivos deseos de saber el fin de las tripulaciones del Erebus y
del Terror. Ahora que lo sabe, ¿adónde querrá ir?
—Tal vez
a buscar otros buques náufragos y otros muertos.
—¡Vaya un
viaje fúnebre!
—O querrá
regresar a Europa para llevar a Inglaterra las últimas reliquias de la
expedición.
—¡Bella
ocasión para regresar a mis Hébridas con diez mil dólares!
—Y yo a
las Far Oer.
—Amigo
Sandoe, se me figura verme en la taberna de maese Craig,
bebiendo un vaso de gin.
—Y yo
encontrar cierta rapaza que me hacia la boca agua: la hija de Luf Doe, el más
rico pescador de las islas. ¡Ah! ¡Cuando el viejo me vea con un bolsón repleto
de dólares flamantes, ya no me dirá que nones!
—¡Vamos a
dormir, y a soñar con nuestras islas!
Los dos
cazadores subieron a sus hamacas y se durmieron, soñando el uno con la taberna
del señor Craig, y el otro con la rubia de Luf Doe.
A la
mañana siguiente se despertaron con una diana de ladridos, entre los cuales se
distinguían los de «Camo».
—¡Hola!
—dijo Sandoe—. ¡Perros y esquimales a bordo! ¿Qué significa esto?
—Temo,
querido amigo, que el señor Craig no vuelva a verme tan pronto como yo
esperaba, y que tu rubia tendrá que esperar algo más.
—El buque
anda. ¡Vamos a enteramos de adónde va!
Bajaron
al salón, y viendo bajar la luz de la escotilla, subieron a la plataforma, en
la que vieron a Orloff, que estaba fumando.
—Señor
Orloff —preguntó MacDoil—. ¿Adónde vamos? Ya no veo la costa de los esquimales.
—Los
esquimales quedan ya muy lejos. Hace seis horas que navegamos a toda marcha.
—Pero
¿hacia dónde?
—Al
Norte, por ahora.
—¡Diablo!
—repuso MacDoil, rascándose ja cabeza—. Así ¿iremos muy lejos?
—Es
probable.
—¿A
buscar otro buque?
—No lo
creo.
—¿Otros
muertos?
—Creo que
él ingeniero tiene bastante con los del Erebus y los del Terror.
—Pero
¿qué hace Kalutunak a bordo? Me parece haber oído su voz.
—El
ingeniero ha querido embarcarle. Un esquimal puede ser útil en estas regiones.
—Un
esquimal, está bien; pero ¿y los perros? Para cazar bastaba «Camo».
—También
pueden ser útiles los perros esquimales.
MacDoil
no insistió, o creyó mejor silbar un aire de su país para consolarse de sus
desilusiones. Dio dos o tres vueltas por la plataforma, y cogiendo del brazo a
Sandoe, le llevó a la escalera, diciéndole con resignación:
—Visto
que el señor Craig no puede darme de beber, vamos a ver al cocinero, amigo
Sandoe. También tiene un excelente gin. Europa se ha ido al
diantre. ¡Vamos al Norte con estos diablos de hombres!
CAPITULO
XVI. EL POLO MAGNÉTICO
El rápido
curso del Taymir, continuado durante la noche, duró veintidós
horas, pues el buque volvió a pararse en otra costa que parecía pertenecer a la
gran península de Boothia.
Ante los
nuevos bancos de hielo que le cercaban no se veían canoas esquimales ni una
columna de humo que indicara la presencia del hombre.
MacDoil y
Sandoe, que ya estaban resignados y habían trabado estrecha amistad con los
esquimales, aunque sin poder sacarles de la boca el motivo de su embarco, se
apresuraron a salir a la plataforma para saber algo de lo que ocurría; pero no
encontraron a Orloff ni al ingeniero, los cuales no comparecieron hasta el
mediodía, con brújula y sextante para tomar la altura.
Al echar
una mirada a la brújula para cerciorarse de la dirección del buque, vieron con
gran asombro que la aguja imantada, en vez de estar horizontal, estaba muy
inclinada.
—¿Está
desequilibrada esta brújula? —preguntó MacDoil.
—No
—respondió el ingeniero—; su inclinación depende del sitio donde nos
encontramos. ¿Habéis concluido, señor Orloff?
—Sí,
señor Nikirka. Estamos a setenta grados, cinco minutos, dieciséis segundo
latitud Norte, y noventa y seis grados, cuarenta y seis minutos, cuarenta y
cinco segundos latitud Oeste.
—Añadiendo
un segundo a la latitud, por estar nosotros algo distantes de la costa,
tendremos el punto exacto. Santiago Rosa no se equivocó ni en un segundo.
—¿Seguimos
la marcha?
—Sí
—contestó el ingeniero, bajando la escalera.
—Señor
Orloff —preguntó MacDoil—. ¿Dónde estamos?
—En el
polo magnético.
—¿Qué
significa eso?
—Pues lo
que oís.
—¡Pero si
estamos cerca de la costa americana! ¿Es que hay dos polos?
—¡Claro
que si! ¡El magnético!, que está a pocas millas de nosotros, cerca de la costa
occidental de Boothia, a sesenta grados, cinco minutos, diecisiete segundos de
latitud, y noventa y seis grados, cuarenta y seis minutos, cuarenta y cinco
segundos de longitud Oeste; y el geográfico o real, que se encuentra a los
noventa grados.
—¿También
en el Sur hay dos polos? —preguntó MacDoil.
—Si; pero
no se sabe con seguridad donde se encuentra el magnético, pues, según Hasten,
está situado a los setenta grados de latitud y ciento noventa de longitud, y
según Daperty, a setenta grados ochenta minutos de latitud y ciento treinta y
cinco de longitud.
—¿Y quién
descubrió este polo magnético boreal?
—Ross, un
sobrino de Juan Ross, el célebre explorador que en mil ochocientos veintinueve
visitó estos lugares, descubriendo la península de Boothia.
—Pero
decidme, señor Orloff: ¿qué influencia ejerce el polo magnético en la brújula?
—Una
desviación peligrosa para los navegantes, porque la aguja no da indicaciones
exactas. A cada paso que un buque da hacia el Polo, la aguja tiende a
inclinarse ora al Norte, ora al Sur, si se acerca al Polo Austral, y para
mantenerla horizontal es necesario ponerle en un extremo un pedazo de laca o
algo por el estilo. Cuando el buque llega al polo magnético, la aguja, si está
libre, toca con la punta al fondo de la bitácora, y no se mueve más.
Alejándose, parece que se vuelve loca, pierde su propiedad de señalar al Norte
y sufre cambios de Oeste a Este.
—¿Y de
qué proviene esta atracción?
—Pregunta
es ésa que no tiene respuesta, pues los sabios no han podido dar con la
explicación.
—¿Y cómo
vais a arreglaros, ahora que la brújula no sirve?
—Será
necesario hacer muchas observaciones colocando la brújula en distintos sitios
del buque, para tomar una medida que no siempre será exacta.
—¿Seguimos
aún hacia el Norte?
—Bajamos
al sur del polo magnético —repuso Orloff, riendo—; pero no nos encaminamos al
polo geográfico.
Entretanto
el buque comprendía la marcha a ocho y diez millas de la costa de Boothia,
entrando en el canal de Franklin, que baña las costas de Boothia y de Sommerset
al Este, y la isla del Príncipe de Gales al Oeste.
Libre
como estaba de hielos el mar, y viéndose muy pocos icebergs flotantes,
precipitaba su marcha como si el ingeniero quisiera llegar pronto a altas
latitudes.
De cuando
en cuando en los bancos de hielo se veían aparecer focas y vacas marinas, que
se sumergían no bien divisaban el extraño paso del Taymir. Otras
veces eran bandadas de delfines que corrían en tomo del buque, tomándolo por
una ballena. Estos monstruos son los más grandes de todos, porque alcanzan seis
y ocho metros y están dotados de prodigiosa fuerza. De instintos belicosos,
rompen contra las ballenas con furia increíble, tratando de cercenarles la
lengua. Al advertir que las planchas metálicas del buque desafiaban sus
robustas mandíbulas y que el espolón les daba peligrosos golpes, se apresuraron
a dejarlo en paz.
Durante
todo el día el Taymir continuó su marcha a lo largo de la
península de Boothia, y al otro, a eso del mediodía, doblaba la punta
septentrional, internándose en el estrecho de la isla de Sommerset o canal de
Murchison.
El
primero de junio se encontraba en aguas del Canal de la Regente, amplia brazo
de mar que baña las costas orientales de la isla de Sommerset y de la península
de Boothia y las occidente les de la Tierra de Baffin, de Cokbum y de la isla
de Puerto Bowen.
Habla aún
muchos témpanos en el canal; pero el buque no se inquietaba por eso y seguía
rápidamente al Norte, sin perder de vista la isla de Sommerset.
El día 3
atravesaba el canal a la altura del paralelo 73 y tocaba las costas de la
Tierra de Cokbum, una de las menos conocidas, pues se ignora todavía si está
unida a la de Baffin o separada por algún canal.
En
aquella costa habían acumulados grandes bancos de hielo que hacían imposible
toda exploración, por más que el verano polar hubiera empezado y la temperatura
oscilase entre tres y siete grados centígrados.
CAPITULO
XVII. LOS FURORES DEL OCÉANO ÁRTICO
El cinco
de junio el buque navegaba en aguas del estrecho de Lancaster.
Atravesaba
a la sazón los parajes explorados por el más incansable de los viajeros
árticos, Parry, el primero que se lanzó a la busca del famoso paso del
Noroeste.
El
tiempo, que hasta entonces se mantenía bonancible, empezaba a echarse a perder.
De las
costas meridionales de la isla de Devon, a impulsos de un viento glacial Norte,
avanzaban grandes nubarrones, mientras el Estrecho se hacía peligroso a causa
de las gigantescas oleadas. Sin embargo, el buque se mantenía en la superficie
y no cejaba en su marcha. El gigantesco huso parecía dotado de grandes
cualidades náuticas, pues saltaba ágilmente en las ondas, conservando siempre
descubierta su superficie.
Como
seguía aumentando la niebla y los témpanos, la navegación se hacía difícil para
el buque, mayormente teniendo la brújula desviada.
Orloff se
había puesto en el timón; pero no pudiendo atisbar los hielos, algunas veces el
buque tropezaba violentamente contra alguno.
Hacia la
noche, el mar estaba borrascoso, espantable. Los témpanos danzaban
furiosamente, ora fulgurando sus crestas espumantes, ora precipitándose en los
acantilados, con detonaciones tales, que parecían descargas de dinamita.
El
ingeniero, cubierto con una capa de tela encerada, había subido a la plataforma
con los dos cazadores, y parecía que le divertía aquel espectáculo pavoroso,
mientras su buque desafiaba impávido la tempestad y espoloneaba gallardamente
los hielos. El reflector, que se había encendido para disipar la oscuridad de
la noche, hacia aquella escena más singular, rielando su luz en los icebergs,
que brillaban como diamantes de proporciones fantásticas.
—¡Diantre!
—exclamó MacDoil—. ¡Es un espectáculo admirable!
—Decía
bien —respondió el ingeniero—; es un espectáculo que únicamente en estas
latitudes se puede ver y admirar.
—¿No
correrá peligro vuestro buque en este mar enfurecido?
—No.
—¿No
puede temer un encuentro con los icebergs? ¿Y si uno se desploma
sobre nosotros?
—Procuraremos
sumergimos.
—Es
verdad, señor Nikirka. ¡Cuántos buques quisieran imitar al vuestro!
—¡Hay
alguno que pasa ahora!
—¿Cuál?
—¡Escuchad!
—¡Luz a
estribor! —gritó una voz.
—¡Un
fenómeno! —gritaba otra.
—¡A la
orza, timonel! ¡A las gavias!…
Pero el
buque ya había pasado, y las voces se perdieron entre los silbidos del viento y
el fragor del oleaje.
—¿Quiénes
eran? —preguntó Sandoe con interés.
—Balleneros
ingleses —contestó el ingeniero—. Descendamos antes que mi buque pueda causar
algún desastre.
Cerróse
la escotilla, y funcionando las hélices laterales y llenos de agua los
receptáculos del buque, bajó a quinientos metros de la superficie, profundidad
a que no podía llegar la punta del más colosal iceberg.
No por
eso reinaba allí la calma, pues el buque sufría bruscas oscilaciones, y el agua
aparecía muy turbia.
—Yo me
imaginaba encontrar el agua tranquila a esta profundidad —dijo MacDoil a
Orloff, que había dejado ya el timón.
—Otros
han creído también que a ocho o diez metros el mar está tranquilo durante las
grandes tempestades; pero, como podéis ver, se hallaban en un error. Se sabe
ahora que los grandes huracanes, en ciertos sitios, levantan olas de
dimensiones gigantescas, algunas hasta de treinta metros de altura.
—¡Cáspita!
¿Treinta metros?
—Sí,
MacDoil; y ya podéis suponer que tales olas tienen que turbar el mar hasta las
mayores profundidades.
—Pero nos
encontramos a quinientos metros, señor Orloff.
—Es
verdad; pero la ola propaga su acción en sentido vertical hasta trescientas
cincuenta veces su altura; de modo que una de treinta metros remueve el agua a
más de diez kilómetros de profundidad.
—Según
eso, cuando el mar está tempestuoso, debe de removerse el fondo.
—No,
porque no siempre las olas miden una altura de treinta metros, ni siempre el
fondo del Océano tiene una profundidad de sólo diez kilómetros. Por lo regular,
las olas no pasan de seis o siete metros; pero se ven algunas de treinta y seis
a cuarenta y dos pies, especialmente en el Cabo de Hornos y en el de Buena
Esperanza, y aun de setenta en el Océano Austral. Así, Dumont d’Urville, afirma
haberlas visto de setenta pies. En cambio, algunos océanos tienen fondos
tremendos.
—¿En
dónde se encuentran?
—En
varios puntos. Parece, sin embargo, que las mayores profundidades están entre
las islas del Japón y la península de Kamchatka, donde la sonda da ocho mil
quinientos metros.
—¿Creéis
que haya profundidades mayores?
—Es
probable; como que, según se dice, hay en el Océano Pacifico un abismo de
catorce mil metros.
—¡Cuánto
me gustarla bajar a tales profundidades! ¿Creéis que resistiría el Taymir?
—Es
probable.
—¿Lo
intentará el señor Nikirka?
—En todo
caso, al regreso. Todo depende de que los hielos nos permitan regresar.
—En fin;
¿queréis decirme adónde vamos?
—Al
Norte.
—¡Caramba!
Si que lo veo; pero ¿hasta dónde?… Me gustaría saberlo…
—Pronto
lo sabréis.
—Decídmelo
ahora.
Orloff se
encogió de hombros, y como la vez anterior, no respondió.
Al día
siguiente el buque navegaba bajo las aguas de la bahía de Baffin.
CAPITULO
XVIII. UN BUQUE EMBESTIDO
Esta
bahía, es una de las más vastas que se encuentra en las costas y archipiélagos
de la América Septentrional.
Cuando
el Taymir, dejando la costa de la isla de Bylot, entró en aguas de
aquella bahía, se encontró súbitamente ante enormes icebergs que
navegaban hacia Occidente.
A veces
alguna pirámide o alguna almena se derrumbaba con estrépito, ocasionando
horrísonas detonaciones que se propagaban indefinidamente entre aquellos
gigantes; otras veces, alguna montaña, perdiendo el equilibrio a causa de las
aguas, que estaban menos frías que el aire, se quebraba bruscamente, levantando
olas enormes, las cuales hacían oscilar a otros colosos, causando nuevas
caídas.
El
ingeniero, prevenido de la presencia de aquellas barreras polares, salió a la
plataforma en compañía de Orloff, y las examinó atentamente con el anteojo,
buscando un paso bastante ancho para el Taymir, a fin de que el
buque no corriera el riesgo de romperse o inutilizarse.
—Y bien,
señor Nikirka —dijo Orloff al cabo de unos minutos—, ¿creéis llegado ya el
momento?
—Aún no
—respondió el ingeniero—. Detrás de estas barreras encontraremos el mar libre,
porque hacia el Norte no descubro el iceblink.
—¿Creéis
que los grandes campos de hielo estén aún lejos?
—Tal vez
no lo estén tanto, pero pasarán algunos días antes de encontrarlos. Doblemos
hacia la costa groenlandesa, señor Orloff.
—¿Tenéis
intención de seguirla?
—Si;
hasta donde podamos.
—Entonces,
vamos al Este.
Tras este
breve coloquio, del cual MacDoil, que estaba siempre alerta, no pudo sacar nada
en claro, los dos comandantes bajaron, y el Taymir siguió su
marcha, metiéndose audazmente por entre los icebergs.
Así pudo
el Taymir seguir libremente su marcha hacia las costas
occidentales de la Groenlandia. MacDoil y Sandoe se habían puesto a los vidrios
en compañía de Kalutunak, esperando ver peces; pero el Océano Ártico, a lo
menos en aquellas regiones, parecía muy escaso en habitantes, aunque siempre
había enormes narvales, focas solitarias y algunas bandadas de arenques y de
merluzas.
Hacia las
cuatro de la tarde, el ingeniero, no viendo en las aguas los reflejos blancos
proyectados por los hielos, y creyendo haber superado la formidable barrera
de icebergs, dio orden de salir a flote para darse cuenta de la
situación y cerciorarse de si había mar libre.
Ya estaba
el buque casi en la superficie, cuando de pronto se sintió un choque
formidable, que causó gran sobresalto a todos y enorme deterioro en los
muebles.
Las
planchas metálicas no cedieron, pero resonaron con un fragor metálico
ensordecedor.
—¡Diantre!
—exclamó MacDoil poniéndose rápidamente en pie—. ¿Se habrá roto la máquina?
—¡Huyamos!…
—gritó Sandoe—. ¡Quizá vamos a estallar!
Y
arrastrando consigo al esquimal, que parecía absorto, se precipitaron a la
escalera, encontrándose con el ingeniero y Orloff, que salían de sus camarotes.
—¿Adónde
vais? —preguntó el ingeniero con voz tranquila.
—¡Cáspita!
—respondió Sandoe—. ¡La máquina ha estallado!
—¡Nada de
eso! La máquina funciona, y seguirá así por mucho tiempo.
—¿No
habéis oído el choque? —preguntó MacDoil, asombrado de la calma del ingeniero.
—¡Bah!
Hemos chocado, y nada más.
—¿Contra
qué?
—Pronto
lo sabremos.
—Pero el
buque está inmóvil.
—Eso ya
lo sé.
En aquel
instante llegó el marinero que llevaba el timón, acompañado del maquinista.
—Se ve
una masa oscura ante la proa del buque —dijo el primero.
—¿No es
un banco? —preguntó Nikirka.
—No,
señor; estoy seguro de ello.
—¿Funciona
bien la máquina?
—Sí
—respondió el maquinista—; pero las hélices dan vueltas sin avanzar.
—Eso
quiere decir que tenemos delante una masa mucho mayor que el Taymir.
¿No os parece así, señor Orloff?
—Quizá
habremos embestido a un barco.
—Pues no
se oye ruido alguno.
—Será un
buque abandonado.
—¿Está
hundida la plataforma?
—En un
metro de profundidad.
—Dad
máquina atrás, y haced funcionar las hélices laterales en sentido inverso. Hay
que desatracar el espolón.
Orloff
palideció.
—¿Oís?
—dijo.
—Sí
—contestó el ingeniero algo inquieto.
—Señores,
¿qué pasa? —preguntó MacDoil.
—Pasa que
nos hundimos junto a la nave que hemos embestido sin advertirlo.
—¿Y no
volveremos más a flote?
El señor
Nikirka se encogió de hombros y dijo:
—No me
preocupa mi buque, sino los hombres que acaso tripulan esa embarcación, y a
quienes no podemos socorrer de ningún modo.
Diciendo
esto, se trasladó al mirador de proa acompañado de Orloff, mientras el buque se
inclinaba como si un peso enorme le llevara al fondo del Océano. Ya no cabía
duda: el Taymir, al salir a la superficie sin moderar su velocidad,
dio con el espolón en la quilla de un velero o de una nave ballenera, la cual,
llenándose de agua, se iba a pique, arrastrando consigo al Taymir.
Ya en su
sitio, lo dos comandantes miraron delante de sí, y vieron a tres metros de
distancia una masa enorme, negruzca, dentro de la cual había entrado, no sólo
el espolón, sino una cuarta del gigantesco huso.
—Sí, es
un barco —exclamó el ingeniero, conmovido—. ¡Qué desastre hemos hecho!
—Lo
extraño es no oír ningún ruido. Lo más probable es que sea una quilla
abandonada.
—¡Ojalá
sea así, porque me dolería en el alma haber causado una desgracia!…
—Creo,
señor Nikirka, que debemos preocupamos de nosotros más que de esa quilla que se
ha ido a pique.
Orloff
tenía razón. Por más que el Taymir maniobraba, no conseguía
sacar el espolón del barco, que, anegado completamente, se hundía con rapidez.
—¡Bah!
—repuso el ingeniero sin preocuparse mucho de lo que pasaba—. Conseguiremos
ponerlo en libertad. Cuando lleguemos a cierto nivel, el Taymir,
por su propia densidad, tenderá a subir, y abandonará su fúnebre compañía.
—¿No se
habrá estropeado el espolón?
—No
temáis: está construido a prueba de rocas, y podría desfondar un acorazado sin
sufrir la más pequeña avería.
Entretanto
los dos buques se iban hundiendo, pudo observarse que el barco náufrago estaba
desarbolado y que tenía medio destrozada la obra muerta. No se veía ninguna
chalupa ni ningún bulto humano. Tratábase, sin duda, de un buque abandonado
quizá desde hacía mucho tiempo.
Las
cuatro hélices seguían girando, pero sin resultado, imprimiendo a los dos
buques enormes sacudidas. A proa se oían crujidos violentos y continuos,
mientras la popa estaba en alto, impelida por la fuerza ascensional del agua.
Ya habían bajado a cuatrocientos metros, cuando el Taymir se
libró bruscamente de aquel casco inútil abandonándolo a su suerte. Entonces se
le pudo ver bien, y un estremecimiento de horror sobrecogió a los dos
comandantes. Aquel barco era un hermoso brik de unas
trescientas toneladas, cubierto de nieve y de hielo, con el mástil destrozado,
pero con entenas, con velamen y con chalupas suspendidas en las amuras. Algunos
cadáveres cubiertos de pieles se movían en su seno a impulsos del agua. Alguno
era arrastrado a lo alto, y se le veía rodar por algunos instantes como si
hubiera vuelto a la vida, y luego anegarse nuevamente.
—¡Es una
nave ballenera, señor Orloff! —exclamó el ingeniero con voz triste.
—Sí,
señor Nikirka; veo a popa el hornillo para la fusión de la grasa.
