© Libro N° 13058. A Cadena Perpetua. Larrubiera, Alejandro. Emancipación.
Octubre 12 de 2024
Título original: ©
A Cadena Perpetua. Alejandro Larrubiera
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Original: © A Cadena
Perpetua. Alejandro Larrubiera
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Alejandro Larrubiera
A Cadena
Perpetua
Alejandro
Larrubiera
Veinte
años hacía que no sabíamos palabra uno del otro; así es que al encontrarnos la
otra mañana en plena Puerta del Sol, ambos nos quedamos un momento indecisos,
cambiando una mirada de alegría y de sorpresa.
Previo un
abrazo muy fuerte, Quintín Páramo exclamó:
—¡Estás
desconocido!...
—¡Pues lo
que es tú!...
—¡No me
hables!... Yo estoy hecho un carcamal.
—¡No
exageres!... Á los cuarenta años aún podemos decir que nos encontramos en la
flor de la vida.
—Una flor
que empieza á amustiarse y que ya ha dado todo su aroma —suspiró Quintín
melancólicamente.
Entrelazó
su brazo al mío, y prosiguió con el hablar pintoresco, que es la característica
de su lenguaje:
—¡Bendigamos
á la Providencia por nuestro feliz encuentro y celebrémosle hartándonos de
bazofia en cualquier «restaurant» baratito... el que tú quieras: en todos ellos
dan de comer pechuga de pollo fósil... Mi amistad te brindaría con Lhardy...
Pero, odio á este famoso halagador de estómagos bien relacionados con el
bolsillo... Figúrate que toda mi vida me he dicho: «¿Cuándo comeré yo en casa
de ese hombre?...» Y nunca he comido en ella, ni comeré... Es una de tantas
ilusiones forjadas por la loca de la casa, que en mí es más loca que en nadie,
pues sólo sabe fabricar quimeras...
—Menos
ésta, que puede trocarse en realidad... Vamos á Lhardy.
—¡Gracias,
alma generosa!... Pero no acepto el sacrificio, porque de entrar yo en Lhardy
ha de ser como Lúculo en su casa.
* * *
Habíamos almorzado; el vaho del Moka fundíase con el humo de nuestros cigarros.
Era
llegado el momento de las confidencias.
Quintín
hablaba:
—Contémplame
ahora á tu sabor y nota el espantoso cambio que en mí se ha operado. Quintinito,
como me llamabais en la Universidad, el muchacho alegre, despreocupado,
gallardo y calavera, que tenía el mundo por mísero escenario en donde lucir su
figura; que no se contentaba con menos que con ser en las letras un Pérez
Galdós, se ha transformado en un vulgar don Quintín, calvo, panzudo, grotesco
en su facha; se ha casado con una buena mujer que le quiere, le da hijos, está
anémica y se pasa la vida hecha una azacana cuidándonos á los pequeños y á mí,
siempre metida en la cocina, oliendo á guisos de sórdida vulgaridad, repasando
la ropa, manejando la escoba, sintiéndose una hormiguita, para que en el
balance del hogar no asome el fantasma del déficit.
Quintinito,
que, según vosotros decíais con la encantadora ingenuidad de los veinte años,
iba para genio, sólo ha llegado á ser un oficialete de la Delegación de
Hacienda de Soria. Gano mis dos mil pesetitas anuales, un tanto mermadas con el
descuento, y vivo azorado en mi huronera, pidiéndoles á todos los santos de la
Corte celestial, al meterme en la cama, que hagan el milagro —en España lo es
cotidiano— de que no cambie la situación política que rige al país, y, si
cambia, que el señor ministro del ramo, mi amo y señor, no desate la cadena que
me sujeta á la pata del pupitre oficinesco. ¡El esclavo, solicitando la
perpetuidad de su esclavitud!... Y para conservarla, estoy ahora en la corte;
corren vientos de fronda para mi puchero.
Desde que
entro en la oficina hasta que salgo de ella soy el comediante que representa su
papel de eterno agradador de jefes y de compañeros, siempre risueño y extremoso
en la cortesía, soportando impertinencias y tontunas de las almas de cántaro
que me rodean. Yo soy el que le escribe coplas al jefe del negociado, que él
firma luego y publica en un periodiquín de la localidad; el que inventa toda
clase de felicitaciones en prosa y en verso para solemnizar los santos, bodas,
bautizos y ascensos de sus colegas; el que afirma cínicamente en letras de
molde que el bárbaro de D. Nicanor, uno de los caciques máximos en tierra
soriana, es un genio... Yo.... en fin, defiendo mi pupitre con todas las armas
de la servil adulación... Y tan contento con llevar la vida obscura y mísera,
azarosa y mediocre de los muchos chupatintas que en el mundo son.