—¿A qué
nación pertenecerá?
—Quizá
podamos saberlo.
El
ingeniero dio órdenes al timonel. El Taymir volvió a
sumergirse describiendo una gran curva. En breve se puso al costado de la
ballenera, y al pasar por su popa pudieron leer claramente en letras
blancas: Labrador-St. John.
—Una nave
ballenera de Terranova —dijo el ingeniero.
—¡Descansen
en paz!… —murmuró MacDoil.
El Taymir volvió
a subir a la superficie, dejando atrás a la ballenera. A poco ésta volvía a
aparecer entre dos aguas; pero el Taymir subió rápidamente,
como si tuviera miedo de sentirse atraído a los pavorosos abismos del Océano.
Cuando
MacDoil vio un rayo de sol, dio un suspiro, mientras el ingeniero y Orloff se
miraban.
—¡Quién
sabe! —murmuró el primero.
—¡Esperemos!
—repuso el segundo.
—¡Venid,
señor Orloff!
Salieron
entrambos a la plataforma, abiertas como estaban las escotillas, y miraron
alrededor. A doscientos o trescientos metros a popa flotaban algunos restos del
buque: mástiles, un bote con la quilla al aire, barriles, cajones, era cuanto
quedaba de la nave ballenera.
—¡Qué
triste encuentro! —dijo el ingeniero—. ¡Si fuera supersticioso, lo tomaría por
un fúnebre presagio!
—Vuestro
buque es sólido —añadió Orloff—, y, además, tenemos torpedos para abrimos paso
entre los témpanos.
—¿Creéis
que estamos cerca? A juzgar por el airé helado que sopla, los icebergs no
han de andar lejos.
—Sigamos
al Este, señor Orloff, hasta que veamos las costas de Groenlandia.
—¿Queréis
desembarcar allí?
—Sí;
antes de intentar la gran travesía submarina hemos de proveemos de carne fresca
para evitar el escorbuto. Además, las provisiones nunca están de más en estos
parajes.
CAPITULO
XIX. UNA CACERÍA DE OSOS
El banco
que amenazaba cerrar el paso al Taymir era el mayor que hasta
entonces habían visto los viajeros, pues mediría unas veinte millas de largo
por catorce de ancho.
Debía de
formar parte de la avanzada de icefields o campos sin límites
que se extienden al otro lado del paralelo 80 hasta el Polo.
El Taymir,
guiado por Orloff, se había lanzado en un vasto canal abierto a través del
coloso y que parecía prolongarse algunas millas. Aquel corte, producido tal vez
por la presión de los hielos, no era recto, sino que serpenteaba
caprichosamente y estaba inundado de fragmentos de hummoks y
de streams, los cuales tendían a unirse para cerrar el paso, si
bien el espolón del buque los rompía fácilmente. Las orillas del canal estaban
pobladas de volátiles, especialmente de eiders o eiderdaun, aves
preciosas, muy buscadas por los cazadores noruegos e irlandeses. Estos
volátiles, que se encuentran solamente en las regiones del Norte muy frías, se
parecen a nuestros ánades y tienen el dorso, el vientre y el cuello blancos, y
la cabeza adornada con espléndido copete verde con reflejos de oro. Como se
alimentan de gusanos y de peces, su carne no es muy apetitosa.
Lo que
vale son sus plumas, de una elasticidad y ligereza tales, que constituyen en el
comercio un articulo de lujo para la fabricación de edredones y cojines.
En cuanto
descubren un nido, los cazadores proceden a saquearlo, procurando no estropear
los huevos ni desplumar a los pájaros completamente. Al poco tiempo vuelven
para repetir el latrocinio, desechando las plumas del macho, por ser más bastas
y menos apreciables.
No es
cosa fácil acercarse a esos nidos, pues están situados en sitios inaccesibles y
cuestan muchos percances a los cazadores. Algunos de éstos prefieren matar los
pájaros a escalar sus nidos, pues las plumas tienen la particularidad de
conservar toda su finura, por lo cual los esquimales las llaman cabello
viviente.
MacDoil y
Sandoe, que de buena fe los creían ánades, querían desembarcar para matarlos a
tiros; pero el buque seguía adelante por el canal a gran velocidad, como si el
ingeniero quisiera salir pronto de aquel mal paso.
No eran
infundados sus temores, pues el banco parecía moverse. Los dos cazadores, que
seguían en la plataforma, a pesar de los catorce grados bajo cero que señalaba
el termómetro, le oían crepitar al desmoronarse alguna pirámide.
Al
mediodía, cuando el ingeniero subió a tomar altura, los cazadores divisaron en
el campo de hielo algunas focas, las cuales se calentaban al sol con tanto
deleite, que no se movieron al acercarse el buque.
Ya tomada
la altura, el ingeniero las contempló con curiosidad y dijo a Orloff con
amabilidad:
—¿Habéis
observado alguna vez los agujeros que las focas abren a través de los hielos?
—Sí;
muchas veces.
—¿Es
cierto que los abren hozando con la nariz?
—No hay
tal, señor Nikirka; lo que hacen es abrirlo cuando el hielo es tenue, y los
mantienen abiertos, entrando y saliendo por ellos muchas veces.
—Es
verdad —afirmó MacDoil.
—Son tan
necesarios esos respiraderos a las focas, que no pueden estar en el agua más
allá de quince minutos.
—Entonces,
dentro de dos o tres minutos, una de esas focas caerá en las zarpas de su
enemigo —repuso el ingeniero—. Mirad allá abajo, cerca de aquella aguja que se
levanta a unos setecientos pasos de esta orilla.
—¡Es un
oso blanco! —exclamó MacDoil.
—Que
acecha a una foca —añadió Sandoe.
—Señor
Orloff —dijo el ingeniero—, haced parar el buque y vamos a cazar a ese glotón.
El Taymir se
paró al margen del gran banco, y los dos comandantes, Sandoe y MacDoil, armados
de fusiles y cuchillos, y Kalutunak con una pica, saltaron a la orilla,
ocultándose detrás de un témpano.
El oso,
un viejo macho a juzgar por la piel, que empezaba a ponerse amarillenta, medía
más de tres metros de largo, y estaba tan embebido espiando a la foca, que no
reparó en la vecindad de los cazadores, y eso que el olfato y la vista de estos
animales son admirables.
Tendido
en el hielo con el hocico en el borde del agujero abierto por el anfibio, y una
garra levantada para apoderarse en seguida de la presa, conservaba una
inmovilidad absoluta; tal, que hubieran podido tomársele por un hummok tumbado.
Los cinco
hombres andaban a rastras por entre los montones de hielos, uno tras otro, para
ponerse a buen tiro. Estaban ya a unos cien pasos y se preparaban a separarse
para rodear al feroz carnívoro, cuando le vieron bajar bruscamente la zarpa que
tenía alzada y sacar una masa negruzca que se agitaba en el agujero. Era una
gran foca kadolik, que se debatía furiosamente, lanzando agudos
ladridos y haciendo tremendos esfuerzos para zafarse de su enemigo.
El viejo
oso, enlazándola con las manos, trataba de ahogarla y despedazarle la columna
vertebral de un fuerte apretón.
—¡Bueno
—dijo MacDoil—; cogeremos uno y otra!
La fiera
oyó la voz del cazador. Se volvió, pero sin abandonar la presa, medio
agonizante, y miró con inquietud a todos lados, lanzando un sordo mugido. En el
mismo instante, el ingeniero y Orloff dispararon sus fusiles.
Cayó el
oso herido, pero volvió a alzarse dispuesto a luchar y a defender su presa.
Al ver a
los cazadores creyó prudente batirse en retirada, como lo hizo, mostrando los
dientes y rugiendo. «Camo», que seguía a sus amos, se abalanzó sobre la grupa
de la fiera.
—¡Bravo,
«Camo»! —gritó el hebridense—. ¡Tenlo quieto un momento, y lo mando al diablo!
Y disparó
su escopeta a unos quince pasos de distancia. Pero, quizá por primera vez en su
vida, erró el tiro. Sandoe le secundó; y si bien acertó la bala, no mató al
oso, que se puso más rabioso. Librándose del perro con una furiosa sacudida,
saltó sobre el hebridense sin darle tiempo para cargar otra vez el arma.
—¡Huid!
—gritaron el ingeniero y Orloff.
—¡De
ningún modo! —respondió MacDoil, el cual, cambiando el fusil por el cuchillo,
se disponía a luchar, cuando vio a Kalutunak a su lado.
El bravo
esquimal, acostumbrado a luchar con animales de aquella especie, hundió en el
pecho del oso más de media lanza, pasándole de parte a parte. Cayó la fiera, y
«Camo» la remató a mordiscos.
—¡Bravo!
—exclamó MacDoil, dirigiéndose a su salvador—. Recompensaré tu valor, que me ha
salvado la piel, preparándote con mis manos una pata asada como no la has
comido nunca. Con tu ayuda me prometo hacer una buena caza de animales, si
continuamos juntos el viaje.
—No
acabará tan pronto, y tendréis tiempo de matar muchos —dijo el ingeniero—.
¿Estás herido, Kalutunak?
El
esquimal hizo un ademán negativo.
La niebla
señalada por el ingeniero seguía avanzando, envolviendo los hielos y el canal
abierto en el banco, el cual empezaba a estrecharse, llenándose de hummoks y
de streams y obligando al Taymir a trabajar
con su espolón.
La
temperatura descendía bruscamente, anunciando una borrasca de nieve. En menos
de tres horas bajó de cuatro grados a dieciocho bajo cero.
A la
caída de la tarde la niebla había envuelto todo el banco, y era tan densa, que
MacDoil, desde la plataforma, no podía ver la proa del buque.
El
ingeniero, temiendo que el Taymir fuera a chocar contra la
orilla o con algún iceberg, hizo cerrar la escotilla y mandó
sumergirse a cien metros, profundidad suficiente para atravesar el banco sin
tocarlo.
Siendo la
oscuridad muy densa a tan poca distancia de la superficie, por interceptar la
niebla la luz, se encendió la eléctrica, y el buque navegó bajo el banco en
medio de una aureola luminosa. Así anduvo toda la noche con la proa al Este,
hasta que a las diez de la mañana salió a la superficie para renovar el aire
respirable.
No bien
se abrieron las escotillas, los dos cazadores y Orloff se dispusieron a salir,
no obstante el intenso frío. Habiéndose disipado la niebla, se descubrió a
menos de cinco o seis millas una alta costa dominada por una gran montaña
cubierta de nieve.
—¿Tierra?
—preguntaron los dos cazadores.
—Sí
—respondió el ingeniero—; estamos frente a Groenlandia.
—Entonces,
encontraremos hombres.
El
ingeniero y Orloff apuntaron sus catalejos a la costa y la examinaron
cuidadosamente.
—¿Veis
aquella casa que parece hecha de tablas blanqueadas, situada en aquel
promontorio? —dijo Nikirka.
—Sí
—contestó Orloff—; y veo además otras diez casucas.
—¿Qué
colonia será? Me parece imposible encontrar una población en estas latitudes.
—A juzgar
por esta alta montaña, creo que nos encontramos frente al fiordo de
Aukpadlartok, que se encuentra en la bahía de Melville, que hemos atravesado
últimamente.
—En ese
caso, esta población sería Kresarsoak.
—Sí,
señor Nikirka; la última estación de las posesiones danesas de la Groenlandia.
—¿Habéis
estado aquí alguna vez?
—Si, una
vez; y aseguraría que el gobernador es aún Felipe.
—¿Quién
es Felipe?
—El más
famoso cazador de Groenlandia; un hombre rubio, de origen dinamarqués, venido
aquí para hacer fortuna, con su mujer y siete hijos. He cazado osos con
Cristián, su hijo primogénito.
—¿Hay
esquimales?
—Unos
cuarenta, semibárbaros, que viven de la pesca y de la caza.
—¡Vaya
una vida en estos climas!
—Tal
creo. Son los habitantes más cercanos al Polo, del cual sólo distan ochocientas
sesenta millas.
—Si yo
fuera uno de ellos, me iría a otras tantas millas más al Sur —dijo MacDoil—.
Aquí el invierno ha de durar lo menos nueve meses.
—Sin
embargo, deben de estar a gusto, pues nadie les impide refugiarse en Upemawik o
en Disko —dijo el ingeniero—. ¡Ea; sigamos nuestro viaje!
CAPITULO
XX. BAJO LOS GRANDES BANCOS DE HIELO
En los
días 9 y 10 de junio, el Taymir navegó constantemente al Norte
sin alejarse de la costa groenlandesa; pero a cada paso se veía obligado a
interrumpir la marcha para huir de los grandes bancos de hielo que pugnaban por
acumularse en la bahía de Melville, especialmente en las islas que dan frente a
aquella parte de la costa llamada actualmente Hayes. El día 11 viose
bruscamente detenido por una barrera de hielo que se extendía desde la costa
groenlandesa al Oeste, donde parecía delinearse en el horizonte otra tierra.
Era un
obstáculo imponente e impenetrable que habría arredrado a otra nave. Era tan
maciza, que parecía una costa erizada de icebergs, tal vez
seculares, que no debía ser inferior a cincuenta metros, comprendiendo la parte
sumergida.
Sobre
aquel enorme obstáculo la atmósfera brillaba con una extraña blancura, y hasta
el cielo, que estaba cubierto de nubes preñadas de nieve, aparecía perlado con
grandes estrías blancas. Era el iceblink, ese reflejo deslumbrante
que despiden los grandes bancos de hielo, y de tanta intensidad, que puede
distinguirse aún a través de las nieblas más densas.
—Estamos
detenidos —dijo MacDoil a Sandoe—; pero, a pesar de todo, nuestro viaje no ha
concluido.
—¿Adónde
quieres que nos lleve el ingeniero?
—¡Amigo
Sandoe, vamos al Polo!
Sandoe
pareció quedar pensativo.
—¡Qué!
—dijo MacDoil, viéndole así—. ¿Piensas tal vez en la hermosa hija del rico
pescador? Por lo que a mí hace, he enviado un adiós al señor Craig, y me
conformo con el gin del cocinero.
—Pienso,
amigo MacDoil, que del Polo no se volverá, y que dejaremos los huesos y los
diez mil dólares. ¿Qué irá a buscar el ingeniero al Polo?
—Pues ver
lo que hay allí.
—Dime,
MacDoil: ¿hay tesoros en él?
—Si; un
tesoro acumulado por los osos blancos.
—¡Verás
qué gruesos diamantes… de hielo! Ya están aquí el señor Nikirka y su
inseparable Orloff.
Efectivamente,
ambos salían en aquel momento para observar la gigantesca muralla de hielo.
Examináronla cuidadosamente con los anteojos, por ver si había algún paso;
luego dijo Nikirka:
—Ha
llegado el momento de intentar la gran travesía.
—¿Creéis
que no encontraremos agua libre? —repuso el segundo.
—Sí; pero
a mucha distancia.
—En dos
días podemos recorrer un trecho enorme, al cabo del cual encontraremos algún
corte, alguna grieta por la cual podamos renovar nuestra provisión de aire.
—Podemos
resistir más de veinticuatro horas con nuestra reserva de oxígeno, señor
Orloff. Calculo que podremos recorrer seiscientas millas sin necesidad de salir
a la superficie.
—¿Y si no
encontráramos una salida? ¿Si este banco se extendiese hasta el Polo?
—Llevamos
torpedos, y los dispararemos en algún punto débil.
—Señores
—dijo MacDoil, dando un paso adelante—; según eso, ¿vamos al Polo?
—Sí
—contestó el ingeniero—. ¿Os desagrada?
—No,
señor; yo también tengo curiosidad por ver lo que hay allá arriba; así, pues,
por mí… ¡al Polo!
—Pero
¿podremos volver? —preguntó Sandoe.
—¿Por qué
no? Si encontramos camino para ir, hemos de encontrarlo para volver; y quizá
regresemos a vuestra isla más pronto de lo que creéis. Confío en volver a los
mares de Europa dentro de algunos meses, si la cosa va bien.
—¿No te
lo dije? —repuso MacDoil—. ¡Ea; vamos a echar un brindis al Polo con el gin del
cocinero!
El
ingeniero y Orloff salieron de la plataforma y bajaron a hacer una inspección
minuciosa del buque antes de aventurarse bajo aquel icefield.
Examinaron las planchas para asegurarse de su solidez, la máquina, las bombas,
las hélices y, sobre todo, el tubo de torpedos, los cilindros de oxígeno y las
dos manecillas cerradas a los lados de la plataforma que debían abastecer de
aire al buque en caso necesario.
—A lo que
parece, vamos a jugar una partida peligrosa —dijo Sandoe a MacDoil.
—Se está
jugando la suerte de todos —respondió el hebridense.
—¡No vaya
el buque a destrozarse!
—No es
ése el peligro, que nos amenaza, sino la asfixia, querido Sandoe. El buque no
lleva provisión de aire más que para veinticuatro horas.
—De modo
que si este banco es interminable…
—Moriremos
todos.
—Pues
respiremos ahora a pulmón abierto. ¡Hola; qué oscuro está esto!
La luz se
había amortiguado repentinamente no bien el buque estuvo debajo del banco. Este
debía de tener una costra enorme de nieve para llegar a interceptar los
reflejos de la luz solar.
Pero la
oscuridad no era completa; el hielo reflejaba en el agua un débil iceblink,
si bien no era suficiente para alumbrar el interior del buque.
Encendieron
la luz eléctrica, y a su resplandor se podía observar el menor obstáculo que se
presentara al paso del Taymir, que aceleró su marcha hasta llegar a
los diecinueve nudos y algunas décimas, máxima que podía dar la máquina.
Sandoe,
MacDoil y el ingeniero estaban en los miradores, y Orloff estaba en el timón.
No se veía ningún pez debajo del icefield; señal evidente de que la
frialdad del agua era excesiva. Faltaban hasta las focas, lo cual significaba
que el hielo tenía allí un espesor enorme.
El fondo
de aquel inmenso banco era un horrible caos; peor aún que el que debía
descubrirse en la superficie.
El Taymir precipitaba
su marcha como un meteoro, barriendo los obstáculos con el espolón. Poco a poco
el banco parecía hacerse más compacto, si bien el agua conservaba alguna
claridad.
Hacia las
diez de la mañana, a las dos horas de una marcha veloz, el buque encontró
millones de témpanos que volteaban en todas direcciones en la corriente
producida por las hélices. Espléndido era el efecto que producía el buque, que
navegaba entre miríadas de diamantes flotantes que refractaban todos los
colores del iris.
A las
once, Orloff, que había terminado su cuarto, se juntó con el ingeniero y los
cazadores.
—Temo
—dijo— que esto, más bien que un banco, sea un inmenso casquete de hielo que
circunde al Polo.
—También
yo lo temo —contestó el ingeniero—. ¿No habéis visto ninguna abertura?
—Ninguna.
Es una masa compacta, que resistirá al espolón y a los torpedos.
—¡No
desesperemos! Quizá…
Pasaban
las horas; pero el banco no se acababa, sino que aumentaba de espesor,
obligando al buque a descender más aún para no chocar con las puntas que se
extendían por debajo del coloso polar.
A cada
milla que avanzaba el buque al Norte, el agua se volvía más densa, como si
fuera a helarse. También el frío aumentaba. Los termómetros dé los camarotes
indicaban ya diecisiete grados centígrados, y el buque se mantenía a una
profundidad de ciento cincuenta a doscientos cincuenta metros.
Viva
inquietud se había apoderado del ingeniero y de Orloff. Se apartaban con
frecuencia de los miradores para consultar los aparatos; cada cuarto de hora
iban a la caseta del timonel para observar mejor el fondo del banco de hielo y
se interrogaban con ansiedad. Hasta los perros parecían inquietos, pues a cada
instante resonaban los ladridos de «Camo» y de los esquimales.
A las
nueve de la noche, MacDoil, que consultaba a menudo el termómetro, advirtió una
sensible disminución de frío.
—Sólo
tenemos quince grados centígrados —dijo Orloff—. ¿Si será señal de que concluye
el banco?
—Esto
indicará tal vez el fin de la zona fría; pero no creo que el banco termine tan
pronto.
—¿El
término de la zona fría? ¡Pero si no estamos todavía en el Polo!
—¿Qué
queréis decir con eso?
—Que
cuando estemos junto al Polo tendremos más frío que ahora.
—Os
engañáis: es una falsa creencia que el Polo sea el punto más frío del Globo. A
tenor de las últimas observaciones hechas por los navegantes polares, los más
grandes fríos notados han sido en la Bahía de Baffin, en la costas de la
Groenlandia y en las septentrionales de la Siberia, a setenta y nueve grados de
latitud Norte y ciento veinte de longitud Este, donde el termómetro señala
siempre sesenta y hasta sesenta y cinco grados bajo cero, y a setenta y ocho
grados de longitud Norte y noventa y siete de longitud Este; es decir, al Norte
de las islas Parry, donde se han notado cincuenta y dos, cincuenta y cuatro y
cincuenta y cinco grados bajo cero.
—Entonces,
cabe la esperanza de encontrar el mar libre alrededor del Polo.
—No,
MacDoil. En torno del Polo se extiende un casquete de hielo macizo que tal vez
no se derrita ni en el verano, como lo prueba éste banco que atravesamos ahora.
Quizá haya canales, espacios libres; pero no un mar abierto.
—Pero
¿tendremos bastante aire para llegar al Polo?
—Quizá.
¡Veremos! —respondió Orloff evasivamente.
Y dejando
a MacDoil, se dirigió a la caseta del timonel, donde estaba ya el ingeniero.
El Taymir seguía
devorando millas, sin que cesara la capa de hielo ni se divisara una grieta ni
un agujero. A medianoche, habiendo empezado a enrarecerse el aire respirable,
aumentó de manera considerable la inquietud de sus tripulantes.
Los dos
cazadores y los esquimales, no acostumbrados al aire viciado, respiraban a
duras penas. Lentamente avanzaba la asfixia, enemigo terrible que ni el
ingeniero ni Orloff podían combatir. Nikirka avivó el aire soltando en el buque
algunos metros cúbicos de oxigeno.
A las
tres, en vista de que el hielo seguía, se hizo la primera tentativa para romper
la gigantesca prisión. Desde una profundidad de cien metros, el Taymir fue
lanzado verticalmente contra el banco.
El choque
fue terrible. El buque retembló como si se hubiera roto la máquina, y sus
planchas metálicas vibraron como si se hubieran desarticulado. Los muebles
rodaron por todas partes y los hombres botaron como fardos, por más que se
habían precavido agarrándose a los hierros.
Orloff y
el ingeniero, en cuanto se irguieron, se apresuraron a correr al mirador de
proa para ver si había cedido la costra de hielo; pero vieron con sentimiento
que el gigante de acero no había hecho mella en el gigante de la región polar.
—¡Este icefield
es inatacable! —dijo el ingeniero despechado.
—¿Probamos
otro espolonazo?
—No
conseguiremos nada. Cuando el hielo no ha cedido al primer empuje, no cederá en
los sucesivos.
—Pensad
que dentro de tres horas el aire será irrespirable y que toda nuestra reserva
de oxigeno no bastará para renovarlo.
—Es
verdad —contestó el ingeniero—. No había calculado que éramos a bordo tres
hombres más y los perros.
—¿Qué
pensáis hacer? ¿Seguir adelante?
—No;
probemos un torpedo. Si podemos abrir un boquete lanzaremos los flotadores.
Seguidme, señor Orloff.
Los dos
comandantes fueron a proa. De un compartimiento lateral revestido con una
gruesa colcha de celuloide sacaron un huso largo de metro y medio con una
pequeña hélice a popa, que debía de funcionar a favor de un mecanismo de reloj
inventado por el ingeniero. Era una especie de siluro con cinco kilogramos de
algodón fulminante, cantidad suficiente para causar un formidable destrozo. Con
ayuda de los dos cazadores se cargó el torpedo, que fue metido en el tubo. En
seguida, mediante la presión de un botón, se descorrió un disco, y el agua
entró en el tubo.
Un
instante después se oyó gritar al timonel:
—¡El
torpedo ha salido!
—¡Atrás a
toda máquina! —gritó el ingeniero.
—¿Cuántos
minutos tardará en estallar? —preguntó Orloff.
—Cinco
—respondió Nikirka, mirando el reloj.
De
pronto, una sorda detonación repercutió a lo lejos, y un turbión de espuma cayó
bajo el banco. El buque fue envuelto por aquella onda espumante y sacudido de
proa a popa, mientras de la base del icefield se desprendían
enormes bloques de hielo.
—¡Buena
señal! —dijo Orloff.
El buque
marchó adelante, y a poco se distinguió un reflejo blanquecino que venía de
seiscientos a setecientos metros, como si un rayo de sol se reflejara a través
del espacio.
—¡Luz!
—exclamó Orloff.
—¡Sí!
—confirmó el ingeniero—. ¡Dentro de poco respiraremos aire puro!
En dos
minutos el buque había llegado a donde hirió el torpedo. El algodón fulminante
había producido gran efecto en el banco; pero la parte superior del mismo había
resistido. Sin embargo, habíase abierto un boquete de un metro de
circunferencia, y por él penetraba un rayo de sol, bastante para iluminar el
agua.
Entonces
tocó el turno a los flotadores, y a poco MacDoil y Sandoe oyeron un silbido
procedente de los tubos aéreos, y notaron que el aire se hacía más respirable.
—¡Diablos
de hombres! —exclamó el hebridense con admiración—. ¡Han ideado hasta la manera
de encontrar aire sin salir a la superficie! ¡Querido Sandoe, empiezo a creer
que nos veremos pronto en el Polo y que volveremos tranquilamente, sin perder
un solo dólar!
—También
yo, MacDoil; si bien te confieso que estuve muy sobresaltado al ver que mis
pulmones no funcionaban con regularidad. ¿Crees qué…?
—¿Qué?
—¿No
oyes? ¡Por el tubo que transmite el aire! ¡Escucha, MacDoil!
—Pero,
Sandoe, ¿estás loco?
—¡No; por
mil cuernos de narval! ¡Escucha!
MacDoil
aguzó el oído, y pudo percibir que una voz humana bajaba por el tubo del
flotador aéreo, y gritaba por tres veces:
—¡Hoak!
¡Ka! ¡Hoak! ¡Hoak!
CAPITULO
XXI. HOMBRES A TRESCIENTAS MILLAS DEL POLO
Por
inverosímil que pareciera, no cabía duda alguna: era una verdadera voz humana
lo que bajaba por la manga aérea, la cual funcionaba como una trompeta
acústica. Lo que pudieran significar aquellas palabras, lo ignoraban los
cazadores; así como no podían imaginar quién fuera el desconocido que estaba en
aquel banco, tan lejano del mundo habitado y tan inmediato al Polo.
—¿Qué
misterio es éste? —dijo al fin Sandoe.
—¿Me lo
preguntas a mí? ¡Yo que quería preguntarte lo mismo! —contestó MacDoil.
—¿Quién
será?
—Algún
fantasma. ¡Huyamos!
Y los dos
cazadores huyeron de aquel sitio, mientras la voz continuaba claramente desde
lo alto:
—¡Hoak!
¡Ka! ¡Hoak!
En la
sala encontraron al ingeniero y a Orloff.
—¡Señor
—exclamó MacDoil dirigiéndose a Nikirka—, hay hombres en el banco!
—¿Hombres?
—repitió Nikirka con asombro.
—¡Soñáis,
MacDoil!
—¡No,
señor! —repuso Sandoe—. Hemos oído una voz humana.
—¡Vaya!
¿Cómo es posible oír una voz humana de afuera?
—Baja por
la manga.
—¿Es
posible, señor Orloff? ¿Creéis que haya hombres en estos parajes?
—¡Aquí, a
trescientas millas del Polo! ¡No lo creo, señor Nikirka!
—Pues
venid —dijo MacDoil.
Los dos
comandantes, aunque convencidos del error de los cazadores, siguieron a éstos,
y, efectivamente, oyeron una voz que parecía bajar por el tubo.
—¡Es
verdad! —exclamó el ingeniero maravillado.
—Es
extraño, señor Nikirka —dijo Orloff—; es inverosímil, pero no cabe duda.
—¿Quiénes
serán?
—Esquimales
tal vez.
—¿Esquimales
a tan gran distancia de los últimos establecimientos de la Groenlandia? Llamad
a Kalutunak, a ver si entiende esa lengua.
Acudió en
seguida, y apenas oyó la voz, que no cesaba de hablar, dijo:
—Son
esquimales, patrón. Comprendo esa lengua, por más que no es igual a la que
habla mi tribu.
—Contesta,
pues —dijo el ingeniero.
El
esquimal acercó los labios al tubo, y entre él y el desconocido de arriba se
entabló el siguiente extraño coloquio:
—¿Quiénes
sois?
—Un
hombre —repuso el desconocido—. ¿Y tú? Oigo salir voces de la extremidad de
este animal. ¿Eres hombre, o foca, o morsa distinta de las demás?
—No; soy
un hombre.
—Entonces,
¿por qué asustas a mi tribu y no sales?
—Porque
estoy bajo el mar.
—Entonces
no eres hombre; porque ni yo ni nadie de mi tribu puede bajar al agua. Eres
distinto de nosotros.
—Soy como
tú.
—¿Es tu
cola la que he pescado con mi arpón?
—No; es
lo que me sirve para respirar.
—¿No
respiras como nosotros?
—Sí.
—Entonces,
no comprendo. ¿De dónde vienes?
—De muy
lejos.
—¿Hay
otros hombres bajo estos hielos?
—Si.
—¿Puedes
salir?
—No, a
menos que rompas este banco.
—Lo haré
romper.
—No —dijo
el ingeniero, que estaba oyendo la traducción que le hacía Kalutunak—. Serían
necesarias muchas semanas de trabajo para abrir un boquete tal que permitiera
al buque salir. Que se aparten, y haremos estallar otro torpedo.
Kalutunak
transmitió al habitante de la región polar las palabras del ingeniero,
diciéndole que se apartara lejos de allí si no quería saltar por los aires en
unión de los hielos, y que abandonara el tubo.
Así que
éste descendió, el ingeniero armó otro torpedo, que, previas las operaciones de
antes, fue lanzado a la superficie.
Aquella
segunda explosión fue más tremenda que la primera, tanto que el banco fue
hendido en una gran extensión. El buque entró en el espacio abierto, y los
tripulantes salieron a la plataforma, ansiosos por respirar aire libre y ver un
pedazo de cielo iluminado por el sol.
—¿Volverá
el hombre que nos hablaba? —preguntó MacDoil.
—Estará
asustado, y se guardará por ahora de acercarse —repuso Orloff.
Salieron
los tripulantes al icefield, y pasearon en torno la mirada con
curiosidad. Lo primero que vieron en aquella llanura glacial fueron tres chozas
de forma semicircular, parecidas a las de los esquimales de la Groenlandia, y
tres hombres de baja estatura cubiertos con pieles de oso blanco y armados con
cuernos de narval aguzados en la punta.
Los tres
desconocidos avanzaban hacia los aparecidos, no sin cierto sobresalto, al
verlos surgir del mar. Pero Kalutunak se adelantó gritando:
—¡Tima!
¡Tima!… (¡Salud! ¡Salud!…)
Oyendo
hablar su lengua, los tres esquimales se acercaron y miraron con la mayor
curiosidad a los desembarcados, lanzando exclamaciones de asombro.
Tranquilizados
por las palabras de Kalutunak, empezaron por dar vueltas alrededor de los
europeos, como si quisieran asegurarse de que eran hombres, palpándoles las
botas, los fusiles, las ropas, y hasta tocándolos la cara.
El
ingeniero y Orloff, por su parte, examinaban con interés a aquellos habitantes
del Polo. Tenían el mismo aspecto de los groenlandeses, si bien sus vestidos y
armas discrepaban de los de éstos, y eran más primitivos. Se veía que aquellos
desgraciados nunca habían tenido contacto con hombres blancos ni aun con otros
de su raza.
Probablemente
muchos años antes, acaso siglos, alguna familia había emigrado a aquellos
parajes polares, y, desorientados para el regreso, habían permanecido allí,
conservando de sus compatriotas la lengua únicamente, si bien algo alterada.
Kalutunak
se dispuso a interrogar a aquellos tres hombres para saber cómo se encontraban
allí; pero no obtuvo respuesta satisfactoria. Habían nacido en aquel desierto
de hielo, donde estaban sepultados sus abuelos, sin haber oído hablar nunca de
otros hombres.
—¡Bravo
consuelo! —dijo MacDoil después de oír la traducción de Kalutunak—. ¡Se creían
los únicos habitantes del Globo!
—Creen,
sin duda, que más allá de este banco no hay nada más —repuso el ingeniero.
Así
hablando, otros dos hombres más jóvenes y tres mujeres acompañados de algunos
rapaces, salieron de las chozas de hielo y miraron con asombro a los seres
salidos del mar.
—¡Vaya
unas caras hambrientas! —dijo MacDoil.
—La
abundancia no debe de reinar aquí —repuso Orloff—. Con las armas primitivas que
tienen no les será fácil proporcionarse mucha caza.
—Tampoco
tienen perros —añadió Sandoe.
—Proveeremos
a esta pobre gente de armas y de animales —dijo el ingeniero.
Y
volviéndose a Kalutunak, le dijo:
—Pregúntales
si más al Norte han encontrado el mar libre.
Esto
preguntó el esquimal a sus compatriotas, esforzándose por hacerles entender lo
que era el mar libre y dónde estaba el Norte. Respondieron que no habían visto
más que hielos, salvo algunos días de la buena estación, durante los cuales
cazaban focas y osos y veían otras alimañas que no podían coger por ser muy
grandes y vivir en el agua. Aludía, seguramente, a las ballenas.
No
pudiendo recabar otras noticias, el ingeniero dio orden de volver a bordo y
seguir el viaje. Antes, empero, de abandonar aquel sitio, regaló a aquella
pobre gente una cierta cantidad de galletas, una caja de pemmican,
un barril de puerco salado, algunas hachas y cuchillos y dos perros esquimales,
macho y hembra, así como un pequeño trineo, de que también carecían.
Al
mediodía el Taymir, seguido por las asombradas miradas de los
esquimales, se hundía para seguir su viaje bajo el interminable banco de hielo.
CAPITULO
XXII. RESTOS DE ANIMALES ANTEDILUVIANOS
El icefield seguía
siendo compacto, si bien tendía a disminuir de espesor, pues el buque, que se
mantenía a cien metros de profundidad, ya no encontraba obstáculos y aumentaba
la zona de agua superior, señal evidente de que la congelación disminuía cada
vez más.
No
obstante, seguían viéndose millares de fragmentos de hielo que una corriente
del Sur arrastraba hacia climas más cálidos. Aparecían también algunos peces,
rocas, y esto era buen augurio.
Por lo
visto, el deshielo había empezado en aquella región, reblandeciendo el casquete
que ceñía al Polo. Durante otras seis horas el Taymir siguió
devorando millas, hasta que se paró de pronto a causa de un aviso del timonel,
el cual había visto una masa enorme de color oscuro que se dibujaba en la
extremidad del haz luminoso proyectado por el reflector eléctrico, e ignorando
qué era, ordenó retroceder y esperar órdenes.
El
ingeniero, Orloff y los dos cazadores, que estaban cenando, al notar que se
paraba el buque, se levantaron precipitadamente y fueron al timón.
—¿Qué
ocurre? —preguntó el ingeniero.
—Señor
—contestó el marino—, está cerrado el camino.
—¿Por los
hielos?
—No; por
una masa oscura que parece surgir del mar.
—¿Una
isla tal vez?
—O la
costa groenlandesa —repuso Orloff.
—Ahora lo
veremos; gobernad al Oeste.
Viró el
buque, acercándose a una costa que surgía verticalmente del fondo del mar, lisa
como una pared, a cuatrocientos metros de distancia.
El campo
de hielo se unía a aquella tierra. Durante media hora el Taymir siguió
la costa; luego torció bruscamente al Este, y el mar volvió a quedar libre.
—Acaso
sea una isla —dijo el ingeniero.
Una hora
después aparecía otra tierra ante la proa, mientras el fondo marino se mostraba
a pocos metros lleno de algas negras. El buque la siguió con prudencia hasta
que descubrió otra tierra, como si surgiera un nuevo archipiélago.
Por miedo
a enredarse en aquellos bancos de algas, el ingeniero decidió romper el cerco
de hielo.
—¿Dónde
creéis que nos encontramos? —preguntó Orloff.
—A
doscientas millas del Polo, poco más o menos.
—Pues
rompamos el hielo, a ver si se encuentra un paso.
—Bastaría
un espolonazo. El deshielo ha minado el banco, que, cuando más, tendrá un metro
o dos de espesor.
Efectivamente,
bastó un solo espolonazo para abrir un rasgón de sesenta o setenta metros. Una
vez libre la nave, recobró el equilibrio y se abrió la escotilla. El ingeniero,
Orloff y los dos inseparables cazadores salieron a saludar al sol, que brillaba
espléndidamente en un cielo purísimo reflejándose en los hielos.
Frente al
buque, a menos de medio kilómetro de la proa, un islote de unas dos millas de
extensión y erizado de rocas emergía del banco, viéndose otros tres a popa,
pequeños también, pero a mayor distancia. Hacia el Este, a quince o veinte
millas, se perfilaba una costa que debía de ser bastante alta, y más allá una
montaña se destacaba en el luminoso horizonte, si bien cubierta de nieve.
—¿Qué
isla es ésta? —preguntó MacDoil señalando a la más próxima.
—La isla
MacDoil —respondió el ingeniero, sonriendo.
—¿La isla
MacDoil? ¡Os chanceáis!
—No.
—¿Y las
otras? —preguntó Sandoe.
—Una es
la isla Taymir; otra, la Orloff, y la tercera, Sandoe, que así las
llamaremos en atención a que nadie las ha visto antes de ahora. Las hemos
descubierto, y podemos bautizarlas como queramos.
—¡Gracias!
—exclamaron los dos cazadores.
—Y la
costa que surge al Este la llamaremos Tierra de Nikirka —añadió Orloff.
—¡Sea!
—repuso el ingeniero—. Haremos un croquis de estas islas y de la costa, y lo
incluiremos en nuestro mapa, juntamente con nuestros nombres. ¿Veis agua libre
en algún sitio, señor Orloff?
—No; pero
la costra de hielo me parece que permite navegar por la superficie.
—Entonces
procuraremos alcanzar la costa: tengo curiosidad por visitarla.
Volvió a
hundirse el buque, y navegó lentamente hacia la isla señalada.
Ambos
comandantes y los cazadores, armados de fusiles y acompañados de su mastín,
tomaron tierra, levantando bandadas de ocas y de ánades. Como el deshielo había
empezado ya en aquel islote, se descubría alguna vegetación de musgos y sauces,
y algunos arroyuelos rumorosos.
El
ingeniero y sus compañeros estaban ya a punto de avanzar para cobrar alguna
pieza en las cercanías, cuando oyeron a «Camo» ladrar repetidamente con furia.
—Avancemos
poco a poco —dijo el ingeniero.
Armaron
los fusiles, y dieron la vuelta a unas rocas tras las cuales se había guarecido
el perro. Junto a un terreno semi-inundado vieron un esqueleto enorme,
monstruoso, medio hundido en el suelo.
—¿El
esqueleto de una ballena? —dijo MacDoil.
—¿Una
ballena en tierra? —repuso Orloff—. Que yo sepa, los cetáceos no han aprendido
todavía a andar por tierra.
Acercáronse
al esqueleto y lo examinaron con curiosidad. Era de dimensiones
extraordinarias: unos doce metros de largo por un diámetro de otros diez. La
enorme cabeza estaba armada de dos larguísimos dientes curvados, tres veces
mayores que los de los elefantes y mucho más arqueados, mientras los huesos de
las manos, gruesos como el muslo de un hombre, medían otros cinco metros.
—¡Diantre!
—exclamó MacDoil—. ¡Cualquiera diría que esto es el esqueleto de un elefante
colosal!
—Si no es
precisamente eso, pertenece a la misma especie, por que es un mammuth —contestó
el ingeniero.
—¿Qué
clase de bestia es ésa? —preguntó Sandoe.
—Un
animal parecido al elefante, pero cuya mole superaba tres o cuatro veces a los
que ahora habitan en los bosques de Asia y de África.
—¿No os
sorprende encontrar junto al Polo un animal así?
—No;
porque también en la tundra, en los hielos y en las lagunas de
Siberia, se han encontrado huesos de mammuth; y en San Petersburgo
se conserva la cabeza de uno en muy buen estado.
—¿Eran
animales polares?
—Más bien
parece que no lo eran.
—¿Cómo se
encuentran, pues, en medio de estos glaciares, siendo así que los elefantes
prefieren los países cálidos?
—Probablemente,
porque en la época en que los mammuths vivían, la Tierra no se
había enfriado aún en la extremidad de su eje. Pero basta de explicaciones y
vamos adelante, porque allá diviso algo que se mueve, y bien pudiera ser un
oso.
Abandonaron
la gigantesca osamenta y siguiendo la costa vieron efectivamente algo que se
agitaba entre los hielos de la orilla. Parecía un pequeño anfibio o mejor dicho
aún una foca de poco tamaño.
En pocos
minutos se aproximaron a cien pasos del animal, y vieron que, en efecto, era
una foca que apenas tendría sesenta centímetros de largo. Sandoe la hizo un
disparo, dejándola sin vida. Entonces se vio salir del agua a la madre, la cual
se arrastró fatigosamente por la orilla lanzando ladridos roncos y profundos
que denotaban viva irritación.
—¡Diantre!
—exclamó el cazador, asombrado—; ¿qué especie de foca es ésa?
La
sorpresa de Sandoe estaba justificada, pues aquel anfibio era distinto de las
demás focas, a lo menos por la cabeza. Medía dos metros, tamaño desusado en una
foca; tenía grande el cuerpo, la cola aplanada, los pies unguiculados, la piel
hirsuta y con manchas rojizas, y el vientre gris. Sobre la enorme cabeza
ostentaba una cresta encrespada, larga de veinte centímetros, que daba al
animal un aspecto raro y amenazador.
—¡Un nietersoak!
—dijo Orloff—. ¡En guardia, porque estos anfibios son valientes y no retroceden
ante los cazadores!
—¡La
mataré, por fiera que sea! —dijo MacDoil.
La foca,
al ver a su hijo en un charco de sangre, se proponía arrastrarlo consigo.
«Camo» se había precipitado sobre el anfibio; pero un testarazo del animal le
echó patas arriba. MacDoil, furioso al ver a su perro maltratado por una simple
foca, se adelantó e hizo fuego a cuarenta pasos. El animal, herido en el
cráneo, cayó al lado de su cría, retorciéndose en los estertores de la agonía,
mientras su cresta se arrugaba cayéndole sobre la nariz.
—Señores
—dijo MacDoil—, no he visto nunca focas así.
—Son muy
raras en las islas americanas del Norte, y aun en la Groenlandia, y por eso,
poco conocidas —contestó el ingeniero—. Así y todo, se matan al año de mil a
dos mil.
—¿Tienen
costumbres distintas de las otras focas?
—No lo
creo; si bien son más valientes.
—Y la
cresta, ¿para qué les sirve?
—Para
nada. Es una especie de membrana que se hincha cuando el animal está irritado.
—Podéis
volver a bordo con la presa —añadió el ingeniero—. Vos, señor Orloff,
acompañadme a dar una vuelta a la isla. No nos vendrá mal un paseo.
CAPITULO
XXIII. LOS PRIMEROS BUEYES ALMIZCLADOS
En tanto
que los dos cazadores acarreaban la foca con la ayuda de «Camo», los dos
comandantes seguían recorriendo la costa de la isla.
Millares
de aves anidaban entre las rocas y dejaban acercarse a los paseantes sin
asustarse; señal evidente de que no estaban acostumbradas a ver hombres ni a
temerlos. Abundaban, sobre todo, los bacalao bird y las procellaria
falmar, volátiles algo grandes, que sirven de lámpara a los esquimales con
sólo meterles en la garganta una torcida para que ésta arda bien; este animal
al empollar sus huevos produce un ruido parecido al de una rueda movida
rápidamente, fenómeno muy curioso, a la par que inexplicable.
Veíanse
también albatros graznando sobre los bancos de hielo. En la llanura abundaban
las zorras polares de piel azul plateada, que no se resolvían a huir hasta que
oían los ladridos de «Camo».
De cuando
en cuando el ingeniero y Orloff se paraban para observar el suelo, que parecía
enteramente volcánico, con lavas, escorias y piedra pómez, como el de las
regiones australes. Otras veces se detenían para remover los huesos monstruosos
de mammuths y de mastodontes. Prosiguiendo la marcha, vieron
galopar entre las rocas del islote las grandes cabezas de un ganado que no
creían encontrar a tan corta distancia del Polo.
Aquellos
animales se parecían más a carneros que a bueyes. Eran de cuerpo pesado,
piernas cortas, hocico peludo, breve y obtuso, cabeza armada con dos cuernos,
que formaban sobre el cráneo dos protuberancias y se encorvaban después,
terminando, en dos puntas muy agudas.
Sus
crines eran bellísimas y colgaban hasta el suelo. Los dos comandantes los
reconocieron en seguida. Eran bueyes almizclados; animales que únicamente se
encuentran en las islas americanas del Océano Ártico, y que hoy escasean mucho.
Hubiera
deseado derribar alguno, pero como estos bueyes son muy desconfiados, huían
prontamente de su alcance.