Hasta
aquí el capítulo de malaventuras: el de la felicidad consiste para mí en
publicar artículos y poesías en El Faro Soriano, periódico
quincenal que tira sus doscientos ejemplares por número. He aquí en lo que ha
venido á parar el presunto Pérez Galdós de hace veinte años: en asombrar á los
de Soria con croniquillas de lo que ocurre en su ciudad, y con poesías
dedicadas á las mujeres é hijas de cuantos constituyen la aristocracia
burocrática del país de la mantequilla... ¡Ah! He publicado un libro de poemas
endiabladamente cursis, tirado en hermoso papel de estraza, con más erratas que
palabras, titulado Ayes. El titulito me salió de lo hondo del
alma... Esa es mi obra maestra y la que me abrirá las puertas de la
inmortalidad...
Dijo con
amarga ironía, y sin dar tiempo á la frase consoladora, que iban á pronunciar
mis labios, continuó con el dejo triste del que rememora ensueños de gloria y
de fortuna no realizados:
—Por
manera tan prosaica y fatigosa trocáronse las ilusiones que encantaron mi
juventud. ¡La juventud! ¡Qué aprisa se va!... Pone espanto detenerse, como yo
me detengo ahora, en el camino de la vida y preguntarse: «¿En qué has empleado
tu juventud?... ¿Qué obra maestra has producido en ella?... ¿Cómo has cimentado
tu porvenir?...» Y responderse: «Fracasé en todas mis empresas.... mis ensueños
han sido nubes de oro flotando en un cielo de intenso azul y de luz
deslumbradora, que ha barrido el huracán de la realidad. Las nubes, al chocar
entre sí, se han deshecho en lágrimas áureas, que han ido á sepultarse en los
fangales de la tierra...» Perdona, chico, me enternezco, y el enternecimiento
en mí se manifiesta con lirismos...
Sí,
muchacho; desde los cinco lustros en adelante, los años se deslizan para
nosotros como se desliza una esfera en un plano inclinado: con inconcebible
rapidez... Cuando quieres mirar á tu juventud, te encuentras ya calvo como yo ó
con el pelo todo canoso como tú, item con arrugas y patas de
gallo; neurasténico, reumático ó catarroso: el edificio empieza á mostrar
goteras... Y por dentro, amigo del alma, te sientes cementerio en donde duermen
el sueño eterno los años juveniles, tan hermosos, ¡ay!, y tan fugacísimos.
Ya eres
un señor que suma probabilidades, que no lucha con fe ardorosa por el ideal,
sino por lo práctico, que conserva avariento sus viejos amigos, los de la
niñez, los de la juventud; las verdaderas y únicas amistades que nos unen,
porque ya á nuestra edad no se continúa la lista de aquéllas: se abre una nueva
de conocidos, de personas que nos son agradables ó útiles.
En fin,
digamos con Jorge Manrique:
Nuestras vidas son los ríos
que van á dar en la mar,
que es el morir...
Sí: ríos los nuestro; humildes, silenciosos, ignorados, que siguen
trabajosamente su curso por entre peñascos; ríos miserables, hilillos de agua
que van á dar en el mar insondable de la Eterna Quietud. Á nuestra edad
preocupa lo porvenir, mayormente si le columbramos incierto y tenebroso... Se
piensa á ratos en la Implacable y se tiembla: no por uno... sino por los que
quedan... por los nuestros...
Quintín
hizo una pausa; su rostro se contrajo por un momento dolorosamente emocionado;
se rehizo, dio una feroz chupada al cigarro, y arrojando una espesa bocanada de
humo, continuó:
—Si
recordamos ahora á todos nuestros amigos y camaradas que con nosotros empezaron
la lucha por la existencia, su recuerdo no ofrecerá nada de halagüeño ni de
envidiable... García del Fresno, otro romántico ambicioso como yo, que intentó
codearse en el teatro con Echegaray, le tienes traduciendo novelas del francés
para una casa de Barcelona, cargado de hijos y de deudas; Perecito, aquel
chiquitín pitañoso, para el cual eran unos besugos todas las notabilidades del
foro, sigue siendo el Pichichi, como le llamábamos por su facha:
un Pichichi que come sus garbanzos llevando los libros de un
Registro de la propiedad en un pueblo de Andalucía; Lucas del Salto, que se
pasó la juventud discurseando en Ateneos y Casinos, se casó con la hija de un
tendero, y se encuentra como el pez en el agua despachando telas en la calle de
Postas y aguantando al suegro, que vale él solo por tres suegras juntas;
Julián, ya sabes, se siente Diógenes y trota por las calles á diario en busca,
no de un hombre como el filósofo, sino de quien le pague un plato de judías ó
una copa de vino; Enrique Novoa, doctor en Leyes, en Filosofía y Letras y en no
sé cuántas cosas más, vegeta en la redacción de un rotativo, encargado de los
sucesos callejeros.
Y así
todos los que componíamos la vanguardia ambiciosa y soñadora de la Universidad.