Cuando
regresaron a bordo, después de haber dado la vuelta a la isla, eran las ocho de
la noche. Los dos cazadores habían desollado la foca y entregado al cocinero
los sesos y la lengua, dos bocados apetitosos.
A las
nueve, el buque emprendió la marcha hacia el Norte, espoleando los hielos, que
cedían fácilmente a su empuje. A las seis de la mañana encontraron otro islote
de media milla de circunferencia, mientras a su derecha la costa entrevista el
día anterior se alejaba rápidamente replegándose hacia el Este.
Parecía
que la costa de Groenlandia acababa allí, pues no se veía más tierra hacia el
Norte. Los hielos disminuían y la temperatura oscilaba entre los 0 y 7 grados.
Sin embargo, aún se veían algunos icebergs de grandes
dimensiones que desafiaban el corto verano polar sin derretirse por completo, y
gran número de streams y de palks que se
dejaban transportar por alguna corriente que parecía bajar del Oeste.
A las
diez vieron al Oeste otro islote algo más grande que el anterior, y en sus
orillas, algunos osos blancos que parecían espiar a las focas y a las morsas;
pero casi en el mismo instante Orloff, que acaba de echar la sonda, notó que el
fondo del mar se elevaba rápidamente.
—¿Si en
vez del famoso mar libre habrá una especie de laguna en el Polo Norte? —dijo el
ingeniero.
—Así
parece —respondió Orloff—. Mirad cuántas algas se ven surgir del fondo de los
canales.
—Es
verdad —dijo Nikirka—. Sentiría no encontrar agua bastante para llevar mi buque
hasta debajo de la misma Estrella Polar.
La
velocidad del Taymir se redujo a tres nudos por hora, pues
tenía que echar la sonda a cada instante, y sólo encontraba once metros de
agua. Esperando hallar mayor profundidad, el ingeniero enderezó el rumbo al
Este, y luego al Oeste; pero sin mejor resultado.
—Estamos
a ochenta y siete grados cincuenta y tres minutos de latitud, y a sesenta
grados catorce minutos de longitud —dijo Orloff a MacDoil—; o, lo que es lo
mismo, a ciento diecisiete millas del Polo.
—¡Bravo!
—respondió el hebridense—. ¡Ahora si que podremos ver lo que hay por allá!
—Ya
podréis imaginaros —repuso el ingeniero—. Poca agua, bancos fangosos y algún
islote. Señor Orloff, ¿tenemos agua suficiente?
—Tenemos
nueve metros a estribor y me parece que seguiremos igual hacia el Norte.
Observad, si no, el color azul de la superficie del mar. Esto indica una buena
profundidad.
—Paréceme
ver otro islote allá abajo, como no sea una montaña de hielo. El horizonte está
nublado en esa dirección; pero pronto lo sabremos qué es ello.
El Taymir andaba
a tan buena marcha, que si el mar estuviera libre, en cinco o seis horas
hubiese podido llegar al punto donde se cruzan todos los meridianos del Globo.
Quince
millas más arriba hallaron el islote divisado por el ingeniero. Era un picacho
de naturaleza volcánica, de algunos centenares de metros de circunferencia,
formado por rocas cortadas a pico. Como encontrara agua bastante, el Taymir lo
rodeó, ahuyentando así algunas nutrias que estaban regodeándose al pálido sol
en la cima de algunos escollos.
—¡Lástima
que tengamos tanta prisa! —dijo MacDoil—. Son espléndidas, y su piel se
vendería a buen precio.
—Las
cazaréis al regreso si volvemos a pasar por aquí —repuso el ingeniero.
—¿Tenéis
intención de regresar por otro camino?
—Si;
doblando la punta septentrional de la Groenlandia, para llegar más pronto a
Europa. ¿No os parece bien?
—Sí,
señor. Y luego, ¿emprenderéis otro viaje al Polo Sur?
—¡Quién
sabe! ¿Me acompañaríais también, MacDoil?
—¡Pagáis
bien! Diez mil dólares son para mí una fortuna que nunca hubiera soñado ganar
en la Compañía del Hudson. Podéis contar conmigo.
—¡Con tal
de que no nos acontezca alguna desgracia en el regreso! —repuso el ingeniero
con un acento tan extraño, que impresionó vivamente al hebridense.
—¿Qué
decís, señor? Con vuestro buque no se corre ningún peligro. ¿Tenéis algún
presentimiento?
—No lo
sé. Bajemos: deseo reconocer el fondo.
Dejaron
la plataforma y bajaron a la sala, donde observaron a través de los vidrios una
bandada de pequeños cefalópodos que se esforzaban por seguir al buque. El agua
se mostraba limpia; pero de improviso se oyó la campanilla de alarma del
timonel.
—¿Qué
será? —exclamó MacDoil—. ¿Habremos llegado ya al Polo?
—¡Ya es
tiempo! —repuso Nikirka—. Sólo nos faltan diez millas.
Se acercó
a la brújula, que estaba al otro extremo del salón, y vio que si bien la aguja
imantada apuntaba al Norte, no se había desviado una sola línea.
—¡Señor
Orloff! —gritó.
En aquel
instante entró el segundo con el semblante demudado.
—¿Por qué
esa alarma? —preguntó el ingeniero.
—El
camino está aquí también obstruido —respondió Orloff—. Un extenso banco de
hielo que debe de tener un espesor colosal, cubre el mar.
—Creía no
volver a encontrar este obstáculo. ¿Existirá un segundo casquete de hielo
alrededor del Polo? No habrá más remedio que pasar por debajo de él.
—Eso si
encontramos agua suficiente. Apenas tenemos siete metros de profundidad.
La frente
de Nikirka se nubló. No había previsto aquel obstáculo, que podía suponer una
barrera insuperable y obligarle a volver atrás cuando ya estaba para tocar en
el Polo.
—¡Vamos a
ver! —dijo.
Abrióse
la escotilla al tiempo que el buque navegaba a flor de agua para evitar
cualquier roce submarino. Orloff dijo la verdad A menos de media milla se
extendía, hasta perderse de vista en el horizonte septentrional, un inmenso
banco de hielo que reflejaba un iceblink hasta las nubes que
entoldaban el cielo, haciéndolas brillar de un modo extraño.
Era una
masa enorme; probablemente un glaciar de formación antigua, coronado de icebergs,
de obeliscos y de cúpulas medio desmoronadas algunas de ellas.
—¡Pensar
que estamos a sólo diez millas del Polo! —exclamó el ingeniero contrariado—.
¿Si será intangible ese punto geográfico?
—Señor
—dijo MacDoil—, he aquí un hueso duro de roer. Este banco llegará hasta el
fondo, y no habrá modo de pasar por debajo; necesitaríamos centenares de
quintales de dinamita para desbaratar este coloso.
Nikirka
no contestó. Miraba el banco con el ceño contraído y retorciéndose el bigote.
—¿Qué
haremos? —dijo Orloff—. ¡Sería mía locura asaltarlo a espolonazos!
—¡Quién
sabe si así hallaríamos algún paso! No renuncio a la empresa, ahora que estoy
tan inmediato al Polo.
Sacó del
bolsillo un anteojo y lo apuntó hacia el Norte, y así quedó inmóvil, por unos
instantes. Cuando lo retiró habló a Orloff:
—He
descubierto el mar libre. Nos faltan unas treinta millas; pero no podremos
pasar. Esta es la dificultad.
—¿No se
ve ningún canal?
—Ninguno;
el hielo permanece compacto.
—¿Nos
sumergimos?
—¡Sí!
Bajaron y
cerraron herméticamente la escotilla, aunque tomando la precaución de soltar la
manga de goma que debía proveer de aire al buque.
Un
momento después, éste se sumergía. El capitán examinaba el fondo del mar, que
aparecía limpio, sin trazas de vegetación y con escasos peces de los
llamados candela, porque son tan oleaginosos que arden como una
vela. El agua, diáfana e impregnada del iceblink del campo de
hielo, hacia innecesaria la luz eléctrica.
El buque
navegaba entre dos aguas, tan moderadamente que apenas hacía dos millas por
horas.
De pronto
el banco apareció a pocos pasos. El capitán hizo un gesto de cólera.
—El
camino está cerrado —dijo Orloff.
—Intentaremos
costear el banco.
—¿Y si
intentáramos embestirlo?
—Nada
conseguiríamos, como no fuera comprometer el buque.
El Taymir,
siguió su camino, costeando el inmenso banco de hielo a unos veinte metros de
la orilla, que proyectaba una luz vivísima.
A poco se
divisó una hendidura, que el capitán supuso serla un canal transitable, por el
cual hizo pasar lentamente el buque.
—Vamos a
explorar este paso —dijo—, y si no es a propósito, buscaremos otro.
Más que
un canal, era una galería abierta en el banco de hielo, probablemente por las
presiones de forma semicircular, y que se apoyaba en el fondo del mar. El buque
corría, pues, riesgo de que, alterándose el equilibrio de aquellas masas,
cayeran sobre él, interceptando el camino.
—¡Pongámonos
en las manos de Dios! —dijo Nikirka.
Una luz
intensa, deslumbrante, se difundía por el canal; señal evidente de que el banco
no tenía el espesor que habían creído. A veces cambiaba de forma, apareciendo
triangular, con el vértice en alto: otra prueba de que las presiones hablan
hecho mella en él. El buque avanzaba casi rastreando el fondo. Tendría
recorridas unas diez millas cuando súbitamente se hundió, quedando inmóvil.
—¿Qué ha
ocurrido? —preguntó ansiosamente el ingeniero—. ¿Está cerrado el canal?
—No; pero
debe de haber un desprendimiento en el banco —respondió Orloff—. Algún iceberg ha
hundido el hielo, y su mole gravita sobre nosotros.
—¡Veamos!
—dijo Nikirka, procurando mantenerse tranquilo.
El Taymir yacía
en el fondo del mar, en una pequeña depresión formada por las hélices, que no
cesaban de funcionar. En aquel sitio el canal era ancho y no presentaba ningún
obstáculo. El comandante vio aparecer hielo en los vidrios.
—¡Sí!
—dijo inundado de sudor frío—; ¡algún iceberg ha hundido el
banco y nos tiene oprimidos!
El buque
era demasiado sólido para que se rompiese; pero quedaba el temor de que faltara
el aire si aquella presión se prolongaba.
—Orloff
—dijo—, tratad de forzar la máquina, a ver si podemos atravesar el hielo.
El buque
hizo esfuerzo prodigiosos para salir de aquel encierro. El agua empezaba a
enturbiarse, mientras el espolón removía la arena. De pronto chocó
violentamente contra un obstáculo, que atajó su fatigosa marcha.
—No hay
más remedio que dar máquina atrás —dijo el ingeniero.
—¿Y si
tenemos cerrada la salida? —dijo Orloff—. Temo que el iceberg nos
tenga bloqueados.
—¡Probemos!
—repitió el ingeniero.
Maniobró
el buque, mientras sus tripulantes miraban al mar ansiosos. Jugaban el último
albur, y ya se comprenderá su angustia. El buque seguía hacia atrás, haciendo
poderosos esfuerzos. Había retrocedido unos veinte metros cuando se detuvo de
improviso y la maquina cesó de funcionar.
—¡Estamos
perdidos! —exclamó Orloff, precipitándose a la sala—. ¡El canal se ha cerrado
detrás de nosotros! ¡Tenemos a popa una pared enorme de hielo! ¡El iceberg se
ha hundido en el fondo del canal!
—¡Venid a
mi camarote! —dijo Nikirka.
—¿Habrá
esperanzas de salvación? —dijo Sandoe a MacDoil cuando salieron los
comandantes.
—No sé
qué decirte pobre amigo mío —respondió MacDoil—. Estamos en una prisión de
hielo que no podemos romper.
—¿Temes
que el Taymir acabe aquí su carrera?
—Y
nosotros con él. Moriremos lentamente asfixiados. Apenas tenemos aire para diez
horas.
—En diez
horas pueden hacerse muchas cosas, MacDoil.
—¡Ea,
Sandoe; voy a darte un consejo! ¡Vamos a comer! ¡Con el estómago lleno se nos
ocurrirán ideas más alegres!
—Y se
muere más tranquilo, ¿no es verdad, MacDoil?
—¡Sí; que
nos sorprenda la asfixia con el vaso en la mano! ¡La lástima es otra cosa!
—¿Cuál?
—¡Dejar
aquí también mis dólares! ¡Si a lo menos pudiese recogerlos algún cazador de
focas!
Dio el
brazo a Sandoe, y ambos se dirigieron tranquilamente a la despensa, sin
preocuparse más de la muerte, que desgraciadamente ya empezaba a cernerse sobre
el buque.
CAPITULO
XXIV. LA LUCHA CONTRA LOS HIELOS
Pese a
sus esfuerzos por mostrarse resignados, MacDoil y Sandoe comieron a disgusto.
Cuando se levantaron de la mesa estaban preocupadísimos.
Lo que
más los inquietaba era la absoluta inmovilidad del buque, así como el profundo
silencio que reinaba en todo él; verdadero silencio de tumba. La idea de morir
lentamente por falta de aire se apoderó de su cerebro.
No era
que los cazadores temieran a la muerte, a la cual cien veces desafiaron
luchando con las fieras o con las terribles tempestades del estrecho de
Behring, pero si les producía extraña impresión la idea de morir encerrados en
aquel coloso de acero sepultado entre los hielos.
—¡Cualquiera
diría que tengo miedo! —dijo MacDoil levantándose.
—La
verdad es que tienes una cara muy fúnebre —repuso Sandoe tratando de burlarse.
—¿Sientes
tú una opresión dolorosa?
—Todavía
no.
—Pues se
me figura que empieza a faltar aire.
—No,
MacDoil; aún nos queda para ocho o nueve horas.
—¿Habremos
de esperar hasta entonces sin hacer ningún esfuerzo? ¡Y el ingeniero sin
dejarse ver!
Diciendo
esto MacDoil, cogió del brazo a Sandoe, y exclamó con voz alterada:
—¡Si se
habrá matado!
—Me
asalta el mismo presentimiento —repuso Sandoe—. ¡Sí, MacDoil; vamos a verlo!
Atravesaron
el corredor, y llegaron silenciosamente ante el camarote del ingeniero. El más
profundo silencio reinaba tras la pared metálica.
—¡Llamemos!
—dijo Sandoe.
Y dio
tres golpes con los nudillos.
—¡Entrad!
—dijo una voz desde dentro.
Los
cazadores respiraron. El sonido de aquella voz, perfectamente tranquila, les
restituyó el ánimo y calmó su zozobra.
Entraron
empujando la puerta con violencia. Allí estaba el ingeniero, solo, sentado ante
una mesa, encorvado sobre una hoja de papel cubierta de números y con un
cigarrillo en la boca.
—¿Qué
queréis, mis bravos cazadores? —dijo levantándose.
—Digo
—respondió MacDoil— que el tiempo pasa y que, si no lo remediamos, moriremos
asfixiados.
—No tan
pronto como creéis, MacDoil. Tenemos aire para catorce horas, y cuento con mis
fuerzas.
—No os
comprendo.
—Tranquilizaos:
he calculado el espesor del hielo y pondré en libertad al buque.
En aquel
momento entró Orloff, tan tranquilo.
—El hielo
—dijo— ciñe el buque y forma a su alrededor una masa compacta.
—¿Habéis
encendido fuego?
—Sí; y
los marineros están calentando las barras, señor Nikirka.
—¿Sabéis
manejar los picos?
—Como los
buenos mineros —respondió MacDoil.
—Seguidme.
Salieron
del camarote y subieron hasta la escotilla. Con gran asombro vieron los
cazadores que estaba abierta, si bien el fondo del iceberg cerraba
la abertura completamente.
—Comprendo
—dijo MacDoil—. Se trata de abrimos paso a través del hielo.
—Si; un
pozo que permita asomamos a la superficie del banco —contestó el ingeniero—. Es
el único medio que nos queda para salvar la vida.
—La faena
será larga. ¿Qué espesor tendrá el hielo?
—Si no me
engañan mis cálculos, la superficie del banco debe de estar a diez metros sobre
nosotros. Debemos, sin embargo, cavar horizontal y no verticalmente, lo cual
nos da una distancia doble o triple.
—¡Treinta
metros! ¿Y por qué no cavamos verticalmente? Así acabaríamos más pronto.
—Porque
tendríamos que horadar todo el iceberg, el cual bien pudiera tener
cien metros de altura: Exploraremos los dos flancos con barras ardiendo.
—¡He aquí
otro enemigo!
—¿Por
qué, MacDoil?
—Porque
el fuego así consumirá más pronto nuestra provisión de aire.
—Lo sé;
pero es necesario. ¿Cuánto hielo podréis cavar cada hora?
—Lo
menos, tres metros.
—Suponiendo
que haya de abrirse un túnel de treinta metros, emplearemos, por tanto, diez
horas. Tenemos el aire medido. ¡Al trabajo, amigos mío, sin perder tiempo!
Nosotros os relevaremos al cabo de una hora, y luego seguirán los marineros.
—¿Y dónde
echaremos el hielo?
—Dentro
del buque no tardará en deshacerse, y con las bombas echaremos el agua.
Los
mineros empuñaron algunos picos y palas.
—Picad
oblicuamente hacia el Sur —dijo el ingeniero—. En esa dirección el iceberg ha
de tener menos espesor.
Los dos
cazadores se apoderaron de sendos picos y empezaron a perforar vigorosamente el
hielo, tanto que arrancaban pedazos enormes que iban rodando escalera abajo.
La
esperanza de ver el cielo y respirar libremente redoblaba sus fuerzas. Pero
bien pronto sintieron fatiga manejando los azadones en aquel pozo, que no
tendría dos metros de circunferencia. No por eso cesaron en su faena. En una
hora excavaron tres metros, y como tan rudo trabajo les caldeaba el cuerpo
pudieron resistir el intenso frío que hacía en aquel antro.
—¡Basta!
—les dijo de pronto el ingeniero—. Probaremos con las barras, por más que
estamos lejos de la superficie.
Acudieron
los marineros llevando una barra de hierro al rojo, larga de doce metros y
bastante puntiaguda. Metiéronla en el hielo y la retiraron prontamente. Después
de dejar verter el agua producida por el hielo derretido, el ingeniero acercó
la boca al agujero.
—¡Nada!
—dijo—. ¡Ni un átomo de aire!
Tocóles
entonces el tumo a los marineros, al cocinero y a Kalutuna, quien armados con
hachas, atacaron al iceberg con extraordinario vigor. Ganados
otros tres metros, el ingeniero hizo otro sondeo con una barra más grande que
la primera, pero también con mal éxito.
—Con todo
—dijo—, ya habremos perforado unos once metros. El iceberg debe
de ser colosal; pero como tenemos aún ocho horas de tiempo, podemos hacer mucho
trabajo. No hay que desesperar; podemos avanzar cincuenta y también sesenta
metros.
Y
volvieron al trabajo con más ahínco que antes. A las cinco horas se habían
perforado quince metros en linea oblicua, pero no llegaban a la superficie del
banco, lo cual estaba en desacuerdo con los cálculos de Nikirka. A las siete
horas, tras esfuerzos inauditos, se llegó a veinte metros, tropezando con un
poco de arena y algunos cascotes.
—¡Esto es
buena señal! —dijo el ingeniero a sus compañeros, que le interrogaban
angustiados—. ¡No podemos estar muy lejos del borde del iceberg!
Metieron
otra barra candente, y ¡nada! El ingeniero estaba pálido. Empezaba ya a faltar
aire.
A pesar
de todo, siguieron trabajando febrilmente, pero en sentido horizontal, para
llegar más pronto a los extremos del iceberg, si bien esto hacía
más penoso el acarreo del hielo desprendido. Otros cinco metros se ganaron a
las nueve horas, y ya los pulmones estaban débiles. Se acercaba el momento
terrible. La muerte no andaba lejos.
Ya el
ingeniero empezaba a desanimarse. Después de probar otra barra, la tiró con
desaliento. Miró a sus compañeros, que estaban pálidos como muertos.
—Todo ha
concluido; ¿no es verdad? —dijo MacDoil con voz apagada—. Dentro de un cuarto
de hora habremos muerto todos ¡Volvamos al buque; prefiero morir dentro de él!
Pero un
gesto del ingeniero le contuvo.
—¡Treinta
y dos metros! —decía éste hablando consigo mismo—. ¡Suceda lo que suceda, lo
probaré!
—¿Qué?
Nikirka
se apartó de ellos sin contestar a esta interrogación, y a los dos minutos
reapareció y dijo:
—Retiraos
de aquí todos. Voy a desquiciar el iceberg con un cartucho de
dos kilogramos de dinamita.
—¿No
saltará el buque?
—Se
encuentra a treinta metros debajo de nosotros, protegido por una enorme masa de
hielo. Sentirá el choque; pero no creo que sufra ninguna avería. ¡Pronto,
retiraos!
Colocó el
cartucho en el agujero del pozo abierto, y dando fuego a la mecha, que había de
durar cinco minutos, siguió corriendo a sus compañeros.
—¡Cerrad
la escotilla! —dijo—. El hielo podría derretirse en demasía, y anegar el buque.
Cuando se
encontraron encerrados en el buque, creyeron que se asfixiaban.
—¡Apagad
el fuego! —dijo.
Los
marineros y Orloff, tambaleándose como ebrios, fueron a las máquinas a cumplir
lo ordenado. El ingeniero, por un milagro de energía, se mantenía en pie ante
el cronómetro colgado de la pared y con los ojos clavados en la manecilla. En
la estancia reinaba profundo silencio, interrumpido por la respiración fatigosa
de los cazadores tendidos en un diván, y por algún ladrido de «Camo».
Las
manecillas avanzaban; pero parecía que no tanto como debieran.
—¡Las
siete y treinta y cinco! —exclamó el ingeniero.
Casi en
el mismo instante se oyó en lo alto una sorda detonación. El buque sufrió una
sacudida, casi una ligera ondulación, señal evidente de que la base del iceberg no
se había roto y que la brecha se había producido solamente arriba.
El
ingeniero, con un esfuerzo supremo, subió por la escalera y abrió
precipitadamente la escotilla.
—¡Aire!
—exclamó.
En
efecto; a través del pozo bajaba una corriente de aire helado, que vivificó sus
pulmones exhaustos.
A sus
gritos acudieron los cazadores.
—¡Salvados!
¡Estamos salvados!… —gritaba MacDoil—. ¡Sandoe, amigo, ya no moriremos! ¡Hurra!
¡Hurra! ¡Saltemos, bailemos, bebamos!… ¡Viva el Polo!
No
parecía sino que se había vuelto loco. También «Camo», que minutos antes
parecía moribundo, se había lanzado hacia la escotilla brincando y ladrando
alegremente. Orloff y los tres marineros se sintieron resucitados.
—¡Ah!
¡Qué sublime idea habéis tenido, señor Nikirka! —decía MacDoil—. ¡Sin el
cartucho de dinamita, a estas horas habríamos muerto!
—¿Se
habrá roto la superficie del banco? —preguntó Orloff.
—Seguramente
—contestó el ingeniero radiante de alegría—. Debíamos de estar cerca de ella;
más de lo que creíamos.
—¡Ea,
desembaracemos el camino! —dijo MacDoil—. ¡Me siento con fuerzas de gigante! La
verdad es que no creía salir tan bien del lance.
—Nosotros,
sí; pero el buque sigue preso —respondió Orloff—, porque la base sigue
compacta.
—¿Tendremos
que abandonarlo? —dijo MacDoil, aterrado—. Eso sería otro peligro de muerte.
¿Cómo podríamos llegar a la costa groenlandesa, y de allí a los
establecimientos daneses?
—No os
preocupéis por eso. Como encontremos el medio de aseguramos aire hallaremos
manera de libertar al Taymir, a quien amo como carne de mi carne.
Por ahora pensemos en llegar a la superficie del banco, y veremos lo que se ha
de hacer.
Pertrecháronse
de barras largas de hierro para, hacer caer los bloques acumulados en el pozo,
que podían congelarse nuevamente y anular el trabajo realizado. La explosión,
que debió de ser enorme, había desequilibrado la masa del iceberg,
formando en su seno una excavación profunda, una especie de caverna, producida
sin duda por la súbita licuefacción del hielo. Unas dos horas tardaron en
llegar al sitio donde se había puesto el cartucho que originó el orificio.
MacDoil,
como más ansioso, llegó el primero, seguido de los demás.
—¡Adelante,
MacDoil!… —gritaba Sandoe—. ¡Mete hierro! ¡Quiero ver el sol!
El
hebridense arañaba el hielo con el cuchillo, procurando llegar a la abertura.
—¡Veo el
agujero! —exclamó de pronto—. ¡Me faltan tres o cuatro metros para salir fuera!
En aquel
momento oyeron ladrar furiosamente al mastín.
—¡Cuidado!
—dijo el ingeniero—. ¡Vuestro perro huele algo!
—¡Alguna
foca que estará arriba! —repuso MacDoil—. ¡Con el cuchillo me basta!
Sin
titubear alargó el brazo, y se preparaba a trepar a la superficie, cuando de
pronto sintió en la cara una bocanada de aire caliente y nauseabundo, y en
seguida una zarpa vellosa que le arañó el cabello.
—¡Un oso!
¡Un oso! —gritó.
Haciendo
un esfuerzo desesperado, retrocedió, dejando la gorra entre las uñas del
animal. Este estaba preparado para dar una dentellada al imprudente; pero no
pudo hacerlo por las reducidas dimensiones del agujero. Un tirón de Sandoe
apartó más aún a MacDoil de la fiera, la cual hacia esfuerzos desesperados para
ensanchar el orificio, a pesar de los tremendos ladridos de «Camo», que
retumbaban pavorosamente en el pozo.
—MacDoil
—dijo el ingeniero desde abajo—, ¿sigue el oso arriba?
—¡Si;
mandad en seguida por la escopeta cargada!
Un
marinero retrocedió inmediatamente en busca de la escopeta.
El oso,
mientras tanto, seguro de zamparse la presa, no pensaba en retirarse. Abría
desmesuradamente las fauces, lanzando gruñidos de impaciencia. MacDoil vomitaba
contra él mil epítetos injuriosos, amenazándole con el cuchillo.
Llegó el
marinero con dos fusiles cargados. El oso, como si comprendiera el peligro que
se le venía encima, empezó a retroceder. Cuando la escopeta, pasando de mano en
mano, llegó a las de MacDoil, la cabeza del oso había desaparecido del
orificio.
—¡Cuidado!
—dijo el ingeniero—. ¡Os espera fuera!
—Pues yo
no voy a estarme aquí horas y horas. ¡Empiezo a helarme! —contestó el valiente
MacDoil.
El cual,
poniéndose en guardia, se acercó al agujero, a cuyo borde estaba el gorro
maltrecho por las garras del oso. Al subir la escopeta para trepar hacia
arriba, sintió que daban un golpe en el arma, que se disparó por sí sola. Oyóse
un sordo gruñido, y entre la humareda se vio aparecer la cabeza de la fiera.
Sandoe
pasó en seguida la otra escopeta a su compañero.
—¡Tira!
—le dijo—. ¡Pronto!
Un
segundo disparo se oyó, seguido de un terrible aullido. La cabeza desapareció
nuevamente.
Seguro
MacDoil de haber rematado al oso, saltó fuera blandiendo el cuchillo y seguido
de Sandoe y su perro. A tres pasos de allí estaba la fiera, de pie sobre las
patas traseras, aullando terriblemente y con la cabeza rota.
—¡Atrás!
—gritó el hebridense al ingeniero, que se preparaba a subir.
Luego,
siguieron voces y exclamaciones de terror.
—¡Rayos y
truenos!
—¡Es una
manada!
—¡Huid,
huid todos!
CAPITULO
XXV. SITIADOS POR LOS OSOS
Los
cazadores tenían razón en gritar ¡huid! a los que iban detrás.
No bien
se habían librado de un grave peligro, caían en otro no menos terrible: entre
una bandada de osos blancos. A poca distancia del oso herido, y por
consiguiente del orificio de salida, estaban quince de estas fieras en
semicírculo esperando la presa.
Apenas
salieron los cazadores, se aprestaron a acometerlos, mientras el herido se
debatía ensangrentado sobre la nieve. Sandoe y MacDoil, comprendiendo que no
era fácil la retirada por la angosta boca del pozo, atravesaron el circuito
seguidos del mastín, cuyos ladridos contuvieron un momento a las fieras.
Como
tenían descargadas las escopetas y, además, no estaban dispuestos a combatir a
tantos y tales enemigos, corrían desesperadamente a través del banco, seguidos
siempre por el perro.
Los osos,
sorprendidos por aquella imprevista aparición, quedaron asustados, y cuando se
repusieron, ya era tarde para alcanzar a los fugitivos, que seguían alejándose
a todo correr. Si bien los osos blancos son más pesados que los negros y los
grises, no por eso dejan de galopar perfectamente y competir en la carrera con
el hombre.
—¡Carguemos
los fusiles!… —dijo Sandoe, que antes de salir del pozo había recibido del
ingeniero algunos de los cartuchos de los llevados por el marinero.
—¡Toma,
MacDoil; date prisa!
—¡No me
haré rogar! Conozco muy bien a los osos y sé que tienen buenas piernas. ¿Ves
aquel pico?
—Pues
hagamos por llegar a él; si no, nos alcanzarán.
La altura
indicada por el hebridense era una colina de 30 a 40 metros de altura que
sobresalía algo aislada, con los flancos casi cortados a pico, pero que no
parecían inaccesibles, por estar rajados por hendiduras que se alargaban hasta
la cumbre.
Los
cazadores atravesaron los ochocientos metros que los separaban de aquel seguro
refugio.
—¡Demos
el asalto! —dijo MacDoil animosamente—. ¡Estos malditos empiezan a ganarnos
terreno!
Estaban
al pie de una de las hendiduras de la loma.
—Sube
primero tú —dijo MacDoil a Sandoe—. Yo te sigo.
—¿Y
«Camo»?
—No te
preocupes por él. ¡Date prisa en subir!
Sandoe
empezó la escalada, afianzándose con pies y manos en las grietas del ribazo.
MacDoil, que había cargado la escopeta, disparó contra el oso más inmediato,
que se acercaba galopando pesadamente y gruñendo. El animal, herido en algún
órgano vital, se detuvo, se alzó sobre las patas traseras, y luego cayó inerte.
MacDoil
no esperó a otro. Escaló la grieta rápidamente, dejando a «Camo», que no podía
seguirle, mordiendo al caído en las orejas y en la garganta.
—¡Ven!
—le dijo Sandoe tendiéndole una mano.
Merced a
esta ayuda pudo MacDoil subir antes que los osos llegaran a la base del pico.
El perro, como si comprendiese que era cuestión de momentos la salvación de sus
amos, la emprendió contra las fieras por la retaguardia, guardándose de
hacerles frente.
—¿Cuántos
cartuchos tenemos?
—Apenas
media docena.
—Muy
pocos son para tantos enemigos; y eso, sin contar que pueden venir otros. Es
para preocupamos, por más que seamos buenos tiradores.
—Pero
¿qué harán el ingeniero y los demás compañeros?
—Se
habrán refugiado en el buque y no se atreverán a salir por miedo a los osos.
—¡Mal lo
pasaremos si no vienen en nuestro ayuda! ¡Ah MacDoil; no creas que el ingeniero
nos abandona! Estará buscando el medio de romper el asedio. Como quiera que
sea, alejémonos de aquí como Dios nos dé a entender.
—¿Estás
listo?
—Sí,
MacDoil.
—Pues
tira al primer oso, que parece el más feroz. Yo apunto al otro, al que «Camo»
está mordiendo.
Tendiéronse
sobre el hielo y apuntaron los fusiles con sumo cuidado.
Como
tenían muy pocos cartuchos y sabían muy bien que los osos blancos rara vez caen
al primer golpe y resisten algunas balas, apuntaron al corazón o a la frente.
—¡Fuego!
—gritó MacDoil.
Los dos
tiros formaron una sola detonación. El oso apuntado por Sandoe dio un bote al
sentirse herido, pero sin caer, mientras que el que servía de blanco a MacDoil
cayó al pronto, si bien volvió a levantarse y trató de lanzarse sobre «Camo»,
que le embestía valerosamente.
—¡Dos
balas perdidas! —dijo el hebridense.
—¿Qué
haremos, MacDoil? No me atrevo a desperdiciar las cuatro que me quedan. Pueden
hacer falta más tarde.
—Si, si;
economicémoslas por ahora. Contra estos animales no cabe otro medio que
disparar a boca de jarro. Cuentan con que capitulemos para darse un banquete
con nosotros.
—No hacen
mal en esperar —repuso Sandoe—. Nos veremos obligados a dejar este asilo.
—¿Por
qué, amigo Sandoe? Por mi parte, pocas ganas tengo de bajar de aquí.
—El
hambre nos obligará a ello.
—¿No
cuentas con los tripulantes del buque, que conseguirán salir del pozo y venir
en ayuda nuestra?
—¡Es
verdad! ¡Mira!
El
hebridense, que hasta entonces no había vuelto los ojos hacia el iceberg,
ocupado como estaba en espiar a los osos que asediaban la altura, miró en
aquella dirección, y no pudo reprimir un grito de estupor y aun de terror.
—¡Es
increíble! —exclamó—. ¿De dónde vienen tantas fieras?
Su miedo
era fundado. En torno al borde del pozo, en menos de diez minutos se habían
reunido nada menos que treinta osos enormes y hambrientos.
¿De dónde
habían salido? De alguna caverna de hielo oculta en el iceberg, o,
atraídos por los disparos y rugidos de sus compañeros, salían del mar, donde
estarían espiando a las focas.
—Amigo
Sandoe, si el ingeniero no encuentra el medio de dispersarlos, los osos no
abandonarán su asedio. ¿Ni qué podrían cuatro personas contra tantos y tales
enemigos? ¿Qué será de nosotros mismos si a estas fieras se les ocurre venir al
asalto del pico? ¡Si pudiéramos hallar otro refugio mejor!
—¿Cuál?
—dijo Sandoe.
—No lo
sé; pero nos convendría estar más lejos.
—Opino lo
mismo que tú. Estamos demasiado cerca de la banda.
—Por
fortuna, las paredes de este pico son poco accesibles. Veo, además, pedazos de
hielo que pueden servimos de proyectiles. Veamos si al lado opuesto hay otra
hendidura que permita acometer a los osos por la espalda.
—Voy a
explorar —dijo Sandoe.
El
valiente joven cargó el fusil con una de las cuatro balas y se descolgó por la
otra parte de la altura.
Como
queda dicho, los cazadores se habían refugiado en un pico de unos cincuenta
metros de altura, cuya cima truncada formaba una pequeña planicie de cuatro
metros, suficiente para dar cabida a seis personas. Como tenía los flancos
escarpados con una sola hendidura, que era la que permitió el escalo a los
cazadores, la defensa no era difícil. Era preciso, no obstante, asegurarse de
que por el lado opuesto no había otra.
Sandoe se
convenció bien pronto de que por aquel lado no había que temer, pues la pared
formaba un tajo, con algunos mechinales donde anidaban algunas aves. Mientras
el cazador daba la vuelta al refugio, saqueando los nidos, a pesar de la
ruidosa protesta de los dueños, MacDoil, cada vez más inquieto, vigilaba a los
osos.
«Camo»,
viéndose solo, corría por el hielo buscando la manera de meterse en el pozo que
conducía al buque. El inteligente animal procuraba con sus ladridos llamar la
atención del ingeniero y de los compañeros de éste, no menos apurados que los
cazadores.
Parecía,
sin embargo, que los seis osos, atemorizados por los dos tiros, no tenían prisa
en asaltar el pico. De cuando en cuando se empinaban sobre las patas traseras
para observar mejor a los sitiados, y lanzaban roncos bramidos. Los osos
heridos se revolcaban en su sangre.
Cuando
Sandoe volvió con los bolsillos llenos de huevos, la situación no había
cambiado.
—Tenemos
las espaldas bien guardadas —dijo a MacDoil—. Toma la merienda. No es gran
cosa; pero dos docenas de huevos entretendrán el hambre.
—¡Huevos
que cambiaría por otras tantas balas! —respondió MacDoil—. Amigo mío, estos
tunantes no quieren dejamos.
—Esperaremos
—dijo Sandoe.
—¿Sigues
confiando en el ingeniero?
—Supongo
que no querrá seguir eternamente preso. ¡Oye!
Había
resonado un tiro de fusil, al cual siguieron otros. Los osos blancos,
amontonados al borde del pozo, se alejaban precipitadamente, parándose otros
cincuenta metros más lejos.
—El
ingeniero trata de rechazar a los sitiadores —dijo MacDoil—; pero los muy
bribones se resguardan para no dejarse matar como becadas.
La verdad
es que los osos se habían refugiado detrás de unos pequeños hummoks,
esperando la salida de los sitiados para acometerlos. Con gran asombro de los
cazadores, no volvieron a oírse más tiros.
—Apuesto
cualquier cosa —dijo MacDoil— a que el ingeniero les reserva un golpe maestro.
—Si
—repuso Sandoe—; y mientras nosotros vamos a dejarnos sorprender. ¡Mira!
Efectivamente;
dos de los seis osos, cansados de dar vueltas al pico, se habían abalanzado a
la hendidura, y, ayudándose con sus garras como si fueran garfios de acero,
empezaron el escalo.
Sandoe se
disponía a hacer fuego.
—¡No,
amigo mío! —dijo MacDoil—. ¡Guardemos los cartuchos para el asalto general!
Ahora nos serviremos de pedazos de hielo.
Cogió un
bloque de unos cincuenta kilogramos, y lo despeñó por la hendidura. El primer
oso rodó al choque de aquella masa, arrastrando en su caída al que le seguía.
—¡Eh!
¡Eh! —exclamó MacDoil, satisfecho de su feliz tentativa—. ¡No debemos quejamos
de nuestras nuevas armas! ¡Menudo batacazo se han dado los atrevidos!
—Pues no
han escarmentado, porque repiten la suerte.
—¡Pues a
repetir el ataque! —dijo MacDoil—. Provéeme tú de bloques, y si no hay
bastantes, corta con el cuchillo.
Los osos,
más furiosos si cabe, volvían a la carga con tal empuje, que MacDoil entró en
cuidado.
—¡Diablo!
—dijo—. Si no los rechazo, dentro de dos minutos llegarán aquí.
Y
agarrando el primer bloque que Sandoe le deparaba, de un puntapié lo tiró por
la grieta, y así el segundo y el tercero. El oso que iba al frente de la hilera
cayó; pero los demás, que formaban una sola línea, apoyándose uno con otro,
seguían trepando y mugiendo.
MacDoil
no economizaba proyectiles; pero, acabada la provisión de los grandes trozos de
hielo, de poco servían ya los pequeños cantos contra aquellas fieras, las
cuales hacían obstinados esfuerzos para llegar a la cima.
—¡Sandoe!
—gritó MacDoil, viéndolos a pocos metros de sí—. ¡Sacrifiquemos nuestros
cartuchos!
—¿Y
luego?
—¡Será lo
que Dios quiera!
Y tomando
el fusil, disparó contra el primer oso que iba delante, el cual, mortalmente
herido en las fauces, cayó rodando al fondo, desplomándose en el banco de
hielo.
El oso
siguiente, con una violencia que no podía esperarse de su enorme cuerpo, se
abalanzó al borde de la cima, procurando dar una dentellada en la pierna a
MacDoil. Pero éste, que había cargado nuevamente su arma, dio cuenta de él
saltándole los sesos. Como la fiera quedó encajada en la hendidura que servia
de brecha, los demás osos quedaron detenido, sin poder moverse.
—¡Huyamos!…
—gritó MacDoil—. ¡Guarda tu último tiro!
Atravesaron
rápidamente la pequeña planicie, y se detuvieron en el extremo opuesto, donde
el pico tenía un tajo profundo. Los dos cazadores se miraron con espanto. ¿Cómo
bajar por allí? Saltar aquella altura de cuarenta metros era exponerse a
quebrarse las piernas, por más que la nieve que cubría el suelo amortiguara
algo el golpe.
A todo
esto, sentían ya el resuello de los osos que se les echaban encima. Era
preferible dar el salto a dejarse despedazar.
Los
cazadores no dudaron. Aprovechando los mechinales de los nidos, se descolgaron
hasta el primero, luego al segundo y, por fin, al tercero, que estaba más bajo.
Ya sólo quedaban veinte metros de altura perpendicular.
—¡No me
atrevo a saltar aún! —dijo Sandoe.
—¡Salta!
—le contestó MacDoil—. Abajo está la nieve, que sirve de colchón.
Aún
dudaba Sandoe; pero cuando vio aparecer en el borde de la plataforma la cabeza
de uno de los osos, cerró los ojos y se lanzó juntamente con MacDoil.
Cayeron a
plomo, hundiendo los pies en la nieve. Creíanse salvados, cuando de improviso
sintieron abrirse el hielo bajo sus plantas.
—¡Socorro!…
—gritó Sandoe, abrazando a MacDoil.
Por
algunos instantes rodaron juntos, hasta que cayeron medio desvanecidos,
tropezando con un obstáculo que no habían visto ni hubieran podido evitar, dada
la rapidez de la caída.
CAPITULO
XXVI. SALVADOS POR MILAGRO
Pasaron
algunos instantes antes que pudieran darse cuenta de su situación; tal era el
aturdimiento en que estaban a consecuencia de aquella caída vertiginosa.
El
hebridense, más robusto que su compañero, fue el primero en levantárse, si bien
sentía agudos dolores en las costillas y en la cabeza, no parecía estar herido.
Acercóse a Sandoe, que empezaba a abrir los ojos, y le ayudó a levantarse.
—¿Qué ha
pasado, MacDoil? —preguntó el pobre joven—. ¿Dónde hemos caído? Paréceme tener
rotas las piernas y la cabeza mareada, como si hubiese bebido de un trago una
botella de gin.
—Es el
hielo que ha cedido bajo nuestros pies. Hemos rodado al fondo de una caverna
abierta en el hielo, y que parece que comunica con el canal. ¿No oyes un
murmullo?
—Si,
MacDoil.
—Es agua.
Miraron
asombrados en tomo suyo. Hallábanse realmente en una cavidad abierta en el
banco y que declinaba suavemente hacia el fondo del océano. A tres pasos de
ellos se veía el agua que, después de pequeñas ondulaciones, se metía en un
agujero. Gracias a una prominencia del antro, los cazadores no habían seguido
rodando por aquel canal submarino, acaso el mismo que había seguido el Taymir.
—¡Extraña
aventura!… —exclamó MacDoil.
—¿Dónde
está la abertura por la cual hemos caído? —preguntó Sandoe.
—Habrá
quedado obstruida por la nieve que hemos arrastrado con nosotros. ¡Menos mal
que respiramos libremente!
—¿Y los
osos?
Habrán
quedado en la cima del pico. Supongo que no nos habrán imitado en saltar.
—¿Habrán
bajado para buscarnos? —dijo Sandoe.
—Es
posible; pero el paso hasta aquí está cerrado.
—Podrían
abrirlo.
—En ese
caso, amigo Sandoe, no nos queda más remedio que echamos al agua y ahogarnos.
¿Tienes el fusil?
—Ha
rodado conmigo.
—Pues el
mío se ha ido al agua. ¿Qué hacemos?
—Yo
comería de buena gana.
—¡Déjate
de bromas, y pensemos ante todo en llegar al buque! Pero ¿no oyes?…
—Es
«Camo» que ladra y que seguramente nos busca.
—Seguido
tal vez del ingeniero —añadió Sandoe.
—¡Es
imposible! ¿No oyes? Ladra encima de nosotros. Estoy seguro de que está
escarbando para abrirse paso hasta aquí.
—Eso
quiere decir que los osos no están con él. ¡Ayudémosle, MacDoil!
Valiéndose
del fusil, que había encontrado Sandoe, barrenaron la nieve que obstruía la
entrada. El obstáculo no era tan grande como parecía; a los diez minutos, la
nieve y el hielo fueron desmoronándose, dejando al descubierto una galería muy
ancha que bajaba a la caverna de hielo. Los ladridos del perro procedían del
extremo de aquel paso.
Algún
otro obstáculo habría, cuando el perro no conseguía llegar hasta ellos.
En aquel
trance hallaron el fusil que MacDoil creía haber perdido. Los ladridos de
«Camo» se oían cada vez más claros.
—«Camo»
ya se abre paso —dijo MacDoil—. ¡Valiente animal!
Ya habían
recorrido otros cincuenta metros acercándose a la superficie del banco, cuando
vieron al perro cubierto de nieve y de cristales de hielo. Tal fue el ímpetu
del perro para acudir a ellos, que en poco estuvo no rodaran los tres hasta el
fondo. El noble animal saltaba de uno a otro, manifestando su contento con
alegres ladridos, hasta que, reportándose, tiró a MacDoil del faldón de la
chaqueta y le empujó hacia la abertura.
Efectivamente;
la galería seguía en línea recta, y a poco vieron entrar la luz del sol.
—Dame tu
fusil —pidió el hebridense en el momento en que iba a salir—; pudiéramos
tropezar con los osos.
Y
terciando el arma, salió afuera. Pero se le adelantó «Camo», el cual, temeroso
de que amagara algún peligro a sus amos, se lanzó el primero. MacDoil y Sandoe
le oyeron ladrar a poco, como invitándolos a salir.