—Salvo
Gorito, el hijo de la portera... Hoy es un personaje ministrable.
—Ese era
el más estúpido de todos; pero también el más intrigante y ambiciosuelo... ¡Lo
que se habrá arrastrado para verse en la cima!
—También
Julio Garul; una celebridad literaria hoy en día.
—Ése se
lo debe todo á sí mismo, á su talento excepcional. Vale muchísimo Garul, y por
eso ocupa en el mundo su puesto... Desengañémonos: para realizar los sueños de
gloria y de fortuna que todos tenemos en la juventud, se necesita ser un genio
ó un osado. Á las medianías nos encadena el Destino á la pata de cualquier
pupitre oficinesco, ó en otra forma análoga... ¡Y aun debemos dar gracias por
que se nos condene á cadena perpetua!...
Alejandro
Larrubiera y Crespo
Biografía
Larrubiera y Crespo, Alejandro. Madrid,
1869 – 2.VII.1937. Escritor, periodista.
Nacido en Madrid, su familia materna era de orígenes montañeses.
Obligado por problemas económicos a abandonar los estudios tras el
bachillerato, comenzó a trabajar en una oficina. Hacia 1887 se dio a conocer
como escritor festivo en La Caricatura y Madrid
Cómico, ganando fama y extendiendo rápidamente sus colaboraciones
a La Ilustración Ibérica, La Ilustración Artística y Blanco
y Negro, siempre como cuentista ameno y delicado. Su éxito como
narrador le permitió continuar extendiendo sus colaboraciones a otras revistas
y periódicos, como El Globo, en el que fue redactor, Heraldo
de Madrid, El Liberal, Barcelona Cómica, La Patria, La Correspondencia Militar,
Revista Cómica, La Risa, Los Madriles, La Lidia, La Gran Vía, Vida Galante,
Nuevo Mundo, Caras y Caretas, El Imparcial y La
Correspondencia de España, firmando ocasionalmente con el seudónimo
de Juan Sainete. Él mismo llegó a dirigir los semanarios
festivos Sancho Panza, Gil Blas y Madrid Alegre.
Desde la década de 1890, además de estar presente con regularidad en la
prensa, fue un popular sainetista, frecuentemente en colaboración con su amigo
Antonio Casero, convirtiéndose en uno de los cantores de las clases medias y
populares madrileñas.
Su obra narrativa se encauzó en la década de 1910 a través de las
colecciones de novela corta, como “El Cuento Semanal”, “Los Contemporáneos”,
“El Libro Popular” y “La Novela de Bolsillo”, además de sus cuentos, que
continuó reuniendo periódicamente en volúmenes. En 1913 alcanzó un gran éxito
editorial con Margara, publicada por Renacimiento, que llegó a
vender cincuenta mil ejemplares. La obra reúne las características que dominan
en toda la prosa de Larrubiera: lenguaje castizo, temas sentimentales, realismo
“sano”, ternura para con los humildes. Esta mezcla de decoro formal y moralismo
le ganó ser comparado en 1914 por Ramón María Tenteiro con Pereda. Por todo
ello fue siempre bienvenido en colecciones católicas como “Biblioteca Patria” o
“Nuestra Novela”, sin dejar de seguir apareciendo sus obras durante la década
de 1920 en colecciones como “La Novela Mundial” o “La Novela Semanal”.
Obras de ~: con A. Casero, La gente del pueblo (humorada
cómico-lírica), Madrid, R. Velasco, Impresor, 1896; La
Virgencita (novela), pról. de J. O. Picón, Barcelona, Pedro Ortega,
1899; El dulce enemigo (historias y cuentos), Madrid,
Sucesores de Rivadeneyra, 1904; La conquista del jándalo
(novela), Madrid, El Cuento Semanal, 1907; Del barrio de la
manolería, Madrid, Los Contemporáneos, 1912; Márgara
(novela), Madrid, Renacimiento, 1913; El romance de la
venganza, Madrid, Nuestra Novela, 1925; La Campana muda
(cuentos de la tierruca), Madrid, G. Hernández y Galo Sáez, s. f.
Bibl.: VV. AA., Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-
Americana, t. XXIX, Barcelona, Hijos de J. Espasa, 1916, pág. 890; J.
Cejador, Historia de la lengua y Literatura Castellana (época regional
y modernista: 1888-1907) (Primera parte), t. X, Madrid, Tipografía de
la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1919, págs. 132 y 136-138; F. C.
Sainz de Robles, “Alejandro Larrubiera y Crespo”, en Raros y olvidados
(La promoción de “El Cuento Semanal”), caricaturas de M. Tovar et
al., Madrid, Prensa Española, 1971, págs. 31-34.
Eduardo Hernández Cano
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Fuente:
https://dbe.rah.es/biografias/11755/alejandro-larrubiera-y-crespo

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