—¡Estamos
salvados! —exclamó el hebridense.
De
repente pareció que el banco oscilaba; luego se oyó una tremenda detonación.
Apenas si tuvieron tiempo los cazadores para agarrarse al borde del agujero de
salida, pues sintiéronse envueltos en un turbión de hielo y fueron rodando otra
vez dentro de la galería. Esta segunda caída fue menos violenta que la primera,
y pudieron reponerse pronto.
En esto,
un grito de horror salió de su garganta.
El paso
se había cerrado, y encima de ellos el hielo se había soldado, formando una
masa impenetrable.
—¡Sepultados
en el banco! —gritó MacDoil—. ¡Todo ha concluido! —y con profundo desaliento se
dejó caer al lado de Sandoe, que estaba con los ojos clavados en aquella bóveda
de hielo, losa de su sepultura.
***
Cuando el
ingeniero oyó el grito de los dos cazadores, que anunciaba un peligro
inminente, se había detenido al borde del pozo, dándose prisa en pasar a Sandoe
las armas y las municiones.
Comprendiendo
que por el momento era vana temeridad acudir en auxilio de los fugitivos
perseguidos por los osos, se limitó a pedir un fusil.
Pero para
esto era preciso que el marinero que llevara las armas de los cazadores
volviese a bajar al pozo, lo cual demandaba algún tiempo.
En esto,
el ingeniero vio desprenderse parte del hielo de la abertura y asomar un oso.
Los
animales habían demolido con las uñas el borde del iceberg para
facilitar la entrada a su compañero. La fiera, a pesar de sus esfuerzos, no
podía adelantar, y quedó aprisionada en una grieta. Con todo, como seguía
arañando las paredes y empezaban a desprenderse pedazos de hielo, el ingeniero
y sus compañeros, que iban detrás, se pusieron en retirada.
Llegaron
a la galería, y allí compareció el naviero con dos fusiles y una buena
provisión de cartuchos.
—Hay que
despichar al oso —dijo Nikirka—. De lo contrario, quedaremos embotellados.
El
comandante del Taymir apuntó hacia arriba e hizo fuego a la
distancia de seis pasos. El oso blanco, tocado en el corazón, abrió dos o tres
veces las fauces, y dando un sordo rugido cayó en el sitio.
—¿Habrá
más osos ahí fuera? —dijo Orloff.
—Supongo
que al oír el tiro habrán huido.
—Pues
abramos paso y vamos en auxilio de los cazadores.
Los dos
marineros ensancharon la salida a golpes de hacha, y, apoderándose del oso
muerto, hicieron pedazos aquella mole, que pesaría sus seiscientos kilogramos,
y que obstruía el paso. En esta operación se pasó más de una hora.
Transportados
los pedazos del oso a la despensa del buque, el ingeniero y Orloff, resueltos a
socorrer a los cazadores, subieron hasta el boquete; pero no se atrevieron a
salir en vista de tantos osos como había fuera.
Entonces
fue cuando dispararon los tres tiros que oyeron MacDoil y Sandoe.
—Volvámonos
al buque —dijo el ingeniero, desalentado—. Salir de aquí es ir a una muerte
segura. De nada sirven las balas; por fortuna disponemos de medios más
poderosos para barrer a estos peligrosos vecinos.
Así que
llegaron al buque, el ingeniero pidió que le trajeran un pedazo grande de
tocino.
—¿Vais a
preparar un cebo? —preguntó Orloff.
—No es
suficiente para tantos —repuso Nikirka—. Prepararé algo más positivo: un buen
cartucho de dinamita que los hará volar a todos. Tengo uno que contiene seis
kilogramos de dinamita, y que producirá una explosión capaz de resquebrajar
todo el banco y demoler el iceberg. Puede suceder también que la
conmoción deshaga la base del ventisquero y liberte a nuestro buque.
—Pero
nosotros…
—Nosotros
no corremos ningún peligro, señor Orloff.
Y
haciendo una brecha en la grasa, introdujo con gran precaución el enorme
cartucho, provisto de una mecha larga, lo suficiente para que durase diez
minutos.
—Venid,
señor Orloff —dijo—. Los osos, en cuanto olfateen el cebo, se apresurarán a
tragarlo, y quedarán pulverizados.
El
ingeniero puso el cartucho cerca del boquete, y prendiendo fuego a la mecha,
dio orden de retirarse al buque.
En aquel
momento, los cazadores, lejos de imaginarse la tentativa del ingeniero,
procuraban alcanzar la superficie del banco de hielo.
La
explosión fue tan formidable, que hasta el Taymir sintió la
sacudida. Con todo, la base del iceberg quedó incólume, si
bien algunos bloques de hielo cayeron al agua.
El
ingeniero y Orloff se apresuraron a salir a la galería, que esta vez estaba
abierta y dejaba entrar de lleno la luz del sol. No se veía ningún oso. Los
plantígrados debían de haber sido hechos añicos o lanzados a gran distancia.
—¿Qué
será de los cazadores? —preguntó Orloff.
—Se
habrán refugiado en algún escondite.
—¡Hola!
—¿Qué
pasa?
—Oigo
ladrar al perro.
Efectivamente,
«Camo» ladraba cerca del pico que sirvió de primer resguardo a los cazadores.
—¡Corramos
allá! —dijo el ingeniero.
Los
ladridos se oían cada vez más claros, mezclados con aullidos lastimeros.
—¡Preveo
una desgracia! —dijo Nikirka.
—¿Si
habrán muerto? —repuso Orloff.
Y
corrieron a más y mejor por el hielo, seguidos de los marineros, que no querían
quedarse solos, temerosos de los osos.
Dieron la
vuelta al pico en que poco antes se hablan defendido de los osos los cazadores,
y se encontraron con «Camo». El perro estaba escarbando furiosamente la nieve.
Al ver a los tripulantes del Taymir, aulló y tiró de la ropa al
ingeniero.
—¿Qué
significa esto? —dijo Orloff al ver la insistencia del perro. ¿Estarán
sepultados aquí nuestros amigos?
—No veo
ninguna huella —contestó Nikirka.
—Señor
Nikirka, el perro no se engaña. Muertos o vivos, los cazadores están aquí
debajo.
El
Ingeniero, como asaltado por una idea, se dio un golpe en la frente.
—¡La
explosión! ¡La explosión! —exclamó.
Su mirada
se fijó en una grieta que parecía extenderse un buen trecho bajo la capa de
nieve.
—¿Qué
queréis decir? —preguntó Orloff.
—Que los
cazadores se han hundido. ¡Pronto! ¡Picos y azadones!… ¡Quizá haya tiempo de
salvarlos!
Dos de
los tres marineros partieron a escape, mientras el tercero, con el cuchillo,
ayudaba al perro en la excavación.
—¡Hagamos
algo también, señor Nikirka! —dijo Orloff.
—¡Oh; si
«Camo» pudiera hablar! Creo, sin embargo, que hacemos mal en creer en una
desgracia.
—¿Por
qué, señor Nikirka?
—Porque
el mastín mostraría más sentimiento. Tengo la convicción de que viven y de que
están en alguna oquedad debajo de aquí.
Aprovechando
una grieta que empezaba a descubrirse merced a los trabajos del perro, el
ingeniero se inclinó sobre ella y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡MacDoil!
¡Sandoe!
—¡Señor!
—respondió una voz que parecía cercana—; ¿sois vos?
—¿Dónde
estáis?
—¡En una
caverna que comunica con el canal! —respondió MacDoil.
—¿Podéis
esperar algunos minutos?
—Los que
sean necesarios.
—¡Cavad!
—dijo el ingeniero a los marineros—. ¡Los cazadores están debajo de nosotros!
Los
marineros dieron azadonazos ayudados por «Camo», que no cesaba de arañar el
hielo y de ladrar. Al cabo de diez minutos de penoso trabajo cedió la bóveda
del hielo y aparecieron MacDoil y Sandoe cubiertos de nieve.
El
ingeniero y Orloff los cogieron del brazo y los sacaron de su prisión lanzando
gritos de alegría.
—¡Ah,
señor! —exclamó el hebridense abrazando a Nikirka—. ¡Creí no volver a veros!
Los dos
cazadores estaban tan postrados, que apenas podían tenerse en pie. Un buen
trago de whisky y el aire puro bastaron para devolverles las
fuerzas.
—¡Gracias,
señor Nikirka!… —dijo MacDoil—. ¿Cómo habéis podido dar con nosotros?
—El
mérito del hallazgo se debe a vuestro perro, no a mi. Pero, decidme: ¿fue la
explosión lo que os precipitó aquí?
—De
sobremesa os contaré cómo ha ocurrido todo. ¡Ah! ¿Los osos dónde están?
—Fueron
destruidos por la dinamita.
—¡Y yo
que quería vengarme de las angustias que me han hecho pasar, comiéndome uno de
aquellos glotones!
—Venid al
buque y os haré servir una comida hecha exclusivamente de carne de oso.
—¡Os
prometo que me daré un buen atracón!
CAPITULO
XXVII. LA LIBERACIÓN DEL TAYMIR
Tres
horas después, los dos cazadores, el esquimal, el ingeniero y el señor Orloff,
sentados alrededor de una mesa, sobre la cual humeaban dos patas de oso y unos
bistecs, se contaban mutuamente, pero sin perder bocado, sus aventuras, tan
felizmente llevadas a cabo, y discutían el medio de librar al buque de aquel
maldito iceberg que lo tenía en el fondo del canal.
Cuando
los dos cartuchos de dinamita no habían conmovido la base del glaciar, parecía
señal de que la masa era tan enorme, que desafiaba las minas. Nadie, sin
embargo, pensaba en abandonar el Taymir, que los había llevado tan
cerca del Polo, aparte de que no contaban con otros medios para regresar de un
sitio tan apartado.
Abandonar
el buque era la muerte segura entre la nieve y el hielo.
—Es
imposible, señor Nikirka —decía MacDoil—, que no encontréis manera de libramos
de este condenado iceberg. No podemos seguir eternamente
incrustados como lapas en este campo de hielo y a dos pasos del Polo.
—Otra vez
conseguisteis demoler un banco enorme —agregó Sandoe.
—Sí;
valiéndome de un torpedo —respondió el ingeniero—; pero entonces teníamos
espacio suficiente para retroceder, mientras que ahora estamos cercados. Caso
de hacer estallar un torpedo, el buque sufriría graves desperfectos.
—¿Y si
minásemos la base del iceberg?
—No me
atrevo, por idéntica causa. Mi esperanza consiste en una gran marea que habrá
mañana. El banco se levantará, y con él la base del iceberg. Medio
metro es bastante para pasar por entre el hielo y el fondo. Tal suceso me lo ha
hecho recordar el señor Orloff.
—Eso es
una fortuna inesperada —contestó MacDoil—. Pero ¿y si no conseguimos escapar?
—Intentaremos
otra prueba. ¡Todo menos dejar aquí el Taymir, MacDoil! ¡Le quiero
demasiado!
—Lo creo,
señor Nikirka. ¡Mañana será! Tenemos tiempo para descansar, y aun para hacer
una excursión por el banco. Quiero tomar el desquite de los osos blancos, de
los cuales aún debe de haber muchos.
—Al
menos, los que asediaron el pico —contestó Sandoe—. ¡Otro vaso y a dormir! ¡No
puedo más!
Después
de tantas emociones y fatigas, todos sentían verdadera necesidad de descansar.
El mismo Kalutunak, aunque acostumbrado a largas vigilias, empezaba a cerrar
los ojos.
Cerróse
la escotilla para evitar que el agua entrara si se rompía el hielo, y todo el
mundo se acostó.
Ningún
incidente turbó el sueño de los audaces exploradores, sueño que duró diez
horas.
Los dos
cazadores y el esquimal, que fueron los primeros en despertar, se aprestaron
para hacer una correría por el glaciar. Como tenían catorce horas de tiempo,
querían aprovecharlas para reforzar las provisiones de la despensa antes de
seguir hacia el Polo.
Pero en
el momento de abrir la escotilla, se les reunió el ingeniero perfectamente
armado y equipado.
—Queridos
cazadores —dijo—, quiero ser también de la partida. Deseo visitar la margen
septentrional del banco, para cerciorarme de si más adelante encontraremos agua
suficiente para llegar al Polo.
—Y
nosotros estamos contentísimos de vuestra compañía —respondió MacDoil—. Haremos
una buena caminata y, además, una buena cacería, puedo asegurároslo.
Salieron
del pozo sin novedad, precedidos por «Camo» y cuatro perros esquimales.
En las
diez horas transcurridas, ninguna modificación se había operado en el banco de
hielo. Solamente la cima del iceberg se había truncado
considerablemente.
—¡Buena
señal! —dijo el ingeniero—. Aligerándose la masa, la base se levantará, y la
marea la empujará más fácilmente.
Dieron la
vuelta al enorme boquete abierto por la explosión del segundo cartucho, y se
dirigieron al Norte, donde se destacaba el mar libre a una distancia de siete u
ocho millas.
Por el
momento no se veía ningún oso; pero no desconfiaban de encontrarlos, por más
que no tenían absoluta necesidad de carne fresca, pues aún faltaba recoger los
tres animales que mataron Sandoe y MacDoil en la base del pico. Abundaban, en
cambio, las aves marinas: estorninos, ocas y garzas marinas.
—¡Lástima
que estos preciosos pájaros no se encuentren en Alaska! —dijo MacDoil.
—¿Para
qué? —respondió Nikirka—. ¿Para destruirlos? Día llegará en que los cazadores
acabarán con estos habitantes de los países fríos. Entre los canadienses y la
Compañía del Hudson matan millones de ellos, así concluirán pronto con ellos.
—En
Siberia abunda también esta caza.
—Acaso
más que en Alaska y en los territorios centrales de la América inglesa. Sabed
que se llegan a matar anualmente dos mil quinientas cebellinas, cinco mil
martas, ochenta mil ardillas llamadas de Vilnisk, cien mil de cola blanca y
doscientos cuarenta mil de cola negra.
—¡Qué
carnicería!
—A la
cual hay que añadir diez mil zorras blancas, cinco mil rojas, cinco o seis mil
grises o negras y veinte solamente de las azules, que son las más raras.
—Y que
por eso son las que mejor se pagan —añadió MacDoil—. Nuestra Compañía vende
esas pieles a cien dólares cada una.
—Se
calcula que para hacer un abrigo de pieles se necesitan sesenta de ellas.
—Lo cual
representa unas veinte mil pesetas por abrigo. Y los osos, ¿se pagan bien?
—Su piel
vale unas doscientas cincuenta pesetas.
—Buen
negocio para los cazadores siberianos —dijo MacDoil—. ¡Casi estoy tentado de ir
allá, seguro de hacerme rico!
—Tiempo
tenéis para pensarlo, MacDoil. Por ahora estáis comprometido conmigo, si bien
espero que saldréis más ganancioso que en la Siberia.
Así
hablando, llegaron al pico. Allí estaban los osos muertos por los cazadores.
—Los
recogeremos a la vuelta con la ayuda de los marineros —dijo el ingeniero—. Es
una buena provisión que durará hasta volver a Europa.
Siguieron
la marcha hacia el Norte, saltando grietas y hummoks, de los cuales
escapaban legiones de liebres y zorras blancas, levantadas por los perros
esquimales y los «Camo», que huronear bien en todas direcciones.
El banco
conservaba su uniformidad. Se extendía casi liso, viéndose muy pocos relieves,
en su mayoría hummoks. Hacia el Septentrión se divisaban icebergs de
grandes dimensiones, soldados por sus flancos y clavados en la corriente.
A las
diez de la mañana la caravana llegó a la extremidad del banco, sin haber tenido
ocasión de disparar un solo tiro. Ante ellos se extendía el mar libre, que, a
Juzgar por el intenso color azul de sus aguas, debía de tener gran profundidad.
Mirando
con el anteojo, el ingeniero descubrió algunos islotes, y también bancos de
hielo que no parecían muy grandes.
Estaban
ya a punto de volver la espalda al Océano, satisfechos de la exploración, ya
que no de la cacería, cuando el ingeniero se fijó en un objeto que las olas del
Océano Ártico arrollaban a pocos metros del banco. Nikirka se volvió al
esquimal, que iba provisto de un arpón corredizo, y le invitó a cogerlo.
Kalutunak
se cuadró sólidamente sobre sus torcidas piernas, deslió la cuerda de tiras de
piel, levantó el arpón haciéndolo oscilar de adelante a atrás, y lo lanzó.
La punta
del arpón fue a clavarse en el objeto. Tiraron de la cuerda, y pronto lo
tuvieron al alcance de las manos.
Era un
barril cubierto de algas e incrustaciones marinas, bastante largo y muy pesado.
—¿Cómo
puede estar esto aquí? —preguntó el ingeniero—. ¡Vamos a averiguarlo!
Raspó con
el cuchillo las incrustaciones, y descubrió en la madera un nombre grabado que
decía: P. Lassinius.
Nikirka
lanzó una exclamación de sorpresa.
—¿Sabéis
cuánto tiempo hace que este barril está en el agua? —dijo a sus compañeros—.
Pues la friolera de ciento veintinueve años. Viene, seguramente, del delta de
la Luna.
—¡En la
Siberia! —dijo MacDoil—. ¿Y tanto tiempo ha empleado en llegar aquí?
—¡El
camino que habrá recorrido antes de llegar al Polo! Seguramente ha viajado
mucho tiempo rodando por los campos de Hielo; de otro modo se habría roto.
—Pero ¿a
quién perteneció?
—A la
desgraciada expedición del teniente Pedro Lassinius, un dinamarqués al servicio
de Kamchatka.
—Terminada
trágicamente, sin duda —dijo MacDoil.
—Es
verdad —respondió el ingeniero—. El valeroso e infortunado oficial había
zarpado del Lena el 20 de agosto de 1795, con un barco viejo y 52 marineros, y
a los pocos días de navegación se vio bloqueado por los hielos de tal modo, que
no podía escapar. Obligados a invernar cerca de la costa siberiana, con un frío
intenso, y acometidos por el escorbuto, los expedicionarios murieron todos
menos uno, el contramaestre Ktischschuff, recogido más tarde por el oficial
ruso Tscherbiniu, enviado en busca de los expedicionarios con catorce hombres.
¡Ah, amigos míos! El Polo Norte está hambriento de vidas humanas.
El barril
fue desfondado, encontrándose en su interior carne salada en avanzada y pasada
corrupción; tanto, que a los mismos perros esquimales les causó asco.
Los
cazadores emprendieron el regreso, confiando en matar algunas ocas polacas.
Estarían ya a unas dos millas del iceberg, cuando los perros se
pararon de improviso ante una mancha de nieve sembrada de pequeños agujeros de
forma irregular.
—Si
estuviéramos en los bosques de Alaska —dijo MacDoil—, diría que aquí debajo
duermen osos blancos.
—Es una
camada de vacas marinas —repuso el esquimal—. Es un sitio peligroso.
Los
perros se habían alejado precipitadamente de aquel paraje así que sintieron
crujir la costra de hielo. Un espectáculo absolutamente nuevo apareció a la
vista de los cazadores.
En el
fondo de un agujero abierto de improviso se velan apretadas unas contra otras
dos docenas de vacas de bigotes blancos y con los dientes amarillentos y
gastados. Descansaban en un fondo de agua al pie del banco. Al ver desmoronarse
la bóveda se habían alzado sobre las patas delanteras, rechinando los dientes y
rugiendo con furor por verse sorprendidas.
MacDoil y
Sandoe hicieron fuego instintivamente, produciendo un pánico general. Los
viajeros se precipitaron en montón a la abertura, pero dando tiempo a Kalutunak
para que clavase el arpón profundamente en el último de los fugitivos.
Los
cazadores acudieron en auxilio del esquimal, que tiraba de la cuerda con todas
sus fuerzas. La vaca, ya abandonada por sus congéneres, se debatía ferozmente,
haciendo esfuerzos prodigiosos para escapar. Un tiro del ingeniero le partió la
cabeza.
Aunque el
animal pesaba mucho, entre los hombres y los perros fue izado del banco y
acarreado hasta el pozo del Taymir, donde esperaban los marineros.
Durante
la ausencia del ingeniero nada nuevo había sucedido en el canal. El iceberg seguía
aferrado a su presa, si bien mostraba algunas resquebrajaduras en la base, que
la marea había de alargar, provocando, una quebradura.
El resto
de la jornada se pasó en llevar a bordo los tres osos muertos en el pico,
desollarlos y salarlos, y en almacenar hielo para renovar la provisión de agua
dulce necesaria para el consumo.
A las
diez de la noche se cerró la escotilla herméticamente.
Mientras
los marineros ponían en movimiento la máquina, el señor Nikirka, Orloff y los
dos cazadores se asomaban a la lente de proa, inquietos y nerviosos. ¿Qué sería
de ellos si la marea no conseguía librar al buque?
El
ingeniero, con los ojos fijos en el cronómetro, calculaba que la marea llegaría
al máximo a las doce y treinta y cinco minutos. A esta hora el Taymir empezó
a moverse.
—¡Forzad
la máquina! —gritó el ingeniero acercando los labios al tubo que comunicaba con
el maquinista.
El agua
se enturbiaba; se oían crujidos encima y debajo del buque; el espolón empezaba
a maniobrar en el fondo, abriéndose paso entre la arena. Las planchas del
submarino tropezaban con fuerza en la base del Iceberg. El Taymir se
movía lentamente.
Más que
mirar los tripulantes prestaban atención a los ruidos que producía el crepitar
del hielo. De pronto, un grito triunfal resonó en el salón.
—¡Pasamos!
—gritó el señor Orloff.
El buque
se había inclinado bruscamente hacia popa. El banco seguía oprimiéndolo, pero
ya la proa tendía a levantarse; ya no descansaba sobre el fondo arenoso.
—¡Estamos
salvados! —exclamó el ingeniero.
El buque
recobró su aplomo horizontal y partió con la velocidad de una flecha,
removiendo el agua del canal, que se cubrió de espumas.
MacDoil,
Sandoe, Orloff, el mismo ingeniero, locos de alegría, se abrazaban entre sí,
mientras en la sala da máquinas los marineros prorrumpían en ¡hurras! ¡El
valeroso Taymir estaba a salvo otra vez!
Pasado el
primer momento de entusiasmo, se moderó la velocidad. El canal podía estar
obstruido más adelante, y no era prudente continuar aquella loca carrera, que
podía acabar en otra y acaso más terrible catástrofe.
—¡El Polo
es nuestro! —gritó MacDoil, destapando una botella de champaña y llenando las
copas.
—¡Sí
—respondió Nikirka—; de aquí a cuatro horas llegaremos a él, y le arrancaremos
los secretos que tantas víctimas ha costado a la ciencia!
El canal
se presentaba despejado y lo bastante amplio para contener diez buques como
el Taymir. Los bloques de hielo iban a la deriva, rompiéndolos
fácilmente el espolón.
Poco
después, el buque navegaba en el mar polar libre. Subió a la superficie y se
abrió la escotilla.
El banco
quedaba a una milla a popa; pero el Taymir se encontraba en un
nuevo bajo fondo lleno de algas negras que asomaban a flote. El color intenso
del mar, que el comandante atribula a la profundidad del agua, era debido a la
abundancia de aquellas plantas marinas.
Se echó
la sonda y señaló nueve metros.
—Señor
Orloff —dijo el ingeniero—, dad orden al maquinista de andar a cuarto de
máquina. Evitemos una varadura.
El buque
andaba, haciendo tres nudos por hora, sin dejar Orloff de echar la sonda a cada
momento. El agua, como si estuviese canalizada, se mantenía entre nueve y doce
metros de profundidad, lo bastante para el Taymir, que era de poca
manga.
A las
cuatro, cuando el buque sólo se encontraba a 50 millas del Polo, los navegantes
encontraron un grupo de islotes pantanosos circundados de icebergs.
Eran seis o siete, todos pequeños, pues el mayor no mediría más de 800 metros
de circunferencia, poblados por bandadas de aves marinas, que promovían una
algarabía tremenda.
En un
pantano viéronse tres osos blancos; pero como estaban lejos y como, además, el
buque no podía acercarse allí, se les perdonó la vida.
A eso de
las once, el ingeniero, que no abandonaba la plataforma, señaló al Norte la
cima de una montaña que parecía muy alta.
—Señor
Orloff —dijo—, ¿cuánto distamos del Polo?
—Veintisiete
millas.
—¿De modo
que el Polo está allí?
—Sí,
señor Nikirka.
—¡Aceleremos
la marcha!
El buque
siguió andando con su carrera acostumbrada de quince nudos, sin que el agua
pareciera disminuir. Los cazadores acompañaban al ingeniero en la plataforma,
sin apartar los ojos de aquella montaña, que se agrandaba por instantes, y que
parecía servir de cúspide a nuestro Planeta.
A medida
que el buque avanzaba, la montaña iba tomando el aspecto de un pilón de azúcar.
La ilusión era perfecta, porque estaba revestida de un blanco manto desde la
base a la cumbre, divisándose sus laderas lisas e inaccesibles.
El sol,
que entonces aparecía en el horizonte, iluminándola de través, le arrancaba mil
destellos, tiñendo su cima de un espléndido matiz rojo vivo, como si de ella
brotase lava ardiente.
A
medianoche sólo faltaban once millas para llegar a la montaña, la cual mostraba
ya su base perfectamente circular, rodeada de hielos, que los rayos del sol
hacían fulgurar.
El
ingeniero, en pie en la plataforma, parecía transfigurado. Su rostro irradiaba
intensa alegría; sus ojos, que brillaban con luz extraña, no perdían de vista
aquella prominencia, que parecía atraerle con misteriosa fascinación.
El mismo
Orloff se olvidaba a veces de sondar, y permanecía varios minutos seguidos con
los ojos fijos en la montaña gigantesca aureolada de púrpura.
A las
doce y veintiséis minutos, el Taymir se detenía al pie de
aquel cono, produciéndose a estribor un tintineo metálico que resonó largamente
en el profundo silencio que reinaba en aquel punto, donde se cruzaban todos los
meridianos del mundo.
El
ingeniero tocó con ambas manos la montaña, virgen hasta entonces de todo
contacto humano, y dijo:
—¡Eres
mía!
Y
tremolando una bandera azul, en cuyo fondo campeaba en letras doradas el nombre
del Taymir, plantó el asta en la nieve de la orilla, mientras los
dos cazadores y los demás tripulantes, con la cabeza descubierta, gritaban:
—¡Hurra!
¡Hurra! ¡Hurra!
CAPITULO
XXVIII. LOS MISTERIOS DEL POLO
El Polo
Norte, el terrible Polo Norte, que tantas víctimas costara a las naciones
europeas y americanas, que había engullido tantas naves, devorado tantos
millones y destruido tantas energías por espacio de tres siglos, estaba vencido
al fin.
Su
formidable barrera de hielos que lo guardaban celosamente, y contra la cual se
habían estrellado tantas expediciones, estaba franqueada. El submarino lo
venció todo: campos de hielo fríos intensos, escorbutos, ulteriores del Océano
Ártico, densas nieblas; ¡todo!
En dos
meses, el admirable huso de acero construido por el audaz ingeniero finlandés
venció los obstáculos formidables que hablan detenido a las naves de los más
intrépidos navegantes: Oaboto, Verazzano, Hudson, Baffin, Barentz, Fluntow,
Zorgdraguer, Phipps, Davis, Hall, Knight, Ross, Parry, Franklin, Inglefield y
otros más.
¡Ah!…
¡Bien podía sentirse orgulloso el audaz ingeniero por aquella maravillosa
empresa, lo mismo que sus bravos compañeros!
Después
de su primer contacto con aquella tierra, perdida, por decirlo así, en los
confines del mundo, el Taymir había seguido su marcha dando
una vuelta a la montaña que se alzaba bruscamente del fondo del mar.
Buscaba
el ingeniero algún sitio que le permitiera la ascensión al cono; pero aquella
tierra, como si no quisiera verse hollada por los pies humanos, no ofrecía
ningún acceso. Era un cono perfecto de doscientos cincuenta metros de altura,
de paredes lisas, sin hendiduras ni protuberancias; una roca gigante, imposible
de escalar. Hasta los hielos la defendían, pues colosales icebergs formaban
una barrera alrededor de ella.
Orloff y
el ingeniero sondearon el fondo, y ¡oh cosa extraña!, el agua debía de tener
allí una extraordinaria profundidad, porque la sonda de trescientas brazas no
tocaba fondo. ¿Existiría en aquel sitio una depresión enorme, una especie de
cuenca profundísima?
—Ya que
no puedo trepar a la cumbre, haré por tocar el fondo —dijo el ingeniero a
Orloff—. Antes que decline el sol estaremos lejos de aquí.
—¿Seguiremos
el camino de antes?
—No,
porque seguramente encontraremos otro paso submarino. Yo desearía llegar a los
mares de Europa doblando las costas septentrionales de la Groenlandia. ¿Creéis
factible esta retirada hacia el Sudeste?
—Paréceme
que al Este no hay bancos ni islotes —respondió Orloff apuntando el anteojo.
—Mejor;
así en veinte días avistaremos las costas irlandesas.
—¿Y
después el Far Oer? —preguntó Sandoe con viva emoción.
—¿Por qué
no? —dijo el ingeniero.
—¡Gracias,
señor Nikirka!
—¡Ea! ¡A
comer! —dijo MacDoil—. ¡Oigo la campana de mi amigo el cocinero!
El
cocinero tenía dispuesto un yantar exquisito y abundante, digno festejo de tan
notable acontecimiento. La lista se componía de pemiles ahumados, huevos de
ocas, caviar de Rusia, buey almizclado en salsa picante, pata de oso asada,
pescado a la vinagreta, frutas secas y un pastel monumental, amén de botellas
del Rin, de Burdeos, cerveza y champaña.
Todos,
los mismos marineros, en aquella ocasión se sentaron a la mesa del comandante,
asaltaron los platos con envidiable apetito, y más que nadie MacDoil, a quien
el aire del Polo se lo abría de par en par, según él decía.
Cuando se
descorchó el champaña hubo muchos brindis por el ingeniero, por Orloff,
el Taymir, y el Polo Norte.
Orloff y
el ingeniero salieron al mediodía a la plataforma para tomar la altura.
—¡Señores!
—dijo Nikirka—, ¡estamos en el Polo Norte!
—¡Si!
—agregó Orloff—. ¡A noventa grados de latitud norte y al extremo del paralelo
sesenta!
Resonaron
los tres hurras de ordenanza, dispersando a algunas aves, que más afortunadas
que los exploradores revoloteaban por la montaña.
En
seguida se cerró la escotilla, y el Taymir se hundió
lentamente en el Océano Ártico para explorar el fondo. El ingeniero, Orloff y
los dos cazadores se asomaron a las lentes, esperando ver a los habitantes de
aquella hondura; pero sin resultado, pues parecía deshabitada. La sorpresa
aumentó ante la observación de fenómenos inexplicables.
A cada
metro que el buque se iba hundiendo, las brújulas, como en el polo magnético,
daban señales de viva inquietud. Oscilaban vertiginosamente y se inclinaban
hasta tocar en el plano de la bitácora. ¿De dónde provenía aquella atracción
potente que ponía locas a las agujas?
Hasta el
buque, como si experimentara una atracción al fondo del Océano, parecía bajar
con más rapidez, como si lo hiciera en el vacío.
—¿Qué
opináis, señor Orloff, de este fenómeno sorprendente? Vos mismo, ¿no
experimentáis algo?
—Sí;
siento una extraña alteración de nervios.
—Por lo
visto, las agujas que circundan al Polo están saturadas de electricidad. ¿A qué
profundidad estamos?
—A
ochocientos metros.
—Haced
apagar la luz eléctrica.
—¿Por
qué, señor Nikirka?
—Ya lo
sabréis después.
Transmitida
la orden, el buque quedó sumido en tinieblas. De pronto se vio relampaguear en
el agua una luz extraña.
Parecía
un relámpago surgido de lo profundo del mar, con el mismo color lívido cárdeno
que caracteriza a las centellas de una tempestad.
—Señor
—dijo Sandoe—, ¿es que bajamos al infierno?
Callóse
el ingeniero. Otro relámpago surcó las tinieblas.
—Señor
Orloff —dijo el ingeniero—, ¿no os parece que las auroras boreales han de
surgir de estas aguas?
—A eso
respondo —dijo Orloff, que por primera vez parecía atemorizado— que estamos a
mil cincuenta metros de profundidad, que no se ve aún fondo, y que si seguimos
bajando, las brújulas se inutilizarán de modo que no podremos obtener una
dirección ni aproximada.
—Lo cual
equivale a decir que seria mejor volver a la superficie.
—Si,
señor Nikirka.
—Yo lo
deseo también —dijo MacDoil—. Estas luces misteriosas me dan miedo.
—Sí;
subamos —contestó el ingeniero—. Las brújulas son demasiado preciosas para que
las perdamos.
Y el
Taymir emprendió la subida, pero con cierta fatiga, como si el empuje fuese
contrabalanceado por aquella misteriosa atracción.
Cuando,
abierta la escotilla, se asomaron a la plataforma, vieron todos girando encima
de la montaña un nubarrón negro que tendía a aumentar, mientras el horizonte se
entenebrecía por una densa niebla que velaba el sol.
Parecía
inminente una violenta conmoción atmosférica. El aire, así como el agua parecía
saturado de electricidad, y tan seco, que había reducido a polvo el tabaco qué
los dos cazadores tenían en sus bolsas.
El mar
había tomado un color plomizo de siniestro aspecto, y no se sentía la menor
ráfaga de aire.
—Señor
Nikirka —dijo Orloff—, temo que sobrevenga un huracán, y la prudencia aconseja
evitar una sorpresa. Las olas podrían llevar al buque a otro banco e
inmovilizarlo para siempre…
—¡Enhorabuena;
partamos! —contestó el ingeniero, que parecía algo inquieto—. ¿Siguen locas las
brújulas?
—Siguen
locas.
—Pues
tomemos rumbo al Este, sin dejar de echar la sonda.
El buque
se puso en marcha, y la sonda dio bastante profundidad en la dirección Este,
pues sólo tocó fondo una vez a trescientas sesenta brazas. Mientras se alejaban
de aquellos parajes, las miradas del ingeniero no se apartaban de la montaña
polar, la cual se iba esfumando poco a poco, perdiéndose ya de vista la bandera
plantada en uno de sus flancos.
El buque
precipitaba su marcha. La luz desaparecía rápidamente de aquella región, donde
el sol no se pone en seis meses. Las aguas seguían inmóviles, pero se volvían
de color de tinta, que les daba pavoroso aspecto.
Supersticioso
terror se apoderaba de los audaces exploradores del Polo; tanto, que hasta el
mismo ingeniero hubiera querido encontrarse en aquel momento a mil millas al
Sur.
A las
nueve de la noche, el Taymir encontró los primeros témpanos
flotantes, vanguardia de la gigantesca barrera de los icefield. Una
hora después, cuando mayor era la oscuridad y más intensa la tensión eléctrica,
aparecieron en el espolón del buque algunas llamas azuladas, que se corrían
hasta el timón.
Casi en
el mismo instante, en dirección Norte, donde estaba la montaña, parecía que el
mar ardía.
Vivida
luz recorría las densas nubes, formando como una cúpula inmensa. En el punto
central de aquella espléndida arcada irradiaban haces luminosos, que se
multiplicaban formando una especie de abanico, para resolverse luego en lluvia
roja, mientras otros vislumbres se difundían con apariencia de relámpagos.
Aquel
turbión de luz se movía agitado como por un viento impetuoso; cambiaba de forma
y de color; se diluía en lluvia de oro… Era una espléndida cascada de
maravillosas luces, en las cuales predominaba el rojo, y que, alzándose sobre
las nubes, formó una inmensa cúpula ígnea, en medio de la cual se divisaba la
montaña polar.
El mar
parecía de sangre, y hasta los témpanos simulaban estar transformados en
enormes masas incandescentes.
—¡Quién
sabe! —dijo el ingeniero que desde la plataforma admiraba el soberbio
fenómeno—. ¡Quién sabe si las fuerzas magnéticas y eléctricas surgirán de las
misteriosas honduras de este mar para formar las auroras boreales! ¡Cuántos
secretos esconde este Polo, que ningún ojo humano volverá a ver tal vez!
—Acaso
también —añadió Orloff— esta aurora boreal anuncie una tempestad.
—No sé
por qué, tengo tristes presentimientos, señor Orloff.
—¿Vos?
—¡Sí, yo;
tengo miedo del Polo!
CAPITULO
XXIX. LA RETIRADA HACIA EL SUR
El 1.° de
julio, el Taymir, que no aminoraba su andar, encontró a 230 millas
del Polo los grandes glaciares de la gigantesca barrera ártica. Los efectos del
deshielo se habían hecho sentir en los interminables icefields, de
suerte que éstos no formaban ya una superficie compacta.
El plan
del ingeniero era no hundirse nuevamente bajo aquellos hielos, que podían
asfixiarle; pero, en cambio; se exponía al choque con los icebergs,
que de continuo crujían y se desmoronaban.
A todo
esto, la oscuridad aumentaba, y la niebla envolvía completamente aquellos
inmensos glaciares.
A las
siete, el mar estaba temible, y el viento adquirió irresistible violencia. Era
inminente el peligro de chocar contra algún témpano, pues la luz eléctrica
apenas podía ya luchar con aquella niebla.
Por todo
esto se resolvió la inmersión a 450 metros, y toda la noche continuó su
retirada al Este, hasta que al siguiente día cuando intentó subir a la
superficie, tropezó contra una bóveda de hielo. El Taymir, después
de intentar romper con el espolón aquella capa de hielo, siguió al Sudeste, con
una velocidad de dieciocho nudos y seis décimas, con la luz apagada para poder
apreciar mejor la que pudiera atravesar cualquier hendidura del glaciar que lo
cubría.
En la
mañana del 3, por más que los navegantes se encontraban a ochocientas setenta
millas del Polo, cerca de las costas orientales de Groenlandia, la situación
seguía siendo la misma. Ya el aire empezaba a faltar; pero, por fortuna, al
mediodía se vio luz, y el buque pudo subir a un vasto canal abierto a través de
un icefield. Seguía el huracán desencadenado.
El
ingeniero y Orloff, desafiando el furor de las olas, salieron a la plataforma
para observar la costa que se dibujaba al Oeste.
—Es la
costa de Groenlandia —dijo Orloff.
—¿Dónde
creéis que nos encontramos? —repuso el Ingeniero.
—Entre
los setenta y dos y setenta y ocho grados de latitud.
—En ese
caso, estamos navegando en el mar de Groenlandia, y en tres o cuatro días
podremos llegar al estrecho de Dinamarca.
—Si,
señor Nikirka. ¿Volvemos a sumergimos?
—Sí; el
mar es peligroso para permanecer en la superficie. Espero que no tropezaremos
con bancos tan inconmensurables que lleguen a privamos de aire.
El buque
volvió a sumergirse a cuatrocientos metros, navegando entre la costa
groenlandesa y el glaciar que se extendía de Norte a Sur, en una extensión de
centenares de millas. A tanta profundidad, el agua estaba muy revuelta y hacía
bandear al submarino. Momentos había en que los tripulantes perdían el
equilibrio y los muebles rodaban estrepitosamente por el suelo. Hasta los
perros aullaban asustados.
Sin
embargo, el Taymir no se paraba, y luchando enérgicamente
entre aquellas olas alborotadas, seguía su rápida marcha hacia el Sur. Ya había
avanzado otras doscientas millas» y, según cálculos aproximados de Orloff,
estaba en el paralelo setenta y cinco, cuando hacia las cuatro de la mañana se
oyó gritar al timonel:
—¡Máquina
atrás!
MacDoil y
Sandoe, que desde sus hamacas se dirigían al salón, experimentaron una violenta
sacudida que agitó la popa del buque, haciendo rodar los muebles. Oíanse los
gritos de los marineros y los ladridos estridentes de «Camo» y de los perros
esquimales.
El
ingeniero y Orloff corrieron a la máquina, cuyo compartimiento estaba medio
inundado. Un árbol de la hélice se había roto y el otro estaba inutilizado.
—Señor
—dijo el timonel al ingeniero—, el buque no gobierna. Lo peor es que las
planchas de babor se han roto a consecuencia del choque.
—¡No
importa! —repuso el comandante—. Tenemos un doble compartimiento, y celuloide,
que remediará la avería. Lo más grave es el desequilibrio del buque.
—¡Sandoe
—dijo MacDoil, aparte, a su compañero—, esto va mal!
—Sí; el
buque puede ir al fondo de un momento a otro, y adiós todo.
—Sí;
¡adiós la hija del rico pescador!
—¡Y
también el papá Craig, MacDoil!
CAPITULO
XXX. UNA TREMENDA CATÁSTROFE
El
audaz Taymir se encontraba realmente en grave aventura. Al
chocar con la popa en el escollo submarino en el momento en que el timonel,
para no chocar con la isla que apareció bruscamente a proa, había dado
precipitadamente la voz de «máquina atrás», se resintió una de las planchas
metálicas.
Para
mayor angustia, el timón se había roto, y las hélices estaban en tan mal
estado, que no prestaban servicio. El peligro no consistía en irse a pique,
porque el celuloide remediaba la rotura de la plancha, sino en no poder salir a
flote el buque, ya que inundándose el depósito de popa se alteraba el centro de
gravedad del buque, sumergida parte de la escotilla. La situación creada era,
pues, realmente angustiosa.
De ahí el
peligro inminente de la muerte por asfixia, si bien quedaba el recurso de la
manga para renovar el aire del buque. Además, la tempestad podía arrojar
al Taymir contra la costa o contra un bajo fondo,
inutilizándolo para siempre.
Preocupados
los dos comandantes, a pesar de su indomable energía, exploraban el horizonte.
A cuatrocientos metros se descubría una isla considerable, que formaba ante el
buque un amplio semicírculo. Estaba cubierta de altas rocas nevadas, al
parecer.
Por el
Este se descubría el gran glaciar y muchos icebergs, que el oleaje
hacía tambalearse peligrosamente; y por el Oeste, a una distancia de seis o
siete millas, la costa de Groenlandia, muy alta, y sembrada de escollos.
Por
fortuna, el buque quedó encallado a lo largo de la isla, en dirección del
glaciar; pero podía chocar contra cualquier iceberg mal
equilibrado y estrellarse.
Al fin
consiguió subir a la superficie, pero inclinado a babor y con la popa hundida
en el agua.
—Nuestra
situación es grave, señor Orloff —dijo el ingeniero—, pero no desesperada. Si
las bombas funcionan, podemos recobrar el equilibrio.
Los
marineros y los dos cazadores, bajo la dirección de Orloff, se dispusieron a
trabajar para el salvamento del buque. Este, merced al contrapeso del agua en
los compartimientos, recobró su posición horizontal, y funcionando las hélices
laterales, acabaron de poner a flote al Taymir.
Un
clamoroso ¡hurra! —salió de todos los pechos.
El
ingeniero, Orloff y los dos cazadores se apresuraron a salir a la superficie.
El buque se hallaba a trescientos metros del glaciar, pero enteramente rodeado
por enormes icebergs, que chocando entre si constituían un grave
peligro para la embarcación, la cual, no pudiendo navegar, ni moverse, ni
esquivar aquellos gigantes del Polo, podía, de un momento a otro, romperse como
una nuez.
—¡Estamos
perdidos! —exclamó involuntariamente el ingeniero—. ¡Si no llegamos al banco
morimos todos!
—Señor
Nikirka —replicó Orloff—, podemos disponer de la canoa.
—Es
verdad…; ¡pero abandonar el Taymir, que nos ha conducido al Polo!
—¡No hay
que vacilar, señor Nikirka! ¡Huyamos o, de lo contrario, ninguno de nosotros
vuelve a Europa!
El
ingeniero, con los brazos cruzados y la frente contraída, miraba a los colosos
que bloqueaban su buque. Ruda batalla se libraba en el corazón del audaz
explorador. Pero el peligro era inminente, y el retraso de unos minutos podía
ser mortal para todos. Difícil dilema.
—¡Señor
Nikirka!… —dijo Orloff, viendo adelantarse los icebergs—.
¡Resolveos!
—¡Pobre Taymir!
—repuso el ingeniero emocionado—. ¿Cuántos hombres puede llevar la canoa?
—Tres.
—¡Que
embarquen primero los cazadores y Kalutunak! ¡Seguidme, MacDoil!
El
cazador acompañó al ingeniero al interior del buque, llegando juntos a un
camarote amueblado con elegancia. El ingeniero abrió una gaveta de ébano, tomó
un paquete de papeles, y dándoselo al hebridense, anunció:
—Por si
perezco, os entrego mis notas de a bordo y una carta que, en último caso vale
cuarenta mil dólares. Presiento que ha llegado la última hora para el Taymir.
Volvieron
a salir a la plataforma. Los marineros habían echado al agua una pequeña canoa,
en la cual estaban embarcados ya Sandoe y el esquimal.
—Partid y
desembarcad en el banco —dijo el ingeniero—. Si veis al buque que flota aún,
enviad a Kalutunad para que embarque otros dos. ¡Quizá nos salvemos todos!
La canoa
se alejó con rapidez, seguida de «Camo», que nadaba vigorosamente. El
ingeniero, Orloff y los marineros quedaron en el buque, que, empujado por el
oleaje, erraba por entre los icebergs, como un leño perdido.
Los dos
cazadores y el esquimal remaban furiosamente para arribar al banco, evitando el
contacto con los colosos de hielo. Presa de siniestra inquietud, volvían la
cara a cada instante, en dirección al buque.
Llegaron
al glaciar. Sandoe y Kalutunak saltaron al banco, llevando consigo los papeles
del ingeniero. MacDoil estaba mirando para volver atrás, cuando se oyeron
gritos de terror que partían del lado del buque.
—¡MacDoil!
—exclamó Sandoe, tapándose la cara con las manos—. ¡Están perdidos!
En aquel
instante se oyó un formidable estampido. Dos icebergs habían
chocado entre sí, derrumbándose sobre el Taymir. Las aguas,
levantándose en gigantesca columna, salpicaban a derecha e izquierda enormes
bloques de hielo, hasta resolverse en una ola monstruosa, que fue a estrellarse
con ímpetu irresistible contra el banco.
La canoa
fue lanzada por el aire, y MacDoil dio de cabeza en la punta de un hummok,
perdiendo el sentido.
Cuando
volvió en sí se encontró en el fondo de la canoa naufragada y al lado de
«Camo», que con su aliento trataba de calentar a su amo.
Sandoe y
el esquimal, tristes y taciturnos, estaban junto a él. La borrasca se había
calmado. El hebridense se pasó la mano por la frente, como si despertara de un
sueño, y preguntó:
—¿Dónde
estoy?
—¿Cómo te
encuentras, MacDoil? —preguntó Sandoe cariñosamente.
—Siento
dolores en la cabeza; pero, Sandoe, dime: ¿qué es de ellos?
—¡Perecieron!…
—contestó Sandoe con voz sollozante.
—¿No se
ha salvado ninguno?
—¡Nadie;
el Océano los ha devorado a todos! ¡Así lo hemos comprobado, después de
explorar todo un día entre los hielos!
—¡Qué
horrible desastre! ¡Ahora que habíamos descorrido el velo del misterio polar!
¡Pobre señor Nikirka! ¡Pobre señor Orloff! ¿Qué va a ser de nosotros?
—¡Huyamos
al Sur, MacDoil!
—Dime,
Sandoe: ¿se han perdido los papeles del ingeniero?
—No, los
guardo conmigo.
—Volvamos
atrás; quizá encontremos los cadáveres de nuestros compañeros.
—¡Es
inútil, MacDoil! Al choque de los icebergs, estallaron los
torpedos, y los tripulantes quedaron pulverizados. Se ha oído la explosión.
—¡No
importa, Sandoe; renovaremos la exploración! ¡No tengamos miedo al frío!
—Al frío,
no; pero al hambre, si. Llevamos treinta y seis horas sin probar bocado.
Estamos sin provisiones y sin escopetas. Sólo contamos con el arpón de
Kalutunak. ¡Huyamos al Sur; de lo contrario, moriremos aquí todos, y con
nosotros el secreto del descubrimiento del Polo boreal!
CAPITULO
XXXI. COMO SE MATA A UN OSO SIN ARMAS
La
catástrofe del Taymir iba a acarrear la muerte de los dos
cazadores y del esquimal, escapados milagrosamente de los icebergs y
de la explosión de los torpedos o de los recipientes de oxígeno. Otro
desenlace, acaso más terrible, se cernía sobre los supervivientes.
¿Qué iba
a ser de aquellos desgraciados, perdidos en los hielos del mar de Groenlandia,
en una frágil canoa, sin armas y sin víveres?
En su
precipitada fuga partieron del buque sin provisiones; llevaban treinta y seis
horas sin haber probado alimento, y ya empezaban a rendirse sus fuerzas.
MacDoil y
sus dos compañeros miraban en tomo, desesperados, espiando la aparición de
alguna foca o vaca marina. Ya había transcurrido una hora cuando «Camo» empezó
a ladrar.
MacDoil,
que conocía muy bien el significado de los ladridos de su perro, haciendo un
esfuerzo, dijo a Sandoe:
—¡Vigila,
Sandoe! ¡«Camo» olfatea algo!
Sandoe
soltó los remos y se puso en pie, mientras el esquimal empuñaba el arpón.
La canoa
se encontraba a doscientos pasos de un banco de hielo.
—¿No ves
nada, Sandoe? —preguntaba el hebridense—. Quizá haya una foca en el banco.
—No es
foca —dijo Kalutunak—. Veo dos osos blancos.
—¡Si
pudiésemos matar uno!… Por más que es una temeridad atacarlos con el arpón.
—«Camo»
nos ayudará… —repuso Sandoe.
—¿Y si
huyen? ¿Qué te parece, Kalutunak?
El
esquimal, mirando el montón de pieles que llenaba la canoa, replicó:
—Capturaremos
uno.
—¿Con tu
arpón?
—Sin
arpón.
—¡Cómo!
¿Quieres cogerlo con las manos? ¡El diablo me lleve si te comprendo!
Kulutunak,
en vez de responder, se encorvó, hurgó entre las pieles y sacó afuera una de
éstas, a la cual estaban cosidas unas ballenas ligeramente arqueadas. Tenía
cierto parecido con el kayark, o canoa de piel de foca, armada con
huesos de cetáceo, que el esquimal llevara consigo al embarcarse en el Taymir.
Separó
una de las ballenas, y dijo:
—¡He aquí
el arma que matará al oso blanco!
—¿De
veras, Kalutunak? —repuso MacDoil—. ¿Cómo pretender agujerear la piel de un oso
con un arma tan flexible y blanda?
—Acerquémonos
—replicó el esquimal—, y nos haremos con uno de los dos osos; pero se necesitan
algunas horas.
—Tómate
doce, si te hacen falta. Estamos con más hambre que un lobo; pero ya nos
resarciremos, puesto que tú respondes de la captura.
—No
dudéis. Acerquémonos más.
Y ayudado
por Sandoe, se puso a remar, mientras MacDoil contenía al mastín para que no
ladrara. Ya en la orilla, el esquimal saltó al glaciar con el arpón, y se
ocultó tras una pirámide de hielo, mirando en todas direcciones para ver si los
osos estaban muy apartados.
A poco
pudo verlos en el lado meridional de aquella isla flotante. Eran dos: uno,
grande, y el otro, menor y más delgado; macho y hembra tal vez. Debían de haber
olfateado a los cazadores, porque miraban atentamente al sitio donde estaba la
canoa.
Satisfecho
el esquimal volvió a ésta, tomó una costilla de ballena, la dobló, ató los dos
extremos, buscó bajo la proa de la canoa un pedazo de grasa y, después de
derretirla, fue vertiéndola alrededor del arco de la ballena.
Así que
lo tuvo bien untado, púsolo en el hielo, diciendo:
—¡Esperemos!
—¿Qué
pretendes con esto? —preguntó MacDoil, impaciente.
—Destrozar
los intestinos del oso; dentro de pocas horas tendremos carne de oso.
Dos horas
después el esquimal fue a examinar el cebo. Hacia un frío tan intenso, que la
grasa estaba congelada y dura como piedra. Quitó la cuerda que ataba las
extremidades, sin que éstas se distendieran, y provisto del arpón, saltó a
tierra con Sandoe para espiar a los osos, quedándose MacDoil en la canoa con el
perro.
—Veréis
el éxito —decía el lapón a Sandoe—. He cazado muchos osos con una ballena
untada de grasa. El animal hambriento, se la traga; el calor del estómago
derrite la grasa helada, el arco se distiende y rasga los intestinos. ¡Oh, oh!
¿Habéis oído?
—Si; es
el rugido de un oso —contestó Sandoe, mirando asustado a todos lados—. Creo que
ha llegado el momento de echar a correr.
—Todavía
no.
—¿Y si
los osos se nos vienen encima?
—En ese
caso, Sandoe, te aconsejo que arrojes pronto el sombrero, luego los guantes y,
si es preciso, la chaqueta. Las fieras se detendrán a olfatear los objetos que
vayas tirando y así te darán tiempo para escapar. La canoa no está lejos, y
MacDoil no andará perezoso en enviamos a «Camo» en socorro nuestro. ¡Ea, en
guardia!
No
acababa de decir esto Kalutunak, cuando vieron salir de detrás de un témpano a
los osos. Las dos fieras se pararon un instante, pero en seguida acometieron a
Sandoe y al esquimal.
—¡Huid!
—dijo éste al cazador.
Antes de
decírselo Kalutunak, Sandoe había echado a correr como un gamo, no sin verse
perseguido por el oso macho.
Pronto el
cazador advirtió que el adversario le ganaba terreno y que seria alcanzado
antes de llegar a la canoa.
Tiró la
gorra. El oso, al ver caer un objeto en la nieve, se echó encima, lo olfateó,
le dio unas vueltas y luego siguió su carrera; pero ya Sandoe estaba en la
canoa.
El
esquimal apareció a este tiempo por entre los témpanos inmediatos, y
reuniéndose a los cazadores, gritó:
—¡Pronto,
a los remos!
La canoa
desatracó rápidamente. Uno de los osos quedó parado en la orilla, sin saber qué
partido tomar, hasta que se lanzó al agua y nadó vigorosamente.
Los dos
cazadores y el esquimal remaban desesperadamente; pero el pesado lastre de la
canoa, unido a lo débiles que estaban los remadores por el prolongado ayuno,
hacía desigual aquella carrera.
—¡Kalutunak
—dijo Sandoe—, tira el arpón! ¡No tengo fuerzas!
El lapón
dejó el remo y empuñó el arpón, mientras «Camo», ladrando furiosamente, se
disponía a echarse al agua.
El oso
estaba a unos treinta pasos de distancia. Antes que se abalanzase a la popa de
la canoa, el esquimal le lanzó el arma entre las fauces abiertas, rompiéndole
el paladar y atravesándole la lengua.
El oso
rugió ferozmente y se sumergió; pero reapareció veinte pasos más lejos, si bien
con menos acometividad. Entretanto, los fugitivos trataban de llegar a un
glaciar que se veía flotar al Sudeste.
Estaban
próximos a él cuando oyeron fuertes bramidos que venían del otro banco.
—Es el
oso que quedó allá y se zampó el cebo de grasa. Esta se ha derretido con el
calor del estómago, y el arco, al distenderse, le ha rasgado las entrañas.
Efectivamente,
desembarcados los cazadores en el lugar de la ocurrencia, a los pocos pasos
vieron entre los témpanos al oso revolcándose sobre la nieve. La pobre bestia
se debatía desesperadamente, victima de acerbos dolores.
«Camo» se
abalanzó a la garganta. Trató la fiera de rechazarlo; pero, faltándole las
fuerzas, se dejó caer, a tiempo que Kalutunak, la remataba de un arponazo en el
corazón.
Los tres
desgraciados se arrojaron sobre aquel cuerpo agonizante, y poniendo los labios
en las heridas sorbieron ávidamente la sangre caliente que manaba de ellas.
CAPITULO
XXXII. LAS ULTIMAS VICTIMAS DE LAS REGIONES POLARES
El oso
muerto podía suministrar doscientos kilos de carne, lo suficiente para que los
supervivientes del Taymir pudieran seguir el viaje hasta las
costas de Islandia.
Descuartizaron
al animal, y tras improbó trabajo, lograron recoger algunos kilogramos de
grasa.
Como no
podían encender fuego por estar muy húmedas las maderas salvadas del naufragio,
hubieron de contentarse con comer carne cruda, manjar repugnante para los
compañeros de Kalutunak, pero agradabilísimo para éste.
Poco
tiempo permanecieron en el glaciar. La prudencia les aconsejaba abandonar
cuanto antes aquellos sitios frigidísimos y escasos de recursos. Embarcaron los
restos de su caza, tendieron la piel del oso a manera de vela entre dos remos
para aprovechar el viento Norte que soplaba con, viveza, y tomaron rumbo al
Sur.
Al
atardecer se detuvieron cerca de un islote desierto, donde anidaban millares de
aves marinas.
El
esquimal hizo una buena provisión de huevos y de un liquen que, bien
condimentado y reducido a pasta, es el ordinario manjar de los groenlandeses.
Luego se echaron en el fondo de la canoa, y bien cubiertos con pieles de oso,
durmieron bajo la salvaguardia de «Camo».
A los
cuatro días de navegación, el 1.° de julio, llegaron a otro islote, que formaba
un semicírculo, con una vasta bahía hacia el Este. MacDoil supuso que sería la
de Shannon, que se encuentra en la costa groenlandesa llamada hoy del Rey
Guillermo. Como quiera que estaban ateridos de frío y medio pasmados por la
inmovilidad a que se veían condenados en la canoa, resolvieron detenerse
algunos días, esperando además apresar alguna foca que les diera aceite para
cocinar y para calentarse.
Pero la
parada fue infructuosa, porque la isla no estaba habitada por mamíferos.
Pudieron, no obstante, hacerse con una pequeña provisión de liquen comestible.
El 3 de
julio emprendieron la retirada entre hielos y con un frío de veinte grados bajo
cero. Dos días después empezó a soplar el Norte con violencia, el mar se
encrespaba y las costas de la Groenlandia se poblaban de densas nieblas. Los
náufragos corrían el peligro de estrellarse contra los hielos o de ser
engullidos por una de las olas que combatían la canoa.
En vista
de esto, decidieron refugiarse en un banco de hielo hasta que el huracán
amainara. El glaciar era de gran espesor, con una circunferencia de trescientos
a cuatrocientos metros. La canoa fue izada también para que no se la llevara el
agua.
En tres
días los supervivientes del Taymir sufrieron lo indecible.
Al cuarto
día su situación hízose más desesperada. En una de sus visitas a la orilla
donde yacía la canoa, Kalutunak advirtió que ésta había desaparecido, a
consecuencia de haberse resquebrajado el hielo.
Sandoe y
MacDoil, angustiados y desesperados, corrieron en busca de la embarcación, pero
inútilmente. Tal pérdida los abatió; considerándose perdidos, ya que no tenían
medio alguno para emprender la retirada, y se quedaban con poquísimas
provisiones, por haber desaparecido el resto con la canoa.
—¡Inútil
es luchar! —dijo Sandoe, con voz sorda—. ¡Estaba escrito que ninguno de
nosotros había de llevar a Europa la noticia del descubrimiento del Polo!
Sólo
Kalutunak tenía alguna confianza, acostumbrado como estaba a aquella lucha
diaria por la existencia con el frío y el hambre.
—¡Tengo
mi arpón! —dijo a los cazadores.
—¡También
nosotros tenemos un cheque de cuarenta mil dólares, tan inútil como tu arma!
—respondió Sandoe.
—Pero
podemos pasar de un banco a otro. Los hielos se rompen tarde o temprano. Ved
ahí otro glaciar que viene a tocar con el nuestro. ¿Quién nos impide dejar éste
por el otro?
Los
cazadores se levantaron. Un pak, que tendría una milla de circuito,
se abría paso por entre los otros témpanos, y amenazaba embestir el glaciar
donde estaban los náufragos.
—Creo que
Kalutunak dice bien —dijo MacDoil—. Intentemos mudar de sitio. Acaso
encontraremos alguna foca o huevos de pájaros.
Y
cargando con la piel del oso, su único abrigo, con los papeles, el arpón y
algunos pedazos de carne que les quedaban, se encaminaron hacia el pak,
que a toda prisa iba en dirección a ellos, hasta que chocó fragorosamente con
el glaciar. Los náufragos, a riesgo de caer sepultados entre las grietas que se
abrieron en el hielo en el momento de la colisión, lograron saltar al nuevo
banco.
Entonces
vieron asomar por los agujeros abiertos en el nuevo banco algunas focas y
morsas. Los cazadores, temerosos de asustarlas, se ocultaron entre los hielos y
dejaron que Kalutunak se ingeniara para cazarlas.
—Espero
matar alguna —dijo Kalutunak.
—Seguiremos
acampados aquí —repuso MacDoil—, mayormente cuando este banco parece ser el más
extenso y el más sólido de cuantos nos rodean.
—¿Y
después? —preguntó Sandoe—. ¿Qué haremos cuando este pak se
quiebre?
—¡Quién
sabe si veremos alguno de los balleneros que se dedican a la pesca de las
ballenas en Groenlandia!
—Pero
¿podremos resistir este frío?
—Haremos
una choza de hielo, Sandoe, Kalutunak es hábil para eso.
—La haré
—contestó el esquimal—; y si consigo matar una foca, no tendremos frío.
—¡Pues
mano a la obra —repuso Sandoe—, porque ya no puedo resistir más!
El pobre
cazador tenía la piel quemada por el frío, la nariz medio congelada, y una tos
obstinada le atormentaba día y noche.
Diose
principio a la construcción de la choza: Kalutunak y MacDoil trabajaron en ella
acarreando y soldando pedazos de hielo, hasta que consiguieron hacer una
especie de cúpula de un diámetro de tres metros por dos de altura. Excavaron
una especie de galería larga de algunos pies, que terminaba en la choza, a fin
de que el calor no se dispersara, y tendiendo en el suelo la piel de oso,
pudieron al fin, los pobres náufragos disfrutar de una temperatura
relativamente benigna.
Al otro
día, de mejor humor, decidieron salir de caza. Habían consumido toda la carne
del oso y deseaban ardientemente una tajada de foca, bien o mal asada, así como
un poco de luz para alumbrarse en la lóbrega choza.
Al poco
rato descubrieron algunos de estos anfibios, y procurando contener a «Camo», se
aproximaron a ellos. Los tres cazadores se situaron de modo que pudieran
impedir la retirada de los anfibios, que habían salido a solazarse por el
banco, y cuando estuvieron cerca corrieron hacia ellos.
Algunas
de las focas consiguieron escapar y zambullirse; pero una fue alcanzada por el
mastín y estrangulada. Aunque de los más pequeños, el animal era suficiente
para alimentarlos una semana.
Los
cazadores, después de beber la sangre, lo llevaron triunfalmente a la choza, lo
desollaron, lo descuartizaron y recogieron cuidadosamente el aceite.
Otro día
intentaron repetir la cacería; pero vieron con terror que las focas habían
abandonado el paraje, malográndoles su propósito.
El 9 de
julio empeoró la situación. Los tres náufragos se vieron obligados a permanecer
en su refugio. El banco, batido por las olas, crujía siniestramente, amenazando
romperse de un momento a otro, y bogaba rápidamente hacia el Sur.
El día 14
abandonaron la choza y recorrieron el banco para hacerse con provisiones, pero
sin resultado. Regresaron a la choza tristes y descorazonados. Las provisiones
estaban para agotarse; el aceite, también. Sandoe seguía con su tos pertinaz y
mostraba síntomas de escorbuto.
MacDoil
empezó a desesperar; pero el esquimal salió fuera, por si se ponía alguna foca
al alcance de su arpón.
Partió el
esquimal, y MacDoil se acostó juntó a Sandoe, que estaba tendido sobre la piel
de oso, procurando contener aquella maldita tos que le rasgaba las entrañas.
«Camo», que estaba en la galería, se mostraba inquieto, como si llegaran a él
rumores de fuera.
Había
pasado una hora cuando el mastín trató de salir.
—¿Si
habrá llamado Kalutunak? —dijo MacDoil.
—No ha
sido nada —contestó Sandoe.
—Sin
embargo, «Camo» parece inquieto. Voy en busca del esquimal.
—La
tempestad ruge fuera, MacDoil. Lleva la piel del oso.
—No,
pobre amigo Sandoe. La necesitas tú. ¡Ven, «Camo»!
Apenas el
mastín olfateó el aire de fuera, lanzó un aullido tristón, casi lúgubre.
—¡Triste
presagio! —se dijo MacDoil—. ¿Qué le habrá pasado a Kalutunak? ¡Búscale,
«Camo»!
Y
mientras azuzaba al perro gritó él con todos sus pulmones, desafiando los
bramidos del viento.
Presa de
tremenda inquietud, se lanzó a través de la bruma, redoblando los gritos. De
pronto, el perro dio un salto y quedó parado ante el borde de una hendidura de
hielo.
—¡Busca,
«Camo»; busca! —decíale MacDoil.
Pero el
perro no se movía y ladraba sordamente.
Entonces MacDoil
reparó en el arpón abandonado al borde de la grieta, y lo comprendió todo. El
pobre Kalutunak, empujado por el viento, cayó al mar, y cubierto como iba de
pieles, hubo de ahogarse.
Ante
aquellas nueva desgracia, MacDoil temió enloquecer.
Creyóse
condenado a seguir la suerte de los desgraciados compañeros del Taymir.
Hasta le faltó el valor para volver a la choza y dar a Sandoe la tremenda
noticia de la pérdida de Kalutunak. Vagó como un loco por entre la niebla y la
nieve, y cuando resolvió volver encontró a Sandoe presa de violentos accesos de
tos. Al oír entrar a MacDoil, haciendo un esfuerzo supremo se incorporó y le
interrogó con la mirada.
—Me he
engañado —dijo MacDoil, dejándose caer en el suelo.
Sandoe
movió tristemente la cabeza, y dando un gemido exclamó:
—¡Tú… me
ocultas la verdad! ¡«Camo» ha ladrado como anunciando una desgracia!
—No,
Sandoe.
—¡Lo leo
en tus ojos, MacDoil! ¿Ha muerto Kalutunak? ¡Dimeló!
—¡Sí,
Sandoe! —respondió MacDoil, con voz sorda—. ¡Pero yo soy robusto, y te salvaré!
Leve
sonrisa apuntó en los labios del isleño.
—¡Es
tarde! —murmuró entre golpes de tos—. ¡El Polo… trae… desgracia!… ¡Dentro de
poco… yo también habré muerto!
—¡No,
Sandoe; tú te engañas! ¡No desesperes! El viento empuja el banco hacia el Sur,
y a no tardar veremos la costa de Islandia. Corremos como un velero.
Sandoe no
respondió y volvió a tumbarse sobre la piel de oso, mientras el perro aullaba
tristemente.
Así
pasaron algunas horas. Cuando MacDoil, que se había adormecido, despertó,
habíase apagado la vela que alumbraba a medias la choza, y afuera rugía el
viento.
Asustado,
llamó a Sandoe, pero nadie le contestó. Puso las manos en el cuerpo de su amigo
y notó que estaba rígido. ¡El pobre Sandoe había muerto!
¿Qué
sucedió después de aquella terrible noche? Nunca pudo darse cuenta de ello
MacDoil, así como tampoco del tiempo que estuvo en aquel glaciar que la
tempestad empujaba hacia los mares europeos.
Sabía
únicamente que volvió en sí a bordo del Bomholm, que regresaba de
los mares de Groenlandia después de la estación de pesca.
Supo que
había sido recogido a ciento sesenta millas de las costas orientales de
Islandia, en un pequeño banco de hielo que estaba a punto de deshacerse, y que
le encontraron medio helado, muerto de hambre y mordiendo rabiosamente el
cheque de cuarenta mil dólares y las notas del comandante del Taymir.

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